• Share
  • Email
  • Embed
  • Like
  • Save
  • Private Content
Payro
 

Payro

on

  • 656 views

 

Statistics

Views

Total Views
656
Views on SlideShare
656
Embed Views
0

Actions

Likes
0
Downloads
0
Comments
0

0 Embeds 0

No embeds

Accessibility

Categories

Upload Details

Uploaded via as Adobe PDF

Usage Rights

© All Rights Reserved

Report content

Flagged as inappropriate Flag as inappropriate
Flag as inappropriate

Select your reason for flagging this presentation as inappropriate.

Cancel
  • Full Name Full Name Comment goes here.
    Are you sure you want to
    Your message goes here
    Processing…
Post Comment
Edit your comment

    Payro Payro Document Transcript

    • ROBERTO J. PAYRO EL FALSO INCAEdiciones A PONCHO Buenos Aires, Argentina 2008
    • Edición electrónica, en formato .PDF, realizada exclusivamente paraacompañar el multimedia documental Los Quilmes, de Amílcar Romero.Quedan todos los derechos reservados.Prohibida su reproducción por cualquier medio y con fines comerciales.Es obligatoria las citas de la fuente.© Amílcar Romero, para la actual en este formato y diseño y cualquierotra edición que la copie o la imite, como así su utilización bajo otrosformatos.Ciudad de la Santa María de los Buenos Ayres, Provincias Unidas delSud, junio del 2008.
    • Roberto J. PayróEL FALSO INCA (novela, 1905)Ediciones A PONCHO Buenos Aires, Argentina 2008
    • INDICE MINIMOPresentaciónNovelaFinal
    • ESTA EDICION ELECTRONICA de la novela histórica posiblemente másimportante del autor bonaerense, cuando se cumplen 80 años de sumuerte, dadas las implicancias que tuvo y tiene el tema, fue realizada ex-clusivamente como parte del material auxiliar del multimedia documentalLOS QUILMES – Historia, fantasía, leyenda y rebelión que con-tinuan, de AMILCAR ROMERO. El TXT fue bajado de Internet, en unabiblioteca pública para ser impreso en línea, se lo reformateó, se le hicie-ron algunas correcciones y anotaciones consideradas necesarias para laclaridad del autor y así se entrega, esperando que sea de suma utilidadpara los intersados en esta temática. Sobre todo cuando el propio autor,utilizando la boca de uno de sus personajes, sentencia: «Valientes co-mo los heroicos Quilmes, cuyas hazañas están aún por ser es-critas.» Es de lamentar que no lo haya alcanzado a hacer él mismo. Periodista, novelista, cuentista y dramaturgo argentino, nacidoen Mercedes en 1867 y muerto en Lomas de Zamora (Buenos Aires) en1928. Fue periodista y desempeñó una labor importante en La Naciónde Buenos Aires. Muchos de sus artículos fueron recogidos en Los italia-nos en la Argentina (1895) y La Australia argentina (1898). Viajó a Euro-pa como corresponsal de guerra durante la Primera Guerra Mundial. 5
    • Su obra representa uno de los ejemplos más sobresalientes dela fusión culta y popular en las letras argentinas. Su prosa se caracterizapor una admirable fluidez, una sintaxis clásica, una ironía en ocasionescruel y el humor. Sus narraciones presentan elementos característicos de la tra-dición hispánica de la picaresca trasladados al ámbito gauchesco. Entre las novelas, conviene destacar El casamiento de Laucha(1906), novela corta que narra la historia de un pícaro criollo llamadoLaucha, el cual finge su matrimonio con la propietaria de una tienda a laque arruina y luego abandona; y Divertidas aventuras del nieto de JuanMoreira (1910), en la que se narra la historia de la carrera política de unprovinciano. Además, escribió novelas históricas como El falso Inca(1905), El capitán Vergara (1925) y El mar dulce (1927), en la cual tratasobre la vida del conquistador Juan Díaz de Solís. De su producción cuentística, sobresalen Pago chico (1908),conjunto de relatos que muestran la corrupción de los políticos de unaciudad provinciana; Violines y toneles (1908); Historias de Pago Chico(1920); y Nuevos cuentos de Pago Chico (1929), donde denuncia conhumor la política y la administración del país. Entre sus obras dramáticas, conviene destacar Canción trágica(1900), Sobre las ruinas (1904), Marco Saveri (1905), El triunfo de losotros (1907), Vivir quiero conmigo (1923), Fuego en el rastrojo (1925),Alegría (1928) y el sainete titulado Mientraiga; estas dos últimas sonobras póstumas. AR Santa María de los Buenos Ayres, a 25 días del mes de junio del 2008. 6
    • I FORASTEROS EN EL VALLE Dos viajeros, un hombre y una mujer, in-dígenas a juzgar por su aspecto y traje, cruzabanal caer la tarde de un tibio día de mayo de 1656,el amplio valle de Catamarca: el sol iba a ponersetras del Ambato, los viajeros parecían rendidospor una larga jornada, y cerca no se veía habita-ción alguna. -Aquí podíamos quedarnos -dijo el hombreen castellano, señalando un alto paaj puca (que-bracho colorado), que sobresalía en un bosqueci-llo de algarrobos, vinales y mistoles, entretejidosde enredaderas. -Como te parezca -contestó la mujer, quetenía marcado acento quichua, así como andaluzsu compañero. Depositó bajo el árbol las alforjas de lanade colores que llevaba, y haciendo en seguida unmontón de ramillas y hojarasca, batió el eslabón ehizo fuego, en la creciente oscuridad de la nocheque caía. Bajó luego hacia el Río Grande, que co- 7
    • rría a pocos pasos, llevando en la mano un anchotazón de barro cocido, y volvió con él lleno deagua, preparándose a cocer el maíz que, con unpoco de grasa, ají y sal como condimento, consti-tuiría su frugal comida. El hombre, silencioso y apático, se habíatendido en la espesa yerba, con los brazos bajo lacabeza, masticando lentamente un acuyico de co-ca. -A estas horas -murmuró por fin- ya estáavisado todo el mundo, y todo el mundo ha reci-bido la noticia con regocijo... -Algunos habrá que no creerán -replicó lamujer. -¡Pero callarán, porque les conviene, por-que es la realización de sus deseos, Carmen!... ¡Oh!¡el plan está bien madurado, y es magnífico!... Só-lo falta encontrar el medio de acercarnos al go-bernador... Y si él se deja envolver... -¡Es tan ambicioso!... ¡Ha perseguido, azo-tado, dado tormento a centenares de indios, paraarrancarles el secreto de sus tesoros! -exclamóCarmen, con vaga sonrisa de burla-. Ea, vamos acomer, que este cocimiento ya está. 8
    • -¡Y ni siquiera un poco de aloja para re-frescar! -murmuró el hombre. -No te apures, Perico, que si esto no es tanbueno como los festines del Potosí, día llegará enque los tendremos mejores. ¡Un Inca con millaresy millares de súbditos!... -Come y calla, que en boca cerrada no en-tran moscas. Comieron silenciosos en medio de la som-bra que había llenado el valle, entonces muchomás fértil que hoy, pues el Río Grande del ValleViejo que bajaba desde cerca de las faldas del Pu-cará, y el río Tala, que descendía del Ambato, nointerrumpían nunca su corriente, y en verano,crecidos con los deshielos, lo inundaban, fecunda-ban y reverdecían todo. El fuego, entretanto, iluminaba fuerte-mente el rostro atezado del hombre, en el que fos-forecían dos ojos pequeños, negros y vivos. Era decorta estatura, vestía una mala túnica de lana yun poncho de colores, y llevaba en los pies ojotas,o sandalias de cuero sin curtir. Parecía, pues, unindio, pero, aun sin oírlo hablar, un europeo ob-servador hubiera notado en sus ojos de corte hori-zontal, en la línea de su nariz y en sus movimien-tos bruscos y nerviosos, nada apáticos por cierto,que no pertenecía a la raza calchaquí. 9
    • Carmen, su acompañante, presentaba ras-gos de india, y rasgos de española. Tenía el rostrode cobre dorado, ojos negros, muy grandes, dulcesy tranquilos, pero en que a veces brillaban llama-radas de inteligencia y viveza, nariz fina, cabellocomo el azabache, algo rudo y ondulado, labiosgruesos y rojos, frente estrecha y límpida. Iba en-vuelta en un manto que ocultaba sus ropas caídasy se ceñía coquetamente a sus redondas formas,pero los brazaletes y ajorcas de sus brazos y tobi-llos, los grandes pendientes de sus orejas y los to-pus cincelados con que se sujetaba el cabello, pa-recían indicar una mujer rica, si no de claseelevada. -¡Si vendrá mañana! -exclamó el hombre,acabando de comer. -¿Lo citaste aquí mismo? Pues vendrá, note quepa duda, Pedro. Ahora, lo mejor es dormir. La noche pasó silenciosa y tranquila, sinmás rumores que el de las hojas movidas por labrisa y humedecidas por el rocío, el canto de lasranas, y algún lejano gruñido de puma o de ja-guar en exploración por la selva y las quebradas. Poco antes de amanecer, un vocerío y unzurrido incesantes y crecientes los despertaron.Inti, rey de lo creado, anunciaba su llegada, y la 10
    • naturaleza entera se aprestaba a recibirlo. Alza-ban alto el vuelo, el gavilán, el carancho, el chi-mango; el cuervo formaba sus negras cuadrillasde salteadores; el cóndor, como un puntito imper-ceptible e inmóvil, bogaba sin esfuerzo en los ai-res; y entre las ramas, el rey de los pájaros y elñaarca se trazaban sus planes de emboscadas,mientras en los árboles o sobre la yerba charlabano cantaban loros, kcates, carpinteros, horneros,zorzales, venteveos, viudas, mirlos, boyeros, car-denales, calandrias y guilguiles... alternando conel grito de las pavas del monte, las charatas, laschuñas, o el arrullo de las torcazas, las bumbunasy las tórtolas, o el silbido de las perdices y lasmartinetas... Carmen volvió a hacer fuego. Pedro mas-caba coca, cambiando pocas palabras, en plenatranquilidad, cuando una gruesa voz de hombrelos hizo poner en pie de un salto. ¡No era paramenos! La voz decía: -Ea, Pedro Chamijo, ¡date, date que nohay escape!... Y en efecto, la boca de un arcabuz apun-taba al descuidado viajero, y tras del arcabuz seveía la enmarañada barba, los ojos lucientes, lasmanos rudas y la cola de cuero, la chupa y el cas-co de un soldado español. 11
    • II VISITA INESPERADA No era aquello lo que aguardaba la parejatan bruscamente interpelada. El hombre, ya enpie, tuvo un violento temblor, y se le nubló la vis-ta. La mujer, más entera -quizá por lo menosamenazada-, consideró un momento al soldado.El examen debió resultar favorable, pues en se-guida sonrió levemente y dijo con toda tranquili-dad: -Es Sancho Gómez.Bajose el arcabuz, y el soldado se adelantó jo-vialmente, exclamando:-¡El mismo, hermosa! Pero ¿qué andáis haciendopor aquí, cuando os creía tan lejos? Pedro pasó, por lógica transición, del sustoa la ira, y prorrumpiendo en una larga serie deblasfemias, acabó por decir: -¡Vaya un modo de saludar a los amigos,Sancho Gómez! ¡Y cómo se ve que ahora no 12
    • me necesitas! ¡Me has dado un sofocón!... -¡Bah! pelillos a la mar, y cuéntame lo queandáis tramando, tú y esta buena pieza -dijoSancho, sentándose en el suelo-. En buena horame ocurrió dejar el caballo, y acercarme con tien-to a ver qué era este humo. Si la tuya ha sido in-grata en el primer momento, la mía es una gratí-sima sorpresa. ¡Vaya! ¡Desembucha, hombre deDios! Cuenta, cuenta lo que haces. Pedro Chamijo llamábase, en efecto, elviajero, y Sancho Gómez le había conocido muy afondo en Potosí, donde fuera su camarada de or-gías, aventuras e intrigas, tales que darían mate-ria para la continuación del «Lazarillo» o «Elgran tacaño». Testigo y cómplice fue Gómez delardid con que Chamijo logró apoderarse no sólode los quince mil duros de don Pedro BohórquezGirón, sino también de su ilustre apellido. Puestaen el potro del tormento, puede que la gentilCarmen recordara cómo se produjo aquella haza-ña, y qué cebo atrajo al incauto; pero si callabaesos pormenores, recordaba en cambio gustosa lavida de fausto y de placeres que gozaran los tres -Chamijo convertido ya en Bohórquez Girón, San-cho Gómez y ella-, hasta que su amante fue en-viado a purgar en la cárcel de Chile, no sus deli-tos, que eran numerosos, sino el imperdonablecrimen de haber embaucado a virreyes y gober-nadores del Perú, prometiéndoles descubrir minas 13
    • y tesoros -los famosísimos del Gran Paitití- quenunca se encontraron... Del presidio de Valdivia -donde volviera aencontrarse con Carmen-, el andaluz, tan pocoanimoso cuanto amigo de baladronadas y brava-tas, huyó a Cuyo. Carmen lo siguió con singularvalor y abnegación, y allí colaboró en el compli-cado plan de una intriga que había de elevar a suamante a la más encumbrada grandeza. Allí tam-bién perfeccionó a éste en el conocimiento delidioma quichua, y aprovechó con él todas las cir-cunstancias favorables para ponerse en comuni-cación con los indios del Calchaquí, preparándo-los a una guerra formal contra los conquistadores,y anunciándoles el próximo advenimiento de unHijo del Sol, sabio e indómito, guerrero, cuyaciencia y cuyo valor centuplicarían las fuerzas desu pueblo. Y cuando les pareció que el plan estaba su-ficientemente madurado y la semilla de la insu-rrección bastante esparcida en terreno propicio,se pusieron en marcha, atravesaron los Andes, ypor los valles de Guandacol y Famatina, sin tocaren Rioja por no dar trabajo a la autoridad, entra-ron a la región calchaquí, futuro teatro de sushazañas. Allí permanecieron largos meses traba-jando ocultamente en sus fines, hasta que resol-vieron dar el golpe decisivo, y emprendieron viajeotra vez. De eso hacía pocos días. 14
    • Chamijo o Bohórquez, luego que se lehubo pasado la ira de la reacción, se encaró con sucompinche Sancho Gómez, hablándole amistosa-mente. -Caes -le dijo- como llovido del cielo, si esque, como presumo por tus arreos militares, tie-nes algo que ver con el gobernador Mercado. -Sí que tengo, y mucho -replicó Sancho-,pues no le sirvo sólo cargando el arcabuz, sinotambién guardándole las espaldas en algunaaventurilla, y hasta procurándosela si es preciso.Ya sabes que yo no soy hombre de tontos escrú-pulos, ni de remilgos a lo dueña o rodrigón... -Pues es preciso que me procures una en-trevista secreta con el gobernador Mercado y Vi-llacorta. -Don Alonso me la concederá en cuanto sela pida. Pero, vamos a ver: ¿qué es ello?, ¿de quése trata? Chamijo se acercó y habló al oído de sucamarada, por largo espacio, como si temiera quelos mismos troncos de los árboles tuviesen oídos.Gómez, escuchándolo, abría desmesuradamentelos ojos. Por fin balbuceó: 15
    • -¡Pero corres a la horca! -¡O a la grandeza! Deja la horca en paz,que ésa no llega hasta el día postrero, y contesta:¿Quieres ayudarme? No arriesgas nada, no tecomprometes en nada, y, si triunfo... si triunfocompartiré contigo el beneficio... -Pero... una traición -tartamudeó Gómez. -No hay traición cuando se va con el quemanda como soberano. Además, quién sabesi llega el caso; sin embargo, siempre llegará el delos maravedís, la holganza, el vino rancio y lasbuenas mozas. ¿Está dicho? -¡Hum! ¡Hasta cierto punto!... Te procura-ré la entrevista, y después veremos... En todo ca-so puedes contar con mi discreción y mi honradez. -Honradez de pícaro. -Los pícaros no se engañan ni traicionan.¡Bueno, con Dios! voy a montar a caballo y seguirmi camino. A propósito, ¿dónde y cuándo nos en-contraremos? -En Londres*, dentro de una semana.* [N. del E.] Homónimo de la famosa capital inglesa, parajemuy cercano al territorio diaguita, se aún encuentran las Rui-nas de Shincal. Este asentamiento fue una capital de provincia 16
    • -En Londres, dentro de una semana. Estábien, no faltaré... Carmen... ¿no hay niuna caricia de adiós para un viejo amigo? -¡Anda, vete, cara de chiqui! (diablo). ¡Quete acaricien tus propias barbas, chancho del mon-te! -¡Amable y dulce prenda! ¡cuán gratas meson tus palabras! -dijo Sancho riendo, y alejándo-se por los matorrales en procura del caballo quehabía dejado lejos para no hacer ruido, y ver sinser visto a los que acampaban en el bosque. Ape-nas había desaparecido, una cara de indio asomóen medio del follaje, precisamente junto al sitioen que estaba sentada Carmen, mirando a Bohór-quez. -¡Buenos días, gran jefe! -murmuró másque dijo el indio en quichua-. Temprano te ama-necen hoy las visitas importantes.(wamani) durante el dominio inca del noroeste argentino, en-tre 1471 y 1536. En él se puede observar más de ochentaconstrucciones en piedra y barro, con trazado de plazas, ycentros ceremoniales. Tramos empedrados del Camino del In-ca y un acueducto de piedra atraviesan el casco urbano. Losantiguos pobladores de este lugar, tuvieron que migrar debidoal levantamiento de los pueblos calchaquíes, que sitiaron lalocalidad de Londres, desde Shincal, cortaron los suministrosde agua, y asesinaron a los líderes más importantes de los in-dígenas de la zona. Va a aparecer varias veces citadas, sinninguna aclaración pertinente en el original. 17
    • -¡Ah, Luis! ¡Te esperaba con impaciencia!Acércate. -Con impaciencia aguardaba yo también,metido entre estas hojas, a que se fuera ese ala-crán, ese cangrejo vestido de cáscara dura. Esmuy tu amigo... Y has hecho bien en hablarle envoz baja, pues así como pude haberte oído yo,pudo también escuchar algún otro... -Muchas palabras gastas hoy -refunfuñóBohórquez en castellano. -Joven, hablas demasiado -añadió Carmenen quichua. -Me preparo la lengua para las grandes no-ticias -replicó tranquilamente el indio. 18
    • III EL MESTIZO -¿Las grandes noticias? -preguntó Bohór-quez palpitante de interés y emoción, mientrasCarmen se acercaba instintivamente al indio, quese había reunido a ellos, saliendo de la espesura. -Sí. Estos últimos meses he recorrido lastribus, una por una, y desde Humahuaca hastamás allá de las salinas, todas están prontas a em-puñar las armas por su independencia, arrojar alos españoles de las tierras del sol, restablecer elimperio de los Incas y su vieja religión, y recono-certe como su jefe y el hijo representante de Diossobre la tierra, aunque... -¿Aunque? -preguntó sobresaltado Bohór-quez. -Aunque algunos afirmen que no corre portus venas la sangre de Manco Capac y Mama Oc-llo, y aseguren que eres... -¡Basta! -prorrumpió Bohórquez-. Castiga-ría esa audacia, si no se necesitara de todos paranuestra grande obra. 19
