E L     A M O R , L A S       M U J E R E S Y     L A M U E R T E      A R T U R OS C H O P E N H A U E R
Traducción de A. López White
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE                     EL AMOR                  ¡Oh, vosotros los sabios de alta y profun-  ...
ARTURO         SCHOPENHAUEREuropa. Es también el más fecundo de los asuntospara la poesía lírica, como para la poesía épic...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE    Por otra parte, la experiencia general, aunque nose renueva todos los días, prueba que...
ARTURO       SCHOPENHAUER     En cuanto a mí, nunca he comprendido comodos seres que se aman y creen hallar en ese amor la...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEdice Rousseau en el Discurso sobre la desigualdad es fal-so e insuficiente. Kant, en la te...
ARTURO       SCHOPENHAUERdo de ellos una mirada si hubiese nacido diez y ochoaños antes.     Toda inclinación tierna, por ...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEpromovedor de los asuntos más malos y embrolla-dos; que rompe las relaciones más preciosas...
ARTURO         SCHOPENHAUERmerece la profunda seriedad con que cada uno lopersigue.     En efecto, se trata nada menos que...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEvoluntad individual, que se transforma en voluntadde la especie.     En este gran interés ...
ARTURO       SCHOPENHAUERdesinteresada e ideal que pueda parecer la admira-ción por una persona amada, el objetivo final e...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEnoble que sus sentimientos imposibles y sus quime-ras ideales? Y entre todos los fines que...
ARTURO        SCHOPENHAUERrias de los padres. Por el contrario, una antipatía re-cíproca y tenaz entre un hombre y una muj...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEen que nuestros padres comienzan a amarse, y comollevamos dicho, del encuentro y adhesión ...
ARTURO       SCHOPENHAUERnada necesidad que ha hecho nacer en aquel que laama.    El amor, por su esencia y por primer imp...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEga nacer una amistad extraña al amor, y puede queen este último punto haya entre ellos cie...
ARTURO       SCHOPENHAUERviduales, comprender la necesidad de ese sacrificio ysometerse a él en seguida. Para alcanzar su ...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE     Imaginase que el instinto tiene poco imperio so-bre el hombre, o por lo menos que no ...
ARTURO       SCHOPENHAUER     Así, pues, no hay hombre que en primer términono desee con ardor y no prefiera las más hermo...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEparte ninguna, y su indiferentismo por la dificultad opor el peligro cuando se trata de lo...
ARTURO       SCHOPENHAUERaun a expensas de su dicha particular. Así, en esteinstinto como en todos los demás, la verdad se...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEcione más que un placer efímero, seguido de un rá-pido desencanto. En efecto; ese deseo es...
ARTURO        SCHOPENHAUERconstrucciones futuras y toman las más complicadasdisposiciones. Lo que dirige a todos estos bic...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEpunto al espíritu de la mujer en cinta como el objetode un vivo antojo. También hay en est...
ARTURO       SCHOPENHAUERcualquiera otra mujer tiene más atractivo que la queposee; aspira al cambio.     Por el contrario...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEpueda parecer el gusto por las mujeres, no es, sinembargo, más que un instinto disfrazado,...
ARTURO       SCHOPENHAUERde aversión. La juventud sin belleza tiene siempreatractivo, pero ya no lo tiene tanto la hermosu...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEcuerpo notablemente hermoso compensa muchosdefectos y nos hechiza. La extremada importanci...
ARTURO        SCHOPENHAUERuna señal de esterilidad. No es la inteligencia quiensabe esto, es el instinto.     La belleza d...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE     He aquí lo que, de una manera general, puedeafirmarse. Las mujeres prefieren en el ho...
ARTURO       SCHOPENHAUERprocede que a menudo amen las mujeres a hombresfeísimos, pero nunca a hombres afeminados, porquen...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEpensar, instruida, llena de buen gusto, etc.; o bien elhombre muy sabio, un genio, y ella ...
ARTURO        SCHOPENHAUERmaridos; tratan así de ayudar a la inteligencia pormedios artificiales, lo mismo que, si viene a...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEamor apasionado, mientras que los amores comunesy pasajeros sólo se guían por consideracio...
ARTURO       SCHOPENHAUERhermafroditismo completo, y estos individuos, queconstituyen el justo medio entre los dos sexos y...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEfecciones y todos los extravíos del tipo normal, portemor a que se perpetúen en el hijo fu...
ARTURO       SCHOPENHAUERun perfil de loro, y así por el estilo. Los hombres deformas escuálidas, de largo esqueleto, admi...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEimportancia que otorga a ciertas cosas, las cualespudieran y debieran serle indiferentes c...
ARTURO       SCHOPENHAUERinmortal es a los mortales, y sus intereses son a losde los hombres como el infinito es a lo fini...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEpuede ser satisfecho, pierden su valor todos los bie-nes del mundo y la misma vida. Es una...
ARTURO       SCHOPENHAUERpues, de la fuente original de todos los seres brotaesa aspiración de un ser futuro, que encuentr...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE     El deseo amoroso, que los poetas de todos lostiempos se esfuerzan por expresar con mi...
ARTURO        SCHOPENHAUERfundarse en raras cualidades intelectuales o en cuali-dades objetivas o reales, sencillamente po...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE                Perdiera cien mil victorias,                volviérame... etc.     Aquí, p...
ARTURO       SCHOPENHAUERparan, marido, padres, etcétera, los dos amantes sonuno de otro por mandato de la Naturaleza, que...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTETanto como la especie sobrepuja al individuo, otrotanto supera la pasión en importancia, e...
ARTURO        SCHOPENHAUERobras muy conocidas: La reina de diez y seis años, Elcasamiento razonable. En las tragedias dond...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEsentimiento que tiene de obrar en circunstancias deuna importancia tan trascendente, eleva...
ARTURO       SCHOPENHAUERconcentrada sobre un objeto determinado. Desdeentonces no tiene más salida que el suicidio, a vec...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEune para siempre al objeto de su pasión. ¡Tanto es loque le deslumbra esa ilusión, que se ...
ARTURO        SCHOPENHAUEReste caso cuando un amante apasionado, a pesar detodos los esfuerzos y de todas las súplicas, no...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEPero no ha habido más que un Petrarca dotado almismo tiempo del don de poesía. A él se apl...
ARTURO       SCHOPENHAUER     En efecto, como la pasión se funda en una ilu-sión de felicidad personal, en provecho de la ...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE     Los matrimonios por amor se conciertan en in-terés de la especie y no en provecho del...
ARTURO       SCHOPENHAUERde los esposos, pero a expensas de los hijos que de-ban nacer de ellos, y aun así es problemática...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEconciertan los matrimonios, no por pura elección osimpatía, sino por toda clase de conside...
ARTURO       SCHOPENHAUERsica en general, y he aquí como la ilumina con nuevaluz.     Se ha visto que en el amor de los se...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEéxito bueno o malo le afecta de la manera más sen-sible, y de donde le viene, por excelenc...
ARTURO       SCHOPENHAUERsidera más que la figura exterior de la especie, talcomo la concebimos por intuición, y no en su ...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEde ser o de no ser voluntad de vivir. Este último ca-so es lo que el budhismo denomina Nir...
ARTURO        SCHOPENHAUER    Si el espíritu de la especie, que dirige a dosamantes sin que lo sepan, pudiese hablar por s...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE     CLOE.-Yo le doy cabellos negros y ojos negros:tú eres rubio.     DAFNIS.-Yo le doy na...
ARTURO       SCHOPENHAUERnas de carácter de todo un harén y de hombres (ver-daderos hombres) a todas las jóvenes solteras ...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEopuesto al entusiasmo que nos abre el mundo ideal.El entusiasmo y la voluptuosidad son gra...
ARTURO       SCHOPENHAUER                  LAS MUJERES     Sólo el aspecto de la mujer revela que no estádestinada ni a lo...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEniño y el hombre. Si observamos a una mujer lo-quear todo el día con un niño, bailando y c...
ARTURO        SCHOPENHAUER     De ahí proviene que las jóvenes casaderas mirengeneralmente las ocupaciones domésticas o lo...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEmite ver de un modo penetrante las cosas próximas;pero su horizonte es muy pequeño y se le...
ARTURO        SCHOPENHAUERdiferente de la nuestra. Van derechas al fin por elcamino más corto, porque, en general, sus mir...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEpital de las naturalezas femeninas. Eso proviene desus escasos buen sentido y reflexión qu...
ARTURO        SCHOPENHAUER    De este defecto fundamental y de sus conse-cuencias nacen la falsía, la infidelidad, la trai...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEción futura; a nosotras nos incumbe trabajar paraello con toda conciencia.”     Pero las m...
ARTURO        SCHOPENHAUERque está restringida entre los hombres a los de cadaoficio, abarca en las mujeres a toda la espe...
EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE     Preciso ha sido que el entendimiento del hom-bre se obscureciese por el amor para lla...
ARTURO        SCHOPENHAUERneral, no aman ningún arte, no son inteligentes enninguno, y no tienen ningún genio. Basta obser...
