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Mujeres Libres -  Spanish writers women             REALIZADO POR: INÉS CALVO
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Mujeres Libres - Spanish writers women REALIZADO POR: INÉS CALVO

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Mujeres escritoras españolas del siglo XX

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  • la verdad me parece que el dia de la mujer es muy importante, de hecho todos los dias son dia de la mujer
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  • Esta es una presentación genial no solo reune a las mejores escritoras pero incluye datos interesantes. Gracias.
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  • 1. MUJERES LIBRES <ul><ul><li>Escritoras españolas en el siglo XX </li></ul></ul>
  • 2. Carmen de Burgos “Colombine” <ul><li>Iba ella a cuerpo, con sus collares y alhajas puestas, vestida ya con las ropas de novia y lavada y perfumada, con esa impudicia con que las familias preparan la entrega de la hija. Sin duda todo aquello era lo que más se la había dado. La muchacha, excitada con sus preparativos de boda, viéndose hermosa ante el espejo, había oído el llamamiento de la naturaleza que la inclinaba hacia el hombre joven, fuerte hermoso, y le hacía huir del que le estaba destinado. Era una eclosión de juventud, de sensualidad suprema la que los había envuelto. Y los dos corrían hacia la dicha, embriagados en el perfuma del amanecer y en los olores a jabón y a colonia, que emanaban las ropas de la muchacha mezclados con los efluvios de la carne morena y primaveral. La clave de la pasión andaluza estaba en la sensualidad de los perfumes de su tierra. </li></ul><ul><li>Puñal de claveles </li></ul>
  • 3. <ul><li>Yo siento que me hice del roce de tanta gente: de la monjita, de la amiga de buen gusto, del tío abuelo casi emparedado, del chico de los pájaros, del beso, de la caricia, del insulto, del amigo que nos advirtió, del que callado apretó los dientes y sentimos la mordedura... Todos, todos. Somos lo que nos han hecho, lentamente, al correr tantos años. Cuando estamos definitivamente seguros de ser nosotros, nos morimos. </li></ul><ul><li>Memoria de la melancolía </li></ul>Maria Teresa León
  • 4. Alfonsina Storni <ul><li>Tú me quieres alba, me quieres de espumas, me quieres de nácar. Que sea azucena sobre todas, casta. De perfume tenue. Corola cerrada. Ni un rayo de luna filtrado me haya. Ni una margarita se diga mi hermana. Tú me quieres nívea, tú me quieres blanca, tú me quieres alba. </li></ul><ul><li>Tú que hubiste todas las copas a mano, de frutos y mieles los labios morados. Tú que en el banquete cubierto de pámpanos dejaste las carnes festejando a Baco. Tú que en los jardines negros del Engaño vestido de rojo corriste al Estrago. Tú que el esqueleto conservas intacto no sé todavía por cuáles milagros, me pretendes blanca -Dios te lo perdone-, me pretendes casta -Dios te lo perdone-, ¡me pretendes alba! </li></ul>TÚ ME QUIERES ALBA
  • 5. Mercé Rodoreda <ul><li>. </li></ul>Y me metí en la Plaza del Diamante (...) y con los brazos delante de la cara para salvarme de no sabía qué, di un grito de infierno. Un grito que debía hacer muchos años que llevaba dentro y con aquel grito, tan ancho que le costó mucho pasar por la garganta, me salió de la boca una pizca de cosa de nada que había vivido tanto tiempo encerrada dentro, era mi juventud que se escapaba con un grito que no sabía bien lo que era… ¿abandono? La Plaza del Diamante
  • 6. Dulce María Loynaz <ul><li>SI ME QUIERES, QUIÉREME ENTERA Si me quieres, quiéreme entera, no por zonas de luz o sombra... Si me quieres, quiéreme negra y blanca. Y gris, y verde, y rubia, y morena... Quiéreme día, quiéreme noche... ¡Y madrugada en la ventana abierta! Si me quieres, no me recortes: ¡Quiéreme toda... O no me quieras! </li></ul>
