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Fábulas[1]
 

Fábulas[1]

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Titulo: Fábulas

Titulo: Fábulas
Autor: Arnold Lobel
Año: 2006
Editorial: SEP
ISBN: 968-5552-70-3
Tamaño: 5.48 MB

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    Fábulas[1] Fábulas[1] Document Transcript

    • FÁBULAS
    • FÁBULAS Texto e ilustraciones de Arnold Lobel ICRETARIA DEV^ Libros del Rincón
    • Sistema de clasificación Melvil Dewey DGME 398.245 L63 2006 Lobel, Arnold, 1933-1987 Fábulas / Arnold Lobel; trad. de Paula Vicens. — México : sep : Celistia, 2006. 48 p. : il. — (Libros del Rincón) ISBN: 968-01-0327-7 sep 1. Literatura estadounidense. 2. Fábula. I. Vicens, Paula, tr. II. t. III. Ser.Título original: PablesTraducción: Paula Vicens© Del texto y las ilustraciones: Arnold Lobel, 1980Edición original: Harper & Row, Publishers, 1980© De la edición en castellano: Editorial Corimbo, Barcelona, 2003Primera edición sep / Celistia, 2006D.R. © Celistia, S.A. de C.V., 2006 (Grupo Montagud) Herodoto 42, Anzures, 11590, México, D.F. Tel.: 5203-9749 www.editorialjuventud.com.mxD.R. © Secretaría de Educación Pública, 2006 Argentina 28, Centro, 06020, México, D.F.ISBN: 970-9923-34-X CelistiaISBN: 968-01-0327-7 sepProhibida su reproducción por cualquier medio mecánicoo electrónico sin la autorización escrita de los coeditores.Impreso en MéxicoDistribución gratuita-Prohibida su venta
    • LAS FÁBULAS EL COCODRILO EN EL DORMITORIO 8 LAS PATAS Y EL ZORRO 11 EL REY LEÓN Y EL ESCARABAJO 13 LA LANGOSTA Y EL CANGREJO 14 LA GALLINA Y EL MANZANO 17 EL PARAGUAS DEL BABUINO 18 LAS RANAS AL FINAL DEL ARCO IRIS 20 EL OSO Y EL CUERVO 22 LAS VISIONES DEL GATO 25 EL AVESTRUZ ENAMORADO 27 LA CAMELLA BAILARINA 28 EL POBRE PERRO VIEJO 31EL VESTIDO DE LA SEÑORA RINOCERONTE 32 EL CANGURO TRAVIESO 34 EL CERDO EN LA TIENDA DE DULCES 37 EL ELEFANTE Y SU HIJO 38 EL PELÍCANO Y LA GRULLA 41 EL GALLITO 43 LA CENA DEL HIPOPÓTAMO 44 EL RATÓN A LA ORILLA DEL MAR 46
    • FÁBULAS
    • EL COCODRILO EN EL DORMITORIOUn cocodrilo fue encariñándose cada vez más con el papel pintado de su dormitorio. Pasaba horas y horas mirándolo.- Mira todas esas hileras de hojas y flores ordenadas y cuidadas —dijo elcocodrilo-. Parecen soldados. No hay ni una sola desordenada.- Querido —dijo la esposa del cocodrilo—, pasas demasiado tiempo encama. Sal a mi jardín; aquí el aire es fresco y brilla un sol cálido.- Bien, si insistes... sólo un momento —dijo el cocodrilo—. Se puso unasgafas de cristales oscuros para protegerse los ojos de la luz y salió.La señora cocodrilo estaba orgullosa de su jardín.- ¡Mira qué malvarrosas y qué caléndulas! —dijo—. Huele las rosas y loslirios de los valles.- ¡Santo cielo! —exclamó el cocodrilo—. ¡Las flores y las hojas de este jardín crecen en completo desorden! ¡ Están esparcidas! ¡ Están desordenadas y entrelazadas!El cocodrilo se precipitó de vuelta a su dormitorio presa de un gran nerviosismo. La contemplación de su papel pintado lo tranquilizó de inmediato.- ¡Ah! —dijo el cocodrilo-. He aquí un jardín mucho mejor. ¡Qué felizy seguro me hacen sentir estas flores!Después de este episodio, el cocodrilo rara vez se levantaba de su cama.Se quedaba allí tendido, sonriendo a las paredes. Se convirtió en una pálida y enfermiza sombra verde. Un poco de orden es bueno, demasiado orden es nefasto.
