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Cómo puede usted ser Sanado? - Gordon Lindsay
 

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    Cómo puede usted ser Sanado? - Gordon Lindsay Cómo puede usted ser Sanado? - Gordon Lindsay Document Transcript

    • 1
    • 2 CAPÍTULO I Cómo Puede Usted Ser Sanado Tomás Welch era un joven que fue convertido a Cristo aproximadamente al mismo tiempo que yo. Ambos asistíamos a la misma iglesia, y posteriormente él y yo comenzamos a ejercer el ministerio juntos. Los datos del incidente que voy a relatar me son bien conocidos. En verdad, la historia de este milagro es conocida por muchas personas, incluyendo algunas que fueron testigos oculares. Los padres de Tomás murieron cuando él era chico, y un tío pagano se lo llevó para criarlo y puso en sus manos los escritos de escépticos y librepensadores notables. Ellos lo llevaron a un estado de infidelidad e incredulidad en la Biblia. Cuando Tomás cumplió los dieciocho años, bajó de Canadá a Portland, Oregon. Él conocía a una cristiana, la señora Finn Broche, que, con su esposo, también se había mudado a Portland. Ella le invitó a que asistiera a la iglesia a escuchar la predicación del Dr. John G. Lake, ese gran hombre de fe que tuvo uno de los ministerios de sanidad más sobresalientes de todos los tiempos. Tomás estaba impresionado, pero, como testificó posteriormente, su mente había absorbido tanto escepticismo de las enseñanzas de los infieles que simplemente no podía creer que lo que oía fuera cierto. Poco después de llegar a Portland, empezó a trabajar en un campo maderero localizado cerca del Salto Bridal Veil, unos cuarenta kilómetros al este de la ciudad. En su primer día de trabajo, se le dio una tarea en un puente de caballetes de unos diecisiete metros de altura. Mientras ejecutaba esa labor, pisó en falso y cayó hacia atrás. La estructura no había sido alineada, y sobresalían vigas de uno a tres metros en todo el camino hasta abajo. En su caída, Tomás pegó contra un travesaño tras otro, abriéndose el cráneo, fracturándose todas las costillas de un lado, así como la quijada y la clavícula derecha (a propósito, las cicatrices de estas heridas todavía están en su cuerpo). Debajo del puente había un charco de agua sucia de motor de unos tres metros de profundidad. Tomás estuvo bajo el agua por veinte o treinta minutos. El lugar en donde él había caído era difícil de alcanzar, y cuando llegó el auxilio, cualquier
    • 3 probabilidad de que todavía estuviera vivo hacía tiempo que había pasado. Los hombres que fueron a rescatarlo pudieron al fin sacar su cuerpo del agua y lo acostaron en la orilla. Un examen por el doctor de la compañía reveló que no había agua en sus pulmones, evidencia de que él no había respirado durante el período cuando yacía bajo el agua. El mozo de hecho había abandonado este mundo. Tomás me contó con sus propios labios lo que él vio durante esos minutos de muerte. Como ya he dicho, él había sido un infiel antes de que ocurriera el accidente, y no había razón por la cual él no dijera toda la verdad, especialmente en vista del gran peligro que tuvo lugar. Él estaba consciente y vio que estaba en un lugar que reconoció como las regiones de los perdidos. Había otros allí con él. Repentinamente le llegó una terrible comprensión de que él había muerto sin Cristo. Luego oró. Era la primera oración que había salido de su corazón. Dijo: Oh, si solamente hubiera sabido acerca de esto, yo hubiera hecho los preparativos. Buscó alguna forma de escapar, pero no había ninguna. Dejaré que él cuente lo sucedido en sus propias palabras: “Iba a darme por vencido en una desesperación terrible, cuando vi a Cristo parado en la distancia, allá sobre el horizonte. Le vi. La esperanza surgió en mi corazón. En alguna forma, yo sabía que si pudiese captar Su atención por un momento, entonces todo sería diferente. Pero al principio parecía que Él no iba a voltear. Él siguió de frente, y justamente antes de que Él desapareciera de mi vista, volteó y me miró. Y cuando Él lo hizo, entonces fue cuando regresé a este cuerpo. Su mirada fue suficiente. Antes de que pudiera abrir mis ojos, pude reconocer las voces de las personas de mi derredor. Reconocí la voz de la señora Broche, a quien había reconocido durante gran parte de mi vida. Era como una madre para mí. Podía escucharla implorando a Dios que no me dejara salir de este mundo en la condición perdida en que estaba. Gracias a Dios por todas aquellas personas que saben orar. Me llevaron al Hospital “El Buen Samaritano” de Portland. Eran como las 1:30 cuando me caí, y me llevaron al hospital un poco antes de las seis. Una ambulancia me trasladó al pueblo; el doctor hizo lo que pudo. Me colocaron en una cama. Dejaron a una enfermera conmigo mientras esperaban que yo me muriera. Me llevaron el lunes en la tarde, y estuve tirado allí hasta el viernes en la mañana. En esos cuatro días hablé con Dios. Él me ayudó enviando el Espíritu de Dios que me sacó de la oscuridad en que estaba. Al yacer allí y meditar, recordé las cosas que hacía escuchado que predicaba aquel hombre precioso de Dios. Entre otras cosas, recordé un gran texto bíblico que él usó: “todo lo que pidiereis al Padre en Mi nombre, esto haré”. La fe vino a mi corazón. Como a las once de esa mañana, yo había llegado a una conclusión: Dios había hablado conmigo. Él me pidió que yo predicara. Esto era una cosa difícil. La idea de predicar ante una gran concurrencia me asustaba. Casi no comprendía lo que le estaba prometiendo
    • 4 a Dios, pero dije: “sí”. Y lo decía en serio. He cumplido mi promesa. Pero agregué: “Señor, yo no puedo hacerlo acostado aquí”. Para entonces yo estaba casi completamente tieso, enrollado en toda clase de vendajes. La enfermera estaba allí leyendo, tratando de alentarme. Le dije a la enfermera: “¿Quiere usted poner un biombo enfrente de la puerta y dejarme solo por un momento?” Ella muy amablemente lo hizo, no teniendo idea de lo que acontecería. Cuando estuve solo, la presencia del Señor bajó, y hablé con Dios así como estoy hablando con usted hoy. Me estiré y me quité las cobijas, sabiendo que si Dios no hacía algo, yo no podría volvérmelas a colocar, pero lo hice de todas maneras. Cuando lo hice, los rayos potentes de Dios dieron en el lugar donde yo yacía. Pasaron a través de mí como un relámpago de lo alto, y hasta mis pies. Antes de que la enfermera pudiera regresar, yo me había levantado, me había vestido, había salido del cuarto, había bajado tres peldaños de la escalera, y estaba fuera del hospital. Esto no fue hecho en un rincón. Hay cientos de personas que conocen los datos de lo que pasó, y saben que es la verdad. Eso sucedió el viernes, cuando Dios me sanó. El sábado regresé al campo maderero y al trabajo nuevamente. Al siguiente día fui a la escuela en donde celebraban servicios, y conté la historia de lo que Dios había hecho en mí. Cada detalle de esta historia es verídico y atestiguado por personas de la más alta honorabilidad. El milagro cambió a Tomás de un incrédulo a un predicador de evangelio. Lo que Dios hizo por él, Cristo lo está haciendo por miles de otras personas. Él también le puede sanar a usted. Actualmente, aun en las iglesias históricas en donde este ministerio nunca ha sido enseñado o practicado, oímos de un número siempre creciente de testimonios de aquellas personas que están experimentando el toque sanador de su Salvador. Más y más personas están siendo despertadas a esta gloriosa verdad, que Jesucristo realmente es el mismo ayer y hoy, y por los siglos (Hebreos 13:8). Empero, hay muchas personas enfermas que todavía no saben cómo llegar a ser sanas. Por el tiempo que la esperanza ha nacido en su pecho, alguien les dice que todo es un error, que Cristo ya no sana a los enfermos. Es triste que tantas personas que tienen la necesidad más apremiante de ayuda sean confundidas acerca de esta gloriosa promesa de sanidad divina, una promesa que la Biblia hace tan clara. Es para ayudar a estas personas que están necesitadas de ayuda por lo que se ha escrito este pequeño volumen. Por Qué Sana Cristo Si Cristo sana, ¿por qué sana y bajo qué condiciones lo hace? Él sana debido a Su compasión. Fue debido a esa gran compasión que Tomás Welch vive actualmente. Mateo 14:14 declara que cuando la multitud llevó sus enfermos a Él, “tuvo compasión de ellos, y sanó a los que de ellos había enfermos”. Cuando los dos ciegos se allegaron a Él implorando misericordia, el Señor tuvo “misericordia
