Tal como fue

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Lobsang Rampa: "Tal como fue"

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Tal como fue

  1. 1. PROLOGO Puesto que los "mejores" libros llevan prólogo, resultap o r c ie r to i m p r e sc in d i b l e q u e é s t e t a m b i é n l o te n g a.P o r q u e , al f i n y al c a b o , t o d o e s c r i t o r t i e n e e l p l e n oderecho de considerar a sus libros como los mejores. Asípues, permítaseme comenzar el mejor con una aclaraciónreferente al por qué de la elección del título. ¡Tal como fue! "¿Por qué le h abr á puesto ese tí tul otan tonto, si en otros libros afirma que él siempre dice laverd ad . . . ? " Pue s sí, por supue sto ; pero y a lo vo y aexpl ic ar . D e m an e r a q u e a no imp ac ie n t ar se ( de berí aponerlo con letras bien grandes) y a seguir leyendo. Todos mis libros son fidedignos, y eso lo he sostenidofrente a implacables persecuciones y calumnias. En todasl as é poc as, e mpe ro, l a gen te sen sat a e in tel igen te h asuf r ido per secuc ion es e incl u sive h a sido tor tur ad a ye je c u t ad a p o r d e c ir l as c o s as t al c u al e r an . H u b o u nhombre mu y sab io a quien poco fal tó p ar a q ue lo que-maran en la hoguera por atreverse a afirmar que la Tierragir ab a alrededor del Sol, en vez de decir —como ense-ñaban los clérigos— que era el centro de la Creación yto do s l o s as tr o s se mo v í an e n to r n o d e e ll a. E l p o b r epasó momentos espantosos —como que lo sometieron altormen to del potro y demás— y se salvó de que lococinaran porque se retractó. 9
  2. 2. T ambién, hubo gen te, que, por descu ido, se puso alevitar en el momento menos favorable, delante de indivi-duos de los menos favorables y con los resultados menosfavorables. En consecuencia, la despacharon de diversas eimpresionantes maneras por dejar que se supiera que sediferenciaban de la chusma. Algunos, además de pertene-cer a "la chusma" son vulgares, especialmente si se tratade periodistas.. . A l o s h u m an o s d e l a p e o r r al e a — u s te d e s s ab e n aquiénes me refiero-- simplemente les encanta arrastrar alos demás a su mismo nivel, pues no pueden soportar laide a de que h aya alguien distin to de ellos; de maner aque, co mo man í ac os, se ponen a g ritar " ¡Mu er a, mue -ra! " Y, en vez de tratar de probar que a tal individuo leasiste razón, pues. . . siempre tienen que demostrar queestá equivocado. A la prensa, en particular, le gusta lanzar-se a la caza del brujo y perseguir a las personas con el finde causar sensación. Esos disminuidos mentales que son losperiodistas carecen de talento para pensar que, "después detodo, algo puede haber en esas cosas". Ed ward D avis, el "pol izon te nor te amer ic ano de másagallas", escribió en el True Magazine de enero de 1975:"En general, los medios de comunicación estári formadospor un hatajo de frustrados autores de obras de imagina-ción. Dicho de otra manera, el periodismo está colmadode `picassianos que sacan su caja de pinturas y hacen unretr ato que pretende ser el mío, pero que nadie recono-ce, excepto el tip o m al in te n c ion ad o". El señ o r D av is,bien se ve, no le tiene afecto a la prensa. Ni yo tampocoy ambo s te nemo s bueñ as r az one s p ar a e llo. Cier to pe-r io d is ta me d ijo : " ¿L a v e rd ad ? L a v erd ad j am ás h ahecho que se vendiese un diario. Lo sensacional, sil Anoso tro s no nos preocup a l a verd ad: vendemos lo quecausa sensación". Después de l a publ ic ación de El tercer ojo — ¡libroveraz! —, "extrañas criaturas salieron reptando del made-r amen" y, con su s plum as impregn ad as de veneno, sepusieron a escribir libros y artículos con el fin de atacar-me. Quienes blasonaban de "peritos" declararon que 10
  3. 3. aquello er a f also, en tan to que sus demás congéneresdecían que esto era verdad, pero que aquello era falso.No hubo dos "entendidos" que coincidieran. Los "investigadores" viajeros se echaron a andar entre-vistando a personas que jamás me habían visto y dándosea la tarea de pergeñar historias enteramente imaginarias.T ampoco el lo s, lo s " in ve stig ad ore s" , me h abí an v istonunca: los periodistas, ávidos de sensacionalismo, urdie-ron "entrevistas" que jamás se habían llevado a c abo yh as t a f r ag u ar o n u n a c o n l a s e ñ o r a R am p a y c i t ar o n—falsamente, claro está— palabras suyas, según las cualesdeclarab a que el libro era pur a f icción. Ell a no dijo talcosa; jamás lo hizo. Lo que af irmamos, tanto uno comootro, es que todos mis libros son veraces. Con todo, jamás la prensa, ni la radio, ni los publicis-tas me h an conced id o l a opor tu n id ad de expre s ar m ipunto de vista sobre el particular. ¡Jamás! Ni se me h ainvitado a concurrir a la televisión ni a la radio para decirla verdad. Como muchos de los que me precedieron, hesido perseguido por ser "distinto" de la mayoría. De estemodo el hombre an iquila a quienes podrí an prestar unservicio a la Humanidad con sus especiales conocimientoso experiencias particulares. Porque nosotros, los Excep-cionales, podríamos, si nos dejaran, hacer retroceder lasfronteras del conocimiento y permitir que avanzara el sa-ber humano acerca del hombre. La prensa me presenta enclenque y peludo, robusto ycalvo, alto o bajo, delgado o grueso. Además, según las"fidedignas" informaciones periodísticas, ora soy inglés,ora ruso, un alemán a quien Hitler envió al Tíbet, hindú,etc. ¡Vaya con las "fidedignas" informaciones periodísti-c as! Nada, n ad a e n ab solu to, exc ep to l a V erdad . . . Yesa verdad está en mis libros. Muchos embustes se han dicho acerca de mi Muchasson las fantasías absurdas que se han urdido, mucho esufrimiento ocasionado, mucho el dolor. . . Mas, aquí, eheste libro, se halla la Verdad. Y la relato Tal como fue. 11
  4. 4. TAL COMO FUELIBRO PRIMERO - Tal como fue en el principioLIBRO SEGUNDO - La primera épocaLIBRO TERCERO - El libro de los cambiosLIBRO CUART0 - Tal como es ahora
  5. 5. LIBRO PRIMEROTal como fue en el principio
  6. 6. CAPITULO I El venerable anciano se recostó fatigado contra elpilar. Tenía la espalda entumecida y le dolía por haberpermanecido sentado largas horas en mala posición. Underrame senil le nublaba la vista. Pausadamente se frotólos ojos con el dorso de la mano y echó una mirada entorno. Papeles, papeles, infinidad de papeles se hallabandiseminados sobre la mesa ante la cual estaba, papelescolmados de extraños símbolos y de múltiples figurasenmarañadas. Aunque confusamente, podía ver que alre-dedor de él la gente se movía esperando órdenes. Poco a poco el anciano se puso de pie rechazando demal talante las manos que se extendían para ayudarlo y,tembloroso por el peso de los años, se dirigió a laventana próxima. Ya en el vano tuvo un leve escalofríoy recogió un viejo manto estrechándolo en torno de suesmirriada figura. Luego, afirmando los codos en la mam-postería, echó un vistazo. Tenía la malhadada capacidadde ver de lejos cuando lo que le exigían sus tareas eraque pudiese ver de cerca, de suerte que en ese momentoalcanzaba a distinguir hasta los más lejanos confines de laplanicie de Lhasa. Para Lhasa, el día era caluroso. Los sauces estaban entoda su magnificencia, con las hojas de un diáfano ver-dor. Los pequeños amentos, o candelillas, ponían unagrata miríada de listas amarillas sobre un fondo castaño yverde. Abajo, a ciento veinte metros del anciano, lo scolores se combinaban en una suma de armonías con elespejear de las aguas cristalinas que se veían entre lasramas inferiores. 17
  7. 7. LORSANG RAMPA El anciano Primer Astrólogo pensaba en la tierra quese extendía ante él y contemplaba el soberbio Potala enel cual vivía y al cual muy raras veces abandonaba, y esosiempre que se tratase de algún asunto de suma urgencia. " ¡No, no! " —pensó—. "Dejad que no piense en esotodavía; dejad que mis ojos descansen y disfruten delpaisaje." En la abiga rrada ciud ad de Shó, al pie del Potala ,había mucha actividad: acababan de capturar a variosbandoleros mientras asaltaban a unos mercaderes en lospasos de altura de la montaña y los habían conducido alPalacio de Justicia. Respecto de otros delincuentes, ya sehabía administrado justicia, pues del Palacio salían variosindividuos sentenciados por haber cometido algún tipo dedelito grave, y las cadenas resonaban al compás de suspasos, de modo que ahora tendrían que deambular de unlado a otro pidiendo algo de comer porque, encadenados,no les resultaría sencillo trabajar. El viejo astrólogo echó una mirada pensativa a la GranCatedral de Lhasa. Desde tiempo atrás tenía la intenciónde hacerle una visita para refrescar los recuerdos de laadolescencia, pero sus deberes oficiales le habían impe-dido durante largos arios toda distracción. que significaseun mero placer. Suspirando comenzó a volverse paradejar la ventana, pero se detuvo y miró fijamente a ladistancia al par que, llamando con un ademán a uno delos asistentes, dijo: — Allí, por el Dodpal Linga; cerca de Kesar, se acercaun muchacho que me parece conocido. ¿No es el niñoRampa? El asistente asintió con un movimiento de cabeza. — Sí, reverendo padre, es el niño Rampa con su criadoTzu. El chico cuyo futuro estáis trazando en ese horósco-po. El viejo astrólogo sonrió de soslayo contemplando lasfiguras del niño diminuto y el enorme criado de laprovincia de Kham, de más de dos metros de estatura, yse quedó observándolos hasta que ambas figuras malconcertadas —una montada en un pequeño pony y la 18
  8. 8. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOotra en una gran cabalgadura— llegaron a una salienterocosa de la montaña y desaparecieron tras ella. Luego,haciendo p ara sí un gesto con la cabeza, vo lvió a sudesordenado escritorio. — De modo que esto —musitó— debe estar de acuerdocon eso. Hum.. . O sea que durante más de sesenta arioshabrá de soportar muchos padecimientos a causa de lainfluencia adversa de. . . — Su voz se diluyó en un hilomonocorde mientras repasaba innumerables papeles, asen-tando anotaciones aquí y quitándolas allá. Este anciano era el astrólogo más famoso del Tíbet,muy versado en los misterios de ese arte venerable. Laastrología del Tíbet es muy distinta de la de Occidente.En Lhasa se relacionaba la fecha de concepción con ladel alumbramiento; además, había que hacer un horósco-po adelantado para la fecha en que debía entregarse el"trabajo" completo. El Primer Astrólogo debía predecirel Camino de la Vida de los personajes ilustres y de losmiembros principales de sus respectivas familias, e inclu-sive el gobierno era as esorado po r los astról ogos, lomismo que el Dalai Lama. Esa astrología, empero, no eracomo la de Occidente, al parecer prostituida por la prensasensacionalista. Los sacerdotes astrólogos se sentaban conlas piernas cruzadas ante unas mesas bajas y largas, y allíse ponían a la tarea de verificar cifras y correlacionarlas.De este modo componían los cuadros de la configuraciónde los cielos en el momento de la concepción, en el delnacimiento, en el de la entrega de la interpretación astro-lógica —que se conocía con la suficiente antelación—, yasí se preparaba un cuadro completo y una descripciónpor cada año de "vida del individuo". Luego se combi-naba todo el material en un informe extensísimo. El papel tibetano se hace enteramente a mano. Sonhojas muy gruesas de más o menos veinte centímetros delargo y de sesenta a setenta y cinco de ancho, mientrasque el papel de Occidente es más largo que ancho. O seaque el del Tíbet es todo lo contrario. Las hojas de loslibros no están sujetas, sino que se las conserva apiladasentre dos planchas de madera. Estos libros, pues, no 19
