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ALGO RARO ESTÁ PASANDO
ALGO RARO              ESTÁPASANDORAMÓN QU
algo raro está pasandoaquícomo por arte de magiade películacomunicado internotiempo de descuentozapatos de piel de napa.un...
“De niño me tropecé con el misterio  y comencé a coleccionar palabras. De joven me tropecé con la palabra  y comencé a col...
ALGO RARO ESTÁ PASANDO         Estoy desconcertado, os lo juro, sumamentedesconcertado. Y preocupado, muy preocupado. Por ...
coches, ni perros, ni bares, ni comercios; sólo había casas,gentes, coches, perros, bares y comercios. ¿No os lo creéis?Pu...
AQUÍ        Era el que mejor lo hacía. Y desde entonces todoslo hacen. Me lo dijo el viejo el mismo día en que llegué,much...
parecían piedras arrojadas de cualquier manera. Yo noparaba de sudar y mi piel ardía. Me cubrí la cara con lasmanos y me p...
en silencio. Cuando di la última calada, tiré la colilla alsuelo y la pisé.        – No deberías fumar así – dijo entonces...
último gramo de aquel aire polvoriento y caliente – Estáescondido.        – ¿Escondido?        – Sí, escondido.        – ¿...
– Y de lograrlo, ¿qué pasaría?         – ¡¿Qué pasaría?! ¡Valiente pregunta! Lo que todoel mundo quiere que pase.         ...
– Sí, los buitres. Cuando mueres te arrojan lejos,muy lejos, en la llanura y entonces aparecen los buitres…        El viej...
la tapa de un ataúd y la vuelta a dentro en fila de hormigas.Y así, día, tras día, siempre el mismo e inevitable día…     ...
dio la más mínima señal de ver nada. Reí; reí entoncescomo si todo en mí fuese risa; reí mientras el sol avanzabahacia lo ...
por un tiempo del que mi memoria no guarda medida.Nunca logré ver otra cosa que el progresivo avance de lastinieblas y las...
frente. Su inmovilidad era completa y los ojos parecíanflechas a punto de volar, impulsadas por el tenso arcoque formaba s...
Pronto ese rumor se convirtió en convicción absoluta.Desde entonces ya nadie duda de que sea la única manera,y todos lo ha...
COMO POR ARTE DE MAGIA        Es difícil de creer, pero fue un cambio rápido, degolpe, en un abrir y cerrar de ojos. Al pr...
como os lo cuento, mientras del patio llegaban los ecos delas charlas de los tendales: un cambio rápido, de golpe, enun ab...
DE PELÍCULA        Dicen que cuando morimos vemos la películacompleta de nuestra vida. Eso dicen y eso fue lo que lepasó a...
enigmáticos aparatos, únicamente tenía pensamientos parauna cosa: aunque sólo había durado un instante, no podíasino admit...
ajenos con sus propias manos; a veces, se empeñaba enmodificar las conversaciones, y si alguien, por ejemplo,decía: “Tengo...
quedarse con toda la empresa. ¡Qué gritos!, ¡qué miradas!,¡qué gestos!, ¡qué caras de sorpresa e indignación! Sí, fueuna e...
los postres la trampa adecuada, él cayó en la celada dela forma exigida; ella entonces acusó, él entonces negó;ella esgrim...
dedicó a hacer exteriores. Era frecuente verlo en la calledeteniendo el tráfico, reordenando a su gusto el deambularde la ...
COMUNICADO INTERNO        Lo primero es cazar a uno. Pero cuidado, esoscerdos suelen ir en bandas como los lobos y no conv...
pierda el conocimiento ¡debe saber lo que le pasa! Cuandolo tengáis inmovilizado, le comunicáis la sentencia, perosin insu...
TIEMPO DE DESCUENTO        – ¡¿Importante?! – exclamó el hombre comosorprendido por la pregunta. Luego añadió con tonodram...
de la caída de la tarde penetraba por una pequeña ventanay dibujaba un recuadro amarillento en el suelo. El hombrecogió el...
empinados, estrechos, pedregosos, de excitantes vértigos.Su sonrisa se amplió con hoyuelos de travesura, cuando laimagen d...
estrenados: la cocina con horno, el frigorífico de tresestrellas, el microondas inteligente, el calentador estanco,y los a...
clavados como delgados mástiles desnudos, pugnaban porenraizar en las tiras de tierra que flanqueaban las ampliascalzadas ...
era una caricatura de la desolación.        – ¿No ha habido suerte? – volvió a preguntar lamujer, dando a su vez un paso. ...
Vueltas y más vueltas. Un roble. Una cabaña. Volaba.        Al cabo, exhaustos y jadeantes, se separaron yse dejaron caer ...
dos minutos!, ¡dos míseros minutos, cuando por lo menostenían que ser cinco! ¿Te das cuenta?: ¡sólo dos puñeterosminutos n...
el gesto secreto con la mano, golpeando el balón con lazurda y el interior del pie; de nuevo simula que es Quiquesaltando,...
pasar! – exclamaba, descubierto el rostro, mirando confijeza a la mujer – ¡Qué absurdo!, ¡qué estúpido y absurdosoy! ¡Qué ...
Zapatos de piel de napa        Caminaba por la playa, junto a la orilla. El pasolento, la vista baja, sus zapatos de piel ...
fuera castillo. Llevó la carga unos metros más arriba dela línea de la marea, que seguía avanzando. Repitió laoperación va...
Una humilde cebolla        Érase una vez un cocinero de gran fama y talento.Tenía un restaurante con un montón de estrella...
del sillón ergonómico y se dirigió a la cocina. Arrebatadopor la conciencia de la vanidad de las vanidades, optó poruna re...
a quitar capa tras capa de las entrañas de la indefensacebolla. Al principio sus dedos se mostraron mecánicosy hábiles, de...
La mirada más triste        El repartidor tenía la mirada más triste que habíavisto en su vida. Al menos eso pensaba Rober...
y así lo hacía ahora, sin que el cambio de lugar y trayectodespertase en él la más mínima curiosidad. Sin embargo,una maña...
repartidor no había llegado. Consultó el reloj: era demasiadopronto. Se demoró mirando los escaparates de las tiendas,aún ...
no estaba a la vista, pero la mirada más triste que habíavisto en la vida parecía aún flotar ante a sus ojos.        A sus...
forma. Pero así era. Los encuentros se fueron sucediendoy, cada vez que su mirada se cruzaba con la mirada delrepartidor, ...
alegría desbordante. Durante toda la jornada charló deforma animada, y hasta hizo un par de torpes bromas parasorpresa de ...
el viejo repartidor, se había transformado en un no menosdoloroso vacío por su ausencia. Ahora, donde quiera queestuviese,...
había enfermado de gravedad y que estaba en el hospitalen un estado “sin esperanza”. Roberto Güemes se informódel nombre c...
que, sin embargo, le observaba con atención y simpatía.         – ¿De modo que usted también se fijaba en mí? –preguntó el...
Alcántara, Paco para los amigos como usted…         Paco levantó trabajosamente el brazo y tendió lapalma abierta; Roberto...
dijo a modo de despedida. El enfermo asintió. Ya Robertosalía por la puerta, cuando oyó que le llamaba. Volviójunto al lec...
Puntos de vista        Desde cierto punto de vista, se los podía considerarparecidos. Los dos tenían veintitrés años, y er...
lo verdaderamente extraño fue que sus vidas se cruzaran.Pero, más allá de semejanzas y diferencias, el caso esque aquel dí...
volvió de permiso a su pueblo. Los vecinos le recibieroncon grandes muestras de alegría. Él respondía a losagasajos sin de...
El extraño        (Escenario vacío, salvo por unas cajas y un tablónque están al fondo y, por ahora, no visibles. Un hombr...
Extraño.- Depende de a qué usted se refiera usted.        Cualquiera.- Me han dicho que por aquí encontraríaa un tipo de p...
(Cualquiera vuelve a carraspear y a tomar aire.Habla)        Cualquiera.- Buenos días, me llamo…        Extraño.- ¡No!    ...
Cualquiera.- ¡Segurísimo!       (Callan. Tras unos segundos de silencio, Extrañovuelve a hablar)         Extraño.- ¿Y del ...
Cualquiera.- ¿Yo? Pues yo ¿quién voy a ser si no?        Extraño.- ¡Usted no ha leído el folleto ni por encimani por debaj...
Cualquiera.- ¡Estupendo! ¡Estupendo! Aunque esosí, me gustaría que… (Calla si atreverse a continuar)        Extraño.- ¿Qué...
Extraño.- Ayúdeme, por favor.      (Cualquiera coge el otro extremo del tablón.Caminan con él hacia las cajas y lo posan s...
Extraño.- (Interrumpiéndolo) ¡Pues siéntese deuna vez!       Cualquiera.- ¡Oh, sí, claro! Perdone pero es laprimera vez y…...
que hacer, lo mira. Extraño cierra el periódico y hacecomo si tuviera mucho calor)       Extraño.- Hace mucho calor aquí ¿...
Extraño.- Eso he dicho: no.        Cualquiera.- No ¿qué?        Extraño.- No: (Imitándolo) estoy harto, realmenteharto, to...
Cualquiera.- Sí, en otro sitio (Acercándose aExtraño y hablándole como al oído) Ese pasajero de ahí nonos quita la vista d...
Cualquiera.- ¡Oh, sí, claro, claro!        Extraño.- ¿Y usted sigue siendo…?        Cualquiera.- ¡Sí, sí! Como usted quier...
época y a estas horas es prácticamente imposible encontrarun asiento y una mesa libre.       (Cualquiera sigue mirando sin...
dotado de una notable complejidad, espléndidamenteestructurado, sugestivo, estimulante y muy serio… ¿no leparece?       Cu...
normalmente la negociamos. Muy burocrático todo ¿sabe?(Breve silencio) Pero… pero déjeme adivinar… yo diría quees usted mé...
imaginarios vasos. Bebe. Cualquiera, no. Unos segundosde silencio. Extraño, después de saborear el vino, posa elinvisible ...
Cualquiera.- (No contesta)       Extraño.- ¿Viudo?       Cualquiera.- (No contesta)       Extraño.- ¡¿Tampoco?! ¡Diablos! ...
mirada por calles y avenidas. Hemos perdido el contactocon nuestras raíces, con nuestra verdadera naturaleza.¡Ah, el campo...
usted aquí para eso?        Cualquiera.- Sí, tiene razón. He venido para eso,pero… ¿qué quiere que le cuente? No hay nada ...
Cualquiera.- Pero no se va ¿cómo va a irse si soyyo? ¿Cómo va a devolverme mi rostro si ése es mi rostro? Yentonces callo ...
vida misma, que soy el niño más guapo, bueno y listo delmundo, que me quiere, me quiere y me quiere más que anada y nadie ...
salud y la vida; que debo estudiar duro, muy duro, hastaquemarme los ojos y desollarme los codos; que yo deboser el mejor,...
(Unos segundos de silencio)       Cualquiera.- Sí, esas noches eternas… y aquellas,aquellas otras noches aún más eternas. ...
Algo raro esta pasando
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Algo raro esta pasando

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  1. 1. ©
  2. 2. ALGO RARO ESTÁ PASANDO
  3. 3. ALGO RARO ESTÁPASANDORAMÓN QU
  4. 4. algo raro está pasandoaquícomo por arte de magiade películacomunicado internotiempo de descuentozapatos de piel de napa.una humilde cebollala mirada más tristepuntos de vistael extrañoel acantilado 45el viejo reloj del salón 46cuestión de años 52el cuarto b 53ni por esas 60la bondad de la banca 61¡vaya usted a saber por qué! 69casi un cuento 70fotos 75cuestión de amigos 76el alcalde 78mi experiencia más importante de este verano 87la playa 89una receta 94ellos 98
  5. 5. “De niño me tropecé con el misterio y comencé a coleccionar palabras. De joven me tropecé con la palabra y comencé a coleccionar misteriosDe mayor soy esa colección perpleja de tropiezos, misterios y palabras” (Ricardo Uriarte)
  6. 6. ALGO RARO ESTÁ PASANDO Estoy desconcertado, os lo juro, sumamentedesconcertado. Y preocupado, muy preocupado. Por esoos escribo. Porque la cosa es grave, en extremo grave.O al menos yo lo creo así. Os lo cuento. El otro día, norecuerdo si fue ayer, antesdeayer o mañana, decidí salir ala calle. Y lo hice. Salté de la cama, me puse las playerasrotas, me embutí los vaqueros y la camisa de leñador, cerréla puerta de un buen portazo, bajé las escaleras de tres entres (bueno, de dos en dos; de tres en tres lo hacía de niño)y, tras detenerme unos segundos en el portal, me lancé ala calle. ¡Vaya sorpresa me llevé! Yo esperaba encontrarmecasas, gentes, coches, perros, algún bar y algún comercio…pues de eso ¡nada de nada! No había casas, ni gentes, ni
  7. 7. coches, ni perros, ni bares, ni comercios; sólo había casas,gentes, coches, perros, bares y comercios. ¿No os lo creéis?Pues os lo juro y os lo repito: no había casas, ni gentes,ni coches, ni perros, ni bares, ni comercios; sólo habíacasas, gentes, coches, perros, bares y comercios. Os podéisimaginar el susto que me llevé. No soy valiente, tampocoaudaz y mis piernas flaquean a la menor amenaza, por loque me di la media vuelta, me metí en el portal más pálidoque las baldosas y subí las escaleras de tres en tres (esta vezsí, palabra) No terminaron ahí mis cuitas ¡qué más hubiesequerido yo! Porque, mientras subía las escaleras de tres entres y con el corazón a punto de reventarme el pecho, yoanhelaba reencontrarme con mi cocina llena de platos sucios,mi radio siempre encendida, mi biblioteca repleta de libros,mi cama deshecha, y ¿qué creéis que me encontré cuandocon un suspiro de alivio entré en casa? Exacto, lo habéisadivinado. Ni rastro de mi cocina llena de platos sucios, nide mi radio siempre encendida, ni de mi biblioteca repletade libros, ni de mi cama deshecha. En su lugar, sólo habíauna cocina llena de platos sucios, una radio encendida, unabiblioteca repleta de libros y una cama deshecha. Di ungrito y corrí como un loco a un rincón. Y allí me quedéacurrucado durante horas, hasta que ayer o antesdeayer omañana, no recuerdo bien, me levanté de un salto y me sentéal ordenador para contaros mi experiencia. ¿Comprendéisahora por qué estoy desconcertado y preocupado?, ¿os hapasado a vosotros algo parecido? Contestadme, por favor¿No os parece que algo raro, muy raro, está pasando?
