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Lobsang Rampa: "Yo creo"

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Yo creo Yo creo Document Transcript

  • CAPITULO IMiss Mathilda Hockersnickler, de Upper Little Puddle-patch, se hallaba sentada junto a la ventana entreabierta.El libro que estaba leyendo acaparaba por completo suatención. Cerca pasó un cortejo fúnebre sin que lo notasesiquiera a través de las vaporosas cortinas de encaje queadornaban sus ventanas, y el altercado que sostenían dosvecinas pasó inadvertido para ella por el rumor de laespidistra que adornaba el centro de la ventana interior.Miss Mathilda estaba leyendo. Por un mo mento dejó el li b r o s o b r e s u r e g a z o , s elevantó los anteojos de montura de acero hasta la frentey se restregó los ojos enrojecidos. Después volvió a aco-modarse los anteojos sobre su bastante prominente nariz,tomó el libro y continuó leyendo un poco más. Desde su jaula, un loro verde y amarillo, de ojos decuentas de vidrio, miraba hacia abajo con cierta curio-.sidad, luego lanzó un bronco chillido: — ¡Polly se fue, Polly se fue! Mathilda se puso de pie de un salto. — ¡Ay! ¡Válgame Dios! —exclamó— Lo siento mucho,queridito mío: había olvidado por completo llevarte a lapercha. Abrió con cuidado la puerta de la jaula de alambresdorados e, introduciendo la mano, levantó aquel loroviejo y algo maltrecho y lo sacó con suavidad. — ¡Polly se fue, Polly se fue! —chilló otra vez el loro.— ¡Vamos, pájaro tonto! —le contestó Mathilda— Eres túquien se va. Voy a ponerte en tu percha. 9
  • LOBSANG RAMPA Dicho esto colocó al animal en el travesaño de aquellavara de un metro y medio de altura que en su extremoinferior tenía una especie de platillo o cazoleta. Concuidado le ate la pata izquierda con una cadenita y luegoverificó que el recipiente del agua y el de las semillasestuviesen llenos. El loro ahuecó las plumas y en seguida puso la cabezadebajo del ala, mientras dejaba escapar unos arrullos. — ¡Ah, Polly! —dijo la mujer— Deberías venir a leereste libro conmigo. Trata de lo que somos cuandb ya noestamos más ar ; u i . M e g u s t a r í a s a b e r q u é e s l o q u erealmente creía el autor. Volvió a su asiento y con toda minuciosidad y recatose acomodó la falda de manera q ue ni siquiera se leviesen las rodillas. V o l v i ó a t o m a r e l l i b r o y se d e t u v o , d u b i t a t i v a , amitad de camino entre su regazo y la posición de leer,hasta que finalmente lo dejó para tomar una larga agujade tejer con la cual, y con una energía sorprendente parauna mujer de sus años, comenzó en seguida a rascarse laespalda, entre los omoplatos, con decidida delectación. — ¡Ah! —exclamó— ¡Qué alivio extraordinario! Sinduda que todo es por causa del corpiño. Me parece queha de ser una cerda o algo por el estilo que se me hametido ahí. ¡Qué alivio da rascarse! —concluyó, y volvió amover la aguja frenéticamente, con una expresión degusto dibujada en el rostro. Calmada momentáneamente la picazón, dejó la aguja.én su lugar y tomó el libro. — ¡La muerte! —dijo para sí, o quizás al distraídor loro— Si al menos supiera qué pensaba realmente el autoracerca de lo que hay después de la muerte... Se detuvo un momento y extendió una mano hacia ellado opuesto del tiesto de la aspidistra para tomar unasgolosinas que había colocado allí. Después, con un sus-piro, se puso de pie una vez más y le dio una al loro,que la miraba ávidamente, la asió con una garra y enseguida se la llevó al pico. Mathilda, que ahora tenía otra vez la aguja de tejer en 10
  • YO CREOuna mano, una golosina en la boca y el libro en la manoizquierda, volvió a sentarse y prosiguió leyendo. Apenas había recorrido unas líneas cuando nueva-mente se detuvo. —¿Por (crié dirá siempre el cura que si no se es buencatólico, de esos que asisten continuamente a la iglesia,no se puede alcanzar el reino de los cielos? Me gustaríasaber si acaso no estará equivocado y los de las demásreligiones no van también allí. Volvió a sumirse en el silencio, si bien podía oírse elleve rumor que hacía al tratar de leer algunas de lasexpresiones menos conocidas, como Registro Ascásico,viaje astral, Campos Celestiales, etcétera. El sol continuaba su marcha por encima de la casa yMathilda seguía sentada y leyendo. El loro, con la cabezabajo el ala, dormía. Sólo algún movimiento imperceptibleponía de vez en cuando un toque de vida en la escena. A lo lejos repicaron las campanas de una iglesia yMathilda volvió a la realidad con un respingo. — ¡Ay, Dios mío, Dios mío! —exclamó— Me he olvi-dado por completo del té y de que tengo que concurrir alacto de la Congregación Femenina. Se puso de pie de un salto y, luego de colocar consumo cuidado un señalador repujado en el libro, lo ocultódebajo del costurero. Después, mientras preparaba sutardío t é, sus labio s se movier on en un sus urro quequizás el loro haya sido el único en percibir. — ¡Cómo me gustaría saber qué ha querido decir real-mente este escritor! ¡Cómo quisiera Poder conversar conél! ¡Qué tranquilidad me daría eso! En una lejana y soleada isla cuyo nombre no he demencionar —aun cuando podría hacerlo, por supuesto,toda vez que lo que digo es verdad—, un hombre de razanegra estaba echado lánguidamente a la sombra de ungran árbol añoso. Con ademán cansino dejó el libro queestaba leyendo y extendió una mano para alcanzar unaapetitosa fruta que pendía tentadora cerca de él; la 11
  • LOBSANG RAMPAarrancó, la miró para ver si tenía algún insecto y la echóen su desmesurada boca. — ¡Vaya! —musitó con la boca llena— ¿A dónde que-rrá llegar este tipo? Porque yo quisiera saber qué es loque piensa, en realidad. Volvió a echarse y se acomodó de espaldas contra eltronco del árbol, en una posición más descansada. Espantóuna mosca que pasaba y dejó que su mano siguiera sucúrso, como al descuido, para tomar otra vez el libro. La vida de ultratumba, el viaje astral, el RegistroAscásico... El hombre pasó con rapidez algunas páginas pues queríallegar al final del asunto sin . tener que tomarse lamolestia de leer todas las palabras. O sea que leía unpárrafo, aquí, una frase allá, y en seguida volvía la páginacon indolencia. — ¡Caramba! —repitió Me gustaría saber qué piensa. El sol era ardiente y el zumbido de los insectos ador-mecía. La cabeza del hombre de raza negra se inclinópaulatinamente sobre su pecho y poco a poco sus dedosse aflojaron y el libro se deslizó de sus manos laxas hastacaer sobre la mullida arena. En seguida comenzó a roncar yya todo cuanto ocurría en el mundo, en torno de él, seesfumó. U n j o v e n qu e p a s a b a m i r ó a l n eg r o q u e d or m í a yluego el -libro. Volvió a observar atentamente al hombre ycon los dedos de los pies asió el libro, y doblando lapierna con rapidez, lo aproximó a su mano. Después, conel libro de modo que no pudiese verlo el hombre aquel, sealejó aparentando un aire de total inocencia. Pasado un montecillo ,cercano, volvió a salir a plenosol en un tramo donde la arena blanca reverberaba. Elbramar de las rompientes resonaba en sus oídos, pero élno lo advertía porque eso formaba parte de su vida pues elruido de las olas contra las rocas del canal era cosa detodos los días. Y también era parte integrante de su vida, ypor lo tanto no lo notaba, aquel zumbar de insectos ychirriar de cigarras. A su paso iba removiendo la arena con los pies porque 12
  • YO CREOsiempre existía la posibilidad de que quedase al descu-bierto algo valioso o alguna moneda, como cierta vez lehabía ocurrido a un amigo suyo que, por hacer lo mis-mo, encontró una moneda de oro. Vadeó la estrecha franja de agua que lo separaba deuna lengua de tierra donde había tres árboles solitarios, yen seguida se dirigió hacia el espacio que existía entreéstos donde se echó con cuidado y lentamente comenzóa hacer una pequeña excavación para acomodar en ella lacadera. Luego apoyó cómodamente la cabeza. sobre laraíz del árbol que había escogido y posó la vista en ellibro hurtado al desprevenido durmiente. Miró en torno atentamente para ver si alguien lo es-piaba o lo perseguía y, satisfecho de que todo estuviese encalma, volvió a echarse de espaldas. Pasó una mano porsu crespa cabellera mientras con la otra daba vuelta ellibro para leer primero la nota editorial de la contratapa,y después lo volvió otra vez para contemplar la cubiertacon los ojos entornados, las cejas arrugadas y los labiosfruncidos como si estuviese musitando cosas incompren-sibles para él. Se rascó la entrepierna y tiró de los pantalones paraacomodarse mejor. Después se apoyó en el codo izquier-do, pasó unas páginas y comenzó a leer. — ¡Formas mentales, mantras! Tal vez, entonces, yopueda crear una forma mental y Abigail tenga que hacert o d o l o q u e y o q u i e r o . . . ¡ S í , h o m b r e ; c a r am b a ! — S evolvió de espaldas y se tomó la nariz por un momento—No sé si creer o no en todo esto —dijo. De los rincones umbrosos del salón brotaba una atmós-fera de santidad. El silencio era absoluto y sólo se per-cibía el crepitar de los leños que ardían en el ampliohogar de piedra. A intervalos, a causa de la humedad quetodavía contenían algunos de ellos, salía una corriente devapor que silbaba entre las llamas; por momentos, lamadera producía pequeñas explosiones que levantabanuna lluvia de chispas. Y así, aquel titilante resplandor. 13
  • LOBSANG RAMPAañadía una extraña sensación al recinto, una nota demisterio. A un lado del hogar, de espaldas a la puerta, se hallabaun espacioso sillón, y junto a éste una antigua lámparade pie, de varillas de bronce, cuya débil bombilla eléc-trica emitía una tenue luz desde los pliegues de unapantalla verde.":">Después, la luz descendió hasta desapa-recer interceptada por el respaldo del sillón. Entonces se percibió una tos seca y el rumor de lashojas de un libro, y en seguida hubo otros momentos desilencio turbados sólo por e l c r e p i t a r d e l f u e g o y e lvolver de las páginas. Desde la lejanía llegó el acompasado repiqueteo de unacampana, al quéa poco siguió un cansino chancletear desandalias y un leve murmullo. Una puerta sonó al abrirse yun momento después se oyó el ruido hueco que hacía alcerrarse nuevamente. En seguida comenzaron los acordesde un órgano y un coro de voces masculinas se elevó enun cántico. Cuando al cabo de un rato éste cesó, se oyóotra vez un murmullo y luego siguió un silencio quevolvió a interrumpir un rumor de voces que susurrabanalgo incomprensible, aunque perfectamente recitado. De pronto, en la sala resonó el golpe de un libro al caeral suelo y una figura oscura se puso de pie de un salto. — ¡Ay, Dios mío! —exclamó— Debo de haberme que-dado dormido. ¡Qué cosa tan extraña! La figura ataviada de oscuro se inclinó a recoger ellibro, lo abrió con cuidado en la página correspondientey, después de poner en medio un señalador, lo depositócon todo respeto sobre la mesa. Durante unos instantespermaneció sentado con las manos entrelazadas y el ceñofruncido; luego se levantó de la silla y se postró dehinojos frente a un crucifijo que había en la pared.Arrodillado, con las manos juntas y la cabeza inclinada,musitó una plegaria para impetrar consejo, después de locual se incorporó y se dirigió al hogar para echar otroleño en los rescoldos que despedían brillantes fulgores.Durante un rato permaneció en cuclillas, junto al hogar,con la cabeza entre las manos. 14
  • YO CREO De pronto, en un impulso, se dio una palmada en elmuslo y se incofporó. Atravesó presuroso el oscuro salón yse aproximó a un escritorio oculto entre las sombras.Con un rápido movimiento tiró de un cordón y el lugardel recinto se inundó de una luz cálida. Echó hacia atrásuna silla, levantó la tapa del escritorio y se sentó. Por unmomento quedó con los ojos en blanco clavados en lahoja de papel que había colocad o ante sí, y con aireausente extendió la mano derecha en busca de un libroque no pudo pallar puesto que no estaba allí. Entonceslanzó entre dientes una exclamación de contrariedad y selevantó para ir a buscarlo a la silla que estaba al lado dela mesa. Volvió al escritorio, se sentó y comenzó a pasarlas hojas del libro hasta encontrar lo que buscaba: unadirección. Con presteza la escribió en un sobre y despuésse quedó pensando, buscando entre sus ideas, sin saberqué hacer y cómo redactar lo que deseaba decir. En seguida, empero, aplicó la pluma al papel. Nadaturbaba el silencio, salvo el rasgar de la pluma y el tic-tacde un reloj a la distancia. La carta comenzaba así:Estimado doctor Rampa: Soy sacerdote jesuita, catedrático de nuestra Escuela deHumapidades, y he leído sus libros con un interés queexcede el habitual. C o n s i d e ro q u e s ó l o q u i e ne s s i g u e n nu e s tra p ro p i a re l i -gión pueden alcanzar la salvación por la sangre de NuestroSeñor Jesucristo. Así lo siento cuando enseño a mis dis-cípulos y así lo creo cuando estoy en la iglesia. Pero solo,en medio de la oscuridad de la noche, cuando nadieobserva mis reacciones o analiza mis pensamientos, tengoduda s . ¿Se rá c ie rto lo qu e creo ? ¿N ad ie , exc ep to los ca tó-l i co s , p ued e al ca n z a r la s alv ac ión ? Las de más r el i gio nes ,e n to n c e s , ¿ s o n t o d a s fa l s a s , s o n to d a s e n g e nd ro s d e l d e -monio? ¿O no estaremos equivocados tanto yo como losd e más qu e per t e ne ce n a m i co n fe sió n ? Su s l ib ro s me h a niluminado mucho y permitido resolver las dudas espiri-tua le s en la s qu e es to y i nme rso . D e ma nera qu e qu is ie rap re gu n ta rle , se ño r, s i u s ted me re spond e rí a c ie rta s cues -tiones a fin de echar más luz o fortalecerme en lo quecreo. Firmó cuidadosamente al pie y ya estaba colocando la 15
  • LU SA 11 G ,A MPAcarta en el sobre, después de doblarla, cuando lo asaltóun pensamiento. Sin pérdida de tiempo, casi con unsentimiento de culpa, extrajo la carta, la desdobló yañadió una posdata: Le ruego por su honor de persona consagrada a supropia fe que no mencione mi nombre ni que le heescrito, puesto que ello es contrario a las reglas de miorden. Firmó con sus iniciales, secó la tinta y, después decolocar rápidamente el papel en , el sobre, lo cerró. Hurgóentre sus papeles en busca de un libro en el cual consultóel franqueo hasta Canadá, y después se puso a registrarlos cajones y casilleros hasta dar con los timbres postalescorrespondientes, que pegó en el sobre. Hecho esto, elsacerdote escondió cuidadosamente la carta entre los plie-gues de su hábito, se puso de pie y, después de apagar laluz. salió de la habitación. — ¡Oh, padre! —dijo una voz en el corredor—. ¿Vausted al pueblo o desea que me ocupe yo allí de algo?Debo realizar una diligencia y me agradaría poderle ser útil. 1/4 —No; gracias, hermano —replicó el anciano profesor asu subordinado—. Tengo ganas de dar una vuelta por elpueblo para hacer un poco de ejercicio, que buena faltame hace; de manera que iré a dar un paseo por la calleprincipal. Así pus, después de una respetuosa media reverencia,ambos emprendieron sus respectivos caminos. El ancianoProfesor salió del vetusto edificio de piedra gris, descolo-r i d o p o r e l t i e m p o y cu b i er t o d e h i e d r a , y se e c h ó aandar por el camino principal, con las manos juntas a laaltura del crucifijo, musitando para sí según la costumbrede los religiosos de su orden. Ya en la calle principal, una vez traspuesto el granportal, la gente se inclinaba cón respeto a su paso ymuchos se persignaban. Así, el anciano profesor se enca-minó lentamente por la calle hasta llegar al buzón exte-rior de la oficina de correos. Con-cierto sentimiento de 16
  • YO CREOculpa echó una disimulada mirada en torno para asegu-rarse de que en las inmediaciones no hubiese ningúnclérigo de su orden y, satisfecho de que todo trascurrieracon normalidad, extrajo la carta de entre sus hábitos y ladepositó en el buzón. Hecho esto, con un suspiro dealivio volvió sobre sus pasos. De regreso en su estudio privado, y otra vez junto alchisporroteante fuego y con el libro iluminado por lalámpara de pantalla, prosiguió leyendo hasta altas horasde la noche. Por último cerró el libro, lo puso bajo llave, yse marchó a su celda musitando para sí: "¿En quécreer, en qué creer? " El cielo encapotado contemplaba hosco la noche londi-nense. La lluvia caía copiosamente sobre las ateridasc a l l e s p o n ie n d o e n f u g a a l o s p e a t o n e s q u e , d e m a ltalante, sostenían con fuerza sus paraguas contra el vien-to. Londres con sus luces y la gente regresando presurosadel trabajo hacia sus casas. Los ómnibus rugían, enormesómnibus rojos que salpicaban agua sobre las aceras; lagente tiritaba aterida y procuraba eludir las sucias salpica-duras. En el frente de los comercios había grupos-de personasque esperaban que llegara el autobús que debían tomar; aveces ocurría que alguna de ellas salía precipitadamentedel grupo al ver aproximarse uno de esos vehículos y enseguida debía volver desalentada porque no era el quecorrespondía. Londres, con media ciudad regresando a sucasa y otra media rumbo a sus ocupaciones. En Harley Street —corazón del mundo de la medicinalondinense—, un hombre canoso se paseaba intranquilosobre una alfombra de piel frente al fuego del hogar. Iba yvolvía con las manos juntas detrás de la espalda y lacabeza inclinada sobre el pecho. De pronto, en un arran-que, se echó en un mullido sillón de cuero y extrajo unlibro del bolsillo. Pasó rápidamente las páginas hastaencontrar el pasaje que buscaba, en el cual se hablaba delaura humana. Lo leyó una vez más y, cuando concluyó,volvió a leerlo. Por un momento permaneció sentado con 17
  • LOBSANG RAMPAla vista fija en el fuego hasta que al fin hizo un movi-miento de cabeza que denotaba resolución y se puso depie. Salió presuroso de la habitación y se introdujo enotra. Echó llave a la puerta tras y se dirigió al escri-torio, donde apartó una serie de informes y certificadosmédicos que debía firmar y, luego de sentarse, tomó unahoja de papel de un cajón. "Estimado señor Rampa", comenzó a escribir con unaletra casi indescifrable. "He leído su libro con indudablefascinación, la cual es mucho mayor aún a causa r de laseguridad —que tengo por experiencia— de que lo queusted escribe es verdad." Se echó hacia atrás, leyó cuidadosamente lo que aca-baba de escribir y, para mayor seguridad, volvió a leerloantes de proseguir. "Tengo un hijo, un muchacho muyinteligente a quien hace poco le fue practicada una ope-ración en el cerebro. Ahora, desde ese momento, nosdice que tiene la capacidad de ver colores extraños alre-dedor de los cuerpos de las personas y luces en torno dela cabeza; pero no sólo en torno de la cabeza y el cuerpode la gente, sino también de los animales. Durante mu-c h o t i emp o eso no s preoc upó y p e nsamos qué pudohaber sido lo que habría salido mal en aquella operación,quizás a causa de haber afectado el nervio óptico, perodespués de leer su libro ya tenemos un mejor conoci-miento del asunto: mi hijo puede ver el aura humana,de modo que sé que usted dice la verdad. "Mucho me gustaría conocerlo en caso de que ustedviniera a Londres, pues considero que podría ser usted demucha ayuda para mi hijo. Lo saludo atentamente." Releyó el escrito y entonces —como antes había hechoel sacerdote—, cuando estaba por doblar la carta y poner-la dentro del sobre, sus ojos se posaron en el busto de unmédico famoso. Se detuvo como hipnotizado por unaabeja y en seguida tomó la lapicera otra vez y añadió unaposdata: "Confío en que no revele usted a nadie minombre, ni lo que le digo en esta carta, pues ello podríaperjudicar mi reputación ante los ojos de mis colegas".Puso sus iniciales al Die, dobló el papel y lo colocó en el 18
  • YO CREOsobre, l u eg o de lo cual ap a g ó l a s l u c e s y s a l i ó d e l ahabitación. Ya afuera, donde se hallaba su lujoso auto-móvil, el chofer se incorporó con presteza y escuchó queel especialista le decía: —Al correo de Leicester Square. El coche se puso en marcha y, a poco, la carta se hallabaya dentro del buzón. Días después llegó a destino. Y así se recibieron cartas: cartas de aquí, cartas deallá, cartas de todas partes, del norte al sur y del este aloeste. Cartas, cartas y más cartas; un inacabable alud decorrespondencia, todas ellas en demanda de respuesta,todas con aseveración de que sus problemas eran únicosy que nadie los había experimentado jamás. Cartas decensura, de elogio, de súplicas. Desde Trinidad llegó unamisiva escrita en una hoja de papel ordinario que usancomo anotador los escolares, con una letra que denotabauna absoluta falta de ilustración: "Soy misionero reli-gioso y me dedico al servicio de Dios. Envíeme diez mildólares y una camioneta. ¡Ah! Y entretanto mándeme,libre de cargo, un juego de sus libros para entonces creeren lo que usted escribe." Desde Singapur me llegó una de dos jóvenes chinos:"Queremos ser médicos, pero no tenemos dinero. Desea-mos que nos pague usted el pasaje de avión, en primeraclase, desde Singapur hasta su casa, para conversar ydecirle cómo puede hacer para darnos el dinero de mane-ra que podamos seguir estudios de medicina y hacerlebien a la humanidad. Y a la vez podría enviarnos ustedun dinero extra para ver a un amigo en Nu eva York.Haga esto por nosotros, lo cual significará hacerle unbien a la gente, y entonces creeremos." Las cartas llegaban por cientos, por millares, todas endemanda de respuesta. Pocas, lamentablemente pocas...aunque sólo se piense en el gasto de tiempo para escribir,d e p ap el y so b re, d e f r anqu eo... Y escribían: "C u én-tenos algo más acerca de qué hay después de la muerte.Díganos más respecto de q u é e s la muerte. No enten-demos eso pues no dice usted lo suficiente, no lo aclara.Dígalo todo.; 19
  • LOBSANG RAMPA Otros escribían: "Hable de las religiones; diga si pode-mos esperar algo después de esta vida aunque no seamoscatólicos". Y aún: "Envíeme un mantra para que puedaganar el Sweepstake de Irlanda; si obtengo el primerpremio de un millón le enviaré el diez por ciento." E, incluso, hubo otra persona que me escribió: "Vivoen Nueva México, donde hay una mina perdida. Dígamedónde está —puede ir usted al astral y buscarla—; si melo dice y yo la encuentro y me apropio de ella, leregalaré algún dinero por sus servicios." La gente me escribía para que le dijera más, para quele dijera todo; para que le comunicara más que todo afin de saber en qué creer. La señora Sheelagh Rouse se sentó al escritorio con elceño fruncido. Sus anteojos de montura de oro apenas semantenían sobre el puente de la nariz y tenía que empu-jarlos a cada momento con un dedo para ponerlos en susitio. Al ver que la silla de ruedas pasaba por su puerta dijo,no sin cierta acrimonia: —Sólo ha escrito dieciséis libros. ¿Por qué no escribeotro, el decimoséptimo, y le dice a la gente en qué puedecreer? Fíjese qué cantidad de cartas ha recibido con elpedido d e que escr iba otro y les diga en qué creer.. .¡Yo se lo mecanografiaré! —concluyó con vivacidad. Tadalinka y Cleopatra Rampa estaban sentadas en elcorredor, frente a la silla de ruedas, y sonreían tranqui-las. Taddy, enfrascada en sus pensamientos, tenía querascarse la oreja izquierda con una pata mientras seconcentraba en las complicaciones de escribir todavía unlibro más. Satisfecha, se levantó y se fue contoneándosehacia su silla preferida. Mama San Raab Rampa elevó sus ojos con una expre-sión de cierto desaliento y confusión y sin decir palabraalguna —quizá se habría quedado muda— me extendió untrozo de cartulina azul con el título de "Mama SanRaab Rampa, Pussywillow"; en el centro de la página vimi propia cara en azul, como si hubiera estado muerto 20
  • YO CREO mucho tiempo y me hubieran desenterrado bastante des-pués. Y, debajo, la cara de gato siamés más horripilanteque jamás haya visto. Por un momento me quedé sinhabla... pero creo que no deja de ser lindo ver laprimera tapa de nuestra primera obra... Yo estoy acos-tumbrado porque éste es mi decimoséptimo libro y ya noes para mí ninguna novedad. —Mama San —dije—: ¿piensas que debo escribir otrolibro? ¿Vale la pena tomarse todo ese trabajo, estando yopostrado en cama como un estúpido, o es mejor que nolo haga? Mama San destrabó sus ojos —metafóricamente hablan-do— después del impacto que le había producido la tapade su primer libro y repuso: — ¡Claro que sí! Por supuesto que debes escribir otrolibro. ¡Yo estoy pensando ya en escribir el segundo! Miss Cleo y Miss Taddy Rampa olfatearon la cartulina yse fueron con la cola enhiesta. Aparente mente lashabía satisfecho. En ese momento sonó el teléfono y apareció la voz deJohn Henderson, quien llamaba desde los bosques de losEstados Unidos donde confluyen muchas vertientes deagua. — ¡Hola, viejo! —dijo— Acabo de leer algunos artícu-los muy buenos con frases elogiosas para ti. Te be en-viado una revista en la que hay uno óptimo. — ¡Vaya, John! —repuse— La verdad es que me im-porta un comino lo que digan las revistas y los diarios acer-ca de mí. No leo los artículos, sean buenos o malos. Pero,dime: ¿qué te parece si escribo otro libro, el decimosép-timo? — ¡Caramba, viejo! —exclamó John— ¡Eso es lo quequería oírte decir! Ya era hora de que escribieras otro,como que todo el mundo está pendiente de eso y sé quela gente consulta a cada momento a los libreros sobre elparticular. Eso, pues, fue lo decisivo: todo el mundo parecía estarcomplotado, todos querían otro libro. Pero, ¿qué puedehacer un pobre hombre cuya vida va tocando a su fin y 21
  • LOBSANG RAMPAsobre quien pesan tremendos gravámenes en un país porcompleto indiferente, hasta tal punto que alguna determi-nación debe tomar para que los leños sigan ardiendo ensu casa y los chacales de réditos se mantengan alejadosde su puerta? Si algo hay que me amarga son los réditos. Como soyuna persona impedida y la mayor parte del tiempo lopaso en cama, no constituyo una carga para el país, noobstante lo cual debo abonar los más absurdos impues-tos, sin descuentos de ninguna especie por ser un escritorque trabaja en su casa. Co n todo , hay aquí alg u nasempresas petroleras que no abonan gravamen alguno por-que se ded ican a un a "investiga ción" absolutamentemítica y por ello están exentas de réditos. Y, además,pienso en esos pobres diablos de cultistas que se agrupanen organizaciones sin fines de lucro y se .pagan —ellos,sus familiares y sus amigos— suculentos salarios, pero noabonan impuestos, porque están registrados como uníaorganización "sin fines de lucro". De manera que, aunque_ no lo quisiera, fue necesarioque me pusiese a escribir el libro decimoséptimo; y comolas opiniones coincidían carta tras carta, el título resultóser el de Yo creo. Este libro versará sobre la vida antes del nacimiento, lavida en la tierra, su tránsito y el regreso a la vida del másallá. Le he puesto el título de Yo creo, pero éste es porcompleto inapropiado: no es cuestión de creer, sino desaber. Por mi parte, puedo realizar todo aquello sobre locual escribo. Puedo ir al astral con la misma facilidad conque cualquier persona puede pasar a otra habitación...pero, ¡vaya! , esto último es lo que yo no puedo hacer: ira otra habi tación sin muletas y una silla d e ruedas,etcétera. Pero en el astral no hacen falta muletas, ni sillasde ruedas ni drogas. Así pues, cuanto digo en este libroes la verdad, o sea, que no expreso una opinión, sino querelato las cosas tal como son en realidad. Y, como ya es hora de que vayamos al grano, pasemosal capítulo segundo. 22
  • CAPITULO IIAlgernon Reginald St. Clair de Bonkers cayó sobre elpiso del cuarto de baño con un chasquido y allí sequedó, murmurando y lloriqueando. Afuera, en el corre-dor, una camarera que pasaba se detuvo y sintió que loshelados dedos del terror subían y bajaban por su espinadorsal. —¿Está usted bien, señor Algernon? —preguntó, tré-mula, desde el otro lado de la puerta— Señor Algernon,¿se encuentra usted bien? —repitió y, al no obtenerrespuesta, hizo girar el picaporte y entró. Inmediatamente se le erizaron los cabellos y, tomandoun enorme resuello, prorrumpió en el alarido más tre-mendo de su vida y siguió chillando cada vez más altohasta que, ya totalmente sin aliento, cayó desmayada en elsuelo, al lado de Algernon. Entonces se oyó el rumor de unas voces excitadál y elresonar de pasos escaleras arriba y por el corredor. Losprimeros en llegar se detuvieron tan abruptamente quearrancaron la alfombra de sus topes; en seguida se agol-paron juntos y, como si fueran a comunicarse algúnsecreto, se pusieron a mirar por la puerta abierta. Algernon yacía de bruces sobre el piso del cuarto debaño y la sangre que brotaba de un tajo que tenía en lagarganta empapaba el cuerpo inconsciente de la camarerat e n d i d a a s u l a d o , q u i e n d e p r on t o e m i t i ó u n b r e v esuspiro, se crispó y abrió los ojos. Durante unos segundoscontempló el charco de sangre que se extendía debajo de 23
  • LOBSANG RAMPAella, se estremeció y en seguida, con un horripilantealarido que hizo crispar los nervios de los que allí sehallaban, volvió a caer desmayada, esta vez con la carahundida en la supuesta sangre azul de su patrón. Algernon seguía tendido en el suelo y sentía que tododaba vueltas, que todo era fantásticamente irreal. Oía unrumor agudo, sollozos, y después un horroroso burbujeoque gradualmente se iba tornando menos fuerte a medidaque la sangre fluía de su cuerpo malherido. Sentía que algo muy extraño andaba dentro de él.Después hubo un tremendo alarido y la camarera quecaía a su lado con un golpe. Con una repentina sacudida,Algernon salió expuls ado de su cuerpo y saltó haciaarriba como una pelota sobre una cuerda. Permaneció mirando en torno por espacio de unossegundos, asombrado de ese extraño, muy extraño espec-táculo. Le parecía flotar en el cielo raso mirando haciaabajo. Entonces, al ver los dos cuerpos que se hallabandebajo de él, vio el cordón de plata que se extendía desdesu "nuevo" cuerpo hasta el viejo, que yacía en posiciónsupina. Mientras observaba que el cordón se tornaba grisoscuro, espantosas manchas aparecían en el lugar en queéste se unía al cuerpo que estaba en el suelo, hasta queal fin se marchitó y cayó como si fuera un cordónumbilical. Pero Algernon permanecía allí como pegado alcielo raso. Lanzó fuertes gritos en demanda de auxilio,sin darse cuenta de que se hallaba fuera de un cuerpomuerto y en el plano astral. Y allí continuaba, adheridoal decorado techo de aquella vieja casa, itivisible paraaquellos ojos alelados que miraban dentro del cuarto debaño, permanecían un rato observándolo todo, y despuésse iban para dejar su lugar a otros. Y pudo observar quela camarera volvía en sí, miraba la sangre en medio de lacual había caído, gritaba y volvía a perder el sentido. La impostada voz del mayordomo rompió el silencio. — ¡Vamos; vamos! —dijo— No caigamos en el pánico.Usted, Bert —agregó, señalando al lacayo—, vaya a buscara la policía y al doctor Mackintosh. Y me parece quetambién sería conveniente llamar a la funeraria. 24
  • YO CREO D i c ho esto hi zo un gesto impe rioso al lacayo y sevolvió hacia los dos cuerpos. Levantándose los pantalonespara que no se le formaran arrugas en las rodillas, seinclinó y, con mucho cuidado, tomó de la muñeca a lacamarera y lanzó una exclamación de enorme disgusto almancharse su mano de sangre. Rápidamente retiró lamano y se secó la sangre en la falda de aquélla. Después,asiendo a la pobre mucama de una pierna —de un tobi-llo—, la arrastró fuera del cuarto de baño. Hubo algunasrisitas contenidas cuando la falda se enrolló en su cintura yluego a la altura de los hombros, pero pronto seacallaron ante la severa mirada del mayordomo. El ama de llaves se aproximó, se inclinó con la mayorgravedad y, en homenaje al pudor, acomodó la falda dela camarera. Dos criados la levantaron y la llevaron co-rriendo por el pasillo, salpicando todo con la sangre quechorreaba de sus ropas. E l m a y o r d o m o s e a b r ió p a s o d e nt r o d e l c u ar t o d ebaño y observó con atención. — ¡Ah, claro! —dijo— Ahí está el instrumento con elcual sir Algernon puso fin a su vida —añadió, al par queseñalaba una navaja de afeitar tinta en sangre que habíacaído al suelo cerca de la bañera. Permaneció inmóvil como un monolito en la puerta delcuarto de baño, hasta que desde afuera vino el rumor delgalopar de caballos. —Ya ha llegado la policía, señor Harris —dijo el lacayoal entrar—, y el médico está en camino. Desde el vestíbulo de entrada llegaban voces atrope-lladas; después se oyó el resonar de unos pasos firmes,muy marciales, por la escalera y el corredor. —Bien, bie n; ¿qué pasa aquí? — preguntó u na vozáspera— Tengo entendido que hubo un suicidio, pero¿están seguros de que de eso se. trata? —Quien hablabaera un policía de uniforme azul, que asomó la cabeza en elcuarto de baño al tiempo que extraía automáticamente suanotador, siempre listo, del bolsillo superior de lachaqueta. Tomó un cabo de lápiz, lo mojó con la lengua yabrió con cuidado la libreta. En ese momento se oyó el 25
  • LOBSANG RAMPAtrote ligero de un caballo y otra vez hubo una conmo-ción en el vestíbulo, seguida por el resonar de unos pasosmucho más leves y más rápidos en las escaleras. Unhombre delgado llegaba con una valija negra. — ¡Ay, señor Harris! —dijo el joven que, en realidad,era el médico— Me han dicho que hay un enfermoaquí... Quizás algo trágico, ¿no? — ¡Vamos, vamos, doctor! —intervino el rubicundopolicía— Todavía no hemos concluido la investigación.Tenemos que averiguar la causa del deceso... Pero, sargento —replicó el médico—, ¿estáu s t e d s e guro de que está muerto? ¿No habría queverificar lo antes? Sin decir palabra, el sargento le señaló el cuerpo y lehizo reparar en el hecho de que casi tenía la cabezaseparada del cuello. La herida aparecía bien abierta, ahoraque toda la sangre había salido del cuerpo, cubriendo elpiso del cuarto de baño y la alfombra del corredor. —Y bien, señor Harris —dijo el sargento—, ¿qué nospuede decir de esto? ¿Quién lo hizo? El mayordomo se mojó nerviosamente los labios, mo-lesto como estaba por el cariz que tomaban las cosas.Sentía como si estuviesen por acusarlo de homicidio,pero hasta el más ignorante se habría dado cuenta de quela herida había sido hecha por propia mano. Con todo,había que andar con cuidado con la autoridad, de ma-nera que respondió: Como bien sabe usted, me llamo George Harrisy s o y el mayordomo de la casa. Tanto el personal como yonos asustamos al oír gritar a la camarera —AliceWhite—, cuyos alaridos iban subiendo de tono cada vezmás hasta tal punto que creímos que nuestros nerviosiban a estallar; despué s se oyó u n golpe y nada más.Entonces subimos corriendo hasta aquí y nosencontramos —hizo una pausa dramática y extendió lasmanos en dirección al cuarto de baño— con esto... El sargento musitó algo para sí y se mordió el bigote,unos enormes mostachos que le caían a los lados de laboca. 26
  • YO CREO —Que venga esa tal Alice White —dijo—. Quiero interro- garla ahora. — ¡Oh, no! —intervino el ama de llaves, quien llegaba por el corredor— No se puede, sargento; tenemos que bañarla, pues está cubierta de sangre, y tiene un ataque de histeria. Pobrecilla, no es para menos. Y no piense usted que va a venir aquí a intimidamos, porque eso no lo hemos hecho nosotros; y debo recordarle todas las veces que ha venido usted de noche a mi antecocina para que le diese sus buenas comidas... —Bien; mejor será que echemos un vistazo al cuerpo —dijo el médico, adelantándose con suma cautela—. Esta- mos perdiendo mucho tiempo y así no vamos a ninguna parte. —Dicho esto dio un paso hacia adelante y con cuidado se quitó los gemelos de los puños almidonados, los guardó en un bolsillo y se recogió las mangas, después de darle su chaqueta al mayordomo para que se la tuviera. Se inclinó y examinó atentamente el cuerpo sin to- carlo. Después, con un movimiento rápido del pie, lo dio vuelta hasta que quedó boca arriba con los ojos fijos. La entidad que había sido Sir AlgernoM observaba con asombro todo aquello. Se sentía muy raro. Por un mo-, mento no pudo entender qué había sucedido, pero al- guna fuerza extraña lo mantenía sujeto al cielo raso, en posición invertida, contemplando los ojos muertos, vi- driosos y sanguinolentos del difunto Algernon. Seguía en esa posición, contra el techo, como en éxtasis, hechizado por la extraña experiencia, cuando su atención quedó pendiente de las palabras del señor Harris. —Sí, el pobre Sir Algernon fue oficial subalterno de la Guerra de los Bóers. Luchó con gran denuedo contra éstos y resultó malherido. Por desgracia lo hirieron en un lugar muy delicado, q ue no pu ed o nombra r con más precisión ante las damas presentes, y en .estos últimos tiempos su incapacidad cada vez Mayor para... desempe- ñarse lo había llevado a ataques de depresión. En muchas ocasiones, nosotros y otras personas le oímos decir que no valía la pena vivir la vida sin sus exigencias y ame- , nazaba con poner fin a todo. 27
  • LOBSANG RAMPA El ama de llaves prorrumpió en un sollozo de conmise-ración y lo propio hizo su segunda ama. El primer criadocoincidió, en un susurro, en que él también había oídodecir tales cosas. En tanto, el médico había advertidounas toallas ordenadamente dispuestas en los toalleros, ycon diligencia las extendió sobre el piso del cuarto debaño. Con el pie hizo a un lado la sangre que ya habíacomenzado a coagularse y, al observar que en una barrahabía una gruesa estera de baño, la colocó en el suelo,junto al cuerpo, y se arrodilló. Tomó su estetoscopio demadera y, luego de desabrochar la camisa del cadáver,colocó un extremo en su pecho a la vez que apoyaba unoído en el opuesto. Todo el mundo permanecía quieto ycontenía la respiración, hasta que al cabo el médico hizoun movimiento de cabeza. —No, no hay señales de vida. Está muerto. Dicho esto retiró el estetoscopi o, lo guar dó e n u nbolsillo especial de sus pantalones y se puso de pie.Después se limpió las manos con un trapo que le exten-día el ama de llaves. —Doctor —inquirió el sargento, señalando la navaja—, ¿esése el instrumento que causó la muerte de este hombre? El médico miró la navaja, la movió con un pie ydespués la levantó con el trapo. —Sí —dijo—. Esto le seccionó las carótidas, pasandopor las yugulares. La muerte debe de haberse producidocasi en forma instantánea. Yo calculo que habrá tardadosiete minutos en morir. El sargento Murdock estaba muy atareado mojando ellápiz y tomando abundantes notas en su libreta. En esosmomentos se oyó el pesado andar de un carruaje tiradopor caballos y otra vez sonó la campanilla de calle en lacocina. Hubo voces en el vestíbulo y en seguida apareciópor las escaleras un hombrecillo elegante que saludó- conuna ceremoniosa inclinación de cabeza al mayordomo, almédico y al sargento, en ese orden. —¿Puedo llevar ya el cadáver? —preguntó—. Me pidie-ron que viniera aquí a buscar un cuerpo, el de unsuicida. 28
  • YO CREO El sargento miró al médico y éste al sargento, y luegoambos se volvieron al señor Harris. ¿Tiene usted algo que decir al respecto, señorH a rris? ¿Sabe si va a venir algún pariente del occiso? —inquirió el sargento. No, sargento, No tendría tiempo para llegar tanr á pido. Cre o que el pariente más cercano viv e a máso menos media hora de viaje con un buen caballo, y ya hemandado a un mensajero. Me parece que lo adecuadosería que la empresa se llevara el cuerpo al depósitoporque, por supuesto, no podemos dejar que los parien-tes de Sir Algernon lo vean en tan deplorable estado, ¿no escierto? El sa rg ent o mi ró a l do ctor y el do ctor miró al sar-gento; en seguida, los dos dijeron al mismo tiempo quesí; pero el sargento, como representante de la autoridad,añadió: Está bien. Llévense el cuerpo, pero debemosc o n t a r con un informe muy detallado en la comisaría loantes posible. El inspector querrá tenerlo antes de la mañana. Deberé informar al médico forense, pues esp o s i b l e que él quiera efectuar la autopsia —dijo el médico—. El médico y el sargento se retiraron. El hombre de la1, funeraria hizo salir amablemente al mayordomo, a loscriados, al ama de llaves y a las mucamas, y a conti-nuación subieron las escaleras dos de sus empleados con 1un féretro. Entre ambos lo depositaron en el suelo, fueradel cuarto de baño, y retiraron la tapa. Adentro, éste sehallaba cubierto de aserrían hasta la cuarta parte. Loshombres se introdujeron en el cuarto de baño, levantaron1- el cuerpo y lo depositaron sin miramiento alguno sobreel aserrín. Luego volvieron a colocar la tapa. Indiferentemente se lavaron las manos en el lavabo y,como no encontraron toallas limpias, se las secaron conlas cortinas. Después salieron 1 corredor, dejando a supaso manchas de sangre semicoagulada en la alfombra. Levantaron el féretro refunfuñando y se dirigieron a laescalera.1 —A ver si echan una mano aquí, ustedes —pidió el de 29
  • LOBSANG RAMPAla funeraria a dos criados—. Sostengan el extremo deabajo para que no se nos caiga. Los dos hombres se apresuraron a hacerlo, y así baja-ron el féretro con cuidado por las escaleras y lo llevaronfuera, donde lo deslizaron dentro de un carruaje negro.El hombr e de la empr esa subió a l interior y sus do speones treparon al pescante, tomaron las riendas y loscaballos se echaron a andar Ion paso cansino. El sargento Murdock volvió a subir las escaleras, pen-sativo, y se introdujo en el cuarto de baño. Tomó con eltrapo la navaja abierta, la puso a un lado, y acto seguidorealizó una inspección para ver si podía hallar algo másque sirviese de prueba. El espíritu de Sir Algernon, pegado al cielo raso, mi-raba hacia abajo totalmente estupefacto. Entonces, quiénsabe por qué; el sargento volvió la vista hacia el techo,l a n z ó u n g r i t o d e e s p a n t o y cayó con un g ol p e—qüerompió la tapa del asiento. Después, el espíritu de SirAlgernon se desvaneció y perdió toda conciencia, salvo lade un extraño zumbido, un misterioso remolino y unasnubes oscuras que giraban como el humo de una lámparade parafina cuya llama estuviese muy alta y hubiesequedado abandonada en una habitación. Y así las tinieblas se hicieron sobre él y el espíritu deSir Algernon ya no tuvo interés por lo que sucedía, almenos por el momento. Algernon Reginald St. Clair de Bonkers se movió in-quieto en lo que parecía ser un profundo sueño produ-cido por algún narcótico. Extraños pensamientos bullíanen su semiembotada conciencia. Le llegaban rumores ais-lados de música celestial seguidos de sonidos infernales.Se revolvió con desasosiego y, en un momento de mayorl u c i d ez, se mo vi ó y notó con asom bro qu e su s movi-mientos eran pesados, torpes, como si estuviese inmersoen una masa viscosa. Se despertó sobresaltado y trató de sentarse en posi-ción erecta, pero observó que sus movimientos—estabanlimitados, pues sólo podía efectuarlos con lentitud. Elpánico se apoderó de él y se debatió angustiado, pero 30
  • YO CREOadvirtió que sus movimientos eran pausados, ampulososy se calmó bastante. Se tocó los ojos para ver si estabanabiertos o cerrados, porque no veía luz alguna. Bajó lasmanos para palpar la cama, y entonces se estremecióaterrado porque debajo de, él no había lecho alguno:estaba suspendido —como él mismo se dijo— "como unpez métidó en-un jarabe, en un acuario". Por Un momento se debatió débilmente con los brazos,como si nadara, tratando de empujar contra algo parallegar a alguna parte. Pero con la misma fuerza que élempujaba con sus manos y brazos extendidos y con todoel ímpetu de sus pies, lo mismo hacía un "algo" que loretenía. Asombrado, notó que sus esfuerzos no le quitaban elaliento ni lo agotaban; de modo que, al ver que elloseran inútiles, se quedó quieto y se puso a pensar. "¿Dónde estaba yo? ", trató de recordar. " ¡Ah, sí!Ya me acuerdo: resolví suicidarme porque no tenía sen-tido continuar de la manera como iba, sin tener contactocon mujeres a causa de mi incapacidad. ¡Qué desgraciaque aquellos malditos bóers acertaran en ese lugar! ",murmuró para sí. Permaneció un momento pensando en el barbado bóerque había levantado su fusil y deliberadamente, muydeliberadamente, le había apuntado, no con la intenciónde matarlo, sino con el claro propósito —para decirlo conla debida corrección— de privarlo de su hombría. Pensóen el "estimado señor vicario", quien había recomendadosu casa como lugar muy seguro para las mucamas quequisieran ganarse la vida. Y pensó, además, en su padrequien, cuando él era un muchachito y aún concurría a laescuela, le dijo: "Bien, Algernon, hijo mío, ya es tiempode que sepas las cosas de la vida. Tendrás que practicarlascon alguna de las mucamas que aquí tenemos. Verás quees muy bueno hacerlo, pero por cierto no debes tomarlas cosas demasiado en serio. Esas clases inferiores estánaquí porque ello nos conviene, ¿te enteras? " "Sí", pensó; "hasta el ama de llaves se sonreía de unmodo peculiar cuando alguna mucama especialmente bien 31
  • LOB SANG RAMPAparecida entraba a servir. Entonces, ésta le decía: Aquíestará usted segura, querida, pues el amo no la molestaráen absoluto. Es como esos caballos que andan por ahí...usted me entiende, que han sido tratados por el vete-rinario... De modo que aquí estará perfectamente bien,dicho lo cual se retiraba con una risita socarrona." Algernon recordó su vida con algunos detalles. El im-pacto del proyectil y cómo se había doblado y vomitadode angustia. En sus oídos todavía resonaba la bronca risadel viejo campesino bóer —como él decía—: "No másjaleo para ti, hijo. Ya no podrás perpetuar el apellido detu familia. Ahora serás como esos eunucos de los que sehabla por ahí". Algernon sintió que enrojecía de vergüenza y recordósu plan largamente meditado de suicidarse a partir de laconclusión, a la cual había arribado, de no poder seguirviviendo en tales condiciones. Le habían parecido total-mente intolerables las veladas alusiones a su incapacidad,cuando el vicario lo llamó para decirle que le agradaríac o n t a r c on u n j o v e n c o m o é l p a r a c o l a b o r a r c o n l a scongregaciones femeninas y las clases sabatinas de cos-tura, porque —como decía— "Nosotros no tendríamosque preocuparnos demasiado, ¿no es cierto? , ni abogarpor el buen nombre de la Iglesia, ¿no es verdad? " Y, además, estaba aquel médico, el antiguo doctor dela familia —Mortimer Davis—, que solía ir por la tarde ensu viejo caballo Wellington. Cuando llegaba, se sentabanen el estudio y tomaban juntos una copa de vino, pero latranquilidad siempre terminaba cuando el médico decía:"Y bien, Sir Algernon; me parece que debería someterloa un examen para ver si no le están apareciendo carac-teres femeninos. Porque si no tomamos precaucionesmuy extremas, podría ocurrir que desapareciese el pelode su barba y... ejem... se le desarrollasen las mamas.Una de las cosas de las cuales debemos estar pendienteses de todo cambio que pueda producirse en el timbre desu voz; porque, como han desaparecido ciertas glándulas,la química de su cuerpo ha cambiado". Y el médico loobservaba de modo muy zumbón para ver cómo lo toma- 32
