Estampas De La Vida En Leon Durante El Siglo X - Presentation Transcript
ESTAMPAS DE LA VIDA EN LEÓN DURANTE EL SIGLO X
Claudio Sánchez Albornoz
ÍNDICE
Ofrecimiento
Prólogo
Introducción
La ciudad y su historia
El mercado
La Corte en León
En vísperas de guerra
Una casa y una corte
El yantar y una plática
León después del siglo X
Apéndices:
Apéndice I: Textos utilizados para trazar el plano
Apéndice II: Textos utilizados para el estudio de la vivienda
Apéndice III: El vestido
Apéndice IV: Ajuar de casa
Adiciones a la quinta edición
Prólogo
Cuando el Duque de Rivas escribía su Moro Expósito o Córdoba y Burgos en el
siglo décimo, iba inspirado por un atractivo tema poético e histórico: la evocación de
las dos cortes, la islámica y la cristiana, durante uno de los períodos en que España
vivió una vida más intensamente suya, más rica en fermentación y en entusiasmos
heroicos. Pero el Duque iba guiado sólo por el instinto poético que lanzaba a los
románticos en busca del color local, y por la lectura de escasas e inadecuadas fuentes
históricas. En el poema del Duque de Rivas la ciudad cristiana surge de la lectura de
obras de los últimos siglos medievales, como la del canciller Ayala y el Paso Honroso
de Suero de Quiñones; la ciudad musulmana busca sus cimientos en la mala historia de
Conde y en el romancero morisco del siglo XVI.
La verdadera evocación de la vida del siglo X tiene que ser comenzada totalmente
de nuevo. ¿Cuándo tendremos la reconstrucción de la ciudad califal? La empresa es
muy tentadora; esperemos que será acometida.
He aquí ahora la reconstrucción de la corte cristiana en el siglo X, hecha por un
literato, que es, antes que literato, un historiador; un historiador preocupado de la más
escrupulosa exactitud cronológica, informado en la lectura de miles de documentos
auténticos y curioso indagador de las miniaturas de los códices coetáneos y de todos
los restos arqueológicos de la época.
Las amenísimas estampas leonesas que van a pasar ante los ojos son a la vez una
obra de fino arte novelesco y de sólida ciencia histórica.
Las sabrosas curiosidades de estas escenas arcaicas nos muestran cómo la vasta y
afanosa erudición de don Claudio Sánchez-Albornoz ha penetrado hasta en sus más
íntimos escondrijos toda la vida ciudadana de aquellos remotos días precursores del
milenio, avalorando los más secos detalles de los diplomas con docto poder
interpretativo; nos muestran asimismo lo mucho que la imaginación y el espíritu
artístico, auxiliares necesarios de toda reconstrucción histórica, asisten a Albornoz
para evocar aquella vida extinguida en las escasas reliquias que de ella quedan.
Albornoz, en su ávido deseo de perfección, aun no satisfecho, desearía, no sólo
que los leoneses del 900 viviesen en estas estampas sus horas cotidianas, sino además
que volviesen a hablar su desconocido lenguaje, que oyésemos su propio timbre de voz,
desvanecido en los aires hace mil años. Y confiando en mi pericia más de lo que ella
consiente, me pide que yo haga hablar a esos personajes. Pero ni yo acertaría a hacer
nada semejante a las afortunadas reconstrucciones de las estampas leonesas, ni los
redivivos personajes de ellas necesitan articular su primitivo lenguaje para que lo
sintamos a nuestro lado con toda realidad.
No caeré, pues, en la tentación de hacerlos dialogar en una de esas fablas
arbitrarias que nunca fueron fabladas más que por los literatos que las fantasearon.
Sólo para atender en algo la indicación de Albornoz, procuraré ayudar la imaginación
del lector en las estampas, señalando algunas particularidades del lenguaje que usaban
aquellos leoneses del siglo X, descubriendo algunas de las ideas lingüísticas y de las
modas de hablar que entonces corrían.
El idioma romance se hallaba durante el siglo X en su período de orígenes o de
formación, y lo que más esencialmente distinguía el lenguaje de entonces del de
después era la falta de una norma lingüística fija. Varias normas luchaban entre sí,
cada una sin fuerza bastante para vencer rápidamente a su contraria.
Por ejemplo, la palabra otero tiene, ya desde el siglo XII, esta forma única,
invariable. Pero en el siglo X, unas veces se escribía siguiendo el latín escolástico,
altarium; otras veces, recordando arcaísmos de siglos anteriores, se usaba en formas
viejísimas, autario, autairo, o bien en formas no tan viejas, autero, auterio; en otras
ocasiones, el que hablaba propendía a las variantes más modernas, outeiro, octeiro; en
otras circunstancias menos solemnes preferíase el neologismo otero. Es decir, que
entonces casi todos vacilaban en el uso lingüístico, como hoy solamente vacila aquel
hombre de recursos que sabe decir de tres maneras precuraor, percuraor y porcuraor.
Pero entonces la vacilación no era hija de la ignorancia, sino de la falta de una
literatura romance bastante activa que pudiera imponer sus gustos decididamente.
Mas, sin embargo, no nos aturda tan enorme variedad; en medio de esa fermentación
revuelta de formas, al parecer desconcertada y anárquica, las fuerzas lingüísticas que
en ella luchan se van ordenando lentísimamente, según sus valores respectivos, para el
triunfo de la más vital, de la que vendrá a ser forma literaria fija en el siglo XIII.
Esto sentado, digamos algo más concreto acerca de los varios modos de hablar
que se oían en la corte de León por los años del 900.
Albornoz halla en un documento las palabras textuales que el desdichado Tedón,
hombre de behetría, dirige a don Arias, arrojándose a sus pies. O domine, le dice...
¿Pero hablaría así aquel hombre, con un correcto vocativo latino? Seguramente no se
expresaría en ese latín escolástico que el antiguo notario empleó como único digno de
consignarse por escrito. Los diplomas de los notarios no usan el lenguaje hablado
entonces; sólo alguno de ellos deja escapar, de cuando en cuando, cualquiera de las
formas entonces vulgares; y nosotros, recogiéndolas con cuidado, podemos reconstruir
en parte el lenguaje de la conversación de entonces. El vocativo angustiado que
suponemos resonó en el atrio de la casa de don Arias, cuando Tedón pedía amparo,
sería, en lugar de O domine, algo así: Dueño, mie vida don Arias 1; la rendida
zalamería de los inferiores usaba entonces corrientemente frases de gran efusión, como
«mi vida», que hoy viven refugiadas tan solo en la entrañable intimidad del lenguaje,
siempre pasional, de los enamorados o de la madre que habla a su niño.
El antiguo notario continúa en su latín escolástico el discurso de Tedón: multa
mala passa sum propter quod nec dixi nec feci; pero nuestro Tedón ante don Arias
diría: muitos males passei por los que nen dixi nen fizi. Dueño prendiéronme elos míos
enemigos, ie metiéronme en fierros ie en cárcele, sen culpa..., y así proseguiría
expresándose en un lenguaje algo semejante al que hoy todavía se conserva en algunos
rincones más occidentales de la provincia de León, hacia Ponferrada, en los valles del
río Sil. El lenguaje que el vulgo hablaba en la ciudad de León a raíz de ser hecha corte,
se parecía más al gallego que al castellano, según vemos. El castellano sonaba a los
oídos leoneses como algo bastante extraño; sonaba a lengua extravagantemente
modernista, que repugnaba al espíritu más tradicional de un leonés culto; en el
principal centro cortesano y político de la Península el castellano era tenido por
dialecto bajo o demasiado familiar.
Los fieles del rey de León, que espiaban en palacio el diálogo entre Fernán
González y el conde de Saldaña, podían ser puristas cortesanos que gustarían de notar
muchas cosas chocantes en el lenguaje del conde burgalés. Comentarían los dislates
que le habían oído y acudirían a consultar sus juicios gramaticales con el docto abad
de Ardón; «Estos castellanotes –decían los fieles del rey– hasta en el hablar son
rebeldes y apartadizos; hablan como nadie habla.» «Sí –les replicaba el abad–; el
conde, en cuanto se deja llevar un poco de la familiaridad, deja escapar las palabras
más desapuestas y rehaces: Hablándome hoy mismo de su vuelta a Burgos, me decía:
«cras tendré la mie carrera pora Castilla»; y por ahí adelante usaba tantas vilezas
como palabras. Primero tendré por teneré. Después ¡¡la carrera!!, jamás el conde dice,
como la gramática nos manda, illa carraria, ni siquiera dice ela carraira o ela
carreira, como cuando queremos hablar llanamente, según nos enseñaron nuestros
padres; no, siempre la carrera, como en León dice solamente el vulgo. ¡Y qué mal suena
también eso de Castilla, silla, portillo, que se escapa tantas veces de la boca del conde!
El se corrige y dice otras veces Castiella y portiello; pero buen trabajo le cuesta. ¡Pues
aún parece peor aquel pronunciar mujer y fijo, como dice el conde, en vez de muller y
filio, que no parece sino que silba al decirlo.»
Y si el conde habla así –añadía uno de los fieles del rey–, ¡no digamos nada de sus
criados! Uno llamaba a su señor duen Hernando, y decía hazer por facere; se comen la
f, que parecen vascos, y se comen otras letras muchas: pues, ¡no llaman a la reina:
dueña Elvira!; se les atraviesa el decir domna Gelvira.»
De este modo, para los oídos cortesanos de los leoneses en el siglo X sonaban
como vulgares neologismos o rudos dialectalismos los rasgos más típicamente
castellanos. Pero al siglo en que Fernán González empieza a luchar por la
independencia de Castilla, suecede el siglo en que el Cid lucha ya no por la
independencia sino por la supremacía castellana, y a la par que progresaban las
victorias de Castilla, los rasgos de su habla comenzaron a imponerse como norma del
bien decir y acabaron por informar la lengua más cortesana y más literaria de España;
esos rasgos, durante los siglos XII y XIII invadieron la ciudad de León y sustituyeron
en ella a las antiguas peculiaridades que tan arraigadas estaban en el siglo X,
arrinconándolas hacia el occidente de la región.
El habla vulgar de la corte de León en el siglo X tenía una gran debilidad
constitutiva: su vacilante indecisión. En ella concurrían tendencias venidas de Galicia,
con el gran prestigio de la cultura, la riqueza y la gran densidad de población de
aquella tierra occidental; tendencias venidas de Asturias, antigua sede de la
monarquía; tendencias venidas de Castilla, región que ya entonces se distinguía por
una firme orientación lingüística, muy alejada de las grandes vacilaciones leonesas.
León gozó su gran prestigio político en una época en que la calidad de corte la
perjudicaba lingüísticamente por la mezcla de gentes e influencias muy diversas que a
ella concurrían, y en que todavía no existía una literatura romance capaz de reducir a
armónica unidad esas varias tendencias.
Pero además de sus vacilaciones en el romance, León en el siglo X vacilaba
también en el latín que allí se usaba por los más cultos, y cuyas dos principales
variedades se nos antoja que habían de estar representadas en el abad de Ardón y en
Ilderedo, el obispo de Segovia.
El abad de Ardón, clérigo de grandes estudios, aficionado a los versos de
Prudencio y de Virgilio, hablaba un regular latín escolástico, siempre que la
solemnidad o el énfasis de sus palabras lo requerían. Era hombre ceremonioso y de
pausadas maneras. Apoyando su piedad cristiana en los piadosos usos musulmanes, no
solía nombrar las personas eminentes o las grandes ciudades sin un ferviente inciso de
bendición o maldición, semejante a los que hoy por multisecular rutina conservamos en
dos ocasiones, al decir: «el rey, que Dios guarde», y «fulano, que santa gloria haya» 2.
Nuestro abad, si nombraba al rey niño Ramiro, había de añadir: «quem Dominus
undique exaltet»; si hablaba de Zamora, «custodiet illam Deus», y daba a sus
narraciones gran majestad, multiplicando tales incisos, al dilatarse en memorias del
buen tiempo pasado, el del viejo y glorioso rey Ramiro: Postquam illo rex domnus
Ranimirus, cui sit beata requies, divicit in Simancas Abderracman, maledicat eum Deus,
intravit in civitatem Legionensem, quam Dominus salvet et deffendat..., prosiguiendo
así mientras la paciencia lo toleraba.
De tipo muy diferente era el latín que usaba el obispo Ilderedo, privado del infante
Ordoño, y gran pretendiente en corte, hombre de mucha adulación y mucha intriga,
pero de muy pocas letras. Hablaría sin duda un latín vulgar muy poco gramatical, que
si lo oyésemos podría servir al señor Albornoz para confirmar sus teorías sobre el
estacionamiento de ciertas instituciones españolas comparadas a las francesas. Tal
estacionamiento es un fenómeno general en la Península. En otra ocasión he observado
cómo ciertas formas de arte, cual el asonante, el verso irregular, el cantar de gesta
breve, que perduran en España a través de toda la Edad Media, se usaron en Francia
tan sólo en una época muy remota. Ahora, al oír hablar a Ilderedo, nos encontraríamos
con otro hecho análogo. En la Francia merovingia se usaba un latín muy vulgar que el
renacimiento de las letras iniciado por Carlomagno hubo de relegar al olvido,
restaurando el latín escolástico, más fiel a la lengua clásica. Pues bien, ese latín muy
vulgar, que en Francia desapareció casi del todo durante el siglo VIII, se conservaba en
la arcaizante tierra de León, más que en ninguna otra región de España, durante todo
el siglo X. El mejor latín escolástico se usaba también, claro es, pero a su lado
sobrevivía esta manera de hablar de siglos anteriores, e Ilderedo la empleaba
seguramente.
Ilderedo, por ejemplo, modificaría al uso romance las vocales y las consonantes
del latín. Al dar aguja para sacar reja, al regalar una magnifica copa de oro al infante
Ordoño, despreciaría cortesmente su don, llamándolo esta mea paupertágula, con e en
vez de la i de ista, y con g vulgar en vez de la c de paupertácula. Al poco tiempo de
captada así la voluntad del infante, después de hablar a éste con gran celo del bien de
la eglesia cadóliga y de la triste situación de sus pontivices, cuyas diócesis estaban
arruinadas por los sarracenos, llega como por casualidad al recuerdo de ciertas terras
aradébiles, esto es, aratíbiles o aradas, y de ciertos solares pobolatos cum casas
edivigatas, que el infante poseía in terridorio Zamorense, de tal modo, que el infante,
sin saber cómo ha sido ello, se siente inclinado a donar todo eso a la iglesia. El buen
obispo da rendidísimas gracias al infante; rogará siempre porque el ánima del
bienhechor sea iustivigata enna presencia de dueño Cristo por los siéculos de los
siéculos.
Ilderedo era, sin duda, un clérigo redicho. Y en el siglo x se era redicho por los
procedimientos más exagerados que hoy se pueden imaginar. Una de las maneras de
ser redicho es la ultracorrección o falso purismo; pero hoy, una persona algo culta sólo
cae en ese defecto en poquísimos casos; como, por ejemplo, pronunciando con falso
cultismo expontáneo por espontáneo. Sólo los rústicos caen hoy en casos más
exagerados, y, por ejemplo, huyendo de la vulgaridad de omitir la d en venido,
arboleda, etc., dan en el disparate de decir rido por río, o hablan del cristo de
Zalameda. Pero en la corte leonesa del siglo X eran muy corrientes tales
ultracorrecciones, y sin duda Ilderedo hablaba de sus heredades de Rido Seco y ponía
muchas veces la t por la d, juzgando vulgar esta consonante, y decía metranza por
medro, y Córtoba por Córdoba, porque sabía que era más correcto decir semitario que
semedairo.
Además, Ilderedo articularía redichadamente, como esos predicadores retóricos
de hoy, que dan énfasis a su lenguaje deslizando un breve soplo vocálico en los grupos
de consonantes, «Amados heremanos míos de mi álama»...; o como esos malos actores
que recitan el Tenorio:
no es veredad, ángel de amorrr,
que en esta aparatada orilla...
Hoy a nadie se le ocurriría escribir semejante vocal, pero en el siglo X, y en León
especialmente, se pronunciaba tanto, que hasta se escribían eguelesia por eglesia,
yélemo por yelmo e Ilderedo era de los que escribía en sus cartas: «peropia nostra
voluntate, vendemus tibe Salvatore et uxore tua Peraciosa terras nostras peropias, juxta
felumen Torio in loco peredicto».
Pero basta. Sería muy largo dar una idea de todas las modas de hablar usadas en
esa corte leonesa que tan felizmente ha hecho revivir Albornoz. Basta lo dicho para
formarse una idea de los variadísimos gustos o tendencias lingüísticas que solicitaban
libérrimamente a aquellos hablantes del siglo X y de las extrañas vacilaciones con que
ellos preparaban la lengua literaria de mañana, la que tendrá su primer florecimiento
en el siglo XII.
Basta, digo, y aún sobra. Dejemos pronto que el señor Albornoz nos guíe al
mercado de León, nos introduzca en los palacios, en las iglesias, en las casas de la
ciudad regia, y nos haga asistir a momentos ordinarios y a momentos solemnes de la
vida de entonces.
R. MENÉNDEZ PIDAL___
1
El título mie vida, mi vida, aplicado al señor, aparece en un documento del año 1099, en los
Documentos lingüísticos, 147.°, líneas 28 y 31. En otro, 157.°, línea 41, año 1206, firma «Dominico de
mi vida don Polo, preste».
2
Véase Orígenes del español, § 91.
INTRODUCCIÓN
CON esperanzas de éxito sólo puede intentarse reconstruir históricamente la vida
anterior al milenio de dos viejas ciudades españolas: León y Córdoba. La variada y rica
literatura arábigo-española, la frondosa y expresiva histografía hispanomusulmana y los
espléndidos restos de la capital del califato conservados hasta nuestros días, me parecen
materiales suficientes para acometer la evocación de la ciudad de los califas en los días
de Abd al-Rahmán III y de Almanzor 1. En estas páginas me propongo tan sólo trazar
unas Estampas de la vida en León durante el siglo X.