    • -¿También lo dices por mí? -preguntó elindio con la más imperceptible ironía. -¡También por ti lo digo, vasallo! -replicóBohórquez, exagerando el tono. Luis guardó silencio y miró a Carmen, quele hacía una ligerísima seña con los ojos. -Deja, oh soberano, que este hombre sigadándote las noticias que tiene -dijo la mestiza confingida sumisión. Luis Enríquez, que así se llamaba el indio,o más bien mestizo, pues era hijo de un aventure-ro español que había seducido y abandonado a sumadre, quien lo educó en el odio y el despreciohacia los conquistadores, incitándolo a la vengan-za desde sus más tiernos años, servía desde tiem-po atrás de teniente y emisario a Bohórquez yagitaba infatigable las tribus calchaquíes, prepa-rándolas para el día del exterminio.El sistema de las encomiendas, que convertía alos indios en esclavos, so pretexto de «amparar-los, patrocinarlos, enseñarles la doctrina cristianay defender sus personas y bienes», tenía indigna-do a todo el mundo, y pronto a lanzarse al com-bate; sólo faltaba un jefe, un guerrero que pudie-ra conducir a la victoria a esas huestes bisoñas e 20
    • indisciplinadas, que si lucharon en anteriores su-blevaciones fue para convencerse sangrienta y do-lorosamente de que les faltaban armas, y sobretodo pericia. La situación era doblemente insoportablepara los indómitos calchaquíes, que no habíanusurpado su nombre de «dos veces bravos». Enefecto, aunque súbditos de los Incas, conservabancierta autonomía hasta la llegada de los españo-les, y ellos mismos elegían sus caciques. Su inde-pendencia fue luego total, mientras los conquis-tadores no invadieron sus valles; y más tarde és-tos no lograron nunca someterlos del todo, hastasu exterminio completo. Sus insurrecciones, que ocuparon un espa-cio de cerca de siglo y medio, fueron innumerablesy algunas terribles. Ya entonces se recordaban,entre otras, las de 1536 contra Almagro; 1542 co-ntra Diego Rojas, a quien costó la vida; 1553 co-ntra Aguirre, que, según los historiadores, habíacometido la iniquidad de repartir decenas de mi-les de indios como esclavos, a treinta y siete en-comenderos, y que fue obligado a evacuar la ciu-dad de Barco; la de 1562 en que el célebre caudilloindígena don Juan de Calchaquí obtuvo la victo-ria en varios combates, al frente de numerosoejército; la de 1572 contra Abreu; la de 1582 enCórdoba, y por último la gran campaña contra elgobernador Felipe Albornoz, iniciada en 1627... 21
    • Ya hacía, pues, muchos años que en losheroicos valles reinaba aparente paz, sólo turbadade cuando en cuando por alguna parcial refriega,a la que seguían inmediatamente feroces castigose inhumanos tormentos, porque los españolesconsideraban que, siendo tan pocos, en número,sólo el terror podía mantenerles sumisas aquellasmasas innumerables de hombres. Junto con el te-rror, la religión y los prodigios celestiales, verda-deros o fingidos, completarían la obra... Luis Enríquez, entretanto, terminaba dedar sus informes al español: -El valle de Calchaquí, el vasto espacioque rodea las salinas de Catamarca, los valles deAnillaco y Famatina, las gargantas y desfiladerosde los Andes, todo hervirá en guerreros armadosde lanzas, hachas, libes, hondas y flechas encuanto des un grito, y los pucarás verán sus mu-rallas cubiertas de defensores. He visto a los vale-rosos Quilmes, nunca vencidos, en sus mesetas,frente al Aconquija; están dispuestos ¡oh, hace yamuchos huatas! Los Andalgalás, de junto a las sa-linas, los Acalianes del valle de Anucán, los leja-nos Lules del Tucumanhao, arden en deseos devenganza e independencia. ¡Los atrevidos Diagui-tas quisieran comenzar hoy mismo la lucha terri-ble, e igual pasa con los Escalonis, que abandona-rán entusiastas sus cacerías para dedicarse a otra 22
    • más grande y más sangrienta! El mismo ardor seobserva en todas partes... -¿Podré -preguntó Bohórquez con vozturbada-, podré ponerme desde luego en contactocon algunos jefes? -Podrás. -¿Cuándo? -No pasarán tres días sin que lleguen nu-merosos caudillos, adivinos y sacerdotes a las in-mediaciones de Choya. Allí se reunirán, en unagruta del Cerrito. Tú puedes, esa noche, hablarcon ellos y resolver. -¡Oh, Luis! -exclamó Bohórquez, conmo-vido a pesar suyo-. ¡Suceda lo que quiera, tú serásmi segundo! ¡El príncipe más poderoso del impe-rio! ¡Séme fiel! -Seré fiel a la venganza; sólo quiero lavenganza -murmuró apáticamente el indio- y pa-ra alcanzarla, todos los medios me parecen bue-nos. -¡Carmen! -gritó Bohórquez, sin pararmientes en lo que el otro decía-. ¡No veo la horade llegar a Choya! ¡Allí quiero esperar a los jefes 23
    • de mi pueblo!... Vamos, en marcha. ¡Sígueme tútambién, Luis! Y sin ayudar a su compañera a recoger losutensilios que en el suelo quedaban, echó a andara lo largo del río, por un estrecho sendero, pasosin duda de los chasques que cruzaban el valle denorte a sur. -Yo sé que no es inca, ni indio: es español,pero... ¡por ahora no importa! -dijo Luis Enríqueza la mestiza, como si se le escapara un recónditopensamiento. Carmen se puso sigilosamente el dedo en laboca, echó la alforja a la espalda, y poniéndose enseguimiento de su amante, murmuró: -Calla y espera. La había sorprendido tal indiscreción enun indio, cuando éstos son la reserva y la astuciapersonificadas. Pero luego pareció comprender. -¡Bah! -se dijo-; es mestizo como yo: ¡haréde él lo que quiera! 24
    • IV LOS CACIQUES Anduvieron a buen paso, tanto, que ya amediodía estaban frente a la aldehuela de SanIsidro, no lejos del lugar en que más tarde se fun-dó la ciudad de Catamarca. La aldea, muy creci-da, existe aún, y fue tomada por los españolescomo centro estratégico de observación, para queno pasaran inadvertidos los movimientos sospe-chosos de los indios. Un puñado de miserablesranchos de barro y paja rodeaba una pobre capi-lla de cinco varas de frente por unas veinte defondo, paredes de adobe, techo de troncos apenasdesbastados, cubiertos de cañas, ramas y barro, ycuyas puertas y altos ventanillos eran de toscastablas. En ese templo primitivo comenzaba a ve-nerarse la hoy famosa imagen de la Virgen delValle, a la que, después de consumados los hechosque narran estas páginas, se atribuyeron todos lostristes y sanguinosos horrores de la guerra, y cu-yos tesoros, atraídos por tales cruelísimos mila-gros, afluyendo a sus altares han permitido luegoalzarse una catedral. Los viajeros no hicieron ni mención siquie-ra de asomarse a la capilla. Continuaron su cami-no sin ser vistos por los habitantes de la aldea, 25
    • entregados a la siesta después del frugal almuer-zo. Algo más allá, en un espeso bosquecillo dealgarrobos, ceibos y garabatos, junto al río, hicie-ron fuego y se dispusieron a almorzar y descansartambién. Al caer la tarde volvieron a ponerse encamino sigilosamente. Estaban sólo a legua ymedia de la «encomienda» de Choya, y una vezatravesado el río y el arenal que del otro lado setendía en forma de playa, salpicado de breas ycactus, no tardarían en llegar al refugio elegido.Pero prefirieron hacerlo de noche, y descansaronvarias veces para esperarla, a la sombra de los ár-boles. Los «conversos» de la encomienda de Cho-ya estaban con ellos; en ningún caso les haríantraición, pero bueno era prevenirse contra mira-das indiscretas... Ya en plena oscuridad, tomaron un atajopara subir a la colina. Luis se separó de ellos. Ibahasta las casas para ponerse en comunicación conalgunos habitantes, procurar provisiones, agua yarmas para cazar y para defenderse si el caso lle-gaba. Bohórquez y Carmen subieron largo ratopor una senda que culebreaba en la escabrosa co-lina, hasta encontrar, al extremo de una vasta 26
    • explanada, una gruta que Luis les había indicado.Este refugio estaba formado por un peñascoenorme que, rodando de la cumbre en algún cata-clismo, había ido a detenerse sobre otros dos quesobresalían de la falda de la colina y servían deparedes laterales a la cueva, muy espaciosa, y cu-ya ancha entrada estaba disimulada por la vege-tación: grandes acacias espinosas y asclepiadeas yaristoloquiáceas que trepaban por la roca comolos bastidores de una decoración de teatro. Algomás adelante, dos cereus gigantescos parecíancustodiar la gruta. En ella se instalaron, haciendo fuego paraque todo estuviese pronto cuando llegara Luiscon las vituallas. El mestizo no tardó ni llegó so-lo. Un indio iba con él, cargando dos grandes cán-taros, uno de agua fresca y otro de chicha, y lle-vando un cuarto de llama. Al notar su presenciaBohórquez se retiró al fondo de la gruta, quedán-dose en un rincón oscuro, como para evitar todocontacto con el plebeyo. -¡Ahí está el hijo del sol, Huallpa Inca! -dijo Luis en voz baja a su acompañante, que, congrandes manifestaciones silenciosas de respeto,depositó su carga junto al fogón, dio unos cuantospasos atrás sin volver las espaldas y aguardó, su-miso, mirando al suelo. 27
    • -Puedes marcharte -agregó entonces Luissin alzar la voz. El indio -uno de los pretendidos conversosde Choya- desapareció en las tinieblas sin haberdespegado los labios. En el inextricable matorralno se oyó siquiera el roce de su cuerpo con lashojas y el ramaje: más ruido produjera una víbo-ra arrastrándose por una losa de mármol. -Aquí traigo algunas otras provisiones yarmas -dijo Luis, dejando en el suelo una bolsitade grano, un atadito de hojas de coca y dos arcoscon sus flechas-. Yo me quedo con este arcabuz;como tengo que partir inmediatamente, será másútil en mis manos. -¿Tienes que partir? -preguntó Carmenaprestándose a hacer la comida. -Sí; aguardadme aquí ambos. Debo po-nerme en comunicación con los caciques para queacudan en la noche de pasado mañana. Bohórquez y Carmen quedáronse solos ytaciturnos, haciendo en aquellos días vida de er-mitaños, casi sin cambiar palabra, pero con elpensamiento fijo en la misma idea. El andaluzhacía menos larga la expectativa durmiendo a ra-tos comiendo y bebiendo chicha. Pero, al tercerdía, cuando comenzaba a brillar la luna en su 28
    • primer cuarto, poblando el valle de borrosos fan-tasmas, Luis reapareció y tras él llegaron, silen-ciosos y graves, los caciques, los curacas (jefes defamilia) y los machis (brujos) convocados ennombre del falso Inca. Ninguna prenda de su traje distinguíalosen aquel momento del resto de los habitantes delos valles: vestían, en efecto, una toga o túnica ta-lar de lana, algo recogida en la cintura, y no lle-vaban armas, visibles por lo menos. -Éste es el Titaquín -dijo Luis Enríquezseñalando a Bohórquez y dándole por primeravez este título, correspondiente al de «señor delpaís», que en otros tiempos usaban los delegadosdel Hijo del Sol. -¡Huallpa Inca! -corrigió orgullosamente elaventurero-. Sentaos. Los indios, sin cambiar una mirada, conmisterioso silencio, fueron poniéndose en cuclillasen torno del fogón, contra las paredes de la gruta.Eran una veintena. La llama del hogar les ilumi-naba los rostros bronceados, haciendo en ellos ca-prichosos juegos de luz y sombra, y poniéndolos aveces del color de la sangre. La expresión de todosellos era impenetrable, y Bohórquez se esforzabainútilmente por darse cuenta de sus sentimientos. 29
    • Carmen lo animó, acercándosele y haciéndole unaseña tranquilizadora. -¿Quién es esta mujer? -preguntó el Curacade Paclín. -Es la Coya (reina) -murmuró Luis. La conferencia comenzó. Bohórquez con-sideró hábil y útil ofrecer a los jefes una especiede autobiografía, valiéndose de los datos un tantoconfusos que poseía de la historia del Perú, yaprovechó para ello la facundia que le habíahecho famoso en cuantos países visitara. -Huyendo y oculto -dijo entre otras cosas-,perseguido siempre, siempre protegido por mi pa-dre Inti, crecí entre las asperezas de los Andes, in-culto y bravío, pero sintiendo en mi interior, jun-to con la necesidad del mando, la ciencia innatadel gobierno. Porque así debe ser el que, como yo,es descendiente directo y heredero forzoso deManco Capac, el rico en virtudes y poder, que re-inó cuarenta luminosos años, de Sinchi Roca, elvaleroso, de Lloque Yupanqui, el zurdo, de CapacYupanqui, de Inca Roca, el prudente, que duran-te largos años y felices, con el llautu en la frente yel chonta con la estrella de oro en la mano, vieronsalir día tras día, el sol por encima de las monta-ñas coronadas de nieve. Porque así debe serquien, como yo, desciende del gran Yaguar Hua- 30
    • cac, el que lloraba sangre, de Ripac Viracocha,que anunció la futura llegada de nuestros nefan-dos opresores, del noble y denodado Titu-Manco-Capac-Pachacutec, perturbador del mundo, delheroico Yupanqui, que reintegró estas comarcasal imperio, y después de conquistarlas con las ar-mas las vinculó con sus leyes sabias y justas, delpadre deslumbrador Tupac Yupanqui, de HuainaCapac, el joven rico, conquistador de Quito y pa-dre del sol de alegría Inti-Cusi-Huallpa, y deltraicionado y atormentado Atahualpa, cuyamuerte tortura aún el corazón de sus vasallos...Porque así es el sucesor de los desdichados mo-narcas que no llegaron a reinar, despojados por lausurpación española, el Inca Manco, Sayri TupacYupanqui, Tupac Amaru, infeliz, cuya cabezarodó en el cadalso de Cuzco, clamando la inicuafelonía castellana y la terrible venganza de lossuyos... Bohórquez calló como embargado por unainvencible emoción. Una voz, entonces, acremente sarcástica,brotó de un rincón oscuro, preguntando: -Y tú, ¿hijo de quién eres? Era el cacique Luis de Machigasta, el úni-co que hubiera acudido a la conferencia casi co- 31
    • ntra su voluntad y que estaba casualmente en lacomarca: decíasele amigo de los conquistadores. Al oírlo Bohórquez, se inmutó, y sintióque una nube le pasaba por los ojos. No atinaba acontestar, tartamudeó algo respecto del GranPaitití, donde había reinado, se refirió a la ramafemenina, enredóse, en fin, tratando de enredar, yya los indios levantaban la cabeza y lo mirabansorprendidos y recelosos, cuando el Curaca de To-lombón, jefe de un heroico pueblo, tomó la pala-bra con apasionada elocuencia. Él también tenía sus dudas o sus certezasrespecto del origen del pretendido Huallpa Inca,pero quizá consideraba que el pueblo calchaquídebía aprovechar aquella oportunidad de volverpor sus fueros. -¡Dejemos -exclamó-, dejemos para mástarde discusiones y averiguaciones que hoy a na-da conducen! Los valles proclaman ya con amor yconfianza, del uno al otro extremo, el nombre deHuallpa Inca, y no hay en ellos un solo varón queno ansíe el momento de empuñar las armas y se-guirlo para destruir, hasta el último, los hombresblancos y barbudos que nos esclavizan, nos ahe-rrojan y nos matan!... Desde las primeras palabras el Curaca sehabía hecho dueño de sus oyentes. Bohórquez, 32
    • considerándose salvado, miró hacia el rincón enque Carmen estaba acurrucada, con una sonrisade triunfo. ¡En cuanto pasara aquel minuto terri-ble quedaría ungido Inca, por la fuerza incontras-table de los hechos, y podría tratar como traido-res a cuantos no lo acatasen!... El Curaca, entretanto, continuó: -¡Tenemos que lanzarnos a la guerra! ¡To-dos los curacas y caciques de los valles, vamos amudarnos la flecha de la alianza, para emprenderjuntos la guerra! ¡Aquí está nuestro jefe, nuestrosoberano!... Era lo único que nos faltaba: ¡un ge-neral capaz de llevarnos al triunfo!... ¡Porque no-sotros no somos guerreros, somos pastores, somosagricultores! ¡Criamos las llamas en las alturas ycultivamos el maíz en el llano que surcan nuestrosacueductos, nuestros canales, nuestras acequias,hechos con tanto esfuerzo y tanto arte como losde nuestros hermanos del Perú! Tejemos la lana yel algodón y teñimos las telas con las raíces de latierra y la savia de los yuyos; fundimos y escul-pimos el cobre, curtimos y aderezamos el cuero,labramos la piedra y la madera, modelamos y co-cemos la arcilla... ¡Somos pacíficos, somos bonda-dosos! ¡Vemos en el hombre un igual y un herma-no, y si la entrada de nuestras montañas está for-tificada, si hemos alzado pucarás, terraplenes yaltas y gruesas pircas, es sólo para defendernos ydefender a los nuestros en caso de inicuo y san- 33
    • griento ataque!... ¡Ah! pero si somos pastores, sisomos agricultores, también sabemos cazar eluturunco (tigre) y el puma (león), sin que la picatiemble en nuestra mano, ni la flecha se desvíe ensu camino, ni los libes caigan antes de alcanzar supresa, ni la piedra de la honda interrumpa su cur-va mortal, y el guanaco y la vicuña de las cum-bres saben bien cuánta es la velocidad de nuestracarrera, lo sigiloso de nuestra marcha, la resisten-cia de nuestros músculos semejantes a la cuerdatendida del arco. ¡Arriba, pues, hermanos, que es-tas otras fieras -los españoles ávidos y sanguina-rios- caigan al fin, pese a sus formidables armas,arrollados por nuestro número, por nuestra per-severancia, por nuestro valor, por nuestro odio!...¡Pónganse sus cáscaras de cangrejos de hierro!, laflecha sabrá hallarles la juntura, conducida por lajusticia de nuestro empeño... ¡Y si caemos mil,diez mil en la demanda, quedarán diez mil, cienmil para vengarnos! ¡La tierra engendrará nuevoshombres, y la tierra, y la montaña, y los elemen-tos, serán nuestros aliados!... -¡Yo os haré cañones! -clamó Bohórquez,enardeciendo aún más el entusiasmo, haciendovislumbrar el triunfo, provocando la admiraciónde sus secuaces... Otros caciques tomaron en seguida la pa-labra, para hacer con elocuencia el proceso de losespañoles, que los perseguían, los torturaban, los 34
