Cincuenta meses en Moscú     Ignacio Torres Giraldo
Universidad del VallePrograma EditorialTítulo: Cincuenta meses en MoscúAutor: Ignacio Torres GiraldoISBN: 958-670-Primera ...
El autor resume estos relatos así:       “Lo que yo vi, oí y entendí en la Unión Soviética” Y Como el autor vivió, estudió...
IgnacioTorres Giraldo: un veterano            dirigente obrero             (síntesis autobiográfica)   Torres Giraldo naci...
Ignacio Torres Giraldo   Conocí la conferencia dictada por el general UribeUribe en el Teatro Municipal de Bogotá en 1.904...
Cincuenta meses en Moscúbre culto y escritor activo; Juan Bolívar, obrero sas-tre; Ricardo Sánchez, fotógrafo. El martillo...
Ignacio Torres Giraldoinfluencias franceses; Esteban Rodríguez Triana,estrictamente radical, y diversos profesionales, pe-...
Cincuenta meses en Moscú   Mi posición en la serie de huelgas, manifestacio-nes, actos protestativos de las masas –incluso...
Ignacio Torres Giraldodefiniendo por completo su orientación clasista.Sobra decir que había diferentes tendencias en aquel...
Cincuenta meses en Moscúformidad proletaria, María Cano; con el insupera-ble saturador de la mística revolucionaria, Tomás...
Ignacio Torres Giraldopugnaban por imprimirle fisonomía al Congreso –oquizás más exactamente– sus puntos de vista a lasdel...
Cincuenta meses en Moscúimportantes recomendaciones, como aceptó en con-diciones semejantes un partido socialista del Ecua...
Ignacio Torres Giraldoprograma de partido, y también para elegir una de-legación fraternal del pueblo trabajador colombian...
Cincuenta meses en Moscúcooperación con los militares revolucionarios libe-rales, el levantamiento en armas proyectado, ba...
Ignacio Torres Giraldola sazón me hallaba nuevamente en la prisión). ElComité central, designó asimismo la delegación fra-...
Cincuenta meses en Moscú    Por aquel tiempo no se me permitió volver a Calien donde yo tenía mi base principal de trabajo...
Ignacio Torres Giraldodescabelladas, inspiradas únicamente en el interésde sobresalir en la escena insurreccional; en otra...
Cincuenta meses en Moscú    Sin embargo, desde el primer día de calabozo(como me había sucedido en los todas las cárceles)...
Ignacio Torres Giraldoorganización de la Liga anti-imperialista de Colom-bia como una sección de la Liga mundial. Y comonu...
Cincuenta meses en Moscú              50 meses en Moscú   (En rigor como se verá en estos relatos, estuve enMoscú 53 meses...
Ignacio Torres Giraldodesagradar a muchos teóricos y políticos tradicio-nalistas, pero que son hechos lógicos en la transi...
Cincuenta meses en Moscú         Mis primeras impresiones          en la tierra de los Soviets   Salí de Berlín en un tren...
Ignacio Torres Giraldomaletín de cuero con los enseres de urgencia y laslecturas indispensables. En un vasto salón de laad...
Cincuenta meses en Moscú   —Sí, camarada.   —¿Le pareció bonito el cuarto?   —Sí, camarada.   Y, girando con gracia sobre ...
Ignacio Torres Giraldoban, oratorios particulares y una capilla tan ampliaque ahora se utiliza como salón de actos de los ...
Cincuenta meses en Moscú    El intérprete debía venir por mí para la instala-ción del pleno que habría de iniciarme en las...
Ignacio Torres Giraldoductor me asistía solamente en actos sociales. Elidioma castellano constituía un caso raro desde laf...
Cincuenta meses en Moscú    Según el temario, el pleno debía examinar la nue-va situación creada entre las masas trabajado...
Ignacio Torres Giraldopasaban de nueve millones. En cambio, en la UniónSoviética hacían falta trabajadores.    Lozovsky in...
Cincuenta meses en Moscú   El tercer día del Pleno, es decir, el 17, al abrirse laprimera sesión, se acercó a mí pupitre e...
Ignacio Torres Giraldolas Columnas que fue por la época del zarismo unclub de nobles y que después de la Revolución pasóa ...
Cincuenta meses en Moscúrancia ante el método del análisis creado por Marxy Engels, Lenin y Stalin. Llegué después del fra...
Ignacio Torres Giraldolos deportes de invierno; pistas de esquiadores quevolaban sobre las alas de madera; suelos de nieve...
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Ignacio Torres Giraldomos a un mitin celebrado en un club obrero en elcual hablamos el italiano, el alemán y yo. Los cama-...
Cincuenta meses en Moscúun poblado, arriba del Volga, por la que llevamos setoma el cauce del río, bajando.   Y realmente,...
Ignacio Torres Giraldoregión introdujo esta variante en el plan: como us-ted habla un poquito de alemán, tendrá quienes le...
Cincuenta meses en Moscúno podía conversar con nadie y esto me mortificaba.Algunas obreras me rodearon y querían que las e...
Ignacio Torres Giraldo   Siendo que mi estadía en la Unión Soviética esta-ba ya determinada en medio de medio año aproxi-m...
Cincuenta meses en Moscú   El trabajo de los bolcheviques aumentaba cadadía en magnitud y responsabilidad. Era necesarioat...
Ignacio Torres Giraldoto que escribió Lenin. Sabía que los comités de tie-rras y luego los Soviets de las aldeas la habían...
Cincuenta meses en Moscú   ¿Porqué se permitían los Soviets esta larguezacon los Kulak? Porque hasta 1929 no existía unapr...
Ignacio Torres Giraldoinfluenciados por la propaganda soterrada de lasoñada restauración capitalista, cedían con facili-da...
Cincuenta meses en Moscúbotaje por la base en forma muy hábil: recogieron yocultaron la moneda pequeña, de uno dos, tres, ...
Ignacio Torres Giraldo   Como terminara el invierno, me toco ver el pri-mer deshielo. Moles como montañas blancas semovían...
Cincuenta meses en Moscúademás de las líneas usadas para cambios y manio-bras de trenes, existen las llamadas «líneas muer...
Ignacio Torres Giraldolas de recepciones ricamente decoradas, los pasillosdecorados con verdaderas joyas de arte en mármol...
Cincuenta meses en Moscúhumillada por las castas militares y en general so-metida al yugo del régimen imperial, era ya una...
Ignacio Torres Giraldola ciudad y en todas partes se les trataba con el mis-mo lenguaje de las fábricas. Esto naturalmente...
Cincuenta meses en MoscúRepública Soviética de Crimea es el objetivo masapropiado —en la Rusia europea— para estudiar afon...
Ignacio Torres Giraldo    En este Congreso, lógicamente, se hallaban lasfiguras revolucionarias más importantes del mun-do...
Cincuenta meses en Moscúsideraba, sin embargo, necesario hacer de ella unestudio posterior relacionado con su adaptación a...
Ignacio Torres Giraldoel prestigioso jefe mexicano Campa, que ocupabasitio a mi lado, me preguntó:    —¿Tiene usted aquí l...
Cincuenta meses en Moscú   Empezaba el otoño de 1930. Grupos de dirigen-tes revolucionarios extranjeros salían a diferente...
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Cincuenta meses en Moscú De la Conferencia Latinoamericana de Moscú a      la caída de la monarquía en España   Terminada ...
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Cincuenta meses en MoscúHombres y mujeres alzando la cosecha en caminohacia las trojes.    Habíamos llegado antes del medi...
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50 meses en moscu

  1. 1. Cincuenta meses en Moscú Ignacio Torres Giraldo
  2. 2. Universidad del VallePrograma EditorialTítulo: Cincuenta meses en MoscúAutor: Ignacio Torres GiraldoISBN: 958-670-Primera ediciónRector de la Universidad del Valle: Iván Enrique Ramos CalderónDirector del Programa Editorial: Víctor Hugo DueñasDirector de la Colección Clásicos Regionales: Darío Henao RestrepoEditora de la Colección Clásicos Regionales: Ida Valencia OrtizDiseño de carátula: Andrés Téllez SaavedraDiagramación: Andrés Téllez SaavedraImpresión y terminado: Impresora Feriva S.A.© Universidad del Valle© Ignacio Torres GiraldoUniversidad del ValleCiudad Universitaria, MeléndezA.A. 025360Cali, ColombiaTeléfonos: (57) (2) 3212227 - 339 2470E-mail: vhduenas@univalle.edu.coEste libro o parte de él no puede ser reproducido por ningún mediosin autorización escrita de la Universidad del Valle.Cali, ColombiaOctubre de 2005
  3. 3. El autor resume estos relatos así: “Lo que yo vi, oí y entendí en la Unión Soviética” Y Como el autor vivió, estudió, trabajó y además ocupódestacada posición política en el gran País de los Soviets, sus relatos tienen singular importancia. Los editores
  4. 4. IgnacioTorres Giraldo: un veterano dirigente obrero (síntesis autobiográfica) Torres Giraldo nació en Filandia (Viejo Caldas),el 5 de mayo de 1893. Al iniciarse el año de 1911 entré como aprendizde sastrería en la ciudad de Pereira, cabecera de laentonces provincia de Robledo. En tal año asistí auna reunión de obreros y artesanos que tuvo lugaren un taller de carpintería, para conmemorar –porprimera vez en Pereira– el primero de Mayo, comodía mundial de los trabajadores. Daba yo el primerpaso del campo liberal tradicionalista al frente declase del proletariado. Leía ya autores socialistasfranceses e italianos y algunos ensayos de argenti-nos y chilenos, que por lo menos expresaban interéspor los problemas sociales. Discutía con los mucha-chos inconformes de mi generación y, con sobradatemeridad, escribía en los pequeños periódicos dellugar. Desde entonces empecé a participar en acti-vidades obreras.