Muy a mi pesar no puedo ofrecer al lector en mi trabajo una reconstrucción
acabada del León milenario. Faltan por entero textos literarios en que espigar noticias
relativas a la vida privada, fiestas y costumbres de los leoneses de aquel tiempo. No
quedan apenas de la sociedad del novecientos sino edificios religiosos, lápidas devotas,
mármoles, piedras y algunos –muy pocos– objetos de culto 2. Escasean incluso las
representaciones figuradas de aquellos días, y las que nos conservan Biblias,
Antifonarios y Beatos, en ocasiones son de rudeza o estilización tales, que resulta en
extremo complejo interpretarlas, y a veces suscitan dudas sobre si sus autores
reprodujeron en ellas escenas del vivir diario o se dejaron arrastrar por la tradición
erudita y copiaron costumbres y modas del vivir pretérito 3. Las crónicas cristianas de la
época, cuyo número rebasa muy poco al de las Gracias, son breves y misérrimas
biografías de reyes, secas, esquemáticas, faltas de colorido..., que ofrecen triste
contraste comparadas con obras tan jugosas, detalladas y llenas de vida como la de Al-
Juxaní, traducida por Ribera, maestro de arabistas, y otras varias musulmanas
contemporáneas. Es forzoso acudir casi exclusivamente a los áridos diplomas de aquella
centuria, que alzan su laconismo torturador frente a los parleros documentos de los
siglos siguientes 4. Sobre ellos, sobre el Fuero de León de 1020 5 que cristaliza la
tradición jurídica, económica y social legada a los contemporáneos de Alfonso V por
sus antepasados, y utilizando con la atención precisa las fuentes gráficas, narrativas y
monumentales mencionadas, me propongo trazar, con los adobos necesarios, mis
estampas de la vida leonesa entre el año 900 y el 1000.
Algunas licencias voy a permitirme al construir los cuadros. La penuria de datos
aprovechables me obligará, aunque no siempre, a concentrar en un año y en una ciudad
noticias procedentes de todo el reino y datadas en fechas diversas del período que
abarco. La necesidad de llenar los abismos que, no obstante mis investigaciones, abre en
el conocimiento de la sociedad leonesa del siglo x lo misérrimo de nuestras fuentes, me
forzará a suplir, con auxilio de las más viejas tradiciones locales, aún vivas
esporádicamente, y con ayuda de la imaginación –recuérdese que hablé al principio de
reconstruir–, los trazos que el tiempo haya ido borrando en las estampas primitivas. Por
último, para dar vida a las pobres noticias mortecinas y dispersas que he podido espigar
en diplomas, textos legales, miniaturas y crónicas, me trasladaré con los lectores al León
de los Ordoños y de los Ramiros y procuraré evocar aquella sociedad en que todo era
aún vario, amorfo e inestable, pero que llevaba en sus entrañas todas las singularidades
de nuestra historia medieval y moderna.
No tema el lector, sin embargo, que mi fantasía se desborde. No quiero hacer
novela, sino historia, y así como los filólogos publican los textos restaurados en forma
tal que siempre pueda distinguirse lo nuevo de lo viejo, así yo procuraré ofrecer al pie
de cada página los testimonios necesarios para mostrar a cada paso las bases de mi
aserto. Esta quinta edición de las Estampas reproduce a la letra las anteriores. No se han
alterado siquiera las noticias, a veces transidas de contemporaneidad, consignadas en las
notas. Pero han transcurrido casi veinte años desde la última aparición de este libro y he
creído oportuno anotar en unas Adiciones las fuentes narrativas y documentales
publicadas desde 1926 y las novedades que mis investigaciones y las ajenas han añadido
al estudio de las instituciones y de la vida leonesas en la temprana Edad Media.
____________
1
Al imprimir la segunda edición de esta obra escribí estas palabras: «Quede esta empresa reservada para
otro». En el tiempo transcurrido desde entonces he sentido la tentación de realizarla y he evocado más
de una vez en diversas conferencias la Córdoba califal. Acabo de publicar una obra titulada: La España
Musulmana, según los autores islamitas y cristianos. Y los textos reunidos en ella me servirán de base
para unas Estampas de la vida en Córdoba hace mil años.
2
Véanse las Iglesias mozárabes de GÓMEZ-MORENO
3
He podido utilizar de manera directa o mediante reproducciones fotográficas los siguientes códices
miniados de procedencia leonesa o castellana: Biblia de la Catedral de León, ilustrada en el monasterio
de Abeliare, 920. CLARK Collectanea Hispanica, N.° 542, y GARCÍA VILLADA; Paleografía española,
N.° 44.–Comentarios al Apocalipsis de Beato de Liébana, mss. 97 de la colección Thompson, miniado
en San Miguel de Escalada, 926. CLARK, N.° 570; G. VILLADA, N.° 74; NEUSS, Die katalanische
Bibelillustration un die Wende des ersten Jahrtausends und die altspanische Buchmalerei, N.° 1.°
(véase sobre este códice GÓMEZ MORENO: Iglesias mozárabes, 131).–Morales de San Gregorio de la
Biblioteca Nacional, escrito en Baleránica (Burgos), 945. CLARK, N.° 619; G. VILLADA, N.° 121 (véase
sobre este ms. MILLARES, Estudios Paleográficos, 27 y sgts.).–Biblia de San Isidro de León, escrita en
Baleránica (Burgos), 960. CLARK, N.° 549; G. VILLADA, N.° 50 (véase sobre esta Biblia Neuss: Die
katalanische Bibelillustration..., 72 y sgts.–Beato del Archivo Histórico Nacional, iluminado en
Távara, 968-70. CLARK, N.° 634; G. VILLADA, N.° 109; NEUSS, N.° 2.–Beato de la Biblioteca
Universitaria de Valladolid, procedente de Valcavado, 970. CLARK, N.° 710; G. VILLADA, 215; NEUSS,
N.° 3 (véase sobre este Beato, GUTIÉRREZ DEL CAÑO: Códices y manuscritos que se conservan en la
Biblioteca de la Universidad de Valladolid, 18). Beato del Archivo Capitular de Gerona, de origen
castellano, 975. CLARK, N.° 539; G. VILLADA, N.° 41; NEUSS, N.° 4 (V. BOFARULL Y SANZ: Los
códices, diplomas e impresos en la exposición Universal de Barcelona, 21 y sigts.).–Códice Vigilano
de la Biblioteca del Escorial, procedente de Albelda, 976. CLARK, N.° 520; G. VILLADA, N.° 23 (V.
ANTOLÍN, Catálogo de los códices latinos del Escorial, I, 368 y sigts.).Códice Emilianense del Escorial
procedente de S. Millán de la Cogolla, 992. CLARK, N.° 519; G. VILLADA, N.° 22 (V. ANTOLÍN,
Catálogo..., I, 320 y sigts).–Beato del siglo x de la Biblioteca Nacional; Hh. 58. (No lo citan CLARK, G.
VILLADA, ni NEUSS. Lo mencionó BLÁZQUEZ: Los manuscritos de los Comentarios al Apocalipsis de
San Juan por San Beato de Liébana (R. A., B. y M., 1906, 268).–Beato de la Biblioteca Capitular de
Urgel de origen castellano y del siglo x, según CLARK, N.° 709 y G. VILLADA, N.° 213, y de los siglos
X-XI según NEUSS, N.° 6. (V. PUYOL: De Paleografia visigótica a Catalunya: El Codex de
l'Apocalipsi, de Beatus, de la Catedral d'Urgel, Butlletí de la Bib. de Catalunya, 1917, 6 y sigts.).–
Beato de la Academia de Historia procedente de San Millán de la Cogolla, siglos X y XI. CLARK, N.°
595; G. VILLADA, N.° 92; NEUSS, N.° 5 (V. PÉREZ PASTOR, Índice de los códices de S. Millán de la
Cogolla... existentes en la ...Academia de la Historia, B. A. H., 1908).–Beato de Fernando I de la
Biblioteca Nacional, procedente de San Isidoro de León, 1047. CLARK, N.° 609; G. VILLADA, N.° 113;
NEUSS, N.° 8.–Antifonario de la catedral de León, 1066. CLARK, 543; G VILLADA, 45 (V. G. VILLADA,
Catálogo de los códices y documentos de la catedral de León, 38-40).–Beato del Escorial, siglo XI.
CLARK, 525; G. VILLADA, 28 y NEUSS, N.° 10. (El señor Domínguez, en el estudio que prepara sobre
los Beatos se inclina a considerarlo del siglo X (V. AANTOLÍN, Catálogo, 375, 76). Beato de Burgo de
Osma, procedente de Asturias (?). 1084, G. VILLADA, N.° 9, y NEUSS, N.° 9.
No necesito subrayar que la utilización de tales manuscritos ha sido desigual por la diferente cantidad
de reproducciones de los mismos de que he dispuesto, y en atención a la fecha y procedencia de cada
uno. Como complemento de estos códices ha acudido a veces a las Biblias de Rodas y de Ripoll, a
través de la obra de NEUSS ya citada, lamentando que su abolengo catalán no me haya permitido un
aprovechamiento intensivo de tales preciosos manuscritos. Quiero aquí hacer constar: primero, mi
gratitud al señor GOMEZ-MORENO por haber puesto a mi disposición los materiales que posee la
Sección de Arte del Centro de Estudios Históricos; y segundo, que los fotograbados a línea son calcos
de las miniaturas originales o de fotografías de las mismas, excepto los que reproducen iluminaciones
del Beato de Thompson, tomadas de la obra ILLUSTRATIONS FROM ONE HUNDRED
MANUSCRIPT IN THE LIBRARY OF HENRY YATES THOMPSON. LONDON, 1912. Aparte de
éstos debo los demás y el plano o croquis de León, a la gentileza y habilidad técnica del señor Camps,
de feliz memoria.
4
Creo innecesaria una enumeración de las colecciones diplomáticas impresas utilizadas, que iré citando a
cada paso en las notas. He aprovechado además documentos inéditos del Archivo Histórico Nacional
(AHN); de la Biblioteca Nacional. Sección de Manuscritos (Bib. Nac. Mss); del Archivo del Obispo de
León (Arch Ob. León); del Archivo Catedral de León (A. C. L.); de los de Lugo (A. C. Lugo) y Oviedo
(Arch. Cat. Oviedo) y del Archivo de Braga. Entre paréntesis señalo las formas habituales de
abreviación usadas en las citas.
5 Como al publicar la primera edición de estas Estampas, sigo hoy creyendo que el texto definitivo de las
leyes Leonesas se redactó en 1020. Justificaré mi opinión en un estudio: En apoyo de dos viejas tesis.
Cuadernos de historia de España V. En la cita del Fuero de León me referiré siempre a la edición de
Muñoz y Romero, Colección de Fueros Municipales y Cartas Pueblas, 60 y sigts. Remito al lector, sin
embargo, de una vez por todas, a la edición crítica del mismo, que me ha llegado recientemente, de
Vázquez de Parga: Anuario de historia del derecho español XV, 1944.
Antifonario mozárabe de la Catedral de León. Canto de Misa. La Adoración de los
Magos. Fol. 83. v. (Foto Oronoz).
Miniatura del Beato de Liébana, en la Catedral de Gerona, con personajes de la Corte y
lecho. (Foto Oronoz).
LA CIUDAD Y SU HISTORIA
EDIFICADA León para albergar a la Legio VII gemina , fue ya quizás asiento del dux
1
de ésta que como legado augustal gobernó a veces Asturias y Galicia 2. Desconocemos
su historia tras la ruina de la dominación romana en España. Hubo de ser conquistada
por Muza en su campaña del Noroeste 3, y acaso sirvió de asiento al prefecto musulmán
de los astures cismontanos, mientras el de los astures trasmontanos, el bereber Munuza,
residía en la ciudad marítima de Gijón 3 bis. Reconquistada, mediado el siglo VIII, en las
grandes campañas de Alfonso I que la rebelión berberisca hizo posibles, quedó desierta,
por cerca de cien años, al trasladar el citado caudillo, a las abruptas montañas de su
reino, las gentes que habitaban en la alta meseta comprendida entre el Duero y los
montes 4.
En pie sus viejos muros, construidos por el pueblo romano 5, que edificaba para la
eternidad, y más o menos arruinadas sus termas y algunos otros monumentos de
idéntico abolengo, debió ser morada de las sombras durante casi un siglo, por cuanto, a
lo que creo, la halló vacía el vencedor del conde palatino Nepociano, cuando, asentado
en el trono de Asturias, pudo continuar la reconquista. A lo menos el esfuerzo en
tomarla debió de ser tan pequeño, que ni su nieto el rey cronista, ni la crónica atribuida
sin razón a un monje de Albelda, mencionan la ocupación de la ciudad por don Ramiro.
Y, sin embargo, es indudable que se estableció en ella población cristiana durante su
reinado, porque varios historiadores musulmanes hablan de que aquélla huyó de León
en 846, ante el ataque de los islamitas. Y estas mismas fuentes nos declaran la fortaleza
y, en consecuencia, el origen de los muros en pie, al referirnos que, tras haber
incendiado la ciudad, los sarracenos intentaron destruir su recinto murado, pero que
hubieron de retirarse de León sin lograr su propósito, ante el grosor y la resistencia de la
cerca 6. El incendio y el fracasado intento de arrasar las murallas son buena prueba de
que las tropas cordobesas no pensaron siquiera en guarnecer la plaza conquistada, y ésta
debió, por tanto, continuar desierta. Así la encontró, en efecto, el rey Ordoño cuando
abandonada la barrera montañosa que defendía el reino astur, y sintiéndose seguro en la
llanura, restauró Astorga y Amaya al pie de los montes 7 y ocupó León en 856 7 bis. La
repobló, como en general todas las nuevas tierras, con cristianos del Norte, venidos a
correr fortuna en la frontera, y con mozárabes que huían de las persecuciones y de las
discordias civiles de la España musulmana. Gómez-Moreno ha probado el mozarabismo
de buena parte de los pobladores del alfoz leonés 8. Y un pasaje del texto rotense, ahora
tenido por primera redacción de la crónica de Alfonso III 9, ha venido a confirmar
rotundamente las conclusiones a que llegara por diversos caminos el ilustre arqueólogo
e historiador citado 10.
Ordoño restauró los destrozos ocasionados en las murallas leonesas por los
sarracenos en los días de su padre Ramiro; erigió en la ciudad por primera vez un
obispado 11, e instaló su palacio en las antiguas termas. Reinaba Alfonso el Magno
cuando hacia el año 875, tres antes de la victoriosa jornada de Polvoraria, como dicen
los textos, se dio nuevo empuje a la repoblación de la ciudad. Sus habitantes tomaron
entonces agua del Bernesga para ella y después levantaron torres y fortalezas en la
campiña próxima, construyeron presas y molinos en los ríos cercanos, edificaron
granjas e iglesias en los campos vecinos y se desparramaron en aldeas por los valles del
Porma, del Bernesga y del Torío 12. Apoyado en las recias murallas de León esperó
Alfonso III, en 882 y en 883, la acometida del príncipe Al-Mundzir y del general Háxim
Ben Abd Al-Aziz, que al cabo volvieron a tierras andaluzas sin combatir con el ejército
cristiano 13. Después, mientras el emirato cordobés parecía extinguirse en medio de
persecuciones religiosas, alzamientos locales, odios de raza y discordias civiles, el Rey
Magno, en un salto de tigre, extendió sus estados hasta el Mondego, el Duero y el
Pisuerga; León dejó de estar amenazada; al desplazarse hacia el Sur la raya fronteriza,
pasó a ser centro político del reino, y en adelante se convirtió en la capital de la joven y
fuerte monarquía, en que se fundieron sangres, ideas, costumbres, normas jurídicas,
instituciones y formas artísticas de abolengo romano, de raigambre visigoda y de origen
árabe.
Durante el siglo X, León fue la población más importante de la España cristiana.
No la imaginen, sin embargo, los lectores como una gran ciudad. Era reducido su
perímetro. Tenía la forma de un rectángulo casi perfecto 14. Su eje mayor iba, de Sur a
Norte, desde el mercado, fronterizo a San Martín, hasta el castillo, y su eje menor
cruzaba desde la Puerta del Obispo a la Cauriense, situada a la altura del espléndido
palacio que levantaron más tarde los Guzmanes. Ceñida por la antigua cerca que
edificaron los romanos, daban acceso a ella cuatro puertas: La llamada Archo de Rege
conducía al mercado y se abría en la calle donde se alzaba el palacio del rey, enclavado
a espaldas de la iglesia actual del Salvador 15. Al oriente, no lejos de la Torre Cuadrada
16
, se encontraba la Puerta del Obispo 17, como tal conocida hasta hace pocos años. La
del Conde, al septentrión de la ciudad, después Puerta del Castillo, debía su nombre al
gobernador de León por el monarca, cuyo palacio y fortaleza -castrum o castellum le
denominan los diplomas- se hallaba junto a ella 18. Por último la Puerta Cauriense se
abría frontera a San Marcelo, de extramuros 19, en el lugar citado arriba, y conducía a la
llamada, por las escrituras de la época, Carrera de Fagildo 20.
En su interior la cruzaban, en direcciones diferentes, numerosas vías, calles,
carrales y carreteras, registradas en diversos diplomas 21, cuyos textos permiten trazar el
plano que acompaño, de cómo era la ciudad alrededor del año mil 22. Las antiguas
termas 23 se convirtieron en sede episcopal por Ordoño II; trasladó éste el solio regio a
un palacio situado junto a la Puerta del Mercado, desde entonces tal vez llamada Archo
de Rege 24; y en el curso del siglo que estudiamos se alzaron en León, fuera y dentro de
sus viejas murallas, diversas iglesias y numerosos monasterios. De monjes unos, de
religiosas otros y varios dúplices, ora seguían las antiguas reglas españolas de San
Fructuoso o de San Isidoro, ora se regían por la de San Benito, extranjera, pero ya
propagada en la Península 25. Regulares también los clérigos de la iglesia episcopal 26,
completaban el cuadro de los habitantes de León algunos infanzones y diversos
ingenuos no nobles. De éstos, unos eran peones y caballeros otros. Pero todos
trabajaban en diversos oficios o labraban el campo; ya cultivando sus propias heredades,
ya explotando las tierras de los otros, como juniores, o mediante diversos tipos de
contratos agrarios.
El proceso de la colonización había creado en los páramos leoneses numerosas
pequeñas y medianas propiedades, que hacían de León y su alfoz tierra de hombres
libres o ingenuos, a veces acogidos a la benefactoría de un patrono. Había, sí, en las
medianas y grandes propiedades una numerosa masa de tributarios, colonos o juniores,
dueños ya de su libertad de movimiento, pero a quienes la miseria ataba a las heredades
del señor. Existía también una clase de juniores de capite o cabeza, constituida por los
hijos jóvenes, sin tierra, de los tributarios, juniores de hereditate u homines
mandationis; y algunos pocos siervos adscripticios, en los campos, y diversos siervos
personales, que servían como criados o domésticos en las cortes de los más ricos
leoneses 27.
El Conde gobernaba a la ciudad, auxiliado por el merino y el sayón. El concilium o
asamblea general de vecinos de León y su alfoz se reunía bajo la presidencia de aquél:
para hacer justicia, para presenciar actos de jurisdicción voluntaria –donaciones,
testamentos, cartas profilationis o contratos de variada especie–; para fijar las medidas
de pesos, líquidos y áridos, el precio de los jornales y la tasa de las mercaderías, y para
elegir los zabazoques, o jueces del mercado, primeros funcionarios autónomos de la
ciudad futura 28.
