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2 amanecer-vudu-relatos-1 Document Transcript

  • 1. 1AMANECER VUDU Relatos De Horror y Brujería AfroamericanaSELECCIÓN DE JESÚS PALACIOS VALDEMAR 1993 Para Pedro Duque, mi hermano en Regla Ocha, porque él sabe JESUS PALACIOS Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3.
  • 2. 2 UN PRÓLOGO QUE ES UNA ADVERTENCIA¡V u—dú! Dos simples sílabas que despiertan en nuestra imaginación el obsesivo sonido de los tambores, las cimbreantes figuras de bailarines poseídos por oscuros dioses, ídolos de barro atravesados por alfileres asesinos. Viejaspelículas en glamuroso blanco y negro, el lento desgranarse de los blues del pantano, losojos en blanco de zombis y muertos vivientes, el ritmo frenético de la rumba,sangrientos sacrificios al pie de altares desconocidos... Bueno, bueno. Antes de seguir,una justa advertencia, una necesaria aclaración: el Vudú, como su hermana caribeña laSantería, es mucho más que esa imagen típicamente de género que hemos evocadoarriba. Son, de hecho, religiones populares afroamericanas cuya verdadera naturalezaabarca complejos fenómenos sociales, culturales, religiosos e históricos. No en vano losantropólogos optan, a la hora de referirse al Vudú, por emplear la grafía francesa propiade Haití, escribiéndolo Vodoun, para diferenciarlo radicalmente del conceptopopularizado por el cine y la literatura fantástica, que lo han convertido prácticamenteen sinónimo de brujería y/o magia negra. Los interesados en la verdadera esencia de las religiones afroamericanas pueden, ydeben, husmear entre las páginas que Alfred Métraux, Roger Bastide o Wade Davis handedicado al Vodoun haitiano, las que Zora Neale Hurston o Robert Tallan dedicaran alVudú y el Hoodoo —que en justicia debería escribirse Judú— del Sur de los EstadosUnidos; las que Fernando Ortiz y Lydia Cabrera, entre otros escribieran sobre laSantería afrocubana, el diario de viaje del director de cine Henri Georges Clouzot através del Brasil, del Candomblé y de la Macumba, o las más recientes descripciones dela moderna Santería neoyorquina, escritas por la portorriqueña Migene GonzálezWippler. Porque lo que ahora tenéis entre las manos es un libro de relatos de horror. Todosestán, desde luego, relacionados con su lado más oscuro y siniestro, con las prácticasmágicas, los hechizos y las maldiciones, las crónicas negras y los asesinatos rituales.Sería absurdo negar el atractivo morboso que ejerce sobre nosotros esa cara oscura delVudú. Ya la simple realidad de la existencia hoy día de religiones basadas en elsacrificio y las prácticas mágicas, no sólo en países tropicales y “atrasados”, como nosgustaría creer, sino en el interior mismo de nuestras grandes ciudades, resultafrancamente inquietante para el hombre presuntamente civilizado. Y es que quizá lomás terrorífico del Vudú sea cómo lo real y lo fantástico se entremezclan en él, deforma difícilmente discernible. No estamos ante fenómenos sobrenaturalesincomprobables, ante paganismos ancestrales ya desaparecidos, ante criaturas más bienmíticas como vampiros y hombres lobo. Cualquiera que lo desee puede consultar lasincontestables pruebas reunidas en torno al caso de Narcille Clovis, el fenómeno zombimás documentado de Haití. Y, sin llegar a extremos melodramáticos, cualquier turistaavisado puede asistir a ceremonias y fiestas rituales a lo largo de todo el Caribe y buenaparte de Sudamérica, visitar el Museo del Vudú en Nueva Orleáns, o comprar cualquieraccesorio que necesite para sus hechizos santeros en las muchas “botánicas” del HarlemHispano de Nueva York o de la Pequeña Cuba de Miami. Son estos aspectos únicos, la contemporaneidad de una religión pagana procedentedel Africa oscura y su posible poder real, los que han hecho del Vudú uno de los temaspredilectos de la literatura fantástica y de terror. Desde los tiempos de “Weird Tales”, enplena era dorada del pulp, el Vudú es presencia continua en el cuento de horror y,aunque se eche quizá a faltar al arquetípico Hugh B. Cave, autor que residió largas
  • 3. 3temporadas en el propio Haití, de las páginas amarillentas de los pulps hemosentresacado joyas como Madre de Serpientes de Robert Bloch, Palomos del Infierno deltexano Robert E. Howard —que aporta aquí el mito de la zuwenbi, verosímil invencióndel propio Howard—, Papá Benjamín de William Irish —es decir, de CornellWoolrich—, y Desde lugares sombríos de Richard Matheson. Junto a estos relatos de terror clásicos, encontraremos historias que les fueronnarradas a viajeros e investigadores como auténticas y libres de cualquier duda. AttilioGatti, Vivian Meik, el célebre William Seabrook —que con su clásico Magic Islanddejó bien establecidas las bases de la leyenda negra del Vudú haitiano—, la periodistaInez Wallace, Lydia Cabrera, Raymond J. Martínez y el Dr. Gordon Leigh Bromley,aportan sus experiencias —a veces personales— de la realidad del fenómeno zombi, dela existencia de sectas secretas africanas y siniestros rituales necrofílicos, del poder delos antiguos dioses de Africa, de las posesiones o “montas”, y de la terrible eficacia dehechizos y maldiciones. Algunos de los relatos que incluimos son estrictamente (!!!) verídicos, como ocurrecon los escritos por el investigador de lo oculto Brad Steiger y su esposa, tanto Losespeluznantes secretos del Rancho Santa Elena, que narra los famosos sucesos deMatamoros que inspirarían también a Barry Gifford su novela Perdita Durango, comoLa pócima de amor comprada con sangre. Y especial atención, por su realismo de puroy duro informe policial, merece ¡Asesinado al pie de un altar vudú!, la crónica deRichard Shrout que nos introduce en las oscuras relaciones que unen la práctica de laSantería con el narcotráfico y el hampa latina de Estados Unidos. Todo un episodio de“Miami Vice”. La mítica conexión entre el Vudú y la música popular queda ejemplificada tanto enel clásico Papá Benjamín, con su jazzístico y maldito Canto Vudú, como en El Boogiedel Cementerio de Derek Rutherford, un terrorífico Rock’n Roll que haría estremecer demiedo al mismísimo Screamin’ Jay Hawkins. Y la presencia del cine de terror másclásico la encontraremos en Yo anduve con un zombi, que diera pie —convenientementemezclada con Jane Eyre— a la legendaria producción de Val Lewton, dirigida porJacques Torneur, además de, nuevamente, en el relato de William Irish, llevado a lapequeña pantalla por Ted Post en 1961, y víctima de toda una adaptación inconfesa enel clásico de episodios Doctor Terror, producido por la británica Amicus Films. Pero,cuidado, no en Zombi Blanco de Vivian Meik, sin relación alguna con el film delmismo título. Por cierto, he de confesar aquí que el título de esta antología lo hemostomado prestado de Voodoo Dawn, la película —y novela— de John Russo, con la queel coautor de La noche de los muertos vivientes quiso pagar su deuda con el Vudú. No quiero dar paso ya a los misterios del Caribe y el Africa profunda sin otraadvertencia: a pesar de nuestro criterio, digamos que geográfico, los relatos no siemprese ajustan estrictamente a su área territorial, y es que nuestra selección no pretende serni exhaustiva ni, mucho menos, ortodoxa. Como veréis se mezclan en ella los relatos ylos hechos reales, la crónica negra y los cuentos de fantasmas, el Vudú, la Santería yhasta otros cultos más terribles y desconocidos. Se trata tan solo de explorar —yexplotar— ese lado más siniestro, terrorífico y brujeril del Vudú. Su leyenda negra —muchas veces falsa, otras no—, su folklore más fantástico, su imagen más pop. Yo, pormi parte, confieso que siento por el verdadero Vudú y la Santería el mayor de losrespetos y una gran simpatía. Puede que vosotros, cuando hayáis terminado de leer las páginas que siguen, tambiéndeseéis profundizar más en las religiones afroamericanas. Ya se sabe, si no puedesvencerles, únete a ellos.
  • 4. 4 VOCABULARIO En todos los relatos seleccionados se han respetado los términos propios del Vudú y la Santería tal y como los transcriben sus autores; ello supone que, a veces, el mismo término aparezca escrito de distinta forma, según el autor y hasta el relato. Para facilitar la comprensión de algunos de los textos se incluye un pequeño vocabulario de términos religiosos afroamericanos, que recoge exclusivamente aquellos que se nombran en el libro. Este VOCABULARIO ha sido confeccionado por Jesús Palacios y Pedro Duque. Al lado de cada término, entre paréntesis, se dan otras variantes del mismo.ABAKUÁ (Abakwá, Abacuá): Secta afrocubana, también conocida por el nombre deÑañiguismo o ñáñigos, procedente de los pueblos Efik y Ekoi de la Costa Calabar delOeste de África. El término Abakuá se refiere al pueblo y la región de Akwa, dondefloreció esta sociedad en el continente africano. Aunque actualmente se la da pordesaparecida, desde mediados del siglo XIX y hasta muy entrado el XX, la SociedadAbakuá ejerció una enorme influencia secreta en la vida política y social de Cuba, comopuede comprobarse en la novela que le consagró Alejo Carpentier: Ecue—Yamba—O.AMARRE: Se llama así en la Santería al acto ejecutado por un brujo o curandero con elfin de retener a la persona amada, manteniéndola bajo su voluntad. Se trata,esencialmente, de un hechizo amoroso.BABALAWO (Babalao): Sacerdote santero dedicado al culto adivinatorio de Fa o Ifá.Su nombre significa “Padre y dueño del secreto” en lengua yoruba, de cuyo Oráculo deIfé africano proviene este culto. Más generalmente, sacerdote santero.BABALOCHA: Sacerdote santero encargado de las ceremonias de iniciación de losnuevos santeros.BAJAR EL SANTO (Coger el Santo, subir el Santo, tener el Santo, etc.): Frase quese usa familiarmente en la Santería para denominar la posesión física de un creyente poralguno de los santos u Orichas, llamada a su vez “monta”.BARÓN SAMEDI: Loa o dios Vudú, señor y guardián de los cementerios, algunasveces identificado con Guedé, que es representado por una gran cruz colocada sobre latumba del primer hombre enterrado en el lugar. Junto al Barón la Croix y el BarónCimitière, forma la tríada de los Barones Vudú, todos con herramientas de enterradores.CANDOMBLÉ (Candombé): Nombre que designa en Bahía (Brasil) ciertos cultos —ysus prácticas— afroamericanos, muy similares al Vudú y, sobre todo, a la Santería.Aunque originalmente era africano y yoruba o nago, rindiendo por tanto culto a losOrixás al igual que la Santería a sus Orichas, posteriormente se han introducidovariantes como el Candomblé Blanco, con divinidades indias autóctonas. Al igual que, a
  • 5. 5veces, las palabras Vudú y Santería, Candomblé puede designar tanto la religión comosus prácticas, las ceremonias y, al tiempo, el recinto donde se celebran.DAMBALLAH (Damballah Wedo): Loa o dios Vudú de la lluvia, los ríos y los lagos.Su símbolo es la serpiente, generalmente una boa constrictor rojiza, y al tratarse de unode los Loas más poderosos, temidos y adorados, ha contribuido sobremanera a extenderel error de que el Vudú es un simple culto a la Serpiente.EBBÓ (Ebó): Palabra yoruba que designa en Santería la ofrenda de frutas y dulces o elsacrificio de animales cuadrúpedos y de aves que se ofrece a los Orichas para obtener sufavor.GANGÁNGÁME: Sacerdote o brujo perteneciente a la secta Gangá de la Santeríacubana, de origen congo o bantú, y fuertemente animista. En ella se adora a los espíritusde los muertos, y está fundamentalmente orientada hacia la magia y los ritos funerarios.GRIS GRIS: Hechizo mágico Vudú que puede consistir tanto en un simple sacrificioanimal, como en una bolsa llena de objetos mágicos, en un talismán o en un fetiche.Puede usarse tanto para el bien como para el mal, y ejerce su influencia sobre la suertede aquél a quien se le destina. A veces designa un dibujo místico en el suelo, similar alos vevés haitianos. Es un término propio del Sur de los Estados Unidos, pero procededel africano Gri—Gri, de igual significado.GUEDÉ (Ghede): Loa Vudú de la muerte y los cementerios. Designa tanto unadivinidad como a un conjunto de dioses, relacionados siempre con los cementerios, lamuerte, los ritos funerarios y el culto a los antepasados. Procede del pueblo de losGhede—vi, casta africana de enterradores llevada como esclavos a Haití.Paradójicamente, Guedé posee también connotaciones fálicas, siendo también Señor dela Vida, muy dado a las obscenidades y a la bebida.IWORO: En lengua yoruba, dícese de los santeros y creyentes que son hijos deObatalá.IYALOCHAS (Yalochas): Sacerdotisas santeras, equivalentes femeninos delBabalocha o Babalao.LENGUA: Nombre que se da en la Santería a los rezos y frases litúrgicas que se recitanen lengua yoruba. Asimismo, la Sociedad Abakuá denomina “lengua” al dialectoñáñigo, y en el Vudú se llama “langage” a la lengua usada en los sagrados ritosafricanos.LUCUMÍ: Nombre que dieron arbitrariamente los cubanos a todos los negrosprocedentes de Nigeria, la mayoría de ellos yorubas, por lo cual ha quedado tambiéncomo sinónimo de yoruba y de la propia Santería, de predominio nigeriano.MAMALOI: Familiarmente, nombre con el que se designa a las sacerdotisas Vudú,sobre todo en el Sur de los Estados Unidos, pero a veces también en Haití.
  • 6. 6OBEAH: Nombre que recibe en algunas islas del Caribe —Trinidad, Martinica,Jamaica, etc.— la magia afroamericana, y que equivale hasta cierto punto al Vudú y laSantería.OMÓ (Omó Oricha): En yoruba, hijo de Santo. Es decir, aquél que ha sido iniciado porcompleto en la Santería y elegido ya por su Oricha correspondiente.ORICHAS (Orischas): Nombre genérico de las divinidades yorubas a las que se rindeculto en la Santería, y también en el Candomblé brasileño con el nombre de Orixás. Sonel equivalente de los Loas del Vudú, y al ser sincretizados con el Santoral católico, lapalabra Oricha deviene a su vez sinónimo de Santo.ORO: En yoruba, la palabra que designa el cielo, el lugar de residencia de los Santos uOrichas.OUANGAS (Wangas): Maleficios Vudú, actos de magia negra contra un enemigo oamuletos mágicos que se emplean con fines egoístas o malignos. También mal de ojo.PALO MAYOMBE (Regla de Palo): Secta afrocubana de origen bantú, inclinadaprofundamente hacia la magia y la brujería. Con el nombre de Palo Cruzado sesubordina al sistema yoruba de la Santería, al que complementa con prácticas y diosescongoleños, siempre con un enfoque más práctico y utilitario. Tal es la forma de esteculto, que Mayombé es a veces el nombre que se le da al espíritu del mal, y el términomayombero sirve para designar a todos los brujos en general.PAPALOI: Familiarmente, nombre que se da a los sacerdotes del Vudú.PATAKÍ (Patakín): Relato cuyo protagonismo puede correr a cargo de los dioses, dereyes, animales y hasta objetos, de carácter mitológico y moral. Encabeza, acompañadode un refrán o conseja, cada signo (odu) del Diloggún o Tablero de Ifá, el sistemaadivinatorio yoruba usado en Santería.PIEDRA (Otán): Piedra sagrada en la que se supone reside el espíritu de un Santo uOricha; se guarda en una “sopera” y se le hace el “ebbó” que corresponda a su Oricha.REGLA DE OCHA (Regla Lucumí): Nombre que se le da también a la Santería. Dosson las Reglas principales afrocubanas: la Regla de Ocha o Santería, y la Regla de Paloo Palo Mayombe.SANTOS: Al llegar a Cuba, los Orichas yorubas fueron asimilados por los esclavos alos Santos de sus amos, para poder adorarlos y celebrar sus fiestas. Lo mismo ocurrió enBrasil y en Haití, donde Orixás y Loas tienen sus Santos correspondientes. De estefenómeno sincrético deriva el término Santería, extendido después a toda Latinoaméricay Estados Unidos.SANTISMO: Aunque a veces se le llama también Santería, no debe confundirse con elculto afroamericano originado en Cuba. Se trata de un sincretismo amerindio propio deMéxico y la frontera de Estados Unidos, que utiliza prácticas tanto del catolicismo másferviente como de viejos rituales aztecas, mayas e indígenas en general. Estáestrechamente relacionado con los artistas imagineros mexicanos y chicanos, muchos de
  • 7. 7los cuales pertenecen a sectas santistas, y sus prácticas, miembros y área de influenciase guardan en el máximo secreto.SOPERA: Recipiente donde se guarda y protege el “otán” de un Oricha, así como suscollares y otros objetos sagrados. Al contacto con el español se debe que este recipiente,originalmente una vasija de madera o barro, cobrara la forma y la decoración de unasopera barroca, pintada con los colores de su Santo. Jesús Palacios & Pedro Duque 1993 Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 LOS HOMBRES QUE BAILAN CON LOS MUERTOS ATTILIO GATTI LOS MAYORES ASESINOSL os cocodrilos, gorilas, búfalos, leones, leopardos, serpientes y elefantes se cobran todos los días en Africa un tributo de vidas humanas que no es muy inferior al que pagan los hombres en aquel continente a enfermedades tropicales, como lafiebre de la selva y la fiebre amarilla, el sodoku y kala—azar, la lepra y la enfermedaddel sueño, por nombrar sólo unas pocas. Sin embargo, por lo que se refiere al Africa Central, tengo la firme convicción deque, entre todas las fieras y todas las epidemias juntas, no causan tantas víctimas enhombres, mujeres y niños de la raza negra como las sociedades secretas con sus odiososcrímenes. ¡Que nadie se llame a engaño! Estas antiguas sectas, que tienen su origen en unremoto pasado de crueldad, lujuria y barbarie, siguen siendo hoy mismo, a pesar detodos los esfuerzos de lo que llamamos civilización, unas asociaciones de los mayores ymás implacables asesinos. Estas fuerzas malignas operan en todas partes y su poder se acrecienta con suinvisibilidad. Se ocultan entre las multitudes negras que hormiguean en los arrabales delas pequeñas ciudades y de las explotaciones mineras que están en plena actividad; sefiltran en todas las tribus desparramadas a lo largo de los ríos, a orillas de los lagos, enlos bosques, llanuras y selvas; se recatan entre los mismos indígenas que los blancostenemos a nuestro servicio o vemos pasar desde el camión. Para demostrar esto que afirmo voy a relatar un episodio espantoso que nadie, que yosepa, ha hecho público hasta ahora. Se trata de la historia horrible, pero absolutamente auténtica y exacta hasta en susmenores detalles, fuera de cambios deliberados de nombres, del poblado de Mohoko.Sin embargo, el lector que quiera explicarse bien cómo es posible que los espeluznantese implacables asesinatos de las sectas secretas sigan realizándose hoy día en el Congoen una gran escala y con casi absoluta impunidad, debe empezar por conocer lascondiciones generales de vida en aquel país. Concretemos el caso a la región de los
  • 8. 8Watza, en la que yo residí por espacio de varios meses durante una de mis últimasexpediciones. El poblado del jefe Mohoko se hallaba enclavado en ese territorio, tan extenso comoBélgica, y que es la única población de importancia. Se compone de una docena dechozas, en las que están instalados comerciantes griegos e indios, y de una docena demalas casas de ladrillo en las que viven funcionarios belgas, entre los que se cuentan unmédico, un veterinario, el empleado de correos, el recaudador de impuestos y unoscuantos representantes más del Gran Dios Balduque, ninguno de los cuales tiene nadaque ver con el gobierno de los indígenas. Completan la población un hospital, unapequeña casa misional, algunos edificios en los que está instalada la Administración, elTribunal, la cárcel y una choza muy amplia para la “guarnición”. Pero el Administrador y sus dos ayudantes tienen que gobernar a una masa humanade 30.000 a 40.000 personas. No puedo dar cifras exactas, pero éstas que cito son lasmismas que oí en boca del Administrador Territorial, señor Van Veerte. Coincidiendocon mi estancia en el país se estaba procediendo a la ocupación permanente de grandesextensiones de territorio; y, como es natural, no disponía aquel señor ni de tiempo ni demedios para llevar a cabo un censo exacto de la población, que se mostraba muy pocodócil. Van Veerte, lo mismo que sus antecesores, conocía de una manera superficial un parde los diecisiete dialectos hablados entre las tribus que estaban bajo su autoridad. Poreso tenía que entenderse siempre con los indígenas por medio de su intérprete Sankuru,natural del país, que llevaba muchos años de policía. Todo el mundo hablaba de la lealtad de Sankuru. Siendo joven, combatió a lasórdenes de Stanley, cuando el gran explorador norteamericano abrió la región delCongo al dominio del rey Leopoldo II. Tanto el rey Alberto como el rey Leopoldo IIItuvieron a gala, en sus visitas casuales a la colonia, el prender una nueva medalla a lablusa azul de Sankuru; medallas que éste, a pesar de su anciana edad, ostentaba condignidad propia de un monarca. Sankuru lo sabe todo y conoce a todos. Y lo que no sabe de primera mano loaverigua por medio de uno u otro de los veinticuatro policías indígenas que eligió,entrenó y que están a sus órdenes. Téngase esto en cuenta: los Administradores pasan,pero Sankuru sigue siempre en su puesto. Por eso los Administradores hacen lo queSankuru susurra en el oído blanco en el momento propicio. No niego que Van Veerte se aconseja mucho y se informa a través de la Misióncatólica, que funciona de muchos años atrás, y también del médico, aficionado a laetnografía local. Pero lo que el padre José conoce, lo sabe a través de Basiri, uncatequista con cabeza de gorila; y la fuente de información del doctor Gablewitch esManuel, su ayudante; y, del mismo modo, la enciclopedia viva de Van Veerte esSankuru, su intérprete, jefe de su policía... y su gacetillero. Todo marcharía como la seda si entre Sankuru, Manuel y Basiri no existiese unavieja enemistad cuyos orígenes nadie ha logrado averiguar, pero que sigue hoy tan vivacomo el primer día. Los tres se odian profundamente, y cada cual susurra con frecuenciaal oído de su propio amo el cuento de las pequeñas faltas de que se han hecho culpablessus enemigos de toda la vida. Los tres hombres blancos no fomentan abiertamente estas rivalidades, pero seaprovechan en todo momento de las mismas. No los censuro, ni quiero dar a entendercon esto que no son muy buenos amigos. Todo lo contrario. En cuanto alguno de ellosse entera de algo referente al servidor del otro, hace cuestión de honor el poner alcorriente al interesado. El padre José se acaricia la roja barba, quejándose de la falta decaridad cristiana de aquellos paganos, y excluyendo de esta apreciación, como es
  • 9. 9natural, a Basiri, cuyas palabras son casi el Evangelio. El doctor Gablewitch, por suparte (el doctor es un polaco de muy buen corazón), se ríe a carcajadas y asegura quetodos los indígenas son unos soberanos embusteros; todos, menos su ayudante. Y el administrador no se toma siquiera la molestia de decir a los otros que Sankurues hombre que merece absoluta confianza, y se frota las manos de gusto, si nomaterialmente, por lo menos con el pensamiento. Porque está profundamenteconvencido de que aquella enemistad entre los tres aliados negros de las autoridadesblancas es un hecho que ofrece grandísimas ventajas. ..........Había yo llegado a desentrañar este curioso estado de cosas, cuando organicé una cortaexpedición de caza que debía tener lugar en Mohoko. Estando ya a punto de emprendermi safari, se me acercó Manuel, el ayudante del doctor Gablewitch, diciéndome que suamo le había mandado que fuese a Mohoko. ¿Había inconveniente en que se sumase ami safari? Me aseguró que podía serme útil, porque conocía muy bien el camino.Agregó que había estado muchas veces en aquella región, aunque no en el mismoMohoko. No me fijé de momento en la excesiva insistencia que ponía al decirme esto último,pero andando el tiempo hube de recordarlo. Estaba muy atareado arreglándolo todo parasalir cuanto antes, y no tenía tiempo para perderlo en conversaciones. Me limité adecirle que sí y nos pusimos en camino. Llegué a Mohoko y me encontré con una pequeña comunidad de unos doscientosindígenas, ariscos, primitivos, pero inofensivos. Aunque el trato que mantenía con la tribu era muy superficial, me sorprendiódesagradablemente el observar que había entre ellos un gran número de idiotas. Y nome sorprendió menos el que la comunidad los alimentase y cuidase muy bien, porqueestaba acostumbrado a ver que en Africa los enfermos incurables quedan relegados a lacategoría de parias, de los que todo el mundo se desentiende. Había hecho yo a Van Veerte el ofrecimiento de que, mientras anduviese por allí,realizaría con mucho gusto un censo preliminar y se lo enviaría. Me imaginé que seríajuego de niños, y lo dejé para el último día. Pero cuando empecé la tarea vi que era unacosa complicadísima. El jefe me recibió agriamente. Y me dijo, además, que estaban enfermos. Lasmujeres se mostraron mohínas, los hombres se declararon casi abiertamente hostiles, ylos chicos recelosos. Y aquellos idiotas, tan gordos y reacios a moverse, lo complicabantodo llevándome la contraria, permaneciendo en su sitio cuando yo les mandaba que seapartasen y metiendo la nariz cuando menos los necesitaba. Sintiéndome incapaz de desenredar aquel embrollo, acabé pidiendo ayuda a Manuel.Éste se prestó muy solícito y reunió a toda la población, arengándoles con la mayorenergía en su dialecto local. Yo no entendí una palabra, pero lo que Manuel les dijosurtió mucho mayor efecto que mis coléricas charlas en kingwana, que es el esperantode la región. El jefe pareció despertar, todos formaron en línea, y, aunque estabaoscureciendo, obtuve en menos de una hora resultados tangibles. Conservo los totales en mi diario: Hombres, 42 casados, 19 solteros; mujeres, 78casadas, 35 solteras núbiles; niños, 44 de uno y otro sexo. Saqué la impresión de que al menos el cincuenta por ciento de las hembras y el diezpor ciento de los varones eran imbéciles, o quizá que estaban atacados de algunaenfermedad desconocida para mí, aunque se hallaban, siquiera en apariencia, bienalimentados.
  • 10. 10 Manuel, con la suficiencia de un médico, me dijo: —Es la enfermedad del sueño. Agregó que por eso no los había evacuado, porque temía que la vacuna fuese unobstáculo para las inyecciones que el Bwana médico habría de ponerles más adelante.Aquello era un puro disparate, porque no existía la mosca tsé—tsé en aquella parte delpaís. Pero era inútil discutir sobre estas cosas con un indígena que desempeñaba lasfunciones de algo así como enfermero. Me fijé de pronto en la esposa más joven del jefe, que iba y venía tímidamente a mialrededor. Tuve la impresión de que quería decirme alguna cosa importante, pero quetitubeaba, sin atreverse a dirigir la palabra al hombre blanco. Por fin lo hizo, pero notuvo tiempo de explicarse, porque apenas habló dos palabras la cogió Manuel del brazo,gritándole que volviese a su choza. Quise intervenir, pero ella se libró de las manos deManuel y echó a correr, tan asustada y recelosa que no quiso volver ni aun cuando leenvié a decir por éste último que viniese. Regresamos a Watza, y al llegar a las primeras casas del poblado presenciamos unaescena curiosa. Van Veerte, seguido a cierta distancia por su jefe de policía, se dirigía hacia sudespacho. Se detuvo para cambiar conmigo algunas palabras. De pronto, como si seacordase de algo, se volvió buscando a Manuel, el cual se encaminaba ya hacia la casadel doctor, dando un rodeo para no encontrarse con Sankuru. —¿Dónde está ese hombre? —preguntó Van Veerte. La cara de Manuel adquirió una expresión tan elocuente de sorpresa que bastaba paraque el Administrador comprendiese que no adivinaba el sentido de su pregunta. Inesperadamente se abalanzó Sankuru hacia Manuel, chillando: —Yo te di la orden de que al volver trajeses contigo al llamado Loko—Loko. Te dijeque el Bwana Administrador quería que compareciese ante el tribunal. Manuel, tan cortés y bien mirado de ordinario, sufrió una desconcertantetransformación. Fue tan extraordinario el cambio que tanto el Administrador como yonos quedamos por un momento mudos y atónitos escuchando el torrente de insultos ymaldiciones que salieron de su boca, contorsionada por el furor. También Sankuru perdió el dominio de sí mismo. Su actitud respetuosa y casimeliflua desapareció. Lo único que comprendimos fue que los dos viejos rivales seacusaban el uno al otro de ser los más cochinos embusteros, y no sé cuántas cosas más,de todo el país. Un grito de Van Veerte impuso silencio y el chasquido de su látigo obligó a los doshombres a salir corriendo en direcciones opuestas. El Administrador se rascó la cabeza: —No me lo explico. Ese individuo, Loko—Loko, tenía que comparecer ante eltribunal para responder de una acusación sin importancia, pero no se presentó. Al saberque Manuel iba a Mohoko, encargué a Sankuru que le dijese que al volver trajeseconsigo a Loko—Loko. Suponiendo que Sankuru olvidase mi orden, o, lo que es másprobable, que Manuel no quisiese ejecutar el encargo, ¿a santo de qué ha venido estariña entre ellos? Iban a ocurrir de allí en adelante muchas cosas que ni Van Veerte ni nadie podíaexplicarse. Empezando por los juramentos que hizo Manuel, afirmando que Loko—Loko no seencontraba en aquel poblado. Y porque los dos policías que fueron enviados inmediatamente para que procediesena la detención de aquel individuo no regresaron, como debían, a los cuatro días.
