Los Tercios españoles en el
             Imperio.




Los Tercios españoles.
Organización.
Uniformes y armamento.
Piqueros...
Los Tercios españoles.
                           Al finalizar la Edad Media el influjo de la antigüedad
                 ...
y, en un esfuerzo desesperado por no perder la hegemonía conservada en el campo
de batalla durante siglos, se reviste de a...
Organización
     Como ya se ha indicado, las compañías en que se articulaba la milicia en
tiempos de los Reyes Católicos ...
Escudos al
                               Empleo
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Cabe suponer que en medio del estruendo y confusión de la batalla la
transmisión de órdenes por este sistema no resultase ...
Seguidamente, y siempre de acuerdo con la obra ya citada del Conde de
Clonard, se relacionan la composición y los haberes ...
intermedios, se ascendiera a Capitán a un soldado a condición de que éste tuviera
diez años de antigüedad y reuniera los m...
El grado de Cabo es más antiguo que los de Sargento y Alférez.
Esencialmente, el Cabo estaba encargado del buen estado de ...
Uniformes y armamento.
                                   Aunque durante el reinado de Carlos V se
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Piqueros
     Los piqueros iban provistos generalmente de
capacete, peto, espaldar, escarcela o falzete (especie de
faldas...
Cuando no se utilizaban en combate la punta de hierro se protegía por una vaina.
La espada no solía medir más de un metro ...
Arcabuceros
     La indumentaria de los arcabuceros era mucho más liviana
que la de los piqueros. Consistía habitualmente ...
basaba en el empleo de un dispositivo denominado serpentín que inicialmente era
una simple palanca en forma de Z montada a...
Ballesteros
      Las tropas armadas con ballestas, que tan eficaces
habían resultado como fuerza de apoyo y cobertura dur...
Guardias imperiales
     Estaban integradas por los alabarderos de la Guardia Española, los archeros
de Borgoña y los alab...
Oficiales
      Los oficiales vestían de forma similar a la de la tropa aunque gustaban de
utilizar prendas más suntuosas,...
grado era una jineta sin punta acerada y guarnecida con quot;flecos galanesquot; que
portaban durante las marchas o en las...
Pífanos y tambores

      No iban armados sino con una pequeña daga y no
usaban ningún tipo de casco ni de armadura. Como ...
Banderas y estandartes
                         En las banderas de las compañías figuraba generalmente
                   ...
La figura de la izquierda representa un estandarte imperial en
               el que el escudo con las armas descritas apa...
Reclutamiento
     La primera necesidad que se sentía
para formar un Tercio era reclutar a los
hombres que habían de forma...
Protagonistas
La personalidad militar de Carlos I

                               Carlos I fue un rey-emperador soldado, a...
al servicio de España lograron hacia 1520 perfeccionar el arcabuz, cuyo alcance
útil subió de 80 a 200 metros. La gran ape...
prueba de la guerra civil de 1520- 1522, la idea del Imperio y una posición
   preeminente para realizarla.

• La idea de ...
(sitio de Tájara y conquista de Illora), espía y negociador, se hizo cargo de las
últimas negociaciones con el monarca naz...
Campañas
La Batalla de Pavía. (24 de febrero de 1525)

     Por Juan Eslava Galán

      En la aldea europea dos poderosas...
Carlos, el llamado ejército de Milán, unos diez mil hombres escasos de pertrechos,
cedieron terreno y se replegaron a Lodi...
el contestable de Borbón, Lannoy y Pescara marcharon sobre Pavía para forzar al
rey de Francia a levantar el cerco.

     ...
El ejército francés se caracterizaba por un elemento moderno, su artillería, y
un elemento evidentemente desfasado, su cab...
Desarticulados los franceses y perseguidos por los imperiales, la batalla se
redujo a combates aislados. Francisco y sus c...
querida, más dulce, más bienhechora que sus propios países. En verdad, este
episodio no constituyó sólo el ocaso de esta c...
quot;Quebrantando cien veces su palabra siempre que recibía alguna noticia esperanzadora
      de llegada de refuerzos fra...
adelante, el famoso escultor y aventurero florentino Benvenuto Cellini, que por
aquellos días se encontraba en Roma y part...
continuar el asalto apenas terminaron de comer. Los puentes del Tíber fueron
atravesados y continuó la lucha en el resto d...
ornamentos litúrgicos, jugaban a los dados sobre los altares o se emborrachaban en
unión de las prostitutas de la ciudad.
...
en ayuda de su hermano, amenazado por los turcos, y para proseguir su política
imperial. Al conocer la noticia, Carlos se ...
el marqués de Vasto, abandonó a Francisco I y se unió al campo imperial. Dejando
la bahía de Nápoles, se dirigió con su es...
aunque pereció en lucha con el gobernador español de Orán. El más peligroso,
Barbarroja, logró apoderarse de Túnez.

     ...
cristianos cautivos consiguieron salir a la desesperada de sus prisiones, se
apoderaron de armas enemigas y contribuyeron ...
Los más afectados por la expansión turca eran los venecianos. Venecia, «la
ciudad más triunfante que jamás se haya visto»,...
La galera




     El diseño de la galera, el navío que armó las flotas otomana y cristiana en
Lepanto, se remontaba a la ...
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No es mío, pero está omnipresente por todo internet. Lo he puesto, para probar que tal sale. Además, la historia de los tercios españoles es poco conocida. Mucho marines, mucha wehrmacht, pero los mejores soldados del mundo, no son tan conocidos.

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Los Tercios Durante El Imperio

  1. 1. Los Tercios españoles en el Imperio. Los Tercios españoles. Organización. Uniformes y armamento. Piqueros. Arcabuceros. Ballesteros. Guardias imperiales. Oficiales. Pífanos y tambores. Banderas y estandartes. Reclutamiento. Protagonistas Campañas El camino español La milicia vista por Calderón de la Barca
  2. 2. Los Tercios españoles. Al finalizar la Edad Media el influjo de la antigüedad clásica se deja sentir poderosamente en Europa promoviendo la aparición de profundas transformaciones políticas y sociales que marcan el nacimiento de los modernos Estados europeos. Como consecuencia de la superación de las estructuras medievales se crean ejércitos permanentes en cuya concepción y organización influyen no poco los principios constitutivos de la milicia romana. En España ese tipo de ejército de carácter permanente se configura a finales del siglo XV con motivo de las guerras entabladas con Francia en Italia por Fernando el Católico, quien en 1496 organizó la Infantería en unidades tácticas denominadas compañías que constaban de quinientos hombres. Sin embargo estas unidades no poseían suficiente capacidad de combate para operar aisladamente por lo que más adelante se creó una unidad superior denominada coronelía, que constaba de veinte compañías y contaba además con elementos de caballería y de artillería. Tras las victorias del Gran Capitán sobre los franceses en Italia, las afortunadas campañas del cardenal Cisneros en África y la elevación de Carlos V al trono imperial de Alemania, España se convierte en pieza fundamental de la dinámica europea configurada por la expansión del protestantismo en el norte y por la amenaza turca en el Mediterráneo. Para defender la unidad espiritual y política de Europa, el César Carlos convierte al ejército que le legara el cardenal Cisneros en una formidable máquina de guerra, en la que la Infantería organizada en tercios asombrará en adelante a Europa por su eficacia y disciplina. Los primeros tercios creados en Italia a propuesta del Duque de Alba, fueron los de Lombardía, Sicilia y Nápoles. En su génesis es preciso tener en cuenta tanto la doctrina y la práctica militares del Gran Capitán recogidas y asimiladas por sus oficiales y sucesores como la fusión del influjo de la antigüedad clásica con la tradición militar forjada en España a lo largo de siglos de enfrentamiento con el Islam así como las transformaciones en las tácticas de combate promovidas por la aparición de las armas de fuego portátiles. La influencia de la antigüedad clásica se manifiesta sobre todo en la evidente filiación grecorromana de los órdenes de marcha y combate, en la disposición genuinamente romana de los campamentos, y en la preponderancia de la Infantería sobre la Caballería. Si durante el Medioevo la Caballería había constituido el elemento decisivo en las batallas quedando relegados los combatientes a pie a un papel meramente auxiliar. Durante el siglo XV esta relación de fuerzas comienza a cambiar de signo, convirtiéndose gradualmente la masa infante en la unidad fundamental de combate. El caballero se siente cada vez más impotente ante las formaciones erizadas de picas entre las que se sitúan tropas armadas con arcabuces,
  3. 3. y, en un esfuerzo desesperado por no perder la hegemonía conservada en el campo de batalla durante siglos, se reviste de armaduras cada vez más pesadas que si bien le proporcionan cierta protección frente al impacto de los proyectiles, le van restando movilidad hasta el punto de dejarle inerme frente al enemigo cuando cae de su cabalgadura. La tradición militar hispanoárabe se advierte fácilmente en la existencia en la España del Renacimiento de un ambiente belicoso propicio a fomentar la carrera de las armas. De esta forma, aunque Carlos V empleó el sistema de levas para organizar las tropas de Italia y las guarniciones de África, su ejército se nutrió en gran medida de voluntarios. A fin de regular el alistamiento voluntario la Real Hacienda hacía un contrato con un capitán cuya reputación garantizara su capacidad para alistar a un cierto número de soldados, y los inspectores reales determinaban si se habían cumplido las condiciones establecidas en el contrato antes de pagar a aquél. Los que voluntariamente se alistaban, llamados guzmanes, eran con frecuencia hijos de familias nobles que preferían la carrera militar a la cortesana o eclesiástica y deseaban ponerse al servicio de los oficiales de mayor fama.
  4. 4. Organización Como ya se ha indicado, las compañías en que se articulaba la milicia en tiempos de los Reyes Católicos no podían operar independientemente a causa de su escasa potencia y de su reducido número de efectivos, y por esta causa se crearon las Coronelías primero y, más adelante, en la reforma de 1534, los Tercios, con objeto de disponer de núcleos poderosos de combate relativamente autónomos y de características apropiadas para satisfacer las necesidades de las campañas en las que se hallaban comprometidas las tropas imperiales. Cada Tercio con una fuerza de tres mil hombres, se componía de tres Coronelías cada una de las cuales comprendía a su vez solamente cuatro compañías en lugar de las veinte iniciales, con el fin de simplificar su administración y gobierno interior. Cada Coronelía continuó mandada por un Coronel y el mando de las tres lo reasumió un Maestre de Campo, nueva categoría cuya creación data de esta época. De las doce compañías que formaban el Tercio unas eran de piqueros y otras de arcabuceros, destinándose a las primeras los hombres de mayor fortaleza y resistencia, pues yendo revestidos de armadura tenían que manejar una pica de grandes proporciones. Por otro lado, es muy probable que en determinadas circunstancias se organizaran compañías mixtas de piqueros y arcabuceros y que se emplearan ballesteros como elementos auxiliares. La ballesta, en efecto, se continuó utilizando como arma de guerra (así como de caza) durante el siglo XVI. Existen diversas opiniones acerca del origen del vocablo tercio. Según algunos autores se dio este nombre a las tropas españolas de infantería del siglo XVI en recuerdo de la tercia legión romana, que estuvo destacada en la Península Ibérica. Por su parte don Sancho de Londoño, militar distinguido que prestó sus servicios a principios del siglo XVI, se expresa en estos términos en un informe que dirigió al Duque de Alba: quot;Los Tercios, aunque fueron instituidos a imitación de las tales legiones (romanas), en pocas cosas se pueden comparar a ellas, que el número es la mitad y aunque antiguamente eran tres mil soldados, por lo cual se llamaban Tercios y legiones. Ya se dice así aunque no tengan más de mil hombres. Antiguamente había en cada tercio doce compañías, ya en unos hay más y en otros menos, había tres Coroneles que lo eran tres capitanes de las doce, cosa muy necesaria para excusar las diferencias que nacen cuando se envían de una compañía arriba alguna facción o presidioquot;. Por tanto, según este autor el nombre de tercio deriva del número de plazas que componían esta unidad. El Conde de Clonard en su obra Historia de la Infantería y Caballería españolas, indica que la composición y haberes mensuales de la plana mayor de los primeros Tercios era la siguiente:
  5. 5. Escudos al Empleo mes Maestre de Campo 40 Sargento Mayor 20 Furriel Mayor 20 Municionero 10 Tambor General 10 Capitán Barrichel de compañía. 12 Teniente Barrichel de compañía 6 Médico 10 Cirujano 10 Boticario 10 Capellán 12 8 alabarderos alemanes de la guardia de 32 honor del Maestre de campo. Total Escudos 194 El Maestre de Campo era elegido por el rey en Consejo de Estado y gozaba de las consideraciones que hasta entonces se habían reservado casi exclusivamente a los capitanes generales. Era el superior jerárquico de todos los oficiales del tercio, y tenía poder para administrar justicia y reglamentar el comercio de víveres con objeto de evitar fraudes. Disponía para su guardia personal de ocho alabarderos alemanes pagados por el rey que le acompañaban en todos los actos militares Y políticos y poseía las atribuciones de los antiguos mariscales de Castilla. El Sargento Mayor, nombrado por el Capitán general era el segundo jefe del tercio como lo había sido anteriormente de la Coronelía. Estaba encargado de la instrucción táctica del cuerpo, de su seguridad en los desplazamientos y del alojamiento de las tropas que lo componían. En un tercio solamente él podía quot;pasar la palabraquot; es decir transmitir verbalmente las órdenes del Maestre de campo o incluso del Capitán general a todos los oficiales del mismo. Del Sargento Mayor dependía el Tambor General quien iba armado con una pequeña lanza de hierro. Tenia por misión suplir la transmisión oral de las órdenes y vigilar la actuación del resto de los tambores del tercio. Además de conocer todos los toques: quot;arma furiosaquot;, quot;batalla soberbiaquot;, quot;retirada presurosaquot; etc. debía ser capaz de interpretar y explicar las respuestas. Había de ser español pero estaba obligado a conocer los toques franceses, alemanes, ingleses, escoceses, walones, gascones, turcos y moriscos (los toques italianos eran los mismos que los españoles). También era conveniente que pudiera actuar como intérprete.