    • LAS PATAS Y EL ZORRODos hermanas patas anadeaban camino abajo hacia el estanque para tomar su baño matutino.- Este es un buen camino —dijo la hermana mayor—, pero me parece, sólopara cambiar, que podríamos encontrar otro. Hay muchas sendas que llevan al estanque.- No -dijo la menor-, no estoy de acuerdo. No quiero probar otro camino. Por éste voy cómoda. Estoy acostumbrada a él.Una mañana, las patas se encontraron con un zorro sentado sobre unacerca al borde del camino.- Buenos días, señoritas —dijo el zorro—. De camino al estanque, supongo.- ¡ Oh, claro! -respondieron las hermanas—. Pasamos por aquí a diario.- ¡Qué interesante! —dijo el zorro con una sonrisa de oreja a oreja.Cuando salió el sol al día siguiente, la hermana mayor dijo:- Seguro que nos encontraremos con ese zorro otra vez si vamos por elcamino de siempre. Tiene una pinta que no me gusta. Hoy sí que deberíamos tomar otra senda.- ¡No seas ridicula! —dijo la hermana pequeña—. Ese zorro nos sonreía.Parece todo un caballero.Las dos patas anadearon por el camino habitual hacia el estanque. El zorroestaba sentado en la cerca. Esta vez llevaba un saco.- Encantadoras señoritas —dijo el zorro-. Las estaba esperando. Me alegrode que no me hayan decepcionado.Abrió el saco y saltó sobre ellas.Las hermanas graznaron y gritaron y batieron frenéticas las alas.Volaron acasa, cerraron la puerta y echaron el pestillo.A la mañana siguiente, las dos patas no salieron. Se quedaron en casa paratranquilizarse. Al otro día buscaron con cuidado un camino nuevo, distinto. Encontraron uno, que las llevó sanas y salvas al estanque. A veces, salirse de ¡a rutina es lo más saludable. I 1
    • EL REY LEÓN Y EL ESCARABAJOEl rey león se miraba al espejo. - ¡Qué criatura tan noble y bella soy! -se dijo-.Voy ahora mismoa demostrar a mis fieles subditos que su monarca es un rey de los pies ala cabeza.El rey vistió su traje de ceremonia, se ciñó la gran corona enjoyada y sepuso todas sus medallas de oro y plata. Cuando recorría las calles de sureino, cuantos lo veían se inclinaban en una reverencia.- Sí, sí -dijo el rey león—. Merezco el respeto de mi pueblo porque, verdaderamente, soy todo un rey, de pies a cabeza.Un diminuto escarabajo estaba al borde del camino.Cuando el rey lo vio, exclamó:- Escarabajo, te ordeno que me hagas una reverencia.- Vuestra Real Majestad -respondió el escarabajo—, sé que soy pequeño,pero si me miráis con atención, veréis que estoy haciendo una reverencia.El rey se inclinó.- Escarabajo —dijo—, cuesta mucho verte tan abajo. Pero no estoy segurode que estés haciendo una reverencia.- Majestad -dijo el escarabajo-, por favor, miradme más de cerca. Os aseguro que de verdad estoy haciendo una reverencia.El rey se inclinó un poco más.El traje de ceremonia, la gran corona enjoyada y todas las medallas de oroy plata le pesaban mucho al rey. De repente, perdió el equilibrio y se cayóde cabeza. Con un fuerte rugido, fue a parar rodando a una acequia situada al borde del camino.El asustado escarabajo salió disparado.De la cabeza a los pies, el rey estaba cubierto de barro. Cuanto más alto se sube, más dura es la caída. 13
    • LA LANGOSTA Y EL CANGREJOUn día de tormenta, el cangrejo se paseaba por la playa. Le sorpren dió ver a la langosta preparándose para hacerse a la mar en un bote.- Langosta —dijo el cangrejo—, es una completa locura aventurarse a saliren un día como éste.-Tal vez —dijo la langosta—, pero me encantan las borrascas.- Iré contigo -dijo el cangrejo-. No voy a permitir que afrontes sola unpeligro así.La langosta y el cangrejo empezaron su viaje. Pronto estuvieron lejos dela orilla. Las aguas revueltas zarandeaban su bote.- ¡Cangrejo! -gritó la langosta por encima del rugido del viento-. ¡Quéemocionante me resulta el azote de la espuma! ¡ Cada ola me deja sinaliento!- Langosta, ¡me parece que nos hundimos! —gritó el cangrejo.- Pues claro que nos hundimos -dijo la langosta-. Este viejo bote estálleno de agujeros. Ten coraje, amigo mío. Recuerda que somos criaturasmarinas.El pequeño bote se escoró y se hundió.- ¡Horror! —gritó el cangrejo.- ¡Allá vamos, hacia el fondo! -exclamó la langosta.El cangrejo estaba magullado y mareado. La langosta se lo llevó a dar unpaseo por el fondo del océano.- ¡ Qué valientes somos! —comentó la langosta—. ¡ Qué aventura tan maravillosa hemos corrido!El cangrejo empezó a sentirse mejor. Aunque prefería llevar una vida porlo común mucho más tranquila, no le quedaba otro remedio que admitir que había pasado un día más agradable que de ordinario. Incluso el riesgo más pequeño aporta sal a la vida. 14