  • YO CREOba. Después añadía: " ¡vaya! Me gustaría beber una copade vino, porque el que tienen ustedes es buenísimo. Suestimado padre era un buen conocedor de los placeres del a v i d a , e n p a r t i c u l a r e n cuanto a mujeres... ¡Vaya,vaya, vaya! " Para el pobre Algernon, la medida se colmó cuandocierto día oyó que el mayordomo decía a la casera: "Esalgo espantoso lo que le ha ocurrido a Sir Algernon, ¿noes cierto? Un joven tan varonil, tan vital, verdader oarquetipo de hombre. Recuerdo bien —antes que ustedviniera aquí y él fuera a la guerra— que solía ir a caballoa cazar con perros y qué impresión inmejorable producía alas matronas del distrito. No hacían más que invitarlo areuniones y siempre lo consideraban el mejor partido y elhombre más apropiado para sus hijas en edad de merecer.Y ahora..., las madres del lugar lo miran con lástima,pero al menos saben que no hace falta una dama de com-pañía cuando él sale con sus niñas. Un hombre muyinofensivo, muy inofensivo, en verdad". "Sí", recapacitó Algernon, "un hombre muy inofen-sivo. Pero quisiera saber qué habrían hecho ellos en milugar, tirado allí en el campo de batalla, sangrando, conlos pantalones del uniforme tintos de rojo, y el cirujanoque venía para cortarme la ropa y amputar con el bisturílos despedazados restos de lo que a un hombre lodiferencia de una mujer. ¡Oh, qué tortura! Hoy existelo que se ll ama clorof ormo, que sirve para aliviar eldolor, para que no se sienta el tormento de una opera-ción; pero en el campo... No, allí no hay más que unbisturí que corta y una bala entre los dientes para queuno pueda morderla y no gritar. Y, después, la vergüenza,el oprobio de no tener... ¡eso! Soportar la mirada delos compañeros subalternos, que lo observan a uno comoturbados, y al mismo tiempo se p onen a decir cosassoeces a nuestras espaldas. "Sí, ¡qué ve rgüenza, q ué vergüen za! El últ imo des-cendiente de una familia antigua, los Bonkers, que lle-garon con la invasión de los normandos y se estable-cieron en esa saludable región de Inglaterra para fundar 33
  • LOBSANG RAMPAuna gran casa solariega y tener granjeros. Y ahora, él, elúltimo eslabón, impotente por servir a su país, impotente ya merced de las risas de sus iguales. Pero, ¿de quépueden reírse? ", pensó, "¿de un hombre que queda dismi-nuido por servir a los demás? " Y pensó que ya, por haberluchado por su tierra, su linaje quedaría sin descendencia. Algernon yacía allí, ni en el aire ni en la tierra. Nosabía dónde se encontraba. Se hallaba allí, debatiéndosecomo un pez recién pescado, y entonces pensó: "¿Estarémuerto? ¿Q ué es la muerte? Yo me he visto muerto,entonces ¿cómo estoy aquí? " Inevitablemente, sus pensamientos volvieron otra vezsobre los hechos ocurridos desde su regreso a Inglaterra. Yse vio caminando con cierta dificultad, observando conatención los gestos y las actitudes de sus vecinos, sufamilia y sus servidores. La idea de que debía eliminarse,de que debía acabar con esa vida inútil, había ido to-mando cuerpo. En cierta oportunidad se había encerradoen su gabinete para tomar una pistola, limpiarla concuidado, cargarla y dejarla ya preparada. Esa vez habíacolocado la boca de fuego en su sien derecha, tirando deldisparador. Pero ése fue un intento fallido. Durante unosinstantes quedó aturdido, incrédulo: su fiel pistola, quehabía llevado consigo y utilizado durante la guerra, alfin, lo había traicionado, puesto que aún seguía vivo.Extendió una hoja limpia de papel sobre el escritorio ydepositó la pistola sobre ella. Todo estaba como debíaestar: la pólvora, el proyectil y la cápsula, o sea, perfec-tamente en orden. Volvió a armar todo y, sin pensar, tiródel disparador. Hubo un fuerte estampido y la ventana sehizo añicos. Entonces se oyeron pasos que llegaban a lacarrera y unos fuertes golpes a la puerta. Se levantólentamente y fue a abrir. El mayordomo, que era quienhabía acudido, estaba pálido y asustado. — ¡Ay, S ir Algernon, Sir Algernon! Pensé que algoterrible había sucedido —dijo, sumamente agitado. — ¡Oh, no! No ha ocurrido nada. Estaba limpiando lapistola y ésta se disparó... Haga que vengan a arreglar laventana, ¿quiere? 34
  • YO CREO Después de eso, en una ocasión quiso salir a cabalgar.Esa vez él había elegido una vieja yegua tordilla y aban-donaba el establo cuando el mozo de cuadra rio entredientes y le susurró al establero: "¿Qué te parece? Dosviejas yeguas juntas, ahora". El se volvió y le asestó ungolpe con la fusta al muchacho, después de lo cual dejó lasriendas sobre el cuello de su cabalgadura, se apeó y se diri-gió presuroso a su casa para no volver a montar nunca más. En otra • oportunidad pensó recurrir a una extrañaplanta procedente del Brasil, país poco menos que desco-nocido, de la cual se decía qué provocaba la muerteinstantánea a quienes mordieran sus bayas y sorbieran suvenenoso zumo. Y así lo había hecho, pues un viajero lehabía regalado un ejemplar de tal. planta. Durante días laregó y la cuidó como a un niño recién nacido; y cuandoya estaba florecida y en su plenitud, tomó las bayas y sel len ó de el las l a boca. " ¡Ay , q u é s u p l i c i o ! " , p e n s ó ; "¡qué vergüenza! No produjeron la muerte, sino cosasmil veces peores. ¡Qué trastornos gástricos! Nunca, entoda la historia", pensó, "ha existido purga que se leparezca, una purga tal que no diera el menor tiempo anada. Y el espanto de la casera cuando tuvo que recogersus prendas sucias y dárselas a la lavandera." De sólopensarlo le subían los colores a la cara. Y, después, esa última tentativa. Se había dirigido aLondres, al mejor cuchillero de la ciudad, y logrado lamejor y más afilada navaja, un hermoso instrumento conel nombre y el sello de su fabricante. Sir Algernon habíatomado esta hoja estupenda y la había asentado y asen-tado muchas veces. Después, con un rápido movimiento,se cortó la garganta de oreja a oreja, de manera que lacabeza se mantuvo sobre los hombros sólo merced a lasvértebras cervicales. Por eso se había visto muerto. Sabía que estaba muertoporque sabía que se había suicidado, y porque des-pués miró desde el cielo raso y de un rápido vistazocomprobó que estaba en el suelo. Y ahora permanecía enla oscuridad, en una profunda oscuridad, pensando ypensando. 35
  • LOBSANG RAMPA ¿La muerte? ¿Qué era la muerte? ¿Había algo despuésde ella? Ta nto él como sus subor dinados y o tros ofi-ciales habían conversado en misa acerca del tema. Elsacerdote hablaba de la vida eterna, del ascenso a loscielos, y un ostentoso húsar, un mayor, dijo: " ¡Oh, no,padre! Estoy seguro de que eso es absolutamente erró-neo. Cuando uno está muerto está muerto, y eso es todo.Si yo mato a un bóer, ¿me quiere decir que va a irderecho al cielo o al otro mundo? Si lo mato con unabala en el corazón y le pongo un pie en el pecho, puedodecirle que está perfectamente debajo de mí, muerto,a c a b a d o c o m o u n m i s e r a b l e c e r d o. C u a n d o e s t a m o smuertos estamos muertos, y eso es todo". Volvió a meditar en todas las discusiones acerca de lavida posterior a la muerte. Se preguntaba cómo alguienpodía decir que hubiese vida después de ella. "Si se mataa un hombre... pues, éste queda muerto y eso es tódo.Si existiera un alma veríamos que algo sale del cuerpo almorir, ¿no es cierto? " Algernon pensaba en todo eso sin saber qué habíaocurrido ni dónde estaba. Y de pronto le asaltó la ideaterrible de que quizá todo no fuese más que una pesa-dilla y que tal vez hubiese padecido una alteración men-tal y estuviese internado en un asilo de. locos. Concuidado tanteó en derredor de sí para ver si había co-rreas que lo sujetasen, pero no: flotaba nada más, flotabacomo un p e z en el ag ua. Y vol vi ó a preg un tarse quésucedería. "¿Era la muerte? ¿Estoy muerto? Entonces, siestoy muerto, ¿dónde estoy, qué estoy haciendo en esteestado extraño, flotando a la deriva? " L a s p a l a b r a s d e l s a c er do t e v o l v i e r o n a s u m e n t e :"Cuando dejes tu cuerpo, un ángel estará allí para reci-birte y guiarte. Serás juzgado por Dios en persona ytendrás el castigo que el propio Dios dictamine". Algernon pensaba en todo eso. "Si Dios fuese un Diosamable, ¿por qué habría de castigar a las personas nobien mueren? Y si la persona está muerta, ¿cómo esposible que la afecte el castigo? Pero allí estaba él",pensó, "echado y quieto, sin ningún dolor en particular, 36
  • YO CPEOsin ningún placer especial, sino simplemente echado contoda quietud". En ese momento, Algernon se sobresaltó temeroso.Algo lo había rozado. Era como tener una mano metidaen el cráneo. Tuvo la impresión, no de una voz, sino lasensación de que alguien estuviese pensando en él: "Paz,calma, escucha". Por unos instantes, Algernon se debatió y trató de huir.Aquello era demasiado misterioso, excesivamente inquie-tante, pero estaba como clavado. Y entonces tuvo otravez aquella impresión: "Paz, calma y libérate de eso". Pensó: "Soy oficial y caballero. No debo sentir pánico.Debo servir de ejemplo a mis hombres". Y así, confun-dido como estaba, guardó compostura y dejó que latranquilidad y la paz entraran en él. 37
  • CAPITULO IIIAlgernon sintió de pronto un estremecimiento que loconmovió y el pánico se apoderó de él. Por un instantele pareció que el cerebro estaba por estallar dentro delcráneo. En torno, las tinieblas se tornaban cada vez más espe-sas, pero si bien no podía ver nada en medio de aquellatotal oscuridad, inexplicablemente sen tía unas túrgidasnubes, más negras que esa cerrazón, que se revolvían enderredor y lo rodeaban. En medio de las tinieblas le par eció distinguir u nbrillante rayo de luz, como una delgada línea, que lle-gaba hasta él y lo tocaba; y a través de esa fina línea queconstituía aquel rayo luminoso tuvo la impresión de quele decían: "Paz, paz, serénate y hablaremos contigo". Con un esfuerzo sobrehumano, Algernon luchó contrael pánico que lo invadía y gradualmente se fue calmandohasta que otra vez pudo reposar con cierta placidez a laespera de los acontecimientos. Estos no tardaron en ma-nifestarse: "Queremos ayudarte... Estamos muy ansiosospor auxiliarte, pero tú no nos dejas..." Sintió qüe eso le daba vueltas en la cabeza, "tú nonos dejas", pensó: "pero si yo no he pronunciado unasola palabra, ¿cómo pueden decir que no dejo que meayuden? No sé ni quiénes son ni tampoco qué quierenhacer; no sé siquiera dónde estoy. Si esto es la muerte",pensó, "¿qué es, pues? ¿Es la negación de todo? ¿Lanada? ¿Estaré condenado por toda la eternidad a vivir en 39
  • LOBSANG RAMPAuna oscuridad como ésta? Pero así, incluso, esto planteaun problema", pensó. "¿Vivir? Pues bien, ¿dónde estoyviviendo? " Las ideas bullían y su cabeza era un torbellino. Recor-daba lo aprendido en su niñez: "La muerte no existe...Yo soy la Resurrección. En la casa del Señor hay muchasmoradas... Yo prepararé un camino para ti... Si teportas bien irás al cielo... Si te portas mal, al infierno.Sólo los cristianos tienen la posibilidad de ir al cielo"..Muchas cosas contradictorias, muchas cosas equivo-cadas... Cosas que el ciego enseña al ciego. Los sacer-dotes y los preceptores de la Escuela Dominical que,aunque ciegos, querían enseñar a los demás, a los queconsideraban aún más ciegos. Y pensó: "¿El infier-no? ¿Qué es el infiern o? ¿Qué es el cielo? ¿Existe elcielo? " En mitad de sus reflexiones le interrumpió un pensa-miento imposible de dominar: "Estamos dispuestos aayudarte si antes admites que estás vivo y que hay vidadespués de la muerte. Queremos ayudarte si estás prepa-rado a creer sín reservas en nosotros y en lo que pode-mos enseñarte". Algernon se rebelaba contra esa idea. ¿Qué era eso deaceptar ayuda? ¿Qué, esa disparatada tontería de creer?¿qué era lo que tenía que creer? Si debía creer, esosignificaba que había alguna duda. Lo que él quería eranhechos y no cosas en las que creer. El hecho era quehabía muerto por propia mano; lo segundo, que habíav i s t o su cu erp o muerto; y lo tercero, qu e en ese mo-mento estaba en una total oscuridad, al parecer inmersoen cierta s ustancia vi scosa y túr gida que le impedíamoverse demasiado. Y, ahora, esos tontos que, no sabíade dónde, enviaban pensamientos a su mente para decirleque debía creer. Y bien; pero, ¿qué era lo que tenía quecreer? "Estás en la etapa siguiente a la muerte", le decíaaquella voz, pensamiento, impresión o lo que fuere. "Enla Tierra has recibido instrucción equivocada,- te hanenseñado mal y tu orientación ha sido errónea; y si 40
  • YO CREOquieres liberarte de la prisión que te has impuesto a timismo, nosotros te sacaremos de ella." Algernon perma-neció silencioso y meditó en eso hasta que de prontopensó con resolución: "Muy bien; si pretenden que crea,antes deben decirme qué me está sucediendo. Ustedesdicen que me encuentro en la primera etapa después del a m ue r t e , p e r o y o c r e í a q ue la muerte era el fin detodas las cosas".." ¡Eso es! ", prorrumpió con gran vehemencia aquelpensamiento o voz. " ¡Eso es! Te hallas rodeado por lasnegras nubes de la duda, por los densos nubarrones de lasin razón. Te rodean las tinieblas de la ignorancia, y eseaislamiento en que te encuentras te lo has forjado tú, telo has impuesto a ti mismo y sólo tú puedes destruirlo." A Algernon eso nole gustaba un ápice. Le parecía quele estuvieran echando la culpa de todo. "Pero no tengorazón alguna para creer", dijo entonces; "sólo puedoatenerme a lo que me han dicho. En las distintas parro-quias me han enseñado diversas cosas y desde mi niñezme adoctrinaron las maestras de la Escuela Dominical yuna gobernanta. ¿Y ahora creen ustedes que puedo des-hacerme de todo eso simplemente porque a mi mentellega una impresión desconocida, que no sé qué es?Hagan cualquier cosa para demostrarme que hay algo másallá de estas tinieblas." De pronto apareció un hueco en medio de la oscuri-dad. Las sombras se apartaron de improviso, como si secorriese el telón de un escenario para que los actorespudieran comenzar la representación, y poco faltó paraque Algernon perdiera el sentido por la impresión que leprodujo una luz brillante y las portentosas vibracionesdel aire. A punto estuvo de lanzar un grito por elarrobamiento de ese instante; pero en seguida... la duda.Y, con la duda, otra vez esa marejada de tinieblas, hastaque de nuevo quedó inmerso en aquella túrgida oscuri-dad. La duda, el pánico, los reproches a sí mismo, todose volvía contra las enseñanzas del mundo. Comenzó adudar de su cordura. ¿Cómo podían ser posibles cosascomo ésa? Y entonces tuvo la certidumbre de que estaba 41
  • LOBSANG RAMPAloco, persuadido de padecer alucinaciones. Su pensa-miento se volvió hacia aquella potente planta brasileñaque había ingerido y supuso que tal vez hubiese produ-cido efecto s colaterale s. Vio su cuerpo yacente en elsudlo... pero, ¿lo había visto, en realidad? ¿Cómo podíaverse a sí mismo si estaba muerto? Recordó que habíamirado hacia abajo desde el cielo raso y visto una por-ción de pelo ralo en la cabeza del mayordomo. Entonces,de ser eso verdad, ¿có mo no había notado a ntes es epunto de calvi ci e? De ser cierto, ¿cómo no se habíadado cuenta de que, evidentemente, el ama de llavesusaba peluca? Pensaba en todo eso y se debatía entre laidea de que era posible que hubiese vida después de lamuerte y la de que sin duda, estaba loco. "Dejaremos que tomes tu propia decisión, porque laLey señala que no se puede auxiliar a nadie a menos quela persona esté dispuesta a aceptar auxilio. Cuando estéspronto a recibir ayuda, dínoslo y volveremos. Y recuerdaque no hay razón alguna para que continúes en este totalaislamiento que te has impuesto. Esta oscuridad es pro-ducto de tu imaginación." El tiempo no tenía sentido. Los pensamientos iban yvenían, pero Algernon se preguntaba qué era la velocidaddel pensamiento. ¿Cuántos• pensamientos había tenido?De saberlo, podría ded ucir cu ánto tiempo ha cía queestaba en esa posición y en tal estado. Pero no; el tiempoya no tenía sentido. Nada tenía sentido, por lo quepodía apreciar. Extendió sus manos hacia abajo y advir-tió que debajo de él no había nada. Lentamente, con unesfuerzo infinito, llevó los brazos hacia arriba en toda sulongitud, pero no había nada; nada que él pudiese perci-bir en absoluto. Nada, excepto esa extraña resistenciacomo si estuviese moviendo los brazos en un jarabe.Después dejó que las manos reposaran sobre su cuerpo ylo palpó. $í; allí estaban su cabeza, su cuello, sus hom-bros... y por supuesto sus brazos, puesto que usaba susmanos para palparse. Pero en ese momento dio un res-pingo: estaba desnudo. Entonces, al pensarlo, comenzó asonrojarse. ¿Y si en ese momento llegaba alguna persona 42
  • YO CREOy l o e n c o n t r a b a d e s n u do ? E n s u m e d i o s o c i a l n o s edebía aparecer así, eso "no era de hacer". Pero, por loque le parecía, aún conservaba su cuerpo humano. En-tonces, sus dedos que tanteaban al azar, se detuvieron derepente y llegó a la absoluta conclusión de que, sin dudaalguna, estaba trastornado, loco, puesto que hurgandoencontró partes que le habían sido dañadas por los fusi-leros bóers y sus restos amputados por los cirujanos. ¡Yahora estaba intacto otra vez! Era evidente que sólo setrataba de su imaginación. Era verdad, pensó, que habíacontemplado su cuerpo agonizante y que todavía estabaagonizando. Pero entonces lo asaltó el ineludible pensa-miento de que había mirado hacia abajo. ¿Cómo podía,pues, haber mirado hacia abajo siendo él el cuerpo queagoni zaba? Y si había podi do mi rar hacia a bajo eraporque, obviamente, alguna parte de 11 —su alma o comoquiera llamársela— debía de haber salido de su cuerpo.Además, el mero hecho de haber podido mirar haciaabajo y ver se a sí mis mo indicab a que _"algo" habíadespués de la muerte. Pero allí estaba, pensando, pensando y pensando. Sucerebro parecía trepidar como una máquina. Poco a po-co, algunos pequeños conocimientos adquiridos en elmundo aquí y allá fueron poniéndose en su sitio. Seacordó de cierta religión... ¿Cómo era? ¿Hinduismo?¿Islamismo? No lo sabía, pero era una de esas estrambó-ticas religiones foráneas que sólo los nativos profesaban,pero que no obstante enseñaban que hay vida después dela muerte y que cuando un hombre probo muere va a unlugar donde se dispone de incontables muchachas com-placientes. Pero él no veía chicas disponibles ni no dispo-nibles por ninguna parte, sino que estaba sumido en unaserie de pensamientos. Tiene que haber vida después dela muerte, tiene que haber algo y tiene que haber al-guien; porque, de no ser así, ¿cómo podía habérselecruzado por la mente ese pensamiento luminoso? Algernon dio un brinco, asombrado. " ¡Oh! ¡Está ama-neciendo! ", exclamó. La oscuridad era menos densa enese momento, por cierto, y también menor la turgencia 43
  • LOBSANG RAMPAque lo rodeaba; y observó que se hundía suavemente,muellemente hasta que sus manos extendidas por debajodel cuerpo tocaron "algo". A medida que el cuerpo sehundía cada vez más sintió que sus manos se afe-rraban... P ero, ¡no , n o podía ser ! No ob stante, otro stanteos le confirmaron que sí, que sus manos estaban encontacto con un mullido césped. Después, su cuerpoexangüe quedó tendido sobre la hierba recortada. Tuvo la cabal noción de que al fin se hallaba en algúnlugar material y que había otras cosas además de oscu-ridad; y cu ando lo pensó y se dio cuenta de ello, lastinieblas fueron menores y se halló como en una claridadvaporosa. A través de la bruma pudo distinguir vagasfiguras, aunque no con nitidez, no lo bastante bien comopara saber de qué figuras se trataba, pero sí que erantales. Miró hacia arriba y distinguió una figura en sombras,pero con claridad. Pudo ver dos manos que se elevabancomo en actitud de bendecir, y después oyó una voz,esta vez, no un pensamiento dentro de su cerebro, sinouna verdadera y beatífica voz que hablaba en inglés yque evidentemente pertenecía a alguien que había-estadoen Eton o en Oxford. —Incorpórate, hijo —dijo aquella voz—. Incorpórate ythmam2. las manos. Verás que soy corpóreo como tú, yal notarlo tendrás una razón más que te pruebe que estásvivo... Claro que de otra manera, pero vivo. Y cuantoantes te des cuenta de que estás vivo y de que hay vidadespués de la muerte, antes podrás entrar en la GranRealidad. Algernon intentó débilmente incorporarse, pero las co-sas parecían en cierto modo distintas puesto que noacertaba a mover sus músculos como de costumbre. En-tonces volvió a hablar aquella voz. —Imagina que te levantas; imagina que te pones de pie. Lo hizo y, para su sorpresa, vio que se ponía de pie y que lo sostenía una figura que se tornaba cada vez más clara y nítida hasta que pudo distinguir ante sí a un hombre de mediana edad, de aspecto notablemente inteli- 44 1
  • YO CREOgente y ataviado de amarillo. Algernon contempló entoda su extensión a aquella figura y, al bajar la vista, sevio a sí mismo. Al notar que estaba desnudo lanzó unarepentina exclamación de temor: — ¡ O h ! — d i j o — . ¿ D ó nd e e s t á m i r o p a ? ¡ N o p u e d oexhibirme así! —La ropa no hace a l hombre, amigo mío —le dijo ,amable y sonriente, aquella figura—. Venimos a la tierradesprovistos de ropa y renacemos en este mundo tambiéndesnudos. Piensa en las prendas que quisieras tener pues-tas y las verás en ti. Algernon se imaginó a sí mismo vestido como unjoven despreocupado, de pantalones de corte marineroazul oscuro, largos hasta los talones, y chaqueta de unrojo subido. Se imaginó, asimismo, con un cinturón ex-traordinariamente blanco, con pistoleras, y pensó en unosbotones brillantes y tan pulidos que podía ver su carareflejada en ellos. E imaginó en su cabeza un casco negrocon una tira de cuero cruzada de mejilla a mejilla pordebajo de la barbilla, y en el flanco la vaina de un armablanca. Entonces esbozó para sus adentros una íntima ysecreta sonrisa al par que pensaba: " ¡A ver, ahora; quelo hagan! " Pero su asombro no tuvo límites cuando sevio el cuerpo ceñido por un uniforme, ajustado con uncinturón y con borceguíes militares. En su flanco habíaun tahalí del cual pendía la vaina y percibió el peso de lapistolera que tiraba del cinto hacia abajo. Por debajo delmentón sintió la presión del barbiquejo, y después, alvolver la cabeza, pudo ver sobre sus hombros unas relu-cientes charreteras. Eso ya era demasiado... realmentedemasiado. Algernon se sintió desfallecer, y a buen segu-ro habría ido a dar sobre el pasto si aquel hombre demediana edad no se hubiese inclinado gentilmente parasostenerlo. Los párpados de Algernon temblaron. —Creo, ¡oh, Señor! , creo —musitó débilmente— Per-dona mis pecados; perdona las culpas en que pueda haberincurrido. El hombre que estaba con él sonrió con indulgencia. 45
  • LOBSANC; RAMPA —Yo no soy el Señor —le dijo—. No soy más quealguien cuya tarea es la de auxiliar a los que llegan desdela Tierra, a esta etapa intermedia; y estoy dis-puesto a prestarte esa ayuda cuando tú lo estés a reci-birla. Algernon se enderezó, esta vez sin dificultad. Estoy preparado para recibir esa ayuda quet ú p u e des prestarme —dijo—. Pero dime: ¿has estado enEton o en Balliol? Llámame amigo nada más —repuso la figuraa q u e l l a con una sonrisa—. Después nos ocuparemos detus preguntas. Antes tienes que entrar en nuestro mundo. Se dio vuelta y movió las manos hacia uno y otro ladocomo si descorriese cortinas, y por cierto que lo quesucedió fue algo así. Las penumbrosas nubes se disiparon,las sombras se desvanecieron y Algernon pudo observarque se hallaba de pie en el césped más verde que jamásse hubiese visto. El aire q u e l o e n v o l v í a v i b r a b a d evitalidad, lleno de vigor. Desde alguna parte que él igno-ra a le llegaban impresiones —no sonidos, sino sensa-ciones— de una música... "Música del aire", se le ocu-rrió suponer; y. observó que era notablemente reconfor-tante. Había gente que iba y venía como en los paseospúblicos y eso le produjo la impresión, a primera vista,de que él también se hallaba caminando quizá por elGreen Park o el Hyde Park de Londres, si bien especial-mente embellecidos. Había parejas sentadas en los ban-cos y personas que deambulaban, pero Algernon volvióentonces a sentir se p resa de un formidable espant oal advertir que algunas se movían a unos centímetrospor encima del suelo. Una de ellas realment e corríaa campo tr aviesa a cerca de tres metros de la tierr amientras otra la perseguía, y ambas proferían voces degozosa felicidad. Entonces, de improviso, sintió un esca-lofrío que le recorrió la espina dorsal y se estremeció,pero en ese momento su Amigo lo tomó levemente delbrazo. —Ven —le dijo—; sentémonos aqui, pues quiero hablar- 46
  • YO CREOte un poco acerca de este mundo antes de seguir ade-lanté, ya que en caso contrario lo que veas después podríaconstituir en verdad un obstáculo para tu recuperación. —Recuperación... —repuso Algernon—. ¡Vaya con larecuperación! Yo no tengo que recuperarme de nada.Estoy perfectamente sano, perfectamente normal. Vamos —le dijo su Amigo con una amables o n r i s a — ; sentémonos aquí a contemplar los cisnes ylas demás aves, y podré darte una idea de la nuevavida que te aguarda. No sin cierta resistencia, y todavía disgustado por laidea de qu e podía est ar "enferm o", Algerno n se dej óconducir a un banco cercano. Ponte cómodo —le dijo el Amigo no bien seh u b i e ron sentado—. Mucho es lo que tengo que decirte;puesto que ahora te encuentras en otro. mundo, en otroplano de la existencia; de manera que cuánta másatención me prestes, con mayor facilidad podrásconducirte en este mundd. A Algernon le asombraba enormemente que los bancosdel parque fueran tan confortables, como si se adaptaran ala forma del cuerpo, cosa totalmente distinta de lo queocurría con los de los parques londinenses que él cono-cía, donde se podía tener la mala suerte de dar con unaastilla si uno se deslizaba en ellos. El agua er a de un ref ulgente azu l y los cisn es, deblancura deslumbrante, se deslizaban majestuosamente. Elaire, tibio, se movía trémulo. Entonces, de repente, aAlgernon le asaltó un pensamiento, una idea tan súbita yalarmante que casi le hizo dar un respingo en el asiento:¡No había sombras! Miró hacia arriba y tampoco vio solalguno, sino que todo el cielo brillaba. —Ahora hablaremos de esas cosas —dijo el Amigo—,porque deb o aleccio na rte de lo q ue concier ne a estemundo antes que entres en la Casa de Reposo. —Lo que me llama muchísimo la atención —expresóAlgernon— es ese manto amarillo que lleva puesto. ¿Per-tenece usted a alguna congregación o sociedad, o a algu-na orden religiosa? 47
  • LOBSANG RAMPA — ¡Ay, Dios mío! ¡Vaya, las cosas que se te ocu-rren! ¿Qué importancia puede tener el color de mi man-to? ¿Qué puede importar que lleve puesto un manto? Silo llevo es porque qui ero llevarlo , porque me parec eapropiado para mí, porque constituye un uniforme parala tarea que desempeño. —Sonrió y luego agregó al parque señalaba las prendas de Algernon—: Tú llevas tam-bién un uniforme: pantalones azul oscuro, chaqueta rojosubido y un casco especial en la cabeza. Y, además, uncinturón blanco. ¿Por qué estás vestido de esa maneratan llamativa? Tú te vistes como quieres vestirte, si biennadie te asignaría aquí tarea alguna a causa de esa mane-ra de ataviarte. Del mismo modo, yo me visto como mecorresponde y porque éste es mi uniforme. Pero... esta-mos perdiendo el tiempo. —A Algernon le bastó con esoy, cuando miró en torno, pudo observar a otras personasde manto amarillo que conversaban con hombres y muje-res vestidos con prendas muy exóticas—. Debo decirte—seguía hablando su compañero— que en la Tierra te haninformado muy mal respecto de la verdad de la vida y dela verdad de la existencia posterior. Tus orientadoresreligiosos son una serie de individuos que se han puestode acuerdo, o un conjunto de anunciantes que pregonansus propias mercancías y se han olvidado por completode la verdad de la vida y de la vida posterior. —Miró entorno y, después de una pausa, continuó—: Observa atoda esa gente que anda por aquí: ¿podrías decir quiénes cristiano, quién judío, budista o musulmán? Todosson iguales, ¿no es cierto? Y todas las personas que vesen este parque, excepto las de manto amarillo, tienenalgo en común: todas se han suicidado. Algernon se sobresaltó. Si todos se habían suicidado,pensó, entonces era posible que se encontrase en unhogar de insanos y quizás ese hombre de manto amarillofuese un guardián. Y pensó en todas las cosas extrañasque le estaban sucediendo, que ponían en tensión sucredulidad. —Debes saber que el suicidarse es una falta gravísima.Nadie debe hacerlo. No existen razones que lo justifi- 48
  • YO CREOquen; si la gente supiese lo que debe sufrir después deeso, tendría más sensatez. Este es un centro de atención —prosiguió su compañero— donde a los que se han suici-dado se los rehabilita, se los aconseja y se los devuelve ala Tierra en otro cuerpo. En primer lugar, voy a hablartea c e r c a d e l a v i d a e n la T i e r r a y e n e s t e p l a n o d e l aexistencia. Se acomodaron mejor en el asiento. Algernon contem-plaba los cisnes que se deslizaban plácidamente en elestanque y observó que en los árboles había multitud depájaros y ardillas. Y vio, también, no sin interés, queotros hombres y mujeres de manto amarillo conversabancon las personas que tenían a su cargo. —La Tierra es una escuela de instrucción donde lagente va para aprender por medio de penurias cuando nosabe hacerlo con bondad. La gente vu a la Tierra delmismo modo que allí se va a la escuela; y, antes de bajara la Tierra, las entidades que van a tomar posesión de uncuerpo terrícola reciben asesoramiento acerca del mejortipo de organismo y de las mejores condiciones que lespermitirán conocer lo que han ido a aprender, o, para sermás preciso, a fin de aprender aquello para lo cual enrealidad descienden a la Tierra. Porque, por supuesto, selos alecciona antes de partir. Ya lo verás por experienciapropia, de manera que permíteme que te hable de esteplano en particular. Aquí estamos en lo que se denominael bajo astral. Su población está de paso y se hallaconstituida exclusivamente por suicidas porque, como tehe dicho, el suicidio es una falta y quienes incurren enella son mentalmente inestables. En tu caso particular, túte suicidaste porque estabas incapacitado para procrearpor ser un mutilado; pero para eso fuiste a la Tierra, parasoportarlo y aprender a superar ese estado. Con todaseriedad te digo que antes de ir a la Tierra conviniste enque sufrirías esa mutilación, de manera que esto quieredecir que has fracasado en la prueba. Significa que tienesque comenzar de nuevo y pasar otra vez por todos esospadecimientos... O más de una vez, si vuelves a fracasar. Algernon se sentía totalmente abatido. Para él, lo que 49
  • LOBSANG RAMPAhabía hecho era lo más digno del mundo al terminar conlo que suponía una vida inútil, y ahora le decían quehabía cometido una falta y que debía expiarla. Pero yasu compañero continuaba hablando. —Este plano, el astral inferior, está muy cerca delterrestre. Se encuentra lo más bajo posible, pero sin quepor ello se pueda volver en realidad a la Tierra. Tepondremos en una Casa de Reposo para llevar a cabo tutratamiento. Allí se procurará estabilizar tu estado men-tal, se tratará de fortalecerte para tu definitivo retorno ala Tierra no bien las condiciones lo permitan. r ero aquí,en este plano astral, podrás ir de un lado a otro avoluntad; o, si lo deseas, podrás volar por los aires consólo pensarlo. Del mismo modo, si llegas a la conclusiónde que tu atuendo es absurdo —como por cierto lo es—,puedes cambiar esas, ropas con sólo pensar en las que teagradaría llevar. Algernon pensó en un traje muy lindo que había vistocierta vez en un país tórrido y que recordaba como muyblanco, liviano y de hechura elegante. Hubo de prontoun crujido y, al mirar alarmado hacia abajo, vio que suuniforme se desvanecía y lo dejaba desnudo. Gritó asusta-do y se puso de pie con las manos en las pa-rtes vergon-zosas; pero apenas se hubo levantado se encontró conque ya tenía puestas otras prendas: las que él habíaimaginado. Avergonzado y Peno de rubor volvió a sen-tarse. —Aquí verás que no tienes necesidad alguna de co-mida; con todo, si te asalta algún impulso de glotonería,puedes conseguirla, cualquiera sea la que deseares. Notienes más que pensar en ella y se materializará en elaire. Piensa, por ejemplo, en tu plato preferido. Algernon reflexionó uno o dos segundos y despuéspensó en un bistec, patatas asadas, tarta Yorkshire, zana-horias, nabizas, repollo, una buena copa de sidra y ungran cigarro para rematar la comida. No bien lo hubopensando cuando ante él apareció una forma vaga que sesolidificó hasta corporizarse en una mesa cubierta con uninmaculado mantel blanco. Entonces aparecieron también 50
  • YO CREOunas manos que fueron colocando la vajilla frente a él,las fuentes de plata, la cristalería... Algernon levantó lastapas una a una y vio la comida que había escogido,cuyo aroma pudo también percibir. Su compañero nohizo más que mover las manos, y tanto la comida comola mesa desaparecieron. En realidad no hay ninguna necesidad de estasc o s a s extravagantes, ninguna necesidad de esta clase vulgarde comida puesto que aquí, en este plano astral, elcuerpo absorbe su alimento de la atmósfera. Comopuedes ver, en el cielo no brilla sol alguno, sino quetodo el cielo es el que brilla, y de él toman todas laspersonas el alimento que les hace falta. Aquí no haygente muy delgada ni muy gruesa, sino que todos sonsegún las exigencias del cuerpo. Algernon miró en derredor y pudo apreciar que esoera sin duda así: no había personas gordas, no habíapersonas flacas, no había gente muy baja ni excesiva-mente alta, sino que todos estaban notablemente bienformados. Algunos de los que deambulaban tenían pro-fundas arrugas en la frente porque, sin duda, estabanconcentrados pensando en el futuro, doliéndose del pa-sado y lamentando sus torpes acciones. Ahora debemos ir a la Casa de Reposo —d i j o s u compañero poniéndose de pie—. Seguiremosconversando mientras caminamos. Tu llegada ha sido algoprecipitada, y si bien nosotros estamos siempre atentospor si hay suicidas, hacía tanto tiempo que tú lo veníaspensando que... ¡ay! , nos tomaste bastantedesprevenidos cuando te inferiste aquella desesperadacuchillada final. A l g e r n on s e i n c o r p o ró y s ig u i ó de m al a g a na a sucompañero. Lentamente se echaron a andar por el ca-mino que bordeaba al estanque y pasaron junto a peque-ños corrillos de gente que conversaba. De tanto en tantose veía que algún par de personas se levantaba y comen-zaba a andar tal como habían hecho ellos. Aquí las condiciones son agradables porque ene s t a etapa del proceso tienes que ser, digamos,reacondicionado para regresar a las penurias y sufrimientos 51
  • LOBSANG RAMPATierra. Pero recuerda que la vida terrestre no es más queun pestañéo comparada con el Tiempo Real, y que cuan-do hayas c oncluido tu vida en la Tierra —y l a hayascumplido con éxito—, verás que no vuelves a este lugarsino que pasarás de largo e irás a otra fase de los planosastrales, es decir, a un plano que depende de lo quehayas adelantado en la Tierra. Suponte que allí vas a laescuela: si meramente pasas el examen, es posible quedebas que d arte en el mismo grad o; pero si obtienesmejores notas podrás pasar al siguiente, y si alcanzasmención honorífica hasta podrías adelantar dos grados.Lo mismo ocurre en los planos astrales. Puedes salir de laTierra con lo que llaman "muerte" y ser trasportado aun plano astral determinado; o, si has vivido extremada-mente, bien puedes ser conducido a un plano mucho máselevado y, cuanto más alto subas, claro está, las condicio-nes serán mejores. • Algernon estaba muy entretenido con los cambios depaisaje. Más allá de la zona del estanque penetraron porel claro de una cerca. Ante ellos se extendía un pradohermoso y bien cuidado; un conjunto de personas, sen-tadas en sillas, escuchaban a alguien que se hallaba de piey que, como era notorio, pronunciaba una conferencia.No obstante, el compañero no se detuvo sino que prosi-guió su camino hasta que al cabo llegaron a una eleva-ción del terreno. Subieron por allí y ante ellos aparecióun hermosísimo edificio, no blanco, sino con un ligerotinte verdoso, un color apacible que infundía tranqui-lidad y paz al espíritu. Llegaron así a una puerta que seabrió automáticamente y entraron en un vestíbulo bieniluminado. Algernon miraba en torno con enorme interés. Jamáshabía visto lugar alguno tan hermoso, ni siquiera él, quepertenecía a la clase alta de la sociedad inglesa y pensabaque conocía bastante la belleza de los edificios. La scolumnas parecían etéreas y de ese amplio vestíbulo deentrada partían muchos corredores. En medio parecíahaber un escritorio circular en torno del cual se hallabansentadas algunas personas. 52
  • YO CREO Les presento a nuestro amigo Algernon St.Clair de Bonkers —dijo su acompañante,adelantándose hacia ellas—. Creo que, como lo estabanesperando, le habrán asignado ya su habitación. Hubo un rápido hurgar de papeles hasta que, al cabo,una joven repuso: Sí; así es, señor. Haré que lo conduzcan a su c u a r t o . Inmediatamente, un joven se levantó y se dirigió hacia ellos. Yo lo acompañaré; por favor, sígame —dijo. E l a c o mp añ a n t e d e A l g e r n o n h i zo a é st e u n a l e v einclinación de cabeza y luego se volvió para abandonar eledificio. Algernon siguió a su nuevo guía por un corredormuellemente alfombrado hasta llegar a una habitaciónmuy espaciosa en la cual había una cama y una mesa.Anexas a la habitación había otras dos más pequeñas. —Ahora, señor, tenga la amabilidad de acostarse. Enseguida vendrá un equipo de médicos a examinarlo. Nopuede usted salir de su habitación hasta que el faculta-tivo que se le ha asignado lo autorice. —Sonrió y saliódel cuarto. Algernon miró en derredor y después entró en lasotras dos habitaciones. Una parecía un cuarto de estar,provisto de sillas y un confortable sofá; la otra, pues...apenas era un cuarto muy pequeño, de suelo duro, consólo una silla rústica... y nada más. " ¡Oh! Por lo vistono hay aquí cuarto de bario", pensó de pronto; pero alinstante advirtió que para qué tendría que haberlo... Nohabía sentido, en realidad, ninguna necesidad de utili-zarlo, y quizás en ese lugar nadie tuviese que recurrir atales instalaciones. P e r m a n e ci ó d e p ie j u nt o a l a c am a p e n s a nd o q u éhacer. ¿Tratar de escapar? Se aproximó a los ventanalesy observó que se podían abrir perfectamente; pero cuan-do trató de pasar... no: alguna barrera invisible se loimpedía. Se sintió poseído de cierto pánico, pero retro-cedió hasta la cama y comenzó a quitarse la ropa. "¿Có-mo voy a hacer sin ropa de dormir? "; pensó entonces;mientras, volvió a oír aquel crujir. Miró hacia abajo y 53
  • LOBSANG RAMPAnotó que tenía puesto un largo camisón blanco como losque había usado durante su permanencia en la Tierra.Levantó las cejas lleno de asombro y lentamente, pensa-tivo, se introdujo en la cama. Unos minutos después oyóque alguien golpeaba discretamente a su puerta. — ¡Pase! —dijo Algernon, y entonces entraron trespersonas, dos hombres y una mujer, que se presentaroncomo integrantes del equipo de rehabilitación. Algernon se asombró de que no hubiera estetoscopioalguno y de que no le tomaran siquiera el pulso, puesaquellas tres personas se sentaron, lo miraron y una deellas comenzó a hablarle: Estás aquí porque has cometido la gravef a l t a d e suicidarte, con lo cual todo el tiempo quepermaneciste en la Tierra fue vano. De manera quetendrás que comenzar otra vez y soportar nuevasexperiencias con la esperanza de que aproveches estapróxima oportunidad y no reincidas. El hombre continuó diciéndole que se lo sometería aradiaciones tranquilizantes especiales para que recobrasepronto la salud, pues era preciso que retornase lo antesposible a la Tierra. Cuanto antes volviese, más fácil leresultaría todo. Pero ¿cómo es posible que vuelva a laT i e r r a ? — e x clamó Algernon— Estoy muerto, o almenos mi cuerpo físico está muerto; entonces, ¿cómoconsideran ustedes que pueden ponerme de nuevo en él? —Sí —repuso la joven—; sucede que estás bajo losefectos de graves confusiones a causa de las cosas tanabsurdas que te han enseñado en la Tierra. El cuerpofísico no es más que un a envoltura que se coloca elespíritu a fin de poder llevar a cabo ciertas tareas infe-riores especiales, es decir, con el propósito de poderasimilar ciertas enseñanzas penosas en razón de que porsí solo no puede experimentar vibraciones tan bajas. Enconsecuencia, debe ponerse una vestidura que le permitacaptar las cosas. Irás a la Tierra y nacerás de padres quese te han de elegir. Tu nacimiento ocurrirá en condi-ciones que te permitan extraer el mayor provecho para 54
  • YO CREOtu experiencia en la Tierra; pero recuerda —añadió lamujer— qu e lo que qu eremos sig nificarte c o n eso deextraer provecho no supone necesariamente que se tratede dinero, puesto que algunas de las gentes más espiri-tuales de la Tierra son pobres, en tanto que los ricossuelen ser perversos. Todo depende de lo que cada cualtiene que hacer; y como se estima que en tu caso hasf r a c a s a d o a l c r i a r t e e n u n medio de opulencia y bie-nestar, esta vez tendrás una posición más humilde. Hablaron durante un rato y Algernon fue captandopoco a poco que las circunstancias eran muy diferentesde aquellas en las que le habían llevado a creer. Prontose dio cuenta de que cristianismo y judaísmo no eranmás que nombres, lo mismo que budismo, mahometismoy otras creencias, y de que en realidad sólo existía unareligión, una que él aún no llegaba a comprender. Las tres personas abandonaron , la habitación y dentrode ésta la luz se extinguió. Era como si la noche sehubiese cerrado sobre Algernon. Entonces se acostó có-modamente, perdió la noción de todo y durmió, durmiómuchísimo, hasta el extremo de no saber cuánto tiempohabía pasado. Tal vez hubiesen sido unos minutos, quizáshoras, quizá días. Lo cierto es que Algernon durmió ymientras dormía su espíritu se revitalizó y la salud volvióa él. 55
  • CAPITULO IVCuando despertó, por la mañana, el sol brillaba y lospájaros cantaban en las ramas de los árboles. Pero....¿brillaba el sol? Sobresaltado, recordó que ésa no era laluz del sol, pues allí no había sol alguno, sino que lo quebrillaba era el aire. Apartó las cobijas y apoyó los pies enel suelo. En seguida se aproximó a la ventana y observóq u e a f u e r a t o d o e s t a b a t a n l u m in o s o y a l e gr e c o m oa y e r . . . ¿ H a b í a s i d o ay e r ? A l g e r n o n s e h a l l a b a t o t a l -mente desorientado, sin saber si había días y noches,puesto que al parecer nada permitía calcular el trascursodel tiempo. Volvió a la cama y se echó sobre las cobijas,con las ma nos en la nuca, pensa ndo en t od o cuantohabía sucedido. Otra vez sonaron unos discretos golpes en la puerta y,al responder, apareció un individuo de aspecto muy graveque daba la impresión de estar perfectamente al tanto desus propias obligaciones. He venido a hablar contigo —le dijo— porques o s p e chamos que has de tener grandes dudas respectode la realidad de lo que experimentas. Algernon colocó sus manos a los costados, y a causade su adiestramiento en el ejército, adoptó casi la actitudde "atención", como si se encontr ara en un hospitalmilitar. To d o l o q u e he vi st o, señor —repu so—, contradicel o que enseña la religión cristiana. Yo esperabaencontrarme con ángeles, con ángeles que tocaran el arpa.Creí que 57
  • LOBSANG RAMPAiba a ver el cielo y querubines, y en cambio me encuen-tro con que este lugar bien podría ser un Green Park oun Hyde Park embellecido, o cualquier otro parque biencuidado. Incluso podría estar sufriendo alucinaciones enel Richmond Park. --tV ay a! —dijo sonriendo ese nuevo médico que ha-bía llegado a verlo—. No eres un cristiano demasiadoferviente. Si fueras, digamos, católico apostólico romanoy realmente creyeras en tu religión, habrías visto ángelescuando llegaste aquí. Y los habrías visto hasta que supresencia engañosa te hubiese llevado a comprender queno eran sino fantasmas, fruto de tu imaginación. Aquítodo es real. Tú eres un experimentado hombre de mun-d o , y co mo ha s si d o so ldado y ha s visto de cerca lamuerte y la vida, puedes vernos a nosotros tal como enrealidad somos. Algernon meditó en algunas escenas de su pasado. — ¡La muerte! —dijo--. Estoy sumamente intrigadoacerca de ella, porque en la Tierra sucede algo tan espan-toso que la gente tiene un miedo terrible de morir. Y sihay algo q ue siempr e me ha aso mbrado mu cho es elhecho de que, cuanto más religiosa es una persona, ma-yor es el terror que siente, incluso ante la mera idea dela muerte. —Sonrió y entrecruzó los dedos— Tengo unamigo muy querido —prosiguió—, ferviente católico, quecada vez que se entera de que alguien está enfermo ypróximo a morir, dice siempre que se alegra de que esepobre hombre se encuentre mejor y tenga tan buenasalud... Pero, dígame usted, señor —rogó Algernon—,¿cómo es posible que si hay vida después de la muerte,esa gente tema morir? El médico sonrió con cierto aire zumbón. —Pues... Yo suponía que un hombre de tu ilustracióny experiencia, de tu perspicacia —le dijo—, conocería larespuesta. Pero como evidentemente no es así, permí-teme que t e lo expliq ue: la gent e va a la Ti erra pararealizar determinadas tareas, aprender ciertas cosas, expe-rimentar ciertas penurias para que el espíritu, el alma oel superyó —llámale como te plazcA— se pueda purificar 58
  • YO CREOy fortalecer por esos medios. De manera, pues, que siuna persona se suicida, eso constituye un delito contra elprograma, contra el orden de las cosas. Y si la gentetuviera idea de lo natural que es la muerte y que norepresenta más que nacer en otro estado de evolución,estaría ansiosa por morir y todo el sentido de la Tierra yde los demás mundos se perdería. Este, por cierto, era un nuevo punto de vista paraAlgernon aunque, claro está, un concepto que no carecíade lógica. No obstante, no se sentía aún satisfecho. ¿Debo pensar, entonces, que el miedo a la muertes e provoca en forma artificial y es totalmente ilógico? —inquirió. Así es, sin duda alguna --respondió el médico—.L a naturaleza tiene previsto que todos teman a lamuerte, que todos hagan lo posible por preservar su vidaa fin de que las experiencias en la Tierra puedancontinuar y desembocar en un resultado lógico ypredeterminado. Por eso, cuando alguien se suicida, loque hace es desbaratarlo todo. Ten en cuenta que —añadió—, cuando llega el momento de la muerte natural,por lo común no existe miedo, por lo común no se sientedolor, porque los seres que están en otra esfera del astralpueden advertir cuándo una persona está a punto demorir o —como preferimos decir nosotros— en vísperasde iniciar la transición; y, cuando ese momento seaproxima, se produce cierta anestesia, y en lugar delas angustias de la muerte se tienen pensamientosplacenteros, una sensación de calma y la impresiótk de ir ala verdadera morada. — ¡Oh, eso no puede ser! —exclamó Algemon en unarrebato de indignación—. Los que agonizan suelen retor-cerse y debatirse y es evidente que sienten grandes dolo-res. —No, no —replicó el médico con un movimiento decabeza que denotaba desaliento—. Estás en un error.Cuando alguien agoniza no siente dolor, sino que éstecesa. Tal vez- el cuerpo se revuelva y se oigan quejidos,pero ésa es una mera reacción espontánea de ciertosnervios que se` estimulan. No significa en modo alguno 59