León vivía a ras de tierra, sin otro acicate que la sensualidad y sin otra inquietud
espiritual que una honda y ardiente devoción. Mística y sensual, guerrera y campesina,
la ciudad toda dividía sus horas entre el rezo y el agro, el amor y la guerra. Los laicos
empuñaban la espada para luchar con los infieles, o el arado para labrar la tierra; y los
monjes, la azada para cavar el huerto o la pluma para copiar el Viejo o el Nuevo
Testamento, las obras de los santos padres más famosos de la Iglesia cristiana o los
libros litúrgicos al uso. Todos o casi todos amaban y rezaban; sólo una minoría de
escogidos mantenía encendida la mortecina llama de la cultura clásica, al leer y al
copiar, aunque de tarde en tarde, los divinos versos de Horacio o de Virgilio.
Tratemos ahora de sorprender algunos instantes de la vida de León durante este
siglo de su historia. Esforcemos un poco nuestra potencia evocadora y trasladémonos a
la ciudad que nos ocupa, no para asistir a escenas llenas de dramatismo y de pasión,
sino para presenciar la monotonía de su vivir diario, para acudir a su mercado, recorrer
sus calles, carrales y carreras, penetrar en sus casas, escuchar sus diálogos, sorprender
sus yantares, verla animada y curiosa en horas de bullicio cortesano, marcial y devota en
vísperas de fonsado o de guerra, y quieta, silenciosa y recogida en días de paz y de
sosiego...
___________
1
Véase GÓMEZ-MORENO, La legión VII Gemina Ilustrada (Boletín de la Acad. de la Hist., LIV, 19) y
Catálogo Monumental de España, León, 23.
2
Corpus Inscriptionum II (HÜBNER), núm. 2.634.–Sobre el gobierno de Asturias y Galicia por un legado
augustal véanse mis Divisiones tribales y administrativas del solar del reino de Asturias en la época
romana, Apt. del Boletín de la Academia de la Historia, Madrid, 1929, 69 a 73.
3
Sobre la campaña de los conquistadores islamitas en el Noroeste de la Península véase mi estudio
¿Muza en Asturias? Los musulmanes y los astures transmontanos antes de Covadonga. Publicaciones
del Centro Asturiano, Buenos Aires, 1944.
3 bis
Al publicar las anteriores ediciones de estas Estampas creía todavía que León había servido de sede a
Munuza antes de la campaña de Alkama que terminó en Covadonga. Me parecía que el examen
detenido de las fuentes podía permitirme contradecir la tesis de BARRAU-DIHIGO (Remarques sur la
Chronique dite d'Alphonse III Rev. Hisp. XLVI, 1919, 334 y Recherches sur l'histoire politique du
royaume asturien. Ext. de la Rev. Hisp. LII, 1921, 114, nota 2). El hallazgo del Códice de Roda, que
nos brinda un texto muy antiguo de la Crónica del Rey Magno (Véase mi estudio: La redacción
original de la Crónica de Alfonso III, Spanische Forschungen der Górrersgesellschaft. Gesammelte
Aufsátze, II, 1930) y la nueva edición de dicho cronición por GÓMEZ-MORENO (Las primeras crónicas
de la Reconquista. El ciclo de Alfonso III, Bol. Ac. H., C. Madrid, 1932) me han obligado a cambiar de
opinión.
4
Hasta hace algún tiempo hubiese sido innecesaria toda anotación de este pasaje. Nadie había puesto en
duda el hecho referido, que ilustrara DOZY en sus Recherches. Pero hoy creo conveniente señalar aquí
el error profundo de MAYER (Historia de las instituciones sociales y políticas de España y Portugal
durante los siglos V al XIV, I, páginas 22 y sigts.) al afirmar que, transcurrida una generación desde la
conquista de España por los árabes, volvieron los cristianos al Duero y los godos persistieron en sus
propiedades. Como para su tesis sobre la casi eterna prolongación de las diferencias étnicas, sociales y
jurídicas de la época goda era indispensable suprimir toda solución de continuidad entre el reino de
Rodrigo y las monarquías hispanas medievales, se explica que haya interpretado a su sabor los pasajes
muy claros de las crónicas de Albelda (E. S., mil, 452) y de Alfonso III (Ed. Villada, 116) relativos a
las campañas del yerno de Pelayo, y los demás textos narrativos y diplomáticos que hablan del
sucesivo avance de la frontera y de las posteriores repoblaciones del país. Barrau-Dihigo, cuya
autoridad en la historia de esta época está sólidamente basada en una obra construida con
extraordinario rigor crítico, opina en este asunto como todos, y afirma que después de las conquistas
de Alfonso I los cristianos no ocuparon las tierras devastadas. El reino asturiano se extendió por la
costa y «un vaste désert –escribe–, large de plusieurs centaines de kilométres, le sépara désormais de
l'Espagne musulmane (Recherches... 144)».–En fecha muy próxima estudiaré de nuevo el tema a que
aludo en esta nota, en mi libro: La pequeña propiedad y los hombres libres en el reino asturleonés,
que publicará el Instituto de Historia de la Cultura Española que dirijo en la Universidad de Buenos
Aires. He dado noticia abreviada de tal estudio en las Journées d'historie du droit de Lovaina de 1934,
y en la conferencia inaugural del Instituto a que acabo de aludir.
5
ARGÜELLES Y DÍAZ JIMÉNEZ, Un monumento de la ciudad de León (Bol. Ac. Hist., LVIII, 135), y
GÓMEZ MORENO, Catálogo..., León, 23 y sigts.
6
Al-Bayán de Ben Adzari, trad. Fagnan, II, 144.–Al-Kámil de Ben Al-Atzir, trad. Fagnan, 222.–Al-
Niháyat de AlNuwayrí, trad. Gaspar y Remiro, 44. Véase DOZY, Prise de León, a. 846 (Recherches...,
3. aed., I, 141) y BARRAU-DIHIGO (Recherches, 168-69).
7
Crónica de Alfonso III. Redacción B. ed. G. VILLADA, 127, y Crónica de Albelda, E. S., XIII, 454.–
Conservo las citas de las ediciones de los cronicones de Albelda y de Alfonso III que utilicé en la
primera edición de estas Estampas y remito aquí una vez por todas a las novísimas de GÓMEZ-
MORENO que acompañan a su estudio: Las primeras Crónicas de la Reconquista, Bol. Ac. Ha. C,
Madrid, 1932, 600-621.
7 bis
En los Anales Castellanos Primeros, antes llamados Crónicón de San Isidoro de León, se lee: «In era
DCCCLXVIIII populavit domnus Ordonius Legione et fregit Talamanka» y la noticia se repite en los
Anales Castellanos Segundos, antes Anales Complutenses (GÓMEZ-MORENO: Discursos leídos ante la
Academia de la Historia, Madrid, 1917, 23 y 25). La fecha está confirmada por un documento del
mismo Ordoño I, datado en 854 y hasta hace muy poco desconocido, en el que aparecen dependiendo
todavía de Astorga tierras situadas en las orillas del alto Esla, al oriente de León. He estudiado y
publicado tal diploma en mi Serie de documentos inéditos del reino de Asturias, Cuadernos de
Historia de España, I y II, Buenos Aires, 1944, 301-308 y 326-328.
8
Iglesias mozárabes, 105 y sigts.
9
Sobre las fuentes de tal cronicón véanse mis estudios: La crónica de Albelda y la de Alfonso III, Bull.
Hisp., XXXII, 1930, 305-325 y ¿Una crónica asturiana perdida?, Rey. Fil. Hispánica, Buenos Aires,
1945.
10
Ed. GARCÍA VILLADA, 127. «Ciuitates ab antiquis desertas, id est Legionem Astoricam, Tudem et
Amagiam Patriciam muris circumdedit, portas in altitudinem posuit, populo partim ex suis, partim ex
Spania aduenientibus impleuit».
11
Vuelvo aquí a la antigua opinión de Morales y de Flórez, que no admitieron la existencia del obispado
legionense en la época romana y visigoda. Combatió esta tesis Risco, con muy débiles y confusas
razones, en la España Sagrada (XXXIV, 65 y sigts.) y en su Iglesia de León... (7 y sigts.); pero su
argumentación no logra resolver las dificultades levantadas por Flórez (Esp. Sagr., IV, 132; mil, 133)
contra la antigüedad de la sede leonesa. La carta de San Cipriano a las iglesias emeritense, legionense
y astorgana, consolándolas en la afición que padecían a consecuencia del asunto relativo a los obispos
Marcial y Basílides, no obstante cuanto dice Risco, muestra a las claras como León y Astorga
formaban a la sazón una sola diócesis. Véase el pasaje que interesa en el tomo XXXIV, pág. 65 de la
España Sagrada. La firma de Decenio como obispo de león en el concilio de Iliberri no significa, por
tanto, sino que el prelado de Astorga se titula juntamente episcopus legionensis y asturicensis. La
redacción que poseemos de las actas del martirio de las vírgenes Centola y Helena, que hablan
separadamente de los obispos de Astorga y de León (Esp. Sagr.,XXXIV, 70), es demasiado moderna
para hacer fe frente al silencio constante que guardan los textos visigodos respecto a la sede leonesa y
frenta a la rotunda afirmación de un ingenuo prelado legionense, Pelayo, que hablando de León
escribía en 1073 (Esp. Sagr., XXXVI, pág. 58): «Postea cum jam idola defecissent et idolis homines
renunciantes signum fidei accepissent, vacuum permansisset usque ad tempora dignae memoriae
Ordonii Regis Legionensis. Hic primus Regum istius Provinciae fertur in hac Civitate Episcopum
promovisse, cun usque ad hec tempora sine Episcopo et sine Sede fuisset». Risco quiere sacar partido
contra este diploma del calificativo de Rex legionensis que aplica el buen obispo a Ordoño I; pero,
naturalmente, la confusión del prelado –escribía en 1073– no invalida su aserto. Todos los argumentos
que en pro de su tesis basa Risco en las actas de los Concilios de Lugo (Esp. Sagr., XXXIV, 68) y
Oviedo (Esp. Sagr., XXXIV, 68-69) caen por el suelo, dada la falta de autenticidad de tales
testimonios (Véanse, para el de Lugo, Flórez, Esp. Sagr., IV, Tratado 3, y respecto al de Oviedo,
BARRAU-DIHIGO, Recherches, 91). Y es obvia la discusión de las frases de la Hitación de Wamba
referentes a Astorga, si, a lo que parece, nos hallamos en presencia de un documento forjado en el
obispado de Osma o en Toledo en el breve período comprendido entre el concilio de Husillos (1086) y
los primeros años del siglo XII, según ha demostrado Vázquez de Parga en 1943. Más aún, si el texto
de la Hitación remontara a alguna matriz antigua, se hallarían más cerca de ésta que las viciadas copias
pelagianas, las del Liber Fidei de Braga y las de los códices aragoneses de San Juan de la Peña,
Montearagón y Huesca, y en ninguna aparece la sede de León, y en todos se hace llegar la de Astorga
hasta Fenar, arroyo afluente del Torío y concejo situado a la altura de la Robla, con lo que León queda
incluido dentro del obispado asturicense.–He hablado de estos asuntos en mis trabajos El Obispado de
Simancas, Homenaje a Menéndez Pidal, Madrid, 1925, III, 325, y en mis Fuentes para el estudio de
las divisiones eclesiásticas visigodas, Bol. de la Universidad de Santiago, 1930. En este último
examiné asimismo el problema de la autenticidad de la Hitación. Sobre los comienzos de la sede
leonesa véanse, además, GARCÍA VILLADA: Historia Eclesiástica de España, II, Madrid, 1932, 214, y
A. PALOMEQUE TORRES: La iglesia y el obispado de León desde sus orígenes hasta la dinastía
navarra, Boletín de la Universidad de Granada, 1943; y sobre la Hitación: L. VÁZQUEZ DE PARGA: La
división de Wamba. Contribución al estudio de la Historia y Geografía eclesiásticas de la Edad Media
Española, Madrid, 1943.
12
Arch. Catedral de León. Tumbo de León, f. 205 vº, 915.
«In presentia domini Fronimi episcopi Uegila et Ad hec testificamus... quod occulis nostris uidimus et
presens fuimus guando preso Uimara cum suos filios aque in Uernega ad populacionem de Legione de
istirpe antico ante qualibet htsminem et pectet suos molinos et abeat iuri quieto et anno quieto tercio
ante illa disfacta de Pulhuraria».
13
Crónica de Abelda. Esp. Sagr., XIII, 457-60.
14
GÓMEZ-MORENO (Catálogo... León, 24) opina que el recinto romano seguía la línea del viejo recinto
medieval. Según este autor, aquél era redondeado como el de Ciudaleja, en Vidriales, y carecía, como
éste, de torres. Así se deduce también del estudio de Argüelles y Díaz Jiménez sobre la Puerta del
Obispo, citado arriba (B.A.H., LVIII, 135). Se han encontrado restos del muro romano en el ángulo
NO., cerca de la puerta de Renueva y detrás de la capilla de San Marcelo. Según GÓMEZ-MORENO, el
perímetro leonés medía 550 por 340 metros.–Schulten disiente de esta opinión en su obra Los
cántabros y astures y su guerra con Roma, Madrid, 1943, 182-184. Cree que la muralla de León no es
la del campamento, sino la de la ciudad nacida en las canabae o aglomeración de casas en que vivían
los mercaderes y las mujeres y niños de los soldados. Sostiene que fue edificada hacia el 260, para
defender la ciudad de los germanos que habían invadido la Tarraconense. Pero en tal caso quedarían
huellas del recinto militar anterior, y Schulten no ha logrado atestiguar su existencia y ha olvidado,
además, que las murallas de León llegadas hasta hoy fueron reedificadas por Alfonso V, después del
arrasamiento por Almanzor de las antiguas, lo que explica la presencia en ellas de lápidas romanas.
15
Hasta hace años se ha aplicado el nombre de Puerta de Arco a la que se abría en la vieja muralla en la
calle de los Cardiles. Véase en el plano y los textos números 19, 24, 27, 43, 56 y 57 del Apéndice I.
16
Ordoño II dio a la sede leonesa en 916, a más de su palacio (Esp. Sagr., XXXIV, 440), «foris
munitione murum solares et cortes... per términos certissimos de Turris quadrata, quod est ad
Orientalis parte civitatis foras murum...»
17
Véanse los textos 12 y 18 del Apéndice I. Se habla ya de la Puerta del Obispo en la donación de
Frunimio II a la Iglesia leonesa, fechada en 917 (Esp. Sagr., XXXIV, 445). El prelado escribe: «vobis
gloriosissimis Patronis Sancti Christophori, cujus reliquiae reconditae sunt in civitate Legione juxta
porta Dmi. Espiscopi, sub ara Sancti Cypriani, et Sanctae Mariae ante altares Sedis antiquae».
18
Véanse los textos 13, 20, 31, 33, 39, 40, 45, 46, 47, 51 y 52 del Apéndice I. En la donación de Ordoño
II a la Sede legionense (916. Esp. Sagr., XXXIV, 441) se lee: «et finit se in carraria de vereda, que
discurrit de Turio pro ad porta de Condis, et concludet usque in murum civitatis».
19
Véanse los textos 3, 6, 8, 11, 38 y 59 del Apéndice I. En un documento de Sancho I (Esp. Sagr.,
XXXIV, 145 y RISCO, Iglesia de León, 96) se dice de un rey Ramiro –que RISCO supone el primero,
pero que de ser auténtico el diploma debe ser el segundo–: «Construxit, atque aedificavit, et restauravit
Ecclesiam Sancti Marceli in suburbio Legionensi locum situm ad portam Cauriensem foras murum
civitatis...» La falsedad posible del documento no interesa a nuestro fin actual de localizar la puerta
Cauriense. La muralla vieja de León cruzaba por donde hoy se alza el palacio de los Guzmanes.
20
Abundan en el Tumbo los textos que hablan de la carrera de Fagildo. En 1044 Eila y su mujer
vendieron a doña Fronilde un huerto «en Karreira de Fagildo, iusta aulam sancti Claudii» (T. Leg., fol.
267).
21
De vías hablan los textos 19, 27, 54, 46, 47, 56 y 57 del Apéndice I; de calles, los números 15, 18 y 49;
de carrales, los números 2, 3, 11, 20, 22, 24, 25, 26, 30, 31, 38, 44 y 54; y de carreras los núms. 13, 27,
34, 53 y 58 del mismo Apéndice I.
22
El plano está trazado sobre el de RISCO y varios muy modernos –del Ayuntamiento de León me dicen
que no hay otros mejores–, ninguno de los cuales recoge por entero los ensanches todos de la ciudad
en los últimos tiempos. Para trazar el mío he tenido a la vista cuantas noticias diplomáticas me ha sido
posible reunir. He elegido como fechas extremas en la búsqueda el año 900 y el 1050, y agrupo en el
Apéndice I los pasajes recogidos a tal fin en los archivos de la Catedral y del Obispo de León, y en
otros fondos inéditos e impresos. En cada corte o solar un número envía al registro donde se indica el
nombre del propietario, y donde entre paréntesis se remite mediante un ordinal al texto o textos del
Apéndice I utilizados para situar en el plano la corte o el solar. En el registro consigno, además,
aquellas otras cortes o solares cuyo emplazamiento no he podido determinar por la imprecisión del
pasaje oportuno del referido Apéndice a que el ordinal correspondiente envía. Véase el registro del
plano junto a éste y no se olvide que se trata de una reconstrucción y que para llevarla a cabo he tenido
que luchar con la relativa penuria y con la sobriedad de los materiales disponibles.
23
Las noticias de las escrituras medievales respecto al emplazamiento de la iglesia mayor de León sobre
unas viejas termas romanas han sido confirmadas por los hallazgos de dos hipocausis, uno bajo el
pórtico occidental de aquélla (1888), y otro en el trascoro (1888), y de un mosaico, que figuraba un
mar lleno de algas y peces, en el crucero hacia el NE. (1848). V. GÓMEZ-MORENO, Catálogo..., León,
25.
24
La donación de Ordoño II data de fecha el año 916 (Esp. Sagr., XXXIV, 440), y consta por Sampiro
(Esp. Sagr., XIV, 453) que el palacio de los reyes leoneses posteriores estaba junto al monasterio de
San Salvador, identificado con San Salvador de Palaz de Rey por GÓMEZ- MORENO (Iglesias
mozárabes, 253 y sigts.). La escritura de venta de un solar en el «Karrale qui discurrit pro ad porta de
archo» (1005. T. Leg. fol. 269 v°), otorgada por el diácono Miguel a doña Fronilde Pelagiz, permite,
además, situar el palacio en la carrera referida.
25
Véase en la obra de Risco titulada Iglesia de León. Monasterios antiguos y modernos de la misma
ciudad, las págs. 86 a 135.