  9. 9. LOBSANG RAMPAdurarían mucho en Occidente, ya que las hojas se perde-rían o se estropearían. En el Tíbet el papel es sagrado yse lo trata con extremo cuidado: dilapidarlo es una faltagrave y, como romper una hoja es malgastar papel, deahí ese gran celo. Cuando un lama se dispone a leer,debe tener a su lado a un joven acólito. La plancha demadera que sirve de tapa al libro ha de ser retirada consumo cuidado y depositada, con el anverso hacia abajo, ala izquierda del lector. Después, una vez leída la primerapágina, el acólito vuelve respetuosamente la hoja y lacoloca sobre la cubierta. Por último, concluida la lectura,se emparejan las hojas con esmero y se ata el libro concintas. Los horóscopos se preparaban escribiendo y dibujandohoja por hoja y poniendo a secar aparte cada una deellas, puesto que constituia un agravio despilfarrar elpapel. De este modo, al cabo de seis meses más o menos—pues el tiempo no contaba— el horóscopo quedaba porfin terminado. El acólito --en este caso un monje joven, aunque yacon algunos años de experiencia— levantó pausada yreverentemente la hoja y la colocó vuelta hacia abajo,sobre otra, encima de la mesa. — ¡Chist, chist! —rezongó el anciano Astrólogo levan-tando la nueva hoja que ahora tenía ante su vista—. Estatinta está perdiendo el color y todavía no ha sido siquie-ra expuesta a la luz. Habrá que volver a escribir la página—dijo, y tomando una de sus "barras de escribir", hizotinas rápidas anotaciones. La invención de estas barras de escribir se remonta aalgunos miles de años atrás, pero todavía se hacían exac-tamente de la misma manera que dos o tres mil ariosantes. A propósito de todo esto, existía la leyenda deque el Tíbet antaño se encontraba a orillas de un esplén-dido mar, idea a la cual daban pábulo los frecuenteshallazgos de conchas marinas, peces fósiles y muchasotras cosas más que sólo podían proceder de un paíscálido de costas marítimas. Por lo demás, también sedescubrieron diversos artefactos pertenecientes a una raza 20
  10. 10. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOextinguida, como utensilios varios, esculturas, artículos depedrería, etc. Pero no sólo eso sino que, además, se habíahallado oro, elemento que con gran profusión existía agrillas de los ríos que surcan el país. Las barras de escribir se hacían, pues, de la mismamanera que antes. Los monjes, luego de aprovisionarse deuna buena cantidad de arcilla, salían en procura de rami-tas adecuadas de sauce, de un grosor aproximado a lamitad del dedo meñique y de cerca de treinta centíme-tros de longitud, que llevaban cuidadosamente acondicio-nadas a un lugar especial del Potala. Una vez allí lasexaminaban y clasificaban con suma atención, a las másperfectas les daban un tratamiento particular, descorte-zándolas y revistiéndolas con arcilla, cuidando que no sedoblaran. No obstante, también revestían de arcilla lasramitas levemente combadas y torcidas, puesto que losmonjes jóvenes y los acólitos las utilizaban. A los envoltorios de arcilla, todos los cuales llevabanun sello que permitía diferenciar a los de mejor calidad(destinados a los lamas superiores e inclusive al propioRecóndito) de los de primera clase (para los altos lamas) ysegunda clase (para uso corriente), se les hacía unorificio muy chico para facilitar la salida de los gasesproducidos en el curso de la combustión y, de esa mane-ra, evitar que estallaran. La arcilla se colocaba en bastidores, en una gran cáma-ra, donde se la dejaba durante un mes, más o menos,para que se fuera secando, en una atmósfera de bajahumedad. Cuatro o seis meses más tarde se tomaban lose n v o l t o r i o s de a r c i l l a y s e l o s e xp on í a a l f ue g o ( q u etambién podía usarse para cocinar, hervir agua y otrosmenesteres), cuidando de que estuvieran bien colocadoss o b r e l a p a r t e m á s r o ja d e é s t e ; d u r a n t e u n d í a , l atemperatura se mantenía constante. Luego se dejaba queel fuego se extinguiera y, una vez apagado, se abrían losenvoltorios, se tiraban los residuos de arcilla, y las varitascarbonizadas (carbones) de sauce quedaban listas ya paralos elevados propósitos de servir a la difusión del verda-dero saber. 21
  11. 11. LOBSANG RAMPA Las ramitas que no alcanzaban a trasformarse en car-bones se utilizaban para alimentar el fuego durante laoperación de desecar la arcilla de las mejores. Para elfuego se empleaba excremento de yac bien seco y lostrozos de madera que se tenían a mano; pero jamás serecurría a quemar madera si ésta podía utilizarse paraotros fines "más nobles", puesto que en el Tíbet erasumamente escasa. Las barritas de escribir, pues, eran ese elemento que enOccidente se denomina carbón de canutillo y emplean losartistas para dibujar en blanco y negro. Empero, también se usaba tinta en el Tíbet, y paraello se empleaba otra clase de madera, revestida asimismode arcilla, que se éxponía al calor durante mucho mástiempo y a temperatura mucho más elevada. De estemodo, después de algu nos días, cuando el fu ego yaestaba apagado, se retiraban de las cenizas las bolas dearcilla y se las partía; en su interior se encontraba unresiduo muy negro que era el carbón casi puro que seexaminaba con sumo cuidado para que no contuvieseotras sustancias. Después lo ponían en un trozo de tejidoordinario de malla y lo presionaban contra una piedraque tenía una concavidad, en realidad una cubeta de máso menos cuarenta y cinco por treinta centímetros ycinco de profundidad. La tarea de apretar es e tejidocontra el fondo de la cubeta para que poco a poco sefuera depositando un finísimo polvo de carbón, la cum-plían monjes de la clase de los domésticos. Mezclabanluego este polvillo con goma caliente extraída de ciertosárboles de la región y revolvían continuamente hastaformar una masa negra viscosa que dejaban secar enpanes. Después, cuando hacía falta tinta, sólo había queraspar uno de esos bollos en un recipiente especial depiedra y agregarle un poco de agua. De este modo seobtenía una tinta de un color pardo rojizo. Los documentos oficiales y las cartas astrológicas desuma importancia nunca se preparaban con tinta de esematerial común. Para fabricarla tomaban, en cambio, untrozo de mármol muy pulido, lo suspendían en ángulo de 22
  12. 12. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOalrededor de cuarenta y cinco grados y debajo colocabanunas doce lámparas de sebo que, con sus pabilos muylargos —muy altos—, chisporroteaban y despedían unhumo negro y denso que daba contra el mármol pulido einmediatamente se condensaba en una capa oscura. Des-pués, cuando la capa alcanzaba un espesor conveniente,un monje joven inclinaba al bloque de mármol y quitabael "negro de humo" acumulado, para luego devolverlo asu posición de cuarenta y cinco grados y poder recogermás. Entre tanto, tomaban cierta goma resinosa de losárboles y la ponían a calentar lentamente en un recipien-te hasta que adquiriese la consistencia del agua y unaspecto muy claro. Sin impedir que hirviese y bulleralentamente, debían quitar de la superficie el espeso resi-duo espumoso para dejar la goma totalmente clara, líqui-da y con un ligero tinte amarillento. Luego había queagregar una buena cantidad de "negro de humo" y revol-ver hasta que resultara una pasta perfectamente densa.Esta mezcla se retiraba después con una cuchara y se ex-tendía sobre una piedra para que se enfriara y se so-lidificara. Para los lamas y funcionarios superiores erapreciso cortar los trozos en rectángulos y darles unabuena presentación, pero los monjes de menor jerarquíase daban por satisfechos con un pan de tinta de cualquierforma. Para usar estas planchas se procedía como en elprimer caso, o sea que se tomaba un trozo de piedraespecial con una concavidad o depresión en la cual seechaban algunas raspaduras del bloquecito de tinta yluego se las mezclaba con agua hasta obtener la densidadnecesaria. Como es de suponer, en el Tíbet no existían plumasde acero ni estilográficas ni bolígrafos, sino que se em-pleaban ramitas de sauce descortezadas y pulidas, con lapunta ligeramente esponjada, de suerte que en realidadsemejaban pinceles de pequeñísimas barbas. Las deseca-ban con cuidado —con sumo cuidado, por cierto, paraevitar que se resquebrajaran o se arquearan— y, cuandoestaban lo bastante secas, para que no se partieran lascolocaban sobre una piedra caliente que producía el 23
  13. 13. LOBSANG RAMPAefecto de e ndurecer la s por el fu ego, de mod o que sepudieran manipular con tranquilidad y durasen muchí-simo tiempo. La escritura tibetana, pues, es más bienpictográfica, toda vez que los caracteres —los ideogra-mas— se trazan con una especie de pincel, más o menosde la misma manera que lo hacen los chinos y japoneses. El anciano Astrólogo —que mascullaba a propósito dela mala calidad de la tinta de esa página, decíamos—prosiguió leyendo y, al hacerlo, se dio cuenta de que eldocumento se refería a la muerte del sujeto del horósco-po. (La astrología tibetana abarca todos los aspectos: lavida, la forma de vivir y la muerte.) Con todo cuidado,pues, repasó sus predicciones, cotejando y volviendo acotejar, por que se trat aba de un pronóstico para unindividuo de una familia muy importante, para una per-sona valiosa no sólo por las relaciones de su familia, sinotambién por sus méritos propios a causa de la tarea quele había sido asignada. El anciano se echó hacia atrás en la silla y sus huesoscrujieron por el cansancio. Entonces, con un estremeci-miento de aprensión, recordó que su propia muerte esta-ba también amenazadoramente cerca. Esa era su últimagran tarea: la preparación del horóscopo más minuciosoque jamás hubiese hecho en su vida. La conclusión de tal trabajo y la triunfal exposición desu estudio significaría desprenderse de las ataduras de lacarne y el fin inminente de su propia existencia. No eraque temiese a la muerte, pues ésta —como él bien sabía—no es más que un período de transición; empero, transi-ción o no, es de todos modos un período de cambio, yese camb io le cau saba disgust o y le inf undía temor.Tendría que dejar su amado Potala, tendría que abando-nar el envidiable empleo de Primer Astrólogo del Tíbet,tendría que separarse de todas las cosas que sabía, detodas esas cosas que le eran tan caras y, como un novicioen un lamasterio, debería comenzar otra vez. Pero ¿cuán-do? El lo sabía. ¿Dónde? Eso también lo sabía. Mas eraduro apartarse de los viejos amigos, duro cambiar de vida, 24