  • 11. 11 Pasados tres días más, destacó el Administrador al mismo Sankuru con órdenesterminantes de traer a Loko—Loko, a los dos policías y, para hacer un escarmiento, aljefe mismo de Mohoko. Transcurrió una semana. Por fin regresó Sankuru. Venía cansado, abatido... y con lasmanos vacías. Todos los que había ido a buscar habían desaparecido. —Pero esto es un desatino —gritó enojado Van Veerte—. ¿También el jefe hadesaparecido? ¿Se ha ausentado sin permiso mío? ¡Verdemte! Sankuru tragó saliva, como si tuviese que hacer un esfuerzo doloroso para continuarsu informe. Se quejó de que en el poblado de Mohoko no le quisieron ni escuchar.Llegaron hasta amenazarle con matarlo a palos si no se largaba de allí enseguida. Y él,que había luchado a las órdenes de Stanley y había sido condecorado por dos reyesblancos, tuvo que apelar a la fuga para salvar la vida. Las palabras de aquel hombre, el tono patético de su voz, la expresión de vergüenzaque se retrataba en su rostro arrugado, habrían estremecido al hombre más duro. Pero,mientras hablaba, me cruzó por la cabeza un recuerdo. El de la más joven de las esposasdel jefe. ¿Qué sería lo que quería decirme? Creí que era mi deber informar a Van Veerte, y en cuanto Sankuru dio fin a suinforme y se retiró, le conté la extraña actitud del jefe y cómo su joven esposa habíaintentado hablar conmigo. Cada palabra mía no hacía sino aumentar la inquietud del Administrador. Cuandoacabé de hablar gruñó: —Aquí ocurre algo grave, muy grave. No tardó en poner al corriente de todo al doctor y al padre misionero. También éstosse manifestaron intranquilos. El misionero se acarició la barba y dijo: —Con lo que he oído hasta ahora, me basta para que desee acompañarle a usted, si esque decide ir a Mohoko. —También yo le acompañaré —dijo el doctor. La “tropa” que el Administrador tenía a sus órdenes ascendía a la cifra de unsargento y cinco soldados. Se los llevaría a todos de escolta, dejando la cárcel de Watzasin otra guardia que algunos policías. Quizá se viese en la necesidad de hacer frente auna sublevación y de sofocarla con sólo aquellas fuerzas y los dos blancos que leacompañarían con sus leales criados. La cara de Van Veerte era de ordinario inexpresiva, pero yo adivinaba lo que ahoraestaba pensando. Por eso no me sorprendió que aceptase la colaboración de todos losque se ofrecieron a ir con él, e incluso la mía. A los dos días, tomadas las medidas necesarias, salimos todos juntos. En la tarde delsegundo acampamos a dos horas de distancia, más o menos, del poblado de Mohoko. A la mañana siguiente avanzamos con toda clase de precauciones. El sargento y lossoldados iban delante, por si nos habían tendido alguna emboscada. Los policíasformaban la extrema retaguardia de la columna, para impedir que, si nos atacaban conflechas y lanzas envenenadas, los peones de transporte tirasen sus cargas y saliesenhuyendo. A medida que avanzábamos se iba haciendo más siniestro el silencio que nosrodeaba. No se veía aún el poblado, aunque lo teníamos tan cerca que hubiéramosdebido oír voces y gritos. Nos hallábamos en la última curva de un sendero bastante empinado, cuando llegóhasta nosotros un grito. Era el sargento quien lo había dado, y venía a todo correr hacianosotros.
  • 12. 12 Echamos a correr también a su encuentro..., y vimos a los cinco soldados queandaban de un lado para otro por el espacio abierto que antes ocupaba el poblado.Parecían buscar algo; pero ¿cómo es que no veíamos otra cosa que a los cinco soldados? El poblado había desaparecido. EL CASO DEL PUEBLO DESAPARECIDOP arecerá descabellado lo que cuento, pero era la pura verdad. Ya no estaba allí el poblado. Mis ojos atónitos, que veinte días antes habían visto allí una gran chozadestinada a las reuniones y el palabreo, unas ochenta chozas grandes, decenas degraneros y gallineros, no descubrían ahora más que un campo desolado en el que sedivisaban algunas ruinas carbonizadas. De la población, anda; los 218 habitantes sehabían esfumado. Hombres, mujeres y niños. Se habían largado todos. "¿Adónde? ¿Por qué razón?", nos preguntábamos unos a otros. Prescindiendo del por qué, no encontrábamos indicación alguna del dónde. Después de una búsqueda de dos horas, regresaron Sankuru y sus policías muyabatidos, asegurando que aunque ellos tenían más experiencia que los soldados en estascosas, tampoco habían podido hallar el rastro. Ni siquiera podían señalar la direcciónprobable, porque la tribu había borrado y confundido con mucho cuidado sus huellas. Van Veerte estaba en ascuas. No es posible reproducir en letra impresa loscomentarios que hizo, aunque en esencia venían a resumirse en que no era posible quedesaparecieran así como así 218 personas. Pero el hecho es que habían desaparecido, tan completa y definitivamente queparecía que nadie sería ya capaz de aclarar semejante misterio, y que sólo quedaríamemoria de él en algún archivo polvoriento y en el epitafio oficial que marcaría el finde la carrera colonial del señor Van Veerte. Por suerte para la majestad de la justicia y para la carrera del Administrador, habíatenido yo un buen día el capricho de ir a cazar cerca del poblado de Mohoko,brindándome al propio tiempo a hacer un pequeño servicio al Administrador. Esto alterópor completo el curso de las cosas, aunque no quiero atribuirme por ello ningún mérito. Algunas preguntas que había hecho a los indígenas y algunos datos que habíarecogido; la tentativa que hizo para hablarme la esposa joven del jefe y su fuga; laescena entre Sankuru y Manuel; la extraña desaparición de Loko—Loko y de los dospolicías enviados en su busca... Con estos frágiles hilos iniciaron su fatigosainvestigación los dos magistrados que destacó, al conocer lo ocurrido, la Administraciónde la provincia. Muy poca cosa, en resumidas cuentas. Pues bien: estos hechos insignificantes fueronla clave que condujo al descubrimiento de uno de los más espeluznantes misterios delCongo, según pudo verse al final. Tuve la suerte de seguir desde el principio aquella investigación, que resultó hasta elúltimo momento llena de emociones. Pronto llegamos todos nosotros a convencernos de que la desaparición de Mohokoera obra de una sociedad secreta. Pero nadie sabía de qué secta se trataba, aunque eraevidente que dominaba con mano de hierro a las poblaciones de todos aquellosalrededores. Hasta Sankuru y sus policías, Basiri y Manuel, fuentes habituales deinformación que nunca fallaban, parecían ahora incapaces de dar con una clave,sorprender una palabra indiscreta o proporcionar un dato cualquiera. Nos hallábamosfrente a una conspiración de silencio aterrorizado que ni las promesas ni las amenazaslograban romper.
  • 13. 13 El doctor Gablewitch y el padre José empezaron a visitar, pueblo por pueblo, todoslos de la región. Iban en apariencia para llevar a los indígenas sus consuelos médicos yespirituales; pero, en realidad, para llevar a cabo, como pudiesen, un censo de cada tribuy para tomar rápida nota de cualquier señal o coincidencia sospechosa que pudierallamar su atención. Nada de particular descubrieron en los seis primeros poblados que visitaron. Pero en el séptimo, mientras el doctor se hallaba entregado a sus tareas médicas,observó que un indígena intentaba escabullirse de puntillas por detrás de la choza, conla evidente intención de que no le viese. Despachó en el acto un policía en supersecución, porque el indígena echó a correr al verse descubierto. Aquél lo alcanzó yse lo trajo a rastras. El indígena gruñía y jadeaba. El doctor Gablewitch se fijó en los tatuajes circulares que llevaba en el torso;parecían del mismo estilo que los que yo le había explicado que eran frecuentes enMohoko. El buen doctor, que gustaba de las bromas pesadas, compuso un rostro terriblementeamenazador y rugió: —Tú escapabas, y eso demuestra que eres culpable. En castigo, te voy a poner ahorauna inyección que te mate con una agonía lenta y espantosa. El indígena dejó de forcejear y se quedó suspenso; pero en cuanto vio que el médicocogió en sus manos una jeringa llena de suero, dio un salto atrás, dando alaridos ypugnando a brazo partido por desasirse de los policías. Viendo que no lo conseguía,gritó: —¡No, Bwana, por favor! ¡Diré lo que sé! Estas fueron las últimas palabras que pudo pronunciar. El doctor sintió el silbido dealgo que pasaba junto a su oreja..., y una flecha se clavó en el corazón del preso. Elveneno en que estaba impregnado causó un efecto instantáneo. Se produjo una enorme confusión. Salió para aquel lugar un magistrado, pero tardó un día entero en llegar. Los dosblancos, sus criados y los policías no habían conseguido dar en aquellas veinticuatrohoras con una clave. Peor aún: al pedir el magistrado al médico sus notas, éste no lasencontró. Habían desaparecido las listas de nombres, familias, inyecciones, tatuajes ytodas las demás observaciones que había hecho. El magistrado dio orden a los soldados de que reuniesen a toda la población. PeroGarao era un pueblo que nos reservaba sorpresas. El número de los individuos queaparecían con vacunas recientes era bastante superior a la cifra que el doctor recordabahaber vacunado. —¡Tráiganme al jefe! —ordenó muy escamado el juez. Todos salieron llamando al jefe, pero éste no apareció ni supo nadie decir dóndeandaba. El magistrado gritó a Sankuru: —¡Tráeme volando al jefe! Como no esté aquí dentro de diez minutos... Pero transcurrieron diez minutos, y veinte, sin que apareciese. Y fue por último elmagistrado mismo quien tuvo que ir a verlo... en un pequeño calvero donde loencontraron Sankuru y sus policías, en medio de un charco de sangre, con la gargantadestrozada por horribles zarpazos de un felino. —Un akkha —murmuró Sankuru. Y al mismo tiempo señaló unas huellas del feroz leopardo de las montañas de aquellaregión, que estaban claramente marcadas aquí y allá en el fango, alrededor del cadávertodavía caliente.
  • 14. 14 —Un akkha lo ha matado —repitió con semblante lívido, y al decirlo se restregó lasmanos una y otra vez en la blusa azul de su uniforme. Basiri exclamó entonces: —¡Ese majadero ha tocado el cadáver! El magistrado miró a Sankuru y vio las manchas de sangre. Esto le produjo unarepentina turbación, y volvió la vista hacia otro lado. Pudo así descubrir la causa delsúbito silencio que se había producido a su alrededor. La bulliciosa multitud deindígenas que había ido en pos de él hasta el lugar en que fue hallado el cadáver sehabía esfumado. Había bastado que se pronunciase una sola palabra: “¡Akkha!” para que sedesbandasen todos sin abrir la boca. A nadie engañó aquella muerte del jefe de Garao. Los animales carnívoros noatacaban jamás al hombre en pleno día y en los alrededores del poblado. Aquello eracosa de los Hombres Akkha, los feroces asesinos que acostumbraban a emboscarse enespera de sus víctimas para clavarles en el cuello unas garras de hierro que se atan a lasmanos; los akkhas, que se cubren la cabeza con una piel del auténtico leopardo paradisfrazar así su personalidad; los akkhas, que una vez cometido el crimen dejanimpresas en el lugar unas huellas falsas de felino hechas con un bastón tallado, borrandoantes con sumo cuidado las suyas propias. Era un asesinato más. Desde aquel momento, los crímenes se sucedieron rápidamente unos a otros.Conforme avanzaba la investigación, se iban amontonando los cadáveres. ¡Hasta elnúmero de cuarenta y siete! Y sin encontrar jamás un rastro, fuera de algunas huellas deakkha, y esto sólo en algunos casos. Indicaciones que pudiesen guiar las pesquisas,ninguna. A menos que... Sí, algo había. Cuarenta y cinco de los cuarenta y siete asesinados tenían la marca dehaber sido vacunados, y dieciocho de los hombres estaban tatuados con círculos. Doshabía que no presentaban señal de haber sido vacunados, pero al examinar sus cadáveresobservó el doctor un detalle curioso. Ambos tenían el relieve de una cicatriz igual en el estómago, un poco más arriba delombligo. Manuel, el ayudante del médico, brindó una explicación posible de aquel hecho. Lavacuna asustaba en un principio a los indígenas, pero luego se dieron a pensar que talvez fuese una gran operación de magia de los blancos. Entonces, algunos de los que nohabían sido vacunados querrían gozar de una protección parecida a la que la vacunaproporcionaba, y se dirigían al hechicero, y éste les haría una incisión abdominal,embutiendo en ella algunos de sus sucios medicamentos. Pero, ¿y los tatuajes de los dieciocho restantes? ¿Qué sentido tenían? ¿Y qué se podíadeducir del hecho de que ninguna de las víctimas hubiese escapado de la vacunación deManuel o a la del hechicero? ¿Se trataba de una simple coincidencia? ¿No nosencontraríamos, según insistían tercamente los magistrados, con alguna pieza delrompecabezas de Mohoko a la que no veíamos aún el sentido? Entretanto, el magistrado, Van Veerte, el padre y el médico habían sometido ainterrogatorios, unas veces con halagos y otras de una manera rigurosa, a un buen millarde indígenas; pero con todo ello estaban en el mismo punto de partida. También habían encarcelado los magistrados a unos cuantos centenares de indígenas,con la esperanza de que alguno de ellos cediese y hablase. Tampoco este recurso sirvióde nada. Poco a poco tuvieron que ponerlos en libertad a todos. A todos, menos a ciertapersona que trajeron en automóvil desde un poblado lejano de otra región, y que quedóencarcelada en la capital de la provincia. Nadie sabía quién era.
  • 15. 15 Los magistrados me habían pedido, mientras se llevaba adelante la investigación, queles hiciese ampliaciones de todas las fotografías que yo había hecho en Mohoko. Llevéa cabo este encargo, que me costó mucho trabajo. Eran fotografías del jefe de Mohoko yde sus mujeres; de hombres con los torsos tatuados; de un joven cazador al que meencontré cierto día llevando atado a la muñeca un burdo emblema fálico o erótico; delpueblo mismo, etc. Fue tal la satisfacción de los magistrados al recibir aquellas fotografías que tuve laseguridad de que habían identificado al preso misterioso como a uno de los individuosque desaparecieron con todo el poblado de Mohoko. Y tantas vueltas le di a este asuntoque adquirí la casi seguridad de que también yo lo había identificado. Una tarde, estando la mayor parte de los encargados de la investigación en Watzapara tomarse un día de descanso, que se habían ganado muy bien, cogí una de misampliaciones y llamé a Bombo, mi chófer en muchas expediciones. Se la enseñé y ledije: —Fíjate bien en lo que voy a decirte, porque hay en ello una buena matabisha parati. Tú sabes quién es la persona de este retrato, ¿verdad que sí? —No, Bwana —me contestó visiblemente intrigado; pero luego se iluminó su rostrocon una expresión curiosa y se corrigió—: Es posible que la conozca. —Muy bien. ¿Y sabes dónde se encuentra ahora? Bajó la cabeza, pero no dijo nada. Se diese o no cuenta, su actitud equivalía adecirme: “Lo sé perfectamente, pero es mejor que no me meta en este asunto.” —Fíjate bien lo que te digo —agregué—. Esta fotografía te la has encontrado túhaciendo la limpieza del campamento y la has cogido sin decirme nada a mí. ¿Meentiendes bien? Cuando estés reunido con alguno de tus amigos, sácala y házsela ver.Diles que te ha parecido que es de la misma persona que se llevó el magistrado en suautomóvil. Lo único que yo quiero que tú me digas es si alguno de los circunstantes seinteresa especialmente por ella. Si alguien te la pide, dásela. Y dime quién es. Con estohabrás ganado la matabisha..., que será igual al salario de un mes, ¿estamos? Bombo cogió la foto y se dio por enterado de mi promesa sin muestras de muchoentusiasmo. —Lo que ordenes, Bwana —dijo sin levantar la vista, y desapareció. Un rato después oí gran vocerío, estallidos de risa y pasos de gente que se acercaba ami tienda. Apareció Sankuru, que traía a rastras a Bombo, el cual pugnaba por desasirse.Venían detrás dos policías y todos mis criados. Sankuru soltó al detenido, saludó con la mayor gallardía cuadrándose, y dio riendasuelta a su indignación: —Bwana —me dijo—: este criado al que quieres como a un hijo y en el que hasdepositado tu confianza, es un ladrón y debes castigarlo con severidad. Cogí la fotografía que él me presentaba indignado y le contesté que no tenía ningúnvalor, que yo mismo la había tirado. Sin embargo, lo felicité por su celo, le di unosgolpecitos en el hombro y le obsequié con un paquete de cigarrillos. Y le pregunté desopetón quién era la persona de la fotografía aquella. Sankuru se quedó desconcertado un momento, pero se recobró en seguida. Pero yohabía visto lo suficiente para saber que me contestaría con una mentira. Con mucha precipitación, y como queriendo soslayar un asunto demasiado peligroso,contestó: —No lo sé, Bwana —y para hacer más convincente su mentira, agregó—: Soy viejoy tengo la vista cansada. No sé siquiera quién puede ser esa mujer. —Si tan mal estás de la vista —le dije—, ¿cómo has podido ver que se trata de unamujer?
  • 16. 16 —¡ Muy bien dicho, Bwana! —exclamó riéndose, como si mi salida le pareciesegraciosísima. Los demás se echaron también a reír. Viendo que no sacaría ni una palabra más deSankuru, los despedí a todos. Ardía en deseos de saber si Bombo había enseñado la fotografía a alguien más, peroantes quería estar seguro de que Sankuru se había alejado. Me tumbé en mi cama decampaña. Pero era tal mi impaciencia que no pude resistir más, y a los cinco minutos me puseen pie. ¡Bendito sea Dios que tan a tiempo me envió aquel impulso! El crujir de la cama se confundió casi con el ruido que hizo una tela al rasgarse. En laalmohada en la que un segundo antes descansaba mi cabeza temblaba todavía unaflecha, y la mancha que apareció en la funda me decía sin lugar a dudas que la flechaestaba embadurnada de veneno. Todo esto ocurrió en menos tiempo que el que cuesta contarlo. Y, también en uninstante, apagué yo la luz, eché mano al rifle y a una linterna eléctrica y espié por laparte posterior de mi tienda la negra muralla de vegetación que rodeaba al claro delbosque en que estaba instalado el campamento, y que por aquel lado no distaba más deseis metros. Escuché con gran atención. No oí el menor ruido. Mi linterna tenía dispositivo paraadaptarla al cañón del fusil en las cacerías nocturnas. Las coloqué, las encendí y registrélos alrededores con el foco de luz, adelantando el rifle. Hice bien en mantenerme detrásde la tienda, porque pasó otra flecha silbando por encima de la luz de la linterna y fue aclavarse en el suelo a dos pies de distancia de mí. Apagué inmediatamente la luz yapunté hacia el sitio de donde había venido el chasquido del arco. Disparé, no porquecreyese que iba a dar al hombre, sino para asustarlo y ponerlo en fuga. Volví a encender la linterna, pero esta vez la llevaba en la mano, porque oí el ruidoque alguien hacía abriéndose paso por entre arbustos y ramas. Pero la oscuridad no medejó ver nada. Mis criados acudieron corriendo. Les di orden de que se quedasen vigilando y que nopermitiesen que nadie se acercase. Entonces pregunté a Bombo cuántas personas habíanvisto la fotografía antes de mostrársela a Sankuru, pero le advertí que no pronunciasenombres, porque no quería poner en peligro su vida. Esto pareció quitarle un peso deencima y me contestó: —Una solamente, y me pareció que iba hacia aquella choza que hay por ese lado —yseñaló en la misma dirección de donde habían venido las flechas. No quería saber más por el momento. Me dirigí rápidamente hacia la casa de VanVeerte y le insté a que cogiese su revólver y me acompañase. Estaba seguro de lo que íbamos a ver..., si llegábamos a tiempo, mientras nosencaminábamos a toda prisa hacia una choza situada a espaldas de la estrecha faja deselva que había detrás de mi campamento. Pero en el momento de ocultarnos detrás deun enorme tronco de árbol, ya no estaba tan seguro, y pensaba: “Con tal de que no estéequivocado ...!” Desde el interior de la choza solitaria se filtraban tenues rayos de luz. —No se mueva —susurré al oído de Van Veerte—. Pero fíjese bien en los que salen.Cuando los haya visto, lo sabrá ya todo. Al cabo de un rato se apagó la luz; pero entonces se había levantado la luna,iluminando el panorama con su pálida claridad. Oímos abrirse la puerta. Fueron saliendo del interior hombres, de a uno, con grandesintervalos, y se alejaron en silencio, pero nosotros pudimos reconocerlos a todos, singénero alguno de duda.
  • 17. 17 Al pasar por delante de nosotros el último, me pareció que Van Veerte sufrió unescalofrío. Quizá el que se escalofrió no fue él, sino yo. Aquel hombre llevaba en lamano un arco que, puesto vertical, le igualaba a él en altura. Era un arco que parecía elmás apropiado para disparar flechas como la que se había clavado profundamente en laalmohada de mi cama de campaña. LOS HOMBRES QUE BAILAN CON LOS MUERTOS A quel día era domingo. Aunque debíamos salir todos al siguiente por la mañana para llevar adelante nuestras investigaciones, celebramos aquella noche un largo consejode guerra, durante el cual adoptamos varias resoluciones. La primera de todas fue la de que nos esforzaríamos en mantener una actitud que nohiciese sospechar que sabíamos algo. Segundo, que tendríamos todos muy buen cuidado de no permanecer nunca aislados. Tercero, que siempre que tuviésemos que referirnos a los cuatro criminales que yacreíamos conocer, nos referiríamos a ellos con las letras A, B, C y D, aun cuandohablásemos en francés, inglés o flamenco. Cuarto, que el más joven de los magistrados se retrasaría, fingiendo una pequeñaindisposición, y no se pondría en camino hasta que nosotros llevásemos ya bastanteadelantado nuestro viaje. Fingiría entonces una agravación de su enfermedad y daríaorden a su chófer de que lo condujese al hospital provincial, y allí ocuparía una cama demanera que se enterase la gente. Más tarde, adoptando las mayores precauciones parano ser visto por ningún indígena, sometería a un duro interrogatorio a la mujer queestaba encerrada en la cárcel de la provincia, poniéndole delante las “confesiones” quele habían hecho A y sus otros compañeros. He dicho “la mujer” porque mi hipótesishabía resultado exacta, y ya los magistrados no podían ocultar la personalidad de lapresa. Todo salió a pedir de boca, por aquella vez al menos. Ahora que creíamos conoceruna buena parte del juego, procurábamos alejar sospechas, haciéndonos los tontoscuanto nos era posible. Regresamos a Watza el sábado por la tarde, después de una semana de safari. Elmagistrado “enfermo” estaba ya sano, nos esperaba y tenía urgente necesidad de tomarel aire del campo. Como faltaban aún tres horas para que oscureciese y para la hora dela cena, subimos todos a mi automóvil. Hicimos alto en la cumbre de una colina pelada. Nadie podría acercársenos enmuchos centenares de yardas a la redonda sin que lo viésemos. Era el lugar másadecuado para charlar con toda libertad. El magistrado joven nos confirmó lo que ya nos suponíamos al verlo restablecido.Después de acosar a la mujer por espacio de varios días, había por fin sucumbido yhecho una confesión completa. Aquella conversación resultó la más espeluznante, pero también la de mayoremoción e interés que he escuchado en mi vida. Parecía como si entre los seisestuviésemos componiendo una novela de misterio, fuera de que la aportación de cadauno de nosotros no era un simple fruto de nuestra imaginación, sino un trozo más delrompecabezas infernal que íbamos poniendo en el lugar que le correspondía. Cuando finalizamos nuestra conversación el libro estaba completo y el misterioaclarado. Faltaba sólo aportar las pruebas concluyentes y el desenlace final. Teníamos laseguridad de que también eso lo tendríamos, si nos acompañaba la suerte, el miércoles
  • 18. 18por la mañana a más tardar, porque ese día nos encontraríamos todos de vuelta en elsitio donde había estado emplazado un día el pueblo de Mohoko. Era evidente que nuestros criminales tenían su cuartel general en este pueblo. Una delas claves de que disponíamos para obtener esta conclusión era la insistencia con queManuel había afirmado que jamás había estado allí antes del viaje que hizo en micompañía. Sin duda le asustaba pensar que yo pudiera descubrir casualmente algunacosa. Otro indicio era el haber venido conmigo, ya que no se lo había ordenado elmédico, sino que fue él mismo quien se lo sugirió al doctor. Lo confirmaba también el caso de Loko—Loko. Es probable que no se mostrasecompletamente sumiso. Cuando fue citado para que compareciese ante el tribunal conobjeto de responder de una acusación leve, tuvieron buen cuidado los asesinos de queno se pusiese fuera del control de su mano de hierro, temerosos de que hablase. Los dospolicías que fueron en su busca, y que al ver que aquél había desaparecido armaronbarullo y amenazaron, tuvieron el mismo fin que Loko—Loko. Con estas tres muertes eltotal de los asesinatos ascendía a cincuenta. Todo esto había sido confirmado por la mujer que estaba presa en la cárcelprovincial. Era ésta, en efecto, la más joven de las esposas del jefe de Mohoko, lamisma que quiso hablar conmigo, pero no para advertirme de lo que ocurría, sinosimplemente para pedirme la fotografía que me había visto hacerle. Pudimos advertir que los miembros de la secta que caían en desgracia no salíanmejor librados que los extraños. Bastaba infringir una regla para que el infractor pagasesu falta con la muerte, aunque perteneciese a la casta privilegiada cuyo emblema era, enopinión nuestra, el tatuaje de círculos. Esto se demostraba con lo ocurrido al indígena en Garao, que, cuando el doctor leamenazó en broma con una inyección mortal, dijo que diría lo que sabía, y en el acto, Co B, que estaban al acecho, le infligieron el castigo. Se demostraba también con el caso del jefe de Garao. Se sabía que era hombre decarácter débil. Cuando el magistrado manifestó su resolución de someterlo a un durointerrogatorio, temieron también C o D que se fuese de la lengua. Entonces un akkha,oportuno y eficaz, entró en acción unos minutos antes de que Sankuru y sus policíasllegasen al lugar del crimen. Y el ejemplo más concluyente era el del jefe de Mohoko, al que designábamos con laletra B. Indudablemente que era el segundo de a bordo, pero con todo eso, murió a lospocos días de marcharme yo del pueblo, y la enfermedad que le aquejaba era ya obra delveneno. —¡Murió asesinado! —eso fue lo que la joven esposa manifestó al magistrado, y,según afirmó, lo había matado A, letra con la que seguíamos designando al jefesupremo de la secta. Lo peor de todo era el sistema que la sociedad secreta tenía de matar. —Es lo más espeluznante que oí en mi vida —explicó el magistrado más antiguo—.Pero me parece que es verdad. El nombre de la secta ya lo indica:¡Los que bailan conlos muertos! Así se llaman ellos mismos. —Ya me lo estaba imaginando —exclamó el médico sin poderse contener—. ¡Losmuy cochinos y bandidos...! Y entonces nos explicó ciertas anormalidades que observó en los cadáveres queaparecían con incisiones abdominales. ..........
