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Lobsang Rampa: "El ermitaño"

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El ermitaño El ermitaño Document Transcript

  • Capítulo primeroAfuera, brillaba el sol. Vívido, iluminaba los árboles, pro-y ect and o n eg ra s so mb ras de tr ás d e l as d es ta cad as ro cas y, d erechazo, mandando miríadas de puntos resplandecientes desdeel azul del lago. Aquí, en el frío reparo de la cueva de la viejaermita, la luz se filtraba a través de las ramas colgantes ylleg aba verdosa, suave, a lo s o jos cansado s d e una exposiciónal sol relumbroso. El joven, respetuosamente, acataba al eremita flaco, sentado erguido sobre una piedra gastada por los años. «He venidoa Ti p ar a se r i n stru ido , oh V en e rab le» , le d ijo el s an to va ró ncon voz sumisa.«Siéntate», ordenaba el más anciano de los dos. El jovenmonje, de vestiduras color rojo-ladrillo, se inclinó de nuevoy se sentaba con las piernas cruzadas sobre el suelo apiso-nado, cerca del maestro.El vi ejo er emi t a gua rd ab a sil en cio , co mo s í conte mp las e u nainfinidad de cosas pasadas, pero con las cuencas de los ojosvacías.Muchos, pero muchos años atrás, siendo él un joven lama,h a b í a c a í d o e n m a n o s d e u n o s o fi c i a l e s d e l a s t r o p a s c h i n a s ,en Lhasa, y privado de sus ojos, por no revelar secretos deEstado, que él desconocía. Torturado, lisiado y cegado deambos ojos, había caminado de aquí para allá, con amarguray decepción, huyendo de la ciudad. Viajando por la noche,an du vo h ast a l ejo s de ell a, casi en loq ue cid o po r el d olo r y elhorror; evitando la compañía de los hombres. Pensaba, pen-saba; no le abandonaban sus pensamientos.Subiendo siempre a mayor altura, viviendo del césped o delas hierbas que hallaba por su camino; guiado hacia dondehallar de qué beber por el rumor de los arroyos de la monta-ñ a , c o n s e r v ó u n e c o d e u n a ch i s p a d e v i d a . P o c o a p o c o , s u speores lesiones fueron sanando; las cuencas de sus ojos de-jaron de supurar. Pero siempre buscaba subir más arriba, le- 9
  • jos de una humanidad que torturaba a los hombres ferozmen- te y sin motivo. El aire se fue haciendo cada vez más ligero. Desaparecieron los árboles, con cuya corteza podía sustentarse. No podía extender la mano y arrancar planta o yerba alguna. Entonces, le era preciso arrastrarse sobre las manos y las rodillas, vagando de una parte a otra, esforzándose, esperando hacer lo bastante para poder alejar los tormentos del hambre. El aire se hizo más frío, los dientes del viento más penetran- tes; pero aún se afanaba más hacia arriba, siempre más arri- ba, como conducido por un impulso interior. Unas semanas antes, al comienzo de su viaje, había encontrado una fuerte rama, que empleaba como bastón para buscar su camino. De pronto, su bastón de ciego se encontró enfrente a una pared y no pudo hallar camino que le condujese más adelante. El joven monje miró fijamente al anciano. No se observaba en él signo alguno de movimiento. «Así debía ser», pensó el joven, y se consoló pensando que los «Venerables Ancianos» vivían en el mundo del pasado y jamás alteraban su modo de ser por nadie. Echó una ojeada curiosa a su alrededor, en la cueva desnuda. Y lo era completamente. A uno de los lados, se observaba un amarillento montón de paja — la cama del eremita —. Al lado de ésta, un tazón. De un saliente de la roca, colgaba una mugrienta túnica color de azafrán, triste y como consciente de estar descolorida por el sol. Y nada más. Nada. Aquel viejo reflexionaba su pasado cuando fue torturado, mutilado y cegado. Cuando él era un joven, como aquél que tenía sentado delante suyo. En un arranque de frustración, con su palo golpeó la extraña barrera que tenía enfrente. Vanamente, se esforzó por ver a través de los cuencos vacíos de sus ojos. Finalmente, rendi- do por la intensidad de sus emociones, cayó desvanecido al pie de aquella barrera misteriosa. El aire enrarecido se cola- ba a través de sus vestiduras, robando lentamente al debilitado cuerpo el calor y la vida. Largos momentos pasaron. Finalmente, los pasos de unos10
  • p ies calzados reson aron sob re el suelo pedregoso. Se escucha-ron palabras murmuradas en una lengua incomprensible y eldébil cuerpo de aquel lama fue levantado y conducido lejos.S e e s c u c h ó u n « i c l a n g ! » m e t á l i c o y u n b u it r e q u e e s t a b a a l l íal acecho, considerándose defraudado de su comida, se remontópesadamente.El vi ejo ana co re ta e mp ezó a re cord ar. To do aqu e llo pasó mu -cho tiempo atrás. Ahora tenía que instruir al joven monjeque tenía enfrente y que era como él fue — ¿Cuántos añosh ací a? ¿Ses en t a? ¿S et ent a? ¿ Ta l ve z más ? —. No i mp o rt ab a ,t o d o h a b í a q u ed a d o a t r á s , p e r d i d o e n l a s ni e b l a s d e l p a s a d o .¿Qu é s i g n i fi ca n l o s año s d e l a v ida de un ho mb re, cu and o élconoce los que tiene el mundo?Parecí a co mo s i el t iempo s e h ub ies e det en i d o. H ast a el vi en tod ébil , qu e su s urraba a trav é s de las ho j as , h ab í a ce sado sumurmullo. En el aire, flotaba u na expectación temerosa, mien-tras e l jov en mon j e agu a rda ba qu e el v i ej o ere mi ta emp ez asesu discurso. Por fin, cuando la tensión se iba haciendo ina-guantable para el joven, el Venerable inició sus palabras.« Tú has sido env iado a mí — d ijo —, porque se te ha destinadouna gr an trab aj o en esta V ida y yo tengo que instrui rt e de todocuanto son mis cono cimiento s, de forma que tendrás queenterarte hasta cierto pun to de tu prop io des tino» . El viejo seencaraba en dirección del joven, que se movía confuso. Erad ifí ci l, p ensab a, t r ata r con ciego s; « m ir an » sin v er; pe ro u notien e la sensación de que lo v en todo. No se sabe cómo tratarcon ellos.La voz seca y desacostumbrada a expresarse del viejo conti-nuó: «Cuando yo era joven me encontré con varias experien-cias, experiencias dolorosas. Abandoné nuestra gran ciudadde Lhasa y vagué, ciego, a través de las soledades. Debilita-do, enfermo e inconsciente, fui arrebatado no sé adónde yallí fui instruido en preparación de este día de hoy. Cuandomi conocimiento haya pasado a ti, el trabajo de mi vidah ab rá terminado y pod ré ir en paz a los C amp os C elestiales.»Diciendo estas palabras, un resplandor beatífico iluminó lasmejillas caídas y apergaminadas de aquel anciano, que dio 11
  • inconscientemente más velocidad a su Molino de Plegarias. En el exterior, las sombras, lentas, se arrastraban por el suelo. El viento s e había hecho más fuerte y empujab a el polvo seco de color de hueso, formando pequeños torbellinos a ras del suelo. A intervalos, un pájaro lanzaba una llamada urgente. De un modo casi imperceptible, la luz del día se apagaba y las sombras se iban alargando. Dentro de la caverna, ahora fran ca mente a o scuras , e l jo v en mo n je se ap re tab a fu ertemen t e el cuerpo, esperando de esta forma reprimir los ronquidos de s u h a m b r e c r e c i e n t e . H a m b r e . « E s t u d i o y h a m b r e » , p e n s ab a «siempre van juntos.» Hambre y estudio. Una pasajera sonrisa cruzó por el rostro del ermitaño. «¡Ah! —exclamó-- la información era exacta. El joven se siente hambriento. Su v ient r e semeja por el ru id o u n timb al hu eco . El q u e me in for - mó me dio este d etalle. Y también el remedio .» Len ta, penosa- mente, con lo s crujidos propios de la edad , se puso en pie sin t i t u b e o a v a n z a d o h a c i a u n a pa r t e o c u l t a d e l a c u e v a . A s u r e - greso entregó al joven monje un pequeño paquete. «De parte de tu Honorable Guía», explicó; «Él me ha dicho que quiere hacer más dulces tus estudios.» Tortas dulces de la India. Y una poca de leche de cabra, para cambiar el agua como ú n i c a b e b i d a . « ¡ N o , n o ! » , e x c l a mó e l v i e j o e r m i t a ñ o , c u a n d o fue invitado a compartir aquel alimento. «Me doy cuenta de las necesidades de la juventud; sob re tod o d e l o s q u e h ab it an , lejos del mundo, más allá de las montañas. Come y disfruta. Yo, insignificante persona, intento seguir en mi humilde senda al gracioso señor Buda y vivir de la metafórica semilla de mostaza. Pero tú, come y duerme; porque me doy cuenta de que la noche se nos ha venido encima.» Diciendo estas palabras el anciano había vuelto al interior oculto de la cueva. El joven se dirigió a la entrada de la cueva, que ahora era u n ó v alo g r is con t ra la o s cur id ad d el in t e ri o r. Lo s alto s p i cos de la montaña parecían recortes negros contra el rojizo espa- cio que les rodeaba. De pronto se produjo un creciente res- plandor plateado de luz por el pasaje de unas oscuras nubes solitarias, como si la mano de un dios apartase las cortinas12
  • q u e o c u lt ab a n a l a q u e l o s h o mb res llaman «la Reina de l Cie-lo». Pero el joven monje no se entretuvo; su cena era fru-galísima y no la habría resistido ningún joven occidental.En segu id a r eg resó a la cu ev a y , ex cav ando u na dep re sión enl a a r e n a d e l s u elo d o n d e r e p o s a r su c ad e r a, cay ó en u n sue ñ oprofundo.Los primeros albores de la luz le hallaron agitándose incó-modamente. Se levantó de un solo impulso y, puesto de pie,miró como avergonzado a su alrededor. En este momento elv i e j o a n a c o r e t a . e n t r a b a c a m in a n d o i n c i e r t a m e n t e d e n t r o d e lv estíbulo d e la cu ev a. « ¡Oh, v en erab le — ex clamab a el jov enmonje nerviosamente —, he dormido más de la cuenta y nome he acordado de los oficios nocturnos!» Entonces se diocompleta cuenta de dónde se hallaba.«No temas, joven amigo — dijo sonriendo el ermitaño —.Aquí no hay oficios. El hombre, una vez evolucionado, tendrá suoficio dentro de su propia alma, por todas partes y siempre, s i nque tenga que ser reducido a rebaño y congregado como losyaks, que no tienen una mente. Pero hazte tu tsampa (*) ycome; porque hoy tengo que contarte muchas cosas, y tútien es q ue acord arte de todas ellas.» Diciendo estas p alabras, elsanto varón, se encaminó hacia el naciente día.Una hora más tarde, el joven estaba sentado enfrente del an-ciano escuchando la relación de éste, tan apasionante comoextraña. Una histo ria que abarcab a to das las religion es, todaslas historias sobrenaturales y leyendas del mundo entero. Unahistoria que había sido reprimida por todos los sacerdotessedientos de poder y los «científicos» desde los primerostiempos tribales.Rayo s d e so l s e filt raban a t r av és d el fo ll aj e d e l a b oc a d e lacueva y daban brillo a las fibras metálicas de las rocas. Elai re , l ige ramen te c al ien te, y u n a lig era n eb li na flot ab a so b r e ellag o . Uno s cu an tos p ajarillo s ch arlaban ruido samen te y sepreparaban para su tarea inacabable de buscar comida sufi-ciente en una región de vegetación escasa. En las alturas, un(*) Agua hervida con harina tostada. 13
  • buitre solitario se alzaba, sostenido por una corriente ascen- d e n t e d e a i r e , s u b i e n d o y b a ja n d o c o n l a s a l a s e x t e n d i d a s , i n - móviles, mientras con sus ojos perspicaces buscaba sobre el suelo desnudo algún cuerpo muerto o muriéndose. Convencido de que no había nada para su provecho, se desplazó a otros cielos con un graznido malhumorádo y huyó en busca de mejores venturas. El viejo ermitaño estaba sentado, erecto e inmóvil, con su f i g u r a d e s c a r n a d a e s c a s a m e n t e cu b i e r t a p o r l o s r e s t o s d e s u vestidura dorada. «Dorada», ya no lo era, sino descolorida por el sol y convertida en unos harapos terrosos con unas tiras amarillas, donde los pliegues habían hecho disminuir en parte la decoloración por la luz solar. La piel era apergaminada, sobre sus pómulos agudos, y con ese color de cera, blan- q u e c i n o , f r e c u e n t e e n t r e l o s q u e e s t á n p r i v a d o s d e l a v is t a . Iba descalzo y los objetos de su propiedad se limitaban a unas pocas cosas: un cuenco, un Molinillo de Plegarias, y ú n i c a m e n t e u n a r o p a d e r e c a mb i o , t a n d e s t e ñ i d a y m a n c h a d a como la que llevaba puesta. Nada más, absolutamente nada más en el mundo entero. Sentado enfrente al eremita, el joven monje meditaba. Cuanto mayor es la espiritualidad de un hombre, menos son sus bienes terrenales. Los grandes abades, con sus hábitos de oro, s u s r i q u e z a s y a b u n d a n c i a d e ma n j a r e s , s i e m p r e e s t a b a n e n lucha para alcanzar poder político y vivían para el momento presente, mientras reverenciaban de labios afuera las Escri- turas. «Joven amigo», empezó la voz anciana. «Mis días casi tocan a su acabamiento. Tengo que transmitirte mis conocimientos; después de lo cual, mi espíritu será libre para irse a los Cam- pos Celestiales. Tú, a tu vez, transmitirás estos conocimientos a los demás. Escucha, pues, y almacena todo cuanto te diré en tu memoria sin fallo alguno.» « ¡ A p r e n d e e s t o , e s t u d i a a q u e l l o !» , p e n s ó e l j o v e n m o n j e . « La vida ahora no es más que un rudo trabajo incesante. Adiós cometas, zancos y...» Pero el ermitaño continuó: «Ya sabes cómo me trataron los14
  • chinos, y cómo fui vagando por las soledades y llegué final-mente hasta donde me ocurrió un gran prodigio. Un milagro,porque un instinto secreto me condujo hasta las mismas puer-tas del Santuario de la Sabiduría. Te lo quiero contar. Mis a b i d u r í a s e r á t u y a , t a l c o mo a m í m e f u e m o s t r a d a , y a q u e , apesar de estar privado de la vista, lo vi todo».El joven monje asintió con la cabeza, olvidándose de que elanciano no le podía ver; entonces, dándose cuenta, le dijo:«Estoy escuchando, Venerable Maestro, y estoy capacitadopor mi formación a recordarlo todo». Mientras decía estaspalabras, él hizo una reverencia y se volvió a sentar, aguar-dando un rato.El anciano sonrió y continuó su relato: «Lo primero que re-cuerdo es que estaba acostado muy cómodamente en un lechoblando. Naturalmente, yo entonces era joven, por el estilo delo que eres tú, y creía haber sido transportado a los CamposC e l e s t i a l e s . P e r o n o p o d í a ve r y m e p a r e c í a q u e s i e l s i t i odonde me hallaba era el otro lado de la vida habría recobradomi vista. De manera que estaba allí acostado y esperando. Alcabo de un largo rato, unos pasos muy silenciosos se acer-caron y se detuvieron a mi lado. Yo, estaba inmóvil, no sa-b i e n d o q u é e sp e r a r . " ¡ A h ! " , e x c l a m ó u n a v o z q u e m e p a r e c i óser en cierto modo distinta de las nuestras. "¡Ah!, veo quehabéis recobrado la conciencia. ¿Os encontráis bien?".»Vaya una pregunta necia, pensé entre mí. ¿Cómo puedoencontrarme bien, si me estoy muriendo de hambre? ¿Eracierto? En realidad ya no sentía hambre alguna. Me encon-traba bien, muy bien. Con precaución, moví mis dedos, sentímis brazos sin rastro alguno de agujetas. Me había recobradoy me notaba normal; sólo que no tenía ojos. "Sí, si, me sientobien, gracias por la pregunta", le contesté. La Voz dijoentonces: "Hubiéramos querido restaurar vuestra vista; peroo s h a b í a n q u i t a d o l o s o j o s y n o n o s f u e p os i b l e . R e p o s a d u nrato, y luego hablaremos con Vos detalladamente".»Reposé; no tenía otra solución. No tardé en dormirme denuevo. Lo que dormí, no lo supe; pero un dulce sonido d e c a m p a n a s ,casualmente, me desveló; tañido más dulce y 15
  • apacible que los más delicados gongs, y mejor que las antiguas ca mp an as de p lat a, má s so no ro qu e l as tro mp eta s d e l templo . Me incorporé y miré a mi alrededor, como si pudiese forzar la visión de mis órbitas sin ojos. Un brazo amistoso se deslizó alredor de mi espalda, y una voz me dijo: "Levántate y sígueme. Yo te conduciré".» El joven religioso permanecía sentado y experimentaba una fascinación, extrañándose que no le hubiesen sobrevenido nunc a aventuras semejantes; ignorando que, en su día, le llegarí a el turno. «Te lo ruego, continúa, Venerable Maestro», exclamó. El viejo maestro sonrió complacido por el interés que mostraba el joven. « Me con dujo hasta una habitación esp aciosa, al parecer, llena de gente; yo escuchaba el rumor de su respiración y el roce de sus vestiduras. Mi guía me dijo "Sentaos", y un extraño i n g e n i o f u e e m p u j a d o h a s t a mi p e r s o n a . E s p e r a n d o s e n t a r m e en el suelo, como tod as las personas educadas, estuve a punto de caerme al choque con aquel artefacto.» El anciano anacoreta hizo una breve pausa y una seca risita escapó d e su boca al relatar aqu ella escena pasada. «Me senté con todo cuidado — continuó — y aquel objeto me pareció b lando, si bien sólido. Me sentía sostenido sob re cuatro p atas y por la parte de atrás había una cosa que me impedía echar atrás mi espalda. De momento, pensé que me creían demasiado débil para sentarme sin alguna protección; después capté se- ñales de divertida y reprimida so rpresa entre los presentes, ya que, por lo visto, aquélla era la manera de sentarse de toda aquella gente, y, francamente, quedé colgado tristemente de aquella plataforma almohadillada.» El joven monje intentó imaginarse lo que podía ser una pla- ta fo r m a p ar a s en ta rs e . ¿ Po r q u é ex ist ían s e mej an t es o b je to s? ¿Por qué se tienen que inventar cosas inútiles? No, decidió; el suelo era suficiente para él; más seguro, sin riesgos de caerse. Y, ¿quién es tan débil que necesita tener su espalda aguantada? Pero el anciano estaba otra vez hablando — sus pulmones era resistentes — al joven monje. «"Os extrañáis de nosotros — la voz continuó —, os maravi-16
  • liáis de qu iénes somos, de por qu é os sen tís tan bien. Siéntatecon tod a co mod id ad , porque tenemos que contarte muchascosas".»"Muy Ilustre Seño r", dije disculpándome. "Estoy ciego, hesido privado de mi v ista y d ecís qu e ten éis mucho q ue contarmey qu e mos trarme. ¿Có mo pued e ser, esto ?" "Tranquilízate —dijo la Voz —, porque todo será claro para ti, con tiempo yp acien cia.» La parte posterior de mis piernas emp ezaba ado lerme, co lgadas en aquella extraña po stu ra, de modo qu e lasen cogí, intentando p ermanecer en la postura del loto sobre lap equeña plataforma d e madera aguantad a sob re cuatro p atas ycon aquel estorbo en la espalda. Así, me sen tía más a misan chas, si b ien, no v iendo, podía perder el equilib rio sinqu erer.» "Somos los Jardinero s d e la Tierra", p rosigu ió la Voz. "Via-jamos por los universos, situando s eres humanos y animales porlos mundos distintos. Vo sotros, los hijos de la Tierra, poseéisleyend as so bre nosotros, llamándono s d ioses celestiales yh ab lan do de nuestros carros de fuego . Ahora vamos a d arte unain formación sobre el o rigen de la Vid a en la Tierra, de maneraqu e pued as trans mitir tus conocimientos a otro que vendrád espués al mundo y escribirá s ob re estas co sas, porqu e ya esho ra de que la gen te conozca la Verdad de su s Dios es, an tes deiniciar el segundo p eríodo ."»"Aquí hay cierta confusión", exclamé con desánimo. "No soymás que un pobre monje que sub ió a estas altu ras sin sabercó mo."» "Nosotro s, con nuestro sab er, te guiamo s — mu rmu ró la Voz—, te hemo s escog ido por tu memoria extraordinaria, que aúnreforzaremos. C onocemos todo lo qu e se refiere a ti. Po r eso teh emos con ducido h asta noso tros."»Fuera de la cu eva, a la luz, ahora brillante, del día, la nota delcanto de un pájaro se elevó aguda y penetran te con súbitaalarma. Un chillido de una av e ag reso ra y el pájaro s e escapód e aquellos parajes p recipitadamente. El v iejo ermitaño levantós u c ab e za u n mo men to , d i ciendo: « No es nad a; p ro bablementeun pájaro vo lando en la altura h a lanzado un 17
  • ataqu e» . E l jov en monje encon tró d esag radable el v erse d is- traído d e la narración d e la vieja ed ad , una ed ad que — cas o extraño — no encontraba difícil de visualizar. A la orilla del lago los sauces cabeceab an con indolencia sólo inquietados por las brisas errantes q ue remo vían sus ho jas y las hacían p rotestar contra la invasión d e su reposo. Actualmen te, los p rimeros rayos de sol h abían abandonado la en trada de la cueva y en ella reinaba el frío , con la luz teñida de color verdoso. El v iejo eremita se estremeció ligeramente, arregló sus abigarrad as v estidu ras y con tinuó: « Estaba asu stado, muy asustado . ¿Qu é sabía yo d e aqu ello s Jardin eros de la Tierra? Yo , no era jardin ero. No sabía nada de plantas, y de universos, mucho menos. Necesitaba no marcharme de allí. Mien tras estaba pens ando esas cosas, pu se mis p ies sobre el bo rde de mi plataforma-asiento y me puse de pie. Manos cariñosas, pero firmes me v olvieron a sentar en aqu ella rara forma, con mis p ies colg ando y mi esp ald a apoyada sob re algo qu e estaba detrás mío. "La planta, no debe dictar órdenes al jard in ero ", murmu ró una v oz. "Te h an condu cido aqu í, y aqu í tien es que aprender." » A mi alred edor, mientras me vo lvía a sentar, aturdid o, pero también irritado , comenzó una gran discu sión en una lengua p ara mí desconocida. Voces. Voces. Algu nas agudas y d elga- d as, co mo saliendo d e u nos g aznates de enanos. Otras, pro - fundas, resonan tes, sono ras, co mo toro s o yaks en los p eríodo s d e celo, mug iendo a través del pais aje. Fuesen quien es fuesen, p ensé, no auguran nada bu eno para mí, p ersona díscola, cautivo involuntario. Estuv e escuchando con temor e in certidumbre todo el rato que duró la d iscusión p ara mí incomp ren sible. Aquellos pitidos y estruendos co mo d e una trompeta resonando en un desfiladero . ¿Qué gen te era ésa?, p ensab a yo, ¿pu ed en los g aznates hu mano s presentar esa multitud de tonos, supertonos y semitonos? ¿Dónd e me en contrab a? Tal v ez me h allab a y o en p eo res manos qu e cu ando era p risionero de los chinos. ¡Oh, qu ién tuviera ojos! Ojos para ver lo que ahora me era ved ado. ¿Se hab ría desvanecido acaso el misterio a la luz de la mirada? P ero n o, como co mprendí lu ego, el18
  • misterio se habría hecho más profundo. Permanecí sentado,lleno de aprensión y muy asustado. Las to rturas qu e habíaexp erimen tado en mano s de lo s chinos me habían acobardado,me h acían temer qu e no podría soportar más, de ningunamanera. Mejor hubiera sido qu e los Nuev e Drago nes hubiesenllegado y me consumiesen de una vez que lo que me tocaría sopo rtar po rob ra de lo Descono cido. Así es qu e permanecí sentado , ya queno hab ía nada que h acer.» Altas voces me hicieron temer por mi suerte. De hab er tenidoojos para ver, hubiera realizado un desesperado esfuerzo parahu ir; pero aquel qu e se encuentra sin ellos está concretamentesin esperanzas, a la merced d e todo . La piedra lan zada, lapu erta cerrad a, las amen azas crecientes que se me p resentab an,amenazadoras, op resivas y siempre temerosas. El estrépitoexp erimen tó un cres cendo. Los g ritos chillab an en los más altosregistros, como un es tru endo de toro s en lu ch a. Temía unav iolencia sob re mi p ersona, golp es que llegasen hasta mip erson a a través d e mis tin ieb las eternas. Agarré fu ertemente elborde de mi asiento, y lo solté en seguida, p ensando qu e ungo lpe podría dejarme sin sentidos, mientras q ue si noen contraba resistencia el ch oqu e sería más leve.» "No temas", me dijo la Vo z, ahora para mí familiar. "Se trataún icamente de un a reun ión del Consejo. Ningún daño pu edeseguirse para ti. Precisamente estamos d iscutiendo la mejormanera de instru irte."» "Alto Señor", repliqué algo confu so . "Estoy sorprendido, env erdad, escu chando cómo los Grand es lanzan sus voces a se-mejanza de los más humildes pastores de yaks en la montaña."Un d ivertido ru mor de risas celebró mi comentario. Miaud itorio , s egún parecía, no estab a disgustado por mi tal vezalgo loca franqu eza.»"Recu erda eso siempre", replicó el Jardinero. "No importa loqu e se alza la voz; siempre hay u na razón , u na discrepancia.S iemp re una o pinió n que se separa de lo que afirman los demás.C ad a cu al tiene que discutir, argumentar y, fo rzosamen te,sostener la p ropia opin ión, si no se quiere ser un mero esclavo ,un autó mata, siempre a pun to d e aceptar los dictados d e 19
  • o t r o . E s p r e c i s o d i s c u t i r , r a z o n ar . La l i b r e d i s c u s i ó n s i e m p r e se interpreta por el observador incomprensivo como el pre- l u d i o d e u n a vi o l e n c i a f í s i c a . " To c ó m i s h o m b r o s p a r a t r a n - q u i l i z a r m e y c o n t i n u ó : "T e n e m o s a q u í p e r s o n a s n o s o l a m e n t e de distintas razas, sino de varios mundos. Algunos, son de nuestra galaxia. Otros proceden de galaxias de más allá. Al- gunos de ellos, a ti te parecerían pequeños enanos, al paso que otros son verdaderos gigantes, seis veces más altos que los que están dotados de menores estaturas". Escuché sus pasos cuando se alejaba para reunirse con el grupo de los demás. »"Otras galaxias" ¿Qué significaba todo aquello? Gigantes, bueno, igual que los que había oído mencionar en los cuentos maravillosos. Enanos, parecidos a los que se veían a veces en las comedias. Moví mi cabeza; todo aquello estaba más allá d e m i c o m p r e n s i ó n . L a V o z m e h a b í a d i c h o q u e n o s u fr i r í a ningún mal, que se trataba únicamente de una discusión. Pero n o s i e mp r e l o s m e r c a d e r e s d e l a I n d i a q u e p a s a n p o r l a c i u d a d de Lhasa arman esos barullos, trompeteos y voces. Decidí permanecer sentado y aguardar en qué paraba todo aquello. ¡Después de todo, no podía hacer otra cosa!» Dentro de la fría caverna del ermitaño el joven monje perma- necía absorto, embebido escuchando la historia de los extra- ños seres. Pero no lo estaba tanto que no se percibiese el r u mo r d e s u s i n t e s t i n o s . C o m i d a , c o m i d a u r g e n t e , a h o r a u r g í a por completo. El viejo ermitaño cesó de pronto su relato y murmuró: «Sí, precisa un desayuno. Prepara tu alimento. Vol- veré luego». Diciendo estas palabras, se puso en pie y se encaminó lentamente a su retiro. El joven monje se apresuró a salir al aire libre. Por unos ins- tantes estuvo contemplando el paisaje; seguidamente se diri- gió hasta la orilla del lago, donde la arena fina, de color terroso, brillaba como invitando. De sus vestiduras sacó el c u e n c o d e ma d e r a y l o l a v ó d e n t r o d e l a g u a . L l e n á n d o l o y meneándolo, estuvo lavado. Tomando un pequeño saco lleno de cebada, que llevaba en el interior de sus hábitos, echó un p e q u e ñ o p u ñ a do e n e l c u e n c o y l u e g o l l e n ó d e a g u a d e l l a g o la cavidad de su mano. Dentro del cuenco fue amasando la20
  • p a s t a f o r ma d a , y c o n d o s d e d o s d e l a m a n o d e r e c h a , a m o d od e cuch ara, se sirv ió aquel manjar con to da lentitud y ningúnentusiasmo.Una vez hubo acabado de comer, lavó el cuenco en el aguadel lago y luego tomó un puñado de aquella arena fina. En-tonces frotó enérgicamente aquella vasija por dentro y porfuera y, todavía húmeda, la metió en el seno de su hábito.L u ego se arrodilló y extendió el bord e de su túnica y recogióarena hasta que no cupo más. Poniéndose de pie, regresó ala cueva. Una vez estuvo en ella echó la arena al suelo e in-mediatamente salió en busca de alguna rama caída que tu-viese algunos pequeños brotes. Volviendo a la cueva, barrióla arena compacta antes de ech ar en cima una capa d e la aren aacabada de traer. Con una capa no hubo bastante; hastadespués de echar siete de ellas no estuvo satisfecho y pudosentarse, con una clara conciencia, sobre su sábana de lanade yak.No poseía ninguna vajilla a la moda de ningún país. Su hábitocolorado era todo su atavío. Raído y desgastado en algunospedazos casi hasta la transparencia, no protegía contra losvientos fríos. No poseía sandalias ni ropa interior alguna.Nada más que esa túnica solitaria, que se quitaba por lanoche, cuando se envolvía dentro de la sábana. Como utensi-lio, únicamente contaba con aquel cuenco, el pequeño sacode cebada y una vieja y estropeada Caja Mágica, desde muchotiempo sustituida por otra, en la que conservaba un sencillotalismán. No poseía Molino de Plegarías alguno. Esto era paraotros más ricos. Llevaba afeitado el cráneo y señalado con lasM a r c a s d e l a V i r i l i d a d , q u e m ad u r a s q u e a t e s t i g u a b a n q u e h a -bía soportado las candelas de incienso ardiendo sobre su ca-beza para dar testimonio de su capacidad de meditación alsentirse in mune d el dolor y el olor de carne qu emad a. Ahora,habiendo sido elegido para una misión especial, había viajadolejos, hasta la cueva del ermitaño. Pero ahora el día habíacaminado, con las sombras cada vez más alargadas y el en fria-miento progresivo del aire. Se sentó y aguardó que aparecieseel eremita. 21
  • Al cabo de una breve espera se escucharon los pasos arras- trados, los golpes del largo bastón y la respiración fatigada del viejo. El joven monje lo miró con renovada reverencia; ¡cuántas experiencias tenía! ¡Cuántos sufrimientos! ¡Qué s a b i o l e p a r e c í a ! E l v i e j o c o m p a r e c i ó y s e s e n t ó . En a q u e l mismo instante, una bocanada de aire y una inmensa y peluda criatura, saltó dentro de la entrada de la cueva. El joven monje, se puso de pie de un salto y se preparó a buscar la muerte protegiendo al viejo ermitaño. Agarrando dos puñados de tierra del suelo arenoso, se preparaba a lanzarlos a los ojos del intruso, cuando le detuvo y le tranquilizó la voz del recién venido. «¡Salud, salud, Santo ermitaño!», gritó como si estuviese diri- giéndose a una persona distante una milla. «Pido vuestra ben- d i c i ó n , v u e s t r a b e n d i c i ó n p o r e s t a n o c h e , q u e a c a mp a mo s a l a orilla del lago. Aquí — bramó — he traído para vos té y ce- bada. ¡Vuestra bendición, ermitaño, vuestra bendición!» Po- n i é n d o s e e n m o v i mi e n t o d e u n b r i n c o , n o s i n r e n o v a r l a s a l a r - m a s d e l j o v e n m o n j e , s e p r e ci p i t ó d e l a n t e d e l e r m i t a ñ o y s e prosternó sobre la arena acabada de arreglar. «Té, cebada, a q u í , a c e p t a d l a . » S a l i e n d o f u e ra , t r a j o d o s s a c o s q u e p u s o ante el ermitaño. «Mercader, mercader — respondió humildemente el eremita — , e s t á i s a l a r m a n d o a u n a nc i a n o e n f e r m o c o n v u e s t r a v i o - l e n c i a . La p a z s e a c o n v o s . P u e d e n l a s B e n d i c i o n e s d e G a u t a - ma reinar sobre vos y habitar dentro de vos. Pueda vuestro viaje ser rápido y vuestro negocio próspero.» «Y, ¿quién sois vos, joven gallito?», voceó el mercader. «¡Ah!», exclamó el buen hombre, «mis excusas, joven reve- rendo padre, por culpa de la oscuridad de esta cueva no he visto de momento que sois uno de los del hábito.» «¿Y qué nuevas nos traéis, mercader?», preguntó el ermitaño con su voz seca y cascada. «¿Nuevas?», respondió el mercader. «El prestamista indio fue apaleado y robado; cuando fue a los procuradores, volvió a serlo, por haberse descarado con ellos. El precio de los yaks ha bajado; el de la mantequilla ha subido. Los reverendos de22
  • la Frontera han subido sus tarifas. El gran Lama ha viajadohasta el Palacio de las Joyas. ¡Oh!, santo eremita, no haynoticias. Esta noche acampamos al lado del lago, y mañana se-guimos nuestro viaje hasta Kalimpong. El tiempo es bueno.Buda nos ha protegido y los diablos nos han dejado en paz.Y vos, ¿necesitáis acaso que os traigan agua, o arena seca parael suelo de vuestra cueva, o bien ese joven padre ya procurapor vuestras necesidades?»Mientras las sombras viajaban hacia las tinieblas de la no-che, el ermitaño y el comerciante hablaban y cambiaban no-ticias de Lhasa, del Tíbet, de la India y más lejos, allá delos Himalayas. Al final, el comerciante se puso en pie y ob-servó con temor la oscuridad creciente. «¡Adiós!, joven santopadre. No puedo ir solo en la oscuridad, los demonios measa lt ar ían . ¿Po déis a co mpañ a r me h as ta e l c a mpa m en to?» , im -ploró.«Estoy a las órdenes del Venerable Ermitaño», contestó eljoven monje. «Iré, si el me lo permite. Mis hábitos me pro-tegerán de los peligros de la noche.» El viejo eremita, risueño,le dio el permiso. El delgado monje joven guió el caminofue ra de l a cue va. El en orme gig an t e, el me rcad er, ape st an doa lana de yak y peor, iba tras el joven lama. A la entradami s ma e stu v o a p u n to d e d a r co n tra un a r a ma llen a de ho jas .S e e s c u c h ó u n g r a z n i d o y u n p áj a ro a s u s t ad o s e e s c ap ó d e l arama. El mercader profirió un chillido de terror y se desplo-mó, como desvanecido, a los pies del joven monje.«¡Uf!, santo padre», suspiró el mercader. «Pensaba que losdiablos me habían hecho prisionero. Pensé, aunque no deltodo conv encido, que deb ía devolver los dineros qu e tomé enpréstamo del usurero indio. Vo s me habéis salvado, habéis do-minado a los diablos. Acompañadme hasta el campamento yos regalaré medio ladrillo de té y un saco lleno de tsampa.»La oferta era demasiado buena para dejarla escapar; así es queel joven monje puso un especial cuidado, recitando las Ple-garias de los Muertos, la Exhortación a los Espíritus Inquie-tos y el Cántico a los Guardianes del Camino. El ruido re-sultante — puesto que el joven monje no era nada músico — 23
  • rechazó a todas las criaturas que rondaban por la noche, por donde pueden pasearse los diablos. Llegaron, por fin, hasta las hogueras del campamento, donde los compañeros del mercader estaban cantando y tañendo instrumentos musicales, mientras las mujeres tostaban ladri- llos de té y echaban los mismos en un caldero de agua bur- bujeando. Un saco entero de cebada bien molida se tiró al caldero y una vieja, con su mano parecida a una garra, extrajo de un saco un puñado lleno de manteca de yak. Luego echó otro y otro en el caldero, hasta que una capa de grasa se extendía y burbujeaba en la superficie. El resplandor de las hogueras invitaba, y aquella alegría era contagiosa. El joven monje se arropó decorosamente y con toda calma se sentó en el suelo. Una vieja arrugada, cuya barbilla se tocaba con la nariz, le ofreció hospitalariamente algo que tenía en la mano; pero el monje, decorosamente, presentó el cuenco y un generoso tributo de té y tsampa le fue depositado. En aquel aire ligero de la montaña, el agua hervía a menos de cien grados centígrados — o doscientos doce Farenheith —; pero era soportable para los labios. La reunión transcurrió agradablemente y pronto se formó una procesión hasta las aguas del lago, para que el cuenco pudiese lavarse y frotarse con la fina arena de la orilla. Esa arena era de las más finas de la montaña y muchas veces contenía alguna partícula de oro. La reunión era alegre. Las narraciones de los mercaderes, la música y los cantos amenizaron la velada y la ex istencia, más bien aburrida, del joven monje. Pero, mientras tanto, la luna ascendía cada vez más, iluminando aquel desolado paisaje y dibujando sombras de una firme realidad. Cesaron las chis- pas de las hogueras, y se apagaron las llamas. El monje se puso de pie de mala gana y con las gracias y las reverencias debida s ac eptó los dones del mercad er, que est aba seguro d e que aquel joven le había salvado de la perdición. Por fin , ca rg ado de pequeño s p a q u e t e s , c a m i n ó a l r e d e d o r d e l lago, encaminándose al bosquecillo de sauces donde se ha- llaba la boca, tenebrosa y amenazadora, de la cueva. Un mo-24
  • mento, se detuvo el joven y miró hacia las estrellas. Arriba,muy arriba, como próxima a la Morada de los Dioses, unachispa brillante navegaba silenciosamente por los cielos. ¿ElCarro de los Dioses, acaso? El joven monje se lo preguntóbrevemente a sí mismo, y luego entró a la cueva.
