EL PODER DE LA
                  ALABANZA




           MERLIN R. CARROTHERS


Este libro fue pasado a formato digital pa...
El Poder de la Alabanza
Merlín R. Carrothers
Digitalizador: @ Ricardo y Carla (España)
L-01 – 11/09/03


                 ...
Alabar según el diccionario, significa ensalzar, celebrar, elogiar, aclamar expresando también aprobación. El
alabar, ento...
La madre tenía que enfrentarse con u elección difícil. Toda su vida había sabido dar gracias a Dios en
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Entonces, un día, su hijo tuvo un accidente andando en la bicicleta, y se hizo una herida dolorosa en un pie.
Cojo tempora...
El punto culminante en su vida llegó al empezar a aceptar sus circunstancias presentes con gratitud. Esta es
una perfecta ...
Un importante paso en el hecho de alabar a Dios es apartar nuestros ojos de las circunstancias que nos
amenazan y, en su l...
Antes, pensaba que la historia de Josué y la batalla de Jericó era una mezcla de mito, exageración y una
bonita fábula. Pe...
ESCUCHEN LAS BUENAS NUEVAS

   Si le ofrezco a usted, lector amigo, una moneda de diez centavos como un don gratuito, prob...
Solo el orgullo del corazón siente que ha hecho algo como norma de bondad personal. Cristo es el único que
no es egoísta.,...
que ellos concebían que era. Los judíos pensaban que eran inocentes, por ejemplo, cometiendo adulterio.
Pero Jesús les exp...
Nuestra elección es clara entre la bondad de Dios o su justo juicio. Nos es ofrecido el don gratuito de la vida
eterna, y ...
seno de su madre y nacer otra vez?
   Jesús le contestó: —Lo qué le digo tan sinceramente es esto; Hasta que uno no nace d...
¿Qué ocurrió luego? Desafío a mi habilidad para explicarlo. De nuevo puse mis manos sobre su cabeza
rogando a Dios que le ...
significado la forma de vida que llevo. He seguido muchos estudios bíblicos y no parece que obtenga el poder
espiritual po...
PODER ILIMITADO

   ¿Qué ocurre cuando depositamos nuestra confianza en Cristo? "Dios ... nos bendijo" (Efesios 1:3). Por
...
más que mis necesidades inmediatas. "Después de todo" reflexionaba, "¡por qué lo había de hacer?" Mí visión
del amor infin...
14:12).
   Nuevos creyentes se añadieron por millares a la iglesia, y si leemos el libro de los Hechos vemos que el
bautis...
Elpoderalabanza
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  1. 1. EL PODER DE LA ALABANZA MERLIN R. CARROTHERS Este libro fue pasado a formato digital para facilitar la difusión, y con el propósito de que así como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más. HERNÁN Para descargar de Internet: “ELEVEN” – Biblioteca del Nuevo Tiempo Rosario – Argentina Adherida a: Directorio Promineo: www.promineo.gq.nu Libros de Luz: http://librosdeluz.tripod.com
  2. 2. El Poder de la Alabanza Merlín R. Carrothers Digitalizador: @ Ricardo y Carla (España) L-01 – 11/09/03 ÍNDICE: INTRODUCCIÓN ESCUCHEN LAS BUENAS NUEVAS PODER ILIMITADO CUÉNTELO GOZOSAMENTE CUANDO CAEN LOS PAJARILLOS FUERA LAS MURMURACIONES EL GOZO DEL SEÑOR CONTRAPORTADA “El Poder de la Alabanza” le proporciona al lector una manera extraordinaria de afrontar circunstancias que parecen no tener salida. El capellán, Merlin R. Carrothers, ingresó al ejército en 1943 y prestó servicios en la Segunda Guerra Mundial en Francia, Alemania y Bélgica. Asistió a la Universidad Marion (Indiana) y al Seminario Asbury (Kentucky) para asumir el pastorado en una iglesia metodista en Clypool (Indiana) Se retiró del ejercito en 1971 como Capellán Teniente Coronel. En este libro se narra cómo la dinámica espiritual de la alabanza revoluciona vidas. Alabar según el diccionario, significa ensalzar, celebrar, elogiar, aclamar expresando también aprobación. El alabar, entonces significa que aceptemos, o que estamos de acuerdo con lo que aprobamos. De modo que, alabar a Dios por una situación difícil, una enfermedad o una desgracia, significa literalmente que aceptamos o aprobamos lo que está ocurriendo como parte del plan de Dios para nuestra vida. INTRODUCCIÓN Durante treinta años el padre de Jim había sido alcohólico. Todos aquellos años, la madre de Jim y, más tarde, Jim y su joven esposa, rogaron a Dios que le sanara, pero sin resultado aparente. El padre de Jim no quería admitir que tuviera un problema con el alcohol y se ponía furioso sí alguien le mencionaba algo sobre religión. Un día, Jim me oyó decir algo sobre el poder que se experimenta cuando empezamos a alabar a Dios por cada cosa en nuestra vida, en lugar de interceder para que cambie las circunstancias que nos son dolorosas. Jim puso la cinta magnetofónica de esta reunión una y otra vez para que la oyesen sus amigos. Pero un día se dio cuenta de que el mismo nunca había intentado dar gracias a Dios por la condición de su padre. Enseguida fue a buscar a sus esposa para hacerle participe de este pensamiento. —¡Querida —le dijo— demos gracias a Dios porque él ha permitido que nuestro padre tenga esta tentación con el alcoholismo y alabémosle porgue ello es parte de su plan maravilloso para su vida! Durante el resto de aquel día dieron gracias y alabaron a Dios por cada aspecto de esta situación y, al anochecer, sintieron una emoción y una expectación nuevas. Al día siguiente, los padres fueron a comer a casa del hijo como tenían la costumbre de hacer todos los domingos. De ordinario, el padre de Jim se quedaba el menor tiempo posible después de la comida, marchándose enseguida Pero esta vez, de repente, y mientras tomaba una taza de café, hizo una pregunta muy significativa: Qué piensan en cuanto a este movimiento denominado Revolución de Jesús? —preguntó dirigiéndose a Jim—. He leído algo acerca del mismo en el diario la otra noche. ¡Se trata sólo de una novedad o es algo real que experimentan esos muchachos que estaban drogados?. La pregunta llevó a una larga discusión acerca del cristianismo, y el matrimonio mayor no se marchó hasta bien entrada la noche. Después de algunas semanas, el padre de Jim reconoció su problema respecto de la bebida, se volvió a Jesucristo y fue completamente curado Ahora, él se une al resto de la familia para contar a otros lo que puede resultar de la alabanza a Dios. —Date cuenta —le dijo Jim a su esposa—.Durante treinta anos le pedimos a Dios que cambiara a mi padre. Sólo durante un día le alabamos por su sabiduría de hacernos vivir con este problema, y mira lo que ha ocurrido. Muchos de nosotros usamos las frases "¡Alabado sea Dios!", y "¡Gracias a Dios!", con tanta soltura, que llegan a perder su verdadero significado. 2
  3. 3. Alabar según el diccionario, significa ensalzar, celebrar, elogiar, aclamar expresando también aprobación. El alabar, entonces s ignifica que aceptamos, o que estamos de acuerdo con lo que aprobamos. De modo que, alabar a Dios por una situación difícil, una enfermedad o una desgracias significa literalmente que aceptamos o aprobamos lo que está ocurriendo como parte del plan de Dios para nuestra vida. Realmente, no podemos alabar a Dios sin estar agradecidos por aquello por lo cual le estamos alabando. Y, realmente, no podemos estar agradecidos sin sentirnos gozosos por todo aquello por lo que le damos gracias. La alabanza, entonces, comprende la gratitud y el gozo. El mero hecho de que alabamos a Dios y no a un destino o azar desconocidos significa también que aceptamos el hecho de que Dios es responsable de lo que sucede. De otro modo, no tendría objeto darle gracias "Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo; porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús" (1 Tesalonicenses 5; 16-18). He encontrado muchas personas que alaban a Dios por sus circunstancias, simplemente porque aceptan la palabra de la Biblia que enseña a alabar a Dios por cada cosa. Alabando a Dios, experimentan pronto el resultado de una actitud de constante gratitud y gozo, y, a su vez, su fe es fortalecida y pueden continuar viviendo de este modo. Otras personas lo encuentran algo más difícil "Yo no comprendo", dicen. "Trato de alabar a Dios, pero, ¡me es tan difícil el creer que él haya en realidad permitido que me sucedieran cosas tan terribles últimamente!" Decimos que no comprendemos, y aún algunos de nosotros dudamos; nuestro entendimiento se vuelve tropezadero en nuestra relación con Dios. Pero Dios tiene un plan perfecto para nuestro entendimiento, y si lo seguimos de la forma que el quiere, no es un tropezadero, sino una ayuda maravillosa para nuestra fe. "Porque Dios es el Rey de toda la tierra" dice el salmista. "Cantad alabanzas con inteligencia " (Salmo 47:7. Versión Amplificada.) No se trata de forzar nuestro entendimiento fuera de lugar, y decir: "No lo comprendo, pero alabaré a Dios aunque me resulte difícil, si ése es el único modo de salir del atolladero." Esto no es alabar, sino manipular. Todos hemos tratado, en una u otra ocasión, de manejar a Dios, y es maravilloso saber que él nos ama demasiado para abandonarnos. Hemos de alabar a Dios con entendimiento, y no a pesar de ello. Nuestro entendimiento nos lleva a confusión cuando tratamos de querer comprender el porque y el cómo permite Dios ciertas circunstancias en nuestra vida. Nunca podremos comprender el Porqué y el como hace Dios algunas cosas, pero el quiere que aceptemos con nuestro entendimiento que él las hace. Esta es la base para nuestra alabanza. Dios quiere que comprendamos que él nos ama y que tiene un plan para nosotros. "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28). ¿Estamos ahora rodeados de circunstancias difíciles? ¿Hemos estado luchando por entender el porqué se nos han venido encima? Entonces, intentemos aceptar con nuestro entendimiento que Dios nos ama y que ha permitido esas circunstancias porque sabe que son buenas para nosotros. Alabémosle por lo que él ha puesto en nuestras vidas; hagámoslo deliberadamente y con nuestro entendimiento. Un matrimonio me oyó hablar sobre la alabanza a Dios por todas las cosas y se fue a su casa totalmente turbado. Durante muchos meses habían sufrido a causa del estado físico de su hija, a la que habían tenido que internar en una institución para alienados y el diagnóstico había sido que su enfermedad era incurable. Se pidió a diferentes grupos de oración que intercedieran por ella y diariamente los padres oraban de rodillas, a fin de que su hija fuera sanada. Pero su condición seguía invariable. Su actitud inicial al reto de que habían de alabar a Dios por el estado de su hija les dejó aturdidos y tristes. —Sería una blasfemia —dijo la esposa— dar gracias a Dios por algo tan obviamente malo. Si le damos gracias, ¿no significa esto que le acusamos de haber hecho el daño deliberadamente a nuestra hija? Esto no me cabe en la mente en relación a un Dios de amor. — No parece razonable —confirmó el marido—. Pero, ¿qué sucedería si aquel orador tuviese razón? La mujer miró desesperanzada a su esposo. -No lo sé —dijo ella. - Nada tenemos que perder, ¿no es así? – manifestó el marido, que seguía pensativo—. Podemos intentarlo —continuó diciendo. Se arrodillaron juntos. "Amado Señor", comenzó diciendo el marido sabemos que tú nos amas y que amas a nuestra hija aun más que nosotros. Ayúdanos a confiar en que tú estás obrando en su vida lo que sabes es mejor para ella; de modo que te damos las gracias por su enfermedad, gracias porgue ella esta en el hospital, gracias por los médicos que no han hallado un remedio para ayudarla. Te alabamos, ¡OH Dios!, por tu sabiduría y amor para con nosotros." Cuanto más oraban aquel día, tanto más se convencían de que Dios hacia lo que era mejor. Al día siguiente, les llamó por teléfono el psiquiatra del hospital. -Señor -dijo- ha habido un cambio notable en su hija, y yo le ruego que venga y la vea. Después de dos semanas, salía del hospital, curada. Un año más tarde, vino a verme un joven después del culto. Se presentó como el hermano de dicha Joven, y me manifestó que ella se había casado, que estaba esperando un niño, y que era la muchacha más feliz del mundo". Una madre vino en cierta ocasión a visitarme y quería que orase por su hija que era una bailarina en un club nocturno. Le contesté que oraría gustosamente a su favor y que daría gracias a Dios por la situación de su hija. La madre al decirle esto, me miró horrorizada. —No me diga —me respondió— que puede dar gracias a Dios porque mi hija se burle de la religión y se mofe de la decencia. Antes daría gracias al demonio por su miseria, pero no a un Dios de amor. 3