  8. 8. AQUÍ Era el que mejor lo hacía. Y desde entonces todoslo hacen. Me lo dijo el viejo el mismo día en que llegué,mucho antes de que sucediese: “Es la única manera”. Peroyo los vi. Con absoluta claridad los vi. Recuerdo que eltraslado había durado toda la noche y no había pegadoojo. Cuando me sacaron era ya mediodía. Me encontrabamuy cansado y me senté en las gradas de cemento queforman un semicírculo de unos tres metros de altura y diezmetros de diámetro. El sol estaba en lo alto y caía a plomo.No había una sola sombra. La luz cegaba y te obligaba abajar los ojos; pero el suelo reverberaba, y entonces nosabías donde mirar y tenías que cerrar los párpados. Loshombres, en grupos o solos, en el polvo o en las gradas,
  9. 9. parecían piedras arrojadas de cualquier manera. Yo noparaba de sudar y mi piel ardía. Me cubrí la cara con lasmanos y me pregunté por qué. El tiempo pasaba despacio,interminable, sin una nube, igual a sí mismo y al sol enlo alto. Busqué refugio en el lugar más recóndito de micerebro. Y allí, todo se me hizo negro. Me despertaron unos zarandeos. Estaba caído sobrelas gradas, de lado, hecho una bola. Quise levantarme alpunto, pero una mano sarmentosa se posó en mi hombro yme lo impidió. – ¡Despacio, despacio! Me quedé inmóvil y miré desde el suelo. Un viejome miraba a su vez. Delgado y de escaso pelo blanco, teníaun rostro alargado, quemado por el sol, de ojos pequeños,nariz ganchuda y boca fina. Su mentón parecía la punta deun zapato. Me sonreía, pero no con la boca o la mirada,sino con el mar de arrugas que era su cara. Entonces medi cuenta de que ya se podía mirar. Mis ojos buscaron elcielo. El sol no estaba; en su lugar, una luz imprecisa teñíael aire como de polvo rojizo. Me levanté tratando de hacerde las palabras del viejo carne de mis músculos. Cuandologré sentarme en la grada, descubrí el origen de aquellaluz: un trozo del horizonte parecía envuelto en llamas. Elviejo me ofreció un cigarrillo. Lo cogí y me lo puse en laboca. La mano sarmentosa encendió un fósforo y lo acercóa la punta del cigarrillo. Chupé y sentí el golpe calientedel humo. Era asqueroso aquel repentino ardor en la bocareseca, sin embargo volví a chupar con fruición. Fumamos
  10. 10. en silencio. Cuando di la última calada, tiré la colilla alsuelo y la pisé. – No deberías fumar así – dijo entonces el viejo. – ¿Así?, ¿cómo? – pregunté sorprendido. El viejo no me respondió. Seguía fumando. Reteníapor largo rato el humo en los pulmones y luego lo soltabapoco a poco. Cuando la brasa llegó al filtro aún dio otracalada. Entonces dejó caer la colilla y me contestó: – Tan rápido y pisando una colilla tan grande. – Yo fumo como quiero – fanfarroneé. El viejo resopló y dijo: – No hace falta que te hagas el duro conmigo. Senota a la legua que no lo eres. Tu sudor huele a miedo…No, no te irrites. Aquí no hay sudor que no huela a miedo.Y te daría igual ser un tipo duro, en unos días sudaríasmiedo como todos. Lo del cigarrillo era un ejemplo. Sóloquería decirte que ha llegado la hora. – ¡¿La hora?! ¿La hora de qué? Fue entonces cuando me lo dijo. Recuerdo que melo tomé a broma y me reí con ganas. El viejo volvió aresoplar y me advirtió con tono solemne: – Ríe, ríe mientras puedas; pero pronto te daráscuenta de que es la única manera. – ¡¿La única manera?! – logré articular aún entrerisas – Pero si eso es imposible… imposible y absurdo.Además, ¡ni siquiera hay! – Sí, sí lo hay. ¿No lo hueles? – Aspiró confuerza, como si quisiera meterse en los pulmones hasta el
  11. 11. último gramo de aquel aire polvoriento y caliente – Estáescondido. – ¿Escondido? – Sí, escondido. – ¿Dónde? – En todos los lados, entre los dedos del aire. Lo miré y me aparté un poco. En aquel momentotuve la certeza de habérmelas con un loco. El viejo nopareció percatarse ni de mi mirada, ni de mi movimiento.Y si lo hizo no les dio la menor importancia. Simplementesiguió hablando con el tono cansado de quien se veobligado a explicar lo evidente: – Cuando llegué aquí yo también me reí cuandome lo dijeron. Pero no tardé en comprobar lo equivocadoque estaba y, al final… – se interrumpió durante unossegundos; luego añadió, señalando con un movimientocasi imperceptible –: Mira a ese tipo. Es el que mejor lohace. Si hay alguien que pueda lograrlo es él. Miré al hombre indicado. Estaba de pie, junto alprimer escalón de la grada. Era bajo y gordo, y nada habíaen sus facciones que destacara o transmitiese algún tipode excelencia: una cara mofletuda, unos ojos pequeños,una nariz ancha, una boca de labios gruesos y una barbillabreve, casi engullida por la papada. Me pareció una especiede huevo con palotes a modo de patas y brazos, y nadame habría extrañado que se hubiese abierto de repentepara dar salida a un lechón sonrosado. No sin cierta ironíapregunté:
  12. 12. – Y de lograrlo, ¿qué pasaría? – ¡¿Qué pasaría?! ¡Valiente pregunta! Lo que todoel mundo quiere que pase. – ¿Te refieres…? – ¿A qué me voy a referir si no? – me cortó conimpaciencia. Ya más calmado, añadió: – Lograrlo es muydifícil, algunos como tú dicen que imposible. De hecho,aquí nadie recuerda que alguien lo haya conseguido. Yoya soy muy viejo y nunca lo lograré, pero si hay alguienque pueda es él. De eso no te quepa la menos duda. Y lologrará cualquier día; mañana, pasado, dentro de un año ode veinte, incluso, ¿por qué no?, ahora mismo, pero tardeo temprano lo verá, y entonces… – ¿Lo has hablado con él? – volví a preguntar.Esta vez interesado a mi pesar. – ¡¿Para qué?! – exclamó, agitando las manossarmentosas en el aire – Él nunca habla; aquí nadie habla. – Tú has hablado conmigo. – ¡Oh, eso es porque eres nuevo! Y a los nuevosles hablo una única vez para advertirlos. – ¿Una única vez? ¿Quieres decir que no volverása hablar conmigo? – Ni yo, ni nadie, muchacho, ni yo, ni nadie. Poreso grábate bien en la mollera lo que te he dicho: fíjate ytrata de aprender de él cómo se hace. Recuerda que es laúnica manera de que aquí el tiempo no te pudra por dentroy lleguen los buitres. – ¿Los buitres?
  13. 13. – Sí, los buitres. Cuando mueres te arrojan lejos,muy lejos, en la llanura y entonces aparecen los buitres… El viejo se levantó. Traté de retenerlo con nuevaspreguntas, pero no me hizo caso: descendió por las gradasy se situó junto al hombre con aspecto de bola. Los dosestaban inmóviles. Miraban con fijeza a un punto elevadofrente a sí. Y no sólo ellos. Algunos de los hombres que sedesparramaban por el recinto hacían lo mismo. No todos.La mayoría parecía no hacer nada. Sentados, tumbados ode pie tenían la vista en el polvo. El incendio del horizontese iba extinguido poco a poco en una oscuridad progresiva.Nubes bajas fueron cubriendo el cielo como la tapa de unataúd. El silencio era completo. La tierra exhalaba el calorretenido durante el día. El punto hacia donde miraban eratan negro como cualquier otro. Sonó la hora de ir a dentro.En una única fila, como hormigas, fuimos entrando. Desde aquel día, todos los días fueron el mismodía. Nos sacaban al amanecer, cuando el aire aún guardabarastros de la frescura de la noche. Pero aquella atmósferatibia pronto desaparecía y, más que un alivio del que sepodía gozar, era como un malévolo recordatorio de lo quehabías perdido para siempre. Porque enseguida llegaba elsol. El sol aplastando la tierra con su enorme presencia,secando el aire con aliento de horno, golpeando sobrenuestras cabezas, penetrando en el cerebro, agrietandola conciencia. Y al cabo, el atardecer, el incendio en elhorizonte, la luz rojiza, el último sudor en las cosas, lasnubes bajas, la progresiva oscuridad que se cerraba como
  14. 14. la tapa de un ataúd y la vuelta a dentro en fila de hormigas.Y así, día, tras día, siempre el mismo e inevitable día… Al principio, me negué a aceptar la realidad. Subíay bajaba las gradas, iba de un lado a otro, buscando unaforma de escapar. Pero pronto comprobé la completainutilidad de mis esfuerzos: aquí no hay salidas, nientradas, sólo está la llanura, polvorienta y sin una briznade vegetación, que se extiende por todos los lados, muchomás allá de lo que puede abarcar la vista. Innumerablesveces traté de reanudar mi charla con el viejo. Me acercabaa él, le hablaba, le rogaba, incluso llegaba a zarandearlo.Era inútil. No me contestaba, no me miraba, como si noexistiese. Y lo mismo ocurrió con todos aquellos a los queme dirigí. Desesperé entonces y empecé a pasar los díashecho un ovillo en el polvo o en las gradas. No sé cuantotiempo duró esa situación. Quizás fuesen semanas, meseso años. No lo sé. Simplemente recuerdo que quería acabar,que de hecho me estaba acabando. Y sin duda así habríaocurrido, si no llega a ser porque una mañana, poco despuésde que nos sacaran, noté que el viejo no estaba entrenosotros. No di importancia a su ausencia. En realidad,nada, ni nadie me importaban. Aún quedaban restos detibieza en el aire cuando descubrí, lejos, muy lejos, puntosque se desplazaban en el cielo. Al pronto no supe muy bienque podrían ser, pero no tardé en imaginar que eran. Grité,señalé, traté de llamar la atención del resto de los hombres.Fue inútil. Nadie me hizo caso, nadie miró a los puntos queseguían planeando lejos, muy lejos, y si alguien lo hizo no
  15. 15. dio la más mínima señal de ver nada. Reí; reí entoncescomo si todo en mí fuese risa; reí mientras el sol avanzabahacia lo más alto; reí hasta caer al suelo; reí hasta que miconciencia se adormeció en la negrura; reí hasta que depronto comencé a sentir que un pitido taladraba mis oídos.No hice caso y creí seguir riendo ovillado en el polvo.Sin embargo, el pitido, agudo e interminable, no tardó enverse acompañado de unos golpes como de martillo en lassienes. Al principio leves, fueron haciéndose cada vez másfuertes, hasta el punto que temí que mi cráneo se partieseen pedazos. Dejé de creer que reía y me llevé las manos ala cabeza con la vana pretensión de usarlas de escudo; perolos golpes continuaron, al tiempo que miles de agujas, tanpronto al rojo vivo, como hechas de hielo, se clavabanen mi cerebro. El aire ya no entraba en mis pulmones yel corazón latía desbocado. Imágenes de tacto arenosobailaban por dentro de mis párpados cerrados; se estirabany se encogían, se retorcían y fragmentaban en un fondode sangre y entre destellos blancos. Eran buitres, decenasde monstruosos buitres. Algo dentro de mí se rebeló y mepuse en pie de un salto. Sudoroso, jadeante, temblando,me vi en medio del atardecer. Busqué con los ojos alhombre que mejor lo hacía. Como siempre, allí estaba,junto a las gradas, de espaldas a la caída del sol, mirandohacia la parte del cielo donde la oscuridad progresaba.Fue en aquel momento cuando me acerqué a él y comencéa imitarlo. Y lo seguí imitando no sólo aquel atardecer,sino también el siguiente y el siguiente y el siguiente,
  16. 16. por un tiempo del que mi memoria no guarda medida.Nunca logré ver otra cosa que el progresivo avance de lastinieblas y las nubes bajas, cayendo sobre nosotros comola tapa de un ataúd. Sin embargo, aquella repetida visiónde nada no disminuyó un ápice mi necesidad de intentarlocada atardecer; muy por el contrario, la aumentó, como sise alimentara y creciese con la repetición del fracaso. Losdías seguían siendo iguales a sí mismos; sin embargo, yoya no me sentía el mismo. Había dejado de pasar el díaovillado en el polvo o en las gradas, esperando y deseandoel fin. Ahora, mientras el sol recorría lentamente el cielohaciendo suyas todas las cosas, yo pensaba que ya no erade él, que ya había vuelto a pertenecerme a mí mismo,que, en cuanto llegase el atardecer, lo volvería a intentar y,¡esta vez, sí!, lo lograría. Ocurrió un atardecer. Estaba dando mi paseodiario, dispuesto ya a acercarme al hombre que mejorlo hacía, cuando oí un grito a mis espaldas. Aquello eraextraordinario, así que alarmado me giré y busqué el origendel grito. Era uno de los que también miraban. Señalaba alas gradas. Miré en la dirección indicada. Yo estaba algoalejado, pero podía imaginar lo que tantas veces habíavisto: el hombre que mejor lo hacía. Llevaba la mismaropa tosca que todos, pero en él daba la impresión demayor ligereza y menor bastedad. De espaldas a la caídadel sol, miraba hacia la parte del cielo donde la oscuridadprogresaba. Tenía la cabeza ligeramente adelantada conrespecto al tronco, que, a su vez, se inclinaba hacia el
  17. 17. frente. Su inmovilidad era completa y los ojos parecíanflechas a punto de volar, impulsadas por el tenso arcoque formaba su ceño alzado. Incluso la pequeña barbillapugnaba por salir de la bolsa de la papada, aferrándosea la repentina solidez que le ofrecían las mandíbulasapretadas con fuerza y la sonrisa que parecía llenar defirmeza el rostro. Sus brazos y piernas, cortos y delgados,parecían resortes en el instante previo a saltar lejos, muylejos… El hombre que había gritado, volvió a gritar. Hacíatanto tiempo que no escuchaba una voz humana que, alprincipio, no entendí sus palabras. Pero pronto logré captarel significado. Exclamaba: – ¡Mirad! ¡Las ropas! ¡Se mueven! ¡Lo estáviendo, lo está viendo! Desde mi posición y a la luz turbia y enrojecidadel atardecer no alcancé a ver el movimiento de las ropas.Quise acercarme, pero un pensamiento me retuvo. Si él loestaba viendo, si estaba moviendo sus ropas, es que estabaallí, entre los dedos del aire, y entonces yo también podríaverlo. Miré. Miré con todo mi ser. Miré como nunca anteshabía mirado. Miré hasta que la oscuridad y las nubesbajas cayeron como la tapa de un ataúd. Miré hasta quellegó la hora de entrar. Mire y miré, pero no logre ver nada,absolutamente nada. A la mañana siguiente el hombre que mejor lohacía no apareció, ni nunca más volvió a aparecer. Antesde que el silencio cayera de nuevo entre nosotros, corrióde boca en boca el rumor de que había logrado escapar.
