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Sundance 2014
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Sundance 2014

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Cobertura completa de la 30ª edición de Sundance

Cobertura completa de la 30ª edición de Sundance

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  • 1. Sundance '14 1
  • 2. Víctor Esquirol Molinas Enero 2013 Cinemanía / GARA / El Séptimo Arte (www.elseptimoarte.net) 2
  • 3. Índice Cinemanía - Lo que hay que ver............................................................................................... pág. 4 - Guía de supervivencia........................................................................................ pág. 10 - Teoría general de las aperturas........................................................................ pág. 13 - ¡Muévete!............................................................................................................ pág. 16 - Adaptándose al cambio...................................................................................... pág. 19 - Finánciate como puedas..................................................................................... pág. 22 - Infancia recuperada........................................................................................... pág. 26 - La (in)soportable levedad del ego..................................................................... pág. 30 - Descargando tensión........................................................................................... pág 34 - Insomnia.............................................................................................................. pág. 38 - Esperar juntos; visionar solos........................................................................... pág. 42 - Baquetas arriba, último redoble y.................................................................... pág. 46 GARA - Al Festival de Sundance le han bastado 30 años para hacerse mayor.......... pág. 50 - Qué fiesta la de aquel año.................................................................................. pág. 54 - De músicos y piratas: El indie, treinta años después en Sundance................ pág. 56 El Séptimo Arte - Sundance '14, de la A a la Y.............................................................................. pág. 59 3
  • 4. Sundance 2014: Lo que hay que ver (http://cinemania.es/actualidad/noticias/20264/sundance-2014-lo-que-hay-que-ver) Antes de que empiecen las celebraciones del 30º cumpleaños de Sundance, aprovechamos los últimos momentos de calma para hacer un repaso exprés y apriorístico de las películas que prometen seguir añadiéndole valor a la marca 'indie'. Por VÍCTOR ESQUIROL Christine Vachon, productora y sufridora de profesión, declaró hace poco más de dos años que la criatura a la que había dado a luz (ella y muchas otras personas) había cambiado. El cine independiente, tal y como lo conocemos ahora, poco o nada tiene que ver con el indie que empezaba a reivindicarse, justo cuando los 80 empezaban a pedir a gritos la llegada de los 90, al amparo de las frías montañas de Utah. La meca dedicada a esta manera de entender el arte y la industria cinematográfica, también ha cambiado. Sundance, esa loca vía de escape de Robert Redford, es todavía joven (30 años son los que cumple este 2014), pero ha madurado asombrosamente. Independientes, seguramente, pero sin lugar a dudas fundamentales. No en vano, y la tendencia se consolida año tras año, los títulos y/o proyectos que más éxito cosechan en Park City, son los que posteriormente se encargan de nutrir la parrilla de certámenes tan prestigiosos como la Berlinale, Locarno o Cannes. En nuestro país, San Sebastián y Sitges siguen también con mucha atención lo que se cuece en por aquí, y en suelo americano, la mismísima Academia toma buena nota, prácticamente un año antes de la celebración de “la noche más mágica”, sobre qué películas van a postularse en serias candidatas a los Oscar. 4
  • 5. Como para no prestarle atención... Como para no ir apuntando ya los títulos que tienen todos los números para convertirse en las nuevas sensaciones cinéfilas de la temporada. Empezamos: White Bird in a Bizzard Diez años después de haber alcanzado la que a día de hoy sigue siendo su más rotunda obra maestra (a saber, Oscura inocencia), ese fascinante cóctel Molotov llamado Gregg Araki vuelve a la adaptación literaria. La poderosa prosa de Laura Kasischke, apoyada también en la presencia del talento emergente de Shailene Woodley, puede convertirse en el campo de batalla ideal para comprobar el estado de forma de uno de los mayores baluartes del New Queer Cinema. The Voices El bueno de Jerry Hickfang, a quien da vida Ryan Reynolds, se ve arrastrado al abismo de la locura cuando la fijación que siente por una compañera de trabajo se ve agravada por los consejos que recibe por parte de sus peculiares animales de compañía: un malvado gato parlanchín y un perro que también posee la capacidad de hablar. ¿Cómo acabará...? ¿Y cómo le irá a Marjane Satrapi una vez rota la sociedad con Vincent Paronnaud? Maldita la espera... The Trip to Italy 5
  • 6. Ni el título ni la ficha artística dejan lugar a dudas. Estamos obviamente ante la secuela de The Trip, aquella estupenda -y alargadísima- broma en la que Michael Winterbottom ponía a prueba la paciencia del espectador... y su propia genialidad. Repiten, cómo no, Steve Coogan y Rob Brydon, y con esta compañía, no puede haber mal viaje. A Most Wanted Man AKA la esperadísima reválida para el todoterreno Anton Corbijnn. El pedigrí de esta película (adaptación del best-seller de John le Carré protagonizada por Philip Seymour Hoffman, Rachel McAdams, Willem Dafoe y Robin Wright) es para caerse de culo. La promesa por parte del director (la de la modernización definitiva del género thriller, ni más ni menos), también. The Raid 2 6
  • 7. La última vez que Gareth Evans e Iko Uwais cruzaron sus caminos, surgió como de la nada, uno de los mayores hitos en la historia del cine de acción. Aquel monstruo llevó por título The Raid, y su secuela, que recogerá la acción justo donde la dejó la antecesora, promete llevar a otro nivel la fórmula del “más y mejor”. Ante nosotros, más de dos horas y media de criminales despiadados dialogando a base de disparos, patadas y puñetazos... ¿la quintaesencia del cine adrenalínico? Wish I Was Here El existencialismo arty de Zach Braff resucita de la mano del milagro del crowdfunding. Es pronto para pronunciarse al respecto, pero todo en el nuevo trabajo como director del eterno “JD” huele a más que posible reedición del éxito de culto que supuso su celebrado debut, Algo en común. The Guest La factoría de sustos de Sundance se reivindica un año más en el imprescindible espacio Park City at Midnight. Ahí brilla con luz propia la última película del imprevisible pero siempre interesante Adam Wingard, quien después de firmar con Tú eres el siguiente una de las grandes sorpresas del terror moderno, vuelve con ganas de jugar diabólicamente, y como sólo él sabe, con todos los géneros que osen plantarse delante suyo. Finding Fela 7
  • 8. La firme apuesta de la organización por la no-ficción se ve reflejada de nuevo con la presencia de algunos de los más prestigiosos documentalistas del mundo. Alex Gibney, uno de los mayores conocedores de las miserias del imperio norteamericano, hace las maletas y se va (y nos lleva) a Nigeria para diseccionar el complejo y apasionante movimiento musical Afrobeat. Boyhood Hace un año, y en este mismo escenario, Richard Linklater se lució con la inmejorable culminación de la trilogía Antes de..., es por esto (y por los innumerables logros conquistados durante su carrera) que el anuncio a última hora de una “Special Preview” de su “nueva” película (en realidad hablamos de un proyecto rodado a lo largo de los últimos diez años) han 8
  • 9. hecho subir, más si cabe, las ganas de que el certamen empiece a rodar. Y maldita la espera, sí... 9
  • 10. Sundance 2014: Guía de supervivencia (http://cinemania.es/actualidad/noticias/20274/sundance-2014-guia-de-supervivencia) A pesar de la malvada alineación de astros, ponemos los pies por fin en suelo americano. Ahora sí. Última oportunidad para respirar hondo y repasar las lecciones vitales que permitan la supervivencia en Sundance. Por VÍCTOR ESQUIROL Durante la tiránica era Miramax, una de las muchas cosas que los hermanos Weinstein parecían saber mejor que nadie era que en este mundo hay dos tipos de personas: las que van directas del punto A al punto B y las que para hacer el mismo recorrido pasan antes por todas las letras del abecedario. En el seno de su mítica productora / distribuidora, los vuelos directos eran un lujo sólo al alcance de los peces gordos (esto es, de Harvey y de Bob); el resto de mortales se veía irremediablemente abocado a la penitencia de las escalas. Bien para la contabilidad... no tanto para el estrés. Vale. Por su parte, el amable personal de las aduanas estadounidenses divide el mundo en dos categorías diferentes: Americanos (AKA “yankees”, consideración con la que a veces son honrados los ciudadanos canadienses) y “Resto del mundo”. Los segundos somos obviamente los que pringamos. La espera para pasar cada control de seguridad / documentación dedicado a los “Extranjeros” se cuenta por horas. Hay tiempo para todo... menos para sacar fotos de tan agradable situación. Prohibidísimo inmortalizar el momento, pues no hay que dar al futuro turista desprevenido más información de la que necesita. Sumamos estos dos primeros puntos y extraemos la primera moraleja de esta historia: si alguna vez se ve usted obligado a ir a ese culo-del-mundo llamado Salt Lake City, 10
  • 11. planifique el viaje con la máxima antelación posible. Trate de dejar al azar fuera de la ecuación, si no aténgase a las consecuencias, que en esta ocasión se traducen, en el mejor de los casos, en carreras por los aeropuertos al estilo familia McCallister (lo cual es divertido... cuando se recuerda, no cuando se vive). En el peor de los casos, toca dirigirse al encargado de turno de la compañía aérea y sacar el máximo partido de ese mantra tan estadounidense en el que se ha convertido el "I’m gonna sue you!" (en cristiano: "¡Te voy a demandar!"). Y que sea lo que Star Alliance -oops- quiera. Una vez llegados a Park City (que es el ojete-del-ojete-del-mundo), el panorama mejora notablemente. Uno se da cuenta de que la gente que hace posible el festival de Sundance se divide también en dos clases: los que cobran y los que, simplemente, no. El papel que juegan los voluntarios es, como sucede con el resto de grandes certámenes, fundamental... sólo que en casa de Robert Redford, éste (por aspectos cuantitativos y cualitativos) se nota más que en cualquier otra parte. ¿Necesita encontrar una parada de autobús? ¿Un taxi? ¿Una entrada de última de hora? ¿Un buen sitio para ir a comer? ¿Se siente solo y necesita a alguien con quien hablar? No hay más que buscar a uno de los pardillos con chaleco rojo. Los que vuelven a casa con los bolsillos vacíos, vaya. Más indie, imposible. Esto (helarse en el invierno de Utah por la simple satisfacción de ayudar a los novatos) es amor al arte... lo otro son festivales de cine. Hablando de lo nuestro, las salas de proyección tienen también su propia concepción del mundo, pues en ellas se reúne gente también de dos tipos: los que toman palomitas con mantequilla y los que prefieren la mantequilla fundida con un poco de palomitas. En Estados Unidos abundan los segundos, lo cual, por pura curiosidad, es simpático. Al cabo de cuatro días, eso sí, la broma se hace excesivamente pestilente. Las pinzas para la nariz acaban siendo pues otro ítem imprescindible para el asiduo a Sundance con poca tolerancia a las grasas saturad(ísim)as en el aire. La organización nunca ha tenido en cuenta éste último utensilio, quizás porque la costumbre nos hace olvidar lo obvio. Y es que treinta años lidiando con maíz mantequilloso son muchos. Quizás demasiados. Lo mismo sucede con el mal de altura (Park City está a más de 2000 metros por encima del nivel del mar) y con el frío. Lo primero es fácilmente solventado con una botellita y un mapa donde están marcados los “Puntos de hidratación”. “Bebe continuamente, aunque no tengas sed. Esto ayudará al organismo a mitigar la falta de oxígeno”. El agua, ciertamente, es vida, y aquí, por lo visto, lo es todavía más. El problema de las bajas temperaturas ni llega a tal consideración: “Le recomendamos encarecidamente que vaya caminando a todos los sitios”. El hecho de que el año pasado se llegaran a registrar mínimas de -30º parece no importarle a nadie. Es más resulta que acaba convirtiéndose en la excusa perfecta para la elección de estas fechas: “¿Qué mejor sitio que una sala de cine para entrar en calor?” Touché. Lo cual nos deja con el último problema. La actividad en Sundance dura hasta media noche (la peliculera, se entiende, porque la farrera se prolonga en glorioso nonstop). Pobre del que aguante hasta tan tarde y no haya podido costearse un alojamiento en Park City (que por norma general, en esta época rondan unos precios ridículamente caros). A él (es decir, a mí), les espera un panorama similar al que se encontró Zazú cuando Simba y Nala pararon de cantar: la más amarga soledad, rematada por el gigantesco culo de aquel rinoceronte. Y el mal de altura... y el frío. El último bus sale a las siete de la tarde, y de nuevo, la distancia que separa el punto A del B vuelve a 11
  • 12. antojarse insalvable. Se siente. Buena suerte regateando con los taxistas... y dé gracias por estar en el país donde Jack Kerouac sigue siendo un Dios. Un segundo, ¿esto del autoestop es legal en este estado? A saber. No pregunte, que como dijo aquel sabio, a veces más vale pedir perdón que permiso. 12
  • 13. [Crónica Sundance 2014] Teoría general de las aperturas (http://cinemania.es/actualidad/noticias/20298/-cronica-sundance-2014-teoria-generalde-las-aperturas) Arranca la 30ª edición del Festival de Sundance con una de cal y otra de arena. Damien Chazelle se confirma en la arrolladora ‘Whiplash’ como un talento al que seguir muy de cerca; a su lado Todd Miller y su ‘Dinosaur 13’ parecen estar atrapados en el cretácico. Por VÍCTOR ESQUIROL Dejemos de lado por un momento nuestra hombría y admitamos que durante los primeros diez minutos de Up lloramos cual magdalenas. ¿Por qué? Porque tuvimos la mala pata -o no- de toparnos con la Pixar en plena comprensión y uso de sus (súper)poderes. Correcto. Aunque también hay que tener en cuenta el tempo, que en este caso concreto jugó un papel determinante. Por razones que ahora mismo no vienen al caso, nuestro subconsciente ha establecido que toda buena relación debe empezar a fundamentarse en la vacuidad del calentamiento. “Hola”; “¿Cómo va?”; “¿A qué te dedicas?”; “¿Dónde vives?” Preguntas cuyas respuestas no (nos) importan. Las disparamos más o menos al azar sólo para ver cómo reacciona el otro. Ya habrá tiempo para conocerse, de modo que, estiremos antes los músculos. Pete Docter y Bob Peterson se pasaron por el forro todos estos mecanismos, así que cuando creíamos que estábamos empezando a conocerlos, a ellos les había sobrado el tiempo para abrirnos en canal y arrancarnos el corazón. Lo tuvieron relativamente fácil, pues todavía teníamos las defensas bajas. Bajísimas. Los festivales de cine, por norma general, son máquinas que alcanzan, con mayor o menor fortuna, la perfección en 13
  • 14. labores de contemporización. Lo normal es que se alarguen durante más de una semana, y que por lo tanto los asistentes terminen agotados. Sí, nos quedaríamos un mes entero si hiciera falta, pero empaparse de celuloide puede llegar a cansar, créanme. Somos humanos. Es tal vez por esto que entre las distintas organizaciones de los distintos certámenes y los enfermos que nos dejamos ahí buena parte de nuestra materia gris, existe una especie de pacto no escrito consistente en no forzar demasiado la máquina. Nos interesa a todos. “Hola”; “¿Cómo va?”; “¿De dónde dices que vienes?”, etc. En otras palabras: “Vamos a llevarnos bien, que el camino es largo. Empezaremos poquito a poco, ¿te parece?” Con esta filosofía, téngase en cuenta, suelen elegirse las películas de apertura... Hasta que llega Sundance y se pasa por el forro el susodicho mecanismo. A saco, que no todos los años cumplo treinta. Así, cuando estábamos todavía acomodándonos (figurada y literalmente), y cuando todavía estábamos dando gracias al cielo por haber conseguido entrar en la primera full-house de la temporada, llegó el nuevo proyecto apadrinado por Jason Reitman y nos dejó planchados (ahora sí, sólo en el sentido literal). Whiplash es el título del filme encargado de abrir la veda de Sundance ‘14. Es también el título del que se alzara con el Premio al Mejor Cortometraje hará ya un año en este mismo escenario. Es, en suma, el primer largometraje de un abusón (Damien Chazelle es su nombre) sin respeto alguno por las normas de conducta. Negro absoluto ante nuestros ojos y redoble de batería. Se encienden las luces y vemos a un joven marcado por cicatrices dejándose la vida ante su instrumento. De repente para porque aparece en pantalla otro abusón. Maestro y alumno, cara a cara... aunque hay mucho más que un cara a cara memorable entre J.K. Simmons y Miles Teller. Whiplash es, ante todo, un estudio superlativo sobre la musicalidad del cine. Es, en consecuencia, un viaje alucinante por el mismo cine. Son más de cien minutos en los que la oída se ve asaltada por la violencia y la sublimidad del jazz más frenético, y por las frases más hirientes (al más puro estilo Sorkin), y por el ruido más glorioso, usado como hilo conductor entre unas referencias que surgen por pura lógica. Mientras, salta a la vista que Audiard y Toback tenían razón, al igual que Powell & Pressburger, y como por arte de magia, el tono ligero de Woody Allen comparte pentagrama con el desquiciado giallo de Dario Argento. Lo mejor es que a Chazelle no le hace falta alardear de conocimientos, porque salta a la vista que el talento fluye por sus venas. Los músicos de los que nos habla se ven convertidos en máquinas en pos de una perfección que obviamente entraña sacrificios. “¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para convertirte en el nuevo Charlie Parker?” Sin rodeos ni calentamientos que valgan: la percusión sirve, efectivamente, para noquear al espectador, y el golpe definitivo viene servido por uno de esos clímax que hacen historia. Y nosotros con las defensas bajas. Bajísimas. Quizás para que nos pudiéramos recuperar, la digestión de Whiplash ha estado presidida por el primer tropiezo del festival. Y el balance de la apertura volvió a la normalidad. Lástima. El ciclo de documentales lo ha inaugurado Dinosaur 13, cinta empeñada en desmontar la teoría consistente en que el factor “dino” en el título de una película es sinónimo de calidad. Al menos de diversión. Todd Miller desentierra la historia olvidada de Sue, es decir, el 13º Tiranosaurio hallado por la comunidad paleontóloga. Pero en realidad, ésta es una película sobre los -crueles- giros que da constantemente la 14
  • 15. vida. El “qué”, títulos aparte, está claro; el “cómo”, no. Miller se pasa frenada en todo lo que acaba importando. Emotivamente mal calculada, lo sensiblero se impone a lo científico; lo anecdótico a lo realmente importante y las anotaciones a pie de página a la narración principal. 15
  • 16. [Crónica Sundance 2014] ¡Muévete! (http://cinemania.es/actualidad/noticias/20323/-cronica-sundance-2014-muevete) Ante el frío, nada mejor que un poco de ejercicio. Y para esto último, nada mejor que Sundance, donde el imprevisto es la norma general y donde la improvisación es la única filosofía viable. Por VÍCTOR ESQUIROL Suena el despertador, te despiertas y te duchas. Sales del cuarto de baño y te abalanzas sobre el reloj. Compruebas la hora y lanzas un suspiro de alivio: hay tiempo. Tienes que estar en las oficinas del festival de Sundance a las ocho en punto, y todavía son las siete. Todo controlado. De Salt Lake City a Park City hay un trayecto de exactamente 28 minutos... casi 35 si el tránsito no fluye como debiera. Vamos bien... hasta que te das cuenta de que el golferas que te acoge en su dulce hogar, el mismo que tiene que llevarte a tu destino, está demasiado ocupado sufriendo las consecuencias de la noche anterior (no pregunten). ¿Y qué vas a hacer? ¿Llorar? Al principio, un poquito, pero como las lágrimas se congelan fácilmente, lo dejas para otro día y te mueves. Pones pies en polvorosa: tienes que cazar, como sea, un autobús. Dejas una nota en la mesita del salón (“¡He ido a por tabaco... cabrón!”) y huyes. Una hora y media después, llegas a Park City y una cosa está clara: la visita a las oficinas tendrá que esperar a mañana, porque apenas te quedan veinte minutos para llegar a la primera película de la jornada, que es ni más ni menos que el nuevo trabajo de Anton Corbjin. Corres todavía más, esquivas un par de coches y... Mierda. La cola en el pabellón de espera del Holiday es kilométrica. Te pones al final de todo por el simple hecho de hacer algo, y también para darte cuenta (por si todavía tenías 16
