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La combi en Lima. Paz, Oscar. 2011-11-16
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La combi en Lima. Paz, Oscar. 2011-11-16

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  • 1. Universidad Antonio Ruiz de Montoya Sociodiversidad del Perú Oscar Paz La “combi” en Lima ¿Quién no usa la combi? Yo la uso y seguramente tú también. Está en todos lados. Como en un acto de magia, al levantar la mano aparece. Y el pasaje no es caro. Un sol y nada más. A menos que el usuario no tenga experiencia. Porque el usuario curtido regatea, pelea y llega incluso a bajarse para no pagar un sol y veinte céntimos. Me refiero al que pasa cinco horas diarias metido en la combi, al usuario promedio que invierte su tiempo, aproximadamente veintiún por ciento de las horas de un año, para aprender a moverse con naturalidad en un sistema de transportes caótico. Mi experiencia en el sistema de transporte público de pasajeros en Lima En 2006 empecé a vivir en Lima y a disfrutar del mejor servicio de transporte del mundo. Recuerdo que la primera combi que tomé era la que me llevaba al centro preuniversitario donde estudiaba durante el verano. Estar dentro de un vehículo sucio y maloliente durante una hora no era una actividad que realizaba en Cusco todos los días en la mañana. Claro que tenía que utilizar el transporte público, pero la ruta no duraba más de quince minutos. Solamente estaba en un bus, similar a los “huevos” de Lima, durante más de un cuarto de hora cuando algunos fines de semana decidía ir a una provincia rural del departamento. Cuando subía a un ómnibus que me llevaba a, por ejemplo, Urubamba, me esperaba un viajecito de no menos de una hora, pero a diferencia de lo que vería por los vidrios que no son de seguridad de los automóviles de Lima, el paisaje era agrario o natural: campos cultivados, nevados, bosques primitivos, etc. Usar la combi en Lima fue, pues, una experiencia nueva. Pero no empecé a utilizar este sistema de transporte público de pasajeros de Lima con la emoción con la que un niño quiere subir a la montaña rusa. No, ni en sueños. Me sentía angustiado: no sabía cómo actuar, cuánto tenía que pagar ni en qué paradero bajarme. Algunos podrían pensar que eso sólo nos pasa a los “serranos”, como nos dicen, a los habitantes de los medios rurales y urbanos de los Andes, algunos pobladores del desierto del Pacífico. Yo no lo creo. Es más bien un sentimiento que tienen todas las personas que empiezan a ser usuarios de un nuevo sistema de transporte, aunque evidentemente ese sentimiento se intensifica cuando el sistema no tiene nada de sistemático. Cuando en 2008 estaba en Bogotá como turista, la angustia me cogió del cuello otra vez. Tenía que utilizar el Transmilenio, un sistema de transporte parecido al Metropolitano pero con una red vial mucho más extensa, para visitar a una persona que vivía en la periferia del casco histórico de la ciudad. Subí a una estación y, como había información sobre la ruta, los paraderos, el precio del pasaje, y todo estaba ordenado, mi temor fue disminuyendo hasta desaparecer. Ese mismo año en Bogotá también pude ver un caos similar al que hay en Lima debido al transporte público de pasajeros. Evidentemente, no me subí a ningún micro u ómnibus de la tierra del macho de América. No sé si los visitantes nacionales o extranjeros que llegan a Lima prefieren el Metropolitano antes que la combi. Pero supongo que sienten angustia cuando por necesidad o deseo o algún otro motivo tienen que usar un vehículo pequeño, sucio, peligroso e incómodo. Con el tiempo me acostumbré. Ahora subir a la combi es parte del rito de todas las mañanas: despertar, ducharse, desayunar, caminar hasta el paradero con sueño, esperar en él durante unos minutos mientras rezo para encontrar un asiento disponible,