  18. 18. Pronto ese rumor se convirtió en convicción absoluta.Desde entonces ya nadie duda de que sea la única manera,y todos lo hacen. Yo no. Sé que no escapó. El mismo díade su desaparición lo supe. Se lo dije a los demás, perono me creyeron. Se los señalé, pero no quisieron mirar.Por eso he dejado de hacerlo. Porque yo los vi el día desu desaparición. Los vi con claridad, en la lejanía, comopuntos en el aire, sobrevolando la ardiente e interminablellanura.
  19. 19. COMO POR ARTE DE MAGIA Es difícil de creer, pero fue un cambio rápido, degolpe, en un abrir y cerrar de ojos. Al principio, tenía unahoja larga y limpia, y un puño y un brazo y un pecho henchidosobre el que se alzaba una cabeza de pelo encrespado. Peroeso fue al principio, durante unos segundos que parecieronhacer eternos la respiración de la olla y el goteo del grifoen el fregadero; luego, de golpe, en un abrir y cerrar deojos, sesgó el aire al encuentro del grito. Ahora ya no teníael puño, ni el brazo, ni el rostro afilado con barba de unosdías; ahora tenía la hoja sucia y hundida, y la empuñaduraal aire, entre dos pechos pequeños, redondos, todavíaduros, a un palmo de una melena negra desparramada porel suelo y de un bonito lunar en una mejilla carnosa, cadavez más pálida. Es difícil de creer; lo sé. Pero fue así, tal y
  20. 20. como os lo cuento, mientras del patio llegaban los ecos delas charlas de los tendales: un cambio rápido, de golpe, enun abrir y cerrar de ojos, como por arte de magia.
  21. 21. DE PELÍCULA Dicen que cuando morimos vemos la películacompleta de nuestra vida. Eso dicen y eso fue lo que lepasó a nuestro héroe… Bueno, no del todo. Cierto que enel momento en que su coche se estrelló contra el árbol,pudo contemplar toda su existencia; pero no es menoscierto que matarse no se mató. Quedó bastante maltrechoy salvó la vida gracias a la rápida intervención de losservicios sanitarios. Sin embargo, cuando despertó enla cama del hospital, no pareció dar mucha importanciaal hecho milagroso de seguir vivo. Vendado como unamomia, con las piernas colgando de unas pesas, losbrazos asaeteados de agujas epicraneales y rodeado por
  22. 22. enigmáticos aparatos, únicamente tenía pensamientos parauna cosa: aunque sólo había durado un instante, no podíasino admitir que la película de su vida le había aburridode forma soberana. Con un argumento pobre, una tramadeshilvanada, unos personajes ramplones, unas peripeciassin interés y ni un solo efecto especial, carecía por completode tensión y ritmo, y resultaba plana y monótona hasta laextremaunción. Morirse era inevitable, pero no lo era tenerque hacerlo entre bostezos. Nuestro héroe decidió cambiarla película de su vida. Nada más salir del hospital después de una largaconvalecencia, puso manos a la obra. Lo primero que hizofue transformar el aspecto del protagonista, o sea, de élmismo. Se peinó el pelo hacia atrás, se dejó unas patillaslargas y finas, y en vez de los trajes de corte clásico quesiempre había llevado, comenzó a vestir ropas juveniles,siendo sus preferidas los pantalones y chaquetas decuero negro. Su mujer, amigos y compañeros de trabajoachacaron estos cambios a unas comprensibles, aunquealgo extravagantes, ganas de vivir, nacidas de haberestado tan cerca de la muerte. Más difícil les resultó darexplicación a las otras nuevas peculiaridades de nuestrohéroe. Ahora, era un gesto muy suyo mirar todo a travésde la ventana que simulaba formar ante sí uniendo, con lapunta de los pulgares extendidos, las palmas de las manosabiertas; también se había vuelto muy típico en él cambiarel lugar o la postura de la gente, aunque para ello tuvieseque emplear empujones o descruzar brazos y piernas
  23. 23. ajenos con sus propias manos; a veces, se empeñaba enmodificar las conversaciones, y si alguien, por ejemplo,decía: “Tengo sueño”, no cejaba hasta que ese mismoalguien rectificaba y sentenciaba: “Toda la vida es sueño;y los sueños, sueños son”. Se empezó a hablar de shockpost-traumático y de traumatismo craneal. Nuestro héroe, conocedor de estos rumores,disimulaba y se reía para sus adentros. Sin embargo, notardó en darse cuenta de que, salvo por las redobladasatenciones de su mujer y la actitud conmiserativa de losamigos, todo seguía igual. Su vida continuaba siendo plana,monótona y aburrida. Se dijo, entonces, que para hacer unabuena película de su vida no bastaba con cambiar el aspectodel protagonista, perfeccionar los encuadres o mejorar laforma de actuar y decir del reparto, sino que era necesariouna buena historia, un argumento bien construido, lleno deconflictos, enredos, giros y golpes inesperados. Duranteuna larga temporada vio centenares de películas y leyócentenares de guiones. Cuando consideró que estababien documentado, se puso manos a la obra. Tuvo suprimera gran ocasión con la muerte repentina del sociodel jefe de la empresa para la que trabajaba. Ni corto, niperezoso decidió aprovechar la oportunidad dramática.Fue un verdadero clímax, un plano cargado de intensidady tensión, cuando, en el momento en que el silencio eramás recogido y el pesar llenaba todos los corazones,nuestro héroe, señalando con un índice el ataúd y con elotro al jefe, acusó a éste de haber asesinado a su socio para
  24. 24. quedarse con toda la empresa. ¡Qué gritos!, ¡qué miradas!,¡qué gestos!, ¡qué caras de sorpresa e indignación! Sí, fueuna escena realmente conseguida, tan bien realizada quesólo tuvo que gritar media docena de veces “¡corten!”,cambiar de posición a tres enlutados asistentes y rectificarapenas un par de líneas de diálogo. Todo un éxito, por másque fuera expulsado de malas maneras del camposanto ydel trabajo. No le duró mucho la alegría a nuestro héroe por estelogro. Pasadas unas semanas, tuvo que reconocer que suvida había caído de nuevo en el tedio y la monotonía. Todoel día en casa y sin nada que hacer, sus días transcurríaniguales, repitiéndose los unos a los otros de forma cadavez más apagada, como un eco que se extingue. Entoncesvolvió a ver los mismos centenares de películas, volvió aleer los mismos centenares de guiones y, documentado,volvió a poner manos a la obra. Con gran sentido de laambigüedad y el equívoco, fue sembrando indicios ante suesposa que parecían indicar una probable infidelidad por suparte. La mujer, al principio incrédula, más tarde suspicazy al cabo celosa, terminó por descubrir una apasionadacarta de amor que nuestro héroe había olvidado de formaastuta en el bolsillo de la chaqueta. En esta ocasión notuvo que realizar ningún corte, ni cambiar ninguna líneade diálogo. Todo salió redondo, perfecto, en tiemporeal, en plano secuencia. Fue en la cena como mandanlos cánones. Ella actuó y habló como si nada supiese,él actuó y habló como si nada temiera; ella le tendió en
  25. 25. los postres la trampa adecuada, él cayó en la celada dela forma exigida; ella entonces acusó, él entonces negó;ella esgrimió la carta, él balbuceó; ella se puso en pie, élse encogió en el asiento; ella gritó, él rogó; ella le exigióel divorcio, él se lo concedió; ella salió dando un portazo,él se quedó en la cocina con la satisfacción del artista quealcanza su obra cumbre. Sin trabajo y sin esposa, recurrió a los amigos.Ya tenía pensada una emocionante historia: Juan, íntimoamigo de Luis, intentaría asesinar a éste por ser amante desu esposa. La escena cumbre se produciría en el domiciliode Luis. La atmósfera sería tensa, la iluminación dura, losdiálogos broncos, los silencios cargados; Juan, mascandola rabia, sacaría una pistola ante el rostro demudado deLuis; Juan, vengativo e inmisericorde, apuntaría a Luisque, indigno y cobarde, imploraría por su vida; Juansoltaría una carcajada sardónica, Luis un lastimerogemido; ya aprieta el gatillo Juan cuando, de improviso,nuestro héroe aparece en el plano y, arrojándose sobre elhombre armado, logra desviar el disparo en el postreroinstante; la bala haría añicos el costoso jarrón de porcelanachina favorito de la mujer de Luis… Sin embargo, nuestrohéroe no tuvo oportunidad de dar realidad a tan magníficaescena. No sólo Juan y Luis, sino la totalidad de amigosy conocidos huían nada más verlo, hartos de tener quesalir o entrar, sentarse o levantarse, hablar o callar, segúnordenara nuestro héroe con su particular sentido del ritmoy la tensión. Dolido por este fracaso, durante un tiempo se
  26. 26. dedicó a hacer exteriores. Era frecuente verlo en la calledeteniendo el tráfico, reordenando a su gusto el deambularde la gente o tratando de persuadir a un orondo carnicerode que cambiase tanto de naturaleza como de negocio,pues lo que él en verdad necesitaba para su escena, allí yprecisamente allí, no era una carnicería sino un restauranteitaliano y un cocinero con aspecto y ademanes de primaballerina. Cierto día, se le acercaron dos individuos. Congran pompa le dijeron que eran de “jólivud” y deseabanproponerle un “gud bisnis”. Todo orgulloso se subió conlos dos individuos a la ambulancia. Pasó el resto de susdías en un psiquiátrico. Fue bastante feliz, y era digno dever el entusiasmo, la seriedad y el empeño que ponían elresto de los pacientes en seguir sus sabias instrucciones dedirector experimentado. Lo malo fue cuando trató de haceruna versión de “Rebelión en la granja”. El entusiasmo, laseriedad y el empeño que pusieron entonces los pacientesen el proyecto alcanzaron tal grado que los médicos,alarmados, recluyeron en total aislamiento a nuestro héroepor una larga temporada. Falleció a los ochenta años. Dicen que muriódiciendo: “Éste es el comienzo de una gran amistad”
  27. 27. COMUNICADO INTERNO Lo primero es cazar a uno. Pero cuidado, esoscerdos suelen ir en bandas como los lobos y no convieneenfrentarse a ellos cuando están juntos. Por lo tanto,vigiladlos, estudiad sus rutinas: cuándo salen, cuándoentran, a dónde van, de dónde vienen, por dónde pasan.Una vez que conozcáis sus recorridos habituales,seguidlos sin que os adviertan, esperad a que se separeny continuad tras la pista del que veáis más débil. Escogeduna noche oscura, un barrio alejado, una calle solitaria.Desplegaros de tal forma que cerréis cualquier vía deescape. Comprobad que no haya testigos. A un gesto devuestro jefe, os abalanzáis todos a una. Si la pieza seresiste golpeadla, pero teniendo buen cuidado de que no
  28. 28. pierda el conocimiento ¡debe saber lo que le pasa! Cuandolo tengáis inmovilizado, le comunicáis la sentencia, perosin insultos ni gritos, ecuánimes y serios, como lo querealmente somos, los legítimos ejecutores de lo que todoel mundo piensa: que estamos hartos de que nos quitennuestros trabajos, de que asalten nuestras viviendas, deque ensucien nuestras calles, de que no sigan nuestrascostumbres, de que amenacen nuestra civilización, de quemiren a nuestras mujeres… Después rociadlo bien. Esto esmuy importante: sin empaparlo a conciencia de gasolina esdifícil que prenda. Luego le dais fuego, sacáis unas fotosy salís corriendo. Por ahora somos pocos y no convieneque nos detengan. El valor se nos supone, no tenemos quedemostrarlo, sino ser eficaces. Buena suerte.
