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Los recuerdos del coronel
 

Los recuerdos del coronel

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Los Recuerdos del Coronel fue el ensayo premiado en el concurso Nacional a los Simbolos Patrios en el 2009.

Los Recuerdos del Coronel fue el ensayo premiado en el concurso Nacional a los Simbolos Patrios en el 2009.

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    Los recuerdos del coronel Los recuerdos del coronel Document Transcript

    • LOS RECUERDOS DEL CORONEL NARRATIVA Autora: María del Coral Morales Espinosa Premio Nacional del concurso de Símbolos Patrios 2010
    • Estoy seguro que soy uno de los últimos que quedan; si no es que soy elúltimo. Sólo me llaman cuando hay un acto importante, cuando requieren en elpresídium de una figura que exalte el orgullo patriótico de ser mexicano; y yo, mesiento ahí donde me indiquen, a veces junto a algún diputado, gobernador einclusive meritito junto al señor Presidente de la República. Estoy ahí, portando enla pechera de mi gastado traje militar, las medallas que nadie ve y que sinembargo son las que me confieren el mérito de ser quien soy: Serafín RiveraLópez, Coronel del Cuarto Regimiento del Ejército Insurgente del Sur, que fueraencabezado por el mismísimo General Don Emiliano Zapata. Hoy, 28 de noviembre de 1992, me invitaron a conmemorar el 81aniversario del Plan de Ayala y, aunque no parezca, a mis 99 años entiendo quecon la reforma al artículo 27 Constitucional, realizada este mismo año, el espírituzapatista de aquel documento firmado en 1911 ha muerto para dar paso a lamodernidad del México de mis tataranietos. Escuché con atención los discursos;después de entonar el glorioso Himno Nacional caí exhausto sobre mi sillamientras altos funcionarios se congratulaban y estrechaban eufóricamente lasmanos de todo aquel que se acercara, ya sea para saludar o para solicitarintercesión y arreglar todo tipo de asuntos burocráticos. Pues como la meraverdad, es que a mí nadie se me acercaba y apenas me saludaban, de manerasigilosa baje como pude del templete y me dirigí al taxi que tan amablemente, añocon año en esta fecha, pone a mi servicio el jefe de la delegación de Coyoacán. Lesolicite al chofer que me llevara a “la pagaduría de finanzas”, —ni modo—, le dije,—hoy es fin de mes y hay que ir a cobrar mi pensión—. A través del cristalconstaté que ella ya estaba sentadita en una de las butacas que había apartadopara mí. Apenas me vio y corrió a saludarme, “siéntese ´buelito y écheme uno deesos choros que siempre me cuenta”. Emocionado, le platiqué a Charito que hoyrecordé el día aquel, en el que con voz ronca pero entusiasta el maestro OtilioMontaño nos leyó el famoso Plan de Ayala en aquel lugar perdido en la sierrallamado Ayoxustla. Lo que más recordé fueron las lágrimas de emociónderramadas por aquellos hombres recios, cuyos rostros curtidos por el polvo y elsol, se enternecían al presenciar la manera en la que despacito y delicadamente
    • se deslizaba nuestra bandera por aquella asta de carrizo macizo. —Sí Charito,ese lienzo de seda tricolor era un tesoro preciado, era nuestra bandera desde lacampaña maderista; sabía de nuestros triunfos y era testigo de nuestras derrotas,era la única cosa capaz de remover nuestros sentimientos, era la presencia mismade nuestra madre Patria. Para hombres como nosotros, que por la causa agraristadejamos la tierra que nos parió, en aquella bandera teníamos la esperanza de uninmenso campo verde que volvería a acunarnos en el momento aquel en el quepor bala enemiga cayéramos en campo de batalla, o fulminados por la terriblefiebre causada por la viruela, o por la tifoidea, o por la bronquitis, o porque demanera apacible nos llegara el ocaso y la hora de volver de dónde venimos.Encontrar morada en algún rinconcito verde de nuestra bandera de seda, siemprey cuando sea territorio liberado, siempre y cuando sea de aquel que lo trabaja. Unpedacito verde en donde