    • 5 de ellos, les tocó los ojos, y luego sus ojos recibieron la vista; ya le siguieron” (Mateo 20:34). La Sanidad Es El Plan De Los Hijos ¿Por qué sana Cristo? Hay muchas razones. La sanidad es el pan de los hijos. Cuando una mujer pagana llegó con Jesús buscando liberación para su hija, Él dijo: “Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos” (Marcos 7:27). Cristo, desde luego, aun en lo que parecía un rechazo, estaba buscando llevar a esta mujer a un terreno de salud. Y en verdad, antes de que ella le dejara, su hija había recibido una sanidad completa. El punto a enfatizar es que cuando uno es hecho hijo de Dios, no tiene que implorar la liberación, porque la salud es “el pan de los hijos”: ¿Es usted un hijo de Dios? Entonces usted tiene el derecho de recibir la salud. Si usted no lo es, entonces usted puede llegar a ser uno en este mundo aceptando a Jesús en su corazón. La sanidad divina no es un lujo que puede ser gozado por unos cuantos favorecidos, sino que todos los hijos del Señor, por virtud de su posición en Cristo, tienen derecho de recibir esta bendición. La Sanidad Fue Profetizada En La Expiación De Cristo ¿Por qué sana Cristo a los enfermos y a los afligidos? Porque la sanidad está en la Expiación. Isaías el profeta, viendo hacia adelante a la venida del Mesías, declaró: “Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido” (Isaías 53:4). El Espíritu de profecía interpreta esta Escritura en una forma asombrosa. Jesús había sanado a la suegra de Pedro, para admiración de las gentes. Entonces, al caer la tarde y terminar el sábado, una multitud trajo a sus enfermos para ser liberados; Jesús los sanó a todos por la razón dada en los siguientes versículos: “Ycuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:16,17). Así se nos dice claramente que Cristo sanó porque “Él, en el Calvario, llevó las enfermedades así como los pecados de la raza humana”. Esta no es una interpretación humana de la profecía de Isaías, sino una interpretación dada por el Espíritu de Dios. El siguiente versículo en Isaías elabora con mayor amplitud el pensamiento. Dice: “Por Su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). Estando, por tanto, la sanidad divina en la expiación, forma parte de nuestra
    • 6 salvación tanto como el perdón de nuestros pecados. En verdad, todas las bendiciones espirituales que recibimos, ya sea la salvación, la sanidad, o lo que sea, son obtenidas por medio de la expiación de Cristo y no por nuestros méritos personales. Cristo Sana Para Revelar La Gloria Del Padre Muchas personas han supuesto que Dios envía enfermedades sobre Sus hijos para revelar Su gloria. Todo lo contrario es cierto. Las enfermedades y los males han llevado a muchos a dudar de la providencia de Dios. Por otra parte, cuando la sanidad tenía lugar, las gentes glorificaban a Dios: “…y se le acercó mucha gente que traía consigo cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó; de manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel” (Mateo 15:30-31). Cristo Sana Para Manifestar Su Misión ¿Por qué sanaba Jesús a las multitudes que eran traídas a Él? Era para que Él pudiera probar Su misión al mundo. Él dijo a los judíos: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre” (Juan 10:37-38). Una viuda en el pueblo de Sarepta estaba persuadida de que el profeta Elías era un verdadero varón de Dios cuando él revivió y sanó a su hijo (1ª Reyes 17:24). En la Gran Comisión, la curación de los enfermos en el nombre de Cristo sería una de las señales de los creyentes verdaderos (Marcos 16:18). Algunas personas han deducido que la deidad de Cristo ha sido probada tan plenamente que actualmente ya no se necesitan los milagros. ¡Como si todo el mundo hoy en día creyera en Cristo! La triste realidad es que hay cientos de millones de gentes que viven hoy y no conocen a Jesús como su Salvador. El poder de lo sobrenatural para confirmar los derechos de Cristo se necesita hoy más que nunca antes. ¿Por qué sana Cristo hoy? Él sana porque es Su naturaleza sanar. Sana porque es Su propósito deshacer la obra del diablo (Hechos 10:38 y 1ª Juan 3:8). Sana para que el enfermo curado pueda servirle en el gozo de su salvación. Él sana para que el que ha sido restaurado pueda ir a la mies y laborar por Él. Y ahora, habiendo considerado algunas de las razones por las cuales Cristo sana, veamos otro aspecto. Se ha dicho con mucha aptitud que la prueba del pan
    • 7 está en el comer. ¿Realmente es eficaz la sanidad divina? Podemos decir con toda veracidad que ha sido eficaz en nuestro hogar durante muchos años. Ha obrado en las vidas de multitudes de otras personas. Algunas de estas sanidades han sido tan asombrosas que han maravillado a toda una región. Permítanme contarles acerca de la sanidad de una mujer que había sido sentenciada a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas, una historia que fue escrita con grandes titulares en los periódicos de toda Inglaterra. CAPÍTULO II Lo Que Enseña La Biblia Acerca De La Sanidad La señora Margery Steven era enfermera en un hospital local en Dorset, Inglaterra. En el año 1955 ella tuvo una penosa enfermedad. Antes de que lo comprendiera, había sido atacada por ese mal paralizador, la esclerosis múltiple. Gradualmente perdió el control, primeramente de un miembro y después el del otro. Luego su vista se vio afectada. Lentamente empeoró, y durante veinte meses ella estuvo completamente paralítica. Tenía que ser levantada como un bebé, y cuando era colocada en una silla de ruedas tenía que ser atada con cinturones para evitar que se cayera hacia adelante. Sus padres tenían que alimentarla, pues ella no tenía control alguno de la cuchara con la que trataba de comer. Al progresar la enfermedad, comenzó a tener pérdidas del sentido en las que perdía el conocimiento durante horas. Empero dentro de su corazón tenía fe en que ella sería sanada. Ella decía: “Si mi Señor pudo levantar a Lázaro de la tumba, Él con toda seguridad me puede sanar”. Una noche ella tuvo un sueño en el cual el Señor le habló, diciéndole: “Espera un poco más”. Durante las siguientes semanas, Margery contó a sus amistades lo que el Señor le había dicho y ella creía que sería sanada. Aun cuando parecía que lentamente se estaba agravando, ella se afianzó a la promesa que el Señor le había hecho. Una mañana, a las 6:20, a los cinco meses exactos del día en que Dios le había hablado, ella sintió un calor vivo en todo su cuerpo. Su pie izquierdo, que estaba doblado, se enderezó. Los dedos del pie derecho, que estaban apuntando hacia el talón, regresaron a su posición normal. Ella soltó los cinturones que sujetaban su cuerpo, tomó la manija de la puerta de la recámara y dijo: “Por fe me pararé”. ¡Y se puso en pie! Pensando en el choque que le podría ocasionar a su madre si la veía en pie, se sentó nuevamente y llamó a sus padres. Ambos vinieron corriendo a su cuarto para ver qué sucedía. Entonces Margery dijo: “Mamacita querida, toma mis manos. Por favor, no temas; algo maravilloso ha sucedido”. ¡Margery estiró su