  • LOBSANG RAMPAque la persona sienta dolor. Es común que quien presen-c i a e s o n o s i r v a d e ju e z d e l o q u e e s t á s u c ed ien d o . L aparte consciente que está por penetrar en la transición sedivorcia de la parte física, que es el mero ser animal. Esd e c i r . . . P er o , ¡ u n m o m e n t o ! — s e i n t er r u m p i ó — . Cu an -do tú te suicidaste no sentiste dolor alguno, ¿no escierto? Algernon se rascó la barbilla pensativo. — P u e s . . . n o . C r eo q u e n o —respondió dubitativo—.No recuerdo haber experimentado nada, excepto unaextraordinaria sensación de frío y nada más. No, señor;es probable que tenga usted razón, puesto que cuando lopienso creo que no, que no sentí dolor alguno, sino queme encontré confundido, desorientado. El doctor sonrió y se frotó las manos. — ¡Vaya; eso es lo que quería oírte decir! —con-c luyó—. D e modo qu e r econo c es qu e no s en tiste do lo ralguno, aun cuando, sin embargo, chillabas como unl e ch ó n d eg o l l a d o . Y , d ich o s e a d e p a s o , lo q u e s u ce d ec on el l ech ón d eg o l l ado e s q u e e l a i re d e lo s p u lmo n essale con fu erza y vibran sus cu erdas vocales de manerat a l q u e e m i te u n f o r m i d a b le ber r id o. Lo m is mo o curr ióc o n t u r e a c c i ó n : u n g r it o f o r m i d ab l e i n t e r r u m p id o p o rlos borbotones de sangre que salían a raudales por el tajoque te habías inferido en la garganta. Y ése fue el alaridoq u e h izo qu e aqu ella de sd ichad a mu c ama en tr ar a en e lcuarto de baño. Todo aquello parecía ya bastante 1411. Algernoncomenzaba a darse cuenta de que eso n 4ra ningunaalucinación sino un hecho concreto. Sin embargo —dijo—, yo pensaba que alm o r i r , u n a p erson a comparecía inmediatamente an teDios para ser j u z g a d a ; q u e e n s e g u i d a v e í a a J e s ú s ei n c l u s o a l a sagrada Virgen y a los apóstoles. El médico meneó la cabeza con desaliento. De modo que creíste que ibas a ver a Jesús...D i m e : sup on ien do qu e hu b ier as sido judío , qu eh u b i era s s i d o m ah o m et an o o qu e hub iera s s ido bud ista,¿ hab r ía s p en sado igual que verías a Jesús, o crees tú que el cielo 60
  • YO CREOdividido en partes diferentes a las que va la gente de cadareligión? No; la idea es totalmente absurda, insensata, ungran desatino. La simpleza de los predicadores de laTierra realmente infecta a la población con sus espan-tosas leyendas. La gente viene aquí y cree que está en elinfierno, pero no hay infierno... excepto la Tierra. Algernon dio un respingo. Sentía que su cuerpo seretorcía como en el fuego. — ¡Oh! Pero, entonces, ¿estoy en el cielo? —pregun-tó. —No. De ninguna manera —replicó el doctor—. No haytal. No hay cielo ni hay infierno, pero hay purgatorio. Elpurgatorio es el lugar donde se purgan los pecados, y esoes lo que estás tú haciendo aquí. En breve comparecerásante una junta que te ayudará a resolver qué habrás dehacer cuando regreses a la Tierra. Porque tienes quevolver a ella para llevar a cabo el plan que tú mismo haselaborado. Para eso he venido aquí-ahora, ex realidad:para ver si ya estás pronto para presentarte ante la junta. Algernon si ntió que lo acometía el miedo, co mo siunos dedos helados le recorrieran la espina dorsal. Aque-llo se le antojaba peor que la junta médica militar, en laque los médicos sondeaban y,-hurgaban preguntando todaclase de cosas embarazosas respecto a las reacciones decada uno ante esto o aquello, a cómo es su vida sexual,si es casado, si tiene alguna amiga... No; en verdad nopodía sentir ningún entusiasmo por comparecer ante lajunta... ¿una junta de qué?—Bien —respondió—. Supongo que me darán tiempopara que me recupere un poco del gran trauma de haberpasado de la vida a esto. Reconozco que, al suicidarme,he venido aquí por propia voluntad, cosa que al pareceres una falta atroz, pero no obstante creo que me conce-derán algún tiempo para que me reponga y vea qué es loque quiero hacer. Y ya que lo he mencionado —añadió—,¿cómo es posible que el suicidio sea una falta tan terriblesi la g ente no sabe qu e está incu rriendo en ella? Yosiempre creí que si la gente no tiene conciencia de queestá haciendo un mal no se la puede castigar por hacerlo. 61
  • LOBSANG RAMPA — ¡Oh, qué insensatez! —exclamó el médico— Erescomo todos los de tu casta, que piensan qu e porqueprovienen de la clase alta tienen derecho a especial consi-deración. Siempre procuran dar razones. Parece un viciode los de tu estirpe. Tú sabías perfectamente bien queera malo suicidarse; incluso la forma de religión peculiarde ustedes, según la enseñan allí abajo, les dice queeliminarse es un delito contra la persona, contra el Esta-do y contra la Iglesia. Algernon le lanzó una mirada espantosamente hosca. —Entonces —replicó—, ¿cómo se explica que los japo-neses se suiciden cuando les van mal las cosas? Cuando eljaponés advierte que ha caído en el desprestigio, se des-tripa públicamente. Eso es suicidio, ¿no es cierto? ¿Nohace, acaso, lo que él cree que debe hacer? El doctor lo miró compungido. En nada altera las cosas el hecho de que enJ a p ó n s e haya convertido en una costumbre socialsuicidarse en lugar de enfrentar las contrariedades.Escúchame, permíteme que meta bien esto en tusubconsciente: el suicidio jamás es bueno; el suicidio essiempre un delito. -No hay circunstancias atenuantes deninguna especie que lo justifiquen. Incurrir en él significaque el individuo no ha evolucionado lo suficiente comopara continuar aquello que ha tomado a su cargo porpropia voluntad. Pero no perdamos más tiempo —añadió—. No estás aquí de vacaciones; estás para que teayudemos a aprovechar lo mejor posible tu próxima vida en laTierra. ¡Ven! Sin más, se levantó y se plantó frente a Algernon, quegemía de manera lastimera. Pero, ¿no van a dejar siquiera que me bañe? ¿Nov a n a permitir que desayune antes de llevarme? — ¡Qué tonterías! —exclamó irritado el médico— Aquíno hay necesidad de bañarse ni hace falta comer. Ya seencarga la atmósfera misma de mantenerte limpio y dealimentarte. Me planteas cosas porque al parecer no eresmuy hombre. Lo que buscas es eludir todas tus responsa-bilidades. ¡Ven conmigo! El médico se volvió y encaminóse hacia la puerta.. 62
  • YO CREOAlgernon se puso lentamente de pie y de muy mala ganalo siguió. A poco doblaron a la derecha y entraron en unjardín que Algernon no había visto antes. La , atmósferaera maravillosa, pájaros que volaban y multitud de anima-les echados por todas partes. Después, a la vuelta de unaesquina, apareció otro edificio. Por las agujas parecía unacatedral; pero esta vez, en lugar de una rampa para subir,había muchísimos escalones. Subieron por ellos y llega-ron a las frías puertas de una sólida construcción. Laentrada estaba ocupada por muchas personas; había tam-bién gente sentada en cómodos bancos distribuidos a lolargo de las paredes. En medio del vestíbulo se veía unescritorio —al parecer para atender a las personas—, cir-cular co mo el ante rior , si bien es ta vez lo oc upabanindividuos de edad mucho más avanzada. El doctor con--dujo a Algernon hasta allí y dijo: —Hemos venido a presentarnos ante el Consejo. Uno de los asistentes se levantó. —Acompáñenme, por favor —dijo, y el médico y Alger-non lo siguieron. A poco de andar por un corredor doblaron a la iz-quierda y entraron en una antecámara. —Esperen aquí, por favor —pidió el asistente, y seadelantó para llamar a una puerta. Cuando desde elinterior le respondieron, entró y la puerta se cerró trasél. Desde adentro llegaba un débii murmullo. U n o s i n s t an t e s d e s p u é s r e a p a r e ci ó e l a si s t e n t e ymantuvo la puerta abierta. —Ya pueden entrar —dijo. El médico se levantó, tomó a Algernon del brazo y locondujo al interior. Al entrar en la sala, Algernon se detuvo asombrado enun arranque involuntario. Aquél era, por cierto, un salónde grandes dimensiones en medio del cual había un globoque gir aba lentament e, una esfera azul y v er de. Porinstinto, Algernon comprendió que se trataba de unarepresentación de la Tierra. Se sintió fascinado e intri-gado, a la vez, al notar que ese globo terráqueo girabasin sostén visible alguno. Le parecía estar en el espa- 63
  • LOBSANG RAMPAcio contemplando la Tierra iluminada por un Sol in-visible. H a b í a t am b i é n u n a gr a n m e s a , m u y p u l id a y c o nintrincadas tallas, a uno de cuyos extremos se hallabasentado un hombre anciano, de cabellos y barba entre-canos. Parecía bondadoso, aun cuando á la vez daba laimpresión de ser severo. Daba la sensación de que, llega-do el momento, podía ser una persona muy dura. A l g e r n o n ec h ó u n a mi r a d a f u g a z y l e p a r e c i ó q u ehabía ocho personas más sentadas en torno a la mesa,cuatro hombres y cuatro mujeres. El doctor lo condujo aun asiento situado en un extremo de la mesa y Algernonpudo observar que ésta se hallaba dispuesta de una ma-nera y tenía una forma tal que los demás podían verlosin volverse siquiera en sus asientos; por un instantepensó en qué artesano habría podido llevar a cabo tanintrincada geometría. —Presento a ustedes a Algernon St. Clair de Bonkers—dijo el médico—. Hemos comprobado que ha llegado aun estado de restablecimiento que le permitirá aprove-char bien vuestros consejos. El anciano que ocupaba la cabecera de la mesa hizo unleve ademán para que todos se sentaran. Algernon St. Clair de Bonkers —comenzóe n s e guida—: estás aquí porque has incurrido en lafalta de suicidarte. Te has eliminado pese a los planesque te habías trazado y en violación de la Ley Suprema.¿Quieres decir algo, antes, en tu propia defensa? Algernon se aclaró la garganta temblando. — ¡Ponte de pie! —le dijo por lo bajo el doctor,inclinándose hacia él.Se levantó a regañadientes. Si me comprometí a realizar determinada tarea— c o menzó con tono altanero—, y si las circunstancias,qiie yo no elegí, me impedían ponerla en ejecución,como dueño de mi propia vida tenía todo el derecho deacabar con ella si tal era mi deseo. Yo no resolví venira este lugar. Todo cuanto quise fue terminar con miexistencia. —Dicho esto volvió a sentarse con enérgicaarrogancia. 64
  • YO CREO El médico lo miró apesadumbrado, en tanto que en losojos del anciano que ocupaba la cabecera se advertía unagran tristeza. Los demás, es decir, los cuatro hombres .ylas cuatro mujeres, lo miraron con compasión como si yahubieran oído eso anteriormente. —Tú te trazaste un plan —intervino entonces el an-ciano—, pero tu vida no te pertenece. Tu vida es de tusuperyó, es decir, de eso que llamas alma; de manera quehas ofendido a tu superyó con tu contumacia y tudescabellada manera de privarlo de su "muñeco". Por esotendrás que retornar a la Tierra y volver a vivir toda unavida; pero esta vez ten cuidado de no suicidarte. Ahorafalta resolver qué momento será más oportuno para queregreses a la Tierra, así como las condiciones que máshabrán de convenirte y qué padres apropiados podremosencontrar para ti. Hubo un revolver de papeles y uno de los integrantesdel grupo se incorporó para aproximarse al globo terrá-queo. Permaneció unos instantes mirándolo sin decir na-da hasta que al fin, siempre en silencio, volvió a su lugary asentó unas notas en sus papeles. —Algernon —dijo el an ci an o— : al ir a la Tier ra lohiciste en inmejorables condiciones. Llegaste al seno deuna familia de rancio abolengo donde todo cuantonecesitabas te fue proporcionado. Has disfrutado de to-das las consideraciones posibles. En cuanto a dinero, éseno ha sido precisamente un obstáculo para ti y, en loque se refiere a educación, ha sido la mejor que se tepodía dar en tu país. Sin embargo, ¿has pensado en elmal que has hecho en tu vida? ¿Has repara do en t ubrutalidad, en la forma en que acostumbrabas acosar a tusservidores? ;.Has pensado en las doncellas que seduciste? Algernon se puso de pie indignado. — ¡Señor! —exclamó con vehemencia— Siempre se medijo que las doncellas estaban para que el soltero de lacasa se sirviera de ellas, para que fueran sus juguetes,para iniciarse en las cuestiones sexuales. ¡Nada malo hehecho, aunque hayan sido muchas las mucamas que heseducido! 65
  • LOB SANG RAMPA Se volvió a sentar presa de una gran excitación. —Algernon —prosiguió el anciano—, tú sabes bien, sa-b e s q u e l a p o s i c i ó n, co m o t ú l a c o n s i d e r a s , e s a l g omeramente artificial. En tu mundo, el hecho de quealguien sea de fortuna o provenga de una familia deestirpe y acaudalada hace que disfrute de una serie enor-me de ventajas. En cambio, la persona pobre que se veobligada a trabajar al servicio de alguna de esas familiasno disfruta de beneficio alguno y se la trata como a seresinferiores. Tú conoces la ley tan bien como todos, puestoque has vivido mucho y llevas en tu subconsciente esosconocimientos. Una de las mujeres que estaban sentadas a la mesafrunció los labios como si acabara de sentir un gustoextremadamente amargo. —Quiero dejar constancia —dijo ceremoniosa— de que,según mi opinión, este joven debe recomenzar su vida enun ambiente humilde. Ha tenido todo a su disposición yconsidero que debe empezar de nuevo en calidad de hijode algún modesto mercader o, quizá, de un pastor. Algernon se levantó hecho una furia. — ¡Cómo se atreve a decir cosas semejantes! —aulló—¿No sabe usted, acaso, que por mis venas corre sangreazul? ¿No sabe usted que mis antepasados estuvieron enlas Cruzadas? Mi familia es una de las más respetadas. . En mitad de su verborragia, empero, el anciano lointerrumpió. — ¡Vamos, vamos! —le dijo— No quiero discusionesaquí. No te servirán de nada bueno, sino que sólo habránde constituir un peso más que tendrás que sobrellevar.Estamos tratando de auxiliarte y no añadir nada a tukarma: ayudarte a aligerarlo. Pues yo no estoy dispuesto a tolerar quen a d i e d i g a nada de mis antepasados —prorrumpióAlgernon rudamente—. Supongo que los suyos —añadiófurioso, señalando con el dedo a la mujer que habíahablado— deben de haber regenteado algún burdel, unacasa de citas o algo por el estilo, ¡qué caray! 66
  • YO CREO El médico asió fuertemente a Algernon de un brazo ylo obligó a sentarse. — ¡Cállate la boca, mequetrefe! —le dijo— ¡Sólo hacescosas que son mucho peores para ti! Todavía no sabesun ápice acerca de todo esto, así que ¡cállate y escucha! Algernon se apaciguó pensando en que sin duda debíad e e n co nt ra rse en el pu rgatorio, como ya l e había ndicho, y se dispuso a escuchar al presidente de la reu-nión. —Algernon —dijo éste—; nos tratas como si fuésemostu enemigo s, pero no es así. Tam poco es tás aquí encalidad de huésped de honor... Lo sabes. Has cometidoun delito, de modo que, antes de seguir adelante, entodo est o hay una cos a que quier o dejar claramenteestablecida: eso de que por las venas corra sangre azul noes verdad, ni tampoco que se herede la clase, la casta o elnivel social. Te han hecho un lavado de cerebro y estásconfundido por k„ leyendas y cuentos de hadas que tehan relatado. —El anciano se detuvo un momento parabeber un sorbo de agua y, después de echar una mirada alos integrantes de la junta, prosiguió—: Debes tener muy,pero muy presente que hay entes de muchísimos mun-dos, de muchísimos planos de la existencia, que bajan ala Tierra —que es uno de los mundos inferiores— paraaprender con padecimientos lo que al parecer no puedenaprender con bondad. Y cuando alguien va a la Tierraadopta el cuerpo que más conviene para el cumplimientode su misión. Si fueras actor comprenderías que no eressino un hombre, ese actor al que se puede llamar paraque represente muchos papeles a lo largo de su vida. Asípues, como actor, en tu vida tendrías que caracterizarte aveces de príncipe, de monarca o de mendigo. En el papelde rey tendrías que simular que por tus venas corresangre de la realeza, pero eso sería sólo ficción. En elmundo de la farándula no hay quien no lo sepa. Algunosactores se posesionan tanto —como has hecho tú— queen realidad creen ser príncipes o reyes y jamás quierenser mendigos. Ahora bien, quienquiera que seas, sea cualfuere tu grado de evolución, si has venido aquí es porque 67
  • LOBSANG RAMPAhas cometido el delito —puesto que en realidad lo es— desuicidarte. Y has venido a expiarlo, Has venido para quenosotros, que estamos, en contacto con los planos supe-riores así como con la Tierra, señalemos cuál es la mejormanera de llevar a cabo esa expiación. Algernon no se sentía feliz en absoluto. —¿Cómo podía yo saber que no había que suicidarse? Y,por otra parte, ¿no se suicidan acaso los japoneses porcuestiones de honor? —inquirió, todavía con gran aspe-reza. —El suicidio jamás es admisible —repuso el presi-dente—. Tampoco se justifica que los bonzos o los sin-toístas se prendan • fuego, se abran el vientre o se arrojenpor un despeñadero. El hombre jamás debe contravenirlas leyes del universo. Ahora, escúchame. —El presidenteestudió unos papeles y continuó—. Tenías que vivir hastadeterminada edad, pero como has puesto fin a tu vida..terrenal treinta años antes, tendrás que volver a la Tierrapara vivirlos y morir al ca bo de ellos. Es decir, queambas vidas, la que has truncado y aquélla a la cualahora has de ir, constituyen meramente una... ¿cómodiré...? Digamos una lección escolar. —Una de las muje-res levantó la mano para llamar la atención del presi-dente— ¿Sí, señora? —dijo éste— ¿Desea formular algúncomentario? —Sí, señor —repuso la aludida—. Considero que estehombre no se da cuenta en absoluto de su situación,pues supone que es inmensamente superior a todos losdemás. Creo que quizá conviniese hablarle de las muertesque causó, recordarle un poco más su pasado. —Sí, claro; pero como usted bien sabe —repuso algoirritado el presidente—, él va a observar su pasado en elPalacio de las Memorias. Pero, señor presidente —insistió la mujer—; el períododel Palacio de las Memorias es posterior, y lo que desea-mos es que este hombre nos escuche ahora con sereni-dad... si tal cosa es posible para él —concluyó, echandouna torva mirada a Algernon—. Opino que ahora habríaque decirle algo más acerca de su situación. 68
  • YO CREO El presidente suspiró, se encogió de hombros y dijo: Muy bien; si su deseo es ése, alteraremos la r u t i n a . Sugiero que llevemos ahora a este hombre al Palacio de las Memorias a fin de que pueda ver todo cuanto hace que no nos sintamos complacidos en modo alguno por lo que él considera sus hazañas. H u b o u n r u m o r d e si l la s q u e se c o r r e n y l o s i n t e - grantes de la Junta se pusieron de pie. — ¡Vamos! Tú lo has querido —dijo el médico a Alger- non poniéndose de pie, a su vez, no sin cierto desaliento. Algernon miraba muy indignado a unos y otros. — ¡Vaya! —dijo con voz tonante— Yo no he pedido ir a ese lugar. No entiendo a qué viene toda esta alharaca. Si tengo que regresar a la Tierra, déjenme ir y sanseacabó. Te acompañaremos al Palacio de las Memorias — l e dijo el presidente— para que puedas ver todos los hechos de tu vida anterior; De ese modo podrás juzgar si estamos abusando de nuestra autoridad, como al parecer supones, o si somos indulgentes contigo. ¡Vamos! Dicho esto se volvió y encabezó la marcha por la1 amplia sala hacia el exterior. Afuera, en aquelf r e s c o e s p a c i o a b i e r t o , l a a t m ó s f e r a era vivificante ylos pájaros y las inofensivas abejas iban de un lado a otroemitiendo sus sonidos característicos. Allí no habíainsectos que picaran n i que moles tasen, sino que todosellas-se sumaban a lo que podría llamarse la músicanatural del ambiente. E l p r e s i d e n t e y t o d o s l o smiembros de la junta iban adelante, "como en unae x c u r s i ó n e s c o l a r " — p e n s a b a Algernon—, "salvo que ésteno es un paseo para mí".Por lo visto usted es mi carcelero. ;.eh? —le dijo al doctor mirándolo de soslayo, pero éste no respondió. En cambio, tomó a Algernon con más firmeza del brazo y ambos prosiguieron andando. Cuando a poco llegaron a otro edificio, Algemon ex- clamó al verlo: — ¡Oh, es el Albert Hall! ¿Cómo hemos venido a dar a Londres? 69
  • LOB SANG RAMPA —No; no es el Albert Hall —dijo riendo el doctor, pueseso en realidad lo divertía—. Fíjate en la arquitectura,que es diferente. ¡Este lugar es hermoso! Ya en el interior del palacio pudo observar que, comohabía dicho el médico, era "hermoso". El presidente locondujo por él y Algernon dedujo que, a juzgar por eltiempo que llevaban caminando, debían de hallarse en elcorazón mismo del edificio. En ese momento se abrióuna puerta. Algernon jadeó y se echó hacia atrás contanta presteza que fue a dar contra el médico. — ¡Oh, no! —dijo éste, riendo— No creas que es elborde del universo; no te puedes caer. Es algo perfec-tamente normal. Ten ánimo, que no hay peligro alguno. El presidente se volvió hacia Algernon. — ¡Adelante, joven, adelante! —le indicó— Ya sabráscuándo detenerte. Y presta mucha atención. Algernon permaneció un momento inmóvil, pues real-mente temía precipitarse por el borde del universo y caerentre las estrellas que había a sus pies. Entonces sintióque algo lo impulsaba decididamente por la espalda y lohacía avanzar, después de lo cual ya no pudo detenerse. Caminaba empujado por alguna fuerza que no alcan-zaba a comprender, y mientras avanzaba advertía som-bras, formas y colores que se deslizaban alrededor de él.Las sombras paulatinamente fueron tomando cuerpo has-ta que al fin se encontró con algo que le obstruía el paso ytuvo que detenerse, esta vez también sin intervenciónalguna de su voluntad. Miró en torno algo confundido yentonces o yó una voz que le de c ía: "En tra". Una v ezmás, sin que mediase ninguna iniciativa consciente de suparte, Algernon avanzó y atravesó lo que le había pare-cido un muro inexpugnable. Experimentó entonces unatremenda sensación traumática de caída y le pareció quese le desprendía el cuerpo. Ante él apareció una escenaen la que una enfermera traía a un bebé que acababa denacer. Un hombre de aspecto cruel miraba a la criatura,pero de pronto se atusó los bigotes y dijo a la enfermera: "¡Ejem! Es una criatura horrible, ¿no es cierto? Parece 70
  • YO CREOmás una rata ahogada que una persona. Está bien, enfer-mera, puede llevárselo". La escena se desvaneció y des-pués se vio en un aula donde un profesor le dictabaclases. Observó las viles burlas que solía hacerle y queaquél no podía evitar demasiado porque su padre era unaristócrata extremadamente autoritario que a los precep-tores, gobernantes y demás personal los consideraba cier-vos indignos de toda consideración. Algernon contem-plaba horrorizado algunas de las cosas que había hecho yque ahora lo hacían enrojecer. La escena volvió a cambiar y entonces se vio ya unpoco mayor, más o menos de catorce años (calculó quetendría entre catorce y quince), espiando furtivamentedesde la puerta de una habitación apartada de la man-sión. En ese momento acertó a pasar por allí una mu-cama joven y bonita. Algernon se agazapó y, cuando latuvo cerca, se le echó encima, la asió del cuello y laarrastró al interior del cuarto. Sin soltarla para que nogritase, cerró en seguida con llave y le arrancó la ropa.Algernon enrojeció al pensar en lo que había hecho. Enese instante la escena volvió a cambiar y se vio en eldespacho de su padre, donde también se encontraba ladoncella anegada en lágrimas. Su padre se atusaba losbigotes mientras escuchaba el relato de la muchacha,hasta que al fin prorrumpió en una risotada. — ¡Por todos los cielos, mujer! —le dijo— ¿No com-prendes que un joven noble debe tener sus experienciassexuales? ¿Para qué crees tú que estás aquí? Si no pue-des aceptar una cosa tan insignificante como ésta, ¡fuerade mi casa! —Levantó la mano con un gesto imperioso yabofeteó a la muchacha en pleno rostro. Esta se volvió ysalió corriendo de la habitación hecha un mar de lágri-mas. Después, el padre se dirigió a su hijo—. ¡Ejem! Asíque se ha iniciado usted, jovencito, y ya ha dejado de servirgen... ¿eh? Pues bien, prosiga y hágalo como esdebido; practique, que quiero ver muchos niños saluda-bles en esta casa antes de dejar este mundo. —Dicho esto,despidió a Algernon con un ademán. La escena cambió varias veces más: Eton, remando en 71
  • LOBSANG RAMPAel río; Oxford, el ejército, los ejercicios... y, después, latravesía por mar, la guerra contra los bóers. Algernon observaba horrorizado las secuencias; se veíadando órdenes a sus hombres para que liquidaran a unafamilia aterrorizada e indefensa que todo cuanto habíahecho era no entender una orden en inglés porque nosabían hablar más que el africano. Vio los cadáverestirados en una zanja a la orilla del camino y se vioriéndose insensiblemente cuando a una muchacha le atra-vesaban el abdomen de un bayonetazo y la arrojaban aun costado. Las escenas continuaban. Algernon se sentía bañadopor un sudor frío, enfermo y con extraordinarias ganasde vomitar, pero no podía. Contemplaba todas aquellasmuertes... setenta, setenta y cuatro, setenta y ocho...Setenta y ocho muertes; y después, cuando estaba pormatar al septuagésimo noveno hombre, sobrevino aqueldisparo que lo privó de su hombría. Las escenas se sucedieron hasta que, al parecer, ya notuvieron sentido para él. Entonces tambaleó, se apoyócontra una pared y, sin que mediara ningún movimientoconsciente de su parte, se encontró de nuevo junto aldoctor y a los miembros de la junta, quienes lo miraroncon aire zumbón. Por el semblante del presidente pasó enun instante un destello de compasión, no obstante locual sólo dijo:—Bien; prosigamos las deliberaciones. Dicho esto se volvió y se dirigió a la salida del Palaciode las Memorias para retornar a la sala de reuniones. —Acabas de presenciar algunos hechos de tu vida —ledijo ento nces—. Ya has visto qu e, sea azul o roja tusangre, has incurrido en multitud de delitos que conclu-yeron con el de tu suicidio. Ahora debemos determinar—o, mejor, ayudarte a ti a determinar— qué medio será elmás adecuado para purgar el daño que has hecho conmotivo de la iniquidad que es la guerra y el delito quehas cometido al suicidarte. ¿Tienes alguna noción res-pecto de qué quisieras ser? Algernon se sentía peor que nunca, muy abatido y 72
  • YO CREOvacilante. Se tomó la cabeza entre las manos y apoyo loscodos en la mesa. En la sala reinaba un silencio absoluto.Permaneció así durante un lapso indefinido, pensando entodo lo que había vist o o, peor todavía, en todas lascosas que había visto respecto de sus acciones, ymeditando en qué podría ser en lo futuro. Se le ocurrió que tal vez podría ser cura, sacerdote,quizás obispo y que, con un poco de influencia, hastapodría llegar a arzobispo. En ese momento, empero, sinque supiese de dónde, le llegó una negativa tan imperiosaque tuvo que cambiar de idea inmediatamente. Tal vez veterinario, pensó. Pero no, su amor por losanimales no llegaba a tanto y tampoco esa actividad erade gran jerarquía. Porque, pensó, para alguien de suestirpe era descender mucho ser un mero veterinario. No sabía por qué, pero tenía la impresión de quehabía risas contenidas, risas que se burlaban de él y quequerían significar que todavía andaba por un caminoequivocado. Entonces pensó en que podría ser médico,un buen profesional para atender a la nobleza, y queposiblemente pudiese salvar setenta u ochenta vidas en sucarrera y de ese modo tener limpio su legajo para comen-zar otra ex istencia al cabo de aquélla que t enía pen-diente. Se hallaba en estas cavilaciones cuando uno de loshombres, que todavía no había hablado, intervino. —Hemos estado observando tus pensamientos en esteglobo —dijo, al par que le señalaba un globo que estabametido en la mesa y que Algernon no había visto hastaese momento porque se hallaba cubierto. El globo bri-llaba al mostrar los pensamientos. Al darse cuenta de quetodo cuanto había pensado lo revelaba ese artefacto, Alger-non enrojeció mucho, con lo cual la imagen que reflejabael globo también se puso muy encarnada. —Sí —dijo el presidente—; puedo aconsejarte sin reta-c e o s q u e s e a s m é d ic o , p e r o e n m o d o a l gu n o t e r e c o -miendo que te dediques a la alta sociedad. El plan que tepropongo en tu caso es éste —añadió mientras revolvíaunos papeles—: Has matado y mutilado a los demás... 73
  • LOBSANG RAMPA — ¡No! —interrumpió Algernon poniéndose depie—Yo no he matado ni he mutilado... Sí —le cortó el presidente—; con tus órdenesh a s matado y mutilado, y esa culpa es tanto tuyacorno de las personas que en realidad ejecutaron losactos. Pero a h o r a h a b l o y o , y m e j o r s e r á q u e m ee s c u c h e s c o n atención porque no volveré a repetir loque digo. Serás médico, pero en un barrio pobre para quepuedas atender a l o s i n digentes, y comenzarás tu vidaen un m edio humilde, de modo que ya nopertenecerás a la aristocracia sino que habrás de abrirtecamino por ti mismo. Y al cumplirse el trigésimo año deesa vida, tu existencia concluirá y volverás aquí sivuelves a suicidarte... o, en caso contrario, irás a unplano más alto del astral donde s e t e p r e p a r a r á c o na r r e g l o a l o b i e n q u e t e h a y a s conducido en la vida queestás en vísperas de empezar. Durante un momento hubo una gran discusión, pero elpresidente golpeó con el mazo sobre la mesa. Volveremos a reunirnos —dijo— para determinarq u i é nes serán tus padres, el lugar en que has de nacer yla fecha correspondiente. Entre tanto, puedes volver ala Casa de RepOso. ¡se levanta la sesión! Algernon y el doctor echaron a andar entristecidos porlos senderos del parque sin pronunciar palabra algunahasta que, cuando llegaron a la Casa de Reposo, aquél locondujo a una habitación apropiada. —Después, cuando me lo ordenen, vendré por ti —ledijo, y con un leve mo vimiento d e cabeza se volvió yabandonó el cuarto. Algernon se sentó en una silla con la cabeza entre lasmanos pensando en aquel cuadro de aflicciones, en todolo que había visto, en todo lo que había hecho... Y sedijo: " ¡Vay a! Si así e s el purgatorio, ¡gracia s a Diosque no hay infierno! " 74
  • CAPITULO VAlgernon se revolvía los cabellos con los dedos crispados.Se sentía realmente muy infeli&. Sí; por supuesto sehabía suicidado. Lo había hecho; pero bien que lo estabapagando y lo pagaría todavía más. Allí, sentado, se pre-guntaba dónde y cómo habría de acabar todo aquello,mientras repasaba en su mente cuanto había ocurridodesde su arribo a ese plano, el del purgatorio. "Así que está mal ser aristócrata, ¿eh? Así que estám a l s e r d e s a n g r e a z u l , ¿ n o ? " , se d e c í a e n v o z a l t amirando al suelo con el ceño fruncido. Pero en esemomento o yó que la puerta se abría y se volvió paramirar. Al ver quién entraba —una enfermera sumamenteatractiva— se puso de pie con el rostro radiante como unsol. — ¡Ah! —exclamó alborozado-- ¡Un ángel que viene asacarme de este lugar sombrío! —Contempló a la enfer-mera con no disimulada avidez y agregó—: ¡Qué pulcri-tud para un sitio como éste! ¡Qué...! — ¡Alto ! —lo inter rum pió la enfer mera— Soy total-mente inmune a sus halagos. Ustedes, los hombres, sontodos iguales y piensan nada más que en una cosa cuan-do llegan a este plano. Pero puedo asegurarle que noso-tras, las mujeres, estamos bastante hartas de todos loslazos que pretenden tendernos. De manera que ¡sién-tese! Tengo que hablar con usted y llevarlo a otro lugar.Antes que nada, sin embargo, debo decirle que no pudeevitar oír lo que estaba murmurando cuando llegué. 75
  • LOBSANG RAMPA — ¡Después de usted, señorita! —rogó Algernon con suma galantería. La enfermera se sentó y Algernon se apresuró a ocuparun lugar junto a ella. Esta, sin embargo, retiró en seguidasu asiento de manera de colocarse frente a él, lo cual aAlgernon le incomodó mucho. Muy bien, Cincuenta y Tres —comenzó a d e c i r l e , pero él levantó una mano. Se equivoca usted, señorita —corrigió--; yo n o s o y Cincuenta y Tres. Soy Algernon Saint Clair de Bonkers. La enfermera inspiró con fuerza y meneó la cabeza. — ¡No sea usted necio! —replicó ella— Ahora no estáen una función, sino en lo que podríamo s llamar u nentreacto en este plano. —Levantó una mano para impedirque él replicase y prosiguió—: Hay dos cosas en parti-cular de las cuales quiero hablarle primeramente. Una deellas es que usted no es aquí Algernon no sé qué, sino elnúmero cincuenta y tres. Es casi un condenado, pues esculpable del delito de suicidio, y aquí se lo llama a ustedpor las últimas dos cifras de su frecuencia básica que, ensu caso, forman ese número. El pobre Algernon se sentía confundido. —¿Frecuencia básica? —preguntó—. La verdad es queno entiendo nada de lo que dice. No tengó. la másremota idea qué es lo que quiere significar. Yo me llamoAlgernon y no Cincuenta y Tres. Mucho es lo que le falta aprender, joven — r e p l i c ó l a enfermera con cierta acrimonia—. Al parecer, es usted bastante ignorante para ser un individuo que afirma que su sangre pertenece casi a la realeza. Veamos esto en primer lugar. Por lo que parece, usted supone que, como para una función especial en la Tierra fue necesario que tuviera un título nobiliario, debe llevarlo también aquí. ¡Pues, no! — ¡Oh! —estalló Algernon— Usted es comunista o algo así; porque si piensa que nadie tiene que tener un título, ése es uno de los principios del comunismo... ¡todos los hombres son iguales! La enfermera suspiró con resignada exasperación. 76
  • YO CREO — ¡Vaya que es usted ignorante! —exclamó hastiada—Permítame que le diga redondamente que el comunismoes un delito cuando menos idéntico al suicidio; porque sicuando una persona se suicida comete un crimen contrasí misma, el comunismo es un crimen contra toda laespecie, un crimen contra la humanidad. Es, en realidad,un cáncer en el cuerpo del mundo. No estamos a favordel comunismo que, con el tiempo —después de muchotiempo—, será aplastado, puesto que se funda en falsosprincipio s. Pero no no s apart emo s de nuest ro tema.—Después de mirar unos papeles que tenía en la manolevantó la cabeza y encaró directamente a Algernon—.Tenemos que sacarle esa idea nefasta de la cabeza —dijo—de que, como en un momento tuvo algún título, habráde tenerlo siempre. Veamos las cosas según se las ve en laTierra. Pie nse en aquel escri tor que des cendió a esemundo, hace tiempo. y que se llamaba Shakespeare.Escribió tr agedias qu e usted co noce mu y bien y haygente que encarna a sus personajes. Algunas veces elretratado es un villano; otras , u n rey. Pero con to dafranqueza le diré que la gente se reiría hasta el escarniosi un actor, por haber representado al rey en Hamlet,siguiera creyendo toda su vida que en realidad continúasiendo rey. La gente va a la Tierra a representar en lacomedia de la vida el papel particular que le permitacompenetrarse de las tareas que debe conocer; pero, unavez que las ha asimilado y retorna al mundo astral, sedesprende, por supuesto, de su imaginaria identidad yvuelve a tomar la que le es propia, que es la determinadapor su superyó. Algernon —o, mejor dicho, el Cincuenta y Tres, comosería en adelante— se estremeció. — ¡Ay, ay, ay! —exclamó— Realmente detesto a lasmarisabidillas. Cuando una muchacha bonita empieza conprédicas y cátedras, mis emociones se desvanecen porcompleto. — ¡Oh, vaya; qué bien! —replicó la mujer— Porque susintenciones no me agradaban en absoluto. Me alegra, porcierto, haber aplacado su evidente concupiscencia. 77
  • LOBSANG RAMPA Volvió a consultar sus anotaciones y a confrontar suspapeles. —Lo han enviado á usted a una casa de reposo que noes la que corresponde —prosiguió—. Tengo, pues, quellevarlo a otra donde la permanencia es provisional, dadoque debe usted retornar a la Tierra lo antes posible.Aquí, en realidad, está de paso, y poco es lo que pode-mos hacer por usted, como no sea trasferirlo cuantoantes. Tenga la bondad de venir conmigo. Dicho esto se levantó y se encaminó hacia la puerta.Cincuenta y Tres —ex Algernon— se apresuró a tomar ladelantera y mantuvo la puerta abierta con una reverencialevemente burlona. —Después deusted, señora; después de usted —dijo. La enfermera pasó con aire muy digno y fue a darcontra el médico, que en ese momento estaba por entrar. — ¡Oh, perdone usted, doctor! ¡No lo había visto!e x c l a m ó . — ¡No es nada, enfermera, no es riada! Venía a buscaral número Cincuenta y Tres porque la Junta desea verlonuevamente. ¿Tiene algo que decirle antes? —No —repuso la enfermera sonriendo—. Será un placerdeshacerme de él. Es un hombre bastante atrevido para lasituación en que se encuentra. He procurado hacerleentender que aquí no cuenta la sangre azul, sino que esapenas un poquito mejor que la comunista. Pero, doctorse apresuró a agregar—; después que la Juntah a y a concluido, habrá que conducirlo a la Casa deTránsito. Se han confundido las órdenes y creo que poreso lo trajo usted aquí. ¿Puede usted disponer que lo llevena la Casa de Tránsito? —Sí, enfermera —dijo el médico con un movimiento decabeza—; yo me encargaré de eso. —Después se dirigió alCincuenta y Tres para decirle—: ¡Vamos, que se hacetarde! En seguida se volvió y se encaminó por un corredorque Algernon —es decir, Cincuenta y Tres— no habíavisto hasta ese momento. El pobre, muy abatido, musi-taba: "¿El purgatorio? Si es, estoy seguro de que cuan- 78
  • YO CREOdo salga de aquí voy a tener uno s cuantoscentímetr os menos d e estatu ra . ¡Ya casi me hegastado ha sta las r odillas camina ndo! " El médico , que alcanzó a oír esas murmuraciones,rio de buen a gana. —Sí, sin duda —re plicó—. Se rás mucho má spequeño cu ando te vay as de aquí, tanto c omo un b ebédentro de su madre.. . Cuando lle garon a u na entrada , después de doblarpor un la rgo corr ed or, halla ro n a dos guardiassentados u no a cad a lado. • ¿Es el Cinc uenta y Tre s? —pregun tó uno d e ellos. —S í. ¿Nos va a a compañar usted? Yo soy qui en va a ac ompañarlos —repuso el de laderecha po niéndose d e pie—, así que no perdamo smás tiemp o . El guardia echó a andar a t oda prisa por elcorredor y ambos tu vieron que apreta r b astante elpaso p ara seguir lo. Anduviero n un larg o tr echo, p er oCincuenta y Tres se sentía espantado al notar qu e,por mucho que cami naran, aq u el corredo r parecíaprolonga rse indefinidamente. Llegaron a sí a unabifurcación . El guardi a —o guía, pues el C incuenta yTr es no sabía bie n qu é era— tom ó hacia la i zquierday siguió un trecho más hasta que al fin golpeó en unapuerta y se hizo a un lado. "Adelante", di jo una vo zdesde el in terior, y el guardia a brió la pue rta paraceder el pa so al docto r y al Cinc uenta y Tres. Detr á sentró él. Ven, sié ntate aquí —dijo la v oz, y el Cincu enta yTr es avanz ó para hac er lo que s e le indicab a—. Ahor avamos a hablar acerca de tu futuro. Deseamo s que re-greses a la rlierra lo antes posi ble, en e l momentocompa tible con las funcione s biológica s de algunamujer. El Cincuenta y Tres observaba en torno, encandiladopor la luminosidad del edificio que en verdad era de unaclaridad deslumbrante y tenía muchas luces que produ-cían destellos. No sin cierto asombro vio que una de lasparedes parecía de vidrio esmerilado y que a intervalospasaban rápidamente por ella algunas luces de colores 79
  • LOBSANG RAMPAque fluctuaban y se desvanecían. Advirtió que se hallabaen un salón nada semejante a cuantos había visto hastaentonces, de una austeridad parecida a la de las salas del a s c l í ni c a s y d e u n co l o r , n o y a b l a n c o , s in o v e r d epálido muy apacible. Cerca de él se hallaban cinco o seispersonas —no pudo contarlas con exactitud— vestidas contrajes verdosos. No podía saber cuántas eran porqueparecía que por momentos entraban unas en tanto queotras salían, pero de cualquier manera no era ése elmomento de reparar en trivialidades, pues ya el Principalhabía vuelto a tomar la palabra. —He estudiado y considerado con suma atención lainformación que se me ha proporcionado. He indagadoprofundamente en tu pasado —el pasado anterior a tudescenso a la Tierra-- y veo que, si bien según tuspropias luces has hecho todo bastante bien allí, según lascostumbres y los penates de la real vida has sido unfracaso y t erminaste de serlo a l caer en el delito delsuicidio. De modo que ahora queremos ayudarte. El Cincuenta y Tres se sentía sumamente irritado y nopudo evitar un arranque de furor. — ¿ A y u d a r m e ? ¡ V a y a , a y u d a r m e ! D e s d e q ue l l e g u éaquí no han hecho más que criticarme, no han hechomás que reprenderme por todo, no han hecho más quecensurarme por pertenecer a la clase alta y hasta pordecir que quizá debía haber sido comunista. ¿En quédebo creer? Si estoy aquí para recibir castigo, ¿por quéno empiezan de una vez? Un anciano delgado y canoso que estaba sentado fintea él parec ió incomod arse verda derament e y sentirnotable compasión. • — ¡Cómo la mento que te sien tas de ese mod o! —l edijo— Tu manera de ser es la que está tornándolo todomuy difí cil , puesto qu e h emos l legado a la a b sol u taconclusión de que, como has ido a la tierra para repre-sentar un papel de una condición más bien elevada, se haafectado tu psiquis de suerte que eso obliga a quecuando vuelvas tengas que desenvolverte en condicionesm á s b i e n hu m i l d e s , po r q u e d e n o s e r a sí s e r í a s p o r 80
  • YO CREOcompleto intolerable y le darías a tu superyó impresionésabsolutamente falsas. ¿Me explico? —No; de ninguna manera --repuso el Cincuenta y Treslleno de ira—. No sé en absoluto qué quieren decirustedes cuando hablan del superyó y todas esas cosas.Hasta ahora, todo cuanto me han dicho es una serie degalimatías y, por lo que a mí se refiere, no tengo senti-miento alguno de culpa por lo que he hecho. De maneraque, según el derecho inglés, no he hecho nada malo. El anciano advirtió que su determinación se tornabadifícil. Le parecía que aquel hombre —ese tal Cincuenta yTres— entorpecía las cosas sólo por el hecho de entor-pecerlas. —Estás totalmente equivocado en lo que dices acercade la legislación inglesa —le dijo—. Si supieras algo acercadel derecho inglés estarías enterado de que hay algo quedice que la ignorancia de la ley no constituye eximente;de manera que si violas una ley en Inglaterra y despuésalegas que no sabías que existiese tal ley, lo mismo se tepuede declarar culpable porque debiste haber estado alcorriente de su existencia. Y hazme el favor de noponerte agresivo conmigo porque yo soy uno de los quetienen en sus manos tu destino, y si nos atacas dema-siado podemos hacer que todo sea peor para ti. De modoque presta atención y pon coto a tu belicosidad. El Cincuenta y Tres se estremeció al oír aquel tono yse dio cuenta de que estaba derrotado. —Pero, señor —dijo—, ¿qué voy a hacer si ustedesemplean términos que no tienen sentido para mí? Porejemplo, ¿qué es el superyó? —Después se te aleccionará acerca de eso —repuso elinquisidor—. Por ahora baste decir que tu superyó es loque tú llamarías el alma eterna, inmortal, y que tú ahorano eres más que una marioneta o prolongación de él;podríamos decir, casi, un pseudopodio... un apéndice detu superyó materializado en una sustancia concreta, demanera que puedas aprender por medio de una arduaexperiencia física aquello que al superyó le es inalcanzablepor ser mucho más tenue. 81
  • LOB SANG RAMPA El desdichado Cincuenta y Tres sentía que la cabeza ledaba vueltas. En realidad, no entendía nada de aquello;pero pensaba que, como ya le habían dicho que despuésle explicarían, lo mejor era abreviar las cosas y prestaratención. Así pues, al ver que el inquisidor tenía las cejaslevantadas como quien espera una respuesta, se concretóa hacer un tonto movimiento de cabeza. El inquisidor —aunque quizá lo mejor sea emplear lapalabra consejero— echó un vistazo a sus anotaciones. —Has de regresar en calidad de hijo de personas po-bres, de ínfima condición social, puesto que el papel quehas debido representar en tu vida anterior parece habertrastrocado seriamente tu entendimiento y tus percep-ciones, situándote en un plano social que no te corres-ponde. Te sugerimos —pero tienes el derecho de noaceptar— que nazcas en el seno de un hogar londinense,en la zona conocida con el nombre de Tower Hamlets,dónde hay ciertos posibles padres muy a propósito parati en las proximidades de Wapping High Street. Tendrásla suerte de nacer muy cerca de la Torre de Londres ydel Mint, así como de los famosísimos muelles donde lapobreza y los padecimientos son espantosos. Allí, si acep-tas —y si tienes la debida f o r t a l e za m o r a l y m e n t a l —podrás llegar a ser médico o cirujano, de manera que alsalvar la vida de quienes te rodean podrás expiar el hechode haber matado y hacer matar. Pero tendrás que decidirtesin tardanza, puesto que las mujeres que hemos elegidocomo posibles madres para ti ya están encinta, lo cualsignifica que no tenemos tiempo que perder. Voy amostrarte —añadió— el lugar en que vas a vivir. Se volvió e hizo un ademan en dirección a la paredq u e a l C i nc u e n t a y T r e s l e h a b í a p a r e c i d o d e v i d r i oesmerilado, y ésta tomó vida y colorido. Pudo ver enton-ces una parte de Londres en la que antes no habíareparado mayormente. Se veía el Támesis, el puente de authwark, el de Londres y el levadizo de la Torre, cuyomovimiento pudo observar en la pantalla. Allí, sentado,miraba muy absorto aquellas escenas tan nítidas y con-templaba el tránsito de las calles. Lo que más lo intrigaba 82
  • YO CREOera ver que los vehículos no eran de tracción animal yque, en realidad, muy escasos eran los carros de caballos,cosa que comentó al consejero — ¡Ah, sí! —repuso éste—. Los carruajes de caballoscasi han desaparecido. Las cosas han cambiado muchodesde que estás aquí, y ya llevas bastante tiempo en estelugar. Has estado inconsciente alrededor de tres años.Ahora está todo motorizado: hay ómnibus, camiones,autos, y todos tienen motor. Suele decirse que todo haprogresado, pero por mi parte deploro que ya no hayacaballos por las calles. El Cincuenta y Tres volvió a prestar atención a laescena: Mint Street, Cable Street, Shadwell, EastSmithfield, la autopista, Thomas Moore Street, St.Catherines, Wapping High Street y Wapping Wall. —Bien —continuó el consejero—; disponemos de cincomujeres grávidas. Tienes que decir qué lugar prefieres detodos los que has visto. De las cinco mujeres, una es laesposa de un mesonero o, diríamos, de un hotelero. Lasegunda esta casada con un verdulero. La tercera es lamujer de un ferretero. La cuarta es la de un chofer deómnibus. Y la quinta es también la mujer del encargadode una casa de huéspedes. Y digo "también" porque escomo la primera. Tienes, pues, el derecho de elegir, ynadie habrá de influir en tu decisión. Puedo darte unalista de ellas y dispondrás de veinticuatro horas parapensar en el asunto; pero si necesitas algún asesoramientono tienes más que solicitarlo. El Cincuenta y Tres se echó hacia atrás en su asiento yobservó las vívidas escenas que se sucedían en aquellapared —gente que iba y venía, las extrañas vestimentas delas mujeres de esos tiempos—,- asombrado por aquellosvehículos que andaban sin caballos y, también, por lacantidad de edificios en construcción. —Señor —dijo, al cabo, volviéndose hacia el conse-jero—; permítame que le pida en particular que se medeje ver a las diez personas, es decir, a los cinco padres y alas cinco madres entre quienes debo elegir. Me gustaríaverlos y enterarme de cómo viven en sus casas. 83