  5. 5. Ignacio Torres Giraldo Conocí la conferencia dictada por el general UribeUribe en el Teatro Municipal de Bogotá en 1.904,sobre Socialismo de Estado (que daba informacio-nes interesantes sobre el movimiento obrero en Eu-ropa), y diversas páginas escritas por el Dr. MurilloToro a mediados del siglo XIX, en controversia conlos elementos retrógrados que se oponían en esaépoca al progreso económico, social y político delpueblo colombiano. En 1914 me impresionó profundamente el asesi-nato vil del líder socialista francés Jean Jaurés, ycuando estalló, en aquel año, la primera guerraimperialista mundial, me sentí afiliado al pacifismoyoreísta. Es decir, a un socialismo utópico, un socia-lismo sin salida revolucionaria de las masas, sinperspectiva en el plano del sistema capitalista encrisis. Pero de todos modos, el socialismo que yoempezaba a conocer. El 15 de Octubre de 1.916 fundé y dirigí en la ciu-dad de Pereira, el periódico liberal-populista de ten-dencia obrera llamado El martillo en el cual, ayu-dado por escritores de izquierda libré recias campa-ñas a favor del pueblo; sostuve mi posición pacifis-ta frente a la guerra, y en todo momento clamé porla beligerancia de las masas en los problemas nacio-nales. Al evocar el recuerdo del periódico El martillo,me considero obligado a mencionar los nombres delas personas que conmigo estuvieron más vincula-das a él: Benjamín Tejada Córdoba, pedagogo, es-critor, miembro de la Academia de Historia deAntioquia; Antonio Uribe Piedrahita, ingeniero; JuanB. Gutiérrez, médico; Alonso Restrepo, ingeniero;Antonio Isaza Palacio, carpintero y ebanista, hom-8
  6. 6. Cincuenta meses en Moscúbre culto y escritor activo; Juan Bolívar, obrero sas-tre; Ricardo Sánchez, fotógrafo. El martillo publicóla primera producción de Luis Tejada, el magníficocronista nacional que fue de los primerosdivulgadores del comunismo en Colombia y el másfino aunque muy necrólogo de Lenin, precisamentecon motivo de la muerte del pensador uruguayo JoséEnrique Rodó y por mucha insistencia mía que fuisu amigo como sigo siéndolo aún de su familia. El martillo fue rudamente hostilizado por losgamonales de Pereira en aquella época, al punto deverme obligado a suspenderlo en 1.917 para emi-grar hacia tierras del Cauca. Al final de tal año co-nocí, alborozadamente, las noticias de la gran Revo-lución victoriosa del pueblo ruso. Sin embargo, unainformación que me pudiera dar el panorama realde aquella batalla decisiva de la Historia, no la po-dría obtener sino en la marcha del tiempo. Con todo,desde aquel momento fui un partidario sin vacila-ciones del camino ruso-soviético de la Humanidad. En 1.918, unido a un grupo de personasradicalizadas al impulso de los acontecimientosmundiales, participé en la organización de un lla-mado Directorio Socialista del Cauca, con sede enPopayán. Este comando que obedecía más al des-contento popular, que a la existencia de un movi-miento revolucionario en marcha, pretendía hacer-se fuerte en el litoral Pacífico, con miras a unirsecon los focos similares que agitaban a las masas enel interior del país y en las costas del Atlántico. Cla-ro que las personas que llevaban entonces la divisade socialistas en el Cauca, no componían propia-mente un colectivo proletario. Allí estaban Francis-co José Valencia, radical-socialista de principios e 9
  7. 7. Ignacio Torres Giraldoinfluencias franceses; Esteban Rodríguez Triana,estrictamente radical, y diversos profesionales, pe-queños empresarios, artesanos y obreros de peque-ños talleres. Pero este Directorio» –que llegó a tener260 afiliados inscritos en 1.919– fundó el periódicosemanal La ola roja, cuya principal tarea consistíaen popularizar el sistema soviético que, según nues-tra expresión habitual, venía de las estepas rusascomo una ola sobre el mundo. En aquellos años de 1918 y 1919, leí por primeravez a Carlos Marx en El capital que abrevió Deville,El origen de la familia, la propiedad privada y elEstado de Federico Engels, y diversas obras de au-tores también notables, gracias a mi amistad con elmaestro del verso, Guillermo Valencia, cuya esplén-dida biblioteca me surtía de selectas lecturas. Desde 1913 existía en Bogotá una organizaciónque simbólicamente usaba una denominación obre-ra nacional. Dicha organización se había hecho fi-lial de la Federación americana del trabajo, y en1919 nos consultó a Popayán sobre la convenienciade enviar un delegado de su seno a un llamado Con-greso panamericano que debía tener lugar en la ciu-dad estadounidense de Texas. Nosotros hicimos al-gunas objeciones a dicho primer acto internacionalde divisa obrera colombiana, debido a que aquellaentidad que convocaba el Congreso no era amiga delRégimen Soviético instaurado por el pueblo ruso. Sinembargo, admitimos el envío del delegado –que lofue un señor Albarracín de Bogotá–, considerandoque su presencia en Texas nos podría iniciar rela-ciones proletarias de carácter internacional. En 1.919 y 20 escribí y publiqué, bajo seudónimodos folletos de agitación de ideas: Prosas Libres yGritos de Rebelión.10
  8. 8. Cincuenta meses en Moscú Mi posición en la serie de huelgas, manifestacio-nes, actos protestativos de las masas –incluso cam-pesinas– que vivió el país en la crisis de la primerapost-guerra; mis escritos, discursos y sobre todo mipapel de organizador y dirigente de huelgas en laindustria del carbón y en los transportes ferrovia-rios del occidente colombiano, me dieron cierta no-toriedad en la ciudad de Cali. En 1922 viajé de incógnito a Guayaquil, Ecua-dor, por insinuación de un grupo de cooperativistasllamado Solidarismo, con cuyas luces ayudé a or-ganizar algunas cooperativas en 1925, en Cali y enMedellín una en 1927. En 1923 me radiqué en Cali, y por el término decuatro años participé en la organización de variossindicatos, y en la preparación y dirección de dife-rentes huelgas. En 1924 pertenecí a la redacción delperiódico semanal El obrero del Valle, y al mismotiempo dirigía un centro comunista clandestino fun-dado en aquella región, que luego entró en relacio-nes con centros similares que nacían en Medellín,Cartagena, Ciénaga, Santa Marta y otros lugares.Estos embriones de comunismo que tenían más uncarácter de información teórica, estaban centraliza-dos en Bogotá, en donde un grupo de revoluciona-rios encabezados por Tomás Uribe Márquez, PepeOlózaga, Silvestre Zawisky y no pocos obreros y es-tudiantes influenciados por los Soviets, empezaba adifundir las primeras ideas. En 1.925 asistí a un Congreso obrero nacionaldel cual se me hizo presidente. Allí sostuve la nece-sidad de vertebrar el movimiento proletario que sedesarrollaba en el país, creando un organismo inde-pendiente de dirección centralizada y naturalmente 11
  9. 9. Ignacio Torres Giraldodefiniendo por completo su orientación clasista.Sobra decir que había diferentes tendencias en aquelCongreso; pero encima de ellas estaba el interés uná-nime de crear los vínculos de la unidad de los traba-jadores colombianos. Como es obvio, los dirigentesde las tendencias nos hicimos concesiones, y llega-mos a la conclusión de fundar la Confederación obre-ra nacional (La con), de la cual se me eligió primerSecretario general. La con, tendría sede rotaria decongreso a congreso entre las capitales de los de-partamentos que adquirieran mayor impulso en laorganización y la lucha de las masas. La con, a soli-citud mía, pidió su adhesión a la Internacional sin-dical roja, que tenía su sede en Moscú, liquidandode hecho la afiliación que la organización de Bogotátenía en la Federación americana del trabajo, ins-trumento ya muy evidente de la política del imperia-lismo yanqui en este continente. Obstruido por la reacción (que lo sitió por care-cer de imprenta) el periódico El obrero del Valle, elmovimiento proletario que con otros revolucionariosdirigía yo en Cali, Los iguales –grupo pro-marxistacreado en 1.923– creó una sociedad tipográfica, ad-quirió una modesta empresa editora, y pudo así sa-car a la luz el semanario de combate La humani-dad, utilizando el nombre de L´humanité, órganocentral de publicidad del Partido Comunista Fran-cés, fundado por Jean Jaurés en los mejores tiem-pos del socialismo en Europa. Este semanario lo di-rigí hasta 1.928. Vinculado estrechamente con los más activosagitadores, propagandistas, organizadores y dirigen-tes del movimiento popular en Colombia, principal-mente con la extraordinaria agitadora de la incon-12
  10. 10. Cincuenta meses en Moscúformidad proletaria, María Cano; con el insupera-ble saturador de la mística revolucionaria, TomásUribe Márquez, actúe con decisión y energía en casitodas las acciones importantes del pueblo trabaja-dor, en un período caracterizado por grandes accio-nes de masa en el país. En 1.926 –como Secretario de La con– estuve enPanamá, informándome discretamente de algunosproblemas. A raíz de este viaje, y con la ayuda dellíder estudiantil cubano, Julio Antonio Mella y delmarinero Boliviano, José González Arce (que estu-vo en Colombia), contribuí a organizar la Seccióncolombiana de la Liga mundial anti-imperialista,de la cual fui su dirigente. En 1.926, cuando nos movíamos dentro de unacurva ascendente y la fuerza de los hechos nossituaban frente a situaciones difíciles, reunimos unnuevo Congreso obrero nacional el cual presidí enBogotá, donde además de las representaciones di-rectas de los organismos de masa y de clase, teníaen su seno, con carácter de invitados especiales, aclaros exponentes de todas las fisonomías de izquier-da, incluso de antiguos militares liberales que se sen-tían atraídos por el oleaje del pueblo. Presidí tam-bién este Congreso que realmente era una conven-ción nacional-revolucionaria del pueblo, desde lue-go insuficientemente preparada y confusamente di-rigida. En dicho Congreso, como era lógico, se revela-ron diferentes tendencias, que no eran ya las mis-mas que operaron en 1.925: radical-socialista,anarco-sindicalista, pro-soviética y puramente libe-ral-obrerista. Aquí se trataba de tendencias paranosotros nuevas, en lo general. Estas tendencias que 13
  11. 11. Ignacio Torres Giraldopugnaban por imprimirle fisonomía al Congreso –oquizás más exactamente– sus puntos de vista a lasdelegaciones, tenían no obstante una idea común:la de crear un partido político del pueblo. Un hechointeresante que debe ser subrayado, es que no exis-tía en ninguna delegación ni dirigente el espírituelectorero, y por consiguiente se podía discutir, in-cluso para caer en errores, en la más absoluta segu-ridad de honestidad y buena fe. Yo, personalmente, me inclinaba a la fundaciónde un partido comunista en Colombia. Pero vacila-ba por temor de vernos reducidos numéricamente.Expresé, en círculos de amigos, la posibilidad de queadoptáramos el nombre de Partido Obrero. Pero ungrupo compuesto por delegados principalmente deBogotá, que no tenía la vocería de ninguna organi-zación de empresa grande, de ningún sector funda-mental del pueblo trabajador de las ciudades o delcampo, insistió con tal violencia sobre la idea de crearel partido comunista conforme a las normas de laTercera Internacional, que me hizo desechar, por elmomento, el honor de usar ostentosamente la divi-sa comunista. Y, por consiguiente, la importanciade acogernos a un nombre de transición, que nopodía, en ese instante, ser otro que aquel que reco-giera el pensamiento socialista que flotaba en el paísdesde hacía varios años, y el revolucionario que im-pulsaba las acciones crecientes de las masas. Y fue así como nació –por iniciativa de Franciscode Heredia– el Partido socialista revolucionario(PSR), de cuyo secretariado hice parte. No voy a juz-gar aquí sino únicamente a decir que yo propuse suadhesión a la Internacional Comunista, adhesiónque aceptó el Congreso Mundial de 1.928, previas14
  12. 12. Cincuenta meses en Moscúimportantes recomendaciones, como aceptó en con-diciones semejantes un partido socialista del Ecua-dor, y varias otras organizaciones partidistas depaíses coloniales y semi-coloniales agitados por lacrisis general del sistema capitalista y por sus pro-pios problemas. En 1927 estábamos abocados a una implacablereacción. Había pasado la segunda huelga desas-trosa de los campos petroleros de Barrancabermeja,hecho que inevitablemente tenía que contrarrestaren el panorama nacional, en mucha parte, los nue-vos éxitos obtenidos en varios frentes de la lucha,sobre todo entre los ferroviarios que acababan deganar una espléndida victoria en las líneas del Pací-fico. Acababa de cumplir mis primeras prisiones,iniciadas en Tunja y continuadas luego en Cali yManizales; María Cano, Tomás Uribe Márquez yotros destacados dirigentes del pueblo habían sidosacados, mano-militar, del departamento de Boyacá;el caudillo anarco-socialista, entonces popular en elpaís y muy prestigioso a lo largo del río Magdalenay sobre todo en las petroleras, Raúl EduardoMahecha, estaba en la cárcel junto con un grupo desus colaboradores. En esta situación que seagudizaba más a cada día, creció y llegó a predomi-nar en los cuadros de dirección del socialismo revo-lucionario, la tendencia insurreccional que no veíaotra salida que no fuera la de un levantamiento enarmas. Tal era, a grandes rasgos trazado, el panoramadel medio en que vivíamos en el citado año de 1.927,cuando se reunió, en la entonces población de Ladorada, la primera Convención del socialismo re-volucionario (PSR), con el propósito de lanzar un 15
