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2 gula angeles caidos

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  • Por los poderes de la tierra, por la presencia del fuego, por la inspiración del aire, por las virtudes del agua, invoco y conjuro a POMBA GIRA MARIA PADILHA, por la fuerza de los corazones sagrados y de las lagrimas derramadas por amor, para que se dirija a JAC donde está JAC trayendo su espíritu ante mi CLL amarrándolo definitivamente al mío. Que su espíritu se bañe en la esencia de mi amor y me devuelva el amor en cuádruple. Que JAC jamás quiera a otra persona y que su cuerpo solo a mi CLL me pertenezca. Que JAC no beba, no coma, no escuche, no cante a no ser en mi presencia. Que mis grilletes lo apresen para siempre, por los poderes de esta oración. Minhas Pomba GIra use su poder y aleje a JAC de cualquier mujer con que el este en este momento; y si estuviera que llame mi nombre. Quiero amarrar el espíritu y cuerpo de JAC, porque lo quiero amarrado y enamorado de mi CLL quiero que JAC quede dependiendo de mi amor, quiero verlo loco por mi CLL deseándome como si yo fuese la última persona de la faz de la tierra. Quiero su corazón prendido a mi eternamente, que en nombre de la gran REINA MARIA PADILHA florezca este sentimiento dentro de JAC dejándole preso a mi CLL 24 horas por día. Oh Pomba Gira Reina Maria Padilha has de traer a JAC para mi CLL pues yo a él deseo y lo quiero de prisa por tus poderes ocultos, que JAC comience a amarme a mi CLL a partir de este exacto instante y que el piense solo en mi CLL como si yo fuese la única persona del mundo. Que JAC venga corriendo hacia mí, lleno de esperanzas y deseo, que CFF no tenga sosiego hasta que venga a buscarme y vuelva a mi CLL REINA MARIA PADILHA yo te imploro para que me traigas a JAC Que JAC me ame mucho, venga manso y como yo deseo. Yo le agradezco a la gran REINA MARIA PADILHA. y prometo siempre llevar su nombre conmigo, Oh poderosa Pomba Gira Siete Exus quiero de vuelta mi amado JAC que me entristece con su desprecio, que JAC olvide y deje de una vez y por todas todos los otros amores y a los que nos quieran apartar. Que JAC sea desanimado y frio con otras mujeres, que desanime y sea frio con todas las otras mujeres, que cualquier otra mujer que este con JAC se estrese con él, pelee con él, salga inmediatamente de la vida de él y le tome enojo, odio, aversión y rabia de él y no se retracte de nada. Y que JAC tome enojo, odio, aversión y rabia de cualquier otra mujer que ande con el ahora y que ellos terminen esa relación inmediatamente urgentemente. Que JAC se sienta solo, humillado, avergonzado de todo y por todos, que el venga a mi CLL pida mi amor y mi perdón. Oh Linda Poderosa Pomba Gira Siete Exus que en este momento JAC no quiera más andar con nadie ni con sus amigos. Que quede solo pensando en mí y pensando cómo va a hacer para HACERME FELIZ. Necesito Reina una señal, una llamada telefónica, cualquier contacto para yo saber si JAC piensa en mí y que me quiere y me quite de esa oscuridad. Que JAC hable conmigo que sienta que me echa de menos. Usted es fuerte y poderosa traiga a JAC a mis pies para no más salir y que venga corriendo, que deje todo y a todos y que solo piense en mi CLL, Linda Poderosa Pomba Gira Sete Exus que con su grande y fuerte poder quite todas las barreras que están impidiendo que JAC ME AME LOCAMENTE y desee unirse a mi CLL. Quiero a mi amado, amándome y admirándome siempre. Que él no sienta más deseos sexuales por ninguna otra mujer, que sus deseos sean sólo para mi CLL que sus pensamientos, gentilezas y bondades sean sólo para mi CLL Que JAC quiera mucho de verdad que yo CLL me quede con él, pero además quiero que usted Linda Pomba Gira Sete Exus aleje de JAC todas y cualquier otra mujer y que podamos ser felices juntitos. Que el sólo sienta atracción y deseo sexual por mi CLL, que él me llame por teléfono desde ya y a todo instante. Que sienta nostalgia por mi persona y que sufra lejos de mi CLL y no aguante mas sufrir. Quiero que él me busque hoy y ahora, quiero oír la voz de el pidiendo verme para quedarse conmigo y volviendo a mi CLL para siempre. Diciendo que me ama y que me quiere solo a mí. Gracias por el favor concedido. Copie y pegue un pedido igual a este aquí en 7 altares diferentes y dentro de 7 días su pedido será realizado. Oración fuerte para amarrar a alguien. Simpatía infalible pero no se puede volver atrás...
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    2 gula   angeles caidos 2 gula angeles caidos Document Transcript

    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 ~1~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 J.R. WARD GULA Angeles Caídos 2 ~2~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 A Kara Wells ¡por todo! Y con agradecimiento a Leslie Gelbman y Claire Zion y a todos en NAL que son tan extraordinarios. Gracias a Steve Axelrod, mi voz de la razón. Con enorme estima y agradecimiento al Equipo Waud: D, LeElla, y Nath sin quienes nada de esto sería posible… ¿Qué haría yo sin vosotros? Y con un grito a Jac (¡y su Gabe!): mi cocina es tu cocina. No, de verdad. Por favor. No me hagas la cama. Gracias tambien a Ann, Lu, y Opal… ¡las más increibles domadoras de lineas quehe visto nunca! Y Ken… soy entrenable ¿lo ves? En realidad soy… puedes devolver el Gorila Azul. Además a Cheryle de quien sigo las ordenes porque no estoy loca. Un gran abrazo a todos los moderadores de las páginas web… estoy tan agradecida por lo que sale de la amabilidad de vuestros corazones Inmensas gracias para mi C.P. Jesica Andersen que ha sido mi apoyo una y otra vez, inteligente, adorable y brillantemente divertida todos estos años. Aún deseo estar en tu top cinco. Y por supuesto gracias a Madre Sue (Grafton) Como siempre con amor a mi madre, mi esposo y mi familia y a la mejor mitad de WriterDog ~3~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Índice Argumento.......................................................................6 Prólogo.............................................................................7 Capítulo 1.......................................................................13 Capítulo 2.......................................................................19 Capítulo 3.......................................................................27 Capítulo 4.......................................................................34 Capítulo 5.......................................................................43 Capítulo 6.......................................................................46 Capítulo 7.......................................................................54 Capítulo 8.......................................................................62 Capítulo 9.......................................................................66 Capítulo 10.....................................................................76 Capítulo 11.....................................................................84 Capítulo 12.....................................................................88 Capítulo 13.....................................................................96 Capítulo 14...................................................................104 Capítulo 15...................................................................111 Capítulo 16...................................................................119 Capítulo 17...................................................................127 Capítulo 18...................................................................138 Capítulo 19...................................................................145 Capítulo 20...................................................................156 Capítulo 21...................................................................165 Capítulo 22...................................................................175 Capítulo 23...................................................................183 Capítulo 24...................................................................189 Capítulo 25...................................................................204 Capítulo 26...................................................................213 Capítulo 27...................................................................220 Capítulo 28...................................................................229 Capítulo 29...................................................................235 Capítulo 30...................................................................246 Capítulo 31...................................................................251 Capítulo 32...................................................................256 ~4~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 33...................................................................267 Capítulo 34...................................................................275 Capítulo 35...................................................................286 Capítulo 36...................................................................297 Capítulo 37...................................................................305 Capítulo 38...................................................................310 Capítulo 39...................................................................313 Capítulo 40...................................................................322 Capítulo 41...................................................................324 Capítulo 42...................................................................330 Capítulo 43...................................................................335 Capítulo 44...................................................................338 Capítulo 45...................................................................345 Capítulo 46...................................................................350 Capítulo 47...................................................................356 Capítulo 48...................................................................362 Capítulo 49...................................................................365 Capítulo 50...................................................................370 Capítulo 51...................................................................374 Capítulo 52...................................................................379 Glosario........................................................................386 Notas ............................................................................387 ~5~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 ARGUMENTO La batalla entre el bien y el mal ha dejado el futuro de la humanidad en manos de un salvador renuente y su banda de ángeles caídos. Siete pecados capitales. Siete almas que deben ser salvadas. Una batalla más sin restricciones entre un ángel caído con el corazón templado y un demonio con todo que perder. Isaac Rothe es un soldado de Operaciones Espaciales con un oscuro pasado y un futuro sombrío. Blanco de un asesino, se encuentra tras los barrotes, y su destino en las manos de su preciosa abogada de oficio Grier Childe. La tórrida atracción que siente hacia ella solo puede meterle en problemas y eso antes de que Jim Heron le diga que su alma está en peligro. Atrapado en un juego cruel con el demonio que persigue Jim, Isaac debe decidir si el soldado que hay en él puede creer que el amor verdadero es el arma definitiva contra el demonio. ~6~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Prólogo El desierto, lejos de Caldwell, o de Boston, Massachussets, o… la cordura. Unos dos años después de los hechos, cuando Jim Heron ya no estaba enOperaciones Especiales desde hacía tiempo, pensaría que Isaac Rothe, Matthias elCabrón y él, todos, habían cambiado sus vidas la noche que aquella bomba estalló enla arena. Por supuesto, en aquel momento ninguno de ellos sabía lo que todo aquellosignificaba, o donde les iba a llevar. Pero aquello era la vida: nadie tenía una guía turística de su propio parquetemático. Tenías que saltar a las atracciones cuando se presentaban, sin saber nuncasi te gustaría la que estabas considerando… o si la jodida iba a hacerte vomitar portodas partes el perrito caliente y el algodón de azúcar. Sin embargo, quizás era algo bueno. Como si al volver atrás él hubiera creído queacabaría esquivando a un demonio ¿o intentando salvar al mundo de la perdición? Venga ya. Pero aquella noche, en el seco frío que se arrastró en el segundo en que el sol seocultó tras las dunas, él y su jefe se habían metido en un campo de minas… y sólouno había salido. ¿El otro? No tanto… * * —Aquí es —dijo Matthias cuando subieron a un pueblecito abandonado que eradel color del caramelo en un helado Friendly con nata y nueces. Estaban a unos veinticinco kilómetros al noroeste de donde ellos estaban alojadosen barracones llenos de chicos armados. Puesto que su jefe y él eran de OperacionesEspeciales, o XOps, estaban fuera de la corriente de los cuerpos definidos, lo quetrabajaba en su beneficio: los soldados como ellos llevaban ID de todas las ramas delservicio y las usaban cuando les convenía. ~7~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 El “pueblo” no era más que cuatro estructuras de piedra que se desmoronaban yun puñado de cobertizos de madera y lonas alquitranadas. Mientras se aproximaban,a Jim las pelotas se le pusieron de corbata cuando sus gafas verdes de visiónnocturna pillaron movimientos por todo el lugar. Odiaba aquellas malditas lonas…flameaban en el viento, las sombras lanzándose alrededor como gente de piesrápidos que tenían armas. Y granadas. Y toda clase de cosas aguzadas y brillantes. O en este caso roñosas y arenosas. Odiaba las misiones en el desierto, mejor matar en la civilización. Aunque unamisión propiamente urbana o incluso suburbana acarreaba más exposición, al menostenías una opción de saber que te estaban atacando. Aquí fuera, la gente teníarecursos con los que no estaba familiarizado y que lo tenían siempre nervioso yjodido. Además no confiaba en el hombre que iba con él. Sí, Matthias era el jefe de laorganización con línea directa con Dios. Vale, Jim había entrenado con el tipo muchotiempo antes. Sí, había estado bajo sus órdenes durante la última década. Pero todo aquello sólo le hacía estar más seguro de que no quería estar solo con elgran hombre… y aún así, aquí estaban, en una “aldea” en el magnífico municipio deUn-sitio-donde-nadie-puede-encontrar-un-ser-vivo. Una ráfaga de viento llegó rápida como unas Nike a través del llano panorama,acelerando sobre la arena, recogiendo aquellas diminutas partículas. Y llevándolasdirectas a golpear en el cuello de su uniforme de camuflaje de campo. Bajo sus botasnegras de cordones, el suelo estaba cambiando constantemente, como si él fuera unahormiga caminando a través de la espalda de un gigante e irritándolo hasta cabrearal bastardo. Empiezas a sentir que en algún momento una gran palma podría descender delcielo y aplastarte. Esta travesía al oeste había sido idea de Matthias. Algo que no podía ser discutidode ninguna manera. Así que naturalmente, Jim se había puesto un chaleco de kevlary unos veinte kilos de armas. Junto con agua. Raciones de campaña. Era un auténtico animal de carga. —Por aquí —dijo Matthias, metiéndose en la entrada sin puerta de una de lasestructuras de piedra. Jim se detuvo y miró alrededor. Por lo que él sabía, nada salvo lonas alquitranadasbailando breakdance. Sacó ambas armas antes de entrar. ¿Mínimo aceptable? Este era al local perfectopara una investigación contundente. No tenía idea de que había hecho o de que sehabía enterado que justificara un interrogatorio, pero tenía clara una cosa… no había ~8~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2razón para correr. Si esto era el “porqué” había sido traído, iba a entrar y encontrarotros dos o tres tipos de XOps para trabajar sobre él mientras Matthias hacía laspreguntas. ¿Si él escapaba? Sólo lo cazarían por todo el mundo, incluso si costabasemanas. Podía explicar por qué Isaac Rothe había aparecido esta tarde con el protegido deMatthias y segundo al mando. Aquel par eran asesinos natos, un par de pitbuls listospara ir a por la garganta de cualquiera. Sí, esto tenía sentido y debería haberse dado cuenta antes… aunque si lo hiciera,no habría escapatoria de un ajuste de cuentas. Nadie salía de los XOps vivo. Ni losoperativos, ni los tipos de inteligencia que estaban al margen, ni tampoco los jefes.Morir con las botas puestas era la forma en que vivías… no sabías qué atacaba. Y elpunto era que había estado pensando en la forma de salir. Asesinar gente para vivirera todo lo que sabía hacer, pero estaba empezando a joderle la cabeza. QuizásMatthias de algún modo lo había impulsado a cambiar. Tiempo de enfrentar la música, pensó Jim mientras pasaba a través del umbral. También podría presentarles batalla. Sólo a Matthias. Nadie más. Jim bajó lentamente las armas y estudió el estrecho espacio otra vez. De acuerdocon sus gafas de visión nocturna, sólo estaba el otro hombre. Con un golpecito alinterruptor, cambió al modo de visión de calor. Nada salvo Matthias. Aún. —¿Qué pasa? —preguntó Jim. Matthias estaba en la esquina más alejada, unos tres metros más lejos. Cuando lasmanos del hombre surgieron desde los costados, Jim llevó sus SIGs a la posición defuego… pero todo lo que su jefe hizo fue sacudir la cabeza y soltar el cinturón de susarmas. Una rápida sacudida y estaba sobre la arena. Y entonces dio un paso adelante, abriendo la boca y diciendo algo en voz baja… Luz. Sonido. Estallido de energía. Luego… nada. Salvo una lluvia de arena y escombros. * * Jim recuperó la consciencia algún tiempo más tarde. La explosión lo había lanzadocontra la pared de piedra, dejándolo conmocionado, y viendo como estaba deentumecido, podía haber estado fuera durante un minuto. Después de un par de minutos de que-lo-jodan, se sentó cautelosamente,preguntándose si tenía algo roto… ~9~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Al otro lado del camino, había un montón de trapos donde una vez había estadoMatthias. —Jesu-Cristo…—Jim se recolocó las gafas nocturnas y recuperó sus armas, luegose arrastró por la arena hasta su jefe. —Matthias… oh, jodido sobresaliente… La parte inferior de la pierna del hombre parecía una raíz que hubiera sidodesenterrada del suelo, el miembro nada más que un muñón desgarrado que estabatriturado al final. Y había parches de oscuridad en su uniforme de campaña quetenían que ser sangre. Jim comprobó el pulso en el cuello. Había pero era débil e irregular. Se desabrochó el cinturón y se lo quitó, enrolló el cuero alrededor de la parte altade la pantorrilla de Matthias y estiró fuerte, haciendo un torniquete en el miembro.Luego buscó rápidamente otras her… Mierda. Cuando Matthias había sido derribado, había caído sobre una estaca demadera. La condenada había pasado a través de él, como un palillo a su pinchito desalchicha. Jim se retorció y trató de ver si aquello podía aguantar mientras sacaba a Matthiasde aquí… Parecía estar suelto. Bueno. —…Dan… ny…boy… Jim frunció el ceño y miró a su jefe. —¿Qué? Los ojos de Matthias se abrieron como si sus parpados fueran persianas de aceroque apenas pudiera levantar. —Deja… me. —Has volado en pedazos. —Déjame… —Que te jodan —Jim alargó la mano hacia su transmisor y rogó porque Isaac, noel fanático segundo al mando, respondiera—. Deprisa… deprisa… —¿Que necesitáis? —el suave deje sureño que llegó a su auricular fue una buenanoticia. Gracias a Dios por Isaac. —Matthias ha caído. Bomba. Asegúrate de que no seamos objetivo de prácticamientras volvemos al campo. ~10~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Cómo de malo? —Malo. —¿Dónde estáis? Enviaré un Land Rover y os recogerá. —Estamos a cuarenta y seis grados n… El arma estalló a través del camino, una bala se deslizo por el aire directa a la orejade Jim… al extremo que él asumió que le había golpeado en la cabeza y el dolor aúntenía que ser notado. Mientras se apoyaba sobre una palma, Matthias dejó caer suSIG a su lado… pero que se supiera, Jim no fue derribado por ningún tipo de heridacraneal. Disparo de advertencia, evidentemente. El único ojo de su jefe que funcionaba brillaba con una luz despiadada —Lárgate… vivo… Antes de que Jim pudiera decirle a Matthias que cerrara la jodida boca, se diocuenta de que algo le estaba pinchando la mano que había extendido. Levantando lacosa, encontró… parte del detonador de una bomba Dándole vueltas y vueltas, al principio no entendió que estaba mirando. Y luego supo demasiado bien lo que era. Enfocando los ojos en Matthias, puso el fragmento en su bolsillo delantero y gateóhacia su jefe. —No me toques las pelotas con esto —dijo Jim con determinación—. De ningunajodida manera. Matthias empezó a balbucear justo cuando las maldiciones empezaron a chillarleen el auricular. —Estoy bien —le dijo Jim a Isaac—. Falló. Estoy retrocediendo hacia elcampamento. Asegúrate de que no nos disparan cuando nos aproximemos. La voz del sureño se volvió instantáneamente fuerte y firme. —Dónde estáis. Iré… —No. Mantente al habla. Encuentra un médico en el cuartel y asegúrate de quepuedan tener la boca cerrada. Y vamos a necesitar un helicóptero. Va a tener que seraerotransportado… discretamente. Nadie puede saber esto. Lo último que necesitaba era a Isaac fuera buscándoles en medio de la noche. Eltipo era lo único que había entre Jim y una acusación de que había asesinado a lacabeza de la organización oculta más mortífera del gobierno de los EE.UU. Nunca sobreviviría a aquel descenso. Literalmente. ~11~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Pero al menos el secreto no iba a estar en un avance informativo. Mantenersilencio sobre la mierda era el modus operandi en los XOps… nadie sabíaexactamente cuántos operativos había o dónde iban o qué hacían o si erannombrados por sus propios nombres o por un alias. —Me oyes Isaac —exigió—. Dame lo que necesito. O es hombre muerto. —Roger —la réplica le llego al auricular—. Corto y fuera. Después de confiscar la pistola que había sido utilizada, Jim levantó a su jefe,acomodó el peso muerto y empapado sobre sus hombros, y empezó a patear. Fuera de la choza de piedra. Dentro de la noche ventosa y helada. A través de lasdunas de arena. La brújula le marcaba el camino directo, orientándole hacia el norte y dirigiéndolea través de la oscuridad. Sin puntos de referencia habría estado completamenteperdido cuando el desierto era un terreno reflejado, nada más que un reflejo de símismo en todas las direcciones. Jodido Matthias. Que Dios lo maldijera. Por otra parte, asumiendo que el tipo viviera, le había dado a Jim su billete desalida de los XOps… de alguna manera, le debía al tipo su vida. La bomba era una delas suyas y Matthias había sabido exactamente dónde poner el pie sobre la arena. Yaquello solo ocurría si querías volarte a ti mismo. Lo que suponía que Jim no era el único que quería ser libre. Sorpresa, sorpresa. ~12~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 1 Sur de Boston, en la actualidad —¡Oye! Espera a… ¡Ahórrate esa mierda para el ring! —Isaac Rothe empujó elfolleto publicitario a través de la capota del coche, listo para estampar la maldita cosade nuevo si tuviera que hacerlo—. ¿Qué está haciendo mi foto aquí? El promotor de lucha parecía más interesado en el daño a su Mustang, así queIsaac extendió la mano y agarró al tipo por la solapa de la chaqueta. —Dije, ¿qué está haciendo mi cara aquí? —Relájate, quieres. Isaac se acercó a él hasta que estuvieron tan cerca como un sándwich y notó unolorcillo de la marihuana que el HDP fumaba. —Te lo dije. Ninguna foto mía. Nunca. El promotor levanto las manos en señal de rendición. —Lo siento... yo realmente... Mira, eres mi mejor luchador, atraes a la multitud.Eres mi estrella. Isaac agitó el puño cerrado para bloquear su golpeado ego. –Sin fotos. O no peleo. ¿Está claro? El promotor tragó saliva y chilló, —Sí. Lo siento. Isaac soltó su agarre y no hizo caso de sus quejas cuando arrugó la imagen de sucara en una pelota. Echando un vistazo al aparcamiento del depósito abandonado, semaldijo. Estúpido. Jodido estúpido por haber confiado en el bastardo lameculos. El tema era que los nombres no son tan importantes. Cualquiera podría escribir amáquina un Tom, Dick o Harry en una tarjeta de identidad o un certificado denacimiento o un pasaporte. Todo lo que necesitaba era el tipo de letra correcta y unamáquina falsificadora que podía hacer hologramas. Sin embargo, tu ficha policial, tu ~13~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2retrato, tu cara, tu jeta, tu bocaza…. a menos que tuvieras los fondos y los contactospara la cirugía plástica en el culo, era una verdadera identificación la que tenían. Y acababa de conseguir una sesión en la multicopiadora Kinko´s. Sólo Dios sabíacuántas personas lo habían visto. O quien había dirigido la atención hacia suparadero. —Mira, te estaba haciendo un favor —sonrió el promotor, mostrando una fundade oro—. Cuanto más grande es la multitud, más dinero haces. Isaac empujó con su dedo índice el sombrero del tipo. —Cállate de una puta vez. Y recuerda lo que he dicho. —Sí. Muy bien. Claro. Siguió con una serie de, de acuerdo, sin problemas, y lo que quieras, pero Isaac ledio la espalda al bla, bla, bla. A su alrededor, hombres adultos salían de sus coches empujándose unos a otroscomo quinceañeros, el grupo de jugadores, el quaterback dispuesto para el partido.Lo más cerca que iban a llegar era al ring que estaba en el exterior de la alambradaque miraban. El hecho de que Isaac casi se hiciera con esta fuente de dinero clandestino de lasMMA era irrelevante. La gente que lo estaba buscando no necesitaba ninguna ayuda,y ese pequeño feliz primer plano junto con el número de teléfono con el prefijo delárea 617 era precisamente la publicidad que él no necesitaba. Lo último que necesitaba era un agente o... Dios no lo quisiera, el segundo almando de Matthias… apareciendo aquí. Además, esto estaba también jodiendo al promotor. Peleas no reguladas a puñolimpio asociadas a apuestas ilegales no era algo que se anunciara, y de todos modos,dado el tamaño de la multitud que se presentó, el público era lo suficientementebocazas. El responsable, sin embargo, era un idiota codicioso. Y ahora la pregunta era, ¿pelearía Isaac o no? Los folletos apenas acababan dehacerlos, de acuerdo con el hombre que se los había mostrado... y mientras contabamentalmente el dinero que ganaría, estaba absolutamente seguro de que utilizaría losmil o dos mil extra que ganara esta noche. Miró a su alrededor y supo que tenía que subir al octágono. Mierda... una vez másllenaría su cartera y luego se iría. Sólo una última vez. Caminando hacia la entrada trasera del almacén, hizo caso omiso de hostias, elque lo señalasen con el dedo y el “es él”. La multitud había estado observándole ~14~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2sacudir la mierda de tipos al azar durante el último mes, y evidentemente eso leconvirtió en un héroe a sus ojos. Lo que era un sistema de valores caduco en lo que a él concernía. Estaba tan lejosde ser un héroe como podía estar. Los gorilas en la puerta trasera se hicieron a un lado para dejarle pasar y el asintiócon la cabeza hacia ellos. Esta era la primera pelea en esta instalación en particular,pero en realidad, los lugares eran todos iguales. En y alrededor de Boston, había unmontón de edificios abandonados y almacenes igual que había cincuenta chicos quequerían ser Chuck Liddell, podía ver media docena que definitivamente no se poníannerviosos alrededor de una jaula de lucha improvisada. Y esos poco estimulantesresultados se habían sumado a las razones del promotor para reproducir el rostro deIsaac. A diferencia de los otros luchadores a puño limpio, sabía lo que estabahaciendo. Aunque teniendo en cuenta la cantidad de dinero que el gobierno de EE.UU. habíagastado en su formación, él tenía que ser un instrumento total para no rompercráneos como huevos en este momento. Y no eran esas habilidades, así como tantas otras, las que iban a ayudarle a seguirASP. Dios mediante, sería aquello, pensó mientras entraba en el edificio. Esta noche el MGM Grand de los hombres pobres consistía en aproximadamentecinco mil quinientos metros cuadrados de aire frío varado entre un suelo dehormigón y cuatro paredes dotadas de ventanas sucias. El octágono estabaestablecido en el rincón más alejado, el ring de ocho lados atornillado ysorprendentemente robusto. Por otra parte, había muchos tipos de la construcción que estaban en esta mierda. Isaac fue pasando el par de gruesos cuellos de quien manejaban las apuestas yhasta ellos le presentaron sus respetos, preguntándole si necesitaba algo para beber ocomer, o lo que fuera. Sacudiendo la cabeza, se fue a la esquina detrás del ring y seacomodó, de espaldas a la esquina. Siempre era el último para luchar porque él era elempate, pero no se sabía cuando subía. La mayoría de los “luchadores” no durabanmucho, pero de vez en cuando tenías un par de los que se quedaban, que se pateabanel uno al otro como dos viejos osos pardos hasta que incluso él estaba dispuesto agritar: ¡Basta, ya! No había árbitros y las cosas se detenían sólo cuando había un idiota jadeante, derostro enrojecido y ojos bizcos, tendido sobre su espalda con el guerrero urbanoganador junto a él, tambaleándose como un tentetieso sobre pies sudorosos. Podías irpor cualquier cosa, hígado y joyas de la corona incluidas y los trucos sucios eranalentados. La única restricción era que tenías que luchar con lo que el buen Dios te ~15~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2dio al nacer: No podías llevar puños americanos, cadenas, cuchillos, arena, nininguna de esas mierdas dentro del atuendo. Cuando el primer encuentro comenzó, Isaac miró las caras de la multitud en vezde lo que estaban haciendo en el ring. Estaba buscando el fuera-de-lugar, los ojos queestaban sobre él, hacia las caras que él conocía de los últimos cinco años en lugar delas cinco semanas que se había ido. Hombre, sabía que no debería haber usado su nombre real. Cuando fue por laidentificación falsificada, debería haber elegido otro. Claro, la seguridad social no erasuya, pero el nombre… Sin embargo, le había parecido importante. Una forma de mear en el territorio enel que se encontraba, marcar este nuevo comienzo como el suyo. Y tal vez hubiera sido un poco de regodeo. Un ven-y-encuéntrame-si-te-atreves. Ahora, sin embargo, estaba pateándose a sí mismo. Principios y escrúpulos, y todaesa mierda ideológica no eran ni de cerca tan valiosos como un viable latido decorazón. ¿Y él pensaba que el promotor era un idiota? Unos cuarenta y cinco minutos después, el cliente número uno de Kinko se detuvoen la alambrada y ahuecó sus manos para gritar a la multitud. El promotor estabatratando de ser todo Dana White, pero era más como Vanna en opinión de Isaac. —Y ahora nuestro principal atractivo... Mientras la multitud en el suelo se volvía loca, Isaac se quitó la sudadera y lacolgó en el exterior del octágono. Siempre luchaba con una camisa de entrenamiento,pantalones sueltos de atletismo y los requeridos pies descalzos, pero por otro ladoese era todo su guardarropa. Cuando entró por la puerta del octágono, mantuvo su espalda hacia la esquina delalmacén y esperó con calma cual iba a ser el plato principal de esta noche. Ah, sí. Otro señor Tipo Duro con delirios de tipo testosterona, al instante en que eloponente se agachó, él comenzó a rebotar alrededor como si tuviera un saltador en elculo, y culminó su espectáculo antes de la lucha desgarrando su camiseta por lamitad y golpeándose a sí mismo en la cara. Si el hijo de puta seguia así, Isaac no iba va a tener que hacer otra cosa que soplarsobre él para poner su culo en el suelo. Al sonido de la bocina, Isaac dio un paso adelante, levantando los puños a laaltura del pecho, pero manteniéndolos pegados a su torso. Durante un minuto más omenos bueno, dejó que su oponente presumiera y lanzara golpes al aire quesacudieran como todos los objetivos de un chico ciego con una manguera de jardin. ~16~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Pedazo de pastel. Excepto por la multitud que insistía, Isaac pensó en la cantidad de copias quepodría hacer una máquina Xerox en sesenta segundos y decidió tomárselo en serio.Asestó un directo de izquierda, clavó al tipo en el esternón, deteniendotemporalmente el corazón que latía detrás de ese hueso. Lo siguiente fue un ganchode derecha que cogió al saltarín por debajo de la barbilla, chocando los dientes delhombre y golpeando su cabeza hacia atrás en su columna vertebral. Bailando claqué: Señor Tipo Duro era Ginger Rogers y fue de puntillas hacia atrásen la tela metálica. Mientras el rugido de los mirones llenaba el espacio abierto yresonaba alrededor, Isaac se acercó y manipuló al pobre diablo de modo que fueramás saltarín, nada más que un borracho tambaleándose cuya cabeza estaba girandodemasiado rápido para organizar su cuerpo. Y justo cuando parecía que habría unpróximo muerto por pérdida de conocimiento, Isaac dio marcha atrás y dejo alhombre recuperar su aliento. Para tener unos grandes extras, tenía que asegurarse de que durara más de tresminutos. Caminando alrededor, contó en su cabeza hasta cinco. Luego regreso a… El cuchillo giró en un gran círculo y se deslizó contra la frente de Isaac,alcanzándolo justo en la línea del cabello. La sangre corrió y con eficacia nubló suvisión, el tipo de cosa que habría llamado estrategia si el hombre hubiera tenido unaidea de lo que estaba haciendo. Considerando la manera en que fueron tales golpes,sin embargo, era obviamente, un golpe de suerte. Mientras la multitud abucheaba, Isaac cambió a modo de trabajo. Un idiota con uncuchillo era casi tan peligroso como alguien que realmente sabía lo que estabahaciendo con uno, y a él no le iba a hacer la cirugía estética este HDP. —¿Cómo se siente eso? —gritó su oponente. En realidad, salió más como un¿Cobo ze ziente eto? dado su labio hinchado. Las tres últimas palabras que el chico dijo en el ring. Cuando Isaac dio una patada giratoria en el aire, su sangre salpicó a la multitud yel impacto expulsó el arma del agarre del hombre. Entonces esta era la situación uno,dos... tres golpes en la cabeza y toda la arrogancia cayó tan dura como un trozo decarne vacuna en una planta empaquetadora. Lo cual fue precisamente cuando los espléndidos hombres y mujeres delDepartamento de Policía de Boston irrumpieron en el almacén. Instantáneo. Caos. Y, por supuesto, Isaac estaba encerrado en el octágono. ~17~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Saltando por encima de su oponente casi muerto, trepo el lateral de dos metros dealtura del ring y saltó por encima de la parte superior. Cuando aterrizó sobre ambospies, se quedó paralizado. Todo el mundo estaba en plena lucha con excepción de un hombre que estabajusto a un lado, su rostro familiar y el cuello tatuado manchado con la sangre deIsaac. El segundo al mando de Matthias aun era alto y macizo y mortal... y el hijo deputa sonreía como si hubiera encontrado el huevo de oro en la mañana de Pascua. Oh, mierda, pensó Isaac. Hablando del diablo. . . . —Quedas arrestado —el policía hola-como-estas venía detrás de él, y en menos deun instante, estaba esposado—. Cualquier cosa que digas puede y será usado en tucontra en un…. Isaac dispensó un vistazo al oficial y luego buscó al otro soldado. Pero el númerodos de Operaciones Especiales se había ido, como si nunca hubiera estado. Hijo de puta. Su antiguo jefe ahora sabría dónde estaba. Lo que significaba que el hecho de que esa unidad del Departamento de Policía deBoston estuviera sobre su culo era el menor de sus problemas. ~18~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 2 Caldwell, Nueva York Mientras Jim Heron estaba en el césped frente a la Casa Funeraria McCready enCaldwell, se podía imaginar el interior como si él ya hubiera estado en el bloque dedos plantas: Detalles orientales sobre los suelos, pinturas de difusos arreglos floralessobre las paredes, montones de habitaciones con puertas dobles y un montón deespacio. A partir de su limitada experiencia con ellas, las casas funerarias eran comorestaurantes de comida rápida, todas se veían igual. Por otra parte, supuso que teníasentido. Al igual que sólo hay unas pocas maneras de hacer una hamburguesa, seimaginó que los cadáveres eran lo mismo. Mierda... no podía creer que iba a ver su propio cadáver. ¿Había muerto hacía dos días? ¿Esta era ahora su vida? Tal y como iban las cosas, él se sentía como un chico de fraternidad olvidado porDios que se había despertado en una cama extraña. ¿Son estas mis ropas? ¿Pasé unbuen rato anoche? Al menos podía responder a eso: La chaqueta de cuero y las botas de combate quetenía eran suyas, y no había pasado un buen rato la noche anterior. Era elresponsable de luchar por las almas de siete personas contra un demonio y aunquehabía ganado el primer combate, se preparaba para el siguiente sin saber cuál era elblanco. Y todavía estaba aprendiendo los trucos del oficio de ángel. Y, vaya, ahoratenía alas. Alas. Aunque quizá quejarse sobre eso era una mentira cuando su par de mágicasmatamoscas emplumadas habían traído su culo aquí desde Boston, Massachusetts,en un santiamén. ~19~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 ¿Conclusión?, en lo que a él concernía, el mundo que había conocido se había idoy el que lo sustituía hacía parecer sus años como asesino en las Fuerzas Especiales untrabajo de oficina. Hombre, esto es genial. Me encanta la mierda espeluznante. Jim miró por encima de su hombro. Adrian, apellidado Vogel, era precisamente eltipo de chiflado que estaría entre el montón de fiambres que reposan en las cámarasfrigoríficas: con piercings, vestido de cuero y tatuado, Ad estaba en el lado oscuro yteniendo en cuenta lo que su némesis le había hecho al ángel la pasada noche, estabaen un camino de doble sentido: El lado oscuro estaba también en él. Pobre diablo. Jim se frotó los ojos y miró al más sano de sus dos refuerzos. —Gracias por la ayuda. Esto no tomará mucho tiempo. Eddie Blackhawk asintió. —No hay problema. De pie en el duro viento de abril, Eddie era el motero de siempre, con aquellagruesa trenza de cabello cayendo por la espalda de su chaqueta de cuero. Con lamandíbula cuadrada, y la piel bronceada y los ojos rojos, le recordaba a Jim el diosinca de la guerra… el cabrón tenía los puños del tamaño de la cabeza de la mayoríade los hombres y hombros sobre los que fácilmente podría aterrizar un aeroplano. ¿Y sabes qué? no era exactamente un boy scout, aun cuando tenía un corazón deoro. —Ok, vamos a hacerlo —murmuro Jim, sabiendo que la infiltración se encontrabafuera del alcance de su “trabajo” así que mejor se daban prisa. Pero por lo menos sunuevo oficial al mando no había tenido problemas con esto: Nigel, el estiradoarcángel inglés, le había dado permiso para esta morbosa distracción, pero no habíaninguna razón para tomar ventaja de la libertad de acción. Mientras Jim y sus muchachos se desmaterializaban a través de las paredes deladrillo y tomaban forma en... sip, sip, un gran vestíbulo abierto con un candelabro yun montón de adustas alfombras y suficiente espacio para un cóctel... miró a sualrededor, preguntándose dónde diablos conservaban los cuerpos. Y de pie en el lugar reafirmó el hecho de que se trataba de una distracción quesimplemente tenía que hacer. Podría estar en el negocio de salvar almas, pero en estemomento la vida de un hombre estaba en la línea: Isaac Rothe se había fugado delcomando de XOps, y se suponía que Jim debía matarlo por eso. Archivar esto bajo Jodidamente No. ~20~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Excepto que aquí estaba el problema: La manera en que Matthias el Cabróntrabajaba, si Jim no terminaba con el soldado ASP, alguien más lo iba a hacer... yluego un operativo vendría a por Jim. Un poco tarde para uno, muchachos… él ya estaba muerto. ¿Su objetivo inmediato? Engañar a su antiguo jefe y encontrar a Isaac. Luego iba aconseguir sacar al soldado fuera del país y a salvo... antes de regresar a su trabajodiario de ponerse cara a cara con Devina. Odiaba el retraso porque sin duda el demonio ya estaba preparando su próximabatalla. Pero salir de una vida y entrar en otra nunca fue sencillo y nunca fue cortar-y-secar. Inevitablemente, había enredos de lo que habías sido antes que tenias quecortar y desechar, y esto toma su tiempo. La verdad era: él se lo debía a Rothe. De vuelta en el desierto dos años atrás,cuando Jim había necesitado ayuda, el hombre había estado allí para él, y esta erauna deuda de la cual no iba a alejarse. También era probablemente la razón por la que Matthias había dado a Jim elencargo. El cabrón era muy consciente de su conexión y de lo que había ocurrido esanoche en el otro lado del globo: En ese momento, su jefe podría haber estado dentroy fuera de la consciencia, pero había estado lo bastante atento durante esas oscurashoras de transporte y vuelo, e intervención médica para saber quien estaba alrededory lo que estaban haciendo. De acuerdo. Concéntrate. ¿Dónde estaban los fiambres? —Abajo —dijo a sus muchachos cuando él se acercó a una señal de salida. En el camino hacia la escalera, los tres pasaron por delante de todo tipo dedetectores de movimiento sin quitarse las cosas, y luego atravesaron la puertacerrada uno por uno. Traer a Adrian y Eddie a esta pequeña excursión era más seguro, porque Diossabía que Devina podría estar en cualquier lugar en cualquier momento… ademásJim todavía estaba aprendiendo todos los trucos que venían de ser un ángel caído, yEddie era el maestro de ellos. Conjuros, pociones, magia… ese brujo y la mierda devarita eran el fuerte de Blackhawk. Él claramente había obtenido su doctorado en Abracadabra y eso no hacía al HDPmanejable. Abajo en el nivel del sótano, todo era austero y limpio, el suelo de cemento y lasparedes pintadas de gris. El olor dulce de líquido para embalsamar llevó a Jim a laderecha, y mientras caminaba a lo largo, se sentía como retrocediendo en el tiempo.Jodidamente extraño. Este esconderse —esta rutina de serpentear alrededor era ~21~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2exactamente en lo que había destacado en todos esos años con Matthias— yprecisamente lo que le había determinado a marcharse. Sí, bueno, por bien que se planeen, no hay planes perfectos, bla, bla, bla. . . En su primera batalla con Devina, había requerido cierta información… y Matthiasel Cabrón había sido el único lugar para conseguirla. Naturalmente, cuando setrataba de ese cabrón, las cosas eran estrictamente quid-pro-quo, por lo que si queríasalgo, tenías que darle algo y el “quo” había sido matar a Isaac. Después de todo, nohabía ningún aviso para los despedidos o Rolex de oro para los jubilados en lasXOps… tenías una bala en la cabeza y, si tenías suerte, tal vez un ataúd para elcadáver. Y sin embargo, estaba curiosamente agradecido: Ser asignado para asesinar alchico era la única manera de ayudarle, de lo contrario no habría tenido manera desaber que Isaac había desertado y ahora era un hombre perseguido: Jim era el únicoque había sido dejado libre de toda carga. Pero entonces, su situación había puesto el “por los pelos” en las “circunstanciasatenuantes” de Matthias. Se detuvo delante de un par de puertas de acero inoxidable marcadas SÓLOPERSONAL y miró por encima del hombro. —Guarda tus manos, Adrian. Dios sabía que el ángel parecía dispuesto a joder cualquier cosa que se moviera…lo cual le hizo preguntarse si inamovible sería un paso limitante para él. Con una maldición, Adrián era todo más-santo-que-nadie. —Yo sólo toco si ellos lo piden. —¡Qué alivio! —Pero sabes, es posible la reanimación. —No esta noche. Y ciertamente no en este lugar. —Tío, podrías chuparle toda la diversión a un club de striptease. —Paso. Rastreando la amplia y fría sala, era malditamente obvio por qué las películas deterror usaban morgues para sus escenarios. Entre la luz verde de seguridad, lacamilla rodante y los desagües en el suelo, el lugar era el escenario perfecto para uncaso de psicosis. A pesar de que había muerto e ido al cielo y toda esa mierda, sus glándulassuprarrenales todavía agitaban su bandera bastante bien. Entonces, las contracciones ~22~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2eran probablemente menos por lo de los otros tipos muertos y más por el hecho deque él iba a mirar su propio cadáver a la cara. Cuando se dirigió a las cámaras frigoríficas, con sus hileras de celdas heladas,sabía exactamente lo que estaba haciendo. Cuando no matara a Isaac a tiempo, doscosas iban a suceder: Alguien más lo haría y alguien sería enviado en busca de Jim. Y esa era la razón por la que estaban aquí. Su antiguo jefe iba a querer asegurarsede que Jim había comprado la finca, por así decirlo: Matthias no creía en loscertificados de defunción, informes de autopsia, o fotografías, porque sabía muy bienlo fácil que era falsificar ese tipo de documentación. Además, él no confiaba en losfunerales, sitios de entierro, ni llorosas viudas y madres, porque había sustituidodemasiados cuerpos uno por otro a través de los años. La verificación cara a cara erala única manera de estar seguro en su libro de cuentas. Por lo general, Matthias enviaba a su segundo al mando para hacer la dobleverificación, pero Jim iba asegurarse de que el mismísimo gran hombre fuera el quelo hiciera en este caso. Era difícil hacer salir al hijo de puta de su escondite, y Jimnecesitaba un tiempo cara a cara con el tipo. La única manera de lograrlo era utilizar su propio culo congelado como señuelo. Y un poco de la magia de Eddie. Comprobando la placa con los nombres puestos en las etiquetas enfrente de laspuertas, se encontró a sí mismo entre D’Arterio, Agnes, y Rutherford, James. Girando el pestillo, abrió la puerta de 90X60cm... y sacó su cadáver de la nevera.Había una sabana cubriéndole de la cabeza a los pies, y sus brazos habían sidocuidadosamente recogidos a los costados. El aire que flotaba fuera de su agujero erafrío y seco, y olía como anticongelante. Tío, con tantos fiambres como había visto en su violenta y sangrienta vida, este leponía los pelos de punta. —Dame mis órdenes —le dijo a Eddie con gravedad. —¿Tienes el objeto de convocación? —preguntó el ángel, avanzando hasta estar depie al otro lado. Jim buscó en su bolsillo y sacó un pequeño trozo de madera que había sido talladomuchos, muchos años antes en el trópico, al otro lado del planeta. Él y Matthias nohabían estado siempre en desacuerdo y Matthias no siempre había sido el jefe. Y volviendo a cuando ambos habían sido reclutas en el nivel más bajo de lasXOps, Jim había enseñado al hombre cómo tallar. El caballo en miniatura fue hecho con sorprendente destreza, teniendo en cuentaque había sido la primera y única cosa que Matthias había tallado. Si la memoria nole fallaba, le había tomado cerca de dos horas… lo cual era por lo que la estaba ~23~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2utilizando: Al parecer, los objetos inanimados hacían más que recoger el polvo. Eranesponjas para la esencia de quien quiera que los poseyera o hiciera o usara y lo quepermanecía en el espacio entre las moléculas era muy útil si sabias qué hacer con ello. Jim sostuvo el caballo. —Ahora qué. Eddie movió rápidamente la sábana de la cara gris y manchada de Jim. Por unmomento, fue difícil concentrarse en algo excepto que parecía haber muerto cuarentay ocho horas antes. Santo Infierno, la Parca no era un artista en maquillaje, eso eraseguro. Incluso los góticos tenían mejor aspecto. —Hey, no seas duro con mi gente —le cortó Adrian—. Se lo haría a uno denosotros mucho antes que a alguna Barbie del sur de California con melones deplástico y bronceado artificial. —Deja de leer mi mente, hijo de puta. Y tú se lo harías a la Barbie de todas formas. Adrian gruñó y flexionó sus pesados brazos. —Sí. Lo haría. Y a su hermana. Síp, ese ángel parecía estar sobre todo lo que el demonio Devina le había hecho lanoche de la muerte oficial de Jim. Eso o toda la automedicación con las Barbies vivasy respirando habían agotado cualquier introspección que saliera de él. Eddie tomó una lima de metal de su bolsillo y se la entrego por el mango. —Ralla un poco de esa talla en el cuerpo. En cualquier lugar está bien. Jim eligió las tetillas de su pecho, y los agudos sonidos fueron suaves en el antroalicatado de la fría sala de nuevo. —¿Dónde está tu cuchillo? Jim sacó el cuchillo de caza que le habían dado tiempo atrás cuando se unió a lasfuerzas armadas. Matthias había tenido un arma idéntica a la suya al mismo tiempoy de hecho, la había utilizado para tallar el caballo. —Córtate la palma de la mano y sostén el objeto con fuerza. Mientras lo haces,imagina con claridad en tu mente a la persona que deseas que venga aquí. Recuerdael sonido de su voz. Recuérdale en momentos concretos. Mira cómo se mueve, losgestos que hace, la ropa que usa, el olor de su colonia si la usa. Forzándose a centrarse en su cabeza, Jim trató de llamar algo, cualquier cosa,sobre Matthias el hijo de puta... La imagen que se zambulló en su lóbulo frontal estaba clara: era de noche, estabade vuelta en el desierto, con el hedor químico del explosivo en la nariz y el zumbantesonido de tiempo-de-moverse golpeando en sus oídos. Matthias no tenía piernas, el ~24~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2ojo izquierdo había desaparecido casi de su cuenca, y el uniforme de campaña estabacubierto con tierra pálida y sangre de color rojo brillante. —…Dan…ny…boy…mi Danny boy… —estaba diciendo. Jim puso el cuchillo en el centro de la palma de su mano y lo arrastró a través de lapiel, dejando escapar un siseo mientras el acero mordía profundo y limpio. La voz de Eddie cortó a través de la memoria y el dolor helado. —Ahora toma tu mano y frótala sobre las virutas de madera. Luego saca tumechero y enciéndelo. Levantando tu mano, sopla a través de la llama y hacia elcuerpo, manteniendo esa imagen en tu mente. Jim hizo lo que le dijeron... y se sorprendió al ver un resplandor azul que se uníaen el extremo de su Bic, como si la cosa lo hubiese convertido mágicamente en unsoplete. Y el ¡eh!-comprueben-esto no terminó ahí. La llamarada se colocó alrededordel cuerpo, cubriéndolo con un resplandor. —Lo has hecho —dijo Eddie. Jim sacudió su Bic y se quedó mirándose a sí mismo, preguntándose lo queMatthias iba a pensar. Hubo un tiempo, hacía mucho, cuando él y el tipo habían estado unidos. Pero amedida que los años habían pasado, el hijo de puta se había ido por un lado y Jimpor otro. Y eso fue antes de todo lo de estar muerto, ángel caído. Pero esto no era acerca de él y Matthias. Jim volvió a poner la sábana a su lugar para cubrir su propio rostro, y se preguntócuánto tiempo tardaría el hechizo en llamar aquí a Matthias y a Jim para ver alhombre de nuevo Deslizó la camilla en la cámara frigorífica y cerró la puerta, cortando ese brillo azulfosforescente. —Vamos a hacer volar esta conexión. Él estaba tranquilo de camino hacia la salida, perdido en los malos recuerdos de loque había hecho y a quién había matado mientras estaba en las XOps. Y adivina qué.Además de sus glándulas suprarrenales, parecía que sus demonios personalestambién habían sobrevivido a su muerte. De hecho, tenía la sensación de que susculpas eran su eterna carga: la parte no tan interesante de ser inmortal era que nohabía ninguna finalidad para ser alcanzada, sin posibilidad de bajar del viaje cuandolas cosas se pusieran difíciles y abrumadoras... y te despreciabas. Cuando él y sus compañeros resurgieron en el césped de la funeraria, estaba denuevo a la caza de Isaac Rothe. ~25~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Tengo que encontrar a ese hombre —dijo con gravedad. A pesar de que no eraprobable que ellos hubieran olvidado lo que estaban haciendo. Cerrando los ojos, convocó lo que le llevaría kilómetros entre Caldwell y dondeIsaac había sido visto por última vez... Las enormes alas de Jim desplegadas en su espalda, el montón de plumasiridiscentes estiradas y flexionadas como las extremidades que se habían encogido.Cuando levantó los párpados, Eddie y Adrian estaban ejercitando las suyas también,los dos magníficos ángeles caídos de otro mundo a la luz de las farolas. Cuando un coche pasó por la calle, éste no chirrió para detenerse o descarrilarsede su carril. Las alas, como él y Eddie y Adrian, no estaban ni allí ni no allí, ni real niirreal, ni tangibles ni intangibles. Sólo estaban. —¿Estás listo? —preguntó Eddie. Jim miró atrás donde su forma terrenal no sólo estaba dura y congelada sinosiendo un faro para un hombre que había llegado a odiar. A pesar de que le salvó al hijo de puta la vida. —Sí, vamos a hacerlo. Arriba, arriba y lejos, y toda esa mierda: En un abrir y cerrar de ojos, estabanvolando por el cielo oscuro y las estrellas brillantes en las fuerte y firmes alas deAerolíneas Angel, como él la llamaba. Sano y a salvo, reanudaba su búsqueda de un hombre perseguido… y se dirigió aBoston con todo un arsenal de proverbiales armas centelleando. ~26~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 3 El demonio Devina estaba tan cerca de ser todopoderosa como podía sin ser elque había creado la Tierra y el cielo: podía asumir toda clase de semblantes ycuerpos, convertirse en cualquiera en cualquier momento y lugar. Podía encarcelaralmas durante una eternidad. Comandaba un ejército de no muertos. Y si te cruzabas con ella, podía hacer de tu vida un infierno. Literalmente. Pero tenía un pequeño problema. —Siento llegar tarde —dijo mientras entraba deprisa en la cómoda oficina roja—.He tenido una reunión que ha durado más de lo que pensaba. Su terapeuta sonrió desde su sillón. —No te preocupes. ¿Te gustaría un minuto para calmarte? Devina estaba verdaderamente agotada, y mientras se sentaba, puso su bolso dePrada al lado. Respirando profundamente, se tocó la ilusión corpórea de cabellomoreno que la mujer humana veía y se colocó los pantalones de cuero conestampado de lagarto, los cuales realmente existían. —El trabajo ha sido un infierno —dijo, echando un vistazo para comprobar que elbolso estuviera cerrado. Había manchas de sangre en la sudadera de dentro, laúltima cosa que necesitaba era tener que explicarlas—. Un absoluto infierno. —Me alegro de que llamaras para la sesión extra nocturna. Después de la semanapasada, he estado pensando en ti y en lo que sucedió. ¿Cómo lo llevas? Devina salió lentamente del caos del que venía y se concentró en sí misma. Lo cualno era algo feliz. Instantáneamente, las lágrimas saltaron a sus ojos. —Estoy… No bien. Se forzó a decir algo. —Los de la mudanza ya lo han llevado todo a mi nueva casa, y la mayor parte estátodavía en cajas. He pasado toda la tarde tratando de desembalar, pero hay tanto ytengo que asegurarme de que está correctamente ordenado. Debo verificar que mi… ~27~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Devina, deja de hablar de los objetos. —La terapeuta hizo una pequeñaanotación en su libro negro—. Podemos llegar a la planificación hacia el final de lasesión. Quiero saber cómo estás. Háblame de cómo te sientes. Devina echó un vistazo a la alfombra de cañamazo y se preguntó, no por primeravez, qué pensaría la mujer si supiera que estaba tratando a un demonio. Desde queDevina había estado en Caldwell, había estado yendo a ver a la psicóloga… durantemás o menos un año. Mantenía su verdadera identidad oculta bajo su piel favorita deuna mujer sexy, elegante y morena, pero bajo la superficie… especialmente despuésde su primera pérdida contra Jim Heron… era un lío de mierda. Y esta humana realmente la ayudaba. Devina sacó un pañuelo de la caja que había sobre la mesa a su lado. —Yo sólo... odio mudarme. Me siento totalmente fuera de control. Y perdida. Y...asustada. —Sé que te sientes así. —Una calidez emanó positivamente de los poros de lamujer—. Cambiar de casa es lo más duro para alguien como tú. Estoy muy orgullosade ti. —No tuve tiempo. Ningún tiempo para hacerlo bien. —Más lágrimas. Lo queodiaba. Pero, Dios, había tenido que sacar sus colecciones de sus sitios legítimos encuestión de horas, peleando, tirándolas en cajas—. Todavía no he podido revisartodo y asegurarme de que nada se haya roto o perdido. Oh, Dios... perdido. El pánico se abrió paso en su pecho e hizo que el corazón que había adquiridolatiera tres veces más rápido. —Devina, mírame. Tuvo que forzar los ojos para enfocarse a través del ataque de pánico. —Lo siento —se ahogó. —Devina, la ansiedad no es por las cosas. Es por tu lugar en este mundo. Es elespacio que declaras como tuyo emocional y espiritualmente. Debes recordar que nonecesitas objetos para justificar tu existencia o para hacerte sentir segura y a salvo. Bien, todo eso sonaba bien y perfecto, pero sus posesiones en la tierra eran lo quela ataban a las almas que poseía abajo, el único lazo que tenía con sus "niños".Durante siglos, había acumulado posesiones personales de cada alma que habíatomado: botones, gemelos, anillos, pendientes, dedales, agujas de hacer punto, gafas,llaves, plumas, relojes... la lista seguía y seguía. Prefería objetos hechos de metalprecioso, pero cualquier clase de metal servía: del mismo modo que la sustanciareflejaba la luz, también exhalaba ecos de los que lo habían poseído, gastado outilizado. ~28~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 La impresión irradiada de esos humanos era lo único que la calmaba cuando nopodía bajar a su santuario para una visita personal. Dios, odiaba tener que trabajar en la tierra. Con un estremecimiento, se secó las lágrimas. —No puedo soportar el estar tan lejos de ellas. —Necesitas tu trabajo. Me los has contado. Y tu ex marido está mejor preparadopara ocuparse del cuidado diario de tus niños. —Lo está. —Había tenido que meter con calzador en sus antecedentes algunaapariencia de circunstancias humanas. No había ex marido, era innecesario decirlo,pero la analogía funcionaba. Sus almas estaban a salvo donde las había dejado.Simplemente la mataba estar lejos. No había un lugar mejor donde prefiriera estarque en el fondo de su pozo, mirando cómo la multitud atrapada para siempre en susmuros se retorcía y chillaba. Jugar con ellos era divertido, también. —¿Dónde acabaste? —preguntó la terapeuta—. Después de que tu novio y tudecidierais terminar vuestra relación, ¿a dónde fuiste aquí en la ciudad? Ahora su ansiedad se trocó en enojo. No podía creer que hubiera perdido laprimera batalla contra Jim Heron… o que ese jodido bastardo se hubiera infiltrado ensu espacio privado. Gracias a él y a ésos otros dos ángeles, ella había tenido quecoger todo lo que tenía y desocupar ese loft deprisa y corriendo. —Tengo un amigo que tiene un edificio vacío. —No un amigo realmente. Sóloalgún tipo al que había jodido hasta que firmó todos los papeles. Luego le habíamatado, rellenado un bidón de desechos peligrosos con su cuerpo y lo habíaprecintado bien. Ahora estaba en su propio sótano, descomponiéndosecómodamente. —¿Y la mudanza se ha completado? —Sí, todo está allí. Pero como he dicho, no lo he colocado apropiadamente. —Sinembargo, había encontrado otra virgen, a la que había sacrificado inmediatamente ydado un buen uso protegiendo el espejo que la devolvía al Infierno—. Aunque hepuesto un sistema de seguridad. Si cualquiera violaba el sello de sangre del cuarto donde estaban la mayoría de susmás preciadas posesiones, lo sabría en un instante. Era así cómo había sabido elinstante en el que Jim y sus compañeros ángeles habían violado su espacio. Cómohabía salvado sus cosas. Aunque encontrar vírgenes estos días era un dolor en el culo. Con todos teniendotanto sexo, lo que una vez había sido pan comido conseguir ahora se estabaconvirtiendo en más y más raro. Nunca mataba niños; eso estaba mal, sería como si ~29~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2alguien le arrebatara una de sus almas. Pero tratar de encontrar a alguien de más dedieciocho que no hubiera pasado por el aro. Podías estar en ello durante días. Larga vida al movimiento de abstinencia, era todo lo que podía decir. —Espera, ¿edificio? —dijo la terapeuta—. ¿No te estarás alojando en algúnedificio, verdad? —¿Qué?, no. Estoy en un hotel durante un tiempo. El trabajo me lleva fuera de laciudad. Hasta Boston, en realidad. —Porque era hora de la segunda batalla con sunémesis. Y maldición, iba a ganar ésta. —Devina, ese es un gran avance. —La terapeuta se palmeó la rodilla con la manoy sonrió—. Vives lejos de tus cosas. Has hecho un progreso. No realmente, teniendo en cuenta que podría estar en cualquier sitio en un abrir ycerrar de ojos. —Ahora cuéntame, ¿qué tal el trabajo? Sé que la semana pasada fue dura. La mano de Devina encontró su bolso y acarició el cuero suave. —Mejorará. Lo haré mejor. —Tu nuevo colaborador. ¿Cómo van las cosas con él? Sé que ha habido algunafricción inicial. ¿Fricción? Sí, podía decirse así. Pensó en ella y en Jim Heron en el aparcamiento del Iron Mask, con él enterradoprofundamente en ella, con ella cabalgándole con fuerza. A pesar del hecho de que leodiara con pasión, no le importaría tener unos pocos momentos privados más con él. Devina enderezó la espalda. —Él no va conseguir la vicepresidencia. No me importa lo que tenga que hacer,pero he trabajado demasiado tiempo y demasiado duro para que algún tipo seentrometa y se lleve lo que es mío. Siete almas. Siete oportunidades para que ganara el bien o el mal. Y la primerahabía ido al otro lado. Tres más a favor de Jim Heron y ella no solo estaría fuera del"trabajo," sino que los ángeles tomarían el control de la Tierra y todas y cada una desus almas se redimirían. Todo su trabajo para nada: sus colecciones idas. Su ejército ido. Ella misma... ida. Miró fijamente a su terapeuta. —No permitiré que gane. La mujer asintió. ~30~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Tienes un plan? Devina tocó su bolsa. —Sí. Absolutamente que lo tengo. * * Después de la sesión, Devina se dirigió hacia el noreste, lanzándose al aire comouna sombra y volando a través de la noche. Se materializó en Boylston Street,enfrente del Jardín Público de Boston, donde los sauces llorones sobre la charcaestaban reverdeciendo. La recatada caja de ladrillos del Hotel Four Seasons ocupaba casi el bloque entero,entre su entrada, el porche cubierto y los ventanales de los restaurantes. Aunque elexterior fuera bastante simple, el interior era de madera cálida y brocado elegante, yhabía flores siempre frescas. Podía proyectarse en su habitación, pero era malgastar su conjunto: sus pantalonesEscada de estampado lagarto y la blusa de Channel eran despampanantes, por nodecir de su gabardina de Stella McCartney. Y se sabía, sólo su segunda noche aquí y los porteros y el personal de recepción yala saludaban mientras entraba majestuosamente en el vestíbulo, sus Louboutinsrepiqueteando sobre el mármol Lo cual servía para recordarle lo que ya sabía: de todos los trajes corpóreos deilusión que había llevado alguna vez, éste, el de una mujer morena con piernas queno acababan y un par de senos que hacían tropezar a los humanos con sus propiaslenguas, era el que le quedaba mejor. Aunque técnicamente ella fuera un asexual"ello" la experiencia había demostrado que su arsenal de armas era mejor esgrimidopor una mano con manicura. Además le gustaban más las ropas femeninas. Follar, también. Su suite en el último piso tenía una vista magnífica del jardín y del parque BostonCommon, muchos cuartos grandes así como un excelente servicio de habitaciones. Elramillete de rosas era un toque agradable y gratis. Que era lo que conseguías cuando pagabas miles y miles y miles de dólares por elalojamiento. Atravesó el salón y el dormitorio principal hacia el baño de mármol. En elmostrador entre los dos lavabos, dejó su bolso y sacó la sudadera que había tomadodel octágono de MMA. La sudadera con gorro era del color de la niebla y una tallaXXL. Se encontraba en cualquier Wal-Mart o Target, era una de esas prendas de ~31~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2vestir anónimas que podían haber sido llevadas por cualquier hombre, algo que erafácil de encontrar, fácil de comprar. Nada especial. Excepto que esta era única. Especialmente dadas las manchas de sangre. Gracias a Dios esos policías habían aparecido cuando lo habían hecho. De otromodo, se habría perdido la cita con su terapeuta por completo. Rápidamente se despojó de su ropa, trató de dejarla en un lío arrugado... y duróaproximadamente un minuto y medio. El desorden hacía que su cabeza zumbara ytuvo que recogerlas, ir a zancadas al armario y colgarlo todo donde debía estar.Había llevado un sujetador que puso en el escritorio. Nada de bragas por las quepreocuparse. Estaba decididamente más tranquila cuando volvió al trabajo en la encimera delmostrador del cuarto de baño. Sacando un par de tijeras doradas de su maletín de maquillaje, cortó un círculo enla sudadera donde el corazón del hombre que la llevó habría estado. Luego cortó encuadrados la tela, las fibras de algodón cedían fácilmente y cayeron en el mármol lisoen una pila pequeña. Utilizó un lado de las tijeras para cortarse la palma, y su sangre manó de un colorgris sucio mientras caía en el nido que había hecho. Por un momento, se quedó paralizada de desilusión. Deseaba que su sangre fueraroja, mucho más atractiva. La verdad sea dicha, Devina odiaba su aspecto. Se sentía mucho mejor con estecuerpo. Y los otros. Recogiendo los trozos de la sudadera y aplastándolos en la palma manchada desangre, se imaginó al hombre que había llevado la tela contra la carne, viendo su cararuda, la barba recortada y los tatuajes de su cuerpo. Todavía aplastando en la mano y manteniendo la imagen de Isaac Rothe en lacabeza, Devina caminó desnuda al dormitorio y se sentó en el edredón. En la mesita,abrió una caja color ébano y sacó una pieza de ajedrez tallada a mano, larepresentación de la reina no tan hermosa como su traje de carne. No había visto aJim Heron al tallar la gran dama, pero él la había hecho y se lo imaginó haciéndola ensu mente, se lo imaginó encorvado sobre el afilado cuchillo, las manos segurasesgrimiendo un borde de acero para revelar el objeto dentro de la madera.Apretando lo que él había hecho en la palma manchada de sangre, junto con lasfibras de la sudadera, los fundió, los fusionó. Entonces se inclinó y cogió una velaque encendió a voluntad. Acostándose, sopló a través de la llama, las esencias de lostres se mezclaron y fluyeron sobre la llama. ~32~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 El resplandor púrpura que emanaba del lado lejano la cubrió, envolviéndola enfosforescencia... llamando a los propietarios de las cosas a juntarse, llamándolos aella. Jim Heron no iba a saber que le había golpeado esta vez. Quizás había ganado laprimera partida, pero eso no iba a suceder otra vez. ~33~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 4 Cuando se trabajaba en la central de procesamiento de la cárcel del condado deSuffolk en el centro de Boston, se veía un montón de mierda. Y alguna era de la claseque hacía posponer el café y los donuts. Otras clases… eran solo alucinantemente extrañas. Billy McCray había sido primero un poli de ronda en Southi, sirviendo al lado desus hermanos, primos y su viejo. Después había recibido un disparo, unos quinceaños atrás. El sargento lo había arreglado para que tuviera este trabajo de escritorio…y había resultado que no solo instalaba su silla de ruedas perfectamente bajo el bordedel mostrador, también era malditamente bueno empujando papeles. Habíaempezado registrando arrestos y haciendo fotografías para las fichas, pero ahoraestaba al cargo de todo. Nadie se sonaba ni siquiera la nariz en este lugar hasta que Billy no les decía queestaba bien usar un kleenex Y él adoraba lo que hacía, incluso si se volvía extraño de cojones algunas veces. Como lo primero de esta mañana. Seis a.m. Había registrado a una mujer blancaque había estado vistiendo un par de latas de Coca-cola como pezoneras, los dosnúmeros de aluminio pegados en la parte de debajo de sus tetas y apuntandodirectamente fuera. Tenía la sensación de que aquella foto iba a terminar en la webde “LOS MAS BUSCADOS” y probablemente ella iba a disfrutar de la exposición,pero no, ella quería mostrar sus… bueno, latas. Gente. Sinceramente. Sacado el pegamento fue fácil dejarla, pero le estaban sirviendo las bebidas ensimples vasos de papel solo por si acaso tenía otra brillante idea… Cuando la puerta de acero se abrió al fondo del vestíbulo, Billy se enderezó en susilla. La mujer que entró era una visión digna de contemplar, correcto, pero no por larazón que la mayoría de los frikis que estaban aquí. Medía 1.75 m y tenía el cabellorubio que siempre estaba recogido en una trenza sobre la cabeza. Vestía un traje ~34~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2perfectamente entallado y un abrigo largo y formal, él sabía sin preguntar que subolso y su maletín valían más de lo que él tenía en su plan de jubilación 401. Por no decir nada sobre aquel enorme collar de oro alrededor de su cuello. Cuando un par de polis la adelantaron, ellos también enderezaron sus columnas ybajaron la voz… e inmediatamente miraron sobre el hombro para echar un vistazo asu espalda. Y cuando ella llegó ante la partición de plexiglás delante de él, estuvo encantadode haberla deslizado hacia atrás, porque pudo oler su perfume. Dios… siempre era el mismo. El aroma de rico y opulento. —Hola, Billy ¿Cómo le va a Tom en la Academia de Policía? Como muchos de la clase de Beacon Hill, la entonación de Grier Childe hacía queuna simple pregunta pareciera mejor que algo que Shakespeare hubiera escrito. Peroa diferencia de aquellos culos-apretados, ella no era una insolente y su sonrisa eragenuina. Siempre le preguntaba por su hijo y su esposa y lo miraba de verdad,encontrando sus ojos como si él fuera más que sólo un jinete de escritorio. —Lo está haciendo muy bien —Billy sonrió ampliamente y cruzó los brazos sobresu hinchado pecho—. Se graduará en junio. Trabajará en Southie. Es un tirador comosu papá… el chico podría darle a una lata desde un kilómetro. Desafortunadamente, eso le recordó a la chica-Cocacola, pero empujó la imagenfuera del camino. Mucho mejor disfrutar de la vista de la señorita Childe, abogada. —No me sorprende que Tommy sea un as. —Firmó dentro de la tablilla y apoyóuna cadera contra el mostrador—. Como tú dices, ha salido a ti. Incluso después de dos años de esto, todavía no podía creer que ella se detuviera ahablar con él. Sí claro, los tipos del fiscal del distrito y los defensores públicoshabituales le daban jabón, pero ella venía de uno de aquellos colegios de prestigio ybufete con solera… y con frecuencia eso quería decir que solo importaban los datossobre donde estaban sus clientes. —¿Así que, qué está haciendo tu Sara? Mientras hablaban, él tecleó su nombre en el programa para sacar a quien le habíasido asignada. Aproximadamente cada seis meses o así, ella comparecía en larotación de los defensores públicos. Era, por supuesto, pro bono para ella. Sus tarifashorarias eran indudablemente tan caras, que él estaba condenadamente seguro deque los clientes que atendía aquí no podían permitirse más de dos palabras con ella,mucho menos una hora completa…o, Cristo, ni el valor del caso en tiempo. Cuando vio el nombre que estaba junto al de ella, frunció el ceño. —¿Está todo bien?