A los pies de zeus
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A los pies de zeus

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Novela satírica acerca del mundo de los dioses griegos. Juan Menelao Agamenón, vulgar mortal, asciende al Olimpo como prometiera a su padre en su lecho de muerte, Provisto de un cetro otorgado por......

Novela satírica acerca del mundo de los dioses griegos. Juan Menelao Agamenón, vulgar mortal, asciende al Olimpo como prometiera a su padre en su lecho de muerte, Provisto de un cetro otorgado por el mismísimo Zeus, que le hace inmune a los ataques divinos, el insignificante terrícola se dedicará a visitar a los residentes del Olimpo dispuesto a descubrir la verdad tras el mito. Su viaje se convierte en una odisea hilarante y desmitificadora (nunca mejor dicho), durante la cual, entre bacanales y violencias, saldrán a la luz todos los vicios de los dioses y ninguna de sus virtudes.

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  • 1. A LOS PIES DE ZEUS Joan Sampere Junio 2010 1
  • 2. I A LOS PIES DE ZEUS Soy Juan Menelao Agamenón. Mi abuelo y mi padre me impusieron tal nombre porque se habían pasado la vida profundizando en la guerra de Troya, buscando, además, humanidades entre los dioses griegos. Antes de morir, mi padre juró por Zeus y por su hermana y esposa, Hera, que intentaría escalar el monte Olimpo para rendir homenaje a todos los dioses del calendario griego. Era la voluntad paterna que tal cosa se hiciera, y se lo juré en su lecho mortuorio. Mi padre tenía la convicción de que si trepaba hasta la cumbre las nubes se separarían, igual que le sucedió a Moisés con las aguas, y tendría el goce de contemplar a los inquilinos del Olimpo. Hace veinte años que lo estoy intentando; sin embargo, nunca he subido más allá de los cien metros: la montaña tiene tres mil. Debo añadir que soy un alfeñique, me canso andando, cosa que no me ocurre cuando como. Quizá sea la tripa el motivo que me impide escalar, ya que sobresale exageradamente, pegando golpes en rocas y arbustos. No me doy por vencido. Voy a intentarlo de nuevo. 2
  • 3. II En Tesalia contrato a un guía y a su burro, que me dejan al pie de la montaña sagrada. El guía es el mismo todos los años, opina que estoy loco, pero lo engraso con generosidad y se vuelve muy servicial. Este año intentaré la ascensión en mayo, el mes de las flores. He preparado mi cuerpo subiendo y bajando un otero de unos quince metros de altura. Intentaré zamparme menos tocino y tripas, suprimir los pasteles, y los cinco litros diarios de vino voy a rebajarlos a cuatro. Rogué a los poderosos dioses, en los que creía mi padre y también mi abuelo, que reforzaran mi débil voluntad; oré en especial a Hermes, el correo de Zeus, que carecía de problemas para trasladarse de un extremo a otro de los cielos. Quiero agregar algunos datos sobre el guía, al que profeso un gran afecto. Su burro atendía por Pegaso, y él por Dionisio: no había nombre que le cuadrara más y mejor. Iba siempre a pie. El burro llevaba en los lomos dos odres de vino, que estaban ya muy flacos cuando llegamos al Monte Sacro. El nombre del dios del vino, Dionisio, fue también cosa de su padre: sus antepasados atendían todos por Dionisio y eran declarados amigos del zumo de las uvas. En la tierra donde nací abundan mucho los burros, se podían comprar baratos, el problema radicaba en su transporte; lo digo porque me hubiera gustado poseer uno de cuatro patas. Me despedí de Dionisio y Pegaso tras varios brindis, diciéndole que me recogiera dos días más tarde, pero las abundantes libaciones en las que 3
  • 4. participó el burro retrasaron la marcha, ya que nos pasamos varias horas durmiendo arrimados a él. Al día siguiente, mi guía se marchó muy ligero montado sobre Pegaso, en busca de refrescos líquidos y no precisamente de agua. El animal no necesitaba brújula, conocía la dirección adecuada y se paraba a unos seis kilómetros de la gran montaña. Allí, en una casa de labranza, hinchaban de nuevo sus odres y Dionisio dormía espléndidas monas en espera de mi regreso. Así pues, igual que en años anteriores, me colocaba la mochila bien ceñida al cuerpo, asía un grueso bastón que ya utilizaba mi bisabuelo y echaba una ojeada a la lejana y nevada cumbre, disponiéndome en espíritu a hollar las nieves donde, de rodillas, oraría a los dioses por mi padre y abuelo. Sonreía irónico, pensando que prometer tal barbaridad era absurdo. Sin embargo, una promesa a un moribundo es una obligación ineludible. Hacía fresco. Me abrigué con una manta de lana, de la cual no sobresalían más que los ojos y, sin vacilar, empecé a dar los primeros pasos con el mismo tembleque que un crío de un año, sólo que no me caía con tanta frecuencia gracias al apoyo del bastón. La ladera pedregosa, la gran tripa, la mochila y unas botas estrechas hacían que cada paso fuera más difícil. Empecé a sentir deseos de abandonar (sabía que desistiría tarde o temprano), pero a pesar de todo quise resistir el máximo tiempo posible. De repente, las tripas anunciaron con sonoridades varias que la comida y el vino almacenados en ellas pedían salida libre. Allí no existían retretes, conque, sin pensármelo dos veces, busqué un rincón para desprenderme de las miserias interiores. En cuclillas enfoqué las posaderas sobre una piedra plana, descargando con placer una y otra vez. Al no disponer 4
  • 5. de papel higiénico, busqué piedras redondeadas que se adaptaran a la mano y al ojete y me limpié el trasero como buenamente pude. La verdad es que me sentía feliz después de abandonar las heces de mis tripas; lo único molesto era un peculiar olorcillo que emanaba de tres malolientes montañitas. Una vez equipado de nuevo, intenté subir unos metros para demostrarme a mí mismo que a valiente nadie me superaba, y que si no avanzaba más, la culpa era del exceso de carga física. Usé una piedra como silla, luego trepé cosa de diez metros y me volví a sentar estrujando la bota de vinillo, la gran amiga de mis escaladas. Tanto la oprimí que gimió de dolor: avisaba con claridad que todo el clarete se había consumido. De repente, el cielo se ennegreció y me asusté: se acercaba una tormenta. Decidí volver atrás en busca de refugio, pero… ¡Horror! De entre las negruras surgió un carro dorado tirado por dos caballos alados. Su conductor vestía ropas griegas y un reluciente casco de cobre le cubría la cabeza. El carro se paró junto a mí. Trémulo y con los ojos desorbitados, había abandonado todas mis pobres pertenencias, dispuesto a correr cuesta abajo, pese a la tripa voluminosa que lucía. Los caballos blancos removían tierra y piedras con sus cascos. Una voz potente hizo que se me helara la sangre en las venas. Con dos ojos como tomates, sentía el tam-tam del corazón: creí morirme de miedo. Hermes, el dios mensajero, había sido mandado por Zeus. Dijo: -Juan Menelao Agamenón, tu nombre es soberbio, no hay duda, pero Zeus, el que todo lo sabe, está indignado contigo; si no te ha fulminado con uno de sus rayos ha sido porque, pese a la monstruosidad que has cometido, te perdona la vida. Tus antepasados te salvan, ya que ellos dedicaron sus vidas a 5
  • 6. estudiarnos, loarnos y alabarnos; en cambio, tú, miserable inmundicia humana, cual vulgar perro has mancillado una piedra milenaria en la que estaba grabado el nombre del dios supremo: Zeus. Pese al miedo, respondí: -Ignoraba que la piedra fuera sagrada. Lo juro por todos los dioses que vivís en el Olimpo. Temblando, proseguí: -¿Eres Hermes, supongo? -Bien lo sabes, malandrín. Además de mensajero de Zeus, soy el rey de los ladrones. Le miré con disimulo. Alto y desgarbado, su rostro inexpresivo no denotaba ninguna emoción. Sus ojos secos parecían los de un muerto. Dije: -¿Qué deseas de mí? -Yo, nada. Tengo la orden de trasladarte al Olimpo para que te justifiques delante de mi padre, ya que está tan ofendido que incluso nosotros pagamos las consecuencias. Hoy mismo ha dado una patada a una de las Tres Gracias, pues no la encontró graciosa. Temblando, repliqué: -Si voy contigo mandará matarme. -Zeus es justo; ya te he dicho que no desea tu muerte de momento. Quizá podrás vivir para contar a los pobres humanos tus vivencias, si le pides perdón. Me invadió un terror horrible, pero al mismo tiempo sentía una inexplicable emoción. 6
  • 7. Hermes alargó su huesuda y fría mano, diciendo: -Sube al carro, hombre de la tierra, voy a llevarte junto a Zeus. Hice un comentario idiota: -¿Tendré frío en las alturas? -No temas: una cálida nube nos envolverá. Además, dentro de pocos minutos llegaremos a las residencias celestiales. Recogí mis bártulos, y dándole la mano a Hermes, me aposenté en el carro, mientras los divinos caballos piafaban nerviosos. Todo aquello era increíble, debía de estar soñando debido a las ingentes cantidades de clarete consumidas. Seguramente el vino había entrado en mi cerebro. Mis tripas reclamaban otra vez paso libre, pero no osaba comunicar al dios mis necesidades. El miedo había removido mis miserables interiores. Los caballos arrancaron dulcemente, igual que un trineo se desliza por la nieve. No podía aguantar más. -Tengo caca, Hermes. Torció la cabeza, fulminándome con sus ojos. Sin pronunciar palabra, redujo la velocidad y dijo: -Bájate los pantalones y evacua tus porquerías. Ofendido, repliqué: -¿Es que vosotros no vais de cuerpo? -Sí -respondió-, pero expulsamos néctares y ambrosías, que adecuadamente envasados nos proporcionan agradables perfumes. Me bajé los pantalones al mismo tiempo que preguntaba a Hermes: -¿No se irritará todavía más, Zeus, si desparramo mis excrementos sobre la montaña sagrada? 7
  • 8. -Lanza sin temor tus mierdas; se desintegrarán y jamás llegarán al suelo. Pese a lo asustado que estaba, rompí el silencio de los cielos con ruidos graves y expulsiones tremendas. Más tranquilo, me senté en el carro y dije: -Gracias, Hermes. He quedado aliviado a fondo. -Huele muy mal -replicó el dios de los ladrones. El rostro se me tiñó de rojo. Balbucí: -Aquí no hay piedras… redondas… adecuadas para mi trasero. El dios de los correos celestiales, que jamás sufrían retrasos, redujo otra vez la marcha de los caballos y cogió una botella de piel de sátiro recubierta de oro. Dijo: -Bebe solamente un sorbo, y desaparecerán los malos olores y el cansancio que te atormenta. Así lo hice, e inmediatamente quedé impoluto. Al mismo tiempo perdí casi todo el temor que atenazaba mi corazón. Exultante dije a Hermes: -Dios, hijo de Zeus, lanza tus caballos y la nube que los envuelve sin perder un instante. Deseo hablar con tu padre, quiero demostrarle mi amor, además de pedirle perdón por la guarrada cometida. Hermes proyectó sus caballos alados hasta las profundidades celestiales. Me dormí tumbado en el carro de los dioses. 8
  • 9. III Al despertar, las estrellas brillaban con una intensidad asombrosa, el cielo mostraba sus profundidades inalcanzables y sus silencios ominosos. Hermes me despabiló de una patada. -Pronto llegaremos a la Ciudad Eterna. Limpia tu rostro y sacúdete el polvo lo mejor que puedas, para presentarte con decoro ante la Omnipotencia. Poco podía hacer. Mis ropas estaban sucias, la barriga no era precisamente un símbolo de elegancia, los hirsutos pelos de mi cara me daban un aspecto desaseado, los zapatos estaban llenos de roturas. Al ponerme en pie, de no ser por Hermes habría caído en el espacio infinito; suerte que me asió con fuerza por el brazo, colocando mis manos en la barandilla del celestial carro. -Pon mucha atención, Juan Menelao, humanoide simplón y maloliente. ¡Observa! De repente, la inmensa nube que nos envolvía se esfumó; ante mis ojos apareció un gigantesco palacio, iluminado por una claridad diáfana que no era la luz del sol. El carro disminuyó la velocidad para que pudiera admirar tanta belleza. Cientos de pajaritos de oro revoloteaban alrededor de mi cabeza. Cacé uno y me lo metí en el bolsillo. -Suelta al pájaro. Si te hubiera visto Zeus, te habría fulminado con sus rayos. Solté al pajarito, que siguió dando vueltas sobre mi cabeza, lleno de felicidad. A una orden del dios, los alados caballos se pararon en el centro de una sala inmensa de mármol rojo, y dos dioses se llevaron a los equinos a las 9
  • 10. cuadras de plata para darles su yantar. Me acurruqué junto a Hermes y le pregunté: -¿Qué debo hacer, oh, Dios? -Primero te bañarás, luego entregarás tus harapos, vestirás túnicas de lino, te perfumarás con colonia celestial, probarás la ambrosía y los néctares, la comida de los inmortales. Cuando hayas descansado te llevaré ante mi padre. Él decidirá sobre tu futuro. Éste puede ser agradable o nefasto, según el humor que tenga. Procura humillarte ante él y responde únicamente cuando te pregunte. Me acompañó a una habitación de grandes dimensiones, donde una cama con dosel invitaba a reconfortantes sueños. Después de ser alimentado con las sagradas comidas, me quedé dormido en el acto. Estaba agotado física y moralmente, ya no me quedaban fuerzas para pensar, creía que todo era una pesadilla, y que al despertar me encontraría al pie del monte sagrado junto a Dionisio, mi guía, bebiendo largos sorbos de vino clarete. Al abrir los ojos descubrí que iba errado, ya que docenas de pajarillos de oro revoloteaban sobre mi cuerpo. Me guardé mucho de agarrar uno. Apareció Hermes. Dijo: -Humano, levanta, ponte la túnica y sígueme; mi padre Zeus está de un excelente humor, es posible que te libres del castigo que acostumbra a dar a los profanadores. En unos minutos me ceñí las vestiduras. Hermes me ayudó en dicho menester. El dios colocó un espejo delante de mi figura. Estaba guapo de rostro, pero feo de estructura. La descomunal panza rompía la armonía del 10
  • 11. cuerpo. Juré que si salía con bien de la aventura, haría un riguroso régimen a base de pasteles y cava. Dijo el dios de los ladrones: -Iremos a pie hasta la mansión de Zeus. Otra vez me entraron ganas de aliviar, pero haciendo un gran esfuerzo evité que las porquerías interiores mancharan mis vistosas vestiduras. Andamos un buen trecho, nos cruzamos con dioses que debía de conocer por sus nombres, pero no por su imagen real. Los escultores y pintores tampoco conocían sus figuras y las esculpían y pintaban según su imaginación les dictaba. Me fijé en tres mujeres desnudas de piel blanquísima. Pregunté a mi acompañante: -¿Quiénes son? -Aglaye, Eufrósine y Talía, hermanas mías e hijas de Zeus. -¡Caramba! -repliqué. Allí nadie trabajaba; unos dioses dormían, otros cantaban, algunos se hinchaban bebiendo ambrosías, varios retozaban sin vergüenza… Finalmente llegamos a la deslumbrante morada del Padre de los Dioses, iluminada por la diosa Aurora. Empecé a temblar de tal modo que las rodillas se me doblaron. Yo, un hombre que jamás había creído en los dioses antiguos y mucho menos en los modernos, me hallaba frente a frente del dios del Olimpo. No osaba levantar los ojos por temor a que me fulminara. Hermes saludó a su padre y se largó. Una voz metálica y clara resonó por toda la estancia. Habló Zeus: 11
  • 12. -Mírame, Juan Menelao, no tengas miedo, todavía no ha llegado tu hora; sólo deseo explicaciones convincentes de tu comportamiento al pie de la montaña sagrada. Cuéntame la versión de tu despropósito. Alcé la vista y pude contemplar al dios de todos los dioses. A su vera sonreía Hera, hermana y esposa. Sentado en el suelo, tanteando las cuerdas de una lira, estaba Apolo. Un arco y un carcaj repleto de flechas reposaban junto a él. Zeus mediría no menos de cuatro metros de altura y no se parecía en nada a las estatuas y pinturas expuestas en los museos. Era un ser inexpresivo, de sonrisa cínica y cruel, con unos ojos apagados, igual que los de un besugo muerto. El gran fornicador celestial sobaba desde su trono a la diosa Hera, sin la menor vergüenza. Normal, un dios desconoce esta debilidad humana. Estaba tan ensimismado en la contemplación de los tres dioses, que Zeus repitió: -Cuéntame la versión de tu desaguisado, no me hagas perder la paciencia. -Te pido perdón, ¡oh, Dios de los dioses! -Y añadí-: Sí, ensucié la ladera de tu montaña, pero no debes tomártelo como un desprecio hacia ti. ¡Oh, gran Dios! Los humanos con mucha frecuencia debemos evacuar los restos de comida. Si hubiera sabido las consecuencias de mi acción, habría preferido morir antes de ofenderte, jamás hubiera cometido tan gran sacrilegio. Sus ojos apagados me examinaron a fondo. Sonrió malévolamente y respondió: -Con esta tripa tan inmensa, debes de inundar la tierra de excrementos. 12
  • 13. -¡Oh, Dios! -respondí-. No por poseer una panza tan enorme desprendo más suciedad que otros. Un amigo mío, que es un enano, cuando evacua abandona grandes cantidades de mierda. Zeus sonrió con la boca torcida. -¿Sabes, mortal, que eres el primer humano que ha penetrado en el Olimpo? Respondí bajando la cabeza: -No merezco tanto honor. Mi deseo era trepar hasta la cumbre para homenajear a mis antepasados que, como debes saber, creían en ti y en todos los dioses del Olimpo. -Lo sé, Menelao. Zeus se removió en su majestuoso trono, alargó la mano acariciando un inmenso paragüero donde reposaban brillantes rayos. Preguntó: -Pese a que ya lo sé, dime cómo están los terrestres. -Creo que bien mal. -Van muy mal porque yo no les dejo que vayan bien. -No te entiendo, ¡oh Dios! -Te voy a contar varias cosas para que, si te dejo en libertad, puedas explicar a los vanidosos terrestres que sus males provienen de mis iras celestiales. Hace miles de años que han dejado de ofrecerme ovejas, vacas, corderos y toros para aplacar mis iras. Antiguamente me ofrecían hecatombes de animales, el olor de sus carnes quemadas llegaba hasta mis narices, llenando mi ego de satisfacción. Estoy agraviado y dolido por el olvido de los hombres. Juré provocarles el mayor mal posible. Pasé cientos de años 13
  • 14. rumiando mi venganza, y llegué a ser el Supremo Dios. No hará más de cinco siglos que descubrí el modo de destruiros. Quedé perplejo, sin saber qué responder. Al fin murmuré: -¿Puedo saber, oh padre Zeus, cuál ha sido tu venganza? Zeus dejó de acariciar a su hermana y esposa Hera, dejando que ésta le sobara a él por debajo de la túnica. Respondió: -¿Sabes, mortal, quién hizo uso de un cañón para derribar las murallas de Constantinopla? La pregunta parecía la de un concurso radiofónico o televisivo. -No… no lo sé. -Fue Urban, el artillero de Mehmet II; sin embargo, fui yo quien introdujo en su cerebro el invento. Todos los dioses nos alegramos ante la caída de la poderosa Constantinopla. Zeus se reía a gusto, y su hijo Apolo se unió a sus carcajadas. Apolo lanzó una certera flecha, destruyendo a un pajarito de oro. Al ver la estupefacción dibujada en mi rostro, dijo Zeus mosqueado: -¿Dudas acaso de mis palabras? -No, gran dios, no dudo, sólo que le temo a tu mala leche. -Mala leche. ¿Qué es eso? -Odiar a la humanidad, por ejemplo. -Nosotros carecemos de normas morales. Además, alma cándida, ¿no crees que tus semejantes, los humanos, se comportan igual? Tuve que agachar la cabeza y responder: -Sí, es verdad. 14
  • 15. -Siendo yo quien soy, tengo lo que los humanos decís carta blanca. Además, si los odio tanto, es debido a que no sacrifican reses para congraciarse conmigo. Repliqué con humildad, para no irritar al dios: -¡Oh, Zeus! Los humanos oran en vez de degollar bueyes y cabras. -No me hagas reír de nuevo, Menelao. Bien sabes que en la Tierra hay una enorme variedad de creencias, que desde hace siglos se degüellan entre si para que una religión predomine sobre otra. Podría citarte miles de ejemplos del comportamiento de las gentes de la Tierra, dirigidas por las cabezas visibles de las religiones. Los dioses, sean del cariz que sean, no se andan con mojigaterías a la hora de imponer sus ideas a las masas. -Tienes razón de nuevo, Zeus. -Cerré el pico con humildad, clavando los ojos sobre el mármol. Zeus continuó apabullándome con sus teorías: -Después del cañón, infiltré en la cabeza del señor Colt la idea de un revólver de seis tiros. En vez de un muerto, seis. Los indios conocieron el plomo de este arma. Pero el revólver no fue nada en comparación con la ametralladora. Esta máquina mataba a docenas de personas en unos segundos. Así, Menelao, avanzó el progreso… Interrumpió su verborrea y aproveché para decirle: -Le consideraba un dios equitativo. Respondió: -Cuando por temor lamían ciertas partes de mi cuerpo, les enviaba briznas de compasión; pero esto se acabó. Juré por mi mismo que llenaría la Tierra de desgracias, y lo estoy consiguiendo. 15
  • 16. Mi corazón rebosaba bondad e inocencia, por eso dije: -¡Oh, Zeus, perdónalos! -¡Jamás! Y te voy a contar otras cosas que te van a doler, pero que a mi me llenan de placer. Henry Ford inventó un coche que fabricó en serie; esta fue otra de mis venganzas. El planeta ha quedado hecho una porquería. Es un gozo contemplar, desde mi privilegiada posición, los millones y millones de coches que se arrastran como gusanos transportando a seres humanos que no saben adónde van. La Tierra se está pudriendo a base de humos de los tubos de escape, de autopistas, autovías, carreteras nacionales, carreteras comarcales y caminos forestales rebosantes de basuras… La gente cree que el coche es una liberación, pero en realidad es una idea traspasada a un cerebro humano. Respiró profundamente, dio un manotazo en el cogote de Apolo, que jugando había pinchado con una flecha el pie de su padre, y siguió: -¿Qué me dices de la peste que envié hace poco a los terrícolas? -¿Qué peste? -pregunté. -¿No lo sabes? -No, padre de todos los dioses. -La bomba atómica, ¿qué te parece? Palidecí y no pude reprimir un gesto de enfado. -No creo que tu venganza haya llegado tan lejos. -No es venganza, es justicia. -¡Oh, Zeus! Que palabras más negras salen de tu boca. -Son palabras justas, mortal, ya que los dioses han sido olvidados. Como no tolero un agravio de semejante calibre, por eso descubrí la bomba 16
  • 17. atómica e introduje el invento en algunas mentes humanas, que vosotros llamáis sabios. Voy a decirte más, Juan Menelao. Hizo una estudiada pausa y prosiguió: -Ahora te mostraré una ínfima parte de mi poder. Agarró un rayo del paragüero, lanzándolo contra la Tierra. Consecuencias: un pastor abrasado junto con sus ovejas. Quedé perplejo ante tanta iniquidad. Zeus, imperturbable, dijo: -Escucha: me he propuesto introducir en las molleras de los gobernantes terrestres la obsesión de que, para defender sus países, deben proveerse no sólo de armas convencionales, sino de la bomba atómica. Pronto verás, si te dejo regresar a la Tierra, que Andorra, Montecarlo, el Camerún, Fernando Po, Grecia, Turquía y todas las naciones, por míseras que sean, dispondrán de porquerías atómicas, que podrán utilizar contra quien les venga en gana. Sentí una punzada en el pecho, cayendo de bruces sobre el suelo de mármol. Al recobrar el conocimiento, Zeus y Hera seguían sobándose mutuamente y Apolo disparando sus áureas flechas hacia la Tierra. Los pajaritos que revoloteaban por la mansión de Zeus expulsaban por sus anos, de vez en cuando, bolitas de oro. A mi vera estaba Asclepio, el dios de la medicina, que gritó: -¡Mortal, ponte en pie! ¡Saluda a Zeus! Pídele perdón por tu desmayo y dale las gracias, ya que me llamó a su presencia para que te atendiera. Estaba como nuevo y muy animado. Hice lo que me ordenó el dios de la medicina. 17
  • 18. El gran dios aceptó mis disculpas y mandó a Apolo que dejara las flechas en paz, pues no era el momento adecuado para jugar con ellas. Durante mi desmayo, Zeus había convocado a las Tres Gracias para que le deleitaran con sus danzas. Las tres hijas de Zeus bailaban desnudas, alegrando la vista de su padre, de Apolo y la mía. Hera, la esposa de Zeus, se enfadó con su incombustible y pornográfico esposo. Éste la insultó mandándola a su aposento, donde la esperaba Panteón, el dios chismoso. Terminado el bailoteo, Zeus y Apolo llamaron a la diosa Hebe, servidora de la ambrosía y el néctar, que les llenó las copas a rebosar. Una vez hartos se durmieron, olvidándose de mí. 18
  • 19. IV Pese a que me había adaptado al ambiente extraordinario, mi cerebro aún alucinaba debido a las profundas emociones de un principio, y en mi interior anidaba todavía una gran confusión. Contemplé a Zeus y a su hijo Apolo, cuyos ronquidos atronaban el Olimpo. Sentado en el suelo esperaba los acontecimientos. Éstos se presentaron inopinadamente con la presencia de la diosa Hécate, la del mal de ojo. No me levanté. Su deforme rostro, feísimo, llenaba el cuerpo de espanto: tenía un ojo en la mejilla y otro en la punta de la nariz. Con una voz dura y desagradable, preguntó: -¿Tú debes de ser el hombre vil que ensuciaste la ladera de la montaña santa? -Sí, diosa -respondí-, pero ya he dado cuenta de ello a Zeus. Aulló: -¡Levántate, mortal insignificante! Su vozarrón asustaba. Me puse en pie. -¡Mírame, maldito profanador! Obedecí, temblando. Hécate clavó sus distorsionados ojos en los míos, realizando sortilegios con las manos. Riéndose malévolamente, dijo: -Cuida de tu tercer ojo. -Entonces se marchó, y sus carcajadas resonaron por todo el palacio de Zeus. Comprendiendo lo que dijo Hécate, contemplé mis facciones en un espejo de gran tamaño. Horrorizado, vi aparecer un tercer ojo en la frente. 19
  • 20. Rompí a llorar, asustado, y de los tres ojos manaron abundantes lágrimas. Mi llanto despertó al gran dios, que esbozó una sonrisa al ver mi nuevo aspecto. -Hécate debe de haber pasado por aquí. Entre hipidos, respondí: -¡Sí, oh Zeus! El padre de todos los dioses hizo un leve ademán, y los tres ojos se redujeron a dos, pero mal colocados. Con otro movimiento de la mano quedaron en el lugar donde les correspondía. Me arrodillé besando sus sandalias. Apolo, al verme tan cerca, me pinchó el culo con una flecha. -Déjalo en paz, hijo. A este mortal lo tengo destinado a que pregone entre los hombres que existe un solo dios: yo. -Y añadió, dirigiéndose a mí-: Menelao, tu llevarás la buena nueva a los humanos, por ello debes conocer a la mayoría de los dioses. Serás el profeta y recadero del Olimpo. Ante las palabras del dios, recuperé el ánimo. -¡Oh, Zeus! No merezco tanto honor. -No es por ti, se lo debo a tus antepasados que tanto velaron por mi buen nombre. Cuando te hayas empapado de quienes tienen el poder, o sea, todos los dioses creados por mí, te bajaré a la sucia Tierra para que prediques entre los descendientes de los monos que se niegan a rendirme pleitesía. Ahora acompaña a Iris, la diosa mensajera, que te conducirá a tu aposento. Hebe te suministrará tu ración diaria de ambrosía mientras convivas con nosotros. Cuando regreses a la Tierra semipodrida, volverás a comer carne de cerdo de granja y vacas atiborradas de penicilina; catarás sabrosas hamburguesas de ancas de rana, beberás agua del grifo y vinos indefinibles en envases de papel. Si te gusta con locura el baile, podrás danzar con las vacas 20
  • 21. locas antes no se caigan muertas a miles; podrás zamparte kilos y más kilos de bollería industrial, y panes que parecen gomas de mascar… Prosiguió: -Aquí serás respetado. El poder omnipotente que poseo te librará de cualquier mal que los dioses intenten hacerte. Hurgó entre sus ropas, sacando un pequeño cetro de oro. Dijo: -Este cetro es una miniatura del original que llevo hace milenios. No lo extravíes, sería fatal para ti. Terminó diciendo: -Ahora vete con la diosa. Iris, agarrándome por los sobacos, aposentó mi cuerpo en una lujosa mansión en cuyo centro lucía una descomunal cama, ideal para bacanales. Lleno de felicidad, enseñé el cetro a Iris. Ésta bajó la cabeza en señal de respeto. Era muy hermosa, Iris, así que, abusando de mi poder, intenté hurgar entre sus blancas ropas. Como no protestó, pasé un buen rato con ella. Me agradaba aquel Olimpo liberal, luminoso, sin ningún tipo de restricciones morales. Iris se retiró colocando sus túnicas en orden. La inmensa cama acogió a Juan Menelao (o sea, yo) y me dormí como una marmota. Tuve durante unos segundos, antes de cerrar los ojos, un brevísimo recuerdo para con Dionisio y su burro, y aún me quedó tiempo para liquidar a uno de los muchos pajaritos de oro que revoloteaban por el dormitorio. Luego lo escondí en las profundidades de mi ropa. 21
  • 22. V ARES, DIOS DE LA GUERRA Tenía carta blanca para fisgonear por todo el Olimpo. Al despertar, lo primero que hice fue llamar a Hebe para que me trajera néctar y ambrosía. La diosa, diligente, sirvió la comida celestial. Dejó una jarra y un vaso de bronce encima de una mesita de plata pintada con escenas eróticas en las que Zeus era el protagonista. Cuando Hebe se inclinó para llenar la copa, aproveché el instante para meterle mano con lascivas intenciones. Sin inmutarse, la diosa agarró el jarro y lo estampó en mi frente; luego, muy despacio, con una sonrisa de mala idea, desapareció. Lucía un enorme chichón en la frente, pero al tocarlo con el cetro se esfumó en el acto. Después de beber la sagrada libación me dispuse a entrevistar a uno de los más importantes dioses. Abandoné la estancia rodeado de los pajarillos de oro, que ya empezaban a cabrearme. No podía con ellos; cada vez que liquidaba a uno, aparecían una docena más. Anduve por un largo pasillo cubierto de espejos con marcos de ébano y adornos de oro y diamantes. Intenté arrancar algunos, pero estaban muy bien engarzados. Encontré a Iris, la diosa mensajera, la besé con delicadeza y le pregunté donde podía localizar a Ares, el dios de la Guerra. Me indicó el camino y esta vez no quiso aceptar mis proposiciones deshonestas. Floté hasta unas arcadas iluminadas por la diosa Aurora. Ares tenía el rostro de bronce, sus cabellos eran de oro y sus ojos dos piedras preciosas. Lucía una coraza repujada. El maligno dios de la guerra estaba sentado junto a un recipiente de plata, del que sacaba mondadientes del mismo metal pulido. 22
  • 23. Al fijarse en mi, sus ojos lanzaron destellos preciosos. Tuve miedo y levanté el cetro frente a sus narices metálicas. Ante el símbolo de poder, dijo: -Cuento los muertos que cada día los terrestres, o sea tus hermanos, me ofrecen en homenaje. Respondí sin temor: -¿Qué mal te han hecho todos ellos? -Han ofendido a mi padre, con eso basta, y no te cerceno la cabeza porque Zeus te ha dado este «cetrillo». De lo contrario, tu cabeza rodaría hasta chocar con mis pies. -No me amenaces, Ares, o se lo diré a mi padre. El dios guerrero rectificó: -Dirás a «mi» padre. -Siento contradecirte, pero Zeus es el padre de todos los dioses del Olimpo, y de todos los que nos arrastramos por la Tierra. Ante mi aplastante lógica, Ares cambió de conversación. Quiso humillarme. -Acércate, gusano, y mira si eres capaz de levantar esta espada. Yo no temía a Ares, confiaba en la fuerza que había recibido de las manos de Zeus. Me incliné y agarré la enorme espada del dios, tratando de levantarla. Ni siquiera pude moverla. -Pesa demasiado, ¡oh, hijo de Zeus! El abominable guerrero asió con una sola mano el espadón, como si fuera una pluma de oca, volteándolo por encima de su cabeza. El arma silbaba 23
  • 24. igual que una víbora. Di unos pasos atrás, no fuera que el muy bruto me partiera en dos. Para darle coba, dije: -En verdad eres el dios de la guerra, admiro tu fuerza y poder, alabo también a tu padre por la energía que dio a tu cuerpo. Ares, satisfecho con las jabonaduras, se calmó. Inclinó la cabeza y repuso: -Estoy muy enfadado con Él, ya que otorgó más vitalidad a un semidiós, Heracles, que a su propio hijo y dios al mismo tiempo. -No sé qué decirte, señor. -Calla, es lo mejor que puedes hacer. Asió su escudo de bronce, envainó su descomunal espada y desapareció de mi vista. Seguramente se dirigiría a la Tierra para colaborar en sangrientas batallas. Estuve unos instantes contemplando a los pesados pajaritos de oro, hasta que de repente pasaron ante mí las hermanas de Ares: la Discordia, el Terror y la Fuga, elementos subversivos y malignos adictos al dios. Eran muy valientes las tres, sabían que no podían morir. Antes de abandonar la mansión del dios de la guerra, me entretuve liquidando pajaritos de oro. Había recogido una bolsa de malla y la llenaba de volátiles dorados. Si Zeus me otorgaba su permiso, me acompañarían de vuelta a la Tierra. De pronto tuve ganas de ir de vientre. Como no llevaba pantalones ni calzoncillos, me arremangué la túnica y apreté lo que hay que apretar para librarme de la opresión. Asombrado, observé que en vez de materia fecal de mi culo brotaban perdigones de oro, que rebotaban en el pulido pavimento de la 24
  • 25. estancia de Ares. Seguí oprimiendo con furia el agujero de la cloaca humana, y los perdigones manaron de nuevo. Al ir a recogerlos, lleno de felicidad, una tribu de pajarillos de oro se echó sobre las bolitas no dejando ni una simple muestra. Maldije a los volátiles. Llamé a la diosa Hera, la proveedora de los alimentos que impedían que murieran los dioses. Cuando se presentó con la ambrosía y el néctar, le pregunté: -¡Oh, Diosa, hija de Zeus! En vez de mierda he cagado oro. Respondió: -Mortal, ahora eres semejante a los dioses; por tanto, al igual que ellos, expulsas riquezas, no guarrerías. Si regresas a la Tierra volverás a expeler nauseabundas cacas. Quedé tranquilo. Hebe se marchó y subí a una nube voladora cedida por Zeus para mis visitas a los dioses. Iba a largarme cuando apareció Ares entre ruidos de espadas y gritos de agonía. Estaba cubierto de sangre y su rostro de bronce presentaba numerosas abolladuras. Agarré el cetro con fuerza. Ares preguntó: -¿Aún estás aquí, Menelao? -Ya me iba, ¡oh gran Ares! Veo, por tu aspecto desastrado, que has estado en un campo de batalla. La máscara se retorció con una mueca horrible. -En efecto: se han ido al infierno cerca de cinco mil hombres. Indignado, respondí: 25
  • 26. -No comprendo que, siendo dioses inteligentes y todopoderosos, gustéis de asesinar a terrestres indefensos ante vuestro inconmensurable poder. Creo que sois unos cobardes y unos miserables. La carátula de bronce enrojeció. Iba a desenfundar la espada, pero el centro se lo impidió. Repuso: -Nuestros instintos malignos los desfogamos contra los inocentes. ¿Acaso crees, desgraciado, que vamos a matarnos entre nosotros? -No, desde luego. Sin embargo, tanta iniquidad, tanta venganza y tanta prepotencia no van con mis principios, pese a que no soy lo que en la Tierra llamamos un santo. El sanguinario dios sonrió antes de contestar: -Muchos de estos a quienes llamáis santos, en cierta época no muy lejana, mandaban quemar a la gente por el solo hecho de no pensar como ellos. Y no hablemos de las miles de señoras ancianas que la estupidez humana llamaba brujas… A estas señoras les ocurría lo mismo. Cambié de conversación. Pregunté: -¿Cómo es que siendo inmortal te han abollado el rostro? Además, tu brazo sangra y tu escudo está repleto de agujeros. -Son ínfimos problemas que solucionaré con facilidad. Llamó a unos diosecillos que en unos segundos sanaron al gran matador, sin necesidad de recurrir a Asclepio, el médico del Olimpo. Hebe le trajo la divina comida. Los pajarillos atronaban la estancia. -Me retiro, Ares. Una cosa desearía averiguar antes de irme. -Di lo que quieras y lárgate con prontitud. Tus preguntas me están cansando… 26
  • 27. -¿Es que acaso distinguís el bien del mal? Su respuesta fue aguda: -¿Lo distinguís los mortales? -Creo que sí. -Pues lo disimuláis muy bien… Prosiguió: -Anda, vete. Tienes suerte de que Zeus te proteja, eres intocable. Te diré, para terminar, que desde que mis abuelos Cronos y Rea impusieron a Zeus como único dios, entre nosotros no existen diferencias morales. Hacemos lo que nos da la gana y somos crueles con los hombres de la Tierra, ya que han dejado de sacrificar en honor de mi padre y del resto de dioses olímpicos; es por eso por lo que descargamos nuestros odios contra tus semejantes, y así sucederá hasta el fin del mundo. Piensa, iluso, que somos dioses, y como tales carecemos de leyes. Vosotros las tenéis, pero casi nunca las cumplís. Déjame tranquilo; tengo que meditar nuevos planes destructivos y tu presencia me irrita sobremanera. Cabizbajo, apreté el cetro maravilloso abandonando la inmensa estancia del dios. Flotando con suavidad, arrullado por los malditos pájaros mecánicos, me dirigí en busca de un nuevo dios. 27
  • 28. VI HEFESTO, EL DIOS FORJADOR Hallé a Hefesto junto a una fragua, un yunque y un enorme martillo. Estaba forjando una coraza impenetrable para el dios Ares. Al verme lanzó contra mí chispas de la fragua, por lo que tuve que mostrarle el cetro. Entonces dejó el martillo en el suelo. -¿Qué deseas, mortal? -Nada en particular. Supongo que sabes que tu padre me ha dado el poder de fisgonear por todo el Olimpo. -Lo sé -respondió enfurruñado. Su rostro era feísimo y estaba enrojecido por el fuego. Sus hundidos ojos resaltaban sus cuencas. Advirtió que le miraba entre asustado y curioso. Dijo: -Mis ojos, humano, se hunden cada vez más a causa de los miles de años que llevo forjando armas para los dioses, e incluso para los semidioses. Llegará un día, puede que tras muchos siglos, en que me saldrán por el cogote. Entonces, mi padre Zeus los colocará de nuevo en su lugar. La vivienda de Hefesto estaba construida de mármol negro. En un rincón reposaban grandes cantidades de carbón, un carbón que no ensuciaba. Hefesto lucía un delantal de oro fino. Irritado, me espetó: -¿Quieres preguntarme alguna otra cosa? Yo estaba ensimismado contemplando aquel carbón que no ensuciaba. El dios pegó un martillazo sobre el yunque. 28
  • 29. -Perdona, Hefesto. ¿Cómo es posible que este carbón no ensucie? -No solamente no mancha, sino que es comestible. Observa. Recogió un trozo de carbón y se lo zampó tranquilamente, soltando un eructo de satisfacción. -Toma un pedazo y pruébalo. Así lo hice. La verdad es que tenía el mismo sabor que el chocolate. El dios, viendo que me gustaba, me entregó otro fragmento de carbón. Me lo zampé en un santiamén. -Está muy bueno -comenté. -En el Olimpo no hay nada desagradable. -Estoy convencido de ello. Hefesto observó mi panza. Su negra faz sonrió. Le pregunté mosqueado: -Hefesto, dime lo que debo hacer para que desaparezca. -Toca tu tripa con el cetrillo que te ha otorgado Zeus. Así lo hice y, ¡oh, milagro! Las grasas de mi barriga se fueron al garete. -Es el poder de mi padre; en tus manos tienes una ínfima parte de su poderío. -Zeus es un gran dios. -No lo dudes, Menelao. -Amo el Olimpo porque todo es armonía. -No te creas, mortal miserable, que las cosas siempre son perfectas aquí arriba. Yo mismo tengo que acudir numerosas veces a la mansión de mis padres, Zeus y Hera, pues mi madre está cansada de que su marido, el gran dios del miembro de oro, incansable en sus deseos, le ponga los cuernos con 29
