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Inteligencia compartida Inteligencia compartida Document Transcript

  • La inteligencia compartidacompartida La inteligencia 1 El gran vuelo de la inteligencia fue y es un logro social. Un fruto de la inteligencia compartida. Ningún hombre solo habría podido inventar el lenguaje. Ningún hombre solo habría podido desarrollar los mecanismos psicológicos de la «nueva voluntad». La inteligencia es una capacidad personal, íntima, desde luego. También lo son nuestros hogares y, sin embargo, su intimidad está construida sobre una interminable red de relaciones. Aquello de que «el buey suelto bien se lame», es ideología de buey, no de persona. Las calles, el teléfono, la televisión, el agua, la electricidad, los transportes públicos, el correo, las amistades, el trabajo, el lenguaje, los intercambios, los sistemas jurídicos, que son elementos relacionantes y públicos, nos permiten alcanzar la autonomía interior. La inteligencia construye siempre cosas grandes con elementos muy pequeños. Lo hemos comprobado en el arte, en la creación lingüística, en la construcción de la libertad a partir de humildes mecanismos, en el aprendizaje de la voluntad mediante la obediencia. La cabellera del barón de Münchhausen aparece por doquier cuando hablamos de la inteligencia humana. Por enésima vez tropezamos con una paradoja: La autonomía personal sólo puede construirse dentro de un proyecto social. Dicho así suena un poco presuntuoso, pero sólo significa que sólo podemos ser libres viviendo en sociedad. Comprender bien esta relación entre individualismo y comunidad, entre independencia y solidaridad, me parece indispensable para algunas importantes decisiones en la vida diaria. Estamos integrados en grupos: la pareja, la familia, la empresa, la sociedad civil. Estas comunidades no son un simple agregado de inteligencias individuales. Su organización, el sistema de comunicaciones, estímulos, apoyos u obstáculos que el grupo proporciona influyen en la inteligencia personal, estimulándola o deprimiéndola, dándole alas o cortándoselas. «¡Qué difícil es no bajar, cuando todo baja», escribió don Antonio Machado. La inteligencia de un grupo puede definirse como la capacidad de mejorar o empeorar los resultados individuales. Cuanto mayor sea más ayudará a la altanería y plenitud del vuelo. Los psicólogos están desde hace poco muy interesados por lo que llaman «psicología en un contexto». Se han dado cuenta de que ninguna actividad mental se realiza en el aire, fuera de un entorno, de una situación, de una cultura, de un contexto en suma. Si queremos comprender lo que le pasa a una mujer o a un hombre, sus pensamientos o sus acciones, debemos estudiar ambas cosas: la persona y su Materiales Virtuales1 Cátedra Faría - Unidad Temática III
  • La inteligencia compartida circunstancia. ¿Se ha fijado que en determinadas situaciones se siente más capaz, animado, inteligente y generoso; y que en otras, por el contrario, se deja resbalar por la pendiente de la crítica, la malevolencia, el desánimo, la desconfianza? Eso nos pasa a todos. Por eso es tan importante elegir la calidad del entorno en que queremos vivir. Espero que haya pronto un test que nos indique la inteligencia de los grupos, que diagnostique la inteligencia compartida. A ojo de buen cubero ya se ve que hay parejas inteligentes y parejas necias. Familias inteligentes y familias necias. Empresas inteligentes y empresas necias. Sociedades inteligentes y sociedades necias. La dictadura nazi, que fomentó los prejuicios, el fervor ciego, la soberbia, el miedo, la crueldad y la injusticia, estupidizó a la sociedad alemana. Produjo una claudicación de la inteligencia social. El miedo y la soberbia mezclados producen una ofuscación trágica. La situación que en España condujo a la guerra civil fue, igualmente, un vivero de estupidez. En cambio, la sociedad española durante la transición fue un ejemplo claro de inteligencia social. Hubo una sabia tenacidad para resolver los problemas que benefició a todos los españoles. Esta influencia positiva o negativa de la inteligencia compartida sobre la inteligencia personal se da continuamente en la vida cotidiana. Una pareja que la posea mantiene lazos de comunicación fluidos y eficaces, resuelve más problemas de los que plantea, favorece la