  • 2. subir, colocarme los auriculares y ver la calle por la ventana o sumergirme en algún libro de literatura para olvidar dónde estoy. Y para regresar a casa, es lo mismo, aunque algunas veces me quedo dormido. Creo que solamente dos veces me he despertado unas cuantas cuadras después de mi paradero. Parece que es como un reloj que con la experiencia se incorpora para que el usuario se despierte justo antes del paradero: después de 60 cabeceadas suena una alarma que hace levantar la cabeza y abrir los ojos. El tiempo hace que los usuarios se acostumbren a todo. Los asientos incómodos, esos a los que se les salen las cubiertas y que muestran los metales sobre los que uno va a sentarse, son poco a poco confortables sillones. Las frenadas y aceleradas bruscas y constantes se convierten en masajes relajantes. Los hedores de la masa se transforman en exquisitos perfumes de la aristocracia versallesca. Y, finalmente, la presión de los cuerpos vecinos cuando el vehículo va “sopa” se siente como el roce de almohadas de plumas. Ya todo da igual, con tal de llegar a hora a la chamba o a estudiar. Los personajes de la combi Lo que más me ha llamado la atención en la combi son los personajes fantásticos que habitan en ella. Desde el conductor hasta los pasajeros, todos son personajes dignos de ser descritos en El libro de los seres imaginarios de Jorge Luis Borges. Dentro de la gama de conductores que puede haber, el chofer tipo es aquel que coimea, acumula papeletas, no pisa el freno cuando el semáforo está en ámbar porque tiene que cumplir con un horario, no le interesan los pasajeros y, lo más característico, le gusta el fútbol. Es tan hincha que, cuando juega la selección peruana, no sale a chambear. El cobrador también es especial, porque nunca cobra de acuerdo a la tarifa establecida en una pegatina adherida a una ventana lateral del vehículo, siempre entrega un boleto que no corresponde con el precio que el usuario paga y es el que se encarga de jalar a la demanda diferida o a “soles con patas” que no saben con que línea llegar a su destino. Cuando la combi está detenida por la luz roja del semáforo, el cobrador se baja y con una tabla, sobre la que están pintados los nombres de las calles más importantes del itinerario, empieza a recolectar monedas para llenar el vehículo, tal como si fuera un chanchito, hasta que esté “plomeado” o, en otras palabras, rebalsando. Pero para que el sistema funcione a la perfección, el chofer necesita al datero o controlador. Es fácil reconocerlo. Está parado en los paraderos; tiene un cuaderno, lapicero; mira su reloj a cada rato; y desde los vehículos de transporte público le tiran monedas de diez o veinte céntimos, que recoge normalmente del piso. Su función es insustituible. Él se encarga de dar información al sistema para que se autorregule. Por su labor tenemos vehículos a cada rato. ¡Gracias datero! Los mensajes que emite el datero están compuestos por dos tipos de datos: cuantitativos y cualitativos. Por un lado, los datos cuantitativos los emite de dos maneras. Puede decir, por ejemplo, “uno, cinco, tres”. A primera vista, parece difícil de descodificar. Pero es simple. “uno” significa que el vehículo que recibe el mensaje (a) está a un minuto de otro vehículo de la misma línea (b) que pasó antes. “Cinco” significa que el vehículo b está a cinco minutos de un vehículo c. Y “tres” significa que el vehículo c está a su vez a tres minutos de otro vehículo (d). En otras palabras:”uno, cinco, tres” significa que entre a y b hay un minuto, que entre b y c hay cinco minutos, y que entre c y d hay tres minutos. Pero también puede decir solamente “uno” para indicar al vehículo que recibe la información que entre él y el vehículo que pasó antes hay solamente un minuto. Sin embargo, los datos cuantitativos están normalmente acompañados de data cualitativa. Por ejemplo, pueden decir “tres, cuatro, huevo”. Eso significa que el vehículo