    • LA GALLINAY EL MANZANOUn día de octubre, una gallina miró por la ventana y vio que en su patio trasero crecía un manzano.- ¡ Qué cosa tan rara! -dijo la gallina-. Estoy segura de que ayer no habíaningún árbol en este lugar.- Algunos de nosotros crecemos muy rápido -dijo el árbol.Entonces la gallina miró al pie del árbol.- Nunca había visto un árbol que tuviera diez dedos peludos —dijo.-Algunos de nosotros los tenemos —dijo el árbol—. Gallina, sal fuera y disfruta de la sombra fresca de mis ramas frondosas.La gallina miró la copa del árbol.- Nunca había visto un árbol -dijo- que tuviera dos orejas puntiagudas.- Algunos de nosotros las tenemos -dijo el árbol-. Gallina, sal fuera ycómete una de mis deliciosas manzanas.- Pensándolo bien -dijo la gallina—, nunca había oído a un árbol hablarcon una boca llena de dientes afilados.- Algunos de nosotros podemos hacerlo —dijo el árbol—. Gallina, sal fueray apoya la espalda contra la corteza de mi tronco.- He oído -dijo la gallina— que algunos árboles como tú pierden todaslas hojas en esta época del año.- ¡Oh, sí! —dijo el árbol—. Algunos de nosotros las perdemos.Y el árbol empezó a agitarse y a sacudirse hasta que se le cayeron todaslas hojas.A la gallina no le sorprendió ver un enorme lobo allí donde hacía apenas un momento se levantaba un manzano. Aseguró la contraventana ycerró de golpe la ventana.El lobo se dio cuenta de que había sido burlado y se marchó furioso ymuerto de hambre. Siempre cuesta aparentar lo que no se es. 17
    • EL PARAGUAS DEL BABUINOEl babuino estaba dando su paseo diario por la jungla. Se encontró a su amigo, el gibón, en el camino.— Amigo mío —dijo el gibón-, resulta extraño verte con ese paraguasabierto sobre la cabeza en un día tan soleado como hoy.-Ya —dijo el babuino-.Yo soy el primero en estar molesto. No puedo cerrar este condenado paraguas. Está atascado. No quiero salir a pasear sinparaguas por si llueve. Pero, como puedes ver, no consigo disfrutar del solbajo esta sombra. Estoy en un buen apuro.— Tiene una solución muy sencilla —dijo el gibón—. Sólo tienes que abriralgunos agujeros en el paraguas. Entonces el sol te llegará.— ¡Qué buena idea! —exclamó el babuino—. Gracias.El babuino corrió a casa. Con las tijeras abrió grandes agujeros en la teladel paraguas. Cuando el babuino retomó su paseo, el cálido sol pasó a través de los agujeros.— ¡Qué delicia! -dijo el babuino.Sin embargo, algunas nubes cubrieron el sol. Cayeron unas cuantas gotas.Luego se puso a llover a cántaros. La lluvia se coló por todos los agujerosdel paraguas. En menos que canta un gallo, el babuino estuvo calado hastalos huesos.Los consejos de los amigos son como el tiempo: a veces excelentes; a veces fatales. 18
    • LAS RANAS AL FINAL DEL ARCO IRISUna rana nadaba en un estanque tras una tormenta.Vio un espléndi do arco iris que cruzaba el cielo.« He oído -se dijo la rana-, que hay una cueva llena de oro allí donde termina el arco iris. Quiero encontrar esa cueva para ser la rana más rica delmundo.»La rana nadó hacia el borde del estanque tan rápido como pudo. Allí seencontró con otra rana.- ¿Adonde vas, tan deprisa? -le preguntó la segunda rana.- Hacia donde termina el arco iris -dijo la primera.- Corre el rumor —dijo la segunda-, de que hay allí una cueva llena deoro y diamantes.- Entonces acompáñame -dijo la primera-. ¡Seremos las dos ranas másricas del mundo!Las dos ranas saltaron fuera del estanque y corrieron por el prado. Allí seencontraron con otra rana.- ¿Qué pasa? —preguntó la tercera rana.- Corremos hacia donde termina el arco iris —le respondieron las otrasdos.- He oído contar -dijo la tercera rana- que hay allí una cueva llena deoro, diamantes y perlas.- Entonces acompáñanos -dijeron las otras dos. ¡Seremos las tres ranasmás ricas del mundo!Las tres ranas corrieron kilómetros. Por fin llegaron al final del arco iris.Allí vieron una cueva oscura en la ladera de una colina.- ¡ Oro! ¡ Diamantes! ¡ Perlas! -gritaron las ranas brincando hacia el interior de la cueva.Dentro vivía una serpiente. Estaba hambrienta y pensando en su cena. Setragó a las tres ranas de un solo bocado. Las mayores esperanzas acarrean los peores desengaños.