instalación adecuada en la realidad, fortalece el ánimo y ayuda a que cada uno de sus miembros consiga sus metas personales. La unión permite entonces articular motivaciones que parecen opuestas. Cada miembro aspira a su propia felicidad, pero en un contexto que implica la felicidad de la otra persona. Una de las demostraciones más evidentes de la inteligencia compartida es su capacidad de integrar metas conflictivas. La inteligencia familiar tiene características algo diferentes. La familia es ante todo un complejo sistema de interacciones comunicativas y afectivas, donde cualquier sesgo puede producir malentendidos que se extienden como una infección. Es una red que debe permitir la autonomía de cada uno de los componentes, su ajustamiento a la realidad, red que puede enredar en vez de asegurar. La capacidad de cada uno para resolver problemas debe verse aumentada por el hecho de pertenecer a esa familia. Quiero advertir a mis lectores que esto no tiene ninguna connotación ética, por ahora. Estoy describiendo una etapa más en el vuelo de águila de la inteligencia. La inteligencia personal se acrecienta cuando forma parte de un grupo inteligente, de una sociedad inteligente. Ortega, un filósofo perspicaz para las interacciones sociales, escribió: «Yo soy yo y mi circunstancia. Y si no se salva mi circunstancia, no me salvo yo.» Algo parecido es lo que estoy diciendo. Para mejorar mi inteligencia debo entrenarme yo y colaborar en el perfeccionamiento de los grupos a que pertenezco. Aunque viva aislado, estoy siempre dentro de una sociedad que me ha alumbrado y me sostiene. Ya le explicaré por qué. Nuestro proyecto tiene que incluir, pues, una inteligencia compartida. Es muy interesante que la inteligencia compartida haya sido estudiada sobre todo por los especialistas en organización de empresas. Fueron ellos los primeros que hablaron de «organizaciones que aprenden» o de «organizaciones inteligentes». Como es una idea que se va a imponer y que, sin duda, va a influir en su vida, le explicaré en qué consiste. Materiales Virtuales2 Cátedra Faría - Unidad Temática III
  • La inteligencia compartida En un mundo de cambios vertiginosos, donde la adaptación al mercado, la innova- ción y el aprendizaje van a ser continuos y vitales, es imprescindible que las empresas sean inteligentes como tales empresas. Que sepan aprovechar todas las capacidades de sus empleados, todas las posibilidades de la organización, toda la creatividad que pueda surgir de los esfuerzos compartidos. No se trata de contratar a un montón de superdotados, sino de hacer que el conjunto funcione inteligentemente. Por decirlo con una frase sentenciosa: se trata de conseguir que un grupo de personas no extraordinarias produzcan resultados extraordinarios. Este plus adicional es lo que pedimos a la sociedad. Queremos que por el hecho de vivir en ella seamos capaces de alcanzar cosas que serían inalcanzables si estuviéramos solos. Una empresa inteligente sabe coordinar los intereses dispersos de sus empleados dentro de un proyecto general. Preste atención a esto aunque no le interese nada el mundo empresarial, porque también se da en la vida diaria. Hay proyectos que sólo pueden emprenderse y conseguirse mancomunadamente. Y hay proyectos personales que sólo pueden conseguirse integrándolos en proyectos mancomunados. Por ponerle unos ejemplos sencillos: la felicidad personal integrada en una pareja sólo será posible dentro de un proyecto mancomunado; el éxito laboral de una persona sólo será posi- ble dentro de un proyecto mancomunado de empresa. Y lo que es aún más importante: la felicidad y la dignidad personal sólo será posible dentro de un proyecto mancomunado de sociedad. Es decir, dentro de una sociedad que funciona inteligentemente como tal sociedad. Esta idea, que es central en mi proyecto de inteligencia, nos obliga a trabajar de una manera peculiar. No lo olvide si quiere aclarar su futuro o el de sus hijos. En este momento se valora cada vez más la iniciativa personal pero dentro de trabajos en equipo. Se han terminado las grandes cadenas de montaje con diez mil obreros haciendo lo mismo: apretar una tuerca o soldar un perno. Eso lo hacen ahora los robots. Las personas se van a ocupar de tareas menos mecánicas, que les van a exigir una inteligencia más flexible y mayor capacidad