  6. 6. Cabe suponer que en medio del estruendo y confusión de la batalla la transmisión de órdenes por este sistema no resultase siempre eficaz. A este respecto don Sancho de Londoño aconsejaba a los Maestres de Campo que con el fin de evitar la posible confusión entre los toques de Tambor General y los de los otros tambores del tercio tuvieran también a su servicio a un trompeta. La misión del Furriel Mayor consistía en auxiliar al Sargento Mayor en la organización de los alojamientos del tercio. Tenia a responsabilidad del almacenamiento y de la redistribución de los bagajes que el tercio precisaba para cumplir sus cometidos y que constituían la Munición Real (víveres, armamento, vestidos, materiales de construcción, municiones, etc.). El municionero era un proveedor de las municiones y de todo el equipo necesario para las tropas. El Capitán y el Teniente Barrichel eran oficiales jurídico-militares (su nombre en italiano significa alguacil) cuya misión principal consistía en velar por el orden y el cumplimiento de la ley en el tercio, especialmente cuando las tropas se hallaban acampadas. Con tal fin tenían poder para castigar las infracciones cometidas contra los bandos publicados, y aunque el Capitán Barrichel podía en estricto derecho hacer ahorcar a un soldado sorprendido en flagrante delito, si tal era la pena que le correspondía, su cometido se limitaba generalmente a supervisar las ejecuciones. Para realizar sus funciones el Capitán Barrichel contaba con la asistencia de cuatro auxiliares a caballo. Ayudaba al Sargento Mayor en la operación de cargamento de los bagajes y, en relación con la organización de los desplazamientos del tercio, tenía la delicada misión de contratar y vigilar a guías e intérpretes cuando las tropas atravesaban territorios desconocidos. El médico y el cirujano eran nombrados por los Capitanes Generales, siendo el primero responsable del hospital de la unidad en realidad un embrión de hospital donde debía contar con una farmacia provista de los medicamentos de empleo más frecuente, que se compraban a los boticarios a los precios tasados por el Maestre de campo. El servicio de sanidad del tercio no se limitaba a la asistencia de soldados heridos o enfermos, sino que de él se beneficiaban también todos aquellos que se desplazaban con las tropas, familias, criados, mujeres. Hay que tener en cuenta que aunque la evaluación numérica de estos acompañantes no resulta fácil, es probable que contando con ellos, el efectivo del tercio fuera doble. Si a escala de tercio la asistencia médica era rudimentaria (¡con frecuencia los heridos se confiaban a los barberos!), la estructura sanitaria contaba para el conjunto de la Infantería, con varios hospitales de campaña (enclavados tanto en el teatro de operaciones como en los itinerarios logísticos) y un hospital general relativamente bien equipado y atendido. Aunque la asistencia médica prestada en estos establecimientos era gratuita, su funcionamiento dependía de aportaciones deducidas del sueldo de cada soldado proporcionalmente a su salario. Tal contribución, especie de cuota de seguro, denominada quot;real de limosnasquot; era de diez reales para el Capitán, cinco para el Alférez, tres para el Sargento y uno para la tropa.
  7. 7. Seguidamente, y siempre de acuerdo con la obra ya citada del Conde de Clonard, se relacionan la composición y los haberes mensuales de una compañía de arcabuceros y otra de piqueros: Sueldo en escudos Personal Arcabuceros Piqueros Un Capitán 15 15 Un Paje 4 4 Un Alférez 12 12 Un Sargento 5 5 Un Furriel 3 3 Un Tambor 3 3 Un Pífano 3 3 Un Capellán 10 10 Diez Cabos de escuadra 40 40 Doscientos cuarenta 1032 780 soldados Total Escudos: 1127 875 Resulta interesante constatar la diferencia existente entre los haberes de piqueros y arcabuceros. Estos últimos recibían un escudo más para pólvora, cuerda y munición, además de un tostón (treinta céntimos de escudo) para que pudieran proveerse de morrión (casco con los extremos curvados hacia arriba y una cresta en el centro. Ver cascos). El grado de Capitán era el de mayor reputación y el más ambicionado. En relación con el prestigio de este grado resulta revelador el hecho de que durante el reinado de Carlos V se dieran casos de Sargentos mayores que preferían el mando de una compañía a su propio destino en el que tenían a sus órdenes como subordinados a los capitanes de compañía, y gozaban de un sueldo superior al de éstos. En relación con el procedimiento para ascender a este grado existía una regla de antigüedad generalmente aceptada que se basaba en la permanencia en un grado durante un cierto período de tiempo antes de acceder al grado superior. Según algunos autores la regla de antigüedad más comúnmente aceptada era la siguiente: Cinco años para ascender de soldado a Cabo, un año de Cabo a Sargento, dos años de Sargento a Alférez, tres años de Alférez a Capitán. En principio pues la elección de un nuevo Capitán se realizaba entre los alféreces de mayor mérito aunque no era infrecuente que, ignorándose los grados
  8. 8. intermedios, se ascendiera a Capitán a un soldado a condición de que éste tuviera diez años de antigüedad y reuniera los méritos suficientes. El Capitán había de tener gran experiencia en las tácticas de combate y en el empleo de las distintas armas especialmente de las de fuego, cuya importancia se revelaba cada vez mayor. Tenía la obligación de supervisar el entrenamiento de sus hombres organizando para ello combates simulados en los que se empleara la pica, se disparase el arcabuz, se maniobrara en distintas formaciones, etc. Entre sus cometidos estaba también la elección de oficiales competentes capaces de mantener un alto grado de disciplina y entrenamiento entre los soldados de su compañía. El Alférez era el lugarteniente del Capitán a quien sustituía cuando éste se hallaba enfermo, herido o ausente. Era responsable de la bandera, que debía portar en los combates y en las revistas. Teniendo en cuenta que las dimensiones de las banderas eran considerables y que durante los combates el Alférez tenía que sujetarla con una sola mano para poder manejar la espada con la otra, cabe suponer que sólo eran aptos para ostentar este grado hombres de gran fortaleza física. Aunque el Alférez no era directamente responsable del alojamiento de los soldados de su compañía, tenía la obligación de visitarlos con frecuencia para conocer de cerca sus problemas y ayudarles a resolverlos. Cuando no portaba la bandera, por ejemplo en tales visitas, llevaba como distintivo una alabarda. Otra de las obligaciones del Alférez consistía en escoger buenos músicos para cubrir los puestos de tambores y pífanos, a quienes se encomendaba la importante misión de transmitir órdenes, publicar bandos, etc. Estos instrumentistas debían conocer todos los toques del ejército que indicaban asambleas, marchas, avisos, retretas, desafíos, mensajes, asaltos, etc. además debían ser capaces de interpretar y transmitir las respuestas. El grado de Sargento fue creado a finales del siglo XV a petición de los capitanes, que sentían la necesidad de contar con oficiales que se encargaran específicamente de mantener la disciplina y de velar por la ejecución de las órdenes en sus compañías. El Sargento tenía que conocer en todo momento el número de soldados disponibles para poder formar rápidamente la compañía de acuerdo con las órdenes recibidas. En lo relativo al mantenimiento de la disciplina, podía castigar las faltas al servicio sin que mediase proceso alguno, en caso de flagrante delito. Estaba también encargado del entrenamiento y de la instrucción de sus soldados, enseñándoles el manejo y el cuidado de las armas y asignando a cada uno el puesto que más se ajustase a sus condiciones. Antes de emprender una marcha, el Sargento se reunía con su Alférez y su Capitán para establecer el itinerario, determinar las características de los bagajes, etc. De acuerdo con las decisiones adoptadas en esta reunión tomaba las medidas necesarias para que la tropa estuviese formada y los bagajes cargados antes del momento previsto para la partida.
  9. 9. El grado de Cabo es más antiguo que los de Sargento y Alférez. Esencialmente, el Cabo estaba encargado del buen estado de las armas y de la formación de los reclutas. También se ocupaba de los enfermos, transmitiendo al Capitán las solicitudes de hospitalización. Era asimismo responsable del puesto de guardia que se le asignara y debía permanecer en él con todos los soldados de su escuadra hasta que el Sargento le relevase.
  10. 10. Uniformes y armamento. Aunque durante el reinado de Carlos V se generalizó en el ejército el empleo de trajes de corte a la alemana con jubones y gregüescos amarillos acuchillados en rojo, sería inexacto hablar de verdadera uniformidad, puesto que a menudo los soldados vestían de forma arbitraria, ya fuera por dificultades en los abastecimientos o porque los atrasos en las pagas se paliaran, al menos en parte, mediante la entrega de prendas civiles tomadas de las ciudades ocupadas. Las tropas solían protegerse la cabeza con distintos tipos de cascos, tales como morriones, celadas, borgoñotas, capacetes, almetes y capelinas, y utilizaban, según los casos, media armadura o golas, cotas de malla y chalecos de cuero reforzados a veces con piezas metálicas. Los soldados recibían armas proporcionadas por el rey (Munición Real) sin verse obligados a desembolsar dinero en el momento ya que el precio de las mismas se les descontaba de futuras pagas. No obstante, aquellos que lo desearan podían adquirir y utilizar armas más de su agrado que las que les suministraba el ejército.