  • 30. diosas y más diosas. Pero lo que más la subleva es que lo haga con mujeres mortales, y que éstas engendren semidioses. Estoy de acuerdo con ella. Si el Olimpo acogiera a las mujeres e hijos diseminados por la Tierra, con semejante mestizaje se podría llegar a extremos muy peligrosos. No entendía nada. Sin embargo, respondí: -Estoy de acuerdo contigo; debe de ser igual que mezclar un vino clarete de calidad con un vino tinto agrio. -Veo, Menelao, que comprendes mis puntos de vista. Dime, mortal: ¿estás casado? -No, soy soltero y casi virgen. -No lo entiendo. -Ni yo tampoco. -Creo que ya hemos hablado bastante, escoria humana. Vuelvo a mi trabajo. Aparte de la coraza, tengo que fabricar mil puntas de flecha. Apolo, el del arco magnífico, las gasta a destajo. Cada flecha lanzada contra tu planeta produce inmensos males. Vete ya, y agradece a Zeus que te haya convertido en una persona esbelta. 30
  • 31. VII ATENEA Hefesto me caía simpático, pese a sus ojos empotrados en la profundidad de sus cuencas. Trabajaba con ahínco para dar satisfacción a los demás dioses. Floté por avenidas perfumadas, hasta llegar a un esplendoroso palacio rodeado de jardines y lagos transparentes, donde blancos cisnes nadaban orgullosos, conocedores de su belleza. Con la vara de mando bien agarrada penetré en el atrio, siempre acompañado de unos pajaritos que, por su persistencia en seguirme, parecían buitres; trinaban sin descanso hasta que los apunté con el cetro y se retiraron a una distancia prudencial. Atenea, la diosa de la inteligencia y de la guerra, era impresionante. Tenía la cabeza enorme atestada de ideas, hermosa a pesar de sus miembros largos y fuertes; asía una espada enorme con sus grandes manos. La hija de Zeus y protectora indiscutible, durante la guerra de Troya, de Eliseo, fijó en mí sus ojos helados. Iba acorazada. Dijo: -Sé quien eres. Sé también que mi padre te ha concedido parte de su poder, por ello no te fulmino. ¿Qué deseas? -Contemplarte -respondí, seguro de mí mismo. -Mira cuanto quieras, pero no te quedes embobado; tengo que salir en el carro de los caballos alados, junto con mi hermano Apolo, para castigar a la chusma de los mortales que se han olvidado de mi progenitor. -¿A quién vais a aniquilar? 31
  • 32. -No es cosa tuya, pero ten por seguro que liquidaremos a un gran número de hombres; de hecho, ya se están asesinando entre ellos con toda la ira del mundo. Nosotros simplemente ayudaremos al bando que nos parezca mejor. Amparado por la varita mágica, dije con cinismo: -¡Oh, diosa! En vez de matar a mortales, cosa que ellos ya saben hacer sobradamente, ¿por qué no me ayudas a machacar a estos cientos de pajaritos metálicos, que me están fastidiando desde que puse los pies en el Olimpo? Atenea, la de gran cabeza, respondió: -Abusas del poder concedido por Zeus, mi padre. No puedo hacer tal cosa. Estos pajaritos son un dogma en movimiento; con sus graznidos loan el omnipotente poder de Zeus. Mientras empuñara la varita de las maravillas, ningún dios me causaba pavor. Con toda la mala idea de que era capaz, pregunté a la diosa: -¿Es verdad, Atenea, que tu padre te engendró en su cabeza? Sin inmutarse, replicó: -Zeus todo lo puede. Ataqué de nuevo. -Atenea, tú no tienes padre. Dicho de otro modo: careces de madre. Tu padre es, además, tu madre. No comprendo nada. -Zeus todo lo puede, Menelao. -Claro, Atenea. El parto debió de resultar difícil, ya que Hefesto, el dios de las fraguas, tuvo que abrir la cabeza de tu padre para que nacieras. La esfinge repuso: -Verdad es también lo que acabas de decirme. 32
  • 33. Volví a preguntar: -Y Zeus, ¿cómo sanó del hachazo que le propinó Hefesto? Esto debió de ser como las cesáreas que se practican en la Tierra, pero más a lo bruto. Atenea explicó: -Mi padre pasó unos cien años con dolor de cabeza; al final, Asclepio, el doctor infalible, le sanó. Estupefacto, repliqué: -Es asombroso que un dios germine a otro dios en su cabeza. No me lo acabo de creer. -Los dioses jamás mentimos. Mide tus palabras, insignificante mortal, y no abuses del cetro. -Perdón, diosa… -Padre parió con dolor. ¿Acaso en la Tierra no se ha dado algún caso de que un hombre pariera por la cabeza, aunque fuera una simple rana? Airado, contesté: -¡Jamás de los jamases! -Te creo, Menelao -repuso mirándome con desprecio-, pero no negarás que muchísimos terrícolas están mentalmente embarazados. Lo que ocurre es que ningún parto les alivia, y mueren con sus cerebros henchidos de repulsivos fetos. -Cierto, diosa; la mayoría de los humanos, cuando meten el cuerno en un agujero, no consiguen sacarlo en su vida. -Menos mal que dices la verdad -admitió impasible. -Dime, gran diosa, hija de una cabeza: ¿no sientes vergüenza de carecer de madre y de haber nacido de una manera tan estrambótica? 33
  • 34. -Los dioses desconocemos esta debilidad humana: la vergüenza. Proseguí con mis preguntas: -Claro. Dime: ¿por qué eres al mismo tiempo la diosa de la guerra y la de la paz? -Porque mi padre me concedió estos poderes. -¿Cuál de ellos usas con más frecuencia? -El de la guerra, Menelao, aunque me canse de repetir a mi padre y madre que no gastemos tantas energías y tiempo: los mortales ya se están aniquilando, les sobra capacidad para ello. Son tan estúpidos, que en menos de un siglo la Tierra no será otra cosa que un estercolero metálico, repleto de tanques, aviones, submarinos atómicos, satélites espías, fusiles, cañones, acorazados, portaaviones y navajas de muelle… Zeus, indignado por el olvido en que en la Tierra se le tiene, colaborará en el exterminio de la raza humana, pero va equivocado pese a ser la divinidad sublime. Los dioses podríamos vivir en la gloria eterna, pero mi padre y madre se obstinaron en colaborar en la destrucción de vuestro planeta. Hace ya miles de años hundió la Atlántida, un continente situado en medio del Atlántico; sus habitantes, los atlantes, desafiaron a Zeus, y éste supo vengarse de un modo horrible. Al dios de los dioses le importan muy poco los sufrimientos ajenos; le causa un gran placer defenestrar a los humanos que se han olvidado de él y del resto de dioses que pueblan el Olimpo, así como de sus órdenes, las únicas y verdaderas. Me caía bastante bien Atenea, por algo era además la diosa de la sabiduría. Estaba seguro de que hubiera preferido la paz, aunque tenía el presentimiento de que un ser parido por Zeus en su cabeza no podía resultar nada bueno. Así pues, le dije: 34
  • 35. -Comprendo a Zeus: quien tiene el poder, lo tiene todo. -Menelao -respondió-. No te atrevas a criticar a mi progenitor. Zeus es Zeus, y todo lo demás son mentiras. He expresado una opinión, pero jamás me opondré a los proyectos de mi padre… No entendía nada. Mi cerebro simplón rechazaba ideas tan incongruentes. Le hice la pelota con todo descaro. -Perdona, tienes razón, ¡oh, diosa! Reconozco que soy un profano… Una cosa desearía preguntarte. -Dime. -¿Qué representan tantos cientos de pajaritos metálicos revoloteando por estos cielos? Atenea, ¿no te irritan con sus trinos ásperos y continuos? -Sí. Aunque soy una diosa me producen dolor de cabeza. -¿Y por qué no los eliminas? -Son los bufones de mi padre, y merecen un respeto. Tuve el valor de confesar: -¡Oh, diosa, abatí algunos! La diosa de la faz poco atractiva repuso: -Como lo hiciste con la vara mágica, puedes estar tranquilo. Sin embargo, te recomiendo moderación. Llegó de repente Hermes, el cartero de los dioses, envuelto en una nube rosa. Inclinó la cabeza ante Atenea, haciendo caso omiso de mí, y le dijo: -Zeus te espera junto a su hijo Apolo, tu hermano. Dice que ya tiene el carro preparado con los poderosos equinos alados. Tu padre llevará sus rayos mortíferos, Apolo sus flechas letales. Destino, Irak: un país sumido en la muerte 35
  • 36. y la destrucción. Dice que hay que acabar con todos sus habitantes, los que aún respiran. Atenea se despidió diciéndome: -Ahora que el dios de los dioses te apoya, sigue flotando por el Olimpo. Pese a que odiamos a los mortales, una parte de Zeus está contigo y eres invulnerable. ¡Adiós, Menelao! Hermes y Atenea desaparecieron, envueltos en la gran nube rosa. Quedé solo en el grandioso palacio de Atenea, rodeado de cientos de volátiles metálicos. Alcé la vara milagrosa y se retiraron a una distancia prudencial. Las palabras de la diosa habían llenado de tristeza mi corazón: iban a asesinar donde ya los humanos lo estaban haciendo… y Atenea había insinuado que amaba la paz… pero debía ir a la guerra. Todo un contrasentido. 36
  • 37. VIII POSIDÓN Flotando nuevamente, seguido de lejos por los insoportables pajaritos, me adentré en el inmenso Olimpo buscando un nuevo dios con quien poder platicar. Penetré en una gran estancia iluminada, con una impresionante piscina en el centro. Paso a paso me acerqué al borde de la misma, mirando al interior. El agua era tan transparente que daba la impresión de que estaba vacía. En ella nadaban sardinas, besugos, peces espada, peces martillo, peces de colores chillones y peces sacacorchos, entre otros. Un pulpo grandote fornicaba sin asomo de vergüenza con un pez espada. El cefalópodo, con los ojos en blanco, musitó: -Asqueroso mortal, ¿qué estás mirando? Le mostré el cetro de los milagros y le grité: -¿Quién eres tú, pulpo asqueroso? La bestia marina dejó de fornicar, con gran alivio del pez espada. -Perdona -se disculpó-, no había visto tu poder. ¿Qué deseas? -Dime, ¿qué dios reside en este maravilloso lugar? -Posidón, el dios del mar -respondió el pulpo, al mismo tiempo que pretendía meterme tentáculo. Me aparté y le pregunté-: ¿Dónde está ahora Posidón? -Hace ya una eternidad que no viene por aquí. Yo soy su amante y su portavoz. -Cuéntame, cefalópodo, lo que sepas de él. Tengo autorización de Zeus para preguntar. 37
  • 38. Dijo: -Posidón, pese a ser un dios de primera línea, tiene grandes apuros y necesita de todo su poder para contrarrestar lo que les está sucediendo a los mares y océanos. Hace pocas semanas tenía una asamblea en pleno Atlántico, con ballenas, tiburones, mantas, atunes y otros peces mayores, cuando volcó un barco cargado de lo que vosotros llamáis gasoil, y nosotros mierda, y toda la porquería almacenada en sus depósitos cayó sobre el dios y la pléyade de peces que lo rodeaban. »Mi amo lanzó una maldición y el buque se hundió. El océano está ya impregnado de petróleos, depósitos de residuos atómicos y otras miserias humanas; de ahí que el dios, por orden de Zeus, está obligado a dejar el mar en condiciones. Sin embargo, a pesar de su poder, Posidón se las ve y se las desea para limpiar tanta podredumbre. Para ello se necesitarían miles de poseidones. »A veces, buceando por debajo de los transatlánticos, le han llenado la corona de restos de comida; en otras ocasiones ha quedado pringado de aceites en alguna cala. El fondo marino es un vertedero de barcos oxidados, trastos viejos y todas las asquerosidades que te puedas imaginar. Posidón se multiplica por diez para conseguir la limpieza de los mares, pero los hombres lo hacen por cien y nunca logra nada positivo. Un día en que el dios descansaba a un kilómetro de una playa, desde una lancha motora arrojaron una tonelada de droga. Los traficantes se desprendieron de ella porque les perseguían unos hombres que vosotros llamáis policías. Los delfines de los que se vale para trasladarse de un lugar a otro ya casi no pueden con Posidón, debido a las guarradas que comen… 38
  • 39. El pulpo interrumpió por unos instantes sus lamentaciones, y prosiguió: -Cierta vez, cansado de nadar y agotado por sus excesos con varias sirenas, se le ocurrió a Posidón echarse a dormir junto a la desembocadura de un anchuroso río. Se tendió con placidez encima de las aguas, mientras las sirenas seguían excitándolo. El dios las rechazó diciéndoles que se fueran a las profundidades marinas y le dejaran en paz; así lo hicieron las mujeres atún. Posidón se durmió arrullado por el susurro del mar, hasta que, sin preámbulos ni avisos, el río empezó a vomitar miles y miles de peces muertos y moribundos. Cientos de ellos chocaron con el dios, buscando quizá amparo. »Posidón se despertó, contemplando con horror a sus hijos de bellos colores que movían las colas en agónicas convulsiones. Su ira fue tal, que lanzó su corona a cientos de kilómetros, provocando un inmenso maremoto con olas desmesuradas que arrasaron las costas. No contento con ello, derrumbó los enclenques muros de industrias, muros que retenían toneladas y más toneladas de metales pesados y líquidos tóxicos. Así se vengó Posidón del asesinato masivo de sus hermanos. Zeus, al enterarse de la noticia, le felicitó regalándole otra corona de oro. Posidón es muy chulo, y la lleva ladeada tapándole casi un ojo. El pulpo tocón tomó aliento y prosiguió: -Es todo lo que sé, mortal. Si te he dicho todas estas cosas, ha sido por el poder que Zeus te ha otorgado. De lo contrario ya estarías muerto. Contesté sin temor: -No te enfades, cefalópodo. Al reconocer sus amenazas, el animal de las ventosas humilló la cabezota y se largó, dedicándose a fornicar con el pez espada. Arrodillado, 39
  • 40. contemplaba la furia erótica de aquellos animales marítimos. Tenía las manos apoyadas en el borde del estanque y, de pronto, un maldito pez martillo me aporreó los dedos. Fastidiado, abandoné aquel lugar tan poco acogedor. Mi nubecita se puso en marcha en busca de dioses con menos mala leche, cosa más bien difícil de hallar. Eché un vistazo al estanque y vi al pulpo acariciando al pez martillo. 40
  • 41. IX DEMÉTER Diosa de la recolección y la fertilidad. Estacioné la nube delante de un cartel con letras de oro, donde ponía su nombre y el de sus padres: Hija de Cronos y de Rea. Traspasé el umbral de su residencia, que olía a rosas, y caminé un buen trecho por una avenida plagada de pajaritos metálicos diferentes, de los que conocía sus trinos: eran suaves y dulces. Al final del largo camino puede contemplar a Deméter sentada en un trono de espigas de trigo. Cayendo de rodillas, dije: -¡Oh, diosa de la prosperidad y de la mirada ambigua! Zeus me ha dado… -No sigas, Menelao -me interrumpió-. Eres bienvenido y lo serías igualmente aunque no llevaras el cetro divino. Soy una diosa pacífica, que a diferencia de muchos de mis semejantes, amo la paz. Además, soy la diosa del pueblo; esto es lo que dicen los dioses y creen los humanos. Si fuera la diosa de las masas, no toleraría lo que está sucediendo en tu planeta. Mi poder es limitado; en cuanto a la protección de las cosechas, pongo todo mi empeño para que los humanos podáis comer pan, pero hay infinidad de dioses malignos que no piensan lo mismo. Muchas veces, por celos o venganza, destruyen lo que yo deseo conservar. Zeus y otros dioses mayores están sedientos de destrucción, ya que tus hermanos no les sacrifican animales en su honor… Como ves, Menelao, Zeus me tiene abandonada y se mofa de mis ruegos. -Eres muy hermosa, Deméter -respondí a sus serias palabras-. Si fuera un dios, siempre estaría a tu lado hasta el fin de mi vida.. 41
  • 42. Sonriendo, repuso: -Sabrás, Menelao, que amaba a Yasión con toda mi alma; Zeus lo fulminó con un rayo porque no le caía bien. -Deméter, esto es el plato de cada día en la Tierra. -Lo sé, Menelao, pero esto no me consuela. -¿Puedo besar tu mano? -pregunté. Alargó su nívea mano y se la besé: estaba fría como el hielo. Mi corazón también lo estaba. Una de los pocos dioses del Olimpo que no albergaba ideas malignas, se moría eternamente de amor en aquellos infinitos espacios, ante la absoluta indiferencia del cotarro. La mano de la diosa, que en un principio se asemejaba a carne muerta, se calentó rápidamente con el contacto de la mía. Quise soltarla, pero su fuerza no me dejó. Sus bellos ojos azules embrujaron los míos. Dijo: -No eres un hombre feo, Menelao. Sin más preámbulos, me atrajo hacia sus pechos besándome con pasión. Parecía un niño de teta agarrado por su aya, no podía moverme. Me arrastró a una gran sala llena de espigas de trigo, doradas como el oro. Sin mediar palabra alguna, en un minuto quedé desnudo cual recién nacido. Temblaba igual que un pajarito caído del nido. -No temas, Menelao, Zeus no sabrá lo nuestro. No podrá mandarte un rayo fulminador; además, tu cetro te hace invulnerable a cualquier percance. La espléndida diosa se desnudó y me violó con furia celestial. Quedé completamente en ridículo. Con feroces palabras, dijo: 42
  • 43. -Me has dejado sin catar el placer, por ello te maldigo. Si no llevaras la protección celestial, te mataría. Me vestí presuroso y recriminé a la diosa: -Tú me forzaste, yo sólo pretendía tu amistad. -No puede haber amistad entre un dios y un ser humano. -Según leí, eres la diosa del pueblo. Con rabia contenida, replicó: -¿Acaso crees todo lo que dicen los humanos? -Ahora no -respondió, sintiéndome una hormiga. Deméter cubrió sus desnudeces, sacándose seguidamente las espigas que le habían quedado enganchadas en el pelo. Me dio la espalda, diciendo: -Lárgate, Menelao, me has defraudado. Recogí el cetro y, sin decir ni pío, abandoné el lugar. Dos espigas habían quedado prendidas en mi frente, una a la derecha y otra a la izquierda: parecían dos cuernecillos dorados. Los trinos de los pajaritos que anidaban en los cipreses tenían un tono burlesco. Así que, agarrando el cetro, liquidé algunos y quedé satisfecho de la mísera venganza. 43
  • 44. X ARTEMISA Iba a penetrar en mi nube no contaminante, en busca de más desengaños olímpicos, cuando otra nube majestuosa se estacionó frente a la mía. Era, nada más y nada menos, que el dios Apolo, el de las flechas de oro, el destructor de seres humanos y el arpista del Olimpo. Su rostro mostraba una gran satisfacción. Desde su negruzco nubarrón, sin decir palabra, tensó su arco apuntándome al corazón. Entonces habló: -Te tengo demasiado visto, impotente mortal. Deduje que todos los dioses estaban al tanto del fracaso amoroso con la gran diosa de las cosechas. Viendo que estaba decidido a enviarme una dorada saeta, levanté el cetro. Entonces devolvió la flecha a su carcaj y dijo con una frialdad espantosa: -Mi padre erró al concederte el carnet de paso libre por nuestros cielos. Y se esfumó sin añadir ningún otro comentario. Respiré. En ese momento acudió la cocinera de los dioses, y bebí en copa de oro ambrosía y néctar. Animado por las vitaminas ingeridas, dando las gracias a Hebe, ordené la marcha de la nube en busca de aquellos seres que jamás morían, pero que poseían la misma mentalidad tortuosa que la mayoría de los humanos. Creo sinceramente que el poder de los dioses era el culpable de las grandes miserias de los terrestres. Un brillante cervatillo hizo que ordenara a mi maravilloso transporte que se posara junto a una inmensa planicie rebosante de recios árboles. Mi instinto 44
  • 45. me dijo que estaba en los dominios de Artemisa, la diosa de la caza. Artemisa, la hermana de Apolo. Con suma precaución, arrimé mi taxi a una columna de mármol verde. Pasito a pasito precavido, por si saltaba alguna sorpresa, avancé largo trecho por entre la frondosa vegetación repleta de toda clase de animales. Pese al talismán, aquel silencio ominoso asustaba. Cansado, iba a sentarme en un banco de madera, cuando una voz hombruna me llamó desde muy cerca preguntándome: -¿Quién eres? Respondí sin titubear: -Soy un hombre al que Zeus ha dado parte de su poder para visitar a todos los dioses y formarme una opinión de ellos. Así que soy inmune a cualquier maldad. Apareció Artemisa, con un arco en las manos. En su espalda lucía un carcaj con docenas de malignas flechas. La diosa no se parecía en absoluto a la del cuadro pintado por Lucas Cranach, ni al de Peter Paul Rubens, y muchísimo menos a la de Jean Baptiste Van Lee, exhibido en el museo del Louvre, donde Artemisa, junto a otra mujer, da la impresión de estar levitando. Además, están retratadas en una postura sumamente extravagante. La diosa de las matanzas de animales dijo: -Ya te conocía, Menelao; quería asegurarme de que no me mentirías. ¿Qué deseas saber? Sus facciones herméticas, aunque no eran feas, no desprendían confianza. 45
  • 46. -¡Oh, diosa! ¡Quisiera que me respondieras a unas preguntas! -Pregunta, pregunta. Los dioses, al contrario que vosotros, carecemos de secretos. Zeus todo lo sabe; es por ello por lo que nos concede libertad absoluta. Le espeté con mala idea: -¿Coméis en el Olimpo carne de venado? Respondió: -No, solamente nos alimentamos de néctares y ambrosías. -Entonces, Artemisa, ¿por qué matas a indefensos animales? Su mirada asesina penetró hasta mis tuétanos. -Mato por placer. Repliqué con audacia, pese a mis tembleques interiores: -Nosotros amamos a los animales; solamente los sacrificamos para alimentarnos. Su pétrea cara sonrió. Repuso: -La hipocresía de los terrícolas ya sale a relucir. Desde nuestros observatorios privilegiados contemplamos como acabáis sistemáticamente con las ballenas y los tiburones. Además, habéis conseguido extinguir cientos de especies animales. Dentro de cien años no guisaréis más que ratas, ratas de granja, y cerdos de carnes artificiales. Ante tan contundente réplica, respondí: -Sí, pero tú matas por gusto. -Menelao: ¿eres un pozo de inocencia, o un solemne idiota? Dime: ¿cuántos millones de escopetas y rifles se utilizan en masacres interminables? Matáis desde pajaritos hasta elefantes. 46
  • 47. Su contestación me apabulló. -Menelao, no te acribillo a flechazos gracias a tu protección sagrada. Estoy cansada de tus preguntas estúpidas. Incliné la cabeza. Artemisa extrajo una flecha y montó el arco apuntando en mi dirección. Solté grandes ventosidades. La flecha partió, clavándose en el costado de una gacela. El animal volvió sus enormes ojos hacia la causante de su herida mortal, mugiendo de dolor. La diosa, satisfecha, llamó a sus ninfas que jugaban en un bosquecillo cercano y les mostró aquel animal que pateaba en su agonía. Las ninfas danzaron gozosas a su alrededor. Me sentí muy mal. Amparado por el donativo de Zeus, protesté airadamente. -¡Oh, diosa! Aunque te consideras equilibrada y justa, estás demostrando una maldad inusitada asesinando a quien no puede defenderse. Indignada, respondió: -También elimino a monstruos y gigantes nocivos; como diosa, no le temo a nada ni a nadie. Amenazó: -Si todavía vives, ya sabrás a qué es debido. No me asustaron sus palabras. Proseguí con mis críticas: -Dicen que eres una diosa virgen, que castigas severamente a tus ninfas. -Sí, lo hago. -En ti no hay compasión. -Los dioses, como ya sabrás, y si no te lo digo, carecemos de compasión hacia los mortales. Y mucho más ahora que nos habéis olvidado, no sacrificando a Zeus y a los demás dioses. Repliqué: 47
  • 48. -Los humanos necesitan las cabras, los toros y los corderos para su manutención. Quemarlos para vosotros es absurdo y estúpido. Sin responder, tensó de nuevo el arco, cargándose a otro animalito de cuatro pies que pacía en la verde pradera. Grité indignado: -¡Eres una diosa aborrecible! Si estuviera en mi mano, arrojaría tu arco al vacío infinito, tanto el tuyo como el de tu hermano Apolo, ya que solamente los usáis para actos de maldad. Impasible, la diosa continuó asaeteando a pacíficos rumiantes, mientras las ninfas desnudas bailaban desaforadamente. Cansada de matar, dijo con el rostro inexpresivo: -¿Acaso vosotros, en la sucia y corrompida Tierra, no asesináis a toros en plazas públicas, organizáis peleas de perros y de gallos, y prendéis fuego en las astas de novillos para goce y placer de vuestros instintos? -No todos los humanos disfrutan con ello -repuse vacilante. -¿Lo hacéis, o no? Bajé la cabeza y respondí: -Sí, es verdad. -¿No es verdad que colocáis trampas en los bosques para cazar lobos, zorros y gatos monteses? -Sí, pero… -Calla y escucha, pedazo de carne destinada a la putrefacción. Asustado, esperé lo que iba a decirme la diosa de las flechas certeras. -Nosotros, inmundicia humana, en el Olimpo eliminamos cervatillos, cabras monteses y otros animales provistos de cuernos. No tenemos 48
  • 49. problemas. Cuando las existencias disminuyen, por el poder que Zeus me otorgó, las praderas se llenan nuevamente de cornudos. O sea, que cállate y lárgate a otro lugar a predicar la hipócrita doble moral de los humanos. Corrido, dirigí los pasos en busca de la nubecilla estacionada en la columna. Me perseguían las ninfas y los pájaros que anidaban en los altos cipreses. Las primeras me lanzaban piedras, que esquivaba gracias a la varita mágica. Los segundos se regodeaban picoteándome la cabeza. Puse la nube en marcha, buscando la residencia de otro dios o diosa no tan sangrientos como Artemisa. De repente entró la risa en mi cuerpo al recordar los millones de animales cornudos que pululan por el planeta… Luego sentí una gran tristeza, no por los cornudos, sino porque nosotros moríamos a millones y ellos vivían tan panchos. Ellos tuvieron un principio, cuando la Tierra era el caos, pero una vez exterminados los malvados titanes, Zeus se hizo con el poder y éste, según sus teorías, sería eterno, quizá gracias a la ambrosía y los néctares, no lo sé, pero el caso es que llevaban miles de años ejerciendo el poder, un poder absoluto y carente de compasión, lo mismo que sucede en la Tierra. Mientras me rascaba la cabeza, irritado por los picotazos de los malditos residentes de los cipreses, observaba con atención los inacabables espacios etéreos del Olimpo. Ordené a la nube que se parara unos instantes, y mentalmente llamé a Hebe, la dueña de la despensa celestial. Apareció la diosa, le pedí comida y fui servido con diligencia. Di las gracias a la proveedora, reemprendiendo la ruta de las estrellas. Artemisa había llenado mi corazón de inquietudes. Las visitas a los dioses no eran demasiado agradables; sin embargo, seguía esperando 49
  • 50. que alguno se humanizara… Estúpido de mí al tener tal pretensión. El poder es el poder, jamás ningún dios o diosecillo se rebajaría a tratarme como a un igual. Maldigo a mis ancestros por haber sondeado a los dioses y haberme obligado a subir al Olimpo. 50
  • 51. XI HADES Fijé la atención en un gran espacio rodeado de columnas que desprendían un gran calor. No podía ser una sauna, ni un lugar donde se asaran pollos y conejos. Los dioses, cuando organizan orgías, se lamen entre ellos, pero esto indiscutiblemente no es comer carne. La nube mágica quedó aparcada junto a unos robles; traspasé el umbral de tan lúgubre lugar, al tiempo que me enjugaba el sudor con el borde de la túnica. Grité: -¡Soy el delegado de Zeus! ¡Si alguien mora en este ardiente lugar, que se deje ver! Penetré unos pasos por entre las columnas, y tuve que retroceder ahogado por el calor. Iba a retirarme, cuando surgió la figura contrahecha de un perro que hablaba. Mudo de asombro, por fin conseguí preguntarle: -¿De qué raza de canes eres, que puedes hablar? Respondió: -Soy el hijo de Cancerbero, el perro infernal, a las órdenes de Hades, el dios de los infiernos. Soy el encargado de proteger su mansión. Era, en verdad, un animal repulsivo. Mostraba unos colmillos semejantes a puñales, y de sus hocicos manaba humo caliente. Empuñé el cetro con fuerza, y dije: -¿Sabrás quién soy? Respondió, luciendo su pavorosa dentadura: 51
  • 52. -Si no lo supiera, haría rato que estarías muerto. Te hubiera asado, comido, digerido, expulsado de mis tripas y pisoteado con mis patas. Apretaba con tanta fuerza la varita, que hasta los dedos se me quedaron agarrotados. Si me hubiera caído al suelo la protección, nadie se habría acordado jamás de mi nombre. Susurré: -Venía a visitar a tu amo y señor, el poderoso Hades. Entre ladridos y gruñidos, respondió: -Está renovando los carbones del infierno. Tímidamente pregunté: -¿Vive mucha gente, en el averno? -Tanta como los dioses desean. Ofender a un dios y no arrastrarse a sus pies es suficiente para ser introducido en los dominios de Hades. Ahora vete, déjame en paz, no vaya a ser que me olvide de tu salvoconducto y te devore, aunque Zeus me castigue después… Claro que, lo único que podría hacer, sería mandarme al infierno, y ya estoy en él. No pregunté nada más. Me limité a escabullirme hasta la acogedora nube, desapareciendo de tan inhóspito y peligroso lugar. 52
  • 53. XII HERACLES Deambulando por los espacios siderales, sin necesidad de calzoncillos largos ni abrigo, sin ahogamientos ni agotamientos, eufórico por los néctares con que me alimentaban, me dormí dentro de la nube transportadora. En vez de soñar con dioses y sus derivados, mis sueños me llevaron junto al guía Dionisio y a su pacífico burro. Añoraba el vino blanco que bebíamos juntos, y su agradable compañía Si lograba salir con vida de todo aquel jaleo, y Zeus ordenaba mi traslado a la Tierra, tendría un gozo inmenso al abrazar a Dionisio. En realidad, era el único ser humano al que echaba de menos… Al despertar, ordené a mi máquina del tiempo que descendiera junto a unas moles pétreas con adornos que simulaban laureles. Escarmentado del mal recibimiento anterior, grité de lejos: -¡Si es la morada de un dios, le conmino a que aparezca en forma humana! A los pocos minutos oí unos pasos que retumbaban en el atrio. Ante mí se presentó un ser que parecía un dios. Quedé petrificado a la vista de aquel monumento de carne: mediría unos cinco metros de altura, ríanse ustedes de los músculos de los culturistas más famosos; sus enormes brazos, gruesos como troncos de árboles, mostraban venas recias cual cables de acero. Una piel de león descansaba sobre sus espaldas. Viendo mi rostro desencajado, Heracles dijo: 53
  • 54. -No tengas miedo, Menelao. Sé que estás cumpliendo un encargo de Zeus, y esto te honra. Sabrás que antes de morir era un semidiós, que es muy diferente de ser uno de los dioses olímpicos. -Pues pareces una figura eterna… -Lo soy, Menelao. Una vez muerto, Zeus me trasladó a los Campos Elíseos, y más tarde me trasladó al Olimpo. Ahora ya soy casi un dios… Dije: -Así, vivirás eternamente. -En efecto. Si no le caigo en desgracia a Zeus, pronto seré un dios. Es algo parecido a lo que ocurre en cierta religión cristiana: primero eres un beato, y luego, si te lo mereces, pasas a la categoría de santo. Tranquilo por la suavidad con que me hablaba, pregunté: -¿Es verdad que posees tanta fuerza? Me gustaría una pequeña demostración. El muy bruto arrancó de cuajo uno de los soportales de su hogar, y lo quebró por la mitad de un cabezazo. Seguidamente se cargó otro soportal, haciendo presión con sus manazas, y redujo la piedra a piedrecillas. Feliz como un niño, aplaudí tanta maravilla. Heracles, viendo las muestras de admiración, preguntó: -¿Quieres que te siga demostrando mi poder? -¡Oh, sí, gran Heracles! Agarró una clava de bronce y, acercándose a una descomunal roca, en pocos minutos la convirtió en adoquines, como los que adornaban nuestras calles hace años. -¿Quieres más? 54
  • 55. -Si no es un excesivo esfuerzo para ti… -No, no lo es. Para demostrarlo, se agarró su enorme miembro viril y derrumbó con él varios árboles. -Basta, basta, Heracles. Estoy plenamente convencido de tu poder. El semidiós enfundó su aparato creador en una malla de oro y lo escondió con toda decencia bajo su taparrabos. -¿Quieres alguna otra cosa de mí, insignificante mortal? -No… Lo que sí me gustaría es que me contaras los doce trabajos que hiciste para Euristeo, tu cobarde dueño. -Dices bien. Además, debes de estar enterado de que la hermana y esposa de Zeus quiso matarme de niño, con dos serpientes que estrangulé tendido en la cuna. -Estoy al tanto de ello, pero desearía fervientemente escuchar de tus propios labios portentosas hazañas, que los humanos tienen por leyendas y mitos. -Quizá en los tiempos gloriosos de Grecia los hombres se creyeran con facilidad estas proezas, pero hoy en día no se creen lo que ellos llaman patrañas. ¿Acaso, Menelao, no has visto mi fuerza? -Tengo la convicción de que todo es un sueño… -Soy físicamente real. -Sí, ya lo he visto. -Acércate, mortal incrédulo, y toca mis miembros. Son más sólidos que el bronce. Tírame adoquines, verás como rebotan en mi cuerpo. No temas, no me harás el menor daño. 55
  • 56. Agarré un adoquín y lo lancé con todas mis fuerzas contra su cabeza. Cayó al suelo, partido por la mitad. -Tira, tira, no te reprimas. Más de veinte adoquines hicieron blanco en diferentes partes de su cuerpo, y el ser más fuerte del Olimpo se quedó tan fresco. Admirado de sus cualidades fuera de lo común, le dije sin darme cuenta: -Si viveras en la Tierra serías millonario actuando en el circo. Tus proezas saldrían en radio, prensa, por la inefable televisión, en revistas del corazón, etcétera. Además podrías contraer matrimonio con alguna mujer gigante de la Tierra, y tus hijos anularían la mediocridad de los humanos. Nacerían gigantes poderosos que impondrían sus leyes a los enclenques terrestres. Yo podría ser tu «manager», sólo te cobraría el diez por ciento de los beneficios. Heracles levantó la clava de bronce y, con ojos chispeantes, replicó: -Menelao, da gracias a Zeus que te ha hecho invulnerable. Por lo que acabas de decir merecerías que te hundiera el cráneo; los dioses no nos vendemos, me has ofendido… -Perdóname, dios de la porra de bronce; mi ignorancia me ha hecho decir sandeces. -Por esta vez dejaré que la cosa no trascienda, pero vigila. Le pedí perdón, besando su descomunal clava. Sin ira ya en sus ojos de pez, dijo: -¿Quieres, pues, que te cuente mis doce trabajos? -Sí, gran Heracles, estoy ansioso. Así sabrán mis iguales de la Tierra que los dioses son poderosos. 56
  • 57. -Dices una gran verdad -replicó el Sansón del Olimpo-. Y te los voy a contar tal y como ocurrieron, sin añadir ni quitar nada. Apoyó su descomunal trasero sobre los adoquines, acarició su tranca imponente, y dijo: -Antes de empezar, llamaremos a Hebe para que nos sirva el néctar de la vida eterna. La voz del gigante resonó por los espacios. Hebe apareció más deslumbrante que nunca, sirviéndonos el mágico alimento. Reconfortado, me dispuse a escuchar la verdadera historia de sus trabajos después de eructar groseramente. 57
  • 58. XIII LOS TRABAJOS DE HERACLES (I) Antes de relatar mis doce monumentales trabajos, o doce faenas, como prefieras llamarlos, voy a contarte la manera en que maté al león de Citerón, una cruel bestia a quien todo el mundo temía. Lo estrujé entre mis brazos, poco me duró, pero adquirí una gran experiencia en el arte de matar. -Heracles, esta primera muerte debió de resultar fácil para un semidiós. -Menelao -repuso-, comparadas con las tareas a que me obligó Euristeo, fue tan fácil como estrangular a un canario. No dudé de sus palabras. -Continúa, Heracles, estoy impaciente. Tras unos eructos escandalosos y otros sonidos de muy mal gusto, prosiguió: -El primer trabajo fue dar muerte al famoso león de Nemea, un bicho de piel acorazada contra la que nada podían mis flechas. Tenía su piso de roca en la región de Nemea y Cleonas. Por último lo acorralé en su profunda guarida, estrangulándole con mis potentes brazos, y lo despellejé. Cuando colocaba su piel sobre mis hombros era invencible. Posteriormente, Giovanni Antonio de Brescia me grabó en cobre matando al león. Discrepo de este artista por dos motivos: el primero es que el león era mucho más enorme que el del grabado. Y el segundo, es que me representa desencajando sus mandíbulas. Mentira: lo estrangulé con toda limpieza. La obra de arte es una escultura de terracota que se llena de polvo en el museo del Vaticano. Tengo que añadir que unos curtidores griegos me limpiaron la piel del animal, y, como los sastres de tu 58
  • 59. país, me tomaron medidas. La cabeza del león encajaba en la mía igual que un guante. Cuando me miro en los ríos de cristalinas aguas, la imagen que reflejan da miedo. Poco a poco fui acostumbrándome. Ahora, con la piel cubriendo mi cuerpo, soy un semidiós elegante y pulcro, conquistador y sobre todo poderoso. Esta es, Menelao, la verdadera historia del maligno león de Nemea. -Heracles -dije-, me ha encantado esta tu primera faena; he observado también que es muy semejante a como la escribieron los antiguos. Estoy seguro de que en la Tierra, y más en los tiempos actuales, habría sido deformada. -Menelao, en tu ridículo planeta hay tantos dogmas como hormigas. Aquí, al ser todos seres superiores y eternos, sólo tenemos uno y es inalterable. No respondí; temía que arruinara mi cabeza con su maza. Haciéndome el despistado, repuse: -Estoy impaciente por oír la verdadera versión de tu segunda hazaña, que no debía de ser precisamente un trabajo burocrático. -No te entiendo, Menelao. -Nada, era un comentario absurdo. Por favor, adelante, cuenta, cuenta. Heracles modificó su postura, provocando una granizada de piedras que se me clavaron en la frente y la cabeza. Grité de dolor. -Estoy asustado, Heracles. -¡Cobarde! Llamó al curalotodo, que apareció con un frasco transparente. Sin mediar palabra alguna, me sujetó por el cuello untándome la cabeza y la frente. El líquido del Olimpo hizo su efecto. Mis heridas desaparecieron, junto con el médico divino. Estaba impresionado. Pregunté a Heracles: 59
  • 60. -¿Tanto poder tiene este dios? -Sí, lo cura todo; tanto los resfriados de los dioses, que también los tenemos, como a los caballos celestiales. Incluso cuando Zeus se convierte en águila, si se rompe alguna de sus plumas lo deja como nuevo en unos segundos. Hasta llega a sanar ranas doradas y peces de colores… -Siendo dioses, ¿no es ridículo que os acatarréis? -Soy un semidiós, y no tengo por qué responder a tu insolente pregunta. Incapaz de replicar al ver sus fríos ojos fijos en los míos, dije: -Venga, Heracles, sigue con tus historias maravillosas. No puedo aguantar más. -Escucha atentamente, gusanillo de la manzana. -Soy todo orejas, ¡oh, dios del garrote! ¡Dios del arco y las flechas! ¡Oh, gran dios estrangulador de seres raros y malignos! -Escucha y calla. Mi segunda función fue más compleja que la primera: tuve que eliminar a la hidra de Lerma, un ser nocivo que se llevaba a hombres y ganado; entonces los hombres estaban bien con los dioses. La hidra poseía siete cabezas; llegué hasta su guarida, obligándola a salir de ella a flechazos, la rodeé con los brazos y, con una afilada hoz, fui cercenando sus cabezas. Pero nacían de nuevo. En esta dura empresa iba acompañado de Yolao, un fiel amigo; éste, por orden mía, prendió fuego a un frondoso bosque y me iba pasando troncos encendidos con los cuales logré quemar sus cabezas. Una vez muerta la hidra, con su ponzoñosa bilis envenené mis flechas. Reconozco que, aun siendo un semidiós, las pasé canutas. Sin embargo, conseguí darle muerte y llevar la paz a aquellas tierras. Sus gentes, agradecidas, homenajearon a los dioses con la mitad de sus rebaños, aunque terminaron 60