26
Véase la concesión de Ordoño II a la Iglesia leonesa, 916, Esp. Sagr., XXXIV, 439, y los siguientes
textos, no menos explícitos. Oveco, obispo de León, encabeza así una donación a Reuelle y a su
hermano en 941 (Becerro de Sahagún, fol. 205): «Ego antistes Ouecco episcopo, una cum collegio
prepositorum uel clericorum qui sunt in regula Sancte Marie Legionensi ciuitati». Ordoño III donó en
953 varias iglesias del alfoz de Salamanca a la sede legionense (T. de León, folio 15 v.°): «pro
cunctins utilitatibus monachis suis perpetim habituras». El mismo rey concedió al obispo Gonzalo, en
954, el monasterio de San Claudio (Esp. Sagr., XXXIV, 458): «pro victum atque vestimentum
monachorum ad ipsam Ecclesiam vestram Deo servientium». En 984 Bermudo II hizo cierta donación
(Esp. Sagr., XXXIV, 472): «Dommno Pater Sabarigus Eps. cum omnium monachorum ibi vitam
degentes in Domino». El mismo rey, en 985, confirmó sus posesiones a la Iglesia de León (T. de León,
fol. 15): «siue et ad partem domno Sauarigo episcopo cathedralis loco ipsius succedentium et cum
monachis et clericis ibi deo militantium atque psallentium».
27
He hablado ya de estas cuestiones en mis trabajos: España y Francia en la Edad Media. Causas de su
diferenciación política (1 edición Rev. de Occidente, II, Madrid, 1923; 294 y sigts., y 2. a –corregida–
España y el Islam, Buenos Aires 1943, 143-179); Las Behetrias. La encomendación en Asturias, León
y Castilla. Anuario de historia del derecho español, I, Madrid, 1924; Muchas páginas más sobre las
behetrías. Frente a la última teoría de Mayer, Anuario his. dcho. esp., IV, Madrid, 1928. De los
hombres libres y la pequeña propiedad me ocuparé en el estudio ahora anunciado en la nota 4, y del
régimen de la tierra y de las clases sociales en general, en mis Orígenes de las instituciones del reino
de León y Castilla.
28
También reservo el desarrollo de este tema para el libro últimamente citado y repetidamente anunciado
en mis anteriores trabajos. En las notas de las estampas próximas me veré forzado, sin embargo, a
esbozar las diversas cuestiones que en estas páginas previas apunto. A ellas remito a los lectores que
deseen comprobar provisionalmente las conclusiones registradas arriba de modo brevísimo.
Plano de la Ciudad de León.
Plano de la Ciudad de León.
Ordoño II, fundador de la ciudad de León. Del de la Catedral de León. (Foto Francisco
Díez).
Miniatura con obispos y tiendas, del Códice Emilianense, en la Biblioteca de El
Escorial. (Foto Oronoz).
Lagar de viga. Del Beato de Liébana, en la Biblioteca del Real Monasterio de El
Escorial.
LA CORTE EN LEÓN
Discurren por León gentes llegadas de todos los extremos del reino. En las calles,
carrales y carreteras de la ciudad reina un bullicio extraordinario. Ramiro ha celebrado
una asamblea plane de su Palacio y han acudido a la regia sede legionense, para asistir a
ella, condes y prelados de Portugal y de Castilla, de Galicia y de Asturias, del Bierzo y
de las márgenes del Duero 1. Los obispos han venido acompañados de sus clérigos y
todos, de los infanzones sus vasallos 2 y de tropas armadas 3. León es pequeño para
albergar a tamaña muchedumbre. Los prelados se hallan repartidos entre la régula o
canónica de Santa María 4, la posada del obispo 5 y los monasterios edificados
extramuros o en el interior de la ciudad 6. Los magnates han alzado sus tiendas fuera de
las murallas 7 o se han alojado en las cortes de algunos ricos leoneses 8. Diego Muñoz es
huésped del Conde de León y habita con él en el castilo. Fernán González no ha querido
encerrarse dentro de la ciudad y se ha establecido con su gente en la explanada del
mercado. Assur Fernández mora en la corte de don Arias y de doña Adosinda, situada
entre las calles que llevan a Santa María y al palacio del rey; Osorio Gutiérrez, en la de
Miro Barraz, construida junto a la puerta de poniente, y Gutierre Osóriz en la de
Ablabelle y su mujer Gontroda, edificada en la carrera de la Puerta del Conde 9.
Terminaron ayer las deliberaciones de la asamblea. El obispo de Santiago ha salido
de mañana para Galicia: el viaje es largo, el sol abrasa –está acabando julio– y camina
hacia su tierra con la aurora 10. Los demás condes y prelados se disponen a imitarle. En
este instante besan la mano al rey y le piden licencia para retirarse a sus mandaciones y
obispados 11. Las cámaras de palacio están llenas de obispos y magnates que esperan el
momento de ser recibidos por Ramiro. En una de ellas, apartados de todos, de pie junto
a una puerta, dialogan en voz baja Fernán González y el conde de Saldaña Diego
Muñoz, su gran amigo. Aliados en la sublevación contra el monarca y compañeros
después en la desgracia, platican tan recatadamente que los fieles del príncipe los espían
celosos, por temor a que maquinen nuevos levantamientos 12. En otro extremo del salón,
Ilderedo, obispo de Segovia, ruega la infante don Ordoño, de quien es gran privado, que
interceda cerca del rey, su padre, para la conversión en efectivo de su obispado in
partibus. Repoblada Sepúlveda –arguye el buen obispo– y extendido el reino al sur del
Duero, ¿por qué no crear una sede en Simancas para regir las nuevas tierras? 13. Cerca
de Ordoño y del prelado conversan Hermenegildo González, venido de Guimaráes a
León, y el conde de Monzón, Assur Fernández 14. Hablan de joyas, brocados y tapices,
de los que gustan mucho 15, sentados en un muy bello escaño de madera labrada, cuya
dureza ablanda una panzuda cúlcitra de lana, disimulada bajo un rico tapete palleo, de
trama de tapiz 16. En un grupo de obispos, el de León, Oveco Núñez, refiere su
expedición al alfoz de la ciudad de Salamanca para poblar en él nuevas aldeas y
consagrar varias nuevas iglesias 17. En otro, de prelados y de condes gallegos, Rosendo,
hijo de Gutierre Menéndez y obispo del monasterio de San Martín de Dumio, habla del
templo de San Miguel de Celanova, terminado no ha mucho por el mismo maestro que
edificó Santiago de Peñalba 18. Y en un corro de jóvenes magnates, uno de ellos ameniza
las horas de antesala trazando la crónica escandalosa de la tierra en que habita. Después
de varios relatos chispeantes, describe ahora el adulterio de una tal Basilisa, de Villar de
Porcos, en la sede de Oporto, con un monje conocido por Nausto 19.
Mientras condes, próceres y prelados aguardan el momento de besar la mano de
Ramiro platicando así de mil temas diversos, sus siervos y criados disponen las
acémilas para emprender la marcha. En la posada del obispo, frontera al monasterio de
Santiago 20, los familiares de un prelado están cargando en una mula la valija de su
señor. Llevan en ésta, entre otras ricas preseas eclesiásticas, adquiridas en la corte por el
obispo de Viseo, un cáliz de cincuenta sueldos galicanos, dos parejas de candelabros y
lucernas, mercadas en cien sueldos, y una cruz de oro, adornada con rica pedrería y de
valor equivalente al de las otras piezas reunidas 21. No han terminado sus tareas cuando
llega la orden de suspender los preparativos del viaje. El clérigo portador del mandato
trae la noticia de que ha habido un incidente en palacio al despedirse del rey el conde
Osorio Gutiérrez, hijo de Gutier Osóriz, pariente, gran amigo y servidor del príncipe 22.
Ignora lo ocurrido, sólo sabe que se ha suspendido el besamanos. Al encaminarse con su
señor el obispo Dulcidio a la iglesia de Santa María, un grupo de jinetes que al trote
largo de sus bestias se dirigían al Arco del Rey, sin duda para salir de la ciudad, les
forzó a detenerse delante de los solares de Miguel el diácono en la misma carrera que
conduce al mercado. El polvo que alzaban los caballos no le había permitido conocer al
capitán del grupo; pero cree haber adivinado en él a Sisnando Menéndez, prepósito o
mayordomo de palacio 23.
La noticia corre rápida por León. Las calles se pueblan de infanzones, burgueses,
clérigos y escuderos 24. Por la que lleva de la Puerta del Obispo a la Cauriense y cruza
de Este a Oeste 25 la ciudad, no puede darse un paso. Un grupo de magnates aguarda la
llegada de Osorio Gutiérrez en el cruce de aquélla con la que en sentido transversal
conduce del monasterio de San Salvador a la Puerta del Conde. Al cabo llega Osorio
por el estrecho carral, nacido en la carrera del Arco del Rey 26, y el grupo de curiosos le
rodea y pide detalles del suceso. En un momento desaparece el misterio y el interés que
envolvía al incidente. Al despedirse de Ramiro le pidió autorización para entregar a
doña Gunterode, su parienta, la casa de Santa Columba, en tierras de Galicia. La posee
actualmente un tal Odoino; pero su protegida tiene las oportunas escrituras que
justifican su derecho a ella. Para más afirmar su petición, puso por testigo de la razón
que le asistía en la demanda al obispo Hermenegildo de Santiago, y, contra lo esperado,
el monarca se negó a concederle el mandato preciso y ha enviado a su mayordomo en
busca de Hermenegildo, camino de Santiago desde esta madrugada 27.
La explicación del propio interesado pone fin a las hablillas y rumores de la
muchedumebre y poco a poco quedan desiertas calles, carreras y carrales, al acogerse a
sus tiendas o posadas los forasteros venidos a León y a sus cortes los propios leoneses.
El conde Assur Fernández 28, su huésped don Arias y algunos infanzones del
cortejo de aquél descienden por la calle teatro de la escena descrita, calle trazada desde
Santa María a San Marcelo, y penetran en la tienda de Zaayti Manzor, situada casi al
final de la carrera, cerca ya de la Puerta Cauriense 29. Véndense en ella, entre otras
varias cosas, ricos paños de Bizancio, Persia, Francia o Andalucía, importados por
famosos mercaderes judíos 30, y bellas telas fabricadas en el país por los llamados
tiraceros del rey. Son estos tejedores de sedas, tapices y brocados, venidos de tierras del
sur y establecidos no lejos de León, bajo el amparo y la protección de los monarcas 31. A
diferencia de otros obreros a jornal, que ganan su salario practicando su oficio por las
cortes de los ciudadanos leoneses, los tiraceros viven agrupados en la villa de Pajarejos
y trabajan en sus casas, por encargo de clientes fijos o para depósito en las tiendas de la
ciudad 32.
A la vista de los bellos tejidos y de los valiosos objetos de plata que le muestra el
mercader mozárabe, tienta al conde el deseo de adquirir algunos de aquellos finísimos
paños síricos, tramisirgos o palleos 33, mas le detienen en su empeño los precios
elevados que Zaayti Manzor exige obstinadamente por sus mercaderías. «Estas prendas
de lujo –arguye el vendedor– han sido y serán siempre caras.» Y a la verdad no miente
por lo que se refiere a aquellos días. Una escudilla de plata vale de uno a dos bueyes,
una camisa de seda, lo que tres bueyes óbtimos, un rico cobertor de cama, unas sesenta
ovejas, y ciento unos magníficos paños de seda 34, cuyo encanto decide a Assur a abrir
los cordones de su bolsa y a mercar un gran lote de aquellas bellas piezas. Paga setenta
sueldos por un tapete nuevo 35, veinte por un manto ferucí 36, ciento por unos paños de
sirgo 37 y quince por una camisa verde de seda 38, con que se propone obsequiar a la
condesa. Zaayti Manzor se precia todavía de vender barato. Según él, Eulalia, su vecina
39
, dueña también de otra tienda pareja de la suya, exige precios aún más elevados. Por
tres paños greciscos –dice– pide quinientos sueldos 40, y ha tomado cerca de trescientos
por una capa tejida con oro y adornada con piedras preciosas, que ha comprado un
magnate de tierras portuguesas –Hermenegildo González– para doña Mummadona, su
mujer 41. Antes de abandonar la tienda el conde Assur, don Arias y las gentes de su
séquito, Zaayti Manzor les muestra con orgullo un balteo o cinturón de oro, ornado con
amatistas y turquesas 42, y un precioso paño en que se combinan zonas de trama de tapiz,
de seda y de lino, y se mezclan, en su dibujo geométrico, los blancos y celestes con los
amarillos verdes y carmesíes. Es una magnífica pieza de tonalidad muy viva, obra
maestra tejida por los tiraceros leoneses para el monasterios de San Pedro de Montes, en
el Bierzo 43.
Es hora de yantar; don Arias y su huésped deshacen los pocos pasos que los
separan de la morada del primero y penetran en ella por una portalada, abierta en la
cerca de tapial que rodea a la corte. Dejémoslos yantando para seguir al mayordomo de
palacio en su marcha tras el obispo de Santiago. Sisnando, para acortar camino,
vadeando el Bernesga, gana la calzada de Astorga por una de las muchas sendas que
como red de araña rodean a León 44. El paso largo de sus caballos le permite encontrar
temprano al obispo y los suyos, que caminan despacio. Montado en recia mula,
enjaezada con soberbia silla jineta de altos borrenes, recubierta de plata 45, escucha
Hermenegildo la orden real de volver a León sin pérdida de tiempo, y ante la iussio
regis, cuyos preceptos no puede desobedecer en modo alguno 46, el obispo y su gente
vuelven las riendas de sus mulas y comienzan a desandar lo andado 47. De camino
infórmase Hermenegildo del suceso, y al cabo de unas horas de marcha entretenida,
mayordomo y prelado entran en la ciudad por la Puerta Cauriense.
Terminado el yantar y reposado éste durante la hora sexta, el rey se huelga en este
instante jugando al ajedrez 48 con el obispo de León, Oveco, que asiste a la corte durante
la permanencia de ésta en la capital de su obispado 49. Se hallan en una cámara, cuyas
estrechas ventanas, cubiertas por arcos de herradura 50, permiten admirar la magnífica
fábrica del monasterio de San Salvador, terminado no ha mucho junto a los mismos
solares de palacio 51. Cubren las paredes de la cámara espléndidas acitharas o alhagaras
52
, es decir, paños de trama de seda con decoración geométrica, según el gusto mozárabe
a la moda 53. Forman el ajuar del salón algunas arcas de madera cubiertas con tapa a dos
vertientes 54, un escrinio 55, un analogio o ancho atril de madera con soportes torneados y
arquillos de herradura como adorno 56, un escaño de alto respaldar mullido con cojines
57
, algunos sillones de guadamecíes cordobeses, fabricados por los judíos del castro
próximo a la ciudad 58, y varias banquetas, unas rectangulares de madera 59 y otras de
tijera con asiento de cuero, sostenido por palos que imitan patas y garras de animales 60.
Fronteros a una de las ventanas que iluminan débilemente la estancia y separados por
una mesa de un solo pie, mesa en forma de taula 61, juegan con unas chatas piezas de
marfil el obispo y el príncipe 62. Ocupa Oveco un taburete de tijera y el rey una silla o
cátedra de madera, de ancho asiento y de respaldo alto, ornado con recuadros e
incrustaciones de metal o de hueso 63. Rodrigo Muñoz, alférez del monarca 64, Fernando
primiclerus 65 y dos consiliari de Ramiro, Gundesindo y Bermudo 66, presencian en pie
la marcha del partido. Oveco maneja roques, caballos y peones con mayor maestría que
Abd al-Rahmán sus tropas. Es más difícil al monarca derrotar al obispo que al califa, y
el vencedor en Simancas, Alhandega y Talavera lleva la peor parte en la contienda con
Oveco. Tiene perdidos los alfiles, un roque y un caballo cuando penetra en la estancia el
mayordomo, saluda presens manibus [[et]] inclinatio capite 67 según la costumbre de la
época, y anuncia la llegada de Hermenegildo. Ramiro aprovecha la ocasión que la
casualidad le brinda para evitar nuevos y seguros desastres en el juego y orden la
comparecencia inmediata del prelado.
Explica el príncipe al obispo de Santiago las causas porque ha ordenado su regreso,
y su vago recuerdo de haber oído hablar otra vez, en vida de su padre, de la casa de
Santa Columba y de Odoino. Hermenegildo confirma el recuerdo del monarca: «El
príncipe Ordoño, mi señor, de gloriosa memoria –dice– 68, hizo, en efecto, justicia a
Bermudo ordenando a mi predecesor en la sede apostólica, el obispo Gundesindo, la
devolución de la casa referida, que poseía sin derecho. Sólo Odoino, hijo de Bermudo,
es legítimo propietario de Santa Columba» –añade Hermenegildo con extraña firmeza y
con asombro del monarca, propicio a escuchar al conde Osorio–. Mucho pueden en el
ánimo de Ramiro los merecimientos de Gutierre Osóriz, de quien ha recibido servicios
muy recientes. Poco antes le ha encomendado el gobierno de las mandaciones, regidas
hasta allí por los infantes cautivos en León, cuya muerte acaba de decretar en la
asamblea ya disuelta 69. Pero ama la justicia, reverencia al apóstol Jacobo, a quien ha
hecho voto en la batalla de Simancas 70 y el respeto al pastor de la iglesia apostólica
puede en él más que su inclinación a complacer al hijo de Gutierre. La nueva afirmación
de Hermenegildo, de que se halla autorizado para encargarse como adsertor de la voz o
defensa de Odoino, le mueve a resolver conforme a derecho la cuestión suscitada, y al
instante ordena que se cite a Osorio Gutiérrez y que se convoque a todos los obispos y
magnates de su Palacio o Aula Regia, para celebrar un plácito judicial 71 entre la hora
nona y la hora nocturna 72.
Poco después los sayones del rey recorren la ciudad y el campamento anejo, y los
cubicularii de Ramiro dirigen en el atrio de Santa María de Regla 73 los trabajos precisos
para la preparación de la asamblea proyectada. Mientras aquéllos pregonan a toque de
bocina o de cuerno el llamamiento real 74, los pueri regis o siervos de palacio 75
transportan afanosos, bajo la dirección de los cubicularii 76 , primero las vigas y
maderas para alzar el tablado donde ha de colocarse el solio del monarca, después el
solio mismo y por último sillones, cátedras y taburetes para los infantes y grandes de la
corte 77. Las gentes vuelven a preguntarse: ¿qué sucede?; el campamento se vacía en la
ciudad; condes y obispos envían sus escaños y cátedras al sitio que ha de ser teatro del
suceso 78; las calles se pueblan de nuevo de curiosos, y la que lleva del Arco del Rey a la
iglesia mayor 79 se convierte en hormiguero humano que aguarda impaciente el paso de
la Corte.
