Your SlideShare is downloading. ×
Deudas de deseo
Upcoming SlideShare
Loading in...5
×

Thanks for flagging this SlideShare!

Oops! An error has occurred.

×
Saving this for later? Get the SlideShare app to save on your phone or tablet. Read anywhere, anytime – even offline.
Text the download link to your phone
Standard text messaging rates apply

Deudas de deseo

31,782
views

Published on

Published in: Education

0 Comments
43 Likes
Statistics
Notes
  • Be the first to comment

No Downloads
Views
Total Views
31,782
On Slideshare
0
From Embeds
0
Number of Embeds
0
Actions
Shares
0
Downloads
899
Comments
0
Likes
43
Embeds 0
No embeds

Report content
Flagged as inappropriate Flag as inappropriate
Flag as inappropriate

Select your reason for flagging this presentation as inappropriate.

Cancel
No notes for slide

Transcript

  • 1. $3.99 U.S./$4.50 CAN. ®Deudas de deseoEmma Darcy
  • 2. Deudas de deseo Emma Darcy ®
  • 3. Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.Hermosilla, 2128001 Madrid© 2006 Emma Darcy. Todos los derechos reservados.DEUDAS DE DESEO, Nº 1703 - 4.10.06Título original: The Secret Baby RevengePublicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción,total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso deHarlequin Enterprises II BV.Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecidocon alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.® Harlequin, logotipo Harlequin y Bianca son marcas registradaspor Harlequin Books S.A.® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited ysus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® estánregistradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otrospaíses.I.S.B.N.: 84-671-4329-0Depósito legal: B-36247-2006Editor responsable: Luis Pugni
  • 4. Capítulo 1E RA la noche de inauguración del Havana Club en Sídney, y Joaquín Sola permanecía de pie en el ajetreado bar, contemplando a los bailarinesque se deslizaban por la pista de baile mientras espera-ba sus bebidas. Según su amigo Tony Fisher, consejerolegal y soltero codiciado, toda la jet set estaría presentepara ver y dejarse ver en el sitio de moda, y podría en-contrar una compañera dispuesta a compartir con élalgo más que unos bailes. Sin embargo, Quin no había ido a la fiesta en buscade una relación sexual esporádica, sino para escapardel profundo aburrimiento que lo atenazaba. Reciente-mente había finalizado una relación muy poco satisfac-toria, y no estaba seguro de querer complicar su vidacon otra mujer de momento, ni tener una aventura deuna noche. No estaba buscando posibles candidatas,sólo observaba mientras las parejas bailaban la salsa enun calidoscopio de color; los bailes latinoamericanosestaban de moda gracias a varios concursos de televi-sión, y aquel club estaba capitalizando la nueva tenden-cia. –Es la forma perfecta de conocer a gente –había di-cho Tony–, todo el mundo va a exhibirse. Un tanto perplejo ante tal exuberante y público des-pliegue de diversión y fantasía, Quin pensó que su ami-go tenía razón. La mayoría de los asistentes se habíanlanzado de cabeza a la moda del baile latino; los hom-
  • 5. 4bres vestían camisas entalladas de puños amplios ypantalones de campana, y las mujeres prendas ceñidascon grandes rajas laterales, pantalones negros ajustadoscon tops hasta el ombligo, o faldas con volantes y za-patos de tacón de aguja. Estar allí era como visitar un exótico país extranje-ro; era una vía de escape a las presiones de la frenéticasociedad del momento, un lugar donde la gente podíasaltarse las normas, deleitarse con vestimentas desinhi-bidas, disfrutar del placer primitivo de bailar al son dela música, por no hablar de la excitación sexual... conla persona adecuada. Una vistosa pareja llamó su atención. El hombrevestía de blanco, y llevaba el largo cabello negro reco-gido en una coleta; resultaba espectacular, con su pielbronceada y sus facciones duras y atractivas. La mujerllevaba un vestido con gran escote en la espalda, y lafalda ceñida terminaba en un volante ribeteado en blan-co. Su cabello era largo y negro, una masa de rizos quele llegaba por debajo de los omóplatos que le recordó aNicole Ashton... alguien a quien prefería olvidar. –Sus bebidas, señor. Quin pagó al camarero; los precios también perte-necían a un mundo de fantasía, en el que los clientes noprestaban atención a los costes. Era extraño, pero a pe-sar de la fortuna que había amasado, el valor del dineroaún tenía importancia para él; aunque hacía y compra-ba lo que quería, era imposible olvidar las leccionesque impartía la pobreza. Con las bebidas en la mano, Quin se volvió para ro-dear la concurrida pista de baile hacia la mesa dondeesperaban Tony y sus acompañantes, y se encontró conla mujer de pelo negro girando justo delante de él. Te-nía un cuerpo fantástico: sus pechos abundantes seapretaban contra la ceñida camiseta negra, la falda seabría hasta medio muslo y el cinturón enfatizaba una
  • 6. 5cintura que podría rodearse con las manos; sus caderaseran pura poesía y sus largas piernas asomaban con se-ductora elegancia. El hombre de blanco la agarró y lainclinó sobre su rodilla, y el grácil cuerpo femenino searqueó de modo que la melena de rizos negros rozó elsuelo; sus magníficos ojos verdes brillaban con placer,su rostro entero estaba iluminado por una sonrisa...Quin sintió una sacudida tan fuerte, que derramó partede las bebidas que llevaba. ¡Era Nicole! El corazón le dio un vuelco y sintió ungolpe en las entrañas. Era la sorpresa, intentó razonartras contener el impulso de fulminar con la mirada alhombre de blanco y de sofocar la urgente necesidad dearrancar de sus brazos a Nicole. No esperaba encontrar-se con ella, pensaba que sus caminos no volverían a en-contrarse jamás. Ella se había marchado al extranjerodespués de dar por finalizada su relación, y sin embar-go allí estaba, en aquel club, justo delante de sus nari-ces. Y con otro hombre. Aquello era perfectamente razonable; ¿por qué noiba a salir con otros hombres? Él había estado con otrasmujeres, aunque nunca había sentido la misma intensi-dad que con ella. Se había negado a involucrarse emo-cionalmente con nadie después del abandono de Nicole;era más sencillo moverse en el mundo de los negociossin aquel tipo de distracción. Y era absurdo que le afectara verla; lo pasado, pasa-do estaba. Apartó la mirada de la pista de baile y, concuidado de no derramar más las bebidas, se dirigió ha-cia la mesa de Tony. Se sentó al lado de Amber Piramo,que había pedido el refresco dando por sentado que éllo pagaría y se lo serviría, que se le concederían todossus caprichos porque era una hermosa mujer de la altasociedad con una adinerada familia de rancio abolengo. –Oh, gracias, Quin, querido –dijo con efusividad–.Estoy deshidratada, totalmente deshidratada.
  • 7. 6 Él no era su querido, y a pesar de sus evidentes en-cantos físicos, su descarado coqueteo le parecía irritan-te. Quin tuvo que obligarse a sonreír cuando respondió: –Siento haber tardado tanto en el bar. –No importa –Amber le dio unas palmaditas en elmuslo antes de continuar–: es divertido observar a losotros bailarines. Los músculos de la pierna masculina se tensaron,repeliendo de forma instintiva el contacto, y Quin apre-tó con fuerza la mandíbula; la única caricia que que-ría... pero Nicole estaba con otro. Amber retiró la mano incitante y tomó su vaso; be-bió demasiado, demasiado deprisa, delatando una des-preocupación imprudente por el alcohol del cóctel.Quin esperaba que la mujer no estuviera armándose devalor para insinuarse de forma más directa; aunque pu-diera parecer una actitud pasada de moda, considerabaque era prerrogativa del hombre ser el cazador. Cuando la música paró, su mirada buscó instintiva-mente a Nicole; su acompañante la acompañó a unamesa donde otro hombre acababa de dejar a una mujercon el cabello morado, que obviamente no tenía nadade tímida. Llevaba un top negro que le llegaba por elombligo, y unos pantalones muy ajustados de colorfucsia. Sorprendentemente, los tres se pusieron a char-lar y a reír... dos mujeres y un hombre entre ellas, mos-trando una gran cordialidad. De repente, Tony se interpuso en su campo de vi-sión, fingiendo cómicamente tener las piernas temblo-rosas y secándose la frente mientras se acercaba con suúltima conquista, Nina Salter-Smythe, desde la pista debaile. –Necesito una rápida y enorme dosis de cerveza fría–dijo el hombre, y tras dejar a su pareja en la mesa, sedirigió al bar. Nina sugirió a Amber una visita al tocador, y ambas
  • 8. 7mujeres se levantaron y dejaron a Quin libre de con-templar a Nicole sin interrupciones. Intentó recordarque aquella mujer lo había rechazado, que no deberíapensar más en ella, que no debería volver a mirarla. Eraun esfuerzo inútil y frustrante, ya que todos sus instin-tos estaban al rojo vivo. Ella había sido su mujer, yQuin quería otra oportunidad. Si no estaba casada conel latin lover, que estaba desplegando su encanto sobrelas dos mujeres de forma indiscriminada, tenía espaciode maniobra. Y pensaba maniobrar. Su cuerpo entero selo exigía, demandaba que organizara su ataque, que Ni-cole volviera a formar parte de su vida. En cuanto Tony volvió a la mesa, listo para hacer deamable anfitrión ante sus amigos, Quin se puso de piepara interceptarlo antes de que se sentara. –He visto a alguien con quien quiero hablar –expli-có–; discúlpame, ¿de acuerdo? –¡Espera! –protestó su amigo–, ¿qué hay de Am-ber? Te estaba comiendo con la mirada. –No hay nada con ella –dijo Quin con sequedad, le-vantando la mano para evitar más comentarios mien-tras se dirigía hacia la única mujer que existía para élaquella noche.
  • 9. Capítulo 2N ICOLE lo estaba pasando bien, y se alegraba de haber dejado que Jade y Jules la convencieran de que los acompañara. Habían argumentadoque debía dar a sus alumnos un informe de primeramano sobre el nuevo club, pero ignoraban que la escue-la de baile que Nicole dirigía en el lugar de su madretuviera tantas deudas, que no veía una posible salida.Había aceptado la invitación en un intento desesperadode escapar durante un rato de sus preocupaciones, dedisfrutar de la compañía de sus amigos sin pensar en elmañana. –Se te acerca un tipo guapísimo –Jade puso los ojosen blanco expresivamente–. Por tu izquierda. Nueve enpunto. –¿Puntuación del uno al diez? –preguntó Nicole,riendo. –Por encima del diez. Nicole sacudió la cabeza, incrédula; desde que Jadehabía regresado de trabajar con diseñadores europeospara establecer su negocio en Sídney, había estado in-tentando encontrar un hombre para su amiga, afirman-do que una persona debía disfrutar de todo lo que lavida podía ofrecerle; según ella, la soltería de Nicoleno era sana, e impedía su desarrollo como mujer. –Jade tiene razón –susurró Jules en su oído–, seacerca un tipo imponente. De primera división. Nicole hizo una mueca; ya había estado íntimamen-
  • 10. 9te ligada a un hombre que se movía en la primera divi-sión del mundo de los negocios, y había salido escalda-da. –Nicole... Aquella voz... un estremecimiento convulsivo reco-rrió su espalda, y su cuerpo se heló. Su estómago secontrajo cuando volvió la cabeza bruscamente, reaccio-nando ante la necesidad de negar la certeza que golpea-ba su corazón. Pero no se trataba de ningún error. –Quin... –el nombre masculino brotó de sus labiosantes de que pudiera impedirlo, con un eco anhelanteque la avergonzó. Debería haber expresado únicamentela sorpresa que sentía. Él sonrió, golpeándola con la atracción arrolladoraque había sido su perdición siete años atrás; aquellosojos grises destrozaban todas sus defensas. Lo únicodiferente en él eran los destellos plateados en su pelonegro, que conferían una autoridad más madura a su in-creíblemente atractivo rostro; sus rasgos estaban dura-mente esculpidos y denotaban fuerza y carácter. Su al-tura y poderoso físico destilaban poder, por no hablarde un irresistible atractivo sexual. Cuando Quin habló,su voz profunda le puso la carne de gallina. –Me alegro de volver a verte, Nicole –dijo él concalma. –¿Qué haces aquí? Las palabras brotaron bruscamente del resentimien-to que sentía porque él aún podía afectarla de aquellamanera. Quin había dominado su vida durante dosaños, y ella había entendido finalmente que no era másque una conveniencia sexual para él. –Me gusta bailar, ¿te acuerdas? –contestó él; susonrisa permaneció imperturbable. Nicole no quería recordar nada, aunque él habíasido una fantástica pareja en las ocasiones en que le ha-bía convenido bailar con ella en las fiestas.
  • 11. 10 –¡Hola! Soy Jade Zilic –fiel a su forma de ser, Jadeextendió la mano con efusiva cordialidad, demasiadoimpaciente para esperar a que los presentaran–. ¿Quiéneres tú? –Joaquín Sola, aunque suelen llamarme Quin –tomóla mano de la mujer en un saludo cordial, y miró a Ju-les de forma interrogante. –Él es mi compañero, Jules –admitió Jade, dejandoclaro que Nicole estaba sola. Jules alargó la mano, y Quin se apresuró a estre-charla con fuerza. –Encantado de conoceros –dijo, obviamente encan-tado. «Vía libre», interpretó Nicole con amargura, aunquedudó un momento. Quin no podía estar allí sin acompa-ñante; un hombre como él no tenía necesidad de ir soloa ningún sitio, sin duda estaba disfrutando de la veladacon alguna relación del mundo de los negocios. –Tengo una pregunta para ti –dijo Jade con un brillotravieso en los ojos. –Dime –contestó Quin, invitándola a continuar. –¿Llevas Calzoncillos Nick? La cordial sonrisa masculina vaciló y Quin miró aNicole; su ceño fruncido reveló que estaba reevaluandola situación. ¿Sabían que había sido amante de Nicole?,¿se estaban riendo de él? El desconcierto momentáneo del brillante JoaquínSola reconfortó a Nicole, que se sintió menos vulnera-ble. Sin embargo, cuando él entornó los ojos y le diri-gió una ardiente mirada que sugería que estaba pensan-do en la ropa interior de ella, se apresuró a aclarar larazón de la pregunta. –Es una nueva línea de ropa interior masculina, queJade y Jules han diseñado y promocionado. Quin frunció aún más el ceño, y su mirada volvió ala pareja.
  • 12. 11 –¿Tenéis una relación de negocios? –preguntó. –Sí. Con una mercancía al rojo vivo –contestó Julescon una gran sonrisa. –Garantizada para despertar al diablillo que todohombre lleva dentro –apostilló Jade, y suspiró con trá-gico dramatismo–. La campaña de publicidad no debefuncionar como debería, si Quin ni siquiera ha recono-cido el nombre de la marca. –No juzgues en función de su ignorancia –comentóNicole con sequedad–; Quin no tiene ni el tiempo ni lasganas de ver la televisión. –¿De veras? –tras dirigirle una mirada incrédula,Jade rió con coquetería–. Bueno, la verdad es que notienes pinta de pasar horas tirado en el sofá; pareces unhombre de acción, y por eso deberías comprar Calzon-cillos Nick. Créeme, te ponen a cien; Jules los probóconmigo para ver el efecto que tenían. –¿Él se los pone para que tú... des tu aprobación?–preguntó Quin, aprovechando la oportunidad de extraermás información. –¡Oye, que no dejo que se limite a hacerme un pasede modelos! –Jade se abrazó a Jules, su pareja en to-dos los sentidos, y ronroneó–: ¿verdad que no, cielitomío? –Avivan el fuego cada vez que me los pongo –dijoJules con satisfacción. Quin también se sintió satisfecho al saber que la pa-reja mezclaba los negocios con el placer, ya que aque-llo confirmaba que Nicole estaba disponible para él. –No hay nada mejor que comprobarlo en persona–dijo–, la próxima vez que compre ropa interior, busca-ré vuestra marca. –¿No tienes una esposa que te la compre, Quin?–preguntó Nicole con calma, intentando mantener araya el deseo que sabía que él podía despertar en ella. –No, no estoy casado –negó él con rapidez.
  • 13. 12 –Quizás debería haber dicho «pareja» –continuóella–, recuerdo que evitabas los compromisos. –Al contrario, diría que llegué a comprometermedemasiado –hizo una mueca irónica–; desafortunada-mente, no siempre elegí la prioridad adecuada en elmomento oportuno, muy a mi pesar. Pero tengo inten-ción de corregir ese error. –Qué suerte para la mujer con la que estés ahora–contestó Nicole, indignada por su alusión a sus su-puestos remordimientos. Quin sabía cómo conseguirlo que quería, y por la cantidad de energía que estabadirigiendo hacia ella, estaba claro que buscaba la ma-nera de conseguir llevársela a la cama en un futurocercano. –No estoy con ninguna mujer en particular –dijo él,encogiéndose de hombros. –Con nadie de importancia, quieres decir –se burlóella, consciente de que las únicas personas que le im-portaban a Joaquín Sola eran las que resultaban útilespara sus ambiciones. –Cada individuo tiene su valor –contestó él con ra-pidez; sus inteligentes ojos grises dejaron entrever queconsideraba que el valor del atractivo de Nicole eraaduladoramente elevado. –Tienes razón –admitió ella con voz aterciopelada;sus ojos destellaron desafiantes cuando añadió–: peropara algunas personas, el dinero vale más que cualquierotra cosa. Sus ojos estaban fijos en los de él, observandocómo la aguda mente masculina repasaba los conflictosque habían roto su relación cinco años atrás. –No finjamos que el dinero carece de importancia,Nicole; todo el mundo tiene un precio. Te guste o no,las cosas funcionan así –dijo él con sarcasmo. Era muy cierto; de hecho, el mundo de Nicole iba aderrumbarse por falta de dinero. Sintió una oleada de
  • 14. 13odio hacia todos los hombres de negocios que sólo sepreocupaban de sus fortunas, y su voz se inundó de aci-dez. –¿Cómo mides tu valor en la actualidad, Quin? –semofó, atacando directamente–; ¿has alcanzado ya tusmetas? ¿Cuántos millones querías ganar? Quizás nohabías pensado en un número exacto, y sólo se tratabade ir acumulando riquezas sin parar. Quin ladeó la cabeza, sopesando la amargura que seadivinaba en la voz femenina. –¿Cuánto sería suficiente para ti, Nicole? –preguntósuavemente–, ¿qué te satisfaría? Por un segundo, la sedujo la idea de que Quin tuvie-ra suficiente dinero para rescatarla; pero aquello lo in-volucraría en su vida, y si le abría una puerta... no, nopodía permitirlo, ya que habría mucho más en juegoque la ruina financiera a la que se enfrentaban su madrey ella. Había desastres de los que era posible recuperar-se, pero otros dejaban secuelas de por vida. –Mis necesidades nunca te preocuparon –dijo, lan-zándole una mirada escéptica. –Ahora me gustaría ocuparme de ellas. –¿Desde cuándo?, ¿desde hace dos minutos? ¿En elmomento en que decidiste irrumpir en mi noche defiesta? –Si la intención es sincera, el momento no deberíaser relevante. Nicole sacudió la cabeza ante su arrogante certezade que su pasada experiencia con él y los años que ha-bían pasado podían olvidarse sin más. Dijo sin rodeos: –Es un poco tarde para mostrar interés en mí, Quin,y francamente, yo no tengo interés en ti. –Jamás debería ser demasiado tarde para enmendarerrores pasados –contestó él. –No tiene sentido remover viejas cenizas –dijo ellacon tono burlón.
  • 15. 14 –Es sorprendente con qué frecuencia se descubreque aún quedan brasas encendidas. Él era tan consciente como ella de que la químicaentre ellos seguía viva, pero una vez ya la había condu-cido por un camino destructivo, y Nicole se negaba avolver a pasar por lo mismo. –Es un resplandor falso, Quin –dijo con convicción. –No si podemos avivarlo hasta que resurja la llama.La vida es muy fría sin fuego, Nicole. –Estoy segura de que hay muchas hogueras dis-puestas a darte calor. –Una ardió más que cualquier otra. Me gustaría vol-ver a ella. –Por desgracia, no puedo ofrecerte una puerta má-gica; tendrás que buscar en otro lado –tras hacer ungesto de despedida con la mano, dijo con rotundidad–:adiós, Joaquín Sola. Él asintió, aceptando la despedida, pero sus ojos noreconocían la derrota cuando contestó: –Hasta pronto –con una breve sonrisa, se despidióde Jade y Jules–: encantado de conoceros. –Sí, ha sido fascinante conocerte a ti –contestó Jade,atónita por lo que había presenciado. –Prueba los Calzoncillos Nick –insistió Jules–, nun-ca fallan en encontrar la puerta mágica. Quin rió mientras se alejaba, sin duda satisfecho porhaber causado buena impresión a sus amigos. Nicoleapretó los dientes. Si hacían un solo comentario favora-ble sobre él, iba a estallar. El duelo dialéctico con Quinla había dejado con los nervios de punta, siempre habíasido así; él conseguía alterarla, cargaba su cuerpo enterode electricidad. Ningún otro hombre la había afectadocomo él, pero aquello no significaba que Quin fuera bue-no para ella. Y algo salvaje en su interior deseaba que élsufriera una derrota... que supiera lo que era, que odiaraaquella sensación tanto como Nicole la había odiado.
  • 16. 15 Jules y Jade la contemplaban como si tuvieran de-lante a una mujer diferente; los ojos de ambos brillabancon curiosidad, pero permanecían callados, en esperade que ella hablara. Nicole no iba a revelar nada: lapuerta estaba cerrada para Joaquín Luis Sola. –No hay vuelta atrás –dijo con rotundidad–. Ya novivo en esa dirección. –¿En la que compartiste con él? –se apresuró a es-pecular Jade. –No compartimos nada en aquel lugar, se trató deuna posesión. Todo era según sus reglas. –Un mal sitio –murmuró Jules, solidarizándose conella. –Ahora vivo en otro ambiente –contestó Nicole,asintiendo. –Quizás tu ambiente actual sea demasiado limitado–dijo Jade con seriedad–. ¿Qué pasa si él ya no viveallí tampoco? Tiempo y oportunidad... son cuestionesmuy delicadas. Arenas movedizas, diferentes circuns-tancias, puertas giratorias... ¿cuánto tiempo ha pasado? Jade no estaba en Australia en aquel entonces, perosi Nicole especificaba las fechas, sería como ofrecerleun hueso que roería persistentemente. Su amiga era unaespecialista en atar cabos. –No importa –dijo, encogiéndose de hombros mien-tras se levantaba–; la distancia no ha provocado que loeche de menos, así que déjalo, ¿de acuerdo? Voy al to-cador. –Parece un terrible desperdicio –susurró Jade contono disgustado. Nicole consiguió escabullirse, con la esperanza deque a su vuelta no volviera a surgir el tema; sin embar-go, la velada había perdido todo su atractivo. Sólo lacerteza de que él estaba allí la hacía sentirse tensa, conlos nervios tirantes por la amenaza a la vida que habíaconstruido sin él. Deseaba poder irse en aquel momen-
  • 17. 16to, pero salir del club delataría una vulnerabilidad queno estaba dispuesta a admitir ante Jade y Jules, y mu-cho menos ante Quin. Si él la estaba observando, si laseguía... no, debía actuar como si fuera completamenteajena a su presencia. El tocador le ofrecía un refugio seguro, pero sólopodía permitirse un breve respiro si no quería dar laimpresión de que estaba escondiéndose. El sitio estabaabarrotado, había una cola para entrar en los servicios ymultitud de mujeres lavándose las manos, retocándoseel maquillaje y el peinado. Nicole se puso a la cola, yen un intento de evitar que los recuerdos de Quin inun-daran su mente, intentó concentrarse en las conversa-ciones que sonaban a su alrededor. Irónicamente, ni si-quiera allí podía librarse de él. –¿Cómo va con Quin Sola? La pregunta llegó a sus oídos con toda claridad des-de el murmullo de voces, y Nicole miró sorprendida auna morena de rojo que contemplaba con intención auna hermosa rubia; la mujer vestía un ceñido y diminu-to vestido azul y estaba practicando un sexy puchero enel espejo. –Bueno, no sé si vale la pena ir a por él –dijo condescaro. –¡Que si vale la pena! ¿El empresario más impor-tante de la ciudad? Todo el mundo que se precie utilizasu empresa de servicios financieros, el hombre ha ama-sado miles de millones. Además, es guapísimo. Su empresa... miles de millones... ya no era el em-pleado estrella de un banco internacional, en los últi-mos cinco años Quin había llegado a tener su propiacompañía; sin duda, había podido acumular más rique-zas trabajando según sus propias reglas. –¡Caramba, dime dónde está ese monumento! La exclamación, proveniente de una fuente anóni-ma, fue seguida de varios comentarios parecidos, pero
  • 18. 17las dos mujeres los ignoraron. Con tono aburrido, la ru-bia dijo: –No necesito su dinero, Nina, y no me apeteceacostarme con un tipo tan frío. –Te insinuaste y él no picó el anzuelo –contestó lamorena con una sonrisa. Ahí estaba el error, pensó Nicole con sarcasmo;Quin era quien llevaba la iniciativa, estaba programadoasí. La rubia se encogió de hombros como si le resulta-ra indiferente, pero su ego tenía que haberse resentido.La mujer se equivocaba acerca de la frialdad de Quinen la cama, pero las decisiones del hombre eran irrevo-cables cuando había tomado una decisión. «Hasta pronto», le había dicho... Nicole sintió que un escalofrío recorría su espaldacuando se dio cuenta de que Quin podía haberse mos-trado frío con la rubia porque la tenía a ella en el puntode mira. ¿Qué pasaría si no aceptaba su rechazo? Cincoaños atrás, ella había escapado a Europa para rompertoda conexión con él, pero en ese momento no podíahacer lo mismo. Sólo podía mantener la esperanza deque él cambiara de opinión y no intentara volver a ver-la, de que la dejara en paz. La mujer que había detrás de ella en la cola la empu-jó ligeramente hacia el lavabo que acababa de quedar li-bre; Nicole no se había dado cuenta de que le tocaba, ytampoco había notado que las dos mujeres que hablabande Quin se habían ido. Se apresuró a encerrarse en elpequeño espacio privado, deseando poder dejar fueratodas sus preocupaciones. Por lo que había oído, Quin podía dejarle el dineroque necesitaba para mantener la escuela de baile a flo-te, y era posible que lo hiciera si recibía lo que queríade ella. Si sólo era sexo... la sacudió el traidor deseoque la inundó; era absurdo esperar algo de Quin. Él lehabía arrebatado su autoestima una vez, era de locos
  • 19. 18plantearse una idea que le daría el poder de volver ahacerlo. Pero esa vez, ella lo utilizaría a él, y una vocecillavengativa le susurró que sus acciones estarían justifica-das. Quin ponía un valor material a todo, ¿por qué nopodía ella hacer lo mismo? Aquella vez no resultaríaherida al confundir sexo con amor. No con Quin. Ycambiar las tornas resultaba salvajemente atrayente,ofrecer sólo lo que estaba dispuesta a dar... ¡según suspropias reglas! La gran pregunta era... ¿cuánto la deseaba Quin?
  • 20. Capítulo 3L A mente y el cuerpo de Quin estaban al rojo vivo, vigorizados por la fiebre de una desafiante perse- cución; aquella vez no iba a permitir que Nicolese le escapara. Estaba decidido a superar cualquier obs-táculo que ella pusiera en su camino, a eliminar su resis-tencia y a volver a hacerla suya. Lo que necesitaba erainformación... dónde trabajaba, sus horarios; entoncesresultaría fácil planear otro encuentro casual en el quefortalecer la atracción que ella intentaba negar. Vio que Tony lo observaba mientras volvía a la mesa;en los cuatro años que llevaban de relación profesional ypersonal, Quin había aprendido que a Tony Fisher se le es-capaban pocas cosas. Ya fuera en asuntos legales o a lahora de valorar a la gente, siempre acertaba. Era bajo y untanto achaparrado, pero tenía una gran personalidad y unasonrisa contagiosa, unos alegres ojos marrones y una matade rizos castaños que enmarcaban su afable rostro. Apar-tándose de sus bulliciosos invitados, se acercó a Quin an-tes de que éste llegara hasta ellos. –Típico en ti, encontrar a la experta en esta multitud–dijo, señalando en dirección a Nicole. Por una vez, Quin no sabía de qué estaba hablandosu amigo. –¿Experta? –preguntó. –La maestra de baile –dijo Tony, enarcando las ce-jas en gesto sorprendido–. Estás perdiendo facultades,si ni siquiera pudiste averiguar eso.
  • 21. 20 Quin frunció el ceño. Las palabras de Tony carecíande sentido, ya que Nicole trabajaba en la banca antesde marcharse al extranjero; era licenciada en Econo-mía, y había ido ascendiendo hasta la sección de ven-tas, sacando el máximo beneficio del dinero de grandesinversores. Uno de los puntos fuertes de su relación ha-bía sido que ella entendía el trabajo de él. Aunque era cierto que bailaba como una auténticalatinoamericana... pero Tony debía de haberla confun-dido con otra persona. Alguien con el cerebro de Nico-le para las finanzas tenía que estar ganando un buensueldo, y desde luego su lugar de trabajo no sería unaescuela de baile. –Creo que te equivocas, Tony –se burló de su ami-go, que se preciaba de tener siempre razón. Una ceja descendió mientras la otra se arqueaba aúnmás. –¿Acaso no has estado hablando con Nicole Ashton? Su nombre provocó un escalofrío en la espalda deQuin, y las señales de alarma se encendieron en su sis-tema nervioso; contempló a su amigo fijamente, inten-tando leerle el pensamiento. –¿Qué sabes de ella? –¿Te dio la patada? –contestó Tony; su boca se cur-vó en una sonrisilla curiosa. Quin se tensó al darse cuenta de que existía algúntipo de asociación previa que no le gustaba nada; suamigo ignoraba su relación con Nicole, ya que en aquelentonces aún no lo conocía, de modo que la preguntasobre la «patada» debía de hacer alusión a la propia ex-periencia de Tony. –¿Tienes una buena razón para preguntar eso? –pre-guntó con frialdad, aborreciendo la posibilidad de quesu amigo conociera íntimamente a Nicole. –Bueno, lo cierto es que no llegué con ella más alláde las clases de baile por las que había pagado –contestó
  • 22. 21Tony, encogiéndose de hombros–. Eso no es habitual enmí. Quizás no tenga el atractivo de tu físico, pero cuandome propongo conquistar a una mujer, suelo conseguirlo. Quin sabía que era cierto, y por esa razón se le ha-bía hecho un nudo en el estómago. –Pero no tuviste suerte con Nicole Ashton –insistió. –Ni siquiera coqueteó un poco conmigo; siempre semostraba amigable, pero estaba centrada sólo en el bai-le, no había nada más para ella. Al menos, conmigo. El alivio inundó a Quin ante la tranquilizadora res-puesta. La turbulenta tormenta posesiva se despejó desu mente, y se dispuso a recabar información. –¿De cuándo estamos hablando, Tony? –De hace dos años; ya me conoces, odio quedarmeatrás, y el baile latinoamericano empezaba a hacersepopular. Di clases con ella durante un mes para apren-der todos los movimientos. –En una escuela de baile. –Sí. –¿Clases nocturnas? –Quin no podía creer que fuerael trabajo diurno de Nicole. –Tres veces por semana –asintió Tony–. Clases par-ticulares, y sólo llegué a averiguar que ayudaba con laescuela a su madre, que era la propietaria. Bueno, yque había ganado un montón de competiciones de baileen su niñez, tenía un montón de fotos y trofeos para de-mostrarlo. Como he dicho... una auténtica experta. Nicole nunca le había contado aquello, pero Quinadmitió que él tampoco le había hablado de su infan-cia; había querido que ella lo aceptara como era enaquel momento, sin mirar atrás. Y después de que él senegara a hablar de su familia en varias ocasiones, argu-mentando que el pasado era irrelevante para su rela-ción, Nicole había claudicado. –¿Dónde está la escuela? –dijo, preguntándose siella habría montado el negocio con su madre.