  13. 13. Ignacio Torres Giraldoprograma de partido, y también para elegir una de-legación fraternal del pueblo trabajador colombianopara que asistiera a la celebración del décimo ani-versario de la Gran revolución soviética triunfanteque debía realizarse en Moscú en los días 7 y 8 deNoviembre. Esta Convención se instaló bajo la di-rección de un presidium, destacándose en él TomásUribe Márquez quien había sido su principal orga-nizador, y que era al mismo tiempo el adalid de latendencia insurreccional del socialismo. La primera vez que yo intervine en la citada Con-vención, para plantear un vasto problema de cam-pesinos-colonos que sufrían la coyunda de una oli-garquía latifundista denominada Sociedad de Burilacon sede a la sazón en Manizales y cuya figura prin-cipal, Dr. Daniel Gutiérrez y Arango, era nada me-nos que gobernador en el departamento de Caldas,fuimos asaltados, de noche, por fuerzas de policía(previa y sigilosamente concentradas en la regiónpor el gobierno nacional) y los convencionistas con-ducidos en masa a una inmunda prisión, sin el me-nor respeto y consideración siquiera para MaríaCano que procedía de un hogar eminentísimo deAntioquia, y que con méritos sobresalientes repre-sentaba a la mujer colombiana en el movimiento deliberación. Sin embargo, el socialismo revolucionario teníatodavía el prestigio de su fuerza, y gracias a ese pres-tigio y con la intervención de parlamentarios de iz-quierda (estaba entonces reunido el Parlamento),obtuvimos la libertad en el curso de una semana. Y,de todas maneras, parte elaboradas en la cárcel yparte fuera de ella, la Convención adoptó las siguien-tes principales decisiones: 1) la creación de unaComisión conspirativa central que organizara, en16
  14. 14. Cincuenta meses en Moscúcooperación con los militares revolucionarios libe-rales, el levantamiento en armas proyectado, bajo laresponsabilidad política de Tomás Uribe Márquez.2) la Comisión que redactara un proyecto de pro-grama del partido, de la cual se me hizo responsa-ble. 3) la elección de un Comité central ejecutivo delsocialismo con atribuciones, entre otras, de desig-nar la delegación a Moscú. De paso, doy aquí algunos de los nombres de je-fes liberales que intervenían en la tendenciainsurreccional del Partido Socialista Revolucionario:general Cuberos Niño, por los Santanderes; generalSalazar, por Cundinamarca; general Socarrás, porel Magdalena y varios generales del Tolima, de loscuales trasladamos al departamento de Antioquia auno de apellido Trujillo, muy vinculado con amigosde armas a lo largo del río Magdalena, principal-mente en Honda, La dorada, Barrancabermeja yPuerto Wilches. En Santa Marta y Barranquilla, asícomo en Pasto, Neiva y otros centros de importan-cia, existían comandos militares que obedecían aBogotá y sobre todo al general Cuberos Niños. El Comité Central Ejecutivo que eligió la Conven-ción de La dorada, encontró serias dificultades ensus labores, por falta de personas, sino preparadasa las menos relativamente entrenadas en la lucha.Además, porque fue rápidamente desintegrado porla prisión de algunos de sus miembros. No obstan-te, en sus primeros días de trabajo, acogió un ante-proyecto de programa que yo elaboré, dándole uncarácter esencial de material de agitación y que lue-go fue publicado sin una necesaria discusión, en-tiendo que no por la dirección sino por la personaencargada de la propaganda (y digo esto porque a 17
  15. 15. Ignacio Torres Giraldola sazón me hallaba nuevamente en la prisión). ElComité central, designó asimismo la delegación fra-ternal a Moscú, siendo de anotar aquí que no huboentonces ningún espíritu de turismo en las perso-nas que dirigíamos el movimiento, y por consiguienteninguna candidatura postulada en miembros des-tacados de la dirección nacional. Poco después de pasada la Convención de Ladorada, el movimiento de masas en Colombia, Lacon, el PSR y la red conspiradora, pasó a ser dirigi-do por «hombres de confianza», no solamente a cau-sa de que la reacción desintegraba y destruía loscolectivos dirigentes, sino –y principalmente– por-que la tendencia insurreccional había absorbido parasí todas las funciones de comando que no ejercíasino por medio de «sus hombres». A este propósito,debo señalar un fenómeno lógico que consistía en elhecho de que, mientras los «conocidos agitadores»de las masas estábamos de ordinario en las cárce-les, los presuntos golpistas se podían mover en elpaís envueltos en sus capas de «personas de orden»,a veces rodeados de garantías, y naturalmente ali-gerados en el estilo del trabajo clandestino. Desde 1.926 hasta mediados de 1.929, estuve yohabitando, la mayoría del tiempo, diferentes prisio-nes. Esta situación explica que muchos actos, cam-bios y modificaciones que se operaron en la direc-ción central, sobre todo a partir de 1.927, fueran paramí conocidos a mucho tiempo después y a veces sólode manera fragmentaria. Por ejemplo: tanto el PSRcomo La con enviaron delegados a congresos inter-nacionales que tuvieron lugar en Moscú durante elaño de 1.928, sin que yo tuviera de ello el menor co-nocimiento previo.18
  16. 16. Cincuenta meses en Moscú Por aquel tiempo no se me permitió volver a Calien donde yo tenía mi base principal de trabajo, eincluso mi familia. Intenté llegarme por la vía delQuindío y fui detenido en Armenia y luego amarra-do y conducido por un pelotón de fuerza armada através de Zarzal, Cartago y Pereira a la cárcel deManizales. Esta detención en Armenia fue utilizadapor la policía para detener en el mismo día y nochea 117 trabajadores acusados de tener conexionesconmigo. A pesar de todo, en los pequeños interva-los de libertad, viajaba a zonas de actividad, y fueasí como estuve en asocio de María Cano y otrosdirigentes, en diferentes lugares de Santander, el ríoMagdalena y los tres departamentos del Atlántico.Y debo subrayar aquí, que la fuerza política princi-pal que movilizaba al pueblo por la senda revolucio-naria, era la propaganda que hacíamos al sistemasoviético instaurado por los trabajadores rusos ensu país. A fines de 1928 preparábamos la huelga de lostrabajadores de la Zona Bananera, que sabíamossería un acontecimiento nacional, no sólo por sucarácter anti-imperialista sino porque, dada la si-tuación del momento, conmovería profundamenteel frente revolucionario del pueblo colombiano. Estahuelga, según algunos dirigentes, debía coincidir ymás aún, servir de fondo, de factor de impulso yextensión al movimiento popular por la toma delpoder, hecho que suponíamos podría verificarse en1929. Naturalmente, estos esquemas en mucho ar-tificiales, se veían contrariados por hechos que de-mostraban, entre otras cosas, el caos que crecía enlos comandos centrales. En algunas partes los cau-dillos liberales menores se adelantaban en acciones 19
  17. 17. Ignacio Torres Giraldodescabelladas, inspiradas únicamente en el interésde sobresalir en la escena insurreccional; en otraseran los líderes de masas, celosos de perder sus po-siciones directivas los que jugaban a la aventura.La huelga de la Zona Bananera fue una gran bata-lla precipitada por Mahecha contra expresas direc-tivas que había recibido: 1) para organizar en comi-tés seccionales de lucha a la mayoría de los trabaja-dores que estaba desorganizada. 2) para crear unfondo de resistencia que no existía. 3) para fortale-cer la dirección central en la región. 4) para coordi-nar la solidaridad en el país. Yo estaba en Bogotá rindiendo un informe sobrela situación en las bananeras, cuando leí, extraordi-nariamente sorprendido, el estallido de la huelga.Me trasladé a Medellín y allí, en asocio de María Canoy los dirigentes departamentales, traté de influir enla opinión popular y en las organizaciones proleta-rias, actos de solidaridad. Luego del fracaso pasé aocupar una celda de la prisión, igual que muchoscamaradas medellinenses, entre los cuales estabatambién María Cano. Seis meses después de la histórica huelga obtuvelibertad provisional y secretamente me trasladé a laZona Bananera con instrucciones de reconstruir lasorganizaciones proletarias en condiciones clandes-tinas y por todos los medios alentar a la masa. Perola situación era medrosa. El terror de las fuerzasarmadas puestas al servicio de la United FruitCompany, me obligaba a moverme bajo la sombrade la noche y de las plantaciones, y cuando viajéocultamente a Santa Marta para conectar allí la di-rección del trabajo, fui delatado y con gran desplie-gue de fuerza hecho prisionero.20
  18. 18. Cincuenta meses en Moscú Sin embargo, desde el primer día de calabozo(como me había sucedido en los todas las cárceles)pude servirme de algunos guardianes y policías paraestablecer comunicación con los camaradas libres.Y como aquella prisión podría acarrearme una con-dena más o menos larga, convinimos en sostenerque yo iba con el propósito de tomar un barco paratrasladarme a Panamá. (Realmente, nos pareció elmedio más eficaz de volver al país, entrando porBuenaventura para actuar en mi base de Cali). Elpropio comandante de la policía departamental megestionó los papeles de emigración. Y, después deunos días, con escolta dirigida por el mismo coman-dante, al filo de la media noche del 25 de agosto de1929, subí al puente de una nave. Esta nave no tocóen ningún puerto del continente. Luego de muchoinvestigar, supe que mi pasaporte lo llevaba el capi-tán y que, por haberse negado a visarlo el cónsulpanameño y con él todos los representantes de lospaíses centroamericanos residentes en Santa Mar-ta, el encargado de negocios de Holanda lo habíavisado. Más tarde he sabido que todo este hilo lomanejó un personaje de apellido Páramo que obra-ba por cuenta de la United Fruit Company, comosupe en alta mar que viajaba en una embarcaciónfrutera perteneciente a esa poderosa compañía. Después de 24 días de navegación llegué a Ho-landa. Y muy a pesar de que viajaba sin ningunacredencial, me dirigí a Berlín, donde tenía su sede laLiga mundial antiimperialista. Obraba lógicamen-te, puesto que desde 1925, en contacto con el líderestudiantil cubano Julio Antonio Mella, y gracias ala colaboración de un emigrado boliviano de apelli-dos Gonzáles Arce, había dirigido, desde Cali, la 21
  19. 19. Ignacio Torres Giraldoorganización de la Liga anti-imperialista de Colom-bia como una sección de la Liga mundial. Y comonuestra labor en ese frente tuvo alguna repercusión,era razonable que podría identificarme en la supre-ma dirección. Una vez en Berlín, supe que la Internacional sin-dical roja, en su Congreso de 1928, luego de reco-nocer a La con como su sección, me había elegidomiembro de su Comité ejecutivo mundial –de suPresidium– y que, precisamente, en diciembre de1929 dicho Comité celebraría una reunión especial.Entré, era obvio, en contacto con Moscú, y fue asíque pude contestar a lista el 15 de diciembre en elPalacio del Trabajo, a orillas del río Moscova. Ignacio Torres Giraldo22
  20. 20. Cincuenta meses en Moscú 50 meses en Moscú (En rigor como se verá en estos relatos, estuve enMoscú 53 meses; y en mayor rigor todavía, no lospasé todos en Moscú sino también en viajes de es-tudio por la parte europea de URSS, como se veráasimismo en los relatos). Al lector: Después de muchos años de haber escrito misrelatos sobre la URSS, he vuelto a pasar los ojos através de los originales de primera mano, y muy apesar de que son ellos la fotocopia de la Unión So-viética en el período excepcionalmente tormentosodel primer Plan Quinquenal (1929 a 1934), es decir,ya lejano en la marcha de la historia y el espléndidodesarrollo del Mundo Socialista, conservan toda sufidelidad, vigor y colorido, al punto de verse en ellosla Unión Soviética de 1958 en la misma fotocopiaapenas ampliada para el tiempo. Estos relatos sobre la URSS no pierden actuali-dad jamás, porque no son apuntes bonitosliterariamente, ni fugaces de turismo frívolo, sinoenfoques de pulso firme y plena luz natural a la fazde grandes realidades históricas, que bien pueden 23