  • 17. dudas al respecto) de lo estúpido que eres. Obviamente, a la de Corbjin no entras ni borracho. ¿Y qué vas a hacer? ¿Llorar? Bueno... llorarle al agente de publicidad de dicha película y pedirle una entrada para otro día (continuará...). Esto y volver a moverte. A correr se ha dicho, porque sigues estando, no lo olvides, en la tierra de las oportunidades, y hay otra que llama a tu puerta en poco menos de quince minutos. Spotlight es la sección de Sundance dedicada a recuperar películas que hayan causado impacto en anteriores certámenes (lo que vendría a ser la versión americana de las Perlas del Zinemaldia). Ahí aguarda un tal Ivan Locke, un ingeniero que se dirige a Londres en su coche, y que durante el trayecto intenta que la vida que ha ido construyendo desde que nació, no se derrumbe hasta los cimientos en un abrir y cerrar de ojos. Steven Knight, guionista de películas como Promesas del este o Negocios ocultos se lanza a la dirección, firmando una atípica road movie de planteamiento teatral. Locke es un intenso, estiloso y asfixiante drama presentado en tiempo casi-real y en continuo movimiento estático. Un hombre (Tom Hardy, quien no desaprovecha la ocasión para reivindicarse como uno de los actores más bestialmente terroríficos de nuestros tiempos), una autopista y un manos-libres. La economía de elementos se diluye mágicamente en un virtuosismo formal que, lejos de cargar, hipnotiza por su atípica capacidad para calibrar la deformación, logrando así que la realidad se transforme, de manera natural, en sueño (o pesadilla). Las luces artificiales desenfocadas y los retrovisores que nos descubren ángulos imposibles se acoplan como elementos imprescindibles de una narración sólida, grave y lo suficientemente inteligente como para reivindicar, de paso, una voz potente que el cine británico tendría a bien prestarle atención. Sin salir de las “respecas” de Spotlight, llega la hora de los valientes con R100, sin duda una obra mayor que como tal, disfruta poniendo a prueba al espectador. Las deserciones durante la proyección de lo nuevo del gran Hitoshi Matsumoto se han contado a docenas, lo cual, no está de más repetirlo, estaba en el guión. La razón de tanta irritabilidad en el patio de butacas nos la da, cómo no, Homer Simpson: “¡Nos llevan siglos de ventaja!”, declaró el orondo héroe americano refiriéndose a los japoneses. El reverso de la “ventaja” es, por supuesto, la inferioridad, y ésta, como es sabido, escuece. Hay que evitar pues verse envuelto en cualquier comparativa con la nación del sol naciente, porque el resultado (una goleada de escándalo) acostumbra a ser siempre el mismo. Pero, ¿y en las perversiones? ¿Nos ganarán también en esto? Por favor... Para muestra, la sinopsis de ahora: La vida de un patético vendedor de centro comercial da un giro de 180º el día en que decide contratar los servicios de una agencia de dominatrix. Y esto es sólo el principio. Matsumoto consigue lo que parecía imposible: seguir moviendo su cine y llevarlo a otro nivel. Con esto, dirige la que seguramente sea la burla definitiva al -pervertidooficio de la dirección fílmica. Lo cursi, lo estirado y lo clásico explotan al unísono en un híper-estimulante ejercicio metalingüístico. Es como si a alguien se le hubiera ocurrido jugar con substancias tremendamente inestables: pongamos el Survive Style 5+ de Gen Sekiguchi con el Glory to the Filmmaker! de Kitano, en lo que sin duda es una rotunda (y despiadada) celebración de la creatividad artística más desbocada. El movimiento se ha erigido de nuevo en protagonista principal del programa doble de documentales para hoy. En Alive Inside, Michael Rossato-Bennett sigue los pasos de 17
  • 18. Dan Cohen, un auténtico culo inquieto, y de paso da evidencias de ser víctima de esta misma naturaleza. ¿Su trabajo trata sobre los -milagrosos- efectos terapéuticos de la música? ¿O quizás sobre las carencias (más bien vergüenzas) del sistema del bienestar americano? ¿O quizás sobre el papel de la tercera edad en la sociedad actual? De todo un poco, y con sólo una hora y cuarto disponible para intentar destacar en tantas materias, al director, obviamente, le acaba faltando tiempo para desarrollar satisfactoriamente todas sus tesis, pero le sobra para lograr en el espectador el golpe de efecto (que de esto también se trataba). Por su parte, The Overnighters, de Jesse Moss, coge como punto de partida el drama social del movimiento, es decir, el de la inmigración (interna, en este caso) para prender la mecha de un relato de estructura fractal, casi inabarcable, pero igualmente contundente. El pastor de una parroquia de una pequeña localidad de Dakota del Norte (actualmente desbordada por el flujo migratorio causado por el florecimiento de su industria petrolífera), se convierte en el eje vertebrador de un relato coral que, queriéndolo o no, se convierte en terrorífico testigo de unos tiempos de crisis (en mayúsculas). La estructura puede desconcertar, pero el poso (que es lo realmente importante), nos habla de algo tan profundo como desgarrador: la derrota, física, moral... y en todos los sentidos que vengan a la cabeza. ¡Quieto! Con la amargura rondando todavía por el paladar, vuelve la Competición Estadounidense, y nos quedamos estáticos. Camp X-Ray, de Peter Sattler, empieza con un prólogo de gran impacto. A partir de ahí, falla desde la base... y no hay manera de levantarla. Mucho menos cuando el discurso se apoya en la falsedad de la denuncia, así como en lo increíble del proceso reconciliatorio. Por si fuera poco, en la ficha artística encontramos a Kristen Stewart, la que posiblemente sea una de las peores actrices de la historia del cine (y escribe alguien con mucho porno en la retina). La trama central pone el resto: Una joven militar es destinada a Guantánamo, donde no tardará en hacer buenas migas con uno de los reclusos (Peyman 'Nader' Moaadi). La violación sistemática de los derechos humanos y la paranoia americana post-11S encuentran en esta película la perfecta metáfora en la ambigüedad que el profesor Severus Snape va mostrando a lo largo de la saga Harry Potter. Como lo leen. ¿Estúpido e inocente? Sí, y hasta indignante... si no fuera tan aburrido. 18
  • 19. [Crónica Sundance 2014] Adaptándose al cambio (http://cinemania.es/actualidad/noticias/20324/-cronica-sundance-2014-adaptandose-alcambio) Sundance sigue amparándose en una de sus más eternas y desesperantes virtudes: imposible anticipar sus movimientos. En terrenos tan inestables, Adam Wingard y Lenny Abrahamson se crecen; Cutter Hodierne y Mona Fastvold prueban suerte. Por VÍCTOR ESQUIROL Y una vez más, caes en ese error tan humano: hacer planes. Porque te engañas y te autoconvences de que la infinidad de factores que van a alegrarte (o a joderte) el día depende de ti y sólo de ti. Como se dice por estas tierras: Bullshit. Sin ir demasiado lejos (y a riesgo de quemarme a base de batallitas), anoche mi querido sofá en Salt Lake City no pudo disfrutar de mi compañía porque, por circunstancias ajenas a mi voluntad (¿lo ven?), terminamos todos (larga historia) en un sótano de Park City. La mar de confortable, eso sí. Y las idas y venidas que nos ahorramos. Al mal tiempo buena cara, ¿y qué si las cosas no salen cómo en un principio queríamos? En estas que el irlandés Lenny Abrahamson (una de las vacas sagradas del rebaño Sundance) sube al escenario del Eccles Theatre y suelta: “Nunca sabes cómo es tu película hasta que no la has compartido con la audiencia, porque estrenar oficialmente una película es acabarla del todo". Lo dicho. Su último trabajo, que ahora sí puede decir orgullosamente que ha sido finalizado, se titula Frank, y trata, grosso modo, sobre un aspirante a músico-compositor que, por mucho que lo intente, parece no poder saltar el muro de su propia mediocridad. Quiere pero no puede. El caso es que, por caprichos más o menos macabros, el destino le concederá una última oportunidad en una estrafalaria banda de rock vanguardista comandada por un inquietante artista que oculta 19
  • 20. su cara (como lo hiciera el humorista Chris Sievey) detrás de una máscara más cercana a la categoría de escafandra. Abrahamson quizás no sabía cómo terminaría su película (en la ronda de preguntas posterior a la proyección ha insistido mucho en la concepción orgánica y semiimprovisada de ésta), pero sí debía verse con la seguridad suficiente para apostar por algunas decisiones que podrían haberle salido carísimas. Por ejemplo, la de hacerse con los servicios de Michael Fassbender... para que su rostro aparezca sólo durante cinco minutos de número musical (eso sí, qué cinco minutos... cosas de los colosos). Asentándose en lo raro (de tal modo que casi ninguno de sus gags parece venir a cuento... y aún así, están perfectamente acoplados al conjunto), el director dublinés reflexiona, con gracia y tristeza marciana, sobre lo irracional del proceso creativo y sobre la presión de sentarse frente al espejo para descubrir si se tiene (o no) lo que hay que tener (llámenlo inspiración, llámenlo duende, llámenlo arte,...). El resultado es, a simple vista, un compendio de portadas de LP’s, y profundizando un poco más, un tratado sobre la fachada -ironías- del indie. Irregular; desconcertante también... pero grande en sus -aparentes- defectos. Y como ya habremos usado más de tres veces el término “imprevisible”, aparece, como surgido del averno, Adam Wingard, para inaugurar Park City at Midnight, sección convertida en uno de los muchos síntomas que atestiguan el excelente estado de forma por el que ahora mismo pasa el género terror / fantástico. Pero con este demonio del indie-horror ya se sabe que nunca puede hablarse de un solo género, sino de muchos a la vez. The Guest es, sin rodeos, el Teorema de Pasolini pasado por la batidora del Mumblegore. ¿Quién dijo miedo? Está la clásica familia, y también el -encantadorfactor externo que lo va a poner todo patas arriba. El intruso dice ser un soldado que luchó junto al fallecido hijo mayor de dicha familia, pero en realidad es el lobo; una bomba siempre presta a estallar. Tiene también algo de vampiro, pues no pondrá los pies en casa ajena hasta que no se le haya invitado expresamente a hacerlo. Falsas apariencias, dispuestas a desatar, a la mínima, la violencia más bestial. Como sucediera en la imprescindible Tú eres el siguiente (así como en casi todas las obras de su filmografía), los géneros deciden invitarse los unos a los otros, para poco después pelearse y mancharse con la sangre del de al lado, y así, The Guest se convierte en una batalla campal entre el drama familiar, el thriller de acción, las teenage movies y, por supuesto, la comedia. Durante el proceso, los estereotipos mueren lenta y dolorosamente. Puro desmadre (al que por cierto, le cuesta aguantar en la recta final); puro Wingard, quien se reivindica, en cada lucecita, en cada máscara, en cada pulsión fetichista, en cada nota sintetizada, en cada planteamiento, en cada encadenado... como un señor autor. Del terror, y del fantástico, y... En la edición en la que imprevisibilidad se está erigiendo en leitmotiv, no podían faltar las referencias a la guerra del Vietnam, es decir, a uno de los mayores errores de apreciación de la historia moderna. Last Days in Vietnam narra, precisamente, lo que supusieron los últimos días del conflicto vietnamita. Desde la óptica de los vencidos, por supuesto. El documental de Rory Kennedy es la reconstrucción de una insufrible agonía. Con las tropas de Vietnam del Norte sitiando Saigón, queda por fin claro que la única jugada que le queda al ejército estadounidense es la de la huida. Escalofriantemente dramática. 20
  • 21. Los testimonios de altura (Henry Kissinger, por supuesto, no falta a la cita) y los que vivieron la tragedia en sus propias carnes se combinan para dar sentido a un excelente trabajo de recopilación de material de archivo. La narración, como era de esperar, se aleja de la imparcialidad, pero con un sentido de la heroicidad que no molesta (y que de paso, llama a la puerta de las grandes productoras) y con una firme voluntad descongestionante, Rory Kennedy acaba firmando un trabajo quizás demasiado acomodado en los esquemas del documental televisivo (el Canal Historia ha hecho mucho daño), pero innegablemente competente a la hora de impartir la clase magistral sobre política, guerra... y todas las medidas desesperadas que las envuelven. Sin cambios de planes Y una jornada más, la Competición Estadounidense decidió ir a contracorriente. Los esperados (y prometedores) debuts de Cutter Hodierne y Mona Fastvold no han dejado a nadie indiferente... aunque esto ya estaba escrito en el programa. El primero de ellos ha cumplido, con Fishing Without Nets, buena parte de las promesas / amenazas presentes en el cortometraje de mismo título que presentara en sociedad hará ya un año. Continuismo bien entendido. Por lo visto, aquello era más bien un teaser-tráiler de lo que estaba por llegar. La ambición presente en aquel trabajo se mantiene intacta y el referente (por reciente) es tan evidente que parece una obligación citarlo: estamos ante la otra cara de Capitán Phillips. Los piratas somalíes son ahora los protagonistas, y aún así, éstos estaban considerablemente más humanizados en la cinta de Greengrass. Dolería si ésta fuera la principal prioridad de Hodierne. Lo que este rookie pretende es documentar (y claro, vuelve a aparecer la sombra de San Paul). En este sentido, no se arruga y consigue que el indie pierda, por unos instantes, el complejo de inferioridad (si es que a estas alturas seguía arrastrándolo). Técnicamente notable, es ésta una cinta más bien filmada que montada; agotadora en el bueno y en el mal sentido, que consigue (más allá de despertar posibles antipatías) que el espectador se sienta como un rehén más o, para ponernos en el otro bando (¿por qué no?) como un pescador obligado al que no le queda otra que probar suerte con la “pesca sin red”. Lejos de la África oriental, y de retiro en una mansión a lo Le Corbusier, la noruega Mona Fastvold dirige, co-escribe y co-protagoniza The Sleepwalker (“La sonámbula”), en la que la apacible (?) vida de una pareja cambia radicalmente cuando la hermana de ella (quien llevaba tiempo en status de “ilocalizable”) decide presentarse sin previo aviso para hurgar en las heridas mal cicatrizadas. Absolutamente todo en esta ópera prima recuerda a uno de los debuts marca Sundance más celebrados de los últimos años. Se palpa la presencia de Sean Durkin y su Martha Marcy May Marlene en cada -estupenda- composición, en cada desenfoque y en cada gesto incómodo. Fastvold, se nota, es de ideas fijas, y por lo tanto su película no tiene que esperar al contacto con el público para considerarse acabada. La intención, de principio a fin, es perturbar (indagando en sin pudor en las relaciones sociales / amorosas; desenterrando el dolor del pasado). Esto y poco más... hasta caer en un artificio que puede hacerse pesado. Y es que al igual que Durkin, Fastvold la cineasta es consciente del amplio arsenal de armas que le ofrece el cine, pero a diferencia de éste, hace uso de ellas de una manera mucho más vasta; mucho menos sutil. 21
  • 22. [Crónica Sundance 2014] Finánciate como puedas (http://cinemania.es/actualidad/noticias/20335/-cronica-sundance-2014-financiatecomo-puedas) La crisis no perdona a nadie. Mucho menos a la industria cinematográfica. A la espera de que vuelvan los “días felices”, autores y espectadores son libres para encontrar las soluciones que más se adecuen a sus necesidades. Por VÍCTOR ESQUIROL "Que no... que no me entiendes. No digo que la película sea mala. Al contrario, me ha encantado. ¡Nos ha encantado a todos! ¿A que sí, chicos? Lo que pasa es que no acabamos de verle la viabilidad para las salas comerciales". La escena, real como los forfaits que nos endosan aquí a modo de acreditación, se da en el hall del hotel Yarrow, mismo escenario en el que, dos horas antes, un renqueante Danny Glover se ha interesado por la disponibilidad de la silla que está a tu lado. Pero ahora el veterano actor ya no está. Su lugar lo ocupan cuatro hombres abrigados que hacen piña alrededor de un smartphone. Al otro lado de la línea se supone que está un director con problemas, pues su película, a juzgar por los alaridos (la intensidad de la discusión va in crescendo), difícilmente va a volver a ver la luz del sol. Y no es por la calidad, ojo, porque a todos los compradores “les ha encantado”, es porque la inversión difícilmente se va a ver amortizada. Números, cuentas, balances... financiación. En problemas concerniendo esto último, poco o nada van a poder enseñarnos -a nosotros- los amigos americanos. Pero, ¿y en soluciones? Probemos. 22
  • 23. Primero con Zach Braff. La antigua estrella de la legendaria Scrubs se lanzó, hará ya una década, a la aventura de la dirección cinematográfica. Con Garden State (Algo en común) le reímos -casi- todas las gracias, pero con su siguiente proyecto parecía que el reír se le iba a acabar. Cosas de la vida, que sin verse obligada a dar explicaciones, se ve con el derecho -inalienable- de mostrarse así de perra. Afortunadamente, también suele ofrecer alternativas; vías de escape a sus propias putadas, solo que hay que saber verlas. Y apareció internet (¿se acuerdan de Álex de la Iglesia despidiéndose de su cargo en la Academia y hablando del futuro?) y el poder de convocatoria de Mr. Braff puso el resto. Sin entrar todavía en la valoración de la calidad de la película de marras (ya llega, ya llega), ésta viene precedida por un rotundo éxito. De cuentas, números, balances y financiación, sí. Porque hablar de Wish I Was Here es hablar del milagro (¿se acepta?) del micro-mecenazgo; de las redes sociales manifestándose, al fin, en algo tan tangible como el sucio dinero, imprescindible, esto sí, para que, por ejemple, Zach braff pudiera estar hoy rondando por las calles de Park City. Por todo lo demás, Wish I Was Here, a pesar de su largo metraje (un poco más de dos horas de duración) se resume en tan poco tiempo como el que se tarda en nombrar su único objetivo, esto es, hacer que el público salga de la sala de cine sintiéndose bien. El inicio de la cinta, prácticamente calcado al remake de La vida secreta de Walter Mitty por parte de Ben Stiller, no deja lugar a dudas. El espíritu feel-good se instaura en cada réplica, cada recuerdo y cada giro argumental. Del primer al último fotograma. Descubrimos entonces que la famosa “película del crowdfunding” en realidad no es una película, sino el sofisticado mecanismo de una bomba lacrimógena. Un padre de familia (Braff) esquiva como puede los golpes del destino (hijos difíciles de controlar, mujer insatisfecha con su relación sentimental, hermano con el que es imposible cruzar cuatro palabras sin querer partirle la cara, padre al que le acaban de diagnosticar cáncer...) y de paso hace todo lo posible para mantener con vida su insostenible sueño de convertirse en actor. Facturada con tanta cara dura como, admitámoslo, gracia, Braff se confirma como un buen conocedor (y pícaro gestor) de las necesidades del gran público. Los personajes con los que trata son plantas a las que va regando con varias dosis de drama, carisma y ternura. Lo justo para que crezcan sin ahogarse y para que al final del día, la cámara lenta se regodee, cuando el rock/folk indie suena a todo volumen, con sus sonrisas, con sus abrazos de grupo y, por supuesto, son sus lágrimas. Calculadísima epifanía colectiva, y por ello algo tramposa, pero con la suficiente fuerza de impacto como para no enfadarse -demasiado- con sus numerosos defectos. En lo que a imperfecciones se refiere, en esta jornada la palma se la lleva claramente Cooties, primer martirio servido por Park City at Midnight. La ópera prima de Jonathan Milott y Cary Murnion tiene su sustento en Elijah Wood, quien además de figurar en la lista de productores pone cara a esta comedia (?) terrorífica (ídem), alargando de paso la estracha relación que está manteniendo con el cine de género durante estos últimos años. Y financiación solucionada. Imagínense el clásico de Narciso Ibáñez Serrador en versión “¿Quién puede matar a todos los niños de una escuela?”, y en el que una troupe de profesores neuróticos se las ve contra una horda de zombies pre-púberes. Imagínense que las puertas de dicho recinto están vigiladas por un Jorge Garcia colocado hasta las cejas... y prepárense para la más desesperante de las incomprensiones al comprobar que no hay manera de que el conjunto levante el vuelo. 23
  • 24. La culpa es, en su práctica totalidad, de la dupla de directores, más verdes que los violentos alumnos a los que filman. Milott & Murnion saben crear imágenes, pero no escenas, y así todo cuesta; todo duele a los sentidos. No hablamos de las pinceladas gore (lo único salvable de toda la película), sino del imperdonable derroche de potencial. Bajo las órdenes de estos dos debutantes, hasta Rainn Wilson parece un inepto a la hora de arrancarnos sonrisas. La coherencia se sacrifica por una -abusivaconcatenación de gags a destiempo, mal planteados, peor resueltos y ya oídos en anteriores ocasiones. Por si fuera poco, nombres como Ridley Scott y Edgar Wright se ven manchados por homenajes torpes, y otros como Eddie Murphy son directamente fusilados (hay que ser abusón), porque sí. Un desastre. Para compensar, y como medida desesperada, probamos suerte en Next (sección dedicada, supuestamente, a los proyectos más experimentalmente arriesgados) y ahí nos topamos, sin quererlo, con la que tiene todos los números para convertirse en una de las -inesperadas- perlas indie de la temporada. Tan pequeña que hasta da miedo averiguar cómo diablos se habrá financiado. El título Appropriate Behavior nos remite a normas de conducta, a, efectivamente, “comportamientos apropiados”, pero en realidad trata sobre los procesos (de enamoramiento, de ruptura, de autoconocimiento, de superación, de aceptación...) que nos hacen madurar como seres humanos. Para su primer largometraje, Desiree Akhavan, hace “un Ben Affleck”, compensando el error de guardarse para ella el papel principal con un encomiable trabajo detrás de las cámaras (dirección y guión). Entre Noah Baumbach e Ira Sachs, encontramos a una joven de orígenes persas que está también entre dos sexualidades, y que intenta recomponerse de su anterior relación amorosa. Encadenando saltos temporales y emocionales, se descubre ésta como una cinta rebosante de vida, cien por cien neoyorkina, dinámica y ocurrente. Puro indie: desmelenado, veraz y auténtico. A su lado, el documental SEPIDEH: Reaching fot the Stars, sobre cómo las barreras (geográficas, culturales y sí, financieras) no deberían ser jamás una excusa para alcanzar nuestros sueños, se ha quedado también pequeño. Berit Madsen dirige un trabajo convencional y demasiado empeñado en convencernos de su carácter mágico, no obstante, las vivencias de Sepideh, joven iraní empeñada en dedicar su vida al estudio / exploración del espacio exterior, contienen, efectivamente, aquello de lo que tanto se alardea: una -leve- pizca de esa intangible sustancia de la que están formados los sueños. De niños o de adultos, poco importa, viene a ser lo mismo. Exprímelos como puedas Sepa, antes de cerrar por hoy, que si las soluciones a sus problemas financieros no dan resultado, siempre podrá desquitarse con los del eslabón más débil. Usted elige el quién, el cómo y el cuándo... y prepárese para ponerse las botas. Eso sí, tenga en cuenta las primeras apariencias: no se le olvide soltar, antes que nada, aquella mentira que dice así: “Venimos como amigos”. Como quien afirma aquello de “No te va a doler”. La mejor manera de introducir We Come as Friends es presentarla como la The Act of Killing del 2014, pues en ella está el mismo espíritu suicida, la misma valentía, el mismo rigor y compromiso. Sobre ella recae la misma necesidad (obligatoriedad, vaya) en su visionado. El gran Hubert Sauper ofrece la que es la extensión natural de su celebrada ‘La pesadilla de Darwin’. Del lago Victoria a Sudán para ver que la mierda, 24