    • 8 brazo derecho y el izquierdo paralizado, salió a unirse con él! Los padres estaban asombrados. Su madre dijo: “Querida, qué maravilloso, tu mano está caliente, y está sana nuevamente”. Margery contestó: “Es más maravilloso todavía; me puedo parar”. Poniéndose en pie, comenzó a andar sin ayuda. Al caminar, su ojo cerrado se abrió: había sido sanada totalmente. Al día siguiente fue examinada por los doctores, que confirmaron su curación. Desde entonces, Margery Steven ha viajado por todo el ámbito de las Islas Británicas. Los periódicos en toda Inglaterra le dieron grandes encabezados a la noticia. Era un milagro del cual nadie podía dudar. No obstante lo maravillosas que puedan ser las experiencias personales, como hemos dicho, la prueba más grande de que Dios sana a los enfermos es el testimonio de la infalible Palabra de Dios. La sanidad divina hace mucho que ha sido probada más allá de toda contradicción. Mil milagros no pueden hacer la promesa más fuerte. Mil fracasos, si así fuera, no podrían debilitarla. La única cuestión es si usted y yo nos levantamos con fe y reclamamos la promesa para nosotros, o permitimos que la bendición nos pase por alto. Sin embargo, la pregunta que muchas personas hacen, no es si Dios puede sanar. Si uno cree que Dios creó al cuerpo humano, debe creer que Él seguramente puede sanarlo. Pero la pregunta que tantos hacen es: ¿sanará Él? De ser así, ¿cuáles son las condiciones sobre las que lo hace? Para contestar esta interrogación, busquemos en la Biblia, porque solamente las Escrituras pueden proporcionar la contestación verdadera. Nosotros creemos que sí da la contestación, y la da tan claramente que nadie la puede malentender. Un leproso vino a Jesús, no sabiendo a ciencia cierta si era Su voluntad limpiarlode su lepra.En su ignoranciadijo:“Señor, si quisieres,puedes limpiarme” (Mateo 8:2). De inmediato Jesús probó de una vez para siempre que esa era Su voluntad al extender Su mano y tocar al pobre leproso, diciendo: “Quiero, sé limpio”. Algunas personas argumentan que Dios sanaba en los días de antaño pero que no es Su voluntad sanar hoy. Empero esas mismas personas, en el momento en que enferman, llaman al doctor y le piden que las cure. Nunca dicen: “Doctor, creo que quizás no sea la voluntad del Señor que yo me alivie; déjeme sufrir”. Usted ve que aun cuando con sus labios ellas dicen que no es la voluntad de Dios sanar, en su corazón ellas saben que sí lo es. De otra manera, ¿no sería uno un hipócrita, diciendo ser un cristiano, y al mismo tiempo tratando de salirse de la voluntad de Dios? Es la voluntad de Dios sanar a los enfermos porque la Biblia enseña esta verdad desde el principio. Apenas había Dios redimido a Su pueblo de Egipto cuando les dio el pacto de sanidad. ¡Específicamente hizo de la curación una ley! “Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó” (Éxodo 15:25). Fue más
    • 9 allá. Les dijo que si ellos obedecían Sus estatutos y Sus mandamientos ellos no enfermarían: “Y dijo: Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26). El Libro de los Salmos es el gran libro de inspiración de la Biblia. Nos dice que no olvidemos todos los beneficios de Dios: “Bendice, alma mía, a Jehová, Y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, Y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias; El que rescata del hoyo tu vida” (Salmo 103:1-4). Muchas personas recuerdan el beneficio de la salvación, pero olvidan el de la sanidad. Como resultado sufren enfermedad y dolor, todo porque han pasado por alto este gran beneficio. Se nos ha dado otra promesa, en el Antiguo Testamento, diciendo de aquellas personas que ponen su confianza en Dios “...ni plaga tocará tu morada” (Salmo 91:10). Siglos después, cuando Jesús empezó Su ministerio, predicó uno de Sus primeros sermones en la ciudad de Nazaret, que era Su hogar, y este fue el texto que usó: “El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a lo cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18-19). Jesús no solamente sanaba a los enfermos, sino que encomendó ese mismo ministerio a Sus discípulos. “Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen. Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban” (Marcos 6:12-13). Y posteriormente, cuando Él les dio la Gran Comisión, Él incluyó la promesa de sanidad a todos los creyentes, en Marcos 16:16-18:
    • 10 “El que creyere y fuera bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán”. La promesa no era únicamente para los apóstoles, sino que todavía es válida para todos los creyentes. Si no hubiera sido por el hecho de que la sanidad es una realidad, Dwight Eisenhower nunca hubiera sido Presidente de los Estados Unidos. El siguiente incidente verídico fue publicado en Reader´s Digest: La Curación De Dwight Eisenhower El muchacho, al correr a la casa desde la escuela, se había caído y lastimado la rodilla. Aun cuando aparentemente era un rasguño y sus pantalones no se habían roto, en la noche la rodilla empezó a dolerle. El niño hizo sus oraciones y se fue a dormir. La pierna estaba bastante adolorida en la mañana. Pero continuó en sus tareas, porque todos en su familia tenían que trabajar. Dos días después su pierna estaba tan mal que no podía caminar hasta el establo. Para mediodía tuvo que encamarse. La madre estaba ahora alarmada. Ella lavó la fuerte infección, aplicó cataplasmas, y llamó al doctor. El doctor Conklin examinó la pierna y expresó que no era probable que se pudiera salvar. Cuando escuchó esto, el muchacho gritó, “No me corten la pierna. ¡Prefiero morir!” Pero el doctor contestó: “Entre más esperemos, más tendremos que quitar”. Cuando el doctor salió del cuarto, el niño enfermo llamó a su hermano. Le dijo: “Si desvarío, no dejes que me corten la pierna”. El hermano aceptó el encargo. La madre y el padre todavía no estaban convencidos de que fuera necesaria una amputación, y con la actitud que había adoptado el hijo, decidieron no acceder a los deseos del doctor. Pero la fiebre aumentaba y la mancha trepaba hora tras hora más arriba en el miembro del mozuelo agobiado, exactamente como el doctor había dicho. Los padres se encontraban en un dilema acerca de lo que había que hacer. El doctor, casi enfurecido, declaró que ellos eran responsables de la vida del muchacho. Repentinamente, todos se acordaron de la misma cosa. ¿Habían olvidado su fe en Dios, y que su ministro siempre había creído en la sanidad por fe? En esta hora desesperada, todos tomaron su turno orando junto a la cama. Algunos se levantaban y continuaban su trabajo, pero por lo menos uno continuaba en oración. Todos los cuatro hermanos se unieron en oración. La vigilia continuó ininterrumpidamente. Cuando el doctor regresó, su ojo experimentado vio un cambio. La mancha estaba desapareciendo, y la inflamación estaba cediendo. ¡La vida de Dwight
    • 11 Eisenhower había sido salvada! La fe de la familia en el Dios de milagros no había sido vana. La Ordenanza De La Sanidad Divina Dada A La Iglesia Así como Dios dio un estatuto y una ordenanza de sanidad a la Iglesia en el desierto, igualmente dio un mandato autorizando el ministerio de sanidad en la Iglesia del Nuevo Testamento: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:14-16). La cosa más notable es que en ningún lugar de las Escrituras hay la más ligera insinuación de que el mandato de Dios de orar por los enfermos haya sido alguna vez revocado. Y en el cumplimiento de Su Palabra y Su promesa, Él es el mismo hoy que en los días antiguos. Pero, ¿qué hay acerca de los doctores? En ninguna manera deseamos decir algo contra la profesión médica, que ha efectuado una gran obra para aliviar los males de la humanidad. Después de que Dios dio a Israel el pacto de sanidad, Él también les dio leyes sanitarias y nombró a ciertas personas para que administraran esas leyes. Así que el mundo necesita a hombres entrenados especialmente para que enseñen a la gente el cuidado correcto de sus cuerpos. Cristo no criticó a aquellas personas que cuidaban de los enfermos y heridos (Lucas 10:34). Dijo que aquellos que están enfermos tienen necesidad de un médico (Mateo 9:12). Por ejemplo, las madres necesitan de un cuidado especial en el momento del nacimiento de sus hijos. Todas las personas sensatas aprecian el valor de la ayuda que el personal entrenado puede dar a los enfermos. Pero los dotores pueden llegar hasta cierto punto. Aun ellos mismos confiesan que sólo pueden ayudar a la naturaleza. Permítanme contarles acerca de una mujer que vive en nuestra ciudad y asistía a una iglesia en donde no se había enseñado la sanidad. Los doctores le dijeron que ella tendría que pasarse el resto de su vida con muletas. En lo natural ellos tenían razón, pero entonces ella empezó a buscar al Gran Médico.