  • 7. Carmen Laforet <ul><li>Esas palabras que los niños, jugando al parecer absortos y ajenos a la conversación, recogen ávidamente: «Cuando crezca, seguramente tendrá un tipo bonito», «Los niños dan muchas sorpresas al crecer»... Dormida, yo me veía corriendo, tropezando, y al golpe sentía que algo se desprendía de mí, como un vestido o una crisálida que se rompe y cae arrugada a los pies. Veía los ojos asombrados de las gentes. Al correr al espejo, contemplaba, temblorosa de emoción, mi transformación asombrosa en una rubia princesa —precisamente rubia, como describían los cuentos—, inmediatamente dotada, por gracia de la belleza, con los atributos de dulzura, encanto y bondad, y el maravilloso de esparcir generosamente mis sonrisas… Esta fábula, tan repetida en mis noches infantiles, me hacía sonreír, cuando con las manos un poco temblorosas trataba de peinarme con esmero y de que apareciera bonito mi traje menos viejo, cuidadosamente planchado para la fiesta. «Tal vez —pensaba yo un poco ruborizada— ha llegado hoy ese día.» </li></ul><ul><li>Nada </li></ul>
  • 8. Rosa Chacel <ul><li>Toda diversificación entre los productos-¿mentales, intelectuales, creacionales?- de los dos sexos relega a la mujer a una zona paupérrima... ¿Por qué?, dirán... Porque el hombre sólo puede enriquecerse paulatinamente si lleva consigo su milenario capital. Así, pues, la mujer, si no endosa la misma carga, tiene que empezar ahora ..., tiene que estructurarse sobre una experiencia de... ¿despego, desamor, rebeldía?... En una palabra, de resentimiento. </li></ul>
  • 9. Carmen Martín Gaite <ul><li>¿Por qué las mujeres tienen tanto, tantísimo miedo, un miedo tan específicamente distinto, a la soledad? ¿Por qué se echan en brazos de lo primero que las exima el buscarse en soledad? O dicho en otras palabras: ¿Por qué se aguantan tan mal, tan rematadamente mal –y cada día peor- a sí mismas? </li></ul><ul><li>La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas </li></ul>
  • 10. Josefina Aldecoa <ul><li>Era morena, delgada. Los ojos no expresaban </li></ul><ul><li>sentimiento alguno pero observé que eran unos ojos grandes y luminosos. Una diadema le prendía en la frente el velo blanco que caía sobre los hombros y se deslizaba por la espalda. Con la mano derecha sujetaba un ramo de flores y me fijé en que los nudillos le blanqueaban de la fuerza con que lo apretaba. En la mano izquierda llevaba un guante puesto y el otro, vacío y desmayado, lo aferraba con el ramo. </li></ul><ul><li>— Ella está triste —informó Rosa—. Dicen que su </li></ul><ul><li>familia no la dejaba casarse... </li></ul><ul><li>A mí me pareció que la novia no estaba triste; en </li></ul><ul><li>todo caso nerviosa, deseando terminar cuanto antes el paseo para llegar a su casa o al Hotel o dondequiera que celebraran el banquete. </li></ul><ul><li>En el instante en que nos sobrepasaban, me fijé en </li></ul><ul><li>el novio. Un hombre joven, serio, con un bigote negro que le acentuaba el gesto firme. Un hombre vestido con uniforme de gala. Miraba por encima del montón de personas que le rodeaban y su mirada se perdía en un punto lejano, más allá de la calle. No sé por qué, pensé: «Parece que estuviera en otra parte». </li></ul><ul><li>Historia de una maestra </li></ul>
  • 11. Gloria Fuertes <ul><li>Hay quien dice que estoy como una cabra; </li></ul><ul><li>lo dicen, lo repiten, ya lo creo; </li></ul><ul><li>pero soy una cabra muy extraña </li></ul><ul><li>que lleva una medalla y siete cuernos. </li></ul><ul><li>(...) </li></ul><ul><li>Vivo sola, cabra sola </li></ul><ul><li>-que no quise cabrito en compañía- </li></ul><ul><li>cuando subo a lo alto de este valle, </li></ul><ul><li>siempre encuentro un lirio de alegría. </li></ul><ul><li>Y vivo por mi cuenta, cabra sola; </li></ul><ul><li>que yo a ningún rebaño pertenezco. </li></ul><ul><li>Si sufrir es estar como una cabra, </li></ul><ul><li>entonces sí lo estoy, no dudar de ello. </li></ul>ESTOY COMO UNA CABRA
  • 12. Monserrat Roig <ul><li>La mare era una dona molt de casa seva, no havia sortit mai sola a Barcelona, perquè deia que s&apos;hi perdia. Però quan els feren tornar a la força i es quedaren sense res, sense feina, sense casa, sense menjar, la mare baixava sola a la ciutat i es perdia pels carrers estrets del Barri Xino tot venent tabac, pa i oli d&apos;estraperlo. I sempre guardava la fruita més bonica, les pomes lluents, les taronges grosses, fins que es feien malbé. La guardava per als seus fills, els qui s&apos;havien quedat a Alemanya, perquè deia que tindrien gana, quan tornessin. Ja hem vist que no tornarien, que en Pepe i el seu pare moririen al camp de Gusen . </li></ul><ul><li>Els catalans als camps nazis </li></ul>