de aprender. Van a tener que colaborar inventivamente, pero en proyectos cada vez más complejos en los que la comunicación entre los participantes va a ser necesariamente continua y rápida. Por ejemplo, el Boeing 747 fue diseñado por equipos de ingenieros americanos y japoneses. El flujo de información entre ambos equipos era tan grande, que a la empresa le compensó tender un cable transoceánico de fibra óptica sólo para unir las dos factorías. Otro dato: según las estadísticas de 1997 las empresas mundiales destinan hoy más dinero a las telecomunicaciones que al petróleo. Trabajar en equipo, con una visión compartida, exige desarrollar destrezas intelectuales y afectivas. La comunicación en esas empresas es, pues, fundamental, pero también lo es que la información llegue a todos los niveles, que las estructuras de poder favorezcan la colaboración y no impongan restricciones, que los participantes sepan colaborar, venzan los prejuicios, el amor propio, el afán de lucimiento, la ambición, la envidia. No es muy diferente lo que debería suceder en una familia. ¿Es que una organización inteligente va a volver a todos sus miembros santos? No. Sólo tiene que convencerles de que la consecución de sus metas personales exige la consecución de una meta común. Los seres humanos actuamos fundamentalmente por tres motivos. Hay motivaciones extrínsecas a la acción: por ejemplo, ganar dinero. Hay motivaciones intrínsecas: disfrutar Materiales Virtuales3 Cátedra Faría - Unidad Temática III
  • La inteligencia compartida con la actividad, sentirse útil y eficiente, ser reconocido por el grupo, aumentar el propio poder. Hay, por último, una motivación transcendente: colaborar al mejoramiento de la sociedad, encuadrarse en grandes proyectos éticos. Es posible que el lector lea esto último con una sonrisa de escepticismo. Sin embar- go, las empresas inteligentes saben que funcionan mejor si consiguen unificar tres finalidades: Crear valor para los propietarios. Crear valor para los empleados. Crear valor para la sociedad. Comprender que esas tres metas son interactivas es imprescindible para el éxito. A los accionistas les interesa cuidar los otros dos objetivos, porque van a repercutir en la cuenta de resultados. A los empleados, también porque van a beneficiarse de ello. Y ambos van a encontrar un suplemento de sentido y de ánimo si saben que están colaborando en la aparición de un mundo menos desastroso. Esto es una gran innovación en el mundo empresarial. Le pondré algunos ejemplos. Ingvar Kamprad, fundador de IKEA, una multinacional del mueble, expuso así los objetivos de la empresa: «Los nuevos productos y los buenos diseños sólo pueden ser costeados por un pequeño grupo de la población. Nuestra empresa ofrecerá una amplia gama de muebles con un buen diseño y funcionalidad y a unos precios tan bajos que la mayoría de las personas puedan comprarlos”. El valor social que pretende es «facilitar una vida mejor para la mayoría de la gente». Los almacenes Sears durante y después de la Primera Guerra Mundial decidieron que su misión era convertirse en los compradores expertos en favor de la familia americana. Una década después, Marks and Spencer, de Gran Bretaña, se propuso ser representante del cambio social británico, rechazando definirse por la clase social de sus clientes. Fue también después de la Primera Guerra Mundial cuando AT&T decidió que su papel era asegurar un teléfono a cada familia americana. No caeré en la ingenuidad de pensar que estas decisiones fueron maravillosamente generosas. Las pongo como ejemplo de lo contrario. Para conseguir sus propios fines la inteligencia personal se ve obligada a colaborar con los fines de otros. En el campo político, por ejemplo, la democracia es el mejor sistema que se nos ha ocurrido, una gran etapa en el vuelo de la inteligencia. Pero puede ser más o menos inteligente. Por ejemplo, un voto flotante, que se decide de acuerdo con la marcha de los acontecimientos y no por sim- patías o antipatías, es más inteligente que un voto cautivo que siempre vota al mismo partido haga lo que haga. La democracia es, fundamentalmente, un modo de participar y de controlar el poder. Pero podría ser un modo conjunto de resolver problemas. El enfrentamiento por el poder podría ser sustituido por la colaboración en el poder. En un momento en