  • Capítulo segundo E l b ramido de los y ak s y los g rito s agitados de los h ombres y las mujeres despertaron al joven monje. Soñoliento, se puso e n p i e , a r reg la n d o s us v est id uras a su al red edo r y en cami n án- dose a la boca de la cueva, para no perder ni un solo detalle del espectáculo. En la orilla, unos estaban ordeñando, otros intentando enjaezar los yaks que permanecían dentro del agua y no se dejaban p ersu adir a abandonarla. Finalmente, perdiend o la paciencia, un joven mercader se lanzó al agua, tropezando con una raíz su mergida. Con los brazos extend idos dio de cara contra la superficie recibiendo un fuerte golpe. Gruesas gotas de agua se levantaron, y los yaks, asustados, huyeron a l a o r i l l a . E l j o v e n m e r c a d e r , c u b i e r t o d e u n l o d o cenag oso , y en suc iad o có m i ca men te , sa lió del b a rro en tr e la s carcajadas de sus compañeros. R á p i d a m e n t e , l a s t i e n d a s f u e ro n e n r o l l a d a s , y l o s u t e n s i l i o s de cocina, después de haber sido frotados con arena, fueron envueltos y la caravana de aquellos mercaderes se marchó lentamente, entre el monótono crujido de los arneses y los gritos de las personas que intentaban vanamente dar prisa a las ro bu st as b e stia s de carg a. T ris temente l os co nt emp l ab a el joven monje, protegiéndose con las manos del sol naciente. T r i s t e m e n t e e s t u v o e n p i e t o d o e l r a t o , h a s t a q u e l o s r u i d o s se perdieron en la lontananza. « ¡ O h ! — p e n s a b a — , ¿ p o r q u é n o h e s i d o c o m e r c i a n t e y v i a ja r h ast a ti erras l ejan as ?» ¿ Por q ué ten ía qu e pas arse la vida estudiando cosas que parecía que nadie más debía estudiar? Le hubiera gustado ser un mercader, o un barquero de la Ri- v era F eli z . N e ces it aba mo v erse d e u n a po bl ación a o t ra y v er cosas. Poco podía pen sar que vería «sitios y cosas» , hasta que su cuerpo le p idiese reposo y su espíritu suspirase por la paz. Ignoraba que su destino sería vagar por la superficie de la Tierra y sufrir increíbles tormentos. En aquellos momentos, necesitaba únicamente ser un mercader o un barquero — cual-26
  • quier cosa, menos lo que era —. Lentamente, cabizbajo,cogió una rama del suelo y regresó a la cueva, a barrer elsuelo y extender arena nueva.El viejo eremita, lentamente, se presentó. Incluso para lainexperta mirada del joven, decaía a ojos vistas. Jadeando, sesentó y dijo con una voz ronca: «Se acerca mi tiempo; masno puedo marcharme sin transmitirte antes mi sabiduría. Aquíhay unas especiales gotas de yerbas que me proporcionó mifamoso Guía para tales casos; aun en el caso de que me des-mayase, introduce seis gotas en mi boca y al instante volveréa vivir. Tengo prohibido abandonar mi cuerpo hasta que nohaya cumplido mi misión». Buscó entre sus vestiduras y en-tregó al joven un pequeño frasco de piedra que el monje tomócon especial cuidado. «Ahora, continuaremos», dijo elanciano. «Podremos comer cuando yo me sienta cansado ytambién reposar. Ahora escucha bien y pon especial cuidadoen recordar. No dejes escapar tu atención porque estas cosasson mucho más importantes que mi vida y tu vida. Es unsaber que tiene que ser preservado y transmitido cuando llegala plenitud de los tiempos.»Después de un breve reposo, pareció recobrar fuerzas y algode color subió a sus mejillas. Sintiéndose más restablecido,continuó: «Habrás recordado que yo te he explicado todo losucedido hasta cierto momento. Vamos, pues, a continuar. Ladiscusión se prolongó y era, en mi opinión, muy acalorada;pero llegó un instante en que se terminó aquel debate. Seprodujo el ruido de varios pies que se arrastraban; despuéspasos, pasos ligeros como de algún pájaro saltando sobre layerba, otros lentos como el caminar de un yak cargadopesadamente. Sonido de pasos que me intrigaron profunda-mente porque algunos de ellos me parecían no proceder deseres humanos parecidos a los que yo había conocido. Peromis meditaciones sobre las diferentes maneras de caminar seacabaron súbitamente. Otra mano agarró mi brazo y una vozordenó: "Ven con nosotros". Otra mano cogió mi otra y fuiconducido a un pasillo que mis pies desnudos sintieron comosi fuese pavimentado de metal. La ceguera desarrolla los de- 27
  • más sentidos; noté que caminábamos a lo largo de una especie de tubo metálico, si bien me fue imposible imaginar de qué se trataba concretamente». El anciano se detuvo como para imaginar aquella inolvidable experiencia; luego continuó: «Pronto llegamos a una área más espaciosa, a juzgar por los ecos que sentía. Allí escucha- ba un sonido metálico, deslizándose ante de mí, y uno de los que me acompañaban habló respetuosamente a un personaje que evidentemente era un superior. Lo que dijo no podía comprenderlo, puesto que se trataba de un lenguaje compues- to de chillidos y chirridos. En respuesta vino lo que sin duda era una orden y me sentí empujado hacia adelante, mientras una materia metálica se cerraba con un ruido atenuado detrás de mi persona. Permanecía yo allí sintiendo que alguien me estaba mirando con fuerza. Se sintió un rumor y un crujido semejantes a los que se produjeron cuando, antes, me senté, así me lo pareció. Seguidamente, una mano delgada y huesu- da, tomó mi mano derecha y me guió hacia adelante». El ermitaño hizo una breve pausa, sonriendo. «¿Puedes ima- ginar mis sensaciones? Yo era un milagro viviente; no sabía lo que tenía delante y tenía que obedecer sin dilación a los que me conducían. Mi acompañante, al final, habló en mi propio lenguaje. "Siéntate", me ordenó, mientras me empu- jaba para que me sentase. Abrí la boca asustado; a los dos lados había como unos brazos, probablemente para no caerse si uno se dormía por culpa de aquella blandura extraña. La persona que yo tenía enfrente, me pareció que se divertía mu- cho con mis reacciones; diría que se trataba de una risa mal reprimida. Muchos, parece que se divierten viendo como se toman las cosas aquellos que no pueden ver. »"Me parece que os sentís extraño y asustado", dijo la voz de aquella persona que yo tenía enfrente. ¡Por fin, llegaba un reconocimiento! "No te alarmes" — continuó la voz —, por que no recibirás daño alguno. Las pruebas que de ti tenemos, muestran que tenéis una gran memoria eidética, de manera que vamos a comunicaros información — que jamás olvida- réis — y que más tarde transmitiréis a otro que pasará por28
  • vuestro camino." Todo eso me parecía misterioso y muyalarmante, pese a las seguridades que se me daban. No dijenada, pero permanecí sin moverme, aguardando nuevasexplicaciones, que no tardaron en llegar.»"Ahora vas a ver — continuó la voz —, a todo el pasado, elnacimiento de nuestro mundo, el origen de los dioses y, porqué razón carros de fuego cruzan el firmamento y nosinfunden temor." Respetado Señor — yo exclamé —, usáis lapalabra "ver"; pero mis ojos han sido vaciados y estoy ciegodel todo. Entonces escuché una reprimida exclamación deenojo y la réplica más bien áspera: "Conocemos todo cuantose refiere a ti, más que tú mismo sabes. Tus ojos han sidosuprimidos; pero el nervio óptico aún permanece. Connuestra ciencia conectaremos con el nervio óptico y tú veráslo que te sea preciso ver".»"¿Significa esto, que volveré a ver por el resto de mivida?", pregunté.»"No, no podrá ser", me contestaron. "Empleamos tupersona para un fin determinado. Concederte el don de lavista permanentemente, significaría dejarte mover sobre estemundo con un saber muy adelantado para nuestros tiempos;y esto no es lícito. Ahora, basta de conversación; voy aadvertir a mis ayudante."»Inmediatamente se produjo un respetuoso sonido como dellamar a una puerta, seguido por un deslizarse de un objetometálico. Se entabló una conversación; evidentemente, dospersonajes habían entrado. Noté que mi silla se movía e in-tenté encaramarme; pero, con horror, me sentí inmovilizado.No podía mover ni un solo dedo. Con plena conciencia pormi parte, me notaba movido de una parte a la otra, sobreesta extraña silla. Seguíamos corredores, cuyos ecos meproporcionaban raras sensaciones. Después de unapronunciada curva, curiosos olores asaltaron las encogidasventanas de mis narices. Nos detuvimos a una voz de mando,sólo murmurada, y unas manos me cogieron por las piernas ypor los sobacos. Con facilidad, fui trasladado, arriba, allado, hacia abajo. Estaba yo alarmado; más exactamente,aterrorizado. El terror 29
  • subió de punto cuando una venda gruesa fue colocada alre- dedor de mi brazo derecho exactamente sobre el codo. La presión fue en aumento hasta que noté como si se hinchase mi antebrazo. Luego vino un pinchazo en mi tobillo izquierdo y una rara sensación como si algo se hubiese infiltrado dentro de mí. Otro aparato, a una voz de mando, fue aplicado a mis sienes y entonces sentí como dos discos de hielo en aquella parte de mi cuerpo. Reinaba un ruido como el zumbido de abejas en la lejanía, y sentía que mi conciencia me abandonaba. »Centellas brillantes de luz, parpadearon ante mi visión. Franjas de colores verdes, rojas, moradas y de todos los colores. Entonces exclamé: «No veo nada, debo de estar en el País de los Diablos y deben de estar preparando tormentos para mi persona." Un agudo y doloroso pinchazo — como de un alfiler — aumentaba mi terror. ¡No podía más! Una voz me habló en mi lengua: "No te asustes, no queremos hacerte daño; estamos arreglando las cosas para que puedas ver. ¿Qué color ves ahora?" De este modo, me olvidé de mis temores y fui explicando cuando yo veía rojo, verde y otros colores. Luego lancé un grito de sorpresa. Podía ver; pero cuanto veía era para mí tan raro, que apenas podía comprender nada. »¿Quién puede describir lo indescriptible? ¿Cómo se puede explicar una escena a otro, cuando no existen, en la lengua, palabras apropiadas, ni conceptos que puedan aplicarse? ¿Sólo puedo decir que veía? Aquí, en el Tíbet, estamos bien provistos de palabras y frases apropiadas para los dioses y los demonios; pero cuando se trata de las obras de los dioses y de los demonios, no sé ni lo que se ve, ni lo que se debe hacer, ni describir. Sólo podía decir que yo veía. Pero mi visión no se hallaba situada en mi cuerpo y así podía verme a mí mismo. Era una experiencia enervante; que no tenía ganas de volver a experimentar. Pero déjame explicar por orden, desde el comienzo. »Una de las voces, me preguntó si veía el color rojo, cuándo el verde y cuándo los demás colores, y entonces dio comienzo a la impresionante experiencia, con esta maravillosa luz blan-30
  • ca y me encontré con que estaba contemplando — es la pa-labra más apropiada una escena completamente distinta detodo cuanto antes había visto. Estaba recostado, medio ten-dido, medio sentado, apoyado sobre lo que parecía una pla-taforma metálica. Parecía que ésta se aguantaba sobre unpilar solitario, y tenía miedo de que toda la estructura seviniese abajo de un momento a otro, y yo junto con ella. Laatmósfera del conjunto era de una limpieza jamás vista. Lasparedes, fabricadas de un material resplandeciente, nopresentaban ni una mancha; eran de un tinte verdoso, muyagradable y suave a la vista. Sobre esa extraña habitación,que era como un salón inmenso, según mi concepto de lasproporciones, se veían piezas de maquinaria que no puedoexplicar, ya que no existen palabras para describirte surareza.»Pero las personas que se hallaban en esta habitación meprodujeron extrañeza y miedo, hasta el punto de que estuvea pique de proferir gritos de alarma y llegué a pensar que setrataba de algún truco de óptica. Había un hombre al lado deuna máquina. Su talla sería el doble de un hombre de losllamados buenos mozos. Mediría cerca de unos cuatrometros de altura y su cabeza presentaba una forma cónica,terminando en punta como el cabo más agudo de un huevo.No se le veía cabello y era enorme. Parecía ir vestido de unpaño verdoso que le llegaba del cuello a los tobillos y, cosaextraordinaria, le cubría los brazos hasta las muñecas. Mehorrorizó el ver que llevaba una piel que le cubría lasmanos. Pensé qué significación religiosa podía tener eso, obien que me consideraban impuro y tenían algo queocultarme.»Mis miradas se alejaron de este gigante; había dos másque, por su silueta, juzgué que debían de ser mujeres. Unade ellas tenía el cabello negro y ensortijado, mientras laotra lo tenía blanco y lacio. Pero debido a mi falta deexperiencia en lo referente al sexo femenino, dejemos esosdetalles aparte, que no interesan.»Las dos mujeres miraban hacia mi persona y, entonces, unade ellas señaló con la mano en una dirección que yo nohabía observado. Allí vi a un ser extraordinario, un enano,un gno- 31
  • mo, una figura diminuta, cuyo cuerpo era comparable al de un niño de unos cinco años, según pensé. Pero, lo que es su cabeza, era descomunal; un cráneo como una inmensa bóveda, sin nada de pelo, ni rastros en todo cuanto se veía sobre el personaje. Las mejillas eran pequeñas, muy pequeñas, y los labios no eran tales como los tenemos nosotros, sino que parecían más bien un orificio triangular. La nariz era chica, no tanto una protuberancia como un pellizco. Era, claramente, la persona más importante de todas, ya que los demás le contemplaban con reverente actitud, dirigiéndose a su persona. »Pero entonces, aquella mujer movió su mano de nuevo, y la voz de una persona a quien yo no había antes prestado aten- ción, me habló en mi propia lengua diciendo: "Mira delante de tus ojos; ¿ves algo?" Con esas palabras mi interlocutor se presentó ante mi campo visual. Parecía ser el más normal, a mis ojos. Semejaba — quiero decir vestido como se presen- taba — tal vez un marchante indio, de manera que puedes imaginarte lo que era normal. Avanzó hacia mí y señaló hacia una sustancia brillante. Miré en su dirección (así lo supongo; pero mi mirada, estaba fuera de mi cuerpo). Yo no tenía ojos ¿dónde, en realidad, puso el objeto que él veía por mi cuenta? Y, cuando yo miré, sobre la pequeña plataforma que estaba unida al extraño banco de metal donde me hallaba yo recostado, vi la forma de una caja. Estaba yo reflexionando cómo podía yo ver aquel objeto, si era aquel gracias al cual yo estaba viendo, cuando se me ocurrió que el objeto de enfrente, aquella cosa brillante, era una especie de reflector; entonces, el ser más normal movió el reflector ligeramente, alteró su ángulo de incidencia y entonces grité con horror y consternación, al verme a mí mismo, yaciendo sobre la plataforma. Me había visto antes de que me arrancasen los ojos. De vez en cuando había llegado al borde del agua para beber y había contemplado mi imagen reflejada en la tranquila corriente; así es que podía reconocerme a mí mismo. Pero ahora, en esta superficie sobre la cual se reflejaba, vi un rostro enjuto que parecía estar al borde de la muerte. Llevaba una venda alre-32
  • dedor de un brazo y otra alrededor de un tobillo. Extrañostubos salían de esas vendas hacia no sabía dónde. Pero untubo salía de uno de los agujeros de mi nariz y estaba co-nectado con una botella transparente, ligada a una varilla demetal, que se encontraba a mi lado.»Pero, ¡la cabeza!, ¡la cabeza! Sólo con recordarlo vuelve miagitación. De mi cabeza, exactamente de mi frente, surgíanuna gran cantidad de piezas metálicas que parecían emergerdel interior. Las cuerdas metálicas iban a parar, casi todas, ala caja que yo había visto ya sobre la pequeña plataforma queestaba a mi lado. Pensé que se trataba de una extensión de minervio óptico que conducía a la cámara oscura; pero sumirada me causaba un horror creciente y quise arrancar,todos aquellos objetos, de mi persona; pero me di cuenta deque no podía mover ni un solo dedo. Sólo me era posibleestar allí acostado contemplando las cosas extrañas que meocurrían.»El hombre de apariencia normal alargó su mano hacia lacámara oscura y si me hubiese sido permitido movermehabría reaccionado vivamente. Pensé que introducía losdedos en mis ojos — ¡la ilusión era tan completa! —. Pero,en vez de ello, movió de sitio ligeramente la caja y entoncestuve otras perspectivas. Podía ver del lado de atrás de laplataforma donde me hallaba tendido. Pude ver otraspersonas. Su aspecto era del todo normal: uno era blanco, elotro amarillo, como un mongol. Estaban mirándome sinpestañear, sin darse cuenta de mi persona. Parecían más bienfastidiados por todo aquello, y me acuerdo haber pensado quede haber estado en mi lugar no se habrían sentido fatigados.La voz volvió a escucharse, diciendo: "Bien; por una brevetiempo, ésta es tu vista. Esos tubos te alimentan deimágenes; otros tubos hay que te aligeran y atienden a otrasfunciones. Por ahora, no puedes moverte, porque tememosmucho que, si pudieses, en tu nerviosismo, te harías daño atu persona. Es para tu propia protección, que te hallasinmovilizado. Pero no tengas miedo, nada de malo tiene quepasarte. Cuando hayamos acabado nuestra tarea, podrásvolver a otra parte del Tíbet con tu salud restablecida, y tesentirás normal ex- 33
  • cepto por lo que se refiere a tu vista; porque seguirás pri- vado de tus oj os. Ten por en tendid o que no podrás ma rch arte llevando esta cámara oscura". Entonces, sonrió ligeramente en mi dirección y se retiró hacia atrás, fuera del campo de mi visión. »La gente se movía por allí, examinando varios objetos. Se v eían un a cantidad d e objetos redondos parecidos a pequ eñas v en tan as, cubiertas con cristales finísimos. Pero detrás de lo s cristales parecía no haber nada importante, excepto una pe- qu eña aguja que se mov ía y señalaba ciertas extrañas marcas. Todo ello, para mí, no tenía sentido alguno. Recorrí el con- junto con la mirada; pero estaba todo fuera de mi compren- sión y dejé de prestar mi atención a todo aquello, que se encontraba más bien lejos de mi alcance. »Pasó un tiempo, y yo me encontraba acostado, ni descansado n i cansado, pero como en éxtasis, más bien sin sentimiento alguno. Ciertamente, no su fría n i sentía inqu ietud algun a. Me parecía experimentar un cambio sutil en la composición quí- mica de mi cuerpo, y entonces en el borde visual de la cá- mara oscura vi que un individuo iba dando la vuelta a unos g ri fo s q u e s al í an d e u n a s e r i e d e t u b o s d e v i d ri o f i jo s e n u n a armazón de metal. A medida que el individuo en cuestión d ab a vu eltas a esas llaves, detrás de las ventanillas d e cristal se marcab an d ife ren tes pu ntos . E l p e r s o n a j e m á s p eq u e ñ o , e l mismo que yo había tomado por un enano, pero que, por lo visto, era uno de los jefes, dijo algunas palabras. Entonces, dentro de mi campo visual entró un personaje que me habló en mi propia lengua, y me dijo que en aquel momento iba a ponerme dentro de un estado de sueño, a fin de que yo me restaurase, y entonces, una vez yo me hubiese alimentado y conciliado el sueño, se me explicaría lo que debía serme ex- plicado. »Apenas acabó su discurso, recobré mi conciencia, como se me había interrumpido. Más tarde, comprendí que las co- sas, en efecto, marchaban así; tenían un instrumental ins- tan t áneo e in o fen s ivo , qu e m e su mí a en l a incon s cien ci a sólo mediante la presión de un dedo.34
  • » C uánto dormí, n o tengo la menor id ea, ni medios para saberlo;pudo ser tan to un a hora, co mo un día entero. Mi despertar fuetan instantáneo como había sido el dormirme anterio rmente; porun instan te, estuve inconsciente, mas, al momen to, me sentíad espierto d el todo . Muy a pesar mío , mi nuevo sen tido d e lav ista no funcion aba. Era ciego co mo antes. Raros sonidos measaltaban — el "cling" del metal contra el metal, el vibrar delvidrio —. Lu ego, unos pasos rápidos alejándo se. Me llegó a lo soídos el ruido de un deslizarse metálico y todo perman eció enla quietud por unos mo mentos. Yo estaba allí, acostado,maravillándome d e lo s extraño s acontecimientos que habíantraído un trastorno semejante en mi vid a. Dentro d el mismoinstante en que el temo r y la ansiedad b rotaban intensamen te enmí, llegó algo que retuvo mi atención .» Unos p asos co mo de pies calzados con chinelas, b reves y d es-tacados, me llegaron a los oídos. Eran dos personas, acom-p añ adas p or un ru ido lejano de vo ces. El ruido fue creciendo yse d irigió a mi habitación . De nu evo, aquel deslizarse de uncu erpo metálico , y los dos seres femeninos — porqu e asíd etermin é que eran — se acercaron h ab lando en sus agudoschillidos nerv iosos. Hablaban las do s a la vez, o así me lop arecía. Se d etuv ieron , cada un a a uno de mis ambos lado s y ,ho rro r de horrores , me desnud aron d e mi capa — únicacob ertura de mi cu erpo —. Nada pude hacer po r remediarlo . Notenía fuerzas ni pod ía moverme. Me encon traba en poder deaqu ellas mujeres d esconocidas. Yo, u n monje, qu e nada sabíad e las mujeres — que no tengo inconvenien te alguno enconfesarlo —; sentía horror a las mujeres.»El viejo ermitaño se calló . El joven mon je lo con templaba,p ensand o con horror en la terrible afrenta que representabaaqu el su ceso. En la fren te del ermitaño, un tenue hilo d e sudo rhu med ecía la piel broncead a, como si reviviese aquello sinstantes horrib les. Con manos temblorosas ag arró su cu en co,lleno de agua. Bebió unos pocos sorbos y lo d epositó con todocuidad o detrás de su persona.« Mas alg o peo r sucedió luego — p rosigu ió con voz v acilan - 35
  • te —. Aquellas mu jeres jóvenes acostaron sobre uno de mis flan cos mi cuerpo y, po r fuerza, in trodu jeron un tubo d en tro de un a parte inmencionable de mi cuerpo. Me entró aquel líquido y cuidé reventar. La mod estia me exime de explicar cuánto ocurrió por obra de aquellas mujeres. Pero aquello era sólo un comienzo: me lavaron mi cuerpo desnudo de arriba abajo y mostraron la más vergon zosa familiarid ad con las p artes p rivadas de mis órganos mascu linos . Me rubo ricé d e pies a cabeza y todo yo me sen tí cub ierto d e la mayor confusión. Agudas v arillas de metal fueron introducidas en mi cuerpo y el tubo, que se hallaba en los agujero s de mi nariz, fue quitado y o tro me fue colo cado forzadamente. Entonces, se me co locó u na sábana que me cub ría de los pies a la cabeza. Pero aún no h ab ían terminado; en tonces padecí un dolo roso afeitado de mi crán eo y varias cosas inexplicables sucedieron hasta que se me aplicó un a sustancia muy pegajosa e irritante sob re la parte afeitad a. Durante todo el tiempo, las dos jóv en es estuvieron ch arlando y bromeando co mo si los diablos les hubiesen sorbido los seso s. » Después de un larg o rato, se escuchó de nu evo el deslizarse de la pu erta metálica y unos paso s más p esado s se acercaron, mientras la charla de aquellas mujeres se interrumpía. La Voz qu e h ablaba en mi lengua, me dijo amablemente: "¿Cóm o se en cuentra?" » "¡Terriblemente mal!", repliqu é vivamen te. "Vuestras mujeres me d ejaron en cuero s y abusaron de mi cuerpo en forma increíble." Mí resp uesta, pareció d ivertirles eno rmemente. Dicho con todo mi candor, se perecieron de ris a viendo qu e no h ice nada para d isimular mis reaccio nes. » "Nos era indisp ensab le lavarte — dijo —, debes tener tu cuerpo limpio de escorias y tenernos también que hacer lo pro- pio con los aparatos qu e te ap licamos. P or eso , vario s tubo s y con exiones eléctricas tienen qu e ser reemplazados po r otros esterilizados. La incisión en tu cráneo tiene qu e ser inspeccio- n ad a y pu esta en cond iciones de nu evo. Só lo tien en que que- d arte unas pocas cicatrices ligeras cuando te march es de aquí." El v iejo eremita bajó su cabeza hacia el joven mo nje. «Mira36
  • — le dijo — aquí, sobre mi cabeza, hay cinco señales.» Eljoven monje se puso de pie y contempló con profundo inte-rés el cráneo del ermitaño. Las señales estaban allí; cada unatendría dos dedos de anchura y mostraba una depresión deco lo r blan qu ecin o. ¡ Qu é t e me ro s o — p e n só e l jo v e n mo n j e —s e r ía u n a e x p e ri m e n t o se me j a n t e , a d m i n i s t r a d o p o r mu j e r e s !Involuntariamente se sentó, como si temiese al ataque de unenemigo desconocido.El eremita continuó: «No me sentí calmado por las palabrasdel reci én ven i do, sino que p regun té : "¿P e ro fui manipu ladopor mujeres? ¿No hay hombres, si un tratamiento de estanaturaleza era imperativo?".»El que me tenía cautivo — ya que así lo consideraba — serió de nuevo y replicó: "Querido amigo, no seas tontamentep ú d i c o . T u c u e r p o d e s n u d o — t a l c o mo s e h a l l a — n o s i g -nifica nada para ellas. Aquí vamos todos desnudos la mayorparte d el tie mp o, en nuest ras horas de gua rd ia . Nuestro cu er-p o es el T e mp l o d el Su p e r -y o y es en abso l u to p uro. Los qu esienten escrúpulos es que tienen pensamientos que les in-q uiet an . Po r lo qu e se refiere a l as muj er es q ue cu id an d e ti,son enfermeras y están instruidas en este trabajo.» "Pero, no p uedo moverme, ¿po r qué? — p regun té —. Y ¿po rq u é r a z ó n n o s e m e p e r m i t e v e r ? ¡ E s t o e s u n a t o r t u r a ! " »"Note puedes mover" — me dijo —, porqu e pu ed es tirar de l o se l e c t r o d o s y c a u s a r t e d a ñ o . O p u e d e s c a u s a r l o a l e q u i p o qu eest á a tu al r ed e d or. No p e rmit imo s q u e te aco stu mbr es a ver,porque cuando te marches serás ciego, y cuanto más hagasservir el sentido de la vista, olvidarás más el sentido del tacto,que los ciegos desarrollan. Sería para ti un tormento si tepermitimos la vista hasta que te marches, porque entonceste sentirías desamparado. Tú estás aquí no por placer, sinop ara v e r y escu cha r y s e r el d e p ositario d e u n co no ci mi ento ,ya que otro tiene que venir y adquirir de ti esta sabiduría.Normal m ent e, est e sab er t ien e qu e se r es crit o ; p ero t e me mo sdesencadenar otra furia de «Libros Sagrados», o semejantesfór m ulas. So b r e el sab e r q u e t ú aho ra ab so rb er ás y más t ard etransmitirás, se escribirá acerca de él. Mientras tanto, no oh 37
  • vides que estás aquí, no para tus propósitos, sino para los nuestros."» En la cueva, reinaba el silencio; el viejo eremita hizo una pausa, antes de continuar. «Déjame descansar por ahora. Ne- cesito reposarme un rato. Tú puedes traer agua y limpiar la cueva. Hay que moler la cebada.» «¿Tengo que limpiar el interior de vuestra cueva, Venerable padre?» preguntó el joven monje. «No; lo haré yo mismo, cuando haya descansado; pero tráeme arena para mí, y déjala en este sitio.» Diciendo esto, buscó sin prisas en un pequeño rincón de las paredes de piedra. «Después de haber comido tsampa y sólo tsampa por más de ochenta años — dijo con cierta animación —, siento ganas de probar otros manjares, precisamente ahora que estoy a punto de no necesitar nada.» Movió su anciana cabeza blanca y añadió: «Probablemente, el choque de un alimento diferente me matará.» Después de esto, el anciano entró en su habitación privada, que el joven monje desconocía. El joven monje trajo una gruesa rama, desgajada en la entrada de la cueva, y empezó a rascar el suelo. A fuerza de ir rascando, barrió todo lo que había en el suelo y lo distribuyó de manera que no obstruyese la entrada. Cargado con el ma- terial que trajo del lago en el regazo de su capa, extendió la arena por el suelo y la fue apisonando. Con seis idas y venidas suplementarias trajo la arena suficiente para el anciano anacoreta. En el extremo interior de la cueva se veía una roca cuya parte superior era lisa, con una depresión formada por el agua, muchos años atrás. Dentro de esta depresión puso dos puñados de cebada. La piedra, pesada y redonda, que se hallaba cerca era sin duda el instrumento adecuado al propósito. Levantándola con algún esfuerzo, el joven monje se sorprendió pensando que un anciano como era el ermitaño, ciego y debilitado por los ayunos, pudiese manejarla. Pero la cebada — completamente tostada -- debía ser molida. Pegando con la piedra con un ruido resonante, le imprimió una semi-rotación y volvió a elevarla para un nuevo golpe. Monótona-38
  • mente, continuó machacando la cebada, imprimiendo mediavuelta a la piedra, para moler los granos más finos, recogiendola harina que se iba formando y reponiendo el grano molido.¡Turn! ¡Tum! ¡Tum! Por fin, con los brazos y la espalda do-loridos, quedó satisfecho con el montón de lo molido. Luego,después de haber frotado la roca y la piedra con arena, paralimpiar cualquier residuo de grano que hubiese resultado ad-herido, puso cuidadosamente la harina en la vieja caja queestaba allí a este propósito y se encaminó, cansado, a la entradade la cueva.La tarde, ya avanzada, aún resplandecía y se calentaba al sol.El joven monje se recostó sobre una piedra y revolvió pere-zosamente su tsampa con la punta de un dedo para mezclarla.En una rama, un pajarilla, encaramado en ella, con la cabezainclinada, observaba esas operaciones con elocuente confianza.Por el lado de las aguas, un pez de buen tamaño saltó, con elintento coronado por el éxito de zamparse un insecto quevolaba muy bajo. Muy cerca, un roedor se aplicaba a sus tareas,en la base de un árbol, plenamente olvidado de la presencia deljoven monje. Una nube oscureció el calor de los rayos de sol, yal joven le entró un temblor súbito. Poniéndose de pie de unsalto, lavó su cuenco y lo frotó con arena. El pájaro se escapóvolando con un chillido de alarma y el roedor se escapóalrededor del tronco del árbol y se puso en guardia con los ojosbien abiertos y brillantes. Metiendo el cuenco en el seno de sutúnica, el joven monje se apresuró a volver hacia la cueva.En la cueva se hallaba sentado el viejo eremita; mas no ergui-do, sino apoyado contra una pared. «Me gustaría sentir el calordel fuego sobre mi persona — dijo —, porque no he podidoencenderlo para mí en todos los sesenta o más años pasados.¿Querrías encender una hoguera para mí, y así los dospodríamos sentarnos a la boca de la cueva?»«Con mucho gusto», respondió el joven monje. «¿Tenéis pe-dernal o yesca?»«No, no poseo más que mi cuenco, mi caja de cebada y mi parde vestiduras. No tengo ni tan siquiera una sábana.» Así 39
  • es que el joven monje puso su propia sábana harapienta al- rededor de los hombros del anciano y salió fuera de aquella caverna. No muy lejos, la caída de una roca había sembrado el suelo d e p e q u e ñ o s p ed a z o s d e l a m i s ma . A l l í , e l j o v e n m o n je p u d o hallar dos pedazos de pedernal que se adaptaban muy bien a las pa lmas de sus mano s. A mod o de expe rimento , golp eó un guijarro contra el otro con un movimiento de frote; con eso obtuvo una pequeña corriente de chispitas al primer intento. Puso las dos piedras en el seno de su vestidura y luego se dirigió a un árbol muerto, cuyo tronco sin duda había sido alc anz ado po r un rayo d esd e h ací a l a rgo ti empo . En el hu eco de su interior, buscó y halló un puñado de pedazos secos de mad e ra , d e co l o r d e h u eso , p o d r i d o s y p o l v o r i e n t o s . C o n c u i - dado los fue poniendo entre sus vestiduras; después recogió ramas secas y quebradizas que se hallaban dispersas alrededor del árbol. Cargado hasta el límite de sus fuerzas se dirigió a la cueva y satisfecho descargó todos esos objetos en la parte exterior de la entrada, en un sitio bien abrigado del viento dominante, de forma que después la cueva no pudiese verse invadida por el humo. En el sue lo a re no so, con la ra m a q ue le serv ía de es co ba , t ra- zó u n a l i g e r a d ep r e s i ó n y c o n e l p a r d e ped e rn a les a su l ad o , construyó un montoncito de troncos reducidos a pedazos y los cubrió con madera podrida que, a fuerza de enrollarla con sus dedos, quedó convertida en u n polvo como de h arin a. Entonces, con expresión aplicada, cogió los pedazos de pe- dern al , u no en cad a mano , y los hi zo ch oc ar el u no co n t ra el otro, procurando que la escasa corriente de chispas, pudiese caer sobre aquel polvillo d e madera. Repitió much as veces la operación, hasta que consiguió que apareciese una partícula de llama. Inclinándose entonces, hasta tocar con el pecho al suelo, con todo cuidado, fue soplando aquella preciosa cen- tella. Po co a poco, cada vez se fu e h aciendo más brillante. La pequ eñ a chi sp i ta c r eció más y más, h as ta q ue el jov en mo nje pud o apart ar u n a mano y co l o car a lg un os b ro t es se cos al rede - dor, junto con algo que hacía de puente de la pequeña man-40
  • cha de fuego. Fue soplando continuamente, y, finalmente, tuvola satisfacción de ver una verdadera llama de fuego exten-diéndose a lo largo de las ramas.Ninguna madre cuida tanto a su recién nacido como aqueljoven se dedicaba con toda su atención a la llama naciente.Ella, gradualmente, crecía cada vez más brillante. Luego, final-men te , t riun fan do, añ adió t r o nco s cad a v e z má s g ru e so s a l ahoguera, que empezaba ya a brillar francamente. El jovenmonje, entonces, entró en la cueva y fue hasta donde se ha-llaba el viejo ermitaño. «Venerable padre — dijo el joven monje—, el fuego ya está a punto; ¿puedo acompañaros?» Luego,puso un palo robusto en la mano del anacoreta, y, ayudándolecon toda lentitud a ponerse en pie, le acompañó delicada-mente hasta la vera del fuego, del lado por donde no pasabael humo. «Me voy a buscar más leña para la noche», dijoel joven monje. «Pero antes voy a poner los pedernales y layesca dentro de la cueva, para que se conserven secos.» Di-ciend o e sas pa lab ras , rea just ó la sáb an a sob re l a esp a lda delanciano; le puso agua a su lado y depositó el pedernal y layesca al lado de la caja de la cebada.Dejando la cueva, el joven monje cuidó de añadir más leñaal fuego y se aseguró de que el anciano no corría ningún pe-ligro de ser alcanzado por las llamas; después, se marchó yse dirigió hacia donde se hallaba el campamento donde estu-v ieron h ací a p oco aqu el lo s mer cad e res . Po dían h ab e r dej ad oalg o d e l eñ a , p en só . P ero , n o habían dejado leña a lguna . Me-jor aún, se habían olvidado de un recipiente de metal. Evi-d entemen t e, s e les hab í a ca íd o sin q ue ellos se d ies en cuen taal c a rga r los y ak s, o tal v e z al ma r cha rs e. Po día ser t a mb iénque otro yak hubiese dado con una pata al utensilio, y éstehubiese ido a rodar detrás de una piedra. Ahora, para eljoven monje, esto era un tesoro. Un grueso clavo se hallabaal lado del recipiente, por algún motivo que se escapaba almonje; pero que iba a prestar algún servicio, estaba seguro.Buscando con toda la diligencia por aquellos parajes alrededordel bosquecillo de árboles, no tardó en reunir una pila demadera muy satisfactoria. Yendo y viniendo de la cueva, al- 41
  • ma c e n ó e n e l l a t o d a a q u e l l a l e ñ a d e n t r o d e l a c a v e r n a . N a d adijo al viejo ermitaño de aquellos hallazgos. Quería darle unaag radab le sorpres a y tener el placer de contemp lar la satisfac-ció n de l an ci a no al p od e r b e ber té cal ien te. Ya t en í an t é, po r-que el mercader les trajo alguno; pero carecían de medios paracalentar el agua, hasta entonces.La última carga de leña, había sido ya depositada y, sin hacernada, se hubiera perdido aquella jornada. El joven monjevagaba de un lado a otro, buscando procurarse una rama dedimensiones convenientes. En un soto a orillas del lago, viode pronto un montón de harapos. Quién los había llevadohasta allí, lo ignoraba. Mas, la extrañeza dio paso al deseo.Avanzó para levantar del suelo aquellos harapos y, de pronto,pegó un brinco , al escu cha r q u e un llanto s a lía de aque l mon-tón de trapos. Inclinándose, se dio cuenta de que aquellos«harapos» eran un cuerpo humano; un hombre flaco lo in-creíble. Alrededor de su cuello, llevaba una tanga (*). Unatabla de madera, cuya long itud sería en total d e cerca de más demetro y medio. Dicha tabla, abierta por enmedio a lo largo,tenía como una charnela y, por el otro, un candado cerrado. Elc e n t r o d e l m a d e r o e s t a b a f o r m a d o d e m a n e r a q u e s e a j u s tabaal red ed or d el cue llo d e l a víct i ma . Aqu el ho mb re e ra unesqueleto viviente.El joven monje, arrodillándose, dejó en el suelo las ramasdel bosquecillo que llevaba encima; luego, poniéndose en pie,co rrió al agua y llen ó su cuen co. Con toda prisa, volvió hastaaquel hombre caído e introdujo el agua por su boca ligeramenteen t r e a b i e r t a . A q u e l h o mb r e s e estremec ió y ab rió lo s ojos.«Quise beber — musitó —, y me caí al agua. Gracias a esatabla floté, casi a punto de hundirme. Estuve días en el aguay , a h o ra mi s m o , h e p o d i d o r e mo n ta r la o r illa» . Y se calló , ex -hausto. El joven monje le trajo más agua, y luego agua mez-clada con harina. «¿Puedes quitarme esto de encima?», pre-gun tó el ho mb re . « Peg an do c on d os p ied ras est a c e rradu ra, l apodrás abrir.»(*) Instrumento chino de suplicio. (N. del T.)42
  • E l m o n j e s e p u s o e n p i e y fu e a l a o r i l l a d e l l a g o , b u s c a n d olas piedras idóneas. Cuando estuvo de vuelta puso la mayorde las dos piedras bajo uno de los extremos de la tabla, ypegó fuerte con la otra pied ra. «Intenta por el otro lado — dij oaquel hombre —, y pega sobre el pitón que atraviesa departe a parte. Húndelo con todas tus fuerzas.» Con todocuidado, el monje puso en su debida posición el madero ypegó con toda su alma. Apretando luego, después un fuertecrujido, la cerradura cayó po r su lado. Enton ces pudo ab rir eli n s t r u m e n t o d e t o r t u r a y d e j a r l i b r e e l c u e l l o d e a q u e l h o m breque, en su esfuerzo, se había ensangrentado.« Ir á a pa r ar a l fueg o — d ijo e l jov en monj e —, s er ía un a lá s-tima que se perdiese.»
  • Capítulo tercero Duran t e u n l argo rato, el jo v en mon je est u vo sent ad o e n el su elo , acun and o la cab eza del en fe rmo e i ntent an do al i m en- t a rlo c o n p eq u e ñ a s c an t i d ad e s d e t s a mp a. F i n a l m e n te , s e d e - tu v o y d i j o en t r e sí : « T e n d ré q u e ll ev aron a la cu ev a d el er- mitaño» . Di cie ndo esto , l eva ntó el cu erpo d e aqu el ho mb re y p ro cu ró co locá rselo s ob re un h omb ro , con la cara h a ci a ab ajo y p legado co mo u na s áb an a arrollad a. Co n p a so v a cil an t e p o r la ca rga , d i rig ió sus p asos h as t a el b o sq u e cil lo , y d e all í a la cu ev a. Po r fin , d espu é s d e l o qu e p a recí a un vi aj e in te rmi - n able, lleg ó a la v era del fue g o . A ll í d e p o s itó d e l i c a d a m e n te aq uel h o mb re s ob re el su elo . « Ven erab l e — dijo al e r mi ta ño -- , en con tré a este h o mb re en u n soto cerca del lago . Ll evab a u n a c an g a a lr e d ed o r d el cu el lo y e s t á mu y g r a v e . L e q u i t é l a can g a y lo be t ra íd o a q u í . » Con u na ra ma , el jov en mo nj e reav ivó el fu ego de man e ra qu e se el evó u n e nja mb re d e ch ispas y el a ire se l lenó d e un ag radab le o lo r a mad e ra q u emad a. Det en i én dose sólo p ara a p a re j a r m á s l e ñ a , s e v o lv i ó de esp a lda s al viejo eremi ta. «¿Un a canga ?» , dijo és te. «Si gni fi c a q ue s e tr at a de un p resi- d ia rio ; p ero , ¿ q u é h ac e u n p r esidi a rio aqu í? No impo rta lo que h a y a h e c h o ; s i e s tá e n f e r mo , debemos hace r cu anto podamos p or él . T al v e z pu ede hab la r. . . » « Sí , V ene rab le », mu r mu ró a qu el h o mb re c o n u n a v o z d é bil. « He ido d e ma s iad o a ll á p a ra p oder s e r auxiliado fís ica me nte. Neces ito u n a uxilio espi ri tu al , p a ra mo rir en paz. ¿Pu edo hablaros ?» « Co n tod a ce rt ez a» , rep l icó e l v iejo e r m itañ o . « H ab la , q u e t e escu ch amo s.» E l en f e r mo h u m e d e c i ó s u s l a b i o s c o n a g u a q u e l e p ro p o rc io n ó el jo v en mon j e , ac la ró s u g a r g anta , y d i jo : « Fu i u n a fo rtu n ad o p lat e ro d e la ciu d ad d e Lh a sa. L o s n e g o c i o s m e m a r c h a b a n muy b i en; sie mp re, d e los c onv entos , me lleg ab an en carg os. Enton ces , ¡oh , bendic ión d e la s b e n d i c io n e s ! , ll e g a ro n me r c a -44
  • deres de la India, cargados de mercancías baratas, por el estilod e lo s b a za r es d el p a ís d e aq u éllo s . Ll a mab an a tod o aq u e llo"producción en masas". Cosa inferior, calidad falsificada. Géne-ros que yo no quería tocar de ningún modo. Mis negociosfueron cayendo. Mi mujer no pudo sufrir la adversidad y semarchó al lecho de otro hombre. Un comerciante adineradoq ue la h ab í a p re ten d ido ant es d e q ue ell a se cas ase co n mig o.Se t ra tab a de u n comerci an t e al cu al n o le af ect aba l a co mp e-tencia de aquellos indios. No tenía yo nadie que me ayudase yse p reocupase po r mí; ni tampo co n adie po r quien yo pudiesepreocuparme.»Se detuvo, el hombre, anonadado por aquellos sus amargosrecuerdos.El v iejo ermit año y el jov en mon j e pe rman ecí an en sil en c io,esperando que se re cobr ase. Po r fin, aque l ho mb r e c o n t i n u ó :«La competencia fue creciendo; llegó un hombre, éste de laChina, trayendo género aún más barato, a lomos de unos yaks.Mi negocio tuvo que cerrarse. No me quedaba nada, exceptomis pobres enseres, que nadie quería. Finalmente, llegó unco me rc ian te in dio , qu e m e o f re ció un p re ci o insu l tan te m e n tebajo por mi casa y todo cuanto había en ella. Yo me neguéy entonces él en tono de burla me dijo que pronto tendríatodo lo mío de balde. Yo entonces, hambriento y miserablecomo me sentía, perdí el dominio de mí mismo y le eché demi casa. Dio de cabeza y se rompió una sien contra una pie-dra que por casualidad allí se encontraba».Volvió a callarse aquel hombre, y los demás, a permanecer ensilencio hasta que no reanudase su historia. «La gente searremolinó a mi alrededor», siguió diciendo. «Unos me res-pondían, otros se ponían en mi favor. No tardé a ser lle-v a d o a p r e s e n c i a d e l m a g i s t r a d o y s e o y ó la e x p l i c a c i ó n d e lcaso. Unos hablaban en mi favor; otros, en contra. El magis-trado deliberó brevemente y, por fin, me sentenció a llevarla canga por un año. Trajeron el aparato y lo pusieron alre-dedor de mi cuello. Con él, no podía alimentarme, ni beber,antes bien dependía exclusivamente de la buena voluntad delos demás. No podía trabajar, sólo podía dedicarme a ir pi- 45
  • diendo limosna. No me podía tender; me veía obligado a permanecer de pie o sentado.» El hombre empalideció y pareció que iba a sufrir un desvane- cimiento. El joven monje, exclamó: «Venerable: encontré un caldero en el campamento de los mercaderes del otro día. Lo voy a traer y podremos hacer té». Poniéndose en pie, corrió hasta donde había hallado el caldero, y cerca de éste encontró un gancho que evidentemente le correspondía. Después de haberlo llenado de agua, habiéndolo antes limpiado con arena, se dirigió de nuevo a la cueva, llevando el caldero, el gancho, el clavo y la canga. Pronto estuvo de regreso en la cueva y, con toda alegría, metió la canga al fuego. Chispas y humo surgieron y en el centro de aquel instrumento de tortura una robusta llama surgió de pronto. El joven monje fue corriendo hacia el interior de la cueva y trajo los paquetes que le había dado recientemente aquel marchante. Un ladrillo de té. Una grande y sólida torta de manteca de yak, polvorienta, un punto enranciada; pero to- davía identificable como mantequilla. Cosa curiosa, un sa- quito de azúcar moreno En el exterior de la cueva, él deslizó cuidadosamente un palo bien liso a través del asa y colocó la tetera en el centro del brillante fuego. Entonces quitó suave- mente el palo y lo puso a un lado cuidadosamente. Luego hizo a trozos el ladrillo de té, echando los más pequeños a la tetera, cuya agua empezaba a estar bien caliente. Cortó luego una cuarta parte de la mantequilla, ayudándose con una piedra de bordes afilados. Luego introdujo esa mantequilla en la tetera que empezaba a hervir y pronto se formó en su superficie una capa grasosa. Después añadió un pequeño pu- ñado de bórax para dar buen gusto al té y, por fin, un gran puñado de azúcar moreno. Con una pequeña ramita acabada de pelar, el joven monje agitó el conjunto vigorosamente. Ahora, la superficie de la bebida estaba oscurecida por el va- por. Con el palo, cogiendo el asa, levantó el caldero del fuego. El viejo ermitaño había ido siguiendo todo el curso de la ebullición del té con el mayor interés. Por medio de los ruidos, había seguido cada una de las fases de la operación.46
  • Ahora, sin que se le advirtiese, levantaba su propio cuenco.El joven monje lo tomó y, apartando la espuma de impu-re zas , ra mit as y broza, l lenó el cu en co h ast a la mi tad y s e lodevolvió con todo cuidado. El presidiario murmuró que poseíaun cuenco entre sus harapos. Presentándolo, se le llenó deltodo, ya que go zando d e su vista no se le perdería ni una solagota. El joven monje llenó su propia taza y se sentó descan-sadamente a beberla, con aquel suspiro de satisfacción quesale de uno cuando ha trabajado intensamente para lograralgo. Por un tiempo reinó un silencio total, mientras cadacu al d e los presentes seguía el cu rso d e su s pens amientos . Detanto e n tan to , el jov en mon je se lev antaba a llen ar de nuevo lastazas de sus compañeros y su propia taza.Se oscureció el atardecer. Un viento frío hizo que las hojasd e los árboles susurrasen a manera de cantos de protes ta. Lasag uas d el lado se ag it aron y ll en aron d e a r ru g as y crep i tab an ysusurraban entre los guijarros de la orilla. El joven monjeacompañó solícitamente al viejo ermitaño hasta el interior,ahora oscuro, de la cueva; luego, volvió adonde se encontrabael enfermo. El joven monje lo trasladó al interior de lacaverna y labró una depresión para su cadera, al paso que lesirviese de cabecera. «He de hablarle — dijo el hombre —porque me queda muy poco tiempo de vida.» El monje salióunos momentos para proteger el fuego con un montón dear ena y p re serv arlo ado r meci d o po r l a no ch e. Po r la mañ a n a,las cenizas todavía se conservarían rojas y sería fácil reavivaruna llama vigorosa.Estando allí los tres hombres — uno acercándose a la edadviril, otro de media edad y el tercero, anciano — sentados oa c o s t a d o s e l u n o c e r c a d e l o t r o , e l p r i s i o n e r o v o l v i ó a ha c e ru so de la palabra. «Mis horas se están acabando», d ijo. «Sientoqu e mis antepas ados están a punto de acog erme y darme labienvenida. Durante un año entero, he sufrido y me he con-s u m i d o . H e e st a d o v a g a n d o e nt r e Lh as a y P hari, y end o y vol-viendo en busca de comida y auxilio. Afanándome. He en-contrado grandes lamas que me han rechazado y otros que hansido buenos conmigo. He visto personas humildes que me 47
  • ciab an d e co mer, y el los se q uedab an en ayu nas. Po r u n añ o, h e c o r r i d o d e u n l a d o a o t r o , c o mo e l ú l t i m o d e l o s v a g a b u n - dos. Me he peleado con los perros para quitarles sus men- drugos y luego he visto que no podía comérmelos.» Se detuvo entonces para tomar un trago de té frío, que tenía al lado, ahora con la mantequilla congelada. «¿Cómo pudiste llegar hasta nosotros?», preguntó el viejo eremita con su voz cascada. « Me ab alancé sobre el agua, al ot ro lado del lago , para beber y por culpa de la canga, con su balance, me caí en el agua. Un fuerte viento me llevó a través de las aguas, de manera que vi un día y una noche, más otro día y otra noche, y el día siguiente. Algunos pájaros se posaban sobre mi canga e intentaban picar mis ojos; pero yo gritaba y ellos se asustaban y huían. Sin parar, fui desplazándome hasta que perdí con- ciencia y no me enteré de cómo iba desplazándome. Por últi- mo, mis pies tocaron el suelo del lago y me pude sustentar. Sobre mi cabeza daba vueltas un buitre, de manera que me esforcé y me fui arrastrando hasta que llegué al soto donde e s t e j o v e n p a d r e me e n c o n t r ó . M e s i e n t o s o b r e f a t i g a d o , m i s fuerzas me abandonan y pronto debo ir a los Campos Ce- lestiales.» « Rep osa du ran te la n och e», d ijo el an ci ano ere mi ta . «Los Es - píritus de la Noche están velando. Tenemos que hacer nues- tros v iaj es p o r el as tral ant es de q ue se n os hag a t ard e.» Con la ayuda de su bastón, se puso en pie y se fue, renqueando, hacia el interior de la cueva. El joven monje dio un poco de tsampa al enfermo y luego se acostó p ensando en lo s sucesos de aquel día hasta que estuvo dormido. La luna ascendió hasta su mayor altura y, majestuosamente, siguió su curso por la otra parte del cielo. Los ruidos nocturnos cambiaban según avanzaban las horas. Diferentes insectos zumbaban y vibraban, en lontananza se escuchaba el asustado chillido de una ave nocturna. En la montaña se oían crujidos de las rocas, según se contraían bajo el frío de la noche. No lejos, como truenos espaciados, rodaban piedras y rocas por unas pendientes, dejando sembrados unos trazos sobre el suelo.48
  • Algún roedor nocturno llamaba angustiosamente a su pareja ycosas desconocidas se arrastraban y murmuraban en las are-nas susurrantes. Gradualmente, las estrellas palidecieron ylos primeros rayos anunciadores del día cruzaron el cielo.De súbito, como percutido por una corriente eléctrica, el jo-v e n m o n j e s e i n c o r p o r ó . Es t a b a d e s p i e r t o d e l t o d o , i n t e n t a n -do, en vano, atravesar la intensa oscuridad de la cueva.Aguantando su respiración, con toda atención, escuchaba a sualrededor. No podía tratarse de ladrones — pensó —. Todoel mu nd o s ab í a q ue el v iejo ere mi ta no po s eía n ad a . ¿ Est ab aac aso, el v iejo , en fermo ?, s e p reg un tó el jo ven . Al zánd os e yy endo con todo cu idado hacia el interior de la cu eva, pregun-taba: «Venerable padre, ¿os encontráis bien?»El viejo, se movía: «Sí, ¿acaso se trata de nuestro hués-ped?» El joven monje se aturulló. Había olvidado del todola presencia del preso. Volviendo apresuradamente hacia laboca de la cueva, percibió como una borrosa mancha gris.Sí , el fu ego, b i en pro teg id o , n o era de l todo mu erto. Cog ien d ouna rama el monje la hundió e n l a h o g u e r a y s o p l ó f u e r t e -mente. Apareció una llama y él amonto nó varias ramas sobreel fueg o naciente. De mo mento el palo estaba b ien encendidopor un cabo. Lo cogió y volvió a meterse en la cueva.La astilla ardiente proyectaba sombras fantásticas que dan-zaban locamente sobre las paredes. Cuando el joven monjeentró, una figura prisionera del resplandor de aquella antorchaapareció desde el fondo de la cueva. Era el viejo ermitaño.A los pies del joven monje, el forastero yacía acurrucado, conlas piernas encogidas sobre el pecho. La antorcha se reflejabaen sus ojos muy abiertos y daba la impresión de que pesta-ñeaban. Tenía la boca abierta y un hilillo de sangre seca lesalía de la comisura de los labios y formaba unos grumos ala altura de los oídos. De pron to se prod ujo un ronco estertory el cuerpo se contorsionó espasmódicamente y formó unar co tenso y s e relajó s egu id ame n t e , c o n u n s u s p i r o fin al . E lcuerpo crujió y se percibió un rumor de fluidos. Los miem-bros, por fin, se distendieron y las facciones se aflojaron.El viejo ermitaño y el joven monje rezaron las Plegarias para 49
  • la P az de lo s Esp í ri tus Qu e Se V an , y se esfo rzaron p ar a dar in st ruc cio n es t elep át icas p a ra ayud ar el pas o d el al ma del d i- funto a los Camp os Celestiales. Los pájaros empezaron a cantar al naciente día; pero, en aquel suelo, estaba la muerte. «Tienes ahora que llevarte el cuerpo», dijo el viejo ermita- ño. «Tienes que desmembrarlo y sacarle las entrañas para que los buitres puedan darle una sepultura adecuada en los aires.» «No tengo cuchillo alguno», replicó el joven monje. «Tengo un cuchillo», le contestó el ermitaño. «Lo guardo para que mí propia muerte sea conducida como es debido. Ahí l o t i e n e s . H a z t u d e b e r , y l u e g o m e l o d e v u e l v e s . » De no muy buena gana, el joven monje levantó el cadáver y se lo l l e v ó f u e r a d e l a c u e v a . C e r c a d e l p r e c i p i c i o d e l a s r o cas hab ía una p ied ra plan a. Con mucho s esfuerzos levantó el cuerpo hasta depositarlo sobre la piedra y lo despojó de los viejos y sucios harapos. En lo alto, sobre su cabeza se oía un pes ant e al et eo ; h abí an ap arecido lo s p ri m eros b uit res, lla - mados por el olor del muerto. Con un estremecimiento, el jov en plan tó la punta del cuchillo en el delgado abdo men d el d i fu n t o y l o v o lv ió a s a c a r . P or la he rid a ab ierta , los in tes ti - nos comenzaron a salir. Rápidamente agarró aquellas flacas entrañ as y las tiró hacia afuera. Sob re la ro ca, esparció el co- razón, el hígado, los riñones y el estómago. A golpes y tirones, c o r t ó d el t r o n c o a m b o s b ra zo s y p ierna s. Lu eg o, con el cue r p o desnudo cubierto de sangre, se fue corriendo de la tre- menda escena y se precipitó en las aguas del lago. Dentro del agua , se r as có y li mp ió co n p u ñado s d e f in a ar en a . C on to d o cuidad o, limpió el cu chillo del viejo ermitaño y lo fro tó b ien frotado, con arena. Temblaba del frío y de la impresión recibida. El viento, gla- cial, soplaba sobre la piel desnuda del joven monje. El agua parecía caerle encima como si los dedos de la muerte trazasen líneas sobre su cuerpo. Vivamente saltó fuera del agua y se est re m eció co mo un p e rro . Corri end o, lo g ró co mu n ic a r algún calor a su cuerpo. Al lado de la boca de la cueva, recogió y se vistió sus ropas, apartando todo aquello que pudiera ha- berse impurificado por su contacto con el cadáver. Mas,50
  • cuando iba ya a entrar en la cueva, se acordó de que su ta re a es tab a po racaba r. L en ta m ente, s e dirigió d e n u e v o h a c i a l a p i e d r a d o n d ehací a po co h ab ía de jado al m u e rt o . A l g u n o s b u itr e srep os aban , s ati sfe cho s , y plá c ida men te s e al i saban l as plu m ascon el p ico ; ot ro s , s e a fan ab an l len os d e activ idad en tre lascosti ll as d el ca dáve r. Ca si h a bían s acad o to d o el p e llejo d e l acab ez a, dejan d o l a calav era mond a y l irond a.El joven mon j e, con un a piedra p es an t e, a plastó l a c al av er aesque lética , ex poniendo lo s s eso s aq u ello s a los bu itres ha m-bri ento s . En to nces , llev ánd o se lo s and r ajo s y el cu enco deldifu nto , co rrió hac ia la hogu era y lan zó aq uellas reliqu ias alcent ro d e la mis ma. A un l ad o, aún en roj ec i d o, se h all ab a elres to metá li co de la c anga ; el ú lti mo r ast ro d e u n v a rón q u ehabía sid o un rico artes ano , co n su e spo sa, su s c asas y s utal en t o p r o f e s i o n a l . M e d it an d o so bre el cas o, el jo ven mo njeende rezó sus p aso s ha ci a la cav e rna .El an ci an o ermitaño e stab a se ntado su mid o en la medi ta ci ó n;pero se puso e n pie cu ando e l j o v en s e l e a ce rc aba . « El h o m -bre es t e mpor a l y f rág il» , d i j o . « La vid a so bre l a Ti er r a n o essin o ilu s ió n y la May o r Re ali dad se en cu ent ra más al lá d e lapres en t e . D es a y un e mos, p ues , y enton ces continu aré tra ns-mi ti én do t e to d o cuan to yo sé. Po rq u e , h as ta en tonc es , no p u e-do ab ando n ar mi cu erpo , y lueg o , cu and o lo h ay a d e jad o,tien es q ue h ac er po r mí exacta ment e lo q ue has h ech o po rn u e st ro a m i g o e l p ri sio n e ro . P e ro a h o r a , c o ma mo s , p a r a m a n -ten e r nu est r as fuerz as en la mejo r forma p osib le . Tra e , p u es,agua y ca li ént a la. Aho r a, tan ce rc a d e mi fin , p ued o con ced era mi cu erpo es t a p eq ueñ a sat is fa cción .»E l j o v en m o n j e c o g i ó e l b o t e y s a l i ó d e l a c ue v a , c a m i n o d ellag o , evi tand o con ap ren sió n el s itio don d e se hab ía lav ad o lasangr e d el di fu n to . L i mp ió co n tod o cuid ado el r ecipi ent e, po rfu e ra y p o r d e n tro . Hi zo lo p ro p i o c o n l a s d o s e s c u d i l l a s d e lermit año y la s uy a p ropi a. H a b ien do ll en ado el r ecipi ente c onagua , lo l lev ó co n la man o izquierda y empuñó un a g r uesara m a con l a o t r a. U n b u it re so lit ar io ll egó p r ecip it án d o se p ar aver lo que pasa ba por al lí . At erri zan do pe sad a m e n t e , d i o u n o spoco s p aso s y l ueg o s e v olvió a re mo n ta r con un g r aznid o 51