  21. 21. Ignacio Torres Giraldodesagradar a muchos teóricos y políticos tradicio-nalistas, pero que son hechos lógicos en la transi-ción que vive la humanidad a partir de 1917, y queyo presento aquí limpiamente por los cauces del de-sarrollo hacia el futuro. No hay en estos relatos ninguna tesis propia, nin-gún diseño de arquitectura social nueva, ningunateoría sobre el nuevo tipo humano que forja la revo-lución proletaria, porque todo esto vive y marcha enla URSS, y porque sobraría —como simple pedante-ría intelectualista— el intento de crear lo creado: lateoría de la revolución. Mi tarea se limita —despuésde ver, oír y entender— a decir la verdad, la desnu-da verdad, objetiva y subjetivamente, como puedecomprobarla y decirla, honorable y sinceramente,quienes, como yo, vivan, trabajen y estudien en laUnión Soviética, con criterio independiente de gen-te emancipada de la vieja mentalidad tradicionalis-ta, dogmática, patronal. Ordené y escribí estos relatos —con base en misapuntes y recuerdos— en los años 1938 y 1939. En1942 les agregué una «Posdata» y, además, confec-cioné un prólogo que ahora creo importuno publi-car en una primera edición, por lo cual decidí am-pliarlo así, brevemente, con esta nota al lector. Elcitado prólogo —que podría ser guía de mayor com-prensión ideológica de mi comportamiento en laURSS—, no es, en rigor, necesario al lector, más in-teresado en la Unión Soviética, en sus múltiplesfacetas, que en la historia de las ideas sociales y po-líticas en que intervine yo, antes de ir a Moscú. Medellín — 1958 Ignacio Torres Giraldo24
  22. 22. Cincuenta meses en Moscú Mis primeras impresiones en la tierra de los Soviets Salí de Berlín en un tren internacional dotado decoches cana, tripulado hasta Riga, capital deLetonia, por trabajadores alemanes. En esta ciudadtrasbordé un tren ruso, de ruedas más altas, tripu-lado por trabajadores soviéticos. Habiendo ya pa-sado la línea fronteriza de varios países y natural-mente llenando los requisitos de rigor, llegaba a lalínea de los Soviets. ¡Me di buena cuenta de elloporque la masa de viajeros se agitó, y porque, co-rriendo la cortina de la ventanilla, pude ver, a travésdel vidrio, un majestuoso arco rojo que cubría, a re-gular altura, las diferentes vías férreas que cruza-ban la estación de aduana, y porque sobre el arcoflameaba la Bandera del Martillo y la Hoz! Sentí granalegría. Y quizás estaría ensimismado ante el mun-do que tenía delante, porque me sorprendió la vozde un empleado que venía por mi equipaje. Llevaba yo una maleta de regular especto surti-da en Berlín con ropa de invierno y el inseparable 25
  23. 23. Ignacio Torres Giraldomaletín de cuero con los enseres de urgencia y laslecturas indispensables. En un vasto salón de laaduana estaban los equipajes alineados, abiertas lasmaletas y diseminada la gente. Aquello parecía unmercado. En tres escritorios trabajaban tres emplea-dos envueltos en gruesos abrigos color de hoja seca.En presencia de éstos, parejas de revisores realiza-ban el chequeo, provistas de papeles que iban regre-sando a sus dueños. Realmente era minucioso. Lle-garon a mí, me entregaron el pasaporte abierto en lapágina donde estaba el sello de la visa, metieron lasmanos por los extremos de la maleta, me miraronde modo agradable y siguieron a otra parte. Pocodespués, un mismo revisor alzó mi equipaje y mar-chando a mi lado lo instaló en el coche correspon-diente; me dijo algo en ruso que no entendí pero quesentí como de cariño; le extendí la mano. Llegué a Moscú en pleno invierno. Entonces es-taba amaneciendo a eso de las nueve de la mañana.En la estación me esperaba un colombiano con unautomóvil oficial. Me condujo al hotel Brístol quedespués se llamó Hotel Unión. Allí me tenían uncuarto amoblado. Luego fui, acompañado por unintérprete que me habían enviado, al Palacio del Tra-bajo, a la Secretaría de la Internacional Sindical Roja.Una empleada que frisaba posiblemente los 30 años,me recibió. Tenía aspecto de mujer sufrida, y cuan-do me enfocó con una mirada dulce, le vi los ojosclaros de agua marina en su cara de rosa un pocomarchita. —¿Siente usted frío?, me interrogó (El intérpretetradujo rápidamente). —No, camarada, le contesté. —¿Ya se desayunó usted? (Eran las 10 de lamañana)26
  24. 24. Cincuenta meses en Moscú —Sí, camarada. —¿Le pareció bonito el cuarto? —Sí, camarada. Y, girando con gracia sobre los tacones, se dirigióa una trabajadora que cerca de nosotros escribía;tomó unos papeles y me los entregó, a tiempo que ledecía algo al intérprete. Y mirándome otra vez metendió su mano diciéndome: —Usted volverá con frecuencia por aquí. El intérprete me entregó los papeles: un carné,una tarjeta y cinco billetes. —Este carné— me dijo—es una especie de carta que lo acredita a usted comoresidente soviético y le confiere todos los derechosde nuestra ciudadanía. Esta tarjeta es su credencialde miembro del Comité Ejecutivo de la Internacio-nal Sindical Roja. Estos cinco billetes —de a cincorublos cada uno— son el estipendio o parte de susgastos personales, estimados a razón de cinco rublosdiarios… —Pero —le interrumpí— en ¿qué debo gastar eldinero? —Un momento. En primer lugar, en alimentos yluego en complementarios de menor importancia. ElHotel se ocupa sólo de su alojamiento y del arreglode su ropa blanca. Claro que no tendrá problemas:aquí mismo hay restaurante. Mientras tanto, bajamos una escalinata de muchoesplendor que naturalmente atraía mi atención. Elintérprete se dio cuenta y creyó del caso explicarme: —Este palacio fue construido por el zarismo, nohace mucho tiempo como puede usted observarloen el estilo, para internado de señoritas de la aristo-cracia, principalmente de la casta militar. Diseñadopara 3 mil alojamientos, tiene, además, espacios queocupaban las religiosas ortodoxas que lo regenta- 27
  25. 25. Ignacio Torres Giraldoban, oratorios particulares y una capilla tan ampliaque ahora se utiliza como salón de actos de los sin-dicatos. Más tarde, haciendo la siesta del primer almuer-zo moscovita en una cama regia, repasaba lo nuevoque se estaba imprimiendo en mi mente como enuna placa fotográfica. La historia del Palacio delTrabajo se reflejaba ante mis ojos como un episodiológico de la revolución triunfante. Pero algo muchomás simple y no por ello de menos trascendencia,revoloteaba en mi cerebro como una mariposa es-parciendo el oro de sus alas. Yo había llegado amuchas ciudades de América y Europa, en todasme habían recibido siempre con estas interrogacio-nes: — ¿Tuvo usted un viaje feliz? — ¿Le parecen muy bellas nuestras playas? — ¿Qué impresión ha recibido usted de la ciu-dad? — ¿No le parece muy hermoso este panorama demar y de cielo? En Moscú encontraba un lenguaje diferente, unlenguaje que no había sido arreglado para turistas,un lenguaje que tenía la virtud de enfocar los pro-blemas del hombre en forma human y que natural-mente tenía un contenido de sinceridad fraternal. —¿Siente usted frío?— ¿Cuál podría ser la cuestión para unsuramericano que llegaba a Moscú en pleno invier-no? —¿Ya se desayuno usted?— ¿Qué podría ser, en su orden, el hecho de mayorimportancia para hallarme debidamente alimenta-do? Ahora, ¿estar bien alojado, no era, en síntesis,enfocar los problemas de la vida humana?28
  26. 26. Cincuenta meses en Moscú El intérprete debía venir por mí para la instala-ción del pleno que habría de iniciarme en las prime-ras horas de la noche. Pero yo tenía, entonces, unatarde libre y mucho interés de ver a Moscú. Salí a laplaza inmediata y de allí, una vez observados lospuntos de orientación, avancé hasta el final del Bu-levar de Pushkin. Regresé al punto de partida y lue-go me tracé una recta por la calle Máximo Gorki,recorrí 6 ó 7 cuadras deteniéndome en cada esquinapara mirar los edificios, los expendios y la gente. De nuevo en el hotel representaba en mí mente loque había visto, o tal vez más exactamente lo que nohabía visto. Realmente era Moscú una ciudad dife-rente. No estaban las calles repujadas de gente; noestaban los cuatro bares, iglesias y cafés en cadaesquina; no rodaban tantas llantas por el pavimen-to. ¿En dónde estaban los cuatro millones demoscovitas? Estaban trabajando, estudiando, prac-ticando deporte, disfrutando de sus teatros, es de-cir, viviendo. Para un «caimán» intermediario de los que olfa-tea negocios, para un pequeño rentado, para un es-critor de alquiler, para un tabernero cesante, paraun aventurero en acecho, para un vago tolerado yen general para toda esa masa de zánganos que lle-nan como enjambre rumoroso nuestros cafés, ba-res, cantinas y prostíbulos, Moscú resultaría detes-table desde su primera mirada. Para mí era admira-ble, sencillamente humano. El único hecho mortificante para mí —y qué lofue durante mucho tiempo— consistía en el idioma.No sabía una palabra de ruso. Hablaba un mal fran-cés y un poco de alemán, pero de nada me podíanservir estos rudimentos en la vida práctica. Mi tra- 29
  27. 27. Ignacio Torres Giraldoductor me asistía solamente en actos sociales. Elidioma castellano constituía un caso raro desde lafrontera franco--alemana. En Moscú residían cua-tro españoles únicamente: un funcionario del Parti-do Comunista Español, de apellido Trillas, que tra-bajaba en el Kominster; el famoso ex-anarquistaRamón Casanellas, exiliado político que trabajabaen la aviación, y dos jóvenes, de apellidos Uribe yArroyo, que unidos a un grupo francés estudiabanen Moscú (Uribe ocuparía el puesto de ministro deAgricultura en el Gabinete Republicano Español de1936 a 1938). Claro que muchos sabios filólogos yespecialistas rusos conocían el idioma de Cervantes.Incluso varios estudiantes latinoamericanos, entreellos dos colombianos, se hallaban por ésa época enMoscú. Pero la diferencia de nuestras funciones nonos ponía en contacto sino muy raramente.Del pleno de la Internacional Sindical Roja a mi primer viaje por el Volga En el que fuera capilla del internado de señoritasaristócratas, se instaló el Pleno de la organizaciónmundial de los sindicatos clasistas. Cerca de mí ocu-paba sitio un líder del Brasil. El negro norteamerica-no Ford estaba en el presidium así como el alemánHeckell, un chino y un ruso. Un representante espa-ñol se acercaba a dos franceses. En general, la casitotalidad de los asistentes se componían de jefes eu-ropeos y asiáticos. Como era obvio, de los países quetenían las mayores masas de trabajadores organiza-das en los sindicatos de clase. En primer lugar laUnión Soviética, Alemania, Francia y China.30
  28. 28. Cincuenta meses en Moscú Según el temario, el pleno debía examinar la nue-va situación creada entre las masas trabajadoras delos países capitalistas con motivo de la terrible cri-sis económica que acababa de estallar, y naturalmen-te trazar las consignas de la resistencia en armoníacon posibles salidas revolucionarias de la gran he-catombe. Lozovsky, jefe máximo de los sindicatos rojos, hizouna extraordinaria intervención de la cual tomé cui-dadosos apuntes. En primer lugar, destrozó las teo-rías de los ideólogos del capitalismo que sostuvie-ron, a raíz de la primera guerra mundial, no sola-mente un nuevo auge o reflorecimiento del sistemacapitalista, sino la entrada a una etapa de estabili-zación planificada que acabaría con la crisis y porconsiguiente cerraría el camino a la revolución. Es-tas teorías que trataban de diseñar un súper impe-rio coordinado en el mundo, y que lograron desper-tar y estimular tendencias derechistas en ciertos gru-pos y dirigentes pequeño burgueses derrotistas, aca-baban de sufrir una derrota estruendosa, empezan-do precisamente por donde se consideraban másinvulnerables, esto es, por los Estados Unidos deNorte América. En segundo lugar, Lozovsky, planteaba el con-traste con el sistema Soviético que no solamentequedaba fuera de la crisis, sino que iniciaba, en mar-cha triunfal, la realización de un gran programa deconstrucción de la nueva sociedad en el primer PlanQuinquenal. Y subrayando el contraste entre lasmasas trabajadoras, citaba estadísticas de origenburgués según las cuales pesaba sobre el mundocapitalista una cifra de más de cuarenta mil millo-nes de trabajadores. En solo Alemania estas cifras 31