  • 25. por increíble que parezca, ha seguido con su implacable expansionismo, y en crecimiento exponencial. Los caminos del neo-colonialismo son inescrutables, pero ninguno escapa al vuelo rasante de la avioneta cochambrosa de Sauper, mucho menos a su violenta e híperintrusiva cámara. Sin previo aviso, nos elevamos hasta la estratosfera. Ahí, el mundo parece volverse del revés... y el río Congo se ha convertido en una interminable vía ferroviaria que nos lleva al corazón... del continente africano, ese pastel que sigue repartiéndose a miles de kilómetros de distancia. Al final del trayecto no nos espera Kurtz, sino toda su descendencia. Un piloto nos enseña, orgulloso, cómo la Internacional se ha convertido en la tonta musiquita de un juguete de bebé; el comisario de la ONU habla de construir chiringuitos de helados; el delegado del gobierno tararea, por pura ignorancia, el himno más vacío jamás concebido; a los hombres de Dios se les ilumina la mirada cuando hablan de “Nueva Texas”; los vigilantes de la paz se beben su cometido de un solo trago y los locos parecen los únicos cuerdos. Joseph Conrad en aberrante primerísimo primer plano. Con la frialdad de Werner Herzog a la hora de mirar, de frente, al abismo, y con la capacidad omnipresente de Frederick Wiseman, Sauper se planta en el epicentro del nacimiento de una nación (la más joven del mundo, Sudán del Sur, que por cierto, se halla en urgente necesidad de financiación) para reivindicarse como uno de los mejores de nuestros tiempos. Quizás de todos los tiempos. Sin piedad ni concesiones, Sauper planta la cámara en el lugar y el sitio que más duelen. Y dan ganas de llorar, hasta de reírse para acabar de contagiarse por la locura. Al final de este grotesco buffet libre sólo queda la náusea, en espera del vómito. Brutal. 25
  • 26. [Crónica Sundance 2014] Infancia recuperada (http://cinemania.es/actualidad/noticias/20355/-cronica-sundance-2014-infanciarecuperada) Sundance dirige la mirada hacia la candidez, la rebeldía pueril y los mocos para acabar de asegurarle a Richard Linklater un extenso capítulo en los libros de historia del arte, y cómo no, para seguir dando con nuevos talentos. Por VÍCTOR ESQUIROL La infancia, como sabemos (aunque a veces lo olvidemos) es un tesoro que, como tal, está en permanente peligro. De ser robado, destruido o, simplemente, desvanecido. Despierta envidia e incomprensión por parte de quien ya no la posee. Puede llegar a ser odiada, incluso por su propio propietario... pero éste casi siempre acaba rectificando. Es disfrutable sólo durante una etapa concreta de nuestra vida. A partir de cierta edad, pierde su valor. Esto último, por supuesto, es mentira, lo que pasa es que hemos decidido creérnoslo. Dejémoslo en que, la infancia, a pesar de la creencia popular, no tiene por qué depender de la edad. La “nueva” película de Richard Linklater (incorporación de ultimísima hora en la parrilla de este año en Sundance) en realidad no es tan nueva, y se titula Boyhood, cuya traducción literal al cristiano significa “niñez”, que como sabemos (aunque a veces lo olvidemos) es prima hermana de la infancia. Trata sobre Mason, un niño taciturno que parece estar siempre perdido en otro lugar. ¿Y qué le pasa a Mason? Pues todo; la vida. Y ahí está el qué. El riesgo, la ambición y, a la postre, el más rotundo de los éxitos. 26
  • 27. Ni un año ha pasado desde que Linklater presentara en sociedad la inmejorable culminación de la trilogía (de momento) Antes-de, y cuando todavía estábamos reponiéndonos, volvió a aparecer con otra obra capital; maestra, si se prefiere. Histórica, sin lugar a dudas. “¡4208 días después, aquí estamos!”, ha afirmado el propio director, acompañado en el Eccles por Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Lorelei Linklater y, cómo no, Ethan Hawke (principales protagonistas del maratón). “Esta película sólo podía verse por primera vez en Sundance”, ha sido la siguiente declaración, lo cual tiene sentido si seguimos creyendo en lo que alguna vez llegó a ser el indie. Al fin y al cabo, hemos venido a Park City para ver películas únicas, ¿no? ¿Y si estuviéramos a punto de ver una que ha sido rodada durante doce años? Volvamos a Mason, porque cuando empieza Boyhood le vemos a él mirando al cielo mientras suena de fondo Yellow, de los Coldplay. Dos horas y 41 minutos después, se oye un combinado entre el Deep Blue de Arcade Fire y el Get Lucky de Daft Punk. Una vez más, ¿qué ha pasado entre una cosa y la otra? Tengan en cuenta las fechas en que el planeta se topó por primera vez con estas canciones, hagan números y piensen en todo lo que cabe en este inmenso espacio. Piensen también en lo que podría pasar si algún genio diera por fin con la solución a un problema irresoluble. ¿Cómo puede cristalizar algo tan grande como la vida misma en una película? Linklater nos dice: “Siguiéndola”. Literalmente. Y teniendo en cuenta que siempre es “ahora mismo”. Así, su Boyhood se convierte en “La vida de Mason. Capítulos 1, 2, 3, 4, 5...”, en la que Linklater va construyendo a Mason, y éste a sí mismo, con toda la autonomía que le permiten las circunstancias. Empieza, cómo no, en la niñez y termina en el momento en que el polluelo puede por fin abandonar el nido. Desde los primeros años de escuela hasta la entrada a la universidad, pasando, por supuesto, por el instituto. Y el mundo marcha... Mason, el mocoso que va creciendo sin necesidad de rótulos explicativos, se transforma de repente en un cuerpo celeste que avanza inexorablemente por la inmensidad del universo. Su trayectoria irá sufriendo cambios sólo por la interacción con la órbita de otros cuerpos... y la vida, que a efectos prácticos arranca en la infancia, rara vez había sido tan bien capturada. En casi tres horas de metraje, los diálogos marca de la casa vuelven a rendir a máxima potencia, y aun así nunca aparece la frase lapidaria o la sentencia definitiva. Linklater (con su naturalidad, gracia, ocurrencia y espontaneidad habituales), una vez más, no pretende aleccionar, sino documentar (a través de la ficción, sí, pero el propósito no cambia en ningún momento). Lo hace con plena conciencia de época(s), fijándose en los detalles identificativos para resaltar lo que permanece (es decir, lo que realmente importa), y sin olvidar que, primero, no hay nada más confuso que el presente, y que, segundo, no se trata de la edad, sino de las actitudes y de las inquietudes. Infinitas gracias por el recordatorio. Cambiando radicalmente de tono, Park City at Midnight ha vuelto a sorprender con The Babadook, cuento de terror sobre una madre viuda que tiene que hacer frente a algo que, ciertamente, puede llegar a ser escalofriante: la infancia. Y es que su hijo de siete años (nacido el mismo día en que murió su padre) muestra un comportamiento cada vez más violento debido a una extraña presencia que parece haberse instalado en la casa. Jennifer Kent, la directora de la cinta, se presentó en el año 2005 con el cortometraje 27
  • 28. Monster, pequeño anticipo del largo que ahora nos concierne. En aquella pequeña pieza, la cineasta ya daba señales de su potencial y ahora, todas aquellas vibraciones se han confirmado. De atmósfera recargadamente tétrica, The Babadook supone el nacimiento de un talento que parece estar ya consagrado. Kent sueña con Méliès, con Wiene y concibe una criatura de nombre perfecto. Montada sobre ella, explora -y explota- el terror en todas sus facetas: el moderno, el clásico, el violento, el psicológico, el sutil, el primario, el racional y el irracional. La película, como le pedíamos, da miedo (más que asustar), pero es que además es espeluznantemente lista. Más allá de revivir en la audiencia manías tan desesperantes como la de comprobar cada rincón oscuro antes de ir a dormir, o la de asegurarse que la manta (es decir, el escudo más potente jamás creado) nos cubra todo el cuerpo, ‘The Babadook’ convierte al propio género en el verdadero monstruo, y este, a su vez, se transforma en el agujero negro perfecto. La maternidad, la soledad, la pena, la locura, el duelo y obviamente la infancia, todo pasa por ahí. Y da la sensación de que ninguno de estos temas vaya a entenderse sin la presencia amenazante del hombre del saco. Genial. En la misma línea terrorífica, aunque no tanto, entran en escena cuatro vampiros. Uno cuenta su edad en milenios, los demás en siglos. De procedencia, gustos y hábitos radicalmente diferentes, lo único que les une es un lugar (son compañeros de piso en la Nueva Zelanda contemporánea) y un objetivo: el que el público se reencuentre con el niño -gamberro- que reside en su interior. What We Do in the Shadows (es decir, “Lo que hacemos en las sombras”) es un falso documental dirigido (y escrito, y protagonizado) por Taika Cohen y Jemaine Clement, dos de los principales artífices de la serie de culto Flight of the Conchords. Como sucediera en la pequeña pantalla, el mockumentary se presenta como el vehículo ideal para burlarse del objeto de estudio sin perder el respeto hacia él. Como si se tratara de la versión austral de la estupenda Vampires, de Vincent Lanoo, el cachondeo adquiere más cuota de pantalla, perdiéndose así en sutilidad pero ganándose en carcajadas. Lo mejor, más allá de la más que aceptable ratio de gags acertados, es que la identidad del (sub)género vampírico sublima con una pureza altísima. A lo largo de una hora y media que pasa volando. Tal y como pasaba con los profesores favoritos de nuestra infancia: en sus clases nos reíamos y ni por asomo se nos ocurría comprobar cuánto faltaba para que sonase el timbre. Cuando éste finalmente lo hacía, volvíamos a casa con unas agujetas terribles... y con muchísimo más conocimiento en el coco. El ciclo express dedicado a la infancia lo ha cerrado, en cierto modo, Lynn Shelton, quien definitivamente ha dejado el mumblecore en el baúl de los recuerdos. En Laggies, Keira Knightley recibe la proposición de matrimonio por parte de Mark Webber (el actor) y a partir de ahí en su cerebro se dispara una reacción en cadena que le hará querer refugiarse en el único bunker realmente inaccesible. En otras palabras, aquella etapa vital en la que nadie nos exigía responsabilidad alguna. Shelton se sube al carro del mainstream para esta comedia romántica en la que, intérpretes aparte, nada es especialmente reseñable / memorable. Aun así, se ve en todo momento con el agrado suficiente como para no desconectar de lo que se nos está contando. La clave: la ligereza no-discordante con el verdadero telón de fondo, es decir, el terremoto implícito en cada relación sentimental. Denso donde los haya, cierto, pero no necesariamente indigesto. Voilà. 28
  • 29. In memoriam En Sundance, como en todo buen festival, hay espacio para la cinefilia. Para tomarnos un respiro del orden del día y librarnos del todo (por si no lo estábamos haciendo ya) al eterno vicio y/o pasión cinematográfica. En este aspecto, pocos han debido haber que se hayan volcado con tanta devoción como Roger Ebert, quien nos dejó el año pasado a la edad de 71 años. Life Itself es el documental que rinde homenaje a este incansable amante del séptimo arte. Steve James, el director (y amigo de la estrella de la función) toma como referencia la propia autobiografía de Ebert para estructurar una película que renuncia a lo ilustrativo par quedarse en la sonrisa nostálgica. Cineastas de la talla de Martin Scorsese, Werner Herzog o Errol Morris se plantan delante de la cámara para recrearse en las luces de la vida y obra del famoso crítico cinematográfico. El tono bonachón imprimido por James remata la faena: he aquí el recuerdo que los amigos, los rivales y hasta el propio Ebert se merecían. 29
  • 30. [Crónica Sundance 2014] La (in)soportable levedad del ego (http://cinemania.es/actualidad/noticias/20370/-cronica-sundance-2014-la-insoportable-levedad-del-ego) Llegados al ecuador de su 30ª edición, el Festival de Sundance entabla debate esquizofrénico entre el YO y el NADIE. Los representantes de las dos facciones, se lucen. Por VÍCTOR ESQUIROL “Pues ya lo ves... ¡Así está Kurt Russell!”; “Ya te digo... el tío está cascadísimo.”; “¿Sabías que su padre tenía un equipo de baseball y que le hizo jugar en él?”; “¿En serio?”; “Te lo juro.”; “Bueno, ¿y a quién más has visto hoy?”; “A nadie más, tío. Esto está muertísimo.”; “¿Sí? Pues mira, precisamente por ahí va uno del séquito de la Lohan.”; “Espera, ¿Lindsay Lohan?”; “Sí.”; “¿¡Lindsay Lohan está en Sundance!?”; “Claro, pensaba que ya lo sabí...” Ni te da tiempo a terminar la frase. Ya no se respeta nada. El chupóptero que trabaja para TMZ ha cogido su cámara telescópica y te acaba de dejar con la palabra en la boca, colgado, solo. Muriéndote de frío en el párking dónde se supone que alguien (¡quien sea!) va a venir a recogerte. Y todo esto, ¿por qué? Por la llamada del ego, una de las pocas cosas en las que las celebrities van sobradas. Por culpa del maldito ego no hay manera de poner el freno de lengua y una rueda de prensa se te puede ir de las manos (por cierto, el primer volumen de Nymphomaniac ha acabado siendo la sesión sorpresa este año en Sundance). El ego es el diminuto demonio que se posa en tu hombro y te reta a hacer las peores estupideces... sólo para ver cómo haces el ridículo ante todos los paparazzi que, por supuesto, estaban esperando tu gran momento. 30
  • 31. Con ego (y mucho) se ha levantado hoy el sol en Park City. Los tablones del escenario del Eccles (que es por donde se pasean, en sesión matutina, los peces gordos) casi revientan. No por acumulación de personas, sino porque las tres que se encontraban ante la audiencia se acababan de marcar un banquete antológico de ellos mismos. Con ustedes, Michael Winterbottom, Steve Coogan, y Rob Brydon. Como ya sucediera hace cuatro años con The Trip, porque de hecho, de lo que se trata aquí es de repetir la experiencia. ¿Por qué? Primero, porque en la primera se lo pasaron teta. Segundo, porque no tienen que darle explicaciones a nadie. De hecho, The Trip to Italy tiene como punto de partida la excusa más rancia que se pueda imaginar. Es la gracia. Los preparativos se ventilan en menos de un minuto, y el juego (que tiene en el ombligo su centro de gravedad), desde la primera escena, vuelve a estar en marcha. La pregunta, como en la anterior ocasión, es la de saber si hay alguien más invitado aparte de las tres estrellas. La respuesta está en cada espectador, porque la película poco o nada hace en materia de concesiones. Es la gracia, también. Todo igual, pues, bajo el sol del Piemonte, y de Roma, y de la Costa Amalfitana. Coogan y Brydon, en descarado “as themselves” (y en estado de gracia) se pegan de nuevo la vida padre en esta conjunción casi perfecta entre buddy y road movie. Sentada(s) la(s) base(s) toca empezar a levantar el edificio, que se sustenta, cómo no, en dos pilares. ¿Es una guía turística de altísimo standing (por mucho que a los protagonistas les dé por repetir que lo suyo es la vida “sencilla”)? ¿Es una gira humorística en la que priman las imitaciones de primer nivel (cómo no, Michael Cane y Sean Connery vuelven a pasar por el aro)? También. Y así, Michael Winterbottom, que también interviene, da una lección magistral sobre cómo alargar una broma. 115 minutos (220 si contamos desde The Trip), y sigue habiendo motivos para reír. También para salivar de lo lindo con cada plato que se zampan estos dos vividores... y también para maravillarse, por enésima vez, con algunas de las vistas más fantásticas que pueden encontrarse en Italia. El prolífico director británico se decide a rodar de manera deliciosa, a que fluya la química entre sus personajes y sí, a dialogar también, con toda la cara dura del mundo, con el público (es la gracia, como era de esperar de uno de los genios de la posmodernidad), tanto, que el fallo en la proyección que durante más de diez minutos habría podido provocar más de un ataque epiléptico en el patio de butacas, ha sido tomado, por la amplia mayoría, como un gag más del repertorio. Cosas del ego... y de la genialidad. Por si la sala no se había quedado lo suficiente pequeña, el programa doble de documentales ha seguido estrechando el espacio. Ni en el Palais de Cannes -y ya es decir- se habría podido respirar. Y es que del Reino Unido nos llega también 20.000 Days on Earth, que empieza con Nick Cave, ni más menos, hablando de sí mismo: “Puedo controlar la meteorología con mi humor... lo que pasa es que no puedo controlar mi humor.” No apto para claustrofóbicos. Los veinte mil días de los que nos habla el título hacen referencia, como puede deducirse con total facilidad, a la edad de la estrella. La cuenta sigue en marcha. Un día más (resumido en poco más de hora y media de metraje), que es el que vamos a pasar junto a este artista todoterreno. 31
  • 32. Los directores Iain Forsyth y Jane Pollard hacen un excelente uso de la técnica cinematográfica (máxima explotación, sin hacerse pesada, de factores tan fundamentales como la fotografía, la banda sonora o los saltos narrativos) para que nos olvidemos por completo de la barrera que separa la ficción de la realidad, así como de la encargada de distinguir la entrevista del psicoanálisis. 20.000 Days on Earth tiene mucho más de lo segundo, consiguiéndose así una inmersión casi total en la mente de este galán con apariencia de cavernícola; de este artista (en mayúsculas) sumido, desde hace mucho tiempo, en un desbocado proceso de creatividad desencadenada, con tal de conseguir lo que a una tal Nina Simone se le daba tan bien: conseguir, en cada actuación, transformar a la audiencia... y a ella misma. Pasado a una pantalla de cine, esto sólo se puede traducir en mostrar aquello que los ojos no pueden llegar a ver. Forsyth, Pollard y, desde luego, Cave lo consiguen, en lo que sin duda es una experiencia artística (en mayúsculas, también) única. De apariencia mucho más mundanal, The Battered Bastards of Baseball llega con la intención de contarnos, efectivamente, una historieta de este deporte que tanta incomprensión / repelús ha encontrado siempre en nuestro territorio. Década de los 70, el veterano actor Bing Russell (exacto, padre de Kurt... por lo visto la sanguijuela aquella no mentía), muy de vuelta de Hollywood y de la “caja tonta” (donde encarnó al sheriff de Bonanza y donde se convirtió también en uno de los intérpretes con menor esperanza de vida en pantalla), decidió fundar en Portland el único equipo independiente de la Federación Oeste del susodicho deporte. Lo que empezó siendo un circo que funcionaba a las mil maravillas como hazmerreír de la prensa y de las principales franquicias, no tardó en convertirse en la gran revelación que pasaría despertar las envidias más bajas entre sus rivales. David contra Goliat, o para no movernos del caso, Bing Russell, su troupe (y el ego de todos) contra el establishment. Los debutantes Chapman Way y Maclain Way nos cuentan una historia de cine (literalmente, en el equipo no sólo estaba en clan Russell, sino también el mismísimo Todd Field). Una Gran Reserva que debería ser de consumo obligatorio tanto para los amantes del baseball como del deporte en general. Al igual que en Moneyball (aunque con intenciones diferentes), queda patente que, como el dios en el que hemos convertido cada juego en el que intervenga una pelotita, todo lo que éste nos da, éste mismo nos los quita... para, quizás, más adelante, devolvérnoslo. Y así hasta el infinito. Con una conciencia casi perfecta de la historia narrada, así como de lo inspirador, entrañable y épico (genial banda sonora), The Battered Bastards of Baseball, del mismo modo en que lo hizo el imprescindible documental La extraordinaria historia del New York Cosmos, trasciende las apariencias para hablarnos de algo más profundo. De una época, de una nación y de su gente... así como de aquello que se mueve en nuestro interior cada vez que el -maldito- esférico llega allá donde toda la grada espera. Heil Five! Antes de que mi ego y yo nos vayamos a dormir, y para distender un poco el ambiente, nada mejor que juntarse con gamberros. Con aquellos golfos especialistas en competir en aquello de ver quién la hace más gorda. No por autosatisfacción, sino por el tan conocido placer der 32
  • 33. ver arder el mundo. Wetlands es pura provocación, tanto que empieza con un cartel en el que se lee que la novela en la que se basa dicha película, jamás debería adaptarse al cine, y que lo que estamos a punto de ver no es más que un asqueroso compendio de unos tiempos -los nuestros- vulgares. Helen siente un profundo desprecio por la higiene personal, una terrible curiosidad para saber qué verdura le va a dar un mayor orgasmo, y un cariño sin mesura por sus hemorroides. Es como si Irvine Welsh y Chuck Palahniuk se hubieran violado mutuamente y de tal espectáculo hubiera surgido una adorable criaturita que reprodujera, muy puerilmente, las virtudes de sus progenitores. El director David Wnendt nos lleva por una trepidante montaña rusa de la guarrería que poco tiene que envidiar a hitos de lo asqueroso como podría ser, por ejemplo, el legendario vídeo de “2 Girls 1 Cup”. Manda la náusea, pero sobre todo las risas, gracias al encanto desbordante de la protagonista Carla Juri, y al desternillante aprovechamiento de la -asquerosa- espiral nihilista provocada. Mientras el espiral gira con fuerza, la película se traduce en la más pringosa / maloliente / desagradable y hasta estilosa de las gozadas. Última parada de esta jornada capicúa. Empezamos con una segunda parte y terminamos, también, con una secuela. Dead Snow: Red vs. Dead da respuesta al enigma que durante los últimos cinco años ha estado acechando a la humanidad: ¿Qué puede ser mejor que una película con zombies nazis? Respuesta: Una película de zombies nazis luchando a muerte contra zombies comunistas. Genial. Retomando la acción justo dónde la había dejado la notable primera entrega, Tommy Wirkola se recompone de su horrible desembarco en suelo estadounidense volviendo a su Noruega natal... sin olvidarse de mantener líneas abiertas, eso sí, con su nuevo país de acogida. De lo que se trata aquí es de explotar (hasta que la máquina, efectivamente, explote) la fórmula del más y mejor. Es por esto que Dead Snow: Red vs. Dead puede reivindicarse como una de esas honrosísimas excepciones que confirman la falsedad aquella de que “Segundas partes nunca fueron buenas.”, porque lleva al límite el subgénero de los muertos vivientes, así como todo los que estos implican. A abrir en canal todos los tabús se ha dicho. Wirkola no se corta un pelo y filma con talento (atentos al homenaje a la pelea entre Uma Thurman y Daryl Hannah en Kill Bill Vol. 2) la que es, desde ya, la nueva cima a superar del splastick. Pocas (poquísimas) veces el gore se había presentado tan creativo, salvaje, vandálico y divertido. 33