que la clásica división entre poderes —legislativo, ejecutivo y judicial— se desdibuja por la excesiva fuerza de los partidos políticos, sería una muestra de inteligencia política que la sociedad reclamara la creación de un partido estrictamente parlamentario, en cuyos estatutos figurara la prohibición expresa de ejercer el poder. Su función sería, precisamente, impulsar la resolución del problema, favorecer la inteligencia política del Parlamento, estudiar con independencia las medidas legislativas, presionar para que se aceptasen las mejoras, estar en contacto con las preocupaciones sociales, proponer preocupaciones a la sociedad, transferir y distribuir información, ejercer una crítica imparcial sobre el ejecutivo, explicar, explicar, explicar... y pedir ex- plicaciones. Realizaría así una bella tarea de pedagogía política. Materiales Virtuales4 Cátedra Faría - Unidad Temática III
  • La inteligencia compartida 3 Gran parte de la inteligencia compartida se realiza a través de la comunicación hablada. Como recoge las dificultades y métodos de aprendizaje social, y también gran parte de lo que he dicho acerca de la inteligencia, voy a hablar del diálogo. Diálogo es una bella palabra que deriva del griego «logos», que significa, a la vez, «palabra» y «razón». Es la búsqueda compartida de la razón. Sólo mediante la conversación, que es un converger hacia algo, podemos establecer los lazos comunicativos. La palabra, que se reveló como la base de la inteligencia personal, se muestra también como fundamento de la inteligencia social. ¿Por qué es, sin embargo, tan difícil entenderse? ¿Por qué nos malentendemos con tanta facilidad? ¿Por qué nos cuesta tanto debatir, convencer y dejarnos convencer? Porque en el diálogo intervienen todos los aspectos de la inteligencia: los intelectuales y los afectivos: el pasado, el presente y el futuro; las expectativas y los fracasos; el deseo de comprender y la necesidad de imponerse. Y también los sistemas de autodefensa, los prejuicios, el miedo, los sesgos afectivos. La dificultad de entenderse se da en todos los ámbitos, incluso en la ciencia, que parece dotada de una objetividad inasequible a las preferencias personales. Recuerdo la triste impresión que me causó, cuando era muy joven, leer la autobiografía de Max Planck. Planck fue uno de los grandes renovadores de la física, el inventor de la teoría cuántica, que ahora es universalmente aceptada, pero que fue desdeñada cuando apareció. Afirmaba en su libro que una teoría científica no se impone por sus argumentos, sino porque una generación de sabios muere y la nueva se educa ya en esas ideas. La rutina se escandaliza ante la novedad incluso en la ciencia. En todas partes cuecen habas. La conversación, el diálogo, el debate, la comunicación dentro de una relación, tienen un aspecto interactivo, sistémico. Sólo se comprenden cuando se ven en su totalidad, lo que es difícil cuando se está metido en ese juego de ping-pong en que muchas veces se convierten. Por ejemplo, en los matrimonios mal avenidos las incomprensiones se autoalimentan durante las discusiones, o cuando uno acaba callándose y el otro se irrita por el silencio. Estas disputas se convierten en un intercambio monótono de mensajes circulares: «No hablo porque estás siempre de mal humor», «Estoy siempre de mal humor por que te callas». «Estoy antipático porque no haces más que protestar», «No hago más que protestar porque siempre estás antipático». «No te hablé nunca de mi trabajo porque nunca me preguntabas por él y creí que no te interesaba», «No te preguntaba porque nunca me hablabas de él y pensé que te molestaría que lo hiciera». Otras veces se crean situaciones envenenadas que favorecen la injusticia. Por ejemplo, si una persona se inhibe, la otra tiene que tomar la iniciativa, con lo que puede ser tildada de mandona. Los psicólogos de la escuela de Palo Alto han estudiado brillantemente los enredos de la comunicación, y los han explicado en libros muy divertidos. En uno de ellos, Watlawick reproduce la conversación de un matrimonio que acude a su consulta: Marido: —Una larga experiencia me ha enseñado que si quiero mantener la paz en casa no debo oponerme a que las cosas se hagan como ella quiere. Esposa: —Eso no es cierto. Me gustaría que mostraras un poco más de iniciativa y decidieras por lo menos algo de vez en cuando. Marido:—¡Por amor de Dios! Supongo que ahora se refiere a que siempre le Materiales Virtuales5 Cátedra Faría - Unidad Temática III
