Tres vidas

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Lobsang Rampa: "Tres Vidas"

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Tres vidas

  1. 1. PALABRAS PREVIAS E ste l ibro NO se pre sen ta a u s te d co mo f icc ió n porune razón muy especial: ¡NO es ficción! P o r su p u e s to , p o d e mo s c o n v e n ir f ác il me n te e n q u ealgunas de las expresiones sobre la vida de este mundoso n "l ic enc ias l i te r ar i as", pero de be u s te d ac ep tar m iaf irmación de que TODO lo que se dice sobre la vida en"el otro lado" es definitivamente verdadero. Algunos n acen dotados de un gr an talen to music al;o tr o s, d e u n g r an tal e n to ar tí s tic o y p u e d e n p in t ar ycautivar al mundo. Cierta gente tiene el preciado don desu propio y duro trabajo y una insistente devoción parael estudio. Yo tengo poco en cu an to a los bienes materiales ene s te m u n d o — n o te n g o c o c h e , n i t e l e v i s o r , n i e s to n iaquello—, y durante las veinticuatro horas del día estoypostrado en cama porque, entre otras cosas, soy paraplé-gico: no puedo utilizar las piernas, lo cual me ha dado lagran oportunidad de desarrollar talentos o capacidadesque me fueron concedidos al nacer. Puedo hacer todo lo que escribo en cualquiera de mislibros. . . ¡excepto caminar! Tengo la f acultad de hacerviajes astrales y, debido a mis estudios y, según supongo,a l a pec ul iar in cl in ac ió n de mi c ar ác ter, soy c ap az deviajar al astral, a otros planos de existencia. Los personajes de este libro son seres que han vivido ymuerto en este mundo y, en razón de previsiones especia-les, me ha sido dado seguir sus "Vuelos hacia lo Desco-nocido". Insisto, todo lo expuesto en este libro sobre l aOtra Vida es absolutamente cierto, por lo cual no clasifi-caré el libro como ficción. Lobsang Rampa 9
  2. 2. CAPITULO I "¿Quién es ese cascajo? " Leonides Manuel Molygruberse enderezó lentamente y miró al que había hecho lapregunta. "¿Eh? " —dijo. "Le pregunto que quién es esecascajo.- Molygruber miró la calle donde un hombre en una sillade ruedas impulsada eléctricamente acababa de dar vuel-ta, ingresando en un edificio. " ¡Oh, él! —masculló Moly-gruber, expectorando con gran habilidad sobre el zapatode un individuo que pasaba—, es un tipo que vive por aquí;escribe libros o algo por el estilo, una cantidad de chis-mes sobre fantasmas y otras cosas raras, y cuentos sobregente que está viva cuando está muerta." Dio un resopli-do con gran suficiencia y continuó: "Todo porquería, niun poquito de sentido en esa basura. Cuando usted estámuerto, está muerto, es lo que yo siempre digo. Se salencon la suya, llegan curas que le dicen que tiene que rezaruna o dos oraciones, y entonces, si usted repite bien laspalabras exactas, se salvará e irá al cielo, y si no, irá alinfierno. También tiene al Ejército de Salvación que pasahaciendo un escándalo infernal los viernes por la noche,y luego los tipos como yo tenemos que venir con nues-t r a s c a r r e t il l a s y b a r r e r u n a v e z q u e s e v a n . A h í s equedan dando alaridos y golpeando sus tamborines —ocomo diablos se llamen esas cosas— metiéndoselas por lasnarices a los que pasan, chillando que quieren dineropara Dios". Lo miró nuevamente con cierta atención y sesonó la nariz sobre la acera. Entonces, volvió hacia su 11
  3. 3. LOBSANG RAMPAinterlocutor y dijo: "¿Dios? Nunca hizo nada por mí,jamás. Yo conseguí mi propio pedazo de acera que tengoque mantener limpia, y la barro... la barro... la barro, ytomo dos tablas y levanto los montones y los pongo en micarretilla; y cada tanto viene un coche —nosotros losllamamos coches, pero en realidad son camiones— y tomami carretilla y la levanta con toda la basura dentro y selleva la basura y tengo que empezar todo de nuevo. Esun trabajo que no se termina nunca, día tras día, sinparar. Usted nunca sabe qué inspector vendrá en suflamante Cadillac, y si uno no está doblado sobre susescobas todo el tiempo... bueno, supongo que va y se lodice a alguien en la Municipalidad y que ese alguien haceun escándalo a mi jefe, y mi jefe viene y me hace un lío amí. El me dice que no importa si yo no trabajo, el quepaga impuestos jamás lo sabrá, pero que haga como quetrabajo, y usted tiene que doblar la espalda para eso".Molygruber lo miró atentamente un poco más e hizo latentativa de empujar su escoba; luego descargó su narizcon un sonido horrendo sobre su manga derecha y conti-nuó: "Usted se estará preguntando en este momento,don, si alguien dice lo que le está diciendo este barrende-ro, pero lo que yo afirmo es esto: ningún Dios bajóalguna vez hasta aquí y estuvo barriendo por mí; siempretuve que romperme los lomos durante todo el día, empu-jando la porquería que la gente tira. Usted nunca creerálo que junto en mi sector, hasta pantalones y otras cosasque van con los pantalones, de todo; usted no creerájamás lo que encuentro en las esquinas de estas calles.Pero, como estaba diciendo, ningún Dios vino para ayu-darme a empujar mis escobas, ni a levantar la basura delas veredas por mí. Soy yo, pobre diablo honrado que nopuede conseguir un trabajo mejor, el que lo hace". El hombre que había formulado la pregunta miró desoslayo a Molygruber y dijo: "Un poco pesimista ¿ver-dad? Me juego a que usted es ateo". "¿Ateo? — replicó Molygruber—. No, no soy ateo; m imadre era española, mi padre era ruso y yo nací en 12
  4. 4. DESPUES DEL TIEMPOToronto. No sé lo que eso significa para mí, pero no soyateo; de cualquier manera, no sé qué lugar es ése." Su interlocutor riendo explicó: "Un ateo es un homsbre que no cree en una religión, que no cree en nada,excepto en el presente. El está aquí ahora y cuandomuere se ha ido... ¿dónde? Nadie lo sabe, pero el ateocree que cuando él muere su cuerpo es exactamentecomo la basura que usted recoge. Eso es un ateo". Molygruber rio entre dientes y replicó: "¿Eso es él?¡Eso soy yo! Ahora he aprendido una nueva cosa; soyateo, y cuando los muchachos que trabajan conmigo mepregunten qué soy, les diré siempre: no, no soy ruso, nosoy español, soy ateo. Y entonces irán riéndose y pensa-rán que el viejo Molygruber es inteligente, después detodo". El hombre se levantó y empezó a andar. Qué razónhabía para perder tiempo con un viejo gusano como ése,pensó. Es extraño cómo todos estos barrenderos —asis-tentes de calles, como ellos mismos se llaman— son tanignorantes y, sin embargo, representan realmente unafuente de información sobre toda la gente que vive en eldistrito. Se detuvo repentinamente, golpeándose la frente consu mano abierta: " ¡Qué tonto soy! —dijo. Estaba tratan-do de averiguar algo sobre ese tipo". Volvió sobre suspasos hasta donde Molygruber estaba todavía de pie enactitud contemplativa, intentando aparentemente emulara la estatua de Venus, salvo que no tenía la formaexacta, el sexo exacto, ni los agregados exactos. Unaescoba no es algo interesante, después de todo, paralograr una buena pose. El hombre se le acercó, diciendo:" ¡Oiga! Usted que trabaja por aquí, que conoce a lagente que vive aquí ¿qué le parece esto? —y al mismotiempo le mostraba un billete de cinco dólares—; quierosaber algo acerca de ese tipo, el de la silla de ruedas". La mano de Molygruber se movió con celeridad hastael billete de cinco dólares, arrebatándolo de la del pre-guntón casi antes de que éste se diera cuenta de que selo había sacado. "¿Conocer sobre ese viejo? —preguntó. 13
  5. 5. LOBSANG RAMPA¡Seguro que sé de él! Vive por ahí, baja por esa calle-juela y luego dobla hacia la derecha. Allí es donde vivedesde hace dos años. No se lo ve mucho. Tiene unaenfermedad en las piernas o algo por el estilo, y dicenque no va a vivir mucho más. Escribe libros; lo llamanRampa y las cosas que dice son sencillamente ridículas:la vida después de la muerte. No es ateo y dicen que hayuna cantidad de personas que leen sus libracos. Ustedpodrá ver cómo los muestran en ese negocio; vende unaenormidad. Es curioso cómo hay gente que hace dinerotan fácilmente, nada más que escribiendo unas palabraslocas, mientras yo tengo que sudar y echar las tripasmanejando esta escoba ¿no? " El hombre preguntó: "¿Puede decirme exactamentedónde vive? Usted afirma que en esa casa de departa-mentos, pero dí game, averig ü e p a r a m í , ¿ D O N D E V I -VE? Usted me dice el número del departamento dondevive; yo volveré aquí mañana, y si ha conseguido averi-guar a qué hora sale, le daré diez dólares". Molygruber quedó un rato pensativo, se sacó la gorra yempez ó a rascarse l a cabez a y luego a tirarse de loslóbulos de las orejas. Sus amigos dirían que jamás lohabían visto hacer antes estas cosas; pero Molygrubersolamente las hacía cuando estaba pensando y, como susamigos aseguraban, él nunca pensaba mucho. Pero bienpodía tomarse ese trabajo ahora si había diez dólares depor medio por tan poco esfuerzo. Luego escupió y dijo:" D o n , u s t e d s a b r á mu c h o d e e se v i e j o ; t r a t o h e c h o .Venga mañana aquí, a esta m i s m a h o r a , y l e d i r é e lnúmero de la casa donde vive y cuándo sale. Tengo unamigo que conoce al guardián de la zona; empacan labasura juntos. La basura sale en aquellas cosas grandesazules ¿ve? Bueno, mi amigo averiguará para mí y, siusted quiere soltar un poco más, yo podría averiguarmuchas cosas para usted". El hombre levantó las cejas y, arrastrando los pies,contestó: "Bien, ¿él tira a la basura cartas o cosas comoésas? " " ¡Ah, no, no! —dijo Molygruber—, eso ya lo sé; es el 14
  6. 6. DESPUES DEL TIEMPOúnico de esta cuadra que tiene una cosa que hace picadi-llo sus papeles. Aprendió esa trampa en Irlanda. Algunavez unos periodistas se apoderaron de ciertos papelessuyos y él es un tipo, según dice, que no hace dos vecesla misma tontería. Compró una cosa que le hace pedazoslas cartas como si fueran papel picado o serpentinas. Yomismo lo he visto en las bolsas de basura. No pued ojuntar eso para usted porque allí son muy cuidadosos yno dejan nada que dé lugar a sospechas..." "Muy bien, entonces —dijo el preguntón—, pasaré poraquí mañana a esta misma hora y, como se lo he prome-tido, le daré diez dólares a cambio del número deldepartamento y aproximadamente a qué hora lo puedoatajar cuando salga. ¡Adiós! " Y con esto el curiosolevantó a medias la mano en un saludo y siguió sucamino. M o lygruber se quedó qu ieto, tan q u ieto quepodría haberse pensado que era, en realidad, una estatua;pensando, tratando de resolver el problema sobre cuántasbotellas de vino podría comprar con diez dólares. Luego,lentamente y arrastrando los pies mientras empujaba suvieja carretilla, simulaba con un pretendido barrido levan-tar la basura a medida que avanzaba. Exactamente entonces un hombre, en ropas negrasclericales, dio vuelta apresuradamente la esquina, y cayócasi sobre la vieja carretilla de Molygruber, quien excla-mó enojado : " ¡Fíjese por dónde camina! Casi vuelc atoda la basura. Me he pasado toda la mañana cargandoesta carretilla". El párroco se sacudió algunas motas desu saco y miró al viejo Molygruber. "Ah, buen hombre—dijo—, usted es la persona que puede ayudarme. Soy elnuevo párroco de este distrito y quiero continuar hacien-do visitaciones. ¿Podría usted informarme acerca de lagente que ha venido a vivir a esta zona? " El viejo Molygruber puso el índice y el pulgar sobrelas ventanas de su nariz, se inclinó hacia adelante, y conun sonoro resoplido descargó sus fosás nasales, errándolea los pies del párroco que quedó muy disgustado. "¿Visitaciones? —exclamó el viejo basurero—; siemprepensé que eso era lo que el diablo hacía El nos recuerda 15