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Arthur schopenhauer   el amor las mujeres y la muerte
Upcoming SlideShare
Loading in...5
×

Arthur schopenhauer el amor las mujeres y la muerte

5,562

Published on

0 Comments
2 Likes
Statistics
Notes
  • Be the first to comment

No Downloads
Views
Total Views
5,562
On Slideshare
0
From Embeds
0
Number of Embeds
0
Actions
Shares
0
Downloads
65
Comments
0
Likes
2
Embeds 0
No embeds

No notes for slide

Arthur schopenhauer el amor las mujeres y la muerte

  1. 1. E L A M O R , L A S M U J E R E S Y L A M U E R T E A R T U R OS C H O P E N H A U E R
  2. 2. Traducción de A. López White
  3. 3. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE EL AMOR ¡Oh, vosotros los sabios de alta y profun- da ciencia, que habéis meditado y sabéis dón- de, cuándo y cómo se une todo en la Naturaleza, el por qué de todos esos amores y besos; vosotros, sabios sublimes, decídmelo! ¡Poned en el potro vuestro sutil ingenio y de- cidme dónde, cuando y cómo me ocurrió amar, por qué me ocurrió amar! Burger. Se está generalmente habituado a ver a los poe-tas ocuparse en pintar el amor. La pintura del amor es el principal asunto de to-das las obras dramáticas, trágicas o cómicas, román-ticas o clásicas, en las Indias lo mismo que en 3
  4. 4. ARTURO SCHOPENHAUEREuropa. Es también el más fecundo de los asuntospara la poesía lírica, como para la poesía épica. Esto sin hablar del incontable número de nove-las que desde hace siglos se producen cada año entodos los países civilizados de Europa con tanta re-gularidad como los frutos de las estaciones. Todas esas obras no son en el fondo sino des-cripciones variadas y más o menos desarrolladas deesta pasión. Las pinturas más perfectas, Romeo y Ju-lieta, La Nueva Eloísa, Werther, han adquirido una glo-ria inmortal. Es un gran error decir con La Rochefoucauldque sucede con el amor apasionado como con losespectros; que todo el mundo habla de él y nadie loha visto; o bien, negar con Lichtenberg, en su Ensayosobre el poder del amor, la realidad de esta pasión y elque esté conforme con la Naturaleza. Porque es im-posible concebir que siendo un sentimiento extrañoo contrario a la naturaleza humana o un puro capri-cho, no se cansen de pintarlo los poetas, ni la huma-nidad de acogerlo con una simpatía inquebrantable,puesto que sin verdad no hay arte cabal. Rien n’est beau que le vrai; le vrai seult est aimable. BOILEAU. 4
  5. 5. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE Por otra parte, la experiencia general, aunque nose renueva todos los días, prueba que bajo el imperiode ciertas circunstancias, una inclinación viva y aungobernable puede crecer y superar por su violencia atodas las demás pasiones, echar a un lado todas lasconsideraciones, vencer todos los obstáculos conuna fuerza y una perseverancia increíbles, hasta elpunto de arriesgar sin vacilación la vida por satisfa-cer su deseo, y hasta perderla si ese deseo es sin es-peranza. No sólo en las novelas hay Werthers yJacobo Ortís; todos los años pudieran señalarse enEuropa lo menos media docena. Mueren desconoci-dos, y sus sufrimientos no tienen otro cronista queel empleado que registra las defunciones ni otrosanales que la sección de noticias de periódicos. Las personas que leen los diarios franceses e in-gleses certificarán la exactitud de esto que afirmo. Pero aun es más grande el número de los indivi-duos a quienes esta pasión conduce al manicomio. Por último, se comprueban cada año diversoscasos de doble suicidio, cuando dos amantes deses-perados caen víctimas de las circunstancias exterio-res que los separan. 5
  6. 6. ARTURO SCHOPENHAUER En cuanto a mí, nunca he comprendido comodos seres que se aman y creen hallar en ese amor lafelicidad suprema, no prefieren romper violenta-mente con todas las convenciones sociales y sufrirtodo género de vergüenzas, antes que abandonar lavida, renunciando a una ventura más allá de la cualno imaginan que existan otras. En cuanto a los gra-dos inferiores, los ligeros ataques de esa pasión, todoel mundo los tiene a diario ante su vista, y a pocojoven que sea uno, la mayor parte del tiempo lostiene también en el corazón. Por tanto, no es licito dudar de la realidad delamor ni de su importancia. En vez de asombrarse de que un filósofo tratetambién de apoderarse de esta cuestión, tema eternopara todos los poetas, más bien debiera sorprenderque un asunto que representa en la vida humana unpapel tan importante haya sido hasta ahora abando-nado por los filósofos y se nos presente como mate-ria nueva. De todos los filósofos es Platón quien se ocupómás del amor, sobre todo en el Banquete y en Fedro.Lo que dijo acerca de este asunto entra en el domi-nio de los mitos, fábulas y juegos de ingenio, y sobretodo concierne al amor griego. Lo poco que de él 6
  7. 7. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEdice Rousseau en el Discurso sobre la desigualdad es fal-so e insuficiente. Kant, en la tercera parte del Tratadosobre el sentimiento de lo bello y de lo sublime, toca el amorde una manera harto superficial y a veces inexacta,como quien no es muy ducho en él. Platner; en suantropología, no res ofrece sino ideas medianas ycorrientes. La definición de Spinoza merece citarse acausa de su extremada sencillez: Amor est titillatio,concomitante idea causœ externœ (Eth. IV, prop. 44 ídem). No tengo, pues, que servirme de mis predeceso-res ni refutarlos. No por los libros, sino por la ob-servación de la vida exterior, es como este asunto seha impuesto a mí y ha ocupado un puesto por símismo en el conjunto de mis consideraciones acercadel mundo. No espero aprobación ni elogio por parte de losenamorados, que naturalmente propenden a expre-sar con las imágenes más sublimes y más etéreas laintensidad de sus sentimientos. A los tales mi puntode vista les parecerá demasiado físico, harto material,por metafísico y trascendente que sea en el fondo. Antes de juzgarme, que se den cuenta de que elobjeto de su amor, o sea la mujer a la cual exaltanhoy en madrigales y sonetos, apenas hubiera obteni- 7
  8. 8. ARTURO SCHOPENHAUERdo de ellos una mirada si hubiese nacido diez y ochoaños antes. Toda inclinación tierna, por etérea que afecteser, sumerge todas sus raíces en el instinto natural delos sexos, y hasta no es otra cosa más que este ins-tinto especializado, determinado, individualizado porcompleto. Sentado esto, si se observa el papel importanteque representa el amor en todos sus grados y en to-dos sus matices, no sólo en las comedias y novelas,sino también en el mundo real, donde, junto con elamor a la vida, es el más poderoso y el más activo detodos los resortes; si se piensa en que de continuoocupa las fuerzas de la parte más joven de la huma-nidad; que es el fin último de casi todo esfuerzohumano; que tiene una influencia perturbadora so-bre los más importantes negocios; que interrumpe atodas horas las ocupaciones más serias; que a veceshace cometer tonterías a los más grandes ingenios;que no tiene escrúpulos en lanzar sus frivolidades através de las negociaciones diplomáticas y de los tra-bajos de los sabios; que tiene maña para deslizar susdulces esquelas y sus mechoncitos de cabellos hastaen las carteras de los ministros y los manuscritos delos filósofos, lo cual no le impide ser a diario el 8
  9. 9. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEpromovedor de los asuntos más malos y embrolla-dos; que rompe las relaciones más preciosas, quiebralos vínculos más sólidos y elige por víctimas ya lavida o la salud, ya la riqueza, la alcurnia o la felicidad;que hace del hombre honrado un hombre sin honor,del fiel un traidor, y que parece ser así como un de-monio que se esfuerza en trastornarlo todo, en em-brollarlo todo, en destruirlo todo, entonces estamosprontos a exclamar: ¿Por qué tanto ruido? ¿Por quéesos esfuerzos, esos arrebatos, esas ansiedades y esamiseria? Pues no se trata más que de una cosa muy senci-lla; sólo se trata, de que cada macho se ayunte con suhembra. ¿Por qué tal futileza ha de representar unpapel tan importante e introducir de continuo eltrastorno y el desarreglo en la bien ordenada vida delos hombres? Pero ante el pensador serio, el espíritu de la ver-dad descorre poco a poco el velo de esta respuesta.No se trata de una fruslería; lejos de eso, la impor-tancia del negocio es igual a la formalidad y al ím-petu de la persecución. El fin definitivo de todaempresa amorosa, lo mismo si se inclina a lo trágicoque a lo cómico, es, en realidad, entre los diversosfines de la vida humana, el más grave e importante, y 9
  10. 10. ARTURO SCHOPENHAUERmerece la profunda seriedad con que cada uno lopersigue. En efecto, se trata nada menos que de la combina-ción de la generación próxima. Los actores que entraránen escena cuando salgamos nosotros, se encontraránasí determinados en su existencia y en su naturalezapor esta pasión tan frívola. Lo mismo que el ser, deesas personas futuras la naturaleza propia de su ca-rácter, su essentia, depende en absoluto de la elecciónindividual por el amor de los sexos, y se encuentraasí irrevocablemente fijada desde todos los puntosde vista. He aquí la clave del problema: la conoce-remos mejor cuando hayamos recorrido todos losgrados del amor, desde la inclinación más fugitivahasta la pasión más vehemente; entonces reconoce-remos que su diversidad nace del grado de la indivi-dualización en la elección. Todas las pasiones amorosas de la generaciónpresente no son, pues, para la humanidad entera másque una meditatio compositionis generationis futurœ, e quaiterum pendent ennumerœ generationes. Ya no se trata, enefecto, como en las otras pasiones humanas, de unadesventaja o una ventaja individual, sino de la exis-tencia y especial constitución de la humanidad futu-ra. En ese caso alcanza su más alto poderío la 10
  11. 11. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEvoluntad individual, que se transforma en voluntadde la especie. En este gran interés se fundan lo patético y losublime del amor, sus transportes, sus dolores infi-nitos, que desde millares de siglos no se cansan lospoetas de representar con ejemplos sin cuento. ¿Quéotro asunto pudiera aventajar en interés al que atañeal bien o al mal de la especie? Porque el individuo esa la especie lo que la superficie de los cuerpos a loscuerpos mismos. Esto es lo que hace que sea tandifícil dar interés a un drama sin mezclar en él unaintriga amorosa, y sin embargo, a pesar del uso dia-rio que del amor se hace, nunca se agota el asunto. Cuando el instinto de los sexos se manifiesta enla conciencia individual de una manera vaga y gené-rica, sin determinación precisa, lo que aparece, fuerade todo fenómeno, es la voluntad absoluta, de vivir.Cuando se especializa en un individuo determinadoel instinto del amor, esto no es en el fondo más queuna misma voluntad que aspira a vivir en un sernuevo y distinto, exactamente determinado. Y eneste caso, el instinto del amor subjetivo ilusiona porcompleto a la conciencia y sabe muy bien ponerse elantifaz de una admiración objetiva. La Naturalezanecesita esa estratagema para lograr sus fines. Por 11
  12. 12. ARTURO SCHOPENHAUERdesinteresada e ideal que pueda parecer la admira-ción por una persona amada, el objetivo final es, enrealidad, la creación de un ser nuevo, determinadoen su naturaleza; y lo que lo prueba así, es que elamor no se contenta con un sentimiento recíproco,sino que exige la posesión misma, lo esencial, es de-cir, el goce físico. La certidumbre de ser amado nopuede consolar de la privación de aquella a quien seama, y en semejante caso, más de un amante se hasaltado la tapa de los sesos. Por el contrario, sucedeque no pudiendo ser pagadas con la moneda delamor recíproco, gentes muy enamoradas se conten-tan con la posesión, es decir, con el goce físico. Eneste caso se hallan todos los matrimonios contraídospor fuerza, los amores venales o los obtenidos conviolencia. El que cierto hijo sea engendrado: ese es elfin único y verdadero de toda novela de amor, aun-que los enamorados no lo sospechen. La intriga queconduce al desenlace es cosa accesoria. Las almas nobles, sentimentales, tiernamenteprendadas, protestarán aquí lo que quieran contra eláspero realismo de mi doctrina; sus protestas no tie-nen razón de ser. La constitución y el carácter preci-so y determinado de la generación futura, ¿no es unfin infinitamente más elevado, infinitamente más 12