  • La inteligencia compartida pregunto qué es lo que ella quiere. Por ejemplo, ¿dónde te gustaría ir esta noche?, o ¿qué te gustaría hacer este fin de semana? Y en lugar de comprender que sólo quiero ser amable con ella, se enoja. Esposa: (al terapeuta) —Sí. Lo que él todavía no comprende es que si una escucha eso de «cualquier cosa que quieras hacer, querida, me parece bien» un mes tras otro, una comienza a sentir que nada de lo que una quiere le importa. Para facilitar la educación de una inteligencia compartida haré un breve repertorio de los obstáculos que dificultan la comprensión, en situaciones especialmente complejas, dolorosas y destructivas: las familiares. 1. Interpretamos las palabras sin darnos cuenta de que estamos interpretándolas. Creemos percibir objetivamente «su verdadero significado», pero nunca conocemos directamente las intenciones de una persona, ni sus estados de ánimo. Siempre estamos descifrando señales. La comprensión es siempre una reconstrucción privada a partir de las pistas dadas públicamente por el lenguaje. 2. Usamos nuestro propio sistema de códigos, nuestras creencias y prejuicios para descifrar dichas señales. Lo que dice una persona que nos resulta antipática, o el miembro del partido o del equipo o de la secta o de la religión contraria, lo interpretamos como un gesto de hostilidad o de empetacamiento. 3. Mujeres y hombres suelen esperar cosas distintas del lenguaje. Una mujer suele pensar: «Una relación se mantiene mientras podamos hablar de ella.» Un hombre piensa: «Una relación se mantiene mientras no hablemos de ella.» (Lo que acabo de escribir es una simplificación tan caricaturesca que si alguien me pregunta negaré que lo he escrito. Se lo he dicho a ustedes off the record.) 4. Toda comunicación es evaluada a la vez, y de manera entremezclada, en dos planos: cognitivo y afectivo. En un plano podemos comprenderla y en otro no. «Sé que tienes razón, pero no me gusta lo que dices», podría ser el resumen coloquial de esta contradicción. Con frecuencia se mezclan los dos planos: ¿Si me amaras no me llevarías la contraria.» ¿Es sensata esta afirmación? Podemos concluir que los fracasos en la comprensión, que son fracasos de la inteligencia compartida, no son meramente intelectuales. Quienes cometen estos errores en sus relaciones íntimas pueden ser extremadamente perspicaces para comprender relaciones ajenas, lo que nos indica que en los malentendidos intervienen aspectos afectivos propios de la situación concreta. Muchas veces nos cuesta dar la razón a otro porque nos parecería una rendición. Necesitamos hasta tal punto sentirnos seguros que activamos múltiples sistemas de defensa. Es sorprendente y terrible hasta qué punto podemos engañarnos a nosotros mismos, racionalizar nuestras preferencias, buscar chivos expiatorios, cambiar nuestra entera concepción del mundo sólo para protegernos, justificarnos o salvarnos de la quema. Son soluciones de urgencia, que cierran todas las heridas en falso y por las que alguien acabará antes o después pagando. No pasarían un estricto test de inteligencia. Materiales Virtuales6 Cátedra Faría - Unidad Temática III
  • La inteligencia compartida El gran proyecto 1 Después de tantos años y tantos vuelos, aún sigo emocionándome cuando un avión que ha despegado de una tierra nublada y oscura atraviesa las nubes y emerge, como si diera un gran salto, al cielo abierto y luminoso, y al sol. Por un instante me parece que la luz está siempre al alcance de la mano o, mejor, de los ojos. Pues algo semejante me pasa cuando pienso o hablo de lo que voy a hablarle. En este capítulo termina mi historia del gran vuelo. El hombre despegó del confuso mundo de la naturaleza, de las tierras sin ley y sin palabras, de las bellas y rutinarias estirpes animales, que repiten sus círculos vitales, cautivos como los jilgueros enjaulados, cantores de un cantar ya sin sentido. He seguido a grandes zancadas la gran historia de la inteligencia, apresuradamente, como quien quiere llegar a la cima de un monte para ver un sorprendente paisaje, y en su camino desdeña recodos, plantas, las minúsculas hogueras sonoras de los pájaros, la profundidad misteriosa