  • 61. muriendo de hambre por los pocos corderos que les quedaron. Mientras agonizaban, iban loando a Zeus y a un servidor, les habían librado de tan repugnante monstruo. Heracles hizo una pausa, que aproveché para decir: -Hermosa hazaña, a fe mía; sin embargo, no encuentro justo que los pastores fenecieran de hambre debido a los sacrificios ofrecidos a Zeus y los demás dioses. Heracles respondió sin pasión: -Los que murieron por falta de carne, murieron felices con la creencia de que Zeus los acogería tiernamente en el Olimpo. Los miserables no sabían que éste se halla saturado de dioses que necesitan praderas verdes y… Le atajé: -Pero, Heracles, el Olimpo es infinito. -Lo sé, pero jamás debe ser contaminado por seres humanos. Si tú estás aquí arriba, es porque Zeus te ha elegido para que lleves la buena nueva a tus semejantes, que sepan que existimos y podemos haceros mucho mal o mucho bien. Si os humilláis ante Zeus y el resto de los dioses, se os dispensarán grandes beneficios; si no, se os castigará severamente. -Esto no es justo, Heracles. -¡Maldito escarabajo! -respondió colérico-. ¿Cómo osas discernir dónde están el bien y el mal? Se me cabreaba. Le apacigüé. -He pecado, lo reconozco. Te pido perdón. El hombre más fuerte del Olimpo no me contestó. Supliqué: 61
  • 62. -Heracles, cuéntame tu tercera aventura ordenada por Euristeo. Se había calmado. Respondió: -Quizá sea la más cómica de todas, pero fue muy nutritiva, ya que en ella logré humillar al cobarde de mi amo, bajo cuyas órdenes estaba, como ya debes de saber, hasta que concluyera los doce trabajos. -Lo sé, pero cuenta, cuenta. Heracles removió su inmensa humanidad sobre las piedras. Alejé el cuerpo, no fuera que volvieran a llover cuerpos sólidos sobre mí. -El tercer trabajo fue el siguiente: la captura del jabalí de Erimanto, en Arcadia. Dicho jabalí hacía estragos en la región. Acorralé al peligroso animal e la cumbre de un monte y, tal como había ordenado mi amo, lo cogí vivo. Me lo eché a las espaldas y, con toda tranquilidad, lo trasladé a Mecenas. Cuando Euristeo me vio llegar con semejante animal, se escondió en una tinaja. Acerqué el hocico de jabalí a la boca de dicha tinaja, y debo decir que Euristeo hizo sus necesidades dentro del recipiente, lo cual, pese a su desagradable olor, llenó mi corazón de placer. Dije: -Esta versión del jabalí es idéntica a la que consta en los textos de los antiguos griegos. -Estoy de acuerdo, Menelao. -Abrió la boca, bostezando a placer. -Descansemos unos instantes y, entretanto, recordaré el cuarto trabajo. La verdad es que yo también tenía sueño. Heracles ya roncaba como un cerdo, luciendo extraños tics faciales, mientras con las manos esquivaba insectos inexistentes. Precavido, me tumbé lejos de él y me dormí tranquilo aferrado al cetro. 62
  • 63. XIV LOS TRABAJOS DE HERACLES (II) Desperté asustado, ya que unos pajarracos voluminosos revoloteaban sobre mi cabeza. Heracles, ya despierto, agarró a unos cuantos de ellos con corazas de cobre y los estrujó entre sus manos, convirtiéndolos en clavos y herraduras. Espantando, le pregunté: -¿Quién fabrica tamaños pájaros? -Zeus, para entretenerse. -¿Y no se indigna si se los destrozas? -No, Zeus es muy comprensivo. Apremié a Heracles: -Cuéntame tu cuarta proeza. Estoy impaciente, aunque en los textos antiguos ya opinaban sobre «la cierva de Cerinea». Dicen que fue uno de tus trabajos más fáciles. El macizo cuerpo de Heracles tembló de indignación. Volteó su porra por encima de mi cabeza, y el aire de la misma me derribó al suelo. De no agarrar el cetro con fuerza, quizá me habría convertido en una hamburguesa. -¡Heracles! -grité a voz en cuello, oprimiendo al mismo tiempo los músculos del ano para no perfumar los límpidos cielos del Olimpo. Cuando la furia del susceptible dios se hubo calmado, dije-: No tienes derecho a irritarte por una opinión que no pretendía ofenderte en lo más mínimo. El dios de las grandes porras, la de carne y la de bronce, se calmó entre soplidos que daban de lleno en mi cara, obligándome a recular. Al fin dijo: 63
  • 64. -Pon mucha atención, Menelao. La captura de esta cierva, ordenada por el maldito de Euristeo, no fue sencilla: tardé un año en atraparla, recorriendo desiertos, valles, barrizales, pantanos y montañas. Como todavía no me habían concedido el diploma de semidiós, padecí hambre y sed irresistibles, me alimenté de yerbas, arbustos, insectos, conejos y toda clase de alimañas que caían en mis manos. Por último, agotado, la alcancé junto al río Lades y la llevé a Mecenas. De no ser por la orden de capturarla viva, ya la habría matado cien veces para saciar mi hambre. Fue una captura en la que perdí el cincuenta por ciento de mi masa corporal; no podía levantar la porra de bronce, y mucho menos la de carne. Pasé dos años recuperando fuerzas. Gracias a Zeus, éstas retornaron con más ímpetu que nunca. Ya ves, Menelao, el porqué de mi ira al decirme que fue una empresa sencilla. Aun siendo inmortal, me estremezco algunas veces de los apuros que pasé para atrapar a la maldita bestia. Además, no entendí jamás la razón de su captura, ya que era una cierva pacífica. Me sentí profeta y recité: -Los designios de los dioses son inescrutables. Y lo dije con toda seriedad. -Amén -repuso Heracles. Removí el cuerpo entre los adoquines, para estar más cómodo, cosa harto difícil. Heracles hizo lo mismo, sólo que al aposentar sus posaderas una nube de polvo me envolvió. Reprendí al dios: -¡Vigila! Mira cómo has dejado mi cuerpo. Sopló con tanta fuerza que tuve que agarrarme a una columna, pero mi cuerpo quedó más limpio que culete de recién nacido. 64
  • 65. El dios, sin inmutarse, dijo: -Voy a contarte la siguiente tarea, la quinta: «la expulsión de las Estinfálidas». Como seguramente sabrás, por haberlo leído o por boca de tu padre, alabado sea por los siglos de los siglos… Le interrumpí diciendo: -Amén. -…las Estinfálidas -prosiguió-, eran unas aves rapaces comedoras de niños, adultos y viejos de ambos sexos. Tenían las garras y los picos de bronce, y lanzaban plumas de sus alas en forma de saetas mortales, del mismo modo que vuestros helicópteros, sólo que estas aves no contaminaban el ambiente ni quemaban la vegetación. Logré matar a varias; las flechas que me disparaban rebotaban en la piel del león de Nemea que, como sabes, estaba acorazada. A las que no pude eliminar las espanté con sonajas de bronce. Jamás volvieron a comerse seres humanos, por lo menos en Arcadia. Su morada había sido la laguna de Estinfalis. Con los bichos que exterminé fabriqué vasos, platos de bronce y cucharas, y coloqué todas estas piezas sobre una gran mesa de piedra, para que pudieran utilizarlas los caminantes. Este fue, Menelao, mi quinto trabajo ordenado por Euristeo, así se pudra en los dominios de Hades, el simpático dios de los infiernos. -Tremenda aventura fue ésta, Heracles. Si te place, cuéntame la sexta trifulca. -Asquerosa fue la faena número seis, ordenada por Euristeo. Tenía que limpiar los establos del rey de Elida, Augías, en una sola jornada. En dichos establos descansaban tres mil vacas. Ya puedes imaginar el hedor que desprendía todo aquello. Me presenté ante el rey ofreciéndole mis servicios. En 65
  • 66. pago de tan ingente trabajo, le exigí una décima parte del ganado. Augías no opuso ningún reparo. Comencé por desviar el curso del río Peneo y dirigí sus aguas hacia la cuadras, haciendo desaparecer toda la porquería acumulada en ellas. Una vez terminado el trabajo, Augías se negó a pagarme. Juré venganza. Cuando fui libre, tras concluir los doce trabajos que me impuso por odio Euristeo, regresé a la Élida, agarré por el gaznate a Augías y le obligué a comerse su corona de oro y pedrería. Ésta fue mi sexta tarea, quizá la más denigrante de todas. Hizo una pausa y me preguntó: -¿Qué opinas, Menelao? Respondí: -Los hombres odian la venganza; es muy ruin devolver mal por mal. Heracles estalló en tremendas carcajadas; las columnas vibraron, tuve que taparme los oídos. Docenas de pajarillos metálicos y de carne y hueso (que de todo hay en la viña del señor), emprendieron el vuelo asustados por aquellas risas que más bien parecían chillidos espeluznantes. Grité: -¿De qué te ríes, Heracles…? -De tu inocencia, de tus estúpidas palabras y de lo bobo que eres. Vosotros sois más vengativos aún que los dioses; lo que ocurre es que sois ladinos y disfrazáis las venganzas para que parezcan justicias. Quise replicar, pero sus ojos me ordenaron callar, que es lo que hice. -¿Quieres que siga, Menelao? -Claro que sí. Pero antes quiero preguntarte una cosa. -Dime. 66
  • 67. -¿Disponéis de vino blanco, en el Olimpo? -Por supuesto, Menelao. -Podrías ofrecerme una copa. -No una copa, sino un odre. Palmeó. Esta vez llegó la diosa Iris y Heracles le hizo el encargo muy educadamente. A los pocos instantes reapareció la diosa con una carretilla de madera, llevando un odre fabricado con piel de vaca, que debía de contener por lo menos cien litros de vino generoso. -Gracias, bella Iris. La diosa y su carretilla de evaporaron en el estrellado cielo del Olimpo. -Bebe, Menelao. -No puedo con el odre. Bebe tu primero, ¡oh, dios! Heracles agarró el odre con dos dedos y casi lo vació de un trago. -Maldigo a mis ancestros… Maldita sea mi parentela -renegó el semidiós. Y aún pudo añadir, antes de que se derrumbara beodo-: A tus antepasados no debes maldecirles-. Entonces cayó en un sueño profundo. En el odre todavía quedaban unos cuantos litros de vino blanco, que bebí con gran placer, haciendo compañía al dios de la porra de bronce. 67
  • 68. XV LOS TRABAJOS DE HERACLES (III) Dormimos todo el día, envueltos en una nube de pájaros reales y ficticios. Los de verdad nos arrullaban con sus trinos, los mecánicos nos picoteaban lastimosamente. Heracles, al despertarse, se puso en pie de un salto, y con su pesada arma manual espachurró a muchos de aquellos agresivos juguetes. Yo, atontado por la bebida, musité: -Me duele la cabeza. Era verdad: la tenía acribillada a picotazos. Heracles llamó otra vez a Asclepio, que acudió con el yodo celestial, curando mi maltrecha azotea. Algo cabreadillo, el médico dijo: -Mortal, ponte un casco de bronce cuando duermas. Y se fue murmurando obscenidades contra mi persona. Repuesto de los mareos y las heridas de mi calabaza pensante, y, viendo que Heracles estaba tan fresco pese al consumo de litros y litros de vino, dije: -Heracles, ¿por qué no me cuentas la séptima obligación que te impuso Euristeo? -Escucha, débil mortal. La séptima faena fue la siguiente: «el toro de Creta». Posidón, dios de los mares, hizo surgir de las profundidades del océano, a petición de Minos, rey de Creta, un toro hermoso y robusto que debía ser sacrificado en honor suyo. Minos lo escondió entre sus rebaños. Posidón, irritado, volvió furioso al animal, que capturé vivo por orden de 68
  • 69. Euristeo. Éste lo dejó en libertad, sólo para fastidiarme. Algún día le cobraré con creces tamañas humillaciones. Al ver que me quedaba con la boca abierta, gritó: -Cierra la boca. Ya eres lo bastante feo… y con la boca abierta hueles además a vino de un modo insoportable. -Perdona. -Cerré la boca. -No te creas, Menelao, que me agradas. Odio a los humanos como cualquiera de los dioses, y si no fuera por Zeus, te clavaría en el suelo a golpes de mi tranca. -Muy amable, Heracles, pero no me insultes mientras posea el cetro. Tu porra, tu arco, tus flechas emponzoñadas y tu fuerza inconmensurable nada pueden contra la voluntad de Zeus. Así que deja de maldecir, cálmate, respira hondo y cuéntame el octavo episodio. El cetro tenía su poder. Heracles puso cara de circunstancias; sus ojos no desprendían precisamente simpatía hacia mi persona. Tenía un aspecto imponente, mientras acariciaba la piel de león que descansaba a su lado. De no estar protegido habría muerto de espanto. Su voz metálica comenzó: -La octava tarea fueron los corceles de Diomedes. Reinaba este señor sobre los histones, un pueblo salvaje y guerrero de Tracia. Poseía unos caballos salvajes que comían carne humana, con preferencia a la brasa. Si sus víctimas eran tiernos infantes, mejor. Tan cruel era este rey que entregaba a sus caballos antropófagos a todos los náufragos que iban a parar a sus playas. Domar estos equinos para llevarlos vivos a Mecenas fue la misión que el malnacido de Euristeo me impuso. 69
  • 70. Cumplí con mi deber; sin embargo, aplasté a Diomedes por ser tan sanguinario. Me emocioné: -Heracles, eres un buen dios. El forzudo de la piel de león replicó: -Yo no tengo compasión de nadie. Cuando era niño, asesiné a Lino, mi maestro de música. El muy idiota osó reprenderme, me pegó un palmetazo en la mano. -De verdad, Heracles, que no entiendo tu carácter tan voluble. -Piensa, mente de mosquito, que yo no quise dominar a los malditos caballos: me obligaron a ello. -Pero si has llamado sanguinario a Diomedes. -Menelao, a todos los seres humanos que exterminé los considero malvados, incluso a mi maestro de música. Si hundiera mi clava en tu frágil cabezota, para mí serías otro malvado. Como dios, no tengo que dar cuenta a nadie de lo que haga o deje de hacer. Los dioses no conocemos los remordimientos. ¿Te ha quedado claro? -Heracles, ¿qué mal te he hecho para que me amenaces de tan inicua manera? -Tú no me has hecho ni mal ni bien, pero si no estuvieras protegido por Zeus, serías un montón de carne picada, igual que la que ponéis vosotros en las saludables hamburguesas. -Yo creía que los dioses eran comprensivos y ayudaban a los humanos desprotegidos. 70
  • 71. -Los dioses sólo ayudamos a quienes nos sacrifican bueyes, vacas y corderos. Y no lo hacemos por amor hacia ellos, sino simplemente por humillarlos si fallan sus sacrificios. -Absurdo, todo es absurdo. -Dices bien, Menelao, pero dejémonos de monsergas. Vayamos al noveno tema, cuyo director, decorador y gran cabronazo es, como siempre, Euristeo. A este trabajo lo llaman, con razón, el cinturón de Hipólita. Mejor título o encabezamiento, imposible. Admeta era la hija del malnacido de Euristeo, deseaba ardientemente el cinturón de Hipólita, la reina de las amazonas, que lo había recibido de Ares, el dios de la guerra. Mi tarea consistía en apoderarme del codiciado cinturón. Al llegar a Temiscira, Hipólita se mostró favorable a la entrega, pero la esposa de Zeus, enemiga mía, tomando la figura de una amazona, difundió el rumor de que quería raptar a la reina. Asustadas, las guerreras tomaron las armas y me atacaron. En esta lucha di muerte a Hipólita y tuve que entregar el cinturón, a pesar de mi odio hacia Admeta y su padre… »Por muy reducidas que sean tus entendederas, Menelao, verás que en esta aventura la razón, que tantas veces mencionas, estaba al lado de Hipólita, pero, al oponerse a mi deseo, la maté junto con otras muchas amazonas que la defendieron con valor. Si no hubiera sido por la diosa Hera, que protegía al fanfarrón de Euristeo, en vez de matarla me habría casado con ella, trayendo al mundo numerosos Heraclititos, pero el destino fue implacable conmigo. Además, en aquel tiempo era sólo un semidiós, y los semidioses debíamos acatar las órdenes de los dioses consagrados. Sé, Menelao, que en tu interior me tratarás de ruin, inmisericorde y otros epítetos denigrantes; sin embargo, me quedo tan tranquilo. 71
  • 72. Al verme tan destemplado, y que alzaba el cetro con aire amenazador, Heracles se defendió: -¿Acaso en vuestro agusanado planeta no perecen millones de hombres, mujeres y niños masacrados con bombas? -Es cierto, pero… -¿Acaso crees, Menelao, que los culpables de estas matanzas aéreas lloran de arrepentimiento? -No, pero… Sin darme tiempo a reaccionar, prosiguió: -Nosotros, cuando nos vengamos, sabemos de quien lo hacemos. -Sí, pero… -Calla, gusanito de una manzana. No divaguemos más. Voy a contarte mi décima faena. Los bueyes de Gerión fueron el más duro de mis trabajos. Gerión era un gigante con tres cuerpos de la cintura para arriba, todos ellos dotados de alas. Era un ser monstruoso, hijo de Crisaor y Calirroe, una oceánida que habitaba en la isla Eritea, situada en el extremo oriental del mundo. Gerión apacentaba una gran manada de relucientes bueyes. Largo fue el trayecto que recorrí desde Argos a Eritea. Maté de un flechazo al pastor que guardaba el ganado, junto con su perro fiel, pero cuando me disponía a llevarme las reses, apareció el mal gestado Gerión. Después de una larga y ardua lucha conseguí dispararle una certera flecha emponzoñada, que acertó en el lugar donde su unían los tres cuerpos. Murió entre maldiciones a los dioses, tachándonos de viles ladrones. ¿Verdad que fue una hazaña gloriosa? -¿Puedo darte mi opinión sin que te enfurezcas? -Tienes mi palabra. 72
  • 73. -¿Por qué mataste al pastor y al perro, que ningún mal te habían causado? Heracles se puso tenso, manipulando su gran porra de cobre. -¡Calla, miserable boñiga! No tengo que darte cuenta de nada, ahora soy un dios y no tolero tus interferencias y críticas. Me indigné. Levanté el cetro por encima de mi cabeza, gritando: -¡Heracles, tu no tienes palabra ni nada parecido! ¡Me prometiste no cabrearte! Viendo que acercaba a sus ojos mi cetro erecto, su ira se fue aplacando. Tiró al suelo la porra y el arco, sentándose enfurruñado sobre los adoquines. Guardé las distancias, escarmentado por la lluvia de piedras que me había acribillado el cráneo. Con todo, el culo de Heracles desplazó guijarros, aunque por suerte salieron disparados en dirección contraria. Creo que, si me dan en la cabeza, el mismo médico del Olimpo habría tenido problemas. Más calmado, el hombre más fuerte del Olimpo y de la Tierra dijo: -¿Estás dispuesto a escuchar mi undécima aventura? -Sí, lo estoy. -Supongo, pulga de los pantanos, que no volverás a criticar mis gloriosas acciones. -Miraré de morderme la lengua, pero lo del pastor y el perro me ha dolido. -Los dioses sólo sentimos ira y deseos de venganza hacia vosotros los humanos; entre nosotros reina la armonía más absoluta. No conocemos lo que llamáis remordimientos. Por algo somos dioses. 73
  • 74. XVI LOS TRABAJOS DE HERACLES (IV) Estaba enojado por las maneras de Heracles y por el desprecio que sentía hacia mi persona. Si todavía estaba vivo, sin caer despeñado en dirección a la Tierra, era gracias al mágico artilugio cedido por Zeus. Sin embargo, sabiendo que el cetrillo me daba un gran poder, deseé indignar a Heracles con pullas e indirectas. Estaba harto de su prepotencia. En la aventura número once, Heracles meneó de nuevo su cuerpo sobre el pedregal y comenzó: -El jardín de las Hespérides fue un trabajo duro y largo. Unas manzanas de oro habían sido confiadas a las Hespérides, unas ninfas muy bellas… Le interrumpí: -¡Heracles! ¿Es que no hay nada feo en el Olimpo? -No, y no me interrumpas. Nuestra belleza, tanto masculina como femenina, es perfecta. -Pues tú, Heracles, no eres precisamente bello. Tienes la cabeza descomunal, y los tendones de los brazos exageradamente abultados. Heracles asió su tranca con ira, pero puse ante sus narices el cetro. La tranca cayó al suelo, el dios recobró la calma, sopló con furia y replicó: -¡Callarás de una vez! ¡Maldito seas, tú y tu parentela! -Quizás yo sea maldito -dije con ironía-, pero no tengo parientes. Anda, Heracles, sigue. El comienzo es interesante; puede que disfrute tanto como gocé con tus anteriores hazañas. Después de resoplar como toro furioso, continuó: 74
  • 75. -Eran un regalo que había recibido Gea con motivo de su boda con Zeus. El árbol del que pendían las manzanas de oro estaba protegido por un dragón. Nueva interrupción por mi parte: -Perdona, Heracles, ¿puedo hacerte una pregunta? -Dime, escarabajo estercolero. Me dolió el epíteto. Repliqué: -Creo, Heracles, que en vez de llamarte por este nombre deberían llamarte el mata monstruos o el asesino de pastores indefensos… Sus carrillos se hincharon. Agarró su arco, lo montó y me lanzó una de aquellas fatídicas flechas. Estaba preparado. Alargué el cetro y la flecha cayó dulcemente a los pies de Heracles. Dije: -¿Cómo te atreves, trozo de animal, a agredirme siendo el enviado el dios supremo? Le voy a chivar tu intemperancia, y puede que convierta tu fuerza en flaccidez. Heracles se puso serio e inclinó la cabeza, diciendo: -Mientras tengas esta varilla con dibujos que Zeus te entregó, juro que no voy a agredirte más. Después, en cuanto Zeus te la confisque, las cosas irán de otra manera. Sigo con mis explicaciones… Como te decía, el árbol estaba protegido por un… ser muy malo. La verdad, Menelao, es que éste es un episodio confuso, con largos viajes; ni siquiera recuerdo si eliminé al dragón… perdón, al feo animal, ni si me apoderé de las manzanas de oro. Claro que entonces era un semidiós. 75
  • 76. »Lo que sí recuerdo con toda nitidez es el combate a muerte con Anteo, hijo de la tierra. Era un titán mucho más alto que yo; con sus pies pegados en el suelo era imposible vencerlo. En un momento de descuido pude separarle de su madre (la tierra) y lo ahogué. Tras derrotar al poderoso Anteo, llevé a cabo mil proezas a cuál más inconcebible. Como no me acuerdo de todas no te las voy a contar. Además, incluso te parecerían absurdas. -Heracles, estoy dudando ya de lo que me cuentas. Dudo de tu poder tan exagerado, pese a haber desmenuzado tanta piedra y derribado columnas con tu maldita porra… -Menelao, los dioses no mentimos jamás. -Lo sé, pero cambiáis fácilmente de opinión. -Por respeto a tu cetro, Menelao, no voy a desmenuzarte, pero sí te insultaré. Como humano que eres, cuando mueras no se verán más que tus huesos. -Lo sé, y no me asusta la idea. Estoy preparado para la muerte, equipado por mi cinismo y por el cansancio que me dará la vejez. Pero escucha, Heracles: no creo que seáis eternos, ya que todo lo que tiene un principio ha de tener un fin. Quizá viváis un millón de años, pero feneceréis. No bien os falte el néctar y la ambrosía, vuestros días estarán contados; os iréis muriendo por orden de categoría: primero los diosecillos, después los dioses mayores. El último, como es lógico, será Zeus. »Os esfumaréis en las galaxias y ya nunca más se hablará de vosotros. En la Tierra, amigo Heracles, está ocurriendo lo mismo: religiones con bases sólidas se fueron al garete al cabo de tres mil años de existencia. Las religiones de los hombres son muchísimas, y como todas quieren tener la razón, se van 76
  • 77. desintegrando con facilidad. Vosotros quizá duraréis más, pero vuestro destino no es eterno. Heracles gritó furioso: -¡Blasfemo! ¡Te voy a matar! Sabía que mi cetro era eficaz, que su porra no le serviría de nada, así que le provoqué: -Eres un dios desgraciado; me meo en tu arco, en tu tranca y en tu casco de bronce que, por cierto, no termina de encajar en tu calabaza. Heracles quiso destruirme con su maza. Me la tiró a la cabeza, pero en ese momento arrojé el cetro celeste contra la suya. El arma del dios de la fuerza cayó a sus pies, mientras la varita milagrosa le daba en toda la frente. Se derrumbó con estrépito, y de su frente brotaron chichones; su nariz había adquirido la forma de una patata. Recogí del suelo mi protección, solicitando la presencia del médico del Olimpo. Éste apareció a los pocos instantes por correo urgente, o sea, envuelto en una nube. -¿Qué sucede? Le indiqué a Heracles. -No es nada importante. Además, siendo un dios, no puede morir. Dolor, sí que a veces los dioses sentimos, pero mis pócimas lo curan todo. Se acercó al feo durmiente, untó con un líquido azul los promontorios de su frente, y con una maza de madera hizo desaparecer las hinchazones. -Me voy -dijo Asclepio-. Tengo que visitar a Euterpe, la diosa de la poesía lírica, que se ha quedado sin voz… Heracles volvió en si, recogió su tranca y se frotó la frente diciendo: -Me he dormido… 77
  • 78. -Sí, has tenido un largo sueño. -Bueno, Menelao, creo que ya sólo falta una aventura para terminar mis doce prodigiosos trabajos. ¿No es así? -Así es, gran dios de la fuerza ilimitada. Estoy impaciente por escuchar tu postrera proeza, impuesta por la diosa Hera a las órdenes de Euristeo. -No me hables de ese bodrio sin agallas; no querría ni su grasa para alimentar las noches oscuras…. -Vamos, Heracles, cuéntame tu último portento. El dios, todavía algo mareado, antes de empezar pidió la ambrosía a Hebe. Ambos, más él que yo, repusimos fuerzas. -Empecemos -dijo el dios-… La más tremebunda tarea fue el trabajo número doce; al acabarlo quedé agotado, estuve mucho tiempo recuperando la vitalidad hasta poder lanzarme a nuevas e innumerables aventuras, ya libre de las obligaciones impuestas por la diosa Hera. »Cerbero es el guardián de las puertas del infierno. Descendí a los abismos desde el promontorio de Tenaro, en Lacedonia. Cerca ya del reino de Hades, encontré encadenadas a unas rocas a los audaces héroes Teseo y Pirítoo, que habían bajado al inframundo para raptar a Perséfone, la diosa terrible e ilustre. A Teseo pude liberarle sin dificultades, pero al intentar el rescate de Pirítoo, la tierra se puso a temblar y tuve que largarme deprisa por temor a que sus simas me tragaran. Finalmente logré llegar hasta el rey de los infiernos (el Pedro Botero de los cristianos). Le dije a Hades que me habían ordenado raptar al peligroso can. Éste se prestó a mis deseos, a condición de que se lo devolviera sin tardanza. Logré llevarlo junto a Euristeo y, sin perder un segundo, devolvérselo a su dueño. 78
  • 79. »Quedé físicamente deshecho, pero mi esclavitud a las órdenes de Euristeo había concluido. Ya era libre. Una vez repuesto de mi agotamiento, seguí realizando proezas inconmensurables. Además, ahora voy a librarme de ti. Tus preguntas irónicas y malintencionadas han conducido a mi cerebro hasta el límite de la ofuscación. Adiós, pulga de perro. Tras estas palabras llamó a una nube taxi con un silbido estridente. Acto seguido desapareció de mi vista esbozando un ademán obsceno. Si él sintió un gran placer al abandonarme, a mi me pasó lo mismo. Mi nube particular me trasladó por los inmensos y hermosos prados en busca de más dioses. 79
  • 80. XVII DIONISIO Unas carcajadas, gritos, chillidos e hipidos me llamaban la atención, por lo que ordené, con la más refinada frase, que mi nube descendiera. Como no había suficiente espacio para que se posara correctamente, la enrollé camuflándola bajo mi ancha túnica. A paso ligero recorrí un camino sembrado de viñedos; al fondo, el griterío aumentó. Sin dudarlo, entré en una sala repleta de columnas, donde docenas de sátiros y ninfas rodeaban a Dionisio, el dios del vino. Reinaba una promiscuidad que escandalizó mi moral; tengo que admitir, sin embargo, que en mi fuero interno no me resultaba desagradable contemplar tantas desnudeces coronadas con hojas de parra. Pedí permiso para entrar. Dionisio me observó con ojos de beodo y dijo: -Tú debes de ser Menelao. -El mismo que viste y calza, ¡oh, hijo de Zeus! -Pues pasa y contempla nuestras sanas bacanales en honor de mi padre y de mí mismo. Di unos pasos, y entonces tuve ocasión de contemplar al famoso dios de las juergas: no se parecía en absoluto a las esculturas de Jacobo Sensovino o Miguel Ángel Buonarotti, ni al jarrón romano del Metropolitan de Nueva York; tampoco se asemejaba a las pinturas de Tintoretto, Ticiano, Velázquez o Rubens. Eso sí, era exacto a la escultura de Ferdinando Tacca: un Dionisio desnudo agarrando con avaricia unos racimos de uvas. Quizá este escultor fue transportado en su época al Olimpo, para que esculpiera a un dios, y escogió precisamente a Dionisio, por tener en la Tierra a millones de adeptos, entre 80
  • 81. ellos yo. Al igual que la escultura, era de rostro aniñado y cuerpo rollizo, con una estatura ridícula, debido tal vez a las grandes cantidades de vino que consumía. Recuperado del asombro, dije: -¿Puedo catar tu vino? -Claro, Menelao. Si quieres, también puedes catar a mis ninfas. -Sólo deseo unos tragos de vino. Una hermosa ninfa me ofreció un voluminoso vaso de plata repleto hasta los bordes. Nunca había bebido semejante maravilla. Las ninfas me ofrecían sin pudor sus encantos. Me llenaron varias veces la copa, hasta que mis ojos se cerraron y me desplomé como un monigote sobre aquella masa de cuerpos, mientras Dionisio se reía complacido. A continuación, con su estatura liliputiense, desapareció bajo un montón de carne suave y tibia. El vino era fuerte. No me desperté hasta el día siguiente con un dolor de cabeza tremendo. A mi alrededor, las ninfas roncaban con estrépito y los repulsivos sátiros seguían atracándose del zumo de las uvas, intentando despertar a las yacentes criaturas del bosque. Dionisio, despatarrado, mostraba sus débiles vergüenzas sonriendo estúpidamente. Las hojas de parra le tapaban un ojo y continuaba bebiendo sin mesura. -Bebe, terrestre, bebe sin cesar… -Tú eres un dios. Jamás fenecerás, por más que el vino rellene tus tripas. Si continuó bebiendo jamás podré regresar a la Tierra. ¿Cuánto he consumido? -Traducido a tus medidas terrestres, unos ocho litros. 81
  • 82. Quedé tieso. Al reaccionar, dije: -Gracias por tu convite, pero tu padre quiere que recorra gran parte del Olimpo para que, cuando regrese a mi planeta, predique la palabra de los dioses. Así que me voy. -¿No deseas yacer con ninguna de estas beldades? -No, gracias. -¿Acaso te gustaría más un recio sátiro? -Tres veces no, gracias. -Y conmigo, Menelao, ¿no te agradaría dormir? Nunca me he tendido en mi yacija de hojas de parra con un ser humano. -Cuatro veces no, gracias. -Me caes simpático, Jan Menelao. Si lo deseas, llamo a una o más diosas ardiente para que goces con ellas. -Cinco veces no, gracias, ¡oh, Dios del vino! -Entonces no puedo ofrecerte nada más. -Te doy las gracias, Dionisio, por tu hospitalidad. Has sido el único dios que no me ha desdeñado. -Es tanta mi felicidad consumiendo vino, que el odio no está en mi ánimo. Claro que, si algún humano me insultara, acabaría con él. -¿De qué modo? -quise saber. -Sabrás que todos los alcoholizados de tu planeta han sido maldecidos por mí. -Veo, Dionisio, que también eres cruel. -Déjame en paz, vete con guerra. Voy a beber vino; luego me enterraré debajo de faunos y ninfas. 82
  • 83. Sin responder a tan groseras palabras, entré en mi nube desapareciendo en los cielos del Olimpo. 83
  • 84. XVIII AFRODITA Atravesé grandes espacios cuajados de verdes lugares: bosques ubérrimos, viñedos inacabables y saltos de agua purísima; por último me llamó la atención un gran espacio verde en cuyo fondo sonaban flautas con notas alegres. Descendí del frágil vehículo y recorrí a pie un sendero, hasta llegar a un paraje donde hermosos efebos soplaban dulcemente flautas de caña. Junto a los músicos apareció nada más y nada menos que Afrodita, la diosa olímpica, hija de Zeus y de Diana, antigua esposa de Hefesto, el herrero celestial, del cual se separó por tener siempre la lengua negra de tanto zampar carbón, cosa insoportable para ella. También tuvo relaciones con amantes humanos, tales como Adonis y Anquises, etcétera, etcétera. Tan hermosa era Afrodita, que busqué algún defecto en su cuerpo semidesnudo. Puede que su nariz un poco abultada, sus orejas grandes, sus dientes algo torcidos y su ojo derecho un tanto bizco, anularan ligeramente sus formas perfectas. Tuve que presentarme: -Me llamo Menelao. Tu padre, Zeus, el engendrador de dioses, me ha dado permiso para fisgonear. -Sé quien eres; bienvenido seas. Pregunta y te contestaré. Se levantó de su trono de oro, ofreciéndome la mano que parecía un trozo de hielo. Hice una profunda genuflexión. Al darme la espalda para sentarse descubrí que cojeaba levemente del pie derecho. Sin embargo, lo que enseñaba de su cuerpo era hermoso, excepto 84
  • 85. una cicatriz en su hombro desnudo, que debía de haberle hecho Hefesto, el sucio forjador. Pregunté: -¿Cuántos amantes has tenido? No le molestó la pregunta. -Incontables, no los recuerdo. Sólo mi padre, Zeus, los tiene anotados en el libro del amor. Es tan voluminoso que necesitamos de Heracles para su manipulación. -¿Actualmente tienes amantes? -Sí, Menelao, a docenas. Cada día pasan por mis aposentos dioses, semidioses, sátiros y algún que otro monstruo domesticado para los menesteres amorosos. Si lo deseas, Menelao, te puedo dedicar unos instantes para que sepas de lo que es capaz Afrodita en las inmensas camas de su mansión. Me puse en guardia al ver que sus ojos chispeaban, su pecho se agitaba y sus largas manos avanzaban hacia mí. -Afrodita, si fuera hombre entero me acostaría contigo, pero tuve un grave accidente y los deseos se me fueron al garete. Vivo tranquilo como un buey y no busco vacas. Afrodita me creyó. -Lástima, Menelao, hubiéramos pasado un rato delicioso. Con toda la hipocresía de que era capaz, respondí: -Más lo siento yo, diosa del placer, diosa insaciable. Gracias por dejarme entrar en tu casa, gracias por tus respuestas. Te dejo, diosa del amor; tengo 85
  • 86. todavía que visitar a innumerables dioses, y la verdad es que deseo volver a la Tierra. -No creo que tengas tiempo de conocer a todos los dioses y diosas del Olimpo. Hay tantos o más que santos tenéis en la Tierra. Con una reverencia abandoné a la diosa Afrodita, la comedora de dioses y mortales. Entré en la nube viajera, huyendo satisfecho de ella. De haber cedido a su erótica oferta, quizá hubiera quedado embrujado por los siglos de los siglos. Antes de alejarme alcancé a oír las risas de la diosa y de los efebos, cuya virilidad debía de agotarse por su insaciable sed de goces. Antes de ordenar la marcha de mi sutil carruaje, me di cuenta de que los efebos se caían al suelo al levantarse para cambiar de postura. Comprendí entonces que la diosa, cruel e insaciable en sus amores, les había secado la médula y eran incapaces de ponerse en pie. Desaparecí por los espacios sagrados e interminables, en busca de otros dioses. Sin embargo, en mi interior di gracias a Afrodita, quien, a diferencia de los demás, no me había menospreciado. 86
  • 87. XIX EROS Con la suavidad de un planeador en días de brisa, aterricé en una planicie llena de flores. Otra vez me vi rodeado de feos pájaros metálicos, cuyo placer habría sido destrozarme el cuerpo a picotazos, pero la vara milagrosa descalabró a unos cuantos. Los restantes huyeron entre chirridos; seguramente, en los cielos del Olimpo no conocían el aceite. A pocos pasos de la pista de aterrizaje, un palacete brillaba cual diamante pulido. Grité: -¡Soy Menelao, el enviado de Zeus! ¿Puedo entrar en tan luminoso lugar? Asomó por detrás de una columnita un regordete dios, hijo de Ares y de la caliente Afrodita. Quedé pasmado al ver que era exactamente igual que las pinturas con que lo representan los humanos. Parecía extraño que fuera el hijo de un dios tan cruel como Ares, el masacrador de gentes; a su madre sí se asemejaba, pues, según había leído, Eros era la pornografía personificada. Su desnudez integral dejaba al descubierto unos atributos exagerados en proporción a su cuerpo, y sus ojos viciosos rezumaban deseos insanos. De modo que me puse a la defensiva. Sin hacer mucho caso de mi perorata brevísima, Eros me examinó de pies a cabeza. A su alrededor se habían reunido pajaritos auténticos, o sea, de carne y plumas, que con suavidad picoteaban los labios del pequeño dios, introduciendo en su boca gotas de ambrosía. Al fin dijo: -¿Qué deseas de mí, Menelao? 87
  • 88. -Preguntarte algunas cosas sobre tu eterna existencia y tus compañías. -Pregunta, preguntón, guiñapo terrestre. -Sin faltar, Eros, o te tiro el cetro a la cabeza. Me sentía ya como un dios; poseyendo aquel artilugio no debía temer nada. El dios inclinó la cabecita. -Dime, Eros, ¿cuántas amantes tienes? -Tantas como estrellas hay en el cielo, o granos de arena en el mar. -Vamos, Eros, que no soy tonto; no exageres, dime la verdad. Es imposible que en tu carcaj tuvieras tantas flechas para enamorar a tantos millones de terrestres, o bien a tantos dioses. Por toda respuesta, el dios del amor continuo silbó de un modo muy raro; en escasos segundos, la gran llanura que se extendía frente a su hogar quedó tan atestada de seres humanos ya fenecidos, dioses, ninfas, sátiros, cervatillos, patos y ponis, que no cabían en aquel espacio interminable. Quedé perplejo, asustado y convencido de la eficacia de sus flechas de amor. -Te creo, Eros; ya puedes evaporar a esta multitud. En pocos instantes todos desaparecieron: los humanos regresaron a sus cómodas tumbas, los dioses a sus quehaceres huecos, las ninfas a juguetear en los bosques, los sátiros a perseguirlas con horrorosas malas intenciones, los cervatillos a pacer la verde hierba, los patos a las lagunas, satisfechos por no haber sido requeridos por Eros para uso sexual, y los ponis a corretear por la pradera, esperando que su dueño y señor los llamara a su presencia. 88
  • 89. -No me caes muy bien, Eros. No te recrimino que te des a la gran vida, pero creo que te estás pasando con tan estrafalarios caprichos. Hasta un dios debe tener equilibrio en sus instintos, y tú los tienes malsanos. Sin mediar palabra, me endiñó una flechita de amor con la mala fe de cautivarme; como esperaba esa acción, mi cetro quebró el proyectil. Eros comprendió mi poder y dejó el arco y las flechas en el suelo. Dijo: -Menelao, reconozco mi inferioridad; soy impotente contra Zeus, pero si quiere pasar unos días a mi vera, no te faltará de nada: el néctar, la ambrosía y los vinos de Dionisio regalarán tu paladar. De tu cuerpo ya me cuidaré yo. Verás como saldrás lleno de gloria y placer… -Eros -respondí-, si no tienes bastante con tus innumerables amantes, agénciate las vacas inmortales del Olimpo, los toros, cabras, ovejas, cerditos, caballos, asnos, canarios y toda la gama animal que debe de vivir en estos cielos. A mí, Eros, no es que no me gusten las hermosas mujeres, pero tanta variedad de seres vivientes al servicio de tus extremos estrafalarios, la verdad es que me da miedo y me aburre. -Te odio, Menelao; da gracias al poder de tu cetro, si no ahora estarías comiendo tierra y mi cuerpo sobre el tuyo. Indignado, le asesté un cetrazo de órdago. Cayó al suelo, aplastando a varios pajaritos que le servían el néctar. Le dije: -Avisa a Asclepio, pues este bulto te irá creciendo, parecerá que tengas dos cabezas. Adiós. 89
  • 90. XX CRONOS Subí a la nube viajera, rodeado de buenos y malos pájaros. Avancé con suavidad por las esferas celestiales; desde las alturas divisé un reluciente palacio junto a un nítido lago, por el que se deslizaban cisnes blancos como la nieve, seguidos de sus crías. Me gustó el lugar. Descendí lentamente, pero la nube se enredó entre unos árboles y tuve que bajar al suelo, arrastrando al mismo tiempo mi medio de transporte. Paso a paso llegué hasta el atrio del palacio y grité: -¿Qué dios vive en este hermoso palacio? Una voz profunda me respondió: -¿Quién eres? -Como dios deberías saberlo. -Era una pregunta protocolaria. Soy Cronos, el dios del tiempo, el que devoré a mis hijos menos a uno, el actual dios del Olimpo, Zeus, que mi esposa y hermana Rea salvó de perecer entre mis mandíbulas. Entonces apareció en el umbral. Quedé horrorizado, y si no hubiera sido por el bastón bendecido por el susodicho Zeus, me hubiera desmayado con toda seguridad. Además de ser más alto que Heracles, Cronos lucía, en lugar de cabeza, un enorme reloj de arena con el que medía el tiempo. Sus ojos, orejas, nariz y boca estaban insertados en su pecho, y sus labios esbozaban una sonrisa maligna. Me repuse del susto y repliqué enfurecido, pese al temor que me producía semejante elemento: 90