  • LOBSANG RAMPA El consejero meneó la cabeza con verdadero pesar. — ¡Ay, amigo mío! —se lamentó— Ese es un pedidoque no tengo atribuciones para satisfacer porque jamáshacemos tal cosa. Lo único que puedo hacer es suminis-trarte algunos detalles para que elijas. No se te permitever a tus padres porque eso constituiría una violación desu intimidad. Ahora te sugiero que regreses a tu Hotel deTránsito y pienses en todo esto. —En seguida hizo unaleve reverencia a él y al doctor, tomó sus papeles yabandonó el salón. Vamos; ven conmigo —dijo el médicop o n i é n d o s e d e pie. El Cincuenta y Tres se levantóde mala gana y lo siguió por el salón para retornar encompañía del guardia por aquel corredor interminable queahora, incluso, parecía más largo. Al cabo salieron, por fin, al cielo descubierto, donde elCincuenta y Tres respiró profundamente, con lo cualaspiró energía y vida. Una vez allí el guardia los dejó para volver a su puestoy ambos continuaron hasta llegar a un edificio gris pálidoque al Cincuenta y Tres le había pasado casi inadvertidopor carecer de interés. —Tercero, a la izquierda —les dijo al entrar un indivi-duo que se hallaba en un escritorio, y no se ocupó másde ellos. S e d i r i gi e r o n , p u e s , a l " t e r c er o , a l a i z q u i e r d a " yentraron en una sencilla habitación con una cama, unasilla y una mesita sobre la cual había una gran carpetacon el número 53 estampado, que al Cincuenta y Tres lellamó la atención. Bien; ahí está —dijo el doctor—. A partird e e s t e momento dispones de veinticuatro horas paratomar una decisión. Después vendré por ti y tendremosque ir a ver qué se puede hacer y prepararte para volvera la Tierra. •Adiós! Dicho esto, el doctor abandonó la habitación y cerróla puerta tras de sí en tanto que, en medio del cuarto,desconsolado, quedaba el Cincuenta y Tres repasandocon aprensión las hojas de la carpeta señalada con su 84
  • YO CREOnúmero. Con el ceño fruncido, miró la puerta cerrada yse echó las manos a la espalda. Después, con la cabezahundida en el pecho, comenzó a pasearse por la habi-tación una y otra vez. Así anduvo hora tras hora hastaque, agotado por el esfuerzo, se desplomó en la silla y sepuso a mirar obstinadamente por la ventana. "Así queCincuenta y Tres, ¿eh? ", murmuró. "Como si fuera unpreso.... Y todo por hacer algo que creí que estaba bien.Porque, ¿qué sentido tenía vivir una vida que no era deh o m b r e n i d e m u j e r ? " C r u z a d o d e p i e r n as y c o n e lmentón entre las manos era la verdadera imagen de lad e s o l a c ió n . " ¿ O e s q u e creí q u e h a c í a l o d e b i d o ? " ,pensó después. "Algo tiene que haber en lo que ellos dicen,después de todo. Me parece que es muy probable que mehaya dejado llevar por mi autoconmiseración; y ahora aquíestoy, con un número como un condenado de Dartmoor ycon la carga de tener que decir qué quiero ser después. Yono sé qué quiero ser. Además, no creo que eso valga denada, pues es probable que acabe otra vez aquí". Vo l vi ó a l eva nta rse y se dirigió a la pu erta con elpropósito de dar un paseo por el parque. Empujó concuidado y ésta se abrió sin resistencia al tocarla, perocuando intentó dar unos pasos hacia el exterior sintióque avanzaba contra una sutil e invisible lámina de gomaque se estiró lo suficiente como para evitar que él sehi,ciese daño; después notó, lleno de asombro, que aque-lla lámina se contraía y lo impulsaba suavemente y sinesfuerzo alguno hacia el interior del cuarto. "Con quepreso al fin y al cabo, ¿eh? ", se dijo, y volvió a sentarseen la silla. Durante horas permaneció allí, pensando y formulán-dose conjeturas en un estado de total indecisión. "Yocreía que , a1 morir iría al cielo", musitó para sí; pero enseguida añadió: "Aunque, no; creo que no lo pensaba enabsoluto. No sabía qué pensar. He visto morir a muchagente y nunca hubo señales de que el alma saliese delcuerpo, de modo que llegué a la conclusión de que todoeso que dice la gente de la vida después de la muerte noera más que habladurías." 85
  • LOBSANG RAMPA Se levantó de nuevo y reanudó sus inacabables paseosde un lado a otro de la habitación sin dejar de penáar yhablar inconscientemente consigo mismo. "Me acuerdoque una noche, a la hora del rancho, cuando hablábamosde esto, el capitán Broadbreeches* dijo que estaba abso-lutamente persuadido de que cuando uno muere, muere yno pasa nada más. Habló de hombres, mujeres, niños ycaballos que había visto morir y jamás —nos dijo—habíanotado que se levantase ningún alma del cadáver y saliesevolando al cielo." Volvió a ver en su memoria la vida tal cual era enInglaterra en sus tiempos de colegial y después, cuandocadete. Se vio de alférez recién graduado, marchandoorgulloso hacia el barco para luchar contra los holan-deses. Solía considerar holandeses a los bóers por ser éseel grupo étnico del que descendían. No obstante, a medi-da que iba recordando, advertía que los bóers eran mera-mente un conjunto de granjeros que luchaban por lo queconsideraban el derecho de escoger su propia forma devida, libres de la dominación inglesa. En ese momento se abrió la puerta y entró un hom-bre. Le sugiero, número Cincuenta y Tres, quet r a t e d e descansar un poco. Lo único que está haciendoes agotarse con ese continuo ir y venir. Apenas unashoras más y tendrá usted que pasar por una experienciamuy traumática. Cuanto más descanse ahora, mássencillo le será todo después. El aludido se volvió malhumorado hacia el extraño ycon su mejor estilo militar le dijo: — ¡Retírese de aquí! El recién llegado se encogió de hombros y salió de lahabitación, en tanto que él proseguía rumiando y paseán-dose.* En ésta, como en otras obras suyas, el autor suele asignar nombres carica-turescos a ciertos personajes cuya traducción no siempre tendría el efecto que seprocura producir en el original. En este caso, el apelativo sería, en español,pantalones o asentad era glandes. (N. del T.) 86
  • YO CREO "¿Qué era aquello del reino de los cielos? ", se dijo."La gente hablaba siempre respecto de otras moradas, deotros planos de la existencia, de otras formas de vida.Recuerdo que el padre decía que antes del advenimientodel cristianismo todo el mundo estaba condenado portoda la eternidad a sufrimientos y tormentos eternos, yque sólo los católicos romanos podían ir al cielo. Yo mepregunto, ahora, cuánto hace que existe el mundo y porqué toda la gente anterior al cristianismo tenía que estarcondenada cuando no sabían que vendrían a salvarla." Y seguía andando y andando, de un lado a otro, en unir y venir interminable por toda la habitación. De habersetratado de una noria, pensó, ya habría recorrido unosbuenos kilómetros, aunque el trabajo habría sido másduro que ese deambular por el cuarto. Al fin, irritado y frustrado, se echó en la cama y allíse quedó con las piernas y los brazos extendidos. Estavez no descendieron las tinieblas, sino que se quedó llenode odio, de amargo resentimiento, sintiendo la salobretibieza de las lágrimas que caían de sus ojos. Las enjugófurioso con el dorso de las manos y se volvió de brucessobre la almohada con un llanto espasmódico. Después de lo que le pareció toda una eternidad, oyóun golpe en la puerta, pero lo ignoró. El golpe se volvióa repetir y otra vez lo ignoró. Entonces, al cabo de unlapso razonable, la puerta se abrió lentamente y aparecióel doctor. ¿ E s t á s pr e p a r a d o ? — l e p r e g un t ó d e s p u é s d eo bs e r va r un momento—Ya han pasado veinticuatro horas. El Cincuenta y Tres sacó una pierna por un costado dela cama y después, como aletargado, sacó la otra y sesentó pausadamente. ¿Has resuelto a qué familia quieres pertenecer?— i n quirió el doctor. — ¡No, qué diablos; no! Ni siquiera lo he pensado. — ¡Ah! Así que sigues luchando por cada palmo deterreno, ¿eh? Bien; pero debes saber, aunque te cueste,que eso a nosotros nos tiene sin cuidado. Estamos, esosí, dispuestos a ayudarte; pero si tú, por tus dilaciones, 87
  • LOBSANG RAMPAdesprecias esta oportunidad, ya verás que tus posibili-dades son cada vez menores y deberás elegir entre menosfamilias. —El médico se dirigió a la mesa, tomó la carpetaseñalada con el número 53 y la sacudió— Aquí tienespara elegir entre cinco familias —le dijo—; a algunos no seles da esa ocasión, sino que directamente se les remite devuelta. Permíteme que te diga una cosa —añadió acomo-dándose en la silla y echándose hacia atrás con las pier-nas cruzadas—. Eres un niño malcriado —le dijo mirán-dolo con severidad—que da rienda suelta a sus arranquesde inmadurez. Has cometido una falta, has arruinado tuvida y ahora tienes que pagar por ello. Pero estamostratando de que lo purgues de la mejor manera posible;de manera que si no colaboras con nosotros y si todocuanto haces es obstinarte en actuar como una criaturamalcriada, acabarás por no tener ya ninguna posibilidadde elegir a dónde ir. O sea, que tal vez tengas que serhijo de algún matrimonio negro indigente de Mombasa o,quizá, se te remita como hija a algún hogar de Calcuta.Allí las niñas no valen mucho puesto que la gente quieretener varones que puedan ayudar; de modo que si eresmujer podría ser que te llevasen a la prostitución o tesometiesen a condiciones de verdadera esclavitud. El pobre Cincuenta y Tres estaba rígido, sentado a laorilla de la cama, con las manos fuertemente crispadas enel borde del colchón, la boca muy abierta y la miradafija y salvaje. Parecía un animal feroz, recién atrapado,dentro de su jaula. El doctor lo observó, pero no vio ené l s e ñ al a lg una d e l ucidez, de qu e hu biera oído su sadvertencias. —Si persistes en tu recalcitrante y tonta actitud y nostornas tod o mucho más difícil, c o mo último recursopodemos enviarte a una isla donde sólo viven leprosos.Ya sabes que tienes que vivir los otros treinta años queno has vivido antes y que no hay otra salida; no haymanera de evitarlo, puesto que es la ley natural. Así quees mejor que vuelvas a tus cabales. Como el Cincuenta y Tres seguía sentado en un estadocasi catatónico, el doctor se levantó, fue hacia él y le dio 88
  • YO CREOunas palm adas en el rostro, primero de un lado 3después del otro. Se incorporó furibundo, pero en segui-da se aplacó. — ¡Está bien! ¿Qué puedo hacer? —dijo— Me van adevolver a la Tierra para que pase una vida deplorable-mente inferior, y yo no estoy acostumbrado a desenvol-verme en un nivel tan bajo. —Escucha, muchacho —le dijo el doctor sentándose asu lado en la cama y con aire pesaroso—. Estás come-tiendo un grave error, ¿sabes? Supón que estás en laTierra y que formas parte de una compañ ía teatral.Supón que te han ofrecido el papel del Rey • Lear, el deHamlet o cosa parecida. Pues bien; posiblemente te entu-siasmaría que te diesen esa oportunidad. Pero, una vezfinalizada la representación, después que el público se haretirado, si los productores resuelven poner en escenaotra obra, ¿te aferrarías tú a la idea de que eres el ReyLear, Otelo o Hamlet? Y, si te ofrecieran la oportunidadde encarnar- al jorobado de Notre Dame o a Falstaf o aalgún personaje de menor nivel, ¿dirías que no es propiode una persona que ha sido el Rey Lear, Hamlet uOtelo? El doctor guardó silencio. El Cincuenta y Tres, sen-tado en la cama, pasaba el pie por el suelo restregando laalfombra como si no supiese qué hacer. —Pero ésta no es una representación —dijo al cabo—Yo he vivido en la Tierra, pertenecía a la clase alta, yahora ustedes quieren que sea... ¿cómo es...? ¡El hijode un hotelero, de un chofer de ómnibus o no sé que! El doctor suspiró. —Estuviste en la Tierra para representar tu papel —ledijo—. Antes de ir allí elegiste las condiciones que, segúntú, eran las mejores para permitirte llegar a ser un buenactor. Y bien; has fracasado. La función fue un fiasco, demanera que vuelves en una situación diferente. Y te handado a elegir; en realidad te han dado cinco . posibili-dades. Algunos no tienen elección posible. —Se puso depie y añadió—: ¡Vamos! Ya hemos perdido demasiado -tiempo y el consejo ha de estar impaciente. ¡Ven conmigo! 89
  • LOB SANG RAMPA Se encaminó hacia la puerta, pero se volvió de prontopara tomar de la mesa la carpeta rotulada con el número53. Se la colocó bajo el brazo izquierdo y, con la manoderecha, sacudió rudamente de un brazo al Cincuenta yTres. — ¡Vamos! —insistió— ¡Sé hombre! ¡No haces másque pensar a cada momento en que eras un oficialimportante! Por cierto que un oficial y un noble no secomportarían como el cobarde y quejoso individuo queeres tú ahora. El Cincuenta y Tres se levantó con gesto huraño yambos se dirigieron a la puerta. Ya afuera, se encontra-ron con un hombre que venía por el corredor. — ¡Oh! —dijo éste— Venía a ver qué ocurría. Penséque quizá nuestro amigo estuviese tan apesadumbradoque no pudiera levantarse de la cama. Paciencia, amigo, paciencia. Tenemos que sert o l e r a n tes en un caso como éste —le amonestó el doctor. Los tres emprendieron la marcha por el corredor y poraquel largo túnel hasta dejar atrás a los dos guardias—que esta vez sólo los miraron— y en seguida llegaron ala puerta. — ¡Adelante! —dijo la voz, y los tres entraron en elsalón. Esta vez el anciano canoso se hallaba sentado a lacabecera de la mesa con dos personas a sus lados, unhombre y una mujer, ataviados con sus largas casacasverdes. Los tres se volvieron para mirar al Cincuenta yTr es cuand o éste entr ó, y el hombre que oc upaba l acabecera levantó las cejas al par que decía: ¿Y bien? ¿Has decidido qué vas a ser? El Cincuenta y Tres permanecía silencioso y con gestohosco. — ¡Habla! —le dijo el doctor con un hilo de vozdándole un leve codazo— ¿No te das cuenta que les estáshaciendo perder la paciencia? Entonces el aludido avanzó y, sin que se lo invitara, sedejó caer en una silla. —No —dijo—. No he podido. No cuento más que con 90
  • YO CREOescasísimos detalles de esas personas. No puedo for-marme ninguna idea de las condiciones en las que podríaencontrarme. Lo que sé es que un hotelero me resulta enextremo desagradable y que quizás un ferretero lo fuesetodavía má s. No cono zco en absoluto a esa clase d egente, pues jamás he tratado con ella en mi vida, dentrode mi círculo. Tal vez usted, señor, con su indudableexperiencia, esté en condiciones de aconsejarme. El Cincuenta y Tres miró insolentemente al hombre dela cabecera de la mesa, pero éste se concretó a sonreírcon indulgencia. —Tienes una extremada conciencia de clase —le dijo—y coincido contigo en que la honrosa ocupación deposadero u hotelero, o la de ferretero, han de ser dema-siado para tu subconsciente. Con todo, realmente tepodría recomendar a pie juntillas ese buen hotel de CableStreet; pero para quien, como tú, es tan presuntuoso,más bien le sugeriría otra familia, la del verdulero. Elmarido es Martín Bon d y su mujer, Mary, se halla apunto de dar a luz; para que puedas ocupar el cuerpo desu hijo por nacer no debes perder más tiempo. Decidecon sensatez, puesto que sólo tú puedes hacerlo. " ¡Verd uler o! ", pensó el Cincue nta y Tres. "Papa sp o d r i d a s, c e b o l l a s ma l o l i e n t e s , t o m a t e s p a s a d o s . . .¡Puaf! ¿Cuándo he comidó yo nada semejante? " Se es-trujó los dedos, se rascó la cabeza y se revolvió apesa-dumbrado en su silla. Los demás permanecían silenciosos,pues sabían el estado de desesperación en que se encuen-tra quien debe tomar una decisión como ésa. Por fin, elCincuenta y Tres levantó la cabeza y espetó con tonoagresivo: —Pues bien; me quedo con esa familia. ¡Ya verán quehan de tener con ellos a un hombre mejor que todos losque ha habido en su seno! La mujer sentada a un costado de la mesa dijo: —Señor presidente: creo que debemos someterlo a unaserie de exámenes otra vez para ver si es compatible conla madre. Sería tremendo para la mujer si, después detodo lo que ha sobrellevado, su hijo naciera muerto. 91
  • LOBSANG RAMPA Sí —dijo el hombre que se hallaba del otrol a d o , y s e volvió para mirar al Cincuenta y Tres—. Si elniño nace muerto, eso no te serviría de nada puesto queregresarías aquí con el cargo de que tu falta decolaboración y tu intransigencia han hecho que la madreperdiera a su hijo. Por tu bien te sugiero —aunque enrealidad no es asunto que a nosotros nos importe— quecooperes más, que procures tener un carácter másapacible, porque de lo contrario ya verás quetendremos que enviarte a cualquier lado como quienarroja desperdicios. La mujer se puso de pie, titubeó un momento y sevolvió hacia el Cincuenta y Tres. Ven conmigo —le dijo. El presidente hizo un movimiento de cabeza afirmativoy también se levantó. — ¡Anda! Tienes que ir —lo _urgió eldoctor,tocándole el brazo. A regañadientes, como si fueran a ejecutarlo, se levan-tó pesadamente y siguió a la mujer hasta una habitacióncontigua. Allí las cosas eran muy diferentes. En todas lasparedes parecía haber luces fluctuantes detrás de losvidrios esmerilados y gran cantidad de perillas, botones einterruptores. Por un instante el Cincuenta y Tres supusoque se hallaba en una planta de energía eléctrica, pero enseguida vio que frente a él había una mesa de formaespecial, muy especial, por cierto, pues tenía el contornode una figura humana con brazos, piernas, cabeza, todo. Tiéndete en la mesa —le indicó la mujer. Vaciló un momento, pero se encogió de hombros y setrepó a ella desprendiéndose bruscamente de la manoamable que le tendía el doctor para ayudarlo. Echadoallí, percibió que lo invadía una sensación muy peculiar yque la mesa era tibia y se amoldaba a él. Jamás en suvida se había sentido más cómodo. Miró hacia arriba ynotó que su visión no era tan buena como antes, sinoborrosa. Veía formas confusas, indefinidas, en la paredque se hallaba frente a él. Vagamente y sin interés —cosaextraña —fijó la vista en aquella pared y creyó distinguiruna forma humana, al parecer de una mujer que, según 92
  • YO CREOentrevió, estaba en la cama. Después, en tanto mirabacon sus ojos velados, tuvo la impresión de que alguienretiraba las cobijas. Oyó entonces una voz distorsionada que decía: "Todoestá bien, por lo que parece para mí es compatible". Porcierto que era muy, pero muy extraño. Tuvo entonces laimpresión de estar bajo los efectos de un anestésico. Nose debatía, no tenía ninguna aprensión y ni siquiera sumente estaba clara. Todo cuanto ocurría era que, estabaa l l í , t e n di do e n a q u e l la m e s a q u e s e a d a p taba a l a sformas, y que miraba sin comprender a la gente a la queantes había conocido tan bien: el doctor, el presidente y lamujer. Entendió vagamente que algo estaban diciendo: "fre-c u e n c i a b á s i c a c o m p at i b l e " , " i n v e r s i ó n d e la t e m p e -ratura", "período de sincronización y estabilización.. ." Yentonces sonrió entre sueños y el mundo del purgatoriose desvaneció y ya no supo nada más de él. Hubo un largo y profundo silencio; pero un silencioque no era silencio, sino algo en que podía sentir aunqueno oír las vibraciones. Y después, de improviso, se sintiócomo arrojado en un dorado amanecer. Contempló ante síun resplandor como jamás había visto; parecía hallarse,confuso y semiconsciente, en un hermoso lugar cam-pestre. A la distancia asomaban chapiteles y torres yalrededor de él había muchas personas. Tuvo la impre-sión de que se acercaba a él una figura muy hermosa quele decía: "Ten buena disposición, hijo mío, puesto quevas a ir otra vez al mundo de las aflicciones. Ten buenadisposición porque no perderemos contacto contigo. Re-cuerda que nunca estás solo, que nunca se te olvida, yque si haces lo que te dicta tu conciencia interior, ningúnmal caerá sobre ti, salvo los que han sido dispuestos, yque cuando concluya con éxito tu período en el mundode las aflicciones volverás aquí triunfante, con nosotros.Descansa, sosiégate, ten paz." La figura se alejó, el Cin-cuenta y Tres se volvió en su cama, su mesa o lo que-fuere, y durmió en paz. Y ya no tuvo más conciencia decuanto había sucedido. 93
  • CAPITULO VI Algernon se estremecía violentamente en sueños. . . esdecir, Algernon, el Cincuenta y Tres o quienquiera queahora fuese. El hecho era que se sacudía bruscamentemientras dormía. Pero, no; aquello no era dormir, sino lamás espantosa pesadilla de cuantas recordaba haber te-nido en toda su vida. Se acordó del terremoto que hubocerca de Mesenia, donde los edificios se derrumbaron y lagente que cayó en las grietas que se formaron en la tierramurió aplastada al cerrarse éstas. Aquello era terrible, espantoso. Era lo peor que jamáshubiese podido experimentar, lo peor que imaginarsepueda. Sentía que lo apretujaban, que lo aplastaban. Porun momento, en su confusa pesadilla, supuso que tal vezlo hubiese atrapado alguna boa en el Congo que tratabade hacerlo pasar por su garganta quieras o no quieras. Le parecía que el mundo estaba cabeza abajo y quetodo temblaba. Tenía dolores y convulsiones y se sentíadeshecho y aterrorizado. Desde la distancia le llegó un grito sordo, como si looyese a través de agua o de gruesos paños. Apenasconsciente por el dolor, oyó: "Martín, Martín; rápido, untaxi. Ya empieza". "¿Martín? ¿Martín? ", se p uso a cavilar. Tenía unavaga, pero sólo .una muy vaga idea de que alguna vez, enalguna parte, quién sabe en qué vida, había oído esenombre. Pero, no; por mucho que se esforzara no podíarecordar qué sentido tenía ese nombre para él ni a quiénpertenecía. 95
  • LOBSANG RAMPA Todo cuanto le estaba sucediendo era terrible. Losapretujones no cesaban y había un horrible gorgoteo. Porun instante creyó haber caído en algún albañal; la tempe-ratura, entretanto, iba subiendo. Realmente atravesabapor una experiencia espantosa. De pronto, violentamente, se sintió desfallecer y per-cibió un dolor agudísimo en la nuca. Tenía una sensaciónpeculiar de movimiento que en nada se parecía a las quehabía experimentado con anterioridad. Se sentía sofo-cado, ahogado, como inmerso en un líquido. "Pero estono puede ser", pensó, "puesto que el hombre no puedevivir sumergido en un líquido... por lo menos desde queemergió de los mares..." Las sacudidas y zarandeos continuaron durante un ratohasta que entonces percibió un salto y una voz muyapagada, como entre un fluido, que decía disgustada: "¡Cuidado, hombre, cuidado! ¿Quiere que lo tenga aquí,e n e l t a x i ? " H u b o u n a e specie de murmullo por res-puesta, pero todo lo oía en forma muy tenue. Algernon sentía que casi estaba perdiendo el juicio conaquella confusión, pues todo eso carecía de sentido paraél, no sabía dónde estaba ni tampoco qué estaba ocu-rriendo. En esos momentos la situación se estaba tornan-do espantosamente intolerable y ya no le era posibleactuar como un ser racional. En su conciencia flotabanborrosos recuerdos: algo acerca de un cuchillo... o deu n a n a v a j a d e a f e i t a r .. . p e r o v i o s a b í a d ó n d e . ¡ Q u ésueño espantoso! Soñó que casi se había decapitado yque después se contemplaba a sí mismo desde el cieloraso... y que se hallaba cabeza abajo, además, mirándoseallí tendido en el suelo y muerto. Claro que todo eso eraridículo, absurdo por completo; pero... ¿y esta otrapesadilla? ¿Qué era él, ahora? Por lo que parecía, algoasí como un reo acusado de cierto delito que no sabía enabsoluto en qué podía consistir. Así pues, el pobre es-taba a punto de perder la razón sumido en aquellaconfusión, en esa angustia y en ese miedo espantoso auna inminente condena. Los sacudimientos, entretanto, proseguían. "Con cui- 96
  • YO CREOdado, ahora. ¡Con cuidado, he dicho! A ver si andatranquilo." Los sonidos eran muy apagados, irreales y eltono, ordinario, le recordaba el acento de un verduleroambulante que había oído alguna vez en una calle apar-tada de Bermondsey, en Londres. Pero, ¿qué tenía ahoraque ver Bermondsey con él? ¿Dónde estaba? Quiso res-tregarse la cabeza, los ojos, pero advirtió horrorizado queestaba prisionero de algún cable o algo parecido. Una vezmás pensó que debía de estar en el astral inferior porquesus movimientos eran restringidos, lo cual era espantoso.Le parecía hallarse en un estanque. Ante él parecía haberuna masa viscosa cuando se hallaba en el astral infe-rior... pero, ¿había estado en el astral inferior? Atur-dido, trató de hacer que su mente dolorida y apáticarebuscase en los meandros de su memoria. Pero, no; nadaandaba bien, no podía ver con claridad. " ¡Ay, Dios! ", se lamentó. "Debo de haberme vueltoloco y esta r en un asi lo de a lienados. De bo de est arpadeciendo tremendas pesadillas, porque no es posibleque esto le suceda a nadie. ¿Cómo puede ser que yo,descendiente de una familia tan antigua y respetable,haya descendido así? Siempre hemos sido acreedores derespeto por nuestra ecuanimidad y sensatez. ¡Ay, Diosmío! ¿Qué me ha pasado? " De repente se produjo otra convulsión, algo suma-mente inexplicable, un repentino sacudimiento, y otravez comenzaron los dolores. Tuvo la noción confusa deque alguien gritaba. Pensó que, normalmente, debía deser un alarido impresionante; pero en esos momentostodo le llegaba apagado, todo era increíblemente extraño yya nada tenía sentido alguno. Se hallaba echado deespaldas, si bien no sabía dónde, pero en ese rnompntoestaba de bruces. Sin embargo, la repentina contracción dealgo hizo que girase sobre sí mismo y entonces volvió aencontrarse de espaldas, temblando con todas las fibrasde su ser, lleno de espanto. "¿Estoy temblando? ", se preguntó aterrado. "El mie-do me lleva casi al borde de la locura. Pero, ¿no soy,acaso, un noble y un oficial? ¿Qué es esto tremendo que 97
  • LOBSANG RAMPAme sucede? En verdad deb . o de estar padeciendo algunagrave afección mental. ¡Tengo miedo del futuro! Trató de poner orden en sus pensamientos y proctró,con todas las fuerzas mentales que le restaban, pensarqué era lo que había sucedido, qué estaba sucediendo.Todo cuanto logró, empero, fue experimentar extrañas yconfusas sensaciones, algo acerca de comparecer ante untribunal, acerca de tener que trazar planes respecto de loque debía hacer. Y, después, algo acerca de haber estadoechado sobre una mesa... Pero, no; todo era inútil: sumente se negaba a pensar y por un momento quedó enblanco. De nuevo sobrevino una violenta convulsión y una vezmás tuvo el convencimiento de que lo apretaba una boapara triturarlo y deglutirlo. Con todo, nada podía hacerpara impedirlo. Se hallaba en un estado de terror ex-tremo y le parecía que todo marchaba mal. ¿Cómo eraposible, en primer lugar, que hubiese caído en poder deuna boa, y cómo pudo dar en un paraje donde existíansemejantes criaturas? No alcanzaba a comprenderlo. Un formidable alarido, apenas amortiguado por lo quelo rodeaba, lo sacudió hasta las entrañas. En seguidasintió un violento tirón y una desgarradura, y le parecióque le separaban la cabeza del cuerpo. —" ¡Ay, Dios mío! ", pensó. "De modo que es verdadque me rebané el cuello y ahora se me está separando lacabeza. ¡Ay, Dios mío! ¿Qué hacer? " De improviso hubo un fluir espantoso de agua y notóque lo depositaban sobre algo muelle. Sentía que jadeaba yse revolvía, y le pareció tener sobre la cara una mantahúmeda y tibia. Después, horrorizado, percibió pulsa-ciones y más pulsaciones, fuertes impulsos que lo obli-gaban a pasar por un canal muy estrecho, atascado y enpendiente, y algo —le parecía que era un cordón que losujetaba por el • medio— que trataba de retenerlo. Sintióque tenía enredado aquel cordón en un pie y entoncespataleó con fuerza para desprenderse de él, puesto queya se sofocaba en medio de una húmeda oscuridad. Volvió a patalear y en seguida oyó un espantoso au- 98
  • YO CREOluido, ahora más fuerte, de alguien que se hallaba encimay por detrás de él. Hubo otro formidable espasmo yretortijón, y salió despedido de la oscuridad aquella haciauna luz tan deslumbrante que le pareció que iba a dejarlociego allí mismo. No podía ver nada; después de haberestado en aquel medio tan cálido se encontraba ahoracon que lo depositaban sobre algo áspero y frío, un fríoque le calaba los huesos y l o h ac í a t i r i t a r . N o t ó c o nasombro que estaba mojado, pero en ese momento algolo tomó de los tobillos y lo levantó en vilo cabeza abajo. Le dieron unas fuertes palmadas en las nalgas y enton-ces abrió la boca para protestar por el escarnio, por elultraje que se perpetraba contra el cuerpo indefenso deun oficial y todo un caballero. Con el primer grito decólera, todo recuerdo se esfumó como se borran lossueños al comenzar un nuevo día... y nació un niño. Claro está que no todos los bebés tienen experienciascomo ésta, puesto que el niño común no es más que unainconsciente masa de protoplasma hasta que nace y sóloen ese momento aparece la conciencia. En el caso deAlgernon, empero —o del Cincuenta y Tres o comoquiera que se lo llame—, todo era diferente puesto quehabía sido un suicida y un "caso" realmente difícil, demanera que había un factor extra: esa persona —eseente— tenía que regresar con un propósito especial en suespíritu; debía dedicarse a una profesión particular y, porconsiguiente, el conocimiento de lo que tal profesiónsignificaba debía ser transmitido desde el mundo astral alfeto y directamente a la sustancia cerebral del reciénnacido. Durante un rato el niño permaneció allí; a lo sumo, lomovían un poco. Entre las cosas que le hacían, una eracortarle algo que tenía unido a su cuerpo, pero la cria-tura no se dio cuenta de nada. Algernon había desapa-recido. Ahora existía un niño que no tenía nombre. Alcabo de unos días, sin embargo, se presentaron en elhospital unas formas vagas que se movían ante la visiónborrosa del niño, una de las cuales dijo con voz alg oáspera: 99
  • LOBSANG RAMPA — ¡Ajó! ¡Miren qué diablillo chiquitito! ¿Qué nombrele van a poner? ¿María? La madre miró arrobada a s u p r i m o g é n i t o y l u e g olevantó la vista con una sonrisa. —Pues... —contestó a su visitante—, me parece que levamos a poner Alan. Si era una niña pensábamos ponerleAlicia; pero, si era varón, Alan. De modo que se llamaráasí. Después de unos pocos días más, Martín fue al hos-pital a buscar a su mujer y ambos partieron con aquelpequeñuelo que nacía a una nueva vida en la Tierra, vidaque en aquel momento nadie sabía que estaba destinada afinalizar trascurridos treinta años. Llevaron, pues, al niño a una rasa situada en una zonaregularmente presentable de Wapping, en medio del estri-dor de los remolcadores del Támesis, donde los grandesbarcos de las compañías navieras de Londres llegaban yhacían oír su bienvenida al regresar al puerto, o sonar sussirenas a modo de despedida al abandonarlo para em-prender una nueva travesía tal vez hacia el otro extremodel mundo. Y en aquella casita, no muy lejos de Wapping Steps,un niño despertó en una habitación situada sobre unatienda donde más adelante habría de lavar patatas, dese-char fruta en mal estado y quitar las hojas podridas a losrepollos. Mas, por el momento, el bebé tenía que des-cansar, debía crecer un poco y aprender una forma devida diferente. El tiempo trascurrió como de costumbre (como quenadie sabe que jamás se haya detenido) y el niño cum-plió cuatro años. Aquella cálida tarde de domingo sehallaba sentado en las rodillas del abuelo cuando éste seinclinó de pronto hacia él y le preguntó: —A ver, dime: ¿qué piensas ser cuando seas grande,hijo? El niño musitó algo entre dientes y se miró detenida-mente los dedos hasta que al fin, con su atiplada vozinfantil, repuso: —Do tod, doto d. 100
  • YO CREO Después se deslizó de las rodillas del abuelo y echó acorrer avergonzado. ¿Se fijó, abue? —dijo Mary Bond— Es algoe x t r a ñ o , ¿no es cierto? No sé por qué, pero al parecerle atrae mu c h o t o d o l o q ue t i e n e q ue v e r c o n l am ed i ci na , y apenas tiene cuatro años. Cada vez queviene el médico no lo deja en paz con eso que se pone enel cuello ... esa cosa con cañitos... —El estetoscopio —dijo el abuelo. Sí, eso es... el estetoscopio —repitió Mary—.N o s é por qué. Por lo visto tiene obsesión por él...¿Cómo se le puede ocurrir ser médico estando nosotrosen la situación en que estamos? El tiempo siguió trascurriendo y Alan Bond cumpliódiez años. Para un niño de su edad era mucho lo queestudiaba en la. escuela. No alcanzo a entender a Alan, señora —le dijoc i e r t a vez la maestra—. En realidad es estudioso, cosaabsolutamente anormal, nada corriente que un niñoestudie de esa manera. A cada momento le gustahablar de que quiere ser médico y de cosas por á estilo.En verdad es tremendo, porque —dicho sea sin deseo deofender, señora— no sé cómo se le ocurre que eso esté asu alcance... Mary Bond cavilaba continuamente. Pensaba en mediode la larga quietud de la noche cuando sólo el rugir deltráfico —al cual era inmune— y el ulular de los barcos enel Támesis —a lo cual estaba acostumbrada— rompían elsilencio. Pensó mucho sin descanso hasta que al cabo,después de una conversación con una vecina, se le ocu-rrió una idea. —No sé si sabes, Mary, que hoy existe un plan —lecomentó aquélla— para que hasta cierta edad puedassacar un seguro para tu hijo. Se pagan unos peniques porsemana —claro que tienes que pagarlos puntualmente— ydespués, de cierta edad, que tú tienes que determinar, elchico se encuentra con una buena suma que puede per-mitirle ingresar en la escuela de medicina. Yo sé que hayun plan así, y conozco a un muchacho que ya lo ha 101
  • LOBSANG RAMPAhecho y ahora es abogado. Le voy a decir a Bob Millerque venga a verte para que te cuente. El conoce todo loreferente a esos planes de seguros. —La vecina se fue enseguida llena de buenas intenciones, pues tenía la mejorvoluntad para organizar el futuro de un semejante. Pasaron los años y Alan Bond ingresó en una escuelade humanidades, donde el primer día de clase tuvo unaentrevista con el director. Dime, hijo, ¿qué piensas ser cuandoe g r e s e s d e l a escuela? Quiero ser médico, señor —replicó Alan,c o n f i a d o , mirando sin titubear al director. Muy bien, muchacho. Nada malo hay en quet e n g a s esas elevadas aspiraciones, pero tendrás que estudiarmuy duro para ser médico y ganar muchas becas, puestoque tus padres no están evidentemente en condicionesde hacer frente a toda tu carrera y a los gastosadicionales que ella supone. Te sugiero, hijo, quebusques algo que sea, como quien dice, una segundaposibilidad para tus ambiciones. — ¡Maldita sea, muchacho! —exclamó Martín Bond—¿Es que no puedes de jar ese asq ueroso libr o por unm i n u t o ? ¿N o t e h e d i c h o y a q u e h a y q u e l a v a r e s a spatatas? La señora Potter se irá a comprar a otra parte sise las damos llenas de tierra. Deja ese libro, te digo;déjalo y ocúpate de esas patatas. Quiero que las dejesbien limpias y que después vayas y se las entregues. —Elpadre se fue mascullando exasperado: " ¡Maldita sea!¿Por qué a los muchachos de ahora siempre se les ocurri-rán cosas que están más allá de sus posibilidades? En esoes en lo único que piensa, nada más que en ser médico.¿Cómo diablos cree que voy a hacer para conseguir eldinero necesario? Sin embargo, en la escuela es verdade-ramente una luz, según dicen", pensó para sus adentros."Sí; es muy estudioso en el colegio y está tratando dec o n s e g u i r u n a b e c a . M e p a r e c e q u e h e s i do u n p o c osevero con él. ¿Cómo puede estudiar bien si cuando está 102
  • YO CREOcon un libro lo mando a limpiar patatas? Voy a darleuna mano." Se ctirigio a donde estaba su hijo y lo encontró sen-tado en un banquito de tres patas frente a una batea. Elmuchacho tenía un libro en la mano izquierda y con laderecha tanteaba en busca de alguna patata para remo-jarla en la batea y sacudirla un poco en el agua paradespués secarla con un papel de diario. —Te voy a ayudar un poco, hijo, y cuando terminemospodrás seguir estudiando. No quiero ser severo contigo,pero debo ganarme la vida. Tengo que velar por ti, tengoque velar por tu madre y tengo que velar por mí tam-bién. Tenemos que pagar alquiler, impuestos y toda unaserie de cosas, y maldito lo que le importa al gobierno denosotros. ¡Vamos! A ver si las lavamos. El año lectivo tocaba a su término. El director y elcuerpo de profesores se hallaban en el estrado, junto conalgunos miembros del Consejo de Enseñanza, y en elsalón de actos estaban sentados los alumnos, ataviadoscon sus mejores prendas, relucientes, aunque inquietos yturbados. Al lado de ellos, nerviosos en aquel ambienteinusual, ocupaban sus asientos padres y familiares. Aquíy allá, algún hombre acostumbrado a beber echaba unamirada ansiosa por la ventana hacia la taberna cercana...Pero aquél era el día de entrega de premios, un día dediscurso s y todas esas cosas de r utina, y no podíanabandonar el lugar. " ¡Qué vamos a hacer! ", pensó unode ellos. "Yo tengo que venir aquí sólo una vez por año,en cambio los chicos tienen que hacerlo todos losdías..." El director se puso de pie y se acomodó los anteojos.Se aclaró la garganta y echó una rápida mirada a laconcurrencia. —Tengo el sumo placer de comunicar a ustedes —co-menzó a de cir con su tono más engolado— que AlanBond se ha destacado en forma absolutamente notabledurante este último año escolar y ha demostrado ser unverdadero orgullo en nuestros cursos. Me es muy grato, 103
  • LOBSANG RAMPApues, anunciar que ha sido premiado con una beca pararealizar estudios en la escuela de medicina de Saint Mag-gots. —Se detuvo para aguardar a que se extinguiesen losestruendosos aplausos, y en seguida levantó una manopara pedir silencio—. Ha sido distinguido con esta beca —prosiguió—, que es la primera que se concede a unalumno en esta jurisdicción. No dudo de que todos ledeseamos el mejor de los éxitos en su carrera puesto quedurante los cuatro años que permaneció en este colegiono dejó de insistir en todo momento en que queríadoctorarse en medicina. Ahora, pues, tiene la ocasión dehacerlo. Movió los papeles que estaban ante él y muchos deellos salieron volando por los aires y se esparcieron por elestrado. Los profesores se apresuraron a levantarlos y aponerlos en orden para volver a colocarlos en su sitio,después de lo cual el director hurgó entre ellos y extrajouno. —Alan Bond —dijo—, haga el favor de aproximarsepara recibi r su diplom a y l a be ca que se le acaba deconceder. — ¡Ay, nó! —le dijo el padre cuando llegaron a casa yAlan les mostró el certificado— Alan, hijo mío, me pare-ce que se te ocurren cosas que están mucho más allá detus posibilidades. No somos más que verduleros y en lafamilia no ha habido médicos ni abogados. No sé cómo sete han ocurrido esas raras ideas. — ¡Pero, papá! —exclamó desesperado Alan— Desdeq u e e m p e cé a h a b l a r v e n g o d i c i e n d o q u e q u i e r o s e rmédico, no me he dado descanso en la escuela, me heesclavizado y me he privado de todo gusto para estudiary ganar la beca. Y ahora que la tengo vuelves a ponerobjeciones. Sentada, la madre guardaba silencio. Sólo la forma enque sus manos se revolvían traicionaba el estado nerviosopor que atravesaba. —Escucha, Alan —dijo el padre después de cruzar unamirada con la esposa—. Nosotros no queremos desalen- 104
  • YO CREOtarte, hijo, no queremos arruinar tus posibilidades, pero loque tienes es un pedazo de papel... Pues bien, ¿quésignifica ese papel? No significa sino que puedes concu-rrir a cierta Facultad y que no tendrás que pagar nada;pero ¿y todo lo demás? ¿Los libros, el instrumental ytodo eso? —Miró con desaliento a su hijo y prosiguió—:Claro que podrás vivir con nosotros, hijo, sin pagar nada, ytrabajar un poco cuando vengas de estudiar y ayudartealgo. Pero nosotros no tenemos dinero para pagar unm o n t ó n d e c o s a s c a r a s . V i v i m os a h o r a c o n l o j u s t o ,apenas con lo necesario; de manera que piénsalo, hijo,piénsalo. Yo creo, lo mismo que tu madre , que seríamuy lindo que fueses médico; pero sería muy malo quefueses un médico pobre, ya que no tendrías dinero sufi-ciente para vivir. —Alan —intervino la madre—, tú sabes qué les sucede alos médicos fracasados, ¿no es cierto? Sabes qué ocurrecon los médicos que no triunfan, ¿no? —Sólo sé de todos los rumores que he oído paradescorazonarme = repuso Alan mirando con amargura asu madre—. Me han dicho que si un estudiante de medi-cina fracasa o si a un médico lo echan a un lado tieneque acabar como representante de alguna droguería desegunda clase. Bien, ¿y qué? —inquirió— Todavía nofracasé; ni siquiera he comenzado, y si pierdo tambiéntendré que ganarme la vida, y si me la puedo ganar comovisitador médico será mucho mejor que cargando bolsasde papas y pesándolas o contando ananás y todas esasporquerías. — ¡Calla, Alan, calla! —interrumpió la madre-- Te es-tás burlando de la ocupación de tu padre, y es él quiente mantiene... ¡no lo olvides! No tienes ningún respe-to... Te estás propasando. ¿Por qué no pones los pies enla tierra? —Hubo un pesado silencio hasta que al caboañadió—: Alan, Alan: ¿por qué no tomas ese trabajo quete ofreció tío Bert en la compañía de seguros? Es unaocupación estable y si te esmeras puedes llegar a ser,incluso, liquidador. Piénsalo, Alan, ¿eh? Malhumorado, el muchacho salió de la habitación. Los 105
  • LOB SANG RAMPApadres se miraron en silencio y oyeron que bajaba lasescaleras de madera del costado del local. Después perci-bieron el g olpe de la puerta de c alle al cer r arse y e lresonar de sus pasos en la acera. —No sé qué le ha dado a este muchacho —dijo MartínBond—. No me explico cómo nos ha salido así. Desdeque empezó a hablar nunca ha hecho más que repetir yrepetir hasta el cansancio que quiere ser médico. ¿Porqué diablos no tendrá un poco de juicio como los demásmuchachos y se busca un trabajo decente? Eso es lo queyo quisiera saber: ¿por qué demonios no hace eso, eh? En silencio, la mujer volvió a la tarea de zurcir unoscalcetines ya muy remendados y, cuando por fin levantóla vista, había lágrimas en sus ojos. — ¡Ay! No sé, Martín —dijo—, pero a veces pienso quesomos demasiado duros con él. Está bien, después detodo, tener ambiciones, y no hay nada tan espantoso enquerer ser médico, ¿no es cierto? — ¡Pues, vaya! —resopló Martín vehementemente— Yono sé, pero a mí me basta con la tierra y lo que ella da.Nunca me cayó bien que los muchachos anden ensucián-dose con las entrañas de las mujeres. A mí no me parecebien. Me voy al negocio. —Se levantó encolerizado y bajóimpetuosamente por las escaleras de los fondos. Mary dejó de zurcir y se quedó sentada en silencio,mirando a través de la ventana. Al cabo de un rato seincorporó, se dirigió al dormitório y se hincó de rodillasa un costado de la cama para rogar a Dios que losiluminase y les diese fuerzas. Así permaneció largos mi-nutos hasta que se levantó inspirando ruidosamente porla nariz y diciendo para sí: " ¡Cosa extraña! Todos dicenque hay que rezar cuando uno tiene algún problema. Yorezo, pero nunca en mi vida he recibido respuesta a misplegarias. Me parece que todo es una superstición... esome parece" Sollozando y enjugándose las lágrimas con el delantalabandonó el dormitorio y comenzó a preparar la cena. Alan, entretanto, caminaba apesadumbrado por la calle. Ala sazón se encontró con un envase de hojalata en el 106
  • YO CREOcamino y le dio un puntapié, pe ro éste fu e un tantofuerte y la casualidad (¿la casualidad? ) quiso que la latasaliese despedida por los aires y fuese a dar ruidosamentecontra una placa de metal. Miró en torno asustado y, yaestaba por echar a correr, cuando vio que allí decía:"Doctor R. Thompson, médico". Se volvió hacia aquellaplaca de bronce con las letra talladas en negro y la frotóafectuosamente con la mano. Hacía unos instantes queestaba allí, pensativo, inclinado sobre la placa empotradaen la pared, cuando sintió que una mano cálida se apoya-ba suavemente en su hombro. —¿Qué sucede, muchacho? —oyó que alguien le pre-guntaba amablemente. Asustado, Alan dio un respingo y, al volverse, se en-contró con el rostro sonriente del médico. — ¡Oh, cuanto lo lamento, doctor Thompson! —dijo eljoven algo confundido— ¡No fue mi intención hacer nadamalo! — ¡Bien, bi en! —dijo e l doctor so nriéndole— Pero,¡qué cara compungida! ¡Parece que te hubieran caídotodas las desdichas del mundo...! —Casi, casi —replicó Alan con gran desaliento. El doctor echó un rápido vistazo a su reloj y puso unbrazo sobre el hombro del mocito. —Vamos, muchacho , entra conm igo. Vamos a con-versar. ¿Qué has hecho? ¿Estás en enredos con algunachica o algo por el estilo? ¿Te anda buscando su padre?Ven, que ya se verá qué hacer. —Hizo entrar al joven ylo condujo por el pasillo hasta el consultorio— SeñoraSimmonds —llamó desde la puerta—. ¿Puede hacer elfavor de cortar un poco de leña y traernos algunos deesos bizcochos dulces, siempre que el holgazán de sumarido no se los haya despachado? —Desde algún lugarde la casa contestó una voz apagada y el doctor volvió asu despacho— Bien, muchacho, tranquilízate. Vamos abeber una taza de té y después veremos qué podemoshacer. Un momento después apareció la señora Simmondscon una bandeja en la que traía dos tazas, una jarrita de 107
  • LOBSANG RAMPAleche, la azucarera y la mejor tetera de plata con el aguacaliente. Había dudado un poco entre llevar esa tetera ouna de loza común, pero pensó que era evidente que eldoctor había llegado con alguna persona de mucha im-portancia puesto que de no ser así no la hubiese llamadod e e s a m a n e r a ; a d e m á s , y a no er a hora de vidtas, eincluso no sabía qué podía estar haciendo el médico allí aesas horas. Así pues, escogió la mejor vajilla de porce-lana y la mejor tetera, y con su mejor sonrisa entró en lasala. Pensaba que, cuando menos, iba a encontrarse allícpn algún lord o con una dama, o quizá con un granempresario de las líneas marítimas de Londres; pero sequedó boquiabierta al ver a un colegial desmirriado ymuy abatido. Pensó que era un escolar aunque ya hu-biese concluido los estudios; pero como éso en resumidascuentas no era asunto suyo, depositó cuidadosamente labandeja frente al doctor y, un poco confundida, hizo unaleve reverencia y se retiró cerrando la puerta al salir. —¿Cómo te agrada, muchacho? —le preguntó el doc-tor mientras servía un poco de té— ¿Primero la leche?¿O te gusta como a mí: sólo con agua, caliente ybastante dulce? Alan, atontado, afirmó con la cabeza. No sabía quéhacer ni qu& decir, tan sumido estaba en su desazón ytan agobiado por la idea de que otra vez había fracasado.Entonces reparó en eso que estaba pensando... ¿Otr avez? ¿Qué quería decir eso...? No lo sabía. Algo estabapresionando en su espíritu, algo que tenía que conocerp e r o q ue no sa b í a q ué era... ¿O era qu e no lo debí aconocer? Confundido, se frotó la cabeza con ambasmanos. —¿Qué te sucede, muchacho? Estas nervioso, ¿no esverdad? Bien, ahora bebe ese té y come algunos bizco-chos, entretanto me cuentas qué ocurre. Tenemos tiempode sobra, puesto que me he tomado el resto del día paradescansar. Dediquémoslo, pues, a ver qué es lo que tepasa y qué se puede hacer. El pobre . Alan no estaba muy acostumbrado a lasgentilezas ni a que se lo tuviese en cuenta. Siempre lo 108