del follaje. Tenía prisa por contarle las últimas etapas del incansable vuelo. La aparición del gran proyecto de la inteligencia. Él va a dar valor a todo lo demás. Tenga el lector en cuenta que la inteligencia se mide por la capacidad de inventar proyectos y de resolver los problemas que su realización plantea. Su valor finalmente dependerá del valor, la dignidad, la brillantez del proyecto. Un derroche de eficacia para conseguir la depuración étnica, para alcanzar las propias ambiciones mediante el terror, o para desembarazarse de cinco millones de judíos asesinados, sólo puede llamarse inteligencia de una manera formal y vacía. Debemos valorar la capacidad para resolver problemas de acuerdo con la índole de los problemas que resuelve. Los problemas más trascendentales para el ser humano se refieren a la consecución de la propia felicidad y de una convivencia digna. Ya sabemos que ambas metas son recíprocas. Las metas privadas sólo pueden alcanzarse dentro de unas grandes metas mancomunadas. La inteligencia capaz de acercarse a la felicidad sólo puede desarrollarse y ejercerse en una sociedad también inteligente. Una sociedad es inteligente si resuelve el máximo número posible de problemas que afectan a la felicidad personal. Ya he dicho que para conseguirla cada ser humano necesita introducir su individual proyecto dentro de un marco más amplio, cobijándolo en un proyecto de felicidad conyugal, familiar, social, al que nutre y del que se nutre, y donde pacientes corazones innumera- bles colaboran sin descanso en crear un orbe definitivamente apartado de la selva. Al estudio de estas trascendentales cuestiones se le ha llamado tradicionalmente Éti- ca. La conclusión de todo el argumento de este libro es chocante, o al menos me lo pareció cuando tropecé con ella: la gran creación de la inteligencia humana es la ética. Materiales Virtuales7 Cátedra Faría - Unidad Temática III
  • La inteligencia compartida A esta luz, la ética no tiene el torvo aspecto con el que se acostumbra presentarla. No es un repertorio de prohibiciones, deberes, obligaciones. Nada de eso. Es un brillante conjunto de soluciones y posibilidades. La ética es el gran proyecto que la inteligencia humana hace sobre sí misma. Un proyecto de humanidad inteligente. Esta aspiración no puede recrearse en su propia apariencia, extasiarse consigo misma, satisfecha como una bella muchacha ante un espejo. Tiene que jugar a favor de cada uno de nosotros, ha de satisfacer nuestros anhelos y aumentar nuestro poder, nuestro aliento, nuestro ámbito vital. Ha de ser capaz de seducirnos de forma irresistible. ¿Es esto posible? ¿Puede haber un proyecto que unifique la exuberancia terrible de los deseos? 2 Creo que sí. La inteligencia creadora puede forjar una idea de ser humano que todos podamos reconocer como una posibilidad querida. Puede diseñar una órbita que no queramos abandonar, un modo de vida que echemos en falta cada vez que lo perdamos, un proyecto que pueda ser aceptado como bueno por cualquier inteligencia en pleno uso de sus facultades. La más elemental formulación de este proyecto sería: Todo ser humano considera bueno tener derechos. Sólo las bestias, aunque tengan forma humana, desearían que nada protegiera a los débiles. Tal vez me equivoque, pero veo con total evidencia que las desventuras de las morales proceden de dos afirmaciones erróneas, aunque bienintencionadas. La primera mantiene que el concepto moral fundamental es el deber y no el derecho. La segunda defiende que se nace con derechos como se nace con pulmones. Ninguna de las dos afirmaciones es verdadera, y como los errores acaban pasando la factura, ahora estamos pagando tal equivocación. Me parece grave, irresponsable e indignante que la noción de “derechos”, que fundamenta nuestra convivencia y que designa la realidad más innovadora y grandiosa inventada por la inteligencia humana, no se enseñe en la escuela. Los alumnos tienen que aprender lo que es la calcopirita o cómo se reproducen las arañas, pero ignoran todo del azaroso proyecto en que están integrados. Luego nos quejamos de que se use mal la palabra, de que se hable mucho de derechos y menos de deberes, de que la gente se tome a risa los derechos humanos. Deberíamos empeñarnos en una insistente pedagogía de los derechos que explicara a todos los ciudadanos la