  7. 7. LOBSANG RAMPAcon visitaciones, y lue go nos brot amos con g ranos yfurúnculos y todo por el estilo; o acabamos de gastarnuestra última moneda en una botella de vino y alguiennos la quita de las manos. Eso es lo que pensé que eran lasvisitaciones." El párroco lo miró de arriba a abajo con verdaderodisgusto. "Hijo mío, hijo mío —dijo—, debo suponer quehace mucho tiempo que usted no entra a una iglesia,pues es singularmente irrespetuoso para con los hermanosde hábito." El viejo Molygruber le devolvió la mirada directamente alos ojos, diciendo: "No, don, yo no soy hijo de Dios.Justamente acababa de decir lo que soy; soy ateo, eso eslo que soy". Y mientras hablaba sonreía de manera pocotranquilizadora. El párroco se desvió unos pasos y luego,mirándolo, replicó: "Pero, mi buen hombre, usted debetener una religión, usted debe creer en Dios. Venga eldomingo a la Iglesia y le dedicaré un sermón especial-mente, a usted, uno de mis afortunados h— manos quetiene que barrer basura durante toda su vida" Molygruber se inclinó complacientemente sobre el ex-tremo de su escoba y contestó: "Ah, no, párroco, nuncame convenc erá de que hay un Dio s. Fíjese en usted;tiene un montonazo de dinero, yo lo sé, y todo lo quehace es largar unas cuantas palabras sobre algo que noexiste. Pruébeme, señor párroco, que hay un Dios. Trái-gamelo y deje que choquemos las manos. Ningún Diosjamás ha hecho nad a por mí". Se detuvo y empezó abuscar afanosamente en sus bolsillos hasta que encontróun cigarrillo a medio fumar; luego hizo lo propio con unfósforo que encendió sobre la uña del pulgar antes depr o s e g u i r : " M i m a dr e e r a u n a d e e s a s t í a s q u e l o h a -cen... —usted me entiende— por dinero. Nunca supoquién fue mi padre, probablemente una caterva de tiposfue realmente responsable. Y yo tuve que hacerme cami-lo desde que era un chico que no llegaba a la rodilla dein saltamontes; y nadie jamás hizo algo por mí. Así queisted no venga desde su cómoda casa y su cómodotrabajo y su gran coche a sermonearme sobre Dios. Haga 16
  8. 8. DESPUES DEL TIEMPOprimero mi trabajo en la calle y veremos lo que su Dioshace por usted". El viejo Molygruber resopló con rabia y, con un mano-tón se puso en movimiento con una celeridad no acos-tumbrada. Tiró la escoba sobre la parte superior de lacarretilla, tomó las varas y se fue casi al trote por lacalle. El párroco lo vio alejarse con una expresión detotal sorpresa pintada en el rostro y, sacudiendo la cabe-za, se marchó mientras murmuraba: " ¡Válgame Dios,válgame Dios! ¡Qué hombre incrédulo! ¡A dónde he-mos llegado! " Al finalizar el día, Molygruber se reunió con un par deporteros, barrenderos, encargados —llámeselos como sequiera— de algunos de los departamentos de los alrededo-res. Tenían la costumbre de encontrarse de este modo,intercambiando así sabrosos comentarios de suficiencia.En su estilo, Molygruber era uno de los más conocedoresde la cuadra; sabía el movimiento de todos los queentraban en cada uno de los departamentos y de los quesalían de ellos. De modo que dijo a uno de sus compañe-ros: "¿Quién es ese viejo de la silla de ruedas? Escribe¿no? ". Los encargados se volvieron hacia él, y uno deellos, largando una estrepitosa carcajada, espetó: "No medigas que te interesas por la lectura, muchacho. Yo creíaque estabas por sobre todas esas cosas. De cualquiermanera, ese tipo está escribiendo algo sobre lo que lla-man `tanatología. Yo mismo no sé qué es, pero escuchéque es algo así acerca de cómo se vive después que se.muere, lo que me pareció bastante ridículo, pero eso es.Sí, él vive en nuestro sector". Molygruber dio vuelta su cigarrillo en la boca y, pa-seando su mirada bajo su nariz, dijo: "Buen departa-mento ha de tener ¿eh? Apuesto a que con las últimascomodidades. Me gustaría ver por dentro alguno de esosdepartamentos". El guardián le contestó, sonriendo: "No, te equivocas.Vive muy modestamente. Podrás no creer en todo lo queescribe, no importa, pero te digo que vive tal como diceque hay que vivir; y, por lo que se ve, está bastante mal 17
  9. 9. LOBSANG RAMPAy pronto sabrá la verdad de esta tanato... no sé cuántosque está escribiendo". - "¿Dónde vive? ¿En qué departamento, quiero decir?" El guardián le echó una mirada: "Ah, eso es un secre-t o , u n a c o sa m uy s e c ret a . L a g e nte n o de b e s a b e r e lnúmero, pero yo sé dónde vive. Y tú, ¿qué sabes de eso,eh? ". Molygrube r nada co nt estó, y am bos volvier on a suhabitual conversación deshilvanada durante algún tiempo,para luego: "¿Dijiste que es nueve, nueve o algo... sudepartamento? ". Su compañero rio, diciendo: "Sé queestás tratando de embromarme, viejo zorro, pero portratarse de ti te lo diré. Su número es..." Precisamenteen ese momento uno de los camiones recolectores debasura entró en la vereda rechinando y golpeteando; lacargadora automática entró en acción, ahogando con suruido infernal el diálogo de los dos hombres. Pero Moly-gruber, que era despierto cuando se trataba de dinero,levantó un paquete de cigarrillos vacío y sacando unlápiz, lo alargó a su compañero diciendo: "Aquí tienes,escríbelo. Yo no voy a decir quién me lo dio". Un pocoa su pesar, obligadamente, y preguntándose en qué anda-ría el viejo barrendero, el guardían así lo hizo, devolvien-do el papel a Molygruber que le echó una mirada, llevóla mano a su cabeza y deslizó el paquete vacío decigarrillos en su bolsillo. "Tengo que irme —dijo el guar-dián—; saca algunos de estos tachos; el próximo es nues-tro turno para vaciarlos." Y se volvió, entrando al colec-tor de basura de su edificio. El viejo Molygruber losiguió. Pronto el camió , ,i basurero dio la vuelta; dos hombresbajaron de él y tomando la carretilla de Molygruber, lalevantaron hasta la parte trasera del rodado. "Sube, viejo— d i j o u n o d e l o s h o mb r e s , e l c on d u c t o r , qu i z á — , t ellevaremos al depósito". Molygruber subió sin importarleque aún disponía de quince minutos, y se dirigieron aldepósito de distribución. "Díganme, muchachos —dijo Molygruber—, ¿ustedesconocen en mi distrito al escritor llamado Rampa? " 18
  10. 10. DESPUES DEL TIEMPO "Sí —dijo uno de los hombres—, nosotros recogemosuna enormidad de basura en su cuadra. Parece ser quegasta muchísimo en remedios: tira un montón de cajasvacías, botellas y envases por el estilo, y ahora veo queha estado haciéndose una cantidad de inyecciones o algoasí por unas agujas que tienen la marca Tuberculina. Nosé qué es eso, pero así están marcadas. Tuvimos queevitar que un guardián —uno de relevo— se comunicaracon la policía porque nadie quiere estas cosas. Se pregun-taban si el infeliz estaría tomando drogas." El recolectorde basura se detuvo un rato y armó cuidadosamente uncigarrillo; luego, cuando quedó satisfecho, insistió: "Nun-ca creí en gente que se comunica con la policía. Recuer-do que hace poco, el año pasado, se hizo todo un lío deuna confusión. Un guardián de relevo había encontradoun viejo balón de oxígeno entre la basura y, a pesar deque estaba totalmente vacío, sin siquiera una válvula, fue ala policía y a los hospitales hasta que después de unmontón de inconvenientes se en contró que el hech otenía una explicación perfectamente legal. Después detodo, la gente no tiene balones de oxígeno a menos queesté enferma ¿no? " Cambiaron una mirada y se dispusieron a trabajar.Había pasado un minuto de la hora; cumplían un lapsoextra sin que se lo pagaran. Rápidamente se despojaronde sus overoles y, poniéndose sus chaquetas de todos losdías, bajaron de los coches precipitadamente para pasarun tiempo callejeando, dando vueltas las esquinas. A la mañana siguiente Molygruber fue un poco mástarde a su trabajo. Cuando entraba en el depósito paratomar su carretilla, un hombre le hizo un cordial saludodesde el pescante de un camión que avanzaba. " ¡Eh,Moly! —gritó—, aquí hay algo para ti. Estuviste pregun-tando tanto sobre el tipo que te traje algo de lo que élescribe. Mete la cabeza en esto". Y así diciendo, le arrojóun libro en rústica cuyo título era "Yo creo". "Yo creo —murmuró Molygruber—, a mí no me denestas estupideces. Cuando uno está muerto, está muerto.Ninguno volvió para decirme: ¡Eh, Molygruber, pórtate 19
  11. 11. LOBSANG RAMPAbien en tu vida, vi ej o, que aquí h ay un trono hech oespecialmente para ti, lejos de los sucios tachos de basu-ra." Pero dio vuelta el libro entre las manos, recorrióalgunas páginas rápidamente, y luego lo guardó deslizán-dolo en uno de sus bolsillos interiores. "¿Qué hace ahí,Molygruber? ¿Qué está robando ahora? ", preguntó unavoz áspera y, saliendo de una pequeña oficina, aparecióun gordo que, extendiendo la mano, ordenó: " ¡Déme! ".Molygruber desabrochó en silencio el botón superior dela chaqueta y extrajo el libro, entregándoselo. " ¡Hum!—dijo el superintendente, o capataz, o lo que fuere— ¿asíque ahora se dedica a estas cosas, eh? . Pensé que ustedcreía solamente en sus botellas de vino y en su paga." Molygruber sonrió al rechoncho personaje quien, aun-que bajo, era todavía más alto que él mismo, y dijo:"Ay, ay, jefe, usted que tiene un montón de estos librosdígame cómo pueden ellos probarle si hay alguna vidadespués de ésta. Si yo camino y encuentro una cabeza depescado a la vuelta de una esquina y la levanto, nadie vaa decirme que el pescado vivirá de nuevo". Se volviosalivando intencionadamente sobre el piso. El superintendente dio vueltas una y otra vez el libroentre sus manos, y luego dijo lentamente: "Bueno...,usted sabe, Molygruber, hay una cantidad de cosas sobrela vida y la muerte qu e nosot ros no ente ndemos deltodo. Mi mujer está realmente convencida de lo que dice.este tipo; ha leído todos sus libros y jura que lo que élescribe es nada más que la verdad. Ella es algo vidente,ha tenido algunas experiencias, y cuando habla de eso mesaca el diablo afuera. En realidad, hace un par de nochesme asustó tanto con los fantasmas que asegura que haencontrado, que me fui a tomar uno o dos tragos y luegoo t r o s m u c ho s m á s y cu a n d o v o l ví a a c a s a . . . b u e n o ,tenía miedo hasta de mi propia sombra. Pero siga con sutrabajo, muchacho, siga con su ronda, ya está atrasado.Esta vez se lo voy a perdonar porque yo mismo lo heestado demorando, pero muévase. Ponga un pie delantedel otro un poco más rápido de lo acostumbrado. ¡Va-mos! " 20