  11. 11. Piqueros Los piqueros iban provistos generalmente de capacete, peto, espaldar, escarcela o falzete (especie de faldas metálicas que formaban un ángulo de 45 grados con el cuerpo para permitir al soldado libertad de movimientos), brazales, guarda-brazos y manoplas. Llevaban por tanto media armadura o coselete; su vestimenta se completaba a veces con gregüescos amarillos acuchillados en rojo, calzas rojas y zapatos de cordobán. Como arma defensiva utilizaban también un escudo metálico ovalado o rodela en cuyo anverso se representaban dos columnas enlazadas por una banda con la inscripción quot;Non Plus Ultraquot;. Este escudo llevaba en su reverso un gancho que permitía al soldado sujetarlo a su cinturón. Sus armas defensivas eran la pica y la espada. Del examen de las piezas que han llegado hasta nosotros y de la iconografía de la época se deduce que el tamaño de las picas variaba entre amplios márgenes. Así, mientras que en el Museo del Ejército de Madrid se conservan piezas que tienen una longitud aproximada de dos metros y medio, en grabados y tapices que representan las campañas de Túnez, se aprecian picas de hasta cinco metros. Aunque las grandes picas eran armas pesadas y de difícil manejo, sus ventajas en el plano defensivo eran notorias pues permitían guarnecer el frente de los escuadrones manteniendo controlado al enemigo con el mínimo riesgo. El empleo de la pica en formaciones cerradas requería gran entrenamiento y disciplina. Es preciso tener en cuenta que a causa de su gran longitud siempre existía el peligro de que los piqueros situados en posiciones retrasadas hirieran a los que formaban las primeras filas. En las formaciones defensivas los piqueros de la primera línea se agachaban doblando una rodilla, con la pica apoyada en el suelo, y los de las líneas siguientes mantenían la pica en posiciones progresivamente más verticales. Durante las marchas es probable que las picas se transportaran en los carros de munición, ya que llevarlas sobre el hombro había de resultar fatigoso a causa de la vibración del asta, las picas estaban hechas con madera resistente para evitar que se quebraran.
  12. 12. Cuando no se utilizaban en combate la punta de hierro se protegía por una vaina. La espada no solía medir más de un metro con objeto de que pudiera desenvainarse con facilidad. Sin embargo muchos soldados preferían espadas de mayor longitud que resultaban más convenientes en los duelos. Este arma se sujetaba por encima de la cadera con una correa ajustada para evitar que se bamboleara durante la marcha, el combate, etc. Los soldados españoles se hicieron famosos en toda Europa por su destreza en el manejo de la espada. No en vano era Toledo uno de los centros de manufactura de espadas más apreciados en el continente. Las espadas toledanas tenían doble filo y punta cortante, generalmente iban provistas de una guarnición en forma de S, con uno de los brazos curvado hacia la empuñadura con objeto de proteger la mano. Las hojas se sometían a controles muy rigurosos antes de considerarlas aptas para la venta, y se distinguían por estar afiladas como cuchillas y ser resistentes al tiempo que flexibles y ligeras. También son características de esta época las grandes espadas o mandobles, de más de metro y medio de longitud, que se manejaban con ambas manos.
  13. 13. Arcabuceros La indumentaria de los arcabuceros era mucho más liviana que la de los piqueros. Consistía habitualmente en un morrión, una gola de malla de acero y un coleto (vestidura hecha de piel, por lo común de ante, con mangas o sin ellas, que cubre el cuerpo, ciñéndolo hasta la cintura; en lo antiguo tenía unos faldones que no pasaban de las caderas) o chaleco de cuero. A los arcabuceros se les consideraba, en efecto, soldados ligeros respecto de los piqueros, cuyas compañías constituían el núcleo básico del tercio. Durante el combate las compañías de arcabuceros se caracterizaban por su gran movilidad, desplegándose rápidamente para situarse en las alas de los cuadros formados por los piqueros y tratar de envolver al enemigo hostigando sus flancos. El arcabuz se utilizó con sucesivas innovaciones desde el siglo XV al XVIII. El vocablo quizá derive del alemán hakenbüchss (haken: gancho o garfio. büchss, arma de fuego), aunque también podría ser una deformación del árabe al káduz (el tubo). Este arma consistía en un cañón montado en un fuste de madera de un metro aproximadamente, aligerado hacia la boca y reforzado hacia la cámara de fuego. La longitud del ánima oscilaba entre 0,80 y 1,60 metros. Al evolucionar el arcabuz hacia el mosquete, aumentando de tamaño y peso, fue preciso apoyarlo en una horquilla para poder hacer fuego. El equipo adicional de los arcabuceros consistía en una bandolera de la que pendían las sartas o cargas de pólvora en doce estuches de cobre o de madera (a los que se conocía como los doce apóstoles), un polvorín de reserva y una mochila en la que se guardaban las balas, la mecha y el mechero para prenderla. Iban también armados con una espada semejante a la que solían usar los piqueros. Cada arcabucero recibía una cierta cantidad de plomo o estaño para fundir sus propias balas en un molde que se les entregaba junto con su arma. Como cada pedido de armas incluía los moldes para fabricar la munición, el calibre de las balas fundidas tendría que coincidir con el del cañón. Sin embargo, esto no siempre ocurría en la práctica debido a imprecisiones en la manipulación de los moldes. Por otro lado, hay que tener en cuenta que muchos soldados empleaban armas que no eran normalizadas y que la dosificación de la pólvora se realizaba de forma subjetiva y más bien exagerada una vez que se habían utilizado los estuches predosificados de la bandolera, Esto ocurría con frecuencia cuando las circunstancias obligaban a mantener una cadencia de fuego rápida y el tirador no tenía tiempo de volver a llenar los estuches para dosificar sus cargas y vertía la pólvora en el bacinete directamente con el polvorín de reserva. De todo ello resultaba una considerable desigualdad de tiro. En los primeros arcabuces se utilizaba el sistema de encendido por mecha que fue sustituido más adelante por el de rueda. El sistema de encendido por mecha se
  14. 14. basaba en el empleo de un dispositivo denominado serpentín que inicialmente era una simple palanca en forma de Z montada a un lado del fuste de madera: si se oprimía su parte inferior, la superior se movía hacia delante. En el extremo del serpentín se fijaba un trozo de mecha de combustión lenta para provocar la ignición de la pólvora. Estas mechas se confeccionaban con cuerda de lino o de cáñamo empapada en una solución de salitre y puesta a secar. Más adelante se perfeccionó el modelo de serpentín simple incorporándose un resorte de manera que al aflojar la presión sobre éste el serpentín se separaba inmediatamente de la recámara. En las armas equipadas con el sistema de rueda, ésta accionaba un percutor con forma de quijada provisto de una pieza de ágata que al golpear a otra de pedernal inflamaba el cebo con la chispa producida.
  15. 15. Ballesteros Las tropas armadas con ballestas, que tan eficaces habían resultado como fuerza de apoyo y cobertura durante la Edad Media, continuaron empleándose durante el Siglo XVI. El ballestero iba protegido con casco, armadura para media pierna y una cota de malla con un chaleco de cuero superpuesto este último reforzado con piezas metálicas. En la parte trasera es visible el cranequín, sistema para tensar la cuerda de la yerga. Existía también el denominado quot;armatostequot;, formado por un conjunto d e poleas. Al tensar la cuerda, ésta quedaba enganchada en un resalte llamado nuez del que se soltaba bruscamente cuando se oprimía la llave. Las ballestas se fabricaban a veces con piezas de hueso y de madera ensambladas. Cuando la verga era de madera, la ballesta se llamaba quot;de paloquot;. Estos materiales se fueron sustituyendo progresivamente por el acero a partir del siglo XVI. En la figura de la derecha podemos observar, arriba: Ballesta provista de armatoste. En el centro: flechas o virotes de ballesta. Abajo: Ballesta con cranequín.
  16. 16. Guardias imperiales Estaban integradas por los alabarderos de la Guardia Española, los archeros de Borgoña y los alabarderos de la Guardia Alemana. Los alabarderos de la Guardia Española iban vestidos con jubones y gregüescos acuchillados de colores amarillo y rojo, calzas rojas y zapatos negros. Se tocaban con una parlota (gorra ancha y casi plana) negra adornada con plumas blancas, completando su vestimenta un capotillo amarillo forrado en rojo dispuesto de través sobre el hombro izquierdo. Los archeros de Borgoña procedían de la Guardia de arqueros de Borgoña, introducida en España por Felipe el Hermoso, y sus componentes prestaban servicio a pie en el interior de las estancias reales y a caballo en el exterior. En el servicio a pie vestían jubones y gregüescos acuchillados de colores amarillo y rojo, calzas amarillas, parlota negra, capotillo de igual forma y colorido que los alabarderos de la Guardia Española y zapatos negros con grandes lazos rojos. Su arma principal era el archa, especie de lanza con hoja en forma de cuchillo de gran tamaño. Los alabarderos de la Guardia Alemana vinieron de Alemania en 1519, rigiéndose siempre por fueros especiales. Acerca de su indumentaria existen varias versiones. Así, según Giménez llevaban parlota blanca y capotillo, mientras que el Conde de Clonard los representa sin capotillo y con el color de las medias (blanca una y amarilla la otra) alternando con el del Jubón y los gregüescos.
  17. 17. Oficiales Los oficiales vestían de forma similar a la de la tropa aunque gustaban de utilizar prendas más suntuosas, de acuerdo con su grado o con su propia disponibilidad de fortuna. Los generales se distinguían por el empleo de una ancha banda de color carmesí que les cruzaba el pecho. Entre los jefes y oficiales era frecuente el empleo de borgoñota, adornada con plumas rojas y blancas, media armadura o armadura completa. Durante el reinado de Carlos V tuvo considerable auge la armadura denominada quot;Maximilianaquot;, que se caracterizaba por poseer multitud de estrías o acanaladuras muy próximas entre sí que imitaban los pliegues de las prendas de la época y cubrían toda su superficie a excepción de las grebas o parte inferior de las defensas de las piernas. Los zapatos metálicos, con bordes rectangulares, estaban inspirados también en el estilo civil del momento conocido como quot;pata de osoquot;. Las estrías, aparte de su función decorativa, se introdujeron para reforzar la armadura y tratar de desviar de las zonas vulnerables el impacto de los proyectiles o de las armas blancas. Carlos V vestía una armadura a la romana que se conserva en la Real Armería de Madrid. Fue labrada por Bartolomeo Campi, platero de Pesaro, y está compuesta por siete piezas de acero pavonado con adornos de bronce dorado, de plata y de oro. Se inspira en las armaduras grecorromanas, puestas de moda durante el Renacimiento. El casco es una borgoñota con yugulares a la romana, adornada con una diadema de hojas de encina en oro. La coraza se adapta a la musculatura del cuerpo, a la manera de las que utilizaban los emperadores romanos. Además de la espada y la daga, de uso general entre los oficiales, los capitanes utilizaban pica y rodela o arcabuz al entrar en combate. Su distintivo de
  18. 18. grado era una jineta sin punta acerada y guarnecida con quot;flecos galanesquot; que portaban durante las marchas o en las estancias en los campamentos. Los sargentos mayores llevaban coleto de ante, musequíes o mangas de malla y morrión (prenda militar, a manera de sombrero de copa sin alas y con visera), e iban armados con espada y corcesca (arma semejante a la alabarda, rematada en una sola punta como las lanzas); la corcesca constituía también, junto con su bastón de mando, un distintivo de grado. Los alféreces y los sargentos de compañía llevaban una alabarda como distintivo de grado, y en los combates solían utilizar, además de la espada, un gran dardo con punta de hierro fabricado con madera muy resistente (generalmente fresno). Con frecuencia los generales tenían a su servicio a un heraldo para que actuara como enlace entre las diversas unidades a su mando y transmitiera mensajes al enemigo. Los heraldos del Emperador vestían una dalmática de seda en la que iban bordados los emblemas imperiales, y portaban un bastón de mando blanco como signo de su misión de paz.
  19. 19. Pífanos y tambores No iban armados sino con una pequeña daga y no usaban ningún tipo de casco ni de armadura. Como prenda de cabeza empleaban una parlota de paño amarillo adornada con un plumero rojo. Sus jubones y gregüescos solían ser amarillos acuchillados en rojo, las calzas rojas y los zapatos negros. Los tambores, o quot;cajas de guerraquot; como entonces se llamaban, eran muy altos y voluminosos. La caja solía estar pintada en azul con dos bandas rojas en los extremos superior e inferior, aunque algunos autores opinan que, con frecuencia estas bandas eran del color de la librea de los maestres de campo, coroneles o capitanes. También es probable que en algunos casos se pintaran en la caja las armas imperiales.