el chile, el maíz y la calabaza se nos dieran enabundancia, para que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos saciaran suhambre después de labrar su tierra. Verde esperanza, campo verde, el verde denuestra bandera—. Así es Charito, estos hombres además de rudos éramos muy,pero muy sentimentales y soñadores. Imaginábamos pues, que un día, estepueblo levantado en armas dejaría de teñir la tierra con la sangre de sus hijos, desus padres, de sus mujeres; y no es que pensáramos que fuera en vano, la causaera justa y bien valía la pena luchar por los ideales sino que, a nuestros ojos, elúnico color en nuestro lienzo de seda que nunca perdía brillo era el rojo; creíamospues que la Patria ya no deseaba mártires, ya no quería ríos de sangre y que poreso mismo un tercio de todos y cada uno de los lábaros nacionales mantenían elcolor de la sangre derramada desde el México antiguo, la Independencia y lasguerras de invasión e intervención extranjeras. La sangre revolucionaria sería laúltima cuota que el pueblo mexicano pagaría para conseguir tierra y libertad¡Estábamos seguros! Tal vez el color rojo de nuestra bandera era el que noshacía llorar. Yo por ejemplo pensaba, cuando me daban el parte militar, enaquellos hijos huérfanos, en las mujeres sin marido, en los hombres sin su"adelita", en aquellos cuerpos inermes sobre los campos verdes, abonados con la
    • sangre de mexicanos que preferían morir luchando por sus ideales, que vivirsiendo lacayos de intereses e ideales ajenos—.—¿Y el águilita ´buelito?, ¿tenía aguilita tu Bandera de seda?—.—Sí Charito, ese espacio blanco en el que el águila demostraba su majestuosidaddevorando la serpiente nos recordaba que, como los antiguos mexicas, había unlugar prometido para nosotros. Un lugar en el que la madre tierra de maneraprodigiosa, diera a cada quien lo ganado. Un lugar: nuestro hogar, en el que ladictadura y la voracidad, fueran castigados cuál serpiente incitadora del mal. Unhogar: nuestro jacal con su maizal, en el que la solidaridad y las ganas de trabajarfueran premiadas con el fructífero nopal. Por llegar a ese lugar muchos denosotros andábamos en la bola. Sabíamos que faltaba poco para jugar comoniños en las aguas del gran lago. Un lago que saciaría nuestra sed y regaríagenerosamente nuestras tierras libres. Un lago de aguas apacibles y espejo de uncielo azul—. Absorto en la plática con Charito, sólo escuche que repetían mi clave deseguridad social cuando el bastón de Doña Mica picaba mi espalda mientras megritaba malhumorada: ¡Su turno Coronel! Ayudado por Charito, me incorporé lomás rápido que pude y me dirigí hacia la ventanilla, mientras insistentementeanunciaban:¡17055PH- Rivera López Serafín! Me dieron el sobre y conté el dinero de mipensión. Mil ciento veinte pesos. Guardé mi sobre y su preciado contenido y le disus veinte a Charito. —¡Gracias ´buelito. Que Dios te dé más y ya no te mande apelear!, ¡Hasta el mes que entra!— Me ayudó a subir al taxi y se perdió como siempre en una de las calles deesta enorme ciudad. Sentí unas ganas inmensas de llorar cuando aquel costal dehuesitos desapareció de mi vista. No cabe duda, entre más viejo más chillón.Llegué a mi casa y descansé bajo la sombra de aquel árbol que con tanto esmeroplanté y cuidé; éste era el único símbolo que quedaba de mí ser y quehacercampesino. No me arrepiento, soy testimonio vivo; ¡El último Coronel del CuartoRegimiento! — ¡Que Viva mi General Emiliano Zapata! —
    • No se cuánto tiempo dormí, el caso es que estoy chamuscado por laresolana. Mi nieta la mayor me lleva hacia adentro y con tono regañón me susurra:—cada mes es lo mismo, ves a esa Charito, regresas muy triste y hasta lanombras en tus sueños; ¿Pues quién es Charito. Abue?——Charito, mi´jita, es una pequeñita adulta a sus doce años, solitaria y precoz;mamá de sus propios hermanitos y esperanza para ellos de un mañana mejor.Charito, mi´jita, espera hoy en día que le llegue la justicia de nuestra revolución—. Nanatzin