  4. 4. La madre tenía que enfrentarse con u elección difícil. Toda su vida había sabido dar gracias a Dios en na todas las cosas y condenar al diablo por todo lo malo. Juntos buscamos en las páginas de mí Biblia los versículos que hablan de que Dios es poderoso para obrar todas las cosas para bien de los que le aman y confían en él, y que espera de nosotros la gratitud en todas las cosas, sin mirar lo malo de nuestra situación. —Usted puede seguir pensando que la situación de su hija está controlada por el demonio, y por su falta de fe el poder supremo de Dios está limitado en la realización de su plan perfecto en favor de su hija, o puede usted creer que Dios está obrando, darle gracias por todas las cosas y, por lo tanto, dejar que su poder obre en la vida de su hija. Finalmente, la madre acordó intentarlo. —No comprendo por qué tenga que ser de esta manera —dijo ella—, pero quiero confiar que Dios sabe lo que está haciendo y quiero darle las gracias por ello. Oramos juntos y la madre se fue con una paz renovada en su corazón acerca de toda la situación. —Por primera vez —me dijo radiante— no estoy preocupada por mi hija. Más adelante me contó lo que había sucedido ese mismo día. Aquella noche, su hija estaba bailando casi desnuda en su pequeño escenario, cuando entró un joven en el club nocturno. Fue directamente hacia ella, la miró fijamente, y le dijo: —Jesús la ama. Esta muchacha estaba acostumbrada a escuchar toda clase de observaciones de jóvenes, pero nunca había oído algo semejante. Se bajó del escenario, y se sentó al lado del joven, y le preguntó: —¿Por qué me ha dicho usted eso? El le explicó que estaba paseando por la calle cuando se sintió impulsado por Dios a entrar en ese club nocturno y decir a la bailarina que estuviese bailando que Jesucristo le ofrecía gratuitamente la vida eterna. Aturdida, la joven le miró fijamente; luego sus ojos se llenaron de lágrimas, y dijo serenamente; —Me gustaría recibir ese don. Y allí mismo lo recibió, sentada a la mesa de ese club nocturno. Alabar a Dios no es una medicina exclusiva, un cúralo todo, o una fórmula mágica para obtener el éxito. Es un modo de vida que está respaldado por la Palabra de Dios. Alabamos a Dios no por el resultado esperado, sino por la situación tal y como es. En tanto que alabamos a Dios, mirando de reojo, en secreto, al resultado deseado, estamos engañándonos a nosotros mismos y podemos estar seguros de que nada ocurrirá que nos cambie o que cambie nuestra situación. La alabanza esta basada en una aceptación, total y gozosa de lo presente como parte de la voluntad perfecta y amorosa de Dios para nosotros. La alabanza no esta, basada en lo que pensamos o esperamos que acontezca en el futuro. Es una "ley" absoluta, que claramente puede observarse en la practica de la alabanza. Alabamos a Dios, no por lo que esperamos que ocurra en nosotros o a nuestro alrededor, sino que le alabamos por lo que él es y por el lugar y la forma en que nos encontramos ahora mismo. Es, por supuesto, un hecho, que cuando alabamos honestamente a Dios, algo ocurrirá como resultado. Su poder fluye obviamente en la situación y observaremos, tarde o temprano, un cambio en nosotros o alrededor de nosotros. El cambio puede consistir en que experimentemos un verdadero gozo y una verdadera felicidad en medio de lo que antes se nos aparecía como una situación miserable, o que haya un cambio de la situación . Pero esto ha de ser un resultado de la Alabanza, y no debe ser el motivo de la alabanza. No alabamos a Dios por el interés. No decimos; "Te alabaré a fin de que puedas bendecidme, oh Señor” Alabar a Dios es deleitarnos en él, y el salmista escribió: "Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón" (Salmo 37:4). Nótese el orden de importancia. No hacemos una lista de los deseos de nuestro corazón, y luego nos deleitamos en el Señor a fin de conseguirlos. Primeramente, hemos de deleitarnos, y una vez que, realmente, experimentemos este deleite de la comunión con Dios, descubriremos que todas las demás cosas son secundarias—También , es verdad que Dios quiere darnos todo lo que nuestro corazón anhela. Nada menos que esto es su deseo y su plan para nosotros. ¡ Si tan sólo pudiésemos aprender a deleitarnos en el Señor en todas las cosas! Un matrimonio cristiano tenía dos hijos. Uno era su orgullo y su gozo, pues vivía con los padres y participaba de su ardorosa fe cristiana. Una vez cuando estaba comiendo en casa con ellos me dijeron confidencialmente que el otro hijo mayor era un rebelde y se había marchado de casa. Se había graduado con matriculas de honor, p ero había dado la espalda a sus padres y a la sociedad. Ahora iba vagabundeando como un "hippie", sin aparente objetivo en la vida. Los pobres padres me preguntaron si tenía un consejo para ellos. Les contesté que yo creía que Dios les había dado ese hijo y que estaba contestando sus oraciones en favor de su salvación. —Si sus oraciones son sinceras —dije— entonces pueden ustedes estar seguros de que esta vida que lleva es la que Dios cree que le conviene a él y a ustedes. —Entiendo —dijo el padre—. Nosotros deseamos lo mejor para nuestro hijo, y eso debe ser lo que Dios quiere para él y para nosotros. Nos pusimos a orar juntos alrededor de la mesa y dimos gracias a Dios por llevar a cabo el plan que tiene a nuestro favor de la manera que a él le parece mejor. A continuación, los padres experimentaron un gran alivio y una paz renovada. Después de algún tiempo, me escribieron. Desde nuestra reunión en su casa, los padres persistieron en dar gracias a Dios por la situación en la que se encontraba su hijo, aunque ellos la hallasen difícil de comprender. 4
  5. 5. Entonces, un día, su hijo tuvo un accidente andando en la bicicleta, y se hizo una herida dolorosa en un pie. Cojo temporalmente, decidió volver a su casa por algún tiempo. Informó a sus padres que había dejado cuentas impagas por doquiera había ido. Los padres oraron acerca de ello y decidieron que si Dios realmente estaba obrando con respecto a su hijo en todo lo que le sucedía, él también había permitido las deudas. De modo que dieron gracias a Dios por ello y pagaron todas las deudas, hasta el último centavo. El muchacho estaba atónito. El había pensado que iba a ser reprendido y que se le iba a decir que asumiera sus propias obligaciones. En lugar de eso, sus padres estaban tranquilos, llenos de amor, y parecían aceptar su modo de vestirse y de llevar desordenadamente sus cabellos, sin la menor murmuración o queja. Cierta noche varios jóvenes cristianos vinieron a visitar al hijo menor. El hermano mayor estaba irritado por la intrusión, pero su pie inválido le impidió marcharse de la casa. Los jóvenes cristianos le contaron entusiasmados lo que Jesucristo había hecho y estaba haciendo en sus vidas. Al principio, el hermano mayor criticó severamente lo que él llamaba un proceder ingenioso e irreal, pero después de algún tiempo se quedó atento, escuchando y haciendo preguntas escudriñadoras. Aquella noche aceptó al Señor Jesucristo como su Salvador. Sus padres me escribieron gozosos acerca del cambio drástico que había experimentado su hijo. El decidió seguir a Jesucristo y servirle. Empezó a estudiar la Biblia con todo interés y pocos días después pidió, y recibió, el bautismo del Santo Espíritu, la experiencia que habían recibido los discípulos de Jesús el día de Pentecostés después de la muerte y resurrección d Cristo. Algunos días después, este muchacho conoció a una joven e cristiana y, luego de unas semanas, se comprometió con ella para casarse más tarde. Meses de oraciones ansiosas no llevaron a cabo un cambio en este joven. Sólo cuando los padres se volvieron a Dios aceptando gozosamente la presente situación en cuanto a la vida de su hijo, la puerta se abrió para que Dios completara su plan perfecto para todos. Dios tiene un plan perfecto para su vida y la mía. Quizá miremos las circunstancias que nos rodean y pensamos que nos hemos quedado para siempre inmóviles en un lugar doloroso. Cuanto más pedimos y clamamos a Dios que nos ayude, entonces más parecen amontonarse las circunstancias. El punto culminante no puede llegar hasta tanto no empecemos a alabar a Dios por nuestra situación en lugar de clamar a Dios para que nos la quite. Una mujer joven me escribió diciéndome cómo había llegado al límite de su paciencia. Ciertas circunstancias personales difíciles le habían llevado a perder su propio respeto, empezando a descuidar su aspecto exterior. —Comer era mí escapatoria —me escribía—, y pronto fueron añadiéndose kilos a mi figura- Mi esposo empezó a mirar a otras mujeres, y un buen día se marchó, pidiéndome luego el divorcio. Las cuentas empezaron a acumularse, los nervios se le fueron alterando y el pensamiento de suicidio se le presentaba cada día en forma más frecuente. “Todo este tiempo oraba incesantemente”, escribió más tarde. "Leía mi Biblia, iba a la iglesia siempre que estaban abiertas sus puertas y a cada persona conocida le pedía que orase por mí. Mis amigos creyentes me animaban para que no perdiera la fe, para que no me dejase abatir; las cosas irían mejor mañana. Pero todo fue de mal en peor. Entonces, alguien me dio el libro "El secreto del poder espiritual". Lo leí y, al principio, no podía creer que usted fuese un hombre serio. Nadie, con mente sana, podía esperar que estuviese agradecida por todo lo que me estaba ocurriendo, precisamente en ese entonces. Pero cuanto más leía el libro, más clamaba. Poco a poco se fue haciendo más claro en mi mente que lo que usted escribía era real. Aquellos versículos de las Escrituras acerca de dar las gracias a Dios por todas las cosas los había leído en mi Biblia muchísimas veces y nunca había comprendido realmente su significado." Ella decidió intentar dar gracias por todas las cosas. Después de todo, ¿qué podía perder? Empezó a aumentar de peso tan rápidamente que sabía que podría sufrir un ataque al corazón en cualquier momento. Con un ligero vislumbre de esperanza se arrodilló en su habitación para orar. “Dios, te doy gracias porque mi vida es como es- Cada problema que tengo ha sido un don tuyo para llevarme al lugar en que ahora estoy. No habrías permitido cualquiera de estas cosas sí no hubieses sabido que era lo mejor para mí. ¡Oh Dios, verdaderamente me amas! Yo lo pienso así, Dios mío, yo sé que tú me amas." En ese momento su oración fue interrumpida por el perro que ladraba al cartero. Cada día el perro saludaba a todo visitante de su casa con intensos ladridos. Esto era una de las muchas cosas insignificantes que la irritaban y que parecían amontonarse para hacerle el día insoportable. Cuando se levantó y fue hacia la puerta para hacer callar al perro, con su acostumbrado autoritario tono, ella recordó de repente: "Yo me he propuesto dar las gracias por todo." "Es cierto, Dios mío, te doy gracias por los ladridos del perro." El cartero le llevaba una carta y ella miró extrañada la letra familiar del sobre. ¡No podía ser! ¡ Nada había sabido de su marido desde hacía varios meses! Dios no podía haberle cambiado tan rápidamente. Con mano temblorosa, abrió la carta y la leyó, "Si aún estás dispuesta, podría haber un medio para arreglar nuestro problema," La sincronización de Dios había sido perfecta. Llena de gozo, esta joven esposa estaba ahora dispuesta a creer que Dios estaba, ciertamente, obrando en su vida para bien. Se dispuso a perder peso como la mantequilla se derrite en un plato caliente. Sus amigos empezaron a comentar: "Te ves muy bien. ¿Qué te ha ocurrido? ¡No pareces la misma persona!". ¿La misma? Sí y no. Era el mismo ser físico, pero ahora vivía en una nueva dimensión de fe, sabiendo que Dios obraba para bien en cada detalle de su vida. El marido volvió y se reunieron nuevamente. Ella me escribió más tarde: "Algunas mañanas me despierto con el pensamiento de gratitud hacia Dios diciendo cosas como ésta; "Oh Dios, gracias por este hermoso día. Te amo." 5