    • EL OSO Y EL CUERVOEl oso iba camino de la ciudad. Se había puesto la chaqueta y la cami sa más elegantes que tenía. Llevaba su mejor sombrero y los zapatoscomo espejos.- ¡ Tengo un aspecto imponente! -se decía el oso—. La gente de la ciudadva a quedar impresionada.Voy a la última moda.- Perdona, pero no he podido evitar oírte -dijo el cuervo, desde la ramadel árbol donde estaba posado-. Y no estoy de acuerdo. La ropa que llevas está pasada de moda. Acabo de llegar de la ciudad y voy a decirteexactamente cómo visten allí.- ¡Dímelo! —exclamó el oso—. Si algo deseo es vestir con propiedad.- Este año -dijo el cuervo-, los caballeros no llevan sombrero, sino unasartén en la cabeza. Tampoco llevan chaqueta ni camisa; se cubren conuna sábana. No usan zapatos; se ponen bolsas de papel en los pies.- ¡ Oh, vaya! -exclamó el oso-. ¡ Voy hecho un desastre!El oso corrió a casa. Se quitó el sombrero, la chaqueta, la camisa y loszapatos. Se puso una sartén en la cabeza. Se envolvió en una sábana. Seenfundó los pies en dos bolsas grandes de papel y salió pitando hacia laciudad.Cuando llegó a la Calle Mayor, la gente lo señalaba con el dedo y se reía.- ¡Qué oso tan ridículo! —decían todos.El avergonzado oso se marchó a casa corriendo y, por el camino, volvióa toparse con el cuervo.- ¡ Cuervo! ¡ Me has mentido! -le gritó el oso.- Te he dicho muchas cosas -respondió el cuervo levantando el vuelo-,pero no que fueran ciertas, desde luego.El cuervo volaba ya muy alto y el oso todavía podía oír sus carcajadas. Por necesidad, hay quien está dispuesto a creer cualquier cosa. 22
    • LAS VISIONES DEL GATO Qué visión tan maravillosa he tenido! —dijo el gato mientras iba hacia la orilla del río—. He visto un pescado grande y gordo enun plato de porcelana, nadando en un mar de jugo de limón y salsa demantequilla.Se lamía los bigotes sólo de pensarlo.El gato cebó el anzuelo con un gusano, lanzó el sedal y esperó a que picara un pez. Pasó una hora, y nada.- ¡Qué visión he tenido! —dijo el gato-. Un pescado en un plato de porcelana, nadando en un lago de jugo de limón y salsa de mantequilla.Pasó otra hora, y nada.- ¡He tenido una visión! -dijo el gato—. Un pescadito en un plato deporcelana, aliñado con jugo de limón y salsa de mantequilla.Al cabo de bastantes horas, el gato dijo:- ¡ Todavía tengo una visión! Un pescadito muy chiquitito en un platode porcelana, con unas gotas de jugo de limón y un poquitín de salsa demantequilla.Al cabo de mucho, mucho tiempo, el gato dijo, muy triste:- Tengo otra visión. No veo ningún pescado, ni jugo de limón, ni siquiera veo una gota de salsa de mantequilla. Veo un plato de porcelana tanvacío como mi estómago.El gato estaba a punto de abandonar la orilla del río cuando notó unasacudida repentina. Tiró de la caña y pescó un pez grande y gordo.El gato corrió a casa, frió el pescado y lo puso en un plato de porcelananadando en un mar de jugo de limón y salsa de mantequilla.- ¡ Qué cena tan fantástica! —exclamó. Bien está lo que bien acaba. 25
    • EL AVESTRUZ ENAMORADOEl domingo, el avestruz vio a una señorita que paseaba por el parque. Se enamoró de ella a primera vista. La siguió a cierta distancia,posando las patas allí donde ella había pisado.El lunes, el avestruz cogió violetas para ofrecérselas a su amada. Era demasiado tímido para dárselas personalmente, así que se las dejó en la puertade casa y se marchó corriendo. Pero el corazón le daba brincos de felicidad.El martes, el avestruz compuso una canción para su amada. La cantó unay otra vez. La encontraba la música más hermosa que jamás hubiese oído.El miércoles, el avestruz miró comer a su amada en un restaurante. Se leolvidó pedir su propia cena. Era tan feliz que había perdido el apetito.El jueves, el avestruz escribió un poema para su amada. Era el primerpoema que escribía, así que no tuvo valor para leérselo.El viernes, el