  • ren co ro so al v ers e b u rl ado. Más ad el ant e, haci a la izqui erda , otro bui tre, r e pleto d e co mid a, in ten tab a en vano re mo ntar el vu elo . Co rrí a, salt ab a, a zo t ab a el ai re con su s plumas ; p e ro hab ía co mido con ex ceso . Fi nal men te lo d e jó correr y es c on - dió, co mo av e rg on z ado , su cabe za ba jo una ala, agu ard an do que la Na tu ralez a r eduj ese s u peso. El jov en monje sonr ió lig e r a men t e , p en sand o q u e h ast a lo s b u i t r e s p o d í a n p ra ct i c a r exc esos d e co mid a , y se p r e gun tó qu é co sa d ebía ser el v ers e en con dicion e s de dars e u n at racó n. Nu nc a h abía co mido co n exc eso. Ig ual q ue l a may or p a rt e d e mo nj es , siemp re s e s en t ía m á s o m e n o s h a mbr ie n t o . Pe ro h abí a qu e h acer e l té ; el tie mpo no se detiene nunc a. Pon iendo el bo te d e agu a a c a lent ar so bre el fueg o , ent ró a la cuev a, po r el t é, l a man tequ i l la , el b ó rax y el azú ca r. E l vi ejo ermitaño se sentó esperando. Pe ro un o no p ued e es tar s ent ado po r mu cho ti empo b ebien do té cuand o los fuego s de l a v ida y a n o so n alto s y cu and o la vitalid ad de una person a d e ed ad de cae len t a men te. De pron to , el v i ej o ermi tañ o s e v olvió a in corp orar mi en t ras el joven mon je es tab a atend iend o al fu ego , e l «Vi ejo» y p re ci oso fu ego, de spué s de má s de sesen ta años de priva ció n del mi s mo , año s de f río , d e n ega ci ón de sí m is mo , d e h a mb r e y d e po b re za int eg r al , q u e só lo p o d ía remed i a r la mu erte. Añ os, t a mb i é n d e u na c o m p l e t a f u t i l i d ad en l a ex is ten c ia co mo ere- mi t a , s ó lo r e m e d i o s p o r l a c o n v i c c i ó n d e q u e t o d o a q u e l l o era, al fin y al cab o, un a tarea . E l j o v e n m o n je r e g re s ó a l a cav erna, o l ien do aún a hu mo d e mad era fr esca . Ráp ida men te se sen tó ant e s u maest ro . « En aq u e llo s p ar aj es r e moto s , h ac e mu cho ti e mp o , me en co n - traba so bre aq u ell a ext rañ a p lat aforma me tál ica. E l qu e me ten í a p r isio n e ro, me expl i cab a cl ara me nte qu e yo me e n c o n t r a b a a l lí n o p o r m i g u s t o , s i n o p o r l a c on v e n i e n ci a s u y a y d e l o s s u y o s , p a r a c o n v e r t i r me en u n D e p ó s i to d e Co no ci miento s » , di jo e l anc ian o . «Yo l es dij e: "¿ Có mo es po sib le q u e yo me to me un inte rés intele ctual si no soy más que un prision ero , un colabo rad o r sin n in g u n a v o lun tad p o r mi p a rt e, cau t iv o y sin la más v ag a id ea de qu é s e t r ata ? ¿Có mo pu edo t o mar m e52
  • el mínimo interés cuando se me tiene aquí por nada? Se meha ap risionado con menos cump lidos qu e los qu e se usan conun cadáver, destinado a ser pasto de los buitres. Nosotrosmostramos respeto a los muertos y a los vivos. Vosotros metratáis igual que unos excrementos que se tienen que tirar aun campo con las menores ceremonias posibles. Y, encima,pretendéis ser civilizados, valga lo que valga la afirmación".» El h o mb re p a re ció v i sib l e me nte ex trañado y no poco impre-sionado ante mi estallido. Escuché como se paseaba por laest an c ia . A d e la n te y con u n s o n id o ar ra st rad o d e los p ies, aldar la vuelta. Hacia adelante y hacia atrás, continuamente.De p ronto , se d etu vo c er ca d e mí y dijo: "C on sultaré el casocon mi superior". Rápidamente, se alejó y tuve la sensaciónde que había cogido un objeto duro. Escuché varios ruidoscomo rasgados y finalmente, un "clic" metálico y un sonidodestacado brotaron de allí. El hombre que se hallaba con-m i g o h a b l ó f i n a l m e n t e , p r o f i r i en d o l o s m i s m o s s o n e s q u e e lanterior. Claramente, se en tabló un a discusión qu e duró uno spocos minutos. "Cling, clang", brotó de la máquina, y elhombre volvió para mi lado.»"Antes que todo, os tengo que mostrar esta habitación dondeest a mos ", me d ijo. "Voy a co n ta ro s cosa s n uest ra s; qu ién so-mos, qué hacemos e intentaré obtener vuestra colaboración me-diante el entendimiento. Antes que todo, ahí está la vista."»Percibí la luz y pude ver. Una visión muy singular; veíaa uno de mis lados hacia arriba, la parte inferior de una me-jilla humana y la mirada, por encima, de los agujeros de lanar iz . La vis ió n d e lo s cab ell os y d e los agu je ro s d e l a n a ri zme divirtieron no sé por qué y me eché a reír en el acto. Elhombre se inclinó y uno de sus ojos me tapó todo el campovisual. "¡Oh ! — exclamó —, alguien h a desviado la cámara".En t o n c e s , e l m u n d o m e p a r e c i ó q u e g i r a b a a m i a l r e d e d o r , yexperimenté náuseas y vértigo. "¡Perdón! — exclamó aquelhombre —, d e b í a h a b e r c e r r a d o l a c o r r i e n t e a n t e s d e h a c e rrod ar la cámara. Disimu lad mi falta; os sentiréis mejor de unmomento a otro. ¡Siempre pasan cosas!"»Ahora, podía verme a mí mismo. Era una sensación horri- 53
  • ble, la de ver mi cuerpo tendido, tan pálido y desmejorado y con tantos tubos y cordones que me salían por todas partes. Fue un golpe para mí el contemplar mis párpados apretada- mente cerrados. Me hallaba tendido sobre una delgada plan- cha de metal — según me pareció — que se aguantaba sobre un solo pie. En ese pilar se veían unos pedales, mientras a mi lado había un soporte con unas botellas de vidrio llenas de líquidos de diversos colores. El soporte estaba en cierto modo conectado con mi cuerpo . El homb re aquél me ex plicó: "Estáis en una mesa operatoria. Con esos pedales — y los tocó — os podemos colocar en cualquier posición deseada». Apretó uno con el pie y la mesa osciló a su alrededor. Apretó o tro , y la m es a se lad eó h as ta el p u n to d e q u e te m í c ae r m e al suelo . Ap retando un tercero , la mes a se alzó , tan to que podía ver la parte inferior. Una posición más que incómoda, que me ocasionó extrañas sensaciones en el estómago. » Las pa red es, eviden te ment e, eran de u n metal d el co lor v erd e más agradable a la vista. Nunca había visto antes un mat e ri al tan fino, tan liso y sin una sola falta; y en ninguna parte se notaban junturas ni soldaduras, ni signo alguno visible de dónde empezaban y dónde acababan las paredes, el techo y el pavimento. En un momento determinado, se deslizó una sección de la pared, con un ruido metálico, que yo ya c o n o c í a . U n a c a b e z a r a r a a s o m ó p o r l a p u e r t a , m i r ó a l r e dedor y volvió a deslizarse. La pared se cerró de nuevo. »En la pared de enfrente adonde yo estaba se veía una su- cesión de pequeñas ventanas, algunas de ellas no mayores que l a p a l m a d e u n a m a n o g r a n d e . D e t r á s d e e l l a s , h a b í a u n a s e rie d e indicaciones que señalaban a unas cifras rojas las un as, y o tras n eg ras . Un resplando r de un azu l casi, p or d ecirlo así, místico, emanaba de dichos indicadores; raras manchas luminosas danzaban y oscilaban de extraña forma, mientras qu e, en otra ventana, u na línea d e colo r rojo oscuro ondulab a para arriba y para abajo, en extrañas formas rítmicas, muy parecidas a la danza de una serpiente. Yo pensaba. El hom- bre — le llamaré mi Capturador — sonreía, viendo mi inte- rés. "Todos esos instrumentos, os indican a Vos — me dijo —,54
  • y aquí se registran nueve ondas de vuestro cerebro. Nuevel í n e a s s e p a r a d a s d e o n d a s q u e a rr a n c a n d e l a e l e c t r i c i d a d d evuestro cerebro que predomina en ellas. Son una demostraciónd e que poseéis u na mentalidad sup erior. Vues tra memoria es,c i e r t a m e n t e , m u y n o t a b l e y ad e c u ad a p a r a a q u e l l a l a b o r q u e devos esperamos."» G i r a n d o m u y s u a v e m e n t e l a c á m ar a d e l a v i s i ó n , e n e l c a m p ovisual de ésta apareció una extraña estructura de cristal queh a s t a e n t o n c e s h a b í a e s t a d o f u e r a d e m i c a m p o v i s u a l . " Es o— me explicó — está alimentando continuamente vuest r a svenas y drenando para afuera lo que se destruye dev u est ra s an g r e. E so s o tro s d r enan o t ro s p ro d u ctos d e v u es trocuerpo. Ahora estamos en la fase de comprobar el estado generald e vuestra salud, si os encontráis en las debidas cond icionesp ara resistir el inev itab le choque de todo cu anto vamos aensefiaros. Impresión que no puede evitarse, ya que no importaqu e os consideréis a v os mismo co mo un sacerdote instruido;pero, comparado con nosotros, no valéis más que el más bajo eignorante salvaje; y todo lo que entre nosotros se con sideraolvidado de puro sabido, para vos son milagros casi increíbles, yel p rimer contacto con nuestra ciencia os tend rá que causar u ns e r i o c h o q u e f í s i c o . P e r o h a y q u e a r r i e s g a r s e , a u n q u e n o so trosh acemos un esfuerzo para reducir todo riesgo al grado mínimo."»Se rió, y continuó diciendo: "En las ceremonias de vues-tros templos dais mucha importancia a los sonidos del cuerpohumano — ¡claro!, ¡lo sabemos todo de vuestras ceremoniasrituales! —. Pero ¿conocéis realmente esos sonidos? Es-cu ch ad" . Vo lvi én dos e, s e d i ri g i ó h a c i a l a p ar ed y o p r i mi ó u npequeño pulsador blanco. Inmediatamente, de una serie depequeños agujeros salieron sonidos que reconocí como soni-dos del cuerpo. Sonriendo, dio la vuelta a otro timbre y lossonidos crecieron y llenaron la habitación por completo. ¡Trap,trap !, cre ció el lat id o d el corazó n h ast a h acer v ib rar po r s im-p atía un objeto d e cristal qu e estaba detrás mío. Otra presiónsob re el pu lsado r, y desapareció el ruido d el co razón y creció elruido de los fluidos del cuerpo; pero tan intensos como una 55
  • co rri ent e de ag u a d e l a mon t a ña , m a n a n d o s ob r e u n l e c h o p e - d reg oso en su ansi a de llev a r su cu rso a las l ejan as rib e ras d el mar. Lu ego , se escu chó la res p irac ión de lo s gase s, igu a l q ue u n v en d av al a tr avés d e l as h o jas y los t ro n cos d e á rb o l es ro - b u sto s . Son id o s d e cho q u es d e ag u a c o n t r a las o r i l l a s d e u n lag o p ro fu n d o . "Vu es tro cu e r p o humano — dijo e l ho mbre — c o n t i e n e mi l r ui d o s . L o c o n o cemos todo r eferent e a vue stro cu e rp o h u m an o ." » "P ero , In ho no rab le C ap to r " , le d ij e. " Eso n o es n in g ú n p r o - digio. Noso tro s, pob res s alv aje s, e n e l T í b et p o d e mo s h a c e r eso tan bi en co mo aqu í. No a tan g r and e e scala , lo con fi eso ; p e ro p o d e mos h a c e r l o . P o d e m o s t a mbi én s ep a ra r el e sp í r itu d el cu erp o y h a ce r q u e r eg res e ." » " ¿ Po d é i s , d e v e r as ? " , m e m iró co n un a ex p res ión ínt ríg a da en el ro st ro , y con tin u ó d i cie n d o : "¿ N o o s a su stá is f ác il m e n - te? , ¿n o es as í ? ¿Nos con sid eráis un os en e migo s, un os a pri - sio nado res ?, ¿n o es v erd ad ?" . » "¡Señ o r ! — l e repl iqu é —, h ast a aho ra no me hab é is mos tra- d o n i n g u n a p r u e b a d e a mi st ad , n i me h ab éis d e mo st rado de n i n g u n a fo r m a p o r q u é r a z ó n d e bo creero s o colabo rar co n v o so tro s. Me t en éi s aqu í p a ralizad o y caut iv o , co mo hacen al - g un as av is p as con su s víct i m as. H ay alg u n o s d e en tr e v o so - tro s q u e me p a re cé is se r u n o s d iab lo s . N o so tro s t en e mos r e- tratos de tale s se re s y lo s ten e mos co nsid erado s co mo v isio n e s d e h o rro r p ro c ed en t es d e u n mun d o inf ern al . P ero , aq uí , son co mp añ eros v ues tro s. " » " Las ap ar ien c ias engañ an ", m e respond ió. "Muchos de el los so n cr ia turas d e lo más amab le, con un as c a ras d e s anto s v a- ron es , s e en t r e gan a tod as las b aja s accion es q ue s e le s o cu- rren a sus men tes p erv ersas . Pe ro vos , vo s, co mo la g e nte s a l v a j e , o s d ej á i s g ui a r p o r l as ap arien c ias de l as p e rson as" . » "S eño r — ést a fue mi resp u est a —: Tengo que decidir so bre d e q u é l ad o c aen v u es tr as i n ten c io n es , b u en o o m alo . S i es d el l ad o de l b ien , en ton ces y s ólo enton c es me d ec idi r é a c o o p e ra r c o n v os o tro s. Si e s de o t r a man e ra , me cu es te lo que me cu es te , n o p ien so co op era r co n v ues tro s inten tos ". » "P ero es to es cie r to — fu e s u r espu est a má s b i en cont rari a-56
  • da —, "confesaréis que nosotros os hemos salvado la vidacuando estabais enfermo y muerto de hambre".»Puse mi cara más severa al contestarle: "¿Habéis salvado mivida , mas ¿co n q ué fin? Yo e stab a en ca min o de ll ega r a l osCampos Celestiales, y me habéis arrastrado h acia atrás. Nadame podía ser más perjudicial. ¿Qué vida es la de un ciego?¿Có mo p u ede estud i a r? ¿Có mo p ro cura rse el su sten to? ¡No!No había ninguna amabilidad en el gesto de prolongar miexistencia. Siempre nos hallaremos con que yo no estoy aquípor mi p ropio gusto, sino p ara se r ú til a vu est ro s p roy ecto s.¿Dónde está la amabilidad de este gesto? Me habéis desnu-dado aquí, y he servido de diversión a vuestras mujeres.¿Dónde está la bondad de todos estos gestos?"» Aquel ho mb re estab a an te mí, con las man os en sus caderas"S í " — m e d i j o p o r ú l t i m o — , d e s d e v u e s t r o p u n t o d e v i s t a ,no hemos sido amables para con vos, ¿no es así? Pero tal vezpodré convenceros y entonces vos podréis sernos útil". Sevolvió de espald as y se dirigió hacia la pared . Entonces vi loque hacía. Miró unos momentos un cuadrado lleno de pun-titos y, entonces, apretó una pequeña señal negra. Una luzbrilló en aquel cuadrado lleno de agujeros y fue creciendohasta convertirse en una nube luminosa. Allí, vi con estupe-facción que se habían formado una cara y una cabeza de vivosc o l o r e s . El q u e m e t e n í a p r i si o n e r o h a b l ó e n a q u e l l e n g u a j eextraño y remoto y luego paró de hablar. Yo, petrificado desorpresa, vi que la cabeza giraba en mi dirección y sus espesascej as s e l ev an t aban . En ton ces una pálida so nris a ap ar eció enlas comisuras de sus labios. La cabeza lanzó una frase con-tundente que no comprendí, y la cabeza se desvaneció, aloscur ec e rse e l cuad rado lu mi no so. Mi c ar ce le ro s e v olv ió d enuevo de cara a mí, con la cara llena de satisfacción. "Muyb i e n , a m i g o m í o — d i j o — , h ab é i s p r o b a d o q u e t e n é i s u n c a -r á c t e r s ó l i d o ; q u e s ó i s u n h om b r e e n t e r o , c o n q u i e n h a y qu etr at ar. Aho ra e stamo s au to ri z ado s p a ra en se ñ aro n lo q u e n i n -gún otro hombre de la Tierra jamás ha visto."» Se d i rig ió d e n u ev o a la p a r ed y o p ri mió d e n u e v o e l p u ls a -dor negro. La niebla formó esta vez la cabeza de una mujer 57
  • jo v en . Mi c ap t u rad o r h ab ló c o n ella , ev id en te men te d án d o l e órdenes. Ella, asintió con la cabeza, miró curiosamente en mi dirección, y sus rostro se desvaneció de nuevo. »"Ahora, tenemos que aguardar unos momentos", dijo mi guardián. "He traído un pequeño aparato conmigo y voy a mostraron diversos lugares del mundo. Decidme algún sitio que quisieseis ver." »"No tengo conocimiento del mundo", le repliqué. "No he viajado nunca". »"Pero sin duda habréis oído hablar de alguna ciudad", me replicó. »"Claro, sí", fue mi respuesta: "He oído hablar de Ka- limpong". »"¿Kalimpong? Una pequeña población a la frontera de la India. ¿No se os puede ocurrir nada mejor? ¿Qué os parecía Be rl í n , Lon d r e s , P a r í s o El C a i ro? ¿ Sin d ud a o s inter esarían más que Kalimpong?" »"Pero, señor mío — le repliqué —, no tengo el menor interés en los lugares que me indicáis. Sus nombres sólo me recuerdan que h e oído de b oca de los viajeros muchas explicacion es so- bre esos sitios; pero no me interesan. Ni sé tampoco si las imágenes de d ichos lug ares pueden ser ciertas o no. Hay una cont rad ic ción e ntre lo que me decí ais que po déis h ace r. Mo s- tradme pues Lhasa, o bien Pharí, la Puerta del Oeste, la Catedral, el Potala. Conozco todas estas cosas y me será po- sible decir si vuestros aparatos funcionan de verdad o sí se trata sólo de habilidosos trucos para engañarme." »Me miró con una expresión peculiar en el rostro; pareció s en ti rse lleno d e a so mb ro . Enton ces hizo un gesto en érgico y exclamó: "¿Tengo qué enseñar mis conocimientos a un sal- vaje iletrado? Algo hay, sin embargo, en su astucia nativa, al fin y al cabo. Naturalmente, algo tendrá que hacerse; de lo contrario, no podrá ser impresionado. ¡Bien!, ¡Bien!" »La pared móvil se deslizó bruscamente, y cuatro personas apa- recieron guiando una gran caja que parecía flotar en el aire. La caj a deb ía de ser d e u n con side rab le p e so , po rq u e si b ien parecía flotar ligeramente, precisaba un gran esfuerzo para58
  • ponerla en movimiento o cambiar su dirección o pararla.Gradualmente, la cámara quedó encajada en la habitaciónd o n d e y o est a b a. P o r u n lap so d e ti e mp o , te mí q u e o cu p asenmi tabla, en sus movimientos para acercar a mí el aparato.Uno de los hombres chocó con el ojo de la cámara y las vueltasque ésta dio me pusieron como enfermo e inquieto. Pero, alfin, después de mucho discutir, la caja fue colocada contrauna pared, bien alineada con mi campo de visión. Tres dea q u e l l o s h o mb r es s e r e t i r a r o n y el p ane l d e la pa red se ce rrótras ellos.»El cuarto hombre y mi carcelero entablaron una animadad i s c u s ió n c o n mu c h o man o te o . A l f in , mi c a r c e le r o s e v o l v i ó amí: "Dice — me explicó —, que no puede comunicar conLhasa, está demasiado cerca y que habría que ir más lejos parapoder enfocarla".»No dije nada, como si no me hubiese enterado, y despuésde unos breves instantes, mi vigilante volvió a decirme:"¿Deseáis ver Berlín? ¿Bombay? ¿Calcuta?"»Mi réplica fue: "No, no quiero; es demasiado lejos de mí!"»Él se volvió a su compañero y se siguió una discusión másbien agria. El otro hombre parecía estar a punto de ponerse allorar; manoteaba y, con aire desolado, cayó sobre sus ro-dillas, frente a la cámara. La parte frontal de ésta resbaló ypareció tratarse de una ventana muy ancha, y nada más. En-tonces, el ho mb re sacó algunos trozos de metal de su bolsillo yse arrastró hacia la parte posterior de la extraña caja. Lucesraras brillaron en aquella ventana, se formaban torbellinosde color sin significación alguna. El cuadro ondulaba, flotaba yt e m b l a b a . H u b o u n i n s t a n t e q u e l a s f o r m a s p a r e c í a n l o quepodía ser el Potala; pero también, solamente humo.»Aquel hombre salió arrastrándose de detrás de aquella cá-mara, murmuró algunas palabras y salió de prisa de la habi-tación. Mi vigilante, que parecía sentirse muy molesto, med i j o : " Es t a m o s d e m a s i a d o c e r c a d e Lh a s a y p o r e s o n o l a p o -demos enfocar. Es igual que intentar ver por un telescopiocuando se está demasiado cerca del foco. El foco es suficiente apartir de cierta distancia; pero cuando la distancia es insu- 59
  • fi c i e n t e , e l t e l e s c o p i o n o p u e d e e n f o c a r a l o b j e t o . N o sencontramos con la misma dificultad. ¿Está bien claro paravos?" »"Señor — le repliqué —, me habláis de cosas que nopuedo comprender. ¿De qué telescopio se trata? Jamás hevisto uno. Decís que Lhasa está demasiado cerca; yosostengo que, de aquí allá, hay un largo camino que andar.¿Cómo puede, pues, estar demasiado cerca?"»Una expresión de angustia brilló en los ojos de aquel per-sonaje; se tiró del pelo y por un momento creí queempezaría a brincar sobre el suelo. Luego, calmado despuésde un esfuerzo me dijo: «Cuando teníais ojos, ¿noacercasteis jamás ningún objeto demasiado cerca, que nopodíais ver claramente con vuestra vista? ¿Tan cerca que noos era posible el enfocarlo? De esto se trata ¡No podemosenfocar a tan corta distancia!"»
  • Capítulo cuarto«Miré hacia él, o a lo menos tuve esa sensación, porque esmuy difícil que un hombre pueda entender lo que significatener la cabeza en un sitio y la mirada situada a unospalmos de distancia. De todos modos, yo miraba hacia él,pensando: ¿Qué prodigio será éste? Este personaje mecuenta que puede enseñarme ciudades que están a la otraparte del mundo y, en cambio, no puede mostrarme mitierra. Miré atónito en su dirección. Así es que le dije:"Señor, ¿queréis poner algo enfrente de esa máquina ópticade manera que, por mí mismo, pueda juzgar eso de losfocos?".»Él asintió con la cabeza al momento, y miró a su alrededorun instante, como meditando qué hacer. Entonces cogió delfondo de mi mesa una pantalla transparente en la que habíaextraños signos, como nunca yo había visto. Era obvio quese trataba de escritura; pero él dio la vuelta a lo queparecían unas hojas y entonces apareció algo que lesatisfizo, porque le provocó una sonrisa de placer.Conservó esto detrás de su espalda mientras se aproximabaa mi máquina de visión.»"¡Bien, amigo mío! — exclamó —, vamos a ver algunacosa que os puede convencer". Deslizó entonces algoenfrente a mi máquina visual, muy cerca mío y, ante mientrañeza, sólo podía divisar borrones, nada estaba claro.Había una diferencia: parte de los borrones era de colorblanco, parte de color negro; pero, para mí, ambos colorescarecían de significado.»El hombre sonrió, ante mi expresión, yo no podía verle;pero le "oía"; cuando se es ciego se tienen los sentidosdiferentes. Podía escuchar los crujidos de sus músculos; y,cómo se había sonreído muchas veces antes, conocí quedichos crujidos significaban que se sonreía ahora.»"¡Ah! — exclamó —, empecemos por esta casa, ¿no?Ahora, miremos con todo cuidado. Decidme, si podéis verqué es eso." Muy despacio, tiró de la pantalla hacia atrás, yvi que 61
  • aparecía un retrato de mi persona. No puedo decir el modo cómo dicha fotografía fue obtenida; pero ciertamente me representaba acostado sobre aquella mesa, mirando hacia los hombres que transportaban dentro de la habitación la cámara negra. Mí mandíbula se veía abierta de pasmo al ver aquel objeto desconocido. Podía parecer un verdadero palurdo y, en verdad, me lo sentí y mis mejillas se encendieron de rubor. Allí estaba, arreglado con todos aquellos adminículos sobre mi persona, observando los cuatro personajes manipulando aquella caja, y mi gesto de sorpresa volvía entonces a mi propia persona. »"¡Muy bien — dijo mi capturador —, ciertamente, hemos encontrado el punto. Para devolverlo al mismo sitio, prosigamos adelante". Con toda lentitud, enfocó la imagen y la fue acercando progresivamente a la lente de la caja. Lentamente, la imagen se fue enturbiando, hasta que sólo podía divisar unos trazos borrosos y nada más. Despejóse de nuevo esa imagen borrosa y entonces pude ver de nuevo el resto de la habitación. Él estaba cerca de mí y dijo: "No podéis leer esto; pero mirad. Se trata de letras impresas. ¿Las podéis ver claramente?" »"Puedo verlas, en efecto, señor", le respondí. "Incluso muy claramente." »Entonces acercó más aquel impreso al ojo de la cámara y otra vez se enturbió la imagen. "Ahora — me dijo —, os daréis cuenta de nuestro problema. Tenemos una máquina o dispositivo — como queráis llamarlo — que es una contrapartida mucho mayor de esa cámara que estamos empleando. Pero, el principio en que se funda está completamente fuera de vuestro alcance. El aparato es tal, que podemos verlo todo alrededor del mundo, excepto lo que está situado sólo a unos setenta y cinco kilómetros de distancia. Esta distancia es tan próxima como para vos lo que está a muy pocos centímetros, que no se puede divisar. Ahora os mostraré Kalimpong". »Diciendo estas palabras, se volvió hacia la pared, y manipuló algunos nudos que se veían sobre ella. »Las luces de la habitación menguaron, aunque sin apagarse62
  • del todo; parecía la luz que hay cuando se pone el sol traslos Himalayas. Una fría oscuridad, donde la luna aún nohabía salido ni el sol no había apagado todavía todos susrayos. El hombre se volvió h acia la p arte posterio r de la grancámara negra y sus manos manejaron algo que no pude ver.Inmediatamente, brillaron unas luces en la pantalla. Lenta-mente, se fue construyendo una escena. Los picachos de losHimalayas, y, por un sendero, una caravana de mercaderes.Cruzaban un pequeño puente de madera; debajo se precipitabaun torrente impetuoso, amenazando arrastrarlos si resbalaban.Los mercaderes alcanzaron la otra orilla y siguieron un sen-dero que transcurría entre pastos abruptos.»Durante unos minutos, los estuvimos mirando; la perspectivaera la misma de un pájaro , o la de un dios celes tial sostenien -do el objetivo de la máquina y flotando suavemente a lo largode aquel territorio desnudo. Aquel hombre, movió de nuevosus man os y reinó algo d e con fu sión ; algo ap areció a la v ista yd esap areció en seguid a . En to n ces , mov ió l as mano s en u n adirección opuesta y la imagen se detuvo; pero no era una fo-tografía, era una cosa real. Parecía visto por un agujero delfirmamento.»Debajo, vi las casas de Kalimpong. Vi las calles, atestadasd e c o me r c i a n t e s ; v i c o n v e n t o s , c o n l a m a s v e s t i d o s d e a m a r i -llo y monjes, con hábitos de color rojo, deambulando poraquellos parajes. Todo me pareció muy extraño. Tenía difi-cultad de localizar los sitios porque había estado en Kalim-pong sólo una v ez, cuando era un muchacho d e escasos años, yhabía visto Kalimpong desde el suelo; desde el punto devista de un muchacho puesto de pie. Ahora, lo veía — su-pongo -- como deben verlo, desde el aire, los pájaros.»Mi carcelero me observaba atentamente. Movió algo y la ima-g e n o p a i s a j e , o c o m o q u i e r a l l a ma r s e e s t a m a r a v i l l a , s e d e s -dibujó con la velocidad y se transportó de nuevo. "Aquí — dijoaquel ho mb re —, tene mo s al Gang es q u e , co mo y a s ab é is, es elRío Sagrado de la India."»Yo sabía una serie de cosas sobre el Ganges. A veces, mer-caderes de la India traían revistas ilustradas con fotografías. 63
  • No podíamos leer una sola palabra, en esas revistas; pero, las fotografías, las entendíamos muy bien. Ahora, delante mío, estaba el verdadero Ganges, inconfundible. Podía escuchar a los indios cantando, y luego supe el motivo. Tenían un cadáver tendido en una terraza al borde del agua y estaban rociando el cuerpo con el Agua Sagrada del Río Ganges, antes de conducirlo a la hoguera crematoria. »La ribera estaba atestada de gente; parecía imposible que hubiese tanta en todo el mundo, cuanto más en las orillas de un río. Unas mujeres se desnudaban de la forma más desvergonzada en los muelles; pero los varones hacían lo propio. Sentí calentarme a mí mismo ante el espectáculo. Pero luego me acordé de sus Templos, templos con terrazas, grutas y columnatas. Su vista me llenaba de asombro. Eso era real, ciertamente, y empecé a sentirme confuso. »Mi cautivador — porque aún me acuerdo era así —, enton- ces movió algo y se produjo una confusión en las imágenes. Observó por la ventana atentamente y la confusió, de imágenes, de pronto, se detuvo con una sacudida. "Berlín", dijo. »Bien, yo sabía que Berlín era una de tantas ciudades del mundo occidental; pero todo cuanto veía, no sabía exacta- mente cómo situarlo. Miraba y pensaba que tal vez era aquel punto de vista desde el cual lo miraba lo que deformaba todos los objetos de mi visión. Se veían edificios muy altos, notablemente uniformes en su forma y tamaño. Jamás, en mi vida, había visto tantos cristales; había ventanas encristaladas por todas partes hacia donde miraba. Y, después, en lo que parecía ser una calle de piso muy firme, había dos barras de metal instaladas en el suelo de dichas calles. Las barras eran brillantes, y su distancia recíproca, absolutamente la misma. No podía comprender de qué podía tratarse. »En una esquina, dentro de mi campo visual, avanzaron dos caballos, uno tras otro, y yo — apenas pienso que lo vayas a creer — vi que ambos tiraban de una cosa que parecía una caja de metal con ruedas. Los caballos caminaban entre las dos barras metálicas y la caja metálica se movía a lo largo64
  • de las mismas. Dicha caja tenía ventanas a todo su alrede-dor, y mirando dentro de la caja, vi a muchas personas queiban arrastradas en ella. Ante mi vista (casi diría «ante misojos», de tan acostumbrado que estaba a ver a través de lacámara) el artefacto que explico hizo un alto. Varias perso-n as se march aron de la caja y o tras su bieron. Vino un ho mb rey se fue ha cí a adel an t e, en f re nte d el p ri m er cab allo , y hu rg óel suelo con una vara de metal. Después subió en la caja yla puso en marcha. Ésta giró a la izquierda, que se apartabade la ruta que hasta entonces había seguido.»E1 espectáculo me sorprendió tanto, que no podía mirar otrascosas. No tenía tiempo para lo demás. Sólo la extraña cajade metal sobre ruedas, transportando personas. Pero, tanpronto como dirigí mi mirada por los lados de la calle, vique estaban llenos de gente. Los hombres vestían paños deuna solidez notable. En las piernas, llevaban unos adminículosqu e p arecían muy co rtos y dibu jaban los co ntornos d e las pan-torrillas. Y en la cabeza de cada uno de ellos se veía un ob-jeto en forma de tazón vuelto hacia abajo, con un estrechoborde a su alrededor. La cosa me divirtió bastante, porqueles daba un aire pintoresco. Mas entonces miré a las mu-jeres.»Nunca había visto cosa semejante en mi vida. Algunas deell as ib an c asi des tap ad as en la part e d e arrib a d e su cu erp o ;pero, en la inferior, las envolvía algo que se hubiera dichouna tienda de color negro. Parecían no tener piernas, ni sepodían divisar sus píes. Con una mano aguantaban un ladode este ropaje negro, por lo que parecía a fin de que su bor-de inferior no se arrastrase por el polvo.»Miré otras cosas. Edificios, algunos de una construcción muynotable. Por la calle — muy ancha — avanzaba una forma-ción de personas. Llevaban unos músicos en el primer pelo-tón d e a q u el la tro p a . So n ab a muy b r i ll an t e , y ll e g u é a p e n sa rsi los instrumentos serían de oro y de plata; pero cuandopasaron más cerca me di cuenta de que eran aleaciones decob re y algunos totalmente metálicos. Todos ellos eran alto s,con sus caras coloradas y ostentaban un uniforme marcial. 65
  • Me hizo estallar de risa el darme cuenta del paso que lleva- ban. Levantaban las rodillas, que les llegaban muy arriba, de forma que ambas piernas, alternativamente, formaban una línea horizontal. »Mi vigilante sonrióse y me dijo: "En realidad, es un paso muy extravagante; se llama paso de la oca y es el que em- plea el ejército alemán en determinadas ceremonias". El hombre movió de nuevo sus manos; de nuevo las cosas detrás de la ventana del aparato se enturbiaron y de nuevo, aquella niebla se detuvo y solidificó: "Rusia", dijo, "La Tierra de los Zares, Moscú". »Miré. El suelo estaba nevado; circulaban unos extraños ve- hículos como nunca los hubiera imaginado. Un caballo enjaezado y enganchado a una cosa que semejaba una ancha plataforma, con asientos fijos en ella. Dicha plataforma se elevaba algo sobre el suelo, sostenida por algo que parecían tiras de metal. El caballo arrastraba aquel raro objeto por el suelo y, según se iba moviendo, dejaba depresiones en la nieve. »Todo el mundo iba cubierto de pieles y su aliento parecía vapor helado procedente de sus narices y de su boca. Sus rostros se veían azulados, de tanto frío. Entonces miré en dirección a los edificios, pensando lo distintos que eran de los que acababa de ver. Eran grandes y raros, con unas grandes murallas que les rodeaban. Tras ellas se veían coronamientos en forma de bulbos, de forma de cebollas vueltas hacia abajo, con sus raíces proyectándose sobre el cielo. "El Palacio del zar", dijo mi carcelero. »El brillo de un cursa de agua atrajo mis ojos, y me hizo pensar en nuestro Río Alegre, que hacía tanto tiempo que yo no había visto. "Éste es el río de Moscú", me dijo el hombre. "Es, naturalmente, un río muy importante." Sobre su curso se movían extrañas embarcaciones de madera, pro- vistas de grandes velas, colgando de los palos. Hacía poco viento, así que dichas velas colgaban fláccidas, y los tripulantes, con otros palos que tenían unas palas en los extremos, los movían hundiéndolos en el río, y empujando así las embarcaciones.66
  • »"Pero, todo eso — dije a mi carcelero —, no veo a qué nosconduce. Es indudable, muy señor mío, que he visto maravi-llas; no dudo que son interesantes para muchas personas;pero, ¿qué entro yo en eso? ¿Qué estáis intentando demos-trarme?"»Un pensamiento súbito se me ocurrió en aquel momento.Algo me había pasado por la cabeza casi inconscientementedurante aquellas últimas horas, que ahora saltaba a mi con-ciencia con una claridad insistente. "¡Señor secuestrador!— exclamé — ¿Quién sois? ¿Sois, por ventura, Dios mis-mo?"»El hombre, me contempló más bien pensativo, como si yaestuviese harto de unas preguntas obviamente inesperadas.Se pasó la mano por las mejillas y el pelo, y se encogió deespaldas ligeramente. Entonces replicó: "Vos no queréis en-tender el caso. Hay cosas que no se entienden hasta que nose ha llegado a cierto nivel. Dejadme que os responda pormedio de una pregunta: Si estuvieseis en un convento delamas y una de vuestras obligaciones consistiese en cuidarde un rebaño de yaks, ¿quisiérais dialogar con un yak queos preguntase quién erais vos?"»Pensé unos momentos y le repliqué: "Bien, señor, nopuedo pensar que un yak me dirigiese tal pregunta; pero sime hiciese una que pudiese hacerme creer que se trataba deun yak dotado de inteligencia, tendría mis trabajos paraexplicarle quién soy yo. Me preguntáis, señor, qué haría yoante un yak que me hiciese tal pregunta y os respondo queyo trataría de contestarle tan bien como me fuese posible.En las condiciones que suponéis, que fuese un monje en-cargado de un grupo de yaks, los consideraría como mispropios hermanos y hermanas, aunque yo y ellos fuésemosde formas diferentes. Yo procuraría explicar a los yaks quelos monjes creemos en la reencarnación. Les diríaigualmente que todos venimos a este mudo para unasdeterminadas tareas y estudio de lecciones, con el fin deque en los Campos Celestiales podamos preparar nuestroviaje a siempre más altas regiones." 67
  • »"Bien hablado, monje, bien hablado", replicó el hombre. "Siento en mi alma que haya tenido que admitir esta lección. Sí; tenéis razón; me habéis sorprendido en gran manera, monje, por la percepción de que habéis dado pruebas y, debo confesarlo, por vuestra intransigencia, ya que habéis mostrado una mayor firmeza de la que hubiese tenido yo en circunstancias semejantes." »"Me siento más valiente, ahora", dije. "Vos habláis de mí como si perteneciese a las más bajas órdenes. Hace un momento, me habéis calificado de salvaje, incivil, sin cultura, no sabiendo nada de nada. Os habéis reído de mí cuando he admitido la verdad, que yo no sabía nada de las grandes ciudades del mundo. Pero, señor mío, he dicho la verdad y he admitido mi propia ignorancia. Busco salvarme de ella, y vos no me prestáis ayuda alguna. Vuelvo a preguntaros, señor: Me habéis capturado enteramente contra mi voluntad; os habéis permitido grandes libertades para mi cuerpo — que es el Templo de mi Alma —; os habéis dedicado a una serie de experiencias, aparentemente dedicadas a impresionarme. Podríais impresionarme todavía más, señor, si contestaseis a mi pregunta — porque yo sé aquello que me importa saber. Vuelvo a preguntaros —. ¿Quién sois, vos?" »Durante algún tiempo, permaneció quieto, demostrando encontrarse preocupado por la .respuesta. Entonces, dijo: "En vuestra terminología no existen palabras ni conceptos que hagan posible deciros mi situación. Antes de que un tema pueda ser discutido, se requiere un especial requisito: que por ambos lados se interpreten del mismo modo los mismos términos y que se pueda coincidir en determinados conceptos. De momento, permitidme deciros que yo soy uno que puede compararse con los lamas médicos de vuestro Chakpori. Tengo a mi cargo la responsabilidad de cuidar de la salud de vuestro cuerpo físico y prepararos de forma que podáis ser llenado de saber, cuando llegue a la conclusión de que ya os encontráis con las suficientes capacidades para recibir dicho conocimiento. Hasta que no estéis lleno de éste, toda discusión sobre quién soy yo, o quién dejo de ser, carece de todo sentido.68
  • Sólo os pido que aceptéis por ahora que todo cuanto noso-tros estamos haciendo es para el bien de los demás, y que,pese a que os encontréis muy en fadado ante lo que consideráislibertades que nos permitimos para con vos, cuando os ente-réis de nu estros fin es, cuando sepáis quiénes so mos y cuandoconozcáis quién vos y los vuestros son, cambiaréis de opi-n ión." D iciendo estas p alab ras, d escon ectó mi luz y le oí mar-ch arse de la habitación. De nuevo , me encontraba en la n egranoche de mi ceguera, sólo con mis pensamientos.» ¡ La n eg r a no che del ci eg o , e s b ien n eg ra , a la ve rd ad ! Cuan d oyo fui privado de mis ojos, por los dedos impuros de unchino, había sufrido una agonía y, a pesar de mis ojos arran-cados, había visto, o me había parecido ver, centellas bri-llantes, torbellinos d e luz sin figura ni fo rma. Todo eso habíasido durante unos días que siguieron a mi desgracia. Peroa h o r a me h ab í a n d i c h o q u e u n d is p o s i ti v o s e h abía co ne ct ad o ami nerv io óptico y podía, efectivamente, creerlo. El qu e mehabía apresado había cortado ahora mi luz; pero, en mí, unasuerte de posmemoria permanecía fijamente. Otra vez expe-rimentaba la peculiar sensación contradictoria de ceguera yh o r m i g u eo l u m i n o s o e n mi c a b e z a . P a r e c e q ue c ito d o s c o s a sco nt rad icto ri as ; pe ro er a lo q u e yo s en tí a , en t re mi cegu era y elcentelleo de un torbellino de chispas.»Durante un buen rato, estuve pensando en lo que se suce-día. El pensamiento que se me ocurrió era que tal vez estu-viese muerto o bien loco y que todas esas cosas no eran másque ficciones de una mente abandonando el mundo conscien-te. Mi formación sacerdotal vino a socorrerme. Empleé laan tig u a d is c ipl in a p a ra r eo r i en ta r mis p en s a mien to s . Detuvemi razón p a ra p er m it ir as í q u e e l Su p er -y o se i mp u si ese . Nose trataba de imaginaciones; era una cosa real; yo estabautilizado por Altos Poderes para Altos Designios. Mi terror ymi pánico desaparecieron. La compostura volvió a mi alma ypor algún tiempo resonó dentro de mi espíritu acompasadapo r el tic-tac de mi co razón . ¿Po día hab erme yo conducido deotra forma?, reflexioné. ¿Había obrado con la debida pru-dencia ante unos conceptos que, para mí, eran nuevos? El 69
  • Gran Treceavo, ¿habría obrado distintamente, en semejante situación. Mi conciencia era clara. Mi deber, sencillo. Debía continuar comportándome del mismo modo que lo hubiera hecho un buen sacerdote del Tíbet; así, todo marcharía por el buen camino. Me invadió la paz; una sensación de bienestar me arropó como una sábana de lana de yak, protegiéndome del frío. Insensiblemente caí en un sueño profundo y tranquilo. »El mundo cambiaba. Todo parecía ír subiendo y bajando. Una fuerte sensación de movimiento y un "clang" metálico, me despertaron bruscamente de aquel sueño profundo. Yo me movía, la mesa donde yo estaba tendido se movía asimismo. Percibí el ruido cristalino de los objetos a mi alrededor. Recordé que dichos objetos estaban unidos a la mesa. Ahora todos estaban en movimiento. Unas voces me rodeaban. Altas y bajas. Discutiendo acerca de mi persona, temí. Eran unas voces raras, distintas de cuanto había escuchado. La mesa donde me hallaba tendido se movía en un movimiento silencioso. Ni se deslizaba, ni rascaba el suelo. Solamente fluctuando. Algo por el estilo de lo que debe de experimentar una pluma cuando la arrastra el viento. En un momento dado, el movimiento de la mesa cambió de dirección. Era seguro que se me conducía a lo largo de un corredor. No tardamos en llegar a un amplio vestíbulo. Los ecos daban una resonancia distante, muy distante. Se produjo un más bien débil arrastre, y mi mesa reposó con un ruido que mi experiencia me dictó ser el de un suelo "rocoso"; mas, ¿cómo podía ser así? ¿Cómo, podía hallarme, súbitamente, dentro de lo que mis sentidos decían que era una cueva? Mi curiosidad pronto se calmó, ¿o bien, estaba más aguzada? Nunca estuve cierto de ello. »Percibía un parloteo continuo a mi alrededor, siempre en un lenguaje para mí desconocido. Con el ruido de mi mesa de metal al tocar al suelo, una mano tocó mi espalda y la voz de mi capturador profirió: "Vamos, ahora, a devolveros la vista; ya habéis reposado lo suficiente." Escuché un chasquido y un "clic." Unos colores danzaban a mi alrededor, res-70
  • p l a n d e c í a n l u c e s , s e h a c í a n me n o s i n t e n s a s y s e d e t e n í a n e nun as formas. No formas qu e yo comprend iese, que me d ijesenalgo. Yo me hallaba tendido allí, preguntándome de qué setrataba tod o aquello. Se p rodu jo, entonces, un silencio expec-t a n t e . P o d í a sentir q u e u n a s p e r s o n a s e s t a b a n a l l í , m i r á n d o -me. En to nc es l leg ó a mis o íd o s u n a s e c a , a g u d a , c a s i l a d r ad apregunta: los pasos de mi carcelero se acercaron de prisa. "¿Nopodéis ver nada?", me preguntaba.» "V eo u n as es t ruc tu ras cu rios as", l e rep liqu é. " Pa r a mí, c a re-cen d e sig n ifi cado . Son lín e as fluc tu an tes , colo res fug ac es yl u c e s c e n t e l l e a n t e s . E s o e s l o q u e d i v i s o . " El h o m b r e m u s i t óalgo y se alejó a toda prisa. Se produjo un diálogo y elruido metálico de varios objetos a la vez. Todo danzaba conun loco delirio de raras formaciones. De pronto se paró, yyo vi.» Allí estab a u na v asta cav erna, alta como u nos trein ta metros otal vez más. Su longitud y su anchura se escapaban a miscálculos porque se desvanecían fuera del alcance d e mi vista.Aquel sitio era de vastas dimensiones y contenía algo ques ó l o p u e d o c o mp a r a r a u n a n f i t e a t r o , e n c u y o s a s i e n t o s e s t a -ban instalados profusamente — ¿cómo voy a llamarles? —unas criaturas que sólo podían venir de un catálogo de dio-ses y d emon ios. Mas, po r extraño s qu e aquellos seres fuesen,un objeto, aún más raro, un objeto más raro todavía, estabas u s p e n d i d o e n e l c e n t r o d e l a c a v e r n a . E r a u n g l o b o q u e l ue goreconocí como el de la Tierra, suspendido ante mí, rodandolen t amen te mi ent ras qu e una lu z l ej ana lo ilu min aba co mo laluz del Sol alumbra la Tierra.» Ah ora rein ab a u n p ro fun do silen cio . Aq u ell as ex t rañ as cr ia -turas, todas me miraban a mí. Yo también les miraba aellos , s i b ien me sen tía p eq ueño , in sign i f i cant e , ant e aq u ell apoderosa asamblea. Allí estaban hombres y mujeres pequeños,que parecían perfectos en todos sus detalles y de una seme-janza divina. Irradiando una aura de pureza y de paz. Otros,también parecidos a los seres humanos, si bien dotados decu riosa s e in cr eíb l es cab e zas de p ája ro s , do t ado s de es camas oplumas (no me era posible distinguir bien). Sus manos, aun 71
  • de forma humana, terminaban en asombrosas escamas y ga- rras. También se veían gigantes. Criatu ras inmensas, que des- collaban cual estatuas y proyectaban su sombra por encima de sus diminutos co mp añ eros . Eran, todos ellos, innegablemente humanos, si bien de un tamaño que sobrepasaba toda com- prensión. Hombres y mujeres, machos y hembras. Y otros que eran ambas cosas, o ninguna de las dos. Todo aquel mundo me miraba y yo padecía bajo la mirada de aquéllos. » A un l ado, es tab a sen tad a u n a c ri atu ra se mejan te a un dios, d e s e v e r o s e m b l a n t e y m a j e s t u o s a a c t i t u d . En t r e b r i l l a n t e s y vivos colores, estaba sentada, calmosamente regia como un dios en su cielo. Entonces habló, otra vez en su id ioma desco- nocido. Mi capturador, rápidamente fue hacia mi persona y se inclinó hacia mí, diciéndome: "Tengo que meterte en los oídos estas cosas — me dijo —, y entonces comprenderás todas las palabras que aquí se digan. No temas". Tomó entre sus dedos el borde superior de mi oído derecho y lo levantó con u n a man o . C o n la o t ra i n t r o d u j o a lg o e n e l o r i f ici o d e l o íd o . Dio la vuelta a un botón situado en una cajita que estaba al lado de mi cuello y percibí unos ruidos. Entonces me gra- duó el aparato de forma que yo pud iese comp render la lengua que hasta entonces me había sido ininteligible. No tuve tiempo para admirarme de esta maravilla, ya que me veía obli- gado a escuchar las voces que se producían a mi alrededor; voces que, ahora, comprendía. »Comprendía las voces, eso sí; pero la magnitud de los con- ceptos iba más allá de mi imaginación limitada. Era yo un p obre sa c er d o t e d e l o q u e m e h ab í a s i d o d e s c r i t o c o mo " p aís de salvajes", y mi comprensión no alcanzaba a entender el sig ni fi cad o d e tod o aq uel lo q ue ah o ra e scu chab a y qu e hab ía imaginado que sería inteligible. Mi capturador observó que me hallaba rodeado de obstáculos y se precipitó hacia mí. "¿Qué te pasa?", murmuró a mi oído. » "No estoy lo b astante edu cado para entender el sentido de lo que dicen. No puedo comprender tan elevados pensamientos; únicamente capto las palabras", le murmuré a su oído, a mi vez.72
  • »Con expresión más que preocupada en el rostro, él se dirigió aun alto oficial — vestido de colo res brillantes —, el cual estabaal lado de l Má s Gr ande . Se entab ló un a con v ers ación en v o zb a j a ; e n t o n c e s a m b o s v i n i e r o n l e n t a m e n t e e n m i d i r e c ción.»Intenté seguir aquel diálogo que se refería a mi persona,mas no logré mi intento. Mi capturador se inclinó hacia mí ymurmuró: "Explicad al ayudante vuestras dificultades."»"¿Ayudante?" le repuse: "No entiendo qué significa esap alab r a. " Nu n c a en m i v ida m e h abí a s ent id o t an d esp l az ado ,tan ig no ran te y f rus tr ado . Nu n ca has ta en ton c e s me hab ía en -contrado a mí mismo más fuera de mi centro. El ayudante,son rió mirándome y dijo: "Comp rendéis lo que ahora o s estoydiciendo?"»"Perfectamente, señor — le repliqué —, pero estoy en la máscompleta ignorancia del contenido de las palabras del Gran-d e. No p u ed o comprender el tema; lo s conceptos me so bre -pasan." Asintió con la cabeza, y dijo: "Hay que echar laculpa a nuestro traductor automático. No tiene importanciaalguna; el Cirujano General, que suponemos que os referís aél cuando habláis de vuestro capturador, tratará de esteasunto y os preparará para la próxima sesión. Es un detallede una importancia minúscula; voy a explicarlo al Almi-rante".» Salud ó amis t o samen te con u na inc lin ació n d e cab eza y mar-chó a largos pasos hacia el Grande. ¿Almirante? ¿Qué debíaser?, me pregunté. ¿Qué era un Ayudante? Dichos términos,para mí, carecían de todo sentido. Me dispuse a esperar losacontecimientos. Aquel a quien llamaban el Ayudante, llegó11 Grande y le. habló tranquilamente. Ambos parecían cal-mosos, tranquilos. El Grande asintió con la cabeza y enton-ces el Ayudante hizo señas al que llamaban Cirujano Gene-ral, o sea, a mi capturador. Éste se le acercó y entre losdos se entabló una animada discusión. Finalmente, aquelde quien yo era prisionero puso su mano derecha sobre suc a b e z a c o n u n o s g e s t o s e x t r a ñ o s q u e o b s e r v é , s e v o l v i ó h a ciamí, y se me acercó súbitamente; haciendo gestos, por lo 73
  • que parecía, a una persona que se hallaba totalmente fuera de mi cuerpo visual. »La conversación continuó. No se había producido interrupción alguna. Un hombre cuadrado estaba allí de pie y tuve la impresión que se discutía de algo sobre aprovisionamientos. Una extraña mujer saltó sobre sus pies e hizo, al parecer, una respuesta. Aparentemente, se trataba de una enérgica protesta por algo que aquel hombre había dicho. Entonces, con el rostro encendido — ¿de rabia? —, la mujer se sentó bruscamente. El hombre continuó imperturbable. Mi raptor se llegó hacia a mí, musitando: "Me habéis fastidiado; yo dije que erais un salvaje ignorante". Contrariado, arrancó los objetos que yo llevaba en los oídos. Con un gesto de su mano, instantáneamente me volvió a privar de luz. »Entonces experimenté la sensación de que la mesa sobre la cual yo me hallaba se movía abandonando la gran cueva. Sin ningún cuidado mi mesa y todo el equipo fue empujado a lo largo de un corredor; luego se produjeron diversos sonidos metálicos, un súbito cambio de dirección y la desagradable sensación de una caída. Con un estruendo metálico, mi mesa chocó contra el suelo y sospeché que de nuevo me encontraba en la habitación metálica, de donde yo había salido. Voces bruscas, susurro de ropas y ruido de pies que se arrastraban. Escuché deslizarse las puertas metálicas, y otra vez me encontraba solo, con mis pensamientos. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué era el Almirante? ¿Qué, el ayudante? ¿Por qué mi apresador se llamaba el Cirujano General? ¿Qué puesto ocupaba? El conjunto de todas esas palabras era cosa, para mí, remota. Estaba tendido con las mejillas ardientes, sufriendo un calor insoportable. Me molestaba lo indecible el hecho de que hubiese comprendido tan pocas cosas. Definitivamente, absolutamente, me había comportado como un salvaje igno- rante. Habrían experimentado hacia mí lo propio que yo habría sentido con respecto a un yak que yo hubiera tomado por una persona consciente y me hubiera dirigido a él sin resultado alguno. Me entraron unos grandes sudores, considerando hasta qué punto yo había deshonrado mi casta sacer-74
  • dotal por mi total incapacidad para entender nada. ¡Mesentí horriblemente mal!»Allí yacía yo, presa de mi desgracia, de mis más negros einnobles pensamientos; lleno del más negro temor de quefuésemos todos nosotros unos salvajes, en relación conaquellas gentes desconocidas. Yacía allí, ¡y sudaba!»La puerta crujió abriéndose, y riendo y charlando alguienentró en la habitación. Eran aquellas nefandas mujeres otravez. Con mucho brío, me arrancaron mi sábana y otra vezme quedé en cueros como un recién nacido. Sinceremonias, me dieron vueltas a lo largo, me untaron dealgo pegajoso. Me dieron otra vuelta violenta hacia el otrolado. Luego se produjo un gran tirón cuando el borde de lasábana fue empujado bajo mi persona. Por un momento,creí que me tiraban fuera de la mesa. Manos de mujer meagarraron y con ahínco me frotaron con ásperas y fuertessoluciones. Fui objeto de un fuerte masaje con algo quepodía ser añejo vino blanco. Las partes más íntimas de micuerpo fueron hurgadas y pinchadas; extraños artefactosfueron introducidos en ellas.»Pasaba el tiempo lentamente. Yo me sentía asqueado másallá de lo que podía resistir; pero no podía hacer nada. Seme había inmovilizado precisamente para evitar esa contin-gencia. Pero, entonces empezó un asalto de tal naturaleza,que al principio temí que yo no fuese objeto de torturas.Aquellas mujeres tiraban de mis brazos y mis piernas y losretorcían y doblegaban en todos los ángulos posibles.Manos ásperas se hundían en mis músculos y me losamasaban como si fuese una cochura. Golpes dados con losnudillos de los dedos marcaban depresiones en mis órganosy me cortaban el aliento. Mis piernas fueron abiertasampliamente y aquellas mujeres eternamente charlatanasme pasaron unas largas mangas por mis pies, a lo largo demis piernas y hasta cerca de mis caderas. Me levantaronpor la nuca, de manera que me sostenía derecho de lacintura para arriba. Entonces me pusieron una suerte devestidura que me cubría la parte superior del cuerpo y seataba sobre mi pecho y mi abdomen. 75
  • »Una espuma extraña y maloliente se dejó sentir sobre mi cuero cabelludo; después, al instante, un rumor vibrante se dejó escuchar. La causa de aquel ruido me impresionó y me h izo rech in ar de dient es , los poco s q ue me q uedaron d e s pu és qu e los chinos me los h abían ro to casi todos. Era la sensación de que me estaban trasquilando y me recordaba a lo que se percibe cuando trasquilan a los yaks para aprovechar sus la- nas. Un áspero fregoteo, tan áspero que sin duda lastimaba mi piel, me fue administrado, y otra sensación brumosa, des- cendiendo sobre mi cabeza indefensa. »La puerta se deslizó de nuevo y me llegó un sonido de vo- ces masculinas. Reconocí una de ellas: la de mi carcelero. este se me acercó, diciéndome: "Vamos a abrir vuestro crá- n eo ; no h ay qu e p reocup arse p o r ello . Ahora pon d remos unos electrodos, directamente en vuestra..." Las palabras, para mí, carecían de todo sentido, ya que no estaba en mi poder decidir nada de nada. »Unos raros olores invadieron el aire. Las parlanchinas mu- jeres permanecían en silencio. Cesó toda conversación. Se percibía el ruido del metal dando contra el metal. Sobrevino un borbo tear de fluidos y experimen té un a súbita y aguda pun- zada en la parte superior de mi brazo izquierdo. Violenta- mente, me agarraron de la nariz y algún extraño artefacto de f o r m a t u b u l a r f u e e m p u ja d o a r r i b a p o r l o s a g u j e r o s d e l a n a r i z y lue go de n t ro d e mi g azn ate . Alr ed ed o r d e mi c rá ne o noté u n a s u c e s i ó n d e p e l l i z c o s a g u d o s q u e i n st a n t á n e a m e n t e m e provocaron un amodorramiento. Se produjo entonces como un lamento muy agudo y una horrenda máquina tocó mi cráneo y se arrastró a su alrededor. Era que me aserraban la cima de mi cráneo. Aquella pulsación, con su rechinar terrible, p e n e t r a b a e n t o d o s l o s á t o m o s d e m i s e r ; t e n í a l a s e n s a ción d e qu e todo s los hu esos de mi cuerpo entero vib raban en protesta. Al final — como podía sentirlo muy bien — la cúpula superior de mi cabeza había sido cortada en redondo, con la excepción de una pequeña mota de carne, que hacía de char- nela a mi cerebro. Yo, en aquel momento, me sentía aterro- rizado. Una extraña forma de terror; porque aunque estuvie-76
  • se aterrorizado, me s e n tía d e t e r m i n a d o a n o h a c e r la me n o rqueja, aunque tuviese que morirme.»Indescriptibles sensaciones me asaltaban. Sin ningún motivoaparente, mi boca lanzó un "¡Ah!", interminable. De pronto,mis dedos se crisparon con violencia. Un cosquilleo, en misnarices, me obligó a estornudar, aunque no pude estornudar,en efecto. Pero lo que siguió inmediatamente fue peor. Depronto, vi que tenía enfrente, y de pie, a mi abuelo materno.Iba vestid o como un oficial del gobierno. Me hablaba con unaamable sonrisa en el rostro. Mi ré hacia él, entonces me sob re-cogió un pensamiento: no le miraba. Yo no ten ía o jos. ¿Qu émagia era aquella? A mi primera exclamación, cuando la fi-gura de mi abuelo se desvanecía, mi carcelero se me acercó,preguntándome: "¿Qué os pasa?" Yo, le respondí: "¡Oh, noes nada!". Entonces, él me dijo: "Estamos meramente estimu-lan d o ci e rto s c en t ros d el c e re b ro p a ra q u e p o d áis co mp ren d ermás fácilmente. Estamos ciertos de vuestra capacidad; perohabéis sido víctima de la pereza y del estupor de la supers-tición, que no permiten una apertura suficiente de vues-tra comprensión. Ahora estamos remediando vuestra defi-ciencia."»Una mujer introdujo las pequeñas piezas en mis oídos, ypor la rudeza de sus manos habría podido hincar tachuelase n e l p i s o m á s f i r m e . E s c u c h é u n " c l i c " y p u e d e c o mp r e n d e rel lenguaje supraterrenal. Pude también entender lo que es-cuchaba. Palabras como "cortex", "médula oblonga", "psico-so mát ico ", y o tr as me eran con ocida s, en s 5 mis m as y en su srelaciones con otros términos. Mi índice básico de inteligenciahabía ascendido — y sabía todos aquellos significados —. Perolo que estaba pasando era para mí una verdadera prueba.Era extenuante. El tiempo parecía haberse detenido. Me pa-recía que, a mí alrededor, se producía un tránsito inacabablede personas. El parloteo, no acababa nunca. Todo resultabaagotador. Yo, anhelaba salir de este paso, lejos de los ra-ros olores; lejos de un lugar donde se me había cortado lacúspide de mi cráneo, como la corona de un huevo duro her-vido. No porque yo hubiese visto jamás huevos hervidos y 77
  • duros en mi vida, que esto era destinado a los mercaderes ygente de dinero, y no a pobres sacerdotes viviendo sólo detsampa.»De vez en cuando, personas que estaban a mi alrededor medirigían observaciones y preguntas: ¿Cómo me sentía? ¿Medolía la operación? ¿Pensaba antes, veía alguna cosa? ¿Quécolor imaginaba que iba a ver? Mi carcelero, estabacontinuamente a mi lado y me explicó que, habiendo sidoestimulados algunos centros cerebrales durante el curso deltratamiento, podría experimentar sensaciones que measustasen. ¿Asustarme, a mí? No había dejado de sentirmiedo durante el tratamiento entero, le contesté. Él, se rióante esta mi respuesta, y me dijo, de paso, que, de resultasdel tratamiento que entonces yo experimentaba, tendría quevivir toda mi vida como solitario, debido a las percepcionessuprasensibles que yo sentiría. Nadie viviría conmigo, medijo, hasta que al fin de mi existencia un joven llegaría aquien yo comunicaría todos mis conocimientos y, másadelante, los expondría ante un mundo descreído.»Por fin, después de lo que me pareció una eternidad, lacúspide de mi cráneo fue devuelta a su sitio. Unos extrañosganchos sirvieron para juntar las dos mitades. Alrededor demi cabeza, arrollaron con varias vueltas una venda de tela.D e s pués, todo el mundo se fue, excepto una mujer que se s e n t ó a m icabecera; por el ruido de papel se podía comprender queleía, desatendiendo su deber. Después llegó a mis oídos elruido de un libro que se caía y los ronquidos acompasadosde la mujer. ¡Yo, entonces, decidí también dormirme!»