    • mataban, los aniquilaban en el trabajo implaca-ble de las minas, desbarataban sus hogares, sellevaban sus mujeres y sus hijas, les arrebatabansu religión, sus costumbres, sus creencias... -Yo, como mis antepasados -prometió elandaluz-, haré respetar los derechos de todos: elsuelo fértil se repartirá con equidad, vuestras tie-rras serán labradas aun antes de las mías, resta-bleceré en todo el imperio el glorioso culto de Pa-chacamac, el alma del Universo, el Huiracocha, elfantasma misterioso de Inti, el que vierte oro enlas lágrimas que llora... Y así desarrolló un vasto plan que, paralos caciques y curacas, era el reverdecimiento deantiguos y ya marchitos esplendores. -¡Sí, tú eres el Inca, tú el Hijo del Sol! -gritó entusiasta el cacique Pivanti, en cuantoBohórquez cesó de hablar-. ¡Y yo, de hoy en más,te juro obediencia, acatamiento y amor! -¡Lo juramos! -repitieron varias voces. -¡Llévanos ahora al combate y al triunfo! -agregó Pivanti. En ese momento uno de los machis levan-tóse tendiendo la mano hacia el caudillo, conademán inspirado y solemne, y con tono profético 35
    • exclamó en medio de la emoción de los circuns-tantes, preparados ya por los anteriores entu-siasmos: -¡Mama Quilla te ciñe en este momento lafrente con un llautu de luz! ¡Augura un reino degloria para ti y para tu pueblo!... Un rayo de luna, en efecto, deslizándosepor la boca de la gruta, había envuelto en pálidosfulgores la cabeza del aventurero. Bohórquez quedaba definitivamente pro-clamado: la necesidad hacía cerrar los ojos a losmás prudentes y astutos caciques, y los mismosmachis no lo discutían: más tarde, siempre habríatiempo de examinar sus derechos a la diademaimperial... Poco después, los indios se retiraron unopor uno, conviniendo en que tomarían las armas ala primera señal. El cacique de Machigasta no seexcusó de ello tampoco... -¡Ya eres Inca! -exclamó Luis Enríquezcuando quedaron solos. -¡Siempre lo fui, aunque no reinaba! -replicó Bohórquez con altivez. 36
    • -¡En fin! -murmuró el mestizo-, si tusproezas tienen que ser narradas por los Amautasy cantadas por los Aravecus, nada importará a tuvasallo tener que derramar hasta la última gotade su sangre... -Ya lo verás... Ahora, pensemos en mar-char mañana mismo a Londres -dijo el aventure-ro-; allí comenzará a desarrollarse nuestro plan... 37
    • V EL TESORO DE LOS INDIOS En las cercanías de Londres y en un ranchoabandonado, de paredes bajas, construido conpiedras toscas y techado con paja y barro, hallá-banse reunidos, pocos días después, Bohórquez,Carmen y Sancho Gómez. Este último habíaconferenciado ya con el aventurero, y aquellatarde iba a comunicarle que esa misma noche secelebraría la anhelada entrevista con el señorgobernador del Tucumán, don Alonso de Mercadoy Villacorta. Nada o bien poco le había costadoobtener ese favor, pero su excelencia deseaba quese procediese con sigilo, para no despertar lassospechas de los indios ni provocar las críticas delos españoles. -En cuanto baje algo más el sol, nos pon-dremos en marcha para llegar a boca de noche -dijo Sancho. -Como te plazca. -¿Iré yo también? -preguntó Carmen. 38
    • -Vosotras, las mujeres, para ser realmenteútiles -observó Sancho-, debéis esperar siempre elmomento oportuno... -Y ése no puede tardar para ti -agregó Bo-hórquez guiñando los ojos. Carmen no replicó. Ambos españoles pu-siéronse en camino un rato después, y llegaron aLondres ya de noche, como lo deseaban. Esta mal llamada ciudad de San Fernandode Londres, actualmente Pomán, era apenas unaaldea encaramada entre riscos, con pobres casu-chas de madera y barro, pero circundada con al-gunos trabajos de fortificación. Sin embargo suimportancia política era grande, pues su jurisdic-ción -que lindaba por el este con Chile, por el nor-te con Salta y Bolivia y por el sur con La Rioja-abarcaba unas cincuenta leguas de norte a sur,por otras tantas, más o menos, de este a oeste. Bohórquez y Sancho entraron en el recintode la ciudad, cuyos habitantes se habían recogidoya a comer y descansar, y deslizándose entre lassombras, llegaron a un edificio algo mayor y me-jor construido que los demás, a cuya puerta sepaseaba un soldado, al parecer de centinela. Éste, al ver a Sancho, como advertido yade su llegada, los dejó pasar, y después de intro- 39
    • ducirlos en una pequeña y desnuda habitacióncon humos de despacho, a juzgar por una mesacon escribanía y legajos de papeles que se obser-vaban en un extremo, se internó en la casa, aanunciar sin duda su presencia. -¿Éste es el hombre, Sancho? -preguntópoco después, entrando en el despacho, un caba-llero joven, no mal parecido, de porte airoso y al-tivo, bigote y perilla, ojos de terquedad y de pa-sión y tez curtida por las intemperies, que vestíamodestamente calzón, chupa y casaca de génerooscuro, y calzaba grandes botas de montar. -El mismo, excelentísimo señor -contestóSancho. -Bien, déjanos solos. Sancho salió. Don Alonso, pues el reciénllegado era el gobernador en persona, encarosecon el aventurero. -¿Eres Pedro Bohórquez, o por otro nom-bre Chamijo o Clavijo? -preguntó. -Dejando de lado por el momento la cues-tión de nombres y apodos, sí, excelentísimo señor-contestó el andaluz con desparpajo. 40
    • -¡Hasta aquí ha llegado el rumor de tushazañas! ¿Qué intriga tejes? -La envidia y la codicia hanme condenado,pero Dios sabe que soy inocente de cuanto se meacusa -dijo Bohórquez, con fingida humildad. -Me han dicho que tienes algo que revelarrespecto de minas, huacas y tesoros. -En cuanto a eso os han dicho la verdad. -Habla, pues: ya te escucho. -Vuecencia ha de permitir que me ocupe,también, de otros dos asuntos de la mayor impor-tancia... -Veamos. -El uno se refiere a la famosa y misteriosaCiudad de los Césares... El otro es más grave: tie-ne que ver con el gobierno mismo de estas comar-cas. -¿Con el gobierno? Supongo que no se tehabrá ocurrido tener participación en él... -No sería demasiado atrevimiento... ¡UnGirón!... Pero vuecencia verá, si tiene a bien dar-me su venia. 41
    • Mercado, que había sonreído al oír el nobleapellido de los Girón en boca del andaluz, contes-tó casi jovialmente: -¡Pardiez! Habla de lo que quieras, quetiempo de sobra tenemos en estas soledades, y tucharla puede divertirme; pero comienza por lo re-ferente a las minas y tesoros, sin tratar de em-baucarme si te es posible, que lo dudo. Ya sabesque te conozco. -Razón de más para que vuecencia tengaconfianza en mí... Pero, ¿conoce también vuecen-cia la leyenda corriente acerca del cerro de Fama-tina? -Sí, algo he oído. Se dice que los hechiceroshan encantado ese cerro de tal manera que, auncuando se vean, desde lejos, resplandecer al solmaravillosas vetas de oro y plata, nadie podráencontrarlas jamás si antes no rompe el encanto,y que el atrevido que logra acercarse a las minas,es inmediatamente rechazado por súbitas y furio-sas borrascas que llegan hasta costarle la vida... -¿Y vuecencia lo cree? -preguntó Bohór-quez con cierta sorna. -Algo de cierto habrá en ello -dijo grave-mente el gobernador-, como lo hay seguramenteen el misterio del cerro Manchao, que ruge en 42
    • cuanto una planta española huella sus inmedia-ciones. -Lo que ocurre -prosiguió Bohórquez vol-viendo a su anterior humildad- es, sin embargo,obra exclusiva de los hombres. Yo lo sé a cienciacierta, porque he vivido mucho tiempo y vivoaún entre los indios. Pero... voy al grano. Es no-torio, y está comprobado, que los ministros de losIncas, valiéndose de sus súbditos, sacaban del ce-rro de Famatina incalculables cantidades de oro yplata... ¿Cómo explicar, pues, que esas minas ri-quísimas hayan desaparecido de repente y porcompleto, desde que estas comarcas pertenecen alos españoles? No pueden haberse agotado depronto, por milagro, sin dejar huellas. -¿A qué atribuyes ese hecho, entonces? -Me explico, sencillamente, que los indioshan destruido ex profeso los caminos que condu-cían a las bocaminas, en cuanto vieron que otrosse enseñoreaban del país. Y tengo una pruebamaterial y una moral, al respecto. Del otro ladode los Andes, muchas veces, cuando se trataba deenterrar algún noble personaje -ya sabe vuecenciaque en realidad no los entierran, sino que los con-servan, hasta con comida, para cuando resuciten-, pues cuando se trataba de eso, los indios baja-ban con el cadáver y los objetos que habían desepultarse con él, por barrancos casi a pico, hasta 43
    • cuevas naturales o artificiales, abiertas en la roca,a grande altura. Y a medida que bajaban con sucarga fúnebre iban destruyendo las piedras sa-lientes y las asperezas que les servían de escala, demodo que no podían volver a subir. Llegados a lacueva, depositaban el cuerpo y demás, tapiabanla entrada, y bajaban al valle, cuidando tambiénde borrar completamente ese segundo camino.Hecha la operación, la pared del barranco queda-ba lisa como la palma de la mano, y sólo los pája-ros podían llegar a la emparedada cueva... Nadacostaba a este pueblo, que ha ejecutado obras tangrandes, hacer eso mismo en más vastas propor-ciones. El camino de las minas de Famatina y deotras cien partes, ha desaparecido así: no lo sé só-lo por conjeturas, aunque éstas pudieran bastar;lo sé también por confidencia de los mismos indi-os... Don Alonso de Mercado y Villacorta mi-raba maravillado, casi convencido, al andaluz. Lacodicia que siempre había dormitado en él, aca-baba de despertar exigente y avasalladora. Ya leparecía verse dueño de incalculables riquezas,volviendo a España a gozar y triunfar en la cortecomo un espléndido y poderoso príncipe. Era susecreta ambición, lo único que lo había traído aAmérica, lo único que podía endulzarle aquel des-tierro, no atenuado por sus aventuras y amoríos,pues, como dice un historiador, «era hinchado de 44
    • orgullo, déspota en sus dictámenes, corrompidoen sus costumbres...» -Lo que me dices tiene el color de la ver-dad -murmuró, con la garganta prieta de deseo-.Pero tus antecedentes... -Son una garantía, excelencia: sólo unhombre diestro y astuto como yo podría imaginary llevar a término esta fabulosa hazaña. -Mas, ¿conoces alguna de esas minas? -No, excelencia. -¡Entonces! -¡Pero puedo conocerlas todas, una poruna, sin tardanza! Los indios confían en mí... ¡meobedecen! Dentro de pocos días sabré hasta elmás oculto de sus secretos. ¡Tendré la llave de sustesoros, de los inmensos tesoros que millares y mi-llares de indios arrancaban al seno de la tierra,para enviarlos al Inca, el único que podía hacerelaborar el oro y la plata! ¡Y... esa llave es lo quevengo a ofrecer a vuecencia! -No me basta tu palabra -murmuró Villa-corta, vacilante ya sin embargo. 45
    • -El que ha encontrado esto, puede condu-ciros a donde halléis cerros de los mismos minera-les -dijo Bohórquez enfáticamente, presentandoal gobernador dos muestras, una de oro y otra deplata, que llevaba a previsión en el bolsillo. -¿Y ese hombre, quién es? -preguntó Mer-cado examinando las muestras que había tomadocon mano ávida. -Hoy es uno de mis indios, que me perte-nece como la sombra al cuerpo. ¡Mañana seré yomismo, si lo deseo! ¡Ah! ¡pero esto es poca cosa,excelentísimo señor; esto es, de veras, insignifi-cante, parangonado con lo que aún puedo ofrece-ros! Tengo, en efecto, tesoros de mucha más fáciladquisición, que sólo exigen extender la mano sinnecesidad de excavaciones ni manipulación algu-na... Sabéis muy bien las enormes cantidades demetal que poseían los Incas; sabéis, por ejemplo,que Atahualpa, tratando de rescatarse, llenó deoro purísimo una habitación hasta donde alcan-zaba con el brazo levantado... pero ¿creéis que eseoro y el que se ha llevado a España antes y des-pués, es todo el que poseían y poseen aún los in-dios? ¿Comulgáis con la conseja de que arrojaronel resto al mar y al fondo de los lagos?... -¡No! ¡Hay huacas! -exclamó el goberna-dor, tan deslumbrado como si tuviera delante to- 46
    • do aquel oro, o como si mirara al mismo sol enpleno mediodía. -¡No confunda vuecencia! Las huacas sonsepulturas, y en ellas habrá joyas y preseas más omenos valiosas, pero en pequeña cantidad. ¡Esono vale nada! El oro no ha desaparecido allí. Ins-truídos de su valor como moneda por los primerosconquistadores, queriendo conservarlo y al propiotiempo privar de él a sus enemigos, los indios seapresuraron a ocultarlo en entierros especiales,cuyos derroteros han venido legándose de padresa hijos. Alguno se habrá perdido y sólo la casuali-dad hará encontrarlo en los siglos venideros... Sinembargo, los que subsisten y pueden encontrarsehoy, bastarán para hacer palidecer de envidia almismo Creso... -¡Dime qué indio sabe uno de esos derrote-ros, y el potro no tardará en hacérselo revelar!... -¡Bien convencido está vuecencia de que eltormento es inútil con esos infieles, más duros quela piedra con que hacen la punta de sus flechas!... -Entonces... -Captarse su absoluta confianza, conseguirque la revelación de esos secretos sea para ellosuna cosa más que natural, obligatoria; ése, ése esel único medio, pues como no poseen la ciencia de 47
    • la escritura, no tienen documentos indicadoresque puedan caer en nuestras manos. -¡Pero no hablarán nunca! -gritó el gober-nador, desencantado y furioso. Bohórquez sonrió. -A mí me hablarán -murmuró con falsamodestia, para producir más efecto-. ¡Hace mu-cho vengo tendiendo una red en que caerán al fin,por poco que vuecencia me ayude!... -¡Voto va! ¿Acabarás de explicarte? -Nada más sencillo. Los que hicieron esosentierros fueron los caciques y los curacas de cier-tas tribus que sólo han comunicado el secreto asus descendientes... Pero se hubiesen apresuradoa revelarlo a otra persona... -¿A quién? ¡Habla! -Al Inca. -Es verdad: pero no hay Inca. -Puede haberlo. -¿Y quién? 48
    • -¡Yo! -¡Tú! -exclamó don Alonso de Mercado yVillacorta con profundísima sorpresa al oír con-testación tan inesperada. -¡Sí, yo! Después de una pausa efectista, durante lacual el aventurero miró frente a frente al gober-nador, agregó: -¡Y puedo decir con verdad, que estoy apunto de serlo, si es que ya no lo soy! Mercado calló, perplejo. Meditaba con laimpresión del vértigo en la cabeza. -No sé -dijo por fin- en qué te fundas parahacer afirmación tan atrevida. Pero, quiero pre-guntarte: ¿qué te propones con eso? -Ya lo sabe vuecencia: hallar los tesoros. -¿Nada más? -¡Nada más! Vuecencia tendrá a bien dar-me una parte de esas riquezas. ¡Oh! no pido mu-cho: vuecencia será siempre un potentado al ladomío. Pero con lo poco que me toque volveré a mitierra a vivir y gozar tranquilo... 49
    • Mercado lo miraba de hito en hito sintien-do que la codicia desvanecía sus últimas descon-fianzas. -Pero -continuó el andaluz- aún hay otracosa de que no he hablado a vuecencia... Podemosllegar a saber la situación precisa de la portentosaCiudad de los Césares. Me consta que los machisla conocen... Y eso no sería simplemente apode-rarse de un tesoro escondido: sería conquistar unmaravilloso imperio... -Ocupémonos ahora de las cosas más acce-sibles -interrumpió Mercado-. Al hablarme deasuntos del gobierno, ¿aludías a esa posibilidadque dices tener de hacerte Inca? -En cierto modo, excelentísimo señor. Elhecho es que los indios se mueven, complotan ensecreto, piensan rebelarse... Si yo los mandarapodría impedir la insurrección, o retardarla hastaque el número de los aliados, conversos y súbditosrealmente fieles, fuera suficiente para dominar lashordas que se levantaran. Vuecencia sabe cuándifícil sería, hoy por hoy, sofocar una insurreccióncon los escasos elementos de que se dispone... re-cuerda sin duda lo que costaron las anteriores...no habrá olvidado que don Juan de Calchaquí es-tuvo a punto de desalojarnos de estas tierras... Enlas actuales circunstancias la astucia vale cien ve-ces más que la fuerza... Es decir, nuestra fuerza es 50
    • casi la impotencia, por poco que los indios acier-ten a organizarse, a aguerrirse, a adoptar un serioplan de campaña. ¡Son ciento contra uno, vue-cencia lo sabe, y resueltos y bravos como leones!¡Ah! ¡únicamente en la astucia está la salvación, yyo, sólo yo, puedo, con la ayuda de vuecencia,conservar estas tierras a nuestro soberano!... -Pero, ¿lo puedes en realidad? ¿Te acepta-rán los indios por su Inca? -Os lo repito: ¡me han aceptado ya! Y paraponerme en acción, sólo espero que me deis vues-tra venia. ¡Yo tendré quietos a los feroces calcha-quíes, yo les arrancaré sus tesoros!... Dominado, conquistado, embriagado, Vi-llacorta preguntó con voz trémula:-¿Qué debo hacer para ayudarte? -Ordenar secretamente a todos vuestrossubalternos que no se me moleste, haga lo quehaga (preciso me será, en efecto, infundir confian-za a mis presuntos vasallos), y que no se molestetampoco a ninguno de mis secuaces. Mercado y Villacorta decíase entretantoque tan fabulosas promesas bien valían la pena dehacer una tentativa, y no juzgaba tan descabella-do el plan de Bohórquez, en cuanto al sojuzga- 51