  • 19. 19Al llegar a este punto me adelantaré al curso de los acontecimientos, para completar esteprimer informe del doctor Gablewitch con los muchos eslabones de la cadena que aúnfaltan y que nos fueron proporcionados por los mismos criminales, especialmente porA, que resultó ser, según habíamos supuesto nosotros aún antes de que él y veintinuevede sus cómplices fuesen declarados culpables y condenados a trabajos forzados aperpetuidad, el jefe supremo de la secta, culpable, según propia confesión, de varioscentenares de asesinatos. La secta seguía en todos los casos el mismo demoníaco procedimiento. Cuatro ocinco de sus miembros, enmascarados con pieles de leopardo, se introducían amedianoche en la choza del que iba a ser su víctima. Sin necesidad de recurrir a procedimientos de violencia física, caía aquélla “muerta”,es decir, sin voluntad, ya se tratase de un niño, de una mujer o del hombre másvigoroso. Los indígenas usaban este calificativo de “muerta” porque no eran capaces decomprender el gran poder hipnótico que desarrollaban los asesinos de la secta. Bajo la influencia de esta fuerza hipnótica y obedeciendo al mando de sus verdugos,el “muerto” se levantaba, salía de la choza y caminaba con el cuerpo rígido hacia dondeellos lo llevaban. Y siempre la demoníaca procesión se dirigía al mismo lugar, a un claro de bosqueque había detrás de la aldea de Mohoko, un tétrico calvero del que nadie se atrevía ahablar en voz alta, pero al que todos los habitantes de la región conocían por el nombrede “Plaza del Baile con los Muertos”. Allí estaban reunidos los iniciados, y, al llegar la nueva víctima, empezaba una danzabruja en la que el “muerto” participaba, sin ofrecer resistencia a cuanto se le ordenaba.Primero bailaban en grupo. Después, conforme los iba llamando el jefe supremo,bailaban todos los miembros en pareja macabra con el “muerto”. A continuación eran conducidas a la plaza aquellas otras víctimas que ya llevaban“muertas” algún tiempo; eran casi siempre mozas y mujeres jóvenes. Acto seguido, y ala luz temblorosa de las antorchas, tenían lugar orgías indescriptibles, hacia el final delas cuales entraban en juego los falos rígidos (como el que yo había visto en la muñecade un joven). Con las primeras luces del día, cuando el frenesí general había llegado a su puntomáximo, se obligaba al nuevo “muerto” a tumbarse boca arriba en el centro de laenloquecida muchedumbre, y entonces un hechicero le hacía una profunda incisión en lapiel, por encima del ombligo, y la rellenaba de dawa, es decir, de una medicina secreta. Según manifestaron los acusados, los hechiceros de la secta habían llegado a laconclusión de que la dawa no surtía los mismos efectos afrodisíacos en los individuosque habían sido vacunados que en los que no habían recibido la nueva endemoniadainvención del hombre blanco. Por eso tenían los mismos adeptos a la secta tanto interésen vacunarse, como medio defensivo contra la posibilidad de ser elegidos para“muertos”; y también, por la razón contraria, procuraban poner fuera del alcance de lajeringuilla del hombre blanco a los que ya tenían elegidos para víctimas suyas. Acabada la demoníaca ceremonia en la “Plaza del Baile con los Muertos”, la últimavíctima, todavía bajo el influjo del sueño hipnótico, y las demás “muertas” de reunionesanteriores, eran distribuidas en varias chozas del poblado de Mohoko, en el que losdesgraciados vegetaban hasta que llegaba la noche de la ceremonia definitiva en la quehabía de cumplirse su destino. Durante todo este tiempo los “muertos”, entre los que se contaban muchas másmujeres que hombres, vivían lo que los de la secta llamaban “una segunda vida”. Notenían que trabajar y se les alimentaba copiosamente, lo mismo que si fuesen animales
  • 20. 20cebados por encargo de un carnicero exigente. Su idiotez iba en aumento y llegaban aperder el uso de sus facultades humanas, no viviendo ya sino con el ansia de satisfacerlos accesos de lujuria que desarrollaba en ellos la sustancia afrodisíaca contenida en ladawa. En otros términos, se preparaba desde todo punto de vista a la víctima para las orgíasasquerosas que se celebraban con frecuencia en la siniestra plaza y que terminaban conel “Banquete del Akkha”. La víctima cuyo sacrificio debía celebrarse quedaba en laplaza y era sometida a un último tormento. Uno de los miembros de la secta,enmascarado y revestido con pieles de akkha, salía al centro y obligaba a la víctima abailar con él una parodia de la danza de los cazadores, y cuando estaban en ella saltaba asu cuello, lo mataba y lo hacía pedazos. Los restantes iniciados se unían entonces al presunto akkha y compartían ávidamenteaquel banquete, que dejaba empequeñecidas las más aterradoras fiestas canibalescas. Ytodo ello bajo la mirada inexpresiva de los demás “muertos—vivos” que un día iban asufrir la misma suerte. ··········Cuando se conocieron todos aquellos horrores no fue cosa difícil encontrar la soluciónal problema de la desaparición de los doscientos dieciocho habitantes de Mohoko. Unamitad aproximadamente eran de otras localidades. No se trataba de idiotas biencuidados, como yo había supuesto, ni de individuos atacados de la enfermedad delsueño, como pretendía Manuel. Eran pobres desgraciados, raptados por la secta en todala región, y que vivían en Mohoko bajo los efectos de la diabólica droga para satisfacerlos depravados apetitos de sus adeptos. Los demás habitantes del poblado eran miembros o familiares de los miembros de lasecta, y tanto mi visita como mis preguntas no pudieron menos que despertar susrecelos. Antes de que empezásemos a investigar hicieron desaparecer a todos aquelloscadáveres ambulantes, matándolos y enterrándolos o, lo que es mucho más probable,devorándolos, en una fanática sucesión de bestiales banquetes. Hecho esto, los demás huyeron en todas direcciones, divididos en pequeños grupos,después de prender fuego a todo lo que no pudieron llevarse. ..........Al día siguiente de nuestra conferencia, es decir, el lunes, volvimos a recorrer ladistancia que nos separaba de Mohoko. El martes por la noche acampamos a dos horas de marcha del descampado en queantes se levantaba el poblado. El miércoles por la mañana nos pusimos en marcha muytemprano. Cuando llegamos al descampado de Mohoko, oímos de pronto un agudo silbido. Nosrodearon por todas partes hombres con uniformes de color kaki. Un oficial belga seadelantó y nos saludó. Llegaron hasta mis oídos algunas frases sueltas de suconversación con los magistrados: “Ayer cavamos durante todo el día... en el otrodescampado..., cráneos..., huesos humanos... por todas partes..., docenas, centenares...”
  • 21. 21 Terminada la conversación se volvió el oficial hacia su tropa de soldados negros y,después de darles la voz de firmes, les gritó enérgicamente: —Os recuerdo otra vez las órdenes rigurosas que os tengo dadas. Si alguien, seablanco o negro, intenta cruzar vuestra línea para escapar, lo tumbaréis de un tiro. Repito,sea quien sea. Examiné los rostros de la gente que había ido con nosotros y vi que estas palabrashabían producido una impresión tremenda. Van Veerte no perdió tiempo con muchas palabras. Dirigiéndose a la caravana, leshabló de este modo: —Quiero hacer excavaciones en este terreno. El que quiera ganarse un sobrejornal dedos francos, que coja una azada de ese montón. Todos los peones de carga se adelantaron en tropel para echar mano a lasherramientas. Van Veerte agregó: —Quiero que trabajen también los policías, y todos vosotros. Al oír esto, Sankuru y sus hombres se adelantaron a coger cada cual una azada. Congran sorpresa mía, también Manuel, Basiri y sus compinches imitaron su ejemplo. Cuando se hizo un poco el silencio, habló otra vez Van Veerte, y ahora de un modotajante: —Quitaos las blusas y las camisas. Todos, sin excepción. Fue una cosa curiosa el ver que individuos como Sankuru, Manuel y Basiri, a los quese había tratado hasta entonces con toda clase de miramientos, se sometíanhumildemente a tal indignidad. Pero algo había en la voz de Van Veerte que no admitíaréplica. Los tres enemigos irreconciliables se desvistieron rápidamente y se pusieron atrabajar en línea con los demás. Van Veerte entabló conversación con nosotros y con el oficial, desentendiéndose porcompleto de los indígenas, que se habían puesto a trabajar con endemoniada energía,pero sin orden alguno, y divididos en varios grupos. Al cabo de un rato, y como si hastaentonces no hubiese advertido lo que estaban haciendo, se volvió hacia ellos y les gritócon voz de trueno: —Hatajo de estúpidos, donde yo os he mandado cavar es en la Plaza. No aquí. En elotro descampado...,¡en la Plaza del Baile con los Muertos! Todos tiraron las azadas al suelo. Se oyó un disparo, seguido de gritos airados. Searmó una espantosa baraúnda de tiros, gemidos, voces de mando, golpes de las culatasde los rifles contra los cuerpos desnudos, ¡un completo pandemónium! Pero las cosas habían sido calculadas cuidadosamente. La compañía de infanteríaindígena había llegado días antes secretamente desde la capital de la provincia y lo teníatodo ensayado a la perfección. Pronto pasó aquella tormenta y se restableció el orden.En el extremo más lejano del descampado habían detenido los soldados al grupo depeones y policías que, al oír aquel temido nombre se desbandaron, poseídos deindescriptible pánico. Aquella fuga no tenía mayor alcance. Pero otro grupo de soldados traía a rastras a dos individuos, con tatuajes en sustorsos, que forcejeaban y daban alaridos como animales salvajes. Finalmente, un tercergrupo transportaba el cuerpo encogido y sin vida de un anciano y lo dejó en la pequeñaelevación que hacía el terreno donde nos encontrábamos. El más joven de losmagistrados dirigió una mirada fría a aquel rostro lastimoso, acribillado a balazos, yexclamó: —Aquí tenemos a nuestro D. —¡Sankuru! —musitó Bombo, sin dar crédito a sus ojos. Otro de los magistrados hizo este comentario:
  • 22. 22 —¡Qué bien tramado estaba! Cada uno de ellos ocupaba un cargo de confianza y deinfluencia decisiva, aparentando enemistad mortal con los otros dos. Van Veerte dijo por centésima vez: —La noche que los vi salir de la choza me pareció estar viendo visiones. Era ya superfluo que siguiésemos designando a Manuel y a Basiri por las letras A yC. Los dos estaban heridos, acometidos de un arrebato histérico y echando espumarajospor la boca. Cuando vieron el cuerpo inanimado de su compinche, se callaron de repente. Y también de repente y simultáneamente recobraron la voz, para concentrar susacusaciones contra Sankuru, esforzándose desesperadamente por acumular todas lasresponsabilidades sobre el muerto. El doctor no hacía más que gruñir: —¡Grandísimos cochinos, ratas inmundas...! Van Veerte y los magistrados observaban cómo Manuel y Basiri eran amordazados,esposados y ligados con cuerdas. El magistrado decano dijo a los soldados: —Vosotros me respondéis de que lleguen a la cárcel vivos y sanos. ¡Andando conellos! LOS HOMBRES QUE BAILAN CON LOS MUERTOS Attilio Gatti, 1949 Trad. Armando Lázaro Ross Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 Zombi Blanco Vivian MeikG eoffrey Aylett, comisionado en funciones del distrito de Nswadzi, estaba asustado. En sus veinte años en África nunca antes había experimentado la sensación de encontrarse tan definitivamente desconcertado. Sentía como sialgo estuviera apretándose contra él, algo que no podía ver ni localizar, y, no obstante,algo que parecía envolverle y que de una manera inexplicable amenazaba con asfixiarlo.Últimamente había empezado a despertarse de repente durante la noche, esforzándosepor respirar y casi abrumado por una sensación de náusea. Una vez que éstadesaparecía, aún permanecía el extraño rastro de un olor horrible e innominado, un olorque tenía fuertes reminiscencias con las consecuencias de las primeras batallas de lacampaña de Mesopotamia. Aquellos habían sido días de espantosas enfermedades,cuando el cólera y la disentería, las insolaciones, la fiebre tifoidea y la gangrena habíancampado incontroladas; donde cientos quedaron en el sitio en que cayeron; cuando,presionados por los enemigos y olvidados por los amigos, los supervivientes se vieronforzados a abandonar incluso el decoro elemental del entierro decente... Recordó lasmoscas y la descomposición, la temperatura de cincuenta grados... Y ahora, dieciocho años después, cuando despertaba por las noches parecía flotar asu alrededor como una presencia maligna el mismo olor de la corrupción fétida. Aylett era, primero y por encima de todo, un hombre racional, acostumbrado aenfrentarse a los hechos. Sus conocimientos del misterio de África, de sus lugaresrecónditos y sus selvas, de su espectral atmósfera, eran tan completos como el decualquier hombre blanco —sonrió fantasiosamente al recalcarse a sí mismo lo pequeñosque eran éstos— y buscaría alguna razón concreta que explicara ese vacío de años
  • 23. 23estrechado con ese horrible hedor. Si fracasaba en conseguir una solución satisfactoria,se vería obligado a concluir que ya era hora de regresar a casa con un largo permiso. Con cautela, como era propio de un hombre con su experiencia sobre los modos delos dioses oscuros, indagó en la profundidad de su alma, pero no pudo encontrar larespuesta que buscaba. En el distrito sólo había una conexión entre él y la Mesopotamia de 1915 —un talJohn Sinclair, retirado del Ejército de la India—, pero esa conexión ya era un eslabónroto bastante antes de la primera aparición de esas asquerosas pesadillas. Sinclair había sido un camarada oficial en los viejos días, y, siguiendo el consejo deAylett, se había instalado en unos miles de acres de tierra virgen en elcomparativamente desconocido distrito de Nswadzi apenas terminar la guerra. Perohabía muerto hacía más de un año, y, lo que era más importante, lo había hecho demanera natural. El mismo Aylett había estado presente en la muerte de su amigo. Siendo al mismo tiempo un místico como resultado de su conocimiento de África yun pragmático como resultado de su educación occidental, Aylett consideró de formametódica la verdad trivial de que hay más cosas en el cielo y en la tierra que las quesueña nuestra filosofía, y repasó en detalle todo el período de su asociación con Sinclair. Al acabar, se vio obligado a reconocer el fracaso, y, en verdad, analizado lógica omísticamente, no existía ninguna razón adecuada para relacionar a Sinclair con susproblemas presentes. Sinclair había muerto en paz. Incluso recordó el absoluto contentode su último aliento... como si le hubieran quitado una gran carga de encima. Era verdad que antes de esto, Sinclair —y también Aylett—, durante los dosprimeros años de la Guerra, había pasado un infierno que sólo aquellos que lo habíanexperimentado podían apreciar. También era verdad que, en una memorable ocasión,Sinclair había salvado la vida de Aylett con gran riesgo para la suya propia, cuandoAylett, abandonado por muerto, había estado tendido bajo el sol con graves heridas.Naturalmente, jamás lo había olvidado, pero siendo el típico caballero inglés, habíahecho poco más que estrechar la mano de su amigo y musitado algo al efecto de queesperaba que algún día se presentara la oportunidad de pagárselo. Sinclair habíadescartado el asunto con una risa, como algo sin importancia... sólo una obra hecha enun día de trabajo. Allí había concluido el incidente y cada uno prosiguió su rectocamino. Como colono, Sinclair había sido todo un éxito. Con el tiempo se había casado conuna mujer muy capaz, quien, eso le pareció a Aylett siempre que se había detenidodurante un viaje en su hogar, estaba muy preparada para la dura existencia de la esposade un plantador. Al principio Sinclair había dado la impresión de ser muy feliz, pero a medida quepasaban los años Aylett ya no estuvo tan seguro. En más de una ocasión había tenido laoportunidad de notar los cambios sutiles que experimentaba, a peor, su amigo.Estancamiento, diagnosticó él, y le recomendó unas vacaciones en Inglaterra. Lasplantaciones solitarias, lejos de los tuyos, tienden a poner a prueba los nervios. Sinembargo, no siguieron su consejo, y los Sinclair prosiguieron con su vida. Dijeron quehabían llegado a amar mucha aquel lugar, aunque él pensó que el entusiasmo de Sinclairno era verdadero. En cualquier caso, no había sido asunto suyo. Eso era todo lo que podía recordar, y se repitió que todo había terminado hacía másde un año. Pero los viejos recuerdos permanecen. Se encontró reviviendo otra vez aquelhorrible día después de Ctesifonte, cuando Sinclair, literalmente, le había devuelto a lavida. Comenzó a cuestionarlo... ociosa, fantásticamente. La tarde se tornó en crepúsculo, lapuesta del sol dio paso a la magia de la noche. Aylett todavía no hizo movimiento
  • 24. 24alguno para dejar la silla del campamento situada bajo el toldo de su tienda e irse a lacama. Después de un rato, el último de sus “muchachos” vino a preguntarle si podíaretirarse. Aylett le contestó con aire distraído, con los ojos clavados en los leños delfuego del campamento. A medida que pasaban las horas pudo oír el sonido de los tambores nocturnos conmás claridad. Desde todos los puntos cardinales los sonidos venían y se iban, el tamborcontestando al tambor... el telégrafo de los kilómetros sin senderos que el mundo llamaÁfrica. Con indolencia se preguntó qué decían, y con qué exactitud transmitían susnoticias. Extraño, pensó, que ningún hombre blanco haya dominado jamás el secreto delos tambores. Subconscientemente siguió su palpitante monotonía. Poco a poco se percató de queel batir había cambiado. Ya no se estaban transmitiendo opiniones o noticias sencillas.Hasta ahí podía entender. Había algo más que se enviaba, algo de importancia. Derepente se dio cuenta de que fuera lo que fuere ese algo, en apariencia se lo considerabade vital urgencia, y que, por lo menos durante una hora, se había repetido el mismoritmo breve. Norte, sur, este y oeste, los ecos palpitaban una y otra vez. Los tambores empezaron a enloquecerlo, pero no había forma de detenerlos. Decidióirse a dormir, pero había estado escuchando demasiado tiempo, y el ritmo le siguió. Alfinal cayó en un sueño inquieto, durante el cual el implacable y palpitante stacatto nodejó de martillearle su mensaje indescifrable al subconsciente. Dio la impresión de que se despertó un momento después. Una niebla palúdica sehabía levantado de los pantanos de abajo y había invadido el campamento. Se encontrójadeando en busca de aliento. Intentó sentarse, pero la niebla parecía empujarle para quesiguiera echado. Ningún sonido salió de sus labios cuando se afanó por llamar a sus“muchachos”. Sintió que le sumergían cada vez más... abajo, abajo, abajo y todavíaabajo. Justo antes de perder el sentido se dio cuenta de que estaba siendo asfixiado, nopor la densa niebla, sino por una nauseabunda miasma que hedía con todo el horror dela descomposición... Al abrir de nuevo los ojos, Aylett miró a su alrededor azorado. Una cara amable ybarbuda estaba sobre él, y oyó una voz que pareció provenir de una gran distancia y quele animaba a beber algo. Le palpitaba la cabeza con violencia y respiraba con profundosjadeos. Pero el agua fresca despejó un poco el asqueroso olor que daba la impresión deaferrarse a su cerebro. —Ah, mon ami, c’est bon. Creímos que estaba muerto cuando los “muchachos” lotrajeron. —La cara barbuda exhibió una sonrisa—. Pero ahora se pondrá bien,hein? Usted es —¿cómo lo dice?— duro, hein? Aylett se rió a pesar de sí mismo. Vaya, por supuesto, éste era el puesto de la misiónde los Padres Blancos, y su viejo amigo, el Padre Vaneken, plácido y digno deconfianza, le estaba cuidando. Cerró los ojos feliz. Ahora ya no había nada que temer,pronto todo estaría bien. Entonces, tan súbitamente como había venido, ese terrible ypersistente hedor de muerte y descomposición le abandonó... —Pero padre —discutió su horrible experiencia después—, ¿qué podría haberocurrido? Los dos somos hombres de cierta experiencia de África... El misionero se encogió de hombros. —Mon ami, tal como usted dice, esto es África... y no tengo muchas pruebas de quela maldición de Cam, el hijo de Noé, se haya levantado alguna vez. Los oscuros bosquesson la fortaleza de aquellos cuyos espíritus inconscientes se han rebelado y aún no hanvenido para servir tal como primero se ordenó.?Quién sabe? Nosotros... yo no indagodemasiado aquí. Cuando llegué por primera vez, en mi joven idealismo busquéconvertir, pero ahora yo... yo me contento con realizar las curas de las fiebres y heridas,
  • 25. 25y espero que le bon Dieu lo comprenda. Es lo mismo en todas partes donde está lamaldición de Noé. La civilización no cuenta. Piense en Haití —pasé allí doce años—,Sierra Leona, el Congo, aquí. ¿Qué puedo decir sobre el ataque que usted recibió porparte de la niebla? Nada, hein? Usted... usted dele las gracias a Dios por estar vivo, puesaquí, mon ami... aquí se encuentra la cuna de África, la fortaleza más antigua de loshijos de Cam... Aylett observó al misionero con intensidad. —Padre —preguntó de modo deliberado—, ¿qué es lo que intenta que comprenda? Los dos hombres, viejos en las maneras de la jungla negra, se miraron con firmeza. —Mon ami —repuso con calma el sacerdote—, usted es un viejo amigo. En cuestiónde formas de la religión pensamos de maneras distintas, pero ésta no es la Europaconvencional, gracias a Dios, y cada uno de nosotros ha hecho lo mejor según suscreencias. El mismo Dios no puede hacer más. Así que se lo contaré. He visto esa nieblaantes... por dos veces. Una en Haití y la otra en este distrito. —¿Aquí? El padre asintió. —Estaba en el campamento asistiendo a la escuela catecúmena que hay junto a lastierras de la señora Sinclair... —Prosiga —la voz de Aylett sonó baja. —Como usted sabe, la señora Sinclair ha llevado la plantación desde la muerte de sumarido. Se negó a regresar a casa. Al principio usted, yo —toda la zona— pensamosque estaba loca por quedarse allí sola, pero... —el misionero se encogió de hombros—qué voulez—vous? Una mujer es una ley en sí misma. En cualquier caso, ha conseguidoque sea el mayor éxito jamás alcanzado, y hemos de callar, hein? —¿Pero la niebla? —Iba a eso. Me cogió por el cuello aquella noche. Yo vivía en la casa, como lohacemos todos los que pasamos por allí... África Central no es una catedral cerrada...pero, aparte de no saber nada acerca de lo que pasó durante varias horas, no me sucediónada. —Tocó el emblema de su fe en el rosario, que era parte de su atuendo—. Laseñora Sinclair dijo que me vi agobiado por el calor, pero a mí esa explicación no mebasta... —Sin embargo, eso no explica nada. —Quizá no... ¡pero la señora Sinclair dijo que no había notado nada peculiar! —¿Cómo puede ser? El sacerdote hizo un gesto ambiguo. —Yo no soy la señora Sinclair —dijo con brusquedad, y Aylett supo que elmisionero no pronunciaría otra palabra sobre ella. —Cuénteme lo de Haití, padre —pidió. El cura contestó con voz tranquila. —Allí comprendimos que estaba producida artificialmente por magia negra vudú,algo muy real, mon ami, que mi iglesia reconoce, como tal vez sepa usted, y que allíllaman “el aliento de los muertos”. ¿Por qué...? —volvió a alzarse de hombros. Aylett giró el rostro y miró con fijeza hacia la distancia. Durante un largo rato clavóla vista en la línea de las lejanas colinas, sumido en sus pensamientos. Recordó unaimagen en las que esas colinas aparecían como fondo: una fotografía tomada por unhombre que casi había estado más allá del límite de demarcación para darle la verdad almundo. Pero había fracasado. La fotografía mostraba un grupo de figuras. Eso era todohasta que uno las estudiaba, y aun entonces nadie creería que se trataba de unafotografía de hombres muertos... a los que no se permitía morir.
  • 26. 26 Durante horas los dos hombres permanecieron sentados en silencio, cada unoocupado con sus propios pensamientos. La noche cubrió el diminuto puesto de lamisión, y desde lejos el sonido de los tambores les llegó transportado por la suave brisa.De repente, Aylett se volvió hacia el misionero. —Padre —dijo en voz baja—, desde aquí la casa de los Sinclair sólo está a treintakilómetros... El sacerdote asintió. —Lo entiendo, mon ami —repuso. Luego, pasado un momento, añadió—: ¿Loconsideraría una impertinencia si le pidiera que guardara esto en su bolsillo... hasta quevuelva? Sacó un crucifijo pequeño. Aylett alargó la mano. —Gracias —dijo con sencillez. El sol se había puesto cuando la machila 1 de Aylett fue depositada en el mirador dela señora Sinclair. Ella salió a recibirle. —Me preguntaba si volvería a verle —le observó con calma—. No ha venido poraquí desde... hace más de un año ya. —Entonces cambió el tono de su voz. Se rió—.¡Como un oficial de distrito, ha descuidado vergonzosamente sus deberes! Aylett, con una sonrisa, se confesó culpable, excusándose en base a que todo habíaido tan bien en esta sección que había titubeado en entrometerse en la perfección. —¿Ha perdido ahora la perfección? —replicó ella. —En absoluto. Esta visita es mera rutina. —Hum... Gracias —dijo ella con sequedad—. De todas formas, pase y póngasecómodo, y mañana le mostraré unas tierras perfectas. Aylett estudió a su anfitriona con atención durante la cena. Se sintió incómodo por loque veía cada vez que la cogía con la guardia baja. Apenas podía creer que esta fuera lamisma mujer a la que él había dado la bienvenida como prometida unos años atrás. Lavida ardua la había endurecido, pero contaba con ello. Sin embargo, había algo más...una especie de dureza amarga, así lo describió a falta de un término mejor. Después del recibimiento formal, la señora Sinclair habló poco. Parecía preocupadapor los asuntos de la plantación. —Mis propios territorios en África —dijo—. Oh, cuánto amo el país, su magia y sumisterio y su vasta grandeza. Le recordó cómo se había negado a regresar a casa. Pero mañana, comentó, cuandoél viera su África —la plantación—, lo comprendería. Aylett se retiró temprano, claramente desconcertado. La había visto mirando lacuidada pulcritud de la plantación antes de darle las buenas noches. De modoinconsciente ella había alargado las manos hacia la extensión en una especie deadoradora súplica y, no obstante, bajo la brillante luz de la luna en esa mensualadoración, él había vislumbrado el contraste de las duras líneas de su cara y la amargurade su boca. África... Extenuado como estaba, durmió bien. No sabía si la pequeña cruz que le había dadoel padre tuvo algo que ver con ello, pero por la mañana se había despertado másdescansado de lo que había estado en semanas. Anheló recorrer la plantación. La señora Sinclair no había exagerado cuando empleó la palabra perfección. Loscampos habían sido limpiados hasta que ninguna brizna perdida de hierba crecía entrelas cosechas; los graneros se alzaban en apretadas hileras; los leños estaban apiladosentre cuerdas; el huerto y el jardín de la cocina eran exuberantes, y el pasto en el hogarde la granja era el más verde que él había visto en los trópicos.1 Machila: parihuela, el medio corriente de transporte en los “matorrales”.(N. del A.)
  • 27. 27 —¿Para qué? —su mente subconsciente no dejaba de martillearle—. ¿Por qué... y,por encima de todo, cómo? Aylett se había dado cuenta de algo que sólo un experto habría visto. Había muypoca mano de obra, aunque los trabajadores que andaban por ahí parecían muyocupados. Como si adivinara sus pensamientos, la señora Sinclair los contestó. —Mis “muchachos” trabajan —dijo con voz monocorde al tiempo que agitó ellátigo de piel de hipopótamo que llevaba. Aylett enarcó las cejas. —¿Métodos portugueses? —preguntó con calma, mirando el látigo. La señora Sinclair se volvió hacia él. Por primera vez notó el antagonismo deliberadode ella. —En absoluto; se debe al conocimiento de cómo sacar lo mejor de un nativo, unafacultad que veo que los funcionarios aún no han adquirido. El oficial del distrito encajó la estocada sin inmutarse. —Touché —repuso, pero sabía que no se había equivocado en cuanto a la mano deobra. Es extraño, pensó, malditamente extraño... la señora Sinclair no hizo gesto de enterarse de la concesión del punto que le habíahecho. Tenía los labios apretados con firmeza y, al continuar, habló con frialdad: —Es sólo una cuestión de llegar al corazón de África, ese corazón palpitante que haydebajo de todo esto... A África no le sirven aquellos que no se entregan con sus propiasalmas. De repente, ella se dio cuenta de lo que estaba diciendo, pero antes de que pudieracambiar de tema, Aylett prosiguió con la cuestión. Su voz fue como la de ella. —Muy interesante... —dijo—, pero nosotros no animamos a los europeos, enespecial a las mujeres europeas, a volverse “nativas”. No obstante, la última palabra la tuvo la mujer. —¡La perspicacia de los círculos oficiales! —murmuró. Luego miró a Aylett denuevo a la cara—. ¿Sueno como una nativa —preguntó con voz áspera— o parezco unanativa? Aylett apenas la escuchaba. La estaba mirando. Sus ojos contradecían sus palabras,pues si alguna vez vio una expresión tiránica, de maligna perversión en una carahumana, fue entonces. Empezó a entender... Se sintió agradecido cuando la inspección terminó, y aliviado de que ella no leofreciera la invitación formal para que permaneciera más tiempo. A ocho kilómetros de los lindes de su territorio tenía una tienda montada detrás deunos matorrales y raciones para dos días bajo la sombra. Envió a su safari a marchaligera rumbo al puesto de la misión, y lo observó hasta que se perdió de vista. Luego sesentó a la espera de la noche. —El corazón de África... —repitió para sí mismo, pero su voz sonó lúgubre, y susojos centellearon con fría cólera. No fue hasta que oyó los tambores cuando Aylett retrocedió por el sendero maldefinido en dirección a la plantación. En el borde del terreno se fundió entre las sombrasde la arboleda y avanzó lentamente junto a los eucaliptos. Se arrastró sin hacer ruidohasta el mismo árbol que crecía en el jardín que había delante de la casa. Al poco rato vio a la señora Sinclair salir al mirador. Junto a ella había un nativogigante que parecía un diablo obsceno, un médico brujo, siniestro y grotesco, que seencontraba desnudo a excepción de un collar de huesos humanos que colgaban y
  • 28. 28traqueteaban sobre su enorme pecho. Manchas de arcilla blanca y ocre rojizoembadurnaban su cara. Sólo cubierta en parte por una magnífica piel de leopardo, la mujer blanca descendióal claro y restalló el látigo que tenía en la mano. Sonó como un disparo de revólver.Como si se tratara de una señal, Aylett oyó el batir de tambores cercanos. Desde uno delos graneros se inició la procesión más grotesca que hubiera visto jamás. Los tamborespalpitaron con malevolencia: el breve stacatto que había precedido a la fétida niebla quecasi le había asfixiado. Se tornaron más y más sonoros. El mensaje recorrió las selvas,fue recibido y contestado. No cabía duda en cuanto a su significado. Se agazapó más cuando los tambores se aproximaron, con los ojos clavados en laescena macabra que tenía ante él. Siguiendo los tambores, con la misma regularidad queuna columna en marcha, avanzaban los hombres que trabajaban la perfecta plantación.Se movían en filas de cuatro, con pies pesados y andar automático... pero se movían. Devez en cuando el restallido de ese látigo terrible sonaba como un disparo por encima delbatir de los tambores, y entonces Aylett podía ver cómo ese cruel látigo cortaba la carnedesnuda, y cómo una figura caía en silencio, para volver a levantarse y unirse a lacolumna. En su marcha rodearon el jardín. Al acercarse, Aylett contuvo la respiración. Tuvoque dominar cada nervio de su cuerpo para evitar lanzar un grito. Casi como si estuvierahipnotizado, observó las caras inexpresivas de los autómatas silenciosos, lentos... carasen las que ni siquiera había desesperación. Sencillamente se movían a las órdenes delimplacable látigo en dirección a sus tareas asignadas en el campo. Encorvados yaplastados, pasaron a su lado sin emitir un sonido. La tensión nerviosa casi quebró a Aylett. Entonces lo comprendió... esosdesgraciados autómatas estaban muertos, y no se les permitía morir... le vinieron a la mente las figuras de la increíble fotografía; las palabras del padre; lamagia del vudú, reconocida como hecho por la más grande Iglesia Cristiana de lahistoria. Los muertos... a los que no se permitía morir... zombis, los llamaban losnativos en susurros, allí adonde iba la maldición de Noé... y ella lo llamaba conocerÁfrica. Un terror gélido invadió a Aylett. La larga columna llegaba a su final. La señoraSinclair la recorría, el látigo restallando sin piedad, la cara distorsionada por unalascivia pervertida, y el asqueroso médico brujo asomándose maliciosamente porencima de su hombro desnudo. Ella se detuvo junto al árbol detrás del que él estabaagazapado. Una única figura encorvada seguía a la columna. Con un jadeo de horrorAylett reconoció a Sinclair. Entonces el látigo se abatió sobre esa cosa desgraciada queuna vez había muerto en sus brazos. —¡Dios mío! —musitó Aylett con impotencia—. No es posible... Pero supo que el vudú del médico brujo le había arrojado esa imposibilidad a la cara.El látigo restalló de nuevo, lanzando al solitario zombi blanco al suelo. Despacio, selevantó —sin un sonido, sin expresión— y automáticamente siguió a la columna. Oyó,como en una pesadilla, increíbles y espantosas obscenidades de los labios de la mujer,burlas crueles... y el látigo restalló y mordió y desgarró, una y otra vez. En lavanguardia de la columna los tambores seguían palpitando. Por último, el horror pudo con él. Aylett se encontró aferrando con desesperación ladiminuta cruz que el padre le había dado. Con la otra mano empuñó el revólver y apuntócon fría precisión... Disparó cuatro veces a un punto por encima de la piel de leopardo ydos a la cara embadurnada del médico brujo... Luego se plantó con la cruz levantadadelante del que antaño había muerto como Sinclair.