  12. 12. DESPUÉS DEL TIEMPO Así, el viejo Molygruber tomó las varas de su carretilla,se aseguró de que estuviese vacía así como de qua lae s c o b a f u e r a l a s u y a , y s a l i ó c a m i n o a l a ca l l e p a r aempezar un nuevo día como recolector de basura. Era un trabajo cansador, ciertamente. Un puñado depequeños escolares había pasado dejando tras de sí undesorden de desperdicios en las alcantarillas. El viejoMolygruber, echando maldiciones, se inclinaba para reco-ger papeles de caramelos, de chocolates y demás basuraque deja "un puñado de chicos" que pasa. La pequeñacarretilla p ronto estuv o llena. Se detuvo un rato, seinclinó sobre el extremo de la escoba, y se quedó obser-vando un edificio en construcción. Luego, cansado, deci-dió hacer otra cosa. Llevaban un coche chocado a remol-q u e , u n r e l o j e m p e z ó a d a r l a s ho r a s y M o l y g r u b e r ,enderezándose, cambió el cigarrillo hacia el otro lado dela boca y se encaminó hacia el refugio del pequeñoparque: era la hora del almuerzo. Le,_gustaba ir allí ycomer lejos de la gente que se sentaba sobre la hierba,produciendo más basura y desorden para él. Tomó calle abajo empujando la carretilla y, al llegar alrefugio, sacó una llave del bolsillo y, abriendo la puertalateral, entró. Con un suspiro de alivio sacó la carretilladel camino y se sentó sobre un montón de cajones quecontenían flores que habían sido empacadas para el jar-d í n . C u a n d o e s t a b a r e v o l v i en d o e n su " vi an d a d e a l -muerzo" en busca de sus emparedados, una sombra seproyectó desde la puerta. Levantó la vista y se encontrócon el hombre que había esperado ver. La idea deldinero lo atraía enormemente. El hombre penetró en el refugio y se sentó, diciendo:"Bueno, he venido por la información que usted iba aconseguirme". A medida que hablaba, sacaba su billeteray jugaba nerviosamente con los billetes. El viejo Moly-gruber lo miró hoscamente, respondiendo: "Bien, don,¿quién es usted? Nosotros, los asistentes municipales, nodamos información a cualquiera que llega, usted sabe,necesitamos saber con quién estamos tratando". Con estodio un gran mordisco a uno de sus emparedados y el 21
  13. 13. LOBSANG RAMPAt o m a t e a p la s t a d o , c o n s e m i ll a s y t o d o , h i zo u n d e s -parramo. El hombre, que estaba sentado en las cajasfrente a Molygruber, rápidamente dio un salto, apartán-dose. ¿Qué podía el hombre decirle de sí mismo? Lo quetodos sabían; que era inglés, un producto de Eton, aun-que había estado en Eton sólo durante una semana poruna equivocación desgraciada cuando, envuelto en la os-curidad de una noche, confundió a la esposa de uno delos maestros de la casa con una de las domésticas, conconsecuencias totalmente desastrosas. Así, fue expulsadocasi antes de llegar, estableciendo de esta manera unasuerte de récord. Pero a él le gustaba proclamar quehabía estado en Eton, lo que era totalmente cierto. "¿Quién soy? —dijo—. Tendría que pensar que todo elmundo sabe quién soy: el representante de una de laspublicaciones inglesas más prestigiosas que quiere conoceren profundidad la vida de ese autor. Mi nombre es JarvieBumblecross." El viejo Molygruber dejó de masticar, desparramandoemparedado por todos lados, para decir algo entre dien-tes. Tomó un cigarrillo en una mano y un emparedadoen la otra, dando un mordisco a este último y una pitadaal primero, alternadamente. Entonces, repitió: "Jarvie,¿eh? Es un nombre nuevo para mí. ¿De dónde viene? ". El hombre pensó un momento y luego decidió que nohabía inconveniente en decírselo a un tipo que, despuésde todo, probablemente jamás volvería a ver. Por ellocomentó: "Pertenezco a una vieja familia inglesa que seremonta a lo largo de varias generaciones. Hace muchosa ñ o s m i b is a b u e l a m at e r n a f u g ó d e L o n d re s c o n u ncochero. En aquellos tiempos a los cocheros se los lla-maba larvies, y así, para recordar lo que fue un asuntobastante lamentable, los varones de la familia han reci-bido siempre ese nombre". El viejo Molygruber pensó un momento y luego pre-guntó: "Así que usted quiere escribir sobre la vida deeste hombre, ¿no? Bueno, según lo que he estado oyen-do, él ha escrito demasiado sobre su vida. Me parece, por 22
  14. 14. DESPUES DEL TIEMPOlo que los muchachos y yo tenemos oído, que ustedes,los periodistas, le están haciendo la vida imposible a él ya los suyos. El jamás me hizo daño a mí, y vea estoahora —extendió uno de sus emparedados— vea, papel dediario sucio sobre el pan. ¿Cómo suponer que puedacomer esto? ¿Qué tiene de bueno comprar estos diariossi ustedes no usan una tinta que no se salga? Nunca megustó el gusto a imprenta". El hombre se ponía cada vez más enojado, minuto aminuto. Replicó: "¿Pretende usted impedir el trabajo delos medios masivos de comunicación? ¿Usted no sabeque tienen perfecto derecho para ir a cualquier lado,entrar en todas partes y preguntar a cualquiera? Fuidemasiado generoso al ofrecerle dinero por una informa-ción. Es deber suyo dármela gratuitamente porque soyhombre de prensa". El viejo Molygruber tuvo un repentino arrebato de ira.No podía pegar a este inglés de habla pulida que se creíasuperior a Dios, de modo que se puso instantáneamentede pie, gritando: " ¡Váyase, dan, fuera! ¡Lárguese! o loempaqueto en mi carretilla y lo llevo al depósito paraque los muchachos le den su merecido". Y blandiendoun rastrillo de recoger hojas avanzó sobre el hombre quese levantó precipitadamente, retrocediendo y tropezandocon los cajones. Disparó en lo que podría parecer unaconfusión de brazos y piernas y astillas de madera quevolaban, pero no se detuvo. Bastó una mirada a la carade Molygr u ber para q ue se lev antara como un rayo yatravesara la puerta, sin dejar de correr durante muchotiempo. El viejo Molygruber se movió lentamente, levantó cajo-nes y astillas y murmuró enojadísimo: "Jarvie, cochero,¿qué clase de cuento chino esperan que crea y, si teníauna bisabuela, o quien fuera, casada con un cochero,¿cómo este pobre diab lo ha salid o tan estúp ido? Ah,seguro —continuó con un rostro cada vez más convul-sionado por la ira— tal vez por ser inglés tiene esosmodos". Se sentó nuevamente e intentó empezar su se-gunda tanda de emparedados; pero, no, estaba demasiado 23
  15. 15. LOBSANG RAMPAviolento como para continuar almorzando, por lo queenvolvió el resto de la comida volviéndola al envase de suvianda y salió al parque para beber de la canilla. Se entretuvo mirando andar a la gente. Después detodo, estaba en su hora de descanso. Dando la vuelta,desde uno de los senderos donde habían estado ocultospor un árbol, se apro ximaron do s sacerdote s. "Buenhombre —dijo uno— ¿puede usted decirme dónde hay...este... facilidades públicas para caballeros? ". El viejoMolygruber respondió de mal modo : "No, no hay nin-guna de esas cosas aquí; tienen que ir a alguno de esoshoteles y decir que están en un apuro. Usteden vienen deInglaterra donde las encuentran en las calles. Bueno, aquíno, tendrán que ir a una estación de servicio, o a algúnhotel o a cualquier lugar de ésos". "Qué extraordinario, qué extraordinario —dijo uno delos curas al otro—, algunos de estos canadienses parecentener una gran aversión hacia nosotros, los de Inglaterra".Y se fueron rápidamente hasta el hotel que quedaba unacuadra más allá. Precisamente en ese momento se oyeron gritos prove-nientes de un pequeño lago ubic ado en el c entro deljardín. Molygruber se dio vuelta con presteza para ente-rarse del motivo de tal excitación. Bajó por el senderohacia el estanque y vio a una niña de aproximadamentetres años que flotaba en el agua, mientras su cabeza sesumergía y volvía a salir a la superficie sin cesar. Ungrupo de mirones se mantenía estático, rodeando el pe-queño estanque, sin evidenciar el menor intento de resca-tar a la criatura. El viejo Molygruber algunas veces podía moverse conceleridad, y esa vez lo hizo. Dio una embestida, derri-bando a una anciana que quedó tendida sobre su espalday a otra que tambaleó hacia los lados y saltó el pequeñocerco de piedra para caer en el agua poco profunda, su pieresbaló en el fondo musgoso del estanque y dio primerocon la cabeza, lo que le produjo una herida bastanteprofunda en el cuero cabelludo. Con todo, se puso depie, alzó a la niña en brazos, y la mantuvo boca abajo 24
  16. 16. DESPUES DEL TIEMPOpara que eliminara toda el agua. Una vez hecho esto,caminó cuidadosamente sobre el fondo resbaladizo ysaltó nuevamente el cerco para llegac a la tierra seca. Unamujer se abalanzó hacia él, vociferando: "¿Dónde está susombrero? ¿Dónde está su sombrero? Era nuevo, aca-baba de comprárselo en Bay, haría bien en encontrarlo". Molygruber, enojadísimo, echó a la niña, empapada ychorreando agua, en brazos de su madre. La mujer retro-cedió pensando en que su ve stido se arruinaría si semojaba, mientras Molygruber regresaba a su pequeñorefugio. Durante algún tiempo se mantuvo de pie, mal-humorado, viendo cómo el agua se escurría de sus ropas ycaía sobre los zapatos, desparramándose sobre el suelo.Pensó que no tenía ropa para cambiarse y que le hubieravenido muy bien poder hacerlo, aunque lo q ue teníapuesto pronto se secaría sobre el cuerpo. Con muchocansancio, tomó las varas de la carretilla, salió con ella ycerró la puerta tras él. Te mblaba p orque había empezad o a soplar un fríoviento del norte. El viejo Molygruber temblaba, pero sepuso a trabajar enérgicamente en un intento por generarcalor y secarse. Pronto traspiraba profusamente, pero sus ropas noparecían secarse mucho. Estuvo dando vueltas descon-certado y le pareció vivir toda una eternidad hasta que alfin llegó la hora de volver al depósito. Los otros hombres quedaron asombrados ante el silen-cio de Molygruber. "¿Qué le pasa al viejo Moly? —pre-guntó uno—. Parece como si hubiera perdido un dólar yencontrado un centavo. No es de él estar tan quieto¿no? Me pregunto qué habrá pasado". Su viejo coche no podí a arrancar y , precisamentecuando pudo hacerlo y Estaba listo para partir, halló queuna de las ruedas traseras estaba en llanta. Con unasonora maldición detuvo la máquina, bajó, y se puso enla complicada tarea de cambiar la rueda. Una vez hechoesto, se metió nuevamente en el coche y una vez másencontró gran dificultad en hacerlo arrancar. Cuandollegó a su casa, a su cuarto solitario, se sentía enfermo; 25
  17. 17. LOBSANG RAMPAenfermo po r haber salvado a alguien; enfer mo por eltrabajo; enfermo de soledad; enfermo de todas las cosas.Con rapi de z se sa có la ropa, se limpió c on una viejatoalla seca y se tumbó en la cama sin importarle si teníaalgo para comer. Durante la noche se sintió traspirar profusamente. Lanoche parecía interminable; experimentaba dificultad pa-ra respirar y sentía que su cuerpo quemaba. En la oscu-ridad, respiraba dificultosamente, preguntándose qué lepasaba. Pensó que a la mañana siguiente iría a algunafarmacia y pediría algunas tabletas para la tos o algo quelo aliviara de esa molestia que sentía en el pecho. La mañana tardó mucho en llegar, pero al fin los rayosrojos del sol atravesaron la pequeña ventana para encon-trarlo todavía despierto, con la cara roja y volando defiebre. Intentó levantarse, pero cayó sobre el suelo. Nun-ca supo cuánto tiempo estuvo allí; pero, más tarde, sedespertó al percibir algunos movimientos. Abrió los ojosy vio que dos hombres de una ambulancia lo levantabanpara colocarlo en una camilla. "Pulmonía doble, eso es loque usted tiene, viejo —dijo uno de los camilleros—. Lollevaremos al hospital general. Allí se pondrá bueno". Elotro dijo: "¿Tiene parientes? ¿Con quién quiere que nospongamos en comunicación? " Molygruber cerró los ojos, agotado, y cayó en unprofundo sopor. No s upo cuánd o fue trasladado a laambulancia ni tampoco cuándo ésta ingresó en el hospitalpor la entrada de primeros auxilios, ni cuándo fue subidoa una sala y depositado en una cama. 26