avestruz se compró un par de zapatos nuevos. Se los puso yse sintió elegante y guapo. Esperaba que su amada lo notara.El sábado, el avestruz soñó que bailaba un vals con su amada en un salónde baile enorme. La sostenía firmemente mientras daban vueltas y másvueltas al ritmo de la música. Se sentía dichoso de estar vivo.El domingo, el avestruz regresó al parque. Cuando vio a la señorita quepaseaba, el corazón le dio un vuelco, pero se dijo:«Bueno, me parece quesoy demasiado tímido para cortejarla. Otra vez será. Aunque, no me cabeduda, esta semana no he perdido el tiempo.» El amor es por sí misino una recompensa.
    • LA CAMELLA BAILARINALa camella no pensaba en otra cosa que en ser bailarina de ballet. - Para que todos mis movimientos sean un ejemplo de gracia y belleza -decía la camella—. Ése es mi único deseo.Practicaba una vez y otra sus piruetas, sus releves y sus arabescos. Repetíalas cinco posiciones básicas cien veces al día. Ensayó muchos meses bajoel sol abrasador del desierto. Tenía los pies destrozados y el cuerpo dolorido por la fatiga, pero ni una sola vez pensó en desistir.Por fin, se dijo: «Ahora soy bailarina.» Anunció un recital y bailó ante ungrupo de camellos amigos y de críticos. Cuando terminó su actuación, sedeshizo en una reverencia.No hubo aplausos.— Debo decirle con toda franqueza —dijo un miembro del público—, comocrítico y como portavoz de este grupo, que es usted cachetuda y jorobada, grandota y desmañada. No es usted, como el resto de nosotros, otracosa que un camello. Nunca ha sido ni será una bailarina de ballet.Entre risitas y burlas, la concurrencia se disolvió por las arenas del desierto.«¡Qué equivocados están! -se dijo la camella-. He trabajado duro. Nocabe duda de que soy una magnífica bailarina. Bailaré y bailaré, sólo paramí.»Así lo hizo, y disfrutó muchos años. Quien se quiere a sí mismo es feliz. 28
    • EL POBRE PERRO VIEJOErase una vez un viejo perro muy pobre. El único abrigo que tenía estaba tan agujereado que era poco más que un montón de harapos.Notaba las losas del pavimento a través de las delgadas suelas de sus ajados zapatos y dormía en el parque porque no tenía casa.Se pasaba la mayor parte del tiempo buscando en los cubos de basura tro-citos de cuerda y botones que vendía por unos peniques a los transeúntes.Iba siempre con el hocico pegado al suelo buscando cosas que vender, yasí fue como encontró un anillo de oro en la coladera.- Mi suerte ha cambiado -exclamó el perro-, porque estoy seguro de queeste anillo es mágico.Luego frotó el anillo y dijo:- Quiero un abrigo nuevo. Quiero zapatos nuevos. Quiero una casadonde vivir. ¡ Quiero que estos deseos se hagan realidad ahora mismo!Pero no pasó nada. El perro notaba el viento que se colaba por los agujeros de su abrigo; notaba las losas en las plantas de los pies. Esa nochedurmió en el banco de siempre, en el parque.Al cabo de unos días, el perro vio un aviso en un farol. Decía: «Perdidoanillo de oro. Sr. Terrier, calle Wealthy, n° 10.»El perro fue corriendo a la calle Wealthy. El señor Terrier estuvo encantado de recuperar su anillo. Le dio las gracias efusivamente y le entregóun monedero repleto de dinero.El perro se compró un abrigo muy caliente y un par de buenos zapatosde suela gruesa. Todavía le quedaba un montón de dinero, así que lo usópara pagar el enganche de una casita muy bonita. Se mudó a ella y nuncamás durmió en el parque. Los deseos no se lineen siempre realidad de forma inmediata. 31