grandeza del proyecto gracias al cual viven como viven. Por mí al menos que no quede. Quiero explicarle a uña de jaca lo que es el derecho. Derecho es un poder simbólico que nos permite alcanzar cosas que no podríamos conseguir con nuestras propias fuerzas. Amplía, pues, nuestro campo de acción, nuestras posibilidades. Cuando digo que tengo derecho de propiedad sobre mi casa, quiero decir que voy a poderla mantener aunque mi vecino la codicie y sea más fuerte. Me interesa mucho explicarle esto con claridad, porque lo tenemos tan cerca, nos parece tan natural, que nos cuesta comprender su excepcionalidad. El derecho es un poder que no se funda en la propia fuerza del sujeto. Es la gran revolución contra la naturaleza. Es un poder simbólico que se opone al poder físico. Una fantástica novedad. Materiales Virtuales8 Cátedra Faría - Unidad Temática III
  • La inteligencia compartida ¿Qué entiendo por un poder simbólico? Es el que se posee como signo de un poder efectivo. El marido que pega a su mujer está ejercitando un poder físico. La mujer que presenta una denuncia para que la protejan de su marido está ejercitando un poder simbólico, aunque eficiente. Su derecho le permite exigir ayuda. Le pondré otro ejemplo. El poder adquisitivo del dinero es simbólico y, sin embargo, produce efectos reales. El dinero no es un bien real—nadie disfruta poseyendo unos papelillos mugrientos—, sino un bien simbólico. Fabricar un billete cuesta unos céntimos, pero ese mismo billete puede valer diez mil pesetas, porque confiere a su poseedor la facultad de comprar por esa cantidad. ¿Se ha parado a pensar por qué esos papelitos valen lo que valen? Porque la gente va a aceptarlo como medio de pago por ese valor. Si el lector decidiera imprimir sus propios billetes no valdrían nada porque nadie los querría. Es decir, todo el sistema monetario está basado en un sistema de aceptación mutua. En vez de cambiar un cuarto de vaca por treinta gallinas, utilizamos unos papelitos que representan diferentes valores simbólicamente: mil pesetas, cinco mil pesetas, etc. En conclusión, el dinero es dinero por la confianza recíproca en que todo el mundo va a aceptar esa moneda como encarnación de un poder de compra. Cuando en un país se desconfía de una moneda, nadie quiere recibirla. Su valor está basado en esa confianza, en esa fe que tenemos en que los demás también van a aceptarla. Por eso se llama «dinero fiduciario», dinero basado en la fe. Los poderes simbólicos, irreales pero eficaces, son una creación de enorme originalidad porque alteran radicalmente el régimen de fuerzas que opera en la naturaleza. Bajo la ley de la selva, el fuerte se come al débil. Como señaló Hegel, «el derecho de la naturaleza es la existencia de la fuerza y la imposición de la violencia; y un estado de naturaleza es un estado de violencia e injusticia, del que no se puede decir nada más verdadero sino que hay que salir de él». Es fácil predecir en qué consistiría una vuelta a la naturaleza, si es que semejante afir- mación tuviera algún sentido: en reinstaurar el poder real, el derecho de la violencia. No es ése el camino que nos corresponde caminar. Nuestra naturaleza nos incita a sobrepasar la naturaleza, por eso nuestros derechos no son naturales. Son extra-naturales. No son nada común ni obvio, son extraordinarios. Cada uno de ellos es una prodigiosa transgresión de las leyes de la gravedad. Nos mantienen en vuelo mientras los mantenemos en vuelo. La afirmación de los derechos no parece resolver los problemas porque, al fin y al cabo, me gusta tener derechos porque me benefician a mí. Son una consagración del egoísmo. Puedo quererlos para mí, pero molestarme que los tengan otros. Éste es el punto decisivo. Aquí desemboca todo lo que he estado diciendo en este libro. Es la cima donde detener momentáneamente el vuelo. En la noción de derecho se articula la inteligencia personal y la inteligencia social, los intereses privados y los intereses de la colectividad. Necesito que comprenda esta idea, porque sólo ella puede ampliar nuestro futuro. Intentaré explicársela lo mejor que pueda. Todos reclamamos derechos. Tenemos derecho a la vida, a la educación, a no ser per- seguidos, a la propiedad de nuestros bienes, a la libertad, y a muchas cosas más. Al admitir y reclamar los derechos hacemos sin darnos cuenta una afirmación de gran importancia. Los derechos son un poder de actuar, de disponer, que no se basa en una fuerza del propio sujeto. Una persona tiene derecho a la educación si va a poder ir a la escuela aunque no tenga dinero para pagarla. Habrá que buscar entonces otra energía que mantenga y haga posible tan notable poder. ¿De dónde puede provenir esa fuerza que va a conceder eficacia Materiales Virtuales9 Cátedra Faría - Unidad Temática III