  • Capítulo quintoDe pronto, el viejo ermitaño cesó de hablar y aplicó ambasmanos, con los dedos extendidos, sobre el suelo arenosoque se hallaba a su lado. Ligeramente, esos dedos sensiblestomaron contacto con el suelo. Él se concentró un momentoy, después, dijo: «A no tardar, recibiremos una visita». Eljoven monje, con los ojos mirando al anciano, le formulóuna pregunta muda. ¿Un visitante? ¿Cuál podía llegar hastaallí? ¿Cómo el anciano podía estar tan seguro? Nada sehabía oído, ningún cambio en las voces de la naturalezafuera de la cueva. Porque tal vez diez minutos estuvieronambos sentados y tiesos, expectantes.Súbitamente, el óvalo iluminado que daba entrada a lacueva se ennegreció progresivamente. «¿Estáis aquí,ermitaño?», chilló una voz aguda. «¡Vaya! ¿Por qué losermitaños tienen que vivir en tan oscuras y alejadassoledades?» Dentro de la cueva, se presentó un monje,bajito y grueso que llevaba un saco sobre sus espaldas. «Oshe traído un poco de té y cebada», dijo. «Era para eleremitorio de las lejanías; pero ellos, ya ellos seencontraban abastecidos; y yo no quiero regresar con lacarga.» Con gesto de satisfacción, se quitó el saco de laespalda y lo dejó caer al suelo. Luego, como un hombrecansado, se dejó caer sentado, al suelo, con la espaldacontra la pared. ¡Vaya desaliñado!, pensó el joven monje;¿por qué no se sienta correctamente, como es debido? Mas,en el acto, halló la respuesta: el otro monje estabaimposibilitado, por su gordura, de sentarse cruzando laspiernas de ningún modo.El viejo ermitaño le habló amablemente: «¡Muy bien! ¿Quénoticias nos traes? ¿Qué pasa por el mundo?». El monjemensajero, quejándose y jadeando, le respondió: «Quisieraque me dieses alguna medicina para curar esta gordura mía.En Chakpori, me dijeron que tengo perturbacionesglandulares; pero no me dieron nada para que pudiese 79
  • ojos, ahora adaptados a la profunda oscuridad de la cueva — después de haber v enido de un a b rillante lu z solar — mira- ron a su alrededor. «¡Ah! Veo que tenéis aquí el Joven Monje — exclamó —, ¿Cómo se porta? ¿Es tan brillante como dicen?» S in a g u ar d a r r e s p u e s ta , c o n ti n u ó d ic i e n d o : « U n a c aí d a d e ro - cas, hace unos días. El ermitaño de la ermita más lejana fue atrapado por una roca y cayó al precipicio. Ha sido pasto d e los buitres». S e d estern illab a de risa ante la id ea. « El so li- t a r i o d e l a c u e v a , e n t o n c e s s e mu r i ó d e s e d . S ó l o h a b í a d o s . E l e r m i t a ñ o e n p r o p i e d a d y é l , q u e s e e m p a r e d ó . S i n a g u a , no hay vida. ¿No es así?» El joven monje permanecía silencioso, pensando en los ere- mitas solitarios. Hombres raros que han sentido una «llama- da» que les conduce a retirarse de todo y cualquier contacto con el mundo del Hombre. Acompañado por un monje vo- luntario, el tal «solitario» caminaría por los flancos de la montaña hasta encontrar una ermita abandonada. Allí, el «solitario» penetraría en un a habitación interior sin ventanas. Su guardián voluntario levantaría una pared, de manera que el eremita jamás pudiese abandonar su habitación. En el mur o había sólo una abertura suficiente para que pasase un cuenco. A través de ésta, cada dos días, se le pasaría al solitario un cuenco de agua de una fuente vecina, en la mon- taña, y un puñado de grano. Ni una franja de luz entraría en l a estancia del eremita durante el resto de su vida. Nunca jamás h ablaría con nadie, ni nadie le hab laría a él. Allí, tanto como viviese, estaría en contemplación, liberando el cuerpo astral del físico y viajando lejos, en los planos astrales. Ninguna enfermedad ni cambio de decisión alguna le asegu- raría su liberación. Fuera de la habitación sellada, el ermitaño podía vivir y tener su propia existencia, procurando siempre que ningún mundanal ruido llegara hasta el solitario empa- red ado . M as , e n el caso d e q ue el co mp añe r o enfe rmas e o mu - riese, o se despeñase por la montaña, entonces el eremita forzosamente tenía que morir, generalmente de sed. En su pequeña estancia, sin calefacción alguna por crudo que fuese80
  • el tiempo, el eremita tenía su habitación. Un cuenco deagua para dos días. Agua fría, jamás calentada, nada de té,tan sólo el agua glacial que sale de las heladas faldas de lamontaña. Nada de comida caliente. Un puñado de cebadapara dos días. Al principio, los tormentos del hambredebían ser tremendos, cuando el estómago se contraía. Lastorturas de la sed serían aún peores. El cuerpo sedeshidrataría, volviéndose quebradizo. Los músculos seentumecerían y desaparecerían, atacados por la falta demanjar, de agua y de ejercicio. Las funciones normales delcuerpo casi cesarían, a medida que se tomasen menos aguay comida. Pero el eremita jamás abandonaría su estancia.Todo cuanto debiese ser hecho, todo cuanto la Naturaleza leobligase a cumplir, tenía que suceder en un rincón de lahabitación donde el tiempo y el frío redujesen sus despojosa glaciales cenizas.Primero desaparecería el sentido de la vista. De momento seproducirían inútiles esfuerzos contra la oscuridad. La ima-ginación, en sus fases iniciales, proporcionaría algunasclaridades; casi auténticas y luminosos «escenas». Laspupilas se dilatarían progresivamente y, al propio tiempo,los músculos de los ojos relajándose, de modo que si unaavalancha destruyese el techo de la ermita, la luz del solabrasaría la vista del ermitaño lo mismo que si laconsumiese un rayo.El oído se volvería sutil, por encima de lo normal. Sonesimaginarios torturarían al eremita. Escucharía fragmentosde conversaciones, que parecerían traídas por el aire ydesvanecidas tan pronto como el solitario se aprestara aescucharlas. La compensación llegaría a no tardar. Sentiríacualquier ruido a su lado, enfrente, a sus espaldas.Escucharía su acercarse a una pared. La más ligeraalteración del aire, al levantar un brazo, resonaría en suinterior como un vendaval. No tardaría mucho en percibirlos latidos de su corazón, como una máquina potente,latiendo incansable. Después sería el rumor de los fluidosdentro del cuerpo, la exhalación de los órganos secretoresy, cuando sus sentidos alcanzasen aún una mayor agudez, eltenue resbalar de un tejido muscular contra otro. 81
  • La mente jugaría raras tretas al cuerpo. Imágenes lascivas atormentarían las glándulas. Los muros de la habitación a o scuras, p arecerían aplastarle; el eremita tend ría la imp resión d e ve rs e t ri tu r ado . L a resp iración se h a rí a af anos a, a med id a q ue e l ai re se hici es e más co rro m pido . Só lo cad a d os d í as , la piedra que tapaba la pequeña abertura de la pared se vería apartada para que pudiese pasar a su través el cuenco de agua, el puñado de cebada y una bocanada de aire vital con ellos. Después, se volvería a cerrar la abertura. Cuando el cuerpo se vea dominado y todas sus sensaciones sujetadas, el cuerpo astral flotará libre como el humo saliendo d e una hog uera. El cuerpo material yacerá en posición supina sobre el suelo y únicamente el Cordón de Plata unirá a los d os. A t r av és de las p ar ed e s de ro ca, el ast ral p as ar á . Po r lo s desfiladeros llenos de precipicios viajará, saboreando las sa- tisfaccion es del sentirse lib re de las cad en as carnales. Se d es- lizará hasta los conventos de lamas y los lamas dotados de tel ep a tí a y de clariv id en ci a co nv ers a rán con el eremit a. Ni la noche ni el día; ní el calor o el frío, le pueden ser estorbo; ni las más robustas puertas causarle el menor obstáculo. Las salas de los consejos, en el mundo entero, se le abrirán y n o habr á vis ta n i exp e ri en cia qu e al vi aj ero as t ra l p ued an ser vedadas. El joven mo nje ib a pen sando todas es as co sas , y lu ego p ensó en aquel eremita, yaciendo muerto muy lejos de allí, más arriba de la montaña. El monje gordo no paraba de charlar: «Ahora, tengo que romper la pared y sacar al muerto. Iré a la ermita y llamaré, antes, por el agujero de la pared. ¡Uf! ¡qué peste! Está muerto del todo. No lo podemos dejar arriba. Iré a Drepung, por ayuda. Bueno, los buitres van a estar contentos cuando echemos fuera al muerto. Le gusta mucho su carne y est án ap os ent ad os ce rc a d e l a e r mi ta g ra zn an d o y a por él. ¡Ay de mí!, tengo que montar en mi viejo caballo y deshacer camino; no tengo el tipo para esos viajes por la montaña». El grueso monje, movió vagamente una mano en el aire y se encaminó hacia la entrada de la cueva. El joven, se levantó82
  • laboriosamente por haberse lastimado una pierna, lo que leh izo mur mu r ar alg un as p al ab ras po r lo ba j o. Con cu rio s i dad,siguió la marcha del obeso monje, cuando salió de la cueva.Un caballo estaba paciendo a sus anchas por la enrarecidavegetac ión. El monj e go rdo , con paso v a cil a nte, s e l e ace rcó ymontó encima fatigosamente. Poco a poco, el monje y lacabalg adura se d irigieron hacia el lago , donde les aguardabanotras personas y sus monturas. El joven monje permanecióallí hasta que se perdieron todos de vista. Suspirando angus-tiosa mente , s e v olvió p ara mi ra r las altas p e ñas q u e s e lev an-taban al cielo. Lejos, los muros de la Ermita de Más Lejosresplandecían en blanco y verde a la luz del sol.Por un año entero, un eremita y su auxiliar habían trabajadocon ah ínco para construir la ermita con las piedras esp arcidas asu al red ed o r. T ran spo rt ánd ol as a l s itio in dicado , ajus tan dop i e d r a s o b r e p i e d r a , y c o n s t r u y e n d o u n a h ab i t a c i ó n i n t e r i o r ,donde no pudiese penetrar la luz ni en el último rincón.Durante un año trabajaron hasta que la estructura básica lessatisfizo. Luego vino el trabajo de fabricar una pared conaqu ellas piedras y blanquearla hasta hacerla resplandeciente.Después fue cuestión de pintar las paredes que se proyecta-ban sobre los abismos. Para ello se había triturado previa-mente el ocre y disuelto el color en agua de una fuente pró-xima. La decoración tendría que ser un monumento a lapiedad humana. Durante todo este tiempo, tanto el eremitacomo su ayudante no cambiarían entre los dos ni una solapalabra. Habría llegado el día en que la ermita estaba acabada yconsagrada. El eremita, había mirado a los lejos, al llano deLhasa, por vez postrera. El mundo del Hombre. Habíagirado lentamente para entrar en la ermita y caer muerto alos pies de su ayudante.A través de los años, muchos habían sido ermitaños de aquellaermita. Habían vivido emparedado s, en la habitación interior,de muros de piedra. Habían alimentado a los buitres, siem-pre dispuestos a devorar. Ahora, otro había sucumbido. Desed . Sin esp e ran z as. Un a v e z desap a re cid o su ayu dan te, d esa-parecía todo auxilio, el agua vital. No había más solución que 83
  • t e n d e r s e y m o r i r . E l j o v e n mo n j e l a n z ó u n a m i r a d a , a b a r c a n d o la ermita y el precipicio. Brillantes prados al flanco de la montaña. Un rasguño se abría, derecho, a través de los líquenes y surcaba las rocas. Más abajo, en el flanco de la montaña, se veía un montón de rocas recién derrumbadas. Debajo de las rocas yacía un cuerpo. Preocupado, el joven entró en la cueva, cogió el recipiente y se encaminó al lago, a por agua. Después de haber limpiado el recipiente lo llenó de agua y se preparó a proseguir su tarea. Miró a su alrededor y frunció las cejas con desánimo. No se veía por ninguna parte troncos o ramas caídos. Tenía que ir h a s t a m á s l e j o s , e n b u s c a d e c o mb u s t i b l e . B u s c ó , e n t o n c e s , entre los matorrales. Pequeñas alimañas se detuvieron, en su inacabable búsqueda de comida, y se levantaron sobre las patas traseras, mirando llenas de curiosidad al invasor de sus d o m i n i o s . A q u í n o e x i s t í a e l m i e d o ; l o s a n i ma l e s n o t e m í a n a l H o m b r e , p o r q u e e l H o m b r e v i v í a e n p a z y a r mo n í a c o n l o s animales. Finalmente, el joven monje llegó hasta un sitio donde se en- contraba un pequeño árbol caído. Después de haber desgajado l a s m a y o r e s r a ma s q u e l e p e r m i t i e r a s u v i g o r j u v e n i l , v o l v i ó atrás y, una por una, las fue arrastrando hasta la boca de la cueva. Con el contenido del recipiente preparó el té con t s a m p a e n p o c o s m o m e n t o s . El v i e j o e r e m i t a s o r b í a s a t i s f e c h o aquel té caliente. El joven monje se sentía fascinado viendo cómo el viejo tomaba el té. En el Tíbet, toda la vajilla se m a n e j a c o n a m b a s m a n o s , e n s eñ a l d e r e s p e t o p o r e l m a n j a r q u e n o s a l i m e n t a . El v i e j o e r m i t a ñ o , a t r a v é s d e u n a la r g a práctica, cogía el cuenco con ambas manos, de forma que un dedo de cada una se aplicase al borde interior de la vasija. A s í n o s e a r r i e s g a b a a r e mo j a r s e , y a q u e u n o d e l o s d e d o s , humedeciéndose, le advertiría. Ahora, estaba sentado y sa- tisfecho, apreciando en gran manera el té caliente, después de enteras décadas de agua fría. «Es extraño — observó — que, después de más de setenta años de la más rigurosa austeridad, ahora me apetezca el té caliente. También me gusta el calor confortante que nos causa el84
  • fuego. ¿Os habéis dado cuenta de cómo calienta el aire denuestra cueva?»El jo v en mon j e le mi ró , l len o de co mp asió n. «¿Nun ca h a b éissalido de aquí, Venerable?», le preguntó.«No, nunca — replicó el eremita —. Aquí conozco todas y cadauna de las piedras. Dentro de aquí, la carencia de vista casino me representa una incomodidad; pero fuera hay piedrasresb al ad i zas y precip icio s, ¡es o tr a c o s a ! Pod rí a c a m in a r p o r l aribera y caerme al lago; podría abandonar esta cueva yperder el camino de regreso.»«¡Venerable! — dijo el joven monje, algo incrédulo —. ¿Cómopudiste hallar esa tan remota, casi inaccesible cueva? ¿Fue unazar?»«No; no fue así — replicó el anciano —. Cuando los Hombresd e l O t r o M u n d o a c a b a r o n s u s t a r e a s p a r a c o n mi g o , m e d e p o -sitaron aquí. ¡Hicieron esta cueva expresamente para mí!» Di-ciend o es tas p alab r as , s e a rrell anó en su as ien to co n un a so n-risa de satisfacción, conociendo muy bien el efecto producidosobre su interlocutor. El joven monje casi se cayó de espal-das, por la sorpresa. «Fabricada para vos — exclamó con vehe-m e n c i a — . Pe r o ¿ c ó mo p u d i e ro n l a b r a r u n a g u j e ro s e me j a n t een la montaña?»El viejo se sonrió, complacido. «Dos hombres me llevaronaq uí — dijo —; me t raje ro n so bre u na pl atafo r ma qu e v o lab apor los aires, cual los pájaros. No hacía el menor ruido, menosque los pájaros, porque crujen; puedo escuchar sus alas cuandoazotan el aire, y sus plu mas cu ando entre ellas pasa el viento.E l objeto s o b r e e l c u a l l l e g u é a q u í e r a s i l e n c i o s o c o m o u n asombra. Se alzó por los aires sin esfuerzo alguno; no sepercibía ningún arrastre, ni sensación de velocidad alguna.Los dos hombres lo hicieron apear ahí mismo.» «Pero, ¿porqué precisamente aquí, Venerable Padre?», preguntó el jo-ven monje.« ¿Po r qu é? — respondió al anciano —. Pensad en las ventajasde este emplazamiento. Está entre cien y doscientos metros delcamino de los mercaderes, y éstos para hacerme consultas ybuscar mis bendiciones me pagan con provisiones de cebada. 85
  • Está cerca de unos senderos que conducen a dos conventos de lamas y siete ermitas. No me puedo morir de hambre, aquí. Me dan noticias. Los lamas me visitan; conocen mi misión. Y también la vuestra.» «Pero, Señor — insistió el joven monje —, sin duda causó una gran i mp r esión , cuand o lo s ca min ant es des cu b ri ero n u n a p ro - funda cueva donde anteriormente no había ninguna.» «Joven — replicó el eremita —; habéis estado por esos para- jes; ¿os habéis dado cuenta alguna vez de que había cueva alguna por esos alrededores? ¿No? Pues no existen menos de nueve. No os interesan las cuevas y por eso no os habéis dado cuenta de ellas.» «Pero, ¿cómo pudieron hacer la cueva los dos hombres? De- bió de costarles meses de trabajo», dijo, maravillándose, el jo- ven monje. «La h icieron median te la mag ia qu e el los l la m an ci enc ia at ó- mi ca» , resp on d ió p acien temen te e l an ci an o. «Un o de lo s do s hombres, sentado en la plataforma volante, vigiló si había gente por esos alrededores. El otro llevaba en la mano un p e q u e ñ o a p a ra t o . E n t o n c e s s e a rmó un estru endo co mo d e to- dos los diab lo s hamb riento s y, seg ú n ello s m e exp l ic aro n , l a roca se evaporó, dejando el espacio de un par de estancias. En mí habitación interio r hay un manantial — un goteo — de agua , con e l q ue puedo ll ena r po r d os vece s al dí a mi vas ija . Es m á s q u e s u f i c i e n t e p a r a l o q u e n e c e s i t o ; a s í n o m e e s p r e - ciso ir al lago a por agua. Cuando no tengo cebada — cosa que me ocur re de v ez en cu ando — m e s ust en to d el liq u en qu e se encuentra en la cueva interna. No es nada gustoso; pero aguanta la vida hasta que vuelvo a tener cebada.» El joven monje se alzó y se dirigió a la salida de la cueva. Sí; la roca tenía una estructura peculiar, por el estilo de los tú- neles de volcanes apagados que él había visto en las tierras altas de Chang Tang. La roca parecía como haber sido fun- dida, escurrida y enfriada, y conv ertida en una superficie cris- talina y áspera, sin arrugas ni salien tes. La superficie se diría transparente, y a través de su grosor se podían divisar las estrías de la roca natural, donde brillaban, aquí y allá, venas86
  • de oro. En un punto de la pared, vio cómo el oro se ha-b ía fundido y rezu mado como un líquido espeso y luego habíasido recu bierto, cuand o el dióxido de sílice había cristalizado alenfriarse. ¡La cueva poseía los muros de vidrio natural!Pero prec isab a hacer l as f aen as do més ticas ; no era t ie mp o deco nv ersación . Hab ía qu e ba rrer el sue lo , t r ae r agu a y ro mp erlos troncos en pedazo s ad ec uado s pa ra qu e sirv iesen de leña .El joven monje empuñó la rama que hacía las v eces de escoba yse puso a l a t area con es ca s o entus i as mo . Barrió el esp a ciodonde por las noches él dormía y fue empujando las barredu-ras hacia la entrada, siempre barriendo. De pronto, la ramaque le hacía las veces de escoba dio con un pequeño mon-t ó n q u e h a b ía e n e l s u e lo ; l o r e mov ió y d e s cu b r i ó s e r é st e u nobjeto de un color entre pardo y verdoso. Enojado, el jovenmonje dejó de barrer aquella piedra, intrigado por lo quepodía ser aquello. Al hacerse con aquel objeto, pegó un saltoatrás con una exclamación; no era ninguna piedra, ¿de qué,pues, se trataba? Con toda precaución removió aquel objetocon un palo. El objeto se desplazó emitiendo un leve ruido.Entonces, lo lev antó d el su elo y corrió h acia el interio r de lacueva, donde estaba el ermitaño. «¡Venerable! — le dijo —,acabo de descubrir un extraño objeto, debajo el sitio dondemurió aquel preso.»E l a n c i a n o s a l i ó d e s u h a b i t a c i ó n i n t e r n a . « D i m e c ó m o e s » , leordenó.« P a r e c e s e r — d i j o e l j o v e n — , c o mo u n a b o l s a q u e t i e n e d eancho unos dos dedos. Es de cuero, o de piel de algún ani-mal». Diciendo esto , lo palpó. «Hay un a cuerda alred edor delcuello de esta bolsa. Voy a buscar una piedra afilada.» Co-rrió fuera de la cueva y cogió un pedernal cortante. A suregreso, aserró con él aquella tira de cuero. «Es muy duro»,comentó. «Todo está sucio de lodo y cubierto de moho. ¡Porfin lo co rté!» Cuidado samente, ab rió aquella bo lsa y vertió sucontenido sobre un girón de su manto. «Monedas de oro»,observó el ermitaño.«Yo, en mi vida, nunca había visto monedas de oro, sólo enimágenes.» También se derramaron pedazos de cristal de colo- 87
  • r e s . S e p r e g u n t ó p a r a q ué se r virí an . Fin al m e n te , h abí a cin c o sortijas d e o ro con p ed azo s de cristal eng arzado s en ellas. « Dejadme palparlo s» , le ordenó el ermitaño. El jov en mon je, levantó el regazo de su manto y guió las manos de su supe- rior hacia aquel pequeño montoncito. « Di a man t es — d ijo el ar m it a ñ o —, pu edo adiv in ar po r su vi- bración y...» El anciano permaneció silencioso y atento, mien- tras manejaba las piedras, las sortijas y aquellas monedas. Después, realizó un a profunda inspiració n y co mentó: «Nuestro prisionero había sustraído todas estas cosas. Las monedas, s o n de la India. Siento que hay algo malo en todo eso. Re- p re s e n t an u n a m u y g ra n d e s u m a d e d in e ro » . M ed i t ó e n s il e n c i o por unos momentos, y terminó diciendo bruscamente: «Llevaos todo esto, lleváoslo y tiradlo en lo más profundo del lago. Nos traerían mala ventura si los guardásemos con noso- tros. Aquí hay concupiscencia, asesinato y miserias. Fuera con todo eso , ¡rápido!». Diciendo es as palabras volvió la espalda y, lentamente, se arrastró al interior de la cueva. El joven monj e d e v o l v i ó t o d o a q u e l m o n t o n c i t o a l i n t e r i o r d e l a b o l s a y se encaminó hacia el lago. Al llegar a su orilla, depositó todos aquellos objetos sobre una roca plana y examinó, uno por uno aquéllos, con toda curiosidad. Después, levantando una moneda entre el pulgar y un dedo, la lanzó con todas sus fuerzas al agua. La moneda fue rebotando y levantando peque- ñas olas, hasta que, con un chasquido final, se hundió hasta lo más p rofundo del l ago . Mo n eda po r mon ed a, y lu eg o e l r esto de aquellos objetos, fue lanzado a las aguas, hasta que se hundió el último. Mientras se lavaba las manos, sonrió al darse cuenta que u no s páj aro s p esc ado r es s e h abían larg ado co n la b o ls a y p er- seg uí an co n fu ri a los ob jetos h un dido s. Mu sitando las P r e ces de los Difuntos, el joven monje, volvió a la cueva y a sus trabajos caseros. Luego vino el momento de poner de lado las ramas q u e h arían las v eces d e esco b as . Desp u és , esp a rcir n uev a aren a, ap ila r l eña p ara el fu eg o , d isp o ner la v a sij a del agua y frotarse las manos, en signo de que el trabajo del día se había terminado. Llegaba el momento en que las células88
  • d e l a me mo r i a d e a q u e l j o v e n s e h a l l a b a n a p u n t o d e a l m a c e -nar la información que se le comunicaría.El viejo ermitaño vino jadeando desde su habitación inte-rior. Incluso para la visión inexperta del joven monje, elanciano desfallecía a ojos vistas. Lentamente, el eremita ses e n t ó e n e l s u e l o y s e a r r o p ó c o n v e n i e n t e m e n t e . El j o v e n l ealargó el cuenco y se lo llenó con agua fría. Con todo cuidados e s i t u ó a l l a d o d e l a n c i a n o y g u i ó su s m a n o s h a s t a e l bo r d ed e la v as ija p a ra qu e su pi es e exa ctament e d ó nde es tab a co lo-cada. Enton ces, se sentó a su vez, aguard ando a que su mayorhablase.D u r a n t e u n t i e mp o , t o d o p e r m a n e c í a e n s i l e n c i o , m i e n t r a s e lan ci ano p e rman ecí a sen tad o y ord e n a n d o s us p e n s a m i e n t o s yre c u e rd o s . Lu e g o , d e s p u és d e u n la rgo c a rr a speo, e mp e zó di-d iciendo: « La mu jer aquella se d urmió y yo también. Pero noe s t u v e d o r m i d o p o r mu c h o r a t o . Ell a ron ca ba terrib le mente ymi cab eza latía con fuerza. Sentí co mo si mi cereb ro o scilase yquisiese salir por la cima de mi cráneo. Entonces, se meprodujeron como unos porrazos en los vasos sanguíneos demi cuello, que me pusieron al borde de un desvanecimiento.Luego, los ronquidos cambiaron su ritmo, se percibió unr u i d o d e p ie s a rr a s tr á n d o s e y , d e p ron to , con un a acu s ad a e x-clamación, aquella mujer saltó sobre sus pies y corrió haciami lado. Inmediatamente, se escucharon unos ruidos metáli-cos y se no tó un ritmo distinto de los líquido s que circulabandentro de mi cuerpo. En un momento, o dos, cesó la pulsa-ción de mis sesos. Se acabaron las presiones que experimen-taba mi cuello, y los huesos cortados del cráneo no me cau-saron molestias.»La mujer se afanaba moviendo algunos objetos, metiendoruido con cristales qu e chocaban y metales qu e vib rab an uno scontra otros. Percibí un crujido cuando ella se agachó paralevantar del suelo su libro caído. Algún objeto d el mob iliariocrujía cuando era movido de su sitio p ara ser colo cad o en un anu eva posición. En tonces, ella se dirig ió como hacia la paredy escuché como se deslizaba la puerta abriéndose y luegocerrándose tras ella. De pronto, llegó a mis oídos el ruido de 89
  • pasos, disminuyendo a lo largo del corredor. Yo estaba allí, tendido; ;no me podía mover! Era evidente que algo había sido hecho sob re mi ce reb ro . Me s entía má s despierto. Po día pensar más claramente. Antes, había experimentado un mon- t ó n c o n fu s o d e p e n s a mi en t o s q u e y o no er a cap az de en foc ar con toda claridad y por esto los había almacenado en rin- cones de mi mente. Ahora, todos ellos eran para mí tan claros como las aguas de un arroyo de la montaña. »Recordaba mi nacimiento. Mi primera mirada en este mundo, en el cual había sido precipitado. La cara de mi madre. La cara arrugada de aquella mujer que ayudaba al parto. Más tard e, mi p ad re, cogiendo en su s b razos al recién nacido. Sus p reo cu pa cio n es , ya qu e e ra el p ri m ogén i to. Reco rd aba su ex - p r e s i ó n a l a r m a d a y s u t e m o r a l v e r me c o n a q u e l l a c a r a e n r o - jecida y arrugada. Más adelante, me llegaron a la memoria esc enas d e mi pri m era niñ ez. S ie mp re h ab í a sido u n a ilu sió n de los míos el que yo pudiese llegar a ser un sacerdote, que diese honor a la familia. Más tarde, me veía en la escuela, adiestrándome en la escritura sobre cuadrados de pizarra. El monje-profesor, yendo del uno al otro, con elogios y re- primendas y diciéndome que podía permanecer más rato que los demás, de forma que aprendiese más que mis compa- ñeros. »Mi memoria, era completa. Podía recordar fácilmente imá- genes que habían aparecido en revistas ilustradas que nos traían los mercaderes indios, e incluso imágenes qu e no reco r- daba que las hubiese visto nunca. Pero la memoria es una espada de dos filos; yo recordaba con todos los detalles mis torturas, a manos de los chinos. Debido a que se me había v isto transp o rtando p ap eles de Po tala, los chinos hab ían dado p or d es con t ad o qu e se trat ab a de sec re tos y , en est a cr een cia, m e h a b í a n s e c u e s t r a d o y t o r t u ra d o p a r a o b l i g a r m e a d e c l a r a r todo cuanto, en su opinión, sabía. Yo, tan sólo un humilde sacerdote, que sólo sabía la que llegan a comer los lamas. »La puerta se abrió con una especie de silbido metálico. Su- mergido en mis pensamientos, no me enteré de los pasos que se aproximaban por el corredor. Una voz me interrogó: "¿Có-90
  • mo os en contráis?", y noté que mi gu ardián estab a a mí lado.Mi en t ras h abla ba, man ej aba e l ex traño apa r ato co n el qu e yoestaba conectado. "¿Cómo os notáis, ahora?", volvió a pre-guntar de nuevo.» "Bien — le rep liqué — , p ero n ad a con tento por tod as las cosasra ra s qu e me han su ced ido. Me s ien to ig u al co mo un yakenfermo en un parque del mercado." El hombre, se rió y sedirigió a una parte lejana de la habitación. Pude oír el ruidode papel, el sonido inconfundible de las páginas al ojearlas.»"Señor", exclamé. "¿Qué es un almirante? Estoy muy intri-gado. Y, ¿quién es un ayudante?"» Dep uso u n p e sado l ib ro — o a lo meno s a mí m e p a r ec i ó u nlibro — y se me acercó. "Sí — profirió compasivamente —. Meimagino que desde vuestro punto de vista se os ha tratadom á s b i e n c r u e l m e n t e . " D i o u n o s p a s o s y no t é q u e a r r a s t r a b auno de aquellos extraños asientos metálicos. Cuando se sen-tó, la silla crujió de un modo alarmante. "Un almirante — dijop ensa tiv ament e — . O s deb ía hab e r s ido exp lic ado má s t a rde;pero podemos saciar vuestra curiosidad inmediata... Estáise n u n a n a v e q u e s u r c a e l e s p a c i o , e l mar d e l e s p a c i o ; l o l l a -mamos así porque, dada la velocidad con que nos trasladamos,el espacio recibe un choque tan rápido que parece que se trate deun océano de aguas. ¿Podéis seguirme?", preguntó.»Pensé un momento y, sí, podía imaginarme el Río Feliz y losbotes de cuero que lo cruzan. "Sí, lo comprendo", repuse."Bien, entonces — continuó diciendo —; nuestro barco es unodel grupo. El más importante de todos ellos. Cada embarca-ción — ésta igualmente — tiene un capitán; pero un almirantees, ¿cómo os lo voy a decir?, un capitán de todos los ca-pitanes. Ahora, además de nuestros marineros tenemos sol-d ad o s a b o rdo , y es u su al q u e h ay a u n o fi c ial « ay u d an t e» d elalmirante. Se le llama simplemente «ayudante». Para tradu-cirlo a términos eclesiásticos, un abad tiene su capellán, aquélq u e l l e v a a c a b o l a s t a r e a s , d e j an d o a s u j e r a r c a s u p e r i o r l a sgrandes decisiones que tengan que ser tomadas."»Todo eso, lo veía claro, y estaba reflexio nado sobre el tema,cuando mi vigilante se me aproximó inclinándose y profirió en 91
  • vo z baja: "Y, po r favor, no os d irijáis a mí llamándome vues- tro capturador. Soy el médico en jefe de esta nave. Más cla- ro, para vuestros puntos de referencia soy semejante al mé- dico en jefe de los lamas del Chakpori. ¡Doctor, y no Cap- t u r a d o r ! " Y o m e d i v e r t í a m u c h o , c o n o c i e n d o c ó mo t a m b i é n esos g randes ho mbres tienen sus debilidades. Que un ho mbre de su categoría se disgustase porque un salvaje ignorante (así me llamaba) le llamase "capturador", era cosa de ver. Resolví ponerle de buen humor: "Sí, doctor". Fue mi premio la más agradecida de las miradas y una amable inclinación de su cabeza. »Durante bastante tiempo se ocupó de ciertos instrumentos que parecían estar conectados con mi cabeza. Hizo algunas rectificaciones, cambió el curso de algunos líquidos, y se pro- dujeron cosas extrañas que provocaron una comezón en mi cráneo afeitado. Después de algún rato, dijo: "Tendréis que reposar durante tres días. Durante este lapso de tiempo los huesos se habrán sold ado y la cicatrización forzad a estará en camino. Entonces, sí todo marcha bien, como yo espero, os c o n d u c i r e mo s d e n u e v o a l a C á ma r a d e l C o n s e j o y o s mos tr a - remos varias cosas. No sé si el Almirante querrá hablaros. Sí es a sí , no t e máis . Hab l adl e ex act a men te como h aría is co n- migo". Luego, pensándolo bien, añadió pesaroso: "O, más bien con alguna mayor cortesía." Me dio un golpecito en un hombro y salió de la habitación. »Me encontraba allí, inmóvil, pensando en mi futuro. ¿Futu- ro? ¿Qu é fu tu ro se p res ent ab a al lí p a ra un cieg o ? ¿Qu é se rí a de mí, si dejaba con vida aquellos parajes, en la suposición que necesitase dejarlos vivo? ¿Tendría que pedir limosna para vivir, como los mendigos que pululaban por la puerta de Occidente? Muchos de ellos eran falsos ciegos, de todos mo- dos. Yo me preguntaba adónde iría a parar, dónde ganar mi sustento. El clima de mi país es duro y no hay puestos para el hombre sin hogar ni dónde reposar su cabeza. Yo me an- gustiaba y no cesaba de meditar todos los males y quebraderos de cabeza que me aguardaban. Con estos pesares, caí en un sueño profundo. Estando así, percibí cómo se deslizaba la92
  • puerta de la habitación donde me encontraba y la presenciade personas que venían quizás a ver si aún vivía. Todos losruidos a mi alrededor no eran bastantes para hacerme tras-poner el umbral de mi sueño. Yo era incapaz de poder cal-cular el paso del tiempo. En condiciones normales podemosvalernos de lo s la tidos del c ora zón para darnos cuen ta d e lo sminutos que pasan. Pero, en aquel caso, se trataba de horas yde horas durante las cuales me hallaba inconsciente.»Después de lo que me pareció un largo tiempo, durante elcual parecí fluctuar entre el mundo material y la vida dele s p í r i t u , d e s p e r t é b a j o u n a s e n sa c i ó n d e a l a r m a . A q u e l l a s t e -rribles mujeres habían vuelto a mi alrededor, como unos bui-tres alrededor de una carroña. Sus risas y su parloteo meatacaban los nervios. Sus impúdicas libertades para con micuerpo indefenso me ofendían todavía más. No podía expre-sarme en su lengua; ni tan sólo moverme. Era para mí unasorpresa que, siendo miembros del llamado sexo débil, seman i fes tas en t an ru d a men te con sus man o s y su ex presió n d eemociones. Yo me hallaba físicamente arruinado del todo, yaq uel la s mu j eres me l lev aban y t ra ían tan ru da ment e co mo s ise tratase de un bloque de piedra. Me regaban el cuerpo conlociones; me untaban el cuerpo estremecido con malolientesunturas y me quitaban y ponían tubos en los agujeros de lasn a r i c e s y e n ot r a s c o n c a v i d a d e s d e l c u e r p o , s i n m i r a m i e n t o sde ninguna clase. Mi alma se estremecía y volvía a pensarp o r q u é a za r d iab ó l ico mis h ad o s h ab ían d e cr et ad o q u e d e b íaverme obligado a soportar todas aquellas humillaciones.»Con la marcha de las terribles mujeres volví a la paz, aun-que por no mucho rato. Al cabo del cual, la puerta volvió aescu ch ars e y o tr a v ez mi cap t u rad o r; má s b i en di cho , "e l d oc-tor", penetró y cerró tras él la puerta. "Buenos días; por loque veo, estáis despierto", me dijo, placentero.»"Sí, señor doctor — le repliqué algo enfurruñado Es im-p osible d o rmi r , cu and o e sas muj e res charl a tana s se ab at en so -b re mi p ersona como unos pajaracos." Esto, p areció div ertirleen gr an mane ra. En la actual id ad , sin dud a cono ci énd o me me-jor, me trataba más como un ser humano, aunque un ser hu- 93
  • man o qu e no acab aba d e est a r d el tod o en s us cab al es . " T ene - mos que valernos de estas enfermeras — dijo — para que os observen, os mantengan debidamente aseado y oliendo bien. Ahora, estáis empolvado, perfumado y listo para un nuevo día de reposo." »¡Reposo! No lo necesitaba; lo que sí me precisaba, era irme. Mas, ¿adónde? Mientras el director examinaba las ci- catrices de mi operación del cráneo, volví a pensar sobre todo l o q u e m e d i j o . ¿ F u e a y e r ? ¿ A n t e a y e r ? N o p o d í a s a b e r l o . Me era p re ci so saber una co sa que me tenía intrigado en gran manera. "Señor doctor", le dije. "Me dijisteis que me encon- traba a bordo de una nave del espacio. ¿Es que lo entendí bien?" » " Sin d u d a rep licó E st amo s a b o rd o d e la n av e a l miran te de est a flota insp ecto r a. En es to s mo men to s p r eci so s , repo sam o s s o b r e u n a m e s e t a d e l a s T i e r r a s A l t a s d e l T í b e t . ¿ P o r qué, la pregunta?" »"Señor mío", le repliqué: "Cuando me encontré en aquella cueva, ante aquellos seres sorprendentes, la cueva, ¿se hallaba dentro de esta nave?" » É l s e r i ó , c o m o s i y o h u b ie s e t e n i d o l a m á s j o c o s a o c u r r e n - cia. Al recob rarse, me dijo, entre risotad as." So is observ ador, muy observador. Y tenéis toda la razón. La meseta rocosa so bre l a cu al r ep osa e sta nav e fue p ri mi tiv ament e u n v olcán . Exis ten en ell a corred ores p r ofu n d o s y c á m a r a s i n m e n s a s p o r donde fluía el magma y salía al exterior. Nosotros nos servi- mos de esos pasajes y hemos engrandecido la capacidad de aquellas cámaras para que sirvan a nuestros propósitos. Nos servimos de estos sitios usualmente. Diferentes naves los utilizan, de tiempo en tiempo. Vos habéis sido sacado de la nave y conducido a la caverna." »¡Conducido, desde el barco, al interior de la caverna rocosa." Eso concordaba con la extraña impresión que yo había expe- rimentado de haber dejado el corredor metálico por una ca- v erna d e rocas. "Señor doctor", exclamé. "S é, po r exp erien cia d irecta, algo de túneles y salas en la roca; existe u na de ellas, secreta, en el Potala; incluso contiene un lago.94
  • »"Sí — observó —. Nuestras fotografías geofísicas nos lo hand escubierto. Lo que no sabemos, en cambio, cu ándo vosotros,los del Tíb et, lo habéis descubierto." S e acercó con su piedrade afilar. Me daba perfecta cuenta de que estaba cambiandoe nto n c e s l o s l í q u i d o s qu e co rrí an a t rav és d e los tub os y d en-tro de mi cuerpo. Se produjo al instante una alteración demi temperatura; involuntariamente, mi respiración se hizomás esp aci ad a y p ro fund a; me v eía man ip u la d o co mo u n a m u -ñeca que, en la plaza de un mercado, exhiben los buhoneros.»"¡Señor doctor! — observé con vehemencia Vuestros bar-cos del espacio son conocidos de nosotros; los llamamos Carro-zas de los Dioses. ¿Por qué no os ponéis en contacto con nues-tros superiores? ¿Por qué no declaráis abiertamente vuestrap res enc ia? ¿ Po r q ué t en é is q ue rapt arn os a escon did as , co mohabéis hecho conmigo?"»E1 doctor hizo una profunda inspiración, con una pausa y, porf i n , r e p l i c ó : " S i o s l o d e s ea se expli ca r , no haría más que p ro-v oca r vu est r as más cáus ti cas ob serv acion es , qu e, a no sot r os,no nos importan nada".»"No, señor doctor — le repliqué —. De hecho soy vuestro pri-sionero, como lo fui de los chinos; e igualmente no puedodesafiaros. Sólo intento, en mi incivilizada forma, entenderlas cosas como supongo que vos mismo deseáis de mí "» G i r ó s o b r e s u s p i e s y , c l a r a me n t e , d e c i d i ó q u e e r a l o m e j o rq u e p o d í a h ac e r s e H ab i e n d o t om a d o s u r e s o l uc i ó n , d ij o : " N o -so tro s, so mo s los Ja rd in e ros d e la Tierr a y , natural m ente, d eo tros mu ndos hab itados. Un jardin ero no discu te su id en tidadn i sus p lan os con sus flo res. Ahora b ien; elevando un poco lamateria, si un pastor de un rebaño de yaks encuentra a unod e el los q ue p a re ce más b ril la nte qu e los d e más, d ich o p as torno le dirá en modo alguno: «Acéptame por tu guía». Ni dis-cutirá con el yak de cosas que claramente sobrepasan lacomprensión de aquél. No entra en nuestra política el fra-ternizar con los naturales de ninguno de los mundos que su-pervisamos. Lo hicimos en anteriores y el resultado fue unaserie de catástrofes que originaron fantásticas leyendas envuestro propio mundo." 95
  • »Hi ce un a mu ec a de con t raried ad y men o s p re cio : " P ri mero,v o s me d i j i s t ei s q u e y o e r a u n salv aj e po r c ivil izar, ah o ra mella m áis , o me co mpa ráis , con u n yak ", repli q ué con fi rme za.Enton ces , si s o y una cosa ta n baja, ¿po r q u é me ten éi s a quíp r is i o n e r o ? "» Su r ép li ca fue con tu n d en te . " Porqu e os ne cesitamos pa ra u t i-liz a ron . Po rq u e p ose éis un a me mo ria fan tástica qu e v a si em-pre en au men t o . Po rq u e t en é is q u e se r el d ep o sit a rio d e u nsabe r qu e podrá se r util iz ado por o t ro que l leg ará has ta v os,al final de vue stra exis ten ci a. ¡Ah o ra , do rmi d !" Es cuch é có moun cru jid o y u n as ond as d e n eg r a in co nsc iencia cay e ron s ua-v e men t e s o b re m i p e r so n a . »