  • 34. [Crónica Sundance 2014] Descargando tensión (http://cinemania.es/actualidad/noticias/20404/-cronica-sundance-2014-descargandotension) Con el agotamiento haciendo mella en los pocos asiduos que siguen rondando por Sundance, se entiende que los nervios de la parroquia estén destrozados y que, de algún modo, pidan que el cine les dé lo que el Código Penal les prohíbe en el mudo real. Por VÍCTOR ESQUIROL Sientes que vas a explotar en cualquier momento. Vas calentando los nudillos, por si acaso, mientras notas cómo las venas de la sien se te están hinchando más que los presupuestos en obra pública en nuestro querido país. “¿Señor? ¿Se encuentra bien? Le veo un poco rojo... ¿le ha dado una insolación?”, a lo que respondes, sin pensártelo, “¿Una insolación? ¿En Utah? NO. Es que no consigo quitarme la maldita canción esa de Lady Gaga.”, a lo que te contesta, “Bueno, en este caso creo que debería tener un poco más de consideración. Creo que su actitud no es la más adecuada ahora mismo”. Sin quererlo ni pedirlo, la escena se ha puesto –muy– tensa. No lo entiendes, así que te retiras elegantemente al rincón de pensar, donde, pasados unos pocos minutos, te das cuenta del error fatal que acabas de cometer. Recuerdas antes que, si algo tiene el pueblo estadounidense, es esa gracia para combinar, como ningún otro, la capacidad para explotar (en todos los sentidos) con la de recompensar. Lo mismo que darle golpecitos amistosos a la espalda al mismo desgraciado al que has estado fustigando hasta casi matarle. Los voluntarios que impiden, día tras día, que este festival se vaya al garete, llevan un llamativo chaleco de color azul que aparte de protegerles del frío invernal, debe taparles también las heridas de los latigazos que han estado sufriendo durante estos días. Lo suyo es sacrificio puro y 34
  • 35. duro. Amor al arte y a los plastas que acudimos a ellos para que nos ayuden en absolutamente... todo. Y siempre con una sonrisa de oreja a oreja. Con razón se han ganado una jornada dedicada a ellos. En Sundance, El Día del Voluntario es como cualquier otro, la única diferencia es que cada proyección viene precedida por un simpático video en el que se agradece la labor de dicho colectivo. Este año, a alguien se le encendió la bombilla y descubrió que las cuatro últimas letras de dicho certamen le llevaban directamente a un famoso hit de Lady Gaga. Habemus concepto: “Sin la dedicación de nuestros voluntarios, no habría SunDANCE” Y a partir de ahí, todos (incluidos Sam Rockwell y Glenn Close) se ponen a bailar como si les fuera la vida en ello. La primera vez hace gracia, la segunda no tanta... la quinta produce los síntomas descritos al principio de este nuevo capítulo. Vas a explotar, y necesitas descargar tensión como sea. No sólo tú, sino también todos los demás asistentes a una de las sesiones más esperadas del festival. Se nota en el ambiente cuando, precisamente uno de los voluntarios, anuncia que la siguiente película que vamos a ver es The Raid 2. “HELL YEAH!”, se oye al fondo de todo, y los de la prensa e industria estallamos en el primer aplauso de la noche... antes siquiera de que haya empezado la película en cuestión. Dos horas y media después de este estallido de euforia, se produce el que quizás estaba más cantado: la ovación de despedida durante el desfile de los títulos de crédito finales. Entre éste momento y el otro, se han ido sucediendo muchos más chispazos. Fruto de la más bestial descarga de las tensiones que se nos podría haber ofrecido, cierto, pero también por ver cumplida una de las promesas más gordas que nos había hecho el cine en los últimos años. Esto es, coger uno de los trabajos más apabullantes jamás vistos en el cine de acción, y llevarlo más allá. ¿La película “de artes marciales” más ambiciosa de la historia? Posiblemente. The Raid 2 retoma la acción justo donde la dejó su antecesora, y a pesar de esto, luce en todo momento una sorprendente autonomía. Al fin y al cabo, las intenciones de Gareth Evans con esta atípica secuela van mucho más allá de la -mínima- historia iniciada hace dos años. Se trata de llevar al género donde nunca antes había osado llegar. El exceso se apodera del producto, siendo esto tanto su mayor virtud como el peor (aunque ni mucho menos condenatorio) de sus defectos. A medio camino entre El padrino, Promesas del este y la saga Infernal Affairs (todo esto bañado en un inmenso mar de tortas, claro), la trama de aquella redada original con aires de John Carpenter se complica. Hay entonces más calado dramático; más profundidad en sus personajes principales... aunque a efectos prácticos, lo realmente importante es que la melé se ha hecho mucho más grande. El caos y la furia que alimentan este extenuante espectáculo, también. Cuantos más seamos, mejor. Dicho y hecho, The Raid 2 es pura operística de la leña. Una saturada y prolongada sinfonía dedicada a las infinitas formas con las que se puede romper el cuerpo humano. Una oda a las articulaciones dislocadas, a las extremidades torcidas, al hueso partido y a los nudillos en carne viva. La acción se multiplica, se diversifica (hay luchas, tiroteos, persecuciones de coche...) y se eleva, en constante más-difícil-todavía, a la máxima potencia. Evans, quien una vez más renuncia a la cámara lenta para dar más importancia a lo trepidante de su propuesta, se convierte 35
  • 36. en el tercer luchador con su brillante planificación y ejecución de las coreografías (imprescindible para ello la entregadísima labor de esa invencible bestia parda llamada Iko Uwais), con sus movimientos de cámara imposibles y con su inquebrantable (esto sí) voluntad de hacernos creer que en el cine de género no todo estaba -ni está- inventado. Como el video de Lady Gaga ha vuelto a ser reproducido, toca calmar a la audiencia con otra sesión express de violencia. Ya saben, que se desfoguen viendo películas antes de que salga herido algún pobre voluntario. Killers es el nuevo trabajo de “The Mo Brothers” (es decir, Kimo Stamboel y Timo Tjahjanto), representantes punteros de la emergente cinematografía indonesia (a la franquicia ‘The Raid’ nos remitimos de nuevo). Dos asesinos, uno de la misma nacionalidad que los directores y el otro japonés (aparten a los niños) intercambian por internet los vídeos de sus fechorías, despertándose así una terrible escalada de tensión que de paso va a acercar cada vez más sus destinos. Killers es, de paso, una película que acorta distancias. Es de Indonesia, y también de Japón (en muchos momentos la podría haber dirigido el mismísimo Takashi Miike)... y hasta de Hong Kong (tres cuartos de lo mismo pero con, por ejemplo, Johnnie To). Después del título gore de culto ‘Macabre’ “los Mo” se lucen a la hora de reproducir las claves que determinan la geografía cinematográfica, pero se quedan a medio camino a la hora de consolidarse como cineastas de referencia en el género. Su último trabajo, si bien aguanta elegantemente la vertical durante sus intensas (e in crescendo) dos horas de duración falla (ya sea por falta de músculo o de cerebro) a la hora de darle una solidez continuista al relato, de profundo calado moralista y, aun así, hijo bastardo totalmente atribuible a unos tiempos presentes bañados en sangre. Unas décadas antes en línea temporal, más concretamente entre el otoño y el invierno de 1988, la madre de la joven Kat Connor despareció para no volver a ser vista nunca jamás. Estamos ahora en la América suburbial, tan idílica y colorista como -casisiempre nos la han pintado. Esto sí, el encargado del retrato es alguien que se siente especialmente cómodo en los tonos más oscuros y, por supuesto, violentos. El que fuera uno de los abanderados del New Queer Cinema, Gregg Araki, después de la esperanzadora pero excesivamente reivindicativa Kaboom, prueba suerte de nuevo con la adaptación literaria. La prosa poética de Laura Kasischke se pone en White Bird in a Blizzard al servicio del cineasta californiano para desembocar en un trabajo bien filmado pero no tan bien narrado; impecable sobre el papel pero a la práctica no del todo redondo. La rabia pueril y el enfado con el mundo (en general) tan definitorios del toque Araki aparecen aquí en cantidades contenidas, lo cual abre de nuevo al gran público el arte de este autor imprescindible del “otro cine” americano, pero por el contrario entorpece excesivamente un proceso de cocción que por momentos pierde casi todo su interés. Para salvar la función en los momentos de flojera, aparece al rescate Shailene Woodley en su papel más completo de su breve pero cada vez más impecable carrera, así como los temas más recurrentes en Araki, los cuales (el despertar hormonal, la difícil maduración... la confusión en todo lo anterior), más de veinte años después, siguen teniendo en este eterno rebelde una fuente casi inagotable de puro goce cinéfilo. 36
  • 37. El ciclo de la violencia made in Sundance ha cerrado hoy con el imprescindible Michael Shannon liándose a tiros con unos bandidos de... agua. Young Ones es un sorprendente western futurista firmado por Jake Paltrow, quien en su segundo largometraje construye un inmenso castillo de referencias culturales para crear un universo no obstante propio y, por ello, atractivo. La ciencia-ficción (?) nos habla ahora de cómo el líquido elemento se ha convertido, definitivamente, en el objeto más preciado (por ser el único) para la supervivencia. Haciendo alarde de una muy convincente puesta en escena, así como de una inesperada solidez a la hora de poner la imaginación al servicio del celuloide, Jake Paltrow reflexiona sobre la devastación de la familia en un entorno ciertamente devastado, descubriéndose así como un excelente comprendedor del factor ambiental en el séptimo arte. Ajeno a todas las patadas, disparos, desapariciones y muertes horribles; de hecho, ajeno a todo lo que no sea estrictamente su mundo, encontramos a Mr. X, es decir, al eterno enfant terrible Leos Carax. El documental Mr leos caraX está obviamente dedicado al misterioso y fascinante director detrás de películas como Boy Meets Girl, Mala sangre o la más reciente Holy Motors. El trabajo de la directora Tessa Louise-Salomé confirma en sus carencias (en el apartado de entrevistas, por ejemplo, da la sensación de que muchas piezas no han acudido a la llamada) lo que en cierto modo, ya nos temíamos. La obra y la figura de Leos Carax son tan inabarcables que es técnicamente imposible hacer una película sobre él, aunque siempre puede hacerse una película de gente hablando sobre Monsieur Carax. En este sentido, el documental sirve como excusa perfecta para que los no-iniciados sientan interés por una materia que, efectivamente, requiere de su atención; para los demás, siempre es un placer revisar (y poco más) los pasos, por así llamarlo, de esa fascinante “brisa poética”. 37
  • 38. [Crónica Sundance 2014] Insomnia (http://cinemania.es/actualidad/noticias/20405/-cronica-sundance-2014-insomnio) A falta de poco más de tres días para que termine la 30ª edición del Festival de Sundance, el cansancio acumulado hace mella no sólo en el espectador, sino también en un programa que se ve beneficiado de dichas circunstancias. Por VÍCTOR ESQUIROL Hoy te despiertas por pura intervención divina... o esto parece. Por lo visto, el despertador lleva sonando durante casi cinco minutos, lo cual, por suerte, parece no haber interrumpido el sueño de tus compañeros de pocilga. Acabas de abrir los ojos, te los despejas de legañas y te das cuenta de que algo no cuadra. Una cascada de sudor frío desciende por tu espina dorsal. Te despejas ipso facto y corres hacia la maleta. La abres esperándote la peor de las noticias, pero no, todo parece en orden. Entonces, ¿qué es lo que falla? El “random-guy” que se desmayó en el otro sofá sigue ahí tendido, la televisión sigue encendida y con el volumen a tope. Coges el mando a distancia, apagues el maldito aparato y entonces te das cuenta: hay alguien más en la casa. Alguien cuya voz no logras identificar, pero que sin duda se está dirigiendo a ti: “Hoy te ha costado, eh”; “Perdone, ¿es a mí?”; “¡Pues claro! ¿Ves a alguien más despierto por aquí?”; “... ¿Quién es ud.?”; “¿Tú qué crees? Soy la bandera de los Estados Unidos. No, la de la cocina, no. No... tampoco la del cuarto de baño. Ahora sí, la que está usando la piltrafa esa para no pasar frío”; “... ¿Y qué quiere de mí?”; “Tranquilízate, soy las Barras y Estrellas, si quisiera algo de ti lo hubiera cogido sin pedir permiso, ¿no crees?”; “Touché. ¿Entonces...?”; “Quiero darte un consejo, y 38
  • 39. estate atento, porque sólo pienso decirlo una vez: Ya va siendo hora de que tu cerebro recupere horas de sueño.” Y, ahora sí, te despiertas. Octava jornada de la 30ª edición del Festival de Cine de Sundance. Entre idas y venidas, carreras entre salas y, faltaría más, proyecciones, el tiempo dedicado a depurar las toxinas mentales se ha visto reducido a mínimos históricos, y los sentidos, claro, lo notan. Hay casos históricos, debidamente documentados, que ponen los pelos de punta: hay a quien se le secó el cerebro de tantas novelas de caballería que leyó; a otros les sucede lo mismo con las películas. Al personaje que encarna Ryan Reynolds en The Voices, filme encargado de abrir la nueva sesión festivalera, las neuronas se le apagaron hace mucho tiempo. Enterrado en lo más hondo de su memoria subyace un trauma que le ha impedido llevar una vida normal. ¿O acaso pasaría desapercibido un hombre que habla, literalmente, con sus animales de compañía? Jerry Hickfang, que así se llama el pobre desgraciado, convive con un perro y un gato, y éstos se encargan de hacer realidad, cada vez que charlan con él, aquella fantasía cartoon de la doble conciencia. Sobre su hombre derecho se posa la voz de su querido cánido (según los responsables de la cinta, inspirado en el clásico republicano bonachón), a la izquierda le aguardan los maléficos consejos del felino (cuya voz nos hace pensar en un escocés con pocas ideas buenas rondando por su cabeza). En medio, como se ha dicho, está Jerry, quien acaba de enamorarse perdidamente de la nueva chica de contabilidad de su oficina (la escandalosamente despampanante Gemma Arterton). Marjane Satrapi, co-autora de la sobrevalorada Persépolis y de la injustamente ninguneada Pollo con ciruelas emigra a territorio estadounidense sin su pareja de baile habitual (Vincent Paronnaud), y ahora que todos los focos la apuntan a ella en su búsqueda de la voz propia, los agoreros se frotan las manos... Sin embargo, a la franco-iraní no le tiemblan las piernas, y se atreve con una propuesta compleja, valiente y, por todo esto, arriesgada. ¿O acaso no se requieren agallas para presentar en Utah una burla tan ácida al American Way of Life más tradicional? Gracias a un acertadísimo sentido de la estética, Satrapi parece basarse en la imprescindible serie de “One-Frame-Movies” del fotógrafo Gregory Crewdson para dar vida a esos Estados Unidos de interior, tantas veces soñados / idealizados, y donde parece que el tiempo se haya detenido, para bien. La bolera, el bar, la calle principal con sus pequeños y entrañables comercios, la fábrica cuyas chimeneas siguen emanando humo... las piezas están perfectamente colocadas, y parece que todas siguen en perfecto estado. Pero The Voices, y ahí viene lo importante, es un perverso juego de –falsas– apariencias. Todo lo que nos muestra Satrapi procede directamente de los ojos enfermos de un tipo cuyos mejores consejeros son su perro y su gato. A partir de ahí, el experimento va mudando de piel. Una y otra vez. Simplemente amena (y algo errática) cuando se fija en la anécdota y verdaderamente interesante cuando decide ir de cara, es decir, cuando es capaz de ir más allá de su propio planteamiento, para ponerse a lanzar a puñales. Es entonces cuando la comedia, negrísima donde las haya, adquiere tintes de drama desgarrador, no sólo por parte de un personaje condenado, sino también de un colectivo igualmente obsesionado con afrontar sus problemas bunkerizándose en la 39
  • 40. más ridícula de las falsedades, llámese esto nostalgia, religión (estupendos títulos de crédito finales) o, directamente, demencia compartida. En la siguiente historia, Dane DeHaan asiste al funeral de su novia. Al día siguiente, y cuando todavía está lidiando con el dolor de la pérdida, ve a su difunta media naranja rondando, tan tranquilamente, por casa de sus padres. Al pobre chico no es que le falten horas de sueño, sino que, sin saberlo él, está a punto de descubrir que los zombies sean quizás algo más que un actualmente renovado icono de la cultura pop. Life After Beth es “La vida después de Beth”, en la que fallecida Aubrey Plaza (cuando no podíamos enamorarnos más de ella, se pone en la putrefacta piel de un zombie y...) vuelve de entre los muertos para probar suerte en la no-vida. El debut de Jeff Baena es, directamente, una de las películas del subgénero más acertadas de los últimos años. En ella, los zombies van degenerándose (física y mentalmente) poco a poco, sufren ataques de ira de lo más incomprensibles y calman sus instintos animales escuchando smooth jazz. Entre lo absurdo y la lógica más desternillantemente contundente, lo que al principio apunta a la Frankenweenie de los muertos vivientes (esto es, el retorno macabramente inesperado del ser querido), coquetea demasiado con los esquemas de la comedia más convencional, pero de repente se convierte en una avalancha de sorpresas agradables o, para ser más concretos, en una conjunción casi perfecta de géneros. Funciona de maravilla como drama / comedia romántica, como cinta de terror (y su consiguiente parodia) y como filme apocalíptico a diminuta escala. Para seguir ampliando la cuenta de sorpresas agradables en esta jornada insomne, nos topamos con dos geeks que trasnochan delante de su pantalla de ordenador. Por vicio, claro, pero también por la misión que se han encomendado a ellos mismos. Sin cejar en su empeño, persiguen por todo Estados Unidos el rastro de un hacker que les ha dejado con el culo al aire. A medida que van estrechando el cerco, la relación entre ellos, cada vez más desgastada, parecerá tener como único refugio un pasado exageradamente idealizado, y por ello, seguramente ficticio. Lo que distingue lo real de lo demencialmente increíble estalla sin previo aviso ante nuestros ojos. El thriller informático adquiere violentas pinceladas terror, y en pocos minutos muta en paranoica ciencia-ficción. El virtuoso William Eubank parece haber encontrado en The Signal (su segundo largometraje) el punto de control ideal a su potencia visual. Una vez superada la empanada autocomplaciente de ‘Love’ (su interesante pero también algo desesperante ópera prima), su siguiente trabajo supone el ennoblecimiento definitivo del espíritu videoclipero en el cine. Pura estética con sentido de ser; puro chute de energía para unas imágenes sorprendentes que nos transmiten la que sin lugar a dudas es la mejor noticia del día: al indie le quedan ya poquísimas barreras por derribar. Como si de una versión un poco más pulcra de Neil Blomkamp se tratase, Eubank se ríe de los impedimentos (?) presupuestarios y concibe un espectáculo alucinado y alucinante en el que todo es posible. Su poder de creación podría ser el de un génesis freak desbocado... y el de destrucción, el del apocalipsis dispuesto a desencadenarse en el interior de cada joven talento que lucha, con uñas y dientes, para que se le haga el caso que merece. Misión cumplida. Alejada de las ambiciones de sus compañeros de parrilla, la argentina Natalia Smirnoff demuestra que lo suyo es un cine mucho más pequeño, aunque no por ello peor. La 40
  • 41. acción de El cerrajero se da durante la “época del humo”, es decir, en abril de 2008, cuando la ciudad de Buenos Aires fue cubierta por una capa de humo de intenso olor y de procedencia misteriosa. La excusa ambiental es usada por la directora argentina con tal de dotar su producto de ese tan característico realismo mágico. La rutina de un cerrajero bonaerense se ve interrumpida con el anuncio del embarazo de una “amiga” y con la descubierta de un poder sobrenatural: descubrir todas las miserias de sus clientes con sólo echarle un vistazo al cerrojo de la puerta de su hogar. Dosis mínimas (pero más que suficientes) tanto del “día-a-día” como de las consecuencias de lo extraordinario, y el discreto encanto de la cinta sale a relucir, poco a poco, tanto en el dibujo de personajes, como en las relaciones entre ellos, como en la composición del actor protagonista Esteban Lamothe, silenciosamente grande en su pétrea sinceridad. 41
  • 42. [Crónica Sundance 2014] Esperar juntos; visionar solos (http://cinemania.es/actualidad/noticias/20407/-cronica-sundance-2014-esperar-juntosvisionar-solos) La organización ha desatado las hostilidades entre los representantes de la prensa al dar por finalizados los pases especialmente concebidos para ellos. Toca buscarse la vida con o sin las amistades perdidas. Por VÍCTOR ESQUIROL “Y hasta aquí hemos llegado. Un placer conocerle y haberle servido en todo lo que estuviera en mi mano.”; “¿Tan pronto nos despedimos? ¡Pero si todavía quedan tres días de festival!”; “A mí que registren... sólo soy un voluntario. Además, me ha llegado que era usted el que resoplaba con el video de Lady Gaga.”; “Sí, pero...”. Pero nada. Se acabó, y punto. Los miembros acreditados de la prensa y la industria nos hemos quedado, de un día para otro, sin pases exclusivos. Nada que no estuviera previsto en el programa designado por la organización del festival, quien a buen seguro debía dar por asumido que a estas alturas ya habríamos visto todo lo que merecía ser visto. El caso es que siempre hay alumnos que se dejan algunos deberes para el último día. “No hagas hoy lo que puedas hacer mañana". Y con el problema del trabajo acumulado nos topamos. A partir de ahí, las enseñanzas de Perdidos entran una vez más en nuestra vida. En la Isla, los había que defendían el “Vivir juntos; morir solos” y lo que por el contrario se posicionaban a favor del “Cada hombre por su cuenta”. En Park City hasta hoy reinaba lo primero. El buen rollo. Nos cedíamos, los unos a los otros, el sitio en las colas de espera: “Por favor, ha llegado usted antes”; “¡Ni hablar! He visto cómo estaba usted 42