  14. 14. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOporque la muerte no es tal, y lo que llamamos muerte esuna mera transición de una vida a otra. Pensó en todas esas circunstancias. Se vio a sí mismocomo tan a menudo había visto a otros: muerto, elcuerpo inerte, criatura ya no más consciente, sólo unamasa de carne muerta adherida a una masa de huesosmuertos. Y en su imaginación vio que le estaban sacandola ropa, que lo doblaban hasta tocar las rodillas con lacabeza, y que le ponían las piernas hacia atrás. Con losojos de la mente vio que lo echaban sobre el lomo de unpon y, envuelto en un lienzo, y lo llevaban a las afuerasde la ciudad de Lhasa, donde lo dejarían en manos de losEncargados de los Muertos. Estos tomarían su cuerpo ylo depositarían sobre un gran peñasco plano especialmen-te preparado para esos fin es. L u ego lo abri rían y l equitarían todas las vísceras, y entonces el Jefe de losEncargados lanzaría su llamado a los vientos y apareceríatoda una bandada de buitres perfectamente habituados atales menesteres. El jefe de los Encargados tomaría su corazón y lo arro-jaría al buitre principal, que sin gran dificultad lo devo-raría; luego cortaría los riñones, los pulmones y demásórganos para echárselos a los otros buitres. Con las manos tintas en sangre, los Encargados des-prenderían de sus blancos huesos jirones de carne, loscortarían en lonjas y los echarían también a los buitresapiñados en torno como una solemne concentración deviejos que asisten a un espectáculo. Una vez despojado de la carne y de la totalidad de lasvísceras, partirían los huesos en pequeños fragmentos ylos pondrían en los agujeros de la roca para machacarloscon piedras hasta convertirlos en polvo. Este polvo, mez-clado con la sangre y otras secreciones del cuerpo, per-manecería en la roca para servir de alimento a los pája-ro s . Es d ecir, q ue a po co, en cu es tión de horas, noquedaría ningún rastro de aquello que alguna vez habíasido un hombre. Ni rastro alguno de los buitres tampoco,que se habrían ido — ¡quién sabe a dónde! — hasta que 25
  15. 15. LOBSANG RAMPAlos llamasen otra vez para volver a cumplir su terribleservicio. El anciano pensaba en todo esto y en las cosas quehabía visto en la India, donde a la gente pobre se le dabacomo tratamiento arrojar sus despojos a los ríos o sepul-tarlos en la tierra, mientras que los más ricos, que podíandisponer de madera, hacían incinerar sus cuerpos hastaque sólo quedaban cenizas blanquecinas que después eranarrojadas en algún río sagrado para que éstas, y quizátambién el espíritu de la persona, volvieran al seno de la"Madre Tierra". Sintió un estremecimiento total y murmuró: "No eséste el momento de pensar en mi tránsito: debo terminarmi labor y preparar las notas acerca de ese pequeñuelo".Pero no habría de poder hacerlo, pues sobrevino unainterrupción. Estaba el anciano Astrólogo impartiendoentre dientes sus instrucciones para que se volviese aescribir la página entera con mejor tinta, cuando se oyóel resonar de unos pasos precipitados y el golpe de unapuerta al cerrarse. Molesto, el anciano levantó la vistapues no estaba acostumbrado a que lo interrumpieran deesa manera, ni a que hubiese ruido en el Departamento deAstrología, sector apacible, de quietud, de contemplación,donde a lo sumo se podía oír el ruido del roce delas varitas sobre la superficie rugosa del papel. — ¡Debo ve rlo! ¡D ebo verlo a hora mismo! ¡Lo orde -na el Recóndito! —se oyó que decía una voz potente, yen seguida el ruido de pasos y el roce de ropa rústica.Entonces apareció un lama, del servicio del Dalai, trayen-do en su mano derecha una vara en una de cuyas ranurasde los extremos se veía una hoja de papel con unmensaj e del Recón d ito. El lama se adelantó, hi zo alanciano Astrólogo la media reverencia habitual y exten-dió la vara hacia él para que tomase la misiva. Así lohizo y frunció el ceño con desaliento. — Pero, pero. .. —musitó—, ¿cómo voy a ir ahora?Estoy en la mitad de todos estos cálculos, en medio detodas estas cuentas. Si en este instante dejo de. . . Pero entonces se dio cuenta de que nada podía hacer 26
  16. 16. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOque no fuese ir "en ese instante". Con un suspiro deresignación cambió el raído manto de trabajo por unomás presentable, tomó algunos gráficos y unas barras deescribir y, volviéndose a un monje que estaba detrás deél, le dijo: — ¡Vamos, muchacho! Toma estas cosas y acompá-ñame —luego de lo cual salió lentamente de la habitacióntras el lama del manto dorado. Éste aminoró el paso para que el anciano que lo seguíano se esforzase por demás, y así, durante un largo rato,atravesaron interminables corredores donde los monjes ylamas, que iban y venían presurosos cumpliendo susta r e a s, se a p ar tab an con un a r e sp etuo s a i nc l in a c ió n decabeza cuando el Primer Astrólogo pasaba junto a ellos. Después de una larga caminata y de subir piso traspiso, el lama del manto dorado y el Primer Astrólogollegaron al piso más alto donde se hallaban los aposentosdel Dalai Lama, del Decimotercer Dalai Lama, del Recón-dito, de aquel que había hecho por el Tíbet más queningún otro. Allí, al doblar una esquina, se encontraroncon tres jóvenes monjes qu e por cierto se comportaband e man er a d es com ed id a, p u es est ab an p atin and o d e unlado a otro con los pies envueltos en un paño. Noo b s t an te , c u an d o l o s d o s h o m b r e s p a s ar o n , c e s ar o n ensus travesuras y se hicieron respetuosamente a un lado.Esos muchachitos tenían asignada una función: comoeran muchos los pisos que debían mantener inmacula-damente limpios, los tres pasaban toda la jornada delabor con los pies envueltos en gruesos paños, andando,corriendo y resbalando por los amplios embaldosados y,de resultas de eso, los pisos tenían un brillo asombroso ala vez que una pátina de antigüedad. Mas... como elpiso estaba resbaladizo... Con todo respeto, el lama delmanto dorado se detuvo y tomó del brazo al ancianc.Astrólogo, sabedor de que, a esa edad, quebrarse ur.brazo o una pierna constituia virtualmente una sentencilde Muerte. Después de un corto trecho llegaron a un amplio ysoleado salón donde el Gran Decimotercero en persona, 27
  17. 17. LOBSANG RAMPAsentado en la posición del loto, se hallaba contemplandopor una ventana el panorama de los montes Himalayaque se extendían frente a él y, como es natural, a todo lolargo del Valle de Lhasa. El anciano Astrólogo se prosternó repetidas veces anteel Rey-Dios del Tíbet y éste hizo un ademán a losasistentes para que se retirasen. Una vez a solas, ambos sesentaron frente a frente en sendos cojines que, en lugarde sillas, se usan en el país. Como viejos amigos que eran, estaban muy al corrientede sus respectivas actividades. El Primer Astrólogoconocía todos los asuntos de Estado, todas las prediccio-nes acerca del Tíbet, puesto que él, por supuesto, habíahecho la mayoría. En ese momento el Gran Décimoterceroestaba sumamente consternado, como que aquéllos erandías trascendentales, días de tensión, de angustia. Laempresa británica East India Company pretendía extraeroro y otras cosas en el país, y algunos agentes y adalidesdel poderío militar inglés acariciaban la idea de invadir elTíbet y adueñarse de él, aunque el peligro de la proximi-dad de Rusia impedía que se tomase esa drástica resolu-ción. Baste decir, pues, que en aquel entonces mucha erala agitación y mucha la zozobra que los británicos susci-taban en el Tíbet, como mucho más tarde sucedería conlos comunistas chinos. Para los tibetanos, poca era ladiferencia entre chinos y británicos, puesto que todocuanto querían era que los dejasen en paz. Por desdicha, otro de los problemas de suma gravedadq u e h a b í a e n e l T í b e t p o r a q u e l lo s t i e m p o s e r a q u eexistían dos sectas de sacerdotes, una de ellas conocidapor el nombre de Gorros Amarillos y la otra por el deGorros Rojos. A veces se suscitaban violentas disputasentre ambas, de modo que los dirigentes —el Dalai Lama,que era el superior de los Gorros Amarillos, y el PanchenLama, que lo era de los Gorros Rojos— no se profesabanafecto alguno. Poca era, claro está, la simpatía que se tenían las dossectas. En aquella época el predominio correspondía a losadictos al Dalai Lama; con todo, no siempre había sido 28
  18. 18. TAL COMO FUE 4N EL PRINCIPIOasí, pues en otras la preeminencia le había correspondidoal Panchen Lama —que a poco se vio obligado a abando-nar el Tíbet— y el país se había hundido en el caos hastaque el Dalai Lama logró consolidar sus títulos con laayuda de los tártaros y porque, en el aspecto religioso,los Gorros Amarillos tenían lo que podríamos llamar"santidad superior". El Recóndito —o sea el Dalai Lama, a quien se le dabaese título, además del de Gran Décimotercero— formulódiversas preguntas respecto del probable futuro del Tíbet,y entonces el anciano Astrólogo rebuscó en la carteraque había llevado consigo y extrajo algunos escritos ygráficos que ambos hombres se pusieron a mirar. — Dentro de menos de sesenta arios —dijo el Astrólo-go—, el Tíbet no existirá más como ente libre. El enemigoconsuetudinario, los chinos, adoptarán una nueva formade gobierno político, invadirán el país y virtualmenteeliminarán la clase sacerdotal. Después, a la muerte del Gran Décimotercero, prosi-guió informándole el Astrólogo, se elegirá a otro a manerade paliativo por la agresión. Para ello escogerán a unniño como si éste fuese la reencarnación del Gran Déci-motercero; pero, prescindiendo de la exactitud de laelección, ésta será ante todo de carácter político, puestoque quien luego será conocido como Décimocuarto DalaiLama provendrá del territorio ocupado por los chinos. El Recóndito, que se sentía sumamente triste por talesperspectivas, procuraba trazar planes para salvar a suamado país; mas —como con tanta precisión lo habíahecho notar el Primer Astrólogo—, si bien era mucho loque se podía hacer para contrarrestar el horóscopo adver-so de un individuo, no se conocía modo alguno dealterar sustancialmente el destino de toda una nación.Porque una nación es un conjunto de muchísimos seresdistintos, de muchísimos individuos a los que no se lospuede moldear, ni dominar ni persuadir para que piensende la misma manera, al mismo tiempo y con el mismopropósito. De suerte que el destino del Tíbet era cono-cido. Sin embargo, aún no se sabía el de los Sabios Refra- 29
  19. 19. LOBSANG RAMPAnes, el de los Libros Sagrados ni el de la Sagrada Ciencia, sibien se estimaba que, por medios adecuados, se podía pre-parar a un joven, suministrarle conocimientos especiales,tr a s m i t i r l e a p t i t u d e s e s p e c í fi c a s y l ue g o l a n z a r l o a lm u n d o, a l l end e l o s co nfines d e l Tíb e t , d e m o d o q u epudiese escribir acerca de su ciencia y de la ciencia delpaís. Prosiguieron los dos hombres conversando hasta que alcabo dijo el Dalai Lama: — Y en cuanto a este muchacho, Rampa, ¿ya ha pre-parado usted su horóscopo? Quisiera que lo leyese enuna reunión especial, dentro de dos semanas, en la casade Rampa. El Primer Astrólogo se estremeció. ¿Dos semanas? Nohabría estado dispuesto a hacerlo en dos meses ni en dosaños, de no habérsele señalado una fecha fija. — Sí, su Santidad —repuso con voz trémula—; estaráconcluido dentro de dos semanas. Pero este muchacho vaa pasar por las circunstancias más desafortunadas a lolargo de su vida: sinsabores y torturas, repudio de suspropios compatriotas, enfermedades... Todos los obs-táculos imaginables se interponen en su camino por obrade las fuerzas del mal y, en particular, a causa de unaque yo, hasta el momento, no entiendo enteramente,pero que al parecer se relaciona de algún modo con losperiodistas. — Bien; dejemos eso a un lado por el momento —dijoel Dalai Lama suspirando ruidosamente—, ya que lo inevi-table no se puede modificar. Tendrá que repasar otra vezsus gráficos durante las próximas dos semanas para estarbien seguro de lo que va a decir. Entretanto, juguemosuna partida de ajedrez... Estoy cansado de los asuntosde Estado. Dicho esto hizo sonar una campanilla de plata y deinmediato entró en el salón un lama de manto doradoque recibió la orden de traer las piezas y el tablero parajugar. En Lhasa, el ajedrez goza de gran aceptación entrelos espíritus elevados, pero es distinto del que se juega enOccidente. Aquí, cuando en una partida se mueve un 30