    • 12 CAPÍTULO III Las Causas De Las Enfermedades La señora Francine Woodson había sido muy fiel en su asistencia a la Iglesia Metodista. Gradualmente se le desarrolló una enfermedad seria en su espalda, y ella decidió ir al hospital a que le tomaran radiografías. Se le dijo que su futuro no era halagüeño. Algunas de las vértebras en su espalda ya se habían disuelto. Era un caso de reblandecimiento del hueso, y no había cirugía que le pudiera ayudar. La señora Woodson estuvo en el hospital dos semanas. Al final de ese tiempo se le dijo que tendría que andar con muletas durante el resto de su vida. Además de eso, tendría que usar un aparato ortopédico de acero, puesto que no tenía fuerza en su espalda. Cuando ella comprendió su condición sin esperanza, estuvo a punto de suicidarse. Hubiera sido fácil hacerlo, puesto que tenía una cantidad de pastillas somníferas a mano, pero de alguna manera Dios le ayudó durante esas largas semanas. Empero ella se preguntaba por qué le habría sucedido eso a ella. ¿Mandaba Dios la enfermedad? Si no, ¿quién? Por ese tiempo su iglesia se estaba preparando para un avivamiento. Hubo un llamamiento para personas que ofrecieran sus hogares para efectuar allí reuniones de oración. Parecía que había poco interés en este sentido. Cuando la señora Woodson oyó esto, se angustió mucho. Su esposo decidió pedir a la gente que viniera a su hogar para la reunión de oración. Al terminar el culto, cuando aquellas personas que se habían congregado empezaron a irse, una señora se acercó a ella y le dijo: “Francine, ¿crees en la sanidad divina?” Ella contestó que sí. La señora sugirió que se llamara a un predicador para que orara por ella. Ella contestó: “El Señor está con nosotros en estos momentos. ¿Por qué no podemos orar ahora? El Señor está en medio de nosotros.” Dos personas se acercaron, pusieron sus manos sobre ella y oraron. La siguiente cosa que sintió la señora Woodson fue un calor que corrió por todo su cuerpo hasta sus pies. Cuando habían terminado de orar, una de ellas comenzó a leer de un librito. Nadie le había instruido a la señora Woodson lo que debía hacer después de la oración, pero ella hizo lo correcto. ¡La fe es un acto! Instintivamente se levantó de su silla. Repentinamente ella comprendió que estaba en pie sin ayuda de las muletas. Su esposo gritó: “¡Estás parada! ¡Estás caminando!” Su esposo inmediatamente fue a otra parte de la casa para arrodillarse y darle gracias a Dios. Francine entonces tuvo la tarea gozosa de explicarle todo a los miembros de la iglesia. Su hija, empero, no había oído todavía lo que había sucedido. Cuando ella y su esposo entraron a la iglesia y vieron a su madre caminando, fueron conmovidos y sorprendidos, pero verdaderamente felices por
    • 13 su curación. Lo mejor de todo es que el milagro ha resultado en una gran bendición espiritual en la vida de la señora Woodson. Ella dijo: “La sanidad ha obrado un gran despertamiento en mí. He amado al Señor toda mi vida, pero desde esa noche, mi vida ha estado rededicada nuevamente, completamente a Él y le pertenece, totalmente y sin reservas.” Motivos De La Enfermedad Pero, ¿de dónde vino la aflicción que tenía la señora Woodson? ¿La mandó Dios o el diablo? Ampliemos más aún la pregunta. ¿Exactamente cuál es la razón de tanto dolor y miseria en el mundo? ¿Es la enfermedad algo natural, para ser vencida por las drogas, medicinas y agentes físicos? Como hemos dicho, hay remedios naturales que ayudar a mitigar el sufrimiento. Los cirujanos frecuentemente tienen éxito en curar enfermedades tales como el cáncer, al extirpar las partes dañadas antes de que se derramen las células cancerosas. Hay drogas, como la penicilina, que matan ciertas clases de gérmenes de las enfermedades. Pero, como señalaremos, la causa de la enfermedad es de una naturaleza espiritual, y por tanto, la mejor curación para la enfermedad orgánica es espiritual. Cuando Adán y Eva fueron creados y colocados en el huerto del Edén, ellos poseían cuerpos perfectos, aunque mortales. No tenían vida eterna, sólo vida mortal. En medio del huerto, Dios plantó el árbol de la vida. Si Adán y Eva no hubieran pecado, es probable que con el tiempo se les hubiera permitido participar del fruto de ese árbol. Su desobediencia trajo el pecado al mundo, y con el pecado, la muerte vino sobre ellos y su posteridad (Romanos 5:12). El día en que nuestros primeros padres desobedecieron a Dios fue el día en que ellos empezaron a morir. Por tanto, el pecado que entró en el mundo es directa o indirectamente la causa de la muerte y de la enfermedad. Por ejemplo, el hijo de un borracho sufre por el pecado de su padre. Una criatura de una madre con una enfermedad social puede nacer ciego. Sin embargo, como Jesús dijo, a veces la enfermedad puede no ser el resultado del pecado, ya sea de la persona afligida o de sus padres (Juan 9:3). La causa puede estar todavía más lejos. Obviamente, si Adán y Eva no hubieran pecado, no habría enfermedad en el mundo. Nuestros cuerpos son hechos en tal forma que normalmente resisten la enfermedad. De no ser así, la raza humana pronto sería destruida. Pero, si por alguna razón las defensas naturales del cuerpo son debilitadas, la enfermedad tiene una buena oportunidad para asegurarse una entrada. Un esfuerzo físico indebido, el no cuidar debidamente del cuerpo, o simplemente el pecado evidente, pueden debilitar su resistencia natural en forma tal que la enfermedad puede enseñorearse. Siempre hay una causa. Proverbios 26:2 declara: “La maldición sin causa nunca vendrá”. La causa indirecta de toda enfermedad en la raza humana es el pecado, aun cuando pueda haber otros factores contribuyentes. Esto se desprende de
    • 14 Deuteronomio 28:15, 22, 27, 28: “Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos y estatutos que yo te intimo hoy, que vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te alcanzarán…Jehová te herirá de tisis, de fiebre, de inflamación y de ardor, con sequía, con calamidad repentina y con añublo… Jehová te herirá con úlcera de Egipto, con tumores, con sarna, y con comezón de que no puedas ser curado. Jehová te herirá con locura, ceguera y turbación de espíritu.” Jesús identificó a la enfermedad con el pecado cuando le dijo al hombre enfermo de parálisis: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Marcos 2:5). La Iglesia primitiva reconocía la conexión entre el pecado y la enfermedad. En Santiago 5:13-15, en donde se da el mandamiento de que los ancianos oren por los enfermos, se nos dice que “la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados.” Santiago insta en el versículo que sigue a que confesemos nuestras “faltas unos a otros, y roguemos los unos por los otros, para que seamos sanos”. Satanás, El Originador De La Enfermedad Vemos cómo el pecado o el descuido al obedecer las leyes de la salud abren el camino para que la enfermedad ataque al cuerpo humano. Puede surgir la pregunta acerca de de dónde vino la enfermedad misma. La contestación que da la Biblia es que Satán es el autor de la enfermedad. En la historia de Job se nos dice que Dios construyó una cerca alrededor del patriarca para que el diablo no le pudiera tocar. Pero por razones que no podemos presentar ahora, un día Dios retiró Su protección, y permitió a Satán que afligiera al patriarca con una maligna sarna. Notemos que aun cuando Dios dio el permiso, en realidad fue Satán el que puso la sarna sobre Job. “Entonces salió Satanás de la presencia de Jehová, e hirió a Job con una sarna maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza”. (Job 2:7) Luego está el caso de la mujer con la dolencia a la que Jesús sanó. La mujer había estado agobiada por dieciocho años con un ESPÍRITU DE ENFERMEDAD. Los fariseos protestaron contra la curación que Cristo obró en la mujer en el día sábado. El Señor, al contestar la queja de los fariseos, también reveló la causa de su mal. Era Satán quien había ligado a la mujer: “Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura, en el día de reposo?” (Lucas 13:16). Nótese nuevamente que, cuando Pedro estaba hablando de Cristo, él conectó el ministerio de sanidad con la liberación de la opresión satánica: “Cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y
    • 15 cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38). Así vemos que la sanidad era, en efecto, la liberación de las gentes de la opresión del diablo. No es esto simple lenguaje poético.Al atestiguar y estudiar los milagros de nuestro Señor, frecuentemente encontramos que espíritus malignos estaban involucrados en la causa de la enfermedad. Estos tenían que ser echados fuera antes de que la persona pudiera aliviarse. La Biblia nos habla de espíritus sordos, espíritus mudos, espíritus de locura, espíritus enfermizos, espíritus de engaño, espíritus seductores, espíritus mentirosos, espíritus familiares, un espíritu de adivinación, espíritus perversos, espíritus malvados, espíritus inmundos y espíritus impuros. Todos estos tienen formas diferentes para afligir o engañar a las gentes. El poder de Satán sobre las gentes varía con el individuo. En muchos casos simplemente los oprime. Miles de cristianos son oprimidos por el enemigo sencillamente porque no han aprendido a tomar su autoridad en Cristo para reprenderle. El diablo no puede poseer realmente a un cristiano verdadero, pero sí lo puede oprimir. Los creyentes deben aprender a levantarse en el nombre de Jesús y ejercer dominio sobre el opresor. Por otra parte hay, desgraciadamente, más personas de las que nos gusta creer que están realmente poseídas por el demonio. Algunas son controladas tan completamente por Satán que se vuelven locas. Tales personas no tienen poder propio para ejercer la fe para su liberación. Son como el hombre poseído de espíritus a quien se encontró Jesús en los sepulcros (Marcos 5:1-19); a menos que alguien ejercite la fe por ellos, ellos posiblemente nunca sanen. Lester Sumhall relata el caso asombroso que tuvo lugar en Manila, de la liberación de una muchacha del poder del diablo. La Muchacha Mordida Por Demonios “Clarita Villanueva, de 18 años de edad, se convirtió en la persona de quien más se hablaba en las Filipinas recientemente cuando dos demonios invisibles comenzaron a morderla. Clarita era una reclusa de la cárcel municipal de Manila, y el presidente municipal, los funcionarios de la prisión, y los doctores estaban espantados por lo que acontecía en su celda. Trataron en vano de ayudarla. La historia aterradora fue publicada ampliamente. Apareció en los periódicos americanos. Había huellas de dientes en la carne de la muchacha cuando yo la vi personalmente. (Estas marcas de dientes aparecían aun cuando no estuviera persona visible alguna cerca de ella.) Después de leer los reportes de los periódicos durante varios días y de escuchar las radiodifusiones de doctores, psiquiatras, etc., tratando en vano de ayudar, ofrecí mis servicios al presidente municipal de Manila para ir y orar por ella. Ayuné y oré durante dos días, luego fui a la cárcel dos veces y oré por ella.