  • 29. 29 La figura estaba silenciosa, encorvada e inexpresiva. No hizo señal alguna cuandoAylett se le acercó, pero cuando el crucifijo la tocó un temblor recorrió su cuerpo. Lospárpados caídos se alzaron y los labios se movieron. —Ya me lo ha pagado —susurraron con gratitud. El cuerpo osciló y se desmoronó. —Polvo al polvo... —rezó Aylett. A los pocos momentos lo único que quedaba era un escaso polvo grisáceo. Habíapasado un año tropical, recordó Aylett con un escalofrío... Luego dio media vuelta y,con el crucifijo en la mano, recorrió la columna... WHITE ZOMBIE Vivian Meik Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 LA PALIDA ESPOSA DE TOUSSEL. W. B. SEABROOKU n anciano y respetado caballero haitiano, cuya esposa era de nacionalidad francesa, tenía una hermosa sobrina llamada Camille, una joven mulata de piel clara a quien presentó y apadrinó en la sociedad de Port—au—Prince, donde sehizo popular, y para quien esperaba arreglar un matrimonio brillante. Sin embargo, su propia familia era pobre; apenas se podía esperar que su tío, lo cualentendían, le diera una dote —era un hombre próspero, pero no rico, y tenía una familiapropia—, y el sistema francés de la dot es el que prevalece en Haití, de modo que altiempo que los jóvenes apuestos de la élite se apiñaban para llenar sus citas a los bailes,poco a poco se hizo evidente que ninguno de ellos tenía intenciones serias. Al acercarse Camille a la edad de veinte años, Matthieu Toussel, un rico cultivadorde café de Morne Hôpital, se convirtió en su pretendiente, y después de un tiempo lasolicitó en matrimonio. Era de piel oscura y la doblaba en edad, pero rico, cosmopolitay bien educado. La casa principal de residencia de los Toussel, en la falda de las colinasy que daba a Port—au—Prince, no tenía techo de paja y paredes de barro, sino que eraun hermoso bungalow de madera, con techo de tejas y amplias terrazas, entre un jardínde vivas flores de fuego, palmeras y buganvillas. Allí Matthieu Toussel habíaconstruido un camino, guardaba su coche grande y a menudo se lo veía en los cafés yclubes de moda. Corría un antiguo rumor de que estaba asociado de algún modo con el vudú o labrujería, pero tales rumores son normales respecto a casi todos los haitianos que hanadquirido poder en las montañas, y en el caso de los hombres como Toussel rara vez setoman en serio. No pidió ninguna dote, prometió ser generoso, tanto con ella como consu apremiada familia, y ésta la convenció para que se casara. El plantador negro se llevó a su pálida esposa con él de vuelta a la montaña, ydurante casi un año, eso parece, ella no fue infeliz, o, por lo menos, no dio muestras deello. Aún bajaban a Port—au—Prince, y asistían de manera esporádica a las soirées delos clubes. Toussel le permitió visitar a su familia siempre que lo deseó, le prestó dineroa su padre y arregló todo para enviar a su hermano menor a un colegio en Francia. Pero poco a poco su familia, y también sus amigos, comenzaron a sospechar que notodo marchaba tan felizmente como parecía allá arriba. Empezaron a darse cuenta deque ella se mostraba nerviosa en presencia de su marido, que daba la impresión de quehabía adquirido un vago y creciente temor de él. Se preguntaron si Toussel la estaba
  • 30. 30maltratando o descuidándola. La madre intentó conseguir las confidencias de su hija, yla muchacha gradualmente le abrió el corazón. No, su marido jamás la había maltratado,jamás le había dirigido una palabra brusca; siempre era amable y considerado, perohabía noches en las que parecía extrañamente preocupado, y en tales noches ensillaba sucaballo y cabalgaba rumbo a las colinas, a veces sin regresar hasta después de quehubiera amanecido, momento en el que se mostraba aún más extraño y más perdido ensus propios pensamientos que la noche anterior. Y había algo en el modo en que a vecesse sentaba y la miraba que la hacía sentir que ella estaba, de algún modo, relacionadacon esos pensamientos secretos. Le tenía miedo a los pensamientos y le temía a él. Demodo intuitivo sabía, como lo saben las mujeres, que en sus excursiones nocturnas no sehallaba involucrada ninguna otra mujer. No estaba celosa. Se encontraba poseída por unmiedo irracional. Una mañana, cuando pensaba que él se había pasado toda la noche enlas colinas, mirando por casualidad por la ventana, así se lo contó a su madre, le habíavisto salir por la puerta de una construcción baja que había en su gran jardín, apartadade los otros bloques, y que él le había dicho que era su despacho, donde guardaba lacontabilidad, los papeles de negocios, y donde la puerta siempre estaba cerrada conllave. —Entonces —comentó la madre, aliviada y tranquila—, ¿a qué se debe todo esto?Con toda probabilidad, esos pensamientos secretos suyos se deben a problemas denegocios... a alguna mezcla de café que está preparando y que, quizá, no va muy bien,así que se queda despierto toda la noche en su despacho meditando y calculando, o semarcha a caballo para ir a reunirse y consultar con otros. Los hombres son así. El asuntose explica por sí solo. Lo demás no es más que tu imaginación nerviosa. Y ésta fue la última conversación racional que mantuvieron madre e hija. Lo quesucedió posteriormente allá arriba en la noche fatal del primer aniversario de bodas loentresacaron de los intervalos medio lúcidos de una criatura aterrorizada, temerosa ehistérica, que finalmente se volvió loca de remate. No obstante, los acontecimientos porlos que tuvo que pasar se le quedaron grabados de forma indeleble en la cabeza; hubotempranos períodos en los que parecía bastante cuerda, y la secuencia de la tragedia sepudo deducir poco a poco. La noche de su primer aniversario Toussel había partido a caballo, diciéndole que nolo esperara, y ella había supuesto que en su preocupación se había olvidado de la fecha,lo cual le dolió y la hizo guardar silencio. Se fue a la cama pronto y, por último, sequedó dormida. Cerca de la medianoche su marido la despertó; estaba de pie junto a la cama ysostenía una lámpara. Debía de haber vuelto hacía cierto tiempo, pues ahora se lo veíavestido de etiqueta. —Ponte el vestido que usaste en la boda y arréglate —dijo—, vamos a ir a una fiesta.—Ella estaba somnolienta y aturdida, pero inocentemente complacida, imaginando queun tardío recuerdo de la fecha le había hecho prepararle una sorpresa. Supuso que la ibaa llevar a cenar y a bailar al club, donde la gente a menudo aparecía bastante después dela medianoche—. Tómate tu tiempo —añadió él—, y ponte tan hermosa como puedas...no hay prisa. Una hora más tarde, cuando se reunió con él en la terraza, preguntó: —Pero, ¿dónde está el coche? —No, —repuso él—, la fiesta se va a celebrar aquí. Y ella notó que había luz en la cabaña, su “oficina”, en el otro extremo del jardín. Nole dio tiempo para interrogarlo o protestar. La cogió del brazo, la condujo por el oscurojardín y abrió la puerta. La oficina, si alguna vez había sido tal cosa, se habíatransformado en un comedor, iluminado por una luz difusa procedente de las velas altas.
  • 31. 31Había una mesa antigua con un buffet, sobre la que colgaba un espejo, y donde habíaplatos de carnes frías y ensaladas, botellas de vino y frascas de ron. En el centro de la estancia estaba puesta una elegante mesa con un mantel dedamasco, flores y reluciente plata. Cuatro hombres, también con trajes de etiqueta, peroque les sentaban mal, ya se hallaban sentados a la mesa. Había dos sillas vacías en losextremos. Los hombres sentados no se levantaron cuando la joven enfundada en suvestido de boda entró del brazo de su marido. Se sentaban encorvados y ni siquieragiraron las cabezas para saludarla. Delante tenían copas de vino llenas a medias, y pensóque ya estaban borrachos. Mientras Camille se sentaba con movimiento mecánico en la silla a la que la condujoToussel, ocupando él mismo la que estaba enfrente, con los cuatro invitados situadosentre ellos, dos a cada lado, de una forma antinaturalmente tensa, aumentando dichatensión a medida que hablaba, dijo: —Te pido... que perdones la aparente rudeza... de mis invitados. Ha pasado muchotiempo... desde... que... probaran el vino... y se sentaran así a una mesa... con... unaanfitriona tan hermosa... Pero, eh, ahora... beberán contigo, sí... alzarán... sus brazos,como yo alzo el mío... brindarán contigo... más... se levantarán y... bailarán contigo...más... harán... Cerca de ella, los dedos negros de un silencioso invitado estaban cerrados con rigidezen torno al frágil pie de una copa de vino, ladeada, derramándose. El horror acumuladoen Camille se desbordó. Cogió una vela, la aproximó a la cara macilenta y caída, y vioque el hombre estaba muerto. Se encontraba sentada a la mesa de un banquete concuatro muertos apuntalados. Sin aliento durante un instante, luego gritando, se puso en pie de un salto y saliócorriendo. Toussel llegó a la puerta demasiado tarde para frenarla. Era pesado y ladoblaba en edad. Ella corrió gritando aún a través del jardín oscuro, un destello blancoentre los árboles, y atravesó el portón. La juventud y el absoluto terror le prestaron alasa sus pies, y escapó... Una procesión de mujeres madrugadoras del mercado, con sus cestos llenos cargadosen burros, que bajaba por la falda de la montaña al amanecer, la encontró allí abajo sinsentido. Su vaporoso vestido estaba roto y desgarrado, sus pequeños zapatos de saténblanco deshilachados y sucios, uno de los tacones arrancado allí donde tropezó con unaraíz y cayó. Le mojaron la cara para revivirla, la subieron a un burro y caminaron a su lado,sosteniéndola. Sólo estaba medio consciente, incoherente, y las mujeres comenzaron adiscutir entre sí, tal como lo hacen las campesinas. Algunas creyeron que se trataba deuna dama francesa que había sido tirada o se había caído de un coche; otras que setrataba de una Dominicaine, que había sido sinónimo en el dialecto criollo desde losprimeros días coloniales de “prostituta de lujo”. Ninguna la reconoció como MadameToussel; quizá ninguna de ellas la había visto jamás. Estaban discutiendo si dejarla en elhospital de las Hermanas Católicas en las afueras de la ciudad, en cuya dirección iban, osi sería más seguro —para ellas— llevarla directamente al cuartel de la policía y contarla historia. Su sonora discusión pareció despertarla; dio la impresión de haberrecuperado en parte los sentidos y comprender lo que hablaban. Les dijo cómo sellamaba, el nombre de soltera, y les rogó que la llevaran a casa de su padre. Una vez allí, habiéndola metido en la cama y llamado a los médicos, la familia fuecapaz de conseguir por el farfulleo histérico de la joven una comprensión parcial de loque había sucedido. Ese mismo día subieron a ver a Toussel... a registrar la casa. PeroToussel se había ido, y todos los sirvientes habían desaparecido salvo un anciano, quiendijo que Toussel se hallaba en Santo Domingo. Entraron en la así llamada oficina y
  • 32. 32encontraron aún la mesa puesta para seis personas, el vino sobre el mantel, una botellavolcada, las sillas tiradas, los platos de comida todavía intactos sobre la mesilla, peroaparte de eso no descubrieron nada. Toussel jamás regresó a Haití. Se dice que ahora está viviendo en Cuba. Lainvestigación criminal era inútil. ¿Qué esperanza razonable podían haber tenido decondenarlo basándose en las pruebas que no se sustentaban solas de una esposa demente desequilibrada? Y en ese punto, tal como me fue relatada, la historia se acababa con un encogimientode hombros, quedando en un misterio inconcluso. ¿Qué había estado planeando ese Toussel... qué siniestra, quizá criminal necromanciaen la que su esposa iba a ser la víctima o el instrumento? ¿Qué habría ocurrido si ella nohubiera escapado? Formulé estas preguntas, pero no tuve ninguna explicación convincente o incluso unateoría en respuesta. Hay historias de abominaciones más bien horrendas, impublicables,practicadas por algunos brujos que afirman levantar a los muertos, pero hasta donde yosé, sólo se trata de historias. Y en cuanto a lo que de verdad sucedió aquella noche, lacredibilidad depende de la prueba aportada por una muchacha demente. Entonces, ¿qué queda? Lo que queda se puede exponer con unas pocas palabras: Matthieu Toussel preparó una cena de aniversario de boda para su esposa en la quese dispusieron seis platos, y cuando ella miró las caras de los otros cuatro invitados, sevolvió loca. LA PÁLIDA ESPOSA DE TOUSSEL W. B. Seabrook Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 MADRE DE SERPIENTES ROBERT BLOCHE l vuduísmo es algo muy raro. Hace cuarenta años era un tema desconocido, salvo en ciertos círculos esotéricos. En la actualidad existe una sorprendente cantidad de información al respecto debido a la investigación... y una sorprendentecantidad de información errónea. Recientes libros populares sobre el tema son, en su mayor parte, fantasías puramenterománticas, elaboradas con las incompletas teorizaciones de los ignorantes. Sin embargo, quizá esto sea lo mejor. Pues la verdad sobre el vudú es tal que aningún escritor le interesaría o se atrevería a imprimirla. Parte de ella es peor que susmás descabelladas fantasías. Yo mismo he visto algunas cosas de las que no quierodiscutir. Además, sería inútil contárselo a la gente, pues no me creería. Y una vez másquizá sea lo mejor. El conocimiento puede ser mil veces más aterrador que laignorancia. No obstante, yo lo sé porque he vivido en Haití, la isla oscura. He aprendido muchopor las leyendas, he tropezado con muchas cosas por accidente, y casi todo miconocimiento proviene de la única fuente de verdad auténtica: las declaraciones de losnegros. Por lo general, esos viejos nativos del país de la colina negra no son gente
  • 33. 33habladora. Hizo falta paciencia y un trato prolongado con ellos antes de que se abrierany me contaran sus secretos. Ésa es la razón por la que muchos de los libros de viaje son tan palpablementefalsos... ningún escritor que permanece en Haití durante seis meses o un año podríaganarse la confianza de aquellos que conocen los hechos. Hay tan pocos que en realidadlos conocen... tan pocos que no tienen miedo de relatarlos. Pero yo los he descubierto. Dejad que os hable de los viejos días; los viejos tiemposen que Haití se levantó en un imperio transportado en una ola de sangre.Fue hace muchos años, poco después de que los esclavos se hubieran rebelado.Toussaint l’Ouverture, Dessalines y el Rey Christophe los liberaron de sus amosfranceses, los liberaron después de sublevaciones y masacres y establecieron un reinobasado en una crueldad más fantástica que el despotismo que imperaba antes. Por entonces no había negros felices en Haití. Habían conocido demasiado la torturay la muerte; la vida despreocupada de sus vecinos de las Indias Occidentales era porcompleto ajena a estos esclavos y descendientes de esclavos. Floreció una extrañacombinación de razas: salvajes hombres tribales de Ashanti, Dambalalah y la costa deGuinea; caribeños hoscos; vástagos morenos de franceses renegados; mezclas bastardasde sangre española, negra e india. Mestizos y mulatos taimados y traicionerosgobernaban la costa, pero había moradores aún peores en las colinas de allende. Había selvas en Haití, junglas impenetrables, bosques rodeados de montañas einfestados de ciénagas llenas de insectos venenosos y fiebres pestilentes. Los hombresblancos no se atrevían a entrar allí, pues eran peores que la muerte. Plantas chupadorasde sangre, reptiles venenosos y orquídeas enfermas atiborraban los bosques, queescondían horrores que África jamás había conocido. Pues es en aquellas colinas donde floreció el vudú verdadero. Se dice que allí vivíanhombres, descendientes de los esclavos fugados, y facciones proscritas que habían sidoexpulsados de la isla. Rumores furtivos hablaban de pueblos aislados que practicaban elcanibalismo, mezclado con oscuros ritos religiosos más terribles y pervertidos quecualquier cosa que hubiera salido del mismo Congo. La necrofilia, la adoración fálica, laantropomancia y versiones distorsionadas de la Misa Negra eran corrientes. La sombrade Obeah estaba por todas partes. El sacrificio humano era común, las ofrendas degallos y cabras cosas aceptadas. Había orgías alrededor de los altares vudú, y se bebíasangre en honor de Barón Samedi y los otros dioses negros traídos desde tierrasantiguas. Todo el mundo lo sabía. Cada noche los tambores rada resonaban desde las colinas,y los fuegos centelleaban por encima de los bosques. Muchos papalois y hechicerosconocidos residían en el linde mismo de la costa, pero jamás se los molestó. Casi todoslos negros “civilizados” aún creían en los hechizos y los filtros; incluso los que iban a laiglesia se entregaban a los talismanes y encantamientos en tiempos de necesidad. Losasí llamados negros “educados” de la sociedad de Port—au—Prince eran abiertamenteemisarios de las tribus bárbaras del interior, y a pesar de la muestra exterior decivilización, los sangrientos sacerdotes todavía gobernaban detrás del trono. Desde luego había escándalos, desapariciones misteriosas y protestas esporádicas delos ciudadanos emancipados. Pero no era sabio meterse con aquellos que se inclinabanante la Madre Negra, o provocar la ira de los terribles ancianos que moraban a lasombra de la Serpiente. Ése era el rango de la hechicería cuando Haití se convirtió en una república. La gentea menudo se pregunta por qué existe aún la magia hoy en día; quizá sea más secreta,
  • 34. 34pero todavía sobrevive. Se pregunta por qué los espantosos zombis no son destruidos, ypor qué el gobierno no ha intervenido para erradicar los demoníacos cultos de sangreque aún acechan en la penumbra de la jungla. Tal vez esta historia proporcione una respuesta: este cuento secreto y antiguo de lanueva república. Los funcionarios, al recordar el relato, todavía tienen miedo a interferirdemasiado, y las leyes que han sido promulgadas se hacen cumplir con poca fuerza. Porque el Culto de la Serpiente de Obeah jamás morirá en Haití... en Haití, esa islafantástica cuya sinuosa costa se parece a las fauces abiertas de una monstruosaserpiente.Uno de los primeros presidentes de Haití era un hombre culto. Aunque nacido en la isla,fue educado en Francia, y cursó extensos estudios durante su estancia en el extranjero.En su acceso al cargo más alto de la tierra se le vio como un cosmopolita ilustrado ysofisticado del tipo moderno. Por supuesto que aún le gustaba quitarse los zapatos en laintimidad de su despacho, pero nunca exhibió sus pies desnudos en capacidad oficial.No me malinterpretéis, el hombre no era un Emperador Jones; sencillamente, era uncaballero de ébano instruido cuya natural barbarie en ocasiones atravesaba su lustre decivilización. De hecho, era un hombre muy astuto, Tenía que serlo con el fin de llegar a presidenteen aquellos tempranos días; sólo los hombres extremadamente astutos alcanzaronalguna vez ese rango. Quizá os ayude un poco que os diga que en aquellos tiempos eltérmino “astuto” era para un haitiano educado sinónimo de “deshonesto”. Por lo tanto,resulta fácil darse cuenta del carácter que tenía el presidente cuando se sabe que se loconsideraba uno de los políticos de más éxito que jamás haya dado la república. En su corto reinado pocos enemigos se le opusieron; y aquellos que trabajaban contraél por lo general desaparecían. El hombre, alto y negro como el carbón, con laconformación física de cráneo de un gorila albergaba un cerebro notablemente capazbajo su frente prominente. Su habilidad era fenomenal. Tenía una perspicacia para las finanzas que le beneficiómucho; es decir, le benefició tanto en su vida oficial como personal. Siempre queconsideraba necesario subir los impuestos, también incrementaba el ejército y loenviaba a escoltar a los recaudadores. Sus tratados con los países extranjeros eran obrasmaestras de ilegalidad legal. Este Maquiavelo negro sabía que debía trabajar deprisa, yaque los presidentes tenían una manera peculiar de morir en Haití. Parecíanparticularmente sensibles a la enfermedad... “envenenamiento por plomo”, comopodrían decir nuestros modernos amigos gángsters. Así que el presidente actuó deprisaen verdad, y realizó un trabajo magistral. Realmente fue notable, a la vista de su pasado humilde. Pues la suya fue una saga deéxito al estilo del buen Horatio Alger. No conoció a su padre. Su madre era una bruja enlas colinas, y aunque bastante famosa, había sido muy pobre. El presidente había nacidoen una cabaña de madera; todo un entorno clásico para una futura y distinguida carrera.Sus primeros años habían sido plácidos, hasta que a los trece años lo adoptó unbenevolente ministro protestante. Durante un año vivió con ese hombre amable,realizando las tareas de un criado en la casa. De repente, el pobre ministro murió a causade un oscuro mal; fue de lo más lamentable, pues había sido bastante rico y su dineroaliviaba gran parte del sufrimiento de esa zona en particular. En cualquier caso, ese ricoministro murió, y el hijo de la pobre bruja partió a Francia para recibir una educaciónuniversitaria.