Mientras las gentes se estrujan en la carrera del mercado o del Archo de Rege –así
nombran al carral donde se abren las puertas del palacio–, Ramiro llama a su notario y
le pregunta si guarda los cartorios reales 80 en el vecino escrinio o en el arca forrada de
badanas cordobesas que está en la cámara del solio 81. Ante la respuesta del notario, el
príncipe hace abrir el cuerpo superior del escrinio, que sostiene columnas torneadas,
unidas por un alto travesaño central, adornado con varios arquillos de herradura 82. Saca
de uno de los cajones que forman el indicado cuerpo superior del escrinio, el cartorio
donde están registradas las villas o granjas propiedad de los monarcas leoneses. Entre el
rey y el notario desenvuelven el rollo de pergamino que integra el cartorio referido y
buscan en él pacientemente la villa de Piniés, enclavada en el Territorio Saliniense.
Cedióla Ordoño durante los días de su vida a Munio Gutiérrez, su sobrino, y desea
Ramiro recuperarla ahora para hacer merced de ella a la reina Goto, su cuñada, mujer
que fue de su hermano don Sancho, rey de Galicia en los días de don Alfonso el Monje.
Hállase, al cabo, la villa de Piniés entre las otras que dependen de los cellarios reales y
el monarca dicta las órdenes precisas para que sus sayones tomen posesión de ella y
ordena que el notario extienda, después, la oportuna escritura de donación a doña Goto
83
.
Terminado este asunto y el yantar de la tarde, Ramiro se encamina a la cámara
donde se halla su lecho, y en ella, con la ayuda de dos cubicularii, se cubre con las
regias vestiduras de ceremonia. Calza unas ballugas o altos borceguíes hechos de una
pieza de cuero 84; sobre la fina camisa de hilo 85, que sujetan las bragas 86, viste una
algupa alvexí, rica tunica cerrada, de brocado 87; ciñe a su cintura un balteo de oro
guarnecido de preciosas gemmas 88, y tercia, por último, sobre su hombro izquierdo el
espléndido manto de corte, tejido con seda, bordado con oro y forrado de armiño 89, que
sus cubicularios, en el lenguaje al uso, califican de mobatana halaní de tiraz 90. Uno de
ellos entrega después al monarca la extraña y cornuda diadema con que adorna sus
sienes en las solemnes reuniones de Palacio 91, y él con la mano diestra, única que el
manto le permite manejar libremente, empuña un alto cetro, de pomo en forma de
cabeza de clavo, cuajado de esmeraldas y granates 92.
Unense al rey sus hijos los infantes don Sancho y don Ordoño 93 vestidos con
adorras de seda y mantos ferucíes de brocado 94 y, acompañado de su séquito, sale de su
palacio y se dirige a las antiguas termas, que su padre había convertido en iglesia. La
multitud que espera en la carrera abre paso a la corte. Preceden al monarca los arqueros
y lanceros de su guardia le siguen los Infantes, el obispo de la ciudad, el armiger o
alférez, el maiordomus o prepositus, el notarius, los comites palatii 95 y los milites de la
militia regis 96.
En el atrio de Santa María aguardan a la corte obispos, condes y magnates, con los
clérigos, infanzones y escuderos de sus séquitos 97. Allí están, vestidos con túnicas
abotonadas o adorras y cubiertos con mantos ferucíes o barraganes, Ilderedo, titulado
obispo de Segovia; Dulcidio, de Zamora; Oveco, de Oviedo; y Salomón de Astorga.
Llevan algupas y mobatanas forradas de pieles conelinas (de conejo) o alfaneques (de
comadreja), Hermenegildo, obispo de Santiago, su homónimo de Lugo y Arias de
Mondoñedo. Y se cubren con túnicas pintellas y con ropones llamados feiraches en las
tierras del Miño: Gundesindo, prelado de Coimbra; Dulcidio, de Viseo; Baltario, de
Tuy; Rudesindo, de San Martín de Dumio, y Ornato de Lamego 98. Todos se tocan con
la capucha picuda que llevan de ordinario 99 y se apoyan en báculos de regatones
aguzados y de sencillos puños en forma de tau, de cayada o de bola 100.
Allí se hallan también diversos condes, que ya hemos visto en las cámaras de
palacio o en las calles y tiendas de León. Assur Fernández luce una famosa espada que
le costó cien sueldos y el manto ferucí adquirido en la tienda de Zaayti Manzor antes del
mediodía 101. Gutierre Osóriz y su hijo el conde Osorio ocupan un escaño de madera
tallada, sobre cuyo alto respaldo han abandonado sus mantos de piel o mobatanas.
Fernán González y Diego Muñoz, recelosos después de los ocurrido, llevan recias
lorigas de cuero bajo sus algupas de brocado y sus capas franciscas. Osorio Muñoz
viste un zoramen cárdeno; Ximeno Díaz, un feirach o ropón kaskerxi; Pelayo González,
un manto rojizo, una arrita zumake, como dicen en los montes de Asturias, y en forma
parecida se atavían los otros magnates reunidos 102. Todos llevan espadas, de
empuñaduras muy diversas y pendientes del cuello las más veces 103, y o destocados
lucen su cabello partido en raya y cortado a melena 104, o cubren su cabeza con extraños
bonetes o con capelos de tiraz de seda 105. Las gentes de sus séquitos visten de ordinario
ballugas, calzas, bragas y túnicas cortas, ceñidas a la cintura y de mangas estrechas 106;
pero a veces llevan también sayos más amplios con que ocultan las bragas 107, o jubones
con mangas y anchos calzones a modo de gregüescos 108. En ocasiones cubren en parte
las túnicas estrechas y ceñidas con mantos cortos y ligeros, que sujetan sobre su hombro
derecho 109, y siempre empuñan espadas o se apoyan en lanzas 110.
Llega la corte al cabo. El rey ocupa su magnífico solio, ancho sillón, cuyo asiento
cuadrado sujetan, cortándose en ángulo recto, tres tableros corridos de admirable labor.
Tallados en recuadros y ornados con incrustaciones de hueso y con clavos argénteos,
rematan en sus ángulos con bolas de plata terminadas en punta 111. A los pies del asiento
un rico escabel sirve de complemento al solio, y junto a éste, en el tablado mismo,
ocupan los infantes cátedras de alto respaldo, de anchos brazales y de remates torneados
112
. Algo a distancia de los príncipes, Oveco, obispo de León, descansa en una silla de
tijera de bellas proporciones 113; detrás del rey se hallan en pie los dignatarios y condes
de palacio y la militia regis, y a la derecha e izquierda de la corte, en sus escaños,
taburetes y cátedras, los condes, magnates y prelados del reino. Guardan las espaldas de
cada grande o de cada obispo las gentes de su séquito, y cerrando el rectángulo
presencian la solemne asamblea los infanzones, clérigos y caballeros de León y la turba
del pueblo 114.
Entre la multitud, contempla el espectáculo Zaayti Manzor, a quien ya conocemos.
Su espíritu industrial admira el lujo de las sedas y de los brocados, de los escaños y de
las espadas. Junto a él un tiracero, con alma de artista, se deleita ante la belleza del
conjunto, el movimiento de la composición, la viva tonalidad de algunas telas, los
maravillosos contrastes de color de las túnicas, de los mantos y de los escaños, el
refulgir de las espadas, que hace brillar el sol poniente, y el de las lanzas, cuyas señas
triangulares o farpadas, de colores chillones 115, mueve la brisa de la tarde.
Ramiro impone silencio a la asamblea con un gesto. Se dirige a los dos litigantes y
abre el juicio con las palabras de costumbre: Veritatem loquimini michi de hanc rem pro
quo uos in concilio pulsantur 116. Alzase de su escaño el conde Osorio y en voz alta
comienza su alegato como adsertor de doña Gunterode, exclamando: Misericordiam
peto: Domine, vestras queso prebete aures, nostras audite querimonias 117 . Explica
luego cómo su representada posee escrituras que la hacen propietaria de Santa Columba,
y al pormenor especifica los supuestos derechos de la parte cuya voz lleva en el litigio
118
. Le responde el obispo Hermenegildo, que, puesto en pie, dice, dirigiéndose al
monarca: Tu, domine, mi rex audiat me dementia vestra 119, y relata después la historia
del asunto. Reinando Alfonso, abuelo de Ramiro –dice– 120, al repoblar el conde Odoario
la comarca de Chaves sobre el Tamega, en el reparto de las tierras entregó la casa
disputada a su congermano, el diácono Odoino, y éste la ocupó, según la costumbre del
país, «cum cornu et cum albende de rege» 121. Su predecesor en la sede apostólica,
Gundesindo, arrancó a Bermudo, hijo del citado Odoino, con ocasión de una grave
enfermedad que padecía, la cesión de la villa referida. Mas, recobrada la salud por
Bermudo, volvió aquélla a su poder en virtud de sentencia dictada por el príncipe
Ordoño, el vencedor en San Esteban, en asamblea celebrada en Lugo. Pero las escrituras
invalidadas por el rey y su corte, quedaron en poder de Gundesindo y éstas son las que
posee y alega la señora que representa el conde Osorio, cuyo padre se había apoderado
con violencia de Santa Columba y había puesto en ella las cadenas signo de su exención
y privilegios 122.
Duplican y replican el prelado y el conde, consulta el rey con sus hijos, con Assur
Fernández y con los obispos Oveco, de Oviedo, y Salomón, de Astorga, elegidos jueces
para fallar el caso 123, y puesto en pie, extendiendo su mano, ordena que juren
Hermenegildo y cinco de los suyos en la iglesia frontera 124. Escuchada la suprema
decisión del monarca y sus jueces, que no extraña al prelado por ser el juramento de la
parte acusada o demandada medio de prueba muy usado a la sazón en todo el reino, y
aún en España y en Europa toda 125, en medio de un profundo silencio vuélvese el
obispo hacia los suyos para elegir conjuradores entre sus infanzones y sus clérigos. Mas
antes de que termine su elección conmueve a la asamblea la frase sacramental en casos
como éste: el agnosco me inveritate, pronunciado por su adversario el conde Osorio 126.
El desistimiento de la parte que había provocado el proceso fina el pleito. Osorio
promete suscribir la agnitio consiguiente a su renuncia 127, y el rey encarga al obispo
Rosendo, su pariente, de notificar a Odoino los resultados del litigio, es decir, de la
intentio 128.
Anochece; la luna asoma su ancha faz por cima de los muros; se disuelve el
congreso de prelados, de palatinos y de próceres, y el príncipe regresa a su palacio,
planeando una gran montería con redes, con lazos y con perros, en las abruptas sierras
de Oseja de Sejambre y de Riaño 129.
____________
1
El hecho consignado arriba consta de un diploma auténtico, el famoso de Odoino de 982, conservado
en el Cartulario de Celanova, publicado parcialmente por LÓPEZ FERREIRO (Historia... de Santiago,
II, 176 y sigts. del Ap.) y completado por SERRANO y SANZ (B. de la Biblioteca M. Pelayo, III, 265).
No me ha sido, por tanto, forzoso idear la traza general de esta estampa; es rigurosamente histórica.
Me propongo presentar aquí en funciones al Palatium, como llaman los documentos de la época
asturleonesa al antiguo Oficio Palatino o Aula Regia. Como ésta, se componía aquél de ordinario de
los oficiales de la corte, de los consiliarii regis y de los dignatarios laicos o eclesiásticos presentes,
por cualquier circunstancia, en el lugar donde el rey demoraba ocasionalmente en sus largas andanzas
de soberano trashumante. En momentos extraordinarios concurrían al Palatium los condes, magnates
y obispos de todo el reino, a quienes el prícipe llamaba para celebrar una asamblea solemne. No se
congregaban estas estas reuniones plenas en épocas fijas ni en ciudades determinadas. si bien solían
convocarse en el estío y en la regia sede legionense. En tales concilia y en las sesiones ordinarias del
Palatium se platicaba sobre asuntos políticos, militares, eclesiásticos, administrativos y judiciales. Su
actuación como tribunal regio nos es más perfectamente conocida que sus demás actividades, pero
puede decirse que la Corte dirigía con el rey la vida de la monarquía. He hablado brevemente de esta
institución, de tan múltiples facetas, en mi obra La curia Regia Portuguesa (Madrid, 1920). Me
ocuparé por extenso de ella en mi libro Instituciones del reino asturleonés. Antes aparecerá en los
Cuadernos de historia de España, V. un estudio sobre: Las asambleas políticas y el Aula Regia entre
los visigodos, que servirá de introducción a la historia de Palatium Regis asturleonés.
2
Véase la nota 22 de la Estampa III.
3
Respecto a la compañía de clérigos y de gentes de armas, comprobada para días más tardíos por la
Compostelana y por el Poema del Cid, me parece igualmente segura en esta época.
4
Es probable que en los tiempos de Ramiro II se llamase regula a la morada donde hacían vida común
los clérigos de la iglesia episcopal. Aparte de diversos diplomas que hablas de Santa María de Regula,
se conserva una donación del obispo Ouecco a Revelle y su hermano, fechada en 941 y
encabezadaasí: «Ego antistes OUecco episcopo una cum collegio prepositorum uel clericorum qui
sunt in regula Sancti María Legionensi ciutate» (B. de Sahagún, fol. 205). Nada más fácil que aplicar
a la habitación el nombre empleado para designar a la comunidad que le ocupaba. En una escritura de
Bermudo II de 985 se lee, en efecto: «In nomine sancte et indiuiae Trinatatis in cujus honore
constructum est Regula in Sedis Legionense» (Esp. Sagr., XXXIV, 477). El vocablo debió perdurar
largos años; sin embargo, ya en 991, en otro diploma del mismo Bermudo II (Esp. Sagr., XXXIV,
479), se llama canónicos a los presbíteros regulares del obispo de León, y en un texto de 1036
(A.H.N., Ms. 1195 B., fol. 681 v.º) se dice: «Vobis Santpirus nutu dei episcopus et omnium
monachos et clericorum sub regula canonica degentium». No es, pues, imposible que ya en tiempos
de Ramiro II, a lo menos en el último tercio del siglo X, comenzará a emplearse la palabra canónica
con que se designó luego a las habitaciones de los clérigos regulares de la sede y todavía se designa a
los edificios que ocuparon aquéllas.
5
En un documento de 1006 (Apénd. I, núm. 25) se habla de la posada del obispo Savarigo –982-999–
de feliz memoria. ¿Existiría ya una pausata episcopi en el reinado de Ramiro II? No es imposible que
la hubiera, en efecto.
6
Los monasterios leoneses más antiguos de que hay noticia son los de Santiago (Dcs 1.0, 2.° y 6.° del
Apénd. I); el Salvador, fundado por Ramiro II (SAMPIRO, Esp. Sagr., XIV, 453); San Marcelo, San
Miguel y San Adrián, de extramuros, que Sancho el Gordo declara construidos por un rey Ramiro
(Apénd. I, núm. 7.°), y el de San Miguel, de intramuros, que encuentro ya edificado en 967 (Apénd. I,
núm. 9.°).
7
Me parece muy probable que diversos magnates fijasen «suas tentorias» fuera de murallas. Cuando el
conde de Castilla don García fue a León a las vistas en que murió asesinado por las Velas, de creer a
la Crónica General (ed. M. PIDAL, 471), el rey de Navarra Sancho III y el castellano levantaron sus
tiendas, puesto que se alojaron fuera el recindo murado. Según la misma Crónica (ed. M. PIDAL, 615),
cuando el Cid acudió a las Cortes de Toledo «mandó fincar sus tiendas et fue tomar possadas en los
palacios de Sant Seruan et en derredor dél por essos oteros»... Estas noticias son excesivamente
tardías para que puedan utilizarse aquí sin reservas, pero un documento contemporáneo de la
asamblea de que nos ocupamos, y una miniatura de un códice escurialense del siglo X, prueban el uso
de tiendas por los habitantes del reino de León de aquella época. Fernán González concedió en 945 un
monte a San Miguel de Pedroso, declarando «nullus de vicinis villis qui sunt in circuitu volumus ut
habeant ibi introitum... neque fingant ibi tentoria» (Becerro gótico de San Millán de la Cogolla, fol.
24; B. Gallicano, folio 97; Colección Minguella, d. 39). En el folio 129 v.°, del Condex Aemilianensis
puede admirarse la forma que revestían las tiendas de campaña de la época.
8
No poseemos textos del período asturleonés que nos permitan conocer las prácticas que regulaban el
alojamiento de los magnates concurrentes a una asamblea del Palacio. La Primera Crónica General
(ed. M. PIDAL, 615) declara que el rey señaló al Cid como posada los palacios de Galiana, cuando
acudió a las cortes de Toledo. ¿Concedería asimismo alojamiento a los demás magnates concurrentes
a las mismas? ¿Sería ésta, también, la costumbre en el siglo X? Lo ignoramos.
9
En el documento de Odoino consta la presencia de todos estos magnates en la asamblea referida. Les
alojo a capricho en cortes cuyo emplazamiento nos es conocido y de las que hay noticia documental
antigua. De las Cortes de Arias, Miro y Barraz y Ablabelle hablan los documentos 11°, 8.° y 13° del
Apénd. I. Véase su situación en el plano donde llevan los núms. 9, 8 y 11.
10
Según el diploma de Odoino, el obispo de Santiago abandonó León antes que los demás concurrentes
a la asamblea.
11
No conozco testimonios que prueben la práctica de este besamanos en el período asturleonés; pero no
me parece aventurado suponer que ya se realizaría en forma parecida a como lo demuestran en uso
mil testimonios de fecha posterior. Después de aparecida la tercera edición de estas Estampas me he
ocupado del besamanos en mi obra En torno a los orígenes del feudalismo, I, Fideles y Gardingos en
la monarquía visigoda, Mendoza, 1942, págs. 141 y sigt. La frase del documento de Odoino «domno
Ermegildo episcopo qui iam ad rex expeditum erat et uiam pro ad sua terra ueniebat» (L. Ferreiro,
Historia..., II, 179, Apénd.) prueba que era precisa la autorización real para abandonar la asamblea
del Palacio.
12
Sobre la secesión de Castilla y su héroe se han ocupado en los últimos tiempos: LUCIANO SERRANO,
El obispado de Burgos y la Castilla primitiva, I, Madrid, 1935; PÉREZ URBEL: Fernán González, y
SÁNCHEZ-ALBORNOZ, Orígenes de Castilla. Cómo nace un pueblo, Revista de la Universidad de
Buenos Aires, 1943. PÉREZ URBEL acaba de publicar sobre el mismo tema una obra monumental que
no conozco aún. De la rebelión y cautiverio de los dos magnates citados arriba habla Sampiro (Esp.
Sagr., XIV, 453); de su presencia en León en los días a que me refiero, la escritura de Odoino.
13
Es muy posible que entonces, antes o después tuviera lugar la conversación que finjo. De un
documento original del Arch. Cat. de Astorga (véase en mi estudio El obispado de Simancas.