  20. 20. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOpeón por primera vez, éste puede avanzar dos casillas; en te : elTíbet, en cambio, lo normal es que avance una. Porotra parte, en el Tíbet no hay nada que se parezca a lacoronación —según la cual, cuando un jugador llega conun peón a la última línea, pued e cambiarlo por otrapieza—, así como tampoco existe el estado de tablas. Seconsidera, en cambio, que se ha llegado a un estado deequilibrio o de estancamiento cuando el rey ha quedadosolo y no hay peones ni piezas de ninguna clase en eltablero. Sentados, los dos hombres comenzaron a jugar coninfinita paciencia, animados por el cálido afecto y elrespeto que se había desarrollado entre ambos, mientrasallá arriba, en la azotea que daba sobre los aposentos delDalai Lama, las banderas de la oración ondeaban con labrisa de las altas montañas. Más lejos, debajo del corre-dor, los cilindros de las plegarias resonaban con estrépito,revolviendo sus eternas oraciones imaginarias. En las azo-teas se veían los enceguecedores destellos dorados de lastumbas de las anteriores encarnaciones del Dalai Lamapues, según la religión tibetana, cada vez que uno deellos muere sólo pasa a un estado de transición hasta quevuelve a la Tierra en el cuerpo de algún niño. Porque, enel Tíbet, la trasmigración era un hecho tan aceptado enreligión, que ni siquiera se lo discutía. Así pues, en aqueltejado yacían doce cuerpos en doce tumbas de oro, cadauna de las cuales tenía una cubierta de intrincada hechura,con muchas espirales, vueltas y circunvoluciones destinadas aengañar y ahuyentar a los "malos espíritus". Desde las t umbas de oro podía v erse el r efu lgenteedificio del Colegio de Ciencias Médicas, Chakpori, Mon-taña de Hierro, centro de la medicina del Tíbet; más alláestaba la ciudad de Lhasa, que ese día brillaba intensa-mente bajo el alto sol del mediodía. El cielo tenía unaprofunda tonalidad purpúrea y, en las montañas querodeaban el Valle, había espuma de nieve de un blancopuro que se extendía desde las cumbres. Las horas trascurrían y las sombras iban descendiendocada vez más desde la cadena montañosa occidental. 31
  21. 21. LOBSANG RAMPAAmbos hombres, reunidos en los aposentos gubernamen-tales, suspiraron y de mala gana apartaron las piezas deajedrez. Había llegado el momento de la oración, la horaen que el Dalai Lama atendía a sus rezos, y en que elPrimer Astrólogo debía retornar a sus cálculos para nopasarse del plazo de dos semanas que aquél le habíafijado. Volvió a sonar la campanilla de plata, nuevamenteapareció el lama del manto dorado, y unas pocas palabrasapenas musitadas bastaron para indicarle que debía acom-pañar al Primer Astrólogo de regreso a sus aposentos, trespisos más abajo. El anciano, cuyas articulaciones sonaron al ponerse depi e, hi zo las reveren cias del ritu al de práct ica y asíconcluyó la entrevista con su Jefe Espiritual. 32
  22. 22. CAPITULO II — ¡Oéee! ¡Oée! ¡Ayaaa! ¡Ayaaa! —exclamó unavoz en la penumbra de aquel apacible día—. ¿Te hasenterado de lo de esa lady Rampa? ¡Ha vuelto otra veza lo mismo! Un arrastrar de pies por el camino, el ruido de piedre- cillas que ruedan bajo las pisadas, y luego un suspiro: — ¿Lady Rampa? ¿Qué ha hecho ahora? C o m o a l p ar e c e r h a y cie r t a c l a s e de m u j e r e s q u e ,cualquiera que sea su condición social o su nacionalidad,consideran que no han perdido el día si les es posible daralguna noticia —sobre todo mala—, la primera de lasvoces repuso con mal disimulada satisfacción: — La tía de mi hijastro —que como sabes se está porcasar con ese aduanero que trabaja en Western Gate— seha enterado de algo extraño. Le ha dicho su compañeroque, durante estos meses, Lady Rampa ha estado encar-gando toda clase de cosas de la India y que, ahora, losmercaderes comienzan a traerlas en sus caravanas. ¿No sa-bías nada? . — Pues... lo que sé es que dentro de poco va a haberalgo especial en sus jardines, pero debes tener en cuentaque el Gran Lord Rampa ha sido nuestro Regente cuandoe l R e c ó n d it o m a r c h ó a l a I n d i a d u r a n t e l a i n v a s i ó nbritánica que tanto daño nos causó. Me parece muynatural que una de las damas principales de nuestro paísquiera encargar cosas. No veo que haya nada de malo eneso... ¿Tú, sí? La chismosa resopló con fuerza y, luego de aspirarprofundamente, dijo: 33
  23. 23. LOBSANG RAMPA — ¡Ah! ¡Pero tú no lo sabes todo; no sabes ni siquierala mitad! He oído decir a un amigo que es criado de unode los monjes domésticos de Kesar —viene del Potala,¿sabes? —, que le están preparando un horóscopo y unainterpretación de la vida muy, pero muy completos, a esechiquillo. .. ya sabes, al pequeño ése que siempre seestá metie ndo en lío s y que, al parecer, e s un tre-mendo quebradero de cabeza para el padre. Digo yo,¿sabías algo de esto? — Sí —replicó la otra mujer después de pensar unmomento—, pero no te olvides de que Paljór falleció hacepoco... Con mis propios ojos vi cuando se llevaban sucuerpo. Los Trozadores de Cadáveres lo sacaron muyreverentemente de la casa y los dos sacerdotes lo acom-pañaron hasta la puerta; pero con este mismísimo par deojos míos vi que, tan pronto como los dos sacerdotes vol-vieron la espalda, descargaron el pobre cuerpecillo, bocaabajo y sin ceremonia alguna, sobre el lomo de un pony y lollevaron al Ragyab para que los Encargados de los Muertoslo despedazaran y lo echaran a los buitres. Había que librarsede él. — ¡ N o , n o y n o ! — p r o r r u m p i ó e x a s p e r a d a la c h i s -mosa—. ¡No entiendes nada! No tienes demasiada expe-riencia en estos asuntos sociales: con la muerte del ma-yor de los niños, ese chiquillo , Lobsang, es ahora elheredero de las fincas y caudales de la familia Lhalu, queson millonarios, como sabes. Han hecho dinero aquí, hanhecho dinero en la India y han hecho dinero en la China.Pienso que ha de ser la familia más acaudalada del país. Yesta criatura, ¿por qué debe heredarlo todo? ¿Por quédebe tener por delante una vida tan desahogada cuandonosotros nos vemos obligados a trabajar...? Mi maridodice que no importa, que un día de éstos va a haber uncambio; tomaremos las residencias de las clases altas yentonces viviremos con lujo y ellos trabajarán para noso-tros. Cosas veremos, ¡alabado sea el día! , si vivimos losuficiente. Desde las sombras llegó el rumor de unos pasos lentos y,al cabo de unos instantes, apareció la borrosa figura de 34
  24. 24. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOun rostro y la renegrida cabellera de una tibetana. — No pude evitar oír lo que decían —comentó larecién llegada—, pero debemos recordar que a esa criatu-rita, Lobsang Rampa, le espera una vida dura, porquetodos los que tienen dinero llevan por cierto una penosaexistencia. — ¡Ah, sí; vaya! —replicó la chismosa—. Entonces to-dos nosotros tendríamos que estar pasando unos díaslindísimos, por supuesto. No tenemos dinero, ¿no escierto? —agregó, y se echó a reír con una risa de bruja—. —He oído decir —prosiguió la recién llegada— que seestá preparando un asunto de campanillas para que elGran Lord Rampa pueda proclamar a su hijo Lobsangúnico heredero. Me han dicho, además, que al chico lovan a enviart a estudiar a la India y que será un problemaevitar que caiga en manos de los británicos, porque éstosquieren apoderarse de nuestro país, ya se sabe, y fíjenseel daño que han ocasionado. Pero no; ese chiquillo, rico opobre, tiene una vida dura por delante. Acuérdense demis palabras; acuérdense. Las voces s e iban ap agando a medida que las tresmujeres se alejaban cautelosas por el camino de Lingkor ypasaban de largo frente al Templo de la Serpiente y porel Kaling Chu para cruzar el Puente Chara Sanpa. Apenas a unos pocos metros de distancia —o tal vez auna distancia un tanto mayor. ..—, el sujeto de aquelladiscusión, un pequeño que aún no había llegado a laedad de siete años, se revolvía desvelado en el durísimopiso de su cuarto. A medio dormir como estaba, teníasueños caprichosos, espantosas pesadillas: pensaba en lascometas y en lo terrible que sería si alguna vez sedescubriese que era él quien estaba remontando aquellaque había caído sobre unos viajeros y espantado a susponies de tal manera que uno de los jinetes cayó de sucabalgadura y, rodando, fue a dar en el río... Y aquélera un hombre importante, además, asistente del abad deuno de los lamasterios. El pobre chiquillo se revolvíadurmiendo como si en el sueño pensara en los horrendos 35
  25. 25. LOBSANG RAMJAcastigos corporales que le habrían infligido si hubieseconfesado ser el culpable. La vida era sumamente difícil para los niños de lasfamilias distinguidas de Lhasa, quienes debían dar elejemplo a los demás, soportar penurias con el fin de endu-recerse para la lucha por la vida, pasar mayores estre-c h e c e s q u e l o s d e h um i l d e c u n a , s e r v i r d e m o d e l o ydemostrar que hasta los hijos de los ricos, los hijos de losque regían el país, podían tolerar el dolor, el sufrimiento ylas privaciones. Y esa disciplina, para un niño quetodavía no había cumplido siquiera los siete años, eraalgo que jamás habrían podido sobrellevar las criaturas deOccidente, cualquiera que fuese su edad. Las tres mujeres se habían detenido a conversar uninstante más, antes de retirarse cada cual a su casa, ydesde el otro lado del puente llegaba un rumor de vocesfemeninas. El soplo de la brisa dejó oír las palabras"Rampa" y "Yasodhara"; luego otra vez el rumor devoces, hasta que por último las mujeres se despidieron ytomaron sus respectivos rumbos haciendo crujir la gravabajo sus pies. En la gran residencia Lhalu —cuya maciza puerta deentrada había resistido tan bien los embates de la infan-tería británica, que ésta sólo pudo entrar practicando unboquete en el muro de piedra— la familia dormía, todosexcepto los "Guardianes de la Noche", que permanecíanatentos y pregonaban las horas y el estado del tiempopara que quienquiera que por casualidad estuviese des-pierto tuviera noción de cómo trascurría la noche. Adyacentes a la capilla de la residencia Lhalu se halla-ban las habitaciones de los administradores. La clasesuperior de los funcionarios tibetanos tenía en sus resi-dencias capillas propias, atendidas por uno o dos sacer-dotes; pero la de Rampa era de tanta importancia que seconsideraba de absoluta necesidad que tuviera dos. Lossacerdotes —monjes del Potala— debían ser remplazadospor otros, cada tres años, para que quienes prestabanservicios domésticos no se desgastasen demasiado en do-micilios particulares. Uno de esos lamas —pues en reali- 36