  • 43. primero. ¡Insisto!” Sonrisas, reverencias y bromas de complicidad... hasta que nos quedamos sin privilegios, y si te he visto, no me acuerdo: “¡Ni te acerques a mi sitio, completo desconocido!”. Como con Suzanne Collins, resulta que las alianzas que habías ibo cosechando durante todos estos días han servido sólo para tener más cerca al pardillo al que le vas a clavar la puñalada trapera. Con lo bien que parecíamos llevarnos... y con lo bien que nos habría ido la compañía al menos en la primera película de esta jornada. I Origins es el esperado segundo largometraje de Mike Cahill, director que en su debut titulado Another Earth nos demostró, efectivamente, que el cine es sobre todo una experiencia hecha para ser compartida. Para ser desmenuzada, diseccionada, analizada... comentada en familia. Donde no llegue mi intelecto (con respecto al de Mr. Cahill, se entiende) llegará el mío sumado al de mi amigo. Y donde no lleguen las teorías de ambos, lo harán las nuestras sumadas al de que aquel otro conocido que también ha visto la película. Con esta sensación te dejaba aquella imperfecta y aun así estimulante película en la que se descubría la existencia de un planeta idéntico al nuestro. Las posibilidades, dentro de la sinopsis, eran casi infinitas; las interpretaciones (las nuestras, claro) que surgían después del visionado, también. Está por ver si, después de habernos peleado un poco los unos con los otros, de haber trazado nuevos pactos a ultimísima hora y de haber trampeado con los sistemas de seguridad de los cines de Park City, vamos a tener la mente debidamente preparada para el reto que se le viene encima. Sin más tiempo para la especulación y los codazos, empieza por fin I Origins, y lo hace de la manera que preveíamos. Mike Cahill, que ahora está solo en las tareas de guionista, cede al estilo (en su acepción más o menos vacía) el protagonismo a la hora de proceder con las presentaciones. Un científico (Michael Pitt) con una algo inquietante fijación por los ojos conoce en una fiesta a una extraña enmascarada (la catalana Àstrid Bergès-Frisbey) de la que se enamorará perdidamente. Antes, por cierto, nos ha pedido que prestemos atención a unos globos oculares que podrían cambiar el destino de toda la humanidad. No es para menos, pues los ojos (sobre todo los humanos) son directamente como el universo. Todo cabe en ellos: todas las formas y colores imaginables, todas las identidades únicas y, quizás por todo esto, todas las vidas habidas y por haber. ¿Se entiende? ¿No? Que no cunda el pánico, la verdad es que no importa demasiado. Al menos durante la primera mitad del filme, en que la ciencia, como era de esperar, no es el objetivo, sino la vía para llegar a algo de alcance / comprensión mucho más, precisamente, universal. La primera hora de I Origins desconcierta en el mal sentido: los mecanismos del cine romántico más previsible toman las riendas: chico conoce a chica; la pierde de vista pero la vuelve a recuperar (nada de spoilers, palabra) gracias a una imposible alineación de astros. El mundo entero parece depender de los dos tortolitos, y el espectador, haya acudido acompañado o solo a la cita, va comprendiendo que lo que está viendo, por muy misticismo con el que se haya querido recubrir, es exactamente lo que parece. La fachada como único elemento del edificio... ... Hasta que el personaje de Brit Marling (quién si no) toma protagonismo y se rompe el continuo espacio-tiempo. El factor científico, usado hasta el momento como mera cháchara de cara a la galería, muta en ciencia-ficción, usada ahora como motor espiritual del producto. De la paja (mental, también) al alma. Hasta la primera parte 43
  • 44. del filme parece recobrar sentido. Una serie de giros argumentales propician un cambio radical en las preferencias de Cahill, y en estas nuevas, el cineasta de New Haven, saca el mejor partido de su cine. De nuevo, se establece un interrogatorio (cuyo tema principal no es otro que la fe, casi nada) entre artista y receptor. El primero suministra con pasión contagiosa las herramientas y las pistas; el segundo las usa como mejor se adecuen a su estado de ánimo que, por supuesto, en parte viene determinado por lo que está viendo. Y la experiencia fílmica vuelve a compartirse, quizás no con el de al lado, pero sin duda con lo de enfrente, cerrándose así un círculo casi perfecto. Antes de retomar la Competición toca pararse en Next, donde aparte de aguardar -avancémoslo ya- una de las sorpresas más agradables de este 30º Sundance (y a juzgar por la recepción en el Marc Theatre, firme candidata a la hora de alzarse con el Premio del Público), lo hace también la certeza de que, a la hora de caminar por este paisaje al que llamamos “vida”, no hay nada mejor que una buena compañía. La voz del santurrón Jack Shephard vuelve a resonar en el coco: “Si no vivimos juntos... vamos a morir solos”. Me cago en la conciencia... En Land Ho!, dos ex-cuñados muy entraditos en edad (presentados por dos directores aparentemente tan dispares como Aaron Katz y Martha Stephens) se reúnen después de mucho tiempo para ponerse al día. Lo que pasa es que uno de ellos considera que no hay mejor lugar / momento para ello que un viaje a Islandia, esa isla de la que van a descubrir que no estaba tan devastada como habían querido creer. Cuando estábamos acabando de reponernos de la winterbottomada de The Trip to Italy, aparece este último garbeo (?) en versión nórdica, sólo que en esta ocasión el protagonismo no está al otro lado de la cámara, sino delante de ella, donde dos personajes ficticios adquieren con asombrosa categoría de “reales-como-la-vidamisma.” Estamos pues mucho más cerca del Entre copas de Alexander Payne. Entre Paul Eenhoorn y Earl Lynn Nelson se establece una química sólo quebrantable por alguna que otra bronca ocasional... que no hará sino reforzar el vínculo que les une. Los diálogos, situaciones y pruebas a las que se verán sometidos fluyen con una naturalidad, y con un aprovechamiento del entorno que consigue que, en más de una ocasión, nos olvidemos de que estamos viendo una película. Porque más que una buddy movie, estamos ante lo que es un -merecidísimo- homenaje a una etapa vital; a un invierno mucho más cálido y agradable de lo que nos habían querido vender. El trono de productor ejecutivo en esta pequeña gema indie lo ocupa, por cierto, el divertido, tierno y marcianito David Gordon Green... y todo cobra aun más sentido. Desde luego mucho más que Jamie Marks is Dead, nuevo trabajo de uno de los protegidos del Instituto Sundance. Carter Smith deja atrás el -buen- recuerdo (por así llmarlo) de la ya casi olvidada Las ruinas, pasando del terror más cafre (pertenece a aquella película uno de los grandes logros, en forma de angustiosa amputación, de la historia del gore) al más sugerente. Esta adaptación del texto original de Christopher Barzak, nos lleva, una vez más en este Sundance, a la América interior que, esta vez sí, prescinde de imposturas y se muestra como lo que seguramente es: un violento atolladero levantado sobre los cadáveres de las víctimas de las que nadie quiere oír ni media palabra. La película empieza haciendo justicia a su título. El cuerpo inerte de Jamie Marks, un alumno de instituto víctima del acoso escolar, es encontrado en las afueras de su pueblo natal. No es un relato negro, o tal vez sí. Tampoco es una teenage movie, ¿o...? Lo que 44
  • 45. sí es seguro es que tiene el tratamiento de un cuento de fantasmas que tampoco acaba de manifestarse como sugiera su naturaleza más obvia. Los esquemas que dicta el manual son dejados de lado para concebir una extraña obra de arte dotada de una lógica única... tanto que a veces cuesta demasiado entrar en su juego. Para entendernos, no es terror porque no pretende serlo... y porque a veces el resultado final es ridículamente desconcertante. Es, seguro, la demostración de que a día de hoy, siguen existiendo caminos alternativos para llegar a los sitios que creemos (y sólo creemos) conocer. Por último, la parada obligatoria en el reino de la no-ficción la encontramos en The Internet’s Own Boy: The Story of Aaron Swartz. El documentalista Brian Knappenberger sigue ahondado en su propio retrato de la red de redes, sólo para darnos cuenta de la magnitud casi inabarcable del monstruo, lo cual es sin duda uno de los objetivos de esta película que podría haberse titulado también Aaron Swartz is Dead, o incluso ¿Quién mató a Aaron Swartz? La fugaz pero intensísima vida de uno de los cofundadores de Reddit (así como uno de los mayores defensores de la propiedad intelectual de dominio público) es desmenuzada a lo largo de poco más de hora y media (y con un plan de viaje poco innovador pero efectivo), primero para comprender el fondo humano del protagonista, y después (y ahí viene lo interesante), para que nos horripilemos, no del gobierno que llevó al chaval literalmente al límite, sino de unos tiempos ofuscados por su propia codicia y, peor aún, estupidez. Es, al menos sobre el papel, uno de los capítulos más imprescindibles de la también imprescindible historia de internet, reflejo aterrador e híper-preciso de las luces y sombras de nuestra era. 45
  • 46. [Crónica Sundance 2014] Baquetas arriba, último redoble y... (http://cinemania.es/noticias-de-cine/-cronica-sundance-2014-baquetas-arriba-ultimoredoble-y) La 30ª de Sundance llega a su fin con la entrega de premios de rigor, en la que se confirma la eclosión de dos talentos sobrados de ambición. Damien Chazelle y Cutter Hodierne no sólo se llevan los galardones a la Mejor Película y Dirección respectivamente, sino que marcan la tendencia a seguir del indie ’14. Por VÍCTOR ESQUIROL Un, dos; un, dos, tres, y... “¡ALTO!”. Así de rápido y, cruelmente, podría definirse, si nos ponemos puntillosos, la 30ª edición del Festival de Sundance. A través de un shock; de un golpe que nos alcanzó -mucho- antes de lo que esperábamos. Hablamos de una edición que, a juzgar por su palmarés (ahí empieza y prácticamente termina el análisis de cada festival), no tuvo en cuenta aclimataciones ni jet lag alguno. Whiplash, ganadora del Premio a la Mejor Película (importante, galardón concedido tanto por parte del público como por parte del Jurado... como ya sucediera el año pasado con la sobrevalorada Fruitvale Station), fue literalmente la primera película con la que se abrió, para los miembros de la prensa y la industria, el certamen de este año. Sin piedad, justo como el personaje interpretado por J.K. Simmons (soberbio en el papel de profesor / entrenador / motivador tiránico en dicho filme), el programa nos dio la primera bofetada antes siquiera de que empezáramos a llevar el cómputo del tempo. No habíamos podido llegar ni al “tres y...” cuando la primera nos alcanzó en toda la -puta- cara... y entonces entendimos, inmediatamente, el martirio por el que pasa 46
  • 47. Miles Telller (estupendo también a la hora de dar vida a ese músico / bomba de relojería a punto de estallar). Premiar con los máximos honores a Whiplash es no sólo reconocer los méritos de la que con total seguridad haya sido la mejor cinta este año en la competición (americana) de Sundance, sino también (y esto es quizás más importante) no ceder a la tentación de escudarse en productos con más puntos tanto en las -pesadísimas- cuentas de “compromiso” como en la de “mercado”. Con Fruitvale Station nos topamos de nuevo. El que una cinta de espíritu tan mediocre como la de Ryan Coogler triunfara sobre otras que la superaban holgadamente en todas las demás categorías, puede explicarse sólo, primero, por saber hurgar tan bien en un trauma colectivo (a saber, el de la muerte de un afroamericano a manos de un policía blanco) del que la sociedad americana, por lo visto, todavía no se estaba recuperando. Segundo, por contar con el apoyo de Harvey Weinstein, quien por cierto, con el paso de los meses, parece haber entrado en uno de sus legendarios episodios amnésicos con respecto a dicho filme. La ópera prima de Damien Chazelle, a pesar de haber seducido a un comprador de peso (Sony Pictures), no cuenta entre sus argumentos el de aducir a los problemas morales más inmediatos del público, sino al de desnudar sus debilidades más primarias, lo cual es, como deberíamos saber, una tarea mucho más complicada de realizar y, dicho sea de paso, noble. ¿Es Whiplash una película dedicada a la rivalidad en el híper-competitivo mundo de la música? Sí, podría. Pero nos quedaríamos sólo en la superficie. Esta película, dotada de un sentido del ritmo y, por lo tanto, de la narración brutales, trasciende en un logro casi universal cuando nos habla (y créanme, lo hace mucho, y muy bien) sobre la desesperada, pero sobre todo desquiciada búsqueda de la perfección; sobre la voluntad del individuo de elevarse por encima del grupo en el que le ha colocado una mano teóricamente más sabia que él. Descensum ad inferos. Y a ritmo espídico de jazz. Brutal. Significa coger este sentimiento tan cargado de amargura y de números que lo lleven al fracaso, y hacer de ello una experiencia artística (ergo universal, de nuevo) sencillamente sublime. ¿Cómo demonios no iba a arrasar? Pues por ejemplo, por motivos como los que se vieron el año pasado. En el Palmarés de esta 30ª edición brilla también con luz propia, Fishing Without Nets, película de gran músculo realizador (virtud que Ryan Coogler, siendo justos, supo explotar muy bien en determinados momentos de su película), pero de carencias importantes a la hora de conseguir que el calvario de sus personajes llegue a la audiencia. Este trabajo (que al igual que el de Chazelle tuvo su origen en un cortometraje) tenía a su favor el de la denuncia; el de hacerse eco de una realidad (la piratería en aguas somalíes) frente a la que no deberíamos taparnos los ojos. Afortunadamente, el Jurado supo separar lo racional de lo emocional y se “limitó” (entre muchas comillas) a concederle a su principal responsable, Cutter Hodierne, el Premio a la Mejor Dirección. Así es cómo el indie ha decidido mostrarse (al mundo) en este 2014. Reivindicándose primero como una forma de expresión artística sublime (Whiplash) y después como una vía alternativa para cumplir objetivos que hasta hace poco parecían sólo alcanzables desde los despachos de las grandes productoras (véase el esfuerzo titánico, para la maquinaria independiente, que ha supuesto Fishing Without Nets). Músicos y piratas; Chezelle y Hodierne. Son éstos dos los pilares de lo más selecto en la cosecha de este año. Todo lo que puede rescatarse más allá (y no es precisamente poco) queda entre 47
  • 48. estos dos referentes, o de algún modo reproduce con acierto las virtudes de uno o del otro. s por esto que habría que lamentar el que de una lista final de ganadores en la que se han concedido ni más ni menos que 37 premios distintos (como se ha dicho a lo largo de estos últimos días, y por si todavía existían dudas al respeto, el indie ha crecido de forma desmesurada) hayan tenido que quedarse fuera propuestas tan frescas, arriesgadas y desvergonzadas como Life After Beth, de Jeff Baena, a quien seguramente le haya pesado demasiado hacer un ejercicio en apariencia tan de género (explicaciones que también podrían dar sentido, por así llamarlo, a la ausencia del palmarés de autores tan en estado de gracia como Jim Mickle). El que otras propuestas tan queridas (sobre todo por parte del público) como The Skeleton Twins volvieran también -casi- de vacío, nos sirve para entender más hacia dónde ha ido (e irá) el indie esta temporada, y de paso para inaugurar la ultimísima ronda de proyecciones de este 30º Sundance, presentada a modo de bonus track para aquellos empeñados en seguir recolectando perlas hasta, precisamente, ultimísima hora. The Skeleton Twins: El segundo largo de Craig Johnson es sin duda una consecuencia directa del terremoto, aún palpable, que supuso, hará ya ocho años, Pequeña Miss Sunshine. Tanto, que uno de sus personajes centrales parece directamente salido de aquella aclamada ópera prima. Las tendencias suicidas en el seno de una familia en estado ruinoso se confirman el día en que sus dos miembros más jóvenes (eso sí, a punto de afrontar la temida crisis de los cuarenta), intentan quitarse la vida. Hablamos de él (estupendo Bill Hader) y de ella (ídem Kristen Wiig), dos gemelos que han perdido el contacto y vuelven a reunirse para darse mutuamente el apoyo que tanto necesitan y que tanto se niegan a recibir. Analizada fríamente, la película es sin duda un drama de pañuelo; de estos que deja al organismo seco de lágrimas. No obstante, las sonrisas y, a veces, las carcajadas (antológica coreografía del Nothing’s Gonna Stop Us Now, de los Starship, a cargo de la pareja protagonista), se convierten en el hilo conductor del relato. El talento cómico está pues al servicio de una tragedia “agradable”, dentro de lo que cabe, alimentada por el carisma de sus personajes, así como por el encanto inherente en cada una de sus relaciones. Rudderless: El debut en la dirección de William H. Macy viene introducido por un trauma de los que puede marcar época. Durísimo, difícil (casi imposible) en su digestión e igualmente cargado de posibilidades dramáticas. Un exitoso hombre de negocios con una incontenible pasión por la música es golpeado por la peor de las noticias: la muerte de su hijo. Hay más: éste ha muerto después de haber perpetrado una matanza en su universidad. Hay más: el único legado que deja detrás de tan horrible baño de sangre es su libro de partituras, de un gran potencial artístico. El debutante en la dirección se apoya en un Billy Crudup (y en la estela morbosa de una Selena Gomez que, avisamos ya, simplemente se deja ver) realmente entonado para que lo desgarrador no repercuta demasiado en una película que tiene en el feel-good su ineludible mantra. El rock/folk se convierte de paso en el principal (y bien aprovechado) argumento emocional de un trabajo con la misma gracia que la música en directo en tu bar predilecto: se disfruta en el mismo instante... y se olvida (cosas de la carga etílica) justo cuando pagas la cuenta. 48
  • 49. Web Junkie: Shosh Shlam y Hilla Medalia nos llevan al único país del mundo donde la adicción a internet ha llegado a la consideración de “desorden mental”. En China, esta afección es considerada también como el primer motivo de preocupación (al menos por parte de las autoridades) en lo referente a la salud pública de la población adolescente. Centrado en la actividad de uno de los 400 campamentos de “rehabilitzación”, el documental nos acerca a esta escalofriante realidad a través de los ojos tanto de los chavales como de las familias que han decidido encerrar ahí sus problemas. Más allá del tema principal y de algún que otro exceso en el subrayado del drama humano, la película se crece a la hora de saber ver la infinidad de aristas que componen la problemática. Las distancias cada vez más insalvables entre jóvenes y adultos, la pérdida de empatía en la sociedad actual... y los efectos totalmente imprevisibles del desenfrenado crecimiento de una nación que, poco a poco, vamos comprendiendo mejor. Cold in July: El superdotado Jim Mickle (acompañado, cómo no, por el inseparable Nick Damici) abandona, sólo en apariencia, su entorno natural del género terror para traernos un thriller cuya acción se desarrolla en el año 89, en el este de Texas... y que (y ahí viene lo importante), parece literalmente rodada en ese momento y en ese lugar. Juntando a Michael C. Hall, Sam Shepard y Don Johnson para crear su propio Grupo salvaje, Mickle conduce, con maestría y su tan característica precisión, esta historia criminal imprevisible; endiabladamente perversa. Un orgulloso caso de american violence, fundamentado en un encomiable ejercicio de nostalgia cinéfila. Con el ritmo, cadencia, gestión de las armas y esa filosofía vital ahora mismo tan incómoda pero, admitámoslo, tan añorada en la gran pantalla. Argumentos todos ellos quizás no suficientes para llegar a hacerse un hueco en el palmarés de Sundance, pero afortunadamente válidos para que el mundo empiece a familiarizarse, ahora que ha desaparecido la etiqueta "midnight”, con uno de los cineastas más talentosos de nuestros tiempos. 49
  • 50. Al Festival de Sundance le han bastado 30 años para hacerse mayor (http://www.naiz.info/es/hemeroteca/gara/editions/gara_2014-01-19-0600/hemeroteca_articles/al-festival-de-sundance-le-han-bastado-30-anos-para-hacersemayor?slug=al-festival-de-sundance-le-han-bastado-30-anos-para-hacerse-mayor) Aunque todavía le quede para tener que afrontar la crisis de los cuarenta, a Sundance le ha sobrado tiempo para madurar y florecer... mucho más de lo que sus propios fundadores llegaron a imaginar. A Robert Redford ya la viene todo demasiado grande, y se desentiende definitivamente del asunto. Mientras la avalancha de películas no acaba de caer, reflexionamos sobre lo que fue, sobre lo que es y sobre lo que será, en el futuro más inmediato, la Meca del cine indie. Víctor Esquirol, PARK CITY Y con esta serán treinta. Sin hacer excesivo ruido más allá de sus propias fronteras (al menos, no tanto como el que llegan a hacer los grandes festivales cinematográficos europeos), Sundance llega este 2014 a las tres décadas de vida. Quién iba a decirlo... y quién iba a decir también que la criaturita llegaría a hacerse tan grande (asusta, pero en el buen sentido). No tiene que pasar demasiado tiempo para que el forastero se dé cuenta de que lo se sucede estos días en Park City es el resultado directo de un error de cálculos. Maravilloso error, debe decirse, puesto que, por muy contradictorio (respecto a su propia naturaleza) que pueda llegar a sonar, el conocido como “cine independiente”, en poquísimo tiempo, ha pasado de ser una asignatura opcional a una de las troncales más innegociables para el buen cinéfilo. Un año más, la prensa especializada se apelotona, una hora antes de que empiece la película de turno, en los pabellones de lona levantados a toda prisa y que cubren las funciones de toda buena sala de espera. ¿Por qué éstas aglomeraciones? Primero, para resguardarse del frío (el invierno en Utah, simplemente, no perdona), segundo y más importante todavía: para tratar de asegurarse una butaca. Yendo al grano: donde en un principio había sólo cuatro gatos -y gracias-, ahora se dan cita los representantes de los medios más importantes del mundo... y el espacio se nos ha quedado pequeño. La capacidad de las salas del Holiday y del Hotel Yarrow (donde se celebran casi todos los pases de prensa) apenas llega a las doscientas personas. Esto en el mejor de los casos. Una vez más: ¿Por qué? Porque treinta años atrás, ni el más avispado de los oráculos podría haber llegado a vaticinar que, algún día, habría más de doscientas personas interesadas en ir a ver una de las películas presentadas en este certamen. Pero así ha acabado sucediendo, y parece que ya no hay marcha atrás. Lo que nació siendo un -caprichoso- refugio anti-Hollywood, ha mutado en una cita tan imprescindible como, irónicamente, el cine que sale de la “Factoría de Sueños” californiana. No en vano, las películas que más impacto causan en Park City son las mismas que van a poder verse, un poco después, en plazas tan prestigiosas como el Palast de Berlín, la Debussy de Cannes o, faltaría más, el Victoria Eugenia de San Sebastián, por citar sólo algunos ejemplos. Hasta las hay que emprenden la carrera por el Oscar... incluso un año antes de que la Academia reparta sus preciadas estatuillas. Se dice sin alzar excesivamente la voz, pero cuando Sundance está en marcha, el mundo entero (el mundillo del cine, seguro) está mirando, atento y con la caña a punto... nunca se sabe qué nueva joya habrá encontrado el equipo dirigido por John Cooper. 50