  • La inteligencia compartida a los derechos? Sólo puede venir del reconocimiento activo de la comunidad. Por ello, el mundo del Derecho no consagra el egoísmo, sino la solidaridad. Sólo los demás pueden conferirme la energía para poder alcanzar aquellos bienes que exceden de mis fuerzas. Cuando digo que tengo derecho a la vida, no me refiero a mi deseo de vivir: eso no es un derecho. Ni a mi poder físico para defenderme: eso tampoco lo es. Si lo admitiéramos estaríamos bajo la ley de la selva. Los derechos a que aspiro son un anhelo privado, una codiciada ampliación de mi propiedad y mi poder, pero que, como necesitan el reco- nocimiento activo de la comunidad para existir, no me permiten encerrarme en mí mismo sino que me lanzan fuera de mí. Tengo que contar con los demás para disfrutar de mis derechos. Le dije que algunos proyectos personales sólo podían realizarse integrándose en proyectos comunes, mantenidos por la inteligencia social. Los derechos son uno de estos fines comunes que no podríamos alcanzar por nuestra cuenta, porque se basan en una reciprocidad universal. Ésta es la razón de que parezca falso y peligroso hablar de derechos naturales o decir que nacemos con derechos. El orbe de los derechos es una construcción de la inteligencia humana convertida en legisladora y que, mal que bien, lleva funcionando en algunos países desde hace siglos. Su eficacia hace que nos olvidemos de que esa estructura no se mantiene sola. Nadie está amparado por los derechos si está fuera de la órbita de los derechos. Si en el mundo civilizado sucede así, si el criminal está protegido por el mismo derecho que ha conculcado, no es porque nadie se lo deba, sino tan sólo por la generosidad de los que permanecen en la órbita ética, manteniéndola en vuelo. Son ellos los que están dispuestos a afirmar la dignidad de todos los miembros de la especie humana, aunque resulten perjudicados al hacerlo, porque creen en la grandeza y necesidad del proyecto. Si un terrorista se sale del sistema de reciprocidades, mata y luego, al ser detenido, reclama sus derechos, hay que decirle que no ha cumplido con su parte del gran pacto de los derechos, que ha intentado hacernos volver a todos a la selva, y que «le concedemos derechos» porque estamos empeñados en mantenernos en ese mundo nuevo que pretendemos construir lejos de la selva. Me hubiera gustado contarle el deslumbrante proceso de construcción de este mundo, un proceso que es nuestra verdadera historia, nuestro gran vuelo, y no las minucias que se cuentan en las historias al uso, pero quedará para el próximo libro, se lo prometo. Estamos creando un modo nuevo de vivir. Una nueva especie. La gran innovación en el universo. El esfuerzo por construir la dignidad humana es lo más hermoso, noble y útil que hemos inventado. Nuestra más clara posibilidad de ser felices. Desde esta convicción volvamos a nuestro proyecto de inteligencia. El mejor modelo de inteligencia concebible será aquella que se comprometa más esforzada, creadora, generosa, eficazmente a la edificación de esa gran posibilidad. El gran vuelo de la inteligencia, precario y magnífico, continúa. La selva sigue lejos y cerca de nosotros. El ser humano, inventor de la grandeza, es también inventor de la crueldad más refinada. ¿Hacia dónde irá la historia? De nuestra inteligencia personal, de nuestra perspicacia y ánimo, dependerá que siga ascendiendo o que se desplome. Las águilas tienen un vuelo alto y poderoso, pero cualquier cazador furtivo puede abatirlas con un disparo. También los cazadores furtivos de nuestro corazón, la mezquindad, el egoísmo, los malos sentimientos, saben disparar certeramente. Al principio del libro le decía que todos tenemos que decidir si colaboramos en la am- plitud del vuelo o preferimos ser lastre. Le cedo la palabra. Ahora le toca a usted. Materiales Virtuales10 Cátedra Faría - Unidad Temática III