  • 23. 22 –En Burwood. Aquel barrio estaba bastante cerca del centro de laciudad, donde Quin vivía y trabajaba, pero lo suficien-temente lejos para que sus caminos no se cruzaran. –Así que ni siquiera has conseguido que te diga eso–comentó Tony. –Sólo estaba reconociendo el camino, buscando unpunto de partida. –¿Te ha dado alguna señal alentadora? –Ninguna. Pero sólo ha sido un primer acercamiento. –Del cual te has retirado a tiempo para poder volveral ataque después –dedujo Tony. –No acepto la derrota –admitió Quin, sonriendoante la aguda lectura de la situación por parte de suamigo. –Buena suerte en tal caso, amigo mío. Nicole Ash-ton despierta pasiones, pero destila frialdad. «En la cama no», pensó Quin. –Ah, aquí vienen Nina y Amber –dijo Tony, miran-do por encima del hombro de Quin y alargando el bra-zo para atraer hacia sí a Nina Salter-Smythe. Quin se giró para saludar a las dos mujeres, aprove-chando para lanzar una mirada subrepticia hacia dondeestaba Nicole, con la intención de sorprenderla mirán-dolo; quería demostrarle que su aparente desinterés noera creíble. Pero ella no estaba allí. Su corazón latiócon fuerza ante la sorpresa de descubrir el asiento va-cío; ¿se había ido del club, decidida a huir antes de queél pudiera volver a atraparla? Volvió la mirada hacia los amigos de ella, que per-manecían sentados en la mesa con las cabezas muyjuntas y parecían estar tramando algo; seguramente, siNicole se hubiera ido la habrían acompañado, al menoshasta que consiguiera un taxi. De todos modos, no im-portaba: tenía suficiente información para encontrarla.
  • 24. Capítulo 4C UANDO Nicole salió del tocador, la pista de baile volvía a estar abarrotada; las parejas se ha- bían lanzado a bailar el chachachá con entusias-mo, y pudo llegar con facilidad hasta su mesa, dondeJade y Jules contemplaban la acción. –Tengo que admitir que Quin Sola es un gran baila-rín –comentó Jade de inmediato, señalando hacia don-de él estaba bailando con la morena del vestido rojo–.¿Le enseñaste tú, Nicole? –No, es algo natural en él; una vez me dijo que elbaile es una expresión vital en Sudamérica, crecióallí. –¿De qué zona de Sudamérica es? –preguntó Julescon curiosidad. –No lo sé, nunca me lo dijo. –¡Ah, un pasado misterioso! –se apresuró a comen-tar Jade, meneando las cejas. –Es cuestión de opiniones –Nicole hizo un gesto in-diferente–. Consiguió la ciudadanía australiana, y dejóel pasado atrás. ¿Por qué no vais a bailar? Yo me quedoaquí. Nicole no quería hablar de Quin, necesitaba tiempopara pensar, y Jade y Jules la complacieron dejándolasola para que pudiera hacerlo. Mientras contemplabacómo bailaba, la asaltaron tórridos recuerdos; sus mus-culosas piernas seguían el ritmo del chachachá, y elmovimiento de su firme trasero la tenía casi hipnotiza-
  • 25. 24da. Era cierto que Quin era un gran bailarín, inclusomejor que Jules; de hecho, era el mejor en la pista. Era el mejor en todo... excepto a la hora de querer aalguien, se recordó Nicole salvajemente. El secreto a lahora de tratar con Quin era aceptar lo que ofrecía y dis-frutarlo sin sentir nada tampoco. En el pasado, ella ha-bía sido incapaz de conseguirlo, se había implicado de-masiado y había perdido su amor propio porque él nola había correspondido. Pero no debería haberse valora-do en función de lo que él pensara; quien no habíadado la talla había sido Quin, no ella. Cinco años atrás, alejarse de él y de su falta de cari-ño había sido cuestión de supervivencia; en ese mo-mento, Nicole se enfrentaba a otro tipo de desafío, ba-sado en algo que al parecer Quin tenía a raudales. Yaque él le ponía un precio a todo, Nicole se preguntóqué estaría dispuesto a ofrecer a cambio de poder estarcon ella. ¿Sería capaz de olvidarse de todo lo demás yplantearle la pregunta? Si él se negaba... bueno, no per-día nada con intentarlo. Y si él decía que sí... como él había limitado su ante-rior relación al dormitorio y poco más, parecía lógicopensar que volvería a aceptar las mismas limitaciones,así que no habría demasiados riesgos. De hecho, posi-blemente le vendría bien satisfacer el deseo que él habíadespertado en ella. Quizás una breve y potente dosis deél curaría la larga resaca provocada por haber sido suya. La clave era el control; ella debía dirigir la situa-ción. ¿Podía hacerlo? En aquel momento, el baile terminó, y Nicole ob-servó cómo salía de la pista de baile con la morena,mientras Jade y Jules volvían a su mesa. La atrevida yemprendedora Jade. Ella no dudaría en pedirle ayuda aQuin, llegar a acuerdos era algo natural en ella. «Apro-vecha las oportunidades», diría. «Hazlas tuyas». Nicolese levantó y avanzó con determinación.
  • 26. 25 –Voy a hablar con Quin Sola –les dijo a sus amigoscuando pasó por su lado. Quin vio en alguna parte su reflejo mientras se acer-caba a él, o sus antenas captaron la arrolladora químicaque desprendía su cuerpo femenino, porque se giró deinmediato hacia ella, de modo que Nicole no tuvo queirrumpir en su grupo de amistades. Ella se detuvo a unmetro de distancia, y la boca femenina se curvó en unapequeña sonrisa irónica cuando dijo: –Tengo una propuesta para ti, Quin. –Deja que te invite a beber algo –contestó él, seña-lando hacia el bar. Además de proporcionarles cierta privacidad quefavorecía a Nicole, ir hacia allí prolongaría también elencuentro; aquello era algo que complacía a Quin, yaque había sido ella quien había cortado su conversaciónanterior. –Claro, gracias. Su rápida aceptación hizo que él sonriera con satis-facción, y se puso en marcha sin volver a dirigir la mi-rada al grupo con el que estaba, enfocando de inmediatotoda su atención en ella. La guió a través de la multitudsin llegar a tocarla, todo un logro, mientras la gente seapartaba a su paso ante un simple movimiento imperio-so de su mano o una mirada de sus ojos grises. «Es su fuerza», reflexionó ella; Quin siempre la ha-bía tenido... el poder de atraer o de repeler a los demássegún su voluntad. Era algún tipo de energía que sabíaejercer, o quizás fuera algo innato en él, una especie decarisma con el que había nacido. Lo hacía especial,fuera de lo común; y peligroso, ya que era muy fácilcaer presa de su hechizo y rendirse a él. Aunque era consciente de ello y estaba en guardia,Nicole sentía el estremecimiento de excitación de sucuerpo ante la cercanía de aquella traicionera fuente depoder. Tratar con Quin era jugar con fuego, pero ella se
  • 27. 26había quemado y había aprendido la lección. No permi-tiría que aquel hombre volviera a controlar su vida: esavez ella establecería los límites. Cuando llegaron al bar, encontraron un sitio de in-mediato. El camarero estaba listo para tomarles nota apesar de la aglomeración de gente. Quin pidió dos mar-garitas sin darle la opción de elegir, tomando las rien-das de la situación, como siempre. Pero Nicole se dijoque aquella vez no todo iba a ser como él quisiera. Derepente, recordó que la primera noche que habían pasa-do juntos él había pedido la misma bebida; si pensabaque la iba a ablandar con aquel recuerdo, andaba listo.Cuando les sirvieron, Nicole tomó su vaso de inmedia-to, sin esperar a que él se lo alcanzara. Quin tomó elsuyo y lo levantó en un brindis. –Por los segundos encuentros y las segundas opor-tunidades –dijo; sus ojos brillaban con calidez ante elaparente cambio de opinión de ella. Nicole se negó a entrar en ningún tipo de coqueteojuguetón, ya que no había razón para ello. O aceptabael trato, o no lo hacía. –Antes me preguntaste cuánto sería suficiente paramí –le recordó sin andarse por las ramas. –Sí, es cierto –aceptó él; su mirada se volvió máspenetrante–. ¿Has preparado una lista? –Dijiste que te gustaría ocuparte de mis necesidades–continuó ella, ignorando su pregunta. –Dentro de lo razonable –se apresuró a puntualizarél; sus ojos adquirieron un brillo calculador. Nicole tomó un sorbo en un intento de calmar susnervios, con la esperanza de que un buen trago de alco-hol la ayudara. Cuando reunió el coraje suficiente, con-tinuó: –Afirmaste que todo el mundo tiene un precio. Quin sopesó por un momento aquellas palabras an-tes de ofrecer su propia interpretación.
  • 28. 27 –¿Estás diciendo que necesitas dinero, y que siofrezco lo suficiente, la «puerta mágica» se abrirá? –Lo necesito urgentemente –lo corrigió–. Así que lapregunta es la siguiente: ¿cuánto estás dispuesto a pa-gar para tenerme otra vez en tu cama? –¿A pagar? –repitió él, entornando los ojos–, ¿no terefieres a un préstamo? –No –Nicole levantó la barbilla en un gesto belige-rante, desafiando su opinión. No le importaba, lo únicoimportante era la oportunidad de solucionar sus proble-mas–. Estamos hablando de un regalo; y tengo que te-nerlo mañana mismo –dijo con claridad. –Y, suponiendo que acepte tu propuesta, ¿cuándo tetendré yo a ti? El corazón de ella latía con fuerza ante la posibilidadde que él dijera que sí; no había creído en ello lo suficien-te para pensar en cómo cumplir su parte del trato, tenien-do en cuenta sus otros compromisos. Tenía que mante-nerlo apartado de la casa de su madre en Burwood. –¿Dónde vives, Quin? –Tengo un apartamento en Circular Quay. Ir en transporte público hasta allí no era problema...veinte minutos en tren desde Burwood. Con sarcasmo,dijo: –Podría calentar el fuego de tu hogar dos noches ala semana durante... –¿qué oferta sería razonable acambio del dinero que necesitaba? Tenía que haber unlímite de tiempo. –Durante todo el tiempo que yo quiera –presionó él. –¡No! –eso significaría darle el control de la situa-ción–. Durante tres meses –decidió, consciente de queno podía arriesgar más. Tres meses era la oferta másjusta que estaba dispuesta a ofrecer. –Veintiséis noches... –murmuró él, pensativo; susojos ardían ante el recuerdo de las cosas que habíancompartido.
  • 29. 28 Nicole sintió un momento de pánico; no había hecholas cuentas, se había centrado en el límite temporal. ¿Po-día conservar su objetividad tanto tiempo, mantenersedentro de los límites que se había fijado? Pero ya no po-día echarse atrás, Quin notaría de inmediato su vulnera-bilidad. Además, quizás fuera él quien se echara atráscuando supiera el coste; sin duda podía contratar a unaprostituta de lujo que lo satisficiera por mucho menos. –¿Cuánto dinero necesitas, Nicole? –preguntó él,yendo directamente al grano. Los ojos de ella lo miraron con un desafío burlónmientras detallaba la cifra exacta. –Setecientos treinta y seis mil dólares con cincuentay cinco céntimos –los números que la habían estadoatormentando estaban grabados en su mente. Quin asimiló la cifra sin parpadear, y su rostro per-maneció impasible. –Y los necesitas mañana. –Sí. –¿Qué pasará si no los tienes? –Eso es algo privado –contestó ella–. Lo tomas o lodejas, ésa es la propuesta. –Pasa la noche conmigo mientras pienso en ello. –¡No! No voy a darte nada gratis, Quin. No meacostaré contigo hasta que me pagues lo que valgo, ytienes que dármelo mañana. –Lo que vales... –dijo él con sarcasmo. –Son palabras tuyas –le recordó ella bruscamente;su estómago se revolvía, anticipando la humillación in-minente–. ¿Sí o no? Los ojos de Quin brillaban con sus propios planescuando tomó el vaso vacío de las manos de Nicole; ellano recordaba haberlo apurado, y se dio cuenta de que elde él también estaba vacío cuando Quin los dejó sobreel mostrador del bar. Se armó de coraje para enfrentar-se al final de aquel loco encuentro.
  • 30. 29 –Te contestaré cuando bailes conmigo este tango–dijo él con voz afable. Su tono hizo que sintiera un estremecimiento de ad-vertencia, pero Nicole no tuvo tiempo de responder nide resistirse. Él capturó su mano y la sujetó con firme-za mientras la conducía tras él a la pista de baile; la or-questa acababa de dar los primeros compases, y ningu-na otra pareja había empezado aún a bailar. Quin lahizo girar en medio de la pista vacía y elevó los brazosde ella, posicionándose con arrogancia en el abrazo ini-cial tradicional del tango. El cuerpo de Nicole se arqueó en una resistenciainstintiva cuando él asumió el papel dominante; lasfuertes piernas de Quin la forzaron a ejecutar la pautade pasos básica, la salida, que él convirtió en una per-secución física, sexual. Nicole sintió que la inflamabauna energía volátil, la necesidad de desafiarlo, de ven-cerlo en su propio juego. Seguirlo en su perfecta ejecución de los ochos y losgiros era más que una cuestión de orgullo; cada vezque tenía oportunidad, Nicole aportaba algún extrava-gante adorno al baile, instándolo a que igualara su crea-tividad, a que la superara si podía. Lo provocó hastaque él la guió a un autoritario arrastre con ambos pies;Quin atrapó un muslo femenino contra el suyo, incli-nándose sobre ella y rodeando posesivamente su cintu-ra mientras Nicole arqueaba la espalda. La mano mas-culina casi acunaba su pecho turgente. –No te tomes libertades, Quin –advirtió ella conbrusquedad. –Sólo estaba comprobando la mercancía –respondióél. Ella sintió que la sangre le hervía en las venas, perono tenía sentido ofenderse, ya que aquella actitud seadecuaba a su propuesta. Además, saber que Quin pen-saba en ella en esos términos la disuadiría de compro-
  • 31. 30meterse emocionalmente. Mercancía... ¡le iba a dar unabuena lección! El intrincado juego de pies y la pasión de su tangohabían captado la atención de muchos de los asistentes,que se mantenían apartados y aplaudían, dejándoles es-pacio para que se sumergieran en el ritmo espectacularde la música. Nicole se abandonó a la sensualidad delbaile con un despliegue salvaje de provocadores conto-neos y sacudidas hasta que Quin volvió a acercarla;después de lanzarla a un torbellino de pasos dobles, élvolvió a establecer su dominio con una elevación e in-clinándola sobre su cuerpo. Nicole contraatacó con undeslizamiento descendente por el cuerpo masculino,que no dejó lugar a dudas de la excitación de él. –Sin el dinero no hay nada, Quin –le recordó, exul-tante ante su erección. –No me digas que no estás ardiendo, Nicole –con-testó él; sus ojos llameaban con deseo. –No vas a romper mi resolución –lo acicateó, y du-rante el resto del baile mantuvo una actitud de arrogan-te desdén a pesar de las apasionadas maniobras de él. Cuando la música cesó, ambos respiraban con difi-cultad. Los pechos de ella subían y bajaban contra elfuerte torso del hombre mientras sus cuerpos permane-cían inclinados en la pose de agresión y resistencia tra-dicional; la cabeza, los hombros y los brazos de Nicolepermanecían tensos, su largo cabello casi rozaba el sue-lo y su rostro estaba justo debajo del de él. Ninguno delos dos pareció notar los aplausos que sonaban a su al-rededor. Quin no estaba listo para romper la crepitantesexualidad de aquel último abrazo. –¡Admite que me deseas! –exigió. –Demuestra que valoras lo que puedo darte –replicóella. –Mañana por la mañana, el dinero; mañana por lanoche, vendrás a mí.
  • 32. 31 –Trato hecho. –Cobraré la deuda en carne, Nicole –los ojos grisestenían un brillo salvaje. «Pero no pagaré con mi corazón», pensó ella con lamisma ferocidad. Joaquín Sola no lo conseguiría porsegunda vez. –Veintiséis noches –reafirmó él. –Que se te abonarán al completo –prometió Nicole. –Me aseguraré de que cumplas tu palabra. –Lo sé. –Quiero que quede claro que no hay cláusula de es-cape. –Entendido. –De acuerdo. Vamos a ultimar los detalles. Tras enderezarla y liberarla de su abrazo, Quin latomó de la mano mientras hacía que girara hacia sulado para inclinarse juntos y agradecer los aplausos queseguían resonando. Los rostros de la gente eran un bo-rrón para Nicole; saber que el trato se había cerrado lallenaba de una extraña sensación de irrealidad. Quiniba a pagar sus deudas, y ella iba a ser su esclava se-xual durante tres meses. Aunque se recordó que eso no era ninguna novedad,simplemente una repetición del pasado, las piernas leflaquearon mientras regresaban al bar; ninguno de losdos deseaba volver a sus respectivas mesas, ya que aúnquedaban puntos por discutir. Nicole esperaba que élentendiera que su acuerdo debía permanecer en la másestricta intimidad. –¿Otra bebida? –preguntó Quin. –Sólo agua –respondió ella. Sin duda él sentía la misma necesidad de enfriarse,porque pidió dos. Mientras esperaban, Nicole se sobre-saltó cuando un hombre se les acercó y dio una palma-dita en el hombro de Quin. –Has encontrado a alguien a tu altura, Quin –dijo
  • 33. 32sonriente; sus ojos brillaban con humor–. ¡Un bailefantástico! Deberías convencerlo de que fuera tu parejasi aún vas a competiciones, Nicole. La sorpresa encogió el corazón de ella y se le hizoun nudo en el estómago. ¡Tony Fisher! Recordaba quele había dado clases de baile hacía unos dos años, perono recordaba cuál había sido su situación por entonces.¿Sabía de la existencia de Zoe?, ¿se la mencionaría aQuin?, ¿qué relación existía entre los dos hombres? –Tony... –saludó al fin. –Me alegra que me recuerdes –Tony exudaba cali-dez mientras alargaba la mano. Nicole la estrechó brevemente y contestó: –No hay demasiados hombres que tengan tu encan-to; espero que estés disfrutando de la velada. –Sí, por supuesto; y en lo que respecta a mi encan-to... –Tony dirigió una sonrisa irónica hacia Quin–, pa-rece que mi amigo tiene bastante más. ¡Era su amigo! –No me he dado cuenta –dijo ella con frialdad–.Pero el encanto personal no es un ingrediente esenciala la hora de hacer negocios, lo principal es entenderse.Quin y yo estamos intentando zanjar los detalles de unacuerdo, así que si fueras tan amable... –¿De dejaros solos? ¡Por supuesto! –Tony hizo ungesto de saludo con la mano y se fue. –Has sido muy hábil –comentó Quin mientras le en-tregaba su vaso–. Lástima que estés desperdiciando tutalento para tratar con la gente en una escuela de baile. –Créeme, allí no se desaprovecha –contestó ella consequedad. Así que sabía dónde trabajaba. Cuando él no hizomás comentarios, Nicole se relajó un poco. –Concretemos las cosas antes de que vuelvan a in-terrumpirnos –continuó ella con decisión–. ¿Tienes unatarjeta de negocios con tu e-mail?
  • 34. 33 –Sí –Quin sacó una de su cartera y se la dio–. ¿Ytú? –No la necesitas. Esta noche te mandaré un mensajecon la cuenta a la que hay que hacer la transferencia.Puedes responder con la dirección de tu casa y la horaa la que quieres que vaya. –De acuerdo –aceptó él. Nicole quería alejarse de aquel hombre, escapar dela tensión provocada por su cercanía. Tenía que pasarveintiséis noches con él, pero aquélla no era una deellas. –Quiero que el acuerdo quede entre nosotros, Quin–se apresuró a decir. –Como comprenderás, no voy a anunciar a los cua-tro vientos que tengo que pagarte para que te acuestesconmigo –contestó él, burlándose con la mirada de supreocupación. Nicole sintió una oleada de calor que le subía por elcuello y le ardía en las mejillas. –Cuando lo hice gratis, no lo valoraste –replicóbruscamente. –Esta vez apreciaré el valor de cada segundo quepase contigo. –¡Estupendo! –Nicole levantó la barbilla, negándo-se desafiante a pasar más tiempo en su compañía–.Mientras tanto, discúlpame. Mis amigos se estarán pre-guntando dónde estoy. –No lo creo, Nicole, no después de nuestro tango.Pero te acompañaré hasta tu mesa para que sepan quehas estado en buenas manos. –No necesito que nadie me indique el camino, gra-cias –espetó ella antes de volverse. –No querría que tus amigos pensaran que no soy losuficientemente caballeroso para ofrecerte esa cortesía–contestó él con insidiosa determinación. Nicole apretó los dientes y permaneció callada,
  • 35. 34consciente de que no podría librarse de él hasta que de-sempeñara el papel que se había propuesto. Discutir erauna pérdida de tiempo. Quin siempre se mostraba cor-tés con las mujeres: abría las puertas, las ayudaba asentarse, les ofrecía su protección. En el pasado, Nicolese había sentido querida por ello, pero en realidadaquella actitud no tenía nada que ver con el amor; Quinse limitaba a seguir sus propias pautas. Nicole avanzó hacia la mesa, consciente de su pre-sencia tras ella y preguntándose cómo iba a explicarlesa Jade y a Jules lo que había estado haciendo con él.No había duda de que habrían visto el tango, y sabíaque su propia actitud no encajaba con sus palabras an-teriores. Quin estaba justo a su lado cuando llegaron a lamesa. Jade y Jules sonreían ampliamente; probable-mente, creían que habían asistido al renacimiento de unapasionado romance. Antes de que Nicole pudiera des-pedirse amablemente de Quin, Jade la sorprendió alar-gando hacia ella una preciosa mariposa de brillanteseda amarilla con un brillo plateado en las alas. –Para tu árbol –dijo su amiga–; la hice para animar-te un poco, aunque seguramente ya no la necesitas.Pero he querido dártela antes de que os vayáis –susojos brillaban con deleite–. Puede servir para conme-morar tu reencuentro con Quin. –Gracias, Jade, es preciosa, pero... –¿Qué árbol? –preguntó Quin antes de que ella pu-diera negar lo que había insinuado su amiga. –El árbol de mariposas –contestó Jules–. Es un granelemento decorativo de fantasía; las ramas se han cons-truido a partir de restos de madera, y... Nicole sintió pánico ante la posibilidad de que suamigo mencionara a Zoe. –Es algo privado, Jules –advirtió–, y estás equivo-cada, Jade, Quin y yo no vamos a irnos juntos; sólo es-
  • 36. 35tábamos saldando una vieja cuenta pendiente –volvién-dose hacia el hombre, alargó la mano y añadió–: gra-cias. Ha quedado todo resuelto, ¿verdad? Él tomó su mano con fuerza, y la alarmante intensi-dad de su mirada pareció traspasarla. –El tiempo lo dirá. La amenaza velada en su voz la advirtió de que másle valía cumplir con su parte del trato. –No quiero apartarte de tus amigos por más tiempo–contestó Nicole mientras asentía. –Ni yo de los tuyos –devolvió él con una pequeñasonrisa sardónica. Nicole suspiró aliviada cuando Quin se despidió deJade y Jules y se alejó sin añadir nada más, aunque ladejaba con la tarea de eludir la curiosidad de sus ami-gos. Afortunadamente, a la mañana siguiente teníanuna importante reunión de negocios, así que no podíanquedarse hasta muy tarde. A la una de la madrugadaNicole estaba en su casa, sentada frente a su ordenador,lista para enviar el número de cuenta para que Quinevitara que su madre lo perdiera todo. Sus dedos dudaron sobre el teclado, y miró fijamen-te la dirección de e-mail en la tarjeta que él le habíadado. La bancarrota, o veintiséis noches con Quin. Sin-tió una gran opresión en el pecho. «No lo pienses», sedijo. «Hazlo».
  • 37. Capítulo 5N ICOLE intentaba relajarse en el tren que la lle- vaba a su encuentro con Quin; había sido un día cargado de tensión, con muchas llamadas paraconfirmar la transferencia de dinero y asegurarse deque las deudas se habían pagado a tiempo. Además, ha-bía resultado imposible ocultarle a su madre cómo ha-bía ocurrido el «milagro»; tenía que explicarle por quétendría que pasar dos noches a la semana fuera, sobretodo porque aquélla era la primera y necesitaba que sequedara con Zoe. El alivio que su madre había sentido al salvarse dela bancarrota se había transformado en culpa por elacuerdo al que Nicole había llegado con Quin Sola. –Nunca habrías vuelto con él de no ser por mí –ha-bía exclamado la mujer. –Sólo son tres meses, mamá –había argumentadoNicole–. No me pasará nada; de hecho, es mucho me-jor que perder la casa y la escuela de baile. Aquella pérdida habría destrozado a su madre. Ni-cole sabía que con sus aptitudes, su persistencia y suapariencia, habría podido conseguir un trabajo en elmundo de las finanzas con un salario capaz de mante-nerlas; la bancarrota no habría sido el fin para ella.Pero aquellas pérdidas, sumadas a la muerte de su ama-do segundo marido, habrían hundido a su madre en unadepresión aún más profunda. Quizás el peso de ciertaresponsabilidad por haber dejado que las cosas llegaran
  • 38. 37hasta aquel extremo la acicateara a reaccionar y a plan-tearse el futuro. Nicole se apresuró a bajar del tren cuando llegó aCircular Quay; Quin le había dado instrucciones en sue-mail para que se encontrara con él en un restaurantecerca de la Ópera, y una ojeada al reloj le dijo que fal-taban sólo unos minutos para las ocho, la hora acorda-da. Caminó deprisa, ya que no quería llegar tarde; Quinhabía cumplido su palabra, y hacer lo propio era esen-cial, tanto por integridad como por orgullo. Él habíapagado una cifra astronómica, y ella no quería dar pie aque pudiera criticar su cumplimiento del trato. Sin embargo, Nicole se había negado a arreglarsecomo si fuera a una cita; no se trataba de un acuerdoromántico, y no quería que Quin pensara lo contrario.Si él decidía pasar el tiempo con ella en un restaurante,ella comería con él, aunque sin duda acabarían de todosmodos en la cama; al fin y al cabo, era de lo que se tra-taba. Había decidido ponerse unos tejanos, unas sandaliasplanas y una fina camiseta con motivos florales que nodesentonaba ni de día ni de noche... podría ponérsela ala mañana siguiente. En el pequeño neceser sólo lleva-ba un par de artículos de aseo y una muda de ropa inte-rior. Mientras considerara aquella aventura desde unpunto de vista estrictamente práctico, no tendría pro-blemas para mantener sus emociones al margen. La mesa de Quin tenía una vista de primera fila de lagente que pasaba; trabajadores que volvían a casa, turis-tas que admiraban el puerto más espectacular del mun-do, gente que acudía a un concierto, al ballet, al teatro oa la ópera. La sección al aire libre del restaurante se ex-tendía más allá de la galería en la que estaban las tien-das, los bares y los restaurantes a lo largo del patio fron-
  • 39. 38tal del gran edificio de la Ópera. Era un marco ideal,pero toda la atención de Quin estaba centrada en obser-var a Nicole. No había dudado que aparecería en el lugar y a lahora fijados, que quizás llegaría pronto para asegurarsede ser puntual y holgazanearía cerca para no darle másde lo prometido. Quin no albergaba falsas esperanzassobre los motivos que la habían impulsado a haceraquel trato con él... graves problemas económicos y unfuerte deseo de vengarse por cómo la había tratado enel pasado. Era ese último punto el que ocupaba su men-te, dado que ya había cumplido con la parte material. Quería acostarse con ella y lo haría, pero su princi-pal objetivo aquella noche era cuestionar los motivosde Nicole, sabotear su plan, hacer que jugara según lasreglas de él. Aquella mujer había encendido un fuegoen sus entrañas la noche anterior. La batalla para conse-guir todo lo que quería de ella había comenzado, yQuin confiaba en que, en las noches a su disposición,podría organizar un asedio que derrumbaría sus defen-sas y haría que se rindiera totalmente a él. Era lo que había obtenido de ella en el pasado, y loquería de nuevo... ¡Allí estaba! Se acercaba con paso de-cidido, sin una falda sexy o unos tacones altos que limi-taran sus movimientos. Su atuendo revelaba que habíaantepuesto la comodidad a cualquier inclinación femeni-na de despertar deseo en él; estaba claro que no le im-portaba lo más mínimo lo que él pensara o sintiera.Avanzaba sumida en sus pensamientos, y su rostro mos-traba decisión. No lo buscaba, simplemente se dirigíahacia el lugar acordado. Quin vio el pequeño neceser que llevaba, con capa-cidad sólo para lo más esencial; Nicole no tenía enmente nada extravagante. Su cabello estaba suelto, sintentadoras horquillas que él pudiera ir retirando, y aun-que la camiseta que llevaba era más femenina que los
  • 40. 39tejanos que cubrían sus largas piernas, no era particu-larmente atrevida. Quin sonrió para sí. Si ella pensabaque la presentación de la mercancía lo desanimaría, es-taba muy equivocada. De repente, Nicole levantó la cabeza como si intu-yera su escrutinio; sus ojos se encontraron de inmedia-to, e intercambiaron una mirada que decía: «que em-piece el juego». Ella se detuvo cuando Quin se levantópara saludarla, y el cuerpo masculino vibró con antici-pación. Instintivamente, supo que ella estaba observan-do al enemigo antes de pasar al ataque. La retirada noera una opción. «La batalla ha comenzado», pensóQuin mientras alargaba una mano hacia ella. Nicole ignoró el acelerado latido de su corazón y seforzó a mostrar una expresión alegre mientras avanzabahacia el hombre que había pagado su precio. Una sonri-sa inicial parecía la mejor manera de que las cosas em-pezaran razonablemente bien, teniendo en cuenta que élesperaría sacar el beneficio esperado de su dinero. –Quin... –saludó, apretando brevemente la manomasculina–, gracias por facilitarme el dinero con tantarapidez. Gracias a ti, el día de hoy ha sido mucho me-nos difícil de lo esperado. Menos mal que había preparado aquella pequeña in-troducción, porque el magnetismo del hombre estabadejando su mente en blanco. El mero roce de su manohacía que el brazo le hormigueara con electricidad. Ni-cole había puesto medio mundo entre ellos para esca-par del poder sexual que ejercía sobre ella; la distanciano había debilitado la atracción, pero esa vez no podíapermitirse caer en sus garras. Tenía que conseguir con-trolar lo que sucediera entre ellos. –He construido mi empresa por ser eficaz y eficien-te –contestó él.
  • 41. 40 –Además de implacable. Las palabras escaparon de la boca de Nicole, a pe-sar de su anterior resolución de no recordar viejas heri-das. Para empeorar las cosas, retiró la mano con tantarapidez, que arañó la piel masculina. Los ojos grisesbrillaron con irónica diversión. –Me preguntaba cuánto tardarían en aparecer tusgarras. –Perdona, supongo que necesito una manicura. –Me refería a cómo me has descrito. –Venga, no puedes negar que eres implacable –lereprendió–, es una de tus mayores cualidades... propo-nerte un objetivo y no detenerte ante nada para lograr-lo. –Admito que esa actitud me ha sido de ayuda enmuchas ocasiones. –Siempre te ha dado los resultados que querías –in-sistió ella con tono mordaz. –La mayoría de las veces; incluso te he conseguidoa ti, Nicole, lo que demuestra que una gran pérdidapuede recuperarse –sonrió provocativamente–, si unoes lo bastante implacable. –O si está dispuesto a sacrificar una gran suma dedinero –dijo ella, enarcando una ceja burlona. –Pero no es un sacrificio, es una inversión de futu-ro. –Un futuro a muy corto lazo. –Ya veremos –señaló hacia una silla–, por favor,siéntate. He pedido champán para celebrar el inicio deun nuevo capítulo en nuestras vidas. «No tan nuevo», pensó Nicole cáusticamente mien-tras se sentaba, conteniendo tanto su lengua como la in-yección de adrenalina provocada por su enfrentamientodialéctico; conseguía que exteriorizara lo mucho queseguía afectándola, y no quería darle esa satisfacción. Él le indicó con un gesto al camarero que abriera la
  • 42. 41botella de champán, que descansaba en una cubiteracolocada en un soporte al lado de la mesa. El hombreles entregó los menús y recitó las especialidades delchef mientras descorchaba la botella y llenaba sus co-pas. –Tomaremos una docena de ostras cada uno, segui-das de langosta y ensalada para acompañar –dijo Quin,anulando cualquier decisión que Nicole hubiera podidotomar. Ella no se molestó en protestar, pero cuando el ca-marero se fue, comentó con sequedad: –Quizás hubiera querido otra cosa. –Tienes lo que querías, Nicole –Quin levantó sucopa–, brindo por lo que yo quiero. Ella jugueteó con su copa mientras le observaba be-ber; los ojos de él la retaron a que cuestionara cómo esta-ba manejando la situación. Quin sabía que le encantaba elmarisco, en el pasado siempre lo había pedido cuando sa-lían a cenar; las ostras eran carísimas, así que le estabaofreciendo un regalo, y él lo sabía. Pero también estabareclamando el dominio absoluto del tiempo que pasaranjuntos. Señalando a la gente que pasaba, Nicole preguntó: –¿Por qué has elegido un sitio tan público, si quie-res probar la carne que has comprado? –Dicen que la carne es más jugosa cuanto más cercadel hueso. No me importa tomarme mi tiempo para lle-gar hasta él. «Quitando capa tras capa de piel protectora», pensóella con un escalofrío convulsivo; no podía permitirque Quin se acercara demasiado, podía destrozarla sibajaba la guardia. –¿Por qué no te relajas? –la invitó él con una sonri-sa provocadora–, estás a salvo entre tanta gente; la no-che es joven, y estoy dispuesto a disfrutar del exquisitoplacer de la espera. –¡De acuerdo! –Nicole levantó su copa, decidida a