  • 35. 35 En cuanto a ella, se compró una mula nueva y no dijo nada. Su habilidad con lashierbas le había proporcionado a su hijo una posibilidad en el mundo, y estabasatisfecha. Pasaron ocho años antes de que el muchacho regresara. Había cambiado muchodesde su partida; prefería la sociedad de los blancos y la de los mulatos de piel clara dePort—au—Prince. Se sabe que también le prestaba poca atención a su anciana madre.Su melindrez recién adquirida le hacía ser dolorosamente consciente de la ignorantesimpleza de la mujer. Además, era ambicioso, y no le interesaba publicitar su relacióncon una bruja tan famosa. Porque ella era bastante famosa a su manera. De dónde había venido y cuál era suhistoria original, nadie lo sabía. Pero durante muchos años su cabaña en las montañashabía sido el punto de encuentro de adoradores extraños e incluso de emisarios extraños.Los oscuros poderes de Obeah se evocaban en su sombrío altar de las colinas, y ungrupo furtivo de acólitos residía allí con ella. Sus fuegos rituales siempre brillaban enlas noches sin luna, y se entregaban bueyes en bautismos sangrientos al Reptil de laMedianoche. Pues era una Sacerdotisa de la Serpiente. Ya sabéis, el Dios—Serpiente es la deidad real de los cultos a Obeah. Los negrosadoraban a la Serpiente en Dahomey y Senegal desde tiempos inmemoriales. Veneran alos reptiles de forma peculiar, y existe cierto vínculo oscuro entre la serpiente y la lunacreciente. ¿Curiosa, verdad, esa superstición de la serpiente? El Jardín del Edén tuvo asu tentador, ya sabéis, y la Biblia habla de Moisés y su báculo de serpientes. Losegipcios reverenciaban a Set, y los antiguos hindúes tenían un dios cobra. Da laimpresión de estar generalizado por todo el mundo ese odio y adoración por lasserpientes. Siempre parecen ser reverenciadas como criaturas del mal. Los indiosamericanos creían en Yig, y los mitos aztecas siguen el modelo. Y, por supuesto, lasdanzas ceremoniales de los Hopi son del mismo orden. Pero las leyendas de la Serpiente Africana son especialmente terribles, y lasadaptaciones haitianas de los ritos sacrificales son peores.En la época de la que hablo se creía que algunos de los grupos vudú criaban en realidadserpientes; pasaban a los reptiles de contrabando desde Costa de Marfil para usarlos ensus prácticas secretas. Había rumores de pitones de unos seis metros que se tragabanbebés que les eran ofrecidos en los Altares Negros, y de envíos de serpientes venenosasque mataban a los enemigos de los maestros del vudú. Es un hecho conocido que unpeculiar culto que adoraba a los gorilas había introducido furtivamente en el país a unossimios antropoides; por lo que las leyendas de la serpiente podrían haber sidoigualmente verdad. Sea como fuere, la madre del presidente era una sacerdotisa, y tan famosa, a sumanera, como su distinguido hijo. Él, justo después de su regreso, había ascendido pocoa poco al poder. Primero había sido recaudador de impuestos, luego tesorero, y porúltimo presidente. Varios de sus rivales murieron, y aquellos que se le opusieron notardaron en descubrir que era oportuno eliminar su odio; pues aún era un salvaje decorazón, y a los salvajes les gusta torturar a sus enemigos. Se rumoreaba que habíaconstruido una cámara de torturas secreta bajo el palacio, y que sus instrumentosestaban oxidados, aunque no por el desuso. El abismo entre el joven estadista y su madre comenzó a ensancharse justo antes desu subida al poder presidencial. La causa inmediata fue su matrimonio con la hija de unrico plantador mulato de piel clara de la costa. No sólo la anciana se vio humilladaporque su hijo contaminó la estirpe familiar (ella era negra pura, y descendiente de un
  • 36. 36rey—esclavo de Nigeria), sino que se mostró más indignada debido a que no fueinvitada a la boda. Se celebró en Port—au—Prince. Los cónsules extranjeros asistieron, y la crema de lasociedad haitiana estuvo presente. La hermosa novia había sido educada en un conventoy sus antecedentes se consideraban en la más alta estima. Sabiamente, el novio no sedignó a profanar la celebración nupcial incluyendo a su desagradable madre. Sin embargo, ella fue y observó la celebración desde la puerta de la cocina. Y estuvobien que no revelara su presencia, ya que habría avergonzado no sólo a su hijo, sinotambién a unos cuantos más... dignatarios que a veces la consultaban de manera nooficial. Lo que vio de su hijo y de su prometida no fue agradable. El hombre era ahora undandy afectado, y su esposa una coqueta tonta. La atmósfera de pompa y ostentación nola impresionó; detrás de sus máscaras festivas de educada sofisticación, sabía que lamayoría de los presentes eran negros supersticiosos que habrían ido corriendo a verla enbusca de encantamientos o consejos oraculares en cuanto tuvieran problemas. Noobstante, no hizo nada; sólo sonrió con amargura y volvió a casa cojeando. Después detodo, todavía amaba a su hijo. Sin embargo, la siguiente afrenta no pudo pasarla por alto. Fue en la toma del cargode nuevo presidente. Tampoco a ese acontecimiento se la invitó, pero ella fue. Y en estaocasión no se quedó en las sombras. Después de que el juramento de posesión fuerarecitado, marchó con decisión ante la presencia del nuevo gobernante de Haití y loabordó delante de los mismos ojos del cónsul de Alemania. Era una figura grotesca: unavieja pequeña y fea que apenas medía un metro y medio, negra, descalza y vestida conharapos. Naturalmente, el hijo ignoró su presencia. La bruja marchita se pasó la lengua porsus encías desdentadas en terrible silencio. Luego, con tranquilidad, comenzó amaldecirlo... no en francés, sino en el dialecto nativo de las colinas. Invocó la ira de sussangrientos dioses sobre su cabeza desagradecida, y le amenazó tanto a él como a suesposa con venganza por su relamida ingratitud. Los invitados quedaronconmocionados. También el nuevo presidente. No obstante, no perdió la compostura. Con calmallamó con un gesto a los guardias, quienes se llevaron a la ahora histérica bruja. Trataríacon ella después. La noche siguiente, cuando consideró adecuado bajar a la mazmorra a razonar con sumadre, ella no estaba. Había desaparecido, le dijeron los guardias, moviendo los ojosmisteriosamente. Hizo que fusilaran al carcelero y regresó a sus aposentos oficiales. Estaba un poco preocupado respecto a la maldición. Veréis, él sabía de lo que eracapaz la mujer. Tampoco le gustaron las amenazas que profirió contra su mujer. Al díasiguiente hizo que le fabricaran unas balas de plata, igual que el Rey Henry en los viejosdías. También compró un encantamiento ouanga de un hechicero que conocía. La magialucharía contra la magia. Aquella noche, una serpiente le visitó en sueños; una serpiente de ojos verdes que lesusurró a la manera de los hombres y le siseó con aguda y burlona risa cuando él lagolpeó en su sueño. Por la mañana había un olor reptilesco en su dormitorio, y unlégamo nauseabundo sobre su almohada que emitía un olor similar. Y el presidente supoque sólo su encantamiento le había salvado. Aquella tarde su esposa echó en falta uno de sus vestidos parisinos, y el presidenteinterrogó a los sirvientes en su cámara de torturas. Descubrió algunos hechos que no seatrevió a contarle a su mujer, y a partir de ese momento dio la impresión de estar muytriste. Ya había visto trabajar a su madre con figuras de cera antes: pequeños maniquíes
  • 37. 37que se parecían a hombres y mujeres, vestidos con partes de sus prendas robadas. Aveces les clavaba agujas o los asaba sobre un fuego bajo. Siempre las personas realesenfermaban y morían. Ese conocimiento hizo al presidente bastante desdichado, yestuvo más preocupado cuando regresaron unos mensajeros y le dijeron que su madrehabía desaparecido de su vieja cabaña en las colinas. Tres días después su esposa murió de una herida dolorosa en el costado que losmédicos no pudieron explicar. Estuvo en agonía hasta el final, y justo antes de morir serumoreó que su cuerpo se puso azul y se hinchó hasta el doble de su tamaño normal.Sus rasgos estaban carcomidos como con lepra, y sus extremidades dilatadas se parecíana las de una víctima de elefantiasis. En Haití hay horribles enfermedades tropicales,pero ninguna mata en tres días... Después de eso, el presidente enloqueció. Como Cotton—Matters antaño, inició una cruzada de caza de brujas. Se envió a lossoldados y a la policía a peinar todo el campo. Los espías fueron a los cobertizos de lascimas de las montañas, y las patrullas armadas se agazaparon en campos lejanos dondetrabajan los hombres—muertos vivientes, con sus vidriosos ojos mirandoincesantemente a la luna. Se interrogó a las mamalois sobre los fuegos, y se asó a losposeedores de libros prohibidos sobre llamas alimentadas con esos mismos volúmenesque guardaban. Los sabuesos ladraron en las colinas, y los sacerdotes murieron en losaltares donde solían realizar sacrificios. Sólo se había dado una orden especial: la madredel presidente debía ser capturada con vida y sin recibir daño alguno. Mientras tanto, él permaneció sentado en palacio con las brasas de la lenta locura ensus ojos: brasas que ardieron con llama demoníaca cuando los guardias trajeron a labruja marchita, a quien habían capturado cerca de aquella terrible arboleda de ídolos quehay en la ciénaga. La llevaron abajo, aunque se debatió y arañó como un gato salvaje, y luego losguardias se fueron y dejaron a su hijo a solas con ella. Solo, en la cámara de torturas,con una madre que le maldijo desde el potro. Solo, con un fuego frenético en los ojos, yun gran cuchillo de plata en la mano... El presidente pasó muchas horas en su cámara de torturas secreta durante lossiguientes días. Rara vez se lo vio por el palacio, y sus sirvientes recibieron órdenes deque no debía molestársele. Al cuarto día subió por la escalera oculta por última vez, y latitilante locura de sus ojos se había desvanecido. Qué sucedió en la mazmorra subterránea jamás se sabrá con certeza. Sin duda es lomejor. El presidente era un salvaje de corazón, y para el bárbaro la prolongación deldolor siempre aporta éxtasis... Sin embargo, se sabe que la vieja bruja maldijo a su hijo con la Maldición de laSerpiente en su último aliento, y ésa es la maldición más terrible de todas. Se puede obtener cierta idea de lo que pasó conociendo la venganza del presidente,ya que tenía un sentido del humor lúgubre y la noción de la retribución de un salvaje. Suesposa había sido asesinada por su madre, quien creó una imagen de cera de ella. Éldecidió hacer lo que sería exquisitamente apropiado. Cuando subió por la escalera aquella última vez, sus sirvientes vieron que llevabacon él una vela grande, hecha de grasa de cadáver. Y como nadie vio nunca más elcuerpo de su madre, hubo conjeturas curiosas respecto a cómo había conseguido lagrasa de cadáver. Pero también la mente del presidente se inclinaba hacia las bromasmacabras... El resto de la historia es muy sencilla. El presidente fue directamente a su despachoen el palacio, donde depositó la vela sobre su escritorio. Había descuidado el trabajo enlos últimos días, y tenía muchos asuntos oficiales que atender. Permaneció sentado en
  • 38. 38silencio un rato, mirando la vela con una sonrisa curiosa y satisfecha. Luego ordenó quele llevaran los documentos y anunció que se ocuparía de ellos de inmediato. Trabajó toda la noche, con dos guardias estacionados en el exterior junto a la puerta.Sentado a su mesa, se dedicó a su tarea a la luz de la vela... esa vela hecha con grasa decadáver. Era evidente que la maldición lanzada por su madre al morir no le molestaba enabsoluto. Una vez satisfecho, su ansia de sangre saciada descartó toda posibilidad devenganza. Ni siquiera era lo suficientemente supersticioso como para creer que la brujapudiera volver de la tumba. Permaneció bastante tranquilo allí sentado, todo uncaballero civilizado. La vela proyectaba sombras ominosas sobre el cuarto en penumbra,pero él no lo notó... hasta que fue demasiado tarde. Entonces, alzó la vista... para ver lavela de grasa de cadáver retorcerse hasta adquirir una vida monstruosa. La maldición de su madre... ¡La vela —la vela hecha con grasa de cadáver— estaba viva! Era una cosa sinuosa, yque se retorcía, moviéndose en su candelabro con un propósito siniestro. El extremo de la llama pareció brillar con intensidad y adquirir un súbito y terribleparecido. El presidente, sorprendido, vio la cara ígnea de su madre; una cara diminuta yarrugada de fuego, con un cuerpo de grasa de cadáver que se lanzó hacia el hombre conespantosa facilidad. La vela se estiraba como si estuviera derritiéndose; se estiraba yextendía hacia él de un modo terrible. El presidente de Haití aulló, pero era demasiado tarde. La resplandeciente llama delextremo se apagó, quebrando el hechizo hipnótico que mantenía en trance al hombre. Yen ese momento la vela saltó, mientras la habitación desaparecía en la temida oscuridad.Era una oscuridad horrible, llena de gemidos y el sonido de un cuerpo debatiéndose quese hizo cada vez más y más débil... Estaba inmóvil cuando los guardias entraron y encendieron las luces de nuevo.Sabían lo de la vela de grasa de cadáver y la maldición de la madre—bruja. Ésa es larazón por la que fueron los primeros en anunciar la muerte del presidente; los primerosen meterle una bala en la nuca y afirmar que se había suicidado. Le contaron la historia al sucesor del presidente, y éste dio órdenes de que seabandonara la cruzada contra el vudú. Era mejor así, pues el nuevo gobernante nodeseaba morir. Los guardias le explicaron por qué le habían disparado al presidente ydicho que había sido suicidio, y su sucesor no quiso arriesgarse a caer en la Maldiciónde la Serpiente. Pues el presidente de Haití había sido estrangulado por la vela de grasa del cadáverde su madre... una vela de grasa de cadáver que estaba enroscada alrededor de sucuello como una serpiente gigantesca. MOTHER OF SERPENTS Robert Bloch, 1964 Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 YO ANDUVE CON UN ZOMBI INEZ WALLACE
  • 39. 39H aití, esa oscura y misteriosa isla, en la que han surgido figuras tan increíbles como Christophe —el Napoleón negro—, de fama mundial; donde los ritos del vudú unen al hombre con lo sobrenatural de tal forma que escapa alentendimiento... Haití nos ofrece aún otro fenómeno que confunde a los grandespensadores y científicos de nuestros días. Cuando visité la isla por primera vez y escuché las historias que voy a relatar, menegué a creerlas. No culparé a nadie por dudar al término de este relato. Pero hoy en día, expresadofríamente en los libros de leyes de la República, se reconoce oficialmente la existenciade una práctica de magia metafísica, posiblemente la más repugnante que se puedaimaginar. El artículo 249 del Código Penal de Haití, establece lo siguiente: “Se calificará deintento de asesinato el empleo de sustancias químicas contra cualquier persona a la que,sin causarle la muerte, se le produzca un coma letárgico más o menos profundo. Si,después de haberle administrado tales sustancias, la persona fuera enterrada, el hechoserá considerado asesinato, sin tenerse en cuenta el resultado que se derive de ello”. Sencillamente: es asesinato enterrar a una persona como si estuviera muerta, yposteriormente sacar su cuerpo para que viva otra vez (al margen de cualquierresultado). Y se promulgó esta ley porque se ha comprobado una y otra vez que las artesmisteriosas de la población negra de Haití han conseguido que los muertos salgan de sustumbas y lleven una existencia de esclavos sin alma, moviéndose como cuerpos sininteligencia individual. Estos cadáveres vivientes son llamados zombis. No son espíritus o fantasmas espectrales, sino cuerpos de carne y hueso que hanmuerto, pero se mueven todavía, andan, trabajan y, algunas veces, hasta hablan. El gobierno prefiere decir que se trata de gente drogada, enterrada y desenterrada.Pero pasa el tiempo y no queda más remedio que admitir la existencia de los zombiscomo una realidad. Cuando oí hablar de ellos por primera vez, cada palabra que escuchaba meprovocaba una sonrisa de incredulidad. Después he llegado a considerar la misteriosaleyenda de los zombis (los muertos sacados de sus tumbas y obligados a trabajar paralos vivos) como algo más que una leyenda. Creo —porque lo he sabido a través de fuentes incuestionables— que han ocurridoestas cosas y que siguen ocurriendo hoy día, a no muchas millas de nuestrossupercivilizados Estados Unidos, en la mágica y misteriosa isla de Haití. He escuchadofantásticos relatos de hombres y mujeres blancos, de cuya palabra no puedo dudar, y heleído aún más en cierto libro sobre los zombis. ¿Qué poder psíquico hace posible que estos cuerpos muertos se muevan, actúen,caminen y bailen como si estuvieran vivos? Y, ¿qué superpoder puede hacer incluso quehablen en algunas ocasiones? Desde la misteriosa isla de Haití llegan muchas otras historias de lo oculto, místicosrelatos sobre vudú, magia negra, hechizos, maldiciones y magnetismo animal. En los oscuros anales de esta misteriosa isla aparecen extraños ritos vudú, y el cultoal negro macho cabrío y a la blanca cabra florece hasta en las ciudades más populosasde Haití. El vuduísmo está prohibido por la ley, pero incluso los emperadores negros dela isla lo han practicado y temido. Pero el fenómeno que los nativos temen en mayor grado (y no sólo los ignorantesnativos corrientes, sino negros cultivados e incluso doctores del vudú, que creen sertodopoderosos) es el terrorífico zombi.
  • 40. 40 Porque el zombi y la magia sobrenatural que en él subyace, están más allá aún delentendimiento de los doctores del vudú, con todos sus negros ritos. Y este miedo supersticioso al zombi y todo cuanto se relaciona con estas personasmuertas está plenamente justificado. Los haitianos mantienen que actualmente hay zombis trabajando en los campos decaña, alrededor de las solitarias mansiones de la isla, y algunos dicen que estosmisteriosos trabajadores muertos existen también en las ciudades más pobladas. Unopuede reconocerlos porque, excepto en raras circunstancias, nunca hablan y siempremiran al frente fijamente. Si no se está seguro, podemos cerciorarnos ofreciendo alsospechoso algo de comida salada, “porque el zombi no puede probar la sal”, einmediatamente sabrá que está muerto, haciendo regresar su cuerpo viviente a la tumba,no importa dónde esté ésta, ¡y nadie podrá detenerlo! No hace muchos años, cerca del famoso Port—au—Prince, ocurrió un incidente queinmediatamente me recordó a los zombis. Un hombre blanco, que estaba pasando unamala racha y había llegado a Haití con el nombre de George MacDonough, se enamoróde una joven nativa de color, finalizando su amor por ella cuando una muchacha blancase enamoró a su vez de él. Así fue como abandonó a Gramercie por Dorothy Wilson, yse casó con ella. Pero no había terminado aún con Gramercie, cuyos feroces y primitivos celosresultaron algo que era mejor evitar. No llevaba aún un año de casado, cuando su jovenesposa cayó misteriosamente enferma y murió. Dos noches después de su entierro sedescubrió que su tumba había sido removida, pero no de una forma tan evidente comopara justificar una investigación. Seis meses después, una misteriosa historia comenzó a propagarse por Port—au—Prince. Se decía que en las horripilantes y mágicas laderas de Morne—au—Diable,próximas a la frontera dominicana, había un grupo de esclavos formado por zombis. Elrumor corrió y corrió, y de pronto un nuevo misterio se unió a aquella historia, cuandose supo que había una mujer blanca trabajando en el campo de caña. GeorgeMacDonough oyó la historia, al igual que otros muchos colonos americanos. Como sus compañeros, se rió al principio. Pero luego empezó a pensar en la tumbaprofanada de su esposa. En su momento aquel hecho no le había sugerido nada, peroahora, ¿tendría alguna relación con estos rumores? Se asustó, dominado por los nervios,al recordar que la vengativa Gramercie era del mismo distrito del que procedía lafantástica historia. Movido por un repentino impulso, se dirigió al interior, hacia Morne—au—Diable,llevando con él un fiel guía negro y dos amigos. Partió por la noche, en secreto, sin quese trasluciera nada de la expedición. Su llegada al campo de caña de Gramercie resultóuna completa sorpresa para su antigua novia morena. Pero la terrible escena que presenció en aquellos campos introdujo la locura en sucorazón, y Gramercie huyó aullando de terror hacia la selva, tratando de escapar a suvenganza. “Porque en los campos, trabajando con los esclavos negros, ¡se hallaba elcadáver de la esposa de George MacDonough!” Antes de su llegada, Gramercie, ocultapor las altas cañas, había estado haciendo extraños pases en el aire. Cuando se dirigió hacia su esposa, los azules ojos de ésta le miraron sin comprender,sin reconocerle. Y al ver que sus repetidos gritos no conseguían respuesta alguna deella, acabó por entender. A la caída de la noche llevó consigo su cuerpo de muerto—viviente a casa. Y de nuevo, al anochecer, al cementerio. Abrió su tumba y le dio acomer sal, viendo cómo caía a sus pies, ahora ya realmente muerta. Después, George MacDonough inició la búsqueda de Gramercie, pero ya erademasiado tarde para poder vengarse él mismo, porque los nativos temen a los zombis y
  • 41. 41a quienes les obligan a trabajar más que al hombre blanco, y enterados del crimen, antesde que MacDonough pudiera llegar a Morne—au—Diable para matar a la bruja quehabía utilizado con su poder el cuerpo de su esposa muerta, ellos mismos —su propiagente— la habían asesinado brutalmente. ..........Un hombre de edad, al que llamaré mayor Hemingway, me dijo que cualquier blancoque haya vivido en Haití, relacionándose con la misteriosa vida de los nativos, dudaríamucho antes de decidirse a negar la existencia de los zombis. —¿Sabe? —me dijo—, una vez que se está fuera de Haití, todas estas cosas vuelvena uno. Para quien nunca ha estado allí, todo resulta demasiado increíble. La mayoría dela gente tiene un miedo ancestral al vudú, porque ha sido practicado incluso aquí, en elSur de los Estados Unidos. Aunque esto de los zombis parece más difícil de creer, peroexisten, lo sé. Y me relató la siguiente historia: “Una vez, durante una sublevación nativa, estaba yo instalado en el distrito deMorne—au—Diable (un territorio montañoso donde los nativos son tan ignorantes ysupersticiosos como sólo los negros pueden llegar a serlo, y donde florece el vudú.) Unanoche, una bonita muchacha negra vino a pedirme que la ayudara. Parece ser que dos semanas antes su hermano había muerto y había sido enterrado,pero ahora ella pretendía haberlo visto trabajando en la casa de un tal Ti Michel, unpequeño granjero que vivía no muy lejos de donde yo me había instalado. Había oído hablar de los hechizos y maleficios del vudú, habiendo llegado a creer enellos, pero esto era algo nuevo para mí. Yo le dije: —¿Qué puedo hacer? Ella sonrió misteriosamente y me alargó un paquete de azúcar cande (una clase demezcla parecida al caramelo.) —Mañana —dijo—, vaya donde Ti Michel. En los campos verá hombres trabajandola caña. Los hombres estarán mirando fijamente al frente, con la mirada vacía, sinhablar. Deles el azúcar cande. —¿Qué bien les puede hacer el cande? —Déselo y verá. El cande encubre sal. Bueno, ya se había despertado mi curiosidad lo suficiente para hacer lo que mepedía, y lo hice. Al día siguiente di una vuelta por la hacienda del viejo Ti Michel ydescubrí que éste me miraba con gran suspicacia. Miré un poco a mi alrededor yfinalmente recorrí sus campos de caña. Durante todo el tiempo él me observaba como lohace el gato con el ratón. Me acerqué a la fila de hombres que cavaban, y él vino tras demí. Entonces, de repente, le llamó su hijo desde otra parte del campo, porque teníaproblemas con uno de los trabajadores, y yo me quedé a no más de tres metros de doshombres y tres mujeres que estaban trabajando. Rápidamente me dirigí a ellos, leshablé, les toqué. No me contestaron, pero se enderezaron cuando les toqué. ¡Nunca olvidaré sus ojos! Era como si mirasen el interior de un viejo pozo en mediode la noche, ¿entiende lo que quiero decir? Bueno, les di el azúcar cande, lo tomaron y empezaron a chuparlo. Entonces llegó TiMichel corriendo hacia mí; había visto que estaba dando algo a sus trabajadores yempezó a chillar: —¿Qué les ha dado? ¿Qué les ha dado?
  • 42. 42 No tuve la oportunidad de responder. De repente, aquellos trabajadores lanzaron ungrito horrible, arrojaron sus herramientas y se volvieron rápidos hacia la pequeña ciudadcerca de la cual estaba yo instalado, comenzando a marchar en fila de a uno fuera delcampo. Ti Michel me miró sólo durante un instante; después empezó a correr endirección contraria. Nunca se le volvió a ver, pero dos semanas más tarde alguiencomentó que habían encontrado una camisa manchada de sangre identificada comosuya. Estos nativos tienen su propia forma de encargarse de la gente como Ti Michel. Bueno, yo estaba muy interesado en los zombis, así que los seguí. Llegaron a laciudad; la gente chillaba y corría por todas partes. Algunos corrieron en dirección alcementerio, hacia el cual iban ahora los zombis tan rápidos como podían. No los pude alcanzar; los perdí. Cuando llegué al cementerio, vi un grupo de negrosmedio histéricos cavando frenéticamente en cinco tumbas, y cerca de los túmulosdescubrí unos montones informes, negros. (¡Ahora, afortunadamente, los zombis yaestaban muertos!). No espero que lo crean, pero yo lo vi.” ..........La historia de los bailarines zombis de Port—au—Prince es interesante desde el puntode vista de que arroja alguna luz sobre los terribles ritos mágicos concernientes a lavuelta desde la tumba de los muertos para trabajar en los campos de caña. Una mujer negra llamada Bretéche llevaba un local donde se daban exhibiciones debaile, a muy poca distancia de Port—au—Prince. De educación bastante esmerada, eraconocida por haber estado relacionada con los escenarios desde su infancia, y porquedurante cierto tiempo la gente blanca había frecuentado su establecimiento. Ahora ya sólo acudía el elemento negro, y ella se convirtió en noticia por su audacia,pues no se le ocurrió otra cosa que revelar los ritos secretos del vudú en el escenario. Depronto comenzó a circular un rumor: “ ¡La Bretéche tiene zombis bailando para ella!” Una investigación oficial reveló la existencia en su casa de siete figuras misteriosasque bailaban a sus órdenes, siguiendo cada inflexión de su voz, pero sin ningunarespuesta emocional, moviéndose sólo de manera automática. Jamás se había oídohablar a alguno de los extraños bailarines. La Bretéche fue llamada a declarar. A todas las preguntas que se le hicieron respondió no haber cometido asesinato,puesto que sus bailarines ya estaban muertos. Dijo que sus bailarines habían sidoenterrados y que ella los había desenterrado para ayudarles, y ahora ellos la ayudaban aella. —¿Qué hizo usted? —Primero hice una figura de barro, así... —Y les mostró de forma rudimentariacómo la había hecho. Una figura de barro parecida a un hombre—: así... —Y levantó ysostuvo una imaginaria figura de barro, empezando a darle aliento, susurrando a la vezuna curiosa especie de ritual. Luego miró hacia arriba y dijo: —Después dije: baila, y ellos bailaron para mí. Los blancos cultos admiten la existencia de los zombis, igual que lo hace el gobierno.No obstante, éste teme implicarse en cualquier explicación de origen psíquico. En otraspalabras, el gobierno de Haití dice: “¿Zombis? Sí, existen; pero no podemos dar unaexplicación. Forman parte del misterio de Haití.” Una respuesta oficial, en efecto. Pero no puede convencerme de que no hayrealmente muertos vivientes trabajando en los campos de caña de Haití.
  • 43. 43 I WALKED WITH A ZOMBIE Inez Wallace Trad. Miguel Hernández Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 VENGANZAS Y CASTIGOS DE LOS ORISHAS LYDIA CABRERA2L os santos, airados, no solamente envían las enfermedades sino todo género de calamidades. Del caso de Papá Colás conocido en la Habana a fines del siglo pasado, se acordarán los viejos. Era “omó Obatalá”. Tenía la incalificablecostumbre de enojarse y conducirse soezmente con su Santo, de insultarle cuando notenía dinero. Conozco la historia por varios conductos: sabido es que Obatalá, el diospuro por excelencia —es el Inmaculado, el dios de la blancura, el dueño de todo lo quees blanco o participa esencialmente de lo blanco—, exige un trato delicadísimo. Lapiedra que habita Obatalá no puede sufrir inclemencias de sol, de aire, de sereno. AObatalá es menester tenerle siempre envuelto en algodón —Oú— cubrirlo con ungénero de una blancura impecable. En sus accesos de rabia, Papá Colás asía a Obatalá,lo liaba en un trapo sucio o negro, y para mayor sacrilegio, lo relegaba al retrete.Obatalá es el Misericordioso; es el gran Orisha omnipotente que dice “yo siempreperdono a mis hijos”; pero a la larga se hartó de un trato tan canallesco e injustificable.Un día que a Papá Colás le bajó el Santo, este le dejó dicho que en penitencia por suirreverencia se diera por preso, permaneciendo en su cuarto durante diez y seis díasjunto a los orishas. Papá Colás se encogió de hombros, y muy lejos de obedecer lavoluntad del dios, soltando un rosario de atrocidades, se marchó a la calle sin ponerseun distintivo de Obatalá, sin llevar siquiera una cinta blanca de hiladillo. “Yo que conocí a sus hermanas, doy fe que todo eso es verdad; las pobres siempretenían el corazón temblando en la boca, comentando su mala conducta y esperando queel Santo lo revolcara. Colás se portaba con los Santos como un mogrolón (sic) y ellasdecían: El Angel lo va a tumbar”. Y así fue. Dormía Papá Colás frente a la ventana desu habitación, que daba a la calle, y sin saberse poqué, al pasar el carretón de la basura,el negro, como un loco (recuérdese que Obatalá, “el amo de las cabezas”, castiga con lacabeza y arrebata el juicio) armándose de la tranca de la puerta mató al carretonero. Asídiez y seis días de retiro se convirtieron en diez y seis años de presidio para eldesobediente. Un contemporáneo de este santero, tan conocido por sus blasfemias yrebeldías como por su clarividencia —dicen que para adivinar no tenía necesidad deconsultar sus caracoles, “tan fuerte era su vista”— nos cuenta que los jueces iban acondenarlo a pena de muerte (garrote); que hubo junta de babalawos y que Orula,Oshún y Obatalá se negaban a acceder a los ruegos de los demás Santos que pedían sugracia. Obatalá, después de largas súplicas, solo perdonó y consintió en salvarle la vida“cuando los blancos pensaron en sentenciarlo con pena de orí (cabeza), y Obatalá, portratarse de la cabeza de un hijo suyo, conmutó la pena”. Este Papá Colás, que ha dejadotantos recuerdos entre los viejos, era famoso invertido y sorprendiendo la candidez deun cura, casó disfrazado de mujer, con otro invertido, motivando el escándalo que puedepresumirse.2 En los relatos de Lydia Cabrera seleccionados, se observarán algunas irregularidades de ordengramatical y tipográfico, que hemos respetado. (N. del E.)
  • 44. 44 Desde muy atrás se registra el pecado nefando como algo muy frecuente en la Reglalucumí. Sin embargo, muchos babalochas, omó—Changó, murieron castigados por unorisha tan varonil y mujeriego como Changó, que repudia este vicio. Actualmente laproporción de pederastas en Ocha (no así en las sectas que se reclaman de congos, enlas que se les desprecia profundamente y de las que se les expulsa) parece ser tannumerosa que es motivo continuo de indignación para los viejos santeros y devotos. “¡Acada paso se tropieza uno un partido con su merengueteo!” “En esto de los Addodis hay misterio”, dice Sandoval, “porque Yemayá tuvo que vercon uno... Se enamoró y vivió con uno de ellos. Fué en un país, Laddó, donde todos loshabitantes eran así, maricas, mitad hombres, que dicen nafroditos (sic) y Yemayá losprotegía”. “Oddo es tierra de Yemayá. ¡Cuántos hijos de Yemayá son maricas!” (y deOshún). Sin embargo, los Santos Hombres, Changó, Oggún, Elegguá, Ochosi, Orula, yno digamos Obatalá, no ven con buenos ojos a los pederastas. No hace muchos años,Tiyo asistió a la escena que costó la vida a un afeminado que llamaban por mofa MaríaLuisa, y que era hijo de Changó Terddún. “La pena era que aquel desgraciado le bajabaun Changó magnífico. Cuando para sacar a cualquiera de un aprieto lo mandaba a quese jugase el dinero de la comida o del alquiler del cuarto al número que le decía, nuncalo engañaba. Ese número que daba Changó Terddún salía seguro. ¡Ah! Pero Changó nolo quería amujerado, y ya había declarado en público que su hijo lo tenía muyavergonzado. Fué en una fiesta de la Virgen de la Regla, María Luisa estaba allí y todosnosotros bromeando con él, ridiculizándolo. En eso, cuando a María Luisa le estabasubiendo el Santo, llegó otro negrito, un cojo, Biyikén, y le dio un pellizco en salva seala parte. Ahí Changó mismo se viró como un toro furioso y gritó: ¡Ya está bueno!Mandó a traer una palangana grande con un poco de agua y nos ordenó que todosescupiésemos dentro y que el que no escupiese recibiría el mismo castigo que le iba adar a su hijo. María Luisa estaba sano. Era bonito el negrito, y simpático... ¡Unalástima! Cuando se llenó de escupitajos la palangana, se le vació en la cabeza. Al otrodía, María Luisa amaneció con fiebre. A los diez y seis días, lo llevamos al cementerio.Changó Terddún lo dejó como un higuito”. No menos extraña y ejemplar la historia de los Santeros R. y Ch... Ch. Con unmantón amarillo de seda enredado a la cintura era la Caridad del Cobre, Oshúnpanchággara, en persona. En Gervasio, en el solar de los Catalanes, celebró una gran fiesta en honor de Oshún.Era espléndida la “plaza” que le hizo a la diosa (plaza se llama a las ofrendas de frutas,que después de exponerlas un rato ante las soperas del Orisha, se reparten entre losdevotos y asistentes a la fiesta). “Todo lo que se daba allí era por canastas”, me cuentaun testigo, “las naranjas, los cocos, los canisteles, las ciruelas, los mangos, los plátanosmanzanos, las frutas bombas, todas las frutas predilectas de Oshún, los huevos, ademásde los platos de bollos, palanquetas, panetelas borrachas, miel, natillas, harina dulce conleche y mantequilla, pasas, almendras y azúcar blanca espolvoreada con canela, yrositas de maíz... Ch. Había gastado en grande para su Santa. La casa estaba llena debote en bote. A las doce, cae Ch. con Oshún. R. que está en la puerta borracho, dice: amí también ahora mismo me va a dar Santo, y lo fingió. Entra al cuarto, va a la canastade los bollos, y se pone a comer bollos con miel. Viene Ch. con Oshún a saludarlo yéste le manda un galletazo. Lo agarran, y le pega una patada. Le gritamos ¡R. tírate alsuelo! ¡Pídele perdón a Mamá! —¡Bah! ese es un maricón... —No es Ch. ¡Es nuestra Mamá!
  • 45. 45 Oshún no se movió. Abrió el mantón, un mantón muy bueno que le habían regalado aCh. los ahijados, y se rió. Levantó la mano derecha y apuntando para R. tocándose elpecho dijo: —Cinco irolé para mi hijo, y cinco irolé para mi otro hijo. Y ahí mismo se fué. Ch. amaneció con cuarenta grados de fiebre y el vientre inflamado. R. amaneció concuarenta grados de fiebre y el vientre inflamado... Cinco días después murieron a lamisma hora, el mismo día. No valió que los ahijados trajeran un pavo real y cincuenta ycinco gallinas amarillas y todo lo que hacía falta para hacerle ebbó. Cinco días después,asistiendo yo al entierro de Ch., pasaba al mismo tiempo la puerta del cementerio elentierro de R. Las tumbas están cerca. La madre de Ch., que también era hija de Oshún,y veinticuatro personas más que eran hijos e hijas de Oshún, en uno y otro cortejo sesubieron y usted las veía reirse y reirse, sin hablar... Hasta que echaron la últimapaletada de tierra, las Oshún al lado de la fosa, no dejaron de reir, pero no a carcajadascomo se ríe la Santa, sino con una risa fría y burlona que helaba la sangre, en un silencioen que no se oía más que la pala y el puñado de tierra cayendo en el hoyo”. Abundan también las lesbias en Ocha (alacuattá) que antaño tenían por patrón a Inle,el médico, Kukufago, San Rafael, “Santo muy fuerte y misterioso” y a cuya fiestatradicional en la loma del Angel, en los días de la colonia, al decir de los viejos, todasacudían. Invertidos, —Addóddis, Obini—Toyo, Obini—Naña o Erán Kibá, Wassicúndio Diánkune, como les llaman los Abakuás o Ñañigos— y Alácuattas u Oremi se dabancita en el barrio del Angel el 24 de octubre. Los balcones de las casas se quemaba unpez de paja relleno de pólvora y con cohetes en la cola; la procesión y los fuegosartificiales resultaban espléndidos. Allí estaba en el año 1887, “su capataza la Zumbáo”,que vivía en la misma loma. Armaba una mesa en la calle y vendía las famosas tortillasde San Rafael. (Las del negro Papá Upa, su contemporáneo, fueron también muycélebres, y aun las recuerdan algún viejo glotón). De la Zumbáo, santera de Inle, me han hablado en efecto, varios viejos. Era costureracon buena clientela, muy presumida y rumbosa. Otros me hablan de una supuestasociedad religiosa de Alacuattás. Lo curioso es que Inle es un Santo tan casto yexigente, en lo que se refiere a la moral de sus hijos y devotos, como Yewá. Es tan pocomentado como ésta, como Abokú (Santiago Apóstol) y Naná, pues se le teme y nadie searriesga a servir a divinidades tan severas e imperiosas. Ya en los últimos años del siglopasado, en la Habana, “Inle casi no visitaba las cabezas”. Una sesentona me cuenta queuna vez fue al Palenque y bajó Inle. Todos los Santos le rindieron pleitesía y todas lasviejas y viejos de nación que estaban presentes “se echaron a llorar de emoción”. —“Desde entonces”, me dice, “no he vuelto a ver a Inle en cabeza de nadie” y tampocorecuerda más nada de aquella inolvidable visita al Palenque que honró la bajada de SanRafael, pues tarde, cuando había terminado la fiesta, se halló en el fondo de la casa, enuna habitación, atontada y con la ropa todavía empapada de agua. Deduce que “le dio elSanto”, Inle, y como es costumbre cuando el Santo se manifiesta presentarle una jícarallena de agua para que beba y espurrée abundantemente a los fieles, su traje húmedo ysu “sirímba”, (atontamiento) serían prueba de haberla poseído el Orisha. A Inle se le tiene en Santa Clara por San Juan Bautista, (24 de junio) que aquí es eldía de Oggún, y no por San Rafael, (24 de octubre). Es un adolescente, casi un niño; sele ofrecen juguetes, y es tan travieso que lo emborrachan la noche del veinte y tres paraque pase durmiendo el día siguiente y no haga de las suyas. Amanece fresco el veinte ycinco. Era el Santo del famoso villareño Blas Casanova, que en él se manifestaba muysereno y “leía el alma de todos”.