  20. 20. Banderas y estandartes En las banderas de las compañías figuraba generalmente la cruz de San Andrés o de Borgoña, unas veces con nudos, lisa otras, con el aspa dispuesta de extremo a extremo de la tela. Esta bandera representada, blanca con la cruz de Borgoña en rojo, ondeó quizá por primera vez en la batalla de Pavía, y es la más característica de las utilizadas por las tropas de Infantería española durante los siglos XVI y XVII. Si bien en las banderas de compañía la cruz de San Andrés figuraba sobre fondos de muy diversa forma y colorido (en los que a veces se incluían jeroglíficos o motivos heráldicos del oficial que estaba al mando), el color blanco es el que auténticamente representaba al poder real. La figura de la derecha representa el estandarte de Carlos V Emperador, reproducción del que contiene el Inventario Iluminado que se conserva en la Real Armería de Madrid. En el mismo se distingue, en el extremo superio r izquierdo, la figura de Dios Padre sobre Santiago Matamoros: en el centro se encuentran las columnas de Hércules rodeando al escudo imperial, y el extremo derecho lo ocupa San Andrés con la cruz de Borgoña y la inscripción quot;Plus Oultrequot; (en otros estandartes imperiales la inscripción figuraba en alemán: quot;Noch Weiterquot;), Esta otra figura de la izquierda muestra las armas imperiales: las de Castilla y León (castillos y leones), de Aragón (barras), de Sicilia (águilas y barras) y la granada de España: de Austria (fajas), de Borgoña moderna (flores de lis) y antigua (bandas), de Brabante (león en oro) y, en escudete superpuesto, las de Flandes (león en negro o de sable) y Tirol (águila roja o de gules).
  21. 21. La figura de la izquierda representa un estandarte imperial en el que el escudo con las armas descritas aparece sostenido sobre el pecho del águila bicéfala. Finalmente, la figura de la derecha muestra un pendón de la Santa Hermandad de Toledo que llevó Carlos V en la expedición a Túnez en 1535.
  22. 22. Reclutamiento La primera necesidad que se sentía para formar un Tercio era reclutar a los hombres que habían de formarlo. Para reclutar a las tropas, se otorgaba a la persona que trataba de levantarlas un real despacho o permiso que recibía el nombre de conducta, a la que se añadía una instrucción que servía de norma para llevar a cabo estas operaciones. No resultaba fácil la selección de los capitanes que habían de formar las nuevas compañías. En el momento en que se tenían noticias de que se iba a producir un nuevo reclutamiento, una legión de pretendientes trataba de llegar a la Corte y exponer su pretensión, llevando sus hojas de servicios más o menos brillantes y, a veces, hasta supuestas. El duque de Alba, con el enorme prestigio que su figura llevaba consigo, soslayó los inconvenientes de los quot;pretendientesquot; y al necesitar una nueva leva para sus Tercios, escribió al rey pidiéndole los soldados, añadiendo que él mismo mandaría a los hombres apropiados para hacerse cargo de los reclutas. El compromiso siempre era voluntario, excepción hecha de ciertos condenados que venían forzosamente a servir al rey. Una vez firmado el contrato de alistamiento -que no tenía límite de tiempo establecido- el soldado podía ser destinado a cualquier parte y a cualquier país. El aprendizaje, la instrucción, que diríamos ahora, era algo que en los Tercios se cuidaba con esmero. Estaba determinado que ningún soldado formara en las filas de los Tercios antes de saber bien su oficio. El período de recluta, cuyo tiempo era variable según las circunstancias, se pasaba, normalmente, en los Tercios de Italia, en servicio de guarnición y aprendiendo de los veteranos a ser soldados. Entonces recibían el nombre de pajes de rodela, encargados de llevar las armas de los veteranos a los que estaban adscritos. Así se ejercitaban en el dominio y manejo de sus armas e incluso de las que no eran de su especialización, de los movimientos tácticos y de las evoluciones precisas en el campo de batalla y recibían una esmerada preparación física que incluía -en el siglo XVI- prácticas de salto, natación, equitación y juego de pelota, aparte otras prácticas y juegos que se realizaban aprovechando cualquier rato de ocio o descanso, porque quot;es preciso que el infante no caiga nunca en la ociosidad para que así no caiga nunca en la perezaquot;.
  23. 23. Protagonistas La personalidad militar de Carlos I Carlos I fue un rey-emperador soldado, a ejemplo de sus abuelos los Reyes Católicos durante la campaña de Granada. El último de la historia de España durante el período de la Casa de Austria, salvo la fugaz aparición de Felipe II en San Quintín; después Felipe V y Carlos III de Borbón -y durante la campaña del Norte en 1876 Alfonso XII- también vivieron junto a sus tropas en el campo de batalla. La principal ocupación de Carlos V en Europa fue la dirección personal de sus ejércitos y decidió retirarse cuando ya le faltaron las fuerzas para la actividad militar. quot;En la historia de las guerras europeas habidas en el siglo XVI -resume el mariscal Montgomery- la nación más destacada fue España, que alcanzó la cima de su poderío en 1550quot;. Es el fruto militar del reinado de Carlos V. Ese resultado se debió de forma importante al perfeccionamiento de la táctica y de la tecnología militar y naval quot;en las que también -dice el mariscal historiador de la guerra- estuvo España a la cabezaquot;. El factor moral era decisivo: el ímpetu y el valor del combatiente hispano, la voluntad de vencer, la seguridad en la causa propia, el nuevo sentido de la patria y de su misión en el mundo, la presencia y actividad de los capellanes militares. quot;Santiago y cierra Españaquot; era el grito de ataque que inauguraron en Italia las tropas de Gonzalo Fernández de Córdoba. Carlos I adoptó y perfeccionó la gran innovación del Gran Capitán, el uso preponderante de las armas de fuego portátiles y la maestría en la combinación de las diversas armas y cuerpos. La estructuración de los Tercios, nacidos también en las campañas de Italia; unidades móviles que actuaban con disciplina colectiva pero dejando campo libre a la iniciativa individual, como en la tradición militar ibérica de la Antigüedad. La selección de los mandos en todos su grados, desde el capitán al maestre de campo, apoyados en un excelente plantel de mandos intermedios y sargentos. La presencia personal del rey-emperador en las campañas, como si pareciera decidido a vengar las derrotas, no bien explicadas para sus contemporáneos, de su bisabuelo Carlos el Temerario en el corazón de Europa frente a los piqueros suizos. Los perfeccionamientos europeos (asimilados bien por España) y españoles del armamento individual de la infantería, la artillería y la ingeniería militar, de la que nació en gran parte la ciencia moderna; las fábricas españolas y las de Europa
  24. 24. al servicio de España lograron hacia 1520 perfeccionar el arcabuz, cuyo alcance útil subió de 80 a 200 metros. La gran apertura de España a Europa en la primera época de Carlos V hizo que los fabricantes españoles de armamento captasen inmediatamente cualquier idea de mejora que surgiera, sobre todo en Italia. Y la compenetración entre españoles e italianos sería uno de los factores decisivos en la estrategia de Carlos V. El rey de España y emperador de Alemania poseía, según el conjunto de los especialistas en su época, un admirable sentido estratégico, con rasgos muy modernos dentro de su enraizamiento medieval en el fecho del Imperio, y que podemos resumir en los puntos siguientes: • Su firmeza profunda, ante todo, para la guerra ideológica que entonces se desencadenó en Europa desde los comienzos de la tercera década del siglo XVI, y su captación asombrosa de la Reforma como desafío estratégico para la Cristiandad, que saltó hecha pedazos. Pero que se mantuvo como ideal y como posibilidad mientras vivió Carlos V, para diluirse después inevitablemente. • La idea de cruzada, típicamente medieval, pero trasplantada con todo vigor a los comienzos de la Edad Moderna y desplegada en tres frentes de resistencia y acción: (1) El frente centroeuropeo, sometido a la doble amenaza de los protestantes y de los turcos. (2) La recuperación del horizonte norteafricano, abandonado después de los primeros intentos Fernando el Católico. (3) La defensa del Mediterráneo central, con bases en Italia y Sicilia, para frenar las amenazas turcas y con la idea, nunca abandonada, de organizar una nueva cruzada a Tierra Santa. • Afianzamiento del gran conjunto de Estados hereditarios sobre los dos polos de España y de Austria, y con un sistema de enlace y comunicación entre estos polos y todos los demás Estados, con los que, gracias al ejército permanente financiado con los extraordinarios recursos de Castilla, podía el emperador asegurar su hegemonía sobre Europa. España sería, desde el retorno del emperador en 1522, centro para esta estrategia. • El cerco a Francia, la cual, vista desde España y Austria, era esa porción díscola de la Cristiandad que no dudaba en aliarse con el turco para satisfacer su orgullo y sus pretensiones. Es lógico que ante esta actitud, y ante la fragmentación de la Cristiandad por las convulsiones de la Reforma, España apareciese ante los designios estratégicos de Carlos V como un bastión de unidad y de lealtad en cuanto los españoles en conjunto aceptasen, tras la
  25. 25. prueba de la guerra civil de 1520- 1522, la idea del Imperio y una posición preeminente para realizarla. • La idea de Europa. Esta idea estaba inicialmente identificada con la de Cristiandad y constituía por tanto una herencia medieval evidente, destinada a enfrentarse con la Modernidad secularizadora. Pero incluso cuando la división de las religiones y las conciencias hizo entrar en crisis el concepto de Cristiandad y Carlos fue muy consciente de esa crisis, el emperador mantuvo el ideal de la unidad europea, pese a tan grave obstáculo, y no consideró cancelada su misión imperial unitaria. • El horizonte América. Durante el reinado de Carlos V los españoles consiguen en esos veinte años milagrosos que van de 1520 a 1540 la conquista de América, nada menos. Pero también hemos dicho que América constituía, en la estrategia imperial de Carlos V un horizonte, una retaguardia y una reserva segura, indisputada en lo esencial, más que un adelantamiento y una vanguardia. La conjunción concreta de estos seis factores en una estrategia coherente es una prueba de la genialidad de Carlos I de España y V de Alemania. Y como afirma el profesor Fernández Álvarez, uno de los grandes conocedores de Carlos V, el rey-emperador, además de concebir este grandioso designio quiere contribuir personalmente a realizarlo. quot;Va vestido de soldado, -cita el embajador Salinas, un testigo próximo- Quiere pasar los puertos en compañía de los soldados, y a la causa va de este atavío. Es muy gran placer de verle tan sano y alegre en estos trabajos, y no es el que menos parte dellos toma... Sé decir a V.M. que va la gente de guerra y la que no lo es la más alegre del mundo, como si fuesen a jubileo.quot; Ser soldado: ésa fue la gran vocación de Carlos V como hombre. y, sin embargo, el estadista comprende que necesita la paz y la busca sinceramente. Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán (1453-1515). Militar español al servicio de los Reyes Católicos. Nació en Montilla (Córdoba) el 1 de septiembre de 1453. Miembro de la nobleza andaluza (perteneciente a la Casa de Aguilar), siendo niño fue incorporado al servicio del príncipe Alfonso como paje y, a la muerte de éste, pasó al séquito de la princesa Isabel. Fiel a la causa isabelina, inició la carrera militar que le correspondía a un segundón de la nobleza en la Guerra Civil castellana y en la de Granada, donde sobresalió como soldado
  26. 26. (sitio de Tájara y conquista de Illora), espía y negociador, se hizo cargo de las últimas negociaciones con el monarca nazarí Boabdil para la rendición de la ciudad. En recompensa por sus destacados servicios, recibió una encomienda de la Orden de Santiago, el señorío de Orjiva y determinadas rentas sobre la producción de seda granadina, lo cual contribuyó a engrandecer su fortuna. En 1495 fue requerido para una nueva empresa militar de sus soberanos, la intervención en la península Italiana. Desembarcó en Calabria al mando de un reducido ejército para enfrentarse a las tropas francesas que habían ocupado el reino de Nápoles, sobre el que Fernando de Aragón tenía aspiraciones. Maniobrando con gran habilidad y tras varios éxitos entre los que se incluyen la larga marcha a Atella que le permitió llegar oportunamente a combatir y que culminaron con la derrota y expulsión de los franceses, regresó a España en 1498, donde sus triunfos le valieron el sobrenombre de Gran Capitán y el título de duque de Santángelo. En 1500 fue enviado a Italia por segunda vez con el encargo de aplicar, por parte española, el Tratado de Chambord-Granada (1500) que implicaba el reparto del reino de Nápoles entre los Reyes Católicos y Luis XII de Francia. Desde el principio se produjeron roces entre españoles y franceses por el reparto de Nápoles, que desembocaron en la reapertura de las hostilidades. La superioridad numérica francesa obligó a Fernández de Córdoba a utilizar su genio como estratega, concentrándose en la defensa de plazas fuertes a la espera de refuerzos. El Gran Capitán derrotó en Ceriñola al ejército aleman dado por el duque de Nemours, que murió en el combate (1503), y se apoderó de todo el reino. Mando Luis XII un nuevo ejército, que fue igualmente vencido a orillas del Garellano (1504), y los franceses hubieron de rendir a la plaza fuerte de Gaeta y dejar libre el campo a los españoles. Terminada la guerra, Fernández de Córdoba gobernó como virrey en Nápoles durante cuatro años, con toda la autoridad de un soberano; pero, muerta ya Isabel, se hizo el Rey eco de los envidiosos del general y, temeroso de que se hiciese independiente, le quitó el mando, aunque no está demostrado que le pidiese cuentas. Si es cierto, en cambio, que no cumplió a tan ilustre caudillo los ofrecimientos que le había hecho. Pese a sus deseos de volver a Italia, Gonzalo, entonces, se retiró a Loja, donde murió en 1515. El Gran capitán fue un genio militar excepcionalmente dotado que por primera vez manejó combinadamente la Infantería, la Caballería y la Artillería. Supo mover hábilmente a sus tropas y llevar al enemigo al terreno que había elegido como más favorable. Revolucionó la técnica militar mediante la reorganización de la infantería en coronelías (embrión de los futuros tercios). Idolatrado por sus soldados y admirado por todos, tuvo en su popularidad su mayor enemigo.