    • miento de los indios, semirrebeldes ya, por mediode la astucia. Así, pues, no discutió más y se en-tregó al aventurero, pensando que siempre habríatiempo de ponerlo a raya, si las cosas echaban pormal camino. -Bien -le dijo-. Podrás hacer lo que quierashasta... ¿qué tiempo necesitas? -Lo menos tres meses. -Bien; quedas dueño de obrar como teplazca durante el término de tres meses, al fin decuyo plazo veré lo que has conseguido. ¡Pero cui-da mucho de no desmandarte porque si se te va lamano, horcas habrá, y muy altas, en cualquier si-tio en que te encuentres! Ve ahora en paz y tenmeal corriente de cuanto ocurra. -Vuecencia comprenderá que no he de ve-nir yo: sería venderme a los indios que son recelo-sos y habilísimos en el espionaje, y que quizásahora mismo nos están observando... vendrá enmi lugar una mujer de mi entera confianza, y enquien vuecencia debe confiar en absoluto tam-bién. Se llama Carmen, y es mi... compañera, miesposa... -Pues que venga ella. 52
    • -¡No olvide vuecencia esas órdenes secre-tas: de otro modo no arribaremos a nada! Y Bohórquez, haciendo una profunda re-verencia, salió en seguida de la habitación y pocodespués de la casa a cuya puerta lo aguardabaSancho Gómez, algo alarmado ya por su tardan-za. -¿Marchan bien nuestros asuntos? -preguntó Sancho. -A pedir de boca. ¡Serás rico, Sancho! Peroahora déjame, pues podrían observarnos -contestó el aventurero alejándose en dirección alrancho en que lo aguardaba Carmen. El soldado, haciendo conjeturas y soñandograndezas, retiróse hacia su cubil, a tiempo queun sacerdote llegaba apresurada y sigilosamente ala puerta del gobernador, y entraba después decerciorarse de que nadie podía haberlo visto. 53
    • VI EL JESUITA Un instante después, el nuevo personajeestaba hablando confidencialmente con el gober-nador Mercado y Villacorta, en el mismo despa-cho en que éste recibiera a Bohórquez. El padre Hernando de Torreblanca, unhombre de cuarenta y cinco años más o menos, defigura varonil y ademanes resueltos, alto y delga-do, rostro enjuto y ascético de acentuados rasgos,nariz aguileña, ojos negros que ora brillaban conextraordinario fulgor, ora se apagaban tras de lospárpados entornados con mística unción, y labiossutiles en que vagaba una pálida sonrisa que tan-to podía ser doliente cuanto irónica. Daba la im-presión de un ave de presa, adormecida a ratos.Jesuita, hacía ya años que habitaba y recorríaaquellas comarcas, predicando, observando, go-bernando quizá: decíase, en efecto, que era inspi-rador y consejero del obispo Maldonado, quien só-lo obraba de acuerdo con él y por su insinuación;que el clero todo de los valles, bastante numerosoya, sin embargo, le obedecía ciegamente, y que elmismo gobernador Mercado y Villacorta no podíasubstraerse a su influjo, a pesar de sus ruidosasveleidades de independencia, sus ostensibles pre-tensiones de gran político, y su aparente afán dedesligar lo divino de lo humano, dejando el cielopara los sacerdotes de Dios, y guardándose la tie- 54
    • rra para él. Algún aventurero descreído, de lospocos de esta calaña que formaban en sus filas,llegaba hasta decir que el gobernador y el padreTorreblanca se daban por enemigos para enten-derse mejor, y lo cierto es que nunca hubo dife-rencias fundamentales entre la acción del uno y ladel otro. Fuera esto por lo que fuere, el hecho esque el gobernador Mercado y Villacorta contóaquella noche, muy por lo menudo, al padre Her-nando, toda su entrevista con el andaluz, paraterminar pidiéndole luces y consejo. -¿Se podrá confiar en ese hombre? -preguntó. -¡Los caminos del Señor son tan inescruta-bles! -contestó evasivamente el padre Torreblan-ca-. Pero -agregó en seguida-, no veo, por ahora,peligro en dejarlo hacer, aunque con la condiciónde observarlo y vigilarlo cuidadosamente parapoder detenerlo a tiempo, si el caso llega. Estoshombres son útiles, si no para otra cosa, para ex-plorar los ánimos... Y los indios se agitan en efec-to, con el mayor sigilo, pero no tanto que yo nohaya sentido sus palpitaciones. Son, como dicenuestro santo obispo Maldonado, los mayoresidólatras que haya en estas Indias... Se fingencristianos y reciben el agua del bautismo, paracontinuar en secreto su diabólico culto al sol y a 55
    • los ídolos... Se fingen sumisos para tramar susplanes con mayor tranquilidad, y dar el golpe so-bre seguro... ¡Ah! son tan astutos, que me pareceimposible que Bohórquez haya podido embaucar-los, aunque sea el embaidor más diestro que co-nozco... ¡Eh!, se harán los engañados, quién sabecon qué fin... quizá con el de hacer que nos des-cuidemos... Ya lo averiguaré... Ahora, en cuantoa las minas y tesoros de que habla... puede queexistan y que los descubra, pero me parece difí-cil... el oro y la plata que había en esta región,eran exclusivamente los trabajados en forma dejoyas y ornamentos, que el Inca mandaba de re-galo a sus vasallos principales. Lo que de eso que-de será indudablemente poco... Ahora, es posibleque algunas remesas no se hayan enviado al Perú,como de costumbre, después de llegados los espa-ñoles, de temor a que cayeran en su poder... Esopuede haberse ocultado y enterrado. ¡En fin! loreferente a las minas es lo que ofrece más proba-bilidades de realidad, pero quizá se trate de mine-rales pobres, sin rendimiento... -Mirad estas muestras, reverendo padre -dijo Mercado, presentándole las que le había de-jado Bohórquez. -Sí, no son malas, hasta pueden conside-rarse muy ricas -dijo el padre Torreblanca des-pués de examinarlas atentamente-. Pero puedenser excepcionales: las muestras son por lo general 56
    • elegidas entre las mejores. Y, si así fuera, se nece-sitarían millares de obreros para explotar esasminas. -¡Hombres es lo que sobra! -exclamó el go-bernador-. Ya los hacemos trabajar donde el ren-dimiento es insignificante; con cambiarlos de si-tio, estaría todo remediado. -En fin, allá veremos. Por otra parte, ¿quéson estos intereses materiales frente a los elevadosy santísimos de la obra moral que estamos reali-zando?... ¿Qué es la conquista de todo el oro delmundo, comparada con el triunfo de la cruz? Mercado sonrió. La conversión de los indi-os era cosa, si no del todo indiferente, muy secun-daria para él. Su propio poderío, su propia rique-za ocupaban el primer lugar. Y Bohórquez había conseguido embriagar-lo de tal manera, que las prudentes dudas y lasatinadas objeciones del jesuita respecto de los te-soros, le parecían harto exageradas para ser teni-das en cuenta. De todos modos, con tal de que elpadre Torreblanca no se opusiera a sus intentos...no tenía nada más que pedirle. No replicó, pues:el tiempo se encargaría de descubrir la verdad, yél no perdonaría medio de alcanzarla. 57
    • -Entonces, padre -dijo, después de unapausa-, ¿no juzgáis que me haya precipitado to-mando una resolución impolítica? -Lejos de ello, hijo mío, ya lo he dicho: asítendremos un ojo más en el campo enemigo, y esoconstituye una inmensa ventaja, sobre todo en lascircunstancias presentes, y con adversarios tanastutos y sagaces. Se levantó de la poltrona en que se habíasentado desde el principio de la entrevista, y diri-giéndose hacia la puerta, exclamó con voz vi-brante, mientras los ojos le brillaban en la pe-numbra, más de arrebato que por el reflejo de laluz mortecina del velón: -Podemos considerarnos en pleno estadode guerra. Vivimos en una comarca resueltamentehostil. ¡En tales condiciones todos los medios sonbuenos! ¡Sueñas con tesoros, sientes la vulgarambición del metal precioso! ¡Ah! ¡El tesoro de losindios es la tierra, son ellos mismos!... ¡Y ése ya letenemos! ¡Ahora, hay que conservarlo! Volvió a imponer a su rostro la impasibili-dad que había perdido un instante, bajó los pár-pados sobre la hoguera de sus pupilas, pero al sa-lir del despacho todavía repitió: -¡Hay que conservarlo!... ¡a toda costa! 58
    • VII EN CAMPAÑA Desde aquel día Bohórquez y Carmen semultiplicaron, sin contentarse con enviar mensa-jes y chasques, pues recorrían personalmentepueblos y aldeas en son de propaganda. Luis En-ríquez no era ya el representante, sino el compa-ñero y el segundo de Huallpa-Inca. Trabajaban acara descubierta: el secreto tan admirablementeguardado por un pueblo entero, se abandonabaya, como inútil. Bohórquez mostrábase pública-mente en todas partes, y arengaba al pueblo. -¡Vengo -decía siempre- a restablecer elbondadoso imperio y la justiciera ley de mis an-tepasados! ¡Sus nobles máximas serán mi únicanorma de conducta! -¡Sí! como el gran Pachacu-tec, os repetiré: «Cuando los súbditos y sus capi-tanes o curacas obedecen de buen ánimo al Inca,el reino goza de toda paz y quietud. -¡La envidiaes una carcoma que roe y consume las entrañas delos envidiosos: el que tiene envidia de los buenos,saca de ellos mal para sí, como hace la araña alsacar su ponzoña de las flores! -La embriaguez, laira y la locura corren igualmente, sólo que las dosprimeras son voluntarias y mudables, y la terceraperpetua. -¡El que mata a su semejante, se con-dena él mismo a muerte! -¡De ningún modo se de-ben permitir ladrones, y los adúlteros que afean la 59
    • fama y la calidad ajenas, y quitan la paz y laquietud a otros, deben ser declarados ladrones! -¡El varón noble y animoso es conocido por la pa-ciencia que muestra en las adversidades! -¡Losjueces que reciben ocultamente las dádivas de losnegociantes y pleiteantes, deben ser tenidos porladrones!» Y seguía desarrollando éstas y otrasmáximas dictadas por la sabiduría de los Incasdel Perú, y ajustadas al espíritu de los calchaquí-es, para terminar su peroración exclamando: -¡Ahora, decidme! ¿Cuántas veces caen losespañoles que nos sojuzgan inicuamente, bajo elimperio de estas leyes, y debieran ser castigados?¿No son ellos los perturbadores, los envidiosos, losllenos de vicios, los torturadores y homicidas, losladrones, los adúlteros, los jueces venales, arbi-trarios y corrompidos? ¿No han merecido cien ve-ces la muerte? Los indios recibían con entusiasta arreba-to estas palabras de condenación. Luego sonreían,cuando Bohórquez, irónico, hacía mofa de la pro-clamada superioridad de los españoles: -Pretenden enseñarnos, pretenden «civili-zarnos» y lo que hacen es detener nuestra indus-tria, matar nuestra agricultura, hacernos volver ala vida errante, esclavizarnos y embrutecernos 60
    • con las mitas, el trabajo de las minas, los queha-ceres serviles con que nos convierten en bestias decarga. ¿Cuál es su superioridad? La del escarabajoacorazado y fuerte sobre la dulce abeja de nues-tros bosques. ¡Ah! ¡pero nosotros tenemos el agui-jón: la flecha -y sus corazas no han de bastarle!¡Pretenden enseñarnos! ¡y las mismas máximasprincipales de su religión son viejas para nosotros!¿Quién no sabe que hay un poder más grande queel del sol? ¿Quién no venera a Pachacamac, el es-píritu de las cosas? ¿Quién no conoce las palabrasdel gran Topa-Inca-Yupanqui: El sol no es elhacedor de todas las cosas, y no es libre: es comola res atada que siempre gira en el mismo redon-del, o como la flecha que va donde la envían y nodonde quisiera?... Estos discursos subversivos, que fomenta-ban el orgullo de la raza y el odio al opresor, lle-gaban a oído de los españoles; pero como éstos notrataban de reprimir y castigar al agitador, obli-gados a la pasividad por el ávido y ciego Villacor-ta, alcanzaban un éxito cada día más grande. -¡Mucho ha de ser el poderío del Inca -pensaban los indios-, cuando nadie se atreve a in-comodarlo, aunque diga lo que dice! Por valles y montañas cundía de este mo-do la fama y popularidad de Bohórquez, haciendoque de día en día, de hora en hora, creciera el 61
    • número grande ya de sus parciales. En cuanto alos caciques y curacas, si seguían desconfiando delaventurero, sabían disimularlo admirablemente.¿No era, por otra parte, el disimulo su mejor ar-ma de defensa bajo la opresión? Pero Bohórquez, aconsejado por Carmen,no tiraba de la cuerda hasta que se rompiera, ycuidaba de mantener siempre vivas las esperanzasdel gobernador. Sin embargo, elemento agitadory perturbador de primer orden, faltábale la vistaclara y el cerebro organizado de un gran caudillo:como el niño curioso, era capaz de desarmar unamáquina, pero no de armar otra con sus piezas;admirable instrumento si hubiera estado en ma-nos de un hombre genial, resultaba inútilmentedestructor entregado a sus propias fuerzas. Car-men no bastaba para inspirarlo y dirigirlo: aun-que ambiciosa, inteligente y hábil, faltábale tam-bién cultura, espíritu sintético, experiencia... Sinembargo, sabían ver y burlar los peligros del pre-sente, aunque el futuro, hasta el más inmediato,les quedaba completamente en la sombra. Carmen visitó varias veces a Mercado yVillacorta en nombre de Bohórquez, alucinándolocon nuevas promesas y con la reiteración de lasanteriores. El descubrimiento de las huacas y te-soros era cosa inminente... También se tenía laseguridad de reabrir el antiguo camino al GranPaitití, el reino portentoso a que se habían tirado 62
    • los Incas con sus ingentes riquezas; la Ciudad delos Césares caería también en sus manos... Perohabía que tener paciencia, esperar, captarse laabsoluta confianza de los indios... El noble caudillo se prendó de la mestiza,siguiendo su natural inclinación a los devaneos, yal verla embellecida por sus nuevas galas. -Carmen no desdeñaba la coquetería, y aprovechósu cambio de posición y los presentes con que sela colmaba en todas partes, como a la Coya espo-sa del Hijo del Sol. Y la gracia, el despejo y losfavores de la joven, no influyeron poco para quefuera alargándose indefinidamente el plazo peren-torio de tres meses concedido al andaluz para eldescubrimiento de los tesoros y huacas -concesiónmuy acertada al parecer, pues a pesar de sus dis-cursos, el falso Inca mantenía la paz entre los in-dios, que acataban visiblemente su autoridad...Es de observar que, después del primer período deviolenta agitación, Bohórquez, sin abandonar sutáctica revolucionaria, la complementó aconse-jando no ya sólo el secreto, sino también una fin-gida y completa sumisión a los españoles, aun conaparente detrimento suyo. -¡Inca él! -exclamaban los indios aleccio-nados, allí donde pudieran oírlos-. ¡No tenemosmás Inca que el rey de Castilla y de León!... 63
    • Esta estratagema fue adormeciendo a losespañoles, a quienes el verano abrasador no tardóen amodorrar del todo, dejándolos en la dulce in-dolencia a que los invitaba el clima, inclinaba elcarácter, y arrastraba la molicie de la vida, contantos siervos encargados de atender a sus necesi-dades. En cambio, los indios perseveraban entu-siastas en el sigiloso trabajo que iba rodeando yenvolviendo a sus enemigos en una telaraña cadadía más apretada y resistente. Los chasques, lashumaredas, teníanlos en comunicación rápida ycontinua. Telegrafiábanse por medio de loshumos, de pueblo en pueblo y de tambo (posada)en tambo, siempre al corriente de todas las noti-cias y con el mismo propósito libertario. Su silen-ciosa y universal actividad, armonizaba con eldescuido español, universal y silencioso también. 64
    • VIII EL NUDO DE LA INTRIGA El único que no dormía en el campo de losconquistadores, aunque tampoco hiciese el menorruido, era el padre Torreblanca. Recorría los va-lles, so pretexto de mansa evangelización, obser-vando y escudriñándolo todo, y como si esto nobastara, muchas gentes astutas y hábiles estabanpor él encargadas de informarlo. Servíase -comolo confiesa otro sacerdote, aunque no de la mismaorden- «de algunas indias viejecitas, buenas cris-tianas y españolizantes, que todos los días y condiversos pretextos, repartíanse en varios rumbos,sin dar sospechas -porque son muy finas y sola-padas, con perfecto disimulo saben introducirsedonde quiera como seres invisibles, y penetran losmás ocultos secretos». Los otros jesuitas coadyu-vaban a la acción del padre Torreblanca. Por in-dicación de éste, y después de una excursión in-formativa, el padre Eugenio de Sancho escribió algobernador Mercado y Villacorta, poniéndolo so-bre aviso, desde el pueblo de Santa María de losÁngeles, en el valle de Jocavil. La carta, fechadael 13 de abril de 1657 -diez meses después de la se-creta entrevista de Bohórquez con el gobernador-,comunicaba a éste, que «el general» (que así tam-bién comenzaba a llamarse al aventurero) habíallegado casi en brazos de los curacas que, al sabersu presencia en Choromoro, corrieron desolados 65
    • en su busca. De Choromoro -continuaba el fraile-,«con alborozos y regocijos extraordinarios, lecondujeron al pueblo de Tolombón, y de allí a losdemás pueblos del valle, festejándolo y aclaman-do su llegada, como lo hubieran hecho con uno desus antiguos Incas, cuya sangre reconocían enél»... No dejó de alarmarse Mercado, pues lacarta, aunque circunspecta, iba encaminada aello, y envió un emisario a Bohórquez, llamándo-lo a su presencia. Como de costumbre, Carmenacudió solícita, con sus mejores galas y más eficazhechizo. Y el estribillo se repitió: -Vuecencia no debe extrañar lo que acon-tece -dijo resueltamente a Villacorta-. Es lo pre-visto y convenido de antemano, sin variante al-guna. Los curacas recelan todavía -¡y hay queconfesar que con razón!... Si no logramos desva-necer hasta sus últimas dudas -a lo que va enca-minado cuanto hace Bohórquez-, jamás sabremosdónde ocultan sus tesoros. -¡Pero yo sé dónde ocultas tú los tuyos! -exclamó a esta sazón Villacorta, ya tranquilizado,deteniendo a la mestiza, que aparentemente que-ría retirarse, pero a quien su antigua profesión depampayruna tenía ya curada de espanto, pese asu amor por Bohórquez... 66