  26. 26. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOdad aquellos monjes eran lamas— hacía muy poco tiempoque había entrado al servicio de la familia. El otro, quepronto debía irse para retornar a la severa disciplina dellamasterio, se revolvía inquieto pensando en alguna ma-nera de prolongar su estancia, porque aquélla era porcierto la oportunidad de su vida para asistir a la procla-mación en público del horóscopo del heredero de unafamilia notable, y todos pudiesen saber por anticipadoqué clase de hombre llegaría a ser. Era éste un joven lama que había llegado a la finca deLhalu con óptimas recomendaciones de su superior, perohabía resultado ser un lamentable desengaño. Sus pasa-tiempos no eran por entero los de un eclesiástico, los deun sacerdote, pues era de aquéllos que tienen "el ojo entodo", como suele decirse, y sus miradas se desviaban decontinuo hacia las jóvenes y bien parecidas domésticas.El administrador que vivía a la izquierda de la capillahabía notado tal cosa y presentado la pertinente queja,d e s u e r t e q u e e l d e s d i ch a d o y j o v e n l a m a e s t a b a e nvísperas de caer en desgracia con su destitución. Contodo, como su sucesor no había sido nombrado todavía,el joven reflexionaba acerca de cómo dilatar las cosas dem o d o d e a l c a n z a r l a f a m a d e h ab e r s i d o u n o d e l o sparticipantes en las celebraciones y oficios religiosos quese preparaban. P o r su p a rte, el p o brecito administrador tambiénestaba pasando no pocas zozobras. Lady Rampa era, sinlugar a dudas, una mujer muy rigurosa, muy dura a vecesen sus juicios y capaz de condenarlo sin darle la oportu-nidad de explicar que no era él quien provocaba algunasde aquellas dificultades. A la sazón le había encargadoprovisiones para tres meses más o menos, pero... ¡vayasi todo el mundo sabía lo lerdos que eran los mercaderesindios! Lady Rampa, empero, armaba un tremendo albo-roto y decía que el administrador ponía en peligro eléxito de todos los planes con su incapacidad para conse-guir los suministros. "¿Qué puedo hacer yo? ", musitabaaquél para sí, dando vueltas y más vueltas en su mantatendida en el suelo; "¿Qué puedo hacer para que los 37
  27. 27. LOBSANG RAMPAmercaderes traigan a tiempo las provisiones? " Y así,murmurando, giró hasta ponerse de espaldas, con la bocaabierta, y comenzó a emitir unos ronquidos tan espan-tosos que uno de los serenos miró hacia adentro porquele pareció que estaba agonizando. También Lady Rampa se revolvía inquieta. Escrupulosacomo era en asuntos de sociabilidad, se preguntaba siacaso el administrador estaría absolutamente seguro delorden de las prioridades y si se habrían escrito todos losmensajes, todas las invitaciones, en ese papel especialhecho a mano que se ataba con una cinta y luego secolocaba en la ranura de una vara que raudos jinetestrasportaban montados en sus ponies. Y esa tarea debíahacerse, pensaba, con sumo cuidado pues el subalternono debía recibir la invitación antes que su superior.Porque esas cosas trascienden y siempre hay gente ansiosapor humillar a la anfitriona que trabaja con denuedo yhace lo mejor en pro del prestigio de su familia.Rampa se volvía de uno a otro lado, pensando en lasp r o v i si o nes y en l a p o sibilidad de qu e no llegasen atiempo. Cerca, en un pequeño cuarto, Yasodhara —hermana delpequeño— estaba algo disgustada: su madre había yadecretado qué ropa debía usar en la reunión y ésa no eraen absoluto la que ella quería ponerse, pues sus ideassobre el particular eran totalmente diferentes. Después detodo, se decía, ésta es la única oportunidad del ario paraobservar realmente a los mozos y fijarse en cuál de ellospodría resultar un buen marido dentro de unos años.Observar a los mozos, pues, significaba que también elladebía tener algo que los atrajera... el vestido; y elvestido debía ser hermoso, el cabello bien cepillado congrasa de yac y sus prendas espolvoreadas con el más finojazmín. Debía hacer todo lo posible por atraer al que lepareciese que más adelante podía ser un buen esposo,pero su madre... Las madres no comprenden, pertenecena una ép oca pasada, no entiend en en ab so luto cómodeben vestir en la actualidad las jovencitas, han olvidadotodas esas cosas. Y, echada de espaldas, Yasodhara pen- 38
  28. 28. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOsaba y pensaba, forjando planes. ¿Podría agregar unacinta aquí o una flor allá? ¿Cómo hacer para realzar suaspecto? Cuando la noche tocaba ya a su fin y una nuevaaurora —la aurora de un nuevo día— comenzaba a des-puntar, el fragor de las caracolas y el clangor de lastrompetas despertaron a todos de aquel agitado sueño. Elmás pequeño de los Rampa abrió un ojo nublado por elsueño, gru ñó y volvió a dormir en seguida, antes determinar de darse vuelta. Cerca del despacho del administrador, los serenos deja-ban sus tareas y los relevos ocupaban sus puestos. El máshumilde de los criados se despertó sobresaltado por lostrompetazos de los templos vecinos y se puso de pie deun salto, rebulléndose dentro de sus ropas semiconge-l a d a s . S u ya e r a l a t a r e a d e r e m o v e r y a l i me n t a r l o srescoldos para que el fuego cobrase nueva vida; suya, lade limpiar las habitaciones, higienizar el lugar, antes deque "la familia" bajase y lo viese en el estado de desaliñoen que quedaba al cabo de la noche. Tanto en los establos —donde se ponía a buen res-guardo la gran cantidad de caballos de la finca— como enl a s i n s t a l a c i o n e s d e l a g ra nj a situada en l o s fondos—donde se encerraba a los yaques—, los criados removíant o d o y , c o n l a s p a l a s , r e c o g í a n l o s e x c r em e nt o s a l lídepositados por los animales durante la noche, desechoséstos que, una vez secos y mezclados con algunas astillas,constituían el combustible de uso corriente en el Tíbet. Los cocineros se levantaban de mala gana para afrontarun nuevo día, cansados como estaban toda vez que desdehacía varias semanas, se hallaban preparando enormescantidades de comida, a lo cual se sumaba la tarea deprotegerla del pillaje de los niños (y niñas) listos de ma-nos. Así pues, cansados, hartos de todo aquello, se decíana menudo: " ¡Cuándo acabará este asunto para que poda-mos tener otra vez un poco de paz! El ama anda cadavez peor de la cabeza con todos estos preparativos". El ama -Lady Rampa — estaba sin duda atareada. Hacíadías que iba al despacho de su esposo y allí importunaba 39
  29. 29. LOBSANG RAMPAa los secretarios de éste para q ue le pro po rcionara nnóminas completas de las personas más importantes resi-dentes en Lhasa e, inclusive de algunas personalidadesescogidas de otros lugares vecinos. Además, imponía lainflexible exigencia de que se invitara a los extranjerosque .conviniera„ puesto que más adelante su influenciapodía ser beneficiosa. En este caso, empero tambiénhabía una cuestión de protocolo y de orden de prioridad,porque ¿quién debía estar antes de quién? , ¿quién sesentiría agraviado por ocupar tal lugar cuando a su juiciod e b í a o c u p a r t a l o t r o ? T o d o e s t o c o n s t i t u ía u n a í m -proba tarea, un enorme esfuerzo, una gran tribulación, ylos servi do res se ha st iaban de hacer hoy u na lista yencontrarse con que al día siguiente una nueva rempla-zaba a la anterior. Desde días atrás todo estaba bruñido para lo cual, conarena fina, se había pulido la mampostería, pastosa porlos años, en tanto que algunos hombres fornidos, con lospies envueltos en paños y pesados bloques de piedraforrados igualmente con trozos de lienzo, andabanpor lacasa frotando su pesada carga contra los pisos, que yabrillaban como espejos. Los jardineros, agotados, iban y venían por la tierra,apoyados en manos y rodillas, quitando las malezas einclusive las piedrecillas que no tenían el color apro-piado. La dueña de casa era, sin lugar a dudas, un amaagobiadora. Aquél, era el punto culminante de su vida, pues el hijo yheredero de la casa Lhalu —que tal vez fuese príncipeo... ¡vaya uno a saberlo! — iba a ser presentado y se-rían los astrólogos quienes dirían cómo sería su vida, auncuando no insinuasen ni advirtiesen nada respecto de loque pudieran revelar sus interpretaciones. La señora de la casa, esposa de uno de los hombresmás poderosos de la vida secular del Tíbet, ardía endeseos de que su hijo dejara el país y se educase en algúnotro lugar, de modo que tenía la esperanza de lograrpersuadir a su marido de que ella visitaría con frecuenciaal hijo mientras éste estudiara en el exterior. Como 40
  30. 30. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOesperaba recorrer diferentes países, durante mucho tiem-po había hojeado subrepticiamente algunas de las revistasque llevaban a Lhasa los vendedores ambulantes. Tenía,pues, sus planes, sus sueños y sus ambiciones; no obs-t a n t e , t o d o d e p e n d í a d e l v e r e d i c t o d e l P r i me r A s t r ó -logo... y todo el mundo sabe lo poco que a los astrólo-gos les importa nuestra condición social. El momento en que se celebraría aquella gran reuniónse aproximaba rápidamente. Los mercaderes entraban porla Western Gate y se dirigían a buen paso a la residenciaLhalu, pero los más perspicaces —o los de mayor vivezacomercial— sabían que Lady Rampa caería en seguida ensus redes si le mostraban alguna cosa novedosa, algo quejamás se hubiese visto en Lhasa hasta entonces, algo quehiciera que sus vecinas y competidoras de la sociedadlanzasen una exclamación de falso elogio, detrás del cual,en realidad, se esconderían la frustración y los celos porno haber sido ellas quienes lo tuvieran primero. Muchos mercaderes, pues, emprendían desde la Wes-tem Gate su lenta marcha por el camino de Lingkor ypasaban por la parte de atrás del Potala, más allá delTemplo de la Serpiente, hasta llegar a la residencia deLhalu, para allí tratar de engatusar a la dueña de casacon artículos exóticos y singulares con los cuales pudieraobsequiar y maravillar a sus invitados. Algunos iban consus recuas de yaques llevando a la residencia un surtidocompleto de modo que la señora pudiera ver personal-mente las mercancías que tenían en venta. Claro estáque, tratándose de una ocasión tan importante, los pre-cios habían sido aumentados, porque ninguna dama quese preciase de tal se atrevería siquiera a regatear ni aparar mientes en ellos por temor a que los mercaderespudieran decir a los vecinos que —en este caso LadyRampa— no podía pagar el precio debido y pretendíadescuentos, concesiones o muestras. Día tras día pasaban recuas de yaques y día tras díalos estableros levantaban con las palas las deyecciones deéstos para echarlas en la pila de combustible que, de talmanera, aumentaba con rapidez. Por cierto iba a hacer 41
  31. 31. LOBSANG RAMPAfalta mucho combustible extra para cocinar, para la cale-facción y para las fogatas, porque ¿quién puede, porventura, celebrar una buena fiesta sin una buena fo-gata? Los jardineros, una vez eliminadas a conciencia todaslas malezas del suelo, se dedicaban a los árboles paraasegurarse de que no hubiera ramas rotas ni secas que losafeasen y dieran pábulo a que se comentara que eljardín estaba mal cuidado. Pero más desastroso aún seríaque una ramita cayera sobre alguna dama de abolengo yle descompusiera un tocado que quizá le habría llevadohoras acomodar en su armazon especial de madera la-queada. De manera que los jardineros va estaban hartosde reuniones y cansados de trabajar, no obstante lo cualno osaban aflojar porque los ojos de Lady Rampa pare-cían estar en todas partes, como que no bien alguien sesentaba un momento para aliviar el dolor de espaldas,aparecía furiosa y gritaba que estaba demorando el tra-bajo. Por último, el orden de prioridades quedó establecidoy aprobado por el propio Gran Lord Rampa, quien enpersona se dedicaba a poner su sello en cada una de lasinvitaciones a medida que los monjes escribas las prepa-raban con todo cuidado. El papel, hecho especialmentepara esa ocasión, era grueso y de bordes rústicos —unaespecie de papel de barbas, digamos—, y cada hoja medíaalrededor de treinta centímetros de ancho por sesenta delargo. Estas invitaciones no se ajustaban a las medidas nia la disposición del papel que de ordinario se utilizaba enlos lamasterios, donde es más ancho que largo. Sin em-bargo, cuando eran de mucha importancia, se escribíanen un papel más angosto —alrededor del doble de largoque de ancho— porque una vez aceptadas se ajustaban ados varillas de bambú, ricamente adornadas en las puntas,con el fin de poder colgarlas de una cuerda, como ele-mento decorativo, para que se advirtiese la importanciadel destinatario. La de Lord Rampa era una de las diez familias másencumbradas de Lhasa. La del propio Lord figuraba entre 42