  • Capítulo sexto« H o r a s i n te r mi na b l e s, t r a n s c u rr ie ro n p e s a d a m e n te . Y o , y a c íadent ro de un estupor , una au senc ia , den tro d e la cua l el p a-sado, e l p re se nte y e l futu r o se con fun dí a n r ec íp ro ca m e n te .Mi v id a p a s ad a , mi d e s v a l id o e s t ad o p re s e n t e , q u e n o p o d í a n imov er me n i v e r, y mi g ran t e mo r d el fu tu ro fue ra d e "a llí " , sie s q u e p o d í a lib r a r m e n u n c a . De tiempo en ti empo ven íanaquel la s mu je res y me atropellab an. M is miembros e ra ret or-cid os , mi cab e za g i rab a sob r e el cue llo y t o das l as p a rt es d emi an ato mí a s e veí an mano s ead as, p el li zc a d as, apo rread a s ym an ej ad a s. A v ec es, g ru p o s d e p e rso n aj es v en ían y p er m an e -cían a mi alred edo r d is cu t ien do mi caso . No e ra c apa z d e e n-ten de r los; p ero su in t erv en ción era cl a ra . Eso s p e rson ajes ,ig u a l m e n t e , m e a p l ic ab a n d i v e rs as co sas; pero yo l es ne gabala satis f acción d e ver m e có mo me es t re m ecí a a sus agu d aspun zad as. Yo i b a tr ans curri en do mis d í as .»Ll eg ó un mo mento en q u e se v olv ió a d e sp er ta r mi al arma.Hab ía est ad o t raspu es to , ig n orab a l as ho ra s q ue ha cí a. Auncuand o me hab ía d ado cu en ta d e q u e s e h a b ía d e s l i z a d o lapu er ta d e mi es tan c ia , n o m e h ab ía d esv e lado . Fu i r eti r ad o d els it i o d o n d e y a cía y c o m o e n v u elto en ma ntas de lan a s indarme cu en t a de lo qu e p asab a a mi al red ed o r y a mí mis mo .De p ro n to , s e p ro d u j ero n u n a seri e d e co rt e s al r ed edo r de micráneo . Me v i pin ch ado y h urgad o , mi en t r as u na vo z en mipropi a l en gua excl a mab a . "¡B ravo ! , ¡d eje mo s q ue v u elv a a lavida !" Un zu mbido , d el qu e me di cu ent a s ó lo cu and o ces ó,te rminó con un débil ch asqu i d o me t á l i c o . I n m e d i a t a m e n t e m esentí repu esto , en v id a e in tenté sen t ar me . De n uev o me s en tíimpo sibi li tad o; mis más v io l entos es fu erzo s no cau s a ro n elm e n o r mo v i mi e n t o a n in g u n o d e mis mie mb ro s . " Y a v u e l v e aest ar ent r e no s o tros " , d i jo u n a voz . "¡Eh ! ¿Podéi s oí rn os? ",pregun tó o tra p erson a .»"S í pu edo — rep liq u é — , p e ro aho r a, ¿e st á is hab land o tib e-tan o? C r eía q u e el doc tor est a b a h abl ando co nmig o . " En ton - 97
  • c e s s e p r o d u j o u n a r i s a e n v o z b a j a : "H a b l a m o s v u e s t r a l e n - gua — me replicaron —, así entenderéis mejor lo que os digan". » O t r a v o z i n t e r v i n o , e n o t r o l a d o . "¿ C ó m o l e l l a m a r e m o s ? " Ot ro, qu e reco n ocí s e r el d o c t o r , r e p u s o : " L l a mé mo s l o ¡ Oh ! No sabemos su nombre; yo le llamo simplemente vos." »"El Almirante ha dispuesto que se le dé un nombre", afirmó una nueva voz. "Decidamos cómo nos tenemos que dirigir hacia él." Entonces se entabló una discusión animada, en cuyo curso fueron propuestos varios nombres, algunos de ellos muy despectivos y que ind icab an que yo, a juicio de aquellas per- sonas, gozaba de la consideración que se merecen ante los hom- bres de la Tierra los yaks o los buitres que se alimentan de cadáveres. Por fin, cuando los comentarios habían ido exce- sivamente lejos, el doctor decretó: "Acabemos de una vez, este hombre es un monje. Cuando tengamos que mencionarlo, llamémosle simplemente «el Monje»." Entonces hubo un si- lencio, que finalizó en un ruido que, a mi juicio, era de aplausos. "Muy bien — sentenció una voz, que hasta ahora yo no había escuchado —, aceptado por unanimidad, de ahora en adelante llevará como nombre «el Monje». Debe ser así re- gistrado." »A esa discusión siguió otra que no me interesó y que, al parecer, versaba sobre las virtudes o la carencia de ellas de las mujeres y la mayor o menor facilidad que había para ob- tenerlas en cada caso. Ciertas alusiones anatómicas estaban fuera de mis conocimientos, de manera que no hice ningún esfuerzo para seguir el curso de la discusión; pero me intri- gab a el poder visualizar a lo s opin antes. Algunos d e lo s hom- bres eran muy pequeñitos y otros, muy cuadrados. Era una cosa rara y que me intrigaba mucho el comprobar que en la Ti e r r a n o e x i s t i e s e n m e d i d a s c o m o l a s q u e p o s e í a n a q u e l l o s personajes. »Fui precipitado bruscamente al mundo presente por un ruido súb ito d e p er so n as q u e s e p o n ían d e p i e , y l o q u e p ar ec ía u n a r r a s t r a r s e h a c i a a t r á s a q u e l l a s e x t r a ñ a s s i l l a s . Lo s h o m b r e s aquellos se alzaron y uno tras otro fueron saliendo de98
  • la habitación. Finalmente, sólo permaneció el doctor. Más tarde,me dijo: "Os llevaremos ante la Cámara del Consejo, dentro deuna caverna de la montaña. No debéis demostrar ningúnnerviosismo; todo os parecerá extraño; pero podéis estar bientranquilo, Monje, que no recibiréis daño alguno por parte denadie." Diciendo estas palabras, se marchó y quedé de nuevosolo con mis pensamientos. Por alguna razón extraordinaria, unaescena particular estremeció mis recuerdos. Uno de lostorturadores chinos se me había aproximado y, con sonrisadiabólica, me había dicho: "Os queda un sola probabilidad para decirnoslo que necesitamos de vos, o perderéis vuestros ojos."»Yo le repliqué: "Soy un pobre, un sencillo monje y no tengonada que deciros." Con lo cual, el verdugo chino metió un dedoy el pulgar dentro de la órbita del ojo izquierdo y mi ojo saltófuera como el hueso de una ciruela. El ojo colgaba ba-lanceándose sobre mi mejilla. El tormento de la visión defor-mada era terrible. Mi ojo derecho, aún intacto, miraba dere-chamente; el izquierdo, en su balanceo, miraba en otros sen-tidos. Entonces, de un rápido tirón, el chino cortó el ojo libre yme lo tiró a la cara, antes de hacer lo propio con el ojo derecho.»Recordaba que, hastiados finalmente de aquella orgía de tor-turas, los chinos me tiraron sobre un montón de basura. Pero yano estaba muerto, como ellos creían, y el frío de la noche mereavivó y entonces yo había vagado, a ciegas y a tientas, hastaque un cierto "sentido" me había guiado lejos de la Misión China y,también, de la ciudad de Lhasa. Sumido en estos pensamientos,perdí la noción de tiempo y fue para mí un sosiego cuando, porfin, unas personas vinieron a mi habitación. Entonces pudeentender lo que me había sido dicho. Un aparato especial, unelevador, denominado con el extraño nombre de antigravedad,fue instalado sobre mí tabla y "desviado" encima de ella. Latabla entonces se levantó por los aires y unos hombres laguiaron a través de la puerta hacia el corredor, más allá. Parecíaque, si bien la tabla carecía de aparente peso, poseía inercia eimpulso, aunque ello no tu- 99
  • v iese significado alguno p ara mí. Mi p reocup ación se limitab a a no querer sufrir daño alguno. Eso, para mí , era lo más esencial. » Con todo cuidado , la tabla o mesa operato ria y to do el equipo a ella asociado fueron arrastrados o empujados a lo largo del co rredo r metálico con sus ecos desviados y transportados fuera d e la n av e espacial. Llegamo s d e nuevo a la gran sala den tro de la roca y me llegaron al o ído lo s ru mores de un g ran g en tío, qu e me recordó el patio exterio r de la catedral de Lhasa en días, para mí, más felices. Mi tabla fue movida y bajada como h asta unos pocos centímetros del suelo . A mi lado , llegó alguien qu e me su su rró: "El Cirujano-General va a llegar den tro d e un instan te". » Yo le respondí: "¿No se me va a devolv er de nuevo la v ista?", p ero el personaje se h ab ía ido y mi demanda se quedó sin respu esta. Estaba allí, ten dido y prob ando d e pin tar en la imaginació n las cosas que ib an a ocu rrirme. Sólo conserv aba la memo ria de los breves instantes que se me habían concedido antes; pero lo que d eseab a con más ansia es que se me p roporcionase la vista artificial. » Unos pasos qu e ya eran familiares resonaron sobre la pied ra d el suelo. "Veo que os han traído sin nov ed ad . ¿Os sentís co mpletamente bien ?", me pregun tó el doctor — el Cirujano General. » "Señor doctor", le respondí. "Me sentiría mucho mejor si qu isieseis permitirme g ozar de la vista." » "Pero, es que vos sois ciego y tend réis que vivir p or mucho s años en tal estado ." » "Pero, señor doctor", dije con u na consid erable dosis de ex asperación. "¿Có mo podré ap render y almacenar en la me- moria todas las maravillas que me habéis prometid o qu e yo v eré si no se me proporcio na esa visión artificial?" » "Dejad esos cu idados p ara no sotros", repuso. "Somos nosotros qu ienes hacemos las pregu ntas y damos las órd en es, vos debéis h acer lo que se os mande." » En tonces me llegó d e la masa situada a mi alred edor una serie d e su su rros p idiendo silencio, no un silencio total, po r-100
  • que éste no se da nunca cuando hay mucha gente agrupada.Entre los murmullos pude percibir un sonido muy seco dep asos, que cesaron bruscamente. "¡Sentarse!", ord enó u na vozseca, de entonación militar. Entonces se produjo una disten-sión, ruido de paño grueso, crujidos de cuero y arrastre demuchos pies. Un rumor como si uno de aquellos raros asientosfuese arrastrado hacia atrás. Simultáneamente, o casi, el ruidoque hace una persona que se pone en pie. Una tensa ex-pectación se percibió durante uno o dos segundos, y en se-guida se escuchó la voz.«"Señoras y señores — anunció ésta, puntual y maduramente— : N u e s t r o C i r u j a n o e n J e f e c o n s i d e r a q u e e s e i n d í g e n a delTíbet se encuentra lo suficiente b ien d e salud y adoctrinadopara que, sin peligros indebidos, pueda ser preparado a poderasi m ila r el Co no ci mi ento del Pasad o . Exi st e, ¿ có mo n o ?, u nriesgo; pero no es posible prevenirlo. Si el sujeto muere, nosserá preciso recomenzar la fastidiosa búsqueda de otropersonaje. Este indígena, si bien se encuentra en pobres con-d iciones físicas, podemos asegu rar que está do tado de una vo-luntad suficiente para aguantar con firmeza su existencia.Noté que todo yo me estremecía ante ese rudo menospreciod e mis íntimos sentimientos; p e ro la Vo z prosiguió diciendo:"Hay algunos entre nosotros qu e consideran que d ebemo s ser-virnos exclusivamente de documentos revelados a diversosMesías o Santos, que hemos situado en este mundo para talpropósito. Pero yo os digo que, en el pasado, dichos docu-mentos han originado unas veneraciones llenas de supersticiónque han anulado todo beneficio que se haya podido obtener,p o r c u l p a d e e l l a s . L o s n a t i v o s d e l a T i e r r a n o h a n b u s c a d o elsen tid o q u e d i cho s d o cu men t o s co n t enían , sin o q u e s e h anq u e d a d o e n l a s u p e r f ici e , y t odavía mal interp re tad a . H a sidomuy frecu en t e que les h a y an p e r j u d i c a d o e n s u d e s a r ro l l o ; s eh a o r i g i n a d o u n s i s t e m a a r t i f i c ia l d e c a s t a s y a l g u n o s d e l o sn a t u r a les d e v ar i o s p aí s es s e h a n a f i r m a d o a s í mis m o s c omoesco g idos po r lo s A ltos Po d e res , co mo au to ri zad os pa ra e nse-ñar y predicar cosas que jamás se han escrito. »"No tienen idea alguna de nuestra existencia en el espacio 101
  • exterior de su mundo. Nuestras naves, que patrullan sin cesar, se han co nsiderado fenó menos n aturales o simp les alu cin acio- n es d e quien es crey eron co nt emplarlas , y q u e son t enido s en un concepto despectivo, como alienados mentales. Consideran que no puede haber vidas más importantes que la del Hom- b re . C o n sid e ra n q u e su es mi r ri ad o mun d o e s la única fu e nte de toda vida, ignorando que, en el Universo, el número de mundos habitados es mayor que todos los granos de arena juntos que se hallan sobre la tierra, y que su mundo figura entre los más pequeños e insignificantes. » "C re en q u e ellos son lo s A mo s d e la C re ación y q u e to d os los animales de su mundo son su presa. La duración de su vida es el batir de un párpado. Comparados con nosotros, son igual que el insecto, que v ive un solo día y, en ese b reve plazo, tiene que nacer, crecer, madurar y aparejarse repetidas veces, para morir al cabo de unas horas. El término medio d e nu es tra ex is tenc ia , es de ci n c o mi l a ñ o s ; e l s u y o , d e u na s po cas d écad as. Y todo esto ha sido establecido por sus creen- cias peculiares y sus trágicas equivo caciones. Por esta razón, nos eran desconocidos en el pasado; pero ahora nuestros sabios nos dicen que en el espacio de medio siglo esos indíge- nas descubrirán alguno de los secretos del átomo. Podrán, entonces, echar a rodar su pequeño mundo. Radiaciones peligrosas pueden esparcirse a través del espacio y originar una amenaza de polución universal. »"Cómo no ignoráis muchos de vosotros, los Sabios han decre- tado que uno de los nativos de la Tierra, que sea aprove- chable sea capturado por nosotros — ése lo ha sido —, y se le trat e por unos proced i m iento s qu e le cap ac it en p ara reco rd ar todo cuanto ahora vamos a enseñarle. Se verá condicionado de forma que, lo que le habrá sido enseñado, sólo podrá tevelarlo a quien deberá a su preciso tiempo ser situado en el mundo con la misión de explicar a todos cuantos quieran escucharle los hechos tal como han sido y son, y no las fan- tasías que se han fabricado acerca de los mundos de más allá de ese pequeño universo. Este nativo que ahora veis ha sido preparado especialmente y será el recipiente del mensaje102
  • que será, más tarde, transmitido a otro ser humano. El es-fuerzo será muy grande, y después de éste le costará muchoel sobrevivir; de forma que no es preciso buscar la manerad e reforzarlo, y a qu e si se nos queda sobre esta mesa nos serápreciso empezar de nuevo a buscar otro que le sustituya. Yeso, como ya hemos visto, es enojoso.» "Un co mp añe ro d e a b o rd o , h a o b j et ad o q u e d eb ía mo s h ab e releg ido alg ún n atu ra l de un p aís más d es a rr o llad o ; u n a p e r so n aque disfrutase de un nivel superior de vida y de categoríasocial entre los suyos. Pero, para nosotros, esto hubiera sidouna mala jugada. El adoctrinar un indígena de aquellacat ego rí a y d e sliga r le d e su s amist ad e s r ep res ent a ría u n s erioretraso en nuestro programa: Vosotros, todos cuantos os en-co nt rá is aqu í , po dréis s e r t es tigo s d el actua l r ecu erdo d e l Pa-sado. Es algo extraordinario; de modo que tenéis que recordarque os veis favorecidos por encima de los demás."»Apenas este Grande había terminado de hablar, cuando so-brevino un extraño crujido, seguido de otros. Entonces unaVoz — pero ¡qué Voz! — inhumana, que no sonaba como dehombre ni de mujer, me hizo erizar el pelo y crispar misporos. "Como Decano de los Biólogos, independiente de laarmada y del ejército — carraspeó esa voz ingrata — deseo queconste en acta mi disconformidad ante esos procedimientos.Mi informe completo será enviado al Gran Cuartel por víareglamen taria. Ahora, pido ser escuchado ." En tonces , parecióp roducirse una mueca resignad a en el rostro d e los presentes.Por un momento se produjo una gran agitación y, entonces,aquel que había hablado primero de todos, se puso en pie."Como Almirante de esta Escuadra", subrayó, secamente,"tengo a mi cargo esta expedición de vigilancia, sean cualessean los especiosos argumentos alegados por nuestro incon-formista biólogo decano. De todos modos, escuchemos losalegatos de la oposición. ¡Usted puede continuar, señor bió-logo!"»Sin la menor palabra de gracias, ni forma de salu tación algu-na, la ingrata voz continuó: "Protesto por la pérdida de tiem-po. Protesto de que se hagan más intentos a favor de esas cria- 103
  • tu ras i mp e rfectas . En e l p as ad o, cuan do u na raz a s e me ja nte n o resu l tab a s a tis fa cto ri a era exte rmin ad a y el p lan et a, rep o - b l a d o . G an e mo s t i e mp o y e x t e r m i n é mo s l e s a n te s d e q u e i n to - x iq u en el esp a c io . " » El Almirante , enton ces , in tervin o: "¿Ten éi s algun a ra zón es- p ecí fica pa ra s osten er q ue so n def ectuo sos , señ o r Bió logo ?" » "S í, t en g o " , r ep u so co n v o z enf ad ad a el B i ó lo g o . "L as h e m - b ra s d e l a e sp e c i e h u m a n a s o n d e fe ctu o s as . El me cani s mo d e su fertilidad es d e fectuo so y sus au ras n o se mu est ran c on- for m es co n lo p lani fi cad o . Ca ptura mo s un a d e e ll as , en un a de las me jo r repu tada s áreas de este globo . L a mu jer se pus o a ch il lar y ag i tarse cu and o le q uitamo s l as ro pas co n qu e se cu bría . Y cu an do in trod u ji mo s u na cánu la e n su cuerpo , co n el fin de an al izar su s s ec r eci o n e s , p r i m e r o rea c c i o n ó c o n h iste r ia y lu eg o perd ió el co n ocimiento . Más tarde , vo lv ien d o e n s í , a l v e r a l g u n o d e mis a y u d a n te s, p e rd ió la r azó n , co mo si estuv ie se en diabl ada. No h ubo más remed io que destru ir la . T o d o s n u e s t r o s d í as d e t rab aj o fu e ro n p e rd id o s. "» E l v i ejo e r mi ta ñ o cesó d e h ab la r y bebió un sorbo de agu a . El jo ven mo nj e est aba al lí s e ntado ; se s en tía es tu pe fa ct o y h orro r iz ado p or las ex trañ as aven turas ocu rrida s a s u s u p e r i o r. A lg un a s d e l a s d e s c r i p c i o n e s le p a r e c í a n ex t rañ amen te fami liares . No sab rí a d eci r có mo , p e ro las ex pli ca cio n es del e re m i ta le prov o cab an ex t raño s mov i mien to s i nterio res , co mo si se t rata se d e mi e mb r os su primido s y ah ora reaviv ado s . Co mo si l as ob serv ac ion e s del er mit año ac tua sen a mod o d e cat ali zad o r . C on to do cuidad o, sin que se d err amas e un a sol a go ta, el an ci a no dejó a u n lad o e l c u e n c o d e l a g u a , v o l v ió a j u n t a r l a s ma n o s y p ro s i g u i ó : « Yo est aba so bre aqu el la mes a , es cuch an d o y enten di en d o to das y cad a u na de aqu e ll as palab ra s. Tod o temor, to da in- ce rt idu mb r e me hab í an ab an do nado . Quis e mo s tra r a to da aquella gen te c ómo un sac e rd ote del Tíb et s abe vivi r, o mo rir. Mi na tu ral i mp etu osid ad me arras tró a o bs e r var, en vo z mu y alta. "Ya v éis , Seño r Almi ra nte; vu estro B iólogo es men os civ i li zado q u e n o sotro s; n o so tro s , n o mat a m o s n i siq u ie ra lo q ue llama mos an imal es in ferio res . No so t ros s omos c iv i liz a -104
  • d o s . " P o r u n m o m e n to , p a re c i ó d et e n e rse la m a r c h a d el T i e m -po. Incluso la respiración de los circunstantes me pareciód eten erse. Enton ces, ante mi más p ro funda sorpresa y n atural-m e n te e st u p o r , s e p ro d u jo u n a p l a u s o e s p o n t á n e o y n o p o c a sriso tad as . Los pres en t es pal mot eab an , cos a qu e yo in te rpre téco mo un signo d e ap rob ación hacia lo qu e d ije. Los p resentesp r o f e r í a n g r i t o s d e a l e g r í a y c ie r t o t é c n i c o q u e e s t a b a c e r c ade mí se inclinó y me dijo a media voz: "¡Muy bien, Monje,muy bien! No digáis nada más; no os juguéis vuestra buenasuerte!"»El Almirante tomó la palabra, diciendo: "El Monje nativoh ab ló. Ha mostrado , con toda mi satisfacción, qu e es una cria-t u r a s e n s i b l e y c o m p l e t a m e n t e c ap a c i t a d a p a r a l l e v a r a c a b o lami sión q u e se le en co mi end a. Y ado p to d el tod o su s ob ser-vaciones y las haré constar en mi relación dirigida a los Sa-bios." El Biólogo soltó agresivamente: "Lo que es yo, meretiro del experimento." Con esas palabras, aquella criatura-hombre, mujer, o neutro se marchó con estrépito de la ca-verna rocosa. Entonces, se produjo un suspiro de alivio; erapatente que el Biólogo Decano, allí, no gozaba de muchass i m p a t í a s . C e s a r o n l u e g o l o s r u m o r e s , r e s p o n d i e n d o a a lg ú ns i g n o d e l a ma n o , q u e n o p u d e percib ir. E n to nce s se p rodujou n f ro t e d e p ie s y el su su rro de p ap el es . El cli m a d e expe c ta -ción puede decirse que era tangible.» " S eñ o r a s y s e ñ o res — e sc u c h é q u e de cí a la vo z d el Al mi r an t e—: ahora que ya hemos agotado el turno de ruegos y pre-guntas, me propongo decir algunas palabras acerca de lo que setrata, dedicadas a todos aquellos que hoy se sientan por pri-mera vez en esta Comisión Inspectora. Alguno de ellos hapodido captar algunos rumores; pero los rumores no bastan.Voy, pues, a explicar a la Asamblea lo que nos proponemos yde qué se t r ata, de fo rma que p o d á i s d a r o s p e r fect a cu ent a d elos acontecimientos que serán el objeto de vuestra partici-pación.»"Los habitantes de este mundo están a punto de ir desarro-llando una técnica, que si no se frena, puede muy bien des-truirlos a todos. En el curso de todos esos acontecimientos 105
  • pueden contaminar el espacio de forma que resulten conta- minados otros mundos jóvenes. Esto, tenemos que prevenirlo. Como no ignoráis, este mundo y otros del mismo grupo son campos experimentales para diferentes tipos de criaturas. Como pasa con las plantas, que la que no es cultivada sólo es b roz a, en el mu nd o ani m al exis ten lo s ej e mp la r es d e raza y los bastardos. Los seres humanos de ese mundo pertene- cen a los segundos . Nosotro s, qu e h emos sembrado este mun- do con simientes humanas, hemos de asegurarnos de que nues- tro género destinado a otros mundos no se vea perjudi- cado. »"Tenemos aquí d elan te un natural d e este mundo en que nos hallamos ahora. Es de una región de un país denominado el Tíb et . Se t ra ta de una t eo c raci a; es d ec i r, qu e s e h al la g ob e r- nado por un jefe que con ced e la mayo r importancia a la adhe- sión a una religión determinada, más que a unas doctrinas políticas. En este país no existen agresiones. Nadie lucha para arrebatar las tierras de otros. La vida animal es respetada, exc ep to po r l as cl ase s in fe rio r es, q ue ca si s i empre so n g ent e nativa de otras co ma rc as . Au nque su re ligió n a nosotros n os parece fantástica, a ellos les guía en la vida y no molestan al p ró jimo n i quieren impon er por la violencia sus creencias. Son muy pacíficos y se necesita un alto grado de provocación para incitarlos a la violencia. Todas estas razones nos han inducido a pensar que en este país podríamos hallar un na- tivo dotado de una fenomenal memoria, que podríamos toda- vía dilatar. A ese nativo le podríamos inculcar unos conoci- mientos que él sería capaz de comunicar a otro hombre que posteriormente situaríamos en este mundo. »" Mucho s d e v o sotro s o s po d ré is p regu n ta r po r q ué no p od e- mos el eg i r un rep r esen tan te q ue s ea d irecto . Nues tr a resp ue s- ta es que no podríamos hacer esto de una manera satisfactoria del todo, po rque nos conduciría a diversas omisiones y malas intelig en cias. Se h a pro cedido de esa forma en cierto número d e c a so s q u e si e m p r e se h an d e mo st rado d es a ce rt ado s . Co m o veréis más tarde, lo intentamos con buen éxito con un hombre a quien los terrestres llamaban Moisés. Pero, aun con éste,106
  • la cosa no marchó bien del todo y prevaleció algún error ycon fusion es div ersas. Aho ra, p ese a nuestro ven erado Decanode Biología, vamos a en sayar es te sistema que ha sido pro yec-tado en un plano superior por nuestros Sabios.»"De la misma forma con que, con su magnífica habilidad cien-tífica, millones de años atrás perfeccionaron los vehículos másrápidos que la luz, ahora han perfeccionado un método pararegistrar visualmente los Archivos Akashicos. Por virtud deeste sistema la persona que se halla dentro de un aparatopodrá ver todo cuanto ocurrió en el tiempo pasado. En lam e d i d a q u e s u s i m p r e s i o n e s p u e d a n e x p l i c a r l e , vivirá t o d a slas experiencias; verá y escuchará exactamente como si estu-viese viviendo en aquellas remotas épocas. Para él será como siestuviese allí. Una extensión especial, que saldrá de su ce-rebro, nos permitirá a todos y cada uno de nosotros que par-ticipemos conjuntamente. El — vosotros, digamos nosotros —,d ejarán a todos los efectos , de ex istir en el momento actual ytransportarán sus sentidos, vista, oído y sensaciones a lasépocas del pasado, cuya vida presente y acontecimientos ex-p eri men ta re mo s, lo mis mo qu e en la actua li dad es tamos e xp e-rimentando la vida de a bordo, o la vida en los pequeñosn a v í o s d e p a t r u l l a , o t r a b a j a n d o e n e l m u n d o m u y l e j a n o d e lasuperficie, que es el de nuestro s laborato rios subterráneos. Y o ,personalmente, no pretendo comprender plenamente losprincipos que están en juego. Muchos de los aquí presentessaben más que yo del tema; y ésta es la razón de su presenciaentre nosotros. Otros, con otras ocupaciones, conocerán aúnmenos que yo, y esa ellos que se dirigen mis observaciones.Permitidme que os recuerde que todos debemos tener algúnresp eto p o r l a san tid ad d e la v id a . A lg u n o d e v o so t ros p o d ráconsiderar este nativo de la Tierra exactamente como cual-quier otro animal de laboratorio; pero, como lo ha demostra-do, posee sus sentimientos. Tiene inteligencia y — recordadlob ien — actu almen te, para nosotros, es la criatu ra más valio sade este mundo. Por esto se halla aquí. Más de uno ha pre-guntado: Pero ¿cómo "colmado esa criatura de conocimientos,podrá salvar el globo?" La respuesta es que no lo hará." 107
  • »El Almirante hizo entonces una pausa dramática. Yo no p u d e v e rl e , co mo es n atu ra l; p e ro e stuv e c o n v en cid o d e q u e los demás experimentaban la misma tensión que a mí me anonadaba. Entonces prosiguió: "Este mundo está muy en- fermo. Nos consta que lo está. Ignoramos la razón. Y que- remos hallarla. Nuestra tarea consiste en reconocer que existe aquí un estado de enfermedad. En segundo lugar, debemos conv en cer a lo s h omb res d e q ue es tán enfe rmo s . En te rcero, les hemos de inducir a que sientan deseos de ser curados. En cuarto, debemos descubrir concretamente la causa de todos sus males. Quinto, haremos evolucionar un agente curativo, y sexto, tenemos que persuadir a los hombres que hagan lo debido para que la cura surta su efecto. La enfermedad se relaciona con el aura. Pero, ignoramos cómo. Otro deberá venir, que no será de este mundo, porque, ¿cómo puede ver lo s males q u e aqu ej an a su p rój i m o , a q u él q ue p re c i s a me nt e es ciego?" »Aquella observación, me causó un sobresalto. Me parecía cont rad icto ri a; yo era c iego , p ero s e me h ab ía es cog ido p a ra aquella labor. Pero no; no era así. Yo era meramente el de- positario de ciertos conocimientos. Conocimientos que harían posible que otra persona, siguiendo un plan preestablecido, llev as e a cabo su co met ido . P ero e l Al miran te con t inu ab a s u discurso: » "N u e s t r o n a t i v o , u n a v e z e s t é p r e p a r a d o p o r n o s o t r o s y h a - yamos acab ado nuestra labor p ara con él, será tran spo rtado a un sitio donde pod rá gozar (desde un punto d e vista humano) d e u n a muy la r g a v id a . No p o d rá mo ri r sin h ab e r t rasp as ad o antes s us cono ci mi en to s a o t ra p e r s o n a . D u r a n t e s u s a ñ o s d e cegu era y sole dad, dis f ru tará de una paz in terio r y de la con- vicción de llevar a cabo algo que hará mucho bien a este mun do . Aho ra, h are mos un a ú lti ma co mp rob ación d e las co n- diciones en que se halla este nativo y luego empezaremos nuestras tareas." » En t o n c e s s e e s c u c h ó u n r u i d o , s i b i e n c o n si d e r a b l e , p e r f e c - tamen te o rd enado . La mesa sob re la cual yo estab a fue levan- tada y trasladada hacia delante. Me llegó a los oídos el ruido108
  • acostumbrado de cristal y metal chocando entre sí. El Ciru-jano General se me aproximó y me dijo al oído: "Cómo osencontráis?"»Apenas me daba cuenta de cómo me sentía ni dónde estaba;así es que le respondí: "Todo cuanto escuché no ha contri-buido a que me sienta mejor en ningún modo. ¿Continuarésin ver nada? ¿Cómo podré participar de todas esas maravillas sino se me quiere conceder la vista nuevamente?"»"Calmaos", susurró levemente. "Todo marchará bien, Vos,veréis lo más distintamente posible, en el momento opor-tuno."» Se calló unos mo men tos, mientras algun a o tra p ersona llegóhasta él y le hizo una observación. Luego prosiguió: "Ahoraos va a suceder lo siguiente: os pondrán en la cabeza lo queos hará efecto de ser un sombrero confeccionado con mallade alambre. Os parecerá frío, hasta que os acostumbréis alartefacto. Luego os calzarán los pies con algo que os podráparecer un par de sandalias, de alambre asimismo. Otros alam-bres se dirigirán a vuestros brazos. Al principio, experimen-taréis un cosquilleo más b ien incómodo; pero pasará p ronto yse acabarán todas las molestias. Reposad, seguro de que ostratamos con el máximo cuidado posible. Eso tiene la mayorimportancia para nosotros. Necesitamos que resulte un granéxito; sería una pérdida considerable cualquier fracaso en elexperimento."»"Sí", murmuré. "Yo soy el que arriesga más; yo, me juego mipropia vida."»El Cirujano General se puso en pie y se alejó de mí. "¡Se-ñor! ", dijo con una perfecta entonación o ficial en su voz. "Eln ativ o h a sid o , ex a min ad o y a h o ra est á a p u nto. Pid o per m isopara continuar.""Se o s co nc ed e, el pe rmiso — rep lic a la v oz g r ave del A lmi -rante —: ¡Empezad!" Entonces, empezó un "clic", agudo y unaex cl a mació n co ntenid a. No s é qu é man os me ag ar raro n po r e lcogote y levantaron mi cab eza. Otras, empujaron algo que pa-r e c í a s e r u n a b o l s a me t á l i c a d e a l a m b r e f l e x i b l e s o b r e m i c a -beza e hicieron entrar aquel objeto, siguiendo por mi rostro, 109
  • h asta la barbilla. Se pro dujeron chasquidos extraños y la bolsa metálica fu e ceñida sob re mi cara muy apretadamente y la ataron alrededor de mi cuello. Aquellas manos, luego se re- tiraron. Mientras tanto, otras se aplicaban a mis pies. Una sustancia grasienta, de olor nauseabundo, me untaba mis ex- tremidades inferiores y entonces dos sacos metálicos calzaron mis pies. Yo no estaba acostumbrado a tenerlos tan ceñidos y me mol es t aban sobr eman e ra. Pe ro y o n o p o día h ac er n ad a. E l ambiente de expectación, de tirantez, iba en progresión creciente.» Súbitamente, en la cueva, el viejo ermitaño se cayó de espal- d as. Po r u n la rg o ra to, el jo v en mon j e e st u v o p et ri fi cad o d e horro r ; despué s, galv anizado por la u rg en c ia , se p u so d e p ie de un salto y buscó a tientas debajo de la piedra, el frasco d e aq u el la med icin a p rep arad a p a ra u n se mejant e caso de ur- g en cia. Arrancando el tapón con manos temblo rosas, cayó d e rodillas al lado d el anciano e in trodujo forzadamente algunas gotas de aquel líquido entre los labios entreabiertos del er- mitaño . Mu y cuidados a men te, lu ego, v olv ió a tap ar el fras co y lo dejó al lado del cubo del ag ua. Después meció la cabeza del viejo sobre su regazo y frotó con decisión las sienes de aquél. Gradualmente, un pálido rastro de color volvió a sus meji- llas. Gradualmente, se produjeron signos de que el anciano se est aba recob r a nd o. Po r fin, t e mb l o t e a n d o , e l e r mi tañ o m o v i ó su mano, diciendo: «¡Ah, muy bien, muy bien!, hijo mío. ¡Muy bien hecho! Tengo que reposar un rato, ahora...» «Venerable — dijo el joven monje —, reposad ahora. Os voy a p r e p a r a r u n t é c a l i e n t e ; t e n e m o s u n p o c o d e a z ú c a r y ma n t e - quilla en cantidad suficiente.» Delicadamente, colocó su propia sábana pleg ada bajo la cabeza del anciano y se levantó. «Voy a poner el agua en la tetera», dijo buscando el caldero que sólo estaba medio lleno de agua. E r a e x t r a ñ o , a h o r a q u e s e e n c o n tr a b a d e n t r o d e l a i r e f r e s c o , reflexionar sobre las cosas marav illosas q ue había escu chado. Extrañ o, porque le resu ltab an familiares. Familiares, si bien olvidadas. Era una cosa parecida al despertar de un sueño110
  • — pensó —. Sólo que estos recuerdos volvían a su reminis-cencia, en vez de disolverse como los sueños. El fuego con-tinuaba encendido. Rápidamente, echó en la hoguera unospuñados de pequeñas ramas. Densas nubes azules se levanta-ron y ondearon por los aires. Una brizna de aire vagandoalrededor de la montaña dirigió un hilo de humo sobre elj o v e n mo n j e y l e o b l i g ó a r e t r o ce d e r t o s i e n d o y c o n l o s o j o slagrimeando. Una vez se hubo recobrado, puso el recipienteen el centro d e la ho guera, ahora b rillante. Dando una vuelta, e lj o v e n e n t r ó d e n u e v o e n l a c u e v a , p a r a c e r c i o r a r s e d e q u e elermitaño se estaba restableciendo.El viejo yacía sobre un lado, evidentemente bastante reco-brado. «Tomaremos algo de té y un poco de cebada — dijo —, ydespués descansaremos hasta mañana — y prosiguió —, porquedebo conservar mis débiles fuerzas que, de otro modo, mefa ll ar ían y n o p o d rí a d ej ar mi lab o r co mp le t a.» El jo v en mo n jese dejó caer de rodillas al lado d e su mayor y miró aquellafigura delgada y devastada.«Será como vos queráis, Venerable» , asintió. «Yo ahora en tropara ver si todo está en orden y luego traigo la cebada y loque se necesita para el té.» Después, se puso de pie y se fueal final de la cueva para juntar las provisiones dispersas.Tristemente, miró el azúcar que había quedado en el fondodel saco. Más tristemente, los restos de la mantequilla, redu-cid os a un a p e queñ a p o rción . En ca mb io , el té abu nd ab a rela-tivamente; bastaba con romper la pastilla y separar lo queera sólo broza. También había cebada suficiente. El jovenmonje decidió privarse del azúcar y la mantequilla, a fin deque el anciano pudiese disfrutar de ambos.Por la parte exterior de la cueva, el agua burbujeaba alegre-m e n t e e n l o q u e h a c í a l a s v e c e s d e c a l d e r o . E l j o v e n mo n j eechó el té al agu a h irvien te y un p ellizco d e bórax p ara que lerealzara el gusto. Mientras se dedicaba a esto, la luz del día ibamenguando y el sol corría al ocaso rápidamente. Aún que-d ab an, sin embargo, muchas cosas cosas po r hacer. Había quetraer más leña y agua, y el joven no había salido aúnpara ninguna de estas cosas. De momento, volvió a entrar 111
  • rápidamente en el interior de la cueva. El viejo ermitaño, sentado, aguardaba su té. Sobriamente, esparció una poca cebada dentro del cuenco, echó una pequeña mota de mantequilla y tendió la vasija para que el joven monje se la llenase de té. «Es un lujo cómo no lo tuve durante sesenta años», exclamó. «Pienso que se me perdonará por disfrutar de una bebida caliente después de un tiempo tan largo. No pude conseguirlo nunca. Una vez que probé encender fuego, sólo de intentarlo pegué fuego a mis vestiduras. Me quedan aún algunas señales de las llamas en mi cuerpo; pero ya sanaron, aunque tardaron bastantes semanas. Lo que trae el querer regalarse a uno mismo.» Hizo un pequeño suspiro y sorbió el té. «Vos tenéis una ventaja sobre mí», dijo riéndose el joven monje. «Claridad y oscuridad son lo mismo para vos. Yo, en cambio, con la oscuridad, he derramado el mío por el suelo.» «¡Oh! — exclamó el anciano —, aquí está el mío.» «De ningún modo, Venerable», replicó el joven con vehemencia. Tenemos de sobra. Yo me serviré algo más.» Durante un tiempo estuvieron en compañía y en silencio hasta que el té se hubo terminado; entonces, el joven monje se puso de pie y dijo. «Me marcho por más agua y leña. ¿Puedo llevarme vuestro cuenco para lavarlo?» Dentro del recipiente grande, ahora vacío, metió ambos cuencos y el joven salió de la cueva. El viejo ermitaño estaba sentado y tieso, aguardando, como había aguardado por varias décadas en el pasado. El sol se había puesto. Sólo en las cumbres reinaba una luz de oro, que ya viraba hacia el púrpura a medida que el joven monje lo iba contemplando. En la lejanía, en las oscuras faldas de los montes, se iban encendiendo pequeñas motas de luz. Eran las lámparas de mantequilla que brillaban a través del aire frío y nítido del llano de Lhasa. El perfil sombrío del convento de lamas de Drepung relucía como una ciudad amurallada, más abajo, siguiendo el valle. Aquí, en el mismo flanco de la montaña, el joven pudo divisar desde las alturas la ciudad, los conventos de lamas y seguir el brillo del río Ale-112
  • gra. Más lejos, el Potala y la Montaña de Hierro aún resulta-ban imponentes, por mucho que en apariencia se viesen em-pequeñecidos por las distancias tan considerables.Pero no había tiempo que perder. El joven monje se repren-dió a sí mismo, lleno de una viva indignación por su propiapereza, y se apresuró a lo largo del sendero a orillas del lago. Atoda prisa, llenó el recipiente y lavó los dos cu encos, comoantes había lavado aquél, y regresó por el mismo camino,l l e v a n d o e l r e c i p i e n t e c o n l a g ru e s a r a m a q u e l e s e r v í a p a r amanejarlo. En aquel momento, cumo se detuviese unos mo-mentos para descansar, ya que la rama era larga y pesante,miró hacia atrás por donde había el paso de la montaña queconducía a la India. Allí tembloteaban unas lucecitas qued ela tab an la p r esen ci a de un a caravan a de mercad e res , a c a m-p ado s p or la n och e. N ad i e v i aja p o r l a noc he. El corazó n d e ljoven latió con fuerza. Mañana, los mercaderes volverían ae mp r end e r su l en to v ia je a lo la rgo de la pist a de la mont añ a ysin duda establecerían su campamento a orillas del lago,antes de proseguir hasta Lhasa, el día siguiente. ¡Té, mante-q u i l l a ! El j o v e n s o n r i ó p a r a s í y v o l v i ó a ca r g a r c o n s u s p r o -visiones como renovado.«¡Venerable!», anunció al entrar a la cueva con el agua. «Hayunos mercaderes en el paso de la montaña. Mañana tendre-mos mantequilla y azúcar. Estaré de guardia entretanto.» E lanciano se sonrió levemente, mientras decía al joven:«Muy bien. Pero, lo que es ahora, durmamos.» El joven leayudó a ponerse en pie y le guió la mano hasta la pared.Vacilando, el ermitaño se fue a su habitación interior. Eljoven monje se echó, después de haber limpiado la depresiónd o n d e t e n í a s u y a c i j a . D u r a n t e u n r a t o e s t u v o p e n s a n d o en loq ue h abí a escu ch ado . ¿Era ci erto o n o qu e lo s ho mb res eransó lo y erb ajo s? ¿N ad a más qu e u nos ani m al es exp eri men ta les?« No — p en só —, alg u n o d e n o so tro s h ac e to do lo p osib le paraob rar lo mejor que sabe en circunstancias d ifíciles; y n u e s t r o st r a b a j o s s i r v e n p a r a a n i m a r n o s a e s c a l a r h a c i a a r r i ba, porquesiempre, en las cumbres, hay sitio.» Pensando esas cosas, se quedóprofundamente dormido.