  6. 6. El punto culminante en su vida llegó al empezar a aceptar sus circunstancias presentes con gratitud. Esta es una perfecta ilustración del principió espiritual en acción. , Dios tiene un perfecto plan para nuestras vidas, pero no nos puede impulsar a dar el próximo paso de su plan hasta que aceptemos gozosamente nuestra situación presente como parte de ese plan. Lo que haya de ocurrir después, es cosa de Dios, no nuestra. A algunas personas les gustaría negar este hecho. Miran la transformación operada en las vidas de las personas que han aprendido a alabar a Dios por cada cosa e insisten en que la explicación sea algo sencillo. "Un cambio de actitud lleva consigo circunstancias distintas", dicen. "Es simplemente algo psicológico. Sí dejamos de quejarnos, y empezamos a reír, nos sentimos diferentes, otras personas nos tratan de modo distinto, y toda nuestra vida puede experimentar un cambio dramático para bien." Estoy de acuerdo que este lema: "Ríe, y el mundo reirá contigo; llora, y llorarás solo", es una advertencia razonable, hasta un cierto punto, Pero alabar a Dios es algo más que un cambio en nuestra propia actitud. No hay poder en nuestras palabras de alabanza como tales. No hay poder en nuestra actitud de gratitud y gozo. Todo el poder en la situación viene de Dios. Necesitamos, de forma frecuente, recordarnos a nosotros mismos este hecho. Es fácil caer en la tentación de pensar que nosotros tenemos el poder de manipular o modificar una situación simplemente al recitar una cierta forma de oración. Cuando aceptamos sinceramente nuestra situación y le damos las gracias a Dios, creyendo que él la ha originado, luego interviene en esa situación, una fuerza divina y sobrenatural que proporcionará cambios inexplicables en lo natural. Cuando prestaba servicios como capellán en Fort Benning, Georgia, un joven soldado trajo a su esposa a mi despacho para que la ayudara. Ella padecía unos dolores fortísimos en la espalda, a causa del uso de drogas, y el médico no había podido recetarle una cura. El temor y los sufrimientos habían dejado surcos profundos en su hermoso rostro. —No puedo dormir —decía—. Ni siguiera puedo cerrar los ojos durante un minuto sin ver animales horribles corriendo hacia mí. Su esposo me explicó que, cuando su mujer caía dormida de puro agotamiento, casi enseguida empezaba a gritar. —Trato de moverla, para que despierte, pero algunas veces tarda diez minutos, hasta que le vuelve el conocimiento, y durante todo el tiempo grita tan angustiosamente que me lleva a mí hasta la desesperación — dijo el marido. Yo escuché la trágica historia, y dije: —Tengo sólo una sugerencia. Arrodíllense conmigo y demos gracias a Dios de que usted está tal como está. Los dos me miraron extrañados como si estuviesen seguros de que no había pensado lo que había dicho. Cuidadosamente expliqué como había aprendido que Dios quiere que le demos las gracias por todas las cosas. —Todas las cosas que han sucedido en sus vidas han contribuido a llevarles a este punto preciso —dije—. Yo creo que Dios les ama y va a hacer algo muy maravilloso con ustedes. Ahora, él desea que le d las gracias por todo aquello que ha contribuido a que se acerquen a él. en Hojeé mi Biblia y, entonces, les mostré los versículos que tenia subrayados. Los dos aceptaron lo que habían oído y se arrodillaron para dar gracias a Dios por todas las cosas en sus vidas, particularmente por los dolores que ella padecía a causa de las drogas. Yo pude sentir la presencia de Dios en la habitación. —El Espíritu Santo está mostrando que la está sanando ahora mismo —dije. Puse mi mano sobre la cabeza de la señora y oré: "Gracias, Señor, por sanar a esta joven ahora mismo." Ella abrió los ojos, y me miró extrañada. —Algo me ha ocurrido. Cuando cerré los ojos para orar no veía nada. —El .Señor Jesucristo la ha sanado —respondí—, y ahora él quiere entrar en su corazón como su Salvador. ¿Quiere usted aceptarle? Los dos, la joven y su marido, contestaron inmediatamente: "¡ Si!" Y, permaneciendo de rodillas, pidieron al Señor Jesús que entrase en sus vidas. Luego, salieron de mi despacho llenos de gozo. La curación de la joven fue permanente. Nunca más sufrió alucinaciones. El poder de la droga sobre su mente fue vencido por el poder de Dios. Las autoridades médicas reconocen su imposibilidad de tratar a los drogadictos que han vivido años esclavizados por las drogas. Sin embargo, en años recientes hemos oído, y cada vez con mayor frecuencia, que adictos a las drogas han sido curados después de diez, veinte o treinta años de estar fuertemente dominados por ellas. Han sido liberados por la intervención sobrenatural de Dios en sus vidas. Esta clase de cambio no puede operarse por una actitud nueva o un determinado esfuerzo de voluntad. Es el poder de Dios obrando en las vidas humanas. Cualquier forma de oración sincera abre las puertas al poder de Dios para entrar en nuestra vida. Pero la oración de alabanza pone en acción el poder de Dios más que cualquiera otra forma de petición. La Biblia nos da ejemplos que nos demuestran, una y otra vez, este hecho. "Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel", leemos en el Salmo 22:3. No debería extrañarnos que el poder y la presencia de Dios estén cerca cuando le alabamos. ¡El mora, reside, vive en nuestras alabanzas! Un ejemplo notable de cómo Dios obra mientras le alabamos se encuentra en 2 Crónicas :20: Josafat era rey de Judá y un día descubrió que su pequeño reino estaba rodeado de enemigos poderosos, los moabitas y los amonitas. Josafat sabia que la pequeña nación de Judá no podía luchar con su propio poder y clamó a Dios: "Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros, no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos" (2 Crónicas 20:12). 6
  7. 7. Un importante paso en el hecho de alabar a Dios es apartar nuestros ojos de las circunstancias que nos amenazan y, en su lugar, mirar a Dios. Observemos que Josafat no estaba cerrando sus ojos para no ver lo que amenazaba a su reino, o pretendiendo que los enemigos no estuvieran allí. El hizo un examen cuidadoso de la situación, reconoció su propia impotencia, y se tornó a Dios buscando ayuda. No tenemos que ser ciegos a las amenazas reales del mal en nuestras vidas. Comprendiendo lo que son, nos proporcionan un mayor motivo de alabanza y gratitud a Dios por ejercer sobre ellas perfecto control y autoridad. Pero no hemos de estar preocupados con la apariencia del mal que se halla a nuestro alrededor. Mirémoslo, reconozcamos nuestra impotencia para luchar con nuestras propias fuerzas en contra de ello, y entonces, volvámonos a Dios. Dios dijo a Josafat: "No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque no es vuestra la guerra, sino de Dios" (2' Crónicas 20:15). Esta es, creo yo, una declaración tremenda. Puesto que no tenemos el poder para luchar contra las circunstancias que nos rodean, es evidente que la batalla no es nuestra, sino de Dios. "No habrá para qué peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jehová con vosotros" (2 Crónicas 20:17). ¡Qué promesa! ¿Cuál era la posición que esperaba Dios de Josafat mientras tenia que estar quieto y esperar que Dios actuara? Al día siguiente, Josafat dio órdenes a su ejército. "Puso a algunos que cantasen y alabasen a Jehová, vestidos de ornamentos sagrados, mientras salía la gente armada, y que dijesen: Glorificad a Jehová, porque su misericordia es para siempre" (2 Crónicas 20:21). La escena tuvo lugar justamente enfrente de las filas de los ejércitos enemigos dispuestos a matar a los hombres de Judá. ¿Podemos imaginarnos la reacción de sus capitanes cuando vieran al pequeño grupo de cantores acercándose al campo de batalla en contra de ellos? He sido capellán en el ejército durante muchos años, y he visto a hombres preparados para muchas batallas. Pero jamás he visto un general dando orden a sus tropas de quedarse quietas en frente de las líneas enemigas mientras una banda de cantores marchaban delante cantando alabanzas al Señor. Parece una idea singular, ¿no es así? Es en esta situación cuando nuestro entendimiento se resiste. "Está muy bien alabar a Dios cuando estamos en una situación difícil", podríamos decir, "pero no seamos ridículos. Dios ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos. Lo menos que podemos hacer es luchar lo más valientemente que podamos. Recién entonces dejaremos el resto en las manos de Dios." Pero, ¿qué les ocurrió a Josafat y a sus hombres? "Y cuando comenzaron a entonar cantos de alabanza, Jehová puso contra los hijos de Amón, de Moab y del monte de Seir, las emboscadas de ellos mismos que venían contra Judá, y se mataron los unos a los otros... y... cada cual ayudó a la destrucción de su compañero" (2 Crónicas 20:22, 23). Yo creo que es admisible pensar que sí Josafat hubiera decidido "tomar sus precauciones" y hubiese ordenado a sus hombres que luchasen, el resultado habría sido muy diferente. Muchos de nosotros estamos constantemente derrotados por las circunstancias que nos rodean, porque no estamos dispuestos a aceptar que la lucha es de Dios y no nuestra. Aun cuando admitimos nuestra propia impotencia para enfrentarnos con el enemigo, tenemos que dejar y confiar todo al poder de Dios, Es entonces cuando permitimos a nuestro propio entendimiento asumir la posición equivocada en nuestra vida. Decimos: "No comprendo; por lo tanto, no me atrevo a creer." La Palabra de Dios nos muestra claramente que el único camino para salir de este dilema es andar en fe. El creer que las promesas de Dios son válidas, el aceptarlas y el tener el valor para confiar en ellas, nos conducirá al entendimiento. El principio de la Biblia es muy claro: la aceptación es antes de la comprensión. La razón para ello es sencilla. Nuestro entendimiento humano es tan limitado que no podemos captar la magnitud de los propósitos y del plan de Dios para su creación. Si nuestro entendimiento hubiese de ir antes de la aceptación, no podríamos aceptar muchas cosas. Josafat nunca hubiese tenido el valor de seguir el Plan de Dios para la batalla, si hubiese insistido en comprenderlo primero. Los propósitos y las promesas de Dios asombraban, indudablemente, su entendimiento; pero Josafat, leemos en el relato, era un hombre que creía y confiaba en Dios. Con su entendimiento él se fiaba totalmente de Dios. Josué fue otro líder que recibió de Dios órdenes de lucha, que deben haber asombrado su entendimiento y puesto en reto su voluntad para aceptar lo que debió parecer absurdo a muchos que le observaban. Todos hemos cantado, en una u otra ocasión: "Josué libró la batalla de Jericó, y los muros se derrumbaron." La ciudad de Jericó estaba sólidamente edificada, y los israelitas que habían caminado durante cuarenta años por el desierto, no tenían, ciertamente, ni las armas ni el poder para conquistar la ciudad. Pero Josué creyó en Dios cuando él prometió entregar a los enemigos de Israel en sus manos. Dios dijo a Josué que cercase Jericó durante seis días. Al séptimo tenían que hacer tocar las trompetas. "Y el muro de la ciudad caerá; entonces subirá el pueblo, cada uno derecho hacia adelante" (Josué 6:5). Josué confió en Dios, pero me pregunto lo que habríamos pensado nosotros, si hubiésemos estado entre sus seguidores. ¿No hubiéramos murmurado y nos habríamos rebelado contra sus temerarias sugerencias? Me pregunto lo que pensarían los habitantes de Jericó cuando estaban sobre los muros fuertemente fortificados y observaban a los israelitas cómo marchaban alrededor de la ciudad, llevando con ellos el arca del pacto. 7