  • 91. -¿Te presentas orgulloso de haberte comido a tus hijos tan pronto nacían, por miedo a que te quitaran el poder? -Sé que eres Menelao, el que escudriña a los dioses; tu lengua es muy larga. Soy el dios del tiempo. Quizá me precipité al tratarle de antropófago, pues recordé que en la Tierra, cientos años atrás, también nos comíamos unos a otros. No obstante, sin hacer el menor caso a sus palabras amenazadoras, clavé mis ojos en su pecho, libre de todo temor, y dije: -¿No hubiera sido mejor, dios Cronos, que en vez de deformar tu cuerpo tan monstruosamente, llevaras el reloj a la espalda? -El tiempo, señor consejero, está en mí. -¿Acaso piensas por el reloj? Es absurdo. Ahora veo que la mayoría de los dioses no conocen la lógica, ni las ventajas de la comodidad En aquellos instantes, el reloj de arena giró repentinamente. En pocos segundos, pues había transcurrido en tiempo marcado, la arena se deslizó granito a granito de arriba abajo, tal como mandan los cánones. Me sentía muy incómodo ante aquel dios grandioso que me miraba a los ojos con insolencia. Si me iba con precipitación parecería que le tenía miedo, así que quise indignarle un poco más. -Dime, Cronos: ¿a tus hijos te los comías crudos? Supongo que los salabas… No creo que el dios supremo, Zeus, tu hijo, te tenga demasiada simpatía, pues de no haber sido por Rea, su madre, actualmente el dios del Olimpo sería otro. Lo que me produce más risa y me demuestra que en el fondo eres algo idiota, es que Rea no dejó que te comieras a Zeus; te dio una 91
  • 92. piedra envuelta en ropa, y te creíste que te tragabas al último de tus vástagos. Esta piedra aún la debes de tener en el estómago. Cronos me insultó. Abrió su boca inmensa y alargó sus fuertes brazos para cogerme y tragárseme; pero de un cetrazo le rompí varios dientes, cosa que le molestó sobremanera. Le dije: -Si intentas agredirme de nuevo, te romperé los cristeles de tu reloj. Entonces ya no serás el dios del tiempo, sino de la nada. Cronos retrocedió maldiciéndome. Cuando terminó de lanzar su último insulto, le pegué con el cetro en la nariz y le dije: -Llama a Asclepio, maldito troceador de niños dioses, que te arregle los dientes y la nariz, ya que si eras horrible antes de estos percances, ahora no existen palabras suficientes para explicar tu fealdad. Y, sin añadir nada más, dejé al dios del tiempo rabioso e impotente, ya que nada podía hacer contra la varita de Zeus. Planché la nube, que había quedado muy arrugada al engancharse en el árbol, y me dispuse a recurrir a otros espacios eternos, en busca de algún inquilino del Olimpo más agradable. Cosa harto difícil. 92
  • 93. XXI LAS HORAS Del fuego a las brasas: fui a parar a la casa de las diosas Horas, donde tres desarrapadas hijas de Zeus y de Temis, que ni siquiera me miraron cuando les pedí permiso para hablarles, hilaban y deshilaban unos conos de lino que, según me había contado mi padre, eran la vida de los humanos; y como éstos mueren a miles, no cesaban de manipular los husos. Iban sucias de lino, en la cabeza tenían más hilos que pelos, sus ropas no las habrían querido ni los vagabundos de la Tierra, su fealdad asustaba y sus fétidos alientos mareaban. Se llamaban Eunomia, Diké y Eirene. También lo sé por mi progenitor. Les hablé con toda la educación posible, incluso les mostré mi cetro; ni siquiera le echaron una ojeada. Seguían liadas con sus hilos, eliminando a gente; se reía cuando se rompían las uniones del lino, ya que significaba que varios seres humanos se habían ido al garete. La verdad es que la Tierra es pródiga en guerras, matanzas, venganzas, accidentes de coche, de avión y de tren, por lo que las diosas Horas, que debían de ser las hijas a las que Zeus no tenía demasiado aprecio, se lo pasaban muy bien, principalmente cuando se trataba de genocidios. Antes de largarme de aquella casona repleta de malos olores, les grité: -¡Horas, vengo de parte de vuestro padre Zeus, y de vuestra madre Temis, a pediros información! ¡Soy el dios del cetro, debéis escucharme! Ni caso. Así que, antes de largarme, sirviéndome del poder del cetro, en el cual cada día tenía más fe, y quizá sin que se lo merecieran, golpeé sus cabezas diciéndoles: 93
  • 94. -Toma, Eunomia, toma, Diké y toma Eirene. Sus calabazas resonaron a cada golpe; se tambalearon pero no se cayeron al suelo. Eso sí: dejaron de hilar, evitando por unos momentos que nadie se fuera al otro mundo. Repetí lo de otras veces: -Llamad a Asclepio y decidle que traiga su pomada o líquido, junto con la maza de madera. Estos promontorios que os han salido en la cabeza desaparecerán pronto. Os lo juro. Marché raudo, pensando que todos los dioses que había visitado, pese a ser inmortales, adolecían de defectos de órdago y sentían el dolor. De un salto, perseguido por el hedor de su aliento, subí al vehículo que no contaminaba. Éste se puso en marcha en busca de nuevos dioses y de nuevas emociones. 94
  • 95. XXII LAS TRES GRACIAS El encuentro con ellas fue algo maravilloso. Al verme, se acercaron desnudas con las manos enlazadas, formando un reducido círculo. Sentí que la miseria de mi entrepierna se agitaba, despertando de un largo sueño. Pregunté: -¿Por qué soy tan bien recibido, hermosas diosas? Vuestro padre, Zeus, creó tres obras maravillosas, nunca contemplé traseros tan redondos, pechos tan erectos y muslos tan suaves. Aglaye, Eufrósina y Talía se apartaron danzando con lascivia. Aglaye dijo: -Somos las servidoras de Afrodita, la diosa más bella de nuestros cielos. -Lo dudo -respondí con energía-. Tuve el placer de hablar con ella; le encontré algunos defectos que no observo en vosotras. Danzaban, danzaban sin cesar. De repente me tumbaron en el suelo, y, en un santiamén, sin que pudiera evitarlo, quedé desnudo con mi aparato viril tieso. Me obligaron a bailar. Pronto agoté las fuerzas limitadas que la madre naturaleza me había otorgado, y el pirulí retrocedió con la misma rapidez que el caracol que se esconde en su concha. Carcajeando, Eufrósina dijo sin vergüenza: -Si deseas gozar con nosotras, dilo. Estaremos dispuestas a ello, ya que llevas el cetro de nuestro padre. En verdad que deseaba agarrarme a una de ellas, pero no entendí bien el ofrecimiento. 95
  • 96. -¿Habéis dicho con vosotras? -Cuando un dios desea calmar sus fogosidades, debe de ser con las tres. Toda mi sed de amor se esfumó: no iba a servir de conejito a las tres poderosas diosas, imponentes, recias, esbeltas, tres palmos más altas que yo. Quedaría destrozado de intentarlo, así que respondí a la oferta de Eufrósina: -Hice una promesa de castidad a un santo terrestre, no puedo romperla. -Ahora no estás en tu planeta -replicó Talía. -Cumplo siempre mis juramentos. -Mentía. No tenía otra opción. Recogí del suelo la túnica, tapé las anemias y dije: -He tenido mucho gusto en conoceros; de no haber sido por el juramento al santo, hubiera disfrutado con las tres a la vez, y aún me habrían sobrado energías para atacar a un par de ninfas. Ante tanta desfachatez y mentiras dejaron de reírse, se acercaron de nuevo y me arrancaron la túnica que tapaba las miserias con qué la naturaleza me había dotado. Mientras Aglaye y Eufrósina me sujetaban los brazos, Talía recogió dos piedras con la intención de machacarme mis atributos de hormiga. Pude desprenderme de Aglaye con un esfuerzo sobrehumano, y en un movimiento rápido, recoger el cetro que yacía olvidado en el suelo. Las amenacé con él; entonces soltaron la presa, alejándose de mi lanzando feroces púas contra los ridículos instrumentos de que estaba dotado. No sé cómo el arte presenta a las Gracias con cara de inocentes. No pueden serlo, desde el momento que, en vez de apiadarse de un pobre mortal, pretendían convertirme en eunuco. Ni para buey habría servido, ya que mi fuerza era mínima; no podía ni arrastrar una carretilla cargada de piedras. Volví a vestirme, andando hacia atrás como los cangrejos. amenazando todo el tiempo a las beldades. Llegué 96
  • 97. hasta dónde estaba el insustituible transporte, envolví mi cuerpo con la túnica y, llamándolas de todo, me alejé. Ellas, desde el suelo, me saludaron con las manos y los brazos haciendo ademanes obscenos muy comprensibles. Estaba cansado. Aterricé en un prado donde dormí varias horas. Al despertar, llamé con el pensamiento a Hebe, la proveedora de los dioses. Me trajo néctar y ambrosía. Antes de que la mensajera se volatilizara, recalentado como estaba por las Gracias, pretendí manosearla. Su respuesta fue un tremebundo golpe en la frente con el recipiente de la ambrosía. Quedé bastante atontado y tuve que llamar a Asclepio, que apareció con las facciones endurecidas. Sin mediar palabra, atizó mi frente con su maza de madera, hasta que el bulto producido por Hebe se esfumó. -Gracias, Asclepio. Su respuesta fue despiadada: -Si no fuera por Zeus, ya te habría envenenado. Entristecido por la réplica del doctor del Olimpo, penetré en la suave nubecilla, la cual, sin necesidad de órdenes, levantó el vuelo con delicadeza. De nuevo buscaba a dioses agradables que me comprendieran; sin embargo, en mi interior entendía que era utópico pretender que un dios se pusiera a mi altura. 97
  • 98. XXIII LAS HARPÍAS Todavía asustado por la respuesta de Asclepio, y mosqueado por la agresión de Hebe, dejé que el envoltorio nebuloso parara donde la diera la gana. Lo hizo en un pantano brumoso; algo mosca abandoné la nube y, con el cetro bien apretado, anduve largo trecho. Aparecieron dos pajarracos grandotes y asquerosos, que revolotearon por encima de mi cabeza. Olían muy mal. Con una mano me tapé la nariz, con la otra abatí a uno de ellos. Su compañero huyó entre horripilantes graznidos. Triunfante, continué andando hasta que divisé una gruta de donde manaba un espeso vapor verde. Me detuve gritando: -¡Quienes habitan esta cueva, que salgan! Hablo en nombre de Zeus. De la gruta salieron dos seres extravagantes, dos monstruos. Después de hurgar en las enseñanzas de mis antecesores, descubrí que eran las Harpías, diosas de las tempestades. De no ser por el poder mágico que me protegía, hubiera hecho mis necesidades allí mismo. El cetro daba a mi espíritu la fortaleza necesaria para que tal cosa no ocurriera. Eran dos seres alados, mitad humanos, mitad aves, con busto femenino y el cuerpo cubierto de plumas de buitre. La verdad es que su aspecto no invitaba a la contemplación. Su delgadez, además, les daba un aspecto cadavérico. Se llamaban Aelo y Ocípete. Ésta última fue la primera en abrir la boca: -¿Qué deseas, mortal? Sabemos el poder que Zeus te ha dado. -¿Puedo preguntaros algo sin que os ofendáis? 98
  • 99. Movieron su cuerpo emplumado. -Dí lo que te parezca. -¿Es verdad que vuestra hambre nunca es saciada? -No lo es. A veces, en un día nos tragamos un buey cebado entre las dos, y todavía nos quedamos con hambre. -Debéis de anidar en vuestras tripas un gusano que los terrestres llamamos vulgarmente la solitaria. Este largo gusano dicen que come por diez personas; todas las vitaminas son para él. Los que padecen este mal están flacos como vosotras. Aelo, moviendo sus podridas alas, se picó: -Si vienes aquí para mofarte de nosotras, vete al encuentro de Hades y le pides que te aloje en una de sus habitaciones. -Perdón por la pregunta; no la hice con ánimo de ofenderos. Tenía prisa por abandonar aquel inmundo lugar que olía a muerte y a descomposición; sin embargo, quise hacerles otra pregunta. Sabía que no les gustaría, pero tenía que hacerla. -Os voy a preguntar otra cosa, y me marcho. -Si quieres, te invitamos a comer. Después del néctar asaremos un par de cebados bueyes. Una vez hartas, puedes pedirnos lo que quieras. -No, gracias; tengo que visitar a otros dioses. No puedo entretenerme, el tiempo corre. Quizás Zeus me llamé a su lado para devolverme a casa con la sagrada misión de predicar el renacimiento de los dioses en la Tierra. -Lástima -contestó Ocípete-. Pregunta, pues, y luego te largas. Olvida también que nos has conocido... 99
  • 100. -Bueno, ahí va la pregunta: ¿cómo es posible que la diosa mensajera sea vuestra hermana? Ella es hermosa; físicamente no os parecéis en nada. Iban a replicarme, pero el cetro les ordenó silencio. -No concibo como el poderoso Zeus, amo y señor del Olimpo, permite que criaturas deformes como vosotras deambulen por estos espacios. ¿Es que habéis ofendido en algo a vuestro señor? Agacharon la cabeza. Sentí compasión por ellas y un odio visceral por un dios que permitía, pudiendo evitarlo, que en el Olimpo nacieran seres tan estrafalarios. -No podemos criticar los deseos de Zeus; nos castigaría. Me sentí en deuda con ellas. Me quedé a beber del líquido eterno, y parte de un toro descansó en mi barriga. Me despedí sin dejar de apretar el cetro, por si acaso. Ellas se sintieron felices, y en mi honor desencadenaron una tempestad. Al apaciguarse ésta, las saludé pese a mis recelos y me fui con la limpia nubecilla en busca de otros horizontes. Las Harpías me habían deprimido. Pensé en Zeus y en todos los dioses que permiten tamañas malformaciones. 100
  • 101. XXIV LOS DIOSES DEL ENTRETENIMIENTO Tumbado sobre la nube, mis pensamientos recorrían los lugares que había visitado. Ninguno de ellos me enamoró, al contrario: profundas decepciones se amontonaban en el cerebro; una amalgama de dudas, confusiones e incongruencias se dedicaban a remover viejas convicciones, si es que llegué jamás a tenerlas. Unos cantos y toques de lira llamaron la atención de mis orejas, suaves melodías invadieron mi corazón; obraban igual que una aspirina cuando te molesta un persistente dolor de cabeza. Aterricé en el centro de un teatro griego, donde seis diosas y un dios, ceñidos a flautas, liras, trompas y oboes, recitaban epopeyas con ademanes truculentos. Además, cantaban y danzaban con furia. En el teatro no existía el público. Calíope, diosa de la poesía épica, estaba loando a Aquiles con palabras rebuscadas. De vez en cuando, una ninfa pulsaba una cuerda de un arpa, para atestiguar que la diosa gozaba cantando las proezas de un semidiós famoso por sus matanzas durante la guerra de Troya. Todo el personal iba desnudo y coronado con laurel. Seguramente, ellos mismos se habían concedido tal honor. El público, desde luego, no. La diosa Clío, en un rincón, se explicaba a si misma la fundación del Olimpo, las luchas entre Titanes y mil aventuras más que desconocía. Lo que estaba clarísimo, era que Zeus, el pare de todos los dioses, recibía una adoración pegajosa. 101
  • 102. Sin pedir permiso, tomé asiento en el anfiteatro. Los dioses ni siquiera se fijaron en mi persona, absortos como estaban, cantando, recitando, pulsando y soplando instrumentos. Las diosas rollizas pedían a gritos caricias y abrazos. No osé insinuarme... Euterpe, la diosa de la poesía lírica, rodeada de ninfas tocadoras de arpas, se iba exaltando a medida que recitaba bélicos poemas griegos. Melpómene, diosa de la tragedia, o, como diríamos hoy, reina del folletín, se recreaba explicando miserias, miserias olímpicas, llorando con profusión, tirándose de los cabellos y arañándose el rostro. Incluso se cubría la cabeza con cenizas almacenadas en un ánfora. Clamaba contra el destino y la injusticia, predicaba la venganza. Me parecía estar escuchando un serial de la radio o ver un dramón televisivo, especialmente creado para atrofiar mentes humanas. Terpsícore, diosa de la danza, daba vueltas por el teatro con furia vertiginosa; sus pechos desnudos bailaban al son de chirimías olímpicas. Al pasar frente a mí, el demonio de la carne me azuzó. Quise alargar el brazo, pero el cetro me lo golpeó con suavidad. Hizo bien. De haber intentado algún desmán, estoy seguro de que todos aquellos dioses me hubieran causado problemas. Así que, impávido, seguí presenciando las demostraciones culturales. Polimnia, diosa de la poesía sacra, era muy aburrida y no mereció mi atención. Cansado de tanta flauta y caramillos, comencé a abandonar discretamente el lugar donde los dioses actuaban en solitario. Había sido una entrevista sin palabras, tristes. Más me hubiera valido pasar de largo. 102
  • 103. XXV MOMO, DIOS DE LA RISA, NO DE LA SONRISA La nube transportadora se había fundido a medias. Tuve que avisar a Hermes, el dios mensajero, para que me suministrara una nueva. No tardó mucho tiempo el dios de los pies alados en cumplir mis deseos. Tuve una nubecilla de color verde, que hacía juego con los prados interminables del Olimpo. Además, llevaba acoplada otra nubecilla en forma de asiento. Después de agradecer a Hermes su gentileza, la nube y yo nos lanzamos en busca de nuevos seres. Deseaba hallarlos agradables, simpáticos, con gracejo y comunicativos, que gastaran sanas bromas, que no se mofaran de un pobre mortal, etcétera... Comprendía que pedir a un dios semejantes cosas era igual que pedir justicia a quien no la conocía. No obstante, cómodamente sentado en el verde y transparente vehículo sin motor, quise poner mis ideas en orden, pero no lo conseguí. Las emociones habían sido tantas, que no podía digerirlas. Ya no sabía si era un dios, un semidiós, un ser humano o un espíritu vagando por los cielos sin hallar asilo para su espantosa soledad. Recordaba mi tierra y al bueno de mi guía, con el que pasaba bonitos ratos. Incluso el burro que nos acompañaba conseguía que me brotaran las lágrimas. Estaba seguro de que Zeus todavía no quería devolverme a la Tierra; por ello no demoraba mis visitas a los todopoderosos jefes del Olimpo. Ordené con un ademán enérgico que la nube se aposentara en medio de un bosquecillo donde unas columnas dóricas sostenían un techo de líneas esbeltas. Por doquier sonaban unas risas estrepitosas; deduje que la felicidad 103
  • 104. saturaba aquel lugar, ya que reír de un modo tan seguido no podía denotar otra cosa que satisfacción. Di dos palmadas y apareció Momo, que se reía sin cesar. Su boca, de tanto soltar carcajadas, iba de oreja a oreja. La risa le provocaba lágrimas, y sus ojos saltones como los de las ranas lucían hinchados y miopes. -¡Ja, ja, ja, ja! Tú debes de ser Menelao, el elegido por Zeus para llevar la buena nueva a los terrestres... ¡Ja, ja, ja, ja! -Sí lo soy -contesté sonriendo-. ¿Vives solo? Mis alumnos practican las risas por esta parte del Olimpo. -¿Por qué te estás riendo tan desaforadamente? -¡Ja, ja, ja, ja! Todo me da risa, hasta la cosa más nimia me arranca tremendas risotadas. ¡Ja, ja, ja, ja! -Momo -le dije-. No creo que las risas sean asiduas en el Olimpo; los dioses más bien acostumbráis a ser serios. Vais a lo vuestro, importándoos un comino lo que les sucede a los humanos. Presuntuosos, carecéis de lo que nosotros llamamos sentimientos. No ayudáis precisamente a los mortales, y si lo hacéis, es por competir entre vosotros. -¡Ja, ja, ja, ja! -fue la respuesta de aquel dios. -¿De qué te ríes ahora? -No podía aguantar tanta idiotez. -De ti. ¡Ja, ja, ja, ja! -¿Qué te hace gracia de mi persona? La palabra «persona» era la primera vez que la oía, y le provocó tan gran ataque de carcajadas que se revolcó por el suelo. La túnica se le remangó, poniendo a la vista sus vergüenzas, que, por cierto, también reían. No creía posible tanta malignidad ni tanta deformación. 104
  • 105. Desde el suelo, me respondió: -¡Ja, ja, ja, ja! Has dicho «persona», no me puedo aguantar, me muero de risa. Si no fuera un dios, ya haría siglos que habría desaparecido en los espacios siderales... ¡Ja, ja, ja, ja! Viendo que no cesaba de reírse, viendo su boca desencajada y sus partes pudendas, temí que me contagiara y me volviera loco. Así pues, le aticé como dos o tres veces con la vara en la cabeza. Se derrumbó riendo, pero ya con más suavidad. Di las gracias a Zeus por haberme prestado parte de su poder. Momo ya no reía, sonreía estúpidamente. Me compadecí de él. Pese al respeto que sentía por Asclepio, pedí mentalmente su ayuda. Acudió presto. Al contemplar a Momo despatarrado, con una mueca en los labios, sonrió diciendo: -Ya era hora de que alguien le calmara. Lo dejaré aturdido unos siglos; luego regresaré a curarle, para que pueda darnos la lata a todos los dioses de este maravilloso paraíso en que nos ha tocado vivir -al decirlo sonreía. -Adiós, doctor dos frascos. Debo marcharme a conocer a nuevos dioses. -Buen viaje, Menelao. Si es posible, no fastidies más con tus llamadas. Dejé al sabio doctor, acaricié el cetro que tan buenos resultados me había dado y desaparecí en el infinito sentado en mi butaca. 105
  • 106. XXVI PAN, DIOS DE LOS REBAÑOS Al fondo de un valle, una impresionante extensión de terreno estaba ocupada por miles y miles de ovejas, cabras y vacas con sus correspondientes maridos. La visión impresionante de tanto ganado en movimiento, guiado por perros y vigilado por un solo pastor, era digna de admiración. Deduje que el pastor sería Pan, así que mi nube aterrizó muy malamente en medio de los animales, asustándolos. Pan me largó tres piedras con su honda, que por suerte rebotaron en mi cetro. Sus perros, enormes por cierto, intentaron atacarme con virulencia. Pan, al divisar la vara divina, les ordenó silencio. -Pan -le dije-. Soy Menelao, el enviado de Zeus. No debiste agredirme con tanta furia. -Tu nubecilla verde debía posarse en la vereda de la llanura, jamás sobre mis amados animales. -Tienes razón, te pido disculpas. -Te las concedo, ya que es Zeus quien te envía; de no ser así, ahora sólo quedarían tus huesos. Mis canes pasan hambre y se lo tragan todo. -¿Acaso no tienes miles y miles de animales comestibles para aliviar la hambruna de tus canes? -Menelao: sabrás que esta ingente multitud de bestias está dedicada a las ceremonias en honor de Zeus. -¿Cómo puede Zeus tolerar sacrificios tan sangrientos? Fijó sus pequeños ojos en mi figura, respondió: 106
  • 107. -Zeus es nuestro gran señor, merece grandes hecatombes. Antes, los humanos se las ofrecían; hoy, ningún terrestre ya no cree en Zeus. Yo debo cuidar de sus animales para que, cuando me lo pida, pueda enviarle mil o más cabezas de ganado para ser degolladas en su divina presencia. -¿Qué comen, pues, tus perros? No creo que los alimentéis con ambrosía y néctar. -Preguntas mucho, Menelao. -Y más preguntaré. Tengo permiso para hacerlo del gran Zeus. Pan, refunfuñando, contestó: -Mis perros devoran los animales que tengan alguna tara. Son pocos, por ello pasan hambre. -Dios Pan, las teorías y filosofías del Olimpo son enrevesadas. ¿No sería más justo ofrecer al Gran Dios los frutos del Olimpo, y enviar tantísimo ganado a nuestro planeta para saciar las hambres de millones y millones de seres humanos? -Menelao, estás divagando, dices grandes estupideces, no me gusta tu manera de pensar. Indignado, respondí: -¡Pues mira que la vuestra! Despilfarrar tanta carne saludable para ser quemada en holocaustos absurdos. Pan iba a cargar su honda. Le mostré el cetro, y escondió el arma dentro de su vestido de lana. -Los dioses, Menelao, somos el poder. A los humanos los usamos para que satisfagan nuestros caprichos, son nuestros juguetes. Cuando nos da la gana, les enviamos tifones, terremotos, lluvias torrenciales, e incendios. 107
  • 108. Hacemos que los volcanes entren en erupción, tragándose poblaciones enteras, y otras lindezas de las que no me acuerdo. -Esto, dios Pan, no es justo. Pan hizo descansar la masa de animales que tenía a su cargo. Dijo: -Dices que deberíamos entregar estos animales a los humanos ¿No ves que los que rigen el planeta Tierra lo están destruyendo a marchas forzadas? También sabemos que, mientras unos van hartos y tiran la comida a la basura, millones fenecen de hambre. »Sabemos que existen seres humanos que engalanan con diamantes a sus perros; sabemos de la soberbia de los hombres, que no resisten que su vecinos tengan más que ellos; sabemos que los pocos simios que quedan en el planeta superan en inteligencia al noventa por ciento de los humanos. Sabemos que los pobres quieren ser ricos, los ricos millonarios, los millonarios multimillonarios, y estos, a su vez, pequeños y ridículos dictadores. »Sabemos, amigo Menelao, que todas las naciones, en vez de distribuir como es debido las riquezas, las emplean en armarse desaforadamente, mientras los pueblos pasan hambre, malviven y no osan criticar los despilfarros en armamentos. »Los pueblos poderosos, una vez han utilizado sus máquinas de asesinar, las venden a naciones miserables para que sus habitantes se puedan matar entre ellos, y por sus dioses, y así lo hacen. Sabemos que la hipocresía es norma habitual en la mayoría de los humanos; sabemos que os matáis mutuamente en nombre de dioses diferentes, cosa que nosotros no hacemos. Menelao, no tienes derecho a criticar nuestra manera de vivir y hacer las cosas. Hasta hace pocos siglos, unos treinta... 108
  • 109. Le atajé: -Treinta siglos no es poco tiempo. -No me interrumpas. Para nosotros, sí. Treinta siglos atrás, la gente ya se exterminaba mutuamente, pero creían en los dioses, nos adoraban, y alguna que otra vez, pocas, recibían beneficios. Ahora, al no hacerlo, colaboramos para que, en poco menos de un siglo, el planeta no sea otra cosa que una mierda humeante. Los terrícolas sois tan burros que os creéis superiores a nosotros. -Calla, Pan, no ofusques más mi débil cerebro. Tienes razón en lo que dices, pero con ello vienes a reconocer que sois la maldad personificada al poder evitar tantas podredumbres y miserias. -Cuando andas por el bosque, ¿acaso te preocupa evitar los nidos de las hormigas? Cuando arponeáis a las ballenas para extraerles el aceite, o lo que sea, ¿acaso sentís dolor por ello? Cuando bombardeáis ciudades con los artilugios que llamáis aviones, y destrozáis cientos de vidas, ¿acaso lloran quienes lo hacen? -No, no lo hacen... -contesté. -Claro que no. Vosotros sois, Menelao, las hormigas que pisamos con la más absoluta indiferencia, sin remordimientos. Entre nosotros y vosotros está el abismo sagrado de los dioses eternos y vuestra pobreza de espíritu. ¿Estás de acuerdo? -No -repliqué-. No discutamos más, Pan; me largo en busca de otro dios. -Lárgate, pezuña de vaca y culo de oveja; no quiero verte jamás. Agarra tu salvoconducto sagrado, no sea que se pierda ante mi presencia y no salgas vivo. 109
  • 110. Reconozco que me había aficionado a la violencia, así que, asiendo la varita que producía nueces en las frentes, le aticé con ella. Pan quedó sentado en el suelo, sin ánimos para achuchar a sus perros contra mi. -Pan -le dije-, llama a Asclepio. Posee un jugo milagroso que te sanará en un instante. Y me fui. 110
  • 111. XXVII LEDA Desde la nube, con el pensamiento, ordené a Hebe que tenía ganas de comer. La diosa, más hermosa que nunca, se me presentó mientras volaba suavemente. La dejé entrar en mi aposento flotante. -Gracias, diosa, por tu rapidez. -Escoria humana. Lo hago por Zeus, no por ti. -Claro. Bebí con placer el néctar que daba la vida eterna. Una vez saciado, quise meter mano a la diosa. Mis dedos penetraron en su escote, entre sus blancos senos, pero me estampó la botella vacía de la divina comida en la frente, donde aparecieron dos promontorios respetables, y se largó. Quedé atontado y maldiciendo mi estupidez. Los bultos de la frente iban creciendo, parecía un toro con los pitones limados. No quise hacer el ridículo llamando al médico celeste: aguantaría el escozor. Con la túnica me tapé la frente, dejando al descubierto mis irrisorias partes íntimas. No sentía vergüenza; había contemplado ya muchos dioses y diosas despelotados, no se fijarían en mi risible persona. Mientras iba meditando sobre los adornos frontales, me fijé en un campo repleto de higueras, en cuyo centro brillaba una especie de castillo sin foso. A una orden mía, la nube verde se aposentó ante la puerta del lugar. Descendí, y con todas mis fuerzas grité: 111
  • 112. -¡Soy el enviado del gran fornicador, cuyos hijos pululan a cientos por el Olimpo, e incluso por la Tierra! ¡Vengo de su parte, en busca de respeto e información! Me sentí realizado por la energía de mi voz. Observé que, junto al castillo, había un gran lago repleto de blanquísimos cisnes. Antes de que la dueña del lugar asomara su figura, supe que era donde residía Leda, la que fue preñada por Zeus en forma de gran cisne. Esta historia no me había agradado jamás. ¿Cómo era posible que un dios tan poderoso tuviera necesidad de transformarse en cisne? La bestialidad nunca me había gustado, así que cuando Leda asomó su bella figura en el umbral, la miré con aires de superioridad y le espeté: -¿Sabes quién soy? -Sí, el enviado de mi antiguo amante, Zeus. -¿Por qué te dejaste poseer por un cisne? -le pregunté brutalmente. -Me gustó. Además, no tengo que darte explicaciones. -Sólo deseo preguntarte otra cosa, y me voy. -Dime, no me entretengas, pues debo dar de comer a los cisnes del estanque. -Eso iba a preguntarte. ¿Todos estos cisnes son amantes tuyos? -Claro, insignificante mortal. ¿Por qué me preguntas eso? Leda parecía una estrella, toda ella brillaba, su belleza estimulaba los sentidos. La maldad entró en mi corazón y le dije: -¿No estás agotada de tu promiscuidad con tantos animales nadadores? -Vete, Menelao. -Su mirada se fijó en mi mano derecha, donde lucía el cetro de Zeus. 112
  • 113. Entonces, sintiéndome ya un dios, la abracé con rabia e intenté arrancarle la transparente túnica. La diosa emitió un leve sonido, y cien cisnes robustos abandonaron las aguas del estanque lanzándose contra mí. En pocos instantes quedé cubierto de picotazos; aparecieron tremendos moretones, e incluso cortes en la piel. Tuve suerte de mi cetro. Estoy seguro de que habría caído al suelo, donde habrían puesto fin a mi recorrido por las inmensidades del Olimpo. Amenazando a la masa de cisnes, logré entrar en la nube. Como llevaba la frente cubierta y mis vergüenzas estaban tomando el sol, un cisne incluso llegó a ensañarse con ellas. Dolorido y humillado, no tuve otro remedio que llamar a Asclepio, quien se presentó raudo. Viendo mi deplorable estado, no pudo menos que sonreír. Dijo: -Son los cisnes quienes te han dejado de esta manera. No pude disimular, el dios no tenía nada de tonto. Fue untando mis heridas con abundante elixir. Al llegar a las partes bajas de mi cuerpo, comprobó que mi miembro también había sido dañado. En vez de regarlo en abundancia, sacó una jeringuilla de entre su túnica y me echó parte de una gota sobre mi pajarito maltratado. Sentí una gran humillación y me puse colorado como un tomate. -No te sulfures, Menelao, es lo que hay. Procura no abusar de tu poder; estoy cansado de atenderte, y más por un mal que te lo has buscado.¿Qué pretendías hacer con Leda? -Si los cisnes la amaban, intenté hacer lo mismo. Reconozco que me salió la cosa muy mal. Pero, Asclepio, ¿no habría sido mejor que hubiera gozado conmigo que con tantos cisnes? Sonrió y dijo: 113
  • 114. -Debajo de su plumaje se esconde una tremenda virilidad. Y tú, por lo que veo, de tremendo no tienes nada. Con la cara cayéndoseme de vergüenza, y tapándome los artilugios de carne usados para la procreación, abandoné a Leda subiendo precipitadamente a la nube. Mientras ésta se elevaba, todavía tuve que oír las risas de la diosa. Cogí una gran depresión. Estuve vagando días y días por los dominios de Zeus, sin decidirme a entablar conversaciones con otros elementos celestiales. La humillación infligida por la diosa que amó a un cisne, y amante ahora de un centenar, habría dejado muy abatido a cualquier hombre. Nos duele que pongan en duda nuestra virilidad, por ridícula que sea, y yo no era una excepción. Al cabo de un mes solicité los néctares de Hebe, que repusieron mis fuerzas junto con mi estado de ánimo. Con la suavidad de una burbuja de jabón, tomé tierra en un lúgubre paraje. Mi primera reacción fue abandonar aquel árido terreno, donde volaban unos pájaros pequeños con cuernos. De sus cuerpos emanaba un humo espeso que olía a azufre. Comprendí que eran los dominios de Anfítrite, la esposa de Posidón, el dios de las profundidades infernales. Haciendo un gran esfuerzo, salí de la nube con el cetro asido enérgicamente. Los diablillos voladores, tal y como suponía, intentaron quemarme con sus alientos ardientes. Solucioné el problema enviando al Averno a una docena de ellos. Los restantes se posaron en las ramas de unos árboles carcomidos y resecos, expulsando humos. 114
  • 115. XXVIII ANFÍTRITE Al oír los ruidos de mi vara liquidando demonios enanos, salió Anfítrite de su gruta, con el rostro rojizo, envuelta en harapos. Empuñaba un largo tridente, y de sus ojos brotaban rayos de fuego. No me acerqué demasiado. Desde una distancia prudente, le dije: -Vengo de parte de Zeus a preguntar cosas. Se me debe servir. Son órdenes severas del gran dios. Anfítrite, viendo que sus maldades nada podrían contra mí, respondió: -¿Qué deseas saber? -¿Por qué siendo tú, antaño, una bella mujer, te has convertido en lo que ven mis ojos? -¿Quieres saber la verdad? -Sí, lo estoy deseando. -Escucha con atención; pero antes quiero darte las gracias por el exterminio de estos demonios, que mi marido ha colocado en este lugar para que espiaran mis movimientos. Posidón es muy celoso, y me tiene aislada en esta cueva por los siglos de los siglos. Antes, mi belleza asombraba a todo el elenco celestial. Ahora, ya ves, el dios de los avernos me ha convertido en una mujer que lanza llamas por los ojos, que va desgreñada y está toda roja igual que las brasas. Sentí una gran compasión y dije: -Me llenas de tristeza, mujer. Si quieres, trataré de ayudarte en lo que pueda. Como ves, tengo el cetro de Zeus, y en él hay un gran poder. 115
  • 116. La señora del rey de las ardientes profundidades de la tierra abrió sus ojos llameantes. Seguro que de ellos brotaban lágrimas, pero se secaban al instante. -¿Serías capaz, humano, de librarme de mi marido por los siglos de los siglos? -Eso no puedo hacerlo. Él es un dios, y yo un simple humano protegido por Zeus. Sin embargo, con esta varita intentaré hacerte más cómoda la existencia. Después de escuchar con atención mis palabras, Anfítrite dudó del poder que llevaba siempre agarrado en mis manos, sin soltarlo ni siquiera cuando me echaba a dormir. Contestó: -Juan Menelao Agamenón. ¿Te llamas así, verdad? -Todos los dioses y residentes en el Olimpo lo saben. Dime. -Si quieres intentar alguna atrevida acción para mejorar mi bienestar, te doy permiso para ello. Creo que no perderemos nada por probar. Animado por sus palabras, empecé a esconderme el cetrillo entre los pliegues de la túnica, luego salí al descubierto para que me vieran los minúsculos demonios. Cuando raudos descendieron de las ramas para atacarme, agarré mi poderosa arma, y este me sobra el otro también, hice tal escabechina que ni un se salvó. Despanzurrados por los resecos suelos, sus bocas se habían apagado. -El poder de Zeus es grande -dijo Anfítrite. Seguidamente, alargando la poderosa herramienta, hice brotar césped junto con árboles frutales y hierbas aromáticas. 116
  • 117. La señora de Posidón se había quedado con la boca abierta. -Y ahora te voy a curar de los fuegos de tus ojos. Pasé ante ellos el prodigiosa talismán, y sus ojos sanaron. Señalé con la vara en dirección a la cueva, y ésta se transformó en digna residencia olímpica. Anfítrite no salía de su asombro. -¿Estás satisfecha? Tardó un largo rato en responder; cuando lo hizo, no fue con palabras de agradecimiento. Con un diminuto silbato de oro sopló tres veces. No comprendía su reacción. Creía que se echaría a mis pies para darme las gracias; en cambio, se dedicaba a soplar en aquel brillante silbato. Cuando descubrí la mala fe de aquella mujer, fue demasiado tarde. Sin percatarme de ello, se presentó un joven centauro que, relinchando, se acercó a Anfítrite, la cogió entre sus poderosos brazos y la subió a su lomo como si de una paja se tratara. Quedé tan atontado que no pude reaccionar. Iba a ordenar al cetro maravilloso que volvieran las cosas como estaban, pero la confusión mental me dejó paralizado, momento que aprovechó el centauro para darme la espalda y propinarme un par de coces que me aplastaron contra la nube. Suerte que no había soltado el cetro. Con las posaderas castigadas, ordené a la nube sin humedad que se pusiera en marcha. Apenas podía sentarme del dolor, así que después de lanzar inútiles maldiciones a la mala mujer y a su centauro, llamé a Asclepio. Como buen cumplidor de sus deberes, vino dentro de otra nube de color azul, hizo el transbordo a la nube verde y le conté lo sucedido. No dijo nada. Simplemente me mandó levantarme la túnica por encima de mi cabeza para observar con detenimiento las dos coces propinadas por el hombre medio caballo, o el caballo medio hombre. Entonces dijo: 117
  • 118. -Menelao, no debes fiarte de ningún dios, ni de mí, pues si curo tus heridas es por la protección que Zeus te ha proporcionado. De lo contrario, ya estarías vagando por los grandes espacios hasta que tu cuerpo se hubiera convertido en polvo. -Gracias -respondí. El bálsamo que aplicó a las coces obraron al instante su efecto. Reposé unas cuantas horas, mientras soñaba que me comía la parte de caballo del maldito centauro; la parte humana la colocaba sobre una roca, sin que pudiera moverse. Al despertar, me alegré de que todo fuera un sueño. No era cruel. El episodio lastimoso de aquella mujer desagradecida se me fue olvidando. Además, me enseñó que los dioses y semidioses carecían del sentimiento de la gratitud. Si hubieran podido, todos ellos me habrían eliminado sin el más ínfimo remordimiento. Mi nave verde siguió flotando y flotando hasta encontrar a un nuevo dios, que deseaba me diera información. Unos bosques espesos e interminables suscitaron mi curiosidad; hacia ellos me dirigí, bajando de la nubecilla y mirando alrededor con suma precaución. 118
  • 119. XXIX SÁTIROS O FAUNOS Una música de siringas, flautas címbalos y crótalos regaló mis oídos. Supuse que quienes demostraban tanta alegría, tocando pegajosas melodías, no podían ser elementos peligrosos. Sin tomar excesivas precauciones, me adentré en el umbrío bosque y en un gran claro divisé a los músicos. Sin duda debían de ser los sátiros, compañeros en las borracheras de Dionisio. Eran muy feos y peludos, lucían cuernos cortos y patas de cabra. Sus colas, también de cabra, se movían al son de instrumentos. Danzaban además con ademanes obscenos, no podía ser de otro modo. Sus deseos sensuales poseían un arcaico primitivismo. En los bosques abundaban las ninfas que, pese a chillar cuando los faunos las perseguían, se acoplaban innumerables veces con ellos. Ya en el centro del claro pregunté en griego, que para mi no tenía secretos: -¿Quién es el fauno de más categoría? Un fauno senil, con los cuernos torcidos y la cola pelada, respondió: -Yo soy Sileno, el protector de Dionisio, el dios del vino; al igual que los faunos, nosotros lo consumimos en grandes cantidades, Es entonces cuando, en vez de dormitar, acosamos a las ninfas en lo más profundo del bosque y nos apareamos con ellas. -Si las ninfas están de acuerdo, no hay nada que objetar. El viejo sátiro se apoyó en un bastón retorcido. Repuso prepotente: -Y si nos oponen resistencia, obramos igual. -¿Sabes quién soy, repelente viejo? 119