  • Capítulo séptimo El joven monje se revolvió con un estremecimiento. Soño- liento, se frotó los ojos y se sentó. La entrada de la cueva era de un gris oscuro y borroso, contra la negrura del interior. El frío hacía sentir su aguijón. Rápidamente, el joven se vistió y se apresuró hacia la entrada. El aire allí era muy frío, y el viento aullaba entre las ramas y carraspeaba entre las h ojas secas . L os páj a ros p eq u eños s e h ab í a n r e s g u a rd a d o d e l viento colocándose al amparo de los troncos. La superficie d e l l a g o s e a g i t a b a y a l b o r o t a b a l e v a n t a n d o u n o l e a j e q u e se ro mp í a con tra las o ri ll as, o b lig and o a l as cañ as qu e se en- corvasen, protestando contra la fuerza que se les hacía. El día, recién nacido, era gris y alborotado. Nubes amonto- nadas sobre los perfiles de las montañas flotaban y descen- d ían po r las cu estas, como reb años de ovejas perseguidos por los perros del cielo. Los pasos de la montaña estaban escon- d idos p or nubes tan negras como las rocas mismas. Las nubes c o n t i n u ab a n d es c e n d ie n d o , b or r a n d o e l p ai saj e, in und an d o la m e s e t a d e Lh a s a d e n t r o d e m a r e s d e n i e b l a . U n s ú b i t o s o p l o d e v ien to, y la tropa de nubes, pareció barrer al joven monje. De tan espesas como eran no pudo continuar viendo la en- trad a d e la cue va. No po d ía ver su mano a p oca d ist an cia d el rostro. Ligeramente a su izquierda, la hoguera emitía silbidos y salpicaduras al caer sobre ella los relentes de la niebla. Apresuradamente quebró algunos palos y los apiló encima del fuego todavía en rescoldos. La leña húmeda crujió y humeó mucho rato antes de inflamarse. Los mugidos del viento su- bieron de punto hasta convertirse en chillidos. La nube se hizo aún más espesa y el golpeo violento de las piedras del granizo obligó al joven monje a buscar refugio dentro de la cueva. De la hoguera se escaparon unos silbidos y el fuego murió poco a poco. Antes de que se extinguiese del todo, el j o v e n a p a r t ó u n a r a m a t o d a v í a e n c e n d i d a . P r e s u r o s a m e n t e , la llevó hasta la misma boca de la cueva, a cubierto de lo peor114
  • de la tormenta. Con menos fortuna, salió de nuevo a salvartanta leña como fuese posible, ya que las aguas se la llevaban ensu curso torrencial.Estuvo mucho rato realizando un gran esfuerzo. Luego, qui-tándos e la rop a y escu rri éndola, y a qu e est ab a e mp ap ad a p o r l alluvia. Actualmente, la niebla invadía la cueva y el jovenmonje tuvo que seguir su camino de regreso a tientas, hastaque llegó a la gran roca, bajo la cual acostumbraba dormir.«¿Qué pasa?», interrogó la voz del ermitaño.«No os preocupéis, Venerable», replicó el joven amablemente.«Las nubes nos han caído encima y nuestro fuego práctica-mente se apagó.»«No hay que preocuparse — dijo filosóficamente el viejo — elagua existió antes que el té; bebamos, pues, agua y dejemospara más adelante el té y la tsampa hasta que el fuego lopermita.»« De acuerdo, Venerable», respondió el joven . « Veré si pu edoalumbrar de nuevo una hoguera, al amparo de la roca; pudesalvar una rama encendida, a tal propósito.»E l jo v en s e d i r ig ió d e n u ev o a la ent r ada . E l g r ani zo caía, es-p eso; todo e l s u elo est aba cu bie rto d e l a g r anizad a y l a o scu-rid ad era aún más in tensa qu e an t e s . S e p r o d u j o u n r e s t a l lid ocomo de látigo, seguido del profundo rumor de un trueno, otal vez de una peña que había sido partida por el rayo. Eljoven monje se preguntó si alguna otra ermita se había vistoarrastrada como una hoja al viento, dentro de la tempestad;se estuvo un rato escuchando, procurando oír alguna voz pi-diendo socorro. Entonces regresó a la cueva y se agachó sobrela rama que todavía se veía ardiendo. Con todo cuidado, lea r r i m ó p e q u e ñ o s p e d a z o s d e r a m i t a s y a l i m e n t ó n u e v a m e n t e elfuego . D ens as nubes de humo s u rg i e r o n e n t o n c e s y f u e ro nempujadas por el viento en dirección al valle; pero las llamas,preservadas por el saliente de las peñas, crecieron con todapausa.Dentro de la cueva, el anciano ermitaño estaba temblando,porque el aire, húmedo y frío, traspasaba su delgado y man-chado manto. El joven monje pensó en su propia capa; pero 115
  • también ésta se hallaba empapada. Guiando con la mano al viejo monje le condujo poco a poco hasta la entrada de la cueva y le hizo sentar allí. El joven monje, con todo cuidado, iba empujando las ramas encendidas, acercándolas al anciano, para que pud ie se not ar el ca lor y n o t ar alg ú n aliv io d el f rí o . « V o y a p r e p a r a r a lg o d e t é — d ijo —; aho r a el fueg o es s ufi- ciente.» Diciendo estas palabras entró a la cueva por el recipiente de agua y volvió con éste y la cebada. «Voy a llenar sólo hasta la mitad del agua — observó —, ya que el fuego es demasiado pequeño, y tendríamos que esperarnos demasiad o.» Se sentaron después el uno al lado d el otro, pro- tegidos de las peores embestidas de los elementos, por el techo rocoso y el saliente lateral de la entrada. Las nubes eran densas y no se escuchaba el canto de ningún pájaro. «Será un invierno muy rudo», exclamó el viejo ermitaño. «Por fortuna para mí, no tendré que soportarlo. Cuando os haya comunicado todo mi saber a vos, podré abandonar mi existencia y me veré libre para mi partida a los Campos Ce- lestiales donde, de nuevo, podré gozar de la vista de mis ojos.» Meditó luego unos minutos en silencio, mientras el j o v e n m o n j e c o n t e m p l a b a l a f ig u r a d e l h u m o s o b r e l a s u p e r - ficie de las aguas. Entonces, prosiguió: «Es, ciertamente, muy duro agu ardar todo s estos años en la más total o scuridad , sin ningún hombre a quien llamar "amigo", y viviendo en tal estrechez que hasta el agua caliente parece un lujo. Se han arrastrado los años a mi alrededor y he transcurrido una larga existencia sin haber viajado más que lo que hice hoy, para lleg a r al lado de est a hogue ra. Po rqu e, d e tanto tie mpo co mo p e r m a n e c í si l e n c i o so , h a s t a m i v o z s e meja u n est e rto r ron co . Hasta que vos llegasteis, no tuve fuego, ni calor, ni compañía, cuando el trueno estremecía la montaña y las rocas que se derrumbaban amenazaban emparedar mi refugio.» El joven monje se puso en pie y arropó la sábana secada al fu ego sobre las flacas esp aldas de su mayo r y se dirigió hacia el bote de agua, cuyo contenido ahora burbujeaba alegre- mente. Dentro del agua, el joven echó un abundante pedazo del ladrillo de té. Cesó, entonces, el burbujeo; pero no tardó116
  • mucho en volver a humear el caldero, y entonces se añadióazúcar y bórax al agua. El tronco, recién descortezado, fueaplicado enérgicamente, y un a astilla p lana fu e utilizada para i rq u i t a n d o l o p e o r d e l o s t r o n c o s y l a b r o z a q u e f l o t a b a n e n lasuperficie.El té tibetano — té de la China — es la forma más barata deté , con s ist ent e en ba rredu r as d el s u elo d e cal idad es mejo res .Es lo que queda después que las mujeres han recolectadolas hojas más escogidas y han dejado de lado el polvillo. Elconjunto de esos desperdicios se prensa en bloques o en la-drillos, y se transporta sobre los pasos del Tíbet, donde lostibetanos, a falta de mejor, adquieren dichos ladrillos a cam-bio de otros artículos y usan ese té como uno de los ingre-dientes de su duro existir. A ese té hay que añadirle bórax,porque dicho té es tan crudo y fuerte que con frecuenciao cas io na ramp as d e l estó mag o. La o p eració n d ef in it iva , c uan -do se hace el té, consiste en quitarle las impurezas de lasuperficie.«Venerable maestro», preguntó el joven monje. «¿No estuvisten un ca en l as o r ill as del l ag o? ¿No t e h as pas eado a lgu na ve zpo r el ancho bord e de las rocas, a la derecha d e la cueva?» « N o— replicó el ermitaño —; desde que fui depositado en estac u e v a p o r l o s H o m b r e s d e l E s p a c i o , j a m á s h e i d o m á s lejo squ e dond e aho ra estamo s. ¿Qué interés p odía ofrecerme el irmás le jo s? No podía ver n ada de lo qu e est ab a a mi al r e dedor,ni podía arriesgarme con seguridad hasta las orillas del lago,con peligro de caer en él. Después de tantos años dentro d e l ac u e v a y e n l a o s c u r i d a d , s i e n t o q u e l o s r a y o s d e l s o l h ierenmi ca rn e. Lo s p ri m ero s ti e mp os de mi est anc ia en es ta c u e v aa c o s t u m b r a b a a b u s c a r a t i e n t a s m i c a m i n o h a s t a e s e pu ntop ar a ca len ta r m e al so l ; p e ro d esd e l a rg o tie m p o pe r ma n e z c osiempre en el interior. ¿Cómo está hoy el día?» «Muy mal,Venerable», replicó el joven monje. «Puedo ver nuestrah o g u e r a y l a s • f o r m a s b o r r o s a d e u n a r o c a l e j a n a . E l re sto e stáen neg re cido po r u n a nieb la g r is esp esa y p eg ajo s a. Llegan losnubarrones por la montaña; la tempestad nos viene de la India.» 117
  • Distraídamente, contemplaba sus propias uñas. Habían crecido mucho . Resultab an incómod as. Mirando a su alred edor, halló u n p edazo de p ied ra d el ezn ab le, pi ed ra ca í d a p or l as l ade ras de la montaña procedente de algún fenómeno volcánico de la antigüedad. Con toda energía, frotó esa esquirla contra sus u ñ as h as ta q u e las r ed u jo a u n as p ro p o rc io n es más có mod a s. Las uñas de los pies, pese a que eran más duras y resistentes, el joven monje, resignadamente, trabajó hasta que quedaron a su entera satisfacción. «¿No podéis ver ninguno de los pasos de la montaña?», pre- gutó el anciano. «¿Es que los viajeros se encuentran parali- zados por las nieblas de la montaña?» « Con toda seguridad», ex clamó el joven mon je. «Deben estar pasando sus rosarios, esperando así apartar a los demonios. No l es ve remo s hoy. Vend rán a nosotros c uando se lev an ten las nieblas. Y, aun, hay que contar con que el suelo está cu- bierto de granizo congelado. Ahí mismo, delante de nosotros, forma una espesa capa.» «Bien; entonces — continuó el anciano —, podemos proseguir nuestra conversación. ¿Hay más té, por ventura?» «Sí; lo hay», replicó el joven monje. «Voy a llenar vuestra taza; pero tenéis que beberlo rápidamente, si no se os va a enfriar en un momento. Ahí está. Voy a añadir leña a la ho- guera.» El joven monje, después de haber puesto el cuenco en las manos extendidas del anciano, se levantó a por más leña q ue ani m as e el fu ego . « Qu i e r o tra e r más t ro n cos y ra mas d el b osq ue d e en f r ente , b ajo la ll u via» , an un ció , c a min ando d e n- tro de la niebla. No tardó en regresar, cargado con aquellos troncos y ramas mojadas. Entonces situó su carga, ordenán- dola alrededor del fuego, para que se secase con el humo caliente. «Ahora, Venerable — le dijo al propio tiempo que se sentaba a su v era —, estoy completamente listo para escu char cuanto queráis explicarme.» Durante algunos minutos, el viejo permaneció en silencio, pro- b ablemen t e re memo rand o en su i m ag in ació n aq ue llo s leja nos días. «Es extraño», observó como de paso. «Estarme aquí como el más pobre de los pobres, y revivir en la imaginación todos118
  • los portentos que he presenciado. Experimenté grandes co-sas, he visto muchas y me ha sido prometido mucho. El due-ño de los Campos Celestiales está ya a punto de darme labienvenida. Una de las cosas que aprendí, y vos no tendréisque olvidarla en los años venideros, es la siguiente: Esta vida essólo una so mbra d e existencia. Si realizamos nuestra lab or enesta vida, podremos ser admitidos en la vida real de másarriba. Lo sé porque lo he visto. Pero continuemos por elorden con el cual se me ha encomendado explicar las cosas.¿Dónde estábamos?»Vaciló y se d e tu vo u no s inst an te s. El jov e n monj e ap ro v echóla ocasión para añadir leña al fuego. El ermitaño continuó:«Sí; la tensión de la atmósfera en la caverna fue creciendocontinuamente hasta un punto insostenible, y yo era el quese hallab a en mayor tensión d e todos . Al fin, la tensión alcanz óun punto casi insostenible. El Almirante, entonces, pro-nunció unas breves órdenes. Entonces se produjo un movi-m i e n t o d e t é c n i c o s a m i a l r e d e d o r y u n c h a s q u i d o s ú b i t o . Enel acto, yo experimenté como si todos los tormentos del infiern ob ro t a s e n a t r a v é s d e m i c u e r p o . E ra co m o s i f l o t as e y mesen tí a a pu n to d e estall ar . Ra yo s en zig - zag se en cen dí an p o rel ámbito de mi cerebro y mis órbitas privadas de ojos meparecía como si estuviesen colmadas de carbones encendidos.S e p r o d u c í a n , e n m í , v u e l t a s d e n t r o d e l a c a b e z a , a g u do s ydoloroso s chas quidos. Me se ntía co mo g ira ndo y ro dan do porla eternidad. Crujidos, estallidos y horribles estruendos meacompañan sin cesar.»Caía siempre más abajo, girando y volteando la cabeza pord eb ajo de mis talones. L uego tuv e la sensación de un largo tubod e co lo r neg ro en un o d e cuy o s ex tr emo s ap arec ió un a lu z decolor rojo sanguinolento. Entonces, cesó aquel volteo y me vilentamente ascend ien do aquella luz. A v eces, me deslizab ah a c i a a b a j o ; e n o t r a s , m e d e t e n í a ; p e r o s i e m p r e u h e mp u j epenoso, va cil a n te, vo lví a a ll evá rs e m e p e n o s a men te , v a c i l a n -temente; pero siempre hacia arrib a. Por fin, llegué a la fuentede aquella luz sanguinolenta, y no pude avanzar más. Unapiel, una membrana o "algo" obstaculizaba mi camino ade- 119
  • lante. Repetidas veces fui lanzado con violencia contra el obstáculo. Otras tantas no logré pasar. Crecían mi dolor y terror. Una violenta impresión dolorosa me invadió y una esp antosa fu erza me empujó repetidamen te con tra la barrera; se escuch ab a un son ido agudo y d esgarrado r. Ento nces me v i lanzado a gran velocidad a través del obstáculo que se pul- verizaba. »Vertiginosamente yo subía; mi conciencia se oscureció y llegó el momento que se apagó del todo. Experimentaba la vaga impresión d e una in terminable caída. En mi cerebro, una voz gritaba. "¡Sube, sube!" Me inundaron unas olas de náusea. Y la Voz, imperiosa, me exhortaba. "¡Sube, sube!" Por fin, lleno de exasperación, me esforcé en tener los ojos abiertos y ten e rme so b r e mi s pies . Pero , no fue p osib le; ¡no ten ía cue r- po! Era un espíritu desencarnado, dueño de vagar adonde quisiera de este mundo. ¿Este mundo? ¿Qué era, este mun- do? Miré h acia arriba y creció mi extrañ eza d e la escena qu e yo contemplaba. Los colores eran, todos, falsos. La hierba era verde y las rocas, amarillas. El cielo, era de un tinte verde y se divisaban dos soles. El uno era de un azul-blanco y el otro , ana ran jad o. ¿L as so mb ra s? No h ay m an er a d e d esc r ib i r las sombras que proyectan dos soles a la vez. Pero, todavía más raro, se veían estrellas en el cielo. En pleno día. Eran, las estrellas, de todos los colo res: ro jas, azu les, verd es, de color de ámbar, e incluso algunas eran blancas. No estaban despa- rramadas como lo están los astros a los cuales estamos acos- tumbrados. Allí las estrellas cubrían el cielo, como los gra- nos de arena tapizan enteramente el suelo. »De lejos, llegaban rumores, ruidos. Pero por mucho que esforzásemos nuestra imaginación no podríamos llamar mú- sica a todos aquellos ruidos; sin embargo, no hay duda que t o d o a q u e l l o e r a m ú s i c a . La V o z s e h i z o e s c u c h a r d e n u e v o , fría, implacable: «Muévete; decide por ti mismo adónde ne- cesitarás ir"; de manera que yo pensé dirigirme a la zona de donde me ll egab an los son idos. Y y a est a b a en el la . Sob re un terreno llano, cubierto de hierba roja, bordeado de árbo- }es de color de púrpura y de naranja, danzaba un grupo de120
  • gente joven. Algunos iban vestidos de colores vivos; otros nollevaban vestidura alguna. Con todo, estos últimos no provocaronen mí la menor reacción adversa. A un lado iban otros tañendoinstrumentos cuya descripción rebasa mis facultades. El ruidoque armaban, me es igualmente imposible describirlo. Todas lasnotas me resultaban desafinadas, y el ritmo, para mí, no teníasentido alguno. "¡Mézclate con ellos!", me ordenó la Voz.»Inmediatamente, me vi flotando por encima de ellos, y meordené a mí mismo ir sobre un trozo de aquel prado y me sentísobre aquél. Era tan caliente que temí lastimarme los pies; perorecordé que yo no tenía pies, ya que era un espíritu de-sencarnado. Lo que luego ocurrió me lo demostró bien claramente:una muchacha desnuda, persiguiendo a un joven cubierto de brillantesvestiduras, pasó a través de mí sin darse ellos cuenta. Lamuchacha aprisionó a su hombre y enlazándole con sus brazos lollevó fuera del prado, tras los árboles, y del sitio donde sedetuvieron me llegaron algunos chillidos y exclamaciones deplacer. Los instrumentistas continuaron con sus dislatesmusicales, y todo el mundo pareció hallarse en extremocomplacido.»Subí, luego, por los aires y no por mi propia voluntad. Me veíadirigido como una corneta cuyo hilo maneja un chaval. Siempremás alto, yo ascendía por los aires hasta que, por fin, pudedivisar el brillo del agua. ¿Era, verdaderamente, agua? El colorera de espliego pálido, que mandaba destellos de oro al rizarselas olas. "El experimento me ha matado", juzgué entre mí."Ahora estoy en el Limbo, en la Tierra de las Gentes olvidadas.Ningún mundo contiene tales colores ni cosas tan singulares.""¡No!", murmuró aquella inexorable Voz, dentro de mi cerebro.«El experimento ha tenido buen éxito. Tendréis su debidocomentario de todo cuanto ahora sucede, para que estéis másinformado. Es vital que comprendáis todo cuanto se os muestre.¡Poned toda atención!" "¡Toda mi atención! ¿Podía acaso hacerotra cosa?", pensé tristemente.»Me remonté cada vez más alto. Muy lejos, divisé refulgentesrayos en el horizonte. Eran extrañas y espantosas formas que 121
  • all í s e co ntemp laban , semej an tes a los d iab los de las pu ert as d el In fiern o. Pod ía distinguir también man chas d ébiles d e lu z que se caían y ascendían, yendo de una forma a otra, de aqué- llas. Todo alrededor de ellas existían amplios caminos que irradiaban de cada una de aquellas formas, igual como los pétalos de las flores se alejan radialmente del centro. Todo aquello era, para mí, un misterio; no podía imaginar cuál pod ía ser la natu raleza de todo aquello; sólo podía flotar por los aires, lleno de sorpresa. »Bru s ca m ent e, me s en tí lan zad o d e n uev o a velo cidad acel e- rad a. De scen dí a la altu ra d e mi v u elo . Mi d escens o , d el to d o involuntario, se dirig ía hacia un punto donde pu de distinguir varias cas as in d iv idua les espa rcidas a lo l arg o d e u nas ca rre- teras dispuestas de forma radial. Cada cas a me p arecía tener, a lo menos, el tamaño de las que son propiedad de la más alta aristocracia de Lhasa, cada una ocupando una porción crecida de terreno. Extrañas estructuras de metal se apelotona- ban a través de los campos, efectuando trabajos que sólo un agricultor puede relatar puntualmente. Mas, cuando estuve más ce rc a, me d i cu en ta d e q u e s e t rat ab a de u na g ran finca, donde flotaban sobre unas aguas poco profundas unas planchas perforadas. Encima de aquéllas había un gran número de plantas maravillosas, cuyas raíces se arrastraban dentro de las aguas. Tanto por su belleza como por su tamaño, aquellas plantas eran mucho mayores que las que usualmente crecen sobre el suelo. Contemplándolas, me llenaba de maravilla. »De nuevo me remonté de aquellos parajes y podía ver ma- yores horizontes a lo lejos. Aquellas formas que tanto me habían in t rig ad o cu and o las v eía d esd e l ejo s , es tab an much o más cerca; p ero mi cerebro obtuso no se hallaba en situ ación de comprender lo que veía; era demasiado impresionante; parecía increíble en exceso. Yo era un pobre tibetano, sim- plemente un humilde sacerdote que nunca había pasado de u n a c o r t a v i s i t a a K a l i mp o n g . P e r o , e n a q u e l l o s p r e c i s o s instantes, ante mis extrañados ojos — ¿pero yo tenía ojos? —asomaba una grande, una fabulosa ciudad. Torres inmensas, en espiral, se elevaban tal vez unos setecientos me-122
  • tros en el aire. Cada una de ellas poseía un balcón en espiral,del cual irradiaban, sin que se viese ningún apoyo, unas ca-lles que entre todas tejían una telaraña, espesa cual no loson tejidas por las propias arañas. Dichas calles se hallabanate st adas po r una rápid a mu chedu mb re . Ha cia a r rib a y h a ciaabajo oscilaban pájaros mecánicos cargados de gente. Cadauno de ellos se las arreglaba para no chocar con los demáscon una habilidad que me llenaba de sorpresa. Uno de aque-llos pájaros veloces vino hacia mí. Vi un hombre que ibadelante de todo, guiándolo; pero él no me veía. Todo micuerpo se contrajo y se retorció de terror, pensando en elchoque inevitable; pero el artefacto se me acercó, veloz, atr av és mío , y _n o m e p as ó n ad a . ¿Qu é era, y o? Sí; recu erd o,era entonces un espíritu desencarnado; pero quisiera quealguien explicase a mi cerebro la razón por la cual experimen-tab a e mo c ion e s — p r incip almente la d el mied o — , igu al qu eun cuerpo normal y entero en mi caso habría experimen-tado.» Yo v ag ab a entre aqu ellas torres en esp iral y me co lump iab aso b re las c al le s. A c ad a p u n t o , d es cu b r ía n u evas ma r av il l as.En c iertos alto s nivel es, se v eían estup end o s ja rd in es co lg an -t e s . H a b í a c a m p o s d e j u e g o de u n a i n c r e í b l e b e l l e z a p a r a l agente noble. Pero, todos los colores estaban equivocados.Y la gente también. Unos eran gigantes y otros enanos. Al-gunos tenían cosas de seres humanos y otros de aves, elcu erpo q ue par ecí a hu mano y que pos eía un a pe rfect a c ab ezade pájaro. Algunos eran blancos; otros, negros, o colorados,al paso que otros eran verdes. Eran de todos los colores, nosi mp lemente matice s o tint es, si no co lo res p ri m ar io s b i en de-finidos. Algunos de ellos poseían cuatro dedos, con un pul-gar en cada mano. Pero los había que tenían, en cada mano,nueve dedos y un par de pulgares. Un grupo ostentaba sólotres dedos, cuernos a lado y lado de la testa y un rabo. Misnervios no aguantaron más ante aquella visión y, por mi volun-tad, me elevé por los aires con toda velocidad.» Desd e mis nuevas alturas la ciudad se veía claramente comocubría un vasto espacio; se extendía tanto como podía alcanzar 123
  • mi vista; pero en uno de sus extremos distantes, se divisaba un claro que estaba libre de altas edificaciones. Allí, el t r á f i c o a é r e o e r a i n t en s í s i m o . U n o s t i l d e s b r i l l a n t e s ( a s í l o parecían por la distancia) se remontaban con una velocidad que desafiaba la vista y seguían por un plano horizontal. Me vi marchando por los aires hacia aquel distrito. Al a p r o x i m a r m e , me d i c u e n t a d e q u e t o d a a q u e l l a á r e a p a r e c í a fabricada de cristal, y en su superficie se descubrían raros a p a r a t o s m e t á l i c o s . A l g u n os e r a n e s f é r i c o s y , p o r l a dirección que llevaban, parecían viajar más allá de los confines de aquel mundo. Otros, parecidos a dos hemisferios de metal unidos por los bordes, también parecían destinados a viajes fuera de su mundo. Mas había otros que parecían lanzas disparadas. Observé que, después de ganar cierta altura, adoptaban una trayectoria horizontal y viajaban hacia a l g ú n s i t i o , p a r a m í d e s c o n o c i d o , d e a q u e l m u n d o . El movimiento era vertiginoso y yo apenas podía creer que tanta g e n t e p u d i e s e c a b e r e n u n a c i u d a d . To d o s l o s h a b i t a n t e s d e l mundo estaban allí congregados, pensé. Pero ¿quién era yo? Me sentí lleno de pánico. » L a V o z m e r e s p o n d i ó : "T i e n e s q u e s a b e r y e n t e n d e r q u e l a T i e r r a e s s ó l o u n p e q u e ñ o es p a c i o ; l a Ti e r r a e s u n o d e l o s más diminutos granos de arena a orillas del Río Feliz. Los demás mundos de este Universo donde está situada la Tierra son tantos y tan diversos como la arena, los guijarros y las rocas que siguen las orillas del Río Feliz. Pero eso no es más que un Universo. Hay Universos más allá de toda cuenta, lo m i s m o q u e h a y b r i z n a s d e h i e r b a e n e l s u e l o . E l Ti e m p o sobre la Tierra, no es más que un parpadear dentro del tiempo cósmico. Las distancias terrestres no son de ningún momento; son cosa insignificante y es como si no existiesen, e n c o mp a r a c i ó n d e l a s g r a n d e s d i s t a n c i a s d e l e s p a c i o . A h o r a estáis sobre un mundo en un lejanísimo Universo, tan lejos d e l a T i e r r a q u e o s d a i s cu e n t a d e q u e e s t á m á s a l l á d e v u e s t r a c o mp r e n s i ó n . T i e m p o l l e g ar á , e n e l c u a l l o s m a y o r e s c i e n t í f i c o s d e v u e s t r o mu n d o s e v e r á n o b l i g a d o s a r e c o n o c e r q u e h a y o t r o s m u n d o s h a b i t a d o s y qu e l a T i e r r a n o e s , c o m o ahora se creen, el centro de la creación. Ahora os encon-124
  • tráis si tuad o s o bre e l m u n d o p ri n c i p al d e u n g r u p o q u e c u e nt amás d e un millar d e el los. Cad a u no d e l o s m u n d o s e s t áh abit ad o, y tod os ellos re con o cen l a au to rid a d del Maes tro delmun do sob re el cu al es t a mos ah ora. Cad a mun do se g o biern a así mis mo , si b i en todo s sig u en un a po líti ca co mún, d i rig id a ala ex tirpa ción d e las peo res i njustici as ba jo la/ cu ales v iv e lag ente. Un a po l íti ca d i rig id a a la mejo ra de l as co ndi cio n es enq u e tod o s v iv e n ."C ada u no de dicho s mun do s ti ene , a su ca beza, un a su e rt e dep e rs o n a . A lg u n o s s o n p e q u e ñ o s , c o m o h ab é i s v is to . O tro s ,alt ísi mos , có mo tambi én hab éis co mp rob ad o. Alg uno s, s e g únn u est ro s mod o s d e v e r, so n f eís i m o s y f an t á s t i c o s ; o t ro s , h e r -moso s y an géli cos. No deb e mo s, s i n e m b a rg o , e n g a ñ a rn o s p o rlas ap ari en ci as ex terio r es, y a q u e l a i n te n c i ó n d e t o d o s e sb u en a . T o d a e sta g en t e rin d e v asall aj e al Ma es tro d el mu nd oen q ue aho ra e sta mo s . Se rí a ocioso int en ta r daro s los n o m bresde todos ellos; éstos no tend rían el menor sentido en vue stralen gua y en vu estra co mp rens ión . S ó lo s erv irían p a rae mb ro ll aros la me mo ri a . Es t a g en t e rin d e v asa ll aje , co m o h ed icho , al Gran M aes tro de este mu ndo en que esta mo s. Esalg ui en q u e n o alb e rg a en su pe cho d e se os terri tor ia les enab soluto . Algu ien cuy o máximo in terés con sist e en l a pre ser-v ació n d e l a p az d e to dos lo s h omb res , s ea cu al sea su forma,su ta maño, su colo r, p ara q u e p uedan ayud ar le en la tare a d ep ra ct icar el b i en, en lu ga r de aqu el las de stru cc io nes a qu ed e b e n d e d ic ar s e a q u e l l o s q u e d eb an d e fen d ers e a s í mis mo s .Aqu í no h ay grand es ej érci t os, n i ho rdas batall ad oras . Hayh omb res d e c i enci a, co me rci ante s, n atu ral m en te s ac e rdo t es yta mbi én exp lo r ad ores qu e v an a mu n d o s r e m o to s p a r a a u me n t a rel n ú me ro d e a quellos q u e se as o c i a n a l a h e r ma n d ad p o d e r o s a ."Pero n adi e s e ve in vitado . Lo s q ue q u ieren su mars e a esafed era ció n t ien en qu e p edi rlo y sólo s e ad mi ten aqu e llos qu eh an d est ruido s u s a r m a men to s." El mun do en el cu al n os ha l lamos a ctu al men te es el cen t ro deest e Un iv erso p art icu l a r. E s el cen tro d e la cu ltu ra, d elc o n o c i m i en t o , y n o h ay o t ro q ue le sup e r e en magn itud . Un a 125
  • fo r m a es p ec ia l de mo do d e v i a ja r ha sido des cubie r to y desa - rrollado. Repito de nuevo que el explicar los métodos em- pleado s c arg a rí a en ex ceso lo s cereb ros d e lo s may o res ci en - tíficos de la Tierra; no han llegado todavía al escalón que permit e p en s ar en cuat ro y au n en cinco di men sion es, y to d a discusión con ellos carecería de sentido hasta el día que llega- rá en qu e pu ed an lib ra rs e de t od os los pr eju i cio s qu e los t i e- nen cautivos. "Las escenas que ahora veis suceden en el mundo-guía, ac- tualmente. Necesitamos que viajéis por su superficie para con- templar la civilización tan avanzada de sus habitantes, tan magnífica que vo s no sois capaz de comprender. Los colores que v eis aquí, no son los que acostumbráis en la Tierra; pero é s t a n o e s e l c e n t r o d e l a c iv i l i z a c i ó n . Lo s c o l o r e s s o n d i f e - rentes en cada mundo, y dependen de circunstancias y necesidades propias de cada uno de ellos. Podréis ver este mundo, y mi voz os acompañará. Cuando hayáis visto lo bastante de este mundo para comprender su grandeza, en- ton ces viajaréis en el pasado y entonces po dréis v er có mo se h a n d e s c u b ie rt o l o s m u n d o s , c ó mo h an n a c i d o , l a m an er a c ó - mo p roc ede mo s inten tando ay udar a todos a quellos que qu ie - ran ayudarse a sí mismos. Acordaos siempre de esto: nosotros, lo s d el esp acio , no somos p e rfe c to s po rque la perfec ción n o exist e , n i pu ed e exi sti r , mi en tr as es tamo s e n cu alq u ie r pa rte de cualquier universo. Pero nosotros intentamos hacer las cosas lo mejor que nos es posible. Hay algo en el pasado — lo ten é is qu e re co no cer — q ue es tá b ien d el to d o; p e ro t a mbi én otras cosas que, con todo pesar, hemos de confesar que están muy mal. Pero nosotros no estamos contentos con vuestro mun do , l a Ti erra ; lo qu e de sea mo s e s q u e p o d áis d esa r ro l l ar aquel mundo, que viváis allí. Con todo, hemos de asegurar- n o s d e q u e l a s o b r a s d e l H o m b r e n o a l t e r e n c o n s u p o l u ci ó n el Espacio y dañen a los habitantes de otros mundos. Pero ahora vamos a seguir contemplando éste, el mundo que está a la cabeza de los demás mundos."» « M e d i t é s o b r e a q u e l l a s p a l a b r a s » , d i j o e l e r mi t a ñ o . « S o p e s é detenidamente sobre el portento que anunciaban aquellas pa-126
  • labras de la Voz, ya que estaba yo convencido de que todaa q u e l l a d i s e r t a c i ó n s ob r e e l a m o r f r a t e r n a l n o p a s a b a d e s e runa chanza. "Mi propio caso — pensaba entre mí — debe deser uno de tantos que muestran la falsedad de esos argumen-tos. Aquí estoy yo, considerado un pobre e ignorante nativo deu n país po b rís imo , árido y atrasad o ; y, ab so lutamen t e co ntrami voluntad, me he visto prisionero, operado, y, por todocuanto puedo ver, arrancado de mi cuerpo." Estaba allí, ¿adón-de? La historia de que estaba haciendo tanto bien a la hu-manidad, más bien me parecía improbable.»La Voz interrumpió mis alterados pensamientos diciéndome:"Monje, lo que estáis meditando nos lo declaran nuestrosinstrumentos; y lo que pensáis no es cierto. Vuestros pensa-mientos son falsos. Nosotros somos los Jardineros, y un jar-dinero debe quitar la leña muerta y arrancar las malas hier-bas. Pero cuando existe un brote mejor que los demás en-tonces el jardinero lo desgaja a veces de la planta madre ylo injerta en alguna otra, con el fin de que pueda originarnuevas especies. Según vuestro criterio, os hemos tratado másb ien de mala manera. Según nuestra manera d e v er, o s hemosotorgado un honor muy señalado que reservamos a unos pocos,un honor singular." La Voz vaciló unos instantes, y luegocon tinuó: "Nu estra h isto ria, abarca billones sobre billones deañ os — ex p res ada en t érmino s d e vu est ro ti e mpo terrena l —.Pero, supongamos que la existencia de la Tierra sea repre-sentada por el Potala, entonces, la vida del Hombre sobre elp laneta se pod rí a co mp arar al esp eso r de u na c apa d e pin tur aen el techo de una de sus habitaciones. Es así; ya lo veis.El Hombre es tan nuevo sobre la Tierra que ningún ser hu-man o p ose e l a auto rid ad sufi cien te p a ra qu erer ju zg a r lo quehacemos."Más adelante vuestros propios hombres de ciencia descu-b r i r á n q u e s u s p r o p i a s l e y e s m at e m á t i c a s d e l a p r o b a b i l i d a dmuestran cómo es evidente la existencia de otros mundoshabitados extraterrestres. También comprenderán la eviden-cia de que los ex traterrestres pu edan ver los ú ltimos confinesde su limitado universo, dentro del conjunto de universos que 127
  • contiene vuestro mundo. Pero no es éste el sitio ni el tiempo para dedicarnos a una discusión de tal naturaleza. Aceptad nuestra seguridad de que estáis llevando a cabo un buen trabajo y que nosotros sabemos más que vos acerca de todas esas cosas. Os preguntáis, también, dónde os halláis, y yo os res- pondo que vuestro espíritu desencarnado, temporalmente se- parado de su cuerpo, ha viajado más allá de los lindes de vuestro universo y ha ido directamente al centro de otro uni- verso, a la ciudad que, a su vez, es el centro del planeta prin- cipal. Tenemos muchas cosas que mostraros y vuestra gira, vuestras experiencias, no hacen sino empezar. Estad, con todo, seguro que lo que estáis viendo es aquel mundo tal como está en la actualidad, ya que, para el espíritu, la distancia no existe. "Ahora nos es preciso que vayáis contemplando, para que os familiaricéis con el mundo en que nos encontramos actual- mente; así daréis más crédito a vuestros sentidos cuando pa- semos a más importantes materias, ya que pronto os envia- remos al tiempo pasado, a través de los Archivos Akáshicos, donde veréis el nacimiento de vuestro planeta, la Tierra."» «La Voz cesó», continuó el viejo ermitaño, y se calló por unos breves minutos, que aprovechó para beber unos sorbos de té, que ya estaba completamente frío. Con aire meditabundo, dejó a un lado el cuenco y cruzó los dedos de sus manos, después de haberse compuesto la ropa. El joven monje se levantó y añadió nueva leña al fuego y luego se sentó, después de haber arropado una vez más al anciano. «Como os decía — continuó el viejo monje —, me encontraba yo en un estado de pánico, y, mientras oscilaba sobre aquella inmensidad, me sentí caer, me encontré pasando varios niveles, cruzando puentes entre grandes torres; otra vez me vi cayendo sobre lo que parecía ser un parque ameno, levantado sobre una plataforma — o, a lo menos, me lo pareció — que me sostenía. La hierba, allí, era roja y, entonces, con gran sorpresa, a un lado descubrí hierba que era verde. En un estanque de aquel jardín, el agua era azul y en el prado, que era verde, el estanque era de un color como de vainilla.128
  • Alrededor de aquéllos se veía congregado un gentío impre-sionan te. Pero , aho ra, empezab a a d istin guir un poco qu iéneseran los naturales de aquel planeta y quiénes los visitantes deplanetas lejanos. Se notaba algo sutil en el porte y manerasde los primeros, que no existía en los últimos. Los nativosostentaban una superioridad, de la que estaban convencidospor completo.»Alrededor de los estanques — o piscinas —, unos parecíancomo dotados de una virilidad notable y otros de una femi-n e i d a d e x t r e m a . H a b í a u n t e r ce r g r u p o m a n i f i e s t a m e n t e n e u -t r o . M e i n t e r e s ó l a o b s e r v ac i ó n que h ic e d e que toda aqu e llagente andaba en cueros, excepto el grupo femenino que lle-vaba algunos objetos en el pelo. No pude distinguir bien deque se trataba; pero era indudable que se trataba de algún tipode adorno metálico. Al momento, quise marcharme de allí,porque alguno de los juegos de aquella gente en cueros nome gustaba un pelo, a mí, que había sido educado desdemi in f anci a d e ntro d e u n co n vento d e la m as , y , p o r lo tan t o ,en medio d e u n a mb ien te ex clu siv a m ente mascu lino . Ap enasentendí el sentido de alguno de los gestos a que se entrega-ban las mujeres. Quise elevarme y marcharme de allí.»Pasé velozmente a través del resto de la ciudad y llegué alos alrededores, donde había casas esparcidas por la campiña.Todos los campos y plantaciones se veían extraordinaria-mente bien cultivados y había grandes fincas por aquellosalrededores; me pareció que estaban dedicadas al cultivoacuático — que ya he descrito —. Pero ello presentaba escasointerés, para nadie excepto las personas estudiando agro-nomía.» Me remon té más al to y o bs erv é b usc and o alg ún obj etiv o ha-cia donde encaminarme. Vi un portentoso mar de color deaz afrán . Se div isab an g rand es roc as b o rd ean do la cost a; e r anamarillas, rojas y de toda suerte de colores y matices; peroel mar era constantemente de un color azafranado. Este fe-nó men o me era in comprensible. An tes, el agu a parecía ser d eotro color. Sin embargo, mirando hacia arriba, encontré larazón de aquel fenómeno. Un sol se había ya puesto, y ama- 129
  • n ecía otro , con lo que se contab an ¡ tres so le s! Con la ascen- sión creciente del tercer sol y el descenso del otro, los colores c a m b i a b a n c o n s t a n t e m e n t e ; h a s ta e l a i r e o f r e c í a m a t i c e s di s- t in t o s. Mis d es o ri ent ad o s s en t ido s v e ían có mo la h ie rb a c a m - biaba de tonos, pasando del rojo al morado y del morado v iran do al amarillo , y , paralelamente, el mar iba también mu- d ando el color. Ello me reco rdaba la forma con la cual en los atardeceres, cuando el sol va hacia su ocaso sobre las altas c o rd i l l e ra s d e l o s H i m a l a y as , lo s colo res continua ment e van ca mb i and o y , e n vez d e l a lu z bri llan te d el d ía en los v all e s, se forma un crepúsculo acarminado, nace y lo invade todo y h asta las cumbres nevad as pierden su blan co r puro y parecen ser azules o de color carmín. Por esta causa, mientras contem- p laba to do s aq u ello s c a mbios , no exp e ri men taba g r andes s or- p resas; y di por supu esto qu e los co lores cambiaban continua- mente en aquel planeta. »Pero no sentí grandes deseos de volar sobre las aguas, porque no tenía experiencia ninguna de los mares, — jamás había visto ninguno —. Sentía un temor instintivo y un miedo de q u e e n e l l o s m e p u d i e s e o c u r r i r a l g u n a d e s v e n t u r a y q u e me cayera en aquellas aguas. Así es q ue dirigí mis pensamientos hacia la tierra firme; en tonces, mi espíritu desencarnado viró en redondo y vo lé p or encima d e un as pocas millas sob re una co st a roco s a y alg una s pequ eñ as ex plot acion es ag ríco las . En - tonces, con todo el deleite de mi alma, me encontré con un paisaje que me era familiar: una sucesión de páramos, sobre lo s cu al es de s cen dí , vo lando bajo , y con templ é las p equeñas p lantas apiñadas en la sup erficie de aquel mundo. La d iferen - cia de las del nuestro consistían en que a la luz del sol parecían tener sus florecillas de color violeta, con tallos de color oscuro, parecido a los brezos. Más allá, se encontraba un banco de flores que hubiera dicho que, bajo aquella luz, eran aulagas; pero sin espinas. » Me remonté co sa d e cuarenta metros y reco rrí aqu el paisaje, el más p lacen tero de tod os cuantos había v isto en aquel extra- ñ o m u n d o . P a r a a q u e l l a s g e n te s , n o d u d o qu e l e s d e b e r í a d e parecer un paisaje muy desolado. No había el menor signo de130
  • h ab itaciones human as, ni de sendas. En un ameno y frondosobarranco vi un pequeño lago y un arroyo que se precipitabaen él desde un alto promontorio y lo alimentaba. Me detuveun poco, contemplando aquellas sombras cambiantes y los ma-tices diversos de coloridos reflejos luminosos, filtrándose a atrav és de las hojas d e los árboles por encima d e mi cabeza. Ac o n t i n u a c i ó n , d e b a j o s e d i v i s a b a , b o r r o s a , u n a e x t e n s i ó n detier ra , un a an c ha co rri en te d e ag u a, u n p e l lizco d e t ie rra, yo t r a v e z e l m a r . C o n t r a m i v o l u n t a d m e v i f o r z a d o a v i a jar atrav és de ot ras ti er ras y co ma rc as . En ell as s e ve ían p e q u e ñ a sciudades que eran, sin embargo, de grandes proporciones.Acostumbrado como estaba a las dimensiones de la grancapital me parecían pequeñas. Pero aun así, mucho mayoresd e c u a n t o m e p a r e c i ó v e r s o b r e l a T i e r r a q u e h a b í a d e jado.»Mi desplazamiento se vio interrumpido bruscamente y yome vi descendiendo rápidamente en espiral abrupto. Entonces,miré debajo de mí. Vi un paisaje que me llenó de maravilla.Un castillo en medio de los bosques. El castillo era de unablancura inmaculada y me llamaron la atención las torres y lasalmenas de aquél, que no concordaban con una civilizacióncomo la de aquel planeta. Mientras reflexionaba ante lo quetenía ante mi vista escuché la voz del Maestro: "Aquí tienesu residencia el Maestro. Es un edificio antiquísimo; el másantiguo de este viejo mundo. Es el santuario adonde todoslos amantes de la paz se encaminan, con el fin de permane-cer unos momentos ante su muro y dar mentalmente lasgracias por la paz; la paz que abarca todo cuanto vive bajola luz de este Imperio. Una luz donde no hay tinieblas, por-que existen cinco soles y nunca se hace de noche. Nuestrom e ta b o l i sm o e s d i f e ren te d el d e v u e s t ro mu n d o . N o n ec e s i t a -mos horas de oscuridad para disfrutar del sueño. Nosotrosestamos constituidos de una manera distinta."»
  • Capítulo octavo El v i e j o e r m i t a ñ o s e e s t r e m e c i ó c o n i n q u i e t u d b a j o s u s l i g e - ras vestiduras. «Quiero volver a la cueva», manifestó. «No estoy acostumbrado a pasar tan largo rato al aire libre.» El joven monje, atento a la extraordinaria historia de un tiem- po atrás, se puso en pie de un salto. «¡Oh! — exclamó —, las nubes se levantan. Pronto se podrá ver claro.» Luego, con todo cuidado, dio la mano al viejo y lo acompañó lejos del fuego y dentro de la cueva, de la que ya se había ausentado la niebla. «Voy a traer agua y leña», dijo el joven. «Cuando esté de vuelta podremos tomar un té; pero me veré obligado a estar fuera más tiempo que de costumbre, ya que me veré precisado a ir más lejos por leña. Toda la que había cerca de aq uí se me acab ó», d i jo co n cal ma. Y, d e j ando apil ad a s o - bre el fu ego l a leñ a qu e les q ued ab a, ca rg ó co n l a v as ij a d el agua, saliendo por el sendero. Las nubes p arecían hu ir a escap e. Soplaba un v iento fresco y seguido cuando el monje miraba cómo las nubes se iban re- montando y se descubría a la vista el paso de la montaña. A tanta distancia, no pudo ver las pequeñas manchas que serían los viajeros de la caravana. Ni pudo distinguir el humo d e l f u e g o s o b r e l a s n u b e s q u e s e ma r c h a b a n . L o s v i a j e s a ú n no se habían puesto en movimiento, pensó, habiéndose apro- vechado de la parada forzosa para dormir y reposar. Nadie p u e d e p a s a r l a m o n t a ñ a c u a n d o l a s n u b e s se a b a t e n s o b r e l a tierra; el peligro es demasiado grande. Un paso en falso pued e p rovocar la caída de un homb re, o d e una bes tia de car- ga, cientos y cientos de metros abajo, por un precipicio. El joven estaba pensando en un accidente ocurrido hacía poco cuando él visitaba un pequeño convento de lamas, situado al p ie d e un ac anti lado . L as n ubes s e v eían baja s, roz ando el tejado de la lamasería. De pronto, se produjo un deslizamiento de piedras y un grito ronco. Luego, un chillido y un ruido sordo como de un saco de cebada mojada, lanzado con fuerza132
  • al su elo . E l jo ven , h abí a mir ado en aq u ella direc ción ; lo s in-testinos de un hombre estaban colgando de una piedra, unostres metros de allí, y aún permanecían unidos al cuerpo de unh omb re q ue se es t aba mu rien do sob r e el su elo . S e ría u n mar-chante o un viajero que hacía su camino, temerariamente, pensóel joven monje.El l ag o tod av í a es tab a cub i er to de ni eb l a, y las ci ma s de l osárboles brillaban de un modo fan tasmal, plateado s, cuan do eljoven se encaminó en su dirección. ¡Gran hallazgo! Una ramaentera de un árbol había sido desgajada por la tormenta.Miró entre la bruma ligera y decidió que aquel árbol habíasido abatido por un rayo durante la tempestad. Yacían ra-mas a su alrededor y el tronco se veía partido en dos porco mpleto . Muy conten to, el joven s e llevó la rama mayo r qu epudo y lentamente la fue transportando a la boca de la cue-v a. Ll en and o l uego fatigo samen te el re cipi e nte de l agu a , e m -p r e n d i ó e l r e g r e s o d e f i n i t i v o a l a c u e v a . D e m o m e n t o , p u s o elagua al fuego y entró después, saludando al ermitaño.«Un árbol entero, ¡Venerable! He puesto el agua a herviry después que hayamos bebido el té con tsampa, traeré mu-cha leña, antes de que los de la caravana lleguen y haganfuego con el resto del árbol que todavía queda.»El viejo ermitaño, tristemente, le replicó: «No hay tsampa;he querido ser útil, y, como no puedo ver, sin querer, hederramado y pisoteado la cebada. Sólo quedan restos espar-cidos por el suelo». Con una mueca de consternación, el jovenmonje se levantó precipitadamente y corrió hacia el rincóndonde había dejado la cebada. No quedaba nada de ella.E ch án d o s e d e b ru c es , es ca rb ó al red ed o r , d o n d e es tab a lh p ie -dra plana. Era un desastre. Tierra, arena y cebada estabanmezcladas, en confusión. Nada podía salvarse. Se levantó pocoa poco y, lentamente, se fue hacia el ermitaño. Un pen samien-to súbito le hizo retroceder; el ladrillo de té ¿se había sal-vado? Pedazos desparramados yacían por el suelo en el fondode la cueva. El anciano había pisoteado aquel ladrillo, delcual sólo quedaban tres pequeños trozos. Triste, el joven monje regresó hacia el viejo. «No hay más 133
  • comida, Venerable; y sólo tenemos té por ahora. Podemos aguardar a que los mercaderes lleguen hoy a nosotros o nos tocará estar en ayunas.» «¿En ayunas?», replicó el anciano. «A menudo me he visto sin comer por una semana o todavía más. Podemos susten- tarnos de agua caliente; para uno que no ha tenido para beber sino agua fría durante más de sesenta años, el agua caliente le es un lujo.» Permaneció callado unos momentos, y luego prosiguió: «Aprended a pasar hambre, ahora. Aprended a tener fortaleza. A experimentar una sensación positiva. Durante vuestra vida conoceréis hambres y sufrimientos; serán, ellos, vuestros más fieles compañeros. Hay varias personas que os querrán hacer daño, que os querrán someter bajo su dominio. Sólo con una mente positiva — continuamente positiva — podréis sobrevivir y superar todas las pruebas y tribulaciones que inexorablemente os están destinadas. Ahora es el tiempo del aprendizaje. Siempre será el de practicar lo que aprenderéis ahora. Mientras tengáis fe, mientras os comportéis de un modo positivo, lo podréis aguantar todo, y salir adelante, victorioso de todos los asaltos del enemigo.» El joven monje estuvo a punto de desvanecerse de terror ante todas esas alusiones a calamidades futuras, signos precursores de un próximo destino venidero. Todos aquellos avisos y exhortaciones. ¿No había nada que fuese alegre y brillante, en la vida que le tocaba vivir? Pero luego se acordaba de sus enseñanzas; éste es el Mundo de la Ilusión, donde incluso el hombre no es más que una ilusión. Aquí, nuestro gran Super-yo manda sus polichinelas para que ganen conocimiento, y dificultades imaginarias sean superadas. Cuanto más pre• cioso sea el material, más duras tienen que ser las pruebas y sólo falla la materia defectuosa. En éste, el Mundo de la Ilusión, en el que el Hombre no pasa de ser una sombra, una extensión mental del Gran Super-yo, que reside lejos de nosotros. Sin embargo, pensó malhumorado, la vida podría ser un poco más alegre. Pero también, a nadie se le carga más de lo que puede aguantar; y el Hombre mismo elige134
  • lo s t r ab ajos qu e p u ed e ll evar a cabo y l as p r ueb as q ue pu ed eso po rt ar. « M e vo lv eré lo co — se d ijo a sí mi s mo — , s i q uierosoportar estas perturbaciones por mí mismo.»El viejo ermitaño preguntó: «¿Tenéis corteza fresca, de aque-llas ramas que trajisteis?»«Sí, Venerable; el árbol fue alcanzado por un rayo, ayer sehallaba entero», replicó el joven.«Entonces, quita la corteza de una rama y arranca de ella loblanco, dejando de lado el resto. Luego, tira las fibras blan-cas al ag u a hi rv iendo . Es un exc elen te y n u tri tivo manj ar, sibien nad a gust oso. ¿ Te qued a algo de sal , d e bórax o de a zú-car, por ventura?»«No, señor; sólo tenemos té bastante para una vez.»« Ento n ces , he rvidlo as imismo y n o n o s d e s a n im e mo s . T r e s ocuatro días de ayuno no nos van a hacer daño alguno; alcontrario, aumentará nuestra capacidad mental. Si las cosasse nos presentan mal, entonces podremos acudir a la ermitamás cercana, por alimento.»Con el rostro sombrío, el joven monje terminó la tarea deseparar las ho jas de la co rteza. La pelleja os cura exterio r fu eech ad a a la ho g uera p a ra ali m en tar el fu eg o. La alb u ra, b lan -quiverdosa y lisa, fue convertida en briznas para cocerla enel agua que entonces empezaba a hervir. Malhumorado, aña-dió al agua el último puñado de té, que, saltando, le salpicóy le lastimó la muñeca. Empleando un nuevo bastoncito pri-vado de su corteza agitó y removió todo aquello dentro dela vasija. Con una considerable repugnancia retiró el palo yprobó, en el cabo de éste, unas pocas gotas de aquella mixturaque estaba adherida; sus más negras esperanzas se vieronconfirmadas. Aquello no sabía a nada. Con un pálido aromade té desteñido.El viejo ermitaño se hizo con su cuenco. «Puedo alimentar-me con eso. Cuando llegué aquí no había otra cosa. Enaquellos días crecían unos arbolillos enfrente de la entradade mi cueva. Me los comí. Andando el tiempo, la gente sed io cuen ta d e mi p r esen ci a e n estos p a raj es y mu y a menu d o,desde entonces, he tenido provisiones suficientes. Pero no me 135
  • preocupo si me veo forzado a pasar sin ellas una semana o d iez días enteros. Nun ca me falta el agua. ¿Qué más necesita uno?» Sentado, en la oscuridad de la cueva, a los pies del Venerable, mientras la luz del día iba subiendo fuera de la cueva, el joven mon j e tuvo l a sen s ación de q u e h ab ía p e r manecido sen - t a d o a s í p o r t o d a u n a e t e r n i d a d . Es t u d i a n d o , e s t u d i a n d o s i n cesar. Con ag rado, sus pens amientos ib an al brillo de las lám- paras de man t eca de Lha sa, act u al m ent e p a ra él p o co me n o s que una cosa del pasado. Lo que le quedaba por permanecer aquí no era más que un tema de conjeturas hasta que el v i e j o n o t u v i e s e n a d a m á s p o r d e c i r l e , s u p o n í a . H a s t a q u e el viejo estu v ie s e mu erto y él deb i ese d isp on er d el cad á ver. Pensando esto último, se sintió estremecer de los pies a la cab ez a. Cu án mac abro , p ens aba, est a r h abl an do con u na per - sona y luego, una hora o dos más tarde, tener que arrancar sus intestinos para que sean pasto de los buitres y quebrar sus huesos para que ni un solo trozo del cadáver quede sin en- terrar sob re el suelo . Pero, en esas, el an ciano estaba y a listo de su co mida. Se aclaraba el g aznate, beb ió un sorbo de agu a y compuso su actitud. « Y o e r a u n e s p í r i t u d e s e n c a r n ad o q u e d e s c r i b í a u n o s e s p i r a - les alrededor del gran castillo, residencia del Maestro de aquel Mundo Supremo», comenzó diciendo el viejo eremita. «Estaba ansiando ver qué tal era aquel hombre que se ganaba el res- peto y el amor de uno de los más poderosos mundos exis- ten t es . M e sen tía l len o de d e seo s de co n te mp l a r q ué esp eci e de ho mb re — y de mu jer — p odían p e rd u r a r en e s a s i tu a c i ó n a lo largo de centurias y más centurias de años. El Maestro y su Esposa. Pero, no iba a ser así. Me vi arrastrado, como un niño pequeño tira de su corneta. Fui sencillamente apar- t a d o d e a q u e l l o s p a r a j e s . "E s a t i e r r a e s s a g r a d a " , p r o f i r i ó l a Voz muy secamente. "No son para los terrestres; debéis ver otras cosas." E in med iatamente me vi lanzado lejos de allí, y mandado en dirección diferente. »Debajo de mí, los detalles de aquel mundo iban disminu- yendo de tamaño y las ciudades parecían granos de arena en136
  • la orilla. Ascend í a trav és del aire, y me vi fuera de la atmós-fera. Volaba por donde no había ni un rastro de aire. Entoncesse presentó en el campo de mi visión un extraño objeto, comonunca había visto nada semejante. El objeto de lo que yod i v i s a b a m e r e s u l t a b a i n c o m p r e n s i b l e . A l l í , e n e l v a c í o sinat mós fera, don de yo no habría p o d id o sub s isti r sin o b a jo laforma de un espíritu desencarnado, flotaba una ciudad com-p l e t a me n t e m e t á l i c a , q u e s e m a n t e n í a p o r l o s a i r e s g r a c i a s amétodos misteriosos que estaban totalmente fuera de mi al-cance y no podía discernir. A medida que me aproximaba sehacían más claros los detalles, y me di cuenta de que laciudad reposaba sobre un suelo de metal y sus partes supe-riores estaban cubiertas por un material más claro que elcr ist al , au nqu e no se t r at aba d e c ris tal. D eb ajo de aq u ell a cu-bierta transparente puede observar a los habitantes circulandopor las calles de una ciudad mayor que la de Lhasa.» Se veían extrañas protuberancias en algun o de lo s ed ificios; lamay or de el las haci a aq ue l en cu ya d irección me v e ía d i ri g i d o ."Aquí hay una gran observatorio", dijo la Voz dentro de micerebro. "Un observatorio desde el cual se presenció e ln a c i m i e n t o d e v u e s t r o m u n d o . N o a t r a v é s d e l o s rayosópticos, sino de rayos especiales, que se hallan fuera de v u e s t r ac o m p r e n s i ó n . D e n t r o d e p o c o s a ñ o s , v u e s t r o m u n d o va adescubrir la ciencia de la radio. La radio, en su más completodesarrollo, será como el esfuerzo cerebral de un humildegusano, comparada con la fuerza mental del hombre más in-teligente de todos los humanos. Lo que se practica en esoslugares está situado mucho más allá. Aquí se indagan lossec re to s d e l u n iv e rso; y s e v ig il an la s sup er fi ci es d e lo s má slej an os pl an eta s, lo mis mo q ue aho ra es tái s con t empl an d o lasu perf ici e d e ese satélite . N i n g u n a d is t a n c i a , n i l a m a y o r p o -s i b l e , r e p r e s e n t a e l m e n o r o b s t á c u l o . P o d e mo s i n s p e c c i o n a rl o s t e mpl o s , l o s s i t i o s d e e s p ar c i m i e n t o y a u n lo s d o m i c il io sprivados."»Me acerqué más, y temí por mi seguridad cuando vi relucirla b arrera transparente cerca de mi persona. Temí estrellarmecontra ella y experimentar lesiones; pero, antes de que me 137
  • entrase el pánico, recordé que yo, en aquellos instantes, era uno de aquellos espíritus que pueden atravesar las más sólidas pared es cuan d o a ellos l es p arec e bien . L e ntamen te , me dejé caer a través de aquella sustan cia p arecida al cristal y lleg ué a la superficie de aquel mundo q ue la Voz había den omin ado con la palabra "satélite". Pasé cierto tiempo yendo de aquí para allá, intentando poner orden en los turbulentos pensa- mientos que dentro de mí se agolpaban. Era un curioso ex- perimento para un nativo ignorante de un país atrasado en u n a s t i e r r a s s u b d e s a r r o l l a d a s . E r a d i f í c i l c o m p r e n d e r c u a n to veía y conservar la propia razón cabal. »Suavemente, cual una nube arrastrándose por el flanco de una m o n t a ñ a o u n r a y o d e l u n a vo l a n d o v e l o z y s i l e n c i o s a m e n t e por enc i ma d e un lag o, emp e cé a desp laza rme haci a u n lado , muy diferente de las divagaciones a que antes me había en- treg ado. Me movía en dirección lateral y traspasaba extrañ as pared es d e u n mater ial qu e me era d es co noc ido. Au n cuan do seguía siendo un espíritu, no dejaba de experimentar una li- gera oposición a mi paso, que me causaba una cierta come- zón en todo mi ser y, por un rato, la sensación de que me encon t rab a p ri s io ne ro de un espeso lod a zal . Con un a cu ri o sa sensación de arrancarme que hizo estremecer toda mi persona, aband on é aq u e lla p a red p eg a j osa. M ien tras yo luch aba ten az- mente, me pareció escuchar la Voz que decía: "¡Ya ha pa- sado! Por un momento, creí que no podría." »Pero, actualmente, había atrav esado la p ared y me encon trab a dentro de un inmenso espacio cubierto, demasiado vasto para poder ser llamado una habitación. Unas máquinas abso- lutamente fantásticas y unos aparatos se hallab an en aquellos parajes. Cosas más allá de mis conocimientos. Pero lo más raro de todo aquel ambiente eran los habitantes de la ca- verna. Unos humanoides, en extremo diminutos, que se afa- naban con unos objetos que, oscuramente, para mí eran apa- rato s, mientras o tros, g igantes, acarreaban enormes bultos de un lado a otro y hacían las faenas pesadas para los demás, q u e e r a n d e ma s ia d o d éb i l e s . " A q u í — ex p l i có l a V o z , d e n tro de mi cerebro — tenemos instalado un gran sistema. La gente138
  • pequeña fabrica delicados ajustes y construye pequeños ob-jetos. La gente mayor, hace co sas más en conson an cia con sutal la y su fue r za. Aho ra, pro sig amos . " Aqu ell a fu erza i m po n-derable, me empujó de nuevo y pude pasar adelante, sal-vando otra barrera en mi progreso. Era todavía más tenaz,tanto para entrar en ella como para salirme.»"Ese muro — murmuró la Voz —, es la Barrera de la Muerte.N a d i e p u e d e e n t r a r e n e l l a n i s al i r m i e n t r a s r e s i d e e n s u c a r -ne. Es un sitio muy secreto. Aquí podemos observar todoslos mundos y descubrir inmediatamente la p reparación de lasguerras. ¡Mirad!" Miré a mi alrededor. Por unos momentostodo cuanto veía carecía de sentido para mí. Entonces meconcentré con todas mis fuerzas y mis sentidos. Las paredesalrededor de aquella estancia estaban divididas en rectángulosd e u n metro de largos por ochenta centímetros de altos . Cadauno de ellos era un cuadro viviente, bajo el cual se veíanunos signos raros, que juzgué ser escrituras. Las imágeneser an sorp rende ntes. En una d e ellas se v eía n un mu ndo comoob serv ado desde el esp acio . Era azulado y verdoso , con extra-ñas manchas de color blanco. Con una fuerte impresión me dicuenta de que aquél era mi propio mundo; el mundo en quen a c í . U n c a m b i o q u e s e p r o d u j o e n u n c u a d r o d e a l l a d o llamótoda mi atención. Tuve la deplorable sensación de estarcayendo y me di cuenta de que en realidad estaba contem-plando mi propia caída en mi propio mundo.»Las nubes se apartaron y contemplé el panorama entero de laIndia y el Tíbet. Nadie me dijo que era así; pero lo com-prendí por instinto. La imagen se hizo cada vez más amplia.V i Lh a s a , t a m b i é n l a s c o m a r c a s A l t a s y e l c r á t e r v o l c á n i c o ."Pero vos no os encontráis aquí para ver todas esas cosas",ex clamó la Voz. "¡Mirad a otras partes !" Miré a mi alred edor yme sorprendió en extremo lo que vi. Aquí, en este cuadro, sec o n t e m p l a b a e l i n t e r i o r d e u n a s a l a d e c o n s e j o s . P e r s o n a jesc o n a i re d e s e r mu y i mp o r t a nt es d is cu tí an ani mad amen te . S elevantaban las voces y, no menos, las manos. Se tiraban als u e l o p a p e l e s , s i n n i n g ú n m i r a m i e n t o . E n u n a s i l l a l e v a n tada,bajo un dosel, un hombre con la faz congestionada es- 139
  • taba hablando de una forma frenética. Aplausos y censuras en proporciones iguales subrayaban sus discursos. La escena, me recordó por completo una reunión de Padre Abades. »Me volví de nuevo. Por todas partes se ofrecían pinturas vivientes, por el estilo de las descritas. Escenas raras, en los más inesperados colores algunas. Mi cuerpo se trasladó a otra pieza. Allí se veían representaciones de extraños objetos metálicos, moviéndose en la negrura del espacio. "Negrura", no es la palabra bien exacta, porque el espacio estaba lleno de puntitos de luz de varios colores, alguno de cuyos colores no conocidos por mí antes de aquella ocasión. "Son naves del espacio en pleno viaje", dijo la Voz. "Tenemos, para observarlos cuidadosamente, los rastros de todo nuestro tráfico." Me impresionó la cara de un hombre que apareció, como viviente, en un trozo de la pared. Pronunció unas palabras, que no entendí. Movía su cabeza como si estuviese conversando cara a cara con otra persona. El rostro se desvaneció, con un saludo de su cabeza y una sonrisa de sus labios; la pared quedó lisa como antes. »Inmediatamente, aquella cabeza fue reemplazada por un p a i saje como a vista de pájaro. Una vista del mundo que a c a b a b a d e abandonar; aquel que era el centro de un vasto imperio. Miré, debajo, la gran ciudad, contemplando con todo realismo sus inmensas extensiones. El cuadro se movía con tal velocidad que volvía a contemplar el distrito donde estaba la residencia del Maestro de aquella gran ci- vilización. Vi las grandes murallas y los raros y exóticos jardines donde se levantaba aquel edificio. Divisé un hermoso lago con una isla en el centro. Pero el cuadro nunca se detenía, barriendo el paisaje, como hace un pájaro a la busca de una posible presa. El cuadro, entonces, se detuvo. Se hizo más amplio y enfocó un objeto metálico que describía calmosas vueltas y descendía al suelo. El cuadro se amplió hasta que sólo se veía aquel objeto metálico. Un rostro humano apareció; estaba hablando, respondiendo a preguntas desconocidas. Después de una especie de saludo, se borró aquella imagen.140