  • 43. 42olvidarse por el momento de la intimidad por llegar–;brindo por una buena comida... –Y por un buen vino –interrumpió él. –Y por un buen vino –acabó ella, tomando un sorbodel magnífico champán. Pero era imposible relajarse con Quin delante, obser-vándola, regodeándose en silencio con sus planes paraaquella noche. «Haz que los olvide de momento», se dijoNicole; «hazle preguntas, insiste hasta que hable de símismo». Quizás aquella vez le diera algunas respuestas. –¿Cómo está el mundo de la banca estos días? –em-pezó. –Ahora dirijo mi propia empresa financiera –con-testó él, encogiéndose de hombros. –Háblame de ello –lo animó. –El negocio del dinero no ha cambiado desde quetrabajabas en un banco, Nicole. –Pero el paso de ser un empleado a... –El trabajo es el mismo –la interrumpió él–; me in-teresa más saber por qué decidiste dar clases de baile. –No has cambiado nada, ¿verdad? –espetó Nicole. –¿Qué cambiarías de mi forma de ser? –preguntó;sus ojos tenían un brillo especulativo. Ella se apresuró a evitar cualquier implicación per-sonal. –No estoy interesada en cambiarte, Quin –dijo concalma–, sólo era un comentario. –¿Y a qué se debe ese comentario? –Nunca hablas de ti mismo –admitió ella, encogién-dose de hombros; vislumbrando una línea de ataque,añadió–: hace que me pregunte qué temes revelar. –El miedo no tiene nada que ver –contestó Quin. –¿Entonces, cuál es el motivo? El camarero llegó con el primer plato. Nicole fijó lamirada en las ostras mientras el hombre volvía a llenarsus copas antes de volver a dejarlos solos.
  • 44. 43 –Así eres tú –le dijo a Quin con brusquedad–, unaostra con una coraza impenetrable. –Esta noche dejaré que me comas –contestó él conpicardía. ¡Sexo! Eso era lo único que había habido con Quin;seguramente había pedido las ostras porque eran afro-disíacas. Nicole agarró el tenedor y empezó a comermientras intentaba evitar recordar el cuerpo excitado ydesnudo de Quin, la pasión salvaje con la que habíanhecho el amor en el pasado. Pero no habían hecho elamor, sólo había sido sexo, y no podía olvidarlo. –¿Por qué trabajas en una escuela de baile? –pre-guntó él cuando les hubieron retirado los platos. –Mis razones son privadas –contestó ella desafian-te, mirándolo directamente a los ojos. –Sabes, el dinero siempre deja un rastro –dijo él conuna irónica sonrisa–. La hipoteca de una casa y de la es-cuela, deudas a un prestamista... todo relacionado conun nombre que no es el tuyo. ¿Quién es Linda Ellis? La pregunta dio de lleno en el origen de un viejo re-sentimiento que jamás había desaparecido. –Lo sabrías si hubieras aceptado alguna de mis in-vitaciones para que conocieras a mi madre. –Tu madre. ¿Por qué la diferencia de apellidos?–contestó él, ignorando su alusión al pasado. –Se casó por segunda vez. –¿Tiene un problema con el juego? –No. Lo sucedido no volverá a repetirse. –¿Cómo puedes estar tan segura? –Porque mi padrastro ha muerto. La respuesta directa de Nicole le dio que pensar, yQuin frunció el ceño. –¿Le quitó todo el dinero que tenía? –preguntó fi-nalmente. –No, se lo quitaron las personas que le dieron falsasesperanzas.
  • 45. 44 Nicole oyó el enfado y la frustración en su propiavoz, vio las preguntas en los ojos de él, y supo que lomejor era explicarle la razón de las deudas para evitarespeculaciones posteriores. –Harry padecía cáncer de hígado. Durante los dosúltimos años de su vida, mi madre lo llevó a visitar clí-nicas y consultas de charlatanes de todo el mundo quele prometían una cura; ella se negaba a rendirse. Si ha-bía una posibilidad, por ínfima que fuera... –Nicolesuspiró, delatando su propia impotencia, y continuó–:no importaba el coste. Harry no iba a morir por falta derecursos. –Tenía una fe ciega –murmuró Quin. –Lo amaba –contestó Nicole a la defensiva. La avergonzaba la exasperación que había sentidoante la confianza de su madre en gente que se habíaaprovechado de ella. Había sido duro perder a su padrea los quince años, y sin duda mucho peor para Linda; laidea de perder también a Harry debió de resultarle in-soportable. –Es el precio del amor –susurró Quin con una extra-ña sonrisa–, el mismo precio que he pagado por ti, Ni-cole. Quizás debería haber exigido dos años en vez detres meses. –En absoluto; es mejor así –respondió ella con tonoburlón–. Además, el deseo desaparece con más rapidezque el amor. Él se echó a reír, lo que realzó su gran atractivo. Ni-cole sintió que la recorría una cálida oleada de placer, ytuvo que reconocer que ningún hombre, antes o des-pués de Quin Sola, había conseguido despertar en ellasentimientos tan poderosos, sensaciones imposibles desofocar. Él se inclinó hacia ella con un brillo juguetónen la mirada. –Te he echado de menos, Nicole –ronroneó–. Te heechado mucho de menos.
  • 46. 45 –No lo suficiente para dejarlo todo y salir en mibusca cuando te dejé –contestó ella mientras se movíahacia atrás contra el respaldo de la silla; necesitaba re-cobrar la compostura, recordar el pasado para prote-gerse del efecto debilitante del carisma de aquel hom-bre. Él enderezó los hombros, y el brillo de sus ojos ad-quirió una agudeza acerada. –¿Para que demostraras tu poder sobre mí? No teníatiempo para esos juegos. –No tenías tiempo para mí. –No, no tanto como tú querías –replicó él con tonoáspero–. Pero más del que le he dedicado a ningunaotra mujer, antes o después de ti. –¿Se supone que tengo que sentirme halagada? –Sólo he puesto de manifiesto un hecho. Las mejillas de Nicole ardían con la ira que él habíadespertado en ella. Se mordió los labios, instándose aretroceder a un terreno neutral; aquel tipo de intercam-bio no tenía sentido. A pesar de sus buenas intenciones,volvió a encolerizarse cuando Quin sonrió con satisfac-ción. –¿Sabes qué es lo que vale cada centavo de mi in-versión, Nicole? Ella se encogió de hombros, fingiendo indiferencia. –Que estés obligada a estar conmigo, te guste o no,durante veintiséis noches. No puedes huir de lo que so-mos juntos. –¿Qué es lo que somos, Quin? –preguntó ella conaltiva frialdad. –Pretendo que seamos imparables. –Y yo pretendo que lo que hay entre nosotros acabedefinitivamente. Él sonrió, en absoluto perturbado por la afirmaciónde ella, y seguía sonriendo cuando el camarero llegócon las langostas y les sirvió más champán. Cuando el
  • 47. 46hombre se fue, Quin levantó su copa y dijo con tono untanto eufórico: –Por un buen comienzo y un mejor desenlace. Nicole se mordió la lengua, pero levantó su copacon sorna y brindó con él, diciéndose que no significa-ba nada. Ella no lo permitiría. Sólo estaba segura deuna cosa: Quin era incapaz de comprometerse con algoque no fuera ganar dinero.
  • 48. Capítulo 6P ASEMOS a los negocios», pensó Nicole cuando salían del restaurante. El cuerpo de Quin a su lado generaba un traidor deseo en ella, y dificul-taba su intento de mantener la cabeza fría y una actitudobjetiva sobre lo que iba a suceder cuando llegaran a suapartamento. –Es un paseo corto –dijo él con tono amistoso queno revelaba nerviosismo ninguno. ¿Por qué iba a estar nervioso? Estaba al mando,controlando la situación. «No hay nada malo en querertener relaciones sexuales con él», se dijo Nicole. «Tó-malo, disfrútalo y olvídalo por la mañana; sólo debesrecordar que no es nada más que química sexual, unimpulso perfectamente natural». Después de cinco lar-gos años de celibato, tenía derecho a volver a sentirplacer; seguramente, sus recuerdos de cómo Quin se lohabía proporcionado avivaban su deseo. –¡Mira! –la tomó del brazo para detenerla mientrasseñalaba hacia el escaparate de una tienda. –¿El qué? Su mirada recorrió el despliegue de recuerdos paralos turistas; en el interior de la tienda, un pequeño gru-po de japoneses compraban regalos. Había multitud deestablecimientos parecidos en Circular Quay; aquél pa-recía tener artículos de mayor calidad, pero aun así... –La mariposa azul –dijo Quin–. Vamos, entremos acomprarla para tu árbol.
  • 49. 48 El corazón de Nicole dio un vuelco, y sólo se tran-quilizó cuando recordó que la noche anterior él se habíainteresado por el regalo de Jade. Jules se lo había expli-cado, pero ella había evitado que dijera demasiado. Elárbol de mariposas era algo especial entre Zoe y Nicole. Sintió la imperiosa necesidad de protestar; no que-ría que Quin tuviera ninguna relación con el árbol, notenía derecho a ello, nunca lo tendría. Pero antes de quepudiera encontrar las palabras adecuadas para rechazarsu impulsiva sugerencia, él la había rodeado por la cin-tura y habían entrado en la tienda. Como siempre, unadependienta acudió a atender a Quin de inmediato. –Queremos la mariposa azul –dijo él. –Ah, sí, es una hermosa pieza. La mujer sonrió y sacó el artículo deseado de unavitrina que contenía una colección de animales austra-lianos; algunos eran de exquisito cristal, otros de deli-cado vidrio soplado. –Es una mariposa ulises, oriunda del norte de Queens-land –comentó la mujer–. Hay muchas por Cairns, y en elParque Nacional de Daintree. Sus alas son de un azuleléctrico iridiscente, así que podrán apreciarla mejor si lacolocan de forma que el sol brille a través del cristal. –Nos la llevamos. Envuélvala –dijo Quin. –¡Un momento! –exclamó Nicole–. Parece muycara, ¿cuánto cuesta? La cifra era exorbitante. La situación privilegiadade la tienda, tan cerca de la Ópera, posibilitaba que to-dos los artículos tuvieran un precio muy elevado. –No puedo aceptarla, Quin –dijo con firmeza. –¿Después de todo lo que has aceptado hoy de mí?–dijo él con incredulidad, y le entregó su tarjeta de cré-dito a la dependienta–; envuélvala. Es el recuerdo per-fecto de una velada especial. Nicole sabía que no había forma de detenerlo, peroella podía rechazar la mariposa; mantuvo los brazos a
  • 50. 49sus lados con rigidez cuando él intentó darle la bolsamientras salían de la tienda. –Esto no es parte de nuestro trato –insistió ella. –Apuesto a que no tienes ninguna como ésta –dijoél, intentando tentarla. –Ésa no es la cuestión. –¿Y cuál es la cuestión? –No quiero ningún recuerdo de esta noche –espetóNicole con fiera determinación en los ojos. –Pretendo que sea inolvidable para ti, Nicole –con-testó él, implacable. Ella apretó los puños, intentando disipar la sensa-ción de peligro que se cernía sobre su vida. –Esto es algo pasajero –murmuró. –No lo fue la última vez, por eso estamos aquí –susojos grises la retaron a que lo negara. No podía. Nadie más habría podido convencerla deque se vendiera por dinero; lo hacía por quién era él,por lo insignificante que la había hecho sentirse en elpasado, cuando antepuso su obsesión por amasar unafortuna a todo lo demás. Pero se negaba a admitirlo, aalimentar el ego de Quin. –Estamos aquí porque me ofreciste una salida a unasituación indeseada –contestó con calma. –Que a su vez ha supuesto la entrada a una situaciónque yo deseaba. Y nuestros deseos tienen sus raíces enel pasado... que no había quedado zanjado, Nicole. No para él; años atrás había querido sólo sexo, igualque en ese momento. Pero para ella era diferente, yaque entonces había estado locamente enamorada de él.Y eso sí que había terminado. Nicole permaneció calla-da, negándose a seguir hablando del tema. Quin le indi-có que girara bajo una arcada, que conducía a un vestí-bulo con una gran escalera de caracol y ascensores;suelo y paredes de mármol, dos plantas... el lugar exu-daba lujo y exclusividad.
  • 51. 50 –Hemos llegado –dijo Quin, utilizando una llavepara abrir la puerta de uno de los ascensores. Entró tras ella en el cubículo alfombrado y apretó elbotón marcado con una «A». «Es el ático», pensó ella,y sintió un momento de pánico mientras se dirigía ha-cia el lugar donde iba a convertirse en el juguete sexualde Quin. ¿Habría más dolor que placer? ¿Se habíaequivocado? «Recuerda a tu madre», se dijo, intentando aparentarcalma cuando llegaron al apartamento y él la guió hastael salón; unos grandes ventanales ofrecían una vista es-pectacular del puerto, y Nicole se acercó a ellos. Noquería enfrentarse a las posesiones de Quin, ya queaquellos objetos materiales le habían importado másque ella. La habitación rebosaba con los emblemas desu estatus: sofás de cuero, mesas de cristal con soportesde granito... pero una decoración cara no era sinónimode calidez. Quin nunca había querido formar un hogar. Aunque había oscurecido, la línea de costa salpica-da de ensenadas estaba perfilada por las luces de las ca-sas; era fácil vislumbrar los barcos anclados y lostransbordadores que avanzaban hacia sus destinos. Sepreguntó si vivir allí hacía que él se sintiera en la cima,el rey del castillo. ¿Sabía lo vacío que era su palacio, apesar de sus posesiones? Y en ese momento ella erauna más de ellas, aunque por poco tiempo. ¿Tenía él bastante con lo que tenía, o quería aúnmás dinero? Nicole sacudió la cabeza; aquellas pregun-tas eran absurdas, ya que provenían de sus propiasemociones, no de las de él, y se negaba a volver a invo-lucrarse emocionalmente con Quin Sola. Quin permanecía junto a la ancha encimera de la co-cina de diseño, observando la reacción de Nicole a lavista. No se acercó a ella, pero se dio cuenta de que in-
  • 52. 51tentaba armarse de valor para enfrentarse a la intimidaddel dormitorio; sus hombros estaban rígidos, y su silen-cio parecía cubrirla de una capa protectora. Estaba dis-puesta a dar lo imprescindible, nada más. Normalmente,las mujeres que iban por primera vez mostraban ciertacuriosidad por el apartamento, pero la postura de Nicoleconfirmaba su falta de interés. No quería formar partede su vida, ni que él entrara en la suya. Su negativa aaceptar la mariposa subrayaba su determinación demantener su mente y su corazón al margen. Quin bajó la vista hacia la bolsa que aún llevaba enla mano, y su mandíbula se tensó. Nicole había utilizadosu regalo como un arma contra él, dejándole claro queno pertenecía a su mundo y que no permitiría que entra-ra. Sin embargo, su reacción visceral revelaba que éltambién podía utilizar la mariposa contra ella, golpeandoa lo que obviamente tenía un significado especial. –¿Quieres un café, Nicole? –Sí, por favor –contestó ella sin volver la cabeza. –Te gustaba el capuchino; puedo prepararte uno, siquieres. –Sí, gracias –su voz era fría e inexpresiva, y siguiósin girarse. Su actitud acrecentó la determinación de Quin deagrietar la muralla que ella había interpuesto entreellos. Preparó el café, abrió una caja de bombones y locolocó todo en la mesita de café al lado del sofá máscercano a donde ella estaba. Finalmente, gracias al so-nido de la vajilla o al olor del café, Nicole se volvió,agradeciendo su esfuerzo por complacerla con una secasonrisa. –Vaya, también hay bombones –dijo, burlándose decualquier intento de dulcificarla. –Como el panorama te tiene tan extasiada –contestóél en el mismo tono–, te dejaré para que lo disfrutesmientras yo me pongo algo más cómodo. Discúlpame.
  • 53. 52 La sorpresa en el rostro femenino le dio una hondasatisfacción. Quin sonrió mientras se dirigía hacia sudormitorio; no era su propia comodidad lo que tenía enmente. Quería sacar a Nicole de su zona de seguridad,y no había nada mejor para ganar terreno que un ataqueinesperado. Nicole frunció el ceño, confundida, mientras Quindesaparecía por el pasillo. ¿Algo más cómodo? Ésaseran las palabras típicas de una mujer decidida a sedu-cir a un hombre. ¿A qué estaba jugando? Champán, os-tras, un regalo caro, bombones... ¿acaso esperaba queella se mostrara reticente, y quería ganársela así? Notenía sentido, Quin no tenía necesidad de jugar a sedu-cirla para llevársela a la cama; ése era el trato, y ella noiba a echarse atrás. Probablemente, sólo estaba desvistiéndose para notener que hacerlo después; él siempre se había sentidomuy cómodo con su propio cuerpo, tenía un físico en-vidiable. Sintió mariposas en el estómago ante la ideade volver a verlo desnudo. Nicole se sentó en el sofá, y tomó un sorbo de caféen un intento de calmarse, pero no tocó los bombones.Hacerlo sugeriría que lo estaba pasando bien, y le daríaa él la satisfacción de creer que estaba consiguiendo se-ducirla. La situación no tenía nada que ver con el amor,y no permitiría que él la convenciera de lo contrario;Quin estaba jugando con ella, ya que no podía imagi-narlo pagando por sexo anteriormente. Sin duda queríahacer de aquello un desafío, para que su ego masculinopudiera vanagloriarse cuando hubiera conseguido susobjetivos. Había apurado la taza de café, y él no había vueltoaún; ¿la estaba haciendo esperar a propósito, para de-mostrar quién estaba al mando? «Deja de pensar en él»,
  • 54. 53se regañó. ¡Quin estaba ganando la batalla, dominandosus pensamientos! Se levantó y volvió a contemplar lavista desde el ventanal. Que la encontrara donde la ha-bía dejado, haciendo caso omiso de aquel ático queprobaba su éxito material. Permaneció allí, cerrando sumente a cualquier otra consideración. Intuyó su presencia en cuanto entró en el salón,aunque él no habló ni hizo ningún ruido. Pero la atmós-fera cambió, como si alguna fuerza elemental la hicieravibrar con una energía repentina. Nicole sabía que laestaba observando, instándola a que se girara y recono-ciera su presencia. Su cuerpo entero sintió la orden si-lenciosa, y tuvo que hacer un esfuerzo para negarse aresponder. «Que sea él quien venga a mí». Ella habíaido a pasar la noche a su apartamento, eso era lo acor-dado; era decisión de Quin cómo aprovechar aquellashoras. Él fue hacia ella, y el corazón de Nicole se aceleró.Las manos masculinas se posaron en las caderas deella, se deslizaron por debajo de su camiseta, desabro-charon y apartaron el sujetador para exponer sus pe-chos a sus caricias; sus dedos amasaron con gentilezalas suaves curvas generosas, endureciendo sus pezones.Nicole contuvo el aliento, consumida por el deseo degozar de las sensaciones; había pasado tanto tiempo... yQuin sabía cómo tocar, cómo excitar, cómo crear unafuente de pasión que inundaba de calidez sus entrañas.Finalmente, Nicole exhaló, pero aspiró con fuerzacuando él le quitó la camiseta y el sujetador. –Permanece quieta –ordenó él. Sus dedos se deslizaron por entre el cabello de ella,separándolo y levantándolo por encima de los hombrosde Nicole para que descansara sobre sus senos. Ellapermaneció inmóvil, pero no pudo evitar un estremeci-miento convulsivo cuando él besó su nuca desnuda conaquella boca sensual. Los dedos de Quin se deslizaron
  • 55. 54por su espalda, dibujaron seductores círculos en su cajatorácica, subieron lentamente hasta llegar a su cabelloy frotarlo contra sus pechos. –Siempre amé el tacto de tu piel, Nicole –murmuró él. «No uses el verbo amar conmigo», pensó ella. «Ex-cítame sexualmente todo lo que quieras, pero no sabesnada acerca del amor». Las manos de Quin descendieron hasta el cinturónde los tejanos de Nicole, y bajaron la cremallera; cuan-do abarcaron su estómago, éste se contrajo mientras losdedos de él buscaban la fuente de calor que habían en-cendido entre los muslos femeninos. También sabíacómo tocarla allí, separando los pliegues con acarician-te suavidad, utilizando la humedad de su sexo para ju-guetear con su clítoris, avivando una excitación queella sabía que sería incapaz de controlar. La respiración de Nicole se aceleró, pequeños jadeosescapaban de sus labios mientras ella intentaba perma-necer inmóvil, aparentar que no ocurría nada. Queríaque él pensara que su cuerpo simplemente respondía deforma natural a su estimulación, que él, como persona,no importaba. Contempló sin ver la oscuridad del cielonocturno. –Quitémonos la ropa –dijo él con voz áspera. Interrumpiendo el íntimo contacto, Quin puso lospulgares bajo la cintura de las bragas y los pantalonesde la mujer, y con un fluido movimiento los bajó porsus piernas. Hizo que ella levantara un pie y después elotro para quitarle las sandalias y liberarla de la ropa.Nicole no se resistió; de hecho, someterse a sus manio-bras lo mantenía a distancia. Estaba siendo desnudadapor alguien a quien no veía; estaba desnuda, pero de al-guna extraña forma no se sentía vulnerable. Se sentíaliberada de las responsabilidades que había acarreadopor tanto tiempo; en aquel momento existía sólo comomujer, disfrutaba del nuevo despertar de su sexualidad.
  • 56. 55 Cuando Quin se incorporó tras ella, sus manos roza-ron la parte interior de los muslos de Nicole; tras aga-rrar su voluptuoso trasero, apretó su gruesa erección alo largo de aquella carne trémula. Sus brazos la rodea-ron por la cintura y atrajo el cuerpo femenino contra elsuyo, haciendo que ella fuera plenamente consciente deque estaba desnudo. Era extraño y familiar a la vez; extraño porque nohabía estado así con nadie desde Quin, y familiar por-que era él, y su cuerpo lo reconocía. No pudo evitarsentir una euforia salvaje y primitiva; su hombre, supareja... pero no era así: Quin sólo se pertenecía a símismo. –¿Qué estás mirando ahí fuera? –preguntó él. –Nada –respondió ella; su voz sonó un poco ronca,como si hubiera resurgido tras un largo período de si-lencio. –Entonces, deja que yo te muestre algo. Tomó su mano y la guió a través del pasillo pordonde había desaparecido antes; Quin se detuvo anteuna puerta, la abrió y entraron en un amplio dormito-rio. Ella apenas vio la cama, ni otro gran ventanal convistas al puerto; su mirada estaba cautiva por lo que ha-bía delante de la ventana central. La mariposa de cristaldescansaba sobre un pedestal, enfocada desde atrás poruna lámpara. Sus alas relucían a la luz con un increíbletono azul fluorescente.
  • 57. Capítulo 7Q UIN pensó triunfalmente que, sin duda, colocar de aquella manera la mariposa había sido una táctica magistral para agrietar las defensas deNicole. No quedaba rastro de la sumisa esclava sexualcuando se volvió para encararse a él en un ataque fron-tal; sus ojos verdes chispeaban con furia, sus hombrosestaban rígidos, sus pechos erguidos. –¿A qué crees que estás jugando? –dijo Nicole contono asesino. –Es muy hermosa –contestó él con calma–, mereceser exhibida así. ¿Por qué te molesta? –Lo has hecho a propósito –acusó ella violentamen-te. –Sí, es cierto –confirmó él–. Quería conseguir elmáximo efecto. –¿Desde cuándo te interesa la decoración? –su vozdestilaba un desdén mordaz. –Tú me has inspirado esta noche –dijo él con unasonrisa. –¿Por qué? –Porque significa algo para ti. –¡No es verdad! –negó Nicole acaloradamente mien-tras apretaba los puños. Su avidez confirmó las sospechas de Quin de quehabía dado con un punto vulnerable. –Entonces no tienes motivo para disgustarte, Nico-le; sólo quería complacerte.
  • 58. 57 –¡Complacerme! La furia de los ojos de ella se convirtió en confu-sión, y a continuación en temor; Nicole se dio cuentade que con su violenta reacción había revelado que ha-bía más en el asunto de la mariposa de lo que queríaque él supiera. –Complacerte más allá de la cama –dijo él con vozaterciopelada mientras avanzaba para reclamar su pago.La tomó entre sus brazos, haciendo caso omiso de la ri-gidez del cuerpo femenino cuando la acercó a él–. Esalgo hermoso, para que puedas contemplarlo. Las manos de Nicole aún estaban apretadas a am-bos lados de su cuerpo, y sus ojos ardían con un odiofurioso. No quedaba ni rastro de frialdad en ella. Quinignoraba por qué lo odiaba, pero prefería eso a su indi-ferencia; podía sentir que ella bullía por dentro, quequería arremeter contra él, y Quin se deleitó en su po-der de despertar sensaciones tan volátiles en ella. Noquería una Nicole pasiva en su cama, sino la mujerapasionada que había quedado grabada en su memoria. –La cama –masculló ella con tono envenenado–.¡De acuerdo, vamos allá! Él rió ante su impaciencia por terminar cuanto an-tes. –No tan rápido, Nicole; ni siquiera nos hemos besa-do aún. –No es una buena idea, Quin –contestó ella–, podríaarrancarte la lengua de un mordisco. –Creo que me arriesgaré. –Las prostitutas no besan. –Tú no eres una prostituta, Nicole. El dinero es irre-levante para lo que hay entre nosotros. –Tienes un gran ego, Quin; no estaría aquí de no serpor el dinero. –Muy bien; entonces, dame aquello por lo que hepagado.
  • 59. 58 Quin aferró la barbilla de ella de modo que Nicoleno pudiera volver la cabeza, y dijo: –Utiliza la lengua para algo más que hablar. Ella abrió la boca para contestarle y él se abatió so-bre ella, espoleado por su negativa a admitir la poderosaatracción que compartían. La besó con dureza, decididoa acabar con cualquier resistencia. Nicole no respondiódurante un segundo, atónita, pero al instante sus lenguasse enredaron en un duelo feroz de posesión desatada; laboca femenina lo asaltó con una pasión desenfrenadaigual a la de él, y la excitación que sintió fue tan inten-sa, que su cuerpo entero tembló con la necesidad de irmás allá. Los brazos de Nicole rodeaban su cuello, sus manosaferraban con fuerza su cabello para obligarlo a recibirsu beso; las manos de Quin descendieron hasta su tra-sero, levantándola lo suficiente para que él pudiera ca-minar hasta la cama. Las piernas de Nicole se abrieron,incitantes, cuando él se colocó sobre su cuerpo, y laprueba de su deseo por él hizo que lo recorriera un to-rrente de adrenalina. Moviéndose con rapidez, sintien-do su calor húmedo, consciente de que ella estaba pre-parada, trémula, ansiando lo mismo que él, Quin estabaa punto de empujar hacia delante cuando de pronto Ni-cole golpeó sus hombros y exclamó: –¡No! ¡No, espera! –¿Para qué? –replicó él bruscamente. Sus nervios ymúsculos tirantes protestaban ante la demora, y Quinpensó con furia que ella se estaba burlando de él conalgún tipo de sádico juego. –Tienes que usar protección, Quin –dijo Nicole confirmeza; había levantado las rodillas y apoyado los piesen la cama, preparada para empujar contra él si fueranecesario. –¿Tienes alguna enfermedad contagiosa? –el tonode Quin era áspero debido a la frustración; no creía que
  • 60. 59una mujer tan meticulosa como ella hubiera corridoningún riesgo al practicar sexo. –¿Cómo sé que tú no tienes una? –respondió ella–.No me digas que has permanecido célibe durante losúltimos cinco años. –No, pero no soy tonto, Nicole. –Quiero que utilices un preservativo –insistió ellacon tono agresivo. Quin frunció el ceño ante su vehemencia; parecíairrazonable, dada la efectividad de los métodos anti-conceptivos modernos. –No estoy tomando la píldora; al insistir en que vi-niera hoy, no me diste tiempo para protegerme –admi-tió Nicole, consciente de que debía dar una explicaciónmás creíble. –Así que llevas algún tiempo sin ser sexualmenteactiva. ¿Meses, años? –dijo Quin tras analizar sus pala-bras. «¿Cinco años?», se preguntó, recordando su alu-sión al celibato de él. –Eso no es de tu incumbencia –contestó Nicole; susojos volvían a brillar burlones–. Lo importante es queninguno de los dos deseamos un embarazo; tal respon-sabilidad interferiría demasiado en tu vida. Por supues-to, podrías darle la espalda sin más, y dejar que yo tu-viera que cargar con las consecuencias. ¿Era amargura lo que sonaba en su voz? Quin se ol-vidó de la pausa impuesta en sus placenteras activida-des. –Nunca he eludido mis responsabilidades –dijo,pensando con ironía en la deuda familiar que habíaacarreado y saldado–. Y tampoco te di la espalda a ti.Fuiste tú quien se marchó. –Después de que me cerraras un millón de puertasen la cara –contestó ella–. Sólo la del dormitorio estabasiempre abierta. Pero no volvamos al pasado, Quin; es-tamos hablando del presente, y no quiero ningún re-
  • 61. 60cuerdo, ya sea una mariposa o un bebé, de este tiempojuntos. He traído una caja de preservativos, por si notenías ninguno a mano; está en mi bolso. El fiero deseo se había evaporado; de todas mane-ras, levantarse e ir a por los preservativos sería un jarrode agua fría, así que Quin se tumbó al lado de Nicole.Tenían toda la noche por delante, no había necesidadde apresurarse en saciar sus ansias de un contacto se-xual completo con ella; había otros actos íntimos quetambién le apetecían. –¿Voy a buscar la caja? –preguntó ella tras volversehacia él y apoyarse en un codo. –Claro, así cuando consiga otra erección estaré pre-parado –contestó Quin con ironía. Ella bajó la mirada e hizo una mueca cuando vio laflacidez de su miembro. –Lo siento, Quin, debería haber hablado antes. Noha sido algo deliberado. –¿Estabas distraída con otras cosas? –dijo él, enar-cando una ceja en gesto desafiante. Nicole apretó los labios, sin admitir que lo habíadeseado, pero él no lo dudaba ni por un segundo. Susojos brillaron con aquella certeza triunfal cuando dijo: –He puesto tu neceser en el cuarto de baño del dor-mitorio –señaló una puerta que había al lado de la me-sita más cercana a donde él estaba–, está ahí. Nicole tenía que pasar por encima de él, o rodear lacama y pasar justo por delante de la mariposa azul queél había iluminado con la única luz encendida. Eligió lasegunda opción, y Quin la observó mientras su cuerpoquedaba silueteado por un momento contra el foco; ellamantuvo los ojos fijos en la puerta, sin dirigir la miradaen ningún momento hacia la mariposa. Sus hermosos pechos parecían más plenos, no tanjuveniles como él recordaba; tenía una figura más ma-dura después de cinco años, pero igual de sexy. Su
  • 62. 61cuerpo femenino era el más hermoso que hubiera vistojamás; era grácil, con curvas perfectas y redondeadas ylargas piernas. Él se alegraba de que no mostrara timidez, de queno sintiera la necesidad de cubrirse ante él. Habría re-sultado absurdo, ya que habían sido amantes, pero de-notaba una familiaridad que ella habría podido recha-zar dadas las circunstancias, ya que su actitud hacia élera muy hostil. Quin reflexionó sobre la actitud beligerante de Nicolemientras la esperaba. No acababa de entenderla. Cuandose conocieron en el banco donde ambos trabajaban, laquímica sexual había sido instantánea e irrefrenable; nohabía habido cortejo entre ellos, y ya en la primera cita sehabían dejado arrastrar por la pasión. Quin había necesi-tado una enorme disciplina para no obsesionarse con ella,para no perder de vista sus propios objetivos. A pesar de lo que suponía para sus finanzas, Quin sehabía ido de la casa de su madre y había alquilado unapartamento para poder estar juntos el máximo tiempoposible; Nicole se había mostrado encantada. La pasiónera intensa, y también eran muy compatibles fuera de lacama, ya que ambos conocían y entendían el trabajo delotro. Era la única mujer con la que había vivido, la úni-ca con la que había deseado vivir. Siempre había disfru-tado de su compañía, seguía haciéndolo, pero al finalella no había tenido bastante con lo que tenían. Quin no recordaba cuándo había empezado a hablarde conocer a sus familias; él se había negado en redon-do. Significaba involucrarse aún más con ella, y no que-ría pensar en relaciones de futuro cuando él aún no habíazanjado los asuntos del pasado. Cada cosa a su tiempo.Él había insistido en continuar compartiendo sólo lo quehabía entre ellos, sin inmiscuir a nadie más. Había notado su distanciamiento emocional, y habíacreído que su frialdad se debía a que no había podido