  18. 18. CAPITULO II "Vamos, ahora, vamos, estire el brazo y nada. de pa-vadas. Vamos, ¡muévase! ". La voz era imperativa, chi-llona e insistente. Leonides Manuel Molygruber se sacu-dió ligeramente y luego tuvo la confusa sensación de quesu brazo era bruscamente tomado y sacado de abajo delas ropas de cama. "No me explico por qué opone talresistencia —continuó la voz airadamente—; tengo quesacarle un poco de sangre. Vamos, nada de pavadas". Elviejo Molygruber abrió un poco más los ojos y echó unamirada en derredor suyo. Ante él, a su izquierda unamujer, de pie, lo miraba con el ceño fruncido. Molygrubervolvió la vista hacia algo así como una canasta de telametálica ubicada sobre la mesa, al lado de su cama. Algoparecido a lo que llevan los lecheros, pensó, para ponerbotellas de leche, pero esta canasta tenía escondidos unacantidad de tubos de ensayo con algodones en sus extre-mos. "Bien, ¿se ha despertado, eh? Bueno, terminemoscon usted, estoy perdiendo tiempo". Y con esto, lamujer le quitó torpemente la manga del pijama y rodeósu brazo con algo que le pareció de goma negra. Luegoabrió un pequeño paquete y tomó algo de él, restregán-dole la piel enérgicamente. Sintió un dolor agudo que lohizo dar un brinco, mientras la mujer exclamala: "¡Mal-dito sea! ¿Por qué no tiene mejores venas? Ahora debopincharlo de nuevo". Sacó la aguja, ajustó el torniquetedel brazo y le dio otro pinchazo. Molygruber miró hacia abajo con preocupación y vio 27
  19. 19. LOBSANG RAMPAun gran tubo —un tubo de ensayo de vidrio— conectado ala aguja que estaba dentro de su brazo. A medida queobservaba cómo se llenaba el tubo, rápidamente, con lahabilidad que da una larga práctica, la mujer lo separó ypuso otro que también quedó lleno. Entonces, satisfecha alfin con la provisión de sangre, sacó de un tirón laaguja y extendió una tela adhesiva sobre la lesión delpinchazo. Siempre refunfuñando, puso los dos tubos ensu canasta metálica después de escribir cuidadosamentesobre ellos el nombre del enfermo. La mujer se trasladó a otra cama y su voz gruñona yquejosa quebrantó los nervios del otro paciente. Moly-gruber miró a su derredor y vio que compartía unahabitación con otros cinco pacientes. Luego su vista senubló, su respiración se volvió dificultosa y nuevamentedurante algún tiempo perdió la noción de todo. Un golpeteo lo perturbó. Parecía algo así como tinti-neo de fuentes y retumbar y rechinar de un gran carroimpulsado por la sala. De nuevo abrió los ojos lenta ypenosamente, y a las puertas de la sala, frente a su cama,alcanzó a ver un artefacto cromado brillante que parecíallevar estantes también cromados. Una enfermera vino dealgún lado y comenzó a entregar pequeñas bandejas conalimentos, cada una de ellas con un rótulo que contenía elnombre del enfermo. Un asistente se le acercó, diciéndole: "Bueno, ¿cómose siente ahora? " El viejo Molygruber contestó con un gruñido porquese sentía demasiado fatigado para hablar y, como imaginóvagamente, cualquier tonto podía darse cuenta deque se sentía muy mal. El asistente descolgó algunascosas del respaldo de la cama e indicó: "Estire el brazoizquierdo. Voy a tomarle la presión". Sintió una compre-sión cada vez mayor que le rodeaba el brazo y observóque el asistente aplicaba un estetoscopio a sus oídos. Enla mano derecha sostenía una pera de goma que apre-taba. Molygruber se adormiló una vez más, despertándosenuevamente a medida que cedía la presión sobre subrazo. "Muy bien —exclamó el asistente— el doctor Phle- 28
  20. 20. DESPUES DEL TIEMPObotum, pronto estará por aquí. Creo que ya está empe-zando su ronda". Y se dirigió a la cama siguiente. "Bien¿qué le pasa, amigo? ¿Qué pasa con su desayuno estamañana, eh? —preguntó a un hombre. Molygruber vioque éste tenía algo como un largo vástago al lado delcual estaba suspendida una botella con varios conductos.Inquirió débilmente: "¿Qué le están haciendo a ese hom-bre? ". "Oh, es un goteo endovenoso; —contestó el asis-tente— le ponemos suero para reanimar sus ideas". La habitación volvió a oscurecerse; Molygruber podíaoír su propia ansiosa respiración como un eco desde unagran distancia. Nuevamente fue molestado. Sintió unamano en su garganta y se dio cuenta de que los botonesde su pijama estaban siendo desabrochados. "¿Qué lepasa a este hombre? —pregunt ó una voz masculina,mientras Molygruber abría los ojos y miraba hacia arriba. Yvio lo que evidentemente era un médico con su blancodelantal, que ostentaba sobre el. lado izquierdo del pecholas palabras: "Doctor Phlebotum" con letras bordadas. "Este hombre, doctor, fue traído y el practicante dijoque tenía pulmonía doble, por eso estamos esperandoq u e u s t e d lo e x a m i n e " . E l m é d i c o f r u n c i ó e l c e ñ o , ycomentó: "¿Así que los practicantes ya hacen diagnós-ticos, eh? ¡Tendré que ver eso! ". Se inclinó sobreMolygruber y aplicó el estetoscopio sobre el pecho. Lue-go, dejando los auriculares hizo una segura percusión conun dedo, escuchando atentamente el sonido. "Creo que necesitará uña radiografía; sus pulmonesparecen llenos de líquido. Ocúpese de eso, enfermera".Escribió algo sobre una tarjeta que obviamente era elcuadro clínico de Molygruber y se trasladó hacia la camasiguiente. Molygruber quedó adormilado. Un ruido de voces hizo que abriera nuevamente losojos y mirara: era una enfermera con un asistente queacercaban una camilla con ruedas al lado de su cama.Algo fue empujado rudamente hacia uno de sus lados y elborde de la camilla se deslizó por debajo de él. Con unmovimiento rápido —como un hombre que saca del agua,un gran pez, según pensó— fue descargado sobre la cami- 29
  21. 21. LOBSANG RAMPA11a; el practicante echó prestamente sobre él una sábana,desplazándose luego sobre ruedas a lo largo de un extensocorredor. "¿Qué le pasó, amigo? —preguntó el asistente. "No sé —re spondió Mo lygruber—, me met í ayer enagua fr ía y no pud e c ambiarme de ropa después, demodo que empecé a sentir mucho calor y luego muchofrío, y me c aí o a lgo a sí porq ue c uando d esp erté meencontré en esa sala. Me duele mucho el pecho. ¿Nadie vaa hacer algo por mí? " El asistente silbó algo entre dientes y dijo: "Sí, seguro,vamos a hacer algo por usted y se va a sentir muchomejor, créalo. Lo llevamos a la sala de rayos X, ¿no?¿Por qué piensa entonces que no vamos a ayudarlo? " Hubo un ruido y un golpe y la camilla se detuvocontra la pared. "Aquí está —dijo el asistente detenién-dose—, lo llevarán adentro cuando todo esté listo. Hasido un día de mucha tarea, de esos que pintan pesados,pesados, pesados. No se para qué estoy yo en este lío".Y diciendo esto se volvió, alejándose rápidamente por elcorredor con paredes de vidrio. El viejo Molygruber que-dó allí acostado durante lo que a él le parecieron horas.A todo momento sentía que cada vez le era más penosorespirar. Por fin, una puerta se abrió violentamente y unaenfermera salió empujando otra camilla. "Vamos a lle-varla de vuelta a la sala —dijo a una mujer que yacía enella—; la dejaré aquí y alguien la recogerá cuando tengatiempo". Tomó entonces la camilla de Molygruber y sevolvió a él , diciéndole: "Bien, uste d es el que sig u e,supongo, ¿qué es lo que le pasa? ". "No puedo respirar, eso es lo.que me pasa". La mujersujetó la camilla y con lo que pareció ser un esfuerzoinnecesario la hizo girar, atravesando la puerta y pene-trando en un cuarto muy oscuro. Escasamente había luzpara verse una mano frente a la cara, pero Molygruberllegó a distinguir que había extraños tubos de metal yalambres cromados por todos lados, a un lado del cuartose levantaba lo que parecía ser la boletería de un cine.La mujer lo empujó contra una mesa que, en vez de serderecha, era algo curvada. 30
  22. 22. DESPUES DEL TIEMPO "¿Qué tiene este hombre? —preguntó una voz, y en-tró una joven de atrás del gabinete de vidrio. "Aquí tengo su cuadro clínico. Posible pulmonía do-ble. Placa radiográfica de pecho, espalda y frente". Jun-tas, la joven y la enfermera empujaron la camilla contrala mesa y con un deslizamiento rápido fue desplazadodirectamente sobre esa mesa cromada con superficie cur-va. "¿Alguna vez le han hecho una radiografía? ", preguntóla joven. "No, nunca, no sé nada sobre eso", contestó Moly-gruber. "Bien, ahora vamos a ponerlo en posición —indicó lajoven—. Ya está, échese sobre la espalda y haga lo que sele diga, eso es lo único que queremos". Empezó a manio-brar modificando la altura de una caja grande que pare-cía suspendida de caños cromados. Presionó botones, seencendió una pequeña luz, y sobre su pecho proyectóalgo semejante a una "X". Satisfecha entonces, con losajustes que había hecho, advirtió: "No se mueva ahora,quédese quieto, y cuando le diga respire, usted respirehondo y mantenga el aire. ¿Entendido? ". "Sí, entendí, dígame cuándo debo mantener el aire",contestó Molygruber. La joven desapareció detrás de esa cosa semejante auna boletería. Después de un momento gritó: "Perfecto,mantenga, mantenga", y se produjo una especie de sil-bido. "Respire", admitió. Volvió al lado de la mesa ypareció que abría cajones o algo así. Molygruber pudoentonces ver que en sus manos tenía una caja grande demetal, más grande que su pecho. Maniobró con ella yluego sacó otra que deslizó por debajo de la mesa sobre lacual él yacía. Dijo entonces: "Ahora vamos a darlovuelta, boca abajo". Lo tomó dándolo vuelta, tironeán-dolo de aquí o allí hasta que logró la posición correcta.Una vez más manejó la caja negra y una vez más aparecióla pequeña luz que proyectó la "X" sobre él. Entonces,satisfecha, desapareció en el compartimiento con paredesde vidrio y dio la orden: " ¡Mantenga su respiración! 31
  23. 23. LOBSANG RAMPABien, puede usted respirar". Pasó algún tiempo. Moly-gruber perdió la cuenta del número de radiografías que lefueron tomadas, pero al final volvió hacia él, diciéndole:"Voy a trasladarlo afu era; se que dará all í hasta qu eveamos si las películ as han salid o bien. Si no, iré abuscarlo de nuevo. Si están bien, lo llevarán a su sala".Abrió la puerta e hizo rodar la camilla hacia afuera. Moly-gruber pensó que eso era muy parecido a los vagones deferrocarril que eran desviados, y que en ese hospital no seevidenciaba escrúpulo o compasión alguna hacia los pacien-tes, todo se hacía a "golpe y porrazo". Después de lo que le pareció un larguísimo tiempo,una chica que no aparentaba tener más de catorce años,se le acercó arrastrando los pies y sorbiendo por la narizcomo si sufriera un terrible resfrío de cabeza. Sin deciruna palabra tomó el extremo de la camilla y empezó aempujarla, siempre haciendo ruido con su nariz; por esemedio de propulsión, Molygruber pasó nuevamente a lolargo del corredor hasta llegar a la sala de donde habíasalido originariamente. La chica dio a la camilla un em-pujón final y dijo: "Aquí está, es todo de ustedes", y sefue. La camilla siguió rodando un poco hasta dar con ungolpe contra una pared lejana. Nadie se dio por enterado,pero más tarde el asistente la acercó hasta ponerla al ladode la ca ma del vie jo Molygrube r , dicien do: "Ya pasótodo. El médico dará una nueva vuelta dentro de unahora más o menos. Espero que se mantenga bien hastaentonces". Molygruber, una vez deslizado desde la camilla, seencontró nuevamente en su propia cama. El asistente estiróla _sábana hasta su barbilla y desganadamente empujó lacamilla fuera de la sala. Otro entró a toda velocidad y de una patinada sedetuvo junto a la cama del viejo Molygruber: "¿Ustedsacó a la chica del agua ayer? ", preguntó con lo quedebía ser una voz discreta pero que resonó en toda lasala. "Sí, me imagino que lo hice yo", dijo Molygruber. 32