    • A la mañana siguiente, y cuando Carmensalía de casa del gobernador, hallóse de manos aboca con Sancho Gómez. -¡Hola, buena moza! -gritó sarcásticamen-te el soldadote, fingiendo buen humor-. ¡Pareceque se madruga! -Es la costumbre -replicó la mestiza sinturbarse. -Poco ha de costar, cuando se duerme en-tre sábanas de Holanda y... en buena compañía. -No sé lo que quieres decir -contestó Car-men, mirándolo bien al entrecejo con ojos de de-safío. Sancho Gómez se encolerizó: -Lo que quiero decir es que se olvida de-masiado a los amigos -dijo con voz reconcentrada. -¿Y eso? -Y que los amigos pueden revelar muchascosas al gobernador: entre ellas, que el Inca no esInca, ni Bohórquez Bohórquez, y que ciertoChamijo o Clavijo... 67
    • -Todo eso se lo dijiste ya -contestó Car-men, fría como el hielo-. Huelga la amenaza. -Puedo repetirlo a los padres... -Lo sabían antes que tú. -¡Lo diré a los vecinos! -¡Los vecinos obedecen, no mandan! -¡Lo proclamaré a los indios! -Ya es público y notorio... ¿Qué más quie-res decirme, Sancho Gómez? El soldado tiróse desesperadamente el bi-gote y las barbas, mordióse los labios y por últi-mo consiguió rugir: -¡Sois un par de bribones! -No faltarías tú para el terno, si quisiéra-mos -dijo la mestiza encogiéndose de hombros yalejándose de Gómez que quedó masticando entreespumarajos la posible y dulcísima venganza... Las cosas siguieron, pues, el mismo curso,y Mercado solía olvidar la intriga del falso Incadescubridor de tesoros, distraído por sus conti-nuos viajes, en uno de los cuales el obispo fray 68
    • Melchor de Maldonado y Saavedra quiso abrirlelos ojos con sensatas y agudas palabras: -¡Me consta -le dijo- que los hijos de los va-lles calchaquíes no amaron ni conocieron al Inca,sino sujetos con cadenas! ¡Menos lo reconoceránmuerto, hijo mío! ¡Convéncete: aunque sepan quetodo esto es fábula, quieren servirse de ello contranosotros! Don Alonso hizo algunas objeciones, bal-buceó distingos... El obispo, desalentado, le con-testó con una de las frases latinas que tanto pro-digaba: -Quos vult perdere Jovis dementat prius! Pero si Dios enloquece previamente a losque quiere perder, la verdad es que Mercado -tanto como el mismo Bohórquez- tenía la manoforzada por los acontecimientos que provocarasin saberlos prever. Ya no era tiempo de volveratrás. La red tendida por los caciques y curacas,aprovechando la aventura del andaluz, abarcabael país entero, desde Córdoba hasta Humahuaca(cabeza de ídolo), desde el Chaco hasta los Andes.Las poblaciones, nómadas de nuevo, después deadquirir mayor grado de civilización -y cuando yaeran agricultoras y manufactureras- a causa depersecución y tiranía de los conquistadores, habí-an vuelto a ser, por consiguiente, más aptas para 69
    • el oficio de la guerra, y sus hombres de armas to-mar comenzaban a dedicarse al merodeo, asal-tando chasques y desvalijando viajeros... La cre-ciente inseguridad de la campaña hacía que enciudades y pueblos se viviera con el Jesús en laboca, y que los falsos rumores, las alarmas infun-dadas, los sobresaltos y las agitaciones no tuvie-ran tregua... ¡Un paso en falso podía, pues, preci-pitar el estallido de la rebelión latente, de la su-blevación inevitable... salvo la augusta y supremavoluntad de Bohórquez, Huallpa Inca!... De regreso a Londres, el gobernador volvióa llamar al aventurero. También esta vez acudióCarmen, pero con instrucciones precisas. -Todo está a punto -dijo a Mercado-. Losindios no recelan ya, pero antes de entregarse porcompleto al Inca ponen una condición... -Dila. -Quieren un triunfo aunque sea parcial so-bre la autoridad española, para creer en la de Bo-hórquez... -¿Y qué triunfo puede ser ése? -exclamóMercado con irritación. -No se trata de nada tan difícil como vue-cencia parece creerlo. 70
    • -¿Un triunfo de sus armas? ¡No lo consen-tiré mientras aliente! -¡No hay tal necesidad! Que vuecencia lereconozca como Inca, y que por tal le reciba ofi-cialmente en Londres, rodeado de su corte de cu-racas. El gobernador dio un paso atrás ante laenormidad de la exigencia. -Lo consultaré -murmuró al cabo de un ra-to de profunda cavilación. La mestiza insistió, adulando: -Vuecencia resolverá... ¡Él es el más sabio,y sus resoluciones siempre las mejores! -¡Debo consultarlo! -repitió don Alonso. Carmen, como si recordara un punto inci-dental y secundario, murmuró: -El día que el Inca sea reconocido, los cu-racas revelarán a quien él señale, la situaciónexacta de varias minas y tesoros: lo han juradopor Illapa, el dios del rayo, ¡y no faltarán a tanterrible juramento!.. Villacorta vacilaba, perplejo. 71
    • -Quédate unos días en Londres, y te con-testaré -dijo por fin-. ¡Tengo que consultarlo, de-bo consultarlo! ¡No puedo obrar de otro modo! -Vuecencia tiene de su parte el saber, laautoridad y... la responsabilidad misma. A nadiesino a vuecencia incumbe esto; nadie, sino vue-cencia, puede resolver... -Quiero consultar, meditar -contestó elgobernador, casi vencido-. Sea como sea no dejesde venir esta noche. -¿Tendré la respuesta favorable? -¡Eh!, de algo hablaremos, en cualquier ca-so. Cuantos consultó Mercado al día siguiente,hijosdalgo y gente de chupa corta, soldados y re-ligiosos, se mostraron contrarios al pedido de Bo-hórquez, protestando de todo convenio con el fal-so Inca, y declarando que ya se había ido dema-siado lejos en el camino de los desaciertos com-prometedores. El anciano capitán don Pedro deSoria y Medrano -cuya descendencia vive y brillaaún entre nosotros-, caballero venerable, de con-sejo e influencia, fue el más resuelto condenadorde Bohórquez. 72
    • -Por mucho que confiéis en ese titiritero -dijo a Mercado, entre otras cosas-, siempre seráun personaje de feria. ¿Y no comprendéis quepuede verse, y se verá sin duda, en el caso de ele-gir entre la muerte ominosa del traidor, infligidapor los indios, o la insurrección contra el poder deEspaña, que es traición también, pero cuyo casti-go sería siempre más tardío? ¡Los hombres de suestofa no vacilan: eligen el camino de su seguri-dad, aun a costa de dejar en él su honra hecha ji-rones!... Carmen volvió a la carga sin desmayo, ytanto hizo, de tal modo embriagó al gobernadorcon fantasmagóricas evocaciones de grandeza, ri-quezas y poderío, que éste, a despecho de todoslos consejos y todos los vaticinios, acabó por de-cirle: -¡Bien! ¡Que Bohórquez aguarde! Mañaname marcho a Rioja y Córdoba, pero antes de miregreso le enviaré un propio, señalando el día dela recepción... ¡Tal es mi voluntad, pues no quieroque la envidia me detenga en mi camino! En este juego de intrigas, falsedades y co-rrupciones, los indios no se habían dejado embau-car tampoco sino en apariencia, y sabían positi-vamente quién era Bohórquez, pero lo considera-ban inapreciable instrumento de sus fines, comolo viera con ingenua sagacidad el obispo Maldo- 73
    • nado, y con ojo de cóndor el padre Torreblanca,quien decía para sí, tras del divide ut imperes, al-go menos clásico pero exactísimo en la circuns-tancia: -La sublevación es inevitable, pero con unjefe como Bohórquez, necesariamente fracasará.Ahí no hay cabeza sino labia y audacia. Bueno es,pues, que el mando quede a este charlatán, em-baidor e ignorante... Dará coces al aguijón... Yaunque perezcamos en una de ellas... la obra sesalvará. Y el padre Torreblanca no se opuso nuncaal engrandecimiento del andaluz; pues, en defini-tiva, los frailes fueron quienes conquistaron Amé-rica para España... En suma, Bohórquez trataba de embaucaral propio tiempo a los indios y los españoles; elgobernador Alonso de Mercado y Villacorta que-ría servirse de los indios, los españoles y Bohór-quez; los indios se esforzaban por utilizar a Bo-hórquez, el gobernador y los españoles, por consi-guiente, hasta hallarse en buen pie de guerra y elpadre Torreblanca, que veía esto tan evidentecual si estuviera impreso en su breviario, pensabaque todo ello redundaría fatalmente en la grandeobra de que era silencioso e importantísimo cola-borador. 74
    • Pero, en cambio, si don Alonso y Bohór-quez estaban ciegos, los astutos curacas veían tanclaro como el jesuita: no en vano estaban hechosal gobierno de hombres tan listos y disimulados,no en vano soñaban también con una grandeobra. Sus espías estaban en todas partes, hasta enel seno mismo de las familias españolas, hasta enlos cuarteles y cuerpos de guardia, en el presidiodel Pantano, en los fuertes: ¡qué! hasta en los con-sejos, hasta en el propio gabinete del gobernador. «Porque -como dice un historiógrafo- nohay raza que aventaje a estos indios en astucia,actividad, disimulo y unión; y cosas he visto queme hicieron suponerlos, más que hombres, duen-des, si existiesen éstos». Servirse de Bohórquez, valerse de sus co-nocimientos tácticos (pues como español debíaposeerlos, a juicio de los indios), apoderarse de lasarmas de fuego que sin duda sabría procurarlas, ymantener dormidos y confiados a los conquista-dores; tal era su plan, cuyos preliminares no tar-daron en comenzar a cumplirse. Cierto día, en efecto, llegó a Bohórquez unmensajero comunicándole que en la primeraquincena de julio sería solemnemente recibido enLondres por el gobernador Mercado y Villacorta,con todos los honores debidos a su rango. Loschasques comenzaron a cruzar la campaña, con- 75
    • vocando a curacas y caciques; los humos de an-temano convenidos, trasmitieron en pocas horasla noticia, del uno al otro confín del Tucumán, yBohórquez no tardó en verse en Andalgalá, dondeestaba, rodeado por numerosa corte, representa-tiva del pueblo entero. Con ciento diecisiete caciques púsose encamino, pero en Pilciao, otro enviado del gober-nador le pidió, en nombre de éste, que se detuvie-ra allí, hasta tanto se terminaran los preparativosde la recepción, que eran grandes y exigían tiem-po. Una semana entera permaneció la corteincásica alojada regiamente en Pilciao por cuentade la corona de Castilla y de León... 76
    • IX LA RECEPCIÓN DEL INCA Mercado y Villacorta, entretanto, habíallegado de Córdoba a Londres reventando caba-llos y tomando por el terrible atajo de Quilino -tumba de tantos viajeros audaces- sólo por ganarunas cuantas horas. Una vez en Londres organizó fiestas real-mente fastuosas para el lugar y las circunstancias,citó más que invitó a cuantos hidalgos y sacerdo-tes habitaban en las cercanías, convocó a los ve-cinos de Rioja y al valle de Catamarca, y retiróochenta soldados del presidio de Andalgalá, paraque sirvieran de guardia de honor. Por fin, el 30 de julio de 1657, Bohórquezy su séquito llegaron pomposamente a la vista deLondres. Mercado salió al encuentro del falso In-ca, vestido de gala, a caballo, con numeroso cor-tejo de hidalgos, capitanes, clero, soldados y pue-blo. Éste se aglomeraba en torno de los señores,vitoreando unos al Inca, otros al gobernador, pe-ro fraternizando indios y españoles. Tuvieron quedesandar cerca de una legua para volver a la ciu-dad, adornada con banderas, follaje, bordados ycolgaduras, como para una procesión del Corpus.Una vez allí, frente a la iglesia, Bohórquez dio ungolpe de efecto que llevaba preparado, y que des- 77
    • armó muchas resistencias: algunos indios provis-tos de tijeras, acercáronse a los curacas que, fin-gidamente sumisos, se dejaron cortas las largasmelenas -acto que en otros tiempos bastara por sísolo para provocar una sangrienta y larga insu-rrección, y que en aquel momento era un soberbioardid para bien de la causa india y adormecimien-to de los españoles... -¡Ay! -exclamó amargamente el obispoMaldonado que presenciaba la ceremonia- ¡estri-bar en que se cortan los cabellos, cuando todos losdías se los cortan!... La comitiva entró luego en la iglesia, entrevítores de pueblo, para asistir a las solemnes vís-peras de San Ignacio celebradas por los padres je-suitas Torreblanca, Eugenio de Sancho y PatricioPerea. El Inca ocupó, como sitio de honor, unalmohadón del lado de la Epístola, junto al altar,y terminada la función religiosa fue acompañadohasta su alojamiento en el Cabildo por el mismoMercado y Villacorta, los sacerdotes, los notables,la milicia, el pueblo... Comilonas, aloja y chicha a discreción fue-ron aquella tarde y noche obsequio para los hués-pedes y vecinos alborozados, cuyo entusiasmo fic-ticio subió de punto, y desde el día siguiente hubofiestas y algazaras, que los cronistas exagerarondespués a porfía, sin temor al anacronismo, y 78
    • equiparándolas por lo menos a los festivales queen aquella época se celebraban en la misma cortede los cristianísimos reyes de Castilla y de León. Pero no es menos cierto que indios y espa-ñoles rivalizaban en demostraciones de satisfac-ción y fino amor de respeto, aunque probable-mente con reservas mentales de una parte y otra. Y mientras la gente de túnica y la de chu-pa corta se entregaban a la alegría y a la chichade maíz, remojando los grandes bocados de patayy otros manjares del tiempo y la región, en el Ca-bildo de Londres comenzaron las solemnes confe-rencias en que Bohórquez representaba, solo, alpueblo calchaquí, reuniones que presidía el go-bernador de Tucumán, don Alonso de Mercado yVillacorta, asistido por su secretario, don Juan deIbarra Velázquez, y a las que concurrían con vozy voto, Su Señoría Ilustrísima fray Melchor deMaldonado y Saavedra, los ya citados jesuitas, elcura Aquino, del Valle de Catamarca, el licencia-do don Cristóbal de Burgos, doctrinante de losnaturales, el licenciado presbítero don Pedro deVillafañe, el vicario y juez eclesiástico del ValleViejo, maestro don Nicolás de Herrera, los capi-tanes don Pedro de Soria Medrano, Juan de Ceba-llos Morales, Oliver, el teniente don Francisco deNieva y Castilla y otros hidalgos y vecinos prin-cipalísimos de Londres, Rioja, Santiago y Vallede Catamarca. 79
    • El gobernador inició las conferencias di-ciendo que la exaltación de Bohórquez era no sólola mejor, sino quizá la única garantía de paz entan comprometidos momentos; que los españolesno lograrían sojuzgar a los naturales si éstos serebelaban, y que, en cambio, el falso Inca podíamantenerlos quietos, y lo que es más, obligarlos aconvertirse a la santa religión católica, abando-nando su infidelidad e idolatría... Bohórquez abundó en razones análogas:declaró que su único conato era establecer de unavez para siempre el imperio de la Santa Cruz. Pe-ro cuidó de evocar acto continuo la embriagadorafantasmagoría de los tesoros, las minas y las hua-cas. Conquistó, arrebató, enloqueció a gran partede su auditorio. Sin embargo, no logró amordazartodas las opiniones contrarias, a despecho de Vi-llacorta. Y cuando se trató de su reconocimientocomo Inca, la discusión llegó a ser acre y violenta. -¡No cabe vacilación! -gritaba el goberna-dor- puesto que ese título dado a este hombre nosabre todos los caminos, afirma la paz, nos entregalos indios. No dárselo es declarar la guerra... ¡Y laguerra es nuestra muerte! -No hay más Inca que Su Majestad, el reyde León y de Castilla -vociferó el anciano capitándon Pedro de Soria y Medrano-. ¡Dar ese título a 80
    • otro hombre cualquiera, es hacerse reo de lesamajestad, cometer el delito de alta traición! Esto enfrió un tanto a los partidarios delreconocimiento, pero Bohórquez supo tentarlosotra vez. Sin embargo, cuando hablaba de los in-mensos beneficios que la religión alcanzaría, elmodesto cura Aquino lo desconcertó con esta in-terrupción: -¿Y cómo se quiere, puesto que este hom-bre no es Inca, alzar sobre una notoria mentira lamajestad de la divina Verdad? Pero, aprovechando el helado silencio queesta objeción ingenua y perentoria había produ-cido, el padre Torreblanca inclinó el platillo,murmurando entre un suspiro, y de modo que sele oyera: -¡Por todas partes se va a Roma! Esta oportuna imitación del célebre Parisvaut bien une messe, decidió el triunfo del codi-cioso gobernador y el audaz aventurero. Laasamblea, aunque por escasa mayoría, resolvió losiguiente: «Pedro Bohórquez volvería al valle deCalchaquí, para fomentar con su enorme prestigioel progreso de la religión cristiana y de la monar- 81
    • quía, y en compensación se le daba, en nombredel gobierno de Su Majestad, jurisdicción de te-niente gobernador, Justicia Mayor y capitán deguerra, y se le permitía usar el título de Inca y susinsignias y vestiduras». Realmente indescriptible por lo profundoy silencioso fue el regocijo de los indios: ¡teníanuna cabeza visible, un lazo vidente de unión! Y suentusiasmo subió aun de punto cuando el gober-nador Mercado y Villacorta envió a Bohórquezun traje espléndidamente bordado, procedente delPerú, un llautu de oro coronado por el sol, y elchonta de mando con el símbolo de Chasca, ¡elLucero! ¡Tanto pueden las apariencias... aunqueen este caso las apariencias tenían una invisiblepero enorme base de realidad! Bohórquez, entretanto, siguiendo la co-media, hizo que varios curacas dieran al goberna-dor falsos derroteros de huacas y tesoros -uno deellos precisamente en un pueblo adicto al español,para unir la burla al engaño. Mercado se contentópor el momento con esos datos al parecer positi-vos y mandó practicar excavaciones... La despedida del falso Inca fue tan es-pléndida como su recepción. Bohórquez triunfa-ba, sin mirar al día siguiente. Sólo pasó un mo-mento amargo cuando ya iba a salir de Londres. 82
    • -¡No hay huacas, señor don Pedro -le dijoel obispo Maldonado, dándole a besar el anillo- ylos tesoros que nos han de dar son flechas!... 83