  29. 29. Ignacio Torres Giraldopasaban de nueve millones. En cambio, en la UniónSoviética hacían falta trabajadores. Lozovsky indicó la necesidad de que los sindica-tos rojos de los países capitalistas se convirtieranen ejércitos de derecha para impedir que los patro-nos y sus Estados les echaran todo el peso de la cri-sis sobre los hogares proletarios. Destacó las tareasprincipales de la presente etapa, y terminó advir-tiendo que los imperialistas buscarían salidas de susituación no sólo contra sus propias masas sino tam-bién contra los pueblos coloniales y semicolonialespor ellos explotados, y finalmente impulsarían lasfuerzas más agresivas del fascismo con miras al asal-to a la Unión de Republicas Soviéticas. Los problemas planteados por Lozovsky fueronextensamente analizados por países y grupos depaíses. En alguna oportunidad hablé para decir: 1.Que la crisis la crisis había empezado en Colombiadesde 1928 cuando los prestamistas yanquis sus-pendieron los empréstitos y por tal causa se sus-pendieron las obras públicas y millares de trabaja-dores quedaron cesantes. 2. Que nuestro país su-fría, desde tiempo atrás, una profunda crisis agra-ria que nos obligaba a consumir productos agríco-las de procedencia extranjera. 3. Que la catástrofefinanciera de los Estados Unidos de Norte Américaestaba trayendo como consecuencia, la reducción enlos precios de nuestros artículos de exportación, ypor consiguiente el aumento de la miseria en nues-tro pueblo. 4. Que las masas trabajadoras colom-bianas, luego de un auge en la lucha por sus intere-ses, habían sufrido recientemente la masacre oficialorganizada por el imperialismo yanqui en la zonabananera del Magdalena, etc.32
  30. 30. Cincuenta meses en Moscú El tercer día del Pleno, es decir, el 17, al abrirse laprimera sesión, se acercó a mí pupitre el traductorde los jefes alemanes y me leyó, el texto en ruso, unsaludo a Stalin con motivo de sus 50 años. Tomé elpapel y lo pasé a mi traductor para que me lo leyeraen castellano. Era demasiado sencillo ese lenguaje;además estaba escrito a mano y para colmo en unahumilde hoja de papel imprenta, incluso ajada. Real-mente no me agradó. Pensé escribir algo vibrantepara que luego lo tradujeran y pasaran a máquinaen un papel fino. Pero observé que aquel «pergami-no» tenía ya varías firmas. ¡Y qué firmas! ¡Sin cali-grafía, algunas a lápiz y casi todas ilegibles! —No sepreocupe— me dijo el intérprete y agregó —aquí esotro mundo en donde no existen apariencias sincontenido. Para el camarada Stalin, nuestro Jefe in-superable, este saludo es elocuente así porque es sin-cero—. Aplanado por la lección de quien no era unlíder de masas sino un modesto funcionario, tracésobre la humilde hoja de papel mi firma en rojo, y dipor liquidado el «incidente». Al finalizar el Pleno, luego de adoptar una seriede conclusiones de forma unánime, se convino enconvocar, para mediados de 1930 que pronto se ini-ciaba, el V Congreso Mundial de Sindicatos Rojos,previendo que la crisis se agudizaría y las masas severían abocadas a grandes batallas en las cualesjugarían sus organizaciones un papel decisivo. Parapreparar el V Congreso en todos sus aspectos, secreó una comisión en la cual fui incorporado comorepresentante de América Latina. Esta decisión, pro-longaba mi estancia en la Unión Soviética. Pasado el Pleno, los organizadores sindicales deMoscú nos ofrecieron un acto en la celebre Sala de 33
  31. 31. Ignacio Torres Giraldolas Columnas que fue por la época del zarismo unclub de nobles y que después de la Revolución pasóa ser el salón de los obreros moscovitas. Allí pro-nuncié un discurso en el cual decía que lastrasformaciones en 1917 en Rusia, tenían tal signifi-cación mundial, que los pueblos incluso sin expe-riencia en las luchas modernas de clase, como elcolombiano, sentían que la Humanidad había dadoun gran paso adelante, no con las piernas de la bur-guesía sino con las duras y templadas del proleta-riado. En este discurso subrayé mi experiencia en elhecho de que nada movilizaba tanto a las masasoprimidas y explotadas de los países capitalistas ysus colonias, como la divulgación de los extraordi-narios éxitos del pueblo soviético. En este acto de fraternidad internacional, conocía una joven estudiante de ingeniería que fue por untiempo mi noble amiga, y que recuerdo aquí porquemás adelante debo explicar cómo se conciben y sedesarrollan los diferentes aspectos de la amistad yel amor en el país de los Soviets, tema éste que tala-dra los cerebros tropicales y que más de mil vecesme ha sido planteado. Debo advertir, al iniciar esta síntesis de mis ex-periencias en la Unión Soviética, que no fui a Moscúen condiciones políticamente ventajosas. Es decir,no fui en período de auge de nuestro movimiento demasas que realmente declinó en 1928; no fui a raízde una batalla victoriosa; no fui después de habercontribuido a clarificar una posición política mar-xista frente a los problemas colombianos. Llegué aMoscú con el bagaje de mis confusiones teóricas,con mis rudimentarias concepciones en materia deestrategia y táctica comunista, con una espesa igno-34
  32. 32. Cincuenta meses en Moscúrancia ante el método del análisis creado por Marxy Engels, Lenin y Stalin. Llegué después del fracasode la zona bananera que significaba al mismo tiem-po el fracaso del socialismo revolucionario. Lleguécomo un caudillo derrotado. Esta situación, encon-traba cierta prevención en algunos elementos quepensaron ver en mis actos una explicación de loserrores cometidos en Colombia, dejando de lado eltrabajo del análisis histórico objetivo de lo que real-mente pasaba en el complejo de los problemas na-cionales y de clase. Debo decir que no estaba en áni-mo de ningún dirigente soviético esta prevención yque por el contrario me sentí muy estimulado porellos. Fue principalmente un turista sindical francésde apellido Rebatee que vino a nuestro país a finalesde 1928, que no estuvo con los obreros y que sacóuna impresión falsa del panorama de nuestra lu-cha, quién había impreso en las mentes de algunasimaginaciones Latinas, un extraordinario menospre-cio a nuestras masas y sus dirigentes. A pesar de todo, no salí mal librado en los exten-sos informes que rendí, durante varios años, prime-ro ante la Secretaria General de la Internacional Sin-dical Roja, es decir, ante Lozovsky y sus inmediatosayudantes, y luego ante la Internacional Comunis-ta, o sea ante su jefe inmediato, camaradaMunuitsky, y sus secretarios. De paso debo deciraquí que Munuitsky fue quien más me estimuló enMoscú, incluso otorgándome cargos y distincionesque lo habían recaído antes en ningún líder latino-americano. A mediados de 1930, la temperatura en Moscúoscilaba en 30 y 35 grados bajo cero centígrados.Sobre el cauce del río Moscova estaban en plenitud 35
  33. 33. Ignacio Torres Giraldolos deportes de invierno; pistas de esquiadores quevolaban sobre las alas de madera; suelos de nievecristalizados en donde hacían filigrana de movimien-to los patinadores: rubias en traje de lana blancaque sonreían con sus caras de durazno maduro, jó-venes atléticos que rasgaban con el vigor de sus vi-das la atmósfera helada. En esos días conocí la pri-mera fábrica soviética. La fábrica metalúrgica de lacual salió Lenin en 1918 para ser víctima del atenta-do que seis años más tarde extinguió su existencia. Los obreros de aquella fábrica, como en generaltodo el pueblo soviético, organizaban una campañade solidaridad con los trabajadores del mundo ca-pitalista, con los hogares hambrientos de los des-ocupados y los luchadores que caían en las prisio-nes, precisamente en aquel período de las crisis enla que las acciones de clase conducían a batallas deproporciones a veces parecidas a la guerra civil. Re-unida la gran masa proletaria, el dirigente del sindi-cato anunció mi presencia. Me eligieron al presidiumy luego de un aplauso prolongado, tomé la palabra. Gracias a mi práctica en la improvisación, logréconstruir un discurso de agitación que produjo in-terés, aunque consideré que no podía desarrollar uncuadro de la vida colombiana con éxito en aquelmomento, porque juzgué la tarea de traducción si-multánea muy difícil, ya que la masa que tenía de-lante de mí no estaba familiarizada con los proble-mas de mí país. Tomé algunas escenas que habíavivido recientemente en el pueblo alemán, y el mis-mo intérprete tuvo la bondad de aplaudirme. Enseguida se aprobó una proposición pidiéndome quevolviera un día a conocer la fábrica y a participar enuna reunión del sindicato. Finalmente, se suscribió36
  34. 34. Cincuenta meses en Moscúuna colecta que tuvo mucho éxito y los obreros meacompañaron hasta la calle. Al día siguiente me hizo llamar la camaradaStásova, secretaria general del Socorro Rojo Inter-nacional, para decirme que había sido incorporadoa una delegación que viajaría en seguida por el Volgaen una campaña de solidaridad con los trabajado-res perseguidos de los países capitalistas. Quisedecirle que mi aceptación debía consultarla conLozovsky, pero me dijo que ya estaba consultado.Una noche después, y pareado con mi traductor, lle-gaba a una estación de ferrocarril en donde cuatrocamaradas más nos esperaban: un italiano, un po-laco, un francés y un alemán. Era la primera vezque los veía. No hubo presentación. Subimos al co-che, nos instalamos en grupo, y pronto el italianoabrió su maletín y repartió queso, pan y mermelada.El polaco preparó té para todos. El alemán aportójamón y desayunamos opíparamente. Por instrucciones recibidas, conversamos poco enel coche, y, cuando lo hacíamos, tenía que ser en tor-no de cosas del lugar y del momento. Por razón delidioma, mis compañeros me tomaron por español.El polaco hablaba un poco el ruso, el italiano un pocoel francés y el francés un poco el italiano. El alemánera cerrado en su lengua. Yo chapuceaba algo el fran-cés y también el alemán. A veces nos enredábamosen tal forma que sólo el intérprete que sabía polaco,alemán, francés, italiano y castellano (a demás deportugués, inglés, rumano, ruso y hebreo) lograbaalinearnos. Según el programa, solamente yo iba para la re-pública alemana del Volga. Al terminar el primer díade ferrocarril y después de una noche en que asisti- 37
  35. 35. Ignacio Torres Giraldomos a un mitin celebrado en un club obrero en elcual hablamos el italiano, el alemán y yo. Los cama-radas polaco e italiano tomaron otra vía: el polacohacia una región donde había exiliados de su país yel italiano a otra que tenía trabajadores de su patriaigualmente exiliados. Seguimos la ruta del ferroca-rril el alemán, el francés y yo. A mediodía dejamos eltren para entrar a una ciudad en la cual habrían decelebrarse varios mítines en fábricas, y por la tarde—estando bastante cansado— llegaron dos trineostirados por caballos negros para nosotros. Y, ¿porqué dos trineos? —pregunté al intérprete. —Ah, uno es para el alemán que se dirige a unlugar en el cual hay quienes conocen su idioma y lopueden traducir. El otro es para nosotros. Y total, ocupé mi sitio y el trineo empezó a desli-zarse sobre la nieve. Cruzamos una estepa blanca,desierta. De cuando en cuando el postillón produ-cía un chasquido en el aire con su látigo. El enormecaballo esparcía de sus fosas nasales un chorro devaho como si fuera una caldera. Yo quería dormirpero también quería ver ese paisaje que jamás habíasoñado. El sol se estaba muriendo sobre una lejaníade oro; su resplandor jugaba en una espuma de hie-lo produciendo un sortilegio de colores como si aque-llo fuese fuego de algas o el mismo fondo del marvestido con sus conchas. Un sol frío como si fuera laluna; un sol muy cercano que ya empezaba a reco-ger su capa púrpura para dormir. Hundido estabayo en éste como éxtasis de la tarde en las estepas denieve, cuando sentí una parada en seco del trineo.El postillón dijo algo y el intérprete le contestó. Lue-go este me explicó: —Aquí hay un cruce de vías. Por la una se llega a38
  36. 36. Cincuenta meses en Moscúun poblado, arriba del Volga, por la que llevamos setoma el cauce del río, bajando. Y realmente, pronto estuvimos marchando sobreel cauce cubierto de hielo. Llegamos, ya de noche, auna población ribereña. Se nos condujo a un come-dor y luego a un club. Había mucha gente. Una pe-queña orquesta entonó una marcha. La curiosidadpor conocernos era enorme. En un extremo del sa-lón, sobre una plataforma en estilo de escenario,había una mesa vestida con una carpeta roja, ungran busto de Lenin a su lado, al otro un pequeñoobelisco sosteniendo un haz de banderas y en el fon-do pendiendo de la pared, un retrato en oleografíade Stalin. Sonó una campanilla y se apagó el voce-río. Un hombre, joven todavía, anunció nuestra pre-sencia, explicó el objeto de nuestra visita y leyó «elorden del día» de la asamblea, según la cual habría-mos un español y un francés. Después se suscribi-ría una colecta a favor de los proletarios persegui-dos por sus luchas en el mundo capitalista, y final-mente habría un acto artístico. Pasados los discursos y hecha la inscripción de lacolecta con mucho éxito, empezó el acto de varieda-des. Cantos y bailes de la región; exhibición de unhumorista que hizo reír con la representación de uninglés excéntrico en tierra de tártaros. Finalmente,cantó la masa en coro diferentes himnos revolucio-narios, y salimos del club al filo de la medianoche. Al día siguiente, no muy temprano, vi llegar otravez dos trineos y repetí mi pregunta al intérprete:¿para qué dos trineos? —Ah, el uno es para usted. El otro para nosotros. —Ahora sí, no entiendo nada, —le dije. —Bueno, la organización del Socorro Rojo en la 39