  • 63. 62salirse con la suya. Él no se había rendido a sus planes,fueran los que fuesen... matrimonio, hijos, un hogar.Aparentemente, ella había aceptado que no iba a cam-biar de opinión, y había permanecido con él durantedos años antes de romper la relación y marcharse. Quin recordaba que ella había afirmado con amargu-ra que ganar dinero era más importante para él que su re-lación, pero él consideraba que ambas cosas no teníanpor qué entrar en conflicto; las dos eran importantes.Pero ella decidió irse, interponiendo tanta distancia entreellos, que resultaba imposible volver a intentarlo; habíasido su decisión, así que... ¿por qué lo odiaba? ¿Acasohabía pensado que lo dejaría todo para ir tras ella? La había echado mucho de menos, pero tenía untrabajo que hacer, una promesa que cumplir, y se habíapropuesto zanjar las cosas. Pero ya era libre; su madreestaba de vuelta en Argentina, entre los suyos, y aun-que había querido que él también se quedara allí, Aus-tralia se había convertido en su patria. Tras volver aSídney y establecer su negocio, había sentido la necesi-dad de encontrar a alguien con quien compartir su vida;lo había intentado con varias mujeres, pero ninguna loacababa de satisfacer. No las había comparado con Ni-cole conscientemente, pero en cuanto la volvió a ver,supo que era ella a quien deseaba a su lado. Nicole emergió del baño, fue directamente hacia ély le alargó la caja de preservativos. –Será mejor que tengas uno a mano –le dijo. Sus ojos verdes brillaban con decisión cuando sepuso a horcajadas sobre él, dispuesta a excitarlo. –Te he dicho que no hay prisa, Nicole –le recordóQuin, aunque extrajo un preservativo para tenerlo listocuando decidiera usarlo–. Podemos hablar un rato. –Habla si quieres –contestó ella, indiferente, mo-viendo su cuerpo contra el de él provocativamente. Estaba magnífica, sentada sobre él mientras sus pe-
  • 64. 63chos se balanceaban con las voluptuosas ondulacionesde sus caderas; su cabello era una nube sensual que bri-llaba contra el telón de fondo de la mariposa. ¿Se habíacolocado así para no tener que verla? –Me alegra que quieras hacerme el amor –la acica-teó para que revelara lo que estaba pensando. Ella le dirigió una mirada velada, pero sus pestañasno consiguieron esconder del todo la furia que llamea-ba en sus ojos. –Quizás sólo esté satisfaciéndome a mí misma –es-petó. –Entonces, me alegra poder serte de ayuda –respon-dió él. Nicole le pasó suavemente las uñas por el pecho; nolo arañó, pero quizás estaba advirtiéndole que podía sa-car las garras si tentaba demasiado a la suerte. A Quinle gustaba arriesgarse. –¿Cuánto hace que no estás con un hombre, Nicole?–preguntó, decidido a satisfacer su curiosidad al res-pecto; si no había habido otro desde que se fue... –Obviamente, he estado ocupada con otros asuntos. Su tono indicaba que él debería haberse dado cuen-ta de ello, teniendo en cuenta las circunstancias que lehabía explicado antes. –¿Hace dos años estabas ya tan ocupada? Ella se quedó inmóvil, pero no tardó en atar cabos. –Tu amigo, Tony Fisher, no es tan irresistible comoparece creer. –Muchas mujeres lo encuentran atractivo. –Supongo que es cuestión de gustos –sus ojos bri-llaron con sarcasmo cuando se inclinó a besar un pezónmasculino, rodeándolo con la lengua y succionandocomo si estuviera saboreándolo. Si pretendía distraerlo para evitar seguir con la con-versación, lo consiguió con creces; la oleada de placerpuso al límite el control de Quin. Sólo la idea de que
  • 65. 64ella estaba ganando le dio la fuerza de voluntad necesa-ria para permanecer quieto y alerta, aunque no se diocuenta de que había contenido la respiración hasta queella levantó la cabeza. Se apresuró a exhalar y a tragaraire cuando Nicole cambió de pezón. –¿Encontraste satisfacción en Londres? –preguntóbruscamente, en un intento de descubrir qué había he-cho durante los años de ausencia en el extranjero. Nicole ignoró la pregunta mientras seguía atormen-tándolo, despertando en Quin el deseo de hacerle lomismo a ella hasta que su cuerpo se arqueara buscandola satisfacción que él podía darle, hasta que se la supli-cara. Tenía veinticinco noches más para hablar, podíaesperar. Pero aquello no. Ni un segundo más. La agarró por la cintura, la puso de espaldas sobrela cama y rodó hasta atraparla con su cuerpo. Ella leagarró el cabello cuando Quin se abatió sobre sus pe-chos, le aferró los hombros cuando él descendió parasaborear zonas más íntimas. El cuerpo de Nicole se ar-queó y se retorció, y acabó suplicando. Por un segundo, Quin dudó si ponerse el preservati-vo; si se quedaba embarazada, quedaría ligada a él depor vida. Pero no sería una elección libre, y él quería queNicole lo aceptara en su vida. Además, no quería que lodetuviera otra vez. Se puso la protección. La penetró hasta el fondo con posesión triunfal y ellaalcanzó el clímax de inmediato, pero no era suficientepara él. Lo consumía el ardiente deseo de sentir su orgas-mo una y otra vez, de llevarla de una cima a otra. Queríaborrar de su mente a cualquier otro amante que ella hu-biera tenido, deseaba que sólo lo recordara a él. Quin uti-lizó toda su experiencia sexual para que el cuerpo feme-nino le respondiera con lujuria hasta altas horas de lamadrugada. Tal y como había hecho en el pasado. Sí,quería lo que ella le había dado antaño... ¡y mucho más!
  • 66. Capítulo 8H ABÍA llegado la noche número doce. «Casi la mitad de lo acordado», se dijo Nicole mientras intentaba sofocar la sensación creciente de quejamás se liberaría de Joaquín Luis Sola. Era como unadroga: cuanto más lo probaba, más lo deseaba, igual queen el pasado. Y llamar a lo que compartían «sólo sexo»no disminuía su impacto. Alejarse de él aquella segundavez iba a resultar igual de difícil que la primera. Contempló el reflejo de sus ojos en el espejo delcuarto de baño; relucían de excitación, y todo porqueaquella noche podría decirle que ya no tenían que usarpreservativos. Había estado tomando la píldora el tiem-po suficiente para que resultara efectiva, así que ya notenían que pensar en la protección, no tenían que dete-nerse ni reducir la sensación de intimidad natural. Sucuerpo entero anticipaba sus caricias. Y allí estaba, se-cándose el cabello recién lavado para que brillara paraél, para que estuviera sedoso y sensual y... –Hija... –la madre de Nicole dio unos golpecitos enla puerta para llamar su atención–, te llaman por teléfo-no. –¡Ya voy! Tras apagar el secador y dejarlo encima del tocador,Nicole se puso un albornoz; no se había molestado an-tes en cubrir su desnudez, disfrutando de la sensual an-ticipación. Cuando abrió la puerta, su madre aún estabaen el pasillo, esperando a que saliera.
  • 67. 66 –¿Quién es? –inquirió Nicole, preguntándose porqué parecía tan nerviosa. Linda Ellis notó el resplandor de felicidad en suhija, y el corazón se le encogió con preocupación;aquel hombre había borrado en el pasado esa mismaaura extasiada en Nicole. Si sucedía por segunda vez,sería culpa de ella, por no haberse detenido a pensar enlos costes a la hora de intentar salvar a Harry. Al finalhabía sido un sacrificio inútil, que podía acarrearle a suhija una gran pena. –Es él –dijo sin entonación. –¿Te refieres a Quin? –preguntó Nicole. El brillo desus ojos desapareció bajo una nube de preocupación. Linda asistió, y su hija frunció el ceño y se apresuróhacia la cocina, donde estaba el teléfono; ella la siguió,perturbada por el contacto directo con aquel hombreque nunca había querido conocerla ni saber nada de lafamilia de Nicole. Se quedó en la entrada de la cocina;necesitaba oír la conversación, saber qué ocurría. Con el corazón desbocado y un nudo en el estóma-go, Nicole levantó el teléfono. –¿Cómo has conseguido este número? –preguntómientras en su mente resurgía el miedo a que Quin in-vadiera su vida real. –Lo busqué en el listín telefónico –contestó él contono práctico. –Está a nombre de mi madre –espetó ella. –El mismo nombre, Linda Ellis, ligado a las deudasque pagué, incluyendo la hipoteca de una casa en Bur-wood –dijo él, arrastrando las palabras. Nicole se tomó un segundo para respirar hondo, cal-marse y aclarar las ideas. Claro que tenía información
  • 68. 67para encontrarla, pero, ¿por qué se tomaba la molestia?Nunca lo había hecho. –Llamarme a casa no entraba en el trato –dijo conintención. –Te llamo por consideración hacia ti, Nicole. Nocreí que te gustara llegar al apartamento y no encon-trarme allí. ¿No iba a estar en su casa? La excitación sexual quehabía intentado contener durante todo el día se trans-formó en decepción; Nicole se enfadó consigo misma,ya que estaba permitiendo que él la afectara demasia-do. Decidida a impedirlo, dijo con frialdad: –Gracias por avisarme de que renuncias a la duodé-cima noche acordada, para hacer otra cosa. –No tengo intención de renunciar a ninguna noche–contestó él con brusquedad. –Acabas de hacerlo, Quin. –Mañana estaré en casa, se trata de un simple apla-zamiento. –Hicimos un trato: viernes y lunes. No estoy dispo-nible para ti ninguna otra noche. –Sé razonable, Nicole –su voz era tensa–, estoy enMelbourne; una reunión de negocios se ha alargado,y... –Y, como siempre, ganar dinero es más importanteque estar conmigo –interrumpió ella con tono cortan-te–. No hay problema, Quin, es tu elección. Pero no es-peres que yo me amolde a ella. Pudo oír su exhalación enojada ante su negativa acomplacerlo, y Nicole se sintió orgullosa de sí mismapor no ceder. «Primer tanto para mí», pensó, recordan-do que en el pasado todo tenía que organizarse en fun-ción del trabajo de él. Sin embargo, el momento de sa-tisfacción terminó bruscamente cuando Zoe irrumpióen la habitación, exclamando: –¡Mamá, ven a ver lo que dan por televisión!
  • 69. 68 Nicole giró en redondo, vio a su madre en la puertay le lanzó una mirada suplicante. –Yo iré a verlo –le dijo Linda a su nieta, tomándolaen brazos y llevándosela hacia el salón. –Pero quiero... –Shh... La puerta se cerró tras ellas. Nicole estaba paralizada; la voz de su hija aún reso-naba en sus oídos, y se preguntó con temor si Quin lahabría oído. Su corazón, que se había detenido por unsegundo, palpitó con fuerza cuando él volvió a hablar: –¿Mamá? –su tono revelaba su sorpresa; preguntóde inmediato–: ¿de quién es esa niña, Nicole? Ella intentó aclarar su mente y buscó una respuestaen la que parapetarse. –Es la hija de unos amigos, se han pasado por aquípara... –emitió un bufido deliberado antes de añadir–:pero eso no es de tu incumbencia, Quin. Gracias poravisarme de que la velada se ha anulado; ¿la del vier-nes sigue en pie, o puedo esperar otra cancelación? Fue él quien bufó entonces... o, más bien, siseó en-tre dientes una exhalación furiosa. –Recibirás noticias mías –dijo sin más, y cortó lacomunicación. Nicole colgó el teléfono con torpeza y se apoyó pe-sadamente contra la encimera. Se había salvado porpoco, y aún temblaba de alivio por haber podido expli-car la presencia de Zoe con tanta rapidez. No se le habíaocurrido que Quin pudiera llamarla a casa, nunca lo ha-bía hecho; pero entonces vivían juntos, y trabajabanpara el mismo banco. Quin había considerado el tiempoque ella pasaba con su madre algo ajeno a su relación. Pero la situación era diferente, y no podía criticarlopor hacerle una llamada de cortesía; Nicole habría teni-do que estar preparada para posibles contratiempos enel acuerdo. Aunque él tenía su e-mail, no era una vía de
  • 70. 69comunicación inmediata, a menos que uno estuvieraconstantemente delante del ordenador. Y ella no se ha-bría conectado antes de salir aquella noche. Se avergonzó al pensar que él estaba empezando avolver a dominar su vida. Catorce noches más... ¿quésucedería si ella no quisiera que aquello terminara? Ni-cole sacudió la cabeza con enfado. Era una locura. Loque ocurría era que estaba inmersa en satisfacer su se-xualidad; Quin era bueno para eso, pero para nada más.Si no se centraba, tendría problemas, y en aquel mo-mento su hija necesitaba su atención. Se dirigió con paso rápido hacia el salón, donde en-contró a Zoe sentada en el regazo de su abuela, miran-do plácidamente un documental; la niña no parecíaafectada por haber sido momentáneamente ignoradapor su madre. Se detuvo para contemplar por un mo-mento a las dos personas en las que se centraba suvida; ellas no personificaban la lujuria, sino el amor.Sabía que no habría podido conservar la entereza du-rante la enfermedad de Zoe de no haber sido por elapoyo incondicional de su madre, y no podía repro-charle los extremos a los que había llegado para inten-tar que Harry se curara. Linda lo había hecho por amor.Debía de ser muy duro perder dos maridos; perder aQuin cinco años atrás la había devastado a ella. «Somos supervivientes», pensó. «Tres generacionesde una pequeña familia». En las últimas semanas, su madre se había ido recu-perando, y ya volvía a dirigir la escuela de baile. Se habíateñido el pelo; su cuerpo de bailarina y su hermoso rostroocultaban sus cincuenta y cinco años. En ocasiones, Ni-cole vislumbraba una cierta tristeza en los cálidos ojoscolor avellana, pero al menos había superado la depresiónen la que se había sumido tras la muerte de Harry. Y Zoe estaba maravillosamente sana; para Nicole,era la niña más bonita del mundo, con aquellos grandes
  • 71. 70ojos grises y el lustroso cabello negro que la pequeñaquería dejar crecer para poder hacerse trenzas. La ideahizo sonreír a Nicole mientras se dirigía hacia el sofá. –Te lo has perdido, mamá –informó Zoe con unsuspiro de decepción. –Lo siento, cariño, estaba ocupada al teléfono y nopodía colgar –Nicole se sentó al lado de su hija, y son-riendo la animó a continuar–: dime lo que has visto. –Era una granja de mariposas –su pequeño rostroirradiaba entusiasmo. –Era un recinto, como un aviario –explicó la abuela. –Y había montones y montones de flores bonitaspara las mariposas –dijo Zoe. –Flores tropicales, la mayoría hibiscos –siguió Linda. –Está cerca de Kranda. ¿Podemos ir, mamá? –Kuranda –corrigió su abuela–; más arriba de Cairns,en la zona norte de Queensland. –Está demasiado lejos, Zoe –contestó Nicole–. Hasido una suerte que lo hayas visto por la tele. La niña dio un suspiro, pero no protestó; sabía quealgunas cosas eran posibles, y otras no. –Eran todas azules, las mariposas. El hombre las lla-mó... –frunció el ceño mientras intentaba recordar–, Ises. –Ulises –dijo Nicole con dolorosa ironía. La decristal que Quin había comprado aún estaba expuestaen su dormitorio, un atormentador recordatorio de loque él ignoraba, de lo que no querría saber. –Si no podemos ir, ¿podrías hacerme una para miárbol, mamá? No tenemos ninguna que sea toda azulcomo la ulises –Zoe ladeó la cabeza, implorante. A Nicole le dolió el alma; sabía que siempre relacio-naría la figura de cristal con sus noches con Quin. Conla esperanza de que la niña se olvidara del animal, dijo: –Las mariposas señalan ocasiones especiales, Zoe;tendrás que esperar a una. Ahora, voy a secarme el ca-bello antes de acostarte, ¿de acuerdo?
  • 72. 71 –Sí, mamá. –¿Vas a... salir esta noche? –preguntó Linda concautela; tenía el ceño fruncido, y su mirada delataba in-quietud. –No, sólo quiero acabar de arreglarme el pelo paraque no se encrespe –contestó Nicole con tono despreo-cupado, en un intento de quitarle hierro a cualquiercosa que su madre hubiera podido escuchar. Sin embargo, cuando acostó a Zoe y le leyó uncuento, Nicole encontró a Linda paseándose agitadapor el salón, con la televisión apagada. –¿Qué pasa, mamá? Te estás perdiendo tu serie fa-vorita. –No me gusta esto, Nicole –exclamó su madre–.Parecías tan rencorosa, tan vengativa cuando hablabascon ese hombre... –retorciéndose las manos, insistió–:está mal, no debería haber dejado que te metieras enalgo así. –Tú no me dejaste, yo quise hacerlo. Fue mi deci-sión –reiteró Nicole con calma. –No es bueno para ti. –No estoy segura de eso; de alguna forma extraña,creo que sí lo es. –¿Cómo? –Dudo que haya un hombre tan bueno en la camacomo Quin –dijo Nicole con una sonrisa irónica–. Pa-sar veintiséis noches con él no es nada desagradable. –¿Aún lo amas? –No. –No creo que puedas tener una relación sexual tansatisfactoria sin estar enamorada –afirmó su madre aca-loradamente. –Quin y yo aún tenemos una fuerte conexión física;no tienes de qué preocuparte, mamá. –No, es más que eso; está hiriéndote de nuevo, lonoté en tu voz. No puedes cambiar a la gente, Nicole,
  • 73. 72las personas son lo que son. Y vengarte porque alguienno cumple tus expectativas... –No se trata de lo que yo quiero –la interrumpió Ni-cole con fiereza–. Quin y yo tenemos un acuerdo, y untrato es un trato. Eso es lo único que le he dicho,mamá. Y ahora, por favor, déjalo. No quiero dedicarlemás tiempo del que ha pagado. Naturalmente, no era así, ya que él estaba constan-temente en su mente; su madre respetó sus deseos ydejó el tema de momento, pero su silencio no impidióque Nicole pensara en él y meditara sobre lo que Lindahabía dicho. Cuando ambas se fueron a dormir, Nicolepermaneció despierta, consciente de su soledad en lacama, analizando sus sentimientos. Finalmente, admi-tió que quería que él cambiara, y que su propio rencornacía de ver sus deseos contrariados. Su madre teníarazón, mostrarse negativa no iba a provocar una trans-formación mágica en él. Tras decidir que aquellas cuestiones carecían derespuesta, Nicole se dispuso a contar ovejitas con la es-peranza de conciliar el sueño; debió de funcionar, por-que de repente la despertó el insistente sonido del tim-bre de la puerta. Con una rápida mirada al despertador,vio que eran las once y cuarto de la noche... ¿se habríaincendiado la casa? No olía a humo, pero sólo unaemergencia explicaría tal determinación en despertar atodo el mundo. Salió a trompicones de la cama y se en-contró en el pasillo a su madre, que se dirigía hacia lapuerta; Nicole se detuvo al oír la voz de Zoe, alarmadapor el sonido incesante del timbre. No se le ocurrió ni por un segundo que Quin Solapudiera estar en la puerta, que su determinación a noperder ni una de sus noches con ella le hubiera empuja-do a acabar su reunión antes de tiempo, a tomar unavión y a presentarse en su casa para recogerla antes dela medianoche.
  • 74. Capítulo 9T RAS echar por la borda sus planes y pasar las úl- timas horas apresurándose en llegar hasta allí, a Quin no le gustó nada encontrarse la casa com-pletamente a oscuras. Era, como la mayoría de las vi-viendas en aquella calle, una construcción antigua perosólida de ladrillos rojos, con un cuidado jardín en laparte delantera; sin embargo, con todas las luces apaga-das, el respetable edificio tradicional se volvía casiamenazante, poco acogedor. ¡Y aquélla era la casa quehabía salvado para ella! ¿Qué había hecho Nicole después de lanzarle el de-safío sobre sus prioridades, salir de fiesta con su ma-dre?, ¿acostarse sin él? Desde luego, no se había que-dado esperándolo para ver si aparecía, y la idea lo llenóde rabia. Si ella quería que el acuerdo se siguiera a ra-jatabla, tendría que cumplir su parte. ¡Aquella nochetenía que estar disponible para él! Lo peor era que había creído que su actitud hacia élse estaba suavizando, que quería estar con él, que dis-frutaba de sus noches juntos; Había pensado que estabaconsiguiendo atraerla al tipo de relación estrecha delpasado. Aquella noche se había dado cuenta de que te-nía dinero más que suficiente para hacer lo que quisie-ra, y Nicole era lo que más deseaba. No importaba per-der un cliente lucrativo, lo que le importaba era novolver a perderla. Si ella necesitaba una demostración de lo importante
  • 75. 74que era para él, estaba dispuesto a dársela... pero no es-taba dispuesto a aguantar que Nicole actuara como si sugesto fuera irrelevante para ella. Quin sintió un fiero re-sentimiento y tocó con salvaje insistencia el timbre de lapuerta; era un mecanismo metálico a la antigua, y sintióuna gran satisfacción al balancearlo con brusquedad. Elestrépito pareció resonar en una casa vacía, lo que avivósu frustración. Si Nicole había salido, se plantaría allíhasta que volviera e insistiría en que le resarciera por eltiempo perdido. Miró a su alrededor, buscando una silla.No había silla. Pero en la esquina de la casa... ¿un co-checito de muñecas? Debían de habérselo dejado olvi-dado los amigos de Nicole. Aún seguía dando timbrazos cuando una luz brillóde repente a través de los paneles de cristal de la puer-ta. ¡Así que había alguien en casa! Mantuvo sus enérgi-cas llamadas para provocar una rápida respuesta. Trasla vidriera apareció la forma borrosa de una mujer, y seoyó cómo alguien se apresuraba a abrir la puerta; Quinbajó la mano y se serenó para enfrentarse a Nicole e in-formarle de que se negaba a renunciar a nada. La puer-ta se abrió. No era Nicole. La mujer de mediana edad llevaba labata sin abrochar del todo, y su cabello corto estabadespeinado, lo que indicaba que la había despertado.La expresión inicial de confusión alarmada en el rostrode ella se convirtió en enojo cuando Quin, que habíacomprendido que aquélla debía de ser la madre de Ni-cole, Linda Ellis, se quedó mirándola sin decir nada. –¿Quién es usted, qué sucede? –preguntó ella conbrusquedad. Él la miró directamente a los ojos y dijo: –Me llamo Quin Sola y tengo asuntos que tratar consu hija, señora Ellis. –¡Eres tú! –jadeó Linda con asombro; retrocedió alinstante, alejándose de él.
  • 76. 75 Quin frunció el ceño ante aquella reacción; aunquejamás se habían conocido, Linda Ellis conocía su nom-bre, y era obvio que no le tenía ningún aprecio. Lo quehacía que Quin se preguntara... ¿qué le había contadoNicole sobre él? ¿No tendría que mostrarse aquella mu-jer más hospitalaria hacia el benefactor que la habíasalvado de la ruina económica? –¿Está Nicole? –preguntó; había un par de cuestio-nes que debían aclararse en aquella casa. Linda Ellis no contestó, no tuvo necesidad de ello.Por encima de su hombro, Quin vio cómo Nicole salíaal pasillo desde una habitación; llevaba en sus brazos auna niña, que tenía la cabeza acurrucada en la curva delcuello y el hombro de la mujer. Ambas iban en bata. –¿Qué pasa, mamá? –preguntó Nicole. Las palabras salieron de su boca antes de verlo;cuando su madre se apartó para revelar su presencia yella lo reconoció, Nicole se detuvo en seco; su cuerpoparalizado irradiaba la conmoción que la atenazaba. Laniña levantó la cabeza y miró a Quin, intrigada por lasúbita parada, por el silencio. Tenía el cabello corto ynegro; sus ojos grandes de espesas pestañas eran sor-prendentemente claros, de color gris, y Quin creyóapreciar algo familiar en su rostro, pero... –¿Conoces a este hombre, mamá? –preguntó la pe-queña. «¿Mamá?». La mirada de Quin saltó hacia Nicole;en los ojos de ella no había sorpresa, sino angustia, ysus mejillas estaban teñidas de rojo. La garganta de lamujer se movió convulsivamente mientras tragaba confuerza, intentando hablar, pero incapaz de emitir unasola palabra. Al final, levantó la barbilla con orgullodesafiante y dijo: –Sólo es alguien que pasaba por aquí, Zoe –las pa-labras, que lo relegaban a algo insignificante en suvida, fueron acompañadas de una mirada envenenada
  • 77. 76que rechazaba la posibilidad de cambios futuros–. Porfavor, discúlpame mientras acuesto a mi hija. La niña lo miró con curiosidad por encima del hom-bro de su madre mientras Nicole se alejaba por el pasi-llo; había algo en los ojos de la pequeña, en su rostro....La mente de Quin pareció estallar con el convenci-miento intuitivo que la atravesó. «¡Mi hija!». Sintió una certeza absoluta cuando sedio cuenta de que la niña debía de tener unos cuatroaños; cuando madre e hija desaparecieron de su vista alentrar en la habitación de la que habían salido, Quincentró su atención en Linda Ellis, mirándola con ojospenetrantes que exigían la verdad. –Es mía, ¿verdad? ¡Es mi hija! La mujer se puso una mano en el cuello, como in-tentando ahogar cualquier admisión, y sacudió la cabe-za con una angustia atemorizada. Para Quin, aquel te-mor sólo tenía una explicación: la niña era suya, y elplan era mantenerlo en la ignorancia... ¡como habíanhecho durante los últimos cinco años! Ignorando a la mujer, Quin avanzó por el pasillocon paso decidido; su cuerpo entero palpitaba con lanecesidad de confirmar su certeza. Con un ligero em-pujón, abrió la puerta de la habitación, que permanecíaligeramente entornada. La luz estaba encendida, y laatención del hombre se vio momentáneamente arreba-tada por el árbol de mariposas, que estaba situado fren-te a una ventana. Las largas y retorcidas ramas, de unamadera grisácea, estaban cargadas con docenas de her-mosas mariposas de diferentes colores y tamaños; eraun hermoso elemento decorativo para la habitación deuna niña. Quin arrancó su mirada fascinada del árbol yla dirigió hacia las dos personas que acababan de alte-rar su vida. Nicole estaba junto a la cama, inclinada mientras lequitaba la bata a la pequeña, interponiéndose entre su
  • 78. 77hija y él... la hija de ambos. La necesidad de reclamarlo que era suyo en aquel mismo momento era irrepri-mible. –Tu madre se equivoca, Zoe –dijo. Nicole se incorporó y se volvió bruscamente, en-viándole una mirada asesina por irrumpir en un terrenoque ella consideraba suyo. «A partir de ahora ya no te pertenecerá sólo a ti»,pensó Quin con decisión mientras avanzaba con losojos fijos en aquella niña que era carne de su carne,sangre de su sangre. Su hija no tenía miedo de él; la pe-queña lo observaba con gravedad mientras esperaba aque le dijera en qué se había equivocado su madre, yuna mezcla tumultuosa de emociones lo inundó...asombro, orgullo, ternura, una necesidad fiera de prote-gerla, el deseo de tenerla cerca, de abrazarla. Pero era un desconocido para ella, y debía contener-se hasta que la niña lo aceptara como su padre. Quin seagachó para hablar con ella cara a cara. –No soy alguien que sólo pasaba por aquí –expli-có–, he estado lejos mucho tiempo, desde que naciste,pero pretendo estar junto a ti el resto de tu vida. –¡Quin! –la protesta cortante de Nicole hizo que suhija la mirara. –Ése es mi nombre –se apresuró a decir Quin, conuna sonrisa tranquilizadora que hizo que la niña volvie-ra su atención hacia él de nuevo–. Mi nombre completoes Joaquín Luis Sola, pero la mayoría de la gente,como tu madre, me llama Quin para abreviar. Me ale-gro mucho, muchísimo, de conocerte, Zoe –tras aque-llas palabras, le ofreció su mano. La niña miró a su madre, esperando sus instruccio-nes, pero Nicole permaneció inmóvil; Quin sentía sumirada sobre él, la gran tensión que emanaba del cuer-po femenino, pero continuó centrando su atención enZoe, esperando a que la niña le respondiera.
  • 79. 78 La pequeña bajó la mirada hacia la mano extendidadel hombre, y tras un largo y tenso momento, ofreció lasuya con gesto indeciso. Quin no pudo evitar una gransonrisa triunfal mientras estrechaba la manecita, yaquella boca dulcemente curvada, idéntica a la de Ni-cole, respondió con una tímida sonrisa. –Hola –dijo él alentadoramente, disfrutando de lasuave calidez del contacto. –Hola –contestó ella con los ojos fijos en él, deseo-sa de saber más cosas sobre aquel hombre. Las palabras surgieron sin más: –Soy tu papá.
  • 80. Capítulo 10P RESA de un sinfín de pensamientos contradicto- rios, la mente de Nicole era incapaz de producir una sola respuesta sensata a la declaración deQuin. Escuchó entumecida las preguntas de Zoe; laniña intentaba entender de dónde venía aquel hombre,por qué estaba allí. –¿Mi papá? –preguntó la pequeña con asombro. –Sí –admitió Quin sin la más mínima duda, yañadió–: compruébalo tú misma. Tenemos los mis-mos ojos, el mismo cabello, la misma nariz. Soy tupadre. Tras un momento de silencio en el que Zoe estudióel rostro masculino, la niña miró a Nicole en busca deuna confirmación. –¿Es verdad, mamá? La cabeza de Nicole estaba a punto de estallar; sucorazón, comprimido entre tantas emociones dolorosas,luchó por seguir latiendo. Tenía la boca seca. –Sí –dijo con voz ronca, consciente de que seríainútil negarlo. Zoe miró al padre que había estado ausente durantetoda su vida, y preguntó inocentemente: –¿Dónde has estado, papá? ¿Por qué has venido enmedio de la noche? Sin detenerse a pensar, Quin dijo: –He estado perdido en un mundo diferente al tuyo,Zoe, y acabo de encontrar el camino para llegar hasta
  • 81. 80aquí. No podía esperar hasta mañana para verte, esperoque no te importe. El hombre emanaba encanto, y Nicole lo odió porello. Era injusto, muy injusto, que se ganara a su hijasin haber sufrido ni un instante por ella. –¿Estarás aquí mañana? –preguntó Zoe. –Depende de si tu madre deja que me quede –con-testó él. –¿Mami? –la niña dirigió una mirada suplicante asu madre. –No podemos contar con ello –advirtió Nicole a suhija antes de lanzar una mirada airada a Quin–. Es po-sible que tu padre tenga que volver a su otro mundo. –¿Tienes que volver, papá? –preguntó Zoe. –No si puedo evitarlo, pero tu madre y yo tenemosque hablar sobre cómo podemos estar juntos. Si no es-toy aquí mañana, te prometo que volveré muy pronto,¿de acuerdo? Quin sonrió a su hija, y ella le devolvió el gesto,confiando en su palabra. –De acuerdo. –Y ahora, a dormir otra vez –dijo Nicole, incapazde soportar la cercanía entre Quin y su hija. Arropó a la pequeña minuciosamente, acuciada porla necesidad de protegerla del hombre que podía des-truir sus vidas. Besando fervientemente a su preciosaniñita en la frente, murmuró: –Buenas noches, cariño. –Buenas noches, mamá. ¿Me va a dar papá tambiénun beso de buenas noches? –Sí –afirmó Quin antes de que Nicole pudiera con-testar. La mujer tuvo que retroceder y permitirle que lo hi-ciera, mientras luchaba contra una oleada de fiero re-sentimiento; él estaba asumiendo un papel que no sehabía ganado. Nicole intentó ignorar los íntimos mur-
  • 82. 81mullos entre padre e hija y fue hacia la puerta, impa-ciente por hacer que Quin saliera de allí, que se alejarade Zoe. Él la siguió con la suficiente premura para no avivaraún más el genio de la mujer, dirigiendo la mirada ha-cia el árbol de mariposas mientras salía de la habita-ción. Nicole apagó la luz, cerró la puerta y lo guió ha-cia la cocina, que estaba lo suficientemente lejos paramantener una conversación privada sin molestar a laniña. El olor a chocolate caliente reveló que su madreestaba aún despierta, esperando ansiosamente para sa-ber qué debía hacer. Linda rompió en exclamacionesllorosas en cuanto Nicole entró en la cocina. –¡Yo no se lo dije, Nicole, él lo adivinó! –La culpa no es tuya, mamá, sino mía, por no acce-der a aplazar nuestra noche juntos; él vino a reclamarque cumpliera con mi parte del trato –perfectamenteconsciente del hombre a su espalda, se giró para lanzar-le una mirada despectiva–. ¿Estoy en lo cierto? –Sí –admitió él con tono irónico. –¡Pero es culpa mía! –exclamó Linda, que parecíadestrozada por la situación–; si no me hubiera endeuda-do tanto, nunca te habrías acercado a él, nunca... –Se equivoca, señora Ellis –la interrumpió Quinenérgicamente mientras se colocaba junto a Nicole–.En cuanto vi a Nicole de nuevo, estuve decidido a vol-ver a tenerla en mi vida, fuera como fuese. Sus deudassólo me proporcionaron la manera de conseguir mispropósitos. Nicole sintió que la recorría un estremecimientoconvulsivo ante la determinación despiadada en la vozmasculina; ¿utilizaría a su hija para mantenerla ligadasexualmente a él? Su madre lo miró, sin saber los es-trictos parámetros que Quin aplicaba a lo que él consi-deraba una relación. –¿Por qué? ¡No es justo! –dijo Linda–; usted no