  27. 27. Campañas La Batalla de Pavía. (24 de febrero de 1525) Por Juan Eslava Galán En la aldea europea dos poderosas familias se odiaban a muerte, los Borgoña- Austria y los Valois-Angulema. Sus vástagos respectivos, Carlos I de España y Francisco I de Francia, parecían nacidos para llevar aquella rivalidad a sus últimas consecuencias. Ambos eran orgullosos y testarudos, ambos habían heredado viejos litigios de lindes (en el Milanesado, en Nápoles, en Luxemburgo, en Navarra...) y cada uno de ellos deseaba humillar al otro. Además, Francisco no perdonaba a Carlos que se hubiese alzado con el título de Emperador del Sacro Imperio al que también él aspiraba. Carlos, el de la mandíbula prognática, y Francisco, el de la luenga narizota, sostuvieron cuatro guerras. La primera duró cinco años, entre 1521 y 1526, y se desarrolló en el ducado de Milán. El primer asalto lo ganó Carlos tras una breve y brillante campaña cuya batalla más importante se dio en Bicoca, un lugarejo en las proximidades de Monza. Los españoles alcanzaron la victoria tan fácilmente que el topónimo se incorporó al castellano como sinónimo de cosa fácil, ganga o prebenda que se consigue con poco coste. En descargo del perdedor, el general francés Lautrec, hay que apuntar que dio la batalla contra su voluntad, forzado por sus mercenarios suizos a los que debía muchas pagas atrasadas. Después de Bicoca, los púgiles se concedieron un respiro para alistar nuevas tropas antes de volver a la carga. Los ejércitos de la época estaban compuestos de soldados profesionales que combatían por la paga y eran en una alta proporción extranjeros. En el ejército de Carlos, además de españoles militaba una gran cantidad de alemanes, italianos y suizos; en el de Francisco, además de franceses, abundaban igualmente los mercenarios europeos. En el segundo asalto Francisco besó nuevamente la lona. El almirante Bonnivet invadió el Milanesado con un ejército de cuarenta mil hombres pero fracasó en su empeño de expulsar a los españoles, El tercer asalto fue el más espectacular. Francisco I en persona pasó los Alpes, el 25 de octubre de 1524, al frente de un gran ejército en el que lo acompañaba toda la nobleza de Francia. Once días después los franceses entraban en Milán y avanzaban por doquier arrinconando a las guarniciones españolas en sus plazas y castillos. Las fuerzas de
  28. 28. Carlos, el llamado ejército de Milán, unos diez mil hombres escasos de pertrechos, cedieron terreno y se replegaron a Lodi. Uno de sus generales, el navarro Antonio de Leiva, se encerró en la ciudad fortificada de Pavía con dos mil españoles y cinco mil alemanes Parecía que Francisco había vencido antes de combatir. No obstante no podía considerar conquistado el territorio hasta que hubiese expulsado de él a las fuerzas españolas, Por lo tanto puso sitio a Pavía y comenzó a batir la ciudad. Pero su defensor Antonio de Leiva, organizó muy bien la defensa y rechazó los asaltos franceses respondiendo a sus minas con contraminas. Los franceses se las habían con uno de los generales más veteranos de Europa. A sus cuarenta y cinco años, el de Leiva había hecho la guerra de las Alpujarras contra los moriscos y había acompañado al Gran Capitán en sus campañas italianas contra los franceses. Si Pavía no se conquistaba por las armas perecería por hambre. Era sólo cuestión de tiempo, pero mientras el ejército francés estaba inmovilizado delante de sus muros, los imperiales se reponían y consolidaban posiciones en otros lugares. Al campamento de Francisco comenzaron a llegar noticias preocupantes. Los imperiales habían reclutado doce mil lansquenetes en Alemania; Fernando de Austria les enviaba otros dos mil hombres... Francisco I celebró consejo y decidió batir al enemigo antes de que se robusteciera. Puesto que Pavía sería rendida por hambre podían permitirse el lujo de dividir sus fuerzas: dejarían una parte en el cerco de la ciudad y enviarían al resto en sendas expediciones contra Génova y Nápoles. Mientras tanto los imperiales estaban en apurada situación. Las arcas de sus regimientos estaban exhaustas y era presumible que los lansquenetes alemanes y los mercenarios suizos, faltos de pagas, no tardarían en amotinarse o simplemente en ponerse en huelga, en dejar de combatir. Los generales salieron del paso empeñando sus fortunas personales para obtener créditos con los que pagar a las tropas, pero ni siquiera así obtuvieron el dinero necesario para sostener una campaña tan prolongada como la que se avecinaba. El marqués de Pescara pulsó hábilmente la íntima fibra del orgullo nacional de sus compatriotas: expuso la apurada situación a los arcabuceros españoles y consiguió no sólo que combatieran de fiado sino que le adelantaran sus ahorros para pagar a los alemanes. Es evidente que los soldados adoraban al vencedor de Bicoca. La guerra en invierno era muy dura, con el tiempo lluvioso, los caminos embarrados y las nieblas traicioneras ocultando celadas en valles y malos pasos, pero tampoco quedaba otra opción. A mediados de enero, los generales de Carlos,
  29. 29. el contestable de Borbón, Lannoy y Pescara marcharon sobre Pavía para forzar al rey de Francia a levantar el cerco. El enfrentamiento se produjo el 24 de febrero de 1525. En todas las academias militares del mundo ponen la batalla de Pavía como ejemplo de ejecución perfecta de un plan de ataque. Después de la llegada de los refuerzos españoles, los ejércitos estaban equilibrados numéricamente, unos veinticinco mil hombres por cada bando, pero los franceses superaban a los españoles en caballería y artillería. Francisco, con sus tropas resguardadas por la muralla del parque, dejaba pasar los días sin mover un dedo. Sabía que las arcas del enemigo estaban casi exhaustas y esperaba que su ejército se disolviera por falta de pagas. Además los sitiados no tardarían en rendirse por hambre. En efecto. A los quince días comenzaron a escasear los víveres en el ejército imperial y algunos oficiales aconsejaron a Pescara que se retirara hacia Milán. Pescara, tan excelente psicólogo como general, hizo nuevamente de la necesidad virtud y se ganó a sus hambrientas tropas con la siguiente arenga: quot;Hijos míos, todo el poder del emperador no basta para darnos mañana un solo pan. ¿Sabéis el único sitio donde podemos encontrarlo en abundancia? En el campamento de los franceses que allí veis.quot; No era lerdo el de Pescara. Desde que acampó ante Pavía no pasó día en que no fingiera un ataque nocturno contra los franceses. De este modo los acostumbró a las falsas alarmas y se aseguró que los cogería desprevenidos cuando desencadenase el ataque verdadero. Es una argucia de guerra muy antigua que suele dar resultado. El 23 de febrero, los imperiales salieron a dar la batalla definitiva. Pescara envió dos compañías de encamisados a abrir una brecha en el muro del parque que protegía a los franceses. Los encamisados, así llamados porque llevaban las camisas blancas encima de las armaduras, como camuflaje para la nieve. También era uniforme de guerra nocturna que les permitía reconocerse de noche. Los encamisados abrieron tres brechas por las que al amanecer se coló Pescara al frente de los imperiales. Los españoles avanzaban en formación, sus escuadrones de piqueros flanqueados por la caballería. En el campo francés los caballeros se prepararon para el combate en sus relucientes armaduras. Las instrucciones eran no dejar a un español con vida. Pescara formó su columna y arremetió contra la línea francesa en ángulo agudo, siguiendo el orden oblicuo que tan buen resultado dio al griego Epaminondas en la clásica batalla de Mantinea. Durante el siglo y pico siguiente todos los ejércitos de Europa, y especialmente el de Federico el Grande, adoptarían el orden oblicuo. Consiste en chocar contra el enemigo no de frente sino formando un ángulo agudo de modo que se trabe el combate en un único punto, dejando el resto de la tropa retrasado. Así se consigue fijar al enemigo sobre el terreno y evitar que refuerce el punto atacado, donde se hace la mayor presión.
  30. 30. El ejército francés se caracterizaba por un elemento moderno, su artillería, y un elemento evidentemente desfasado, su caballería feudal, hombres de armas cubiertos de brillantes armaduras sobre robustos caballos igualmente acorazados. Frente a ellos las tropas imperiales se componían principalmente de infantería, los famosos tercios españoles que muy pronto serían considerados invencibles en terreno llano. Los tercios constituían una tropa sufrida, valiente y experimentada. Sus largas picas debidamente concentradas en formación cerrada formaban una especie de puerco espín que se movía cansinamente a golpe de tambor y formaba una barrera infranqueable para la caballería. Además sus cuadros iban festoneados por escuadrones de expertos arcabuceros capaces de acertar al caballero a cien pasos, traspasando la coraza. Comenzaba a dictar su dura ley la tan denostada pólvora que dio al traste con la guerra noble y lúdica, casi deportiva, de la Edad media. Otra vez, como en Crécy y en Aljubarrota, el arma que mata a distancia y casi anónimamente, sea arco largo inglés o arcabuz de mecha español, venciendo a la espada y la lanza del caballero. El contraataque francés desbarató la línea imperial. Las cuatro piezas de artillería que el de Pescara llevaba en retaguardia, sin escolta de caballería, fueron presa fácil de los franceses, que se lanzaron por ellas y las arrebataron a los alemanes que las servían. Pero al hacerlo dejaron al descubierto su retaguardia y las tropas imperiales del marqués del Vasto se colaron por la brecha y pusieron en fuga a los suizos de Francisco. Mientras tanto el condestable de Borbón, antiguo general francés que se había enemistado con Francisco y se había puesto al servicio de Carlos, cayó sobre la vanguardia francesa con el centro imperial. Fue entonces, en el momento más decisivo del combate, cuando Francisco I, arrastrado por su vanidad caballeresca, quiso decidirlo todo en un santiamén con una vistosa carga de caballería y se lanzó alocadamente al combate. En este movimiento su galopada se interpuso frente a las bocas de sus cuarenta cañones que estaban conteniendo a las fuerzas imperiales. Los artilleros se vieron obligados a suspender el fuego para evitar herir a los suyos. La caballería imperial contuvo la carga a duras penas pero mientras tanto el marqués de Pescara, maniobrando hábilmente, dispuso a sus mil quinientos arcabuceros de modo que acribillaran a la caballería enemiga. En el momento más crítico Leiva salió de Pavía con sus cinco mil hombres y después de romper el puente sobre el Ticino para cortar la retirada a los franceses, cayó sobre el flanco del enemigo. Hombre animoso este Leiva que el día de la batalla estaba tan enfermo que no se sostenía sobre el caballo, pero así y todo quiso estar entre sus hombres y se hizo llevar en silla de manos. La torpeza de Francisco I había decidido la batalla. No obstante todavía le quedaba casi intacta la infantería del centro e izquierda, compuesta de mercenarios suizos y de lansquenetes alemanes. Los arcabuceros españoles hicieron una carnicería en ellos y los pusieron en fuga por el camino de Milán. Sobre el campo quedaban los cadáveres de los generales La Pacice y Diesbach que mandaban el ala derecha francesa y los suizos. En cuanto a Bonnivet, consejero militar del rey y más directo responsable del desastre, se suicidó.
