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Tranvía

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Texto disparador para argumentacion

Texto disparador para argumentacion

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  • 1. Tranvía Tal vez fue en Villa Urquiza. Manuel Mandeb venía vaya a sa- ber de dónde. En cierto momento, al llegar a un empedrado se encontró con los rieles del antiguo tranvía. No es posible saber qué silogismos se trenzaron en su cabeza. El caso es que se detuvo en una esquina y se puso a esperar. Ya era tarde. Pasaron horas. Un paseante curioso se le acercó. —Lo veo desorientado ¿Puedo ayudarlo? —No, gracias. Estoy esperando el tranvía. El hombre le informó que hacía muchos años que ya no pasa- ban tranvías por allí. —No importa. Esperaré. Cada tanto se asomaba hasta el medio de la calle y un poco agachado escudriñaba el horizonte. A veces caminaba algunos metros por la calle lateral, hasta que súbitamente volvía corriendo a la esquina, temeroso de que el tranvía apareciera justo en medio de sus modestas excursiones. Más tarde, recordó que en este mundo las cosas se demoran cuando perciben que son esperadas. Resolvió ejercer el disimulo mirando en todas direcciones menos en aquella por la que podría aparecer el tranvía. Llegó el amanecer. Vecinos madrugadores le sugirieron la con- veniencia de tomar el colectivo 107 pero Mandeb ya había toma- do una decisión. Durante la mañana, hizo algunas amistades ocasionales. El tránsito era un poco más denso, lo que lo obligaba a prestar más atención. Llegó la tarde y otra vez la noche. En verdad pasaron muchos días. Por momentos Manuel Mandeb sentía que su fe se quebran- taba. Muchas veces sintió la tentación de optar por otros medios de transporte que se le ofrecían seguros, concretos, convincentes. Pero él esperaba el tranvía. Las gentes del lugar le cobraron cierta simpatía y le convidaban pan y vino. En cierta ocasión fue a comprar cigarrillos y al volver pensó que tal vez en su ausencia el tranvía había pasado. Algunas personas le aseguraron que no, pero un hombre que espera tran- vías no confía en nadie. A veces se engañaba con luces prometedoras que finalmente eran el desengaño de un camión. A veces sentía que el momento estaba cerca y hasta llegaba a contar las monedas. Nadie puede saber cuándo sucedió. Pero una noche, en el fon- do de la calle apareció una luciérnaga. Y luego se oyó un llanto mecánico. Poco después, amarillo y reluciente, un hermoso tran- vía se detuvo frente a Manuel Mandeb. Desde el interior, un guar- da fantasmagórico lo miró como convidándolo. Mandeb permaneció quieto unos instantes y luego, sin decir nada, se alejó caminando lentamente. Un rato más tarde subió en un taxi y con voz firme ordenó: —Artigas y Aranguren.