  • 51. “Por John Cooper”, sí, ya que aunque el tinglado siga aprovechando la ya-no-tanglamurosa estela de Robert Redford, éste ha acabado convirtiéndose (para mayor fortuna de... todos) en algo similar a lo que actualmente es la sacra institución monárquica en España: “Reina pero no gobierna”. Y nadie se queja, todo lo contrario. Así, el actor que en su día dio vida al mítico Sundane Kid se limita a mostrar su cara en la rueda de prensa inaugural, en volver loco al personal de la televisión del propio certamen y a promocionar por todo el mundo la marca indie. Porque actualmente el cine independiente es también un activo comercial al que se le puede sacar mucho jugo. Lo comprendieron, veinte años atrás, los hermanos Weinstein, y poco tiempo después, las grandes majors se subieron al carro. Ambas partes (los artistas y los comerciantes) salieron beneficiadas, lo cual, aparte de propiciar el crecimiento del experimento de Mr. Redford, ha ahondado, más si cabe, en la paradoja de la que el cine ha sido presa desde poco después de su invención. Es arte y es industria al mismo tiempo. Contradictorio, quizás, pero a la vez de una complementariedad cuya lógica es aplastante. Y es que a pesar de que a Sundance le hayan salido rivales inesperados en lo referente a reivindicar el carácter “alternativo” del séptimo arte (el festival que responde al nombre de “Slamdance” afirma ser el mejor y único barómetro de lo genuinamente indie... aunque incluso éste tiene también competencia en la materia), lo cierto es que la cita cinematográfica más famosa de Park City sigue siendo un caso de estudio ejemplar, valga la redundancia, sobre cómo hacer que prosperen las apuestas más arriesgadas. Para entendernos: el estar fuera de la órbita hollywoodiense no tiene por qué implicar ser un absoluto desconocido. El éxito, por mucho que los mediocres quieran hacernos ver lo contrario, no es un pecado. Y si realmente lo es, es bueno saber que hay certámenes capaces de aprovechar tanto la virtud como lo teóricamente condenable. Entonces, ¿por qué diablos se forman colas kilométricas antes de cada película? Porque el cartel de esta 30ª edición es espectacular (y esto empieza a ser una costumbre de la que enorgullecerse). ¿O acaso no matarían algunos para poder presentar, en apetitosa primicia mundial, la nueva película de Michael Winterbottom, o de Gregg Araki, o de Gareth Evans, o de Alex Gibney? Éstas, y muchas más, van a ser las estrellas que iluminarán Park City desde ya hasta el 26 de este mismo mes. Y sí, sigue siendo indie. Profundicemos. ‘The Trip to Ilaty’ es la inesperada pero más que bienvenida secuela de ‘The Trip’, en la que Mr. Winterbottom unía el talento bestial de Steve Coogan con el de Rob Brydon para un periplo que muchos definieron como la -personalísima- versión brit de ‘Entre copas’. Cuatro años después de aquel viaje, los mismos protagonistas repiten en Italia para hacernos reír, ponernos de los nervios, quizás... y darnos cuenta, una vez más, del inmenso valor de una de las voces más reivindicables del Reino Unido. Por su parte, Gregg Aaraki, uno de los más talentosos representantes del New Queer Cinema, volverá a la carga con ‘White Bird in a Blizzard’, adaptación de la novela homónima de Laura Kasischke que promete volver a llevar el rabioso cine del californiano de nuevo a la cúspide. La promesa con la que Gareth Evans llega a Park City es diferente, pero igualmente apetitosa: con ‘The Raid 2’, segunda entrega de aquella celebrada cinta de acción indonesia, nos esperan ni más ni menos que dos horas y media de despiadado relato criminal aderezado con el más contundente cine de artes marciales. Anton Corbijn 51
  • 52. seguirá modernizando (y europeizando) el thriller americano en ‘A Most Wanted Man’, en el que estará acompañado por Philip Seymour Hoffman, Rachel McAdams, Willem Dafoe y Robin Wright Mientras, la cuota de documentales estará representada por autores tan imprescindibles como Alex Gibney, quien en ‘Finding Fela’ dejará momentáneamente los -sucios- aferes internos estadounidenses para profundizar en el movimiento musical del Afrobeat. Antes de la llegada de todos estos peces gordos, hasta ha habido tiempo para descubrir la primera perla de la cosecha indie. El debutante Damien Chazelle ha sorprendido a propios y extraños con ‘Whiplash’ (sobre la relación híper-destructiva entre un estudiante de música y su tiránico maestro), que a la vez ha servido de brillante apertura para el certamen. Estamos ante una trepidante hora y media larga de cine mayúsculo; de pura intensidad, no sólo entre los actores (geniales Miles Teller y JK Simmons), sino también en el diálogo que el director establece con un público que sale machacado. Aun así, han quedado fuerzas para la primera ovación de la temporada... La primera de otras muchas otras, esperemos. Todo listo pues para que se ponga en marcha la celebración del 30º aniversario. Y todo apunta a que los 10+1 días de festival van a ser deliciosamente agotadores. A lo grande y a lo indie. Recuerden, no tiene por qué ser contradictorio. El Festival en números Como suele suceder, el baile de cifras puede llegar a marear, pero interpretado correctamente, no deja lugar a dudas. En la minúscula Park City se cuece algo gigantesco que, por si fuera poco, parece querer abarcar más; causar más impacto. En esta ocasión los números de Sundance ’14 nos cuentan que se van a presentar 121 largometrajes, en representación de 37 países distintos. De todos los trabajos, 54 vienen firmados por directores debutantes, 35 de los cuales participantes en la Competición. La selección final se ha hecho a partir de 12218 proyectos (72 más que en la edición anterior), incluyendo 4057 largos (de los cuales 2014 estadounidenses y 2043 del resto del mundo) y 8161 cortometrajes. 100 películas de la parrilla serán estrenos mundiales. Marea, ciertamente. ¿Y el cine estatal? Muy lejano parece ya el boom que supuso, cuatro años atrás, en Sundance y en el resto del mundo, la eclosión de Rodrigo Cortés en (qué irónico) ‘Enterrado’. Desde entonces, el cine español ha pasado más bien desapercibido para los radares de John Cooper y compañía. Este año, la representación en las principales secciones vuelve a ser discreta. En World Cinema nos topamos con el estreno internacional de ‘Liar’s Dice’, coproducción hispano-polaca sobre una joven de la localidad de Chitkul que deja su tierra natal junto a su hija para buscar a su marido desaparecido. Hasta aquí las candidatas. A partir de ahí, hay que contentarse con un premio de consolación de lo más honroso. La nueva sección Sundance Kids, dedicada a los más pequeños de la casa, va a inaugurarse con el último filme del vizcaíno Oskar Santos: ‘Zipi y Zape y el club de la canica’. La encomiable mezcla entre el mítico cómic de José Escobar, el espíritu de ‘Los Goonies’ y el de ‘Harry Potter’ va a desembarcar en suelo estadounidense de la mano del cómplice y efectivo trampolín de Sundance. Y aunque sólo sea por una vez, y a riesgo de sonar excesivamente provincianos, podremos regodearnos al decir esto: En el Zinemaldia la vimos antes. Qué (pequeño/gran) gusto. 52
  • 53. Primeras peleas “Este pueblo no es lo suficiente grande para los dos, vaquero”. Como si de un western de Sam Peckinpah se tratara, Sundance saca la parte animal de la mayoría de sus asistentes. No por sadismo (esperamos...) sino por simple maltusianismo. Somos muchos; muchísimos... ¿demasiados? Y el poblacho (porque esto es lo que es Park City) crece lo que le permiten las montañas que le rodean. Efectivamente, se nos ha quedado pequeño. El certamen ha registrado sus primeros dramas humanos cuando ha quedado latente (y para ello no ha tenido que pasar ni una jornada entera) que la demanda es ampliamente superior a la oferta. “Full-House!” gritan los voluntarios, indicando así que “la casa está llena”, y que por lo tanto nadie más va a ser capaz de entrar a la sala de proyección. A partir de ahí, la desesperación: codazos, empujones, insultos y al final de todo, la más amarga resignación. Cosas de Sundance: en el año 2014, parece que el Soylent Green esté más cerca que nunca. 53
  • 54. Qué fiesta la de aquel año (http://www.naiz.info/es/hemeroteca/gara/editions/gara_2014-01-23-0600/hemeroteca_articles/que-fiesta-la-de-aquel-ano) Salta a la vista que a Sundance los treinta años le sientan de maravilla. Justo en el apogeo de la celebración, se confirma que el indie y su festival se encuentran en estado de gracia. Todo el mundo quiere estar aquí; y todas las piezas funcionan a la perfección. Víctor Esquirol, PARK CITY En la calle más concurrida de Park City coinciden en la alfombra roja (en realidad es azul) Kurt Russell y Lindsay Lohan. No es la nueva pareja de moda de Hollywood; se han encontrado por pura casualidad; por los caprichos de un programa que no han marcado ellos. A menos de una milla de distancia, en uno de los hoteles más emblemáticos de tan diminuta localidad, Danny Glover se desploma sobre la primera silla que ve. A su lado, una jauría de directivos determina, entre alaridos, qué películas llegarán (y cuáles no) a la lista de estrenos de la temporada que viene. Mientras, en la pizzería de la esquina, un solitario reverendo de Dakota del Norte (que pasa por ser el protagonista de uno de los documentales que más están dando que hablar) calma los rugidos de su estómago con una ensalada César, y de paso está dispuesto a compartir sus penas y esperanzas con cualquiera que quiera sentarse en su misma mesa. Todo cabe. El cuadro descrito es tan real como el festival al que pertenece. ¿Increíble? También... como el festival al que pertenece. La celebración de la treintena de años de Sundance está siendo como se esperaba: caótica (en la justa medida), desenfrenada y cargada de buen cine. El indie, haya evolucionado o no, ha crecido sobremanera. Hace años que lo constatamos; lo remarcamos en la previa de esta misma edición y volvemos a decirlo una vez superado su ecuador. 54
  • 55. Máxima intensidad y compresión. Sin apenas tiempo para reponerse entre una película y la siguiente; entre una y otra experiencia. Lo inesperado tiene un año más en Park City su terreno de juego favorito. Así, a la sorpresa de la primera jornada protagonizada por Damien Chazelle y su apabullante ‘Whiplash’, hay que sumarle la reivindicación del indie más genuino por parte de Desiree Akhavan en su ópera prima, ‘Appropriate Behavior’, lúcida, alegre y sincera exploración de los procesos (sobre todo los que tienen que ver con los asuntos del corazón) que marcan nuestra vida; así como la sorprendente muestra de músculo realizador llevada a cabo por otro novato, Cutter Hodierne, quien con ‘Fishing Without Nets’ puede decir que le ha dado réplica al mismísimo ‘Capitán Phillips’ de Paul Greengrass. El cine de género sigue de moda hasta en casa de Robert Redford, donde hemos podido deleitarnos con la nueva -y gamberrísima- mezcla de géneros de la factoría Adam Wingard. En la comedia negra ‘The Guest’, absolutamente nadie está a salvo, mucho menos unos estereotipos que acaban ahogados en su propia sangre. La siempre interesante dupla neozelandesa compuesta por Taika Cohen y Jemaine Clement se la juega con el falso documental vampírico y acierta de lleno. ‘What We Do in the Shadows’ es una metralleta de gags que, fusionando lo fantástico con lo cotidiano, consigue desmenuzar con mucho acierto -y risas- el subgénero de los chupasangre. Aunque en materia de sustos, la que de momento se lleva la palma es la rookie Jennifer Kent, quien con la estupenda ‘The Babadook’ revive la figura universal del Hombre del saco para hacernos saltar de la butaca... y para sacar de las tinieblas la esencia de todas las facetas que componen el terror. Descubrimientos aparte, los peces gordos, como no podía ser de otra manera, están cumpliendo con nota. Michael Winterbottom ha prolongado la fiesta interna de ‘The Trip’ con ‘The Trip to Italy’, en la que Steven Coogan y Rob Brydon, ambos en estado de gracia, prolongan su peculiar gira de haute cuisine e imitaciones para el recuerdo. Hubert Sauper ha ampliado en la magistral ‘We Come as Friends’ su terrorífico discurso iniciado en ‘La pesadilla de Darwin’, dando a luz al que seguramente sea el documental más imprescindible del 2014. Por último, Richard Linklater ha mostrado, por fin, la titánica ‘Boyhood’, tragicomedia rodada a lo largo de doce años en la que al espectador se le brinda la oportunidad único de avanzar al mismo ritmo al que lo hace la vida misma. Y lo que queda todavía por ser descubierto... y por no poder ser visto (por falta de tiempo, nada más). Tan desesperante como estimulante. Sundance, ya saben. 55
  • 56. De músicos y piratas: El indie, treinta años después en Sundance (http://www.naiz.info/es/hemeroteca/gara/editions/gara_2014-01-27-0600/hemeroteca_articles/de-musicos-y-piratas-el-indie-treinta-anos-despues-ensundance) Sundance cierra la celebración de su 30º cumpleaños con la merecidísima consagración de dos de sus talentos más jóvenes. Junto a la eclosión de Damien Chazelle nos topamos con la de de Cutter Hodierne. Esta dupla es la encargada de demostrar que, un año más, el cine independiente sigue decidido a derribar las barreras con las que nació. Todo juega a su favor: una tecnología más potente y accesible, y un capital humano preparado como nunca antes lo había estado. Víctor Esquirol, PARK CITY “And... cut!” ¡Corten! Paren las máquinas y apaguen las luces. Aquí ya se ha mostrado todo... y ya está -casi- todo vendido. Por supuesto, ya se han otorgado también todos los premios. Para hacer balance de lo que ha dado de sí el 30º aniversario de Sundance debe pasarSE irremediablemente, como sucede con todos los otros festivales cinematográficos del mundo, por comentar su Palmarés, que por definición es donde acaba todo lo que será recordado y, por omisión (que también nos vale), todo lo que ha sido injustamente condenado al oscuro rincón del olvido. El galardón más llamativo, obviamente, es el de Mejor Película, que aquí en Sundance aparentemente no ostenta el mismo estatus que en otras citas, pues en realidad son cuatro las secciones por las que la organización apuesta con total firmeza (de cara a la promoción, a los mercados, etc.). El planeta Cine, dividido en dos categorías (“Estados Unidos” y “Resto del mundo”) se ramifica de nuevo para distinguir la realidad de la ficción, es decir, el documental de la dramatización clásica. ¿Resultado? Un total de 37 premios otorgados que no dejan de ser la enésima demostración de que la apuesta por el indie ha sido una de las más rentables de la historia del séptimo arte. Se trata de que la plataforma sirva a cuantos más intereses mejor; se trata, por extensión, de tener contenta a casi toda la familia. Arriba de todo de la pirámide del palmarés, encontramos, por segundo año consecutivo, un éxito rotundo. Como ya sucediera con la sobrevalorada ‘Fruitvale Station’, la magnífica ‘Whiplash’ se ha alzado también con el reconocimiento tanto por parte de la audiencia como del Jurado. Dedicado a aquellos que siguen esgrimiendo el argumento de que los gustos del -gran- público están cada vez más alejados del de los académicos y/o especialistas. Ver ‘Whiplash’ en el pase que Sundance destinó a los miembros de la prensa y de la industria acabó convirtiéndose en lo que el verdadero indie debería suponer para los que seguimos creyendo en él. Así fueron las cosas: Una hora y cuarentaicinco minutos después de que empezara oficialmente la sesión (concretando más, 10 minutos después de uno de los desenlaces más intensos jamás filmados), saltaba a la vista que el consenso entre los asistentes era irrefutable. Se palpaba en el ambiente. No obstante, 56
  • 57. tuvieron que pasar unos cinco segundos de -sobrecogedor- silencio para que pudiéramos proceder a la ovación que se merecía el monstruo que acabábamos de conocer. A esto habíamos venido algunos a Park City. “Buscamos algo que nos lleve más allá de la vieja historia de siempre.” El lema usado este año por parte del Instituto Sundance obedece sin duda al espíritu con el que originariamente fue fundado este festival. Treinta años después de la efeméride, es de aplaudir el que esta diminuta localidad de Utah siga siendo, sobre todo durante diez días al año, el epicentro de este loco e híperexigente mundillo. Lo consigue creando el silencio que precede a la tempestad de la ovación. El clamor, ni hace falta decirlo, es debido a que nos damos cuenta, una vez más, de que el cine puede jugar en contra de sus limitaciones. El talento está cada vez menos reñido con los medios. Más allá de la casi-perfecta conciencia fílmica de Damien Chazelle, destaca el otro Premio gordo de la gala: el de la Mejor Dirección concedida a Cutter Hodierne, quien decidió filmar, en ‘Fishing Without Nets’, y de forma híperrealista, el drama bilateral de la piratería en los mares somalíes. Lo que hace tan solo unos años era una proeza (a nivel productivo) sencillamente irrealizable para este “otro cine”, se ha convertido, en un abrir y cerrar de ojos, en una realidad ahora mismo celebrable... y en un futuro sobre el cual poder volcar más esperanzas. Los ejemplos que conjugan el factor Chazelle y el Hodierne (o los que se contentan en explotar un factor o el otro) han proliferado a lo largo de estos días. Así, Jeff Baena ha hecho lo que ha querido (con respeto máximo) con el (sub)género zombie en ‘Life After Beth’; William Eubank y su ‘The Signal’ han llevado al límite las posibilidades tecnológicas de la ciencia-ficción low cost; Aaron Katz y Martha Stephens, en ‘Land Ho!’, han llevado el estudio de personajes un paso más allá del marcado por Alexander Payne y Jim Mickle ha seguido dando señales de su imprescindible genio al hacer grandes, en ‘Cold in July’, los productos aparentemente más insignificantes. Dedicado, ahora, a los que se empeñan en seguir atribuyendo éste último calificativo a Sundance. En Utah, frío soportable y cielos despejados... en Nuevo México, pánico por el aviso de tempestad Mientras Sundance inaugura su tercera década de -exitosa- vida en Kimball Junction (enclave donde el ambiente distendido de los peces gordos del certamen preside la entrega de premios de la 30ª edición), parece que se acercan nubarrones eléctricos desde el sureste. La polémica este año en Park City ha venido de la mano de la publicación The Hollywood Reporter, que se ha hecho eco de de unas declaraciones del mismísimo Robert Redford (emitidas desde su rancho en Santa Fe, Nuevo México) que son pura dinamita. “Al principio, lo que pretendía con Sundance era simplemente irme a la montaña. Huir de Los Angeles, que por aquel entonces era una ciudad que me devoraba.” El padre de la criatura se detiene a rememorar los orígenes de ésta para remarcar cuánto ha cambiado desde su concepción... y para lamentarse con respecto a su nueva naturaleza. “Por supuesto, no puedo quejarme de lo que ha terminado siendo un éxito... pero lo que pasó en Sundance a lo largo de sus primeros años me dejó un mejor sabor de boca. Esto ya no es el sitio que fue. Ha cambiado. No me gusta lo que ha pasado.” Y como casi siempre en la carrera de tan inquieto artista, después del dardo envenenado no han 57
  • 58. trascendido más explicaciones, si acaso unos breves instantes para reflexionar y deducir que seguramente se esté refiriendo las maléficas fuerzas del management y del marketing que parece que, a cada año que pasa, vayan ganando más y más territorio en “su” festival. Las comillas se deben, cómo no, al protagonista de estas declaraciones, porque después de haber prendido la mecha, decide poner otra nube negra en el cielo: “Una organización necesita que su guardia vaya cambiando... y esto obviamente me incluye a mí.” Redford parece decidido pues a jugar, una vez más, con la carta de la inestabilidad (institucional). Remover unas aguas que ahora mismo deben parecerle demasiado tranquilas... y esperar, como siempre ha hecho, “a ver qué pasa”. Porque aunque esté en Nuevo México o en su otra finca ubicada en el Napa Valley, lo cierto es que sólo hay que prestar atención al nombre del certamen para acordarnos de quién es y será siempre su progenitor. Porque treinta años después, no conviene olvidarlo, Sundance sigue siendo esa locura que triunfó “gracias-a” y “a-pesar-de” este maestro de los grandes temporales. 58