  29. 29. TIEMPO DE DESCUENTO – ¡¿Importante?! – exclamó el hombre comosorprendido por la pregunta. Luego añadió con tonodramático: – Es nuestra última oportunidad. Estaban de pie en el vestíbulo. La mujer tratabade colocar bien el abrigo y la bufanda al hombre, que noparaba de moverse. – Seguro que tenemos suerte – le animó la mujer. – ¡Más nos vale! – Pero no te pongas muy nervioso, ¿me loprometes? “Te lo prometo” contestó el hombre. Había abiertola puerta del piso. En la escalera reinaba el silencio. La luz
  30. 30. de la caída de la tarde penetraba por una pequeña ventanay dibujaba un recuadro amarillento en el suelo. El hombrecogió el ascensor. El ruido del mecanismo ronroneódurante unos segundos. Cuando cesó, la mujer se asomópor el hueco de la escalera. – Y no te quites la bufanda que hace mucho frío– gritó la mujer. Esta vez el hombre no contestó. La mujer siguióasomada hasta que oyó el golpe de la puerta del portal;entonces suspiró y entró en el piso. Cerró el armario delvestíbulo y se dirigió a la sala de estar. La televisión,encendida pero sin sonido, mostraba imágenes de hombresen camiseta y pantalones cortos detrás de un balón. Lamujer sonrió, se sentó y cambió de canal. Escogió unoque daba imágenes de parajes naturales. Le gustabanaquellos paisajes de ríos estrechos, de valles encajonados,de laderas empinadas pobladas de bosques, de paredesrocosas cubiertas en las altas cumbres de mantos de nieve.Si antes había sonreído como una madre ante las travesurasde un niño, ahora sonreía como una muchacha. Recordabalas excursiones que hiciera con su marido en los tiemposen que empezaban a ser novios, apenas tres años atrás.Habían caminado por riberas similares, aturdidos por elfragor de las aguas jóvenes y bravas; habían exploradovalles y bosques semejantes, avanzando, retrocediendo,subiendo, bajando, según lo abrupto del terreno o loespeso de la vegetación les cerrara o les abriera el paso;incluso habían ascendido cumbres parecidas por caminos
  31. 31. empinados, estrechos, pedregosos, de excitantes vértigos.Su sonrisa se amplió con hoyuelos de travesura, cuando laimagen de un gran roble junto a una cabaña de montañale trajo a la mente la primera vez que hicieron el amor.“¡Eso sí que eran buenos tiempos!” exclamó de repente.Se asustó al oír el sonido de su propia voz. No era quetemiese hablar a solas porque lo creyera síntoma delocura. Desde niña había tenido esa costumbre y de mayorla había conservado sin que nunca le hubiese preocupadolo más mínimo. Por el contrario, le gustaba hablar en vozalta consigo misma. Le ayudaba a pensar, a concentrarse,a realizar con más empeño y eficacia las tareas que en cadacaso le ocuparan. No, no era eso. Era que últimamentetemía lo que se pudiese decir. No se le escapaba que, hastacierto punto, ese temor era absurdo. Después de todo, suvoz era suya y ella era ella, ¿qué se podía decir que ya nosupiese? Aunque, por otro lado, ¿no sería ese precisamenteel problema? Siempre había respetado mucho las palabras.Para ella no eran simples sonidos con significados máso menos precisos, más o menos importantes; para ella,cada vez que una palabra salía de la boca de alguien, seconvertía en un ser invisible, pero activo, que permanecíaya para siempre en la vida de los que habían hablado yescuchado, bien como ángel, bien como diablo. Apagó la televisión, se levantó y salió al vestíbulo.Fue recorriendo el piso de setenta metros cuadrados,habitación por habitación. Primero la cocina, amplia,luminosa, con todos los electrodomésticos recién
  32. 32. estrenados: la cocina con horno, el frigorífico de tresestrellas, el microondas inteligente, el calentador estanco,y los armarios tan cómodos, chapeados con melaminaimitación a cerezo, a juego con la mesa y las cuatrobanquetas; después el baño, de dimensiones demasiadoreducidas para su sueño de una bañera de hidromasaje, aúnmás empequeñecido por la imprescindible presencia de lalavadora pero, al fin y al cabo, limpio y funcional; luego,la futura habitación de los niños, todavía sin amueblar,mucho dinero todo de golpe, utilizada a la sazón comotrastero y cuarto de la plancha; por último, su orgullo, eldormitorio, donde había desarrollado, sin más trabas quelas dimensiones, sus particulares gustos decorativos. Lasparedes, de un suave tono gris perla, roto por media docenade litografías de cuadros abstractos e impresionistas,contrastaban con los muebles: la cama de bancada invisibley sin cabecero, con una gran plataforma color ébano;las mesillas en el mismo color, con soportes livianos ydetalles en acero; el armario de puertas correderas estilojaponés; la cómoda ancha, sencilla, bajo un gran espejode marco color ceniza. La mujer entró en el dormitorioy acarició las hojas del ficus y las ramas colgantes de laesparraguera que daban una pincelada de verde vivo aambos lados de la ventana. Apoyó la frente en el cristal ymiró al exterior. La nueva urbanización languidecía en unaquietud descarnada. Los bloques de pisos, simétricamentedistribuidos, parecían darse la espalda, como absortos en lareflexión sobre su propio sentido. Filas de árboles jóvenes,
  33. 33. clavados como delgados mástiles desnudos, pugnaban porenraizar en las tiras de tierra que flanqueaban las ampliascalzadas y aceras. Había unos pocos coches aparcados;y las farolas, altas y estilizadas, aún esperaban su hora.La mujer se apartó de la ventana, se giró con brusquedady contempló por unos segundos el alegre colorido de loscojines coquetamente distribuidos sobre la cama estiloZen. “¡No!, ¡no!, ¡no!” gritó de repente como tratandode contener con aquella triple negación las palabras quepugnaba por salir de la garganta. Casi corriendo saliódel dormitorio y volvió a la sala de estar. Se sentó y tratóde concentrarse en la respiración. Los minutos pasabanlentamente, de puntillas, como temerosos de romper elsilencio. La presión en la garganta fue desapareciendo pocoa poco. Sumida en la creciente oscuridad, la mujer mirabael vacío. En el exterior, a las farolas ya les había llegadossu hora e iluminaban, con una luz todavía amarillenta, a unhombre y un perro que pasaban junto a un gran cartel depromoción inmobiliaria. Eran las diez de la noche. La mujer acababa de hacerla cena. Oyó el ruido del ascensor, la llave deslizándose enla cerradura, la puerta abriéndose y cerrándose, los pasosen el vestíbulo. Esperó sonriente. El hombre apareció enel umbral de la cocina. No se había quitado el abrigo yllevaba la bufanda en la mano. Tenía los hombros hundidosy la cabeza baja. – ¿Qué ha pasado? – preguntó ansiosa la mujer. El hombre dio un paso; levantó la cabeza; su rostro
  34. 34. era una caricatura de la desolación. – ¿No ha habido suerte? – volvió a preguntar lamujer, dando a su vez un paso. El hombre negó y se cubrió la cara con la mano quesostenía la bufanda. Sus hombros comenzaron a agitarse,contenidos. – No te preocupes – trataba de consolarlo la mujer,sinceramente preocupada por el disgusto de su marido. La agitación de los hombros crecía por momentos. – Seguro que la próxima vez… De pronto, desde detrás de la mano, brotaron unascarcajadas incontenibles. El hombre descubrió el rostro yexclamó: – ¡Ha sido grandioso!, ¡épico!, ¡histórico! Nuncaagradeceré bastante a Esteban que me haya invitado. – Entonces, ¿habéis ganado? “Sí, tonta, sí: ¡hemos ganado!” proclamó conentusiasmo el hombre, enarbolando la bufanda. Luego, seabrazó a la mujer y la llevó bailando todo a lo ancho ylargo de la cocina. – En el tiempo de descuento, mi niña, en el tiempode descuento metimos el gol.… Siguieron bailando. Giraban y giraban en torno ala mesa. La mujer se dejaba llevar, se apretaba contra él,reía. Cerró los ojos. Pegado el rostro al pecho del hombresentía los latidos, la respiración que acariciaba su cabeza;agarrada con fuerza, sus pies apenas tocaban el suelo.Aguas bravas y jóvenes. Valles y bosques. Cumbres.
  35. 35. Vueltas y más vueltas. Un roble. Una cabaña. Volaba. Al cabo, exhaustos y jadeantes, se separaron yse dejaron caer en las banquetas. Mientras recuperabanel aliento, se miraron sonrientes, en silencio, todavía lasmanos enlazadas. Cuando sus respiraciones se aquietaron,el hombre comenzó a contar los pormenores del partido.Ella lo escuchaba sin prestar atención a sus palabras. Sedejaba llevar por la música de su voz, disfrutando poradelantado del momento en que él terminara y ella, comosi nada pretendiese, lo condujera adonde ya cada poro desu piel deseaba y abría. El hombre continuaba narrandoel encuentro. Con tono sesudo y didáctico, habló de ladisposición táctica de su equipo: la defensa adelantada yen línea, la superioridad numérica en el centro del campo,la subida de los laterales, la presión asfixiante de losdelanteros, el buen trato del balón. Lamentó las múltiplesoportunidades perdidas; citó con tintes proféticos la viejaverdad futbolística de “quien perdona, pierde”; recordóestremecido como a diez minutos del final el equipocontrario les cogió en una contra y a punto estuvo demarcar... Entonces el hombre se interrumpió y se puso enpie. Tras unos segundos de calculado silencio, continuósu relato con énfasis apasionado. Se movía y gesticulaba,representando dramáticamente sus palabras. – ¿Te imaginas? El empate nos llevaba a segunda…y el balón que no quería entrar y el reloj que corría y corríacomo una liebre… Entonces, el muy hijoputa del cuartoárbitro saca el luminoso y ¿lo querrás creer?: ¡sólo añade
  36. 36. dos minutos!, ¡dos míseros minutos, cuando por lo menostenían que ser cinco! ¿Te das cuenta?: ¡sólo dos puñeterosminutos nos separaban del abismo de segunda! ... Habíaque dar el último arreón, atacar con todo. Los disparosdesde fuera del área, los centros a la olla se sucedían peroellos, colgados del larguero, eran como un frontón. ¡Yasolo quedaba un minuto!, ¡un solo minuto!... Entonces, undefensa suyo saca el balón de la raya y lo manda a corner. Esnuestra última oportunidad, suben todos al remate ¡hasta elportero!, en la grada se produce un silencio estremecedor,la tensión es insoportable, Gandarillas saca al primer palo,Quique la peina y Cagigal solo en el segundo palo remata,y ¡¡¡Gooooooolllllll…!!! Y el hombre levanta los brazos, agita la bufanda,corretea por la cocina. La mujer ríe y aplaude. Tras darunas cuantas vueltas, el hombre se detiene en el mismositio de antes. Aún enarbola la bufanda y sonríe por unossegundos, pero, poco a poco, los brazos caen y el rostro sevela en un progresivo silencio. Sus ojos están inmersos enun punto donde no puedan encontrar la mirada de la mujer,que ya no aplaude, ni ríe. La bufanda pende de la mano,toca el suelo, movida apenas por un ligero temblor. Loslabios también se estremecen y el ceño fruncido marcaen la frente dos arrugas paralelas. De pronto, como sivolviera de ningún sitio, como despertado por un resorte,con tono febril y el rostro descompuesto, el hombrevuelve a contar ese último minuto. Y de nuevo finge serGandarillas oteando el área desde el banderín, haciendo
  37. 37. el gesto secreto con la mano, golpeando el balón con lazurda y el interior del pie; de nuevo simula que es Quiquesaltando, moviéndose, fajándose, saliendo disparado haciael primer palo para peinar el balón; de nuevo es Cagigal,desmarcado en el segundo palo, rematando a placer,alzando los brazos, celebrando el gol. Y, ante la mirada yaalarmada de la mujer, el hombre aún se aferra por terceravez a su relato. Ahora lo repite inmóvil, sin un gesto,sin una inflexión en la voz, con la mirada perdida en elvacío, hasta que el grito de gol se le ahoga en la garganta.Entonces se derrumba en la banqueta y sume el rostro enlas manos, la cabeza vencida a las rodillas. La mujer, paralizada, le contempló en silenciopor unos segundos. Luego, con tono lleno de temor, lepreguntó: – ¿Qué te pasa? El hombre no contestó. Y ella lo prefirió así: quecallara, que no respondiese ni en un minuto, ni en una hora,ni en el día siguiente, ni en todos los días siguientes. Sí, loprefería de esa manera… sin embargo, volvió a preguntar: – ¿Qué te pasa? Y el silencio todavía duró un poco más. Y lamujer se agarró, se apretó y se dejó llevar por él. Y en esebreve tiempo detenido creyó escuchar el fragor de aguasbravas y jóvenes, el tremolar de las hojas, el viento de lascumbres, los chasquidos del roble y los quietos susurrosde la cabaña. Pero entonces el hombre habló. – ¡¿Qué me pasa?! ¡Qué crees que me puede
  38. 38. pasar! – exclamaba, descubierto el rostro, mirando confijeza a la mujer – ¡Qué absurdo!, ¡qué estúpido y absurdosoy! ¡Qué me importan a mi Gandarillas, Quique, Cagigaly todos los goles del mundo! Nosotros sí que vamos abajar a segunda; nosotros sí que estamos en el tiempo dedescuento. Dos semanas, sólo quedan dos semanas y paranosotros no habrá gol en el último minuto, ¿entiendes?,¡no lo habrá! La mujer percibió entonces su bullir en la garganta.Sintió su sabor amargo, la quemazón en la lengua, elempuje brutal con el que pugnaban por salir. Apretó losdientes, cerró los labios, se llevó las manos a la boca. Peronada pudo. Las palabras saltaron, inevitables, una por una,en toda su extensión y exacto significado: – Vamos a perder el piso, ¿verdad? El hombre se levantó y se fue. La mujer oyó elgolpe seco de la puerta del dormitorio. Sola, en la cocina,supo que ya estaban allí. En el piso. Invisibles y vivas,entre ellos.