  13. 13. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEnoble que sus sentimientos imposibles y sus quime-ras ideales? Y entre todos los fines que se propone lavida humana, ¿puede haber alguno más considera-ble? Sólo él explica los profundos ardores del amor,la gravedad del papel que representa, la importanciaque comunica a los más ligeros incidentes. No hayque perder de vista este fin real, si se quiere explicartantas maniobras, tantos rodeos y esfuerzos, y esostormentos infinitos para conseguir al ser amado,cuando al pronto parecen tan desproporcionados.Es que la generación venidera, con su determinaciónabsolutamente individual, empuja hacia la existenciaa través de esos trabajos y esfuerzos. Es ella misma quien se agita, ya en la eleccióncircunspecta, determinada, pertinaz, que trata de sa-tisfacer ese instinto llamado amor; es la voluntad devivir del nuevo individuo que los amantes pueden ydesean engendrar. ¿Qué digo? En el entrecruza-miento de sus miradas preñadas de deseos, encién-dese ya una vida nueva, se anuncia un ser futuro;creación completa y armoniosa. Aspiran a una uniónverdadera, a la fusión en un solo ser. Este ser quevan a engendrar será como la prolongación de suexistencia y la plenitud de ella; en él continúan vi-viendo reunidas y fusionadas las cualidades heredita- 13
  14. 14. ARTURO SCHOPENHAUERrias de los padres. Por el contrario, una antipatía re-cíproca y tenaz entre un hombre y una mujer jovenes señal de que no podrán engendrar sino un ser malconstituido, sin armonía y desgraciado. Por eso Cal-derón, con profundo sentido, representa a la cruelSemíramis, a quien llama hija del aire, como fruto deuna violación, seguida del asesinato del esposo. Esta soberana fuerza, que atrae exclusivamente,uno hacia otro, a dos individuos de sexo diferente,es la voluntad de vivir, manifiesta en toda la especie.Trata de realizarse según sus fines en el hijo que de-be nacer de ellos. Tendrá del padre la voluntad o elcarácter, de la madre la inteligencia, de ambos laconstitución física. Y sin embargo, las facciones re-producirán más bien las del padre, la estatura recor-dará más bien la de la madre... Si es difícil explicar elcarácter enteramente especial y exclusivamente indi-vidual de cada hombre, no es menos difícil com-prender el sentimiento asimismo particular yexclusivo que arrastra a dos personas una hacia otra.En el fondo esas dos cosas no son más que una sola. La pasión es implícitamente lo que la individua-lidad es explícitamente. El primer paso hacia la existencia, el verdaderopunctum saliens de la vida, es, en realidad, el instante 14
  15. 15. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEen que nuestros padres comienzan a amarse, y comollevamos dicho, del encuentro y adhesión de sus ar-dientes miradas; nace el primer germen del nuevoser, germen frágil, pronto a desaparecer como todoslos gérmenes. Este nuevo individuo es, en ciertomodo, una idea platónica, y como todas las ideashacen un esfuerzo violento para conseguir manifes-tarse en el mundo de los fenómenos, ávidas de apo-derarse de la materia favorable que la ley decausalidad les entrega como patrimonio, así tambiénesta idea particular de una individualidad humanatiende con violencia y ardor extremados a realizarseen un fenómeno. Esta energía, este ímpetu es preci-samente la pasión que les futuros padres experi-mentan el uno por el otro. Tiene grados infinitos,cuyos dos extremos pudieran designarse con elnombre de amor vulgar y de amor divino, pero encuanto a la esencia del amor, es en todas partes ysiempre el mismo. En sus diversos grados, es tantomás poderoso cuanto más individualizado. En otrostérminos: es tanto más fuerte cuanto, por todas suscualidades y maneras de ser, la persona amada (conexclusión de cualquiera otra) sea más capaz de co-rresponder a la aspiración particular y a la determi- 15
  16. 16. ARTURO SCHOPENHAUERnada necesidad que ha hecho nacer en aquel que laama. El amor, por su esencia y por primer impulso, semueve hacia la salud, la fuerza y la belleza; hacia lajuventud, que es la expresión de ellas, porque la vo-luntad desea ante todo crear seres capaces de vivircon el carácter integral de la especie humana. Elamor vulgar no va más lejos. Luego vienen otrasexigencias más especiales, que agrandan y fortalecenla pasión. No hay amor patente sino en la conformi-dad perfecta de dos seres... Y como no hay dos seressemejantes en absoluto, cada hombre debe buscaren cierta mujer las cualidades que mejor correspon-den a sus cualidades propias, siempre desde el puntode vista de los hijos por nacer. Cuanto más raro eseste hallazgo, más raro es también el amor verdade-ramente apasionado. Y precisamente porque cadauno de nosotros tiene en potencia ese gran amor,por eso comprendemos la pintura que de él nos haceel genio de los poetas. Precisamente porque esta pasión del amor sepropone de un modo exclusivo al ser futuro y lascualidades que debe tener, puede ocurrir que entreun hombre y una mujer jóvenes, agradables y bienformados, una simpatía de carácter y de espíritu ha- 16
  17. 17. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEga nacer una amistad extraña al amor, y puede queen este último punto haya entre ellos cierta antipatía.La razón es que el hijo que naciese de ellos estaríafalto de armonía intelectual o física; en una palabra,que su existencia y su constitución no corresponde-rían a los planes que se propone la voluntad de vivir,en interés de la especie. Puede ocurrir, por el contrario, que, a despechode la semejanza de sentimientos, de carácter y deespíritu, a despecho de la repugnancia y hasta de laaversión que resulten, nazca y subsista, sin embargo,el amor, porque ciegue acerca de esas incompatibili-dades. Si de eso resulta un enlace conyugal, el ma-trimonio será necesariamente muy desgraciado.Vamos ahora al fondo de las cosas. El egoísmo tiene en cada hombre raíces tanhondas, que los motivos egoístas son los únicos conque puede contarse de seguro para excitar la activi-dad de un ser individual. Cierto es que la especietiene sobre el individuo un derecho anterior, másinmediato y más considerable que la individualidadefímera. Sin embargo, cuando es preciso que el indi-viduo obre y se sacrifique por el sostenimiento y eldesarrollo de la especie, le cuesta trabajo a su inteli-gencia, dirigida toda ella hacia las aspiraciones indi- 17
  18. 18. ARTURO SCHOPENHAUERviduales, comprender la necesidad de ese sacrificio ysometerse a él en seguida. Para alcanzar su fin espreciso, pues, que la Naturaleza embauque al indivi-duo con alguna añagaza, en virtud de la cual vea,como un iluso, su propia ventura en lo que en reali-dad sólo es el bien de la especie. El individuo se ha-ce así esclavo inconsciente de la Naturaleza en elmomento en que sólo cree obedecer a sus propiosdeseos. Una pura quimera, al punto desvanecida,flota ante sus ojos y le hace obrar. Esta ilusión no esmás que el instinto. En la mayoría de los casos re-presenta el sentido de la especie, los intereses de laespecie ante la voluntad. Pero como aquí la voluntadse ha hecho individual, debe ser engañada, de talsuerte, que perciba por el sentido del individuo lospropósitos que sobre ella tiene el sentido de la espe-cie. Así, cree trabajar en provecho del individuo, alpaso que, en realidad, sólo trabaja para la especie, ensu sentido más estricto. En el animal es donde elinstinto representa el mayor papel, y donde mejorpueden observarse sus manifestaciones exteriores.En cuanto a las vías secretas del instinto, como res-pecto a todo lo que es interior, sólo podemosaprender a conocerlas en nosotros mismos. 18
  19. 19. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE Imaginase que el instinto tiene poco imperio so-bre el hombre, o por lo menos que no se manifiestanada más que en el recién nacido, que trata de cogerla teta de su madre. Pero en realidad, hay un instintomuy determinado, muy manifiesto, y sobre todomuy complejo, que nos guía en la elección tan fina,tan seria, tan particular, de la persona a quien seama, y la posesión de la cual se apetece. Si el placer de los sentidos no ocultase más quela satisfacción de una necesidad imperiosa, sería in-diferente la hermosura o la fealdad del otro indivi-duo. La apasionada rebusca de la belleza, el precioque se le concede, la selección que en ello se pone,no conciernen, pues, al interés personal de quienelige, aun cuando así se lo figure él, sino evidente-mente al interés del ser futuro, en el que importamantener lo más posible íntegro y puro el tipo de laespecie. Mil accidentes físicos y mil deformidades mora-les pueden producir una desviación de la figura hu-mana; sin embargo, el verdadero tipo humanorestablécese de nuevo en todas sus partes, gracias aeste sentido de la belleza que domina siempre y diri-ge el instinto de los sexos, sin lo cual el amor no se-ría más que una necesidad irritante. 19
  20. 20. ARTURO SCHOPENHAUER Así, pues, no hay hombre que en primer términono desee con ardor y no prefiera las más hermosascriaturas, porque realizan el tipo más puro de la es-pecie. Después buscará sobre todo las cualidades quele faltan, o a veces las imperfecciones opuestas a lassuyas propias, y que le parecerán bellezas. De ahí proviene, por ejemplo, el que las mujero-nas gusten a los hombrecillos y que los rubios amena las morenas, etc. El entusiasmo vertiginoso que se apodera delhombre a la vista de una mujer cuya hermosura res-ponde a su ideal y hace lucir ante sus ojos el espe-jismo de la suprema felicidad si se une con ella, noes otra cosa sino el sentido de la especie que recono-ce su sello claro y brillante, y que apetecería perpe-tuarse por ella... Estas consideraciones arrojan viva luz sobre lanaturaleza intima de todo instinto. Como se ve aquí,su papel consiste casi siempre en hacer que el indi-viduo se mueva por el bien de la especie. Porqueevidentemente, la solicitud de un insecto por hallarcierta flor, cierto fruto, un excremento o un trozo decarne, o bien, como el ichneumon, la larva de otro in-secto para depositar allí sus huevos y no en otra 20
  21. 21. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEparte ninguna, y su indiferentismo por la dificultad opor el peligro cuando se trata de lograrlo, son muyanálogos a la preferencia exclusiva de un hombrepor cierta mujer, aquella mujer cuya naturaleza indi-vidual se corresponde con la suya. La busca con tanapasionado celo, que antes que no conseguir su ob-jeto, con menosprecio de toda razón, sacrifica a me-nudo la felicidad de su vida. No retrocede ante unmatrimonio insensato, ni ante relaciones ruinosas, niante el deshonor, ni ante actos criminales, adulterioo violación. Y eso únicamente por servir a los finesde la especie, bajo la soberana ley de la Naturaleza, aexpensas hasta del individuo. Por todas partes pare-ce dirigido el instinto por una intención individual,siendo así que es en un todo extraño a ella. La Natu-raleza hace surgir el instinto siempre que el indivi-duo, entregado a sí mismo, sería incapaz decomprender las miras de ella o estaría dispuesto aresistirlas. He aquí por qué ha sido dado el instinto aloa animales, y sobre todo a los animales inferioresmás desprovistos de inteligencia; pero el hombre nole está sometido sino en el caso especial que nosocupa. Y no es porque el hombre sea incapaz decomprender los fines de la Naturaleza, sino porquetal vez no los perseguiría con todo el celo necesario, 21
  22. 22. ARTURO SCHOPENHAUERaun a expensas de su dicha particular. Así, en esteinstinto como en todos los demás, la verdad se dis-fraza de ilusión para influir en la voluntad. Una ilu-sión de voluptuosidad es lo que hace refulgir a losojos del hombre la embaucadora imagen de una feli-cidad soberana en los brazos de la belleza, no igua-lada por ninguna otra humana criatura ante sus ojos;ilusión es también cuando se imagina que la pose-sión de un solo ser en el mundo le otorga de segurouna dicha sin medida y sin limites. Figúrase que sa-crifica afanes y esfuerzos en pro sólo de su propiogoce, mientras que en realidad no trabaja más quepor mantener el tipo integral de la especie, por crearcierto individuo enteramente determinado, que ne-cesita de esa unión para realizarse y llegar a la exis-tencia. De tal modo es así, que el carácter delinstinto es el de obrar en vista de una finalidad deque sin embargo no se tiene idea. Impelido el hom-bre por la ilusión que le posee, tiene a veces horroral objetivo adonde va guiado, que es la procreaciónde los seres, y hasta quisiera oponerse a él: este casoacontece en casi todos los amores ilícitos. Una vez satisfecha su pasión, todo amante expe-rimenta un especial desengaño: se asombra de que elobjeto de tantos deseos apasionados no le propor- 22
  23. 23. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEcione más que un placer efímero, seguido de un rá-pido desencanto. En efecto; ese deseo es a los otrosdeseos que agitan el corazón del hombre como laespecie es al individuo, como el infinito es a lo fini-to. Sólo la especie se aprovecha de la satisfacción deese deseo, pero el individuo no tiene conciencia deello. Todos los sacrificios que se ha impuesto, im-pulsado por el genio de la especie, han servido paraun fin que no es el suyo propio. Por eso todoamante, una vez realizada la grande obra de la Natu-raleza, se llama a engaño; porque la ilusión que lehacía víctima de la especie se ha desvanecido. Platóndice muy bien: Voluptas omnium maxime vaniloqua. Estas consideraciones dan nueva luz acerca delos instintos y el sentido estético de los animales.También son esclavos ellos de esa especie de ilusiónque hace brillar ante sus ojos el engañoso espejismode su propio goce, mientras tan asiduamente y contan absoluto desinterés trabajan en pro de la especie.Así fabrica su nido el ave, y así busca el insecto elpropicio lugar donde poner sus huevos, o bien seentrega a la caza de una presa de que él mismo no hade gozar nunca, que sólo ha de servir de alimento alas futuras larvas, y la cual coloca junto a los huevos.Así la abeja, la avispa, la hormiga, trabajan en sus 23