—preguntó ella. ~35~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Bueno, no, no realmente. —Sí, está bien. Porque él se iba a encargar de que ella lo estuviera. Alargó la mano a un lado a por un montón de expedientes. —Aquí está la documentación de tu cliente. Si vas al número uno, te lo sacaremos. —Gracias, Billy. Eres el mejor. Después de que él la llamara a través de la puerta principal dentro de la unidad derecepción y procesamiento de la cárcel, ella se fue a la habitación que le había dado…la cual resultó ser justo la más próxima a su oficina. Tomando una nota en suordenador, él levantó el teléfono y llamó a las celdas. Cuando Shawn C respondió, él dijo: —Sube al número cinco-cuatro-ocho-nueve-setenta, apellido Rothe. Para nuestraseñorita Childe. Un pequeño silencio. —Es un tipo grande. —Sí, y escucha… ¿podrías hablar con él? Quizás recordarle como ser educado consu abogada le hará las cosas más fáciles. Hubo otra pausa. —Y estaré justo fuera de la puerta cuando esté con ella. Tony me cubrirá aquíabajo. —Bien, sí, eso está bien. Gracias. Cuando Billy colgó, se dio la vuelta para enfrentar las pantallas del sistema deseguridad. En el más bajo de la izquierda, observó como la señorita Childe se sentabaen la mesa, golpeó abierto el expediente, y miró los informes que contenía. Iba a mantener los ojos sobre ella hasta que estuviera a salvo fuera de allí. El asunto era que abajo, en la jaula, había dos clases de gente: los asiduos y losocasionales Los ocasionales recibían un trato educado y todo eso, pero los asiduos…particularmente agradables, jóvenes internos con bonitas sonrisas y un montón declase… de esos tenían que cuidarse. Y eso quería decir que Shawn C., el guardia, estaría aparcado fuera en el vestíbulo,mirando a través de la ventanilla de tela de gallinero todo el tiempo que aquelmaníaco homicida que había sido arrestado por luchar en jaula estuviera con suchica. ~36~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Si aquel cabrón tan solo respiraba mal cerca de ella, bien… bastaba con decir queen la tienda de Billy, nadie estaba por encima de una pequeña acción correctiva.Todos los guardias y el personal conocían la esquina oscura en los sótanos donde nohabía cámaras de seguridad y nadie podía oír a un gilipollas gritando cuando elcastigo les hacía gritar como putas. Billy se recostó en su silla y sacudió la cabeza. Una agradable chica la que estabaallí, realmente agradable. Por supuesto dado lo que había ocurrido con suhermano… Las vidas duras tenían una forma de dirigirse a lo agradable, verdad. * * Grier Childe se sentó enfrente de una mesa de acero inoxidable en una fría silla deacero inoxidable que estaba frente a otra silla de acero inoxidable. Todo el mobiliarioestaba atornillado al suelo y las únicas instalaciones eran la cámara de seguridadsobre la esquina y un foco en el techo que tenía una caja alrededor. Las paredes eranbloques de hormigón que habían sido pintadas tantas veces que eran casi suavepapel pintado, y el aire olía como matarratas para limpiar el suelo, la colonia delúltimo abogado que había estado en la habitación, y cigarrillos viejos. El lugar no podía ser más diferente de donde ella trabajaba habitualmente. Lasoficinas de Boston de Palmer, Lods, Childe, Stinton & Dodd eran como un museo demobiliario y grabados del siglo diecinueve. PLCS&D no tenía guardas armados,detectores de metal, y nada estaba atornillado en su sitio para que no pudiera serrobado o lanzado por alguien. Allí los uniformes procedían de Brooks Brothers y Burberry Ella había estado trabajando como abogada de oficio durante dos años, y le habíallevado al menos doce meses llegar a buenos términos con la recepción, el equipo ylos guardas. Pero ahora, cuando llegaba aquí, era como estar en el viejo hogar, yhonestamente amaba a la gente. Montones de buena gente haciendo trabajos difíciles en el sistema. Abriendo el informe sobre su nuevo cliente, revisó los cargos, formularios deentrada e historia. Isaac Rothe, edad veintiséis, apartamento bajo en Tremont Street.Sin trabajo. Sin antecedentes previos. Arrestado con otros ocho como parte de unaredada la noche anterior en un garito y cuadrilátero clandestinos. No se necesitabaorden de detención porque los boxeadores estaban entrando ilegalmente enpropiedad privada. De acuerdo con el informe policial, su cliente estaba en elcuadrilátero en el momento que la policía se infiltraba. Aparentemente el tipo con elque estaba luchando estaba siendo tratado en el Mass General. Son las nueve de la mañana de un sábado por la mañana... ¿Sabes dónde está tu vida? Manteniendo la cabeza baja, Grier apretó los ojos cerrados. ~37~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Ahora no, Daniel. Solo estoy diciendo. Mientras la voz de su hermano muerto flotaba dentro y fuera desu cabeza desde detrás, el incorpóreo sonido la hizo sentirse completamente loca.Tienes treinta y dos años, y en lugar de tratar de quedar bien con algún buen muchacho, estássentada aquí en la comisaría con un café de mierda. —No tengo ningún café. En aquel momento, la puerta giró ampliamente y Billy apareció. —Creo que te gustaría algo para despertarte. Bingo, dijo su hermano. Cállate. Arriba, le recordó ella. —Billy, eso es realmente amable de tu parte. Tomó lo que el supervisor le ofrecía, el calor de la taza de papel derramándose ensu palma. —Bueno, ya sabes. Es agua sucia. Todos lo odiamos —Billy sonrió—. Pero es unatradición. —Seguro que lo es —frunció el ceño cuando él se rezagó—. ¿Algún problema? Billy palmeó la silla vacía próxima a él. —¿Te importaría sentarte aquí, por mi? Grier bajó la taza. —Por supuesto que no, pero por qué… —Gracias cariño. Pasó un segundo. Claramente, Billy estaba esperando que ella se cambiara de sitioy no se inclinaba a dar explicaciones. Arrastrando el archivo todo el trayecto, ella fue al otro asiento, la espalda ahorahacia la puerta. —Esa es mi chica. Le dio un apretón en el brazo y salió. El cambio de posición significaba que podía ver la vaporosa aparición de su joveny amado hermano. Daniel estaba apoyado distraídamente en la esquina más alejadade la habitación, los pies cruzados por los tobillos, los brazos cruzados en el pecho. Elcabello rubio sano y limpio, llevaba un polo color coral y unos pantalones cortos demadrás. ~38~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Era como un modelo fantasma en un anuncio de Ralph Lauren, cien por cienamericano, un privilegiado besado por el sol listo para sacar un velero deHyannisport. Excepto que no le estaba sonriendo, como solía hacer. Lo quieren de cara a la puerta,de manera que el guarda del exterior pueda mantener los ojos sobre él. Y no te quierenatrapada en la habitación. Facilitar el sacarte de la habitación si se pone agresivo. Olvidando la cámara de seguridad, y el hecho de que nadie más que ella estabahablando en el enrarecido aire, se inclinó —Nadie va a volverse loco. Tienes que dejar esto. Deja de intentar salvar a la gente y ten una vida —Exactamente como te di la espalda a ti. Deja de rondarme y vete a la eternidad. Lo haría. Pero tú no me dejas irme. Con aquel comentario, la puerta tras ella se abrió y su hermano desapareció. Grier se tensó cuando escuchó el tintineante sonido de cadenas y el arrastrar depies. Y entonces lo vio. Santa… María… Madre… De… Lo que había sido traído de Retención por Shawn C. era un metro noventa y trescentímetros de sólido músculo. Su cliente estaba “vestido”, lo que quería decir quellevaba su atuendo de prisionero, y sus manos y pies estaban engrilletados y unidoscon una cadena de acero que pasaba por delante de sus piernas y le rodeaba lacintura. Su dura cara tenía el tipo de mejillas hundidas que acompañaban a cerograsa corporal, y el oscuro cabello estaba cortado como el de un militar. Teníaalgunos moratones desvaneciéndose alrededor de los ojos, una tirita en el nacimientodel cabello… y un enrojecimiento alrededor del cuello, como si muy muyrecientemente hubiera sido maltratado Su primer pensamiento fue… que estaba encantada de que el viejo y bueno deBilly McCray la hubiera hecho cambiar de asiento. No estaba segura de cómo losabía, pero tenía la sensación de que si su cliente lo elegía, podía haber tenidotumbado a Shawn C. en un abrir y cerrar de ojos… a pesar de las esposas y el hechode que el guarda tuviera la constitución de un buldog y años de experienciamanejando hombres grandes e inestables. Los ojos de su cliente no se encontraron con los suyos, sino que permanecieronfijos en el suelo mientras el guardia lo metía en el estrecho espacio entre la silla vacíay la mesa. Shawn C. se inclinó hacia la oreja del hombre y le susurró algo. ~39~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Le gruñó algo, más bien. Luego, el guarda lanzó una mirada hacia Grier y sonrió muy tenso, como si no legustara todo el asunto pero fuera muy profesional sobre esto. —Oye, estaré justo al otro lado de la puerta. Si necesitas algo solo grita y estaréaquí —en un tono más bajo, dijo—: Estaré vigilándote, muchacho. Por alguna razón no estaba sorprendida por las precauciones. Solo sentarse frentea su cliente la ponía recelosa. No podía imaginárselo moviéndose alrededor de lacárcel. Dios, era grande. —Gracias Shawn —dijo ella tranquilamente. —Sin problemas, señorita Childe. Y entonces estuvo sola con el señor Isaac Rothe. Midiendo el tremendo tamaño de sus hombros, ella notó que no estabaretorciéndose ni inquieto, lo que tomó como un buen signo… nada de metadona ococa en su organismo, afortunadamente. Y no la estaba mirando inapropiadamente omirando la parte delantera de su traje ni lamiéndose los labios. En realidad, no la estaba mirando para nada, los ojos permanecían fijos en la mesafrente a él. —Soy Grier Childe… he sido asignada a su caso. —Cuando él no levantó los ojosni asintió, continuó—. Cualquier cosa que me diga es privilegiada, lo que quieredecir que dentro de los límites de la ley, no se lo revelaré a nadie. Aún más, esacámara de seguridad allí arriba no tiene audio, de manera que nadie más puede oírlo que usted me cuente. Ella esperó… y aún así él no replicó. Sólo estaba sentado allí, respirando conregularidad, todo poder contenido con sus manos esposadas apoyadas sobre eltablero de la mesa y su enorme cuerpo encajonado en la silla. En el primer encuentro, la mayoría de los clientes que había tenido allí serepantingaban y hacían la rutina huraña, o bien jugaban todos indignados yofendidos, con un poco de parloteo exculpatorio. Él no hizo nada. Su columna estabatan tiesa como un palo de escoba, y estaba completamente alerta, pero no dijo unapalabra. Ella se aclaró la garganta. —Los cargos contra usted son serios. El tipo con el que estaba luchando fueenviado al hospital con una hemorragia cerebral. Ahora mismo usted está acusadopor asalto en segundo grado e intento de homicidio, pero si muere, eso es asesinatoen segundo grado u homicidio involuntario. ~40~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Nada. —Señor Rothe, me gustaría preguntarle algo, ¿puedo? Sin respuesta. Grier se recostó. —¿Puede usted oírme? Justo cuando ella se estaba preguntando si él tenía una discapacidad no revelada,habló. —Si, ma’am La voz era tan profunda y llamativa que ella dejó de respirar. Aquellas dospalabras fueron pronunciadas con una suavidad tal que era un contraste total con eltamaño de su cuerpo y la severidad de su cara. Y su acento… vagamente sureño,decidió. —Estoy aquí para ayudarle, señor Rothe. Entiende eso, ¿verdad? —No es falta de respeto, ma’am, pero no creo que pueda. Definitivamente sureño. Hermosamente sureño en realidad Sacudiendo la cabeza para aclararla, ella dijo. —Antes de que usted me despida, le sugiero que considere dos cosas. Ahoramismo no hay fianza señalada para usted, de manera que va a estar metido aquímientras su caso avanza. Y podrían ser meses. Además, quien se representa a símismo en realidad tiene a un loco por cliente… que no es solo un dicho. No soy elenemigo. Estoy aquí para ayudarle. Por fin él la miró. Sus ojos eran del color de la escarcha en el cristal de las ventanas, y llenos desombras de hechos que manchaban el alma. Y cuando esa adusta y exhausta miradala perforó hasta el fondo de su cabeza, se le congeló el corazón: ella supo al instanteque no era solo algún matón callejero. Era un soldado, pensó. Tenía que serlo... su padre tenía la misma mirada en susojos durante las noches tranquilas. La guerra le hacía eso a la gente. —¿Irak? —le preguntó en voz baja—. ¿O Afganistán? Enarcó un poco las cejas, pero esa fue la única respuesta que obtuvo. Grier dio golpecitos sobre el expediente. —Déjeme fijarle una fianza. Solo déjeme empezar por ahí, ¿de acuerdo? No tieneque decirme nada sobre por qué fue arrestado o qué ocurrió. Solo necesito saber sus ~41~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2vínculos con la sociedad y donde vive. Sin arrestos previos, pienso que podemosintentar… Paró cuando se dio cuenta de que él había cerrado los ojos. De acuerdo. La primera vez que ella tenía un cliente que se echaba una cabezadaen mitad de una reunión. Quizás Billy y Shawn C. tenían menos de lo quepreocuparse de lo que pensaban. —¿Le estoy aburriendo, señor Rothe? —le preguntó un momento después. ~42~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 5 No. Difícilmente. La voz de su abogada de oficio era una espacie de nana en los oídos de Isaac, laaristocrática inflexión y la perfecta gramática le tranquilizaban tanto que estabaextrañamente asustado de ella. Al principio, había cerrado los ojos porque ella erasimplemente demasiado bonita para mirarla, pero había conseguido un beneficioañadido con los ojos cerrados. Sin la distracción de su perfecta cara y la miradainteligente, era capaz de concentrarse completamente en las palabras. La forma en que hablaba era poética. Incluso para un tipo que no estaba metido enla rutina de corazones y flores. —Señor Rothe. No era una pregunta, era una exigencia. Evidentemente estaba empezando ahartarse de su culo. Abriendo un poquito los párpados, sintió el impacto de su uña contra elesternón… y trató de decirse a sí mismo que ella estaba causándole tan granimpresión porque habían pasado años desde que había estado cerca de una autenticadama. Después de todo, la mayoría de las hembras que había follado o trabajado conellas habían estado rozando los límites de la ley, exactamente como él. De maneraque esta, meticulosamente peinada, claramente educada y exóticamente perfumada,al otro lado de la mesa era alguna clase de anormalidad deslumbrante. Dios, probablemente ella se desmayaría si viera su tatuaje. Y saldría corriendo y dando alaridos si supiera lo que había estado haciendo paravivir en los últimos cinco años. —Déjeme arreglar su fianza —repitió—. Y luego vernos donde estamos. Tuvo que peguntarse por qué ella se preocupaba tanto por algún chiflado quenunca había visto antes, pero había una misión innegable en sus ojos, y quizásaquello lo explicaba: evidentemente, estaba exorcizando algún tipo de demonio,bajando aquí con la chusma. Quizás era un caso de culpabilidad por riqueza. Quizásera un tema religioso. Lo que quiera que fuera, ella estaba condenadamente decidida. ~43~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 — Señor Rothe. Déjeme ayudarle. No la quería envuelta en su caso… pero si ella podía sacarlo libre, él podría salir yestaría indudablemente más seguro en el mundo exterior: su antiguo jefe no tendríaproblema en enviar a un hombre dentro de esta cárcel con un cargo y organizar elasesinato justo bajo las narices de los guardias. Para Matthias, eso sería un juego de niños. Isaac sintió su conciencia, la cual había estado mucho tiempo en silencio, lanzar ungrito, pero la lógica era sólida: ella parecía la clase de abogado que podía conseguirque las cosas se hicieran en el sistema, y por mucho que odiara involucrarla en eldesastre en que estaba metido, quería seguir vivo. —Le agradecería si pudiera hacerlo, ma’am. Ella respiró profundamente, como si se estuviera tomando un respiro en medio deuna maratón. —Bien. Todo bien entonces. Ahora, dice aquí que usted vive en Tremont. ¿Cuántotiempo ha estado allí? —Solo dos semanas. Pudo decir por la forma como sus cejas se juntaron que eso no iba a ayudarlemucho. —¿Está sin trabajo? El término técnico era Ausente Sin Permiso, pensó. —Si, ma’am —¿Tiene alguna familia? ¿Aquí o en algún lugar del estado? —No. Su padre y hermanos pensaban que estaba muerto, y eso estaba bien para él. Y lomejor para ellos con toda probabilidad. —Al menos no tiene antecedentes. —Cerró el expediente—. Estaré frente aljuzgado en una media hora. La fianza va a ser excesiva… pero conozco a algunosfiadores que podríamos abordar para poner el dinero. —¿A cuánto piensa que podría subir? —Veinte mil… si tiene suerte. —Puedo cubrirlo. Otro ceño mientras ella abría el expediente, echando un segundo vistazo a suspapeles. —Declaró aquí que no tenía ingresos ni ahorros. ~44~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Cuando permaneció callado, ella no le criticó ni pareció sorprendida. Sin dudaestaba acostumbrada a que la gente como él mintiera, pero desafortunadamente,estaba apostando su vida a que lo que él le estaba escondiendo era bastante másmortífero que las travesuras con las que Buen Samaritano la ponía en contactonormalmente. Mierda. En realidad, él estaba apostando en esto la vida de ella, no la de él.Matthias lanzaba una amplia red cuando llegaban asignaciones, y cualquiera quepermaneciera cerca de Isaac corría el riesgo de estar en el punto de mira. Excepto que una vez que él estuviera fuera, ella nunca volvería a verlo otra vez. —¿Cómo está su cara? —le peguntó después de un momento. —Está bien. —Parece como si doliera. ¿Quiere una aspirina? Tengo algunas. Isaac siguió mirando sus manos engrilletadas. —No, ma’am. Pero gracias. Escuchó el clip-clop de sus altos tacones cuando ella se puso en pie —Volveré más tarde, yo… La puerta se abrió y el musculitos que lo había traído desde retención entróprecipitadamente. —Salgo a hablar con el juez —le dijo ella al guardia—. Y es un perfecto caballero. Isaac permitió que lo pusiera derecho a tirones, pero no estaba prestando atenciónal guardia. Estaba mirando fijamente a su abogada de oficio. Hasta caminaba comouna dama… Su brazo fue tironeado con fuerza. —No la mires —dijo el guarda—. Los tipos como tu ni siquiera deberían mirar aalguien como ella. La fuerte sujeción del señor Manners era una pequeña molestia, pero no habíafallos en la opinión del HDP. Aunque hubiera tenido un trabajo de la variedad de jardín y nada más que un parde multas por exceso de velocidad, no estaba en ningún lugar cercano la liga deaquella mujer. Diablos, ni siquiera estaba jugando al mismo deporte. ~45~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 6 Jim Heron era consciente desde hace mucho tiempo de que había dos clases degimnasios en el mundo: los comerciales y los de la vieja escuela. El primero teníacombinaciones de colores y mujeres dando clases de spinning completamenteequipadas, y tíos con tatuajes de carpas a lo John Mayer levantando pesas con puñosacolchados. Se esperaba que limpiaras las máquinas después de usarlas yentrenadores alegres y bronceados con pulverizador te comprobaban mientras ibas yvenías. Había probado uno de esos justo después de dejar las Operaciones Especiales. Esocasi lo había convertido en teleadicto. Los de la vieja escuela eran perfectos para él y ahí era exactamente donde entrabanAdrian, Eddie y él en el sur de Boston. El gimnasio de Mike era un mundo dehombres, nena: el lugar olía como un sobaco, tenía muros que eran dignos de unaprisión y había colgados pósters desteñidos de Arnold desde los ochenta. Las esteraseran de azul neón, las pesas eran de hierro y la única bicicleta fija en el rincón era unode esos puestos resistente al viento con un ventilador enjaulado. La maldita cosa era una reliquia y tenía polvo en el asiento. Los hombres que hacían circuitos en las máquinas o levantaban pesas por libreeran grandes, tranquilos, y tenían tatuajes de la Virgen María, Jesús y la cruz. Habíamuchas narices rotas que se habían curado torcidas y algunas malas fundas sobreincisivos rotos que sin duda provenían del hockey o de peleas de bar. Indudablemente todos conocían a todos porque de algún modo estabanrelacionados. Se sintió en casa mientras se dirigía al mostrador de recepción. El tío de detrástenía unos sesenta, quizá sesenta y cinco años, con piel rubicunda, ojos azul pálido ycabello que era más blanco que la espuma de una cerveza Bass Black & Tan. —¿Qué puedo hacer por vosotros, chicos? —dijo el hombre, bajando el BostonHerald. ~46~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Un par de miembros echaron un vistazo y siguieron mirando. Jim y sus respaldosno eran pesos ligeros, pero eran desconocidos, lo que les ponía en territorio de ¿qué-coño? —Busco a un tipo —dijo Jim mientras sacaba el folleto con la imagen de Isaac y laaplastaba sobre el astillado mostrador de formica—. ¿Lo has visto por aquí quizá? —No, no lo he visto—contestó el tipo sin mirar abajo—. No he visto a nadie. Jim miró alrededor. Muchos ojos sobre ellos y muchas pesas detenidas. Estabaclaro que presionar al viejo no era un movimiento inteligente si no quería que lesdieran por culo. —Vale. Gracias. —Ningún problema. —El Herald sonó al volver a su lugar. Jim se dio la vuelta y dobló la imagen de Isaac. Mientras iba hacia la puerta,maldijo en voz baja. Este era el tercer lugar donde lo habían intentado y no habíanconseguido nada excepto evasivas... —Oye. Yo le conozco. Jim se detuvo y miró por encima del hombro. Un tío con una camiseta del Cuerpode bomberos de Boston se acercó. —A mi padre no le gusta involucrarse. —El tipo cabeceó hacia el folleto—. ¿Quiénes él para ti? —Mi hermano. —Y eso no era una mentira total. Estaban relacionados de unamanera visceral a causa de lo que él e Isaac habían atravesado en las OperacionesEspeciales, además estaba todo eso de la deuda. —Fue detenido anoche. Las cejas de Jim se dispararon hacia arriba. —¡No jodas! —Un grupo de mis primos son polis e hicieron una redada en una pelea. Tuhermano es un asesino puro. La única razón por la que alguien entraba en el octo conél era la gran bolsa, pero él nunca ha perdido. Ni una vez. —¿Cuánto tiempo ha estado en la ciudad? —Sólo le he visto luchar unas tres veces. —El visto fue pronunciado con dolor—.Escucha, si por aquí un grupo de cabrones quiere juntarse y golpearse mutuamente,les dejamos que lo hagan. Pero si quieres ser honesto, eso es por lo que hicieron laredada. El promotor tiraba todos los combates menos los de tu chico. Jodida A. Isaac en el sistema no era bueno. ~47~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Papá, ¿me dejas el Herald? —El tío se estiró sobre su padre y tomó el periódico,examinándolo—. Aquí. Jim leyó el artículo rápidamente. Luchas clandestinas, bla, bla, bla… ¿Isaac Rothe?Espera, ¿con su verdadero nombre? Hablando de una diana en el pecho: Matthias podría enviar fácilmente a alguien alsistema penal para eliminar al HDP. —Si quieres encontrar a tu hermano... —La cara del bombero se volvió calculadora—. Puedo decirte dónde estará tan pronto como salga. * * No más de dos horas después de que Grier dejara a su cliente y fuera donde eljuez, estaba de vuelta detrás del volante de su Audi A6 y atascada en el tráficoalrededor del Boston Common. Afortunadamente, el ritmo se aceleró por Chinatowny luego estuvo fuera al otro lado de Tremont Street. Parte de su prisa era porque no tenía tiempo para tomarse esto como unadiversión. Tenía una reunión con una compañía de Fortuna Fifty a la una en puntoen su oficina del Distrito Financiero... y todos esos rascacielos estaban en esemomento en su espejo retrovisor y volviéndose más pequeños. Pero necesitaba saber más. Lo cuál era la otra mitad de su prisa acuciante. Mientras maldecía, se preparó para que Daniel hiciera aparición y miró al asientotrasero. Cuando no apareció, respiró hondo. De verdad que no necesitaba el consejo editorial metafísico ahora mismo. Daniel había muerto hacía dos años y medio y primero vino a ella en un sueño lanoche antes de su funeral. Había sido tal alivio verlo sano y limpio, y no con el flipede la heroína; en su sueño, hablaron como habían podido hacerlo antes de la adicciónque le había destruido. El salto a la "vida real" había ocurrido aproximadamente seismeses más tarde. Una mañana, había estado hablando con él y su alarma sonó. Sinpensarlo dos veces estiró la mano y acalló la cosa… sólo para darse cuenta de queestaba despierta y él todavía estaba con ella. Daniel había sonreído cuando ella se enderezó de golpe, como si estuvieraorgulloso de sí mismo. Y entonces, con esa manera suya tan relajada, le habíainformado que no se estaba volviendo loca. Había, de hecho, una vida después de lamuerte, y él estaba en ella. Le había llevado algún tiempo acostumbrarse, pero dos años después ya nocuestionaba sus periódicos: hola-cómo-estás, aunque mantuviera sus visitas para ellamisma. Después de todo, simplemente porque no creyera que estaba loca, eso no ~48~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2quería decir que los otros estuvieran de acuerdo y ¿quién necesitaba eso? Además, siél era una alucinación y ella se estaba convirtiendo en “Una mente maravillosa”,bien… para ella funcionaba, así que, que se jodan los expertos en salud mental: habíaechado tanto de menos a Daniel, y le tenía de regreso de ese modo. Centrándose en los muros de ladrillo que se alzaban a ambos lados de TremontStreet, rastreó los números, cuando podía verlos en las puertas. En algún nivel, nopodía creer que hubiera conseguido la fianza para su cliente, pero entonces, su faltade antecedentes y el congestionamiento general del sistema había trabajado a sufavor. El Señor Rothe, por otro lado, no había parecido ni sorprendido ni complacidocuando se lo contó. Sólo le había pedido a su manera cortés y callada que fuera a suapartamento y consiguiera los veinticinco mil dólares en efectivo, porque no habíanadie a quien pudiera llamar para hacer ese tipo de tarea. Seguro. Ningún problema. Vale. Porque manejar dinero efectivo ilícito no la hacía cómplice ni amenazaba suestatus de ninguna manera. Todavía sacudía la cabeza ante la situación mientras frenaba delante de una casade tres pisos dividida en apartamentos. No había sitio donde aparcar en kilómetros,naturalmente. Con una maldición rodeó el bloque un par de veces, preguntándose sise atrevería a aparcar en doble fila, cuando, aleluya, alguien salió al otro lado de lacalle. Le tomó un segundo y medio hacer una U ilegal y meter su sedán en ese sitio.No tenía una pegatina residencial de estacionamiento, pero no iba a tardar muchotiempo, y por lo menos no estaba delante de una boca de incendios. Saliendo, se acurrucó en su delgado abrigo de lana. Abril en Nueva Inglaterra, allado del océano, se traducía en treinta días de viento cortante y húmedo que tecongelaba hasta los huesos y causaba estragos en el pelo. Y eso no era lo peor, habíacharcos por todas partes, aunque no hubiera llovido. Todo en la ciudad parecíagotear, como si la ciudad fuera una esponja que había superado su capacidad... loscoches, los edificios, los árboles larguiruchos, todo absorbía la humedad del aire y locanalizaba al asfalto y al cemento permanentemente húmedo bajo sus pies. Definitivamente más L.L. Bean que Louboutin. En la puerta principal de la casa, se estiró para mirar de cerca el intercomunicadorde los años setenta que tenía tres botones pequeños. Según las instrucciones de Isaac,apretó uno de abajo. Poco después, el timbre fue contestado por una mujer envuelta en una colcha dedibujo afgano del tamaño de una sábana que rompía las retinas. Su cabello era unamasa de tirabuzones del color de una calabaza de Halloween y tenía un cigarrilloentre las puntas de los dedos pintados de su mano derecha. ~49~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Evidentemente, su aspecto se había quedado atascado en la misma era que elintercomunicador. —¿Eres la chica de Isaac? Grier alargó la mano y no corrigió la declaración. Se figuró que era preferible a"abogada". —Soy Grier. —Él ha llamado. —La mujer retrocedió—. Me dijo que te dejara entrar. Sabes, nopareces su tipo. Una imagen rápida del hombre sentado tan silencioso y mortal destelló en lamente de Grier: según esa teoría, el tipo debería estar saliendo con una Beretta. —Los opuestos se atraen —dijo mientras miraba por encima del hombro de ladueña. Al otro lado del vestíbulo estrecho, una escalera se asomaba a lo lejos comouna baliza espiritual, a la vista y aún así inalcanzable. —Bien… —La dueña se repantigó contra el papel pintado—. Hay opuestos, comosi una persona es habladora y la otra no. Y hay opuestos. ¿Cómo le conociste? Mientras su mirada curiosa se fijaba en el collar de oro de Grier, tuvo la tentaciónde contestar, "el sistema penal," para ver cuánto se estrecharían los ojos de la mujer. —Fuimos emparejados. —Ah, ¿cómo eHarmony? —Precisamente. —Los puntos fundamentales de compatibilidad que se requierende alguien con una licenciatura en derecho es conseguirle una fianza y tener undoctorado en jurisprudencia por Harvard—. ¿Me permite entrar en su casa ahora? —Tienes prisa. Sabes, mi hermana lo intentó en eHarmony. El tipo que encontrófue un jodido gilipollas. Resultó que conseguir que la dueña subiera las escaleras tomó tanto esfuerzocomo si se la hubiera echado sobre un hombro y llevado al tercer piso. Sin embargo,diez minutos de desviar preguntas más tarde, llegaron por fin a la puerta. —Sabes —dijo la dueña mientras ponía sus llaves a trabajar y abría—, deberíaspensar en… —Muchas gracias por su ayuda —dijo Grier mientras se deslizaba dentro y dejabaa la mujer fuera, en el vestíbulo. Reclinándose contra los paneles de madera, respiró hondo y escuchó la quejadesvaneciéndose en el vestíbulo. Y entonces se dio la vuelta… oh, Dios. ~50~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 El árido cuarto era tan marchito y solitario como el de un anciano, demostrandoque la pobreza, como la edad, era un gran ecualizador; ella podría haber estado encualquier vecindad, casa de drogas o edificio en ruinas en cualquier ciudad encualquier país: los viejos suelos de pino tenían todo el brillo de un papel de lija y eltecho tenía manchas de agua en los rincones que eran color orina. Ningún mueble ala vista, ninguna mesa, silla ni televisión. Sólo un saco de dormir, un par de botas decombate y alguna ropa en pilas pulcramente dobladas. La almohada de Isaac Rothe no era nada más que una sudadera. Mientras estaba de pie dentro del apartamento, todo en lo que podía pensar era enel último lugar donde su hermano había estado. Por lo menos su cliente era limpio yno había agujas hipodérmicas y cucharas sucias por todas partes: esta escasez noparecía ser el resultado de las prioridades sesgadas de un adicto. Pero Dios mío, aún así era una conmoción recordar dónde había acabado Daniel.La suciedad... las cucarachas… el alimento podrido… Forzándose a moverse, fue a la cocina y no se sorprendió al encontrar todas lasalacenas, los cajones y el frigorífico vacíos. El cuarto de baño tenía una navaja, cremade afeitar, un cepillo de dientes y jabón. En el dormitorio, que estaba totalmente vacio, fue al armario y utilizó la linternade bolsillo de su llavero para echar una mirada dentro. El panel que Isaac habíadescrito estaba a la izquierda y logró abrirlo sin ningún problema. Y sí, había, de hecho, una bolsa de plástico del Star Market con veinticinco mildólares en efectivo oculta en el espacio polvoriento entre las tablas del marco. O porlo menos, la flexible colección de billetes parecía y pesaba como tanto dinero… Crujido. Grier se congeló. Escuchó atentamente. Mirando por encima del hombro, dejó de respirar. Pero todo lo que oyó fue eltrueno de su corazón. Cuando el silencio persistió, empujó la bolsa de vuelta a donde había estado,colocó el panel y cerró el armario otra vez; entonces fue a la ventana de delante. Elcristal estaba malditamente blanquecino por la mugre, no era como si alguienpudiera ver desde el exterior, pero aún así sintió como si la estuvieran vigilando… Algo destelló y se inclinó más cerca. En lo alto de la ventana, un par de diminutas placas metálicas habían sido metidasen la pintura agrietada, una en el marco, la otra en la estructura. Había otro conjuntoabajo y las cosas parecían estar hechas de cobre revestido con un acabado mate dealguna clase. Si no se hubiera acercado, nunca las habría advertido. ~51~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Grier volvió a atravesar el salón, la cocina y el cuarto de baño, y encontró la mismacosa en todas y cada una de las ventanas. Arriba y abajo, dos conjuntos. Y las puertasestaban igualmente equipadas, todas, en el interior y en el exterior. Sabía exactamente qué eran las placas. Su multimillonaria casa en Louisburg Square, en Beacon Hill las tenía en suspropios marcos y jambas. Eran alarmas de seguridad de contacto de lo másmodernas. De pie en el centro del apartamento, su mente recorrió las matemáticas: boleravacía, saco de dormir de cuarenta dólares por cama, ningún teléfono... pero el lugarestaba lleno de cables para el sonido como si fuera un banco seguro. Hora de rebuscar. Utilizando la tela suave con la que limpiaba sus gafas de sol, revisó los efectospersonales de su cliente sin dejar huellas dactilares atrás, y encontró el receptor de laalarma en los pliegues del saco de dormir. Así como un par de pistolas de calibrecuarenta con silenciadores y ningún número de serie y un cuchillo de caza muygastado pero brutalmente afilado. —Jesú... Cristo —susurró, colocando todo de vuelta donde lo había encontrado. Se levantó de la “cama” y fue a la cocina. Yendo sistemáticamente de asa en asa,borró sus huellas y luego miró bajo el fregadero y detrás del frigorífico. La siguienteparada fue el cuarto de baño, y con manos inestables se deshizo de cualquier huellaque quizás hubiera dejado y también iluminó con su linterna de bolsillo los rinconesoscuros. En su neblina de sospecha espasmódica, era bien consciente de que estabaviolando la intimidad de su cliente, pero el sabueso en ella no podía parar, la cazafrenética era como un músculo que no había sido utilizado y necesitaba ejercicio.Había hecho esto tantas veces con los apartamentos y coches de Daniel, y paracuando terminó de revisar la casa de Isaac Rothe, se sentía sudorosa y con unasvagas nauseas muy familiares. Aunque nada de drogas. En ninguna parte. Volviendo al salón, midió las ventanas una vez más. Los veinticinco grandesvaldrían la protección… pero el sistema de seguridad no había sido activado. Lo cual significaba que era utilizado como avisador cuando Isaac dormía. Según su experiencia, la única clase de elemento criminal con acceso a este calibrede equipo era un narco o un capo de la mafia de muy alto nivel. El estado afectivo desu cliente y su apariencia física no encajaban con ninguno de esos perfiles,típicamente esos eran hombres más viejos, no por debajo de los treinta con laapariencia física de sicario. ~52~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Sin embargo, había otra explicación posible. Sacó el teléfono móvil y marcó un número que había utilizado demasiadas vecesen el pasado. Cuando contestaron a la llamada, respiró profundamente y se sintió como si fueraa saltar de un precipicio. —Hola, Louie, ¿cómo le va a mi detective privado favorito?... oh, eso es muy dulcede tu parte… Ajá… estoy bien. Mentirosa, mentirosa y mentirosa. Mientras los dos jugaban a ponerse al día, se dirigió de vuelta al escondrijo deldinero y limpió el pomo de la puerta del armario con su pañuelo de tela. —De hecho necesito algo. Si tienes tiempo, tengo alguien al que me gustaría quecomprobaras por mí, ¿por favor? Después de contarle a Louie todo lo que sabía de su cliente, que no era más que unnombre, la fecha de nacimiento y esta dirección de poca importancia, colgó. La pregunta era, por supuesto, ¿ahora qué? No había creído a Isaac Rothe cuando le dijo que tenía dinero efectivo. Entonces había anunciado que pondría la fianza ella misma. Era su única opción: el tribunal estuvo dispuesto a dejar libre a su cliente, pero losfiadores no tocarían el caso. Demasiado riesgo de que volara. Lo cual sugería que el juez tenía la cabeza bloqueada cuando tomó la decisión. Oh, espera… ésa habría sido ella en esta situación. Echando una mirada alrededor del apartamento vacío, se dio cuenta de que sucliente era tan sustancial como un recluta. No había modo de que fuera a quedarsepara sus audiencias. Joder, probablemente no iba a quedarse aquí ni un minuto cuando fuera liberado.Estaba claro que tenía recursos y sus cosas eran fáciles de llevar. Miró a la puerta. Lo bueno era que no corría el riesgo de perder veinticinco de los grandes. El planhabía sido comprometerse de buena fe para que confiara en ella y le permitieraayudarle. Pero probablemente iba a acabar por ser una lección carísima de no invertir enpersonas que no conocías y en las que no debías confiar. ~53~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 7 Eran las seis de la tarde cuando por fin un guardia sacó a Isaac de la celda. Apesar del largo tiempo que le llevó entrar y sacarlo —y tenía la sensación de que elpersonal se había tomado su tiempo— el proceso para su liberación fue tranquilo yrápido ahora que habían decidido dejarle salir: esposas abriéndose, las suyas. Unafirma, la suya. Ropa para quitarse, la de ellos. Ropa para ponerse, la suya. Carteradevuelta. Todo en lo que podía pensar era en su abogada. No podía creer que le hubieraconseguido una fianza. O llevado el dinero. Tío, estaba en deuda con ella. Sin Grier Childe no estaría a punto de quedar en unalibertad que le iba a mantener vivo. No la había visto desde que vino a decirle que había tenido éxito con el juez, peroestaba claro que había resuelto las cosas con su efectivo o él no estaría de vuelta ensus propios calzoncillos. La zona de confinamiento del palacio de Justicia estaba separada de la secciónpública por una serie de puertas que le llevaron a través del cuarto donde se habíareunido con ella. El último grupo de ni-siquiera-pienses-en-ello estaba en la centralde procesamiento, donde había sido fichado y fotografiado. Dios, todavía podía oler su perfume. Con un ruido metálico, la cerradura de acero saltó y el guardia le dio un empujónen vez de un "bon voyage”… —¿Necesitas que te lleven? Isaac se paró en seco justo dentro de la zona de espera. La señorita Childe estabade pie en el linóleo, con aspecto de estar en un cóctel y no en la cárcel del condado: elcabello seguía trenzado, pero ya no llevaba traje. Llevaba alguna clase de vestiditonegro… así como un par de de medias negras transparentes que le hicieron tragarcon dificultad para evitar un gemido. Era toda una mujer. ~54~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Lo necesitas? —provocó. Sintiéndose como un Neandertal por ir por la ruta tonta, sacudió la cabeza. —No, gracias, ma’am. Ella caminó hacia la salida y abrió la puerta, parándose a un lado, con el aspectode un millón de dólares… y como si no tuviera nada mejor que hacer con su tiempoque jugar a portera con él. Isaac salió de la sala de espera al vestíbulo que sólo tenía una fila de ascensores yla salida de incendios. —Permite que te lleve —le dijo ella mientras apretaba la flecha hacia abajo—. Sédónde vives, ¿recuerdas? Y será difícil que encuentres un taxi en hora punta. Bastante cierto. Además sólo tenía cinco dólares en efectivo. —Me ocuparé. —Exactamente. Dejándome que te lleve. Hace frío y ni siquiera tienes un abrigo,por el amor de Dios. También verdad. Había perdido la sudadera en el alboroto de ser esposado. Perocomo todo lo demás acerca de él, eso no era problema de ella. Cuando ella se dio la vuelta, como si la decisión hubiera sido tomada, él mirófijamente a los complicados remolinos del pelo. No podía ver ningún alfiler ni nada,y aún así no parecía cubierto de laca. Magia, pensó. Sin ser consciente de ello, estiró y levantó la mano rota como si fuera a tocarle lanuca. Aunque se detuvo a tiempo. Y se fue poco después, escabulléndose sin hacer ruido por el hueco de la escalera. La cual tenía una disposición cuadrada abierta. Perfecto. No hizo ningún ruido mientras arrojaba su cuerpo sobre la barandilla y se dejabacaer dos pisos más abajo, agarrándose justo a tiempo y luego balanceando su torsopor encima. Aterrizó agachado en silencio y no esperó ni un segundo antes de cubrirel último conjunto de escalones con un salto y golpear la salida. Mientras irrumpíalibre al frío viento de abril, hizo cagarse de miedo a los fumadores que había en lapuerta antes de dejarlos en el polvo de su estela. Echando a correr, el camino le llevó a través de un oscuro laberinto de edificios yluego por delante de todas las joyerías, así como los apartamentos de Macy y Filene.La hora punta significaba que las calles estaban llenas de profesionales expulsadosdel Distrito Financiero, todos ellos llenando las paradas del metro o corriendo como ~55~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2hormigas a través del parque. Afortunadamente, había menos tráfico a pie enChinatown, aunque más coches, lo que mejoraba su tiempo. Mientras luchaba por hacerse sitio, el esfuerzo ayudó con el hecho de que no teníanada más que una camisa sin mangas, aunque el frío húmedo en el aire evitara quelos moratones y el corte en la frente latieran demasiado. Cuando llegó al bloquedonde vivía, estaba casi decepcionado por tener que ir más despacio, el ejercicio erabueno para calmar su mente y expulsar los traumas. Acercándose por detrás a la casa de tres pisos, zigzagueó en los patiosabandonados de los vecinos y se paró a diez metros de la puerta trasera. Las lucesestaban encendidas en el cuarto de la dueña y en el segundo piso, pero todo estabaapagado en su nivel. Cuando estuvo razonablemente seguro de que no le habían seguido, se agachó yrecogió una piedra. Permaneciendo en las sombras, se acercó, echó hacia atrás lamano, lanzó y golpeó la cabeza oscilante de la bombilla sin lámpara que habíaencima de la escalinata y puso la luz exterior a dormir. Isaac esperó, agachado en tensión donde estaba: la velocidad era a menudo suamiga, pero ese no era siempre el caso. A veces ir despacio era la única razón por laque te despertabas a la mañana siguiente. Escaleras abajo, una sombra se levantó y pasó de ventana en ventana, luego hizoun viaje de vuelta al parpadeo de la televisión. No eran buenas noticias, pero no unasorpresa. La señora Mulcahy nunca abandonaba su sitio excepto para conseguircomida, y era la clase de propietario molesto que le hacía considerar los beneficios delos bancos del parque. Esta noche, sin embargo, ella no era la razón por la que semovía furtivamente en su propia casa: eran malditamente buenas las oportunidadesde que con su nombre en el sistema penal, su dirección hubiera sido pinchada por lasXOps y eso significaba que esta localización ya no era segura. Tenía que entrar y salir de allí rápidamente. Diez minutos más tarde, estaba sobre los escalones traseros. Llave en la cerradura.Subiendo como un fantasma las escaleras. Y en su camino por el último piso, evitó los escalones que crujían, lo que eliminabatres de cada cuatro de los bastardos. La puerta de su piso se abrió sin un sonido porque había engrasado las bisagras lanoche que se había mudado, y con un giro rápido echó el cerrojo, encerrándosedentro. Una escucha rápida le dijo que no había más sonidos que los de la televisiónde abajo, pero permaneció donde estaba durante un minuto y medio para estarseguro. Cuando no hubo nada fuera de su sitio que pudiera presentir, se puso en marcha. ~56~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 El relámpago era la velocidad. El susurro tranquilo el camino. Fuera de la cocina. En el cuarto delantero. Le llevó un vistazo a sus cosas saber que Grier lo había revuelto, el cambio en lapila de ropa era tan sutil que sólo él lo notaría, pero el sistema de doblar que habíadesarrollado estaba diseñado precisamente para ese propósito. Se puso la sudadera que utilizaba como almohada, resbaló sus dos cuarenta en losbolsillos centrales delanteros y se calzó las botas de combate. Munición, cuchillo decaza y teléfono móvil fueron a sus pantalones, y luego se puso la cazadora negra queera todo lo que tenía, un abrigo acertado. De vuelta al dormitorio. En el armario. Había habido veintisiete mil ochocientos cincuenta y tres dólares en su escondrijo,así que debía tener un poco de sobra después de la fianza. Tiró del panel y alcanzó… —Joder. No tenía que abrir la bolsa del Star Market y contar, por el peso, sabía que Grier nohabía cogido ni un dólar de los rollos de billetes de cien y veinte o del montónabandonado sin atar. Pero había estado aquí… Matthias habría cogido las armas para hacerle menospeligroso. Y esperado por ahí para dispararle en la cabeza. Mierda... la mierda del metálico intacto significaba que o había algún fiadorimplicado... o que ella había puesto la fianza con su propio dinero. Y cuando él habíasido procesado, no hubo revelaciones sobre terceros enviando benjamines. Así debíahaberlo hecho. Maldita sea. Entrando en acción, tomó la bolsa y reemplazó la sección de tablero. Luego fue porlas ventanas y puertas, extrayendo los receptores con su cuchillo y metiéndose lasplacas de metal en los bolsillos. No más de tres minutos más tarde, salió del modoque había entrado: por la parte de atrás y tan silencioso como el humo. Los quinientos dólares que dejó en el mostrador de la cocina iban a tener quecubrir el hecho de que estaba rompiendo el contrato de arrendamiento, y la señoraMulcahy tendría que figurarse que los había dejado cuando no hubiera signo de éldespués de un par de días. Cuanto menos contacto con él, más seguro para ella. Lo mismo con su abogada. Dios, maldita sea. ~57~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Abajo, en el patio de atrás, los sentidos de Isaac estaban muy afilados mientras sedeslizaba por un lateral de la casa de apartamentos y volvía correr. No ralentizó suritmo hasta que estuvo a un par de kilómetros. Agachado en un callejón, la llamadaque hizo fue contestada al segundo timbrazo: —Sí. —Soy Rothe. El promotor de combates se animó enseguida. —Jesucristo, oí que estabas en la cárcel. Escucha, no puedo ponerte la fianza… —Estoy fuera. ¿Luchamos esta noche? —¡Mierda, sí! Íbamos a tener que mudarnos de esa ubicación de todos modos.Esto es impresionante. ¿Cómo lo has hecho? —¿Cuál es la dirección y cómo llego? La dirección estaba a unos diez kilómetros en un pueblo llamado Malden, lo quetenía sentido, los polis de Southie estaban obviamente en contra de tener combates ensu césped. Y era un misterio cómo el promotor no había sido arrestado. A menos, porsupuesto, que fuera él quien hubiera dado el chivatazo y escapado a tiempo. Nunca conocías a la gente de esa clase. Después de que Isaac colgara, su siguiente movimiento fue buscar unamarquesina de autobús con un horario. Cuando el monolito diez ruedas correctorodó hacia delante lentamente, lo abordó y se sentó al lado de la ventana de salida deemergencia. Mientras miraba fijamente a los apartamentos, negocios y edificios que pasaban,quiso aullar. Había salido de XOps porque encontró su conciencia, y eso significaba que nopodría fugarse con Grier Childe habiéndole cubierto hasta ese punto. Ella parecíarica, pero veinticinco de los grandes era mucho dinero en efectivo por más que lovalieras. Joder, no se habría sentido cómodo ni siquiera con un fiador anónimo defianzas comiéndose esa cifra. ¿Pero la mujer elegante a la que había mentido? ¿Yenviado a un recado sucio? No. No iba a dejarla en la estacada. Y no iba a complicarlo todo. * * Dos horas después de dejar la cárcel sin su cliente y sin ninguna pista de a dóndehabía ido, Grier estaba en medio de una fiesta llena de gente que podría decirse que ~58~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2eran de su tribu. Todos eran viejas fortunas de Boston y compartían antepasadoscomunes en el Mayflower. Dios, les amaba, pero algunos de esas sangres azules eran lo bastante viejos parahaber venido en aquel mismo barco. Sin embargo, su mente no estaba en esta sala de baile en el Four Seasons. O en elhombre que tenía delante que hablaba con ella acerca de... ¿para qué era esta fiesta?¿El Museo de Bellas Artes o el ballet? Echó un vistazo a las pancartas que habían colgado. Reproducciones de Degas. Loque no ayudaba necesariamente a responder a eso: todos esos tutús borrosos podíanencajar en cualquier categoría. Mientras la pajarita delante de ella seguía charlando, ella no estaba en laconversación. Su mente estaba atascada en ese pasillo del palacio de justicia... cuandose había girado desde los ascensores y se había encontrado sola. Ni siquiera había oído a Isaac moverse, mucho menos marcharse. Un momentoestaba detrás de ella; al siguiente no había nada más que aire donde había estado.Cómo alguien de ese tamaño podía lograr desaparecer de esa manera era asombroso. Por supuesto, no había que ser un genio para figurarse que había salido por elhueco de la escalera de atrás, así que ella abrió de un golpe la puerta contra incendiosy salió detrás de él, quitándose los zapatos de tacón y corriendo con los piesenfundados en medias. Bajó las escaleras, empujó la puerta de salida y echó unvistazo a un tipo que estaba encendiendo un cigarrillo. Cuando le preguntó si habíavisto salir a un hombre grande, éste solo se encogió de hombros, sopló una nubeblanca lechosa al aire y se alejó. Después de ponerse los stilettos, había ido al parking subterráneo, entrado en sucoche y conducido al apartamento de su cliente otra vez. No había luces en el piso dearriba, pero no las esperaba tampoco. El último lugar al que alguien iría corriendoera a la dirección que le había dado a la policía. Había sabido que era un cliente con riesgo de fuga. Con lo que no había contadoera que fuera como la exhalación del fumador en la brisa, yéndose tan rápidamentecomo había aparecido. Regresando al presente, Grier puso el Chardonnay tibio en la bandeja de uncamarero que pasaba, justo cuando su teléfono comenzaba a vibrar contra la cadera. Excusándose, se escabulló al pasillo. —¿Hola? —Hola, zeñorita Childe. ¿Cómo está? —Esperando jadeantemente tu llamada, Louie, así estoy. ~59~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Oh, ahora eso es dulce. Eres una mujer buena. —Louie dejó caer la rutina afabley fue al grano—. No te va a gustar lo que tengo que contarte. ¿Por qué no estoy sorprendida? pensó. —Vamos a ello, entonces. —Es un fantasma. Ningún desacuerdo allí. Aún así, teniendo en cuenta que últimamente charlabacon su hermano muerto, los fantasmas podían ser reales. —Parecía bastante corpóreo cuando estuve sentada al otro lado de la mesa con él. —Bien, el Isaac Rothe que he podido localizar murió hará unos cinco años.Mississippi abajo. Fue encontrado muerto en una zanja de una granja de ganado, ytenía diecinueve en aquel momento. Los artículos periodísticos que he leído decíanque estaba tan apaleado que no fue posible reconocerlo, pero la foto de él mientrasestaba vivo que saqué de la esquela encaja con la foto para las fichas tomada en lacomisaría ayer noche. Es el mismo tipo. —Jesús... —No es por nada, pero el trabajo de desaparecer fue caro y de gran alcance.Quiero decir que, ¿para que él haya durado tanto tiempo encubierto? Seguro, puedeshacerlo, este es un gran país y todo eso, pero tienes que tener cuidado, porque haymuchas bases de datos centrales. No ha estado utilizando su propio número de laseguridad social, que es diferente del que tenía con el nombre originalmente, así quepodría formar parte de cómo ha permanecido fuera del sistema. Pero mi sensación esque sabe lo que está haciendo. Y tiene algún respaldo serio. —¿Qué clase de respaldo serio? —Te daré dos iniciales: U y S. —¿Apellido "gobierno"? —Iba con el Tío Sam, pero sí, eso encaja. —Sin embargo, no lo pillo. Si quería permanecer perdido, ¿por qué mantuvo supropio nombre? Compras una nueva identidad, que generalmente viene con unprincipio y final diferente, ¿verdad? —Tendrías que preguntarle a él por qué. Pero lo primero que viene a mi mente esque nunca esperaba ser encontrado. Y te diré esto... ten cuidado con él. Ese cuerpo dela zanja en Mississippi no llegó allí por casualidad. Apostaría mi anticipo al hecho deque alguien mató a un chico blanco que se parecía lo bastante a él como para meterloen un ataúd cerrado y adivina qué: tu cliente todavía respira. Así que el HDP podríaser un asesino. ~60~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Grier cerró los ojos. Genial. Esto sólo se estaba poniendo mejor: no sólo le habíapagado la fianza a un tipo con riesgo de fuga que se había ido corriendo, sino a unhombre que quizás había matado a alguien y falsificado su propia muerte. Cortés y amable, mi culo, pensó ella, preguntándose cómo coño alguien como ella,que había pasado su graduación con diecinueve con summa cum laude, se las habíaarreglado para ser tan estúpida. En ese momento, la multitud se separó para revelar a Daniel con esmoquinrepantigado cerca de uno de esos Degas. Mientras brindaba con ella con una copaaflautada de champán, su guapa cara estaba empapelada con un te-lo-dije. El hijo de puta muerto tenía razón. Aunque hubieran pasado dos años, ellatodavía estaba realizando alguna clase de resucitación cardiopulmonar en él:desesperada por devolverle la vida, estaba atrapada en los dramas de otras personas,ese impulso de entrar y ayudar a veces era lo único que la hacía seguir. —¿Estás bien, chica? Agarró el móvil más fuerte y se preguntó qué diría el Investigador Privado sisupiera que estaba mirando en los ojos llenos de conocimiento a su difunto hermano. —No mucho, Louie. —¿Él te ha camelado? —Me he camelado a mí misma. —Bien, tengo otro pedazo de información para ti, aunque no estoy seguro dequerer dártelo. Suena como si estuvieras demasiado metida ya. Preparándose, murmuró: —Cuéntame. También puedo saberlo todo. ~61~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 8 Cesped Norte, el Cielo. Cielo Muy alto sobre la tierra, en el reino celestial, el arcángel Nigel cruzó a zancadaspor el verde césped, las manos cruzadas tras la espalda, la cabeza baja, los ojos rectoshacia delante. Sus pantalones blancos de críquet no habían sido puestos para darlesel uso adecuado, su fallo de concentración le convirtió en un penoso contrincantecontra las prodigiosas habilidades del arcángel Colin con un mazo. De hecho, las bolas de Nigel habían estado rodando aquí y allá, yendo a todaspartes menos a través de los portillos. Al final, había dejado de fingir. No valía para enfocar su mente en nada excepto enaquello que lo irritaba, así que y por lo tanto, era inservible, a no ser que fuera paradeambular y rumiar. Mierda, las reglas tenían que ser seguidas. Eso era porque enuna contienda de ingenio y artimaña, se convenían antes de que el juego comenzara,de manera que no hubiera cuestiones o errores debidos a tergiversaciones a mitaddel juego. Oponentes equilibrados y parámetros bien definidos. Y en el caso a mano, a saber aquello del futuro de la humanidad, el primer criteriocumplía bastante con lo acordado. Su lado y el del demonio Devina eran iguales enfuerzas, debilidades y foco de atención. Muy especialmente con la parte del foco de atención, cuando a ambos “equipos”les quedó claro cuan altas eran las apuestas. Todo el futuro del mundo colgaba de labalanza, la paciencia del gran Creador había sido probada sobre un prolongado y noconcluyente curso de conflicto entre el bien y el mal en el planeta de abajo. Apenassemanas antes, se había declarado desde lo alto que habría siete últimasoportunidades para prevalecer y tras una mayoría simple, el dominio sería delganador no sólo sobre el mundo físico sino también sobre los bucólicos Cielos y lassalvajes profundidades del Infierno Nigel estaba a cargo de la parte “buena”. Devina capitaneaba a los “malos”. Y aquel calumnioso demonio estaba haciendo trampas. ~62~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Las reglas del juego proveían que Nigel y Devina iban a elegir las almas “enjuego” y luego se sentarían y observarían a Jim Heron interactuar y dirigir el cursode los acontecimientos hasta que la resolución fuera bien la redención o lacondenación. Siete oportunidades. Y la primera se había resuelto a favor de Nigel. Las otras seis serían conducidas en la verdadera arena. Y en el curso de losacontecimientos, Nigel y Devina habían permitido un cierto grado de“entrenamiento”, como Nigel había ganado la moneda lanzada, se le había permitidoaproximarse primero a Jim y para que la paridad fuera preservada, a Devina le habíasido permitido igualmente interactuar con el hombre… Pero ahora se suponía queestaban fuera del campo y en las líneas de banda para la mayor parte del juego, coninteracciones limitadas al ocasional tiempo muerto y finales de partida, pararecapitular por quien hubiera sido la parte ganadora Sin embargo, Devina estaba allí abajo. Allí abajo y haciendo tonterías. —Tú también interferiste. Nigel se detuvo, pero no se volvió para enfrentar a Colin. —Mi querido muchacho, jódete tú mismo. La risa de Colin era profunda y por una vez carecía de sarcasmo. —Ah, aquí está el muchacho que conocemos y amamos. Me preguntaba dónde tehabías ido, dado lo mal que has jugado. Dándole la espalda a su mejor compañero, Nigel miró fijamente a través delcésped y los altos muros del Castillo de la Casa de las Almas. Más allá de la inmensafortificación de piedra, en una mansión infinita de magnifico mobiliario y relajadosequipos, estaban las luces vivas de aquellos que se habían provisto a sí mismos denaturalezas buenas y magnificas durante su tiempo en la Tierra. Si los ángeles no prevalecían, todos aquellos que tanto habían merecido lo quetenían ahora estarían perdidos en los abismos del Infierno. Como todos los demás…incluidos él mismo y sus tres asociados. —Adrian y Edward no estaban en las reglas —señaló Colin. —Ellos aceptan la dirección de Jim. Es un punto de vista muy diferente de lo queella está haciendo. —Concedido. Pero nosotros no estamos no representados allí abajo. —Ella está tonteando con las bases del conflicto. —Estás realmente sorprendido —el tono de Colin, siempre agudo, se volviómortífero—. Hemos batallado con ella demasiado tiempo como para no ser ~63~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2conscientes de su duplicidad. Quizás por eso el Creador le permite seguir connuestros dos emisarios. —Quizás también el Creador desea que ganemos. Nigel se obligó a empezar a caminar de Nuevo y sus ojos no pudieron apartarsedel Puente sobre el foso y la sólida entrada a la mansión. La vista del enorme ycerrado portal, del que solo él tenía la llave metafísica, lo tranquilizó, perodesafortunadamente no por una buena razón. Las almas estaban seguras sólo siaquellas contiendas eran ganadas. —¿Vas a tomar más acciones? —preguntó Colin mientras tomaban un gran recodosobre el césped y se encaminaban hacia la mesa sobre la que se había dispuesto el té. —¿Cómo podría? —¿Estás dispuesto a arriesgarte a perder solo por ser honesto? Nigel saludó a Bertie y Byron que estaban sentados en la distancia frente a unatetera y un carrusel de delgados sándwiches. Como era apropiado, no habían vertidoni comido y no lo harían hasta que las otras dos sillas de la mesa estuvieranocupadas. Mientras, Tarquei, el amado lebrel irlandés de Bertie, estaba acurrucadoen un asiento al lado del arcángel, la gran bestia miraba fijamente hacia Colin yNigel, sus sabios y tranquilos ojos no se perdían nada. Nigel se entretuvo con su pañuelo. —Victoria y fraude son incompatibles. Y Adrian y Edward son de tu idea. No sépor qué lo estoy permitiendo. Colin maldijo, su aristocrática entonación añadía precisas aristas a las traviesaspalabras. —Sabes condenadamente bien que no tendremos una sangrienta oportunidad amenos que también forcemos las normas. Que es por lo que lo estás consintiendo. La forma de replicar de Nigel no fue sino un sonido de tos, señalando que laconversación estaba acabada y terminada. Y a su indicación, ambos fueron a la mesaque estaba dispuesta a su voluntad y desaparecería de la misma forma. Nigel, así como los otros, no vivía ni respiraba, simplemente era. Y la comida eraigual, ni necesaria ni existente, como lo era el campo y todo lo que los cuatro hacíanpara pasar su eternidad. Pero los adornos de una vida refinada tenían su valor. De hecho, las dependencias que compartía con Colin estaban bien equipadas y losdescansos que tomaban allí dentro no eran por ninguna necesidad de sueño, sinopara recargarse de una forma diferente. La Guerra era agotadora, sus quemaduras nunca acababan y a veces, unonecesitaba socorro físico. ~64~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Mientras Nigel ocupaba su lugar en la mesa, reagrupó sus fuerzas y reasumió elmanto de la jefatura mientras Byron sonreía y servía. Delante de los otros dos, él erasiempre quien tenía que ser. Colin, sin embargo, era diferente… aunque solo cuandoestaban solos. Nunca cuando había otros presentes. Mientras levantaba su maravillosa taza de porcelana china del platillo, elperfumado vapor del Earl Grey flotó hasta su nariz y se preocupó bajo su calmadoexterior. No podían arriesgarse a perder siquiera una de las contiendas, pero un caballerono jugaba sucio. Él tenía sus estándares de astucia en el juego. Maldición. ~65~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 9 A las afueras de Boston, en el suburbio de Malden, Jim, Adrian y Eddie no erannada más que sombras en la densa oscuridad, mientras se acercaban a un bloque deoficinas a medio terminar. La estructura formaba parte de un desarrollo enmarañadoy abandonado que tenía quince o más máquinas de dragar… y ni una sola de ellasestaba en uso o ni siquiera entero. Lo que sugería que la cuenta bancaria delfinanciero-propietario sangraba mortalmente. Asumiendo que no se hubiera atado él mismo una etiqueta en el pie con el papeleodel capítulo 7 y saltado en una tumba en liquidación. La unidad que habían venido a ver tenía un círculo de césped que cortaba elbosque, parcialmente pelado, de atrás; los tres permanecieron entre los árbolesmientras vigilaban la distribución. El esqueleto de cinco pisos estaba levantado ysellado con ventanas de cristales de color ciruela, pero no había luces dentro y nadaexcepto la tierra apisonada del parking en la parte trasera. El lugar estaba totalmente abandonado. Bien, por visitantes lícitos, si lo estaba. Los intrusos ilegales entraban a raudales, sus coches y camiones formaban una filasorprendentemente ordenada bastante cerca de donde estaban Jim y sus chicos. Parecía que la información del bombero en el gimnasio había sido sólida. —Sabes —dijo Adrian—, podría entrar en el ring. Lanzar algunos puñetazos.Quizá un humano o dos. Jim sacudió la cabeza. —No creo que necesitemos eso en este momento. —En una vida anterior, ¿eras un par de frenos? —Intenta con un muro de ladrillos. Vamos, bajemos ahí. Mezclándose entre los otros hombres que se dirigían a la entrada trasera, Jimbuscó a Isaac, ante la improbable circunstancia de que el tipo hubiera salido de lacárcel y todavía quisiera luchar. Pero más significativamente, estaba alerta en busca ~66~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2de alguien que pareciera un soldado: duro, sin expresión, y que estuviera allí parahacer un trabajo en vez de ser un espectador del juego. Estaba detrás del que se suponía iba a matar a Isaac. De acuerdo al modo en que funcionaba el equipo de Operaciones Especiales, seríaalguien con el que ambos habían trabajado: dada la cantidad de investigación,instrucción y terreno de pruebas que tenías que atravesar para entrar en el equipo,había un grupo limitado de tipos que lo hacían, y a los nuevos reclutas les llevabaaños desarrollarse. Jim sólo había estado fuera unos seis meses; iba a reconocer alasesino. Y también Isaac. —Vosotros tíos, entrad —dijo a sus chicos mientras se acercaban a una puertaabierta, sostenida por un bloque—. Voy a moverme por aquí. Hacedme saber si veisa Rothe. Pero apostaría a que no le verían. Si el soldado estaba aquí, estaría oculto en algúnlugar escudriñando quien había venido antes de darse a conocer. Después de todo,no hacía falta ser un genio para saber que ser fichado por la policía era el equivalentea clavar una bandera roja en tu culo. Razón por la cual en algunos aspectos, interceptar al asesino era aún másimportante que toparse con Isaac. Mientras Eddie y Ad se deslizaban por la puerta contra incendios, Jim se quedóatrás para pararse al abrigo del edificio. Era una costumbre más que una necesidad,nadie le podría ver. Otra ventaja de ser un ángel: poder escoger cuando ser visible para los mortales. Encendiendo un Marlboro que mantuvo tan oculto como la chaqueta de cuero ysus botas de combate, rastreó a la multitud mientras entraban en fila. La galería deperdedores de esta noche estaba compuesta por Joes estándar: muchas panzascerveceras de los equipos universitarios, que en otros cinco años hubieran sidocampeones del estado. Sólo tenían gorras de los Patriots y los Red Sox. Un par desudaderas del Chelmsford High School. Cuando la afluencia se convirtió en un goteo, estaba listo para maldecir. Quizádebería haberse infiltrado en la maldita cárcel, aunque eso hubiera sido complicado.Muchos ojos, y aunque pudiera llevar a cabo el no-estoy-allí, ¿y si tenía que matar aalguien o salvar a alguien? Tendría a algún esquizofrénico por audiencia yprobablemente aparecería en un borroso artículo “¡Los alienígenas existen!” en elNational Enquirer… Un hombre solitario surgió del anillo de árboles. Era inmenso y la cazadora negraque llevaba no hacía absolutamente nada para empequeñecer el tamaño de esos ~67~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2hombros. Mientras se acercaba, caminaba como el soldado que había sido entrenadoa ser, columpiando su mirada alrededor y manteniendo ambas manos en losbolsillos, probablemente agarrando una o quizá dos armas. —Hola, Isaac... Tan pronto como el nombre dejó los labios, Jim fue golpeado por un tirónpoderoso e ineludible que convirtió al hombre no sólo en un objetivo sino en undestino. El plan original había sido encontrar al tipo y arrojarlo a un avión para sacarlo delpaís con algunos recursos, para ayudarle en su camino Ahora, sin embargo, se daba cuenta de que debía hacer más que eso. Anotando el cambio radical al ver a Rothe por primera vez desde aquella noche enel desierto, Jim no corrió hacia el tío gritando su nombre ni haciendo nada queasustara al cabrón. En vez de eso, convocó algo de luz para sí mismo, haciéndolavenir desde la oscuridad agitando las moléculas en torno a su cuerpo. Se aseguró de que sus manos estuvieran levantadas y las palmas vacías. Y queIsaac fuera el único que le viera. La cabeza de Isaac se movió bruscamente. Y un arma de aspecto feo salió de esacazadora. Jim no se movió y sacudió la cabeza, el signo universal para "no estoy aquí paradispararte en el culo”. Cuando Isaac por fin avanzó, no corrió ningún riesgo. Mientras se adelantaba,sacó otra arma del bolsillo para que colgara con discreción a un lado. Ambas armastenían silenciadores y se mezclaban con sus pantalones negros de deporte. Por un momento, los dos se miraron fijamente como un par de idiotas, y Jim tuvoel impulso absurdo de abrazarse al cabronazo, aunque lo sofocó rápidamente. Uno,no había razón para ser maricón. Y dos, eso probablemente le ganaría un disparo abocajarro: los soldados de XOps no se rozan, a menos que planearan matar a alguien. —Hola —dijo Jim con rudeza. Isaac carraspeó. Dos veces. —¿Qué estás haciendo aquí? —Solo paseando. Pensaba llevarte a cenar. Eso consiguió una sonrisa lenta, de la clase que olía a pasado. —¿Un pago? ~68~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Sí. —Los ojos de Jim trazaron el terreno trasero y vieron sólo un par derezagados—. Puedes llamarlo así. —Pensaba que estabas fuera. —Lo estoy. —Entonces… —Cuando Jim no contestó inmediatamente, los ojos helados del tipose volvieron sagaces—. Te ha enviado a matarme. —Necesitaba un favor y fue caro. —¿Entonces por qué estamos hablando? —Ya no acepto órdenes de Matthias. Isaac frunció el entrecejo. —Culo estúpido. Ahora también te cazará. A menos que me vueles la cabezaahora mismo. Jim se puso el cigarrillo entre los dientes y extendió las palmas. —Estoy desarmado. Regístrame. No fue nada sorprendente que Isaac hiciera desaparecer una de sus armas y con lamano libre registrara rápidamente a Jim. Ese ceño que arrugaba la frente del tipo se volvió más profundo. —¿En qué coño estás pensando? —¿En este momento? Pues… veamos, que no deberías estar luchando ahí dentro,para empezar. Después de todo, asumo que no estás aquí como parte del conjunto depalomitas de maíz y chocolatinas. En vez de eso, quiero que vengas conmigo y medejes ayudarte a salir del país sin peligro. La voz de Isaac era vieja cuando sacudió la cabeza. —Sabes que no puedo fiarme de ti. Lo siento, tío. Pero no puedo. Joder. La última línea, aunque no podías criticar el razonamiento: En OperacionesEspeciales, incluso cuando tenías una misión con tus compadres, era cada hombrepara sí mismo. ¿Decidías abandonar las conspiraciones? Si eras listo, no ponías tuvida ni tu fe en las manos de tu propia madre. Jim dio una calada y se concentró en la cara del otro hombre, sintiendo que el calorque le viajaba por el pecho se volvía más caliente. Era difícil explicar el "por qué" deello... pero no podía sacárselo ahora que había encontrado a Isaac. Incluso si esocomprometiera su batalla con Devina. Incluso si Isaac no deseara su ayuda. Incluso sieso le ponía a él mismo en peligro. ~69~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Isaac Rothe tenía que ser salvado. —Lo siento. —Se oyó decir—. Pero debo ayudarte. Y tú me lo permitirás. Los ojos del otro hombre se entrecerraron. —¿Perdona? Jim echó un vistazo a la puerta. Adrian y Eddie habían reaparecido y... los dosestaban mirando como si se supusiera que todo eso tenía que suceder. Como sihubieran sabido todo el tiempo que Isaac aparecería por aquí. Y Jim hablaría con eltipo. Y... Con una inclinación rápida de la cabeza, Jim miró al cielo oscuro y pensó en cómohabía ido su primera misión: ninguna coincidencia en cualquiera de la cadena deacontecimientos. Todos y todo con lo que se había topado había estado tejido con sutarea. Y caramba, caramba, mira tú por dónde, no era difícil imaginar que Matthiasjugaba en el equipo de Devina. El tipo había hecho el mal dondequiera que fuera,perpetrando actos de violencia y engaño que habían conformado el mundo a escalamundial, así como alterado vidas privadas para siempre. Jim se volvió a concentrar en Isaac. Quizá estar tan malditamente comprometidocon este soldado ASP no era sólo una página suelta de su pasado… joder, Nigel, sunuevo jefe, no había parecido una persona de trato fácil en lo más mínimo, y aún asíel arcángel se había rendido en el instante que Jim había anunciado que iba a ir trasIsaac: no era la clase de cosas que hacías si eras el capitán del equipo y tu quarterbackempezaba a correr a tu propia línea de portería. Exactamente el tipo de cosas que hacías si tu chico estaba justo donde querías queestuviera. Joder, joder… Isaac era su siguiente misión. Tío, esa mierda que había volcado sobre su propio cadáver en la funeraria iba aresultar un golpe de genio. —Me necesitarás —pronunció. —Puedo cuidar de mi mismo. Mientras Isaac se marchaba, Jim le enganchó el brazo. —Sabes que no puedes hacer esto sólo. No seas imbécil. Hubo un largo momento. —Qué estás pensando, Jim. —Los ojos pálidos del tipo estaban angustiados—.Estabas fuera. Eras libre. Fuiste el único que escapó. ¿Por qué volverías a ese lugarhorrible? ~70~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Jim se dirigió con una lógica que el otro hombre podría creer y algo que eratambién la verdad; sólo que no la única. —Te lo debo. Lo sabes. Te lo debo por esa noche. * * Jim Heron estaba exactamente como Isaac le recordaba: grande, en buena forma ynada más que negocios. Los ojos azules eran los mismos, el pelo rubio estaba casitodo en su sitio, la cara recién rasurada fresca como siempre. Tenía incluso unMarlboro encendido en la mano. Pero había algo un poco diferente, alguna clase de vibración que era… distinta,aunque no del modo malo. Quizá el bastardo afortunado había llegado a dormir realmente de noche, encontra a mantener un arma en la palma y despertar con cada sonido. Dios, cuando había oído que Heron se había retirado de las OperacionesEspeciales, nunca había esperado ver al hombre otra vez, bien porque Matthias serepensara la tarjeta de a otra cosa mariposa y pusiera una bala en su cabezota oporque Jim permaneciera sabiamente alejado de cualquiera y cualquier cosa quetuviera que ver con su anterior vida. Pero aquí estaba. Mientras Isaac miraba a los ojos del tipo, se encontró creyendo, tanto como podía,que Heron había venido a ayudarle a causa de esa deuda creada en la tierra de arenay sol. Además, si el HDP hubiera querido a Isaac muerto, eso habría sucedido muchotiempo antes de que algo de esta conversación hubiera empezado a rodar. —Si hubiera venido a matarte —murmuró Jim—, ya estarías en el suelo. Bingo. —Vale —dijo Isaac—. Sostén mi mierda mientras lucho. Podemos comenzar porahí. Bien, eso no gritaba joder-no a la cara del tipo. —No puedes entrar en ese ring. Entre el folleto que vi y el arresto, muy bienpodrías tener un GPS dentro del culo. —Necesito el dinero. —Tengo efectivo. Isaac echó un vistazo a la salida y se dio cuenta de que había dos hombres grandesal lado de la puerta. Cuando levantaron las manos a modo de saludo, preguntó: —¿Están contigo? ~71~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Jim pareció sorprendido. —Eh, sí. Lo están. —¿Comenzando tu propio equipo? ¿Vas por libre? —Se podría decir eso. Pero hablábamos de ti y cómo no vas a luchar. Para cabrearle con eso. No estaba aguijoneado por la abogada y los veinticinco delos grandes, y los dos mil dólares que había dejado después de aquello no iban allevarle lejos. Y aunque Matthias podía enviar a un tipo al ring que podría matarledelante de cien testigos y aún así hacerlo parecer un accidente, ¿qué elección tenía?No era un caso de caridad para nadie —lo había aprendido hacía mucho tiempo— yno iba a estar en deuda con Jim tampoco, sólo para saldar una vieja cuenta. En diez minutos podría ganar otro grande o dos. Y si conseguía que el segundo almando de Matthias le acuchillara, el que apareció anoche, no importaba en realidad.Supo en el momento en que se largó del equipo que le esperaba un funeral, pero eracomo alguien con una enfermedad mortal: la curación por ASP era una perra yprobablemente le mataría, pero al menos estaba oponiendo resistencia y moriríasegún sus propios términos. ¿Quedarse en Operaciones Especiales? Mierda, estaba muerto aunque tuviera elcorazón latiendo. Estaba tan hueco en este punto que también podría estar en su tumba. —Voy a luchar —dijo—. Y te daré mi equipo para que lo sostengas mientras estoyen el octágono. Esa es toda la ayuda que aceptaré esta noche. Ninguna razón para decirle al tipo cuánto dinero había en la cazadora. Y Heron yasabía de las armas, pero estaba claro que no iba a utilizarlas. —Esto es un error inmenso. Isaac frunció el entrecejo. —Muchas personas te habrían dicho que dejaras a Matthias en aquel desierto paramorir, pero le trajiste de vuelta porque tenías que hacerlo… y no habrías permitidoque nadie te disuadiera de ello. Lo mismo aquí. O estás a bordo o te que quitas de micamino. Una maldición. Luego otra. Por último, Jim diouna última calada al cigarrillo yaplastó la colilla con el tacón de su bota de combate. —Bien. Pero intercederé, ¿está claro? Entra en el ring con el capullo equivocado ycierro el combate. —¿Por qué cojones vas a hacer eso? —dijo Isaac con voz ronca. —¿Por qué cojones saliste para encontrarte conmigo y Matthias aquella noche? ~72~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Los recuerdos de hacía dos años subieron a borbotones e Isaac regresó al desierto,de vuelta al momento cuando la radio cifrada había graznado y él la había cogido yoído la voz débil de Jim. Diez minutos fue todo lo que necesitó para hacer los arreglos: médico a su tienda,el puente aéreo esperando y el equipo de trauma sobre la frontera, boom, boom,boom. Y luego se sentó allí y esperó aproximadamente un minuto y medio. El Land Rover que había encontrado había estado aparcado con las llaves dentro eIsaac se había metido detrás del volante y marchado disparado. Lo que Jim no supofue que cuando Matthias y él se alejaban, Isaac se había quedado atrás mirando ladirección en la que se dirigían. Algo sobre el viaje a las dunas no le había parecido correcto: nadie iba a ningúnsitio sólo con Matthias. Era como pedirle a un paciente de ébola que te tosiera. Haciendo grandes barridos fuera del campamento, los había encontrado una horamás tarde a unos buenos ochos kilómetros de donde había comenzado: con sus gafasde visión nocturna, había apuntado a algo que se movía lentamente por una subida yteniendo en cuenta que los Trolls no existían en realidad, sólo pudo asumir que eraun hombre llevando a otro hombre a través de la arena. Mientras conducía hacia ellos, había pensado en cómo de graciosos son losdesiertos: como su contrario polar, el océano, de noche se fundían con el cielo en lalejanía y hasta que no tenías un punto de referencia, como un arbusto o un buque, ouna idea estúpida como la mierda salvadora de Jim, no tenías confirmación visual deque la tierra era de hecho redonda y no cuadrada. Y que el Cielo no estaba donde tú estabas. Había estado viajando sin faros y no los encendió. En vez de eso, agarró unacamiseta blanca y la sacó por la ventanilla, sabiendo que Jim la vería y con suerte nopensaría que era el enemigo. El cabrón había estado armado como un batallón detanque cuando salió del campamento. Isaac paró con cuidado, salió con ambas manos completamente visibles y permitióque Jim se acercara. El tío parecía exhausto, pero claro, había estado llevando el pesomuerto de Matthias en la espalda durante sólo Dios sabía cuántos kilómetros por lasarenas movedizas. No había sido una sorpresa que Jim hubiera brillado con la rutina del caballero-de-brillante-armadura, a pesar de la condición de su jefe, que era claramente crítica. Al pasar, Isaac había dicho. Pensaba llevarte a cenar. Con una sacudida, regresó a esta noche, aquí en... ¿dónde estaba? ¿Malden? Su voz tenía el mismo agotamiento que había tenido la de Jim en el camino devuelta. ~73~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No hagas que te maten por mí, ¿vale? Jim murmuró algo que sonaba como, un poco tarde para eso. Pero estaba claro queesas no habían sido las palabras. Forzando a volver la cabeza al juego, Isaac dejó el pasado y sus emociones en elpolvo, su concentración cambió al presente mientras se daba la vuelta y comenzaba aandar hacia la entrada al edificio. Cuando dio un paso al interior, Jim y los dos compañeros del tipo se apretaroncontra él y tuvo que preguntarse por qué Heron no llevaba un sombrero para ocultarla cara o algo para disfrazar quien era. Tonto hijo de puta. Consigue la libertad… sólopara regresar. Loco. Jodido chiflado. Pero él tenía sus propios problemas por los que preocuparse, y Dios sabía que Jimera un adulto y por lo tanto le permitía ser un imbécil en lo que se refería a su propiavida. Mientras Isaac iba hacia delante, el pasillo trasero del bloque de oficinasabandonado era una pista de obstáculos gracias a innumerables cubos vacíos decemento y miles de botellas medio vacías de Mountain Dew y Coca-Cola. Habíapasado un tiempo desde que alguien había levantado un dedo aquí, había polvo portodos los escombros. Estaba claro que el dinero se había acabado justo cuando la multitud dedestornilladores-y-llaves-.inglesas habían entrado: cables eléctricos desnudosserpenteaban a través del techo sin colgar, junto con conductos parcialmentecompletados de aire acondicionado, calefacción y tuberías. La iluminación venía delinternas a pilas colocadas cada metro y medio en el suelo y el aire era fresco al puntode ser frío. Por lo menos hasta que entraran en el inmenso vestíbulo del lugar. Apesar del techo de catedral, los cincuenta tipos o más arremolinados en el suelo decemento subían la temperatura gracias al calor corporal. No había duda de que este era un lugar perfecto para luchar: los arquitectoshabían planeado alguna clase de extravagancia de vidrio para la entrada principal,pero como tantas cosas más, no había sido completado. En vez de muchos cristalestransparentes enteros, había hojas de contrachapado clavadas en las vigas. Así las luces y la multitud estaban ocultas. El octágono había sido establecido en el centro del espacio, y tan pronto comoIsaac caminó entre la multitud, el vitoreo comenzó. Mientras los extraños legolpeaban en la espalda y le felicitaban por salir de la cárcel, los teléfonos móviles se ~74~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2encendieron y subieron a toda clase de oídos, la red iba hasta el pueblo, con noticiasde que él estaba bien para ir incluso después de la redada. El promotor fue corriendo hacia él. —¡Joder, ya se están volviendo locos! Esto mola… Bla, bla, bla. Isaac escudriñó las caras mientras iba a un rincón lejano y se instalaba a esperar.Cuando se Jim se inclinó con cuidado a su lado, se encontró diciendo: —Anoche apareció un viejo amigo nuestro. —¿Quién? —Y sabes qué —dijo Isaac en tono grave—, ha vuelto. Por encima de donde los gorilas estaban aceptando el dinero de juego y loshonorarios de los luchadores, el número dos de Matthias sacaba una cartera delbolsillo. Mientras el dinero cambiaba de mano, el tipo miró alrededor y sonrió comoun cocodrilo. Entonces señaló directamente al pecho de Isaac. —No vas a entrar en ese ring —espetó Jim, dando un paso al frente y bloqueandola línea de visión. Isaac miró fijamente por encima del pesado hombro de Heron, directamente a lacara del hombre que había sido enviado a matarlo. —Sí. Voy a entrar. ~75~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 10 Eran las diez pasadas cuando Grier aparcó su Audi a las afueras de Malden yapagó el motor. Había maniobrado el sedán por el terreno del aparcamiento para queestuviera frente a la salida y lejos de la mayoría de los otros coches, aunque no eracomo si el parking tuviera alguna salida señalizada o entrada o espacios. Mientras había conducido hacia la dirección que Louie le había dado por teléfono,no había estado segura de estar en el lugar correcto. El parque de oficinas habíaestado vacío desde que ella podía decirlo, la docena, más o menos, de edificios decinco pisos que descendían en espiral por la carretera principal como alumnosalineados para un recuento. Evidentemente, el desarrollo había sido pensado paracompañías de alta tecnología, por lo menos según la señal que leyó, PARQUETECNOLÓGICO MALDEN. En vez de eso, era un pueblo fantasma. Aunque Louie nunca la guiaba mal, había girado e ido a la parte trasera… yencontrado aproximadamente veinticinco camiones y coches detrás del edificio máslejano de la carretera principal. Tenía sentido. Si ella estuviera entrando sin permisoen un edificio para organizar combates ilegales, también se habría asegurado de quefuera tan oculto como fuera posible. Saliendo del coche, fue a la puerta contra incendios que se mantenía abierta por unladrillo y entró. El profundo gruñido de excitación de la multitud de hombres seredujo en el vestíbulo, la testosterona formaba una pared que prácticamente tuvo queempujar para atravesarla. Mientras se dirigía hacia el sonido, no estaba preocupadapor el cociente de idiotez, que claramente iba ser alto. Tenía un spray de pimienta enun bolsillo y un arma aturdidora en el otro: lo primero era legal en el estado deMassachusetts si tenías un permiso de armas válido y ella lo tenía. Lo último... bien,pagaría la multa de quinientos dólares, asumiendo que alguna vez tuviera queutilizar la cosa. Si podía entrar en una casa de crack en New Bedford a medianoche, podíamanejar esto. Mientras entraba a un atrio y echaba un vistazo a los muros de tela metálica demetro ochenta del octógono de los luchadores, fue bien consciente de que podríahaber llamado a los policías para que fueran al combate de esta noche, pero entonces ~76~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2Isaac, asumiendo que apareciera, habría sido arrestado otra vez o se habría largado.En cualquiera de los dos casos, ella podría no tener oportunidad de llegar hasta él. Suobjetivo era hacer que Isaac se detuviera y pensara lo suficiente para ver lo queestaba haciendo. Escapar nunca era la solución, y si ya estaba en esa ruta, tendría unaorden de arresto, más cargos contra él y el comienzo de antecedentes. Asumiendo que no tuviera ya: ese asesinato en Mississippi le preocupaba, peroera, como todo lo de Isaac, algo con lo que tenía que tratar la autoridad competente.Como su abogada defensora, tenía que intentar lograr que él se quedara y seenfrentara a las consecuencias de sus cargos actuales. Era lo correcto para lasociedad, lo correcto para él también. ¿Y si no podía lograr que viera la luz? Entonces iba a dimitir del caso y contar a lasautoridades todo lo que sabía de él. Incluyendo las armas y los detalles de esesistema de seguridad. No iba a convertirse en un accesorio para el crimen en supersecución de hacer lo correcto… Se congeló cuando vio a su cliente, se llevó la mano a la base de la garganta. Isaac Rothe estaba de pie solo en el rincón distante y, aunque las cadenas de lajaula les separaban, no había error en quien era… y no disminuía el efecto de él: erauna amenaza, su tamaño y la expresión dura de la cara convertía a los otros hombresen chicos. Y mientras que le sorprendió su cortesía, allá en la cárcel, ahora tenía unaimagen verdadera de quien era. El hombre era un asesino. Su corazón latió rápidamente, pero no vaciló. Estaba aquí para hacer un trabajo dealguna manera y maldita sea, iba a hablar con él. Justo cuando daba un paso adelante, un tipo zalamero con dientes de oro se subiópor un lado de la jaula haciendo el tonto. —Y ahora... ¡lo que estabais esperando! Isaac se quitó la sudadera y sus botas de combate, las dejó en el suelo y luegoentró en el ring, la barbilla baja, los ojos brillando bajo las cejas. La camisa se estirabaapretadamente a través de sus pectorales, y sus brazos estaban poderosamentetallados incluso mientras colgaban flojamente a los costados. Dirigiéndose alcombate, era todo músculo, hueso y venas, los hombros tan anchos que parecía quepudiera levantar el maldito edificio. Mientras trepaba por la jaula y aterrizaba con los pies desnudos dentro, el rugidode la multitud resonó en su cabeza como una campana y convirtió su espina dorsalen un conductor de adrenalina. Bajo el resplandor de las ocho linternas decampamento que colgaban de los postes de soporte, su cliente era parte gladiador,parte animal, un paquete mortal preparado para hacer aquello para lo queclaramente había sido entrenado. ~77~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Desafortunadamente, el adversario que se balanceó sobre la parte superior yaterrizó frente a él era casi un reflejo exacto de él: la misma brutal constitución,misma altura, mismo aspecto mortal, incluso vestía del mismo modo, su camiseta sinmangas mostraba bastante del tatuaje de una serpiente que serpenteaba por suhombro y cuello. Y mientras la audiencia gritaba y se acercaba, los dos se rodearonmutuamente, buscando una oportunidad, brazos, pechos y muslos tensos. Isaac fue primero, balanceó el cuerpo, disparó el pie y golpeó al otro hombre en unlado, con un golpe tan atroz que ella estuvo dispuesta a apostar que los antepasadosde su objetivo lo sintieron en sus tumbas. Todo sucedió tan rápidamente. Los dos cayeron en un ritmo de golpes y regates,sus camisetas sin mangas se humedecieron rápidamente alrededor del cuello y por laespalda, la luz amarilla cremosa de las lámparas daba la impresión de que luchabanen un anillo de fuego. Los contactos, cuando ocurrían, eran de la clase que sonabacomo cañonazos, impactos duros y resonantes que sobrevolaban a la multitudinquieta y ensordecedora. La sangre voló, por el corte en la cabeza de Isaac que sehabía vuelto a abrir rápidamente y luego de un corte en el labio del adversario. Aningún combatiente pareció importarle, pero los mirones lo adoraron como si fueranvampiros… Una mano sobre su culo le hizo girar la cabeza con brusquedad. Retrocediendo bruscamente, fulminó al tipo con la palma errante. —Perdone. Él pareció sorprendido por un momento, luego su mirada animada se estrechó. —Oye… ¿qué estás haciendo aquí? La pregunta fue hecha como si la hubiera reconocido. Por otro parte, él podría haber estado hablando con Santa Claus y aceptadoseriamente que estaba allí, su cara estaba resbaladiza por el sudor y la mitad estabaretorcida como si hubiera tenido un cortocircuito eléctrico en la mejilla. Obviamenteél estaba tanteando, y Dios sabía que ella era una experta en hacer ese diagnóstico. —Perdóneme —dijo, marchándose. Él la siguió. Con su suerte, el único idiota del lugar que estaba más interesado enligar con ella que en el combate que había venido a ver. La agarró del brazo, tirando en ella. —Te conozco… —Quítame las manos de… —Cuál es tu nombre… ~78~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Grier se soltó con brusquedad. —No es asunto tuyo. Él saltó sobre ella en el espacio entre un latido del corazón y el siguiente: el metrode distancia se convirtió bruscamente en cinco centímetros. —Eres jodidamente susceptible. ¿Te crees que eres mejor que yo, perra? Grier no movió el cuerpo, sino que sacó el arma aturdidora y deslizó la anilla deseguridad en su lugar. Poniendo el arma muy cerca de la parte delantera de losvaqueros del tío, espetó: —Si no te largas y te alejas de mí, voy a dispararte seiscientos veinticinco milvoltios a través de tus joyas. En tres. Uno… Dos... Antes de que se cumpliera el tiempo, él se arrastró hacia atrás y levantó las manostemblorosas. —No quería… sólo pensé que te conocía… Mientras él se alejaba, ella mantuvo la pistola aturdidora fuera y respiró hondo.Quizá lo había conocido durante sus búsquedas de Daniel, pero sin duda estaba locoy ella ya estaba en un buen lío. Centrándose otra vez en el ring, alzó la mirada. Justo a tiempo de ver a Isaac caer como una piedra. * * Luchar contra el segundo de Matthias era un placer. Isaac nunca se había fiado deltío ni le había gustado, y tener una oportunidad con el bastardo había sido unobjetivo profesional tácito. Ah, la ironía. Justo mientras estaba saliendo, tenía su oportunidad… ¡Zas! Mientras conectaban unos ganchos de derecha, la cosa de mierda era unaexcavadora, y atrapó a Isaac directamente en la mandíbula, echando hacia atrás elcráneo y causando toda clase de problemas: dado que el cerebro no era nada más queuna esponja floja en un globo de nieve, su asunto mental se malogró, golpeando portoda la casa de duro hueso y dejándole sin sentido y desequilibrado. Considerando todas las cosas, había estado más preocupado por un arma de lavariedad metálica, pero los nudillos funcionaron. Joder, funcionaron… Ese fue el último pensamiento que tuvo mientras el suelo del octágono subía asaludarlo, su hola-cómo-estás como el cohete del puño de su ex camarada. Lo bueno es que él era el Conejito Duracel. ~79~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Estuvo arriba un segundo después de caer redondo, aunque las piernas estabanentumecidas y flojas y su visión era como una televisión que necesitaba ajustar susbotones. Lanzándose, fue todo instinto y voluntad, prueba de que la mente podíahacer caso omiso de los receptores del dolor del cuerpo, por lo menos durante unratito. Agarró a su adversario por la cintura y lo llevó al suelo; entonces lo giró sobresu estómago y le desgarró el brazo hacia atrás, tirando de la cosa como si fuera unacuerda. Con un crack, algo falló e Isaac tuvo bruscamente que agarrarse para no caer. La multitud se volvió loca, toda clase de jodidos bien rebotando por el vestíbulomitad terminado hasta que un silbido estridente cortó el rugido. Al principio, asumióque el sonido era sólo una extensión del caos en su cabeza, pero entonces se diocuenta de que alguien había entrado en el ring. Era el promotor, y por una vez, lacara del bastardo estaba un poco pálida. —Se acabó —gritó mientras agarraba la muñeca de Isaac y la levantaba en el aire—. ¡Ganador! —Inclinándose, siseó—. Suéltale. Isaac no podía explicarse cuál era el problema del tipo… Finalmente los ojos enfocaron apropiadamente, y bien, ya sabes. El número dos deMatthias necesitaba una radiografía, escayola, y quizá un par de tornillos: el húmerosobresalía de la piel como un palo roto y manchado de sangre, el brazo roto y algomás. Isaac saltó y retrocedió contra las cadenas, el aliento bombeando dentro y fuera dela boca. Su adversario estuvo en pie casi igual de rápido y se sujetó la mano que caíapesadamente como si no tuviera nada más emocionante que una picadura de algúnbicho. Cuando sus miradas se encontraron y el tío sonrió de ese modo suyo, Isaacpensó... mierda, este combate no había sido nada más excepto un disparo deadvertencia con su arco. Un mensaje de que iban tras él. Una invitación para correr. Bien. Jodido Matthias. Y esa fractura compuesta era su respuesta: le podríanliquidar pero iba a causar graves daños en su camino a la tumba. Isaac no perdió el tiempo. Saltó sobre las cadenas y se aupó sobre el borde.Afortunadamente, la multitud sabía que era mejor no acercarse demasiado, así quepudo dirigirse rápidamente hacia Jim… Golpeó directamente a su defensora de oficio. —¡Cristo! —ladró, saltando hacia atrás. ~80~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —En realidad es Childe. Con "E" —arqueó una ceja—. Pensaba probar con laoferta del taxi otra vez, ¿necesitas que te lleven a Boston? ¿O no te diriges en