  31. 31. Desarticulados los franceses y perseguidos por los imperiales, la batalla se redujo a combates aislados. Francisco y sus caballeros de escolta fueron rodeados. El rey de Francia había perdido el caballo y estaba herido, aunque levemente, en el brazo. Pugnaba por levantarse cuando un soldado vasco, Juan de Urbieta, le puso el estoque al cuello y lo hizo preso. Con él estaban Alfonso Pita, gallego, y Diego Dávila, granadino. Los arcabuceros se disputaban aquel rehén de elevada estatura que, por la riqueza de las armas que lucía y la altivez con que se conducía aun en la derrota, debía de ser de la más alta cuna. Fue La Motte, oficial del condestable de Borbón, el que lo reconoció y caballerosamente le prestó homenaje. Francisco entregó a Lannoy su espada y una manopla, en señal de rendición. Con la perspectiva del tiempo no deja de ser curiosa la supervivencia de este concepto medieval de la guerra en la que los propios reyes se juegan la vida al frente de sus tropas, También Carlos I estuvo a punto de caer prisionero del enemigo en Innsbruck en 1552. Los monarcas actuales, sin embargo, aunque gusten de vestir uniforme y de lucir medallas y condecoraciones, hace tiempo que dejaron de ir a la guerra y se contentan con presidir desfiles. La batalla de Pavía se saldó con más de ocho mil muertos franceses. Además, muchos nobles y caballeros principales cayeron prisioneros. Francisco fue trasladado a España y permaneció prisionero de Carlos por espacio de un año, hasta que se avino a firmar el tratado de Madrid en 1526. En virtud de este tratado, el francés reconocía los derechos de Carlos V sobre los ducados de Milán y Borgoña. Papel mojado. En cuanto Francisco se vio al otro lado de los Pirineos, se olvidó de lo pactado y reanudó la guerra en Italia aliado al Papa y a Génova. Carlos en su nueva campaña le hizo la guerra al Papa y sus lansquenetes desmandados saquearon Roma en 1527 (y trazaron graffiti con vivas a Lutero a punta de alabarda sobre los frescos de la Capilla Sixtina). Ésa es ya otra historia. El Saqueo de Roma El día 6 de mayo de 1527, el ejército Imperial de Carlos V, del que formaban parte unos dieciocho mil lansquenetes, muchos de ellos luteranos, toman al asalto Roma y durante semanas someten a saqueo la Ciudad Eterna. El terrible episodio, que se inscribe en la segunda guerra entre el emperador Carlos V y el rey francés Francisco I, marca el fin del papado renacentista en Italia. Los saqueos, cometidos por tropas que se habían quedado sin jefes, degeneraron en una orgía de sangre: se multiplicaban los episodios de pillaje, violaciones y torturas contra la población civil. Un texto veneciano de la época dice: quot;El Infierno no es nada si se lo compara con la visión que ofrece la Roma actual.quot; El humanista Erasmo de Rotterdam, por su parte, escribe: quot;Roma no era sólo la fortaleza de la religión cristiana, la sustentadora de los espíritus nobles y el más sereno refugio de las musas; era también la madre de todos los pueblos. Porque para muchos Roma era más
  32. 32. querida, más dulce, más bienhechora que sus propios países. En verdad, este episodio no constituyó sólo el ocaso de esta ciudad, sino el del mundo.quot; En este segundo duelo entre Francia y el Imperio se distinguen claramente dos etapas. En la primera, el conflicto adquiere las características de un enfrentamiento entre las dos cabezas supremas de la cristiandad, el máximo poder espiritual, Clemente VII, y el máximo poder temporal, Carlos V. Se combate en Italia. Las tropas francesas apenas intervienen. En la segunda parte, entra en lid nuevamente Francisco I. Se trata de dilucidar definitivamente quién va a ser el dueño de Italia. Al comenzar las hostilidades, el ejército imperial con base en Italia se encuentra en condiciones de franca inferioridad. El duque de Milán ha arrojado de la ciudad a los imperiales. Lodi se pierde también. Frente a los 10.000 hombres que manda el condestable de Borbón se aprestan las tropas mucho más numerosas de los aliados. El 20 de septiembre las tropas españolas se presentan frente a los muros de Roma; finalmente entran en la ciudad. El Papa tiene que refugiarse en el castillo de Sant'Angelo. Asustado ante el saqueo que llevaron a cabo los soldados en la misma Iglesia de San Pedro, Clemente VII accede a firmar una tregua de cuatro meses. Hugo de Moncada, dándose por satisfecho, se retira de Roma, llevándose como rehenes a dos cardenales, sobrinos del Papa. Pero Clemente no respetó la tregua. Entretanto, las tropas del condestable de Borbón se encaminan hacia Roma. Borbón, como representante del emperador en Italia, iba dispuesto a obligar al Papa a cumplir las condiciones estipuladas. Con él iban el capitán Jorge de Frundsberg con sus tropas alemanas, los lansquenetes, unos 18.000 hombres, entre los que no faltaban muchos luteranos, gentes para quienes el Papa era el mismísimo Anticristo. Junto a los 10.000 españoles, los 6.000 italianos, los 5.000 suizos y los 6.500 jinetes que integraban las fuerzas de caballería, el ejército del condestable de Borbón venía sobre la Ciudad Eterna como un nublado. Parte de ellos quedaron con Leyva guarneciendo el Milanesado; mas el grueso del ejército (cerca de 30.000 hombres) ya estaba en marcha hacia el sur. Conforme avanzaban, se les iban uniendo gentes extrañas, aventureros, oportunistas, que acudían al olor del botín. Por eso se ha comparado la marcha de aquel ejército al avance de una bola de nieve que crece y crece conforme rueda. El Papa, entretanto, hacía y deshacía las treguas con una inconsciencia demencial. Apenas recibía noticias de que algún aliado proyectaba enviarle socorro, rompía los pactos, para volver a rehacerlos al ver que los socorros no llegaban.
  33. 33. quot;Quebrantando cien veces su palabra siempre que recibía alguna noticia esperanzadora de llegada de refuerzos franceses, parecía confiar, en último término, en detener con un gesto pacífico la marcha de sus enemigos.quot; A finales de marzo, los imperiales estaban acampados cerca de Bolonia. La tropa se desesperaba. Habían tenido que soportar los rigores de un crudo invierno; las soldadas tardaban en pagarse; la noticia de que se trataba de ajustar una tregua a sus espaldas les exasperó. Estallaron los motines. Frundsberg, confiado en tranquilizar a sus soldados con una arenga, tuvo que soportar una rechifla tan monumental que murió del disgusto. La soldadesca quería resarcirse de las penalidades sufridas con el botín que le esperaba en las ricas ciudades de Italia. Intentando frenar el alud, Clemente VII ofreció a Borbón 60.000 ducados. Borbón, presionado por las tropas, pidió 240.000 El Papa regateó y el condestable respondió subiendo su propuesta a 300,000 ducados. Clemente no estaba en condiciones de ofrecer aquella suma, y el pueblo romano mucho menos aún, desconfiando más incluso que sus enemigos de la palabra del Papa. Se intentó una colecta entre los romanos. El más rico de ellos no aportó más de 100 ducados. Presas del pánico, los patricios y los cardenales se apresuraron a ocultar sus tesoros y a huir de Roma. Señores hubo que reclutaron tropas privadas para poner guardia a sus propios palacios, No era posible organizar una defensa conjunta. Renzo di Ceri, encargado por el Papa de coordinar los esfuerzos y dirigir la defensa, demostró su incapacidad descuidando tomar las más elementales medidas defensivas. NI siquiera se pensó en destruir los puentes del Tíber, operación que habría impedido a los atacantes penetrar en el corazón de la ciudad. Sabiendo que el ejército imperial venía sin artillería y encontrándose ellos bien artillados, llegaron incluso a rechazar la ayuda que precipitadamente le ofrecieron algunos de los capitanes de la liga. quot;En 1527 - escribe Gregorovius-, los descendientes de aquellos romanos que en un tiempo habían rechazado desde sus murallas a poderosos emperadores, no conservaban ya nada del amor por la libertad y de las viriles virtudes de sus progenitores. Aquellas cuadrillas de siervos del clero, de delatores, de escribas y fariseos, la plebe nutrida en el ocio, la burguesía refinada y corrompida, privada de vida política y de dignidad, la nobleza inerte y los millares de sacerdotes viciosos eran semejantes al pueblo romano de los tiempos en que Alarico había acampado ante Roma.quot; A primeros de mayo, el ejército imperial acampa frente a los muros cercanos al barrio del Vaticano, la llamada Ciudad Leonina, donde se hallaban los palacios pontificios la fortaleza de Sant'Angelo (unida al Vaticano por un pasadizo amurallado) y la basílica de San Pedro. El 6 de mayo, durante la noche, cayó una espesa niebla sobre la ciudad. Apenas clareó, comenzó el ataque a la misma. La niebla Impedía ver a los asaltantes La artillería disparaba al azar desde Sant'Angelo, Los Imperiales adosaron sus escalas a los muros entre el estruendo de la arcabucería, Tiempo
  34. 34. adelante, el famoso escultor y aventurero florentino Benvenuto Cellini, que por aquellos días se encontraba en Roma y participó en la defensa de la ciudad, contaría en su vida un incidente ocurrido en el sector donde luchaba él: quot;Vuelto mi arcabuz donde yo veía un grupo de batalla más nutrido y cerrado, puse en medio de la mira precisamente a uno que yo veía levantado entre los otros; la niebla no me dejaba comprobar si iba a caballo o a pie. Me volví inmediatamente a Lessandro y a Cecchino, les dije que disparasen sus arcabuces... Hecho esto por dos veces cada uno, yo me asomé a las murallas prestamente, y vi entre ellos un tumulto extraordinario. Fue que uno de nuestros golpes mató a Borbón; y fue aquel primero que yo veía elevado por los otros, según lo que después comprendí.quot; En efecto. el condestable de Borbón, mortalmente herido, había caído de una escalera gritando: quot;Ah, Virgen Santa, soy hombre muerto.quot; La noticia se difundió rápidamente tanto entre los asaltantes como entre los defensores. Éstos, creyendo que habían conseguido ya la victoria, descuidaron de momento la defensa, Aquéllos, enfurecidos por la muerte de su general y descontrolados al faltarles su jefe, se lanzaron con mayor brío aún al asalto de Roma. Los Alféreces españoles, con sus banderas a cuestas, fueron los primeros en saltar el muro, a los gritos de quot;¡España!, ¡Imperio!quot;. quot;Que detrás de ellos -cuenta Pedro Mexía- las otras naciones hizieron lo mismo. La victoria es cosa cruel y desenfrenada; pero ésta fuelo más que otra, porque la indinación de la gente de guerra contra el papa y cardenales hera grande por las ligas pasadas, e por el quebrantamiento de la tregua de D. Hugo, por los grandes trabajos que en el camino habían pasado, e sobre todo por faltarle el Capitán General, que pudiera templar la furia de los soldados e poner orden en las cosas. De manera que, indignados y desenfrenados, sin piedad matavan y herían a cuantos pudieron alcanzar, siguiendo el alcance hasta las puentes del río Tíber, que divide el burgo donde está el palacio sacro y la iglesia de San Pedro, de la cibdad, asta se apoderar de todo él; lo qual hizieron en muy breve espacio. E lo saquearon e robaron todo.quot; El Papa, que estaba orando en San Pedro, escapó de la basílica en el momento justo en que los imperiales hundían las puertas a hachazos y mataban a los guardias suizos que lo defendían. Por el pasadizo anteriormente mencionado, Clemente VII se refugió en Sant'Ángelo, junto a algunos cardenales y obispos que estaban con él. Renzo di Ceri también se refugió allá, con 500 guardias suizos. En adelante, la guardia suiza conmemoraría hasta nuestros días su defensa de Vaticano, celebrando cada 6 de mayo la jura de bandera de los nuevos miembros de la guardia. El mediodía trajo un descanso a los asaltantes. El príncipe de Orange, que se había hecho cargo, entretanto, del mando supremo del ejército, dio la orden de