  • 59. Sundance '14, de la A a la Y (http://www.elseptimoarte.net/sundance--14-de-la-a-a-la-y-19886.html) Ni dos semanas después del fin de su 30ª edición... y pocas horas antes de que empiece la nueva Berlinale, éste es un momento tan bueno, como cualquier otro, para repasar lo que dio de sí la última cosecha indie. Sundance cumplió treinta años, y lo hizo a lo grande, acomodado en el actual éxito del cine que tanto tiempo lleva pregonando, pero también sin dejar de mostrarse activo en la eterna búsqueda de nuevo talento. La parrilla y el posterior Palmarés, como suele decirse, tuvo ''todo esto y mucho más...'' Rescatamos a continuación, algunas de las películas más destacables vistas este año en Park City. ''De la A a la Y'' porque la Z de 'Zipi y Zape y el club de la canica' (en inglés, 'Zip and Zap and the Marble Gang') ya la vimos antes, bendita excepción. Así que, sin más dilación... después del salto, y por cortesía de Robert Redford, 44 píldoras cinematográficas dispuestas en estricto orden alfabético. Que aproveche. # '20000 Days on Earth': El número se corresponde, supuestamente, con el número de días con los que Nick Cave ha honrado al planeta entero con su presencia. La cifra, por supuesto, es una invención. Un calculado desajuste; una declaración de intenciones que se ve recompensada por un mar de sensaciones poco imaginable en un documental. Iain Forsyth y Jane Pollard mezclan realidad y ficción para introducirnos dentro de la cabeza de uno de los artistas más fascinantes de nuestros tiempos. La cámara se convierte en diván y la entrevista en psicoanálisis. La experiencia resultante es sensorial y mentalmente total... como lo son, de hecho, la mayoría de actuaciones de este irrepetible compositor. La magia del proceso creativo se apodera de la cinta, y el poder transformador cae tanto sobre el emisario como el receptor. Pura poesía cinematográfica, inconteniblemente estimulante. A 'Alive Inside: A Story of Music & Memory': 74 minutos, ni más ni menos, son los que dura el documental de Michael Rossato-Bennett. Ni hora y cuarto. Duración ideal para 59
  • 60. que al producto ni se le dé la ocasión de cargar ni de llegar al exceso... y letal si las intenciones pasan por querer abarcar mucho. En estos casos, ya se sabe, poco suele apretarse. En este axioma se encuentran precisamente tanto el principal encanto como la cojera más visible de la película. ¿De qué trata? Sobre el poder curativo de la música en gente cuya avanzada edad / estado de degeneración habían hecho que el mundo, muy erróneamente, les diera por muertos... pero también trata de las vergüenzas del sistema sanitario americano, especialista, a veces, en ignorar a los más necesitados y desvalidos. Hay más, como por ejemplo un breve repaso a la historia reciente de la neurología. Hay más... y claro, con tan solo 74 minutos, a Rosato-Bennett le sobra tiempo para captar y llamar la atención... pero le falta -y mucho- para profundizar al nivel que todos sus temas exigían. 'Appropriate Behavior': Una de estas pequeñas gemas que el indie nos sigue dejando de vez en cuando. Minúscula; microscópica en lo que a prestigio (apriorístico) se refiere (de esto debería tratar este festival), la recompensa está en el hallazgo de talento fresco, desvergonzado, sin miedo y con cosas a decir. El debut de Desiree Akhavan destaca en la dirección y en la escritura (más que en las labores delante de las cámaras) primero por saberse alejar de discursos aleccionadores y reivindicativos (la historia, sobre una joven estadounidense de origen iraní que empieza a sentirse atraída por las mujeres, invitaba a ello) y después por, consecuentemente, ofrecer un filme romántico con alto grado de pureza, que a la vez nos habla con desenfado y honestidad sobre los distintos procesos que marcan nuestra vida. En la reducida escala donde juega, desborda veracidad y, directamente, vida... y el resultado es grande, casi inmenso. B 'Babadook, The': El terror, poco a poco, vuelve a dar señales de vida. Sale momentáneamente del coma al que le sometieron las majors y cuando despierta, nos mira con los ojos inyectados en sangre. Como hacía antes. Nosotros, saltamos de la butaca y nos llevamos todos nuestros miedos (que también han resucitado) a casa... como nos sucedía antes. El primer largometraje de Jennifer Kent es, y no hay otra, un prodigio del género. Básicamente porque le da conciencia propia, y nos deja claro que todo, absolutamente todo, cabe en él. Es más, todo, absolutamente todo, debe entenderse a través de él. El Hombre del Saco vuelve a llamar a la puerta desde Australia, y lo hace para que volvamos a mirar debajo de la cama antes de ir a dormir, para que nos tapemos del todo con la manta (por lo que pueda pasar...) y para que nos replanteemos el sentido mismo de temas tan universales como la maternidad, la pérdida, la soledad y la locura. El monstruo, como no podía ser de otra forma, es el enemigo... pero también la clave para darle sentido al horrible caos que nos envuelve. 'Battered Bastards of Baseball, The': Notable documental; MVP especializado en trascender. En el libro prohibido del baseball, nos topamos con una historia que cuando nos pensábamos que nos hablaba del pasatiempo nacional yankee, en realidad lo hacía del deporte. En toda su inmensidad. Y cuando pensábamos que trataba sobre esto último (casi nada), en realidad lo hacía sobre el híper-loable carácter inconformista del outisder. David contra Goliat, pero a lo bestia. A lo USA. Un equipo de renegados contra el establishment... y con vistas de final feliz para el pequeño. Chapman y Maclain Way sacan el máximo jugo de una historia que rebosa cine por todos los lados 60
  • 61. (en sus orígenes encontramos al clan Russell o a Todd Field... en sus consecuencias descubrimos que, después de este documental, ya hay película anunciada) golpeando una y otra vez al espectador con su sentido de la comicidad y de la épica (imprescindible para ello la estupenda partitura de Brocker Way), que es deportiva, claro, pero profundamente humana a la vez. 'Boyhood': Y Linklater lo volvió a hacer. Ni un año pasó para que tuviera que reeditar la conquista de Sundance. En la edición anterior lo hizo con la casi-perfecta 'Antes del anochecer'; en ésta con una película tan colosal como su planteamiento técnico: Contar la infancia de un chaval y rodarla, literalmente, a lo largo de 12 años. A ver quién lo supera. Lo mejor es que 'Boyhood' consigue sobrevivir a esta monstruosidad (en el buen sentido) de punto de partida. Sí, pasarán a la historia esas más de dos décadas de concepción (qué bestia...), pero también debería hacerlo la naturalidad con la que Linklater, apoyado en las magníficas interpretaciones del elenco de actores al completo, nos planta la vida misma ante nuestros morros. Sin regodearse en lecciones vitales; sin querer pasar a la posteridad... pero haciéndolo, irremediablemente. Es, como nuestra existencia, un drama, una comedia y hasta una película de terror. Esencialmente insignificante y, aun así, inabarcable. Indescriptible, en definitiva. Imposible a través de las palabras... con imágenes, ya es otra cosa. El tiempo se deforma hasta extremos impensables. Ni Dalí. En menos de tres horas de metraje han transcurrido doce años, pero las manecillas de nuestro reloj biológico se han quedado inmóviles. Milagro. C 'Camp X-Ray': La ficha artística no miente... aunque no todo se explique a través de ella. El nombre que más destaca es el de su actriz protagonista, quien para no contradecir a su ilustre hoja de servicios, vuelve a reforzar candidatura a Peor Intérprete de la Historia. Kristen Stewart es la estrella principal y ahí es donde, efectivamente, empiezan a fallar las cosas... pero volcar todas las culpas en la reina de la nointerpretación es, por lo menos, injusto. El problema más gordo de esta improbable historia de amistad (¿y de amor?) entre una joven militar y un preso de Guantánamo está precisamente en su improbabilidad, convertida en indignante y peligrosa ingenuidad. Porque resulta que no estamos en una de las últimas aberraciones de la historia de la humanidad; estamos en Azkabanm y aun así, todo es cansino, pesado, aburrido... y sí, increíble. En el mal sentido. Ni Payman “Nader” Sattler lo arregla. Un desastre de juzgado de guardia. 'Cerrajero, El': El segundo largometraje de Natalia Smirnoff hace gala del discreto encanto de las películas con vocación pequeña, pero con aspiraciones por encima de su apariencia. Muestra auténtica de realismo mágico (la rutina laboral y amorosa de un cerrajero da un giro de 180º el día en que el hombre descubre que tiene un don de lo más atípico: con solo poner el ojo en el cerrojo de sus clientes, es inmediatamente capaz de desnudar todas sus intimidades), sus virtudes se esconden detrás del semi-pétreo rostro de su protagonista, Esteban Lamothe. Hay que saberlas desbloquear, con paciencia y oficio, porque al otro lado de la puerta quizás se encuentre alguna que otra verdad innegociable acerca de los intrincados mecanismos que determinan la dirección que tomará tanto nuestra vida como aquella de los que nos rodean. 61
  • 62. 'Cold in July': Jim Mickle, ese “otro” autorazo, se olvida por un momento del terror en el sentido estricto y hace que no lamentemos esta decisión. La razón del cambio es buenísima, y es que resulta que trajinando por su videoteca, se topó un día con una de estas películas de las que ya no se hacen. Su acción se desarrolla a lo largo del año 1989, en el este de Texas, y parece que realmente esté rodada en este sitio; en este año... solo que está protagonizada por Michael C. Hall, Don Johnson y Sam Shepard, quienes, como quien no quiere la cosa, acaban conformando un “grupo salvaje” para el recuerdo. No es ninguna paradoja temporal, es otra demostración de la enorme valía de Mickle. Lo suyo no es nostalgia (un poco, sí), es más bien conocimiento histórico aplicado magistralmente para acabar confeccionando lo que sin duda es una máquina del tiempo perfecta. Bendito regreso al pasado... con su ritmo, su gestión calculadísima de los recursos, su violencia despiadada que pilla por sorpresa, y su filosofía... ahora mismo tan incómoda pero (y en esto somos todos más o menos culpables) también tan añorada. Se acabó el suspirar, a disfrutar se ha dicho. 'Cooties': Elijah Wood sigue abonado al cine de género. En este caso, protagoniza y produce una película en la que, desgraciadamente, todo se queda en las expectativas. Una remesa de pollo en mal estado causa una infección entre los mocosos de un centro de educación primaria. El resultado es una ingente horda de pequeños zombies (más o menos...) que pondrán a prueba los límites morales del profesorado. Prohibido pensar (por respeto) en el clásico de Narciso Ibáñez Serrador, pues si de algo está contagiada esta película es de la torpeza de sus directores. Jonathan Milott y Cary Murnion ejecutan sin gracia ni riesgo las bromas de un guión que tampoco es precisamente la flor y nata de la inspiración. Salvo por la balsámica intervención de alguna que otra pinceladita gore, el producto aburre hasta la irritación. Un escalofriante ejemplo de los peligros de la incompetencia: si algo asusta aquí es el imperdonable despilfarro de potencial. No busquen a Rainn Wilson, es como si no estuviera. D 'Dead Snow 2 (Red Vs. Dead)': Ó Tommy Wirkola recuperando nuestro amor después de su desastroso desembarco en los Estados Unidos. Back to Classics... y a lo grande. 'Dead Snow 2' es, ante todo, una secuela modélica. El “más-y-mejor” adquiere un nivel exorbitado, llevando la gamberrada originaria dos, o tres, o cuatro, o cinco... peldaños más allá. El cineasta noruego destripa todos los tabús del género y pone al servicio de la astracanada una técnica asombrosa, firmando así un nuevo hito del género. El gore creativo (se) explota hasta que no queda bicho vivo (o no-muerto) en cincuenta kilómetros a la redonda. La hemoglobina, los intestinos y los miembros seccionados dialogan y se pelean entre ellos y Wirkola se ríe, junto a la audiencia, a carcajada limpia. (Mal)sanísimo divertimento, trepidante, espectacular y desternillante. Una nueva cumbre a superar en la pringosa celebración del splastick. 'Dinosaur 13': Más que sobre uno de los descubrimientos más importantes en la historia de la paleontología (esto es, el del esqueleto de un tiranosaurio conservado en un estado casi-perfecto), el documental de Todd Miller trata sobre las bromas -crueles- que a veces nos tiene preparadas el destino. Su mayor virtud (la banda sonora de Matt Morton) acaba convirtiéndose en la delatora de su mayor pecado. Cuando el informe se transforma en un alegato lacrimógeno; cuando lo sentimental traiciona a una historia 62
  • 63. que no precisaba de estos recursos. Cuando lo cargado se carga, nunca mejor dicho, a una narración bien entendida en el plano teórico... pero desastrosa en lo que a sinceridad emocional se refiere. F 'Frank': Lenny Abrahamson se sirve de “lo raro” para hacer avanzar (a veces demasiado a trompicones) un relato que en un principio parece que sólo nos hable de, una vez más, “lo raro” (¿o acaso hay otra manera para definir la decisión de ocultar el rostro de Michael Fassbender bajo una máscara / escafandra a los Chris Sievey?). Al final, uno se da cuenta de que detrás de las marcianadas de esta marcianísima banda de rock avantgarde, hay una amarga, melancólica y divertida (todo eso, a ratos) reflexión sobre qué implica ser el factor diferencial en una sociedad cada vez más abonada a la homogeneidad. Al igual que los diversos tonos adoptados, funciona (y muy bien)... a ratos. 'Fishing Without Nets': La respuesta inmediata al 'Capitán Philips' de Greengrass viene de parte de un indie que, definitivamente, ha perdido casi todos los complejos. Esta "pesca sin redes", correctamente recompensada con el Premio a la Mejor Dirección, es sobre todo una asombrosa muestra de músculo realizador. El esfuerzo -técnico- a la hora de narrar el problema de la piratería en aguas somalíes desde el punto de vista de los supuestos "bad guys", es mayúsculo, y Cutter Hodierne lo lleva con sorprendente pulso. No se escatima en un impacto que se hace notar, por el contrario, las cuentas no acaban de cuadrar en el plano emocional. El drama (a dos bandas) está -muy- bien documentado y plasmado, pero a la película le cuesta horrores que el factor humano se lance al abordaje del patio de butacas. G 'Guest, The': Ya era oficial pero ahora lo es todavía más: Adam Wingard es un autor como la copa de un pino. Después de la -necesariamente- sorprendente 'You’re Next', el enfant terrible del mumblegore demuestra que su propuesta (los endiablados juegos malabares de géneros) es un imparable todoterreno, y que por esto puede aplicarse a cualquier situación. ¿El 'Teorema' de Pasolini combinado con las secuelas de la Guerra de Irak? Con Wigard es posible, deliciosamente imprevisible y terriblemente divertido. Porque de nuevo, nadie ni nada está a salvo, y así, los tótems más sagrados de la sociedad y de propio arte cinematográfico van sincronizando sus temblores... de puro miedo; de puro nervio. I 'I Origins': Mike Cahill ha pasado la prueba de fuego... y sin estar tan sustentado por Brit Marling. Lo de 'Another Earth' no fue obra de una One Hit Wonder, sino el que parece ser el primer paso en la carrera de un talento cuya ambición no conoce límites y 63
  • 64. que, por lo visto, sabe lo que se hace. Como muestra, su segundo largometraje, que a lo largo de sus casi dos horas de metraje al principio decide poner a prueba la fe de los nuevos fieles. Empieza la película con una promesa chocante: un descubrimiento científico que podría cambiar el destino de toda la humanidad. Pero los minutos transcurren y los resultados no se deciden a llegar. La primera mitad de 'I Origins' discurre entre la auto-contemplación ocular (es posible), la cháchara y una empalagosidad cósmica. Por suerte, justo a la mitad del recorrido todo se pone patas arriba, y la ciencia-ficción, que hasta el momento era poco más que palabrería estéril, se transforma en alma; en espiritualidad no-embaucadora que eleva a un autor que, una vez más, nos da las herramientas necesarias para que, una vez terminada la película, seamos nosotros los que la continuemos. Impagable. 'Internet’s Own Boy: The Story of Aaron Swartz, The': Brian Knappenberger sigue inmerso en el ciberespacio. En esta ocasión, nos acerca a la historia de uno de sus más ilustres -y trágicos- protagonistas. Aaron Swartz, co-fundador de la mega-web reddit e incansable activista a favor de la colectivización de la propiedad intelectual. El suicidio de este prodigio de la programación a la temprana edad de 26 no hizo más que avivar el debate en torno a la red de redes, gigantesco monstruo que, desgraciadamente (o “afortunadamente”, según como se mire) se ha convertido en el síntoma más ilustrativo de nuestra era. En el caos de internet, el director de este apreciable documental se topa con una tragedia humana clásica. Sus intenciones con ella son las de dotarla de una calidez que parece haber abandonado la mesa sobre la que ponemos el ratón y el teclado. El trasfondo (es decir, el de un mundo que todavía no se sabe por dónde demonios hay que empezar a reconfigurarlo) asoma la cabeza sin necesidad que lo empujen demasiado; las conclusiones, como debería ser siempre, quedan en manos del patio de butacas. J 'Jamie Marks is Dead': Carter Smith, el cafre de la muy reivindicable 'The Ruins', sigue indagando en el terror, pero en esta ocasión atacando al corazón, más que a la vista. Atrás quedan los -bienvenidos- excesos gore para adentrarnos, ahora, en un cuento de fantasmas con la siempre conflictiva entrada en la edad adulta como telón de fondo. El factor fantástico está tan herméticamente implantado en el también híper-hermético universo de la High School que a veces el resultado, directamente, es ridículo. Pero cuando nos olvidamos del terror (Smith quizás lo haga demasiado bien), queda la valentía de un filme que no duda a la hora de arriesgarse y abordar un tema sobado que quizás sí necesite de nuevos enfoques y perspectivas. En este sentido, el fantastique cumple su cometido, y hace que las hormonas de la adolescencia se conviertan en una incontrolable fuerza sobrenatural capaz de destapar violentamente (por puro efecto colateral), toda la mierda que el mundo ha ido ocultando alrededor nuestro. Elemental, si se piensa fríamente. K 64
  • 65. 'Killers': Kimo Stamboel y Timo Tjahjanto (AKA The Mo Brothers) vuelven a la carga (aparten a los niños) con una película que demuestra que el cine, al igual que el mundo al que sirve de espejo, cada vez entiende menos de fronteras. Las del género, se cosen a puñaladas, las territoriales, se diluyen a través de una filmación que navega entre Indonesia y Japón. Es efectivamente, una película que se empapa de estas dos naciones. Doble pasaporte pues para una historia que maquilla su espíritu moralizador con rojosangre. La tensión entre dos asesinos va subiendo merced a una macabra competición a base de snuff movies firmadas, por supuesto, por ellos mismos. La violencia se convierte en algo más que una excusa para atraer al público ávido de experiencias fuertes (ésta, que no quepa la menor duda al respecto, lo es); se convierte en una contundente (aunque no siempre convincente) arma arrojadiza para arremeter contra unos tiempos despiadados, en los que “lo humano” definitivamente ha pasado a ser el peor de los insultos. L 'Laggies': La deriva en la que entró el año pasado la ex-musa (nótese el prefijo) indie Lynn Shelton va esclareciéndose. Definitivamente, no estamos en los terrenos del mumblecore. Parece, además, que no estamos ni en el reino de lo independiente. 'Laggies', más allá de cuatro aspectos que caen en el mero detalle, es puro mainstream, lo cual no tiene nada de malo, sólo que plantea, una vez más, el incómodo debate de hacia dónde está yendo Sundance y, por ende, el cine del que dice hacer bandera. Debates snobs aparte, lo que Shelton ha hecho en esta ocasión es una comedia ligeramente angustiada sobre el miedo a hacerse mayor. Ya saben, trabajo, matrimonio, hijos... compromisos. Buf. Ante tal panorama, a Keira Knightley (que por cierto, no es la única estrella involucrada en el proyecto) le entra la crisis de ansiedad y huye de todo y de todos. Lo que pasa es que las segundas oportunidades que ofrece la vida son imprevisibles, con que el castillo de cartas que había ido construyendo desde los primeros años de instituto se desmorona en un abrir y cerrar de ojos. A la película de Shelton no es que le pase lo mismo, pero mantiene la compostura asentándose en mínimos (de risas, lágrimas y otros aciertos vitales) auto-condescendientes y confiando en que los actores cumplan con su deber... y lo hacen. Y ya. 'Land Ho!': Dos ex-cuñados (peligro a la vista) bien entraditos en edad (ídem) se reencuentran después de mucho tiempo para ponerse al día y para revitalizar su antigua amistad. El problema (o no) es que uno de ellos ha planeado en secreto un viaje para los dos a Islandia. Es el punto de partida de la colaboración entre Aaron Katz y Martha Stephens, joint venture auspiciada por, atención, David Gordon Green, quien para la ocasión ejerce de productor ejecutivo. La mano de este último pequeño/gran genio se nota en cada diálogo, cada situación y desenlace. Las luces y sombras de los dos ancianos se descubren con naturalidad y con una característica melancolía alegre, al borde de lo extraterrestre, pero siempre de una humanidad plenamente accesible. Como en la relación de amor-odio que, al fin y al cabo, mantenemos con el resto de la especie La cinta, así como sus personajes, se hace(n) querer... sin buscarlo, pero consiguiéndolo por algo tan irrefutable como la ley de la gravedad. El amor, a veces, cae por su propio peso. 65