esadirección? Olvidando por un momento sus modales, Isaac espetó: —¿Qué coño estás haciendo aquí? —Iba a preguntarte lo mismo. Teniendo en cuenta que una de las medidas de tufianza es que no participes en peleas de jaula ilegales. Y eso a lo que acabas de jugarno se parece naaaaada a un juego de parchís. Le has roto el brazo a ese hombre. Isaac miró alrededor, preguntándose cuál era el camino más rápido hacia lapuerta... porque ella no pertenecía a este grupo de matones y tenía que sacarla deaquí. —Mira, podemos ir fuera… —¿En qué estás pensando? ¿Apareciendo aquí y luchando? —Iba a ir a verte. —Soy tu abogada, debería esperar eso, joder. —Te debo veinticinco mil dólares. —Y te diré cómo puedes saldar la cuenta. —Plantó las manos en las caderas y seinclinó hacia delante, su perfume llegó a la nariz de Isaac… y a su sangre—. Puedesdejar de ser un asno estúpido y aparecer en tu audiencia en dos semanas. Te daré lahora y la fecha otra vez, por si has olvidado anotarlas. Vale… ella era totalmente caliente cuando estaba cabreada. Yyyyyyyy esa no era una reacción apropiada bajo la doctrina de tiempo-lugar.Entre otras cosas. En ese momento, Jim y sus chicos se acercaron, pero Grier no malgastó en ellos niuna mirada, aunque Jim la estaba mirando con dureza. Y eso no hacía más que darlea Isaac la idea de cómo sería ella en la sala de justicia. Tío, era increíble cuando estabaconcentrada, enfadada y lista para servir a alguien en un plato. —Otras dos cosas —espetó ella—. Mejor que reces para que ese tipo cuyo brazodebe ser escayolado no llame a la policía. Y tú necesitas ver a un médico. Otra vez.Estás sangrando. Para llenar el vacío, aunque no hubiera ninguno, el promotor se acercó con lo queparecían un par de miles. —Aquí está tu tajada… Bruscamente, los ojos de Grier se volvieron implorantes, incluso su hermosa carapermaneció tensa. ~81~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No cojas el dinero, Isaac. Y ven conmigo. Haz lo correcto esta noche y te salvaráde mucha miseria más tarde. Te lo prometo. Isaac sólo sacudió la cabeza y le tendió la mano al promotor. —Oh, no me jodas. Mientras ella maldecía y se daba la vuelta, él se quedó mudo por un momento porel hecho de que ella no hubiera dejado caer la bomba J. Poniéndose en acción de forma brusca, la agarró por el brazo, pero el promotor semetió en medio. —Ahora, antes de darte esto —golpeó los billetes sobre la palma—, quiero quevengas a pelear dentro de dos noches. Lo cuál sería un: de ninguna manera. Esperaba estar fuera del país para entonces. —Sí. Claro. —Será aquí, asumiendo que no tengamos problemas. Estuviste jodidamenteincreíble… —Cállate y dame la pasta. Isaac se puso de puntillas y miró por encima de las cabezas que pululaban,mirando a Grier marcharse hacia la puerta trasera con su peinado extravagante. Porlo general los hombres se apartaban de su camino, ya que, con el humor que llevaba,probablemente era capaz de castrar a alguien. Simplemente por fuerza de voluntad. Librándose del peloteo y de los besos en el culo del promotor, Isaac agarró eldinero, metió los pies en las botas y tomó la sudadera y la cazadora. Mientras corríadetrás de su defensora de oficio, enterró el verde en los bolsillos y comprobó lasarmas, los silenciadores y la hucha en forma de bolsa de plástico. —¿A dónde coño vas? —dijo Jim mientras él y sus chicos le seguían a la carrera. —A dondequiera que ella vaya. Es mi abogada. —¿Alguna oportunidad de disuadirte de esto? —No. —Condenado infierno —dijo Jim para sí, mientras empujaba a algún tío fuera desu camino—. PTI, el número dos de Matthias se ha marchado. —Sedán negro —interrumpió el hombre con piercings—. Guardabarros abollado ysucio como la mierda, pero los neumáticos eran nuevos y había electrónica en elmaletero. ~82~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Eso eran las XOps para ti, pensó Isaac. El incógnito y lo más moderno al mismotiempo. Mientras irrumpía por la salida, el sonido de coches y camiones arrancando ydespegando convirtió la noche en un club de tráfico. Entre los motores que rugían ylos faros intermitentes, buscó el coche de Grier. Conduciría algo extranjero, suponía.Un Mercedes, BMW… Audi... ¿Dónde estaba? ~83~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 11 Localización no revelada, OCONUS Matthias era muy consciente de que era un agente del diablo sobre la tierra. Lo que no quería decir que fuera completamente malo. En buena medida, losbillones de gente inocente sobre el planeta no estaban en su pantalla de radar y losdejaba en paz. Tampoco se llevaba los caramelos de los niños. Ni despellejaba gatos.Ni les daba a las páginas de juguetes sexuales europeas la dirección de e-mail de lagente que lo cabreaba. Y una vez, allá por 1983, había ayudado a una vieja señora a pasar un crucepeligroso. De manera que no era malo. Lo que era decir, en el proceso de dar por hecho un trabajo, que tenía que aceptaralgunos daños colaterales o sacrificar a un “inocente” o dos, lo que era la forma deque la mierda se fuera: en aquellos casos, para él no era diferente del accidente decoche, el cáncer o la caída de un rayo, nada más que las pérdidas de la lotería de lavida para un individuo dado. Después de todo, el reloj de cada uno estaba avanzando, y él había jugado con laParca lo suficiente como para saberlo de primera mano. Mientras acomodaba su cuerpo roto en la silla de cuero, gruñó. A la edad decuarenta se sentía más como si tuviera cien mil años, pero ser un superviviente tehacía eso. Al menos no llevaba la mierda en una bolsa y todavía veía por un ojo. Frente a él, en el brillante escritorio, había siete pantallas de ordenadores. Algunasmostraban fotografías, otras lluvias de datos, y una le decía en qué punto del planetaTierra se encontraban cada uno de sus operativos. Con aquello él estaba al cargo, lainformación era la misión crítica. Lo que era una ironía de clase mayor. Era unhombre sin identidad dirigiendo un equipo que no existía oficialmente en un mundode sombras… y la inteligencia era lo único concreto con lo que tenía que trabajar. ~84~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Aunque hasta aquello, como la gente, te podía fallar. Cuando sonó su teléfono móvil, lo levantó y miró la pequeña pantalla. Ah, sí,perfectamente cronometrado. Matthias estaba buscando a dos hombres… y habíaenviado a su segundo al mando tras uno de ellos. El otro… era complicado. Aunque no debería haberlo sido. Aceptó la llamada. —Lo has encontrado. —Sí, tuve unos pocos rounds con él en el ring. —Está vivo, entonces. —Solo porque tú quieres que lo esté. A propósito, su abogada apareció en lacontienda… y figúrate. Resulta que es la hija de un amigo nuestro. —¿De verdad? Lo que son las casualidades. —En realidad, tenían un cien por cien,porque Matthias había entrado en el sistema de la Corte del condado de Suffolk, enMassachussets y expresamente tenía a la descendiente viva del capitán retiradoAlistair Childe asignada al caso. Necesitaban sacar a aquel traidor de Isaac Rothe de detrás de los barrotes demanera que pudieran matarlo y disponer de su cuerpo para usos futuros… y laniñita del bueno y viejo de Albie tenía exactamente el billete. Era una fabulosaabogada con un corazón dolorido que la dejaba en lugares a los que no pertenecía.Una combinación perfecta. Y evidentemente había funcionado: Rothe estaba libre menos de veinticuatrohoras después de su arresto. Cristo, había sido tan fácil encontrar al bastardo. Pero entonces ¿Quién habríapensado que utilizaría su propio apellido? Puf, pensó Matthias. Quizás sí le estaba quitando un caramelo a un niño en estecaso. —Debería haberme dejado matarlo en el ring —se quejó su segundo. —Demasiados testigos, y lo quiero baldeado fuera de Boston. Porque ahora que Grier Childe había servido a su propósito, quería a Isaac lo masapartado posible de la mujer. Matthias ya había matado al hijo del capitán, y asíhabía considerado su resultado nivelado. No obstante, el hijo-de-puta aún habíaintentado empujar su salida una vez y eso quería decir que la hija tenía que ser usadapara mantener a su santurrón papaíto en línea: en tanto viviera, podía ser asesinada,y aquella amenaza era mejor que un tubo pegado algún día sobre una boca agitada. ~85~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Ejecútalo de la forma que sólo tú puedes —se escuchó decir a sí mismo Matthiasen un tono calmado y sereno—. Espera el momento adecuado, y no cerca de la hijade Childe. —¿Por qué importa eso? —Porque a mí me sale de los cojones. Ese es el porqué. Matthias finalizó la llamada y lanzó el móvil al escritorio. Todos sus hombres eranbuenos en lo que hacían, pero este número dos tenía ardides a los que nadie máspodía llegar ni de cerca. Esto, por supuesto, hacía al tipo extremadamente útil, perotambién un peligro si llevaba demasiado lejos su ambición o sed de sangre. El hombre era un demonio, en serio… Abruptamente, Matthias tuvo que hacer una inspiración profunda para aliviar eldolor en el centro del pecho. Últimamente, los dolores de angina habían estadoocurriendo con una frecuencia en aumento, dejándole sin respiración y ligeramentenauseoso. Tenía la sensación de que sabía que era eso, pero no iba a hacer nada paradetener al infarto de miocardio que estaba acercándose en su camino. Nada de visitas al médico para él, ni estatinas, ni anticoagulantes. Sobre aquella nota, encendió un puro y exhaló. Ni nada para dejar de fumartampoco. Iba a luchar con uñas y dientes hasta que el gran tipo lo derribara muerto…Dios sabía que había tratado de matarse en el desierto con aquella bomba, y habíasido una enorme cagada. Mejor deslizarse en su tumba por el viejo y popular camino,una mala dieta, falta de ejercicio y adicciones. Cuando una repiqueteante alarma se disparó, apoyó las palmas sobre los brazosde su silla y se preparó para ponerse en vertical. Los medicamentos para el dolor selo hubieran facilitado muchísimo, pero también le habrían embotado el cerebro, asíque no era una salida. Además, la agonía física nunca le había molestado. Rechinando los dientes, se apoyó sobre la silla y levantó el peso sobre las piernas.Estiró la mano a por el bastón, respirando hondo. Aquella noche en el país de arena cuando había sido salvado por Jim Heron habíatenido repercusiones, y muchas de ellas eran del tipo de plomo-y-acero… solo que noarmas. Gracias a aquel soldado mamón sacándolo de aquellos ruinosos ypolvorientos edificios y acarreándolo quince kilómetros a través de las dunas en untraslado de bombero, Matthias era ahora parte hombre y parte mecánico, una versiónmaciza que rechinaba del fuerte y poderoso luchador que había sido una vez. Vueltoa montar con agujas, tornillos y pernos, se preguntaba al principio si sería un puntode retorno. Si el dolor y el sufrimiento que había atravesado con toda la cirugíaabriría una puerta a su transformación en… un humano. Lo opuesto al sociópata como el que había nacido. ~86~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Pero no. Todo lo que había tenido desde entonces eran estos precursores de losataques cardíacos que abundaban en su familia. Lo que era algo bueno. A diferenciade la bomba que había enterrado en la arena y pisado deliberadamente, sabía queuna coronaria haría el trabajo… demonios, había visto a su padre morir de uno. En realidad su padre había sido su primer asesinato, cortesía de Matthias sabiendoexactamente que decir para hacer que el corazón de su viejo se agarrotara bien yquedara muerto. Había tenido quince años en aquel momento. Papa cuarenta y uno.Y Matthias se había sentado en el suelo del dormitorio y observado todo el proceso,girando distraídamente el mando de la radio que lo despertaba para ir a la escuela,buscando una buena canción entre toda la mierda de las ondas. Mientras tanto, su padre se había puesto rojo, luego azul… luego se había apagadoen gris. El jodido pervertido se lo había merecido. Después de lo que había hecho… Arrancándose del pasado, Matthias se metió en su abrigo, y como siempre elsimple hecho de vestirse era una producción, la espalda tensándose para acomodarla tanda de armas. Y luego estuvo fuera de su oficina y caminó por los pasillossubterráneos del anónimo complejo de oficinas en el que trabajaba, su cuerpo loodiaba por la deambulación. Su coche y su chofer le estaban esperando en las instalaciones del parkingsubterráneo, y cuando entró en la parte trasera del sedán, gruñó. La respiración superficial le dejó consciente mientras el llameante dolor se volvíavolcánico… y luego gradualmente disminuía mientras el coche se deslizaba haciadelante. Desde delante, escuchó que el conductor decía: —TDLL once minutos. Matthias cerró los ojos. No estaba completamente seguro de por qué estabahaciendo este viaje… pero estaba siendo arrastrado al noreste de los Estados Unidospor una compulsión que ni siquiera su parte racional podía negar. Simplemente teníaque ir, incluso aunque estuviera sorprendido por esa necesidad. Además, mientras su número dos había encontrado su objetivo, Matthias tambiénhabía localizado al soldado tras el que iba personalmente, y este largo vuelo deregreso sobre el océano era porque quería mirar por última vez la cara del hombreque había salvado su vida… antes de que el cuerpo del bastardo fuera enterrado. Se dijo a sí mismo que era para confirmar que Jim Heron estaba muerto de hecho. Había más que eso, sin embargo. Incluso si no entendía los por qué… había mucho más para él en este viaje queaquello. ~87~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 12 Más que nada, Grier estaba furiosa consigo misma. Mientras corría hacia el Audi,serpenteando entre los otros coches y lograba interrumpirse con uno o doscoscorrones mentales, todo entraba en su agudo foco: donde estaba, que había hechoantes en el tribunal, a quien estaba tratando de salvar. Isaac le había roto el brazo a ese tipo. Delante de ella y otras cien personas. Y lotrató con el mismo grado de sorpresa y pánico que el de alguien colgando unteléfono. Como hacía todos los días. Y luego había aceptado dinero por ello. Acercándose a su sedán, sacó el mando a distancia y desactivó la alarma. Ycuando captó su reflejo en el cristal de la puerta del lado del conductor, pensó en suhermano. La clase de zumbido salvaje que la había hecho salir de allí le recordó la noche desu muerte. Había sido Grier quien encontró su cuerpo y sus esfuerzos de reanimación nohabían supuesto ninguna diferencia… porque había estado muerto antes de que loshubiera comenzado. Pero había seguido bombeando el pecho y con la respiraciónboca a boca de todos modos. Los paramédicos habían tenido que arrastrarla lejos de su cuerpo. Chillando. Y el asunto era que en la muerte, así como en la vida, a él no le habían importadotodos sus esfuerzos por salvarle. Había quedado paralizado por su dosis final, unamirada inquietante de placer extático congelado en la cara gris pastosa, la adicciónque le guiaba satisfecha. La temeridad adoptaba una variedad de formas diferentes, ¿verdad? Ella siempre se había preciado de ser la responsable de los dos, la que habíasobresalido en el colegio, trabajado duro para avanzar, y nunca había hecho nadaque sus padres hubieran desaprobado. Con seguridad nunca, jamás había probadolas drogas ilegales. Ni una vez. ~88~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Pero aquí estaba, poniéndose a sí misma y a su carrera en peligro en el remotocaso de que pudiera hablar con un total extraño para que se enmendara. Si la policíahubiera aparecido —o lo hacían, todavía había tiempo para eso— ser detenida comoespectadora habría hecho que la echaran a patadas del tribunal de Massachusettsmás rápido de lo que pudiera decir: "Pero, Juez, yo sólo estaba allí por mi cliente". Yahabía puesto veinticinco de los grandes, algo que apenas haría daño a su cuentabancaria… excepto ¿cuánto más lejos podrían haber ido esos fondos si los hubierautilizado en algún programa para la juventud en peligro? Cuando la cabeza le comenzó a palpitar, consideró sus acciones desde las nuevede la mañana con mirada tranquila. Y sabes qué, no veía a alguien haciendo el bienen el mundo, sino a una mujer fuera de control que era… Daniel apareció al otro lado del coche, la muerta cara fantasmal seria. Entra, Grier.Entra en el coche y cierra las puertas. —¿Qué? –dijo—. Por qué… Hazlo. Ahora. Su hermano muerto pareció concentrarse en el aire detrás de suhombro derecho. Maldita sea, Grier… —Recuerdo quién eres. Ella cerró los ojos con fuerza. Oh, por el amor de Dios, esto se estaba poniendomejor. El “cabeza-de-meta” había vuelto. Girando para darle a su antiguo pretendiente otro… El hombre le agarró de los brazos y con un empellón que hizo que los dientes letemblaran, la empujó contra el coche de cara. Mientras la sostenía en el lugar con sucuerpo, ella recordó que los hombres estaban de hecho, construidos de forma distintaa las mujeres: eran jodidamente más fuertes. Especialmente cuando eran altos yestaban desesperados. —Eres la hermana de Danny. —El aliento en la mejilla era caliente y olía como aun animal atropellado en agosto—. Apareciste un par de veces en su casa. ¿Qué le hasucedido? —Murió —dijo con voz ronca y quebrada —Oh… Dios. Lo siento… —El adicto parecía honestamente triste. Al modo delretorcido mundo de tinieblas a lo Tim Burton—. Escucha, ¿puedes darme algo depasta? Las chicas ricas como tú… tenéis que llevar algo de pasta encima. Pero sólo sipuedes arreglarlo. Ajá, vale. Sabía que iba a darle lo que él quisiera tanto si le gustaba como si no, locual era, a pesar del modo en que él lo había expresado, un atraco. ~89~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Las manos ásperas la registraron y le arrancó el bolso del hombro. Pensó en gritar,pero el peso sobre sus costillas hacía imposible algo más aparte de respirar de formasuperficial, y además, había aparcado hacia el lado en sombras. ¿Quién iba a oírla? Mientras los ojos abiertos de par en par rastreaban los coches que salían y loscamiones que estaban tan cerca y aún así tan lejos, evocó el recuerdo absolutamenteabsurdo de la escena inicial de Tiburón, donde la mujer era arrastrada hacia abajopor el tiburón y veía las luces brillantes de las casas en la costa. —No voy a hacerte daño… sólo necesito dinero. Con su cuerpo todavía forzándola contra el coche, descargó el contenido del bolsosobre el suelo fangoso, su teléfono móvil, la cartera, las llaves, todo. Y entonces tirósu bolso Birkin de dieciséis mil dólares sobre el capó del Audi. Bastardo estúpido. Podría haber conseguido más por eso en eBay que cualquierdinero efectivo que encontrara en su cartera. La mitad de su mente estaba aterrorizada, la otra parte era una calma helada, yella eligió la última, porque no era nada si no era la hija de su padre: este adictoflipado iba a darle la vuelta en algún momento porque iba a querer sus joyas, ycuando lo hiciera, ella tendría una buena oportunidad de darle un rodillazo dondecontaba. Incluso si tenía que fingir que estaba a punto de vomitar sobre sus zapatos… No le quitaron el peso que la aplastaba como si se vaporizara, sino que se fuecomo si nunca hubiera estado allí: un segundo no podía respirar. Al siguiente, teníatodo el oxígeno del mundo. Mientras tragaba una enorme cantidad de aire y se agarraba al techo del cochepara mantenerse erguida, sonaron unos gruñidos a su lado. Empujándose para darse la vuelta, tuvo que parpadear un par de veces paracomprender qué estaba viendo, pero ninguna cantidad de espera-quizá-no-estoy-viendo-esto-bien cambió lo que estaba pasando: Isaac había salido de ninguna parte,sujetado a su agresor contra el suelo y le estaba haciendo al tío una endodoncia por elmodo difícil. A saber, con su puño. —Isaac —Su voz sonó ronca y tosió—. ¡Isaac! ¡Para! La voz del investigador privado Louie resonó por su cabeza: Ese HDP podría serun asesino. —¡Isaac! ~90~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Esperaba tener que saltar sobre él o gritar pidiendo ayuda para poder detener lapaliza, pero tan pronto como comenzó, terminó. Isaac dejó la rutina de Rocky,girando al hombre sobre el estómago y echándole los brazos atrás para inmovilizarlo. Nada roto esta vez. E Isaac ni siquiera respiraba con dificultad cuando le echó un vistazo a ella. —¿Está bien? Sus ojos eran penetrantes, la expresión mortal y calmada, la voz tranquila y cortés.Era obvio que tenía total control de sí mismo y de la situación… y se le ocurrió queposiblemente él la había salvado de algo atroz. Con los adictos, nunca sabías lo queiban a hacer. —¿Le ha hecho daño? —preguntó Isaac—. ¿Está bien? —No —contestó toscamente, sin estar segura de a que pregunta estabacontestando. Con pura fuerza bruta, Isaac cogió al hombre y le dio un empujón, no hubodiscusión, ni siquiera un comentario. Su atacante se arrastró alejándose como si fuerajodidamente consciente de que había escapado por poco a la paliza de su vida. Y entonces Isaac recogió sus cosas. De una en una reunió lo que había estado en elbolso, limpiando el barro en su propia sudadera, alineándolo todo en el capó delcoche. Recostándose contra la puerta del lado del conductor, Grier estaba cautivada porlo cuidadoso que era, las suaves manos manchadas de sangre. Daniel apareció al lado de él, aparentemente asombrado por cómo trataba él loque era de ella. Déjale que te lleve a casa, Grier. No estás en condiciones de conducir. —No me ha preguntado —dijo entre dientes. —¿Preguntarle qué? —dijo Isaac, echando un vistazo. Cuando gesticuló para alejar las palabras, él fue y cogió el bolso, metiéndolo todoantes de de tendérselo. —Me gustaría llevarla a casa. Si me deja. Bingo, dijo su hermano. Ella abrió la boca para mandar callar a Daniel, pero no tenía la energía para ello. —¿Ma´am Childe? –Con el acento del sur de su cliente, salió como una palabra,Ma´amChiiiiilde. Dios, qué hacer. Y por supuesto, joder, no, era la respuesta más cuerda, a pesar dela opinión de Daniel. ~91~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Confía en mí, dijo Daniel. La voz de Isaac bajó. —Déjeme llevarla a casa a salvo. Por favor. Por alguna razón insondable, sus instintos le decían que confiara en ese extrañocon el pasado malo y el presente criminal de alguien que estaba huyendo. ¿O era sóloun caso de su complejo de salvadora que hacía caso omiso de su buen juicio? O… ¿era la mirada en la cara de un fantasma? Como si Daniel viera algo que ellano podía en este choque entre ella y un extraño peligroso con un suave acento delsur. —No necesito un chófer. Puedo hacerlo yo misma. —Tomó su bolso—. Peronecesito que se quede por aquí y haga frente a sus cargos. Isaac escudriñó el área. —Qué tal si hablamos en su casa. —Llevo el spray de pimienta. —Me alegro. —Y un arma aturdidora. —Para lo que le había servido hasta ahora. Dios, no podía creer que estuviera pensando en regresar a casa con Isaac. El“cabeza-de-meta” había sido un aficionado nervioso... y su cliente, segurísimo queparecía un profesional. Los pálidos ojos grises taladraron los suyos. —No voy a hacerle daño. Se lo juro. Con una maldición, ella abrió con fuerza la portezuela del coche. —Yo conduzco. La pregunta era, ¿a dónde coño iba? ¿Y con quién? * * Jim vio salir al Audi, el humo blanco se alzaba desde detrás de ambos tubos deescape fríos. No le importaba a donde iba la pareja, había deslizado transmisorestanto en la sudadera de Isaac como en la bolsa con el dinero. —Podrías haberme dejado hacer un hechizo localizador —murmuró Eddie. —Estoy acostumbrado a trabajar con la mierda GPS de mi antiguo trabajo. —¿Yquién podría haber adivinado que sufriría alguna vez de nostalgia por la tecnología? Hablando de información, era hora de algo de claridad en ese departamento:Aunque podía ver cómo y por qué Isaac estaba el siguiente en la lista de siete almas, ~92~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2un pequeño cara a cara con el petimetre inglés de su jefe era la única manera deasegurarse. Mucha de la presión le abandonaría si resultaba que salvar el culo de Isaac teníaun propósito más grande. Giró la cabeza hacia Eddie. —Dime cómo llegar donde los Cuatro Muchachos. ¿Tengo que morir otra vez? Si tenía que hacerlo, tenía una Beretta y ya sabía cómo era estirar la pata con unarma. Gruñido. —No te molestes —Adrian hizo crujir los nudillos—. Ellos no te dirán nada. Nopueden. ¿Qué coño? —Pensaba que trabajaba para ellos. —Trabajas para ambos lados, y ellos ya te han dado toda la ayuda que pueden. Jim miró de uno a otro de los dos ángeles: cada uno de ellos tenía la expresióntensa de un tío con un cordón enlazado en las pelotas. —¿Ayuda? —dijo—. ¿Dónde está mi maldita ayuda? —Te dieron a nosotros, imbécil —dijo con brusquedad Adrian—. Y eso es todo loque pueden hacer, ya he ido por allí y les he preguntado quien se supone que es elsiguiente. Me figuraba que te ayudaría, bastardo desagradecido. Jim movió las cejas al modo Señor Pensativo. La primera vez de viaje con Adrian,el tío había servido a Jim en bandeja de plata al enemigo, hasta el punto de que habíaterminado follando con Devina en el aparcamiento de un club. En su camión. Sinsaber que era un demonio. —Los tiempos han cambiado desde entonces —dijo Ad bruscamente—. Lo sabes. En un instante, Jim recordó el aspecto que había tenido el tío un día más o menosdespués de que Devina hubiera terminado de utilizarle y abusar de una variedad demodos. Él se había entregado a ella para que Jim tuviera media oportunidad deganar la primera ronda. —Sí, han cambiado. —Jim le ofreció los nudillos al modo de los tíos que decía,perdón, insinué que eras mierda de perro. Mientras Ad los chocaba, Eddie dijo: —Técnicamente vamos contra las reglas. Jim se encogió de hombros. —Si me ayuda a ganar, lo aceptaré. Las reglas son relativas. ~93~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Razón por la qué había sido escogido, ¿verdad? Apenas era un jodido boy scout… Jim giró la cabeza bruscamente ante el sonido chirriante de metal contra metal. Eloctágono portátil había sido desmantelado y cuatro tipos lo estaban empujando através de la puerta para llevarlo a una camioneta U-Haul. En el siguiente viajetrasportaron las ocho pesas de hormigón de las esquinas y los postes, luego no quedónadie excepto Eddie, Adrian y él. Lo cual era una metáfora para el guión en el que estaba metido, ¿cierto? Bien. ¿Así era el juego? Cojonudo. Estaba acostumbrado a depender de él mismo yde sus instintos en el campo... y todo le empujaba hacia Isaac. La pregunta era: ¿dónde estaba Devina? Asumiendo que estuviera detrás de Isaac,estaría buscando una manera de llegar hasta él para que su naturaleza parásitapudiera controlarle y finalmente poseerle en el Infierno después de matarle. Jim se centró en sus ángeles. —Si Devina posee a alguien ¿hay alguna manera de decirlo? ¿Algún marcador?¿Puntos de referencia? Por lo menos así podría tener la mira sobre ella. —A veces —dijo Eddie—. Pero ella puede borrar sus huellas dactilares, así comohablar y ahora que sabe que Ad y yo estamos contigo, será extra cuidadosa. Sinembargo, hay algunas almas limpias que ella nunca tocará, y esas resplandecen. —¿Resplandecen? Quieres decir… —Mierda, esa abogada rubia que había llevadoa Isaac a casa con ella había tenido una luz alrededor de su cuerpo, que era por loque cuando Jim la había visto, se la había quedado mirando fijamente—. ¿Como unaaureola? —Exactamente así. Bien, por lo menos había una cosa trabajando a su favor. Había asumido quesimplemente veía cosas. Convertido como estaba… y gracias a Dios por ello. Jim sacó el receptor GPS y localizó los dos puntos pequeños de Isaac queparpadeaban. Más pronto o más tarde, si Devina jodía con el tipo, iba a aparecer deuna forma u otra y ellos iban a estar allí cuando lo hiciera. —¿Existen esas cosas de hechizos protectores? —preguntó—. ¿Algo que puedaponer alrededor de Isaac para mantenerlo a salvo de ella? —Podemos encontrar una solución —dijo Eddie con una pequeña sonrisamalvada—. Es hora de empezar a enseñarte ese material. Tienes razón, pensó Jim. ~94~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Cerrando los ojos, desplegó las alas, su gran peso se asentó sobre su espina dorsaly hombros mientras se hacían visibles. —Se dirigen a la ciudad. Vamos… —Espera —dijo Eddie, sus alas apareciendo—. Debemos ir por el hotel yconseguir algunos suministros. ¿Asumiendo que no quieras que entremos en la casa? —Mientras Devina no se muestre, permaneceré fuera. —Esto no llevará mucho tiempo. —Mejor que no. Mientras daba un par de pasos a la carrera para que el impulso trabajara a sufavor, sintió la ironía de todo como una gran ráfaga bajo su cuerpo: nunca habríacreído que los ángeles existieran o que la batalla eterna entre el bien y el mal fuera nosólo real, sino algo en lo que él estaría luchando. Por otro parte, cuando pesabas aproximadamente ochenta y dos kilos de puromúsculo y eras capaz de levantarte del suelo con una red de plumas metafísicas... larealidad de la locura en la que estabas tenía un puto montón de credibilidad. Estaría jodido si Devina ponía sus garras sobre Isaac, en cualquier forma queestuviera adoptando ahora. Isaac era su chico, y la idea de ese hombre cayendo en lasmanos de su enemiga no era aceptable, especialmente si resultaba que ese demoniollevaba una cara conocida. Lo cual sólo ocurriría si tenía un parche en un ojo. ~95~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 13 Isaac había estado en las cercanías de Boston sólo dos veces, y ambas habían sidoviajes de paso al extranjero, el tipo de cosas donde todo lo que hacía era caminar porel asfalto de la Base Aérea de Otis, un poco más abajo en Cape Cod. Eso venía a decir que, mientras Grier giraba a la izquierda en algún lugar llamadoCharles Street, no necesitaba haber tenido una visita guiada de la ciudad para saberque estaban en la mejor zona. Las casas a ambos lados de la colina por donde subíaneran todas de ladrillos prístinos con contraventanas y puertas negras brillantes. Através de las limpias ventanas, podía ver que los interiores eran antigüedades detoda una vida y tenían bastantes coronas en las molduras para aplastar la cabeza deun rey. Claramente, estaba en el hábitat natural del yanqui de sangre azul. Mientras los sketch del viejo Saturday Night Live de Dan Aykroyd imitando elacento bostoniano de Kennedy rondaron por su cabeza, Grier giró a la izquierda auna pequeña plaza demarcada por una valla de hierro forjado y sendas de ladrillo encuatro lados. En el centro, su pequeño parque tenía árboles elegantes que yamostraban brotes diminutos, y los caminos que lo rodeaban eran lo mejor de lo mejoren este vecindario de lo mejor. No era una sorpresa. Después de que Grier aparcara el Audi paralelo a la valla, los dos salieron. Ella nohabía dicho mucho en el viaje hacia aquí, y él tampoco. Pero por otra parte, paraempezar, él no era muy hablador y ella tenía un fugitivo como pasajero. No eraexactamente la clase de actuación de ¿entonces-qué-opinas-del-tiempo? La casa que ella indicaba como suya tenía arcos frontales en las esquinas yescalones blancos de mármol en la puerta principal negra. Macetas negras acanaladasdel tamaño de un Gran Danés se asentaban a ambos lados de la entrada, y la aldabade latón era tan grande como su cabeza. Un ligero resplandor en el tercer piso; variosen el exterior. Y mientras inspeccionaba el área, allí no parecía haber nada fuera delugar, ninguna marca fuera de lugar, ningún sonido equivocado, nadie sospechosoacechando. ~96~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Mientras caminaban por los ladrillos desiguales de la calle, quiso estirar la mano yestabilizarla, dada la altura de sus tacones, pero no se atrevió. Ante todo,probablemente ella todavía quería abofetearle... y segundo, había metido ambasarmas dentro de su cazadora sólo por si acaso. Siempre era cuidadoso consigo mismo. ¿Llevarla a remolque? Llevaba lavigilancia a un nuevo nivel. Además, Grier se las arregló para llegar bien a la puerta principal, aunque fueracaminando sobre tacones de aguja y hubiera sido atacada por un mamón drogado. Demasiado malo que no se hubieran encontrado en un mundo diferente. Le habríagustado... Sí, claro. ¿Llevarla a una cita? Lo que fuera. Incluso si él hubiera ido de respetuoso con la ley, la ruta de yo-no-soy-un-asesino; estaban en los lados opuestos del espectro: él era un chico de granja yella era fabulosa. Realmente tenía que cortar los pensamientos contradictorios cuando se referían acuan atractiva era. La alarma de seguridad se apagó en el momento que abrió el paso y él se alegró,aunque no aprobaba que ella dejara entrar a un canalla como él en su casa. ¿Y no eraeso para joderse? Mientras ella tecleaba el código en el panel ADT, Isaac miraba las suelas de susbotas de combate, que estaban cubiertas de trozos de barro y tierra. Agachándose, lasdesató, se las quitó y las dejó fuera. Su suelo de mármol en blanco y negro estaba tibio bajo los calcetines... Alzando la vista, se la encontró mirándole los pies con una expresión extraña ensu hermosa cara. —No quería manchar —murmuró, cerrando la puerta y echando el cerrojo. Después de quitarse la cazadora, sacó la bolsa del Star Market con los ahorros desu vida y se quedaron allí los dos: ella con su abrigo negro de diseño y su bolso sucioque tenía una correa floja colgando; él con su sudadera, con el montón de dinerosucio en la mano manchada de sangre y dos armas de las que ella no sabía nada enlos bolsillos. —Cuándo fue la última vez que comió —dijo ella suavemente. —No tengo hambre. Pero gracias, ma´am. —Miró alrededor, estudiando un cuartode techos altos que estaba pintado de un rico rojo. Sobre la regia chimenea demármol había un óleo de un hombre sentado recto en una silla dorada con un par degafas pasadas de moda colocadas en la nariz. ~97~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Había tanta tranquilidad, pensó. Y no simplemente porque no hubiera ningúnsonido. Pacífico. Estaba todo tan... pacífico. —Le haré una tortilla, entonces —dijo, dejando su bolso y comenzando aencogerse de hombros para quitarse el abrigo. Él se acercó para ayudarla, pero ella retrocedió. —Puedo yo. Gracias. El vestido de debajo... querido Dios, ese vestido. La modestia y el negro nuncahabían parecido tan sexy, en lo que se refería a él, pero ahora había más de ella que eldiseño o la tela. Y esas piernas. Joder, pero esas piernas con las medias negras diáfanas... Isaac hizo retroceder bruscamente a su fornicador, con un recordatorio de que erauna cuestión dudosa que alguien como ella le permitiera a él algo como lavarle elcoche, así que mucho menos le dejaría llevarla a la cama. Además, ¿tendría él algúnindicio de qué hacer con una mujer como ella? Seguro, era bueno en el follar puro yduro, le habían rogado que repitiera las suficientes veces para tener confianza en esefrente. Pero una dama como ella merecía ser saboreada... Maldito fuera. Tenía la sensación de estar lamiéndose los labios. —La cocina está atrás —fue todo lo que ella dijo mientras recogía el bolso y sealejaba. Él la siguió por el vestíbulo, tomando nota de los cuartos, las ventanas y laspuertas, anotando rutas de escape y entradas. Era lo que hacía en cualquier espacioque atravesara, sus años de entrenamiento con él tan innegables como la piel en laespalda. Pero era más que eso. Buscaba indicios acerca de ella. Y era raro... la sensación pacífica continuaba, lo que le sorprendía. Lo antiguo ycaro generalmente significaba culos tiesos. Aquí, sin embargo, respiraba profunda yfácilmente, aunque no tenía sentido. En contraste con el resto de la casa, la cocina era toda blanca y acero inoxidable, ymientras ella se ponía a trabajar para sacar tazones, huevos y queso, él dejó su dineroen el mostrador y no podía esperar para salir del cuarto: enfrente, había una paredcon paneles de cristal de probablemente metro ochenta por dos y medio cada uno. Lo que significaba que cualquiera con un par de ojos podría ir a fisgonear. —¿Qué hay en la parte trasera? —preguntó casualmente. —Mi jardín. ~98~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Tapiado? Con los brazos llenos, ella se acercó a la vitrocerámica en la isla de granito. —¿Consciente de la seguridad? —Sí, ma’am. Ella fue, encendió la luz exterior, y atenuó las interiores, lo que le dio una vistaperfecta de la parte trasera sin muchos problemas. Dios, era lista. Y su jardín estaba rodeado por una valla de tres metros de ladrillo oh-no-hagas-eso que él aprobaba totalmente. —¿Satisfecho? —preguntó. En la oscuridad, su voz tomó un tono ronco que le hizo querer rastrear su cuerpopor el cuarto y subirla sobre algo para poder llegar bajo ese vestido negro. Tío, su pregunta no era una que ella quisiera hacerle esta noche. —Sí, ma’am —murmuró. Cuando las luces se apagaron, había un toque débil de rojo en las mejillas, el tipode cosa que quizás él no hubiera advertido si no hubiera convertido en su asuntomirarla fijamente tanto como pudiera. Pero quizá el color era sólo porque estabanerviosa a causa de todo lo que había sucedido esta noche. Sin duda era eso. Y el hecho de que lo hubiera notado no le hacía estar impresionado con la especiemasculina: de algún modo, aún en medio de un gran caos, incluso cuando era vulgarcomo el infierno, los hombres todavía lograban ponerse calientes por una hembra. —Siéntese —le dijo ella, señalando con su batidor de alambre un taburete bajo elborde de la isla—, antes de que se caiga. Y ni siquiera intente lo de estoy-bien, ¿estáclaro? Tío... totalmente caliente por esta mujer. Completamente caliente. —¿Hola? —preguntó ella—. ¿Estaba a punto de sentarse allí? —Roger a eso. Mientras ella volvía a la vitrocerámica y ponía manos a la obra, literalmente, élhacía lo que le había dicho. Para mantener los ojos lejos de ella, examinó el bolso, que ella había dejado cercade donde él se había instalado. Que maldita vergüenza que algo tan agradable y carohubiera sido arruinado. Tenía barro seco por todo el cuero y la correa estabarealmente mutilada. ~99~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Idiota “cabeza-de-meta”. Levantándose, fue al fregadero, tiró de una toallita de papel y la mojó. Luego,volviéndose a sentar, empezó a trabajar, intentando quitar la porquería. Cuando levantó la vista, ella le estaba mirando fijamente otra vez y él paró lo queestaba haciendo para levantar las manos. —No voy a robarle. —No pensaba que fuera a hacerlo —dijo con esa voz calmada. —De verdad que siento lo de su bolso. Creo que está arruinado. —Tengo otros. E incluso si no tuviera, sólo es un objeto. —Un objeto caro. —Y con esa nota, se inclinó sobre la isla y empujó su dinerohacia ella—. Necesito que tome esto. —Y yo necesito que no huya. —Cascó otro huevo en el borde del tazón y lo partióutilizando sólo una mano—. Necesito que lleve hasta el final lo que estuvo deacuerdo en hacer cuando le conseguí la fianza. Isaac bajó los ojos y reasumió su rutina, en gran parte fracasada, de limpiar. Ella dejó salir una exhalación que estuvo a sólo una sílaba o dos de ser unamaldición. —Estoy esperando. Que me conteste. —No era consciente de que fuera una pregunta, ma’am. —Bien. ¿Se sentará aquí por favor y se pegará al sistema judicial? Isaac se levantó y se dirigió de vuelta al fregadero. Mientras arrancaba un papel decocina del rollo, la verdad saltó de su boca. —Mi vida no es mía. —¿De quién está huyendo? —susurró. Quizá había bajado el volumen porque la abogada en ella era discreta por instinto.O quizás estaba adivinando: los tipos que iban tras él podían oír y a veces ver através de paredes sólidas. ¿Unos cristales como esos en esta cocina? Un trozo de pancomido... —¿Isaac? No había respuesta que él le pudiera dar, así que sacudió la cabeza y volvió alimpiar el barro del bolso... aunque ella probablemente iba a tirar la maldita cosa porla mañana. —Puede confiar en mí, Isaac. La respuesta de Isaac tardó en llegar. ~100~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No es por usted por lo que estoy preocupado. * * Grier estaba en el lado más alejado de la isla, los huevos Humpty-Dumptydesparramados y goteando por el granito, un tazón rojo lleno de yemas amarillas yclaras transparentes preparado para que lo batieran. Su cliente era absolutamente inmenso encaramado en el taburete, las manos rotascuidando de su Birkin. Y a pesar de su tamaño y la consideración que mostraba haciasu bolso, ella quería romperle la cabeza con algo duro. Las soluciones eran tan claraspara ella: permanecer en el sistema, estar limpio con cualquier agencia militar de laque se haya largado, resolver las repercusiones, cumplir la sentencia... comenzar denuevo. Lo que él había hecho podía ser enmendado. La sociedad podía perdonar. Las personas podían seguir adelante. A menos, por supuesto, que fueran imbéciles tercos decididos a burlarse de lasreglas e ir por libre. Cogió un último huevo y lo cascó contra el borde del tazón, rompiendo la cáscara. —Oh, campanas del infierno. Isaac levantó los ojos. —Está bien. No me importa un pequeño crujido. —No está bien. Nada de esto está bien. —Se agachó y sacó las pequeñas cascarillasblancas con la uña. Cuando las cosas parecieron aceptables en el tazón, se oyó decir: —¿Le gustaría darse una ducha antes de comer? —No, ma’am —fue su tranquila y nada sorprendente respuesta. —Tengo ropa que podría usar. —Eso consiguió que la ceja de Isaac se levantarabrevemente incluso si no estaba mirándola—. De mi hermano. Solía quedarse aquíconmigo a veces, no es exactamente de su tamaño, por supuesto. —Estoy bien. Pero gracias, ma´am. —Necesita perder esa mierda de “ma´am”. Acabamos eso en el minuto que subióa mi coche. Cuando esa ceja se levantó otra vez, ella agarró un bloque de cheddar y empezó arallarlo. Con fuerza. ~101~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Sabe... me recuerda a él. Mi hermano. —¿Cómo es eso? —También quiero salvarle de lo que sus elecciones están haciendo con su vida. Isaac sacudió la cabeza. —No es una buena idea. Bastante cierto. Dios sabía que ya había fallado una vez en eso. Sacudiendo el queso del rallador, lo dejó a un lado y cortó en cubitos algo detocino canadiense. Mientras los dos trabajaban en sus tareas, no tardó mucho enalcanzarla el silencio... es más, no estaba en su naturaleza abandonar. Lo que sugería que si hubiera nacido en un coche habría estado en una carrerahasta su destrucción. —Mire, puedo tratar de ayudarle con algo más que con los cargos contra usted. Siestá... —He quitado la mayor parte de la tierra. —Levantó el bolso mientras seencontraba con su mirada directa—. Pero no hay nada que pueda hacer con la correa. —¿Adónde va a ir? Cuando él no contestó, cortó un pedazo de mantequilla dulce en la sartén yencendió el quemador. —Bien, puede quedarse aquí por la noche si quiere descansar. Mi padre haasegurado este lugar tan firmemente que ni un ratón podría entrar sin disparar elsistema. —El ADT es bueno. Pero no tan bueno. —Eso es sólo el sistema falso. —Eso consiguió que ambas cejas se levantaran yasintió—. Mi padre estuvo en las fuerzas armadas. En el Ejército, en realidad.Cuando salió, fue a la facultad de derecho y luego... bien, sigue al día, por decirlo dealguna manera. Al día y es protector. —No aprobaría que yo esté aquí. —Ha sido un caballero hasta ahora y eso, más que cómo vistes o de dónde eres,siempre ha sido lo que le ha importado. Y a mí, por cierto. —Voy a dejar este dinero atrás cuando me vaya. Levantando la sartén del calor, la inclinó, moviendo la mantequilla hasta que sedeshizo. ~102~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No puedo aceptarlo. Debe saber eso. Me haría cómplice. —Pensó que había oídouna suave maldición, pero quizá sólo había sido una exhalación—. Después de todo,estoy dispuesta a apostar que el dinero viene de la lucha. ¿O han sido drogas? —No soy traficante. —Lo que significa que es lo anterior. Aún así ilegal. A propósito, he revisado susantecedentes. —Volvió a batir los huevos y vertió más de la mitad en la sartén, seelevó un suave siseo—. No había nada excepto un artículo de periódico de hace cincoaños sobre su muerte. Venía una foto, así que no se moleste en negarlo. Él se quedó totalmente inmóvil y ella supo que los ojos la estaban mirando deforma cortante. Por un momento, se preguntó exactamente a qué había dado la bienvenida en sucasa. Pero entonces, por alguna razón, pensó en él quitándose las botas de combate ydejándolas en la puerta principal. Hora de realidad, pensó. —¿Entonces va a decirme para qué rama del gobierno trabaja o debería adivinar? —No estoy en el ejército. —No me diga. ¿Entonces se supone que tengo que creer que lucha como lo hace,que aseguró su apartamento como lo hizo y está en una vía rápida para salir de laciudad simplemente porque es alguna clase de maleante callejero o un matónmafioso de segunda clase? No me lo trago. Casualmente, verle en ese ring fue comosi lo supiera con seguridad, eso y el hecho de que controló a su propio perro junto ami coche cuando fui atacada. Se controló totalmente a sí mismo y la situación con esedrogata, no del tipo gorila descuidado y emocional haciendo el alégrame-el-día.Usted era un profesional, lo es, en realidad. ¿Verdad? Ella no necesitaba que él dijera ni una palabra porque sabía que tenía razón. Y aúnasí, cuando no hubo comentario, alzó la mirada, medio esperando que se hubiera idocon un soplo de aire. Pero Isaac Rothe, o cualquiera que fuera su nombre, permanecía sentado ante suisla. —¿Cómo le gustan sus huevos? —preguntó—. ¿Muy hechos o poco? —Mucho —ladró. —Por qué no me sorprende. ~103~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 14 Pillado con las manos en la masa, Isaac creía que esa era la expresión. Cuandocruzó la mirada con su abogada de oficio, anfitriona y cocinera de comida rápida,estaba claro que ella sabía que lo había calado en todas las explicaciones. Y nada lo hizo sentir más desnudo. —Creo que deberías renunciar a mi caso —le dijo con desaliento—. Desde estanoche. Ella echó queso y bacon canadiense sobre círculo esponjoso de una tortilla. —No soy una rajada. A diferencia de ti. Vale. Eso le cabreó. —Yo tampoco. —¿En serio? ¿Cómo le llamas a rehuir tus responsabilidades? Antes de darse cuenta, se inclinó a través del mostrador y se cernió sobre ella.Cuando los ojos de la mujer se encendieron, dijo bruscamente: —Lo llamo supervivencia. Para su mérito o su estupidez, ella no cedió. —Háblame. Por el amor de Dios, déjame ayudarte. Mi padre tiene contactos. De laclase que llegan a fondo y dentro de las sombras del gobierno. Hay cosas que élpuede hacer para ayudarte. Isaac permaneció, en apariencia, calmado. Aunque por dentro, estaba hecho unlío. ¿Quién demonios era su padre? Childe… Childe… El nombre no suscitaba nadaen su base de datos. —Isaac —dijo ella—. Por favor… —Me sacaste así que puedo seguir. Eso me ayudó. Ahora vas a dejarme marchar.Déjame marchar y olvídate que jamás me conociste. Si tu padre es la clase de hombreque dices que es, sabes malditamente bien que hay ramificaciones del servicio dóndeASP es una sentencia de muerte. ~104~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Pensaba que no estabas en el ejército. Él dejo esa única mentira dónde aterrizó… que lo era en lo alto del montón demierda que había traído a su puerta. En el silencio, añadió un poco de aderezo, el salero no hizo ruido, el molinillo depimienta crujió. Y luego ella dobló la tortilla por la mitad y la dejó en el fuegodurante un instante. Dos minutos después, el plato que le presentó era uno blanco y cuadrado, y eltenedor era de plata de ley con florituras. —Sé que eres educado —dijo ella—, pero no me esperes. Está mejor caliente. No le gustaba comer antes que ella, pero considerando que se había cerrado enbanda en todo lo demás, supuso que ahora era una oportunidad para sercomplaciente. Yendo al fregadero, se lavó las manos con agua y jabón; luego se sentóy se comió hasta el último bocado. Estaba buenísimo. —Quédate esta noche —dijo ella después de prepararse su comida y ponersemanos a la obra mientras permanecía en el mostrador—. Quédate esta noche yrenunciaré a tu caso… pero no hasta que hayas desayunado conmigo mañana por lamañana. Y te llevarás tu dinero contigo cuando te vayas. No quiero formar parte deesto. Si te vas, vas a tener que llevar esa deuda en tu conciencia. Una oleada de cansancio lo golpeó, engulléndolo con fuerza sobre el taburete.Entre sus muchos pecados, el deberle dinero a ella parecía una carga curiosamenteinsoportable, de lejos y mucho más que los numerosos cuerpos que había puesto ensus tumbas. Pero eso siempre era lo que la gente decente le había hecho… le hacíanver con demasiada claridad quién y qué era. Justo cuando se estaba preparando para discutir sobre el asunto de la cama-y-desayuno, ella lo cortó. —Mira, si estás aquí, sé que estás a salvo. Sé que vas a tener una comida o dos yque te vas a ir más fuerte. Ahora mismo, necesitas atención médica para la cara, otratortilla y una cama en la que puedas descansar. Como dije, esta casa tiene unaseguridad más allá de los estándares civiles y hay un par de trampas en el interior…así que no tienes que preocuparte por un allanamiento. Además, nadie con vínculosen el gobierno va a hacerme daño a causa de mi padre. Childe… Childe… Nop, todavía nada. Por otra parte, había sido un recluta en lasXOps que había estado preocupado por dos cosas: conseguir su objetivo y salir convida. No era precisamente del tipo que supiera de jerarquía militar. Aunque Jim Heron lo sabría. Y el tipo le había deslizado su número… —Así qué, ¿tenemos un trato? —le exigió ella. ~105~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Renunciarás —contrarrestó bruscamente. —Sí. Pero tendré que contarles a ellos todo lo que sé sobre ti cuando lo haga. Yantes de que preguntes, ya que nunca has confirmado o negado una conexión con elgobierno… simplemente me olvidaré todo lo que hemos hablado sobre aquello. Se limpió la boca con una servilleta y quiso maldecir ante su falta de opciones: Tío,su decisión estaba en el ángulo de su mandíbula… bien claro, o se hacía a la manerade ella o no se hacía. —Muéstrame el sistema de seguridad. —Cuando ella relajó visiblemente loshombros y dejó el tenedor, él no contaba con nada de eso—. No, acábate primero lacomida. Mientras ella comía, él se levantó y se paseó por allí, memorizándolo todo, desdelas pinturas en las paredes hasta las fotos alrededor del sofá y la zona de descanso.Al final, se detuvo en frente de todo ese cristal. —Déjame mostrártelo. Ante el sonido de su voz, los ojos se concentraron en el reflejo de ella mientraspermanecía detrás de él con ese vestido negro, un hermoso espectro de una mujer… En el tranquilo silencio de la casa, con la barriga llena de la comida que le habíapreparado y sus ojos bebiéndose la visión de ella… las cosas pasaron de complicadasa completamente caóticas. La deseaba. Con un hambre que iba a ponerlos a ambos en un aprieto de mildemonios. —¿Isaac? Esa voz suya… ese vestido… esas piernas… —Tengo que irme —le dijo bruscamente. De hecho, tenía que correrse… dentro deella. Pero eso no iba a ser parte de esto. Incluso si tenía que cortarse la polla yenterrarla en ese precioso patio trasero de ella. —Entonces no voy a renunciar a tu caso. Isaac dio media vuelta y no le sorprendió en absoluto cuando ella no retrocedió nise movió un centímetro. Antes de poder abrir la boca, ella levantó la mano para detenerle antes de queempezara. —No importa que no te conozca y no te deba nada. Así que puedes parar esapolémica aquí mismo. Tú y yo vamos a comprobar mi sistema de seguridad, luegovas a ir a dormir a mi habitación de invitados y a marcharte por la mañana… —Podría matarte. Aquí mismo. Ahora mismo. ~106~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Eso la hizo callar. Cuando las puntas de sus dedos se alzaron hacia ese grueso collar de oro, como sise estuviera imaginando las manos del hombre alrededor de su garganta, él seaproximó. Y esta vez ella retrocedió… hasta que el mostrador dónde estaba su plato vacio ladetuvo. Isaac siguió acercándose hasta que le puso los brazos a cada lado, con las manosaferradas al granito, aprisionándola con eficacia. Mirándola directamente a esosgrandes ojos azules, estaba desesperado por asustarla y meterle algo de sentidocomún. —No soy la clase de hombre al que estás acostumbrada. —No vas a hacerme daño. —Estás temblando y ahora mismo te agarras el cuello con fuerza. Así que dime dequé me crees capaz. —Mientras ella tragaba con dificultad, él se imaginó que lallamada de atención era muy necesaria… excepto que se sentía como un matónrepresentando el espectáculo de la agresión—. Sé que estás en plan salvadora. Perono soy la clase de caridad que alimentará tu alma. Confía en mí. Un zumbido de energía empezó a vibrar entre ellos, las moléculas de aire en elespacio entre sus cuerpos y sus rostros se agitaron. Él se inclinó incluso más cerca. —Soy más del tipo que te comería viva. Exhaló el aliento en una ráfaga y él lo sintió abanicando sobre la piel de su cuelloen un cosquilleo. Y luego ella le pateó el culo. —Entonces hazlo —le soltó. Isaac frunció el ceño y se apartó un poco. Los ojos de ella estaban encendidos, una repentina ira cubrió su hermoso rostrocon una pasión que lo sacudió y excitó. —Hazlo —gruñó ella, agarrándolo de un brazo. Ella tiró de su mano hacia arriba y la puso en su garganta. —Vamos… hazlo. ¿O sólo intentabas asustarme? ¿Eh? Soltó bruscamente la muñeca de su agarre. —Estás loca. ~107~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Así es, ¿no? —Su ira en realidad no debería haber sido otra vez una puesta acien total. En serio. De verdad—. Quieres tratar de intimidarme asustándome y salirdel atolladero. Bien, buena suerte con eso. Porque a menos que estés dispuesto aseguir con la amenaza, no voy a retirarme y no te tengo miedo. Le empezaron a arder los pulmones… y mientras que habría sido muchísimo másinteligente para él dar un paso atrás y hacer uso de una de las puertas, acabóponiendo la mano derecha atrás dónde había estado sobre el granito… así ella estabaotra vez atrapada entre sus fuertes brazos. Le gustaba ella exactamente dónde estaba, casi cobijada por su cuerpo. Y larespetaba por su despliegue de fortaleza; realmente lo hacía… incluso mientras sepreocupaba por lo temeraria que era. —Adivina qué —dijo con voz baja y ronca. Ella tragó saliva de nuevo. —Qué. Isaac se acercó a ella, poniendo la boca directamente en su oído. —Matarte no es la única cosa que podría hacerte… ma’am. * * Había pasado mucho tiempo desde que Grier había sentido cada centímetrocuadrado de su cuerpo… al mismo tiempo. Por Dios, aunque, ahora lo sentía, y nosólo la piel en la que estaba. También notaba cada porción de Isaac Rothe, aunquenada de él la tocaba. Había mucho de él. Y tal vez debería haberse enfriado por el plan de puro machoque llevaba… pero en cambio, la realidad brutal de su poder sólo la atraía más y más.Separados por escasos centímetros, ambos respirando con dificultad, ella estabacompletamente trastornada, sus emociones ciertamente desatadas como si de hechoél le hubiera arrancado la cabeza del cuerpo y la hubiera dejado rodar por el suelo. Dios, estaba desesperada por él: Deseaba arrojarse directamente a él y quedar K.O.por el impacto. Deseaba que él fuera la pared de ladrillos en la que golpeara. Deseabaestar inconsciente, tambaleante y perder el contacto con su realidad… por él, el sexoque emanaba como un perfume y el viaje salvaje que sería. Sí, claro, no duraría. Y cuando volviera en sí, iba a sentirse fatal. Pero en estemomento electrizante, no le importaba nada de eso. —Isaac… Él desistió. En el momento en que ella dijo su nombre con voz ronca, no sólo seapartó, se retiró del vórtice. ~108~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Dando vueltas, se frotó el corto cabello como si estuviera intentando restregarse elmismo cerebro, y la distancia física le dio una pista sobre cómo se habría sentidodespués si hubiera estado con él: muy vacía, ligeramente asqueada y definitivamenteavergonzada. —Eso no pasará otra vez —dijo él bruscamente. Mientras su declaración todavía colgaba en el aire entre ellos, se dijo a sí mismaque estaba aliviada de no haber tenido que tratar con la cosa del sexo. Yyyyyyyy… el latido entre sus muslos le dijo que era una descarada mentirosa. —Todavía quiero que te quedes —dijo ella. —Nunca te das por vencida, ¿no? —No. Jamás. —Ella pensó en el número de veces que había intentado sacar dequicio a Daniel—. Nunca. El rostro de Isaac fue el de antaño cuando la miró desde el otro lado de la cocina,su ojos glaciales nada más que fosos de oscuridad. —Un consejo. Dejarme marchar puede ser un importante mecanismo desupervivencia. —Y a veces es falta de moral. —No si has sido arrastrado detrás de un coche. O sido encerrado en un agujero deratas. A veces para salvarte tienes que escapar. Sabía que se estaban acercando a su verdad y mantuvo la voz tan firme comopudo. —¿De qué estás escapando, Isaac? ¿De qué te estás salvando? Él simplemente la contempló. Y entonces… —¿Dónde está tu sistema de seguridad? La desviación fue un chasco, pero la concesión de que se quedara era un triunfomediocre. Y mientras le llevaba a la parte delantera de la casa, se recompuso lo mejorque pudo, incluso aunque tuviera flojas las rodillas, la piel sobrecalentada y la menteen un torbellino. Había una familiaridad terrible en la manera que se sentía, una en la que senegaba a mortificarse… pero bien se lo podría mencionar a su hermano muertocuando lo viera de nuevo. Daniel nunca hablaba de la noche en que murió, o de todoel auto castigo que había pasado antes de eso. Aunque, tal vez… ellos tenían quehablar de todo. —Como mencioné, esto es sólo para la galería —dijo ella, pasando una mano sobreel detector que estaba instalado en la pared—. La unidad de verdad está en la parte ~109~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2trasera del vestidor en mi habitación. Cada ventana y cada puerta tiene un detector,pero el sistema de verdad está protegido por ondas de radio, rayos infrarrojos yláminas de cobre. Como el tuyo. —Muéstrame los conectores. Y quiero ver la placa madre. Por favor. Lo cual significaría llevarlo arriba. Cuando ella echó un vistazo a los escalones enmoquetados, encontró difícil decreer que se estuviera preguntando si podía confiar en él… Tan cerca de una cama. ¿Qué demonios le estaba pasando? ~110~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 15 Cuando Isaac fue conducido a una acogedora habitación tipo biblioteca, supo queaquí era donde Grier pasaba su tiempo libre. Había secciones del New York Times ydel Wall Street Journal en una papelera de mimbre al lado de una silla acolchada, y lapantalla grande de televisión en la pared opuesta sin duda tenía puesta la CNBC o laCNN o la FOX News la mayoría de las noches. ¿Quién se sentaba aquí y la miraba con ella? ¿Ese hermano suyo? —¿Ves? —dijo ella, haciendo a un lado una de las cortinas de cuadros escocesesBlack Watch. Isaac la revisó inclinándose y la emanación de su perfume era precisamente laclase de cosa que no necesitaba en ese momento. Obligándose a concentrarse en los minúsculos destellos de cobre, aprobó lo queestaba viendo. Material de la última. ¿Quién coño era su padre? Antes de hacer algo estúpido, como tocarla, se alejó y mientras vagaba al lado deltelevisor, no le sorprendió en absoluto la colección de DVDs metidos en lasestanterías. Un montón de títulos extranjeros y películas serias de las que no habíaoído y mucho menos visto nunca. Por otra parte, no había ido al cine desde finales delos ochenta. Lo último que vio fue a un Bruce Willis de policía buscando desesperadamente unpar de zapatos que le fueran bien, Arnold era un ciborg con gafas y Steven Seagaltenía entradas auténticas. —Me llevarás a la placa madre —le dijo girándose hacia ella. Omitiendo la parte del y a tu cama. Qué caballeroso. —Por supuesto. Siguiéndola escaleras arriba, se mantuvo bien lejos de ella… lo cual era bueno yaque mantuvo las manos quietas y no tan bueno porque sus ojos tenían mucho paracontemplar. Jesús, sus caderas tenían la capacidad de hacerle apretar las muelas. ~111~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Cuando pasaron la segunda planta, hizo una pausa rápida y robó una impresiónde tres habitaciones con las puertas abiertas. Las decoraciones estaban hechas con elmismo número de dinero viejo de abajo, pero había una sensación acogedora en todoaquello. Mucho más “de familia” que “de hotel”. Ni mucho menos él había vivido así. Había compartido una habitación del tamañodel vestíbulo delantero de ella con dos de sus hermanos mientras crecían. En lasXOps, agarraba el sueño dónde podía… normalmente sentado derecho en una sillafrente a una puerta con una pistola en la mano. —Yo estoy en la tercera planta —dijo ella desde varios escalones por encima deldescansillo. Él asintió y puso el culo en marcha. Resultó que en efecto ocupaba toda la terceraplanta. La habitación principal era una extensión con su propia zona de descanso,chimenea y puertas acristaladas que se abrían hacia lo que supuso era una terrazaprivada. —Aquí dentro. Siguió el sonido de su voz, revisando el vestidor en el que ella había desaparecido.La maldita cosa era tan grande como los salones de algunas personas, con moquetacolor crema de pared a pared y legiones de ropas alineadas y colgadas por categoría. El aire olía a su perfume. Estaba en la parte de atrás, haciendo a un lado una docena o así de trajes deaspecto serio, para mostrar… una rejilla de ciento veinte centímetros de alto pornoventa de ancho, que parecía no ser nada más que la tapa de un radiador antiguo.Pero mira por dónde, la cosa se deslizó hacia atrás y reveló una especie de buhardilla Un pequeño clic y se hizo la luz. Ella pasó primero y él le iba a la zaga entrando en los estrechos confines… y allíestaba. Santa… mierda. Cuando se arrodillaron uno al lado del otro, él pensó, tío, era bueno que no fueradel tipo tecnoadicto o estaría derritiéndose. El sistema era tan sofisticado como sepodía, ningún pequeño teclado de diez dígitos, apagado, suspendido o ausente entrelos que elegir. Este era un sistema por ordenador que controlaba las diferentes zonasde la casa a múltiples niveles. Y si lo estaba interpretando bien, la única manera dellegar a los componentes era subiendo hasta aquí y desarmarlo sería difícil. Salvo… —No te vi desconectarlo cuando entramos. Ella le tendió algo que se parecía al mando de un coche. ~112~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —El botón está calibrado a la huella de mi pulgar. Lo llevo conmigo donde quieraque vaya y ahora el sistema está conectado. Mientras él giraba el objeto en su mano, ella dijo: —¿Suficientemente bueno? Levantó los ojos hacia los de ella. —Suficientemente bueno. Un largo instante. Demasiado largo para dónde estaban. Muy, muy largo por quienes eran. —Nada más —dijo ella. Sí. —No. Grier asintió y rehízo el camino para salir de los confines. Después de salir él,pusieron la rejilla en su sitio y entraron en la habitación de ella, joder, no pudo evitarmirar hacia su cama. Grande. Con un montón de colchas y almohadas. En el ladocontrario había un televisor pequeño encima de una mesa antigua de primera y unalibrería forrada de DVDs primorosamente ordenados. Frunció el ceño y los examinó, aunque no fuera de su incumbencia, porqueseguramente no podría estar viendo bien los títulos. La chica de rosa. El club de los cinco. Dieciséis velas. La jungla de cristal. Alertamáxima. Hasta él conocía ésta. —Ese es mi repertorio nocturno —dijo Grier, mientras se acercaba y enderezabalas delgadas cajas aunque estuvieran perfectamente alineadas. —Distinto de lo que tienes abajo. —Y encontró difícil de creer que ella fuera undilema que deseaba ser Jane Austen en público y Jerry Seinfeld aquí en su habitación. Ella levantó Cuando Harry encontró a Sally… y deslizó la mano sobre la escenaotoñal de la tapa. —No duermo bien y esto ayuda. Es como… si mi cerebro retrocediera en eltiempo, cuando se estrenaron. Veo los coches… las escenas del supermercado con losprecios más baratos… las ropas que estaban de moda… el pelo que ya nadie lleva.Retrocedo al tiempo en que tenía la edad en que las vi por primera vez, de vuelta acuando las cosas eran… más sencillas. —La asaltó una risa incómoda—. Supongoque las llamaría pastillas cinemáticas soporíferas. Es lo único que me funciona. ~113~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Contemplándola como si se pareciera a Meg Ryan, obtuvo una imagen de ellaacurrucada de lado, el parpadeo azul de la pantalla jugando a través de sus rasgos, elviaje al pasado calmando sus nervios y desacelerando su cerebro. ¿Tenía un amante que las mirara con ella? Se preguntó. ¿Un novio? No llevaba anillo, así que asumió que no estaba casada ni comprometida. —Qué —dijo ella tirando del precioso vestido negro. Él se aclaró la garganta,odiando que lo hubieran pillado mirando fijamente. —¿Qué ducha quieres que utilice? Eso la hizo sonreír. Por primera vez. Y sí, “inocente” como él era… se quedó sin respiración y se le paró el corazón. Grier volvió a poner la película en su espacio. —Primero más comida —dijo ella mientras se giraba y encabezaba el camino devuelta abajo. * * Jim y sus chicos aterrizaron en el jardín trasero de la casa de ladrillos de tresplantas que gritaba a dinero viejo y se disculpaba por armar algún revuelo a la vez.Todo en ella, y en el vecindario, era refinado y súper bien cuidado… y de ladrillo.Por el amor de Dios, el código postal al completo parecía como si los tres cerditos sehubieran desmadrado: casas de ladrillo, muros de ladrillo, puentes de ladrillo,caminos de ladrillo. Era suficiente para hacer que el Gran Lobo Feroz acabara en el pulmón de acero. A través de las láminas de cristal de las ventanas, una cocina que era una pasadase extendía en todas direcciones y había alguna clase de comida dispuesta en elmostrador… pero no gente. Retrocediendo, Jim miró no a la casa si no a través de lacasa, cerrando los ojos y concentrándose. Sí, podía sentir a esos dos… así como algo más. Había una… ondulación… dentro. Los párpados se abrieron de golpe y justo cuando se lanzaba hacia la puertatrasera, Eddie lo atrapó por el brazo. Lo cual, considerando la fuerza del tipo, eracomo chocar contra un coche aparcado. —No, no es Devina. Es un alma perdida. Jim frunció el ceño y concentró sus sondeos en la alteración. —¿Perdida? —Es un alma que ha sido liberada del cuerpo, pero le falta ir hacia su eternidaddestinada. Está atrapado aquí en la tierra. ~114~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Un fantasma. —Sí. —Eddie deslizó la mochila de los hombros, la gruesa trenza cayó haciadelante—. Está vagando, esperando para ser libre. —¿Qué mantiene aquí a esta cosa? —Asuntos sin resolver. —Y estás seguro que es eso. —Cuando los ojos rojos del ángel se endurecieroncomo una piedra, Jim levantó las manos—. Vale, vale. ¿Pero podemos estar deacuerdo en llamarles “fantasmas”? Esa mierda del “perdida” es puro hablar deabuelitas. —De acuerdo. —Metió baza Adrian. —Oh, por el amor… —farfulló Eddie—. Puedes llamarlos Fred si te da morbo. —Trato hecho. En ese momento, Isaac y Grier entraron en la cocina. Mientras el tipo seapalancaba en un taburete, ella volvió a cocinar para él y la tensión entre ellos erapalpable… así como la atracción: Ese par estaban jugando al tenis visual —cada vezque uno inspeccionaba, el otro apartaba la mirada— y ese rubor en las mejillas de lamujer sellaba el trato en el ooh-la-la de trasfondo. Mirando fijamente a través del cristal, Jim se sintió completamente caduco yaparte. Ahora que se suponía que era un ángel, cualquier sueño de casarse algunavez y hacer esa cosa de los niños estaba muerta y enterrada, ni decir el citarse conalguien… aunque, Cristo, ¿cuándo había tenido una cita? Y nunca había sido del tipo de casarse, así que, ¿de qué demonios se estabaquejando? Además, esta no era la película del Lifetime bajada en tiempo real al otro lado delcristal: lo que estaba mirando era a un hombre perseguido y una mujer que estabametida hasta el cuello. Apenas algo que envidiar. De hecho, se preguntaba en qué demonios estaba pensando el tipo. Cualquieraque hubiera trabajado con su antiguo jefe sabía que el daño colateral era unaposibilidad muy real en este escenario. —Tío, vamos a mudarnos con ellos —gruñó Adrian—. Refuerza los hechizos deprotección… adoro una buena tortilla y estoy hambriento. Jim echó un vistazo. —En serio. ~115~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿El qué? Hay un montón de habitaciones en este lugar. —De repente la voz delángel se hizo más grave—. Y puedo compartir mis ejercicios extracurriculares condiscreción. Sí, y no estaba hablando de tejer canastas. Lee: sexo con mujeres anónimas. Aveces con Eddie como acompañante. Jim había pasado una única noche con ese par, pero ya sabía lo instructivo que era.Ad incluso se había permitido ser usado y maltratado por Devina al final del primerpartido, no le había llevado mucho tiempo ir a la carga otra vez. El tipo era un jodidoobseso de las mujeres. —¿Puedes concentrarte, por favor? —Jim echó un vistazo a Eddie—. Asípodremos hacer aquí lo que… Adrian le cortó con un gruñido. —Oh, sí, ella le está haciendo otra. —Puedes dejar esa voz de comida-igual-a-porno. —Oye, cuando me meto en algo, voy a por ello. —Entonces intenta aprender a cocinar… Eddie se aclaró la garganta. —De acuerdo. Es una compensación por proteger este lugar… los hechizos másfuertes marcarán con banderas el terreno para Devina. —Ya lo conoce —dijo Jim tranquilamente—. Me apuesto las pelotas a que ya lo haencontrado. —Todavía creo que no deberíamos llamar la atención. —De acuerdo. Eddie extendió la mano. —Dame tu mano. Cuando Jim le ofreció la palma, echó una ojeada al par del interior. Parecíanaislados del huracán girando velozmente en su horizonte, y él tenía el impulso másextraño de hacerlo, así ellos permanecerían de esa manera… —Mierda —siseó, tirando el brazo hacia atrás. Miró hacia abajo a la picadura en sumano, encontró un grueso corte bajo su línea de la vida, una que estabarezumando… sangre… o algo por el estilo. Había un brillo en el flujo rojo que manaba, como un coche iridiscente pintado a laluz del sol. Fantástico, no había notado nada extraño de vuelta a la funeraria, por otraparte había estado un poco distraído por la imitación de su antiguo cuerpo por unsaco de arena en esa losa. ~116~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Eddie volvió a enfundar su daga de cristal. —Rodea y marca cada una de las puertas. Mantén la imagen de esos dos en tumente para visualizarlos a salvo y en paz, protegidos y tranquilos. Igual que antes,cuanto más fuerza tenga tu imagen, mejor funciona. Formará una clase de barómetroemocional dentro de la casa, así que si hay una alteración mayor, la sentirás. Es unhechizo de bajo nivel y te traerá rápidamente aquí si pasa algo… y no debería atraerla atención de Devina. Por supuesto, no la mantendrá fuera de aquí, pero tú puedesllegar en un parpadeo si ella abre una brecha en la barrera. Con la mano goteando, Jim subió los peldaños de la puerta trasera, manteniéndosea cubierto de modo que les pareciera a Isaac y a su ligue nada más que el paso de unasombra. Presionando la palma en los fríos paneles pintados, se concentró en esos dos,atrapándolos en el momento cuando sus ojos se trabaron y sostuvieron. Luego bajólos párpados y se concentró en nada más que esa imagen… El mundo se alejó, todo desde la brisa en su rostro hasta el crujido de la chaquetade cuero de Adrian, los sonidos distantes del tráfico simplemente desaparecieron… yentonces su cuerpo también se fue, su peso se elevaba de sus pies aún mientraspermanecía en el suelo. No existía nada para él, a su alrededor, o en él, excepto la imagen en su mente. Y fue desde el vacío que su poder estalló. Una inmensa oleada de energía se canalizó en el espacio vacío que había creado ysin comprenderlo, supo exactamente qué hacer con la fuerza, enviándola alrededorde la casa, obsequiando parte de ella sólo para encontrar que manaba incluso más. Dejando caer el brazo, dio un paso atrás… Jim era una estatua. El reflejo de su sangre estaba en la puerta… y se extendíaondulando en todas direcciones, cubriendo los paneles, las jambas y moviéndosesobre los ladrillos. Ascendente y hacia fuera se alzaba por los laterales, ganandoterreno, tomando el control. Sellando la casa. —No está mal para el primer intento —masculló, preparándose para ir hacia laparte delantera. Cuando giró, se detuvo. Los dos ángeles estaban mirándole como si fuera unextraño. —¿Qué? —Miró por encima del hombro. La parpadeante ola roja todavía seextendía, ascendiendo por encima de la línea del tejado—. Seguro como la mierdaque parece funcionar. Eddie se aclaró la garganta. ~117~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Eh Sí. Podrías decir que sí. —Delante… —No es necesario —dijo Eddie—. Has cubierto la casa. Cuando Adrian farfulló algo en voz baja y sacudió la cabeza, Jim pensó, ¿Qué coñopasa? —Tenéis el aspecto como si alguien se os hubieran meado en las botas. Queréiscontarme el problema. —Pausa. Entrada para la respuesta… la cual no llegó—. Bien.