  • »Me trasladé, si bien sin intervención alguna de mi volun-tad. Mi mente, dirigida, abandonó aquella ex traña habitación ypenetró en otra. ¡Cosa rara! Aquí ante cada uno de lossiete cuadros permanecía sentado un anciano. Por un mo-mento, me detuvo la sorpresa más completa. Luego, empecé areírme por lo bajo histéricamente. Allí estaban, los sieteviejos, todos ellos barbudos; todos parecidos entre sí y deg rav e aspe cto . Den tro de mi p ob re cer eb ro la Vo z, co n to nosenojados, profirió en voces altas. «¡S ilenc io!, sacrílego. Esosq ue aq u í v es c o n los S ab io s que con tro lan tu p ro p io d est i no .¡Silencio, digo, y un aire deferente!" Pero los viejos sabios nose dieron por enterados, si bien tenían noticia de mi presen-cia, porque en uno de los cuadros me hallaba yo sobre laTierra, cargado de alambres y tubos. En otro cuadro se merepresentaba allí mismo. Era una rara impresión, para mí.» "Aq u í — p ro s igu ió l a V o z , m ás c al m ada — e stán los sa b io sque han reclamado vuestra presencia. Son los hombres más sa-b ios entre los d emás, que se han dedicado, por siglos enteros,al b ien d e su p ró ji m o . T r aba jan sig u i en d o l as d ir ec tr ic es d elMaestro en persona, que ha vivido más largo tiempo que ellos.Nuestro designio es el de salvar a vuestro mundo. Salvarlode lo que amenaza ser un suicidio. Salvarlo del funesto re-sultado de una explosión nuc..., pero no mencionemos térmi-n o s q u e ah o ra ca re cen d e sen tid o p a ra v o so t ro s , p o r n o h a b ersido aún inventados en vu estro mund o. Vu estro mundo está apunto de que le acontezca un considerable e intenso cam-b i o . S e d e s c u b r i r á n n u e v a s c o s a s y s e i n v en t a r á n a r m a s n u e -vas. El hombre penetrará en el espacio dentro de los próxi-mos cien años venideros. Esto es lo que nos debe inte-resar."»Uno de lo Sabios hizo unos signos con las manos, y loscuadros fueron cambiando. Un mundo tras otro se seguíandentro de los marcos. Unas gentes, y después otras, se pre-sentaban, para desvanecerse al cabo de unos instantes, paraser reemp lazadas por otras. Un as extrañas ampollas de v idriose volvieron luminosas y unas líneas que se entrelazaban secruzaron en los fondos. Se escuchaba el teclear de unas má- 141
  • quinas, de las que se desprendían unos largos papeles impre- sos que se iban enrollando en unos cestos que había cerca de dichas máquinas impresoras. Se trataba de impresos cu- b i e r to s d e c u r i o s o s s i g n o s . T o d o ello ib a más a llá de mi co m- prensión, tanto que todavía hoy, después de meditar sobre to das aq ue ll as co sas , to dav ía d escono zco su sen tid o . Y con ti- nuamente, los viejos Sabios tomaban notas en tiras de papel o hablaban a unos discos situados a su lado. En respuesta, les hablaba una voz como desencarnada pero con la entonación p e r f e c t a m e n t e h u m a n a ; p e r o n o p u d e a p e r c i b i r m e d e l a f u e n te de estas palabras. »Al final, cuando todo me daba vueltas, bajo el impacto de aq uel la s ra ras imp r esio n es , l a Voz , en mi ce reb ro , dijo: "Y a tien es bastan te con eso. Ahora vamos a mos traro s el p a sad o . Para prepararos, empiezo por deciros que, sean cuales sean las cosas que veréis, no tenéis que asustaros." ¿Asustarme?, me dije para mí; s i sup iese, la Vo z, que estoy por completo aterrorizado. "Primero — continuó la Voz —, podréis contem- plar la tiniebla y algún movimiento interior. Después, os daréis cuenta de lo que, en realidad, es esta habitación. En realidad , existe desd e millon es d e años, en la cuenta de vues- tro tiempo que es mucho menos, según la nuestra. Después, podréis ver lo que sucedió cuando nació vuestro mundo. Y cómo fue poblado de criaturas, entre las cuales aquella que llamáis Hombre." La Voz se desvaneció, y mi conciencia, con ella. » Es u na sen sación desconcertante, la de verse privad o brusca- mente de la presencia de ánimo que nos es propia; de sen- tirse privado de una parte de nuestra conciencia de la vida, sin que nos sea posible darnos cuenta del tiempo en que hemos permanecido inconscientes. Me di cuenta de una nie- bla gris que se arremolinaba en mi cerebro, algunas ojeadas intermitentes me atosigaban y aumentaban mi estado de tur- bación. Poco a poco, igual que una niebla por la mañana disipándose bajo los rayos del sol naciente, mis sentidos y mi lucidez volvieron a mí. El mundo, ante mí, se convirtió en luz. No; no era todavía el mundo, sino el espacio en el cual142
  • flotaba entre el techo y el pavimento, igual que un objetoligero flotando en el aire tranquilo. Como las nubes de in-c i e n s o q u e s e r e m o n t a n l e n t a me n t e e n u n t e mp l o , y o m e s e n -tía levantar, contemplando lo que tenía delante de mí.»Nueve ancianos. Barbudos. Graves. Atentos a su trabajo,¿ e r a n l o s mi s m o s ? N o . N i e l a p o s e n t o e r a i g u a l . L o s m a r c o sde los cuadros y los instrumentos eran distintos. Y los cua-dros no eran los mismos. Durante un tiempo no se escuchóuna sola palabra ni una explicación de todas aquellas cosasportentosas. Finalmente, un anciano llegó y dio vueltas a unbo tón. Se ilu minó seguidamen te una pan talla y se v ieron un asestrellas en una formación que antes no había visto. La pan-talla se iba expansionando, hasta que llenó todo mi campovisual, como si tuviese yo una ventana abierta sobre el es-pacio. Tan fuerte era la ilusión que me parecía que me ha-llaba en el espacio sin que mediase ventana alguna. Contem-p laba todas aquellas estrellas, frías, inmóviles, b rillando conuna hostil y dura luminosidad.»"Vamos a correr un millón de veces a mayor velocidad — ob-servó la Voz —, bajo la pena de no poder contemplar nada másen toda vuestra vida.» Las estrellas empezaron a oscilar rít-micamente, una sobre la otra, todas sobre un centro que noveíamos. De un lado del cuadro llegó a gran velocidad unco met a , en di r ec ción al inv is ible y os cu ro cent ro . El co rn etav o l ó a t r a v é s d e l c u a d r o , a r r as t r a n d o c o n s i g o o t r o s m u n d o s .Finalmente, chocó con el mundo muerto y frío que se en-contraba al centro de aquella galaxia. Otros mundos, arras-trad os fu era d e su s ó rb it as po r l a v eloc id ad crec ien te , s e p re -cipitaron y chocaron, como en una carrera. En el momentoen que el cometa y el mundo muerto chocaron, el universopareció inflamarse. Masas giratorias de materia incandescentefue ron lan zad as a t rav és d el espa cio . Gas es in fla m ados en g u-lleron los mundos a ellos cercanos. El universo entero, talcomo lo veía en la pantalla que yo tenía enfrente, se con-virtió en una masa de gas brillante, ardiendo con toda vio-lencia. »Poco a poco, el brillo intenso que invadía todo el espacio, se 143
  • fue calmando. Al final, quedó una masa central inflamada, con masas inflamadas más pequeñas a su alrededor. Pedazos de material incandescente eran expulsados a medida que la masa central vibraba y se retorcía en las agonías de una nueva conflagración. La Voz interrumpió mis caóticos pen- s a mi e n t o s : " Es t á i s v i e n d o e n u n o s m i n u t o s l o q u e t a r d ó m i - l l o n e s d e a ñ o s e n e v o l u c i o n ar . V a m o s a c a m b i a r d e i m á g e - n e s . " M i v i s i ó n e n t e r a s e l i m it ó a l a s d i m e n s i o n e s d e l m a r c o de la pantalla. Ahora, divisé todo el sistema estelar como si se fuese encogiendo y lo viese desde muy lejos. El brillo del astro central también disminuyó, si bien seguía siendo muy brillante. Los mundos cercanos brillaban con un resplandor rojizo, mientras giraban y describían sus nuevas órbitas. A la velocidad con que se me mostraba el universo parecía estar en un movimiento arremolinado que me deslumbraba la vista. »Ahora, el cuadro cambió. Delante mío se extendía una gran llanura manchada de inmensos edificios, algunos de ellos do- tados de proyecciones, que brotaban de sus techos. Proyec- ciones que me parecieron ser de metal, torcido en curiosas formas, cuya razón mi inteligencia no acertaba a adivinar. Enjambres de personas de muy distintas formas y tamaños convergían hacia un objeto muy curioso situado en el centro de aquel llano. Era por el estilo de un tubo inmenso. Los extremos de aquel tubo eran más estrechos que la zona central y uno de los extremos acababa en punta, mientras el otro era redondeado. A lo largo del tubo se veían protuberancias y, fijándome, vi cómo éstas eran transparentes. Dentro se veían unos puntitos que se movían, que yo juzgué ser personas. Me pareció que todo aquel edificio vendría a tener entre un kilómetro y medio o dos de extensión; tal vez más aún. Su destino era completamente desconocido para mí. No acertaba a comprender cómo un edificio podía tener semejante forma. »Mientras yo estaba atento a no perder un solo detalle, flotó dentro del cuadro un vehículo muy extraordinario, que remol- caba unas cuantas plataformas cargadas con cajas y fardos144
  • bastantes; pensé en mi fantasía para abastecer todos los mer-cados de la India. También — ¿cómo podía ser esto? —,to do flo tab a p or los a i res co mo los p eces n ad an y se mu evenpor sí mismos dentro del agua. El extraño vehículo siguióhasta llegar al lado del gran tubo, que era una construcción yadonde, una tras otra, las balas y las cajas fueron introdu-cidas, y entonces la extraña máquina se fue con las platafor-mas vacías siguiéndole cual remolques. La corriente de per-sonas que entraban en el tubo disminuyó sensiblemente yluego cesó por completo. Unas puertas resbaladizas se des-lizaron y el tubo permaneció cerrado "¡Ah! — pensé yo —;esto debe de ser un templo; me lo muestran para que yo veaclaro que poseen una religión y templos." Sintiéndome satis-fecho con la explicación que me daba a mí mismo, dejé quemi atención divagase a sus anchas.» N o h a y p a l a b r a s q u e p u e d a n d es c r i b i r l a e s t u p e f a c c i ó n q u eexperimenté al ver que aquel edificio tubular, largo de más deu n k i l ó m e t r o y a n c h o d e m e d i o a p r o x i ma d a m e n t e , d e p r o n t o selevantaba por los aires. Se levantó como hasta nuestras más altasmontañas, se hizo pálido por unos pocos segundos y luego¡desvanecióse! Unos momentos antes estaba allí, como unatira de pl at a su spend id a en el cie lo co n lu ces colo rid as y do s otres so les jug a nd o con su su per fi cie. D esp ués, sin e l men ordestello, ya no estaba. Miré hacia lo alto; miré las pantallasque estaban a los lados, y entonces lo vi. Dentro de una pan-talla, larga de unos cuatro o cinco metros, las estrellas searremolinaban alrededor de lo que aparecía como unas tirasd e lu z d e colo res . Est acion ad o en el cen t ro de la p ant all a, s eveía el edificio que un momento antes había dejado aquelextraño mundo. La velocidad de las estrellas que por allípasaban fue creciendo, hasta que formaron una hipnóticaimagen borrosa. Me volví hacia otros lados.»Un resplandor de luz atrajo mi atención y volví a mirarhacia la pantalla larga. En uno de los extremos más lejanosapareció, anunciando una luz mayor, un resplandor, como elqu e mandan los rayos d e so l antes de que éste aparezca detrásde una montaña, anunciándole. La luz creció rápidamente y 145
  • se hizo intolerable. Una mano entonces se vio dando vueltas a una llave. La luz se fue reduciendo, de forma que apare- ciesen las imágenes claras. El gran tubo, un insignificante topo en la inmensidad del espacio, se aproximó al orbe brillante. Dio la vuelta a su alrededor y entonces me volví a mirar hacia otra pantalla. Por un momento, perdí mi orientación. Con- templaba, sin comprenderlo, el cuadro que tenía ante mis ojos. Se trataba de la imagen de una sala espaciosa donde permanecían hombres y mujeres vestidos de lo que yo co- nocí ser uniformes. Algunos de ellos permanecían sentados c o n l a s ma n o s s o b r e p a l a n c a s y l l a v e s , m i e n t r a s o t r o s o b s e r - vaban unas pantallas como yo estaba entonces haciendo. »Un personaje, más bien puesto que los demás, se paseaba de una parte a otra con las manos cruzadas a la espalda. A me- n ud o deten ía s us paso s y mirab a po r enc i ma de ot ra pe rso na, mientras consultaba unas notas escritas, o miraba las escri- turas enrevesadas que se hallaban detrás de vidrios circula- res. Entonces, con una inclinación de cabeza, resumió su pa- seo. Al fin, yo me aventuré a hacer lo mismo: miré una pan- talla, como aquel hombre bien trajeado. Allí se divisaban mundos llameantes, que no pude contar porque la luz me deslumbraba y el movimiento excesivo me atolondraba. Por lo que pude contar pienso — sin ninguna garantía por mi parte — que había unos quince fragmentos llameantes, situa- dos alrededor de la gran masa central que les había dado na- cimiento. »Aquel edificio tubular, que ahora comprendí que era una nave del espacio, se detuvo, y entonces se produjo una gran a c t i v i d a d . D e l f o n d o d e l a n av e , e m e r g i e r o n u n g r a n n ú m e r o d e e m b a rc a c i o n e s c i rcu la r e s . S e d i s p e rs a ro n p o r t o d a s p a rt es y , co n su p ar ti da, la v ida a b ordo d e l a gr a n n ave r eanu dó su bien ordenada existencia. Pasó un tiempo y entonces todos lo s p equeñ o s d iscos reg r esa ro n a la e mb ar ca ció n - mad re y e n- traron a bordo. Lentamente, aquel tubo macizo giró y aceleró su velocidad como un animal asustado huyendo por las cons- telaciones. »Con el tiempo — no sabría decir cuánto — el tubo metálico146
  • regresó a su base. Los hombres y las mujeres que viajabandentro, lo abandonaron y entraron en casas que estaban poraqu ellos alrededo res. La p antalla que tenía enfren te se volvióde un color gris.»Aquella habitación en la penumbra, con las pantallas siem-pre moviéndose en la pared, me fascinaba de un modo ex-trao rdin ario. Al principio , yo h ab ía prestado mi atención sólo auna o dos pantallas. Ahora que ambas estaban inertes en-frente de mí, tenía tiempo para explorar a mi alrededor. Allíestaban personas aproximadamente de mi talla, de la queempleo cuando me sirvo de la palabra "humano". Había gented e t o d o s l o s c o l o r e s : b l a n c a , n e g r a , v e r d e , c o l o r a d a , a m a rillay caoba. Tal vez un centenar de ellos se sentaban en unas s i ll a se x t r a ñ a m e n t e a j u s t a d a s , q u e s e d e f o r m a b a n a c a d a m o vimientode quien las utilizaba. Los había sentados, alineados e n u n apared lejana. Los Nueve Sabios estaban instaladosalrededor de una mesa especial, situada en el centro de laestancia. Miré con curiosidad a mi alrededor, pero los asien-tos y otros objetos estaban tan lejos de todo lo que mi expe-riencia conocía previamente que no hallaba la manera cómop odrí a des cribi rlos . Tubo s il umin ado s co n u na lu z v a ci la nte,conteniendo un fantasmal reflejo verde, tubos dentro de loscuales oscilaba un resplandor ambarino, paredes que eranp aredes, aunque irradiaban la misma claridad q ue si se tratasedel aire libre. Cristales redondos, tras los cuales pululabanfantásticamente unos puntos, o bien, al contrario, estabanfijos e inmóviles. ¿Os decía algo, todo este mundo?»Una parte de la pared se balanceó , revelando una prodig iosacantidad de alambres y de tubos. Subiendo y bajando porellos, se veían unos hombrecillos de unos tres palmos dealtura, enanos que llevaban unos cinturones llenos de herra-mientas brillantes. Llegó, entonces, un gigante que transpor-tab a u n a c aj a mu y g ran d e y p esad a. L a d e j ó en el su elo mi en -tras aquellos enanos amarraban la caja al otro lado de lapared. Entonces, la pared se volvió a cerrar y los enanos sem a r c h a r o n j u n t o c o n e l g i g a n te . A l m i s m o t ie mp o , s e h i z o u nsilencio. Todo permaneció silencioso, excepto los ruidos ca- 147
  • racterísticos del golpear de una máquina por un orificio, dentro de un receptáculo especial. »Aquí, sobre aquella pantalla, se proyectaba una cosa extra- ñísima. Al principio creí ver una roca toscamente labrada en una forma humana. Luego, con mi más intenso terror, vi cómo aquella co sa se movía. Una especie de brazo se levantó y v i c ó m o a g u a n t a b a u n a a n c h a s á b a n a d e u n ma t e r i a l d e s c o - nocido, encima del cu al se habían escrito signo s gráfico s. No se podía exactamente llamarlo escritura con to da prop iedad. Era tan ajeno aquello a toda forma especial de lenguaje, que para describirlo habría que inventar un sentido. Mis mi- radas se dirigieron a otros lados; todo aquello estaba tan lejos de mí, que ni lograba interesarme. Sólo terror me causaba aquel disfraz de humanidad. » Pero mis mirad as errantes se d etuv iero n d e u n mo do b ru sco. Allí estaban unos Espíritus; uno s Esp íritus alados. Qu ed é tan fascinado que estuv e a pique de chocar co ntra la pantalla, de tanto como me aproximé a ella, esperando ver más. Era el cuad ro d e u n maravi llos o ja rd ín , en el cu al jugab an cr ia tu ras aladas. De forma humana, varón y hembra, tejían unos di- b u jo s a ér eo s p o r e l c ielo d e o ro , so bre e l j a rdín . La Voz i nte - rru m pió m is p ens a m ien to s: " ¡Ah ! , ¿de mo d o qu e aho ra es táis fascinado? estos q ue ahí v eis son los — un no mb re que no se pued e escribir — y pueden volar p orque habitan en un mundo en el cual el peso de la gravedad es excesivamente leve. No pueden abandonar su planeta; son demasiado frágiles. Po- seen una inteligencia poderosa, insobrepasable. Pero, ved a vuestro alrededor otras pantallas. No tardaréis en ver algo más de la historia de vuestro mundo." »La escena cambió a mi presencia. Sospeché que el cambio era deliberado para que yo pudiese ver lo que deseaba con- templar. Primero, fue el profundo color púrpura del espacio y luego un mun do enteramente azul, q ue se movieron desde el borde hasta ocupar el centro de la pantalla. La imagen fue cr eciend o h ast a qu e llen ó to da la v is ta po r co mp l eto . Se h izo entonces aún mayor, y tuve la horrible sensación de caerme de cabeza abajo por el espacio. Una experiencia muy desa-148
  • g radable. Deb ajo de mí, las olas saltaban y co rrían. El mundogiraba. Por todas partes, agua. Pero una mancha se proyectabasobre las olas eternas. En todo el mundo sólo existía unameseta de unas dimensiones como el valle de Lhasa. En ellare lu cían sob re la play a un os ex trañ os ed ifi cio s . Un as fig urashumanas se agitaban en la orilla, con las piernas dentro delagua. Otras, permanecían sentadas en las rocas cercanas. Todoello era misterioso y carecía de sentido para mí. "Nuestrocultivo forzado — dijo la Voz —; aquí hemos cultivado las se-millas de una raza nueva".»
  • Capítulo noveno El día se iba apagando y debilitándose progresivamente. El joven monje miraba — como había mirado casi todo aquel día — en d i rec ción a la co rt a d u r a d e l a s mo n ta ñ a s , d o n d e e s - taba el paso entre la India y el Tíbet. De pronto, lanzó un grito de alegría y giró sobre sus talones, entrando precipita- damente en la cueva: « ¡Venerable!», ex clamó . « Vienen hacia nosotros por el puerto. Pronto tend remos comida». Sin aguar- dar la respuesta, dio media vuelta y corrió al exterior. Dentro del aire transparente y frío del Tíbet, los más pequeños de- talles pueden percibirse a grandes distancias; no hay impu- rezas en el aire que enturbien la visión. Por el borde rocoso desfilaban unas pequeñas manchas negras. El joven sonrió con satisfacción. Pronto tendrían cebada y té. Con toda rapidez corrió a la orilla del lago y llenó el reci- piente a rebosar. Lo trajo a la cueva con todo cuidado, para que es tuviese a p unto cuando llegas en las p rovision es. Se fue luego a la cuesta, corriendo, para almacenar hasta la última brizna de las ramas del árbol caído en la tempestad. Consiguió, con esto , reu ni r u na bu en a pi la d e l e ñ a a l l ad o d e l a h o g u e r a encendida. Con gran impaciencia el joven subió a una roca encima d e la cueva. Haciendo un a pan talla con la mano , miró a todos lados . Un a gran fila de b estias de carg a se alejab a d el lago. Eran caballos, no yaks. Y los hombres eran indios, no tib e tan o s . E l j o v en mon je se q u ed ó p ar ali z ad o , co mp ro b a n d o su error. L e n t a m e n t e , c o n p e s a d u m b r e , d es c e n d i ó a l n i v e l d e l s u e l o y volvió a penetrar en la cueva. «¡Venerable!», exclamó con voz ap enada: «Aquellos hombres , eran indios; aho ra se march an y no tenemos qué comer.» «No os preocupéis», dijo el anciano dulcemente. «Un estó- m a g o v a c í o h a c e u n c e r e b r o c l a r o . H e mo s d e a g u a n t a r , t e n e r paciencia.» Un pensamiento súbito se le ocurrió al joven monje. Con el150
  • recipiente del agua corrió al interior de la cueva, allá dondese había esparcido toda la cebada. Allí, se puso cuidadosamented e ro d i l l a s y e s c a rb ó e l s u e l o a ren oso . L a c eb ad a e st aba m ez -clada con la arena. Había, pues, una y otra cosa. Con todaatención, fue echando un puñado tras otro en el recipiente ygolpeó las paredes del mismo. La arena, se fue al fondo y, lacebada quedó flotando en la superficie. También flotabanpequeños trozos de té.A c o p i a d e ti e mp o , fu e q u ita n d o la ceb ad a y los ped acitos deté que se hallaban en la superficie del agua y los fue poniendouno tras otro en su cuenco. De momento llenó el tazón delviejo y, finalmente, cuando las sombras del atardecer ya sear ra st rab an po r aq ue llo s p a raj es, lo s d os cue ncos est ab an ll e-n o s . F at ig ad o , el jo v e n s e p u s o en pie , v aci ó el ag ua l len a dea r e n a s o b r e e l s u e l o . L u e g o , t ri s t e m e n t e , s e d i r i g i ó h a c i a e llago.Los pájaros nocturnos empezaban a despertar y la luna, ensu plenilunio, asomaba sobre el borde de las montañas cuandofrotó el recipiente y lo llenó de agua. Fatigado, lavó de susrodillas los granos de arena y de cebada que se le habían pe-g ado y reanudó su camin o hacia la cueva. Con un golpe resig -n ado , colo có e l rec ipien te en el cor azón d e l fu ego y s e s en tóallí cerca, aguardando con toda impaciencia el hervor del agua.P or último , se lev antaron soplos de vapor y se mezclaron con elhu mo que hacía el fuego . El jov en n 3 n je s e l ev an tó y t r ajo lo sd os tazo n es co n la ceb ada y e l té — y t a mb i én s u alg o d e tierra—. Con todo cuidado, lo fue echando al agua.De pronto, se levantó el vapor. El agua empezó a hervir fre-nética, removiendo aquella mescolanza terrosa. Con una astillap lana, el jov en quitó lo peo r de las impurezas y, n o pud iendoaguantar más, con un palo consiguió levantar el recipiente delfueg o y e chó u na gen ero sa ració n de aqu e l la espe ci e de s opaen e l t azón de l an ciano . Lueg o , limpián do se lo s d ed os en su sd ecid idamente sucias v estiduras, se adelantó hacia el v iejo er-mitaño, ofreciéndole el inesperado y más insípido líquido.Luego, se preocupó de sí mismo. Era apenas bebible.Habiendo apaciguado lo justo los tormentos del hambre, am- 151
  • b os se t end ie ro n en la d ur a y ar isc a y ac ij a d e a r ena pa ra d or- mir. Mientras tanto, se remontó la luna y describió una maje stu os a cu rva, h a sta po s a rse en l as le jan as cu mb res d e la cordillera. Las criaturas de la noche se dedicaron a sus ocu- paciones, que la noche hacía lícitas, y el viento de la noche sopló suavemente en tre las ramas d elgadas de los árb oles ena- nos de aquellos parajes. En los conventos de lamas, los vigi- lantes de la noche continuaban sus incesantes ocupaciones, mientras en las callejuelas de la ciudad las gentes de mala reputación renegaban sin cesar contra aquellos que estaban mejor situados. La mañan a tra nscur rió sin s a tisfacc iones . L o s restos de la ce- b a d a , h ú m e d a , y l a s h o j a s d e t é qu e l es q ued aban , p ro po rcio- naron un sustento flaquísimo; lo indispensable para no des- fallecer. Simultáneamente con el crecer de la luz del día y d el fu eg o, qu e esp arcí a enj a mb res d e ch isp as, b rotan do d e l a leña superficialmente seca, el viejo ermitaño, dijo: «Conti- nuemos con el pasado del conocimiento humano. Ello nos ayu- dará a disimularnos el hambre que sentimos». El viejo y el joven entraron juntos en la cueva y se sentaron en las posi- ciones acostumbradas. . « F u i d e u n l a d o a o t r o , d u r a n t e u n r a t o — p r o s i g u i ó e l e r mi - taño —; cómo van los pensamientos de un hombre desvagado, s i n d i r e c c i ó n n i p ro p ó s i t o a l g u n o . V a c i l a n d o , y e n d o d e a q u í para allá, de una pantalla a la otra, caprichosamente. Entonces, la Voz que hablaba dentro de mí, dijo: "Os tenemos que de- cir más cosas." Así que me habló la Voz noté que se me dirigía hacia las primeras pantallas que yo había estudiado. Volvían a funcionar. Sobre una de ellas, se veía la imagen del universo que contiene lo que llamamos el Sistema Solar. »La Voz entonces dijo: "Durante centurias se vigiló cuida- dosamente que no se produjese ninguna irradiación al azar, desde el nuevo Sistema entonces en estado de formación. Pasaron millones de años; pero, a la escala del Universo, un millón de años son apenas unos minutos en la vida de un ser humano. Finalmente, otra expedición partió de aquí, el corazón de nuestro imperio. Los expedicionarios iban equi-152
  • p a d o s c o n l o s m á s m o d e r n o s a p a r a t o s p a r a d e t e r m i n a r c ó modeben plantearse los nuevos mundos que deseamos fundar".Cesó, entonces, la Voz y yo, de nuevo, contemplé las pan-tallas.» Bri ll ab an f r ía mente l as es t r ell as en l as in mensid ades i m pre-sionan tes del espacio. Fijas y frágiles, relucían con más color e sque el arco iris. El cuadro se hizo cada vez más amplio, h a staq u e s e d i s t i n g u i ó t o d o u n m u n d o q u e p a r e c í a s e r , n i más nimenos, un globo d e nub es. Nubes turbu len tas qu e eran azota d asco n el más esp antab le relamp agu eo . " No es p o sib le — d ijo l aVoz — anal iz ar co n ce rt eza u n mu nd o l ejano , a bas e d ep r u e b a s r e m o t a s . A n t e s , l o c r e í a m o s a s í ; p e r o l a e x p e rien ciano s demo stró el error en que estábamos. Actualmen te, duran temillon es d e año s, h emos ido mandando exped iciones. ¡Mirad!"»El universo fue barrido como una cortina. De nuevo pudecontemplar una llanura que se perdía en lo que parecía ser elinfinito. Los edificios eran diferentes; ahora se nos aparecíanlargos y bajos. La gran nave aérea que estaba allí tambiénera distinta. Su forma recordaba, en la parte inferior, unplato en posición normal; mientras que la parte superiorrecordaba un plato en posición invertida, reposando por losbordes encima del primero. El conjunto resplandecía comouna luna llena. Unos agujeros a centenares, provistos de susc o r r e s p o n d i e n t e s c r i s t a le s , f o r mab an una c ircunfe ren cia alre-d e d o r d e l a e s t r u c t u r a . En l a p a r t e m á s a l t a , f i g u r a b a u n a e s -pecie de cúpula transparente. Dicha elevación sería de unosdiez metros. El inmenso ruedo de la nave aérea disminuía, hastahacerlas aparecer enanas, el tamaño de las máquinas que se veíanal pie aprovisionando la nave del espacio.» U n o s g ru p i t o s d e p e rs o n a s , t o d o s u n i fo r m a d o s d e u n a ma n e r arara, conversaban, alegres, alrededor de la nave espacial. Alp i e d e c a d a u n o s e v e í a n u n a s p i l a s d e c a j a s r e p o s a n d o en elsuelo. La conversación era animada; el humor, excelente. O t r o si n d i v i d u o s , c o n m á s b r i l l a n t e s u n i f o r m e s , i b a n d e u n ladop ar a o t ro , co m o si d e lib er as e n sob r e e l d es t ino d e alg ú n mundocomo, de hecho, era así. Después de una señal súbita, 153
  • to dos, ll eván do se cad a cu al c on sig o su eq ui p aje, su b ie ro n o r- denada y rápidamente a la nave interespacial. Unas puertas m e t á l i c a s , d i s p u e s t a s c o m o e l i ri s d e u n o j o , s e c e r r a r o n h e r - méticamente tras ellos. »Con lentitud, aquel aparato metálico se levantó cosa de treinta metros por el espacio. Se balanceó un pequeño momento y, exactamente, se esfumó, sin dejar huella alguna de haber e x i s t i d o n u n c a . L a V o z d i j o e n t o n c e s : " Es o s a p a r a t o s v i a j a n a una velocidad inimaginable — más rápido qu e la luz —. Es un mundo — él por sí mismo — completamente fuera de influencias externas. No hay en él sensación alguna de veloci- dad, ni de caída, ni en los instantes de mayor velocidad. El espacio — continuó diciendo la Voz —, no es ningún vacío, como vosotros los terrenales opináis. El espacio es un área de un a densidad reducida. Ex iste en él una atmósfera d e molécu - las gaseosas, de hid rógeno . Dichas moléculas pueden estar se- paradas centenares de kilómetros entre sí; pero a la velocidad qu e desarrollan las naves del espacio d ich a atmósfera resulta ser tan densa como el agua del mar. Se escuchan las moléculas d ando contra los costados de la nave espacial y se han tenido que adoptar dispositivos especiales para prevenir el calenta- miento resultante de la fricción molecular. Pero, ¡mirad!" »En una pantalla que estaba al lado de la anterior, la nave espacial en forma de disco seguía su rumbo dejando una es- t e l a d e u n c o l o r a z u l d e s t e ñ i d o t r a s s í . La v e l o c i d a d e r a t a n e n o r m e q u e , a l i r s i g u i e n d o a qu ell a i mag en la d e la nav e d el espacio, las estrellas parecían líneas sólidas de luz. La Voz murmu ró, en tonces: "Hemos d e prescindir de los innecesarios d etall es y q u ed arn os so l a men t e con la s s ecu e ncias qu e i mpo r- tan! ¡Mirad hacia la otra pantalla!" Le obedecí, y pude ver la n av e espa ci al aho ra mu ch o más l ent a en su v iaje a lr ed edor d el S o l , nuestro propio Sol. P e r o e r a u n S o l mu y d i f e r e n t e del actual. Mayor y más luminoso. Grandes flecos de llamas alcanzaban lejos de su orbe. La nave le daba la vuelta, ro- deando un planeta y otro y otro. »Por fin , se di rigió h ac ia un m u n d o q u e , p o r c u a n to y o p o d í a comprender, se trataba de la Tierra. Envuelto en nubes por154
  • completo, giraba debajo de la nave del espacio. Después dehaber descrito unas cuantas órbitas, se movía másdespacio. Cambió la imagen en la pantalla y entonces pudecontemplar la embarcación por dentro. Un pequeño grupode hombres y mujeres circulaba a lo largo de un corredormetálico. Al final entraron en una cámara donde se veíancopias reducidas de la nave. Unos cuantos de ellossubieron por una palanca y se metieron dentro de una deaquellas naves de un tamaño reducido. El resto de aquelloshombres y mujeres se marcharon. Detrás de una paredtransparente, estaba de guardia un navegante, atendiendo auna serie de pulsadores cada uno de un color diferente;brillaban, enfrente, algunas lucecitas. En un momentodeterminado, se encendió una luz verde, y aquel naveganteoprimió diversos botones a la vez.»En el pavimento de la nave, se abrió como se abre el irisde un ojo, un agujero por el cual pasó la pequeña nave es-pacial aquella. La pequeña nave entró en el espacio y sefue alejando con dirección a las nubes que cubrían laTierra. Entonces, volvió a cambiar la escena y era como siyo mirase situado dentro de la pequeña navecilla. Allí seveía cómo se aproximaban nubes girando, amontonándose.Primero, se hubiera dicho que eran unas barrerasimpenetrables; mas se fundían al paso de la navecillaespacial. A copia de ir descendiendo a través de un sinfínde nubes; finalmente nos vimos dentro de una luz opaca ybaja. Un mar alborotado y gris, visto a distancia, parecíamezclarse con aquellas nubes grises sobre las cuales sepintaban resplendentes fuegos procedentes de algunafuente desconocida»La nave del espacio, entonces, volaba en un sentido hori-zontal entre las nubes y el mar. Una masa de color oscuroapareció — después de un largo viaje por encima de lasolas — sobre la línea del horizonte. De su cumbre,brotaban intermitentes llamaradas. La nave espacial sedirigió hacia la montaña. Debajo nuestro se extendía unagran masa montañosa. Grandes volcanes elevaban suscumbres terroríficas hasta las nubes. Se divisaban enormesllamaradas y torrentes de lava fundida que caíadesplomándose por las laderas de los montes 155
  • para acabar precipitándose entre silbidos estruendosos, dentro del mar. Aunque parecía de un azul brumoso vista desde lejos, de cerca parecía, toda aquella vasta extensión de tierra, teñida de un color rojo muy opaco. »La nave del espacio seguía su viaje y dio la vuelta alrededor del mundo unas cuantas veces. No había más que una in- mensa extensión de tierra firme, rodeada por completo de aquel mar alborotado, que, volando a una pequeña altura, parecía echar humo. Finalmente, la nave espacial levantó más el vuelo, subiendo por el espacio, y llegó a la nave madre. La imagen de la pantalla se desvaneció tan pronto como la nave empezó su regreso a la sede del imperio del mundo. »La Voz, que acostumbraba a explicarse dentro de mi cabeza, comentó ahora: "¡No! No hablo exclusivamente para vos. También me dirijo a todos aquéllos que participan del pre- sente experimento. Como sóis tan sensibles estáis informados por la vía acústica. Pero poned toda vuestra atención a lo que llamaremos reflejo verbal. Todo esto os interesa. "La segunda expedición regresó a (aquí había un n ombre q ue yo no sabría pronunciar, y que traduzco por "nuestro impe- rio"). Allí hombres de ciencia estudiaron las memorias que redactaron lo s tripulantes de la n av e. Se h icieron cálcu los so- bre el número de siglos que faltaban aún para que aquel mun do pu d ies e se r h ab itad o por s er es v iv i ente s. Ex p er to s en m ate r ia d e b io log ía y de g en éti ca t rab aj aro n p a ra p lan ea r las cr ia tur as más ad e cu ad as p a ra v iv ir en él . C uan d o h a y q u e p o - blar un mundo nuevo, y cuando este mundo surge de una «nova», se requieren animales de gran corpulencia y vegeta- l es de hojas robustas, por el momento. El suelo de este nuevo mundo consiste en rocas pulverizadas, con polvo de lava e indicios de otros elementos. Ese tipo de suelo sólo permite plantas rudas y tenaces. Entonces, cuando esas plantas su- cu mben y los ani males per ecen, a mb o s s e v a n m e z cl a n d o co n el polvo de las rocas. Así, a copia de milenios y más mile- nios, se va formando un «suelo». A medida que el suelo se v a d i s t a n c i a n d o d e l a r o c a p r i m i t i v a p u e d e n c r e c e r p l a n t a s de mayor calidad. Desde todos los tiempos, en cada uno de los156
  • p laneta s, el su elo co ns ist e en las c élu l as d e los ani males qu ehan perecido, de las plantas muertas y de los excrementosdepositados por los eones del pasado."» Tuv e la impresión de que el Amo de la Voz hacía una pausaen su discurso mientras observaba a su auditorio. Seguida-m e n t e , c o n t i n u ó : "L a a t m ó s f e r a d e u n n u e v o p l a n e t a e s a b s o -lutamente irrespirable para los seres humanos. Los efluviosd e lo s v olcanes en erup ción con tien en una g ran p ropo rción d ea z u f r e y d e g a se s n o civ o s y l et a le s . E s p re c i s o q u e u n a v e g e -tación adecuada pu ed a absorber las sustancias tóx icas y trans-formarlas en minerales inofensivos del suelo. La vegetaciónconvierte los humos tóxicos en oxígeno y n itrógeno, indispen-s a b l e s a l s e r h u m a n o . P o r e s t o, n u e s t r o s c i e n t í f i c o s , p e r t e n e -cien tes a di ferentes ramas , t rab aj aron en co lab o ra ció n si g lo senteros, preparando los elementos básicos de la Tierra. Demomento, esos elementos fueron situados sobre un mundovecino, para que pudiésemos estar seguros de que todo mar-chaba a la mayor satisfacción. Sí era necesario, todo podía sermodificado."De esta forma, el nuevo sistema planetario fue dejado aban-donado a sí mismo durante edades enteras. Mientras tanto, elviento y las olas iban erosionando las pináculos cortantes delas rocas. Por millones de años las tempestades azotaronaquellas cumbres. Las rocas, reducidas a polvo, fueron desa-pareciendo de los más altos picos; enormes piedras se desga-jaron bajo el ímpetu de los temporales y cayeron rodando yp ulve ri zand o c uanta s ro cas h all aban a su p aso . Aque lla s o lasg i g a n t e s g o l p e ab a n f u r io s a m e nt e l a s o r ill a s d e l m a r , r o mp i e n -do los salientes pedregosos, entrechocando las piedras las unascontra las otras y reduciéndolas a partículas cada vez máspequeñas. Las lavas que salían blancas e hirvientes de losvo lcan es para d ar en las aguas del mar h umeaban y estallabanen millon es de p art ícu las ha s ta con v ertirse en arena menu da.Las olas devolvían aquella arena a la tierra, y la erosióncontinua reducía la altura de las montañas, desde sus alturasde kilómetros a modestos centenares de metros. "Pasaron, con esto, muchísimas centurias de años. El sol, ar- 157
  • diente, moderó sus ardores. Cesaron de estallar continuamente, inundando y quemando las cosas a sus alrededores, las piedras volcánicas. Ahora el sol ardía con toda regularidad. Los mundos más próximos también se enfriaron. Sus órbitas se hicieron más regulares. Con demasiada frecuencia, sin embargo, pequeñas masas rocosas entraban en colisión con otras masas y el conjunto de las dos se precipitaba en el sol, lo que era causa de un aumento temporal de intensidad de sus llamas. Pero, de todos modos, el sistema se iba consolidando. El mundo que llamamos la Tierra empezaba a estar a punto de recibir su primera forma de vida. "En el Imperio básico se iba preparando una gran nave espacial destinada a un viaje a la Tierra, y sus tripulantes serían la tercera expedición, instruida ésta en todo lo referente a sus trabajos venideros. Los hombres y las mujeres se fueron seleccionando sobre las bases de compatibilidad y ausencia de neurosis. Cada una de las naves del espacio es un mundo que se basta por sí mismo, donde el aire se fabrica a base de unas plantas y el agua se extrae del oxígeno y el hidrógeno, que es la cosa más barata de todo el universo. Se embarcaron los instrumentos, provisiones que se congelaron para ser más tarde reanimadas en el momento preciso, y, mucho después, porque no se iba con prisa alguna, la Tercera Expedición se puso en camino. »Vi la nave deslizarse a través del universo Imperial, luego cruzar otro, y entrar en aquel que contenía, situada en uno de sus bordes, la nueva Tierra. Existían varios mundos girando alrededor del Sol. Todos fueron pasados por alto; la atención, por entero, se centraba en un planeta. La gran nave disminuyó su velocidad y se movió dentro de una órbita que resultaba estacionaria con relación a la tierra A bordo, una pequeña nave fue dispuesta. Seis hombres y seis mujeres entraron en ella y al acto apareció un agujero en el piso de la nave-madre, a través del cual la pequeña embarcación desapareció con rumbo a la Tierra. Otra vez, por medio de la pantalla, pude ver cómo la pequeña nave del espacio caía a través de espesas nubes y emergió navegando a unos cien metros sobre158
  • el mar. Desplazándose horizontalmente en un plano horizon-tal, pronto llegó a la tierra rocosa que se proyectaba sobre lasaguas."Las erupciones volcánicas, aunque eran de una gran violen-cia, no llegaban a la intensidad anterior. La lluvia de pequeñasp ied ras e ra me n os abu nd ante . C on un g ran c uid ad o , l a p eq ue ñ anave fue descendiendo. Los ojos atentos del piloto buscab anel sitio más adecuado para el aterrizaje y, finalmente,cu and o lo d e ci d ie ron, p r acticaron la manio bra d e é st e. S ob reel suelo, la tripulación hizo las comprobaciones rutinarias.Satisfechos por lo visto, cuatro tripulantes entonces se vis-tieron con extrañas ropas que los cubrían desde el cuello hastalos pies. Cada uno, luego, encerró su cabeza dentro de unglobo transparente, que se conectaba de cierto modo con elcuello de aquella vestidura."Cada uno de los cuatro, llevando una caja, entró en una pe-qu eña cámara cuya puerta luego se cerró cuidadosamente conllave tras ellos. Una luz situada en otra puerta enfrente, see n c e n d i ó e n c o l o r r o j o . La a g u j a — n e g r a — d e u n r e l o j e m -pezó a moverse, y cuando reposó sobre una O mayúscula, laluz roja cambió su color en verde y la puerta en cuestión seabrió por completo. Una extraña escalera metálica, comod o tad a d e u n a v id a p ro p i a, se ar r ast ró p o r e l su elo d e l a h a b i-tac ió n y se ext endió h ast a to car l a ti er ra fi rme, u no s t res me-tros más abajo. Entonces, uno de los hombres, con todo cui-dado, bajó por aquella escalera. De la caja, sacó una largab arra y la p lantó en el su elo . Inclin ándose, contempló atenta,minuciosamente, unas señales que se veían en la superficie de lab arra en cu estión. Luego, enderezándo se, señaló a sus com-pañeros que le siguiesen; como ellos hicieron al acto."El pequeño grupo, anduvo por aquellos alrededores, por loq ue p a re cí a, más b i en al az ar. Si n o me hu b ies e co ns tad o qu ese trataba de adultos inteligentes, hubiera tomado sus ideas yvenida s po r s i mp les juego s i nfan til es . Alg u no s de el los el e g í a npiedrecitas y las guardaban en una bolsa; otros, golpeaban elsuelo con martillos o clavaban en él varas metálicas. Otro deellos, una mujer, iba buscando pedacitos de cristal 159
  • pegajoso por aquellos alrededores, y los metía rápidamente dentro de unas botellas. Todas esas cosas, para mí, resultaban incomprensibles. Finalmente, regresaron a su pequeña nave espacial y entraron en el prim er compartimiento . Allí estuv ie- ron como reses en un mercado público, mientras unas luce- citas d e brillantes colores se encen dían y apag aban en las pa- redes. Por fin, se encendió una luz verde, y las restantes se apagaron. El grupo, entonces, se quitó sus vestiduras y entró en las habitaciones principales de la pequeña nave. "P ron to s e a r m ó u n gran t rá fa go . L a mu je r c o n lo s p ed a cit o s de vidrio se apresuró a ponerlos de uno a uno en un dispo- sitivo metálico. Aplicando su rostro de manera que miraba con ambos ojos, daba vuelta a unas manecillas, mientras hacía comentarios a sus compañeros. Aquel hombre que antes co- leccionaba pequeños guijarros los metió dentro de una má- quina que lanzó un gran chirrido e instantáneamente devolvió todos aquellos guijarros reducidos ahora a un polvo finísimo. Se lleva ron a cabo div ersos expe ri m e n t o s y , c o n l a n av e - m a - dre, se sostuvieron varias conversaciones. "Otras pequeñas naves espaciales aparecieron, mientras el pri- mero regresaba a la gran nave. Los restantes dieron una vuelta completa al mundo y desde la altura lanzaron algo que cayó encima de la Tierra y otro tipo de cosas que se cayeron al mar. Satisfecho s p or su trabajo , tod as las p equeñas n av es fo r- maron una línea que se remontó y abandonó la atmósfera terrestre. Luego, una por una, fueron entrando en la nave nodriza, y cuando todas hubieron entrado, ésta salió de su ó rb i t a q u e o cu p a b a y s e l an z ó h a c ia o t r o s mu n d o s d e n u e s t r o sistema. De esta forma muchos, muchísimos años de nuestra Tierra transcurrieron todavía. " P a s a r o n a l g u n o s s i g l o s s o b re l a Ti e r r a . E n e l t i e m p o d e u n viaje a bordo de una de aquellas naves viajando a través del espacio tan sólo unas semanas, ya que ambos tiempos son d i f e r e n t e s d e u n mo d o m á s b i en difícil de c omprend e r; p e ro , que es así. Pasaron varias centurias y una vegetación ruda y tenaz reinaba sobre la Tierra y debajo de las aguas. Inmenso s helechos se elevaban al cielo, que con sus inmensas y espesas160
  • h ojas ab so rb ían lo s g ase s ven eno sos y r esp irab an h acia fu erao xígen o , d e d í a e h id ró g eno, de n och e. Al cabo d e much í si motiempo , un a A r ca d el Espa cio desc endió a tra vés de las nub e s yto mó ti erra so b re un a pl aya arenos a. Se ab ri eron u n as g rand esesco til las y , d e aqu e lla arca q u e med ía c e r c a d o s k il ó m e t r o ss a l i e ro n a r r a s tr án d o s e u n a s c r iat u ras d e p e sa dilla, tan pe san tesq ue l a Ti e rr a t e mblab a b ajo s us pisadas. Ho rr en dos eng end rosse remo n taron pes ada ment e por el ai re , s u sten tánd os e s o brecru ji ente s al as membran os as."La gran A r ca — la pri mer a que lleg ó , en el decu rso de lased ad es — s e l evan tó po r los ai res y se des lizó su av eme ntev oland o sob r e el mar. Al s ob rev o la r d et e r min adas áreas , elArca rep os aba so bre l as ag u a s y lanzab a en ella s ex t rañ os se-res a la s p ro fu n d id ad e s d e l o cé an o . L a in m en sa n av e d e l es-p acio levan tó el vuelo y al canzó la s más l ejan as reg io n es delo s un iv erso s. Sob r e l a Tie r ra , aso mb ros as cri atu ras v iv i ero n ys e p ele a ro n , s e a l i m e n ta ron y p e recie ro n . La at mó sfe ra h izoca mb io s. Camb ia ron las h ojas d e los árbo les y las cria tu rase v o l u c i o n a r o n . Pa sa r o n l o s e o n e s y , d es d e e l O b s er v ato ri o d elo s Sab io s , a d istan ci a d e mu ch os un iverso s , seg u ía l a v ig i lan -c i a d e l o s m e n ci o n a d o s f e n ó m e n o s ."La T ie r ra, se guía ba mboleá ndose en su ó r bita; a medid a qu ep asab a el ti e m p o , se iba d e s ar ro l lan d o u n p elig ro so g r ad o d eex cen t ri cidad . En to n ces , de l co razón d el Imp erio, man daronall á u na n ave esp a ci al . Los cien t ífico s , op i n aro n qu e un a so lamasa d e ti e rra era in su fic ien t e pa ra p rev eni r el q ue los m aresco n su ol ea je l lega sen a des e qu ilib rar aqu e l mu nd o . D esd e lag ran nav e q ue se b alan ceab a a mu ch a al tura so bre lo qu e t eníaq ue ser nue str o mun do , se l anz ó sob re la Ti erra un delg adoh ilo d e lu z, co mo un d isp aro . És te dio en el b lan co so b r e elco ntin ent e terráqu eo . Di ch o co ntin ent e s e q ueb ró al acto ,f or m a n d o d iv er s as ma s a s d e m e n o r t a mañ o . S ig u i e r o nviolen to s terre moto s y , final m ente, la Ti erra, sub divid ida enu nas cu ant as masa s, li mi tó la v io len ci a d e las agu as . C ontralas co sta s de l a Ti e rra, el mar — ah o r a " lo s ma res " — go l peóen v ano . La Ti er ra s e a fi r mó d entro de una órbit a por co mpletoest abl e. 161
  • "Millon es d e a ños se su ced iero n — año s « t er re st re s» — . De nuevo, salió del Imperio una expedición . Ahora, transp ortab a los primeros humanoides a nuestro mundo. Fueron desem- barcad as ex t ra ñas cr iatu ras d e u n co lo r mo rad o. L as mu jeres ten í a n o c h o s e n o s ; t a n t o e l l a s co mo lo s va ron es po seían un a cab ez a cu ad rad a so bre lo s h o mb ros , de man era que , pa ra v er a tod os l ado s , tod o el t ron co ten í a q ue volv ers e . L as p i ern as eran cortas y lo s brazos largos, hasta por deb ajo las rodillas . D e s cono cí an el fu ego y l as a rm a s ; s in e mb a rgo , estab an siem- pre peleándose entre sí. Habitaban dentro de las cuevas y también sobre las ramas de los más robustos árboles. Se nu- trían de bayas y de los insectos que se arrastraban por el suelo. Pero los observadores no estuvieron contentos ya que toda esa especie se hallaba desprovista de entendimiento y carecía de instintos defensivos, como no presentaba el menor signo de evolución. "En aquellas edades, las naves del Imperio estelar patrulla- ban continuamente a través del universo que contiene nues- tro sis tema sol ar . Hab ía en él otro s mun do s en c a mino d e s u des arrollo. El de otro planeta marchab a más rápidamente que la Tierra. Entonces, una nave de la patrulla fue mandada a la Tierra y desembarcó en ella. Unos cuantos humanoides morado s s e capturaro n y fu eron examin ados; en v ista del exa- men tuvieron que ser exterminados dichos humanoides, sin q u ed a r u n o sol o . Lo m is mo q u e h ac e u n ja rdine ro ex tirp an d o la mala hierba. Una epidemia terminó con todos esos huma- noides." La Voz, llegando a este punto, observó incidental- mente: "En años venideros en vuestra Tierra los hombres emplearán ese sistema para exterminar una p laga de conejo s; pero los vues tro s matarán los con ejo s con sufrimientos d e las víctimas. Nosotros obramos sin dolor por parte de ellas". "D esd e lo s ciel os, d es cend ió al su elo de l a Ti erra ot ra Ar ca, tray éndonos diferen tes animales y muy distin tos humanoides. Fueron distribuidos a través de países distintos; su tipo y color, eran los más adecuados a las condiciones del área donde eran semb rados. La Tierra, todavía rugía y roncaba. Los mon- tes lanzaban llamas y humaredas y torrentes de lava fundida162
  • resb al ab an po r las l ade ras. L os mares s e ib an en fri and o y lav ida, en ellos , se t r ans fo rmab a, ad ap tán do se a las nu ev as co n-d icio n es . En ambo s po los reinab a el frío y el p ri m e r h i eloso bre la T ierra , e mp e zab a a fo rma rs e en el lo s ."Pasa ron l as E dades . Camb ió la at mó s f er a t erre st re. Lo s hele-chos gig ant es die ron paso a for mas d e árbo les más o rtodo xas.Se est abi li zaro n las fo rmas d e v i d a. F lo r e c i ó u n a i mp o r t a nt ec i v i l i z a c i ó n . A lr ed e d o r d e l m u n d o v o lab an l o s Jard in e ro s de laTierra; vistaban una ciudad tras otra. Pero alguno de dicho s J ard in ero sse fa mi li ar izó en exc eso con l as al mas qu e te nía que gu i a r, conlas muj e res p r i n cip a l men te. U n ma l s acerdo t e d e lo s h uma nosco nv en ció a u n a mu je r muy h ermo sa , qu e s e pres tó a s edu cir au n o d e los J a rd in e ro s y lo e mbeles ó h ast a el ex t r e mo q ue, b ajoel i mp erio de aq uel la s e d ucc ió n, aq u él l leg ó a trai cion ar lo smás a lto s se cretos . In me diat a men te la mu je r est ab a enp osesión d e cie rt as a r ma s q u e ant es est ab an enco men d a dasex clu s iv ament e a lo s v aro n e s. Al acto , el sacerd ot e pu d oh acers e con aq u éll as ."Luego , por o b ra de alguno s i n d iv id u o s p er ten ec ien t es a lacas ta sa cerdot al , fab ri ca ro n pro y e c t i l e s a t ó m i c o s, u t i l i z a n d oa q u é l q u e h ab ía s i d o ro b a d o , q ue l es s irv i ó d e mod elo . S e -g uida men te, se tra mó u n co mplo t, en vi rtu d d el cual alg u nosd e lo s Ja rd in eros fu eron in vitado s al T e mpl o co n la excu s a d ela ce leb ra ció n de un acto de gra ci as . A ll í, e n te r reno sa g ra d o ,lo s Ja rd in ero s fu eron en ven enad os . Su s e qu ip os, lo s ro baro nlo s sace rd ot es . Con el los s e sirvieron lo s sacerdo tes p araef ectua r un gran as alto con t ra los Jard inero s restan tes. En elcu rso d e l a b a tal la , la p il a a tó mic a d e u n a n av e d e l esp acioate r ri zado s ob r e e ste mund o fue v o l a d a p o r u n s a c e r d o t e . E lmun do en te ro te mbló con la ex plosión . El g ran con tin en t e dela A tlán tid a, s e h un dió bajo las agu as. E n las más l ejanastier ras , los hu racan es b arri e ron las mon tañ as y se ll ev aron alo s hu man os . G rand es o l as su r g ie ro n d e l ma r y el mun do qu e dóv acío de casi t od o s e r viv ien t e. P e r e c ie ro n t o d o s , e x c ep t o u n o sp oco s q ue p ud i eron cobi ja rs e, at erro ri zado s , en e l fon do de lascav ern as más remotas." Du r an t e mu ch o s añ o s , l a T ie rr a t e mbló y v a ciló b a jo lo s 163
  • efectos d e la exp losión ató mi ca ex p e ri me ntada . P asó mu cho tie mpo sin qu e llega se ningú n J a rd i n e ro a i n s p e c c i o n a r e s t e mun do . La rad iac ió n, en e ll a , era mu y fu e rt e y los at ro pe- lla d o s re s t o s d e l a h u man id a d p u s i e r o n e n e l mu n d o u n a p r o - genitu ra g en er almen te de fo rme. La v id a d e las plan tas s e vio afectad a po r l a s rad ia cion es y la at mós f era s e h ab ía alt e rad o. El sol se veía oscurecido po r n u b es d e co l o r ro jo a ra s d el suelo . Po r fin , los Sab io s d ec retaron q ue se tení a q ue mand ar otr a ex p edic ió n a la Ti er r a y t ra n s p o r t a r n u e v o s s e r e s v i v i e n - tes qu e la p ob las en de nu ev o . La gran A r ca , t ran spo r tan do homb res , an i m ale s y pl an t as, p artió d e lo s co nfin es d el es - pacio . "» En es te mo m e n to , el v i ejo e r mi tañ o cayó s in sen t id o co n la bo c a mu y a b i e r t a . E l jo v e n m o n j e s e p u s o d e p ie v iv a m e n t e y corrió h a ci a el anci ano caído . La p recios a b otel la con teni en do aquel la s g ot as se h all aba al alc ance d e l a mano y p ro nto el eremi ta s e h al lab a acos tad o so bre u no d e su s fl anco s resp i- ran d o d e u n a f or m a n o r m a l . «Os es n ecesa rio ali m en to , ¡Ven er abl e !» , ex clamó el jov en . Vo y a pon er ag ua al al can ce de vu est ra man o y lu eg o t r ep aré hast a e l ere mi t orio d e la So l e mn e Cont empla ción p ar a qu e a llí me den té y cebad a.» El e re mi ta as in tió d ébil m en t e co n la cab ez a y se di sten dió cuand o el jo ven mon je pus o el t az ón llen o d e agu a a su v er a . « Voy a su b ir p o r l as p eñ as» , an u n ci ó , corri en do fu era d e l a cuev a . Cor rió a lo largo de la mo n taña, bu s can d o hac ia arriba el sen de ro que l e con dujes e al camin o más a nch o, más arri b a. A l l í , cen t en a r e s d e me t ro s m ás a rr ib a y u n o s o ch o k iló met ro s d e dis tan ci a, e stab a e l er e mi t o rio do nd e h ab itab an v ar io s mon - jes . E ra segu ro que le so co r re rí an; p e ro el ca min o er a e sca- b ro so y l a lu z del d ía e mp ez a ba a d e ca er. P r eo cup ado , el jo ven ap retó cu an to p udo el p aso . Ten az m ent e ib a obs e rv and o la p ared ro co s a h ast a qu e, p o r ú lti mo , d is t i n g u i ó a lg un as h u e l l a s q u e mo s t r a b an q u e a lg u i e n h ab í a p a s ad o p o r a l l í . E m pren dió, sig uiénd o la s, l a as cens ión , l asti m án do s e c on aq uel las ro cas af il adas cu al c uchil lo s que h a b ían des ani ma do a mu cho s y qu e le h ic ie ro n p ro lo n g a r v a rio s k iló me tro s aq u e lla c a -164
  • minata, ya que la cuesta era no sólo escabrosa, sino diva-gante.Poco a poco, subió con afán, ayudándose con los pies ycon las manos. Puede decirse que subió paso a paso. El solcaía bajo las montañas cuando no pudo más y se sentó sobreu na p ied r a, a repo sar un os momen t o s . N o t a rd a ro n lo s p r i m e -ros rayos plateados d e la luna en aparecer, aso mando sobre laco rd ill e ra . Ah o ra , po dí a con ti nu ar su es cala da. Co n la ayu d ad e las manos y los p ies, clavando materialmen te las uñ as, ara-ñ a n d o e l s u e l o , p u d o ll e v a r a c a b o l a a s c e n s i ó n d i f í c i l y p el i -g rosa. Debajo, el v alle estaba su mido en las tinieblas. Un sus-p iro de satisfacción; hab ía alcanzado la senda que conducía alas ermitas. Mitad corriendo, mitad desfallecido, doliéndoletodos los miembros, salvó la distancia que le separaba delobjeto de su viaje por la montaña.Una lu ce ci ta se v eía all á lo lejos , t e mblo ro sa. Era la l á mp ar ad e .man teca, que brillaba como un signo de esperanza p ara elcaminante. Con la respiración entrecortada y débil por la faltade alimento, el joven anduvo a tropezones los pasos que les e p a r a b an d e l e r e mi t o r io , h as t a l a p ue rt a. D el in t e rio r, le l le -gó el canto murmurado por un anciano que evidentementerezaba de memoria. «Aquí no hay ningún devoto religioso aq u i e n p u e d a y o e s to r b a r» , p e n só e l j o v en mo n j e , a l a p a r q u edecía en altas voces: «¡Guardián de las ermitas, socorredme!».Den tro , aqu el mu r mul lo , rei t er ad a m en t e mu s itado , c esó . L ue-go, se escuchó el crujido de huesos de un anciano moviéndosecon precipitación, e inmediatamente la puerta se abrió conlentitud. Destacándose en negro contra la luz de la solitarialámpara de manteca, que chiporroteaba y oscilaba por la co-rrien te de a ire que súbita ment e en t rab a en la er mi ta, el v i ej oguardián, en altas voces interrogó: «¿Quién hay aquí? ¿Porqué llamáis a esas horas de la noche?». Lentamente, avanzó eljoven monje, para poder ser visto. El guardián, a la vista delas vestiduras rojas, depuso su actitud. «Venid, entrad», leordenó.El joven se adelantó con paso vacilante. Ahora, debido a lareacción, se sentía exhausto. «Amigo sacerdote — dijo —, el 165
  • Ven erab l e e rmitaño con q ui e n estoy se ha l la en fe rmo y l o s d o s n o ten e m o s n a d a q u e c o m e r . N ad a , n i h o y n i e l d í a a nt e - rio r . Sólo nos queda el agu a del lago ve cin o. ¿No s p o d é i s d a r co mida ?» El sa c erd o te g uard ián son rió con si mpa tí a. «¿C o mid a? , de sde lu e g o , p u e d o p r o p o r c i o n a r o s con que co me r. Cebada, t enemos u n mo n tó n . T a mb i é n u n lad ri l l o d e té . Man teq ui ll a y azú c ar, ig ual m en t e. Pe ro os t en é is qu e qu ed ar aqu í a dor mir. Os s er ía imp o s i b l e a t r a v e s a r l o s p a s o s d e l a mo n tañ a en la noch e.» «Es p r eci so, a migo s a ce rd o te », ex cl a mó el jov en mo n je . « El Ven er a b l e s e e s tá m u r i e n d o d e c o n s u n c i ó n . E l B u d a m e p r o - teg e r á.» « En to n ces , r ep o sad u n ra to a q u í y c o m e d y b e b e d a lg o d e t é , to do es tá a pu nto . Mi ent r as t a n t o v o y a h a c er u n p aq u e te q u e podré is l lev ar a la esp ald a. Comed y be bed. Ten e mo s d e sob ra .» El jo v en mo n j e se s en tó en p osición d e lo to y se postró en acción d e grac ias po r aq uel s oco rro t an s in ce ra m ent e co n ce- dido a é l y su maes tro . Luego se sen tó y co mió tsamp a; lu ego bebió u n té mu y fuer te , mi en t ras e l an ci an o g uard ián cha rl aba y co ntaba to do s lo s chis mes qu e lleg ab an co n frecu enci a a las ermit as. El P ro fu nd o se hal lab a de viaj e . El gran señ o r Ab ad d e D r o p u n g h a b ía h e c h o a l g u n a o b s e r v a ci ó n ma l é v o l a c o n t ra otro Ab ad. E l Coleg io de P ro cur ad ores h ab í a dado la s g ra c ias a ci e rto Ga to Gu ardi án, q ue h a b í a l o c a liz ad o u n l a d r ó n pers ist en t e en t re u n g ru po de cie rtos march an te s. Un chin o se había ex t rav ia do en u n pas o de la montaña , e in tent ando hall a r de nu ev o el b u en ca mino se h ab í a d espeñ ado d e sde unas en o r mes altu ras (el c uerpo s e hall ab a po r co mp le to destroz ado y listo p ar a los bu itres , sin auxilio hu mano alg u n o ). Pe ro el t ie mp o ib a pasan do . Al fin , co n tod o su pesa r, e l jo v e n m o n j e tu v o q u e p o n e r se e n p i e y c arg a r c o n e l f a rd o q u e le r eg al ab an . C o n p al ab ras d e ag rad ec i mien t o y ad iose s, sa lió de l a e r mit a y e mp rend ió cu id ados amen te el regreso p o r la senda de las ro cas . La luna es taba en su p un t o más alto .166
  • Su luz era plateada y reluciente. El paso estaba muy bieniluminado; pero las sombras eran de un negro sólo conocidopor quienes viven en las cumbres. No tardó en llegar al bor-d e, y se vio p recisado a dejar el camino más segu ro y su mirseen el prec ipi ci o. Con to do cu idado , l enta m ente , ini ció el d es-censo a partir del borde. Con la mayor atención, algo estor-bado por el peso que llevaba sobre la espalda, fue deslizándosehacia bajo, palmo a palmo, un paso y luego el siguiente.Aguantánd ose firmemente con las manos mien tras buscaba u nreposo firme para sus pies. Relevando luego el peso de susmanos cuando los pies pisaban firme. Por fin, mientras la lunase escondía sobre su cabeza, llegó al oscuro suelo del valle.Adivinando su camino de una roca a otra, adelantaba muyd ificulto samen te h asta q ue d ivisó el b rillo rojizo d el fuego , a laen t rad a d e la cu eva. El jov en mon j e s e d etu v o ún ic a men te p a r aa ñ a d i r u n a s p o c a s r a m a s a l a h o g u e r a y l u e g o s e d e j ó cae r a lsu elo , a los pies d el v iejo ermit añ o, al qu e ap enas p od í ad i s t i n g u i r p o r e l r e f l e j o d e l a l u z d e l f u e g o r e f l e j á n d o s e sobrela entrada de la caverna.