  32. 32. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOlas cinco más distingu idas, en ta nto que la de L adyRampa estaba entre las primeras diez. De otro modo nohubieran podido casarse. De modo que, considerada laelevada posición social de ambos, era menester colocardos sellos en las invitaciones, uno por cada una de susseñorías; pero, además, como estaban unidos en matri-monio y poseían bienes tan enormes, tenían un tercersello —denominado Sello de Nobleza— que también debíair en el documento. Como todos estos sellos, cada unode un color distinto, eran frágiles, quebradizos, LadyRampa y el administrador se hallaban en un estado lin-dante con el delirio, temiendo que los mensajeros fuesentan torpes que pudieran hacer algo que los quebrara. Se habían preparado, asimismo, varas especiales parallevar los mensajes que debían ser exactamente de lamisma longitud y de un grosor muy similar con una ra-nura en uno de los extremos que servía para colocar lamisiva y entregarla. Además, exactamente por debajo deesa ranura, llevaban adherido el escudo de armas de lafamilia y, más abajo, finas tiras de un papel muy resis-tente en las que estaban inscritas plegarias impetratoriasde la protección del mensajero y la feliz entrega de losmensajes, así como rogativas para que el destinatario sedignase aceptar la invitación. Durante un tiempo se ejercitó a los mensajeros en lamanera más gallarda de cabalgar y entregar los mensajes.Para ello, montaban en sus cabalgaduras, las varas alviento como si fueran lanzas y, a una señal, se lanzaban ala carga, uno por uno, en dirección del capitán de laguardia que los instruía. Este, simulando ser el dueño decasa o el administrador, aceptaba cortésmente el mensajeque se le extendía en la vara y efectuaba una reverencia.Debía tomar el mensaje con gran respeto e inclinarseante el mensajero porque éste, en resumidas cuentas, erael representante de "la familia". quien, a su vez, debíaretroceder inclinándose, hacer girar el caballo y lanzarseal galope hacia el lugar del cual había partido. Cuando todos los mensajes, o invitaciones, estuvieronpreparados, se los colocó por orden de prelación; el 43
  33. 33. LOBSANG RAMPAmensajero más imponente tomó el de mayor importancia—y así sucesivamente— y en seguida partieron al galopepara entregarlos. Los demás mensajeros se adelantaban,cada cual tomaba un mensaje, lo ponía en la ranura de lavara y partía al galope. Pronto deberían regresar y todala operación volvería a repetirse hasta que al cabo sehubiese entregado la totalidad de las invitaciones. En-tonces comenzarían los momentos de zozobra, cuando eladministrador y todos los demás se sentaran a esperar yesperar y a preguntarse cuántos aceptarían las invita-ciones, si habría demasiadas viandas o si no alcanzarían. Yeso era algo que crispaba los nervios. Algunos invitados deberían conformarse con perma-necer en los jardines, en particular los que no tenían lasuficiente categoría social como para ser admitidos den-tro de la casa en sí: pero otros, pues... eran másimportantes y tendrían acceso a la mansión y, además,los representantes del clero querrían visitar la capilla. Demanera que se resolvió eliminar la laca de los altares y delas barandillas, para lo cual algunos hombres se pusierona la tarea de raspar y raspar con muñecas de arenahumedecid a hasta que la madera que cubría la lacaquedó lustrosa y como nueva. Hecho esto se les dio a losaltares y a las barandillas una primera mano especial y,cuando esa capa estuvo seca, se aplicaron con sumocuidado otras varias de laca hasta que, por último, todoquedó reluciente como el manso cristal de las aguas enun día de sol radiante. Los pobres criados fueron llamados a presencia de ladueña de casa y del administrador, con el fin de some-terlos a una minuciosa inspección para verificar que susprendas fuesen las adecuadas y que todo estuviese limpio.Si la indumentaria no pasaba la revista debían lavarla,para lo cual se preparaban grandes calderos de agua hir-viente. Por último, cuando la tensión tocaba su punto máselevado, todas las respuestas llegaron, todos los criadoshabían sido ya inspeccionados y toda la ropa especialpermanecía apartada para que no se usara hasta el Gran 44
  34. 34. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOD í a . Y a s í , a l c ae r l a t a r d e , t o d o e l m u n d o s e s e n t óexhausto a esperar el alba del nuevo día en que elDestino quedaría revelado. El sol se ocultaba lentamente detrás de las montañasoccidentales y arrancaba una miríada de puntos de luzrutilantes de la eterna espuma que desciende de los altí-simos picos, mientras la nieve reverberaba con un tonorojo sanguinolento que luego se tornaba azul y, después,purpúreo. Al fin sólo quedó la tenue e indefinida oscu-ridad del cielo y el relumbrar de los puntitos de luz: lasestrellas. En la residencia Lhalu también aparecieron, entonces,misteriosos puntos de luz entre los bien cuidados árboles.Un viandante que acertó a pasar por el camino deLingkor aminoró la m a rcha, dudó un insta nte, hizoademán de continuar andando, pero volvió sobre suspasos para ver qué sucedía. Como desde los jardines llegaban voces destempladas,el caminan te no pudo resistir la tentación de seguirindagando para averiguar qué era lo que causaba seme-jante griterío que, por lo oído debía de ser un altercado.Con el mayor sigilo posible se encaramó en el muro depiedra, apoyó el pecho en el borde sosteniéndose con losbrazos, y entonces pudo observar un espectáculo porcierto novedoso: allí estaban la dueña de casa, L adyRampa, baja, regordeta y casi cuadrada, y a sus flancosdos criados de gran talla, con sendas lámparas de seboencendidas, que trataban de impedir que la ondulantellama se apagase y con ello se desataran las iras de suseñoría. Entre los árboles, los jardineros iban y venían, deso-lados y de pésimo humor, poniendo en algunas de lasramas más bajas lamparillas de sebo para luego encenderuna de las mechas con eslabón y pedernal. Después,soplando con fuerza, avivaban la llama y, con una varaimpregnada en aceite, tomaban fuego de ésta para pren-der las demás. La dama, empero, estaba muy indecisaacerca de dónde colocar las lámparas, de modo que todoera un continuo deambular a tientas en la oscuridad, con 45
  35. 35. LOBSANG RAMPAlas vacilantes lucecitas que todo cuanto hacían era inten-sificar la tonalidad morada de la noche. Entonces sobrevino una conmoción al aparecer unavoluminosa figura, de andar arrogante, que comenzó avociferar en un arranque de cólera: — ¡Están arruinando mis árboles, mis árboles, mis árbo-les...! ¡Los están arruinando! ¡Acaben con esos dispa-rates! ¡Apaguen esas lámparas inmediatamente! Lord Rampa se, sentía sumamente orgulloso de sushermosos árboles —de sus árboles y de sus jardines,famosos en toda Lhasa—, y tocaba por cierto el paroxis-mo de la desesperación temiendo que se hubiesen dañadolos pimpollos que los árboles acababan de dar. Su mujer, su señoría, se volvió hacia él con altivez y leespetó: Por cierto que estáis dand o u n e s p e c t á c u l o a n t ev u es tros servidores, señor. ¿Pensáis, acaso, que no mebasto para manejar estos asuntos? Esta casa es tan míacomo vuestra. ¡No me importunéis! El pobre Lord resoplaba como un toro y daba laimpresión de estar a punto de echar fuego por las nari-ces. Así pues, hecho una furia, giró sobre sus talones yretornó como una tromba a la casa; a poco se oyó unportazo, un ruido tan fuerte y seco que, de haber sido lapuerta menos resistente, sin duda se habría hecho peda-zos con el golpe. El incensario, Timón, el incensario. ¿Eres tonto,m u chacho? Ponlo aquí. No te ocupes de encenderloahora. Ponlo aquí. El pobre Timón, uno de los criados, luchaba con elpesado brasero; pero no era uno tan sólo, sino varios. Lanoche iba cerrándose cada vez más y todavía la dueña decasa no se sentía satisfecha. Al fin comenzó a soplar unviento helado y la luna apareció para derramar su gélidaluz sobre la escena. El hombre que espiaba desde lo alto del muro rió parasus adentros y se descolgó para proseguir su camino. "¡Vaya vaya! ", musitó para sí; "Si de esto vale el sernoble, bien contento puedo estar por cierto, de ser tan 46
  36. 36. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOsólo un humilde comerciante" y sus pasos se perdieronen la oscuridad Entre tanto, en el jardín iban apagán-d o s e u na a una l a s l ámparas de sebo hasta que porúltimo el personal de servicio y el ama se retiraron. Unave noctur na percibió el raro e inusitado o lor de laslámparas de sebo, cuyos pabilos aún humeaban y súbi-t a m e n t e l e v a n t ó v u e l o c o n u n so b r e c o g e d o r g r i t o d eprotesta. Entonces, de repente, estalló en la casa una conmo-ción: el niño, el here dero de aq uellas posesiones, elpequeño principito había desaparecido. ¿Dónde estaría,puesto que no se hallaba en su cama? Y cundió elpánico. La madre suponía que quizá se habría marchadotemeroso de la severidad del padre; pero éste a su vezconsideraba que lo más probable era que se hubieraescapado por miedo a las iras de la madre porque nadade lo que la pobre criatura había hecho aquel día habíaparecido bien. Toda la jornada había trascurrido para élcon tropiezos: primero, por ensuciarse; después por des-trozar la ropa; más tarde, por no estar donde debía endeterminado momento; al rato, por no presentarse pun-tualmente a comer. Todo había estado mal. La servidumbre, convulsionada, encendía lámparas ybuscaba por todas partes, y una multitud de criados iba yvenía por los jardines llamando al amito. Pero todo erainútil: no podían encontrarlo. Inclusive hubo que desper-tar a su hermana Yasodhara para preguntarle si podía daralguna razón de dónde pudiese estar el niño, pero fue envano: ésta se restregó los ojos legañosos con el dorso dela mano y se durmió sentada. Algunos servidores se internaron a la carrera en laoscuridad del camino por si el niño se hubiese marchado,mientras otros revisaban la casa palmo a palmo. Al fin,Lobsang apareció en un depósito, durmiendo sobre uncostal de granos y co n un gato a cada lado . Los tresroncaban a pierna suelta, pero esa tranquilidad no les iba adurar mucho. El padre, que presa de un rapto de furiaparecía estar casi a punto de echar abajo las paredes, seprecipitó levantando una nube de polvo de los sacos de 47