  • 3. que recibe la información está a tres minutos de un bus marca Toyota modelo Coaster, que está a su vez a cuatro minutos de otro vehículo del que no importa dar datos. Está misma forma (dato cuantitativo, dato cuantitativo, dato cualitativo) se repite con otras variables cualitativas que dan información sobre cuán lleno o vacío está un vehículo, o sobre la circulación de los vehículos de una misma línea. “Sopa, “plomeado”, “plancha” y “media plancha” forman parte del grupo de data sobre la cantidad de pasajeros en un vehículo. “Sopa” significa lleno: mientras que “plomeado”, repleto hasta reventar. “Plancha” quiere decir que todos los pasajeros están sentados y “media plancha” que hay algunos asientos que están vacíos. “Pampa” forma parte del grupo de datos que dan información sobre la circulación de los vehículos de una misma línea, puesto que quiere decir que solamente hay pocos vehículos de la línea en un trayecto. Toño es un datero de 42 años que trabaja independientemente en la esquina de la avenida Arequipa y la Aramburú. Hay diferencias entre los dateros independientes y los que trabajan para una empresa: los independientes son llamados a secas “dateros” e informan a todas las líneas sin discriminación; mientras que los que trabajan para una empresa son llamados “controladores”. Éstos solo informan a una línea, la cual los ubica en puntos estratégicos del itinerario, y también se encargan de verificar si los cobradores entregan boletos a todos los pasajeros que ya han pagado por el transporte. Toño es un datero a secas. Trabaja más de diez años en el mismo lugar. Aceptó que le haga una entrevista sólo si le pagaba tres soles. Sí que tiene experiencia. Él trabaja ocho horas al día toda la semana. Diariamente recibe 45 soles, así que al mes debería tener 1 350 soles de ingresos. Con cada dateo recibe diez, veinte o cincuenta céntimos, puesto que no hay una tarifa establecida. Si se demoran más en pasar, le dan más dinero para que no anote el verdadero tiempo en el que pasaron y les reduzca los minutos. Según él, a los conductores no les conviene separarse por mucho tiempo del vehículo que los sigue, porque éste, que está detrás de ellos, puede aprovechar eso y alcanzarlos para quitarles pasajeros. Pero el no falsifica los tiempos, aunque reciba cincuenta céntimos o un sol. Él sabe que su función es permitir que el sistema se autorregule para no perjudicar a los usuarios, que quieren tener un vehículo siempre a mano. Aparte de la triada de personajes insustituibles están también los vendedores de bienes futuristas; los músicos y cantantes “coveros” o compositores; los mendigos que cuentan historias asombrosas; y los pasajeros. De estos últimos hay de todo tipo: los dormilones, los vanidosos, los pulcros, los borrachos, los gritones… A mi me llaman la atención los vendedores, pues tienen estrategias de venta que ni a Michael Porter se le hubieran podido ocurrir, y los mendigos, porque sus historias son más cautivantes que las obras de Dostoyevski. Algunas consideraciones finales La mayoría de limeños estamos acostumbrados al sistema de transporte público caótico de la ciudad. Pero no creo que debamos dejarnos llevar por la “fuerza de la costumbre”, como diría Jaime Urrutia de Gabinete Caligari, pues dicho sistema de transporte genera varios graves problemas sociales. En 2007, según la Defensoría del Pueblo, la mayor cantidad de accidentes de tránsito ocurrían en Lima. En ese mismo año, según un estudio del Banco Mundial, la ciudad de Lima ocupaba el primer puesto en contaminación atmosférica, delante de Santiago, en segundo lugar, y México D.F., en el tercero. Pero los problemas que genera el sistema de transporte no solamente son sociales. También pueden ser turísticos: en un estudio de 2009 sobre competitividad de viajes y turismo, elaborado por el Foro Económico Mundial, Perú estaba el puesto 125,
  • 4. de 133 destinos turísticos, en el componente de infraestructura de transporte terrestre. Es evidente, pues, que nuestro querido sistema de transporte público de pasajeros no puede quedase así como está.

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