  • 83. 82quiso a mi hija lo suficiente para casarse con ella en sumomento. –Entonces no sabía lo importante que era hacerlo,señora Ellis –respondió Quin con gravedad. «No quisiste saberlo», pensó Nicole, y se apresuró aafirmar: –No eres culpable de nada en lo que nos conciernea Zoe y a mí, mamá; siempre me has apoyado muchísi-mo, de modo que no te preocupes, por favor. Soy yoquien tiene que aclarar la situación con Quin, así que sipudieras dejarnos solos... Con gesto derrotado, Linda suspiró temblorosamen-te, se frotó la frente, tomó su taza y se dirigió hacia lapuerta de la cocina. –Seguramente no significará mucho para usted, se-ñora Ellis –dijo Quin–, pero siento no haber estadoaquí para Nicole y Zoe, y le agradezco sinceramenteque las apoyara en mi ausencia. Ella se detuvo junto a él y lo miró a los ojos; trasunos segundos, Linda agitó la cabeza como si la situa-ción la superara, y se fue hacia su habitación sin decirotra palabra. Nicole fue con paso decidido hacia la nevera; queríasacar la leche y prepararse una reconfortante bebida ca-liente, y también colocarse a una distancia adecuadadesde la que poder enfrentarse a Quin. Cuando la puertade la habitación de su madre se cerró, señalando que te-nían la privacidad suficiente, se giró hacia él con furia. –¿Que lo sientes? ¡Tú no sientes nada, Quin! Nuncahas dejado que nada te impida salirte con la tuya, ni en-tonces ni ahora, y no te importa lo más mínimo cómotus deseos afectan a los demás. Él estaba aún en el umbral de la cocina; su inmovi-lidad lo asemejaba a la imagen de un poderoso animal,observando y esperando el momento de atacar. –Habría realizado ajustes si me hubieras dicho que
  • 84. 83estabas embarazada, Nicole –dijo de forma inequívoca;sus ojos revelaban la verdad de sus palabras. Ella lo miró con su propia verdad en la mirada. –No hiciste ningún ajuste por mí, Quin. –De hecho, sí los hice –su boca hizo una mueca iró-nica–. Me costó bastante preparar un apartamento paraque pudiéramos vivir juntos. –¡Dinero! –exclamó ella con un desprecio mordaz. –Un dinero que no hubiera gastado de no ser por ti. –Porque querías tenerme. –Y también hubiera querido a nuestra hija –la res-puesta de él fue rápida como un latigazo. –Bueno, decidí que no formaríamos parte de tus po-sesiones, Quin –contestó ella con la misma sequedad–.Eso era todo lo que yo significaba para ti, y habría ocu-rrido lo mismo con nuestra hija. Habríamos sido perte-nencias por las que tendrías que pagar. Furiosa y llena de resentimiento, Nicole abrió de untirón la puerta de la nevera, agarró la leche, cerró de unportazo, fue hasta el fregadero, tomó una taza de un ar-mario y empezó a preparar el chocolate con el paqueteque su madre había dejado sobre la encimera. Sus ma-nos temblaban. –Siento haber causado que te sintieras así –dijo él. Ella apretó los dientes, negándose a que la conmo-viera la suavidad de su disculpa. Eran palabras vacías,fáciles de pronunciar cuando lo ocurrido estaba en elpasado. Se obligó a mantener las manos firmes mien-tras vertía la leche sobre el chocolate en polvo. –Creía que éramos dos adultos solteros, luchandopor el éxito profesional, y lo suficientemente afortuna-dos para tener algo positivo y mutuo entre nosotros–añadió pesaroso, tras lo cual tuvo el valor de añadir–:yo te pertenecía a ti tanto como tú a mí, Nicole. Ella se giró en redondo para enfrentarse a él y dejarlas cosas claras.
  • 85. 84 –¡Sólo cuando compartíamos la cama! Fuera de ella,tú tenías tus propios planes, que te reclamaban con muchamás fuerza que yo –sus ojos cortaron de raíz cualquierprotesta que él pudiera formular–. No lo niegues. Viví conello, igual que viví con mis propios sentimientos. El rostro masculino se tensó ante el golpe directo,pero permaneció callado. Nicole se volvió para meterla taza en el microondas y programar el temporizador;los segundos empezaron a pasar en el reloj digital, unacuenta atrás terriblemente lenta en comparación con losrápidos latidos de su corazón. Sin embargo, contemplóaquellos números obsesivamente, deseando que pasarael tiempo, incapaz de enfrentarse a lo que supondría ensus vidas que Quin supiera de la existencia de Zoe. –¿Por qué te arriesgaste a acercarte a mí aquella no-che en el club si no me quieres en tu vida, Nicole?–preguntó él lentamente, en voz baja. –Para hacerte pagar –las palabras se le escaparonantes de que pudiera contenerlas. –¿Hacerme pagar el qué? Nunca te hice nada queno quisieras. –Por lo que no hiciste –murmuró ella con fiereza;armándose de valor, se giró para darle su explicacióncara a cara–. Utilicé el sexo, que era todo lo que queríasde mí, para pagar por este techo y para que la escuela debaile, nuestra fuente de ingresos, pudiera salir adelante.Así que ya has cumplido con tus deberes paternales,Quin; no tienes que hacer de padre para Zoe, podemosarreglárnoslas perfectamente sin ti. El temporizador del microondas empezó a sonar. Los ojos de Quin estaban fijos en los de ella, y Ni-cole podía ver cómo se disponía a utilizar todo su po-der para luchar por el puesto que ella acababa de negar-le. «Será mejor que no sea sólo el orgullo lo que teguía», pensó la mujer con fiereza; Zoe esperaría algomás de su nuevo papá.
  • 86. 85 –Supongo que lo merecía –dijo él, admitiendo al finque había puesto barreras a su relación en el pasado. De pronto, Nicole sintió que los ojos se le inunda-ban de lágrimas; se giró de inmediato hacia el microon-das, negándose a que él se diera cuenta. Tomó la tazade chocolate caliente y la acunó entre sus manos; cuan-do él volvió a hablar, la determinación de su voz res-quebrajó aún más las maltrechas defensas de ella. –Pero el castigo por mi crimen de omisión terminaaquí, Nicole. Esta noche no vine a reclamar lo que medebías, sino para probar que estar contigo era más im-portante que cualquier otra cosa; para demostrarte queno quería perder ni un minuto que estuvieras dispuestaa darme –con voz aún más suave, admitió–: para queesta vez fuera diferente para ti. Ella negó con la cabeza, intentando ignorar deses-perada la dolorosa estocada a su corazón. –No creo que hayas cambiado, Quin. –Las circunstancias son diferentes. Ella sintió cierta histeria al reconocer lo grandesque eran las diferencias. –Sí, has descubierto que tienes una hija, y te hasmetido de lleno en el papel de padre sin pensar en loque puede significar para una niña que cree que puedeconfiar en ti. –No le daré ninguna razón para que deje de hacerlo–espetó él con una certeza absoluta. La ola de furia que recorrió a Nicole hizo que ir-guiera la espalda y que la abandonara toda vacilación.Dejó de golpe la taza en el fregadero y se enfrentó a él,haciendo un gesto burlón mientras exclamaba: –¡Oh, claro! Papi estará cerca siempre que Zoe lonecesite, no sólo cuando a él le convenga. Él cortó su demoledor sarcasmo: –Ella quiere verme mañana; ¿estás preparada paraello, o es a ti a quien no le conviene?
  • 87. 86 El desafío en los ojos de él imposibilitó que Nicolepudiera protestar; si se negaba, ella sería la causante aojos de su hija de que su padre estuviera lejos. –Tendrá que ser por la mañana –dijo con tono beli-gerante, consciente de que le quitaría tiempo de susasuntos laborales–. Zoe viene conmigo a la escuela debaile, y nos quedamos allí hasta bastante tarde. –Estaré aquí a las siete en punto de la mañana, su-pongo que nuestra hija ya estará despierta a esa hora–tras un seco saludo con la cabeza, Quin se volvió ha-cia el pasillo. –¿No vas a quedarte a cobrar tu noche? –preguntóella, atónita por su decisión de dejarla y volver a la ma-ñana siguiente. Él se detuvo en la puerta de la cocina y la sometió auna larga mirada penetrante. –Jamás tomé nada que no me ofrecieras, Nicole–dijo con calma–. Quizás sea hora de que lo recordaras. Ella se quedó oyendo cómo se alejaba por el pasi-llo, salía y cerraba la puerta tras él. Su cuerpo enteroestaba dolorido por la sensación de vacío. Quin no ladeseaba aquella noche, pero ella sí lo deseaba a él, y ledolía... le dolía terriblemente que él hubiera desdeñadoel trato que habían hecho. Ya no controlaba la situa-ción... ¿había tenido el control alguna vez con Quin, ose había estado engañando a sí misma, utilizando elacuerdo como una excusa para tomar lo que sólo él po-día darle? Con Quin conocedor de la existencia deZoe... ¿iba a cambiar todo? Nicole se obligó a ir a cerrar con llave la puerta deentrada; a la mañana siguiente, tendría que volver aabrirla para permitir que aquel hombre entrara en la vidade Zoe. Sería mejor que Quin tuviera cuidado de noromperle el corazón a su hija, o jamás se lo perdonaría.
  • 88. Capítulo 11Q UIN llegó antes de tiempo. No había tanto tráfi- co como había anticipado, y había tenido la suer- te de encontrar casi todos los semáforos en verdeal salir del centro de la ciudad. Tras aparcar su Audi,permaneció sentado al volante, esperando a que llegaranlas siete, ya que a Nicole no le gustaría que llegara antesde tiempo; teniendo en cuenta su resentimiento hacia él,Quin no estaba seguro de poder conseguir que ella cam-biara su actitud. Aun así, no estaba dispuesto a rendirseen la batalla para conseguir que ella lo aceptara en suvida, sobre todo teniendo en cuenta que tenían una hija.Zoe... Se había perdido cuatro años, además del embarazo,y todo porque no había sido el momento adecuado paradejar que su relación con Nicole fuera más allá de lasnecesidades inmediatas. No había tenido la intenciónde infravalorar el papel de ella en su vida, y podía en-tender su certeza de que él no se había comprometidoseriamente, pero que le ocultara la existencia de suhija... aquello era un golpe tan grande para un hombrecomo él, que aún intentaba encajarlo. Ante todo, era un hombre de honor, la habría apo-yado. Pero estaba claro que ella no había querido quelo hiciera, y había preferido la soledad, criar a su hijasin él. Aquello tenía que cambiar, él haría que cambia-ra. La pregunta era... ¿cómo conseguirlo? Quin miró su reloj; eran casi las siete. Tomó la bol-
  • 89. 88sa que contenía la mariposa azul del asiento del pasaje-ro, y tras salir y cerrar el coche se dirigió hacia la casa,decidido a ejercer una influencia positiva en la vida desu hija. Con un poco de suerte, aquello haría que Nico-le perdiera un poco de la hostilidad que sentía hacia él. La puerta se abrió justo cuando llegaba al porche yNicole salió apresuradamente, cerrando la puerta trasella en un gesto que dejaba a las claras lo reacia que eraa dejarle entrar en la casa. Quin se detuvo y la observócon atención mientras esperaba a que ella se explicara.Sus hermosos ojos verdes estaban apagados por la fati-ga; seguramente había dormido poco o nada. Había ce-pillado a conciencia su largo cabello, y su aparienciageneral, con una camiseta, tejanos y sandalias, era pul-cra. Sin embargo, su rostro estaba limpio de maquillajey parecía demacrada; la tensión de tener que enfrentar-se a él aquella mañana había dejado huella. Ella se lo quedó mirando demasiado tiempo sin de-cir palabra, y Quin supo que lo consideraba de otromundo, allí parado en un elegante traje formal; de algu-na manera, supo que le dolía verlo vestido así. El pro-blema era que cinco años atrás habían estado en esta-dios diferentes de sus vidas, y ella había tenido unasexpectativas que él no había podido cumplir. –Ya no estoy en aquel punto de mi vida, Nicole–dijo impulsivamente, con la esperanza de aliviar laansiedad de la mujer–. Hoy tengo trabajo... tengo unnegocio que dirigir, igual que tú tienes la escuela debaile con tu madre, pero ya no me empuja la necesidadacuciante de ganar el máximo de dinero en el mínimode tiempo. Lo que quiero en mi vida ha cambiado. Nicole movió la cabeza, y lo miró con cansancio eincredulidad. –Soy consciente de que saber lo de Zoe fue todauna sorpresa para ti, Quin; reaccionaste sin pensar en elgran compromiso que supone ser padre –su boca se
  • 90. 89curvó con rigidez en una triste sonrisa–, en el compro-miso que debería suponer ser padre. –No tengo que pensar en ello, Nicole; no estamoshablando de conjeturas, Zoe es una realidad. –No tiene por qué serlo –contestó ella con rapidez;su voz denotaba ansiedad–. Podría explicar lo de ano-che como un sueño; aún no se ha despertado, podríasmarcharte y dejar que siga ocupándome yo sola de ella. –¡No! –su cuerpo adquirió la rigidez del acero; to-dos sus músculos se tensaron, preparados para luchar–;no permitiré que se me borre de la vida de mi hija. –Lo que habla es tu ego, Quin, no tu amor –Nicolebuscó los ojos del hombre con la mirada, presa de unaansiedad frenética–. No creo que sepas lo que es elamor, y no es justo que juegues con el corazón de unaniña, que lo dejes vacío cuando seas incapaz de estar ala altura –levantó las manos en gesto suplicante–. Porfavor, párate a pensar en ello, espera al menos a tomartu decisión hasta que yo vaya a verte el viernes. –Esperar no va a cambiar mi decisión. Accediste aque viniera hoy, Nicole, no voy a irme. –Anoche no pensaba con claridad. –Pero yo sí, igual que esta mañana –dijo Quin, mi-rando su reloj–; ya son más de las siete, y aunque tú noestés precisamente encantada de verme, creo que mihija sentirá lo contrario, así que, ¿podríamos dejar estadiscusión inútil y ceñirnos a lo acordado? Ella lo miró con una mezcla irritada de miedo yfrustración. –No te importa, ¿verdad? Siempre tiene que ser a tumanera, de ninguna otra. –¿Acaso tus acciones son tan perfectas? –contraata-có él–; me ocultaste la existencia de Zoe, sin importarteque ella pudiera querer estar también con su padre. Las pálidas mejillas de ella se tiñeron de color. –No fuiste bueno para mí, ¿por qué iba a creer que...?
  • 91. 90 –Sí que lo fui –la cortó él con vehemencia–; de nohaber sido así, no habrías vivido conmigo tanto tiempo.Sencillamente, me negué a que me manejaras como aun títere, igual que me niego ahora. Él avanzó un paso. –Déjame entrar, Nicole; podemos hacerlo de formacivilizada, o tendrás que enfrentarte a una orden judi-cial por mis derechos de visita. ¿Quieres arrastrar anuestra hija a un conflicto así? Quin la vio retroceder contra la puerta, confusa yatemorizada por la amenaza; estaba claro que no habíaimaginado que él desearía reclamar a la niña hasta talpunto, pero así era. Lo consumía la necesidad de forjarun vínculo con Zoe, y el sentimiento era aún más fuerteporque sentía que se le había impedido de forma arbi-traria formar parte de la vida de su hija. Por otro lado,era consciente de que, si presionaba demasiado a Nico-le, no conseguiría de ella todo lo que quería. Quin in-tentó templar sus tumultuosos sentimientos, y se obligóa hablar con calma: –Olvidémonos del pasado, Nicole; tenemos queconstruir un futuro para Zoe, y la cooperación es unmejor cimiento que el desacuerdo. La mano de la mujer voló hasta su cuello, como silo tuviera demasiado agarrotado para hablar, y sus ojosse llenaron de una vulnerabilidad indefensa; parecíacomo si él le hubiera arrebatado todas sus defensas yno supiera qué camino seguir. –Todo saldrá bien, te lo prometo –presionó Quincon gravedad. Tras inhalar profundamente y dejar escapar el aireen un suspiro tembloroso, Nicole se apartó y abrió lapuerta de par en par, para permitirle que entrara. –Es la primera promesa importante que me has he-cho, Quin –dijo con voz débil–. Espero que la cumplas. Él se detuvo a su lado, acarició con gentileza el ros-
  • 92. 91tro femenino y lo inclinó hacia él; quería que Nicoleviera la sinceridad que ardía en sus ojos. –Sellémoslo con un beso –dijo. No esperó a que ella consintiera, fue suficiente queNicole continuara mirándolo, sin intentar alejarse de él.Lo inundó el deseo de estrechar su vínculo con ella,además de con su hija, por lo que no fue un beso pose-sivo, sino de persuasión. Era importante calmar las du-das de Nicole, que comprendiera que lo que él sentíapor ella era real y profundo, y que el fuerte deseo se-xual que siempre había despertado en él no era la únicarazón que justificaba que estuvieran juntos. Durante un par de segundos, ella se mantuvo total-mente pasiva, limitándose a permitir que la besara; depronto, la tirantez cedió y los labios femeninos respon-dieron tentativamente, como si tuviera curiosidad porsaber lo que él le ofrecía, insegura de las intencionesdel hombre. Quin no la presionó para obtener más. Seapartó de ella lentamente, rozando sus labios mientrasmurmuraba: –Un nuevo comienzo. Para los tres. –Será mejor que aproveches al máximo tu tiempocon Zoe –dijo ella con voz ronca–. Ya sabes llegar has-ta su habitación. Lo estaba despidiendo, pero no de forma hostil. Sa-tisfecho por haber adelantado algo, por poco que fuera,Quin avanzó por el pasillo y abrió silenciosamente lapuerta de la habitación de su hija, contento sólo de po-der contemplarla si estaba dormida. Detestaba la ideade haberse perdido cuatro años de su vida, de no haber-la visto crecer hasta convertirse en la niña que era enese momento. Debería estar familiarizado con su ros-tro, con todos sus gestos. Era consciente de la imperio-sa necesidad de memorizar aquella carita para poder re-cuperarla en su mente siempre que quisiera. Zoe no estaba durmiendo; estaba acostada de lado,
  • 93. 92contemplando el árbol de mariposas. El sol de la maña-na entraba por la ventana e iluminaba las alas de múlti-ples colores, creando una visión mágica, de cuento, yQuin se dio cuenta de lo cariñosa que Nicole debía deser como madre. ¿Cuántas mujeres invertirían su tiem-po en hacer algo así? Zoe se dio cuenta de su presencia y se apresuró asentarse; su mirada de asombro total se transformó enuna sonrisa encantada. –¡Has vuelto! La tensión de Quin se desvaneció, y el placer quesintió ante la bienvenida sincera de su hija dio a su son-risa una gran calidez. –Y te he traído un regalo. Le dio la bolsa y se sentó en la cama junto a ella,disfrutando de poder presenciar su sorpresa, su ilusiónmientras desenvolvía la mariposa de cristal, su miradaextasiada cuando la vio. –¡Una ulises! –exclamó la niña–; ¿cómo sabías quequería una, papá? –No lo sabía –Quin estaba asombrado de que supie-ra el nombre–; pero anoche me di cuenta de que no te-nías ninguna en tu árbol. –Las vi en la tele, le pregunté a mamá si podía teneruna y me dijo que tendría que esperar a una ocasión es-pecial. –Bueno, ésta es una ocasión muy especial –le ase-guró Quin. –¡Sí, es verdad! –Zoe aplaudió encantada–, ¡mi pri-mer día con mi papá! Aquello le llegó al corazón. ¿Cuántos primeros díashabía habido? El día en que nació... ¡ni siquiera sabíala fecha de su cumpleaños! Su primera palabra, su pri-mer paso... –¿Todas las mariposas de tu árbol señalan días es-peciales, Zoe? –preguntó mientras intentaba con todas
  • 94. 93sus fuerzas mantener un tono desenfadado, para ocultarla sensación de pérdida que sentía por haber sido ex-cluido de todos los momentos señalados de la vida desu hija. –Mmm... –la niña inclinó la cabeza, pensando en surespuesta–; la mayoría las conseguí cuando me puseenferma. Fue entonces cuando mamá empezó con el ár-bol. –¿Estuviste muy enferma? –preguntó Quin, frun-ciendo el ceño ante aquella información. –Muy, muy, pero que muy enferma –contestó ella,asintiendo con gravedad–. Porque tenía... –dudó, arru-gando la frente mientras intentaba recordar el nombrede su enfermedad; finalmente, dijo con tono triunfal–:mingitis. Quin sintió que un escalofrío recorría su espalda. –Quieres decir... ¿meningitis? –¡Sí, eso es! –la niña pareció satisfecha con los co-nocimientos de su padre y repitió la palabra con cuida-dosa precisión–: me-nin-gi-tis. El miedo lo golpeó con fuerza. Zoe podría habermuerto, había sido un milagro que sobreviviera a lagrave enfermedad; Quin podría haber ignorado hasta elfin de sus días la existencia de aquella hermosa niña.Su niña... perdida antes de que pudiera encontrarla. –Siento no haber estado aquí para ayudarte a que tesintieras mejor –dijo, y suspiró profundamente para ali-viar el dolor de su pecho. –¿Estabas en tu otro mundo? –Sí –Quin se sintió inmensamente agradecido deque ella hubiera aceptado sin más la explicación de lanoche anterior–. No sabía lo que te estaba pasando,ojalá lo hubiera sabido. –No pasa nada, papá, no pudiste evitarlo. Quin tomó la firme determinación de que en ade-lante las cosas serían muy diferentes.
  • 95. 94 –Estaba demasiado enferma para levantarme de lacama del hospital –continuó Zoe–; mamá dijo que eracomo una oruga en su capullo, y que tenía que esperarallí hasta estar lo bastante fuerte para ser una mariposa,libre para bailar bajo el sol y sentirme hermosa. –Eres hermosa, Zoe. Los ojos de la niña brillaron de felicidad. Quin que-ría tomarla en sus brazos y abrazarla con fuerza, pero lacautela insistía en que aún no era el momento, en queera demasiado pronto para que ella se sintiera total-mente cómoda con él. Seguía siendo prácticamente undesconocido, a pesar de los lazos de sangre. –Vamos a buscar un sitio para la ulises en el árbol–exclamó Zoe entusiasmada, levantándose de un salto.Con la mariposa cuidadosamente arropada entre susmanos, estaba a medio camino de la ventana cuando sedetuvo y se giró para mirar a su padre. Quin no se había movido, su hija lo tenía hechiza-do; la suave redondez de sus brazos y sus piernas, laperfección de su piel, aquel cabello espeso despeinadotras una noche de sueño... no pudo evitar sonreír, y Zoerespondió de la misma manera antes de decir: –Tengo que ir a buscar a mamá, es ella la que ponelas mariposas. –Perfecto –asintió él. –Y tengo que ir al lavabo –confesó la niña con timi-dez. –Todos tenemos que hacerlo al levantarnos por lamañana –le aseguró Quin. Aliviada por su comprensión, Zoe se apresuró aacercarse a la cama y le alargó su regalo. –Cuida de ella hasta que yo vuelva –dijo; sus ojosgrises destellaron con una súplica reveladora cuandoañadió–: no te vayas. –No me moveré de aquí. –Muy bien, papá.
  • 96. 95 Le regaló otra sonrisa antes de irse a todo correrpara hacer sus cosas en tiempo récord, y Quin la oyóllamando a su madre y a su abuela con voz rebosantede excitación. Tuvo que admitir que ambas mujeres lehabían dado a su hija un hogar lleno de amor, y que lahabían ayudado a convertirse en una niña maravillosa-mente espontánea. Ni siquiera el trauma de una graveenfermedad había empañado su vida, y posiblemente nisiquiera lo había echado en falta, ya que nadie echabade menos lo que jamás había tenido. A Nicole le preocupaba su intrusión, el efecto quepudiera tener en Zoe; no confiaba en que él fuera cons-tante más allá del impacto inicial. Quin se dio cuentade que sólo con el tiempo se daría cuenta de que estabaequivocada, pero ¿cuánto tiempo necesitaría? Él ya ha-bía perdido unos años irrecuperables. Bajó la vista ha-cia la mariposa que Zoe había puesto en sus manospara asegurarse de que él no se fuera; al menos su hijaconfiaba en su palabra, y se prometió que nunca le da-ría motivos para no hacerlo. Aunque era imposible pro-tegerla de los avatares de la vida, haría lo imposiblepara no causarle dolor jamás. Nicole no podría negar que él había alegrado a suhija aquella mañana; Quin estaba decidido a complacera Zoe en cada oportunidad que se le presentara... asíque tendría que asegurarse de que crear todas las oca-siones especiales que pudiera. Zoe volvió corriendo a la habitación; Nicole la se-guía reticente, a pesar de la insistencia de la niña. –¡Ven a verla, mamá! Es de cristal. ¡Enséñasela,papá! Nicole lanzó una mirada llena de resentimiento aQuin, que se levantó y le ofreció el regalo a su hija. –Enséñasela tú, Zoe, es tuya. Ella la tomó con cuidado y se volvió hacia su ma-dre, sin saber que ésta no había querido que él compra-
  • 97. 96ra aquel obsequio, que se había negado a aceptarlo.Quin entendía por fin el rechazo tajante de Nicole; lasmariposas tenían una conexión demasiado profundacon la vida de su hija, una vida que él no había com-partido ni estaba previsto hasta entonces que compar-tiera. –Creo que es demasiado pesada para que se quedesujeta con adhesivo, Zoe –dijo Nicole con una expre-sión de grave preocupación en el rostro–; no querrásque caiga al suelo y se rompa. Quin sintió que su cuerpo se tensaba. Era cierto queél no había formado parte del árbol hasta entonces,pero Nicole no le había dado la oportunidad, al decidirocultarle la existencia de su hija. Si lo hubiera sabido,habría estado a su lado, cuidándola. Negarle un lugaren el árbol en aquel momento suponía dificultar delibe-radamente cualquier nuevo comienzo; si ella no podíadarle al menos eso... –Pero, mamá, tenemos que ponerla en el árbol –in-sistió Zoe–. Es la primera mariposa que me ha dado mipapá, ¿podemos atarla a una rama? Eran las sabias palabras de una niña; Quin miró aNicole para ver cómo se enfrentaba al desafío de suhija. –Eso no la favorecería, Zoe; es demasiado bonitapara poner un cordel a su alrededor. ¿Por qué no la po-nemos en el alféizar de la ventana, y nos imaginamosque se ha posado ahí? Zoe se giró para analizar la posición que su madresugería; tras unos segundos, se dirigió hacia la ventana,colocó con cuidado la ulises en el lugar indicado y re-trocedió unos pasos para valorar el efecto. Lentamente,negó con la cabeza. –No es lo mismo, mamá. Parece que se siente muysola. «Se siente marginada», pensó Quin, sombrío.
  • 98. 97 –Bueno, puede que tu padre compre más para quele hagan compañía –contestó Nicole, desafiándolo conla mirada. –Esto no es algo puntual, Zoe –se apresuró a asegu-rarle Quin, insinuando de paso que pensaba estar muypresente en sus vidas desde aquel momento–. Pero siquieres que la ulises esté en el árbol, compraré una ca-dena de plata para colgarla, y brillará aún más. ¿Qué teparece? –¡Eso la haría muy especial, papá! –contestó laniña, con el rostro iluminado de felicidad. –¡Perfecto! –no le importaba si a Nicole no le gus-taba la idea; de hecho, le beneficiaría aprovechar lanueva oportunidad de estar con su hija, en vez de espe-rar–. Traeré la cadena el sábado por la mañana, y si a tumadre le parece bien, podríamos pasar el día juntos. –¿Mamá? –exclamó Zoe con voz expectante. Nicole forzó una sonrisa para su hija. –De acuerdo. Y ahora, tienes que vestirte y tomar eldesayuno que tu abuela está preparando. –¿Puede desayunar papá conmigo? –preguntó laniña, ansiosa. –No, tu padre tiene que irse a trabajar, por eso vacon traje; ha tenido un detalle muy bonito al venir estamañana solamente para verte. ¿Le has dado las graciaspor el regalo? –¡No, no lo he hecho! –Zoe miró a Quin, horroriza-da por su olvido. Aprovechando otra oportunidad, Quin sonrió alen-tadoramente y extendió los brazos hacia ella. –¿Qué te parece si me das un beso y un abrazo? Ella voló hacia él, feliz y aliviada; Quin la levantócontra su hombro y los bracitos de la niña rodearon sucuello mientras plantaba en la mejilla de su padre unbeso enorme. –Gracias, papá. Me encanta mi ulises.
  • 99. 98 Lo dijo con tanto fervor, que a Quin le dio un vuel-co el corazón; consiguió apenas controlarse y no apre-tarla contra sí con demasiada fuerza. Aquella hermosaniña era suya, y no la dejaría marchar. En aquel mo-mento, vio la mirada dolorida de Nicole, y supo quepresionar demasiado en aquella primera visita seríacontraproducente para conservar el terreno ganado. –Me alegra que sea muy especial para ti, Zoe –mur-muró con voz ronca por la satisfacción que sentía–;volveré el sábado. –No te pierdas otra vez en tu otro mundo, ¿vale? –No. Ahora que te he encontrado, no existe ningunaposibilidad de que eso pase. –¡Bien! Ella le sonrió, y Quin devolvió el gesto mientras lavolvía a dejar de pie en el suelo. –Será mejor que hagamos caso a mamá; adiós porahora, Zoe. –¿No te olvidarás de la cadena de plata? –Iré a comprarla hoy a la hora de comer; piensadónde quieres que colguemos la mariposa, y será loprimero que hagamos el sábado. La niña suspiró, entusiasmada. –Pórtate bien –dijo él al marcharse. –Lo haré. Adiós, papá. Nicole lo acompañó fuera de la habitación sin decirpalabra, y cerró la puerta tras ellos. Mientras camina-ban por el pasillo, Quin preguntó: –¿Tienes algún álbum con fotografías de Zoe? –Sí –respondió ella en tono cortante. –Me gustaría verlas –insistió él. –Te las llevaré el viernes por la noche –Nicole nopensaba desprenderse de ellas. –Gracias. Y gracias también por Zoe, es una niñaexcepcional. –Sí, lo es.
  • 100. 99 Lo dijo con tanta vehemencia, que Quin pudo oírlas palabras que no pronunció... «¡y será mejor que note atrevas a cambiarla, Quin Sola!»; ya en el porche,Nicole se detuvo en la puerta. –No empieces a malcriarla comprándole caprichoscon tu dinero, Quin –le avisó. Él asintió. El dinero era un tema delicado entreellos, y se dio cuenta de que no podrían empezar real-mente desde cero si no corregía la percepción que Ni-cole tenía de él. –Tenemos mucho de qué hablar el viernes –dijo,mirándola a los ojos–. Sea lo que sea lo que creas quehice o dejé de hacer cuando estábamos juntos te lo hascobrado con creces al mantenerme apartado de mi hijadurante todos estos años. Ella dio un respingo ante el golpe directo, pero le-vantó la barbilla en un gesto desafiante. –Fue lo mejor para todos. –Nunca lo sabremos, ¿verdad? No te olvides de lasfotos; sólo empeorarías las cosas. Tras pronunciar aquellas palabras, se fue; tenía mu-cho que organizar y que dejar listo antes de la nochedel viernes.
  • 101. Capítulo 12N ICOLE no había vuelto a saber nada de Quin desde el martes por la mañana, ni por teléfono ni por e-mail; llegó a su apartamento a las ochoen punto del viernes sin saber lo que podía esperar deél, intentando no anticipar nada más que el festín se-xual que caracterizaba su tiempo juntos. Era la nochenúmero trece, y aunque no era supersticiosa, Nicole nopodía evitar una cierta sensación ominosa. El trato aúnestaba en pie, pero los parámetros habían cambiadodesde que Quin se había enterado de la existencia deZoe y había decidido ejercer de padre. Un nuevo co-mienzo... ¿de qué? ¿Sería él capaz de conseguir que elfuturo fuera diferente del pasado? Aquella noche, Nicole llevaba una bolsa muchomás grande de lo normal, repleta de los álbumes queQuin le había pedido; la agarraba con tanta fuerza, quelas uñas se le clavaban en las palmas de las manosmientras esperaba a que se abriera la puerta. Le dolíapermitir que él tuviera acceso a los años que les habíanpertenecido sólo a su hija y a ella, sentía que estaba en-tregando demasiado, y demasiado pronto. Si él no cum-plía su promesa... La puerta se abrió, y el corazón de Nicole se desbo-có cuando se encontró de nuevo cara a cara con Quin.Él le ofreció una sonrisa de bienvenida que ella no de-volvió; el remolino en su mente y en su estómago anu-laba cualquier intento de mostrarse cortés.