  24. 24. DESPUES DEL TIEMPO "Bien, la madre está aquí y quiere verlo, pero ledijimos que no podía porque usted estaba muy enfermo.Es una mujer que hace mucho lío". En ese momento seoyeron pisadas pesadas y una mujer entró a la sala conun policía. "Usted... él, aquí —dijo muy enojada—, ayerrobó el sombrero de mi chica". El policía se adelantó ymiró severamente a Molygruber, diciéndole: "Esta señorame dice que usted ayer le sacó el sombrero a su hija y laarrojó al agua". " ¡Oh, qué mentira! —replicó el p obre ho mbr e— yos a q u é a l a c h i c a d e l a g u a m i e n t r a s t od o s l o s d e m á sestaban parados mirando cómo se ahogaba. La madre nohizo nada por ayudarla, y yo no vi ningún sombrero.¿Qué es lo que usted piensa que podría hacer con él,comérmelo? " El policía echó un vistazo alrededor y se volvió haciael viejo: "¿Usted salvó a la chica, sacándola del agua?Entonces ¿usted era el hombre del cual se estaba hablan-do? ". "Sí, supongo que sí", fue la respuesta. "Bien, usted no me dijo nada sobre eso —reconvino elpolicía volviéndose hacia la mujer—, usted no me dijoque él había sacado a su chica del agua. ¿Qué clase demadre es que permanece parada haciendo tales acusa-ciones a un hombre que salvó a su hija? ". La mujer quese tornaba roja y pálida de ira, dijo: "Bueno, alguiendebe de "haberse llevado el sombrero, la chica no lo tiene yyo tampoco; por eso él ha de tenerlo". El policía pensó un momento y luego decidió: "Iré ala sala de enfermeras, debo telefonear al superintendente". Y diciendo esto se volvió y salió, dirigiéndose ala rampa de ascensores. Poco después podía oírselo con-versando y decir una cantidad de "sí, señor", "no, se-ñor" y "así lo haré, señor". Cuando volvió a la salainformó a la mujer: "Me dicen que si usted insiste ensemejante tontería tendré que culparla de provocar desor-den público, así que mejor haría en retirar su denuncia otendrá que acompañarme. El superintendente está enor-memente enojado con usted, puedo decirle". Sin pro- 33
  25. 25. LOBSANG RAMPAnunciar palabra la mujer salió taconeando de la sala, seguidapoco después por el policía. El viejo Molygruber parecía haber empeorado en eselapso, su respiración se tornaba cada vez más ansiosa y elasistente, al verlo, pulsó el botón para casos de emergen-cia ubicado a la cabecera de la cama. Con prontitud lataba del piso se hizo presente y, al mirar a Molygruber,salió con urgencia, pudiendo oírsela hablar por teléfonocon el médico de guardia. El viejo Molygruber estaba adormilado, tenía vívidossueños de los que fue perturbado por alguien que ledesabrochaba el saco del pijama. "Corra las cortinas,enfermera, quiero ver cómo anda este pecho", dijo unav o z m a s c u li n a . E l v i e jo l e v a n t ó la v i s t a y v i o a o t r omédico que, notando que el paciente estaba despiertodijo: "Usted tiene líquido en los pulmones, líquido en 1pleura. Vamos a extraérselo". Entró otro profesional,esta vez una mujer, y una enferm era hizo ro dar unabandeja de ruedas ha sta la cama. El médico indicó:"Ahora puede usted sentarse, tenemos que llegar a suscostillas". El viejo trató de hacerlo pero no pudo; estabademasiado débil. Por ello lo sostuvieron sujetándolo conuna frazada por debajo de los pies y con algo queparecía una sábana arrollada por debajo de él, atada a lacabecera de la cama. De esta manera quedó en posiéiónde sentado y no podía resbalarse. La doctora estaba ocupada con una jeringa hipodér-mica inyectando algo de un lado para otro, a la izquierdade Molygruber. Esperó unos pocos momentos, y luego lopinchó con una aguja. "No, no la siente, todo está listo",dijo a medida que retrocedía. Una enfermera sostenía una gran jarra de vidrio quetenía una cánula o sonda en el extremo superior y otraen el inferior. Con cuidado fijó los conductos de gomasuperior e inferior y los presionó con pinzas de resorte.Entonces, como mantenía la cosa levantada hacia la luz,Molygruber pudo ver que estaba llena de agua. Cuando loconsideró oportuno colgó la botella al lado de la cama,debajo de la parte inferior del colchón y se mantuvo de 34
  26. 26. DESPUES DEL TIEMPOpie con el extremo del conducto en las manos; el extre-m o m á s d i st a n t e d e l tu b o v e nía desde el fondo de labotella e iba a una cubeta. El médico estaba ocupado manejando algo de espaldasal viejo Molygruber y, cuando estuvo satisfecho con losresultados, se dio vuelta y el viejo casi se desmaya al verla inmensa aguja o tubo que el médico tenía en susmanos. "Voy a introducir este trocar entre sus costillaspara sacar el líquido de la pleura y, una vez que lohayamos hecho, le haremos un neumotórax artificial. Esoreducirá el volumen de su pulmón izquierdo, pero pri-mero te nemos que extr aer el líqu ido. No duel e... mu -cho", dijo. Se aproximó a Molygruber y lentamente em-pujó el tubo de acero entre sus costillas. La sensación fueespantosa; el viejo sintió como si sus costillas estuvieransiendo hundidas y que con cada empuje el corazón se lesubía a la boca. El primer lugar elegido no dio resultado,de modo que el médico ensayó otro.... y otro, hastaque al fin, con malos modales debido a su fracaso, dioun pinchazo rápido y brotó un líquido amarillo que cayóal suelo. " ¡Rápido, enfermera, rápido! —exclamó el mé-dico exasperado— Déme ese tubo". Y con eso conectó eltubo al extremo de la aguja de acero. "Este trocar parecetotalmente tapado", hizo notar a medida que hurgaba enel pecho de Molygruber. La enfermera se arrodilló al lado de la cama y pocodespués Molygruber pudo oír como corría el líquido. Ladoctora, observando su asombro, explicó: "Oh, sí, intro-dujimos este trocar entre sus costillas y lo insertamos enuna acumulación de líquido en la pleura; luego, cuandodimos con él, liberamos las dos pinzas de esa botella queusted vio y el peso del agua —agua destilada y esterili-zada—, al correr, por succión extrae el líquido de suspulmones. Usted se sentirá mejor en seguida", aseverócon una seguridad que estaba muy lejos de sentir. El viejo se fue poniendo cada vez más pálido, aunqueD i o s s a b e e l p o c o c o lo r q u e l u c ía a n t e r i o r m e n t e . Elmédico llamó: "Aquí, enfermera, tenga esto". Se movióhacia la mesa nuevamente y hubo un tintineo de metal y 35
  27. 27. LOBSANG RAMPAvidrio, después del cual regresó hacia el paciente y, conun rápido movimiento, metió la aguja en lo que Moly-gruber no tuvo la menor duda de que era su corazón.Pensó que moriría ahí mismo. Por un momento experi-mentó una conmoción intensa, después calor y hormigueo ypudo sentir que su corazón latía con toda fuerza. Unpoco de color volvió a sus enflaquecidas mejillas. "Bueno,eso lo hizo sentirse mejor ¿no? ", preguntó el médico enun tono nuevamente jovial. "¿Cree usted que debemos hacerle una venoclisis? ",inquirió la doctora. "Sí, quizá podríamos", contestó el médico mientrasmaniobraba con diversos tubos. La enfermera volvió a ponerse en movimiento aleján-dose para retornar empujando algo que parecía ser unpalo largo con un gancho en el extremo; el otro extremoestaba equipado con ruedas. Lo hizo rodar hasta el cos-tado derecho de Molygruber y luego, inclinándose, levan-tó una botella hasta el gancho en la parte superior de lavara. Conectó algunos conductos de goma y dio el extre-mo al médico que, cuidadosamente, introdujo otra agujaen el brazo derecho de Molygruber. La enfermera liberóla pinza y Molygruber tuvo la rara sensación de que algocorría desde el tubo adentro de sus venas. "Así —dijo eldoctor—, estará mejor en seguida. Quédese tranquilo". Elviejo hizo un movimiento de cabeza y se sumergió enotro sopor. El médico lo miró, advirtiendo: "No parecenada bien, tendremos que vigilarlo". De este modo, losdos profesionales abandonaron la sala dejando a unaenfermera para que terminara el trabajo. Mucho después, cuando el día llegaba a su fin, unaenfermera despertó al viejo para decirle: "Bien, bien,usted parece mucho mejor ahora. Es tiempo de que comaalgo, ¿no? ". El viejo cabeceó sin pronunciar palabra. No tenía ga-nas de comer, pero la enfermera insistía. Puso una ban-deja sobre la mesa, al lado de su cama, proponiéndole:"Vamos, yo lo voy a alimentar; nada de tonterías, hemostrabajado mucho con usted para perderlo ahora". Y em- 36
  28. 28. DESPUES DEL TIEMPOpezó a meterle cucharadas de comida en la boca, sindarle casi tiempo al pobre diablo de tragar una antes derecibir la otra. En ese momento entró el policía a la sala y, separandolas cortinas de la cama de Molygruber, se abrió pasodiciendo: "Estoy tratando de librarlo de la prensa. Esashienas querían asaltar el hospital. Buscan material paratítulos como Un barrendero municipal salvó a una niña.Les he dicho que usted está demasiado enfermo comopara que lo vean. ¿Quiere atenderlos? ". El viejo mo vió la cabe za tan exp resivament e comopudo, murmurando: "No, mándelos al diablo ¿no puedendejar que un hombre muera en paz? " El policía lo miró riendo al tiempo que expresaba:"Oh, us ted está lleno de vida tod avía, amigo , pront oestará fuera tirando de su carretilla, barriendo otra vezdetrás de toda esta gente. Pero no dejaremos que losperiodistas se le acerquen. Los hemos amenazado conejercer acciones contra ellos si lo molestan estando ustedtan enfermo". Se fue de la sala y la enfermera continuócon la tarea de alimentarlo hasta que el viejo pensó quela comida le salía por las orejas. Una hora después, aproximadamente, el médico volvió,lo miró y se inclinó para examinar la botella debajo de lacama. "Ah —dijo— parece que hemos sacado todo de esabolsa de líquido. Ahora vamos a bombear un poco deaire, lo que reducirá el volumen del pulmón. Vea, pone-mos aire en la pl eura y eso empuja el pulmón haciaadentro de modo que usted no puede respirar con él yconseguimos que descanse un poco. Voy a darle oxígenotambién". Sacó la cabeza, separando las cortinas, y dijo:"Vamos, ustedes, muchachos, dejen de fumar; no puedenfumar mientras hay una carpa de oxígeno". Uno contestó:"¿Por qué tenemos que dejar de hacer lo que nos gustapor él, precisamente? ¿Qué ha hecho él por nosotros? "Y deliberadamente el hombre encendió un nuevo cigarri-llo. El médico fue a la sala de enfermeras y telefoneó aalguna parte. Pronto se presentó un asistente y el viejo 37