  • 46. 46 Yewá, “nuestra Señora de los Desamparados”, virgen, prohibe a sus hijas todocomercio sexual; de ahí que sus servidoras sean siempre viejas, vírgenes o ya estériles, eInle, “tan severo”, tan poderoso y delicado como Yewá, acaso exigía lo mismo de sussanteras, las cuales se abstenían de mantener relaciones sexuales con los hombres. No menos conocido que el caso de Papá Colás entre la vieja santería, es el de P.S.,hijo de una de las más consideradas y solicitadas iyalochas habaneras, de O.O., quien enun momento de expansión, me lo refiere como ejemplo de la inflexibilidad y delproceder de un dios agraviado. “P. era, como yo, hijo de Changó; y como tal era tamborero aunque de afición. Sicogía un cajón para tocar, el cajón se volvía un tambor. Cantaba que hacía bajar delcielo a todos los Santos. Pero mi hijo P. se puso en falta con Changó y se perdió. En unafiesta le dijo así al mismo Santo, en mi propia casa: si es verdad que usté es SantaBárbara y dice que hace y que torna, y que a mí me va a matar ¡máteme enseguida! Aver, ¡que me parta un rayo ahora mismo! y déjese de más historias. Santa Bárbara no lecontestó. Se echó a reír. Yo me quedé fría, y abochornada del atrevimiento delmuchacho. Pasaron los años. El siguió trabajando y divirtiéndose. En los toques que yodaba en mi casa, Santa Bárbara recogía dinero y se lo daba 3 . Bueno, con eso P. creyóque a Changó se le había olvidado aquel incidente. Otra falta que cometió fue la desonar a varias mujeres de Changó: ¡digo, con lo celoso que es él! Ponga otras cositasque hizo, unidas a la zoquetería que tuvo con el propio Santo y arresultó que al cabo deltiempo, y cuando menos se lo pensaba, Santa Bárbara saltó con que se las iba a cobrarentonces todas juntas, y caro. Por que eso tienen los Santos, esperan para vengarse, dancordel y cordel, y arrancan cuando más desprevenido está el que tiró la piedra. PrimeroChangó me lo puso como bobo. Después loco. Un día se fué desnudo a la calle y volviótinto en sangre. Estuvo amarrado. Pedía perdón y Santa Bárbara lo que contestabasiempre era: que sepa que yo los tengo más grandes que él, que yo no he olvidado,aunque cuando me insultó me reía. Y yo su madre, con ser yalocha, sin poder salvarlo.Tiraba los caracoles para hacerle algo a mi hijo (ebbó) y Changó me contestaba que yono podía más que él, que me dejase de parejerías. Oigame, no logré hacerle ni unalimpieza a mi hijo. ¡Nada, con mi santería! Y a padecer como madre. Al fin murió queno era ni su sombra. Un esqueleto. Cuando se lo llevaron, lo que pesaba era la caja”. O.O. deja en silencio otro pecado imperdonable que cometió su sacrílego hijo. Esuna llegada suya quien me cuenta que lo que más entristeció a O.O. —y “desdeentonces ella empezó a declinar, eso acabó con ella”— fue lo que hizo con su piedra deOshún. “O.O. tenía una piedra africana que era de su madrina lucumisa; su madrina latrajo cuando vino a Cuba, y se la había dejado a ella. La piedra creció. Se puso enorme.Parecía por la forma, un melón. Dos hombres no podían moverla. Esa Caridad tenía unmetro de ancho. Como que no había sopera para ella. O.O. la tenía en una batea. En unamudada, P. se la botó. Sí señora... Dicen muchos que la echó al río, pero no se sabe defijo adonde fué a parar la Caridad del Cobre”. No siempre los Santos, sin embargo, castigan con justicia. Si en el caso de PapáColás se comprende que Obatalá aplicara a su hijo un correctivo más que merecido, enel de Luis S. el rigor de Changó parece tan excesivo como gratuito. Contra el caprichodespiadado de los dioses, contra la antipatía divina que se ensaña en algún mortal, “porque sí”, no puede lucharse. Se ataja a tiempo el mal que desencadena el mayombero judío, este tipo que aúninspira al pueblo un terror en el que hallaremos tan fuertes, tan rancias reminiscenciasafricanas: todo se estrella, en cambio contra la mala voluntad irreductible del Santo que3 Los Santos posesionados de sus hijos le piden dinero a los asistentes a las fiestas para regalarlo a lostamboreros, demostrándoles con esto que han tocado a su entera satisfacción.
  • 47. 47“emperra”, “se vuelve de espaldas” y niega su protección o su perdón al hombreinfortunado, sin más pecado que el de haber incurrido en su desagrado, “en caerlepesado”. Si bien es cierto que el favor de los Orishas se compra, pues son estos muyinteresados, glotones y susceptibles al halago, cuando el Orisha se enterca y se hace elsordo, no acepta transacción alguna. Y aquí, si el adivino y conjurador, dueño de losmedios de que se vale —coco, diloggún, okpelé, vititi mensu o andilé— para revelar alhombre el misterio del presente o la incógnita del futuro, es honrado no insistirá enrogativas que arruinen al sentenciado sin apelación con gastos que implican seriossacrificios y de los que sólo él se beneficiará mterialmente. “Cuando el Santo se vira y quiere perder a uno, ¿qué se va a hacer?” Absolutamentenada. La enfermedad entonces lo saben el babalawo y el gangángáme, no tiene remedio;ya no existe para este individuo la posibilidad de “un cambio de vida” o de cabeza, estaoperación mágica, universal y milenaria que consiste en hacer pasar la enfermedad deuna persona a un animal, a un muñeco, al que se tratará de darle el mayor parecido conel enfermo, o a otra persona sana, por lo que muchos se guardan de estar en contactodirecto y aún de visitar santeros e iyalochas enfermos de gravedad, “no sea que cambienvida”, pues el espíritu más fuerte puede apoderarse de la vitalidad del más debil, robarlela vida y recuperar la salud. (“Por eso vé Vd. que un santero viejo, ya moribundo revive,y en cambio se muere el joven que está a su lado”). Tampoco le salvaría la gracia que un orisha infundiera a una yerba. No valenrogaciones ni ebbó, sacrificios de aves y cuadrúpedos, tan eficaces que estipulan deantemano los Santos, especificando su naturaleza en cada caso, mediante los caracoles oel Ifá. Luis S., al revés que Papá Colás, no era santero. En un toque de tambor Changó lepidió “agguddé” —plátano—, y Luis no lo entendió o se hizo el distraido. Es verdadque no creía mucho en los Santos; detalle de la mayor importancia. Un domingo que ibade compras al mercado alguien se le acercó y le habló en lengua. En aquel instanteperdió el conocimiento y sin recobrarlo lo llevaron a su habitación en el solar. Novolvió en sí hasta transcurridas cinco horas. Estando aún inconsciente en la cama, sumujer “cae” con Changó, éste la conduce a casa de su madrina, y allí el Santo refiere loocurrido. —“Alafi (Changó) ¿pero qué has hecho?” le preguntan. “Etie mi cosinca”, (No hehecho nada) responde el Santo maliciosamente dándose en la rodilla y encogiéndose dehombros. La madrina le retiró el Santo a la mujer de Luis. No se perdió tiempo; se hicieronrogaciones para desagraviar a Changó. Advertido por la madrina de su mujer, Luis lesacrificó un hermoso carnero. Pero Changó... “de tan rencoroso, de tan caprichoso quees”, no quedó satisfecho. El hombre empeoró y su mujer no podía dejarlo solo puesinmediatamente Alafi lo lanzaba al suelo y quedaba atontado, privado de movimientopor mucho rato. Explicaba torpemente al volver en sí, que un negro lo elevaba y lodejaba caer. “Por la tirria de Santa Bárbara, que se empeñó en acabar con él”, Luis S. alfin murió de un síncope. VENGANZAS Y CASTIGOS DE LOS ORISHAS Extraido de EL MONTE Lydia Cabrera Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3
  • 48. 48 PATAKÍ DE OFÚN RECOGIDO POR LYDIA CABRERAU n pobre hombre que vivía de su trabajo murió sin dejarle nada a su hijo. Éste, que era un mozalbete, se debatía en la miseria, y su padre, desde el otro mundo, penaba por él viéndolo sin amparo, siempre vagabundo, comiendo unas veces,otras enfermo. Además, tampoco comía el difunto. Al fin, el padre pudo enviarle un mensaje con un “Onché—oro” —un correo delcielo, que iba a la tierra. —Dígale a mi hijo, le pidió, que sufro mucho por él, que quiero ayudarlo y que memande dos cocos. Onché—oro buscó al muchacho, le transmitió el recado de su padre y éste,encogiéndose de hombros, le dijo: —Pregúntale a mi padre dónde dejó los cocos para mandárselos. Cuando el difunto escuchó la respuesta de su hijo, trató de disimular, y dijoquitándole importancia a aquel desplante: —¡Cosas de muchacho! Pero al poco tiempo volvió a encomendarle al Onché otro recado para su hijo. Estavez el difunto le pedía un gallo. —¿Dónde dejó mi padre el gallinero para que yo le mande el gallo que me pide? El correo le repitió al padre textualmente las palabras del hijo. Pocos días después, Onché—oro volvió a presentársele al joven. Su padre lesuplicaba esta vez que le mandase un agután, un carnero. —¡Está bien!, dijo el muchacho sin ocultar su cólera. Si no hay para cocos ni paragallo, ¿de dónde diablos cree mi padre que voy a sacar el carnero? Nada me dejó, nadatengo, ¡nada...! pero no se vaya, espere un momento. Entró en su covacha, cogió un saco, se metió dentro, amarró como pudo la abertura,y le gritó: —¡Venga y llévele a mi padre este bulto! El correo lo cargó y se lo llevó al padre, que al vislumbrarlo desde lejos con su cargaa cuestas, dio gracias a Dios. —¡Al fin mi hijo me envía algo de lo que he pedido! Los Iworo y los Orichas que estaban allí reunidos en Oro esperando el carnero,desamarraron el bulto para sacar al animal y proceder al sacrificio, pero quedaronboquiabiertos al encontrar una persona en vez del carnero que esperaban. —¡Estás perdido, hijo mío!, sollozó el padre. Los Orichas le dijeron al muchacho indicándole una puerta cerrada: —Abre esa puerta y mira. Y allí contempló cosas aún más portentosas. —¡Todas eran para tí!, le explicó el padre. Para dártelas te pedí el carnero. El joven arrepentido y muy apesadumbrado, le suplicó que lo perdonara y leprometió mandarle enseguida cuanto había pedido. —¡Qué lástima!, le respondió el padre, ya no puedo darte cuanto quería. Tú nopodías ver las cosas del otro mundo, pero haciendo “ebó”, tus ojos hubieran obtenido lagracia de ver lo que no ven los demás, y te hubiera dado lo que has visto. Ya es tarde,hijo, y lo siento, ¡cuánto lo siento!
  • 49. 49 Y así fue, cómo por ruin y por desoír a su muerto, aquel joven perdió el bien que leesperaba y la vida. PATAKI DE OFUN Extraído de YEMAYÁ Y OCHÚN. KARIOCHA, IYALORICHAS Y OLORICHAS Lydia Cabrera Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 ¡ASESINADO AL PIE DE UN ALTAR VUDÚ! RICHARD SHROUTNconocía. o es un secreto en el vecindario de Miami Beach que Miguel Pérez vendía drogas. El grupo de la SUI (Unidad de Investigaciones callejeras) de la Policía de Miami Beach, que investiga los crímenes organizados y los narcóticos, ya le Aun cuando saben que hay algo ilegal en marcha, no ocurre muy a menudo que losciudadanos honrados quieran verse involucrados. De modo que cuando Felipe Beltránllamó diciendo que quería ayudar a la policía en una redada de drogas, la detective LauriWonder, que hablaba español, fue a verle. —Felipe Beltrán llamó acerca de alguien que traficaba en narcóticos en un edificiode apartamentos que él regentaba —recordó la detective Wonder—. Dijo: “Mire, miapartamento se encuentra justo enfrente del suyo. Si vigila a través de esta mirilla” —¡me está diciendo cómo realizar una transacción de drogas!— “si su hombre se queda enmi apartamento, pondremos cámaras y todo eso, y él podrá realizar una compra directade Miguel Pérez”. ”—Le dejaré usar mi apartamento —dijo Beltrán—, pero yo no quiero vermeinvolucrado, ya sabe. Sólo quiero estar presente cuando sus polis secretos puedan entraren acción y le arresten en cuanto usted reciba la señal. ”—Yo no lo necesitaba —dijo la detective Lauri Wonder—. No lo necesitaba paranada. Todo el mundo conoce a Miguel Pérez. Quiero decir, yo ando por las calles. Sabesa quién le puedes comprar. Hace tiempo le compré cocaína a Miguel Pérez. Ya ha sidoarrestado antes. ”—En comparación con los pesos pesados, es un traficante insignificante de unosgramos. Sin embargo, te podía proporcionar más si querías. Ésa era nuestra intención.Tenía un apartamento separado de aquel en el que vivía, donde vendía las drogas. Unamujer iba allí con un cochecito de bebés. Supuestamente, ésa es la forma en la queentran las drogas. Llevar a cabo una redada de drogas contra alguien tan insignificante como MiguelPérez estaba casi en el nivel más bajo de las prioridades del Departamento de Policía deMiami Beach. Felipe Beltrán se enfadó mucho cuando no actuaron en el acto ante sugenerosa oferta. A las 23: 30 de la noche del 10 de junio de 1985, una mujer en el edificio deapartamentos oyó gritos, seguidos de una serie de disparos y el sonido de alguien quecorría. Llamó a la policía y se escondió bajo la cama hasta que llegaron. El agente Héctor Trujillo estaba patrullando la zona desde la calle 41 hastaGoverment Cut, un lugar de South Beach desde donde los yates de lujo ponían rumbo alAtlántico. Llegó a la dirección de la Avenida Pennsylvania a las 23:34. Otras unidadesllegaron al mismo tiempo.
  • 50. 50 La puerta del apartamento de Miguel Pérez estaba entreabierta. Los agentes entraroncon cautela empuñando los revólveres. Vieron el cuerpo de un hombre acribillado abalazos en el suelo. Registraron las otras habitaciones para cerciorarse de que no habíanadie más. Luego se lo notificaron a la Unidad de Personas del departamento, que, entreotros crímenes, se encarga de las investigaciones de homicidio en Miami Beach. Varios sargentos llegaron con un equipo de investigadores. El detective John Murphyfue nombrado jefe de la investigación, con el detective Robert Hanlon como ayudante.Enviaron a varios miembros del equipo para empezar a interrogar a los inquilinos deledificio mientras ellos examinaban la escena del crimen. En el dormitorio y en la cocina había mesas con jarrones de flores y estatuillasreligiosas, que los detectives reconocieron como altares de Santería. La Santería es unamezcla de deidades africanas y santos católicos, una religión afín al vudú, que es muypopular en Cuba y las islas del Caribe, igual que en la zona de Miami. No imponeninguna restricción moral o ética a sus miembros, pero enseña un sistema de rituales yofrendas para atraer la buena suerte y alejar la mala suerte. No es inusual que loscriminales practiquen la Santería, con la esperanza de prosperar en sus asuntos ilegalesy mantener a la policía y a los enemigos lejos. Evidentemente, a Miguel Pérez no le había reportado ningún bien aquella noche.Pero lo significativo era que ninguna de las estatuillas de los santos había sido derribadao movida. Debajo de una había algo de dinero doblado, colocado como una ofrenda a ladeidad que representaba. No se había abierto ningún cajón de las cómodas. No habíapruebas de que el lugar hubiera sido registrado. Nada en el apartamento parecíacambiado de sitio. Salvo por el cuerpo, que yacía en un charco de sangre, con un brazo extendido quedejaba un rastro en el suelo, era una escena tranquila. Sin embargo, los detectives Murphy y Hanlon vieron que en una mesa había unabolsa marrón que contenía paquetes de marihuana y paquetes de celofán con unasustancia blanca que sospecharon que era cocaína, cuidadosamente cerrados y listospara la venta. Pero las drogas seguían ahí, sin que nadie las hubiera tocado. Un gran fajo de dinero —491 dólares para ser exactos— sobresalía del bolsillo de lavíctima, para añadir aún más misterio. —En ese punto —recordó el detective Murphy— tuvimos un pequeño problema.Nos era imposible comprender de inmediato por qué la víctima había sido asesinada.Las drogas estaban ahí, el hombre disponía de una gran cantidad de dinero en su bolsilloizquierdo, que era absolutamente visible, más las joyas que aún llevaba en su persona.El apartamento no había sido desvalijado. —Pensamos que se trataba de una especie de venganza —acordó Hanlon— debido alhecho de que el dinero seguía allí, las drogas seguían allí, y no se habían llevado nadadel apartamento. No parecía ser una cuestión de drogas, sino un asesinato, puro y simple. Llegaron lostécnicos de la escena del crimen del Departamento Metropolitano de Policía delCondado de Dade e iniciaron un registro metódico del lugar y de los papelesacumulados de la víctima, cosas como facturas y recibos. El técnico Tommy Stoker resumió sus hallazgos: —Había una nota escrita en español sujeta con una chincheta a la puerta de entrada.Ponía: “vuelvo enseguida”. Había seis casquillos de balas de nueve milímetros yalgunos proyectiles usados en el suelo. Había agujeros de bala en una ventana, agujerosde bala en las puertas, agujeros de bala en las paredes. ”Por lo que pude determinar, daba la impresión de que quienquiera que realizara losdisparos, probablemente estaba al pie de la entrada.
  • 51. 51 ”Al día siguiente volvimos para examinar el exterior. En el callejón descubrimossangre en el cajetín del circuito eléctrico en la pared oeste del edificio. También habíaun paquete de cigarrillos con sangre en el celofán. La doctora Valerie Rao, forense adjunta del Condado de Dade, llegó a las 14:30 paraexaminar el cadáver antes de trasladarlo para realizarle la autopsia. Anunció que había“poca rigidez y un mínimo de lividez posterior”. Cuando se le preguntó qué significabaeso, sonrió y contestó: “Quiere decir que lleva poco tiempo muerto”. Era lo único para lo que no necesitaban una teoría que lo explicara. Miguel Péreztenía agujeros de bala en el centro del pecho, en la tetilla izquierda, en el antebrazoderecho por encima del codo, en la parte inferior izquierda de la espalda, en la espalda ala altura del hombro derecho, en la parte posterior de la rodilla derecha, y en la partefrontal de la pierna, en la espinilla. Pero el examen superficial del cuerpo reveló un misterio adicional: la víctima teníaun área con suturas en el cuero cabelludo de un tratamiento médico muy reciente.También tenía inexplicados moratones y abrasiones en las rodillas. Se trasladó el cuerpo. Ya era la mañana del 11 de junio. Los detectives Murphy yHanlon iniciaron la investigación de los antecedentes de Miguel Pérez. —Nos pusimos en contacto con nuestras unidades de investigación y también con laAgencia Contra la Droga, Inmigración y otras autoridades Federales —recordóMurphy—, para ver si teníamos a un traficante de drogas importante o sólo un tipo quese movía al nivel de la calle. Averiguaron que Pérez tenía un arresto anterior. Su libertad condicional habíaexpirado el 7 de marzo de 1984. Su vida había expirado un año, tres meses y tres díasdespués. Por la División de Licencias de Trabajo del Condado de Dade averiguaron quePérez tenía una licencia como “vendedor ambulante”. No especificaba qué era lo quevendía. Los interrogatorios a los inquilinos del edificio no habían revelado nada. Muchossólo hablaban español, y todos estaban asustados. Horas después del mismo día 11, undetective vio a un hombre que daba vueltas nervioso por el callejón que había detrás delos apartamentos. Dijo que se acababa de enterar del crimen y pensó que le habíandisparado a un familiar. Se le pidió que fuera a la comisaría, donde le podría interrogarun agente que hablaba español. El pariente de la víctima, Phillip Ruiz, fue interrogado en español por el detectiveBob Davis. Contó que a Miguel Pérez le habían golpeado y robado el 9 de junio, el díaanterior al asesinato. Dijo que creía que dos hombres, que vivían a unas cuatro o cincocalles de distancia, eran los responsables. Sus motivos eran que constantemente se losveía por la zona, y que él los había visto por el edificio justo antes del incidente. MiguelPérez incluso le había descrito a los atacantes. El detective Charles Metscher le mostró a Phillip Ruiz más de 150 fotografías dedelincuentes conocidos y sospechosos, con la débil esperanza de que uno se pareciera ala descripción dada por la víctima de aquellos que le habían atacado. Finalmente, PhillipRuiz identificó con vacilación una foto. El nombre que figuraba al dorso decía que elhombre se llamaba Jesús Fernández. Se trataba de una identificación de segunda mano,basada en el informe verbal de la víctima, y aunque intentarían comprobarla, los agentesde la ley no tenían mucha confianza en ella. Una comprobación de los hospitales y clínicas cercanos reveló que Miguel Pérezhabía sido tratado en el Hospital Monte Sinaí el 9 de junio por una grave laceración enel cuero cabelludo. Por lo menos, eso explicaba los puntos frescos que tenía en lacabeza y las abrasiones en las rodillas. Con toda probabilidad, también explicaba la
  • 52. 52sangre encontrada en el cajetín eléctrico y el envoltorio de celofán del paquete decigarrillos en el callejón. Quizá no fuera tan inusual que asaltaran a un traficante de drogas. La pregunta era:¿Los golpes y el robo se relacionaban con el asesinato? De no ser así, poco ganaríanencontrando a Jesús Fernández, el hombre cuya fotografía había sido señalada entre lasmás de cien por alguien que con anterioridad había visto al hombre, pero que no habíapresenciado el ataque. Las relaciones de la víctima con otros que vivían en el edificio aún no se habíandeterminado. A las 18:30 del 12 de junio, los detectives Murphy y Hanlon localizaron alencargado del edificio donde había tenido lugar el tiroteo. Éste les explicó que acababade empezar en el trabajo y afirmó que no conocía muy bien a los inquilinos. Les informó a los detectives que el encargado anterior, quien había vivido en unapartamento de una planta de arriba del edificio, había desaparecido varios días antesdel crimen. Dijo que corrían rumores de que traficaba con drogas. Afirmó no conocer sunombre. El vecindario se componía de hoteles que en el pasado habían sido decientes, cuyasantiguas habitaciones hacía tiempo que habían sido convertidas en apartamentospequeños y que se alquilaban por “temporada”, mes o semana. Algunos de losinquilinos eran ancianos dependientes de la Seguridad Social, familias que vivían de lacaridad y gente de paso que una semana vivía en un lugar y la siguiente en otro. En las atestadas zonas urbanas donde poca gente sabe algo de sus vecinos y, por logeneral, se preocupan aún menos, siempre hay alguien que tiende a ser curioso por puroaburrimiento, o, al menos normalmente, siente curiosidad cuando sucede algo fuera delo corriente. La cuestión radica en dar con esa persona. Los detectives decidieron hablar con los residentes de los edificios adyacentes paraver si alguien podía proporcionarles información relevante. Tuvieron mucha suerte. Un hombre cuyo apartamento daba al callejón del edificio de la escena del crimenaún no había sido interrogado por los agentes, y tenía mucho que contar. El detective Murphy resumió la información. —La noche del homicidio miró por su ventana y vio un coche más o menos situadoen el centro del callejón. Parecía que había alguien detrás del volante. Salió deldormitorio y se dirigió al balcón, y cuando llegó allí, el coche ya se encontraba próximoa la puerta trasera del edificio de apartamentos de la víctima. ”Mientras miraba desde allí, oyó seis o siete disparos. Observó que un individuo salíadel edificio, se metía en el coche y, luego, que el coche emprendía la marcha hacia elnorte por el callejón; el vehículo giró a la izquierda en la Calle Diez y prosiguió hacia eloeste. ”La descripción que dio del coche era que se trataba de un vehículo oscuro, parecidoa un Camaro o un Firebird. A él le dio la impresión de que podía haber tenido unaespecie de emblema en la capota. También describió las ropas que vestían. Le dijo aldetective lo que llevaban puesto el conductor y el pasajero. ”Después de hablar con él, regresamos a la escena y, usando nuestra unidad,colocamos nuestro coche tal como el testigo creyó verlo y lo fotografiamos. Hicieron que el testigo mirara las mismas fotografías policiales que Phillip Ruizhabía inspeccionado antes. —Por último, identificó a alguien que se parecía mucho a Jesús Fernández, pero nohubo ninguna identificación positiva de nadie —dijo el detective Murphy. La doctora Valerie Rao informó sobre los hallazgos de la autopsia. Dijo que a Pérezle habían disparado cinco veces, esclareciendo la impresión inicial causada por puntosde salida limpios de algunas heridas. Algunos de esos puntos de salida estaban
  • 53. 53“abiertos” en apariencia, lo que significaba que el cuerpo se hallaba contra algo comouna pared o el suelo, lo cual dificultaba que las balas salieran. Ninguna de las heridasera de corta distancia. La víctima tenía un tatuaje de una cruz en el hombro, con cuatro puntos a cada ladode la cruz. También había un tatuaje de Santa Bárbara, una deidad de la Santería. El informe de toxicología reveló la presencia de Benzoylecgonina, un metabolito dela cocaína, en su orina. Pero la forense adjunta advirtió que los estudios demuestran quees posible tener tales metabolitos en la orina hasta 19 horas después de haber consumidococaína, de modo que eso no era particularmente significativo. Llegaron otros informes de laboratorio. Muestras tomadas de las manos de la víctimano mostraron que hubiera disparado un arma recientemente. Eso eliminaría cualquierfutura alegación del sospechoso de que lo mató en defensa propia. Las superficies de laescena del crimen no habían conducido a ninguna huella dactilar, e incluso las 18huellas dactilares latentes sacadas del exterior de la puerta de entrada resultaron serinútiles en cuanto a propósitos de comparación. En los días que siguieron, la división de homicidios recibió numerosas llamadasfrenéticas de Phillip Ruiz, quien siempre informaba que acababa de ver a lossospechosos en la zona, pero los detectives jamás pudieron llegar a tiempo paraaprehenderlos. Gracias a una investigación paciente, los oficiales de la ley descubrieron que lavíctima le decía a la gente que era un vendedor de joyas, pero no encontraron nada quelo verificara. El 17 de junio, los detectives rastrearon recibos encontrados en los efectos de lavíctima hasta una agencia de alquiler de coches. Indagaron que Miguel Pérez alquilabacoches por semana, uno distinto cada mes, lo cual no era una manera muy económica dealquilar vehículos. Estaba claro que no mantenía su extraño estilo de vida vendiendojoyas inexistentes. Gracias a la factura eléctrica y a una referencia de una oficina de bonos de comidaencontradas en el apartamento del hombre muerto, los detectives finalmente fueroncapaces de localizar el 1 de julio a la esposa separada de la víctima. Por medio de untraductor, les contó que ella y su marido tuvieron una pelea y que se emitió una orden dearresto contra él por golpearla. Reconoció que había dos apartamentos, uno registrado anombre de él y el otro al de ella. Afirmó no conocer nada sobre el tráfico de drogas. Mencionó que su marido se quedaba petrificado de miedo de alguien llamado Ocana,debido a una animosidad reinante entre ellos desde Cuba. Dijo que había oído queOcana se encontraba en Nueva York o New Jersey... no recordaba cuál. La última vezque vio a Miguel Pérez fue una semana antes de su muerte. El 9 de junio, los detectives decidieron interrogar a todo el mundo de nuevo.Empezaron por Phillip Ruiz, el familiar de la víctima. Parecía estar aterrado. Explicóque su relación con Miguel Pérez había sido tensa, porque Pérez no aprobaba el estilode vida que él llevaba. Entonces, Phillip Ruiz admitió ser homosexual. Eso no explicaba el terror que experimentaba. Los oficiales de la ley sospecharonque temía por su vida. Ruiz les contó que había localizado a una mujer y a su amantepara que hablaran con ellos. Les instó a ponerse en contacto con la pareja. Se pusieron a buscarlos, pero antes de que pudieran ser localizados, el 13 de julio lamujer fue llevada ante ellos por el Patrullero de Miami Beach, Armando Torres. En unaocasión el agente había tramitado una denuncia puesta por ella sobre algún asunto, yella le saludó en la calle. Le preguntó a Torres: “¿A quienes van a encerrar... a la genteque lo mató o a la persona que les ordenó ir a matarlo?