  • 102. 101 –Entra –dijo él con calidez–. Hay alguien a quienquiero que conozcas. La sorpresa la dejó totalmente paralizada; no podíacreer que él invitara a otra persona en una noche de re-velaciones privadas. ¿Acaso no le importaban las fotosde Zoe? ¿Eran sólo una curiosidad que podía satisfaceren cualquier momento dado? Por fin, Nicole recuperóla capacidad de hablar lo suficiente para decir: –No me parece buena idea, Quin –lanzándole unamirada acerada, añadió–: nuestro trato no incluye a na-die más. Él respiró hondo, y los ojos grises la fulminaroncon su propia determinación. Su actitud de bienvenidase transformó en una resolución despiadada. –Es mi madre, Nicole, que ha venido desde Argen-tina para conoceros a Zoe y a ti. ¡Su madre, a la que no había sido invitada a conoceren el pasado! Nicole se sintió totalmente desconcertadaante aquella táctica completamente inesperada por par-te de Quin. ¿Qué esperaba conseguir? ¿Cómo se supo-nía que tenía que reaccionar ella? –¿Argentina? –preguntó, confundida. –Allí vive su familia; mi madre regresó para estarcon ellos hace tres años, es su país natal. –¿El tuyo también? –preguntó ella con voz ronca,intentando desesperadamente hacer encajar la nueva in-formación con lo poco que sabía sobre la historia fami-liar de Quin. –Ya no –contestó él encogiéndose de hombros–; mihogar está aquí. Por favor, mi madre está muy cansadatras el vuelo de catorce horas desde Buenos Aires, perodesea tanto conocerte... Él se hizo a un lado, invitándola a pasar, y los piesde Nicole se movieron, impulsados por una curiosidadque necesitaba satisfacer; ya en el salón, vio que unamujer se levantaba de uno de los sofás cercanos a los
  • 103. 102ventanales. Era una mujer alta y atractiva, pero su ros-tro delataba fatiga; sus ojos oscuros parecían casi amo-ratados por las sombras que los rodeaban. Sus labios, lo único que se había maquillado, teníanun tono rojo ciruela, y su cabello gris estaba peinadohacia atrás en un moño; a pesar de su aspecto austero, oquizás debido a él, exudaba una dignidad intimidanteque se veía acentuada por el elegante traje negro y porlos pendientes y el collar color azabache que lucía. Nicole se sintió totalmente inapropiada en tejanos ycamisa, y vaciló cuando se dio cuenta de que la madrede Quin probablemente la consideraba una mujer fácilque había vivido con su hijo y que se había quedadoembarazada fuera del matrimonio... y que ni siquiera selo había dicho a Quin, para poder casarse como sinduda haría una buena chica en Argentina. Sintió queuna oleada de vergüenza candente le recorría el cuelloy encendía sus mejillas, incluso mientras razonaba queel culpable era Quin. Ella había hecho lo que él le ha-bía pedido hasta que la situación se había vuelto insos-tenible. En ese momento, Quin tomó la bolsa de Nicole, yse la pasó a la otra mano mientras la tomaba del codopara hacer que avanzara. –Nicole, te presento a mi madre, Evita Gallardo. –¿No... no es Sola? –balbuceó Nicole, desconcerta-da. –Cuando volví a casa, retomé mi nombre de soltera–explicó la madre de Quin; con una mueca de disculpahacia su hijo, añadió–: había demasiada vergüenza li-gada al apellido Sola. –¿Vergüenza? –repitió Nicole, totalmente confundi-da. La madre de Quin se había acercado para saludarla,y tenía ambas manos extendidas hacia Nicole en ungesto que parecía suplicante... ¿o denotaba simplemen-
  • 104. 103te bienvenida? Nicole se apresuró a ofrecer las suyas, yEvita las tomó y las apretó; en sus ojos había una súbi-ta preocupación. –Es una larga historia –dijo–, y he venido porque telo debo. Espero que lo comprendas. «¿Comprender el qué?», estuvo a punto de exclamarNicole; sin embargo, consciente de que ya parecía unloro, se limitó a asentir con la cabeza. Al darse cuentade que ni siquiera había saludado a la mujer, se apresuróa decir: –Me alegro mucho de conocerla, señora... eh... ¿se-ñorita Gallardo? –Por favor, llámame Evita. Me has dado una nieta,así que ya somos familia –dijo con suavidad. –De acuerdo –accedió Nicole, aliviada por no verseñal de crítica alguna en los ojos oscuros de la mujer;si acaso, le pareció vislumbrar un deseo, una necesi-dad, de ser aceptada. ¡Era por Zoe! La respuesta era tan obvia, que Nico-le se reprendió por haberse angustiado por la impresiónque la madre de Quin pudiera llevarse de ella. Sin im-portar lo que pensara, sin duda Evita Gallardo tendríacuidado de no ofender a la persona que tenía la custo-dia legal de su nieta. Con aquella reunión debían depretender establecer una relación amistosa, abrir unapuerta para poder entrar en la vida de Zoe; y aquellosignificaba que Quin estaba decidido a formar parteconstante del futuro de su hija. –He traído algunos álbumes con fotografías de Zoe–dijo, ofreciendo impulsivamente a Evita Gallardo loque de mala gana había aceptado darle a Quin; aquelloera diferente, de mujer a mujer, con la experienciacompartida de saber qué era tener un hijo–. Quizás legustaría verlas. –Me encantaría –Evita apretó las manos de Nicoleen señal de gratitud, tras lo cual liberó una y señaló ha-
  • 105. 104cia el sofá del que se había levantado, añadiendo–: porfavor, ven a sentarte conmigo. –¿Café, Nicole? –preguntó Quin. Su voz la distrajo momentáneamente; los ojos delhombre brillaban de satisfacción, y Nicole tuvo la in-mediata impresión de que las cosas marchaban exacta-mente como él había planeado. Quin no se detenía antenada para conseguir lo que quería, pero ¿qué meta sehabía fijado? La había tomado por sorpresa presentán-dole a su madre, y Nicole sentía que se le escapaba delas manos cualquier control sobre lo que iba a sucederaquella noche; no tenía otra alternativa que aguantar lavelada lo mejor que pudiera. –Sí, por favor –contestó. Al menos, tomar café al llegar al apartamento eraalgo normal, rutinario. Después de la primera noche, sehabía negado a aceptar cualquier otra invitación a ce-nar, y había optado por comer con Zoe y con su madreantes de salir de casa. Además, cenar con Quin se ha-bría parecido peligrosamente a mantener una relación,y Nicole no quería retomar lo que tenían en el pasado,sino mantener las limitaciones de su acuerdo. Mientras acompañaba a la mujer al sofá, Nicole sedio cuenta de que ya era imposible evitar una relacióncontinuada, ya que Quin estaba decidido a ser algo másque un padre nominal para Zoe. Que él hubiera involu-crado a su madre indicaba lo serio que era al respecto...aunque Evita volvería a Argentina y sus visitas proba-blemente fueran escasas y espaciadas, de modo que supresencia aquella noche no probaba nada. Nicole se dijo con firmeza que era imprudente ade-lantar un futuro que quizás no llegara a materializarse, yse sentó al lado de Evita Gallardo, consciente de que de-bía avanzar paso a paso en aquella difícil situación. Nodebía dar nada por sentado, no podía creer nada; aquellanoche debía limitarse a dejarse llevar por la corriente.
  • 106. 105 –No empecéis con los álbumes sin mí –dijo Quintras dejar la bolsa de Nicole encima de la mesita delcafé–; no quiero perderme nada. El hombre miró a Nicole a los ojos, transmitiéndoleun claro mensaje: consideraba que ya se había perdidodemasiado. Ella se indignó por la acusación velada deque lo había apartado del lugar que le correspondía; siél se hubiera comprometido más durante su relación,ella no habría elegido ser madre soltera. –Claro que te esperaremos –dijo su madre con untoque de ansiedad, como si complacer a su hijo fuerade vital importancia. En cuanto Quin fue a la cocina para preparar elcafé, Nicole se volvió hacia Evita Gallardo; quería lainformación sobre su pasado que él siempre le habíanegado. –Evita, has dicho antes que había vergüenza rela-cionada con el apellido Sola; ¿te importaría explicár-melo? La mujer suspiró profundamente, y Nicole tuvo laclara impresión de que le resultaba muy difícil revelaruna historia que obviamente constituía una fuente dedolor y vergüenza para ella. Los ojos oscuros revelabantristeza y un profundo pesar cuando empezó a hablar. –Mi marido, Luis Sola, era un hombre muy atracti-vo y encantador, muy inteligente. Yo estuve bajo su...hechizo... durante muchos años, creía que era lo queparecía ser; sin embargo, él usó nuestro matrimoniopara acceder a gente adinerada y los engañó, a ellos y amiembros de mi familia, estafándoles una gran canti-dad de dinero. Un día, todo parecía normal, y al si-guiente se había ido, dejando que mi hijo y yo tuviéra-mos que enfrentarnos al escándalo de su traición. –Debió de ser muy difícil para usted –murmuró Ni-cole con compasión. Evita agitó la cabeza y volvió a suspirar.
  • 107. 106 –No podía soportarlo. Y resultó particularmente di-fícil para Joaquín, que tuvo que aguantar el estigma delos delitos de su padre en el colegio; tenía sólo treceaños, y de repente estaba completamente excluido detodo. Se parecía tanto a Luis, que fue tachado injusta-mente de ser una mala hierba que acabaría avergonzán-donos también. –Pero usted no lo creía –dijo Nicole, alentadora; es-taba inmersa en la historia, y quería saber más. –Conozco a mi hijo. Es un Gallardo de los pies a lacabeza –el orgullo relampagueó en medio del dolor desus ojos oscuros–. Era mejor exiliarnos en Australiaque quedarnos en Buenos Aires, donde nadie confiaríaen él, así que vinimos aquí y Joaquín prometió que lesdemostraría que estaban equivocados. –¿Cómo? –Devolviendo todo el dinero robado. Nicole se dio cuenta de que aquélla era la fuerzamotriz detrás de la ambición de Quin de ganar todo eldinero que pudiera, y la dejó atónita lo poco que sabíadel hombre al que había amado. –Trabajó mucho cuando nos instalamos aquí, estu-dió mucho –continuó su madre–; ganó una beca univer-sitaria y obtuvo una licenciatura en Economía, tras locual empezó a trabajar en un banco para aprender a ha-cer dinero y más dinero. –Consiguió tener un éxito extraordinario –comentóNicole con un leve matiz de ironía. Evita asintió, y la miró compungida. –Cuando te conoció y se fue de la casa que mi pa-dre nos había proporcionado para estar contigo, supeque sus sentimientos hacia ti eran muy fuertes, y tuvemiedo de que le impidieran conseguir mi sueño... vol-ver a Buenos Aires, orgullosa de mi hijo y de sus lo-gros –levantando las manos en gesto de disculpa, conti-nuó–: no quise conocerte, ni concederte un lugar en la
  • 108. 107vida de mi hijo. Ni siquiera permitía que me hablara deti. Así que es por culpa de mi egoísmo... –No tienes que ir tan lejos, madre –interrumpióQuin mientras iba hacia ellas–; en aquel entonces noestaba dispuesto a permitir que nada me impidiera con-seguir lo que me había propuesto –dejó la taza del ca-puchino en la mesa y miró directamente a Nicole–.Pensé que podía tenerlo todo, y en cambio perdí másde lo que podría haber imaginado. Nicole supo que se refería a Zoe. La tarea de devol-ver el dinero había sido más importante para él que surelación; sin duda el trauma de lo que le había sucedidoa los trece años no era algo que Quin pudiera olvidarsin más, sobre todo cuando estaba tan cerca de conse-guir las metas que se había fijado. Mirándolo, comentó: –Asumo que conseguiste la respetabilidad en Bue-nos Aires, ya que tu madre vive allí ahora. –Sí, pagué todas las deudas con intereses hace tresaños –contestó él con cierto cinismo. Su voz no transmitía arrogancia alguna por lo quehabía logrado, pero su madre se apresuró a mostrar loorgullosa que se sentía cuando afirmó: –Fue una acción tan honorable, que por fin mis fa-miliares lo aceptaron como uno de los suyos. –¿Por qué no te quedaste allí? –preguntó Nicole,curiosa por las razones que habría tenido para volverlela espalda a su estatus de héroe. –Mi nombre es Joaquín Luis Sola –contestó Quincon ironía–. Sigo siendo el hijo de mi padre, pero esono significa nada en Australia. –Aquí podías empezar de cero –dijo Nicole. –No desde cero, precisamente –su mirada descendióa la bolsa–; ¿podríamos ver ya las fotos? Las palabras de su madre, «una acción tan honora-ble», se repetían una y otra vez en la mente de Nicolemientras sacaba los álbumes y los ordenaba en la mesa.
  • 109. 108¿Era una cuestión de honor para él ser un buen padrepara su hija? El honor no era amor, como tampoco loera el deseo. Tendría que ser muy cuidadosa de no in-terpretar las acciones de Quin en base a sentimientosque él no tenía, ya que aquello podía conducir a gran-des errores... equivocaciones que no tendría que pagarsólo ella. No quería que la aceptación inocente de Zoederivara en una cadena de dolorosas decepciones, perono sabía cómo podría evitarlo. Quin se sentó a su lado mientras ella colocaba el ál-bum más antiguo en su regazo, con lo que Nicole que-dó encajada en el sofá de cuero entre el padre y laabuela de su hija; tuvo la certeza de que la relación conambos era ya inevitable, y la invadió una sensación dedesasosiego. No pudo evitar que le temblaran un pocolas manos cuando abrió el álbum, y su voz sonó roncapor la súbita oleada de emoción. –Ésta es Zoe el día en que nació. Parecía tan pequeñita en la cuna del hospital, consólo el rostro asomando entre las mantas que la envol-vían del todo... un rostro bastante rojo, enmarcado porunos cabellos negros encrespados sorprendentementeespesos. Tenía los ojos cerrados, y las gruesas y largaspestañas también eran de un profundo color negro. –¡Oh, es igualita a Quin cuando nació! –dijo Evita,maravillada, y se puso las manos sobre el corazón,como si sus oraciones hubieran sido escuchadas. –No, madre –Quin alargó un brazo y rozó con sua-vidad el labio inferior del bebé en la fotografía–, estaboca perfecta la ha heredado de Nicole. Y Zoe es unaniña, no un chico. Era una boca que él conocía muy íntimamente; Ni-cole era consciente del fuerte muslo del hombre presio-nando contra su pierna, y deseó que el deseo ardienteque había entre ellos estuviera alimentado por algo másque sexo. Le dolía que no fuera así, especialmente
  • 110. 109mientras le mostraba fotografías de su hija, que hastaentonces no había tenido que compartir con él. Tras aquella primera corrección a su madre, Quinpermaneció en silencio, contemplando la progresión dela infancia de Zoe; fue Evita quien bombardeó a Nicolecon preguntas y fue haciendo comentarios cada vezmás extasiados sobre su hermosa nieta. Quin se limitóa observar, y Nicole fue cada vez más consciente de latensión que emanaba el cuerpo masculino, una tensiónturbulenta que bullía con todo lo que Quin estaba con-teniendo dentro de sí. Ella casi podía oír sus pensa-mientos: «me he perdido esto, y esto, y esto...»; elamargo deseo de venganza que había impulsado mu-chas de las acciones de ella empezó a transformarse ensentimiento de culpa. ¿Se había equivocado al ocultarlea Zoe? Quin permaneció en silencio hasta que llegaron casial final del tercer álbum, pero cuando Nicole volvióuna página, y reveló a una Zoe mucho más delgada depie junto a un árbol de mariposas recién construido, élemitió un sonido grave y sordo con la garganta y dijo: –Esto debe de ser cuando enfermó de meningitis. –¡Meningitis! –exclamó Evita, horrorizada. Nicole quedó desconcertada; no le había dicho nadaa Quin sobre la enfermedad de Zoe, ¿cómo lo sabía?Levantó bruscamente la cabeza para mirarlo, y descu-brió una conmovedora mezcla de dolor y enfado en losojos del hombre antes de que él se inclinara para con-testar a su madre. –Afortunadamente, Zoe se curó sin secuelas a largoplazo, madre. Y Nicole tuvo la brillante idea de crearun árbol de mariposas para animarla a recuperarse, loque ha conseguido completamente, gracias a Dios–añadió con voz ronca. Zoe debía de habérselo dicho cuando él le dio laulises; Quin estaba maquillando la terrible preocupa-
  • 111. 110ción de aquellos momentos para tranquilizar a su ma-dre, pero la reacción que él intentaba ocultar perturba-ba a Nicole. ¿Realmente le importaba tanto? ¿Habíasido egoísta e injusta al privarle de su hija? Mientras pasaba las páginas del cuarto y último ál-bum, donde quedaba claro que Zoe era una niña normaly sana, Nicole fue dándole vueltas y más vueltas al he-cho de que, cuando Zoe enfermó de meningitis, Quinya estaba libre de las deudas de su padre. Sin embargo,era obvio que cuando volvió de Argentina Quin habíaseguido acumulando riquezas, así que de todos modosno habría podido dedicarle mucho tiempo a una niñaenferma. Para él era muy cómodo pensar que habría actuadode forma diferente, pero Nicole consideraba que Quintenía mucho que demostrar para convencerla de quesus prioridades habían cambiado. Aunque había dejadoa un cliente para poder estar con ella, y había visitado aZoe el martes... –¡Oh, está aprendiendo ballet! –exclamó Evita, en-cantada. Era la última fotografía del álbum: Zoe vestida consu traje de baile rosa con un tutú de tul, en la pose típi-ca con los brazos arqueados por encima de la cabeza,un pie firmemente plantado en el suelo y el otro depunta. –Practica muchos tipos de danzas diferentes –co-mentó Nicole–. Mi madre tiene una escuela de baile,donde yo enseño, y Zoe ha asistido a las clases infanti-les durante la mayor parte de su vida; no es que yo laobligara, simplemente le encanta bailar. –¿Crees que querría bailar para mí algún día? –pre-guntó Evita con tono esperanzado. –No vayamos tan rápido, madre –se apresuró a de-cir Quin cuando Nicole cerró el álbum. Ella no sabía qué responder; parecía estúpido mos-
  • 112. 111trar temor al respecto, pero acababa de conocer a EvitaGallardo, y aún no había considerado la posibilidad depresentarle otra abuela a Zoe. Sintió una oleada de pá-nico ante la sensación de que se la estaba obligando areconocer la relación que los unía, en vez de permitirleelegir si hacerlo o no. Primero Quin, e inmediatamentedespués, su madre. Nicole sentía peligrar el lazo espe-cial que la ligaba a su hija. –No era mi intención darlo por supuesto –dijo Evita;el tono de su voz y su actitud al tomar la mano de Nico-le revelaron su ansiedad–. Estoy muy cansada, y ver lasfotografías... –suspiró, y tras una palmadita tranquiliza-dora a Nicole, añadió–: me retiraré a mi habitación, paraque Joaquín y tú decidáis lo que hay que hacer. Quin se puso de pie cuando su madre se levantó delsofá, y se apresuró a tomarla del brazo. –¿Necesitas algo, madre? –preguntó cariñosamente. –No –tras apoyarse en su hijo por un momento,Evita cuadró los hombros e hizo un gesto de saludo conla cabeza a Nicole–. Buenas noches, querida. Sientoque nuestro encuentro se retrasara tanto. Nicole devolvió el saludo, incapaz de decir nadamás allá de una cortés despedida: –Buenas noches. –Quédate aquí, Joaquín –ordenó Evita a su hijo–,puedo ir sola a mi habitación. –Si estás segura... –contestó Quin. –Sí –le dio un beso en la mejilla y se fue sola. –Voy a llevar a Nicole a su casa. No tardaré dema-siado, una hora como mucho –le aseguró él. ¿Eso era todo por aquella noche? Nicole permaneciósentada, incrédula, contemplando cómo Quin seguía conla mirada a su madre. Y entonces se dio cuenta. Nada desexo el martes, nada de sexo aquella noche... el trato sehabía vuelto irrelevante, todo se centraba ya en Zoe.
  • 113. Capítulo 13N ICOLE no se dio cuenta de lo lujoso y conforta- ble que era el Audi de Quin mientras se dirigían hacia su casa en Burwood, ya que estaba muchomás pendiente del hombre sentado a su lado y de lascuestiones sin resolver que existían entre ellos. No ha-bían hablado desde que habían salido del apartamento,y el silencio le estaba crispando los nervios. Tras con-seguir humedecer un poco su boca seca, comentó: –¿Cuánto tiempo va a quedarse tu madre? –Hasta la boda –fue la flemática respuesta de Quin. –¿Qué boda? –preguntó Nicole, girándose de golpehacia él. Quin le dirigió una rápida mirada burlona. –La boda que debió haberse celebrado hace cincoaños –dijo lentamente, y volvió su atención a la carre-tera. Nicole apretó los dientes, y consiguió contener aduras penas la fiera oleada de resentimiento que lainundó ante la presunción de él; cuando se vio capaz dehablar con cierto grado de control, pronunció las pala-bras con un énfasis cortante. –Vivimos juntos durante dos años, Quin, y el matri-monio no entró nunca en tus planes; jamás, ni entoncesni ahora, he querido una boda forzada por un embarazoaccidental. –¿Entonces, fue un accidente? –Desde luego, no fue algo que yo planeara –espetó
  • 114. 113ella, atónita por la posibilidad de que él pensara otracosa. –Se suponía que estabas tomando unas píldoras an-ticonceptivas altamente efectivas –le recordó él. –Mi médico me explicó que podía perder su efica-cia en caso de alteraciones estomacales; quizás recuer-des que me intoxiqué con la comida de una fiesta a laque fuimos –contestó ella con brusquedad, y le dirigióuna mirada perpleja–. ¿Por qué iba a querer quedarmeembarazada a propósito? –Estoy intentando entender por qué no me lo dijiste–dijo Quin, moviendo la cabeza–; Zoe es también unaparte de mí, Nicole, ¿por qué no la compartiste conmi-go? Me he perdido tanto... –¿Por qué no compartiste tú conmigo lo que me hacontado tu madre? –contestó ella; se negaba a permitirque la culpa arraigara en su conciencia. –No tenía nada que ver contigo –contestó él. Aquella respuesta justificó la decisión que Nicolehabía tomado cinco años atrás. –¡Tienes razón! –exclamó–; siempre estuve fuera detu vida, nunca en el centro. No podía seguir viviendoasí, y tampoco quería que Zoe tuviera que hacerlo. –Tú eras el centro de mi placer, Nicole –dijo él sua-vemente–. El resto era dolor. –Bueno, pues deja que te diga que amar a alguienconlleva compartir tanto el dolor como el placer, Quin;será mejor que empieces a entenderlo si quieres ser unbuen padre para Zoe. La voz de Nicole tembló por las fuertes emocionesque la habían estado asaltando durante toda la velada, ehizo un valeroso esfuerzo por sofocarlas; no quería re-velar lo mucho que deseaba, que siempre había desea-do, el amor de él. Sentía celos de Zoe por la manera enque la atención de Quin se había centrado en ella, yaquello no podía acarrear nada bueno.
  • 115. 114 Se detuvieron al llegar a un semáforo en rojo, yQuin se volvió hacia ella con expresión seria; sus ojosgrises la miraron con intensidad, y el corazón de Nicolesaltó con la vana esperanza de ser profunda e irrevoca-blemente importante para aquel hombre. No por el pla-cer sexual que podían compartir con tanta facilidad, niporque ella era la madre de su hija; necesitaba ser lamujer que él amara por encima de todas las demás, laúnica con la que pudiera compartir su vida. Toda suvida, sin darle acceso sólo a algunas parcelas y excluir-la de otras. –Lo que has sabido esta noche... no era algo quesólo me concerniera a mí, Nicole –dijo él con grave-dad–. También afectaba a mi madre; se trata de una his-toria muy privada y dolorosa que hizo que se exiliarade su país, y ella no quería que se la contara a nadie.Era algo a lo que sólo yo podía poner fin, y lo hice alpagar el dinero. Ahora ya soy libre de asumir otras res-ponsabilidades y dedicarles el tiempo que merecen. Responsabilidades... ¿era así como consideraba elmatrimonio y la paternidad? No quería que casarse conella fuera una cuestión de honor para Quin, algo quetendría que soportar por el resto de su vida. –Entiendo que te sintieras... desatendida por mí enel pasado –continuó él–; no puedo volver atrás y cam-biar eso, pero te prometo que esta vez será diferente. –¿Cómo, nada de sexo? –se burló ella; el groserodesafío surgió de su propio deseo insatisfecho, y Nicolesintió una oleada instantánea de vergüenza. Durante unos segundos, el aire del coche se cargóde las frustraciones en ebullición de ambos, pero de re-pente el claxon del vehículo que los seguía dejó clara laimpaciencia del conductor. El semáforo estaba en ver-de. Quin volvió su atención a la carretera, puso el pieen el acelerador y el Audi respondió con un arranqueinmediato.
  • 116. 115 –Todo el sexo que quieras –gruñó mientras condu-cía. Nicole no pudo evitar responder con brusquedad: –¿De verdad? Pensaba que habías dejado eso delado desde que conociste a tu hija. –He tenido que centrarme en otras cuestiones. –¿Como planear una boda sin molestarte en obtenermi consentimiento? –Como intentar aclarar el pasado para intentar cons-truir un futuro basado en la confianza mutua. –Necesitamos algo más que confianza para crear unfuturo. –Daba por descontado unas relaciones sexuales in-creíbles, pero si necesitas reforzar esa cuestión... –No estaba hablando de sexo. –Sí, lo estabas haciendo –contestó él, y la miró conenfado–; si para ti el sexo es lo único para lo que valgo,haré que sea tan bueno que no puedas vivir sin él. Quin conducía el coche con habilidad mientras ha-blaba, y de repente tomó un giro a la izquierda. Sobre-saltada, Nicole preguntó: –¿Qué estás haciendo? –Ir a un hotel, donde tendremos una privacidad ab-soluta. El corazón de Nicole dio un vuelco. No era sexo loque había tenido en mente, sino amor. Confianza yamor. Sin embargo, no podía negar el torrente de adre-nalina provocado por la excitante idea de acostarse conQuin, de tenerlo otra vez para ella sola, de ahogar laconfusión y los problemas de los últimos días en suquímica explosiva. Aunque aquello no resolvería nada,y aceptarlo sin protestar haría que Quin creyera que po-día obligarla a hacer cualquier cosa. –Le dijiste a tu madre que ibas a llevarme a mi casay que volverías pronto –dijo, nerviosa. Quin hizo caso omiso de sus palabras, y en vez de
  • 117. 116salir del centro de la ciudad se dirigió hacia CircularQuay. –Mi madre tiene el número de mi móvil –contestóal fin con tono razonable–; dudo que se preocupe, perosiempre puede llamarme para saber mi paradero. Nicole no contestó, y él continuó con una breve mi-rada burlona: –Y tu madre no esperará que aparezcas por tu casaesta noche, ¿verdad? Se refería al trato. Era la noche número trece, y élhabía pagado una cifra exorbitante por ella; no habíaduda de que Nicole tenía que cumplir con lo que habíaprometido. Ella quería que el acuerdo volviera a ser eloriginal, no le gustaba ni la relación de Quin con suhija ni la intrusión de Evita; entonces... ¿por qué sesentía molesta de que él le recordara el trato? Porque en aquel momento había mucho más en jue-go. Y por mucho que lo intentara, Nicole no podía ig-norar lo decidido que él estaba a formar parte de suvida. El Audi enfiló por el camino de entrada de un granhotel situado frente a Hyde Park, y en cuanto se detu-vo, un portero y un guardacoches fueron a atenderlos.En seguida entraron en un suntuoso vestíbulo, y Quinno tardó nada en conseguir una suite. En cuestión deminutos, estaban en un lujoso ascensor, camino a laplanta asignada. –Es increíble lo que se puede conseguir si uno tienemontones de dinero –dijo Nicole con cinismo, pensan-do en la celeridad con la que Quin había obtenido loque quería. –Sí, ha restituido la reputación de mi madre y hapagado las deudas de la tuya, ha hecho que vuelvas ami cama... La dura y cínica respuesta hizo que ella volviera lamirada hacia él; Quin la contemplaba con una ira que
  • 118. 117la atravesó, y que agitó todas las emociones que la ha-bían estado arrasando desde que él había descubierto lode Zoe. –Estás intentando conseguir más de lo acordado,Quin. –Tengo derecho a más de lo que accediste a darme. –Quieres ser un padre para nuestra hija... ¡de acuer-do! Pero eso no significa que tenga que casarme conti-go. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Quin laagarró del brazo y la condujo por un pasillo; tras dete-nerse un momento para abrir la puerta de su suite, lahizo entrar y cerró la puerta de una patada tras ellos. Lafiera turbulencia que emanaba del cuerpo masculinoera evidente cuando la atrajo hacia sí para poder en-frentarse cara a cara con ella. El fuego en los ojos gri-ses abrasó las frágiles defensas de Nicole. –¿Por qué no? ¿Por qué no quieres ser mi esposa?Deseas esto tanto como yo. Su boca descendió sobre los labios femeninos, y lalujuria acumulada estalló en llamas. Nicole respondióal salvaje saqueo del hombre abandonando apasionada-mente cualquier otra consideración, pero no pudo evi-tar que su corazón deseara algo más que una unión físi-ca. Rodeó con los brazos el cuello de Quin, aferrándosea él en un gesto de descarada posesión, y se aplastócontra él en busca de su calor, de su fuerza, deseandoque la necesidad desenfrenada del cuerpo masculino laenvolviera, que la llenara con la certeza de que sóloella podía ser su pareja. Sus pechos estaban apretadoscontra el de él, en su estómago sentía la rigidez de suerección, y sus muslos temblaban bajo el poder muscu-loso que presionaba contra ellos. Un cántico salvaje re-sonaba en la mente de Nicole: «ámame, ámame, áma-me...». Él salpicó de besos su rostro, su cabello, su cuello,
  • 119. 118sus hombros, y ella disfrutó de la sensación de que laestaba reclamando como suya; las manos de Quin sedeslizaron por su cuerpo hasta llegar a su trasero paraacercarla aún más, y Nicole se restregó contra él, deli-rante de deseo. De alguna forma, aterrizaron en unacama; el cuerpo de él cubrió el de ella, y se arrancaronla ropa, presos de la necesidad frenética de eliminarcualquier barrera que hubiera entre ellos. Al fin quedaron desnudos, jadeantes por la precipi-tación animal de unir sus cuerpos; Quin tomó las ma-nos de la mujer y las colocó violentamente por encimade su cabeza, con lo que asumió una posición dominan-te que Nicole se negaba a darle. Cuando acercó su ros-tro al de ella, con ojos ardiendo de arrogante posesiónmasculina, ella le rodeó las caderas con sus piernas, de-safiándolo con la mirada a negar que la posesión eramutua. –Dime que jamás ha sido así con nadie más –exigióQuin con una voz ronca que parecía teñida de senti-mientos que no quería reconocer, pero que lo estabandesbordando. –Dime tú lo mismo –lo retó Nicole con ferocidad. –No ha habido ninguna mujer en mi vida que pudie-ra igualarse en nada a ti –admitió él. –Bueno, tú también eres el número uno de mi lista–contestó Nicole mientras se preguntaba celosa cuántasmujeres habría habido. Y, para que él no creyera que latenía segura a largo plazo, añadió–: hasta el momento. –¿Crees que puedes encontrar algo mejor? –gruñóél. –Quizás lo mejor está por llegar –dijo, aguijoneán-dolo para que profundizara su relación. –Tienes razón –contestó él inesperadamente; en suapuesto rostro apareció una sonrisa lobuna–. Aún no noshemos puesto a ello; deja que prepare el preservativo. –No tienes que usarlo.
  • 120. 119 –Entonces... –sus labios rozaron la boca de Nicoleen un juego embriagadoramente seductor cuando mur-muró–: podremos superarnos a nosotros mismos. La besó de forma tan erótica, que la cabeza de Ni-cole nadó en un mar de excitación y todos los nerviosde su cuerpo vibraron con la anticipación del intensoplacer que Quin iba a darle. Y él cumplió con sus ex-pectativas, bañándola en puro éxtasis; todo su ser pal-pitaba exultante mientras él la lanzaba a un clímax trasotro. Sentir cada parte de su feminidad amada, adorada,saboreada, era como una celebración triunfal de sucondición de mujer, y Nicole disfrutó de cada momen-to. Además, en el fondo de su corazón sabía que sólopodría responder así a Quin; no entendía el porqué,pero de alguna forma primitiva, sabía que su lugar esta-ba junto a aquel hombre. Quizás no estaba bien esperarque él sintiera y pensara lo mismo que ella; después detodo, era un hombre con un fuerte instinto cazador, quesiempre iría tras su presa sin permitir distracciones. ¿Podía culparlo por ser lo que era? ¿Acaso su carác-ter no había sido siempre parte integral de lo que laatraía de él? Nicole lo amó con las manos, con su boca y suspiernas; sus caricias tenían una dulzura voluptuosamientras se movía al ritmo de los empujes enérgicos deaquel cuerpo masculino que buscaba satisfacción. Ellagozó de la tensión de sus músculos, consciente de quepara Quin no existía nada más en aquel momento quedescargar su semilla dentro de ella, la ardiente fusiónque los convertía en un solo ser. Nicole arqueó su cuerpo en una ofrenda desinhibidacuando él alcanzó el clímax; sus músculos internos seconvulsionaron de placer alrededor del miembro mas-culino, y deseando aferrarse a la dulce sensación de in-timidad todo lo posible, lo abrazó aún más fuerte cuan-