  29. 29. LOBSANG RAMPAMolygruber en su cama, con el equipo de administraciónde suero todavía en su lugar, fue lentamente empujadofuera de la sala e ingresó en una habitación privada. "Allí—dijo el médico — ; ahora podemos darle oxígeno sin queninguno de esos fulanos trate de provocar un incendio.Usted pronto estará muy bien". De inmediato colocaron una carpa de oxígeno y unagoma fue conectada a la salida, en la pared del cuarto.Pronto Molygruber experimentó sus beneficios; su respi-ración mejoró y, en general, se sintió muchísimo mejor."Lo deja re mos con es to toda la noche — ind icó el d oc-tor— y mañana se sentirá bien". Y así diciendo abandonó elcuarto. Una vez más el viejo durmió, en esta ocasión muyconfortablemente. Pero más entrada la noche llegó otromédico, lo examinó cuidadosamente y dijo: "Voy a sacareste trocar ahora, ya se ha secado correctamente eselugar. Le sacaremos otra radiografía dentro de una horamás o menos y entonces decidiremos qué es lo que hayque hacer". Ya se retiraba cuando se volvió, pregun-,tando: "¿Usted no tiene parientes? ¿Con quién quiereusted que nos pongamos en contacto? ". Molygruber respondió: "No, no tengo a nadie en elmundo. So y solo, pe r o espero que mi viej a carretill aestará perfectamente".. El médico rio: "Oh, sí, su carretilla está muy bien. Elmunicipio la ha llevado a lo que ellos llaman depósito.Allí la están cuidando; ahora nosotros tenemos que cui-dar de usted. Duerma". Antes de que el doctor llegara ala puerta Molygruber ya estaba durmiendo; soñaba conmadres airadas que reclamaban sombreros de sus hijos ycon salvajes periodistas que volaban en enjambre sobre sucabeza. Abrió los ojos con cierto asombro para ver cómoun asistente nocturno le sacaba el aparato del suero y lopreparaba para llevarlo a la sala de rayos X. "¿Puedo entrar? Soy sacerdote". La voz era melancó-lica en extr emo. El vie jo Molygruber abrió los ojos ymiró con cierta confusión delante de él a una figura depie, muy alta, excepcionalmente delgada, toda vestida de 38
  30. 30. DESPUES DEL TIEMPOnegro, salvo el cuello clerical sobre el cual sobresalíaprominentemente la manzana de Adán que subía y baja-ba como si estuviera tratando de escaparse de la descar-nada garganta. El rostro era pálido, con mejillas hundidasy una nariz en e xtre mo saliente. Miró a Molygruber,sentándose en una silla, al lado de la cama. "Soy sacer-dote y estudio aquí psicología, de modo que puedoasistir a los enfermos en el hospital. Fui educado en laNaval". Molygruber frunció el ceño y, ciertamente desa-gradado, replicó: "Oh, yo fui educado en Calgary, en elvaciadero de basura de la ciudad". El sacerdote lo miró y, adoptando un tono muy seve-ro, comentó: "Me siento dolido más allá de todo límiteal saber por su formulario de ingreso que usted no tienereligión. Ahora he venido para acercarlo a Dios". El vi ej o , ca d a vez m ás enojado, dijo: "¿Dios? ¿Porqué tendría que oír su cháchara sobre Dios? ¿Qué hahecho Dios alguna vez por mí? Yo nací huérfano —ex-plicó con evidente mala gana de inclinarse hacia lo quepodía ser o no ser—; mi madre nada tuvo que verconmigo y, en cuanto a mi padre, no lo conocí; pudohaber sido uno entre un ciento de hombres, supongo. Mehe manejado solo desde tanto tiempo como tengo uso derazón. En los primeros años de mi vida me enseñaron arezar y recé. Nada conseguí con eso hasta que al final medieron un trabajo para barrer basura en el vaciadero de laciudad". El sacerdote miró por debajo de la nariz, hizo girar suspulgares, y al rato dijo: "Usted está en una situaciónmuy peligrosa por su enfermedad. ¿Está preparado paraencontrarse con su Hacedor? ". Molygruber le dirigió una mirada directa replicando:"¿Cómo puedo saber quién es mi hacedor? Ha de habersido uno entre un ciento de hombres, como ya le he dicho.Usted no ha de pensar que Dios bajó y me formó de masa¿verdad? " El sacerdote lo miró chocado y escandalizado, y cadavez más tristemente contestó: "Usted está desdeñando aDios, hermano. Nada bueno sacará con ello; usted está 39
  31. 31. LOBSANG RAMPAdesdeñando a Dios. Tendría que prepararse para encon-trarse con su Hacedor, para encontrarse con su Dios,puesto que tal vez en breve tiempo deberá enfrentarsecon Dios y con Su Juicio. ¿Está usted preparado? ". Molygruber contestó con fiereza: "¿Pero usted real-mente cree en todo ese cuento de la otra vida? ". "Por supuesto, por supuesto —asintió el cura—; estáescrito en la Biblia y todos saben que hay que creer loque está en la Biblia". El viejo replicó: "Bueno, yo no. Yo leía muy pococuando era joven; en realidad, acostumbraba a ir a laclase de catecismo y entonces me di cuenta de lo falsoque era todo ese asunto. Cuando usted está muerto, estámuerto, eso es lo que yo digo. Usted muere y lo metenen la tierra en alguna parte, y si tiene algunos parientes—que yo no tengo— vienen y le ponen flores en una latade conserva y se las entierran encima. No, jamás meconvencerá de que hay otra vida después de ésta. ¡Yotampoco quisiera ninguna, después de todo! " E l s a c e r d o t e s e p u s o d e p i e c o mo m o v i d o p ó r u nresorte y empezó a pasearse hacia adelante y hacia atrás,hacia adelante y hacia atrás, atravesando la habitaciónhasta que Molygruber quedó casi mareado al ver a estafigura negra que parecía el ángel de la muerte revolo-teando ante sus ojos. "Alguna vez hojeé las páginas de un libro escrito porun tipo que vive cerca de donde yo trabajo, un talRampa que escribió una cantidad de estupideces sobre lavida después de la muerte. Bueno, todo el mundo sabeque todo eso es basura. Cuando usted está muerto, estámuerto, y c uanto más muerto est é peor oler á. Yo helevantado alguna vez algunos de esos pobres tipos duros,y después de un tiempo... ¡puf! usted no puede que-darse cerca". El sacerdote se sentó nuevamente y con ademán so-lemne sacudió su índice ante el viejo Molygruber, dicién-dole con algún enojo: "Usted sufrirá por esto, amigo,usted sufrirá; usted está tomando el nombre de Dios envano, usted se está mofando de la Sagrada Escritura.. 40
  32. 32. DESPITES DEL TIEMPO ¡Puede estar seguro que Dios descargará su cólera sobreusted! " Molygruber lo pensó un poco y preguntó: "¿Cómopueden ustedes hablar de un Dios bueno, del Padre Diosque ama a Sus hijos, que tiene misericordia, compasión ytodo lo demás, y luego a renglón seguido hablan de unDios que d escarga Su venganza? ¿Cómo pu ede expli-carme esto ? Y otra cosa que me tiene que c ontestar,don; su libro dice que a menos que usted reciba a Dios,irá al infierno. Bueno, yo tampoco creo en el infierno,pero si usted sólo se salva si admite a Dios, ¿qué pasócon toda esa gente de la Tierra antes que apareciera esai m a g e n p a r t i c u l a r d e Di o s ? ¿Qu é me pu ede decir deesto, eh? ". El sacerdote se levantó nuevamente, y con voz tem-blando de rabia y con la cara roja por la emoción,sacudió su puño ante Molygruber mientras decía: "Mire,amigo, yo no estoy acostumbrado a ser tratado así porgente como usted. A menos que usted admita las ense-ñanzas de Dios, será condenad o a muerte". Como seadelantara hacia él, Molygruber pensó que iba a golpearlode modo que, haciendo un supremo esfuerzo, se sentó enla cama. Sintió un terrible dolor que le atravesó el pecho,como si sus costillas hubieran sido aplastadas. Su rostrose tornó azul y cayó de espaldas con una exhalaciónjadeante, mientras sus ojos se mantenían entreabiertos. El sacerdote se volvió pálido y corrió apresuradamentehacia la puerta. "Rápido, rápido —gritó—, rápido, rápido,el hombre ha muerto mientras le estaba hablando. Ledecía que la ira de Dios caería sobre su impiedad". Y asídiciendo continuó su carrera y se metió directamente enun ascensor que estaba abierto. De manera atolondradase esforzó por encontrar y pulsar el botón "Abajo". Una enfermera sacó la cabeza de uno de los rincones yd i j o : " ¿ Q u é l e p a s a a e s e v i e j o gu s a n o ? E s c a p a z d eprovocar un ataque cardíaco a cualquiera. ¿Con quiénestaría hablando? ". El asistente apareció también desdeotra sala y contestó: "No sé, Molygruber, supongo. Mejor -vayamos y veamos si está bien". Juntos se dirigieron al 41
  33. 33. LOBSANG RAMPAcuarto privado y encontraron a Molygruber todavía apre-tándose el pecho. Sus ojos se mantenían entreabiertos ysu labio inferior caía sin movimiento. La enfermera sedirigió hacia el botón de llamada de emergencia y lopulsó de mo do que respondía a un código especial.Pronto el intercomunicador del hospital reclamaba aldoctor Fulano para que se presentara de urgencia en esepiso especial. "Me parece que tendríamos que arreglarlo un poco—dijo la enfermera— porque si no el médico nos va ahacer un lío. ¡Ah! Aquí está el doctor". El profesionalentró al pequeño cuarto, diciendo: "Querida, querida¿qué le ha ocurrido a este hombre? Miren su expresión.Realmente, yo esperaba que dentro de pocos días pudierairse. Bueno... —se adelantó y sacó el estetoscopio,poniendo los auriculares en sus oídos. Desabrochó, en-tonces, el saco de Molygruber y, aplicando la trompetillaal pecho del hombre, auscultó con atención. Su manoderecha se estiró buscando el pulso de Molygruber queya no latía—. No hay vida, enfermera, no hay vida. Haré elcertificado de defunción pero, entretanto, llévenlo a lamorgue. Debemos dejar la cama lista... ¡hay tanta esca-sez y tenemos tal afluencia de pacientes! ". Y diciendoesto se sacó el estetoscopio de los oídos y lo dejócolgando del cuello. Se volvió, hizo una anotación en elcuadro clínico de Molygruber y se fue. Juntos, la enfermera y el asistente sacaron la ropa decama de Molygruber, subieron sus pantalones, atándolos, yabotonaron el saco sobre el pecho. La enfermera indicó:"Vaya a buscar la camilla". El asistente regresó con ella,la misma en la cual Molygruber había viajado desde lasala hasta los rayos X. Juntos también levantaron lassábanas sobre la camilla para descubrir debajo de éstaexactamente otra superficie plana, sobre la cual desliza-ron el cuerpo de Molygruber y lo aseguraron con agarra-deras, porque no es bien considerado pasear cadáveres enla sala, y dejaron caer las sábanas sobre los costados de lacamilla, ocultando el cuerpo completamente. Con una risita para sí, el asistente se dijo: "Quizás 42
  34. 34. DESPUES DEL TIEMPOalgunas de las visitas sufrirían un ataque si supieran queen esta camilla —aparentemente vacía— llevamos un cuer-po muerto". Siguió empujando hasta salir de la habita-ción y siguió por el corredor silbando hasta los ascenso-res. Pulsó el botón "Subsuelo" y permaneció de espaldasa la camilla a medida que el ascensor se detenía en todoslos pisos y la gente entraba y salía. En la planta bajanadie entró, de modo que siguió hasta el subsuelo dondesacó la camilla y, girando a la derecha, tomó otro corre-dor hasta detenerse frente a una puerta a la cual llamó yque fue abierta de inmediato. " A quí traigo otro par austed —dijo el asistente— acaba de morir. Lo trajimosdirectamente acá, no creo que haya autopsia. Mejor seríaque lo prepararan como corresponde". "¿Parientes? —preguntó el encargado de la morgue. "Ninguno —dijo el asistente— puede ser para la fosacomún o, como se trata de un barrendero municipal, laMunicipalidad pagará el entierro. Aunque lo dudo, sonsumamente tacaños". Ayudó al encargado a sacar el cuer-po de la camilla, trasladándolo a una mesa y, retirando lasábana que había cubierto el cuerpo, se alejó silbando. 43