  35. 35. continuar el asalto apenas terminaron de comer. Los puentes del Tíber fueron atravesados y continuó la lucha en el resto de la ciudad: quot;Y tras esto, sin hacer diferencia de lo sagrado ni profano, fue toda la ciudad robada y saqueada, sin quedar casa ni templo alguno que no fuese robado, ni hombre de ningún estado ni orden que no fuese preso y rescatado. Duró esta obra seis o siete días, en que fueron hechas mayores fuerzas de insultos de lo que yo podía escribir. Y de esta manera fue tomada y tratada la ciudad de Roma, permitiéndolo Dios por sus secretos juicios; verdaderamente, sin lo querer ni mandar el Emperador, ni pasarle por el pensamiento que tal pudiera suceder. Y éste fue el fruto que sacó el papa Clemente, por la pertinencia y dureza que tuvo en ser su enemigoquot;.(P.Mexía) Durante el día 6 de mayo, el esfuerzo por conquistar la ciudad no permitió la organización metódica del saqueo. Los mayores destrozos los causaron los incendios provocados para quebrantar la resistencia de los defensores. Pero aun así se cometieron actos de extremada crueldad, que no se explican sino por el deseo de infundir el terror al resto de la población. La soldadesca penetró en el hospital del Espíritu Santo y asesinó a los enfermos que en él se alojaban. Aquella noche, los capitanes imperiales lograron reagrupar a sus hombres. Los españoles se concentraron en la plaza Navona. Los alemanes, Campo del Fiori. El cuerpo del Condestable había sido trasladado, entretanto, a la capilla y colocado en un catafalco. A media noche se dio la señal de romper filas. Entonces comenzó la orgía de sangre. De los cincuenta y cinco mil habitantes que Roma contaba, sólo quedó poco más de la mitad. El resto logró escapar o fue asesinado. El total de las pérdidas materiales sufridas alcanzó la cifra, astronómica en aquellos tiempos, de diez millones de ducados. Los palacios de los grandes fueron saqueados, tanto los de la nobleza como los de los eclesiásticos. Los que ofrecieron resistencia fueron borrados con minas o flanqueados a cañonazos. Algunos se salvaron del saqueo pagando fortísimo su rescate. Pero los palacios respetados por los alemanes fueron saqueados por los españoles, y viceversa. No se respetaron los de los próceres partidarios del emperador, que habían permanecido en Roma pensando que nadie les molestaría. La iglesia nacional de los españoles (Santiago, en la plaza Navona) y la de los alemanes (Santa María del Ánima) fueron saqueadas. Se violaron las tumbas en busca de joyas. La de Julio II fue profanada. Las cabezas de los apóstoles San Andrés y San Juan, la lanza Santa, el sudario de la Verónica, la Cruz de Cristo, la multitud de reliquias que custodiaban las iglesias de Roma..., todo desapareció. Los eclesiásticos fueron sometidos a las más ultrajantes mascaradas. El cardenal Gaetano, vestido de mozo de cuerda, fue empujado por la ciudad a puntapiés y bofetadas. El cardenal Ponzetta, partidario del emperador, también fue robado y escarnecido. Otro, Numalto, tuvo que hacer el papel de cadáver en el macabro entierro que organizaron los lansquenetes. Las religiosas corrieron la misma suerte de muchísimas otras mujeres, e incluso niñas de diez años, en manos de la soldadesca lasciva. Muchos sacerdotes, vestidos con ropas de mujer, fueron pasados y golpeados por toda la ciudad, mientras los soldados, vestidos con los
  36. 36. ornamentos litúrgicos, jugaban a los dados sobre los altares o se emborrachaban en unión de las prostitutas de la ciudad. quot;Algunos soldados borrachos -cuenta Gregoribus- pusieron a un asno unos ornamentos sagrados y obligaron a un sacerdote a dar la comunión al animal, al que previamente habían hecho arrodillarse. El desventurado sacerdote engulló todas las sagradas formas antes de que sus verdugos le dieran muerte mediante tormento.quot; Muchas iglesias y palacios (así la basílica de San Pedro y los palacios del Vaticano) fueron convertidos en establos. Las bulas y los manuscritos de las ricas bibliotecas romanas fueron a parar a los presentes. Los soldados destrozaron multitud de obras de arte. El famoso fresco de Rafael conocido como quot;la escuela de Atenasquot; quedó deteriorado por los lanzados de los lansquenetes. Uno de ellos grabó sobre el una frase que expresaba perfectamente los ánimos de su autor: quot;vencedor el emperador Carlos y Luteroquot;. Lutero, en efecto, fue proclamado papa en aquellos días por los soldados alemanes. La situación de los que se encerraron en Sant'Ángelo era bastante desesperada. La carne de burro se reservó como bocado exquisito para los obispos y los cardenales. Los soldados sitiados colgaban niños, atados con cuerdas por los muros para que se recogiese de los fosos las hierbas que allí crecían. Los imperiales, desde las trincheras que abrieron alrededor del Castillo, mataron camuflados a muchos de ellos. Un capitán estranguló con sus manos a una vieja que llevaba al papa un poco de lechuga. El príncipe de Orange, a los tres días del asalto había dado la orden de interrumpir el saqueo, pero nadie le obedeció. Únicamente pudo evitar que no fuese saqueada la Biblioteca Vaticana, gracias a que se estableció en ella su residencia. La noticia de lo ocurrido llegó a España quot;precedida y desconectada de mil falsos rumores, creando una atmósfera tempestuosa y revolucionariaquot; (Bataillon). Al año siguiente la Inquisición abrió un proceso contra el doctor Eugenio Torralba, acusado de hechicería. Según decía Torralba, él había sido el primero en conocer lo ocurrido y en difundir lo por España. Casi un siglo después, Cervantes recogería los ecos de este incidente en la segunda parte del Quijote, capítulo XLI: quot;No hagas tal -respondió don Quijote-, y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire, caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se apeó Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto de muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto.quot; Estas singulares quot;revelacionesquot;, dentro de su evidente inverosimilitud, no dejan de tener valor como testimonio de un fenómeno de sugestión colectiva que acompañó al conocimiento de lo ocurrido en Roma. Carlos se encontraba por aquellos días ocupado en la preparación de las cortes que habían de reunirse en Valladolid, de las que esperaba conseguir los créditos que necesitaba para acudir
  37. 37. en ayuda de su hermano, amenazado por los turcos, y para proseguir su política imperial. Al conocer la noticia, Carlos se vistió de luto. Ordenó que se suspendieran las fiestas con que se celebraban el nacimiento de su hijo Felipe. Dispuso unos solemnes funerales por el alma del condestable de Borbón. Escribió cartas explicativas a los demás soberanos de Europa. Aunque se alegró de la victoria obtenida, quot;le pesó en el alma y mostró gran sentimiento de que hubiese sido con tanto daño de aquella ciudad y prisión del papaquot;. La opinión pública europea quedó perpleja. Entre los amigos de Carlos, no faltaron quienes, como Luis Vives, manifestaron su opinión favorable a lo ocurrido: quot;Cristo ha concedido a nuestro tiempo -escribía Vives en griego, para hacer más confidenciales sus palabras y la más hermosa oportunidad para esta salvación, por las victorias tan brillantes del emperador y gracias al cautiverio del papa.quot; Otros, sin embargo, aún perteneciendo al círculo de colaboradores del emperador, no dejaron de mostrar su preocupación por lo ocurrido. El mismo Alfonso de Valdés, en una carta que escribió a su amigo Erasmo en aquellos días, se expresaba de la siguiente manera: quot;De La toma de Roma no te escribiré nada. Sin embargo, me gustaría saber qué crees que debemos hacer nosotros en presencia de este gran acontecimiento, tan inesperado, y las consecuencias que esperas de él.quot; La Liga Clementina reaccionó violentamente. Francia e Inglaterra enviaron embajadores exigiendo la liberación del Papa, la restitución del Milanesado y el castigo de los responsables del saqueo de Roma. Al mismo tiempo un ejército francés, mandado por Lautrec, penetraba en Italia. Lo componían cerca de 65.000 hombres. Génova cayó en sus manos. Nápoles ya parecía al alcance de sus propósitos: los barones napolitanos, esperando la llegada de los franceses de un momento a otro, se levantaron contra el poder imperial. En Roma se encontraba todavía el ejército de Orange, diezmado por las deserciones, la peste y el hambre. Poco más de 15.000 hombres. La indisciplina de los soldados y la dispersión del mando en muchas cabezas hizo sumamente difícil levantar el campamento y marchar sobre Nápoles, donde debían esperar a los franceses. El Papa, poco antes, se había rendido por fin al virrey de Nápoles, después de entregar varias fortalezas y 400.000 ducados para ejército. En la primavera de 1528, las tropas imperiales se encontraban situadas en Nápoles. La flota Genovés de los Doria impedía la llegada de abastecimientos y auxilios por mar. Ejército de Lautrec dominaba en tierra firme. Hugo de Moncada, virrey de Nápoles desde la muerte de Lannoy, intentó romper el bloqueo marítimo, con tan mala fortuna que halló la muerte en el intento. Mas de la noche a la mañana, la buena estrella de Carlos brilló de nuevo. Andrea Doria, convencido por
  38. 38. el marqués de Vasto, abandonó a Francisco I y se unió al campo imperial. Dejando la bahía de Nápoles, se dirigió con su escuadra a Génova, la arrebató a los franceses y la puso al servicio de Carlos. Entretanto, la peste se declaró en el ejército de Lautrec. Cada día morían centenares de soldados. El propio Lautrec se sintió contagiado, si bien él afirmaba: quot;Que no moría por estar herido de pertinencia, si no de puro enojo por ver cuán parcial se mostraba la fortuna con los del emperador y cuán contraria al ejército del Rey de Franciaquot; (Santa Cruz). La victoria de los imperiales sobre los franceses fue rotunda. Cuando, afligidos por tantos contratiempos, se retiraban hacia el norte, el ejército de Orange cayó sobre ellos y los derrotó. En julio de 1529 termina la guerra. El papa y el emperador se reconcilian por el tratado de Barcelona. Clemente VII aceptaba recibir a Carlos en Italia y coronarle emperador. Francisco I, derrotado y abandonado, tuvo que aceptar las condiciones que su adversario impuso. El 3 de agosto de 1529 se firmaba el tratado de Cambray, conocido también como quot;la Paz de las Damasquot;, por haberla negociado la gobernadora de Flandes, Margarita de Borgoña, tía paterna de Carlos, y Luisa de Saboya, madre de Francisco I. Carlos, aun sin renunciar a sus derechos sobre Borgoña, se comprometía a no urgir su devolución. Francisco Sforza volvió nuevamente a Milán como feudatario imperial. El Rey de Francia retiraba sus pretensiones sobre Milán, Génova y Nápoles irreconocible a la completa soberanía de Carlos sobre Flandes y Artois. Francisco I había perdido todas las esperanzas de encontrar aliados en cualquier otro reino de la Cristiandad. No le quedaba más que un recurso: negociar una alianza con los turcos en contra del emperador. Al fin y al cabo, pensaba, no menos reprochable había sido el comportamiento de Carlos atacando al Papa y saqueando su ciudad. Esta nueva orientación de la política francesa obligaría también a Carlos a un replanteamiento de la suya propia. La cruzada de Túnez de 1535 Dominado el bastión de Rodas, que le aseguraba la posesión plena del Mediterráneo oriental, Solimán el Magnífico reorganizó su ejército y su escuadra. Desde 1525 presionó sobre la cuenca del Danubio y el 29 de agosto de 1526 arrolló en la batalla de Mohacs a Luis II de Hungría, que sólo pudo oponer 35.000 hombres a los setenta mil del sultán. Luego optó por retirarse de Viena para no medirse con los Tercios, pero en 1531 tanteó una nueva invasión por el Danubio. En la primavera de 1532 hizo desfilar por Belgrado un formidable ejército de 300.000 hombres, con abundante caballería y artillería bien entrenada. El ataque se combinó con otro muy fuerte y efectivo en el Mediterráneo. Dos piratas del Egeo, dos hermanos de los que el más famoso era conocido por el nombre de Barbarroja, entraron en contacto con los moriscos de España y se establecieron en dos importantes plazas fuertes del norte de Africa: Horuc, rey de Argelia, en Tremecén,