  • 121. 120do él se desplomó sobre su cuerpo. «Bueno», «mejor»,«el mejor»... eran palabras sin sentido; estar con Quinde aquella manera era algo celestial, siempre lo habíasido. Él rodó para tumbarse de espaldas, arrastrándolacon él para poder permanecer entrelazados; a Nicole leencantaba tumbarse encima de él, sentir el movimientode su pecho mientras su respiración volvía a su ritmonormal. Él jugueteó con su cabello y acarició su espal-da de forma deliciosamente sensual, y Nicole no pudoimaginar querer hacer el amor con nadie más. Pero el sexo era sólo una parte del matrimonio, y nohabía bastado para que fuera feliz con Quin en el pasa-do; ¿estaba realmente dispuesto a abrirse más a ella?De repente, recordó lo que Jade Zilic le había dichoaquella fatídica noche en el Havana Club; cuando ellahabía comentado de su relación con Quin que ella yano vivía en aquella dirección, su amiga había pregunta-do qué sucedería si él tampoco estuviera ya allí. Lo que había impulsado a Quin en el pasado habíaacabado, y ya no influenciaba ni su comportamiento nisus decisiones; quizás fuera capaz de centrarse en serun buen esposo y un buen padre, en cuyo caso, ¿no de-bería ella considerar el matrimonio con él? Las circuns-tancias habían cambiado. Además, Quin había abiertolas puertas de la paternidad, y había entrado de lleno;su compromiso a ser el padre de Zoe era muy real. Lagran pregunta era... ¿hasta qué punto podía confiar ellaen aquel compromiso? –¿Compraste la cadena de plata para la mariposa?–preguntó para averiguar si había recordado su prome-sa a Zoe. Los dedos que acariciaban su espalda se detuvieronen seco y apretaron contra su piel. –Sí –dijo él con énfasis–, se la llevaré mañana. Así que no iba a decepcionar a su hija. Pero aquello
  • 122. 121no significaba que mantendría sus votos matrimoniales;Zoe era de su propia sangre, pero ella no. Y Quin nuncahabía afirmado amarla. Presionando aún más con los dedos en su espalda,él añadió: –¿Qué hay de mi madre, Nicole? Le encantaría co-nocer a Zoe. Ella suspiró y él aflojó la presión de su mano, sininstarla a que le respondiera; no era fácil decidir quéhacer respecto a Evita, ya que todo parecía muy preci-pitado. Pero la mujer había viajado desde Argentinapara enmendar su antiguo rechazo... aunque quizás sólofuera para conseguir acceder a su nieta. Sangre de susangre. Para llegar a ella, Nicole Ashton no podría serignorada de nuevo, ya que ella era la madre. De modo que todo giraba en torno a cómo compartiruna niña que no sólo les pertenecía a su madre y a ella,sino también a Quin y a Evita. Con ironía, Nicole pensóque entre Quin y ella todo se reducía a compartir o no.Tenía que admitir que él había dado algunos pasos deci-didos para cambiar la situación, y las revelaciones deaquella noche explicaban muchas cosas; no hacían quese sintiera mejor, pero al menos podía entender por loque había pasado él, y le resultaba más fácil aceptarloen su vida. Y si lo hacía, tendría que hacer lo propio conEvita. Tras tomar una decisión, Nicole respiró hondo y eli-minó las barreras que tanto le había costado mantener. –Mañana no, Quin; Zoe espera pasar el día contigo.Tendré que hablar con mi madre, pero quizás podría-mos comer todos juntos el domingo. La tensa inmovilidad del hombre se esfumó; unainspiración audible expandió su pecho, seguida de unafuerte exhalación cuando se incorporó y la hizo rodarhasta tenerla tumbada de espaldas. –Eso no significa que vayamos a hablar de boda –se
  • 123. 122apresuró a aclarar ella; se negaba a que la manipularacompletamente. La amplia sonrisa del rostro masculino se transfor-mó en una mueca irónica. –Gracias, Nicole; creo que he cumplido con crecesmi castigo por los crímenes cometidos, y me alegra queestés de acuerdo. Castigo... la palabra hizo que Nicole frunciera elceño; ¿había castigado la falta de amor de Quin pormedio de su hija? No de forma consciente, aunque de-bía admitir que se había sentido muy vengativa desdeque volvió a verlo en el club. –No te preocupes –dijo él con voz tersa, mientrassuavizaba los surcos en la frente de la mujer–; todo sal-drá bien, te lo prometo. Nicole consideró que era una promesa imposible,pero no quiso seguir pensando, porque Quin empezó abesarla de nuevo y pensar en el futuro podía esperarhasta el día siguiente. Nada iba a cambiar en unascuantas horas. Era fácil creer en la ilusión de que habíacariño en sus besos, ternura en la sensualidad de suscaricias. Quizás si ella se esforzaba lo suficiente, llega-ría incluso a creer que él la amaba, que entre ellos nohabía sólo una atracción sexual excepcional.
  • 124. Capítulo 14E sta es mi mujer», pensó Quin mientras apretaba a Nicole contra su cuerpo y disfrutaba del placer de la intimidad; consideraba absurdo que ella senegara a aceptar que él era su hombre. El sexo no seríatan bueno, tan increíble, de no estar tan perfectamentecompenetrados para responder el uno a las necesidadesdel otro. ¿Por qué se resistía a casarse con él? Segura-mente, ella comprendía que él ya no tenía ningún impe-dimento para comprometerse con un futuro juntos; ade-más, para Zoe sería mejor que sus padres estuvierancasados, vivir los tres bajo el mismo techo. Quin se dijo que debía contener su impaciencia; Ni-cole era una persona razonable, además de inteligente.Iba a permitir que su madre conociera a su nieta, lo queera un gran paso, teniendo en cuenta que Evita la habíarechazado en el pasado. Probablemente, en aquel mo-mento era suficiente haber sugerido la idea de la bodapara que ella empezara a plantearse la posibilidad. Locarcomía la sensación del tiempo perdido, pero quizáslo mejor sería esperar, ir venciendo gradualmente la re-sistencia de Nicole. Ella lanzó un suspiro, y la calidez de su aliento ensu pecho hizo que le hormigueara la piel; la mano deQuin empezó a descender por la espalda femenina, enbusca de más placer sensorial; adoraba cada una delas curvas de su cuerpo, la voluptuosa suavidad de sutrasero.
  • 125. 124 –Deberías regresar con tu madre, Quin; hace horasque nos fuimos. El hotel puede pedirme un taxi paraque me lleve a casa. Quin no encajó aquellas palabras nada bien; queríasumergirse en las sensaciones de sus cuerpos. –Es nuestra noche juntos –dijo. Ella se incorporó para mirarlo directamente. –Tú eres quien ha metido a tu madre en todo esto, ylos vuelos largos suelen alterar los patrones de sueñode la gente; si está inquieta... –Puede cuidar de sí misma, Nicole. –¿Qué pasa, ha cumplido su propósito y ya no tie-nes que prestarle más atención? ¿Aún actúas así, Quin?–dijo ella; la preocupación de su rostro se había con-vertido en una expresión cínica. Él frunció el ceño ante aquella crítica tan dura. –Mi madre entiende lo importante que eres para mí,que pasaré todo el tiempo posible contigo. –Claro –el tono de la mujer era amargamente iró-nico–; tus necesidades son lo primero, como siem-pre. Antes de que Quin pudiera alegar nada, Nicole seseparó de él y se levantó de la cama; con voz desafian-te, anunció: –Voy a vestirme y a irme a mi casa. –Tenemos un trato –le recordó él, más por la frus-tración que sentía que por el deseo de hacer que cum-pliera el acuerdo. Ella estaba recogiendo su ropa del suelo, pero seenderezó muy lentamente, y mantuvo la barbilla en altomientras lo miraba con fiero desprecio. –¡Qué descuido el mío! Verás, entre tu visita a mihija mañana, y la visita de tu madre el domingo, habíaolvidado que era tu fulana. Quizás deberíamos renego-ciar lo de las reuniones familiares. –¡No! –exclamó él.
  • 126. 125 –Pretendes que todo sea a tu manera, ¿verdad? –ellacruzó los brazos en una pose beligerante. Quin sabía que había dado un paso en falso, y elriesgo de perder el terreno ganado hizo que se apresu-rara a volver a evaluar la situación; se tumbó de costa-do y le ofreció una mueca de disculpa, instándola conun gesto a que no se precipitara mientras admitía: –De acuerdo, supongo que estoy siendo egoísta alnegarme a que te vayas, pero la verdad es que... nuncatendré bastante de ti, Nicole. Codicio todo lo que pue-das darme. –Te estoy concediendo más tiempo del acordado–contestó ella con voz tersa, impasible. –Lo sé, y agradezco tu generosidad. Ella apartó la vista de él, inmersa en sus propiospensamientos, y la tensión que emanaba de su cuerpoenervó a Quin. ¿Debería levantarse y abrazarla, eli-minar la distancia que Nicole había puesto entreellos? ¿O sería mejor darle espacio, que se movieraen la dirección que ella quisiera? Quin decidió espe-rar, y finalmente ella movió la cabeza y murmurópara sí: –Accedí a quedarme toda la noche. Veintiséis no-ches –lo miró con expresión cínica–. Ésta es la númerotrece, y tienes trece más, Quin. No debería habermedistraído con otras consideraciones. Aquel número nunca había sonado tan ominoso; te-nía que evitar de inmediato que ella retomara aquel ca-mino. De repente, Quin comprendió que ni siquiera lapasión que compartían le daría lo que quería de Nicole.Se apresuró a levantarse de la cama y la tomó con gen-tileza de los brazos para mantenerla inmóvil y que oye-ra claramente lo que él tenía que decir. Ella lo miró alos ojos, poniendo en duda la clase de hombre que élera. Quin habló con voz calmada, imprimiendo a cadapalabra un intenso propósito.
  • 127. 126 –No quiero que seas mi fulana, Nicole, sino mi es-posa. La expresión de la mujer se volvió hermética. No setomó ni un segundo para pensar en ello. –Supongo que eso te resultaría muy conveniente,Quin, pero no me apetece estar a tu disposición por elresto de mi vida –dijo con rotundidad, y añadió paradejar clara su postura–: me gustaría que tú también in-tentaras entender mi punto de vista. En la mente de Quin se encendieron todas las alar-mas, y se apresuró a minimizar daños. –Tienes razón, será mejor que nos vayamos. Esperoque eso pruebe que sí me importan tus sentimientos–intentó una sonrisa de disculpa–; dame tiempo, Nico-le. He estado tan obsesionado con volver a formar partede tu vida, luchando por cada minuto que pudiera con-seguir a tu lado, que no he podido demostrarte que po-demos tener un futuro brillante juntos. Ella lo miró a los ojos con expresión intensa, comosi quisiera creer en él pero no fuera capaz. –Pudiste haberme buscado cuando solucionaste tusasuntos en Argentina, hace tres años; hizo falta un en-cuentro fortuito para que decidieras que me querías denuevo. –Pensé que te había perdido; al verte de nuevo, es-tuve decidido a recuperarte. –No quiero que las cosas vuelvan a ser como antes–exclamó Nicole. –No lo serán, te juro que no lo serán. Ella parecía vacilante, temerosa, y él insistió: –Dame tiempo, Nicole. –Bueno, mañana será otro día –contestó ella con ungran suspiro; tenía los ojos cerrados, como si no pudie-ra soportar mirarlo–. Pongámonos en marcha. Consciente de que no lograría nada si seguía presio-nándola, Quin la soltó y empezaron a vestirse; lo inva-
  • 128. 127dió una profunda sensación de decepción, y se pregun-tó si no estaría luchando en una batalla que no podíaganar. La respuesta de ella no había sido halagüeña, nisiquiera había parecido especialmente interesada en suproposición. El silencio en la habitación era opresivo, y le recor-dó otros momentos similares que habían ocurrido justoantes de que lo abandonara cinco años atrás; la quietudde Nicole señalaba su distanciamiento de él, su retiradaa un espacio personal que él no podía alcanzar, y mu-cho menos compartir. Quin quería irrumpir en aquelrincón privado, aferrarla y arrastrarla hacia él, pero sedio cuenta de que no lograría nada por la fuerza. Durante trece noches, él había decidido lo que Ni-cole y él hacían o dejaban de hacer; ella había acatadosus decisiones y había cumplido su parte del trato, perohabían llegado a la mitad del plazo fijado y él no nota-ba ningún progreso hacia su objetivo: que ella fuera sucompañera el resto de su vida. Quin llamó a recepciónpara pedir su coche; cuando iba a colgar el teléfono,Nicole, que se estaba cepillando el cabello, dijo sin mi-rar hacia él: –Por favor, pide un taxi para mí. –Yo te llevaré –contestó él con tono rotundo. –No es necesario. –Es de noche –argumentó Quin–, me aseguraré deque llegues sana y salva a tu casa, Nicole. –¿Qué pasa si yo no quiero que lo hagas? –Entonces tendrás que soportarlo, porque no voy apermitir que te vayas en un taxi como si fueras miprostituta –espetó él, exasperado por lo empeñada queestaba en mantener su independencia. Ella no contestó, y tras meter el cepillo en su bolsa,se dirigió hacia la puerta; él se mantuvo a su ladomientras salían de la habitación y entraban en el ascen-sor. De repente, entendió que iba a perderla si no cam-
  • 129. 128biaba su conducta. Su relación siempre había funciona-do según los parámetros que él establecía, y Quin sepropuso que, de alguna manera, lograría rectificar la si-tuación. Pero no iba a cambiar de idea respecto a lle-varla a su casa. –¿A qué hora te va bien que vaya mañana? –pre-guntó mientras bajaban hacia el vestíbulo. Ella bajó la cabeza, y su largo cabello ocultó su ros-tro casi por completo; no lo miró cuando contestó contono irónico: –Zoe quedará agotada por el nerviosismo si no vie-nes por la mañana; a las nueve o las diez estaría bien. –Puedes decirle que estaré allí a las nueve. –No te olvides de la cadena de plata. –No lo haré. Ella asintió sin dignarse a mirarlo, y Quin apretó lamandíbula y los puños en un esfuerzo para contener lareacción instintiva de enfrentarse a ella. El conflictoentre ellos no era físico, sino emocional, mental, y ha-berle confesado su pasado no bastaba para que ella ol-vidara el dolor de ser relegada a un papel secundario;incluso era posible que Nicole pensara que Zoe era yalo principal para él; después de todo, sólo había habla-do de matrimonio tras conocer a su hija. No había sidoel momento oportuno, como siempre le había sucedidocon Nicole. Necesitaba trazar un nuevo plan para con-quistarla. Su coche los estaba esperando a la entrada del ho-tel, y el portero se apresuró a abrir la puerta del pasaje-ro para Nicole; ella caminó deprisa hasta el Audi, entróy se puso el cinturón de seguridad, siempre evitandoque su mirada se posara en Quin. «Mañana será otro día», se dijo el hombre, repri-miendo su frustración mientras el portero cerraba lapuerta de Nicole y él rodeaba el coche para ponerse alvolante. Encendió el motor, pero antes de ponerse en
  • 130. 129marcha, la miró de soslayo con la esperanza de sor-prenderla mirándolo. No fue así. Ella había bajado laspestañas, pero no había podido impedir que las lágri-mas se deslizaran por sus mejillas. Quin se quedó paralizado. Nunca la había visto llo-rar, y lo horrorizaba saber que él era el causante de quelo hiciera. ¿Qué había dicho para causarle tanto dolor?,¿qué había hecho? Su mente era un torbellino mientrasse ponía en marcha y conducía de vuelta hacia Burwood.Era imposible borrar la imagen de Nicole sentada sola,triste y derrotada por fuerzas que escapaban a su control,que la habían hecho sentirse terriblemente vulnerable;estaba claro que ella creía que no tenía escapatoria por-que él era el padre de Zoe. Sería inútil asegurarle que no quería herirla, ya quelo había hecho años atrás, y probablemente la promesade que aquella vez sería diferente no era más que unmontón de palabras vacías para ella. ¿Por qué iba aconfiar en él, teniendo en cuenta que en el pasado a élsólo le habían importado sus propias necesidades? Laspalabras eran inútiles, igual que llevársela a la cama;aquello era sólo una repetición del pasado. Era la nochenúmero trece... Tenía que demostrarle que las cosas eran diferentes;podía organizar una cena, invitar tanto a sus amigoscomo a los de ella, como los que había conocido aque-lla noche en el club, Jade y Jules Zilic. Quizás así Ni-cole se sentiría más cómoda con él, e introducirla en sucírculo le demostraría que la quería junto a él por algomás que el sexo, que era suya, que quería que fuera suesposa. Quin oyó el sonido de una sirena y comprobó el ve-locímetro. Todo estaba en orden, no había sobrepasadoel límite de velocidad; además, tampoco había tomadoninguna bebida alcohólica. Quizás la sirena pertenecie-ra a una ambulancia.
  • 131. 130 Si ése era el caso, tendría que incorporarse a otrocarril. No vio ningún vehículo con luces destellantes enel retrovisor, pero la sirena se oía cada vez más fuerte;seguramente se aproximaba desde una calle cercana.Quin pensó en Zoe, enferma de meningitis. ¿La habríantrasladado al hospital en una ambulancia en medio dela noche? Debería haber estado a su lado, y tambiénjunto a Nicole. No se le ocurrió detenerse en la siguiente intersec-ción, ya que el semáforo estaba en verde. Había otroscoches delante y detrás del Audi, estaba pensando en lahija cuya existencia había ignorado, en los años perdi-dos. No vio el coche que se saltó las luces rojas y cruzóla intersección a toda velocidad hacia él hasta que fuedemasiado tarde para reaccionar. Hubo un segundo enel que supo que iba a colisionar con el Audi. Se produ-jo el impacto y Quin perdió la consciencia.
  • 132. Capítulo 15D OLOR. Nicole luchó contra terribles oleadas de dolor; algo le decía que era urgente que siguiera luchando, que saliera adelante. Debía recordaralgo, pero su mente nadaba en un confuso remolino y nopodía alcanzar la información importante que flotaba en lasuperficie. Sintió humedad en el rostro, y la invadió el pá-nico; ¿se estaba ahogando? Abrió los ojos de golpe y sólovio un montón de puntitos de colores. No había agua. –¡Ah, ya está despierta! –dijo alguien. Los puntos se fueron agrupando para formar la ima-gen de una mujer, que estaba mojando un trapo en unrecipiente que había sobre una bandeja. –Le estoy limpiando la herida de la cabeza, que hasangrado bastante –dijo la mujer mientras movía consuavidad el paño mojado sobre la zona afectada–. Va anecesitar unos cuantos puntos de sutura, y me temo quetendremos que afeitar el cabello circundante, pero serásólo una pequeña franja; tiene tanto pelo, que no tendráproblema para cubrir la zona. Una herida en la cabeza... Nicole intentó hablar,preguntar qué había sucedido, pero sólo pudo emitir unsonido ronco. Tenía la garganta terriblemente seca. –¿Quiere un poco de hielo? –preguntó la mujer; sinesperar respuesta, tomó un vaso de papel de la bandejay le metió un pequeño trozo de hielo en la boca–. Esmejor que no tome agua ahora mismo, dentro de pocola llevarán a rayos X.
  • 133. 132 Debía de estar en un hospital, y aparentemente elalcance de sus heridas estaba aún por determinar; el in-tenso dolor de cabeza hizo que se preguntara si tendríauna fractura craneal. –¿Cómo... por qué...? –consiguió decir tras hume-decerse un poco la boca con el hielo. –Ha sufrido un accidente de coche –dijo la enfer-mera con voz suave. Lo que significaba que había estado en un coche...¿hacia dónde?, ¿por qué? Nicole intentó concentrarse,despejar la espesa niebla. Poco a poco, los recuerdosfueron llegando: la discusión en el hotel, la insistenciade Quin en llevarla a casa, la angustia de desear creerque podían tener un buen futuro juntos, el dolor aún la-tente de cómo la había tratado en el pasado. Recordabahaber entrado en el coche, y luchar contra las lágrimassilenciosas que brotaban de su angustia, pero no recor-daba nada del accidente, ni dónde había sucedido, nipor qué... ni lo que le había pasado a Quin. La alarma resonó en su cabeza, que pareció a puntode estallar. Quin estaría junto ella si pudiera, se sentiríaresponsable por lo sucedido. Jamás se iría de su ladosin asegurarse de que estaba bien. La mano de Nicolese levantó automáticamente y aferró el brazo de la en-fermera, que le iba a colocar otro paño mojado. Necesi-taba su atención total. La mujer, sobresaltada, la miró. –Quin... ¿resultó herido también? –¿Quién? –Quin Sola. Estaba conmigo. El conductor del coche. –No lo sé, no está en esta sala. –¿Qué sala, dónde estoy? –En la sala de urgencias del Hospital St. Vincent; enDarlinghurst, cerca del centro. –¿Qué hora es? –Casi las dos y media de la madrugada –dijo la en-fermera tras consultar su reloj.
  • 134. 133 Habían salido del hotel cerca de la medianoche, nohabía pasado tanto tiempo; Nicole tenía el pecho tan rí-gido, que le resultaba difícil encontrar el aliento nece-sario para hablar. –Quin estaría aquí conmigo si no hubiera resultadoherido; lo habrían traído aquí también, ¿verdad? –pre-guntó; evitó pensar en la terrible posibilidad de queQuin hubiera muerto. –Lo siento, no sé nada de él. –¿Podría enterarse por mí? –Un médico la atenderá en breve –contestó la enfer-mera evasivamente–. Puede preguntarle por su amigo–dijo, y tras dar por zanjado el tema, se desprendió concalma de la mano de Nicole, la puso sobre la cama, ledio una palmadita tranquilizadora y continuó tratandosu cabeza. Nicole sintió que la inundaba el pánico, lo que em-peoró el dolor de cabeza; le dolía el cuerpo entero. Derepente, exclamó: –No es mi amigo, es el padre de mi hija, y... y va-mos a casarnos. Eso la convertía casi en familiar, con derecho a sa-ber lo que le había pasado al hombre, lo que le estabapasando. No podía haber muerto, Quin no. Él era un lu-chador, un ganador, nunca un perdedor. Volvió a aferrarel brazo de la enfermera, y exclamó: –¡Pare de hacer eso! –No debe... –empezó a reprenderla la mujer. –Necesito saber lo que le ha pasado a Quin. Llameal mostrador de recepción, pregunte por él. –No debo... –No pararé hasta conseguirlo –amenazó Nicole, sinimportarle lo más mínimo las normas del hospital–. Sunombre es Joaquín Sola, ¿entiende? –Sí. Soltó el brazo de la mujer, que colocó el paño en la
  • 135. 134bandeja y se apresuró a salir de allí. El esfuerzo la ha-bía agotado, y la cabeza le daba vueltas. Cerró los ojosy se esforzó en contener las náuseas. Perdió la nocióndel tiempo que permaneció allí, esperando noticias, de-cidida a mantenerse consciente. Rogó una y otra vezque Quin estuviera vivo. Aunque ella se había indigna-do por su intrusión en la vida que había construido sinél, y a pesar de la incertidumbre sufrida por si sería unbuen padre para Zoe, no podía soportar pensar que novolvería a verlo o a estar con él. Su corazón ansiaba te-ner la oportunidad de poder establecer una relación di-ferente a la del pasado, como él había prometido. Unnuevo comienzo... –¿Señorita Ashton? Era una voz masculina. Nicole abrió los ojos, y vioque la enfermera había regresado, acompañada de unhombre que obviamente ostentaba mayor autoridad. –Soy el doctor Jefferson –dijo él–; su prometidoestá en el quirófano. Tiene algunas costillas rotas, yuna de ellas ha perforado el pulmón. Le aseguro queestá en buenas manos. En el quirófano. El miedo la dejó sin aliento... supadre había muerto en el quirófano, por eso su madrehabía buscado frenética otras alternativas para curar elcáncer de Harry. «No puedes morir, Quin», pensó Ni-cole, «no permitiré que mueras». –Ahora tenemos que llevarla a radiología, señoritaAshton –continuó el médico–; parece que sólo tieneuna conmoción cerebral y fuertes magulladuras, perodebemos asegurarnos. ¿Contamos con su colaboración? –Sí, gracias. Nicole se aferró a la idea de que Quin estaba enbuenas manos mientras le realizaban las pruebas y lecosían la herida de la cabeza. Él estaba muy sano y enforma; mucha gente superaba operaciones con éxito,seguro que él se recuperaría, era sólo cuestión de tiem-
  • 136. 135po. En cuanto ella pudiera, le diría que podían empezara planear la boda; no quería volver a vivir sin él. Doloro placer... ya no le importaba, mientras intentaran cons-truir un futuro juntos lo mejor que pudieran. Por Zoe, ypor ellos mismos. Nicole aceptó agradecida los sedantes que el doctorpidió para ella; necesitaba que el dolor desapareciera,que el remolino de preocupaciones y decisiones que laaturdía se detuviera un rato, borrar el tiempo de esperahasta que pudiera ver a Quin. El último pensamientoconfuso que vagó por su mente fue: «mañana será otrodía. No hay que mirar atrás... sólo hacia delante».
  • 137. Capítulo 16Q UIN podía oír la voz de su madre, hablando de cómo había jugado con Zoe, de lo imaginativa, dulce y cariñosa que era; él se dio cuenta de quehabía algo que no encajaba, e intentó descubrir de quése trataba. Su mente parecía estar envuelta en capas dealgodón, y se concentró en apartarlas mientras su ma-dre continuaba hablando de su maravillosa nieta. «Pero sólo has visto sus fotografías», pensó él derepente, y el aguijonazo de aquel recuerdo abrió laspuertas a otros: el accidente, Nicole inconsciente, san-grando por la cabeza. Quin abrió los ojos y descubrióque estaba en un hospital, conectado a unos tubos; sumadre estaba sentada junto a la cama. –¡Madre! –dijo con voz ronca; sus cuerdas vocalesparecían afectadas por la falta de uso. Antes de que pudiera decir nada más, su madre selevantó de un salto de la silla, alarmada. –¡Estás despierto, gracias a Dios! –exclamó como sifuera un milagro, y unió las manos en señal de súpli-ca–. No te muevas, Joaquín, te lo ruego. Debo ir a porel médico. Él consiguió pronunciar la palabra más importantecuando ella ya se volvía para salir. –Nicole... Aquello hizo que Evita se detuviera por un segun-do, y le dijo apresuradamente: –Nicole está bien, sólo estuvo ingresada dos noches
  • 138. 137en observación, para controlar la conmoción cerebralque sufrió y que la herida de la cabeza no se infectara;hace días que está en su casa. Por favor, ahora perma-nece quieto mientras voy a buscar al doctor. ¿Días? El alivio de saber que Nicole estaba bien semezcló con la confusión de lo que le había pasado a él.¿Cuánto tiempo había permanecido inconsciente? Porlos tubos deducía que lo habían estado alimentando porvía intravenosa, y también estaba conectado a unosmonitores; movió los dedos de los pies para comprobarsi tenía movilidad. Le dolía el pecho, y tenía un vagorecuerdo de que lo preparaban para entrar a quirófano.Pero todo había salido bien; Nicole no había resultadoherida de gravedad y él estaba vivo, aunque no estuvie-ra en plena forma. Cuando su madre volvió con un doctor, lo sometie-ron a una serie de pruebas y le hicieron preguntas paracomprobar su memoria y su habilidad cognitiva. Al pa-recer, había permanecido en un estado comatoso desdela operación, pero se estaba recuperando bien. Unos auxiliares fueron a accionar el mecanismopara incorporar la parte superior de la cama y que pu-diera sentarse confortablemente, y al moverse vio dereojo la mariposa azul encima del pequeño armario quehabía a la cabecera de la cama. Quin sintió una fuertesacudida en el corazón. ¿Qué significaba aquello? Nose había olvidado de la cadena de plata, no se merecíasufrir aquel rechazo por resultar herido sin tener culpa.Alargó la mano hacia la figura de cristal. –¿Cómo ha llegado esto aquí? –Zoe insistió en traerla para que te sintieras mejor–contestó su madre con una sonrisa indulgente. La violenta oleada de adrenalina remitió. –Su hija y su prometida lo han visitado regularmen-te –afirmó el médico. ¿Prometida? Quin sintió otra sacudida en el corazón.
  • 139. 138 –¡Oh! –exclamó su madre, y volvió a juntar las ma-nos–, tengo que llamar a Nicole, prometí que lo haría sidespertabas. –Entonces hazlo, madre –la instó él. Deseaba saber si Nicole había cambiado de idea encuanto a no casarse con él; que lo hubiera estado visi-tando en el hospital, y que hubiera llevado a Zoe, erannoticias muy esperanzadoras. ¿O simplemente habíaaccedido al deseo de su hija de ver a su papá? Quizáshabía dicho que era su prometida para poder acceder aél fácilmente. Quin no acababa de creer que ella hubie-ra cambiado completamente de opinión desde el vier-nes. El médico ordenó que le llevaran una comida ligeray se fue, satisfecho de que el paciente hubiera superadoel coma sin sufrir efectos adversos. Su madre volvió enun torbellino de excitación. –No he podido contactar con Nicole, había olvidadoque tenía que dar clase, pero he hablado con Linda yella se lo dirá a su hija. Supongo que vendrá a vertemañana por la mañana. ¿Lo haría? Él ya estaba fuera de peligro... –¿Es tarde? –preguntó; era imposible saberlo enaquella habitación con luz artificial. –Sí, querido, y Nicole no llegará a su casa hasta lasdiez y media, muy tarde para visitarte hoy. –¿Has conocido a su madre y a Zoe? –Sí. La policía nos informó por separado del acci-dente... al parecer, estaban persiguiendo a un ladrón decoches y él se saltó un semáforo y chocó contra voso-tros. Las dos nos apresuramos a venir y nos conocimosen la sala de espera; Linda ha sido muy amable, me haofrecido su compañía y me ha abierto las puertas de sucasa para que pueda visitar a Zoe. –¿Nicole se mostró igual de dispuesta a abrirte laspuertas de su casa?
  • 140. 139 Evita vaciló al oír la duda en la voz de su hijo. –Ella no se opuso, Joaquín –dijo con cautela–. Ni-cole ha estado muy callada, y casi siempre nos hemosvisto sólo de pasada; nos hemos turnado para sentarnoscontigo y hablarte para ayudarte a salir del coma. Pero no se había despertado oyendo la voz de Nico-le. ¿Había estado hablándole? ¿Qué le habría dicho?Quin miró la mariposa... le había devuelto su regalo.¿O estaba aquella figura en el centro de un círculo queuniría a Nicole, a Zoe y a él mismo por el resto de susvidas? No lo sabría hasta que Nicole fuera a verlo... silo hacía. Nicole estaba en la puerta de la habitación privada ala que habían trasladado a Quin aquella mañana; respi-ró hondo varias veces, intentando calmar las mariposasde su estómago. Evita Gallardo le había asegurado queQuin estaba bien, que era el de siempre, y que su pri-mera preocupación al salir del coma había sido saberde ella. Aquello debía significar que él se preocupabapor ella, ¿no? ¿Significaba que era muy importantepara él? O quizás él había recordado el accidente yquería saber si había sobrevivido; después de todo, ha-bía que pensar en Zoe. Ella era su madre, y para su hijano sería bueno perderla. Ni perder a su padre. Zoe no hacía más que hablar de su papá; Quin habíacautivado por completo el inocente corazón de la niña.Había estado toda la mañana bailando por la casa, inca-paz de contener su alegría al enterarse de que él estabamejor; la pequeña estaba convencida de que la magiade la mariposa había ayudado a su padre. Nicole sabía que había protegido su propio corazóndesde que Quin reapareció en su vida decidido a recu-perarla, que había recordado una y otra vez cómo habíasido su relación en el pasado, que se había negado a