¿Qué? —Deberíamos irnos ahora —dijo Eddie mientras ponía de vuelta el cuchillo en lamochila—. Con el hechizo en su sitio, no somos un valor añadido. Ella nos va a teneren su punto de mira a todos. —¿Cómo? Los dos ángeles se miraron el uno al otro. Ad fue el único que respondió. —Todos hemos estado con ella. Si sabes lo que quiero decir. Jim entrecerró los ojos sobre Eddie, pero el ángel simplemente se entretenía con sumaldito equipaje. Pues bien, cosas que pasan. Devina engatusaba. Alejando el pensamiento de su mente, Jim caminó a través del jardín de la puertatrasera y lo rodeó hasta la entrada principal. Después de tomar nota del número y dela calle, se esfumó a pesar del impulso de quedarse. No obstante, estaba satisfecho con su pequeño hechizo sellador… además Perrohabía estado en el hotel durante mucho rato y Jim tenía que sacarlo. Tal vezconseguiría una pizza para ambos… Mientras Adrian y Eddie sin duda disfrutarían de un tipo diferente de pastel. ~118~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 16 Mientras Isaac estaba comiendo su segunda tortilla —y preguntándose cómocoño iba a pasar la noche— Grier fue a prepararle la habitación. Cuando ambosterminaron, ella lo llevó arriba a lo que a todas luces era la suite de invitadosmasculinos: las paredes y cortinas tenían unos acabados en color azul marino ychocolate, había sillas de piel y un montón de libros con tapas de cuero. Se sintió como un completo intruso. —Voy a cambiarme y luego a limpiar la cocina —dijo ella mientras salía y cerrabaparcialmente la puerta—. Si necesitas algo, sabes dónde encontrarme. Hubo una breve pausa. Como si ella estuviera buscando algo que decir. —Entonces, buenas noches —murmuró ella. —Buenas noches. Después de dejarlo dentro, la oyó ir hacia su habitación con pisadas suaves yfirmes. Sobre su cabeza podía oírla caminar, pero se la imaginó dirigiéndose adentrode ese enorme vestidor y quitándose el vestido negro. Sí… esa cremallera bajando centímetro a centímetro, mostrándole la espalda. Laparte superior de las hombreras deslizándose por sus brazos… la telaarremolinándose en su cintura y luego resbalando por sus caderas. La polla le pegó un tirón. Luego se puso completamente dura. Mierda. Justo lo que no necesitaba. Yendo hacia el baño, se detuvo, tenía que sacarse de la cabeza a su anfitriona. Enel mostrador de mármol, había dejado toallas limpias, una selección de artículos deaseo, un tubo de Neosporin1 y una caja de tiritas. También había una sudadera de latalla de un hombre y unos pantalones de pijama de franela con cordones que leenviaron un pinchazo de celos directo al pecho. Deseaba desesperadamente que en realidad fueran de su hermano. Y no de algúnabogado con labia y bien vestido que se acostara con ella. ~119~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Maldiciéndose, se zambulló en la ducha de cristal y abrió el grifo. No era asuntosuyo quienes eran sus amantes… sus gustos o cuántos, cuándo y dónde. Y en cuantoa los pantalones del pijama, estaban limpios e iban a evitar que enseñara el culo. No importaba de quién eran. Se quitó la sudadera y verificó dos veces sus pistolas. Luego se sacó por la cabezala camiseta sin mangas, se quitó los pantalones y echó un vistazo a su reflejo en elespejo: un montón de negro-y-azul en los hombros y pecho se entremezclaban entrela red de antiguas cicatrices que acababan de sanar. Fue difícil no preguntarse lo que pensaría Grier de él. Por otra parte, si se enrollaban en la oscuridad, no tendría que preocuparse de… —Jodido «sí» —tenía que cortar esa mierda. Entrando en la ducha, se preguntó exactamente qué había en ella para tenerlepensando como un quinceañero. Y decidió que debía ser el hecho de no haber tenidosexo en un año y estar en una pelea esta noche, ambas eran la clase de cosas quevitalizaban a un tipo. En serio. Lo hacían. Seguramente no podía estar muriéndose por su abogada sólo porque eran cientosetenta y cinco centímetros de pura mujer, envuelta en un paquete de estilo Tiffany. Desafortunadamente, fuera cual fuera la causa, terminar el jabón y el agua calienteno ayudaría a sus sobrecargadas hormonas. Mientras se lavaba, las manos sobre supiel estaban resbaladizas y cálidas… y el jabón corría entre sus piernas, goteando desu dura polla y haciéndole cosquillas en las apretadas pelotas. Estaba acostumbrado a que su cuerpo estuviera lleno de dolores y males… erafácil ignorar toda esa mierda. ¿Qué estaba sintiendo hacia esa mujer? Era comointentar fingir que alguien no estaba gritando en la iglesia… La mano enjabonada vagaba por donde no debería, yendo entre sus muslos,acariciando hacia arriba la parte inferior de su erección. —Joder —dijo entre dientes apretados mientras dejaba que su palma se deslizarahacia abajo, la fricción subiéndole el voltaje… Le hizo falta todo lo que tenía para descarrilar esa maldita mano. Y acabólavándose el pelo tres veces en un intento por mantenerse ocupado. Poniéndosetambién una cantidad bestial de acondicionador. Por supuesto, la mejor solución erasalir de la traidora intimidad y la seductora calidez de la ducha, pero no podíaconvencer del todo a su cuerpo para dirigirse en dirección a la alfombrilla del baño. ~120~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Antes de saberlo, su erección estaba haciendo la cosa del imán-al-metal de nuevo ysu mano ya iba de camino a casa… y abandonó la lucha. Guarro. Libidinoso. Cabrón. Aunque se sentía tan bien, ese agarre que imaginó era el de ella, la sujeción, esedeslizamiento que giraba en la punta. Además, ¿qué opciones tenía? ¿Intentar ignorarlo? Sí, de acuerdo. Si se ponía unode esos pantalones de pijama, iba a ser un Barnum & Bailey a lo obsceno (una carpa ymucho más). Y tenía que ir a verla abajo antes de irse a dormir. Tenía que hacerle una advertencia a su encantadora abogada. El último de sus argumentos internos esperaría durante… oh, tal vez dos caricias yluego seguiría el viaje. Poniéndose de cara a la ducha, plantó una mano en la paredde mármol e inclinó el hombro. Tenía la polla gruesa y tiesa como el jodido brazocuando empezó a trabajársela con propiedad, moviendo la mano arriba y abajo. Y laráfaga de fuego que le subió por la espina dorsal le hizo bajar la cabeza y abrir laboca para respirar. En la creciente vorágine, se negó a pensar en Grier. Ella había sido la causa de laexcitación, pero no iba a fantasear con ella mientras se hacía una paja en la ducha.Simplemente no iba a pasar. Era de muy mal gusto y una falta de respeto. Ella semerecía mucho más aunque nunca descubriera lo que él había hecho. Ese fue el último pensamiento consciente que tuvo antes de concentrarse en elorgasmo. Tenía la punta tan sensible que cada pasada sobre ella era un dulce aguijónque le atravesaba la erección bajando en picado hacia sus pelotas. Extendiendo máslas piernas, se coloco bien y se apuntaló mientras encontraba el ritmo, el chorrocaliente cayéndole en el pelo y bajando por su rostro mientras empezaba a jadear… De la nada apareció, en contra del memo de la dirección de lo contrario, elrecuerdo en su cerebro de tener a Grier tan íntimamente agarrada y volviéndose unbulldog. Sin importar lo mucho que intentara olvidar o concentrarse en otra cosa, nopodía distanciarse de lo que había sentido al haber estado así de cerca de ella. Dios, sus labios habían estado a un centímetro de los suyos. Todo lo que faltó fueuna inclinación de cabeza y la habría besado… La liberación apareció rápida y potente, estrellándose contra él tan fuerte que tuvoque girarse hacia el bíceps y morderlo para evitar aullar su nombre en voz alta. Y maldito fuera mil veces, se dejó llevar por la última sacudida del espasmo,extrayéndose hasta la última gota hasta que se le debilitaron las rodillas y saboreó lasangre del mordisco. Como secuela, flaqueó y se sintió por dentro como tierra yerma, como si elcorrerse le hubiera drenado no sólo del impulso sexual si no de algo más. ~121~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Estaba tan cansado. Tan, pero tan cansado. Con un taco, alargó la mano que había efectuado el trabajo y se aseguró de que nohubiera rastros de nada en el mármol ni en el cristal. Luego se aclaró una última vez,cerró el agua y salió de los empañados confines que lo habían metido en problemas. Todavía estaba duro. A pesar del agotamiento. Y el ejercicio. A todas luces, su polla no se había tragado el soborno. Y sip, tenía razón: la franela no sirvió de nada para disimular el oye-podemos-hacer-algo-más-con-esto. En todo caso, esa cosa empalmada le hizo mirar dos vecesel tamaño —el cual, considerando que para empezar estaba colgando, no estaba en ladirección que quería que fuera. Guardando la erección y clavándola plana contra el vientre con la cinturilla delpijama, alcanzó el jersey y rogó que fuera lo bastante largo como para ocultar eseenrojecido glande suyo. El cual estaba todavía repleto de brillantes ideas… Vale, fracaso total en la operación disimulo. El jersey habría sido losuficientemente largo si su pecho no hubiera sido tan grande. ¿Tal como estaba? Ibamás que desnudo mostrando sus bienes. Isaac se deshizo del jersey y se puso deprisa su sudadera; la camiseta interiorestaba demasiado asquerosa después de la pelea. Debería quemarla no lavarla. Y antes de hacer el viaje de vuelta abajo, alcanzó el botiquín de primeros auxilios,aunque no porque le importara. Seguro como la mierda que si no lo utilizaba, ella ibaa insistir en subir aquí y jugar a la Florence Nightingale2. Así que no era un buen plan, considerando lo que acaba de hacer. Los puntos adhesivos que había obtenido de los chicos paramédicos en la cárcelno habían tenido ninguna posibilidad en el ring y sólo Dios sabía dónde habíanacabado. Como fuera, aunque el corte no era nada especial, sólo un tajo en la piel losuficientemente profundo como para ofrecer un espectáculo de sangre, pero nadapor lo que ponerse histérico. Iba a tener una cicatriz… como si eso importara. Se pegó una tirita en el corte, y ni se molestó con los antibióticos. Era más probableque muriera por envenenamiento de plomo de una Smith & Wesson que de unainfección de piel. Salió de la habitación de invitados. Bajó las escaleras. Y para cuando llegó alvestíbulo principal, la cosa había empezado a disminuir ligeramente al nivel de lacadera. Hasta que dobló la esquina de la cocina y vio a Grier. ~122~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Joder, tío. Si estaba preciosa con el vestidito negro, estaba totalmente follable en lo queevidentemente era su versión pijama: bóxers masculinos de franela y una viejasudadera verde en la que se leía: CAMPAMENTO DARTMOUTH. Calcetinesblancos y un par de pantuflas para el arrastre en los pies, se parecía más a unacolegiala que a una treintañera… y la ausencia de maquillaje y el cabellodesarreglado hasta eran un plus. Su piel era tersa y satinada, los pálidos ojossobresalían en vez de quedar ocultos tras las gafas de carey. Suponía que llevaba lentes de contacto. Y el pelo… era tan largo, mucho más largo de lo que pensaba, y ligeramenteondulado. Apostaba que olía bien y se sentía aún mejor… Ella echó un vistazo por encima del bol rojo que estaba secando en el fregadero. —¿Encontraste arriba lo que necesitabas? Ni.De.Lejos. Para mayor seguridad, tiró del dobladillo de la sudadera para asegurarse de que elSeñor Feliz estaba cubierto. Y luego simplemente la miró. Como si fuera algunaespecie de idiota. —¿Isaac? —¿Has estado casada? —le preguntó quedamente. Cuando los ojos femeninos giraron hacia él, supo cómo se sentía ella. Él tampocopodía creer que lo hubiera soltado así. Antes de poder dar marcha atrás, ella se subió más las gafas en la nariz, y dijo: —¿Eh? No. Yo no. ¿Y tú? Él negó con la cabeza y lo dejó así, porque Dios sabía que en primer lugar nodebería haber abierto la puerta. —¿Una novia? —le preguntó, cogiendo la cacerola para secarla. —No he tenido ninguna. —Cuando los ojos de ella salieron disparados hacia él, seencogió de hombros—. No digo que nunca haya… esto, estado con… Infierno. Sagrado. ¿Se estaba sonrojando? Vale, tenía que escapar de ella y salir del pueblo… y no sólo porque Matthias ibatras su culo. Esta mujer lo estaba convirtiendo en alguien que no conocía. —Supongo que no has conocido a la persona adecuada. —Se agachó y guardó elbol, luego fue a por la cacerola para meterla en los armarios bajo la isla—. Siempre eseso, ¿no? ~123~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Entre otras cosas. —Sigo pensando que me pasará —susurró ella—. Pero no pasa. Aunque me gustami vida. —¿Ningún novio? —se oyó decir a sí mismo. —No. —Ella se encogió de hombros—. Y no soy de la clase de chica de rollo deuna noche. Eso no le sorprendió. Tenía demasiada clase. Cuando un curiosamente suave silencio apareció entre ellos, no tuvo ni idea decuánto tiempo permaneció allí, mirándola a través de la isla. —Gracias —le dijo él al final. —¿Por qué? En realidad no te he ayudado. Y una mierda que no. Le había dado algo cálido en que pensar cuando estuvierasolo en la fría noche. Iba a recordar este momento con ella el resto de sus días. Sin embargo ya habían pasado unos cuantos. Desplazándose para estar más cerca de ella, alargó la mano y le tocó la mejilla.Cuando ella inhaló bruscamente y se quedó inmóvil, él dijo: —Siento… lo de antes. Vale, sin saber muy bien a que «antes» se refería: los veinticinco de los grandesque le había costado, la huida de la ley, el intento de asustarla para meterle algo desentido común en la cabeza… o La Ducha. Se sorprendió cuando ella no se apartó. —Todavía no quiero que te vayas. Isaac dio ese único paso. —Me gusta el pelo suelto —dijo en cambio, pasando los dedos entre el pelo haciael hombro de ella. Cuando Grier se ruborizó, él retrocedió—. Me voy a la cama. Si menecesitas, golpea la puerta primero, ¿de acuerdo? Golpea primero y espera a queconteste. Ella parpadeó rápidamente, como si una niebla se estuviera levantando desde suribera interna. —¿Por qué? —Sólo prométemelo. —Isaac… —Cuando él negó con la cabeza, ella cruzó los brazos sobre el pecho—.De acuerdo. Lo prometo. —Buenas noches. ~124~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Buenas noches. Se dio la vuelta y la dejó sola en la cocina, recorriendo el pasillo y las escaleras conrapidez, porque su autocontrol estaba desgastado, y a pesar de las dos tortillas,estaba hambriento. Aunque no de comida. Como un completo marica, se recluyó en la habitación de invitados y esperódetrás de la puerta cerrada hasta que pudo oír el sonido de ella subiendo por lascrujientes y viejas escaleras. Cuando la escuchó encerrarse, giró sobre sus talones… yse preguntó qué coño iba hacer durante las siguientes ocho horas. La polla le daba tirones como si estuviera levantando una mano para atraer alprofesor, la erección todo eh-eh-eh-eh-yo-tengo-la-respuesta-para-eso. —Sólo que no va a pasar, grandullón —se dijo bruscamente a sí mismo. Frotándose los ojos, no podía creer que hubiera caído tan bajo como para estarhablando con su muda manivela. O intentando razonar con ella. Y por encima de eso, tampoco podía creer que hubiera estado de acuerdo enquedarse… especialmente dado quién había entrado en el ring con él. Pero no podíadiscutir con lo que había visto en la parte trasera del vestidor de Grier, y aunque aMatthias no le importaban los daños colaterales, seguro como la mierda que no lolocalizaría. Especialmente si su padre era militar: Matthias conocía a todo el mundo,y era completamente consciente de las complicaciones que surgirían si mataba a lahija de alguien importante. Con otra maldición, Isaac entró en el baño y se cepilló los dientes; luego se estiróencima del edredón y apagó las luces. Mientras se concentraba en el techo, se laimaginó arriba en esa acogedora cama encima de él, con la televisión encendida yvestida con algo de la época de Magnum I.P. frente a sus párpados cerrados. Deseaba estar arriba con ella. Deseaba estar allí arriba… y encima de ella. Lo cual significaba que tenía que irse al despuntar el día antes de que incluso ellase despertara. De otro modo tal vez no sería capaz de irse sin intentar tomar algo a loque no tenía derecho… y mucho menos se merecía. Cerró los ojos, estuvo así unos quince minutos antes de que por dar vueltas en lacama se le subiera el pantalón del pijama tan arriba en su entrepierna que se sentíacomo si pudiera toser franela. Si iba a hacer la cosa del colchón y la almohada, normalmente dormía desnudo yahora sabía por qué. Joder, esto era ridículo. ~125~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Media hora después no pudo soportarlo más y se desnudó completamente. Laúnica cosa que mantuvo cerca fue un par de armas metidas dentro de las mantas.Después de todo, estaría enseñando el culo, pero no era razón para ser vulnerable. ~126~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 17 El Comfort Inn & Suites de Framigham, Massachusetts, tenía pasillos queapestaban a Febreze, ventanas selladas con masilla y sábanas que picaban un poco.Pero al menos el zumbido discreto de la máquina de Coca-cola al lado del ascensorsoltaba un chorro interminable de cielo con cafeína glacialmente frío. Adrian Vogel adoraba una buena Coca-cola, prefiriendo las antiguas botellas devidrio a las latas. Pero aceptaba con bastante alegría las de plástico de cuello largo. Iba a comprar dos tan pronto como se bajara en su piso. Una para él y otra para… —¿Cómo dijiste que te llamabas? La pelirroja a su lado era exactamente su tipo: tetas grandes, parcialmente colgaday sin ilusiones de que esto fuera a ser algo más que sexo. —Rachel —sonrió, mostrando los dientes que centelleaban y eran superblancos—.Y creo que me reservaré mi apellido. Tío, esos piños eran increíbles, tan alineados y relucientes como azulejos de baño.Por otra parte era higienista dental, así que seguramente tenía un descuento. Caray, con ese aspecto podía ser una modelo de su línea de productos. Sonó un ding y la puerta se deslizó, revelando la máquina expendedora roja-y-blanca de sus sueños. Cuando se hizo a un lado y dejó pasar a la encantadora ycentelleante Rachel-sin-apellido, era muy consciente de que la estaba utilizando, peroera un carril de dos sentidos: Su conversación en el bar al lado del hotel empezó conel hecho que ella se estaba quitando el anillo de casada. Por lo visto, su marido se estaba follando a una amiga suya. Y por eso Adrian tardó un minuto y medio más o menos en proponer la venganzaperfecta. La invitó a un par de copas, luego otra más, y supo que la tenía cuando ellapreguntó si estaba alojado en el hotel. Él le dijo que sí, lo estaba… con su mejoramigo. Que era mucho más atractivo que él. ~127~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 De acuerdo, eso era Villamentiras total. Pero le gustaba compartir con Eddie si lamujer accedía a ello. Dado el estado de su compinche de juegos, el cabrón nuncaecharía un polvo si Ad no se lo llevaba a casa. —Un momento —dijo cuando se detuvo ante su máquina, sacó la cartera y extrajoun par de billetes. —Sabes —dijo su cita—, nunca he estado con alguien como tú. Sí, él estaba segurísimo de eso. —¿En serio? —Cuando él le sonrió por encima del hombro, ella se concentró en lacurva de su labio inferior,… y éste para complacer, deliberadamente se lamió sobre elmetal gris oscuro—. No estoy tan mal, ¿no? Los ojos de ella estaban hambrientos. —En absoluto. Oye, ¿tienes novia? No lo pregunté. Adrian se giró hacia la máquina e introdujo el dinero, escuchando el pequeñozzzumbido mientras el artilugio se tragaba los George Washington por el gaznate. —No —dijo, pulsando el botón de costumbre—. No estoy con nadie. De hecho lo había estado… hacía muy poco. Lo cual era el porqué, si bien siemprele gustó el sexo, había estado empeñado en ligarse anoche a la chavala y tirarle lostejos a Rachel esta noche. Lavarse después de que Devina lo utilizara era siempre un proceso. Claro,inmediatamente después de que ella lo soltara, el agua caliente y el jabón se librabande su sangre y las otras cosas que impregnaban su piel… pero aquella cosa asquerosay sucia siempre persistía. Su encantador cachito de humanidad, sin embargo, iba a ayudar a reemplazar lassensaciones que perduraban en su cuerpo. Con lo que no había nada que hacer era con los moretones que se desvanecíansobre su piel. La mierda con Devina permanecía con él, persistiendo en lo recóndito de sumente, enconándose. Hasta el punto que ahora había dos Ad: el que bromeaba conJim, permanecía alerta y estaba listo para luchar por el alma de Isaac Rothe… y el queestaba acurrucado en lo oculto de su estadio mental, temblando, entumecido ycompletamente solo. —¿Light? —le preguntó. —Sí, por favor. Esta vez, le tembló la mano cuando alimentó la boca de la máquina. Hasta elpunto que le llevó un par de intentos introducir el billete. ~128~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Oye, ¿puedes hacer algo por mí? —Claro. —Envuélveme con tus brazos. Hubo una risa en voz baja y luego sintió una tierna compresión alrededor de sucintura cuando Rachel Sin-Apellido hizo lo que le pidió. Mientras ella se apoyaba ensu espalda, los pechos suaves presionaron contra su dura musculatura y la calidez desu cuerpo fue un enorme contraste con lo que estaba pasando en su interior. Estaba tan frío. Frío como la coca-cola que estaba comprando. Adrian dejó caer la cabeza y apoyó una mano contra la máquina, manteniéndolosa ambos derechos. Devina iba a matarlo. Si no era cuando se lo estaba follando, entonces sería por losefectos secundarios: su cerebro ya no funcionaba bien, y mientras pasaban los días yno volvía a la normalidad, estaba empezando a preocuparse. No creía que Jim losupiera; le preocupaba que Eddie sí, y aquí estaba el problema: No tenía intención deser mandado de nuevo al banquillo por los poderes. Era un luchador y tenía unavendetta personal contra Devina… y eso significaba que tenía que calmarse. —Sabes —murmuró Rachel contra su hombro—, si quieres notar mis pechos, hayuna manera mejor. Él tragó fuerte y se volvió a poner la máscara. Girándose entre sus brazos, leapartó el pelo rojo del cuello y le inclinó la barbilla hacia arriba. —Tienes tanta razón. Estaba completamente vacío cuando la besó, pero ella no lo sabía, y él estaba tandesesperado por establecer un contacto que eso no le importaba. —Adrian… —Cuando alargó su nombre, supuso que a ella le gustaba la maneraen que la barra de metal, que le atravesaba la lengua, se sentía contra la suya. Bajando las manos de las caderas hacia el culo, la atrajo estrechamente hacia sucuerpo e intentó romper su círculo ártico con las curvas, la manera en que se movíacontra él, el olor de su perfume y el sabor de los vodkas con arándanos que se habíabebido. Manteniendo el ritmo, pulsó el botón de la “light” y la máquina escupió otrabotella. —Vamos —gruñó agarrando el refresco—. Déjame presentarte a Eddie. Como tedije, vas a adorarle. Todo el mundo le adora. Le hizo un guiño en un intento de flirtear, y por el modo tonto en que ella se rió,estaba claro que se había tragado el encanto… y estaba realmente abierta a lo queestaba entrando. ~129~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Sabes, nunca he hecho esto antes —dijo ella, mientras la conducía por el pasillo—. Bueno, con… ya sabes. —¿Dos personas? —Ella se rió tontamente de nuevo y él le sonrió—. Está bien… tetrataremos muy, muy bien. Esto iba a funcionar, se dijo a sí mismo mientras sacaba la llave de plástico de lapuerta. Esto tenía que funcionar. Anoche no había sido bastante, pero después deaquello, su pizarra iba a estar limpia y su cabeza iba a estar de nuevo en el juego y éliba a lograr extraer su media libra de carne de Devina. Cuando se acercó a la puerta, Adrian se detuvo, deslizó la tarjeta en la ranura y laabrió una rendija. —Tenemos compañía. ¿Estás decente? La respuesta de Eddie fue rápida y enfadada. —Por supuesto que sí. Adrian se coló dentro con esa sonrisa manufacturada clavada en el frente de sucara. —¿Dónde estás, colega? Cuando su compañero salió del baño, la dura mirada de Eddie cambió al instanteen que vio a la mujer. Yaaaaaaa no estaba tan enfadado. Pero Adrian sabía que el tío tenía predilecciónpor las pelirrojas, lo cual era el porqué la encantadora Rachel había sido un mate. Mientras Eddie daba un paso adelante para presentarse, Ad fue y pasó la cabezapor la puerta abierta que conectaba con la habitación de Jim. El ángel estaba sentado delante del portátil que había comprado antes, durante eldía. A un lado, había una caja abierta con una pizza a medias y en el otro unMarlboro que silenciosamente ardía en un cenicero. En el regazo, Perro era unmontón de pelo desaliñado de color-gris-y-rubio, hasta el punto que no podías decirqué extremo era la cola y cual el hocico. Por el ceño fruncido de Jim, estaba muy claro qué estaba haciendo en la compu:Estaba buscando información de la chica que Devina había asesinado, profanado ycolgado boca abajo en esa bañera de Caldwell, la virgen que había sido sacrificadapara proteger el territorio de los demonios. La que Jim había intentado salvar… yhabía sido demasiado tarde. —Jim. Al sonido de su nombre, el tipo que era responsable de salvar al mundo, levantó lamirada. Sus ojos estaban ribeteados de rojo por la falta de sueño y tenía la miradavacía, vale, más o menos lo que esperarías, dado lo mucho que recaía sobre sus ~130~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2hombros. Y todavía estaba claramente puesto en faena. ¿Ese hechizo que el tipo sehabía sacado del culo en la casa de ladrillos? Increíble. Primero probó en la puerta ylo hizo de un plumazo. ¿Eddie o Ad? Habrían tenido que ir alrededor del lugarmarcando las entradas para asegurar la cobertura adecuada. La clase de cosa que hacía que te preguntaras que quién más, a parte de esecabrón, podría hacer. —¿Qué pasa, Ad? —dijo el tipo mientras cogía su cigarro y le daba una calada. Laexhalación fue lenta y cansada. Adrian señaló con el dedo por encima del hombro. —Vamos a estar ocupados durante un ratito. —¿Ocupados? ¿Ahora? Como si fuera el momento, Rachel soltó una de sus risitas tontas y acto seguidollegó un gruñido como un ronroneo en voz baja. Lo cual normalmente significabaque Eddie estaba con algo. Un beso. Una palmada. Una mamada… La mirada de Jim se entrecerró. —¿Estás bien? Adrian se retiró y empezó a cerrar la puerta. No quería a Jim envuelto en sudrama. Era una cosa para ser descubierta ante Eddie, con quién había vivido uninfierno. Literalmente. Pero no Jim. Le gustaba el tipo… confiaba en él… estaba dispuesto a trabajar conél. Aunque eso era todo. —Espera un minuto —exigió Heron. —Tengo que irme… —Puedes darme un jodido minuto. Algo me dice que no irán lejos sin ti. * * Adrian tenía problemas. Jim podía notarlo claramente mientras el tipo permanecía en la entrada con esasonrisa falsa en el careto y un cuerpo que estaba tan tenso como el cable de unpuente. Claro, parecía estar manteniendo la mierda controlada, pero debajo de sunúmero de Señor Tipo Duro, eso no era cierto, ¿no? Y la fatiga de la batalla no era una broma; te fracturaba el cerebro y representabaun peligro para ti y los demás. Después de todo, andar por ahí con una cabeza queno funcionaba bien era como llevar un arma en la funda que podía fallar en cualquiermomento, y estallarte en la mano. ~131~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Adrian. —¿Qué? —La respuesta del tipo no daba pie a discusión. Y tampoco la mano deuñas rojas y largas que serpenteaba por su cadera y empezaba a subirle la camisa. —Entra un segundo —dijo Jim, muy consciente de que estaba empujando el aguacuesta arriba. De ningún modo el ángel iba a apartarse de la Señora DedosExtravagantes. —Estoy un poco ocupado ahora mismo, colega. —Los ojos de Adrian no eran si nocristal, como si lo que se hubiera encendido dentro de él se hubiera largado devacaciones. —Esto es más importante. —PTI, no soy un gran conversador. Soy de acción. Esto obtuvo otra risita tonta y la camisa subió más allá de los pectorales delángel… y luego hubo una pausa, como si la fémina estuviera sorprendida por lo quehabía encontrado. Tenía sentido. Los pezones de Ad estaban perforados con barras, yuna cadena gris oscuro las conectaba, y no se detenía allí. Los eslabones bajaban porsu paquete de seis y bajo la cinturilla de los pantalones. Jim había soltado un oye-espera-un-minuto la primera vez que también obtuvouna ojeada del une-los-puntos. —Mira, Adrian —empezó, listo para comenzar, incluso si era con audiencia. Ad se giró hacia la mujer. —Ve y dile “hola” a Eddie durante un minuto, cariño. La pelirroja aceptó la sugerencia y fue corriendo, cruzando hacia el otro tipo ytirando de él para un beso. A través de la rendija de la puerta, era un malditoespectáculo mientras Eddie la maniobraba hacia la cama, la acostaba y la cubría consu pesado cuerpo. Por el jadeo, ella estaba en el puro cielo cuando le sacó la camisetaa él… Jim frunció el ceño y se inclinó hacia delante, preguntándose si estaba viendobien… y sí, lo estaba. La espalda de Eddie estaba llena de cicatrices… pero no dequemaduras o de latigazos aleatorios. Eran los mismos símbolos que habían estadoen el estómago de la chica en casa de Devina… Cuando Jim se puso en pie de golpe, Adrian entró en su línea de visión,bloqueando la vista. Así como la entrada. —Joder, ¿qué es eso? —siseó Jim, agarrando a Perro. Adrian simplemente sacudió la cabeza cuando se apagaron las luces en la otrahabitación y algo golpeó el suelo. Como una de las botas de combate de Eddie. ~132~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No hablamos de nada —dijo el ángel en voz baja—. Trabajaremos para ti yharemos lo que tenemos que hacer para ayudarte a ganar, pero no eres bienvenido ennuestro pozo negro, Jim. Él y yo hemos estado juntos mucho tiempo, y en el caso deque no te hayas dado cuenta, tú sólo mandas en el trabajo. Una voz profunda y gutural se alzó a través de la oscuridad. —Vamos, Adrian. Eso seguro que no fue la fémina enviando la petición. Y por una vez, Ad, que noera de aceptar órdenes, parecía de humor para acatarlas. —Estaremos en la puerta de al lado si nos necesitas —dijo el tipo antes dedesaparecer dentro de la oscuridad y el sexo—. Pega un grito. Y entonces todo se silenció de golpe. Jim se hundió sobre la silla y recolocó a Perro en su regazo. Acariciando el ásperopelaje del animal, tuvo que obligarse a permanecer donde estaba. Quería irrumpir enla otra habitación y exigir que Adrian viera a un loquero y a Eddie que hablara de loque eran esas marcas. Pero vamos, todo el mundo estaba medio desnudo y apunto-de-estar totalmente desnudo. Y luego iban a empezar los martilleos. —Mierda… joder… Cerrando los ojos, vio los diseños grabados en la espalda de Eddie y se acordó delmomento en que registró el baño de Devina y encontró a esa joven inocente colgadaboca abajo en la bañera. Su sangre había sido de un rojo brillante contra la porcelanablanca y por toda su pálida piel y cabello rubio. Había sido masacrada y marcada porel demonio, su piel arañada a lo bestia con símbolos. Iguales a los de Eddie. Devina obviamente había tenido sus garras en ese ángel. Y Jim iba a necesitar losdetalles de aquello. Volviéndose a concentrar en el portátil que había comprado esa tarde, quitó elsalvapantallas con una pasada de dedo. El Dell sólo tenía una velocidad y memoriacivil, pero por otro lado, no era como si fuera a estar dirigiendo satélites desde elteclado, y la web del Caldwell Courier Journal se había cargado con bastantefacilidad. Cuando volvió a los archivos, esa foto de la chica era una herida abierta en sucerebro. Los cuerpos muertos no eran nada nuevo para él, y aún así aquel se aferrabaa su bulbo raquídeo y se había instalado en el corazón de su CPU. Como mínimo deseó haberle podido dar un entierro apropiado. Pero cuandoentraron en la habitación, él rompió el hechizo que protegía el espejo sagrado deDevina así que tuvieron que irse. Después de aquello, los restos de la chicadesaparecieron. ~133~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Lo cual fue lo que llevó a Jim al periódico. Alguien estaría buscando a su hija y elcuerpo —o al menos, partes de él— que al final serían encontrados: Adrian sosteníaque Devina normalmente tiraba lo que le sobraba en vez de destruirlo porque esocausaba más dolor a la familia y amigos. Que mujer tan dulce. Y eso le hizo preguntarse si desaparecida para siempre era mejor que profanada ydestrozada. Terrible elección. En la casilla de búsqueda, entró frases como: “mujer rubia encontrada muerta”,“homicidio de mujer rubia” y “asesinato de mujer rubia”. Nada, bueno, un montónde cosas, pero ninguna encajaba con lo que estaba buscando. Los resultados erandemasiado antiguos incluso en edad, porque su víctima parecía tener sólo unosdieciocho o diecinueve años, y los artículos eran de hacía seis meses o un añomientras que su chica había sido asesinada muy recientemente: La sangre habíaestado fresca y su cuerpo, aunque mutilado, parecía estar en relativo buen estado, locual le hacía suponer que no había sido torturada o había pasado hambre durante unperiodo de tiempo anterior a su muerte. Cuando el CCJ no le ofreció lo que quería, su siguiente parada en lasuperautopista de la información fue la base de datos nacional de personasdesaparecidas. Buscó en el estado de Nueva York. Mierda… tío. Tantas. Tanto maldito sufrimiento en el mundo: noches que estaban repletas de padres,maridos, mujeres, hermanas o hermanos, preguntándose si aquel que les había sidoarrebatado estaba vivo, muerto o desesperado de dolor provocado por otro. —Cristo —susurró. Y él había formado parte en esto, ¿no? A escala mundial, había perpetradocrímenes creando agujeros en la vida de otra gente. Sí, la inmensa mayoría de susblancos fueron hombres malvados, pero en realidad sabía que muchos habían tenidofamilia, y ahora se preguntaba qué había dejado atrás. Incluso si los cabezas defamilia merecían morir, ¿qué clase de caos filtrado había creado? Sabía que un par desus blancos habían sido conocidos por amar a sus hijos: Tal vez fueran enemigos conrecursos peligrosos en un cálculo político, pero no habían sido cabrones en casa. —Mierda, Perro… —Hubo un resoplido y luego una fría nariz húmeda chocócontra su mano—. Sí, vamos a empezar a leer todo esto. Perro levantó su zarrapastrosa cabeza e hizo un bostezo tan grande que soltó unsonido como el chirrido de un gozne. Luego con otro resoplido, el chucho sereacomodó en el regazo de Jim, enroscando sus pequeñas patas y relajándose. ~134~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Jim intentó alisar el pelaje que se había desordenado por la recolocación, pero elabrigo hirsuto de Perro hacía de eso un esfuerzo en vano. El bobo animal siempretenía el aspecto de haber sido secado por una caja de abanicos y luego atacado porcuatro latas de laca Aqua Net. Rostros… nombres… historias… Cuando le llegó un gemido desde la puerta de al lado, pensó en la última vez quetuvo sexo y le entraron nauseas. El pensar que se había corrido en el interior de suenemiga era suficiente para darle a su polla un caso de picha floja por siempre jamás. Pensar que los otros dos también se lo habían hecho con ella… Al principio, la sensación fue difícil de identificar. Algo estaba… mal. Y luego elvago ¿eh-qué? se materializó en la parte de atrás de su cuello hasta que se convencióque aire frío estaba siendo exhalado sobre su nuca. Se giró de golpe, pero no había nadie. Y el frío persistía, bajando por su columna,convirtiéndose en una flota de hormigas que se abarrotaban sobre su espalda. Jim se puso en pie y colocó a Perro en la alfombra. Isaac, pensó. Isaac y Grier… Esa casa… El hechizo en la casa. Estuvo fuera del hotel y de regreso a Beacon Hill en un segundo, aterrizando en eljardín trasero. El conjuro que había lanzado permanecía en el lugar, el exterior de lacasa unifamiliar todavía brillaba y ahora que estaba a tiro, supo que había tenidorazón en venir. Devina estaba aquí. Podía sentir su malévola y parasitaria presencia. Y aún así todo parecía tranquilo: A través de las láminas de cristal de las ventanasde la parte de atrás, la cocina estaba oscura, sin nada excepto una luz lejana en elpasillo proyectando iluminación. Sin sombras moviéndose, sin la alarma pitando, sinruido de armas, sin gritos. Con un enorme batir de sus alas, levitó hasta la terraza de la tercera planta yaterrizó en silencio. Aproximándose a las puertas acristaladas, se mantuvo invisibleal ojo humano y trató de ver dentro. La rubia abogada estaba en la cama, yaciendo delado frente a un pequeño televisor, aparentemente durmiendo. Parecía estar bien. De hecho todo parecía estar bien. Sí, claro, él podía sentir ese fantasmamerodeando, pero no era una amenaza para ella o Isaac… ~135~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 No obstante, la alarma vibratoria en su médula todavía era fuerte, y estabainclinado a escucharla en vez de ir con este falso todo-está-OK. En un parpadeo,atravesó la puerta de cristal y estuvo en el centro de la habitación, preparado para laacción. Lo cual parecía ser un desperdicio de tensión muscular. Otra vez, no había nada fuera de lugar, ni sonidos… Frunciendo el ceño, pasó la cama y atravesó la puerta cerrada frente al paso. En eldescansillo superior de las escaleras, se detuvo, y la granja de hormigas de suespalda se volvió loca, el hormigueo era tan intenso que convirtió todo su cuerpo enun diapasón. Corriendo hacia abajo, supo que se dirigía en la dirección correctacuando la sensación se hizo incluso peor, y entonces entró como un fantasma en lahabitación que estaba utilizando Isaac. Y allí estaba la alteración. Su compañero soldado estaba en la cama, dando vueltas y vueltas en las sábanas,el cuerpo contorsionado, el rostro arrugado en una máscara de agonía. Mientras susgrandes manos agarraban el edredón, los brazos en tensión y ese pesado pecho suyobombeaba el aire con fuerza. Devina estaba allí, de acuerdo, pero estaba dentro del hombre, no alrededor de él:El demonio había arrastrado a Isaac dentro de una pesadilla y lo había atrapado enalguna clase de tortura. Y el resultado era un tormento aún más real por suirrealidad, se imaginó Jim, porque la perra podía personalizar el maltrato a lasdebilidades de Isaac, fueran cuales fueran. Al menos había una solución sencilla: despertar al pobre cabrón. Jim fue corriendo… Nigel, su nuevo jefe, apareció en la esquina de la habitación y sostuvo su manoarriba como un guardia de cruce. —Si lo despiertas, ella se meterá más que sólo en su mente. Jim retiró la embestida, tirando su peso hacia atrás sobre sus talones yenfrentándose al tipo-su-señoría inglés que era su CO de esta noche, el arcángel ibavestido con un esmoquin de los años 20, lucía un cigarrillo con boquilla en la manoderecha y una copa de Martini en la otra. Pero esto no era una fiesta para él: a pesardel falso Gatsby y la bebida de 007, su rostro y su voz eran lúgubres y en el umbralde la muerte. Jim señaló la cama. —Así que tengo razón. Isaac es mi próxima misión. ~136~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Nigel le dio una calada a su pitillo y exhaló, lo cual le hizo darse cuenta a Jim quede hecho tenían algo en común. Aunque dado que ambos eran inmortales, se suponíaque ya no era un mal hábito. —Efectivamente, salvar su vida es la respuesta —fue la contestación consiguiente. —Pero no puedo dejarle así —dijo Jim cuando Isaac soltó un quejido—. Incluso sisobrevive, es cruel. —No obstante no puedes despertarle. Te relacionas con los humanos a través desus almas. Ese es tu conducto, la manera en que los tocas cuando interactúas conellos. Ahora mismo, su mente está contaminada por ella, si abres la puerta almolestarle, ella bailará el vals directamente en tus talones. Difícilmente era la clase de ayuda que esperaba proporcionar al enemigo. Y todavía mientras Jim miraba fijamente al hombre apaleado, se preocupó de si laexperiencia de hecho mataría al arrepentido HDP. Parecía como si alguien leestuviera arrancando los brazos y las piernas. —No voy a dejarle sufrir de esta manera. —Utiliza las herramientas que tienes. Hay muchas. ¡Maldita sea! Tendría que haber traído a Eddie y Adrian con él. —Dime. —No puedo. Ni siquiera debería estar aquí. Si te proporciono demasiadosconsejos, me arriesgo a influir en el resultado y de esta manera descalificar lapartida… o algo peor. Boca abajo en la cama, Isaac soltó un grito agitado. —Mierda, ¿qué hago? Cuando no hubo respuesta, Jim miró hacia la esquina y no vio nada excepto unavoluta de humo desvaneciéndose dejada por el cigarrillo del arcángel. Su jefe habíadesaparecido del mismo modo que llegó: rápido y en silencio. —Joder, Nigel… Allí de pie, solito y desamparado, mientras su espalda chillaba de inquietud eIsaac sufría, Jim sacó su teléfono e intentó llamar a Eddie. A Adrian. A Eddie denuevo. Estaba a punto de volver al hotel y arrastrarlos fuera de la cama —desnudossi tenía que hacerlo— cuando le vino la solución. ~137~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 18 Incorporándose de repente sobre las almohadas, Grier se agarró el pecho y sintióel corazón latiendo contra su palma al despertarse con un grito ahogado. Con lamano libre, se apartó el pelo del rostro y miró alrededor. Su habitación estaba ensombras, nada excepto el logo en movimiento del DVD en la pantalla del televisoremitía alguna luz. —¿Isaac? —preguntó, con voz quebrada. Ninguna respuesta. Y ningún sonido de pasos subiendo por las escaleras. Cuando la decepción ralentizó su latido, se corrigió a sí misma: Era alivio. Alivio. —¿Daniel? —dijo en voz baja. Cuando su hermano no se hizo notar, se imaginóque se había despertado porque tenía los nervios destrozados. Grier se quedó helada. Había un hombre en su habitación. Un hombre enorme queestaba de pie frente a las puertas acristaladas, justo fuera de la luz de la televisión.Estaba completamente quieto, como una fotografía y la única razón por la que ellasabía que estaba allí era la silueta que recortaba el brillo ambiental de la ciudad. Abriendo la boca para gritar, ella… se detuvo. Él tenía alas. Grandes alas que se alzaban por encima de sus hombros y resplandecían como laluz de la luna sobre el agua, hipnotizándola. Era un ángel, pensó. Y cuando le sobrevino una extraña y desvinculadatranquilidad, decidió que tenía que ser un sueño. ¿No? Tenía que ser... —¿Por qué estás aquí? —preguntó, su voz sonó lejana, distante. Cuando él dio un paso hacia delante, su rostro emergió de las sombras y a ella lellamó la atención su duro aspecto. Nada de la dulzura de los querubines. Ni laexpresión insustancial de mensajero-caritativo. Tampoco túnica... iba vestido con unacamiseta negra ajustada y… ¿vaqueros azules? Era un guerrero. Y le recordó a Isaac. ~138~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Por qué estás aquí? —le preguntó de nuevo, poco segura de si la primera vezsólo había pensado las palabras. Mirándola directamente a los ojos, señaló la puerta que daba al pasillo. Isaac, pensó ella… o tal vez lo oyó en su mente. Grier salió disparada de la cama y corrió por el hueco de la escalera, la urgencia lallevaba a hundir los pies en la alfombra, con la mano apenas agarrando la barandillamientras derrapaba y bajaba a toda prisa las escaleras. Ante la puerta de la habitación de invitados, se oían ruidos de alguna clase derefriega. Oh, Dios... Irrumpiendo, no pudo ver mucho en la oscuridad y grito: —¿Isaac? ¿Estás bien... Pasó tan rápido que no pudo seguir el movimiento. Un segundo ella estaba justoen el marco de la puerta; al siguiente fue lanzada al aire, empujada al suelo ytotalmente inmovilizada, con los brazos en la espalda y sujetos allí con fuerza. Con un trozo de metal contra la sien mientras un peso pesado se sentaba en suscaderas. El temor le sacó el aire de los pulmones, aunque estaba segura de que era Isaac,porque olía a su jabón. —P-p-por favor... —Respiró profundamente—. Soy yo... Grier. Él no se movió. Simplemente empezó a jadear como si estuviera forcejeando. Las lágrimas le resbalaron de los ojos. —Is... aac... —Joder. —En un instante se alejó de ella y la pistola desapareció. Mientras ella trataba de recuperar la respiración, él se inclinó hacia ella y graznó: —Lo lamento mucho... Grier se apartó bruscamente y de un brinco se puso de pie, retrocediendo hastaque golpeó contra la pared. Poniéndose las manos temblorosas sobre la cara, intentóinhalar bien y despacio, pero sus pulmones estaban bloqueados contra las costillas ysu garganta estaba tan cerrada que se sentía como si estuviera siendo estrangulada. Isaac le dejó un montón de espacio y no dijo ni una palabra. Simplemente sequedó allí dónde estaba, en el resquicio de luz que se colaba de la lámpara delpasillo. Cuando el estruendo en los oídos de ella amainó, se dio cuenta de que élestaba desnudo, con esa sudadera suya adherida sobre sus partes privadas,resaltando enormemente los pectorales y los músculos de su estómago. ~139~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Sin duda él había intercambiado la pistola por el pudor. —No sabía que eras tú —dijo él—. Lo juro. En su cabeza, le oyó decirle que no entrara hasta que él respondiera. —Grier… —La voz de Isaac se quebró, su expresión, una de dolor físico, como sile matara lo que le había hecho. Cuando ella se sintió como si pudiera hablar, lo miró directamente a los ojos. —Sólo responde a una cosa... ¿estás huyendo por una buena razón o una mala? La respuesta tardó en llegar y fue silenciosa como un suspiro. —Buena. Te lo prometo. —Y entonces la sorprendió—. Necesitaba el dinero y nopuedo trabajar legalmente, ese es el porqué estaba peleando. También da lacasualidad de que estoy bien entrenado. Bien, vale. Él maldijo y se pasó una mano por el cabello corto, se le abultaron los bícepsmarcados estirando una brillante e inflamada marca de mordisco en su músculo. —Tengo que abandonar el país porque tengo más posibilidades de esa manera. Sime encuentran, van a matarme. —Se puso la palma de la mano sobre el corazón,como si hiciera una promesa—. Nunca te haré daño de manera intencionada. Lo juro.Cuando entraste, no sabía que eras tú. Tenía un sueño. Una pesadilla. Mierda… —Seestremeció—. Basura, quiero decir. Siento la palabrota. Ella tuvo que sonreír un poco. —A veces son la única cosa que encaja. —¿Qué te hizo bajar? ¿Estaba… haciendo ruido? Como si él supiera hacer ruido. Grier frunció el ceño y decidió mantener a su visitante alado para sí misma. —Supongo que simplemente supe que me necesitabas. Durante un rato, se miraron fijamente el uno al otro en la tenue oscuridad. —¿Puedo hacer algo para ayudar? —susurró ella. —Sólo coge el dinero que te debo y renuncia. Por favor. Y si viene alguienpreguntando por mí, diles todo lo que sepas. —Lo cual sería casi nada —pensó en voz alta. —Exactamente. Sacudiendo la cabeza, ella se acercó a él y le puso la mano en la frente. ~140~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No puedo detenerte si vas a huir, pero no puedo permitirme estar contaminadapor cómo obtuviste el dinero. Si me lo dejas, simplemente lo devolveré… —Es para pagarte. —No puedo aceptarlo… sabes que no puedo. Está en riesgo mi licencia paraejercer… francamente, ya estoy caminando por la línea del cómplice. Debería haberdevuelto la llamada de la policía en Malden. Y mañana por la mañana, voy a tenerque contarles que te he escondido durante un tiempo mientras intentaba que teentregaras. Todo en sí ya es bastante malo. Pero que Dios la ayudara, creía en él. Creía que estaba huyendo para salvar suvida. Y maldita fuera, iba a hacer mucho más para ayudarle mientras pudiera. * * Mientras Isaac permanecía desnudo frente a su abogada defensora, todavía estabaintentando reconectarse a la realidad. La pesadilla tenía una forma de desenvolver suhelado de manera que saliera al otro lado como un babeante desastre. O al menos asíes como se sentía. Durante un rato después de despertarse, todo parecía moversedemasiado rápido y requerir demasiada energía para entender algo. Dios, cuando le ocurría siempre era lo mismo e incluso después de dos años, elterror todavía era tan reciente como lo fue la primera vez: estaba en un pozo deoscuridad, un cadáver viviente de ojos sin párpados le daba una paliza hasta queestaba ensangrentado de la cabeza a los pies y gritando contra lo que fuera que lehabían metido en la boca. No había escapatoria. Estaba clavado a una especie demesa y nadie podía oírle y aunque podía manejar el dolor físico, lo que le destrozabaera saber que la tortura seguiría eternamente. Sin fin… Grier le apretó el brazo y lo trajo de vuelta al aquí-y-ahora. —Ese artículo del periódico —dijo ella—. El de hace cinco años. ¿Quién fue elresponsable del cuerpo en la cuneta? —Yo no lo maté. Pero oyó sobre la muerte… y proveyó a Matthias con su cartera y una muda deropa sin hacer un montón de preguntas. Y tan pronto como hubo entregado esasmarcas de su vida, entró en el rebaño de las operaciones especiales y desapareció.Dejar a su familia fue algo fácil. Su padre había criado a cinco chicos infernales en lagranja, él solo, y uno menos era una bendición para ese puñado de neandertales.Además su viejo y él nunca se habían llevado bien. Lo cual era el porqué, cuando desapareció ASP, utilizó su nombre en el carné falsoque compró. Nadie le estaba buscando para volver a casa y seguro como la mierda ~141~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2que no había pensado en ser arrestado. Pero el asunto era, que si iba a volver aempezar, quería volver a la persona que había sido antes de la llegada de Matthias.Aunque tan estúpido. Ningún rótulo iba a llevarle de vuelta a ese lugar y tiempo,nada iba a borrar los últimos cinco años. Lo que necesitaba era el perdón. Repentinamente, el rostro de Grier entró en su foco de atención. Dios, sus ojoseran nítidos e inteligentes. Y tan bonitos. —Grier… —El sonido de su nombre en los labios fue hambriento incluso para suspropios oídos. Hambriento y desesperado. —Sí… Eso no era una pregunta, pensó. Era una respuesta… pero, tío, era la equivocada. Al retirarse de debajo de su palma, intentó desbaratar lo que ocurría entre ellos. —Creo que es mejor que te vayas. Ella se aclaró la garganta. —Sí. Debería. Ninguno de ellos se movió. —Vete —le dijo a Grier—. Ahora. Cuando ella se apartó, él cruzó el brazo libre sobre el pecho para evitar agarrarla yatraerla hacia él. Y ella no fue lo bastante lejos para que funcionara. Se detuvo en la puerta, la luzdel pasillo le daba en el perfil trazando sobre ella los rasgos perfectos con muchadelicadeza. Ella se merecía esa clase de dedicación en un amante, pensó él. Pero Isaac estaba demasiado salvaje, demasiado necesitado… demasiado muertode hambre para ser tierno con ella. Mientras estaba de pie en el umbral con la mano que había estado sobre élagarrando el pomo, apretó el agarre hasta que los nudillos se pusieron blancos. —¿Qué pasa? —dijo él con una voz tan profunda que casi desapareció. Maldita pregunta estúpida. Especialmente cuando le trazó con los ojos la curva de su pecho y quiso hacer lomismo con su boca. —¿Alguna vez has deseado algo que no debías? —preguntó ella. ~142~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Joder. Tenía media oportunidad de resistirse a ella si eso hubiera sido unilateral,concretamente de su parte: No había nada como decirte a ti mismo que eras unasqueroso cabrón para hacer a tu líbido una llave de estrangulación. Pero, ¿y si sedespertara en un universo paralelo dónde ella de algún modo también lo desearatanto? Estaban jodidos… incluso sin la parte del sexo. —¿Lo has deseado? —pidió ella. —Sí ma’am. —Como ahora mismo. Ahora su voz fue tan ronca como la de él. —¿Qué hiciste? Di dos pasos hacia ella y la giré por las caderas. Tiré de ella con fuerza y luego la besédurante un minuto y medio antes de quitarle la ropa hasta desnudarla de cintura para abajo.Después me puse de rodillas, lancé una de sus piernas por encima de mi hombro y se lo hicecon la boca hasta que se corrió completamente sobre mi lengua y… —Me alejé. —Tenía la garganta tan oprimida que la respuesta fue estrangulada—.Me alejé y no miré atrás. Ella enderezó los hombros como si tomara una resolución. —Muy inteligente. Él soltó el aliento, aliviado de que no estuviera tan loca como se estaba sintiendoél... Cuando ella cerró la puerta, estaba de su lado en esto. Y luego fue hacia él a travésde la oscuridad, a la deriva como una sombra… y rodeándolo para ir a acostarse enla cama. Isaac no podía respirar, ni pensar. Pero podía moverse. Diablos que sí, podía moverse. Todo lo de vamos-a-ser-inteligentes salió volando por la ventana mientras seaproximaba y se cernía sobre ella, viendo su piel pálida contra las oscuras sábanasazul marino. Ella se estiró en el lugar que él había calentado no por algún sueñoagradable, sino por sus esfuerzos de alejarse de la pesadilla. Y eso no hizo que lesrecordaran a ambos lo que encontrarían al despertar. —¿Estás segura de esto? —le preguntó con voz gutural—. Me acostaré sobre esecolchón ahora mismo y no voy a parar hasta estar dentro de ti. Decía en serio cada palabra. Y cuando ella abrió la boca él la cortó. ~143~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Asegúrate que das una respuesta con la que puedas vivir. Porque lo que paseahora no cambiará el mañana. —Lo sé. Y ya tienes mi respuesta. Aquí mismo. Con eso, ella se sacó la camiseta por la cabeza y se recostó. ~144~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 19 Grier se quedó sin respiración cuando el aire frio la golpeó en los pechosdesnudos y los pezones se endurecieron con un raudo aguijón de placer, aunque larespuesta de su cuerpo fue más por la manera en que la mirada ardiente de él seadhería a ella, que por la temperatura. Y aún así tuvo que esperar a que Isaac hablara, se moviera, hiciera algo…cualquier cosa. Él dejó caer la sudadera. Ella tragó un jadeo garganta abajo. Masculino. Animal. Eso era todo lo que le venía a la mente. No había visto a muchos hombres desnudos, pero estaba muy segura de que elnúmero podría haber sido cien mil y ninguno se podría comparar a Isaac Rothe:Estaba bien formado de hombros y torso, prieto en el estómago y en las caderas… ¿ytotalmente erecto? Su sexo estaba más que a la altura del resto. Bajó hacia ella a través de la negra oscuridad, deslizando contra ella un cuerpomás duro y grande del que sus ojos querían admitir, sus pechos amortiguaron lospectorales cuando su peso se acomodó encima. Dios, olía tan bien. Y que la maldijeran si no estaba jadeando por tenerle. Sus manos hurgaron, yendo bajo la cintura de ella, atrayéndola incluso más fuertedentro de esos fornidos brazos suyos. Y mientras se arrimaban cadera con cadera, losbóxers que ella llevaba no fueron ninguna barrera para el redondeado glandeempujando en su centro, el cual estaba muy preparado para él. —Oh, Dios… La cortó, en un encuentro de bocas y tomando sus labios como si le perteneciera.La besó sin la incomodidad de la primera vez a la que estaba acostumbrada; no hubo ~145~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2nada de vacilación, cortesía o indecisión en absoluto: Isaac la besó como si tuvieraque poseerla y ella estaba lista para ser poseída. Nunca había deseado nada con tanta intensidad. De repente, rodó sobre su espalda y se la llevó con él hasta que estuvo tumbadasobre su cuerpo. Abriendo las piernas, se sentó a horcajadas sobre sus caderas, élmaldijo cuando se asentó en su excitación y se movió arriba y abajo, acariciándolos aambos. Cuando ella gimió, él deslizó la lengua dentro y Grier bajó las manos hacia sumitad inferior, sintiendo el movimiento de sus músculos mientras empujabarítmicamente contra ella. Aunque antes de poder tocarle, él la estaba subiendo por su cuerpo, con la boca ensu cuello, luego en la clavícula, luego… Se pegó a uno de sus pezones, la caliente succión húmeda la lanzó a un arcosalvaje que casi le parte la columna. Para mantener el control sobre la mujer, le clavólas manos en las caderas y la mantuvo quieta… y ella lo necesitó cuando él arrastró lalengua sobre ella y luego reanudó el tirón succionador. —Quiero estar desnuda —gimió ella—. Quiero… Isaac estaba de acuerdo en eso, enganchó los pulgares en la cinturilla de los bóxersy los movió hacia el sur. Grier se alzó para ayudarle, tuvo que arrastrarse parabajarse de él y lograr quitárselos… porque su boca todavía estaba en la faena, pegadaa ella, yendo hacia el otro pecho, mordisqueando y luego chupando de nuevo. Cuando se reacomodó sobre el estómago de Isaac, con su sexo húmedo selladosobre la piel caliente de la cintura masculina, y cuando éste levantó las caderas, laondulación tensa de los músculos de su estómago, se movieron contra ella, lallevaron más alto como si tuviera la mano de él entre los muslos. Entre lacompetencia de los ataques en sus pechos y su sexo, parecía estar por toda ellatocando cada centímetro de su cuerpo. Y no era suficiente. Después habría tiempo para la exploración, todo lo que queríaera tenerle dentro… Isaac a todas luces también pensaba lo mismo. Sin decirle una palabra la girósobre el colchón, la erección una tea caliente entre los muslos de ella mientras seposicionaba. Abriéndole las rodillas con una de las suyas, se hizo espacio. Ambos gimieron mientras se rozaban la parte inferior del cuerpo. —Estoy limpio —le dijo él al oído. —Lo sé. —Ella le pasó las uñas por los hombros—. ¡Vi… tu informe médico…estoy tomando… la píldora! Se unieron con prisas, el cuerpo masculino se puso rígido sobre ella mientrasempujaba en profundidad y dando en el blanco. Dentro de ella era grande y grueso, ~146~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2sobre ella duro y caliente contra su piel: Esto tal vez estaba mal en muchos aspectos,pero tratándose de encajar, él era perfecto. Isaac dejó caer la cabeza en su cuello y empezó a moverse, su cuerpo empujandocontra el de ella, la cabeza de Grier moviéndose arriba y abajo sobre la almohadamientras él entraba y salía. Deslizándole las manos por la parte baja de la espaldapudo notar la creciente tensión masculina, y no era el único que se acercaba al clímax. Con un gemido, abrió las piernas y le dio más, con las uñas clavadas en su piel, laspuntas de sus pechos y las profundidades de su centro hormigueando. Respiró condificultad por la boca mientras el ritmo de amplios empujes la llevaba a los cielosmientras permanecía en la tierra. Y entonces se soltó. Volando libre en un viaje salvaje que le hizo parecer el mundoreal tan felizmente alejado. Era justo lo que necesitaba, una explosión demoledoraque la sacara de ella misma, de la vida demasiado estructurada que llevaba y lamente poderosa que la había llevado hasta allí y sin embargo también la habíaatrapado. Cuando empezó a derrumbarse, los empujes de Isaac se hicieron más cortos yrápidos, rodeándola con los brazos y tirando de ella más fuerte. Estaba aplastadacontra él pero no le importaba y se alegraba de haber pasado el borde primero y asípoder concentrarse completamente en lo que le estaba pasando a él. Excepto… que aminoró la marcha. Y luego se detuvo totalmente. Levantando la cabeza se incorporo sobre los brazos pero no la miró Justo cuando iba a preguntarle qué pasaba, se apartó de ella, todavíacompletamente erecto y salió de la cama. El aire que se apresuró a ocupar su lugarfue como una ráfaga del ártico en su piel desnuda, la intensa helada solo empeorócuando él entró a grandes zancadas en el baño y cerró la puerta. Abandonada, yació en la oscuridad con cada músculo tenso y todo su cuerporuborizado por una clase diferente de calor. Esperó y cuando no oyó el agua ni el váter funcionando, se le ocurrió que tal vezsólo había sido un mal funcionamiento del equipo o alguna clase de flaccidez. Y nopodía ser vergüenza sobre algún aspecto del rendimiento porque Dios sabía que lahabía satisfecho y había estado erecto. Le temblaron las manos cuando se cubrió el rostro y maldita fuera si la realidad nose apresuró en volver. Esto nunca debió haber pasado. ¿Encaje perfecto? Más parecido a un apaño perfecto: había estado en un estadomental imprudente desde que había mirado dentro de los ojos glaciales de Isaac, y al ~147~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2igual que había pasado con su hermano, tenía que recibir un golpe de algo muypeligroso. ¿Dónde se le había ido la cabeza? Tener sexo con un hombre que no conocía. No,peor que eso: un cliente que estaba acusado de agresión. Sin protección, aunqueestuviera tomando la píldora y ella supiera que no era VIH positivo, todavía eramuchísimo riesgo. En el calor del momento, había hecho una elección que era difícil de defender ymucho menos comprender. Por alguna razón le vino Daniel a la mente, y los recordó a ambos con trece ydieciséis años robando el coche de su padre. Había sucedido en Hyannis Port, enverano, dónde la noche no era simplemente oscura; era como la boca del lobo.Empujaron el Mercedes de dos plazas camino de entrada abajo, arrancaron y fuerona dar una vuelta, cambiando los sitios para coger el volante. Acabaron en un caminosin salida frente a la marisma, con la carretera de arena directa al borde del océano.Con la brisa del mar en el aire y la descarga de una sensación de libertad. Se rieronhasta que no pudieron ver. Que fue por lo que se estrellaron contra una choza. Ambos habían estado mal programados, ¿no? Daniel un poco peor que ella,concedido, pero no era sólo su hermano quién hacía cosas alocadas. Y de algunamanera, su sórdido descenso al submundo de la aguja había sido la droga de ella:Los picos y valles mientras progresaba con él y luego lo perdía y luego lo localizabauna vez más convirtiéndose en la sección del tambor en la orquesta de su vida, lafuerza motriz que marcaba todas las otras notas. Y ahora que él se había ido… Dejó caer las manos y echó un vistazo hacia la puerta cerrada, imaginándose aIsaac al otro lado. Era el engaste perfecto para el vasto agujero que la muerte de su hermano habíadejado tras él, una oleada de drama pasando por su vida y convirtiéndose en algo enlo que podía arrojarse. Después de todo, Daniel como fantasma no tenía ni la mitadde vitalidad de la que tenía en vida. Isaac era puro octano. Quitándose de encima las mantas, se sentó y se apartó el pelo detrás de las orejas.La realidad era que ese hombre de allí tenía más sentido común que ella. Habíaquerido irse y dejarla; ella le había hecho quedarse. Le había dado la oportunidad deregresar sola a la cama; ella los encerró juntos. Él iba a largarse sin mirar atrás; ellaiba a querer verle después de mañana… Frunciendo el ceño, se dio cuenta de que ya no había sonidos en el baño. Nada. ~148~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 ¿Qué estaba haciendo allí? Había pasado un rato. Grier arrastró la sábana con ella cuando se levantó y se acercó a la puerta.Golpeándola suavemente, dijo: —¿Estás bien? Ninguna respuesta. —¿Isaac? ¿Pasa algo? Bueno, a parte del hecho de que él era un prófugo de la justicia del gobiernofederal y ahora del estado de Massachusetts y se estaba quedando en casa de la quepronto sería su ex abogada… teniendo sexo con ella. Detalles, detalles. O espera, ¿la falta de orgasmo por su parte significaba que la conexión nocontaba? Ella había acabado, aunque… ¿así que quizás ahora había estado con cuatrohombres y medio? —¿Isaac? Cuando no hubo respuesta, golpeó discretamente. —¿Isaac? Sin muchas esperanzas optó por el pomo, pero éste giró con facilidad, para sualivio no se había encerrado dentro. Abriendo la puerta una rendija, vio unos piesdesnudos y un tobillo en la tenue luz proveniente del exterior. Por lo visto estabasentado en el suelo en una esquina al lado de la ducha. —¿Te importa si entro? —preguntó, colándose dentro del baño… Por Dios… estaba hecho un ovillo sobre sí mismo, con la cara en los bíceps, elbrazo alzado y tapando el rostro, la mano amoratada posada en el pelo. Respirabacon dificultad con los hombros subiendo y bajando. Estaba sollozando. Sollozando de esa manera comedida y varonil dónde apenasdejaba salir nada, sus inhalaciones ahogadas la única cosa que le daban a ella unapista. Grier se acercó lentamente y se sentó a su lado. Cuando le puso la manoligeramente sobre el hombro desnudo, él se sobresaltó. —Shhh… soy yo. No la miró y estaba dispuesta a apostar que si él hubiera sido capaz de hacerlo, lehabría dicho que saliera. Pero no podía. Y todo lo que podía hacer era sentarse con ély calmarlo suavemente con su toque. —Está bien —murmuró ella, sabiendo que no había razón para preguntar losporqués: Había un montón para elegir—. Tienes toda la razón… Está bien… ~149~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No lo está —dijo con voz quebrada—. No lo está. Yo… no… —Ven aquí. —Tiró de él, en realidad no esperaba que él cediera… pero lo hizo. Segiró hacia ella y dejó que lo envolviera en sus brazos como si fuera una bestia salvajeque hubiera decidido ser domesticada durante un corto periodo. Era tan grande quecasi no llegaba, pero hizo que el contacto que tenía tuviera su importancia y puso lacara en el pelo muy corto de él. —Shhh… está bien… —Mientras murmuraba la mentira una y otra vez, ella queríadecir otra cosa, pero eso era lo único que le salía, aunque estuviera de acuerdo con él.Nada en esta situación estaba bien. Ninguno de ellos estaba bien. Y tenía la sensación de que “bien” no iba a encajar con el modo en que las cosasacabarían entre ellos. O para él. —Todavía no sé cómo —dijo él tras un rato. —¿Cómo qué? —Sabías que yo estaba teniendo la pesadilla. Mientras fruncía el ceño en la oscuridad le acarició el pelo. —Ah... no me creerías si te lo contara. —Ponme a prueba. —Un ángel entró en mi habitación. —Hubo un segundo de silencio—. Era...magnífico. Un guerrero... me despertó, señaló hacia la puerta y supe que era por ti. —Simplemente no sonó tan extraña, ella añadió—: Supongo que también estabasoñando. —Supongo que sí. —Sí. —Porque los ángeles no existen más que los vampiros o los hombres lobo. Al menos… ella lo creía hasta esta noche. Excepto que lo que había visto deninguna manera había parecido un sueño. Sólo Dios sabía cuánto tiempo permanecieron así, acurrucados el uno contra elotro, su calidez colectiva amplificada por una razón distinta de la que había pasadoen la habitación: ahora, era el consuelo de piel con piel. Cuando Isaac se incorporó finalmente, ella se preparó para que le diera las graciascon poca delicadeza y le dijera que se marchara. Pero en cambio intercambióposiciones, le rodeó el cuerpo con los brazos, una mano detrás de las rodillas, la otraen su espalda. Luego la levantó del suelo como si no pesara nada y la llevó más alláde la cama revuelta hacia el pasillo. Tomó las escaleras sin frenar ni parecer quehiciera un gran esfuerzo; apenas le cambió la respiración mientras la sostenía. Arriba, en la habitación Grier, la acostó entre sus sábanas y luego la miró. ~150~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Podía notar el hambre en él, pero esta vez no era sexual. Era por algo que parecíaincluso más importante que toda esa pasión desesperada. Grier se movió para hacerle sitio, y después de un momento, se deslizó dentrojunto a ella. Ahora, era ella la acunada contra el pecho, ese torso musculoso de algúnmodo hacía que mágicamente todos sus problemas parecieran poca cosa. Y sí, la ideade que estuviera cayendo en alguna clase de fase en plan Cenicienta la hizoavergonzarse, pero estaba demasiado relajada para presentar pelea. Cerrando los ojos le puso el brazo alrededor de la cintura. Cuando el agotamiento la golpeo y la dejó K.O. su último pensamiento fue quedormir estaba bien. Habría tiempo para despedirse por la mañana. * * Isaac se acostó al lado de Grier y esperó a que se hundiera firmemente dentro delterritorio REM. Para pasar el rato, repasaba términos del vocabulario, porque sumente se estaba fusilando a sí misma y él necesitaba redireccionar las neuronas. En las etiquetas del léxico masculino, el término mariposón normalmente serefería a los tipos que perdían un poco de aceite: de la clase que hacían que lasmujeres mataran las arañas por ellos, preocupados por cuanto almidón había en sulavado en seco y tal vez seguramente tener el estante de las especias por ordenalfabético. Los hombres de verdad no tenían especieros. Ni siquiera sabían cómo encontrarlasen una cocina... mucho menos qué hacer con lo que había dentro... Al menos, eso eralo que su padre les había enseñado a sus hermanos y a él. Y de hecho, mirando enretrospectiva, esa opinión en cierto modo explicaba porque su madre se había ido, sehabía casado con otro, y empezado una nueva familia antes de morir. A todas luces,ella había sabido que una reiniciación del sistema no iba a llevarla a ninguna parte yla única solución era obtener nuevos componentes... ¿En qué había estado pensando? Ah, sí. Mariposones. Siguiente paso adelante en la escala del vocabulario —o atrás, según como se mire— era seguramente julandrón. No es que estuviera precisamente seguro de dóndehabía salido esa palabreja, pero era sinónimo de los términos como mariquita, elfigurín de la vieja guardia y el más reciente reinona. Estos eran los tipos que tal veztendrían el impulso de cambiar un neumático para una mujer, pero tendríanproblemas levantando la de repuesto del maletero, y olvídate de utilizar la llave decruz. También eran de la clase que lanzaban como chicas, gritaban cuando veíanratas y llamarían a la policía en una reyerta de bar en vez de empezar a darpuñetazos. ~151~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Su padre siempre había creído que las mujeres eran más débiles y cuando setrataba de levantar balas de heno durante seis u ocho horas bajo un calor de treinta ydos grados, tal vez tenía razón. Pero Isaac conocía a muchas mujeres en el servicioque no sólo podían lanzar pelotas de béisbol como un hombre; podían golpear tanbien como uno, también, y tener mejor puntería. La fuerza no tenía que ser idéntica para ser equitativa… Dios, ¿por qué coño estaba pensando en su padre? De acuerdo. Volvamos al Diccionario de los maricones. Del que según parece supadre había sido editor. Lo más bajo de lo bajo… en el último peldaño... la pelota más arrugada de todas...tenía que ser picha floja. Era la clase de cosa que si tu colega estaba bromeandocontigo y molesto por algo, podía sacarlo y la mierda era divertida. Sin embargo si lapalabra se decía en serio, era un nivelador. En general sin términos específicos, pichafloja podría referirse a un tipo que, se decía, no podía desempeñarse en la cama conuna mujer por la que iba caliente. Y luego tapaba esa falta de llegar al final con... oh,vaya —y esto era simplemente una hipótesis— tal vez derrumbarse desnudo en elsuelo del baño de dicha mujer y llorar como un bebé cabrón. Hasta ella tuvo que venir y consolarlo después de que la hubiera dejado. Despuésde poner en peligro su vida y su carrera profesional. Sí. Algo así. Mientras gemía en la oscuridad no podía creer el jodido lio que había montadocon todo el asunto. ¿Parándose a la mitad? ¿Yendo al baño y tirando del número delpañuelo? ¿Por qué no se ponía un vestido y algo de esmalte de uñas y se llamaba Irene? Mierda, el sexo… el sexo le había fundido los plomos. Literalmente. Y ese habíasido el problema. Alguna clase de fisura se había abierto en él al instante en que seenterró en ese fuego húmedo, y con cada empuje lo que empezó como una fracturamuy delgada aumentó hasta una vasta división. No era por miedo. O segundo intento su estatus de ASP. Era el hecho de que cuando trabajabas con Matthias estabas tan malditamenteocupado manteniéndote con vida que no tenías ni idea de que ibas a contrarreloj. Y por lo que sabías, huir del redil era justo más de lo mismo. ¿Tener ese sueño?Más de lo mismo. ¿Pero hacer el amor a una cálida y hermosa mujer en una cama blanda que olía alimón, en una casa de la que ni siquiera él dudaba de la seguridad? ~152~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Demasiado cerca de lo normal. Demasiado seguro. Demasiado bueno para serverdad. La yuxtaposición de eso, dónde había estado y dónde había ido por la mañana lohabía despellejado completamente, lo cual probaba lo que siempre había sospechado:Era demasiado difícil meter ni siquiera un pie dentro del modo de vida civilizado. Elestar entre ambos mundos era insostenible. Y hablando del tema… Palpando en la mesita lateral, alcanzó el mando del DVD y pulsó el play. Cuandoapareció el menú, eligió “ver todo” y tras un instante el logo de Un Hombre En Casaapareció sobre la foto de una escena en la playa. Mientras salían los créditos, JohnRitter se comía con los ojos a una chica y acabó cayendo de la bici, cuando golpeó laarena, las cejas de Grier se tensaron... luego se relajaron completamente. Perfecto. Ella se había entrenado para asociar la televisión con el sueño profundo,la burbuja de ruido y la titilante luz suave iban a ayudarle a cubrir sus huellas. Tras unos quince minutos de episodio, Isaac lentamente deslizó el brazo de debajode la cabeza de ella y luego se movió lentamente entre las sábanas. En su ausencia,Grier rodó para quedar de cara a la televisión y reacomodarse con un suspiro. Locual era su entrada para moverse. Llegando a las escaleras, bajó hacia la habitación que le habían dado. Diez minutos después, se dirigía de vuelta a ella, completamente vestido, con susarmas. De pie a pocos centímetros de ella, la observó dormir durante mucho rato ytuvo que obligar a su cuerpo a inclinarse y coger su mano. Moviéndola con cuidado,le puso el pulgar en el mando del sistema de seguridad y lo desactivó. Después deque destellara una luz verde, reconectó la alarma para ver cuando tiempo de esperahabía. Que sería ninguno: Inmediatamente la luz roja brilló y estaba atascado dentro. Entra en razón. Ella lo apretó después de cerrar la puerta principal. Observó su reloj. Las cuatro de la madrugada. Grier hizo un pequeño resoplido y hundió más la cabeza en la almohada, el pelorubio le cayó por la mejilla. No confiaba en sí mismo para quedarse con ella hasta que despertara. Ahora o nunca, imbécil. Gracias, le dijo gesticulando con la boca. Y luego con una maldición, desactivó el sistema y se fue sin mirar atrás. ~153~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Abajo, fue silencioso y rápido y comprobó el teclado de ADT del vestíbuloprincipal. Justo como esperaba: desconectado. Después de todo, cuando tienes unrottweiler vigilando la casa, ¿en serio necesitas un labrador dorado como respaldo? La puerta principal era de madera sólida y de ocho centímetros de grosor, así queincluso si no podía pasar el maldito pestillo, iba a necesitarse un ariete para entrar.Su única preocupación eran las puertas de cristal y las ventanas, pero los marcos eransúper macizos y seguros, si rompías cristales del tamaño de los de la cocina, iban ahacer un ruido de escándalo. Así que ella estaba tan a salvo como se podía. Después de apagar las luces exteriores, sacó la camiseta del bolsillo y desgarró unatira; luego salió fuera y recolocó aquella puerta grande y antigua en su sitio. Unapausa rápida para verificar dos veces que el pomo estaba cerrado y asegurado y atóla tira de tela alrededor del farol de hierro forjado de la izquierda. El siguiente movimiento fue alejarse en la fría mañana de abril. ¡Jooo! Justo a tiempo. Como esto era Nueva Inglaterra, el sol salía realmentepronto y seguramente tenía una hora más o menos de oscuridad favorable antes deque los rayos del amanecer empezaran a ahuyentar las sombras. Yendo a laizquierda, se dirigió al otro lado de algo llamado Pinckney Street, y a menos de diezmetros bajando la colina, encontró lo que estaba buscando, una de las pequeñas casasunifamiliares estaba en reconstrucción, las ventanas de la primera planta cerradascon tablas, un camino de polvo de yeso iba y venía de la puerta principal. Y no había luces encendidas, ni dentro ni fuera. Como si fuera el doble de mierda de Spiderman, trepó por la casa, utilizando lasmolduras de la puerta y las ventanas para apoyar los pies y tirar de su peso haciaarriba. Un rápido puñetazo a través de un cristal polvoriento y esperó el alarido de laalarma de seguridad. No llegó ninguna. Así que abrió el pestillo, empujó el marcohacia arriba, y hola Lucy, ya estaba en casa. Tiempo total transcurrido: un minuto y medio. El sitio era un témpano de hielo, cubierto con más polvo de yeso, y esperaba conganas que este fuera un trabajo sindicado, dado que era domingo, así podríaquedarse tanto como quisiera. Reconocer el terreno no le llevó mucho tiempo y similar al diseño de Grier, laparte trasera de la casa abierta a una especie de patio que estaba cercado y sin huellasde yeso en los ladrillos rojos de allí. Evidentemente, los trabajadores llegaban y seiban por el camino principal. Para despejar la salida de escape de una carrera de obstáculos si lo necesitaba, hizosaltar el pestillo de la ventana sobre el montante de la puerta trasera; luego volvió ~154~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2dónde había entrado y recogió todos los fragmentos de vidrio del cristal que habíaroto, porque sin cristal todo parecía, desde la distancia, como si nada hubiera pasado. La ventajosa perspectiva que tomó fue por la ventana del extremo derecho de lacasa, y para ocultarse lo más posible, corrió una pieza de contrachapado comocubierta. Desde dónde tomó posición, podía ver casi el setenta por ciento del frontalcurvado de Grier. Lo que se perdía era la puerta trasera y la terraza superior, peroesto era lo máximo que iba a lograr. Apoyándose contra la fría pared, sus ojos escudriñaron el pequeño parque con lavalla de hierro forjado, la estatua y los árboles de elegantes ramas. Bien podríadisfrutar de la vista. No iba a marcharse hasta que viera a Grier entrar en el coche yalejarse, sin nadie a sus talones. Veinte minutos más tarde lo que más temía se presentó. El negro sin marca no eralo que el colega de Jim había descrito la noche anterior: sin abolladuras o polvo eneste buga. Y las ventanas tintadas le impedían ver al conductor o a cualquierpasajero. Pero tenía un presentimiento de quién era. Mierda, odiaba cuando estaba en lo cierto. Y todo esto era culpa suya. ~155~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 20 Grier se despertó a las seis de la mañana y supo tan pronto como vio la partefinal del episodio de Apartamento para tres que Isaac se había marchado: ella no habíareiniciado el DVD cuando subieron al dormitorio… y ajá, el sistema de seguridadestaba apagado. Obviamente había estado dormida mientras él se marchaba. Arqueándose, comprobó la mesilla de noche, pensando que quizá le hubieraescrito una nota. Pero lo único que había dejado atrás era el olor al champú y al jabónque había utilizado: el olor a cedro estaba en una de sus almohadas y en algunas desus sábanas. Levantándose, se puso la sudadera y bajó al segundo piso. El cuarto de huéspedesestaba pulcro y muy ordenado, la cama hecha con precisión militar. El único signo deque él había estado allí era la solitaria toalla que estaba colgada para que se secara enel toallero del baño. Había limpiado incluso las paredes de cristal de la ducha paraque no hubiera ninguna marca de agua en el interior. El hombre era un completo fantasma y ella una patética perdedora por pensar queharía algún gesto de adiós. Bajó las escaleras hacia la cocina y se paró en el arco. Bien, resultaba que había dejado una cosa atrás: en el mostrador estaba la bolsa deplástico con el dinero. —Maldita sea. Maldito. Se paró allí durante un momento, mirando fijamente no a los veinticinco de losgrandes, sino al Birkin que él había tratado de limpiar para ella. Finalmente, continuó y cogió el teléfono de casa. El número al que llamó era unoque había memorizado hacía dos años. La oficina del defensor de oficio siempre tenía a alguien al teléfono, porque elcrimen, como la enfermedad y los accidentes, no reconocía ninguna distinción entredías laborables y fines de semana. Y el tipo que contestó era un abogado que conocíabien. Aunque que le asignaran el caso de Isaac a ella fue una sorpresa para él, cuando ~156~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2Grier indicó que tenía aproximadamente veinticinco mil dólares del chanchullo delas jaulas de lucha en el mostrador de su cocina, se subió al carro cagando leches. —Jesús. —Lo sé. Tengo que dimitir. —Espera, ¿ha dejado ese dinero en tu casa? También podría practicar como re-escribir la historia. —Anoche, el señor Rothe vino aquí. Le había pagado su fianza y queríadevolvérmela, tuve la impresión de que era porque pensaba huir. No lo notifiqué a lapolicía porque pensé que era mi deber discutir con él detenidamente lo de largarse ycreí que le había disuadido. Pero luego he encontrado lo que me ha dejado estamañana en mi porche trasero. —Inhaló profundamente, el peso de las mentiras no lesentaban bien a su estómago vacío—. Al darme el dinero, creo firmemente que va asalir del estado inmediatamente. Voy a llamar a la policía y entregaré el dinero en lacomisaría como prueba cuando vaya a prestar declaración esta mañana… —Grier… —Antes de que preguntes, estoy en la guía telefónica, así es cómo el señor Rotheencontró mi casa, y no, no me siento amenazada en absoluto. Le pedí que entrara y lohizo durante un rato, se marchó sin armar jaleo. —Por lo menos esa parte era verdad. —Bien, joder… —Sí, creo que eso lo cubre. Quería que supieras lo que voy a hacer, te mantendréinformado. No sé a dónde va todo esto, para ser honesta. Ding, ding, ding, otra verdad. Su colega hizo un sonido desdeñoso. —Mira, tú nunca has tenido una mancha en tu expediente y lo mantienes limpio.No has hecho nada malo. Ningún comentario a eso. Ninguna razón para arruinar la tendencia de laveracidad. —Sin embargo, ¿vas a ir con un abogado imparcial? —preguntó. —Por supuesto. —Engañada por un cliente y toda esa mierda. Exactamente comole había dicho a Isaac en la cárcel. Después de que le colgara al otro abogado, habló con los policías momentos mástarde. Y ellos, por supuesto, la encajaron a la perfección en sus horarios. Con la esperanza de prepararse, encendió la cafetera y entonces se dio cuenta deque no estaba sola. ~157~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Bajando la cabeza, se preguntó si Daniel había visto algo la noche antes en elcuarto de invitados. Nada, dijo su hermano. Sé cuando marcharme. Gracias a Dios, pensó ella para sí mientras le daba al botón de encendido. —Ojalá pudiera darte algo de esto. Adoraba cuando podíamos tomar café juntos. Huele bien. Generalmente ella le buscaba con los ojos siempre que aparecía, pero no estamañana. No podía enfrentarse a él, y no porque hubiera conectado con alguien. Bien,el sexo formaba parte de ello. Aunque el verdadero impulso era esa quemaduratemeraria; estaba demasiado cerca de lo que le había destruido a él. Sí, tú y yo somos iguales. Lo heredamos de papá. —Sabes, nunca hablas de tu muerte —dijo mientras la máquina Krups burbujeabay silbaba. La voz de su hermano se volvió dura. Lo que está hecho está hecho, y esa cuenta debeser saldada entre otras personas. —¿Cuenta? —cuando él no dijo nada más, ella rechinó los dientes—. ¿Por qué norespondes alguna vez? Tengo una lista tan larga como mi brazo de cosas que quierosaber, pero todo lo que haces es desviar o evadirte. El silencio prolongado la hizo mirar furiosa por encima del hombro: Daniel estabainclinado contra el frigorífico de acero inoxidable, su forma traslúcida no producíaningún reflejo en el acabado brillante. Los ojos azules, de un color idéntico a lossuyos, miraban fijamente al suelo. —No comprendo por qué estás aquí —dijo Grier—. Especialmente si no podemoshablar de las cosas que importan. Como sobre cómo moriste y… Esto es sobre tu vida, Grier. No la mía. —Entonces por qué me dijiste que trajera a ese soldado a casa —se quejó. Ahora Daniel sonrió. Porque te gusta. Y creo que será bueno para ti. Ella no estaba segura acerca de eso en absoluto. Ya se sentía destrozada y sólo leconocía desde hacía un día. —¿Sabes lo que ha hecho? ¿De quién trata de huir? El ceño de su hermano no era halagüeño. De eso no voy a hablar. Pero puedo decirteque no va a hacerte daño. Dios, estaba cansada de estar rodeada de hombres con cinta adhesiva sobre lasbocas. ~158~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Le veré otra vez? Daniel comenzó a desvanecerse, que era lo que hacía siempre que lo ponía en laencrucijada sobre algo. —Daniel —dijo con brusquedad—. Deja de huir de mí… Cuando todo lo que consiguió fue una vista clara de la puerta del frigorífico, alzóla mirada al techo y maldijo. Nunca tenía ningún control sobre cuando aparecía ocuánto tiempo se quedaba. Y no tenía la menor idea de donde estaba cuando no larondaba. ¿Pasaba el tiempo en el equivalente de los no muertos de un Starbucks? Hablando de café… Decidida a llegar hasta el fin de algo, cualquier cosa, cogió una taza y el azucareroy salió echando humo, todo el tiempo preguntándose si la cafeína era una buena ideadados sus nervios. A las nueve en punto, salió de casa con el dinero en efectivo y un dolor de cabezaque parecía haber puesto sus pies sobre su lóbulo frontal y planeado quedarse todoel día. Después de activar el sistema ADT, salió, cerró la puerta y giró el pestillo conla llave… Frunciendo el entrecejo, miró fijamente a uno de los dos faroles de hierro forjadode la entrada. Una pequeña tira de tela blanca estaba envuelta alrededor de la base. Girando sobre los talones, Grier miró alrededor y no vio nada excepto cochesaparcados que reconoció... un vecino caminando con un perro labrador colorchocolate… y una pareja paseando cogidos del brazo... Tranquilízate, Grier. No estaba en un mundo Hitchcockniano donde seguían a la gente, los aviones sezambullían en picado desde el aire y se dejaban señales secretas en las lámparas. Desenrollando el pedacito de tejido, se lo metió en el bolsillo del abrigo para noensuciar y fue al Audi. Mientras se alejaba, accionó la alarma grande, aunque no lohiciera generalmente si no estaba en la cama. En el departamento de policía se encontró con un detective, volcó el dinero yprestó declaración. El privilegio del abogado-cliente no se extendía a la actividadcriminal actual, así que fue requerida para contar lo que sabía sobre el ring de lucha,la participación de Isaac y la ubicación donde creía que todavía convocarían enMalden. Mientras el tiempo pasaba y hablaba, tuvo la convicción creciente de que Isaac yase había alejado para entonces y que las oportunidades para que nadie de Boston leencontrara eran buenas. ~159~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Sin embargo, tuvo que preguntarse quién lo haría. Dos horas más tarde, salió de la comisaría y miró al sol brillante en el cielodespejado de primavera. El calor en la cara hizo que la brisa fría se sintiera aún másfría, y el resto del día se cernió sobre ella. Su coche no la llevó a casa. Se suponía que lo haría. Lo encaminó en dirección a Beacon Hill con la intenciónde arrastrarse de vuelta en la cama y tratar de dormir algo más. Acabó en la Calle Tremont. Mientras iba alrededor del bloque donde estaba el apartamento de Isaac,naturalmente no había lugar donde plantar el Audi y era probablemente una señalpara que se alejara. Sin embargo, la persistencia la metió en problemas, cuando unVW escarabajo salió renqueando y dejó un hueco. Después de meter el coche apresión, lo cerró y fue a la casa. Golpeando en la puerta principal, esperó que la dueña estuviera en casa y nuncapensó que estaría contenta de ver a otra vez alguien como ella… La mujer abrió y Grier hizo la conexión que había hecho el día antes: era la señoraRoper de Apartamento para Tres. Desde los falsos rizos rojos a las pulseras de plástico. —Ha vuelto —fue el saludo. —Necesito entrar una última vez. —¿Dónde está él? —preguntó la dueña, bloqueando el camino. Ah, sí, una barrera de peaje de información, pensó Grier. —Estuvo aquí anoche. ¿No le oyó usted? El tema de entrada de Jeopardy. Luego… —El hombre es como un fantasma —se quejó a la manera de la señora Roper—.Nunca hace ruido. El único modo de saber que está aquí es que ya pagó el alquilerdel próximo mes. Está en la cárcel, ¿verdad? ¿Es su abogada? —No. —Odiaba mentir. De verdad. —Bien, creo... Cuando el ring de un teléfono sonando la cortó, Grier estaba lista para besar aquienquiera que llamara. Pero la dueña golpeó el aire con una mano desdeñosa. —Es sólo mi hermana. Genial. —¿Me llevará arriba, por favor? No estaré mucho tiempo. ~160~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 La llamada terminó. —Mire, no voy a seguir haciendo esto. Consiga su propia llave. —Oh, estoy de acuerdo, necesito una. Y me disculpo. La mujer enfiló la escalera como un toro, pisando fuerte y gruñendo, el muumuude hoy ondeaba como una bandera. En lo alto, abrió la puerta con su llave. —Ahora, le digo… El teléfono empezó a sonar otra vez abajo, y mientras esa peluca iba de aquí paraallá, era como un perro atrapado en la elección entre dos pelotas de tenis. —Volveré —anunció la señora Roper gravemente. De algún modo era como si Terminator se hubiera convertido en drag queen. Al quedar sola, Grier entró en la casa de Isaac y se encerró dentro, corriendo elpestillo con la esperanza de que si la llamada no duraba mucho tiempo, esa mujerasumiría que era una situación de ida y vuelta rápida. Una revisión rápida del salón demostró que él había estado por ahí, pero eso eraun por supuesto: el arma que le había tirado anoche tenía que haber sido una de lasque ella había encontrado y la sudadera que había estado llevando era la que habíautilizado como almohada. Sin embargo, él no se lo había llevado todo. Había dejadoatrás el saco de dormir, así como algunos pantalones de entrenamiento y un par deNike, aunque los sensores en las ventanas y puertas se habían ido. En la cocina, encontró una pila ordenada de recibos, claramente, eran unofrecimiento para que cuando no se pagara más el alquiler la cuenta fuera saldada. Se inclinó contra el mostrador, no tenía la menor idea de que había esperadoencontrar… Un crujido suave atrajo sus ojos a la puerta trasera. Cuando no hubo nada más, sefiguró que se había imaginado el paso... pero entonces el picaporte del pestillo girólentamente. Se enderezó, su corazón se volvió loco mientras ponía la mano en el bolso ypreparaba su spray de pimienta, que era mejor que el arma aturdidora, dada ladistancia. —¿Isaac? Pero no era su soldado ausente sin permiso. El hombre que entró en el apartamento tenía pelo negro, piel bronceada y llevabaun traje oscuro bajo un impermeable. Un parche cubría su ojo derecho y utilizaba unbastón para equilibrar su cuerpo alto. ~161~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No soy Isaac —dijo, con una voz muy profunda. La sonrisa escalofriante que le ofreció era del tipo que te hacía querer dar un pasoatrás. Desafortunadamente, ya estaba contra el mostrador, así que no había ningúnlugar al que ir. Y eso fue antes de que él se cerniera sobre ella ¿Cuánto ruido tenía que hacer para conseguir que la señora Roper volviera aquí?se preguntó. —Usted debe ser la abogada defensora. Oh, Cristo, pensó. Esto era de lo que había querido protegerla Isaac. * * Grier Childe era igual que su hermano, pensó Matthias mientras la mirabafijamente a través de los fogones de la cocina. Y qué dirías sobre la política sensiblera de los viejos Childe y las predileccionescuriosas, él y su esposa lo habían hecho bien en la procreación. Ambos hijos eranrubios, ojos azules y una perfecta estructura ósea. La crema de la cosecha de la viejaescuela, como fuera. Además la hija tenía evidentemente medio cerebro, según su curriculum. Y sintodos esos sucios problemas de adicciones. Sintió los labios estirarse un poco más. —¿Qué hay en su bolso? ¿Arma? ¿Spray de pimienta? Ella sacó un delgado tubo envuelto en cuero y le quitó la tapa. Poniéndolo enposición, dejó que el arma defensiva hablara por sí misma. —Asegúrese de que apunta a mi ojo bueno —dijo, dándose golpecitos en el ojoizquierdo—. Del otro lado no conseguirá una mierda. —Cuando ella abrió la bocapara hablar, él la cortó—. ¿Esperaba encontrar a Isaac aquí? —No estamos solos. La dueña está abajo. —Lo sé. Está hablando con su hermana sobre la esposa de su hermano. —Esos ojosazules patricios se abrieron más—. No les gusta porque es demasiado joven para él.Le daría los detalles, pero sería privado. Y no muy interesantes. Ahora, dígame,esperaba encontrar a Isaac aquí. A ella le llevó un momento contestar. —No contestaré a ninguna de sus preguntas. Sugiero que abra esa puerta y semarche. Ha entrado ilegalmente. ~162~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Si posee el mundo, no existe eso de entrar ilegalmente. Y un consejo, si quieresalir de esto viva, será un poquito más servicial. —Matthias gesticuló casualmentehacia la ventana sobre el fregadero y miró a través del vidrio lechoso—. Perosospecho que sé la respuesta de todos modos. No pensaba encontrarle aquí porqueusted cree que ha dejado Boston. Basa esa suposición en el dinero en efectivo que ledejó, y no se moleste en negarlo. La escuché hablar con su compañero de la oficina dedefensores de oficio… —Es ilegal pinchar el teléfono de alguien sin autorización. Apoyándose en el bastón, se enderezó. —Y le diría otra vez que palabras como "entrar ilegalmente", "autorización" e"ilegal" no se aplican a mí. Él podía sentir su temor... y verlo, también. Ella tenía los dedos tan apretadosalrededor del cilindro que los nudillos estaban blancos. Pero realmente no necesitabapreocuparse tanto. Parecía muy poco probable que Isaac le hubiera contado algoimportante, lo que sería su sentencia de muerte, y el tío lo sabía: nada la mantendríarespirando si tenía información sobre las XOps. Ni siquiera el deseo de callar a supadre para siempre. —Creo que usted y yo deberíamos llegar a un acuerdo —dijo él, metiendo la manodentro del abrigo—. Tranquila, no se vuelva loca con su spray. Sólo voy a darle unatarjeta. Sacó una, sosteniéndola entre las puntas del índice y el dedo corazón, dejando lasarmas que portaba donde estaban enfundadas. —Si ve a su cliente otra vez, llame a este número, señorita Childe. Y sepa que es laúnica razón por la que he venido aquí a verla. Me figuraba que usted y yo debíamosconocernos en persona, así comprendería cuán en serio voy acerca de Isaac Rothe. Grier mantuvo el spray de pimienta con ella mientras avanzaba y se inclinaba,como si quisiera permanecer tan lejos de él como fuera posible. Y él sabíajodidamente bien lo que ella iba a hacer con la tarjeta cuando la cogiera. Pero esoformaba parte del plan. Mientras ella estudiaba lo poco que había impreso, Matthias dejó la mano libredonde ella pudiera verla. —Isaac Rothe es un hombre muy peligroso. —Tengo que irme —dijo ella mientras metía lo que él le había dado en su bolso. —Nadie la retiene. Por aquí, le abriré la puerta. Abriendo la puerta, se paró a un lado y aprobó el modo en que ella sopesó tanto aél como a las escaleras que se revelaban. Cautelosa, oh tan cautelosa... ~163~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Iba a pasar deprisa a su lado… y en el último momento antes de que estuvieralibre, él la agarró del brazo y la retuvo. —He dejado algo para usted en el maletero de su coche. Después de todo, lamayoría de los accidentes suceden en casa, y podrías necesitar llamar en busca deayuda. Ella se apartó de su sujeción. —No me amenace —dijo con brusquedad. Mientras Matthias miraba fijamente a esos hermosos ojos, se sintió viejo. Viejo,roto y atrapado. Pero como había aprendido hacía dos años, él no podía parar latrayectoria de su vida. Era como levantar las palmas hacia una avalancha: teaplastaba y no notabas el alud de nieve y hielo. —No le temo —contestó ella. —Debería —replicó él seriamente, pensando en las doce maneras diferentes conlas que podría hacer que ella no bajara a desayunar mañana por la mañana—.Debería estar muy asustada. La dejó ir y salió disparada como un cohete, el pelo rubio flotaba detrás de ellamientras corría por las escaleras. Volviendo a esa ventana sobre el fregadero, vio su cabeza rodear la casa y salir a lacalle. Iba a ser muy útil en esta situación, pensó. En varios niveles. ~164~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 21 Cuando Grier caminó hacia su Audi, tenía el mando a distancia en la mano y elcorazón en la garganta. Había visto antes a ese hombre; hubo una especie de destelloen el fondo de su mente, algún recuerdo de él. No había tenido el parche en el ojo niel bastón… habría recordado aquello. Pero definitivamente lo había visto. Acercándose al coche, se detuvo junto a él, cada músculo de su cuerpo se preparócomo, si en cualquier momento, del mismo fueran a caer Sopranos sobre ella yhacerla volar al cielo. Y justo cuando por fin alargó la mano para desbloquearlo, unsedán negro con los cristales tintados se deslizó hacia ella por Tremont. Miró a travésdel cristal… no pudo ver nada. Era del todo impenetrable, y la luz del sol destellósobre el limpiaparabrisas de manera que no pudo ver quién conducía. Sin embargo, ella sabía condenadamente bien quién estaba dentro. Y juraría quelevantó la mano, en forma de pequeño saludo. El Sedán ni siquiera tenía una placa de licencia. Mientras se alejaba, toda clase de buenas ideas le vinieron a la cabeza, incluyendoel siempre presente 911 o hacer una llamada a sus amigos del Departamento dePolicía de Boston, o hacer venir a su padre. Pero no creía que lo que estaba en elmaletero fuera a matarla. Aquel hombre ya había intentado algo con ella, cómodecirlo: fácilmente podría haberla drogado y arrastrado fuera por el pelo, o asesinadoabiertamente con un silenciador. Dejar que sus dedos hicieran el camino sólo llevaría a complicaciones… y aunquelo primero que iba a hacer cuando llegara a casa era ponerse en contacto con supadre sobre esa tarjeta, no estaba segura de necesitar que él empezara a gritar porculpa de esto en un ataque de pánico. Mierda, su teléfono también podría estar pinchado. Golpeando el mando a distancia, soltó el cierre del maletero y lo levantólentamente… Frunció el ceño, se inclinó y se preguntó si estaba viendo las cosas bien. Situadosobre el fieltro gris oscuro del interior del maletero estaba… bueno, parecía ser unode aquellos botones de telealarma que la gente usaba, nada más que un transmisor ~165~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2de plástico de color crema con la forma de un triángulo y el logo en rojo en la partedelantera. La cadena en que estaba era de plata, y lo bastante larga para que si se laponía al cuello, colgara bajo el corazón. Sacó un pañuelo del bolso y sujetó la cosa para una inspección más de cerca, luegodio la vuelta, se puso tras el volante y lo dejó en el asiento junto al suyo. Cuando ledio a la ignición, se estremeció, por si en el intento el Audi estallaba en llamas…excepto que el ritmo de su corazón se estabilizó rápido. Pero vamos, ella era unainocente espectadora fuera lo que fuera lo que estuviera ocurriendo con Isaac, y teníaque imaginarse que un civil americano en tierra americana no era la clase de dañocolateral con que el gobierno de los EE.UU. quería tratar. Mientras conducía hacia Beacon Hill, hizo la llamada a su padre, y cuandoescuchó la voz del contestador intentó dejarle un mensaje, pero ¿qué podía decirdado que no sabía quién estaba escuchando? Terminó cerrando a trompicones ysupuso que él vería la llamada perdida en su teléfono y se pondría en contacto conella. En su casa en Louisburg Square, aparcó en su hueco contra la valla y echó unvistazo alrededor a través de las ventanillas del coche. ¿Quién la estaba observando?