  39. 39. Zapatos de piel de napa Caminaba por la playa, junto a la orilla. El pasolento, la vista baja, sus zapatos de piel de napa marrónse hundían en la arena aún húmeda de la marea anterior.Siguió andando un buen rato, ajeno al rumor del mar y alsol que aparecía y desaparecía entre las nubes. A vecessus labios se movían, acompañados de un aleteo fugaz delas manos; entonces se detenía, alzaba la mirada y agitabacon brusquedad la cabeza. Fue en uno de esos momentoscuando descubrió al niño. Estaba de rodillas, al lado deun castillo de arena. El agua ya alcanzaba los muros y elniño cogía puñados de arena y trataba de reforzarlos. Erainútil. Las olas no cejaban en su empeño, incontenibles,cada vez más fuertes. Al final, los muros cedieron, el marpenetró en el interior, la torre se hundió y el castillo enterono tardó en convertirse en un montón informe de arenamojada. El palo que había hecho de mástil fue arrastradopor la espuma. “Que pena ¿verdad?” dijo el hombre. El niñolo miró por un instante y, sin contestarle, cogió su palade plástico y llenó el cubo con la arena del montón que
  40. 40. fuera castillo. Llevó la carga unos metros más arriba dela línea de la marea, que seguía avanzando. Repitió laoperación varias veces con gesto serio y concentrado.En ocasiones se detenía y, observando el progreso desu labor, canturreaba por unos segundos. Luego, con unbrinco y una carrera, reanudaba su empeño. Cubo a cubo,el montón fue creciendo. Por fin, el niño posó el cubo y lapala, y dio unas vueltas en torno al montón. Lo miraba confijeza, desde diferentes ángulos, como sopesando si habíaalcanzado el tamaño adecuado. Siempre con el mismogesto grave y absorto, ahora parloteaba para sí. El hombre le había estado contemplando ensilencio, con la cabeza ladeada y un tanto abierta laboca, pero cuando el niño se puso de rodillas y metiólas manos en el montón de arena, sus labios se cerraronde golpe y se arquearon en una sonrisa. Y la sonrisa notardó en hincharse y en hacerse risa; y la risa, creciendo ycreciendo, pronto explotó en carcajadas. Unas carcajadasinformes; unas carcajadas incontenibles; unas carcajadascada vez más fuertes que estremecían su cuerpo y lehacían tambalearse. El niño lo miró con los ojos abiertosde par en par, dudó por unos instantes, para de pronto salircorriendo y desaparecer playa arriba. Y allí quedaron lapala, el cubo y el nuevo montón de arena. Y también elhombre. Presa aún de las carcajadas, no advertía que lasolas ya le alcanzaban y dejaban un palo en el charco dondese hundían sus zapatos de piel de napa marrón.
  41. 41. Una humilde cebolla Érase una vez un cocinero de gran fama y talento.Tenía un restaurante con un montón de estrellas, tenedoresy gente adinerada. Su carta elevaba al olimpo del paladar asacrificados representantes del mundo animal, del vegetale incluso del mineral. En sus bodegas atesoraba las añadasmás codiciadas. Entrevistado por periódicos, revistas,radios y televisiones, gustaba de decir que “la cocina esuna metáfora de la vida”. Era un titular asegurado; ligero ydigestivo como su premiada “sopa de hierbas aromáticas” Cierto día se encontraba solo en su casa. Atardecíay desde el ventanal abierto del salón podía ver los últimospasos del sol, titilando en el mar camino de un horizonteencendido de rojos y dorados. En el cielo las gaviotastrazaban lenguajes secretos. Un rumor con gusto de salacariciaba la atmósfera tibia y serena. Suspiró, embargadopor los pensamientos que parecía posar ante sus ojos el batirconstante y blando de las olas. Empezaba a comprender elsentido último de todas las cosas, cuando sintió la llamadainoportuna del apetito. Volvió a suspirar, encantado conaquella aleccionadora paradoja que le tornaba al cuerpo enel preciso momento en que se perdía en el alma. Se levantó
  42. 42. del sillón ergonómico y se dirigió a la cocina. Arrebatadopor la conciencia de la vanidad de las vanidades, optó poruna respuesta estoica a la demanda de su estómago: haríauna tortilla de patatas con cebolla. Rió para sus adentros,orgulloso del desafío prometeico que con aquel sobrioplato lanzaba a la totalidad del universo indiferente y frío.Cogió un par de huevos, una patata grande y una humildecebolla. Quizás entonces una gaviota estuviese trazando enel cielo un símbolo arcano; o una ola dejando en la arena elpecio de una verdad profunda; o el rayo verde se hubieradisparado en el horizonte como lejano faro de esperanza…Sí, quizás estuviesen sucediendo todas estas maravillas allífuera, mientras la noche sacaba del armario de la galaxia sucapa de leche y lentejuelas; pero ¿qué importaba?, ¿acasoaquella humilde cebolla no había sido cocinada en elhorno de una supernova?, ¿acaso no estaba hecha tambiénde polvo de estrellas? Porque, en aquel preciso momento,nuestro afamado y talentoso cocinero miraba la cebollaque sostenía frente a sí con hamletianas maneras. Y de esaguisa permaneció un buen rato, olvidados el estómago yla tortilla de patatas, ajeno a la música de las esferas y aleterno girar de los cielos, hasta que por alguna inefablerazón comenzó a pelar la cebolla. Desprendió la piel, quecayó al suelo en ligero vuelo como una inútil envoltura decrisálida. De pronto colombino, alargó el brazo cuán largoera y se quedó contemplando con ojos de infinito océanoel desnudo, redondeado y rojizo bulbo; luego, acercó asu oronda panza el preciado descubrimiento y empezó
  43. 43. a quitar capa tras capa de las entrañas de la indefensacebolla. Al principio sus dedos se mostraron mecánicosy hábiles, de cocinero experimentado; pero, según seiban acercando al centro del bulbo, fueron adquiriendoun progresivo temblor de ansiosa búsqueda. La cada vezmás disminuida cebolla parecía saltar y bailar entre lasyemas, como si pugnara por huir del creciente hervor delas manos. Las capas caían blandas al suelo, al modo detrozos aún curvados de pelota. Al final, ya menor que unacanica, exhaló su última capa y el cocinero se quedó sinnada entre las manos. Fuera, la noche ya había desplegadosu capa de leche y lentejuelas, las gaviotas dormían en losacantilados, el rumor del mar salaba el silencio y el débilresplandor de la espuma trazaba líneas fantasmales a lospies de la arena. Pero el cocinero no lloró. Nunca habíallorado en su vida, ni siquiera cuando de pinche cortabaajos, patatas y cebollas, ¿por qué iba a hacerlo ahora? No,no había motivo alguno, por más que la Luna fuera nuevay se escondiese de la sed de plata de la Tierra. Después detodo, quizás la cocina fuese una metáfora de la vida, perosi de algo pretendía estar seguro ahora era de que la vidanunca sería una metáfora de las humildes cebollas. Se fue a la cama sin cenar y soñó con sopa deestrellas.
  44. 44. La mirada más triste El repartidor tenía la mirada más triste que habíavisto en su vida. Al menos eso pensaba Roberto Güemes.Se lo encontraba todas las mañanas desde que le trasladarana las nuevas oficinas de la Delegación. De eso hacía ya unpar de meses. Sobre los sesenta años, bajo, menudo y conun bigote un tanto ridículo, llevaba bandejas de pastelesy tartas de una furgoneta a una lujosa cafetería de aquellazona céntrica de la ciudad. Los primeros días no reparóen él. Embutido en un abrigo ya un tanto raído, con pasocansino y la vista baja, siempre caminaba hacia el trabajoensimismado. Lo había hecho así durante los casi veinteaños que había estado trabajando en las antiguas oficinas
  45. 45. y así lo hacía ahora, sin que el cambio de lugar y trayectodespertase en él la más mínima curiosidad. Sin embargo,una mañana sus respectivos trayectos los aproximarontanto que estuvieron a punto de chocar. Fue entonces, aúncon el sobresalto de quien es arrancado de súbito de suspensamientos, cuando las miradas de ambos se tropezaronpor primera vez. El encuentro apenas duró un instante. Elviejo repartidor, cargado de bandejas, le sorteó con granhabilidad y, sin decir una palabra, siguió su camino endirección a la cafetería. Roberto Güemes, en cambio, sequedó parado en medio de la acera. Pegada al costado, sumano derecha agarraba con fuerza el asa del portafolio; laizquierda, alzada hasta el pecho, había quedado paralizadaen el instintivo ademán de amortiguar el choque. Lainmovilidad duró unos segundos, luego reanudó el camino.Su andar era ahora más rápido y balanceaba el portafoliocon fuerza, como si se empujara con él. Sentía un nudo enel estómago. Llegó a la oficina, saludó con un gesto a loscompañeros y se sentó a su mesa. Quiso entonces ponersea trabajar pero no pudo. Aún veía frente a sí la mirada delrepartidor. Y la siguió viendo durante todo el resto de lajornada. Cuando se fue a dormir, decidió que a la mañanasiguiente buscaría los ojos del repartidor para comprobarsi su mirada era tal y como la había sentido o si todo habíasido producto de la ocasión y de la mente. La mirada mástriste del mundo flotó en sus sueños. Salió de casa más temprano de lo habitual. Alllegar a las cercanías de la cafetería pudo comprobar que el
  46. 46. repartidor no había llegado. Consultó el reloj: era demasiadopronto. Se demoró mirando los escaparates de las tiendas,aún cerradas. Pasaron veinte largos minutos. RobertoGúemes tenía la impresión de que todos los adormiladosviandantes que pasaban junto a él sabían la razón de laespera y le miraban riendo para sus adentros. Cuando yasu paciencia y vergüenza llegaban al límite, observó con elrabillo del ojo que la furgoneta estaba aparcando. Esperóa que el repartidor saliera del vehículo y cargase con lasbandejas de pasteles y tartas. Calculó la velocidad de lospasos y la distancia que los separaba. Echó a andar. Conla cabeza inclinada, miraba por debajo de las cejas. Pocoa poco los trayectos de ambos se fueron acercando. Diezmetros, cinco metros, dos metros. Roberto levantó apenaslo necesario la vista... La mirada del repartidor le estabaesperando. Le pareció que brotaba mortecina de unos ojososcuros, se asomaba tímida al mundo por un instante, paralanguidecer en unas cuencas hundidas, y extenderse ydepositarse como una niebla cenicienta por todo el rostro.Al verla, sintió un chasquido de hojas secas, un olor alluvia, un tacto de sombras, como si, de repente, caído dealgún ayer, estuviera sosteniendo en la palma de la manoun ser frágil en el último pálpito. Roberto Güemes fue elprimero en apartar la vista. Empujándose con el portafolio,se alejó con paso rápido y un nudo en el estómago. Teníala sensación de que la mirada del repartidor le seguía,clavada en su espalda. Cuando llegó a las puertas de laDelegación, se volvió con torpe disimulo. El repartidor ya
  47. 47. no estaba a la vista, pero la mirada más triste que habíavisto en la vida parecía aún flotar ante a sus ojos. A sus cuarenta años, Roberto Güemes ya noesperaba nada de la vida, pero tampoco pensaba desesperarpor nada. Si bien admitía que no había alcanzado sussueños juveniles, consideraba que estos no se habíantornado, con el paso del tiempo, en pesadillas que leatormentasen con la frustración o el arrepentimiento,sino en desvaídos recuerdos merecedores tan sólo de unasonrisa comprensiva o, simplemente, de un completoolvido. Sin aparente nostalgia por el pasado, al parecer sintemor al futuro, su existencia transcurría en un presenteque estimaba inmutable y hasta quizás eterno. Llevaba unavida bien organizada, aunque algo solitaria. No gustabade sobresaltos, ni de complicaciones, prefiriendo unamonótona tranquilidad a la excitación de las novedades.Orgulloso de sus principios, detestaba a quienespretendían defender valores morales elevados, cuando, enrealidad y según él, tan sólo recubrían de bellas palabrasinconfesables intereses y debilidades. A su entender,cada individuo era una fortaleza en un paraje repleto detrampas, trincheras y escaramuzas. Combatir era absurdo;pactar, racional. “Vive y dejar vivir” le gustaba sentenciardesde un cómodo y amable egoísmo. Roberto Güemes se tenía, pues, por hombrepragmático, con gran control de sí mismo y poco dado afantasías y sentimentalismos, por eso no lograba entenderla razón de que la mirada del repartidor le perturbase de tal
  48. 48. forma. Pero así era. Los encuentros se fueron sucediendoy, cada vez que su mirada se cruzaba con la mirada delrepartidor, el mismo doloroso sentimiento invadía su sery ya no le abandonaba. Mucho reflexionó al respecto ymuchas teorías elaboró para tratar de explicarlo, pero ni elmucho tiempo, ni las muchas teorías lograron satisfacer surazón y evitar el malestar. Dada su forma de ser y de ver elmundo, parecía evidente que la mejor manera de resolverel problema era salir de casa unos minutos antes. Dehecho, pasados unos días del primer encuentro, todas lasnoches se acostaba con ese propósito; pero, para su propiasorpresa y aunque hubiese madrugado media hora más,siempre había algo que le demoraba el tiempo suficientepara cruzarse con el repartidor. Eran demoras absurdas,sólo justificables por el deseo inconfesado de ver la miradamás triste del mundo. Y, en el fondo, él lo sabía. Con eltranscurrir de las semanas, la situación llegó al extremo deafectar a su trabajo. Por unos descuidos incomprensiblesen su probada eficiencia, traspapeló dos importantesexpedientes. El caso no llegó a mayores porque otrofuncionario advirtió el error; pero, para su vergüenza yhumillación, recibió una advertencia del director. Entoncesdecidió tomar cartas en el asunto: abordaría al repartidor. A la mañana siguiente de tomar la resolución,Roberto Güemes no vio al repartidor de mirada más tristedel mundo; en su lugar, un joven transportaba las bandejasde pasteles y tartas de la furgoneta a la cafetería. Dio unsuspiro de alivio, relajó el paso y llegó al trabajo con una