  37. 37. Ignacio Torres Giraldoregión introdujo esta variante en el plan: como us-ted habla un poquito de alemán, tendrá quienes leentiendan su poquito. Mientras tanto, el francés yyo nos desviamos hacía un sector muy importante,y dentro de tres días nos reuniremos nuevamenteaquí para regresar a Moscú. —Exacto: pero ¿cómo juzga usted que puedapronunciar yo discursos en alemán para que me lostraduzcan al ruso? —Ese no es problema. Su discurso de anocheestuvo muy bien. Quince minutos bien planeados.Yo lo he tomado textualmente y ya está escrito amáquina, con tres copias. El tema es el mismo, us-ted hable quince minutos y el director del Socorroleerá el discurso sin ninguna dificultad. —Claro que lo leerá sin ninguna dificultad, peroentonces ¿qué papel hago yo? —El mismo que pudo haber hecho anoche. Aquínadie sabe castellano. Usted hable. El papel resideen su presencia. Los obreros lo aplauden, se fortale-ce el espíritu internacionalista de nuestro pueblo yse hace la suscripción de la colecta. Acepté semejante razonamiento, pero salí preocu-pado. En el coche, a mi lado, viajaba un ruso muyamable. A veces me hablaba creyendo que un idio-ma es una simple cuestión de fonética, silababa laspalabras y les daba una entonación dramática ymusical. Claro que no entendía nada. En algunoscasos sacaba de su bolsillo un recipiente con whiskyy luego un cigarrillo rubio del caucaso, y entonces sinos entendíamos rápidamente. Paramos en una población, a eso de las tres de latarde. Almorzamos y después fuimos a una fábricade porcelanas. Realmente estuve maravillado. Pero40
  38. 38. Cincuenta meses en Moscúno podía conversar con nadie y esto me mortificaba.Algunas obreras me rodearon y querían que las en-tendiera por el «sistema» de silabar las palabras ypronunciarlas fuertemente; por último apareció unhebreo con quien, por afinidad entre su idioma deorigen y el alemán, podíamos encontrar una que otrapalabra para entendernos. Pero terminó la tarde,vino el mitin en el salón de la fábrica y resultó comoel intérprete me había dicho. Es decir, hubo entu-siasmo, aplausos y buenos resultados en la colecta. Muy al amanecer del nuevo día, acompañado deotro camarada ruso, marché en trineo de carga tira-do por dos caballos. Nos dirigimos a una estaciónde máquinas agrícolas que servía a un vasto circui-to de granjas colectivas. Llegamos antes del medio-día. Almorcé en compañía de una veintena de trac-toristas llegados de Leningrado, en una mesa pre-parada exquisítamente. De nuevo un hebreo encon-traba diez ó doce palabras que coincidían con miescaso vocabulario alemán. A las dos celebramos unbuen mitin, y a las tres salía en el mismo trineo ha-cía la ciudad final de mi tarea. Llegué temprano. Acepté un té y salí rápidamen-te a un teatro en donde se iba a realizar una granasamblea. El éxito fue tan espléndido que la genteterminó danzando en masa por los amplios pasi-llos. Bastante cansado, reflexioné esa noche bajo unfino edredón: ¡Qué genio el de los rusos para orga-nizarlo todo! ¿En dónde había vivido o siquiera leí-do que se pudiera realizar una campaña política contanta precisión, incluso en los más pequeños deta-lles, sin saber el idioma? Mi estadía en Moscú hasta el Congreso de la In-ternacional Sindical Roja 41
  39. 39. Ignacio Torres Giraldo Siendo que mi estadía en la Unión Soviética esta-ba ya determinada en medio de medio año aproxi-madamente, no podía continuar viviendo en formatan individual, hecho que me creaba ciertas dificul-tades, incluso para conocer por dentro el sistemaeconómico y social, la vida del pueblo y la organiza-ción del Estado. Se convino, entonces, en agregar-me a un grupo de lengua francesa de una institu-ción internacional. Era un grupo que hacía un cur-so preparatorio de nueve meses pero que ya teníamás de la mitad realizado. Un grupo también inter-nacional que no tenía realmente ni un solo francés.Lo francés en el grupo era el idioma. De siete cur-santes, tres eran belgas, uno de ellos flamenco, unajoven alsaciana, un luxemburgués, un libanés y unadama turca muy elegante. De todos ellos únicamen-te el flamenco era obrero, minero de profesión, pococonocedor del idioma francés. Mi tarea en dicho grupo no era la de cursantesino la de asistente, no tanto a las clases de teoríascomo en las de carácter práctico. Este cambio en mísituación trajo por consecuencia que ocupara uncuarto en el Instituto y en general gozara de los pri-vilegios de los estudiantes. Se me admitió comomiembro del Partido Bolchevique y escogí como la-bor especial mi asistencia y contribución al trabajopolítico de la fábrica metalúrgica del barrio de Lenin,en donde había estado ya varias veces. Trabajabaen la Comisión Organizadora del Congreso Mun-dial de los Sindicatos, y al mismo tiempo escribíalos capítulos que me correspondieron en una obrarelativa al imperio bananero de la United FruitCompany en ocho países latinoamericanos, por cuen-ta del Instituto Internacional Agrario que creó paraese fin un colectivo de autores.42
  40. 40. Cincuenta meses en Moscú El trabajo de los bolcheviques aumentaba cadadía en magnitud y responsabilidad. Era necesarioatender simultáneamente muchos frentes. Las gran-des tareas del primer plan Quinquenal, que natu-ralmente encontraban dificultades muy serías. Lasfrecuentes provocaciones guerreras que por enton-ces hacían los imperialistas japoneses y las camari-llas militares de la china reaccionaria. Los proble-mas teóricos que en muchos aspectos se agudizaban,ya sobre el ala de los derechistas que dudaban de lacapacidad del pueblo soviético, ora sobre los brotesextremo-izquierdistas inspirados en lo general porel trotskismo contrarrevolucionario. De todos mo-dos, el Bolchevique tenía que crecer en la movilidadde una amplia escena, poniéndose al nivel cada vezmás alto de la energía popular en desarrollo. Con motivo de la cruzada del socialismo en elcampo iniciada en 1929, sobre la base de la produc-ción de tractores y en general de máquinas agríco-las, la lucha contra la capa de la burguesía agrariallamada Kulak estaba en esa primera mitad de 1930muy violenta. El crecimiento de la industria soviéti-ca y con ella la trasformación fundamental del anti-guo carácter agrario del país, había señalado ya de-finitivamente la victoria de los elementos socialistassobre los fuertes restos de la vieja sociedad. Liqui-dar al Kulak como clase devenía en una tarea inme-diata decisiva no sólo para la implementación delsocialismo en el campo sino para la consolidacióndel sistema soviético en toda la Unión. Fui movilizado a diferentes regiones agrícolaspara estudiar a fondo el problema. Sabía, natural-mente, que la tierra era patrimonio nacional desdeel 8 de noviembre de 1917, según el histórico decre- 43
  41. 41. Ignacio Torres Giraldoto que escribió Lenin. Sabía que los comités de tie-rras y luego los Soviets de las aldeas la habían dadoen posesión a quienes desearon trabajarla. Sabía,en fin, que no se traficaba con la tierra, es decir, queno se podía comprar ni vender. Sabía que la nuevapolítica económica que sucedió al comunismo deguerra de 1922, tenía que dar como resultado ente-ramente previsto, no sólo la formación y cierto de-sarrollo de intermediarios de productos agrícolas yartesanales (llamados mepmas), sino dedetentadores de tierra y por consiguiente explota-dores de mano de obra (llamados Kulak). Pero,¿cómo se liquidaba el Kulak como clase? No era ciertamente tarea sencilla porque los Kulakno estaban solos. Detrás de ellos estaba la reacciónimperialista mundial; estaban sobre todo losboyardos rumanos y los panis polacos que los veíancomo pichones de terratenientes emplumados. ElKulak era el centro de la esperanza de la restaura-ción del sistema capitalista, y por consiguiente lafuerza de atracción de todos los rezagos de la viejasociedad en el interior país. Los voceros de la bur-guesía internacional clamaban por la vida de susadorados Kulak que, según ellos iban a ser «liqui-dados» oficialmente. Claro que no se trataba de unaliquidación física sino de clase. El Kulak era, exac-tamente, un burgués agrario que retenía o explota-ba diez o veinte obreros. Es obvio que pagaba lossalarios y además era obligado a cumplir un ampliomargen de prestaciones sociales. El Kulak pagabaobligaciones del Estado y en general era sometido alcumplimiento de la ley. Pero es obvio también quetodo esto, en esencia, era una concesión de ordensocial capitalista.44
  42. 42. Cincuenta meses en Moscú ¿Porqué se permitían los Soviets esta larguezacon los Kulak? Porque hasta 1929 no existía unaproducción industrial de máquinas agrícolas, deobreros tractoristas y en general de medios técnicospara llevar el socialismo al campo, y esto permitíaque una parte de la población campesina se dejarallevar por el Kulak convertido para ella en guía, comouna imagen del pasado que había conocido. Perollegó el momento, y el Soviet Supremo de la URSSexpidió un decreto ley prohibiendo el empleo demano de obra asalariada. Ese acto de justicia quepodía tener ya un sentido real, que significaba ba-rrer un obstáculo en el campo para la organizaciónsocialista de la agricultura, era exactamente el actoque liquidaba al Kulak como clase ¿Qué significabaesto en la práctica? Significaba que los Kulak se quedaban sin obre-ros, claro que no se les ahorcaba, ni se les amones-taba siquiera sobre el nuevo género de vida que te-nían que adoptar. La cuestión era clara: allí dondeel Kulak extendía sus tentáculos, se redistribuía latierra. Se le asignaba —o dejaba— una parcela quepudiera trabajar con su familia. Y los obreros reci-bían, en parcelas, el resto de la tierra que fueradetentaba por el Kulak, más la extensión comple-mentaria que necesitaban. Pero esto no era todo: losobreros que pasaban a tener la posesión real de latierra y que por este hecho se igualaban a los cam-pesinos eran en conjunto organizados en koljósesesto es, en granjas colectivas con una estructura ju-rídica de cooperativas agrícolas. Naturalmente, los Kulak no aceptaban de la mis-ma manera este acto progresista del sistema sovié-tico. Algunos, los menos ricos, los menos 45
  43. 43. Ignacio Torres Giraldoinfluenciados por la propaganda soterrada de lasoñada restauración capitalista, cedían con facili-dad ante la evidencia; incluso se mostraban inteli-gentes y decían que, en las condiciones de la vidasoviética nueva, era mejor ser trabajador que explo-tador. Y, como esto sí era una verdad concreta, ce-saba con ellos la pelea. Otra cosa sucedía con losKulak «bravos», con los que se anticipaban a des-truir las cosechas, a incendiar los campos, a organi-zarse en cuadrillas, a cometer asesinatos, es decir,con los que trataban de crear el caos, con los queobedecían consignas antisoviéticas de dentro y fue-ra del país. El trato para estos Kulak en rebelión eramedido por la magnitud de los hechos: si se les ha-llaba en juntas conspiradoras se les disolvía, arrai-gaba y vigilaba en sus parcelas; si entraban en acti-vidades subversivas, se les expulsaba del lugar; sicometían delitos definidos en las leyes penales seles castigaba. La categoría de los Kulak expulsados de las re-giones agrícolas fue en realidad la que mejor sirvióa la propaganda antisoviética en el extranjero. Pu-diendo, como en realidad podían, establecerse enpueblos y barriadas a reorganizar sus vidas, pudien-do recibir nuevas tierras en otras regiones y trabajarhonestamente, se dedicaron durante algún tiempoa vagar en caravanas por los caminos, a formarmontoneras en las estaciones ferroviarias, y en ge-neral a exhibirse miserablemente en los lugares fre-cuentados por extranjeros. Naturalmente, esta mo-dalidad antisoviética, también estaba inspirada ydirigida por los técnicos de la soñada contrarrevo-lución, dentro y fuera del inmenso país. Los Kulak «bravos», ayudados por algunos popes(clérigos ortodoxos) organizaron campañas de sa-46
