EL VALOR DE LA MORAL
La educación es el proceso mediante el cual el ser humano
aprende diversas materias inherentes a él. La educación
nos permite saber cómo debemos actuar y comportarnos
en una sociedad cada vez más exigente y policultural. Es
un proceso de sociabilización del hombre, para poder
insertarse de manera efectiva en ella. Sin la educación
nuestro comportamiento no sería muy lejano al de un animal salvaje.
Desde la infancia sufrimos un proceso de adoctrinamiento social gracias a
la educación impartida o a la ausencia de la misma. Ya en la fase de lactancia el
niño comienza a crear vínculos sociales con quienes lo rodean.
El hombre es una verdadera esponja que va reteniendo
información con todo aquello con que interactúa. Somos la
consecuencia directa de nuestra educación o de nuestra mala
educación.
Y a eso va este artículo, a reflexionar acerca de la educación y de los
valores y la moral que traen con ella estos tiempos cambiantes. En la actualidad
existen diversos ámbitos en los cuales recibimos educación. Uno de los más
fundamentales para todo ser humano es el formal, que no es más que aquella
educación que imparten los diversos establecimientos educacionales presentes en
toda sociedad (colegios, universidades, institutos, etc.), los cuales se guían por
mallas curriculares, establecidas por directrices gubernamentales. A través de este
proceso de evolución educacional – primaria, secundaria y universitaria- la
persona deberá ser capaz de desempeñarse en algún puesto laboral.
Sin embargo, desde el punto que se mire la educación,
existen dos factores muy importantes que rigen todas y cada
una de las sociedades de forma distinta, pero que no se dictan
en ninguna materia de escuela. Ellos son los valores y la
moral. Los valores humanos y la importancia de aprender a discernir entre lo
correcto y lo incorrecto.
Si tomamos en cuenta que los valores pueden modificarse con las
experiencias personales y que la jerarquía de nuestros valores varía según cada
vivencia y cada persona, es irónico que se hable de una pérdida de valores
cuando sólo han evolucionado para intentar adaptarse a tanta diversidad cultural.
Pero, ¿realmente existe una escala de importancia de valores? ¿Existe un código
que dicte que los valores estéticos son más importantes que los intelectuales?
Posiblemente hemos formado, a través del tiempo, una sociedad con valores
correctos que se aplican y se predican de forma incorrecta.
Pero se piensa que parte de los valores morales deben
provenir, inicialmente, de la familia y de la escuela. Sin
embargo, no podemos señalar ni tachar a aquellas familias
que rompen con el esquema tradicional de la Revolución
Industrial en la cual el núcleo familiar estaba compuesto por
un padre que pasaba todo el día en una fábrica trabajando, una madre que ejercía
el papel de la perfecta ama de casa y unos niños que jugaban y corrían felices por
el patio de la casa. Sería absurdo pensar que las familias que tienen como pilar a
madres solteras son amorales.
Ahora bien, hablemos acerca de la valoración de los valores. Si bien es
cierto dentro del grupo de los valores humanos se encuentra la libertad, bien sea
de pensamiento, de culto, de expresión o de orientación sexual, entre otras,
comienza un debate acerca de estas concepciones de la libertad en el cual, dentro
de la sociedad ciertos pensamientos son más válidos o más aceptados que otros,
unas creencias religiosas son señaladas y perseguidas, mientras otras son
catalogadas como las religiones madres de la humanidad y esta rama de los
valores humanos que es la libertad, ha sacado a la luz las diferencias sexuales y
de géneros, y su gran tallo, los valores, no han hecho sino colocar el dedo encima
y darles caracteres sinónimos de enfermedad y depravación.
Vivimos en un mundo cambiante, inmenso y diverso. Vivimos y nos
desarrollamos día a día con un exceso de información que en muchos casos es
casi imposible digerir al mismo tiempo. Existen conceptos del bien y conceptos del
mal, que no porque difieran unos de otros son unos más correctos que otros. Me
atreveré a escribir un ejemplo muy claro para aquellos creyentes o participantes
de las religiones. En los tiempos de Jesús, en su pueblo, Israel, el cerdo estaba
considerado como un animal impuro y se prohibía expresamente utilizarse como
alimento. Posteriormente, Jesús decretó que todos los animales eran puros y que
los alimentos también lo eran. Sin embargo, si vemos ambas concepciones, para
un judío, desde el punto de vista cultural, está mal comer carne de cerdo, pero
para un católico está bien, es correcto. Entonces, ¿Cuáles valores son correctos y
cómo tildar de incorrectos a aquellos que difieren de nuestra cultura? He ahí el
dilema.
Vemos violencia en dibujos animados y hasta en las
escuelas, vemos miseria en las calles y vemos drogas
persiguiendo a los jóvenes en una carrera en la cual cada
vez más las mismas sacan ventaja. Pero no notamos que
la pobreza educativa no está en la calle ni en la escuela,
está en cada uno de nosotros. Porque no dedicamos cinco
minutos más a los niños por cansancio, es decir, nuestra
avaricia por el dinero le enseña a nuestros hijos la falta de comunicación. Nuestro
desprecio a un niño indigente le muestra a nuestros hijos la indiferencia. El
deshacernos de ropa que ya no utilizamos en vez de donarla a quien
seguramente le hace falta, le enseña a nuestros hijos el egoísmo. El insultar
y maldecir a tempranas horas de la mañana por culpa del tráfico, le enseña a
nuestros hijos a ser violentos e intolerantes. Ya basta de culpar a las
sociedades, a los gobiernos, a las maestras o a las tan culpadas comiquitas, por lo
que tienen como ejemplo los niños, porque los únicos culpables de su modelo
deficiente de la humanidad somos nosotros mismos.
Pero no todo es negativo, sí hay una forma de difundir
valores en nuestra sociedad a pesar de que no sea a través
de los métodos tradicionales. Y esa forma no se basa en la
estructura familiar ni en la escuela, se basa en pasar por un
tamiz la información que reciben nuestros hijos, no
escondiendo ni disfrazando la realidad, sino explicándola de
manera natural para que los niños, que son los constructores
del futuro, logren ser asertivos en un mañana y puedan diferenciar lo correcto de
lo incorrecto según ellos, según la evolución de la cultura en su grupo de edad,
según sus vivencias y sus experiencias, no según aquella Primera Ola de Alvin
Toffler en la cual los niños ni siquiera tenían contacto con la educación y no se
concebía tal hecho como amoral o falto de valores.
Autor: Gustavo Benavides Sánchez
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