  24. 24. ARTURO SCHOPENHAUERconstrucciones futuras y toman las más complicadasdisposiciones. Lo que dirige a todos estos bichos esevidentemente una ilusión que pone al servicio de laespecie el antifaz de un interés egoísta. Tal es la úni-ca explicación verosímil del fenómeno interno ysubjetivo que dirige las manifestaciones del instinto.Pero al ver las cosas desde fuera, advertimos en losanimales más esclavos del instinto -sobre todo en losinsectos- un predominio del sistema ganglionar, esdecir, del sistema nervioso subjetivo, sobre el siste-ma cerebral u objetivo, de donde es preciso inducirque los animales, no tanto son impelidos por unainteligencia objetiva y exacta, cuanto por representa-ciones subjetivas excitantes de deseos que nacen dela acción del sistema ganglionar sobre el cerebro.Esto prueba que también ellos están bajo el imperiode una especie de ilusión, y tal será siempre la mar-cha fisiológica de todo instinto. Como aclaración, mencionaré también otroejemplo del instinto en el hombre -si bien es ciertoque menos característico- y es el apetito caprichosode las mujeres encinta. Parece nacer de que el creci-miento del embrión exige a veces una modificaciónparticular o determinada de la sangre que a él afluye.Entonces el alimento más favorable preséntase al 24
  25. 25. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEpunto al espíritu de la mujer en cinta como el objetode un vivo antojo. También hay en esto una ilusión.Parece, pues, que la mujer tiene un instinto más queel hombre; también está más desarrollado en ella elsistema ganglionar. El excesivo predominio del ce-rebro explica cómo tiene el hombre menos instintosque los brutos, y cómo sus instintos pueden extra-viarse algunas veces. Así, por ejemplo, el sentido dela belleza que dirige la selección al ir en busca delamor, se extravía cuando degenera en vicio contranatura. Asimismo cierta mosca (musca vomitoria), enlugar de poner sus huevos conforme a su instinto enuna carne en descomposición, los deposita en la flordel arun dracumulus, extraviada por el olor cadavéricode esta planta. El amor tiene, pues, por fundamento un instintodirigido a la reproducción de la especie. Esta verdadnos parecerá clara hasta la evidencia si examinamosla cuestión en detalle, como vamos a hacerlo. Ante todo, preciso es considerar que el hombrepropende por naturaleza a la inconstancia en elamor, y la mujer a la fidelidad. El amor del hombredisminuye de una manera perceptible a partir delinstante en que ha obtenido satisfacción. Parece que 25
  26. 26. ARTURO SCHOPENHAUERcualquiera otra mujer tiene más atractivo que la queposee; aspira al cambio. Por el contrario, el amor de la mujer crece apartir de ese instante. Esto es una consecuencia delobjetivo de la Naturaleza, que se encamina al sostén,y por tanto al crecimiento más considerable posiblede la especie. En efecto, el hombre con facilidad puede en-gendrar más de cien hijos en un año, si tiene otrastantas mujeres a su disposición; la mujer, por elcontrario, aunque tuviese otros tantos varones a sudisposición, no podría dar a luz más que un hijo alaño, salvo los gemelos. Por eso anda el hombresiempre en busca de otras mujeres, al paso que lamujer permanece fiel a un solo hombre, porque laNaturaleza la impele, por instinto y sin reflexión, aconservar junto a ella a quien debe alimentar y pro-teger a la futura familia menuda. De aquí resulta que la fidelidad en el matrimonioes artificial para el hombre y natural en la mujer, ypor consiguiente (a causa de sus consecuencias y porser contrario a la Naturaleza), el adulterio de la mu-jer es mucho menos perdonable que el del hombre. Quiero llegar al fondo de las cosas y acabar deconvenceros, probándoos que por objetivo que 26
  27. 27. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEpueda parecer el gusto por las mujeres, no es, sinembargo, más que un instinto disfrazado, es decir, elsentido de la especie, que se esfuerza en mantener eltipo de ella. Debemos investigar más de cerca yexaminar más especialmente las consideraciones quenos dirigen a perseguir ese placer, aunque hagan ex-traña figura en una obra filosófica los detalles quevamos a indicar aquí. Estas consideraciones se divi-den como sigue: en primer término, las que concier-nen directamente al tipo de la especie, es decir, labelleza; las que atienden a las cualidades psíquicas, ypor último las consideraciones puramente relativas,la necesidad de corregir unas por otras las disposi-ciones particulares y anormales de los dos individuosprocreadores. Examinemos por separado cada unade esas divisiones. La primera consideración que nos dirige al sim-patizar y elegir es la de la edad. En general, la mujerque elegimos se encuentra en los años comprendi-dos entre el final y el comienzo del flujo menstruo;por tanto, damos decisiva preferencia al período quemedia entre las edades de quince y veintiocho años.No nos atrae ninguna mujer fuera de las precedentescondiciones. Una mujer de edad, es decir, incapaz detener hijos, no nos inspira más que un sentimiento 27
  28. 28. ARTURO SCHOPENHAUERde aversión. La juventud sin belleza tiene siempreatractivo, pero ya no lo tiene tanto la hermosura sinjuventud. Con toda evidencia, la inconsciente intenciónque nos guía no es otra sino la posibilidad general detener hijos. Por consiguiente, todo individuo pierdeen atractivo para el otro sexo según se encuentremás o menos alejado del período propio para la ge-neración o la concepción. La segunda consideración es la salud: las enfer-medades agudas no turban nuestras inclinacionessino de un modo transitorio; por el contrario, lasenfermedades crónicas, las caquexias, asustan oapartan, porque se transmiten a los hijos. La tercera consideración es el esqueleto, porquees el fundamento del tipo de la especie. Después dela edad y de la enfermedad, nada nos aleja tanto co-mo una conformación defectuosa: ni aun el rostromás hermoso podría indemnizarnos de una espaldaencorvada; por el contrario, siempre será preferidoun rostro feo sobre un torso recto. Un defecto delesqueleto es lo que siempre os choca más; por ejem-plo, un talle rechoncho y enano, piernas demasiadocortas o el andar cojeando, si no es como conse-cuencia de un accidente exterior. Por el contrario, un 28
  29. 29. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEcuerpo notablemente hermoso compensa muchosdefectos y nos hechiza. La extremada importanciaque damos todos a los pies pequeños tiene tambiénrelación con estas consideraciones. En efecto, sonun carácter esencial de la especie, pues no hay ani-mal alguno que tenga tan pequeños como el hombreel tarso y el metatarso juntos, lo que depende de supaso en actitud vertical: es un plantígrado. Jesús Si-rach dice a este propósito: «Una mujer de buenasformas y bonitos pies, es como columnas de orosobre zócalos de plata.» No es menor la importanciade los dientes, porque sirven para la nutrición y sonespecialmente hereditarios. La cuarta consideración es cierta plenitud decarnes, es decir, el predominio de la facultad vegeta-tiva, de la plasticidad, porque ésta promete al feto unalimento rico; por eso una mujer alta y flaca es re-pulsiva de un modo sorprendente. Los pechos bienredondos y de buena forma ejercen una notable fas-cinación sobre los hombres, porque hallándose enrelación directa con las funciones genésicas en lamujer, prometen rico alimento al recién nacido. Porel contrario, mujeres gordas con exceso excitan re-pugnancia en nosotros, porque ese estado morbosoes un signo de atrofia del útero, y por consiguiente 29
  30. 30. ARTURO SCHOPENHAUERuna señal de esterilidad. No es la inteligencia quiensabe esto, es el instinto. La belleza de la cara no se toma en considera-ción sino en el último lugar. También aquí lo queante todo choca más es la parte ósea: más que nadase busca una nariz bien hecha, al paso que una narizcorta, arremangada, lo desluce todo. Una ligera in-clinación de la nariz hacia arriba o hacia abajo hadecidido de la suerte de infinidad de mujeres jóve-nes, y con razón, porque se trata de mantener el tipode la especie. La pequeñez de la boca, formada porunos huesos maxilares pequeños, es esenciadísimacomo carácter específico del rostro humano, enoposición al hocico de los demás animales. La barbaescurrida, o más bien dicho, amputada, es particu-larmente repulsiva, porque un rasgo característico denuestra especie es la barbilla prominente, mentumprominentum. En último término, se consideran losojos y la frente hermosos, los cuales se relacionancon las cualidades psíquicas, sobre todo con las cua-lidades intelectuales, que forman parte de la heren-cia, por la madre. Naturalmente, no podemos enumerar con tantaexactitud las consideraciones inconscientes a lascuales se adhiere la inclinación de la mujer. 30
  31. 31. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE He aquí lo que, de una manera general, puedeafirmarse. Las mujeres prefieren en el hombre acualquiera otra edad la de treinta y treinta y cincoaños, aun por encima de los hombres jóvenes que,sin embargo representan la flor de la belleza mascu-lina. La causa de eso es que se guían, no por el gus-to, sino por el instinto, que reconoce en esos años elapogeo de la potencia genérica. En general, hacenmuy poco caso de la hermosura, sobre todo de la delrostro, cómo si ellas solas se encargasen de transmi-tirla al hijo. La fuerza y la valentía del hombre son,sobre todo, las que conquistan su corazón, porqueestas cualidades prometen una generación de ro-bustos hijos y parecen asegurarles para lo venideroun protector animoso. Todo defecto corporal delhombre, toda desviación del tipo, puede suprimirlosla mujer para el hijo en la generación si las partescorrespondientes en la constitución de ella a las de-fectuosas en el hombre son intachables o aun estánexageradas en sentido inverso. Sólo hay que excep-tuar las cualidades del hombre peculiares de su sexoy que, por consiguiente, la madre no puede dar alhijo: por ejemplo, la estructura masculina del esque-leto, de anchos hombros, caderas estrechas, piernasrectas, fuerza muscular, valentía, barbas, etc. De aquí 31
  32. 32. ARTURO SCHOPENHAUERprocede que a menudo amen las mujeres a hombresfeísimos, pero nunca a hombres afeminados, porqueno pueden ellas neutralizar semejante defecto. El segundo orden de consideraciones que im-portan en el amor concierne a las cualidades psíqui-cas. Encontraremos aquí que las cualidades delcorazón o del carácter en el hombre son las queatraen a la mujer, porque el hijo recibe estas cualida-des de su padre. Ante todo, sirven para ganar a lamujer una voluntad firme, la decisión y el arrojo yacaso la rectitud y la bondad de corazón. Por elcontrario, las cualidades intelectuales no ejercen so-bre ella ninguna acción directa e instintiva, precisa-mente porque el padre no las transmite a sus hijos.La necedad no perjudica para con las mujeres. Confrecuencia causa un efecto desfavorable por su des-proporción un talento superior o el genio mismo.Así se ve a menudo a un hombre feo, necio y grose-ro suplantar cerca de las mujeres a un hombre bienformado, ingenioso y amable. Hasta se ven matri-monios por amor entre seres lo más desemejantesposible desde el punto de vista del espíritu; porejemplo, el hombre brutal, robusto y romo de en-tendimiento: ella dulce, impresionable, aguda en el 32
  33. 33. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEpensar, instruida, llena de buen gusto, etc.; o bien elhombre muy sabio, un genio, y ella una gansa. La razón de esto es que las consideraciones pre-dominantes en el amor no tienen nada de intelectual,y se refieren al instinto. Lo que se tiene en cuenta para el matrimonio noes una conversación llena de chispa, sino la procrea-ción de hijos: el matrimonio es un vínculo de loscorazones y de las cabezas. Cuando una mujer afir-ma que está prendada del talento de un hombre,esto no es más que una presunción vana y ridícula ola exaltación de un ser degenerado. Por el contrario,en el amor instintivo los hombres no se ven clasifi-cados por las cualidades de carácter de la mujer; poreso tantos Sócrates han encontrado sus Xántipas;por ejemplo, Shakespeare, Alberto Durero, Byron,etc. Las cualidades intelectuales tienen una gran in-fluencia tratándose de la mujer, porque se transmi-ten por la madre. Sin embargo, su influjo se vefácilmente sobrepujado por el de la belleza corpórea,que obra de un modo más directo sobre puntos másesenciales. Acontece, no obstante, que madres ins-truidas por propia experiencia de ese influjo inte-lectual hacen aprender a sus hijas las bellas artes, losidiomas, etc., para hacerlas atractivas a sus futuros 33