  8. 8. Antes, pensaba que la historia de Josué y la batalla de Jericó era una mezcla de mito, exageración y una bonita fábula. Pero los arqueólogos que han estudiado las ruinas de la antigua Jericó en años recientes han encontrado una amplia evidencia de que los muros de la ciudad cayeron en el tiempo histórico que corresponde a la narración bíblica. Los muros de Jericó se desplomaron. El poder de Dios estaba obrando mientras que su pueblo mostraba su confianza al alabarle con trompetas y aclamaciones. Los ejemplos de Josafat y de Josué demuestran claramente que Dios gana nuestras victorias por medios sencillos y mediante principios que, aparentemente, son contradictorios, para nuestra sabiduría y estrategia humanas. Se nos pide que confiemos en él, que le alabemos y que dejemos que él actúe. Esto es, esencialmente, la forma en que actuaba Jesucristo durante el tiempo de su ministerio en Israel. Abiertamente, él admitía que de sí mismo nada podía h acer. Se sometía a la voluntad de su Padre en perfecta obediencia, en confianza, y en fe, a fin de que el poder de Dios pudiera alcanzar las necesidades del pueblo. Veamos algunas oraciones de Jesús relacionadas con problemas difíciles. Por ejemplo, el caso de los 5.000 que le habían seguido fuera de la ciudad para oírle predicar. Estaban hambrientos. Lo único de que disponía Jesús era la comida de un muchacho: cinco panes y dos pececillos. ¿Cómo oró Jesús? ¿Intercedió él con Dios para que realizase un milagro? "Mirando al cielo, dio gracias y partió los panes, dándolos a sus discípulos para que los repartieran entre la gente. Repartió también los dos pescados entre todos. Todos comieron y quedaron satisfechos; y después llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron del pan y de los pescados" (Marcos 6:41-43, V.P.). Algunos de nosotros podemos pensar: “¡Pero se trataba de Jesús, y él sabía lo que Dios podía hacer! ¡ Este no tiene validez para nosotros! Mas Jesús dijo a los que le seguían: "En verdad les digo, que el que cree en mi, hará también las cosas que yo hago, y cosas todavía mas grandes. Porque yo me voy a donde esta el Padre Y todo lo que ustedes pidan en mi nombre, yo lo haré. Para que el Hijo muestre la gloria del Padre. Yo haré cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre" (Juan 14:12-14, V.p.). Jesús dijo que podemos hacer mayores cosas. Significa esto que Dios pueda tener un plan con respecto al hambre en el mundo y que predicen los expertos en agricultura y otros técnicos de nuestros días referente a una reducción de la alimentación? Yo así lo creo. Yo sé de muchos ejemplos cuando el pueblo creyó lo que dijo Dios, le dio gracias y le alabo por una comida escasa, la cual fue aumentada por el Señor para alimentar a muchos mas de los que se habla pensado Cuando Jesús tuvo que enfrentarse con la muerte de Lázaro, oro una sencilla oración de acción de gracias. Cuando fue quitada la piedra de la tumba donde Lázaro llevaba ya enterrado cuatro días Jesús levantó los ojos y dijo: "Padre gracias te doy por haberme oído" (Juan 11:41) Luego ordeno a Lázaro que saliese fuera. Y el hombre que estaba ya cuatro días muerto, salió fuera. La Biblia dice que Jesús vino al mundo para que pudiésemos alabar a Dios. Isaías el profeta predijo la venida de Jesús diciendo que el vendría para "predicar buenas nuevas a los abatidos a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado" (Isaías 61:1-3). Lector amigo, fácilmente podrá reconocer su propia condición en esa lista. ¿Está quebrantado de corazón? ¿Confinado por limitaciones físicas, enfermedades, limitaciones espirituales? ¿En cautividad física o en prisión por su propia ceguera espiritual? ¿Está de duelo? ¿Incapaz de regocijarse, de estar agradecido a Dios, de alabarle? ¿Está su espíritu pesadamente agobiado, o siente frustración? Tal vez sea porque no ha aceptado y comprendido plenamente las buenas nuevas que Jesús vino a traer. La alabanza es una respuesta activa a lo que sabemos que Dios ha hecho y está haciendo en nuestras vidas en este mundo por medio de su Hijo Jesucristo y la persona del Espíritu Santo. Si dudamos en nuestro interior de lo que Dios ha hecho y está haciendo, no podemos alabarle de todo corazón. La incertidumbre acerca de las buenas nuevas será siempre una barrera para alabarle. Si queremos estar dispuestos a alabar a Dios en todas las cosas, necesitamos estar seguros de que nuestro fundamento es sólido y sin grietas producidas por las dudas o la incertidumbre. 8
  9. 9. ESCUCHEN LAS BUENAS NUEVAS Si le ofrezco a usted, lector amigo, una moneda de diez centavos como un don gratuito, probablemente no le llamará mucho la atención. Quizá se preguntaría por qué lo hago y, acaso, se reiría de mí. Si le entrego otra moneda y le digo otra vez que es un donativo, puede que mueva la cabeza, extrañándose aún más, y si continúo entregándole monedas hasta darle veinte, se despertará algo más su interés, aunque, no obstante, seguirá preguntándose qué es lo que me propongo. Y si, en vez de una moneda, le ofrezco un billete de cien dólares, estoy seguro de que estará más interesado; y si aumento el donativo a veinte mil, me mirará con asombro pensando lo afortunado que es usted. Es posible que hasta grite de alegría y quiera referir a otras personas lo que usted ha recibido. ¡Estas son noticias que usted debe contar a otros! ¡Durante toda su vida querrá usted hablar de ello! ¿Le he contado algo del donativo que he recibido de veinte mil dólares, como un don gratuito? Dios nos ha concedido muchos dones maravillosos. Podemos obtenerlos sólo con pedirlos. Pero es posible que usted los conozca únicamente como el don de los diez centavos. No nos llaman mucho la atención. Su corazón no late más de prisa que al recibir una moneda. No llora lágrimas de gozo y de gratitud cuando piensa en la bondad de Dios. ¿Qué es lo que esta mal? ¿Es el don de Dios? ¡No! ¡Es usted, que está viviendo en un mundo de diez centavos! Muchas personas que van los domingos a la iglesia piensan acerca del don de Dios de la vida eterna como si fuera un don de diez centavos. Creen que tienen que luchar para vivir una vida buena, para mantener su "don gratuito". Haciendo un esfuerzo constante y muy grande por llevar una buena vida, a veces se preguntan si realmente vale la pena ser cristiano. No es extraño que no sean muy entusiastas para hacer participes a otros de las buenas nuevas de la salvación. A ellos les basta con ir a la iglesia los domingos, apartarse de las cosas que pueden ser muy divertidas y dar su ofrenda, reunida con mucho esfuerzo. Si esto es "su salvación" comprendo por que emplean todas sus noches libres en ver la televisión, y por qué nunca hablan a su vecino o a un extraño en la calle acerca del amor maravilloso de Dios para con nosotros. Para ellos el don de Dios equivale a una moneda, ¿para que han de querer recibir algo más? ¡No necesitan donativos de monedas.! Pero si usted lector, recibiese un donativo de veinte mil dólares, desearía tener más. Entonces, contaría usted a todos dónde podrían recibirlo ellos también. Todos nosotros deseamos donativos de veinte mil dólares. Los americanos gastan cada año billones de dólares esperando ganar algo gratuitamente. Tenemos un anhelo constante por adquirir para nosotros algo de un valor real. Ahora le digo que el don gratuito de Dios que él nos ofrece tiene un valor más grande que el de millones de dólares. El no lo da sólo a aquellos que tienen un mínimo nivel de buena conducta. Cristo ha pagado ya el precio por cada don que Dios quiere concedernos. Dios dice: "Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos" (1Corintios 1:19). El recibir el perdón de los pecados y la vida eterna como un don gratuito no entra en los moldes normales de vida que conocemos. Estamos acostumbrados a creer que sólo recibimos lo que merecemos o estamos dispuestos a pagar. El plan de Dios al concedernos un don totalmente gratuito nos parece tan imposible que tratamos de añadir algo a su ofrecimiento. "Recibiré un don gratuito si hago esto o lo otro", decimos. “Cristo Jesús... nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención" (1 Corintios 1:30). Lo principal para que usted pueda tomar su decisión al oír esas nuevas maravillosas, es si Cristo tiene o no la autoridad, el poder, de concederle la vida eterna sin necesitar que usted haga algo para merecerla. Si usted cree que él no tiene el poder ni la autoridad, entonces ha de hacer algo para estar bien con Dios. Deberá luchar toda su v para estar seguro de que ha conseguido cumplir sus normas. Pero la Palabra de Dios declara que ida no importa cuan grande sea el esfuerzo, nadie puede ser tan bueno como él demanda. Nuestro mismo esfuerzo para probar la bondad nuestra equivale a decir que Dios es mentiroso. Por medio de Cristo, toda la bondad de Dios se ha extendido a nosotros, pecadores, que no la merecemos. Y ahora, él envía a su pueblo por todo el mundo para que anuncie a todos en todas partes, las grandes cosas que Dios ha hecho por ellos. (Romanos 1:15.) San Pablo había recibido algunos "billetes de veinte mil dólares" y estaba tan entusiasmado que quería hacerlo saber a todos. Estas buenas nuevas nos dicen que Dios nos hace aptos para el cielo, nos dan el derecho de estar a la diestra de Dios cuando ponemos nuestra fe y nuestra confianza en Cristo para salvación. (Romanos 1:17.) El apóstol Pablo dice que Dios nos hace aptos. Cuando Dios lo hace, ¿podemos depender de ello siendo hechos justos? ¿Habrá posibilidad de mejorarlo? ¿Estaremos dispuestos a enfrentarnos al fin de esta vida si somos lo que él nos ha hecho? Nunca podremos hacernos suficientemente buenos, no importa todo lo que hagamos. "Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él (Dios); porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado" (Romanos 3:20). Cuanto más sepamos acerca de lo que es bueno, tanto más nos daremos cuenta de cuan injustos somos. 9
  10. 10. Solo el orgullo del corazón siente que ha hecho algo como norma de bondad personal. Cristo es el único que no es egoísta., la fuerza sin pecado en el mundo. "Únicamente su presencia en nosotros nos hace algo mejores que las personas más pecadoras que han existido. Entonces, ¿ de qué podemos enorgullecemos acerca dé lo que hagamos para ganar nuestra salvación? ¡Absolutamente de nada! ¿Por qué? Porque nuestra absolución no está basada en lo que nosotros podamos hacer, sino en lo que Cristo ha hecho y en nuestra fe en él. Así que somos salvos por la fe en Cristo y no por las buenas cosas que hagamos. (Romanos 3:27, 28.) San Pablo enfatiza, el que esta doctrina de fe no era algo nuevo. Indica que Abraham jamás fue aceptado por Dios a causa de sus buenas obras, sino por su fe. Abraham no era un hombre bueno, ni siquiera si se le juzga por el tipo moral de su tiempo. Cuando iba a un país extranjero, sabía que en aquel pueblo podrían robarle alguna de sus posesiones, sus ovejas, o hasta su bella esposa. Así, para hacer sus viajes más seguros decidió presentar a su mujer, Sara, como si fuese su hermana. De ese modo, pensaba él, cualquier aspirante masculino peligroso estaría dispuesto a hacerle favores en lugar de intentar matarle. Ocurrió justamente como Abraham había pensado. El mismo rey al ver a Sara la quiso por esposa. Fue llevada a su palacio y Abraham fue obsequiado con hermosos dones. ¿Qué hizo entonces Abraham? ¿Tratar de rescatar a su mujer? ¡De ningún modo! Simplemente se alegro de su buena suerte. Dios mismo tuvo que intervenir y mostrar al rey que Abraham lo había engañado. ¿Aceptaría usted a Abraham como miembro de su iglesia? Considere este asunto cuidadosamente. Dios aceptó a Abraham no por el nivel de vida moral, que llevaba, sino porque Abraham creía en Dios. Aceptó su fe como todas las bondades que necesitaba. Puede ser que alguien no vea bien a Abraham, pero sí fue bien visto a los ojos de Dios, porque