Homenaje a M. PIDAL, III, 325) se deduce que la Sede de Simancas se creó por Ordoño III. ¿Se
hubiera erigido sin la existencia de un enorme interés personal, puesto que era preciso despojar de una
parte de sus términos a la diócesis de Astorga y de León, para crear la nueva sede? Muy privado del
rey Ordoño hubo de ser Ilderedo, primer obispo de Simancas, pues en otro caso no hubiese
conseguido que se erigiera para él el obispado referido. Su gestión cerca del príncipe debió ser
prolongada; es verosímil que datase de los últimos años de la vida de Ramiro II, en que hubo de
reunirse la asamblea de palacio a que aludo, y no es, por tanto, imposible que en el curso de aquélla
hablaran el infante y el obispo en los términos que supongo arriba. Hago a Ilderedo prelado in
partibus de Segovia, porque el documento de Odoino le incluye entre los obispos presentes en León,
y aunque le titula prelado de Simancas, como del citado diploma astorgano resulta posterior a Ramiro
II y a la erección de la sede mencionada, e Ilderedo se firmó en algunas ocasiones episocopus
secobiensis, es muy probable que gozase ya, en efecto, reinando el padre de Ordoño III, de la
dignidad episcopal in partibus, y que al redactarse, más de treinta años después, el diploma de
Odoino, se atribuyese a aquél el título que llevó luego durante el resto de su vida.
14
Consta la presencia en León de Assur Fernández, pero no la de Hermenegildo González. No hay
inconveniente, sin embargo, en admitir su concurrencia a la asamblea de que hablo, pues era un
poderoso magnate portugués contemporáneo, y el documento de Odoino, después de nombrar a varios
de los condes presentes en el placitum judicial que refiere, añade que asistieron «omnes magnati
palatii, cum gallecos...», y Galicia no estaba entonces limitada por el Miño.
15
El inventario de los bienes de doña Mummadona, mujer de Hermegildo González, atestigua a lo
menos la cantidad de alhajas y de ricos paños que poseía el matrimonio (959, P.M.H., D., et Ch., 46).
16
Véanse en el Apénd. IV las palabras scanno, culcitra y tapete. El calificativo palleo se aplicaba a los
tejidos de trama de tapiz, según GÓMEZ-MORENO, Iglesias mozárabes, 333.
17
En 953 concedió Ordoño III a la sede legionense las tierras e iglesias pobladas y consagradas en el
alfoz de Salamanca por el obispo Oveco y sus compañeros de empresa en el reinado de Ramiro II
(Tumbo Leg., fol. 15 v.°).
18
GÓMEZ-MORENO (Iglesias mozárabes, 247) se inclina a creer obra de un mismo arquitecto las dos
iglesias mencionadas. Como, según él, Santiago de Peñalva es anterior a San Miguel de Celanova, y
aquélla se construyó entre 931 y 937 (Iglesias mozárabes, 226), ésta hubo de edificarse en el cuarto o
en el quinto decenio del siglo X, y de terminarse no mucho antes de la fecha en que se reunió la
asamblea de León de que hablamos.
19
El año 949 Eisilu entregó a Ermiario y a Ximena toda la heredad que poseía en Villar de Porcos
«terfitorio portugalense... propter culpa que inuenerunt super mea filia nomine Baselesa eo quod
penetraui adulterio cum Nausti monagu» (P.M.H., D. et Ch., 33).
20
Véase en el plano, donde la sitúo junto a la Puerta del Obispo, en el solar del actual palacio episcopal
(Apénd. I, núm. 25°).
21
En esas cifras se aprecian tales objetos en un diploma portugués de 959 (P.M.H., D. et Ch., 46), en el
testamento de doña Mummadona; les supongo adquiridos en León para ella por el obispo de Viseo.
22
Del documento de Odoino se deduce que cuando Osorio Gutiérrez «fecit suggessionem ad ipsum
imperatorem pro ipsa casa», como se dice a la letra en la escritura referida, debía haber terminado la
asamblea, puesto que el obispo de Santiago había salido ya para Galicia. Por esto imagino que el
incidente pudo tener lugar al despedirse del rey el citado magnate gallego.
23
Consta en el diploma de Odoino que el mayordomo o prepósito de palacio, Sisnando Menéndez, fue
enviado por Ramiro II en busca del obispo de Santiago. Le supongo saliendo de las caballerías de
palacio y abandonando la ciudad por la puerta vecina, el Arco del Rey. Si le imaginamos procedente
del Carral de palacio, y que el obispo abandonaba con su familiar la Corte regia para marchar a Santa
María, el encuentro hubo de tener lugar hacia los solares de Miguel el Diácono (véanse en el plano
con el núm. 23).
24
La enumeración está hecha sobre la base de no admitir, por infundada, la tesis de Mayer de que los
infanzones vivían fuera de las ciudades (ya probaré su error) y de llamar burgueses a los cives de que
habla el Fuero de León (art. XXVIII). Un documento de 1011 (la fundación del monasterio de San
Juan de Archo de Rege [T. Leg., fol. 358 v.0], en que se cita «vía ubi abitant escuderos» nos ofrece la
mención más antigua de escuderos que conozco, véase el plano y el núm. 27 del Apénd. I).
25
Véase el plano y los núms. 3.°, 11.° y 38.° del Apénd. I.
26
Véase el plano y el núm. 11.° del Apénd. I.
27
Véase el documento de Odoino, L. FERREIRO, Historia de Santiago, II, 178, Apénd.
28
El conde de Monzón, Assur Fernández, cuya asistencia a la asamblea de que habla el diploma de
Odoino está comprobada por este documento, es personaje perfectamente conocido por la historia.
Hablan de él los Anales castellanos primeros (GÓMEZ-MORENO, Discursos 24) y diversas escrituras
de la época, entre ellas una otorgada por su hijo Fernando Ansúrez, que declara la fidelidad no
interrumpida de su padre a Ramiro II (976. ESCALONA, Historia de Sahagún, 420).
29
Véase el núm. 4 en el plano, y el núm. 3 del Apénd. I.
30
En las notas 5, 6 y 7 de la Estampa I he hablado de piezas greciscas, doxtouies y mauriscas. Junto a
ellas citan también los textos de la época objetos franciscanos, demostrando así la existencia de un
comercio de importación de mercaderías franceses. De dos fíalas o tazas franciscas habla un
documento de 942 (Yepes, Coronica..., V. fol. 424); entre la ropa de altar se menciona una «pala...
alba de illo fasistergulo francisco» en una escritura de 938 (T. Celanova, fol. 6), y una capa francisca
figura en un diploma de 1003 (Igl. moz., 337, nota 3).
31
GÓMEZ-MORENO (Iglesias mozárabes, 177, nota 1) publica un documento sobre los tiraceros del rey
conservado en el T. Leg., fol. 154. El texto data de 1024, pero no veo inconveniente en suponer que
no sería ésta la primera colonización de tiraceros en tierras de León.
32
Como en el problema de la aparición de las tiendas, disputan también Bücher y V. BELOW, respecto a los
albores de la economía ciudadana. Para aquél, en los comienzos de ésta los obreros trabajaban a
jornal las primeras materias que les suministraban los clientes (Die Entstehung der Volkswirtschaft,
trad. Hansay, 134 y sigts.). Según V. BELOW (Probleme der Wirtschaftsgeschichte, 196 y sigts.), los
primeros industriales de las ciudades fueron artesanos que transformaban las primeras materias por
ellos adquiridas, para su venta posterior. La existencia en el alfoz leonés de aldeas de Rotarios,
Torneros, Olleros... quienes, más o menos lejos de la capital, ejercían reunidos su industria, inclina a
considerar en uso el sistema de trabajo defendido por VON BELOW: a juzgar a tales aldeanos
industriales que trabajan por su cuenta para depósito en el mercado o en las tiendas de la ciudad. Pero
también es posible que coexistieran con estos artesanos obreros a jornal del tipo que defiende
BÜCHER. El art. XXIX del Fuero de 1020 dispone que el día primero de cuaresma debía fijarse
anualmente el pretium laborantium, y este precio tanto podía ser el salario de un agricultor como el
de los cuberos o tejedores de cuya vida en León habla otro artículo del Fuero, el XX.
33
Sigo, respecto a la interpretación de estas palabras, la opinión de GÓMEZ-MORENO, Iglesias
mozárabes, 128, 333 y 338.
34
El cálculo de las equivalencias está hecho teniendo en cuenta las noticias reunidas en las notas de la
Estampa I sobre el valor de las distintas especies de ganado, y las cifras que alcanzaban en venta los
ricos tejidos citados en el texto, según los datos que ofrezco en las notas próximas. Respecto a las
scalas o escudillas de plata, sabemos que en tierras de León valieron durante el siglo x de cinco a diez
sueldos: cinco, en 934 (B. Sahagún, fol. 158); seis, en 932 (B. Sahagún, fol. 192 v.°); seis y medio, en
954 (T. Leg., fol. 430); nueve, en 941 (B. Sahagún, fol. 205), y diez, en 949 (B. Sahagún, fol. 135
v.°).
35
En esa cifra se aprecia un tapete nuevo en un documento portugués de 1017 (P.M.H., D. et Ch., 144).
36
En 20 sueldos se valora un manto feruci en una escritura castellana de 921 (B. Cardeña, ed. Serrano,
41).
37
De un paño de sirgo que valía cien sueldos se habla en un texto de 971 (ESCALONA, Historia de
Sahagún, fol. 415).
38
En 15 sueldos se aprecia una camisa de seda en un diploma de 899 (B. Cardeña, ed. Serrano, 117), y
no es difícil que fuese verde, puesto que había camisas de este color según un texto de 929 (BARRAU-
DIHIGO, Charles de l'Eglise de Valpuesta, Rey. Hisp., 1900, 316).
39
Véase el núm. 1 en el plano, y el núm. 3 del Apénd. I.
40
En esa cantidad se valoran en un documento portugués de 968 (P.M.H., D. et Ch., 62).
41
En 260 se aprecia una caja como la descrita; figura en el inventario de los bienes de doña
Mummadona (959, P.M.H., D. et Ch., 46).
42
Un «Balteum aureum cum lapidibus miro opere compositum», apreciado en 500 sueldos, se menciona
en una escritura gallega de 922 (L. FERREIRO, Historia de Santiago, II, 99 del Apénd.). Sobre otras
diversas valoraciones de objetos de lujo, paños, joyas y preseas eclesiásticas remito otra vez a mi
estudio El precio de la vida en el reino asturleonés, Logos, VI, Buenos Aires, 1945.
43
Describe este paño llegado hasta nosotros GÓMEZ-MORENO en Iglesias mozárabes, 395.
44
Los documentos guardados en los dos archivos de la Catedral y del Obispo de León nos dan a conocer
al detalle esa red de araña tejida por las vías, carreras, carrales y calzadas que rodeaban la ciudad.
45
Véanse las notas 41 y 45 de la Estampa III.
46
La suma expresión y la exteriorización por excelencia del poder regio fue la iussio regis, palabra que
se aplicó para designar las órdenes reales decretadas con efecto ejecutivo, los nombramientos para los
cargos de la corte o de la administración, las sentencias, los fallos y los preceptos legales dictados por
el rey. La expresión iussio regis aparece ya con este significado en la época goda (DAHN, Die Kónige
del Germanen, vl, 503), y con él continúa en el reino asturleonés, como resultará del capítulo
dedicado a la monarquía en mi obra ya anunciada. Todos estaban obligados a obedecer la iussio regis,
incluso cuando tenía carácter de llamada. Hasta los obispos y arzobispos debían acudir al llamamiento
real. El documento de Odoino, que sigo en el relato, prueba a las claras el alcance de la iussio regis en
este respecto.
47
El diploma de Odoino declara que el obispo regresó a León ante las órdenes reales que le transmitió
Sisnando Menéndez.
48
GÓMEZ-MORENO (Iglesias mozárabes, 375) se inclina a creer que ya se solazaban con este juego
nuestros monjes en el siglo X. A lo menos se conocen varios marfiles mozárabes que se juzgan piezas
de ajedrez. Se conservan en Santiago de Peñalba y en San Millán de la Cogolla. Estos últimos pueden
verse reproducidos en la obra citada, lámina CXXXV. Después de aparecidas las primeras ediciones
de estas Estampas han sido estudiadas otras piezas de ajedrez, talladas en cristal de roca, obra del
siglo X, de origen fatimí y conservadas en el monasterio de Celanova, JOSÉ CAMÓN AZNAR: Las
piezas de cristal de roca y arte fatimí encontradas en España: Lote del monasterio de Celanova, Al-
Andalus, IV, 1936-1939, 396-405.
49
Me parece segura esta asistencia. No se olvide, además, que conforme al canon VI del Concilio VII de
Toledo siempre debía haber un prelado en la Corte. Según el documento de Odoino tantas veces
citado, ocupaba la cátedra legionense a la sazón Oveco Núñez. La noticia es exacta, pues este obispo
presidió la sede legionense entre 928 y 950 (España Sagrada, XXXIV, 237 y sigts.), alcanzando su
pontificado todo el reinado de Ramiro II.
50
Así eran los huecos en los edificios religiosos de la época, según los restos llegados a nosotros y las
iluminaciones de los manuscritos de la época. En éstos revisten también forma análoga, incluso en
construcciones, a lo que parece, de carácter civil.
51
SAMPIRO (Esp. Sagr., XIV, 453) dice de Ramiro II: «Monasterium infra urbem Legionensem mirae
magnitudinis construxit in honoren Sancti Salvatoris juxta palatium regale».
52
Figuran en los inventarios eclesiásticos y se usaban en las iglesias para cortinas, velos de altar,
parámetros o doseles (GÓMEZ-MORENO, Iglesias mozárabes, 334). ¿Puede sospecharse que también
se usarían para decorar los muros de las cámaras del palacio real? A lo menos consta su uso en los
alcázares de los reyes castellanoleoneses de siglos posteriores (Primera Crónica General, ed. M.
PIDAL, 615).
53
Véase lo que dice GÓMEZ-MORENO (Iglesias mozárabes, 394-96) sobre los tejidos de la época.
54
De esta forma son las arcas reproducidas en la Biblia de San Isidoro, de León (fols. 50 y 123), y en el
Beato de Gerona (fol. 381). No son raras las menciones de arcas en los documentos de la época.
Véase Arcas en el Apénd. IV.
55
Véase Scrinios en el Apénd. IV.
56
Véase la nota 72 de la Estampa III.
57
Véase scanno y almandra o cojín en el Apénd. IV. Sillones con cojines aparecen en los Beatos de
Valladolid (fol. 9 v.°), de Fernando I (fols. 7 v.° y 284) y de Osma (fol. 157 v.°).
58
Sillones más o menos semejantes a los llamados fraileros aparecen con frecuencia en la Biblia de San
Jsidoro (fol. 326) y en los Beatos de Thompson (fol. 13), de Távara (fol. 30), de Valladolid (fols. 4, 9
v.°, 76 v.°, 176 y 180 v.°), de Gerona (fol. 365), de la Biblioteca Nacional (fol. 140), de Urgel (fols.
16, 22, 130 y 1%) y de Fernando I (fols. 7 v.°, 46, 114 v.°, 247 v.°, 251 y 272 v.°). Su figura permite
suponerlos con asiento y respaldo de cuero, y el uso de cueros cordobeses en la época inclina a
imaginarlos construidos con guadamecíes. Juzgo a éstos fabricados por los judíos del Castro próximo
a León, porque según un documento de Alfonso IX de 1197 (Esp. Sagr., XXXV, 259), Fernando I
estableció que dichos israelitas pagasen anualmente a la Iglesia legionense doscientos sueldos, una
piel y dos guadamecis. Acerca de los cueros de Córdoba véase DOZY y ENGELMANN, Glossaire des
mots esp. derivés de l'arabe, 1869, pág. 280, y BARÓN CH. DEVILLIER. Notes sur les cuirs de
Cordoue, guadamaciles d'Espagne, 1878.
59
Véanse reproducidos en los Beatos de Távara, Gerona (fol. 86), Valladolid (fol. 180 v.°), Urgel (fols.
86 y 196) y Fernando I (fols. 247 v.° y 261).
60
Se reproducen banquetas de este tipo en los Beatos de Gerona (fols. 15 y 86), Valladolid (fols. 76 v.°
y 180 v.°), Urgel (fols. 86 y 196), de Fernando I (fols. 247 v.º) y del Escorial (fol. 133), y además en
la Biblia de San Isidoro (fol. 37), y en el Antifonario de León (fol. 68). V. la fig. de la pág. 104.
61
Esta es la forma habitual de las mesas que encontramos en los manuscritos de la época. Véanse los
fols. 61, 69, 81 v.°, 104, 110 y°, 112 v.° y 316 v.° del Codex Aemilianensis; el fol. 369 del Beato de
Gerona y el 30 del Beato de Távara. V. la fig. de la pág. 61.
62
Véanse piezas de ajedrez del período que nos ocupa en la lámina cxxxv de las Iglesias mozárabes, de
GÓMEZ-MORENO y los fotograbados y dibujos que acompañan al estudio de JOSÉ CAMÓN: Las piezas
de cristal de roca y arte fatimí encontradas en España, Al-Andalus, IV, 1936.
63
Supongo a Ramiro sentado en una cátedra semejante a las que ocupan obispos y magnates en el Codex
Aemilianensis, fols. 54, 61, 67, 81, 85 v.°, 93 v.°, 95, 104, 107, 110 v.°, 123 v.°, 127 v.° y 316 v.°, y
en el Vigilanus, folios 71 v.°, 84, 138 v.°, 145. V. en el texto las figs. de las págs. 61 y 78.
64
En 955 era armiger del rey Rodrigo Muñoz (L. FERREIRO, Historia de Santiago, II, 158, del Apénd.)
¿Lo sería éste también de Ramiro II en los días de la asamblea? A lo menos no tengo noticia de que lo
fuera otro.
65
El presbítero Fernando era primiclerus en 943 (P.M.H., D. et Ch., 30).
66
De los consiliarii de los reyes habla SAMPIRO (Esp. Sagr., XIV, 450) al referir el castigo de los
rebeldes condes de Castilla en tiempos de Ordoño II. Supongo consiliarii de Ramiro a los que fueron
después condes de palacio reinando Ordoño III, Gundesindo y Vermudo (VIGIL, Asturias
monumental y epigráfica, 63).
67
Previa esa ceremonia, pidió Nuño Donnitiz a Alfonso V una heredad en 1015 (T. Leg., fol. 350 v.°).
68
El relato está trazado alterando lo menos posible las noticias del documento de Odoino.