  34. 34. ARTURO SCHOPENHAUERmaridos; tratan así de ayudar a la inteligencia pormedios artificiales, lo mismo que, si viene al caso,tratan de desarrollar las caderas y el pecho. Advirta-mos que sólo se trata aquí del atractivo por instintoe inmediato, único que da origen a la verdadera pa-sión del amor. Que una mujer inteligente e instruidaaprecie la inteligencia y el talento en un hombre, queun hombre razonable y reflexivo pruebe el carácterde su prometida y lo tenga en cuenta, eso nada hacepara el asunto de que aquí tratamos. Así procede larazón en el matrimonio cuando es ella quien elige,pero no el amor apasionado, único que nos ocupa. Hasta el presente no he tenido en cuenta sinoconsideraciones absolutas, es decir, de un efecto ge-neral. Paso ahora a las consideraciones relativas, queson individuales, porque en este caso el fin es rectifi-car el tipo de la especie ya alterado, corregir los ex-travíos de tipo que la misma persona que elige tieneya, y volver así a una pura representación de aqueltipo. Cada cual ama precisamente lo que le falta. Laelección individual, que se funda en estas considera-ciones por completo relativas, es mucho más deter-minada, más resuelta y más exclusiva que la elecciónfundada sólo en condiciones absolutas. De estasconsideraciones relativas nace, por lo común, el 34
  35. 35. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEamor apasionado, mientras que los amores comunesy pasajeros sólo se guían por consideraciones abso-lutas. No siempre es la hermosura perfecta y cabalquien inflama las grandes pasiones. Para una inclina-ción verdaderamente apasionada, se necesita unacondición que sólo podemos expresar por una metá-fora tomada de la química. Las dos personas debenneutralizarse una a otra, como un ácido y un álcaliforman una sal neutra. Toda constitución sexual esuna constitución incompleta: la imperfección varíasegún los individuos. En uno y otro sexo, cada serno es más que una parte incompleta e imperfecta deltodo. Pero esta parte puede ser más o menos consi-derable según las naturalezas. Por eso cada individuoencuentra su complemento natural en cierto indivi-duo del otro sexo, que representa la fracción indis-pensable para el tipo completo, que lo concluye yneutraliza sus defectos y produce un tipo cabal de lahumanidad en el nuevo individuo que debe nacer.Todo conspira sin cesar a la constitución de ese serfuturo. Los fisiólogos saben que la sexualidad en elhombre y en la mujer tiene innumerables grados. Lavirilidad puede descender hasta el horrible ginandro,hasta el hipospadias. Asimismo hay en las mujeresgraciosos andróginos. Los dos sexos pueden llegar al 35
  36. 36. ARTURO SCHOPENHAUERhermafroditismo completo, y estos individuos, queconstituyen el justo medio entre los dos sexos y noforman parte de ninguno, son incapaces de reprodu-cirse. Para la neutralización de dos individualidadesuna por otra, es preciso que el determinado grado desexualidad en cierto hombre corresponda exacta-mente al grado de sexualidad en cierta mujer, a finde que esas dos disposiciones parciales se compen-sen la una a la otra con exactitud. Así es que el hombre más viril buscará a la mujermás femenina, y viceversa. Los amantes miden porinstinto esta parte proporcional necesaria a cada unode ellos, y ese cálculo inconsciente se encuentra conlas demás consideraciones en el fondo de toda granpasión. Por eso, cuando los enamorados hablan contono patético de la armonía de sus almas, casi siem-pre debe sobrentenderse la armonía de las cualidadesfísicas propias de cada sexo, y de tal naturaleza quepuedan engendrar un ser perfecto, armonía que im-porta mucho más que el concierto de sus almas, elcual, después de la ceremonia, suele convertirse enchillona discordancia. Únense a esto las considera-ciones relativas más lejanas, que se fundan en el he-cho de que cada cual se esfuerza por neutralizar, pormedio de la otra persona, sus debilidades, sus imper- 36
  37. 37. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEfecciones y todos los extravíos del tipo normal, portemor a que se perpetúen en el hijo futuro, o de quese exageren y lleguen a ser deformidades. Cuanto más débil es un hombre desde el puntode vista de la fuerza muscular, más buscará mujeresfuertes, y la mujer obrará lo mismo. Pero como esuna ley de la Naturaleza que la mujer tenga una fuer-za muscular menor, también está en la Naturaleza elque las mujeres prefieran a los hombres robustos. Laestatura es también una consideración importante.Los hombres bajitos tienen decidida inclinación a lasmujeres grandes, y recíprocamente... La aversión delas mujeres grandes por los hombres grandes está enel fondo de las miras de la Naturaleza, a fin de evitaruna raza gigantesca, cuando la fuerza transmitida porla madre sería demasiado débil para asegurar largaduración a esta raza excepcional. Si una mocetona elige por marido a un mocetón,entre otros móviles por hacer mejor figura en socie-dad, sus descendientes expiarán esta locura... Hastaen las diversas partes del cuerpo busca cada cual uncorrectivo a sus defectos, a sus desviaciones, contanto mayor cuidado cuanto más importante sea laparte. Por ejemplo: las personas de nariz chata con-templan con inexplicable placer una nariz aguileña, 37
  38. 38. ARTURO SCHOPENHAUERun perfil de loro, y así por el estilo. Los hombres deformas escuálidas, de largo esqueleto, admiran a unapersonilla que cabe bajo una taza y corta con exceso. Lo mismo sucede con el temperamento: cadacual prefiere el opuesto al suyo, y su preferencia esproporcional siempre a la energía de su propio tem-peramento. Y no es que una persona perfecta enalguna de sus partes ame las imperfecciones contra-rias, sino que las soporta con más facilidad que otraslas soportarían. Los hijos encuentran en esas cuali-dades una garantía contra una imperfección másgrande. Por ejemplo: una persona muy blanca nosentirá repugnancia por un tinte aceitunado; pero alos ojos de una persona de tez negruzca, un tinte deuna blancura deslumbradora le parece divinamentehermoso. Hay casos excepcionales en que un hom-bre puede prendarse de una mujer decididamentefea. Esto es conforme a nuestra ley de concordanciade los sexos, cuando el conjunto de los defectos eirregularidades físicas de la mujer son exactamente loopuesto, y por consiguiente, el correctivo de los delhombre. Entonces llega la pasión, por lo general, aun grado extraordinario... Sin sospecharlo, el individuo obedece en todoesto a una orden superior, la de la especie. De aquí la 38
  39. 39. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEimportancia que otorga a ciertas cosas, las cualespudieran y debieran serle indiferentes como indivi-duo. Nada hay tan extraño como la seriedad pro-funda e inconsciente con que se observan, uno aotro, dos jóvenes de diferente sexo que se ven porvez primera, la mirada inquisidora y penetrante queuno a otro se dirigen, la minuciosa inspección quetodas las facciones y todas las partes de sus personasrespectivas tienen que afrontar. Este examen es lameditación del genio de la especie sobre el hijo quepodrían procrear y la combinación de sus elementosconstitutivos. El resultado de esta meditación de-terminará el grado de su inclinación mutua y de susrecíprocos deseos. Después de alcanzar cierto grado,ese primer impulso puede suspenderse de prontopor el descubrimiento de algún detalle inadvertidohasta entonces. Así medita el genio de la especie lageneración futura, y la gran labor de Cupido, queespecula, se ingenia y obra sin cesar, consiste enpreparar la constitución de aquella. Poco importa la ventaja de los efímeros indivi-duos ante los grandes intereses de la especie entera,presente y futura: el dios esta siempre dispuesto asacrificar a los primeros sin compasión. El genio dela especie es relativamente a los individuos como un 39
  40. 40. ARTURO SCHOPENHAUERinmortal es a los mortales, y sus intereses son a losde los hombres como el infinito es a lo finito. Sa-biendo, pues, que administra bienes superiores aaquellos que sólo conciernen a un bien o un mal in-dividual, los gestiona con una impasibilidad supre-ma, en medio del tumulto de la guerra, en laagitación de los negocios, a través de los horrores deuna peste, y aun los persigue hasta en el retiro delclaustro. Más atrás hemos visto que la intensidad delamor crece conforme se individualiza. Lo hemosprobado. La constitución física de dos individuospuede ser tal que, para mejorar el tipo de la especie ydevolverle toda su pureza, deba ser uno de esos in-dividuos el complemento del otro. Un deseo mutuoy exclusivo los atrae entonces, y sólo por el hecho defijarse en un objeto único y que representa al mismotiempo una misión especial de la especie, ese deseoadquiere al punto un carácter noble y elevado. Por larazón opuesta, el puro instinto sexual es un instintovulgar, porque no se dirige a un individuo único,sino a todos, y sólo trata de conservar la especie porel número nada más y sin preocuparse de la calidad.Cuando el amor aficiona a un ser único, logra en-tonces tal intensidad, tal grado de pasión, que si no 40
  41. 41. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEpuede ser satisfecho, pierden su valor todos los bie-nes del mundo y la misma vida. Es una pasión deuna violencia sin igual, que no retrocede ante ningúnsacrificio y puede conducir a la locura o al suicidio.Las causas inconscientes de una pasión tan excesivadeben diferir de las que hemos puesto en claro másarriba, y son menos aparentes. Preciso es que admi-tamos que aquí no se trata sólo de adaptación física,sino que, además, la voluntad del hombre y la inteli-gencia de la mujer tienen entre sí una concordanciaespecial, que hace que sólo ellos puedan engendrarcierto ser enteramente determinado; la existencia deese ser es lo que tiene aquí por punto de mira el ge-nio de la especie, por razones ocultas en la cosa ensí, y que no son accesibles para nosotros. En otrostérminos, la voluntad de vivir desea en este casoobjetivarse en un individuo exactamente predeter-minado, y que sólo puede engendrar ese padre unidoa esta madre. Ese deseo metafísico de la voluntad ensí no tiene, desde luego, otra esfera de acción en laserie de los seres más que los corazones de los futu-ros padres. Arrebatados por este impulso, se imagi-nan no desear sino para sí mismos lo que sólo tieneuna finalidad puramente metafísica, es decir, fueradel círculo de las cosas existentes en realidad. Así, 41
  42. 42. ARTURO SCHOPENHAUERpues, de la fuente original de todos los seres brotaesa aspiración de un ser futuro, que encuentra laocasión única para llegar a la vida, y esta aspiraciónse manifiesta en la realidad de las cosas por la pasiónelevada y exclusiva de los padres futuros uno porotro. En el fondo no es más que una ilusión que im-pulsa a un enamorado a sacrificar todos los bienesde la tierra por unirse a esa mujer, y sin embargo,ella no puede darle ninguna cosa más que otra mu-jer. Tal es el único fin que se persigue, y prueba deello es que esta pasión se extingue con el goce, lomismo que las demás, con gran asombro de los inte-resados. También se extingue cuando, hallándose estérilla mujer (lo que, según Hufeland, puede resultar dediez y nueve vicios de constitución accidentales), sedesvanece el fin metafísico; millones de gérmenesdesaparecen así cada día, en los cuales, no obstante,aspira también al ser el mismo principio metafísicode la vida. Para esto no hay consuelo alguno, a noser el de que la voluntad de vivir dispone del infinitoen el espacio, en el tiempo y en la materia, y que tie-ne abierta una ocasión inagotable de volver... 42
  43. 43. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE El deseo amoroso, que los poetas de todos lostiempos se esfuerzan por expresar con mil formas,sin agotar nunca el asunto, ni siquiera igualarlo; esedeseo que une a la posesión de cierta mujer la ideade una felicidad infinita y un dolor inexpresable alpensamiento de no poder conseguirla; ese deseo yeste dolor amorosos no pueden tener por principiolas necesidades de un individuo efímero; ese deseoes el suspiro del genio de la especie, quien, para rea-lizar sus propósitos, ve una ocasión única que apro-vechar o perder, y exhala hondos gemidos. Sólo laespecie tiene una vida sin fin, ella sola es capaz desatisfacciones y de dolores infinitos. Pero encuén-transe estos, aprisionados dentro del mezquino pe-cho de un mortal. ¡Qué tiene de extraño, cuando esepecho parece estallar y no puede encontrar ningunaexpresión que pinte el presentimiento de voluptuo-sidad o de pena infinitas que le invade! Este es elasunto de toda poesía erótica de un género elevado,de esas metáforas trascendentes que se ciernen muypor encima de las cosas terrenas. Esto es lo que ins-piraba a Petrarca, lo que agitaba a los Saint-Grieux, alos Werther y a los Jacobo Ortís. Sin eso, serían in-comprensibles e inexplicables. Ese precio infinitoque los amantes se conceden uno a otro, no puede 43