  39. 39. aunque pereció en lucha con el gobernador español de Orán. El más peligroso, Barbarroja, logró apoderarse de Túnez. Carlos V había destinado a la defensa de Viena, desde donde Solimán pensaba tomar de revés la península italiana, importantes fuerzas hispanoitalianas, además de las imperiales, a las que animó contra el turco el propio Lutero. Carlos V concebía la cruzada contra el turco como un factor de unidad cristiana en medio de la pleamar de la Reforma. La unión de los príncipes del Imperio fue efectiva, y Solimán decidió suspender el ataque a Viena, salvada de nuevo por la presencia, esta vez personal, del emperador y rey de España. El enfrentamiento directo entre españoles y turcos quedaría reservado para el hijo de Carlos V. Entonces el emperador decidió emplear el ejército que había preparado para la defensa de Viena en la conquista de Túnez, que le aseguraba el pleno dominio del Mediterráneo central y occidental. Creía, con razón, conjurado el peligro turco en el frente centroeuropeo y decidió, ante el ejemplo de Escipión, llevar la guerra al África, donde Barbarroja actuaba como adelantado del poder turco. Salió de Viena en octubre de 1532 con los Tercios Españoles que habían acudido a la defensa de la ciudad, que desde aquel momento quedó como responsabilidad de los príncipes alemanes y los lugartenientes imperiales de Carlos. Cruzó por el campo de Pavía y se hizo explicar detenidamente la gran victoria. Estaba en Barcelona en abril de 1533. Entonces Francisco I, rey católico de Francia, entabló conversaciones con el Gran Turco para oponerse al emperador. A fines de mayo de 1535, Carlos embarcó en Barcelona hacia Cerdeña para la empresa de Túnez. Esta importante acción, de gran alcance estratégico, comenzó el 30 de mayo de 1535 en Barcelona, de donde el emperador zarpó para Cagliari después de pasar revista a parte de su ejército. Hasta el mes de julio no pudo verificar la concentración de su fuerza multilateral, como la llama el historiador militar duque de la Torre, que constaba de cuatrocientos bergantines y galeones, galeras y fragatas, urcas y fustas procedentes de España, Portugal, Italia y Holanda, para transportar a treinta y dos mil soldados profesionales y veinte mil aventureros y soldados de fortuna. El genovés Andrea Doria fue designado jefe de la escuadra combinada y don Álvaro de Bazán de la flota española. El duque de Alba, con un estado mayor multinacional, mandaba las tropas de reserva y todo el conjunto navegaba al mando personal del Emperador. El desembarco se consiguió sin problemas en el emplazamiento de la antigua Cartago el 17 de junio de 1535. Carlos ordenó asaltar primero la fortaleza de La Goleta, poderosamente fortificada. El 1 4 de julio se dio la orden de tomar la plaza, defendida por Barbarroja, pero el empuje de los expedicionarios, apoyados en la artillería y sobre todo en la arcabucería española, les dio la posesión de La Goleta aquella misma noche. Se capturaron trescientos cañones, muchos procedentes de Francia, cuyo rey traicionaba por bajas miras partidistas a la Cristiandad unida en la cruzada. Barbarroja prefirió defender la ciudad de Túnez en campo abierto pero nada pudo hacer ante la decisión y la acometividad de los Tercios. Cinco mil
  40. 40. cristianos cautivos consiguieron salir a la desesperada de sus prisiones, se apoderaron de armas enemigas y contribuyeron desde dentro a la victoria del emperador. Barbarroja consiguió huir a duras penas y la mortandad de musulmanes fue espantosa. Todo el ejército quedó asombrado ante la actuación personal del emperador, que empuñando una pica combatió entre los soldados de Leiva. La Batalla de Mühlberg 1547 Combate que tuvo lugar el 24 de abril de 1547 en esta ciudad alemana situada a orillas del Elba. Las tropas imperiales dirigidas por el duque de Alba y encabezadas por el propio emperador Carlos V (Carlos I de España), junto con algunos príncipes protestantes vencieron a los ejércitos de la Liga de Smalkalda mandados por Juan Federico de Sajonia. Aunque ambos contaban con fuerzas similares, el factor sorpresa, los arcabuceros españoles y, en general, el arrojo de los imperiales les proporcionaron rápidamente la victoria. Como consecuencia del triunfo, la Liga de Smalkalda se deshizo, a Mauricio de Sajonia le fue devuelto su electorado y Carlos V logró una posición desde la que pudo imponer, por el momento, su propio ajuste político y religioso en Alemania. La Batalla de Lepanto Antecedentes Hacia 1550, la amenaza del turco pendía sobre la cerviz de la Cristiandad como la espada de Damocles. En menos de cien años, los otomanos habían conquistado Constantinopla y habían extendido su dominios por los antiguos territorios del imperio romano de Oriente. Y aún les quedaba cuerda: después de ocupar Servia, Bosnia, Siria, Arabia y Egipto continuaban avanzando por Asia y por Europa. Si Polonia, Austria y Hungría lograban contenerlos a duras penas, la situación en el mar no era menos desesperada. Las escuadras otomanas señoreaban el Mediterráneo. Rodas había caído en sus manos. Chipre y Creta estaban amenazadas y con ellas las rutas comerciales de las prósperas repúblicas italianas. Además el Mediterráneo estaba infestado de piratas turcos o berberiscos con base en Túnez, Trípoli y Marruecos. Parecía que los turcos estaban llamados a ocupar el lugar de la antigua Roma. De hecho sus temibles jenízaros, los mejores soldados de su tiempo, no tenían nada que envidiar a las antiguas legiones de los Césares. La Cristiandad se sentía amenazada y había desarrollado un evidente complejo de inferioridad. Ya lo dice Cervantes: «Todas las naciones creían que los turcos eran invencibles por la mar.»
  41. 41. Los más afectados por la expansión turca eran los venecianos. Venecia, «la ciudad más triunfante que jamás se haya visto», era una próspera república de comerciantes y banqueros cuyo negocio consistía en importar a Occidente productos caros de Oriente. No estando sujeta como sus clientes a los vaivenes dinásticos propios de las monarquías, funcionaba como una multinacional regida por un consejo de administración que no tenía más objetivo que aumentar los beneficios, y para lograrlo desplegaba una diplomacia eficacísima y, si no quedaba otro recurso, hacía la guerra, como cualquier otro estado. En el siglo XV, los venecianos habían llegado a la cima de su poder, y habían extendido por los archipiélagos del mar Egeo una tupida red de sucursales en forma de prósperas colonias, puertos y puntos de apoyo para sus navíos. Durante el siglo XV, el negocio había marchado viento en popa pero a mediados del XVI las cosas comenzaban a torcerse. Por una parte la explotación portuguesa de la ruta comercial alternativa con Oriente, circunnavegando Africa, había dado al traste con el próspero monopolio veneciano. Por otra, la expansión turca ponía en peligro sus rutas tradicionales. El caso es que aquellos turcos llegados de las po1vorientas estepas de Asia eran más jinetes que marinos, pero desde que se instalaron en el Mediterráneo, un siglo atrás, habían aprendido a construir galeras, copiando modelos venecianos, y habían formado marinos capaces de disputar a Venecia las vías comerciales. En 1570 el sultán turco confiscó los buques venecianos fondeados en sus dominios como represalia por los daños que recibía de los corsarios cristianos. Venecia comprendió que los turcos aspiraban a arrebatarles sus posesiones de Chipre, Creta, Corfú y la costa de Dalmacia y aunque continuó negociando con el turco comenzó a construir a toda prisa cien galeras de guerra y entró en tratos con el Papa y España, sus posibles aliados en la guerra que se avecinaba. Existía un precedente: aquella Liga antiturca formada treinta años atrás por España, el Papa, Génova y Venecia, pero más valía no invocarla. Los turcos los derrotaron y cada socio culpó a los otros por el descalabro. Desde entonces Venecia había ido a lo suyo, insolidariamente, pero ahora, de pronto, le interesaba coaligarse de nuevo. Sola no podía nada contra los turcos. Mientras tanto, los otomanos desembarcaron en Chipre y emprendieron la conquista de la isla. Así estaban las cosas cuando ascendió al trono de San Pedro el pontífice Pío V, un decidido partidario de frenar las ambiciones turcas. La expoliada Venecia no deseaba otra cosa y España, preocupada por la expansión otomana, estaba igualmente interesada en la empresa. Se firmaron los pactos. Otra vez la Cristiandad se iba a enfrentar al Islam en una batalla memorable.
  42. 42. La galera El diseño de la galera, el navío que armó las flotas otomana y cristiana en Lepanto, se remontaba a la antigüedad. Grandes constructores de galeras fueron los fenicios, los griegos y los romanos. En la Edad Media casi se dejaron de construir pero los venecianos la sacaron del olvido en el siglo XIII para emplearla en su comercio de exquisiteces orientales en sustitución de las naves medievales pesadas y lentas. La galera se impulsaba a remo y a vela. Era larga y estrecha como una libélula, apenas sobresalía un metro y medio del agua, tenía una sola cubierta y desplazaba unas trescientas toneladas. Era buena para el apacible Mediterráneo, pero cuando hacía mal tiempo no podía navegar, pues un golpe de mar podía partirla en dos, o anegarla o romper los remos. En invierno, las galeras permanecían inactivas, al resguardo de sus astilleros. Al comenzar la primavera se reparaban y aparejaban de nuevo y regresaban al mar, hasta principios del otoño. No había gran diferencia de diseño entre las galeras mercantes y las de guerra, pues todas debían llevar fuerte escolta para prevenir los ataques de los piratas. A proa y a popa montaban dos plataformas de combate unidas por una estrecha pasarela central por la que discurrían los capataces o cómitres con sus látigos o rebenques vigilando a los remeros que bogaban a uno y otro lado. Los remos de las galeras eran enormes, de hasta doce metros de longitud y ciento treinta kilos de peso. Estaban hechos de madera de haya. Cada uno de ellos era accionado por cuatro o cinco galeotes. Cuando soplaba viento favorable, la galera levantaba una o dos velas triangulares y los remeros podían descansar. Las galeras estaban armadas con hasta diez piezas de artillería fijas,

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