69
En el diploma de Odoino (L. FERREIRO, Historia de Santiago, II, 178, Apénd.) se lee: «Hacta sunt hec
omnia in diebus guando ipse comes Guttier Osoriz presentauit illos infantes ante prefatus rex in
ciuitatem rege sedis legionem guando eos ceciderunt et suam terram ipsi comes et cum gens sua de
manu regis ad imperandum acceperunt». El suceso que narra la escritura referida debió tener lugar
después de 941, en que era todavía Maiordomus o Primus palatii Hermenegildo (YEPES, Coronica de
la Orden de San Benito, V. 438, y BARRAU-DIHIGO, Notes et documents sur l'histoire du royaume de
León, Rey. Hisp., 1903, 378), pues, según aquélla, desempeñaba este cargo el diácono Sisnando
cuando ocurrieron los hechos que refiere. Esta precisión cronológica y las palabras del diploma de
Odoino dificultan la identificacion con los hijos de Fruela de Asturias: Alfonso, Ordoño y Ramiro, de
los infantes por el conde Gutiérrez Osoriz presentados al monarca y por éste condenados después, en
una asamblea celebrada en León. Y ello por dos razones: A) Porque SAMPIRO (Historia Silense, ed. S.
Coco, 50) nos refiere que Ramiro II, después de situar en León a su hermano Alfonso IV y de
apresarle, recibió mensajeros de los magnates asturianos, entró personalmente en Asturias, se apoderó
de los príncipes citados y en un mismo día, juntamente con el Rey Monje, los condenó a ceguera; y
tales noticias no se avienen con las del novelesco documento que me ha inspirado esta Estampa. B)
Porque del relato de Sampiro resulta que tales sucesos tuvieron lugar a comienzos del reinado de
Ramiro II y no en la fecha en que supone realizada la captura y muerte de los infantes el diploma de
Odoino. Cabría apartar la doble contradicción suponiendo que la crónica y la escritura aluden a dos
momentos distintos de la trágica existencia de los hijos de Fruela II, la primera a su cautiverio y
ceguera y el segundo a una nueva prisión y a su condena a muerte. Pero para ello sería preciso
suponer que después de ciegos gobernaron mandaciones en nombre del rey –las que éste cedió
después a Gutiérrez Osoriz–, lo que no es fácil de creer aunque no pueda ser negado. Sobre Alfonso
Froilaz me ocupo en mi estudio La sucesión al trono en el reino de León y Castilla, Boletín de la
Academia Argentina de Letras, Buenos Aires, 1945.
70
Recojo aquí la opinión sustentada por GÓMEZ-MORENO, Discursos..., 19, y acaso pueda yo reforzarla
en su día con una copia del diploma de los votos en que el rey otorgante es Ramiro II, copia que se
guardaba en la sección Consejos, del Archivo Histórico Nacional, en Madrid.
71
Para presentar a los lectores una asamblea judicial del Palacio me veo forzado a interpretar con cierta
libertad el documento gallego utilizado repetidamente como base de esta segunda estampa. Este no
habla de que el obispo Hermenegildo manifestase al rey que se hallaba autorizado para actuar como
adsertor del citado Odoino; pero lo cierto es que como tal funcionó y como tal defendió los derechos
de aquél en el concilium que resolvió el litigio. Fuertemente impregnado el procedimiento judicial
asturleonés de derecho germánico, fue, sin embargo, muy frecuente en él, conforme a la tradición
visigoda y romana, que los litigantes se hiciesen representar por adsertores, que en nombre de las
partes llevaban la acción judicial ante la asamblea del conde o ante el tribunal del rey. Los textos no
dejan lugar a dudas en este respecto. Incluso algún diploma de fecha muy remota prueba que a veces
estos adsertores cobraban de sus representantes una cantidad en granos y a ganados, o en tierras, por
el servicio que les habían prestado en el curso del proceso. Hablaré de esto en el capítulo dedicado a
la organización judicial y al procedimiento en mi obra Instituciones del reino asturleonés. Antes
publicaré en los Cuadernos de Historia de España, una colección de Documentos para el estudio del
procedimiento judicial en Castilla en la Edad Media.
72
Seguían contándose las horas del día según el sistema romano. En un documento leonés de 963 (T.
Leg., fol. 183) se lee: «Ob inde eo quod fuimus ad kasa de Helyas presbiter et de seror Sabildi ego
Lupi et Agila cum alios aiunctos et amisimus lite et coclusimus eos numero VIIII de ora nona usque
ora nocturna et fecimus cedes in sólidos CXXX et misimus ignem et cremauimus casa una cum suo
ganato».
73
Poseemos diversos testimonios de la frecuencia con que se congregaban asambleas judiciales o de otra
índole en el lugar en que suponemos reunido el Palacio. En un documento de 954 (T. Leg., fol. 371
v.°), refiriéndose al conclium de León se dice: «congregati sunt in uno portico ad regulam beate Marie
semper uirginis et sedis episcopale». Y en el art. XXIX del fuero de 1020 se dispone que todos los
habitantes de la ciudad y de su término «veniant un prima de quadragesimae ad capitulum Sanctae
Mariae de Regula». Que allí continuaron celebrándose juicios en fecha mucho más tardía nos dice la
inscripción «Locum apellationis» que hoy se lee todavía en el pórtico gótico de la catedral. Me
permito suponer reunida en este lugar la asamblea a que alude el documento de Odoino, porque,
según éste, se celebró ante «gallecos et omne xristianitate in ibi collecta», y esta concurrencia del
pueblo excluye la posibilidad de que se congregara en las cámaras de palacio.
74
Para tiempos posteriores tenemos noticias de que se pregonaban las reuniones extraordinarias de la
Corte por los porteros o sayones del rey (Poema del Cid, 2.962, e HINOJOSA, El derecho en el P. del
Cid. Estudios..., 87). No creo aventurado suponer que en el siglo x se emplease este mismo
sencillísimo sistema. Ya correspondía a los sayones la convocatoria de las asambleas judiciales, según
atestiguan diversas escrituras. Alguna se conserva, además, que atestigua la existencia de sayones de
palacio a mediados del siglo X (952), Anuario ha. dcho. esp., I, 385. Les supongo tocando bocinas y
cuernos, en atención al pasaje donde SAMPIRO (Esp. Sagr., XIV, 451) refiere cómo Ramiro II, al tener
noticia de que Alfonso IV, abandonado el monasterio de Sahagún, se había hecho fuerte en León, «ira
commotus, jussit intonare buccinis, vibrare hastas...» para poner en movimiento su ejército y marchar
contra su hermano.
75
En toda Europa se llamó pueri regis o pueri aulici a los siervos encargados del servicio personal del
rey o del Palacio (BRUNNER, Deutsche Rechtsgeschichte, 12, 372). Situación privilegiada ocuparon
los servi fiscales visigodos (DAHN, Die Könige, der Germanen, VI, 204), entre los que figuraban los
pueri regis. San Hermenegildo aparece rodeado de los suyos en el destierro (DAHN, Die Könige, VI,
186). De pueri regis hablan varios documentos del siglo X. Véanse, por ejemplo, uno de 909 en que
Alfonso III declara haber ocupado en el yermo con sus pueri la villa de Alamín a orillas del Duero
(ESCALONA: Ha. de Sahagún, ap. II, 397) y otro de 931 (BERGANZA, Antigüedades de España, I,
1791). Después de publicadas las primeras ediciones de este libro, el profesor belga Ch. Verlinden ha
dado a la estampa un importante estudio: L'esclavage dans le monde ibérique médiéval, Anuario de
historia del derecho español, XI, 1934 y XII 1935.
76
Tenemos noticia de un cubiculario de Ramiro II llamado Gutierre (941. YEPES, Coronica, V, fol. 438)
y de otro de tiempos de Ramiro II o de Ordoño III por nombre Fortis Justi (ESCALONA, Historia de
Sahagún, pág. 407, a 960).
77
El documento de Odoino, naturalmente, no suministra detalle alguno sobre estos preparativos. Me
aventuro, sin embargo, a suponer aderezado de esta forma el lugar donde había de reunirse la
asamblea, habido en cuenta el relato de la Primera Crónica General (ed. M. PIDAL, 615) acerca del
adorno del salón en que se reunieron las Cortes del Cid. La noticia es tardía, pero ¿habría grandes
diferencias a estos respectos entre el siglo x y la época de que proceden las páginas de la Crónica
citada? A lo menos hay indicios de que en ciertos detalles no se introdujeron grandes novedades. Del
cuello llevaban pendientes sus espadas las gentes del Cid en aquella asamblea, según la fuente citada,
y del cuello de un personaje pende ya la espada en el Codex Aemilianensis, fol. 107. Almexias y
alfiniames eran la túnica y las tocas usadas por las novias al decir de García Ordóñez, en las Cortes de
Toledo, y de alfiniames y almexias hablan ya los documentos del siglo X.
78
Recuérdese que el Cid envió su escaño al palacio donde se reunió la Corte en Toledo (Crónica
General, ed. M. PIDAL, 615), y lo dicho en la nota anterior.
79
Véase el plano y los documentos 19, 23, 24, 27 y 57 del Apéndice I.
80
Hablan de cartorios donde los reyes o los particulares guardaban sus escrituras diplomas de 947
(Colección diplomática de Galicia histórica, 415), 952 (Anuario de historia de derecho español, I,
385), 960 (P.M.H., Dip. et Chart., 51), 982 (LÓPEZ FERRERO, Historia de Santiago, II, 182 Apénd.) y
994 (P.M.H., Dip. et Chart., 104).
81
Atestiguan que los documentos de los príncipes, de los laicos o de las iglesias se encerraban en arcas
o en scrinios, textos de 818 (L. FERREIRO, Historia de Santiago, II, 4, Apénd.), 987 (Esp. Sagr., XIX,
375), 1002 (T. de Celanova, fol. 94 v.°) y 1027 (T. Viejo de Lugo, fol. 8 v.°).
82
No conozco miniatura alguna de la época que reproduzca un scrinio capaz para guardar diplomas. El
que, tomado del Códice Albeldense, reproduzco en la Estampa V, es una mesa inservible para tales
fines, y a este tipo pertenecen los demás que nos ofrecen los manuscritos utilizados. Trazo la imagen
del que supongo existente en el palacio de León, influido por la sospecha de que tales muebles
pudieron ser predecesores remotos de los bargueños posteriores, y por el relativo parecido que hallo
entre los pies de algunos analogios, que vemos en diversos Beatos, y los de un tipo muy conocido de
bargueños españoles.
83
Supongo realizado en estos momentos y en León un hecho relatado al pormenor en un documento de
947 (Colección diplomática de Galicia histórica 451). Dice así: «Ranimirus Rex vobis cognate noster
Domine Gotho Regina... Ambiguum esse non potest, sed plerisque magnet cognitum, eo quod villa,
quam dicunt Pinies que est in territorio Saliniensi, fuit ex proprietate Genitore Nostro, dive memorie
Domingo Ordonio Principi, et ille conceserat ea in vita sua Congermano nostro Munius Gutierri; cum
autem revolvimus cartorios nostros invenimus ea in capitale cum ceteras villas de proprietate nostra,
et per hanc cartam ordinavimus ea prehendere post parte nostra sicuti spectavit: nunc yero placuit
namque serenitati nostre glorie ut... concedimus et contextamus vobis...» Imagino que los cartorios
tendrían la forma de volúmenes, no sólo en atención a la frase «revolvimus cartorios nostros» del
pasaje copiado, sino porque con frecuencia aparecen los personajes de la época en las iluminaciones
de los Beatos y, sobre todo, del Emilianense y del Vigilano, llevando en las manos volúmenes o
rollos. Conjeturo que el Notarius regis se hallaría encargado de los cartorios reales, por la naturaleza
de su función cerca del rey. Y supongo que serían los sayones quienes tomarían posesión de la villa
indicada, puesto que aparecen en diversas ocasiones realizando misiones semejantes. En un
documento de 1.005 (T. de Celanova, fol. 106 v.°) leemos: «Et ordinauerunt de palatio sagione
nomine Erus Sarraceni qui prehendisset ipse monasterio in manibus suis». Con función pareja aparece
el sayón de palacio en un diploma de 1.017 (T. Viejo de Lugo, fol. 67 v.°) y en otras escrituras
diversas.
84
Véase la voz Balluga en el Apénd. III y el calzado alto con que aparecen representados reyes, obispos
o magnates, pero en particular los príncipes en los folios 78 v.°, 81, 85 v.°, 100 v.°, 121 v.°, 123 v.°,
133 v.°, 145, 161 v.°, 167 v.°, 169 v.°, 180 v.°, 193 v.° y 209 v.° del Codex Vigilanus.
85
En esta época llevaban camisa hasta las gentes de vida miserable, pues no es de creer que fueran
grandes magnates quienes por sus robos del pescado o de la carne que venía a León eran condenados
a recibir cien zurriagazos en camisa, por las calles y plazas de la ciudad (art. XLV del Fuero de 1020).
Supongo que el rey usaría camisa de hilo; pero pudo también llevarla de seda, puesto que los
diplomas hablan además de camisas síricas. Véase la palabra camisa en el Apénd. III.
86
Hay referencia documental y gráfica del empleo de bragas en el siglo V. Véase la voz bracas en el
Apénd. III y la nota 106 de esta misma Estampa. ¿Las llevaría el rey?
87
En las iluminaciones del Vigilano (fols. 71 v.°, 86 y°, 100 v.°, 133 v.°, 145, 151 v.°, 161 v.°, 167, 169
v.°, 202, 209 v.°, 344 y 428), del Emilianense (fols. 54, 107 y 453), de los Beatos de Gerona (fol.
282), Valladolid (fols. 194 v.°, 199 v.° y 204), Urgel (fols. 208, 210, 216) y de Fernando I (fols. 266,
268 y 272 v.°), los reyes aparecen revestidos de una larga túnica cerrada. Ignoramos el vocablo con
que la designaban en el siglo x. En los documentos del período que nos, interesa hallamos las palabras
adorra, algupa, almexía y pintella, con el significado genérico de túnica. Excluidas las adorras, que
eran abotonadas, según deduce de su etimología GÓMEZ-MORENO (Iglesias mozárabes, 127) y las
almexías, de uso femenino, a juzgar por varios textos tardíos (Primera Crónica General, ed. M.
PIDAL, 616, y Primavera de romances, 132), nos quedan para bautizar las túnicas cerradas las voces
algupa y pintella, y he preferido la primera. La supongo de tela rica, que en aquella época se llamaba
alvexí. Véase la palabra algupa en el Apénd. III.
88
De balteos de oro adornados con gemmas hablan diversas escrituras del siglo X. Véase balteo en el
Apénd. III.
89
Los reyes representados en el Vigilano tercian sobre cualquiera de sus hombros un rico manto cuyo
nombre no no es conocido, ni cuyo tejido y adornos es posible deducir con seguridad de las
miniaturas en que aparecen. Imagino el manto de ceremonia de Ramiro, tejido con seda, bordado con
oro y forrado de armiño, para equiparar la riqueza del manto con la majestad de la persona y por lo
que sabemos de los mantos reales de tiempos posteriores. Véanse sobre estos últimos las palabras
brial, armiño y manto en el Vocabulario del Cantar de Mio Cid, de M. PIDAL.
90
Supuesto el tejido, forro y bordado, éstos debieron, o lo menos pudieron ser, los vocablos con que se
designaría el manto de Ramiro. Mobatanas se llamaba a los mantos forrados, paños de tiraz a los de
seda labrada, y hataní equivalía a bordado (Igl. moz., 127-28). Véase mobatana en el Apénd. III.
91
Con diademas a cual más extrañas se representa a los reyes en diversos códices de la época. Pueden
verse aquéllas en el Vigilano (fols. 71, 100 v.°, 133 v.°, 145, 151 v.°, 167, 169 v.°, 209 v.°, 344 y
428); en el Emilianense (fols. 54, 106 v.°, 107 y 453); en el Beato de Thompson (fols. 241 y 248 v.°);
en el de Valladolid (fols. 194 v.°, 109 v.° y 204); en el de Távara; en el de Gerona (fol. 282); en el de
Urgel (fols. 208 v.°, 210, 216 v.° y 219); en el del Escorial (fol. 57 v.°); en el de Fernando I (fols.
266, 261 y 272 v.') y en el de la Academia de la Historia (fol.. 196 v.°). Elegida como tipo la imagen
de los reyes en el Vigilano, es obvio que me refiero a la diadema reproducida en este manuscrito.
92
Empuñando este cetro figura un rey Ariamirus en el Vigilano (fol. 209 v.°). Véanse también los fols.
71 v.°, 133 v.°, 161 v.°, 197, 344 y 428 del mismo códice. Cetros de otras formas pueden verse en los
manuscritos y folios citados en la nota anterior.
93
Me permito hacer asistir a los infantes hijos de Ramiro II a la asamblea de que habla el diploma de
Odoino, no obstante el silencio de éste sobre ellos, para dar una idea más acabada de la corte leonesa.
94
Les supongo vestidos con túnicas abotonadas o adorras, que también encontramos en los códices de
la época (véase el Beato de Fernando I, fol. 272 v.°), y con mantos de brocado. La palabra ferucí
aparece con frecuencia en los documentos del siglo x como calificativo de una clase especial de
mantos, cuyas características debemos resignarnos a ignorar por ahora. Veánse Iglesias mozárabes,
127-28, y las voces adorra, manto y ferucí en el Apénd. III.
95
Estos eran los oficiales mayores de la corte leonesa y los magnates de mayor dignidad, que con los
títulos de consiliari o comites formaban parte del palacio.
96
Hablaré de lanceros y de arqueros y de la militia regis en la Estampa próxima.
97
Las fuentes extranjeras y los textos castellanos más tardíos y más explícitos coinciden en presentarnos
a condes, obispos y magnates acudiendo a las reuniones del palacio con todo su cortejo. De nuevo
remito a la Primera Crónica General en busca de noticias (ed. M. PIDAL, 615).
98
Todos los obispos citados figuran como concurrentes a la asamblea a que me vengo refiriendo en el
diploma de Odoino. Los cubro con las diversas formas de túnicas y de mantos que se citan en los
documentos y con las que se representa a los prelados en las iluminaciones del Vigilano y del
Emilianense, y en diversos Beatos a personas, a lo que parece, del estado eclesiástico. En el Vigilano
los obispos visten de ordinario túnicas largas y estrechas y mantos terciados sobre el hombro (es rara
la miniatura en que no figura un prelado vestido de este modo), que a veces cubren parcialmente con
la casulla en forma de capa (fols. 133 v.°, 137, 143 v.°, 193 v.° y 218 bis entre otros). En el
Emilianense se revisten con túnicas extrañas y casullas o mantos (fols. 56, 59, 64, 67, 69, 73 v.°, 81
v.°, 83 v.°, 85 v.°, 93 v.°, 95 v.°, 100 v.°, 101 v.°, 104, 105, 106 v.°, 107, 109, 110 v.°, 112 v.°, 117
v.°, 119 v.°, 123 v.° y 127 v.°), o con amplísimos ropones que ocultan aquéllos por entero (fols. 54,
59, 61, 81 v.°, 85 v.°, 93 v.°, 95, 105, 109, 110 v.°, 127 v.°, 136 v.° y 392). Y en los Beatos con
prendas que, diferenciadas en su representación, como lo están en conjunto sus miniaturas de las
iluminaciones de los citados códices riojanos, son esencialmente las mismas que hallamos en éstos.