  44. 44. ARTURO SCHOPENHAUERfundarse en raras cualidades intelectuales o en cuali-dades objetivas o reales, sencillamente porque losenamorados no se conocen uno a otro con bastanteexactitud: tal era el caso de Petrarca. El espíritu de laespecie es el único que de una sola mirada puede verque valor tienen los amantes para él y cómo le pue-den servir para sus fines. Por eso las grandes pasio-nes suelen nacer a la primera mirada. Si la pérdida de la mujer amada, sea por obra deun rival o por la de la muerte, causa al amante apa-sionado un dolor que excede a todos los demás, esprecisamente porque este dolor es de una naturalezatrascendente, y no le hiere sólo como individuo, sinoen la vida de la especie, de la que estaba encargadode realizar la voluntad especial. De aquí provieneque los celos estén tan llenos de tormentos y seantan feroces, y que el más grande de todos los sacrifi-cios sea el de renunciar a la persona amada. Un héroe se ruborizaría de exhalar quejas vulga-res, pero no quejas de amor, porque entonces no esél, es la especie quien se lamenta. En La gran Zenobia,de Calderón, hay en el segundo acto una escena en-tre Zenobia y Decio, donde dice éste: ¡Cielos! ¿luego tú me quieres? 44
  45. 45. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE Perdiera cien mil victorias, volviérame... etc. Aquí, pues, el honor, que hasta entonces supe-raba a cualquier otro interés, ha sido vencido ypuesto en fuga tan pronto como el amor, es decir, elinterés de la especie entra en escena y trata de con-seguir el triunfo decisivo... Sólo ante este interés ce-den el honor, el deber y la fidelidad, después dehaber resistido a todas las demás tentaciones, hasta alas amenazas de muerte. Asimismo, no hay en la vida privada punto en elcual sea más rara la probidad escrupulosa. Las per-sonas más honestas en lo demás y más rectas laechan aquí a un lado y cometen el adulterio con me-nosprecio de todo, cuando se apodera de ellas elamor apasionado, es decir, el interés de la especie.Hasta parece que creen tener conciencia de un pri-vilegio superior, tal como los intereses individualesnunca podrían concederlo semejante, precisamenteporque obran en interés de la especie. Merece seña-larse, desde este punto de vista, el pensamiento deChamfort: «Cuando un hombre y una mujer tienenuno por otro una pasión violenta, siempre me pare-ce que sean cuales fueren los obstáculos que les se- 45
  46. 46. ARTURO SCHOPENHAUERparan, marido, padres, etcétera, los dos amantes sonuno de otro por mandato de la Naturaleza, que sepertenecen recíprocamente por derecho divino, apesar de las leyes y convenciones humanas.» Si sealzasen protestas contra esta teoría, bastaríanos re-cordar la asombrosa indulgencia con que en elEvangelio trata Jesús a la mujer adúltera, cuandopresume la misma falta en todos los presentes. Desde este mismo punto de vista, la mayor partedel Decamerón parece ser una pura burla, un puro sar-casmo del genio de la especie contra los derechos ylos intereses de los individuos, que tira por los sue-los, El genio de la especie separa y anonada sin es-fuerzo todas las diferencias de alcurnia, todos losobstáculos, todas las barreras sociales. Disipa, cualuna leve arista, todas las instituciones humanas, sincuidarse más que de las generaciones futuras. Bajo elimperio de un interés amoroso, desaparece todo pe-ligro y hasta el ser más pusilánime encuentra valor. Y en la comedia y la novela, ¡con qué placer, conqué simpatía acompañamos a los jóvenes que de-fienden su amor, es decir, el interés de la especie, yque triunfan de la hostilidad de los padres, única-mente preocupados de los intereses individuales! 46
  47. 47. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTETanto como la especie sobrepuja al individuo, otrotanto supera la pasión en importancia, elevación yjusticia a todo lo que la contraría. Por eso el asuntofundamental de casi todas las comedias es la entradaen escena del genio de la especie con sus aspiracio-nes y sus proyectos, amenazando los intereses de losdemás personajes de la obra y tratando de sepultar lafelicidad de éstos. Generalmente lo consigue, y el desenlace, con-forme con la justicia poética, satisface al espectador,porque este último comprende que los designios dela especie son muy superiores a los de los indivi-duos. Después del desenlace, sale de allí consoladodel todo, dejando victoriosos a los enamorados, aso-ciándose a la ilusión de que han puesto los cimientosde su propia ventura, cuando en realidad no han he-cho más que sacrificarla en aras del bien de la espe-cie, a pesar de las previsiones y la oposición de suspadres. En ciertas extrañas comedias se ha tratadode volver las cosas al revés y llevar a buen término lafelicidad de los individuos a expensas de los fines dela especie; pero en este caso, el espectador experi-menta el mismo dolor que el genio de la especie, yno podría consolarle la ventaja segura de los indivi-duos. Acuden a mi memoria como ejemplo algunas 47
  48. 48. ARTURO SCHOPENHAUERobras muy conocidas: La reina de diez y seis años, Elcasamiento razonable. En las tragedias donde se trata deamor, los amantes casi siempre sucumben, porqueno han podido hacer triunfar los fines de la especie,de los cuales eran sólo instrumento; así sucede enRomeo y Julieta, Tancredo, Don Carlos, Wallenstein, Ladesposada de Messina y tantas otras. Un enamorado, lo mismo puede llegar a ser có-mico que trágico, porque en uno y otro caso está enmanos del genio de la especie, que le domina hastael punto de enajenarlo de sí mismo. Sus accionesson desproporcionadas con respecto a su carácter.De aquí proviene, en los grados superiores de la pa-sión, ese colorido tan poético y tan sublime que re-viste sus pensamientos, esa elevación trascendente ysobrenatural que parece hacerle perder de vista enabsoluto el objetivo enteramente físico de su amor.Es que entonces le animan el genio de la especie ysus intereses superiores. Ha recibido la misión defundar una serie indefinida de generaciones dotadasde cierta constitución y formadas por ciertos ele-mentos que no pueden hallarse más que en un solopadre y una sola madre. Esta unión, y sólo esta,puede dar existencia a la generación determinadaque la voluntad de vivir exige expresamente. El pre- 48
  49. 49. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEsentimiento que tiene de obrar en circunstancias deuna importancia tan trascendente, eleva al amante atal altura sobre las cosas terrenas y hasta sobre símismo, y reviste sus deseos materiales con una apa-riencia tan inmaterial, que el amor es un episodiopoético hasta en la vida del hombre más prosaico, loque a veces le ridiculiza. Esta misión, que la volun-tad cuidadosa de los intereses de la especie imponeal amante, se presenta bajo el disfraz de una venturainfinita, que espera encontrar en la posesión de lamujer amada. En los grados supremos de la pasiónes tan brillante esta quimera que, si no puede conse-guirse, la misma vida pierde todos sus encantos yparece desde entonces tan exhausta de alegrías, tansosa y tan insípida, que el disgusto que por ella sesiente supera aún al espanto de la muerte, y el infelizabrevia a veces sus días voluntariamente. En estecaso, la voluntad del hombre ha entrado en el torbe-llino de la voluntad de la especie, o bien esta últimaarrolla de tal modo a la voluntad individual, que si elamante no puede obrar en representación de estavoluntad de la especie, renuncia a obrar en nombrede la suya propia. El individuo es un vaso harto frágil para conte-ner la aspiración infinita de la voluntad de la especie, 49
  50. 50. ARTURO SCHOPENHAUERconcentrada sobre un objeto determinado. Desdeentonces no tiene más salida que el suicidio, a vecesel doble suicidio de los dos amantes, a menos de quela Naturaleza, por salvar la existencia, no deje sobre-venir la locura que cubre con su velo la concienciade un estado desesperado, Todos los años vienen aconfirmar esta verdad varios casos análogos. Pero no sólo es la pasión quien a veces tiene undesenlace trágico. El amor satisfecho conduce tam-bién más a menudo a la desdicha que a la felicidad.Porque las exigencias del amor, en conflicto con elbienestar personal del amante, son tan incompatiblescon las otras circunstancias de la vida y sus planesacerca de lo venidero, que minan todo el edificio desus proyectos, de sus esperanzas y de sus ensueños. El amor, no sólo está en contradicción con lasrelaciones sociales, sino que a menudo también loestá con la Naturaleza íntima del individuo, cuandose fija en personas que, fuera de las relaciones se-xuales, serían odiadas por su amante, menosprecia-das y hasta aborrecidas. Pero la voluntad de laespecie tiene tanto poder sobre el individuo, que elamante impone silencio a sus repugnancias y cierralos ojos acerca de los defectos de aquella a quienama; pasa de ligero por todo, lo desconoce todo y se 50
  51. 51. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEune para siempre al objeto de su pasión. ¡Tanto es loque le deslumbra esa ilusión, que se desvanece encuanto queda satisfecha la voluntad de la especie, yque deja tras de sí para toda la vida una compañera aquien se detesta! Sólo así se explica que hombres razonables yhasta distinguidos se enlacen con harpías y se casencon perdidas y no comprendan cómo han podidohacer tal elección. He aquí por que los antiguos re-presentaban el Amor con una venda en los ojos.Hasta puede suceder que un enamorado reconozcacon claridad los vicios intolerables de temperamentoy de carácter en su prometida, que le presagian unavida tormentosa, y hasta puede ocurrir que sufra poreso amargamente, sin tener valor para renunciar aella. Esto es porque en el fondo no persigue su pro-pio interés, aun cuando se lo imagine, sino el de untercer individuo que debe nacer de ese amor. Estedesinterés, que en todas partes es el sello de la gran-deza, da aquí al amor apasionado una apariencia su-blime y le hace digno objeto de la poesía. Porúltimo, acontece que el amor se concilia con el odiomás violento al ser amado, y por eso lo comparaPlatón al amor de los lobos a las ovejas. Preséntase 51
  52. 52. ARTURO SCHOPENHAUEReste caso cuando un amante apasionado, a pesar detodos los esfuerzos y de todas las súplicas, no puedea ningún precio hacerse escuchar. Enardécele entonces el odio contra la personaamada, llegando hasta el punto de matar a la quequiere y darse luego la muerte. Todos los años sepresentan ejemplos de esta clase y se encuentran enlos periódicos. ¡Cuánta verdad hay en estos versosde Goethe! ¡Por todo amor despreciado! ¡Por las furias del infierno! ¡Quisiera yo conocer algo más atroz que aquesto! Cuando un amante trata de crueldad la esquivezde su amada o el gusto de ella en hacerle sufrir, estono es verdaderamente una hipérbole. Hállase, enefecto, bajo la influencia de una inclinación que,análoga al instinto de los insectos, le obliga, a despe-cho de la razón, a perseguir en absoluto sus fines ydescuidar todo lo demás. Más de un Petrarca ha te-nido que arrastrar sin esperaza su amor a lo largo detoda su vida, como una cadena de hierro en los pies,y exhalar sus suspiros en la soledad de los bosques. 52
  53. 53. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEPero no ha habido más que un Petrarca dotado almismo tiempo del don de poesía. A él se aplican loshermosos versos de Goethe: Y cuando el hombre en su dolor se calla, me ha dado un dios que exprese cuánto sufro. El genio de la especie está siempre en guerra conlos genios protectores de los individuos. Es su per-seguidor y su enemigo, siempre dispuesto a destruirsin cuartel la felicidad personal para lograr sus fines.Se ha visto depender a veces de sus caprichos la sa-lud de naciones enteras. Shakespeare nos da unejemplo de ello en Enrique VI. En efecto, la especieen donde arraiga nuestro ser tiene sobre nosotros underecho anterior y más inmediato que el individuo:sus asuntos son antes que los nuestros. Así lo pre-sintieron los antiguos, cuando personificaron el ge-nio de la especie en Cupido, dios hostil, dios cruel, apesar de su aire de niño, dios justamente difamado,demonio caprichoso, despótico, y sin embargo, due-ño de los dioses y de los hombres. Flechas mortíferas, venda y ala son sus atributos.Las alas indican la inconstancia, séquito habitual dela desilusión que acompaña al deseo satisfecho. 53
  54. 54. ARTURO SCHOPENHAUER En efecto, como la pasión se funda en una ilu-sión de felicidad personal, en provecho de la especie,una vez pagado a ésta el tributo, al decrecer, la ilu-sión tiene que disiparse. EL genio de la especie, quehabía tomado posesión del individuo, le abandonade nuevo a su libertad. Desamparado por él, cae enlos estrechos limites de su pobreza, y se asombra alver que después de tantos esfuerzos sublimes, heroi-cos e infinitos, no le queda más que una vulgar satis-facción de los sentidos. Contra lo que esperaba, nose encuentra más feliz que antes. Advierte que hasido victima de los engaños de la voluntad de la es-pecie. Por eso, regla general: cuando Teseo consiguea su Ariadna, la abandona luego. Si hubiese sido sa-tisfecha la pasión de Petrarca, hubiera cesado sucanto, como el del ave en cuanto están puestos loshuevos en el nido. Notemos al paso que mi metafísica del amor de-sagradará de seguro a los enamorados que se handejado coger en el garlito. Si fueran accesibles a larazón, la verdad fundamental que he descubierto lesharía capaces más que ninguna otra de dominar suamor. Pero hay que atenerse a la sentencia del anti-guo poeta cómico: “Quœ res in se neque consilium, nequemodum habet ullum, eam consilio refiere non potest.” 54