  • 13. Carme Riera <ul><li>De la mà de la mitologia m&apos;he acostat als grecs. He agafat El Banquet [de Plató], que sempre guarda sorpreses. rellegir-lo per a tu, amb tu, m&apos;ha permès entendre d&apos;una manera distinta el mite de l&apos;androgin. Érem, abans del càstig, persones dotades de dos caps, dos cossos, dos sexes, masculí i femení. En ocasions, doblement masculí, o femení en d&apos;altres. Però els déus, alarmats pel poder que anàvem adquirint, adonant-se del subversiu que podria arribar a ser, ja que sospitaven que volíem construir una escala per arribar fins a l&apos;Olimp, ens tallaren pel mig, i des de llavors cada un de nosaltres cerca la seva meitat perduda, la seva mitja taronja, tal com es diu de manera col.loquial. Pens, a hora d&apos;ara, que la nostra autèntica meitat és l&apos;ésser que ens va gestar, de la qual cosa podria deduir-se que la meitat perduda per tots, homes i dones, és sempre femenina. </li></ul><ul><li>Temps d’una espera </li></ul>
  • 14. Soledad Puértolas <ul><li>Porque se diga lo que se diga, los libros dan respuestas. Aunque no sean soluciones, aunque no sean definitivas. Respuestas instantáneas, luces que relampaguean en la oscuridad. Una hermosa frase, un pasaje de una novela, un verso: allí está, de pronto, la verdad. Y todo el sin sentido, y todo el desorden, se convierten, repentinamente, en belleza. </li></ul><ul><li>Bella y oscura </li></ul>
  • 15. Rosa Montero <ul><li>La gente decía que era hermosa, o al menos alguna gente aún lo decía, y ella se lo había creído mucho tiempo atrás, en otra vida. Ahora simplemente se encontraba rara, con esa mata desordenada de pelo rojizo veteado de canas, semejante a un fuego que se extingue; con la piel lechosa y las ojeras, y con una mirada oscura en la que no se podía reconocer. Un vampiro diurno. Hacía mucho tiempo que no conseguía reconciliarse con su aspecto. No se sentía del todo real. Por eso jamás se hacía fotos, y procuraba no mirarse en los espejos, en los escaparates, en las puertas de vidrio. Sólo se asomaba a su reflejo por las mañanas, todas las mañanas, en su cuarto de baño. Se enfrentaba al azogue, con los párpados pesados y la boca sabiendo todavía al salitre de la noche, para intentar acostumbrarse a su rostro de ahora. Pero no, no avanzaba. Seguía siendo una extraña. A fin de cuentas, tampoco los vampiros pueden contemplar su propia imagen. &amp;quot; </li></ul><ul><li>El corazón del tártaro </li></ul>
  • 16. Ana Rosetti <ul><li>POR QUÉ MI CARNE NO TE QUIERE VERBO... </li></ul><ul><li>Por qué mi carne no te quiere verbo, por qué no te conjuga, por qué no te reparte, por qué desde las tapias no saltan buganvillas con tus significados y en miradas de azogue que no reverbera el sol dando de ti noticia, ni se destapan cajas con tu música y su claro propósito, y ningún diccionario ajeno te interpreta. Por qué, por qué, Amor mío, eres mapa ilegible, flecha desorientada, regalo ensimismado en su intacto envoltorio, palabra indivisible que nace y muere en mí. </li></ul><ul><li>  </li></ul>
  • 17. Toti Martinez de Lezea <ul><li>Hoy, cuando cualquier aniversario es excusa para conmemorar las grandes gestas de la humanidad, cuando se habla de reconciliaciones ecuménicas y se rehabilita a personajes importantes injustamente condenados, aún no se ha reivindicado la inocencia de miles de personas quemadas vivas legalmente gracias las mentiras, prejuicios y obsesiones de las clases dirigentes políticas y religiosas. La palabra “bruja” sigue siendo sinónimo de maldad, de mujer vieja y fea, y hemos olvidado que muchas de aquellas víctimas eran niñas que áun no habían cumplido los diez anos, que otras eran jóvenes en la flor de la vida y que la mayoría eran mujeres que únicamente intentaban ganarse el sustento. La herbolera </li></ul>
  • 18. Clara Janés <ul><li>OJOS </li></ul><ul><li>Me has acorralado y con odio agarrado mis solapas, me has empujado hacia un rincón y me has golpeado hasta dejar tinto de sangre el aire mismo, y así y todo, he aquí que todavía me levanto y mirándote te digo: ahora mismo, en este momento lo decido, haré donación de mis ojos aunque tenga que llevarlos mi asesino. </li></ul>