  • 120. Le mostré el cetro. Su feo rostro cambió de expresión. Dijo: -¡Sé que tu misión es preguntar, no dar consejos ni pretender corregir el curso de la rutina olímpica! No repliqué. Con suaves palabras le pedí de beber un poco de vino. Hacía días que no probaba. Sileno ordenó a un sátiro joven que trajera un pequeño odre, mientras decía: -Bebe cuanto quieras, y si deseas acompañarnos a la caza de hermosas ninfas, no opondremos ningún reparo. -Beberé tu vino, pero de correr tras las ninfas, nada... El fauno me entregó el odre y empecé a beber con fruición. Sin embargo, me guardé mucho de embriagarme, no fuera que toda aquella multitud de peludos medio hombres medio cabras me robaran el cetro y se lo devolvieran a Zeus. Estoy seguro de que éste no me lo perdonaría. Así que bebí aquel vino blanco, que de suave no tenía nada. Al cabo de unos momentos estaba ya más alegre que unas castañuelas y sonreía como un idiota. Los sátiros seguían armando gresca, alternando la música con las visitas a los odres, así que pronto cesaron sus murgas y se durmieron entre resoplidos, ronquidos y pedos escandalosos. Fingía dormir, ya que, como he dicho, no me fiaba de ellos, principalmente de Sileno, el bisabuelo de todos. Estaba con los ojos entornados, cuando observé que dos faunos se me acercaban; daban traspiés, pero estaban más despiertos que un gallo a las once del mediodía. Esos elementos aguantaban la bebida de manera incomprensible. Mientras yo daba cuenta del pequeño odre, ellos habían tragado veinte veces más. Los traidores 120
  • 121. sátiros se fueron aproximando, miraban mi mano derecha, con la que tenía agarrado el cetro del poder. De repente se abalanzaron sobre mí con unos saltos asombrosos. Comprendí por qué las ninfas no podían escabullirse, eran ágiles como felinos. Cuando tenían sus manos a pocos palmos de mi amuleto, les aticé, sin remordimientos ni escrúpulos éticos, entre sus cuernecillos con el objeto que pretendían robarme. Rebotaron por los suelos, vomitando litros de vino almacenados en sus barrigas. El viejo Sileno fue quien había ordenado el robo. El sátiro se acercó apoyándose en su arrugad bastón, que hacía juego con su cara. -¿Qué les has hecho a mis dos tataranietos? Quizá fuera el vino que desquició mi cerebro, no estaba bien pegar a un anciano, pero Sileno era un ser muy especial. Lo agarré por su decrépito cuello, dispensándole el mismo trato que a sus parientes. Cayó como un saco de patatas. Llamé al doctor celestial, que se presentó raudo. Al contemplar el descalabro, sacó su frasco de los milagros y untó las cabezas de los sátiros. Dije: -Me sabe mal haber trompeado al viejo. El médico de la eternidad repuso: -De viejo no tiene más que la figura. Corre detrás de las ninfas más rápido que sus nietos. Respondí: -Gracias, Asclepio. Me voy. -Vete, Menelao, y te digo una cosa: estoy cansando de tus violencias contra los dioses... 121
  • 122. XXX ATE, DIOSA DE LA JUSTICIA Sin responder al dios de los frascos «anula bultos», abandoné los espesos bosques de los sátiros, mientras limpiaba el cetro de Zeus impregnado de largos pelos de los hombres cabra. Desde las alturas alcancé a observar como Sileno, ya sano, corría tras las ninfas, junto a los demás faunos, con intenciones libidinosas. Sus chillidos resonaron dentro de mi habitáculo. Pensé que aquello sucedía en el Olimpo desde muchísimos siglos atrás, y no le di más vueltas. La nube dirigida con el pensamiento tomó tierra en un luminoso espacio, en cuyo centro se alzaba un edificio austero aunque muy elegante. En el umbral, una estatua de oro representaba a una mujer con los ojos vendados. En una mano, una balanza que mantenía en alto; en la otra, una espada enorme que simbolizaba la justicia. Sus ojos vendados daban a entender que la justicia era igual para todos, cosa que hizo que los labios me curvaran en una sonrisa irónica. No había pájaros que me molestaran. Junto a la estatua de oro colgaban un gong y una maza. Cogí esta última y golpeé un par de veces el vibrante metal. Sabía que estaba en la casa de Ate, la diosa de la equidad. No tardó en salir de su hogar, provista de un báculo, ya que sus ojos vendados no sabían adonde iban. -¿Quién llama? -Soy yo, Menelao, el enviado del ojo que todo lo ve. 122
  • 123. -Sé cual es tu misión; estaré muy satisfecha de contestar a todo cuanto quieras preguntarme. Lo haré porque el gran dios así lo ha ordenado, no te pienses, carcamal, que lo hago por ti. Apartó la estatua a tientas, subió al pedestal con las balanzas y la espada, y dijo con un claro tono de superioridad: -Pregunta, montón de carne y huesos. -¿Por qué me hablas con tanto desprecio? ¿Qué mal te he causado? -La justicia de los dioses es diferente a la de los humanos; aquí raras veces tengo trabajo. Cada dios sabe su lugar y jamás se extralimita en sus funciones, a no ser en casos muy excepcionales. Cuando esto sucede, tengo el poder de Zeus para juzgar y castigar. Claro que mis sentencias son benévolas, nadie se siente ofendido con ellas. -Mis antepasados me aseguraron que tu poder también se trasladaba a los seres humanos, que tus sentencias eran justas. -Mis decisiones para con tus semejantes no tienen ni tenían nada que ver con los juicios celestiales. Cuando algún grupo humano menospreciaba o menosprecia a los dioses, la justicia es la venganza. Si un pueblo, por ejemplo, falta a un dios, todos sus integrantes, sean o no culpables, reciben los rayos de Zeus. Para mí, eliminar a miles de seres humanos no es nada difícil; ya nacerán otros que, a su debido tiempo, serán represaliados, puesto que los hombres siempre dejan de creer en los dioses eternos. ¿Estás enterado? -Sí, has hablado muy claro, pese a llevar los ojos vendados. Pero dime, Ate, si tanto poder tienes y sabes castigar tan duramente a quienes no creen en los dioses, ¿por qué elimináis también a pueblos creyentes que sacrifican a Zeus y a todos los dioses? Creo incluso que, en la guerra de Troya, los dioses 123
  • 124. estaban unos por un bando, y otros por el contrario. Todos aquellos seres humanos y semidioses os ofrecían holocaustos; sin embargo, morían a puñados por el capricho de uno u otro dios. -Esto dependía del humor de ellos. -Ate, esto no es justicia. Eliminar a quienes te adoran es una injusticia fenomenal. -Para los dioses, no: es una diversión. Los dioses que actualmente adoráis, ¿acaso no son más implacables que cuando nosotros éramos adorados? Aunque os paséis los siglos levantándoles templos magníficos, y oréis con fervor, ¿no suceden en la tierra acontecimientos horrorosos? ¿Acaso los jueces de vuestro planeta no tienen debilidad por uno u otro grupo? -Ate, con ello vienes a decirme que los terrestres, además de sufrir vuestras caprichosas embestidas, recibimos las de los dioses que rigen hoy día en la Tierra. -Sí, Menelao; estáis rodeados de toda clase de seres superiores que juegan con vuestras voluntades, destrozan vuestros cuerpos e impiden que la paz reine en la Tierra, como reina en nuestro Olimpo. -Estoy hecho un lío tan grande que no sé dónde está la justicia que los humanos deseamos. No sé dónde están la verdad, ni la mentira; no concibo que los dioses se recreen en el dolor de los mortales. -Así son las cosas. No llegarás a comprender jamás el designio de los dioses. Si intentas descubrir sus propósitos, acabarás loco. Vale más que aceptes tu destino y sigas orando, pero, aunque lo hagas años y años, tu sino no variará. 124
  • 125. -Es muy duro lo que dices... Piensa que en la Tierra hay millones de seres humanos cuyo deseo en la vida es, simplemente, trabajar para poder dar pan a sus hijos, y, aun pasándose horas y horas en el tajo, se van a sus hogares con sueldos de miseria. En cambio, otros humanos despilfarran el dinero burlándose de los que, con un poco más de lo que reciben, podrían vivir con decencia. Estos hombres y mujeres no piensan en los dioses, no tienen tiempo. -Menelao, no sé qué dios dijo que sois iguales que hormigas. Si os pisan, ningún dios del Olimpo se preocupará por ello. Lo que ignoro, es si los nuevos dioses que han ido apareciendo después de los romanos, que son muchos, os aman más que a las hormigas. -Me va a estallar la cabeza. No comprendo estas filosofías destructivas. Creo que si los hombres fueron puestos en la Tierra, debió de ser para que disfrutaran de un mínimo de bienestar, y no tuvieran que morir millones de ellos entre espantosas guerras y hambrunas. -Tus opiniones me tienen indiferente. Ya estoy cansada de hablar contigo de cosas que no comprendes: los dogmas del Olimpo son impenetrables. No pretendas, mortal asqueroso, penetrar en ellos. Sólo Zeus es el dueño del Olimpo; nosotros somos sus leales servidores, vivimos con comodidad, no carecemos de nada y somos felices. Lo vuestro no nos preocupa. Lo que sí es seguro es que, si Zeus antaño nos enviaba guerras y miserias, en la actualidad, a causa del olvido en que lo tenéis, recibiréis más castigos y malaventuranzas. -Me voy, Ate, pero antes te voy a regalar una cosa. 125
  • 126. Empuñando el cetro de las maravillas, derribé a la diosa de su pedestal, junto con espada y balanzas. Su cabeza pegó de narices contra la estatua de oro. -Adiós, diosa de la justicia. Te mandaré a Asclepio. Dentro de unos segundos estarás como nueva. -Silbando de felicidad, llamé al dios de la medicina. Pero me escabullí antes de su llegada, gozoso de haber hecho justicia. 126
  • 127. XXXI ESCILA, UN MONSTRUO Dormí largo tiempo, mientras la nube verde volaba a su libre albedrío al no recibir mis órdenes. Cuando abrí los ojos, después de haberme alimentado con el néctar traído por Hebe, descubrí que la nube volaba sobre el mar. Al localizar un pequeño golfo, le ordené que descendiera en la playa. Abandoné mi transporte con el cetro por delante, igual que lo hacían los antiguos griegos empuñando sus espadas, avancé unos pasos hasta que las aguas tranquilas me acariciaron los pies. La transparencia impresionaba, se divisaban los peces a gran profundidad; enormes pulpos agarrados a las rocas mostraban sus tentáculos amenazadores, que eran ciertamente gigantescos. Tomé un asiento en una roca, contemplando tanta maravilla. Comparados con lo que estaba observando, los mares de la Tierra eran puras cloacas: descomunales atunes, miles de besugos, caravanas de langostas que desfilaban moviendo sus pinzas y, al fondo, docenas de ballenas que expulsaban chorros de agua. Supongo que, hace miles de años, este espectáculo debió de ser normal en la Tierra. Ahora, el hombre, el mayor depredador de la Tierra, ya se estaba encargando sin descanso de convertir los mares en basureros de todos los residuos imaginables. Cuando más ensimismado estaba ante tanta belleza, las aguas se removieron dando paso a una figura horrible con seis repulsivas cabezas. En un principio quedé aterrorizado; sin embargo, la fuerza del cetro vigorizó mi espíritu: lo empuñé con fuerza, dejando que el asqueroso monstruo lo viera, lo que provocó que sus seis cabezas sonrieran al unísono, igual que lo hacen las carátulas pétreas. 127
  • 128. Conocía a la alimaña, así que le dije: -Escila, no intentes nada contra mi persona. -Eres el enviado de Zeus, no temas. Zeus es nuestro padre. Más tranquilo, pregunté: -Dime, Escila. ¿Por qué devoras a los seres humanos que caen en tus tentáculos? ¿Por qué no te alimentas de peces? -Los peces son mis hermanos y velo por ellos. Los hombres los estáis exterminando, pese a saber que dentro de un siglo habrá tan pocos peces que sólo se podrán pescar con caña, y, aun así, estarán podridos por los detritus de los mares. Es por ello por lo que Zeus a veces me ordena trasladarme a la Tierra para devorar hombres, mujeres y niños. Tengo claro que los hombres, y tú entre ellos, no desean atajar tanta destrucción. Vuestra teoría es simple: cuando los peces desaparezcan, os dedicaréis a esquilmar otras especies... Y llegará un día en que os comeréis entre vosotros. Sus cabezas, medio humanas y medio pez, no apartaran sus ojos de los míos. Su respuesta me pareció de una lógica aplastante. Le contesté: -Tienes mucha razón. El monstruo prosiguió: -Y voy a decirte más: los seres humanos se están ya dedicando por sistema y sin vergüenza a eliminarse entre sí por las cuestiones más ridículas. Lo hacen como la cosa más natural: aquí, en el mar, los peces menores son comidos, pero siguiendo un estricto orden: por cada uno que es devorado, nacen tres. Mi misión es devorar a los hombres que con sus barcos destruyen un sistema que era justo i equilibrado. 128
  • 129. El deforme ser asomó del agua un cuerpo de sapo enorme con cola de delfín. Arrastrándose con lentitud, dijo: -Lástima que seas el protegido de Zeus; estás muy apetitoso, y tengo deseos de carne humana. Asustado, le dije: -No te acerques a mí, Escila, que me pones nervioso. Y los ojos sin energía de tus cabezas me están hipnotizando. En verdad, tantas cabezotas me producían una gran somnolencia; casi llego a caérseme el cetro al suelo. De haber ocurrido, hubiera ido a parar a las fauces de aquellas seis bocas que, por cierto, lucían unos colmillos nada despreciables. Tan cerca de mí estaban aquellas testas, que tuve que espabilarme. Las golpeé como un rayo, vigorosamente, igual que hace los músicos que tocan el xilofón. De ellas brotaron chichones respetables. Chillando de rabia y dolor, rascaron sus partes abultadas contra las rocas, con la intención de que los bultos se esfumaran. Grité: -¡Largaos, cabezas traidoras! No deseo haceros un mal mayor. De no haberos cascado vuestras frentes, estaría ya descansando en vuestras tripas. Ahora voy a llamar al médico celestial para que os cure. Aunque sea un dios estaré junto a él, y si pretendéis hacerle daño, serán tanto los promontorios de vuestras cabezas, que más que cabezas parecerán sacos de patatas. Se presentó Asclepio muy serio y con la mirada atravesada. Sanó al bicho repugnante y, sin mediar palabra, se esfumó muy cabreado. -Escila, pronto estarás en condiciones óptimas. Me voy sin impartiros mi bendición. Las seis cabezas respondieron al unísono: 129
  • 130. -¡Ojalá pierdas el cetro y seas devorado vivo! Desaparecí en los impolutos espacios. 130
  • 131. XXXII LA DIOSA DISCORDIA Había oído hablar mucho de ella a mi padre y, por cierto, nada favorablemente. Me explicaba que era hermana de Ares, el belicoso dios de la guerra, quien, junto con su hermano, gozaba empujando al combate a los dánaos y teucros. O sea, que al pararme en sus posesiones lo hice con antipatía. No me agradaban aquellos seres, fueran humanos o dioses, que se recreaban y hallaban placer derramando sangre. La Discordia se me apareció recargada de armas, acorazada de pies a cabeza. -¿Qué quieres? -Ya debes de saberlo... -Lo sé; sin embargo, termina pronto, pues en la Tierra ha comenzado una nueva guerra. Ares, mi hermano, y yo, vamos a descender a vuestro desconchado planeta. Una vez allí, veremos a quien ayudamos. -Creo, ¡oh, diosa!, que de hacer cosa semejante debéis inclinaros a apoyar al débil, mejor dicho, al que tenga razón, aunque cuando estalla una guerra nadie tiene la razón. -Insignificante insecto, ¿acaso crees que usamos de vuestra moral? Nosotros no ayudamos ni a uno ni a otro bando; lo que nos llena de placer es comprobar el exterminio de uno de tales bandos. -Sabes lo que te digo, Discordia... -Dime, residuo terrestre. 131
  • 132. -Que tanto tú como el maldito de tu hermano Ares deberíais llamar a Hades para que os trasladara a los infiernos, si es que los tenéis. La Discordia alzó una espada enorme, e iba a atizarme con ella. Le mostré el cetro, la espada se inclinó. Iba a pegar con el cetro a su cabeza, pero la llevaba blindada con un casco. Dije: -En la tierra de los hombres existen también elementos con tus ideas. Desde que estoy en el Olimpo siempre tuve la esperanza de que los dioses antiguos escondían bondades. Reconozco que, a medida que pasan los días, la cosa va de mal en peor. Vete, diosa del corazón de hierro, a matar. Me das asco, y si pudiera quebraría tu cabeza con el cetro prestado por Zeus. La diosa comprobó que su casco estuviera bien afianzado, y repuso: -Si no llevaras la varita mágica, traspasaría tu cuerpo con esta puntiaguda lanza. -Y si tú, diosa de la maldad, no estuvieras protegida con tanta chatarra, tu hueco depósito de ideas quedaría tan abollado que ni tu hermano Ares te reconocería. Tras insultarla una docena de veces, viendo que su cara se ponía colorada de ira, seguí metiéndome verbalmente con ella hasta que el calor de las mejillas le recalentó el rostro y tuvo que quitarse el yelmo. De no haberlo hecho, se le habría fundido el cerebro. Entonces, antes de que pudiera reaccionar o pedir ayuda a su hermano, le golpeé no solamente la cabeza, sino todo el cuerpo. Mi cetro resonaba en su testa, espalderas, canilleras, etcétera. Abollé a golpes todos aquellos cachivaches metálicos, mientras la diosa se protegía con sus manoplas de acero. Cansado de tanto aporrear, y sintiéndome 132
  • 133. feliz al comprobar que todos los dioses, aunque fueran inmortales, sufrían físicamente, recobré fuerzas y apliqué a su cuerpo un poco más de leña. Mientras volaba sentado en mi nube, ordené a Asclepio que se presentara ante la diosa Discordia, pues necesitaba de sus servicios. Me crucé con el médico dios, que desde su nube me amenazó con el puño. No le hice el menor caso, el cetro de Zeus me concedía un poder ilimitado. Al principio temí que fracasara, pero después de haber zurrado a varios dioses, comprendí que parte de Zeus estaba en el cetro, y el poco miedo que tenía desapareció por completo. Recordaba que mi abuelo me había hablado de Némesis, un dios que, según dijo, repartía la justicia entre los humanos. Dudaba que fueran ciertas las palabras de mi abuelo, hombre de buena fe, y proclive a ser engañado. Sin embargo, estaba en mi mano conocer al tal Némesis. Ordené a la incansable nube que me llevara a sus dominios. Quizá mi abuelo tuviera razón y me encontraría con una sorpresa. Hebe volvió a servirme la comida que nunca te deja morir. Además, le pedí que me trajera vino. A los pocos instantes disponía de una gran jarra de vino blanco. Estirado dentro de mi habitáculo, dormí varias horas hasta que me despertó un suave golpecito: la nube se había aposentado en los dominios de Némesis. Todavía soñoliento, puse pie a tierra y oteé los alrededores. 133
  • 134. XXXIII NÉMESIS Salió a recibirme la diosa del justo equilibrio, la diosa de la democracia, según los conceptos del Olimpo, la repartidora de dones y castigos a los mortales, ya que en el cielo de Zeus todo rezumaba honores y perfección. Alberto Durero, el pintor de las deformaciones o exageraciones, la había pintado tal como yo la veía, nada agradable en sus formas, con panza y piernas musculosas, feas alas y cabello crespo; la mirada ausente, con papada y ojos de pez muerto. No tenía precisamente el aspecto de un ser amante de la equidad, más bien parecía una diosa aburrida de sus congéneres e insegura de si misma. Iba desnuda, no tenía ningún atractivo físico. Al contrario: con su desnudez asustaba a quienes creían que todas las diosas eran bellas. Tenía visos de diosa moralista que desdeñaba el amor. -Hola, Menelao -dijo, viendo que no abría la boca. -Te saludo, ¡oh, Diosa Némesis! -¿Qué quieres de mí? -Como sabrás, Zeus... -No sigas. Pregunta lo que desees. Si encuentro tus preguntas razonables, te las contestaré. Si no, las evasivas serán mi respuesta. -Dices que te indignan los abusos y las injusticias, que castigas a quienes las practican. -Es verdad, Menelao, tengo un gran poder para discernir lo que está bien o está mal. -Así que tú repartes la dicha y la desgracia entre los humanos. 134
  • 135. -Sí, terrestre, eso hago. -¿Cuál es, oh, diosa, el concepto que tienes de la justicia? -Muy sencillo: quienes adoran a Zeus, a sus innumerables hijos, y a toda la familia celestial, son seres justos. A éstos los beneficio con dones espirituales y morales. Pregunté: -¿Y a los demás? ¿A los que no adoran a los dioses del Olimpo? -Estos son castigados sin misericordia, ya que no aman al gran creador Zeus. -Así que sois intransigentes con vuestros dogmas; no toleráis que los humanos, aunque carezcan de maldad, dejen de creer en vosotros, que, repantigados en vuestros cielos, no cesáis de fornicar y comer. -Menelao: lo que estás diciendo, en tu Tierra, cuatrocientos años atrás te habría costado la hoguera. -Ya lo sé, pero en la Tierra las filosofías religiosas han variado con el tiempo; no es que las inquisiciones hayan desaparecido. Toda clase de creencias perviven y están renaciendo por doquier. Los hombres, al no creer en ellos mismos necesitan símbolos e ídolos en quienes confiar. La diosa movió las alas, plegándolas de nuevo. -Eres un terrícola descreído; cuando vuelvas a la Tierra, creo que la ira de los dioses te va a perseguir. -Némesis: desde que el hombre puso la planta de sus pies en los suelos, al bajarse de los árboles, creyó en alguna cosa. En un principio fue el sol, la luna, los animales... Más adelante en dioses sanguinarios que, para calmarlos, 135
  • 136. se debía verter sangre. Los encargados de tan nefastas ceremonias eran los sacerdotes: ellos jamás se sacrificaban. Némesis se movía inquieta. -Eres un blasfemo impenitente. Recomendaré a Zeus que no te deje volver a la Tierra, que te elimine con uno de sus fulgurantes rayos y que tu memoria desaparezca para siempre entre quienes son tus amigos. Imperturbable, respondí: -Cuando uno muere, descansa. Mientras vive, sufre. Se sufre al nacer y al morir. Una vez en el hoyo, o en el mausoleo, ya nadie se acuerda de ti, como no sean dos o tres allegados tuyos. -Sigues irritando a los dioses. -¿A vosotros? Sois una banda de asesinos que enfrentáis a los humanos, regocijándoos con ello. Némesis batió sus alas y se elevó unos metros, descendiendo con fuerza sobre mí. Estaba preparado, me había vuelto duro contra aquella masa de dioses señores del cielo que, sádicamente, maleaban a los hombres sin dejarlos en paz. Mi varita mágica dio en su frente y, cual pajarillo inocente, se pegó un trompazo contra el suelo. Llamé al doctor Asclepio, despidiéndome de la maltratada diosa con un educado «Buenos días, señora». Despegué antes de que apareciera el médico... 136
  • 137. XXXIV CIRCE, LA BELLA HECHICERA Volando, volando, ¡Oh! ¡Oh!, cantaba feliz, mientras la nubecilla seguía una ruta indefinida, en espera de las órdenes que pudiera darle. Volando, ¡Oh! La verdad es que ignoraba los motivos de mi alegría, añoraba la Tierra y no sabía si mi aventura terminaría con angustias. Volando, ¡Oh! ¡Oh! Divisé una islita solitaria e hice que aterrizara mi transporte. Per la indicaciones de mis ancestros, deduje que estaba de pie sobre la isla de Ea, la mansión de Circe, la hechicera que convertía a los hombres en animales, después de haberlos usado para sus francachelas. Vivía allí con sus ninfas. Esta bruja fue la que pretendió seducir a Odiseo (Ulises), para que se uniera a ella. Ulises, que primero había enviado a sus hombres a inspeccionar la isla, no se dejó seducir. Tras ser agasajados por Circe, sus marineros fueron transformados en marranos. Ulises, por mediación de Hermes, el dios mensajero, que le proporcionó unas hierbas mágicas para desencantarlos, pudo volver a la nave y seguir el viaje a Ítaca, su patria, donde su esposa Penélope le esperaba amorosamente. Mientras acudían a mi memoria todos estos hechos, apareció Circe rodeada de ninfas. Circe deslumbraba por su belleza, y no era nada extraño que la isla estuviera poblada de gatos, perros, caballos, burros, asnos, ovejas, etcétera. En realidad, todos eran seres humanos, que, después de catar el placer con la diosa, ésta les había transformado en bichos de cuatro patas. Incluso había toros, que, deduje, debían de ser los que más placer habían 137
  • 138. proporcionado a la diosa. Los gatos, en cambio, no creo que cumplieran con sus funciones... -Bienvenido, Juan Menelao, el enviado de Zeus, el que debe retorna a la sucia Tierra para sembrar las verdades y poderes del Olimpo. -Te saludo, Circe. Te saludo y te temo. -Yo jamás he hecho daño a nadie, sólo he metamorfoseado a todos los humanos que han dormido conmigo. Quien me posea, si es humano lo convierto en bestia. Si es un dios, la cosa varía. Con ellos no sirven mis brujerías. -¿Tienes a muchos hombres transformados? Circe palmoteó, y en pocos instantes, junto a su cueva, se presentaron cientos de animales, maullando, ladrando, rugiendo, balando, incluso croando. En primera fila estaban unas cinco ranas enormes, con los ojos fijos en Circe, implorando piedad. -Circe: dales su antigua forma. -Haré un trato contigo, Menelao: si gozas conmigo, juro por Zeus que volverán a ser hombres las ranas; los demás, no. La tentación de poder gozar con una diosa me hizo vacilar. Entonces pensé que si mientras yacía con ella empuñaba mi varita, no podría convertirme en animal. -De acuerdo, Circe, tu belleza me ha cautivado. Penetremos en la cueva y hagamos el amor. Ella respondió: -Tu cetro debe quedar aislado; entonces te vuelvo a jurar que las ranas se tornarán seres humanos. 138
  • 139. No caí en la trampa; sin el cetro, al cabo de pocos instantes saldría de la cueva convertido en asno, y no por mis cualidades eróticas, sino por ser un idiota. -Circe, tengo grandes deseos de poseerte, pero también los tengo para seguir siendo hombre. La hechicera estaba furiosa al ver que resistía la tentación. La muy ladina se desnudó, danzando delante de mis ojos. El cetro se me cayó al suelo. Lanzando un chillido, comprendí que el golpe había repercutido en Zeus. Lo recogí con rapidez, ya que la bruja, dando una veloz vuelta mientras bailaba, se había lanzado con los brazos extendidos en busca del cetro. -Vamos, Menelao -me incitaba. Para no caer en la tentación, me volví de espaldas andando con rapidez junto a la nube. Circe me seguía. Tuve el valor y el tiempo necesarios para subir a mi vehículo. Muy a pesar mío levanté el vuelo, mientras me acompañaban ladridos, mugidos y graznidos. Circe gritó con furia: -¡Así te estrellaras, desgraciado! Hice descender la nube, dándole una pasada sobre su cabeza. La hechicera cayó al suelo, ante el gozo de los animales embrujados, que se ensañaban con ella pisándola. El toro hizo algo más, pero no es el momento de detallar tales hechos. Calmado de mis ardores, llamé a Hebe. Llegó la diosa, y con la ambrosía renacieron éstos. Quise aprovecharme de ella, pero, ligera, me sacudió un par de bofetones y desapareció en el aire. Volando, ¡Oh! ¡Oh!... 139
  • 140. XXXV LOS CENTAUROS Ordené a la nube que me trasladara a Tesalia. Tenía ganas de visitar a los salvajes centauros, tolerados por los dioses, pero que vivían aislados para que siguieran trotando y raptando ninfas. Me interesaba parlamentar con estos gigantescos hombres caballos, que antaño habían sido expulsados de sus dominios por los lapitas y ahora vivían en las regiones del Pindo. Abandoné el sutil envoltorio que me trasladaba de un lugar a otro y, cetro en ristre, anduve por aquellos abruptos andurriales, prevenido por si me atacaban los poderosos hombres caballo. Los cascos de docenas de centauros resonaron por los valles, y en poco tiempo quedé rodeado de aquellos bustos humanos, peludos y sucios, mientras el resto de su cuerpo pataleaba con fuerza levantando nubes de polvo. Llevaban sendas piedras en sus musculosas manos, con la mala intención de aplastarme. Y lo habrían hecho, de no haberles colocado ante las narices mi poder. -Soy el enviado de Zeus, y aunque no lo fuera, recibís muy mal a los visitantes pacíficos. El que llevaba la voz cantante, mesándose las barbas, después de tirar la piedra al suelo, respondió: -Quirón, nuestro venerable dueño y señor, amigo de Apolo, nos ordena que no dejemos penetrar en nuestro territorios a seres extraños; contigo debemos hacer una excepción, ya que Zeus te ha otorgado la vara del poder. -¿Por qué os gusta raptar ninfas? Su parte humana sonrió; el trozo animal tiró coces. 140
  • 141. -Somos poderosos, las ninfas tienen que ceder a nuestro acoso. -Lo que sois es un atajo de cobardes. ¿Os gustaría que acosaran a vuestras yeguas? Relinchaban como poseídos. Me entró miedo, por lo que arrimé el cuerpo a un tronco, usando el cetro de lanza. No osaron acercarse, pero en un descuido mío, el talismán protector se me cayó al suelo. Entonces, todos aquellos brutos se echaron sobre mí, pisoteándome con feroces patas. Cuando pude agarrar el cetro, estaba tan tumefacto que casi no podía moverme. Con mi arma en la mano, pude dejar cojos a unos cuantos, mientras los demás se separaban. Sabía que no me podría mover, estaba hecho una desgracia. Así que, sujetando mi seguridad con firmeza para mantener a distancia tantas patas, acudí en busca de socorro a Asclepio. El reparador de cuerpos divinos y humanos se presentó sin decir ni pío. Al verme tan aporreado, usó dos frascos enteros para devolver el movimiento al cuerpo atascado por tantas coces; luego sanó las extremidades de los centauros. Sin ni siquiera mirarme, por lo cabreado que estaba, subió a su nube privada ascendiendo a los cielos olímpicos. A medida que iba subiendo, con sus manos ágiles creó una docena de ademanes a cuál más despectivo, y añadió algunos claramente indignos. Humillado, sentí ganas de tirarme al vacío, y si no lo hice fue porque el pensamiento se llena de imágenes hermosas. Recordé a Dionisio y a la burra. Llegué a odiar a mi abuelo y a mi padre por haberme ilustrado sobre los dioses griegos. Dijeron siempre que a los dioses se les debía amar, adorar y respetar , por más agravios que nos infligieran. 141
  • 142. La nube, con su dulce balanceo, calmó los temores y las malas ideas. Dormí con sumo placer, soñando con Dionisio y el cuatro patas del burro. Comíamos pan, queso y castañas, regado con un agradable vino. Cuando desperté, Hebe me trajo vino en abundancia. Así lo hizo, desapareciendo velozmente, temiendo ser magreada por un vulgar humano. Acabada la bebida, entré de nuevo en el país de los sueños. Creo que dormí una semana entera, un mes o quizá un año. No lo sé: lo que sí sabía, era que todavía quedaba una ardua tarea hasta que Zeus tuviera a bien poner fin al periplo celestial. 142
  • 143. XXXVI EL DIOS DE LA MEDICINA, ASCLEPIO Una vez desaparecida la borrachera, recordé que debía grandes favores a Asclepio, hijo de Apolo. Él siempre acudía cuando le llamaba, y, en mi desgraciada visita a los centauros, pese a sus desprecios, sus elixires habían sanado mi cuerpo. Deseaba hacerle una visita para agradecerle sus desvelos. Su hubiera sido médico en la Tierra, le habría obsequiado con unos bombones o unas botellas de buen vino, pero esto no servía en el Olimpo. Los antiguos griegos adoraban a Asclepio, incluso habían fundado un hospital donde decían que los enfermos sanaban a base de curas de sueño. Se trataba de dormir al enfermo con drogas durante un mes; si no moría, sanaba; si sanaba, quedaba tan delgado que ni su familia le habría reconocido. Asclepio tenía una enfermera, hija suya, llamada Higía. Este dato procedía de mis ancestros. También contaba con una comadrona celestial, que atendía al nombre de Ilitía, la creadora del parto sin dolor. Cuando una diosa paría, sus pequeños diosecillos nacían con la misma facilidad que con dos dedos nos quitamos un pelo de la ropa. Los antiguos griegos no tenían estas prerrogativas, por más que rezaran al dios de la medicina. Sufrían con sus enfermedades, y las mujeres parían con dolores. Asclepio jamás se dignó descender a la Tierra para sanarlos. En el Olimpo era todo diferente. Si un dios peleaba con otro y sufría heridas o mutilaciones, Asclepio, con un pegamento mágico, le sanaba. Si un humano perdía un brazo, en aquellos tiempos heroicos, aunque se pasara la vida rezando no le volvía a crecer. 143
  • 144. Sabía que el doctor todopoderoso no me recibiría haciendo sonar trompetillas áureas, pero tampoco creía que me echara groseramente, pese a su exhibición cuando sanó mi cuerpo de las patadas de los malditos centauros. Como nota curiosa, diré que los romanos adoraban a una diosa, Carna o Cárdea, que defendía la habitación de la partera, cosa interesante, aunque no sé de qué tenían miedo las parteras, como no fuera de los veterinarios que pululaban en aquellos lejanos tiempos. Di mis órdenes pertinentes a la nube, que rauda me llevó a los dominios de Asclepio. Un soberbio edificio sin adornos, frío e impersonal, se presentó ante mí. Descendí con calma del milagroso aparato volador, que ni Julio Verne pudo jamás imaginar, recorrí un paseo con bancos donde, con gran asombro mío, vi a los pájaros que había deslomado cuando me atacaban. Iban cubiertos de vendas, y llevaban las alas sostenidas con cañas finas. Al verme querían levantar el vuelo, pero les indiqué con señas que no tuvieran miedo. Había vacas, bueyes e incluso centauros con la pata coja, que Asclepio debía curar. Asclepio estaba dando una lavativa a un fauno que hacía una semana que no había efectuado sus necesidades. Al entrar en el atrio, el fauno descargó de su cuerpo todos los detritus acumulados durante tanto tiempo. Asclepio y su hija, ante tanto hedor, aun siendo dioses se largaron corriendo y tapándose las narices: los sátiros no bebían néctares y ambrosías. Eché también a correr, en busca de aire sano. Asclepio, al verme, soltó una maldición. -¿Qué sucede ahora, Menelao? Déjame en paz, que ya tengo bastante trabajo con los seres inferiores del Olimpo. Vete. 144
  • 145. -No ocurre nada, ¡oh, dios de la salud! He venido simplemente a saludarte y darte las más efusivas gracias por los cuidados que has dedicado a mi persona. -He sido forzado por Zeus, de lo contrario ya te habría matado hace tiempo. Tengo mucho trabajo y no puedo atenderte. Si lo deseas, visita a todos estos enfermos vulgares a los que atiendo, aunque no sea de mi agrado. Yo disfruto sanando de inmediato a los dioses, pero ellos me han ordenado que vele por toda esta chusma. Volvió a su trabajo, lavativa en mano, sierra en la otra, seguido de su hija. Ésta llevaba en una canastilla agujas e hilos de coser. En un rincón del consultorio, arrimadas a la pared, había piernas y brazos de madera para faunos; patas, también de madera, para centauros, y otras raras prótesis cuyo uso me era desconocido. En un minuto, Asclepio visitaba, curaba y despedía a los animales y semianimales como faunos y centauros; también estaban en la sala un par de monstruos marinos en decadencia, y alguna que otra serpiente que, en vez de arrastrarse, reptaba con el cuerpo en forma de doble uve. Mientras Asclepio echaba una ojeada a una ninfa con dolor de tripas, se murió una oveja de blanca lana. Dos sátiros, que venían a ser como nuestros camilleros, pusieron al animal sobre un gran piedra, la untaron con una espesa grasa y le prendieron fuego. Al cabo de unos segundos, la oveja se había esfumado. Aquella piedra tenía cierta semejanza con nuestros hornos crematorios, sólo que su rapidez era asombrosa. Le llevaron un caballo que tiraba del carro divino: se había clavado una flecha de Apolo en la pezuña. Asclepio dejó a la ninfa desnuda y, junto con su hija, atendió al caballo de los dioses. A éste sí que le aplicaron las mismas medicinas mágicas que usó 145
  • 146. conmigo. El animal dio un respingo y movió las alas, desapareciendo en el cielo, acompañado de los saludos de Asclepio. La ninfa sufría y suplicaba ayuda. Sin prisas, Asclepio le dio un purgante y unas hierbas negras, obligándola a marcharse. No pude reprimirme. Dije: -¿Por qué no sanas a la ninfa, del mismo modo que has sanado al caballo? -Menelao: los que vienen a mi consulta no son dioses, ni jamás lo serán. No puedo malgastar mi ciencia con tantos y tantos seres vulgares que viven en el Olimpo. Los dioses los toleran en sus diversiones, pero no tienen el más mínimo poder, y mueren como morirás tú. Pregunté: -Y las parteras, ¿gozan de tus medios infalibles? ¿Paren sin dolor? -Todos estos enfermos que aquí ves, son de la misma categoría que los mortales: no merecen una atención especial. Que te entre de una vez por todas en tu dura cabezota que sólo los dioses inmortales sanan al instante. Higía llamó a su padre: -Ven, que hay que colocar esta pata de madera al centauro. Asclepio y su hija encajaron la sólida madera sin pulir, y la sujetaron a su espalda con cuerdas. Era un poquitín larga; lo comprobaron cuando el medio animal echó a andar. La recortaron un poco, pero todavía cojeaba. -Ya puedes irte, amigo centauro. Con el tiempo andarás normal. Peor estabas cuando andabas con tres patas. El medio animal emprendió la marcha, cojeando y loando la maña del dios. 146
  • 147. -Asclepio, el centauro va todavía cojo. -Peor estaba antes. Dándome la espalda, acudió junto a una bacante en forma de serpiente encargada de vigilar el lago sagrado de Apolo. Era la que su cuerpo tenía forma de doble uve. Según me dijo Asclepio, le habían caído varias piedras encima, y el culpable era un sátiro que deseaba bañarse en el lago del dios tocador de arpa. Asclepio la tendió sobre una pétrea mesa, y con un bastón de nudos le dio una serie de golpes a cuál más furioso. La sierpe quedó enderezada. -Vete ya a vigilar el lago -le dijo Asclepio. El animal respondió que no tenía fuerzas para ello. El médico le dijo: -En tú lugar, otra. -Y arreándole un garrotazo en plena cabeza, ordenó a los sátiros que la hicieran desaparecer. -Es una medicina bestial -dije. -Tú lo has dicho, Menelao. Hay días que sacrificamos a cientos de animales que en su momento habían sido útiles, pero ahora sólo estorban e impiden a veces los movimientos de los dioses eternos, y esto no debe ocurrir. Le tocó el turno a un toro que en una pelea con un monstruo había perdido la cola. Asclepio, con un sarmiento, hizo maravillas. La verdad es que la cola no se movía, pero el toro fue feliz con su rabito tieso. Estaba seguro de que las vacas se enamorarían más fácilmente de él. Cansado de tantas sandeces, y viendo que Asclepio no hacía el más mínimo caso de mis preguntas, le dije: 147