  35. 35. CAPITULO III Pero, ¿qué ocurrió con Leonides Manuel Molygruber?¿Desapareció como una luz que ha sido repentinamenteapagada? ¿Expiró com o un fósfor o encendid o que sesopla? ¡No! De ninguna manera. Molygruber, postrado en su cama de hospital y sintién-dose lo suficientemente enfermo como para pensar queiba a morir, fue trastornado por ese sacerdote. Pensó dequé man er a el ho mbr e se po nía cada ve z m ás rojo, ydesde su posición advirtió que era muy claro que el curatenía intención de asaltarlo y chocarlo, por lo cual Moly-gruber se sentó repentinamente en un intento por prote-gerse, cuando quizá podía haber gritado pidiendo auxilio. S e i n c o r p o r ó d e g o lp e c o n u n s u p r e m o e s f u e r z o yrecurrió a todo el ali e nto que l e quedaba para h acerfrente a esa circunstancia. De inmediato experimentó unterrible dolor agudo y desgarrante que le atravesaba elpecho. Su corazón se lanzó a una carrera como la máqui-na de un coche cuyo pedal de arranque ha sido fuerte-mente impulsado hasta el piso cuando el coche estaba enpunto muerto. El corazón corrió y se detuvo. El viejo sintió un pánico instantáneo. ¿Qué pasaríacon él? ¿En qué terminaría eso? Ahora, pensó, perderéla cabeza como la vela que solía despabilar cuando erachico en casa, en la única casa que había conocido comohuérfano. Su terror fue indescriptible, sintió que susnervios estallaban, como si alguien tratara de darlo vueltacomo se imaginaba podía sentirse un conejo —si uh 45
  36. 36. LOBSANG RAMPAconejo muerto puede sentir— cuando le están sacando lapiel para cocinarlo en una olla. De repente se produjo el terremoto más violento, o asílo pensó Molygruber, y halló que todo se movía en suderredor. El mundo le pareció compuesto de puntos,como un polvo enceguecedor, al igual que un ciclón queda vueltas y vueltas en remolino. Luego sintió como sialguien lo hubiera puesto en una exprimidora o en unamáquina de hacer embutidos. La sensación era demasiadoterrible como para emitir palabra. Todo se puso oscuro. -Las paredes de la habitación o"algo" pareció cerrarse, rodeándolo y dándole la impre-sión de que se hallaba enclaustrado en un conducto degoma pegajoso y viscoso mientras trataba de arrastrarsepor él para hallar su camino y liberarse. Todo se volvió más oscuro, más negro. Le p areciócomo si estuviera en un tubo largo, largo, dentro de unaoscuridad total. Pero entonces, .a la distancia, en lo queindudablemente era el extremo del tubo vio una luz, ¿erauna luz? Era algo rojo, algo que se tornaba anaranjadobrillante, como la vestimenta protectora fluorescente queél usaba para limpiar la calle. De modo frenético, luchan-do por avanzar cada pulgada de camino se esforzó poralcanzar la terminación del conducto. Se detuvo un mo-mento para respirar y se encontró con que no lo hacía.Aguzó el oído y trató de escuchar y escuchar, y aunqueno pudo oír los latidos de su corazón, percibió un ruidoextraño que se producía afuera, algo así como el soploraudo de un viento poderoso. Entonces, mientras perma-necía sin movimientos que respondieran a su propia vo-luntad, creyó ser empujado hacia arriba en el tubo parallegar gradualmente a la parte superior. Durante algúntiempo estuvo allí detenido, sostenido en el extremo deltubo, hasta que se produjo un violento "chasquido" yfue expulsado como un guisante desde una cerbatana.Permaneció dando vueltas hacia los lados de un extremoa otro y no halló nada, ni luz roja ni tampoco anaranja-da. Ni siquiera había oscuridad. Todo era: ¡NADA! Totalmente amedrentado y sintiéndose en un estado 46
  37. 37. DESPUES DEL TIEMPOmuy particular, extendió los brazos, pero nada se movió.Era com o s i no t uviera brazo s. O tra vez lo apresó e lpánico e intentó dar puntapiés moviendo violentamentelas piernas, tratando de tocar algo. Pero nuevamente nohabía nada, absolutamente nada. No podía sentir las pier-nas. Hizo un supremo esfuerzo para hacer que sus manostocaran alguna parte de su cuerpo, pero ya a esta altura delos acontecimientos podía decir que no tenía manos, queno tenía brazos y no podía sentir su cuerpo. Solamente"era", y eso era todo. Un fragmento de algo que habíaoído hacía mucho volvió a su conciencia. Fue algo referentea un espíritu incorpóreo, a un fantasma sin forma, sinvolumen, sin ser, pero que existía de algún modo en algunaparte. Le pareció ejecutar movimientos violentos, aunqueal mismo tiempo parecía no moverse de manera alguna.Experimentó extrañas presiones; luego, de pronto se sintiósumergido en alquitrán, alquitrán caliente. Hacía mucho tiempo, casi más allá del filo de sumemoria, que había estado dando vueltas, como hacenlos niños pequeños, observando a unos hombres queestaban alquitranando un camino. Uno de ellos, quizáporque no tenía buena vist a o q u i z á p o r u n e s pí r i t utravieso, había inclinado una carretilla de alquitrán desde elextremo superior abierto del barril que cayó sobre elchico. El pequeño quedó tieso, casi incapaz de moverse; yasí era como se sentía ahora. Tenía sensaciones de,calor, de frío, de miedo, y otra vez de calor, y en todomomento experimentaba algo así como un movimientoque no era movimiento en manera alguna, porque estabaquieto, quieto —pensó— con la quietud de la muerte. Pasó el tiempo, ¿o no? No lo supo, todo lo que podíapercibir era que estaba allí, en el centro de la nada. Nadahabía a su derredor, nada en su cuerpo: ni brazos, nipiernas, y suponía que debía tener un cuerpo porque, deotro modo ¿cómo podría existir de alguna manera?Pero, sin manos, no podía sentir el cuerpo. Esforzó losojos atisbando, • atisbando, atisbando, pero nada habíapara ver. Ni siquiera estaba oscuro; de ninguna manerahabía oscuridad, no había nada. De nuevo un relámpago 47
  38. 38. LOBSANG RAMPAde pensamiento vino a su mente relacionado en ciertomodo con e l retiro má s profundo de los océ anos delespacio donde no hay nada. Ociosamente se preguntó dedónde había sacado eso, pero ningún otro pensamientopudo auxiliarlo. Estaba solo en la nada. Nada había para ver, nada paraoír, nada para oler, nada para tocar, y aunque hubierahabido algo para tocar no hubiera podido hacerlo porqueél no tenía nada con qué tocar. Las horas pasaban lentamente, ¿o no? No tenía ideade cuánto tiempo había estado allí. El tiempo no teníasignificado. Nada tenía significado ya. El estaba exacta-mente "allí", en cualquier lado que fuera "allí". Parecíauna mota suspendida en la nada, como una mosca atrapa-da en la tela de una araña, pero todavía no como unamosca pues una mosca es mantenida por la tela de la araña.El viejo Molygruber estaba atrapado en la nada, lo cual loreducía a un estado de nada. Su mente —o lo que hubieraen lugar de su mente— divagaba. Hubiera sentido desfalleci-miento, pensó, pero no había nada con qué sentir desfalle-cimiento. Él "era" exactamente algo, o posiblemente nada, ro-deado por la nada. Su mente, o su conciencia, o fuera loque fuera que ahora lo retenía suspendido s obre sí,trataba de concebir pensamientos, de dar forma a algo enlugar de la terrible nada. Vino hacia él una idea: "Yonada soy, pero una nada que existe en la nada". Se produjo entonces un pensamiento repentino, delmismo mo d o que un f ósforo brill a en u na n oche sinluna: hacía algún tiempo alguien le pidió que hiciera unpequeño trabajo extra que le sería pagado. Un hombrequería limpiar su garaje. El viejo Molygruber había en-contrado una carretilla rodante y unas pocas herramien-tas de jardín. Abrió el garaje, puesto que el hombre lehabía dado la llave el día anterior, y vio ante sus ojos elmás horripilante amontonamiento de basura: un sofároto con sus muelles fuera, una silla con dos patas rotasy polillas que salían del tapizado. Colgados sobre unapared podían verse la estructura y la rueda delantera de 48
  39. 39. DESPUES DEL TIEMPOuna bicicleta. Apilada por ahí se veía una cantidad decubiertas de automóvil, llantas resquebrajadas y gastadas.También había herramientas herrumbradas e inútiles. To-do eso era basura que sólo gente muy avara podía sercapaz de acumular: una lámpara de querosene con lapantalla quebrada, una persiana, y más lejos, en un rin-cón, uno de esos maniquíes de rellenos sobre una base demadera que las mujeres utilizan para hacer sus vestidos.Molygruber sacó todo afuera, trasladándolo hacia un va-ciadero de desperdicios, y amontonándolo para ser reco-gido al día siguiente. Volvió al garaje. Una vieja bañera empotrada debajo de una destartaladamesa de cocina llamó poderosamente su curiosidad, porlo cual trató de sacarla sin conseguir moverla. Decidió,entonces, que primero debía retirar la tabla de la mesa.L o h i z o , y e l c a j ó n d el c e n t r o c a y ó m o s t r a nd o u n a spocas monedas que contenía. El viejo Molygruber pensóque era una lástima tirarlas cuando él podía comprarseun emparedado o dos con ellas, por lo cual se las pusoen un bolsillo para no perderlas. Un poco más al fondodel cajón halló también un sobre con diferentes billetesde dinero extranjero. Igualmente pensó que podía apro-vecharlos llevándoselos a un cambista para que le diera suproducido. Pero, volviendo a la bañera, levantó la mesa yla empujó hacia afuera, a las puertas del garaje, dejandoal descubierto en la parte superior toda una carga detoldos rotos y una silla de cubierta desvencijada. Sacótodo, arrojándolo fuera de la puerta, con lo cual pudoempujar la bañera hasta el centro del garaje. Esa vieja bañera galvanizada contenía montones delibros, libros de terror algunos de ellos. Molygruber traba-jó hasta que sacó todos los libros, apilándolos sobre elsuelo. Algunos volúmenes en rústica conmovieron de al-gún modo su mente: Rampa, libros de Rampa. Pasó condesgano una o dos páginas. " ¡Ah! —se dijo— este tipodebe de ser una porquería; cree que la vida sigue y siguepara siempre. ¡Puah! ". Dejó caer los libros sobre la pilay siguió sacando algunos más. Este Rampa parecía haberescrito una cantidad espantosa de libros. Molygruber.los 49
  40. 40. LOBSANG RAMPAcontó y quedó tan asombrado que empezó de nuevo acontarlos. Algunos de los volúmenes se habían deterio-rado debido evidentemente a u4 frasco de tinta que sehabía volcado. Molygruber suspiró al levantar uno encua-dernado primorosamente en cuero, al cual la tinta habíamanchado justamente en la encuadernación, estropeandoel material. "Qué lástima —pensó— podría haber sacadounos pocos dólares por este libro, aunque más no fuerapor la encuadernación". Pero, como no hay que llorarsobre la leche derramada, el libro fue arrojado sobre losotros. Precisamente en el fondo de la bañera descubrió otro libro que se mantenía en solitario esplendor, libre de suciedad, libre de polvo, libre de pintura y tinta por estar cubierto con una gruesa funda de plástico. Molygruber se inclinó y tomándolo, lo sacó de su bolsa protectora. "Usted y la eternidad", leyó. Hizo correr algunas páginas y vio que lucía algunas ilustraciones. Entonces, en un repentino impulso, lo deslizó . en uno de sus bolsillos interiores ante., de continuar su trabajo. Ahora, en su peculiar estado de existencia en la nada,recordó ciertas cosas de ese libro. Cuando llegó a su casaesa noche, frente a una lata de cerveza y un gran pedazo de queso que había comprado en el supermercado, conlos pies en alto sobre la mesa, estuvo leyéndolo salteado.De algún modo le pareció tan fantástico que más tarde loarrojó a un rincón del cuarto. Ahora, en cambio, amarga-mente se lamentaba por no haber leído más porque talvez, de haberlo hecho, tendría la clave de su dilema. Sus pensamientos daban vueltas danzando como partí-culas de polvo en una brisa vagabunda. ¿Qué decía ellibro? ¿Qué quería significar el autor cuando escribióesto o aquello? ¿Qué había pasado? Molygruber recordóacerbamente cómo siempre se había opuesto a la idea dela vida después de la muerte. Uno de los libros de Rampa —¿o fue una carta quehabía levantado de la basura? — vino repentinamente a sumemoria. "A menos que usted crea en una cosa, ésta noexiste". Y otra: "Si un hombre de otro planeta llegara a 50