    • X EN LA PENDIENTE Enríquez no había asistido a las fiestas deLondres, y Carmen las presenció, fue sin llamar laatención de nadie ni tomar parte activa en ellas.Pero cuando Bohórquez salió de la ciudad, vol-vieron a reunirse los tres, Carmen con la aparenteimpasibilidad de costumbre, el andaluz enorgulle-cido y pomposo, Luis inquieto. Bohórquez acabó por notar la preocupa-ción de su segundo y le preguntó: -¿Qué tienes? ¿en qué piensas? -En algo muy grave -contestó solemne-mente el mestizo-. Tengo una misión para ti... -¿De quién? -De los curacas y caciques.-¿Qué piden? -No piden nada. Declaran que ha llegadoel momento de prepararse y lanzarse a la guerra. Bohórquez palideció, mirando a Carmen,silenciosa. 84
    • -¿Desde cuándo -exclamó por fin- los vasa-llos envían a sus soberanos declaraciones que sonórdenes? -Desde que los soberanos mandan sólo envirtud de compromisos contraídos. -¿Y si yo no hiciera caso de esa declara-ción? -Quizá te fuera en ello la vida. -¿Es esto una amenaza? -gritó Bohórquez. -¡Es! -contestó fría y lacónicamente Enrí-quez. El andaluz se estremeció, pero aún acertóa balbucir: -¡No olvides en tu insolencia que nuestraley condena también a muerte a los traidores y alos blasfemos del Sol y del Inca! -Soy mandado -replicó Luis, más bien co-rroborando que retirando la amenaza. Cuando quedaron solos, Carmen aconsejóa Bohórquez: 85
    • -Plegarte a su voluntad es el único caminoque te queda -le dijo-. Los españoles van a recla-marte los tesoros ¿y qué piensas que harán, cuan-do no se los des, como no puedes dárselos? ¡Sin laguerra, o te asesinan los calchaquíes o te ahorcanlos españoles: no tienes escape, pues en último ca-so, los mismos indios te entregarían! ¡Con la gue-rra, es otra cosa! Contando con millares de parti-darios, puedes triunfar, consolidarte, ser Inca deveras, y en las circunstancias peores, negociar conVillacorta, sacar ventajas para ti, para mí, paralos tuyos, y retirarte en seguridad y con rique-zas... -¿No sería mejor marcharse, huir de aquí?-tartamudeó Bohórquez aterrado ante el cuadroque se ofrecía a su vista. -¡Demasiado tarde! ¿Y a dónde irías? ¿AlPerú, a Chile, donde te aguardan la cárcel o el ca-dalso? ¿A Buenos Aires, en que te alcanzaría lavenganza de Villacorta? ¿Al Chaco, donde nosmoriríamos de hambre?... -¡Qué fatalidad! -murmuró el aventurero,entreviendo por primera vez la magnitud de laempresa que había acometido, sin luces ni carác-ter para coronarla. 86
    • -¡Ten ánimo! -insistió Carmen-. La guerraes el mejor partido, y quién sabe aún todo lo queganaremos con ella. Ésta fue su constante prédica durante lanueva campaña que emprendieron de pueblo enpueblo, hasta llegar a Tafí, de modo que cuandoel padre Torreblanca acudió apresuradamente apedirle una entrevista en dicho punto, Bohórquezestaba ya más entero y pudo asistir a ella con suhabitual desparpajo e insolencia. A las primeras frases del jesuita que le pin-taba con vivos colores la conflagración del país,donde cada día se producían choques sangrientos,asaltos, saqueos y hasta verdaderos combates deque lo hacía único culpable y responsable anteDios y los hombres, el andaluz replicó, lleno de al-tivez: -¡Perdonad, padre, pero no tengo cuentaque daros!... El hábil sacerdote, viéndolo todo perdido,aún halló medio de contemporizar, halagando lavanidad de aquel pobre hombre que parecía teneren su mano los destinos del reino, y le arrancó elconsentimiento de una conferencia con el gober-nador. 87
    • Ésta se celebró poco después, y como parademostrar más la debilidad de Villacorta, vueltoen sí de sus sueños de riqueza, y el ensoberbeci-miento del Inca y los suyos, el primero asistió consólo tres personas de su comitiva, y Bohórquezcon un gran estado mayor de curacas y caciques.Pero afectó sumisión y docilidad, en cambio.Prometió seguir manteniendo la paz, mientras deél dependiera, y como Villacorta le enrostrara elabuso de llamar caciques y curacas a consejo, sinautorización suya ni asistencia de los Justiciasespañoles, aseguró formalmente que no volvería ahacerlo. -¡Y vamos ganando tiempo! -se dijo. Nada adelantaba con eso, sin embargo, ydebió pensar que «perdía tiempo», pues no teníaque esperar recursos ni refuerzos de afuera, al re-vés de lo que pasaba a los españoles, que podíanrecibirlos del Perú o del mismo Buenos Aires.Aquél, por el contrario, hubiera sido el momentode obrar: todo el pueblo calchaquí estaba con lasarmas en la mano, pronto a la primera señal, yjuríes y diaguitas rivalizaban en celo y entusias-mo. El gobernador se retiró sin haber hechoalusión a los decantados tesoros: ya estaba dolo-rosamente convencido de que iban a darle flechas,como decía el obispo... 88
    • Bohórquez, siempre irresoluto, no tardó entener un motivo más de perplejidad y temores,que Carmen no pudo desvanecer. Uno de sus in-numerables espías le llevó una noticia aterradora:Sabedor el virrey del Perú de su coronación, e in-dignado contra tan locos y comprometedores pro-cederes, acababa de enviar al gobernador Merca-do, orden formal y perentoria de tomar a Bohór-quez vivo o muerto, y enviar a Lima, bajo seguracustodia, su persona o su cabeza. Bohórquez se refugió sigilosamente en To-lombón, el sitio que más se prestaba a la defensa,en el corazón del valle Calchaquí, y a 1.600 me-tros de altura, rodeado de quebradas misteriosas einaccesibles cerros, y centro de un pueblo de vale-rosos guerreros y diestros cazadores. Tolombón fue rápidamente fortificado conmacizas pircas de piedra que rodearon el pueblo,en cuyo centro se alzó una vasta casa, para habi-tación del Inca, la Coya y su corte. Hiciéronsegrandes provisiones de grano y animales. Todaslas huayras del pueblo y sus cercanías ardíanfundiendo hachas y puntas de flecha, que los in-dios mojaban luego en jugo de ccora (cizaña) paracomunicarles la mágica virtud de acobardar yhacer huir al enemigo. Aguzábanse en la piedralas puntas de las lanzas de chonta que, como des-garraban los tejidos al herir, dilacerando las car-nes, los españoles creyeron siempre envenenadas. 89
    • En las chozuelas consagradas a templos de losdioses del trueno y del rayo, había siempre cente-nares de flechas clavadas en el suelo, formandocerco, que rociaban con sangre de guanaco, y lue-go se llevaban, seguros de haberles comunicadomágico y terrible poder. -¡Dije que os daría cañones! -exclamó Bo-hórquez cierto día-. ¡Pues voy a dároslos! Hizo ahuecar con gran trabajo cuatrogruesos férreos troncos de guayacán, que retobóluego con cueros frescos y a los que puso sunchosde cobre y hierro. Tales eran sus cañones, querealmente hicieron fuego en los ensayos, pero quedebían resultar inútiles por su poco alcance y suresistencia casi nula. Completaba estas precauciones un servicionotabilísimo de observación y espionaje, que nodejaba escapar chasque ni mensajero de los espa-ñoles, por hábiles y astutos que fueran. Así supola insostenible situación de Mercado y Villacorta,tan precaria que con un fácil golpe de mano -queBohórquez no se atrevió a ordenar- los indios sehubieran apoderado de él y de los pocos soldadosfieles que le quedaban. Tan graves eran las cir-cunstancias, que el Deán y Cabildo del Tucumánescribieron pidiendo ayuda al Presidente de laReal Audiencia de Charcas, y para convencerlo dela urgencia le decían: «De los ciento veinte hom- 90
    • bres que sacó el gobernador de las ciudades dearriba, sólo le quedan sesenta: los demás se hanido por hallarse desarmados, hambrientos y malgobernados, y temiendo perecer. En las demásciudades, pasa lo mismo». La autoridad española era ilusoria en todala región y casi hasta en la misma imperial Poto-sí, donde se gritaba: «¡Viva el Inca, mueran losmitas!» -sublevándose contra la pesada y tiránicacontribución personal, y en tal forma que los mi-nistros del rey, temerosos de un estallido, pusie-ron fuerte guardia en las lagunas para evitar quelos indios soltasen las aguas y destruyeran la ciu-dad, como les había aconsejado Bohórquez. Éste, entretanto, lejos de aprovechar lacoyuntura, pasaba en Tolombón una vida depríncipe relajado, entre concubinas y compañerosde orgía, triunfantes antes de haber luchado, ysin hacer caso de las conminaciones de Carmen,las que atribuía tontamente a sus arrebatos demujer celosa. Restableció el antiguo culto al Sol,y cumplía con sus ritos, ceremonias y sacrificios,con la gravedad de un saltimbanqui metido a sa-cerdote. Un día mandó construir un altar de pie-dra, acercose a él solemnemente, rodeado por elpueblo lleno de unción, puso sobre el ara un ma-nojo de flechas, hízose una herida en el brazo ysalpicando con su sangre el altar y las armas, gri-tó con sacro entusiasmo: 91
    • -¡Odio eterno al usurpador blanco! ¡Guerraa muerte al español! Luego, entre aclamaciones, hizo una liba-ción sagrada con chicha de algarroba (aloja) ypostrándose con todos los suyos ante las flechas,las adoró... Estas ceremonias teatrales no dejaban deproducir impresión en los indios, tan numerosos,que los guerreros, solos, alcanzaban a dos milquinientos... 92
    • XI LA GUERRA El ensoberbecido Bohórquez no permane-cía ya encerrado en Tolombón; hizo muchas ex-cursiones más o menos lejanas, y una de ellas avisitar a los quilmes, formidables guerreros cuyaciudad constituía una verdadera fortaleza. Afec-taba la forma de un sector, cuyos dos radios eranlas dos paredes de una quebrada, altas e inaccesi-bles. Las laderas de estas montañas estaban re-forzadas por parapetos y otras obras de defensa.Un acueducto construido en el mismo cerro, aconsiderable altura, llevaba, desde muchas le-guas, el agua necesaria para el abastecimiento dela población. Todas las calles concurrían al centrode la quebrada, formando radios interiores delsector -disposición admirable, pues en caso de re-tirada ante el enemigo, el mismo retroceso de lasfuerzas aparejaba su concentración-, como diceuno de los historiadores del Tucumán. También fue a Famatina, donde los habi-tantes de Machigasta lo recibieron con singularentusiasmo, menos el cacique Luis, ganado a lacausa española por el cura Herrera y Guzmán, y aquien el falso Inca trató de hacer asesinar, recor-dando la desconfianza por él manifestada cuandoel comienzo de la insurrección. 93
    • Al bajar de Machigasta a Valle Vicioso,cumplió a Enríquez una de sus promesas, hacién-dolo proclamar general en jefe de sus ejércitos: deese modo el mestizo podía estar seguro de que seharía la guerra. Después, numerosos indios lo si-guieron procesionalmente a Tolombón. En cam-bio el cacique Luis de Machigasta, justamenteirritado ante la frustrada tentativa de asesinarlo,corrió en busca del gobernador, para revelarle losplanes de su enemigo. -¡Bohórquez -dijo el cacique- se ha com-prometido con todos los caciques del Tucumán, yva a lanzarse inmediatamente a la guerra! ¡Ay! ¡Harto lo sabía Mercado y Villacorta!Harto, también, comprendía su impotencia,cuando no había intentado siquiera apoderarsedel taumaturgo, por la fuerza o por la astucia, yaunque hubieran vuelto a llegarle del virrey delPerú nuevas y más imperativas órdenes de pren-derlo o matarlo... Pero, entre la espada y la pared, resolviósea hacer lo que fuera humanamente posible. Por lopronto ordenó al teniente Nieva y Castilla que re-forzara el presidio del Pantano, y construyera unnuevo fuerte español en Andalgalá, ya famosopor las obras hidráulicas de los indios, así comopor sus construcciones, especialmente las milita-res, y para tal empeño dióle apenas veinte hom- 94
    • bres mal armados del valle de Catamarca. Mandó,por otra parte, al capitán don Juan de CeballosMorales que con su escasa tropa vigilara la fron-tera de San Miguel, por Tafí y Choromoros, y pi-dió en seguida fuerzas a Rioja, al Perú, a los quetenían y a los que no tenían... Luego pensó en sorprender a Bohórquezen alguna emboscada, y para lograrlo mandoloinvitar a una conferencia en la que se hablaría delas minas y de la conversión de los indios... Bo-hórquez contestó sencillamente que estaba en-fermo. Mercado enviole entonces dos representan-tes para tratar la paz. Bohórquez los desairó, de-jándolos plantados mientras se hacía conducir enandas hacia el ara que había erigido al Sol, en laque sacrificó vestido de Inca... Villacorta invitolo entonces por terceravez y en términos que significaban una conmina-ción. El falso Inca, comprendiendo que desairarloesta vez equivaldría a una franca declaración deguerra, reunió su consejo y le expuso lo que ocu-rría. Sólo se alzó la voz de un anciano curaca, sin-tetizando la opinión de todos los demás. -¡Precisamente, la guerra es lo que quere-mos! -dijo-. ¡Pero ten entendido que si asistes aesa conferencia, te declaras vencido sin combatiry correrás la suerte de los vencidos! 95
    • La invitación fue rechazada, y Mercado nopudo por entonces vengar la nueva afrenta: faltode tropa, sin municiones, rodeado de gente des-alentada, descontenta de él, no le era posible lan-zarse al asalto de Tolombón. ¿Y cómo hacerlo,cuando apenas si contaría con cien hombres malarmados para hacer frente a un ejército -puestanto había crecido- de cinco mil indios valerosos,resueltos, fanatizados?... Pero salió de Londres al frente de un mise-rable grupo de soldados. No se sabía dónde iba, ylos vecinos de la ciudad comenzaban a exclamarcon sarcasmo, creyendo que huía: -¡Qué Villacorta! ¡Villadiego será! La frase amarga y cruel se hizo popular, yhasta fue convertida en coplilla que siguió repi-tiéndose mucho tiempo: Lo que le importa es huir del fuego, a Vi-llacorta de Villadiego.... Todos los caciques recibieron y aceptaronen aquellos días la flecha de la alianza. Los humosdieron la señal de guerra. Temiendo todavía la in-fluencia de los jesuitas, o puede que por un restode piedad, Bohórquez despachó a los padres Eu-genio de Sancho y Patricio Perea de sus misionesde San Carlos y Santa María, con el pretexto de 96
    • que fueran a pedir indulto para él. En cuanto semarcharon, los indios asaltaron, saquearon e in-cendiaron las solitarias misiones... Ya en plenas hostilidades, y para infundirmayor entusiasmo a los suyos, Bohórquez hizocorrer la voz de que los franceses sitiaban a Bue-nos Aires, y que los españoles de Calchaquí sal-drían a defenderla, dejándoles completamente li-bre el campo. En seguida envió quinientos hombres so-bre el fuerte de Andalgalá, haciéndolos apostar enuna «angostura» estrechísima hacia Londres, pa-ra impedir el paso al capitán Nieva y Castilla, quecontaba apenas con ochenta hombres. Quinientosmandó a Salta, a atacar al gobernador que se su-ponía allí. Quinientos tenía en Tucumanhao. Másde mil envió a las fronteras del Tucumán, vigila-das por el capitán Ceballos Morales, quien conmás arrojo que cordura los atacó y fue derrotado,teniendo que dejar el paso libre a los indios quellegaron a devastar las estancias de Choromoros... Londres estaba abandonado, mientras loscalchaquíes paseaban sus armas triunfantes porChoromoros y Acay, mientras las poblaciones deTucumanhao, Abimanao, Ampache y Aquingas-ta, rechazaban denodadamente el formidableataque de los españoles mandados por el capitánArias Velázquez, y mientras el gobernador, con 97
    • sesenta soldados apenas, permanecía indeciso yperplejo en la quebrada del Escoype... Los machis, para enardecer del todo a losguerreros, les recordaban que las estrellas másresplandecientes eran los espíritus de los curacasmuertos, y prometían igual suerte a cuantos ca-yeran combatiendo por la independencia y liber-tad de su suelo. Y mientras los indios cobrabanmayor confianza cada vez, los españoles tenían laderrota por segura, con tanta mayor razón cuantoque, para disimular sus pérdidas, los indios reco-gían y ocultaban sus muertos aun en lo más reciodel combate, y las balas parecían resultar inúti-les... Por fin, siguiendo el consejo del padre To-rreblanca, que no lo había abandonado en tan te-rribles emergencias, el gobernador Mercado y Vi-llacorta se resolvió a salir de la quebrada y fue aocupar el fuerte de San Bernardo, que en 1634construyera el gobernador Albornoz, a tres leguasde la ciudad de Salta... 98
    • XII EL FUERTE DE SAN BERNARDO La situación de Villacorta en San Bernardoera comprometida, por falta casi absoluta de mu-niciones, aunque el fuerte fuera lugar estratégicode primer orden, elegido en la rebelión anteriorpara proteger la retirada de los pulares. El fuerte ocupaba la punta que forman losdos brazos de un río que llega del rumbo de losLipes, y que tendría dos cuadras en su parte másancha. Dominaba unas altísimas barrancas, inac-cesibles a pie y a caballo, salvo unos pasos muyestrechos. Los brazos del río volvían a unirse ados tiros de escopeta. El fuerte, pues, edificado enla parte superior, estaba defendido en la parte in-ferior por las barrancas y una muralla de pirca opiedra sin argamasa, de vara y media de alto. La obra, sin embargo, estaba deteriorada,y del edificio principal sólo quedaban las paredesde dos frentes. Mercado, con sus hombres, acam-pó, pues, entre la casa y el parapeto, levantandosus tiendas en ese espacio, sin reforzar la defensa. El padre Torreblanca hizo construir unacapilla de ramas y paja seca, para decir misa ymantener con sus sermones el buen espíritu de lasoldadesca. 99