  • 148. -Me voy por otros senderos celestes. Veo que no hay equidad en tu proceder. -La equidad, Menelao, es para los dioses... Sin decir una palabra más, me dirigí a la nube, mientras Asclepio colocaba en un fauno dos cuernecillos de madera la mar de monos. De repente, caí en la cuenta de que había olvidado contarle al maestro de las curaciones un problema que, desde mi juventud, me traía de cabeza. Hice bajar a la nube hasta donde el doctor sublime curaba, con arena y agua, la cabeza rajada del semidiós, y esperé discretamente a que terminara su tarea. Una vez cosida la herida por su hija, el que casi se sentía dios agarró sus artilugios de matar diciendo que se iba a guerrear a no sé donde. La maravilla que consiguió el doctor en aquella cabeza hendida por tajo de espada animó a mi corazón a decirle: -Lo siento, dios de la medicina, pero olvidaba preguntarte una cosa sumamente importante. Asclepio respondió: -Tendrás que esperar hasta que termine de reparar a varios faunos que se destrozaron entre sí por la posesión de una ninfa. En efecto: sentados sobre unas piedras, aquellos seres medio cabras y medio hombres gemían debido a sus heridas. Se habían mordido entre ellos, presentando graves heridas. La más tremenda era una mano peluda del fauno, que sólo se aguantaba por un tendón. Asclepio fue al primero que curó, con una tira de bronce bendecido por Zeus. Introdujo un trozo en la sangrante muñeca, y el otro en el centro de su mano. Ató la cura con un hilo de plata y dijo al fauno que se fuera tranquilo, que al día siguiente la herida estaría 148
  • 149. completamente cicatrizada, que podría acorralar a las ninfas en las profundidades de los bosques, etcétera... Una vez zurcidos los demás heridos, dijo: -No tengo mucho tiempo que perder. Me han avisado que el dios marino Proteo ha cogido una indigestión de almejas, así que explícate rápido. -Verás, padre de la medicina celestial y terrestre, desde joven tengo un profundo problema que no osé jamás comunicar a los doctores de la Tierra, pese a que en la actualidad se operan senos, es decir, que una señora puede escoger en un extenso muestrario de pechos, sacarse los naturales e implantar unos falsos compuestos de una sustancia llamada silicona. En la Tierra, a las viejas también se les estira la cara, y se la cosen en el cogote. Las narices, orejas y pantorrillas rollizas también son reducidas a gusto del consumidor. O sea, que una persona queda físicamente modificada. También se operan culos grandes y cuellos con arrugas... Me interrumpió sin miramientos: -Dime de una maldita vez que es lo que deseas saber. Dilo y vete con tu globo al fondo del averno. Haciendo acopio de valor, le dije: -Mi problema es que la naturaleza no ha sido muy magnánima con mi cuerpo, con mi aparato de hacer pipí... Me interrumpió con brusquedad: -Querrás decir el miembro viril. Sonrojado, respondí: -Sí, eso mismo. Pues resulta que es muy pequeñito; alguna vez que he ido con mujeres, pocas veces, por vergüenza, muchas se han reído. Otras, con 149
  • 150. la ayuda de una pinza de tender la ropa, han intentado que penetrara en sus partes íntimas. Por ello, pese a sentir grandes deseos, soy incapaz de experimentar placer. Y, si alguna vez lo he sentido, ha sido a base de paciencia y usando lo que los terrestres llamamos un calzador. Asclepio, más serio que una silla, dijo: -Enséñame tu problema. Se lo enseñé. El doctor comprendió enseguida que no era un problema matemático. Tiró de la mísera oruga y dijo: -Menelao, tengo una solución a esta nimiedad. Abrí los ojos esperanzado. -¿Cuál es? ¡Oh, dios de la medicina! -Espera y verás. Primero debo ir a visitar a Proteo. Le purgaré y regresaré de inmediato. Al poco rato regresó. -Ahora te voy a dejar en condiciones normales; mejor dicho, en condiciones superiores a las de cualquier ser humano. Tu aparato genital tendrá el tamaño del de los dioses, aunque no su blancura. Asió un cuchillo y se fue, volviendo a los pocos momentos con un pijo de toro enorme, tanto, que lo llevaba asido con las dos manos. Horrorizado, exclamé: -¿Qué va a hacer, doctor? -Equipar tu cuerpo con lo que le falta. -¿Cómo pretende hacerlo? -respondí, agarrando con fuerza el cetro. 150
  • 151. -¡Te voy a operar! ¡Cortaré este ridículo adminículo de carne, se lo daré a comer a un gato, y te soldaré esta virilidad taurina! ¡Con ella asombrarás a los seres del planeta, y quizá a los mismos dioses! Iba ya el muy bruto a cumplir sus palabras, cuando, amenazándole con el cetro, le hice retroceder. Di media vuelta y me largué. Sentí un golpe. Asclepio me había arrojado el adminículo del toro contra mi espalda. Subí a la nube y me fui. 151
  • 152. XXXVII IO, SACERDOTISA DE HERA En un sencillo y recóndito lugar del Olimpo, vivía protegida por Zeus la sacerdotisa Io. El viejo verde del Crónida había sido su amante, como lo fuera de todos los dioses del Olimpo (digo dioses para generalizar.) La ex amante de Zeus, tan pronto como la nube tomó tierra, salió a mi encuentro saludándome con efusión, más bella que la luna y más resplandeciente que el sol. No me extrañó que el abusón de Zeus hubiera puesto sus divinos ojos en ella. -Te saludo, Io, y te diré que jamás, en todos mis estudios sobre los dioses, me había encontrado con un nombre tan corto para una belleza tan larga. -Te agradezco tu alabanza; además, sé quien eres. Todo el Olimpo habla de ti. La mayoría te odia por usurpar una parte del poder de Zeus. Voy a decirte unas cosas que, seguramente, ya sabrás. -Dime, bella mujer. -Soy hermosa porque Zeus no ha permitido que envejezca. Quizá vuelva otra vez a mis brazos cuando Hera, su esposa, se descuide. Sabrás que, al enterarse de que Zeus le ponía los cuernos conmigo, se transformó en una vaca blanca como la nieve. Zeus, su hermano y marido, mandó a Hermes que le robara la vaca, o sea, yo; mató a Argos Panoptes, el ojo que todo lo ve que me guardaba. Hera tendió otros maleficios a mi persona, pero al final, tocada por la divina mano de Zeus, recobré mi forma actual. Estoy esperando que el amo de estos cielos venga a yacer conmigo. Ya dí a Zeus un hijo, Épafo, y aún me gustaría darle otros. 152
  • 153. Respondí: -¿No ves, Io, que Zeus desparrama cientos de hijos por el Olimpo y la Tierra, y a la mayoría de ellos ni siquiera los conoce? Tanta perfección frente a mí trastornó mis sentidos. Estaba semidesnuda, y su cuerpo era blanco como el mármol. La sangre invadió mis bajos, la miseria de la que era propietario, igual que maligna oruga, adquirió cierta rigidez. Mis impulsos ingobernables dominaron mi control anímico y abracé a la antigua amante de Zeus. Ella no opuso resistencia, pero cuando me desnudé, con la mala intención de colocar los cuernos a Zeus, Io descubrió mis limitaciones y se echó a reír con estrépito, asustando incluso a unos búhos que dormitaban en unos cipreses, junto a su morada. Indignado por el desprecio que me mostraba Io, apretujé mi cuerpo contra el suyo, con todas mis fuerzas, mostrándole al mismo tiempo el símbolo de mi poder. Io cesó de reírse y no opuso resistencia. Al ver su pasividad, eché una ojeada a mi propia hombría. Sin embargo, con la ayuda de la vara mágica, conseguí introducir mi gusanito de seda en su aterciopelado cajón. Pese a todo, el resultado fue satisfactorio para mí. No obstante, Io dijo: -Has abusado de tu prepotencia, Menelao. Enviaré un mensaje a Zeus para que te fulmine con sus rayos. Creo que con uno tendrá bastante. -Io -repuse-, el poder es mío; si te quejas al ser supremo lo negaré todo. Por toda respuesta, Io agarró a dos mochuelos que habían vuelto al ciprés y reposaban en las ramas bajas, echándolos sobre mi cabeza. La agilidad me salvó de que los bichos me sacaran los ojos: con mi cetro los escabeché tranquilamente. -Io -le dije-, no pienso contar nada de lo que aquí ha ocurrido. 153
  • 154. -De hecho -replicó-, tienes razón. Tus aceitunas y tu pepinillo no han producido en mí buenas sensaciones, así que dejaremos morir el asunto y nos olvidaremos de todo. Quedamos los dos de acuerdo. Avergonzado por la humillación recibida, subí a la nube Io lanzó sobre ella un montón de malignos mochuelos con muy malas intenciones, pero ya estaba dentro del raro transporte aéreo y su poder no me alcanzaba. Eso sí: desde la puerta de su mansión, con el índice y el pulgar, Io hizo un ademán significativo. Apresuré la marcha, y, al poco rato, el hogar de Io fue un puntito casi invisible. Hice el firme propósito de que, al regresar a la Tierra, si es que lo conseguía, acudiría a un centro quirúrgico donde obran maravillas con cualquier parte de tu cuerpo. Les diría claramente lo que deseaba: quería presentarme ante las damas, si no equipado como Zeus, al menos con una estructura más que regular. Lo juré por mi honor y el de mis antepasados. Un suave vientecillo del norte me empujó hacia el sur. Pedí vino a Hebe, y lo recibí dentro de un odre la mar de elegante. Me dormí sin traumas ni sueños... 154
  • 155. XXXVIII DE NUEVO, ZEUS No bien desperté, llegó Hermes. El dios de los mensajes me ordenó: -Dirígete al palacio del dios supremo, te está esperando. Dicho esto, el dios de los ladrones desapareció impulsado por sus mocasines alados. No las tenía todas conmigo. Quizá quería vengarse por mi atrevimiento con Io. Si me desposeía del cetro, estaba perdido. Sin embargo, pensé que si el padre de los dioses hubiera querido exterminarme, lo habría hecho lanzado uno de sus rayos contra la nube. Más tranquilo, ordené a ésta que se dirigiera hacia los palacios de Zeus. Al llegar al lugar indicado, fui introducido por Hermes a la grandiosa sala de recepciones, donde docenas de dioses sentados en el suelo, o en pequeños tronos, escuchaban la perorata de Zeus. Me senté en la última fila, donde sólo estaban las ninfas, los sátiros y un par de viejos centauros. Al contemplar a toda la gama de dioses con ojos nuevos, tuve la certeza de que no existirían siempre, de que no serían eternos. Su aspecto, a pesar de sus poderosas siluetas, daba la impresión de un cansancio y un aburrimiento infinitos. Todo lo que Zeus me había dicho, acerca de los mensajes que debía transmitir a los terrestres, me pareció hueco. Todas las venganzas que, según él y sus acólitos, recaerían contra mi planeta en forma de grandes males, no eran más que fanfarronadas. El poder de los dioses del Olimpo se limitaba al Olimpo. Cierto que sus fronteras no tenían fin, pero dicho poder no traspasaba el espacio del cielo olímpico. 155
  • 156. Zeus, sin fijarse en mí, hablaba con Hera, su hermana y mujer. Mientras lo hacía, observé a varios de los dioses. Mis temores no existían, podía observar a toda aquella cuadrilla de seres poderosos, que no se daba cuenta de que su final les llegaría al cabo de pocos siglos. Apolo tañía su arpa; sonaba de un modo horroroso, no le llegaba a la suela del zapato al arpa de Harpo Marx. Apolo creía, y hacía creer, que su lira pulsada por él merecía la admiración de sus congéneres. Éstos loaban sus melodías, y hasta le aplaudían. A sus pies reposaba el maléfico arco con sus flechas envenenadas, capaz de dejar a un dios en un estado muy apuradillo. Euterpe, diosa de la poesía lírica, recitaba unos versos con voz aflautada, con el acompañamiento de la lira que tocaba Apolo. Talía, diosa de la comedia, recitaba un monólogo de alabanza a Zeus. Como levantaba mucho la voz, Apolo le enseñó una flecha. La diosa calló, no sin dejar de mover los labios, soltando mudas maldiciones y malos augurios dirigidos al dios. Hefesto pulía la corona de Zeus: sus escupitajos se convertían en Netol. Entonces comprendí que la corona del gran dios no era de oro, sino de latón, lo que demostraba la decadencia de aquella estirpe de seres superiores. Afrodita se untaba el rostro con unas pastas que las Tres Gracias le habían proporcionado. Junto a ella, Dionisio, dios de las bacanales y el vino, intentaba magrear no solamente a Afrodita, sino a las mismísimas gracias. Afrodita agredió al tocón, ante las risas de las tres camareras suyas. Zeus ahora dialogaba con Odiseo. Éste, desde lejos y con el pulgar de la mano derecha hacia abajo, demostró que no sentía la menor simpatía por mi persona. Me hice el despistado, pasando por alto su malévola observación. 156
  • 157. Momo, dios de la risa, contaba chistes a Ares, el maldito dios de la guerra. Las ninfas que estaban a mi lado se insinuaron con delicadeza. Rechacé sus manos, colocándome junto a los sátiros. Pero me sentí más seguro cerca de las ninfas, ya que estos brutos intentaron agarrarme no sé con qué intenciones. Me escabullí de ellos y de las ninfas, sentándome junto a la diosa cazadora Artemisa. Su carcaj, en el suelo, estaba repleto de flechas. Un ciervo ya muerto yacía a sus pies. Pensé que los cocineros de Olimpo lo prepararían para los dioses mayores. Artemisa ni siquiera se fijó en mí. Al verla tan espléndida y ligera de ropa, quise acariciarle el brazo. Su respuesta fue pincharme con una flecha, la cual, por suerte, no estaba envenenada. Comprendí el aviso e incliné la cabeza, pidiendo perdón. Posidón, armado con un tridente y con el cuerpo lleno de escamas, sostenía una pecera llena de peces de colores muy vivos. Pensé que debía de ser una ofrenda a Zeus. El dios Pan soplaba un caramillo; su música parecía un zumbido de abejas. Algunos dioses se tapaban los oídos. Todo aquello demostraba que la época gloriosa de las hecatombes iba desapareciendo. Junto al dios de los rebaños dormitaban varias ovejitas blancas, muy parecidas a las de un anuncio televisivo de un producto para que la ropa fuera más blanca que el mismo color blanco. Cuando Zeus hubo recibido los homenajes de todos los dioses y semidioses, me llamó a su vera. Me arrodillé a sus pies, mientras Hefesto le colocaba en la frente el símbolo de su poder. -Levántate, Menelao. Me puse en pie. 157
  • 158. -Tengo quejas de los dioses; algunos han sido agredidos por la vara que te presté. -Es verdad, ¡oh, dios de los dioses! Pero de no haberme defendido, ya estaría muerto y no podría cumplir tus deseos de predicar tus verdades en la Tierra. En el fondo, Zeus estaba satisfecho de mi conducta: así sabrían que su vara tenía poder. -Bueno, Menelao, nosotros vamos a celebrar una comilona que tú, como mortal, no podrás compartir. Así que vuelve a los espacios y, cuando llegue el día de tu regreso, ya serás avisado. Hermes, el hijo de Zeus, me condujo hasta la nube, que había sido reparada y limpiada. Subí a ella y seguí feliz mis rutas siderales, satisfecho de que el dios supremo del Olimpo no me hubiera aniquilado. Si la corona de Zeus era de latón, mi varita no sería de oro. Efectivamente, de tanto empuñarla se había vuelto algo gris, lo que demostraba que los dioses se estaban volviendo pobres. 158
  • 159. XXXIX GANÍMEDES Volando, ¡Oh! ¡Oh...! Hebe me había servido la comida, mi panza atestada de néctares agradecía a Zeus su benevolencia para conmigo; las panzas no razonan, pero saben de agradecimientos. Además, saboreaba también un buen vino servido por la misma diosa... Volaba admirando el país sagrado, todo resplandor, de noches suaves. En un instante, el aparato volador quedó rodeado de pajaritos, pájaros y pajarracos que graznaban y trinaban. Asomé la mano de la nube, mostrando mi poder. Las aves huyeron, dejando la cúpula de mi vehículo cubierta de excrementos. Divisé un agradable rincón con una vivienda de recias líneas, y allí se estacionó la nube. Con mi túnica limpié lo mejor que pude las muestras de la digestión de los pájaros. Salió a mi encuentro un joven de gran belleza. Iba desnudo, solamente un casco de bronce cubría su cabeza. Junto a él, un águila gigantesca comía de un platillo de oro. Exclamé: -¡Oh, Ganímedes, mortal hecho dios por Zeus! ¡Te saludo! El águila fijó sus ojos en los míos. Ganímedes respondió: -Yo también te saludo, Menelao, pero debes continuar con tu tarea impuesta por Zeus. Mientras tanto, déjanos en paz, pues tenemos otras cosas que hacer que oír tus simplezas. Vete, antes que Zeus no te fulmine. No tuvo que repetir dos veces la amenaza. Subí a la nave, elevándome a toda prisa perseguido por una multitud de animales alados que picoteaban el envoltorio divino. Suerte tuve del cetro, que hizo caer en barrena a docenas de 159
  • 160. ellos, los cuales fueron a parar a los pies del amado de Zeus. De no ser por la lámina que cubría su cabeza, hubiera quedado muy maltrecho. Ante la lluvia de pájaros muertos y malheridos, Ganímedes tuvo que taparse sus partes viriles, no fuera que alguno de ellos, mientras agonizaba, se cebara con dichos atributos. Volando, ¡Oh! ¡Oh! Me había librado de una situación escabrosa. No deseaba la ira de Zeus. Cuando, ya más tranquilo, circulaba sin rumbo, mullidamente sentado, catando el resto del vino servido por Hebe, la diosa que me miraba con desconfianza, llegó a mis oídos un ruido tremebundo, y un carro tirado por dos caballos alados cruzó junto a mi. Era guiado por Apolo, que seguramente se dirigía a alguna de sus matanzas matutinas. Además, la parte trasera del carro desprendía fuego, y una de sus llamaradas prendió en un lateral de la nube. Lo apagué a golpes de túnica. Por fortuna, sólo se había producido un agujero por el que pasaba justo una cabeza. Calmado del susto, me asomé por el orificio y, gozoso, pude contemplar con más comodidad las maravillas del Olimpo. No contaba, sin embargo, con que un pájaro vengativo seguía rondando mi envoltorio. Al ver mi cabezota asomando por el agujero, se abalanzó sobre ella dándole dos o tres picotazos enormes. Al retirar el depósito de las ideas, todo dolorido por la agresión, el maldito pájaro penetró en la nave. Aquel atrevimiento fue su perdición: lo ataqué con el cetro, y el ave desapareció en el espacio. Tanteé mi cabeza, del mismo modo que se oprime un melón, y vi que las heridas no eran peligrosas, por lo que no llamé a Asclepio. Aguantaría el dolor hasta que se calmara. Tenía miedo de pedir ayuda al curalotodo, no fuera que, 160
  • 161. pese al poder que amparaba mis acciones, me liquidara con uno de sus venenos. Volaba y dormía, hasta que cesó el dolor. Sólo se apercibían en la frente dos bultitos semejantes a cuernecillos, que pronto desaparecerían. Recordé entonces al buen guía, e incluso a su burro. Las lágrimas mojaron mis mejillas: lloraba por ambos. Después recordé una frase: los dioses poseen todos los defectos de los humanos, pero ni una sola de sus virtudes. 161
  • 162. XL INVESTIGANDO Empezaba a creer con firmeza que a los dioses del Olimpo se les estaba acabando su poderío, que las amenazas contra los humanos que no les ofrecían sacrificios no pasaba de ser una fanfarronería; su poder se limitaba a sus cielos, y estaba seguro que sus espacios inacabables volverían a ser esto, espacios inacabables. Los dioses se fundirían en el firmamento, y de su recuerdo no quedarían más que las estatuas de los museos, que ni siquiera se parecían, la mayoría de ellas, a los originales. Las religiones iban sucumbiendo con el tiempo, y se imponían nuevas concepciones éticas. Tal como desapareciera el poder de Babilonia y de Asiria, con sus dioses crueles, también se extinguirían los dioses griegos que, acorralados en su Olimpo, resistían al tiempo, mientras los néctares y las ambrosías estuvieran al alcance de su mano. Una de las religiones más antiguas, la egipcia, con cuatro mil años de existencia, también había sido olvidada. Las gentes, después de miles o cientos de años, iban aceptando la inutilidad de ciertas creencias y, al no tener fe en un humanismo positivo, se agarraban frenéticamente a Alá, Cristo y sus derivaciones. Los hombres hacían valer sus creencias con extrema violencia: al no creer en ellos mismos, las imponían a golpes de doctrina, con amenazas de dolores en la otra vida. El terror espiritual doblegaba a los humanos, encontraban justo eliminar a quien no comulgara con sus dioses, que consideraban los verdaderos, los más perfectos, cuyos dogmas no debían ponerse jamás en duda. El hombre por el hombre, y el concepto de que cada 162
  • 163. persona asumiera el papel de un pequeño dios, no se admitía de ninguna manera. Cada religión poseía dogmas inalterables: quienes la profesaban, debían seguir a rajatabla su idiosincrasia. En los tiempos actuales, el más acerbo fanatismo religioso está exterminando a miles de seres humanos en nombre de no sé qué paraíso. Antaño, el cristianismo, por medio de sus santos, muchos de los cuales eran jueces de la Inquisición, asaba a quienes no pensaban igual que ellos. En resumidas cuentas, estaba convencido de que los habitantes del Olimpo desaparecerían sin pena ni gloria, y de que los hombres llegarían a comprender que lo principal es el hombre... Tras estas divagaciones, que seguramente carecen de todo sentido, tuve una idea: ordené a mi vehículo que me trasladara a los almacenes de néctar y ambrosía. De no ser por estos alimentos, los dioses se esfumarían por los siglos de los siglos. Entonces los avisté desde el aire: enormes como cien campos de golf, diez veces mayores que todas las sucursales de El Corte Japonés, mil veces más vastos que Pikea... Temblé de emoción a la vista de tanta cantidad de edificios dedicados únicamente a almacenar comida para la vida eterna. Lo más horroroso, es que los griegos habían creído en ello, y lo más horroroso, todavía, es que había existido esta religión, pues mi cuerpo y mis sentidos estaban viviendo su realidad. Aunque llegara el fin de los dioses, estaba claro que, durante cerca de tres mil años, se había creído en ellos sin que se dejaran ver... Mi nube se aposentó en la llanura iluminada por la diosa Aurora. Con el cetro en mi diestra, anduve con precaución. Hice bien: tres Titanes me salieron 163
  • 164. al paso con ademanes poco amistosos, pero inclinaron la cabeza al mostrarles mi poder. -En nombre de Zeus, deseo examinar los depósitos de la vida eterna. Me condujeron a través de kilómetros y kilómetros de pasillos, la mayoría de los cuales sólo contenían tinajas vacías. Pregunté, al que parecía el jefe del trío, que como arma asía un roble espantoso: -Queda poco néctar y ambrosía, por lo que veo. -Sí, las reservas han bajado -contestó. -¿Podrías decirme, ¡oh Titán, vigilante del alimento celestial!, para cuánto tiempo habrá existencias? Dímelo en años, décadas o siglos, como más te plazca. El vigilante se frotó la cabeza con la palma de la mano y dijo: -Para unos tres siglos. -Gracias, Titán, por tu información. -No entendemos de gracias. Piensa que si te hemos contado lo que deseabas saber, ha sido porque eres el enviado del gran dios. De lo contrario, te habríamos hundido en el suelo a golpes de árboles. Estaría sirviendo de abono a los majestuosos robles que rodean estas reservas. Sin otra palabra más, dejé a los tres Titanes, que seguían mis pasos con miradas asesinas. Subí de espaldas a la nube, con el cetro delante, y me marché. La teoría se confirmaba con toda su crudeza: los poderosos dioses inmortales, exigentes y caprichosos, se evaporarían dentro de tres siglos. Cuando penetra en un país, la decadencia no es repentina, va evolucionando 164
  • 165. con lentitud. Y es en esos tiempos de extinción progresiva cuando los poderes causantes de la situación se empeñan en culpar al pueblo, que en toda su vida no ha hecho otra cosa que creer en sus dignatarios. Ahora bien, si el pueblo pasa hambre y se rebela, es eliminado de inmediato. O sea, la culpable de los grandes fracasos políticos y religiosos siempre fue, ha sido y será la gran masa humana que ha malvivido pisada por unos grupos minoritarios, que no aceptan el desplazamiento del poder. No pensé más, no quería pecar de demagogo. Debía plegarme, como la mayoría de los terrestres, a las órdenes y leyes de quienes no las cumplían. Sólo de esta manera las gentes no serían masacradas, debíamos ser amantes de la resignación, del fatalismo. Debíamos ampararnos en unos conceptos impuestos desde la infancia y orar por nuestra miseria, a fin de que los dignatarios tuvieran un larga vida para seguir gobernando a los rebaños de ciudadanos resignados. Así, tanto en el cielo como en la Tierra, las cosas funcionarían bien; de otro modo, el caos se adueñaría de los países, y los primeros en recibir las consecuencias serían los del peldaño inferior. Si las masas pretenden vivir dignamente, se las llama revolucionarias. A los que esquilman al pobre, en cambio, se le dan nombres suaves. Llamé a Hebe. Me sirvió gran cantidad de vino. Intenté de nuevo acariciarla; de nuevo machacó mi frente. Entre el porrazo y el buen vino, quedé como un Morfeo. Soñé con ninfas desnudas y en diosas ligeras de ropaje que olían a rosas. Mi elegante automoción, al no recibir mis órdenes, volaba sin prisas por las praderas, viñas y arboledas. 165
  • 166. XLI PROMETEO Al abrir los ojos, después de la larga dormilona, mientras la nube seguía su ruta sin recibir ninguna clase de orden, en mi pensamiento entró la figura de Prometeo, el Titán castigado por Zeus debido a que enseñó a los hombres la manera de encender fuego. Lo que más irritó al dios supremo fue que traspasó la inteligencia de los dioses a los humanos; por ello, el señor del Olimpo lo encadenó a una roca e hizo que cada día bajara un águila de los cielos para comerse su hígado, que a la mañana siguiente volvía a crecer para ser comido a la otra. Creo que la leyenda, que llegó a los humanos siglos más tarde, la aprovecharon muchas religiones para idear los infiernos. Prometeo, al final, fue liberado por Heracles y pudo seguir con las complejas aventuras del Olimpo. Ordené a mi transporte que me llevara a la mansión de Prometeo, que se hallaba en el país de los escitas. Ya en tierra, sin miedo, pues el Titán me caía bien, le llamé a gritos. Apareció el gigante, de rostro hermoso, con la marca de las cadenas todavía en los tobillos. -Te saludo, Titán. Prometeo, vengo a darte las gracias por haber soplado en las mentes de los humanos, enseñándoles la noción del bien y del mal, cosa que los dioses ignoran, pues sólo reconocen sus caprichos y su poder. -Te saludo, Menelao, y no quiero para ti ningún mal. Mis ideas difieren de las de los dioses y semidioses. Por ello fui encadenado por tiempo infinito en la roca, y, de no ser por Heracles, que de un flechazo mató a la maldita águila, todavía sufriría espantosamente, viendo mi hígado devorado cada día. 166
  • 167. -Los humanos debemos estar agradecidos de que rellenaras de luces nuestras cabezas; por otro lado, amigo Prometeo, el saber ha llevado al mundo a extremos de dolor inconcebibles. Te recrimino que hubieras transmitido a los hombres el bien y el mal; deberías haberlos olvidado en los cielos. Ahora la gente nacería y moriría con dulzura; y, en el breve trecho que existe entre la vida y la muerte, podría comer, reír, vivir, gozar. Ahora lloramos más que reímos; debido a las guerras, millones de humanos mueren de hambre, y por cada mil hombres sólo nace uno bueno. Además, millones y millones de seres humanos viven en la mediocridad más extrema, ya que, cuando nos insuflaste el lado malo, debiste de hacerlo en cantidades industriales. -Menelao, tienes toda la razón. Me excedí en el soplo, pero una vez soplado ya no podía desoplar. Si hubiera podido desoplar, de seguro que habría expelido el soplo del mal. -Hermoso trabalenguas, Prometeo. Me consta que Zeus, al fin, te perdonó tu chivatazo a los hombres. -Sí, lo pasé muy mal, ya que después me castigó de nuevo: encargó a Hefesto, el herrero celeste, que me fabricara una mujer de tierra y agua, de cuya historia no deseo acordarme. -No te preocupes, Prometeo. El Titán estaba triste. Me confesó: -Ahora vivo solitario por estos campos que ves, sembrados de trigo. Poseo corderos, y a veces vacas, y vivo con sencillez y sin envidiar nada de nadie. Si por aquí transita algún sátiro, o algunas ninfas, les doy de beber y de comer. Hizo una pausa. 167
  • 168. -Sólo tengo un problema -prosiguió-: unas cien aves mecánicas, fabricadas por Hefesto, diezman mis reducidos rebaños cada atardecer. Se me comen alguna que otra oveja, otras quedan malheridas y, con sumo dolor, tengo que sacrificarlas. Vaciló y continuó hablando: -Quisiera pedirte un favor. -Dime, Prometeo, aunque ya supongo de que se trata. -Quiero que me ayudes a eliminar a estos monstruos de cobre con garras puntiagudas, que éstos sí que son el mal hecho carne, o metal. Estoy seguro de que Zeus aún me guarda rencor, y disfruta con el mal, tal como les ocurre a la mayoría de los dioses. -Dime, Prometeo, cuando acuden estos bichos fabricados por Hefesto. -Lo hacen al atardecer, cuando toco el caramillo para reunir el rebaño. Entonces aparecen frente a mí y cometen todas estas barbaridades. -¿Desde dónde tocas el caramillo, para llamar a las bestias? -Junto al campo de trigo. Ellas siempre atacan a pocos metros de mí. -Me quedaré hasta el atardecer, y con la vara mágica de Zeus les daremos un escarmiento ejemplar. Tú los llamas desde esta plaza que está frente a nosotros, y los pájaros de mal agüero vendrás hasta aquí para mortificarte en tus propias narices. Quieren hacerlo delante de ti para humillarte aún más. Así lo hicimos. Me escondí detrás de unas rocas y Prometeo sopló en su caramillo. Las ovejas y vacas se recogieron enseguida, y cuando estaban delante del Titán, descendieron rápidamente con sus feroces picos. Entonces, empuñando el cetro de Zeus y deseando mentalmente que los pajarracos 168
  • 169. bajaran hasta ponerse a su alcance, empecé a dar rápidas vueltas a mi bastón mágico, sobre mi cabeza, y conseguí tender en el suelo a más de la mitad. Las demás aves huyeron, dejando en tierra alas y patas de bronce. -Prometeo, no temas; ya no volverán jamás. El Titán quiso arrodillarse para besarme las manos, pero se lo impedí. -Déjame estrechar tu mano, Prometeo. Eres un buen dios, y habrías sido un buen hombre. Nos saludamos de esta manera. Dije al Titán: -Con estas enormes aves metálicas puedes fabricar aceiteras y otros útiles. Aprovéchalas. -¿Por qué no te quedas a vivir conmigo, Menelao? -Me debo a los terrestres. La verdad es que me habría gustado, pero no puedo. Levantándose del suelo como si fuera un gatito, me besó y deseó buen viaje. Nos separamos con lágrimas en los ojos, y me dijo adiós con la mano, hasta que la nube desapareció en el espacio. No podía ya distinguir su figura gigantesca, pero si alcancé a oír un grito de dolor que penetró en la nube e hizo vacilar las paredes de aquel frágil y movible envoltorio. La verdad es que es hermoso hallar a un ser bueno que no te pida nada, y te ofrezca todo: pero esto acostumbra a ser una utopía. A media voz, murmuré: 169
  • 170. -Prometeo, mi corazón está contigo. Buena suerte, amigo, muy buena suerte. El transporte divino volaba, volaba... 170
  • 171. XLII LAS BODAS DE POSIDÓN Y ANFÍTRITE En mi primera visita al dios del mar, Posidón estaba vigilando los océanos para evitar que los humanos terminaran de pudrirlos. Fui entonces atendido por un pulpo erótico que abusaba de un pez espada. Esta vez quería, si era posible, contactar con Posidón y su esposa, Anfítrite, una de las Nereidas, o hijas de Nereo, el genio bondadoso. Un mosaico romano había quedado grabado en mi mente, y deseaba que Posidón o su consorte me contaran no la boda propiamente dicha, sino la parte alimenticia de la misma. Así que raudo me trasladé a los dominios del dios de los mares, aterrizando en un islote de reducidas dimensiones. Llamé al pulpo pornográfico por mediación de mi varita. Éste apareció al instante. -¿Qué quieres? ¿No viniste ya una vez, en busca de información? -Sí, es verdad, pero si lo deseo vendré diez veces más y tendrás el deber de obedecerme, aunque te pese. Quiero hablar con Posidón y Anfítrite. -Posidón está limpiando los mares de las porquerías que echáis en ellos. -¿Y su esposa? -Esta sí que está -respondió de mala gana el señor tentáculos. -Llámala, pues quiero hablar con ella. Apareció la Nereida más hermosa que jamás contemplara. -Te saludo, bella Nereida. -¿Qué deseas, enviado del gran dios? -No pretendo preguntarte acerca de vuestro matrimonio, ni si sois felices o desgraciados, es cosa vuestra. Pero, por el poder que me concede el cetro, 171
  • 172. quiero que me cuentes la comilona que, a base de pescado, celebrasteis en los dominios de tu marido, el dios Posidón. La Nereida desnuda tomó asiento en una roca. -Pregunta. La miraba intensamente, mientras acudían a mi cabeza malas ideas. La mujer de Posidón lo advirtió. -Si no borras de tu cabeza los malos deseos que la invaden, aunque lleves los poderes de Zeus, me marcharé. Mi mala fe se aplacó y respondí: -Sólo deseo que me cuentes los manjares que os llevasteis a la boca. -Escucha, pues, humano favorecido por Zeus. -Soy todo oídos. La mujer de Zeus llamó al pulpo caliente y mandó que le trajera una túnica, cosa que hizo con diligencia. Una vez tapadas sus bellas intimidades, comenzó: -De entrante, almejas y berberechos tamaño grande, servidos en platillos de madera. De segundo plato, sardinas en escabeche; de tercero, pulpitos de roca con ajos celestiales. Seguidamente, aletas de tiburón al chef. Después, besugo al horno; luego, mantas al plimplim y cangrejos al plamplam. Seguimos con langostas y langostinos, luego ostras con perla y caballitos de mar con estribos de chocolate. -¡Maravilloso! -No me interrumpas. -Perdón. 172
  • 173. -Lo más espectacular fue una ballena al horno rellena de bacalao de Islandia. Seguimos con navajas inofensivas; el erizo de mar fue otro plato muy aplaudido. Atunes de Tunicia en blancas rodajas, pececillos con ajo y aceite, caracolas marinas repletas de caviar, moluscos tapa negra bendecidos por Zeus; además, pez martillo, el dios de los carpinteros, traídos por navegantes del mar Egeo. Peces voladores al vapor, delfines en filetes... -Perdón otra vez, señora de Posidón. -Dime, pero es muy fastidioso que me interrumpas. -Sólo quería preguntarte si los delfines eran peces sagrados. -Lo son, pero en mi boda hicimos un extra. -Claro... -Sigo. De las charcas divinas trajeron ranas enormes con sus tripas llenas de ambrosía; angulas suculentas, salmones vírgenes y truchas exquisitas; anchoas de la barretina y lucios ahumados. Hubo otros platos con otros pescados, pero la verdad es que no me acuerdo. Dionisio, además de vinos esplendorosos, trajo numerosas ninfas sin estrenar, para deleite de los convidados. Aparte de numerosos dioses, fueron invitados Titanes y centauros; éstos últimos, los muy semianimales, bebían más vino que los camellos cuando pueden llenar sus jorobas de agua en el desierto. La esposa del dios del mar esbozó una sonrisa y prosiguió: -La fiesta terminó en una bacanal con dioses mezclados con pulpos, centauros, Titanes, etcétera. Plutón apretujó a un gran número de ninfas, mientras yo escogía a una bella diosa para folgar con ella. Fue todo una maravilla celestial. No pude aguantarme más, y le dije: 173
  • 174. -Tienes miedo de mí, que ni siquiera he tocado uno de tus rubios cabellos. En cambio, entregaste tu cuerpo a centauros y Titanes que, por cierto, debieron de dejarte bastante maltrecha... De un manotazo arranqué su túnica, con el deseo de acariciar sus pechos más blancos que la leche. Ella, ágil, me esquivó, cayendo yo al suelo, donde me di de bruces contra unas piedras. Anfítrite, entretanto, se había sumergido. Me quedé sangrando por las narices, haciendo el ridículo en aquella isla enana. Con agua de mar limpié la sangre de mi apéndice olfateador y marché en busca de la nube. Ahora ya sabía la clase de comida servida en la boda de Posidón y Anfítrite. La nube voló por los cielos. Seguí buscando un poco de hielo, mientras la nariz se me ponía como un tomate. Volando... Volando... 174
  • 175. XLIII BÓREAS, EL VIOLENTO VIENTO DEL NORTE Bóreas, cuando sentía deseos carnales, se dedicaba a raptar doncellas. Y el viejo guarro no las escogía precisamente feas y malformadas. Bóreas, cuyo padre fuera una serpiente (en el Olimpo las cosas son así) no poseía más ley que la de su miembro viril. A pesar de tener un físico sumamente desfavorecido, Zeus le había dotado de una fuerza viril casi como la suya. El dios de los vientos espantosos raptó a Oritía, mientra jugaba cerca del río Iliso. El muy cobarde arrebató la doncella con violencia, llevándosela a sus dominios situados entre tempestades y lluvias torrenciales. En estos tenebrosos lugares, el viejo poseía una sólida mansión que resistía toda clase de huracanes. Este violento dios contaba con grandes adoradores entre los griegos, ya que les ayudó durante la guerra médica al hundir parte de la flota mandada por Jerjes. Después de este breve preámbulo, y una vez despejados los vapores del vino, ordené a la nube que se dirigiera hacia los dominios del dios de las furias terrestres y marítimas. Al penetrar en su oscuro reino, con el cielo cubierto de nubes negrísimas, fui atacado por ratas acorazadas y provistas de alas. Me defendí como de costumbre, y docenas de ratas cayeron cielo abajo hasta estrellarse. Una penetró en el habitáculo volante y me mordió en un dedo. Con un golpe de cetro descompuse su complicado mecanismo, y la máquina expiró en el suelo entre convulsivos ruidos metálicos. Mi desprecio por Bóreas aumentó, y decidí demostrarle que no le temía. Al contrario, que se guardara de mi cetro. 175
  • 176. Puse pie a tierra y divisé al viejo calentorro con una bellísima mujer a su lado. Debía de ser Oritía: lo deduje al ver la tristeza en sus ojos. Su rubia cabellera se movía con suavidad, impulsada por el viento. Oritía era blanca como la nieve y elegante de cuerpo. Entróme por los ojos y se me aposentó en el corazón. El anciano babeante observaba mis pasos. De repente, lanzó contra mí un perro de seis patas, dos colas y dos cabezas, después de darle cuerda igual que a los antiguos trenes de juguete de la Tierra. Le recibí con un golpe de vara, arrancando de cuajo sus cabezas, que siguieron ladrando desde el suelo. Las rematé, hasta que hice saltar los muelles que les daban movimiento. Con la varita en alto, le dije a Bóreas: -Ahora verás, desgraciado, lo que es atentar contra la vida de un emisario de Zeus. El barbudo violador de vírgenes asió una tranca parecida a la que usaba Heracles y avanzó hacia mí a pesar de las toses que le ahogaban. No tuve la más mínima dificultad en desarmarle y dejar su depósito de ideas atestado de montecillos. Una vez estuvo panza arriba, le pregunté a Oritía si deseaba huir de aquellos lugares. Lloraba de gozo y vino a abrazarme. Dominé mis instintos y dije: -Te voy a dejar en los dominios de tu padre Erecteo. Monta en la nube. -Espera, salvador mío. En la mansión hay unas diez jóvenes raptadas y mancilladas por Bóreas. Puedes llevarlas contigo. La nube tenía espacio para cinco o seis personas; sin embargo, le dije: -Oritía, iremos muy apretados. -Te lo ruego, Menelao. 176
  • 177. -¿Cómo sabes mi nombre? -Bóreas sabía que vendrías a visitarle, y por ello mandó construir a Hefesto las máquinas de defensa que has destruido. Sé también que eres un enviado de Zeus. -Bien, subid todas a la nube. Iremos muy juntos, pero qué le vamos a hacer. Oritía y las demás muchachas, sin ropas y sin vergüenza, se montaron en la nube, y un servidor entre ellas. Ordené que nos trasladara a los dominios de Erecteo, donde abandonaría a tanta carne palpitante. Con lentitud, mi vehículo volador siguió la marcha, mientras yo, arropado con tantos pechos, culos y montes de Venus me sentía trasladado a un cielo de placeres sublimes... Aterricé en los dominios de Erecteo, dejando la bendita carga con gran desgana. Fui abrazado por todas aquellas incomparables bellezas, y Oritía se me ofreció en agradecimiento a su liberación. Besé sus hermosos labios y desaparecí en el firmamento, borracho de lujuria... 177