¿Y desde dónde? No le sorprendía que Isaac hubiera estado nervioso. La idea de salir desde su Audihasta la puerta delantera la hacía desear llevar un chaleco antibalas. Sujetando su bolso y llevando la telealarma envuelta en un pañuelo en la palma dela mano, salió y se apresuró… excepto que cuando llegó cerca de la puerta, redujo lamarcha. En el farol, estrechamente enredado en la base, había otra tira de tela blanca. Girando rápido, miró fijamente los edificios de ladrillo y deseó poder ver dentro. No estaba sola en ningún lugar al que fuera, ¿verdad? Mientras su corazón se montaba en el Pony Express y su sangre corría por susvenas y su cerebro, se zambulló en la puerta de delante, desconectó la gran alarma ydejó la telealarma en la cómoda. Dejó caer el bolso y sacó rápidamente el busca, yluego se asomó fuera de la casa sólo lo suficiente como para liberar el trozo de tela. Uno, dos, tres: se encerró, bloqueó la puerta y conectó el monstruoso sistema…algo que nunca hacía durante el día cuando estaba en casa. Con un propósito sombrío, entró en la cocina con su bolso y lo vació sobre elmostrador: la tarjeta de visita, los trozos de tela, y la telealarma. Todo lo cual manejócuidadosamente con un pañuelo. Los dos trozos de tejido eran idénticos y evidentemente se habían arrancado de lamisma procedencia… y tenía la sensación de que eran de la camiseta de manga cortade Isaac. ~166~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Querías apostar que era una señal de que él… Cuando sonó su teléfono móvil, gritó y casi saltó de sus zapatos. Cuandocomprobó quien era, contestó y no desperdició el tiempo. —Papá… tenemos que hablar. Hubo un silencio y luego la patricia voz de Alastair Childe llegó desde laconexión. —¿Estás bien? ¿Puedo ir? Acunando el teléfono en el pliegue del hombro, levantó la telealarma por lacadena y la observó colgar. Claramente, estaba bajo vigilancia… así que no era comosi hubiera algo oculto sobre a quién veía o dónde iba. Y además, tener la exhibiciónde su padre era probablemente una buena idea. Siempre había sentido que él teníamucho poder en las alturas, porque tanto políticos como militares por igual lotrataban con algo más que un justo respeto: estaban vagamente asustados de él, apesar del hecho de que era un hombre educado en la Ivy League. No haría daño meterlo en la mezcla, y además, no había nadie más a quienpudiera acudir con esta situación. —Sí —dijo—. Ven ahora. * * En la casa de la calle Pickney, Isaac miraba fijamente fuera desde detrás de laplancha de conglomerado de madera con la urgencia de matar. Y aquel ardienteimpulso no iba en el civilizado sentido de que estuviera frustrado y quisiera sacaraquella mierda de lo hipotético. Quería rajar a Matthias desde la garganta hasta el escroto y destriparlo como a uncerdo. El cabrón no iba a ir tras su mujer. No era cuestión de lo que Isaac tuviera que hacer o sacrificar: Grier Childe, con subuen corazón y sus ojos inteligentes, no iba a ser una muesca en el cinturón deMatthias Evidentemente, sin embargo, estaba en el punto de mira del tipo. Se había largadoun par de horas antes, y se había llevado el efectivo con ella. Lo cual debería habersido la señal de Isaac para dejarlo también… excepto que el sedán negro que habíatiroteado al amanecer se había rematerializado desde un callejón de la calle Willow yrodado directo hasta el parachoques de ella. ~167~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Sin ruedas propias, había tenido que dejarles alejarse, su maldito corazón latiendocon rabia impotente. Su primer instinto fue llamar a Jim Heron… pero todavía noestaba seguro de poder confiar en el tipo. Lo único que había sido capaz de hacer fue reemplazar la señal que había atado enel farol. Pillando un sombrero de marinero que habían dejado abandonado, se lopuso para que le cubriera la cara y se deslizó fuera brevemente para atar otro pedazode la camiseta alrededor del pie del farol… sólo en caso de que quien estuviera enaquel coche no hubiera visto el primero antes de que ella se lo hubiera llevado.Aunque aquello era improbable. La cuestión era si el método de los XOps paramarcar una situación como limpia importaría: en el campo, cuando una asignaciónhabía terminado y los miembros del equipo lo habían dejado. Él siempre dejaba unamarca blanca en algún lugar sobre un edificio o el vehículo o la escena. Isaac estaba esperando que eso hiciera que su pasado y su presente se alejaran deGrier. Pero, claro, en absoluto: cuando ella había vuelto a casa, había estado luciendoun ceño tan profundo que era como si fuera bizca, y tenía algo en la mano quellevaba con un pañuelo. Como si no quisiera dejar sus huellas sobre eso o preservar las que tuviera. Luego había quitado la segunda marca que le había dejado en el farol. Y… ahora el sedán negro volvía, contaminado mas allá de su casa, subiendo por lacalle. Retrocedía. Aparcaba. —Joder. Joder… Él quiso romper su cobertura, marchar a lo largo de la calle, y golpear la ventanade aquel coche camuflado con el cañón de su arma. Luego quiso mirar en los ojos dequien estuviera mientras apretaba el gatillo y convertía el lóbulo frontal del bastardoen batido de leche. También, tenía un presentimiento de quién era. Esperaba que el brazo de aquel bastardo estuviera sintiéndose bien. Tío, al infierno con dejar Boston ahora: no iba a ir a ningún sitio hasta queestuviera seguro de que Grier estaba fuera de la línea de fuego… y con todo, mierda,él era el que había puesto aquel blanco en su pecho. Estaba rumiando aquel trozo de felicidad cuando un Mercedes del tamaño de unacasa pequeña llegó hasta la puerta delantera. Nada de vueltas alrededor y buscar unhueco para aparcar para aquel chico malo; la cosa frenó, y se quedó en el bordillo, laúnica concesión a la ilegalidad eran sus intermitentes. El hombre que salió estaría sobre el metro ochenta y tenía aspecto de soldado. Elcabello gris era abundante y caía atrás desde un lado, e incluso en el polar de ~168~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2entrenamiento; destilaba dinero. Y qué te piensas, caminó a zancadas y utilizó laaldaba de cabeza de león como si él poseyera el lugar. El padre de Grier. Tenía que ser él. En el momento en que ella abrió la puerta, dio un paso dentro, y justo entonces,ellos se habían encerrado juntos y él no pudo ver nada más. Hablando en general, en una situación de vigilancia, querías encontrar unasencilla posición elevada y quedarte quieto. Moverte alrededor incrementaba laprobabilidad de ser marcado… sobre la despejada luz del día en un área con la queno estabas familiarizado, cuando la gente estaba ya buscándote. Y en este caso, no era sólo una mala manera de ser visto… era un suicidio. Así que por mucho que su cuerpo gritara porque hiciera un movimiento, seacercara o cambiara de sitio, tenía que estarse quieto. El anochecer. Tenía que esperar hasta el anochecer, e incluso entonces, tenía queser cuidadoso. El sistema de seguridad de ella era una puta irrompible: suespecialidad era matar gente, no desarmar instalaciones de vanguardia, así que lasoportunidades de entrar sin dispararlo eran nulas. Asumiendo que él quisiera entrar de verdad donde ella vivía. El tema era cómoprotegerla mejor, y era duro saber que era peor… ella allí sola, con él en el perímetro.O él dentro con ella. Vagamente, escuchó gruñir su estómago y el sonido le hizo sentir intensamente elnúmero de horas que habían pasado desde que había comido por última vez. Perosacudió aquello fuera, como había hecho incontables veces en el campo. Mente sobre materia, mente sobre cuerpo…. mente sobre todo. Sólo deseaba saber de qué demonios estaban hablando Grier y su papá. * * De pie en su cocina y mirando a su padre mientras él miraba su pequeña arrugade qué-demonios, Grier tenía tantas preguntas que no sabía por dónde empezar. Una cosa era segura: cuando su padre estiró la mano para sujetar la tarjeta denegocios, ésta estaba temblando, aunque muy ligeramente. Lo que en alguien mássería el equivalente de un ataque epiléptico a gran escala. Alistair Childe era un hombre cálido con un alma buena, pero raramente mostrabaemoción alguna. Especialmente si era alguna clase de molestia. La única vez que ellale había visto llorar fue en el funeral de su hermano… lo cual había sido extraño, nosólo por lo raro de sus lágrimas, sino porque aquellos dos en realidad no se habíanllevado bien. ~169~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Quién te dio esto? —preguntó con una voz tan tenue que no sonaba como lasuya en lo más mínimo. Grier se sentó en uno de los taburetes en la isla y se preguntó por dónde empezar. —Fui asignada como abogada de oficio a un caso ayer… Le contó la historia con rapidez, pero provocó una gran reacción. —¿Dejaste que ese hombre viniera aquí? Ella se cruzó de brazos. —Sí, lo hice. —Dentro de la casa. —Es un humano, papá. No un animal. Su padre se dejó caer sobre el otro taburete y luego forcejeó para abrir el cuello desu polar. —Santo Dios… —He renunciado al caso, pero fui al apartamento de Isaac hace un momento… —¿Qué demonios hacías tú allí? De acuerdo, iba a ignorar aquel tono ultrajado. —Y entonces fue cuando me dieron la tarjeta y me dijeron que llamara si veía denuevo a Isaac. Y también encontré esa telealarma. —Sacudió la cabeza—. He visto aese hombre antes. Juraría… hace mucho tiempo. Si su padre había estada pálido antes, ahora se puso del color de la niebla, no sólopalideciendo, sino de un opaco gris. —¿Qué te pareció? —El parche sobre el ojo y él… No terminó la descripción. Su padre saltó del taburete y recuperó el equilibrósobre el mostrador con brusquedad —¿Padre? —le agarró del brazo alarmada—. ¿Estás…? No se sorprendió cuando sólo negó con la cabeza. —Háblame, por favor —dijo ella—. ¿Qué está pasando aquí? —No puedo… discutir esto contigo. Grier dejó caer el brazo y dio un paso atrás. —Respuesta equivocada —escupió—. Respuesta totalmente equivocada. ~170~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Cuando lo miró a él y su resuelto silencio, se dio cuenta de por qué se sentía tanextrañamente cómoda alrededor de Isaac: su padre también era un fantasma.Siempre lo había sido. Literalmente había crecido, y ahora vivía, bajo el miedo de queen cualquier momento él pudiera desaparecer para siempre. Y su cliente le había dado aquella misma vibración. —Tienes que contármelo —le dijo en tono grave. —No puedo. —Los ojos que la miraban eran aquéllos de un extraño con unaspecto familiar… como si alguien hubiera tomado una máscara de los rasgos de supadre y se hubiera metido detrás de la superficie del vendaje para echar un vistazofuera—. Incluso si pudiera… no podría soportar contaminarte a ti con… Se encorvó como si se inclinara bajo el peso de una gran montaña. Extraño, pensó ella. Definitivamente había veces en que te sentías mayor cuandollegabas a ver a tus padres como una persona más allá de papá o mamá. Y ésta erauna de ellas… El hombre de su cocina no era el todopoderoso señor de la casa y laoficina… sino alguien que estaba atrapado en alguna especie de trampa de osos,cuyas fauces solo veía él. —Tengo que irme —le dijo con aspereza—. Quédate aquí y no dejes que nadieentre. Conecta el sistema de seguridad y no contestes al teléfono. Mientras él se levantaba para irse, le bloqueó el camino hacia el vestíbulodelantero. —A menos que me digas qué demonios está pasando, voy a salir por esa puerta enel momento en que me dejes y pasear por la calle Charles hasta que consiga que eltráfico acabe conmigo o me encuentre lo que sea que te tiene tan asustado. No meempujes con esto. Porque lo haré. Hubo un momento de ceño-contra-ceño. Y luego él se rió con aspereza. —Eres mi hija, ¿verdad? —Hasta la médula. Él empezó a caminar, haciendo paradas alrededor del granito de la isla. Era el momento, pensó. Momento de encontrar la respuesta a todas aquellaspreguntas que ella quería hacer sobre él y lo que quería. Tiempo para llenar losvacíos de misterio y sombras con respuestas tangibles que estaban largamenteatrasadas. Dios, tanto como Isaac era una complicación, era casi como una bendición delcielo. —Sólo habla, papá. No seas un abogado… no te lo pienses todo. ~171~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Él se detuvo en la parte más alejada de la vitrocerámica y le echó un vistazo. —Mi mente es lo único que tengo, cariño. Después de un momento, volvió al taburete que había abandonado antes, ymientras se sentaba, se abrochó de nuevo el cuello de su polar… lo cual era como ellasabía que iba a conseguir la verdad, o alguna parte: se estaba reorganizando,recuperando quien era. —Cuando estuve en el ejército como oficial, como sabes, serví en Vietnam —le dijoen el tono directo y práctico que ella había escuchado toda su vida—. Luego fui a lafacultad de derecho, y se suponía que volvería a la vida civil. Pero en realidad noabandoné el ejército. En realidad nunca he estado fuera. —¿La gente que venía a la puerta? —dijo ella, dándose cuenta de que era laprimera vez que había hablado sobre ellos. —Es la clase de cosa que en realidad nunca puedes dejar. No puedes salir. —Señaló la tarjeta—. Conozco ese número. He marcado ese número. Te lleva directo alcorazón… de la bestia. Estaba hablando en términos generales, ofreciendo una descripción libre en lugarde una clara definición, pero ella llenó los vacíos: era el estilo ninja del gobierno, eltipo de cosa que justificaba la paranoia de las teorías de conspiración., el tipo deorganización que probablemente ibas a ver en el cine y los comics, pero que esossanos civiles no creían que existieran de verdad. —No quiero eso —él clavó el dedo en la tarjeta otra vez— en ningún lugar cercade ti. La idea de ese… hombre… Cuando no terminó, se sintió empujada a señalar. —No tienes que decirme nada en realidad. Él negó con la cabeza. —Pero ése es el asunto… es todo lo que he conseguido. Estoy en la periferia, Grier.De manera que sólo sé lo suficiente para estar seguro del peligro. —¿Qué es exactamente lo que haces por… quienquiera que sean “ellos”? —Reunir información… Estaba estrictamente en inteligencia. Nunca he matado anadie. —Como si hubiera un departamento completo de asesinos—. Una gran partede lo que mueve la máquina es la información, y he salido y la he conseguido ytraído. También se me ha llamado de vez en cuando para dar mi opinión sobreciertas figuras internacionales, corporaciones o gobiernos. Pero nunca he matado. Ella estaba increíblemente aliviada de que no tuviera sangre en las manos. —¿Estás involucrado aún? ~172~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Como te dije, nunca estás fuera del todo. Pero no he tenido asignaciones en… —una larga pausa—. Dos años. Grier frunció el ceño, pero antes de que pudiera preguntar algo más, él se levantóy dijo: —Tu ex-cliente tiene precio a su cabeza si se fue ASP. No puede salvarse a símismo y no puedes ayudarle o salvarle, tampoco. Si ese personaje de Isaac aparecepor aquí otra vez, llámame inmediatamente. —Él rozó la tarjeta, las tiras de tela y eltransmisor y los metió en el bolsillo de su polar—. No permitiré que te metas en estedesastre, Grier. —¿Qué vas a hacer con todo eso? —Voy a asegurarme de que queda claro que ya no eres la representante de IsaacRothe, que no tienes nada que ver con él, y que si lo ves de nuevo, me lo contarásdirectamente. Explicaré que no has elegido nada de esto y que estás ansiosa dedejarlo. Y lo más importante, declararé enfáticamente que no te ha dichoabsolutamente nada. Lo cual es verdad, ¿verdad? La dura mirada en sus ojos le dijo que, aunque no era el caso, mejor que estuvieracondenadamente segura de mantener que lo era. —Nunca me dijo una palabra sobre lo que había hecho o por qué era un fugitivo.Ni una palabra. —Cuando Grier observó a su padre relajarse con alivio, sufrustración se alivió—. Papá… Fue hasta él, deslizó los brazos alrededor de su cintura y le abrazó durante unlargo momento. —Te llamaré en una hora —le dijo—. Conecta el sistema. —El teléfono está pinchado. —Lo sé. Grier se puso rígida. —¿Cuánto tiempo lo han tenido? —Desde el principio de todo. Unos cuarenta años. Dios, por qué se había sorprendido siquiera… y aun así la violación dejaba ungusto amargo en su boca. Como tanto de esto lo hacía. Después de acompañarle a la puerta, se encerró y conectó la alarma, luego fue alestudio y echó una ojeada por la ventana para ver su Mercedes alejarse del bordillo ybajar por la calle Ponckney hacia Charles. ~173~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Cuando ya no pudo ver las luces traseras, se metió la mano en el bolsillo y sacó lascosas que le había sacado cuando se abrazaron. La telealarma, la tarjeta y las tiras deropa que en definitiva no se había llevado Alistair Childe había estado absolutamente acertado sobre una cosa: ella no eranada más que su hija. Lo que quería decir que no iba a hacerse a un lado en esto. Estás loca, lo sabes, le dijo su fantasmal hermano desde detrás. —No es una noticia de última hora. He estado hablando con un tipo muerto desdehace dos años. Esto es serio, Grier. Bajó la mirada a las cosas que tenía en la palma. —Sí, lo sé. ~174~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 22 Cuando la noche finalmente cayó, Isaac estuvo listo para gritar a todo pulmónpor el tiempo de mierda. Pero en vez de seguir la ruta de Tarzán, se agachó por elcamino de detrás del apartamento, deslizándose hasta la ventana donde había alzadoel pestillo esa mañana, cerrándolo detrás de él, y se dejó caer sin ningún sonido en laterraza trasera de ladrillo. Tenía suerte de que la noche estuviera nublada, porque eso desvanecía la luz delcielo más rápidamente. Pero aún así, estaba jodido, porque el vecindario estabailuminado como una maldita joyería: desde las farolas a las lámparas colocadas entodas esas brillantes puertas negras además de los faros de los coches; iba a tener supropia cantidad de putos problemas para ocultarse. Hizo el viaje a casa de Grier a velocidad de tortuga, encontrando todas lassombras y aprovechándolas. Cuarenta y cinco minutos. Eso fue lo que tardó en cruzar no más de dieciocho metros hasta el patio trasero alotro lado de la calle. Luego, otra vez, recorrió dos bloques más de la colina y volviósobre sus pasos antes de dejarse caer por otra calle delante de la casa de ella y tomarun callejón hacia su jardín amurallado. Un salto… un agarre rápido en la parte superior del borde de ladrillos… balanceodel cuerpo… y estuvo entre rododendros. Se congeló donde aterrizó agachado. No había nadie que pudiera ver o presentir. Lo que significaba que podía mirar através de los paneles de cristal. Cuando Grier entró en la cocina, respiró hondo, de la clase que te daba un disparopoderoso de energía y concentración a pesar de no haber comido ni bebido nada encasi veinticuatro horas. Parecía tener el mismo aspecto desde que la había visto por última vez y odiaba suaspecto agotado y pálido mientras caminaba de aquí para allá, como un pájaro en elviento buscando una rama donde encaramarse. Estaba hablando por teléfono, ~175~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2hablaba con animación, haciendo gestos con las manos... Luego terminó la llamada ytiró el aparato a través del mostrador. Esperó para ver si venía alguien a comprobar lo que indudablemente había sidoun ruido. Cuando nadie lo hizo, asumió que estaba sola… Algo se movió. A la izquierda. Los ojos se dispararon a través del jardín, pero no movió la cabeza y no giró supeso. Era difícil localizar exactamente que había cambiado de posición, porque habíamucho… Jim Heron salió de la oscuridad. Y no fue una sorpresa, dado el muro que lorecorría todo. Por otra parte, quizá había estado allí antes de que Isaac hubierallegado, lo que era más inquietante porque Isaac debería haber descubierto supresencia. Aunque el tipo siempre había sido muy, muy bueno en camuflarse con el paisaje. —¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Isaac, la mano encontrando la culata deun arma mientras se enderezaba. —Buscarte. Isaac miró alrededor y no vio a nadie más. —Bien, me has encontrado. —Y mierda, quizá Heron pudiera ayudar en unaescala limitada—. Tu tiempo es bueno, por cierto. —¿Y todavía no has llamado? Te di mi número. Isaac cabeceó hacia Grier. —Complicaciones. Jim maldijo para sí. —Sin saber los detalles, te puedo decir su solución. Márchate. Ahora. ¿Estáspreocupado por ella? Déjame ponerte en un avión. —Le han entregado algo. —No me jodas. El qué. —No lo sé. —Miró fijamente a Grier a través del cristal—. Y es por eso que no mevoy a ir. —Isaac. Mírame. —Cuando no obedeció, Jim le agarró del bíceps y apretó—.Ahora. Isaac deslizó su mirada fija sobre él. —No puedo dejarla… herida. Otra maldición. ~176~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Bien, vale, déjame limpiar el lío. Eres demasiado valioso para sacrificarte.Debemos llevarte a algún lugar seguro, lejos, muy lejos de cualquiera que te conozcao pueda encontrarte. Cuidaré de ella… —No. —Dios, no podía explicarlo y sabía que no era lógico. Pero en lo que serefería a Grier… no podía fiarse de nadie. —Se razonable, Isaac, eres el arma apuntada a su cabeza. Eres el gatillo, la bala y eldisparo que va a matarla. ¿Pasas el rato aquí? Estás poniendo “pagado” a su lápida. —Me interpondré en medio de ella y Matthias. Yo… —La única manera de salvaros a los dos es sacarte de este puto sitio. Además,quizá si te podemos mantener oculto durante el tiempo suficiente, él abandonará, nopodrá permitirse el desvío de recursos para una búsqueda interminable. Isaac sacudió lentamente la cabeza. —Sabes cómo ha sido Matthias el último par de años. Dirige las XOps como unclub, moviendo su propia agenda. Solía aceptar órdenes… ¿pero últimamente? Haestado dándolas. Está fuera de control. Las misiones ahora son sobre… algo más. Nosé el qué. Y eso significa que me cazará hasta que muera. Tiene que hacerlo, es laúnica manera de protegerse. —Entonces deja que te rastree por todo el globo. Nos aseguraremos de quepermanezcas dos pasos por delante de él durante el resto de tu vida natural. Isaac se volvió a centrar en Grier a través del cristal. Se estaba apoyando contra elmostrador donde él se había sentado, había dejado caer la cabeza e inclinado loshombros como si estos soportaran todo su peso. El pelo se le había aflojado y losmechones largos y ondulados casi tocaban el granito. —Estoy empezando a pensar que cometí un error —se oyó decir—. Debí habermequedado en Operaciones Especiales. —Tu error es permanecer en este jardín. Probablemente. Pero no iba a marcharse. —Oh, no me jodas —ladró Jim—. Toma esto. Ante el sonido de susurros, Isaac echó un vistazo y se encontró con una bolsa depapel sostenida ante él. —Es un sándwich de pavo —dijo Jim—. Mayonesa. Lechuga. Tomate. Y unagalleta. Del DeLuca de la esquina. Tomaré incluso un bocado para demostrar que nolo he envenenado. Jim metió la mano en la bolsa, sacó el sándwich y le quitó el celofán con una mano.Luego acomodó la mandíbula alrededor de la cosa, mordió con fuerza y masticó conla boca cerrada. ~177~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Lo cual, naturalmente provocó que el intestino de Isaac tuviera dos años ycomenzara a rugir. —¿Qué clase de galleta? Jim habló mientras masticaba. —Trocitos de chocolate. Nada de frutos secos. Odio los putos frutos secos en lasgalletas de trocitos de chocolate. —Estoy muy agradecido —dijo Isaac suavemente. Tendiendo la palma izquierda,tomó lo que le ofrecían y comió con eficiencia. —¿Galleta? —murmuró Jim. Le dolía decirlo, pero tenía que hacerlo: —Dale un mordisco primero. Por favor. Esa gran manaza desapareció en la bolsa otra vez y salió con algo del tamaño deuna rueda de coche. Desenvolver. Morder. Masticar. —Muchas gracias —dijo Isaac mientras el postre cambiaba de mano. —Tengo una botella de agua en el bolsillo de atrás. —Jim la sacó, hizo elespectáculo de quitarle la tapa y tomó un trago. Isaac se inclinó hacia delante y aceptó la botella de FIJI. —Me has salvado. —Ese es el plan —murmuró el tío. Dentro de la cocina, Grier comenzó a preparar la cena, y maldición, ella erajodidamente vulnerable sobre esa vitrocerámica, todo ese cristal convertía el cuartoen un plató de televisión que permanecía sintonizado en el canal Childe veinticuatrohoras al día siete días a la semana. —La dejaré indefensa si me largo. —La conviertes en un objetivo si te quedas. No deberías estar aquí ahora. Nodeberías haber pasado todo el día en esa casa al otro lado de la calle. Isaac le miró bruscamente. —¿Cómo lo has sabido? Jim puso los ojos en blanco. —¿Recuerdas lo que hacía para vivir hace una década? Mira, se práctico. Déjamevigilarla una vez que te hayamos acomodado —Para tu información, te conozco un poco demasiado bien, así que este tipo derutina de boy scout es difícil de tragar. ~178~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Puedes ahogarte en la mierda por lo que me importa. Sólo aprovecha… Una fría brisa vagó por el aire desde una dirección indiscernible... Isaac sintió unescalofrío subirle por la espina dorsal, no tenía nada que ver con la temperatura delaire y todo con el instinto. A su lado, Jim se tensó y miró alrededor… Dos hombres inmensos salieron de las sombras detrás de él. Isaac fue rápido en desenfundar, sacando su otra arma y nivelando el cañón sobrecada uno de ellos. Pero resultó que sólo eran los chicos de Jim, el que estabaperforado como un acerico y el otro que tenía el tamaño de una montaña. —Tenemos compañía, tío —siseó el Señor Fetiche de las Agujas a Jim—. Malacompañía. Tiempo estimado de llegada un minuto y medio. —Mételo en la casa —dijo el de la trenza gruesa como una cuerda—. Estará a salvoallí. Bien, hora de cortar, chicos: —Hola, me llamo Isaac. Estas son Izquierdita… y Bob. —Levantó las armasmientras hacía las presentaciones—. Y ninguno de nosotros acepta órdenes muybien. Los ojos de Jim ardieron mientras se movían. —Escúchame, Isaac... entra en la casa... entra en la puta casa y quédate allí. Noimporta lo que veas u oigas, no salgas. ¿Está claro? Desde ninguna parte, el tío sacó un cuchillo que no tenía sentido. ¿La jodida cosaestaba hecha de cristal? Qué coño… Un silbido bajo comenzó a zumbar por el aire, Isaac echó un vistazo por encimadel hombro hacia el sonido. Era el tipo de cosas que tenían que ser sólo el viento... Nohabía ninguna otra explicación para ello. Y además no sentía ninguna brisa en la piel. —Entra en la casa si quieres vivir —dijo alguien. Jim le agarró del brazo. —No puedes luchar contra este enemigo, pero yo sí. Si estás allí dentro, estarás asalvo y puedes proteger a esa mujer. Mantenla contigo y mantenla a salvo. Bien, esa era una orden que podía seguir… De repente, la casa de Grier pareció resplandecer con una luz etérea, como sihubiera sido golpeada con focos rojos desde los cimientos. Mientras sus ojosluchaban por comprender lo que veía, el zumbido de la nuca se volvió tan intensoque se preocupó por si la cabeza fuera a jugar a Seven-Up y saltar disparada de lacolumna ~179~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Isaac no se quedó a ver qué pasaba. Irrumpió en el patio mientras el viento impío se volvía más y más fuerte, rezandopor entrar y llegar donde Grier a tiempo. * * Grier odiaba pelearse con su padre. Lo despreciaba absolutamente. Echando la tortilla en la sartén, se centró en ella y luego miró fijamente al teléfonomóvil que había tirado encima de la isla. Su primera llamada había sucedido aproximadamente una hora después de que élhubiera salido y hubiera hecho la llamada. Naturalmente, había descubierto supequeño truco de magia y eso la había metido en todo tipo de problemas, ningunode los cuales se había resuelto, porque ella no iba a devolver el material y él noaceptaba un no por respuesta; ellos habían tenido que cubrir un terreno inseguro encódigo porque Dios sabía quien estaba escuchando. Después de dar vueltas y más vueltas como pugilistas en un ring, habíandeclarado un tiempo muerto; ella había tratado de trabajar mientras su padre habíaentrado en su misterioso mundo. Aunque ella estaba por adivinar esa parte. No era como si él le dijera algoconcreto. Todavía. Como siempre. El segundo viaje a través del parque de teléfono, los dedos habían hecho el paseo.Su intención había sido hacer alguna clase de paz y averiguar qué estaba haciendo él,pero eso rápidamente se había convertido en más acusaciones chapuceras en unlenguaje que parecía ser un mal latín mezclado con charadas. El anterior trabajo sólo ligeramente mejor que el último sobre la conexión. Mientras su tortilla crepitaba suavemente y tomaba un sorbo de su copa, unaráfaga de viento golpeó la parte trasera de la casa, silbando entre las contraventanasy acariciando los móviles de campanillas de la puerta. Frunciendo el ceño, miró porencima del hombro. Un brisa tremenda, pensó, la sutil música de las piezas de barropor una vez no la calmaban. Era lo que pasaba cuando te volvías paranoica. Todo era escalofriante, incluso el… Una forma inmensa saltó hasta la puerta trasera y llenó los paneles de cristal.Mientras dejaba salir un chillido y saltaba hacia el botón de pánico en el controlremoto del sistema de seguridad, la luz activada por el movimiento que Isaac disparóle iluminó la cara saliendo de la oscuridad. ~180~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Él empezó a golpear con el puño, pero no durante mucho tiempo. Se giró paramirar al patio, aplastándose contra la casa como si algo viniera hacia él. Entonces ella corrió, desactivó el sistema y todo él cayó en la cocina cuando ellaabrió. La agarró, cerró el pestillo y luego puso su cuerpo contra los paneles como sialguien fuera a tratar de entrar. Entre alientos, ordenó: —El sistema... enciéndelo otra vez… Ella lo hizo sin vacilación… Todo se volvió oscuro. Excepto por el resplandor azul de la llama bajo la sartén en la cocina y la aureolaamarilla de la luz sobre la entrada, la cocina estaba totalmente a oscuras y le llevó unsegundo a su cerebro captar el hecho de que él había atenuado las luces. El arma que levantó hasta el pecho no lanzaba muchos reflejos ni sombras, peroella sabía exactamente que tenía en la palma mientras él se movía y se colocabacontra la pared al lado de la puerta. No apuntaba con el arma a ninguna parte cercade ella, ni siquiera la miraba. Los ojos estaban enfocados en el jardín trasero. Cuando ella trató de acercarse para mirar, el extendió un brazo pesado y la retuvoatrás. —Aléjate del cristal. —¿Qué pasa? Una explosión de viento golpeó la casa, los carillones se volvieron locos hasta elpunto que giraron en sus cuerdas, chillando de dolor. Y entonces un extraño crujido eliminó el barullo. Apoyándose contra el mostrador, ella alzó la vista al techo y se dio cuenta de queera toda la casa… la casa de ladrillo de su familia, la que había estado sin moversesobre sus sólidos cimientos durante doscientos años, era la que estaba gimiendocomo si estuviera a punto de ser arrancada de su asidero en el suelo. Los ojos fueron a la pared de cristal. No podía ver nada excepto las sombras que semovían a causa del viento... pero no eran correctas. No se movían… bien. Paralizada ante la vista de pautas oscuras moviéndose sobre el terreno como aceiteespeso, sintió que su mente se volvía loca mientras intentaba formar una explicaciónpara lo que sus ojos asimilaban. —¿Qué es… eso? —jadeó. —Agáchate detrás del mostrador. —Isaac miró hacia el techo cuando la casa dejósalir otra maldición—. Vamos, pequeña, aguanta. ~181~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Cayendo de rodillas, ella miró el viejo espejo de enfrente. En su ondulada forma,podía ver por las ventanas el jardín y mirar todas esas revueltas equivocadas. —Isaac, aléjate de la puerta… Un chillido que repiqueteó llenó el aire, Grier dejó salir un grito y se cubrió lasorejas. Sin embargo, Isaac ni se estremeció y ella sacó fuerzas de él. —Alarma de incendios —gritó él—. ¡Es la alarma de incendios! Se lanzó a la vitrocerámica y empujó la tortilla humeante a un lado, apagando lallama en el quemador con un giro de muñeca. —Haz lo que tengas que hacer —ladró—. ¡Pero asegúrate de que el cuerpo debomberos no aparezca! ~182~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 23 Matthias condujo él mismo el último tramo de su viaje. Había estado volando aesta ciudad desde su pequeño desvio sobre Boston porque aunque podía pilotar unnúmero de diferentes aviones, había sido despojado de sus alas por sus lesiones Pero al menos todavía era capaz de conducir, ¡maldita sea! El vuelo desde Beantown a Caldwell había sido corto y agradable, y el aeropuertointernacional de Caldwell fue pan comido, ya que cuando tenías su nivel deautorización, los tipos de la AST nunca fastidiaban cerca de ti o de tus maletas. No es que hubiera traído equipaje con él, aparte del que llevaba a todas partes ensu cerebro. Su coche era otro negro sobre negro sin matrícula, blindado y con los cristales losuficientemente gruesos como para hacerle una conmoción cerebral a cualquier bala.Era igual que el que había llevado cuando le hizo una visita a Grier Childe… e igualal que tenía en cualquier ciudad a la que iba, en casa o en el extranjero. No le dijo a nadie adónde iba excepto a su segundo, e incluso en el que másconfiaba no sabía el porqué de todo esto. Sin embargo no había problemas con elsecretismo: lo bueno de ser la sombra más oscura entre una legión de ellas era quecuando cogías y desaparecías, formaba parte de tu jodido trabajo y nadie hacíapreguntas. Y la verdad era que este viaje estaba por debajo de él, la clase de asunto quenormalmente habría asignado a su mano derecha y aún así tenía que hacerlo él. Era como una peregrinación. Aunque si esto fuera lo que creía, las cosas deberían ponerse bastante másinspiradas jodidamente rápido. La calle que ahora seguía era simplemente un tramocomún de tiendas, Walgreens y gasolineras que podían haber estado en cualquierciudad, en cualquier lado. Había poco tráfico y del tipo de paso; todo estaba cerradopor la noche así que sólo estabas aquí si ibas a algún otro lugar. Para la mayoría de la gente, así era. A diferencia del resto, su destino estaba… enrealidad justo aquí. ~183~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Aflojando el acelerador, se hizo a un lado y aparcó en paralelo a la acera. Al otrolado de un césped no muy alto, la funeraria McCready estaba a oscuras en el interior,pero había luces exteriores por todo el lugar. Ningún problema. Matthias hizo una llamada y fue de persona en persona, saltando como una piedrade teléfono en teléfono hasta que encontró al mandamás del que podría obtener loque quería. Luego se sentó y esperó. Odiaba el silencio y la oscuridad del coche, pero no porque estuviera preocupadode que hubiera alguien en su asiento trasero o de que alguien fuera a hacer clic-clic,bang-bang desde las sombras del exterior. Le gustaba mantenerse en movimiento.Mientras estaba en movimiento podía dejar atrás los nervios que inevitablementehinchaban sus glándulas suprarrenales cuando permanecía inmóvil. La quietud era matadora. Y convertía el Ford Crown Victoria en un ataúd. Sonó el teléfono y supo quién era antes de comprobarlo. Y no, no iba a ser la gentecon la que acababa de hablar. Había terminado sus asuntos con ellos. Matthias respondió al tercer timbrazo, justo antes de que saltara el buzón de voz. —Alistair Childe. ¡Qué sorpresa! El silencio de estupefacción fue tan satisfactorio. —¿Cómo sabía que era yo? —Sinceramente, ¿no pensará que dejaría a cualquiera comunicarse con esteteléfono? —mientras Matthias miraba fijamente la funeraria a través del parabrisas,encontró irónico que ambos estuvieran hablando allí delante, dado que él habíapuesto al hijo de aquel hombre en una—. Todo se hace a mi manera. Todo. —Así que ya sabe por qué me he pasado todo el día intentando encontrarle. Sí, lo sabía. Y deliberadamente se hizo el difícil de encontrar para el tipo. Creía confirmeza que la gente era como trozos de carne; cuanto más se guisaban más tiernas sehacían. También más sabrosas. —Oh, Albie, por supuesto que soy consciente de tu situación. —Una débil lluviaempezó a caer, las gotas salpicaban el cristal—. Estás preocupado por el hombre quese quedó con tu hija anoche. —Otra dosis de silencio—. ¿No sabías que había estadoen tu casa toda la noche? Bien, los hijos no siempre les cuentan a sus padres todo loque hacen. ~184~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Ella no está involucrada. Te lo prometo, no sabe nada… —No te contó que había tenido un invitado durante las horas de oscuridad. ¿Enserio puedes confiar en ella? —No puedes tenerla. —La voz del hombre se rompió—. Te cargaste a mi hijo…No puedes retenerla. —Puedo tener a cualquiera. Y puedo cargarme a cualquiera. Ya lo sabes, ¿no? De repente, Matthias fue consciente de una extraña sensación en su brazoizquierdo. Bajando la mirada, vio que su puño estaba aferrado al volante tan fuerteque sus bíceps estaban vibrando por la tensión muscular. Con toda su fuerza quiso soltar el agarre… pero no pudo. Aburrido de los pequeños espasmos y tics de su cuerpo, ignoró este último. —Esto es lo que tienes que hacer si quieres estar seguro sobre tu hija. Entrégame aIsaac Rothe y me marcharé. Así de simple. Dame lo que quiero y dejaré en paz a tuhija. En ese momento, la manzana entera se oscureció... cortesía de su llamaditatelefónica. —Sabes que digo en serio cada palabra —dijo Matthias, yendo a por su bastón—.No me hagas matar a otro Childe. Colgó y volvió a guardar el teléfono en el abrigo. Abriendo la puerta de par en par, gimió cuando salió y eligió seguir por la acerade cemento opuesta al césped, aunque fuera la ruta menos directa hacia la partetrasera. ¿Su cuerpo caminando sobre la hierba? No sería una buena idea. Después de abrir con una ganzúa la cerradura de la puerta trasera, lo cualdemostraba que aunque fuera el jefe, no había perdido la forma con las nocionesbásicas, se coló en la funeraria y empezó a buscar el cuerpo del soldado que lo habíasalvado. Confirmar la identidad del «cadáver» de Jim Heron era tan necesario comorespirar el siguiente aliento. * * De vuelta a Boston, en ese jardín trasero de la abogada defensora, Jim se preparópara la pelea que estaba por llegar, literalmente, vía aérea. —Es igual que matar a un humano —gritó Eddie sobre el vendaval—. Ve al centrodel pecho, aunque ten cuidado con la sangre. ~185~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Las perras son babosas como la mierda. —La sonrisa de Adrian tenía un filo delocura, con los ojos chispeantes de luz pecaminosa—. Es por lo que llevamos cuero. Cuando la puerta de la cocina de la casa de ladrillos se cerró de golpe y las luces seapagaron, Jim rezó para que Isaac mantuviera a la mujer y a él mismo en el interior. Porque el enemigo había llegado. Desde el centro de las pujantes ráfagas, sombras negras ondearon sobre el suelo,hirviendo y creando formas que se hicieron sólidas. Sin rostros, sin manos, sin pies,ni ropas, claro. Pero tenían brazos, piernas y cabeza, lo que suponía que estaba en elplan de Dios, malolientes. Olían como a basura descompuesta, una combinación dehuevos podridos, sudor y carne estropeada, y gruñían como los lobos cuandocazaban en una manada coordinada. Esto era la maldad en movimiento, la oscuridad en forma tangible, un cuarteto deinmundicia, una llaga purulenta que le hizo querer darse un baño con lejía. Justo cuando se colocó en posición de ataque, se le disparó en la nuca esa alarmaque sintió la noche anterior antes de clavarse hasta la base de su cerebro. Sus ojossalieron disparados hacia la casa con un jodido no... pero estaba seguro de que no erala fuente. Lo que fuera… él necesitaba su cabeza a pleno rendimiento. Cuando una de las sombras subió hacia su espacio, Jim no esperó el primer golpe,no era su estilo. Osciló ampliamente con su cuchillo de cristal y siguió mientras seagachaba bajo un golpe más brusco del que esperaba. Evidentemente había algo elástico en esas cosas. Aunque Jim hizo contacto, cortando algo que provocó un reguero de líquidodisparado en su dirección. En el aire, la salpicadura se metamorfoseó en bolitas deperdigones que luego se disolvieron cuando lo golpearon. El escozor fue instantáneoe intenso. —¡Joder! —Se sacudió la mano, momentáneamente distraído por el humo que sealzaba de la piel expuesta. El golpe aterrizó a un lado de su rostro y repicó en su cabeza como una campana,demostrando que tal vez fuera un ángel y toda esa mierda, pero su sistema nerviosotodavía era indudablemente humano. Inmediatamente pasó a la ofensiva, sacó unsegundo cuchillo y se dirigió al bastardo blandiendo los dos, obligando a la cosa a irhacia los arbustos mientras esquivaba los puñetazos. Mientras estaban ocupados, su nuca siguió voceando, pero no podía permitirse eldistraerse. Primero la pelea que estaba delante de ti. Luego se ocuparía de lo siguiente. ~186~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Jim fue el primero en lograr una pieza. Embistió cuando su oponente se arqueóhacia delante, su daga de cristal entró a nivel de los intestinos. Cuando la luz de unaexplosión de arcoíris estalló, se apartó con un giro, cubriéndose el rostro con el brazopara bloquear el chorro mortal, su hombro cubierto de cuero sufrió lo peor delimpacto. La salpicadura de mierda humeaba y apestaba como el ácido de batería,también quemaba como tal, cuando la sangre del demonio corroyó el cuero y sedirigió hacia su piel. Inmediatamente retrocedió en posición de lucha pero los otros tres grasientosestaban cubiertos: Adrian se encargaba de un par y Eddie terminaba con su tipo…demonio… joder, lo que fuera. Con una maldición, Jim levantó la mano y se frotó la nuca. La sensación habíaascendido de un hormigueo a un estruendo y ahora que la adrenalina habíadisminuido un poco se doblegó por la agonía. Dios, empeoró… hasta el punto que nopudo manejarlo y cayó de rodillas. Poniendo la mano en el suelo y apoyándose, cayó en la cuenta de qué estabapasando. En un ejemplo perfecto de momento inoportuno, Matthias había seguido lapista del hechizo que había puesto en su cadáver en Caldwell. —¡Vete! —siseó Eddie mientras acuchillaba y se replegaba—. ¡Lo tenemoscontrolado! Ve con Matthias. En ese momento, Adrian se cargó a uno de su par, su daga de cristal penetróprofundamente en el pecho de la cosa antes de que él saltara sobre la entrada paraevitar la salpicadura. La ráfaga de perdigones dio en el otro demonio con el queestaba luchando. Mierda. El bastardo negro grasiento absorbió el spray… y se duplicó en tamaño. Jim echó un vistazo a Eddie pero el ángel ladró: —¡Vete, te digo! —Eddie esquivó un golpe y lanzó uno con su puño libre—. ¡Nopuedes pelear así! Jim no quería abandonarles pero se estaba transformando rápidamente en peorque inútil, sus colegas iban a tener que defenderle si su ring-ring-ring se hacía másagudo. —¡Vete! —gritó Eddie. Jim maldijo, pero se levantó, desplegó las alas y despegó con un resplandor… Caldwell, Nueva York, estaba a más de trescientos veinte kilómetros al oestesuponiendo que fueras un humano a pie, en bici, a caballo o en coche. Las LíneasAéreas Angel cubrieron la distancia en un abrir y cerrar de ojos. ~187~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Cuando aterrizó frente al césped del antro de McCready, vio al sin matrículaaparcado en la acera… y el hecho de que toda la manzana estuviera sinelectricidad… y supo que estaba en lo cierto. Matthias había venido de visita. Justo el estilo del tipo. Jim cruzó la hierba y sintió como si retrocediera en el tiempo… a esa noche en eldesierto que lo había cambiado todo para Matthias y para él. Vale, su hechizo de citación había funcionado. La pregunta era qué hacer con su presa. ~188~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 24 De pie en la cocina de Grier, Isaac aprobó la forma en la que ella se estabaocupando de las cosas. En mitad del caos, permanecía serena mientras se encargabadel teléfono y el sistema de seguridad. Un rápido tecleo y había desconectado laalarma de incendios, emitido un reporte falso y reseteado el sistema. Y todo elloagachada detrás de los mostradores, protegida y escondida. Definitivamente su tipo de mujer. Con ella manteniendo el control, él quedaba libre para intentar averiguar quédemonios estaba ocurriendo en su jardín trasero. Retorciéndose para mantenerseoculto, escudriñó a través del cristal... pero todo lo que pudo captar fue viento y unbuen montón de sombras. Aun así, sus instintos le estaban gritando. ¿Qué estaban haciendo allí Jimmy y sus colegas? ¿Quién había aparecido? Los delequipo de Matthias se presentaban habitualmente en coches sin identificar y sinmatrícula. No montaban en escobas y se lanzaban en barrena desde cielostormentosos. Además, no había nadie ahí fuera que él pudiera ver. Al transcurrir del tiempo y que sólo ocurriera un montón de nada-mas-que-viento,empezó a pensar que había perdido completamente la cabeza. —¿Estás bien? —preguntó sin darse la vuelta. Escuchó un crujido y luego Grier estaba hombro con hombro junto a él en el suelo. —¿Qué está pasando? ¿Puedes ver algo? Él observó que ella no había respondido a su pregunta, pero en fin... como situviera que hacerlo, ¿no? —Nada en lo que necesitemos participar. Nada, en fin, eso parecía. Aunque... bueno, de hecho, si entrecerraba los ojos, lassombras parecían tomar formas que podrían corresponder a luchadores enzarzadosen combates mano a mano. Si no fuera porque, por supuesto, no había nadie ahífuera... y él estaba intentando ver lógica la manera en la que las cosas se movían. Para ~189~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2obtener el efecto que estaba viendo, para siquiera acercarse a la óptica, se hubieranecesitado una legión de focos iluminando desde todas las direcciones posibles. —Hay algo en esto que no me gusta —dijo Grier. —Estoy de acuerdo —él la miró—, pero yo te protegeré. —Creía que te ibas a marchar. —No lo he hecho —se guardó para él la parte de que no podía—. No voy a dejarque nada te haga daño. Ella inclinó la cabeza hacia un lado para mirarle. —¿Sabes? Te creo. —Puedes apostarte la vida. Con un movimiento rápido, unió su boca a la de ella en un beso duro, para sellarel trato. Y justo cuando se estaba retirando, el viento se detuvo, como si hubierandesenchufado el ventilador industrial que estaba produciendo todo el aire. En elpatio trasero no había más que silencio absoluto. ¿Qué demonios estaba pasando? —Quédate aquí —dijo mientras se ponía en pie. Naturalmente, ella no obedeció la orden, sino que se levantó, con las manosapoyadas en el hombro de Isaac, como si se dispusiera a seguirle. No le gustó, perosabía que discutir no le iba a llevar a ninguna parte. Lo mejor que podía hacer eramantener su pecho y hombros delante y centrados para bloquear cualquier disparohacia ella. Se inclinó hacia delante para ver mejor el exterior. Las sombras habíandesaparecido y las tres ramas y los arbustos estaban inmóviles. Los sonidos distantesdel tráfico y la lejana sirena de una ambulancia eran de nuevo la banda sonora deuna ciudad, como música ambiental por todo el vecindario. Se volvió a mirarla. —Voy a salir. ¿Sabes manejar un arma de fuego? —cuando ella asintió, él sacó unade sus dos pistolas—. Toma esto. Ella no lo dudó, pero, tío, cómo odiaba la visión de sus pálidas y elegantes manossobre el arma. La señaló con la cabeza. —Apunta y dispara usando las dos manos. He quitado el seguro. ¿Está claro? Cuando ella asintió, él la besó de nuevo porque simplemente tenía que hacerlo,luego la colocó en su posición, al abrigo de los armarios del suelo. Desde ese puntode observación, ella podía ver a quien se acercara desde cualquier dirección, pero ~190~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2además cubría la puerta interior que él tenía el presentimiento de que conducía a lasescaleras del sótano. Palmeando su otra pistola, salió con un movimiento rápido. Con la primera inspiración un desagradable hedor llegó a sus fosas nasales y bajópor su garganta. ¿Qué....? Parecía un vertido químico... De la nada apareció uno de los dos tipos que estaba con Jim. Era el tipo de latrenza y parecía que le hubieran rociado con lubricante 3 en 1 y tenía los bolsillosllenos de hielo seco: volutas de humo emanaban de su chaqueta de cuero y mierda...ese olor. Antes de que Isaac pudiera preguntarle qué cojones, el chico de Jim cortó lapregunta. —Haznos un favor y quédate quieto. Aunque ahora mismo no hay moros en lacosta. Si entiendes lo que te digo. Cuando los ojos de Isaac se encontraron con los del hombre quedó claro que,aunque no se conocían, hablaban el mismo idioma. El tipo era un soldado. —¿Quieres contarme qué coño ha pasado aquí hace un momento? —Nop. Pero no me importaría que ella me diera un poco de vinagre blanco sitiene. Isaac frunció el ceño. —Sin ofender, pero creo que preparar aliño para ensalada es la última de tuspreocupaciones, colega. Tu chaqueta necesita que le den un manguerazo. —Tengo que ocuparme de unas quemaduras. Claro que sí, tenía la piel de un lado del cuello y de las manos cubierta de manchasrojas en carne viva, como si le hubiera alcanzado algún tipo de ácido. Era difícil discutir con el cabrón humeante, teniendo en cuenta que estaba herido. —Dame un segundo —retrocedió hacia la casa y se aclaró la garganta—.Esto...¿tienes vinagre blanco? Grier parpadeó y a continuación señaló hacia el fregadero con la punta del arma. —Lo uso para limpiar la madera, ¿pero por qué? —Ni puta idea —se dirigió al fregadero y encontró una enorme botella con unaetiqueta de Heinz—. Pero quieren un poco. —¿Quiénes? —Amigos de un amigo. —¿Están bien? ~191~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Sí —asumiendo que la definición de bien incluía una sección de tostado ycrujiente. Una vez fuera, entregó el producto, que se fueron tirando encima rápidamentecomo si fuera agua fresca sobre un sudoroso jugador de fútbol. Eso sí, acabó con elhumo y el hedor, tanto en el Chico de la Trenza como en el Alfiletero. —¿Qué pasa con los vecinos? —preguntó Isaac mirando alrededor. La proporción ladrillo-ventana en la parte trasera de los edificios jugaba a sufavor, pero el ruido... el olor... —Nosotros nos encargaremos de ellos —contestó el Chico de la Trenza, como sino fuera nada importante y ya lo hubieran hecho antes. ¿En qué tipo de guerra estaban luchando? pensó Isaac. ¿Habría otra organizaciónmás allá de XOps? Siempre había asumido que Matthias era lo más oculto entre looculto. Pero quizás había otro nivel. Quizás era así como Jim se había escapado. —¿Dónde está Heron? —les preguntó. —Ya volverá —el de los piercings le devolvió el vinagre—. Tú limítate a quedarteaquí y cuidarla. Te tenemos. Isaac agitó su arma hacia delante y hacia atrás. —¿Quién coño sois? El señor Trenza, que parecía ser el conciliador de la pareja, dijo: —Sólo parte del pequeño grupo de Jim. Al menos esto tenía un poco de sentido. A pesar de que claramente habían estadojugando a las peleas, ninguno parecía darle importancia. No era de extrañar que Jimtrabajara con ellos. E Isaac tenía el presentimiento de que sabía lo que estaban haciendo: Jim podríaestar persiguiendo a Matthias. Lo que ciertamente explicaba que el tipo se hubieraquerido involucrar y dedicarse a jugar con los billetes de avión en Orbitz3. —¿Necesitáis otro soldado? —preguntó Isaac, bromeando solo a medias. Ellos se miraron y luego le miraron a él. —No es decisión nuestra —dijeron al unísono. —¿De Jim? —Fundamentalmente —respondió Don Trenza—. Y tienes que estar muriéndotede ganas de entrar... —¿Isaac? ¿Con quién hablas? ~192~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Cuando Grier salió de la cocina, él deseó fervientemente que se hubiera quedadoen el interior. —Con nadie, volvamos dentro. Se volvió para despedirse de los chicos de Jim y se quedó helado. Allí no habíanadie. Los compinches de Heron se habían ido. Vaya, quienquiera y lo que sea que fueran, eran definitivamente su tipo desoldados. Isaac fue hacia Grier y ambos volvieron al interior. Cuando puso el cerrojoa la puerta y encendió un punto de luz leeeeeejos, al otro lado de la habitación, hizouna mueca. Tío, la cocina no olía mucho mejor que como habían olido esos dos deatrás: huevo quemado, beicon carbonizado y mantequilla ennegrecida no eran platodel gusto de un viejo sabueso. —¿Estás bien? —preguntó, aunque, una vez más, la respuesta era evidente. —¿Lo estás tú? La recorrió con la mirada de la cabeza a los pies. Estaba viva y él estaba con ella yestaban a salvo en esta especie de fortaleza de casa. —Estoy mejor. —¿Qué hay en el patio? —Amigos —le cogió la pistola de vuelta—. Que quieren que los dos estemos asalvo. Para evitar atraerla a sus brazos, envainó ambas armas en su cazadora y retiró lasartén de la cocina. Tiró los restos de su intento de cena en el fregadero y lo limpió. —Antes de que preguntes —murmuró—, no sé más que tú. Lo que básicamente era cierto. Tenía ventaja sobre ella cuando se trataba dedeterminados temas... ¿pero sobre la mierda del jardín? Ni. Puta. Idea. Cogió un paño de cocina del colgador y... se dio cuenta de que ella llevaba un ratosin decir nada. Dándose la vuelta, vio que se había sentado en uno de los taburetes yse abrazaba. Estaba completamente contenida, encerrada en sí misma, convertida enpiedra. —Estoy intentando... —se aclaró la garganta—. De verdad que estoy intentandocomprender todo esto. Él volvió a colocar la sartén sobre el fogón y se apoyó en los brazos, pensando queahí estaba de nuevo, la gran brecha entre el civil y el militar. ¿Era esto caos,dificultad, peligro mortal? Para él, era un día de trabajo normal. Si no fuera porque esto la estaba matando. Como un completo capullo, dijo: ~193~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Quieres intentarlo de nuevo con la cena? Grier negó con la cabeza. —Estar en un universo paralelo, donde todo se parece a tu vida pero de hecho esalgo completamente diferente, quita el hambre. —He estado ahí —asintió él—. He hecho eso. —De hecho lo has convertido en tu profesión, ¿no? Él frunció el ceño y lo dejó estar sin más. —Escucha, ¿seguro que no quieres que te...? —Volví a tu apartamento. Esta tarde. —¿Por qué? Mierda. —Fue después de entregar tu dinero en la comisaría y hacer una declaración.Adivina quién estaba en tu casa. —¿Quién? —Alguien que mi padre conocía. Isaac tensó tanto los hombros que tuvo dificultades para respirar. O puede que suspulmones se hubieran solidificado. Ay, por Dios, no... no... Ella empujó algo hacia él a través del granito. Una tarjeta de visita. —Se supone que tengo que llamar a este número si apareces. Mientras Isaac leía los números, ella soltó una tensa carcajada. —Mi padre puso esa misma cara cuando leyó lo que ponía. Y, a ver si lo adivino,tú tampoco me vas a contar quién contestaría al teléfono. —Descríbeme al hombre que estaba en mi apartamento —aunque Isaac ya losabía. —Llevaba un parche en el ojo. Isaac tragó saliva violentamente, pensando que independientemente de lo quehubiera pensado que ella traía envuelto en ese pañuelo cuando se bajó del coche...nunca se le hubiera ocurrido que se lo iba a entregar Matthias personalmente. —¿Quién es? —preguntó ella. Isaac sacudió la cabeza por toda respuesta. Según estaban las cosas, ella estabasituada al borde de la ratonera dentro de la cual su padre y él mismo habían sido ~194~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2arrastrados. Cualquier explicación sería como una patada en el culo con una bota del45 que la lanzaría al vacío en caída libre. En un arranque repentino, ella se levantó de golpe del taburete y cogió la copa devino que había estado acariciando. —¡Estoy tan jodidamente harta de estos silencios! Lanzó el chardonnay a través de la habitación y cuando el cristal chocó contra lapared, estalló dejando los restos de la explosión en una mancha húmeda sobre elyeso y en el suelo, y añicos por todas partes. Cuando se volvió hacia él, estaba respirando con fuerza y con los ojos echandochispas. Hubo un momento de tenso silencio. Y entonces Isaac fue hacia ellarodeando la isla central. Mantuvo la voz baja al acercarse. —Hoy, cuando estuviste en la comisaría, ¿te preguntaron por mí? Ella se quedó momentáneamente anonadada. —Por supuesto que lo hicieron. —¿Y qué les dijiste? —Nada... porque aparte de tu nombre, no tengo ni puta idea de nada. Él asintió, acercando su cuerpo aún más al de ella. —El hombre de mi apartamento. ¿Te preguntó por mí? Ella levantó las manos. —Todo el mundo pregunta por ti... —¿Y qué le dijiste? —Nada —siseó. —Si alguien de la CIA o de la NSA llamara a tu puerta y te preguntara por mí... —¡No podría decirles nada! Se detuvo tan cerca de ella que podía distinguir cada pestaña alrededor de susimpresionantes ojos azules. —Efectivamente. Y eso es lo que te mantendrá con vida. —Cuando ella soltó untaco e intentó darse la vuelta, él la cogió por el brazo y la obligó a girarse hacia él denuevo—. El hombre de mi apartamento es un asesino a sangre fría que sólo te dejómarchar para hacerme llegar un mensaje. La razón por la que no te voy a decirnada... —¡Puedo mentir! Joder... ¿por qué das por hecho que soy imbécil? —le miró—. Notienes ni idea de cómo ha sido durante toda mi vida, viendo todas esas sombras sinrecibir ninguna explicación. Puedo mentir... ~195~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Te torturarán. Para hacerte hablar. Eso la hizo callar. Y él continuó. —Tu padre lo sabe. Yo también. Y créeme, durante el entrenamiento mesometieron a una sesión de interrogatorio, así que sé perfectamente lo que te harían.La única manera de asegurarme de que no te lo hagan es que no tengas nada quedecir. Francamente, estás demasiado cerca de que te pueda ocurrir, sin tener ningunaculpa de ello. —Dios... Odio esto —su temblor no era por miedo, era de rabia, pura y simple—.Necesito golpear algo. —Vale —él apretó el puño de Grier y le levantó el brazo por encima del hombro—. Tómala conmigo. —Qué... —Pégame. Sácame los ojos. Haz lo que tengas que hacer. —¿Estás loco? —Sí. Del todo —la soltó y se preparó, manteniéndose cerca... tan cerca como paraque ella le pudiera lanzar un buen golpe si quería—. Seré tu saco de boxeo, tuchaleco Kevlar, tu guardaespaldas... Haré cualquier cosa para ayudarte a pasar poresto. —Estás loco —exhaló ella. Cuando ella levantó la vista hacia él, completamente ruborizada y viva, hizo quese le calentara la sangre y eso les llevó a un terreno, si cabía, más peligroso. ¡Joder,como si fuera el minuto de ponerse cachondo! Ahora tampoco era ni el momento niel lugar. Así que, naturalmente, preguntó: —¿Qué va a ser... quieres golpearme o besarme? * * Al oír la pregunta, Grier se pasó la lengua por los labios e Isaac estudió elmovimiento como un depredador. Aunque dejó claro al quedarse donde estaba quelo que ocurriera a continuación estaba en manos de ella. Lo que demostraba el tipo de hombre que era a pesar de la profesión en la quehabía acabado. ~196~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Por su parte, ella no estaba pensando en nada remotamente profesional. Estabaconfundida y se sentía rara... esto era otra vez como la noche anterior, con esezumbido imprudente. Pero eso no era lo que le preocupaba ahora. Esta podía ser su única vez con él. En toda su vida. Se había pasado toda la tardepreguntándose dónde estaría, si se encontraba bien... si volvería a verle. Si aún estabavivo. Era un desconocido que de alguna manera se había convertido en alguien muyimportante para ella. Y aunque el momento era terrible, las oportunidades que tesurgen no se pueden planificar. Dejó caer el brazo, abrió el puño que él le había cerrado y, según lo hacía, deseópoder guardárselo para ella porque hubiera sido una elección más responsable. Enlugar de eso se inclinó hacia él y le puso la palma entre las piernas. Un gruñido bajosalió de la garganta de él mientras adelantaba las caderas. Él estaba grueso y duro. Y tuvo que contenerse mientras se balanceaba. —Esta vez no me detendré —rugió. Ella intensificó su agarre sobre él. —Solo quiero estar contigo. Una vez. —Eso puede arreglarse. Se encontraron en el centro con un fogonazo, labios chocando, brazos girando,cuerpos uniéndose. En la cocina en penumbra, él la levantó y la depositó en el sueloentre la isla central y el mostrador, girando sobre sí mismo en el último momento demanera que él fuera la cama sobre la que ella yaciera. Mientras las piernas de Grier sesituaban entre las de él, la dura cresta de su erección se clavó en ella y la lengua entróen su boca, tomando, poseyendo. Mientras se besaban desesperados, el cuerpo de élondulaba debajo de ella, girando y alejándose, su poderoso contorno dolorosamentefamiliar a pesar del poco tiempo que había pasado contra él. Dios, necesitaba más de él. Con un movimiento torpe, ella se levantó la camisa y él se echó directamenteencima, bajando las copas de encaje, liberando los pezones y luego moviéndola haciaarriba para que sus labios se pudieran fijar a uno de ellos, sorbiendo, tirando,lamiendo. El cabello de Isaac se sentía grueso entre los dedos de ella mientras loatraía hacia sí, su boca húmeda y cálida, sus manos sujetando las caderas de Grier yclavándose en ellas. —Isaac —su gemido se estranguló y luego se interrumpió completamente con unjadeo cuando la palma de él se deslizó entre sus piernas y tomó su sexo. Él lo frotó en prietos círculos mientras jugueteaba con la lengua y únicamente lafuriosa necesidad de tenerle en su interior le dio a Grier la concentración necesaria ~197~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2para atacar los pantalones de chándal de nylon de él. Tirando hacia abajo de lacintura elástica, se quitó los mocasines de una patada, los enganchó con un dedo delpie y los arrastró hacia abajo. Sin bóxers. Ni calzoncillos. Nada por medio. Envolviendo con la mano su gruesa polla, la estrechó y él se movió a la vez endirección contraria para incrementar la fricción. Y el ruido que hacía... santo cielo, elruido que hacía: ese gruñido al respirar contra sus pechos era completamente animal. Grier se sentó erguida, haciendo que los labios de él hicieran un ruido de succiónal separarse de su pecho y, con un taco, solo le faltó desgarrarse los pantalones deyoga y las bragas. Mientras él se agarraba y sujetaba su erección en alto, ella se volvióa colocar a horcajadas y se sentó, descendiendo sobre él, uniéndoles, separándole lacazadora para poder llegar a más cantidad de piel. Al sentirle, ella echó la cabezahacia atrás, pero observando su reacción, ansiosa por ver qué aspecto tenía... y él nola defraudó. Con un fuerte siseo, Isaac apretó los dientes e inspiró aire a través deellos, las cuerdas del cuello tensas y los pectorales sobresaliendo como prietasalmohadillas. Al tomar ella el mando y marcar el ritmo, fue como si le estuviera poseyendo deuna manera primitiva, marcándole mediante el sexo. —Dios... eres preciosa —jadeó mirándola con ojos calientes a través de lospárpados entrecerrados, siguiendo el movimiento de sus pechos, que asomaban entrela camisa y las copas bajadas del sujetador. Pero no pasó mucho tiempo relajado. Se incorporó rápido, fuerte y seguro, y labesó con intensidad, empujando incluso más profundamente y sujetándola a él. Alprincipio, ella temió que se fuera a detener de nuevo, pero entonces él pegó la cara asu cuello y habló. —Me haces sentir tan bien —el acento sureño era bajo y rasposo y llegódirectamente a su sexo, calentándola más aun—. Me haces... No terminó la frase, sino que deslizó sus grandes manos bajo ella para moverlaarriba y abajo, manejando su peso con los inmensos bíceps como si no fuera más queun juguete. Ella se corrió con tanta fuerza que vio estrellas, una brillante galaxia explotandodonde se unían y enviando una ducha de centelleante luz a través de todo su cuerpo.Y tal y como había prometido, él no se detuvo esta vez. Se puso rígido y se agitócontra ella, lanzando los brazos alrededor de su cintura y apretando hasta que ellacasi no pudo respirar y no es que el oxígeno fuera una preocupación. Mientras él semovía en su interior y se estremecía contra ella, ella clavó las uñas en su cazadoranegra y le sostuvo. Y entonces todo acabó. ~198~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Mientras sus respiraciones se iban ralentizando, la quietud que siguió fue muyparecida a cuando ese viento tremendo que venía de ninguna parte se paró,extrañamente traumática. Silencio. Por Dios... ese silencio. Pero no se le ocurría nada que decir. —Lo siento —escupió él, bruscamente—. Pensé que esto te ayudaría. —Oh, no... Yo... Él sacudió la cabeza, y con su tremenda fuerza la levantó de encima de su cuerpo,separándoles fácilmente. Con un rápido movimiento la puso a un lado, tiró haciaarriba de su cinturilla y buscó una toalla limpia. Cuando se la dio, se colocó con laespalda contra los armarios y puso las rodillas hacia arriba, con los brazos enequilibrio sobre ellas y las manos colgando sueltas. Fue entonces cuando ella se percató de la pistola que estaba en el suelo junto adonde habían estado. Y él se debió de dar cuenta al mismo tiempo, porque la agarróy la hizo desaparecer en el interior de la cazadora. Cerró fuertemente los ojos por un momento, se limpió rápidamente y se volvió avestir. Después se colocó a su lado en la misma postura. Solo que, a diferencia deIsaac, ella no mantenía la vista fija de frente, sino que observaba su perfil. Era tanhermoso a su manera masculina, con ese rostro lleno de ángulos y huesos... pero elcansancio que reflejaba le preocupaba. Llevaba demasiado tiempo viviendo al límite. —¿Cuántos años tienes realmente? —preguntó en un momento dado. —Veintiséis. Ella retrocedió. ¿Así que aquello era la verdad? —Pareces mayor. —Así me siento. —Yo tengo treinta y dos —más silencio todavía—. ¿Por qué no me miras? —Nunca habías tenido un rollo de una noche. Hasta ahora. Como si la hubiera insultado de alguna manera. —Bueno, técnicamente he pasado dos noches contigo —al ver cómo la mandíbulase le ponía rígida, se dio cuenta de que eso no había sido de mucha ayuda—. Isaac, túno has hecho nada malo. —¿Ah, no? —carraspeó. —Yo te deseaba. Ahora él la estaba mirando. ~199~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Y me has tenido. Dios... me has tenido —durante un breve instante, sus ojosllamearon con calor otra vez, para después volver a concentrarse en el armario frentea él—. Pero eso es todo. Ya está hecho y terminado. Vale... Ay. Y eso de un tío que parecía estar cabreado por haberla introducido en elclub de los rolletes de una noche, a lo mejor se le tranquilizaba la conciencia si lohacían unas cuantas veces más. Mientras su sexo entraba de nuevo en calor, ella pensó... que sobre la parte del«hecho y terminado» ya hablarían. —¿Por qué has vuelto? —preguntó. —No me he llegado a ir. Ella sintió cómo se le arqueaban las cejas y él se encogió de hombros. —Me he pasado todo el día escondido al otro lado de la calle... y antes de quepienses que soy un acosador, estaba vigilando a la gente que estaba, y está,vigilándote. Mientras palidecía, se alegró de la oscuridad existente en el valle de vitrinas yarmarios. Mejor que él pensara que ella se mantenía entera. —Las tiras blancas las pusiste tú. Tu camiseta sin mangas. —Se suponía que para ellos sería la señal de que me había marchado. —No lo sabía. Lo siento. —¿Por qué no te has casado? —preguntó bruscamente. Y luego soltó una duracarcajada—. Perdona si es demasiado personal. —No lo es —teniéndolo todo en cuenta, nada parecía estar ya fuera del límite—.Nunca me he enamorado. La verdad es que no he tenido tiempo. Entre andar detrásde Daniel y mi trabajo... no había tiempo. Además... —parecía a la vez tan normal ytan raro hablar tan sinceramente—. Para serte sincera, no creo que nunca hayaquerido tener a nadie tan cerca de mí. Había cosas que no quería compartir. Y no se trataba de que no quisiera compartir su apellido, posición o fortuna. Setrataba de las cosas malas que quería guardar para ella, su hermano... y su madretambién, para ser honesta. De la misma manera que ella y su padre eran ambosabogados y muy centrados, los otros dos miembros de la familia habían sufrido desimilares demonios. Después de todo, el que el alcohol fuera legal no significaba queno pudiera destruir una vida tal y como hacía la heroína. La madre de Grier había sido una alcohólica elegante durante toda su vida y eradifícil decir qué le había llevado a ello: predisposición biológica, un marido quedesaparecía regularmente o un hijo que había seguido sus pasos desde tempranaedad. ~200~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Su pérdida había sido tan horrible como la muerte de Daniel. —¿Quien es Daniel? —Mi hermano. —El que me ha prestado el pijama. —Sí —inspiró profundamente—. Murió hace unos dos años. —Dios... Lo siento. Grier miró a su alrededor, preguntándose si al hombre... eh... fantasma, encuestión, le daría por aparecer. —Yo también lo siento. Realmente pensé que podría salvarle... o ayudarle asalvarse a sí mismo. Sin embargo no funcionó así. Tenía... eh... tenía un problema conlas drogas. Odiaba el tono de disculpa que siempre utilizaba cuando hablaba de lo que habíamatado a Daniel... y aun así siempre se le colaba en la voz. —De verdad que lo siento —repitió Isaac. —Gracias. —Sacudió la cabeza tan bruscamente como si fuera un salero atascado.A lo mejor era por eso por lo que su hermano rehusaba hablar del pasado... eraterriblemente deprimente. Cambiando de tema, dijo—: ¿Ese hombre? El de tuapartamento... me dio algo. Se estiró y tanteó alrededor en busca de la tele-alarma, encontrándola bajo el jerseyque se había quitado después de la primera pelea con su padre. —Lo dejó en mi maletero. Aunque ella lo manejaba con un pañuelo de papel, Isaac lo tomó con las manosdesnudas. Era de suponer que las huellas digitales no representaban un problemapara él. —¿Qué es? —preguntó. —Algo para mí. —Espera... Mientras se lo metía en el bolsillo, se anticipó a su objeción. —Si quiero entregarme, todo lo que tengo que hacer es apretar el botón y sabrándónde encontrarme. No tiene nada que ver contigo. ¿Entregarse a ese hombre? —¿Y luego qué pasa? —preguntó tensa—. Qué pasa si tú... No pudo terminar. Y él no contestó. ~201~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Lo que le dijo todo lo que necesitaba saber, ¿no?... En ese momento, la puerta principal se abrió y se oyó el sonido de llaves y pasos alfondo del pasillo, mientras alguien desconectaba la alarma. —¡Mi padre! —siseó. Poniéndose en pie de un salto, intentó estirarse la ropa. Ay, Dios, su pelo era undesastre. El vaso de vino. Mierda. —¿Grier? —llamó la voz familiar desde la parte delantera de la casa. Ay, mierda. No era el momento de presentar a Isaac a lo que quedaba de sufamilia. —Rápido, tienes que... —cuando se dio la vuelta, él había desaparecido. Vale. Normalmente le mosqueaban sus maneras de fantasma. En ese momentofueron como un regalo de Dios. Moviéndose rápido, encendió las luces, agarró unrollo de papel de cocina y se dirigió al destrozo del suelo y la pared. —¡Estoy aquí! —contestó. Cuando su padre entró en la habitación, ella notó que se había cambiado a suuniforme informal de jersey de cachemira y chinos planchados. Aun así, su cara eracualquier cosa menos tranquila. Cruda y fría, la expresión que ponía al enfrentarse aun oponente en juicio. —Me han avisado de que ha saltado la alarma de incendios —dijo. Sin duda, pero probablemente ya estaba de camino hacia aquí en cualquier caso.Su casa estaba en Lincoln, no había manera de llegar a Beacon Hill tan rápido. Gracias a Dios que no había llegado diez minutos antes, pensó. Intentando ocultar su rubor, se concentró en recoger los afilados añicos. —He quemado una tortilla. Como su padre no dijo nada, se volvió hacia él. —Qué. —¿Dónde está, Grier? Dime dónde está Isaac Rothe. El miedo resbaló por su espina dorsal y aterrizó en sus tripas como una roca. Suexpresión era tan despiadada, que se hubiera apostado la vida a que ambos seencontraban en lados opuestos en lo que se refería a su cliente. Invitado. Amante. Lo que Isaac fuera para ella. ~202~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¡Ay! Levantó la mano. Un trozo de cristal asomaba directamente de la almohadilla desu dedo índice, su sangre de un rojo brillante acumulándose en una gran gotarebosante. Al dirigirse al fregadero, sentía la presencia de su padre a través de la cocina comouna pistola apuntada a su espalda. Ni siquiera preguntó si se había hecho mucho daño. Todo lo que hizo fue repetir una vez más. —Dime dónde está Isaac Rothe. ~203~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 25 De vuelta en Caldwell, en el interior de la funeraria, Jim conocía perfectamentelos planos de McCready y se dirigió hacia el sótano con pies rápidos. Cuando llegó ala sala de embalsamamiento atravesó las puertas cerradas… y se detuvo en secocuando llegó al otro lado. Hasta este momento no se había dado cuenta de que no esperaba volver aencontrarse cara a cara con su antiguo jefe. Y sin embargo, ahí estaba Matthias, junto a las unidades de refrigeración, mirandolos nombres de las placas de las puertas cerradas, igual que Jim había hechoanteanoche. Joder, el tío se veía frágil: ese cuerpo, una vez alto y robusto, seencorvaba ahora sobre el bastón; el cabello anteriormente negro se mostraba ahoragris en las sienes. El parche del ojo continuaba donde estaba desde la tanda inicial deoperaciones quirúrgicas: habían tenido esperanzas de que el daño no fuerapermanente, pero claramente ese no había sido el caso. Matthias se paró, se inclinó como para hacer una doble comprobación y acontinuación abrió una puerta, se apoyó en el bastón y sacó una plancha de la pared. Jim sabía que se trataba del cuerpo correcto: bajo la fina sábana, el hechizo dellamada estaba activo, el pálido resplandor fosforescente atravesándolo y brillandocomo si el cadáver fuera radioactivo. Mientras Jim caminaba para situarse al otro lado de sus restos, no se dejó engañarpor el hecho de que Matthias pareciera haberse marchitado alrededor de su esqueletoy permaneciera apoyado en el bastón aunque no se estuviera moviendo. Ese hombreera todavía un oponente formidable e impredecible. Después de todo, su mente y sualma habían sido el origen de todas esas malas acciones que te acompañaban hastaque estabas en tu tumba, donde quiera que fueras. Levantando una mano, Matthias retiró la sábana del rostro de Jim y dispuso elembozo con extraño cuidado sobre su pecho. Entonces, con una mueca de dolor, eltipo se agarró el brazo y lo masajeó como si le doliera algo. —Mírate, Jim. ~204~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Jim le observó, deleitándose en la alteración que estaba a punto de crear. ¿Quién leiba a decir que estar muerto iba a ser tan útil? Con un resplandor, se hizo visible. —Sorpresa. Matthias levantó la cabeza bruscamente… y en su favor había que decir que nisiquiera parpadeó. No hubo brinco hacia atrás, ni manoteo, ni siquiera un cambio enla respiración. Pero una vez más, probablemente le habría sorprendido más si Jim nohubiera aparecido: la moneda de cambio en XOps no era otra que lo imposible y loinexplicable. —¿Cómo has hecho esto? —Matthias sonrió ligeramente mientras señalaba elcuerpo con la cabeza—. Qué parecido tan extraordinario. —Es un milagro —soltó Jim, arrastrando las palabras. —¿Y estabas esperando que yo apareciera? ¿Querías reunirte conmigo? —Quiero hablar sobre Isaac. —¿Rothe? —Matthias alzó su única ceja—. Ya te has pasado de tiempo. Se suponíaque le tenías que haber matado ayer, lo que significa que esta noche no tenemos nadaque hablar sobre ese tema. Sin embargo sí que tenemos que hablar de negocios. Así que no fue una sorpresa que Matthias sacara una automática y la apuntaradirectamente al pecho de Jim. Jim sonrió fríamente. No era complicado imaginar que Devina se había hecho coneste hombre y lo estaba utilizando como un arma andante y parlante en su intento deatrapar a Isaac. La pregunta era cómo desarmar a su antipática marioneta y larespuesta era fácil. La mente… como siempre decía Matthias, la mente era la fuerza más poderosapara y contra cualquiera. Jim se inclinó hacia su cadáver hasta que la boca del arma prácticamente besó suesternón. —Pues aprieta el gatillo. —Llevas un chaleco, ¿no? —Matthias giró la muñeca para que el arma pivotara ehiciera un pequeño nudo en la camiseta negra de Jim—. Le estás echando un huevode fe. —¿Por qué sigues hablando? —Jim apoyó las manos en la fría mesa de acero—.Aprieta el gatillo. Hazlo. Apriétalo. ~205~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Era muy consciente de que podía estar buscándose un problema: si Matthias ledisparaba y no tenía la típica reacción humana de caerse redondo, iba a pasar uninfierno de puta madre. Pero merecía la pena intentarlo… La pistola funcionó, la bala salió disparada… y la pared situada detrás de Jim secomió el plomo. Mientras el zumbido hacía eco en la habitación embaldosada, unatremenda confusión fluctuó sobre la cruel expresión del rostro de Matthias… y Jimtuvo una acojonante sensación de puro triunfo. —Quiero que dejes en paz a Isaac —dijo Jim—. Es mío. La sensación de que andaba regateando con Devina por el alma de este tío fue tanfuerte como si hubiera estado destinado a tener este momento con su antiguo jefe…como si la única razón por la que había sacado al cabrón de ese agujero de arenainfernal y arriesgado su propia vida para llevarlo a un hospital hubiera sido estaconversación, esta negociación, este intercambio. Y la sensación se agudizó cuando Matthias se equilibró con el bastón y se movióhacia delante para colocar la punta de su pistola de vuelta contra el pecho de Jim. —La definición de locura —murmuró Jim—, es repetir la misma acción una y otravez esperando… El segundo disparo fue exactamente igual que el primero: un fuerte sonido, balaclavada en la pared, Jim aun de pie. —…un resultado diferente —terminó. Matthias levantó la mano y agarró la chaqueta de cuero de Jim. Mientras el bastóncaía al suelo, Jim sonrió, pensando que esta mierda era mejor que la Navidad. —¿Quieres dispararme otra vez? —preguntó—. ¿O vamos a hablar de Isaac? —Qué eres tú. Jim sonrió como un loco hijo de puta. —Soy tu peor pesadilla. Alguien a quien no puedes tocar, no puedes controlar yno puedes matar. Matthias sacudió la cabeza de lado a lado lentamente. —Esto no está bien. —Isaac Rothe. Vas a dejarle marchar. —Esto no… —Matthias usó la chaqueta de Jim para equilibrarse mientras seinclinaba a un lado y observaba la pared agujereada—. No está bien. Jim le agarró el puño y se lo estrujó fuertemente, sintiendo cómo se comprimíanlos huesos. —¿Recuerdas lo que siempre dices a todo el mundo? ~206~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 El ojo de Matthias volvió a fijarse en la cara de Jim. —Qué. Eres. Tú. Jim se pegó a él hasta que sus narices estuvieron separadas por un par decentímetros. —Siempre le cuentas a la gente que no hay nadie al que no puedas cargarte,ningún sitio donde se puedan esconder, nada que no le harías. Bueno, pues esto vapor ti. Deja en paz a Isaac y no convertiré tu vida en un infierno. Matthias escrutó sus ojos, probando, buscando información. Dios, esto era unaexperiencia cojonuda. Por una vez, el hombre que tenía todas las respuestas estabafuera de juego e indeciso. Dios, si Jim hubiera estado aún vivo, le habría sacado una foto y hecho uncalendario con ella. Matthias se frotó el ojo que le quedaba, como esperando que la visión que acababade tener desapareciera para volver a encontrarse solo… o por lo menos sería la únicapersona en pie en la sala de embalsamamiento. —¿Qué eres? —susurró. —Soy un ángel enviado del Cielo, colega —Jim soltó una carcajada baja y dura—.O a lo mejor soy la conciencia sin la que naciste. O quizá una alucinación causada portodas las medicinas que tomas contra el dolor. O puede que sólo sea un sueño. Pero,en cualquier caso, la única verdad que necesitas conocer es que no voy a dejar quemates a Isaac. Eso no va a ocurrir. Ambos se mantuvieron la mirada mientras el cerebro de Matthias claramentecentrifugaba. Después de un largo rato, el hombre pareció decidir que iba a asumir loque tenía delante. Después de todo, ¿qué fue lo que dijo Sherlock Holmes? Cuandoeliminas lo imposible, lo que quede, no importa lo improbable que sea, debe ser laverdad. Como consecuencia, claramente había llegado a la conclusión de que Jim estabavivo de alguna manera. —¿Por qué Isaac Rothe es tan importante para ti? Jim soltó a su antiguo jefe. —Porque él es mío. —¿Y exactamente cuántos “tús” andan por ahí fuera? Tenemos esta cosa en lamesa de autopsias… —Isaac no quiere seguir. Y tú le vas a dejar marchar. ~207~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Hubo un largo silencio. Y después la voz de Matthias cambió, haciéndose mássuave y más seria. —Ese soldado está lleno de secretos de estado, Jim. La información que haacumulado vale un huevo para nuestros enemigos. De modo que, últimas noticias,no se trata de lo que tú o él queráis. Va de lo que es mejor para nosotros, y antes deque te muestres todo indignado de corazón y tal, con nosotros no me refiero a ti y amí, ni a XOps. Me refiero al jodido país. Jim puso los ojos en blanco. —Sí, claro. Y me juego lo que quieras a que toda esa mierda patriótica se la ponedura al Tío Sam. Pero a mí me deja igual. El fondo de la cuestión es… si fueras uncivil, serías un asesino en serie. Trabajar para el gobierno significa que, cuando teviene bien, puedes ondear la bandera americana, pero la verdad es que haces lo quehaces porque te encanta arrancar las alas a las moscas. Y a tus ojos todo el mundo esun insecto. —Mis tendencias no cambian nada. —Y debido a ellas, no sirves a nadie más que a ti mismo —Jim se pasó la mano porlas dos marcas de quemadura de la parte delantera de su camisa—. Te has apropiadode XOps como si fuera tu fábrica personal de matar y, si eres listo, te arrastrarás fuerasolito antes de que alguna de esas “misiones especiales” vuelva para darte unapatada en el culo. —Pensé que habías venido a hablar de Isaac. Casi pincho en nervio, ¿eh? —Muy bien. Es listo, así que se puede mantener lejos de manos enemigas, y notiene razones para volver. —Está solo. No tiene dinero. Y las personas se desesperan fácilmente. —A la mierda con eso. Tiene una hoja de servicios intachable y va a desaparecer. La boca de Matthias se curvó hacia arriba. —¿Y cómo sabes eso? Ah, espera, ya le has encontrado, ¿no? —Puedes dejarle ir. Tienes el poder para hacerlo… —¡No lo tengo! La explosión fue una sorpresa, y mientras las palabras se desvanecían igual que lohabía hecho el ruido de los disparos, Jim se encontró mirando a su alrededor por lahabitación como buscando verificar que lo había oído bien. Matthias eratodopoderoso. Siempre lo había sido. Y no sólo a sus propios ojos. Joder, ese cabróntenía suficiente influencia como para convertir el despacho oval en un mausoleo. ~208~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Ahora era Matthias el que se inclinaba por encima del cadáver. —Me importa un huevo lo que pienses de mí o cómo ha interpretado estasituación la Oprah que llevas dentro. No se trata de lo que quiero… Se trata de lo queme veo obligado a hacer. —Ha muerto gente inocente. —¡Igual que mueren los corruptos! Por Dios, Jim, toda esta mierda sentimentalviniendo de ti es ridícula. Hay buena gente muriendo todos los días y tú no puedesevitarlo. Yo simplemente soy otro tipo de autobús que atropella… y por lo menostengo un fin más elevado. Jim sintió crecer una oleada de furia, pero al pensar en todo ello, la emocióncambió a otra cosa. Probablemente tristeza. —Debería haberte dejado morir en ese desierto. —Es lo que te pedí que hicieras —Matthias se agarró el brazo izquierdo otra vez yse lo sujetó con firmeza, como si le acabaran de pegar un puñetazo inesperado en laboca del estómago—. Debías haber obedecido mis órdenes de dejarme allí. Tan vacías, pensó Jim. Las palabras sonaron tan vacías y muertas. Como si serefirieran a alguien completamente distinto. “Obligado”, claro. El tío tenía tantas ganas de acabar que incluso había estadodispuesto a matarse. Pero Devina le había traído de vuelta, Jim estaba seguro de eso.Esa demonio con sus mil caras y sus incontables mentiras andaba trabajando poraquí. Tenía que estar. Y mediante sus manipulaciones había preparadoperfectamente el escenario para la batalla por Isaac: un soldado que había cometidomaldades, pero estaba intentando empezar de nuevo y éste era su cruce de caminos,este tira y afloja entre Jim y Matthias sobre su siguiente paso. Jim negó con la cabeza. —No voy a dejar que acabes con la vida de Isaac Rothe. No puedo. Dices quetrabajas con un propósito. Yo también. Si matas a ese hombre la humanidad perderámás que solo un inocente. —Vamos, anda. No es inocente. Tiene las manos manchadas de sangre igual quetú y que yo. No sé qué es lo que te ha ocurrido, pero no mires el pasado con ojos deromántico. Sabes perfectamente de lo que es culpable. Por la mente de Jim pasaron imágenes de hombres muertos: heridas de armablanca, disparos, rostros agujereados y cuerpos destrozados. Y eso hablando sólo delos trabajos sucios. Los fiambres que habían sido asfixiados o gaseados oenvenenados habían sido grises y se habían evaporado. —Isaac quiere dejarlo. Quiere parar. Su alma está desesperada por encontrar uncamino diferente y yo lo voy a llevar hasta allí. ~209~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Matthias hizo una mueca de dolor y continuó frotándose el brazo izquierdo. —Deseos en una mano y mierda en la otra, a ver de qué consigues más. —Te mataré —dijo Jim llanamente—. Si tengo que hacerlo, te mataré. —Bueno, ¿qué sabes…? Hay una nueva noticia. Para citarte a ti mismo: hazloahora. Jim negó con la cabeza lentamente otra vez. —A diferencia de ti, yo no aprieto el gatillo a no ser que tenga que hacerlo. —A veces aprovechar el momento es el movimiento más inteligente, Jimmy. La vieja forma de llamarle le devolvió momentáneamente al pasado, de vuelta alinicio del entrenamiento, a compartir una litera con Matthias. El tío ya era frío ycalculador entonces… pero no todo el tiempo. Había sido tan leal a Jim como eraposible serlo teniendo en cuenta su situación. Sin embargo, con el paso de los años,todo resto de esa pequeña cantidad de humanidad se había perdido… hasta que elcuerpo del hombre estaba ahora tan magullado y decrépito como su alma. —Déjame que te pregunte algo —cuestionó Jim, arrastrando las palabras—.