  41. 41. DESPUES DEL TIEMPOla Tierra, y si esa forma fuera totalmente extraña a loshumanos, hasta sería posible que éstos no fueran capacesde verla porque sus mentes no estarían en condiciones decreer o aceptar algo que está tan lejos de sus propiospuntos de referencia". Molygruber pensaba y pensaba: "Bueno, estoy muerto,pero estoy en algún lado y, por consiguiente, debo exis-t i r , p o r l o c u a l a l go ha b r á e n e se a s u n t o d e l a v i d adespués de la muerte. Me hubiera gustado saber qué es".Mientras experimentaba esa viscosidad o alquitranado o lanada —las sensaciones eran tan peculiares que no podíadefinirlas—, también se le ocurrió la posibilidad de quepudiera haber estado equivocado, ahora estaba seguro deque había algo cerca de él, algo que no podía ver, algoque no podía tocar. Pero —se preguntaba—, ¿tal ve zporque ahora podía aceptar que posiblemente hubieravida después de la muerte? Recordó nuevamente haber oído algunas cosas extra-ñas en los cuentos de sus compañeros de trabajo deldepósito cuando hablaban un día de un tipo internadoen un hospital de, Toronto. El hombre supuestamentehabía muerto y salido de su cuerpo. Molygruber nopodía recordar exactamente qué era, pero le pareciótanto como podía rememorar que el hombre había esta-do muy enfermo, había fallecido, y se había evadido desu cuerpo contemplando cosas asombrosas en otro mun-do. Luego, para su indignación, los médicos lo habíanh e c h o v o l ve r a l a v i d a y h a b ía t e n i d o q u e r e g r e s a r ,contándole a algunos periodistas todas sus experiencias.Molygrubet se sintió alborozado; casi podía ver formassobre él. D e p r o nt o , e l p o b r e M o l y g r u b e r s e se n t ó v i o l e n t a -Mente y extendió la mano para parar algo que confundiócon su despertador. La campanilla sonaba como si nuncalo hubiera hecho antes... pero entonces recordó que noestaba dormido, que no podía sentir sus brazos o susmanos, ni tampoco sus piernas; pues ello y todo lo quehabía sobre sí era nada, nada, salvo esa insistente yresonante campanilla que podía haber sido eso, pero que 51
  42. 42. LOBSANG RAMPAno lo era. No sabía de qué se trataba. Mientras considerabael problema se sintió impulsado a una velocidad terrible,increíble, que pronto cesó. Molygruber no tenía lasuficiente instrucción como para conocer algo sobre lasdistintas dimensiones, —tercera dimensión, cuarta dimen-sión, etc.— pero lo que ocurría es que estaba siendoimpulsado de acuerdo con antiguas leyes ocultas, demodo que se movía. Decimos que se movía porque, enrealidad, es muy difícil presentar las cosas cuatridimen-sionales en términos tridimensionales de referencia, demodo que digamos "se movía". Molygruber continuó su carrera cada vez a mayorvelocidad, según le parecía; entonces hubo "algo" y,mirando a su derredor, vio formas como sombras, cosascomo a través de un cristal ahumado. Poco tiempo antess e h a b í a p r o d u c i d o u n e c l i p s e d e s o l y u no d e s u scompañeros de tareas le había alcanzado un pedazo devidrio ahumado, diciéndole: "Mira a través de esto, Moly-gruber, y verás lo que ocurre alrededor del Sol, pero nolo hagas sin él". A medida que miraba, el humo desapare-ció gradualmente del vidrio y vio, con horror y temorcrecientes una extraña habitación. Ante él había un recinto grande con diferentes mesas,semejantes a las de los hospitales, con todo tipo deajustes; cada una de ellas estaba ocupada por un cadáver,un cuerpo desnudo, femenino o masculino, todos con eltinte azulado de la muerte. Se sintió mal, cada vez peor,cosas horribles estaban ocurriendo sobre esos cadáveres,tenían tubos metidos en diversas partes y se producía unfeo gorgoteo de líquido. También se oían golpes y soni-dos intermitentes de bombas. Miró más atentamente ypudo ver c on aterrado r asombro que alguno s de loscuerpos eran bombeados para extraerles la sangre; otrosrecibían líquido por el mismo procedimiento y, a medidaque éste ingresaba en el cuerpo cambiaba su horribletinte azulado por un color exageradamente saludable. Sin piedad alguna Molygruber fue empujado hacia ade-lante, pasando a un anexo o habitación donde una mujerjoven, sentada al lado de una de las mesas, maquillaba la 52
  43. 43. DESPI:ES DEL TIEMPOcara de un cadáver femenino. Molygrtiber quedó fascina-do. Vio cómo el cabello era ondeado, las cejas delineadas ylas mejillas sonrosadas, mientras los labios adquirían un tonorojo bastante vívido. Fue impulsado nuevamente, sobresaltándose al ver otrocuerpo que aparentemente acababa de llegar. Sobre losojos cerrados se asentaban curiosas piezas cónicas demetal que él supuso correctamente que tenían por objetomantener los párpados cerrados. Luego observó cómouna aguja de raro aspecto era introducida desde la encíainferior hasta la superior. Sin atenuante alguno se sintiódesfallecer cuando el hombre que hacía el trabajo repen-tinamente metió un instrumento dentro de la aleta nasalizquierda del cadáver y sostuvo la punta de la agujapunzando directamente el tabique, después de lo cual elhilo tenso fue estirado para mantener juntas las mandí-bulas, dejando así la boca cerrada. Experimentó náuseas;en otras circunstancias de posibilidad física se hubierasentido totalmente enfermo. Siguió avanzando y entonces, totalmente chocado vioun cuerpo que, con dificultad, reconoció como el suyo.Lo observó sobre una mesa, desnudo, flaco, extenuado, ydecididamente en condiciones deplorables. Miró con desa-grado sus piernas arqueadas y sus prominentes articula-ciones. Cerca había un ataúd o, más apropiadamente,una valva. Nuevamente impulsado a lo largo de un corto corre-dor, ingresó en un cuarto. Se desplazaba sin ningunafacultad volitiva. Fue detenido en la habitación, dondereconoció a cuatro de sus compañeros de trabajo que,sentados, conversaban con un hombre joven, fino, bientrajeado, q ue en todo moment o t enía en su mente laidea de cuánto dinero podría obtener de esto. "Molygruber estuvo trabajando para la Municipalidad—dijo uno de sus ex colegas—, no tiene mucho dinero;tiene un coche que no valdrá más de cien dólares, unviejo cascajo muy vapuleado. Supongo que para lo que éllo usaba le sirvió, es todo lo que pudo conseguir. Tam-bién tiene un aparato de TV muy antiguo, en blanco y 53
  44. 44. LOBSANG RAMPAnegro, que podría dar de veinte a treinta dólares. Apartede eso, todos sus otros efectos... bueno, no creo quepuedan venderse por más de diez dólares, todo lo cual noda lugar para pagar un entierro ¿no es así? ". El joven fino, bien vestido, contrajo los labios y sepasó la mano por la cara. "Bueno —dijo—, he pensadoque ustedes podrían hacer una colecta tratándose de unode sus colegas muerto en circunstancias tan particulares.Sabemos que salvó a una chica de ahogarse y por ello diola vida. Seguramente alguien, hasta la Municipalidad, pa-garía para hacerle un entierro adecuado". Los compa-ñeros de Molygruber se miraron entre sí, menearon lascabezas y juguetearon con sus dedos. Al fin, uno dijo:"Yo no creo que la Municipalidad quiera pagar su entie-r r o y s e n t ar u n p r e c e d e n t e . N o s h a n d i c h o q u e , d ehacerlo, los concejales se afirmarán sobre sus piernastraseras y lanzarán un montón de quejas. No, no creoque la Municipalidad ayude en esto". El joven se mostraba impaciente, aunque trataba de ocul-tarlo. Después de todo, él era un hombre de negocios,acostumbrado a beneficiarse con la muerte, con los cadáve-res, con los féretros, etc., y necesitaba dinero para conti-nuar. Entonces dijo ostensiblemente, como apelando a unúltimo recurso: "Pero, ¿su sindicato no haría nada por él? ". Los cuatro compañeros casi simultáneamente movieronl as c ab eza s nega nd o . "N o —dijo uno—, ya lo hemosintentado pero ninguno quiere pagar. El viejo Molygruberera solamente un barrendero común y no habría granpublicidad si la gente diera para su entierro". El joven se levantó trasladándose hacia una pieza con-tigua y llamó a los hombres, diciendo: "Si se acercan,puedo mostrarles diferentes ataúdes, pero el entierro másbarato sería de doscientos cincuenta dólares, exactamentela más económica caja de madera y el coche para llevarlohasta el cementerio. ¿Podrían ustedes juntar doscientoscincuenta dólares? ". Los hombres se miraron bastante desconcertados, perofinalmente uno dijo: "Bueno, sí, presumo que sí, perono se los, podemos dar ahora". 54
  45. 45. DESPUES DEL TIEMPO "Oh, no, yo no espero que ustedes me lo paguenahora —dijo el joven—, siempre que me firmen este docu-mento garantizando el pago. De otra manera, ustedesven, podríamos quedar soportando el gasto y, después detodo, no es responsabilidad nuestra". Los cuatro hombres se miraron entre sí bastante ex-presivamente, y uno dijo: "Bueno, creo que podremosestirarnos hasta trescientos dólares, pero ni un centavomás. Yo firmaré el documento". El joven trajo una lapicera y la entregó a uno de ellosquien rápidamente firmó y puso su dirección. Los otrostres hicieron lo propio. El joven les sonrió cuando ya tenía su documento degarantía, diciendo: "Tenemos que asegurarnos estas co-sas, ustedes saben, porque esta persona, el señor Moly-gruber, está ocupando un lugar que necesitamos muchí-simo porque tenemos un negocio muy acreditado y que-remos sacarlo tan rápidamente como sea posible; de otromodo, nos imponen multas". Los hombr es asintier on y u no d ijo: "Ya ... ya...", ycon eso se trasladaron al coche que los había traído. Amedida que se alejaban del lugar se sintieron muy abati-dos, desanimados y pensativos. Uno dijo: "Supongo quetendremos que conseguir todo el dinero rápidamente; noquiero pensar que el viejo Moly quede en ese lugar".Otro de ellos reflexionó: "Yo pienso lo mis mo, pob r eviejo, trabajó durante años barriendo las calles, mante-niendo su carretilla en mejores condiciones que los otros;ahora está muerto después de haber salvado una vida ynadie quiere aceptar la responsabilidad. Por eso nos co-rresponde a nosotros &mostrar un poco de respeto porél. No era un tipo malo, después de todo. Veamos,entonces, cómo podremos juntar el dinero. ¿Tienen ideade lo que vamos a hacer? Hubo un silencio. Ninguno había pensado mucho so-bre eso. Al final uno señaló: "Bueno, supongo que ten-dremos que salir de esto hasta verlo correctamente ente-rrado. Haríamos mejor en ir a ver al capataz y ver qué eslo que nos dice". 55

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