  • 19. Almudena Grandes Ahora voy a cumplir treinta y siete, y procuro no volver jamás la cabeza, porque no sé muy bien adónde ha ido a parar mi última década, no comprendo en qué agujero perdí los veinticuatro años, por ejemplo, o dónde se me cayeron los veintiséis, o qué me pasó cuando cumplí veintinueve, pero lo cierto es que no los recuerdo, no soy consciente de haberlos vivido, es como si el tiempo se devorara a sí mismo, como si cada día que pasa me robara un día pasado, como si los años se anularan entre sí. Ahora sé que el enemigo juega con cartas marcadas, y ya no puedo hacer nada por rescatarme a mí misma de todos los lugares, de todas las personas, de todas las mañanas y las noches que fueron un error, pero por lo menos no intento exprimir el mundo para forzarle a justificar mi vida cada doce horas. Atlas de geografía humana
  • 20. Dulce Chacón <ul><li>El que tiró de Celia para hacerla bajar de la roca fue el Chaqueta Negra. Huye, le dijo, corre, corre. Y ella corrió. Sin mirar atrás y sin esperar a su hermano. Corrió, con el disparo del naranjero de Mateo retumbando en sus oídos. Sin oír nada más. Un disparo, como un grito. Un alarido que la atravesó por dentro, que la atraviesa mientras corre junto a los demás en desbandada. Corre. Apenas unos pocos quedan atrás. Corre monte abajo con la pistola en la mano y la cantimplora vacía en bandolera. Su hermano organiza la fuga instando a los que huyen, gritando que no abandonen las armas, citándolos en el campamento de reserva, la base de retirada para situaciones de emergencia. Pero ella no mira hacia atrás. No oye a su hermano. No oye más que el naranjero de Mateo. Ese disparo, y sólo ese, es el que la hace correr. Corre. Huye de un grito que la desgarra mientras corre. Llora. Corre. Siente que se ahoga. Suda. Tose. Huye hacia El Llano. Tropieza. Cae. Se levanta. Corre. Corre aunque las piernas no aguanten su carrera. Hacia El Llano. Aunque le falte el aire. Hacia El Llano. Corre. Sin mirar a los que han tomado otro camino. Hace calor. Corre. Vuelve la mirada. Y está sola. Corre monte abajo sola. Hacia El Llano. Siguió corriendo. Y sintió que se ahogaba. Las piernas no le respondían. Un golpe de tos. Se metió un pañuelo en la boca. La carrera perdía su fuerza. Cayó al suelo. Se levantó. Corrió unos pasos. Volvió a caer. Unos pasos más. Hacia El Llano. Miró a su alrededor y descubrió unos matorrales. Buscó cobijo y sombra, por un rato. Sólo por un rato. Se agachó. Entre los matorrales. Hacía mucho calor. Tenía sed. Le dolía el pecho y las piernas le temblaban. Oteó la lejanía. Nada. Nadie. Se sentó en la tierra. Se sacó el pañuelo de la boca y volcó su cantimplora en la lengua. Una gota resbaló como un regalo. Una gota. La paladeó. Atisbó de nuevo la lejanía. Nadie. Aprestó el oído. Silencio. Silencio y soledad entre el follaje. </li></ul>
  • 21. Angeles Caso <ul><li>Siempre hubo mujeres valientes y decididas que pensaron, imaginaron e inventaron, que empuñaron valientemente la pluma, el pincel, la gubia o el violonchelo para escribir, pintar, esculpir y hacer música, pero casi todas fueron empujadas durante siglos al limbo del olvido. </li></ul><ul><li>Las olvidadas </li></ul>
  • 22. Lucía Etxebarría <ul><li>Mamá conoció a papá en un guateque de colegio universitario, un guateque que acababa a la diez y el que se escuchaban los discos de Paul Anka en un pick-up. No tuvo ni que fijarse en él. Papá se le impuso como una aparición nada más entrar en aquel enorme salón, porque papá se elevaba diez centímetros por encima del resto de los presentes en la sala. Y al segundo de verlo decidió que sería suyo o de ninguna. Menuda tontería, decía mamá más tarde, cuando rememoraba aquel primer arrobamiento de veinte años, la mayor tontería que hice en mi vida. </li></ul><ul><ul><li>Amor, curiosidad, prozac y dudas </li></ul></ul>
  • 23. Espido Freire <ul><li>Jamás quise ser cantante, aunque intenté ser una mentirosa convincente. Nací con buenas cualidades, con dulce voz y oído atinado. De las virtudes que se me habían entregado al nacer para que sobreviviera en el mundo, era la que yo menos valoraba, y por lo tanto, no comprendía por qué me envidiaban, cuando no tenía conciencia de que ello era envidia, mi voz de tonos de terrón de azúcar, de agudos limpios.(...) Una sirena puede entregar su voz a cambio de las piernas que le lleven al príncipe, pero ha de conservar la cabeza en su lugar.(...) Yo callé. Entregué mi voz a cambio de encontrar la paz. </li></ul><ul><li>Diabulus in musica </li></ul>

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