    • EL VESTIDO DE LA SEÑORA RINOCERONTELa señora rinoceronte vio, en el escaparate de una tienda, un vestido de lunares y flores, con cintas y lazos de adorno. Lo contempló unrato, admirada, y entró en la tienda.- Quiero probarme ese vestido del escaparate —dijo la señora rinoceronte al vendedor.Se puso el vestido y se miró en el espejo.— Me parece que este vestido no me sienta nada bien —comentó.- Se equivoca totalmente, señora -respondió el vendedor-. Con este vestido está encantadora, seductora.— Si así fuera... —dijo la señora rinoceronte.- Ah, señora -insistió el vendedor-. Cualquiera que la vea con este vestido sentirá admiración y se morirá de envidia.— ¿Usted cree? —preguntó la señora rinoceronte, dando vueltas y másvueltas ante el espejo.— Desde luego —respondió el vendedor-. Le doy mi palabra.- Muy bien —dijo la señora rinoceronte—. Me lo quedo. Me lo llevarépuesto.La señora rinoceronte salió de la tienda. La gente sonreía y se burlaba alverla subir por la avenida.«Admiración», pensó la señora rinoceronte.Vio que algunos se acercaban a cuchichear entre sí.«Envidia», pensó la señora rinoceronte.Continuó avenida arriba. Todos cuantos se cruzaban se paraban a verla.La señora rinoceronte se sentía más encantadora y más seductora a cadapaso que daba. Nada cuesta tanto corno resistir la adulación. 32
    • EL CANGURO TRAVIESOErase una vez un cangurito que se portaba mal en la escuela. Ponía tachuelas en la silla del profesor, lanzaba bolas de papel en clase, hacíaestallar cuetes en el lavabo y untaba de pegamento en las manijas de laspuertas.— ¡Tu comportamiento es intolerable! —le dijo el director—.Voy a llamara tus padres para decirles que eres un chico problemático.El director visitó al señor y a la señora canguro. Se sentó en una silla delsalón.— ¡Ay! -gritó-. ¡En esta silla hay una tachuela!— Ya lo sé —dijo el señor canguro—. Me encanta poner tachuelas en lassillas.Una bolita de papel le dio al director en la nariz.- Discúlpeme —dijo la señora canguro—, pero no puedo resistirme a tirarlas.Se escuchó un estruendo procedente del baño.-Tranquilo -le dijo el señor canguro al director—. Los cuetes que hemospuesto en el botiquín han estallado. Nos encanta el ruido.El director se precipitó hacia la puerta de la calle y se quedó pegado a lamanija de la puerta.-Tire con fuerza -dijo la señora canguro—. Hay plastas de pegamento entodos las manijas de la casa.El director logró despegarse. Salió de la casa y corrió calle abajo.- ¡Qué hombre tan agradable! —dijo el señor canguro-. Me pregunto porqué se habrá ido tan de repente.- Seguramente tenía otra cita —dijo la señora canguro—. No te preocupes.La cena está lista.El señor, la señora canguro y su hijo disfrutaron de su cena. Tras el postre, se dedicaron a lanzarse bolitas por encima de la mesa. De tal palo, tal astilla. 34
    • EL CERDO EN LA TIENDA DE DULCESToda la noche, el cerdo soñó con dulces. Agitaba alas de algodón de azúcar, volaba entre nubes de fresa hacia una luna de mazapán y lasestrellas que centellaban en el cielo eran de chocolate recubierto de azúcar glasé.Se despertó con la boca que se le hacía agua.- ¡Dulces! —exclamó—. ¡Necesito comer dulces ahora mismo!El cerdo fue corriendo a la caja de chucherías. Estaba vacía. En la caja debombones de la alacena sólo había envoltorios de papel arrugados.- Iré a la tienda de dulces -dijo.Se vistió y salió de casa.- Pensándolo mejor -dijo el cerdo—, debería tener en cuenta que los dulces me sientan mal. Me engordan más todavía, me dan gases y dolor deestomago.Luego el cerdo se acordó de sus dulces sueños y decidió que, ya que estaba a medio camino de la tienda, podía llegar hasta el final.- Unos cuantos caramelos de menta no me harán daño.Cuando llegó a la tienda, la boca se le hacía agua de nuevo.- A lo mejor me compro también una bolsa de gomitas -dijo.Pero la tienda de chucherías estaba cerrada. En la puerta había un cartelque rezaba: « Cerrado por vacaciones.»El cerdo regresó a casa.- ¡Qué autocontrol! -exclamó feliz-. ¡No me he comido ni un solocaramelo!Esa noche, para cenar, el cerdo tomó una ensalada y un vaso de leche fría.Se sintió ligero y no tuvo gases ni dolor de estomago. Es bastante probable que una puerta cerrada ponga freno a una tentación. M