¿Conoces a una mujer llamada Devina? Esa única ceja se arqueó. —¿Y ahora por qué preguntas eso? —Simple curiosidad —se estiró la chaqueta de cuero—. PTI he pasado unos ratoscojonudos con ella. —Gracias por tus consejos sobre citas. Es justo mi prioridad actualmente. —Matthias volvió a colocar la sábana sobre el frío y gris rostro de Jim—. Y no dudes enmatarme cuando quieras. Me harías un favor. Esas últimas palabras fueron dichas con suavidad, y probaban que el dolor físicopodía doblegar incluso la más fiera de las voluntades, si era lo bastante intenso yduraba lo suficiente. En fin, Matthias ya tenía una lista de prioridades incluso antesde esa explosión, ¿no? —¿Sabes? —dijo Jim—. Tú también podrías largarte. Yo lo hice. Isaac lo estáintentando. Si ya no tienes estómago para seguir soportando esto, no hay razón paraque no puedas dejarlo también. Matthias soltó una carcajada. —Tú dejaste XOps sólo porque yo te dejé ir temporalmente. Siempre tuveintención de recuperarte. E Isaac no va a librarse de mí, la única forma de que meplantee no cargármelo es que continúe trabajando para el equipo. De hecho, ¿por quéno se lo comentas de mi parte? Como sois tan coleguitas y tal… ~210~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Jim entrecerró los ojos. —Nunca has hecho eso antes. Una vez traicionan tu confianza, ya no les vuelves adejar entrar. Matthias exhaló con un estremecimiento. —Los tiempos cambian. No siempre. Y no acerca de esa mierda. —Seguro que sí —mintió Jim—. Vamos a volver a ponerme ahí dentro, ¿vale? Entre los dos volvieron a introducir la plancha dentro de la unidad derefrigeración y Jim cerró la puerta. Entonces Matthias se agachó despacio pararecoger su bastón, haciendo sonar la columna unas cuantas veces y con los pulmonespitando, como si no pudieran hacer su trabajo además de soportar el dolor queestaban sintiendo. Cuando se puso derecho, su rostro tenía un antinatural tono rojo,prueba de lo mucho que le había costado hacer ese simple movimiento. Un objeto inútil, pensó Jim. Devina estaba trabajando con o a través de un objetoinútil. —¿Todo esto ha ocurrido de verdad? —dijo Matthias—. Esta conversación. —Todo el puto asunto es verdad, pero ahora vas a echarte una siestecita—antes deque el tipo le preguntara, Jim levantó la mano y convocó el poder a su dedo índice.Al ver la punta comenzar a brillar, a Matthias se le abrió la boca de par en par—.Aunque recordarás lo que se ha dicho. Con eso, tocó a Matthias en la frente y un rayo de luz recorrió al hombre como unacerilla encendida, llameando rápido y brillante, consumiendo tanto el cuerpo rotocomo la mente malvada. Matthias cayó como una piedra. Somnífero de ángel, pequeño, pensó Jim. Les deja K.O. del todo. Y al encontrarse de pie sobre su jefe, la posición que tenía era demasiadojodidamente metafórica: el hombre había caído de más maneras que solamente aquíy ahora. Jim no había creído ni por un segundo que el tipo fuera sincero sobre llevar a Isaacde vuelta al grupo. No había sido más que una treta para intentar poner al soldadoen la línea de tiro. Dios sabía que Matthias era un mentiroso excelente. Jim se agachó y puso el arma del hombre de vuelta en su funda, luego deslizó lasmanos bajo sus rodillas y sus hombros… mierda, el bastón. Se estiró, lo recogió y selo colocó directamente cruzando el pecho. ~211~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Ponerse de pie fue sencillo, y no solo porque Jim tenía hombros fuertes. Joder…Matthias pesaba tan poco, demasiado poco para el tamaño de su hechura. No podíapesar más de 70 kilos, mientras que en su mejor momento llegó a pesar bastante másde 90. Jim atravesó las puertas cerradas de la sala de embalsamamiento y subió por laescalera hasta la planta baja. Cuando estaban en el desierto, la primera vez que hizo esto con el cabronazo, Jimestaba repleto de adrenalina, corriendo para conseguir llevar a su jefe de vuelta alcampamento antes de que el hijo de puta se desangrara… para que no le acusaran deasesinato. Ahora estaba tranquilo. Por un lado Matthias no iba a morirse. Y por otro,los dos viajaban en una burbuja de invisibilidad y estaba a salvo en los EstadosUnidos. Mientras atravesaba la puerta principal cerrada con llave, pensó que llevaría aMatthias a su coche… —Hola, Jim Jim se quedó helado. Luego volvió la cabeza a la izquierda. Olvida eso de “a salvo”, pensó. Al otro lado del jardín de la funeraria, Devina estaba en el césped con sus taconesde aguja negros, su largo y maravilloso cabello castaño cayendo en rizos hasta suspechos, el pequeño vestido negro abrazando todas esas curvas. Sus perfectos rasgosfaciales, desde los ojos negros hasta los labios rojos, pasando por la piel de alabastro,relucían de salud. La Maldad nunca había tenido tan buen aspecto. Pero, bueno, eso era parte de su atractivo externo, ¿no? —¿Qué llevas ahí, Jimmy —dijo ella—, y dónde vas con él? Como si la zorra no lo supiera, pensó, preguntándose cómo coño iba a salir deesta. ~212~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 26 Desde su escondrijo en la bodega de Grier, Isaac oía lo que se estaba diciendo enla cocina, pero no podía ver una mierda. Tampoco es que necesitara una panorámica. —Dime donde está Isaac Rothe —repitió el padre de Grier con una voz tan cálidacomo una noche de enero. La respuesta de Grier fue igual de fría. —Esperaba que hubieras venido a disculparte. —¿Dónde está, Grier? Se oyó el ruido del agua al correr, y después la sacudida de un trapo de cocina. —¿Por qué quieres saberlo? —Esto no es ningún juego. —No creía que lo fuera. Y no sé donde está. —Estás mintiendo. Hubo una pausa que duró lo que un latido de corazón, durante la cual Isaac cerrófuertemente los ojos y enumeró todas las razones por las que era un capullo. Joder,había entrado en la vida de la mujer como una bola de demolición, destrozando a supaso sus relaciones, tanto personales como profesionales y creando el caos en todaspartes. Pasos. Fuertes y bruscos. De un hombre. —¡Dime donde está! —Suéltame… Antes de darse cuenta de que se estaba descubriendo, Isaac salió bruscamente desu escondite, abriendo la puerta de par en par. En tres zancadas estaba junto a lapareja, y se había abalanzado sobre el papi de Grier, zarandeándole y empujándolede cara contra el frigorífico. Presionó la nuca del tío y apretó esa boca de repipi ~213~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2contra el acero inoxidable, tan fuertemente que la jadeante respiración del bueno delseñor Childe dejó pequeñas nubes de condensación en la superficie. —Estoy aquí mismo —gruñó Isaac—. Y además estoy un poco cabreado en estemomento. Así que qué tal si no vuelves a tratar así a tu hija otra vez, y me plantearéno abrir el congelador con tu cara. Esperaba que Grier soltara un “suéltale”, pero no hizo tal cosa. Se limitó a sacaruna caja de tiritas de debajo del fregadero y se puso a rebuscar para elegir el tamañoadecuado. Su padre se las arregló para conseguir inspirar profundamente. —Aléjate….de mi hija. —Está muy bien donde está —contestó ella mientras se colocaba una tiritaalrededor del dedo índice. Después guardó la caja y cruzó los brazos a través delpecho—. Tú, sin embargo, puedes marcharte. Isaac cacheó rápidamente el jersey de pijo y los pantalones súper planchados delpadre, y al no encontrar armas dio un paso atrás, pero se mantuvo cerca. Tenía lasensación de que el tío se había puesto violento porque estaba completamenteacojonado y a punto de venirse abajo, pero nadie trataba de esa manera a la mujer deIsaac. Punto. Claro que Grier no era su mujer. Por supuesto que no. Mierda. —Sabes que la estás condenando a muerte —dijo Childe, clavando los ojos en losde Isaac—. Sabes de lo que es capaz. Le perteneces y se cargará a quien sea con tal deatraparte. —Nadie posee a nadie —terció Grier—. Y… El señor Childe no se dignó a dirigir la mirada a su hija cuando la interrumpió. —Entrégate, Rothe, es la única forma de estar seguros de que no hará daño aGrier. —Ese hombre no tiene nada que ver conmigo… Childe se volvió hacia Grier. —¡Ya ha matado a tu hermano! Durante los momentos siguientes a esa bomba dramática, pareció que la hubieranabofeteado, sólo que no había nadie de quien liberarla, ningún tío que quitarle deencima, desarmar e inmovilizar. Y según Grier palidecía, Isaac sentía una paralizanteimpotencia. No puedes proteger a nadie de lo que ocurrió en el pasado; no se puedereescribir la historia. Ni… a las personas tampoco. Lo que resulta ser el origen detantos problemas, ¿no? ~214~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Qué… has dicho? —murmuró ella. —Que no fue una sobredosis accidental —graznó Childe—. Fue asesinado por lamisma persona que va a venir a por ti si no consigue recuperar a su soldado. No hayposibilidad de negociación, ni regateo, ni condiciones que acordar. Y yo no puedo…—el hombre comenzó a venirse abajo, demostrando que el dinero y la clase social noofrecen protección contra la tragedia—. No puedo perderte a ti también. Dios, Grier,no puedo perderte también. Y lo va a hacer. Ese hombre acabará con tu vida en unabrir y cerrar de ojos. Mierda. Mierda, mierda, mierda. Grier se aferraba al mostrador, y estaba teniendo problemas para procesar lo quesu padre le había dicho. Las palabras habían sido cortas y simples. Pero elsignificado… Ella era parcialmente consciente de que él seguía hablando, pero sehabía quedado sorda después de “No fue una sobredosis accidental”. Como unatapia. —Daniel… —tuvo que aclararse la garganta al interrumpir—. No, Daniel lo hizosolo. Ya se había metido sobredosis por lo menos dos veces antes. Él… Era laadicción. Él… —Fue otra persona quien le clavó la jeringuilla en el brazo. —No —negó con la cabeza—. No. Yo fui quien le encontró. Llamé al 112 y… —Tú encontraste el cuerpo… pero yo vi como ocurría —su padre dejó escapar unsollozo—. Él me obligó... a mirar. Al mismo tiempo que su padre enterraba la cara entre las manos y dejaba de ver,la visión de Grier iba y venía como si alguien estuviera jugando a los focos dediscoteca con las luces de la cocina. Y entonces se le aflojaron las piernas y… Algo la cogió. Evitó que golpeara el suelo. La salvó. El mundo empezó a dar vueltas… y se dio cuenta de que la habían cogido envolandas y la llevaban en brazos a través de la habitación hacia el sofá. —No puedo respirar —dijo a nadie en particular. Tironeando del cuello de sucamisa, jadeó—. No puedo… respirar. Lo siguiente que supo fue que Isaac le estaba poniendo una bolsa de papel en laboca. Intentó apartarla, pero los brazos le cayeron inútiles y se vio forzada a respiraren el interior de la bolsa. —Cierra la puta boca —dijo Isaac a alguien—. Ya. Contrólate, hombre, y mantenlabien cerrada. ¿Estaba hablando con su padre? Quizás. ~215~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Probablemente. Ay, Dios… ¿Daniel? ¿Y habían obligado a su padre a verlo? La necesidad de respuestas para sus preguntas hizo más por ella que el influjo deldióxido de carbono. Se apartó la bolsa de la cara de un tirón y se incorporó. —¿Cómo? ¿Por qué? —les lanzó duras miradas a los dos—. Y escuchad, ya estoymetida en esto hasta el fondo, ¿vale? Así que unas cuantas explicaciones no van ahacerme daño, pero sí evitarán que me vuelva loca. Isaac apretaba los dientes como si un doberman se le estuviera comiendo un piecrudo y no quisiera soltar un grito. No era problema de Grier. —Me voy a volver loca —dijo antes de volverse hacia su padre— ¿Me oyes? Nopuedo vivir con esto ni un minuto, ni un segundo, ni un momento más. No despuésde esa bomba. Así que mejor si empiezas a hablar. Ya. Lo único que pudo hacer su padre fue derrumbarse junto a ella en el sofá, como situviera noventa años y le estuvieran colocando en el ataúd. Pero igual que él no sehabía preocupado por la herida de la mano de Grier, ella no sentía ninguna piedadpor él. Y era una lástima. Siempre habían sido parecidos, estaban en la misma onda,pensaban igual. Pero las tragedias, los secretos y las mentiras, sin embargo, puedendesgastar hasta el más apretado de los nudos. —Habla —exigió—. Ahora. Su padre no la miraba a ella, sino a Isaac. Pero, por lo menos, cuando Isaac seencogió de hombros y soltó un taco, supo que le iban a contar una historia. Aunqueprobablemente no “la” historia. Y qué triste no poder confiar en tu propio padre. Cuando Childe por fin comenzó a hablar, su voz no sonaba fuerte. —La primera vez que me intentaron reclutar para XOps fue en 1964. Era migraduación de West Point y se me acercó un hombre que se identificó comoJeremiah. Sin apellido. Lo que más recuerdo de esa reunión es lo anónimo que mepareció, tenía más pinta de contable que de espía. Me dijo que existía una rama deélite en el ejército para la que yo estaba cualificado y preguntó si estaba interesado ensaber más. Cuando quise saber por qué yo, después de todo era el tercero de lapromoción no el primero, dijo que las calificaciones no lo eran todo. El padre de Grier hizo una pausa bastante larga, como si estuviera recordando laconversación palabra por palabra casi cincuenta años después. —Sí me interesaba, pero finalmente dije que no. Ya me había alistado en el ejércitocomo oficial y faltar a mi compromiso no hubiera resultado honorable. No le volví aver… hasta siete años después, cuando había vuelto a la vida civil y estabaterminando los estudios de derecho. No sé por qué dije que sí exactamente… pero ~216~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2estaba a punto de casarme con tu madre, iba a empezar a trabajar en la compañíafamiliar… y me sentía como si la vida se me hubiera acabado. Ansiaba teneremociones y no parecía… —frunció el ceño y repentinamente volvió la mirada haciaella—. No quiero decir que no quisiera a tu madre. Es que necesitaba… algo más. Ah, pero ella sabía cómo se sentía su padre. Vivía con esa misma necesidad deestar al límite que la vida ordinaria no parecía poder ofrecerle. Sin embargo, ¿qué consecuencias tenía alimentarla? Estaba empezando a creer queno merecía la pena. Su padre sacó un pañuelo bordado con sus iniciales y se secó losojos. —Le dije a Jeremiah, el hombre que vino a verme, que no podía dejar mi vidaatrás sin más, pero que estaba interesado en hacer algo, cualquier cosa. Así empezó.A su debido tiempo, iba regularmente a misiones en el extranjero, y el bufete hacía lavista gorda porque era el nieto del fundador. Nunca se me daba a conocer el alcancereal de las misiones en las que participaba como operativo… pero me enteraba de lasconsecuencias que tenían a través de la televisión y los periódicos. Que acciones sellevaban a cabo contra determinados individuos… —Querrás decir asesinatos —cortó ella amargamente. —Ejecuciones. —Como si hubiera alguna diferencia. —La hay —asintió su padre—. Los asesinatos no tienen ninguna finalidad. —Pero el resultado es el mismo. Al ver que él no decía nada más, ella no quiso dejar que la historia terminara ahí. —¿Qué hay de Daniel? Su padre soltó aire larga y lentamente. —Después de unos siete u ocho años, empecé a darme cuenta de que formabaparte de algo con lo que no podía vivir. Llamadas, gente viniendo a casa, viajes queduraban días o semanas… por no mencionar las consecuencias de mis actos. Empecéa dormir mal y no podía concentrarme. Y, Dios, había supuesto una tremendapresión para tu madre, que también os afectó a vosotros dos; eráis muy jóvenestodavía, pero ya erais capaces de notar las tensiones y las ausencias. Empecé aintentar dejarlo —posó la mirada en Isaac—. Y entonces fue cuando descubrí… queno se puede dejar. Echando la vista atrás, fui tan ingenuo… un ingenuo de mierda.Tendría que haberlo sabido, con las cosas que me habían pedido que hiciera, peroestaba atrapado en todo el asunto. Aun así, no tenía elección. Estaba matando a tumadre… bebía muchísimo. Y entonces empezó Daniel… Con las drogas, terminó Grier mentalmente. Empezó en el instituto. Primeroalcohol, luego hierba… después el LSD y las setas. Y entonces comenzó con los ~217~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2deportes de riesgo, primero la cocaína seguida por la lenta proveedora de clientespara mortuorios que es la heroína. El padre de Grier volvió a doblar el pañuelo con precisión. —Cuando mis primeras tentativas de dejarlo recibieron por respuesta un sonoro“No”, me volví paranoico con la posibilidad de que fueran a matarme durante unade mis misiones, haciéndolo parecer un accidente. Me mantuve en silencio duranteaños. Pero entonces me llegó una información, algo de lo que no debería habermeenterado, algo que significaba un cambio de fortuna para un hombre muyimportante y con mucho poder… Intenté… Intenté usarlo como llave para abrirme lapuerta de salida. —Y… —intervino ella, con el corazón latiendo tan fuertemente que se preguntabasi los vecinos podrían oírlo. Silencio. —Continua —ordenó. Él negó con la cabeza. —Cuéntamelo —dijo con voz ahogada, odiando a su padre mientras recordabacomo entró y vio a Daniel aquella última vez. Tenía una jeringa clavada en una venaen el dorso del brazo y la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta, floja, la piel delcolor de las nubes de nieve en invierno. —Si no me contestas… —no pudo terminar. La idea de perder toda la familia quetenía, en ese momento y en ese lugar, mantenía su garganta completamente cerrada. El pañuelo fue desdoblado una vez más con manos temblorosas. —Los hombres se me aproximaron en el aparcamiento del bufete, en el centro. Yohabía estado trabajando hasta tarde y ellos… me metieron en un coche y yo penséque ya estaba. Me iban a matar. En lugar de eso, me llevaron al sur, a Quincy. A casade Daniel. Él ya estaba bastante puesto cuando entramos… pienso que creyó que setrataba de una broma. Cuando vio la jeringa que traían, les ofreció el brazo, aunqueyo le gritaba que no les dejara hacerlo… —la voz de Childe se quebró—. No leimportaba… no sabía… yo sabía lo que le estaban haciendo, pero él no. Tendría quehaber… Tendrían que haberme matado a mí en lugar de a él. Tendrían que… La rabia hizo que la visión de Grier se apagara brevemente. Cuando volvió, elcentro de su pecho estaba frio como el hielo y no le importaba lo que su padrehubiera sufrido. O que tuviera remordimientos. O que… —Sal de esta casa. Ahora. —Grier… ~218~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No quiero volver a verte nunca más. No intentes contactar conmigo. No teacerques a mí. —Por favor… —¡Sal de aquí! —se volvió hacia Isaac—. Sácale de aquí… simplemente aléjale demí. Lo hubiera hecho ella misma, pero apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie. Isaac no lo dudó. Se acercó al padre de Grier, le enganchó por el brazo y lo levantódel sillón. Su padre estaba hablando de nuevo, pero ella estaba sorda para él mientras lesacaba de la cocina. La imagen del cadáver de su hermano en aquel sofá destartaladola consumía. Lo peor eran los pequeños detalles: tenía los ojos entreabiertos, las pupilasmirando sin ver a un punto intermedio y la camiseta azul desteñida tenía manchasoscuras bajo las axilas y vómito delante. Tres cucharas cochambrosas y un mugrientoencendedor Bic amarillo estaban esparcidos por la mesa de centro y había una pizzaa medio comer a sus pies, que tenía pinta de tener más de una semana. El enrarecidoambiente olía a orina rancia y humo de cigarrillo, así como a algo químicamentedulce. Sin embargo, lo que más le había llamado la atención había sido que el reloj deDaniel estaba parado. Cuando llamó al 112, le pidieron que comprobara si teníapulso, y ella lo había buscado en su muñeca más cercana. Al tirar de ella y clavarlelos dedos, había visto que el reloj no era el que su padre le había regalado con motivode su graduación de la Universidad de Penn; había empeñado ese Rolex muchotiempo atrás. Lo que tenía puesto era un Timex a pilas, con las manecillas congeladasa las ocho y veinticuatro. Igual que el cuerpo de Daniel: simplemente se había parado. Después de todas laspalizas que había soportado finalmente su vida se había agotado. Tan fea. La escena había sido tan fea. Aun así, su maravilloso cabello se habíaconservado igual. Siempre había tenido una mata rubia como la de un ángel, comodecía su madre, e incluso en su carrera hacia acabar muerto y enterrado, los rizos desu cabeza habían retenido su perfecta naturaleza circular, a pesar de que el colorestaba deslucido por falta de higiene, pero Grier había conseguido ver la belleza quehabía detrás. O que hubo un día, según estaban las cosas. Dejando el pasado atrás bruscamente, se frotó la cara y se levantó del sofá.Después, con toda la gracia de un zombi, utilizó las escaleras traseras para ir a suhabitación, donde sacó una maleta y empezó a llenarla. ~219~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 27 Sobre el césped del exterior de la Funeraria McCready, Jim no perdió muchotiempo preguntándose cómo Devina había sido capaz de encontrarle: ya estaba allí,así que el asunto era cómo librarse de ella. —Te ha comido la lengua el gato, Jim —su voz sonaba exactamente como larecordaba, baja, suave, profunda. Sexy, suponiendo que no supieras lo que había bajosu piel. —No. No realmente. —¿Cómo te ha ido, por cierto? —Estoy jodidamente fantástico. —Sí. Lo estás —sonrió, mostrando su perfecta hilera de perlas—. Te he echado demenos. —Qué inocente. Devina se rió, y el sonido reverberó en el aire frío de la noche. —De ninguna manera. Un coche dobló la esquina y continuó por la calle, iluminando con los faros lafachada del tanatorio, los parches marrones en el césped y los escasos brotes delcornejo, pero no así a Devina. Claro que ella no existía realmente en este mundo. La diablesa le recorrió con los ojos para luego centrarse en Matthias. —Volvamos a nuestro tema. —No hay ningún tema, Devina. —Me encanta cuando pronuncias mi nombre —dio un desganado paso haciadelante, pero a Jim no le engañó su expresión de “por nada en especial”—. ¿Quépretendes hacer con él? — Pensaba meterlo en su coche para que despertara allí. Pero creo que lo llevarévolando de vuelta a Boston. ~220~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Me temo que te vas a encontrar con que es demasiado pesado —otro pasoadelante—. ¿Te preocupa que le haga algo malo? —¿Cómo que seas una niña mala y le ates los cordones de los dos zapatos entre sí?Sí. Eso mismo. —De hecho, tengo otros planes para tu antiguo jefe. Tercer paso. —¿Los tienes? —Jim se mantuvo en su sitio, literal y figuradamente—. PTI, noestoy seguro de que le funcionen muy bien las cañerías después de todas las heridas.Nunca lo he preguntado, pero creo que la Viagra sólo funciona hasta cierto punto. —Tengo mis mañas. —Sin duda —Jim mostró los dientes—. No voy a dejar que te lo lleves, Devina. —¿Y a Isaac Rothe? —A ninguno de los dos. —Acaparador. Y eso que no te gustaba Matthias. —Que no soporte a este capullo no significa que quiera que te lo quedes, o que louses como a un juguete. A diferencia de vosotros dos, yo sí tengo problemas con losdaños colaterales. —¿Qué te parece si hacemos un trato? —Su sonrisa era demasiadoautocomplaciente para el gusto de Jim—. Dejo que Matthias siga su caminofelizmente esta noche. Y tú pasas algún tiempo conmigo. A Jim se le heló la sangre. —No, gracias. Tengo planes. —¿Has encontrado a alguien? ¿Me has sido infiel? —No hay ninguna posibilidad. Para eso tendría que existir una relación entrenosotros. —Que tenemos. —No —echó un vistazo a su alrededor, solo para comprobar que ella no traíarefuerzos. —Me piro, Devina. Que tengas una noche agradable. —Me temo que Matthias no lo va a conseguir. —Qué va. Se va a poner bien… —¿Tú crees? —extendió su larga y elegante mano. ~221~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Repentinamente, el hombre empezó a gemir en los brazos de Jim, su rostroretorciéndose de agonía, sus frágiles miembros convulsionándose. —Ni siquiera necesito tocarlo, Jim —cerró el puño con fuerza, como si estuvieraexprimiéndole el corazón entre los dedos, Matthias se retorció violentamente—.Puedo matarlo aquí y ahora. Maldiciendo, Jim, hizo un barrido mental por las enseñanzas de Eddie, intentandosacarse de la chistera un hechizo o un encantamiento o… algo… que parara elataque. —Tengo miles de juguetes, Jim —dijo suavemente—. ¿Que éste viva o muera? Nosignifica nada. No afecta a nada. No cambia nada. Pero si no te gustan los dañoscolaterales… lo mejor que puedes hacer es entregarte a mí durante el resto de lanoche. Mierda, mirándolo así, ¿por qué estaba protegiendo a este tío? Ella encontraríaotra manera de influenciar el destino de Isaac. —Casi mejor le cavas una tumba. Por lo menos se quitaría a Matthias de encima. Pero claro, lo mismo el siguienteresultaba aun peor. —Si lo mato ahora —Devina meneó su bonita cabeza—, tendrás que vivir con elhecho de que pudiste haberle salvado pero elegiste no hacerlo. Tendrás que añadirotra muesca al tatuaje que llevas en la espalda, ¿no? Creía que eso ya lo habíasdejado, Jim. La rabia hizo hervir su cuerpo y borbotear su sangre hasta que empezó a perder lavisión. —Maldita seas. —Decídete, Jim. Jim bajó la mirada a la maltrecha cara de su antiguo jefe. La piel que cubría laestructura ósea había adquirido un alarmante tono grisáceo y se le había quedado laboca abierta, a pesar de estar respirando superficialmente. Jodido Sobre… Joder. Maldiciendo, Jim se dio la vuelta, comenzó a caminar… y no se sorprendió enabsoluto cuando Devina se materializó en su camino. —¿Dónde vas, Jim? Por Dios, ojalá dejara de repetir su puto nombre. —Lo voy a llevar al coche. Y luego tú y yo nos iremos juntos. ~222~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Ella le obsequió con una sonrisa radiante que le puso el estómago del revés. Peroun trato era un trato y, por lo menos, Matthias iba a vivir para ver el siguienteamanecer…. Sí, claro, sin duda algún tipo de muerte le estaría esperando entrebastidores, fuera en forma de colapso físico o porque sus sucios enredos se volvieranen su contra. Sin embargo, Jim no iba a participar en el “cuando” si podía remediarlo.Eso quedaba en manos de Nigel y los de su calaña, o en las de quien coño estuviera acargo de los destinos. Por esta noche, él se iba a encargar de mantener al hombre con vida y no sabíamás. Porque hasta un sociópata merecía algo mejor que caer presa de los deseos deDevina. Y Jim esperaba poder soportar lo que fuera que ella había planeado para él, yde paso conseguir un poco más de información sobre lo que le gustaba y cómodestruirla. La información lo era todo. * * Mientras tanto, en Boston, Isaac se puso la capucha de su cortavientos paraocultarse la cara, y después sacó por la fuerza al padre de Grier a través de la puertaprincipal. Una vez fuera, fue muy consciente de lo expuesto que estaba, con o sincapucha su identidad resultaba jodidamente obvia. Pero era una cuestión de costes ybeneficios: él no confiaba en Childe, y Grier le quería fuera de allí. Sólo había quehacer números. Al empujar a papi querido hasta el asiento del conductor del Mercedes, el aire fríopareció hacer que el hombre se repusiera y sustituyera los restos de la intensamenteemocional bronca que había tenido con su hija por una clase de determinación queIsaac sólo pudo admirar. —Sabes cómo es —dijo Childe mientras sacaba el llavero—. Sabes lo que le hará. La imagen de los inteligentes y bondadosos ojos de Grier era ineludible. Y, sí,podía imaginar claramente el tipo de mierda que Matthias usaría para dañarla. Paramatarla. Incluso podría obligar al padre a presenciarlo de nuevo. También podría obligar a Isaac a hacer de testigo. Y mira que eso le daba ganas de vomitar… —La solución está en tus manos —dijo Childe—. Sabes cuál es. Sí. Lo sabía. Y era una puta mierda. —Te lo ruego… Salva a mi hija. De entre las sombras, surgió el colega de Jim Heron con todos sus piercings. ~223~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Buenas noches, caballeros. Isaac cogió por el brazo a Childe, que estaba reculando, y lo mantuvo en su lugar. —No te preocupes, está con nosotros —y añadió en voz más alta—. Qué pasa. Mierda, tenía que volver a la casa, chicos. —Pensé que te vendría bien un poco de ayuda. A continuación, el hombre se volvió a mirar a Childe como si sus ojos fueran unenchufe de teléfono y fueran a clavarse en la roseta de la pared. De repente, los delpadre de Grier empezaron a parpadear, como si estuviera haciendo Morse con lospárpados: tic, tic, tiiiiic, tiiic, tic. Y acto seguido Childe dio las buenas noches, se montó en su cochetranquilamente… y se marchó. Isaac se quedó mirando las luces traseras del coche doblar la esquina. —¿Quieres contarme lo que le has hecho a ese hombre? —No. Pero te he conseguido un poco de tiempo. —¿Para hacer qué? —Eso es cosa tuya. Por lo menos su padre ya no cree que acaba de verte en esacasa, lo que significa que en este momento papito no está tecleando en su móvil elnúmero de tu antiguo jefe para contarle dónde estás. Isaac miró a su alrededor y se preguntó cuántos ojos le estarían observando. —Ya saben que estoy aquí. Ahora mismo estoy tan escondido como Las VegasStrip4. Una enorme mano aterrizó en su hombro, pesada y fuerte. Isaac se quedó helado yun estremecimiento recorrió su cuerpo. La sensación de que el tío era poderoso nofue una sorpresa, como si Jim fuera a andar con alguien que no lo fuera. Pero habíaalgo raro en él y no eran los aros de metal gris oscuro que llevaba en el labio inferior,en la ceja y en las orejas. Su sonrisa era definitivamente antigua y su voz sugería quecada sílaba que pronunciaba contenía secretos. —¿Por qué no entras? —¿Por qué no me cuentas qué coño está pasando? Al tío no pareció emocionarle la contrapregunta, pero en lo que a Isaac respectabaNMP. Le importaba una mierda si al colega de Jim le daba un ataque del disgusto,pero necesitaba información para que las cosas empezaran a tener un poco desentido. Un poco de sentido. ~224~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Cualquier sentido. Señor, así debía ser como Grier se sentía. —Te he comprado una noche, eso es todo lo que te puedo decir. Te recomiendoencarecidamente que vuelvas ahí dentro y te quedes hasta que vuelva Jim, peroobviamente no puedo hacer que te crezca un cerebro. —¿Quién cojones eres? El tío de los piercings se inclinó hacia él. —Somos los buenos. Con esto, elevó la ceja llena de aros y sonrió con un gesto a lo Cary Grant. Y sin más, de repente había desaparecido. Como si fuera una luz que se apaga.Claro que, vamos, se habría ido andando, ¿no? Isaac perdió algún segundo mirando alrededor, porque, en fin, la mayor parte deestos cabrones, incluso todos estos espías y asesinos de alto nivel con los que habíaprestado servicio, eran incapaces de volatilizarse en el aire. Lo que sea. Era un blanco demasiado fácil ahí en la entrada de la casa. Isaac corrió como un rayo de vuelta al interior, cerró la puerta con llave y entró enla cocina. Al no encontrar a Grier allí, se dirigió a la escalera trasera. —¿Grier? Oyó una réplica a lo lejos y subió los escalones de dos en dos. Cuando llegó a suhabitación, se detuvo en la puerta. O más bien frenó en seco. —No —negó con la cabeza ante el aroma a Samsonite de niña rica: esas maletascon monograma no iban a ir a ninguna parte—. De ninguna manera. Ella levantó la vista por encima de la maleta prácticamente llena. —No me voy a quedar aquí. —Sí que vas a hacerlo. Le apuntó con el dedo índice como si fuera una pistola. —No me llevo bien con la gente que va dándome órdenes. —Estoy intentando salvarte la vida. Y quedarte aquí, donde eres conocida yvisible para un montón de gente, donde tienes un trabajo en el que te echarán demenos y citas que mantener y un sistema de seguridad como el que hay en esta casa,es la manera de permanecer viva. Escapar a cualquier otra parte lo hace más fácilpara ellos. ~225~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Dándose la vuelta, ella presionó las ropas que había metido en la maleta,arqueando su esbelto cuerpo mientras se inclinaba para apretar y hacer más sitio.Entonces cogió un jersey y lo dobló por la mitad y luego en cuartos. Mientras miraba como le temblaban las manos, él supo que haría cualquier cosapara salvarla. Incluso aunque eso significara condenarse. —¿Qué le has dicho a mi padre? —preguntó. —No mucho. No me fío de él. Sin ofender. —Yo tampoco me fío de él. —Deberías. —¿Cómo puedes decir eso? Por Dios… las cosas que me ha ocultado, las cosas queha hecho. No puedo… Empezaba a desmoronarse, pero claramente no deseaba la vieja rutina de“refugiarse en unos fuertes brazos”. Soltó un taco y se fue al baño. Atenuadamente, la oyó sonarse la nariz y hacer correr el agua. Mientras ella estabaallí, él se metió la mano en el bolsillo de la parka y palpó la Alerta de Vida. Alerta deMuerte sería más apropiado, más tipo: “Ayuda, no he caído y aun estoy vivo,¿podéis venir a solucionar este problema?” Grier reapareció. —Me marcho de aquí contigo o sin ti. Es tu elección. —Va a ser sin mí, me temo —sacó la mano. Ella se quedó helada cuando vio el aparato. —¿Qué estás haciendo con eso? —Voy a acabar con esto. Por ti. En este instante. —¡No! Presionó el botón de llamada mientras ella se abalanzaba sobre él, sellando sudestino (y salvándola a ella) con un solo toque. Una lucecita roja empezó a parpadear en el aparato. —Ay, Dios… ¿qué has hecho? —susurró ella—. ¿Qué has hecho? —Vas a estar bien —recorrió con los ojos la cara de ella, memorizando una vezmás lo que ya llevaba grabado en la mente de por vida—. Eso es lo único que meimporta. Mientras los ojos de Grier se inundaban, el dio un paso adelante y capturó unaúnica lágrima cristalina con la yema del dedo pulgar. ~226~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No llores. Soy hombre muerto desde el momento en que huí. Estaba claro queesto iba a terminar ocurriendo. Y por lo menos ahora sé que estás a salvo. —Vuelve atrás… deshazlo… puedes hacerlo. Él negó con la cabeza. No había vuelta atrás posible, ahora lo estaba asumiendocompletamente. El Destino es una máquina que se construye con el transcurrir del tiempo, cadadecisión que tomas en tu vida le añade otro engranaje, otra cinta transportadora, otroensamblaje. Cómo tú acabas es el producto que la máquina escupe finalmente y nohay posibilidad de volver atrás para rehacerlo. No puedes echar un vistazo a lo quehas producido y decidir: “Ay, espera, que yo quería hacer máquinas de coser, noametralladoras; déjame volver atrás y empezar de nuevo” Una jugada. Eso es lo que hay. Grier trastabilló hacia atrás y se derrumbó en el borde de su cama, hundiéndosecomo si le hubieran fallado las rodillas. —¿Y ahora qué va a pasar? Habló en voz tan baja que él tuvo que esforzarse para entender sus palabras. Adiferencia de ella, él habló alto y claro: —Que se pondrán en contacto conmigo. El dispositivo es un transmisor que envíauna señal y recibirá su llamada. Cuando me contacten, organizaré una cita paraentregarme. —Así que podrías engañarles. Marcharte ahora…. —Tiene un GPS para que sepan donde me encuentro en todo momento. Así que sabían que él estaba aquí ahora. Pero no creía que lo fueran a matar en su casa, era demasiado expuesto. Y Grier nolo sabía, pero siempre y cuando él se entregara, ella iba a estar bien, porque la muertede su hermano la iba a mantener con vida. Matthias era la pieza final del ajedrez eiba a querer mantener el control sobre su padre, teniendo en cuenta lo que el tiposabía. Habiéndose quitado de encima al hijo, no hacía falta decir que los deOperaciones Especiales podían hacer lo mismo con la hija… ante esa amenaza, elmayor de los Childe quedaba neutralizado. El hombre haría cualquier cosa paraevitar tener que enterrar un segundo hijo. La vida de Grier era solo suya. —Tengo un consejo para ti —dijo él—. Quédate aquí. Soluciona las cosas con tupadre… —¿Cómo has podido hacerlo? ¿Cómo has podido entregarte a…? ~227~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No pertenecía al equipo que asesinó a tu hermano… pero he hecho cosas comoesa. Mientras ella retrocedía, él asintió. —He entrado en casas y he asesinado personas y las he dejado allí tiradas. Heperseguido hombres a través de bosques y desiertos y ciudades y he acabado conellos. No soy… no soy inocente, Grier. He hecho las peores cosas que un ser humanopuede hacer a otro… y me han pagado por ello. Estoy cansado de cargar con todosesos actos. Me agotan los recuerdos y las pesadillas y estar constantemente con losnervios en tensión. Creí que huir era la respuesta, pero no lo es y ya no puedo vivirconmigo mismo. Ni una noche más. Además, tú eres abogada. Conoces las penas porasesinato. Esto —dijo agitando el dispositivo por la cadena— es la sentencia demuerte que merezco… y quiero. Los ojos de Grier permanecieron fijos en los de él. —No… No. Sé como me has protegido. No creo que seas capaz de… Isaac se quitó el chaquetón y la sudadera y se dio la vuelta, impactándola con lavisión del inmenso tatuaje de La Parca que cubría cada centímetro de su espalda. Ante su respingo, él dejó caer la cabeza. —Mira abajo. ¿Ves esas marcas? Son mis muertes, Grier. Esos son… todos loshermanos y padres e hijos que he llevado a la tumba. No soy… un inocente que hayque proteger. Soy un asesino… que simplemente va a recibir lo que se estababuscando. ~228~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 28 Cuando Adrian reapareció en el patio trasero de la casa de la abogada, tomóposición una vez más al lado de Eddie… quien estaba haciendo una excelenteimitación de un roble. —¿Te libraste del padre? —murmuró el otro ángel. —Claro. Nos he dado tiempo suficiente para que Jim regrese aquí. ¿Ha llamadoya? —Aproximadamente, en los cinco minutos que había estado en la parte delanteracon Isaac —No. —Maldita sea. Frustrado por todo, Ad se frotó los brazos, los cuales estaban todavía humeandoun poco. Tío, odiaba oler a vinagre… y mierda, qué te parece, la escaramuza con laPandilla Desechable de Devina le había arruinado ya otra jodida chaqueta de piel. Locual le cabreaba. Ésta le había gustado de veras. Dejando el tema, se volvió a enfocar en la parte trasera de la casa. El hechizo desuperfuerza de Jim estaba perdiendo todo su brillo, el rojo resplandor chisporroteabaen la noche. —¿Dónde demonios está Jim? —gruñó Eddie mientras comprobaba su reloj. —Quizás tengamos otra lucha de nuevo. —Ad se forzó a esgrimir una sonrisa—.O podría ir a conseguirnos otra chica caliente. Mientras Eddie se aclaraba la garganta y hacía como si fuera el Señor Yo-No-Hago-Eso, Ad lo conocía. El ángel era un cruel hijo de puta una vez abandonaba larutina de corrección… Rachel de los dientes perfectos y ningún apellido había estadoflotando en el aire cuando ellos la habían expulsado al amanecer. Y por mucho que lefastidiara a Ad admitirlo, tenía una sensación muy de esa mierda de alucinepostcoital desde la intervención de Eddie. El cabrón tenía un pico de oro, obviamente… y hacía un buen trabajo. Ad habíaintentado introducirse en el sexo, pero él había terminado simplemente fingiendo. ~229~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Eddie recomprobó su reloj. Miró su teléfono. Echó un vistazo alrededor. —¿Qué le hiciste al padre? —Piensa que regresó aquí y que Isaac ya se había ido. Eddie se restregó la cara como si estuviera exhausto. —Espero que Jim consiga regresar pronto… ese carácter de Isaac va a estallar.Puedo sentirlo. —Por eso le golpeé con mi palma mágica. —Adrian flexionó la cosa—. A Jim legusta el GPS. A mí no. —Al menos el TomTom no señala como lo haces tú. —¿Por qué todo el mundo es sordo a los tonos? —Creo que es al revés. —Bah. Una brisa silbó a través de las ramas desnudas de los árboles frutales sobre ellos yambos se tensaron... pero no se trataba de una segunda ronda de la PandillaDesechable de Devina balanceándolas. Era sólo el viento. La larga espera se alargaba. Y aun más larga. Hasta el punto en que la tendencia natural de Adrian por estar en movimiento lepicaba columna vertebral arriba y le tenía haciendo crujir su cuello. Una y otra vez. —¿Cómo estás? —dijo Eddie suavemente. Genial. Cómo si cuidar y repartir mierda le ayudara a relajarse. Incluso en unabuena noche, esa clase de rutina le hacía tener ganas de correr alrededor de lamanzana unas doscientas veces. —¿Ad? —Muy bien papi ¿y tú? —Es serio. —Y no vamos a entrar en eso. Una pequeña pausa… pequeñiiiiiiiiita y feliz pausa que estaba empapada ygoteando Eau de Desaprobación. —Tú puedes hablar del tema —comentó Eddie—. Yo sólo pregunto. ¡Por amor de Dios! Sabía que el tipo estaba en modo completo amigo-yo-cuido-tus-espaldas, y no se trataba de que no apreciara el esfuerzo. Pero después de queDevina lo hubiera tenido esta última vez, su interior estaba desgarrado y desolado, y ~230~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2si él no ponía burlete en su puerta, la atrancaba y tiraba su alfombra de bienvenida,las cosas iban a ponerse desastrosas. De una forma que sería imposible arreglar. —Y yo te estoy respondiendo, estoy bien. Pero gracias. Para cortar la conversación, se centró en la casa. Dios, el hechizo de "bajo nivel" deJim era tan fuerte... tan fuerte como cualquiera que Adrian y Eddie pudieran lograren virtud de la influencia total de sus poderes. Lo que bien podría significar que eseángel tenía trucos que podían joder seriamente a Devina. El suave tintineo del teléfono de Eddie era una buena noticia: Sólo había unapersona que podría estar llamando y esa era Jim. Adrian miró cuando Eddie no aceptó la llamada. —¿No respondes? Eddie negó con la cabeza. —Nos envió una foto. Esta noche la red está lenta aun no termina de bajar. Uno pensaría que, con toda la mierda que debían hacer, serían capaces decomunicarse telepáticamente, y hasta cierto punto, podían hacerlo. Sin embargo, laslargas distancias eran algo así como gritar a través del espacio hasta al otro lado deun estadio de fútbol. Además, si alguien resultaba herido o muerto, la capacidad delograr cosas como los hechizos, encantamientos y pensamientos con la mente, severía… —Oh… Dios… Cuando la voz de Eddie se quebró, Adrian sintió una premonición correr sobre sucabeza como sangre helada. —¿Qué? Eddie comenzó a sacudir los botones de su teléfono. Ad sujetó el suyo. —No lo borres. —No me jodas Un par de rápidos golpes y ellos estaban metidos de lleno en una lucha por elteléfono… y Adrian ganó sólo porque la desesperación le hizo relampagueantementerápido. —No mires —ladró Eddie—. No mires… Demasiado Tarde. La pequeña imagen sobre la pantalla brillante era de Jim desnudo y extendidosobre una enorme mesa de madera, brazos y piernas abiertas. El cable metálico ~231~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2estaba enrollado alrededor de sus muñecas y tobillos para sujetarlo, y su pieliluminada por la luz de las velas. Su erguida polla tenía una correa de cueroenroscada alrededor de la base para mantenerla dura… pero aunque él técnicamenteestuviera despierto, no estaba con ánimos para el sexo; eso era seguro... y Adriansabía exactamente lo que Devina hacía para conseguir el flujo de sangre hacia dondeella deseaba. Ese torniquete le daría a ella algo con que jugar durante horas y horas. Adriantragó con la garganta apretada, tan seguro como si fuera él quien estuviera en aquelladura tabla cubierto de aceite. Sabía muy bien lo que venía a continuación. Y sabía lo que eran aquellas figuras veladas que acechaban al borde. El texto bajo la foto: Mi juguete nuevo. —Tenemos que sacarlo de ahí. —Adrian casi aplastaba el teléfono por la forma enque su mano se tensaba alrededor—. Esa maldita perra. * * Yaciendo sobre la “mesa de trabajo” de Devina, Jim no se molestó en mirarla nisiquiera cuando ella sacó su teléfono y envió un mensaje. Lo que le preocupaba enprincipio eran las figuras oscuras que rodeaban la periferia como perros a punto deser liberados: tenía la sensación de que eran las mismas cosas con las que él y losmuchachos habían luchado fuera de la casa de aquella abogada, porque se movieroncon aquella cambiante ondulación, parecida a la de una serpiente. No importaba. Había buenas oportunidades de que él lo supiera, de una forma uotra, en poco tiempo. Gracias a la cortina de oscuridad que lo rodeaba, no tenía ninguna idea delnúmero de ellos o el tamaño del lugar: La luz de las velas apenas iluminaba yestaban colocadas por parejas en intervalos de treinta centímetros a su alrededor. Así que esta era la forma en la que se sentía una tarta de cumpleaños: un tantopreocupante, dado que su delicado glasé estaba malditamente cerca de las llamas. Además de estar a punto de ser comido. Devina dio un paso dentro de la luz y sonrió como el ángel que no era en absoluto. —¿Cómodo? —Podría usar una almohada, pero por otro lado estoy bien. Infiernos, si ella podía mentir, él también. La verdad era que aquellos cablesalrededor de sus tobillos y las muñecas tenían lengüetas, así había cintas de dolor entodos sus puntos de pulso. Él también tenía un collar de alta moda de la misma clasede mierda que hacía del simple hecho de tragar algo lleno de diversión. Y la mesa ~232~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2bajo él estaba cubierta con una especie de ácido, probablemente la sangre de las cosasde alrededor. Definitivamente Devina también había trabajado en esa mesa con un montón dedemonios. Apostaba que Adrian había estado ahí, Eddie también. ¡Oh, Dios!... ¿Habían tenido a la chica rubia? Jim cerró los ojos, y en la parte interna de sus párpados vio de nuevo, a la hermosainocente colgando en aquella cuba. Mierda, al infierno con salvar al mundo. Desearíahaberse cambiado por ella. Dedos fríos a la deriva por el interior de su pierna, y mientras se acercaban más ymás a su polla, uñas afiladas raspaban su piel. Un sonido extraño se filtró, y por alguna razón le recordó el deshuesar un pollo…muchos aleteos desabridos y crujidos ahogados. Entonces se produjo un olorextraño… como a… ¿qué coño es? Cuando Devina habló más cerca de él, su voz estaba alterada, el tono profundo...bajo y rasposo. —Me gustaba estar contigo antes, Jim. ¿Recuerdas? En tu camioneta... pero esto vaa ser mucho mejor. Mírame, Jim. Mira mi verdadero yo. —Estoy bien así. De todos modos, gracias. Las uñas se clavaron en sus testículos y después le retorció el saco con fuerza. El dolor recorrió la autopista neuronal de su pelvis. El humo creó espesas nauseasen su estómago. Las cuales, por supuesto, no tenían a donde ir gracias al collarclavado alrededor de su cuello. Sip, arcadas era lo único que tenía que ofrecer, porque nada saldría de sugarganta. —Mírame —más fuerza en la presión. Su boca abierta se tomó un dulce tiempo para responder. Por otro lado, estabaocupado tratando de acomodar las bocanadas de aire que tomaba —No hay… Algo lo montó. No sabía quién o qué era porque repentinamente todas las manosestaban sobre él, las puertas desatadas No, no manos. Bocas. Con dientes afilados. ~233~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Al mismo tiempo, su polla penetro en algo con la suavidad y sutileza del desagüeoxidado de un fregadero. El primero de los cortes se lo hicieron en el pecho. Podríahaber sido una cuchilla. Quizás un largo colmillo. Y entonces algo duro fue forzado dentro de su boca. Sabía a sal y carne, pensó quese trataba de alguna clase de polla y comenzó a ahogarse. Repentinamente el aire seconvirtió en una comodidad escasa. Sorteando la asfixia, tuvo un momento de inhalación completamente automática.Era, sin embargo, un caso de mente sobre el cuerpo. Cuanto más rápido y fuerte latíasu corazón, peor era la falta de oxígeno y más brillante y caliente la agonía quequemaba dentro de su caja torácica. Baja la velocidad, se dijo. Lento y suave. Sólo leennnnnntoooo… Su razonamiento superior triunfó y obtuvo las riendas de su cuerpo: el latido desu sangre se enfrió, sus pulmones aprendieron a esperar la retirada de su boca paratomar aliento. Francamente, no estaba impresionado. La mierda sexual era tan poco imaginativaa la hora de torturar. No iba a ser un paseo por el parque, desde luego. Pero Devina no iba a romperlocon la mierda de la violación. O tratando de filetearlo como un pescado con trabajosde cuchillo. El asunto del dolor era, sí claro, algo que iluminaba su panel del control,pero en realidad no era más que una sensación fuerte… como ir a un concierto y quetus tímpanos se compensaran con el tiempo, al final te acostumbrabas. Además, tenía enormes reservas de fuerza: Matthias había vivido un día más, susmuchachos andaban con Grier e Isaac, y a pesar de que hubiera preferido pasar elrato en Disney World o el Club Med, el poder de hacer lo correcto y sacrificarse porel bienestar de otro ser era el alimento para cada célula de su cuerpo. Iba a pasar a través de esto. Y entonces salvaría el alma de Isaac y reiría en la cara de Devina, al final del turno. La perra no lo mataría, ni tendría lo mejor de él. Punto para juego. ~234~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 29 Mientras miraba a través del dormitorio el tatuaje que cubría la espalda de Isaac,Grier se llevó las manos al cuello, rodeándolo. La imagen en la piel masculina estaba hecha en negro y gris y estaba tanvívidamente dibujada que la Parca parecía estar mirándola directamente. La granfigura vestida de negro estaba de pie en un campo de tumbas que se estiraban entodas direcciones, cráneos y huesos ensuciaban el suelo a sus pies. Debajo de lacapucha, dos agujeros blancos resplandecían por encima de la dura protuberancia deuna mandíbula descarnada. Una mano esquelética se situaba en el mango de laguadaña y la otra se estiraba hacia adelante, señalando hacia el pecho de ella. Y aún así, esa no era la parte más espantosa. Debajo de la representación había una hilera de líneas agrupadas en conjuntos decuatro con una línea diagonal sobre ellos. Allí tenía que haber por lo menos diez deésas... —Has matado... —No pudo conseguir que el resto de la frase saliera. —Cuarenta y nueve. Y antes de que pienses que glorifico lo que he hecho, cadauno de nosotros tiene esto sobre la piel. No es voluntario. Eso era casi diez por año. Uno al mes. Vidas perdidas a sus manos. Con un movimiento rápido y drástico, Isaac se bajó la cazadora y la sudadera. Esetatuaje era aterrador. Girándose para mirarla, se encontró con su mirada y pareció estar esperando unarespuesta. Todo en lo que ella podía pensar era en Daniel... Dios, Daniel. Su hermano era unamuesca en la espalda de uno o algunos de esos soldados, una pequeña línea dibujadapor una aguja, marcada permanentemente en tinta. Ella había sido tatuada, también, por la muerte. Por dentro. La vista de él muerto ydesvanecido, y ahora la marca indeleble de los detalles de esa noche, estaban parasiempre en su mente. ~235~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Y lo mismo de lo que había averiguado sobre la otra vida de su padre. Y la deIsaac. Grier apoyó las manos sobre las rodillas y sacudió la cabeza. —No tengo nada que decir. —No te culpo. Me iré… —Sobre tu pasado. Mientras ella le interrumpía, sacudía la cabeza otra vez. Había estado en untorbellino desde el momento que él había entrado en ese cuarto de abogado-clienteen la cárcel. Atrapada en el zumbido había girado más y más rápido, desde elaltercado con ese hombre con el parche en el ojo hasta el sexo, al enfrentamiento consu padre... a Isaac apretando el botón de autodestrucción tan seguro como si hubierasacado la anilla de una granada. Pero de algún modo, tan pronto como él había hecho eso, ella se había sentidocomo si la tormenta hubiera acabado y el tornado se hubiera movido hacia el campode maíz de alguien más. En las réplicas, todo parecía tan claro y sencillo. Se encogió de hombros y siguió mirándole fijamente. —Realmente no puedo decir nada sobre tu pasado… pero tengo una opiniónsobre tu futuro. —La exhalación fue larga y lenta, y sonó tan agotada como se sentía—. No creo que debas entregarte a la muerte. Dos cosas mal no hacen una bien. Dehecho, nada puede corregir lo que hiciste, pero no necesitas que te diga eso. Lo quehas hecho te perseguirá todos los días de tu vida, es un fantasma que nunca teabandonará. Y las sombras de oscuridad en los ojos de Isaac le dijeron que lo sabía mejor quenadie. —Para ser honesta, Isaac, no creo seas un cobarde. —Cuando sus parpados seabrieron, ella asintió—. Es mucho más duro vivir con lo que has hecho que marcharteen un llamarada de gloriosa mojigatería. ¿Has oído alguna vez suicidio por unpolicía? Es donde un pistolero acorralado disparará a una barricada de policías, yforzará a las placas a bombardearle con balas. Es para personas que no tienen lafuerza de encarar el castigo que merecen. ¿El botón que apretaste? Lo mismo.¿Verdad? Sabía que había golpeado el objetivo por la forma en que su cara se cerró y susrasgos se convirtieron en una máscara. —La manera de ser valiente —continuó Grier—, es ser el que se levanta y exponea la organización. Ésa es la línea de acción correcta. Enciende tú la luz que nadie máspuede sobre el mal que has visto, has hecho y has sido. Ésa es la única manera de ~236~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2acercarse a corregir las cosas. Dios... podrías detener toda esta jodida cosa… —Su vozse rompió cuando pensó en su hermano—. Podrías detenerlo y asegurarte de quenadie más se meta en ello. Podrías ayudar a encontrar a los que están implicados yhacerles responsables. Eso… eso sería significativo e importante. A diferencia deestas gilipolleces suicidas. Las cuales no resuelven nada, no mejoran nada... Grier se puso de pie, cerró la parte superior de su maleta y bajó los cierres delatón. —No estoy de acuerdo con nada de lo que has hecho. Pero tienes suficienteconciencia en ti para querer salir. La pregunta es si ese impulso te puede llevar alsiguiente nivel y eso no tiene nada que ver con tu pasado. O conmigo. * * A veces, los reflejos de ti mismo eran exactamente lo que necesitabas ver, pensóIsaac. Y no estaba hablando de los de la clase de la jeta en el espejo. Sino más similares a la variedad de los que se reflejaban en los ojos de los otros. Mientras Isaac fruncía el entrecejo, no estaba seguro de qué era lo más chocante: elhecho de que Grier tuviera razón o que él estuviera inclinado a actuar por lo que ellahabía dicho. ¿La última línea? Ella había dado en el blanco: él había estado en una juergasuicida desde que se había separado del redil, y no era del tipo que se colgaba en elbaño… no, no, era mucho más varonil ser acribillado a balazos por un camarada. Lo que él era, era una nenaza. Dicho esto, no estaba seguro de que presentarse a la policía fuese a funcionar.¿Con quién hablaba? ¿En quién podría confiar? Y mientras que podía verse yendocon toda la información sobre Matthias y su segundo al mando, no iba a revelar lasidentidades de los otros soldados con quienes había trabajado o conocía. LasOperaciones Especiales se habían vuelto descontroladas bajo el mando de Matthias yhabía que detener a ese hombre, pero la organización no era enteramente mala, yrealizaba un servicio necesario y significativo al país. Además, tenía la sensación deque si ese jefe fuera encerrado, la mayor parte de los expertos como Isaac sedisolverían en el éter como humo en una noche fría, para nunca hacer jamás lo quehabían hecho o hablar de ello: había muchos parecidos a él, los que deseaban salirpero estaban atrapados por Matthias de una forma u otra, y lo sabía porque habíahabido muchos comentarios sobre la liberación de Jim Heron. Hablando de él… Necesitaba llegar donde Heron. Si había una manera de hacer esto, debíadiscutirlo con el tío. ~237~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Y el padre de Grier también. —Llama a tu padre —dijo a Grier—. Llámalo y que vuelva aquí. Ahora mismo. —Cuando ella abrió la boca, él la interrumpió—. Sé que es mucho pedir, pero si hayotra solución para esto, estoy malditamente seguro de que él tiene mejores contactosque yo, porque yo no tengo nada. Y en cuanto a tu hermano, mierda… es una putadahorrible y lo siento mucho. Pero lo que le pasó a él fue culpa de otra persona, no fuepor los actos de tu padre. Ese es el asunto. Cuando te reclutan no te lo cuentan todo,y cuando entiendes la realidad por ti mismo, es demasiado tarde. Tu padre es dealguna manera más inocente en esto que yo, y ha tenido que perder a un hijo por elcamino. Estás enojada y devastada, y lo entiendo. Sin embargo, él también y lo hasvisto por ti misma. Aunque ella endureció la cara se le anegaron los ojos de lágrimas, y él supo queestaba escuchando. Isaac agarró el teléfono de la mesilla de noche y se lo tendió. —No te pido que le perdones. Sólo que por favor no le odies. Haz eso y él perderáa ambos hijos. —Ya los ha perdido —Grier se pasó una mano rápida sobre las lágrimas,enjugándolas—. Mi familia se ha ido. Mi hermano y mi madre muertos. Mi padre...no puedo soportar su vista. Estoy sola. —No, no lo estás. —Empujó el receptor hacia ella—. Es sólo una llamada y él estodo lo que tienes. Si yo puedo madurar… tú también. Seguro, estaba corriendo un riesgo al exponerle la idea de que fuera hacia supadre, pero la realidad era que los intereses de Childe y los suyos estaban alineados:los dos querían que él estuviera condenadamente lejos de Grier. Al mirarla fijamente a los ojos deseó que encontrara la fuerza para permanecerconectada a su sangre, y era muy consciente de por qué era tan importante para él:como de costumbre, estaba siendo egoísta. Si él llegaba limpio ante algún juez oaudiencia del congreso, iba a seguir respirando durante un rato, pero en esenciaestaría muerto para ella cuando fuera introducido en un programa de protección detestigos de algún tipo. Por lo tanto, su padre era el mejor disparo que tenía para queestuviera protegida. El único disparo. Isaac sacudió la cabeza. —El tipo malo en esto es el que viste en la cocina de mi apartamento. Es elverdadero mal. No tu padre. —La única manera... —Grier se enjugó los ojos otra vez—. La única manera de quepueda estar cerca de él es si te ayuda. ~238~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Entonces díselo cuando venga aquí. Poco después Grier enderezó los hombros y tomó el teléfono. —Vale. Lo haré. Cuando una explosión de emoción lo golpeó, tuvo que contenerse para noinclinarse para un beso rápido, Dios, ella era fuerte. Muy fuerte. —Bien —dijo con voz ronca—. Eso es bueno. Ahora, voy a encontrarme con micompañero Jim. Dándose la vuelta, bajó por la escalera de atrás y rodeó los descansillos a todavelocidad. Rezaba porque Jim hubiera vuelto o porque esos dos tíos duros del patiopudieran traerlo de donde quiera que estuviera. Irrumpiendo por la cocina, golpeó la puerta del jardín, abriéndola… En la esquina lejana, los compañeros de Jim estaban sujetando un resplandecienteteléfono móvil con el aspecto de que les hubieran dado un rodillazo en las pelotas. —¿Qué anda mal? —preguntó Isaac. El par levantó la mirada e inmediatamente supo por esas expresiones tensas queJim estaba en la mierda: cuando trabajabas en equipo, no había absolutamente nadaque te retorciera más las entrañas que uno de los tuyos capturado por el enemigo.Era peor que una herida mortal en ti mismo o en un compañero de equipo. Porque el enemigo no siempre mataba primero. —Matthias —siseó Isaac. Mientras el de la trenza sacudía la cabeza, Isaac corrió hacia ellos. El perforadoparecía verde, positivamente verde. —¿Quien entonces? ¿Quién tiene a Jim? ¿Cómo puedo ayudar? Grier apareció en la puerta abierta. —Mi padre estará aquí en cinco minutos. —Frunció el ceño—. ¿Está todo bien? Isaac miraba a los dos tipos. —Puedo ayudar. El de la trenza cortó eso: —No, me temo que no puedes. —¿Isaac? ¿Con quién estás hablando? Él echó un vistazo por encima del hombro. —Los amigos de Jim. —Miró hacia atrás… ~239~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Los dos hombres se habían ido, como si nunca hubieran estado allí en primerlugar. Otra vez. Qué. Coño. Mientras la sensación desagradable en la nuca de Isaac se volvía salvaje, Griercaminó hacia él. —¿Había alguien más aquí? —Eh… —Miró por todas partes—. No lo… sé. Vamos, entremos. Acompañándola de vuelta a la casa, pensó que era completamente posible quehubiera perdido la puta cabeza. Después de cerrar la puerta y mirar como Grier reconectaba la alarma, se sentó enun taburete de la isla y sacó la telealarma. Ninguna respuesta todavía y esperaba queel padre de Grier llegara antes de que Matthias golpeara. Mejor tener un plan. En el silencio de la cocina, miró fijamente a la vitrocerámica mientras Grier serecostaba enfrente, apoyándose contra el mostrador a la altura del fregadero. Parecíaque habían pasado cien años desde que ella le había hecho la tortilla la noche antes. Yaún así avanzó en su contemplación, los próximos días iban a hacer que pareciera elparpadeo de un ojo en comparación. Repasándolo en la mente, trató de pensar qué podía decir sobre Matthias. Sabíamucho en lo que se refería a su viejo jefe… y aún así el hombre había creadodeliberadamente agujeros negros en la Vía Láctea mental de cada operativo: te decíasólo lo que tenías positivamente que saber y ni una sílaba más. Alguna mierdapodías deducir, pero había vastos parches de ¿eh-qué?... —¿Estás bien? —preguntó ella. Isaac alzó la mirada con sorpresa y pensó que era él quien debería estarpreguntándole eso a ella. Y sabes, ella tenía los brazos alrededor de sí misma, unapostura autoprotectora en la que parecía caer mucho cuando estaba con él. —Espero que puedas arreglar esto con tu padre —contestó, odiándose. —¿Estás bien? —repitió. Ah, sí, así que estaban jugando al regate. —Sabes, puedes contestarme —dijo ella—. Con la verdad. Era gracioso. Por alguna razón, quizá porque quería practicar... consideró hacereso. Y lo hizo. —El primer tipo que maté... —Isaac miró fijamente al granito, convirtiendo laextensión resbaladiza de piedra en una pantalla de televisión y mirando cómo sus ~240~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2propias acciones se representaban en la superficie moteada—. Fue un extremistapolítico que había bombardeado una embajada extranjera. Me llevó tres semanas ymedia encontrarle. Le rastreé a través de dos continentes. De todos los lugares, lealcancé en París. La ciudad del amor, ¿correcto? Lo liquidé en un callejón. Me movífurtivamente detrás de él. Le corté la garganta. Algo que fue un error sucio, deberíahaberle roto el… Se detuvo con una maldición, bien consciente de que su versión de charla detrabajo era apenas como la de algún abogado fiscal gimoteando sobre el código deHacienda. —Fue... sorprendentemente sencillo para mí. —Se miró las manos—. Fue como sialgo viniera y pusiera mis emociones en asilamiento. ¿Después? Me fui a comer.Tomé un filete con pimienta, me lo comí todo. La cena estuvo… genial. Y fuemientras cenaba cuando me di cuenta que habían escogido sabiamente. Que habíanescogido al tipo correcto. Ahí fue cuando vomité. Salí a la parte trasera delrestaurante, a un callejón igual a donde había asesinado a ese hombre una hora antes.Ves, no había creído realmente que era un asesino hasta que no me molestó. —Pero te molestó. —Sí. Joder, quiero decir, demonios, sí, me molestó. —Aunque sólo esa vez.Después de eso, fue bueno en lo de aislarse. Frío como la piedra. Comía como un rey.Dormía como un tronco. Grier carraspeó. —¿Cómo te reclutaron? —No lo creerás. —Dispara. —sKillerz. —¿Perdona? —Es un videojuego donde asesinas personas. Aproximadamente hace siete u ochoaños, las primeras comunidades de juego en línea se estaban volviendo grandes eintegraban un juego que enganchaba. sKillerz fue creado por algún bastardoenfermo, aparentemente nadie ha conocido jamás al tipo, pero es un genio con losgráficos y el realismo. ¿En cuanto a mí? Tenía cabeza para los ordenadores y megustaba “matar personas”, me gustaba jugar al juego. Bastante pronto hubo cientosde personas en ese mundo virtual, con todas esas armas e identidades en todas esasciudades y países. Estuve a la cabeza de todos. Tenía esto… facilidad para sabercómo llegar a la gente, qué utilizar y dónde poner los cuerpos. Sin embargo, era sóloun juego. Algo que hacía cuando no estaba trabajando en la granja. Luego, despuésde… unos dos años en ello... comencé a sentir como si me vigilaran. Eso siguió ~241~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2durante una semana, hasta que una noche ese tipo llamado Jeremiah apareció en lagranja. Yo estaba trabajando en las barandas de atrás, reparando vallas, y él se acercóen un coche camuflado. —¿Y qué sucedió? —preguntó ella cuando él se detuvo. —Nunca le he contado esto a nadie. —No pares. —Se acercó y se sentó a su lado—. Me ayuda. Bien… es inquietante,también. Pero… ¿por favor? Bien, vale. Con ella mirándole con esos ojos grandes y hermosos, estaba preparadopara darle algo: palabras, historias... el corazón palpitante de su pecho. Isaac se frotó la cara y se preguntó cuándo se había convertido en un ingenuo, oh,espera, lo sabía: en el momento en que le habían escoltado a ese pequeño cuarto en lacárcel y ella había estado sentada allí toda acicalada y apropiada, e inteligente comoel infierno. Ingenuo. Nenaza. Maricón. —¿Isaac? —¿Sí? —Bien, sabes, todavía podía contestar a su propio nombre y no sólo a unconjunto de nombres sin cojones. —Por favor... sigue hablando conmigo. Ahora fue él quien carraspeó. —Ese tío, Jeremiah, me invitó a ir a trabajar para el gobierno. Dijo que estaría conel ejército y que buscaban tipos como yo. Todo lo que dije fue: ¿chicos de granja?