    • 16 ¡Dios libertó a la muchacha! Ella ahora está en Welfareville, una escuela para jóvenes. La historia de su liberación ocupó la primera plana de los diarios.” El hecho es que en lugar de que Dios ponga la enfermedad en las gentes, es en realidad Satán el que lo hace. Dios lo permite, pero eso es una cosa completamente distinta a la de ser el agente que la ocasiona. Solamente un porcentaje pequeño de personas enfermas son poseídas por el poder de Satanás como en este caso. Sin embargo, en un sentido real toda enfermedad debe su origen directa o indirectamente a Satán. Consideremos el caso de Lorne Fox, a quien Satán atormentó con el terrible baile de San Vito. CAPÍTULO IV Sanidad Del Alma-Curación Del Cuerpo A la edad de cuatro años Lorne Fox experimentó una seria insolación. Los doctores le dijeron a sus padres que no había ninguna esperanza. El padre y la madre no aceptaban ese pronóstico, y en contestación a sus oraciones, el chico se recuperó algo. Sin embargo, como resultado de la insolación, le dieron fuertes convulsiones. Estas continuaron repitiéndose hasta que resultó una condición muy seria. A veces el muchacho estaba sujeto a ataques de temblores violentos, y entonces su cuerpo se contraía y se sacudía convulsivamente. Los doctores le hicieron un examen completo y descubrieron que tenía una forma agravada de baile de San Vito. Su condición, en vez de mejorar, rápidamente empeoró. La mayor parte del tiempo, su temperatura sobrepasaba los cuarenta grados. El sistema nervioso gradualmente cedió bajo el asolamiento del baile de San Vito. Se le hicieron varias operaciones en la espina dorsal, que resultaron en un sufrimiento atroz, pero no hubo mejoría. Todo su cuerpo se sacudía violentamente y su cara se torcía con raras contorsiones. En el último año de la enfermedad de Lorne, parecía que sólo la muerte aliviaría el sufrimiento del paciente. Por las mañanas, la fiebre subía a los 42 grados, seguida por un estado de coma semi-inconsciente. A veces se azotaba hasta las dos o tres de la mañana antes de que pudiera dormir. Aun cuando Lorne estaba al cuidado de la mejor clínica en Canadá Oriental, los doctores finalmente llegaron a la conclusión de que no viviría mucho tiempo más. Le dieron como máximo dos años de vida. Dijeron, empero, que, debido a una infección estreptocócica, podría morir en cualquier momento. En esa hora oscura, llegó el doctor Charles S. Price a Edmonton, Canadá. Anteriormente, había sido un ministro modernista popular, pero Dios vino a él y cambió de vida. Cuando la familia Fox supo que el doctor Price vendría, casi no
    • 17 sabían qué hacer. Su denominación enseñaba que la sanidad divina fue para los días de los apóstoles y no para hoy. Sin embargo, fueron a los servicios, y cuando escucharon la poderosa exposición de la Palabra de Dios, decidieron creer a las Escrituras. En alguna forma ellos creyeron que Lorne podría ser sanado. Era difícil llevar al muchacho a los servicios. No podía caminar solo, y nadie lo podía cargar, porque literalmente él se escurría de los brazos. Pero en alguna forma lo llevaron. Lorne Fox describe lo que sucedió: “Mi cuerpo estaba ardiendo en fiebre...mi corazón estaba retumbando y durante gran parte del servicio estaba tratando de apretarme ese lado izquierdo para aliviar el dolor. Nunca me sacudí ni me retorcí tanto en toda mi enfermedad como en esa noche...era horrible. Por fin, el doctor Price vino y oró sobre mí… “Mi hermano, en el nombre de Jesús ordeno que estas enfermedades salgan de tu cuerpo”, oró el evangelista, y luego ya no seguí atendiendo su oración, ¡porque algo maravilloso sucedió! El poder de Dios surgió a través de mi cuerpo como una corriente fuerte de electricidad. Para atrás y para adelante corría el poder, hasta que brinqué fuera de la banca del altar en donde estaba sentado...y luego el milagro...porque al dar ese brinco hacia adelante, el Señor me sanó completamente del baile de San Vito, y caí hacia atrás totalmente suelto, y así cada temblor y sacudida quedaron terminados.” La cosa más maravillosa de todas fue la sanidad del corazón de Lorne. Cristo vino a su vida desde esa noche en adelante. Las personas que desean salud en sus cuerpos también deben estar dispuestas a ser sanadas de sus almas. En el caso de Lorne, él aceptó gustosamente a Cristo como su Salvador. El pulso del jovencito bajó instantáneamente desde más de 125 latidos a 70 pulsaciones por minuto. Esa noche él se fue a casa en el tranvía, completamente sanado por la mano de Dios. Anduvo media milla desde el tranvía hasta la casa sin dificultad. Nadie tuvo que sostenerlo. Durmió apaciblemente toda la noche. Su padre, que había gastado casi diez mil dólares en doctores, medicinas, y hospitales, ¡repentinamente comprendió que había sido liberado de su carga económica! ¿Qué ha pasado desde entonces? En los muchos años maravillosos que han seguido para Lorne Dox, Dios lo ha usado en grandes campañas evangelísticas, como ha usado a pocos hombres. Tuvo un servicio para este escritor mientras que todavía era pastor, una campaña que hizo historia en esa ciudad. Ha predicado en naciones en todo el mundo y ha llevado a miles multiplicados a Cristo, probando que Jesucristo es en realidad el mismo ayer, hoy y para siempre. Dios sanó a Lorne Fox para que él pudiera ser una bendición para otros. Lorne aceptó la salvación de su alma, y al mismo tiempo recibió la salud para su cuerpo. Algunos desean liberación de su enfermedad, pero no de sus pecados. Debemos recordar que la promesa es una curación doble de una maldición doble.
    • 18 “Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias” (Salmo 103:2,3). La promesa llama a liberación del pecado primeramente, y luego liberación de la enfermedad. Cuando Ezequías, rey de Israel, estaba enfermo hasta la muerte, volteó su cara a la pared y oró. Dios escuchó su oración y dijo: “Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano; al tercer día subirás a la casa de Jehová” (2ª Reyes 20:5). Algunas personas, al buscar la salud, tienen poca intención de servir al Señor posteriormente, pero no Ezequías. Al tercer día de su liberación, él subió a la casa del Señor y adoró a Dios por su gran liberación. Jesús sanó a un paralítico en el estanque de Betesda que estuvo 38 años en una condición absolutamente desamparada. Posteriormente, el Señor le dijo a él: “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.” (Juan 5:14). Ciertamente Jesús aclaró que la continuación en el pecado podía llevar a una condición peor (véase Lucas 11:24-26). Aquí encontramos una prevención de que la aflicción de este hombre era ocasionada por el pecado anterior en su vida. Hemos mencionado a la mujer pagana que vino a Cristo para la liberación de su hija que estaba poseída por un demonio. El Señor se apiadó de la pobre mujer y en verdad tuvo compasión de ella. Pero Él comprendió que ella no pisaba terreno de sanidad. Hay algunas personas que quieren que el ministro ore de inmediato por todos y cualesquiera que deseen la sanidad. Pero Jesús no siempre concedió la sanidad en el mismo momento en que se le pedía. El Señor no le contestó a la mujer de inmediato. Ella rogó Su ayuda, “mas Él no le respondió palabra”. ¿Por qué? Ella lo había llamado “Hijo de David”. Como “Hijo de David” Él no podía ayudarla. Al ser reconocido solamente como un hombre, Él no podía hacer nada por ella. Sin embargo, ella intentó nuevamente. “Señor, socórreme”, ella clamó. Esta vez Jesús le habló. Empero su contestación parecía una negación a su petición. Él dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos” (Mateo 15:26). ¿Podría ella soportar una prueba? Podía y lo hizo. Ella determinó que sería sanada. No tomaría una negación como contestación. En una gran humildad ella aceptó las palabras del Señor y ¡realmente las hizo un argumento para la liberación de su hija! Ella dijo: “Sí, Señor; mas los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores”. El Señor, maravillándose ahora de su fe, contestó su oración. Él le dijo que siguiere su camino, que su hija era sanada. La salvación había llegado a ese hogar.