  • 54. 54 Tenía información sobre el asesinato de Miguel Pérez, pero por temor a represaliasquería estar segura de que todos los involucrados iban a ser arrestados. Tan pronto como el agente descubrió que el asunto pertenecía a homicidios, la llevóa la comisaría. Le dijo que si había suficientes pruebas contra una persona, en verdadque sería arrestada. Ella decidió arriesgarse. Los detectives Murphy y Hanlon noestaban de servicio, pero llegaron a las 20:30 para interrogarla. —Estaba muy nerviosa —recordó Murphy—, y había ciertas cosas que queríamostocar para cerciorarnos de que ella sabía lo que había pasado de verdad, pero sin hacerlepreguntas que sugirieran sus respuestas. Salió bien. Los detectives de Miami Beach graban todos los interrogatorios. Su historia se centróen alguien apodado “El Chino”, que era amante de una muchacha que ella conocía.Contó que unos días antes del asesinato se encontraba en la casa de El Chino. Le oyóquejarse de que no quería pagar una deuda que tenía con Miguel Pérez. El Chinomencionó que le había dicho a un hombre llamado Ocana y a otro apodado “Jabao” que“se encargaran de su problema con Pérez”. Les dijo que podían repartirse a mediascualquier dinero o drogas que encontraran. Aproximadamente a las 10:00 horas del día del asesinato, relató ella, Ocana fue a suapartamento mientras Jabao esperaba en el coche. “El problema de El Chino estáresuelto”, afirmó Ocana. Le contó que había apaleado seriamente a Pérez, le habíaquitado sus cadenas de oro y lo había abandonado dándole por muerto. Luego Ocana semarchó. Aquella noche, a eso de las 23:15 horas, Ocana y Jabao regresaron a su apartamento.Ocana quería que ella y su amigo los acompañaran a la casa de El Chino a buscar unacadena y un revólver. Dijo que le habían contado que Miguel Pérez seguía con vida yque ahora iba a matarlo porque prefería matar a que lo mataran. Cuando salieron del apartamento, se subieron a un Camaro negro de dos puertas.Ocana comentó que acababa de robarlo para el asunto de esa noche, ya que su propiocoche era muy conocido en la zona. En casa de El Chino, éste le dio a su amigo una cadena de oro para que se laentregara a Ocana, quien estaba esperando en el coche. Le dijo a los oficiales quereconoció que la cadena pertenecía a Miguel Pérez. Volvieron junto a Ocana y Jabao asu apartamento. Antes de que ella y su amigo bajaran del coche, Ocana le mostró unrevólver del calibre 38 y Jabao exhibió una pistola negra semiautomática. Entonces le contó a los detectives Murphy y Hanlon que a eso de las 2: 30 de lamadrugada del siguiente día, 11 de junio, El Chino fue a su apartamento. Le dijo queJabao y Ocana habían matado a Pérez y solucionado su problema. —Ahora no tengo que pagarle el dinero —comentó con placer maligno—. Esa gentese va a marchar. Pero no puedo ser visto con ellos, así nadie pensará que yo soy quienlos envió a matarlo. En otro interrogatorio con el amigo de la mujer, Murphy y Hanlon fueron capaces deconseguir otra pieza de información. Les dijo que el 10 de junio, a eso de las 23:15,mientras iban en el Camaro negro que Ocana había robado, se pararon en unagasolinera. Ocana bromeó que iba a llenar el depósito4 con gasolina y luego llenar aMiguel Pérez con balas. De acuerdo, los detectives quisieron saber si él conocía los nombres verdaderos de ElChino, Ocana y Jabao. Claro, contestó la pareja, son Rolando Ocana y Jesús Fernández.Ella les mostró la fotografía de El Chino y dijo que era Felipe Beltrán, el antiguoencargado del edificio de apartamentos de la víctima.4 Juego de palabras intraducible debido a que tank en inglés, entre sus diversas acepciones, se puede usarpara tanque o carro de combate y depósito de gasolina de un vehículo (N . del T.)
  • 55. 55 De antiguos informes de arrestos por robo, los oficiales de la ley consiguieronfotografías de Fernández y Ocana, que la pareja identificó en el acto. La mujer lesproporcionó el nombre y la dirección de la amante de Fernández, que vivía en Hialeah.La pareja también les proporcionó la nueva dirección de Beltrán, donde les dijeron quese había mudado 72 horas antes del asesinato. Ya tarde, el 16 de julio, los detectives localizaron a la amiga de Fernández. Les contóque Jesús Fernández estaba en la cárcel, en New Jersey, por un delito de robo. El 17 dejulio los oficiales la llevaron a declarar al cuartel general. —Al principio —recordó el detective Murphy—, nos soltaba fragmentos y piezassueltas, pero no toda la verdad. Poco a poco nos reveló que Ocana y Fernández fueron abuscarla a su apartamento en Hialeah y la llevaron en coche un trayecto largo. ”Pararon a cenar en la carretera y después la condujeron a alguna parte y la hicieronbajar del coche. Fernández la apuntó con un arma y le dijo que había llenado deagujeros a Miguel Pérez. Incluso dijo que le había disparado seis veces y que lequedaban tres balas. ”Luego la dejaron en algún sitio de la Nacional 27, después de desembarazarse dealgunas pistolas y una escopeta recortada. Se marcharon y ella tuvo que hacer autoestoppara regresar a casa. A las 4: 00 de la madrugada los detectives la llevaron a la zona de Okeechobee Road,donde ella creía que habían tirado las armas. Las buscaron, pero fueron incapaces deencontrarlas. El 18 de julio llevaron los resultados de su investigación a la oficina del fiscal delestado y obtuvieron órdenes de arresto para Felipe Beltrán, Jesús Fernández y RolandoOcana con cargos de conspiración y asesinato en primer grado. Le notificaron a lasautoridades de New Jersey acerca de las órdenes para Fernández y Ocana. —Fuimos donde supuestamente vivía el señor Beltrán —recordó el detectiveMurphy—. Le encontramos a las 17: 30 en el callejón a una manzana de distancia. Murphy se acercó desde un extremo y el detective Hanlon y John Quiros desde laotra dirección y atraparon al asustado sospechoso entre ellos. —¡Somos oficiales de policía! —gritó Quiros—. Tranquilícese. ¡Está bajo arresto! Beltrán fue aprehendido sin ningún incidente. Aparentemente, en su mundo era unalivio verse atrapado entre hombres que sólo eran polis en vez de entre otros traficantesde drogas que buscaban venganza. Los oficiales le presentaron un impreso que decía: “Este documento es paracertificar, habiendo sido informado de mis derechos constitucionales de que no seregistre la casa aquí mencionada sin una orden de registro y de mis derechos a negarmea consentir dicho registro, que desde este momento autorizo a los representantes delDepartamento de Policía de Miami Beach, Condado de Dade, Florida, a llevar a cabo unregistro completo de mi residencia”. Beltrán negó todo, incluso que conociera a la víctima. Pero firmó el impreso deautorización de registro de sus habitaciones. Encontraron una pequeña cantidad dedrogas. —También encontramos —informó luego el detective Murphy— un rollo de bolsasde plástico transparentes, una balanza de plástico verde, una lupa, cucharas de plástico,unos alicates pequeños, un cortaúñas, dos frascos de cristal, una bolsa de plásticogrande, un estuche marrón de una pistola, un cargador negro, algunas municiones del 38Especial, y un revólver Rossi del 38 de tres pulgadas. Después Phillip Ruiz les contaría que creía que el revólver pertenecía a MiguelPérez, la víctima.
  • 56. 56 Beltrán se negó a hablar, negándolo todo. Cuando le mostraron el arma, empezó areconocer cosas a regañadientes. Admitió reconocer a la víctima, pero dijo que se habíamudado del edificio varias semanas antes del asesinato. Los oficiales de la ley teníanpruebas de todo lo contrario: se fue sólo tres días antes. Cuando se le preguntó acerca de la parafernalia de drogas, Beltrán tenía unaexplicación. —Afirmó —recordó el detective Robert Hanlon— que Pérez vendía drogas y quequería quedarse algo para él, ya que la policía andaba tras su pista. Dijo que Pérez leacusó de informarle a la policía sobre él. Lo negó, por supuesto ”Dijo que eran drogas que Pérez le había dado, que todo se trataba de un error, queno le debía ningún dinero, y que había oído en la calle que Pérez había establecido uncontrato de 10.000 dólares para que le mataran. A veces la historia cambiaba. —Le preguntamos por esa parafernalia de drogas, que indicaba que él estabatraficando —añadió Murphy—. Dijo que la detective Wonder se las dio para queactuara como mensajero para coger a Miguel Pérez. Eso no nos pareció en absolutofactible. Cuando se lo preguntaron a la detective Wonder, ella lo confirmó: —No tenía permiso de mí o de mi unidad para tener droga alguna cuando notrabajara como informante confidencial. Y aun cuando lo hiciera, no estaría en posesiónde ninguna droga a menos que tuviera que entregársela a alguien. ”Jamás trabajó para nosotros como confidente —recalcó ella—. Sería estúpido pormi parte darle drogas de nuestra taquilla de narcóticos y decir que procedían de MiguelPérez. Entonces me podrían meter a mí en la cárcel. Ni pensó lo que decía. Se vioatrapado en su propia mentira. Beltrán fue encerrado. Los otros dos sospechosos seguían sueltos. En Newark, New Jersey, había tenido lugar el robo a un bar de la Avenida Prospecten 26 de junio pasado. Se describió a los atracadores como dos varones de aspectohispano. Poco después del robo un sospechoso fue arrestado en la Avenida Bloomfield.Dijo llamarse Jesús Santiago. Un poco más tarde, un hombre fue a la comisaría de Belleville, New Jersey, einformó que un tiroteo acababa de tener lugar a una manzana de distancia, en la CalleWilliam y la Avenida Washington. En la escena del suceso, los agentes encontraron aun hombre joven en una furgoneta. Sangraba ligeramente de una herida en la cabeza. Laventanilla de atrás había sido destrozada por una bala, y se podía ver el proyectil alojadoen la puerta. La reducida multitud que se había agrupado allí informó que el agresor, un varónhispano sin afeitar —de un metro setenta y cinco centímetros de altura, complexióndelgada, pelo castaño revuelto, vestido con pantalones oscuros, una camisa azul yblanca, una cazadora de cuero y una gorra de béisbol— se había dado a la fuga endirección a la Calle William. Los coches patrulla en el acto establecieron un perímetro. Dos oficiales de la policíade Belleville, Charles Hood y Gregory MacDonald, iniciaron la búsqueda a pie desde ellímite de Newark de regreso hacia Belleville. —Había unos garajes con las puertas abiertas —recordó el oficial Hood—, y yo entréen algunos. Entonces vi a un hombre agazapado detrás de una piscina cubierta con unaloneta en un patio trasero. Había otro hombre en el patio con una linterna. Le grité:“¿Quien es ese individuo?” Me dijo que no lo sabía.
  • 57. 57 ”Mientras me acercaba al sospechoso, éste intentó escapar corriendo y salir del patio,al tiempo que gritaba y me insultaba. Le derribé al suelo y luchamos. Otros agentesoyeron el estrépito y vinieron en mi ayuda y esposamos al sospechoso. El oficial MacDonald realizó una barrida circular de la zona. Vio la loneta que cubríala piscina donde se había visto por primera vez al sospechoso. La levantó y encontróuna pistola de nueve milímetros. —Cuando volvimos a la escena del crimen —recordó Hood—, había una multitud enla esquina. Todo el mundo estaba diciendo: “Ése es el tipo que le disparó a nuestroamigo”. Fue unánime. El sospechoso dijo llamarse Jesús Jiménez. A diferencia de la población de Miami,en la que una de cada tres personas habla español, nadie de la policía de Belleville lohablaba. Tuvieron un grave problema de comunicación con el sospechoso. Pero el detective José Sánchez del departamento de robos de la policía de Newark,New Jersey, nació en Puerto Rico y había vivido allí hasta la edad de 18 años. Hablabaun español fluído. —El detective de Miami Beach, John Murphy, me llamó el 18 de julio —recordóSánchez—, y por la información recibida, creía que las personas a las que yoinvestigaba por robo estaban involucradas en un caso de homicidio en Florida. Meproporcionó la información en cuanto a sus nombres verdaderos. Mencionó a RolandoOcana y a Jesús Fernández. Me dijo que iba a enviarme las huellas dactilares y lasfotografías en el último vuelo con destino Newark. Sánchez fue a la Cárcel del Condado de Essex a interrogar a “Jesús Jiménez”, queahora sabía que era Jesús Fernández, y a “Jesús Santiago”, quien en realidad eraRolando Ocana. —Me identifiqué a Fernández —dijo el detective Sánchez— y le dije que estaba allípara interrogarle sobre un robo en Newark y otras cosas de las que creía que teníamosque hablar, tales como quién era y cómo había llegado a Newark, y todo lo demás. ”Me contó que había conocido a su compañero, Rolando Ocana, en Miami. Lo veíadesde hacía un par de meses, y algo sucedió allí y tuvieron que irse. ”Le pedí que fuera específico sobre lo que sucedió. Me contó que estaba en MiamiBeach y que Rolando Ocana fue a verlo y dijo: “Vayamos a una casa en la playa. Tengoque hacer algo, y luego habré terminado”. Así que subió a un coche, que era un Camarooscuro. Fernández le dijo al detective Sánchez que vino a los Estados Unidos en 1980 y quehabitualmente trabajaba en restaurantes en Las Vegas. En ciertos momentos de laconversación habló a gran velocidad y pareció agitado. —En algunos momentos de la charla —recordó Sánchez—, a menudo se quedaba ensilencio. Tuve que repetirle las preguntas varias veces. Me contestaba “Ya es suficiente,no quiero hablar más”. Entonces, yo me acomodaba en la silla y aguardaba hasta querecobraba la compostura y empezaba a hablar de nuevo. ”Me contó wur estaba con Rolando Ocana, quien conducía un Camaro oscuro endirección a la playa. Ocana le pidió que esperara en el coche. Dijo: “estaba esperando y,de repente, oí disparos. No recuerdo cuántos fueron, pero inmediatamente después vi aRolando corriendo de regreso al coche, muy nervioso. Subió y nos largamos. Fernández afirmó que no podía identificar una fotografía de Felipe Beltrán. Cuando Sánchez intentó hablar con Ocana, recibió una comunicación distinta. —En aquella época —dijo Sánchez— no hablaba con nadie. Me echó de la celda, meinsultó y se negó a decirme nada. Quería saber dónde estaba su abogado, y qué hacía yoallí. Resultó que tampoco quiso hablar con su abogado de New Jersey.
  • 58. 58 El detective Robert Hanlon de Miami Beach voló a New Jersey. Hizo que lasautoridades examinaran la pistola que Fernández había escondido debajo de la lonetajusto antes de ser detenido. Se llevó los proyectiles de vuelta a Miami, donde expertosen armas de fuego determinaron que eran del arma que había matado a Miguel Pérez. Los sospechosos fueron trasladados al Condado de Dade, Florida, para ser juzgados.La amiga de Fernández declaró que él le había dicho que le disparó a Miguel Pérez seisveces y que le quedaban tres balas en la pistola. La acusación fiscal señaló que la pistolaque tenía en el momento de su arresto en New Jersey disparaba nueve balas. Lossospechosos fueron juzgados por separado y cada uno fue encontrado culpable. Jesús Fernández y Rolando Ocana recibieron sentencias a cadena perpetua. FelipeBeltrán fue sentenciado a 10 años de prisión. El 24 de junio, Phillip Ruiz había regresado al cuartel general de la Policía de MiamiBeach con información que afirmó había temido dar antes. Dijo que Miguel Pérez lehabía contado el día que lo apalearon que Beltrán lo iba a matar. También dijo que élhabía visto a Beltrán llevando el medallón de Miguel el 4 de julio. Declaró que Beltrán incluso lo había ido a ver después del asesinato, diciéndole:“Escucha, el problema no es contigo, era con Miguel”. Por último, a regañadientes,reconoció que su pariente, la víctima, sí había sido un traficante de drogas. —Entonces Phillip Ruiz se echó a llorar —recordó el detective Murphy—. El motivoque nos dio fue que tuvo miedo de contarnos antes que Miguel Pérez traficaba condrogas debido a que temía que no trabajaríamos en el caso con tanto ahinco si sabíamosque era un traficante. ”Le dijimos que el trabajo que le dedicábamos a cada caso era el que éste requería.Todos reciben el mismo tratamiento. [NOTA DEL EDITOR AMERICANO: Phillip Ruiz no es el nombre verdadero de la persona así llamada en la historia. Se ha usado un nombre ficticioporque no hay razón para el interés público en la identidad de esta persona.] MURDERED AT THE FOOT OF A VOODOO ALTAR Extraído de la revista Oficial Detective, 1988 Richard Shrout Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3. LOS ESPELUZNANTES SECRETOS DEL RANCHO SANTA ELENA BRAD STEIGER Y SHERRY HANSEN STEIGERE n abril de 1989, varios oficiales de la policía mexicana siguieron a un miembro de un culto satánico, enloquecido por la droga, que les condujo hasta un gran caldero negro en cuyo interior encontrarían un cerebro humano, una concha detortuga, una herradura, una columna vertebral humana, y varios huesos humanospuestos a hervir en sangre. Durante el primer día de excavaciones en los terrenos del Rancho Santa Elena, en lasafueras de Matamoros, México, saldrían a la superficie una docena de cuerpos humanos
  • 59. 59mutilados. Algunas de las víctimas habían sido acuchilladas, golpeadas, tiroteadas,colgadas o hervidas vivas. Algunas habían sufrido mutilaciones rituales. Los monstruos humanos responsables de estos horripilantes actos fueron Adolfo deJesús Constanzo, un traficante de drogas y Alto Sacerdote, y Sara María Aldrete, unajoven y atractiva mujer que llevaba una increíble doble vida como Alta Sacerdotisa delhorror y como estudiante honoraria del Texas Southmost College, en Brownsville. Laesencia de este culto el “mal por amor al mal” de Adolfo y Sara, era el sacrificiohumano. Si bien, por una parte es ciertamente evidente que estas ejecuciones rituales eranempleadas como una herramienta disciplinaria por Constanzo, el señor de la droga, nose deben dejar a un lado estos asesinatos como simples y espeluznantes leccionesmotivadas por el propósito de reforzar la obediencia absoluta de los miembros del gang.Como en todos los casos de sacrificios satánicos rituales, Constanzo prometía a susseguidores que así obtendrían el poder de absorber la esencia espiritual de sus víctimas.Los crueles y horribles asesinatos se realizaban al tiempo que se oraba para conseguirfuerza, riqueza y protección contra el daño físico y contra la policía. SANTERIA: UN CULTO DE SACRIFICIO CON CIEN MILLONES DE SEGUIDORESLa madre de Adolfo Constanzo era practicante de “Santería”, una amalgama religiosaque ha evolucionado a partir de la mezcla de los espíritus adorados por los esclavosafricanos con la jerarquía de santos intercesores de sus amos Católicos Romanos. Lejosde ser un oscuro culto, la “Santería” tiene como mínimo unos cien millones deseguidores, la mayoría de ellos en el Caribe y Sudamérica. Aunque los ritosde “Santería” suelen incluir el sacrificio de aves y animales pequeños, se trata de unareligión esencialmente benigna. Fue a finales del verano de 1989 cuando Constanzo decidió crear su propiosincretismo religioso. Comenzando con las creencias de “Santería” de su madre,introdujo en ellas algunos elementos del vudú. Después, prosiguió añadiendo lasviolentas prácticas del “Palo Mayombe”, un maligno culto Afrocaribeño, combinándoloademás con “santismo”, un particularmente sangriento ritual azteca. Pero, fuera como fuera que Constanzo realizara la mezcla de ingredientes de suterrible expresión religiosa, el ensangrentado altar sacrificial acabó convirtiéndose en elcentro de su cruel cosmología. EL DICTADOR MANUEL NORIEGA Y SU BRUJA VUDÚPoco después de que el dictador Manuel Noriega cayera del poder, fuentes de laInteligencia de los Estados Unidos revelaron que el verdadero gobernante de Panamáhabía sido un practicante del vudú, una mujer llamada María da Silva Oliveira, unaanciana sacerdotisa de sesenta años, procedente del Brasil, que practicaba el“Candomblé” y el “Palo Mayombe”. Varios testigos han establecido que Noriega creía ciegamente en su collar vudú, ensu bolsa de hierbas, y en cierto encantamiento escrito sobre un trozo de papel paraprotegerle. El periodista John South, escribiendo desde la Ciudad de Panamá, capital dePanamá, cuenta que todos aquellos próximos al dictador eran conscientes de que éste nohacía ni un simple movimiento sin consultar primero a María. Cuando los soldados americanos encontraron la casa que Noriega había regalado a subruja vudú, hallaron evidencias de hechizos que atentaban contra la vida del ex—Presidente Ronald Reagan y contra la del Presidente Bush. María había escrito cantos
  • 60. 60rituales especiales para que Noriega los repitiera sobre las fotografías de sus enemigos,mientras quemaba velas vudú y polvos mágicos. De acuerdo con la Inteligencia de los Estados Unidos, la propia red de espionaje deNoriega le había informado de que las fuerzas estadounidenses planeaban invadirPanamá el 20 de diciembre de 1989. El dictador ordenó a María que llevara a caboinmediatamente un sacrificio que determinara la validez de estos informes deInteligencia. Durante una ceremonia ritual, María degolló y abrió los estómagos de varias ranas,de forma que pudiera estudiar sus entrañas. Su interpretación de las entrañas la llevó apredecir la invasión estadounidense para el 21 de diciembre. Poniendo más confianza en su sacerdotisa vudú que en su red de Inteligencia,Noriega creyó a María. Consecuentemente, no había puesto a sus tropas en movimientocuando las fuerzas de los Estados Unidos atacaron el 20 de diciembre, un día antes de loque había profetizado el sacrificio. Y así, Noriega perdió también la oportunidad deescapar, huyendo por delante del ejército invasor. THE GRISLY SECRETS OF RANCHO SANTA ELENA Extraído de Demon Deaths, 1991 Brad Steiger & Sherry Hansen Steiger Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 PALOMOS DEL INFIERNO ROBERT E. HOWARDI—EL SILBADOR EN LA OSCURIDADG riswell despertó repentinamente con todos los nervios vibrando por una premonición de inminente peligro. Miró a su alrededor con aire aturdido, incapaz al principio de recordar dónde estaba o qué hacía allí. La luz de la lunase filtraba a través de las polvorientas ventanas, y la enorme estancia vacía con sualtísimo techo y el negro boquete de su hogar resultaba espectral y desconocida. Luego,a medida que emergía de las telarañas de su reciente sueño, recordó dónde seencontraba y qué estaba haciendo allí. Volvió la cabeza y miró a su compañero, quedormía en el suelo, cerca de él. John Branner no era más que una alargada forma en laoscuridad que la luna apenas teñía de gris. Griswell trató de recordar lo que le había despertado. En la casa no se oía ningúnsonido; fuera, todo estaba igualmente silencioso: el siseo de la lechuza llegaba de muylejos, del bosque de pinos. Finalmente, Griswell capturó el huidizo recuerdo. Lo que lehabía asustado hasta el punto de despertarle era una pesadilla espantosa. El recuerdofluyó ahora a raudales, reproduciendo como en un aguafuerte la abominable visión. Aunque, ¿había sido un sueño? Tenía que haberlo sido, desde luego, pero se habíamezclado tan extrañamente con recientes acontecimientos reales que resultaba difícilsaber dónde terminaba la realidad y dónde empezaba la fantasía. En sueños, le había parecido revivir sus últimas horas de vigilia con todo detalle. Elsueño había empezado, bruscamente, cuando John Branner y él llegaban a la vista de lacasa donde ahora se encontraban. Habían llegado por un camino vecinal lleno de baches
  • 61. 61que discurría entre los numerosos pinares —John Branner y él—, procedentes de NuevaInglaterra, en viaje de vacaciones. Habían divisado la antigua casa con sus galeríascubiertas alzándose en medio de una jungla de arbustos y malas hierbas en el momentoen que el sol se ocultaba detrás de ella. Estaban agotados, mareados por el traqueteo del automóvil sobre aquellos infamescaminos. La antigua casa desierta excitó su imaginación con su aspecto de pasadoesplendor y definitiva ruina. Dejaron el automóvil junto al camino, y mientrasavanzaban a través de una maraña de maleza unos cuantos palomos se alzaron de lasbalaustradas de la casa y se alejaron con un leve batir de alas. La puerta de madera de encima estaba abierta. Una espesa capa de polvo cubría elsuelo del amplio vestíbulo y los peldaños de la escalera que conducía al piso superior.Cruzaron otra puerta que se abría al vestíbulo y penetraron en una habitación vacía,grande, polvorienta, llena de telarañas. Las cenizas del hogar estaban cubiertas de polvo. Discutieron la conveniencia de salir a buscar un poco de leña y encender fuego, perodecidieron no hacerlo. A medida que el sol se hundía en el horizonte, la oscuridadllegaba rápidamente, la oscuridad negra, absoluta, de los terrenos poblados de pinos.Los dos amigos sabían que en los bosques meridionales abundaban las culebras y lasserpientes de cascabel, y no les sedujo la idea de salir a buscar leña a oscuras. Abrieronunas latas de conservas, cenaron frugalmente, luego se enrollaron en sus mantas delantedel vacío hogar e inmediatamente se quedaron dormidos. Esto, en parte, era lo que Griswell había soñado. Vio de nuevo la maltrecha casairguiéndose contra los arreboles de la puesta de sol; vio la bandada de palomos queemprendían el vuelo mientras Branner y él se acercaban a la casa. Vio la sombríahabitación donde ahora se encontraban, y vio las dos formas que eran su compañero y élmismo, envueltos en sus mantas y tendidos en el polvoriento suelo. A partir de estepunto su sueño se modificó sutilmente, pasando de lo real a lo fantástico. Griswellestaba asomado a una estancia sombría, iluminada por la grisácea luz de la luna quepenetraba por algún lugar ignorado, ya que en aquella estancia no había ningunaventana. Pero a la grisácea claridad Griswell vio tres formas silenciosas que colgabansuspendidas en hilera, y su inmovilidad despertó un helado terror en su alma. No se oíaningún sonido, ninguna palabra, pero Griswell intuía una presencia terrible agazapadaen un oscuro rincón... Bruscamente volvió a encontrarse en la estancia polvorienta, detecho alto, delante del gran hogar. Estaba tendido en el suelo, envuelto en sus mantas, mirando fijamente a través delsombrío vestíbulo, hacia un lugar bañado por un rayo de luna, en la escalera queascendía al piso superior. Allí había algo, una forma inclinada, completamente inmóvilbajo el rayo de luna. Pero una sombra borrosa y amarillenta que podría haber sido unrostro estaba vuelta hacia él, como si alguien agachado en la escalera les estuvieracontemplando. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, y en aquel momento sedespertó..., si es que en realidad había estado durmiendo. Parpadeó varias veces. El rayo de luna caía sobre la escalera, en el lugar exactodonde había soñado que lo hacía; pero Griswell no vio ninguna figura acechante. Sinembargo, su cuerpo seguía temblando a causa del miedo que le había inspirado el sueñoo la visión que acababa de tener; sus piernas estaban heladas, como si las hubierasumergido en agua fría. Griswell hizo un movimiento involuntario para despertar a su compañero, cuando unrepentino sonido le dejó paralizado. Era un silbido procedente del piso superior. Suave y fantasmal, iba subiendo de tono,sin desgranar ninguna melodía determinada. Aquel sonido, en una casa supuestamentedesierta, resultaba bastante alarmante; pero lo que heló la sangre en las venas de
  • 62. 62Griswell fue algo más que el simple miedo a un invasor físico. No habría podidodefinirse a sí mismo el terror que se apoderó de él. Pero las mantas de Branner semovieron, y Griswell vio que su compañero estaba sentado. La forma de su cuerpo sedibujaba vagamente en la oscuridad, con la cabeza vuelta hacia la escalera, como siescuchara con mucha atención. El misterioso silbido aumentó todavía más enintensidad. —¡John! —susurró Griswell, con la boca seca. Habría querido gritar..., decirle a Branner que arriba había alguien, alguien cuyapresencia podía resultar peligrosa para ellos; que tenían que marcharse inmediatamentede la casa. Pero la voz murió en su garganta. Branner se había puesto en pie. Sus pasos resonaron en el vestíbulo mientras locruzaba en dirección a la escalera. Empezó a subir los peldaños, una sombra más entrelas sombras que le rodeaban. Griswell continuó tendido, incapaz de moverse, en medio de un verdadero torbellinomental. ¿Quién estaba silbando arriba? Vio a Branner pasar por el lugar iluminado porel rayo de luna, vio su cabeza extrañamente erguida, como si estuviera mirando algo queGriswell no podía ver, encima y más allá de la escalera. Pero su rostro era taninexpresivo como el de un sonámbulo. Cruzó la zona iluminada y desapareció de lavista de Griswell, a pesar de que este último trató de gritarle que regresara. Pero de su garganta sólo salió un ahogado susurro. El silbido fue desvaneciéndose hasta morir del todo. Griswell oyó crujir los peldañosbajo las botas de Branner. Ahora había alcanzado el rellano superior, ya que Griswelloyó resonar sus pasos por encima de su cabeza. Repentinamente, los pasos sedetuvieron, y la noche entera pareció contener la respiración. Luego, un espantoso gritorompió el silencio, y Griswell se incorporó, gritando a su vez. La extraña parálisis que le impidió moverse había desaparecido. Dio un paso hacia laescalera, y luego se detuvo. Volvían a resonar los pasos. Branner estaba de regreso. Nocorría. Andaba incluso con más lentitud que antes. Los peldaños de la escaleravolvieron a crujir. Una mano, que se movía a lo largo de la barandilla, quedó iluminadapor el rayo de luna; luego la otra, y un escalofrío de terror recorrió el cuerpo de Griswellal ver que esta segunda mano empuñaba un hacha..., un hacha de la cual goteaba unlíquido oscuro. ¿Era Branner el que estaba descendiendo la escalera? ¡Sí! La figura había cruzado ahora el rayo de luna, y Griswell la reconoció. Luegovio el rostro de Branner, y una ahogada exclamación brotó de sus labios. El rostro deBranner estaba pálido, cadavérico; unas gotas de sangre se desprendían de él; sus ojos,vidriosos, tenían una fijeza obsesionante; y la sangre manaba también de la heridaclaramente visible en su cabeza. Griswell no recordó nunca exactamente cómo consiguió salir de aquella malditacasa. Más tarde conservó un recuerdo confuso de haber saltado a través de unapolvorienta ventana llena de telarañas, de haber corrido ciegamente a través de lamaleza, aullando de terror. Vio la negra barrera de los pinos, y la luna flotando en unaneblina roja como la sangre. Al ver el automóvil aparcado junto al camino recobró parte de su cordura. En unmundo que había enloquecido de repente, aquél era un objeto que reflejaba una prosaicarealidad; pero en el momento en que se disponía a abrir la portezuela, un espantosochirrido resonó en sus oídos, y una forma ondulante avanzó la cabeza hacia él desde elasiento del conductor, mostrando una lengua ahorquillada a la luz de la luna. Con un aullido de terror, Griswell echó a correr hacia el camino, como corre unhombre en una pesadilla. Corría a ciegas. Su aturdido cerebro era incapaz de ningún
  • 63. 63pensamiento consciente, Se limitaba a obedecer al instinto primario que le impulsaba acorrer..., correr..., correr hasta caer exhausto. Las negras paredes de los pinos surgían interminablemente a su lado, hasta el puntode que Griswell tenía la sensación de no moverse de sitio. Pero súbitamente un sonidopenetró la niebla de su terror: el inexorable rumor de unos pasos que le seguían.Volviendo la cabeza, vio a alguien que avanzaba detrás de él..., lobo o perro, no habríapodido decirlo, pero sus ojos ardían como bolas de fuego verde. Griswell aumentó lavelocidad de su carrera, dio la vuelta a una curva del camino y oyó relinchar a uncaballo; vio la grupa del animal y oyó maldecir al jinete que lo montaba; vio un brilloazulado en la mano levantada del hombre. Griswell se tambaleó y tuvo que agarrarse al estribo del jinete para no caer al suelo. —¡Por el amor de Dios, ayúdeme! —jadeó—. ¡La cosa! ¡Ha asesinado a Branner..., yme está persiguiendo! ¡Mire! Dos bolas de fuego ardían entre los arbustos en la revuelta del camino. El jinetevolvió a maldecir y disparó tres veces consecutivas. Las bolas de fuego sedesvanecieron y el jinete, librando su estribo del agarrón de Griswell, hizo avanzar sucaballo hacia la revuelta. Griswell dio unos pasos vacilantes, temblando como unazogado. El jinete desapareció unos instantes de su vista; luego regresó al galope. —Ha desaparecido —dijo—. Supongo que era un lobo, aunque nunca oí quepersiguieran a un hombre. ¿Sabe usted lo que era? Griswell se limitó a sacudir débilmente la cabeza. El jinete, recortándose contra la luz de la luna, le miraba desde lo alto, empuñandoaún en su mano derecha el humeante revólver. Era un hombre robusto, de medianaestatura, y su ancho sombrero y sus botas le señalaban como un nativo de la región tanclaramente como el atuendo de Griswell revelaba en él al forastero. —¿Qué es lo que ha sucedido? —preguntó el jinete. —No lo sé —respondió Griswell—. Me llamo Griswell. John Branner, el amigo queviajaba conmigo, y yo nos detuvimos en la casa abandonada que hay al otro lado delcamino para pasar allí la noche. Algo... —el recuerdo le hizo estremecerse de horror—.¡Dios mío! —exclamó—. ¡Debo de estar loco! Alguien se asomó por encima de labarandilla de la escalera..., alguien que tenía el rostro amarillento. Creí que estabasoñando, pero tiene que haber sido real. Luego, alguien silbó en el piso de arriba, yBranner se levantó y subió la escalera como un sonámbulo, o un hombre hipnotizado.Oí un grito; luego, Branner volvió a bajar con un hacha ensangrentada en la mano, y...¡Dios mío! ¡Estaba muerto! Le habían abierto la cabeza. Vi sus sesos a través de laherida, y la sangre que manaba por ella, y su rostro era el de un cadáver. ¡Pero bajó laescalera! Pongo a Dios por testigo de que John Branner fue asesinado en aquel oscurorellano, y de que su cadáver descendió luego la escalera con un hacha en la mano...¡para asesinarme! El jinete no hizo ningún comentario; permaneció sentado sobre su caballo como unaestatua, recortándose contra las estrellas, y Griswell no pudo leer en su expresión, yaque su rostro estaba ensombrecido por el ala de su sombrero. —Piensa usted que estoy loco —murmuró Griswell—. Tal vez lo esté. —No se que pensar —respondió el jinete—. Si no se tratara de la antigua casa de losBlassenville... Bueno, veremos. Me llamo Buckner. Soy el sheriff de este condado.Vengo de llevar a un negro al condado vecino y se me ha hecho un poco tarde. Se apeó de su caballo y se quedó en pie junto a Griswell, más bajo que él pero muchomás fornido. De su persona se desprendía un aire de decisión y de seguridad en símismo, y no resultaba difícil imaginar que sería un hombre peligroso en cualquier clasede lucha.