  49. 49. alegría desbordante. Durante toda la jornada charló deforma animada, y hasta hizo un par de torpes bromas parasorpresa de sus compañeros de oficina. Desafiante, tuvoincluso la audacia de tomar un café y un croissant a mediamañana en la cafetería donde el viejo repartidor llevabalas bandejas de pasteles y tartas. Volvió a casa sintiéndoseel de antes, el de siempre, él mismo. Por primera vez enmucho tiempo durmió sin soñar con la mirada más tristedel mundo. Ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro, aparecióel viejo repartidor. Sin embargo, existía la posibilidad deque estuviese de baja o de vacaciones, por lo que, aunqueesperanzado, decidió no echar las campanas al vuelo.Cuando pasó una semana sin que apareciese, estuvo casiseguro de que el joven repartidor había sustituido de formadefinitiva al viejo. Cabría pensar que las aguas volvieron a su caucey Roberto Güemes a ser definitivamente quien era: elfuncionario serio y eficaz, ni atraído, ni rechazado porel resto de sus compañeros. Sin embargo, no fue así.Su obsesión – como acabó por calificarla – tomó uninesperado curso. Lejos de temer el encuentro con el viejorepartidor, ahora iba cada mañana camino del trabajocon la esperanza de verlo… y cada mañana sólo hallabaal joven que tarareaba canciones de moda mientrastransportaba las bandejas de pasteles y tartas. Entoncessu paso se ralentizaba y su portafolio pendía inerte de lamano, como a punto de desprenderse. El doloroso nudoen el estómago que sintiera antes cuando se cruzaba con
  50. 50. el viejo repartidor, se había transformado en un no menosdoloroso vacío por su ausencia. Ahora, donde quiera queestuviese, le parecía sentir un chasquido de hojas secas,un olor a lluvia, un tacto de sombras; ahora, pusiera lavista donde la pusiese, veía aquella mirada mortecina quebrotaba de unos ojos oscuros y unas cuencas hundidas,y le cubría con una niebla de tristeza. De nuevo volvióa no entender lo que le pasaba, de nuevo volvió a tenerproblemas con su trabajo, de nuevo volvió a soñar quesostenía en la palma de la mano un ser frágil en el últimopálpito. Como caído de algún ayer. Al cabo, reconoció quenecesitaba saber que había sido del hombre con la miradamás triste que había visto en su vida. Aquella mañana, Roberto Güemes se levantó ala hora habitual y salió de casa dispuesto a interrogar aljoven repartidor. Le encontró en el lugar acostumbrado,descargando las bandejas de pasteles y tartas, mientrastarareaba una conocida canción de amores desgraciados.Se acercó a él y, tras presentarse, le preguntó si conocía alantiguo repartidor. – ¿A Paco se refiere, usted? – Le contestó el joven –¡cómo no! Desde que entré en la empresa hace ya tres años,le conozco… ¡Pobre! Con lo alegre y simpático que es… – ¡¿Alegre y simpático?!... ¿está usted segurode…? – Roberto Güemes se interrumpió de pronto y, contono alarmado, preguntó: – ¿Por qué ha dicho pobre?, ¿leha ocurrido algo? Entonces el joven repartidor le contó que Paco
  51. 51. había enfermado de gravedad y que estaba en el hospitalen un estado “sin esperanza”. Roberto Güemes se informódel nombre completo de Paco y del hospital en el que sehallaba. Aquella misma tarde fue a visitarlo. La puerta de la habitación que le habían indicadoen el vestíbulo del hospital estaba abierta. Llamó consuavidad pero no obtuvo respuesta. Se animó a entrar. Elúnico ocupante de la habitación parecía dormir. Ya estaba apunto de darse la media vuelta, cuando los ojos del hombretendido en el lecho se abrieron y le miraron. Reconoció deinmediato la mirada más triste que había visto en su vida.Tras unos instantes de vacilación, dijo: – Perdone que le moleste, usted no me conoce pero… – Sí que le conozco, sí – le interrumpió el enfermo– Me he cruzado con usted muchas mañanas mientrasdescargaba la mercancía en el Central. ¿Sabe? me fijabaen usted por… por la forma tan ensimismada que tiene decaminar. El enfermo calló y trató de incorporarse. Nopudo. Dejó caer la cabeza en la almohada. Respiraba condificultad y su tez pálida había enrojecido por el esfuerzo.Hubo unos segundos de silencio. Todavía con la respiraciónanhelante, dijo con extrema amabilidad: – Pero acérquese y tome asiento, uno ya no esquien era y le cuesta hablar en voz alta. Roberto Güemes se acercó y tomó asiento. Tosió,carraspeó, se removió en la silla. Su mirada vagaba por lahabitación, temerosa de posarse en el rostro del repartidor
  52. 52. que, sin embargo, le observaba con atención y simpatía. – ¿De modo que usted también se fijaba en mí? –preguntó el repartidor. Roberto Güemes asintió, sus ojos fijos en losencendidos colores de la caída de la tarde que penetrabanpor la ventana y teñían de tonos rojizos y amarillentosla atmósfera del cuarto, seca y caliente en exceso por lacalefacción. – Me lo preguntaba, ¿sabe? Muchas veces me lopregunté. Pero siempre me contestaba que no, hombre,que no. Después de todo ¿qué motivo iba a tener ustedpara fijarse en mi? La mirada de Roberto Güemes había caído alsuelo, se había detenido por unos instantes en unaszapatillas a cuadros, había ascendido por la pata de lacama y, lentamente, recorría ahora el pequeño bulto que seformaba en las sábanas. – Sin embargo – proseguía el repartidor – a vecesme decía: “con motivo o no, parece…” Pero bueno, ¡quéimporta ya eso! El caso es que usted está aquí y que yo mealegro, de verdad que me alegro. La mirada de Roberto Güemes ya había alcanzadoel rostro ceniciento, ya había caído en las cuencas profundasy topado con los ojos oscuros. Sintió el chasquido de hojassecas, el olor a lluvia, el tacto de sombras. – Pero ¡vamos!, ¡ésta sí que es buena! – exclamóde pronto el viejo repartidor – Yo aquí hablando y hablandoy ni siquiera nos hemos presentado. Me llamo Francisco
  53. 53. Alcántara, Paco para los amigos como usted… Paco levantó trabajosamente el brazo y tendió lapalma abierta; Roberto la estrechó. El último pálpito deun ser frágil en la mano. Como caído de un ayer. Entoncessintió la necesidad de levantar el ánimo del enfermo.Quería utilizar lugares comunes, pero pintándolos de talforma que pareciesen parajes de esperanza. Y rompiósu silencio y, sin percatarse al principio, dándose cuentadespués de un buen rato, llevado al cabo por una fuerzairresistible, se puso a hablar de sí mismo. Le habló delpadre campesino y la madre de luto, del pueblo de tejadosde pizarra, de los bancos de la escuela, del mapamundi, delos prados y el bosque, de cuando acechaba nidos y cazabaranas en las charcas; le habló de su vida de estudiantebecado en la ciudad, las calles, el bullicio, la gente, lasprimeras inquietudes, los primeros amigos, las primerasnoches en vela, el primer amor; le habló de las agotadorashoras de estudio, del triunfo en la oposición a funcionario,del empeño en los primeros años de trabajo, de aquellosojos grandes, de aquella cabellera rizosa, de aquella risade perlas, del noviazgo, el matrimonio, la vida en común,el divorcio. Y habló y habló, e incluso cuando llególa cena y ayudó al viejo repartidor a tomar el alimento,siguió hablando y hablando, animado porque creía verque sus palabras producían en aquella la mirada más tristedel mundo destellos de alegría. Y aún hablaba cuando laenfermera llegó y le informó de que ya no podía quedarsemás. “Mañana vendré a la misma hora ¿le parece bien?”
  54. 54. dijo a modo de despedida. El enfermo asintió. Ya Robertosalía por la puerta, cuando oyó que le llamaba. Volviójunto al lecho: – Usted me perdonara – dijo el repartidor tras unlargo silencio – pero no es bueno que un moribundo mienta.Y antes le mentí; sí, le mentí… ¿Sabe? no me había fijadoen usted por eso que le dije de su forma ensimismada deandar. No, no fue por eso… – se interrumpió; le mirabafijamente; continuó, después de otro largo silencio: –Espero que no se ofenda, pero la verdadera razón de que mefijara en su persona fue su mirada. Sí, sí, no se sorprenda:fue su mirada. ¿Sabe? usted tiene la mirada más triste quehe visto en mi vida. Sin embargo, esta noche mientras mehablaba de su vida he visto saltar en sus ojos como chispasde alegría… Diez minutos más tarde, Roberto caminabaensimismado hacia su casa. Cuando cuatro días despuésvolvió al hospital, le informaron que el viejo repartidorhabía muerto. Durante unos segundos se quedó inmóvil,apoyado en el mostrador, mirando con fijeza las rosas deaspecto frágil que la recepcionista tenía en un florero juntoal ordenador. Luego balbució unas palabras de despedida,se dio la media vuelta, salió del hospital y se dirigió a sucasa. De nuevo ensimismado.
  55. 55. Puntos de vista Desde cierto punto de vista, se los podía considerarparecidos. Los dos tenían veintitrés años, y eran altos,fuertes y de tez morena. También cabría contar entrelas semejanzas el que ambos tuviesen una madre quecocinaba muy bien y una novia de ojos grandes y negros.Algo bravucones y a veces un tanto pendencieros,quizás el rasgo más llamativo que poseían en comúnfuese una sonrisa amplia, fácil, contagiosa, que llenabasu rostro como de juegos infantiles. Sin embargo, desdela práctica totalidad de los puntos de vista, se los debíaconsiderar muy diferentes. Sus orígenes, educación ycostumbres eran tan distintos como distantes. En realidad,
  56. 56. lo verdaderamente extraño fue que sus vidas se cruzaran.Pero, más allá de semejanzas y diferencias, el caso esque aquel día los dos se levantaron a la misma hora enla madrugada y ambos dedicaron la mañana a cumplirsus respectivas y diversas tareas, con esa laboriosidad ysimpatía que los caracterizaba. Empezaba a caer la tardecuando, sin saberlo, el transcurrir cotidiano los condujo alencuentro. Ocurrió a la salida de una de las aldeas pobres ypolvorientas de aquel mundo polvoriento y pobre. El unoiba en una bicicleta desvencijada; el otro en un carro decombate ligero. El uno se llamaba Hamid Sayebi, civil; elotro se llamaba Juan González, soldado. Desde la torreta,Juan González vio venir a Hamid Sayebi en la bicicleta.Le dio el alto una, dos veces… Quizás Juan no gritó losuficiente, o quizás Hamid pedaleaba distraído; o quizásambos estaban nerviosos o fuesen algo pendencieros yun tanto bravucones. Tampoco sabemos si hubo o no untercer aviso, lo único que podemos asegurar es que Juandisparó y Hamid fue arrancado de cuajo de la bicicleta.Murió en el aire, cayó de espaldas con los brazos abiertos,donde antes jugara su sonrisa ahora sólo había un granvacío sanguinolento. Juan siguió y siguió disparando a latarde que caía, aún durante un buen rato. Los mandos lamentaron el error, pero justificaronla acción del soldado Juan González: sólo había cumplidocon el protocolo establecido por las fuerzas internacionalesen misión de paz; sus compañeros no cesaron de animarlo;él, silencioso, se limitaba a sonreír. Una semana después
  57. 57. volvió de permiso a su pueblo. Los vecinos le recibieroncon grandes muestras de alegría. Él respondía a losagasajos sin decir una palabra y sonriente. Todos opinaronque volvía igual de simpático, pero con algo más dehombre. Tan sólo la madre y la novia, ya desde el primerbeso, supieron que abrazaban una sonrisa vacía.
  58. 58. El extraño (Escenario vacío, salvo por unas cajas y un tablónque están al fondo y, por ahora, no visibles. Un hombre– Extraño – de pie en el medio del escenario mira alfrente y permanece totalmente inmóvil. Al cabo de unossegundos entra otro hombre – Cualquiera – Camina porel escenario con aire de duda, mirando a Extraño. Éstesigue con la vista al frente sin hacer ningún movimiento.Tras unos paseos arriba y abajo a lo largo del escenario,Cualquiera se acerca a Extraño) Cualquiera.- Perdone que le moleste, pero… ¿Esusted?
  59. 59. Extraño.- Depende de a qué usted se refiera usted. Cualquiera.- Me han dicho que por aquí encontraríaa un tipo de pie, solo y con aspecto… Extraño.- ¿Extraño? Cualquiera.- ¡Exacto! Esa fue la palabra. Extraño.- Bien, entonces sí: yo soy el usted quebusca usted. Cualquiera.- ¡Qué bien! ¿Sabe? No estaba seguro… Extraño.- (Interrumpiéndolo) Debe usted estarlo. Esimprescindible para el encuentro. Dígame ¿lo está? Cualquiera.- ¡Oh, sí! Del encuentro, sí. Me refería asi usted era usted… Extraño.- Ya le he dicho que lo soy. Y si usted estáseguro de querer realizar el encuentro, sólo nos quedaempezar. Cualquiera.- Claro, claro. ¿A qué he venido si no? Extraño.- En efecto, a qué ha venido si no. (Quedan en silencio. Se miran. Cualquieracarraspea, toma aire y tras unos segundos, habla) Cualquiera.- Mire yo quería… Extraño.- ¡No! Cualquiera.- ¿No? Extraño.- No. Debemos empezar, pero desde elprincipio. Cualquiera.- ¿Desde el principio? Extraño.- En efecto, eso he dicho: desde el principio.