    • 19 CAPÍTULO V Impedimentos A La Sanidad Todos sabemos que hay personas que escuchan el mensaje del evangelio y son salvas, mientras que otras se van sin la salvación. Asimismo, hay quienes escuchan las verdades gloriosas de la sanidad y liberación divinas, pero que no son sanados. ¿Por qué es esto? Casi todos sabemos que recibimos el regalo, no porque lo merezcamos, sino porque Cristo lo compró en el Calvario. No obstante, podemos hacer cosas, o dejar de hacerlas, que obstaculizan nuestra fe. Veamos unos cuantos de los impedimentos más importantes para la sanidad. 1. Algunos No Preparan Sus Corazones Una razón muy común por la cual hay personas que no obtienen su liberación es porque no toman el tiempo necesario para hacer llegar la Palabra de Dios a sus corazones, sino que insisten en que se obre por ellos antes de saber de lo que se trata. “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). Cristo fue a Su tierra adoptiva de Nazaret para enseñar y sanar a los enfermos. Pero la gente lo veía con escepticismo e incredulidad. Para ellos Él era sólo un carpintero. En consecuencia, hubo pocos sanados en Nazaret. “Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos.” (Marcos 6:5). Si usted desea ser sanado, dedique tiempo para escuchar la Palabra de Dios, para que su corazón pueda estar preparado para entender y saber las condiciones por las cuales le otorga la liberación. 2. Algunos No Están Seguros De Que La Voluntad De Dios Es Que Sean Sanos. Desde luego, uno no puede recibir la salud si tiene dudas acerca de si es la voluntad de Dios sanarlo. En verdad, si Dios no hubiera ya revelado Su voluntad en el asunto, ninguno de nosotros tendría motivo para creer. Pero, puesto que Él lo ha hecho tan claro, entonces realmente es un pecado dudar. Cuando Dios ha repetido veintenas de veces en Su Palabra que es Su voluntad, ¿cómo podemos decir por nuestra actitud: “Señor, yo no sé si Tú realmente dices en serio lo que has prometido o no?”. Dios no juega con los sufrimientos e infortunios de Su pueblo.
    • 20 Su palabra es Sí y Amén. Jesús dijo al leproso: “Quiero, sé limpio” (Mateo 8:3). Así también hoy, la promesa todavía es válida. Jesús dijo: “sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.” (Marcos 16:18). Si usted cree, entonces usted seguramente se recuperará y será sanado de su enfermedad. 3. Algunos Tienen Pecados No Confesados En Sus Vidas Con la promesa de salud en Santiago 5:13-16, hay una cláusula que frecuentemente se pasa por alto, y dice: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados.” La enfermedad puede ser el resultado de algún pecado, y debemos estar dispuestos a confesarlo y abandonarlo. David dijo en los Salmos: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Salmo 66:18). Si usted ha cometido alguna mala acción contra su pastor o contra algún hermano o hermana en la iglesia, vaya con ellos y confiese su falta y sea sano. ¿Está usted maltratando su cuerpo con el tabaco? Pídale al Señor que le ayude para abandonar este hábito que ocasiona la muerte dolorosa de tantas personas. 4. Un Espíritu No Perdonador Puede Obstaculizar La Sanidad Bien recordamos el caso de una mujer, que, debido a su espíritu contumaz y al rencor de su corazón, casi desbarató una congregación determinada que estaba luchando por sobrevivir. Entonces le llegó a ella una fuerte opresión por parte del enemigo en la forma de una enfermedad. Debido a la severidad del ataque, bien podría haber significado su muerte. Sin embargo, ella imploró al Señor misericordia, y luego llamó a cada miembro de la iglesia a la vera de su cama pidiéndoles perdón. El Señor la levantó y después de eso ella manifestó un espíritu que, mientras la conocimos, estuvo caracterizado por su dulzura y humildad. Ella fue sanada porque estuvo dispuesta a confesar su pecado y abandonarlo. 5. Algunos Nunca Fijan Una Fecha Otros nunca ponen una fecha para su liberación, sino que continuamente la colocan en el futuro indefinido. Jesús dijo: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24). Está muy bien orar más de una vez si la oración está sazonada con alabanza. A veces tenemos que reñir a los síntomas, pero llega un momento cuando tenemos que tomar una actitud de que Dios ha hecho la obra. Los resultados pueden no ser manifiestos visiblemente en ese momento, pero eso no importa. Las raíces de la higuera se murieron en el momento en que Jesús condenó al árbol, pero los
    • 21 resultados no se mostraron sino posteriormente. Uno recibe la contestación a una oración en el momento en que verdaderamente cree que la obra está hecha, aun cuando los resultados visibles no sean manifiestos sino hasta después. Así como un pecador debe fijar un tiempo en el cual cree a Dios para su salvación, así la persona enferma debe fijar un momento en el cual recibe su sanidad. 6. Algunos No Sanan Porque Son Tibios Espiritualmente Algunos no tienen el deseo suficiente de obtener una contestación de Dios. Jesús dijo: “Todo lo que pidiereis orando...” (Mateo 11:24). En los primeros días del reinado del rey Asa, éste sirvió al Señor con todo su corazón. En aquellos días todo Judá entró en un pacto con el Señor con todo su corazón (2ª Crónicas 15:12- 13). El versículo 15 declara que “de toda su voluntad lo buscaban, y fue hallado de ellos”. Antes de que Dios diera el pacto de sanidad a Israel, Moisés “clamó a Jehová; y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron. Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó” (Éxodo 15:25). No hay lugar para un cristiano tibio. Aunque parezca extraño, Dios se complace menos con un cristiano profesante tibio, sin consagrar, descuidado, que con un pecador declarado. Para la iglesia tibia de los últimos días en Laodicea, Él pronunció una seria advertencia de juicio: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:16). Aun cuando hay personas que permiten que los obstáculos y las dificultades los desanimen para obtener la liberación, hay otras que tienen el ánimo hecho de que no les será negada. Consideremos el caso del congresista William D. Upshaw, que caminó durante 66 años con muletas, y cuya sanidad asombró a América. CAPÍTULO VI Cuando La Curación Se Demora William D. Upshaw fue electo cuatro períodos como diputado por el Estado de Georgia. Sus dotes de oratoria, su calidad de estadista, y su valerosa oposición al tráfico de licores hizo su nombre conocido por toda la nación como un exponente intrépido de la justicia. En un tiempo fue candidato presidencial de un partido minoritario. En su juventud, se había caído sobre un travesaño de un armazón de guayín, fracturándose la espina dorsal en tres lugares, y se lastimó tan seriamente que fue inválido totalmente durante siete años. Al fin se recuperó lo suficiente para
    • 22 poder andar con muletas. Por medio de una inflexible determinación, pudo costear sus estudios con el trabajo en la universidad. Finalmente sus habilidades fueron reconocidas, y fue enviado, por mandato del pueblo de Georgia, a los salones del Congreso. Nunca olvidaré cuando conocí por primera vez al diputado. En ese tiempo todavía andaba en muletas, y podía moverse sólo con un esfuerzo de lo más doloroso. Su fe había recibido inspiración en la campaña de salvación y sanidad con la que estuvimos asociados, y aunque había usado muletas durante casi sesenta años, él estaba esperando la salud. El diputado Upshaw me había llevado a almorzar, y durante nuestra conversación me miró y dijo: “Se me ha dicho que los días de los milagros han pasado, pero he visto suficientes sanidades en estos cultos para saber que no es así. Ahora lo que quiero saber es cómo ser sanado.” Agregó: “Conozco a muchos diputados en la ciudad de Washington. Quiero ser sanado para poder ir allá y decirles lo que Cristo puede hacer.” Yo le dije al Señor Upshaw: “Sí, usted puede ser sanado si hace lo que le digo, pero no creo que lo haga usted”. Él me vio y frunció el ceño, diciendo: “Usted no tiene el derecho de decirme eso hasta que no me haya dicho lo que tengo que hacer”. Contesté: “A usted se le ha dicho durante muchos años que los días de los milagros han pasado. Debe estar dispuesto a asistir a los servicios en donde la fe es predicada hasta que se haya asido de la promesa de salud de Dios. Entonces podrá usted ser sanado.” El viejo diputado me miró y prometió seguir asistiendo a los cultos. Luego, un día un año después yo estaba nuevamente en Los Ángeles, en donde mi amigo William Branham estaba teniendo un servicio. El reverendo Branham me dijo: “Dios me acaba de hablar que mañana en la noche un estadista será sanado”. No me sorprendí. Había conocido, de tiempo atrás, que cuando Dios le hablaba al reverendo Branham, sucedía lo que anunciaba. La siguiente noche, al abandonar el evangelista la plataforma, el Espíritu de Dios hablando a través de él dijo: “El diputado Upshaw está sanado”. El hombre que había usado muletas durante sesenta y seis años oyó la palabra, y su corazón brincó de gozo. En sus propias palabras él relata: “Dejé mis muletas y empecé a caminar hacia el pastor y mi esposa que gritaba de gusto...y se abrió el cielo.” De inmediato, el señor Upshaw empezó a viajar por todo el país testificando del milagro. Debido a su fama, los periódicos en todos lados publicaban su historia. Fiel a su promesa, fue a Washington D.C. y dio su testimonio a los miembros del Congreso, para gran asombro de ellos. El clímax ocurrió en una gran conversación religiosa que se celebró en