  37. 37. LOBSANG RAMPAgranos e hizo parpadear la llama de las lámparas quesostenían los criados una o dos de las cuales se apaga-ron. Asió luego fuertemente por el cuello a la pobrecriatura y con mano firme la levantó en vilo. Entonces seadelantó la madre con rapidez, gritando: -- ¡Alto, alto! ¡No vayáis a dejarle alguna marca. quemañana será el blanco de todas las miradas de Lhasa!¡Enviadlo sólo a la cama! El padre le propinó entonces una soberana bofetada yun empellón tan violento que el pobre chico fue a dar debruces en el suelo. Un criado se aproximó para levantarlo yen seguida se lo llevó consigo. De los gatos no había señales. Entre tanto, en el gran Potala en el piso asignado alos astrólogos, la actividad todavía continuaba. El PrimerAstrólogo seguía examinando cuidadosamente las cifras,verificando con suma atención los gráficos, repasando loque iba a decir y practicando la entonación que estimabanecesaria. A su lado, dos lamas astrólogos tomaban hojapor hoja cotejándolas con otros dos en el orden debidopara que no hubiese posibilidad alguna de error ni de quese alterase la lectura a causa de una trasposición de pági-nas con lo cual perdería reputación el Colegio de Astró-logos. A medida que cada libro quedaba concluido, lecolocaban su cubierta de madera y luego lo ataban con eldoble de cintas que habitualmente se utilizaban, con elfin de que también tuviese doble protección. El monje designado como asistente personal del PrimerAstrólogo estaba cepillando con esmero su mejor manto yverificando que los signos zodiacales que lo adornabanapareciesen relucientes y bien firmes. Además, como setrataba de un anciano, debían someter a un minuciosoexamen los dos báculos que solía utilizar con el fin deque no tuviesen alguna rajadura inadvertida que pudiesehacer que se partieran, después de lo cual debían serentregados a un monje lustrador que los dejaría brillantescomo cobre bruñido. En las zonas de los templos. los gongos y trompetasresonaban y se oía el restregar de pasos presurosos a 48
  38. 38. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOmedida que los monjes religiosos se encaminaban al pri-mer servici o de la noche. Los monjes astrólogos, encambio, habían sido excusados de concurrir a causa de laimportancia de la misión que tenían asignada, puesto queno podían correr el riesgo de abandonarlo todo paraasistir al servicio y al día siguiente encontrarse con quese hubiese deslizado algún error. Y así, al fin, comenzaron a apagarse una tras otra laslámparas de sebo hasta que al cabo no quedó luz alguna,excepto las de los cielos, luz de luna y luz de estrellasaumentadas por los brillantes reflejos de los lagos y delos ríos que corren y se entrecruzan en la llanura deLhasa. A ratos, alguna deslumbrante franja de agua rom-pía en cascada de arg entados bri llos como de pl atafundida cuando algún enorme pez saltaba sobre la super-ficie en busca de un poco de aire. El silencio, sólo quebrado por el croar de las ranas ylos chillidos de las aves nocturnas a la distancia. eraabsoluto. La luna navegaba en su solitario esplendor porun cielo purpúreo, y la luz de las estrellas se desvanecía amedida que las nubes procedentes de la India ocultabansu fulgor. Las sombras habían descendido ya sobre la Tierra ytodos dormían, salvo las criaturas de la noche. 49
  39. 39. CAPITULO III Sobre el escarpado horizonte oriental aparecían lasprimeras luces mortecinas. Los grandes cordones monta-ñosos se erguían en la más absoluta oscuridad y, detrásde ellos, el cielo comenzaba a clarear. En el piso más alto de los lamasterios —es decir, en eltejado— que sin excepción tenía una plataforma o para-peto especial con grandes caracolas y trompetas de cua-tro a seis metros de largo, apoyadas en soportes, losmonjes y lamas se disponían a saludar el nuevo día. El valle de Lhasa era una hoya de un negro retinto. Laluna hacía ya tiempo que se había puesto y las estrellaslanguidecían en la palidez del firmamento , allende lasmontañas del este. No obstante, el valle de Lhasa aúndormía, aún vivía en la más profunda oscuridad de lanoche; y mientras el sol no se elevase bien por encima delas cumbres, ni las casas ni los lamasterios, adormecidosdarían la bienvenida a la luz del día. Aquí y allá, diseminados al azar por todo el valle,aparecían algunos puntos aislados de luz a medida quealgún lama algún cocinero o algún pastor se iban prepa-rando para dirigirse muy temprano a sus ocupaciones. Yesos débiles. muy débiles fulgores sólo servían para acen-tuar la aterciopelada oscuridad, tan cerrada que ni si-quiera el tronco de un árbol podía distinguirse. Detrás de las montañas del este, la claridad iba enaumento. Primero hubo un vívido desdello de luz y luegoun fulgor rojizo. seguido de inmediato por lo que parecíaser una franja luminosa sumamente verde característicade los crepúsculos matutino y vespertino. Después apare- 51
  40. 40. LOBSANG RAMPAcieron fr an jas de lu z más ancha s y. al c ab o de unosminutos hubo un extraordinario resplandor dorado quehizo que los altos picos se recortaran; dejó ver las nievesperpetuas, se reflejó en los glaciares de las cumbres yproyectó sobre el valle las primeras señales de que el díahabía ya despuntado. Entonces, no bien el sol asomósobre las crestas de los macizos, unos lamas comenzarona soplar las trompetas y otros las caracolas, de tal maneraque el aire mismo parecía estremecerse con la resonancia.El fragor, sin embargo, no suscitó reacción inmediataalguna puesto que los habitantes del valle estaban dema-siado acostumbrados al sonar de las trompetas y caraco-las y les era posible ignorarlas, del mismo modo que lagente de las ciudades puede desentenderse del rugir delos aviones del estrépito de los recolectores de residuos yde todos los demás ruidos de la "civilización". Con todo, aquí y allá, algún ave nocturna adormecidalanzaba un chillido de alarma para luego volver a ponerla cabeza debajo del ala y sumirse en el sueño. Ya habíallegado la hora de los habitantes del día y poco a pocolos pájaros diurnos se iban despertando, piaban todavíasoñolientos y luego batían las alas para sacudirse lamodorra de la noche. Aquí y allá se veía caer algunapluma mecida por el soplo errabundo de la brisa. En las aguas del Kyi Chu y en el Templo de laSerpiente los peces comenzaban a bullir con pesadez,pasada ya la noche, y a acercarse a la superficie; porqueallí, en el Tíbet, pod í an hacerlo , dado que, como losbudistas respetan la vida, no hay pescadores. El anciano se revolvió al sonar de los cuernos y elbramar de las caracolas, y se sentó semidormido. Miró elcielo desde su rincón y de pronto lo asaltó un pensa-miento que lo obligó a ponerse de pie en medio delcrujir de sus articulaciones. Se levantó, pues con parsi-monia, arrastrando los achacosos huesos y los fatigadosmúsculos, y se encaminó hacia la ventana para echar unvistazo al exterior, hacia la ciudad de Lhasa que comen-zaba a despertar. Allá abajo, en la aldea de Shó, empe-zaban a aparecer pequeñas luces, unas tras otras, a 52
  41. 41. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOmedida que se encendían las lámparas de sebo de modoque los funcionarios que ese día iban a tener a su cargolas tareas dispondrían holgadamente de tiempo para ha-cer sus preparativos. En el gélido amanecer, el anciano Astrólogo, tiritando.se arrebujó aún más en su manto. Sus pensamientos sevolvían inevitablemente hacia la finca de Lhalu, invisibledesde el lugar de privilegio que él ocupaba pues éstedaba a la aldea de Shb y la ciudad de Lhasa, mientrasque la residencia se hallaba del otro lado del Potalafrente al muro de figuras talladas que tanta atracciónejercían sobre los ociosos peregrinos. Echándose otra vez, lentamente, sobre las mantas elanciano se puso a pensar en los sucesos de la jornada.Ese día, meditaba, sería uno de los más importantes desu carrera, quizás el punto culminante. Podía ya sentir laproximidad de la mano de la muerte sobre sí, la decli-nación de sus funciones orgánicas, el adelgazamiento desu cordón de plata. Pero estaba contento de que aúnhubiese alguna función más que él pudiera desempeñarpara dar prestigio al cargo de Primer Astrólogo del Tíbet. Yasí, meditando, se sumió en un ligero sopor hasta quedespertó con cierto sobresalto cuando un lama irrumpióen la habitación para decirle: "Venerable señor: ha lle-gado ya el día y no tenemos tiempo que perder; debe-mos cotejar una vez más el horóscopo y el orden en queserán presentados sus puntos. Os ayudaré a levantaros,venerable señor". Y así diciendo se inclinó para colocarun brazo en torno de los hombros del anciano y ponerlode pie con toda suavidad. A la sazón, la claridad aumentaba con rapidez. El so]se elevaba sobre la cadena montañosa del este y su luz sereflejaba en la parte occidental del valle, en tanto que lascasas y lamasterios que se hallaban debajo de los cor-dones orientales permanecían todavía en la penumbra,contrastando con la casi plena luz diurna. que ya bañabael lugar opuesto. También el Potala despertaba. Ya se percibía ese sin-gular alboroto que siempre hacen los seres humanos 53
  42. 42. LOBSANG RAMPAcuando empiezan a desarrollar sus actividades al comen-zar el día, y todo en él daba la sensación de que allíhabía personas dispuestas a continuar con la a vecestediosa tarea de vivir. Las pequeñas campanillas de platatintineaban y, de tanto en tanto, se oía el mugido dealguna caracola o el metálico fragor de una trompeta.Empero, ni el anciano Astrólogo ni quienes lo rodeabanse daban cuenta de los -chirridos y el rotar de los Cilin-dros de las Plegarias, pues hasta tal punto formaban partede su rutina diaria que hacía tiempo no los percibían, asícomo tampoco las Banderas de los Rezos que flameabancon la brisa matinal en los altos del Potala. Sólo la cesa-ción de tales ruidos habría sido advertida por esa gente. A lo largo de los corredores se oían pasos apresurados yel abrir y cerrar de pesadas puertas; desde alguna partellegaban voces que entonaban salmos y cantos de saluta-ción al nuevo día. Pero el anciano Astrólogo no teníatiempo para reparar en semejantes cosas, ocupado comoestaba en despabilarse por completo y en atender a losmenesteres que tan necesarios son después de dormirtoda una noche. Un instante más y ya tendría servido sudesayuno de tsampa y té, luego debería atender el ritualde prepararse para la lectura que debía realizar. En la casa solariega de Lhalu la servidumbre estaba yadespierta. También Lady Rampa se había levantado y LordRampa, después de un rápido desayuno, montó contentoen su caballo para dirigirse con sus asistentes a sus tareasoficiales en la aldea de Shó. Se sentía feliz de huir de suesposa, de escapar de su oficioso trajinar y de su desme-dido celo por los acontecimientos que se avecinaban Encuanto a él, debía comenzar temprano sus tareas puestoque después sería absolutamente necesario que regresarapara desempeñar su papel de amable anfitrión. Entre tanto, ya habían despertado al heredero de lahacienda de Lhalu quien, de mala gana volvía a larealidad. Ese era "su" día; pero —reflexionaba un tantoc o n f u s o — ¿ c óm o p o d í a s e r s u d í a c u a n d o s u m a dr epensaba aprovecharse de él en el aspecto social? Si fuerapor él daría todo por olvidado y se iría a la orilla del río 54
  43. 43. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOpara ver al botero trasportar gente de una margen a laotra y así, cuando ya no quedara mucha por trasladar,ingeniarse para convencerlo de que le permitiera ir yvenir sin pagar pasaje, valiéndose siempre de la excusa,claro está, de que lo ayudaría a bogar en la balsa. La pobre criatura se sentía muy desolada, pues uncriado empedernido se había puesto a embadurnarle elpelo con grasa de yac y a hacerle después unos rizostiesos como colas de cerdo, con una curiosa vuelta. Paraello le frotaba la grasa en la cola de cerdo hasta que éstase ponía casi tan dura como una vara de sauce. Alrededor de las diez de la mañana se oyó un retum-bar de cascos de caballos y una partida de jinetes entróen el corral: Lord Rampa y sus acompañantes regresabande las oficinas del gobierno porque era preciso que lafamilia fuera a la Catedral de Lhasa para dar las graciaspor todos los misterios que iban a revelarse ese día y,por supuesto, para demostrarles a los sacerdotes —siem-pre dispuestos a pensar que los "cabezas negras" eranirreligiosos— que a ellos especialmente no los alcanzabatal condición. Porque en el Tíbet los monjes se rasuran lacabeza mientras que la gente común —los laicos— llevacabellos largos, la mayoría de las veces negros, razón porla cual se la solía llamar "cabeza negra". La gente aguardaba en el corral, Lady Rampa ya en supony, lo mismo que su hija Yasod hara. A últ i mo mo-mento, empero, hubo que asir al heredero de la familia yponerlo sin ninguna ceremonia sobre el suyo, que tam-bién parecía mal predispuesto. Luego se volvieron a abrirl o s p o r t a l e s y e l g r u po s e p us o e n m a r c h a c o n lordRampa a la cabeza. Durante treinta minutos aproxima-damente cabalgaron en absoluto silencio, hasta que al finllegaron a las casitas y tiendas que rodeaban la Catedralde Lhasa, esa catedral que hacía tantos centenares deaños se levantaba allí para servir de lugar de adoración alos devotos y cuyos pisos originales de piedra se hallabanprofundamente surcados y desgastados por los pasos delos peregrinos y visitantes. A todo lo largo de la entradahabía hileras de Cilindros de Plegarias —enormes arte- 55