  60. 60. (Cualquiera vuelve a carraspear y a tomar aire.Habla) Cualquiera.- Buenos días, me llamo… Extraño.- ¡No! Cualquiera.- ¡¿No?! Extraño.- No. Cualquiera.- ¡Diablos! ¡Qué difícil es…! Extraño.- (Interrumpiéndolo) ¿Se ha leído ustedlas instrucciones que le dieron? Cualquiera.- ¿Las instrucciones…? ¿Se refiere alfolleto…? Extraño.- Sí (O asiente) Cualquiera.- Por encima. Extraño.- ¿Como cuánto de por encima? Cualquiera.- Bueno… por encima… ya sabe. Extraño.- No, no sé (Tras unos segundo de silencio,mirándolo fijamente) ¿Ha leído el final? Cualquiera.- ¿El final del folleto, dice usted? Extraño.- Sí, el final del folleto: eso he dicho. Yhágame el favor de contestarme con total sinceridad puesde otra forma habrá que interrumpir el encuentro. ¿Se haleído o no se ha leído el final? Cualquiera.- ¡Oh, el final sí! Y con mucha atención,no le quepa duda. Extraño.- ¿Y está usted de acuerdo? Cualquiera.- Sí, sí, completamente de acuerdo. Extraño.- ¿Seguro?
  61. 61. Cualquiera.- ¡Segurísimo! (Callan. Tras unos segundos de silencio, Extrañovuelve a hablar) Extraño.- ¿Y del principio que leyó? Cualquiera.- Muy poco. Extraño.- ¿Eso quiere decir que no sabe cómotenemos que empezar? Cualquiera.- Bueno, yo pensé que… Extraño.- (Interrumpiéndolo) Poco importa loque pensó, lo que importa es que piense ahora (Tras unossegundos de silencio) ¿Dónde quiere que sea? Cualquiera.- ¿El encuentro? Extraño.- En efecto, el encuentro. (O asiente) Cualquiera.- Pues aquí ¿Para qué ir a otra parte?Este sitio es tan bueno como otro cualquiera ¿No le parece?Sí, sí, sin duda aquí. Extraño.- Aquí no es ningún sitio. El encuentro setiene que realizar en un sitio concreto. Por ejemplo en unaestación o en un tren o en un avión. Cualquiera.- No, no en un avión no. Me da miedovolar ¿sabe? En realidad me dan miedo muchas cosas… Extraño.- (Interrumpiéndolo) ¿Dónde? Cualquiera.- ¡Oh, sí claro! ¡¿Dónde?! (Se quedapensativo) ¿Qué le parece en un tren? Extraño.- De acuerdo: en un tren. ¿Quién seráusted?
  62. 62. Cualquiera.- ¿Yo? Pues yo ¿quién voy a ser si no? Extraño.- ¡Usted no ha leído el folleto ni por encimani por debajo! Creo que en estas condiciones… Cualquiera.- ¡Leí el final! Se lo aseguro: el final sí. Extraño.- ¿Está usted seguro? Cualquiera.- ¡Segurísimo! (Extraño se le queda observando. Al cabo, habla) Extraño.- Si hubiese leído el principio del folletosabría que tiene usted derecho a escoger un papel pararepresentar. Por ejemplo puede ser un viajante de comercio,un médico en un congreso, un ejecutivo de vacaciones…lo que quiera. Cualquiera.- Comprendo, comprendo. Me quedocon ser yo mismo. No es que se me dé muy bien… enrealidad no se me da bien casi nada, pero, bueno, yasabe, con la costumbre uno llega a hacer de uno mismosi no bien, sí al menos de forma pasable, aunque si mepreguntara cómo es ese yo mismo tendría dificultades enexplicárselo, porque… Extraño.- Aún no, por favor. Quedo yo. Cualquiera.- ¿Usted? Extraño.- Sí: yo. ¿Quién quiere que sea? Cualquiera.- ¡Oh, sí, claro! Comprendo… Lo dejoa su gusto. Extraño.- ¿Le parece bien un abogado devacaciones?
  63. 63. Cualquiera.- ¡Estupendo! ¡Estupendo! Aunque esosí, me gustaría que… (Calla si atreverse a continuar) Extraño.- ¿Qué le gustaría? Cualquiera.- Bueno no se ofenda, no quieromolestarlo, pero si usted pudiese ser un poco menos…quisquilloso. Extraño.- ¿Quiere que sea comprensivo? Cualquiera.- ¡Me encantaría! Extraño.- Bien ¿Qué le parece entonces un abogadocomprensivo, de mediana edad, divorciado, con dos hijos? Cualquiera.- ¡Excelente! Extraño.- Entonces, no se hable más y haga elfavor de ayudarme. (Extraño va hacia el fondo del escenario seguidode Cualquiera. Coge una caja) Extraño.- Coja usted otra caja por favor. (Cualquiera coge otra caja. Extraño se dirige alcentro del escenario con la caja, seguido de Cualquieraque también porta una caja. Extraño posa la caja) Extraño.- Póngala ahí (Señalando junto a la cajaque ha posado) Sígame de nuevo, por favor. (Extraño vuelve al fondo del escenario y coge eltablón por un extremo)
  64. 64. Extraño.- Ayúdeme, por favor. (Cualquiera coge el otro extremo del tablón.Caminan con él hacia las cajas y lo posan sobre ellas amodo de banco) Extraño.- (Sentándose en el tablón) Bien, yo estoysentado en el departamento de un tren y usted… Cualquiera.- (Interrumpiéndolo) ¿Podría ser alrevés? Extraño.- (Se levanta) Usted está sentado en eldepartamento de un tren y yo entro ¿De acuerdo? Cualquiera.- De acuerdo (O asiente) (Se quedan inmóviles unos segundos. Extrañoesperando que Cualquiera se siente. Cualquiera, mirandosin saber que hacer) Extraño.- (Impaciente) ¿Empezamos o no? Cualquiera.- Cuando usted quiera. (De nuevo se quedan inmóviles, en la actitudreseñada arriba) Extraño.- ¿A qué espera? Cualquiera.- Pues yo… no sé… a lo que usted diga… Extraño.- Quedamos en que usted estaría sentado ¿no? Cualquiera.- Sí, en eso que…
  65. 65. Extraño.- (Interrumpiéndolo) ¡Pues siéntese deuna vez! Cualquiera.- ¡Oh, sí, claro! Perdone pero es laprimera vez y… Extraño.- ¿Se sienta o no se sienta? (Cualquiera se sienta en un extremo del tablón,Extraño se aleja) Cualquiera.- ¿Adónde va? Extraño.- He de salir para poder entrar. Cualquiera.- ¿Entrar? ¿Adónde? Extraño.- (Yéndose) ¡Al departamento! Elencuentro es en un tren ¿recuerda? Cualquiera.- (Hablando al Extraño que ya se haido) ¡Oh, sí, claro, claro! (Pasan unos segundos. Cualquiera mira inquieto asu alrededor. Al cabo, entra de nuevo Extraño. Hace comosi llevara una maleta) Extraño.- ¡Buenos días! Cualquiera.- ¡Buenos días! (Extraño hace como si colocara la maleta en elhabitáculo para los equipajes. Se sienta en el otro extremodel tablón. Simula que abre un periódico y se pone a leer.Pasan unos segundos. Cualquiera, nervioso y sin saber
  66. 66. que hacer, lo mira. Extraño cierra el periódico y hacecomo si tuviera mucho calor) Extraño.- Hace mucho calor aquí ¿no cree? Cualquiera.- ¿Calor? Bueno… yo… (Extraño se levanta y hace como si se quitara unabrigo) Extraño.- Es lo malo de estos trenes tan modernos.En verano ponen el aire tan fuerte que te congelas y enverano la calefacción tan alta que te asas ¿No le parece? Cualquiera.- Bueno, yo no sé… es la primera vez y… Extraño.- (Sentándose de nuevo) ¿Va usted a lacapital? Cualquiera.- No, yo no voy a ningún… Extraño.- Yo también. De vacaciones ¿sabe?(Sonríe) A la capital, a la gran capital; siempre me hafascinado la libertad de las grandes ciudades. Nadie teconoce y se puede hacer lo que se quiera ¿no le parece? Cualquiera.- Bueno, yo… Extraño.- Si no es indiscreción ¿viaja usted pornegocios o también por vacaciones? Cualquiera.- Yo no viajo ni por negocios, ni porvacaciones. Ni siquiera viajo. He venido aquí porque estoyharto, realmente harto, totalmente harto, harto de… Extraño.- (Levantándose de golpe) ¡No, no, no! Cualquiera.- ¿No?
  67. 67. Extraño.- Eso he dicho: no. Cualquiera.- No ¿qué? Extraño.- No: (Imitándolo) estoy harto, realmenteharto, totalmente harto, harto de… Cualquiera.- ¿Por qué no si es verdad? Extraño.- Que sea verdad no importa. Cualquiera.- ¿Cómo que no importa? ¡Es lo que hevenido a decir! Extraño.- Sí, pero no así, de golpe, antes tieneque representar un rato ¿Comprende? Hablar de cosasintrascendentes, bromear un poco, hacerme preguntas, daralgún rodeo, sugerir ciertas cosas… Cualquiera.- ¿Por qué? Extraño.- ¡¿Por qué?! Porque yo así lo espero...(Señalando a los bastidores) y ellos… (Señalando alpúblico) y todos… Además es la única manera de que seaeficaz. Cualquiera.- Comprendo, comprendo. Extraño.- Entonces empecemos de nuevo. (Extraño se vuelve a sentar. Deja pasar unossegundos) Extraño.- Si no es indiscreción ¿viaja usted pornegocios o…? Cualquiera.- (Interrumpiéndolo) Casi que ahorapreferiría que fuese en otro sitio. Extraño.- ¿En otro sitio?
  68. 68. Cualquiera.- Sí, en otro sitio (Acercándose aExtraño y hablándole como al oído) Ese pasajero de ahí nonos quita la vista de encima y me está poniendo nervioso. (Extraño se queda mirando a Cualquiera como sivalorase si le estaba tomando el pelo. Al cabo de unossegundos se levanta. Cualquiera también) Extraño.- De acuerdo ¿dónde quiere ahora que sea? (Cualquiera pasea por el escenario comopensando) Cualquiera.- ¿Le parece bien en un bar? Extraño.- ¿En un bar? Cualquiera.- Sí, en un bar. Ya sabe en un bar dehotel de esos que salen en todas las películas y que… Extraño.- (Interrumpiéndolo) De acuerdo en unbar de hotel. No se hable más y haga el favor de ayudarme. (Extraño coge un extremo del tablón. Cualquieracoge el otro. Lo llevan a donde estaba al principio. Extrañocoge otra caja y lo lleva junto a las otras. Las distribuyencomo si fueran dos sillas y una mesa. Contempla el efecto.Tras unos segundos, mira a Cualquiera) Extraño.- ¿Sigo siendo el abogado comprensivo devacaciones?