  • YO CREOhabían considerado el excéntrico de la familia, el mucha-cho extravagante del barrio, y cuando hablaban de éld e c í a n : " e l c h i c o d e l v e r d u le r o qu e t i e n e d el i r i o s d egrandeza". Las palabras de ese médico tan amable lotocaban ahora en lo profundo y entonces prorrumpió enun amargo llanto. Los sollozos acabaron con su compos-tura y el doctor lo observó muy preocupado. — ¡Sí, hijo sí! Llora, que nada malo hay en eso.Descarga tu espíritu; llora cuanto quieras, que te harábien. Hasta Churchill derrama sus buenas lágrimas, comotú sabes; y si él lo ha ce, lo pu edes hacer tú , ¿no escierto? Avergonzado, Alan se pasó el pañuelo por la cara. Elmédico observó con asombro la blancura de aquel pañue-lo y, cuando el joven se frotó los ojos con él, pudo notarasimismo la limpieza de sus manos y el cuidado e higienede sus uñas. El muchacho, pues, ganó varios puntos en laestima del doctor. Vamos, muchacho; bebe esto —le dijop o n i é n d o l e enfrente una taza de té—. Revuélvelobien, que le he puesto bastante azúcar. Como sabes, elazúcar restituye las energías. Vamos, bébelo. Alan bebió el té y mordió nerviosamente un bizcocho.El doctor volvió a llenar las tazas y, sentándose cerca delmuchacho, le dijo: Si te sientes así, hijo, quítate esa carga dele s p í r i t u . Debe de ser algo tremendo, pero ya sabes que unacarga compartida se reduce a la mitad. Alan vo lvió a asp irar con la nari z, se enjug ó una slágrimas pasajeras y en seguida comenzó a contar suhistoria: cómo, desde que recordaba, su impresión másprofunda había sido la de que su misión era ser médico;cómo casi las primeras palabras que había podido coordi-nar en una frase habían sido "voy a ser doctor". Ytambién refirió que siempre había desechado las cosaspropias de los chi cos y había est udiado y e studiad ocontinuamente; cómo, en vez de leer novelas de aventu-r as , d e f i cci ó n ci entí f ica y cosas por el estilo, en labiblioteca había solicitado libros de estudio, cosa que a 109
  • LOBSANG RAMPAla bibliotecaria no dejaba de preocuparle porque pensabaque podía ser nocivo p ara un muchachito querer sabertanto de anatomía... —Pero no lo podía evitar, doctor; realmente no podía—dijo Alan con desaliento—. Era algo superior a mí, algoque me dominaba. No sé qué puede ser. Lo único que sées que en todo momento siento el impulso, un inconte-nible impulso de que tengo que llegar a ser médico comosea. Y esta noche mis padres han estado rezongando yme han dicho que eso está más allá de mis posibilidades. Volvió a gu ardar silencio y el mé dico apo yó suave-mente una mano sobre su hombro. ¿Y qué encendió la chispa esta noche,m u c h a c h o ? —inquirió. No lo va a creer usted, doctor --repuso Alanr e v o l viéndose en su asiento—, pero soy el mejor de laclase en el colegio de segunda enseñanza. Hoy terminóel año lectivo y el director, el señor Hale, me recomendópara que me dieran una beca especial en el colegio demedic i n a d e S a i n t M a g g o t s . . . P e r o m i s p a d r e s . . .P u e s . . . —Estuvo a punto de derrumbarse otra vez,retorciendo el pañuelo entre sus dedos. — ¡Vamos, joven! —dijo el doctor-- Siempre ha sidoasí. Los padres suponen que tienen derecho a regir eldestino de sus vástagos, a veces a costa, incluso, de algúnimprevisto. Pero no importa, muchacho; veamos qué sepuede hacer... Dices que acabas de egresar de la escuelasecundaria y que el director, el señor Hale.. , Pues bien;yo conozco muy bien al señor Hale, como que es pacientemío. Bien, veamos qué nos dice. —Consultó su libreta ycuando encontró el número telefónico lo llamó— ¡Buenasnoches, Hale! Le habla Thompson. Aquí, frente a mí,hay un jovencito que por lo visto es muy inteligente y queme dice que usted lo recomendó a fin de que leconcediesen una beca especial... ¡Ay, cielos! —se inte-rrumpió el doctor un poco confundido— ¡Me he olvi-dado de preguntarle cómo se llama! Desde el otro extremo de la línea llegó el sonido de larisa apagada del director. 110
  • v0 CREO —Ah, sí! —dijo— Lo conozco. Es Alan Bond, unmuchacho muy inteligente, por cierto, excepcionalmenteinteligente. Ha trabajado como un esclavo los cuatro añosque pasó a quí, y si bi en pe ns é q ue iba a re sultar u nfracaso cuando lo vi por primera vez, recono zco quejamás en mi vida estuve tan equivocado. Sí, es la puraverdad: es el mejor de la escuela. Ha alcanzado lascalificaciones más altas que jamás haya habido en elestablecimiento y su comportamiento ha sido el mejor deque se tenga memoria en el colegio. Pero —la voz deldirector bajó de tono por un momento— me da pena elmuchacho. Y el problema radica en sus padres, ¿sabeusted? , en sus padres. Son los dueños de esa pequeñaverdulería de acá cerca, pero apenas les permite subsistir;no les alcanza el dinero, de manera que no sé cómo selas arreglará ese muchacho. Me gustaría hacer algo por él.Le he conseguido una beca, pero necesita algo más queeso. —Bien. Muchísimas gracias. Hale; le agradezco sus pala-bras —repuso el doctor Thompson y colgó el auricular.Luego se volvió hacia Alan—. Escucha, muchacho —ledijo—: Yo tuve mucho; problemas como los tuyos. Tuveque pelear por cada palmo de terreno, luchar a brazopartido para abrirme camino. Te diré qué vamos a hacer:ahora mismo iremos a ver a tus padres. Ya te he dichoque me he tomado medio día de descanso, y qué mejorque pasar el resto tratando de ayudar a otro pobredesdichado que también pasa por un mal momento. ¡Va-mos, muchacho, ánimo! —ambos se pusieron de pie y,una vez en la puerta, el doctor tocó dos veces el timbrey dijo—. Voy a salir por un rato, señora Simmonds. Hagael favor de anotar las llamadas. Y así, aquel médico de enorme talla y ese chicoescuálido que entraba ya en sus mocedades, se echaron aandar por la calle, y al aproximarse a la tienda notaronque la luz estaba encendida. Cu ando por la vidrier avieron que el señor Bond pesaba bolsas de mercaderías,el doctor se adelantó hacia la puerta, dio unos golpessecos y, con las manos en torno de la cara para evitar los 111
  • LOB SAN G RAMPAreflejos, miró , al interior. Martín Bond levantó la vistacon gesto huraño y movió la cabeza negativamente, a lavez que con los labios recalcaba la palabra "Cerrado". Enese momento, empero, vio allí a su hijo y se dijo: " ¡Ay,Dios mío! ¿Qué habrá hecho ahora esta criatura? ¿Enqué problema nos habrá metido esta vez? " Se dirigiópresuros o a la puerta y descorrió el cerrojo; cuan doambos entraron se apresuró a echarlo nuevamente. —Buenas noches. Usted es Martín Bond, ¿no? —dijo eldoctor— Bien. Yo soy el doctor Thompson. Vivo a unascuadras de aquí, donde tengo mi consultorio. Su hijo yyo hemos estado conversando y veo que es un chico muyinteligente. Me parece que vale la pena darle una oportu-nidad. —Muy bien dicho, doctor —contestó Martín Bond demal talante—. Pero usted no tiene que deslomarse en unlugar como éste, usted está bien establecido, supongo.Entre honorarios y mutualistas usted saca lo bastantepara llevar una vida más que regalada, mientras que yotengo que sudar la gota gorda. Pero, dígame: ¿qué hahecho ahora el muchacho? El doctor se volvió hacia Alan. — M e d i j i s te q u e t e o to r g a r o n u n d i p l o m a y q u e e lseñor Hale, el director, te entregó una carta especial —ledijo—; ¿podrías subir a buscarlos y traérmelos? Alan salió presuroso y se oyeron sus pasos que subíancorriendo las escaleras de madera. —Bond, tiene usted un muchacho inteligente; hasta esposible ,que sea un genio —dijo el médico—. He habladocon el director. —Y a usted, ¿qué le importa esto? ¿Por qué se mete? —replicó Martín hecho una furia—. ¿Me está trastornando almuchacho o qué? Por un instante el rostro del médico se nubló de ira,pero en seguida logró controlarse. —Cada tanto, Bond —dijo— alguien llega a esta tierra,quizá con cierta carga pendiente de alguna vida anterior.No sé por qué, pero la gente siente poderosísimos impul-sos, impresiones muy fuertes... Y no por nada sucede 112
  • YO ¿REOasí. Pues bien, su hijo parece ser una de esas personas. Eldirector insistió mucho en que el muchacho es inteligente yen que ha nacido para ser médico. Si usted cree que loestoy llevando por mal camino, pues siga creyéndolo.Pero lo que quiero hacer es ayudarlo. Alan regresó al local e irrumpió en él casi sin aliento acausa de la prisa que traía. Humildemente extendió ald o c t o r e l d i p l o m a y l a c o p ia d e l a c a r t a d e l d i re c t o rjunto con su aceptación por el decano del colegio demedicina de St. Maggots. Sin decir palabra alguna, el doctor tomó los papeles ylos leyó desde el principio hasta el final. Nada turbaba elsilencio, salvo el rumor de los papeles a medida que leíay ponía una hoja debajo de la otra. Bien —dijo, por fin, al terminar—. Esto meconvence. Considero que se te debe dar lao p o r t u n i d a d , A l a n . Veamos qué se puede hacer. —Durante un momento estuvo pensando en cuál podríaser la mejor solución, hasta que por último se volvió alpadre para decirle—: ¿No podríamos conversar usted, sumujer y yo acerca de esto? El muchacho es muy capaz yevidentemente tiene vocación. ¿No podríamos hablar enalgún otro sitio? Martín se volvió hoscamente hacia Alan. Bien —le dijo—, ya que todo esto lo iniciaste tú,y a que has venido con todas estas complicaciones,sigue pesando todas las cosas mientras yo llevo al doctorpara que hable con tu madre y conmigo. Dicho esto condujo al médico fuera del negocio hastalas escaleras y cerró la puerta. — ¡Mamá! —llamó— Subo con el doctor Thompson.Quiere hablar de Alan con nosotros. Arriba, Mary se acercó presurosa a la escalera musi-tando para sí: " ¡Ay, cielos! ¡Ay, Dios mío! ¿Qué habráhecho ahora este chico? 113
  • CAPITULO VII Mary Bond sentía un torbellino en su interior, gomo siuna gran cantidad de mariposas se le hubieran metidodentro. Temerosa, su mirada iba del doctor a su marido yluego a Alan —que subía subrepticiamente las escalerasdetrás de aquéllos—, y con desaliento condujo al médicohasta la salita, donde sólo rara vez entraba alguna visitaespecial. —Bien, Alan: vete a tu cuarto —le ordenó el padre. — ¡Pero señor Bond! —interrumpió al instante el doc-tor— Alan es precisamente la persona más interesada entodo esto. Considero que debería estar presente en estaconversación. Al fin y al cabo ya no es un niño, comoque se está acercando a la edad en que muchos otrosconcurren a la Facultad... ¡Y nosotros tenemos la espe-ranza de que él también vaya! Martín Bond aprobó con la cabeza, no de muy buengrado, y los cuatro se sentaron, la madre con las manoshumildemente enlazadas sobre su regazo. —Al parecer, el doctor Thompson supone que nuestrohijo tiene riquezas a montones en el desván —dijo elpadre—. Quiere hablarnos de él porque piensa que Alanpuede llegar a ser médico. Yo no sé qué decir.La madre permanecía inmóvil sin pronunciar palabra.—Como usted sabe, señora Bond —comenzó el doctorThompson—, en la vida suceden ciertas cosas muy ex-trañas y la gente tiene la impresión de que debe haceresto o aquello, pero no sabe por qué. Alan, por ejemplo 115
  • LOBSANG RAMPA—dijo señalando al muchacho con un gesto—, tiene lafuerte sensación de que debe dedicarse a la medicina. Laimpresión es tan potente que casi es una obsesión; ycuando un muchacho o una chica —pues para el caso eslo mismo— insiste en seguir una determinada carrera casidesde que comienza a hablar, tenemos que persuadirnosde que es probable que el Señor esté procurando tras-mitir un mensaje, o tratando de obrar algún milagro, oalgo así. No quiero decir que lo entienda, pero lo que sées que yo —miró en torno para ver si le prestabanatención y continuó—, como huérfano, me crié en unorfanato donde, para decirlo suavemente, la vida me fuesnuy dura porque la gente consideraba que era diferenteen ciertos aspectos, puesto que yo también tenía unadecidida vocación: llegar a ser médico. Pues bien, medediqué a la medicina y ahora la ejerzo perfectamente. Los padres permanecían callados sintiendo que el cere-bro les trepidaba con las vueltas que ejercían sus pensa-mientos dentro del cráneo. —Sí, doctor; sí —dijo Martín al fin—. Estoy de acuerdocon todo lo que usted dice: al muchacho hay que darlesu oportunidad; pero yo no tengo ninguna, yo tengo queluchar para pagar cuentas. Escuche, doctor —prosiguió,mirando al médico con verdadera dureza—: nosotros so-mos personas pobres y bien que nos cuesta pagar nues-tras cuentas todos los meses... porque si no pagamos lascuentas todos los reses no hay mercaderías, y si no haymercaderías se acaba el negocio. Así que, díganos: ¿có-mo hacemos para costear los gastos de Alan? No pode-mos afrontarlos, y ahí acaba la cosa. —Se dio una fuertepalmada en la rodilla como quien subraya "se acabó","no hay más que hablar", etcétera. Alan estaba cabizbajo y cada vez de peor humor. "Siestuviera en los Estados Unidos", pensaba, "podría con-seguir un trabajo por medio día y estudiar el otro medio,y así me las compondría. Pero én este país... Aquí noson muchas las esperanzas para los muchachos pobrescomo yo." Entretanto, el doctor Reginald Thompson cavilaba. Por 116
  • YO CREOfin se puso las manos en los bolsillos del pantalón yestiró las piernas. —Bien —dijo entonces—; como ya les he dicho, mi vidaha sido dura y he hecho lo que creí que debía hacer.Ahora es probable que deba ayudar a Alan, de modo queles propongo algo. —Miró a todos para cerciorarse de quelo estaban escuchando, cosa que por cierto era así: Alanno le quitaba los ojos de encima; el padre lo miraba conmenos hosquedad, y la madre había dejado de jugar conlos dedos. Satisfecho, pues, continuó—: Yo soy soltero;nunca dediqué mi tiempo a las mujeres porque me inte-resaban mucho el estudio, la investigación y demás. Asípues, me quedé solterón y con ello ahorré cierto dineri-llo. De modo que estoy dispuesto a invertir parte de esedinero en Alan, siempre y cuando él me convenza de quees capaz de ser realmente un buen médico. — ¡Sería algo maravilloso, doctor! —exclamó la seño-ra— Quisimos sacar una póliza de seguro para ayudar aAlan a pagar sus gastos, pero no encontramos ningunaque se adaptase a la gente de nuestros recursos, o mejordicho, de nuestra falta de recursos. El doctor movió la cabeza sin formular comentarioalguno al respecto, y luego prosiguió: Bien. En cuanto al aspecto de los estudios, todoestá bien puesto que el director tuvo palabras de elogiohacia él y tiene una beca para ingresar en la escuela demedicina de Saint Maggots... la misma que tuve yo. Perocon eso no alcanza para pagar los gastos que demandavivir, puesto que sería mejor que se alojase en el propiocolegio. Además, tampoco con eso se pueden pagar losotros gastos diversos. De manera que vamos a hacer esto —dijo, inflando y desinflando los carrillos y dirigiéndosedespués a Alan—. Haremos así, Alan: te llevaré alHunterian Museum del Colegio Real de Cirujanos.Recorreremos sus instalaciones durante un día entero, y si losoportas sin -desmayarte ni nada. tendremos lacertidumbre de que podrás ser un buen médico. —Guardó silencio unos instantes y prosiguió—: Yharemos algo más, todavía. Te llevaré a la sala dedisecciones donde por todas partes 117
  • LOBSANG RAMPAhay cadáveres y piezas anatómicas. Si te descomponescon eso, querrá decir que no estás hecho para ser médi-co. Si logras persuadirme, muy bien... haremos un trato:tú tienes tu beca y yo me hago cargo de todos los gastos.Y cuando tengas el título de médico y puedas retribuiresto... pues harás lo mismo por otra alma que se halleen la encrucijada entre lo que sabe que debe hacer y suimposibilidad de hacerlo por falta de dinero. Poco faltó para que Alan se desmayara de alivio y def e l i c i d a d , p e r o e n e s e m o m e n t o s u pa d r e c o m e n z ó ahablar lentamente. —Paso a paso, doctor, que a nosotros el muchacho nosh a c e f a l t a p a r a e l r e p a r t o . S i h a s t a a h o r a lo h e m o smantenido, es muy justo que haga algo por nosotros;pero si, como dice usted, tiene que ir a meterse en uncolegio y darse la buena vida, ¿cómo quedan sus padrespobres? ¿Se piensa usted que voy a salir yo de repartodespués de hora? — ¡Pero, Martín, Martín! —exclamó la mujer, escanda-lizada— ¡Ac uérdate de que ant es q ue Alan vin iera a lmundo también nos las componíamos! — ¡Sí, ya lo sé! —repuso éste malhumorado— No mehe olvidado, pero también me acuerdo de todos losgastos que el chico nos ha ocasionado todo este tiempo.Hemos tenido que proporcionarle todo: y ahora que yaha sacado de nosotros todo lo que podía sacar, resultaque se las pira para ser doctor, ¡hágame el favor! Y deseguro que eso será lo último que sepamos de él.¡bah...! —Las manos de Martín Bond se revolvían co-mo si estuviesen estrangulando a alguien— ¿Y qué vaganando usted con todo esto, doctor? —prorrumpió depronto— ¿Por qué se ha tomado de pronto tanto interése n e l m u c h a c h o ? E s o e s l o q u e yo q u i s i e r a s a b e r . . .Porque es sabido , que la gente no se ocupa de los demása menos que tenga algún motivo oculto. ¿Qué piensausted sacar de esto? El doctor Thompson se echó a reír estruendosamente. — ¡Cielo santo! —exclamó al cabo— Señor Bond, aca- ba usted de persuadirme de que su hijo es excepcional. 118
  • YO CREOU sted no p i en sa más que e n e l p r o v e c h o q u e p u e d eextraer de las cosas, mientras que él piensa en la manerad e a y ud a r a l o s d emás como médico. ¿De modo qu eusted quiere saber qué es lo que voy ganando con esto,señor Bond? Pues bien, se lo diré. Yo tengo mis intui-ciones, lo mismo que su hijo. Tengo la cabal intuición deque debo ayudarlo. Pero no me pregunte por qué, puestoque no lo s é; y si pien sa que me guía hacia él algú ninterés sexual, entonces, señor Bond, usted es más torpede lo que yo me suponía. Puedo tener todos los mucha-chos que quiero, y también chicas; pero lo que deseo esayudar a Alan por algo que intuyo, algo que está en lorecóndito de mi pensamiento y no aflora. Pero si ustedno quiere que le preste ayuda, señor Bond, tendremosque aguardar a que cumpla veintiún años; y si bien seráun poco tarde, empezaremos en ese momento. Yo noestoy aquí para discutir con usted de manera que, si noquiere continuar, dígamelo y me voy. El doctor Thompson se levantó co n cara de pocosamigos. Tenía el rostro encendido y mit r aba a Martíncomo si qu isiera arr ojarlo por la ventana d el frente,mientras éste se retorcía las manos y jugaba con la puntade la chaqueta. —Bueno... —reconoció—. Quizá me haya excedido unpoco en lo que dije, pero no sé cómo nos vamos aarreglar para llevar las patatas por la noche y para cosaspor el estilo. Nosotros tenemos que vivir, lo mismo queel muchacho. — ¡Chito, Martín, chito! —se apresuró a intervenir lamujer— ¡To do se andará! Ya enco ntraremos a algú ncolegial que venga a ayudarnos. Y no costará mucho...No nos costará tanto como mantener aquí a Alan. — ¡Muy bien, muy bien! — replicó Martín moviendo lacabeza lentamente y consintiendo no sin cierto disgusto—Puedes ir. Todavía no tienes veintiuno y aún estás bajomi tutela; de manera que me sales adelante en eso dedoctorarte que te has propuesto o ya te las verás conmigo. Dicho esto se volvió de pronto y bajó estrepitosamentélas escaleras hacia la tienda. 119
  • LOBSANG RAMPA — ¡Cómo lamento todo esto, doctor! —dijo MaryBond a modo de disculpa— Mi esposo es a veces algoimpetuoso... Es de Aries, ¿sabe? Así pues, quedó convenido que el doctor volvería porAlan a la semana siguiente, el día de descanso, parallevarlo al Hunterian Museum. Concertado esto, el doctor se marchó a su casa y Alanse dirigió a su cuarto para seguir estudiando. A la semana siguiente, Alan se presentó en el con-sultorio del doctor Thompson. — ¡Hola, Alan! • —saludóle éste— ¡Pasa! Tomaremosuna taza de té y en seguida iremos en el coche a lasinstalaciones de la Lincoln. Bebieron su té con bizcochos y después el doctor dijo: —Será mejor que pases al excusado, muchacho, porqueno quiero que con la emoción me arruines el coche, tanlindo y limpito como está. Alan se ruborizó y se dirigió de inmediato al gabinete alcual, según se dice, hasta los reyes deben ir a pie... El doctor Thompson condujo al muchacho por u ncamino hasta la parte posterior de la casa, donde sehallaba aparcado su Morris Oxford, un coche viejo ypesado. —Sube —le dijo una vez que abrió las portezuelas, yAlan se instaló en el asiento delantero, al lado del lugardel conductor. El muchacho no estaba muy habituado a los autosparticulares, puesto que siempre había viajado en tranvías yautobuses estrepitosos, de manera que se puso a observaratentamente cuanto hacía el doctor: poner en marcha elmotor, aguardar un poco a que éste se calentara,verificar la carga de combustible y la presión del aceite y,por último, echar a andar el vehículo. —¿Sabes cuál es el , mejor camino para ir allí, Alan?—le preguntó el doctor en son de chanza. —Bien, señor —replicó el joven—; estuve consultandoun mapa y lo que puedo decirle es que hay que tomar elEast India Dock Road, atravesar el puente de Londres y, 120
  • YO CREOcreo 7,-- - dijo bastante inseguro—, también el puente deWaterlóo. —Nones —repuso el médico—. Esta vez te pillé. No„vamos a cruzar ningún puente. Fíjate bien en el caminoporque, si mis planes no fallan, tendrás que hacer esteviaje bastantes veces. Alan se sentía sumamente sobrecogido mirando todosaquellos parajes de los alrededores de Tower Hamlets, sulugar de origen. No había tenido demasiadas oportuni-dades de viajar, pero no obstante- experimentaba la sensa-ción muy inquietante de que en algún momento habíaconocido bastante bien muchos de aquellos distritos porlos cuales transitaban. Giraron, por fin, a la derecha,recorrieron un trecho bastante prolongado por el Kings-way de Holborn y después tomaron por Sardin Street,calle que conduce a los Lincolns Inn Fields. De pronto,el- doctor Thompson giró a la derecha después de atrave-sar unas puertas de hierro, y estacionó el coche con sumahabilidad. —Ya hemos llegado, muchacho —dijo mientras desco-nectaba el motor y retiraba la llave—. ¡Bájate! Se dirigieron a la entrada del edificio del Colegio Realde Cirujanos y, una vez en el zaguán, el doctor saludócon un movimiento de cabeza a un sujeto uniformadoque allí se encontraba, al par que le decía: "¿Qué tal,Bob? ", con natural familiaridad. Sin dejar de saludaramablemente con la cabeza, siguió por un sombrío vestí-bulo de entrada. — V e n ; t e n e m o s q u e d o b l a r a q u í , a l a i z q u ie r d a . . .¡Ah, aguarda un momento! Me olvidaba... Voy a mos-trarte algo. —Se detuvo un instante y tomó a Alan de unbrazo—. Aquí hay algo que te dará dolor de muelas...Es el instrumental odontológico primitivo. ¿Lo ves, enaquella vitrina? ¿Qué te parecería que te sacaran algunosdientes con esas cosas? Vamos; ven para acá —le dijo—mientras le daba una palmada juguetona en la espalda. Ese "acá" se refería a un recinto espacioso, muyamplio, lleno de vitrinas y armarios y, por supuesto, deestantes y más estantes cargados de frascos de vidrio. 121
  • LOB SANG RAMPAAlan observaba con espanto aquellos niños embotellados,los fetos que flotaban, y todos esos extraños órganos quea los cirujanos les había parecido conveniente conservar afin de utilizarlos como material didáctico. Pasaron a otra sala y se destuvieron frente a un arma-rio de nogal lustrado. El médico abrió uno de los cajones yel muchacho pudo observar que en su interior habíados láminas de vidrio superpuestas a manera de empare-dado, con una repugnante mezcolanza de algo entre me-dio. —Este armario —explicó el doctor sonriendo— repre-senta al cerebro, un cerebro cortado en lonjas de maneraq u e , a l a b r i r c a d a c a j ó n , s e p u e d a v e r c a da p o r c i ó nparticular de él. Mira esto —dijo dirigiéndose a otro cajóndonde apareció un nuevo "emparedado" de vidrio—. Enesta porción es donde se captan las impresiones psíqui-cas... Y, a propósito, me gustaría saber qué estará ocu-rriendo ahora en la tuya —dijo, para agregar en seguida—:¡Y también qué está pasando en la mía! Así pasaron toda la mañana en el Hunterian Museumhasta que el doctor propuso: — Bi en; creo q ue ya es hora de comer algo, ¿no teparece? Alan, que ya estaba sintiendo rumores molestos en elestómago, movió la cabeza en un gesto de total compla-cencia. Así pues, abandonaron el museo y partieron en elcoche rumbo a un club donde era evidente que conocíanmuy bien al doctor Thompson y en el cual en seguidaocuparon una mesa para dar cuenta de un suculentoalmuerzo. —Después de comer vamos a ir al hospital. Te llevaré ala sala de disecciones para que veas las cosas que allí sesuelen ver... —¿Cómo? —inquirió Alan un poco extrañado— ¿Sepuede entrar en la sala de disecciones así como así? — ¡Vaya, por Dios! ¡No, claro que no! Lo que ocurrees que me conocen como especialista y durante algúnt i e m p o h e e s t a d o e n H a r le y S t r e e t , a u n q u e n o p u d esoportar todas las genuflexiones y chismorreos ni aguanté 122
  • YO CREOa todas esas comadres que se imaginaban que bastaba conpagar grandes sumas para curarse al instante. Por lodemás, tratan a los médicos como si se dedicaran a laprofesión más baja —acotó, a tiempo que finalizaba de -comer. A poco andar arribaron al hospital. Después de estacio-nar el automóvil en el espacio especial reservado para losmédicos, se encaminaron por el vestíbulo principal haciala receptoría. Quisiera hablar con el profesor Dromdary Dumbkoffpidióle al empleado, quien al instante realizó lap e r t inente averiguación por teléfono. —Sí, señor. El profesor me pide que los acompañe. Poraquí, por favor. Se echaron a andar por unos corredores que a Alan leparecieron de infinitos kilómetros de largo, hasta que porúltimo llegaron a una sala en cuyo frente figuraba elnombre del profesor. El acompañante golpeó a la puertay empujó ésta para que el doctor Thompson y Alanentraran. Lo primero que vieron al pasar al interior fue mediocadáver en una mesa y a dos personas de chaquetasblancas, ocupadas en la disección. Por un instante Alansintió co sas extrañas dentro d e sí, pero al momentop e n s ó qu e s i s u i n t e nc i ó n er a s e r m é d i c o t en í a q u eacostumbrarse a ver cosas de ese carácter. Así pues, tragósaliva, parpadeó dos o tres veces y todo acabó porparecerle tolerable. Este es el muchacho de quien le hablé, profesordijo el d oct or Thomp so n a modo d e present ac ión—.Es de buena madera... Bien; prepárate —le dijo el profesor mirándolof i j a mente—, porque veremos cosas... ¿eh? —yprorrumpió en una especie de risita contenida yatiplada que hizo que el pobre Alan se sintiese muy turbado. Por un rato permanecieron allí conversando mientrasel profesor observaba la tarea que realizaban los dosestudiantes, hasta que por fin se dirigieron a la sala de 123
  • LOBSANG RAMPAmaloliente. Hubo un momento en que Alan creyó queiba a descomponerse, que se desmayaría o se pondría avomitar en el suelo, pero otra vez recordó que tenía quecumplir una misión y los espasmos de las náuseas desapa-recieron de inmediato. El profesor se dirigía de un cadá-ver a otro (en ese momento no se dictaba cátedra, demodo que no había estudiantes allí) señalando diversascosas de interés, en tanto que el doctor Thompson obser-vaba atentamente las reacciones del muchacho. — ¡Vaya, qué badulaques! —exclamó irritado el profe-sor mientras se inclinaba a recoger un brazo rígido quehabía caído debajo de una mesa—. Estos estudiantes deahora no son como los que había en Alemania. Son muydescuidados. ¿Cómo es posible que dejen tirado un bra-zo? —Gruñendo y refunfuñando entre dientes se dirigióa otro cuerpo y tomó a Alan de un brazo—. Toma esteescalpelo —le dijo— y haz una incisión desde aquí hastaaquí. Así verás cómo es cortar carne. —El joven tomótorpemente el instrumento que se le ofrecía y, con unestremecimiento interior que procuró que no se le notasedemasiado, presionó con la punta y lo hundió en la carnemuerta—. Tienes pasta, tienes pasta —aprobó el profesorcon entusiasmo—. Sí; serás bueno como estudiante demedicina. —Veo que todavía puedes comer a pesar de todo loque has visto —le dijo el doctor Thompson a Alan,después, mientras tomaban juntos el té—. Creí que teibas a caer redondo debajo de la mesa con la cara verde oalgo por el estilo. ¿Qué vas a hacer la vez que te sirvanriñones a la parrilla? ¿Vas a vomitar? —No, señor —repuso Alan riendo, ya mucho más tran-quilo—. Me siento muy en lo mío. Al caer la tarde emprendieron lentamente el regresohacia Wapping por el camino atestado de tráfico, y du-rante todo el trayecto el doctor habló de sus propósitos,de que estaba entrando ya en años y se sentía cansado yde que se ocuparía de todo cuanto Alan necesitase y le 124
  • YO CREOabriría. una cuenta bancaria a su nombre para que seindependizase de sus padres. Yo no concí a mis padres —añadió—. Pero sis e hu biera n compor tado como lo s tuyos. .. ¡Créemeque me parece que habría preferido ser huérfano como fui! Aquella noche se habló mucho e l n casa de los Bond. Elpadre no quería demostrar interés, pero no obstanteescuchaba con gran atención todo cuanto se decía. Bien —dijo, al fin, de mal humor—; puedes irtec u a n do quieras, muchacho: ya hemos encontrado a unchico para que se ocupe de lo tuyo cuando te vayas. Así pues, todo quedó arreglado en seguida. Alan debe-ría ir a la escuela de iniciación médica del St. MaggotsHospital y después —en caso de que su desempeño fuesesatisfactorio— pasaría a ser estudiante de medicina en St.Maggots. Y Alan demostró poseer condiciones en la es-cuela de iniciación, se desempeñó bien, figuró entre lostres más destacados y resultó un estudiante bien dotadoy estimado por sus profesores. Así llegó el momento en que tuvo que dejar la escuelade iniciación para ingresar en el hospital como estudiantede medicina propiamente dicho. En realidad, nunca pen-s a ba e n l o p o r v e n i r , e n l o q u e p od r í a o c u r r i r a l d í asiguiente, puesto que el cambio es siempre imprevisible yya había habido muchos, pero muchos cambios en suvida. El viejo hospital St. Maggots estaba construido enforma de "U". En una de las ramas, por decir así, de esa"U", se atendían los casos de clínica general; en lo quesería la base de la letra funcionaban los servicios dep s i q u i a t r í a , p e d i a t r í a y a f i nes, y en la otra rama sehallaban las instalaciones correspondientes a cirugía. Sibien Alan había estado en muchas ocasiones en el hospi-tal durante sus estudios de iniciación, aquel lunes por lamañana se presentó en él con la real sensación de estartemblando. Se dirigió, pues, al vestíbulo principal y seaproximó a un empleado para comunicarle quién era. — ¡Ah! Es uno de ésos... —comentó groseramente el 125
  • LOBSANG RAMPAdel despacho, y se puso a repasar con toda su parsimoniay desprolijidad las hojas de un libro, mojándose el pulgaren la boca y dejando manchas de nicotina en el papel.P o r ú l t i m o s e e n d e r ez ó y d i j o — : ¡ A h , s í : aq u í e s t á !Suba por esa escalera, doble a la derecha, después doblea la izquierda, segunda puerta, derecha. Tiene que ver aldoctor Eric Tetley... y andese con cuidado, que estamañana está de pésimo humor. El empleado se encogió de hombros y se retiró. Por unmomento, Alan no se movió a causa de su asombropuesto que le parecía que bien podría haber un pocomás de respeto hacia un hombre que iba a servir durantetres o cuatro años en el hospital en calidad de estudiantede medicina. No obstante, también él concluyó por enco-gerse de hombros, recogió sus valijas y subió las escaleras. En lo alto, en un reducido vestíbulo situado a laderecha, encontróse con un individuo sentado a una mesa. —¿Cómo se llama usted? —le preguntó éste. Alan seidentificó, el empleado hojeó un libro y en seguida llenóuna ficha—. Puede dejar sus valijas aquí —dijo—. Tomeesto y vaya al consultorio del doctor Eric Tetley, llameuna vez —no muy fuerte, ¡cuidado! — y entre. Lo quepase después depende de usted. Si bien para Alan ésa era una manera muy particularde atender a los nuevos candidatos, tomó la tarjeta y sedirigió al consultorio que le había señalado aquel hom-bre. Una vez allí golpeó, esperó discretamente un par desegundos y después entró con toda prudencia. Entoncesse encontró ante un escritorio repleto de papeles, instru-mental quirúrgico y fotografías de mujeres. En un extre-mo había una placa de metal negro con letras en blancodonde d ecí a "Dr. Eric Titley" , y detrás de la mesa s ehallaba el propio doctor, muy orondo, en su sillón girato-rio, con los brazos abiertos y sus manos regordetas enlos bordes del escritorio. Alan se adelantó hacia el escritorio un tanto acobar-dado por la mirada fija del doctor Tetley. —He venido a incorporarme a Saint Maggots, señor—dijo—. Aquí tiene mi ficha. . 126
  • YO CREO El doctor no hizo ademán alguno de tornarla, de mane-ra que Alan la puso frente a él sobre el escritorio y sequedó soportando aquella penetrante mirada. — ¡Hum! —refunfuñó el doctor— Sí, Thompson teníarazón; creo que eres de buena pasta, pero me parece quehace falta que la desarrolles un poco, ¿eh? —En seguidalevantó la voz, pero no fue para entonar una melodíasino para berrear—: ¡Paul! Aquí está Bond. ¿Quieresvenir, por favor? Hasta ese momento Alan no había notado que eldoctor estaba presionando un botón del intercom,uni-cador, pero al instante se produjo un ruido formidable yen el cuarto irrumpió un médico de escasa talla, aspectodesaliñado y peludo a más no poder, metido en unguardapolvo blanco que le llegaba hasta los tobillos y conlas mangas recogidas en una serie de vueltas y revueltas.Parecía una verdadera piltrafa. — ¡Ah! De modo que éste es Bond, ¿eh? ¿Y quéquiere que haga con él...? ¿Que le dé un beso? El doctor Tetley lanzó un bufido. —Lo primero que tienes que hacer es formarlo —dijo—,hacer de él un hombre cabal. Mientras repasaba los papeles de Alan, el doctor Paulno dejaba de gruñir. — ¡Oh! -dijo al fin— ¿Así que Saint Maggots ha des-cendido ahora a estos extremos? Ahora resulta que tene-mos al hijo de un patatero que quiere ser cirujano,clínico e r o sé q ué. ¿Q ué le parece? Se acab aron lasrelaciones académicas... Sólo hay verduleros. ¡Bah! Alan se sentía disgustado, realmente herido en lo pro-fundo de su ser al pensar que aquel despreciable y vilmugriento tuviese la osadía de decir cosas tan ofensivas;sin embargo, como se hallaba allí para capacitarse —pen-só—, no debía decir nada. Entonces se volvió hacia eldoctor Paul y pudo advertir una guiñada en sus ojosgrises. —Pero así son las cosas, muchacho —dijo éste—. Dicenque Jesús era hijo de un carpintero, ¿no es cierto? Yono creo demasiado, como que soy un buen seguidor de la 127
  • LOBSANG RAMPAdoctrina mosaica —añadió sonriente, a tiempo que leextendía la mano. Un momento después condujeron a Alan a una habita-ción situada exactamente en la torre central del edificio,sobre la puerta principal, cuarto éste en extremo estrechoque debía compartir con otros dos estudiantes. Allí, loúnico que había para dormir eran unos catres plegadizosde lona. El asistente que lo había conducido hasta la habitación lehizo dejar las valijas sobre la cama y le dijo: —Bien, doctor; ahora tengo que llevarlo a la sala Maris-tow, en el ala de clínica. Entre paréntesis, es una sala detreinta y cinco camas y una habitación privada, anexa,con dos. La encargada es la hermana Swaine y ¡vaya,muchacho, si es perra! ¡Anda con cuidado! La hermana Swaine, encargada de la sala Maristow,parecía en verdad un terribl e dragón, con su metr oochenta de estatura, poco más o menos, sus noventakilos de peso aproximadamente y esa expresión torva conque miraba a todos y a todo. Por la tonalidad oscura desu piel parecía más bien mestiza, pero en realidad pro-venía de una antiquísima familia inglesa; y algo que aAlan no dejó de sorprenderlo fue que, cuando la mujercomenzó a hablar, por su voz pudo advertir que setrataba de una de las personas más refinadas de cuantashabía conocido. El trato asiduo de la hermana Swaine lepermitió persuadirse en seguida de que no (-a ningúndragón y de que cuando observaba que un esiu liante sededicaba con ahínco al trabajo no titubeaba en tomarsela molestia de prestarle colaboración. Para los remisos, encambio, no tenía tiempo, sino que más bien se apresu-raba a dirigirse al despacho de la directora para informarcuando algún estudiante no cumplía a satisfacción sustareas. • La vida del estudiante de medicina en un hospital essiempre igual, siempre la misma. Alan trabajaba mucho,con gusto, y causaba una muy buena impresión. Así, alfinalizar el tercer año lo llamó el doctor Eric Tetley. —Estás portándote bien, muchacho; mejor de lo que 128
  • YO CREOyo pensaba. Al principio creí que, pese a lo que decíaThompson, tendrías que volver a limpiar patatas. Contodo, todo este tiempo te has destacado; de manera quequiero que seas mi asistente particular el año que viene.¿Aceptas? —Miró a Alan y, sin esperar la respuesta,prosiguió—: Bien; tómate medio día libre y ve a decirle aThompson, de mi parte, que tenía razón. —Alan se diri-gió hacia la puerta, pero se volvió intrigado al oír que eldoctor lo l lamaba—. ¡E h; oye un momento! —le di joéste— ¿Tienes coche? —No, señor —repuso Alan—. No soy más que un exverdulero metido a estudiante de medicina... No puedocostearme un coche. — ¡Hum! —gruñó el doctor Tetley— Pero supongo quesabes conducir... — E s o s í , s e ñ o r . E l d o c t o r Th o m p so n m e e n s eñ ó ytengo mi licencia de conductor. —Pues bien —prosiguió el médico mientras hurgaba en -el cajón de la derecha del escritorio a la vez querefunfuñaba y decía palabras soeces apartando toda clasede papeles, instrumentos, etc., hasta dar por fin, satis-fecho, con un llavero—. ¡Aquí está! Esta es la llave demi auto. Quiero que le lleves un paquete a una señora... aesta dirección... ¿Entiendes qué dice aquí? Muy bien;llévaselo y no te detengas a charlar con ella, ¡cuidado!; ydespués te vas derechito a ver a Thompson. Te espero deregreso aquí, esta noche, alrededor de las nueve. Dejé elau t o en l a co chera 2 3 , debajo del despacho de ladirectora... ¡Ah! —recordó entonces— Es mejor que tedé una autorización para usar el coche, porque no vaya aocurrir que te pille algún polizonte pazguato y te llevepor hurto o cosa por el estilo, como ya me sucedió unavez. —garabateó unas líneas en un papel, puso en él susello oficial y se lo entregó—. Ahora, píratelas —le dijo—yno te aparezcas por aquí hasta las nueve de la noche. Los años pasaron, años de grandes triunfos para AlanBond, aunque también de sinsabores. Su padre falleció:víctima de un acceso de ira, cayó muerto en su comercioporque un cliente se quejaba del precio de los espárragos. 129
  • LORSANG RAMPAAsí pues, debió ocuparse de que nada le faltase a sumadre, toda vez que en el negocio no quedaban objetosde valor que se pudiesen vender y, por supuesto, la casaera arrendada. De manera que alquiló un par de habita-ciones para ella y dispuso lo necesario para que estuviesedebidamente atendida; más, por desdicha, su madre letomó una inquina extraordinaria pues consideraba que élhabía sido el causante de la muerte de su padre al aban-donarlo y pretender elevarse a una posición superior. Esdecir que, fuera de ocuparse de ella, Alan nunca iba averla. Poco después comenzaron a circular rumores de gue-rra. Los siniestros alemanes, según tenían por costumbre,habían vuelto a hacer sonar sus aceros y a alardear, consu presuntuoso descaro, de lo que se proponían hacercon el resto del mundo. Primero fue la invasión de unpaís, después la de otro, y Alan —que por entonces yaera doctor en medicina— quiso enrolarse, pero lo recha-zaron por los importantes servicios que estaba prestandoen su barrio y en las compañías navieras del Pool deLondres. Cierto día el doctor Reginald Thompson telefoneó aAlan al hospital, de cuyo personal éste ya formaba parte. — A l a n — l e d i j o —, v e n a v e r m e no b i e n t e n ga s u nmomento disponible, por favor. Deseo verte con urgen-cia. Alan, de más está decirlo, quería muchísimo al doctorThompson, de manera que inmediatamente le pidió alanciano doctor Tetley que le permitiera tomarse el restodel día y, como ya tenía coche propio, poco después sehallaba ya estacionándolo en el garaje del doctor Thom-pson. —Alan —díjole éste—, ya me siento viejo y no me restamucha vida. Hazme un chequeo general, ¿quieres?—Alan se quedó estupefacto, pero el doctor Thompsonprosiguió—: ¿Qué te sucede, muchacho? ¿Te has olvidadode que eres médico o qué pasa? Hazlo, por favor... Acto seguido comenzó a quitarse la ropa en tantoAlan iba en busca del instrumental de éste: el oftalmos- 130
  • YO CREOcopio, el aparato para medir la tensión arterial y todo lodemás, sin olvidar, claro está, el estetoscopio que siemprellevaba consigo. La revisión del doctor puso de mani-fiesto una hipertensión y una estenosis mitral aguda. —Es conveniente que se cuide —dijo Alan—. No estátan bien como yo suponía. ¿Por qué no viene usted alSaint Maggots para ver qué se puede hacer? —No. No pienso ir a ese lugar pu lgoso —r ep uso eldoctor—. Lo que qui ero es esto: aquí he co nseg uidoreunir una importante clientela que me reporta una bue-na cantidad de dinero, y si Tetley dice que le resultasmuy útil desde hace cinco años, yo te digo ahora que yaes el momento de que te hagas cargo de mi clientelamientras yo esté aquí para ayudarte y ponerte al corrien-te. Hace tanto que estás metido en Saint Maggots que teestás poniendo cargado de espaldas y poco falta para queestés miope. Anímate y vente a vivir conmigo —le dijo, yañadió—: Yo te iré dejando a ti esa clientela, por supues-to; pero mientras no me vaya al otro mundo, tú y yopodemos trabajar juntos por partes iguales. ¿De .acuer-do? Alan se sentía muy desconcertado. Hacía algún tiempoque realizaba trabajos de rutina y tenía una obsesión: lade que debía salvar vidas, salvarlas a toda costa, cual-quiera que fuese la enfermedad que padeciese el paciente yaunque ésta fuese incurable. No era demasiado buenocomo cirujano, pero tampoco le interesaba mucho serlo,sino que le importaba la medicina ordinaria. Ese era suf u e r t e y s e h a l l a b a e n c a m i n o d e a l c a n z a r una g r a nreputación. Y ahora su amigo y benefactor, el doctorReginald Thompson, quería que se dedicara al ejercicioparticula r de la medic ina. En medio de estos pensa-.mientos, empero, lo interrumpió el doctor. —Vuélvete a Saint Maggots, habla de esto con EricTetley y pregúntale a tu amigo, el doctor Wardley, quéopina. Puedes estar seguro de que ambos te han deaconsejar con toda honradez. Ahora desaparece de mivista hasta que te hayas decidido: te has quedado ahícomo alelado. 131
  • LOBSANG RAMPA En ese preciso momento se presentó la señora Sini-monds, ya bastante entrada en años, con el té en unamesita rodante de madera. — ¡Oh, doctor Thompson! —exclamó— Vi que haber`llegado el doctor Bond y quise que se ahorrara ustedmolestia de tener que llamarme para que trajera el tás¡Aquí est á! —dijo, y le dedicó una amplia s onrisa aAlan, a quien admiraba muchísimo por las meritoriastareas que estaba llevando a cabo en su vida. De regreso en St. Maggots, Alan conversó de todasaquellas peripecias con los doctores Tetley y Wardley. —Pues... No debería decírtelo, Alan; pero lo cierto eisque atiendo a Reginald desde hace años, le he hecho unaserie de cardiogramas y podría extinguirse de pronto. Tú ledebes todo a él, como bien lo sabes; de manera quedeberías recapacitar seriamente si acaso no tendrías queirte con él. —Sí, Alan —intervino el doctor Tetley corroborando 16dicho con un movimiento de cabeza—. Has trabajadomuy bien aquí, en Saint Maggots; pero estás demasiadolimitado, te estás haciendo excesivamente a una rutina,Nos hallamos al borde de una guerra y es necesario quealguien ande por las calles... y en caso de emergenciasiempre podríamos llamarte. Por mi parte, te relevo de tucontrato. Así pues, al cabo de un mes el doctor Alan Bondcomenzó a trabajar en sociedad con el doctor ReginaldTh o m p so n y l o s d o s ju ntos se dedicaron con mu choéxito a la profesión. Los diarios y la radio, entretanto, no hacían más quéhablar de la guerra y de los bombardeos, y daban notIcias acerca de la imposibilidad de un país tras otro decontener los embates de los aborrecibles alemanes que,con su típica brutalidad boche*, arrasaban con todaEuropa. Al cabo, Neville Chamberlain regresó de Alema-* Forna despectiva, tomada del francés para designar a los alemanes (N. del T.) 132
  • YO CREOnia con una serie de absurdas, vacuas y torpes palabrasacerca de la "paz en nuestro tiempo", en tanto quedesde aquel país llegaban, por supuesto, noticias respectode las burlas que despertaba aquel inglés larguirucho quehabía ido con su enfundado paraguas con la idea de quepodría restablecer la paz en el mundo. Poco después, eldelirante de Hitler habló por radio en el colmo de suinsolente ampulosidad y pasados uno o dos días Ingla-terra le declaró la guerra. Pasó un año y la contienda no se desarrollaba en partealguna. Era el período de la guerra ficticia. Cierto día se presentó a Alan un policíaque, luego decerciorarse de que él era el doctor Bond, le comunicóque su madre se había suicidado y que su cadáver estabaen el depósito de Paddington. Alan se sintió tocado hasta el extremo de perder casie l j u i c io . N o s a b í a p o r q u é , p er o e s o e r a l o m á s t r e -mendo que jamás podía suponer. ¡Suicidarse! Duranteaños había abogado en contra del suicidio y ahora era supropia madre quien había cometido semejante locura. Poco después la guerra comenzó a adquirir violencia yempezaron a caer bombas sobre Londres. No pasabamomento sin que se t uviese not icias de los triunfo salemanes, de que ganaban en todas partes y de que en elLejano Oriente los japoneses arrasaban con todo cuantose les ponía por delante. Ya habían caído Shanghai ySingapur. Entonces, Alan trató otra vez de enrolarse enlos servicios, pero de nuevo lo rechazaron con el pretextode que resultaba más útil donde estaba. Las incursiones aéreas eran cada vez peores. Noche trasnoche los bombardeos alemanes llegaban desde el lado dela costa y se lanzaban sobre Londres. Noche tras nochebombardeaban los muelles, y la parte oriental de laciudad se hallaba envuelta en llamas. Alan colaboraba muy estrechamente con el personaldel A.R.P. (Servicio de Prevención de Ataques Aéreos) eincluso tenía un puesto en los sótanos de la casa. Lasincursiones aéreas continuaban noche tras noche. Llovíanbombas incendiarias y las bombas thermite rebotaban en 133