él tenia fe. Puede ser que usted, estimado lector, piense más en sus propias cualidades que en Abraham o en cualquiera otra persona que conozca, pero a los ojos de Dios el pecado del hombre es total y completo. El grado de bondad o de maldad no puede determinar nuestra salvación o nuestra utilidad en el reino de Dios. Abraham no obtuvo el camino hacia el cielo por ser bueno. San Pablo escribió: "¿Qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia" (Romanos 4:3-5). ¡Somos hechos buenos a la vista de Dios! Si usted cree verdaderamente esto, ¿está entusiasmado por ello? ¿Diría usted a otros cuan sencillo es ser cristiano? Piense en esto: a su alrededor hay millones de personas que actualmente creen que para ser cristianos deben ser suficientemente buenos, aunque saben bien que jamás podrán serlo. ¡Cuan desesperado debe ser su futuro! ¡Cuánto necesitan las buenas nuevas del evangelio! ¡El don de Dios es gratuito! El apóstol Pablo escribió; "Si por la bondad de Dios nosotros somos salvos, entonces ya no es por ser bastante buenos, porque en tal caso el don gratuito ya no seria gratuito. No es gratuito cuando es merecido" (Romanos 11:6). Las buenas nuevas deberían ser proclamadas en todo lugar, y, sin embargo, la mayor parte de los cristianos están con la lengua tensa cuando hablan de ello. Lector amigo: ¿Se ha dirigido usted alguna vez a un extraño y le ha preguntado la dirección de una parada de autobús? ¿Estaba usted acoquinado cuando lo hizo? ¿Latía su corazón y su lengua se h allaba seca y tumida? ¡Seguramente que no! Entonces, ¿por qué se siente usted así cuando quiere decir a alguna persona extraña lo que Jesús ha hecho por ella? Dios desea que comuniquemos las buenas nuevas a todos. Jesús dijo a sus discípulos que fuesen por todas partes y comunicasen a todo el mundo lo que él ha hecho por nosotros. Entonces, ¿quién piensa usted que quiere guardar el secreto? Existe un enemigo que está merodeando y su artimaña favorita es la de hacernos tímidos para comunicar las maravillosas nuevas del don gratuito de Dios. Pero si estamos absolutamente seguros de lo que Dios ha hecho por nosotros, si hemos aceptado algunos de sus "billetes de veinte mil dólares", entonces podemos hablar abiertamente de estas buenas nuevas. Algunas personas aún se preocupan en cuanto a lo que Dios demanda de nosotros después de haber sido perdonados nuestros pecados y de haber recibido el don gratuito de la vida eterna. San Pablo escribió así acerca de esto a los Romanos; "Entonces, ahora es ésta la cuestión; Esta bendición, ¿es sólo para aquellos que tienen fe en Cristo pero guardan también la ley judía, o la bendición es también para aquellos que no guardan las reglas judías, sino sólo creen en Cristo? ¿Qué hay respecto de Abraham? Decimos que recibió estas bendiciones por fe. ¿Era sólo por fe? ¿Por qué observaba la ley judía?" (Romanos 4:9). Pablo llegó a una conclusión asombrosa: ¡Abraham no guardaba la ley, porque aun no había sido dada la ley!. Entonces, está claro que las promesas de Dios de dar toda la tierra a Abraham y a sus descendientes no eran porque Abraham obedeciese la ley de Dios, sino porque él confió en que Dios cumpliría sus promesas. (Romanos 4:13.). Dios también nos ha prometido una herencia, y no a condición de que seamos buenos, sino de que creamos en él. Puede usted pensar que el plan de Dios no es una buena solución, pero es la solución de Dios a nuestro problema. Los judíos se excusaban a sí mismos y mantenían que no eran pecadores. Muchos cristianos no comprenden la contestación de Jesús a los judíos. El insistía en que la ley de Dios era mucho más pura de lo 10
  11. 11. que ellos concebían que era. Los judíos pensaban que eran inocentes, por ejemplo, cometiendo adulterio. Pero Jesús les explicaba que sólo con mirar a una mujer deseándola ya cometían adulterio con ella. Jesús les decía que podían derramar lágrimas para guardar su mente pura. Pero él conocía la mente del hombre. Aun si un hombre no quiere pecar, hay otra parte de él que lo desea, y así, nos enfrentamos con una lucha interior. Entonces, ¿qué trataba de decirnos Jesús? ¿Qué debemos procurar aún más seriamente la observancia de la ley? ¡No! Sólo deseaba mostrarnos cuánto le necesitamos. Casi todas las parábolas y enseñanzas de Jesús están ideadas para convencernos de la necesidad que tenemos de un Salvador. San Pablo declaró que la fe en Cristo era el único medio de guardar toda la ley. Si trata usted de dominar el ser físico y de llegar a poder cumplir algunas de las leyes de Dios, ¿qué ha conseguido? ¡Nada! Jesús dice muy claramente que mientras usted no cumpla toda la ley de forma perfecta, usted es culpable de quebrantarla toda. Cristo no trata de desanimarle. ¡Al contrario! El dice que hará algo para librarle de ese problema. Cristo da a quien confía en él todo lo que trata de obtenerse guardando su ley. (Romanos 10:4.) Cuando Cristo entra en su vida, usted aún conserva su cuerpo físico y, con él algunos de sus apetitos impíos. Pero hay una gran diferencia: Si alguno se entrega a Cristo, su interior se renueva y llega a ser una nueva persona. Ya no es la misma. (2 Corintios 5; 17.) Usted, lector amigo, parecerá ser la misma persona, pero ya no lo es. Su cuerpo morirá a causa del pecado, pero su espíritu vivirá, porque Cristo le ha perdonado. (Romanos 8:10.) Usted ha recibido un nuevo ser interiormente, porque Cristo mora allí por medio del Espíritu Santo. Su cuerpo físico morirá un día, pero usted, no. Vivirá para siempre con Cristo. He hablado con miles de personas que van a la iglesia y les he preguntado qué es lo que tiene que hacer un hombre o una mujer, para alcanzar el cielo. He hecho la pregunta en algunas de las iglesias de creencias más fundamentales de nuestro país, que creen en la Biblia, y siempre he escuchado la misma respuesta. Noventa y nueve de cada cien personas me han hablado de las cosas que debemos hacer. Guardar los mandamientos, ir a la iglesia, dar dinero, no maltratar a otros, etc. Una lista interminable de lo que esas personas están tratando de hacer. Los "fieles" que acostumbran a ir a la iglesia, han oído, y creen, la mentira de que la salvación depende de lo que hacemos. No es extraño que la extensión de las buenas nuevas vaya despacio. ¿Quién desea ir a la iglesia, recibir diez centavos y, luego salir fuera, al mundo, y hablar de esas buenas nuevas? ¿Aún está usted convencido de que Dios le ha ofrecido sólo un don de diez centavos? ¿Ha pensado que para recibir las bendiciones de Dios, ha de tener fe, y algo más? De modo que si usted piensa que las bendiciones de Dios son para quienes son suficientemente buenos, entonces está diciendo que las promesas de Dios son insignificantes, y que la fe es una locura. (Romanos 4:14.) San Pablo escribió sobre ello, pero el corazón del asunto es éste: cuando tratamos de ganar las bendiciones de Dios y la salvación por la observancia de su ley, siempre terminamos causando su enojo, porque siempre fallamos al guardar su ley. (Romanos 4:15.) ¿Significa esto que Dios se enoja con nosotros por tratar de ser buenos y de guardar su ley? Por supuesto que no. El se enoja al saber por qué intentamos observar su ley. Si tratamos de guardar su ley por miedo a que nos castigue si no lo hacemos, nuestro esfuerzo es vano. Si tratamos de guardarla para merecer alguno de sus beneficios, estamos esforzándonos en vano. Entonces, ¿por qué tratamos de hacer algo bueno? ¿No deberíamos ser todo lo malos que quisiéramos, ya que la salvación es gratuita? Esto es, por supuesto, completamente ridículo. Debemos hacer lo bueno, pero únicamente por amar a Dios y desear agradarle. Si comprendemos todo lo que su don maravilloso supone para nosotros responderemos a su amor, amándole. Si usted se aterra a la idea de hacer lo bueno para merecer el favor de Dios, nunca aprenderá a amarle. Seguramente que jamás se entusiasmará por recibir el billete de "veinte mil dólares". Ahora bien, Dios nos ha mostrado un nuevo camino para ir al cielo, no por ser "suficientemente buenos" tratando de observar sus mandamientos, sino por un camino nuevo para nosotros, aunque no nuevo realmente, porque las Escrituras hablaron de él hace mucho tiempo. Entonces, Dios dice que nos acepta y nos exime no declarándonos culpables, si confiamos que Jesucristo nos quita nuestros pecados. Y todos podemos ser salvados de este mismo modo, por allegarnos a Cristo, no importa quiénes seamos, o lo que hayamos sido. (Romanos 3:21, 22.) La condición es "si confiamos en Cristo" Confiar en nosotros mismos y "ser suficientemente buenos" o no "demasiado malos" es, exactamente lo contrario. ¿Qué hizo Jesucristo por nosotros?. Dios envió a Cristo Jesús para quitar el castigo de nuestros pecados y poner fin a la ira de Dios contra nosotros. El empleó la sangre de Cristo, y nuestra fe, como medios para librarnos de su ira. (Romanos 3:25.). Estos dos elementos son esenciales. El uno sin el otro no seria suficiente. Cristo ofreció su don, pero no nos ayudaría si nosotros no respondiésemos con nuestra confianza. Si nos enredamos con el "hacer" nunca seremos libres para poder creer. El murió por nosotros y resucitó, a fin de hacernos justos para con Dios, llenándonos de la bondad de Dios. (Romanos 4:26.) El pecado estaba en todos los hombres y les llevó a la muerte, pero ahora, la bondad de Dios esta en su lugar dándonos el derecho de estar con Dios como resultado en la vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor. (Romanos 5:21.) 11
  12. 12. Nuestra elección es clara entre la bondad de Dios o su justo juicio. Nos es ofrecido el don gratuito de la vida eterna, y la alternativa es aceptarla, o la muerte. Recuerdo una joven atractiva, enfermera en un hospital en Vietnam en el que yo era capellán La enfermera llegó llena de alegría y de vitalidad, pero pronto desapareció su alegre sonrisa. No podía soportar ver a los soldados jóvenes cuando volvían del frente heridos y sufriendo. Muchas veces venía a mi despacho para hablarme de sus sentimientos. —¿Cómo puede decir usted que Dios ama a estos hombres? —me preguntó un día—, si les deja que sufran tanto? —La respuesta le sería fácil —sugerí—, si usted expusiera a Dios las ansiedades y las inquietudes de sus pacientes, y tuviese confianza en que habría de ayudarles. Dios ama a estos soldados heridos —continué diciéndole— mucho más que usted y que yo. La enfermera movió la cabeza. —No puedo aceptar esto, capellán —me dijo. Puede ser que lo acepte algún día, pero ahora no. Me duele demasiado ver estos sufrimientos. No puedo dar gracias a Dios por ello ahora. Su visita a mi despacho se hizo cada vez menos frecuente. Por la expresión apagada de sus ojos, antes tan vivos, empecé a sospechar que tomaba píldoras para combatir su depresión. No parecía responder a lo que sucedía a su alrededor. Fue trasladada y perdí su pista. Recientemente, recibí una carta de un reformatorio para mujeres en un estado del oeste de los Estados Unidos. La carta decía así: "Querido capellán: He viajado muchos kilómetros en la dirección contraria desde la última vez que le vi en el hospital en Vietnam. Parece que he perdido la parte decente de mi misma en tan largo camino. Después de Vietnam, no podía encontrar la paz interior y comencé a dejarme llevar por la corriente. "Todo empezó cuando yo observaba las muertes inútiles y la mutilación de cuerpos jóvenes en el hospital. Acusé a Dios por todo ello y ahora me doy cuenta de que, por acusar a Dios me he apartado de él y me he destrozado a mi misma. Ahora me es imposible responder a nadie ni a nada. Sólo existo, en medio de un vacío gris y sin sentido. "Yo sé que Dios es la respuesta. Lo he combatido durante muchos años, pero ahora lo sé. Quería haberle escrito h ace algún tiempo, pero estaba avergonzada. Recuerdo cuánto bien me hacían las charlas en su despacho. Entonces, no quise aceptar la respuesta. Espero que ahora no sea demasiado tarde. Por favor, ore por mi." La joven enfermera se había