  • Capítulo décimo El viejo ermitaño se sintió visiblemente mejor bajo la in fluen- cia d el té cal ien te, co n mu cha man teq ui ll a y azú car abu nda n- te. La cebada, molida hasta convertirse en un polvillo muy fino, había sido tostada muy convenientemente. Las llamas d e la hoguera b rillaban alegremente a trav és d e la entrada d e la cueva. Pero la hora todavía se encontraba entre la puesta y el amanecer; dormían los pájaros en las ramas y sólo se movían en la noche algunas criaturas nocturnas. La luna ya había cruzado los cielos y se escondía tras las más lejanas cordilleras. De vez en cuando, pasaba el viento de la noche susurrando entre las hojas y levantando alguna chispa de la hoguera encendida. El anciano se levantó con fatiga y se marchó titubeando hacia el in te rio r d e la cav e rna . El j o v e n mo n j e s e t e n d ió a lo l a r g o y s e q u edó d o r mido ant es d e q ue su cab e za repo s as e sob re la almohada de arena aprisionada. El mundo estaba en silencio por todas partes. La noche se hizo más oscura, con aquella o scurid ad q ue es el p re ludie del a man ecer. Desd e l as al turas, u na p i edra soli ta ri a rod ó ha st a ro mpe rs e co ntra lo s peñ as co s de los abismos; luego, todo volvió a su silencio de antes. El sol estaba muy alto, cuando el joven monje despertó a un mundo d e malestar. Miemb ros d oloridos , agujetas y hambre. Murmurando por lo bajo palabras prohibidas a un religioso, agarró la vasija del agua, vacía, y miró hacia el exterior de la cu ev a. L a ho g uera o frecía e l bri llo p la cen t ero d e s u s c en iza s ardientes. A toda prisa, añadió pequeños troncos y, encima, ramas de mayor tamaño. Con tristeza, contó la escasa leña res- tante y le preocupó el pens ar qu e cada vez ten dría que ir más lejos en su busca. Echando una mirada hacia arriba, se estre- meció recordando su escalada por la noche anterior. Luego fue al lago por agua. «Hoy tendremos que hablar mucho rato», dijo el viejo ere- mita cuando ambos terminaron su frugal desayuno. «Siento168
  • qu e los C ampos Celestiales me llaman con ins istencia. Existeun límite a lo que puede soportar la carne y yo he pasado, yc o n e x c e s o , l o q u e e s c o n c e d i d o a u n s e r h u m a n o . » Eljo ven se en t ris t eció ; h abí a ll eg ado a s ent i r u n gran afectohacia aquel anciano y consideraba que los sufrimientos deaquel anacoreta habían sido excesivamente penosos. «Estoy av uest ra s ó rden es, Ven er abl e — le respo nd ió — ; p e ro d ej ad q u ea n t e s l l e n e d e a g u a v u e s t r o c u e n c o . » E n t o n c e s , s e p u s o en pie,limpió el cuenco y lo llenó de agua fresca.El viejo eremita recomenzó su narración: «El Arca aparecióen la pantalla; era grande y voluminosa. Una nave capaz deengullir el Potala y toda la ciudad de Lhasa, los conventosd e Sera y D repung por añadidu ra. A su lad o, los homb res queiban saliendo parecían tan diminutos como las hormigas que seafan an sob re la aren a. Animales de grandes dimensiones erandescargados, y, de nuevo, rebaños de otros hombres. Todosparecían como ofuscados, drogados, sin duda para que nopudieran pelearse. Unos hombres que llevaban extraños apa-r a to s s o b r e s u s e s p a l d a s v o l a b a n c o m o p áj a ro s , g u i a n d o a lo sanimales y a los hombres, aguijoneándolos con unos palosmetálicos.» La n av e dio la vu elta al mundo, aterrizando en d eterminado ssitios y dejando en todas partes animales de distintas hechu-ras. Los hombres eran unos blancos, otros negros y algunos,amarillos. Tipos altos y tipos de corta estatura. Con elpelo negro o blanco; entre los animales los había listados;unos d o t a d o s d e l a r g o s c u e llo s , a l p a s o q u e o t r o s , s in c u e l l o .Jamás yo hubiera creído que pudiesen existir seres de tantoscolores, fo rmas y tipos. Algunas de las criatu ras del mar erantan inmensas que durante un tiempo no creí que pudiesenmoverse, hasta que, en el mar, parecían tan ágiles como lospeces de nuestros lagos.»Continuamente, volaban por el aire pequeñas naves, dondeestaban los que se cuidaban de los nuevos habitantes de laTierra. Co n sus id as y venidas dispersaban grandes rebaño s yaseguraban que los animales y los ho mbres se esp arciesen po rtoda la superficie del globo. Pasaron siglos sin que el hombre 169
  • fuese capaz de encender fuego ni fabricar toscos utensilios de p iedra. Los Sabios conferenciaron sob re el caso y decidieron que era conveniente que aquel grupo podía mejorarse, intro- duciendo algunos humanoides más inteligentes, que sabían encender fuego y labrar el pedernal. De este modo pasaron s i g lo s , d u r a n t e l o s c u a l e s l o s J ard ineros d e la Tierra in tro d u- jeron nuevos tipos de hombres capaces de mejorar el conjunto d e l a h u m a n i d a d . a s t a , g r a d u al m e n t e , p a s ó d e l e s t a d i o d e l a piedra labrad a al del dominio del fuego. Paso a paso , se cons- truyeron casas y se constituyeron ciudades. Continuamente los Jardineros se movieron entre las criaturas humanas y los hombres los miraron como dioses sobre la Tierra. » L a V o z i n t e r v i n o e n t o n c e s , d i c i e n d o : " N o s i r v e p a t a n a d a el ir sigu iendo p aso a p aso todos los trastornos interminables qu e sucedieron a esta nueva colonia sobre la Tierra. Quiero explicaros únicamente los sucesos principales, para que os sirvan de instrucción. Mientras yo hable, tendremos ante nuestra vista los cuadros adecuados de manera que podáis seguir todo punto por punto. " El I mp e rio e r a g r and e; p ero lleg ó d e o tro u n ive rso u n a r az a violenta, que intentó arrancar de nuestro poder nuestras po- sesiones. Aquel pueblo era humanoide y sobre su cabeza tenía un as excrecencias en fo rma de cuernos que le bro tab an d e las sienes. También estaban dotados de un rabo. Aquella gente era de una naturaleza en extremo belicosa; guerrear, para ellos, era a la vez un juego y un trabajo. Llegaron sobre negras n av es a ese universo y llevaron la destru cción a un os mundo s que nosotros acabábamos de sembrar. Batallas colosales, se produjeron en el espacio. Varios mundos fueron desolados; mucho s estallaron entre h u mos y llamas y su s restos se amo n- tonan en áreas del espacio como la Cintura de Asteroides, t o d a v í a e n n u e s t r o s t i e mp o s . A n t e r i o r m e n t e a l g u n o s m u n d o s fértiles habían visto su atmósfera en explosión y tod a la vida borrada de su faz. Un mundo chocó con otro y, en un instante, este último fue proyectado hacia la Tierra. La Tierra retembló y f u e d e s p l a z a d a a o t r a ó r b i t a ; l o q u e f u e c a u s a d e q u e , e n ella, aumentó la duración del día.170
  • "Durante esta casi-colisión, unas descargas eléctricas gigan-tescas, surgieron de ambos planetas. Los cielos volvieron averse en llamas. Varios entre los seres humanos perecieron.Enormes olas barrieron la superficie de la Tierra y, compa-sivos, los Jardineros se apresuraron a su alrededor con susArca s, int en t an do to mar a b ordo l as p e rso nas y lo s an i m ales,p ara situ arlas a salvo en las a l t u r a s . A ñ o s m á s ta r d e — p ro s i -guió la Voz —, esto daría origen a leyendas inexactas a travésd e todos los países d el globo . P ero, la batalla del espacio , fueganada. Las fuerzas del Imperio aniquilaron a los malvadosinvasores e hicieron prisioneros a un cierto número de ellos."El príncipe de los invasores, Satán, defendió su propia causa,diciendo que tenía mucho que enseñar a los pueblos del Imperio. Añadió que deseaba trabajar siempre para el bien de losd e más . Su v id a y l a d e alg u n o s d e sus co mp a ñ ero s fue ro n r es-petadas. Después de un período de cautividad, se manifestód eseoso de co operar a la reconstru cción del sis tema solar queél mismo había desolado tanto. Los Almirantes y Generalesdel Imperio, todos ellos personas de buena voluntad, eranin cap ac es d e i m agina r en los de m á s l a t r a i c i ó n y l a s i n t e n ci o -n es av iesas. Aceptaron aqu el o frecimiento y colocaron al p rín -cipe Satán y sus oficiales bajo las órdenes de los hombres delImperio."Sobre la Tierra, los hombres habían enloquecido con lasd e s d i ch a s q u e h a b í a n e x p e ri m e n tado . S e h abían v is to d ie z ma -dos por las inundaciones y por las llamas, caídas de las nu-bes. Se trajeron nuevas expediciones de seres humanos, deotros planetas periféricos, allá donde habían sobrevivido al-gunos. Los territorios ahora eran muy distintos entre sí ytambién los mares. A causa del gran cambio de órbita, sehabía alterado el clima. Ahora existía un cinturón ecuatorialcálido y se amontonaban los hielos en las regiones polares.G r a n d e s m o n t a ñ a s d e h ie l o s e d e s g a j a b a n d e l a m a s a g l a c i a l yf l o t a b a n p o r l o s ma r e s . L o s m a y o r e s a n i m a l e s d e l a T i e r r aperecieron bajo el frío súbito. Grandes selvas sucumbieroncuando las condiciones de vida sufrieron una mutación drás-tica. 171
  • " M u y l e n t a me n t e , d i c h a s c o n d i c i o n e s s e e s t a b i l i z a r o n . O t r a vez, el hombre comenzó a construirse una forma de civili- zación . Pero el hombre se mostraba ex cesivamente belicoso y p ers egu í a a to d o s los d e su esp e ci e qu e er an d ébil es . De u na man e ra rutin a r ia , lo s Ja rdin e ro s i n t r o d u j e ro n a l g u n o s n u e vo s tipos para mejorar la especie básica. La evolución humana p ro g r esó y , len ta men te , fue r esu ltan do un me jo r tipo d e cria- t u r a . L o s J a r d i n e r o s , e mp e r o , n o s e c o n t e n t a b a n c o n e s o . S e decidió que muchos más de ellos vivirían sobre la Tierra. Y con los Jardineros, sus familias. Se juzgó, entonces, que se- ría más conveniente utilizar las alturas de la Tierra como bases de los desembarcos. En un país del Este, un hombre y una mujer descendieron de su nave espacial sobre la amena cum- bre de una montaña. Así, Izagani junto con Izanami se cons- t i t u y er o n e n p r o t e c t o r e s y fu n d a d o r e s d e la g e n t e jap o n es a y — entonces la Voz resonó a la vez con calma y con enojo — de nuevo se forjaron falsas leyendas a su alrededor, ya que la pareja formada por los Izagani e Izanami, como sea que apareció viniendo de la dirección del sol, los indígenas cre- y eron que ambos eran , resp ectiv amente, el dios y la diosa del sol, que habían bajado a vivir entre ellos." » En la p an talla q ue yo ten ía delan te, vi el sol rojizo en medio d el c ielo . V i có mo d e sc end ía un a bri llan te nave d e l esp acio, que los rayos solares pintaban de púrpura. La nave iba acer- cándose cada vez más a la Tierra, hasta que se detuvo , osciló y d io lentas vueltas. F inalmen te, cu ando los raros rojos de la l u z solar se reflejaban en la cúspide cubierta de nieve, la nave se posaba encima de una superficie horizontal que se veía en ella. Los últimos rayos del sol iluminaban la nave cuando un hombre y una mujer desembarcaron y miraron a su alrededor y luego regresaron a bordo de la nave del es- pacio. Los indígenas, de piel amarilla, se prosternaron ante dicha nave, sobrecogidos por la gloria de lo que veían; es- tuvieron allí durante un espacio d e tiempo, agu ardando en un respetuoso silencio; luego se fueron y su imagen se fundió, cuando se alejaron en la oscuridad de la noche. »El cuadro cambió, y vi otra montaña en una tierra muy lejana172
  • de aquella. Dónde estaba, yo lo ignoraba por completo; masp ronto se me dio la información necesaria. Del cielo llegaronv arias n av es d el esp acio , que d iero n v arias vueltas po r el airey después, lentamente, descendieron en formación ordenadahasta ocupar las laderas de una montaña. "Los dioses del Olim-po", dijo la Voz en tono sarcástico. "Los mal llamados dioses,que trajeron grandes luchas y tribulaciones al mundo joven.Es a g ent e, con el antigu o Prí ncipe Sat án en tre el los, l leg aronpara instalarse sobre la Tierra; pero el Centro del Imperios e e n c o n t r a b a mu y l e j o s . La s m a l i g n i d a d e s e i n c i t a c i o n e s d eSatán desencaminaron a los jóvenes de ambos sexos, que ha-b í a n s i d o a s i g n a d o s a l a Ti e r r a p a r a q u e a l l í p u d i e s e n a d q u i rirexperiencia." Zeu s , Ap olo , Te seo , Af ro d it a, la s h ija s d e C ad mo y much osotros, formaron esas pandillas. El mensajero, Mercurio, co-rrió de una nave a la otra, a través del mundo, repartiendomensajes y escándalos. Los hombres, sintieron vehementesdeseos de las mujeres de su prójimo. Las mujeres, se dedica-ron a l a ca za d el v a ró n q ue anh elab an . A t r avés de lo s ci elosdel planeta, naves rápidas eran tripuladas por mujeres persi-g uiend o a lo s h omb res y a lo s marido s , t ras su s mu je res fu g i-tivas. Y los ignorantes hijos de este mundo, observando lasextravangan cias sexuales de aquello s que ellos tenían por dio -ses , p en s aro n q u e e ra a sí co mo d eb ían co n d u ci rse en la v id a .De e ste mo do , empe zó u na e r a d e rel ajamie nto sen su al , en laque fueron holladas todas las leyes de la decencia." A lg u n o s d e lo s n a t i v o s , l o s más astu to s y q ue v e ían más cla-ro que el resto de los hombres, se proclamaron a sí mismoscomo sacerdotes, y pretendieron ser la Voz de los dioses.Ésto s, de masi a do at aread o s en su s o rgí as , n o se d aban cu e ntad e n ada. Pero est as org ías co n duje ron a otros exce sos; p r ovo-caron numerosos asesinatos, hasta el punto de que llegaronlas noticias al Imperio. Pero los sacerdotes naturales de laTi erra, aq ue llo s q ue pr et end í an s e r rep res en tant es de lo s d io-s e s , e s c r i b i e r o n t o d o l o qu e o c u r r í a y a l t e r a r o n l a s c o s a s , d eforma que sus poderes aun se vieron aumentados después.Siempre ha ocurrido así en la historia del mundo; nunca 173
  • su s n a tural es h an co n tad o las co sas co mo o cur ri eron , sino d e for m a que les aumentasen t odavía más su propio pode r y p res tig io . Cas i to das las ley en das, n o p as an d e ser un a ap rox i- mación d e lo q ue su ced ió en real id ad . " » C o n t e m p l é , e n to n c e s, o t r a p an t a ll a. Allí se veía ot ro grupo d e Ja rd in eros . o "Dio ses " . Horu s, Os iris , Anu bis , Isis y al- g un os o tro s . T a mbién s e cele brab an o rg í as all í. En aq uell as r e g io n es , u n a n tig u o l u g a r te n i e n t e de l P rínc ip e S at án se a p li- cab a a d es tru i r todo s los es fue rzo s pa ra l og ra r el b ien en aq uel p equ eño mun do . T a mb ién a ll í s e v eí an lo s in evi tab les sac erdo tes es cribiend o sus int er m in ab les y errón eas ley end as. H ab ía alg u n o s, d e la c ast a sa c erdo ta l , q u e s e h a b í a n i n f i l t r a d o len t amen te en la co n fi anz a d e los d ios es y d e est a fo rma h abían lo g r ado cie rtos co no ci mi en to s ved ad os a lo s n at iv os, por su p ropio bien . Estos s a ce rd o t e s h a b ía n c o n s t i t u i d o u n a so ci ed ad s ec r eta cu yo s fi n es eran lo s de roba r más c o n o c i m i en t o s p ro hi b i d o s y usurpa r el poder de los Jard ine ro s . P e ro la Voz co ntinu ó d ic iend o: "Nos d iero n mu cho traba jo esos na tivos y tuvi mos que in trodu ci r medid a s rep resiv as. Alg u nos de esos s acerdo tes in díg enas , despu és de h a b e r ro b a d o a l g ú n e q u ip o d e lo s J a rd i n e ro s , n o p u d i e r o n d o min a rlo ; co mo r e sultad o , lan z a ro n p l aga s s o b re la T ie rr a . Much a g ent e del p aís pe re ció. L as co sec has s e p erd iero n to ta lmen te . "Pero algunos de los Jardin er os, b a jo el d o min io d el P r ín cip e Sat án , h ab ía es tabl ec ido u na capi ta l d e l p ecado en la s c iu da- d e s d e S o d o m a y G o mo r ra . E n e l l as , toda fo r ma d e p e rv e r s ió n y de cri m en eran co n sid erad as co mo virtu des. En ton ces , el Ma es tro d el I mp er io adv ir ti ó sev e ra m en t e a Sa tán , p a r a q u e d es i s t i es e y a b and o n as e aqu el lo s l u g a res . M as , ést e s e l o t o mó a c h a n z a . A lg u n o s d e l o s h a b i t an t e s d e S o d o ma y G o - m o r r a , lo s m e jo r e s en t r e e ll o s , fu e r o n a d v er ti d o s p a ra q ue ab and on asen a qu ell as po b lac io nes y, en un mo mento con ve- nido, una n ave del esp acio so lit aria lleg ó po r lo s ai res y so lt ó u n p equ eño bu l to. Y las ciud a des fue ro n asol adas po r el h u mo y las lla m as . G r and e s n u b es en for m a d e h o n g o s su b iero n h aci a e l ci elo te mblo roso , y sobre el su elo n o q ued aron si n o t o d a s u e rt e d e d e v a s t a cio n es , pied ras cal cin a das, fun did as , y174
  • todo un montón enorme de ruinas de habitaciones humanas.Por la noch e, todo aquel terr itorio b ri ll aba con un resp lan d orsombrío. Muy pocos de los habitantes lograron escapar delholocausto."D espu és de estas saludabl es ad vertencias , se de cid ió ret i rartodos los Jardineros de la faz de la Tierra y no tener máscontacto con los nacidos en ella, sino tratárlos como unostipos aparte. Las patrullas penetrarían, a veces, en la atmós-fera. El mundo y sus habitantes estarían sujetos a inspec-ciones. Pero no habría ningún contacto oficial. En vez deesto, decidieron que ex istiesen so bre la Tierra seres hu mano sq u e h u b ie sen s id o inst ruid o s debida mente y que pudies en ser«plantados» donde hubiese individuos preparados para ad-mitirlos. El hombre que más tarde fue conocido bajo el nom-bre de Moisés fue un ejemplo. Una mujer del país fue arre-batada e impregnada con la semilla de características ade-cuadas. El niño aún por nacer fue instruido telepática-mente y dotado de grandes conocimientos — para un naturalde la Tierra —. Fue acondicionado hipnóticamente para queno revelase todo su saber hasta el momento oportuno." A s u d e b i d o t i e m p o , e l n i ñ o n ac i ó y s e l e d i o u n a p o s t e r i o reducación y acondicionamiento. Más tarde, el pequeño fuei n s t a l a d o e n u n a c e s t a d e b i d a m e n t e p r e p a r a d a y c o n e l m a n tod e la no ch e fue d epo si tado so bre un cañ ave ra l donde ser íafácilmente descubierto . A medida que fue creciendo y llegó a l amayoría de edad, estuvo en frecuente comunicación connosotros. Cuando llegó el momento, una pequeña nave delesp a cio se d iri g ió haci a u na mon t aña , en c uy a cu mbre p e rma-neció escondida, ya sea por las nubes naturales, ya por lasque nosotros fabricamos en aquella ocasión. El hombre, llamad oMo isés, subió a la cu mbre, dond e subió a bordo d e aquella navey salió d e ella lueg o con la V arilla de Vi rtu des y las T a blas de laLey, que habían sido preparadas para él." P e r o e s o n o e r a s u f i c i e n t e . Tu v i m o s q u e h a c e r l o p r o p i o e notras tierras. En el país que hoy llamamos la India, nosotrosno s encarg áb amo s d e la educación y formación del h ijo varónde uno de los más poderosos príncipes de aquellas tierras. 175
  • Considerábamos que su poder y gran prestigio arrastrarían a todos los naturales de aquella tierra a seguirle y adherirse a una forma especial de disciplina que aumentaría el estado espiritual de sus seguidores. Gautama tenía sus ideas propias y nosotros, más que discutírselas, dejamos que por sí mismo hallase su disciplina espiritual. Una vez más, nos hallamos con que los discípulos, o sacerdotes — generalmente en provecho propio —, deformaron el sentido de los escritos de su maestro. Siempre pasa lo mismo: en este mundo un pequeño grupo de personas, que se proclaman sacerdotes a sí mismos, se empeñan en publicar o reescribir por su cuenta los textos sagrados, de manera que sus propios poderes y su autoridad se vean aumentados. "Otros muchos fundaron nuevas ramas de la religión: Mahoma Confucio, los nombres son demasiados para que se mencionen uno por uno. Pero cada cual de todos esos hombres estaba bajo nuestra dirección, o formado por nosotros, con la intención de que estableciese una fe mundial, que guiase a los hombres hacia las buenas sendas de la vida. Queríamos que cada uno de los hombres de este mundo tratase a los demás como quería que los demás le tratasen a él. Luchábamos para establecer un estado de armonía universal como la que ya existía en nuestro propio Imperio; pero la nueva humanidad no estaba lo bastante avanzada para dejar de lado el bien del propio Yo y buscar el de sus semejantes. "Los Sabios estaban muy descontentos de aquel estancamiento. Después de una reunión que tuvieron, se propuso un cambio de dirección absoluto. Uno de los Sabios llamó la atención de los reunidos sobre el hecho de que todos los que habían sido mandados sobre la Tierra, pertenecían a grandes y poderosas familias. Como demostró claramente, esto era causa de que automáticamente las clases inferiores rechazasen las palabras de todos aquellos individuos situados en las altas esferas de la aristocracia. A consecuencia de todo ello, se realizó una encuesta, por medio de los Archivos Akáshicos, en busca de una mujer adecuada para poner en el mundo un hijo que respondiese a176 d i d di i U j idó
  • nea de una familia de pobre condición y natural de una tie-rra donde pudiese esperarse que una nueva religión podíaa d q u i r i r a r r a i g o . Lo s i n v e s t i g a d o r e s n o m b r a d o s a l e f e c t o , i n -mediata y asiduamente, se pusieron a la tarea. Se presentarongran número de caminos posibles. Tres hombres y tres muje-res, secretamen te, fuero n d epositados sobre la Tierra a fin deq ue se con tinu asen l as in v est igac io nes , d e fo rma qu e la fami liamás adecuada resultase elegida para el caso."Por consentimiento de varias opiniones, resultó favorecidauna mujer muy joven, casada con un artesano de la más an-tigua artesanía del mundo: un carpintero. Los Sabios consi-deraron que la mayoría de los hombres pertenecían a esta clase yescucharían con preferencia las palabras de uno de los suyos.Así, pues, la mujer recibió la visita de uno de los nuestrosque ella consideró como un ángel, quien le anunció lo quepara ella sería un gran honor. Tendría un hijo, fundador deuna nuev a r eli gión. A su d eb ido t ie mpo , aq uella mu jer qu edóembarazada. Mas, entonces ocurrió un hecho, muy frecuenteen aquella parte del mundo; la mujer y su esposo tuvieronque huir de su casa, por culpa de la persecución de uno delos reyes locales."Los esposos siguieron lentamente su camino hacia una ciu-dad del Oriente Medio y allí la mujer sintió que había llegadosu tiempo. No había sitio adonde hospedarse, sino en elest ab lo d e u n a p o sad a . Al lí n ació el n iñ o . No sot ro s h ab ía mo sseguido la huida, para poder intervenir si llegaba el caso. Tresde los miembros de la tripulación de la nave del espacio des-cendieron sobre la Tierra y se dirigieron al establo. Con na-tural contrariedad, se enteraron más tarde de que su embar-cación aérea había sido considerada como una estrella deOriente." El n iñ o creci ó y , d ebid o al espe ci al ad oc t rin a mi ento q u e re.cibía por vía telepática, realizó grandes progresos. En suprimera juventud discutía con sus mayores y plantó cara alclero local. Al llegar a la edad viril se retiró de todas susamistades y peregrinó a través de muchos países del OrienteMedio. Nosotros lo dirigimos hacia el Tíbet, y él traspuso 177
  • las cordilleras y permaneció un tiempo en la catedral de Lhasa, donde aún hoy en día se conservan las huellas de sus manos. Aquí tuvo la revelación y la asistencia indispensables para poder formular una religión adecuada a los pueblos del oeste. "Durante su estancia en Lhasa se sometió a un tratamiento especial, por el cual el cuerpo astral del humano terráqueo que se albergaba en su cuerpo fue liberado y ascendido a otra existencia. En su lugar se instaló un cuerpo astral de nuestra elección. Se trataba de una persona con gran expe- riencia en lo tocante a materias espirituales, mayor que la que se puede obtener bajo las condiciones de la Tierra. Este sistema de transmigraciones es uno de los que empleamos muy a menudo cuando se trata de razas retrógradas. "Finalmente, todo estaba a punto, y el peregrino hizo su viaje de vuelta a su patria. Llegado allí, tuvo éxito reclutando varias personas que se prestaron a difundir la nueva religión. "Por desgracia, el primer ocupante de aquel cuerpo había disputado con los sacerdotes. Ahora, éstos se acordaban de aquellos episodios y preparaban un incidente que les permitiese detenerlo. Como sea que el juez encargado del caso dependía de todos ellos, el resultado podía conocerse de antemano. Nosotros examinamos la conveniencia de una intervención; pero, por fin, prevaleció la opinión de quiénes creían firmemente que de intervenir visiblemente nacerían males para el mundo en general y para la nueva religión en particular." »La Voz acabó sus palabras. Yo permanecía mudo, fluctuando entre las pantallas en continuo cambio, mostrando, una tras otra, las imágenes de aquellas cosas acontecidas en años lejanos. También vi cosas que era muy probable que sucediesen en el futuro; porque el futuro probable puede proverse tanto por lo que se refiere al mundo entero como a un país cual- quiera. Vi mi querida patria invadida por los detestados chinos. Vi el alzarse — y la caída — de un mal régimen político, que me parece que se llamaba comunismo; pero ello no representa nada para mí. Por fin, experimenté un enorme agotamiento. Sentí que aun mi cuerpo astral se178 í d
  • fallecer por el esfuerzo a que se había obligado. Las pantallas,hasta ahora de vivos colores, se volvían grises. Mi visión vaciló yseguidamente caí en un estado de inconsciencia.»Un hor rib le mo vimien to de balan ceo me d espe rtó d e mi su e-ñ o , o t a l v e z d e m i d e s m a y o . A b r í l o s o j o s , ¡ p e r o n o te n í ao j o s ! A u n q u e t o d a v í a n o p o d í a m o v e r m e , e n c i e r t o mo d o n o -taba que volvía a encontrarme en mi cuerpo físico. El balan-ceo era que la mesa que transportaba mi cuerpo seguía por elcorredor de la ñave del espacio. Una voz sin dar ningúnsigno de emoción, en voz queda, afirmó: "¡Ya tiene concien-cia!" Siguió un gruñido de confirmación y luego siguió els i l e n ci o , a co m p a s a d o p o r e l ru i d o d e p as o s y e l lev e c h i r r id ode metal cuando mi mesa operatoria chocaba contra lapared.»Estaba tendido, solo, en aquella sala metálica. Aquellos hom-bres habían depositado la mesa y se habían marchado en si-l e n c i o . T e n d i d o , i b a r e f l e x i o n an d o l a s c o s a s m a r a v i l l o s a s d eque yo había sido testigo. No sin cierto resentimiento. Lascontinuas invectivas contra los sacerdotes. Yo era un sacer-dote y ellos estaban contentos de utilizar, sin contar con mivoluntad propia, mis servicios. Mientras permanecía refle-xionando todas estas cosas, me llegó al oído el ruido de lap uerta met ál ica q ue s e d esl iz ab a. Un h o mb r e en t ró en l a Sa la yse cerró, resbalando, la puerta tras él.»"¡Muy bien, monje — exclamó la voz del doctor —, lo habéishecho muy bien. To dos estamos muy orgu llosos de vos. Mien-tras yacíais inconscien te, examinábamos d e nu evo vuestro ce-rebro y nuestros instrumentos, y éstos nos demostraban quetenéis almacenado todo el conocimiento depositado en vues-tras células cereb rales. Habéis en señado muchas cosas a nues-tros jóvenes de ambos sexos. Pronto seréis puesto en liber-tad. ¿Os hace feliz, la noticia?"» "¿ Fe li z, s eñ o r d o cto r ?" Int e rro gu é a mi v ez . " ¿Qu é mot ivostendría de sentirme dichoso? He sido captu rado, se me ha co r-tado la cúspide del cráneo, se me ha separado el espíritu delcuerpo, se me ha insultado como a miembro del clero y lue-go — después de haberse servido de mi persona — vais a 179
  • abandonarme como una persona destinada a una miserable muerte. ¿Feliz, yo? ¿Por qué razón debo creerme afortun ado? ¿Es que vais a restablecer mis ojos? ¿Proporcionarme unos medios de subsistencia? ¿Cómo deberé hacerlo para sub- sistir?" Así le hablé casi con sarcasmo. » "Una de las mayores d esgracias d el mundo , mon je — d ijo el doctor —, es que la mayor parte de personas son negativas. Ser negativo, carece de sentido. Podéis decir de un modo posi- tivo lo que deseáis. Si la gente de vuestro mundo pensase positivamente, dejarían de ser muchos conflictos existentes, po rque se adoptan actitudes n egativas , pese a q ue exijan, por ser negativas, un mayor esfuerzo." »"¡Pero, señor doctor!", exclamé. "Pregunto lo que pensáis hacer de mí. ¿Cómo podré vivir? ¿Qué deberé hacer? ¿Me tengo que limitar a retener esos conocimientos hasta que llegu e alguien que me diga que él es la pers ona elegida, y en- tonces pon ernos a ch arlar los do s como d os viejas en la plaza del mercado? Y, ¿qué razón tenéis para creer que haré la misión qu e me ha sido enco mend ada, pensando co mo vos pen- sáis acerca de los sacerdotes?» »"¡Monje! — dijo el doctor —, os vamos a instalar en una con- fortable cueva, con un limpio suelo de roca. Habrá en ella u n p e q u e ñ o c ho r r o d e a g u a , b a s t a n t e p a r a v u e s t r a s n e c e s i d a - des en lo que a este extremo se refiere. Por lo que respecta a la co mid a, vu est ro est ad o s acerdo ta l os aseg ura q u e tod o el m u n d o o s t r a e r á d e q u é p o d e r c o m e r . Lo d i g o d e n u e v o , h a y sacerdotes y sacerdotes; vosotros, los del Tíbet, sois por lo general buenas personas y no nos peleamos con ellos. ¿Acaso no habéis observado que, en tiempos anteriores nos hemos servido de ellos? También me preguntáis acerca de aquél a quien tenéis que comunicar vuestro saber; tenedlo bien pre- sente: lo conoceréis, cuando el hombre se presente. Transmitid vuestro saber a éste y a nadie más." »Así yo estuve a su merced por completo. Pero después de u n as h o ras , el d o cto r v in o d e n u evo a v e r m e y me d ijo : " Ah o - ra , v ais a reco brar el mov i mi ento . An te s os dare mo s un as ves - tiduras nuevas y un cuenco también por estrenar." Unas ma-180
  • nos se ocuparon de mi persona. Me quitaron de encima unaser ie de raros o bjetos . Mi sá bana fu e sustit uida por unas nue-vas vestiduras; las primeras vestiduras nuevas que jamás hayaposeído. Me las pusieron encima del cuerpo. Entonces re-cobré el movimiento. Algún practicante varón me pasó elbrazo por encima de mis espaldas y me ayudó a bajar dea q u e l l a m e s a o p e r a t o r i a . P o r p ri m e r a v e z , d e s p u é s d e u n d e s -conocido número de días, pude estar de pie, sano y ágil.» Aquella no che, reposé más contento, envuelto en una sában aque también me había sido regalada. Y por la mañana, comoy a h e d ich o, fui sacado de la n av e y d epositado en esta cuevadonde he vivido solitario por más de sesenta años. Mas, ahora,antes de que descansemos por la noche, bebamos un poco deté, ya que mis tareas tocan ya a su fin.»
  • Capítulo decimoprimero El joven monje se sentó de un golpe, sintiendo en las vérte- b ras del cuello un escalo frío de terro r. Algo le había rozado. Algo había paseado unos dedos glaciales por su frente. Durante u n r ato m u y l a rg o estuv o sen tad o , a p u n t o d e p o n e rs e e n p ie , aguzando los oídos para poder percibir el menor ruido que se produjese. Con los ojos abiertos de par en par y con todo s sus esfuerzos, luchaba en vano para atravesar las tinieblas espesas a su alrededor. Nada se movía. Ni el mentir vestigio d e ru ido algu n o lleg aba a ro zar su at en ción . La ent rad a de la cueva se veía de una negrura más ligera distinguiéndose va- gamente de la completa falta de luz que abismaba la ca- verna. Aguantó la respiración, hasta que logró escuchar los latidos de su propio pecho y los débiles rumores de sus propios órga- nos. Ni el más leve susurro de hojas movidas por el viento se producía. Ni una sola criatura de la noche se anunciaba. Sil enc io . L a fa lta absolu ta de todo ru ido, qu e poc as person as del mundo conocen, y nadie que viva en comunidades popu- losas. Otra vez, rastros luminosos recorrían alrededor de su cabeza. Con un estremecimiento de terror pegó un brinco en el ai re y su s p i ern as y a co rrí a n , an tes d e vo l v er a repo sa r s o- bre el suelo. Saliendo, veloz, de la cueva, sudando de terror, se detuvo ap resu rad a men te al l ado del fuego , q ue es t ab a b ien cubie rto . Entonces, quitó la tierra y la arena que cubrían las brasas encendidas. A toda prisa, eligió una rama bien seca y sopló lo s res co ld o s h ast a q u e p a re ci ó q ue l as v ena s d el cu ello y d e la frent e fu ese n a est all ar b aj o el es fuer zo. Fina l men te , de l a l e ñ a b r o t ó u n a l l a ma . S o s t e n i e n d o a q u e l p a l o c o n u n a m a n o , eligió apresuradamente otro palo y aguardó que a su vez se le pagase fuego. Al fin, con una antorcha encendida en ca- da mano, entró lentamente en la cueva. Las llamas vaci- lantes saltaban y danzaban a cada movimiento que el joven182
  • h a c í a . La s s o m b r a s , g r a n d e s y g r o t e s c a s , s e l a n z a b a n a c a d auno de sus lados.Nervio s a m ente, es cudr iñ ab a a su al reded o r. Bu s cab a an si o sa-m e n t e , c o n l a e s p e r a n z a d e q u e h a b í a s i d o u n a t e l a r a ñ a q u e seh abía ar ra st rad o p or enci ma d e su cu erpo ; p ero no se veí a e lmenor signo. Entonces pensó en el viejo ermitaño y ser e p r e n d i ó a s í mi s m o , p o r n o h a b é r s e l e o c u r r i d o a n t e s h a b e rpensado en el anciano. «¡Venerable!», llamó con con voztrémula. «e0 encontráis bien?» Con los oídos tensos, escu-chó; mas, no obtuvo respuesta alguna; ni un eco. Vacilandoavanzó lentamente hacia el fondo de la cueva, con las dosramas encendidas por delante. Al final de la cueva, giró ala derecha, donde nunca había entrado, y lanzó un suspirode satisfacción al ver el anciano sentado en la posición delloto, al final de otra caverna menor que la otra.U n e x t r a ñ o r u i d o d e g o t a s l e s o r p r e n d i ó c u a n d o i b a a r e t i r a r seen s ilen cio . Mirand o co n tod a s u a ten ción vio q ue s e t r at a b ad e u n m a n a n t i a l q u e b r o t a b a d e u n s a l i e n t e d e l a s p a r e des deaqu ella estan cia — d ro p-drop -d ro p —. El jov en monje s etranquilizó. «Lamento el haber entrado aquí sin vuestropermiso, Venerable», le dijo. «Temía que os sintieseise n f e r m o . Y a m e v o y .» Pe ro , n o o b t u v o n in g u n a r e s p u es t a . N iun solo mov imien to. El anciano estab a allí sentado, como unaestatua de piedra. Con temor, el joven avanzó unos pasos ypermaneció un momento contemplando aquella figura in-móvil. Por fin, con temor, extendió el brazo y tocó un hombrod el anc iano . E l espí ri tu y a n o estab a. An te s, eng añ ado po r eltemblor de las llamas, no había pensado en el aura del eremita.Ahora se daba cuenta de que también le había abandonado,que ya no existía.Muy triste, el joven se sentó enfrente de aquel cadáver yrecitó el antiquísimo ritual de los difuntos. Dando instruc-c i o n e s p a r a l a s e t a p a s d e l E s p í r i t u , e n e l c a mi n o d e l o s C a m -pos Celestiales. Advirtiéndole de las posibles asechanzas que,aprovechándose del confuso estado de la mente, le tenderíanlas fu erza s del m al . Por f in , h ab ien d o cu mp lido co n s u s o b li-gaciones religiosas, se puso lentamente en pie, se inclinó hacia 183
  • el difunto y, habiéndose consumido ya las dos antorchas, el joven buscó su camino en el exterior de la cueva. El viento precursor del amanecer empezaba sus murmullos fan tas mal es a t rav és d e los árb oles . Un silb i do ag udo , p rod u - cido por el paso del viento por las fisuras de las rocas como una altísima y fortísima nota aguda de órgano se escuchaba en l as altu ras . Poco a po co , l as p ri m eras fr a njas de luz ap a re - cieron pálidas en las alturas y se destacó progresivamente la más lejana de las cordilleras. El joven monje estaba tris- te men te a cu r ru cad o mu y c er c a de l fueg o , p regu n tándo s e q u é tenía que hacer, pensando en las brumosas tareas que le aguar- d ab an . E l ti e m p o p ar ec ía in m ó v il. Pero , al fin, de spués d e lo que parecía representar una infinitud de edades, el sol apa- reció y se hizo de día. El joven monje plantó una rama den- tro del fuego y aguardó pacientemente hasta que brotaron llamas en la punta. Entonces, con toda pesadumbre, agarró la antorcha ardiente y entró, temblándole las piernas, hasta llegar a la cámara interior. El c u e r p o d e l v i e j o e r e m i t a e s t a b a s e n t a d o c o m o s i a ú n e s t u - viese vivo. Con aprensión, el joven monje se agachó y sin ape- nas es fu erzo al gu no , lev antó el cad áv er y se lo carg ó a l h om- bro. Con paso vacilante emprendió la marcha hacia el exterior de l a cu ev a y l ueg o, po r la sen da, ll eg ó h a st a l a pi edra p lan a que parecía agu ardarles . Lentamente, el jo ven des pojó d e s us vestiduras aquel cuerpo consumido y experimentó unos ins- tantes de compasión ante la visión de aquel casi esqueleto, c on l a p i e l a d h er id a a l o s h u e sos . C on un e s tr e me ci mi ento de repugnancia, plantó el cuchillo de afilado pedernal en la parte baja del abdomen de aquel cadáver. Se produjo un ruido al cortar los cartílagos y las fibras musculares, que advirtió a los buitres, que se aproximaron rápidamente. Habiendo expuesto aquel cadáver y sus entrañas abiertas por completo, el joven alzó una pesada roca y la tiró sobre el crán eo , d e forma qu e los seso s se esparcieron sob re la p ied ra. Luego, con lágrimas que le corrían abundantes por las me- jillas, se llevó los hábitos del ermitaño y el cuenco que utili- zaba y se arrastró, paso a paso, hasta el interior de la cueva,184
  • dejando que los buitres se peleasen y luchasen, a espaldasde aquel joven monje. Tiró entonces a la hoguera aquellas ves-tiduras y la vasija, aguardando hasta que las llamas consu-mieron rápidamente todos los restos.El joven monje, muy apenado, con lágrimas que brotaban desus ojos y regaban la tierra sedienta, se marchó de allá y ca-m i n ó l e n t a me n t e . C ru z ó e l d es f i l a d e r o , m a r c h a n d o h ac i a o t r afase de su existencia.