  • 141. 140creer que las cosas pudieran ser diferentes. Las perso-nas no cambiaban... pero las circunstancias sí. Quin es-taba preparado para el compromiso del matrimonio y lapaternidad, y eso era lo que ella había deseado de él.En los últimos días de terrible incertidumbre, Nicolehabía tenido que enfrentarse al hecho de que sólo habíaun hombre para ella; y aquel hombre estaba tras aque-lla puerta, vivo y capaz de crear un futuro con ella. No era necesario que desnudara su corazón, sólo te-nía que entrar y decirle que había decidido casarse conél, y Quin se encargaría de todo. Ella sólo tendría que irdiciendo que sí, darle las riendas a él y dejar que lascosas siguieran su curso, ignorar cualquier dolor yaceptar el placer. El corazón de Nicole latía con fuerza.Volvió a respirar hondo, y abrió la puerta. Esperar la llegada de Nicole había agudizado lossentidos de Quin, por lo que el sonido de la puerta fuecomo un golpe de platillos en sus oídos. El corazón sele aceleró cuando ella entró en la habitación, y el im-pacto instantáneo de su belleza única lo golpeó de lle-no; era una visión que le producía un placer tan inten-so, que todos los momentos mágicos que aquella mujerle había dado fluyeron por su mente. De alguna manera, era como cuando la vio por pri-mera vez en el banco donde trabajaban, siete añosatrás. Su largo y sedoso cabello, increíblemente sen-sual, se agitaba alrededor de su rostro; los ojos verdesde largas pestañas brillaban con una inteligencia que lodesafiaba; la curva perfecta de su boca carnosa prome-tía una pasión desbordante... la maravillosa feminidadde su cuerpo entero era un reclamo para él. Su mujer...lo había sabido entonces, igual que en ese momento; lahabía dejado marchar cinco años atrás, pero nunca ha-bía conseguido olvidarla, ni suplantarla con otra mujer,
  • 142. 141ni sentirse tan espléndidamente vivo con nadie más. Laquería a ella, la necesitaba, debía tenerla. Nicole se ruborizó. ¿Se sentía incómoda por la mi-rada fija de él? ¿Sentía el deseo que emanaba de sucuerpo masculino? Intentando que su voz sonara cal-mada, Quin dijo: –Hola –le ofreció una sonrisa para darle la bienve-nida de nuevo en su vida. –Hola –contestó ella, y sonrió con timidez, como sise sintiera un poco incómoda por la situación–, me ale-gra ver que estás de nuevo con nosotros, Quin. «Con nosotros, no conmigo», pensó él; pero ella nohabía deseado su muerte, ni que él saliera completa-mente de su vida. Y aquel día no vestía tejanos; en vezdel uniforme que solía llevar en sus noches juntos, sehabía puesto una camiseta verde ajustada que enfatiza-ba sus pechos, una falda con volantes y unas sanda-lias... ¿había cambiado de opinión respecto a su rela-ción? –Me alegra verte con tan buen aspecto –dijo él, in-tentando evitar cualquier palabra que Nicole no quisie-ra oír; era importante que no se sintiera presionada.Pero no pudo evitar preguntar–: por favor... ¿te impor-taría sentarte junto a mí un rato? –Quiero hablar contigo –dijo ella con aire resuelto,y fue a sentarse en la silla que había junto a la cama. Le llegó el aroma de su perfume, y Quin inhaló laexótica fragancia... la dulce fragancia de la esperanza.Seguramente, ninguna mujer se pondría perfume paraun hombre en el que no estuviera interesada, pero in-tentó no presuponer demasiado. Buscó un tema seguro,y al fin dijo: –La mariposa azul me ha estado haciendo compa-ñía, agradéceselo a Zoe de mi parte. –Prometí traerla esta tarde, así que podrás darle lasgracias tú mismo, le gustará –dijo ella, mirándolo a los
  • 143. 142ojos–. Necesitaba hablar antes contigo, aclarar las co-sas. Quin se tensó, convencido de que ella iba a retrac-tarse de su afirmación de que era su prometida. Sucuerpo entero se preparó para la batalla, y tuvo que ha-cer un tremendo esfuerzo para permanecer quieto y ca-llado, y esperar a que ella se explicara. Nicole bajó los ojos y tomó aire; estaba claro queestaba reuniendo fuerzas antes de hablar. Finalmente,alzó la mirada y lo miró directamente. –Me equivoqué al tratarte tan mal, Quin –dijo apre-surada–, al valerme de tu deseo por mí para hacer quepagaras unas deudas que no tenían nada que ver contigo. –Te herí a causa de mi obsesión por pagar el dineroque se llevó mi padre –contestó él con voz suave–.¿Crees que no me doy cuenta de ello? –Tenías una buena razón para hacer lo que hiciste–argumentó ella. –Sacrifiqué lo nuestro por un trauma de la infancia. –Tu madre te cargó con esa responsabilidad, Quin. –No, fui yo también, mi orgullo, que al final no va-lió la pena –dijo él con una mueca pesarosa–. No sé sipodrás perdonarme, Nicole... –Sí, puedo y lo haré –afirmó ella enfáticamente, yentonces vaciló un segundo; mirándolo suplicante, aña-dió–: si tú puedes perdonarme por ocultarte lo de Zoe. –Fue culpa mía, por negarme a compartir mi vidacontigo. –No, lo que hice estuvo mal; fue algo mezquino yvengativo, y lo siento, lo siento... –movió la cabeza,muy alterada–; les devolviste sus vidas a tu madre y ala mía, y lo único que he hecho ha sido condenarte porno... por no... –los ojos de Nicole se inundaron de lágri-mas y se apresuró a bajar la mirada para ocultarlas;miró su regazo, donde tenía las manos apretadas confuerza. ¿Iba a seguir siendo una cobarde?
  • 144. 143 –Por no valorar lo que teníamos –acabó él, y dijocon seriedad–: debería haberlo hecho, Nicole. No me dicuenta de su valor hasta que lo perdí, he intentado de-mostrarte... –No quiero hablar de eso –dijo Nicole con voz rota;respiró hondo y levantó la barbilla, con los ojos húme-dos mirándolo desafiantes–. Sucedió en otro tiempo yotro lugar, y esto es ahora. El viernes dijiste que queríasque fuera tu esposa. Quin dejó de respirar; el pecho le dolía, el corazónle martilleaba en los oídos. Se esforzó en conseguir elaliento necesario para poder hablar. –Sí, eso es lo que quiero –dijo por fin, con la espe-ranza de no sufrir otra decepción. –De acuerdo. He decidido casarme contigo; Zoe de-bería tener a su padre cerca, y yo... –tragó con esfuer-zo–, yo también quiero estar contigo. Quin sintió una oleada de alivio, que aligeró el do-lor causado por la tensión; eufórico, sonrió. –Nuestro sitio está el uno junto al otro, Nicole. –Sí –aceptó ella, pero no le devolvió la sonrisa nihabía alegría en sus ojos. –No hay nada como una crisis para unir a la gente–comentó él con ironía. –Sí –volvió a contestar ella, con el mismo tono. Al menos no había amargura en su voz, aunqueQuin era perfectamente consciente de que Nicole no lehabía profesado su amor. Quizás eso se había perdidopara siempre, ya que sólo detectaba en ella la acepta-ción de que su conexión era lo suficientemente fuertepara que el matrimonio funcionara, por el bien de suhija. Quin sintió un gran peso en el corazón. Él era el cul-pable de que el amor de ella hubiera desaparecido; quele perdonara por no haberse comprometido con ella enel pasado no garantizaba volver a tener lo que habían
  • 145. 144compartido. Sin duda, el amor de Nicole por Zoe era laprincipal razón de que aceptara casarse con él. –¿Qué pasó con los álbumes de fotos? –preguntó, alrecordar de repente que los preciosos recuerdos de lavida de su hija estaban en el coche. –No resultaron dañados –se apresuró a asegurarleNicole–. La policía los recuperó y se los entregó a mimadre. –Gracias a Dios –murmuró Quin. Lo asaltó una oleada repentina de debilidad, y cerrólos ojos; quizás el coma le había ayudado a recuperarsede la operación, pero los días de inmovilidad habíanminado sus fuerzas, y su cuerpo se lo recordaba cuandomenos lo esperaba; obviamente, la energía consumidaen aquel encuentro con Nicole tenía un precio, comotodo. Restaurar el honor de su familia le había costadoel amor de Nicole, y cuatro años de la vida de su hija;que Nicole volviera a entrar en su vida le había costadouna enorme suma de dinero. Y aunque lo último, laparte material, no importaba, desearía que las cosas hu-bieran sido distintas. –¿Quin? Él oyó la nota temblorosa de ansiedad en la voz fe-menina, y se dijo que ella aún sentía cierto grado de ca-riño hacia él; podía avanzar a partir de eso. Sintió queella se aferraba a su mano, que la envolvía en suave ca-lidez y apretaba ligeramente. Aquella vez, ella no que-ría dejarlo. –¿Te encuentras bien, llamo al médico? –No, sólo me he mareado un poco, se me pasará. –Quizás debería irme para que descanses. Su mano empezó a soltarlo, pero él se aferró a ella.Nicole era su mujer, y Quin quería que lo supiera. –Volveré esta tarde con Zoe –le aseguró ella. Quin abrió los ojos, y la miró con una necesidadabrasadora que no podía controlar.
  • 146. 145 –Bésame, Nicole. Eso hará que me sienta mejor. Su petición la sobresaltó, y su rostro reflejó miedo yduda; él tiró de su mano y la atrajo hacia sí. Nicole selevantó de la silla y lo miró con expresión preocupada. –¿Estás seguro, Quin? –Sí. Ella se inclinó, posó su mano libre en la almohadajunto a la cabeza de Quin y rozó los labios del hombrecon los suyos. Él volvió a cerrar los ojos mientras inha-laba su aroma y la saboreaba, deseando poder atraerlahacia sí, pero consciente de que no podía por culpa desu estado. La incitó con la lengua a que profundizara elbeso, y ella respondió con un lento y sensual asalto a suboca. El placer lo recorrió, y Quin pudo sentir la pasiónque emanaba del cuerpo femenino; aunque Nicole re-primía con firmeza sus ansias, el deseo la impulsaba areafirmar su decisión de casarse con él, de permanecera su lado por el resto de su vida. –¿Seguro que esto está bien? –inquirió ella cuandose separó de él. Su rostro estaba ruborizado, y sus ojosvolvían a reflejar preocupación. –Sí. Gracias. Todo estaba bien. Quin sentía que el amor aún esta-ba allí, aunque ella lo mantuviera alejado; él lograríacruzar esa distancia, Nicole no se iba a ir. Había acep-tado casarse con él.
  • 147. Capítulo 17E L día de su boda... el día en que le daría el gran «sí» a Quin. Estaba en la suite del Hotel Intercon- tinental: su madre, Zoe y las damas de honor esta-ban listas para la ceremonia, y en treinta minutos la li-musina pasaría a buscarlas. Quin había dicho que a lastres en punto, y el reloj avanzaba. Pero Nicole no podíadesprenderse de la sensación de que estaba en un sueño. –¿Qué clase de boda quieres? –le había preguntadoQuin. –No lo sé –había contestado ella con sinceridad–;¿qué quieres tú? –Algo hermoso, realmente memorable... –¿Por qué no lo planeas tú, Quin? –Es el día especial de la novia, quiero que sea unafecha feliz para ti –había argumentado él. –Entonces, haz que lo sea. El desafío había brotado de los labios de Nicole, es-poleado por el deseo de tener una medida de la impor-tancia que tenía la ocasión para él. Que Quin hiciera loque quisiera, sin trabas, y así quizás rebelaría lo queella significaba para él. Mientras la esteticista le dabalos últimos retoques a su maquillaje, Nicole pensó quesi uno calculaba el valor sentimental de aquella bodaen función del gasto material, entonces el día era es-pectacularmente especial. Pero no estaba segura de siél estaba haciendo una exhibición en beneficio de ellao de los demás.
  • 148. 147 Los invitados de Nicole eran pocos: tenía algunasamigas entre las madres de niñas que asistían a la es-cuela de baile, y dos de ellas eran las damas de honor,además de Jade; las amistades de su madre en el mun-do de la danza tampoco eran demasiado numerosas.Por su parte, Quin no sólo había invitado a mucha gen-te de la alta sociedad de Sídney y a clientes importan-tes, también había llevado a un numeroso contingentede invitados desde Argentina... la familia Gallardo ysus amistades. Pero lo único que importaba era queiban a casarse. –Nunca te había visto tan hermosa –le dijo Jade conadmiración. Nicole pensó que era impresionante lo que podíanconseguir unos cuantos cosméticos en las manos ade-cuadas, y sonrió a su amiga. –Lo mismo digo. Me encanta el nuevo color cobri-zo de tu cabello. –No podía dejarlo morado –rió Jade–; soy la damade honor principal, y un color tan chillón podría haberdistraído la atención de la gente, en detrimento de lanovia. –Gracias por todo lo que habéis hecho Jules y tú,Jade. Los vestidos que habéis diseñado son sensaciona-les. –Bueno, recibimos instrucciones de Zoe y Quin;hay que admitir que él ha cambiado, Nic. Fuera comofuese en el pasado, hoy día es un hombre completa-mente comprometido en que su mujer, es decir, tú, ten-ga una boda de ensueño. Sí, Quin había cambiado; desde que salió delhospital dos meses atrás, se había ganado a su madrecon su amabilidad y su consideración, había forjadolazos profundos con Zoe, y había presentado a Nico-le a sus amistades; la había llevado a cenar y a es-pectáculos, sin limitar su relación al sexo, que aun-
  • 149. 148que seguía siendo fantástico, ya no era lo único quecompartían. –Lo amas, ¿verdad? –le preguntó Jade con voz sua-ve. –Sí –contestó ella con firmeza, contemplando elmagnífico anillo de compromiso con diamantes y es-meraldas que Quin le había regalado. «Para lo bueno ypara lo malo», pensó, «por el resto de nuestras vidas». En aquel momento, Zoe entró en la habitación ypreguntó con excitación: –¿Es hora de que te pongas el traje, mamá? –Sí –contestó la esteticista, satisfecha con el resul-tado de sus esfuerzos. –Me encanta tu vestido, Zoe –dijo Nicole, notandolo bien que le sentaba el azul a su hija. Zoe dio una vuelta para que se viera bien. –Es del mismo tono que mi mariposa, le dije apapá que era lo que quería. Y entonces decidimos quelas damas de honor serían el cielo australiano: azulclaro por la mañana, azul brillante al mediodía, y azuloscuro después de la puesta de sol. ¿A que es una bue-na idea? –Es una gran idea, Zoe –admitió Nicole. Jade y Jules habían creado unos trajes de seda finacon los tres tonos de azul, desde el más claro del corpi-ño al más oscuro de la falda. –Y papá mandó hacer estas horquillas para el pelocon forma de mariposa especialmente para mí –excla-mó Zoe con orgullo. –Son muy bonitas. Como también lo eran las mariposas de seda queadornaban el cabello de las damas de honor; Jade le ha-bía dicho que había sido idea de Quin, para celebrar undía muy especial. –¡Faltan veinte minutos para las tres, Nicole! Va-mos a llegar tarde, ¿verdad? –preguntó Linda con tono
  • 150. 149ansioso mientras entraba con paso apresurado en la ha-bitación; vestía un elegante traje violeta a juego con elcortejo nupcial. –No, mamá; sólo me falta ponerme el vestido, y yalo están sacando de la funda protectora. Quin había contratado a una empresa para que seencargara de que todo saliera a la perfección, y habíaempleados por todas partes: la peluquera, la esteticista,la asistente, la florista... no se le había escapado ni undetalle, y todo iba según el horario previsto. Cuando elvestido estuvo listo para que Nicole se lo pusiera, se le-vantó y se quitó la bata. –¡Vaya! –exclamó Zoe con los ojos como platos, alver la sexy ropa interior. Nicole soltó una risita nerviosa; esperaba que Quinapreciara aquella noche su contribución personal a laboda. –¿Eso también son cosas de novia, mamá? –¡Claro que sí! –contestó Jade, riendo ante el ino-cente comentario de la niña–. Espero que te guste eltraje, Nic. No lo había visto hasta ese momento. Simplemente,le habían tomado medidas. Un mar de seda blanca conmuchas capas cubría el suelo, y Nicole entró en el es-pacio central, con cuidado de no enganchar en la telalos tacones altos que llevaba; pasó los brazos por unosfinos tirantes, y la asistente abrochó el vestido. Nicolecontempló su reflejo en el espejo de cuerpo entero quehabían preparado para tal fin. El corpiño era ceñido desde los pechos hasta las ca-deras, y tenía un intrincado adorno de pedrería, quecreaba la forma de una hermosa mariposa. La falda te-nía una raja frontal que le llegaba por encima de la ro-dilla en la capa de seda superior, para facilitarle el mo-vimiento. La parte posterior de la falda caía con gracia,formando una cola.
  • 151. 150 –Estás maravillosa, Nicole –suspiró su madre confelicidad. –¡Espectacular! –dijo Jade con satisfacción–; ¿tegusta? –Sí, es... ¡es impresionante! –dijo Nicole, deslum-brada–; muchísimas gracias. –La idea surgió de Quin; Jules y yo nos limitamos aplasmarla lo mejor que pudimos. Él había hecho lo imposible para que todo fueraperfecto para ella, para que todo tuviera un significadoprofundo; Nicole creía que ningún hombre se tomaríatantas molestias para complacer a una mujer si no laamara, pero Quin nunca había dicho las palabras. Loharía durante la ceremonia; ¿lo diría de corazón, o sóloestaría repitiendo los votos matrimoniales? –Ahora, las flores –dijo la asistente, y le dio las tresrosas rojas que formaban el ramo de novia. No eran capullos de invernadero, sino flores en suplenitud que desprendían un fuerte aroma, igual que laque llevaba en el pelo, sobre la oreja izquierda. Jade lehabía dicho que Quin no quería que llevara velo, yaque no deseaba que nada ocultara su cabello; según él,bastaría con una rosa roja para realzar su belleza natu-ral. Las rosas rojas significaban amor. Nicole deseabaque fuera cierto, su corazón ansiaba que todo lo quehabía vivido con Quin tuviera un final de cuento de ha-das. Las damas de honor recibieron sus ramos, unos ra-milletes de rosas de todos los colores. –Porque a las mariposas les gustan mucho los colo-res bonitos, mamá –le dijo Zoe. El corazón de Nicole palpitaba con nerviosismomientras las conducían hacia las limusinas que las lle-varían hasta el lugar de la ceremonia, que era un com-pleto secreto; para su asombro, el trayecto fue muy cor-to, y las llevó hasta... ¡la Ópera de Sídney!; allí las
  • 152. 151guiaron hasta el vestíbulo de la sala norte, con su fan-tástico arco de ventanas con vistas al puerto. Los invi-tados estaban sentados en filas y más filas de sillasblancas sobre una moqueta roja, y unos pedestalesblancos contenían arreglos espectaculares de rosas ro-jas. La escena era un sueño. Pero Quin, que estaba devastadoramente atractivocon esmoquin negro y camisa blanca, era muy real. Élse adelantó desde su posición al frente de la sala yavanzó con paso seguro por el pasillo para reclamarlacomo suya; su sonrisa de oreja a oreja irradiaba su vita-lidad. –¿Eres feliz? –le preguntó cuando llegó hasta ella;sus ojos grises brillaban con cálido deleite. –Sí –contestó ella; su sonrisa revelaba su placerabiertamente–. Muy feliz. –¡Perfecto! Hoy estoy intentando resarcirte por elromanticismo que no te di en el pasado. Romanticismo... ¿sería algo parecido al amor? –Sabes hacer las cosas a lo grande, Quin, en todoslos aspectos –dijo Nicole, un tanto abrumada por lomucho que él se había esforzado para que el día fuerahermoso y memorable para ella. –Tú eres lo más importante para mí –murmuró élroncamente, y la tomó del brazo. Aquellas palabras resonaban en la mente de Nicolemientras Quin la conducía por el pasillo; Linda y Zoelos habían precedido para ocupar sus asientos en la pri-mera fila, y las damas de honor cerraban la pequeñaprocesión. Finalmente, llegaron ante el oficiante, y to-dos ocuparon sus puestos designados. Fue una ceremonia breve, pero muy emotiva paraNicole. Tanto Tony Fisher, el padrino de Quin, comoJade, pronunciaron unas emotivas palabras sobre elamor y el matrimonio, y alguien cantó All The Way. Lavoz de Quin vibró con una profunda emoción cuando
  • 153. 152pronunció sus votos, y los ojos de Nicole se inundaronde lágrimas. Sólo cuando estaban ya firmando el actamatrimonial consiguió secarlas por completo y reco-brar la compostura necesaria para enfrentarse a los in-vitados, que se arremolinaron a su alrededor para feli-citarlos. Pero las sorpresas no habían acabado: al salir de laÓpera, subieron a bordo de un lujoso catamarán y na-vegaron por el puerto. Se tomaron fotografías con elespectacular puente y la puesta de sol de fondo, corrióel champán y se sirvieron extravagantes canapés; losinvitados reían y charlaban, y muchos de ellos se foto-grafiaron con los novios. El abuelo de Quin, un hombre mayor pero de aspec-to distinguido llamado Juan Gallardo, le dio la bienve-nida a Nicole a la familia, felicitó a Quin por habersecasado con una mujer tan hermosa, y dijo que entendíapor qué su nieto había decidido vivir en una ciudad tanhermosa como Sídney. Además, como la mujer de sucorazón era australiana... sí, el hombre lo entendía...pero afirmó que Joaquín debía llevar alguna vez a Ni-cole de visita a Argentina. La madre de Quin disfrutó muchísimo del día, ypresumió de nieta ante toda la familia Gallardo. –Mi nieta, Zoe... –decía una y otra vez con orgullo. Nicole se alegró de ver que su madre hablaba consus antiguos conocidos del mundo de la danza; sinduda se estaba poniendo al corriente de los últimos co-tilleos de la profesión, además de intercambiar historiassobre alumnos prometedores. Linda se estaba recupe-rando, y se interesaba de nuevo por la gente y por elnegocio; y, aún mejor, parecía tener un admirador conel que había bailado en varias ocasiones. Sin embargo, Nicole no podía hacer nada para evi-tar el síndrome del nido vacío; Zoe y ella se irían a vi-vir con Quin tras la luna de miel, y su madre se queda-
  • 154. 153ría sola. Al menos, dirigir la escuela de baile la manten-dría ocupada, y se verían varias veces a la semana; alfin y al cabo, no iban a desaparecer de su vida. El catamarán atracó en Mosnan, y los llevaron aotro misterioso destino, que resultó ser el célebre Cen-tro Taronga, que también tenía vistas al puerto. Las me-sas del salón nupcial estaban engalanadas con mantele-rías blancas y rosas rojas, y el banquete consistió enostras australianas, salmón de Tasmania y fresas conchocolate; una orquesta tocaba junto a un gran cantan-te, y un pastel de tres pisos que era una auténtica obrade arte esperaba ser cortado. Pero antes, llegó el mo-mento de los discursos. Tony Fisher se puso en pie y pronto los invitadosreían gracias a su encanto y a su ingenio; finalizó di-ciendo que sólo su buen amigo Quin podría haber con-seguido que la elusiva Nicole se casara con él. Pidió unbrindis por los novios, que los invitados ofrecieron conentusiasmo. Quin se levantó, y Nicole contuvo el aliento mien-tras se le aceleraba el corazón. Él había hecho que eldía de su boda fuera increíblemente especial y románti-co; ¿pondría la guinda pronunciando las palabras queella deseaba oír? –Mi abuelo, Juan Gallardo –comenzó Quin, hacien-do un gesto hacia la mesa donde el hombre estaba sen-tado–, ha reconocido antes a Nicole como la mujer demi corazón; tenía mucha razón. Se volvió hacia ella, y su corazón perdió su ace-lerado ritmo mientras se inundaba de placer; inclusorecuperó la respiración cuando él retomó su discur-so. –Cuando conocí a Nicole hace siete años, instantá-neamente pensé: «ésta es mi mujer»; afortunadamente,el sentimiento fue correspondido, y ella se convirtió enmi pareja. Durante dos años me entregó su amor, pero
  • 155. 154cometí el error de no valorar aquel regalo. No compartími corazón con ella, e hice que se sintiera como unaposesión más que yo había adquirido para mi conve-niencia. De modo que la perdí... La tristeza y el remordimiento en su voz eran con-movedores, y el silencio era total, en señal de respeto alos sentimientos de Quin. Nicole se sentía atónita porlo mucho que él había revelado, y se ruborizó porqueQuin había repetido las acusaciones que ella le habíalanzado. –No sólo perdí a mi mujer, también perdí al bebéque tuvo, nuestra hermosa hija, Zoe; ella ha recibido desu madre todo el amor que yo no supe valorar. Él sabía que ella lo había amado. El estómago deNicole se contrajo... ¿sabía que aún sentía lo mismopor él? –Pasaron cinco años hasta que nuestros caminos sevolvieron a encontrar, tiempo más que suficiente paraque me diera cuenta de lo vacíos que eran mis logrossin ella a mi lado. Habría hecho lo que fuera para recu-perarla, y el destino me echó una mano: Nicole necesi-taba una ayuda que yo podía proporcionarle. Así conse-guí pasar algún tiempo junto a ella, que dediqué aintentar demostrar que no iba a repetir los errores delpasado. Quin se estaba humillando frente a toda aquellagente, para compensar el daño que había causado, peroNicole jamás le habría pedido algo así. Sin embargo,estaba totalmente cautivada por aquella confesión taníntima. –Aprendí la importancia de compartir, que la comu-nicación es la base de la confianza, que el amor es unvalioso regalo que debe alimentarse y cuidarse, y quejamás hay que descuidar –tras una pausa, añadió confervor–: espero no olvidar estas lecciones en el futuroque Nicole me ha concedido hoy. Es mi principal obje-
  • 156. 155tivo, ya que no quiero que ella dude jamás de lo muchoque la amo y de que siempre la amaré. ¡Lo había dicho! Nicole no pudo dudar ni por un se-gundo de la sinceridad del hombre, ya que él se volvióhacia ella con una sonrisa que reflejaba su amor; elsentimiento brillaba en los ojos grises y penetró en sualma. –Nicole es mucho más que la mujer de mi corazón,es la reina de mi corazón –enfatizó, y alargó la manohacia ella–. ¿Me concedes el honor de este baile, amormío? –Sí –contestó Nicole, rebosante de felicidad, y trastomar su mano se levantó de la silla. Quería que la to-mara en sus brazos, sentirlo cerca de sí, demostrarle suamor. Los invitados se levantaron y les aplaudieron conentusiasmo mientras Quin la conducía a la pequeña pis-ta de baile; la orquesta empezó a tocar la romántica ycélebre melodía Moon River, y los novios bailaron enperfecta armonía, en una unión real y profunda; cadapaso era un eco del latido de sus corazones. No eran conscientes de que los invitados los con-templaban con sonrisas benévolas, ni de que algunos,conmovidos, incluso se secaban las lágrimas. Sólo eranconscientes el uno del otro; la intensa atracción sexualque siempre habían compartido estaba realzada por unamágica emoción, por tantas otras cosas que los uniríanpor el resto de sus vidas. –Yo también te amo, Quin –susurró Nicole; los sen-timientos que había escondido en su corazón, temerosade volver a sufrir un desengaño, brillaban ya abierta-mente en sus ojos. El miedo había desaparecido, Quin lo había destrui-do. –Gracias por un día tan perfecto –añadió, amándoloaún más por aquel regalo.
  • 157. 156 –Tú haces que sea perfecto –murmuró él. –Lo guardaré en mi memoria como un tesoro pre-ciado mientras viva. –Construiremos un hogar lleno de hermosos recuer-dos, Nicole. –Como nuestro propio árbol de mariposas –dijo ellacon una sonrisa. –Nuestro propio árbol –sonrió él. Bailaron al ritmo de la música de sus corazones,con la certeza de que siempre bailarían juntos, porquesu amor sería eterno.
  • 158. Esperamos que haya disfrutado sumergiéndose en la lectura de este libro de la colección Bianca. Conozca a los hombres más sofisticados y a las mujeres más cautivadoras, en los lugares más glamurosos del mundo. Tiene seis libros cada mes de Bianca y los puede encontrar en librerías,supermercados, tiendas de descuento y drugstores. Seducción y pasión garantizadas. BIANCABPA14C
  • 159. Experience the variety of romances thatHarlequin has to offer... CATINTRO4C
  • 160. ESPAÑOL Bianca Historias de amor intensas y provocativas en los lugares más sofisticados. Deseo Hombres ricos, poderosos y escandalosas sagas familiaresBusque los libros de Bianca y Deseo en librerías,supermercados, tiendas de descuento y drugstores. SPANISHBPA14C
  • 161. PASSION For a spicier, decidedly hotter read— these are your destinations for romance! Silhouette Desire® Passionate and provocative stories featuring rich, powerful heroes and scandalous family sagas. Harlequin® Blaze™ Fun, flirtatious and steamy books that tell it like it is, inside and outside the bedroom. Kimani™ Romance Sexy and entertaining love stories with true-to-life African-American characters who heat up the pages with romance and passion.Look for these and many other Harlequin and Silhouetteromance books wherever books are sold, including mostbookstores, supermarkets, drugstores and discount stores. BPACODE PASSCAT4C
  • 162. CLASSICS Quintessential, modern love stories that are romance at its finest. Harlequin Presents® Glamorous international settings… unforgettable men…passionate romances—Harlequin Presents promises you the world! Harlequin Presents® Extra Meet more of your favorite Presents heroes and travel to glamorous international locations in our regular monthly themed collections. Harlequin® Romance The anticipation, the thrill of the chase and the sheer rush of falling in love!Look for these and many other Harlequin and Silhouetteromance books wherever books are sold, including mostbookstores, supermarkets, drugstores and discount stores. BPACODE CLASSCAT4C
  • 163. SUSPENSE & PARANORMAL Heartstopping stories of intrigue and mystery— where true love always triumphs. Harlequin Intrigue® Breathtaking romantic suspense. Crime stories that will keep you on the edge of your seat. Silhouette® Romantic Suspense Heart-racing sensuality and the promise of a sweeping romance set against the backdrop of suspense. Harlequin® Nocturne™ Dark and sensual paranormal romance reads that stretch the boundaries of conflict and desire, life and death.Look for these and many other Harlequin and Silhouetteromance books wherever books are sold, including mostbookstores, supermarkets, drugstores and discount stores. BPACODE SUSCAT4C
  • 164. HEART & HOME Heartwarming romances where love can happen right when you least expect it. Harlequin® American Romance® Lively stories about homes, families and communities like the ones you know. This is romance the all-American way! Silhouette® Special Edition A woman in her world—living and loving. Celebrating the magic of creating a family and developing romantic relationships. Harlequin® Superromance® Unexpected, exciting and emotional stories about life and falling in love.Look for these and many other Harlequin and Silhouetteromance books wherever books are sold, including mostbookstores, supermarkets, drugstores and discount stores. BPACODE HHCAT4C
  • 165. INSPIRATIONAL Wholesome romances that touch the heart and soul. Love Inspired® Contemporary inspirational romances with Christian characters facing the challenges of life and love in today’s world. Love Inspired® Suspense Heart-pounding tales of suspense, romance, hope and faith. Love Inspired® Historical Travel back in time and experience powerful and engaging stories of romance, adventure and faith.Look for these and many other Harlequin and Silhouetteromance books wherever books are sold, including mostbookstores, supermarkets, drugstores and discount stores. INSPCAT4C
  • 166. HISTORICAL Harlequin® Historical Timeless love stories that capture the imagination and take readers back in time to a place where roguish rakes, rugged cowboys, and chivalrous knights still exist.OTHER SERIES AVAILABLE FROM HARLEQUIN® Harlequin’s officially licensed NASCAR series The rush of the professional race car circuit; the thrill of falling in love.Look for these and many other Harlequin and Silhouetteromance books wherever books are sold, including mostbookstores, supermarkets, drugstores and discount stores. OTHCAT4C
  • 167. From passion, paranormal, suspense and adventure, to home and family, Harlequin has a romance for everyone! Visit www.TryHarlequin.com to choose from a variety of great series romance stories that are absolutely FREE to download! (Total approximate retail value $60.)Look for all the variety Harlequin has to offer wherever books are sold, including most bookstores, supermarkets, discount stores and drugstores. ARFEMEND4C

×