apartado del don que Dios le ofrecía. Ahora, reconocía las consecuencias. Pero, ¡cuantos fueron los sufrimientos que tuvo que padecer! Recibir el don de Cristo de la vida eterna es una de las cosas mas fáciles que usted puede hacer. No hay ninguna dificultad en ello. No se necesita ser inteligente o bueno. ¡Hasta un niño puede hacerlo! San Pablo escribió: "La salvación que viene por confiar en Cristo... está al alcance de cada uno de nosotros; en efecto, está tan cerca como nuestros propios corazones y nuestras bocas. Porque si usted comunica a otros con su propia boca que Jesucristo es su Señor y cree en su propio corazón que Dios le ha resucitado de la muerte será salvo." (Romanos 10:8, 9.) Así, pues, ¿por qué vacilan algunas personas? ¿De qué se asustan? La joven enfermera en el Vietnam tenia miedo de confiarse a un Dios que dejaba que los soldados se matasen y se hiriesen en el campo de batalla. No confiaba en el amor de Dios. No tenemos que tener temor de alguien que nos ama perfectamente, escribió San Juan. Su perfecto amor echa fuera el temor de lo que pueda hacernos. Si tenemos miedo de lo que pueda hacernos, es demostración de que no estamos completamente convencidos de que él nos ama realmente. (Juan 4; 18.) Dios es amor. Todo lo que él hace es amor en acción. Nuestro problema es que en general tenemos una imagen muy limitada de lo que es el amor. Todos hemos sido heridos y desilusionados por el amor humano, el cual nos recompensa y nos acepta cuando somos buenos, y nos castiga y rechaza cuando somos malos. Pero esto no puede compararse con el amor de Dios. La versión griega del Nuevo Testamento emplea dos palabras que traducimos simplemente por "amor". Una de ellas es philia, amor fraternal. Significa un afecto personal, hondo, instructivo. La otra es ágape, amor divino. Es la clase de amor que Pablo señala que los maridos y las mujeres debieran tener entre si. Ágape se emplea para describir el amor de Dios para nosotros. Significa una devoción espiritual deliberada, razonada e intencional. No es originada por emociones o sentimientos; es un acto deliberado de amor, que surge de la voluntad. No cambia nunca y siempre se confía, porque no depende de lo amable o merecedora que sea la persona amada. Es así como Dios nos ama. El nos ama cuando le rechazamos, cuando le desobedecemos, cuando somos indignos. El nos ama cuando hemos hecho de nuestras vidas una confusión, y esta siempre dispuesto a aceptarnos, a perdonarnos, a llenarnos de su gozo y de su paz. El don gratuito del amor de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús y está tan cerca de nosotros como la boca y el corazón. Simplemente hemos de aceptar lo que Jesús ha hecho por nosotros, creer en nuestro corazón que él vive, y hablar a otros acerca de ello. Es así de sencillo y, sin embargo, algunos se detienen cuando saben lo que es el don en sí. Nicodemo, un judío religioso y devoto, fue a Jesús de noche y le preguntó cómo podría entrar en el reino de Dios. Nicodemo sabía que Jesús había sido enviado por Dios, y obtuvo la respuesta. Jesús le dijo: —Con toda sinceridad le digo esto: Hasta que no nazca de nuevo, no podrá entrar en el reino de Dios. —¡Nacer de nuevo! —exclamó Nicodemo—¿Qué es lo que piensa? ¿Cómo puede un hombre viejo volver al 12
  13. 13. seno de su madre y nacer otra vez? Jesús le contestó: —Lo qué le digo tan sinceramente es esto; Hasta que uno no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Los hombres pueden producir únicamente la vida humana, pero el Santo Espíritu nos da vida nueva del cielo. Nicodemo sabía quién era Jesús, pero esto no era suficiente. Es necesario también actuar según lo que sabemos y aceptar a Jesucristo como nuestro Salvador personal, invitándole a que entre en nuestra vida. Cuando entra en nosotros, por el Espíritu Santo, nacemos espiritualmente. Sólo podemos comunicarnos con Dios en nuestro espíritu, y, así necesitamos nacer otra vez a fin de estar preparados para conocer a Dios. Si no, somos nacidos de nuevo, estamos aún muertos espiritualmente. San Pablo escribió: "He sido crucificado con Cristo; y ahora, vivo no ya yo, mas Cristo vive en mí. Y la vida real que ahora tengo dentro de este cuerpo, es el resultado de mi confianza en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó por mi" (Gálatas 2:20). El mismo apóstol dijo a los Corintios: "Juzgaos a vosotros mismos. ¿Sois realmente cristianos? ¿Habéis pasado la prueba? ¿Sentís la presencia y el poder de Cristo más y más en vosotros? ¿O pretendéis ser cristianos si actualmente no lo sois?" (2 Corintios 13:5). Lector amigo: ¿Es usted realmente cristiano? ¿Ha nacido de nuevo? En nuestras iglesias hay hoy día hombres como Nicodemo. Pasan el tiempo estudiando las Escrituras y orando diariamente; van a los estudios bíblicos y a las reuniones de oración, y los domingos enseñan en la escuela dominical. Algunos, hasta son predicadores. Pueden haber crecido en la iglesia, y se llaman "nacidos" metodistas, presbiterianos, luteranos, católico-romanos, pentecostales, bautistas, o de cualquiera otra denominación. Saben todo lo referente al cristianismo. Saben que Jesús es el Hijo de Dios quien murió por sus pecados; saben que él vive otra vez; pero nunca le han entregado su vida, ni le han invitado a entrar a su corazón para ser su Señor y Salvador. Miles de personas asisten regularmente a los cultos y presentan todas las formas exteriores del cristianismo sin haber experimentado a Cristo en su vida. El don de la salvación y de la vida eterna es absolutamente libre; nada puede hacerse para ganarlo o merecerlo, únicamente ha de recibirlo para que sea suyo. En su amor, Dios se extiende amoroso, y arregla circunstancias para demostrarnos cuánto le necesitamos, y nos lleva hacia él mismo. Una vez, un sargento llevó a un soldado desde su pelotón hasta mi despacho. El soldado se enfrentaba con una acusación de deshonesto y con una temporada en prisión por usar y tratar con drogas. Había sido adicto a las drogas desde muy jovencito, y el tiempo que llevaba en el ejército las cosas habían ido empeorando. Había servido en el Vietnam donde conseguir la droga era tan fácil como comprar "chicle". —He hecho una confusión de mi vida y ya es demasiado tarde para cambiar —me dijo. La mirada de sus ojos era oscura y desesperada. —¿Qué piensa usted acerca de Dios? —le pregunté—. El tiene el poder de cambiarle. El soldado, al oír esto, se encogió de hombros. —¿Por qué ha de hacerlo? —respondió—, si yo jamás he hecho nada por Dios. —Porque Dios le ama —le dije—, y ha enviado a Jesús para quitar el castigo por cada cosa que usted haya podido hacer. El también puede sanarle. El soldado me miró displicentemente. —He oído hablar de Jesús —dijo—. Me hubiera gustado pedirle que fuera mi Salvador, pero no creo que ahora pueda hacer algo bueno. No puedo dejar de tomar drogas aun cuando me esfuerce mucho. He sido malvado durante demasiado tiempo. —Dios puede sanarle —le dije confiadamente—. ¿No cree usted que es más poderoso que las drogas? El soldado me miró, en actitud de duda. —¿Quiere probar? —le pregunté. El soldado movió la cabeza afirmativamente. —Quiero probar cualquier cosa, —contestó— para salir del infierno en que ahora estoy metido. —Entonces dé ahora mismo gracias a Dios por lo que él hará en estos próximos minutos, y déle las gracias por todo lo que le ha sucedido en su vida, y que le ha conducido hasta este lugar. —Bien, espero un minuto — añadí. Y al decir esto, el soldado me miró turbado, y dijo: —¿Usted cree que voy a dar gracias a Dios por todas las cosas que me han sucedido en mi vida hasta ahora que soy un drogadicto? —¿No es su estado de drogadicto —contesté— lo que le lleva a usted hacia él? Si Dios le sana, le perdona, y le da nuevos impulsos, vida nueva con Jesús, ¿no piensa que puede darle las gracias por todo lo que le ha hecho ver que usted le necesita? La mirada oscura de duda aún seguía en los ojos del soldado. —¿Quiere dejarme que ore por usted? —le pregunté. Y él movió la cabeza afirmativamente. Le puse las manos sobre la cabeza, y oré así: Amado Padre celestial, gracias porque tú amas a este joven y por guiarle hacia ti. Envíale ahora tu Santo Espíritu para ayudarle a creer que tu has estado obrando en cada momento oscuro y solitario de su vida para llevarle a Cristo " Cuando terminé de orar había una nueva Luz en los ojos del soldado. -Es muy extraño -dijo- pero por alguna razón creo que Dio, ha tomado todo lo malo que me ha sucedido y esta cambiándolo para bien. Sus ojos estaban humedecidos, e inclinó su cabeza otra vez, pero ahora para orar por si mismo pidiendo a Dios que le perdonara por su rebelión y rogando a Jesús que se llegase a él y llevara su vida. 13
  14. 14. ¿Qué ocurrió luego? Desafío a mi habilidad para explicarlo. De nuevo puse mis manos sobre su cabeza rogando a Dios que le sanara, que limpiara su mente de todo deseo de la droga y que le llenase de su amor. Sentí una fuerza que fluía a través del joven soldado. Su faz se ilumino como la de un niño y las lagrimas corrían por sus mejillas. ¡Ha ocurrido! -exclamó-. Ya no necesito mas drogas. Jesús vive en mi. Para el joven soldado era el momento del nuevo nacimiento. Ya no seria más el que fue. Había nacido otra vez, no porque sentía la presencia de Jesús, sino porgue había tomado la decisión de confiar en Dios. Si nuestra relación con Dios dependiera de nuestros sentimientos, la elección no seria realmente nuestra, ¿no es así? N podemos elegir como sentimos. Pero podemos elegir el confiar, el creer, el tener fe. Somos o salvos por la fe, dice la Biblia. Pero muchos de nosotros tenemos una imagen muy tergiversada de la fe. “No tengo fe para creer” , decimos, y lo que realmente pensamos es: "No me siento seguro." Fe y sentimientos no es lo mismo. "Tener fe, pues, es tener la completa seguridad de recibir lo que esperamos, y estar perfectamente convencidos de que algo que no vemos es la realidad" (Hebreos 11:1). La fe no debe ser originada por nuestras emociones, nuestros sentimientos o nuestros sentidos. La fe es un objeto de la voluntad. Decidimos percibir como un hecho real lo que no es revelado a nuestros sentidos. Ser salvos por la fe, significa que aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador por una acción de nuestra voluntad, no por nuestras emociones o nuestros sentimientos. Somos nacidos otra vez por fe, y esto significa que tomamos la promesa de Dios que ha ocurrido cuando aceptamos a Cristo en nuestros corazones. No nos sentiremos salvados ni nacidos de nuevo, pero eso no cambia el hecho de que lo somos. Hemos hablado de lo fácil que es hacer de nuestro entendimiento un tropezadero. Es peligroso tratar de medir nuestra fe por los sentimientos. Tenemos sentimientos confusos por el hecho de que pensamos que somos lo que sentimos. Me siento enfermo, por lo tanto debo estar enfermo. Pero nuestros sentimientos son variables y pueden ser afectados por el tiempo, por nuestra dieta, por nuestro sueño, o por el humor o el capricho de nuestro dominio. Nuestros sentimientos son una pobre prueba de la realidad. Cuando los aplicamos como una prueba de nuestra relación con Dios, entonces incurrimos en confusión. Jesús dijo: Ore con fe creyendo que lo que pide ya lo ha recibido. Pero no podemos orar la oración de fe si insistimos en medir los resultados de nuestros sentimientos. Podremos descubrir que la verdad de Dios en la Biblia dice a menudo que deberíamos hacer exactamente lo contrario de lo que sentimos. "Amad a vuestros enemigos", dice Jesús. Pero, ¿no sabia él lo que sentimos acerca de nuestros enemigos? Seguramente que lo sabia. Mas Jesús nos dice que no debemos dejar que nuestros sentimientos nos dominen por más tiempo. ¡Somos libres aún de elegir el amar a nuestros enemigos! . Igualmente, somos libres de aceptar la Palabra de Dios como un hecho para nosotros, prescindiendo de lo que nuestras emociones, nuestros sentimientos, o nuestra inteligencia traten de decirnos. Nuestra