¿Estás buscando paletos de granja? Y nunca lo olvidaré… Me miró fijamente y dijo...tú no eres un granjero, Isaac. Eso fue todo. Pero fue el modo en que lo dijo, como sisupiera un secreto sobre mí. Lo que fuera, aunque... pensé que era un imbécil y se lodije; yo llevaba un mono cubierto de barro, un sombrero John Deere y botas detrabajo. No sabía qué cojones más pensaba él que era yo. —Isaac echó un vistazo aGrier—. Aunque tenía razón, yo era algo más. Resultaba que el gobierno habíaestado vigilando sKillerz en línea y así es como me encontraron. —¿Qué te hizo decidirte a comenzar a... trabajar… para ellos? Un eufemismo agradable. —Quería salir de Mississippi. Siempre lo había querido. Me fui de casa dos díasdespués y todavía no tengo interés en volver. Y ese cuerpo fue el de un chico que se ~242~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2había salido de la carretera con la moto. Por lo menos eso es lo que me dijeron.Cambiaron mi identificación y mi Honda por la suya y ahí vas. —¿Qué hay de tu familia? —Mi madre... —Bien, tuvo que carraspear de verdad aquí—. Mi madre habíapasado de nosotros antes de morir. Papá tuvo cinco hijos, pero sólo dos con ella. Yonunca me llevé bien con ninguno de mis hermanos ni con él, así que marcharme nofue un problema y no me acercaría a ellos ahora. El pasado es pasado y estoy biencon ello. En ese momento la puerta principal se abrió y desde el vestíbulo, el padre de Griergritó. —¿Hola? —Estamos atrás —contestó Isaac, porque no creía que Grier fuera a hacerlo:mientras ella comprobaba el sistema de seguridad, de repente pareció demasiadoserena para hablar. El padre entró en el cuarto, era lo contrario de su hija: Childe estaba deshecho,tenía el cabello desordenado como si se hubiera pasado las manos, los ojos bordeadosde rojo y vidriosos, su abrigo puesto de cualquier manera. —Estás aquí —dijo a Isaac en un tono lleno de terror. Lo que parecía sugerir quefuera cual fuera el juego mental al que había jugado el compañero de Jim en la partedelantera no había sido sólo una demostración. Un truco agradable, pensó Isaac. —No se lo dije porque quería que viniera —anunció Grier—. El teléfonoinalámbrico no es seguro. Lista. Condenadamente lista. Y mientras ella permanecía tranquila, Isaac decidió que mejor si era él quienconducía el autobús. Centrándose en el otro hombre, preguntó: —¿Todavía quiere una salida? Childe miró a su hija. —Sí, pero… —¿Y si hay una manera de hacerlo dónde… las personas —entiéndase: Grier—estuvieran a salvo? —No hay ninguna. He pasado una década tratando de encontrarla. —¿Has pensado alguna vez en volar las puertas de Matthias? El padre de Grier se quedó de piedra y miró fijamente a los ojos de Isaac mientrastrataba de ver el futuro. ~243~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Como co... —Ayudando a alguien a presentarse a la policía para largar todas y cada una delas cosas que sabe sobre ese cabrón —Isaac miró a Grier—. Excusa mi boca. Los ojos de Childe se entrecerraron, pero la rutina McSquinty no era ofensiva nidesconfiada. —¿Quieres decir testificar? —Si eso es lo que hace falta. O cerrarles las puertas traseras. Si Matthias no está enel poder, todos —entiéndase: Grier— están a salvo. Me he entregado a él, pero quierollevarlo un paso más allá. Y creo que es hora de que el mundo consiga una imagenmás clara de lo que ha estado tramando. Childe miró de Grier a él. —Lo que sea. Haré lo que sea para coger a ese bastardo. —Respuesta correcta, Childe. Respuesta correcta. —Y puedo ir a la policía, también… —No, no puede. Esa es mi única estipulación. Establezca las reuniones, dígamequien va y luego desaparezca del lío. A menos que esté de acuerdo, no lo haré. Dejó que el querido y viejo padre opusiera resistencia acerca de eso y pasó eltiempo mirando a Grier por su visión periférica. Ésta miraba a su padre, y aunquepermanecía tranquila, Isaac estaba dispuesto a adivinar que el gran frío se estabadeshelando un poco: era difícil no respetar a su viejo, porque él iba absolutamente enserio sobre largar, si le daban la oportunidad, estaba preparado para soltar todo loque sabía también. Sin embargo, desafortunadamente para él, la elección no era suya. Si este planfuncionaba, Grier no necesitaría preocuparse por perder la única familia que lequedaba. —Lo siento —dijo Isaac, cortando la cháchara—. Así es como va a ser… porque nosabemos cómo va a funcionar y le necesito... para que esté hasta el final. Quiero quedeje tan pocas huellas como sea posible en el lanzamiento. Ya está más implicado delo que me parece cómodo. Ambos. Childe sacudió la cabeza y levantó una mano. —Ahora, escúchame… —Sé que es abogado, pero es el momento de dejar de discutir. Ahora. Eso hizo que el hombre se detuviera, como si no estuviera acostumbrado a que sedirigieran a él con ese tono. Pero entonces dijo: —Bien, si insistes en eso. ~244~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Lo hago. Y es mi único no negociable. —Vale. El tipo se paseó. Y paseó. Y… luego se detuvo delante de Isaac. Levantando la mano hasta el pecho, formó un círculo con el índice y el pulgar.Entonces habló, sus palabras claras como el cristal y matizadas con la ansiedadapropiada. —Oh, Dios, en qué estoy pensando… no puedo hacer esto. No es correcto. Losiento, Isaac... no puedo hacerlo. No puedo ayudarte. Justo cuando Grier abría la boca, Isaac la agarró y le apretó la muñeca para que secallara: Su padre señalaba ahora subrepticiamente hacia lo que tenía que ser laescalera del sótano. —¿Está seguro? —le preguntó Isaac en tono de advertencia—. Le necesito y creoque está cometiendo un error inmenso. —Tú eres el único que está cometiendo un error, hijo. Y llamaría a Matthias en estemismo segundo si no lo hubieras hecho ya tú mismo. No tomaré parte en ningunaconspiración contra él y me niego a ayudarte. —Childe dejó salir una maldición—.Necesito un trago. Con eso, se dio la vuelta y cruzó el cuarto. En ese punto, Grier agarró el frente de la cazadora de Isaac y tiró de él hasta queestuvo cara a cara con ella. En un siseo casi silencioso, dijo: —Antes de que cualquiera de vosotros piense siquiera en golpearme con otra seriede mierda de información clasificada, podéis callárosla. Isaac levantó las cejas hasta la línea del pelo mientras el padre de Grier abría lapuerta del sótano. Mierda, pensó. Pero ella obviamente no iba a ceder en esto. Además, quizá estarimplicada la ayudaría a arreglar las cosas entre ella y su padre. —Las señoras primero —cuchicheó Isaac, indicándole el camino con una manocortés. ~245~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 30 Cielo, Prados del sur. sur Nigel concedió audiencia a sus dos ángeles guerreros favoritos no por la bondadde su corazón ni con anticipación, aunque él y Colin, Bertie, y Byron estuvieran enmedio de una comida. Sin embargo, no había modo de alejar a esos visitantes: sabíapor qué venían Edward y Adrian y no les iba a gustar lo que tenía que decir. Así que sentía como si debiera manejarlos en persona. Y verdaderamente, cuando los dos ángeles tomaron forma en el césped,avanzaron a zancadas sobre la arboleda como los vengadores que eran. —Lo siento terriblemente —murmuró Nigel a sus consejeros—, pero tenéis queexcusarme un momento. Dobló su servilleta de damasco y rosa, pensando que no había ninguna razón paraarruinar la comida a los otros y lo que estaba a punto de suceder verbalmente iba aser un asesinato gastronómico del tipo más sangriento. Colin se levantó también. Nigel hubiera preferido hacer esto solo, pero no habíamanera de disuadir al ángel. Nadie ni nada podían cambiar la decisión de Colinsobre que tener para su pudín, mucho menos sobre asuntos de importancia. Colin y él se encontraron con sus visitantes a mitad de camino por donde el parhabía entrado y donde estaba puesta la hermosa mesa entre los olmos. —Ella lo tiene —dijo Edward cuando se juntaron los cuatro—. No sabemos cómoha sucedido… Nigel interrumpió al ángel. —Se entregó para que el otro pudiera tener una oportunidad en la vida. —No debería haber hecho eso. Es demasiado valioso. Nigel miró en dirección a Adrian y se encontró que el ángel estaba silencioso poruna vez. Lo cuál era un signo más seguro de problemas que cualquier otro. ~246~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Nigel tironeó de los lazos del puño, alisando las mangas de la camisa de sedadentro del traje de lino. —Ella no lo matará. No puede. —¿Estás positivamente seguro de eso? —Hay pocas cosas sobre las que puedes fiarte de ella, pero no fue ella quienestableció las reglas sobre nosotros. Si mata a Jim, pierde no sólo la partida, sino eljuego en su totalidad. Eso la mantendrá bajo control. La voz de Adrian vagó sobre él, débil y dura. —Hay algunas cosas peores que la muerte. —Es verdad, tienes razón. —Entonces joder, haz algo. —El ángel estaba casi vibrando, su cuerpo era como unpetardo de Navidad a punto de explotar. —Aunque podríamos sacarle —dijo Edward—. Eso no va contra las normas. —Por supuesto que podéis. Un largo silencio. Edward carraspeó y pareció ceñir la lengua para refrenarse cortésmente. —Le imagen que ella nos ha enviado sugiere que le retiene dentro de su mundo. —Él no está sobre la tierra, es cierto. —Entonces cómo podemos llegar a él. —No podéis. Mientras Adrian maldecía, Edward agarró del brazo al otro ángel, pero eso nocalló al macho. —Dijiste que podíamos sacarle. —Adrian, dije que "podríais”. Estando dentro, se te permite hacer eso bajo lasreglas. Sin embargo, no hice un comentario sobre vuestra capacidad. En este caso, nopodéis alcanzarlo sin sacrificaros, dejándole de ese modo sin ningún apoyo yninguna guía durante estos momentos cruciales y tempranos… —Pequeño gilipollas. Antes de que Adrian pudiera hacer algo tonto, Edward transfirió su agarre alpesado pecho del macho y lo mantuvo atrás. Nigel arqueó una ceja ante ellos. —Yo no he hecho las reglas y no tengo más deseo que mi adversario de serdescalificado. ~247~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Tienes… —Adrian se estranguló con sus propias palabras y tuvo que respirarhondo para terminar—. ¿Tienes alguna idea de lo que ella le está haciendo? Ahoramismo. ¿Mientras estamos aquí en tu puto césped y con la cena esperándote? Nigel escogió sus palabras con cuidado. La última cosa que necesitaba era que elpar se pusiera en plan vigilante. De nuevo. Ya habían cometido ese error una vez,¿verdad? —Sé exactamente lo que está llevando a la mesa, por decirlo así. Y también sé queJim es muy fuerte, lo que es la peor tragedia de todo. Porque ella recurrirá a torturasque… —No había razón para continuar: los ojos de Adrian ya tenían la miradavidriosa de alguien reviviendo su propia pesadilla—. Os diría, sin embargo, queDevina no lo puede mantener mucho tiempo o se arriesga a una multa. Las cosasestán llegando a un punto crítico, y si evita que Jim participe completamente en elresultado, entonces no hay concurso justo. —¿Qué hay de Jim? —preguntó Adrian, empujando para soltarse de sucompañero—. ¿Qué hay de su sufrimiento? ¡Qué hay de él! Nigel echó un vistazo a Colin, que estaba totalmente silencioso. Por otra parte, laexpresión en su cara magnífica y familiar decía bastante: su furia era tan profunda yancha que los océanos palidecerían en comparación. Él siempre había odiado aDevina y esto no iba a ser de ayuda en ese frente. Sin embargo, ya había suficientes impulsivos en esto. Nigel sacudió la cabeza con honesta desilusión. —Hay poco que pueda hacer. Lo siento. Mis manos están atadas. —Tú lo sientes. ¿Qué coño sientes? —Adrian escupió al suelo—. Sí, parece que losientes, frío bastardo. Tienes aspecto de estar jodidamente destrozado. Cabrón. Con eso, el ángel se desmaterializó. —Mierda —murmuró Edward. —Una palabra tosca pero exacta para ello. —Nigel miró fijamente el espacio queAdrian acababa de llenar—. Es pronto para que esté en una batalla tan agotadora yfrágil. Esto no presagia nada bueno. —¿Me estás tomando el pelo, verdad? Echó un vistazo hacia el ángel. —Sin duda debes ver la locura en él… —Para tu información, mandamás, hace menos de cuatro días, Devina le dio unapaliza ¿Y crees que va a conservar la cabeza fría ahora que Jim está sufriendo lomismo? ¿Hablas en serio? ~248~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Puedo recordarte que me juraste que él podría manejar esto. —Nigel se encontróinclinándose hacia delante para el enfrentamiento. Después de todo, él podría ser elcapitán de este lado, pero eso no significaba que estuviera por encima de lospuñetazos—. Me dijiste que podría resistir el estrés. Me lo prometiste y te creí. Y sicrees que se volverá más fácil cuando continuemos, entonces estás más loco de lo queaparentas. Edward levantó el brazo y retrocedió como si fuera a soltar un puñetazo. —Jódete, Nigel… Colin fue a por el ángel en un abrir y cerrar de ojos, atacando por la derecha,agarrando el macho, refrenándolo boca abajo en la brillante hierba verde. —No le golpees, compañero —gruñó Colin—. Sé que estás cabreado y que quieresarreglar lo de Jim, pero no puedo dejarte reventar a Nigel. No va a suceder. Nigel miró a la mesa de comedor. Mientras Bertie y Byron les miraban, vio queambos estaban sentados como pájaros preocupados, sus cuerpos estirados a lo largo,los brazos a los lados, los ojos abiertos de par en par. Tarquin se había acostado en elsuelo y había colocado su cara de hocico alargado bajo el mantel para no poder vernada. La comida estaba más allá de arruinada. Y no simplemente porque el espectáculoera un desastre dramático para mirar: es más, Nigel no iba a poder soportar ni unacosa. Este juego con Devina se estaba dirigiendo en malas direcciones en tantosniveles… y él estaba paralizado por las reglas. —Déjame levantarme —gruñó Edward. Colin podría haber sido unos doce kilos más ligero en forma que el otro ángel,pero tenía una fuerza de tracción enorme. —Vas a ser agradable, compañero. No más puños o conseguirás otro placaje. —Vale. La palabra no era una capitulación de ningún tipo, pero Colin saltó libre de todosmodos. Probablemente porque sabía que podría dominar al macho otra vez si eranecesario. Edward se cepilló las hojas de hierba que estaban pegadas a su abrigo de cuerocomo espumillón. —Simplemente porque Jim pueda sobrevivir, no significa que sea justo. Con eso, desapareció en el fino aire. Con una feroz maldición, Nigel miró cómo desaparecía la huella del pesadocuerpo de Edward, el césped surgiendo, reparándose. ~249~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Tienen razón —dijo Colin bruscamente—. Y esa perra no juega limpio. —Jim se ofreció a ella. —En una situación que ella dirigía. No es correcto y lo sabes. —¿Quieres que corramos el riesgo de que nos derrote? —Echó un vistazo—.¿Quieres perder a causa de eso? Colin se sacudió la hierba de las palmas. —Cojonudo. Puñeteramente cojonudo. Nigel miró hacia abajo, a la marca del cuerpo que se desvanecía en su césped. —Precisamente mis sentimientos. ~250~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 31 La bodega no era un sitio al que Grier fuese muy a menudo. En primer lugar, lasbotellas de veinte dólares de chardonnay que se servía en vasos por la noche apenasvalían el viaje de subir y bajar las escaleras. En segundo lugar, con la puerta decámara acorazada, techo bajo, y estanterías que ocupaban todas las paredes, siemprehabía sentido como si fuera una prisión. Y sabes qué... cuando su padre los encerró a los tres en los estrechos confines, lacorpulencia de Isaac empequeñeció el lugar hasta el tamaño de una caja de Kleenex,y sintió que no podía respirar. Había una mesa pulida en el centro de la sala y ella cogió una de las cuatro sillas.Cuando Isaac se sentó enfrente de ella, fue difícil no recordar su encuentro con él enla cárcel: había sido así, los dos frente a frente. Sólo que ahora, a pesar del hecho de que ninguno estaba esposado, no podíaevitar la sensación de que estaban atados juntos... y que los corchos frustrados de lasbotellas eran un pelotón de fusilamiento a punto de recibir la señal de dar riendasuelta. Dios, cuando él había sido llevado para encontrarse con ella la primera vez, nohabía tenido ni idea de en qué se estaba metiendo. Pero, ¿alguna vez lo hacías? Cuando las personas pasaban por sus vidas diarias,las elecciones improvisadas y los acontecimientos al azar a veces podían girar en unaespecie de fuerza centrífuga que te absorbía y luego dabas vueltas en un códigopostal totalmente diferente. Incluso si nunca abandonabas tu propia casa. Su padre se sentó más cerca de la puerta y juntó las manos mientras ponía loscodos encima de la mesa. —Aquí abajo estamos a salvo —dijo, señalando con la cabeza una salida de aire enel techo bajo que tenía dos banderitas rojas agitándose en la brisa—. El sistema declimatización se aleja varios bloques de aquí, así que no hay que preocuparse de unacontaminación. También hay un túnel de salida y un transmisor de onda de radioque codificará nuestras voces si estamos siendo grabados. ~251~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 El túnel era una noticia de última hora y Grier miró a su alrededor. Por lo quepodía ver, todas las estanterías estaban cerradas y el suelo era de piedra sólida, peroteniendo en cuenta los otros truquitos de la casa, no podía decir que estuvierasorprendida. —Si yo tuviera que ir y hablar con alguien, ¿con quién sería? — Isaac habló en vozalta. —Eso depende de cómo... —Qué pasó con mamá. —Cuando Grier intervino, cortando, desbaratada,contempló la cara de su padre, buscando sutiles contracciones alrededor de los ojos yla boca—. Qué sucedió cuando murió. ¿De verdad fue cáncer? A pesar de que habían transcurrido siete años, los últimos horribles días todavíaestaban muy vívidos y ella los examinó cuidadosamente, buscando grietas en losmuros de los acontecimientos, en busca de lugares donde las cosas que parecían deuna forma eran en realidad de otra. —Sí —dijo su padre—. Sí... ella... Sí, aquello fue cáncer. Te lo juro. Grier soltó el aire y le resultó difícil imaginar que se sentía realmente aliviada poraquella enfermedad terrible. Pero mucho mejor para la Madre Naturaleza haber sidola culpable. Era mucho mejor que esa tragedia que no necesitaba volver a escribir.Una era más que suficiente. Ella se aclaró la garganta. Asintió con la cabeza. —Muy bien, entonces. Vale. Una palma caliente cubrió la suya y se la apretó. Como las manos de su padreestaban sobre la mesa, se dio cuenta de que era Isaac. Cuando ella le miró, él rompióel contacto, su toque prolongándose el tiempo suficiente para que supiera que élestaba con ella, pero no tanto como para que se sintiera controlada. Dios, la contradicción de él. Brutal. Sexual. Protector. Con una bofetada mental, volvió a concentrarse en su padre. —¿Estabas diciéndonos algo? Él asintió con la cabeza y se sobrepuso antes de volver a mirar a Isaac. —¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar? —No voy a hablar sobre otros agentes —dijo Isaac—, pero cuando se trate de mismisiones, iré hasta el final. Las cosas que hice para Matthias. Lo que sé sobre él y susegundo al mando. Dónde me han enviado los dos. El problema es, que es unpatchwork... hay mucho de lo que yo sólo sé parte. —Déjame mostrarte algo. ~252~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Su padre se levantó de la mesa, y antes de que pudiera ver lo que hacía, una partede la estantería salió hacia adelante y giró a la izquierda, dejando al descubierto unacaja fuerte en los muros de piedra. La puerta resistente se abrió con la huella de sumano en un panel y el interior no era muy grande... un poco más que lasdimensiones de un bloc de notas horizontalmente y no mayor de quince centímetrosde alto. Regresó a la mesa con una carpeta gruesa. —Esto es todo lo que he podido juntar. Nombres. Fechas. Personas. Lugares. Talvez ayude a refrescarte la memoria. —Dio un golpecito a la portada—. Y yo sabré aquién acudir. No hay manera de saber a ciencia cierta quién está implicado en elcírculo interno de Matthias... las conspiraciones del gobierno tienen raíces gruesas,pero también zarcillos que no puedes ver. La Casa Blanca no es una opción, y es unasunto federal, por lo que los contactos del estado no nos ayudarán. Pero aquí está loque pienso... La voz de su padre se volvió más poderosa con cada palabra, la creciente fortalezadel propósito convirtiéndole en el pilar que ella siempre había creído que era. Ycuando explicó los planes detalladamente, ella sintió un cambio en el centro de sucorazón. Aunque fuera debido a algo que Isaac había dicho. Ninguno de nosotros sabía enqué nos estábamos metiendo hasta que era demasiado tarde... Su hermano había sido un querido yonki, un adicto de primer orden queprobablemente habría muerto por su propia mano en algún momento... aunque esono era una justificación para lo que se le había hecho, simplemente la realidad de loque había sido la situación. Y ella se había sorprendido, a la vez, con lo trastornadoque había estado su padre con la pérdida. Daniel y él no habían tenido ningúncontacto durante al menos un año antes de aquella noche horrible: después de que laúltima temporada en otro caro centro de rehabilitación se había quedado en elcamino, su padre había golpeado la pared como muchos padres y miembros defamilia hicieron. Había dado todo lo que pudo a su hijo, cojeó a través de una décadade parches de recuperación que daban una esperanza traicionera, pero que,inevitablemente, eran seguidos de meses largos, oscuros en los que nadie sabíadónde estaba Daniel, ni siquiera si estaba vivo. Sin embargo, su padre había sido inconsolable por la muerte. Hasta el punto en elque había pasado una semana sentado en una silla con nada más que una botella deginebra junto al codo. Y ahora ella sabía por qué. Él creía que era totalmente responsable. Mientras le observaba hablar, notó la edad en su rostro... las arrugas alrededor delos rabillos de los ojos y la boca, la ligera inclinación de la línea de la mandíbula. ~253~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2Todavía era un hombre guapo y sin embargo, nunca se había vuelto a casar. ¿Era porel lío en el que se encontraba? Probablemente. Definitivamente. Esos signos de envejecimiento en él no eran sólo una cuestión del paso del tiempo.Eran el estrés y la angustia y... Se concentró en Isaac, su mirada estrecha y como un láser era intensa, sus irispálidos que sin lugar a dudas brillaban con una luz de vamos-a-la-guerra. Eracurioso, él no se parecía nada en absoluto a su padre en términos de origen,educación, exposición, experiencia. Y sin embargo eran idénticos en muchosaspectos. Especialmente unidos en la misión común de hacer lo correcto. —¿Grier? Sacudiéndose, miró a su padre. Le estaba ofreciendo algo... ¿un pañuelo? Pero,¿por qué...? Cuando sintió que algo le golpeaba el antebrazo, bajó la mirada. Una lágrimaplateada se estaba juntando después de caer de su ojo, fundiéndose en un circulitobrillante en su piel. Otra cayó y estropeó todo su esfuerzo... pero entonces la pareja unió las fuerzas yla masa crítica se duplicó. Ella tomó el pañuelo y se secó las lágrimas. —Lo siento tanto —dijo su padre. Ella se limpió el rostro y volvió a doblar el lino delgado, recordándole haciendoexactamente lo mismo arriba, en la cocina. —Ya lo sabes —murmuró—. Las disculpas no significan nada. —Puso la manosobre el archivo que él había dejado en la mesa—. Esto... lo que los dos estáishaciendo... esto lo es todo. Lo único correcto que podría haber hecho cualquiera. Para cortar la conversación, abrió la portada... Ella frunció el ceño y se inclinó. La primera página era una copia de cuatrofotografías de fichas policiales. Todos hombres. Todos los cuales parecían diferentesversiones étnicas de Isaac. Debajo de las fotografías, del puño y letra de su padre,había nombres, fechas de nacimiento, números de la seguridad social, los últimosavistamientos... aunque no todos estaban completos. Y tres de ellos teníanFALLECIDO en la parte inferior. Pasó a la página siguiente y la siguiente. Todas igual. Tantas caras. ~254~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Quiero meter a Jim Heron en esto —dijo Isaac—. Cuantos más estemos dentro,mejor... —¿Jim Heron? —dijo su padre—. ¿Te refieres a Zacharias? —Sí. Le vi antes esta noche y antes de anoche. Pensé que había sido enviado paramatarme, pero resulta que quiere ayudarme... o eso dijo. —¿Le viste? —Él estaba con dos tipos. No los reconocí, pero parecían que podían ser XOps. —Pero... —ODM —susurró Grier, acercando una de las hojas—. Es él. Cuando señaló una de las fotografías, oyó que su padre decía: —Jim Heron está muerto. Le dispararon en Caldwell, Nueva York. Hace cuatronoches. —Es él —repitió ella, dando un golpecito en la imagen. —¿Cómo lo sabes? Grier... ¿cómo lo sabes? —la voz de Isaac parecía confusa. Ella levantó la mirada. —¿Saber qué? —Ese es Jim Heron. Apartando el dedo a un lado, ella vio el nombre de Zacharias debajo de lafotografía. —Bueno, no sé quién es, pero ése es el hombre que apareció en mi dormitorioanoche. Como un ángel. ~255~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 32 Esto no estaba funcionando. Sumida en el culo del Infierno, donde mantenía las almas capturadas en paredesde papel matamoscas y el quieto aire reverberaba con los gemidos untuosos de sussirvientes, Devina sufría de un caso serio de diversión arruinada. Que era por lo que los había echado a todos. Indecisa, contempló la pieza de carne sujeta con alambre en su mesa. A la luz de lavela, Jim Heron estaba Jackson Pollock-eado5 con sangre, cera negra y otros líquidosde varias descripciones, y estaba teniendo problemas para respirar a través de sushinchados y agrietados labios. En su estómago, había tallado un mapa de carreterascon sus propias garras, y sus muslos estaban marcados también con su nombre y sussímbolos. Su polla había sido usada hasta estar en carne viva como el resto de él. Y aun así, no había lanzado ni un grito, ni había suplicado, ni siquiera habíaabierto los ojos. Sin imprecaciones, sin lágrimas. Nada. No tenía claro si debía estar cabreada consigo misma y sus acólitos por no haberletrabajado lo suficientemente duro... o por enamorarse del bastardo. En cualquier caso, estaba decidida a conseguir un trozo de él. La cuestión eracómo. Era perfectamente consciente de que había dos formas de quebrar a alguien. Elprimero de fuera a dentro: le tallabas la piel y los huesos al individuo, y sexo hasta eldolor físico, y el agotamiento y la vergüenza aniquilaban su núcleo mental interior.El segundo era lo inverso: Encontrabas la fisura interior y le dabas el proverbialmartillazo hasta que todo se desmoronaba. Por lo general, con el primero era suficiente, considerando todas las herramientasa su disposición… y también era el más divertido y por lo tanto, era por dondecomenzaba siempre. El segundo era más complicado, aunque no menos satisfactoriopor derecho propio. Toda la gente contaba con llaves que abrían sus puertas ~256~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2interiores; ella sólo necesitaba buscar y encontrar la que la llevaría dentro de lacabeza y el corazón de cada individuo. En el caso de Jim Heron... bueno, estaba claro que él iba a darle trabajo. Y le daría asu Adrian un poco de competencia por el puesto de Juguete Favorito. Qué elegir, qué elegir... Su madre. La madre de él era una buena elección, pero Devina no iba a ser capazde conseguir a la real, y él podía ser lo bastante listo como para darse cuenta de queella era una falsificación. Por suerte, había otra solución que daba la casualidad que si estaba bajo sucontrol. Más allá de los charcos de luz proyectados por la vela, atrapadas en las viscosasparedes, las almas de aquellos a los que había capturado se retorcieron. Las manos,los miembros, los pies y las cabezas hicieron apariciones ondulantes que nuncarompían por completo la superficie. El torturado jamás buscaba una salida. La satisfacción de ver su colección no sólo la distrajo, sino que también la pusohambrienta: tenía que tener a Jim entre sus trofeos. Estaba desesperada por meterleen ella. Al principio había sido simplemente una cuestión de jugueteo; ahora,después de esta sesión, era mucho más que eso. Quería poseerlo. Al centrarse de nuevo en su cara, encontró casi imposible entender su calmadaexpresión. ¿Cómo un hombre podía haber pasado tanto... y no hacer siquiera unamueca o reflejar ningún miedo ante lo que estaba por venir? En cualquier caso, ella se encargaría de eso. Y le gustaba pensar que este poder en él provenía de aquella parte de suestructura que era suya. Aquellos ángeles de alma generosa con sus lecciones demoralidad y críticas, eran débiles, tan débiles. Llegado a este punto no quería perderla partida contra Nigel, no sólo porque ella podría gobernar la tierra, el cielo y todolo que había entre el sol y la luna... sino porque ser superada por aquel atajo demaricas sería como recibir unos azotes en el culo. Jim, sin embargo… era mejor que eso. En el fondo él se parecía más a ella. Qué tragedia que tuviera que ser devuelto a la Tierra tan pronto; pero el juego,después de todo, tenía que reiniciarse. Antes de que Jim se fuera, sin embargo, estabadecidida a dejar una impronta en él, darle más de una muestra de lo que sería elInfierno de ellos dos Por Siempre Jamás. Después de todo, los cortes en su piel eranrelativamente superficiales. Las marcas en la mente, sin embargo eran, más que delejos, mucho más profundas. ~257~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Y los inmortales eran especialmente satisfactorios en este aspecto porque mientrasel cerebro viviera, así lo hacía la memoria; y eso significaba que ella podría dejarcicatrices eternas en su estela. Al recorrer su pared con la mirada, la cual se alargaba hacia arriba por kilómetros,Devina pensó en su terapeuta y el trabajo que hacían juntas. Esta era un área queestaba fuera de los límites para su «recuperación» y esta situación con Jim era laprueba, una vez más, de cómo su pequeño problema de acaparamiento le habíaresultado útil. Uno nunca sabe lo que va a necesitar. Extendiendo su mano, tiró de la parte superior a una de las formas más delgadas,moviéndola por entre las otras almas, llamándola a ella. Cuando estuvo cerca delsuelo, convocó ante sí el alma y la vistió con la forma corpórea que ésta había usadoen la Tierra. Devina se rió de ello. Tanta utilidad para un pequeño paquete tan insulso yolvidable. Volviendo a su mesa, dijo: —¿Jim? Tengo alguien aquí a quien querrás ver. Tal y como yacía en la mesa de Devina, Jim dudaba de esto. Muy sinceramente lodudaba. Además, llegado a este punto, la visión era probablemente un imposible. Ya nada le dolía, lo que hacía la mierda un tanto más fácil. La compensación poraquel maravilloso entumecimiento, sin embargo, consistía en que su consciencia sehabía retirado a una oscura esquina de su casa interior. Esto no había dejado del todoa su cabeza lista para una siesta, pero lo estaba consiguiendo: el oído había llegado alpunto donde cualquier sonido estaba amortiguado, y las cosas eran bastantejodidamente frías dentro de su piel. Las señales clásicas del shock le hicieron preguntarse si de hecho, ella realmentetenía la capacidad de matarle. Ella no había acabado con Adrian, pero ¿había sido un capricho de afecto? —Os dejaré a los dos para que os conozcáis. La satisfacción de Devina no era una buena señal, considerando que había hechotodo lo inhumanamente posible por quebrarle durante las últimas... ¿cuánto?¿Horas? Tenía que ser. Pasos. Retirada. Una puerta al cerrarse. ~258~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Silencio. Sin embargo, había alguien con él. Podía sentir la presencia a su izquierda. Tras sus parpados cerrados, sabía dos cosas seguro: Devina no podía haber idomuy lejos, y lo que fuera con lo que le hubiera encerrado estaba cerca. La respiración fue la primera cosa que él notó. Suave, trabada. Del tipo que teníascuando te estabas recuperando de algo. ¿Tal vez fuera su propia respiración? No. El ritmo era diferente. Giró la cabeza con cuidado hacia la cosa y babeó, su boca expulsó lo que no podíatragar debido al alambre alrededor de su cuello. Lo que fuera que estuviera junto a él soltó otro resuello. Y luego oyó un chasquidosutil. ¿Qué coño era eso? La curiosidad finalmente le venció y resquebrajó uno de sus párpados... o tal comoestaba hizo una tentativa. Le llevó dos intentos y tuvo que empujar hacia arriba suscejas por toda la frente antes de que el cabrón se abriera. Al principio, Jim no pudo descifrar lo que estaba mirando. Pero el pelo rubio nopodía ser negado... aquel pelo rubio largo que le caía hasta los frágiles hombros. La última vez que lo había visto había sido hacía sólo unos días. En el cuarto debaño de Devina. Y éste había estado veteado de sangre. La muchacha que había sido sacrificada para proteger el espejo de Devina estabaataviada con una funda manchada, con sus brazos delgados se cubría los pechos, unapequeña mano protegía la unión de sus muslos. Ella parecía estar, milagrosamente,en perfecto estado, pero el trauma estaba allí: en sus ojos abiertos de par en par yhorrorizados... Excepto que esos ojos no estaban sobre el cuarto. Estaban sobre él... sobre sucuerpo y los brillantes y pegajosos restos de todo lo que le habían hecho. —No... —Su voz era malditamente débil, así que forzó más aire a través de aquelalambre que bloqueaba su garganta como una barricada—. No me... mires. Aléjate...por el amor de Dios, aléjate... Mierda, necesitaba más oxígeno. Tenía que hacerla… Los ojos de ella se encontraron con los de él. El shock y el terror en su cara ledijeron más de lo que necesitaba saber, no sobre lo que le había hecho Devina a ella,sino lo que la visión de él le hacía a la pobre chica. —¡No me mires! ~259~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Cuando ella se estremeció y se encogió alejándose, él fue recobrando su carácter.No es que hubiera mucho para tirar de la rienda; había usado toda la fuerza quetenía en aquel alarido. —Cúbrete la cara —le dijo él con voz ronca—. Aléjate y sólo... cúbrete la cara. La muchacha alzó sus manos y se dio media vuelta en el sitio, su delicadacolumna se destacaba contra la funda mientras temblaba. Jim había tirado de sus ligaduras involuntariamente durante la pequeña sesión deejercicio de Devina. Ahora tiró con fuerza. —Te estás haciendo daño —dijo ella cuando él gruñó—. Por favor... para. El dolor cortó su capacidad para hablar y pasó un rato antes de que él pudieradecir algo. —Dónde... ¿dónde te retiene? ¿Aquí abajo? —En... en la... —Su voz era muy aflautada, y entre palabras, sus dientescastañeteaban, lo cual explicaba el chasquido que él había oído—. En la pared... Los ojos de Jim se dispararon hacia la oscuridad, pero la luz de la vela formaba unbloqueo luminoso que sus ojos no podían pasar. —¿Cómo lo hace? —Sin cadenas, esperaba. De puta madre, de modo que iba a atrapar a Devina por esto. —No sé —dijo la muchacha—. ¿Dónde estoy? En el infierno. Pero se guardó esto para sí. —Voy a sacarte de aquí. —Mamá y papá... — Ella se ahogó en lágrimas—. No saben dónde estoy. —Yo se lo diré. —Cómo… —Cuando ella echó un vistazo por encima de su hombro, sus ojos sedetuvieron en el cuerpo degradado de Jim y palideció. Él sacudió la cabeza. —No mires. Prométeme... que no vas a mirarme más. Las manos pálidas volvieron hasta aquella hermosa cara y ella asintió con lacabeza. —Mi nombre es Cecilia Sissy Barten; con una «e». Tengo diecinueve años. Casiveinte. —¿Vives en Caldwell? —Sí. ¿Estoy muerta? ~260~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Quiero que hagas algo por mí. Entonces ella dejó caer los brazos y se le quedó mirando seria. —Estoy muerta, ¿no? —Sí. Ella cerró los ojos mientras otra onda de temblores sacudía su cuerpo. —Esto no es el cielo. Yo creo en el cielo. ¿Qué hice mal? Jim sintió algo caliente en los rabillos de ambos ojos. —Nada. Tú no hiciste nada mal. Y yo voy a sacarte de aquí. Aunque fuera la última jodida cosa que hiciera. —¿Quién eres tú? —Soy un soldado. —¿Como en Irak? —Solía serlo. Ahora lucho contra esa zorra… er, hembra que te hizo esto. —Yo creía que estaba ayudando... cuando la señora me pidió que le llevara elbolso. Creía que estaba ayudando… —Ella inhaló bruscamente como si intentararecomponerse—. No se puede salir de aquí. Ya lo he intentado. —Voy a salvarte. Abruptamente, su voz se hizo más fuerte. —Ellos te lastiman. Mierda, ella le estaba mirando de nuevo. —No te preocupes por mí… preocúpate por ti misma. Un sonido, como de algo cayendo o tal vez de una puerta metálica cerrándose,resonó, sobresaltándola y haciendo que se enfocara en él. Indudablemente, Devinaiba a volver pronto y pondría a Sissy dondequiera que hubiera estado así que teníaque actuar rápido. No sabía cuando iba a volver aquí o cómo liberar exactamente asu chica. Sissy, eso era. —¿Es ella? —preguntó Sissy tensamente cuando sonaron pasos a lo lejos—. Esella, ¿no? No quiero volver a la pared por favor, no le dejes… —Sissy, escúchame. Necesito que te calmes. —Ella necesitaba algo en lo queconcentrarse, algo para mantener la cabeza equilibrada mientras ideaba cómoregresar con ella. Buscando en su mente, trató de sacar una imagen de su culo, algopara liberarla—. Necesito que me escuches atentamente. ~261~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¡No puedo volver allí! Joder, ¿qué podría darle para que se concentrase? —Tengo un perro —soltó inesperadamente. Hubo un latido, como si él la hubiera sorprendido. —¿Lo tienes? Mientras los pasos se iban acercando, él quería maldecir. —Sí, lo tengo. —Me gustan los perros —dijo ella en voz bajita con sus ojos fijos en los suyos. —Es gris y canela, y peludo. Su pelo... —Los pasos se hicieron incluso más fuertesy Jim habló más rápido—. Su pelo es del tipo áspero y… se parece al de las cejas deun anciano, y tiene las patas pequeñas. Le gusta sentarse en mi regazo. Tiene unacojera que le sale si corre demasiado rápido y le gusta comerse mis calcetines. Un sorber de mocos y un aliento entrecortado. Como si ella supiera lo que seacercaba y fuera a hacer todo lo posible para engancharse a la cuerda de salvamentoque él trataba de darle. —¿Cuál es su nombre? —Perro. Le llamo Perro. Come pizza y sucedáneo de pavo y duerme sobre mipecho. —Más rápido. Más rápido con sus palabras—. Vas a conocerle, ¿vale? Vas asacarle a un terreno con hierba y... ¿Sabes cómo puedes meter un calcetín dentro deotro? —Sí. —Urgente ahora. Como si ella quisiera tanto como él pudiera darle—. Unapelota de calcetín. —Pelota de calcetín… eso es. —Rápido, rápido, rápido—. Coges una pelota decalcetín y se la lanzas y él te la devuelve. El sol está alto, Sissy. Puedes sentirlo en lacara… —¿Cuándo volverás? —susurró ella. —Tan pronto como pueda. —Él le estaba hablando ahora a un contorno borroso,los pasos tan cerca que sabía que eran estiletes con agudos y puntiagudos tacones—.Recuerda a Perro. ¿Me oyes? Cuando sientas que pierdes el control, recuerda a miperro… —No me abandones aquí… —Volveré a por ti… Las lágrimas recorrían la cara de Sissy cuando extendió la mano hacia él. —¡No me abandones aquí! ~262~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 En un instante, ella se metamorfoseó a la condición en la que había estado cuandola había visto sobre aquella bañera, la funda desapareció y la dejó desnuda, sucuerpo profanado, su pelo rubio enredado y enmarañado con la sangre. Bruscamente, sus ojos se dirigieron a la esquina lejana y sus manchados labiostemblaron. —¡No! Levantó las manos como si rechazara golpes, agachándose para apartarse… Como si tal cosa, desapareció. Y Devina, hermosa, malvada, entró en la luz de lavela. Jim se perdió. Se partió por la mitad. Se quebró como un hijo de puta. Cuando gritó a todo pulmón, lo hizo por la chica. La chica inocente que había sidoapartada de su familia por un demonio, tirada en un agujero de mierda, encarceladaaquí y… obligada a ver la secuela de un hombre adulto profanado. La rabia fue una explosión nuclear que detonó dentro de él. La luz blanca se vertió hacia delante desde las cuencas de sus ojos, explotando enel cuarto, iluminando las relucientes paredes negras que ascendían hasta el infinito.La liberación consumió su forma física, liberándole de las restricciones de Devina,llevándole alrededor del espacio en una rápida ráfaga de moléculas sueltas queapagaron las velas tirándolas de sus soportes. Fundiéndose, él giró alrededor... y se disparó contra Devina. Ahora ella era la que se preparaba para el impacto, con su pelo moreno retiradohacia atrás de su cuero cabelludo bajo la ráfaga de su huracán, la piel de su caraondeaba contra la estructura ósea cuando perdió el equilibrio y terminó en el suelode piedra. Justo cuando la alcanzaba, Jim reunió su nueva forma en una lanza y se lanzódirectamente a por el pecho de ella. Se adentró en su cuerpo y reventó a aquella zorra en pedazos que salieronvolando. Trozos de su piel, marañas de resbaladizas entrañas y pedazos de carne rojarecubrían las paredes de su calabozo. Lo que quedaba era un agujero negro de igual masa y energía como de la que Jimestaba hecho; y él estaba listo para arremeter contra la de ella. ~263~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Salvo que, evidentemente, Devina no se levantó para una lucha cara a cara: Sudistorsionada sombra se arrojó fuera del cuarto y se fue por el pasillo, dándose a lafuga. Joder. Con eso. Jim se precipitó tras ella. Y se estrelló contra el equivalente metafísico a una casa de ladrillo. El espantoso impacto de la barrera no visual le envió hacia atrás y se hizo corpóreootra vez mientras derrapaba en el suelo de piedra sobre su culo desnudo. Tuvo un breve momento de «¿qué demonios?», antes de que la señal de GameOver de su cuerpo destellara y cayera sobre su espalda completamente exhausto. Con su cólera consumida, ya no quedaba nada más en él, y su corazón, de latidoprecario, sangró una fatiga fatal que se extendió por él, certera como una mala hierbaechando raíces y medrando. Al no ser capaz de mantener la cabeza en alto, la dejóapoyarse en la piedra y sólo respiró, notando levemente que el aire estaba saturadotanto con el olor de cobre del asesinato reciente como por el pellizco acre de lospabilos que todavía humeaban. —Sissy —dijo en la oscuridad—. Estoy aquí mismo... No tenía ninguna pista de si ella podía oírle y no hubo respuesta. Sólo un sonidoescalofriante, fundido... sin duda las almas que trataban de escapar de su prisión. Odiaba la idea de que su chica estuviera atrapada ahí dentro. Odiaba que ella le hubiera visto con ese aspecto. Ante aquel pensamiento, el dolor lo taladró tan infaliblemente como si hubierasido apuñalado con una palanca. Oh, Dios... pobre niña... Una oleada repentina de emoción cayó sobre él en una ola gigante: Desnudo, rotoy asqueroso, Jim se curvó sobre su costado y lloró en grandes y crecientes ahogos,sus lágrimas calientes y saladas caían sobre la piel rajada de su cara. A él nunca le había importado los daños que le había causado. Jamás. Pero susdefectos... sus defectos eran indefendibles. Y ahora había dos mujeres a las que nohabía sido capaz de salvar, su querida madre y Sissy... en ambas ocasiones habíaentrado en un cuarto demasiado tarde; ambas veces el daño había sido causado antesde que él hubiera llegado. Con horrible agudeza, vio a su madre en el suelo de su cocina en la granja, casimuerta... y a Sissy sobre la bañera. En este mismo instante, vio a Sissy intentando rechazar al demonio. ~264~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Era demasiado para soportar, el peso de sus fracasos era demasiado grande pararesistirlo, mucho menos para seguir luchando. El sonido de su nombre le abrió los ojos y redujo los crudos sollozos. Con un enorme esfuerzo, volvió la cabeza y alzó la vista. Lejos, lejos, lejos por encima, a una galaxia de donde él yacía, una punta de unalfiler de luz se juntó y se hizo más fuerte, comenzó primero como el diminutoparpadeo de las luces de un árbol de Navidad... y luego creció a veinticinco vatios,luego sesenta y después a una bombilla de cien vatios. La iluminación fue bajando a la deriva hacia él con toda la velocidad y eficacia deuna pluma que cae por el aire en calma... de los dientes de león soplados por la bocade un niño... del algodoncillo capturado en una brisa suave.... Desconectar entre su desesperación épica y el delicado curso de la luz era unintervalo demasiado grande para que su mente lo remontara. Cerrando los ojos, dejóde mirar y se dedicó a los ocasionales estremecimientos de su cuerpo golpeado. —Jim. Una voz masculina. Encima de él. Entreabrió los párpados para ver que la luz se había convertido en un hombremoreno con magnificas alas doradas. Colin. El arcángel. El número dos de Nigel. —Eh, compañero —dijo el tipo mientras se arrodillaba—. He venido para sacartede aquí. De algún sitio, sólo Dios sabía de dónde, Jim convocó la suficiente energía parahablar. —Llévatela a ella en mi lugar. Déjame… llévatela a ella. Sissy. La chica... —Eso no puedo hacerlo. Yo ni siquiera debería estar aquí ahora mismo. —El ángelse inclinó hacia delante y recogió la forma rota de Jim en brazos—. Pero tú vas anecesitar algo de tiempo para recuperarte antes de que puedas, como mucho,sentarte derecho, mucho menos arrastrar el culo fuera de aquí. Y la guerra prosiguesin ti. Ningún alegato sobre su nivel de energía, pero Dios, preferiría tener a Sissy a unmillón de kilómetros de distancia de aquí. —Déjame —gimió. —Ni lo sueñes. ¿Quieres a Sissy libre? Golpea a Devina. Así es cómo liberarás a tuchica de esta pesadilla. ~265~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Cuando comenzaron a levitar, la cabeza de Jim colgó al costado y miró comosubían, subían, iban subiendo, pasando metros y metros —demonios, kilómetros—de paredes negras. A lo largo del camino, la resplandeciente forma de Colin iluminóla cambiante y agitada superficie, y las caras presionadas contra la barrera opaca ylíquida, como si aquellos atrapados trataran de verlos, de alcanzarlos, de unirse aellos en la fuga. Desde todas las direcciones, las manos se extendían, perfilándose enformas grotescas ya que la extensible fuerza de la prisión resultaba demasiado difícilde traspasar. ¿Dónde estaba su chica? Su hermosa e inocente chica quien... El cerebro de Jim se quedó sin gas con el tejido de sus pensamientosdesenredándose, la consciencia se dio por vencida y entró en un profundo estadoyaciente en la dura y amurallada cuna de su cráneo. Mientras se desmayaba, su última misiva mental era un rezo: que Sissy recordaraa Perro en este lugar infernal y que aguantara hasta que Jim pudiera llevársela. ~266~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 33 Abajo en la bodega, con la foto de Jim Heron boca arriba en un expediente, Isaacestaba malditamente seguro de que ambos Childe habían perdido la cabeza. —Él no está muerto. —Isaac miró de hito en hito al padre y a la hija—. No estoyseguro de lo que viste u oíste… —Él estaba en mi cuarto. —Grier sacudió la cabeza—. Así fue como supe quetenías la pesadilla. Me indicó el camino así que fui a ti. Yo creía que era un sueño,pero, ¿por qué iba a imaginarme su cara tan claramente? —Porque lo viste. Anoche en la pelea. Él estaba conmigo. —No, él no estaba. De acuerdo. El tipo había estado de pie directamente delante de ella. —Has dicho que era un ángel. —Bien, apareció como si tuviera alas. Era teóricamente posible que Heron le hubiera hecho una visita; pero con laalarma de seguridad, era de suponer que de haberlo hecho, habría estado,simplemente, al otro lado de su puerta francesa. Desorientada, al despertar, ella sinduda simplemente creyó que él estaba dentro. Y lo de la pesadilla de Isaac fue sólouna coincidencia… ¿en cuanto a las alas? Jim Heron no había sido ningún santo,mucho menos un ángel. Todo lo que ella vio tuvo que ser reflejos en el cristal. Teníaque ser. El padre de Grier habló: —Te digo que está muerto. Me mantengo atento al rastreo en Internet sobre losnombres de los operativos que conozco; y le pegaron un tiro en Caldwell, NuevaYork, hace cuatro días. Isaac puso los ojos en blanco. —No crea todo que lea. Hablé con el tipo en el jardín de atrás aquí al anochecer.Cara a cara. Confíe en mí, él está vivo, y le necesitamos. —Isaac se puso de pie—. Suscompañeros están vigilando esta casa mientras hablamos, y personalmente, creo que ~267~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2Heron ha declarado una guerra vigilante contra Matthias, así que estoy bastanteseguro de que podemos conseguir que trabaje con nosotros, asumiendo que no lehayan matado ya. Creo que él está DEA en este momento. —Entonces, espero que él aparezca, porque cuanto más tengas para continuar,mejor. —Childe dio un golpecito a los expedientes—. Deberías plantearte el examinartodo esto esta noche, completar los espacios en blanco e intentar reunir las piezas delo que ya sabes; incluso si no quieres entregar a tus camaradas soldados, tus propiosrecuerdos pueden ayudar. Iré arriba, al baño del pasillo, y usaré mi teléfono seguroallí para hacer algunas llamadas y agilizar las cosas tan rápido como pueda. —Roger6. Pero quiero que se aleje de las ventanas y no deje la casa. —Tendré cuidado. —Childe echó un vistazo a su hija—. Lo prometo. Cuando el padre de Grier desapareció arriba, Isaac comprobó el aparato detelealarma. El transistor todavía mostraba que la señal había sido enviada, pero nohabía ninguna respuesta aún. Lo que significaba que, o bien él estaba demasiadosoterrado en esta bodega para recibirla..., o que Matthias se estaba tomando sutiempo en devolverle el contacto. Él miró a Grier. —Debería quedarme en la superficie un rato por si ellos tratan de contactarme. —¿Qué vas a hacer si quieren encontrarse contigo ahora mismo? —Hasta que me entregue, tengo un poco de libertad de acción. Pero tu padre tieneque obrar un par de milagros rápido. —Y por favor, Señor, permite que Jim Heronesté bien… y que aparezca pronto. Ella acarició los expedientes con su elegante mano. —Él es bueno con los milagros. De hecho son su especialidad. Deberías verle ennegociaciones. —Sus ojos descendieron al archivo—. Voy a quedarme aquí. Quierover si reconozco a alguno de estos hombres. Había varios que vinieron a la puertacuando yo estaba creciendo y siempre me pregunté quienes eran. Cuando ella se calló, él dio un paso adelante. Y luego otro. Fue bordeando la mesahasta que estuvo a su lado. Cuando ella alzó la mirada, él con cuidado le apartó un mechón de pelo de la cara. —No voy a preguntarte si estás bien, porque cómo podrías estarlo. —¿Has sentido alguna vez... como si no conocieras tu propia vida? —Sí. Y eso es lo que me hizo cambiar. Bien, había sido un primer paso. Él comenzaba a creer que ella era el segundo. Yentre su padre y Jim Heron... tres era el número mágico. Si Dios quería. ~268~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Sabes qué? —dijo ella—. Realmente me alegro de haberte conocido. Isaac retrocedió. —¿Cómo, en el nombre de Dios, puedes decir eso? —Tú fuiste la llave que abrió las mentiras. —Ella volvió a contemplar la foto deJim Heron—. Siento como que sin ti esto nunca habría salido a la luz. Sólo algo tandemoledor... Cuando ella dejó eso flotando, él dio un paso atrás. —Sí. Ese soy yo. Ella asintió con la cabeza distraídamente, pasando la página y perdiéndose en lascaras de los hombres que eran justo como él... hombres que habían arruinado a sufamilia. Demoledor. ¿Eran los operativos que habían matado a su hermano? ¿Con anotaciones? De alguna manera él dudaba que su padre la hiciera pasar por esto. —¿Puedo traerte un poco de vino? —preguntó él antes de irse. Grier sonrió un poco. —Estoy rodeada de ello. —Bastante cierto. —Debería haberle ofrecido café. Agua. Cerveza. Un cambio deaceite. Algo que pudiera hacer por ella o darle algo para aliviarla. Ahora bien, en aquella nota había una mejora que él podía hacer. Podríaabandonarla. —Estaré arriba. —Cuando llegó a la puerta, miró hacia atrás. Ella estaba enterradaen los expedientes, con la frente fruncida, los brazos en su regazo mientras seinclinaba hacia delante sobre la mesa. Sí, el dejarla iba a mejorar muchísimo las cosas. Se alejó y subió las escaleras de dos en dos hasta la cocina. Deteniéndose en elhueco al pie de la escalera trasera, escuchó. Ni un sonido. Lo cual tenía sentido si supadre se había encerrado arriba en un cuarto de baño asegurado. Mierda, no podía creer que fuera a sacar a la luz a Matthias. Pero por otro lado, aveces, la muerte natural estaba demasiado bien para alguien. Mejor que ellos sepudrieran entre rejas o que fueran iluminados como Times Square en una sillaeléctrica. ~269~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Era casi como si estuviera asumiendo que había encontrado a Grier y a su padreen esta precisa intersección en su vida; que ese par había estado predestinado paramostrarle una salida que era mucho más honorable que lo que él había planeado. No obstante, Jim Heron iba a ser importante también. Alzó furtivamente una de sus armas y se deslizó por la puerta trasera al jardín. Esquivó la luz de activación por movimiento y esperó en las sombras sin hacerningún ruido, y como esperaba, uno de los amigos de Jim subió un momentodespués. En el instante en que puso los ojos en el tipo, quedó claro que la vibraciónno era buena: Este de la trenza tenía los labios apretados y la mirada dura de unhombre que todavía no sabía dónde estaba un miembro de su equipo. —¿Todavía no ha aterrizado Jim? —preguntó Isaac. Aunque la respuesta fueraclaramente, no me Jodas, dada su expresión. —Espero que puedas verle por la mañana. Isaac echó un vistazo a su reloj. —No sé si tengo ese tiempo. —Pues fabrícalo. Qué fácil para él decirlo. —¿Me avisarás si aparece? Al asentir el tipo con la cabeza una vez, Isaac empezó a preocuparse la hostia. —¿Él está bien? —Cuando el hombre negó con la cabeza despacio, Isaac maldijo—. ¿Vas a decirme lo que está pasando? —Silencio—. Ya sabes, PTI, la gente cree queél está muerto. —Todo lo que puedo decir es… que ahora mismo, desearía estarlo. * * Adrian observó a Eddie hablar con Rothe, arriba, cerca de la puerta trasera, yaunque Ad era por lo general curioso como el infierno, no le importó lo que decían. Nigel. El cabronazo de Nigel. El señor Más santo-que-vos-honrado. Que era más que complaciente al dejar que su mejor activo fuera usado y abusadopor el enemigo sólo porque él era demasiado quejica como para arremangarse ydarle una paliza a Devina. Mientras tanto Jim era equipamiento de gimnasio para un manojo de gilipollaspervertidos. ~270~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Hombre, no es que él se quedara exactamente sin hacer nada. No importaba lo quetuviera que hacer, el sacrificio que precisara, adonde tuviera que ir. Si uno de suschicos era capturado y él podía liberarle: recuperaría al lamentable hijo de puta. Y apesar de eso ¿dónde estaba su jefe? Cenando. Hace a un tipo querer meterle a Nigel su postre directamente por el culo. Adrian se frotó la cara con tal fuerza que casi se lijó la nariz. El problema era queel pequeño taller de Devina no era accesible para él o para Eddie a menos quesaltaran a través de su espejo; por otra parte, ella tenía que conducirte allí por simisma... y te liberaba sólo cuando estaba bien preparada. Y no antes. Por eso habían acudido a Nigel. Había un rumor sobre que los arcángeles podríanbajar al infierno en ciertas circunstancias. Nadie sabía exactamente lo que aquellosdandis tenían que hacer, o cómo funcionaba esto. Lo fundamental, sin embargo, eraque aquellos cuatro pesos ligeros eran su única esperanza. Como si supiera que su nombre estaba siendo tomado en vano, Colin apareció dela nada, el arcángel moreno hizo «puff» directamente delante de la cara de Adrian. —¡Mierda! —siseó Ad mientras daba un salto atrás y se agarraba a un arbusto; queinmediatamente se rompió por la mitad bajo el peso de su cuerpo. Aterrizó como un saco de arena, pero no se quedó ahí. Se incorporó de un brinco,todo él era un qué-coño-pasa: por lo general, esos chicos no se presentaban, quisieraso no, en la Tierra. —¿Qué estás…? —Conseguí sacarle. Ad parpadeó, el idioma español de repente le eludía. Espera un minuto. Él apenasle oyó… —¿Jim? ¿Estás hablando de Jim? —Está fuera. —Pero Nigel dijo… —No estoy discutiendo eso. Saqué al elegido de la guarida de Devina y dejé alpobre cabrón mal en tu hotel… necesita cuidados. Eddie se reunió con ellos. —¿Le sacaste? Pero yo tenía idea de que Nigel… —Me tengo que ir. —Colin retrocedió y comenzó a desvanecerse—. Id a ayudarle.Lo necesita. ~271~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Gracias. —Ad respiró, ambos liberados y con el estómago revuelto: larecuperación de uno de los participantes de las sesiones de Devina era una putada.Generalmente porque los recuerdos eran terriblemente vívidos. Colin sacudió la cabeza mientras desaparecía, su voz fue todo lo que permaneció: —Esto no fue justo. —Voy al hotel —dijo Adrian, desplegando las alas para alzar el vuelo—. No dejesque Isaac salga de tu… Eddie le agarró del brazo con fuerza. —Déjame manejar a Jim. —No. —No vas a poder con esto, Adrian. —El agarrón de Eddie le mantuvo en el suelocon aquella mano grande metiéndosele en el hueso y el músculo—. Y lo sabes. —Y una mierda que no. Liberándose, tomó tres saltos a la carrera y aleteó alzándose en el aire,aprovechando la noche y propulsándose hacia el oeste. El vuelo de regreso haciadonde ellos se hospedaban fue agitado y accidentado; pero no debido al viento. Eramás bien porque Eddie probablemente tenía razón, el HDP. Cuando Ad llegó al Comfort Inn & Suites, quería simplemente irrumpir en sushabitaciones a través de las paredes, pero decidió no arriesgarse: Considerando quesu envoltura interna de Kit Kat estaba desprendida y aleteando, aterrizó en el céspedy atravesó andando con paso airado el vestíbulo. Tenía la impresión de que estabademasiado aturdido y con nauseas como para empujarse con éxito a través de lamadera y el hormigón. El problema era que sabía exactamente el estado en el que Jim se iba a encontrar. —Buenas noches, señor —le dijo una chispeante mujer desde detrás delmostrador cuando llegó a la recepción, pero él le hizo un gesto con la mano yemprendió el trote. No había nadie esperando el ascensor; una pareja con niños seestaba registrando y tenían un carro lleno del equipaje. Pero aunque había ido a tirohecho, no era capaz de esperar tanto mientras las puertas se abrían para él. Subió las escaleras. De dos en dos. A veces de a tres. Cuando llegó al último piso, su corazón iba a mil por hora, y no sólo porque sehabía esforzado mucho. Él no tenía llave del cuarto de Jim, así que tomó la del suyo yla deslizó dentro y fuera en la cerradura de la puerta. Se abrió paso en un estallido. —¿Jim? ¿Jim? ~272~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 El resplandor desde el cuarto de baño iluminaba la cama arrugada, esa en la queEddie y él habían agotado a esa chica la noche anterior, así como también la ropa queestaba diseminada alrededor. La puerta comunicante de Jim estaba entreabierta, el cuarto más allá oscuro. —¿Jim...? Él sabía que el ángel estaba allí. Podía oler el humo de la vela y de la sangre frescay de... las otras cosas. La prisa por alcanzar al tipo se evaporó mientras la realidad de en lo que estaba apunto de meterse se abrió paso a zarpazos en su pecho y le asfixió. Pero no iba a darmedia vuelta. Él era un gilipollas de primer orden, siempre lo había sido. En cambio,no era una nenaza que se echase atrás ante los asuntos difíciles. Adrian caminó hacia la entrada entre las dos habitaciones y se inclinó haciadentro. —Jim. La luz del cuarto de baño detrás de él cortó un camino dentro de toda esa densanegrura, la iluminación se frenaba a los pies de la cama del ángel... como si fuerademasiado cortés como para mostrar el estado en que él se encontraba. Después de que Adrian pasara la jamba de la puerta, le llevó un momento adaptarsus ojos. —Voy a matar a esa perra... —juró en un siseo. Jim yacía de costado, encogido sobre sí mismo como para conservar el calor delcuerpo, y temblaba convulsivamente. Le habían echado una manta sobre su cuerpogrande y maltratado —sin duda el arcángel— y Perro estaba a la derecha de su cara,enroscado en una pelota, sin ir a ningún sitio. Cuando Adrian llegó, recibió un pequeño meneo de la cola, pero el animal nolevantó la cabeza, quedándose nariz con hocico con Jim. El ángel parecía que estaba respirando, su pecho se alzaba y descendía, y unresuello suave traspasó su boca destrozada. Su pelo estaba enmarañado y habíasangre en su cara, los rasgos ya no parecían suyos, gracias a que parecía un hinchadomuñeco de Michelín. Adrian se sentó despacio. —¿Jim? Sin respuesta, así que intentó el juego del nombre un par de veces más.Finalmente, el párpado de Jim se abrió una rendija. —Eh —susurró Adrian. ~273~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Él consiguió un graznido y luego el ojo se cerró y el cuerpo bajo la manta temblóen un gran espasmo. Si esto se parecía en algo a lo que Adrian había pasado —y dado el modo en que eltipo se veía, era un uno-para-uno como no había visto nunca— lo que Jim realmentequerría sería un baño seguido de una ducha. Pero era demasiado pronto para aquellamierda. Lo primero, tiempo para curarse —verdaderamente allí había demasiadasfracturas-y-moratones como para moverle—, el cual era el estribillo de la dualnaturaleza de un ángel: ser tanto real como irreal lo que significaba que al menos lamitad de ti podría conseguir cagarla pero bien, y la mierda no retrocedía deinmediato. Adrian se levantó y se acercó al calefactor que había bajo las ventanas. Girando elselector hasta «sauna», se deshizo de su chaqueta de cuero y cerró la puerta quecomunicaba con el otro cuarto, encerrándolos juntos. Entonces se subió a la cama, seestiró encima de la fina manta, y puso su pecho contra la espalda del ángel paracalentarle. Mientras yacía allí y oía al calefactor encenderse con un zumbido, sintió lostemblores en el torso y las extremidades de Jim. En parte esto era por el proceso decuración, lo que en algún sentido era más doloroso que las heridas. Por otra, por larápida congelación por el shock. Y parte eran, sin duda, los recuerdos. Quería poner un brazo alrededor del tipo, pero eso iba a ser demasiado incómodopara Jim: Cuando él había estado en esta condición, había yacido desnudo sinsiquiera una sábana sobre su piel desgarrada. Después de un rato, el calor que salía en oleadas desde el calefactor los alcanzó,formando un arco sobre ellos y lloviéndoles encima. Jim obviamente sintió el flujoporque hizo una larga inhalación y exhaló un suspiro entrecortado. Tumbado junto al otro ángel, Adrian debería haber contado con que aquí seríadonde Jim terminaría, y lo hizo, hasta cierto punto. Había sabido que Devina deseabaal tipo... desde su primera asignación, desde aquella primera noche en el club enCaldwell. Y él le había servido en bandeja a Jim. Con todo salvo la etiqueta de «ida y vuelta». Difícil no sentirse responsable de esto. Realllllllmente duro. —Te tengo, Jim, —le dijo con voz ronca—. Estoy aquí mismo para ti, tío. ~274~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 34 Abajo, en la bodega, Grier pasaba los expedientes uno por uno mientrasesperaba… y esperaba… y esperaba un poco más… Finalmente. —¿Por qué no me lo dijiste? —dijo ella, sin mirar detrás. Daniel tardó mucho tiempo en responder, pero no desapareció: Cada vez queestaba cerca, podía sentir una mínima corriente de aire, y mientras esta rozara laparte de atrás de su cuello, sabía que él estaba con ella. Pensé que podrías odiarle. Y entonces tú y él no tendríais nada en común. —Así que sabías lo que pasó. Daniel rodeó la mesa, con una mano plantada en la cadera y la otra enterrada ensu pelo rubio, de manera que los rizos formaban un halo alrededor. Yo estaba colocado cuando todo se vino abajo... así que pensé que era divertido, papáirrumpiendo con tres tipos de negro. Me imaginé que era su versión de una intervención…tipo cómics hardcore. Pero cuando ellos pusieron la aguja en mi brazo, él empezó a gritar yfue entonces cuando me di cuenta... eso no era divertido. Los ojos de Daniel se encontraron con los suyos. Nunca lo había visto así antes. Para mí fue siempre muy distante y sin emociones. Estaera... la reacción que había estado buscando toda mi vida, el amor visceral que había habidoantes. Mira, yo era como mamá, no como tú y él. Quería más que la fría desaprobación y lotuve, sólo que fue demasiado tarde... —Se encogió de hombros—. En retrospectiva, yo estabamuy necesitado, y él no sabía qué hacer con un hijo que no estaba cortado con el patrónmilitar. Aceite y agua. Debería haberlo manejado de diferente forma, pero no lo hice. —Y tampoco lo hizo él. No es culpa de nadie. Solamente... fue. Grier se reclinó en su silla, pensando en el camino que había seguido su familia,ella y su padre por un lado, Daniel y su madre por el otro. ~275~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 No era culpa suya, dijo su hermano, con una especie de tono severo que nunca lehabía escuchado antes. La forma en que terminé... él gritó, Grier... y luego cuando meestaba muriendo, le oí decir, una y otra vez, Danny... oh Danny my boy… Cuando la voz de Daniel se quebró, ella se vio obligada a levantarse e ir a él. Antesde que ella supiese lo que estaba haciendo, puso sus brazos alrededor... Ella misma. Por favor, no le odies, le dijo desde la esquina, después de haberse transportadocomo en un parpadeo. —Por favor, no huyas —respondió ella. Lo siento... tengo que ir... Desapareció ante ella como si él no pudiera contener más sus emociones, sudesesperación persistía en el frío espacio que había dejado atrás. Permaneció de pie durante un tiempo, mirando el espacio vacío que acababa deocupar. Ella y su padre habían sido lo dos de una clase, y en su armonía intelectual,habían cerrado la puerta a los demás, ¿cierto? Su madre y su hermano se habíanaficionado a sus adicciones, mientras que ella y su padre habían estado encerrados enla ley, sus carreras y sus pasiones externas. Lo había sabido en algún nivel... y tal vez esto había sido parte de su campañapara salvar a Daniel. La adicción de su hermano y sus esfuerzos por sacarlo habíansido el eslabón que no había encontrado fuera de la niñez: ella siempre se culpaba ypor un breve momento esta noche, había culpado a su padre. Ahora... estaba enojada con el hombre con el parche en el ojo. Brutalmenteenojada. Si Daniel hubiera vivido, tal vez lo hubieran resuelto todo. Perdonarse unosa otros, los tres, por el pasado. Avanzando hacia... algo que su familia había tenidosólo en la superficie. Después de todo, el privilegio, el dinero y el estatus podríancubrir una multitud de problemas… y no asegurarte que la proximidad en unatarjeta de Navidad era en realidad más que una pose para un fotógrafo una vez alaño. Sacudiendo la cabeza, volvió a su asiento y miró fijamente los expedientes. Isaac iba a igualar el marcador para su familia, pensó. Por ser quien derribará a esebastardo maníaco que había matado a su hermano y casi arruinado a su padre. Hojeando las fotografías, ahora reconoció a cada uno de los hombres, porque ellahabía examinado las páginas una y otra vez a la espera de Daniel para mostrarlas.Había un centenar de imágenes, pero sólo un total de unos cuarenta hombres, conmúltiples instantáneas que los reflejaban a través de los años. De todos ellos, habíacinco que reconoció, o al menos creía haberlos visto antes. Difícil de saber... en algúnnivel, parecían muy similares. ~276~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 La foto de Isaac estaba allí y ella la devolvió. La foto era espontánea, atrapada alvuelo. Él estaba mirando directamente a la cámara, pero tenía la impresión de que nosabía que estaba siendo fotografiado. Duro. Dios, parecía tan duro. Como si estuviera preparado para matar. La fecha de nacimiento bajo su nombre validó la edad que ella tenía, y había unpar de notas sobre los países extranjeros en los que él había estado. Y luego había unalínea a la que ella volvía siempre: Debe ser siempre imperativo moral. Ella habíavisto la frase en sólo dos perfiles de otros hombres. —¿Cómo lo llevas? Grier saltó ante el sonido de la voz de Isaac, la silla bajo su culo chirrió a través delsuelo. Se llevó las manos al pecho y dijo: —Jesús... ¿cómo haces eso? Porque, a fin de cuentas, ella hubiera preferido no ser atrapada mirando su foto. —Lo siento, pensé que te gustaría tomar un café. —Se acercó, dejó una taza, yluego se retiró a la puerta—. Debería haber llamado. Cuando se detuvo entre las jambas de la puerta, él sólo llevaba la sudadera concapucha que había usado como almohada, sus hombros, oh, tan amplios debajo deesa extensión gris. Y teniendo en cuenta lo que habían sido las últimas cuarenta yocho horas, se veía increíblemente fuerte y concentrado. Los ojos de Grier fueron al café. Tan pensativo. Tan, tan pensativo. —Gracias... y lo siento. Supongo que no estoy acostumbrada a... —Un hombrecomo él. —Anunciaré mi presencia a partir de ahora. Cogió la taza y tomó un sorbo. Perfecto con la cantidad justa de azúcar que a ellale gustaba. La había observado, pensó. Vio lo mucho que le había mostrado en algúnmomento, a pesar de que no había sido consciente de ello. Y él lo recordaba. —Estabas mirándome. —Cuando ella miró, señaló con la cabeza hacia losexpedientes—. ¿Mi foto? —Ah... sí. —Grier dio golpecitos sobre la frase—. ¿Qué significa esto exactamente? Se acercó y se inclinó a centímetros. Mientras miraba los detalles de su rostro, latensión era palpable en él, su gran cuerpo tenso por todas partes. —Me tenían que dar una razón. —Antes de que mataras a alguien. Él asintió con la cabeza y comenzó a caminar alrededor, hacia las botellas de vino.Tomó una, miró la etiqueta, la devolvió... se trasladó a otra. ~277~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Qué clase de razones te dieron? —preguntó ella, muy consciente de que susrespuestas acerca de este asunto significaban demasiado para ella. Hizo una pausa acunando un Burdeos en sus manos. —El tipo que lo hacía parecer correcto. —Como cual. Sus ojos se volvieron hacia ella y ella tuvo un momento de pausa. Estaban tantristes y vacíos. —Dime —susurró. Él dejó la botella. Fue un par de metros más lejos bajo los estantes de madera. —Sólo hice hombres. Ninguna mujer. Hay algunos que podían hacer mujeres,pero yo no. Y no voy a dar ejemplos concretos, pero las tonterías de ideología políticano eran suficiente para mí. ¿Tú matarías a un puñado de gente o violarías a algunamujer o golpearías a alguien indefenso… arruinado? Historias muy diferentes. Y yonecesitaba ver alguna prueba con mis propios ojos… video, fotografías... cuerposmarcados. —¿Alguna vez rechazaste una misión? —Sí. —Así que no habrías matado a mi hermano. —Nunca —dijo sin dudar—. Y ellos no me habrían siquiera preguntado. De laforma en que Matthias lo vio, yo era un arma que trabajaba bajo determinadascircunstancias, y él me sacaba de la funda en el momento oportuno. Y sabes... me dicuenta de que tenía que dejar las XOps cuando caí en la cuenta de que yo no eradiferente de la gente que estaba asesinando. Todos ellos habían sentido quecualquiera de las atrocidades que cometían eran justificables. Bien, lo hice y eso creóimágenes reflajadas de cada uno. Seguro, desde un punto de vista objetivo habríaestado de acuerdo conmigo sobre ellos, pero eso no era suficiente. Grier dejó escapar una larga exhalación. Él era lo que ella siempre había creído,pensó. —¿Cómo es eso? —dijo él. Ruborizandose, ella adivinó que ella había hablado en voz alta. —Yo siempre le dije a Daniel... —Hizo una pausa, preguntándose si ella tenía elcarácter suficiente para meterse allí—. Le dije que nunca era demasiado tarde. Quelas cosas que había hecho en el pasado no tenían que definir su futuro. Creo que alfinal, había renunciado a sí mismo. Había sido detenido robando una casa y tambiénrobando un auto y luego al atracar una tienda de licores. Así fue como me involucrécomo abogada de oficio. Estaba dentro y fuera de varias cárceles cinco años antes de ~278~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2su muerte. Sentía que no le estaba ayudando, pero tal vez podría ayudar a alguienmás, ¿sabes? Y lo hice... Yo ayudaba a la gente. —Grier. Ella agitó la mano hacia él mientras su voz se entrecortaba. Terminó en llanto. Noiba a haber más de esto y no más hablar extensamente de lo que no se podía cambiar. —¿Quieres pasar por esto ahora? Cuando ella le indicó los expedientes, él se encogió de hombros y se fue a lapuerta, apoyándose en el marco. —Realmente vine para comprobar como estabas. En el aire inmóvil, sus ojos de párpados caídos la calentaron desde dentro haciafuera. Él estaba en una contradicción… entre su trabajo de asesino entrenado y sucorazón de Boy Scouts. Ella echó un vistazo abajo a su foto. —Parece que estabas rastreando algo aquí. —En realidad, estaba a punto de subir a un avión. Tuve la sensación de quealguien me estaba mirando, pero no podía decir en qué dirección. Estaba esperandoen una base aérea para ir al extranjero. —Se aclaró la garganta como si estuvierabarriendo el recuerdo de su mente—. Tu padre se ha desvanecido en el piso dearriba. Ha pasado casi dos horas en el teléfono, que yo sepa. —¿Ha pasado tanto tiempo? —Ella miró su reloj y cuando movió la muñeca, sedio cuenta de todos los pliegues de su cuerpo. Estirando los brazos sobre su cabeza,hizo estirar su columna—. ¿Cómo van las cosas? —No lo sé. Antes de que se acostara me dijo que mientras podamos hacerlo hastamañana por la noche, estamos en el negocio. Él sacó varios contactos de la CIA, laNSA, y el gabinete presidencial, y permaneceremos aquí para que yo no tenga quemoverme. La pieza que falta es Jim Heron… estamos todavía esperando que élregrese, aunque si tenemos que hacerlo, vamos a seguir adelante sin él. —¿Has recibido una... respuesta? Ya sabes, de ellos. —No. El miedo le hizo cosquillas en las costillas y le golpeó el corazón como unadescarga eléctrica. —¿Puedes aguantar hasta mañana por la noche? —Si esa es la forma en que ha de ser, sí. ~279~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Él parecía tan seguro y necesitaba creer en aquella confianza: Sería una tragediainconmensurable para él ser reducido ahora, cuando estaba tan cerca de la libertadque buscaba. Era extraño que alguien que había conocido sólo unos días antes de prontopareciera tan importante para ella. —Estoy orgullosa de ti —dijo, pasando su dedo por su fotografía. —Eso significa mucho para mí. —Pausa—. Y gracias por mostrarme el camino. Yonunca habría sido capaz de hacer esto sin ti. —Sin mi padre, quieres decir —contestó ella en voz baja—. Él tiene los contactos. —No. Eres tú. Ella frunció el ceño, pensando que era una manera curiosa de expresarlo. —¿Quieres responderme a algo? —Lo que sea. Sus ojos se volvieron hacia los suyos. —¿Cuáles son tus posibilidades? Siendo realistas. —¿De salir de esta vida? —Sí. —Cuando él se limitó a sacudir la cabeza, ella frunció el ceño—. Recuerda,hemos acabado con la rutina de protege-a-la-mujercita. —Cincuenta y cincuenta. Bueno, eso no le hizo un nudo en la garganta. —Que mal, eh. —¿Quieres algo de comer junto con el café? Yo no soy cocinero, pero vi algunosrestos en la nevera y puedo calentarlos en el microondas. —Cuando ella se excusó, élprosiguió—: Tienes que comer. —Prefiero acostarme contigo —espetó ella. Isaac tosió. En realidad, tosió como si alguien le hubiera golpeado en el plexosolar. —Siento si eso es demasiado contundente. —Ella se encogió de hombros—. Perolos modales sociales están muuuuuuuy abajo en mi lista de cosas por las quepreocuparme en este momento. Y tengo la sensación de que no voy a verte despuésde mañana por la noche, ya sea porque eres arrastrado bajo custodia federal oporque... —Ella hizo una profunda inspiración—. Quiero una buena porción de tiantes de que te vayas. Algo para recordar que has estado en mi piel, no sólo en micerebro. Arriba fue tan rápido y frenético... Quiero prestar atención y recordar. ~280~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Se quedó en silencio durante mucho tiempo. —Pensé que querías olvidar tanto de eso como fuera posible. —No a ti... No quiero olvidarte. —Levantó la comisura de la boca un poco—.Aunque no creo que pudiera. Cuando él se quedó donde estaba, ella empujó su silla hacia atrás y se levantó. Lellevó tres pasos cruzar la distancia entre ellos, y cuando llego hasta él, él se enderezó,y luego tiró hacia bajo de su sudadera como si estuviera arreglándose. Grier se puso de puntillas y le tocó la cara, poniendo las palmas sobre suincipiente barba. —Nunca voy a olvidarte. Mientras él se pasaba la lengua por los labios, como si estuviera hambriento deexactamente lo que buscaba, ella tomó su mano y lo atrajo más profundamente en labodega, tirando de él totalmente hacia el interior, encerrándolos juntos. A diferencia de la primera vez, cuando ella había estado muy tensa y buscandosólo más de la relación, esto se trataba de él, el hombre, no su propia excitacióninterna. Esto era todo sobre él. Cuando ella se inclinó para besarlo, él puso sus grandes manos sobre sus delgadasmuñecas y la apartó con cuidado. —Esto no ayudó ahí arriba. —Sí, lo hizo. Sólo que no me crees. —Grier… —Su nombre era una combinación de confusión y de desesperación:porque lo deletreó con todas las letras. —No quiero hablar más —murmuro ella fijándose en su boca —¿Estás segura? Cuando ella asintió, él se inclinó y presionó sus labios contra los suyos,atrayéndola. Estaba completamente excitado, más que listo para ella, y todavía lamovió hacia atrás. Antes de que pudiera protestar, ella oyó el chasquido de la cerradura que sedeslizaba en el lugar y luego aquellas manos calientes resbalaron bajo su camisa y sedeslizaron alrededor de su caja torácica, yendo a la cintura. Cuando sintió una gentilpresión que la levantaba, sus pies se elevaron del suelo y fue trasladada a la mesa. Empujando los expedientes a un lado, Isaac la puso sobre la superficie plana de lamesa, sus palmas se movían sobre sus pechos mientras él la inclinaba y mantenía susbocas fundidas. Poco después sus pantalones de yoga no estaban en sus piernas, pero ~281~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2en vez de lanzarlos, él los puso sobre la silla en la que ella había estado. Inteligente.Nada que decir si ella iba a tener que vestirse de repente. Un tirón sutil y sus caderas estuvieron en el borde de la mesa... y luego él rompiósu beso y se hundió sobre sus rodillas. Si ella hubiera pensado que había visto arder antes sus ojos, no era nadacomparado a lo que ellos hacían ahora. La escarcha nunca había estado tan caliente. Cuando ella consiguió una idea de hacia donde se encaminaba él, se sentó. —Pero quiero que esto sea para ambos. —Dijiste que querías recordar algo. —Sus palmas se deslizaron hasta la parte altade sus muslos y los apretó—. Entonces recuéstate y déjame hacer a mí. Esa lengua hizo su reaparición e hizo que ella no consiguiera llevar a cabo el plan. —Vamoa allá —murmuró él con aquella cadente voz del Sur—. Recuestate sobrela espalda y déjame cuidarte. Prometo ir lento... verdaderamente lento. Sus manos fueron a la deriva bajando hacia sus rodillas y le abrieron las piernas...y ella se le entregó. Después de sus instrucciones a la carta, ella sintió la dura mesacontra los omóplatos, el aire frío sobre los muslos y un calor salvaje en su sangre. Cuando él la contempló desde debajo de sus cejas, la miró como si fuera aconsumirla. Y ella estaba lista para ser su comida. Agachando la cabeza, él fue derecho a donde ella le necesitaba, poniendo su bocasobre su sexo, sobre las delgadas bragas de seda que ella llevaba. Un rápido ydelicioso calor floreció y su mano voló hacia fuera, agarrando los pantalones,arrastrándolos, poniéndolos en su boca para impedirse gritar. Si esto ya se sentía tan bien, iba a ponerse muy ruidosa: Sí, la puerta del sótano erapesada y su padre estaba supuestamente dormido, pero ella no quiso arriesgarse. Isaac gimió contra ella mientras la acariciaba con la nariz a través de la seda, yluego pasó su lengua encima de la tira frágil que la cubría. Con una maldición, ella searqueó con fuerza, sus uñas arañaron la madera de debajo cuando las manos de él seenterraron en sus muslos y sus dientes mordieron el algodón de los pantalones. Yluego no había nada separándolos. En un momento su boca estaba sobre la seda; alsiguiente, ella sintió un tirón sobre sus caderas y oyó un sonido desgarrado cuandolas bragas cedieron paso… Ah, Dios... su lengua mojada resbaló en el interior de ella y se arrastró haciaarriba, abriéndola, deslizando superficie resbaladiza contra superficie resbaladiza. Él realmente fue lento. ~282~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Mientras sus grandes palmas controlaban sus caderas y la dominaban, él se tomósu dulce tiempo, besándola y chupando en ella, aquella lengua obraba magia, sóloera sustituida por la caliente presión succionadora de sus labios. Todo el rato, él miróhacia arriba, mirando su pechos ondear cuando ella se retorcía bajo su boca. De repente, como si él necesitara tocar lo que estaba viendo, sus manos fueron denuevo bajo la camisa de ella y se dirigieron hacía lo que le cautivaba. Le liberó elcierre frontal del sujetador, tomó posesión de ella a ambos lados, rozándole suspezones con los pulgares. La respiración de Grier jadeaba con la boca abierta, y justo cuando estaba a puntodel orgasmo, Isaac retrocedió y se lamió los brillantes labios. —Córrete para mí —dijo él—. Quiero sentirlo. Y luego él estuvo contra ella una vez más, su lengua penetrándola… lo que eratodo lo que podía tomar. Su liberación la estremeció, extendiéndose fuera de su sexoy tomando cada centímetro de su cuerpo. Mientras la espiral de fuego la consumía,era vagamente consciente de él gimiendo, como si sintiera su placer de primeramano. No se detuvo allí. Lamiendo, bebiendo a lengüetadas, chupando… él siguióavanzando, separándole las piernas aún más, sosteniéndola quieta mientras marcabasu memoria tan seguro como marcaba su sexo. Ella nunca olvidaría esto… Uno de los largos dedos de Isaac, o dos tal vez, se deslizaron en su interior y lapresión y el estiramiento la envió directamente sobre el borde de nuevo. Cuando otroorgasmo se disparó, sus manos se cerraron sobre los antebrazos de él y las uñas sehundieron en su carne mientras la columna vertebral se retorcía y la explosión deplacer la inundaba desde dentro hacia afuera. Y él aún no se detenía. Estaba caliente y era salvaje y era implacable. Él era el amante que ella nunca, nunca olvidaría. Muchísimo menos sobreponerse, se temía. * * ¡Oh, dulce Jesús!... Isaac levantó la vista de entre las piernas de Grier y casi culminó solo con verla.Ella era todo mujer desaliñada, los restos de las bragas blancas alrededor de lascaderas, la camisa negra alrededor de su garganta, las mitades de su sujetadortiradas a los lados. Sus pechos estaban contraídos en las puntas de color rosa, la caraenrojecida y su vientre moviéndose en un ritmo de contracción y relax mientras ellaempujaba contra él. ~283~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Los pantalones en su boca eran una de las partes más sexy de esto. Y el gusto de ella era incluso más caliente que eso. Isaac podría haberse quedado donde estaba durante horas, pero con cadamomento que pasaba corría el riesgo de una interrupción y quería terminar estocorrectamente. Incorporándose y cerniéndose sobre ella, le dobló las rodillas sobre el pecho, supolla moviéndose en el borde del orgasmo a la vista del brillante centro de ellahinchado y abierto para él. No había ninguna abertura en sus pantalones… el losempujo hacia abajo lo suficiente para que saltara su erección... cuya punta llorócuando pensó hacia dónde iba. Le deslizó la mano sobre la húmeda boca, se llevó lapalma a la punta de su eje, acariciándose a sí mismo aún más antes de curvar el finalde su columna vertebral y penetrarla. Empujando, él miró hacia el punto donde se unian, viendo como ella se abría paraacomodar su grosor, escuchando su gemido mientras iba más profundo y afirmabasu reclamo. —Oh, j… —El caballero se tragó una maldición. El hombre de las cavernas tuvoque seguir hablando—. Mirame... Quiero dejar algo atrás... en ti. Sus ojos se dispararon hacia los de ella mientras empezaba a moverse hacia dentroy hacia fuera, dentro y fuera... y luego volvió a mirar donde se unían, el brillo sobreél tensando sus pelotas. Se inclinó hacia sus pechos, succionó un pezón en la boca ylo acarició con la lengua... hasta que el bajo ritmo mantuvo ese bloqueo en un puntoimposible: él había querido decir lo que había dicho de ir poco a poco, pero la buenaintención no duró mucho. El sexo tuvo un impulso propio, y no pasó mucho tiempoantes de que la mesa gimiera bajo la fuerza de sus golpes y tuvo que agarrarla por lacintura para sostenerla donde él la quería. A medida que se ponía rígida debajo de él, Isaac se corrió también con fuerza,apretando sus mandíbulas para no hacer ruido, los párpados fuertemente cerrados apesar de que él quería ver su cara cuando lo que estaba haciéndole a ella leprovocaba otra liberación. Con su cuerpo sacudiéndose dentro de ella y llenándola... él estaba tan saciadocomo un hombre en el desierto que hubiera tenido un sorbo de agua. No había terminado con ella. ¿Ella quería recuerdos? Roger. Manteniéndolos unidos, le arrancó los pantalones de la boca, la cogió en brazos yla llevó a sus labios y la besó profundamente mientras levantaba con facilidad supeso de la mesa. Colocándola contra la puerta lisa, él se apoderó de la parte posteriorde sus piernas y comenzó a moverse de nuevo. Con las manos de ella enredadas en elpelo, y el calor abrasador y la energía urgente de tomarla otra vez, el beso no podía ~284~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2durar y no duró mucho más tiempo que sus labios unidos. Se corrió con fuerza,derrumbándose contra ella cuando su propio orgasmo lo exprimió. La recuperación era un lujo que no se podía permitir, porque él era muyconsciente de su peso contra el de ella y el hecho de que su espalda estabapresionada contra algo duro y también que su padre estaba en la casa y... Demasiados malditos “y”. Isaac la ayudó a bajar poco a poco hasta que sus pies estuvieron en el suelo, ycuando salió de ella, no le gustó el aire frío sobre su polla. Su sexo era mucho mejor...mucho, mucho mejor. Cuando la besó, la forma en que sus labios se movían sobre él le habló sobre unmundo diferente, en diferentes circunstancias... esto sin duda hubiera sido uncomienzo para ellos, a pesar de todo lo que los habría mantenido separados como lafamilia, el dinero y la educación. Pero esa no era su realidad, ¿verdad? —Déjame conseguir algo para limpiarte —dijo él en voz baja mientras se colocabalos pantalones en su lugar. Después de besarla otra vez, se escabulló por la puerta, y cuando él la encerródentro, se detuvo y bajó la cabeza. Le había mentido. Sus posibilidades no estaban de ningún modo cerca de cincuenta-cincuenta:Matthias iba absoluta y positivamente a por él. La pregunta era solo cuánto podíacontar en los oídos adecuados antes de que su antiguo jefe saliera de las sombras y loreclamara. Una cosa siempre había sido cierta sobre el jefe de las XOps: Matthiasnunca se rendía. Nunca. Y aun cuando el mundo se estuviera desmoronando a sualrededor, todavía obtendría su venganza. De algún modo, de alguna manera. No obstante, esto no iba a evitar que Isaac intentara esparcir los secretos a loscuatro vientos. Mucho mejor morir tratando de hacer lo correcto y dejar a su mujer pensando queno era tan malo. Mucho mejor. ~285~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 35 Mientras el primer sol de la mañana se elevaba desde su sueño de nubes y unhalo de rayos se derramaba sobre Caldwell, Nueva York, dos muchachos, de doce ynueve años, caminaban hacia el colegio. Y ninguno de ellos se mostrabaimpresionado por todo el “esplendor primaveral”. Fuera lo que fuera aquello. Su madre insistía una y otra vez sobre el esplendor primaveral, el esplendorprimaveral… bah. Lo que le preocupaba a Joel Mason era la gimnasia. Por lo general,los lunes tenia gim, pero hoy iban a tener una reunión especial. Así que no importabacuanto “esplendor primaveral” hubiera fuera. Todavía se estaba encaminando a undía de colegio sin nada que esperar con impaciencia. Por otra parte a su hermano pequeño, Tony, le gustaban más las asambleas que lagimnasia, de manera que estaba ansioso. Pero él era un cretino que dormía conlibros, así que no se enteraba de nada. El camino de casa al colegio recorría ochobloques y no era largo… solo tenían que bajar la calle St. Frances por delante de laiglesia y alguna otra cosa. Se suponía que se quedaban en la parte derecha, porquehabía una gasolinera a la izquierda que tenía montones de tráfico de entrada y salida.Y se suponía que se detenían en cada bordillo. Lo cual Joel hacía… casi siempre,mientras tiraba del cuello de Tony para evitar que caminara justo frente a un coche.Tony siempre andaba con un libro abierto. Igual que comía leyendo, iba al bañoleyendo y se vestía leyendo. Estúpido. Simplemente estúpido, porque podías perderte tanto si no mirabas a tualrededor. Como ese coche tan guay al que se estaban acercando. Las ventanas erantodas negras, la carrocería era negra y la matricula tenía un número: 010. Eso eratodo, nada de letras. Joel le lanzó una mirada a su hermano pequeño y era bastanteseguro que Tony no se había dado cuenta. Él se lo perdía. La cosa parecía una de aquellas mierdas de la