  55. 55. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE Los matrimonios por amor se conciertan en in-terés de la especie y no en provecho del individuo.Verdad es que los individuos se imaginan que traba-jan por su propia dicha; pero el verdadero fin les esextraño a ellos mismos, puesto que no es más sino laprocreación de un ser que sólo por ellos es posible.Obedeciendo uno y otro al mismo impulso, natu-ralmente deben tratar de estar en el mejor acuerdoque puedan. Pero muy a menudo, gracias a esa ilu-sión instintiva que es la esencia del amor, la parejaasí formada se encuentra en todo lo demás en el de-sacuerdo más ruidoso. Bien se ve esto en cuanto lailusión se ha desvanecido fatalmente: ocurre enton-ces que por lo regular son bastante desgraciados losmatrimonios por amor, porque aseguran la felicidadde la generación venidera a expensas de la genera-ción actual. «Quien se casa por amores, ha de vivircon dolores», dice el proverbio español. Lo contra-rio sucede en los matrimonios de conveniencia, con-certados la mayor parte de las veces según elecciónde los padres. Las consideraciones que determinanesta clase de enlaces, cualquiera que pueda ser lanaturaleza de ellos, a lo menos tienen alguna reali-dad, y no pueden desaparecer por sí mismas. Estasconsideraciones son capaces de asegurar la ventura 55
  56. 56. ARTURO SCHOPENHAUERde los esposos, pero a expensas de los hijos que de-ban nacer de ellos, y aun así es problemática esa feli-cidad. El hombre que al casarse se preocupa más deldinero que de su inclinación, vive más para el indivi-duo que para la especie, lo cual es en absolutoopuesto a la verdad, a la Naturaleza, y merece ciertomenosprecio, Una joven soltera que, a pesar de losconsejos de sus padres, rehusa la mano de un hom-bre rico y joven aún y rechaza todas las considera-ciones de conveniencia para elegir según su gustoinstintivo, hace en aras de la especie el sacrificio desu felicidad individual. Pero precisamente a causa deeso, no puede negársele cierta aprobación, porqueha preferido lo que más importa, y obra según elsentir de la Naturaleza (o de la especie, hablandocon mayor exactitud), al paso que los padres la acon-sejaban en el sentir del egoísmo individual. Parece,pues, que al concertarse una boda es preciso sacrifi-car los intereses de la especie o los del individuo. Lamayoría de las veces así sucede: tan raro es ver lasconveniencias y la pasión ir juntas de la mano. La miserable constitución física, moral o inte-lectual de la mayor parte de los hombres proviene,sin duda, en gran manera de que por lo general se 56
  57. 57. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEconciertan los matrimonios, no por pura elección osimpatía, sino por toda clase de consideraciones ex-teriores y conforme a circunstancias accidentales.Cuando al mismo tiempo que las conveniencias serespeta hasta cierto punto la inclinación, resulta unaespecie de transacción con el genio de la especie. Ya se sabe que son muy escasos los matrimoniosfelices, porque la esencia del matrimonio es tenercomo principal objetivo, no la generación actual,sino la generación futura. Sin embargo, para con-suelo de las naturalezas tiernas y amantes, añadamosque el amor apasionado se asocia a veces con unsentimiento del todo diferente; me refiero a la amis-tad que se funda en el acuerdo de los caracteres, pe-ro no se declara hasta que el amor se extingue con elgoce. El acorde de las cualidades complementarias,morales, intelectuales y físicas, necesario desde elpunto de vista de la generación futura para hacerque nazca el amor, puede también, por una especiede oposición concordante de temperamentos y ca-racteres, producir la amistad desde el punto de vistade los mismos individuos. Toda esta metafísica del amor que acabo de de-sarrollar aquí, se enlaza íntimamente con mi metafí- 57
  58. 58. ARTURO SCHOPENHAUERsica en general, y he aquí como la ilumina con nuevaluz. Se ha visto que en el amor de los sexos la selec-ción atenta, elevándose poco a poco hasta el amorapasionado, se funda en el alto y serio interés que elhombre se toma por la constitución especial y per-sonal de la raza venidera. Esta simpatía, en extremonotable, confirma precisamente dos verdades pre-sentadas en los anteriores capítulos: en primer tér-mino, la indestructibilidad del ser en sí que sobreviveal hombre en esas generaciones por venir. Esta sim-patía tan viva y tan activa, que nace, no de la refle-xión y de la intención, sino de las aspiraciones y delas tendencias más íntimas de nuestro ser, no podríaexistir de una manera tan indestructible y ejercer so-bre el hombre tan gran imperio, si el hombre fueseefímero en absoluto y si las generaciones se sucedie-ran real y absolutamente distintas unas de otras, sinmás lazo que la continuidad del tiempo. La segundaverdad es que el ser en sí reside en la especie másque en el individuo. Porque este interés por la cons-titución especial de la especie -que es el origen detodo comercio amoroso, desde el capricho más fu-gaz hasta la pasión más seria- es, en verdad, paracada uno el mayor negocio, es decir, aquel cuyo 58
  59. 59. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEéxito bueno o malo le afecta de la manera más sen-sible, y de donde le viene, por excelencia, el nombrede negocio del corazón. Por eso, cuando este interésha hablado de una manera decisiva, se le subordina,y en caso preciso se le sacrifica cualquier otro interésque sólo concierna a la persona privada. Así pruebael hombre que la especie le importa más que el indi-viduo, y que vive más directamente en la especie queen el individuo. ¿Por qué, pues, queda suspenso el enamorado,con completo abandono, de los ojos de aquella aquien ha elegido? ¿Por qué está dispuesto a sacrifi-carlo todo por ella? Porque la parte inmortal de suser es lo que por ella suspira, al paso que cualquierotro de sus deseos sólo se refiere a su ser fugitivo ymortal. Esta aspiración viva, ferviente, dirigida acierta mujer, es, pues, un gaje de la indestructibilidadde la esencia de nuestro ser y de su continuidad en laespecie. Considerar esta continuidad como una cosainsuficiente e insignificante, es un error que nace deque por continuidad de vida de la especie no se en-tiende otra cosa más que la existencia futura de seressemejantes a nosotros, pero en ninguna maneraidénticos, y eso porque, partiendo de un conoci-miento dirigido hacia las cosas exteriores, no se con- 59
  60. 60. ARTURO SCHOPENHAUERsidera más que la figura exterior de la especie, talcomo la concebimos por intuición, y no en su esen-cia íntima. Esta esencia oculta es precisamente loque está en el fondo de nuestra conciencia y formasu punto céntrico, lo que es hasta más inmediatoque esta conciencia; y en tanto que es cosa en sí, li-bre del principium individuationis, esta esencia se en-cuentra absolutamente idéntica en todos losindividuos, lo mismo en los que existen entoncesque en los que les suceden. Esto es lo que, en otros términos, llamo yo «lavoluntad de vivir», o sea aquella aspiración apre-miante a la vida y a la duración. Precisamente esa esla fuerza que la muerte conserva y deja intacta, fuer-za inmutable que no puede conducir a un estadomejor. Para todo ser vivo, el sufrimiento y la muerteson tan ciertos como la existencia. Puede, sin em-bargo, liberarse de los sufrimientos y de la muertepor la negación de la voluntad de vivir, que tiene porefecto desprender la voluntad del individuo de larama de la especie y suprimir la existencia en la es-pecie. No tenemos ninguna idea acerca de lo queentonces le sucede a esta voluntad, y nos faltan to-dos los datos sobre este punto. No podemos desig-nar tal estado sino como aquel que tiente la libertad 60
  61. 61. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEde ser o de no ser voluntad de vivir. Este último ca-so es lo que el budhismo denomina Nirvana. Este esprecisamente el punto que por su misma naturalezaqueda siempre lejos del alcance de todo conoci-miento humano. Si poniéndonos ahora en el punto de vista deestas últimas consideraciones, sumergimos nuestrasmiradas en el tumulto de la vida, vemos su miseria ysus tormentos ocupar a todos los hombres. Vemos alos hombres reunir todos sus esfuerzos para satisfa-cer necesidades sin término y preservarse de la mise-ria de mil aspectos, sin atreverse, no obstante, aesperar otra cosa que la conservación durante cortoperíodo de tiempo de esta misma existencia tanatormentada. Y he aquí que, en plena confusión de la lucha,vemos dos amantes cuyas miradas se cruzan llenasde deseos. Pero ¿por qué tanto misterio, por quéesos pasos temerosos y disimulados? Porque esosamantes son unos traidores que trabajan en secretopara perpetuar toda la miseria y todos los tormentos,que sin ellos tendrían un fin próximo, fin que pre-tenden hacer vano, cual vano lo hicieron otros antesque ellos. 61
  62. 62. ARTURO SCHOPENHAUER Si el espíritu de la especie, que dirige a dosamantes sin que lo sepan, pudiese hablar por su bo-ca y expresar ideas claras en vez de manifestarse pormedio de sentimientos instintivos, la elevada poesíade tal diálogo amatorio, que en el actual lenguajesólo habla con imágenes novelescas y parábolasideales de aspiraciones infinitas, de presentimientosde una voluptuosidad sin límites, de felicidad inefa-ble, de fidelidad eterna, etc., se manifestaría en lasiguiente forma: DAFNIS.-Quisiera regalar un individuo a la ge-neración futura, y creo que tú podrías darle lo que amí me falta. CLOE.-Tengo la misma intención, y creo que túpodrías darle lo que yo no tengo. ¡Vamos a ver unmomento qué le damos!... DAFNIS.-Yo le doy elevada estatura y fuerzamuscular: tú no tienes ni una ni otra. CLOE.- Yo le doy bellas formas y menudospies: tú no tienes ni éstos ni aquellas. DAFNIS.-Yo le doy fina piel blanca, que tú notienes. 62
  63. 63. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE CLOE.-Yo le doy cabellos negros y ojos negros:tú eres rubio. DAFNIS.-Yo le doy nariz aguileña. CLOE.-Yo le doy boca chiquita. DAFNIS.-Yo le doy valentía y bondad, que nopodrían venirle de ti. CLOE.-Yo le doy hermosa frente, ingenio e in-teligencia, que no podrían venirle de ti. DAFNIS.-Talle derecho, bella dentadura, saludsólida: he aquí lo que recibe de nosotros dos. Real-mente, los dos juntos podremos dotar de perfeccio-nes al futuro individuo; por eso te deseo más que aninguna otra mujer. CLOE.-Y yo también te deseo. Si se tiene en cuenta la inmutabilidad absolutadel carácter y de la inteligencia de cada hombre, pre-ciso es admitir que para ennoblecer a la especie hu-mana no es posible intentar nada exterior;obtendríase ese resultado, no por la educación y lainstrucción, sino por vía de la generación. Este es elparecer de Platón cuando, en el libro V de su Repú-blica, expone aquel asombroso plan del acrecimientoy ennoblecimiento de la casta de los guerreros. Si sepudiese hacer eunucos a todos los pillastres, encerraren conventos a todas las necias, proveer a las perso- 63
  64. 64. ARTURO SCHOPENHAUERnas de carácter de todo un harén y de hombres (ver-daderos hombres) a todas las jóvenes solteras inteli-gentes y graciosas, veríase bien pronto nacer unageneración que nos daría una edad superior aun alsiglo de Pericles. Sin dejarnos llevar de planes quiméricos, hay pa-ra reflexionar que si después de la pena de muerte seestableciese la castración como la pena más grande,se libraría a la sociedad de generaciones enteras detunos, y esto con tanta mayor seguridad cuanto que,como se sabe, la mayoría de los crímenes se come-ten entre las edades de veinte y treinta años. Creo, como Sterne, que la voluptuosidad es muyseria. Representaos la pareja más hermosa, la másencantadora: ¡cómo se atraen y repelen, se desean yse huyen con gracia, en un bello juego de amor! Lle-ga el instante de la voluptuosidad: todo jugueteo,toda alegría graciosa y dulce han desaparecido derepente. La pareja se ha puesto seria. ¿Por qué? Por-que la voluptuosidad es bestial, y la bestialidad no seríe. Las fuerzas de la Naturaleza obran seriamente entodas partes. La voluptuosidad de los sentidos es lo 64
  65. 65. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEopuesto al entusiasmo que nos abre el mundo ideal.El entusiasmo y la voluptuosidad son graves y notraen consigo jugueteos. 65