    • EL ELEFANTE Y SU HIJOEl elefante y su hijo pasaban la tarde en casa. El elefantito tarareaba una canción.- ¿No puedes estar callado? -dijo papá elefante-. Papá intenta leer el periódico y no puede escuchar la canción al mismo tiempo que lee el periódico.- ¿ Por qué no ? —preguntó el elefantito.- Porque papá no puede pensar en dos cosas a la vez, por eso —respondióel padre elefante.El elefantito dejó de cantar. Se sentó en silencio. Papá elefante encendióun cigarro y se puso a leer.Al cabo de un rato el elefantito preguntó:- Papá, ¿sigues sin poder pensar en dos cosas a la vez?- Sí, hijo —respondió el elefante-. Así es.- Entonces -dijo el elefantito—, deberías dejar de pensar en el periódicopara pensar en la pantufla de tu pie izquierdo.- Pero, hijo... -dijo el elefante-. El periódico de papá es mucho másinteresante e ilustrativo que la pantufla de su pie izquierdo.- Puede que sí -dijo el elefantito-, pero tu periódico no se ha incendiado con la ceniza del cigarro. En cambio, la pantufla de tu pie izquierdo,sí.Papá elefante corrió a sumergir en agua su pantufla. Muy suavecito, elelefantito empezó a tararear de nuevo. No siempre el saber puede suplir la observación directa. 38
    • EL PELICANO Y LA GRULLALa grulla invitó al pelícano a tomar el té. - ¡Qué amable por su parte invitarme a venir! -le dijo el pelícano-.Nadie me invita a ir a ningún lado.- Es un placer -le dijo la grulla al pelícano, pasándole la azucarera-.¿Azúcar?- Sí, gracias —dijo el pelícano. Se sirvió la mitad del azúcar en la taza yderramó por el suelo la otra mitad-. Por lo visto no tengo amigos.- ¿Toma leche con el té? -preguntó la grulla.- Sí, gracias —dijo el pelícano. Se sirvió un poco de leche en la taza ymanchó todo el mantel con el resto—. Por mucho que espero, nadie mellama nunca.- ¿Una galleta? -preguntó la grulla.- Sí, gracias -dijo el pelícano.Tomó un montón de galletas y se las metiótodas de golpe en la boca. Se llenó la pechera de migas-. Espero que vuelva usted a invitarme.-Tal vez, es posible -dijo la grulla-. Pero en estos días ando muy atareado.-Adiós, hasta la próxima —dijo el pelícano.Y todavía se zampó otro montón de galletas. Luego se limpió la boca con el mantel y se marchó.Cuando el pelícano se hubo ido, la grulla sacudió la cabeza, suspiró yllamó a la sirvienta para que limpiara aquel desastre. Quien fracasa socialmentc es por causas evidentes. 41
    • EL GALLITOLlamaron al joven gallo a la cabecera de su padre. - Hijo, me ha llegado la hora -le dijo el viejo gallo-. A partir deahora, tú serás quien le cante al sol todas las mañanas.El gallito vio muy triste cómo se le escapaba la vida a su padre.Al día siguiente, por la mañana temprano, el gallito se subió al tejado delgallinero. Allí de pie, miró hacia el Este.- Es la primera vez que hago esto -dijo-. Lo haré lo mejor que pueda.—Levantó la cabeza y cacareó. No le salió más que un canto débil y desafinado.El sol no salió. Las nubes cubrían el cielo y cayó el día entero una pesada llovizna. Todos los animales de la granja fueron a ver al gallo.- ¡Menudo desastre! —gritó el cerdo.- ¡Necesitamos nuestro sol! -exclamó la oveja.- Gallo, tienes que cantar más fuerte -dijo el buey. El sol está a noventay tres millones de kilómetros de distancia. ¿Cómo esperas que te oiga?Al día siguiente, muy temprano, el joven gallo voló de nuevo hasta el tejado del gallinero. Tomó aliento, echó atrás la cabeza y CANTÓ. Fue elcanto más fuerte de todos los cantos habidos y por haber.Los animales de la granja se despertaron sobresaltados.- ¡ Qué ruido! —gritó el cerdo.- ¡Me duelen los oídos! -exclamó la oveja.- ¡Me va a estallar la cabeza! -dijo el buey.- Lo siento -se disculpó el gallo-, sólo hacía mi trabajo.Lo dijo con cierto orgullo, porque vio, lejos, hacia el Este, que el solempezaba a despuntar tras las copas de los árboles. Un fracaso inicial allana el camino para futuros éxitos.