nueva vida en Jesucristo es una vida de fe. Esto significa una vida libre de la tiranía de nuestras emociones, nuestra inteligencia y nuestros sentidos. No tenemos que hacerles caso por mas tiempo. La Biblia nos dice que somos salvos por fe sanados por fe, justificados por fe, protegidos por fe, que podemos caminar en fe, vivir en fe, heredar las promesas de Dios por fe, ser ricos en fe, orar en fe, vencer al mundo por fe, alabar a Dios por fe. La experiencia de nuestra salvación se convierte en hecho consumado cuando la aceptamos por fe. Dios no mira nuestros sentimientos sino la decisión que tomamos. Podemos estar deshechos por la duda y por terribles sentimientos, pero cuando aceptamos a Cristo por fe, Dios considera hecha la operación. Y lo que podamos o no sentir inmediatamente después de nuestro compromiso no la cambia. Dios acepta la entrega de su .voluntad, y usted es nacido de nuevo por el Espíritu Santo. Estoy preocupado cuando algunos se llegan a mí, y me dicen "¡Oh!, ahora sé que Jesús me llamó hoy, porque le sentí." Pero la misma persona volverá más tarde, y dirá: "No estoy seguro de ser salvo; no siento la presencia de Dios." Alabe usted a Dios cuando tenga una experiencia maravillosa de su presencia, pero no haga depender su fe en cómo se siente. Un cristiano que hace de las experiencias emocionales la prueba de su salvación, siempre habrá de estar atormentado por la duda. Una mujer me escribió así: "Entregué mi vida a Jesucristo hace algunos años, pero no sucedió nada. No sentí nada y como pasó el tiempo perdí mi esperanza y traté de cumplir mi promesa a Jesús, de vivir para él. Desde entonces, mi vida se ha hecho insoportable. Estoy tan desanimada que temo destruir mi matrimonio... He leído "El secreto del poder espiritual", y sé que lo que siento es una profunda hambre de Cristo. He pedido perdón y deseo entregarme a él otra vez. Acepto a Jesucristo como mí Salvador personal y deseo de todo corazón formar parte de su reino. Sin embargo, no me siento diferente... Por favor, ore por mi, porque no puedo seguir así mucho tiempo más." Recibí otra carta, ésta de un joven que se hallaba entonces en una prisión federal. Me decía así: "Creo en Jesucristo con la esperanza de todo mi corazón. Le recibí como mi Salvador hace dos anos. Verdaderamente lo pensaba así muy en serio y durante dos días me sentí muy feliz. Después, volví atrás, a mi antigua manera de vivir. Desde entonces, he tenido momentos cuando sentía el mismo gozo, pero no puedo lograr que dure. Deseo servir a Dios, pero no puedo encontrarle. He leído "El secreto del poder espiritual", y sé que necesito lo que usted escribe en relación a esto. ¿Cómo puedo hallarlo- ¿Piensa usted que es que no lo deseo suficientemente? ¿Cómo puedo hacer para desearle mas?. Tengo tal confusión en mi vida, que no tiene 14
  15. 15. significado la forma de vida que llevo. He seguido muchos estudios bíblicos y no parece que obtenga el poder espiritual por ningún lado. Deseo ansiosamente hallar a Cristo, pronto dejaré la prisión y quisiera salir fuera, al mundo, con su amor. Por favor, ore usted para que le encuentre y para que experimente el gozo que él promete en la Biblia. He recibido centenares de cartas semejantes a esta, y a donde quiera que vaya me encuentro con personas que me dicen que no están seguras de haber encontrado realmente a Cristo. La razón de sus dudas siempre es la misma- “ No siento nada". Son prisioneros de sus sentimientos y tienen más fe en ellos mismos que en la Palabra de Dios. Una vez que nos entregamos a Jesús, él dice en cuanto a nosotros: "Yo les doy vida eterna, y jamás perecerán, ni nadie me las quitará (sus ovejas) de la mano" (Juan 10-28, versión popular) ¿Cómo combatimos nuestros sentimientos y nuestras dudas? San Pablo escribió: "La única condición (para la salvación) es que crea usted plenamente en la verdad, permaneciendo en ella firmemente, y fundado en el Señor, convencido de las buenas nuevas de que Jesús murió por usted y sin moverse de la esperanza de que él le salvó. Estas son las nuevas maravillosas que usted ha oído y que son predicadas por todo el mundo. (Colosenses 1:23.) Cuando las dudas y los sentimientos vienen a atacar nuestra fe, Dios dice que debemos estar firmes en su Palabra. Una señora que conozco tiene .un modo muy práctico de hacerlo. Cuando tiene dudas, busca un versículo de la Biblia que hable de la verdad sobre este asunto. Copia el versículo en un papel, y al venirle la duda, repite el texto para sí misma. Ciertos pensamientos le vienen cuando está desanimada. ¿Está usted seguro de que Dios oyó sus oraciones cuando aceptó a Cristo como su Salvador ? En la Biblia de esta señora encontré señalados los versículos de 1 Juan 5:14, 15: "Esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho." Ella copió estos versículos y escribió debajo: "14 de enero de 1969. Confesé mis pecados y pedí a Jesucristo que entrara en mi vida como Salvador y Señor. Yo se que así ocurrió porque mi petición estaba de acuerdo con el plan y la voluntad de Dios para mi vida " Puso el papel en el espejo de su dormitorio y cuando sentía la duda, miraba hacia el papel y decía en voz alta: ¡Ahí esta! Yo se que he nacido de nuevo. Yo se que Dios me ha aceptado, porque he aceptado a su Hijo como mi Salvador en ese día. Jamás tengo que dudar de ello " Cuando se sintió culpable de un pecado determinado lo confesó también a Dios, pero la tentación le hacia dudar de que había sido ya perdonada. Pero lo confirmó en su Biblia, y escribió el texto de 1 Juan 1:9: "Si confesamos nuestros pecados, el es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad." Debajo de este versículo escribió el pecado que había confesado, con la fecha, y estas palabras: "¡Aleluya! ¡Estoy perdonada! Gradualmente, fueron cesando sus dudas. Usted puede combatir sus dudas y sentimientos guardando una nota escrita con la fecha para recordarlo, y con un versículo bíblico de alguna promesa de Dios que se refiera a ello Si usted ha sido creyente durante varios años pero aun tiene alguna duda referente a su salvación , no deje que sus dudas ni sus sentimientos le engañen. Haga ahora mismo un reconocimiento y escríbalo con la fecha. Algunas personas tienen en sus Biblias anotaciones de versículos relacionados con cosas importantes que les han ocurrido en sus vidas. La vida del cristiano es un continuo viaje de fe. Es una buena idea la de guardar señales del camino que hemos recorrido. Sirve como recuerdo útil en días oscuros cuando nos parece que no nos hemos movido. Mirando hacia atrás podemos alabar a Dios y darle gracias por el camino por el cual, él nos ha llevado. Nuestra fe está edificada en la inmutabilidad de Dios, no en los sentimientos. Pero las promesas de Dios son también para que experimentemos más y más su gozo y su paz en nuestra vida según vayamos caminando. Regocijémonos cuando esto ocurra, pero regocijémonos también cuando nos sintamos secos y vacíos. Su salvación es un hecho maravilloso. Apresure su poderosa voluntad en la dirección de Dios, y diga: "¡Oh, Dios!, quiero creer; deseo permanecer firme en tu Palabra." Haga esto, y descubrirá que su antigua dependencia de sus sentimientos pronto se marchitará, ¡y será libre para creer! Dice Jesús: "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Juan 8:32). ¡Acepte usted la Palabra de Dios como la verdad y será libre! 15
  16. 16. PODER ILIMITADO ¿Qué ocurre cuando depositamos nuestra confianza en Cristo? "Dios ... nos bendijo" (Efesios 1:3). Por pertenecer a Cristo, somos hijos de Dios. Hemos entrado en su reino, y todo poder, todos los privilegios, y todos los derechos de los hijos de Dios son nuestros. Pensemos en toda la previsión que nuestro Padre celestial ha hecho para nosotros: "Toda bendición espiritual en los lugares celestiales." No porgue lo merezcamos por nuestros esfuerzo, sino porque pertenecemos a Cristo! Un niño pequeño no crece por estirarse. No ha de ser bueno para merecer sus cuidados diarios. Es alimentado, vestido, amado y atendido por su padre y por su madre, simplemente porque es su hijo. Ellos conocen cada una de sus necesidades y proveen para que su crecimiento se realice de modo natural, sin esfuerzo, en tanto que el niño acepte su alimento y haga el descanso y ejercicios necesarios. ¿Podemos imaginarnos a un niño rehusando comer, dormir, y diciendo a su madre: “No lo quiero hacer ahora, mamá; estoy aquí estirándome; cuando haya crecido unos centímetros más, entonces estaré dispuesto a comer"? Pero es exactamente así como se comportan algunos cristianos. Dios ha hecho todas las provisiones; nos ha preparado todo lo que necesitamos para crecer: alimento, descanso, amor, cuidados. Sin embargo, nos ponemos en un rincón, forcejeando, estirándonos, intentando crecer, para ser merecedores de lo que recibimos. ¡Dios ya decidió hacer esto para nosotros antes de que naciéramos!. Dios "nos escogió en él (Cristo) antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él" (Efesios 1:4). Espere un momento, lector amigo. ¿A quién hace Dios santo? ¿Conoce usted a alguien a quien él haya hecho santo? Si no es así, ¿piensa usted estar aún al final en su lista? ¿Ha empezado él a hacerle santo?. Leamos además: "... sin mancha", o sea sin falta. ¿Cree usted que Dios puede hacer que los cristianos no tengan ninguna falta y que toda la gente que usted conoce fracase tanto?. Pero leamos bien: "Delante de él." Dios nos ha hecho santos y sin una sola falta... "¡delante de él!" Ha hecho algo grande en nuestro favor. Nos ha cambiado "ante sus ojos". Nos ve de manera diferente. El sólo tiene el poder de ver al hombre nuevo. ¿Quién puede ver a través de los ojos de Dios? Nadie, sino Dios mismo. El ha hecho una nueva criatura para su propia gloria y alabanza. Si otras personas le miran a usted, verán en usted la misma persona de antes. Pero ellos no son Dios. Usted puede mirarse en el espejo y convencerse de que no es santo o sin una sola falta, pero recuerde que usted no es Dios. ¿Se atreve usted a decir que Dios no puede ver lo que él desea ver? ¿Se preocupa usted más de verse santo, o de que Dios le mire como santo? Miles, quizá millones de cristianos tratan de esforzarse por ponerse en un molde santo para ser vistos por otros o, tal vez, de ellos mismos. Cuando fallan, como es inevitable que suceda, son vencidos por la angustia del desaliento. Por todas partes he visto sus rostros desdichados y he oído su confesión de culpabilidad tan a menudo que sé lo que ocurrirá antes de que vuelvan a empezar. ¿Cómo hizo Dios una cosa tan fantástica como la de hacernos santos ante sus ojos? San Pablo dice en Efesios 1:4, "para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor". ¡Un manto de amor! Y luego nos envuelve en él y nos mira. ¿Y qué es lo que ve? ¡Su propio amor! Otros pueden mirarnos. Podemos mirarnos a nosotros mismos. ¡Dios nos ve en su amor! ¿No es esto suficiente para hacer sonar las campanas en nuestro corazón, tornando nuestra vida en alabanzas y acciones de gracias? ¿Por qué hizo Dios una cosa tan maravillosa por nosotros? Sí, ciertamente, ¿por qué? Lo hizo porque así lo deseaba. "Según el puro afecto de su voluntad" (Efesios 1:5). San Pablo expone el hecho. Dios quería envolvernos en un manto de amor. ¿Cree usted que tiene el derecho y la autoridad de darnos algo que él desea? ¿Todas las bendiciones de Dios en los cielos? ¿Donativos de 1000 dólares? ¿Por qué eligió hacerlo él mismo? Estoy convencido de que éste era el único modo de poder tener la seguridad de que su obra fuese perfecta. Si hubiera tenido que depender de usted y de mi para que fuera perfecta, nunca hubiese tenido nada digno para presentar a su Hijo. El resultado había de ser para la gloria de Dios y no para la gloria de los hombres. San Pablo escribió: “A fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo" (Efesios 1:12) El resultado de poner toda nuestra fe en lo que Cristo hizo por nosotros es glorioso. En Cristo... "tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en el" (Efesios 3:12). Demasiadas oraciones están hechas con una falsa y quejumbrosa humildad. No necesitamos justificarnos ante Dios por ser humanos. El sabe todo lo que somos. Ha observado a millones de seres humanos y conoce todas sus debilidades. Pero quiere que creamos que por medio de Cristo tenemos el derecho de acercarnos a él y pedirle todo lo que necesitamos. Dios desea bendecirnos con cosas buenas. Quiere que seamos felices y esto, para algunos, es difícil de comprender. Yo crecí en la pobreza y nuestra familia recibía a menudo donativos de caridad. Cuando yo era joven me ofendía siempre que alguien quería darme algo, o hacer algo por mi, de no ser que estuviera completamente seguro de que deseaba hacerlo así. Yo quería ganar o merecer cada cosa que tenía. Esto persistió hasta mi relación más intensa con Dios. En cierto modo no podía creer que Dios quisiera darme algo 16