  • 178. XLIV LOS CAMPOS ELÍSEOS Deseé visitar estos inmensos espacios, al final del Olimpo, donde se halla Radamantis y se vive espléndidamente. Según me contó mi abuelo, ya teníamos ligeras referencias en nuestro planeta. Supongo que debía de parecerse a jauja. En estos campos gozaban para toda la eternidad quienes en la Tierra habían cometido crímenes en nombre de los dioses, quienes habían usado la espada y la lanza para exterminarse entre sí. Los vencedores, tuvieran o no razón, eran distinguidos por Zeus y trasladados después a estos famosos campos. También iban a parar a ellos los semidioses muertos en combate, como Aquiles, o los destructores de Troya, como Menelao, Heracles y otros elementos sanguinarios. Vivían allí sin problemas. Desaparecidas sus iras y odios, se habían convertido en seres pacíficos: Zeus les había despojado de su agresividad. Esto es lo que sucede a veces en la Tierra, donde grandes criminales de guerra gozan ya del paraíso en vida, y, cuando mueren, son perdonados sus pecados, yéndose tranquilamente al cielo con el beneplácito de muchos humanos. Los cadáveres que dejaron durante su reinado ya no cuentan para nada: cumplieron con su deber, como grandes servidores de la patria, y volverían a matar, si fuera ello necesario. Pero dejémonos de monsergas y vayamos a contemplar los Campos Elíseos, no a sus personajes. La nube que jamás se quejaba se posó en la ribera de un río. Sus aguas mansas eran tan transparentes que daba la sensación de que no existían, y en el fondo nadaban cientos de peces de colores. 178
  • 179. Anduve largo rato por la orilla. Miles de árboles frutales, entre ellos manzanos, perales, cerezos, cocoteros, plataneros, melocotoneros. De la tierra brotaban calabazas, melones, uvas verdes y negras, todo de una esplendidez impresionante. Pájaros de colores revoloteaban alimentándose de frutas, rollizos y felices. Con asombro me encontré ante una fuente de varios caños: de uno manaba vino, del otro, miel, de un tercero, ambrosía, de otro néctar y del siguiente un licor embriagador. Por los suelos, hermosas nueces y piñas. Innumerables ardillas comían con avidez piñones, junto a un bosque de unos cien kilómetros de extensión. Abundaban las fuentes de agua; pequeños lagos permitían a los moradores de tan hermoso lugar, para goce suyo, bañarse al lado de ninfas enviadas por la diosa Hera. Antes de descender de mi transporte, había ordenado a mi cetro que no deseaba toparme con ningún habitante de los Campos Elíseos. En el fondo, pese a su ficticia felicidad, no eran otra cosa que muertos vivientes guapos. En algunos tramos aparecían mesas y bancos de pulida piedra, con platos y vasos encima. Recorrí arboledas de almendros y arbustos de avellanas. Todos los frutos tenían el doble del tamaño de los de la Tierra. Blancas ovejas pacían junto a límpidos riachuelos, con pastoras y aseados pastores. Las ninfas eran las criadas de los felices hombres de espada y lanza. Conejos, cerditos, liebres y cervatillos pacían unos junto a otros. De este modo, cuando los elegidos deseaban zamparse a uno de estos animales, sólo tenían que ordenarlo a sus esclavos, y eran servidos al instante, sin necesidad de perseguir a la presa. 179
  • 180. Inmensos campos de trigo a los que jamás faltaba el riego, ni jamás podrían ser devastados por el granizo, lucían como el oro. Cientos de ninfas los segaban. Cuando recogían una gavilla en el lugar segado, volvía a crecer el trigo, cada grano grande como una aceituna: daba placer contemplarlo. De otras fuentes manaba la cerveza a grandes chorros. Tenía sed, por lo que me incliné ante el chorro y bebí sin cesar. Nunca jamás volveré a beber algo tan delicioso. Tras haber visitado una ínfima parte del lugar, volví a la nube por otro camino, donde pasé junto a campos de coles, ajos, cebollas, nabos, judías, garbanzos, etcétera. Estaba irritado al pensar que, con tantísima comida que se desperdiciaba en aquellos parajes, hubieran dejado de pasar hambre millones de terrestres; pero las cosas son como son, y no como quisiéramos que fuesen. Las ninfas me saludaban de lejos, sin entender como, no siendo un dios, pudiera pasearme por tales sitios. Les sonreí. Aquello superaba a jauja, y que conste que casi no vi absolutamente nada. Antes de montarme en el vehículo del destino, admiré una bandada de pájaros enormes, que llevaban en sus picos collares de oro y piedras preciosas. Debían de ser un donativo de Zeus a todos aquellos guerreros que anidaban en los Campos Elíseos. Por su parte, los millones de seres humanos que eran indiferentes a los dioses, habían quedado tiesos en los campos de batalla, para que los buitres se dieran el gran festín. No quise marcharme sin mostrar mi disconformidad con la vida que llevaban todos aquellos matadores de hombres. Así pues, por mediación de mi varita, mandé llamar a Odiseo, uno de los grandes héroes de la conquista de 180
  • 181. Troya. Se presentó henchido de soberbia, pero sin la menor agresividad, pues, como ya he dicho, Zeus se la había anulado. -¿Qué deseas, hombre? Cuando guerreé con los troyanos, acabé con cientos como tú. Su maldad, por lo visto, sólo desaparecía ante Zeus. -Conmigo no podrás acabar, no tienes ningún poder contra mí. Voy a bendecirte por lo valiente que fuiste en vida, y también te voy a bendecir por el bien que te hizo Zeus al resucitarte, después de muerto, y trasladarte a este paraíso. Cierra los ojos, que vas a recibir mi bendición. Odiseo los cerró. Lo bendije con mi varita y me recreé en ello, sembrando grandes bultos en su cabeza. Cayó cuan largo era. Dije: -Ya te enviaré al médico del Olimpo para que te repare la testa. ¿Debía hacerlo? La verdad es que cada día odio más a los dioses. 181
  • 182. XLV CÉFIRO En el Olimpo siempre es primavera, pero Céfiro era el dios que, pasados los fríos de la Tierra, insuflaba a ésta aires de prosperidad y alegría. Nacían flores y las abejas libaban en ellas. Flora, la amada de Céfiro, adornaba los campos con amapolas. Decidí visitar a este dios, que me producía una impresión favorable. El promotor de la primavera debía de ser un dios alegre... Divisé a Céfiro en su casa, rodeada de una valla color rosa. Un jardín con todas las flores conocidas adornaba el lugar. El dios, con una regadera de plata llena de agua pura de un riachuelo celeste, regaba con amor su propiedad. Descendí de mi inseparable «taxi» sin licencia y me dirigí resueltamente hacia él. Eso sí, vara en mano, no fuera que estuviera equivocado y Céfiro resultara ser un dios peligroso. Sin traspasar la valla, le saludé: -¡Oh, Céfiro, dios de la primavera terrestre! Por lo que veo, también la haces renacer en el Olimpo. Me examinó de arriba abajo, y respondió: -¿Tú eres Menelao? -El mismo que calza y viste. -Entra sin temor, y alaba mis plantaciones de flores. -Son hermosas; nunca en la Tierra había visto tamaña belleza. Sólo un dios como tú es capaz de tanta originalidad y perfección. La soberbia de Céfiro quedó halagada. Le pregunté: -Y Flora, ¿dónde está? Me gustaría saludarla. 182
  • 183. -Pronto llegará. Ha ido a visitar a su hija Florecilla. -Esperaré, pues. Céfiro iba cortando rosas y vestía un breve taparrabos. Pregunté: -¿Por qué no vas desnudo, como la mayoría de los dioses? -Voy vestido así ya que cultivo rosas con fuertes espinas y tengo miedo, aun siendo un dios, de que alguna de ellas pinchara el aparato de expulsar las bebidas. -Me agrada tu discreción; no eres grosero y sabes expresar con delicadez la vulgaridad. -Quiero ser suave como el lirio. -Ya lo veo. -Lo que no entiendo es porque vallas tu jardín. -Es muy simple: son tan perfectas, mis flores, que las ninfas y algunos centauros afeminados venían y las cogían para adornar sus testas. Ocurría que, en pocas horas, el jardín quedaba devastado. Así, vallado, las ninfas y centauros deben pedirme permiso. Yo les obsequio con algunas rosas y ellos se van tan felices. ¿Te imaginas a diez centauros paseando entre mis flores? -Tienes razón, Céfiro. ¿Me das una rosa, por favor? -¿Qué significa «por favor»? -Pues que te la pido con educación. -Y eso de «educación», ¿qué significa? -Lo que debiéramos tener los humanos. -No te entiendo, Menelao. 183
  • 184. Se agachó y, con sus tijeras de bronce, cortó con suma delicadeza una rosa amarilla cuyo perfume alegró mis amoratadas narices. -¿Qué te ha pasado en la nariz? -Tropecé con una piedra, y caí de bruces. -¿Quieres que llame a Asclepio? -No, ya no me duele. -Era mentira, pero no deseaba que el médico celestial descubriera la verdad ante el inocente Céfiro. Me caía muy bien aquel dios ya vejete, algo encorvado, que amaba la naturaleza y, dentro de sus posibilidades, ayudaba a que los humanos conocieran la primavera. Llegó Flora con un espléndido ramo de orquídeas, su cabeza adornada con jazmines, y la cintura rodeada de lirios. Eran sus únicas vestiduras. Todo el resto de su cuerpo aparecía tal y como su madre la parió, y es que la parió más bella y deseable que cualquier mujer. Me incliné ante ella. -¡Te saludo, oh, Flora! Me sonrió como jamás mujer alguna lo había hecho. Quedé tan embobado, que los escozores de mi nariz se esfumaron al oler su cuerpo impregnado de aromas voluptuosos. Temiendo que la pasión echara a perder aquellos momentos tan dulces, dije: -Céfiro, tengo que seguir rondando los cielos, recogiendo las opiniones de los dioses para transmitirlas después a mis semejantes. Si me entretengo demasiado, nunca podré abandonar el Olimpo, y mi deseo es regresar a la Tierra. 184
  • 185. -Menelao, si quisieras, podrías quedarte entre nosotros. El néctar y la ambrosía te darían la vida eterna. No dije que, cuando se acabara la ambrosía, aunque fuera al cabo de varios siglos, los dioses se eclipsarían. Contesté: -Los humanos debemos morir, de lo contrario no cabríamos en nuestro reducido planeta. -Lo comprendo... Me despedí emocionado del rey de las flores. Estreché a Flora entre mis brazos, con pureza e inocencia, y corrí hacia la nube con desesperación, por si mis instintos decidían jugarme una mala pasada. Desde cierta altura saludé a los dos dioses benéficos, de los que deberían tomar ejemplo aquel montón de seres divinos cuyo único propósito consistía en matar, humillar y avasallar a los humanos, y numerosas veces a ellos mismos. Pensé que, si los dioses se creaban conflictos entre ellos, poseyéndolo todo, ¿qué no harían la mayoría de los humanos que no poseía nada? Hermes me trajo el néctar y el vino. Le pregunté el motivo por el cual no venía Hebe. Hermes, el de los pies alados, respondió: -La diosa está cansada de tus atrevimientos, y me manda decirte que des gracias a Zeus. De no ser por él, ya te hubiera cercenado salve sea la parte de tu cuerpo... -Creo que la diosa Hebe exagera un poco. Cierto que intenté alguna vez registrarla con mis manos, pero... 185
  • 186. -No sigas, Menelao, la diosa está enfadada y nunca más te traerá la comida celestial. -Qué le vamos a hacer -repliqué-. Dile a Hebe que le pido disculpas y me avergüenzo de mi conducta. -Se lo diré, Menelao, pero guárdate de ella; si puede cumplirá su promesa de convertirte en eunuco. Y desapareció. Comí, bebí y me volví a dormir, dejando de nuevo que la nube, empujada por suaves vientecillos, surcara los cielos donde habitaban las divinidades. 186
  • 187. XLVI PLUTÓN, DIOS DE LA RIQUEZA De repente, en mi desquiciado cerebro, penetró el deseo de riquezas. Si volvía a la Tierra, querría hacerlo en buenas condiciones económicas. Recordé entonces que Plutón, además de ser el encargado del infierno, era el dios más rico del Olimpo. Sus inmensas grutas subterráneas almacenaban oro y pedrería, con los que a veces sobornaba a los dioses, incluso a Zeus, que últimamente debía suplicar préstamos , ya que los despilfarros de Apolo le salían carísimos. Por si fuera poco, su esposa Hera no se cansaba de pedirle diamantes, zafiros y rubíes. Pensé que, si se lo pedía con humildad, podría proporcionarme un ánfora con diamantes, que me harían uno de los hombres más ricos del planeta. Así que, sin pensármelo dos veces, decidí encaminar mi nave en busca del dios de los muertos. Usaría de toda la hipocresía de qué era capaz para conseguir mi objetivo. Sacando fuerzas de flaqueza, di unas palmaditas autoritarias, al estilo de los emperadores romanos, y la eficaz nube emprendió la ruta del Averno. Pero en vez de estacionarme en la boca maloliente de tan lúgubre antro, lo hice junto a la deslumbrante mansión del dios más poderoso en economía del Olimpo. Un fauno flaco de fea fisonomía apareció oliendo a ajos y azufre. Me di a conocer y, sin que mediara una sola palabra, se fue renqueando en busca de su amo, que estaba dando de comer a Cancerbero unas suculentas tripas de condenado. 187
  • 188. Plutón se presentó con rapidez. Caí de rodillas, besé el caliente suelo, después sus sandalias y seguidamente sus manos, que olían a peste. Mientras humillaba la cerviz, recordé que la breve entrevista que sostuve con él no había sido demasiado fructífera, e incluso me amenazó con mandarme al infierno, cosa fácil, ya que era su dueño. Dije: -¡Oh, Plutón! ¡Estoy besando tus pies, tan incontenible es mi amor por ti! Los dioses conocen a los hombres. Apartándome suavemente con el pie, para no tocar el amuleto de Zeus, me preguntó: -¿Qué es lo que buscas, Menelao? Quizá podría ayudarte. Vacilé unos segundos, observando su rostro encendido. Respire hondo y dije: -Deseo volver rico a la Tierra. Llegué pobre a la mansión de los dioses, y desearía regresar a la Tierra rico. Tú, gran dios, puedes hacerlo. Sé que tus grutas secretas rebosan de riquezas... Plutón vomitó una bocanada de llamitas antes de responder. -¿Qué me darías a cambio? -Al llegar a mi planeta, exaltaría tu nombre junto con el de Zeus, contaría a los humanos lo magnífico que eres... Para ti, una jarra de diamantes no es nada. Para mí, representa una tranquila vejez dedicada a la propaganda celestial. -¿Acaso -preguntó el dios- en la Tierra no hallarías donativos inmensos si te dedicaras a loar a los seres divinos a los que adoráis? -No, Hades. Los cupos en metálico de propaganda religiosa están ya canalizados. Es por ello por lo que acudo a ti en busca de protección y ayuda. 188
  • 189. -Menelao, sé que en vuestro planeta se están forjando impresionantes fortunas, tan enormes que, de proseguir, quizá lleguen a superar mis tesoros. -¿A qué te refieres, oh, Plutón? -En innumerables naciones, y en la tuya principalmente, las construcciones con ladrillos están reventando ciudades y campos. Dónde antaño había un hermoso trigal, hoy se levantan cien bloques de pisos y otros tantos campos de fina hierba, en los que unos señores con un palo y gorra de visera golpean una pelota para meterla en un agujero. »Creo, Menelao, que estos señores, dueños de los ladrillos, son quienes deben proporcionarte créditos a cincuenta años vista para que puedas predicar la buena nueva de sus poderes y riquezas. Yo, Menelao, no entiendo que me pidas cosas tan absurdas y tengas, además, la pretensión de que te las voy a conceder. Quedé en silencio, pero repuse enseguida: -Todos estos señores adoradores del ladrillo no sueltan ni cinco, y su avaricia ha llegado a extremos tan inconcebibles que no existe poder que pueda pararles los pies. Sólo te diré, para que veas hasta dónde puede llegar la sed de poder de los humanos (yo estoy entre ellos), que lo que llamamos un piso, hasta hace pocos años valía... -Dímelo, entiendo vuestro dinero. -Pues costaba sesenta mil euros, y hoy vale trescientos sesenta mil. Y no hablemos de casas con jardín... La gente se hunde pagando un piso en cincuenta años, y además con el beneplácito de los poderes públicos. Cínicamente dicen que las casas y los pisos han bajado un cincuenta por ciento. 189
  • 190. Plutón se echó a reír, mientras de sus orejas salían humos y de sus narices, llamas. -Menelao: cada uno ama sus tesoros o el dinero, así que no seas tan inocente. Nadie te va a dar nada, sean hombres o dioses, a menos que tengas algo importante que dar a cambio, y tú no lo tienes. Aleja de tu cabeza esta envidiosa idea y lárgate, antes no te chamusque con mis hálitos ardientes. Entonces la soberbia me entró en el corazón, y le dije: -Soy el correo postal de Zeus. Respétame. -Ya lo estoy haciendo. Quise probar fortuna: -¿No podrías, en nombre de Zeus, darme un solo diamante? Con él marcharás feliz, y de mi boca no saldrán más que hermosas palabras... Debí de cogerle en un momento de debilidad, ya que echó mano a una bolsa negra de su cinturón y de ella sacó un diamante de mil destellos. -Toma, y vete. Con esta piedra podrás comprar una hermosa casa con su jardín. Pero si regresas a la Tierra después de tu periplo celeste, no te entretengas demasiado, pues, según mis informadores en tu planeta, una casita de madera con puertas de plástico, de veinte metros cuadrados, se vende por tres millones de euros, parking aparte. -¡No es posible! -Lo es... Le di mis más efusivas gracias por su diamante; besé su mano y lo bendije con el cetro. Por toda respuesta, el muy guarro me dio la espalda, se levantó la sucia túnica y dos ruidosos sonidos, acompañados de llamas, flamearon igual que el ron en su ponchera. 190
  • 191. -¡Te saludo, Plutón! -Tapándome la nariz, subí a la nave y desaparecí. Sentado en mi habitáculo, contemplé extasiado el maravilloso diamante. No pararía hasta dar con un sitio donde esconderlo. De momento, me lo ajusté a presión en el ano. No creo que me fuera sustraído de lugar tan sucio. ¡Volando! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Volando! Había un solo inconveniente: cada vez que evacuaba el néctar, la ambrosía y el vino, debía sacarme el tapón precioso. Pero valía la pena. 191
  • 192. XLVII EIRENE, DIOSA DE LA PAZ Quise visitarla, aunque no creía en estos seres fantasmas. Pienso que ningún dios desea la paz. La historia nos ha confirmado que, desde siempre, las guerras las han llevado a cabo los hombres, enarbolando banderolas con simbología religiosa, escondiendo poderes económicos. Cuando a una religión se le ponen pegan, reaccionan sus ministros con poquísimo amor y mucha destemplanza. Tras este preámbulo estúpido e inútil, mi transporte me trasladó hasta la sede de la paz. En ésta sólo vivía Eirene, asistida por diosecillos y ninfas inexpresivas. De nuevo encontré pajarillos de carne y hueso, que con una patita agarraban un violín diminuto, y con la otra hacían vibrar sus cuerdas. Una melodía dulzona impregnaba el espacio puro del cielo. Apareció Eirene, cubierta con una capa transparente. Su rostro bobalicón sonreía, aunque más que sonrisa parecía mueca. -¡Bienvenido, Menelao! -¡Bien hallada, Eirene! -¡Que los dioses te protejan! -¡Y a ti que te bendigan! -Los dioses, Menelao, no nos bendecimos mutuamente. -Pues te bendigo otra vez. -Y yo te devuelvo la bendición. -Así que tú eres la paz. 192
  • 193. -Sí. Gracias a mí, las violencias terrenales son mucho más suaves. De no ser por mi intervención, la cosa adquiriría proporciones demenciales. -¿Y cómo impones la paz? -Muy sencillo. Cuando en una batalla casi no quedan supervivientes, detengo la guerra para que los humanos puedan procrear hijos que serán llevados al holocausto años después. -Extraña filosofía, diosa Eirene. La verdad es que no la comprendo. Mis entendederas son limitadas, y tus teorías, indigestas. La diosa de sonrisa bobalicona extendió ambas manos repletas de trigo para que los pajaritos músicos comieran. Cansado de las incongruencias de aquella diosa inútil, que de pacifista sólo tenía el nombre, me despedí de ella, no sin antes preguntarle si sus pájaros violinistas sabían tocar uno de los valses de Strauss, concretamente El Danubio azul. Me contestó afirmativamente y, por primera vez en la historia universal, en el inacabable Olimpo docenas de avecillas interpretaron dicho vals, mientras Eirene y sus ninfas daban vueltas y más vueltas sobre si mismas. Ascendí lentamente, saludando con la mano a las danzantes y a los pájaros tocadores de violín. Uno de ellos se había quedado dentro de la nube, tocando el violín. Al darme cuenta, lo envié a la casa de Eirene, donde llegó en perfectas condiciones. Quedé complacido, a pesar de todo, de aquella diosa con cara de tonta, que carecía del más mínimo poder para implantar la paz en la Tierra. Si, desde los ámbitos siderales, una diosa era impotente para establecer la paz, ¿cómo diablos pretendían los hombres alcanzarla? 193
  • 194. Volando y divagando, haciendo cábalas idiotas y razonamientos abstractos, tuve que golpearme la cabeza con el cetro de Zeus para desalojar tantas insensateces, locuras y teorías. Mi nube navegaba por encima de robles milenarios. Observé que un fauno tocaba la flauta, y entre sus pezuñas retenía a una hermosa ninfa que chillaba de horror. Efectué una pasada por el claro del bosque donde tenía lugar la escena, y con el poder de Zeus abollé su fea cabezota. La ninfa, en lugar de agradecerme el acto de heroísmo, me insultó de mala manera, lo que confirmó que hacer el bien al prójimo a veces no es recomendable. 194
  • 195. XLVIII PANDORA, LA MUJER MOLDEADA CON BARRO El prepotente Zeus consintió por último que los hombres se aprovecharan del don de Prometeo, mas, para castigar su insolencia, encargó al herrero celestial Hefesto que construyera con tierra y agua (cosa absurda en un herrero) una hermosa imagen femenina a la que los dioses, al unísono, dieron vida. Se llamaba Pandora (la dotada por los dioses). Todas las divinidades la colmaron con sus gracias celestiales. Zeus había regalado a Pandora una cajita cerrada, con la condición de que no la abriera. La curiosidad hizo que Pandora abriera la caja, y miles de enfermedades se desparramaron por el mundo. Pandora no fue otra cosa que la Eva de los tiempos míticos. Al cerrar de nuevo la caja, sólo quedó un soplo de esperanza. Así que, sin dudarlo, obligué a la nave voladora a que me trasladara a la suite de Pandora. Ésta diosa residía en un bosquecillo, en cuyo centro se alzaba una casita de barro y cañas. Apareció Pandora con la cajita de las miserias colgada del cuello. Hice una profunda reverencia, y pregunté: -¿Sabes quién soy? -Lo sé, ¿qué quieres? Su belleza me deslumbró. Pregunté: -¿Es verdad que fuiste creada con barro? -Así es. -No lo creo. ¿Cómo es posible tamaño prodigio? 195
  • 196. -Zeus lo puede todo. Acércate y pellízcame el brazo, comprobarás que es de carne y hueso. Para Zeus y sus acólitos, no existe lo imposible. Con cuidado cogí su brazo y, en vez de pellizcarlo, lo sobé groseramente. -Es verdad, Pandora. Eres toda una mujer. -Estoy pagando mi curiosidad malsana, por haber abierto la caja de los misterios, propagando dolores y horrores por todo vuestro planeta. -¿Y qué culpa tuvieron los humanos de que tú carecieras de voluntad? -Ninguna, Menelao, pero alguien tenía que cargar con tantas culpas. Como comprenderás, los errores celestiales no van a pagarlos los dioses; para ello están los esclavos de los dioses. -Esto es una injusticia inconmensurable. La diosa, con frialdad en sus ojos azules, repuso: -Deberías, a estas alturas, saber que la palabra injusticia no existe en estos gloriosos cielos. Callé, y observando que junto a su casa había una montañita de barro, le pregunté: -¿Qué significa este barro? -Es sagrado. Hefesto, después de construirme, lo dejó aquí por si algún día tuviera que fabricar algún otro ser viviente. -Y si lo manipulara yo, ¿nacería un pequeño dios? -Sólo Zeus y su camarilla pueden hacer semejante proeza. Repliqué: -Poseo el cetro divino... Pandora calló... 196
  • 197. La soberbia ensombreció mi entendimiento, y me dispuse a moldear un personaje de barro para insuflarle después la vida. Algo así como el monstruo del doctor Frankenstein, pero en guapo. Con tanto tiempo en el Olimpo, me consideraba casi un dios, y las miserias terrestres las había olvidado. En la Tierra, cada semana cogía un resfriado; en el tiempo que llevaba en el Olimpo, mi salud era férrea, y ni una simple tosecilla había salido al exterior de mi cuerpo. Cierto que añoraba el planeta donde nací, pero las emociones del Olimpo ensanchaban mi cerebro y las ideas más extravagantes fluían de él. Así que, amontonando una gran porción de barro, la ablandé con agua, mientras Pandora, en silencio, dejaba que hiciera lo que me venía en gana. Mi deseo fue moldear un hombre alto, fuerte y hermoso, pero como de escultor no tenía nada, mis manos amasaban un gran bulto deforme, al que no conseguía dar una forma elegante por más empeño que pusiera en ello. Cuando un brazo quedaba más largo que el otro, quitaba barro; entonces tampoco había igualdad en los miembros. Uno quedaba delgado y el otro demasiado recio. Al pretender crear un hombre fuerte, fabriqué una cabezota parecida a la de los gigantes de cartón que, en algunos pueblos, salen a bailar por las calles. Viendo que el monigote de barro no alcanzaría jamás la perfección que deseaba, decidí, para compensar mi torpeza, moldear una especie de fantoche que pudiera deambular por el Olimpo para regocijo de los dioses; algo así como los antiguos bufones que entretenían a las realezas. Puse todo mi empeño en ello, y me salió tal bodrio que me sentí satisfecho. La cabezota era igual que una sandía; sus ojos, dos manzanas; su nariz, un rábano; su boca, un corte en zigzag; las orejas, dos cebollos; los brazos barrían los suelos, y sus pies deformes parecían calabacines. 197
  • 198. Admiré mi monstruosa obra, ante la mirada asombrada de Pandora. -¿Qué te parece? -Menelao, creo que estás loco, cosa normal entre los de tu especie. Esto que has fabricado es una solemne bazofia. Vale más que lo destruyas; será un bien para ti, no pretendas deshonrar a los dioses con tanta vulgaridad... Obcecado por lo que consideraba un nuevo éxito de creatividad, no escuché sus juiciosas palabras. Saqué el cetro que llevaba atado al cordón de la túnica y toqué con suavidad la sandía que le servia de cabeza. El gigantón de barro empezó a moverse a un ritmo lento, mascullando sonidos profundos y agrios gemidos. A los pocos pasos, aquella masa de barro se derrumbó con suavidad, mientras la enorme cabeza, antes de romperse en cien pedazos, pudo exclamar algunas palabras coherentes: -Terrestre... Eres un gran inútil... Acto seguido, el barro se esparció por los suelos con gran alegría de Pandora y humillación por mi parte. Fue una triste experiencia que me ha quedado grabada para toda la vida. Sin mirar a los ojos de la diosa curiosa, subí a la nave y desaparecí, mientras me comía mi soberbia... 198
  • 199. XLIX TRITÓN Y LOS TRITONES Tritón, el único hijo de Posidón y Anfítrite, era un dios casi ignorado. Se fue degradando moral y físicamente, según me contaron mi padre y mi abuelo, hasta convertirse en un monstruo marino: de cintura para arriba era un hombre, y un pez de cintura para abajo. Si los sátiros, en su concupiscencia, violaban a ninfas, Tritón y sus tritones no eran otra cosa que sátiros marinos. El tema me interesaba, así que, sin dudarlo, dirigí la nubecilla en busca de los dominios de los tritones. Aterricé junto a una cala de aguas negruzcas, donde el monstruo Tritón, rodeado de peces mayores, tomaba el sol tumbado en la sucia arena. Bajé del envoltorio flotante y fui atacado por innumerables peces voladores, de brillantes escamas y dientes pequeños pero afiladísimos. Tritón, sin moverse un ápice, contemplaba el ataque meneado la cola. Derribé sin contemplaciones a varias docenas de asquerosos peces agresivos, que caían dando vueltas en barrena, como si fueran avionetas. Al contemplar la derrota de sus huestes, Tritón ordenó su retirada. El suelo quedó sembrado de pescaditos muertos, ideales para una fritada. El hombre pez gritó con furia: -¿Quién eres, que osas matar a mis guardianes? -No te hagas el tonto, Tritón, sabes muy bien quién soy. Le mostré el cetro, y el feo dios monstruo agachó la cabeza. -Quiero, Tritón, que me contestes a varias preguntas. El poder de Zeus te lo ordena. -Dime, ¿qué quieres saber? 199
  • 200. -¿No te da vergüenza haberte convertido en un sátiro marítimo? -Cada dios obra según su destino. El mío no es esplendoroso, pero disfruto, en compañía de mis tritones, abusando de los peces mayores, desde el atún hasta los tiburones. No tenemos ninfas, pero nos sirven los numerosos peces que poseemos. Además, no chillan como las ninfas. Aquí, en el fondo del océano, las cosas son distintas que en la Tierra. Amamos el silencio. El único animal marino que nos es imposible poseer es la ballena... -Sois unos guarros y unos parásitos. -Ignoro el significado de estas palabras, sólo conozco mi poder y el disfrute que siento cuando abuso de una sardina. -¿Cómo puedes abusar de una sardina? -Mis poderes son inmensos, y no tenemos la más mínima dificultad para violar sardinas. Las cosas son de esta manera, y aunque poseas el cetro de Zeus, no se pueden cambiar, son inalterables. Con toda la malicia, repliqué: -¿También abusáis de las ostras y mejillones? -Al principio lo hacíamos, pero estos bichos acorazados acabaron con la potencia sexual de numerosos tritones. -Bien hecho -repliqué. Tritón dio varias vueltas sobre la arena, y dijo: -Si no tienes nada más que preguntarme, voy en busca de mi pez espada favorito. Hace días que no lo veo y lo echo de menos. De haber podido, habría penetrado en el mar y eliminado a muchos tritones. Pero tuve miedo de que el agua salada hiciera perder energía al cetro. Además, no sabía si me ahogaría. Dije: 200
  • 201. -Vete de mi vista, repelente monstruo fornicador, antes que te rompa la cabeza con mi cetro. Tritón, asustado y confundido, se largó rodeado de sus amantes. Antes de emprender el vuelo llamé a Hermes, que me trajo la comida celestial. Además, encendí fuego en la playa y me zampé una gran cantidad de los peces voladores que había exterminado. 201
  • 202. L PERSEO MATA A MEDUSA Para contar las numerosas aventuras y proezas de Perseo, necesitaríamos gruesos libros, y no es mi deseo cansar demasiado a los lectores con hazañas tanto o más absurdas que las de Heracles. La verdad es que, aun residiendo en el Olimpo, hay infinidad de cosas en las que me cuesta creer. Yo no nací en los cielos de los dioses paganos... Lo que me hace dudar es que, si me pellizco, me duele. Mi pobre cerebelo está revuelto entre necedades y sueños incomprensibles. Quizá esté ya muerto y los dioses me hayan acogido para llevarme a los Campos Elíseos, agradecidos por la constancia de mi padre y mi abuelo por redescubrirlos y ensalzarlos. No sé. De momento, agarrando esta vara de Zeus, me siento vivo... Si quisiera descubrir el verdadero motivo por el cual habito entre los dioses, quizá el horror acabaría conmigo y entraría en la nada. Lugar en el que, por no existir, se debe de estar muy cómodo. La aventura más importante de Perseo la empezaré desde el instante en que este héroe tenía que aproximarse a Medusa andando de espaldas y sin volver la cabeza, con la ayuda del reluciente escudo de Atenea, el cual, cosa curiosa, le servía de espejo. Con la hoz que le dio Hermes, el dios mensajero, cercenó de un solo golpe la cabeza de la Gorgona, y, con la rapidez del rayo, la metió dentro de una bolsa. Del cuerpo decapitado nacieron dos seres extraordinarios: el corcel alado Pegaso y Crisaor. 202
  • 203. Debía de sentirme con el cinismo a tope, pues no me creía las tonterías que mis maestros familiares me habían contado. Es más, pese a convivir con los dioses, me negaba a aceptar tantas sandeces: todo aquello no podía ser real. Aunque los tocara y palpara, y les diera en la cabeza con mi cetro, me decía en mis adentros que llegaría un momento en que la verdad positiva, el axioma definitivo, pondría mi mente en el lugar que le correspondía, y que volvería a la Tierra porque pertenecía a ella. Vería entonces que todo cuanto me estaba sucediendo era fruto de un misterio que, una vez estudiado profundamente, dejaría de serlo. Así que, con diez nubes por banda y los suaves soplidos del airecillo, dirigí mis pasos en busca de Perseo, el de las grandes odiseas, con el fin de burlarme de él. Perseo residía en una lujosa zona de los Campos Elíseos, en una mansión colosal adornada con fotocopias de Medusa. Puse los pies en el suelo y, usando mis manos como bocina, le llamé: -¡Perseo, acude a la llamada del mensajero del supremo dios, poseedor del cetro inmortal! Un alto y fornido guerrero apareció entre las columnas del pórtico, desnudo, empuñando el arma con la cual había decapitado a Medusa. -Tu llegada, Menelao, no es ningún secreto. Todo el Olimpo te conoce. Aquí no despiertas simpatía alguna. -Perseo, eres un grosero al insultarme, pues vengo en son de paz. Tú te presentas ante mí armado. -Quise herir su amor propio, y añadí-: Si no hubiera sido por la ayuda de Atenea, Medusa te habría destrozado. No te des tanta importancia, Perseo... 203
  • 204. El gran matador de bichos y bicharracos, con el rostro encendido por la ira, replicó: -¡Maldito seas, Menelao, por las palabras que has pronunciado! -Perseo, creía que cambiaríamos impresiones, pero prefiero burlarme de ti ya que me ha dado la vena cínica y quiero aprovecharla. Y no se te ocurra levantar el arma... Perseo comprendió la amenaza. Calló y se puso a la defensiva. -Primero, Perseo, te diré que mi miembro viril supera con creces el tuyo. Entonces aparté los pliegues de mi túnica y le enseñé las ridiculeces sexuales que, por cierto, superaban las suyas. Perseo recibió el golpe de muy malas maneras: con la hoz se cortó sus atributos y los arrojó al suelo pisoteándolos. No era mi intención que las cosas llegaran a tal extremo, de modo que llamé a Asclepio. Perseo, entretanto, acababa de cortar una caña y se la estaba colocando en el hueco dejado por su mutilación. -¡Calma, Perseo, que ya viene el curalotodo! En efecto, Asclepio llegó junto a Perseo, recogió sus insignificancias aplastadas y en unos segundos las colocó de nuevo en su sitio. -Si vuelves a mutilarte, Perseo, no volveré para sanarte. Perseo me señaló y dijo al doctor del Olimpo: -La culpa es del enviado de Zeus. -¿Acaso fue él quien te dejó en tan lamentable estado? -No... Me avergoncé de mis menudencias y, en un arrebato de cólera, las separé de mi cuerpo. Además, me traumatizó que un humano fuera superior a mí en este aspecto. 204
  • 205. -Perseo, no debes hacer caso de un hombre que no posee otra fuerza que la concedida por Zeus. Además, este humano vulgar e idiota tampoco es que sea un Adonis, y, sin embargo, no hace las barbaridades que tú has cometido. ¿Sabéis qué os digo a los dos? Subió a la nube de las urgencias y se largó, deseándonos todos los males habidos y por haber. Quedé acomplejado y también me esfumé. La visita a Perseo había sido un rotundo fracaso... 205
  • 206. LI TETIS La tristeza invadió mi espíritu debido a las mutilaciones de Perseo, que se había cortado el aparato reproductor. Recordé que siempre me había interesado la diosa Tetis, reina del mar, en la misma categoría que Posidón. Dirigí la máquina que funcionaba con transmisión de pensamiento en busca de ella. Sabía que su hijo se llamaba Aquiles, muerto en el sitio de Troya por un flechazo traicionero. La diosa reposaba en aguas poco profundas, servida por innumerables besugos y una multitud de pulpos que la acariciaban sin recato. Un gran número de langostas rascaban su espalda, y dos rayas se cuidaban de sus negros y lustrosos cabellos. Tantos sirvientes la rodeaban, que sólo su cabeza se distinguía con claridad. Tetis, al verme, me conoció en el acto. Dando unas palmadas dentro del agua, toda la compañía de aduladores y perversos se apartó, y ella apareció entonces en toda su esplendidez. Tetis, más hermosa que Ava Gardner, Marilyn Monroe e Ingrid Bergman juntas. Hice una profunda inclinación de cabeza, doblando el cuerpo y abrazando el pie izquierdo: era un saludo versallesco que recibió con desdén. Dos pulpos la sacaron del agua. -¿Qué deseas, Menelao? -¡Oh, diosa del mar! -¿Qué deseas? -repitió. 206
  • 207. -Hacerte algunas preguntas. La diosa, que iba desnuda, se cubrió de algas. -Ya puedes preguntar. -Lo que me tiene en ascuas es cómo pudiste asistir al funeral de tu hijo, el gran Aquiles, acompañada de todos los dioses marinos. Las exequias debieron de oler a sal, ya que los dioses marinos podéis abandonar las aguas, pero no indefinidamente. -Tienes razón, hombre de la Tierra. Lo que ocurrió fue que preparamos grandes tinajas de agua para que, de vez en cuando, en el transcurso de la larguísima ceremonia, pudiéramos sumergirnos. Dentro de las enormes tinajas, cada dios marino llevaba sus servidores: un pulpo, un besugo y una manta, por si el tiempo se enfriaba. -Comprendo -contesté. (No comprendía nada)-. ¿Eres feliz siendo la diosa marítima? -Lo soy, nada me falta. Todos respetan mis decisiones, incluso mis padres, Nereo y Dóride. Zeus también me ama; le regalo peces de colores y gambas bailarinas. Cada vez entendía menos las surrealistas respuestas de Tetis. -¿Es que existen gambas bailarinas? -En el mar viven seres extraños. Hay tantísimos, que ni en siglos podría enumerártelos. Además, son inteligentes. -Soy un enamorado de la historia natural. Cuéntame cosas del mundo submarino. -En mis dominios proliferan las almejas castañuelas, el pez sierra, el martillo y el pez taladro. 207
  • 208. -Perdona, diosa, jamás he visto un pez de estas características. -Lo comprendo. Tu ignorancia es total, más profunda de lo que pensaba. Dije: -Sigue, sigue, te creo. -Poseo peces sabios que, si les das sardinas, contestan a las preguntas más complicadas. Por tres sardinas de nada predicen el futuro con toda exactitud. -Eso quisiera comprobarlo. Si no lo veo, no puedo creérmelo. Tetis, por toda respuesta, recogió de la arena una caracola vacía, sopló en ella tres veces, y apareció entonces un pescado más feo que culo de elefante. -Dime, diosa Tetis, ¿qué ordenas? -Este terrestre te hará una pregunta. Se la contestas. -A tus órdenes. Me estrujé la caja de las ideas. Al fin miré al pescado con aires de superioridad, y pregunté: -¿Cómo se llama el vecino que vive sobre mi piso? El pez, sin pestañear (llevaba pestañas), respondió: -Pedro Pérez Prueba. Nació en Granada el día dos de febrero de 1921. El cetro se me escurrió de las manos, cayendo sobre la arena. Me entró un tembleque y, recogiendo el poder provisional otorgado por Zeus, saludé, esta vez a la inglesa, a Tetis. Acto seguido subí a la nave. -Adiós, diosa del mar. Tus peces me espantan. -Saludos, Menelao. 208
  • 209. Y se sumergió, siendo envuelta por peces de todas las clases... sociales. 209