Es obvio advertir que ignoro si coincidirán los nombres que recibían en la época los mantos, túnicas,
capas y ropones reproducidos en los manuscritos mencionados con los que, tomados de las escrituras
contemporáneas, empleo para designar tales prendas en el texto. Véanse las voces adorra, algupa,
pintella, ferucí, barragán, feiraches, mobatana y capa en el Apénd. III.
99
En el Vigilano y en el Emilianense es esta capucha picuda la prenda característica que, usada por los
obispos con toda clase de túnicas y mantos, los distingue de reyes, de magnates y de simples clérigos.
100
Hallamos báculos en forma de Tau en el Vigilano (fols. 35, 120 v.°, 180 v.° y 344), en Emilianense
(fols. 56, 59, 64, 67, 70, 81 v.°, 83 v.°, 85 v.°, 100 v.°, 105, 109, 112 v.°, 117 v.°, 119 v.° y 392), y en
el Antifonario de León. Con báculos de cayada se representa a los obispos en el Vigilano (fols. 339 y
344) y en el Emilianense (fols. 31 v.°, 40, 81 v.° y 392). Y se reproducen báculos con puño en forma
de bola en el Vigilano (fols. 102 y 344); y en el Emilianense (fols. 54, 56, 59 v.°, 64, 67, 73 v.°, 81
v.°, 83 v.°, 85 v.°, 95, 100 v.°, 101 v.°, 104, 105, 127 v.° y 392 v.°).
101
He hablado de mantos ferucíes en las notas 36 y 94; me ocuparé de espadas en la Estampa III, notas
39 y 45.
102
Todos los magnates mencionados asistieron a la asamblea de Palacio reunida por Ramiro II, según
consta en el diploma de Odoino. Los visto a capricho con las prendas de que hay noticia documental
coetánea. No es posible fijar con certeza las correspondencias entre estas túnicas, capas, mantos y
ropones y las que cubren a los escasos grandes personajes laicos que hallamos reproducidos en los
códices ya utilizados repetidamente. Me permito suponer que Fernán González y Diego Muñoz, antes
rebeldes, ahora sometidos pero sospechosos, siempre cautos, se armarían sus lorigas bajo sus algupas
y sus capas, como hicieron después las gentes del Cid al acudir a las Cortes de Toledo (Cantar de
Mio Cid, 3.075, 8.° Ed. M. PIDAL, III, 1.140). Véanse las voces mobatanas, lorigas, algupas, capas,
zoramen, feirach y arrita, GÓMEZ-MORENO cree que kaskersi significa tejido de seda cruda, y
zumaque, bermejo (Igl. moz., 128-29).
103
La costumbre de llevar colgado del cuello el tahalí que sujeta la espada, comprobada para siglos
tardíos por diversas fuentes (Crónica General, ed. M. PIDAL, 615), data ya del siglo x, según
atestiguan la escena reproducida en el fol. 107 del Emilianense, los lanceros del fol. 257 del Beato de
Gerona y el guerrero del fol. 241 del Beato de Thompson que levanta al alto su arma, pero lleva aún
pendiente del cuello el tahalí. Respecto a tipos de espadas, hablaré en la Estampa III.
104
Los laicos, por lo común, aparecen destocados en las miniaturas de la época. Su peinado habitual en
ellas es el descrito arriba.
105
Unos laicos de alta dignidad representados en el Beato de Gerona (fol. 380) y un jinete del Beato de
Fernando I (fol. 171 v.°) se tocan con anchos sombreros de ala caída, que acaso pudieran ser los
capelos de que habla el inventario de los bienes embargados en la casa de Santa María de
Bezdemarbán (M. PIDAL, Orígenes del español, 28: «I° kapello inuestito in panno tiran). En una
miniatura del B. de Gerona (fol. 377), dos personajes parece que se cubren con agudos yelmos. Un
guerrero y varios jinetes del B. de Gerona llevan picudas capuchas, y varios guerreros del B. de Osma
(fols. 114, 157) bonetes, que es posible se usaran ya también en el siglo X.
106
Así aparecen de ordinario los guerreros de condición diversa en el Emilianense (fol. 160 v.\") y en los
Beatos de Thompson (fols. 241 y 260), de Urgel (fols. 136 v.°, 191 v.°, 208 v.° y 209), de Gerona
(fols. 257 y 379 entre otros que no puedo fijar, por carecer de la oportuna referencia al folio las
fotografías de este Beato de que he dispuesto), de Valladolid (fols. 177 v.° y 181), y de Fernando I
(fols. 178, 231, 243, 266 y 283).
107
Así aparecen en diversos folios de los Beatos de Urgel y de Gerona y en el muy tardío de Osma (fols.
114, 147 y otros).
108
Me refiero a un guerrero reproducido en el Beato de Gerona.
109
Véanse varios folios del Beato de Gerona que no puedo fijar por las razones ya indicadas, y el 147 y
otros del Beato de Osma.
110
Me ocuparé de armas en la Estampa próxima.
111
Para describir el solio de Ramiro me baso en una noticia documental y en varias gráficas. En 911
Ordoño II hizo una importante donación a la Iglesia de Santiago, y entre diversos objetos de uso
eclesiástico y civil regaló al apóstol «Cathedram episcopalem ligneam atque oseam cum clauis et
malis argenteis cum suo scabello miro opere composito» (L. FERREIRO, Historia..., II, 64 del Apénd.).
Entre los varios tipos de solios que hallamos en los códices del período que abarco (Beatos de
Thompson, fols. 112 y 241; de Valladolid, fols. 76 v.°, 98, 171, 180 v.°, 189 v.º, 194 y 199 v.º; de
Urgel fols. 208 v.°, 210 y 216 v.º; de Gerona en folios diversos, y de Fernando I, fols. 110 v.°, 247
v.°, 251, 259 y 266), solios cuyas características no es siempre fácil interpretar; dada la estilización, la
dureza y la falsa perspectiva con que están reproducidos, el que más se aproxima al tipo
compostelano es el que aparece en los Beatos de Thompson (fol. 241), Gerona, Valladolid (fol. 180
v.º) y Fernando I (fol. 247 v.°), que entiendo como queda dicho arriba.
112
Véanse sillones de este tipo en el Beato de Fernando I, folios 7 y 284.
113
En la Biblia de San Isidro de León (fol. 247) puede admirarse una silla de tijera como la que supongo
ocupada por Oveco.
114
Trazo estas líneas compaginando las noticias del documento de Odoino con los relatos que el Cantar
de Mio Cid (M. PIDAL, 1.140 y sigts.) y la Primera Crónica General (M. PIDAL, 615 y sigts.) hacen
de las legendarias Cortes de Toledo. Supongo presentes en la asamblea a las gentes de condes,
obispos y magnates, no sólo por parecerme natural, dadas las costumbres de la época en Europa, sino
en atención a lo que sabemos de las Cortes del Cid. Me decido a hacer asistir a la reunión del Palacio
al pueblo: 1.° Porque, según Odoino, al juicio en que se vio su pleito concurrió «omne xristianitate»;
2.° Porque en un documento de 985 (véase la nota 119) se dice que Sabarico, obispo de León,
defendió los privilegios de su Iglesia en una asamblea pareja de la que describimos «coram populo in
conspectu regir...»; 3.° Y porque, conforme otra escritura de 974 (véase la nota 117), un litigo entre
Tajón y el monasterio de Sahagún se ventiló ante el rey y su palacio «populus ex utraque parte
discernendo inter eos sola veritate». La presencia de los infanzones de León me parece segura, porque
diversos documentos comprueban la asistencia de aquéllos a las reuniones judiciales del Palatium
celebradas en la regia sede leonesa. Mediante un diploma de 944 (T. Leg., fol. 429 v.°). Constancio
donó al monasterio de San Cosme y San Damián unas viñas... «secundum... uindicaui per iudicium
ante rege uel episcopos siue iudices... uel maiores natu de Legione». A la asamblea del Palacio en que
el obispo Sabarico defendió los derechos de su Iglesia (985, véase la nota 119) concurrieron los filii
benenatorum leoneses, denominación con que solía conocerse en los diplomas de la época a los
infanzones. Fuera de León, también se los ve asistiendo a otras reuniones del tribunal regio, como
atestigua un documento gallego de 1017 (T. Viejo de Lugo, fol. 67 v.') y otras escrituras
contemporáneas. Presento al monarca en un solio teniendo en cuenta las palabras del diploma citado
de 985 que dice se celebró el placito «in presentia dominissimi Ueremudus... residente ad katedra
sua...» Supongo sentados a todos los magnates asistentes al acto, porque sentados aparecen en las
Cortes del Cid, según las fuentes citadas, y porque en el diploma de 974 (v. la nota 117), después de
enumerar los obispos y magnates que oyen con el rey el pleito de Tajón, se escribe: «sedentibus
cunctis».
115
Pueden verse lanzas con señas de estas formas en los fols. 241 del Beato de Thompson, 379 del B. de
Gerona, 209 del B. de Urgel y 266 del B. de Fernando I.
116
Así habló Ximeno, obispo de Astorga, en un pleito que falló en 1025 el palatium regis presidido por
él en representación de Alfonso V (T. Leg., fol. 277).
117
Así empezó su alegato Tajón en su litigio con el monasterio de Sahagún, visto ante Ramiro III y su
palacio en 974 (ESCALONA, Historia de Sahagún, 418). Según este diploma, después de muchos años
de posesión pacífica de la herencia de Lubila por el monasterio referido, los hermanos de aquél
«venerunt in conventu Principis Dominisimi nostri Dominus Ranimirus et Gloriose Domine nostre
Domina Geloira Deo dicata et Regis amita et cuntorum Magnatorum, Episcoporum, Domino
Teodemiro et Domino Gundisalvo et sedentibus cunctis, populus ex utraque parte discernendo inter
eos sola veritate, venerunt quidem et ipsi et steterunt in conspectu Regis et Regine et omnem
Magnatum Palacium Electorum, et primus ex eis surrexit Tajón cun filiis suis desuper exarati et
audientibus cunctis, affatur voce publica omnium contendentem et asserentem sic loquitur:
Misericordiam peto...»
118
Así debió argüir el conde Osorio según se deduce del citado documento de Odoino.
119
Estas fueron las palabras con que comenzó su alegato el obispo de León Savarigo en el litigio
indicado en la nota 114. He aquí el texto del diploma de 985 (Arch. Cat. León, núm. 984) que las
consigna: «Ambiguum esse non potest sed plerisque omnibus cognitum patefactum est: In presentia
dominissimi Ueremudus, prolis serenissimi principis domni Ordonii diue memorie, residente in solio
ad katedra sua cum omnem togam palatii sui, filii benenatorum et pontificum multum id sunt:
Uiliulfus, Sabastianus, Uirmundus, Armentarius, Salomoni, Petrus simulque et Pelagius quoruin
concilio adunatum iudicum et abbatum, ego quidem Sabaricus aepiscopus, nec merito dignus
legionense sedis sancte Marie semper uirginis et sancti Cipriani aepiscopis, el textis, dixi coram
populo in conspectu regís et feci querimonia aput Gomez Didaz et aliorum que regekant ipsas uillas et
dixit: Domine mi rex audiat me clementia uestra et adiubante pietas et misericordia uestra eo quod in
tempore...»
120
Pongo aquí en boca de Hermegildo la historia del asunto tal como resulta del citado diploma de
Odoino (L. FERREIRO, Historia de Santiago, II, 176 a 178, Apénd.).
121
Esta era la forma en que se hacían las presuras, según varios documentos portugueses de 870 (P.M.H.,
D. et Ch., 3 y 4). Sobre la presura en el reino de León véanse: GAMA BARROS: Historia da
administraçâo pública em Portugal nos seculos XII a XV, Lisboa, 1806, II y sigts.; DOMÍNGUEZ
GUILARTE: Notas sobre la adquisición de bienes y frutos en nuestro derecho medieval: La presura o
escalfo, Anuario hist. dcho. esp., X, 1933, 287 y sigts.; SÁNCHEZ-ALBORNOZ: La repoblación del
reino asturleonés, Humanidades, XXV, Historia, La Plata, 1938, 48 y sigts.; y DE LA CONCHA Y
MARTÍNEZ: La Presura, Anuario, XIV, 1942-1942, 382 y sigts.
122
Así se declara en el documento de Odoino.
123
En todos los numerosos litigios de que nos dan noticia los documentos después de las alegaciones de
las partes, el tribunal proponía la clase de prueba que había de emplearse para resolver en derecho el
caso. Era esta determinación de la prueba la misión fundamental, y las más veces la única, que
competía a los jueces, en el procedimiento germánico de uso casi general en la época que nos
interesa. Hay múltiples noticias de que en los concilia de hombres libres de los condados algunas
personas, elegidas por la asamblea o por el conde, actuaban como jueces y proponían el género de
prueba que había de realizarse. Existen asimismo muchos testimonios de fecha posterior de cómo
también en las Curias regias designaba el rey diversos magnates, infantes o prelados que como
alcaldes fallaban el litigio. Esta coincidencia y algún indicio documental no despreciable me inclinan
a creer que este nombramiento de jueces por el monarca en las reuniones de su Palacio data de esta
época, y a suponer que los hubo ya en el placitum judicial, cuyo desarrollo finjo en parte. No cito
textos, porque no lo juzgo preciso, dada la abundancia y lo conocido de los mismos. Dedicaré un
capítulo al procedimiento y a la organización judicial en el libro repetidamente anunciado:
Instituciones...
124
Obsérvese que supongo se ordenó jurarse el obispo representante de la parte demandada. Esta debía
practicar la prueba en el procedimiento germánico y en el asturleonés del siglo X. La inmensa
mayoría de los procesos conservados coinciden en atestiguarlo así. Mas como en la Península no
desapareció por completo el sistema romano, hay también casos esporádicos en que es el demandante
o acusador quien prueba. Reservo la comprobación de estas afirmaciones para la obra anunciada.
Baste citar dos casos leoneses. En un litigio entre Higo García y el presbítero Berulfo, los obispos y
magnates del Palacio ordenaron que jurase el demandado, quien juró, en efecto en las iglesias de San
Pedro y San Claudio de León en 968 (Arch. Cat. León, núm. 909). En otro pleito entre el obispo
Ximeno y el conde Munio Fernández, terminado en 1008, también se dispuso por los jueces del
Palacio que jurase el conde, a quien acusaba el prelado (Arch. Cat. León, núm. 174).
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En el procedimiento asturleonés subsistieron las pruebas mediante documentos y testigos, pero junto a
ellas se practicaron, cada vez con mayor frecuencia, el juramento expurgatorio, y de entre las ordalias,
la llamada del agua caliente, ya en uso en la época visigoda (DAHN, Westgotische Studien, 285). No
se empleó, como en los reinos cristianos peninsulares de Oriente, la del hierro al rojo, y aunque ya
aparece el duelo judicial en el Fuero de León de 1020, entre los cientos de documentos asturleoneses,
es decir, de los siglos VIII al X, que conozco, no he hallado en uno solo referencias a esta ordalia, de
que tampoco nos ofrecen noticia las fuentes visigodas. De entre todas las clases de prueba fue, sin
duda, el juramento la más habitual en el siglo x. Trataré de este asunto en el capítulo de la obra
prometida. Allí será el lugar de ofrecer al lector indicaciones bibliográficas acerca del procedimiento
europeo de la época que nos interesa, y las pruebas documentales de mi aserto.
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Esta era la frase con que uno de los litigantes renunciaba a seguir el proceso adelante. «Me cognosco
et veridice scio», dijo una de las partes en un litigio visto en 941 (B. de Cardeña, ed. Serrano, 292);
«cognouit se Uela Uelaz in ueritate» se lee en un documento de 998 (B. de Sahagún, fol. 48);
«agnouit se ipse Louesendo in ueritate», en otro de 999 (P.M.H., D. et Ch., 112), e «ipse Lucidus
agnovit se in ueritate», en un tercero de 1001 (C. de Sobrado, fol. 53).
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De la misma manera que se llamaba intentio al pleito, se aplicaba la palabra agnitio para designar la
escritura en que se hacía constar el acuerdo de las partes con que después de la prueba terminaba el
litigio en el procedimiento germánico y en el asturleonés. Sólo en un número extraordinariamente
reducido de los cientos de procesos civiles y penales de que los documentos asturleoneses dan noticia,
he podido comprobar que se llegara a la sentencia. Sobre el procedimiento acaba de publicar una
monografía el P. JOSÉ LÓPEZ ORTÍZ: El proceso en los reinos cristianos de nuestra Reconquista, antes
de la Recepción romano-canónica, Anuario de historia del derecho español, XIV, 1942-1943, 184-
227. En él se remite más de una vez a estas Estampas.
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Según el documento tantas veces citado, se encargó a San Rosendo la entrega de la casa de Santa
Columba a Odoino.
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Nos da noticias sobre los procedimientos de caza habituales en la época una escritura de 929. FERNÁN
GONZÁLEZ concedió mediante ella, al monasterio de San Quirce un monte situado junto a Agusín. De
este diploma son las siguientes líneas: «Si quis yero in illa [silva] venandi causa rectia vel laqueos
tetenderit aut cum canibus ad venandum intra4rit, venationem admittat, rectia et laqueos perdat,
propriusque (sic) exutus vestimentis nudus recedat» (FEROTIN, Historie de l'Abbaye de Silos, 14).
Obispo. Dibujo parcial de una miniatura del Códice Emilianense (Fol. 104), en la
Biblioteca del Real Monasterio de El Escorial.
Un príncipe. Dibujo parcial de una miniatura del Códice Emilianense (Fol. 107), en la
Biblioteca del Real Monasterio de El Escorial.
Miniatura del , en el Archivo de la Catedral de Oviedo. Obispo con la reina Jimena y
Alfonso III. (Foto Oronoz).
Dos obispos y un guerrero. Miniatura del Códice Emilianense (Fol. 106 v.), en la
Biblioteca del Real Monasterio de El Escorial. (Foto Oronoz).
La justicia en el siglo X. Escena de representación de ejecuciones; dibujo de una
miniatura del Beato de Liébana de la Catedral de Gerona.
La justicia en el siglo X. Representa a unos jueces examinando una causa.
El Rey Ramiro II, según una miniatura del Tumbo A de la Biblioteca de la Catedral de
Santiago de Compostela. (Foto Oronoz).
Biblia de San Isidoro de León (s. X). David ordena respetar la vida de Absalón. Fol. 138
v.
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