  44. 44. Cincuenta meses en Moscúbotaje por la base en forma muy hábil: recogieron yocultaron la moneda pequeña, de uno dos, tres, cin-co, diez y quince kopes (el kope es el céntimo delrublo). Naturalmente, hubo tales dificultades en lasmenudas transacciones, que fue necesario emitirtiquetes provisionales supletorios que circulabanúnicamente en círculos cerrados. Esto es, si una coo-perativa devolvía pequeña moneda en tiquetes, és-tos circulaban sólo en la red de cooperativas; si eltranvía daba «su moneda» significaba que allí seempleaba, como sucede con las etiqueteras que ven-den en Medellín, Pereira y Bogotá, las empresastranviarias. En algunos de mis discursos —pronunciados araíz del asesinato de un dirigente comunista en laregión— subrayé la necesidad de hacer más dura lalucha contra los Kulak convertidos en bandas deasesinos. Luego se me dijo que no era necesario de-cir eso, que lo importante residía en explicar a lasmasas el significado económico y social de la liqui-dación de los Kulak, como premisa indispensablepara la colectivización. De nuevo en Moscú, trabajé con el grupo de idio-ma francés en diferentes actividades. En primer lu-gar, en el estudio de las fábricas; en el examen obje-tivo de la situación real de los obreros y empleadosde la producción; en el conocimiento minucioso delos sindicatos, de su vida en las empresas, de supapel concreto; en la función de guía y generadorde energía del Partido Bolchevique en la participa-ción de la masa en el Gobierno de los Soviets. Enfin, en todo aquello que para mi constituía la basefundamental de mis conocimientos marxistas-leninistas. 47
  45. 45. Ignacio Torres Giraldo Como terminara el invierno, me toco ver el pri-mer deshielo. Moles como montañas blancas semovían de sus sitios, y queriendo deslizarse se des-pedazaban para precipitarse en borrascas enormes.La tierra quedaba lavada, los árboles volvían a mos-trarse desnudos como los últimos días de otoño. Lasuperficie en general se veía vacía. Un aire nuevoempezaba a circular en la primavera que llegaba.Ocho soles y ya los campos estaban verdes comoobra de encantamiento. Tres semanas y el trigo su-bía a las rodillas. Un mes y los bulevares estabanflorecidos. La gente era ahora más esbelta y más ágil.Los pesados trajes de invierno se cambiaban por li-vianos, los tonos oscuros por colores claros, y losmismos semblantes que llevaban sus óvalosenmarcados en pieles, resplandecían con el renaci-miento de la naturaleza. Con el grupo de idioma francés que terminaba elcurso con una excursión de estudio, salí en ruta aLeningrado. Grata fue mi sorpresa al subir a unvagón de ferrocarril acondicionado como casarodante: pequeña sala-comedor, cocina, baño, sani-tario, lavamanos, y compartimentos de dos y cuatrocamas. En mis viajes anteriores había llevado pro-visiones suplementarias; esta vez todo estaba cen-tralizado en la casa, un vagón que manejaba unadama, entrada en años, a la cual obedecían dosmuchachas que juntas preparaban y servían alimen-tos. En esta bonita casa rodante, además de los ochoextranjeros y de las tres empleadas, viajaban tam-bién un profesor que dirigía la excursión y el exper-to traductor de nueve idiomas que varias veces hemencionado. Los ferrocarriles rusos —como en lo general loseuropeos— son de doble línea y, en las estaciones,48
  46. 46. Cincuenta meses en Moscúademás de las líneas usadas para cambios y manio-bras de trenes, existen las llamadas «líneas muer-tas» o sea vías derivadas en donde puedenestacionarse por tiempo indefinido los vagones deestudiantes y turistas. Según el plano de la excur-sión, nuestra casa rodante se detenía en los sitiosque ordenaba el profesor, y cuando se trataba decontinuar la marcha, era suficiente izar una bande-rita en el techo para que nos enganchara el primertren que llevara nuestra ruta. Luego de breves demoras, en el tránsito, durantelas cuales conocimos algunos montajes eléctricos,fábricas y koljóses, llegamos a la ciudad de Lenin.Ante todo visitamos las grandes empresas metalúr-gicas, el Astillero del Báltico y las residencias de lostrabajadores. Después, estuvimos en institutos y la-boratorios; en Smolny, desde donde Lenin, Stalin,Sverdovsk, Jerziski, Frunse y sus compañeros, diri-gieron la gran revolución triunfante de 1917, en elasalto al Palacio de Invierno que nace como una molade piedra y mármol en el propio cause del suntuosorío Neva. Pasamos por el Ermitae, extraordinariomuseo de arte, por la famosa Avenida Lovski y engeneral por los lugares históricos de la antigua ca-pital occidental del imperio de los zares, y por últi-mo, subimos a la espléndida cúpula de la iglesia delPatriarca Isaac y desde allí, a 120 metros sobre lasuperficie, contemplamos el ancho panorama de laheroica ciudad. Fuimos a la pintoresca aldea en donde Catalinala Grande formó su residencia privilegiada. Admi-ramos ese palacio de cristal, jardínes y fuentes quela voluptuosa emperatriz hizo construir: el salón deespectáculos con sus abovedados sonoros; las sa- 49
  47. 47. Ignacio Torres Giraldolas de recepciones ricamente decoradas, los pasillosdecorados con verdaderas joyas de arte en mármolblanco, las alcobas con derroches de oro y marfil…Paseamos el bosque en plena floración de primave-ra, los prados y, por último, las residencias aleda-ñas que fueron ocupadas por la aristocracia corte-sana, una de las cuales fue refugio de Nicolás II en1917. En Leningrado estuve las noches blancas de 1930.Desde la ventanilla de mi compartimiento, en la casavagón, al caer la tarde, presenciaba los encuentrosde fútbol en un campo cercano. En las noches del22 y 23 de junio, tuve la oportunidad de ver comolos días solares casi se sucedían sin interrupción. Alas 11 de la noche se reclinaba el sol rojo, esplen-dente. Venía luego un gris amarillento, que se torna-ba gris opaco, y poco después empezaba a clarear-se, a crearse la luz hasta que cuajaba en oro claro laplenitud de la aurora. No había, realmente, ni unsolo instante de oscuridad completa. Una noche es-cribí, a pluma, sobre la mesita que daba a la venta-nilla en esa como «hora gris», una carta para Co-lombia. Otra noche ordené y copié mis apuntes. De la ciudad de Lenin salimos para la RepúblicaBielorrusa. Llegamos a Minsk, su capital, y demo-ramos allí muy pocos días. Nuestro primer objetivofue el Gobierno Central. Teníamos programado es-tudiar en el terreno la Cuestión Nacional. Esto es, loque había sido la nacionalidad Bielorrusa bajo elimperio zarista, en su condición de minoría nacio-nal oprimida, como pueblo tratado como coloniaanterior, y de la Nación Libre en el concierto de pue-blos soviéticos federados. ¡El contraste era admira-ble! La población tiranizada por los terratenientes,50
  48. 48. Cincuenta meses en Moscúhumillada por las castas militares y en general so-metida al yugo del régimen imperial, era ya una po-blación prospera, vigorosa y optimista. El auge delprogreso sorprendía a sus propios moradores. Portodas partes se trabajaba impetuosamente. Los cam-pos estaban cubiertos con una exuberante cosecha;nuevas ciudades se construían; nuevas fábricas;nuevas plantas eléctricas. La instrucción popular,profesional y universitaria acusaba un crecimientosorprendente. Y todo aquello, gracias a que las ener-gías nacionales se habían desarrollado con la liber-tad; gracias a la solidaridad y ayuda en la Unión deRepúblicas Socialistas Soviéticas; gracias a que exis-tía una suprema dirección genial que presidía Stalin,gracias a que se cumplían y sobrepasaban las cifrasdel primer Plan Quinquenal. Minsk fue una de las ciudades rusas que mássufriera en el periodo de la gran revolución. Una delas últimas bases de operaciones abandonada porlos ejércitos alemanes del tiempo de Guillermo II.Una de las urbes más azotadas por las fuerzascoaligadas de la contrarrevolución. Minsk fue pormuchas veces escenario de luchas encarnizadas. Pormucho tiempo se alternaron allí los gobiernos de lasdos divisas, hasta que finalmente triunfaron las gue-rrillas del pueblo. En Minsk estaban las tumbas delos primeros comisarios rojos que se batieron en esefrente. En Minsk, en los puestos más elevados delgobierno, fue donde primero vi hombres y mujeresauténticamente del pueblo. Personas sin ceremonias,hombres y mujeres que trataban los graves proble-mas de su Nación con tanta sencillez como seguri-dad. Gente que fue con nosotros a las empresas, alas instituciones docentes, a los nuevos barrios de 51
  49. 49. Ignacio Torres Giraldola ciudad y en todas partes se les trataba con el mis-mo lenguaje de las fábricas. Esto naturalmente, mesatisfacía tanto, que sólo deploraba no poder obte-ner fotografías para decir en Colombia: ¡he aquí alos trabajadores que gobiernan una nación! De la ciudad de Minsk salimos a Kiev y luego aHarkov, principales centros de Ucrania. Estudiamosallí los objetivos principales, pasamos aDniepropetrovski, base industrial de las cabecerasdel río Sniéper, sin detenernos en Postieva. En lafábrica metalúrgica de Dniepropetoski —que teníaentonces cerca de 4 mil trabajadores— demoramosdos días conociendo la organización interna, la si-tuación concreta del personal y la densidad de lalucha por cumplir y sobre pasar las cifras señaladasallí por el Plan Quinquenal. Bajando el río Dniéper,cerca de cien kilómetros, tocamos en Dniepostroi(después de Dnieprogrés) en donde se construía lagran represa y con ella la poderosa central eléctricallamada a redimir la extensa zona hullera del Don yen general a transformar la región deConstatinoslava. Fuimos al circuito minero y des-pués pasamos a Rostov, ciudad del Caucaso, de don-de continuamos a Kierachi y, por el estrecho de losmares Negro y Azoe, a la península de Crimea. De-moramos un poco en Cinferópol, su capital, y des-pués llegamos al histórico Sebastopol, término denuestra ruta. Desde la salida de Minsk me he abstenido de re-señar nuestra labor, porque habiendo estado en es-tos mismos lugares en 1931, 1932 y parte de 1933,me resulta indicado reunir mis apuntes y dar unasola síntesis de ellos en el momento mejor indicado.Debo, sin embargo, subrayar desde ahora, que la52
  50. 50. Cincuenta meses en MoscúRepública Soviética de Crimea es el objetivo masapropiado —en la Rusia europea— para estudiar afondo la solución que los bolcheviques dieron al pro-blema nacional, en un territorio que constituye unaverdadera gama de núcleos étnicos de origen histó-rico muy diverso. De nuevo en Moscú, promediando el mes de agos-to, me entregué completamente a los últimos toquespreparatorios del Congreso Mundial de los Sindica-tos Rojos. Pronto empezaron a llegar delegaciones.El continente americano, desde Argentina hasta elCanadá, envió numerosos delegados. Al instalarseel Congreso, en la suntuosa Sala de las Columnas,cerca de sesenta países estaban representados. Al-rededor de ochocientos dirigentes de masa ocupa-ban allí sus asientos. Desde luego, las más numero-sas delegaciones, después de la rusa, eran la alema-na, la francesa y la china. Italia y España teníandelegaciones considerables así como Estados Uni-dos, Argentina y México. La delegación colombianaera pobre. Fuera de un «adaptado» argentino que laorganizó y que naturalmente valía por su prepara-ción teórica y su experiencia en las luchas, fuerondos enviados que no representaban casi nada. Uno,estudiante de Cartagena que apenas ligaba con lostrabajadores, que demostraba entusiasmo y deseode servir a la causa proletaria, no podía, como esobvio, hacer papel de algún relieve en Moscú. Otro,obrero artesanal que no tenía más antecedentes quehaberse hallado coincidencialmente en Ciénaga (en-trada a la Zona Bananera) en el periodo de la heroi-ca huelga, sincero y entusiasta revolucionario, peroen etapa tan elemental de orientación que la presen-cia de la Unión Soviética y la magnitud del Congre-so lo abrumaron completamente. 53