  • 210. LII DAFNE, EL PRIMER AMOR DE APOLO Mi abuelito siempre miraba una estampa donde Apolo y Dafne se hacían carantoñas en paños menores. Era una alegoría del amor que se profesaban. El autor de tan maravillosa escultura, Giovanni Lorenzo Bernini, creó dos dioses de belleza indiscutible, con un Apolo benigno y dulce, de facciones muy diferentes a las del dios adulto quien, al más ínfimo disgusto, lanzaba sus mortíferas flechas. Mi abuelo decía que el primer amor nunca se olvida, pese a que, por cualquier circunstancia, no llegara a buen término. Estoy completamente de acuerdo. Yo, a los quince años, me enamoré de una vecina; ella correspondió al amor que le profesaba y pasamos un año soñando cosas sublimes, creyendo que el mundo era nuestro y que nunca jamás nos separaríamos. Los besos dulces nos embriagaban, y una pureza inmaculada envolvía nuestras relaciones. Las cosas se torcieron cuando los padres de mi amor se enteraron de que era hijo de un loco que se dedicaba a hurgar en pasados tenebrosos, cosas del diablo, etcétera. Nuestro amor sufrió mucho; sin embargo, al cabo de tres años, contrajo solemne matrimonio con un próspero fabricante de salchichas, que, con la suya, la hizo cuatro niños en cuatro años. A pesar de ello la sigo recordando con su cara de marfil y sus ojos de diamante. Al verla por la calle, rolliza y embarazada con la salchicha del vulgar de su marido, sentí un gran dolor; todo el castillo de naipes se vino abajo y me volví misógino. Había creído que mi dama adornaría 210
  • 211. mi corazón eternamente, pero, contemplándola junto a su marido el salchichero, el amor se esfumó. No obstante, el año que pasé con ella quedó como un recuerdo aparte en el que no entraba ni su prole, ni el detestable de su marido. Entonces, mientras soñaba en aquellos deliciosos años, me acordé de Dafne... Ordené a la nube esclava el traslado a sus dominios, cosa que hizo sin la más mínima protesta. El primer amor de Apolo recogía flores de su jardín. Dulces pajaritos con cadenitas de oro en sus frágiles cuellos revoloteaban a su alrededor, trinando alabanzas. Dafne, al verme, enterada de la misión que me encargara Zeus, dejó en el suelo las tijeras de oro con las que cortaba los tallos de flores perfumadas y me saludó alzando la mano. Vestía transparentes gasas, y estaba coronada de rosas, claveles y jazmines. Cuatro faunos viejísimos plantaban orquídeas, y un centauro cojo pacía tiernas hierbas aromáticas. De vez en cuando defecaba junto a los parterres, abonando la tierra, no como lo hacemos los humanos, sino con olorosas mierdas naturales. Saludé a la triste Dafne. Le dije: -Sé que vives inmersa en la tristeza, y lo lamento. Conozco tu historia. Además, yo también la he vivido... -Menelao, por más que amaras a una mujer, jamás tu amor puede parecerse al de un dios. Me molestaron sus aires de superioridad. Repuse: 211
  • 212. -Cada uno, Dafne, sabe el dolor que siente cuando se quiebra un amor primerizo. -No compares el poder de Apolo con el tuyo. -¿Pero acaso no te dejó plantado, después de abusar de ti? -Ser amada por Apolo es algo irrepetible. -Pero ahora vives sola, rodeada de seres decrépitos. -Sigo amando a Apolo; le amaré hasta el infinito. -¿Por qué te abandonó, el dios de la lira mágica y las flechas emponzoñadas? Dafne rompió a llorar. Al mismo tiempo lo hicieron los sátiros y el centauro cojo. Yo también derramé lágrimas de dolor... Cuando dejamos de verter por los ojos aguas dolorosas, le dije: -Siento que Apolo te abandonara, y como no puedo consolarte, te dejo con tus recuerdos y tus flores. ¿Puedes darme un par de rosas? Me entregó una rosa blanca y otra roja. La blanca, quitando sus espinas, me la coloqué en la oreja; la roja, en la boca. -¡Adiós, bella Dafne! -¡Adiós, Menelao! Deserté con rapidez. Ya en los aires purísimos, pedí a Hebe el néctar y el vino. Una vez servido, el sueño se apoderó de mis miembros. Dormí como un oso en su madriguera, mientras suaves vientecillos hacían danzar a la nube... 212
  • 213. LIII TESEO, EL MATADOR DEL MINOTAURO Teseo y Heracles se odiaban, ya que ambos, poderosos héroes, habían efectuado tales proezas que los dos se consideraban inigualables. Si tuviera que contar las fabulosas aventuras de Teseo, estas memorias serían más completas que las del veneciano Casanova, autor de voluminosos libros sobre sus hazañas. Narraré por encima unas cuantas proezas, antes de entrevistarle en exclusiva. Teseo eliminó a un bandido llamado Perifetes, quien, por el hecho de llamarse así ya merecía ser exterminado. También mandó al carajo al bandido Sinis; asesinó a la cerda de Cromión, de la cual aprovechó sus jamones; dio muerte al gigante Cerción y al malvado Damastes, etcétera. Pero cuando obtuvo la medalla de oro fue, apoyado por la diosa Afrodita, al entrar en el laberinto de Dédalo y acabar con el Minotauro, un ser con cuerpo humano y cabeza de toro, que pedía víctimas anuales para ser sacrificadas en los pasadizos de dicho laberinto. Una vez muerto el toro, logró salir del laberinto enrollando un ovillo cuyo cabo había sujetado previamente en la entrada del mismo. Dicho esto, decidí contactar con tan gran superhombre para escuchar sus relatos. Teseo, el matador de seres infames, estaba afilando un espadón en una roca, junto a su hogar. En el atrio podían verse docenas de cabezas cortadas 213
  • 214. en panoplias de madera, entre ellas la del Minotauro, que, por cierto, tenía un aspecto terrorífico. Con enormes precauciones avancé unos pasos, gritando: -¡Teseo, vengo a visitarte! El bello joven escudriñó mi persona y, viendo lo inofensivo del visitante, dijo: -Dime qué deseas, mortal de tercera categoría. -No he venido hasta aquí para ser insultado. Piensa que Zeus guía mis pasos, y tengo un gran poder. Por lo tanto, modera tu sucia lengua y responde a mis preguntas. Si continúas hablando con tanto despecho, sacaré a relucir que Heracles fue, y es, más valiente que tú. Teseo tensó su cuerpo perfecto, agarró una espada de dos filos y se acercó a mí. -¡Maldito seas, Menelao! Levantó iracundo el arma; yo alcé el cetro, y ambos artilugios entrechocaron con estrépito. El resultado fue que su espada se quebró como olla de barro, mientras mi cetro le daba en plena cabeza. El héroe se fue al garete, quedando tumbado sin conocimiento, con los gusarapos al aire. Compasivamente se los tapé con puñados de tierra, al tiempo que ordenaba la presencia de Asclepio, el dios de la medicina y de la paciencia. Dije, cuando estuvo junto al héroe descalabrado: -Quiso matarme. Simplemente, el poder de Zeus me salvó la vida. Asclepio untó con mágicas pomadas la testa del héroe, sin decirme nada. Comprendí su malestar... -Me voy, Asclepio. Aquí ya no hago falta. 214
  • 215. Dijo: -Maldigo el día que Zeus te trajo al Olimpo; jamás tuve tanto trabajo...Te voy a llamar el abolla dioses. -Llámame como quieras, pero me largo con mi nube, no sea que, cuando vuelva en sí, tenga tarado el cerebro y me ataque otra vez. -Vete, Menelao, y olvídate que existo. Algo corrido, entré en el transporte divino, mientras Teseo, sentado en el suelo, se quitaba a puñados la tierra amontonada en sus vergüenzas. 215
  • 216. LIV HESTIA, DIOSA HOGAREÑA Mientras volaba sin destino fijo, un complejo de hombre violento se iba apoderando de mi personalidad. Muchas de las entrevistas terminaban con cabezas abolladas o rotas, y no encontraba la razón de tales reacciones, ni de la prepotencia con que trataba a los dioses, aunque ellos tuvieran la culpa de la mayoría de las agresiones. Odiaba mi conducta, por lo que me propuse comportarme con humildad y cortesía, aunque todo el panteón de dioses me insultara y menospreciara. A decir verdad, ellos son todopoderosos señores de los cielos, seres impolutos, según su doctrina, y los hombres no llegábamos siquiera a la categoría de esclavos. Así pues, me propuse entrevistar a un dios o diosa que, por naturaleza, fuera sencillo, acogedor y cariñoso, por ejemplo a Hestia, diosa del hogar, dueña de los fogones y excelente cocinera. Hice silbar al cerebro y, raudo, el envoltorio se puso en camino, hasta que, desde las alturas, en el fondo de un valle, surgió la casa maravillosa, con tres chimeneas humeantes, gallinas y pollos que picoteaban granos de maíz, cerditos lustrosos y otros animalillos de dos y cuatro patas. Deduje que estaban esperando el sacrificio, ya que la hogareña diosa, por lo que vi, debía de tener docenas de invitados. Algunos de ellos, faunos y ninfas, recorrían el patio recogiendo huevos de gallina y bebiéndoselos con placer. 216
  • 217. La nube se posó en el lomo de un marranito, que huyó corriendo. Con el golpe, mi transporte se tumbó panza arriba, y tuve que salir a trompicones y gateando. De las ventanas y puertas emanaban olores exquisitos. Allí Hebe no debía de acudir casi nunca; en cambio, por lo que pude ver, había incluso centauros y algunos titanes que esperaban babeantes el permiso de la diosa para sentarse a la mesa. Penetré decidido en el inmenso comedor, donde cabían más de mil clientes. Su techo altísimo permitía a los gigantescos titanes sentarse cómodamente y, ni estando de pie, llegaban a tocarlo con la cabeza. Ayudaban a la diosa faunos minúsculos, que trajinaban platos y bandejas. Hestia, exuberante de placer, asaba gallinas y pollos. Los diosecillos, por su parte, degollaban cochinos. Ardían grandes fuegos, hervían las ollas y palomitas desplumadas eran aderezadas con hierbas celestiales. Reinaba un trajín impresionante, un movimiento continuo. Iban llegando más invitados: centauros con sus garrotes, que recogía un Titán guardián, pues no se podía entrar armado. Con disciplina, los medios caballos obedecían al Titán, que era el único con derecho a porra en aquella pantagruélica comida. Los centauros triscaban hierba como aperitivo, esperando los suculentos platos olían a gloria. Observé que a la comilona también habían acudido algunas divinidades medianamente importantes, tales como Céfiro, dios primaveral; Clío, diosa de la historia; Euterpe, diosa de la poesía lírica; Momo, el dios que siempre reía; Hécate, la maldita diosa del mal de ojo, etcétera. Todos vestidos con blancas túnicas, sandalias con hebillas de plata, brazaletes y collares áureos, no sé si de latón o de oro. 217
  • 218. Nadie hizo caso de mi persona, el hambre tenía a los comensales inquietos y nerviosos. En aquel instante llegó un carromato enorme tirado por caballos, y un segundo, y un tercero. Traían el vino de las viñas de Dionisio. Como pude, agité un trapo de cocina para que Hestia, la diosa de los caldos y los sofritos, se diera cuenta de que pedía su atención. Ella me vio y dijo a gritos: -¡Menelao, ven a mi lado! Me acerqué a ella, tratando de no pisar a los diminutos diosecillos cubiertos con taparrabos de colores. -Te saludo, ¡oh, Hestia, diosa hogareña! Es todo un espectáculo ver como en tus patios se apretujan toda clase de seres olímpicos, incluso algún que otro monstruo marino. Y tampoco faltan sirenas. Espléndido. -Ahora vete al patio con los demás, y no les preguntes nada. Están hambrientos y tienen un humor de mi diablos. En aquel momento llegó Cerbero, el perro vigilante del infierno. Hades le había concedido permiso para que asistiera a la gran comilona. Sus espantosas fauces abiertas eran capaces de tragarse un par de cerditos al horno. También apareció Panteón, el dios chismoso, que era algo así como un reportero del Olimpo. Iba acompañado de Plutón, el multimillonario del paraíso celestial. Según me dijo más tarde Panteón, el dios criticón, siempre aprovechaba todos los convites, y, aun siendo raquítico y de apariencia muy débil, dijo que comía igual que tres centauros hambrientos. Se presentaron unas ninfas desnudas, que empezaron a preparar las interminables mesas, depositando frascos y más frascos de vino a lo largo de ellas. Otras, ayudadas por los enanos, cocinaban con energía. 218
  • 219. Apareció entonces Erato, musa de la poesía amorosa. Tocaba la lira y recitaba obscenidades a grandes voces. Fue recibida a golpes de boñigas de centauro... Los cerditos habían desaparecido dentro de inmensas cazuelas de barro. Miles de gallos yacían fiambres rodeados de frutas celestiales; también habían sido sacrificadas cien vacas, cincuenta toros, cien ovejas y cuatro mil pajaritos silvestres. Los centauros habían acabado con las verdes hierbas de los prados próximos y lejanos; los sátiros masticaban ramitas de árboles, y los titanes roían las cortezas. Paseaba observando a todos aquellos extravagantes con hambrunas peligrosas. Llegué a creer que se comerían mutuamente. Por suerte apareció en la puerta del comedor una ninfa de suaves curvas, tocando una trompetilla de madera, señal de que el banquete estaba ya a punto y se podía pasar al comedor. El Titán de la porra se colocó a la puerta, intentando que la entrada de los invitados fuera más o menos ordenada. Fue inútil: una ingente masa de centauros, faunos y Titanes aplastó al guardián armado. Se pisaban entre ellos sin compasión, a pesar de que había comida de sobra. No entré, sin prisas, hasta que la turba estuvo en el comedor, y cada comensal sentado frente a humeantes fuentes de viandas y enormes frascos de vino. Encontré al fondo del comedor un lugar vacío, y me senté junto a un fauno y un Titán de facciones muy feas. Por añadidura, uno era bizco y no sabía si me observaba a mi o al fauno. Todos los invitados masticaban trozos 219
  • 220. de vacas y otros animaluchos. En una bandeja yacían varios cadáveres de pajaritos: me zampé una docena, acompañados de una copa gigante de vino tinto. El guarro del fauno escupía en mi plato los huesos de un anca vacuna. Irritado por el trato recibido, metí el dedo índice en el ojo del sátiro, mientras con el cetro amenazaba al Titán. A partir de entonces, ambos se dedicaron tan sólo a tragar, comprendiendo que tenían todas las de perder. Más de mil bocas rompiendo huesos, babeando grasas, trasegando vino y más vino. Los suelos se iban llenando de residuos de comida y todos aquellos traga carnes seguían masticando, eructando y tirándose pedos espantosos, especialmente los Titanes, cuyos ruidos traseros hacían retumbar la sala. Hestia, desde un altillo, presidía la comilona toda satisfecha: estaba en su ambiente. Todos comían y comían, yo bebía y bebía aquel vino negro agridulce. De vez en cuando cogía un pájaro asado y lo degustaba con lentitud, sin prisas; luego, más vino... Llegó un momento en que todos los comensales, tanto los invitados como el servicio, incluida la propia Hestia, estaban tan saciados de vino y comida que empezaron a buscarse pareja. Los fuertes centauros se apareaban con ninfas; las diosas con dioses; los pequeños diosecillos, entre ellos; Hestia con el Titán de la porra; los faunos también acosaban a las ninfas que los centauros habían dejado en paz. Fue una bacanal estrambótica e impresionante. Tuve miedo de ser violado por algún Titán, así que me retiré a un rincón con el cetro entre las 220
  • 221. manos y dormí la cogorza un día entero. Al despertar, no quedaba nada de la francachela, todo volvía a estar en su sitio... Hestia comenzó de nuevo su círculo hogareño: ponía ollas a hervir, se desplumaban pollos y demás. Los faunos con ojeras ayudaban a todo trapo. Me despedí de la diosa, que no me hizo el más mínimo caso. Al salir al jardín, apareció ante mi vista una montaña de huesos y las cabezas de los animales sacrificados. Me entraron ganas de vomitar, y lo hice mientras la nube se elevaba. Los pajarillos y el vino mal digeridos fueron a parar sobre la cabeza del Titán de la tranca, quien, indignado, me amenazó con ella. Volando ¡Oh! ¡Oh! Volando. 221
  • 222. LV TIQUÉ, DIOSA DE LA BUENA MUERTE No hay muerte buena, todas son muy malas. Si no, vean todos ustedes si algún señalado por la Parca se ríe. No existe ningún mortal que cuente chistes horas antes de quedarse tieso; tampoco ningún terrestre, cerca ya de ser un honorable fiambre, pide una botella de buen vino bebiéndosela a su salud. Ni los hombres que son tenidos por santos sonríen al llegarles su hora, pues incluso ellos dudan de su destino. La buena muerte sería aquella en la que el muerto inminente dedicara sus últimas horas a celebrar un banquete, acompañado de su familia, con eufóricos brindis a la salud de los que van a vivir. No comprendo qué pinta una diosa llamada de la buena muerte. Cuando la borrachera y los efectos del vino hubieron desaparecido, llamé a Hebe, la proveedora del néctar. Una vez reconfortado físicamente, fui al encuentro de tan inútil diosa que consideraba la muerte como un bien. Vivía Tiqué en una alegre villa rodeada de árboles llamados de las buenas intenciones. Aterricé en un llano, donde buenos aromas alegraban las narices. Tiqué, rodeada de buenos amigos, hacía buenas migas con un buen mozo que no era otro que Céfiro, el dios amable de la primavera. La mansión, construida de madera de cedro, lucía una decoración muy atractiva. Me acerqué a Tiqué y Céfiro y les saludé amablemente, diciendo: -¡Oh, diosa de la buena muerte! Te saludo. ¡Oh, dios del buen tiempo! Te saludo. 222
  • 223. Observaron mi porte y no quedaron demasiado satisfechos del aspecto que ofrecía, con mi túnica descompuesta y mi barba de varios meses. Tiqué respondió a mi saludo, diciendo: -Para ser el enviado de Zeus, tienes un aspecto lastimoso. Si deseas hablar conmigo, entra en el palacete y llama a la ninfa Benigna, para que te afeite y te bañe con buenas esencias; que no escatime buenos masajes y corte tus largas uñas. Una vez estés presentable, tendré el gusto de intercambiar contigo buenas impresiones. Abrumado por tan buen principio, entré en el palacete, donde la guapa ninfa Benigna cortó mis pelos y mis uñas, bañándome luego en una negra bañera. Después masajeó mi cuerpo vulgar, dejándome fresco como una rosa. Fui en busca de Tiqué para darle les gracias por sus buenos servicios. Le diosa dijo: -Pregunta ahora, Menelao, pero date prisa. Céfiro y yo tenemos cosas más importantes que hacer... Algo mosca por una respuesta tan seca, dije: -Sólo quería saber, ¡oh, diosa! por qué te llaman la diosa de la buena muerte, si la muerte no fue, no es, ni será buena jamás. Me observó como se observa a una hormiga, y replicó: -No seas obtuso, mortal de tres al cuarto. Yo ayudo a los humanos y a los semidioses a morir dignamente, sin chillidos ni espasmos, sin lágrimas, con entereza. -Perdóname, ¡oh, diosa inmortal! ¿Cómo puedes pedir a los millones de seres humanos que saltan despedazados a bombazos, mueren torturados, de hambre y de otras miserias, que fallezcan con dignidad? La buena muerte sólo 223
  • 224. se aplica con hipocresía a todos aquellos poderosos que fenecen entre blancas sábanas, rodeados de humanos que tergiversan su salida del mundo con leyendas de gloria. La buena muerte no existe, y tú no deberías llevar este nombre. -¡Blasfemo! -aulló Tiqué. Y, dirigiéndose al buen Céfiro, le ordenó que me echara de sus posesiones. El dios de los días soleados señaló con el dedo índice en dirección a la nube. -¡Vete! Si no llevaras el poder de Zeus entre tus manos, te habría fulminado. Retrocedí paso a paso, no fuera a agredirme el dios primaveral. No lo hizo. Cuando ya me elevaba, les grité: -¡Buena suerte! ¡Muy buena suerte! 224
  • 225. LVI CALÍOPE, DIOSA DE LA POESÍA ÉPICA Maldiciendo la visita a Tiqué, me desahogué dando patadas a las paredes de mi nube y lanzando exabruptos contra la filosofía egoísta que los dioses practican. Recordé entonces que existía una diosa que atendía al nombre de Clío. Era nada más y nada menos que la diosa de la historia, otra materia que siempre se contaba desde la óptica del vencedor, ya que la crónica de la humanidad se ha ido gestando mentira a mentira, disimulada con barnices opacos. Desde que los hombres descubrieron la escritura, y con ella el arte de mezclar acontecimientos e ideas que se adaptaran a sus designios, la historia se fue desarrollando sobre hechos sucios pasados por cedazos que convirtieron lo deleznable en bellas hazañas justicieras, donde a los vencidos, además de exterminarlos, se les presentaba como entes moralmente odiosos. Quienes triunfaron en las batallas dispusieron de la sinrazón de la espada, y de montañas de sesudos historiadores para excusar y endulzar horrendas barbaridades, enmascaradas de justificaciones. Han transcurrido tantas generaciones, que nadie recuerda las atrocidades cometidas. La historia es, la mayoría de las veces, un rosario injustificable de hechos criminales, tolerados, admitidos y loados por los vencedores. Quienes ganan las guerras son los que poseen la razón: ésta es mi teoría más profunda. Me gustaría que algún ideólogo me contradijera. Tras esta vulgar perorata que no nos lleva a ninguna parte, dirigí mi nube en dirección a los dominios de Calíope. 225
  • 226. La diosa, al verme frente a ella, continuó escribiendo en una tablilla los hechos guerreros de una nación protegida por Zeus, y como éste era el padre de todos los dioses, y sus rayos imprevisibles asustaban a los mismos, cada uno de ellos arrimaba el cuerpo al árbol que más sombra le daba, o sea, a Zeus. -¡Oh, diosa Calíope! Vengo de parte... -Lo sé, Menelao. Por si te interesa, estoy escribiendo unos versos acerca de una batalla donde los amados de Zeus triunfan sobre la maldad, en una espectacular confrontación en la que ruedan miles de cabezas enemigas. -Calíope -repliqué-. Zeus debió de sentirse realizado después de ver tan bella proeza, ya que, según tú, las matanzas son proezas. -Menelao, con tus palabras ofendes al gran dios. -No, Calíope -repuse con muy mala idea-. Estoy viendo que la razón no existe, y que disfrutas contando hechos desagradables presentados como gloriosos. Eres una vendida al poder, como gran parte del género humano... Calíope, roja de ira, no pudo articular palabra. De su garganta colgaba un silbato, en el que sopló tres veces con todas sus fuerzas. Al instante aparecieron tres enormes gatos que llamó la diosa por su nombre: -¡Micifuz! ¡Bigotes! ¡Uñitas! ¡Arañad al terrestre! Los tres felinos que, como es natural en el Olimpo, poseían tres cabezas, dos delante y una en el lomo, atacaron mi persona. Con el cetro divino dejé sin sentido a uno; a los otros dos les tiré un pájaro que me había llevado frito de la comilona de Tiqué. Los gatos me dejaron en paz y se enzarzaron en una pelea por la posesión del pájaro. 226
  • 227. Por medio del silbato, Calíope ordenó la presencia de Zapirón, un gatote negro, también con tres cabezas enormes como sandías. Las facciones de Zapirón se parecían muchísimo a las de un gatito que tuve en la infancia, que mi padre me regalara. Cierto día desapareció, y mi padre siempre tuvo el presentimiento de que los dioses lo habían raptado. Así que, en vez de darle con el cetro, lo llamé: -¡Zapirón, gato de mi corazón! Aunque algún dios maldito le había dotado de tres cabezas, éstas lanzaron al unísono un lastimoso ¡miau! El gato triple se me arrimó, pasando su lomo por mis piernas. Me apresuré a subir a la nube, antes de que la diosa Calíope me hiciera una nueva jugarreta. Zapirón me siguió, subiendo a mi transporte, y abandonamos aquel desagradable lugar. Acaricié las tres cabezotas de Zapirón con mucho cariño, y me hice el propósito de trasladarlo al país de los ratones, una islita donde los gatos gozaban de cebados roedores... La nube se posó en dicho lugar. Con tristeza dejé a Zapirón, que, a la vista de tanta comida, se olvidó de mí. Una suave languidez me acompañó todo el día. Recuerdo que mi padre le puso Zapirón, un nombre tan extraño para un gato, porque se sabía de memoria aquellos versos que decían: Micifuz y Zapirón se comieron un capón en un asador metido... Cuando borré de mi cabeza al minino de mi infancia convertido en tres, me estrujé el cerebro para saber cuál sería la próxima visita. Estaba ya 227
  • 228. cansado de tanta comedia divina; las ganas de regresar a la Tierra eran cada vez más acuciantes, empezaba a sentirme hastiado de todos... 228
  • 229. LVII CTONIO, DIOS SERPIENTE MONSTRUOSO Entró en mi mollera una idea descabellada: lo mejor sería suicidarme, de este modo acabaría con todo el problema anímico que con lentitud me hundía irremisiblemente en la desesperación, la incongruencia y lo absurdo. No sabía dónde estaba, quién era y tenía miedo de aquella situación cada vez más ambigua. Con la moral por suelos, decidí recurrir a la solución más lógica: me presentaría ante Zeus y le diría que añoraba la Tierra, le pediría que me subiera a un carro del cielo y me trasladara a ella acompañado de Hermes. Iba a ordenar a la nube que me llevara ante Zeus, cuando alcancé a ver, junto a un caudaloso río, una enorme serpiente tumbada al sol. La curiosidad pudo más que mis desasosiegos y la nube se posó en el suelo. Bajé de ella con el cetro a punto y, pese al tembleque de mis piernas, me acerqué al dios monstruo más largo que un día sin pan, y más feo que Quasimodo. -Buenos días, Ctonio -saludé. Una voz cavernosa respondió: -Buenos los tengas tú, Menelao. ¿Por qué te dignas visitarme, si en la escala de los dioses soy el último? Jamás puedo moverme de estos lugares. -Yo, a todos los dioses los veo iguales. -No digas tonterías, Menelao... -Quería decir que los respeto por sus respuestas, si son normales, y los aborrezco si pretenden hacerme algún mal. 229
  • 230. -Pues como ves, Menelao, estoy tranquilo. O sea, que las apariencias engañan. A pesar de su horrible fealdad, me caía simpática aquella serpiente... -¿Cuáles son tus poderes? He observado que cada dios posee unas cualidades maravillosas, que destacan de las de los demás. La serpiente movió sus anillos, viniendo hacia mí. Me puse en guardia, con el cetro firmemente agarrado, vigilando sus movimientos. -Menelao, no tengas miedo, que no pienso hacerte daño. Soy un dios de quinta línea, y el poder me ha sido limitado por Zeus de cruel manera. Te lo voy a contar. »Pese a mi apariencia tétrica y peligrosa, he sido condenado a tener sentimientos parecidos a los tuyos. Me alimento de peces, y cuando he saciado mi gran apetito, me paso meses enteros durmiendo. Al despertar, lloro por mi impotencia y por el escaso valor que se me ha concedido. -Ctonio, perdona mi desconfianza. Normalmente, todos los dioses me han tratado mal, abusando de su prepotencia. Pero, dime, cuando te pasas meses durmiendo: ¿no temes que vengan los centauros y te asesinen? La sierpe se agitó, respondió: -Eres muy inteligente y agudo, terrestre, pero no estoy desprevenido. Cuando acabo de comer y siento que el sueño se apodera de mi cuerpo, reúno cientos de arañas de bronce fabricadas años atrás en esta gruta que puedes ver desde aquí y, dándoles cuerda, que dura un año de los tuyos, las suelto a mi alrededor. Éstas van produciendo finos y recios hilos metálicos, que aíslan todo el espacio donde descanso. Desgraciado del fauno o centauro que quedara enganchado en las redes de bronce. La vibración que producen al 230
  • 231. caer en la trampa hace que las arañas renueven sus energías, atacando y desmenuzando al intruso. Acto seguido, guardan sus pedazos en jarras con sal. Al despertar, no tengo más que recoger los arácnidos y comerme a las presas. El estómago se me removió, pero repliqué: -¿Podrías mostrarme una de estas arañas? ¿Qué comen semejantes bichos? -Comen bronce en polvo, les encanta. Sí, ahora voy a enseñarte una de mis amadas protectoras. Entró a rastras en la cueva y volvió a salir con una araña gruesa que llevaba un ovillo sujeto en la boca. -Cógela, Menelao, no tengas miedo. Sin mostrar temor alargué la mano, cogiendo la recia araña broncínea, y la examiné: de sus partes sobresalía un finísimo hilo de bronce. -Tira de él. Así lo hice. Por espacio de un cuarto de hora estuve sacando hilo y más hilo, hasta que me cansé. -Tiene cerca de cinco kilómetros de alambre. Quedé admirado. -Parece muerta, o averiada, -Duerme. Sólo se despiertan a mis órdenes. Si te fijas, sus mandíbulas son iguales que tenacillas. Todo lo trinchan... Aquello me dejó absorto. Pregunté: -¿De cuántos bichos dispones? -De unos ochenta mil. -Es espectacular. 231
  • 232. -¿Te gustan? -Me encantan. -¿Con qué hechizo les das vida? -Comprenderás, Menelao, que no voy a contarte el secreto. Aquella araña era un trabajo maravilloso. Intenté doblar sus patas y no pude. -Colócala en el suelo y arroja una piedra sobre su espalda. Se la arrojé. La piedra rebotó, desconcertándome. -Ctonio, veo que no eres un dios vulgar. Has creado, junto al río, una red de protección admirable e invisible. Deseaba un recuerdo palpable que demostrara mi estancia en el Olimpo. Cierto que había recogido algún pájaro de oro, pero los había extraviado. -Quiero hacer un trato contigo, Ctonio. -Dime. -Si me das una de tus arañas y el código secreto que permite que tejan para mí, te voy a conceder, por el poder que Zeus me ha otorgado, una serpiente hembra con la cual podrás procrear una larga parentela... -No creo que puedas -contestóme emocionado el dios serpiente, creador de arañas de cobre. Alcé la vara de Zeus, cerré los ojos y dije: -Por el poder del padre de los dioses, quiero que aparezca una sierpe hembra para gusto y placer de Ctonio, y que jamás la palabra dada por Zeus pueda ser revocada. Cayó un rayo y una serpiente apareció junto a Ctonio. Éste, maravillado, dijo: 232
  • 233. -Es tuya. Además, serás mi amigo mientras exista el Olimpo... Para que la araña se ponga a tejer, tienes que decir simplemente: «Hila araña tu tela irrompible, de la que huir es imposible». Para que cese de tejer, di: «Detente, araña, ya no necesito de tu maña». Probé si la cosa funcionaba y, mudo de asombro, comprobé que sí. Hice detenerse a la araña y dije a Ctonio: -Amigo mío, si algo me ha gustado del Olimpo has sido tú. Sin miedo alguno, besé su cabeza despidiéndome de él. De sus ojos brotaron lágrimas de bronce y, de los míos, lágrimas saladas. Recogí la fuerte araña, dándole cobijo dentro de la túnica, y la até con sus mismos hilos, pues no quería perderla. -Adiós, Ctonio. -Vete con los dioses, Menelao. Y así fue mi visita al último de los dioses... Estaba decidido a desaparecer del Olimpo y regresar a la Tierra, si es que no estaba muerto y mi destino era vagar por las estrellas eternamente. Ordené a la nube que me trasladar al feudo de Zeus. A toda costa deseaba volver a la Tierra, aunque para ello tuviera que destruir el paraíso de los dioses. Había tomado una determinación que llevaba largo tiempo incubando, y nadie lograría hacerme desistir de ella. La nube, a los pocos instantes, descendió frente al palacio de Zeus. El padre de todos los dioses sabía ya de mi llegada, pero, igual que hacen los médicos en los consultorios, no me recibió enseguida. Había un banco cerca del umbral de la mansión del dios. Me senté tranquilo, esperando su llamada. Fue Hermes, el de los pies alados, quien con 233
  • 234. un grito me invitó a entrar en la sala del trono, donde Zeus, rodeado de los dioses mayores, me recibió con los ojos impregnados de ira, colorado como un tomate, la mano derecha apoyada en el paragüero de los rayos que fulminan. Hinqué la rodilla, con la cabeza gacha, y dije: -¡Oh, gran dios! Ya he cumplido la delicada misión que me encomendaste. Tengo información de sobra acerca de tus esclavos, los humanos entre los cuales me halló yo, un servidor que atentamente besa tus pies, aunque rezuman sudor. Ante la ironía de mi saludo, repuso colérico: -Mis pies, desgraciado, huelen a rosas. Si no, mira como los dioses no solamente los besan, los lamen. A una señal suya, toda la jerarquía celestial, desde Ares hasta Hera y Atenea, pasaron la lengua por los pies de Zeus. -Ahora, Menelao, bésalos tú -ordenó iracundo. -Yo no beso los pies ni de dioses ni de hombres. Es una humillación a la que no transijo. Zeus estaba encendido como una brasa. De sus orejas brotaron gusanos con dientecillos, y de su boca, sapos acorazados. Algunos de estos bichos se me acercaron, y los pisé o los abollé con el cetro. Extrajo Zeus un rayo del paragüero. Los dioses dejaron un espacio entre él y yo. Estaba claro: iba a fulminarme. Alzó el brazo, armado con el fuego destructor, pero, sin darle tiempo a que me convirtiera en carbón, levanté el cetro. Zeus arrojó el rayo, que se fundió lo mismo que si yo hubiera soplado sobre una cerilla. 234
  • 235. Entonces comprendí, con diáfana claridad, que mientras el cetro estuviera en mis manos, ningún dios, ni el mismo Zeus, podría nada contra mí. El cetro era parte de Zeus, sin él perdía su poder. O sea, que por las malas jamás podría arrebatármelo. Empecé a chulear: -Zeus, quiero regresar a la Tierra de la misma manera que llegué al Olimpo, es decir, en un carro tirado por caballos alados. -No pienso dejarte vivo... Maldito seas, tú y tu difunta parentela. -Bueno -repliqué cínicamente-, pues viviré acompañado del poder que me otorgaste, y lo usaré a mi albedrío. Apolo me tiraba flechas que no llegaban a su destino. Incluso Artemisa me lanzó una veloz saeta matadora de ciervos, que cayó a mis pies quebrada en cuatro trozos. El semidios Heracles, vestido con pieles de león, quiso aplastarme con su porra, pero ésta quedó convertida en mondadientes. Zeus se apaciguó y ordenó a sus dioses que me dejaran tranquilo, ya que el poder del cetro era parte de él. Los insultos llovieron a cientos, sin embargo, no les di la más mínima importancia. Até el cetro con el cordón de la túnica y dije: -Zeus, si me juras por tu esposa y hermana, y por los innumerables hijos que tienes desparramados por la Tierra y el Olimpo, que no vas a hacerme ningún daño, te juro por mi abuelo y mi padre ya fallecidos que, cuando llegue a la Tierra, entregaré el cetro a Hermes y las cosas volverán a su cauce normal. Tu decides, ¡oh, Zeus! El dios sabía que no me echaría atrás, y que necesitaba del poder otorgado provisionalmente. 235
  • 236. Así pues, reunió a todos los dioses en un círculo, pidiendo consejo. Al poco tiempo se deshizo el círculo y Hermes, en nombre de Zeus, respondió: -Zeus jura por todos los seres que se hará como tu dices. Exigí: -Quiero oír de su boca la respuesta. El padre de todos los dioses se adelantó: -Lo juro, y ahora vete cuanto antes. -Quiero mis vieja ropa. La túnica te la regalo. Detrás de un árbol cambié mis ropas, colocando en la mochila la araña de bronce, así como también uno de los pajarillos de oro que había logrado camuflar. Pedí la comida. Hebe me la sirvió; quise besarla y me insultó groseramente. Llegó Hermes con los bellos equinos blancos y alados. Subí al carro, alzando el centro por encima de mi cabeza. Grité, ante la multitud de dioses irritados pero impotentes: -¡Dioses del Olimpo! Pronto tendrá Zeus el poder que le falta. Mientras tanto, fauna desgraciada, seguid felices en vuestros palacios dorados... -Arranca, Hermes. El carro voló por los cielos y descendió en la Tierra, al pie del monte Olimpo, donde me obligaron a subir a los cielos. Bajé de la nube y saludé a Hermes: -Adiós, Hermes, vete en paz. Le entregué el cetro, tras lo cual desapareció entre las nubes. Guardé en la mochila el diamante que llevaba incrustado en el ano, que debía quitarme cada vez que iba que evacuar, junto con el pajarillo y la araña. 236
  • 237. Me quedé como si no tuviera cuerpo. Las ideas se habían esfumado de mi cabeza. Sólo recuerdo que sonreía como un idiota. Después, espesas sombras ofuscaron mis entendederas. Me dormí agarrado a la mochila donde descansaban el diamante sacado de la funda de carne, en la que había permanecido durante mis visitas a muchos dioses, así como el pájaro de oro desportillado y la araña a la que podría dar vida cuando pronunciara las palabras mágicas... 237
  • 238. LVIII PISANDO TIERRA AMADA Fui sacudido con bastante violencia. Unas manos recias movían mi cuerpo como si de un guiñapo se tratara, y sentía como si una esponja me humedeciera las mejillas. Tanto me zarandearon y me lamieron, que por último abrí los ojos. Frente a mí estaba el guía Dionisio, que al verme mover el cuerpo, con los ojos abiertos, sonrió feliz. El burro dejó de lamerme y rebuznó eufórico. Estaba confundido. Pregunté a Dionisio: -¿Qué ha sucedido? -Llevaba dos días buscándote, y ya te daba por desaparecido en alguna grieta de esta montaña. Enseguida se me aclararon las ideas y registré la mochila: palpé el pájaro, el diamante y la araña. Comprendí entonces que, verdaderamente, había estado en el Olimpo en cuerpo y espíritu. Conté la historia a Dionisio, y éste, que ya me juzgaba algo desequilibrado, me escuchó en silencio. No quise mostrarle las pruebas que habrían demostrado la verdad. Dionisio descargó del burro un enorme pan, queso y un odre de vino. -Bebamos por el feliz encuentro, y para celebrar que has vuelto sano y salvo. Tenía un hambre feroz. Nos zampamos el pan y el queso y terminamos con el vino entre Dionisio, el burro y yo. Al cabo de unas horas dormíamos los tres en gran hermandad, molestando a los dioses con tremendos ronquidos. No pasó nada: ninguno de ellos acudió a mi encuentro... 238
  • 239. Fue entonces cuando entré en una especie de éxtasis. Le dije a Dionisio que se viniera conmigo a mi país, donde compraría una casa de campo y viviríamos cultivando la tierra. Nos llevaríamos también al burro, y nuestra existencia sería plácida. Todo lo referente a los dioses, los libros y más libros, los entregaría a una biblioteca y no querría saber nada más de aquel tinglado celestial. Aún tenía que curarme de las angustias y complejos que sufrí en el Olimpo, así que busqué a un joyero de confianza y le conté la aventura. Me tomó por idiota, aunque me pagó una fortuna por la piedra preciosa. Dionisio carecía de familia: su burro y yo éramos los únicos amigos que poseía. Quince días más tarde desembarcamos en mi país, compramos un lugar tranquilo, con un gran terreno cultivable, lo vallamos y vivimos los tres en la gloria: Dionisio disfruta sembrando, bebemos buen vino y nada nos falta. Incluso queríamos sentar el burro a la mesa, pero causaba grandes estropicios. Nos ama tanto el pobre animal, que nos despierta todos los días a las ocho en punto. No he hablado a Dionisio, nunca jamás, de los dioses y de mi estancia junto a ellos. La araña, en verano, elimina las moscas en sus telas de bronce. Le he dicho que se la compré a un anticuario, lo mismo que el pájaro de oro, que un mecánico logró reparar a medias. Ahora, en vez de volar con elegancia salta como una rana. Nuestra vida transcurre con una placidez total. Dionisio y yo, a pesar de ser culturalmente distintos, nos comprendemos como hermanos. 239
  • 240. Muchas veces pasan junto a nuestra casa pobres mendicantes, a los que invitamos a comer y a beber, porque, visto con frialdad, el hombre ha venido a la Tierra para amar, comer y beber, no para ambicionar glorias materiales. Reconozco que el diamante ha sido la causa de nuestro bienestar, reconozco mi culpa. Pero la felicidad de levantarme a diario y poder hablar con mi amigo Dionisio, y acariciar el barro, me compensan de todas las torturas olímpicas. ¡Adiós! Voy a montar el burro, o sea a Pegaso, y a dar una vuelta por el bosque... 240