    • LA CENA DEL HIPOPÓTAMOEl hipopótamo fue a un restaurante y se sentó en su mesa preferida. - ¡Camarero! -llamó-.Tomaré sopa de judías, coles de Bruselas ypuré de papas. Por favor, deprisa. Tengo un hambre de lobo esta noche.Al cabo de un momento, el camarero volvió con el pedido. El hipopótamo miró el plato.— ¡Camarero! -dijo—. ¿Llama usted comida a esto? Estas raciones sondemasiado pequeñas. No saciarían ni a un gorrión. Quiero una bañera desopa de judías, una cesta de coles de Bruselas y una montaña de puré depapas. ¡Le he dicho que tengo HAMBRE!El camarero fue de nuevo a la cocina y regresó con sopa de judías suficiente para llenar una bañera, tantas coles de Bruselas que habrían rebosado de una canasta y una montaña de puré de papas. En un instante, elhipopótamo se hubo comido hasta el último bocado.- ¡ Delicioso! -dijo, limpiándose la boca con la servilleta, dispuesto a marcharse.Para su sorpresa, no pudo moverse. La barriga se le había hinchadomuchísimo y estaba atrapado entre la mesa y la silla. Empujó y tiró, perosin resultado. No logró moverse.Se hizo tarde. Los otros clientes del restaurante terminaron de cenar y semarcharon. Los cocineros se quitaron los delantales y ordenaron sus ollas.Los camareros recogieron las mesas y apagaron las luces. Todos se fuerona casa.El hipopótamo se quedó allí, sentado pesadamente a la mesa.-A lo mejor no tendría que haber comido tantas coles de Bruselas -dijoen la penumbra del oscuro restaurante. De vez en cuando, eructaba. Solemos arrepentimos de los excesos. 44
    • EL RATÓN A LA ORILLA DEL MARUn ratón les dijo a su padre y a su madre que se iba de viaje a la orilla del mar.- ¡Qué miedo! —exclamaron-. El mundo está lleno de peligros. ¡Novayas!— Lo tengo decidido —dijo el ratón, sin ceder—. Nunca he visto el océano y ya es hora de que lo vea. Nada conseguirá que cambie de opinión.— Entonces no vamos a impedírtelo —dijeron mamá y papá ratón—, peroten cuidado.Al amanecer del día siguiente, el ratón se puso en camino. Antes de queacabara la mañana ya tuvo problemas y supo lo que era el miedo.Un gato le saltó encima desde detrás de un árbol.-Voy a comerte para almorzar -le dijo.El ratón escapó por un pelo. Corrió para salvar la vida, pero se dejó unpedazo de cola en las fauces del gato.Por la tarde, ya habían atacado al ratón perros y pájaros. Se había desorientado unas cuantas veces. Estaba lastimado y ensangrentado. Estabacansado y asustado.Al anochecer, el ratón llegó a la cima de la última colina y vio la orilladel mar que se extendía a sus pies. Miró las olas que alcanzaban la playa,una tras otra. El sol, al ponerse, teñía el cielo de todos los colores.- ¡Qué hermoso! —exclamó el ratón—. Ojalá mamá y papá estuvieranaquí conmigo viendo esto.Salió la luna y las estrellas parpadearon sobre el océano. El ratón permanecía silencioso, allí sentado, en la cima de la colina. Lo invadía un profundo sentimiento de paz y satisfacción. Un momento de felicidad vale todos los esfuerzos del mundo.
    • Fábulas se imprimió por encargo de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos en los talleres de Editorial Impresora Apolo, S.A. de C.V.con domicilio en Centeno 150-6, col. Granjas Esmeralda, delegación Iztapalapa, en el mes de noviembre de 2006. El tiraje fue de 81 029 ejemplares.