  44. 44. LOBSANG RAMPAfactos, por cierto— y como era costumbre, a medida qtielas personas penetraban los hacían girar, con lo cual seproducía un curioso estrépito como de cencerros, deefecto casi hipnótico. El interior de la Catedral estaba pesado —con unapesadez sobrecogedora— por el aroma a incienso y elrecuerdo de todo el que se había quemado durante lostrece o catorce siglos trascurridos. Inclusive de las pesa-das vigas negras del techo parecían desprenderse nubes deincienso, un humo azulado, un humo gris y, a veces unhumo de tintes parduscos. Representados por imágenes de oro, de madera y deporcelana, podían apreciarse diversos dioses y diosas antelos cuales los peregrinos colocaban sus ofrendas que cadatanto era necesario poner detrás de una verja de hierropara protegerlas de los fieles cuya piedad cedía al deseode participar de las riquezas de aquéllos. Ardían pesadas candelas que proyectaban vacilantessombras en la oscuridad del recinto; pero, para un niñoque todavía no contaba siete años, era difícil pensar quese habían mantenido encendidas porque durante mil tres-cientos o mil cuatrocientos años habían sido alimentadascon aceite. El pobre chiquillo, que miraba en torno conlos ojos desmesuradamente abiertos, pensaba: "Cuandoacabe este día quizá pueda irme a algún otro país, lejosde toda esta religiosidad". ¡No sabía lo que le estabareservado! Un enorme gato se adelantó, lánguido, para restregarsecontra las piernas del heredero de la familia Rampa. Elniño, entonces, se inclinó y se apoyó en las rodillas paraacariciarlo, y el gato comenzó a ronronear encantado.Era uno de los animales guardianes del templo sagacesestudiosos de la naturaleza humana que, con una solamirada podían decir quiénes intentaban robar y quiéneseran dignos de confianza. Normalmente, esos gatos no seaproximaban nunca a nadie que no fuese su cuidadorparticular. Así pués, por un momento hubo un silenciode asombro entre los circunstantes y algunos monjesvacilaron en sus cánticos cuando sus ojos se maravillaron 56
  45. 45. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIOante el espectáculo de ese niño arrodillado junto al grangato. El cuadro, empero, pronto se echó a perder porqueLord Rampa, con el rostro demudado por la ira, seinclinó y levantó al chico por el cuello, lo sacudió comosacuden las mujeres un plumero, le dio una bofetada enel oído que al niño le hizo pensar que se había desatadouna tronada, y lo puso otra vez de pie sin contemplaciónalguna. El gato se volvió entonces hacia su señoría, leespetó un larguísimo y vigoroso siseo y lue go se diovuelta con dignidad y se marchó. Mas, como ya había llegado el momento de retornar ala residencia de Lhalu —pues pronto comenzarían a arri-bar los invitados, muchos de los cuales acostumbrabanpresentarse temprano para disfrutar de lo mejor quehubiese, incluido un lugar de privilegio en los jardines—,e l g r u p o ab a n d o n ó e l r e c i n t o d e l a C a t e d r a l y s a li ónuevamente a la calle. El niño levantó la vista y, al verlas banderas que flameaban sobre el camino que conduce ala India, pensó: "¿Podré irme dentro de poco a otropaís por este camino? Pronto lo sabré, creo. Pero, ¡ala-bados sean los cielos, quisiera comer algo! " El grupo retomó el camino de regreso y, al cabo deveinticinco o treinta minutos, se encontraba ya de nuevoen el corral de la casa donde fue recibido con ansiedadpor el administrador, quien pensaba que tal vez se hu-biese producido alguna postergación y debería anunciar alos furiosos invitados que los dueños de casa habían sidodemorados inexplicablemente en la Catedral. Como aún quedaba . tiempo, tomaron un rápido refri-gerio. Entonces se oyeron ruidos inesperados que llega-ban desde el camino y el heredero se lanzó a la ventana:por la carretera, montados en sus ponies se aproximabanlos monjes músicos tañendo sus instrumentos. Cadatanto, alguno de aquéllos hacía sonar su trompeta o suclarinete para cerciorarse de que estuviesen afinados, oalgún otro batía con fuerza el tambor a fin de verificarque el parche tuviera la tensión adecuada. Por último,entraron e n el co rral y se dirigieron por u n senderolateral a los jardines, donde con sumo cuidado deposi- 57
  46. 46. LOBSANG RAMPAtaron los instrumentos en el suelo para luego dedicarsealegremente a beber la cerveza tibetana que con ciertaabundancia se había puesto a su disposición para ento-narlos..., para que adquirieran el humor apropiado ytocaran música animada en lugar de esas tristes cosasclásicas. Pero no había tiempo para dedicarse a los músicosporque ya comenzaban a llegar los primeros invitados.Tantos eran los que arribaban que parecía como si todaLhasa se hubiera puesto en camino hacia la residencia deLhalu. Era un pequeño ejército de hombres a caballo,todos tan fuertemente armados que, en cierto modo,parecían tropas invasoras enviadas por los británicos. Eseejército. empero, había sido armado sólo porque así loexigían el ceremonial y el protocolo. Venían formadosde tal manera que los hombres marchaban a los lados ylas mujeres entre las filas para estar debidamente prote-gidas contra algún ataque imaginario. Las lanzas y picasde los efectivos aparecían vistosamente adornadas conbanderas y gallardetes; y, aquí y allá las Banderas de lasOraciones que ondeaban en los báculos señalaban la pre-sencia de algún monje en la partida. En el corral en sí había dos filas de servidores, una deellas encabezada por el administrador y la otra por elsacerdote principal de la casa; todo era reverencias y másreverencias a medida que los invitados pasaban al inte-rior. A todos ellos se les prestaba ayuda para que seapearan de sus cabalgaduras, como si fueran —ésa era laopinión del heredero de la casa— un hatajo de idiotasparalíticos, y luego se llevaban los caballos para darles decomer en abundancia. Entonces —según la categoría delos invitados— se los conducía al jardín, donde debíanvalerse por sí mismos, o los acompañaban al interior dela casa donde comenzaban las exclamaciones acerca detal o cual cosa de las que habían sido colocadas espe-cialmente para impresionarlos. En el Tíbet, por supuesto,se suelen intercambiar cintas, de modo que se producíauna gran confusión a medida que los invitados que arri-baban presentaban las suyas y recibían otras como retri- 58
  47. 47. TAL COMO FUE EN EL PRINCIPIObución. Inclusive, a veces se suscitaba un incidente muyembarazoso cuando algún criado atolondrado devolvíaimpensadamente al invitado o invitada la cinta que aca-baba de entregar, en cuyo caso, luego de algunas sonrisasde turbación y de musitar las consabidas disculpas, alinstante se subsanaba el inconveniente. Lady Rampa tenía el rostro encendido y traspirabaprofusamente temiendo que el viejo astrólogo —el PrimerAstrólogo del Tíbet-- hubiese fallecido, se hubiera caídoal río, lo hubiera herido un caballo o le hubiese pasadocualquier otro percance, puesto que no había señales deél y el único propósito de la reunión era el de escucharla lectura acerca del futuro del heredero de la casa. Sin elPrimer Astrólogo, eso no se podía hacer. Así pues, mandaron a un criado a todo correr a quesubiera al punto más elevado de la casa y mirara hacia elPotala para ver si aparecía indicio de cabalgaduras enmarcha que pudiesen anunciar la inminente llegada del as-trólogo. El criado partió y de inmediato apareció en laparte más alta del tejado haciendo ademanes con losbrazos y bailando, en su excitación, una giga. Lady Rampa estaba furiosa, totalmente frustrada por-que no tenía idea de qué era lo que el criado trataba decomunicar puesto que, con sus gestos más que nadaparecía ebrio. De manera que con toda premura envió aotro a averiguar qué estaba sucediendo y así, al cabo deun momento, ambos regresaron juntos e informaron quela caravana del Astrólogo estaba atravesando el llano deKyi Chu. Eso bastó para que la agitación aumentara:Lady Rampa hizo conducir al jardín a todos cuantos sehallaban en la casa y les rogó que ocupasen sus respec-tivos lugares pues el gran Primer Astrólogo estaba apunto de llegar. Por su parte, los monjes músicos selevantaron y comenzaron a tocar haciendo vibrar el airepor la vehemencia con que ejecutaban. Los jardines de la finca de Lhalu eran espaciosos yestaban muy bien cuidados; había en ellos árboles detodas partes del Tíbet e, inclusive, algunos de la India, deBután y de Sikkim, además de gran profusión de arbus- 59
  48. 48. LOBSANG RAMPAtos de exóticas flores que extasiaban la vista. En esosmomentos, sin embargo, esa maravillosa exposición queera el jardín estaba atestada de espectadores ávidos, degente sin interés alguno , por la jardinería, de personaspendientes sólo de lo sensacional. El gran Lord Rampa sepaseaba desconsoladamente de un lado_ a otro, mordién-dose los nudillos en el paroxismo de su angustia y frus-tración, tratando a la vez de sonreír con amabilidad a laspersonas a las cuales pensaba que podía deslumbrar. Lady Rampa, con las corridas que emprendía haciatodas partes, parecía empequeñecerse cada vez más. An-daba sin parar, cuidando de que Lord Rampa no estuviesedemasiado serio, indagando qué hacía el heredero, quéhacían los criados... y atisbando con ojo avizor el próxi-mo arribo del Primer Astrólogo. No mucho después se oyó un resonar de cascos y eladministrador se precipitó hacia la puerta principal —queinmediatamente se cerró tras él— a fin de permanecerlisto allí para impartir la orden de abrirla en el momentoexacto y lograr de tal modo el máximo efecto. Los invitados, que ya habían oído también el andar delos caballos, se dirigieron en tropel desde el jardín haciauna cámara amplísima que, para la ocasión, había sidoconvertida en recepción, donde se encontraron con queles esperaba el té con mantequilla y, claro está, manjaresde la India, esos dulcísimos y pegajosos pasteles quepodían embadurnarlos y que harían que no hablasentanto... En ese instante se oyó el tañido de un gong de tonoprofundo, un gong enorme, de una altura aproximada deun metro y medio, que sólo se utilizaba en las mássolemnes ocasiones, cuyos ecos se expandieron y se refle-jaron en toda la casa. El criado encargado de tocarlo sehallaba en un lugar elevado, descargando los golpes espe-ciales que días antes había practicado con un batintínmás pequeño. Al sonar el gong se abrió la puerta y una caravana demonjes novicios y de lamas entró en el corral junto conel Primer Astrólogo, hombre anciano, por cierto, de unos 60

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