    • 23 Atlanta, Georgia. El gobernador Talmadge estaba pronunciando el discurso de bienvenida a los miles de delegados cuando repentinamente fue interrumpido por un grito: “¡Aleluya, gloria al Señor” El gobernador se detuvo, recobró su compostura y continuó con su alocución. Nuevamente se oyó otro grito fuerte. Los ministros, al igual que la concurrencia, estaban avergonzados. ¿Quién sería tan grosero como para interrumpir al gobernador? De nuevo se escuchó el rito, y luego el gobernador, mirando a su izquierda, vio a un hombre que venía hacia él. Se detuvo, parecía sorprendido, y luego, contemplándole fascinado como si no creyera a sus ojos, lentamente caminó para encontrarlo. Después de cambiar unas cuantas palabras y abrazar al hombre que lo había interrumpido, el señor Talmadge regresó a la tribuna. “Amigos”, dijo el gobernador agitado, “aquí hay un verdadero milagro. El diputado Upshaw ha usado muletas durante todo el tiempo que yo recuerdo. Cuando era niño, él me sentaba en sus rodillas. Ahora me dice que fue sanado en un servicio de avivamiento. Aquí hay un milagro que yo sé que es genuino.” El diputado Upshaw estaba decidido a ser sano. Escuchó las instrucciones. Su fe se fortaleció. La demora no lo descorazonó. Y cuando la palabra fue dicha, no titubeó. La fe es un acto, y cuando se le dijo que se levantara, tiró sus muletas y caminó. Hizo más que caminar, corrió. (Una vez jugué una carrera con él y me costó mucho trabajo ganarle.) No obtuvo su sanidad de inmediato, pero, debido a que él estaba dispuesto a obtenerla, recibió un milagro que conmovió a muchos de los líderes de nuestra nación. Aun cuando muchas sanidades son instantáneas, algunas de las más grandes liberaciones de la aflicción no han tenido lugar inmediatamente, hasta donde el ojo humano puede ver. Es cierto que la mayoría de los milagros de Cristo ocurrieron al decir Él la palabra. Empero no todos. Diez leprosos vinieron a Él en una ocasión, parándose de lejos, y clamaron por misericordia. Cuando Jesús los vio les dijo que fueran y se mostraran a los sacerdotes. Aparentemente, no hubo evidencia inmediata de su curación. Empero, ellos obedecieron al mandato del Señor, y cuando habían caminado un trecho en su viaje, vieron que habían sido limpiados de su lepra. Su fe para aceptar la palabra del Señor les trajo la liberación, aunque al principio no podían ver cambio alguno. La única cosa decepcionante del milagro fue que sólo uno de ellos regresó a darle gracias al Señor (Lucas 17:15-18). La Primera Sanidad De Cristo En el primer milagro de sanidad que Cristo hizo, Él enseñó a las gentes una lección fundamental sobre la fe. Debido al ungimiento único de Cristo, la mayoría de las curaciones que tuvieron lugar en Su ministerio eran instantáneas. Pero Cristo no quería que la gente tuviera la impresión que ésta era la única forma en que podrían ser sanados. El Señor quería fe edificada sobre algo más fuerte que “señales y maravillas” que pudieran ser vistas con el ojo físico. Él deseaba
    • 24 establecer en los corazones de Sus discípulos una fe que descansara sobre la Palabra de Dios. Deseaba fijarles esto en el ánimo de ellos en el mismo principio de Su ministerio cuando la primera sanidad tuvo lugar. Así que le dijo al noble que se le allegaba para que sanara a su hijo que estaba muy grave: “Si no viereis señales y milagros no creeréis”. Dicho en otras palabras, significaba: “¿Creerás, aun cuando tu hijo no sea sanado instantáneamente? El noble al principio dudó, pero aparentemente aceptó la lección, porque, cuando el Señor le dijo: “Ve, tu hijo vive”, se fue por su camino confiando en la palabra que había sido dada. El noble entendió, por las palabras de Jesús que posiblemente no hubiera alguna manifestación espectacular, pero que el niño sanaría. Cuando llegó a su casa, preguntó “a qué hora comenzó a estar mejor”. Le dijeron que en la misma hora en que Jesús habló la palabra la fiebre le dejó. Notemos, además, que aunque la curación al ojo externo fue gradual, la Escritura habla de la sanidad como un milagro (Juan 4:54). CAPÍTULO VII Testimonio Personal De Sanidad Al principio de mi ministerio, en realidad durante mi primera campaña de avivamiento que se efectuaba en una carpa en una pequeña ciudad del sur de California, fui agobiado con lo que después se descubrió que era un caso casi fatal de envenenamiento por tomaína. Nunca supimos a ciencia cierta lo que ocasionó el ataque, pero indudablemente fue resultado de algo que yo había comido. Mis colaboradores se habían ido por todo el día. Era alrededor del mediodía cuando me empezaron a afligir unos dolores intensos, y me acosté pensando que prontamente me sentiría mejor. No debería haber hecho eso, porque, si hubiera tomado dominio sobre la cosa de inmediato en el Nombre del Señor, sin duda que hubiera obtenido alivio. En lugar de eso, en tiempo muy corto, me empezaron a dar calambres horribles a intervalos breves, que me dejaban sin respiración o fuerzas para orar. Creo que allí cometí un error que cometen muchos cristianos. En vez de reñir al enemigo cuando aparece con el primer síntoma, las gentes ceden a la cosa, y antes de que se den cuenta, Satán ha conseguido una entrada firme. Cuando mis hermanos regresaron, vieron que yo estaba muy enfermo. Oraron por mí, y otros también, pero en ese tiempo yo no recibí una liberación visible de mi carga; más bien, los calambres aparentemente aumentaron. No tengo deseo alguno de exagerar, pero el sufrimiento que subsecuentemente padecí parecía tan intenso como no es posible experimentar a un ser humano. Todos conocemos qué doloroso puede ser un breve calambre en el cuerpo, pero estos ataques no eran por
    • 25 un momento, o una hora, un día, sino que iban a continuar a intervalos de unos momentos durante un período de dos semanas. Naturalmente, mis colaboradores pronto se perturbaron por el hecho de que mi condición no mejoraba. Algunos vecinos bondadosos que asistían a nuestros cultos se ofrecieron para llevarme a su casa. A pesar de ser objeto del mejor cuidado posible, no mostraba yo señales de mejoramiento y empeoraba constantemente. Desde luego, no podía comer nada; la simple idea de la comida aumentaba mis náuseas. Después de unos cuantos días, cuando no veían señal alguna de mejoramiento, estas buenas personas se alarmaron. Poco sabían de la sanidad divina excepto lo que habíamos predicado. Toda la evidencia parecía mostrar que yo empeoraba rápidamente, y que a menos que se hiciera algo, yo moriría en sus manos. En tal caso, razonaban (quizás correctamente), que estarían en dificultades con las autoridades sanitarias. La Hospitalidad Del Dr. John G. Lake Afortunadamente, el doctor John G. Lake, que en ese tiempo estaba en San Diego, envió un mensaje para que me llevaran a su hogar. (Era una casa grande, y vivían allí cierto número de personas de edad.) Siempre estaré agradecido por su bondad y hospitalidad. El viaje a San Diego, de 16 millas, me causó agonías, a pesar de que el chofer fue tan cuidadoso como le era posible. El doctor Lake, que había orado por decenas de millares y había visto a multitudes liberadas, oraba por mí cada noche. No obstante, parecía que nada podía detener el progreso de la aflicción, que para entonces me había reducido a una condición de debilidad y miseria extrema. A mi mente, aunque odiaba pensar en ello, acudía repetidamente el pensamiento de que la muerte se acercada. Debilitándome gradualmente en el cuerpo y afligido con el dolor constante, me resigné a morir; empero yo reflexionaba sobre la razón de todo lo que me había acontecido. ¿Por qué iba a ser yo cortado en el mismo principio de mi ministerio? ¿Por qué, en unas cuantas horas de tiempo, se debería enviar un telegrama a mi madre con las palabras: “su hijo murió a tal hora”? Pensé en la pena que le embargaría. Yo había deseado predicar el evangelio de las buenas nuevas más que cualquier otra cosa en el mundo. Ahora parecía que mi ministerio terminaría abruptamente. ¿Era esa la voluntad de Dios? La Palabra De Dios Inspira Fe Pero Dios se iba a mostrar; primeramente, por Su Palabra. La señora Lake bondadosamente me había dado algunos sermones escritos por su esposo sobre el tema de la sanidad. Al leer esos mensajes, mi atención fue quitada de mi sufrimiento y llevada al poder del Cristo resucitado. Mientras leía, empecé a sentir
    • 26 el movimiento de la fe en mi alma. Ciertos pasajes de la Escritura acudieron a mi mente con mucha fuerza e intensidad. Las palabras citadas por Pedro en Hechos 10:38 referentes a Jesús: “el cual anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo...” causó una honda impresión sobre mí. Nuevamente, en Lucas 13, Jesús al sanar a la mujer agobiada, mostró que la enfermedad era causada directamente por el poder ligador de Satanás. Se le ocurrió a mi alma que no era la voluntad del diablo. Era él quien estaría contento si pudiera terminar conmigo al principiar mi ministerio. La Fe Inspira La Acción Otra Escritura llamó especialmente mi atención. Era Marcos 11:22-24 y todavía hoy es mi pasaje favorito. Las palabras: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis y os vendrá”, me fascinaron. Una luz maravillosa estaba alumbrando, y empecé a entender la diferencia entre la fe activa y la pasiva. Aquí estaba una garantía directa para mi salud inmediata si yo me atrevía a aceptarla. Me Levanto De La Cama No podía esperar más. Un timbre de emergencia estaba junto a mi cama y di una llamada. Una enfermera de la casa vino, y me preguntó lo que deseaba. Le contesté con alguna brusquedad que quería mis ropas para poderme levantar. No recuerdo su contestación excepto de que titubeó, quizás no sabiendo si estaba yo en mi juicio o no. Pero la fe había encendido mi alma y lo insistí. “Vamos”, dije, “usted ha estado orando por mi recuperación. Crea sus propias oraciones y tráigame la ropa.” No sabiendo qué contestar, la señora decidió hacerme caso y me trajo la ropa. ¿Cómo me vestí?, no lo sé, porque, naturalmente, yo estaba muy débil, y, aunque los calambres habían declinado en intensidad, no habían cesado. Pero mis pensamientos ahora no estaban sobre mis dolores sino sobre la realidad inagotable de la Promesa, que se alzaba ante mí como el Peñón de Gibraltar. Yo sabía que había sido sanado. Había perdido doce kilogramos, y la ropa se me colgaba en el cuerpo de una forma grotesca. Pero no le concedí atención a esto. Al tocar mis pies el suelo, empecé a alabar al Señor por mi salud. Por el momento estaba mareado y el piso parecía girar debajo de mí, pero continué diciendo: “Alabado sea el Señor, estoy sano.” Pasé al otro cuarto, glorificando a Dios por mi liberación. Había quizás una media docena de personas sentadas en el cuarto siguiente y al entrar yo, toda la conversación cesó. Nadie hizo preguntas, y todos me veían como si hubieran visto un fantasma. Después supe que todos lo que estaban en la casa, con excepción de la familia Lake, aguardaban mi muerte, y a cada momento esperaban la noticia.