poli. ~286~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Mientras ellos se acercaban, agarró a su hermano por el cuello y le dio un bruscotirón. Tony no cuestionó el parón… solo pasó otra página. Probablemente pensó queestaban en un bordillo. Joel se inclinó un poco y trató de mirar dentro, todo el tiempo preparándose paraque algo de uniforme se apeara y les gritara por ser entrometidos. Cuando no vionada y no ocurrió nada, ahuecó las manos y las puso contra el cristal frío… Saltó hacia atrás. —Creo que hay alguien ahí dentro. —No —dijo Tony sin levantar la cabeza. —Si hay. —No hay. —Si hay. ¿Y cómo lo sabes? —No hay. De acuerdo, Tony no sabía de que estaba hablando y esta discusión podía durarpara siempre. Y luego su hermanito y él llegarían tarde a la sesión informativa y elestaría encallado. Otra vez. Pero. Que guuuuuuuaaaaaayyyyyyyy si ellos encontraran un cuerpo muerto… ¡Justoenfrente de la Funeraria McCready! Dejando caer su bolsa de libros, Joel apartó a su hermano del coche para sujetarloy recolocarle los pies. —Esto es peligroso. No quiero que te hagas daño. Aquello hizo que los ojos de Tony abandonaran por fin el libro. —¿De verdad hay alguien ahí dentro? —Quédate atrás. Era la clase de cosa que su padre habría dicho y Joel se sintió un gran hombre poreso… especialmente mientras Tony asentía con la cabeza y sujetaba su libro contra elpecho. Pero esto era como se suponía que debía ser. Joey pronto cumpliría trece yestaba al cargo cuando no había nadie más alrededor. Y algunas veces inclusocuando había otra gente a la vista. Volviendo a ahuecar las manos, reasumió su posición contra el cristal y trató dever más allá de lo oscurecido. —¡Es un pirata! —Estás mintiendo. ~287~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No, yo no… Un coche redujo la marcha a la mitad frente a ellos y una dama bajó suventanilla… era la señora Alonzo, del otro lado de la calle. —¿Qué estáis haciendo ahora, chicos? Como si todo lo que hicieran fuera hacer trastadas. Una parte de Joel quería alejarla y que lo dejara manejar esta situación. Pero la otraparte quería presumir. —Aquí hay un tipo muerto. Se sintió muy importante cuando ella se puso toda blanca y agitada. Tío, sihubiera sabido que todo esto iba a ocurrir, se hubiera dado más prisa en salir de casa.Esto era incluso mejor que la gimnasia. Excepto cuando Tony tuvo que intervenir. —¡Es un pirata! De repente, la señora Alonzo no parecía tanto una persona mayor asustada. —Un pirata. Su hermano era un dolor… y Joey no estaba por perder su audiencia. Los pirataseran cosa de críos. ¿Un tipo muerto en un coche? Eso era una cosa de mayores y esoera lo que él quería ser. —Mire usted misma —dijo. La señora Alonzo detuvo su Lexus enfrente del coche negro-sobre-negro y salió,sus altos tacones hicieron ruido como cascos de poni sobre el asfalto. —Vale, suficiente chicos. Subid y os llevaré el resto del camino hasta la escuela.Vais a llegar tarde —le tendió su teléfono a Joel—. Llama a tu madre y dile que osvoy a llevar. Otra vez. Esto pasaba mucho. La señora Alonzo era una empresaria cuya oficina no estabalejos de la escuela, ellos llegaban tarde muchas veces y ella los llevaba muchas veces.Pero esta mañana era diferente. Él cruzó los brazos sobre el pecho. —Tiene que mirar por la ventanilla. —Joel… —Por favor. —Otra cosa de adultos: la mierda del por-favor-y-gracias. —Está bien. Pero sube a mi coche. La señora Alonzo siguió refunfuñando durante un minuto sobre lo de ser unservicio de taxi. Y Tony, que siempre seguía las reglas, llevó su libro al asiento ~288~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2delantero del SUV… excepto que estaba aún más interesado en lo que estabaocurriendo porque no cerró la puerta y el “Diario de Gregg, Días de perros” continuócontra su pecho. Joel permaneció de pie. Normalmente, se hubiera molestado porque Tony pillara el mejor asiento: loshermanos mayores iban delante, los bebés pequeñitos detrás. Pero ahora había cosasmás importantes que eso, así que permaneció donde estaba sobre la acera, en sumano el teléfono sin utilizar. Estaba preguntándose que había… La señora Alonzó saltó atrás tan rápido que casi acabó entre el tráfico, unaminivan hizo sonar el claxon cuando apenas la esquivó. Corrió y le arrebató el teléfono y también el brazo. —Sube al coche, Joey… —¿Qué es? ¿Es un tipo muerto? Jooo, si fuera un pirata… ¡Mierda! La señora Alonzo se llevó el teléfono al oído mientras lo arrastraba el Lexus. —Sí, es una emergencia. Hay un hombre en un coche frente a la FunerariaMcCready en St. Francis. No sé si le pasa algo malo, pero está tras el volante y noparece moverse… hay niños pequeños conmigo y no quiero abrir la puerta…correcto… Niños pequeños, Dios, él odiaba la mierda de los niños pequeños. Él era el quehabía encontrado al tipo, después de todo. ¿Cuántos adultos habrían pasado en sucamino hacia el trabajo y no lo habían visto? ¿En bici? ¿Corriendo? Era su tipo muerto. —Mi nombre es Margarita Alonzo. Sí, me quedaré hasta que lleguen losparamédicos y la policía. De acuerdo. Esta era oficialmente la mejor mañana en la historia de su vida, pensóJoel mientras saltaba al asiento trasero… el cual resultaba que tenía la mejorpanorámica. Mientras la señora Alonzo subía y bloqueaba las puertas, él imaginó que estaríanallí hasta mediodía, la una en punto. Quizás tuvieran un Happy Meal para comer. Deverdad esperaba que la policía no se apresurara… El desastre de todos los desastres lo golpeó cuando la señora Alonzo dijo: —¿Sarah? Tengo a tus chicos y están bien. Pero hay un pequeño problema ynecesito que vengas a recogerlos. Joel puso la cabeza sobre el brazo. ~289~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Conociendo su suerte, su madre iría zumbando a la escena y estaría allí antes deque averiguara lo del pirata muerto en el asiento delantero de aquel coche. Ruina. Sólo ruina. Y probablemente iban a llegar a la escuela a tiempo para la asamblea. * * Mientras Matthias dormía tras el volante del coche, soñó una y otra vez con lanoche en que Jim Heron había salvado su vida. Las circunstancias que le habíanllevado hasta la bomba y al largo y doloroso camino de vuelta a una relativa salud serepetían y repetían en un bucle sin fin a través de su mente, como si la aguja de suanticuado tocadiscos mental estuviera atascada. Matthias había atraído a Jim Heron a aquel cobertizo abandonado y polvorientocomo testigo porque no había nadie más en la comunidad de las XOps cuya palabratuviera más peso y credibilidad. La idea había sido que el soldado dejara el cuerpo destrozado en la arena yvolviera a casa para contar a los otros que se había producido un terrible accidente: sialguien más hubiera presentado un informe como aquel, la suposición habría sidoque ellos habían cometido el asesinato. Sin embargo, no era el caso de Jim… él era untirador directo en un mundo lleno de curvas y nunca había tenido ningún problemacon la carga de lo que había hecho, correcto o no. Lo que era prueba de que había un resto de bondad en Matthias, después detodo… al menos no había soltado su suicidio sobre la cabeza de otro tipo. Y sí, por supuesto que se podía haber volado la cabeza en un baño de cualquiersitio, pero aunque era un suicida, tenía su orgullo. Auto-administrarse una dosis deplomo era para los condenadamente débiles… mucho mejor arrancar la masilla deunas pocas paredes de piedra y ser llorado como el fuerte luchador que siemprehabía sido. El orgullo, no obstante, tenía su precio: en lugar de dejarlo en la arena, aquelmamón de Heron lo había salvado… y descifrado su pequeño secreto. El dispositivoexplosivo había sido el chivatazo. Mientras Matthias había yacido allí sangrandocomo un cerdo degollado. Jim había encontrado restos de la bomba y los habíareconocido por lo que eran. Concretamente, uno de los suyos. El HDP había recogidolos fragmentos, los había metido en su bolsillo y se había quitado el cinturón. Luegole había hecho un torniquete en la pierna, lo levantó y empezó a arrastrar el culo.Había estado magníficamente cabreado y su rutina de salvador había sidoclaramente en parte castigo, en parte influencia y todo pasión. El bastardo habíacaminado, caminado y caminado… hasta que un tiempo después, Isaac Rothe habíaaparecido sobre las dunas con un Land Rover. ~290~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Las peticiones de Jim habían empezado semanas después, en un hospital enAlemania. En aquel momento, la cabeza de Matthias no era más que un enormeglobo de agonía y se estaba acostumbrando a tener solo un ojo funcionando. Heronse había sentado al lado de la cama y formulado sus condiciones: Fuera, libre ylimpio. O llevaría lo que había quedado de la bomba y toda la historia a la únicapersona que podía hacer algo con esto. Hola, Señor Presidente. Ironía de ironías, de haber sido cualquier otro soldado, cualquier otro humano conun corazón latiendo y un índice, Matthias no se hubiera preocupado por la amenaza.Pero otra vez, Jim Heron, el bueno y viejo Zacharias, era uno de aquellos cabrones enlos que la gente creía. Los fragmentos de la bomba podían ser falsificados. ¿Lacredibilidad de un tipo honorable? Condenadamente indiscutible. Y no habría sobrevivido como jefe si la gente no creyese que tenías las pelotas paraestar en el juego. En este punto, Matthias había sentido que no tenía otra elección y le dijo alhombre que hiciera su santa voluntad A la postre, la cosa suicida había vuelto y él la había considerado seriamente. Peroentonces había aparecido su segundo justo a tiempo; tan seguro como si el tipohubiera visto hacia donde se dirigía. Un hombre muy persuasivo ése. El resultado fue que Jim le había salvado elcuerpo, pero aquel segundo al mando le había devuelto, a él, de alguna manera, lavida. Aunque había habido consecuencias en el renacimiento: casi inmediatamente,Matthias había abierto los ojos, o un ojo por así decirlo, al error de dejar que se fueraHeron: aquel soldado estaba fuera en el mundo con demasiada información y laexposición no era aceptable. Su segundo había estado de acuerdo y estaban a punto de poner el mecanismo enmovimiento para un «accidente» cuando Jim había llamado buscando informaciónsobre una tal Marie-Terese Boudreau. Perfecto. Cronometraje. El plan había sidohacer que Jim eliminara a Isaac a cambio de la información que él quería… y luegoliquidar a Jim. Salvo que alguien se había hecho primero con Heron. Muerto. Jim estaba muerto. Matthias había visto el cuerpo con sus propios ojos. Ya pesar de eso... de alguna manera se sentía como si hubiera hablado con el tipo. Sí,había soñado que hablaba con Jim Heron… ~291~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Matthias se despertó con su pistola en la mano, el seguro del arma quitado y elcañón apuntando a un tipo blanco con un uniforme azul marino; quién había, ajuzgar por la palanqueta en su mano, abierto la cerradura y la puerta del coche. El paramédico se quedó inmóvil y levantó las manos. —Sólo quiero ayudarte, tío. Probablemente eso era bastante cierto. Pero maldito fuera el infierno el compañerodel tipo estaba, indudablemente, llamando a la policía ahora mismo, y postdata,hacer cualquier clase de cara a cara con un civil no era algo bueno en el libro deMatthias. Él bajó su arma. —Soy un agente federal. —Metió la mano en su abrigo y decidió mostrarbrevemente sus credenciales del FBI, las cuales eran legítimas hasta cierto punto. El paramédico se inclinó hacia dentro y entrecerró los ojos ante la fotografíaplastificada, el nombre pamplinero y el muy real emblema. —Oh... lo siento, señor. Recibimos una llamada... —Está bien. Subí hace tres días a la frontera canadiense y ahora estoy de camino aManhattan. Me salí de la Northway buscando algo de comer aproximadamente a lascuatro de la mañana, pero no había nada abierto y me quedé un poco dormido. Yasabe cómo es esto. —Oh, me hago una idea. Charla, charla, charla... bla, bla, bla... Cuando la policía apareció, metieron la ID en su sistema y ¡ostras!, verificado. Suhistoria sobre estar en una misión secreta y haber tenido que detenerse a un lado delcamino por el agotamiento fue tragada como una comida de Acción de Gracias: pasóde ser el criminal a celebridad. Tontos estúpidos. Después de despacharlos, se alejó con el coche y sacó su teléfono. Había variosmensajes de voz... y una alerta prioritaria. Bien, ¿qué te parece?... al parecer Isaac Rothe se había entregado y su localizaciónera la casa de su adorable y talentosa abogada defensora. Tan jodidamente perfecto: apesar de que se lo podían haber cargado de un tiro ahí de pie en la cocina de GrierChilde si hubieran tenido que hacerlo, esto iba a hacer las cosas mucho menoscomplicadas. Matthias llamó a su número dos y mientras el teléfono sonaba, pensó en cuantasveces había tenido esta conversación: Ve. Hazte con el bastardo. Dispárale. Encárgatedel cuerpo. ~292~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Lo había hecho tantas veces. Cuando aquel dolor en el lado izquierdo de su pecho se enardeció de nuevo,ignoró la sensación. —¿Sí? —Contestó su número dos. —Isaac Rothe está listo para ti. Ni siquiera hubo una pausa. —¿La dirección: Beacon Hill? —Sí. Ve allí ahora y hazte con él. —Estoy fuera del estado. —Bueno, «entra en el estado» y hazte con él. Cuanto antes. —Roger a eso. ¿Dónde le quiere? Buena pregunta. Isaac no era conocido por las grandes escapadas; su reputaciónera por rápido y asesinatos limpios en circunstancias extraordinarias. Pero no se teníaéxito en empleos como el que él tenía sin ser muy inventivo. —Mantenle en esa casa para mí —dijo Matthias bruscamente. Al considerar la situación, el instinto le dijo que un cambio de estrategia eraapropiado. Después de todo, Grier Childe y su padre podrían acostumbrarse a algode contención y nada conseguía más la atención de un civil que ver cómo seasesinaba a alguien. El bueno del viejo Albie era una prueba de eso. Por la razón que fuera, la voz de Jim Heron estalló en su cerebro. Sin palabrasespecíficas, sólo un tono pausado, un solemne tono de súplica que hizo que Matthiassintiera que tenía que pararlo todo y... ¿Qué exactamente? —¿Hola? —Exigió su número dos, como si el tipo hubiera dicho algo que no habíasido respondido o si hubiera habido solamente silencio por un rato. —No quiero que le mates —se oyó decir Matthias a sí mismo. —Ah, ya sé. Va a hacerlo usted mismo. —Satisfacción. Tal satisfacción, como sifuera el plan desde el principio. Sin razón aparente, el procesador central de Matthias comenzó a lanzar chispas yhumo, las imágenes saltaban dentro y fuera de su mente en un loco revoltijo que lehizo pensar en dados rodando a través de una mesa tapizada de fieltro. Y luegodesde fuera del caos, vio a Alistair Childe siendo levantado de una alfombramugrienta por dos operativos de negro mientras a su hijo le inyectaban suficienteheroína como para dejar a un elefante permanentemente roque. Danny... oh, Danny, my boy... Como aquella canción de bar irlandesa, sólo que nosonaba en absoluto musical cuando un padre gritaba con voz ronca esas palabras. ~293~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —Jefe —interrumpió su número dos—. Hábleme. ¿Qué está pasando? Tan serenamente expresado, pero se trataba de un falso pragmatismo. El soldadosin duda estaba preocupado porque las cosas se descontrolaran otra vez; justo comohacía dos años, él iba a tener que arrastrar a Matthias dentro de sus botas de combateuna vez más. —No le mates —se oyó repetir Matthias—. Es una orden. —Ya lo sé, así usted puede hacerlo. Él es suyo. Usted tiene que cogerle. Durante un momento, Matthias sintió una inevitable y tentadora atracción... —No —soltó abruptamente, sacudiéndose a sí mismo—. No, no tengo que hacerlo. —Sí, usted debe… —Sólo sigue la jodida orden sin comentarios o encontraré a otro que lo haga. Con una maldición, colgó, envió de vuelta una señal a Isaac y luego trató deencontrar algo de tierra sólida a nivel interno para mantenerse de pie. Mierda,entonces, de repente, sintió que había dos voces diferentes en su cabeza y no sólotiraban de él en direcciones opuestas sino que ninguna era la suya propia. Por suerte, la transmisión de vuelta de Rothe interrumpió el forcejeo. —Matthias —le llegó esa vieja y familiar voz. —Isaac. ¿Cómo estás? —¿Dónde? ¿Cuándo? —Siempre tan directo. —Matthias empujó su rodilla por debajo del volante paramantener la berlina en la carretera mientras se masajeaba el dolor en su pectoralizquierdo—. He enviado a alguien a por ti. Así que quédate en el sitio. —Inaceptable. No puedo ser recogido aquí. —¿Fijando los términos? No creo. —Grier Childe no va a estar implicada en esto. Me entregaré mañana amedianoche en un lugar público. —¿Y ahora quieres decirme cuándo? Que te jodan, Rothe. Si quieres que ella sequede fuera de esto, harás lo que yo te diga. ¿O te crees que no puedo pasar eselujazo de sistema de seguridad tuyo cualquier noche de mi elección? —Silencio—.¿Te sorprende que conozca la maldita cosa? Bien, hay otros trucos en esa casa, Isaac.Me pregunto cuántos de ellos conoces. Mira, eso estaba bien. El tira y afloja estaba haciendo limpieza de algo de esaconfusa, brumosa y parloteante mierda y esto le trajo a la memoria la razón quehabía detrás de la muerte de Daniel Childe: la cháchara desquiciante del bueno delviejo Albie. ~294~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Un chute de adrenalina le despertó incluso más mientras se preguntabajustamente qué tipo de planes podrían haber tramado Isaac y el capitán jubiladomientras él estaba inconsciente a un lado de la carretera. Se aclaró la garganta. —Sí, tú espera y por si has conseguido alguna idea genial del padre de ella,déjame que te aclare algo. Si haces algo que me exponga a mí o a mi organización, leharé cosas a esa mujer de las que aunque sobrevivirá físicamente, nunca se curará. Yatiende a esto: Mi alcance se extiende más allá de mi propia tumba. —Más silencio—.Has conocido al padre, no lo niegues. Y soy plenamente consciente de que él haestado tratando de tomar notas de XOps durante la pasada década. Nada de ideasgeniales, Isaac. Por tu propio bien. O te ignoraré e iré tras ella. Te dejaré vivir unalarga vida, sabiendo que tú eres la razón de que ella esté arruinada por dentro y porfuera. —¡Ella no forma parte de esto! —Siseó Rothe—. ¡No tiene nada que ver conmigo ocon su maldito padre! —Tal vez. Pero así es la vida. Y te la asigné por una buena razón, lo cual saliómejor de lo que yo pensaba. Nunca esperé que vosotros dos os implicarais tantopersonalmente, o ¿pensaste que no oí a lo qué llegó la parejita en ese dormitorio deinvitados suyo anoche? —Matthias luchó contra el dolor en su pecho, sentía como sise estuviera ahogando—. No me hagas hacerle daño, Isaac. Estoy cansado de todoesto, de verdad que lo estoy. Quédate dónde estás. He enviado a alguien, lo sabráscuando él llegue allí. Y si tú, ella y su padre no estáis allí cuando llegue, voy a hacerque él la encuentre a ella, no a ti. Sigue las instrucciones y me aseguraré de que nadiesalvo tú sale herido. Matthias golpeó el botón de final y tiró el teléfono en el asiento de pasajeros. Haciendo una mueca de dolor, se esforzó por mantener la dirección del coche enlínea recta mientras la agonía detrás de sus costillas aumentaba a nivelesinaguantables. Bajo el impacto, pensó fugazmente en conducir hasta el Aeropuertointernacional de Caldwell otra vez, pero decidió seguir conduciendo porquenecesitaba controlarse y esto iba a llevar tiempo. Y privacidad. Apretándose el pectoral izquierdo, se detuvo a un lado de la carretera y trató derespirar a través del dolor en su pecho. Lo que realmente no ayudó mucho... hasta elpunto en que se preguntó si algo lo haría. El Definitivo. Justo como lo que habíamatado a su padre. Mirando a través del parabrisas delantero, se dio cuenta de que estaba delante deuna iglesia. Sin saber por qué, apagó el motor, recogió su bastón y salió. No había estadometido en nada remotamente divino durante años y el estar cojeando hacia sus ~295~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2enormes puertas dobles era... incorrecto de muchas maneras. Sobre todoconsiderando todo lo que le esperaba en Boston. Pero su número dos necesitabatiempo para ajustar las cosas y Matthias... necesitaba este ataque cardíaco paraconseguir poner orden y patear su culo o cerrarle la puta boca. Dentro se estaba caliente y olía a incienso y pulimento de limón para el suelo. Ellugar era enorme, con cientos y cientos de bancos que se extendían en tresdirecciones desde donde estaba el altar. Matthias no resistió todo el camino hasta la parte de atrás. Se derrumbó en unasiento lateral hacia la mitad del pasillo, casi se cayó sobre el banco de madera. Trasladando su bastón entre sus rodillas alzó la vista al crucifijo... y comenzó allorar. ~296~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 36 Después de cortar la comunicación con Matthias, Isaac se metió el transmisor deTelealarma en la sudadera. Lo que quería hacer era ponerlo sobre el mostrador degranito y aplastarlo con su puño. Luego quizá prenderle fuego a los pedazos. Apoyando las manos en el fregadero, inclinó los hombros y miró fijamente aljardín trasero. Casi las ocho de la mañana y el lugar estaba muy oscuro porque lascasas en el vecindario estaban muy juntas. Ningún rastro de que los compañeros deJim hubieran regresado. Ni una palabra de Jim. Pero Isaac tenía otros problemas en este momento. Mierda. Considerando todas las cosas, el hecho de que Matthias fuera losuficientemente despierto como para sospechar no era una notica de última hora.Pero el componente clave, de lo que con suerte sólo era especulación, ponía a Isaactenso. Si lo dejaba ahora, corría el riesgo de que mataran a Grier y a su padre. Si sequedaba… era probable que fueran a hacer que le vieran morir. Hijo. De. Puta. —Se han puesto en contacto contigo. Miró por encima del hombro. Grier estaba fresca por la ducha, el cabello suelto ysecándose al aire. —Isaac. —Tensó la cara—. ¿Han vuelto a por ti? —No —dijo—. Todavía no. Para hacer que la mentira encajara, sacó el transmisor y permitió que se balancearacontando con el hecho de que ella no advertiría que la luz estaba apagada. —¿Funciona esa cosa? —Sí. —La guardó mientras ella se acercaba—. ¿Cómo está tu padre? —Al teléfono otra vez en el cuarto de baño. —Echó un vistazo al reloj—. Dios,pensaba que la última noche nunca terminaría. —Sólo quiero que Jim aparezca —dijo él mientras ella comenzaba a preparar caféal lado del fregadero. ~297~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Crees… que está muerto de verdad? En este punto… quizá. —No. Sentándose en uno de los taburetes, la miró quitar la tapa a una lata de Hills Brosy poner el filtro en el interior de la máquina. Mientras ella efectuaba la tarearutinaria, la luz del sol en su cara le hizo querer llorar, era tan hermosa. En algún nivel, no podía creer que hubiera estado con ella, y no como en la mierdade él-no-lo-valía. Claro, eso era evidente. Pero todo ese sexo caliente y pesadopenetrando en ella era como un sueño. Ella estaba limpia, olía a champú en vez de asudor, el cabello suave, la cara ya no estaba ruborizada. Ella le quitaba el aliento. Para él, Grier era la prueba concluyente de que su vidavalía los sacrificios que exigía de las personas: sólo con mirarla y estar en la mismahabitación que ella, tener los recuerdos que no sólo le había dado a ella, sino a símismo… La idea de que algo le hiciera daño, jamás, era simplemente insoportable. ¿Y si élera la causa de ello? Permitiré que vivas una larga vida, sabiendo que eres la razón por la que ella estáarruinada por completo. No era una amenaza. No de un tipo como Matthias, que no hacía ningunadistinción para pararle los pies a alguien del sexo femenino. Y le haría daño demaneras que harían que fuera imposible que Grier disfrutara otra vez de las cosasespeciales que Isaac había compartido con ella en la bodega. Por mucho que le doliera, tenía que ser práctico: cuando se fuera, ella encontraríaotro amante. Quizá uno con el que se casaría, tendría niños y envejecería a su lado. Yno habría nada de eso para ella a menos que él se quedara por ahí, esperara… yrezara porque cuando el agente de Matthias apareciera, fuera capaz de matar alcabrón y luego desaparecer rápidamente. Después de todo, él era un maldito asesino. Era lo que hacía para vivir. Una cosa estaba clara: no iba a haber más información divulgada. De ningunamanera. La vida de Grier valía más que su respeto y lo que fuera que su padre habíapuesto en marcha podía deshacerse rápidamente con una llamada telefónica despuésde que el polvo se asentara, por lo que iban a saber, era un asunto normal hasta queIsaac tuviera éxito. ¿Y en cuanto a su para siempre? Iba a entregarse a Matthias y recibir su castigo,pero sería según sus términos. El padre de Grier estaba tras algo con esosexpedientes, y Jim Heron o uno de sus chicos eran la clase de tíos que semantendrían en primera persona, grabarían la narración de todos y cada uno de los ~298~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2asesinatos de Isaac y la guardarían en un lugar seguro, lo que proporcionaría a Griery a su padre una muerte por causas naturales. Después de todo, tenía la impresión de que las confesiones a las puertas de lamuerte eran admisibles ante el tribunal —siempre que Isaac indicara que Matthiasiba a matarlo en breve, tenía un montón de influencia, ¿verdad?— o al menos lasuficiente para abrir una puta investigación. Su testimonio sería el seguro de vida para ella y su padre. Delante, Grier apretó el botón y mientras la máquina empezaba a sisear, ellapermaneció donde estaba, mirándola fijamente. Empujado por algo que no cuestionó, Isaac se levantó y fue detrás de Grier,apoyando el pecho contra su espalda. Ella se quedó sin respiración cuando sintió sucuerpo y aunque se tensó, no se alejó. Él levantó una mano y tocó las ondas rubias que caían alrededor de los hombros,pasando las puntas de los dedos sobre ellas. Luego las apartó lentamente a un lado,exponiendo la nuca. Dios, ya había tomado una decisión, ¿verdad? Había elegido su camino. —¿Puedo besarte? —dijo con rudeza. Porque parecía caballeroso preguntarprimero. Ella dejó caer la cabeza. —Por favor... Él bajó hacia el cuello encantador, presionando los labios sobre la piel. No erasuficiente, pero no confiaba en sí mismo para ir más allá o para poner las manos ensu cintura… si lo hacía, no iba a soltarla hasta que estuviera debajo y él dentro de ellaotra vez. —Grier —susurró con voz ronca. —Sí... —Necesito decirte algo. —¿Qué? A veces las emociones eran como una locomotora de palabras: una vez que unarevelación echaba a rodar, no había forma de pararla, ni frenos lo bastante fuertespara mantenerlas en tu boca. —Te amo —dijo con más aliento que sílabas. Aunque ella lo oyó. Dios, ella lo oyó, porque inhaló con un siseo. ~299~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Grier se dio la vuelta tan rápido que el pelo giró en una aureola y aunque elcorazón le latía con fuerza, él no apartó la mirada. Cuando ella abrió la boca, le puso el dedo en los labios y sacudió la cabeza. —Sólo necesitaba que lo supieras. Una vez. Sólo necesitaba decirlo... una vez. Medoy cuenta de que no te conozco lo suficiente ni lo bastante bien, y soy muyconsciente de que no soy el hombre para ti... pero algunas cosas necesitan ser dichas. Lo que no requería tiempo en antena era el terror dentro de su piel. Por mucho que quisiera hacer lo correcto, su viejo jefe le tenía cogido por laspelotas: no había sacrificio demasiado grande para asegurar la seguridad de Grier.Ni siquiera la salvación de Isaac. Ni la caída de Matthias. Alguien carraspeando con discreción le hizo levantar la mirada. En el cristal sobreel fregadero, vio al padre de Grier parado dentro de la cocina y por respeto a la hijadel hombre, Isaac retrocedió. —¿Café, papá? —dijo Grier sin alterar la voz mientras se inclinaba a un lado yagarraba dos tazas de la alacena. —Sí, gracias. Isaac podía sentir los ojos del tipo ir de uno al otro pero no iba responder aninguna de esas preguntas. Y tampoco Grier, evidentemente. —¿Estamos preparados? —preguntó. En vez de contestar, el hombre carraspeó otra vez. No había duda de que se estabaahogando con todo eso de permanece-lejos-de-él y no-toques-a-mi-hija. Pero no necesitaba preocuparse. Era demasiado tarde para lo último, pero de loprimero... iba a tener que ocuparse de ello. —¿Papá? ¿Estamos preparados? —Todos llegarán mañana por la mañana… —¿Mañana por la mañana? —Esta es una situación delicada. Había que plantear excusas, esos hombres ymujeres no pueden simplemente escabullirse sin motivo alguno y sin que se haganpreguntas. Isaac podía sentir a Grier mirándole como si buscara algún respaldo en el frentejoder-no, pero como fuera, él no estaba de acuerdo con ella. Mañana por la mañana era perfecto. Se habría ido para entonces. ~300~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 * * Fuera en el Framingham Comfort Inn&Suites, Jim se despertó en su cuartodébilmente iluminado y se sintió como si hubiera tenido un accidente de tráfico. Conun tráiler. Y no había llevado puesto el cinturón de seguridad. Estaba en la cama donde había estado durmiendo, de lado, su cuerpo roto habíatallado una sección del colchón y se había acomodado como un perro que esperamorir en el bosque. Pero ahora él era inmortal… lo que aparentemente significabaque no importaba cuánto daño se hiciera, se curaba. Sí, excepto que esta no era la clase de trabajo que Samantha, la bruja, pudierahacer moviendo la nariz, donde todo se limpiaba en un santiamén. Se sentía muyhumano con dolores y sufrimientos, con las inhalaciones que hacía que las costillasardieran, con los brincos del corazón mientras palpitaba al mismo ritmo que el pasode un borracho. Pero la peor parte no era la física. Estaba en su cabeza. Aquello de haber dejado a Sissy atrás, en el reino de Devina le estaba matando Abriendo los ojos, se dio cuenta de que ya era por la mañana; por encima de lacabeza peluda de Perro, el despertador brilló con números rojos. 7:52. Levántate y espabila, pensó mientras se daba la vuelta con cautela y se ponía deespaldas. A su lado, Adrian estaba frito, el ángel respiraba profundamente, los ojosmoviéndose detrás de los párpados cerrados. Dado el ceño en su cara, estaba claro que no se estaba divirtiendo en sueñolandia. Dios, que noche, pensó Jim. Después de que Colin lo hubiera dejado, habíaasumido que sólo iban a ser él y Perro. Pero luego alguien había cruzado el cuarto yhabía asumido que era Eddie, la mierda de jugar a enfermeras era sin duda de suestilo. Pero no. Adrian había sido el único que había entrado… y se había quedado. Por el momento, Jim no tenía fuerzas para tratar con la simpatía que iba a hacerlesentir, así que se envolvió con cuidado en una manta y en silencio se puso de piesobre unas piernas que eran tan fuertes como lápices. Cojeando hacia al ordenadorportátil, se mareó cuando salió y apenas se las arregló para llegar a una silla atiempo, aunque, a la mierda, plantar el culo en la silla dolió como una hija de puta. Aunque tuviera que mear como un caballo de carreras, encendió el Dell y esperóimpacientemente a que el navegador de Internet se cargara. Para pasar el tiempo,echó un vistazo a las marcas de ligadura en las muñecas. Eran un patrón de líneasrojas brillantes y retorcidas que estaban en carne viva, el recordatorio palpable dedonde había estado y que le habían hecho atormentó su mente con un viaje al TEPT.Excepto que era la única autorización que se había negado a firmar. ~301~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Forzándose a concentrarse, comenzó a teclear, aunque a causa de los dedosentumecidos, le llevó una eternidad entrar en la página del Caldwell Courier Journale introducir una búsqueda sobre Cecilia Barten... Surgió un artículo de hacía unas dos semanas y la imagen de Sissy trajo un brillo asus ojos. Estaba sonriendo a la cámara mientras posaba en el centro de un grupo deniños de su misma edad. No había forma de decir cuánto tiempo había transcurridoentre cuando fue tomada la foto y cuando la había atrapado Devina, pero el hecho deque ella no hubiera tenido la menor idea de lo que había a la vuelta de la esquinahacía que su inestable corazón se volviera aún más excéntrico sobre el trabajo Probablemente era bueno que ella no lo hubiera sabido. Y él iba a ganarle a Devina por esto. El otro artículo informaba que una semana después permanecía desaparecida y losdos juntos le hicieron darse cuenta de por qué su primera búsqueda en la base dedatos había fallado. Solamente le había dicho al ordenador que buscara chicas rubiasasesinadas o muertas. No aquellas que estuvieran DEA. Estúpido y jodido error. Y los detalles eran tal y como ella se los había contado: era una estudiante deprimer año en el Union College en Albany y estaba en casa, en Caldwell, para lasvacaciones de primavera. La última persona que la había visto fue cuando salió a lasnueve de la noche para ir al Hannaford Local en busca de alimentos. Ninguna foto de sus padres. Sin embargo, él iba a encontrarlos. —¿La has visto? —preguntó Adrian con una voz que era en su mayor parte grava. —Sí. —Jim miró fijamente la imagen de su chica sonriendo con sus amigos. Luegoparpadeó y vio ese pelo rubio enmarañado con sangre—. ¿Cómo la saco de la pared? La exhalación del otro ángel fue del tipo que haces cuando no había buenasnoticias para dar. En ningún sitio. Y te dolía. —No puedes. —Inaceptable. Tiene que haber una manera. —No que yo haya encontrado. —Hubo una maldición y luego un crujir delcolchón y una variedad de chasquidos, como si Ad se estuviera estirando—. Vuelvoinmediatamente. Mientras los pasos pesados se dirigían al otro dormitorio, Jim no reconoció lasalida del tipo. Pero cuando el morro de Perro le dio golpecitos contra la piernadesnuda, miró hacia abajo. Los grandes ojos castaños le miraban desde una cara de pelaje color pajizo. ~302~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —¿Sabes cómo sacarla? Ella no pertenece allí. No debería haber acabado allí. Jim tomó el pequeño quejido como que el animal estaba de acuerdo y también quenecesitaba salir para usar los servicios. —Dos segundos —dijo Jim, apoyándose para ponerse en pie—. Necesito unaducha. Empujando su peso muerto para levantarse de la silla, dejó que la sábana cayera yentró en el modesto cuarto de baño. Encerrándose, encendió la luz, se paró sobre lataza y se preguntó si su polla todavía trabajaría a algún nivel. El chorro rosa que meó contestó a eso. Y también sugería que tenía los riñonesdañados. Después de terminar, gruñó mientras se inclinaba para apretar la cisterna y luegogiró a la izquierda para abrir la ducha. Jabón. Necesitaba más jabón que la barramedio usada que había en… Jim se congeló cuando se vio en el espejo. Malo. Muy malo. Mucho peor de lo que había pensado. La boca estaba morada e hinchada por toda la mierda que le habían empujadodentro y su pecho y abdominales estaban en carne viva. En cuanto a su polla… lamaldita cosa colgaba de las caderas como si hubiera perdido la voluntad de vivir. Yno quería saber que aspecto tenía su parte trasera. Usado y abusado era el término. Y su único pensamiento, su sólo... algo... era que odiaba que Sissy le hubiera vistode esa manera. Cuando el estómago cayó pesadamente alrededor de su pelvis, recordó laexpresión horrorizada de su cara cuando le había mirado. Esa pobre chica… él habíasido entrenado para esta mierda. Había pasado por ello antes… bien, no exactamentelo que Devina le había hecho, pero ciertamente había sido trabajado un par de vecescon puños y cuchillos. Incluso una bala o dos. Pero Sissy… Apenas regresó al inodoro a tiempo. Mientras su cuerpo se tensaba y nada salía de su boca excepto bilis, los ojos se lehumedecieron por el esfuerzo. Maldita sea, Sissy le había visto así. Sexualmente violado, manchado de sangre,golpeado… Más vómito. ~303~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 No estuvo seguro exactamente de cuando entró Adrian, porque la tercera rondade arcadas saltaba sobre el camino de conejos cuando cayó en la cuenta de que nosabía si ella estaba a salvo de lo que le habían hecho a él. Después de todo, ella estabaprisionera. Estaba atrapada en ese lugar horrible. Y Devina tenía muchas cosas queeran parecidas a machos. —Toma —dijo Adrian, pasándole una toallita fría. Jim no podía enjugarse la cara porque dolía demasiado, así que se dio golpecitos,sintiendo la humedad fresca como un bálsamo contra las mejillas llameantes y loslabios abrasados. Al dejar colgar la cabeza, notó que había dejado manchas de sangre frescas en elmosaico por las heridas que se le habían vuelto a abrir en las rodillas. Sí, inmortal no significaba embalsamado; eso era seguro. Adrian se sentó a su lado, la cara demasiado pálida mientras miraba a través delasiento del baño. —¿Quieres que te meta en la ducha? Eso es lo que me ayuda a mí cuando ella… Cuando sus ojos se encontraron, fue de superviviente a superviviente. —Ah, mierda… —Cuando Jim habló, su voz fue áspera y la garganta se sintiócomo si hubiera sido golpeada con una serpiente de plomo—. Ella me vio así. Sissy…ella me vio así. No podía creer que lo hubiera dicho, pero mantenerlo en su interior era unimposible. Incapaz de mantener el contacto visual, Jim cerró los párpados con fuerza y semovió despacio contra el lateral de la bañera. Mientras el agua caía como lluvia en laducha detrás de él y el suelo duro le golpeaba el culo, susurró. —Ella me vio arruinado. Fue la última cosa que dijo antes de desmayarse como un cabrón. ~304~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 37 Nunca habrías pensado que una residencia urbana de mil seiscientos metroscuadrados con tres plantas, cuatro si se contaba el sótano donde estaba la bodega,pudiera encogerse hasta parecer una caja de zapatos. Pero mientras la mañana se hacía interminable y se convertía en el mediodía. Griersentía que no podía conseguir suficiente aire… o algún tiempo a solas con Isaac. Supadre era una presencia que la perseguía con sus ojos de águila y que parecía llenarcada habitación incluso cuando no estaba. Isaac era igual de malo, dando vueltasconstantemente, mirando a través de las ventanas, yendo arriba y abajo desde laparte delantera de la casa a la cocina. Hacia las dos, ya no podía aguantar más y se fue a ordenar el armario de suhabitación. Lo que era ridículo, porque ya estaba ordenado… aunque encontró unpequeño remedio para eso. Tras permanecer de pie en medio de la habitación y hacer treinta y seis hileras deropa colgándola por categorías, sacó todas y cada una de las blusas, faldas, vestidos,trajes y pares de pantalones de las perchas y los tiró en un montón en el suelo.Ostensiblemente, estaba reordenando las diversas secciones. En realidad, estabamontando un desbarajuste, para poder arreglarlo de manera que pudiera disfrutar deun trocito de control. Percha por percha, objeto por objeto, empezó a organizar su guardarropa. Dios… Isaac. Si lo había escuchado correctamente, abajo en la cocina, entre el ruido de lacafetera eléctrica, le había dicho que la amaba. Vamos… por supuesto que ella lo había escuchado correctamente. Y sus increíblesojos le habían confirmado lo que sus oídos habían luchado por comprender. Sin embargo, había un montón de ”peros” que la abogada que había en ella queríaexplicar. El tema era que a la mujer bajo la abogada no le importaba nada de aquello:ella sentía algo igual de fuerte. ~305~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Naturalmente, la lógica le decía que no confiara en la emoción en ninguno de loscasos, señalando que todo era resultado de las circunstancias, el drama, la tensión yel sexo… Dios, el sexo. Excepto que su corazón tenía una teoría diferente. Habíasentido la chispa entre ambos en el momento en que había puesto sus ojos sobre él yla decisión por parte de él de alejarse y hacer lo correcto sobre su considerado ypeligroso jefe… bien, aquello era incluso mejor que los asombrosos orgasmos. La hacía respetarlo a tope. Mientras recuperaba uno de sus trajes negros de ralla diplomática, se entretuvobrevemente en una fantasía donde acababan juntos en alguna isla segura y remotacon nada más que considerar lo que tenían para comer y cenar en sus mentes. Elensueño de la isla de Gilligan con todo su no-pasa-nada tropical era una lindadiversión, pero no iba a engañarse. Isaac iba a desaparecer. El gobierno iba a tomarloy ocultarlo hasta que las audiencias del Congreso o los procedimientos judicialesecharan a rodar. Y si no terminaba en la cárcel por las atrocidades de la guerra aquíen los Estados, bien podría ser extraditado a algún infierno en el extranjero. Lo cual era el motivo del por qué le había dicho lo que hacía. Era un adiós. —Guau. Grier giro sobre los tacones, el vestido que llevaba en la mano flameando en uncírculo alrededor de su cuerpo antes de asentarse de nuevo… como simomentáneamente hubiera olvidado su reserva, sólo para recuperar su compostura. ¿Y no sabía ella como se sentía la maldita cosa? Isaac maldijo para sí mismo. —Lo siento, de verdad necesito aprender a llamar a la puerta. Grier se relajó un poco. —Casi salto hasta el techo. Ladeando la ceja, consideró el montón de ropa sobre la cremosa alfombra. —Montones de ropa. —Probablemente demasiada. Debo dar algo a las organizaciones de caridad. Se acercó y recogió uno de sus vestidos largos. Era largo y negro, como todos,porque ella no era el tipo de chica de colores y centelleos. —¿Dónde va esto? —Ahh… —Solo había una sección con la barra lo bastante alta para los vestidoslargos. De manera que los había sacado para nada más que recolocaros—. Allí. En laesquina, por favor. ~306~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Él llevó el vestido de noche y lo dejó donde había estado. Luego retrocedió a por elsiguiente, alisando las hombreras sobre el almohadillado de satén. Antes de colocarloen su lugar, la sorprendió al inclinarse para meter la nariz en el escote. —Huele a tu perfume —murmuró él antes de situarlo sobre la barra de metal. Aquello no hizo sino enviar un estremecimiento a través de ella… en el buensentido. Desafortunadamente, el hormigueo fue sobrepasado por todo lo que pendíasobre ellos. —¿Has oído de… ellos? —No. —¿Qué vas a hacer si no vienen a por ti? —Lo harán. No dijo nada más, solo levantó un vestido de tafetán con un canesú de terciopelo yuna amplia faja de tartán. —¿Vestido de Navidad? —Si. —Es precioso. —Gracias. ¿Isaac? —Cuando él la miró, ella dijo—. Yo… Él la cortó. —¿Qué es ese ruido? —¿Qué ruido…? El vestido se le cayó de las manos cuando reconoció el sutil pitido y sacó condificultad la cadena del sistema de seguridad del bolsillo. Efectivamente, una luz rojaestaba brillando. —Hay alguien en la casa. Ella apagó el sonido y empezó a andar hacia el teléfono junto a la cama, pero él lesujetó el brazo. —No. Nada de policía. Ya tenemos bastantes vidas inocentes implicadas en esto. Sacó la pistola y deslizó un tubo tan largo como su puño. Mientras enroscaba elsilenciador al final de la boca, echó una mirada alrededor y luego se dirigió alescondido espacio donde estaban los mecanismos del sistema de seguridad. Con el arma en la mano, retiró la tapa de metal. —Quédate aquí. Y no salgas hasta que yo… —Puedo ayudar… ~307~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 La expresión de su cara la hizo retroceder un paso: su mirada era fría ycompletamente extraña, como si la estuviera viendo a través de un cristalesmerilado… sin la esperanza de ver siquiera lo que había detrás. —Métete ahí, ahora. Ella desvió los ojos hacia el arma y luego los devolvió a la dura y desconocidacara. Era difícil saber que era lo que más la asustaba: la idea de que alguien estuvieraen su casa o el extraño que permanecía frente a ella. Y entonces cayó en la cuenta… —¡Oh, Dios, mi padre! —Lo encontraré. Pero no puedo ser efectivo si me estoy preocupando por ti. —Elarma señaló al negro agujero que había abierto—. Entra ahora. Depositando su confianza en él, Grier se escabulló de su vista, agazapándose yrespirando el aire de los aleros que olían a cerrado mientras Isaac colocaba la parrillaen su sitio. Hubo un chirrido, clic, chirrido, clic mientras la pieza era atornillada a lapared y luego a través de las tablillas, ella le vio salir con un trote, silencioso comouna sombra ligera. Comprobó su reloj. Escuchó con atención. El terror se apretujó en los estrechos confines de su escondrijo con ella, ocupandomás espacio del que tenía, exagerando la imagen de Isaac como un extraño hasta quefue todo lo que podía ver. Silencio. Más silencio. Lo que fue rápidamente ocupado por una estridente paranoia en su cabeza. Oh, Dios… ¿Y si todo aquello era una trampa? ¿Y si Isaac había sido enviado conel único propósito de tentar a su padre para determinar cuan lejos iría para exponer ala agencia? Salvo que ella había sido quien lo sugirió. ¿O él solo había querido que creyera aquello? Sin embargo su perfil había dicho que había necesitado un imperativo moral… ¿Amenos que fuera una mentira? ¿Y por eso le hacía el perfecto infiltrado? ¿Y qué siesto era solo un juego para hacer que su padre se presentara con los archivos… antesde asesinarlos? Y sin embargo Isaac la había metido aquí para protegerla. Excepto que no lo había reconocido cuando él había… Santo Dios, la telealarma… la luz había estado apagada, ¿verdad? Cuado él lahabía dejado colgar aquella mañana delante de ella en la cocina, la luz que había ~308~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2visto antes había estado apagada. ¿Que quería decir? Y empezó a pensar, fuegolpeada por el extraño desfase… desde que aparentemente él se había entregadohasta ahora mismo. Tenía que salir de aquí. Conseguir ayuda. Grier se revolvió y se metió detrás de los amontonados componentes del centronervioso del sistema de seguridad. La escalera oculta que bajaba por el centro de lacasa había sido parte de la construcción original, construida porque la sospecha y ladesconfianza de los británicos todavía había estado tramándose en 1810, casi treintaaños después de la Revolución. Los trucos para salir de la casa tenían usos en el presente. El resplandor del sistema de seguridad le proporcionaba suficiente iluminaciónpara que encontrara la linterna cubierta de polvo que colgaba de un clavo alprincipio de la escalera secreta. Golpeando en la viga, descendió en silencio por losescalones antiguos y tallados a mano, dejando huellas detrás en el polvo. Mientrasbajaba, las telarañas se le pegaban al cabello y se arañaba los hombros con el ásperomortero entre los ladrillos. Cuando llegó a la primera planta, se detuvo. Naturalmente no pudo escuchar niuna maldita cosa a través de las sólidas y gruesas paredes, pero su padre habíaañadido una ventana de acero que parecía otra parte del sistema de CVAC. En laactualidad, sin embargo, servía como un puesto de vigilancia disimulado. Grier subió un escalón y se inclinó a un lado para situar sus ojos alineados,apoyándose en un par de ladrillos que sobresalían más que los otros. Cuando bizqueó, su visión penetró las tablillas y se enfocó en el vestíbulo dedelante. Si arqueaba un poco más y estiraba el cuello, podía mirar abajo hacia lacocina… Grier dejó caer la linterna y sujetó las manos sobre la boca con fuerza. Para contener los gritos. ~309~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 38 Después de que Isaac comprobara que Grier estaba segura fuera del camino, sedirigió al dormitorio de ella y se quedó escuchando. Cuando la falta de ruido depasos, pelea o disparos no le dio ninguna información, continuó hacia el vestíbulo.Otra pausa. ¿Debería usar la escalera trasera? ¿La delantera? La delantera. Era más probable que una infiltración ocurriese desde el jardín deatrás. Mejor cubrir ese camino. Mierda, esperaba que fuera Jim Heron, pero no creía que el tipo irrumpiera por lasbuenas. Y el padre de Grier podría desactivar el sistema, ya lo había probado. Y élobviamente no había permitido que hubiera nadie dentro. Maldita sea, si era el chico de Matthias, ¿por qué la llegada no había sidoanunciada por la telealarma? Sin embargo, Isaac no los habría dejado entrar y sinduda sabían eso: Matthias podía haber pedido que Grier y su padre se quedaran porahí, pero Isaac no estaba dispuesto a que lo mataran delante de ellos. Ella nunca se recobraría de eso. Por favor, Dios mío, pensó. Permite que ella se quede donde está. Con la espalda pegada a la pared, bajó la escalera, con su arma delante. Ruidos...¿dónde estaban todos los ruidos? Allí no había literalmente nada moviéndose dentrode la casa y en vista de que el padre de Grier caminaba como un león enjaulado, todaesa quietud no era alentadora. Tan pronto como la pared se acabó y comenzó la barandilla independiente, diouna voltereta y cayó deliberadamente con la fuerza de una roca en la alfombraoriental del vestíbulo delantero. A veces el ruido era una buena indicación, dando a tu adversario un blanco haciael que venir corriendo. Y qué cosas pasan. El ruido de los pies de Isaac golpeando en el suelo hizo salir asu visitante: desde la cocina, un hombre vestido de negro se movió gradualmentehasta dejarse ver por completo. El segundo al mando de Matthias. ~310~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Y tenía al padre de Grier como escudo humano. —¿Quieres negociar? —dijo el tipo hoscamente. El arma pegada a la cabeza de Childe era una automática de aspecto desagradable,con silenciador. No era ninguna sorpresa. Era idéntica a la que había en la propiapalma de Isaac. Avanzando lentamente, Isaac se inclinó y puso su arma en el suelo. Después laapartó de una patada. —Déjalo ir. Ven y cógeme a mí. Los ojos de Childe se abrieron de par en par, pero se mantuvo tenso. Gracias,joder. Isaac se volvió hacia la pared, levantando las manos contra el yeso y separando lostobillos en una actitud clásica de arresto. Mirando por encima del hombro, dijo: —Estoy listo para irme. El segundo al mando sonrió. —Mírate, todo condescendiente y lleno de mierda. Se me llenan los ojos delágrimas. Con un golpe rápido, el operativo dejó fuera de combate al padre de Grier con laculata del arma, el viejo Childe cayó al suelo como un saco de arena. Luego se hizo lacalma mientras el segundo al mando caminaba hacia Isaac, con el arma apuntándolecon firmeza. Igual que los ojos extrañamente mates y negros del hombre. —Hagámoslo —dijo Isaac. —¿Dónde está tu otra arma? Sé que tienes una. —Ven y cógela. —¿De verdad quieres joderme? Isaac alargó la mano y sacó su otra arma. —¿Dónde la quieres? —Buena pregunta. En el suelo, y dale una patada. Mientras Isaac se inclinaba, también lo hizo el otro hombre. Y no fue hasta queambos se levantaron que Isaac se dio cuenta de que su primera arma, la delsilenciador, había sido recogida por una mano con un guante negro. —Bueno —masculló el segundo al mando—, Matthias ha disfrutado de las brevescharlas que ambos habéis mantenido y quiere que yo te entretenga hasta que venga.—Los ojos del bastardo se pusieron en blanco—. Pero aquí está la cosa, Isaac. Hay ~311~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2asuntos más importantes en juego y ésta es una situación que no está a cargo de tujefe. Qué sería eso de “tu jefe”, se preguntó Isaac. Después frunció el ceño cuando se percató de que el brazo del tipo, que habíaestado roto tan sólo un día y medio antes, parecía estar totalmente curado. Y esa amplia sonrisa estaba mal... Había algo equivocado en esa amplia sonrisa,también. —Las cosas han tomado un curso diferente —dijo el segundo al mando—.Sorpresa. Al decir eso, se puso la boca del arma de Isaac en su propia barbilla y tiró delgatillo, volándose la cabeza por completo. ~312~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 39 Jim se despertó de su inconsciencia con la nuca en llamas. No tenía ni una pista decuánto tiempo había estado fuera de combate, pero Ad evidentemente le habíamovido de regreso a la cama: la blandura bajo su cabeza era definitivamente unaalmohada y no los fríos y duros azulejos de la ducha. Mientas se sentaba en la oscuridad, se sorprendió. Se sentía curiosamente fuerte,milagrosamente estable. Era como si permanecer en ese estado, el que fuera,durante... bien, horas, asumiendo que su reloj funcionara bien... le hubiera reactivadopor dentro y por fuera. Lo que eran buenas noticias. La tensión en el punto superior de su columna vertebral, sin embargo, sólosignificaba una cosa: Isaac. Isaac estaba en problemas. Balanceando las piernas fuera de la cama e irguiéndose de golpe, no sintió mareos,ni náuseas, ningún dolor o pinchazo. Excepto por el hormigueo en la base del cráneo,no sólo estaba listo para salir, sino para rugir. —¡Adrian! —Gritó cuando fue hacia su bolsa y sacó bruscamente un par depantalones vaqueros. ¿Dónde diablos estaba Perro? A través de la puerta de conexión abierta, podía ver que las luces estabanencendidas en el otro cuarto, así que el ángel tenía que estar allí. —¡Adrian! —Pasó de la ropa interior y se puso los pantalones de un tirón; luegoagarró una camisa—. ¡Tenemos que irnos! Sacó su arma de cristal y su daga junto con su abrigo. —Hola, Ad… Adrian casi dio un patinazo en el cuarto con Perro debajo del brazo. —Eddie tiene problemas. ~313~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Bien, eso no hacía que su cogote se sintiera muuuucho mejor. —¿Qué? Adrian desató la correa de Perro y dejó que le saltara encima para saludar. —No contesta al teléfono. Acabo de llamar. Y he llamado otra vez. Y he llamadouna tercera vez. Nada. —Joder. Mientras Ad se armaba, Jim revisó a Perro, lo dejó en el suelo para que comieraalgo y luego él y su hombre alado, literalmente, salieron corriendo. Tío, nunca habíaestado tan agradecido por esos viajes tipo parpadea-y-te-pierdes-el-dorsal-en-la-espalda. Sólo unos minutos más tarde, estaban en Beacon Hill. Adrian y él aterrizaron en el jardín amurallado en una trémula ráfaga y semantuvieron escondidos de ojos indiscretos porque tan sólo eran las cuatro de latarde. La casa parecía estar bien en el exterior y el parpadeo rojo del piloto estabatodavía en su lugar, pero el cuello le estaba matando. ¿Y dónde diablos estabaEddie…? —Mierda. —Barbotó cuando vio las suelas de las botas de combate del ángelsobresaliendo bajo un arbusto. Jim dio unas zancadas y se puso en cuclillas. El tipo estaba aplastado sobre suculo, parecía como si hubiera hecho el papel de un pollo contra un buldózer yhubiera perdido. —¿Eddie? El ángel tumbado abrió los ojos. —Santo infierno... ¿Qué...? No sé qué pasó. Un instante estaba de pie. Después... —Eras un felpudo de bienvenida. Adrian extendió una mano para ayudar a levantarse a su mejor amigo. —¿Qué diablos ha pasado? —Ni idea. —Eddie se puso en pie lentamente. Luego miró a Jim y se encogió demiedo—. Jesucristo... Jim frunció el ceño y miró a su alrededor. —¿Qué? —Tu cara... Vale, quizá sólo se sentía mejor. Quizá la parte del aspecto vendría más tarde. —¿Me estás diciendo que mis días como modelo de calendario han terminado? ~314~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No sabía que estabas metido en eso. —Eddie sacudió la cabeza—. Escucha, Isaacquiere hablar contigo. Tan pronto como sea posible. Jim miró a Adrian. —Tú te quedas con el felpudo de bienvenida. —¿Como si pudiera estar en otro lugar? Jim trotó hacia la casa. La puerta trasera estaba abierta de par en par, lo que eraotro ejemplo de malas noticias… y la mierda sólo se volvería más crítica cuandoentrase en la cocina. Dios mío, nunca te acostumbras al olor de una herida de disparo mortal. Habíagustos diferentes, intestino versus pecho versus cerebro, pero la paleta era totalmentemetálica entre el plomo del disparo y el cobre de la sangre fresca. El primer cuerpo que encontró era el de un hombre que conocía: el capitán AlistairChilde. El pobre tipo yacía entre el arco que conducía hacia el vestíbulo delantero,encogido en el suelo hecho un ovillo. Sin embargo, no era el origen de la sangre. No había nada en las ropas o en lasbaldosas y Childe respiraba uniformemente a pesar de la siestecilla comatosa que seestaba echando. El cuerpo número dos estaba a mitad de camino de la puerta principal yclaramente era la fuente del olor... Vale, caramba, ese bastardo era un candidato paraun ataúd cerrado si es que Jim alguna vez había visto uno. Su cara estabadistorsionada de dentro afuera, la bala había atravesado la carne y el hueso de subarbilla y nariz antes de salir con una trayectoria tipo abre-la-puerta-y-canta-como-Ethel-Merman en la cúspide de su cráneo. Por lo que se desprendía del tatuaje con la serpiente alrededor del cuello del tipo,tenía que ser el segundo al mando de Matthias. E Isaac estaba junto al tipo con un humor de mil diablos. Rothe levantó la mirada y elevó sus manos desarmadas. —Lo hizo él mismo. El maldito lo hizo... él mismo. Maldita sea... ¿Cómo está elpadre? Jim se arrodilló junto al capitán para hacer una doble comprobación. Ups, Childehabía sido golpeado en la cabeza, probablemente con la culata de un arma, pero yacomenzaba a gemir como si volviera en sí. —Estará bien. —Jim se levantó y se dirigió hacia Isaac y el otro tipo. Mientras másse acercaba, el olor empeoraba… Desaceleró y luego se detuvo por completo. Y se frotó los ojos. ~315~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Una trémula sombra gris cubría el cuerpo del segundo al mando de Matthias delos pies a la cabeza, moviéndose alrededor de los brazos, las piernas y la volatizadacabeza de la misma forma en que el hechizo de Jim se elevaba y cubría la casa en laque estaban todos. Y la sangre estaba toda mal… era gris, no rojo brillante. Devina, pensó Jim. Ella o bien estaba en el hombre, o había tomado el control deél. —Él se limitó a ponérsela bajo la barbilla y tiró del gatillo. —Isaac se dejó caersobre el trasero e inclinó la cabeza hacia el arma que estaba en la mano derecha delcadáver—. Usó mi arma para hacerlo. —Apártate del cuerpo, Isaac. —Joder, tengo que limpiarlo antes de… Jim no tenía interés en discutir y agarró al tipo, levantándole y haciéndoleretroceder medio metro. —No sabes lo que es. —Y un infierno que no. Él vino a por mí. Jim le sonrió a Isaac. —Lo último que oí es que le dabas una paliza. —Hubo un cambio de prioridades. Maldita sea, estabas abducido doce horas y el mundo se iba a la mierda. Isaac seentregaba a sí mismo, un demonio muerto en el vestíbulo delantero de un civil, yanada tenía sentido. —No te dejaré entrar de nuevo, Isaac. Ni sacrificarte para conservar a alguien máscon vida. —Porque cuánto quieres apostar a que eso era lo que estaba ocurriendoaquí. —No es tu elección. Y no te ofendas, pero yo todavía no puedo imaginar por quéte importa una mierda. —El soldado sacó uno de los transmisores de XOps, que estavez estaba camuflado como una telealarma—. Además, no está sujeto a discusión. Yahe llamado. Esa luz parpadeante hizo que Jim quisiera gritar. Así que lo hizo. —¿Qué diablos estás haciendo? Matthias va a matarte… —Vale. Una voz aristocrática interfirió. —Pensé que le ofrecías información sobre Matthias. ~316~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Jim miró por encima de su hombro. Alistair Childe había conseguido ponerse enpie y venía hacia ellos, con la mano en la pared como si necesitara ayuda paraequilibrarse. —Pensé que ése era el plan, Isaac. Y, Jim, pensé que tú habías muerto en Caldwell.Tres o cuatro días atrás. Jim e Isaac se hicieron los suecos e ignoraron la retórica. Lo que era fácilconsiderando cuánto costaría llegar a entenderlo. El hecho de que el segundo de Matthias hubiera venido y se hubiera suicidado conel arma de Isaac era sólo la capa en la superficie. La verdad de fondo era que Devinahabía terminado esta situación. Pero ¿para qué fin? Si Isaac era el blanco, ¿por quédemonios simplemente no lo había atrapado ahora mientras Jim no estaba? —¿Tenía ella… tenía él un tiro claro sobre ti? —preguntó Jim— ¿Desde cualquierpunto? —¿Quieres decir para matar? Demonios, sí… estaba contra la pared, palmas enalto, con mis armas en el suelo. Eso es lo más claro que se puede conseguir. —Esto tiene poco sentido. —Bajó la vista hacia el cuerpo—. Ningún sentido. —Tenemos que deshacernos del cuerpo —dijo Isaac—. Antes de que me vaya,tenemos que… —No dejaré que te entregues. —No es tu decisión. —Dios lo maldiga… —Eso pensaba yo exactamente. —Isaac frunció el ceño, examinando con los ojosentrecerrados el careto de Jim—. ¿Y a ti qué diablos te ocurrió anoche? Por un instante, Jim consideró seriamente golpearse la cabeza contra la pared,aunque fuera redundante, dado el estado en que estaba. ¿Cómo diantre iba a sacar aIsaac de este enredo? No era como si pudiera confesar todo y explicar lo que estaba pasando realmente:bien, verás, yo en realidad he muerto y Matthias no es el problema. Estoy tratando demantenerte lejos de una demonio que quiere tu alma. Y no tengo ni idea de qué estáhaciendo ella aquí. Vale, eso tendría tanto éxito como un globo sonda. * * Isaac no esperaba obtener una respuesta a la pregunta sobre la cara de Jim.Claramente, el tipo había estado en una riña con ochocientos gorilas o alguna mierdaparecida y eso no era asunto suyo. Lo que tenía su nombre escrito por todas partes ~317~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2era que alguien de algún modo había logrado mágicamente arreglarse su propiobrazo antes de suicidarse. A menos que... ¿gemelos? Mierda... Sí. Eso tenía que ser. Y qué herramienta para que Matthias jodiera lamente de la gente. No era extraño que él hubiera escogido al muy hijo de puta paraser su segundo al mando. Mientras Jim maldecía otra vez mientras se encaminaba al corredor del vestíbulo,Isaac se inclinó y desabotonó rápidamente la manga del segundo al mando. Ni unindicio en ese antebrazo con forma de reparación quirúrgica, ninguna prueba de quela piel o el hueso alguna vez hubieran estado rotos. Gemelos. Tenía que ser eso. Con un desgarro rápido, abrió la camisa negra, haciendo que los botones saltarany botaran sobre el suelo. El chaleco a prueba de balas que apareció fue una sorpresa.Vale, era lo acostumbrado, pero ¿por qué ibas a perder el tiempo con uno si fueras aconvertir tu cráneo en una piñata? Dudando de lo que estaba buscando exactamente, tiró de las tiras de velcro delchaleco… —Santa... mierda... —Se inclinó para asegurarse que veía bien. Todo el abdomen del tipo presentaba unas profundas cicatrices que formaban unpatrón y mientras Jim echaba un vistazo e iniciaba otra ronda de maldiciones, Isaaccontinuó con un cacheo rápido. Un teléfono móvil, que dejó a un lado. Una carteracon cien en efectivo y ninguna identificación. Municiones. Nada en las botas exceptocalcetines y suelas. Pasando por encima del cuerpo, se dirigió a la cocina para conseguir un cubo debasura. Mientras estaba sacándolo fuera de su armario y preguntándose cuántosbrazos y piernas encajarían en eso, oyó ruido de pasos detrás de él. Obviamente, elgallinero había continuado, pero venga ya, gente. No más charla. Necesitaban acción.Grier estaba encerrada en el maldito armario de arriba y él tenía que limpiar lamierda antes de dejarla salir… —Mentiste. Isaac se congeló e hizo girar su cabeza. Grier estaba de pie sobre el lado másalejado de la isla de la cocina con la puerta del sótano cerrada justo detrás de ella.¿Cómo demonios había...? mierda, debía de haber una escalera oculta que conectabacon el sótano. Debería haber adivinado que habría varias rutas de escape. Mientras ella clavaba los ojos en él, estaba blanca como un kleenex y temblaba. —Nunca tuviste la intención de responder a la llamada, ¿verdad? ~318~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Sacudió la cabeza, sin saber qué decir y además consciente de lo que había en suvestíbulo delantero. Esta situación estaba completamente descontrolada. —Grier… —Bastardo. Mentiste… —Abruptamente, ella miró por encima de su hombro—.Tú... —Señaló a Jim, que se había situado en la arcada—. Tú fuiste quien estuvo enmi cuarto la otra noche, ¿no? Una expresión extraña se filtró a través de las facciones de Jim, del tipo “estoyjodido”, pero entonces simplemente se encogió de hombros y miró a Isaac. —No permitiré que te entregues. —Tu nuevo tema musical me pone de los nervios, —masculló Isaac mientrasdecidía cubrir con una bolsa el cubo y amontonar algunas de las mejores bolsas debasura de Hefty. Cháchara, un montón de cháchara por parte de todos… y toda dirigida a él. Perono importa. La sordera selectiva era algo en lo que había sobresalido cuando eraniño, y ya se sabe, el cerebro vuelve a ello sin un indicio de herrumbre. Isaac se inclinó bajo el fregadero y rezó para que el lugar más lógico para másbolsas de basura fuera ese… bingo. Sacó dos de ellas junto con una escoba y unrecogedor que no iban a sobrevivir a este trabajo en particular. Dios mío, desearía tener una sierra para metales. Pero tal vez con alguna cuerda,podrían plegar al bastardo y arrastrarlo como una vieja maleta. —Quédate con ella —le dijo a su padre—. Y mantenla aquí… —Vi lo que pasó. —Cuando Isaac se congeló, ella le sonrió—. Le vi hacerlo. Hubo una pausa larga, silenciosa, como si ella hubiera roto todas las cadenas delos hombres de la habitación. Ella negó con la cabeza. —¿Por qué fingiste siquiera estar de acuerdo con eso, Isaac? Mientras ella lo miraba, la confianza había desaparecido de sus ojos. Y en su lugar,había una mirada fría que él imaginaba que la gente de los laboratorios teníamientras observaban los resultados de los cultivos en las placas Petri. No había nada que decirle, nada para negar el error que había cometido. Y tal vezeso fuera lo mejor. De todas formas, no tenían nada que hacer juntos… y eso eraantes de que se empeñara en su búsqueda profesional de la excelencia en el campode matar gente. Isaac sacó su equipo de limpieza y se dirigió al vestíbulo. —Necesito mover el cuerpo. ~319~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 —No me des la espalda —gritó ella. Él oyó a Grier venir detrás como si tuviera toda la intención de gritarle algo más,así que se detuvo repentinamente y giró sobre sí mismo justo cuando llegó a laarcada. Mientras hacía una pirueta para evitar chocar con su cuerpo, él la dejóclavada con una mirada. —Quédate aquí. No quieres ver… —Jódete. —Ella le apartó de un empujón para pasar, avanzando—. Oh... Dios... —Ella detuvo la frase, poniéndose la mano en la boca. Estupendo, pensó él con desagrado. Afortunadamente, su padre estaba allí, yendo hacia ella y conduciéndolaamablemente fuera del alcance de la visión. Maldiciéndose a sí mismo y a todo en su vida, Isaac continuó hacia el vestíbulo,más determinado que nunca a encargarse del problema... Aunque su urgencia sufrióuna interrupción cuando llegó a la altura del cuerpo. Había un teléfono móvil en la mano del cadáver y la cosa tenía un mensaje. Lapequeña pantalla del teléfono estaba resplandeciendo con una imagen de un sobreentrando en un buzón una y otra vez. Bien. Hora de volver a subir al autobús. Los tipos que no tenían lóbulo frontalgeneralmente no alargaban la mano y toqueteaban su móvil. Una pequeña marca roja de verificación apareció, indicando éxito. —Isaac, vas a necesitar algo más que una pala para encargarte de eso. Ante el sonido de la voz de Jim, miró sobre su hombro. Y tuvo que parpadear unpar de veces. El tipo estaba en la parte oscura del vestíbulo, apartado de la luz queentraba por los arcos del estudio y la biblioteca... pero estaba iluminado, unresplandor lo rodeaba de pies a cabeza. El corazón de Isaac dio un par saltos en su cavidad torácica. Luego pareciótomarse un pequeño respiro. Había habido veces en que estaba sobre el terreno, en mitad de una asignación ylas cosas se habían ido al diablo. Pensabas que conocías las costumbres de tuobjetivo, sus recursos, debilidades y escondrijos, pero justo cuando te movías haciaél, el paisaje cambiaba como si alguien lanzara una bomba en medio de tu perfectoplan. El arma funcionaba mal. Un testigo potencial jodía tu oportunidad. El objetivodaba un paso fuera de alcance. Lo que tenías que hacer era una recalibración acelerada de la situación, e Isaacsiempre había sobresalido en lo que a eso se refería. Demonios, ese vídeo-juego en el ~320~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2que se había entrenado inconscientemente había hecho que su mente se abrieratotalmente en menos que cantaba un gallo. Pero esta mierda estaba fuera de su experiencia. A lo bestia. Y eso fue antes de Jim sacara una larga daga... Que estaba hecha de cristal. —Vas a dejar que me encargue de esto ahora. Aléjate del cuerpo, Isaac. ~321~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 40 Matthias pasó demasiado tiempo al abrazo de piedra de esa iglesia. Y cuandofinalmente se obligó a salir, supuso que había estado allí una buena hora o así, peroen el mismo instante en que miró la posición del sol en el cielo, se percató de quehabía perdido toda la mañana y la mayor parte de la tarde. Pero se hubiera quedado más tiempo si hubiera podido. Apenas era un hombre religioso, pero había encontrado una sorprendente yextraña paz bajo la galería con vidrieras y frente al glorioso altar. Incluso ahora,mientras su mente le decía que todo era una sandez, que el lugar sólo había sido unedificio más y que él estaba tan cansado que podrían haberlo puesto en una cabalgatade Disney y se hubiera quedado dormido, su corazón tenía mejor criterio. El dolor se había detenido. Poco después de que se hubiera sentado, el dolor en subrazo izquierdo y pecho había desaparecido. —No importa —dijo en voz alta mientras iba hacia su coche—. No importa, noimporta... Volver al juego era algo que se sentía compelido a hacer, y había un placentero ypunzante aguijón en ello, como si pinchara una costra. A cierto nivel estabacautivado por lo que había encontrado en la iglesia, pero su trabajo, sus acciones, sumisma forma de vida era un remolino que lo succionaba y lo mantenía abajo, ysimplemente no tenía energía para oponerse a ello. Tranquilo... tal vez hubiera un camino intermedio, pensó, cuando él llegara a IsaacRothe. Tal vez podría obligar al tipo a que siguiera trabajando, sólo que con unaactitud diferente. El soldado obviamente había respondido bien a las amenazascontra Grier Childe, eso podría ser suficiente para mantenerle bajo control. O... podría dejar marchar al tipo. En el mismo momento en que el pensamiento cruzó su mente, alguna parte de suinterior la encerró de golpe como si fuera una blasfemia absoluta. Molesto consigo mismo y con la situación, arrancó el motor y comprobó suteléfono. Nada de su número dos. ¿Dónde diablos estaría el bastardo? ~322~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Envió un texto exigiendo una actualización y dando su tiempo estimado dellegada, que sería mucho después de anochecer desde este momento. De fuera delestado, su culo. Ese jodido haría mejor en estar allí con Isaac Rothe pegado a una sillaantes de que Matthias llegara… y que Dios le ayudase si había matado a Rothe. Como la impaciencia hacía que girase fácilmente el volante, Matthias bajó concalma de la cuneta y se encaminó hacia la autopista gracias a la pantalla del GPS delsalpicadero. Había recorrido menos de un kilómetro y medio antes de que el dolorbajo su esternón volviera de nuevo, pero era como vestir un traje que le era familiardespués de haber estado probándose otros del guardarropa: fácil y cómodo dealguna jodida manera. Su teléfono se encendió. Un icono de mensaje. De su número dos. Mientras lo aceptaba, se sintió aliviado. Una pequeña confirmación visual de queIsaac estaba vivo y bajo custodia era una buena cosa… No era una imagen de Isaac. Eran los restos de la cara de su segundo al mando. Y ese tatuaje de la serpiente querecorría la garganta del hombre era la única forma de estar seguro de quién era. Debajo de la foto: Ven y cógeme…. El primer y único pensamiento de Matthias fue... jodido descaro. Malditosoplapollas descarado. ¿En qué diablos estaba pensando Rothe? Y mierda, si lasamenazas contra la preciosa y adorable caramelito Grier Childe no surtían efecto,Isaac era completamente incontrolable y por eso tenía que ser derribado. Una furia al rojo hizo a un lado los últimos restos que quedaban de su tiempo enesa iglesia, un manantial de venganza que desencadenó una explosión. Mientras legolpeaba, en la parte de atrás de su mente, tuvo el pensamiento de que éste no era él,que la calma, la precisión de pensamiento y obra afiladas como un cuchillo quesiempre habían sido su sello, habrían impedido esta quemadura candente. Era, sinembargo, incapaz de darle la espalda a la necesidad de actuar… y actuarpersonalmente. Jodida delegación.... había incontables operativos a los que podría haber hechovenir, pero de esto se encargaría él mismo. Al igual que él había tenido que ver el cuerpo de Jim Heron con sus propios ojos,iba a ir y a acabar con Rothe él mismo. El hombre tenía que morir. ~323~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2 Capítulo 41 Cuando Grier se sentó en el sofá de la esquina de la cocina, revisó su elección deestudiar Abogacía en lugar de Medicina y supo que había tomado la decisióncorrecta: nunca tendría el estómago necesario para ser médico. Sus grados y resultados de exámenes podían haberla llevado a cualquiera deambos departamentos, pero el factor decisivo había sido la Anatomía Humana enbruto, aquel primer año preparatorio de medicina: una ojeada a aquellos cuerposmuertos tapados con muselina sobre todas aquellas mesas durante el recorrido depre-admisión y ella había tenido que poner la cabeza entre las rodillas y tratar derespirar como si estuviera en una clase de yoga. Y ¿sabes? El hecho de que hubiera alguien en su vestíbulo en una condición caside jugo, era mucho peor. Sorpresa, sorpresa. Otra cosa más sorprendente en ese momento, no es que ella necesitara otra más,era la mano de su padre haciéndole círculos lentos y tranquilizadores en la espalda.Habían sido pocas y muy espaciadas en el tiempo, las veces que él había hecho algocomo aquello, ya que no era la clase de hombre que manejara bien las exhibiciones desentimientos. Y aun así cuando ella lo había necesitado, él siempre había estado allí:la muerte de su madre, la de Daniel. Aquella horrible ruptura con el tipo con el quecasi se había casado al terminar la escuela de Derecho. Este era el padre que ella había conocido y amado toda su vida. A pesar de lassombras que lo rodeaban. —Gracias —le dijo sin mirarle. Él se aclaró la garganta —No creo que lo merezca. Todo esto es por mí. Ella no podía discutir el punto, pero tampoco tenía la fuerza para condenarlo;especialmente dado el terrible dolor en su voz. Ahora que a ella se le había pasado la rabia, se dio cuenta de que su conciencia ibaa perseguirlo hasta el día de su muerte y que era el castigo que él se había ganado y ~324~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2que iba a arrastrar. Además, ya había enterrado a un hijo, un hijo imperfecto a quienhabía amado a su propia manera y había perdido de una forma horrible. Y aunqueGrier podía haber pasado el resto de sus días enloqueciéndolo y odiándolo por lamuerte de Daniel… ¿Era aquella realidad una carga que ella quisiera arrastrar? Pensó en el cuerpo que había en el vestíbulo de delante y como la vida podía serarrebatada entre una respiración y la siguiente. No, decidió. No permitiría que el sufrimiento y la ira que sentía le estafaran lo quequedaba de su familia. Llevaría tiempo, pero su padre y ella reconstruirían surelación. Al menos era lo único sobre lo que Isaac había acertado y tenido razón. —No podemos llamar a la policía, ¿verdad? —dijo ella. Porque seguro que alguienque apareciera con uniforme también sería cazado. —Isaac y Jim pueden apañárselas con el cuerpo. Eso es lo que hacen. Grier se estremeció. —¿Nadie lo echará de menos? ¿Nadie? —No existe. No en realidad. Cualquier familia que tuviera creerán que estámuerto… ese es el requisito para los hombres de esa rama de las OperacionesEspeciales. Dios, moralmente, tenía doce clases de problemas por no decir o hacer algo con elmuerto. Pero no iba a poner su propia vida en riesgo por el tipo que había sidoenviado a asesinar a Isaac y quizás a ella misma. Excepto... bien, aparentemente, había cometido un suicidio con testigos. —¿Qué vamos a hacer? —dijo, hablando en voz alta y sin esperar respuesta. Y el “nosotros” eran su padre y ella. El “nosotros” no incluía a Isaac. Le había mentido. A la cara. De hecho tenía contactos con aquellas personasdiabólicas… y entretanto, ella había estado pensando que ellos tenían un plan.Seguro, él o había traicionado a su padre, pero eso era sólo una medida decomodidad porque, obviamente, había decidido entregarse él mismo… o al menosaparentarlo. ¿Un hombre como él, que luchaba como él lo hacía y estaba tan cómodocomo lo estaba con las armas? Era más como que había decidido matar a cualquieraque lo tuviera en custodia y salir del país libre y limpio. Bien. Ella iba a dejar que se fuera. No era más que atracción sexual empaquetada en una caja de tictac… y aquelsonido era el temporizador activado bajo los lazos y moños que envolvían aquelcuerpo lleno de músculos. ¿En cuanto a la mierda del yo-te-quiero? El problema conlos mentirosos era que tú creías cualquier cosa que dijeran bajo tu propio riesgo… no ~325~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2solo lo que tú sabías que era falso. Ella no estaba segura de donde lo dejaba a élaquella “admisión”, pero era más inteligente que para entenderlo como algo más quepalabras al aire. Su mente lo inventaba, pero estaba demasiado cansada para estar nada más queentumecida. Bueno. Entumecida y sintiéndose estúpida. Pero vamos, aquella “raracombinación” de salvajismo y gentileza, ¿existía de verdad? —Espera aquí —le dijo su padre. Cuando él se incorporó, ella se dio cuenta de que dos hombres altos habíanentrado en la cocina. La pareja parecía cortada por el mismo molde que Isaac y el-definitivamente-no-muy-muerto Jim Heron… y el aspecto era, además, otrorecordatorio de lo que estaba en el vestíbulo. Como si ella necesitara ayuda ¿no? —Somos amigos de Jim —dijo el de la trenza. —Aquí —los llamó Jim desde el pasillo. Mientras la pareja se dirigía hacia el cuerpo junto con su padre, ella se sintiómolesta consigo misma y se subió sus pantalones mentales de chica grande. Cuandoestuvo de pie, la cabeza le daba vueltas, pero aquella mierda del derviche giradorretrocedió mientras iba hacia la maquina del café y pasaba por los movimientos depreparar una nueva. Filtro. Comprobado. Agua. Comprobado. Café molido. Comprobado. Botón de encendido. Comprobado. La normalidad ayudaba a poner su espalda un poco mas firme y para cuando tuvouna taza humeante entre las palmas, estaba lista para manejarlo. Buena cosa, también. Era el momento de pensar en el futuro… que habríadespués de esta fea noche y aquellas tripas retorcidas pasados tres días. Desafortunadamente, su mente era como un espectador de un accidente de coche,entreteniéndose alrededor de los restos retorcidos y los cuerpos sobre el asfalto,enredándose con los recuerdos de Isaac y ella juntos. Al final, sin embargo, cortóaquel enfoque morboso, su parte racional se puso en modo poli y obligó a suspensamientos a moverse hacia delante, solo moverse hacia delante por ahora. El tema era que Isaac había entrado en su vida por una buena razón: gracias a él,ella había aprendido por fin aquella lección que la muerte de Daniel no había podidoenseñarle. ¿Línea final? Por mucho que tú quisieras que alguien cambiara y creyerasque podía, ellos tenían el control de sus vidas. No tú. Y tú podías estrellarte contra ~326~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2las paredes de sus elecciones hasta que te pusieras negro-y-azul y mareado como unapeonza. Pero a menos que decidieran tomar un camino diferente, el resultado no ibaa ser el que tú quisieras. La comprensión no iba a evitar que ayudara en la cárcel o aceptara casos de oficio.Pero era la hora de poner límites a lo mucho que ella daba… y como de lejos estabadispuesta a ir. En su codificación peripatética y de Buena Samaritana había estadointentando resucitar a Daniel… aunque hablar con su fantasma debería haber sido suprimera pista de que no iba a volver. Al descubrir la verdad de lo que le habíaocurrido, no obstante, e intentar encontrar algún equilibrio para ella misma, quizáspudiera dejarle descansar y marcharse por fin. Tomando otro sorbo de su taza, sintió una medida de paz a pesar de las extrañascircunstancias… Que fue cuando otro disparo llegó desde la parte delantera de la casa. * * Fuera en el vestíbulo, Jim apenas se había acercado al cuerpo con su cuchillo decristal cuando sintió la presencia de Eddie y Adrian en la cocina. Dios, ellos habíancronometrado perfectamente su entrada. Había estado preparado para actuar por sucuenta, pero el respaldo nunca era una mala idea. —Estoy aquí —los llamó. La pareja llegó directamente y ninguno pareció sorprendido por lo que había en elsuelo. —Vaya tío, Devina está por todos lados —murmuró Ad mientras se acercaba a losrestos. —¿Qué demonios vas a hacer con esa daga? —exigió Isaac. Bueno, de hecho, iba a hacer un rápido exorcismo. Era la única forma deasegurarse que Devina estuviera fuera de… La primera pista de la reanimación del cadáver fue una crispación en las manos. Yluego rápidamente, aquel trozo de carne olvidado de Dios se levantó del suelo y selas apañó para enfocar el único ojo que parecía funcionar. Y vaya si aquello no era un remedo de Matthias. Isaac soltó un grito y disparó su arma, pero era como agitar una bandera rojadelante de un toro a la carga. El toro ni se enteraba y tú perdías lo que había sujetadotu periódico en un pulcro rollo. Jim sacó al soldado del medio y atacó en una arremetida, su cuerpo impulsó alzombi contra la pared. En el momento del impacto, la cara de Devina se superpuso a ~327~
    • J.R. Ward Gula Angeles Caídos 2las facciones destrozadas del hombre de cuyo cuerpo había tomado control, lareconfigurada morfología le sonreía. Como si ya hubiera ganado. Jim saltó para apuñalarlo en un rápido y poderoso golpe, el cuchillo de cristalpenetró tanto entre el par de ojos materiales como entre los metafísicos. Un sonido chirriante explotó desde el zombi y un rayo de humo negro saliódisparado con un hedor repugnante, la niebla negra se unió y luego se fue directo ala puerta delantera. En el último segundo, resplandeció por debajo de los paneles demadera, como si hubiera sido succionado desde el otro lado… y en su ausencia, elcuerpo del segundo al mando de Matthias se estrelló contra el suelo como la bolsa dehuesos que era, la fuente de la animación no aguantó más tiempo entre los límites desu carne. —Ahora está jodidamente muerto —dijo Jim respirando pesadamente. En el sorprendente silencio que siguió, echó un vistazo a Isaac por encima delhombro. Los ojos del tipo po