  • LOBSANG RAMPAlos techos y a veces los atravesaban y envolvían en llamas atoda una casa. Y así llegó una noche en que se produjo un formi-dable ataque aéreo. Toda la zona parecía estar arrasadap o r e l f u e go y e l u l u l a n t e g e m i d o d e l a s s i r e n a s n ocesaba. Las mangueras contra incendios ocupaban todaslas calles y tornaban imposible que los médicos se trasla-dasen en sus coches. Era aquélla una noche de luna, pero la luz de éstapalidecía por las nubes rojas que levantaban las llamara-das y las chispas que todo lo invadían; y a todo aquellose sumaba de continuo el infernal estruendo de las bom-bas que seguían cayendo, algunas de ellas provistas desirenas en las aletas de la cola para hacer que la bara-húnda fuese mayor y aumentase el pánico. Alan parecía estar en todas partes, ayudando a retirarcuerpos de los lugares en ruinas, o arrastrándose por losagujeros que se cavaban en los sótanos a fin de llevaralivio a los mutilados que se hallaban dentro. Aquella noche Alan se había tomado un respiro parabeber una taza de té e n uno de lo s puestos d e emer-gencia, cuando un guardia de los A.R.P. que estaba conél miró hacia arriba y dijo: — ¡Caramba! ¡Esa ha sido cerca! Alan miró y vio todo el cielo en llamas y oleadas dehumo por todas partes. Desde arriba llegaba el desapa-cible y desacompasado fragor de los motores de la avia-ción alemana, y por momentos se oía el tableteo de lasametralladoras de los aviones británicos de caza nocturnaque disparaban contra las máquinas invasoras cuya siluetarecortaban los incendios que había abajo. De pronto hubo un estruendo y todo el mundo pare-ció venirse abajo. Una casa entera voló por los aires ycayó hecha pedazos, y Alan sintió que un alarido deangustia lo envolvía. El guardia de incursiones aéreas, quehabía salido ileso, miró en torno y gritó: — ¡Ay, Dios mío! ¡Ha alcanzado al doctor! El personal del A.R.P. y del escuadrón de rescate sepuso a retirar con toda premura los escombros que ha- 134
  • YO CREOoían caído sobre las piernas y el bajo vientre de Alan. Aéste le parecía estar en un mar de fuego y que todo suser se consumía envuelto en llamas. —No se molesten más, amigos: esto se acabó para mí—dijo débilmente cuando abrió los ojos—. Déjenme aquíy vayan a atender a los que no están tan malheridos. Después cerró los ojos y permaneció así durante unrato. Parecía hallarse en un estado particular de éxtasis."Esto no es dolor", pensó, y en seguida se le ocurrió quetal vez estuviese padeciendo alguna alucinación, puestoque se encontraba flotando sobre sí mismo cabeza abajo.Alcanzaba a distinguir un cordón blanco azulino queunía su cuerpo flotante con el que yacía en el suelo, y al a v e z p o dí a o b s e r v a r q u e s u c u e r p o y a c e n t e e s t a b acompletamente destrozado desde el ombligo hacia abajo,como si fuese . jalea de frambuesa desparramada en aquellugar. Y entonces recordó que ese día cumplía treintaaños. Después, el cordón de plata pareció perder consistencia yse desvaneció, y se vio flotando como si estuviese enuno de los globos que servían de barrera contra avionesen Londres. Pero ahora flotaba cabeza arriba y podía verlas ruinas de Londres que se iban alejando del alcance desu vista. De improviso le pareció que chocaba contra unanube oscura y por un tiempo perdió la noción de todo. " ¡Cincuenta y Tres! ¡Cincuenta y Tres! , parecía lla-mar en su cerebro una voz. Entonces abrió los ojos ym i r ó e n d er r e d o r , p e r o t o d o e s t a b a e n t i n i eb l a s . L eparecía que estaba sumido en una densa neblina. "No séqué podrá ser esto", se dijo entonces para sí, "pero dealgún modo me - parece conocido. ¿Dónde estaré? Debode estar bajo los efectos de un anestésico o algo así.: Yasí, mientras pensaba, aquella nube oscura se fue tor-nando gris y pudo distinguir algunas formas, figurasque se movían, y entonces recordó todo. Se hallaba enel astral; sonrió, y mientras sonreía las nubes y lebruma se desvanecieron y contempló el fulgor delautentico plano astral. En torno de el se hallabansuspues solo a estos es posible encontrar en tal plano.Hubo 135
  • LOBSANG RAMPAun instante en que se miró sobresaltado, pero en seguidapensó en el primer atuendo que pudo —el guardapolvoblanco que solía usar en St. Maggots— e instantánea-mente se encontró vestido con él. No obstante, lo sor-prendieron por un momento las risas que estallaron alre-dedor de él; pero ento nces se miró y recordó que suúltima chaqueta blanca le había llegado sólo hasta lacintura, puesto que en el hospital había tenido funcionesde especialista. El verdadero astral era sumamente grato. Los amigosde Alan, muy contentos, lo condujeron hasta una casa dereposo donde se encontró con una habitación muy agra-dable desde la cual podía contemplar un bellísimo par-que con árboles como jamás había visto. Además, habíapájaros y animales mansos que lo recorrían sin que entreellos se hiciesen mal alguno. Alan se recuperó pronto del trauma de la muerte en laTie rra y su renacimie nto en el astral, y una semanadespués —como ocurre siempre— debió ir al Palacio delas Memorias en el cual se sentó, solo, a contemplar todocuanto había sucedido en su vida anterior. Al cabo deese lapso, imposible de medir, apareció una voz prove-niente de algun a p ar te que le dijo: "Te has conducidobien; has cumplido; has expiado. Ahora descansarás aquídurante varios siglos hasta que se determine qué más hayque hacer. Aquí podrás estudiar o hacer lo que desees.Te has portado bien." Alan se retiró del Palacio de las Memorias y afuera loesperaban otra vez sus amigos que lo acompañaron aencontrar una casa donde pudiera sentirse a gusto ypensar qué podría hacer que fuese de su agrado. Por mi parte creo que todos, sean lo que fueren, debensaber que la muerte no existe, que sólo hay unatransición. Y que cuando llega el momento de esa tran-sicion la indulgente naturaleza allana el camino mitiga lossufrimientos y apacigua a todos los que creen. 136
  • CAPITULO VIIIEn la vieja casona reinaba el silencio, aunque un silenciorelativo, como suele ocurrir cuando se trata de ese tipode mansiones. De vez en cuando, en medio de la oscu-ridad de la noche, se percibía el rumor de alguna añosatabla del piso como si le pidiera disculpas a la contiguapor perturbar su intimidad al rozar con ella. La vieja casase hallaba en reposo al cabo de un día agotador. Ya nole era posible abandonarse a la soñolencia tibia de lastardes. La vieja casa estaba atravesando a los tiempos acausa de los impuestos, las demandas y a los ingentesgastos que exigía su restauración, y se sentía desdichadapor el tropel de visitantes que irrumpía sin miramientosen sus corredores e invadía sus aposentos como un reba-ño de ovejas trastornadas. En la antigua residencia seoían los lamentos del maderamen al combarse ligera-mente bajo un peso desacostumbrado después de tantosarios de quietud. Pero la familia aquélla tenía que vivir yde alguna manera debía hacerse del dinero que le eranecesario de suerte que, después de muchas cavilaciones yde una gran lucha interior, había concluido por consentiren que se realizasen excursiones a la histórica mansión. La casa, construida siglos atrás, había pertenecido a unhombre de la clase alta, buen y leal servidor de su rey,por cuya devoción habíase encumbrado a las esferas de lanobleza. La habían edificado bien y con esmero esfor-zados trabajadores que vivían de cerveza, queso y pan, y 137
  • LOBSANG RAMPAque todo lo hacían bie n por el pl acer de efectuar untrabajo a conciencia. Así, la mansión sobrevivió a loscalores abrasadores del verano y a los crudos fríos delinvierno cuando no había viga que no desease escapar delas heladas ráfagas que soplaban por todas partes. Losjardines estaban todavía bien cuidados y el pabellónprincipal de la casa aún se mantenía firme, pero habíatablas que comenzaban a crujir y algunas arcadas que secombaban bajo el peso de los años. En esos momentos,después de una jornada de idas y venidas y de niñosdescuidados que arrojaban papeles pringosos en el suelo,la vetusta mansión había retornado a la quietud. En la vieja casona, pues, reinaba el silencio, todo elsilencio que se puede pedir de una construcción de tantotiempo. Por detrás del entablado, los ratones chillaban ycorrían. En lo alto, alguna lechuza le ululaba a la luna y,afuera,..el viento gélido de la noche susurraba entre lastejas y de vez en cuando alguna rama de un árbolgolpeaba contra los ventanales. Pero en esa parte deledificio no vivía nadie, puesto que la familia tenía susaposentos en una construcción más pequeña del predio,en una casa donde en tiempos de mayor prosperidad sealojaban el mayordomo y su mujer. Muy encerado, el piso refulgía a la luz de la luna yproducía fantasmagóricos reflejos en los paneles de losmuros. En las habitaciones, las ceñudas imágenes de losantepasados miraban displicentes con sus ojos sin vida,contemplaban todo desde hacía siglos. En un rjncón apartado del gran h all, el imponenter e l o j d e l a bu e l o d i o l a s do c e m e n o s c u a rt o , y e n u naparador las copas labradas tintinearon suavemente comosi con el eco se trasmitiesen las campanadas unas a otras.Desde otra habitación, no muy apartada, llegó el repicarmás sonoro del reloj de la nieta, que también daba elcuarto de hora. Por un momento todo permaneció en silencio hastaque al cabo el del abuelo le dijo al de la nieta: —Reloj de mi nietas, ,¿estás ahí? ¿Me oyes? Hubo un clic y un zumbido como si se soltase un 138
  • YO CREOengranaje, y en seguida se oyó la voz potente del reloj dela nieta. Sí, abuelo. Te oigo, por supuesto. ¿Tienes algo quedecirme esta noche? El reloj del abuelo prosiguió con voz sorda: Tictac, tictac, tictac —y después, con voz más fuerte,continuó—: Nieta mía, yo nací hacia finales del siglodiecisiete. Mi gran caja la lustraron por vez primera en1675, y desde que mi péndulo comenzó a oscilar no hecesado de pensar en el misterio de la vida... y mucho eslo que he vivido, mucho lo que he pensado. Los sereshumanos que nos rodean tienen un término medio devida tan exiguo que no tienen tiempo de pensar,realmente, en todas las cosas que hay que saber acerca de lavida.—Te interesa esto a ti, nietecita? El reloj-nieta, sentado pomposamente en un salón re-servado para las damas, afirmó apenas con la cabeza porla vibración que producía el paso de una pesada locomotoracon su séquito de vagones carga, y en seguida añadió conla mayor amabilidad: —Por supuesto, abuelo-reloj; por supuesto que meinteresa saber qué has pensado a lo largo de los siglos.Cuéntame, que yo te escucharé y no he de interrumpirte hastael momento en que mi designio me torne necesario darlas horas. Habla, abuelo-reloj, y no dudes que teescucharé. El reloj-abuelo musitó algo para sus adentros. Su caja eramagnifica, de más de dos metros de altura y brillaba en lasemipenumbra sobre el muy pulido piso. Ninguna huelladigital empañaba esa caja, que estaba al cuidadoespecial de un criado cuya tarea consistía en conservaren buen estado, limpias y con perfecto sonido aquellasmaravillosas antigüedades. El reloj-abuelo tenía la fazvuelta hacia la luz de la luna y, al mirar por la ventanaque estaba a su lado, podía contemplar el anchurosoparque con sus añosos árboles distribuidos como filas desoldados en una parada. En torno a los árboles los terrenosestaban cubiertos de césped cerrado, y aquí y allá había 139
  • LORSANG RAMPAmatorrales y rododendros y profusión de arbustos traídosde muy lejanas tierras. Más allá de los arbustos, si bien el reloj-abuelo jamáshabía mirado tan lejos, se extendían apacibles pradosdonde los equinos y bovinos de la heredad pacían lafragante hierba y, como la vieja mansión, se forjabanfantasías. Cerca, p ero fuera del alcance de la vista del reloj-abuelo, se hallaba —según sabía— un estanque sumamenteagradable de alrededor de cien metros de ancho, como lehabía dicho un reloj viajero. Su superficie estaba cubiertade nenúfares en los que solían sentarse a croar las ranasen la estación correspondiente. El reloj-abuelo, que porsupuesto había oído aquel croar, pensó que quizás elmecanismo ese necesitase aceite; pero el reloj viajero lehabía explicado todo y además le había hablado de lospeces del estanque y de que en el último confín de éstehabía habido una gran pajarera de unos cien metros delargo por treinta de alto, en la cual habitaban pájarosmulticolores. El reloj-abuelo meditaba en todo esto, reflexionabaacerca de aquellos siglos y veía a los señores y a lasdamas que se aproximaban a él con sus vistosos atavíos,tan distintos de las ordinarias prendas con las que losseres humanos parecen vestirse de manera uniforme enestos tiempos de decadencia. Se hallaba sumido en estascavilaciones hasta que de sus sueños lo arrancó la voz dela nieta. —Abuelo-reloj, abuelo-reloj, ¿estás bien? Estoy espe-rando, abuelo. Me ibas a contar muchas cosas del pasado,del presente y del futuro, y de la vida y del sentido detodo eso. El abuelo se aclaró la garganta y su péndulo prosiguiócon su "tictac, tictac, tictac". —Reloj-nieta —dijo por fin—, los seres humanos no sedan cuenta de que en la oscilación del péndulo está larespuesta al enigma del universo. Soy un viejo reloj, yhace tantos años que estoy aquí que la base de mi cajase está combando y mis articulaciones crujen cuando 140
  • YO CREOcambia el tiempo. Por eso quiero decirte esto: nosotros,dos relojes de la antigua Inglaterra, conocemos elenigmadel universo, el secreto de la vida y los secretos del másY la historia que le contó a su nieta era nueva, unahistoria que se había ido elaborando a lo largo de lossiglos y cuyos comienzos se remontaban a tiempos inme-moriales. Dijo que tenía que mezclar la moderna tecnolo-gía con la ciencia antigua porque la tecnología moderna ,sta todavía como la ciencia antigua. —Los árboles me han contado —dijo— que hacemuchílimos miles de años existía otra ciencia, otracivilización y todo cuanto ahora se considera moderno, yque incluso los inventos y adelantos eran entoncesanticuados. —Se detuvo un momento y en seguida dijo—: ¡Oh, debo dar las horas! Ya es el momento. Se irguió firme y alto como era en el vestíbulo prin-cipal, y de su gran caja surgió un clic preliminar alzumbido de las campanas, y al instante se oyó el repicarde la medianoche, las doce campanadas que señalan laculminación de un día y el comienzo de otro y cuando,incluso, empieza un nuevo ciclo. Y cuando concluyó elúltimo tañido de las doce y los martillos se detuvieron ydejaron de vibrar, aguardó pacientemente a que el reloj-nieta repitiese su mensaje a quien lo escuchase enmedio de la quietud de la noche. El reloj-nieta era alto y esbelto, de no más de alrede-dor de los cien años de edad, y tenía una voz muyagradable y un carillón muy claro, exento de vibracionesmalsonantes, sin ruidos ni cliques. Pero, claro está, eso eslo que se espera de alguien que ha vivido no mucho másde cien años. Sin embargo, permaneció a la luz de la lunaque en parte filtraban las movedizas ramas de los árbolesque sólo dejaban pasar hilos de luz a través del altoventanal los cuales revoloteaban sobre la caja y embelle-cían los adornos de su parte alta y por momentos toca-ban las manecillas, unidas en la parte superior como lasmanos de una persona que estuviese orando para suplicar -,auxilio al comenzar el nuevo día. Después emitió un leve 141
  • LOBSANG RAMPAcarraspeo y en seguida sus engranajes comenzaron a fun-cionar, se alzaron los martillos y golpearon las varillas.Entonces se oyó el repicar de su canto, el cual, yaconcluido, dejó paso al tañido de las horas: una, dos,-tres... y así hasta las doce campanadas. Cuando concluyó la duodécima campanada, temblólevemente por el esfuerzo realizado, también temblaronsus martillos y las pesas que pendían de sus cadenasresonaron un poco mientras buscaban acomodarse denuevo en la caja. —Perdóname, abuelo —dijo con humildad la nieta—.Perdóname el haberte hecho esperar, pero llevo un minutode atraso, ya lo sé. Pronto se habrá de subsanar esto.Continúa, por favor. El reloj-abuelo sonrió para sus adentros: "Era bueno"—se dijo—"que los jóvenes fueran respetuosos y atentoscon quienes son mucho mayores que ellos" —Sí, nietecita —dijo sonriente—; continuaré. Entodas las épocas los hombres han buscado consuelo enla religión para las penurias de su vida antinatural.Siempre han buscado a un Dios que fuese como unpadre personal que los protegiese, que velase por ellosque los cuidase solo a ellos y que les prodigase untratamiento preferencial sobre todos los demás sereshumanos. Siempre tuvo que existir un Dios – añadió –alguien que fuese omnipotente, a quien poder orar y dequien tener la esperanza de lograr una respuesta favorable alas plegarias. —E1 reloj-nieta aprobó con un movimiento de cabeza en elmomento en que a la distancia se percibía el ruido del tránsitopesado, y por algún lugar un ratón travieso dio contra unadorno y lo hizo rodar sobre la mesa. Después, con un chillidode terror, el roedor saltó fuera de ésta y echó a correr hacia unagujero próximo para zambullirse en él agitando la cola en elaire. —Además debemos tener en cuenta que la tecnologíamoderna —prosiguió el abuelo— no es mas que el resurgi-miento de la antigua. Todo cuanto existe todo cuanto es, sóloes una serie de vibraciones. Una vibración es una 142
  • YO CREOonda que primero sube después baja vuelve a subir y a bajarhasta la eternidad del mismo modo que nuestros péndulososcilan primero hacia un lado —donde se detienen por unatraccion de fracción de segundo— y después hacia el otro. —Permaneció en silencio durante un momento y sonrió para sucoleto mientras la cadena se corría un diente de la rueda debronce interna y la pesa de su extremo inferior daba un saltitode regocijo por estar un diente más abajo en dirección al suelo-Yo sé que todas las cosas que existen —prosiguió— tienen susaspectos positivos y negativos, primero hacia un lado ydespués hacia el otro. Sé que en cierto momento —agregó conmayor solemnidad cada vez—, cuando el péndulo de la vida sehalla en un lado de su oscilación el Dios de turno es el Dios delBien. Pero el Dios del Bien, en esa posición, se deja en sucomplacencia y no le presta demasiada atención a cuantosucede en torno, y el péndulo de la vida – que estaba detenidoa causa del cambio de oscilación – reanuda su marcha y vuelvea descender. El Dios del bien se confía por considerar que todo sedesarrolla con normalidad; pero el péndulo sigue descendiendoy empieza a subir hacia el otro lado de su oscilación, y allí elDios del mal – al que los hombres llamen Satanás – esteaguardando con ansiedad la oscilación del poder que ahora lellega su vez. El mal es una fuerza muy poderoso – prosiguió elreloj-abuelo – una fuerza sumamente poderosa. La buenavoluntad no cree en todo lo dañoso que es el mal, por cuyarazón el bien no pelea con la fuerza necesaria, no lucha conbastante tenacidad, y así ocurre que la fuerza del mal deSatanás se aprovechan de las circunstancias. El péndulo de la vida asciende, y al cabo de su oscilación,como sucede con todos los puntos extremos de las oscilacionesde todos los péndulos, se detiene durante una fracción defracción de segundo antes de volver a descender, y entonces elDios del Mal hace el mayor de los daños en ese lapso. Después,cuando el péndulo comienza de nuevo a descender, vaperdiendo gradualmente poder y cuando el péndulo sube otravez hacia el Bien, éste vuelve a ocupar el 143
  • LORSANG RAMPA — ¡Ay, abuelo-reloj! —dijo una leve vocecita desde lassombras, y como si ella misma fuera una sombra, unasuave gata blanca y negra salió de las tinieblas y sentóse ala luz de la luna con la mirada clavada en el antiguoreloj. Después se adelantó y con sus suaves zarpas rozó labase de la caja—. Abuelo-reloj —dijo la gata—, yo podríatreparme a tu caja y sentarme e n tu cabeza, pero t eaprecio mu cho y no quiero ser ir respetuo sa contigo.Cuéntanos algo más. La gata se volvió hacia el lugar iluminado por la luna yallí se sentó con la vista fija en el reloj, pero sin perdertiempo comenzó a lavarse la cara y las orejas, aunque sindejar de echarle de vez en cuando una mirada a aquelviejo reloj. —Espera, gatita —dijo éste mirándola con afecto—. Soyun reloj y mi tiempo tiene límites. Ahora debo esperar ydar el cuarto de hora para que todos los seres humanosque están despiertos sepan que hace quince minutos queestamos en un nuevo día. Ahora escúchame, gatita, ydentro de un minuto escucha a mi nieta. Ambos daremos lahora y después seguiremos hablando. Entonces, en el aire apacible de la noche sonaron lascampanadas del primer cuarto de hora. Del otro lado de laventana, un furtivo merodeador que se deslizaba silenciosopara hurtar huevos en el gallinero cercano se quedó tiesoen el camino por un instante. Después sonrió aliviadomientras echaba a andar otra vez, ahora en dirección a laventana donde ya se aprestaba a la tarea el reloj-niet a ; ycuando la sombra del merodeador cruzó por laventana, ella dio los minutos con un repicar de campanasmucho más alto. El ladronzuelo se detuvo una vez más ydespués, cubriéndose la cara con las manos contra losreflejos de la luz lunar, espió dentro del salón. " ¡Vayar e l o j e s " —d i j o , "q ue se atreven a asu star a u n bu enladrón en horas de trabajo! " Dicho esto se apartó delvenPanal hacia las sombras, y unos minutos después seoyó el amodorrado rumoreo y las protestas de las gallinassorprendidas en su sueño. En la casa reinaba el silencio, todo el silencio que era 144
  • YO CREOdable esperar de una mansión tan antigua como aquélla.Las maderas crujían y las escaleras mascullaban sus la-mentaciones por tener que permanecer tanto tiempo ensu posición. En toda la casa se percibía un leve rumor depatitas huidizas y, desde luego, los infaltables tic, tic, ticy toc, toc, toc, o el tictac más potente del reloj-abuelo.Todo ello constituía los ruidos normales de una casa convitalidad. La noche trascurría. La luna seguía su camino y poníasombras en torno de la casa, y los habitantes de la nochesalían en busca de su oportunidad. Los zorritos se aven-turaban a salir de sus guaridas para echar un vistazoinicial a los seres terrestres noctámbulos. La noche trascurría con su nocturna pléyade de cria-turas nocherniegas que deambulaban como les señalabasu sino. Gatos furtivos rondaban al acecho de su presa ya cada instante se oía algún brinco repentino y una impre-cación en lengua felina cuando algún desdichado de ellosfracasaba en su intento. Por fin, hacia el levante comenzaron a disiparse lassombras y aparecieron pálidas franjas rojizas como si losdedos del sol tratasen de tantear el camino que se exten-día ante él, iluminando las cumbres de las montañaslejanas e incluso acentuando la penumbra en los vallesaledaños. Entonces, a la primera señal del comienzo deun nuevo día, un gallo cercano dejó oír su bronco canto.Hubo un instante en que toda la naturaleza quedó ensilencio, hasta que de pronto se percibió el murmullo yel deslizarse de los habitantes de la noche, advertidos yade que estaba por romper el alba, advertidos y presurosospor llegar a sus habitáculos en distintas partes debajo delos matorrales. Las aves nocturnas se dirigieron a susrefugios en oscuros rincones y los murciélagos volvieron asus campanarios, en tanto que todas las criaturas diurnascomenzaban con ese desapacible alboroto que precede aldespertar. En el hall principal, el reloj-abuelo proseguía con sutictac, tictac, tictac, pero ya no hablaba, puesto que noera ése el mejor momento del día para conversar porque 145
  • LORSANG RAMPApodía haber personas en las proximidades y los relojes norevelan sus pensamientos íntimos a los descuidados eincrédulos seres humanos. En ocasiones anteriores el reloj-abuelo había formu-lado algunos comentarios acerca de los humanos dicien-do: " ¡O h! Las pers on as siemp re quieren pr uebas detodo; hasta quieren pruebas de que son seres humanos.Pero ¿cómo hacer para probar algo? ", se preguntaba. Yluego continuaba: "Si algo es verdad no necesita demos-tración, puesto que es evidente de por sí que tal cosaestá presente; pero si algo no es verdadero y noe s t a presente, no hay prueba alguna que pueda demostrarque lo esta, de modo que no tiene sentido tratar deprobar nada" A medida que el día asomaba, la luz se tornaba másintensa y pronto comenzó a haber mucha actividad en lacasa, pues empezaron a llegar las mujeres encargadas de lalimpieza e inicióse el rugir de los artefactos que tras-tornaban la quietud de la antigua mansión. Desde lashabitaciones del piso inferior al principal llegaba el rumorde platos y el susurro de las voces de la servidumbre.Después se percibieron los bien conocidos pasos de uncriado en el vestíbulo. —Buenos días, abuelo-reloj —dijo—. Voy a lustrarlo,como todos los días, y a limpiarle la cara. El criado se dirigió al viejo reloj, repasó con cuidado elvidrio y verificó la hora. Después abrió la caja y, levan-tando suavemente las pesas una tras otra, tiró de lascadenas para enroscarlas sin exigirle al reloj un indebidoesfuerzo en sus antiguos engranajes. En seguida volvió acerrar la caja y, dándole una palmadita afectuosa, se puso ala tarea de lustrar su ya muy lustrada superficie. —Bien, abuelo —le dijo después—; ya está usted prepa-rado, hermoso y pulcro, para recibir a todos esos gazná-piros que van a venir. Voy a poner el vallado frente austed y ya está. Tomó los paños de la limpieza y la cera y con cuidadoaseguró un extremo del cordón rojo en una arandelasituada en una pared y en seguida enganchó el otro en el 146
  • YO CREOmuro opuesto, de_ manera que nadie pudiera acercarse alreloj-abuelo sin verse obligado a saltar por sobre la barrerao a pasar por debajo de- ella. El día avanzaba, como siempre sucede, y a poco empe-zaron a oírse rugidos de motores y gritos de niños malcriados junto con los chillidos de algunas madres demalas pulgas y el consecuente resonar de bofetones paramantener a raya a los chiquillos. Las puertas principales estaban abiertas, los criadospermanecían a un lado y entonces se percibió una vaha-rada de cuerpos humanos que traía reminiscencias deelefantes en época de celo que, por supuesto, es eltiempo en que éstos se aparean y por cierto se ponen enextremo bravos. La oleada de personas irrumpió en tro-pel en el gran vestíbulo, se lanzó por las habitaciones ytodo quedó en desorden. ¡Mamá, mamá, quiero ir, quiero ir! —exclamóu n a criatura. ¡Chitón! —lo amonestó la madre. Pero ens e g u i d a s e oyó otra vez el reclamo, ahora en tonobastante más alto, del niño. — ¡Mamá, mamá: tengo ganas de ir, tengo ganas de ir! La madre se inclinó y le propinó al hijo una sonorabofetada con la rego rdeta palma de la mano. Por unmomento sólo hubo silencio, pero en seguida se percibióun gotear extraño. —Mamá, ¡me lo hice! —dijo el atemorizado párvulo, yse quedó quietecito con los pantalones chorreando enmedio de un charco que se iba extendiendo, mientrasdesde un lado llegaba un criado que, con un suspiro deresignación, acudía con una aljofifa y un balde de aguacomo si aquellas cosas ocurrieran a diario. Desde la oscuridad, debajo de un sofá muy mullido,dos ojos verdes espiaban atentamente. Allí, debajo deaquel sofá, la gata blanca y negra tenía su refugio prefe-rido y casi todos los días contemplaba con inusitadointerés a los niños caprichosos y a las desmañadas matro-nas que colmaban de bote en bote aquella antigua man-sión comentando esto y aquello y esparciendo papeles de 147
  • LOBS ANO RAMPAchocolate, vasitos de cartón —de todo— por todas partes ya cada momento, sobre los muebles y por el suelo, sinimportarles el trabajo que pudiere significar eso para losdemás. El reloj-abuelo, desde un extremo del gran salón, ob-servaba con el rostro impasible. No obstante, se sintióalgo desconcertado cuando otro pequeñuelo apareció a lacarrera en la sala y se detuvo ante el cordón rojo que seextendía a todo lo ancho. Uno de los criados se dirigiócon presteza hacia él y lo tomó del cuello en el precisomomento en que iba a deslizarse por debajo del cordón. —¡Sal de aquí! , ¿quieres? —gruñó aquel hombre, y lovolvió con un empellón en la espalda para alejarlo. El gentío se tornaba cada vez más cerrado, inclusivementalmente. Todos contemplaban boquiabiertos los cua-dros colgados en las paredes, mascando y mascando, ydejaban ver grandes trozos de cosas que pendían entre elpaladar y la lengua. Todo era extraño para ellos y casi nocreían que pudiesen tener un gran privilegio al poderechar un vistazo al pasado. Todo cuanto les importabaera poder echarles ese vistazo a sus rentas mensuales. Todas las cosas tienen un final, incluso las malas, sibien éstas parecen durar mucho más que las buenas.Cuando uno pasa por un momento agradable, éste pareceacabar inclusive antes que se perciba que ha comenzado;pero una mala experiencia. .. ¡Ah, eso es algo diferente!Parece larga, inacabable. Pero, por supuesto, al cabo llega as u t é r m i n o . Y a s í o cu r r i ó ese día. Al paso que lassombras se filtraban por los ventanales, la gente ibamermando y se oía el trepidar de muchos m otores amedida que los grandes autobuses de excursión se poníanen marcha. La masa de personas se fue reduciendo toda-vía más hasta que sólo quedaron dos o tres, luego una odos y, por fin, ninguna. Entonces, el personal de lim-pieza, agradecido, comenzó a desplazarse como un enjam-bre de langostas por todo el edificio, recogiendo papeles,cajitas, palitos de helados y toda una serie de desper-dicios que a la gente desaprensiva se le ocurre desparra-mar por todos los sitios que encuentra. 148
  • YO CREO Afuera, en los parques, había que recoger muchosvidrios rotos, botellas de bebidas gaseosas, envases decartón; y, debajo de algunos arbustos especialmente ade-cuados, se encontraban enganchadas prendas íntimas fe-meninas. Los animales que observaban aquello no com-prendían cómo una persona podía desprenderse de cier-tas prendas y no tener el debido cuidado de volvérselas aponer... Aunque, claro está, esos animalitos tampocoentendían, en primer lugar, por qué la gente usaba esasprendas. ¿Acaso no habían nacido sin ellas? Entonces—como tan a menudo se decían para sí— es absoluta-mente inexplicable que sea tan extraño el mal comporta-miento de los humanos. Al final se hizo de noche y se encendieron las lucesmientras la "familia" se reunía para calcular los ingresosdel día y hacer un balance de las ganancias y pérdidaspor los daños habidos, las plantas destruidas y las venta-nas rotas, puesto que era raro el día en que algúnmocoso malmandado no lanzara un cascote contra algúninvernáculo. Por último quedó terminada la labor y seconcluyeron las cuentas. Después, el vigilante nocturnoc o m e n z ó l a s r o n d a s co n s u l i n t er n a y s u r e l o j p a r acontrolar los diver sos puntos de la cas a a las hora sestablecidas. Las luces se apagaron y un sereno —uno delos muchos— se dirigió a la oficina de seguridad. La gata blanca y negra se deslizó en el salón principal através de un ventanal semiabierto y tranquilamente seaproximó al reloj-abuelo. —Acabo de cenar, abuelo —le dijo lamiéndose los la-bios—. No me explico cómo se lo puede usted pasar sincomer nada, con sólo algún tirón de sus cadenas de vezen cuando. ¡Debe de estar muerto de hambre! ¿Por quéno viene conmigo a cazar juntos uno o dos pajaritos.. .?Yo cazaré para usted alguna laucha. .. El reloj-abuelo rio de buena gana para sus adentros yno dijo nad a, pues to q ue todavía no era el momen t o—como todo el mundo sabe— de que ningún reloj-abuelose soltase a hablar, un cuarto de hora antes de la media-noche, ya que ésa es la hora encantada, cuando todo es 149
  • LOBSANG RAMPAmágico, cuando el mundo entero parece diferente y cuan-do quienes por lo común no hablan se las ingenian paraexpresar de viva voz sus pensamientos. Así pues, el reloj-abuelo sólo podía pensar y decir, en ese momento —se-gún su costumbre—, "tictac, tictac, tictac". Más allá, en lo que había sido una importante sala dereunión de las damas, el reloj-nieta meditaba en losacontecimientos de la jornada. Pensaba que era en extre-mo afortunada porque no había saltado de su base cuan-do dos patanes que se peleaban habían tropezado con elcordón que la protegía y se habían caído a sus pies. Porsuerte, dos guardias que estaban atentos habían tomado aesos hombres y los habían sacado con cajas destempladaspor la puerta, donde los recibió el personal de seguridad ylos echó del parque. El reloj-nieta pensaba en eso con un estremecimientode terror que le producía un martilleo metálico en lagarganta. Pensaba, además, en lo agradable que habíasido por la mañana, cuando se había acercado a ella unjoven criado, la había atendido y, después de levantar suspesas, había ajustado muy cuidadosamente su hora, desuerte que ahora daba sus campanadas bien sincronizadascon el reloj-abuelo. Todo estaba en calma, tan en calma como es posibleesperar de una antigua mansión. Los relojes proseguíancon su monótono tictac, mientras el reloj de viaje decíatictic, tictic, tictic y esperaba ansioso las doce menoscuarto para poder hablar de algunas peripecias que lehabían sucedido. Y la gata blanca y negra observó lasmanecillas del reloj-abuelo al par que lanzó un resignadosuspiro porque todavía no era el momento, como quejamás se le podía hacer hablar hasta un cuarto de horaantes de la medianoche. Así pues, la gata entró en elvestíbulo y con un saltito se encaramó sobre un arcaantigua de roble. Allí se estiró y se echó a dormir sobreun cobertor, pero no por mucho rato. Había cosas másallá de los ventanales que la mantenían despierta y teníaque agazaparse y maullar porque algunos pájaros se aven-turaban a revolotear en las proximidades. 150
  • YO CREO —¡Ah, si pudiera abrir esta ventana! —exclamó exas-perada la gata— Ya les enseñaría yo a ustedes, pájarostontos, una o dos cosas... aunque no vivirían para apro-vecharlas... Pero cuando las aves percibieron aquella sombra blanca yn e g r a d e n t r o d e l a h a b i t a c i ó n sa l i e r o n h u y e n d o ygraznando alarmadas. En ese momento, él reloj-abuelo comenzó a dar unacampanada tras otra para anunciar las once y media de lanoche, cosa que también hizo el reloj-nieta. El reloj deviaje parecía andar más aprisa con su tictic, tictic, tictic, yla gata blanca y negra abrió un ojo —esta vez con otrotalante— para observarlo y verificar si las manecillas seña-laban en realidad las once y media. Tictac, tictac, tictac proseguían haciendo los relojes alunísono, hasta que al cabo se oyó un crepitar métálicodentro de la gran caja del reloj-abuelo, un crepitar metá-l i c o y de s p u é s u n r u m o r s o r d o c u a n d o l a c a d e n a s eempezó a mover y bajó una pesa. Faltaba un cuarto dehora para la medianoche y el reloj-abuelo echó al vueloc o m p l a c i d o s u c a r i l l ón . U n c u a rt o d e h o r a a n t e s d emedianoche. .. es decir, casi la hora en que el día expira ynace otro, casi el momento en que un ciclo concluye y seinicia la misma ronda. .. "Pues bien", pensó el reloj-abuelo; "ya ha llegado la hora de poder hablar. —¡Abuelo-reloj, abuelo-reloj! Quiero hablar primeroyo —exclamó la gata, que ya se había incorporado, sehabía arrojado al suelo y estaba frente a la gran cajalustrada del reloj. Afuera, la luna brillaba con una intensidad algo mayorque la noche precedente porque se aproximaba la fase dela luna llena y la noche estaba más diáfana. No había enel cielo nubes precursoras de tormenta ni viento quesacudiese las ramas de los árboles, sino que todo estabaen paz, en silencio, y la luna señoreaba con su resplan-dor. —Muy bien, gatita —respondió el reloj-abuelo—. Asíque quieres hablar tú primero, ¿no? De acuerdo. Perome parece que ya has hablado la primera con lo que has 151
  • LOBSANG RAMPAdicho. Sin embargo, no importa. ¿Qué es lo que quieresdecir, gatita? La gata blanca y negra dejó de higienizarse y se sentóderechita para decir: —Abuelo-reloj: he estado pensando -mucho en lo quenos has dicho anoche. He venido meditando en lo quedijiste acerca del péndulo. Es decir, abuelo-reloj, que si elbien y el mal se alternan con cada oscilación del pén-dulo, no tienen demasiadas posibilidades de hacer el bienni el mal, ¿no es cier to? , puest o que sólo trascurrealrededor de un segundo en cada oscilación, o así meparece a mí. ¿Cómo se explica esto, abuelo-reloj? Dicho esto, la gata se quedó sentada con la cola bienestirada a sus espaldas, lo más expectante, como si aguar-dase un arranque de cólera del abuelo-reloj para echarpor tierra sus argumentos. Pero no; el abuelo-reloj teníala prudencia que dan los años y la tolerancia de quien havivido mucho, de suerte que todo cuanto hizo fue canas-pear otra vez con un campanilleo metálico y decir: —Pero, mi querida gatita, supongo que no pensarás queel péndulo del universo se mueve con un segundo deintervalo, ¿no es cierto? Se mueve en un lapso de miles ymiles de años. El tiempo, como tú sabes, querida gatita, esrelativo. Nosotros estamos aquí y son—Ta—ds doce menoscatorce minutos..., pero en Inglaterra. En otros países esotra hora; e incluso, si fueses a Glasgow, al instanteverías que ya no son las doce menos catorce, sino queserían las doce menos cuarto. Todo es muy misterioso,en realidad; y, por supuesto, mi misma concepción s ehalla limita da por la p articular fo rma de oscilación demi péndulo. —El reloj-abuelo se detuvo un instante paratomar aliento por medio de un nuevo paso de la cadenapor un diente del engranaje de la caja, y después,cuando la pesa hubo descendido, prosiguió—: Debes tenerpresente, gatita, que nuestra medida —quiero decir lanuestra, la de los relojes— es de veinticuatro horas.Ahora bien, si cada hora tiene sesenta minutos y cadaminuto sesenta segundos, quiere decir que una hora tiene tresmil seiscientos segundos; de manera que en 152
  • YO CREO veinticuatro horas, a razón de una oscilación por se- gundo, el péndulo se mueve ochenta y seis mil cuatro- cientas veces. — ¡Caramba! —exclamó la gata— ¡Qué cantidad de veces! , ¿no es cierto? ¡Por Dios que no puedo imagi- narme cosa semejante! —concluyó, y se quedó mirando al reloj-abuelo con renovada admiración. —Sí —continuó éste, entusiasmado con su tema y con su péndulo que cada vez batía con más fuerza—; pero el péndulo del universo tiene un sistem a completamente distinto, puesto que no debemos olvidar que si bien nosotros nos regimos por periodos de veinticuatro horas en el tiempo real que transcurre mas allá de esta tierra el mundo abarca un periodo de un millón setecientos veintiocho mil anos en cada ciclo, y todos estos ciclos van en grupos de cuarto, lo mism o que cuando yo doy las horas, los cuartos, las medias y los tres cuartos. El universo avanza por cuartos, lo mismo que nosotros, los relojes de campana. La gata Blanca y negra afirmó gravemente con lacabeza como si entendiera todo, como si todosaquellos profundos conocimientos estuviesenperfectamente al alcance de su entendimiento. —Pero, abuelo-reloj —aventuró entonces la gata—,¿qué sucede cuando el péndulo está en el extremo deuna oscilación? Tú has dicho que se detiene por unafracción de fracción de segundo... ¿Qué ocurre en loque llamas "tiempo real"? — ¡Ah, vaya, vaya! —rio el reloj-abuelo entredientes—Pero cuando se dispone de un millónsetecientos veintiocho mil años es posible contar conque el péndulo se detenga en cada extremo de laoscilación durante muchísimos años, ¿no es cierto?Esto, empero, es tan profundo, que no muchoshumanos pueden entenderlo, así como tampoco lopueden comprender muchos relojes. No quierotrastornarte la cabeza, gatita, con todos estosconocimientos, de manera que tal vez fuese mejorque dejáramos este terna... 153
  • LOB SANG RAMPA —Pero, abuelo-reloj, hay algo que deseo preguntarte enparticular —dijo la pequeña—: Si Dios se halla en unextremo de la oscilación y Satán en el otro, ¿cómopueden tener tiempo de hacer algún bien o algún mal? El cristal situado frente a la esfera del reloj-abuelofulguró radiante a la luz de la luna. —Cuando se dispone de tantos años para una oscila-ción —repuso al cabo de un instante—, es posible contarcon un número aproximado de dos mil años en cadaextremo del vaivén. De modo que en uno de los inter-valos de dos mil años existe el bien; en los dos milsiguientes, el mal, en la oscilación que continúa a éstavuelve a imperar el bien y, en la otra, el mal. Pero ahoradebo interrumpirme —dijo con presteza el reloj-abuelo—,pues ya es el momento en que el reloj-nieta y yo demosjuntos las campanadas de la medianoche, cuando todala naturaleza se halla en libertad para cambiar, cuandoel día acaba y uno nuevo comienza y cuando el péndulooscila y va primero hacia el bien y después hacia el mal,hacia el mal y hacia el bien... Ahora, discúlpame. .. Así, el reloj-abuelo cortó abruptamente el hilo de suconversación al tiempo que sus engranajes chirriaban yla pesa resonaba al descender, y entonces de su grancaja surgió el repicar de las campanas de medianocheseguido de los profundos tañidos de las doce. Enseguida, el reloj-nieta repitió como un eco ypuntualmente el repicar y las horas. Sobre la mesa que había a un costado, el reloj de viajerezongó para sus adentros. — ¡Qué par de charlatanes fatuos! Todo el tiempo parahablar lo gastan para ellos... ¡Bah! 154
  • CAPITULO IX—El virus es demasiado pequeño para que se lo pueda vercon el microscopio, y más los organismos vivientes —vi-rus, bacterias, etc.— que habitan en la piel del ser huma-no, de las personas que viven en el globo. En los brazoshay alrededor de cuatro mil de estos organismos porcentímetr o cuadrado y en la cabe za, las axilas y la singles, esa cifra excede los dos millones. Vera Virus se hallaba sentada en el Valle de los Poros,pensando en todos los problemas que acosan a los seresdel llamado mundo humano. A su lado estaba Brunilda,una virus íntima amiga de ella, y ambas retemblaban a sugusto como jalea, como tan sólo los virus pueden ha-cerlo. —¡Ay! —exclamó Vera— ¡En qué estado de confusiónme encuentro! Me han preguntado acerca de mis datosestadísticos biológicos pero, ¿cómo hacer para que lagente entienda si le digo que apenas mido 25 mm?. Porotra parte, ¿por qué no cambiamos de una vez y apli-camos el sistema métrico decimal para acabar con todoesto? Sería mucho más simple. Brunilda se estremeció violentamente, lo cual equivalíaa una especie de acceso de risa. — ¡Vaya! —dijo después— Bastaría con que dijeras a lagente qué se entiende por nm en las estadísticas bioló-gicas. Dile que un nm es la mil millonésima parte delmetro; y si aun así es tan tonta que no sabe qué es elmetro, dile que equivale a un milimicrón. Con franqueza, 155
  • LOBSANG RAMPAVera, me parece que estás haciendo una montaña de urtgrano de arena. —No sé cómo puedes ser tan torpe, Brunilda —repusoVera con suma aspereza—. Ya sabes que los granos dearena no existen aquí y que, en cuanto a la arena,todavía no ha sido inventada —añadió como sollozando(en caso de que un virus pueda sollozar) y volvió a sumutismo. Ese mundo llamado del ser humano era un lugar muyespecial. Todos los habitantes del mundo vivían en losvalles de los poros porque, por alguna importante razónque nadie podía comprender, el mundo estaba cubierto,salvo en algunos lugares, por un manto muy extraño, unanube o algo por el estilo. Parecía haber inmensos pilaresatravesados por un espacio intermedio que cualquier viruságil, al cabo de algunos años, podía escalar hasta lo altopara contemplar el vacío desde la superficie de tan ex-traño material. Era algo en verdad notable porque, cadatanto, todo ese mundo parecía soportar una inundación.Millones de virus se ahogaban instantáneamente, hasta talpunto que sólo habían sobrevivido Vera, Brunilda y algu-nas amistades de éstas que habían tenido el tino de viviren los valles. de los poros. El espectáculo solía ser sobrecogedor cuando al levan-tar las antenas sobre el valle se veían todos aquelloscadáveres esparcidos por las llanuras situadas entre losvalles aledaños. Nadie, empero, podía explicar jamás dequé se trataba. Sabían que, a determinados intervalos, lagran barrera que cubría la mayor parte del mundo desa-parecía, y que entonces sobrevenía una inundación paradespués dar lugar a otra barrera que se agitaba vigorosa-mente. A continuación podía aparecer incluso otra barre-ra, y después, por un tiempo, reinaba la paz. Vera Virus y sus amigos se hallaban sentados en elValle de los Poros, en un lugar que jamás se veía obstruidopor aquella barrera y desde el cual se podía ver el cielo. —A menudo dudo, Brunilda —dijo entonces Vera, ele-vando su vista—, de que haya otros mundos además delnuestro... 156
  • YO CREO En ese momento se agregó al coloquio una nueva voz,la *de un virus de nombre Bunyanwera, proveniente deuna cultura ugandesa o que al menos había pertenecido alos caracteres raciales de sus antepasados, y que ahora eraun habitante más del llamado mundo humano. — ¡Vaya, qué disparate, Vera! —prorrumpió— Sabesperfectamente bien que hay miles, millones de mundoscomo el nuestro. ¿Acaso no los hemos vislumbrado a ladistancia, a veces? Lo que no sabemos es si hay vida enellos... —Yo creo que el mundo ha sido hecho especialmentepara nosotros — intervino una cuarta voz—. No existeningún otro donde haya vida como la nuestra. Para mí,el mundo lo creó Dios para los virus. Fíjense, si no, enlas prerrogativas que tenemos: no existe forma inteligentealguna que pueda compararse con la nuestra y dispo-nemos de valles especiales por todas partes, de modo quesi éstos no han sido hechos para nosotros en particular,¿cómo es que existen? Quien hablaba era Catu Guama, algo así como unerudito que había viajado un poco e incluso llegado hastael Valle de los Poros contiguo, de suerte que los demásescuchaban con respeto sus opiniones. Sin embargo, enese momento Bunyanwera estalló de pronto. —Pero ¡qué torpeza, qué torpeza! Dios no existe,¡qué va! Yo le he rogado muchas veces que me conce-diera algunas pequeñas cosas y, ¿creen ustedes que siDios existiese permitiría que sus criaturas sufrieran?Mírenme a mí: parte de mi sustancia gelatinosa se haresquebrajado, lo cual me sucedió cierta vez que meacerqué demasiado a la parte alta del Valle y una porciónde la barrera me rozó la espalda. ¡No, qué va a haberDios! Si existiera me habría curado. Por un momento hubo un pesado silencio, hasta que alfin Vera dijo: —Bien, no sé nada; pero yo también he rogado ynunca tuve ninguna respuesta a mis plegarias ni jamás via ningún angel-virus flotando por los aires. ¿Ustedesvieron alguno? 157
  • LOBSANG RAMPA Todos guardaron silencio durante un instante hastaque, de pronto, sobrevino una catástrofe escalofriante:desde el espacio cayó algo enorme que arrasó los grandespilares a la sombra de los cuales se hallaban recogidos. — ¡Ay, Dios mío, Dios mío! —exclamó Brunilda cuandoese algo estaba pasando—Esa ha sido una afeitada al ras,¿no es cierto? ¡Esta vez casi nos liquida! Sin embargo, después de escapar de ese peligro proce-dente del espacio exterior — pensaban que podía tratarsede algún OVNI—, sucedió algo más: sobre ellos cayó undiluvio picante y sintieron un olor espantoso a antisép-tico. Así, en un santiamén, Vera, Brunilda y Catu Guamadejaron de existir mientras aquel mundo denominadohumano se frotaba la cara con un astringente. ***************** Miss Hormiga se hallaba sentada plácidamente sobre unaenorme piedra, limpiándose con el mayor esmero lasantenas y no descuidando que sus patas estuviesen bienaseadas. Debía preocuparse por tener el mejor aspectoposible porque iba a salir de paseo con un soldado-hormigaal que habían concedido una licencia inesperada. En esemomento volvióse hacia su amiga Berta Cucaracha, quedescabezaba un sueñecito al calor del sol del mediodía. — ¡Berta; oye, so tonta! —le dijo—A ver si me echas un vistazo, ¿quieres? Fíjate si todo está como se debe, Berta se incorporó y abrió un ojo para observar a MissHormiga con detenimiento. —¡Ay, ay; vaya si estás bien! —le dijo— ¡Tu soldaditose va a quedar patitieso cuando te vea! Pero todavía esmuy temprano; siéntate y disfruta del sol. Se sentaron juntas y se pusieron a mirar el desoladomundo que se extendía ante ellas. Por doquier habíagrandes, enormes peñascos que se elevaban veinte vecespor encima de la estatura de Miss Hormiga y entre loscuales no ,había más que tierra seca sin una mata de 158