    • 27 En ese instante noté que habían desaparecido los calambres. Con cada paso surgían nuevas fuerzas en mi cuerpo, y al acercarme a la cocina, sentí una sensación inequívoca de hambre. Me sirvieron sopa, y pedí un segundo platillo. Cuando el personal de la cocina mostró renuencia para alimentarme más, me salí. No muy lejos estaba una tienda de abarrotes. El dueño me vendió lo que yo deseaba. Todavía recuerdo que uno de los artículos de mi compra fue una bolsa de jitomates frescos. Comí hasta que quedé satisfecho. Había sido sanado. ¡Sí, gloria a Dios, había sido sanado! Nunca olvidaré qué placentera me pareció la vida en ese instante. Era maravilloso estar levantado y poder caminar nuevamente. Parecía que era un sueño para ser verdad. Nunca había tenido menor cantidad de oro y plata, y nunca parecían tener menor valor para mí. El gozo de estar vivo y sano me parecía estupendo y me sentía algo así como alguien a quien se le ha suspendido una sentencia de muerte. En la siguiente semana, uno de mis colaboradores, el reverendo Leon D. Hall y yo desmantelamos la carpa, y nosotros movimos el piano y las bancas. Nuestros vecinos que habían asistido al servicio vieron lo que había acontecido, y se maravillaban de lo que Dios había hecho. Salud Divina, La Voluntad De Dios Una cosa que Dios me enseñó en mi curación que nunca he olvidado, y que fue una de las lecciones más valiosas de toda mi vida, fue esta: si Dios podía sanarme después de estar yo tan cerca de la muerte, también podía Él librarme y protegerme de la aflicción del enemigo. Estaba claro que Dios deseaba cumplir Su promesa, alejando la enfermedad y el malestar en mí. Para Su gloria, puedo decir que Dios me ha protegido, lo mismo que a mi familia, en los años transcurridos desde entonces. Rara en verdad ha sido la ocasión en que yo no he podido cumplir con un compromiso para predicar. Hemos probado que Dios es el Sanador de todas nuestras dolencias; sí, más que eso, Él ha protegido nuestro hogar y ha alejado la plaga de nuestra morada. Su Palabra no nos ha fallado, y podemos recomendar plenamente a Cristo el Sanador a cada hogar. Pasos Necesarios Para La Salvación 1. RECONOZCA: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). “Dios, sé propicio a mí, pecador.” (Lucas 18:13). A la luz de la palabra de Dios, tiene que reconocer que es un pecador. 2. ARREPIÉNTASE: “… si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3). “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros
    • 28 pecados…” (Hechos 3:19). Tiene que ver la maldad del pecado y entonces arrepentirse. 3. CONFIESE: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1ª Juan 1:9). “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” (Romanos 10:10). Confiese sus pecados a Dios. 4. RENUNCIE: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová…el cual será amplio en perdonar” (Isaías 55:7). Lamentarse por el pecado no es suficiente. Tenemos que estar preparados para dejar de hacerlo, de una vez por todas. 5. CREA: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” (Romanos 10:9- 10). Crea en la obra finalizada de Cristo en la cruz. 6. RECIBA: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:11,12). Tiene que recibir a Cristo personalmente en su corazón por medio de la fe, si quiere ser nacido de nuevo. Si quiere aceptar a Jesucristo en su alma y en su vida, le ayudará hacer la siguiente oración: Querido Padre Celestial, Te doy gracias por tu amor. Te pido que tu hijo Jesucristo venga a mi vida. Sé que yo he pecado y cometido cosas que no te agradan. Te pido que ahora me perdones los pecados y limpies mi vida. Ayúdame a seguirte a ti y tus enseñanzas. Protégeme del diablo y la maldad. Enséñame a colocarte a ti primero en todos mis pensamientos y acciones. Ayúdame a amar a los demás como tú me amas a mí. Y, Padre, muéstrame punto por punto el plan que tienes para mi vida. Te doy mi cuerpo y mi vida. Te alabo y te doy gloria mi Creador y Señor, Y continuaré dándote gracias por el sacrificio de tu hijo en la cruz, para que yo pueda tener vida eterna contigo Ayúdame a ganar a otros para Cristo Espero la segunda venida de Cristo para que me lleve al cielo, Ven pronto, Señor Jesús. Amén
    • 29 Cómo Recibir El Bautismo En El Espíritu Santo 1. Usted debe nacer de nuevo. Esto es, pedirle a Jesús que le perdone sus pecados, y luego aceptar el perdón de Dios, sabiendo que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” y que “todo aquel que invocara el nombre del Señor, será salvo.” 2. Si ahora ha aceptado a Cristo como Salvador, el Espíritu Santo vive en Usted. Juan 14:17; 1ª Cor. 3:16; 6:19. 3. El Espíritu Santo es una persona y hablará por Sí mismo, si Usted se lo permite. 4. El Espíritu Santo usará sus labios, lengua, dientes y voz, si Usted se lo permite, de la misma manera en que habla Español. 5. Cuando sea lleno del Espíritu Santo, Usted debe comenzar, en fe, a hablar. Hechos 2:4 dice: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.” 6. Recibir a Cristo como Salvador requiere un acto de fe. La sanidad requiere un acto de fe. Hablar en lenguas conlleva un acto de fe. 7. Cuando en fe comience a hablar en otras lenguas, el Espíritu Santo le dará qué hablar. Allí es cuando lo sobrenatural tiene lugar. 8. A todo creyente se le manda a “ser lleno del Espíritu” (Efesios 5:18). Aún la madre de Jesús, María, y sus hermanos de carne y sangre, Santiago, José, Simón y Judas (Mateo 13:55, Hechos 1:14) y sus discípulos lo recibieron (Hechos 2:4). El recibir el Espíritu Santo no es una opción. 9. Relájese. “Este es el reposo...” Isaías 28:12. 10. El Espíritu Santo es un don (Hechos 8:20, 2:38,39; 11:17; Lucas 11:13). Usted no mendiga ni trabaja por un regalo. Simplemente, lo recibe. 11. Comience cada día orando en el Espíritu para edificarse a sí mismo, es como cargar sus baterías espirituales (1ª Cor. 14:4,18). 12. Reciba ahora mientras adora a Jesús en su corazón y hablando en fe en la lengua desconocida, al proveerle las palabras el Espíritu Santo que está en usted.
    • 30