  51. 51. Ignacio Torres Giraldo En este Congreso, lógicamente, se hallaban lasfiguras revolucionarias más importantes del mun-do. Y, como es natural, se trataba de los problemasmás trascendentales: de la crisis cíclica del mundoburgués que se unía y se desarrollaba en los marcosde la crisis fundamental del sistema capitalista; delcontraste entre el mundo del capitalismo incapaz dedar solución humana y social a los problemas desus pueblos, el mundo de las oligarquías financie-ras que se debatían en sus contradicciones, dandocomo fruto la desocupación y el hambre y como pers-pectiva la implantación de regimenes terroristas nazi-fascista y la guerra, y el mundo del socialismo don-de no había crisis, ni desocupación, ni hambre, don-de los países liberados construían una nueva socie-dad. En este Congreso se verificaba un análisis rea-lista de la situación en el mundo del capitalismo y,en esa situación, la posición políticamente justa delas masas, su estrategia y su táctica. Y como creó necesario destacar mi consistenteactuación y a la vez subrayar cierto ambiente de hos-tilidad que tuve en algunos elementos latinos yamencionados, debo exponer aquí las bases de unincidente. En las conclusiones que se adoptaban, fi-guraba la famosa Resolución de Estrasburgo, sobreestrategia y táctica votada en una conferencia quetuvo lugar en la capital de Alzarías en 1929. DichaResolución estaba publicada en la revista La Inter-nacional Sindical Roja que yo conservaba luego dehaberla estudiado seriamente. Cuando hice uso dela palabra, diseñé brevemente la situación colom-biana, expresé mi total acuerdo con la tesis que sehabía planteado y, al referirme a la Resolución deEstrasburgo, dije que al votarla en su conjunto, con-54
  52. 52. Cincuenta meses en Moscúsideraba, sin embargo, necesario hacer de ella unestudio posterior relacionado con su adaptación ala realidad latinoamericana. Alguien me interpeló:—¿Por qué?— y entonces agregué que la Resoluciónestaba justamente calcada en la estructura indus-trial europea y norteamericana. Pero que para paí-ses de pequeña industria y principalmente para unpanorama de empresas imperialistas de tipo colo-nial, era preciso examinar más concretamente elproblema de la estrategia y la cuestión de la tácticade las huelgas, puesto que éstas, además de luchaseconómicas y políticas de clase, asumían natural-mente proporciones de combates por la soberaníacolonial. Inmediatamente que bajé de la tribuna, subió aella un funcionario de buró, venezolano, a quién pocodespués consideré como simple provocador en elfrente revolucionario, y me atacó fuertemente. Meacusó de nacionalista, de caudillo que sólo veía laparcela de mi patria, de «excepcionalita», es decir,de personaje imbuido en la creencia de que Colom-bia era diferente al mundo y por consiguiente habíaqué configurar una política sui géneris, etc. ¡Inclu-so, llegó a compararme con Raúl Haya de la Torre!,a tildarme de «revisionista» del marxismo, de reacioal internacionalismo leninista, etc. Mientras hablaba este burócrata desorbitado, to-maba yo mis apuntes para rebatirlo, y al mismo tiem-po observaba los alegres movimientos de algunoslíderes que creyeron llegada la hora de darme unalección con garrote. Terminada la intervención demi atacante, subió a la tarima otro latinoamericanoy repitió casi textualmente lo que dijo el anterior, cir-cunstancia que subrayaba en mis apuntes, cuando 55
  53. 53. Ignacio Torres Giraldoel prestigioso jefe mexicano Campa, que ocupabasitio a mi lado, me preguntó: —¿Tiene usted aquí la Resolución deEstrasburgo? —Sí, camarada. Y agregué: ¿no la conoce usted? —No, aquí la he oído mencionar. Mientras habría el maletín para entregarle aCampa la revista que contenía la Resolución, penséque aquel orador que repetía lo que había dicho elanterior, tampoco conocía el documento en mención.Decidí verificar la situación, y dirigiéndome alpresidium, solicité que se preguntara a los delega-dos latinoamericanos si habían leído la citada Reso-lución de Estrasburgo. Losovsky, que dirigía la se-sión, dijo: —Los delegados de América Latina que hayanleído la Resolución de Estrasburgo, sírvanse levan-tar el brazo. Y cinco delegados entre cuarenta, alzamos nues-tros brazos. Losovsky, entonces, obrando con habi-lidad, se dirigió a nosotros, diciéndonos: —En vista de que pasado este Congreso tendre-mos una Conferencia Sindical dedicada a los pue-blos de América Latina, debe suspenderse el debateque se inicia. Naturalmente, esto significa que losdelegados que no han leído la Resolución deEstrasburgo deben dedicar a esa tarea su mejor áni-mo de estudio. Campa guardó la revista que le preste y de la cualestaba tomando notas. El Congreso volvió a su pla-no de altura. Se votaron las decisiones finales, seeligió el nuevo Comité Central Ejecutivo de la Inter-nacional Sindical Roja, y se clausuraron las sesio-nes con un espléndido discurso del jefe de la dele-gación alemana, camarada Heckel.56
  54. 54. Cincuenta meses en Moscú Empezaba el otoño de 1930. Grupos de dirigen-tes revolucionarios extranjeros salían a diferenteslugares de la Unión Soviética a estudiar los aspec-tos más importantes del Nuevo Estado Proletario.Algunos líderes europeos y asiáticos de mayorsignificancia regresaban rápidamente a sus países.Nosotros, los latinoamericanos, nos reuníamos enconferencia especial para estudiar los problemasnuestros. Losovsky instaló la conferencia en unmagnifico discurso en el cual señalaba la importan-cia que asumían las naciones de América Latina enla lucha ínter imperialista, principalmente a partirde la primera guerra mundial cuando el imperialis-mo yanqui había desatado una ofensiva general con-tra Inglaterra para adueñarse de las materias pri-mas, de la mano de obra barata y de los mercados.Destacó Losovsky las condiciones de inferioridadmaterial y cultural en que las potencias extranjeras—apoyadas en las camarillas reaccionarias nati-vas— mantenían a nuestros pueblos, y la necesidadde crear y fortalecer movimientos de masa capacesde hacer frente y defender los intereses populares.Subrayó, en fin, la responsabilidad de los dirigentesproletarios ante la situación política que nos creabala crisis. Como yo dirigía la sección inaugural, contesté aLosovsky, diciendo que aquella Conferencia tenía porobjeto el estudio de los más eficaces medios de apli-car, en los países de América Latina, las decisionesque acababa de adoptar el Congreso Mundial de losSindicatos Rojos. Subrayé, con evidente mención, elhecho muy frecuente de querer aplicar mecánica-mente en forma de clisé, las tesis de orientaciónmundial sin tener en cuenta el análisis concreto del 57
  55. 55. Ignacio Torres Giraldomedio, de las condiciones y de las perspectivas. Fi-nalicé afirmando que haríamos una labor de clarifi-cación teórica en muchos de los aspectos de nues-tros problemas de América Latina todavía muy con-fusos. Terminando mi discurso Losovsky se despi-dió dejándonos en completa libertad. Acto seguido se eligió un presidium que dirigíhasta el fin de la conferencia. No recibimos pautaespecial de nadie, ni consigna alguna, ni sugerenciade ninguna clase. Discutimos con entera indepen-dencia y en general con magnífico espíritu de com-pañerismo. Mis previsiones sobre un fuerte debateentorno a la Resolución de Estrasburgo resultaronfallidas, no sé porque mis impugnadores quisieronretirar el tema o porque otras cuestiones igualmenteimportantes invadieron el tiempo. De todas mane-ras, considero que fue una falla no haber tratado elasunto a fondo. En esta conferencia conocí a más prestigiososcaudillos: los cubanos muy activos, los mexicanosun poco engreídos, los argentinos y uruguayos másreflexivos, los chilenos muy fraternales, los brasileroscon tendencias a aislarse, los paraguayos altivos, losperuanos recelosos, los colombianos y panameñostímidos, los ecuatorianos confiados, los bolivianosaudaces, los costarricenses y otros centroamerica-nos optimistas. Los argentinos y uruguayos me in-vitaron a regresar a Colombia después de una per-manencia en sus países; el jefe de la delegación chi-lena, camarada Elías Laferte (bondadosos y gentilcomo ninguno) me insistió mucho para que fuerasu compañero en Santiago y Valparaíso. Todo esto,porque estábamos convencidos de que yo regresa-ría inmediatamente a Suramérica.58
  56. 56. Cincuenta meses en Moscú De la Conferencia Latinoamericana de Moscú a la caída de la monarquía en España Terminada nuestra conferencia, los delegadoslatinoamericanos salieron en corta excursión a cau-sa de que avanzaba el otoño y todo indicaba un próxi-mo invierno muy fuerte. Yo no salí en esa excursión.Se me agregó a un grupo europeo de diferentes idio-mas dedicado a una campaña relacionada con lacolectivización. Primero fue cierta actuación en lasfábricas y clubes obreros de Moscú para la movili-zación de varios equipos de mecánicos tractoristasque debían ir al campo en calidad de contingentevoluntario de ayuda a los campesinos que se orga-nizaban en koljóses. Marx había escrito que se borrarían las fronterasentre la ciudad y el campo; que los obreros de laindustria moderna, como clase de vanguardia en latrasformación de la sociedad, irían al campo, y consu ayuda la producción agrícola devendría en unavariedad de la economía general industrializada. Ylos obreros de Moscú se disponían a cumplir esatarea. La industria socialista producía ya los tracto-res, las máquinas sembradoras, las máquinas parasegar y trillar, etc. Pero ¿cómo iban los obreros de laciudad a los campos? En primer lugar, iban como voluntarios. Es decir,se abrían inscripciones en las fábricas para organi-zar equipos de número determinado. Por ejemplo:yo estuve en una fábrica que debía elegir quince trac-toristas. Se inscribieron alrededor de cincuenta obre-ros, luego se escrutaron los quince. Estos quince tra-bajadores se ausentaban por el término de seis me- 59
  57. 57. Ignacio Torres Giraldoses, pero seguían perteneciendo a la empresa que aveces les acordaban una especie de sobresueldo oprima especial, conforme fuera la región que les co-rrespondiese. En esta forma, el obrero de la ciudadno pesaba, ni por concepto de alimentación ni enninguna otra condición sobre los campesinos que lorecibían. Y las máquinas, ¿cómo iban al campo? Los tractores y en general las máquinas agríco-las iban al campo de dos maneras: la principal con-sistía en equipar las Estaciones del Estado Socialis-ta en diferentes regiones constituidas en epicentrosde la colectivización, desde las cuales servían —so-bre condiciones que más adelante expondré— a loskoljóses y Soljoses. Secundariamente, iban a loskoljóses ya constituidos y que, por su origen econó-mico fuerte, los compraba directamente a las fábri-cas, a plazos, por sistema de amortización, con pre-cios del 75% del costo de producción. El 25% lo apor-taba un fondo de fomento agrícola del Estado. Pasada esta cierta actuación nuestra en las fá-bricas y clubes obreros de Moscú, salimos a la re-gión de Riasán y luego a Saratov —entre los ríosDon y Volga— a participar y, naturalmente a estu-diar, en la tarea bolchevique de la colectivización.En general nos correspondió ver los koljóses en pe-ríodo de consolidación. Es decir, entidades en mar-cha. Pero era el otoño, por una parte se recolectabala cosecha de verano y por otra, se preparaban lastierras para sembrar los cereales que acumulabanla savia en el invierno. La gente estaba trabajandojornadas de diez horas. Hombres y mujeres se mo-vían en el campo: en algunos frentes segando el tri-go con sus hoces, en otros con palas de maderasdesenterrando las papas y haciendo con ellas pilas.60
  58. 58. Cincuenta meses en MoscúHombres y mujeres alzando la cosecha en caminohacia las trojes. Habíamos llegado antes del medio día al primerkoljós de nuestro itinerario. Era el momento de inte-rrupción de la jornada. Estábamos en un comedor rús-tico con angostas pero largas mesas, con banquetasde tabla a ambos lados, en espacioso salón con ciertaforma de campamento, que tenía en un extremo unaespecie de mostrador ancho tras del cual operabandiferentes personas: varias campesinas, en edad ma-dura, trajinaban frente a una hornilla en donde gran-des ollas exhalaban olores apetitosos; algunos campe-sinos que recorrían el mostrador atendiendo al públi-co, se inclinaban como juncos y sacaban de cajones ybarriles frutas frescas, pepinos en salmuera y aren-ques en salsa. Los koljósianos recibían en el mostra-dor la sopa hirviendo, el pan moreno y su plato com-plementario, y en fila, como un ejército, ocupaban sussitios en el comedor. Nosotros hicimos esto mismo: nospusimos en fila, recibimos el almuerzo y nos sentamoscon orgullo de trabajadores en las duras banquetas. En este primer comedor colectivo que conocía yo enel campo, tenían sitio cerca de doscientas personas.Pero no estaban sino los trabajadores, la masakoljósiana activa. Naturalmente, todas las miradasse venían a nosotros. Y cuando terminaron los despa-chos de mostrador y los cucharones se aquietaron enlas ollas, el presidente del koljós, un viejo de barbaespesa y bigotes regados, que vestía rubaske (camisaque se lleva por fuera del pantalón, ceñida a la cinturacon una correa, abotonada, un poco hacía la izquier-da, y ajustada al cuello en forma militar) negra y gorroturco, alzó la voz y dijo, aproximadamente: —Koljósianos: ha llegado hasta nosotros unadelegación de obreros extranjeros que viaja por nues- 61

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