    • El temor de un asalto en esa situación, sinmuniciones, y cuando los espías anunciaban queBohórquez y su gente iban moviéndose hacia Sal-ta, se convertía ya en pánico, cuando un mensajede dicha ciudad llevó la feliz noticia de que aca-baba de llegar gran cantidad de botijas de pólvo-ra, así como plomo para balas y cuerda o mechapara los arcabuces, enviada por el Presidente dela Real Audiencia de la Plata, don Francisco Nes-tares Marín, a indicación del maestro de campodon Pablo Bernárdez de Ovando, quien le habíapintado la situación harto amenazada de los es-pañoles en los valles calchaquíes. Villacorta pidió que se apresurara el envíode parte de esas municiones al fuerte de San Ber-nardo, e hizo bien, pues al propio tiempo de éstas,el 22 de septiembre de 1658, llegó un exploradorcon la noticia de que el enemigo se había acercadoy acampaba en los próximos pueblos de los pula-res. -¿Los manda Bohórquez? -preguntó Villa-corta. -No he podido saberlo, pero vienen con al-gún jefe importante, pues son muchos. -¿Cuántos? -Más de mil. 100
    • Villacorta llamó a Sancho Gómez. -Ponte a la cabeza de diez hombres a caba-llo, y ve a explorar lo mejor que puedas el campoenemigo. Gómez obedeció inmediatamente, soñandoen la venganza que maduraba desde que lo aban-donó Bohórquez. En el fuerte sólo quedaron se-tenta hombres. Para Mercado, el ataque era inminente, asíes que tomó al punto las medidas y disposicionesdel caso. Puso diversos centinelas en puestosavanzados, encargando a Juan de Tobar un pun-to a inmediaciones del bosque. A regular distancia, defendidos por las as-perezas, y en conveniente altura, situó algunosarcabuceros, buenos tiradores, y distribuyó losmenos diestros y valerosos en posiciones no tanexpuestas. Cayó la tarde en medio de la expectativageneral, y llegó la noche, silenciosa y oscura. Vi-llacorta estaba intranquilo; su porvenir -despuésde tantos errores- se jugaba definitivamente enese momento. Para hacer mayor su angustia, las horaspasaban y Sancho Gómez y sus soldados no vol- 101
    • vían... Tenían que haber sido derrotados y hechosprisioneros por los indios... En medio de la noche, Villacorta fue abuscar al padre Torreblanca, que descansaba enla improvisada capilla. -Reverendo Padre -le dijo-: se acerca lahora de mi muerte y quiero comunicaros mis úl-timas disposiciones, y ponerme en paz con Diospor vuestro intermedio. -¿Por qué esos presentimientos, hijo mío? -Porque si no rechazamos a los indios, sal-dré de este recinto para morir matando, ya queése será el único medio de... -Confía en la Divina Providencia y no teabandones al desaliento. -No me abandono, padre, pero oídme:Aquí, detrás de la capilla, está atado mi alazán.Es un gran caballo que en poco tiempo puede po-neros en Salta, y que no alcanzará nadie que ospersiga. Si soy derrotado, si veis que los nuestroscejan, montad y partid sin mirar atrás. Aquí te-néis las llaves de mis escritorios de papeles, cédu-las y negocios de importancia, que entregaréis ami sucesor. 102
    • Entrégole, en efecto, las llaves y luegoagregó: -Examinad mis cartas y papeles particula-res y quemad todo aquello que creáis oportuno.¡Fío en vuestra prudencia y generosidad: que mimemoria no quede empañada ni comprometida! -Así lo haré, hijo mío. -Ahora, padre, oíd mi confesión. 103
    • XIII EL COMBATE El campamento estaba sumido en las ti-nieblas y el silencio, y Juan de Tobar seguía mon-tando la guardia, cuando a eso de la una de lamadrugada pareciole oír el rumor de unas ramasque se quebraban en el bosque, a pocos pasos dedistancia. Escuchó, trató de sondar las tinieblascon ojos dilatados por el pánico, y convencido deque alguien andaba entre los árboles, hizo fuegocon su arcabuz hacia donde se escuchaba el ruido.Tres disparos le contestaron, silbando las balascerca de su cabeza; Tobar arrojó el arma, y con-vencido de su muerte segura, echó a correr haciael lado opuesto del campamento. La alarma estaba dada, y todos los espa-ñoles pusiéronse en pie, ocupando sus puestos decombate. Villacorta salió corriendo de su tienda,apercibido a la lucha, embrazando la adarga yempuñando la espada, y cubierta la cabeza conuna montera escarlata para que lo reconocieranlos suyos, mientras en los alrededores se escucha-ba el creciente tropel de los indios que sitiaban elfuerte en número considerable, que no era posiblecalcular en medio de las sombras. 104
    • Después de los tiros, en la campaña y en-tre el bosque sonaron trompetas, caracoles, ata-bales, tambores y pingollos, aumentando el temory la expectativa de los sitiados con la evidenciade que enfrente se hallaba un formidable ejército.Luego, todo calló, y el silencio reinante parecíauna terrible amenaza... Villacorta puso en cobro las armas y el re-al estandarte, dando a los de a caballo la orden detener sus monturas prevenidas, dictando las últi-mas instrucciones y haciendo proceder al repartode municiones en abundancia. Los indios, entretanto, aunque bien in-formados a su juicio de la situación del fuerte ysus defensores, no se atrevían a atacar en mediode las tinieblas. Bohórquez estaba a su cabeza, lomismo que Luis Enríquez, y ambos habían reci-bido de un espía la comunicación de que Villacor-ta no tenía pólvora para sus soldados. Por esto re-solvieron sitiar el fuerte, abandonando el primerplan de Enríquez, quien había dicho a Bohór-quez: -Limitémonos por ahora a los combatesparciales, y en terreno descubierto, donde las fle-chas pueden luchar con menos desventaja contralas armas de fuego, y donde el número lleva másprobabilidades de vencer. Necesitamos arcabuces,pues no tenemos más de cuatro o cinco, y de ese 105
    • modo podremos tomarlos de los españoles muer-tos. Este plan, ejecutado con precisión y per-severancia, hubiera centuplicado el poder de losindios. Pero Bohórquez estaba lejos de ser un ge-neral que abarcara una situación compleja, e im-pulsado por las circunstancias aparentemente fa-vorables y por la especie de demencia que sehabía apoderado de él, lanzose sin reflexión a loshechos decisivos... Confiaba sobre todo en la faltade municiones en que creía a Mercado y Villacor-ta, y de la que dio conocimiento a su gente en laarenga con que animó al ataque. Los indios, dando absoluto crédito a la pa-labra de su jefe, llegaron aquella noche casi a to-car con el pecho las pircas de San Bernardo... Así, a boca de jarro, comenzó el combateal amanecer. El padre Torreblanca, refugiado enla capilla, rezaba en voz alta oraciones latinas,entre los estampidos de los arcabuces. Una nubede flechas, partiendo del campo de los indios, caíadentro del recinto del fuerte, y hasta sobre lamisma capilla; tan cerca estaban los tiradores, encuyas filas hacía estragos el plomo español, sobretodo el de los arcabuceros aguerridos que, desdelas alturas y tras de sus adargas, disparaban demampuesto, sin errar blanco. 106
    • Los soldados bisoños hacían fuego por as-pilleras, resguardados tras de las pircas y aunqueinexpertos, no fueron menos eficaces, pues -comodice un historiador- «echaban en los arcabucesmás carga de la necesaria, y sufriéndola los caño-nes por ser muy reforzados, daban alcance másallá de los indios, y las balas llegaban donde esta-ba oculto y dando órdenes Bohórquez, quien sevio obligado a retirarse mucho para asegurar supersona». Los indios no cejaban, lanzábanse a pelearpor mangas, pero los españoles los mantenían araya, después de haberlos hecho retroceder fueradel alcance de los arcabuces, y donde las flechaseran completamente ineficaces. Villacorta, viendoque los proyectiles no causaban daño a los defen-sores del parapeto, aumentó su número parahacer mayor el estrago en las filas enemigas, enlas que cundía el desaliento, cuando una graveperipecia fue a infundirles nuevos bríos... Estaba distribuyéndose pólvora de unabotija y junto a la capilla en que se hallaba el pa-dre Torreblanca, cuando una chispa del taco deun arcabuz incendió la pólvora que, explotandocon terrible estampido, comunicó el fuego al te-cho de paja, e hizo que el jesuita se pusiera ensalvo precipitadamente. 107
    • Al oír el estruendo, Bohórquez gritó a lossuyos: -¡Se les ha quemado la única pólvora quetenían! ¡Son nuestros! ¡Al asalto! Los calchaquíes se lanzaron como fierassobre las pircas, pero una terrible descarga sem-bró la muerte entre ellos, obligándolos a retroce-der... Villacorta en persona, junto con sus ayu-dantes, distribuía municiones con toda diligen-cia... Los españoles hacían un fuego furioso. Losindios, pasada la primera confusión, volvieron ala carga como leones... Uno de ellos trepó a la pirca, desafiandolas balas y dando ejemplo y paso a los suyos. Yaestaba en lo alto, ya iba a penetrar en el recintoinexpugnable... Y entró en él, pero rodando conuna bala en pleno corazón. Un mestizo que mili-taba con los españoles se precipitó sobre el cadá-ver y momentos después, cantando victoria y en-tre un coro de vítores de los suyos, exhibía a losindios, clavada en la punta de una pica, la san-grienta cabeza del héroe. No tardaron en alzarse otras cabezas desti-lando sangre, como terribles trofeos e implacableamenaza. Ya sabían los indios que los españolesno daban cuartel, y el desaliento volvió a cundircon mayor intensidad entre ellos, tanto más 108
    • cuanto que todo su heroico esfuerzo parecía resul-tar inútil: «tanta flecha -dice un historiador-habían arrojado, que en el campamento se hizofuego con ellas para cebar mate», y sin embargoel número de los españoles y sus mortíferas des-cargas no parecían disminuir... Pero lo que determinó el espanto de los in-dios fue el inopinado regreso de Sancho Gómez ylos suyos, que se creían muertos o prisioneros. Elsoldado -poniendo en planta una estratagema quepudo costarle la vida, pero que dio a sus armas lavictoria-, después de examinar la situación pormedio de exploradores, deslizose hasta el caminode Salta, y por él se precipitó con los suyos haciael fuerte, a rienda suelta. Los indios que vieron aquel pelotón de ji-netes envueltos en un torbellino de polvo, no du-daron que se trataba de un grueso refuerzo espa-ñol enviado de Salta, y consideraron segura supérdida. Bohórquez, presa de espanto, pues ya seveía pendiente de una horca, se dio a precipitadafuga sin ordenar siquiera la retirada. A pesar de los esfuerzos, las órdenes, lassúplicas de Luis Enríquez, que había combatidocomo un héroe, los calchaquíes recogieron apresu-radamente sus muertos y heridos, dejando sólo 109
    • ocho cadáveres en el sitio más batido por las ba-las, y se dispersaron ocultándose en el bosque yen las asperezas del terreno, tres horas después decomenzada la batalla. Los españoles no se atre-vieron a seguirlos, e hicieron bien, pues en camporaso hubiera cambiado mucho el aspecto de lascosas. Sancho Gómez y sus diez jinetes entrarontriunfantes en el fuerte, entre los vítores entusias-tas de sus compañeros. El padre Torreblanca in-vitó al gobernador y a los soldados a rendir gra-cias al Altísimo y a la Virgen del Valle, pues eraevidente que sólo un milagro había podido darlesla victoria... Y como milagro, rodeado de maravi-llosas circunstancias, comenzó a narrarse ésta,poco después... Los españoles tenían diez heridos de fle-cha, y uno o dos muertos, según dijeron más tar-de. Uno de los heridos era el secretario del gober-nador, don Juan de Ibarra Velazco, y otro el sol-dado de a caballo Mateo de Frías, que más tardellegó a capitán, lo mismo que Sancho Gómez. Los fieles de la Virgen del Valle dicen que,cuando Bohórquez se hallaba en los campos dePucará, al frente de los feroces calchaquíes quemandaba, los indios vieron la imagen de NuestraSeñora que, puesta delante de los pocos españo-les, los defendía de los infieles ataques. La inter-vención de la Virgen, según la misma leyenda,hizo poner en fuga a los indios sublevados, que 110
    • llegaban al número de 20.000. Agrega que elchasque enviado por los españoles a Tucumán, endemanda de refuerzos, fue atacado por los cal-chaquíes, que no pudieron hacerle daño ni impe-dirle el paso, porque la Virgen acudió personal yvisiblemente a protegerlo, abriéndole paso. Dice también que en aquella oportunidadun gallardo y hermoso joven, con preciosas vesti-duras blancas, coleto, broquel y plumas en elsombrero, montado en brioso caballo blanco yempuñando una espada fulmínea, atropellaba conincreíble agilidad y fuerza las hordas de infieles,sembrando en ellas la muerte y el espanto: era in-discutiblemente el Arcángel Gabriel, mandadopor la santa Virgen del Valle. Así atacados, losindios de Bohórquez no tardaron en darse a lamás vergonzosa fuga, siendo perseguidos por elpuñado de españoles, cuya pérdida hubiese sidosegura sin aquella intervención sobrenatural...Lástima que la mitología tenga tan poca inventi-va y que se reproduzcan tanto y tan exactamenteestos poemas religiosos, desde los primeros añosde la historia... Luis Enríquez, entretanto -ligeramenteherido-, se había precipitado tras de Bohórquez, aquien alcanzó a una legua del lugar del combate,a tiempo que un grupo de calchaquíes, indignadosy sedientos de venganza contra él, se preparabana asesinarlo. 111
    • Enríquez tuvo que interponerse y hastaecharse a la cara el arcabuz, para salvarle la vida.Pero la señal estaba dada, el prestigio del Incaamenazado y vacilante, su existencia misma enpeligro... Así lo insinuó el mestizo al charlatán,arrastrado por la elocuencia y la facundia ahechos para los que no estaba preparado. -¡Hay que perseverar o morir! -díjole En-ríquez sin embargo. Cuando se reunieron con Carmen, que losaguardaba en un caserío de aquellas inmediacio-nes, la mestiza, instruida de la derrota y de lavergonzosa fuga de Bohórquez por algunos indiosdispersos que se le habían adelantado, arrojose enbrazos de su amante. -¡Pedro, Pedro! -exclamó-. ¡Vámonos deaquí! ¡No quiero grandezas que puedan costartela vida! Bohórquez se estremeció, pues así pensabaél también... Enríquez miró a la india y al anda-luz con soberano desprecio. -¡Ah! ¡Si yo fuera el falso Inca! -pensó-.Pero este uritu... (papagayo). 112
    • XIV ENTRE DOS FUEGOS Carmen curó la herida de Luis Enríquezcon agua de tusca y otras hierbas medicinales, ylos tres fueron a refugiarse en una de las muchasaldehuelas abandonadas que había entre las bre-ñas, pues sabido es que no sólo se despoblaban losvalles por la invasión de los españoles, sino quetambién los indios acostumbraban cambiar concierta frecuencia sus habitaciones, por lo que eshoy tan difícil calcular el número exacto de loscalchaquíes. La aldea, o más bien, las ruinas de la al-dea, estaba en una altura, edificada en redondo,con pirca de piedras sueltas, y cercada de cardo-nes y árboles espinosos. Allí durmieron, al abrigode cualquier sorpresa, lejos como se hallaban detodo camino transitable. Cuando despertaron, elsol estaba alto ya. -¿Qué hacemos aquí? -preguntó Enríquez-.¡Vamos en busca de nuestros hermanos!... -Ve tú -replicó Bohórquez-, y envíame al-gunos guerreros leales, pero en quienes yo puedaconfiar de veras, para que formen mi guardia yme sirvan de mensajeros si es preciso. Tengo que 113
    • meditar lo que conviene hacer en estas circuns-tancias... -¡Meditar, meditar! -refunfuñó el mestizo-.¡Lo necesario es obrar!... Sin embargo, se marchó, en parte paracumplir los encargos de Bohórquez, en parte -y laprincipal-, para ponerse en contacto con los indi-os, cuyo único general era ya, probablemente...Bohórquez sentíase presa de horrible desaliento:su pobre cabeza de hablador y titiritero no podíaabarcar el problema y hallarle una solución. Sólopensaba en escapar: en escapar de los indios..., enescapar de los españoles. Estaba entre dos fuegos: los calchaquíes,aunque dispersos y desmoralizados, lo matarían silo encontraban en la inacción: los españoles, an-siosos de dar un terrible ejemplo, lo ahorcaríanirremediablemente si llegaban a ponerle la manoencima. ¡Cuán lejos estaba el hábil embaucadorque mareara y embriagara a Mercado y Villacortacon sus sueños de tesoros y conquistas! ¡Cuán le-jos el elocuente jefe que prometía a los indios lavictoria y la independencia! ¡Apenas si, entreaquellas ruinas de un pasado que no renaceríajamás, quedaba el miserable Pedro Clavijo, el so-brino del gitano bellaco que lo trajo a América, elahijado del ventero de la Quinga, el saltimbanquijugador de manos y fullero, cuyas andaluzadas 114
    • lograron embaucar a otros, pero no enaltecerlo aél, ni darle corazón ni talento!... -Yo creo -tartamudeó aquel guiñapo dehombre, dirigiéndose a Carmen, después de largameditación-, yo creo... que lo mejor sería pedirindulto... -Pídelo -contestó la mestiza, aterradatambién por el porvenir que se desarrollaba antesus ojos. -Ve a pedirlo, yo te aguardo aquí. -¿A quién? -dijo Carmen, siempre abnega-da y sumisa, dispuesta a sacrificarse cuantas ve-ces se lo pidiera su amante. -Al gobernador Mercado... Él no te nieganada. -¡Voy! -contestó la mestiza, poniéndose enpie, y envolviéndose en su manto. -¡No! ¡Espera! ¿Piensas dejarme solo? -dijoaterrado Bohórquez, tan pusilánime cuanto alti-vo se mostrara en la grandeza. Carmen se volvió a sentar, y así pasaronlas horas en silencio. 115
    • Por fin llegaron varios indios a ponerse alas órdenes del Inca, y Carmen partió. El cerebro de Bohórquez trabajaba sindescanso, aguijoneado por la zozobra. No pudocomer de las provisiones que le llevaran los indios,y a cada instante se asomaba por las pircas, comosi Carmen pudiera regresar tan pronto, o como sitemiese algún ataque de sus enemigos. Los indios,armados de flechas y hondas, cuchicheaban entresí, mirando a su jefe: pero no era por hostilidad;se preguntaban, sencillamente, ¡qué gran planestaría madurando el Hijo del Sol!... Así pasó un día. Así pasaron dos... Al ter-cero apareció Carmen, demudada, rendida de fa-tiga. -El gobernador no puede indultarte -dijo. -¡Cómo! -exclamó Bohórquez aterrado. -¡No puede! Dice que tiene órdenes forma-les y terribles del virrey para prenderte y enviartea... -¡Antes moriré peleando! -gritó aquel pusi-lánime con un resto postrero de energía. 116