  69. 69. Cualquiera.- ¡Oh, sí, claro, claro! Extraño.- ¿Y usted sigue siendo…? Cualquiera.- ¡Sí, sí! Como usted quiera. Extraño.- ¿Qué prefiere que esté yo sentado y ustedse acerca o al revés? Cualquiera.- (Tras unos segundos de meditación)Prefiero estar yo sentado, nunca me atrevería a acercarmey sentarme con un desconocido… sepa que yo… Extraño.- De acuerdo. Siéntese. (Cualquiera se sienta, Extraño se aleja) Cualquiera.- ¿Adónde va? Extraño.- He de salir para… Cualquiera.- ¡Oh, si claro, claro, perdone! (Extraño se va. Pasan unos segundos. Cualquieramira inquieto a su alrededor. Al cabo, entra de nuevoExtraño. Pasea por el escenario como si buscara un sitiopara sentarse sin encontrarlo. Al final descubre la mesaen donde se encuentra Cualquiera que es la única que sesupone tiene una silla libre. Se acerca) Extraño.- Perdone ¿Le importaría que me sentasea su mesa? Cualquiera.- (Se le queda mirando sin saber quéhacer o decir) Extraño.- (Sentándose) Muchas gracias, en esta
  70. 70. época y a estas horas es prácticamente imposible encontrarun asiento y una mesa libre. (Cualquiera sigue mirando sin saber qué hacer nique decir. Extraño hace gestos de satisfacción por habersesentado. Un largo silencio) Extraño.- ¿Me permite invitarlo a algo? Cualquiera.- Bueno… yo… la verdad… Extraño.- Estupendo, estupendo. ¿Qué le pareceuna botella de vino? En este hotel los tienen excelentes.¿De acuerdo? No se hable más… Camarero, por favor,un reserva de esos que usted ya sabe… ¿Es su primeraestancia en el hotel? El servicio aquí es impecable… de lomejorcito: rápido, eficaz, casi milagroso: se les ve cuandose les necesita y no se les ve cuando no se les necesita.Un lujo, un verdadero… ¡Oh, sí! Póngalo en la mesa porfavor. No gracias, lo haré yo mismo (Hace que saca dineroy que paga al invisible camarero) Gracias y quédese conla vuelta por favor… ¿Qué le dije? El servicio aquí parecehecho de aire… (Extraño hace que coge una botella y que sirvevino en unas copas. Luego hace que toma una de ellas yque observa y huele el vino como si fuera un enólogo) Extraño.- Fíjese en su color intenso… huela: fragantey a la vez delicado… (Da un sorbo) potente, elegante,
  71. 71. dotado de una notable complejidad, espléndidamenteestructurado, sugestivo, estimulante y muy serio… ¿no leparece? Cualquiera.- Bueno… la verdad, yo soy más bienbebedor de cerveza. Extraño.- No se disculpe. La cerveza tambiénes una bebida muy apreciable. ¿Desea que le pida una?Aquí tienen unas cervezas alemanas e inglesas realmentenotables. Cualquiera.- ¡Oh, no! No se moleste. Probaré…probaré ese excelente vino que usted dice (Alarga lamano y hace que coge el invisible vaso y que lo prueba)¡Uhm! Excelente y dotado de un complejo estructuradoespléndidamente potente… y sugestivo, como usted dice. (Callan durante un buen tiempo, mientras beben ysaborean el vino) Extraño.- Si no es indiscreción, ¿su estancia aquíes por negocios o quizás está usted de vacaciones? Cualquiera.- Ni lo uno, ni lo otro. Extraño.- ¿Ni lo uno ni lo otro? ¡Ah! Es usted unapersona misteriosa. Me gusta, me gustan las personasmisteriosas. Soy abogado ¿sabe? Y, al contrario de lo quepiensa la gente, en nuestra profesión nada es misterioso:o sabemos que nuestro cliente es inocente o culpable o,en la mayoría de los casos, eso nos importa un rábano. Yen cuanto a la sentencia judicial, tampoco es un misterio,
  72. 72. normalmente la negociamos. Muy burocrático todo ¿sabe?(Breve silencio) Pero… pero déjeme adivinar… yo diría quees usted médico ¿me equivoco? (Cualquiera permaneceimpertérrito)... ¿Ve?, lo sabía, pero no vaya a creer quetengo poderes adivinatorios, ni dotes psicológicos deesos que en las películas se nos atribuyen a los abogados.Es más sencillo, he visto anunciado en el vestíbulo uncongreso de cardiología y he supuesto que usted era unode los participantes… Cualquiera.- Soy funcionario. Extraño.- ¿Funcionario? ¿Ve? ¿Qué le decía? Losabogados como detectives somos un verdadero desastre.Sólo sabemos recitar artículos del código penal, como loscuras pasajes de la Biblia. Y creemos tanto en la justiciacomo ellos en Dios… (Se interrumpe, como si temiesehaber metido la pata) Perdone, quizás le haya ofendido¿es usted creyente? Cualquiera.- Yo no creo en nada. Extraño.- ¡Un nihilista! Me gusta, me gustan losnihilistas. Es como el chiste, el del vaso por la mitad¿lo sabe? El optimista dice: el vaso está medio lleno. Elpesimista: el vaso está medio vacío. El racionalista: estevaso es el doble de grande de lo que debería ser. Y elnihilista: ¿a quién diablos le importa ese maldito vaso?(Ríe. Cualquiera, no) Pero hablando de vasos, seamosrealistas… (Coge la imaginaria botella y hace que llena los
  73. 73. imaginarios vasos. Bebe. Cualquiera, no. Unos segundosde silencio. Extraño, después de saborear el vino, posa elinvisible vaso en la mesa) Extraño.- Pues ¿sabe? Yo estoy aquí de vacaciones.Sí, señor, de vacaciones totales. No me he traído nada: nimóvil, ni ordenador, ni nada de nada. Vamos, que si hubiesepodido no me habría traído ni a mí mismo. ¿Se imaginaque felicidad? De vacaciones solo, sin nadie y, sobre todo,sin esa compañía tan pesada y aburrida en que se acabaconvirtiendo nuestra propia persona. ¡Quién pudiera dejarla cabeza en el frigorífico e irse de vacaciones con sólouna cámara de video sobre lo hombros! ¡La libertad!¡la completa libertad! Pero, por ahora, no hay agenciade viajes que ofrezca tan magnífica posibilidad y no hepodido dejarme en mi casa… Bueno, en mi casa no. Laverdad, ya no tengo lo que se dice “mi casa”… Me acabode divorciar ¿sabe? Cualquiera.- ¡Oh! Lo siento… Extraño.- No, no lo sienta. Ha sido lo mejor. (Breve silencio) Extraño.- Por cierto ¿está usted casado? Cualquiera.- No. Extraño.- ¿Divorciado? Cualquiera.- (No contesta) Extraño.- ¡Ah! Un soltero de oro.
  74. 74. Cualquiera.- (No contesta) Extraño.- ¿Viudo? Cualquiera.- (No contesta) Extraño.- ¡¿Tampoco?! ¡Diablos! Es ustedmisterioso, realmente misterioso. (Breve silencio) Cualquiera.- Ya no los oigo. Extraño.- ¿No los oye? ¿A quién? Cualquiera.- A los mirlos. Extraño.- ¡¿A los mirlos?! Cualquiera.- Sí, a los mirlos. Extraño.- ¿Se refiere usted a esos pájaros negroscon pico…? Cualquiera.- Sí. (Breve silencio) Extraño.- Bueno… sí… nunca había oído… es unproblema, desde luego… ¿Es usted ornitólogo? Cualquiera.- No. Extraño.- ¿No?... ¡Ah, comprendo! Le gustaa usted el canto de los pájaros. ¡Es usted un hombresensible!, ¡amante de la naturaleza! ¡Tiene razón! Sinduda tiene razón. Vivimos en grandes ciudades, rodeadosde hormigón y asfalto, asaltados por el ruido de los cochesy de la muchedumbre solitaria que arrastra los pies y la
  75. 75. mirada por calles y avenidas. Hemos perdido el contactocon nuestras raíces, con nuestra verdadera naturaleza.¡Ah, el campo! Esos horizontes amplios que abren lamirada, ese aire puro que ensancha los pulmones, esefestival de colores que alegra el espíritu, esa sinfonía dearomas que embriaga la mente, ese… ese… ese cantode los pájaros que… Pero, no se preocupe. Su problematiene fácil remedio. Si quiere salimos al jardín del hotel, esespléndido y sin duda algún mirlo habrá, o algún jilgueroo algún… no sé, algún pájaro cantor… Disculpe pero yode pájaros pájaros no sé mucho. Lo mío, ya sabe, son lospájaros de cuenta (Ríe) Venga, anímese, si no encontramosningún mirlo en el jardín, esta tarde mismo vamos a unapajarería y… Cualquiera.- No, no es eso. No lo comprende. Espeor. Extraño.- ¿Peor? Cualquiera.- Sí, peor, mucho peor. El problema noes que no oiga el canto de los mirlos porque no los hayao no sepa dónde encontrarlos. El problema es que no losoigo aunque esté rodeado de mirlos ¿entiende?, no losoiría aunque cien mirlos me cantasen al oído. Extraño.- Bueno… es extraño… quizás sea unproblema de frecuencias, ya sabe, las ondas sonoras… Cualquiera.- (Interrumpiéndolo) Quiero volver aoírlos. Es lo único que he tenido siempre, lo único que mequedaba. Si yo le contara. Extraño.- Cuente, cuente, ¿Acaso no ha venido
  76. 76. usted aquí para eso? Cualquiera.- Sí, tiene razón. He venido para eso,pero… ¿qué quiere que le cuente? No hay nada quecontar, es muy sencillo, todo es muy sencillo: estoy harto,simplemente eso, harto, muy harto, completamente harto. (Unos segundos de silencio. Cualquiera se ponede pie) Cualquiera.- Siempre es lo mismo, desde haceaños es lo mismo: suena el despertador, me levanto comoun autómata, voy al baño y me miro en el espejo. Sí, memiro y me dan ganas de gritar y de gritar. Porque miro, veoy no comprendo. No, no comprendo nada. Y miro y miroy vuelvo a mirar y sigo sin comprender y grito y pregunto¿De quién es esa miraba vacía? ¿De quién esas mejillaspálidas? ¿De quién esa boca apretada? ¿Quién es ese queme mira? ¿Quién es ese al que miro? Di ¿quién eres? ¿Dedónde has salido? ¿Qué has hecho con mi rostro? ¿Quéhas hecho con mis ojos que miraban curiosos al mundo?¿Qué has hecho con mis mejillas que gustaban del aireabierto? ¿Qué has hecho de mis labios que amaban la risa?¡Di! ¿Qué haces en mi casa, en mi espejo, en mi rostro?¡Deja de mirarme! ¡No calles! ¡Habla! ¡Di! ¿qué has hechode mi rostro? ¡Dámelo! ¡Lo quiero! ¡Es mío! ¡Vete! ¡Noquiero verte! ¡Devuélveme mi rostro y lárgate! (Unos segundos de silencio)
  77. 77. Cualquiera.- Pero no se va ¿cómo va a irse si soyyo? ¿Cómo va a devolverme mi rostro si ése es mi rostro? Yentonces callo y me quedo inmóvil mirando fijamente esosojos asqueados que no cesan de mirarme. Y siento comosi una niebla saliera del espejo, como si manos invisiblesme atrajeran a su interior. Y me dejo arrastrar y es como sipenetrara en el espejo y es como si allí dentro recuerdos,recuerdos y más recuerdos se pegaran a mi cuerpo, a mipiel, a mis ojos, vívidos, reales, como recién estrenados… (Se interrumpe sorprendido. Señala a un punto delescenario) Cualquiera.- ¡Mire! ¡Allí!... ¡¿Quién es esa?!...¡Imposible!... ¡No puede ser! Pero sí… ¡Es ella!... ¡La ve!¡Dígame! ¿La ve?... ¡Es mi madre!... Sí, mi madre. Unamadre a la antigua usanza. Una madre que cocinaba, lavabay fregaba; una madre, cuya vida se reducía al hogar, almarido, a mí. ¿Ve cómo me mira? ¿Ve cómo me ama? ¿Vecómo desea que siempre sea así: un niño, a gatas, jugandoen torno a sus faldas? ¿Lo ve? ¡Dígame! ¿Lo está viendo?¡Mire! ¡Fíjese! Va a acercarse a mí, va a besarme en lafrente, va a abrazarme, va a hablarme con todo su amor aloído ¡Escuche! ¡Preste atención! ¿Ha oído sus palabras?...¿No? ¡Aguce el oído! ¡Lea sus labios! ¿Ha escuchadoahora? ¿Ha oído lo que ha dicho?... ¿No? Pues ha dichoque soy el tesoro de su corazón, su corazón mismo, su
  78. 78. vida misma, que soy el niño más guapo, bueno y listo delmundo, que me quiere, me quiere y me quiere más que anada y nadie en el mundo, que qué pena, pero qué pena,que un día crezca y me haga mayor para dejar de ser eltesoro de su corazón, su corazón mismo, su vida misma. (Unos segundos de silencio) Cualquiera.- Pero ¡calle!, ¡escuche! ¿No oye eseruido en la escalera?, ¿el abrirse de la puerta?, ¡esos pasosen el pasillo? (Unos segundos de silencio) Cualquiera.- Sí, es mi padre. Un padre a la antiguausanza: honesto, trabajador, rígido. ¿Lo ve? ¿Ve las horasextras en sus ojos? ¿Ve las economías en sus manos? ¿Vetodos sus sacrificios cargados a la espalda? Observe esebeso torpe en la frente de la esposa. Observe cómo mira elcoche de juguete que aún conservo en la mano. Observecómo se me acerca, cómo posa sus duras manos en mishombros, cómo me mira desde la implacable altura de suhonrada existencia. ¡Escuche! Va a hablarme con su vozde vino y trabajo, de cigarrillos y trabajo, de obedienciay trabajo. ¿Lo oye? ¡Escuche! ¡Preste atención! Me diceque ya no soy un niño, que ya soy un hombre; que elmundo es cruel y salvaje y sólo triunfan los mejores; queél me lo dará todo, todo lo que pueda, aunque le cueste la
  79. 79. salud y la vida; que debo estudiar duro, muy duro, hastaquemarme los ojos y desollarme los codos; que yo deboser el mejor, triunfar, llegar lejos, muy lejos, lo más lejosposible, arriba, a la cima, a donde él no pudo, pues yo soysu hijo y él es mi padre (Unos segundos de silencio) Cualquiera.- Pero ¡escuche! ¿No oye esos gritos,esas risas, esa música, esos cánticos? (Unos segundos de silencio) Cualquiera.- ¡Los amigos! ¡La juventud! ¡Lajuventud y los amigos! Esas noches eternas de alcohol yconversaciones; ese deambular por la calles bajo el cercoamarillento de las farolas en busca de otro bar dondeseguir estirando las palabras y la noche; esas confesionesinterminables, ese sincerarse entre iguales, esos tumultosen el pecho y la garganta; ese arrojar dolores pasados, eseansiar placeres futuros, ese culpar y condenar a la familia,al mundo y a Dios; ese creer que el tiempo es un espacioinfinito frente a nosotros y ese espacio infinito el teatrorecién estrenado donde se va a representar, entre vítores yaplausos, la feliz e interminable obra de nuestros gloriosostriunfos, de nuestras brillantes conquistas, de nuestrasmaravillosas vidas.
  80. 80. (Unos segundos de silencio) Cualquiera.- Sí, esas noches eternas… y aquellas,aquellas otras noches aún más eternas. (Unos segundos de silencio) Cualquiera.- Sí, aquellas otras noches aún máseternas. La luna llena cayendo hacia el horizonte yofreciendo a nuestros ojos un camino de plata sobre el mar.Las olas blandas, casi susurros, rompiendo en espumasque correteaban hacia nosotros hasta casi lamernos lospies. Sentados hombro con hombro, el palpitar de loscorazones, el calor de los cuerpos, las manos cogiendopuñados de arena y dejando caer en tenue lluvia losdiminutos granos. Y, de pronto, ponerse en pie, quitarsela ropa, correr desnudos hacia el mar, zambullirse, nadar,abrazarse, sentir la piel del otro a través de la piel del agua,caricias húmedas, besos de sal: hacer el amor sostenidospor el fresco colchón del mar. (Unos segundos de silencio) Cualquiera.- Pero, calle ¡escuche! ¿No oye esosredobles de tambores?... ¿No? ¿De verdad no los oye? Es eltiempo, son las horas, los días, las semanas, los meses y losaños desfilando prietos en un incontenible marchar. ¿Nosve? ¿Nos ve ahora? ¿Nos ve años después? Así fue, así

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