  • YO CREOpasto, ni una brizna de hierba, ni nada que no fuese unatotal desolación y unas inmensas huellas características. Toda mi vida quise tener un soldadito, Berta —d i j o Miss Hormiga elevando los ojos al cielo—, y he rogadopara conseguir un compañero así. ¿Te parece que missúplicas habrán sido escuchadas? — ¡Oh, no lo sé! —dijo Berta, parsimoniosa y pruden-temente, al par que movía una de sus antenas— Yo, porm i p a rt e , n o c r e o e n D i o s ; p e r o , s i e x i s te , j a m á s h aescuchado ninguna de mis plegarias. Cuando era muchomás joven, es decir..., cuando apenas era un gorgojo,solía rezarle al Dios del cual me habían hablado, perocomo nunca oyó mis súplicas llegué a la conclusión deque... Pues ya lo sabes: de que estaba perdiendo eltiempo. ¿Cómo es posible creer en Dios si El no se dignadarnos siquiera una pequeña prueba de su existencia,digo yo? Hecho este razonamiento describió un círculo y volvió asentarse, en tanto la hormiga cruzaba sus patas delan-teras y decía: —Tengo un problema, ¿sabes, Berta? , un verdaderoproblema, pues quisiera saber si todos esos puntos lumi-nosos que se ven de noche son otros mundos... Y si hayotros mundos, ¿te parece que pueda vivir alguien enellos? No puedo creer que éste sea el único mundo yque nosotros seamos los únicos que lo habitemos. ¿Quéopinas tú, eh? — ¡Vaya; qué sé yo si hay otros mundos o no! —excl amó Berta con un suspi r o de irritaci ón— A mím e parece que lo que pasa es algo muy diferente. Haceunos meses conocí a otro insecto —uno con alas— que medijo que después de volar un larguísimo trecho seencontró con un enorme poste, un poste tan inmenso queapenas podía creer lo que me estaba contando. Y medijo que todas las noches, a cierta hora, la punta de eseposte se encendía. Pero yo no puedo pensar que ésefuera otro mundo que sólo se iluminaba cuando elnuestro se oscurecía. ¿Qué te parece a ti? Miss Hormiga se sentía cada vez más confundida. 159
  • LOBSANG RAMPA —Pues... te diré que a mí siempre me dijeron que estemundo estaba hecho para nosotros, los insectos; siempreme enseñaron que no existía forma alguna de vida supe-rior a la nuestra, o sea a la tuya y a la mía, Berta. Demanera que, si tal cosa es verdad, si los predicadorestienen razón, no cabe duda de que no puede haber nadamás inteligente que nosotros, pues tendrían que ser mu-cho más inteligentes que nosotros para poder alumbrar sumundo y ponerlo en funcionamiento sólo cuando elnuestro está oscuro. No sé qué pensar, pero creo quedetrás de t odo esto se esconde u na Intenció n funda-mental y, como tú, estoy empeza ndo a cansarme unp o c o d e r o g a r l e a u n D i o s q u e ja m á s s e m o l e s t a e ncontestar. Las horas pasaban y las sombras comenzaban a ten-derse. — ¡Eh, Miss Hormiga! Miss Hormiga, ¿dónde está us-ted? —llamó una voz de hormiga desde corta distancia—Traigo un recado para usted. Miss Hormiga se incorporó y avanzó haciael borde dela gran piedra. —¡Sí, sí! ¿Qué ocurre? —preguntó mirando a la otrahormiga que se hallaba parada a cierta distancia. Estamiró hacia arriba y sacudió sus antenas. —Tu soldado se ha ido y te ha abandonado —le dijo—Ha dicho que después de todo pensaba que tu no eres lac h i c a q u e le c o n v i e n e , y p o r es o s e m a r c hó c o n e s amuchacha descocada que vive camino arriba —añadió, atiempo que se volvía para señalar el lugar. Miss Hormiga se sentó con un golpe y el mundoentero se derriimbó en torno jcle ella. De ella, que habíarogado que apareciese un soldado que la amara y poderhacer juntos su nido. En cambio, ahora. .. ¿Qué signi-ficaba ahora la vida para ella? De pronto, Miss Hormiga y Berta se sobresaltaron acausa de un tremendo ruido que provenía del suelo, unruido sordo como si se aproximara un terremoto. Ambaspermanecían erguidas sobre sus patas y tratando de ob-servar qué ocurría; pero antes de que pudieran moverse, 160
  • YO CREOdesde la distancia se precipitaron unas figuras oscuras yMiss Hormiga, su amiga e inclusive la mensajera, queda-ron hechas papilla cuando los escolares del turno vesper-tino pasaron en tropel pur el campo de juegos camino desus casas. **************Allá, en el campo, el pasto estaba crecido. Era hermosoaquello, con la lozanía de esa hierba entibiada por el sol ynutrida por las lluvias en la plenitud de su verdor; era,pues, una inmensidad que bien podía hacer las delicias detodos. Muy adentro, en la espesura de aquella extensión quea sus habitantes les parecía una verdadera selva, dosratoncillos retozaban entre las matas y por la tierra,corriendo y saltando de una brizna a otra de las másdensas. Uno de ellos dio un gran brinco y se encaramóen la cima de la maleza y, al deslizarse en medio dechillidos de alborozo, fue a caer a los pies de una ratavieja, muy vieja. — ¡Con cuidado, chiquillo! —le dijo ésta— Estás dema-siado ufano, me parece, y en este mundo la alegría-no dapara tanto. Dentro de tloco nos veremos envueltos en elgran Misterio: toda esta selva nuestra se desplomará antela embestida de esa Máquina tan descomunal que nin-guno de nosotros tiene siquiera la menor noción de quées. Por el estado de estos pastos me doy cuenta de queno falta mucho, de manera que mejor será que volvamos anuestras madrigueras. Dicho esto, la vieja y avisada rata les dio la espalda yemprendió la marcha con paso vacilante. Los ratoncillosse miraron uno al otro y después volvieron los ojos haciaaquella figura que se iba alejando. — ¡Vaya, qué vieja miserable y ridícula! —dijo uno de -ellos. — S í ; p a r a mí q u e n o l e g u s t a n lo s n i ñ o s . Lo q u equiere es tenernos de esclavos, qué le llevemos nueces yun montón de cosas y no darnos nada. 161
  • LOBSANG RAMPA Los ratoncillos siguieron jugando juntos un rato más,hasta que un leve estremecimiento del aire les recordóque se estaba acercando la noche. Entonces, después deuna mirada de susto al cielo, que cada vez se tornabamás oscuro, ambos echaron a correr rumbo a su casa. Allí, en comunión de espíritus, se sentaron a la entradade la cueva a mordiscar un trozo de hierba, mirando aveces hacia arriba para tener la certidumbre de que nolos observaba ninguna lechuza. No mucho después, en lastinieblas del cielo apareció el disco redondo y plateadode la luna. —Quisiera saber qué hay allá arriba —le dijo entoncesuno al otro—. Me gustaría saber si hay ratones en esacosa enorme que se ve tan a menudo allí. — ¡Vaya, qué tonto eres! —le replicó el otro— No hayningún mundo más que éste, por cierto —añadió, pero seapresuró a decir con un dejo de duda en su voz—: Claroque yo también pienso muchas veces lo mismo que tú. ..Hay veces que pienso que... pues, que tiene que habermundos con ratones además de éste. Ya sé que nuestrosclérigos dicen que este mundo ha sido hecho especial-mente para los ratones y que no hay ninguna forma devida superior a la nuestra. — ¡Ah, sí! —dijo el primero— Pero también dicen quehay que rezar, ¡y bien que he rezado yo, Dios mío! Hepedido queso fresco y cosas por el estilo, pero nunca,nunca se cumplieron mis ruegos. Me parece que si hu-biera Dios sería muy sencillo que pusiera un poco dequeso fresco en el suelo de vez en cuando para unratoncillo, ¿no es cier to? —inquirió expectante a sucompañero. —Pues... no sé, realmente —repuso éste—. Yo tambiénhe rezado, pero jamás he tenido ninguna prueba de quehaya un Dios ratón ni he visto nunca a ningún ángel-ra-tón volando. —No —corroboró el otro—; sólo esas lechuzas y demásseres por el estilo. Después de estas profundas reflexiones, ambos se esca-bulleron en su cueva. 162
  • YO CRTO La noche trascurría y los diversos seres nocturnos salían en busca de su sustento, pero ya los ratoncitos se hallaban a salvo en su madriguera. Al romper el alba, el día se presentó claro y el aire cálido. Los ratoncitos se dispusieron entonces a comenzar sus tareas diarias y abandonaron la cueva para dirigirse a aquella enorme selva de malezas verdes a fin de ver qué alimentos podían recoger para ese día. De pronto, empero, se agazaparon en el suelo y sintie- ron que la sangre se les helaba en el cuerpo: un rugir tremendamente infernal se aproximaba a ellos, un ruido. como jamás habían oído. Tan aterrados estaban que no atinaban a moverse. Con todo, uno de ellos le susurró al otro atropelladamente: — ¡Rápido, rápido! Pidamos que no nos ocurra nada, roguemos porque podamos salvarnos. Y ésas fueron las últimas palabras que dijo el raton- cito, p ues el granjero les pasó por encima con la segadora y sus cuerpos quedaron hechos trizas y diseminados entre el pasto cortado. **************** Desde la gran pirámide de cúspide plana y flancos alme- nados llegaban el clangor de las trompetas y las voces broncíneas levantaban ecos en el valle al pie de lo aue, claro está, era un templo sagrado. La gente se miraba asustada. ¿Acaso llegaban con retraso? ¿Qué pasaba? Semejante resonar de trompetas sólo se oía en tiempos críticos o cuando aquellos gordos y desaliñados sacerdotes tenían algo especial que decir al pueblo. Así pues, toda la gente a una dejó lo que estaba haciendo y apretó el paso por el acostumbrado camino que conducía a la base de la pirámide. Allí había unas gradas amplias, muy amplias, que llevaban más o menos hasta el primer tercio de la pirámide alrededor del cual había salientes, prolongaciones muy parecidas a balcones — aunque tal vez sea mejor decir aceras amuralladas—; a lo largo de esas aceras amuralladas o balcones los sacer-1 163
  • LOBSANG RAMPAdotes solían pasar sus horas de descanso. Acostumbrabanpasearse de a dos, con las manos en la espalda o metidasen las amplias mangas. Y de a dos iban meditando en lapalabra de Dios, pensando en los misterios del universo.Allí, eia la clara atmósfera de las alturas de los Andes, eramuy fáci l ver las estrellas, muy fáci l creer en otrosmundos; pero los pobladores del valle, en esos momen-tos, se esforzaban para subir por los enormes peldaños yentraban en tropel en el cuerpo principal del templo. Ya en el oscuro interior, muy cargado de humo deincienso, la gente tosía un poco. Aquí y allá se veía quealgún campesino, acostumbrado sólo al aire fresco, serestregaba los ojos cuando empezaba a sentir que lelagrimeaban y le ardían a causa del humo acre del incien-so. Las luces del templo eran mortecinas; en un extremohabía un e norme ídol o de bronc e pulid o, u na figu r ahumana sedente que, empero, no era del todo humana,sino diferente en algunos detalles: era superhumana, devarios pisos de altura, de modo que quienes caminabanpor la base apenas le llegaban a la mitad de la rodilla. Cuando los fieles entraron y el sacerdote encargado vioque el enorme recinto estaba casi colmado, se oyó elbronco tañido de un bong. Entonces, aquéllos de ojos másfuertes a los que el humo del incienso no había afectado,pudieron c ontemplar el gran gong que vibra ba en lamano derecha de la imagen deiforme. Los tañidos conti-nuaban, pero no se advertía que nadie golpease aqueldisco. Nadie hacía nada a varios metros de él, pero lostañidos no cesaban. Y así, sin que ninguna mano lastocara, las grandes puertas del templo se cerraron. Por unmomento reinó el silencio, hasta que al cabo, sobre larodilla del dios, apareció el Sumo Sacerdote ataviado consus amplias vestiduras. Con los brazos en alto y mirandohacia abajo a los concurrentes, dijo: —Dios nos ha hablado; a Dios no le satisface la ayuda que prestáis a vuestro templo. Como muchos de vosotrosretaceáis vuestra contribución, Dios os va a hablar. Dicho esto, se hincó de rodillas de frente al torso de la 164
  • YO CREOenorme imagen, cuya boca se abrió y dejó oír un bra-mido. La gente cayó de rodillas, cerró los ojos y juntólas manos; en seguida, el bramido dejó paso a una vozpotente. —Soy vuestro Dios —dijo la imagen—. Estoy disgustadopor la falta de respeto cada vez mayor que mostráis pormis servidores, que son vuestros sacerdotes. A menos queseáis más sumisos y más generosos con vuestras ofrendas,seréis castigados con pestes, llagas y forúnculos, y vues-tras cosechas se secarán ante vuestros ojos. Obedeced avuestros sacerdotes: ellos son mis servidores, ellos sonmis hijos. Obedeced, obedeced, obedeced... L a v o z s e e x ti n g u i ó y l a b oc a d e l í d o l o s e v o l v i ó acerrar. Entonces el Sumo Sacerdote se puso de pie y secolocó de frente a los fieles para trasmitirles una nuevaserie de demandas: más alimentos, más dinero, más servi-cios, más muchachas para Vírgenes del Templo. Despuésdesapareció; pero no porque se hubiera vuelto para mar-charse, sino que desapareció, y las puertas del templo sevolvieron a abrir. Afuera había una fila de sacerdotes decada lado, cada cual con un cepillo en la mano. El templo estaba vacío y el ídolo permanecía silencio-so. Pero no, no todo estaba en silencio porque al templohabía llegado de visita un sacerdote a quien un correligio-nario muy allegado le mostraba sus detalles. Como delídolo provenían algunos murmullos y ruidos apagados, elvisitante inquirió al respecto. — ¡Ah, sí! —comentó su acompañante— Están pro-bando la acústica. Usted no ha visto el interior de nuestroídolo, ¿no es cierto? Venga usted, que se lo voy amostrar. Así pues, ambos se dirigieron hacia la parte posteriordel ídolo donde el sacerdote residente oprimió con lamano una parte de la ornamentación, con lo cual quedóal descubierto una puerta secreta por la que entraron. El,ídolo no era macizo, sino que tenía una serie de cámaras,de modo que se internaron en él, ascendieron por unasescaleras y llegaron hasta el nivel del pecho. Allí habíaun recinto muy extraño, por cierto, con una mesa, una 165
  • LOBSANG RAMPAsilla y una bocina conectada a una serie de tubos muyenroscados que se dirigían hacia arriba, a la garganta. A un costado había dos asientos y una serie de palan-cas. —A esas dos palancas las manejan dos sacerdotes —ex-plicóle el residente—. Con ellas se mueven las mandí-bulas, y tanta práctica hemos adquirido que las podemosaccionar para que el movimiento coincida exactamentecon la palabra. Fíjese en esto —añadió, yendo hacia otrolugar—. El locutor puede ver a la concurrencia en todomomento sin que lo vean a él. El vi sitante fue a ver y ech ó una oj eada por unaspequeñas aberturas desde las cuales pudo observar eltemplo que ya los limpiadores barrían. Después se volviópara ver q ué estaba haciendo s u compañero y lo viosentado frente a la bocina. —Contamos con un sacerdote especial que posee unavoz muy autoritaria y a quien no se le permite alternarcon la gente puesto que su voz es la de nuestro dios—díjole éste—. Cada vez que es preciso se sienta aquí ytrasmite su mensaje por esta bocina. Lo primero quehace es mover esta pieza y entonces la voz sale directa-mente por la boca; pero cuando esa pieza está en sulugar, nada de lo que aquí se dice se puede oír afuera.—Sin dejar de conversar un solo instante, volvieron alcuerpo principal del templo—. Como comprenderá, nosvemos precisados a hacer eso. Yo no sé si Dios existe ono y a menudo me lo pregunto; pero tengo la plenacertidumbre de que Dios no escucha nuestros ruegos.Hace cuarenta años que estoy aquí y todavía jamás hetenido noticias de que haya escuchado ninguna plegaria.No obstante, tenemos que preservar nuestra autoridad. —S í —rep uso el vi sitante—. Por las noches yo mepongo a mirar el cielo desde lo alto de la montaña, y alver todos esos puntitos luminosos me pregunto si noserán acaso agujeros del- piso del cielo o si todo no esmás que imaginación. ¿Hay cielo? Todos esos puntitos,¿son otros mundos? Y, si hay otros mundo, ¿qué ocurreen ellos? 166
  • YO CREO —Así es —convino el residente—. Muchas son las dudasque yo tengo. Algún ente tiene que haber que todo logobierne; pero a mí me parece, por experiencia propia,que jamás responde a las plegarias. Por eso, hace mil añoso más se hizo esta imagen de metal, para que los sacerdo-tes pudiéramos conservar nuestra potestad, nuestro domi-nio sobre la gente, y posiblemente ayudarla cuando Diosla ignora. ***************YO CREO que la vida entera está hecha de vibraciones.Una vibración no es más que un ciclo, de modo que,cuando decimos que algo cimbra, lo que queremos signi-f i c a r e s q ue a s c i e n d e y d e s c i e n d e , q u e s u be y b a j a .Tracemos una línea recta en un papel y luego una líneacurva sobr e aquélla q ue asciend a y descien da y querecorra la misma distancia al bajar y al volver a subir.Con ello tendremos un cicló, una vibración, la represen-tación gráfica de una vibración similar a la que se usa enlos biorritmos o en los símbolos de corriente eléctricaalternada. Y toda la vida es así: como la oscilación delpéndulo. Va desde un lado de un punto neutral, pasa porel punto neutral y vuelve al otro lado hacia arriba y aigual distancia. Y después el péndulo oscila de nuevo ysigue una vez y en seguida otra y otra. YO CREO que todo se rige por ciclos en la naturaleza.Yo creo que todo cuanto existe es vibración, una alter-nancia de arriba abajo, de positivo a negativo, del bienal ma y, si bien se piensa, si no hubiera mal no habríabien, puesto que el bien es lo opuesto al mal como elmal es lo opuesto al bien. Y o creo en Dios. Creo muy firmemente en Dios. Perotambién creo que Dios debe de estar demasiado ocupadocomo para atender a nuestros asuntos personales. Creoque cuando rogamos, rogamos a nuestro súper-yo, anuestra alma superior, si lo preferís así, pero esto no es Dios. Creo que hay dos dioses: el Dios del Bien (positivo) y.el Dios del Mal (negativo). A este último se lo llama 167
  • LOBSANG RAMPASatán. Creo que a intervalos muy definidos —endistintas oscilaciones del péndulo—, el Dios bueno esel que rige el mundo y los seres vivientes todos, yentonces tenemos una Edad de Oro. Pero como elpéndulo oscila y el ciclo continúa, el dominio del Diosbueno —del lado positivo—decrece, y una vez que pasael punto neutral donde el poderío del bien y del mal seequilibran, asciende para dar lugar a la otraoscilación, la del mal, es decir, la de Satán. Así pues,tenemos lo que con muchas frecuencia se denominaEdad de Kali, la época de la desorganización, la era enla cuál todo va mal; y después de echar una mirada almundo actual, a los actos de vandalismo, a lasguerras a los políticos, ¿se puede negar que estemos aora en la Edad de Kali y en ella estamos. Estamosdirigiéndonos al extremo de la oscilación y las cosas seirán tornando cada vez peores hasta que, al final, elpéndulo esté en su punto más alto para el mal y lasituación sea muy crítica, sin duda. Y entoncesquedarán sin control las fuerzas del mal, las guerras,las huelgas, los terremotos. Después, empero, elpéndulo cambiará como siempre de dirección,descenderá, y esas fuerzas del mal cederán para dejarpaso al resurgimiento de un mejor criterio en el mundo. Así, una vez más, se alcanzará y se traspondrá el puntoneutral en que el bien y el mal se equilibran y el pénduloascenderá hacia el bien, de suerte que, a medida que suba, lascosas irán siendo cada vez mejores. Entonces, quizá, cuandoestemos en una Edad de Oro, el Dios del Universo podráescuchar nuestras plegarias y, tal vez, darnos alguna pruebade que se ocupa de quienes vivimos aquí abajo, en este mundo.Creo que en la época actual la prensa, los medios decomunicación (la televisión y todas esas cosas), contri-buyen mucho a quesea mayor, puesto que hasta en losdiarios mismos se lee que se enseña a niños de sieteaños cometer homicidios, y niños de diez integranbandas de asesinos en Vancouver. Creo qué habría quesuprimir la prensa, y que a la televisión, la radiofoníay el cine se los debería someter a censura 168
  • YO CREO Mas, por lo que atañe a dioses... sí, yo creo queexiste un Dios; aunque, en realidad, lo que creo es quehay una gradación de distintos dioses. Nosotros lesllamamos Manus; pero para quienes no comprenden elconcepto de dioses, podemos hacer una comparacióncon lo que ocurre en un comercio dividido en secciones.El nombre que se le ponga a éste -digamos que se tratade una cadena de supermercados-no interesa. Puesbien; en la parte más alta tenemos a Dios, que sera elpresidente o gerente general, según el país en que vivay la terminología que se emplee. El hombre que esta a la cabeza, empero, es eltodopoderoso, el que dispone que hay que hacer. Noobstante general, se halla tan atareado con su inmensopoder que no tiene tiempo para ocuparse del último delos cadetes o del último de los empleados que entregalos comestibles y los pone en los bolsos. Este hombreespecial – el dios el supermercado – representa almismo dios, al Manú principal de nuestro universo, alque gobierna a muchos mundos diferentes. Es tanimportante y tan poderoso, y tan atareado esta, que nopuede ocuparse de cada mundo, de cada país ni, porsupuesto, de cada individual, sean humanos oanimales, porque esto últimos tienen tantos derechoscomo aquellos dentro del orden divino de las cosas. El presidente o gerente del supermercado no puedeatender todo por si mismo, de manera que designa asubgerentes supervisores y veedores, tarea quecorresponde a los Manus en el sistema espacial. Asícomo existe Dios, el Todopoderoso, dentro de nuestrosistema esta la Manú de la Tierra, el regente responsabledel manejo del todo mundo. A el están subordinados,otros Manus – supervisores, si se prefiere – que actúanen cada uno de los continentes y supervisores o Manusque, se desempeñan en los diversos países del globo.Estos son los que señalan el destino de las naciones einfluyen en las decisiones de los políticos... aunquebastantes son desaguisados que pueden hacer lospolíticos sin necesidad de que los ayude ningún Manú. 169
  • LOBSANG RAMPA Existe una criatura a la que se conoce con el nombredel “el Ojo de Dios” y esa criatura es el gato. El gatopuede ir a donde quiere, hacer lo que quiere y verlotodo: no obstante ¿quien presenta demasiada atenciónal gata cuando este andando vueltas por ahí? La gentesuele decir: “¡Ah, vaya, no es nada; es el gato! Pero elgato continúa observando e informando acerca del bieny del mal. Las fuerzas del mal no pueden dominar a losgatos pues éstos cuentan con una barrera divina queahuyenta los malos pensamientos. Por eso hay siglos en que venera a los gatos comodivinidades y otros en que se abomina se ellos porconsiderárselos discípulos del demonio, puesto que lagente diabólico desea verse libre de los gatos toda vezque estos son quienes informan acera de las malesacciones y nada pueden contra ellos los demonios. En la época actual, el Manú que gobierna a la tierraes Satán. Y bien que Satán se ha apoderado de ella ennuestros tiempos, pues no es mucho lo bueno que sepuede esperar que acontezca en esta época. Reparenustedes, si no, en ese perverso grupo satánico queconstituyen los comunistas. Observen todos esos cultoscon sus engañosas "religiones" y cómo procuran ejercersu dominio sobre los que tienen la suficiente torpeza deabrazar sus malignas creencias. Con todo, el tiempollegará en que Satán vea obligado a abandonar latierra, en que deba dejar a sus esbirros como sucedecuando una empresa quiebra tiene que cerrar suspuertas. Pronto llegará el momento en que e péndulo cambiede sentido y con ello el mal ceda y el bien adquieravigor, aun cuando todavía no ha sonado esa hora.Tendremos que afrontar tiempos cada vez peores hastaque el péndulo oscile realmente.Piénsese en que cuando uno mira el péndulo le pareceque siempre se está moviendo. No obstante, sabido esque no es así. Ni siquiera se mueve a la mismavelocidad, porque cuando llega al lugar más alto,—digamos del lado derecho— comienza a descender cadavez con mayor celeridad hasta que toca el punto másbajo, o sea aquél 170
  • YO CREOdonde alcanza la velocidad máxima. En ese momento, alcomenzar el ascenso hacia el otro lado, el peso va dete-niendo el brazo del péndulo y al final del recorrido éste separa, y permanece totalmente quieto durante un lapsoapreciable antes de volver a descender para elevarse del ladoopuesto. Según nuestro concepto del tiempo podemos decir que en losrelojes corrientes tal detenimiento alcanza sólo a una fracciónde segundo. Sin embargo, si nos trasladamos a un tiempodiferente en el cual los segundos son años o tal vez, incluso,miles de años, el tiempo en que el péndulo queda detenidopuede ser de dos mil años. De modo que, si el péndulo se hallaparado del lado malo, mucho es el mal que se puede hacerantes que aquél y su ciclo prosigan su marcha descendente yvuelvan a elevarse por el otro lado en pos del bien y de unacompensación. A la Edad de Oro no la verá ninguna de las personas queactualmente viven. Las cosas Irán empeorando, por cierto, yseguirán agravándose durante los años que nos quedan a losque ya somos mayores. Nuestros hijos o nietos, empero, habrán de vivir para ver elcomienzo de esa Edad de Oro y participarán de muchos de losbeneficios que traerá consigo. Pero una de las grandes cosasque se deberán hacer es revisar las formas religiosas. Hoy loscristianos luchan contra los cristianos, y desde que la religiónde estos se tergiverso tanto en 1960, se ha transformado en lamas belicosa de todas. En Irlanda del norte los católicos matana los protestantes y los protestantes matan a los católicos. Porlo demás, los judíos y los musulmanes están en guerra. Pero,¿qué tendrá que ver la religión la religión que uno profesa?Todos los caminos conducen al mismo sitió.. Tal vez sediscrepe un poco en esto o en aquello, pero todas las religionesdeben llevar al mismo lugar. ¿Que puede importar que unapersona sea cris lana y otra judía? ¿Qué importa que la religióncristiana, como sucedía en tiempos de Cristo, estuviese for-mada por una combinación de religiones del Lejano Oriente? Lareligión debe estar hecha a la exacta medida de la gente a laque se va a predicar. 171
  • LOBSANG RAMPA La religión debe ser algo muy distinto, por ciertoLa deben predicar individuos devotos y no quienesdesean llevar una vida fácil y tener un pasar seguro ycómodo como al parecer ahora sucede. No debenexistir discriminaciones ni tampoco, por cierto,misioneros. Por propia y amarga experiencia sé losmisioneros son los enemigos de los verdaderoscreyentes. Se que en la China. La India y muchosotros lugares —en particular el África— la gentequería convertirse al cristianismo sólo por las dádivasque ofrecían los misioneros. Y también debemos recordarque esos misioneros, con su mentalidad gazmoña, insistíanen que los nativos usaran ropas inapropiadas y que,además, llevaron la tuberculosis y otras terriblesenfermedades a individuos que antes, en el estadonatural que les es propio, eran totalmente inmunes a talesafecciones. Y quizá convenga recodar también la Inquisición espa-ñola, cuando se torturaba y se quemaba viva a la gentede otras religiones porque no creía en las mismas fanta-sías en que creían los católicos o en las que éstosconsideraban que era prudente simular creer. La Edad de Oro llegará. No en nuestra época, sinodespués. Quizá cuando el Dios de nuestro .mundo estémás desocupado, durante el período de ese ciclo bueno,se dedique a estudiar un poco más a los seres humanos y alos animales. Los Jardineros de la Tierra tienen lasmejores intenciones, sin duda alguna; pero nadie puedenegar que a veces es necesario que el dueño de casaintervenga y observe qué hacen sus jardineros, e inclusoque ordene efectuar algún cambio aquí o allá. Yo creo en Dios, pero también creo que es inútil rogary rogar a Dios por cosas triviales. Demasiado ocupadoestá El y, por otra parte, en esta época nuestro ciclo,ritmo o péndulo, se halla en la fase negativa y duranteesa fase imperan la perversidad, la negación y el mal. Demodo que si usted desea algo, ruéguele a su Súper-yo. Ysi su Súper-yo considera que es bueno para usted —y paraél—, quizá se lo conceda. Pero en ese momento tal vezusted ya no lo desee. 172
  • CAPITULO XMargaret Thugglewunk abrió un ojo cautelosamente yatisbó con recelo la plena luz del día. — ¡Ay, Dios mío! —gimió— ¡Qué cosas tiene quehacer una chica para vivir! Abrió lentamente el otro ojo y entonces la luz le diode lleno. Sentía un dolor que le atravesaba de parte aparte la cabeza y pensó que se le iba a partir el cráneo.Entonces se llevó las manos a la nuca y lanzó un gemido,pues el dolor era intenso. Durante un momento-perma-neció tendida tratando de recordar qué había setcedidoesa noche. — ¡Ah, sí! —recordó— Andaba tras ese contrato tenta-dor y ese tipo detestable me dijo que tenía que pasar lanoche con él si quería obtenerlo. ¡Ay, Dios! ¿Qué me hapasado? Que las relaciones sexuales sean correctas, vayay pase; pero yo tengo la sensación de haberme acostadocon un elefante enfurecido. Al fin, sin dejar de quejarse, se dirigió tambaleando alcuarto de baño y se desplomó en el asiento. Allí, despuésde muchas arcadas y vómitos, se envolvió la cabeza conuna toalla mojada sin preocuparse por lo que pudierasucederle a su peinado. Cuando al cabo se sintió un pocomejor, echó una mirada en torno de ella y al hacerlopalideció de rabia. — ¡Este vago inservible de marido! —exclamó— Y ledije que dejara limpio todo por la mañana antes de ir atrabajar... Al pensar en su marido volvió a sentirse mareada y 173
  • LOBSANG RAMPAsalió tambaleándose del cuarto de baño para dirigirse ala cocina. Miró en torno confundida y sus ojos se detu-vieron en un papel apoyado contra una botella deleche. "Estoy harto de vivir con una mujer de laLiberación", decía la nota. "Eso de los mismos derechospuede llegar demasiado lejos; y como te lo pasasdurmiendo por ahí noche tras noche, eso es suficientepara que me vaya. Nunca más me volverás a ver." Tomó la nota y la miró atentamente. Después sevolvió, la puso a la luz y por último la sostuvo al revéscomo si algo se le hubiera ocurrido; pero no, no se lehabía ocurrido nada: en ella no se notaba ni alegría nidolor alguno. Era, sencillamente, otra de esas mujerescobardes e inútiles que se autotitulan liberales, locual construye la peor maldición de nuestracivilización. Yo soy uno de los que sienten absoluto despreciopor las mujeres de la Liberación y de los que abominande ellas porque no sirven de esposas, puesto que sóloson un desecho inútil que lleva a la ruina al génerohumano. Alrededor de 1914 sobrevino una gran tragedia enInglaterra. Ese año comenzó la Gran Guerra, la GranGuerra Mundial, pero también se inició otra guerra: ladenominada guerra de os sexos. A as mujeres lesestaba reservada la tarea de criar a los hijos para queno se extinguiera la raza humana, pero en 1914 seemplearon en las fabricas y empezaron masar ropasmasculinas. Pronto dieron en beber, fumar y emplearun vocabulario tan soez que ni siquiera los hombresutilizaban, por muy depravados que fuesen. En seguidacomenzaron a quejarse y a despotricar diciendo que seles daba un tratamiento injusto, pero ninguna dijojamás qué pretendía. Lo que quieren, según parece, esconvertirse en salvajes redomadas y no tener quepensar en absoluto en perpetuar la especie. Realmente es demasiado espantoso, para decirlo conpalabras, la facilidad con que las muchachas seacuestan con el primer hombre que se les ocurre. Enalgunos casos, esto casi constituye una violación delhombre. Y después, cuando nace un niño delmatrimonio o extrama- 174
  • YO CREOtrimonial, la madre vuelve presurosa a la fábrica, al co-mercio o a lo que sea, y se deshace del niño o lo deja alcuidado de una baby sitter. Después, cuando la criaturacrece, la deja andar por las calles donde acaba por serdominada por otras de más edad y más fuertes. Y de estamanera se forman las bandas que andan sueltas. Veanustedes, si no, esta noticia del peródico The Albertan del15 de julio de 1976, resumida, por supuesto. Dice así;"Niños delincuentes se ofrecen" y después de la consa-b i d a c há c h a r a e l a r t íc u l o c o nt i n ú a : " E n u n i n d e t e r -minado lugar de Vancouver existe un niño de diez añosque se ha puesto a disposición del hampa a fin de que locontraten para cometer homicidios". Al parecer, este joven personaje de diez años capitaneauna banda de cien niños que matan por una paga cuandose les encarga. Hace unas semanas apareció en un diario la noticia deque un niño, incluso menor que aquél, había cometidoun asesinato, y ahora hay otro caso de una criatura quemató a un supuesto amigo. En otros tiempos, la madre solía quedarse en su casa ycriar a sus hijos para que fueran buenos ciudadanos,niños obedientes; y ¿qué cosa mejor puede haber queuna madre que se queda pn casa, educa bien a sus hijos yvela por el bienestar de su familia? Es evidente, pues,que muchas de estas mujeres que no son hogareñas estánbajo el influjo de las fuerzas del mal. Durante la Primera Guerra Mundial las mujeres seemplearon en fábricas, en oficinas y hasta se incorpo-raron a las fuerzas armadas, y entonces quienes se dedi-caban a la propaganda percibieron que se habían dupli-cado las fuentes de ingreso de aquéllos a los que servíanpor medio de la publicidad. A poco la economía tomóun rumbo que hizo que para la mujer fuera necesariotrabajar, o que al menos fuese así a primera vista. Todoel aparato de la propaganda dio en insistir en la conve-niencia de que la mujer comprara esto y aquello; y así,claro, como mujeres que eran, se tragaron el anzuelo, lalínea y la plomada. 175
  • LOBSANG RAMPA Los gobiernos, por su parte, observaron asimismo quecuando las mujeres trabajaban y ganaban mucho dinerohabía más ingresos en concepto de impuesto a los rédi-tos, más efectivo proveniente de los gravámenes a lascompras y una serie de cosas más. No obstante, la mujersigue siendo todavía tan perfectamente tonta que olvidalo que es connatural en ella y sale a trabajar para endeu-darse y comprar cosas que maldito para qué le sirven. Las mujeres actuales —en particular las del movimientode Liberación— carecen por completo de gusto, no tienenni el más remoto senti do del bue n tono en el vestir.Suponen que el summum de la elegancia consiste en salirtodos los días con una blusa fresca y una falda, prendasque adquieren en cualquier tienducha y que por lo co-mún son del material más barato que existe, lleno deaditamentos llamativos. ¿Han reparado ustedes en las mujeres en estos últimos tiempos, es decir, en las muchachas jóvenes? ¿Han visto qué liso tienen el pecho y qué estrechas las caderas? ¿Cómo pueden tener hijos, así? Con fórceps, sin duda, que deforman y comprimen el cerebro. ¿Han observado cómo se está deteriorando en nuestros tiempos la institución del matrimonio? Las mujeres —so- bre todo las mujeres— lo único que desean es amancebarse y dar rienda suelta al sexo; y si después su compañero se enoja un poco con ellas, todo cuanto hacen es recoger sus bártulos y largarse con el hombre que tienen más cerca y esté dispuesto a convivir con ellas. Dentro de la esfera del esoterismo existe un principio masculino y uno femenino, es decir, dos polos opuestos; de manera que, para que el mundo siga siendo un lugar habitado, es preciso que hombres y mujeres sean distintos entre sí. De no ser así, las mujeres serán estériles y por mucho que lo intenten y se esfuercen ya no podrán tener descendencia. Tal vez lo que deberíamos hacer es salir y darles sumerecido a los anunciadores, que son quienes tientan alas mujeres a seguir el camino de la aniquilación delgénero humano. ¡Vaya si podríamos hacerlo! Y bien 176
  • YO CREOclaro que está en el Registro Ascásico de las Probabi-lidades que tal cosa puede ocurrir... como que ya haocurrido hace millones de años. Más allá, mucho más allá de donde.,alcanzan los recuer-dos de nuestra especie, hubo una civilización que conocióun desarrollo sumamente elevado. La gente era de untinte purpúreo, pero no necesariamente humana o, almenos, no del todo humana, puesto que las mujerestenían seis mamas y no dos como ahora, y ademásposeían otras diferencias sutiles. El nivel de esta civilización era muy alto y la vida enfamilia muy acogedora; no obstante, las mujeres resol-vieron no permanecer más en sus casas para formar unafamilia, no quisieron tomarse molestia alguna por el mari-do ni por los hijos y se sintieron perseguidas, si bienjamás dijeron por qué ni qué deseaban en realidad, peroevidentemente algo se había trastrocado en sus mentes.De este modo, pues, quisieron verse libres de los lazosmatrimoniales y tan pronto como nacía un bebé loenviaban a cualquier casa donde quisieran hacerse cargodel hijo que no deseaban. Sucedió así que la raza sedeterioró, degeneró y perdió su pujanza. A la postre lasmujeres se tornaron totalmente estériles y la especie desa-pareció. ¿Saben ustedes algo de jardinería? ¿Han visto algunavez un manzano florecido al que después se lo descuida?Por mucho que ese manzano diera en determinado mo-mento manzanas hermosas y codiciadas por su contex-tura, su sabor dulce, su color, etc., al descuidárselo du-rante un tiempo las manzanas que produce son agrias,mustias, deformes y rugosas. ¿Han visto ustedes alguna vez caballos de pura raza alos cuales se ha descuidado y se deja que se crucen conponies salvajes? Pues bien; yo les diré qué resulta de eso:al cabo de unas pocas generaciones los animales alcanzanel nivel más bajo porque todas esas cosas parecen perju-dicar a la progenie. Lo mismo sucede con los seres humanos. Si se des-cuida a los niños se crían sin disciplina y entonces 177
  • LOBSANG RAMPAaparecen bandas armadas, forajidos, todo lo malo y re-pugnante. Se engendran violadores y hay gente mayorapuñalada y mutilada. Hace muy poco se dio un caso enque dos mujeres se encontraron con un anciano incapa-citado que tenía piernas ortopédicas, y por unas monedasque llevaba en los bolsillos le propinaron una paliza quele rompió ambos miembros artificiales y lo dejaron me-dio desnudo en mitad de la calle. No hace mucho, también, se produjo otro caso en elque asimismo intervinieron mujeres: dos de ellas fueron auna casa habitada sólo por una anciana jubilada y, des-pués de forzar la puerta, le propinaron una paliza. Laanciana pudo salvar su vida fingiendo estar muerta. En-tretanto, las dos mujeres —si se les puede llamar así—desvalijaron la casa y se llevaron todo el dinero que teníaaquélla, dejándola sin un solo céntimo. Porque ya se sabeque los jubilados no cuentan con mucho para vivir. .. ¿Saben ustedes a qué llegan los niños indisciplinados?¿Saben qué sucede cuando se deja que los niños lleguen ala adolescencia sin disciplina alguna, sin pensar siquiera enque deben trabajar? Guillermo el Lobo andaba correteando a medianochepor la calle. El deslumbrante fulgor de las luces de neónvacilaba y volvía a causa del viento nocturno que hacíacimbrar y que se ladearan ls portalámparas. Era el díade pago y todavía, a hora tan avanzada, había muchagente. Los centros comerciales, siempre dispuestos a sacarpartido del día de pago, permanecían abiertos hasta muytarde cuan do existía la posibilid ad de que el diner ocirculara. Guillermo el Lobo era un personaje tenebroso, uno deesos ejemplares francamente indeseables que parecen es-currirse del maderamen los sábados por la mañana y quede madrugada caminan por las avenidas de manera des-mañada y bamboleándose como deficientes mentalesebrios. Ni siquiera sus padres se ocupaban de él y hastale habían negado el refugio de su hogar. Como su padre y su madre trabajaban, cuando Guiller-mo se quedaba en casa hurtaba cuanto podía. Si la 178
  • YO CREObilletera del padre caía en sus manos cuando el ancianoregresaba hecho una cuba, tomaba de ella lo que podía.Siempre estaba al acecho para apoderarse de la cartera desu madre y quitarle todo el dinero que pudiese, y cuandolo acusaban le echaba la culpa a su padre. Guillermo era ya famoso en el barrio. Con su andardesmañado rondaba de continuo por las calles oscurastanteando las portezuelas de los autos para ver cuálesestaban sin llave, y cuando encontraba alguna, pues...allí estaba él para sustraer algo de las guanteras e inclusollevarse las tapas de los cubos de las ruedas. Sus padres estaban hartos de él, de modo que al cabo,viendo que no les prestaba oídos ni movía un dedo porencontrar un trabajo cuando lo expulsaron de la escuela,echaron llave a las puertas, cambiaron las cerraduras ytambién clausuraron las ventanas. Entonces Guillermoanduvo unas cuadras y se dirigió a la oficina de desem-pleo donde adujo falsas razones para no trabajar y des-pués, con un nombre distinto tomado de una carterarobada, consiguió que en Bienestar le dieran dinero.Mas... Guillermo el Lobo rondaba por la calle conm i r a d a v o r a z y e n b us c a d e l a oc a s i ó n , v o l v i e n d o l acabeza de un lado a otro. Miraba hacia adelante y des-.pués hacia atrás. Cuando volvió a mirar al frente, depronto se puso tenso y apretó el paso: allí en la esquinaestaba una muchacha con una abultada cartera, sin dudauna empleada de alguna de las tantas oficinas. Guillermo avanzó con toda tranquilidad y vio queestaba por cruzar la calle, pero en el momento en queiba a hacerlo la detuvo la luz roja. Guillermo avanzó y secolocó a la par de ella, deslizó una pierna por delante dela muchacha y con la mano derecha le dio un empujónen la nuca. La joven cayó pesadamente de bruces y segolpeó con la frente en el bordillo de la acera. El mucha-cho tomó la cartera que asía la mano exangüe de la chicay siguió caminando sin cambiar el paso. Al doblar la esquina se internó en un oscuro callejónque bordeaba un edificio de apartamentos, y rápidamenteechó un vistazo por sobre el hombro a fin de cerciorarse 179
  • LOBSANG RAMPAde si alguien lo segu, .atontes vio a la muchachatendida en el suelo y u a mancha roja que se extendía,una mancha roja que parecía negra bajo las verduscasluces de neón. Con una risita ahogada deslizó el bolsodebajo de su chaqueta de cuero y corrió el cierre de éstamientras proseguía la marcha como si nada en la tierrapudiera preocuparlo, como si fuera la persona más ino-cente del mundo. Llegó así a una parte más sombría aúnde aquel callejón, donde se hallaba un garaje que desdecierto tiempo atrás permanecía desocupado y cerradocon llave p ues sus du eños no se dedicaban ya a esaactividad y querían vender el local. Cierto era que elgaraje estaba cerrado, pero varias semanas antes de suclausura, en un descuido del empleado, Guillermo se habíaapoderado de un duplicado de la llave que se hallaba aun costado de la caja registradora. Una vez que Guillermo se encontró dentro del garajese agachó junto a la puerta, pues el interior estaba muyiluminado a causa de la luz de la calle que entraba poruna ventana. Así pues, se acuclilló en el suelo y volcó elcontenido del bolso. Riéndose entre dientes colocó a unlado todo el dinero que encontró, y después de revolverel resto de las cosas y detenerse a observar los objetosparticulares que las mujeres suelen llevar en la cartera, sepuso a leer con notorio esfuerzo un manojo de cartasque habían en ésta. Al fin, viendo que no había nadamás de valor, apartó con el pie el resto de las cosas haciaun montículo de desperdicios. Entretanto, la joven yacía desmayada y desangrándoseen medio de la indiferencia de la acera. A su lado fluía eldenso tráfico nocherniego con gente que salía de losclubes nocturnos y los cinematógrafos, los últimos traba-jadores de regreso a sus domicilios y los que iban ahacerse cargo de sus turnos. Los automovilistas mirabanasombrados, pero aceleraban la marcha para no versecomprometidos y los escasos peatones que circulaban porla acera se detenían a mirar y en seguida proseguían sucamino. Desde la puerta de un comercio se adelantó unindividuo que había presenciado todo y que, por no 180
  • YO CREOcomprometerse él tampoco, no quiso detener a Guillermoa pesar de haber podido hacerlo, porque ¿a santo de quétenía que c olaborar co n la policía si nada ha bía qu etuviese que agradecerle? Y, si bien se miraba, ¿por quétenía que ayudar a la muchacha si no la conocía siquie-ra? Así pues, avanzó con toda parsimonia y, cuandoestuvo al lado de ella, se inclinó para verla mejor, conje-turando al mismo tiempo que edad podría tener y quiénpodría ser. Después hurgó en los bolsillos de la chica y,c o m o e n e l l o s n o h a l la r a n a d a , le m i r ó l a s m a n o s yentonces advirtió que tenía una alianza y dos anillos más.Sin mayores miramientos se los quitó, los introdujo en subolsillo y después, al incorporarse, la tocó con la puntadel pie para ver si estaba viva o no, hecho lo cualdesapareció en las sombras. En los barrios bajos de Calgary, la apacible vida delpopulacho tomaba día a día un carácter más intranquiloa causa del incremento cada vez mayor de la delincuencia ypor influjo de los grandes titulares de los diarios queclamaban por que se tomasen medidas. Había artículosacerca del aumento de las violaciones y de los asaltos,pero al grueso de la población eso no le importaba: loúnico que le preocupaba era que no les sucediera a ellos.La vida nocturna trascurría en Calgary como antes, esdecir, con muchos so bresaltos y con la angustia de lcrimen agazapado en las sombras y dispuesto a aflorar encualquier momento. Se hablaba de cerrar los parques porla noche, de reforzar la vigilancia nocturna, pero todo sereducía a meras palabras y nada más. Y la ciudad seguíacomo siempre, día tras día y noche tras noche. A los lejos un campanario comenzó a repicar. Media-noche otra vez. En las cercanías sonaba insistentementeuna bocina porque un ladrón había violentado la porte-zuela de algún automóvil y puesto así en funcionamientola alarma. No obstante, nadie "le prestaba atención, nadiese preocupaba de eso puesto que nadie quería compli-carse en nada. Y otra vez medianoche. Guillermo el Lobo trotaba porlas calles. Aquel suéter de cuello levantado que alguna 181
  • LOBSANG RAMPAvez había sido blanco estaba manchado de restos decomida y se le movía por todos lados cuando trotaba,como siempre, a la expectativa de su presa. Al ver lo que estaba esperando aguzó la atención yapretó el pa so. Un trecho más allá, frente a él, unaanciana diminuta que portaba un abultado bolso cami-naba arrastrando los pies. Era sin duda una mujer incapa-citada, disminuida, artrítica tal vez, que arrastraba lospies como si apenas pudiera dar un paso, como si leresultara difícil llegar al final del trayecto. "Pues bien; nollegará", río Guillermo para sus adentros. De inmediato se colocó junto a la anciana y con granfacilidad —destreza que había adquirido después de mu-chos encuentros exitosos— alargó una pierna por delantede ella mientras le colocaba una mano en la espalda paraempujarla hacia adelante y hacerla caer de bruces paraarrebatarle la cartera. Con todo — ¡oh, sorpresa! — laancianita se zafó y le dio a Guillermo en la cabeza consu pesado bolso. Guillermo vio llegar el golpe como un rayo y sintióque le daba en la cabeza con un formidable chasquido.Entonces vio puntos brillantes y un dolor agudísimo learrancó un grito. Después, todo se desvaneció ante él y,como sus anteriores víctimas, cayó al suelo y rodó hastaquedar de bruces. Los encallecidos y desaprensivos testigos del hechopudieron ver con apático asombro que la ancianita colo-caba un pie en la cintura de Guillermo, cacareaba encan-tada como un gallo en un estercolero al despuntar el alba ydespués se marchaba con paso ufano. La noche trascurría. ¿Había pasado un mihuto o unahora? Para Guillermo eso era imposible de calcular. Alcabo, ju nto a aquel b ulto info rm e abando na do en laacera se detuvo un coche policial que se hallaba efectuandosu recorrida de rutina, y de él descendió un antiguooficial con la mano apoyada en el arma. Este avanzóhacia aquel cuerpo y con un pie lo movió sin mayorescuidados para volverlo de espaldas. Entonces, al agacharsepara observarlo mejor, lo reconoció. 182