  17. 17. más que mis necesidades inmediatas. "Después de todo" reflexionaba, "¡por qué lo había de hacer?" Mí visión del amor infinito de Dios y de su preocupación por mi bienestar era muy limitada. Entonces, un día cuando fui destinado a Fort Benning como capellán, me encontraba muy lejos, en otra parte del país, sin recursos para volver a mí anterior destino y cumplir los deberes que había prometido. El mal tiempo canceló el vuelo que me había propuesto tomar y con el siguiente vuelo no llegaría a tiempo a mi casa. Ir en coche quedaba descartado. Me hallaba muy disgustado. Desde que soy capellán nunca he aceptado compromisos para hablar que me impidiesen atender mis obligaciones de la base y, ahora, me parecía que iba a desatender mi trabajo. Yo oré así: "Señor, tú sabes que hasta ahora nunca he acudido tarde a cumplir mis compromisos. Pongo esta situación por completo en tus manos. Yo sé que tú tienes un propósito perfecto para mí. Te doy las gracias y sé que me ayudarás a resolver este problema." En la reunión en que tenía que hablar encontré un piloto de la Fuerza Aérea. Estaba destinado en una base no lejos de allí, y cuando se enteró del compromiso que yo tenía, me dijo: "Voy a llamar a mi comandante y veré si puedo hacer algo." El comandante respondió: "Precisamente necesito ir yo mismo en esa dirección. Será un placer para mi, poder llevar al capellán a Fort Benning. Que esté a las seis de la mañana en la base. Pasé la noche en el hogar del piloto como su huésped y, a la mañana siguiente, a las seis fuimos al aeropuerto. Me sentí aliviado y daba gracias a Dios de que hubiese resuelto la situación. Pero aun no me daba cuenta de cuan abundantemente lo había hecho. Miré a mi alrededor buscando el avión que esperaba. Se hallaban alineados en fila, grandes aviones cuatrimotores, pero no había ninguno que pareciese dispuesto y que se asemejase a los que se emplean para un vuelo corriente. Yo esperaba un avión pequeño, y no muy confortable, solo para poder llegar a tiempo a mi casa. Y pensaba que era todo lo que necesitaba. Mi amigo piloto, se paró, y me dijo: "Este es capellán, ya puede subir." Yo le miré sorprendo. ¡Delante de mí se hallaba el avión mas grande de los que habían en la pista! ¡Parecía un monstruo ¡ "Esto no puede ser para mí, Señor", pensé. Subí la escalinata casi deslumbrado y seguí a la persona de la tripulación encargada de conducirme a mi sitio, un confortable asiento en un amplio sofá. YO era el único pasajero y el avión estaba dotado de todas las comodidades. No era un avión de carga o de transporte. El comandante volvió y se presentó a si mismo diciendo que esperaba que tuviese un vuelo agradable. Solo pude darle las gracias, tartamudeando, pues aun estaba anonadado. Yo sabia que Dios había provisto este avión para llevarme de nuevo a Fort Benning a tiempo, pero ¿Por qué este avión tan lujoso? ¿Por qué no había escogido a uno más pequeño y adecuado para mí? Me sentía muy indigno y, de repente, me vinieron pensamientos de que un avión tan grande, suponía, realmente, un derroche. "¡Qué significa esto. Señor?", pregunté asustado. "Sólo que te amo", me respondió el Señor. "Quiero demostrarte que es así como deseo proveerles a mis hijos que confían en mi." "Empiezo a comprender. Señor", reflexioné, brotando en mi el gozo, mientras los pensamientos continuaban. "Quiero decir a todos los que me escuchan", seguí oyendo la voz de Dios "que estén agradecidos por cada detalle en sus vidas, y abriré las ventanas de los cielos y derramaré bendiciones como jamás podían esperar." "Gracias, Señor", exclamé desde mi asiento. "Y recuerda (la voz continuaba en mi mente) que nunca podrás merecer mis bendiciones. No puedes trabajar por obtenerlas o ganarlas. Todo lo que te doy es un don gratuito, a causa de mi bondad, y deberás comprenderlo así, y aceptarlo." Cuando viajo en aviones comerciales aterrizo a diez millas de mi despacho, pero el inmenso avión cuatrimotor aterrizó delante de Fort Benning, a unos cientos de metros del lugar donde tenía mi compromiso. Al entrar en el edificio, miré mi reloj. Había llegado exactamente cuando necesitaba llegar. Ni un minuto antes ni un minuto después. Dios provee para nuestras necesidades y lo hace de forma abundante y gratuita. Todo lo que debemos hacer es pedir. El primer don gratuito que Dios quiere que sus hijos le demanden es el bautismo en el Espíritu Santo. El bautismo en el Espíritu Santo fue provisto como un "primer alimento" para los nuevos creyentes que habían nacido de nuevo. Ellos necesitaban crecer. El Espíritu Santo viene a morar en los nuevos creyentes en el momento que aceptan a Jesucristo como su Salvador. Son nacidos del Espíritu. Pero también dijo Jesús a sus discípulos que tendrían que esperar hasta ser bautizados con el Espíritu Santo antes de que pudieran ser sus testigos y extender las buenas nuevas con autoridad. Los discípulos esperaban en Jerusalén, como Jesús les había dicho, y en el día de Pentecostés, leemos que vino "un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen" (Hechos 2:2-4). Este fue el principio de la iglesia cristiana. Los tímidos discípulos de Cristo fueron transformados en atrevidos testigos, libres de todo temor, y, enseguida, empezaron a predicar las buenas nuevas con poder y autoridad, y pudieron hacer los mismos milagros que hiciera Cristo. Jesús dijo: "De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre" (Juan 17
  18. 18. 14:12). Nuevos creyentes se añadieron por millares a la iglesia, y si leemos el libro de los Hechos vemos que el bautismo del Espíritu Santo, por lo general seguía inmediatamente a la conversión. Cuando Pedro predicó en casa de Cornelio, en Cesárea de Filipo, el Espíritu Santo se posesiono de los oyentes tan pronto como aceptaron lo que Jesús había hecho en su favor. (Hechos 10:44.) AI ser predicado el evangelio en Samaría, muchos samaritanos aceptaron a Jesús como Salvador y fueron bautizados en agua. Pedro y Juan fueron enviados de Jerusalén, y "habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo" (Hechos 8:15). Pedro y Juan no dijeron a los nuevos creyentes que esperasen algún tiempo, o que estudiaran las Escrituras y orasen, y se prepararan. Los apóstoles de Jerusalén sabían que el Espíritu Santo no se había posesionado de los nuevos creyentes y, después, enseguida "les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo" (Hechos 8:17). El bautismo, en el Espíritu Santo ha sido prometido a todos los que creen en Jesucristo, quien dijo: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva" (Juan 7:37, 38). Y el evangelista, en el versículo siguiente (cabria decir que a modo de aclaración), manifiesta: "Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado." El bautismo en el Espíritu Santo es un don gratuito. No puede merecerse. Jesús, quien proveyó nuestra salvación, también proveyó el Espíritu Santo. Cristo dijo: “Yo rogare al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros" (Juan 14:16,17). Jesús es el único que envía el Espíritu Santo. El nos bautiza en el Espíritu Santo. Dios le dijo a Juan el Bautista cuando estaba bautizando en el río Jordán: "Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo" (Juan 1:33). Entonces, ¡por qué hay tantos cristianos que luchan tan desesperadamente por recibir el bautismo del Espíritu Santo? Los he visto con caras tristes por todos lados. "¿Qué es lo que sucede conmigo?", dicen. "¿Soy demasiado indigno o demasiado débil? Necesito desesperadamente el poder de Dios en mi vida." Un maestro de la escuela dominical escribió lo siguiente: "Necesito el poder del Espíritu Santo en mi vida. Trato con todas mis fuerzas de ser más obediente y asemejarme a Cristo. Pensé que bien pudiera ser que no leyese suficientemente la Biblia, y he tratado de levantarme más temprano y leer durante una hora, y, luego, orar durante media hora. Pero aún no veo ningún poder en mi vida y no he podido recibir el bautismo del Espíritu Santo. He confesado todos los pecados que me han venido a la mente. Soy cristiano desde hace veinte años, pero estoy tan carente de las virtudes cristianas, que, a veces, dudo si soy salvo..." Tales personas son como niños pequeños que están en un rincón tratando de estirarse para crecer, a fin de poder comer el alimento maravilloso que ha sido preparado para ellos. Sufren dolores provocados por el hambre, pero no quieren comer hasta que no se les hayan pasado los dolores. Los cristianos en la iglesia primitiva, tenían los mismos problemas. Se quedaban pensando que tenían que ser lo suficientemente buenos para recibir los dones gratuitos de Dios. San Pablo les escribió así: "¡OH galatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?" (Calatas 3:1-3). Los gálatas ya habían recibido el Espíritu Santo como resultado de haber confiado en Jesucristo para su salvación, pero la tentación de pensar en sí mismos como responsables de su propio crecimiento cristiano les había hecho volverse de una vida de fe. El orgullo y la tentación de acreditarnos en nuestro crecimiento cristiano engaña a los creyentes de todos los tiempos en su vida espiritual. Satanás nos tienta de dos maneras evidentes. Puede susurrarnos: "Es posible que vayas siendo más espiritual. Esfuérzate algo más y tendrás más poder". O nos dice: "Observa cuan miserable y débil eres. No es extraño que Dios no pueda confiarte más bendiciones." Pueden ustedes alabar sus propios resultados o criticar los propios fallos, es igual. Están tomando la responsabilidad de sus méritos en ustedes mismos, en lugar de dejársela a Dios, a quien le corresponde. Un ministro del evangelio tenía una debilidad que no podía vencer, a pesar de todo lo que se esforzaba para conseguirlo. Finalmente, terminó en una prisión, acusado de falsificación. Era un cristiano nacido de nuevo; estaba abrumado por su propia falta y se arrepintió sinceramente de su pecado. Creía que Dios le había perdonado, pero estaba convencido de que jamás podría utilizarle para llevar a otro a él. Un día, un amigo le envió El secreto del poder espiritual. En ese libro, leyó que Dios emplea cada cosa, hasta nuestros errores, para bien. Con una esperanza renovada se atrevió a dar gracias a Dios por su propia falta y por su encarcelamiento. Me escribió así: "Alabado sea Dios, pues mi vida ha cambiado completamente. Las antiguas lamentaciones, culpas y remordimientos, que me ataban, han desaparecido. Yo puedo alabar y dar gracias a Dios por cada detalle de mi vida, tal y como es. Antes no comprendía la anchura y la profundidad de la misericordia de Dios. Pensaba de mí mismo que era tan "bueno" como para que Dios me utilizase. ¡ Qué gozo es el haber muerto a mi antiguo orgullo para que en mí, pueda vivir Cristo, y nada más que él!". La celda de este ministro del evangelio pronto se tornó en un templo de alabanza, y otros prisioneros fueron llevados a Cristo. Si pensamos en nosotros mismos como suficientemente buenos o no para ser utilizados por Dios, caemos en 18

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