  • 66. 'Last Days in Vietnam': Se confirma, por si todavía había dudas al respecto, que el Canal Historia, para bien o para mal, ha creado escuela. El documental de Rory Kennedy sigue al pie de la letra el manual de dicha factoría. De nuevo, en lo bueno y en lo malo. Lo -televisivamente- convencional se apodera del impactante relato de los últimos y dramáticos días (hablamos, por supuesto, del bando perdedor) de la Guerra del Vietnam. Sin sorpresas ni en el planteamiento ni en la ejecución de la narración, pero con un gran rigor y clarividencia a la hora de recopilar testigos y material de archivo. El mérito está en que unas formas ya vistas nunca pierden en interés; y que una Historia en teoría ya conocida, sigue descubriéndose como un notable ejemplo de intriga, suspense y, por qué no, heroicidad. 'Life After Beth': Para quien dudase del excelente estado de forma por el que está pasando actualmente el cine de género, el debut en la dirección de Jeff Baena va y reivindica a la figura del zombie como utensilio totalmente legítimo a la hora de dotar de más profundidad a aquellos que están más cerca (porque así nos lo han enseñado) de la universalidad. Los peligros de no saber / querer pasar página se transforman, gracias a una aún-más-adorable Aubrey Plaza retornada de la muerte, en una excelente desdoblamiento de la comedia clásica, que aquí se muestra en sus facetas de romántica, negra y, por qué no, apocalíptica. Los tortolitos van de la mano de los muertos vivientes, y ante el asombro del respetable, se dan cuenta de que el amor está en el aire. No es que no se estorben, es que se necesitan el uno al otro. Desesperadamente. Que cunda el ejemplo. 'Life Itself': La “vida misma” de Roger Ebert hecha película. Estaba escrito. De 1942 a 2013, Steve James coge el libro de instrucciones (la autobiografía del famoso crítico y escritos) y no se mueve de ahí. Falla, imperdonablemente a la hora de recrearse,muy sádicamente en los últimos y penosos momentos de Mr. Ebert, pero recupera la dignidad (la propia y la ajena) cediendo la voz y el timón a la estrella. La fibra sensible está permanentemente expuesta (cosas de las heridas que, por falta de tiempo, todavía no han cicatrizado), pero los atajos emocionales se perdonan con facilidad cuando uno se da cuenta que la única intención del director es rendirle a su buen amigo el homenaje que se merece. El cine, las borracheras, los grandes artículos y las trifulcas de amorodio pasan a un segundo plano. Se entiende... Y descanse en paz. 'Locke': Los buenos informes que llegaron desde la Mostra de Venecia no mentían. El salto de Steven Kight de las labores de guionista a las de director (sin olvidar las primeras, ojo), es seguramente uno de los mayores motivos para la celebración por parte de la cinematografía británica. Las Islas nos han dado a un nuevo cineasta al que seguirle la pista, y con éste van... Listas aparte, la propuesta de 'Locke' es tan claustrofóbica (el único escenario de la acción es un coche, donde encontramos a un hombre que conduce mientras su vida se va desmoronando a una velocidad cada vez más vertiginosa) como apasionante e indudablemente bien llevada. La asfixia no sólo es física (que también), sino también emocional... hasta espiritual. Está claro, no hay mejor manera que estrujar el cuello que a través del buen desarrollo de personaje(s). Road movie de corte teatral, el sustento, más allá de la estilosa fotografía a cargo de Dickon Hinchliffe, está en la medidísima y potencialmente explosiva interpretación de Tom Hardy, quien no pierde la ocasión -otra...- para reivindicarse como uno de los actores más terroríficamente brutales de su generación. 66
  • 67. M 'Mr Leos Carax': En su fracaso está lo bello. El documental de Tessa Louise-Salomé es incapaz de concretar su propósito (condensar en poco más de hora y cuarto la esencia de Leos Carax)... lo cual no hace sino reforzar la magia, misterio y embrujo que rodea a este eterno enfant terrible. Al puzle planteado tanto por su enigmática personalidad como por su apasionante filmografía le faltan piezas, bien porque nunca deberían ser encontradas, bien porque la directora es incapaz de reunirlas (en este sentido, hay que lamentar la a la postre insuficiente colección de testigos alrededor del objeto de estudio). En cualquier caso, la cinta acaba siendo una excusa, tan buena como cualquier otra, para dejarse tentar, una vez más, por el inconfundible magnetismo de un cineasta totalmente fundido con su obra. Maravillosa y desesperantemente insondable... tanto él como ella, claro. O 'Overnighters, The': La vida, perrísima donde las haya, en uno de los culos oficiales del mundo convertido, de la noche a la mañana (y por obra y gracia de los “pozos de ambición”) en una súper-apetitiva mina de oro. En Estados Unidos también hay crisis, y buena parte de sus víctimas se dirigen hacia Dakota del Norte, en un intento desesperado para encontrar trabajo en la obscenamente lucrativa industria del petróleo. El documental gira en torno a un personaje memorable: un reverendo dedicado en cuerpo y alma a cuidar de todas las ovejas descarriadas (y no son pocas). La empresa, indudablemente noble, choca no obstante con las dudas y miedos de una comunidad que no ve con buenos ojos este nuevo flujo migratorio (por muy interno que sea). El trabajo del director Jesse Moss se sobrepone a una estructura algo confusa, a través de la estimable confección de un mosaico social tan atípico como los tiempos que nos ha tocado vivir. Cada pieza es un momento o una situación desgarradora; casi surrealista. La imagen general nos enseña, directamente, la cara más desesperanzadora de la derrota. R 'R100': O sobre cómo Hitoshi Matsumoto consiguió lo que a priori parecía imposible: que su cine siga sorprendiéndonos; siga cogiéndonos descolocados. Su cuarto largometraje es una vuelta a los orígenes después del agradable paréntesis de 'Scabbard Samurai'. Es, pues, otra desenfrenada celebración de la creatividad artística más desbocada. Un hombre gris da un giro de 180º a su gris existencia cuando decide contratar los servicios de una peligrosa agencia especializada en ofrecer servicios sadomasoquistas a sus clientes. Más allá de hurgar en el insondable submundo de las perversiones de una sociedad ridículamente estirada, Matsumoto decide reírse del propio arte de confección cinematográfica, y como suele pasar en la nación del sol naciente, el desmadre exterior es en realidad puro cálculo milimétrico. Caótico en apariencia, pero lúcido y estimulante una vez la mandíbula ha vuelto a encajarse. 67
  • 68. 'Raid 2, The': Gareth Evans, ese monstruo que hará dos años nos ofreció una de las mejores películas de acción de la historia, no ha faltado a su promesa. La secuela de aquel prodigio es exactamente lo que esperábamos de ella. Tanto en el sentido positivo como en el negativo. La continuidad entre antecesora y precursora es respetada a rajatabla, pero el tono se dramatiza, y la ambición se eleva a la enésima potencia. Ya no sólo se trata de descargar adrenalina (aunque en estas labores, actualmente son poquísimos los que superan a la pareja Evans & Uwais), sino también de mezclar el cine de artes marciales más desbocado con la tradición más noble del relato criminal. Las dos horas y media de metraje, como no podía ser de otra manera, agotan (de nuevo, en el buen y el mal sentido); hasta se pierden en su aberrante (ídem) inmensidad, pero el titánico encadenado de set pieces no deja lugar a dudas: ésta es, seguramente, la oda definitiva a la melée, a los miembros rotos, a los huesos partidos, a las weapon-ofchoice, al combo, al counter-attack, al fatality... en definitiva, a todo aquellos placeres violentos que te hacen salir de la sala como si acabaras de recibir la paliza de tu vida. 'Rudderless': El debut en la dirección de William H. Macy parece estar condenado (aunque no de forma demasiado severa) por una fuerza superior que, como tal, escapa a nuestra comprensión. 'Rudderless' está surtida de golpes de efecto de alto impacto (la historia empieza el día en que un padre descubre que su hijo se ha suicidado justo después de haber perpetrado una sangrienta matanza en su universidad) y las piezas parecen gestionarse bien (un Billy Crudup muy puesto en el papel de progenitor destrozado por la tragedia; un poderoso aprovechamiento del poder martirizador y a la vez exorcizador de la música) durante todo el metraje... aun así queda claro que casi nada en ella sobrevivirá demasiado tiempo en la memoria. Y es que a esta agradable (sí) combinación entre el desgarro más insoportable y la esencia del feel-good más puro le sucede lo mismo que a la mayoría de actuaciones musicales en directo en el bar de la esquina: mientras duran te vas dejando llevar por los decibelios, pero cuando pagas las consumiciones, te das cuentas que apenas puedes tararear ningún estribillo; entiendes que lo que escuchabas era poco más que una buena música de fondo. S 'SEPIDEH: Reaching For the Stars': En un pequeño pueblo rural alejado de la gran ciudad de Teherán, una niña, cuyo héroe es ni más ni menos que Albert Einstein, sueña en convertirse en astrónoma y, por qué no, en viajar a las estrellas. El documental de Berit Madsen se obsesiona con la idea desde la cual parte, y ahí se queda durante hora y media. El mundo puede ser un lugar maravilloso; lleno, a rebosar, de magia... si aceptamos entrar en el juego y creernos esta visión tan naif de la vida, la experiencia puede convertirse en un amable cuento de hadas en el que la no-ficción (?) se viste de efectiva feel-good movie. Excesiva (y mucho) en su desconexión con la realidad, pero efectiva en la fantasía en la que se mueve. Además, ¿quién somos nosotros para cargarnos los sueños de la chavalada? 'Signal, The': Otra -sorprendente- muestra de que al indie cada día le quedan menos barreras (por lo menos físicas) que romper. William Eubank deambula con pleno conocimiento de causa entre el thriller geek, el drama teen, el relato de terror y la ciencia-ficción más desquiciada. En este último terreno es donde se planta el -tardíocampamento base. Ahí, el director de 'Love' pone todo su poderío visual al servicio de 68
  • 69. una aventura hipnóticamente desconcertante y espectacular (en letras mayúsculas), tanto en sus escenas más adrenalínicas como en la certeza de que, con una imaginación sin trabas, las fronteras dejan de existir. Y volvemos al principio, que en realidad es el final, lo cual tiene todo el sentido del mundo... y ninguno en absoluto. La mente quizás haya implosionado, lo mismo que el concepto “imposible”. 'Skeleton Twins, The': Ocho años después, sigue percibiéndose, y de qué manera, la sombra de aquel monstruo de la empatía que llevaba por título 'Pequeña Miss Sunshine'. Como en aquella perla del indie, lo amargo (el doble intento de suicidio, el mismo día y en sitios diferentes, por parte de dos hermanos que hace tiempo que perdieron el contacto) se recubre de sonrisas, no por cobardía, sino por encomiable y muy respetable filosofía de vida. El talento cómico de Kristen Wiig y de Bill Hader se pone al servicio de este más-que-correcto (en lo que al cumplimiento de objetivos se refiere) drama cómico sobre la fragilidad (y el valor incalculable) de los lazos fraternales. La dupla protagonista nada en todos los registros como pez en el agua, y tira de química a la hora de dar continuidad e intensidad al discurso del director y co-guionista Craig Johnson, quien se enfrenta a los obstáculos de la vida a veces con posado serio y otras con una sonrisa de oreja a oreja, cambiando de chip con una coherencia que desarma. Lo mismo -casi- que en la ópera prima de Jonathan Dayton y Valerie Faris, se acuerda, ¿verdad? 'Sleepwalker, The': Se demuestra por enésima vez que la convivencia harmoniosa y pacífica no es más que una enclenque ilusión. En otras palabras: “Cuantos más seamos, más nos pelearemos.” Mona Fastvold debuta con un thriller / drama psicológico que se cree mucho más listo de lo que realmente es. Dicha descompensación queda tapada bajo el avanzadísimo (más teniendo en cuenta que hablamos de una rookie) dominio de una técnica que tiene en lo perturbador su lógico pero demasiado obvio objetivo principal. Como Sean Durkin en su celebrada ópera prima, pero sin tanta honestidad. La película mide exquisitamente los recursos sensoriales (buen aprovechamiento de la música; excelsas composiciones de claroscuros) e indudablemente incomoda... pero porque lo busca desde el primer fotograma, no porque se produzca como derivación natural de sus intenciones. T 'Trip to Italy, The': Los jetas, al principio despiertan nuestro odio. Porque a pesar de todo sobreviven, y normalmente a cuerpo de rey. Pero también, y esto es muy humano, los admiramos. Hasta nos caen bien, porque, por razones que escapan a la razón, son divertidos. Michael Winterbottom, Rob Brydon y Steve Coogan son unos jetas de campeonato. Montan una fiesta, nos invitan a ella pero “sólo” nos dejan mirar. Por si fuera poco, vuelven a hacerlo apenas pasados dos años, y nosotros, que somos así, volvemos a caer ante su encanto. Después de 'The Trip', vuelve el -simpático- choque de egos (delante y detrás de las cámaras) y nada ha cambiado desde la última vez. El paisaje, quizás, que presencia (ahora sí) lo mismo: dos colegas pegándose la vida padre, riéndose con sus bromas internas, imitando a cualquier otro actor que les venga en mente e inflándose a base de buena comida y buen alcohol. El espejo ahora está plantado en Italia, y su reflejo nos muestra a un Coogan, un Brydon y un Winterbottom que apenas caben en el marco. Y sigue teniendo su gracia, por supuesto. 69
  • 70. V 'Voices, The': Marjane Satrapi ahora baila sola, y para celebrarlo hace las maletas y se va a los Estados Unidos. Allá le espera un muy entonado Ryan Reynolds, que resulta que está colado por Gemma Arterton, aunque también le hace tilín la buena de Anna Kendrick. Importante, en los aferes amorosos (y laborales, y de salud... y en todo lo que haga falta), saltan a la palestra dos consejeros con los que no contábamos: un gato malvado y un perro bonachón. Es, ciertamente, un chiste. Una comedia negra en la que el protagonista oye voces. Por supuesto, el pobre diablo está como una regadera... pero esto no quita que todo el mundo en su entorno esté igualmente afectado. Satrapi se va a lo más profundo de su nuevo país de acogida... y se ríe en su cara. El dedo acusador (y socarrón) apunta hacia una América bunkerizada en su propia demencia y en una nostalgia fruto de unos tiempos pasados (es decir, mejores) que, tal vez, jamás existieron. La película, por su parte, corre el riesgo de quedarse anonadada, escuchando voces (en otras palabras, juega con fuego a la hora de no ir más allá de lo meramente anecdótico), pero por lo que nos cuenta su directora, las apariencias engañan, y a la que los -antológicos- créditos finales empiezan a desfilar, todo queda claro: los dardos envenenados han hecho diana, y la víctima, lejos de yacer muerta, se encuentra danzando en pleno delirio, a solas con su propio ridículo. W 'What We Do In the Shadows': La siempre interesante dupla compuesta por Taika Waititi y Jemaine Clement coge el relevo de Vincent Lannoo en el título de culto 'Vampires' y demuestra de nuevo que el falso documental casa muy bien con el universo -colectivo- de los chupasangre. El mundillo nos lo sabemos al dedillo, como si fuera una de nuestras lecciones favoritas (y de hecho lo es), pero sigue siendo una fuente casi inagotable de alegrías y placer freak comunitario. Sin llegar a funcionar tan bien como el citado mockumentary de Lannoo, 'What We Do in the Shadows' contraataca con una metralleta de gags con un grado de acierto más que aceptable. Las risas fluyen al mismo ritmo que las referencias, en un saludable ejercicio de desmitificación, fruto del ya clásico choque entre la ficción y lo cotidiano. Nosferatu se sube literalmente por las paredes: se ha convertido en un chiste. Aunque de esto ya hace tiempo, lo que han hecho Waititi & Clement ha sido remarcarlo... y aprovecharlo El chiste, por cierto, tiene gracia, a veces mucha. 'We Come As Friends': Sin duda, EL gran documental este año en Sundance. A la altura de su pedigrí. Hubert Sauper ahonda en la herida de la notable 'La pesadilla de Darwin' y firma un trabajo aún más imprescindible; aún más necesario. Más que sobre el nacimiento de una nación (concretamente, el de Sudán del Sur, el país más joven del mundo), la película trata sobre las ruina (es decir, África) que quedan tras el abominable paso de los amos del mundo (es decir, occidente y otras súper-potencias invitadas a este banquete grotesco). La realidad, a ojos del director, muta en un monstruo repugnante, directamente llegado del mismísimo corazón de las tinieblas. Y no hay manipulación (no hace falta), más allá del arte quirúrgico de saber colocar la cámara en el momento y el sitio indicados. Brutal. 70
  • 71. 'Web Junkie': Shosh Shlam y Hilla Medalia nos llevan en este documental al corazón de una de las problemáticas más recientes y significantes (significativas también, si se quiere) de nuestra época. China se ha convertido en el único (dejémoslo en “primer”) país del mundo en declarar la adicción a internet como una enfermedad oficial. De hecho, ésta supone, para el gigante asiático, la principal preocupación en materia de sanidad pública concerniendo a sus habitantes más jóvenes. Para combatirlo, nada mejor que un poco de vieja medicina. 'Web Junkie' es material de primera directamente proveniente de una de las 400 academias militares designada para que los jóvenes adictos se desintoxiquen de la red de redes. A las buenas o a las malas... no hay que ser demasiado avispado para acertar cuál de las dos opciones es la que se acaba imponiendo. Pero resulta que la lista de prioridades de estos directores no está encabezada, ni mucho menos, por el hecho de recrearse en la crudeza de la terapia de shock, sino en profundizar en las destrozadas relaciones familiares de una sociedad a la que le falta tiempo (como en casi todo) a la hora de tratar de comprender por qué está perdiendo, a marchas forzadas (de nuevo, como en casi todo), el don de la empatía humana. Continuará... 'Wetlands': Queda terminantemente prohibido entrar a la sala de proyección con el estómago inmerso en el proceso de digestión. El riesgo de vomitona es demasiado elevado. El objetivo del director David Wnendt es mucho más complicado de lo que en un principio pueda parecer: provocar durante una hora y cuarenta minutos. Desde los títulos de crédito iniciales (en los que se nos advierte que lo que estamos a punto de ver es la adaptación de un libro pensado para no poder ser adaptado) hasta la escena de cierre (cuando lo acaramelado se ha tomado -ligera- posesión del filme). Lo asqueroso como principal motor / motivación narrativo(a) y el encanto guarro de Carla Juri para poner el resto. Canto nihilista a las hemorroides, a las almorranas y a las infecciones vaginales. Las risas se combinan, como nunca antes, con las arcadas, y la comedia romántica (por así catalogarla) se envilece a ritmo frenético y con estilo tan fresco como impactante. ¿Y qué si en la recta final la bestia afloja un poco el ritmo? Para aquel entonces, el suelo ya está inundado de fluidos corporales (todos los que vengan a la cabeza). 'Whiplash': El nombre de Sunance ’14 sin duda fue el de Damien Chazelle. Con él empezamos (el primer pase de prensa fue el dedicado a su película) y con él terminamos. El Premio a la Mejor Película no vino sólo de parte del Jurado, sino también del Público. Unanimidad total para una película que realmente la merece. Este filme sorprendente a todos los niveles, inunda al espectador con su concepción total del sonido. La batalla entre Miles Teller y JK Simmons (soberbios ambos dos) es sólo la punta de un iceberg capaz de hundir a cualquier transatlántico. La cinta, dotada de un sentido del ritmo solamente al alcance de los grandes virtuosos del jazz, es además una apabullante exploración de los límites a los cuales deben llegar los -poquísimosdestinados a alcanzar la sublimidad en el mundo del arte, que puede llegar a ser el más resquebrajado y terrible espejo de nuestra existencia. Brutal, precisa, inteligente, súperdotada... con uno de esos clímax finales llamados a entrar por la puerta grande en la historia del cine. Estas puertas, por lo visto, están igualmente abiertas para Chazelle... Damien Chazelle. 'White Bird In a Blizzard': El tiempo no perdona a nadie. Ni al eternamente joven Gregg Araki, quien, por mucho que a algunos nos pese, parece haber madurado. La deliciosa 71
  • 72. puerilidad y la contundente rabia (hacia el mundo, en general) de esta abanderado del New Queer Cinema parecen haberse diluido para dejar paso a un deje más templado, amenizado, esto sí, con algún que otro brote de aquel cineasta tan destroyer al que tanto llegamos a querer. Su nuevo trabajo se funde con la prosa lírica de Laura Kasischke, en ella, brilla con luz propia, una vez más, el encantador talento de Shailene Woodley, y se filtra, poco a poco, y con tono de thriller policíaco pseudo-pulp, una desolada desmitificación de la idílica vida suburbial estadounidense. El deseo (tanto en su “voluntad” como en su “falta”) se convierte entonces en la vía de acceso a una mejor comprensión de la siempre confusa revolución hormonal. Los elementos que ayudaron a la creación de la mejor versión de Araki están ahí... pero no con aquella característica desmesura, lo cual, a malas, quizás ayude a hacer más accesible el discurso de uno de estos autores que ha hecho méritos suficientes para salir de la sombra al que, de momento, le ha confinado la Historia. 'Wish I Was Here': Y Zach Braff, efectivamente, “estuvo aquí”. En el fondo, “lo deseábamos”. Basta. Gracias a la aún palpable estela del encantador “J.D.” y gracias también, y por supuesto, al crowdfunding. Es importante tener esto último en cuenta (el que el segundo largometraje del autor de 'Garden State' seguramente no habría llegado a ver la luz de no ser por la intervención directa de la masa de fans), porque lo que en realidad tenemos aquí es un producto pensado para satisfacer en todo momento al gran público. Sin demasiado amor propio pero innegablemente con mucho oficio. La historia de una familia que se cae a trozos debido a las dudas existenciales (más bien pueriles) del padre es a efectos prácticos la constante (e indiscriminada, y descarada...) búsqueda de la epifanía definitiva. Una lleva a la otra, y la siguiente siempre es más grande; más contundente. Vista fija en el horizonte, salado por el mar de lágrimas brindadas. De felicidad, de tristeza... de emoción. Tan falso y cursi como, en el fondo, simpático, tierno y, admitámoslo, efectivo. Y 'Young Ones': La siempre memorable presencia de Michael Shannon basta (y sobra) para que este atípico y fascinante western empiece a caminar (y más adelante, a trotar) por su propio pie. Jake Paltrow no le teme al riesgo y usa la ciencia-ficción como destartalado -y muy atractivo- vehículo para llevarnos a un mundo plenamente autónomo y, aun así, en constante, respetuoso y enriquecedor diálogo con sus referentes. La fuerza y lo despiadado del género de referencia lucen con elegancia en un futuro distópico (casi post-apocalíptico) donde el ser humano se ve desnudo ante los demonios que le han perseguido desde sus albores. En este entorno árido y cruel, brota, como si de un salvador oasis se tratara, la historia de un adolescente obligado a enfrentarse a un proceso de maduración tan repentino como traumático. Todo esto mientras la audiencia digiere la confirmación de un nuevo talento a seguir, y se da cuenta de que la familia sea seguramente, sin importar el lugar, la época o la fantasía, la fuente de todo lo bueno y lo malo que hay en nosotros. 72