    • -Pero -agregó la mestiza-, Mercado añadeque puedes pedir ese indulto a las autoridades su-periores, y que él... -¿Y que él? ¡Acaba! -Que él puede concederte una tregua,mientras llega ese indulto o su negativa, si tecomprometes a que los indios permanezcan entre-tanto tranquilos. El rostro de Bohórquez se iluminó. ¡Aque-llo era la salvación o poco menos! En seguida des-pachó un propio a Mercado y Villacorta aceptan-do todas sus condiciones, bajo juramento, y otrosa Chuquisaca y a Lima, solicitando su indulto, ydiciendo que, una vez retirado él, no habría másguerra en Calchaquí... Pero no contaba con Luis Enríquez. Éstehabía logrado reunir algunos restos dispersos desu ejército y se preparaba a continuar la guerra,con Bohórquez o sin él. Cuando supo -los indios losabían todo- los pasos que estaba dando el anda-luz, precipitose a su escondrijo. -¡Se dice que has pedido el indulto! -exclamó encarándose indignado con el Titaquín. 117
    • -¡Es verdad! Ya te hice comunicar que es-tamos en tregua. He pedido indulto para mí, parati, para nuestros soldados. -¡Yo no necesito indulto! -gritó Luis-. Eresun traidor, y merecerías morir como un traidor...Pero no quiero matarte, por esta mujer que valemás que tú... En cuanto a la tregua... -agregó ba-jando la voz y con actitud todavía más amenaza-dora. -¿Qué piensas hacer? -balbució Bohórquezaterrado. -¡Ya lo verás! ¡Apróntate para las conse-cuencias! -¡Luis! ¡Luis! ¡No me traiciones! -suplicó elandaluz. -¡Y tú te atreves a hablar de traición! -dijoEnríquez sonriendo por rara excepción y comoprueba de supremo desprecio. Luego, dirigiéndose a Carmen: -Adiós, Carmen -dijo-; ten valor, pues lonecesitarás -y desapareció más que se retiró entrelos matorrales y los riscos. 118
    • No tardó Bohórquez en conocer el signifi-cado de aquella amenaza. De todas partes le lle-gaban noticias aterradoras: Enríquez, con cienguerreros valerosos, había bajado por Tafí a lafrontera de Tucumán e invadido el fuerte quecustodiaba el capitán Juan de Ceballos Morales,haciendo gran estrago. Los españoles atribuían aBohórquez aquel golpe de mano. Entretanto, un destacamento de quinien-tos hombres, que también se decía mandado porel andaluz, sitiaba el fuerte de Andalgalá, defen-dido por el capitán Nieva y Castilla, mientras enla campaña se mataba, se incendiaba, se asolabatodo, interceptando convoyes de víveres, chas-ques con instrucciones, destacamentos pequeñosde soldados... Enríquez se multiplicaba, parecía estar entodas partes, enardecer a todos, conflagrar la tie-rra -del uno al otro extremo-. La guerra, sin Bo-hórquez, resultaba más terrible auún, porque eradirigida por un corazón valiente, y por una cabe-za más robusta aunque de menos brillo exterior. En la frontera de Rioja, y alrededor delvalle de Famatina, los indios comprometidos pre-paraban un terrible golpe de mano, esperando so-lamente para su ejecución la llegada de Enríquez. 119
    • Intentaban sorprender, tomar y saquear laciudad de La Rioja, caer en seguida de improvisosobre Londres, casi desamparada en aquellosmomentos, y enseñorearse del país... Bohórquezlo supo merced a la indiscreción de uno de los po-cos indios que aún lo veneraban, y para captarsela benignidad de los españoles, hizo llegar sigilo-samente la noticia al gobernador de Rioja, donDiego Herrera y Guzmán. Traición tras traición,en serie interminable... Herrera obró con el vigor y la rapidez quelas circunstancias exigían. Reunió a media nochecuantas fuerzas pudo, armando hasta ancianos ymancebos, salió de la ciudad a marchas forzadas,y dos horas después de amanecer, cayó como unrayo sobre el descuidado pueblo de Anguinan, fo-co sin embargo de la insurrección, y tomando pri-sioneros a los caciques e indios, sin dejar a susmujeres y a sus tiernos hijos, los rodeó de solda-dos en un fuerte, resuelto a hacer matar a todos,sin dejar uno, a la primera amenaza de afuera ode adentro... Así se salvaron Rioja, Londres yAndalgalá... Entretanto, el virrey del Perú, conde Albade Lista, había escrito al gobernador Mercado yVillacorta un oficio comunicándole que en vistade la necesidad de pacificar los valles calchaquíes,el real consejo otorgaba indulto a Bohórquez ysus partidarios, con tal que el caudillo se retirara 120
    • del teatro de la guerra y las autoridades españolastuvieran la evidencia de que así lo hacía. El pliegoera llevado por un oidor del Perú, en persona, eiba acompañado de una carta confidencial... Por intermedio de Carmen, que iba a me-nudo a buscar noticias del indulto, el padre To-rreblanca, en nombre del gobernador, se puso deacuerdo con Bohórquez para tener una secretaentrevista con él. Terrible fue aquel momento para el anda-luz. El indulto no se le otorgaba sino a cambio desu libertad, única garantía suficiente para los es-pañoles de que no volvería a agitar el país, apaci-guado en apariencia, después del golpe de manode Anguinan. -Tu encarcelamiento será momentáneo -dijo el persuasivo padre Torreblanca-; estarás enSalta, en buenas condiciones, hasta que se te pue-da pasar al Perú, de donde seguramente se te em-barcará para Europa. ¡Basta de aventuras tan te-rribles, hijo mío! ¡Sólo la Santa Virgen del Valleha podido salvarte de la horca!... Mucho se resistió Bohórquez, pero al fintuvo que ceder, pues no veía otro camino de sal-vación: ponerse de nuevo al frente de los indiossería desafiar quizás las iras de éstos, y renunciardefinitivamente al perdón de los españoles, que 121
    • no le darían cuartel. Cuando dijo a Carmen queiba a entregarse, la mestiza se echó a llorar. -¡El taita te engaña! -exclamó-. ¡Te llevanpara matarte!... Pero yo te salvaré. 122
    • XV CATÁSTROFES Bohórquez, acompañado por Carmen,marchó a Salta, para entregarse al representantedel virrey. No se le trató mal en un principio, y hastapodía tener ilusión de hallarse en libertad. Aluci-nado por esta aparente dulzura, no vaciló en ac-ceder a un pedido complementario que se le hizopara la total pacificación de Calchaquí. Y un díasubió a un tablado que se había erigido en la pla-za de Salta, y dirigiendo la palabra a caciques ycuracas, de antemano convocados en gran núme-ro, los exhortó a que volvieran por siempre a lapaz, y acatasen la soberanía del rey de León y deCastilla, único y absoluto señor de estas Indias.Los curacas se retiraron cabizbajos, descontentosy recelosos... Entretanto, los meses transcurrieron, Cal-chaquí no se pacificaba, y los rumores que llega-ban a oídos de Bohórquez eran amenazadores yterribles... Sus compatriotas tenían la intenciónde darle muerte, y retardaban el momento sóloporque temían posibles complicaciones. La sen-tencia se cumpliría después de una decisiva expe-dición que estaba preparando el gobernadorMercado y Villacorta... 123
    • Carmen, y algunos indios adictos y espa-ñoles indiscretos, tenían al prisionero al corrientede cuanto se hacía y se pensaba. Por ellos supoque Mercado y Villacorta había recibido del Perúimportantes socorros en armas, municiones y di-nero, y que se ocupaba de formar dos poderosostercios, el uno con las tropas de Santiago, Salta,Esteco y Jujuy, que mandaría personalmente,acompañado por el padre Torreblanca como cape-llán; el otro, compuesto por las tropas de La Rio-ja, Londres, Valle de Catamarca y Tucumán, quemarcharía bajo las órdenes del ya entonces maes-tro de campo don Francisco de Nieva y Castilla. El primer cuerpo constaría de mil doscien-tos a mil quinientos hombres, y numerosos caba-llos; el segundo alrededor de mil, incluyéndose enambos los indios amigos. El plan del gobernador, según llegó a oídosde Bohórquez, consistía en entrar simultánea-mente por dos puntos al valle de Catamarca. Paraesto, a principios de mayo y con sus tropas, sal-dría de Salta por la quebrada del Escoype, y mar-charía hacia el sur. Nieva y Castilla, entretanto,saldría al propio tiempo de Londres, y entrandoal valle por Jocavil, marcharía hacia el norte paraunirse con él en el centro del valle, después delimpiar éste de indios. 124
    • Bohórquez comprendió inmediatamenteque este plan debilitaba las formidables fuerzasespañolas, y con el ingenio aguzado del preso queansía su libertad, se dijo: -Mi último recurso está en que triunfen losindios, aunque sea momentáneamente. Huir deaquí me es fácil, y si les doy la victoria me recibi-rán con los brazos abiertos, olvidarán lo pasado yvolveré a ser Inca. Y, cuando lo sea... ¡ya vere-mos! Siempre hallaré cómo salvar el pellejo. Consultó su idea con Carmen, y después delargo y detenido examen, ambos resolvieron co-municar lo que sabían a Luis Enríquez, y aconse-jarle un plan de campaña que a juicio de ambosno podía fallar. Consistía sencillamente en que losindios dieran paso franco a Mercado y su ejércitohasta Tolombón, donde necesariamente iría aacampar, y que se halla en medio del valle. Allí lositiarían, en el mayor número posible, y les quita-rían el agua -cosa fácil, como había podido obser-varlo durante su permanencia en dicho pueblo.Entretanto, los calchaquíes de Jocavil, Angui-nan, Acalian y todos los Quilmes, observarían lamarcha del ejército de Nieva y Castilla, para caersobre él por sorpresa en un lugar propicio, ma-tando y arrollándolo todo. Desbaratado Nieva,correrían a incorporarse con los de Tolombón, yMercado y Villacorta tendría que sucumbir de-jando el país libre de españoles... 125
    • El plan no estaba mal urdido, como se ve,y más aún si se tiene en cuenta que Luis Enríquezpodría mover unos cuantos miles de hombres, tanvalientes como los heroicos Quilmes, cuyas haza-ñas están aún por ser escritas. Pero los acontecimientos se precipitaron,la cárcel de Bohórquez se hizo más dura; ya no lepermitían ver a otra persona que Carmen; el ros-tro hirsuto y torvo de los carceleros aumentó suhostilidad; ya los guardianes no iban a formar co-rro para escuchar los cuentos fantásticos, lasanécdotas y los chascarrillos del andaluz; ya no sefestejaban sus chistosas interpelaciones a los quepasaban cerca de él; ya hacía gracia... Y Bohór-quez sabía que, para un charlatán, no hacer gra-cia es estar en desgracia... Todo lo vio nublado yse echó a temblar por su vida... Un día supo queVillacorta, al frente de su ejército, acababa de sa-lir de Salta; anudósele la garganta y sintió un ca-lofrío, como si pasara la muerte. La osadía delplan que había trazado lo aterró... Cuando llegó Carmen, esa tarde, llevándo-le un poco de comida, encontrolo pálido, desenca-jado, con los ojos casi fuera de las órbitas. Teníala continua visión del cadalso... Hizo a su compa-ñera confidente de sus temores, lloró como un ni-ño, como un niño le suplicó que lo salvara. 126
    • A la mañana siguiente Carmen fue a des-pedirse de Bohórquez y salió de Salta. Sola y a pie siguió la rastrillada del ejérci-to de Mercado y Villacorta... 127
    • XVI LA MESTIZA El señor gobernador hallábase la nochedel 11 al 12 de junio departiendo con algunos desus oficiales, en su tienda de campaña, junto aChicoana de los Pulares, cuando un ayudante leanunció que una mujer, detenida en la línea delcampamento, solicitaba hablarle inmediatamen-te. -¿Es del pueblo? -preguntó. -No es del pueblo. Parece india, pero nopodría afirmarse. Dice que es criada del capitándon Melchor Díaz Zambrano, y que ha estadoprisionera en poder de los calchaquíes. -Que se la conduzca aquí. Los oficiales se retiraron discretamente.Mercado quedó solo. Un momento después, en-traba en la tienda una mujer envuelta en un man-to. -¡Carmen! -exclamó Mercado en cuanto sedesembozó. 128
    • -¡Sí, soy yo! Vengo a revelar a vuecenciaimportantes secretos, si antes me promete la viday la libertad inmediata de Bohórquez. -¿Tan importantes son? -preguntó concierta sorna Mercado. -Vuecencia juzgará al oírlos -replicó fría-mente la mestiza. -Empieza, pues. -Antes quiero que vuecencia me dé su pa-labra... -¿De que concederé la vida y la libertad aBohórquez? -Sí. -Pues ya la tienes, si se trata de algo queme sea provechoso. -¿Solemnemente empeñada? -¡Sí! Carmen, entonces, reveló a Mercado elplan de Bohórquez, agregando que podía hacersefracasar con sólo precipitar la marcha. 129
    • -Otra traición, de yapa -agregó la mestizacon amargura-. ¡El cacique Pablo, que acompañaa vuecencia, es espía de los indios y viene paraobservar los movimientos del ejército y comuni-carlos a Luis Enríquez!... En querer y en traicio-nar no hay más que empezar... Carmen se marchó, el cacique don Pablomurió aquella misma noche y, mucho antes deamanecer, el ejército tomaba a marcha forzada elcamino de Tolombón, a cuyo pueblo entró tresdías después, sin disparar un tiro... No tenían la menor noticia del ejército deNieva y Castilla; el enemigo, indudablemente, in-terceptaba los mensajes y mataba los chasques. Mercado no se eternizó en Tolombón.Después de guarecerlo con un regular destaca-mento, en la madrugada del 15 marchó en direc-ción al pueblo de los Quilmes. Detúvose a pernoc-tar en Colalao. Los indios, que seguían los movimientosdel ejército, disimulándose entre los árboles y traslas asperezas del terreno, y cuyo grueso acampa-ba en aquellas inmediaciones, consideraron que elmomento era propicio. En número de dos mil, rodearon por todaspartes a los españoles, llevándoles el más formi- 130
    • dable ataque. Se peleó encarnizadamente hastalas cuatro de la tarde. Viéndose en inferioridad decondiciones, Mercado resolvió retroceder, perocon tan mala suerte, que casi da en una embosca-da que se le había preparado a orillas del río, enprevisión de ese movimiento. El español no perdió la cabeza, sin embar-go. Dejando que el grueso del ejército siguieradonde estaba, flanqueó rápidamente a los calcha-quíes con la compañía de su guardia, y precipi-tándose a la retaguardia de los indios los tomó en-tre dos fuegos. La carnicería fue tan espantosa,que la sangre corrió hasta el río y el campo quedósembrado de cadáveres calchaquíes con la cabezaseparada del tronco... Los españoles estaban ven-gados de la sorpresa y del grave peligro que habí-an corrido... Pocas horas después, en medio de la nocheque cobijaba tranquila y silenciosa a los guerrerosebrios de sangre y ahítos de matanza, llegó alcampamento el primer mensaje de Nieva y Casti-lla, llevado por un cacique de Colpes, llamado donLorenzo. Conducido inmediatamente a la presenciadel gobernador, entregole una carta de su jefe enla que éste le daba cuenta de varios combatessangrientos, especialmente de uno en que losheroicos calchaquíes habían llegado hasta la 131
    • misma boca de los arcabuces españoles. En esteencuentro, Nieva se vio arrollado por los indios, yhubiera perecido, si el joven Ignacio de Herrerano se hubiese lanzado en su auxilio, entusiasman-do con su arrojo a muchos que lo siguieron. Laderrota de los indios se produjo en seguida, y lamatanza fue espantosa, pues no se dio cuartel ylos españoles estaban convertidos en fieras. La carta terminaba anunciando que al díasiguiente se operaría la reunión del tercio de Lon-dres con el de Salta, es decir, que los valles cal-chaquíes quedaban en poder de los españoles, sal-vo las ocho leguas dominadas por los heroicosQuilmes, y que durante varios años todavía, con-tinuaron bajo el dominio de éstos... Mercado y Villacorta apresurose a comu-nicar tan faustas nuevas al padre Torreblanca. -Y ahora -díjole en seguida-, ¿qué hacemoscon Bohórquez? -Enviarlo al Perú -contestó el jesuita sinvacilar. -Es que he empeñado mi palabra dehonor... -¿Sobre qué? 132
    • -De devolverle inmediatamente la liber-tad... El padre Torreblanca reflexionó un ins-tante y luego, con angelical mansedumbre, dijo: -Tu empeño no es válido, porque al hacer-lo olvidabas que Bohórquez no está ya bajo tu ju-risdicción sino bajo la del virrey. No te preocupes,pues, hijo mío, y mándalo inmediatamente al Pe-rú. Villacorta quedó pasmado de admiraciónante el ingenio del jesuita, que así le alivianaba laconciencia... Bohórquez, bajo segura custodia, fue lle-vado a Lima, en cuya cárcel se le cargó de cade-nas. Allí pasó algunos años, soñando inútilmenteen escapar. Condenósele a muerte, pero un restode escrúpulo nacido del hecho de habérsele indul-tado antes, hizo que se consultase a España, a lareina doña María de Austria, regente en nombrede su hijo Carlos II. Su Majestad contestó senci-llamente al virrey: «Os mando que obréis confor-me a justicia y gobierno, lo que fuere de mi mejorservicio». Esto era simplemente poner el cúmpla-se a la sentencia de Chamijo. Diósele garrote, el cadáver fue exhibido enla plaza pública, colgado de una horca; luego se le 133
    • cortó la cabeza y ésta fue clavada en el arco delpuente que mira al barrio de San Lázaro... Carmen, que había seguido a Bohórquezhasta Lima, cuando se convenció de que suamante no le sería restituido más, volvió sigilosay penosísimamente a Londres, con el firme propó-sito de vengarse de Mercado. Para conseguirlo,envenenó un jarro de chicha, de que el goberna-dor comenzó a beber, abandonándolo por su ex-traño sabor. Perseguida y a punto de caer en ma-nos de los españoles, precipitose a un barranco,haciéndose pedazos contra las rocas... En esto, como en muchas otras manifesta-ciones, imitó a las heroicas y salvajes calchaquíesque seguían a la guerra a sus maridos con los hijosatados a la espalda, y que, en caso de derrota, selanzaban sin vacilar al abismo... 134
    • Roberto J. Payró(Mercedes, 1867 – Lomas de Zamora, 1928)