  • YO CREO — ¡Vaya, es Guillermo! —exclamó dirigiéndose a sucompañero que aún se encontraba dentro del coche—. Alfin le dieron su merecido. Cumplida su función de reconocimiento, volvió al au-tomóvil, descolgó el micrófono y pidió que enviaran unaambulancia a recoger a una persona malherida. La ancianita, sentada junto a la ventana en la oscu-ridad de un apartamento cercano de la acera de enfrente,espiaba a través de las cortinas y, al ver que metían en laambulancia a Guillermo sin ninguna clase de miramientos —pues también lo conocía el personal del cuerpo sanita-rio—, se echó a reír a más no poder y después decambiarse se fue a dormir. El Registro Ascásico —que ciertas personas pueden vercuando se dirigen al plano astral— es un archivo de todocuanto ha ocurrido dentro del mundo correspondiente.Es decir, que se puede ver el origen del mundo desde lamasa gaseosa original hasta el estado de semifusión. En élse contempla, pues, todo lo que ha sucedido. Digamosque con el mundo ocurre lo mismo que podría sucedercon una persona cuyos padres hubiesen puesto en funcio-namiento una cámara de filmar desde el momento de sunacimiento hasta el de la muerte, de manera tal quecualquier persona pudiese después rebobinar la película yobservar todo lo acontecido, cuándo, dónde y cómo. Yesto ocurre con todos los mundos. Además, existe un Registro de Probabilidades donde seve lo que se supone que puede suceder, si bien la formade proceder de cada lugar puede modificar los aconteci-mientos. Ahora, por ejemplo, se están produciendo gran-des temblores de tierra en el Lejano Oriente y la Chinase ha resquebrajado. Pues bien, mi opinión personal esque esas cosas se producen en gran parte a causa detodas las pruebas atómicas subterráneas que se llevan acabo en los Estados Unidos y en Siberia. Es lo mismoque sucede cuando se dan golpes en una determinadaestructura y no se observan trazas manifiestas de quehaya sufrido ningún daño, no obstante lo cual despuésaparecen fallas o fracturas en algún lugar distante. Los 183
  • LOBSANG RAMPAingenieros de aeronáutica lo saben bien, puesto que cuan-do algún avión realiza un mal aterrizaje que puede causardestrozos aparecen roturas en la cola. Hace muchos años cierto cultista me invitó a que meuniera a él en un plan que tenía. Su propósito eraexplotar la idea de viajar él al astral —tal vez con sucartapacio, supongo—, efectuar las consultas del caso yregresar con la información pertinente para vendérsela alcorrespondiente consultante por una suculente suma. Meescribió acerca de esto para interesarme en su plan,diciéndome que nos podíamos hacer millonarios en me-nos que canta un gallo. Yo me negué, razón por la cualtodavía soy pobre. El Ascásico de las mujeres señala que todo cuantoconcierne a la Liberación Femenina no debió haber suce-dido. No debió haber existido todo ese odio, todo eseencono que sienten las mujeres por tal causa. No obs-tante, yo sé muy bien que la mayoría de las mujeres sonpersonas decentes y que, si ingresan en ese movimientode Liberación Femenina, es por puro afán de diversión yno lo toman demasiado en serio. Con todo, hay ciertacantidad de excéntricas, de mujeres que ponen la abre-viatura "Sra." antes de su nombre —supongo que quieredecir "soy rematadamente alcornoque"—, lo cual les vie-ne de perillas pues eso es lo que son: rematadamentealcornoques. Al poner eso, cuando en realidad no debe-rían poner naaa antes del nombre, suscitan vibracioneserróneas, pues las vibraciones son lo esencial de todaexistencia. Es decir, suscitan malas vibraciones para símismas. Si las cosas siguen así, como al parecer pretenden estasmujeres, pronto habrá otras fuerzas que organicen algonuevo y piensen que es posible trasmitir a los habitantesde la tierra el carácter de su propia simpleza para quehaya una reversión a ese estado que se registró en ciertacivilización desaparecida hace muchísimo, una civilizaciónque existió en la tierra en tiempo inmemoriales y-de lacual sólo quedan constancias en el Ascásico. En aquella civilización, en la que toda la gente era de 184
  • YO CREOpiel purpúrea en lugar de negra, amarilla, cobnza o blan-ca, las mujeres traicionaron a la humanidad ante ciertasecta de los Jardineros de la Tierra, los superseres quevelan por e ste mundo o que se supone que tal es sufunción. Estos, al parecer, habían desvirtuado bastante sumisión en los últimos tiempos. Así pues, las mujeresllevaron por mal camino a algunos de los hombres Jardi-n e ro s y el hecho suscitó u n a gran discord ia con lasesposas de éstos. Sin embargo, de su unión en la tierrasurgió una nueva raza, la que fue dominada por lasmujeres que se hicieron cargo de todas las tareas, demodo que pocas fueron las que quedaron para los hom-bres, salvo las de meros servidores —casi esclavos— paralos impotentes. No obstante, en ciertas casas especialesde lujo había "caballadas" muy viriles, cuya única finali-dad era la de asegurar la necesaria descendencia. P u e s , s í . T o d o e s t o e s p e r f e c t a m e n t e c i e rt o ; y ta ncierto es que con la mayor sinceridad les digo que siustedes leen mis libros —los diecisiete— y hacen las cosasque señalo, siempre que las intenciones sean puras po-drán ir al astral y ver el Registro Ascásico de estemundo. El Registro Ascásico de las personas no se puedever porque... pues porque eso podría significar unaventaja desleal sobre "la competencia". Para ver el Regis-tro Ascásico personal de algún individuo que ha vividodentro de los últimos mil años es preciso contar con unadispensa especial, como creo que la llama la Iglesia Cató-lica Apostólica Romana. En aquella época hace tiempo desaparecida, cuandoimperaba el matriarcado, las mujeres tenían que trabajararduamente, casi lo mismo que los esclavos del comunis-mo, y sólo las más hermosas, las más sanas o las quedisfrutaban de la privanza de las conductoras podíanconcurrir al "criadero" por placer o, en cásos necesarios,también para procrear. ¿Imaginan ustedes qué sería la Tierra si en la actuali-dad hubiese algo semejante? ¿Imaginan cómo lo anuncia-rían a las mujeres simplonas las empresas de publicidad?"Casa de Placer de Polly. Se dispone de los hombres más 185
  • LOBSANG RAMPAvigorosos. Elija el color o el matiz de su agrado y lasproporciones de su preferencia. Tarifas razonables. Pre-cios especiales para las socias del club." Pero sabido es que, como siempre ocurre, toda socie-dad antinatural con el tiempo desaparece. Y así fuecomo aquel matriarcado concluyó, pues estaba tan des-compensado que al cabo se derrumbó y la civilizaciónentera feneció. Y ¿saben por qué estaba descompensado? Basta pen-sar en lo que sucede con la batería del coche, con laspilas del aparato de radio o con cualquier cosa que tengaun polo positivo y uno negativo. Si suponemos que dealguna manera podemos hacer que el negativo sea máspotente que el positivo, todo el esquema se desequilibra,¿no es cierto? , y al cabo de un tiempo deja de funcio-nar. Pues bien; eso es lo que ocurrió con aquella razapurpúrea especial. La vida exige que haya igualdad entre lopositivo y lo negativo, que el bien y el mal existan enproporciones iguales para que se equilibren. O sea, que lomasculino y lo femenino deben estar en proporcionesiguales, sin lo cual no puede existir vida bien equilibrada.No obstante, las mujeres de la Liberación Femenina seempeñan en quebrantar ese orden natural y buscan estro-pear la ecología humana. Tal cosa, empero, no puederesultar. Al hacerlo, las instigadoras del movimiento sólopueden conseguir una gran cantidad de pésimo karma,pues basta ver lo ambiciosas que son, y ya se s,lbe que laambición es una de. las grandes maldiciones de este mun-do. La Ley de Oro dice que debemos proceder con losdemás como quisiéramos que los demás procediesen connosotros. Por otra parte, también es mejor dar que reci-bir, pues cuando se da se acrecienta el buen karma; demanera que, si se es como esas mujeres de la Liberaciónque procuran sembrar el desacuerdo y la rivalidad, lo quese consigue es un pésimo karma, sin duda. Yo, que siempre he tenido la facultad de ver el aurahumana, cuando observo a una mujer de la Liberaciónpercibo que la de ella es muy oscura y retorcida y quenada tiene de femenina. Reparen ustedes tan sólo en las 186
  • YO CREOque conocen: ¿no son, acaso, sumamente detestables?Nada hay de femenino en ellas, nada delicado ni hermo-so. Escuchen ustedes la voz que tienen: estridente y peorq u e l a d e u n g a t o e n c e l o e n m i t a d d e l a n o c he . N o ,evidentemente no poseen encanto alguno esas mujeres dela Liberación, que todo cuanto hacen es ansiar, ansiar yansiar, avidez ésta que las lleva a su propia ruina.. Lo que siempre me asombra mucho son esas mujeresque se casan y no adoptan el apellido del esposo paraque la unión sea equilibrada. Aquí, en Canadá, hay unaspirante al "santo oficio" de primer ministro cuya es-posa no usa su apellido y se llama "Sra." sin connotaciónalguna de estado civil. ¿Cómo se puede decir, pues, que ala cabeza del país se halla una familia sensata cuando susdos integrantes principales no forman una anidad? Esimposible. Entonces, si las mujeres no quieren ser esposas, ¿porqué se casan? Si no quieren ser esposas pero deseantener hijos, pues... que se funden criaderos como losque existen para el ganado, puesto que si esas mujeresson así no son más que ganado. Yo creo que vale máscriar hijos que disfrutar de diez minutos, poco más omenos, de dudoso placer. Yo creo que las mujeres fuerondotadas por la naturaleza para ser madres y criar a sushijos, de manera que si cuando los tienen los sueltan a lacalle tan pronto como saben hablar, lo que hacen esechar al mundo criaturas carentes de amor, que es lo queen la actuali tau tenemos. Porque ahora existen bandas dechiquillos dispuestos a matar, pandillas de niños quemerodean por los paseos públicos destrozando árboles,arrancando plantas y haciendo todo cuanto pueden paracrear un infierno. En otros tiempos las esposas eranrealmente esposas, permanecían junto a sus maridos y lesprestaban su apoyo. El marido salía a ganar el sustentodiario y la mujer se quedaba en su casa para atender a lafamilia y educar a sus retoños. - Claro que mucho de todo esto se debe a los capitalis-tas, puesto que esa gente ávida de dinero considera queal trabajar las mujeres pueden duplicar sus ganancias. 187
  • LOB SAN G RAMPAClaro que es muy lindo tener dinero; pero yo, que nuncahe tenido mucho, prefiero ser honesto y no como esoscapitalistas que no titubean en echar a perder la civiliza-ción con tal de hacerse de unos pocos billetes. La genteque se dedica a la publicidad hace ofertas tan tentadorascon las tarjetas de crédito, los plazos y todas esas cosas,que las personas de poco carácter se sienten seducidaspor ellas y, al ceder a la seducción, se empeñan hasta lostuetanos y sólo pueden hacer frente a sus deudas siempreque tengan uno o dos trabajos y, a veces, hasta tres. Cuando vivía en Windsor conocí a cierto individuo quetenía cuatro empleos y así fue cómo acabó en la tumba.Su mujer trabajaba en dos lugares, de suerte que entreambos tenían seis empleos; pero estaban tan endeudadosque, cuando el hombre murió, todo cuanto poseían se lollevaron los acreedores. Yo me pregunto, entonces, porqué la gente no puede vivir de manera más razonable,más económicamente, en vez de aspirar a tener todo loque ve como si fueran criaturas caprichosas que se apode-ran de cuanto cae en sus manos y lloran como desafo-radas si algo se les niega. Como creo haber dejado bien establecido, soy un deci-dido opositor del movimiento de Liberación Femeninaporque he visto los resultados de esa espantosa secta, oc o m o s e l a q u i e ra l l a m a r . L o h e v i s t o e n e l R e g i s t r oAscásico y he recibido millares de cartas en las que se merefieren todos los sinsabores que han caus do algunas deesas mujeres. En la actualidad hemos llegado a una encrucijada en eldestino de la humanidad, de modo que si la gente noadopta una acertada decisión la sociedad puede perder suestabilidad. Tiene que producirse una revitalización de lareligión, cualquiera que ella sea, y conste que no merefiero ni al cristianismo, ni al judaísmo, ni al islamismo,ni al hindu ísmo ni a ningún cre do en particular. N ointeresa de qué religión se trate. Es necesario que surjauna nueva porque las viejas han fracasado rotundamente.Por ejemplo, el cristianismo. ¿Qué es el cristianismo? ¿Esel catolicismo? ¿Es el protestantismo? ¿Cuál es la religión 188
  • YO CREOcristiana? Y si las dos religiones son cristianas, ¿por quéluchán, entonces, en Irlanda del Norte? Por otra parte,también hay lucha entre cristianos y musulmanes enBeirut; y además están los ateos rusos, cuyo único dioses el comunismo, y ese Mao que al parecer está destor-nillado y a quien hace tiempo que no se ve ya. Según lasnoticias que nos llegan acerca de la situación en laChina, no me resulta tentador ir a ver qué pasa allí. Demanera que lo que tiene que haber es una religión mejor,es preciso que haya sacerdotes que sean sacerdotes y nomeras personas que aspiran a una vida regalada sin tenerque esforzarse mucho para ganar dinero, cosa que hacenen nuestros días. Y permítanme que les refiera que hace muchos años,en un país que no voy a mencionar, yo me sentí suma-mente enfermo. Tenía trombosis coronaria y el únicomédico que se pudo conseguir era católico ferviente. Puesbien; éste entró en la habitación, me examinó, me hablócon palabras piadosas y después me dijo: "No puedohacer nada por usted. .. ¿Me permite rezar? " Así, sinesperar a que yo dijese ni sí ni no, se dirigió al centro dela habitación, se hincó de rodillas, juntó las manos yempezó a farfullar una serie de cosas. Y ésa fue la últimavez que lo vi. Nos encontramos; como ya he dicho, en una encru-cijada. Tenemos que optar entre contar o no con unasociedad equilibrada en la que hombres y mujeres esténunidos como compañeros, en igualdad de condiciones, yen la que ellos velen por sus hijos en lugar de deshacersede ellos para dedicarse a otras "criaturas" mayores yposiblemente depravadas. Porque esto último es lo quepuede acabar con la sociedad. En Rusia se solía reunir alos. niños en casas especiales para que el Estado loscuidase mientras los padres y las madres trabajaban en lasfábricas, las granjas o las comunas. Se ha visto, empero,que esto no es tan bueno como se suponía, de maneraque ahora las madres quieren quedarse con sus hijos,permanecer en sus casas, lo cual viene produciendo unagran conmoción en Rusia para que se permita que ellas 189
  • LOBSANG RAMPAcuiden de sus niños. Lo que nadie sabe es en qué va aacabar todo esto. Hitler, que por cierto tenía algunas ideas estrafalarias,contaba con puestos especiales de reproducción. Tal vezustedes ha yan leído a lgo acerca de esto; pero, com opuede haber quienes no estén enterados, vamos a dar unasomera idea de lo que realmente acontecía. Los dirigentes del partido buscaban en todo momentoafiliados perfectamente leales y sanos con aptitudes paraser buenos padres. Así, cada vez que hallaban a algúnjoven o a alguna muchacha de probada lealtad y exce-lente salud, los enviaban a grandes mansiones rurales. Allílos alimentaban bien, los cuidaban con esmero y, una vezrecuperados un poco —puesto que las raciones alemanaseran bastante magras en aquellos tiempos—, se les permitíareunirse para que eligieran su pareja. Elegida ésta, yprevio otro examen médico, se los autorizaba a perma-necer juntos durante una semana. Y ya saben ustedes quésucede cuando a un joven y a una moza se les permiteestar juntos durante toda una semana sin vallas de nin-guna especie, por decir así, y contar con la aprobaciónestatal de todos sus actos. Así pues, una vez nacido elniño fruto de semejante unión, se le retiraba éste a lamadre para ponerlo en un hogar especial donde se locriaba con arreglo a la técnica, la ciencia y el "kno w-how" nazi de la época. Con ello se pretendía que talesniños se constituyeran en el núcleo de una raza superior. Veinticinco años después de todo eso hubo investiga-dores que se preguntaron qué habría sucedido en eselapso, de manera que se dieron a la tarea de localizar aesos niños —a la sazón ya mayores, por supuesto— y casisin excepción observaron que poseían un nivel intelectualinferior. Algunos, incluso, eran deficientes mentales, locual demuestra que ni siquiera Hitler podía poner juntos aun hombre y una mujer, batirlos un poco y producir porlo menos un ser normal... Cuando lleguemos al año 2000 se sabrá si es precisoeliminar de la Tierra a la gente, como si se tratara demaleza, y plantar nuevos ejemplares. Con todo, si las 190
  • YO CREOmujeres permanecen en sus casas y saben ser esposas ymadres —como es de esperar—, esta raza especial podráseguir viviendo y conocerá la Edad de Oro. Todo, seño-ras y mujeres de la Liberación —que no son señoras—,todo depende de ustedes. ¿Qué van a elegir ustedes?¿Que se las considere como malezas o ingresar en laEdad de Oro con estabilidad en la familia? 191
  • CAPITULO XIMe parece que, como en este libro tratamos acerca demetafísica, espíritus, fantasmas, etc., tal vez sea de inte-rés que les refiera —no muy seriamente— la Historia delgato del cantinero. Pues bien: este cantinero era un hombre sumamentesimpático y en verdad muy celoso del cumplimiento dela ley. Desde hacía muchos años tenía un lindo gatito— c r e o q u e e r a u n g a t o r u b i o c on m a n c h a s d e c o l o rcastaño o algo parecido— que solía sentarse en el mostra-dor, cerca de la caja registradora. Cierto día el gatomurió y entonces el cantinero, que lo quería mucho y sesentía muy desolado, se dijo para sí: "Ya sé qué voy ahacer: le voy a cortar la cola a Tom, voy a ponerla enuna caja de vidrio y la colocaré sobre el mostrador en sumemoria." Así pues, como el cantinero tenía un amigo que erataxidermista, hizo que éste le cortara la cola a Tom ydespués enterró al gato. Tom, el gato del cantinero, había llevado una vid aejemplar. Prestaba atención a todas las conversaciones dela gente que acudía al mostrador y se compadecía de loshombres que decían que sus esposas no los comprendían ycosas por el estilo. De manera que Tom, como era ungato tan bueno, fue al cielo. Llegó, pues, al Paraíso,golpeó la puerta y allí, claro está, lo recibieron compla-cidos. Sin embargo — ¡oh, desdicha de desdichas! , ¡oh,sorpresa! —, el Guardián de la Puerta le dijo: 193
  • LOBSANG RAMPA — ¡Ay, Dios mío, Tom! ¡Te has venido sin cola!¿Cómo vamos a hacer ahora para admitirte aquí si notienes rabo? Volvióse To m y al ver que le falta ba la cola s e sor-prendió enormemente; y boquiabierto como quedó por elasombro, poco faltó para que hiciera un surco con lamandíbula en los prados celestiales. Pero en ese instantele volvió a hablar el Guardián de la Puerta. Te diré qué vamos a hacer, Tom: te vuelves yt r a e s tu rabo, que nosotros te lo pegaremos para quepuedas entrar en el cielo. Pero, ahora, márchate. Yo teesperaré. Miró el gato del cantinero el reloj que llevaba en elb r a z o i z q u ie r d o y v i o q u e n o f a l t a b a m u c h o p a r a l amedianoche. " ¡Ay, vaya! ", se dijo; "mejor será que meapresure porque el amo cierra a medianoche y clasura lacantina. Debo darme prisa." Así pues, partió al escape hacia la tierra y entró atodo correr por el pasillo que conducía a la fonda.Golpeó con fuerza a la puerta pero, por supuesto, lacantina ya estaba cerrada. Entonces Tom golpeó otra vezde la manera que sabía que golpeaban algunos parro-quianos privilegiados; al cabo de un momento la puertase abrió y apareció el cantinero. ¡Vaya, Tom! —exclamó pasmado elh o m b r e — ¿ Q u é haces aquí? Te hemos enterradohoy, de modo que no puedes volver así como así; estásmuerto, ¿te enteras? Tom miró exasperado al cantinero y le dijo: Mi amo; sé que ya es casi medianoche ym u y t a r d e para ti; pe ro he est ad o allá arr ib a, en elcielo, y no permiten que me quede porque no tengocola. De manera que, si me devuelves mi rabo —puedesatármelo, si te parece—, me vuelvo al cielo y entonces medejarán entrar. El cantinero se llevó una mano al mentón —cosa quesolía hacer cuando se enfrascaba en sus pensamientos—,puso un ojo en el reloj (claro que metafóricamente ha-blando, por supuesto, porque de haberlo lanzado contraél se habría quedado sin ojo y hubiese roto el reloj), y 194
  • YO CREO — ¡Caramba, Tom! ¡No te imaginas cuánto lo lamento,muchacho! Pero ya sabes lo respetuoso de la ley quesoy y que ya estamos fuera de horario. La ley nopermite que devuelva colas a los espíritus a deshoras. Bien. Volvamos ahora a la tarea más seria de continuarcon este capítulo, que es el último del libro. Aquel hombre, oriundo de uno de los antiguos paísesdel Mediterráneo —tal vez fuese Grecia o Roma o algunopor el estilo, aunque en este momento no recuerdo—,aquel hombre, como digo, se hallaba parado sobre uncajoncito. Se llamaba Plinio Segundo y, a no dudar, erau n s u j e t o m u y m a ñ o s o , l o c ual no podí a ser de otromodo puesto que, como su nombre lo indica, no era elprimero sino el segundo. Quizás hayan leído ustedes enlos diarios esos anuncios tan rimbombantes de las casasde alquiler de automóviles, uno de los cuales dice que talfirma es la segunda y que por eso tiene que esmerarsemás. Pues bien, Plinio Segundo hacía lo mismo, o seaque debía esforzarse más para rer más listo que PlinioPrimero. Estaba de pie, digo, sobre un cajón de jabón, si bienno sé de qué marca era por que e n aquella é poca lasempresas de publicidad no se habían puesto a la tarea derotular tanto todas las cosas. Y allí estaba aquel hom-bre, Plinio Segundo, sosteniéndose precariamente con supeso encima de un endeble cajoncito. — ¡Amigos! —exclamó después de observar un instante ala multitud, pero nadie lo miró siquiera y no obtuvorespuesta— ¡Amigos, prestadme oídos! —insistió, estavez casi con un bramido. Pensaba que era más prudente pedirle al público que leprestara oídos puesto que lo conocía y sabía muy bienque no iba a cortarse las orejas y seguir andando, y quesi las orejas se detenían también deberían detenerse susdueños y, por ende, se quedarían a escuchar lo que élquería decir. Sin embargo, tampoco entonces obtuvo respuesta. Vol-vió a detenerse un momento nara contemplar a la presu- 195
  • LOBSANG RAMPArosa multitud que fluía en todas direcciones y en eseinstante se le ocurrió algo nuevo. — ¡Amigos! ¡Romanos, griegos, norteamericanos! —ex-clamó, pero en seguida se detuvo confundido, aún con laboca abierta, pues de pronto recordó, no sin sonrojarse,que todavía debían t ra scurrir siglos antes de que sedescubriese América. Sin embargo, como al parecer nadiehabía advertido el error, prosiguió con su arenga. Ahora bien, como yo soy una persona muy amable—aunque haya quienes piensen que soy un viejo gruñón,un caradura y una serie de cosas más, de lo cual me heenterado porque me escriben para decírmelo—, a conti-nuación les doy la traducción de lo que dijo PlinioSegundo. Esta traducción la ofrezco, naturalmente, por-que ustedes no entenderían nada de su idioma original, niyo tampoco. "No hay ley alguna qu e nos proteja contra la igno-rancia de los médicos, porque éstos aprenden a expensasdel tembloroso cuerpo de sus pacientes y a riesgo deellos. Matan y dejan tullida a la gente con toda impu-nidad, y cuando algún paciente muere le echan la culpa aél y no al tratamiento. Hagamos algo para que se con-trole a esos médicos que no acatan los dictados de nohacer mal y de consolar al paciente mientras la natura-leza lleva a cabo la cura." ¿Se han detenido ustedes a pensar alguna vez en elestado caótico en que se encuentra la medicina? Porquerealmente se halla en un caos pasmoso. Hoy, los médicosen general dedican nueve minutos a cada paciente, con-tados desde el momento en que éste se presenta hastaque se va. Nueve minutos. Es decir, no mucho tiempop a r a e l c o nt a c t o p e r s ona l n i m u cho p a r a c on o c e r a lpaciente. P u e s s í ; c o s a m u y p e r e g r i n a e s la m e d i c i n a e n l aactualidad. Siempre se pensó que los médicos debíanhacer mucho por el sufriente, pero ahora, después decinco mil años de historia médica documentada, no haymédico capaz de tratar un catarro. Si lo tratan, puededecirse que el catarro desaparecerá a las dos semanas; 196
  • YO CREOpero si el paciente es sensato y no va a ver al médico,sino . q ue d eja el asun to a cargo de la natur aleza, elcatarro se puede curar en catorce días. ¿Han observado ustedes cómo el común de los médi-cos analiza al paciente? Lo miran atentamente duranteun minuto para tratar de averiguar su grado de instruc-ción, porque hace años, muchos años, muchísimos, Escu-lapio el Sabio llegó a la conclusión de que cuanto mássabe el paciente menos confianza le tiene al médico. Si las cosas hubieran marchado a derechas en estemundo y el reinado de Kali no hubiera prosperado tantoa causa del entusiasta apoyo de los jóvenes y del movi-miento de Liberación Femenina, etc., la medicina habríaalcanzado un gran desarrollo. Por ejemplo, contaríamoscon la fotografía del aura, la cual permitiría a los enten-didos diagnosticar una enfermedad incluso antes de queatacara al cuerpo; y entonces, por medio de vibraciones,frecuencias o ciclos adecuados —llámeselos como se losllame—, el paciente podría sanar antes de estar enfermo,por decir así. Por mi parte, no he tenido dinero suficiente para llevara cabo una adecuada investigación. No deja de ser cu-rioso el hecho de que cualquier abogaducho pueda pedircuarenta dólares por hora de trabajo —pedirlos y perci-birlos—, que una mecanógrafa pueda pedir —y cobrarlostambién— tres dólares por escribir una carta de unapágina y que la gente pague la mar de dinero por beber,divertirse, etc., pero que cuando se trata de contribuir ala investigación nadie tenga un céntimo o algo por elestilo. De esta manera, la ciencia de la observación _fielaura no ha podido avanzar como yo esperaba, pues sibien yo puedo ver el aura de cualquier persona en cual-quier momento, eso no significa que la puedan ver uste-des, ¿no es cierto? Ni quiere decir que su médico puedaverla. Por eso yo he venido dándole vueltas a la idea deque con un aparato apropiado cualquiera podría exami-nar el aura humana. Cuando se puede ver el aura es posible observar alesquizofrénico y percibir la forma en que está escindido. 197
  • LOBSANG RAMPA Es como si se tuviera inflado uno de esos globos enormesy de pronto quedara dividido por el medio y tuviésemosdos globos. Además, se puede ver la cercanía del cáncer—a través del aura, por supuesto—, de manera que con laaplicación de un antídoto adecuado según la vibración, elc o l o r o el s o ni d o , se l o pod r í a d e t e n e r a n t e s d e q u eatacara al cuerpo. Mucho es lo que se podría haberhecho en bien del paciente. Uno de los grandes males parece ser que en la actua-lidad todos padecen de sed de dinero. Así es comovemos que los colegiales y universitarios comparan lasposibilidades para ver qué profesión —abogacía, sacer-docio o medicina— les ofrece las mejores perspectivaseconómicas y la mayor holganza posible; pero, según vanlas cosas con la medicina actual, parece que los queganan más son los dentistas. Lo que realmente estaba previsto en esta parte delciclo de vida era que los médicos fueran personas degenuina vocación, gente que no pensara en el dinero. Enefecto, lo que se procuraba era que fueran "monjes de lamedicina", hombres y mujeres que no tuviesen otrasmiras que las de auxiliar a sus semejantes. Que el Estadoproveyese a sus necesidades y les diera todo cuantopudiesen desear dentro de lo razonable. Además, debíanestar exentos de obligaciones impositivas y otras cargassemejantes y disponibles en todo momento, e inclusoatender las llamadas a domicilio. ¿Se han detenido ustedes a pensar en que hay médicosqué hacen esperar al paciente cuatro horas en el consul-torio para después atenderlo en nueve minutos? ¿Cómopuede ese médico conocer a fondo la historia clínica delpaciente? ¿Cómo puede conocer sus antecedentes here-ditarios? De modo que no existe una relación médico-paciente, sino que más bien se trata de cosas descom-puestas que se envían a reparar al taller. O sea que esalgo sumamente despersonalizado; y si el médico sos-pecha que el paciente le va a ocasionar una molestia demás de nueve minutos, lo despacha al hospital, lo cual escasi lo mismo que mandar a reparar un artefacto y 198
  • YO CREOdejarlo en un estante por un tiempo. Todo el sistemasanitario es incorrecto, de suerte que en la Edad de Oroque vendrá tendrá que haber algo de lo que he señalado,e s d e c ir , qu e l o s m é d i c o s s e a n sa c e r d o t es o , p o r lomenos, que estén adscritos a alguna orden religiosa. Ten-drán que ser personas consagradas a su arte y estardisponibles por turnos, puesto que no se les puede pedirque trabajen veintiséis horas por día. No obstante, lo quesí se espera de ellos es que trabajen más de seis, que es eltiempo que en la actualidad dedican a la profesión. Una de las cosas espantosas que hoy suceden es quelos médicos tienen varias habitaciones para atender. Elmédico tiene su despacho en un extremo del corredor ya lo largo de éste se hallan situados cuatro, cinco o seispequeños cubículos en todos los cuales aguarda un pa-ciente. Así, el médico efectúa una rápida consulta con elpaciente y después lo envía al Cubículo. Entonces, mien-tras el paciente se quita la ropa o se prepara, el médicorealiza apresuradas visitas a los demás cubículos, lo cualno deja de ser una suerte de producción en serie, como sise tratara de un conjunto de gallinas cuyas jaulas estu-vieran en hilera y a las que se da de comer para engor-darlas, de modo que por un extremo entra la comida ypor el otro salen los huevos. Y con los pacientes pareceocurrir algo muy semejante: las sabias palabras del mé-dico entran por un extremo —los oídos—, y la paga —seadel Estadó o del paciente— fluye continuamente por elotro. Esto, pues, no es medicina. El médico no siempre es fiel a su juramento. A me-nudo, cuando va al club, habla de los asuntos de fulana ode mengana, o se ríe con sus amigos a propósito de quezutana quería pero no podía y que entonces el matri-monio no podía andar -bien... Ya saben ustedes cómoson estas cosas. A mí me parece que, una vez que obtienen su licenciapara ejercer, los médicos cierran los libros por siemprejamás y si adquieren algún nuevo conocimiento es porconducto de los visitadores que van de médico en médicopara tratar de incrementar las ventas. Los visitadores 199
  • LOB SANG RAMPAmédicos, por sipuesto, encarecen todos los aspectos favo-rables de los itedicamentos de sus respectivos labora-torios, pero nunca hablan de los espantosos efectos cola-terales que se pueden presentar. Recuerden ustedes loque sucedió en Alemania cuando se suministró a lasmujere s embarazadas aquella terrible droga y dieron a luzniños deformes, sin brazos, sin piernas y una serie decosas más. Aquel fue un experimento fallido, pero es depresumir que si los médicos hubieran estudiado más sehabrían dado cuenta de que en ciertos casos se podíanpresentar efectos colaterales desastrosos. Pero, no; simple-mente tomaron al pie de la letra la propaganda de ladroga, la prescribieron y después el error corrió porcuenta de la mujer. Lo mismo ocurre con las píldoras anticonceptivas. Lasmujeres quedan embobadas e hipnotizadas por toda esacháchara que les promete poder gozar sin tener que pagar elpato siempre que tomen tal o cual píldora. Pues bien, losexámenes que hoy se efectúan de las pacientes seña lanque a menudo existen efectos colaterales como cáncer,náuseas, etcétera. De manera que las empresas deproductos farmacéuticos han vuelto ahora a sus tablerosde dibujo, por decirlo así, y están tratando de idear otrosmétodos para ponerle freno al raudo esperma e impedirque estreche vínculos con el impaciente óvulo. Ya hanexperimentado con elementos intrauterinos, etc., peroesto no deja de ser antihigiénico y, por lo,temás, pro-duce cáncer. Llegado el momento se contará con un sistema abso-lutamente infalible para controlar la natalidad (no, noestoy hablando de abstención), lo cual se hará por mediode cierto tipo de trasmisor ultrasónico adaptado a lafrecuencia exacta del hombre o de la mujer, que pro-ducirá el efecto de neutralizar el esperma en su con-ducto de modo que no sea fértil. En realidad, es posibleneutralizar tanto el esperma como el óvulo —siempre quese lo sepa hacer— por medio de ondas ultrasónicas, locual no provoca trast orno a lguno en ningu no de lo sparticipantes. Pero esto es algo que "vendrá con la Edad 200
  • YO CREOd e O r o , s i em p r e q u e és t a l l e g u e . V e r e m o s . . . P o r q u esegún andan los vándalos hoy día, y la manera en que laLiberación Femenina da pábulo al vandalismo, no sé... El dolor es algo espantoso, ¿no es cierto? Pero ni losmédicos ni los farmacéuticos han arribado realmente aninguna solución para dominarlo. Para ello no bastanunas pocas aspirinas, y el demerol sólo actúa tempora-riamente y tiene posibles efectos colaterales. Y despuésnos queda la morfina y sus derivados, que producenacostumb ra miento. Yo creo, empe ro, que los investi-gadores deberían tener en consideración, antes que nada,el hecho de que el dolor sólo puede sentirlo el individuocuyo ego está consciente, de modo que deberían haceralgo para establecer una barrera entre el lugar del dolor ylos nervios receptores. Mis propias experiencias como paciente de hospital nome permiten ser lo que se llama un admirador del mun-dillo de la medicina, puesto que cuando sorpresivamentetuvieron que llevarme muy enfermo y con espantososdolores al Foothills .Hospital pasamos momentos de con-fusión porque se había declarado una huelga de médicos,enfermeros o algo parecido, y no admitían pacientes,razón por la cual Mamá San Ra-ab tuvo que ponerse encontacto con el servicio público de ambulancias. Este Servicio de Ambulancias de Calgary, como ya hedicho en otras ocasiones, es lisa y llanamente insuperable,p u e s e l p e r s o n a l e s m u y e f i c i e n t e y c o r t é s y , p o r lodemás, tiene gran consideración por el paciente. De ma-nera que no tengo palabras para encomiar a esa gentecomo se merece. Estoy seguro de que tanto Cleo comoTaddy Rampa besarían gustosas a todas esas personaspara que pudieran decir . que las han besado gatas sia-mesas, lo cual constituye una bendición, ¿no es cierto?- Cómo digo, pues, a poco se oyó un ulular de sirenasque se extinguió de pronto cuando la ambulancia frenóen la puerta, y sin pérdida de tiempo se presentaron dospersonas con sendos maletines negros. No eran de esosindividuos que de ordinario constituyen la dotación de 201
  • LOBSANG RAMPA las ambulancias, sino personal de actividades paramédicas,q u e e s l o m e j or d e t o d o e l e q u i po . H i c i e r o n a l g u n a spreguntas, y sin abrir siquiera los maletines trajeron ro-dando una camilla, la situaron junto a mi cama y consumo cuidado me colocaron en ella. Después me bajaronen el ascensor y ya en la calle me introdujeron en elvehículo en menos que canta un gallo. Mamá San Rampase sentó adelante con el conductor, y el otro profesionalse colocó a mi lado. Había tenido la suerte de que meenviaran una ambulancia flamante, pues era la primeravez que se usaba y todavía olía un poco a pintura frescay a desinfectante recién colocado. Después de recorrer las calles de Calgary llegamos a unhospital cuyo nombre no voy a dar porque, en mi opi-nión, es el peor de Alberta, de manera que lo llamaréSan Marmitón por designarlo de algún modo. En realidadpodría encontrarle un nombre más apropiado, pero mu-cho me temo que entonces mi respetado editor sesonrojaría (¿son capaces de sonrojarse los editores? ) yquerría que enmendase la plana. A poco la ambulancia entró en lo que al parecer erauna oscura y lúgubre caverna. Desde mi punto de obser-vación, echado de espaldas como estaba, me pareció queme introducían en una fábrica a medio terminar con unaplataforma para cargas a un costado. Por lo demás, aden-tro hacía un frío espantoso. Cuando al fin nuestros ojosse acostumbraron a la oscuridad, el personal de la ambu-lancia me s acó del veh ículo y me llevó en la camillarodante a lo largo de un lóbrego corredor donde todoscuantos veía me parecían atacados de morriña. "Ay, Diosmío", pensé entonces; "Me han traído por error a unafuneraria" Mamá San Ra-ab desapareció dentro de un míserocuartucho donde tuvo que proporcionar todos mis datos,después de lo cual me empujaron hacia el Servicio deUrgencia q ue, al parecer, era un amplio recinto conbarras niqueladas de las cuales pendían cortinas que noen todos los casos estaban corridas, y allí me colocaronen una especie de catre. 202
  • YO CREO Uno de aquellos auxiliares de la ambulancia, que cono-cía mis impedimentos, le dijo a una enfermera: — Enfermera, hace falta una barra de mono. La barra de mono —dicho sea de paso— es eso que seeleva a un metro más o menos por sobre la cabecera dela cama y tiene una pieza metálica triangular, forrada deplástico, que pende de una cadena corta. Sirve para quelos parapléjicos —corno yo— se puedan incorporar ysentar. Yo tengo una. en casa desde hace años y nuncame ha faltado cada vez que estuve en algún hospital;pero aquella vez, cuando el auxiliar le dijo a la enfermeraque yo necesitaba una, la mujer lo miró con una acritudque excedía lo normal y le espetó: — ¡Ah! , así que le hace falta una barra de mono,¿ n o ? P ue s , ¡ aq u í n o h a y ! — d i c h o l o cual se vol vi ó ysalió del cubículo. Los dos auxiliares me miraron compadecidos al parque meneaban la cabeza. — ¡Siempre es así! —me dijeron. Entonces hubo un compás de espera. Me dejaron enaquel minúsculo cubículo donde a cada lado de mi camahabía otras. Jamás me volvía a mirar cuántas había, noobstante lo cual Mía oír una serie de voces pues atodos les hacían exponer sus problemas en público. Algu-nos tabiques de lona no estaban corridos, pero como detodos modos había aberturas arriba y abajo, no existaintimidad alguna. En aquel momento se produjo un hecho terriblementegracioso.... es decir, gracioso para mí. En la cama de miderecha había un anciano al que acababan de traer de lacalle, y a él se aproximó un médico. — ¡Ay, Dios mío, abuelo! ¿Otra vez usted? Ya le hedicho que no bebiera más porque, si continúa bebiendo,el día menos pensado lo van a recoger muerto. Hubo unos gruñidos y rezongos hasta que al . fin elanciano estalló para bramar: ¡Yo no quiero que me curen de la bebida, malditasea! ¡Quiero que me curen del temblequeo. 203
  • LOB SAN G RAMPA El médico se encogió resignadamente de hombros —Lovi con toda claridad— y dijo: —Está bien. Le voy a dar una inyección que por ahoral o compondrá para que pueda ir a su casa. ¡Pero n ovuelva a aparecer por aquí! Unos minutos después, mientras me hallaba acostadoen aquel catre, por el corredor apareció de mal talanteuna enferm era que se zambu lló en mi cubículo. Sinpronunciar palabra alguna y sin mirar siquiera para verquién era yo y qué podía necesitar, me quitó la sábanaque me cubría, me dio un tirón del piyama y clavó unaaguja hipodérmica,en mis desprevenidas nalgas. Después,casi sin solución de continuidad, me arrancó la aguja deun tirón, giró sobre sus talones y se fue. Tan cierto esesto que desde entonces siempre me pregunto si acaso nome habrá aplicado la inyección que debía administrarle alanciano beodo de la cama próxima a la mía. Todocuanto sé —pues no se me dijo una sola palabra de loque me iban a hacer— 1s que me aplicaron algo en el...pues ya lo saben ustedes, con perdón de las damas. Al cabo de un rato acudió un peón y, sin que mediarapalabra alguna, tomó el catre por un extremo y comenzó aempujarme hacia afuera. — ¿ A d ó n d e m e l l e v a ? — l e p r e gu nt é c o n t o d o e lderecho del mundo, según mi opinión; pero él se limitó amirarme de mal modo y continuó empujándo me a lolargo del corredor. — Ya lo verá cuándo lleguemos —me respondió alfin—. Y sepa usted que no soy un peón cualquiera, sinoque estoy ayudando. En realidad, yo presto serviciosen... --37 entonces mencionó"otro departamento. S i e m p r e c r e í y s i e m p r e s e m e d i j o q ue u n a d e l a sobligacione s del médico, de los enfermeros y de todapersona vinculada con el tratamiento, es comunicar alpaciente qué es lo que se hace con él y por qué, puestoque si bien se piensa es algo muy serio ensartarle unaaguja en las posaderas y dejarlo pensando qué puedeestar sucediendo. I b a m o s po r e l c o r r e d o r c u a n d o s e m e a c er c ó u n a 204
  • YO CREOespecie de clérigo , . Me observó y en seguida adoptó unagélida expr esión d e ro bot y v olvió la , ca ra. Evidente-mente, yo no era oveja de su rebaño, de modo que él sefue por un lado y a mí me empujaron hacia el otro. — ¿Es él? —preguntó una voz chillona cuando lacamilla se detuvo. El peón se limitó a afirmar con unmovimiento de cabeza y se marchó, dejándome en lapuerta de l o que en resumidas c u entas vi q u é era lasección de rayos X. Poco después llegó alguien que le dio un empellón ami camilla —como si fuera una locomotora que empujaseunos vagones—y entré rodando en la sala de rayos X. —Súbase allí —me dijeron cuando la camilla estuvojunto a una mesa. Me ingenié entonces para colocar la parte superior demi cuerpo sobre aquella tarima y después me volví haciala muchacha desmirriada que estaba allí. La miré y mepregunté qué estaría haciendo una chiquilla como aquéllaen semejante lugar, con medias blancas y unas faldas tanescuetas que se le veía... pues, digamos que el lugardonde a mí me habían pinchado con una agujahipoder-mica. — ¿Tendría usted a bien ayudarme a poner las piernasaquí? —le dije- Yo solo no puedo. S e v o l v ió y m e m i r ó c o n l a b o c a ab i e r t a , l l e n a d eestupor. — ¡Oh, no! —me dijo con gran arrogancia—. ¡Yo soyuna técnica! —añadió llena de espanto y con toda dig-nidad—. ¡No soy la indicada para ayudarlo! Así pues, a costa de grandes penurias, de esfuerzosrealmente espantosos, me las compuse para asir mis tobi-llos con la mano derecha y ponerlos sobre la mesa. S i n d e c i r e s t a b o c a e s m í a , l a té cn ica - a se p u s o amanipular su máquina de rayos X, a pulsar botones, etc.,y después se colocó detrás de una pantalla de vidrioesmerilado. — Respire -me dijo—. Contenga la respiración. Espire. Allí estuve más o menos diez minutos mientras se impresionaba la placa, hasta que al fin llegó alguien que, 205
  • LOBSANG RAMPAsin decir palabra, volvió a colocar - la camilla junto a latarima. — ¡Suba! —me dijo, y otra vez con tremendo esfuerzotuve que arreglármelas para colocarme en aquel catre,después de lo cual la mujer lo empujó para sacarlo de lasala de rayos hasta que fue a dar contra una par,,d. Hubo una nueva espera y por último llegó alguien que,despué s de mirar la tarjeta que estaba prendida a lacamilla, me empujó sin pronunciar palabra hasta el Ser-v i c i o d e U r g e n c i a d o nd e m e m e t ie r o n e n u no d e l o scubículos como quien mete una vaca en el redil. Así, al cabo de tres o cuatro horas me examinó unmédico, pero entonces me enteré de que no podían hacernada porque no había camas vacantes en el hospital,excepto una en la sala de mujeres. Con todo, cuando lesmanifesté que por mí no había inconveniente alguno; noles pareció apropiada mi opinión. De manera, pues, que me dijeron que regresara a micasa por qu e no me po dían atend er y por que "en ellaestaría mejor". — En su casa podrán atenderlo mejor —me dijo al-guien; y créanme ustedes que no tuvieron necesidad depersuadirme de ello. Entre tanto, Mamá San Ra-ab había permanecido todoese tiempo sentada en una sala de espera sumamente fría,en un banco durísimo, sintiéndose —me imagino— comoun náufrago en una isla desierta. No obstante, al fin lepermitieron aproximarse al Servicio de Urgencia y en-tonces llamaron a la ambulancia para que me llevara acasa. Desde ésta hasta el San Marmitón hay dos kilómetros ymedio, y de aquí a casa otros dos y medio, de modoque en total son cinco kilómetros, si los cálculos no mefallan. Ese inútil viajecito, sin embargo, cuesta setentadólares. La culpa no la tiene el personal de las ambu-lancias, sino que eso es lo que factura la municipalidadpor un llamado de urgencia. En resumidas cuentas, ahora estoy buscando otro lugarque no sea Calgary, con preferencia alguna otra pro- 206
  • YO CREOvincia, porque me siento asolado por la brutalidad deltrato médico que se dispensa aquí. Además, me dejaestupefacto lo que se cobra en los medios sanitarios deCalgary. Y esto me da pie para otra reflexión. Yo creo que lamedicina debería practicarla sólo gente que se consagrara aella por entero; creo que se debería extirpar como hier-bas malas a los advenedizos, así como a quienes eludensus responsabilidades, porque muchos pacientes gustan iral hospital de urgencia y sentarse en la sala de esperacomo si se tratara de un club campestre, con la salvedadde que ningún z.lub de este carácter es tan fastidioso. Creo, además, que los médicos y los enfermeros —sí, ytambién el personal de servicio— deberían tener másconsideración por los pacientes, y que si adoptaran ypracticaran la Ley de Oro de "proceder con los demásc o m o se d esea q ue l os de más p r o c e d a n c o n u n o " . e lmundo no sería tan malo al fin y al cabo, ¿no es cierto? Incluso habría servicios de urgencia donde se respetasela intimidad, puesto que yo pude enterarme de la historiade aquel anciano que se hallaba a mi derecha, y tambiénllegó a mis oídos la de una joven situada a mi izquierda,quien -por decirlo con toda delicadeza— tenía problemas decarácter sexual con su esposo y eso la tenía, digamos,, unpoco atormentada. En aquella oportunidad, el médico quela atendió —al que tampoco le importó demasiado lareserva debida del caso — le formuló preguntas muy ínti-mas y le dio consejos en voz alta, de modo que no mecabe duda de que la pobre mujer se encontraba tani n c ó m o d a c o m o y o . Así, una vez en casa con MamáSan Ra-ab, Buttercup ttouse, .Cleo y Taddy, sentí un"llamado" para que me pusiera a escribir otro libro —eldecimoséptimo—, el cual debía llamarse Yo creo. Y ahora, pues, creo que éste es el momento de dar porconcluido ese libro. 207