  66. 66. ARTURO SCHOPENHAUER LAS MUJERES Sólo el aspecto de la mujer revela que no estádestinada ni a los grandes trabajos de la inteligenciani a los grandes trabajos materiales. Paga su deuda ala vida, no con la acción, sino con el sufrimiento, losdolores del parto, los inquietos cuidados de la infan-cia; tiene que obedecer al hombre, ser una compañe-ra pacienzuda que le serene. No está hecha para losgrandes esfuerzos ni para las penas o los placeresexcesivos. Su vida puede transcurrir más silenciosa,más insignificante y más dulce que la del hombre,sin ser por naturaleza mejor ni peor que éste. Lo que hace a las mujeres particularmente aptaspara cuidarnos y educarnos en la primera infancia, esque ellas mismas continúan siendo pueriles, fútiles ylimitadas de inteligencia. Permanecen toda su vidaniños grandes, una especie de intermedio entre el 66
  67. 67. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEniño y el hombre. Si observamos a una mujer lo-quear todo el día con un niño, bailando y cantandocon él, imaginemos lo que con la mejor voluntad delmundo haría en su lugar un hombre. En las jóvenes solteras, la Naturaleza parece ha-ber querido hacer lo que en estilo dramático se llamaun efecto teatral. Durante algunos años las engala-nan con una belleza, una gracia y una perfección ex-traordinarias, a expensas de todo el resto de su vida,a fin de que durante esos rápidos años de esplendorpuedan apoderarse fuertemente de la imaginación deun hombre y arrastrarle a cargar legalmente con ellasde cualquier modo. La pura reflexión y la razón nodaban suficiente garantía para triunfar en esta em-presa. Por eso le Naturaleza ha armado a la mujer,como a cualquiera otra criatura, con las armas y losinstrumentos necesarios para asegurar su existencia,y sólo durante el tiempo preciso, porque en esto laNaturaleza obra con su habitual economía. Así co-mo la hormiga hembra, después de unirse con elmacho, pierde las alas, que le serían inútiles y hastapeligrosas para el período de la incubación, así tam-bién la mayoría de las veces, después de dos o trespartos, la mujer pierde su belleza. 67
  68. 68. ARTURO SCHOPENHAUER De ahí proviene que las jóvenes casaderas mirengeneralmente las ocupaciones domésticas o los de-beres de su estado como cosas accesorias y purasbagatelas, al paso que reconocen su verdadera voca-ción por el amor, las conquistas y todo lo que conellas se relaciona, vestir, baile, etc. Cuanto más noble y acabada es una cosa, máslento y tardo desarrollo tiene. La razón y la inteli-gencia del hombre no llegan a su auge hasta la edadde veintiocho años; por el contrario, en la mujer lamadurez de espíritu llega a la de diez y ocho. Por eso tiene siempre un juicio de diez y ochoaños, medido muy estrictamente, y por eso las muje-res son toda su vida verdaderos niños. No ven más que lo que tienen delante de losojos, se fijan sólo en lo presente, toman las aparien-cias por la realidad y prefieren las fruslerías a las co-sas más importantes. Lo que distingue al hombre delanimal es la razón. Confinado en el presente, sevuelve hacia el pasado y sueña con el porvenir; deaquí su prudencia, sus cuidados, sus frecuentesaprensiones. La débil razón de la mujer no participa de esasventajas ni de esos inconvenientes. Padece miopíaintelectual que, por una especie de intuición, le per- 68
  69. 69. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEmite ver de un modo penetrante las cosas próximas;pero su horizonte es muy pequeño y se le escapanlas cosas lejanas. De ahí viene el que todo cuanto noes inmediato, o sea lo pasado y lo venidero, obremás débilmente sobre la mujer que sobre nosotros.De ahí también esa frecuente inclinación a la prodi-galidad, que a veces confina con la demencia. En el fondo de su corazón, las mujeres se imagi-nan que los hombres han venido al mundo para ga-nar dinero y las mujeres para gastarlo. Si se venimpedidas de hacerlo mientras vive su marido, sedesquitan después de muerto éste. Y lo que contri-buye a confirmarlas en esta convicción, es que elmarido les da el dinero y las encarga de los gastos dela casa. Tantas partes defectuosas se compensan, sinembargo, con un mérito. La mujer, más absorta porel momento presente, goza más de él que nosotros.De ahí esa jovialidad que les es propia y las hace sercapaces de distraer y a veces consolar al hombreabrumado de preocupaciones y penas. En las circunstancias difíciles no hay que desde-ñar la costumbre de recurrir, como en otros tiemposlos germanos, al consejo de las mujeres, porque tie-nen una manera de concebir las cosas enteramente 69
  70. 70. ARTURO SCHOPENHAUERdiferente de la nuestra. Van derechas al fin por elcamino más corto, porque, en general, sus miradasse detienen en lo que está a su mano. Por el contra-rio, nuestra mirada pasa sin fijarse por encima de lascosas que se nos meten por los ojos, y buscan mu-cho más allá. Necesitamos que se nos traiga a unamanera de ver más sencilla y más rápida. Añádase aeso que las mujeres tienen positivamente un juiciomás aplomado, y no ven en las cosas nada más quelo que hay en ellas en realidad, al paso que nosotros,por influjo de nuestras pasiones excitadas, amplifi-camos los objetos y nos fingimos quimeras. Las mismas actitudes nativas explican la conmi-seración, la humanidad, la simpatía que las mujeresmanifiestan por los desgraciados. Pero son inferioresa los hombres en todo lo que atañe a la equidad, a larectitud y a la probidad escrupulosa. A causa de lodébil de su razón, todo lo que es de presente, visiblee inmediato, ejerce en ellas un imperio contra el cualno pueden prevalecer las abstracciones, las máximasestablecidas, las resoluciones enérgicas ni ningunaconsideración de lo pasado a lo venidero, de lo leja-no a lo ausente. Tienen las primeras y principalescualidades de la virtud, pero les faltan las secundariasy accesorias... Por eso la injusticia es el defecto ca- 70
  71. 71. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEpital de las naturalezas femeninas. Eso proviene desus escasos buen sentido y reflexión que hemos se-ñalado, y lo que agrava aun más este defecto es queal negarles fuerza la Naturaleza, les ha dado comopatrimonio la astucia para proteger su debilidad, y deahí su falacia habitual y su invencible tendencia alembuste. El león tiene dientes y garras, el elefante yel jabalí colmillos de defensa, cuernos el toro, la jibiatiene su tinta con que enturbiar el agua en torno su-yo; la Naturaleza no ha dado a la mujer más que eldisimulo para defenderse y protegerse. Esta facultadsuple a la fuerza que el hombre toma del vigor desus miembros y de su razón. EL disimulo es innato en la mujer, lo mismo enla más aguda que en la más torpe. Es en ella tan na-tural su uso en todas ocasiones, como en un animalatacado el defenderse al punto con sus armas natu-rales. Obrando así, tiene hasta cierto punto concien-cia de sus derechos, lo cual hace que sea casiimposible encontrar una mujer absolutamente verí-dica y sincera. Por eso precisamente es por lo que con tanta fa-cilidad comprende el disimulo ajeno, y por lo que,no es fácil usarlo con ella. 71
  72. 72. ARTURO SCHOPENHAUER De este defecto fundamental y de sus conse-cuencias nacen la falsía, la infidelidad, la traición, laingratitud, etc. Las mujeres perjuran ante los tribu-nales con mucha más frecuencia que los hombres, ysería cuestión de saber si debe admitírselas a prestarjuramento. Ocurre de vez en cuando que señoras aquienes nada les falta son sorprendidas en los alma-cenes en flagrante delito de robo. Los hombres jóvenes, hermosos, robustos, estándestinados por la Naturaleza a propagar la especiehumana, a fin de que ésta no degenere. Tal es la fir-me voluntad que la Naturaleza expresa por medio delas pasiones de las mujeres. Con seguridad, ésta es lamás antigua y poderosa de todas las leyes. ¡Pobres,pues, de los intereses y derechos que se le ponganpor obstáculo! Cuando llegue el momento, suceda loque quiera, serán hollados sin misericordia. La moral secreta, inconfesa y hasta inconsciente,pero innata, de las mujeres, consiste en esto: “Te-nemos fundado derecho a engañar a quienes se ima-ginan que, proveyendo económicamente a nuestrasubsistencia, pueden confiscar en provecho suyo losderechos de la especie. A nosotras es a quienes senos han confiado; en nosotras descansa la constitu-ción y la salud de la especie, la creación de la genera- 72
  73. 73. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTEción futura; a nosotras nos incumbe trabajar paraello con toda conciencia.” Pero las mujeres no se interesan de ningún mo-do in abstracto por ese principio superior; solamentelo comprenden in concreto, y cuando se presenta oca-sión no tienen más manera de expresarlo que sumanera de obrar. En este punto su conciencia lasdeja mucho más tranquilas de lo que se pudiera cre-er, porque en el fondo más obscuro de su corazónsienten vagamente que al hacer traición a sus debe-res para con el individuo, los llenan tanto mejor paracon la especie, que tiene derechos infinitamente su-periores. Como las mujeres únicamente han sido creadaspara la propagación de la especie, y toda su vocaciónse concentra en ese punto, viven más para la especieque para los individuos, y toman más a pecho losintereses de la especie que los intereses de los indivi-duos. Esto es lo que da a todo su ser y a su conductacierta ligereza y miras opuestas a las del hombre. Tales el origen de esa desunión, tan frecuente en el ma-trimonio, que ha llegado a ser casi normal. Los hombres son naturalmente indiferentes en-tre sí; las mujeres son enemigas por naturaleza. Estodebe depender de que el odium figulinum, la rivalidad, 73
  74. 74. ARTURO SCHOPENHAUERque está restringida entre los hombres a los de cadaoficio, abarca en las mujeres a toda la especie, por-que todas ellas no tienen más que un mismo oficio yun mismo negocio. Basta que se encuentren en lacalle para que crucen miradas de güelfos y gibelinos. Salta a los ojos que en la primera entrevista dedos mujeres hay más contención, disimulo y reservaque en una primera entrevista entre hombres. Adviértase además que, en general, el hombrehabla con algunas atenciones y cierta humanidad asus subordinados, hasta a los más ínfimos; pero esinsoportable ver con que altanería se dirige una mu-jer de sociedad a una mujer de clase inferior, cuandono está a su servicio. Quizá dependa esto de queentre mujeres son infinitamente más grandes las di-ferencias de alcurnia que entre los hombres, y esasdiferencias pueden con facilidad modificarse o su-primirse. La posición social que ocupa un hombre depen-de de mil consideraciones; para las mujeres, una solacircunstancia decide su posición: el hombre a quienhan sabido agradar. Su única función las pone bajoun pie de igualdad mucho más marcado, y por esotratan de crear ellas entre sí diferencias de categorías. 74
  75. 75. EL AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE Preciso ha sido que el entendimiento del hom-bre se obscureciese por el amor para llamar bello aese sexo de corta estatura, estrechos hombros, an-chas caderas y piernas cortas. Toda su belleza resideen el instinto del amor que nos empuja a ellas. Envez de llamarle bello, hubiera sido más justo llamarleinestético. Las mujeres no tienen el sentimiento ni la inteli-gencia de la música, así como tampoco de la poesía ylas artes plásticas. En ellas todo es pura imitación,puro pretexto, pura afectación explotada por su de-seo de agradar. Son incapaces de tomar parte condesinterés en nada, sea lo que fuere, y he aquí la ra-zón: el hombre se esfuerza en todo por dominar di-rectamente, ya por la inteligencia, ya por la fuerza; lamujer, por el contrario, siempre y en todas partes,está reducida a una dominación en absoluto indi-recta, es decir, no tiene poder sino por medio delhombre; sólo sobre él ejerce una influencia inme-diata. Por consiguiente, la Naturaleza lleva a las mu-jeres a buscar en todas las cosas un medio deconquistar al hombre, y el interés que parecen to-marse por las cosas exteriores siempre es un fingi-miento, un rodeo, es decir, pura coquetería y puramonada. Rousseau lo ha dicho: «Las mujeres, en ge- 75
  76. 76. ARTURO SCHOPENHAUERneral, no aman ningún arte, no son inteligentes enninguno, y no tienen ningún genio. Basta observar,por ejemplo, lo que ocupa y atrae su atención en unconcierto, en la ópera o en la comedia, advertir eldescaro con que continúan su cháchara en los luga-res más hermosos de las más grandes obras maes-tras. Si es cierto que los griegos no admitían a lasmujeres en los espectáculos, tuvieron mucha razón;a lo menos, en sus teatros se podría oír alguna cosa.» En nuestro tiempo, al mulier taceat in ecclesia con-vendría añadir un taceat mulier in theatro, o bien susti-tuir un precepto por otro, y colgar éste, en grandescaracteres, sobre el telón del escenario. Pero ¿qué puede esperarse de las mujeres, si sereflexiona que en el mundo entero no ha podidoproducir este sexo un solo genio verdaderamentegrande, ni una obra completa y original en las bellasartes, ni un solo trabajo de valor duradero, sea en loque fuere? Esto es muy notable en la pintura. Sontan aptas como nosotros para aprender la parte téc-nica, y cultivan con asiduidad este arte, sin podergloriarse de una sola obra maestra, precisamenteporque les falta aquella objetividad del espíritu quees necesaria sobre todo para la pintura. No puedensalir de sí mismas. Por eso las mujeres vulgares ni 76

×