  • 64. 64 —¿Teme usted regresar a la casa? —preguntó. Griswell se estremeció, pero sacudió la cabeza: revivía en él la obstinada tenacidadde sus antepasados puritanos. —La idea de enfrentarme de nuevo con aquél horror me pone enfermo —murmuró—. Pero, el pobre Branner... Tenemos que encontrar su cadáver. ¡Dios mío! —exclamó,desalentado por el abismal horror de la cosa—. ¿Qué es lo que encontraremos? Si unhombre muerto anda... —Veremos. El sheriff ató las riendas alrededor de su brazo izquierdo y empezó a llenar loscilindros de su enorme revólver mientras andaban. Cuando llegaron a la revuelta del camino, la sangre de Griswell estaba helada ante elpensamiento de lo que podían encontrar en el camino, pero sólo vieron la casairguiéndose espectralmente entre los pinos. —¡Dios mío! —susurró Griswell—. Parece mucho más siniestra ahora que cuandollegamos a ella y vimos aquellos palomos que volaban del porche... —¿Palomos? —inquirió Buckner, dirigiéndole una rápida mirada—. ¿Vio usted a lospalomos? —Desde luego. Una bandada, que salió volando del porche. Caminaron unos instantes en silencio, hasta que Buckner dijo con cierta brusquedad: —He vivido en esta región desde que nací. He pasado por delante de la antigua casade los Blassenville centenares de veces, a todas las horas del día y de la noche. Peronunca he visto un solo palomo, ni en la casa ni en los bosques de los alrededores. —Había una verdadera bandada —repitió Griswell, sorprendido. —He conocido a hombres que juraron haber visto una bandada de palomos posadosen el porche de la casa, a la puesta del sol —dijo Buckner lentamente—. Todos erannegros, excepto uno. Un trampero. Estaba encendiendo una fogata en el patio, dispuestoa pasar allí aquella noche. Le vi al atardecer y me habló de los palomos. A la mañanasiguiente volví a la casa. Las cenizas de su fogata estaban allí, y su vaso de estaño, y lasartén en la cual frió su tocino, y sus mantas, extendidas como si hubiera dormido enellas. Nadie volvió a verle. Eso ocurrió hace doce años. Los negros dicen que ellospueden ver a los palomos, pero ningún negro se atreve a pasar por este camino despuésde la puesta del sol. Dicen que los palomos son las almas de los Blassenville, que salendel infierno cuando se pone el sol. Los negros dicen que el resplandor rojizo que se vehacia el oeste es la claridad del infierno, porque a aquella hora las puertas del infiernoestán abiertas para dar paso a los Blassenville. —¿Quiénes eran los Blassenville? —preguntó Griswell, estremeciéndose. —Eran los propietarios de todas estas tierras. Una familia franco—inglesa. Llegaronprocedentes de las Indias Occidentales, antes de la evacuación de Louisiana. La GuerraCivil les arruinó, como a otros tantos. Algunos de sus miembros resultaron muertos enla guerra; la mayoría de los otros murieron fuera de aquí. Nadie vivió en la casasolariega a partir de 1890, cuando miss Elisabeth Blassenville, la última del linaje,desapareció una noche de la casa y nunca regresó... ¿Es ése su automóvil? Se detuvieron al lado del vehículo, y Griswell contempló morbosamente la antiguamansión. Sus polvorientos ventanales estaban vacíos y oscuros; pero Griswellexperimentaba la desagradable sensación de que unos ojos le acechaban con expresiónhambrienta a través de los cristales. Buckner repitió su pregunta. —Sí —respondió Griswell—. Tenga cuidado. Hay una serpiente en el asiento..., opor lo menos estaba allí.
  • 65. 65 —Ahora no hay ninguna —gruñó Buckner, atando su caballo y sacando una linternade las alforjas—. Bueno, vamos a echar un vistazo. Echó a andar hacia la casa con la misma tranquilidad que si se dirigieran a efectuaruna visita de cumplido a unos amigos. Griswell le siguió, pegado a sus talones,respirando agitadamente. La leve brisa llevaba hasta ellos un hedor a corrupción y avegetación podrida, y Griswell experimentó una intensa sensación de náusea, en la cualse mezclaban el malestar físico y la angustia mental que provocaban aquellas antiguasmansiones que ocultaban olvidados secretos de esclavitud, de orgullo de raza, y demisteriosas intrigas. Se había imaginado el Sur como una tierra lánguida y soleada,acariciada por suaves brisas que transportaban cálidos aromas a flores y a especias,donde la vida discurría plácidamente al ritmo de los cantos que los negros entonaban enlos campos de algodón bañados por el sol. Pero ahora acababa de descubrir otro aspecto,completamente inesperado: un aspecto oscuro, impregnado de misterio. Y eldescubrimiento le resultaba repulsivo. Cruzaron la pesada puerta de madera de encima. La negrura del interior quedabaintensificada ahora por el haz luminoso proyectado por la linterna de Buckner. Aquelhaz se deslizó a través de la oscuridad del vestíbulo y trepó por la escalera, y Griswellcontuvo la respiración, apretando los puños. Pero ninguna forma demencial se revelóallí. Buckner avanzó con la ligereza de un gato, la linterna en una mano, el revólver enla otra. Mientras proyectaba la luz de su linterna en la habitación que se abría al pie de laescalera, Griswell lanzó un grito..., y volvió a gritar, a punto de desmayarse con elespectáculo que se ofrecía a sus ojos. Un rastro de gotas de sangre cruzaba lahabitación, pasando por encima de las mantas que Branner había ocupado, las cualesestaban extendidas entre la puerta y las del propio Griswell. Y las mantas de Griswelltenían un terrible ocupante. John Branner estaba tendido en ellas, boca abajo, con unahorrible herida en la parte posterior de la cabeza. Su mano extendida seguía empuñandoel mango de un hacha, y la hoja estaba profundamente clavada en la manta y en el sueloque se extendía debajo, en el lugar exacto donde había reposado la cabeza de Griswellcuando dormía allí. Griswell no se dio cuenta de que se tambaleaba ni de que Buckner le cogía,impidiendo que cayera al suelo. Cuando recobró el conocimiento, la cabeza le dolíaterriblemente y todo parecía dar vueltas alrededor. Buckner proyectó el haz luminoso de su linterna sobre su rostro, haciéndoleparpadear. La voz del sheriff llegó desde más allá de la brillante claridad: —Griswell, me ha contado usted una historia muy difícil de creer. Vi algo que leperseguía a usted, pero aquello era un lobo, o un perro salvaje. ”Si está ocultando algo, será mejor que lo escupa ahora. Lo que me ha contado a míes insostenible ante cualquier tribunal. Va usted a enfrentarse con la acusación de haberasesinado a su compañero. Tengo que detenerle. Si es usted sincero conmigo, las cosasserán mucho más fáciles. Ahora dígame, ¿mató usted a este hombre, Griswell? ”Supongo que ocurriría algo parecido a esto: discutieron ustedes por algo, ladiscusión se agrió, Branner empuñó un hacha y le atacó, pero usted consiguiódesarmarle, le abrió la cabeza de un hachazo y volvió a dejar el arma en sus manos...¿Me equivoco? Griswell ocultó la cara entre sus manos, sacudiendo la cabeza. —¡Dios mío! ¡Yo no maté a John! ¿Por qué iba a hacer una cosa así? John y yoéramos amigos de la infancia. Le he dicho a usted la verdad. No puedo reprocharle austed que no me crea. Pero juro por Dios que es la verdad. La luz volvió a iluminar la abierta cabeza de Branner, y Griswell cerró los ojos.
  • 66. 66 Oyó que Buckner gruñía: —Creo que le mataron con el hacha que tiene en la mano. Hay sangre y sesospegados a la hoja, y unos cuantos cabellos del mismo color que los suyos. Eso empeoralas cosas para usted, Griswell. —¿Por qué? —gimió Griswell con voz temblorosa. —Elimina toda posibilidad de alegar defensa propia. Branner no pudo atacarle conese hacha después de que usted le abrió la cabeza con ella. La herida es mortal denecesidad. Debió usted arrancar el hacha de su cabeza, clavarla en el suelo y colocar susdedos alrededor del mango para que pareciera que él le atacaba. Una maniobra muyhábil..., si hubiera utilizado usted otra hacha. —Pero yo no le maté —gimió Griswell—. No tengo la menor intención de alegardefensa propia. —Eso es lo que me intriga —admitió Buckner francamente—. ¿Qué asesino sería tanestúpido para contar una historia tan descabellada como la que usted me ha contado parademostrar su inocencia? Cualquier asesino habría inventado una historia que fueralógica, al menos. ¡Hum! El rastro de sangre procede de la puerta. El cadáver fuearrastrado..., no, no pudo ser arrastrado. El suelo está lleno de polvo y se verían lashuellas. Tuvo usted que transportarle hasta aquí, después de haberle matado en otrolugar. Pero, en ese caso, ¿por qué no hay sangre en sus ropas? Desde luego, puede ustedhaberse cambiado la ropa. Pero ese individuo no lleva muerto mucho tiempo. —Bajó la escalera y cruzó la habitación —murmuró Griswell—. Venía a matarme.Supe que venía a matarme cuando le vi acechando por encima de la barandilla.Descargó el golpe donde yo habría estado, de no haberme despertado. Mire aquellaventana... Está rota: salté a través de ella. —Sí, lo veo. Pero, si andaba entonces, ¿por qué no anda ahora? —¡No lo sé! Estoy demasiado trastornado para pensar cuerdamente. Temí que selevantara del suelo y saliera en mi persecución. Cuando oí aquel lobo corriendo detrásde mí, creí que era John que me perseguía... ¡John, corriendo a través de la noche con suhacha ensangrentada y su ensangrentada cabeza! Sus dientes castañetearon mientras revivía aquel espantoso horror. Buckner paseó por el suelo el haz luminoso de su linterna. —Las gotas de sangre proceden del vestíbulo. Vamos. Las seguiremos. Griswell se estremeció. —Proceden del piso superior —murmuró. Buckner le miraba fijamente. —¿Teme usted subir al piso, conmigo? El rostro de Griswell estaba gris. —Sí. Pero voy a subir, con usted o sin usted. La cosa que mató al pobre John puedeestar todavía oculta allí. —Suba detrás de mí —ordenó Buckner—. Si algo salta sobre nosotros, yo meocuparé de ello. Pero, por su propio bien, le advierto que disparo con más rapidez de laque emplea un gato en saltar, y que rara vez fallo un tiro. Si se le ha ocurrido la idea deatacarme por detrás, olvídela. —¡No sea estúpido! —exclamó Griswell. El furor había barrido momentáneamente sus temores, y aquella enojada exclamaciónpareció tranquilizar a Buckner mucho más que todas sus protestas de inocencia. —Deseo ser justo —dijo—. No puedo acusarle y condenarle sin pruebas. Si esverdad la mitad solamente de lo que me ha contado, ha vivido usted un verdaderoinfierno y no quiero ser demasiado duro. Pero debe comprender lo difícil que me resultacreerle.
  • 67. 67 Griswell no respondió, limitándose a indicarle con un gesto que estaba dispuesto aacompañarle arriba. Cruzaron el vestíbulo y se detuvieron al pie de la escalera. Unrastro de gotas de sangre, claramente visibles en los polvorientos peldaños, señalaba elcamino. —Hay pisadas de hombre en el polvo —gruñó Buckner—. Hay que subir despacio.Tenemos que fijarnos bien en lo que vemos, ya que al subir borraremos estas huellas.Hay un rastro de pisadas que suben y otras que bajan. Del mismo hombre. Y no son deusted. Branner era un hombre mucho más alto que usted. Hay gotas de sangre en todo elcamino..., sangre en la barandilla, como si un hombre hubiera posado en ella su manoensangrentada..., una mancha de algo que parecen...,sesos. Me pregunto... —Bajaba la escalera, y estaba muerto —se estremeció Griswell—. Agarrándose conuna mano a la barandilla, y empuñando con la otra el hacha que le mató. —Pudieron transportarle —murmuró el sheriff—. Pero, si alguien le transportó,¿dónde están sus huellas? Llegaron al rellano superior, un amplio y vacío espacio de polvo y sombras donde lasennegrecidas ventanas rechazaban la claridad de la luna y el haz luminoso de la linternade Buckner parecía inadecuado. Griswell temblaba como una hoja. Aquí, en laoscuridad y el horror, había muerto John Branner. —Alguien silbaba aquí arriba —murmuró—. Igual que las de la escalera; unas van yotras vienen. Las mismas huellas... ¡Judas! Detrás de él, Griswell ahogó un grito, ya que acababa de ver lo que había provocadola exclamación de Buckner. A unos pies de distancia del último peldaño, las huellas delas pisadas de Branner se detenían bruscamente y luego daban la vuelta, casi pisando lashuellas anteriores. Y en el lugar donde se había detenido había una gran mancha desangre en el polvoriento suelo..., y otras huellas que llegaban hasta allí, huellas de piesdescalzos, pequeños pero de pulgares muy anchos. También aquellas huellas retrocedíana partir de aquel punto. Buckner se inclinó sobre ellas, gruñendo. —¡ Las huellas se encuentran! ¡Y en el lugar donde se encuentran hay sangre y sesosen el suelo! Aquí mataron a Branner, descargándole un hachazo. Unos pies descalzosprocedentes de la oscuridad se encuentran con unos pies calzados; luego, ambos dan lavuelta. Los pies calzados bajan la escalera, los descalzos retroceden por el rellano. Proyectó la luz de su linterna a lo largo del rellano; las pisadas se desvanecían en laoscuridad, más allá del alcance de la luz. A un lado y a otro, las cerradas puertas deotras tantas estancias eran secretos portales de misterio. —Supongamos que su descabellada historia fuera cierta —murmuró Buckner, mediopara sí mismo—. Esas huellas no son de usted. Parecen las de una mujer. Supongamosque alguien silbó, y Branner subió aquí a investigar. Supongamos que alguien le atacóaquí, en la oscuridad, abriéndole la cabeza. En tal caso, las huellas hubieran sido talcomo son, en realidad. Pero, suponiendo que fuera eso lo que hubiera ocurrido, ¿por quéno se quedó Branner tendido aquí, donde encontró la muerte? ¿Pudo haber vivido eltiempo suficiente para arrancar el hacha de manos del que le asesinó, y bajar la escaleracon ella? —¡No, no! —exclamó Griswell—. Yo le vi en la escalera. Estaba muerto. Ningúnhombre podría vivir un minuto después de recibir tal herida. —Lo creo —murmuró Buckner—. Pero es una locura. O un plan diabólicamentehábil... Sin embargo, ningún hombre en su sano juicio elaboraría un plan tandescabellado pata escapar al castigo de su crimen, cuando un simple alegato de defensapropia sería mucho más eficaz. Ningún tribunal aceptaría esa historia. Bueno, vamos aseguir esas otras huellas. Avanzan por el rellano... ¡Un momento! ¿Qué es esto?
  • 68. 68 Con un estremecimiento de terror, Griswell vio que la luz de la linterna empezaba aamortiguarse. —Esta batería es nueva —murmuró Buckner, y por primera vez Griswell captó unanota de temor en su voz—. ¡Vamos! ¡Tenemos que salir de aquí inmediatamente! La luz se había amortiguado hasta quedar reducida a un débil brillo rojizo. Laoscuridad parecía acercarse a ellos, deslizándose con el paso silencioso de un gato.Buckner retrocedió, hacia la escalera, llevando a Griswell pegado a sus talones. En lacreciente oscuridad, Griswell oyó un sonido como el de una puerta que se abríalentamente, y al mismo tiempo las negruras que les rodeaban vibraron con una ocultaamenaza. Griswell supo que Buckner experimentaba la misma sensación que le habíainvadido a él, ya que el cuerpo del sheriff se tensó como el de una pantera dispuesta asaltar. Pero continuó retrocediendo, sin prisas, luchando contra el pánico que le impulsaba agritar y a emprender una loca huida. Una terrible idea hizo brotar un sudor helado de sufrente. ¿Y si el muerto se estaba deslizando detrás de ellos en la oscuridad, empuñandoel hacha ensangrentada presto a descargarla sobre ellos? Aquella posibilidad le abrumó hasta el punto de que apenas se dio cuenta de que suspies alcanzaban el vestíbulo inferior, y sólo entonces descendían, hasta recobrar toda sufuerza. Pero cuando Buckner proyectó el haz luminoso hacia la parte superior de laescalera, no consiguió iluminar más que oscuridad que colgaba como una tangibleniebla sobre el rellano superior. —Esta maldita linterna estaba embrujada —murmuró Buckner—. La cosa no tieneotra explicación. No puede atribuirse a causas naturales. —Ilumine la habitación —suplicó Griswell—. Vea si John..., si John está... No consiguió traducir en palabras su horrible idea, pero Buckner comprendió. Griswell no habría sospechado nunca que la vista del espantoso cadáver de unhombre asesinado pudiera inspirarle tal sensación de alivio. —Todavía está ahí —gruñó Buckner—. Si anduvo después de ser asesinado, no havuelto a hacerlo desde entonces. Pero, aquella cosa... Proyectó de nuevo la luz de la linterna hacia la parte superior de la escalera,mordiéndose el labio y rezongando en voz baja. Por tres veces había levantado surevólver. Griswell leyó en su pensamiento. El sheriff se sentía tentado de volver a subiraquella escalera, de medir sus fuerzas con lo desconocido. Pero el sentido común leretenía. —A oscuras, no tendría ninguna posibilidad —murmuró—. Y, si subo, la luz volveráa apagarse. Se volvió hacia Griswell. —Sería inútil intentar nada. En esta casa hay algo diabólico, y creo que puedoadivinar lo que es. No creo que asesinara usted a Branner. Lo que le asesinó está ahíarriba..., ahora. En su historia hay muchos puntos que resultan descabellados; pero,¿acaso no es descabellado que una linterna se apague sin más ni más? No creo que loque haya allá arriba sea humano. Hasta ahora, nunca me había asustado la oscuridad,pero no voy a subir a ese piso hasta que se haga de día. No tardará en amanecer.Esperaremos fuera, en aquella galería. Las estrellas empezaban a palidecer cuando salieron al amplio porche. Buckner sesentó en la barandilla, de cara a la puerta de la casa, empuñando su revólver. Griswelltomó asiento junto a él y se reclinó contra los restos de una columna. Cerró los ojos,acogiendo con placer la leve brisa que parecía refrescar su enfebrecido cerebro.Experimentaba una extraña sensación de irrealidad. Era un forastero en una regióndesconocida, una región que parecía haberse llenado repentinamente de negro horror.
  • 69. 69La sombra del patíbulo planeaba encima de él, y en aquella sombría mansión yacía JohnBranner, con la cabeza destrozada... Como las ficciones de un sueño, aquellos hechosgiraban en su cerebro hasta que se fundieron en un crepúsculo gris mientras el sueño seapoderaba compasivamente de su alma. Despertó a un frío amanecer y al recuerdo de los horrores de la noche. La niebla searrastraba en jirones por las copas de los pinos. Buckner le estaba sacudiendo. —¡Despierte! Ya es de día. Griswell se puso en pie, frotándose los ojos. Su rostro aparecía viejo y gris. —Estoy dispuesto. Vamos arriba. —¡Ya he estado allí! —dijo Buckner, con ojos llameantes—. No quise despertarle.Subí en cuanto amaneció. No encontré nada. —Pero, las huellas de los pies descalzos... —Han desaparecido. —¿Desaparecido? —Sí, desaparecido. El polvo del rellano ha sido removido, desde el punto dondeterminaban las huellas de los pasos de Branner; ha sido barrido hacia los rincones.Ahora no existe ninguna posibilidad de seguir las huellas de nadie. Alguien barrió elpolvo mientras estábamos aquí sentados, y no oí ningún sonido. He recorrido toda lacasa. No he visto absolutamente nada. Griswell se estremeció al imaginarse a sí mismo durmiendo solo en el porchemientras Buckner llevaba a cabo su exploración. —¿Qué haremos ahora? Aquellas huellas eran mi única posibilidad de demostrar laveracidad de mi historia. —Llevaremos el cadáver de Branner al Ayuntamiento del condado —respondióBuckner—. Yo explicaré los hechos. Si las autoridades se enteran de la versión queusted puede darles, insistirán en acusarle de asesinato. Yo no creo que usted matara aBranner..., pero ningún fiscal de distrito, ningún juez ni ningún jurado creería lo queusted me ha contado, ni lo que nos sucedió anoche. Déjeme manejar este asunto a mimodo. No pienso detenerle a usted hasta que haya agotado todas las demásposibilidades. ”Cuando lleguemos a la ciudad, no diga nada de lo que ha ocurrido aquí. Yo melimitaré a informar al fiscal del distrito que John Branner fue asesinado por una personao personas desconocidas, y que estoy trabajando en el caso. ”¿Está usted dispuesto a regresar conmigo a esta casa y a pasar la noche aquí, en lahabitación en la que usted y Branner durmieron anoche? Griswell palideció, pero respondió con la misma obstinación con que susantepasados habían expresado su decisión de plantar sus cabañas en las tierras de lospequots: —Estoy dispuesto. —Entonces, vámonos; ayúdeme a trasladar el cadáver de Branner a su automóvil. Griswell se estremeció a la vista del ensangrentado rostro de su amigo a la luzgrisácea del amanecer. La niebla extendía unos viscosos tentáculos alrededor de sus piesmientras transportaban su macabra carga a través de la maleza.II—EL HERMANO DE LA SERPIENTEDe nuevo las sombras se alargaban sobre los pinares, y de nuevo dos hombres llegaronpor el antiguo camino en un automóvil con matrícula de Nueva Inglaterra. Buckner conducía. Los nervios de Griswell estaban demasiado alterados parapermitirle empuñar el volante. Su rostro estaba aún muy pálido, y todo su aspecto
  • 70. 70revelaba un gran cansancio. La tensión del día pasado en la capital del condado habíavenido a añadirse al horror que planeaba sobre su alma como la sombra de un buitre dealas negras. No había dormido, apenas había comido. —Prometí hablarle de los Blassenville —dijo Buckner—. Era una gente orgullosa,altiva, y sin el menor escrúpulo cuando se trataba de imponer su voluntad. No teníanpara sus negros las consideraciones que en mayor o menor escala les guardaban losotros plantadores; supongo que seguían aferrados a las costumbres de las IndiasOccidentales. Había una vena de crueldad en todos ellos..., y especialmente en missCelia, la última de la familia que llegó a esta región. Vino mucho después de que losesclavos fueran declarados hombres libres, pero miss Celia seguía azotando con sulátigo a su doncella mulata, lo mismo que cuando era una esclava, según dicen losviejos del lugar... Los negros decían que cuando moría un Blassenville, el diablo leestaba esperando siempre en los pinares que rodean la casa. ”Una vez terminada la Guerra Civil, los Blassenville fueron desapareciendo conbastante rapidez. Vivían pobremente de su plantación, que cada día rendía menos.Finalmente, sólo quedaron cuatro muchachas, hermanas, que habitaban en la antiguamansión. La plantación era cultivada por unos cuantos negros que seguían viviendo ensus chozas y trabajaban en calidad de aparceros. Las muchachas, muy orgullosas, seavergonzaban de su pobreza y no se relacionaban con nadie. A veces pasaban mesesenteros sin salir de casa. Cuando necesitaban provisiones, enviaban a un negro acomprarlas. ”Pero la gente empezó a hablar de los Blassenville cuando miss Celia vino a vivircon ellas. Procedía de algún lugar de las Indias Occidentales, de donde era originaria lafamilia. Dicen que era una mujer elegante, bella, de poco más de treinta años. Tampocoella se relacionó con la gente. Se había traído a una doncella mulata, y la trataba de unmodo que hacía honor a la tradicional crueldad de los Blassenville. Conocí a un viejonegro, hace unos años, que juraba haber visto a miss Celia atar a la doncella a un árbol,completamente desnuda, y azotarla con un látigo. Cuando la mulata desapareció, elhecho no constituyó una sorpresa para nadie. Todo el mundo imaginó que se habíafugado, desde luego. ”Un día de la primavera de 1890, miss Elisabeth, la más joven de las muchachas, sepresentó en el pueblo por primera vez en un año, quizás. Iba en busca de provisiones.Dijo que todos los negros habían abandonado la plantación. Añadió que miss Celia sehabía marchado también sin decir nada. Sus hermanas creían que había regresado a lasIndias Occidentales, pero ella estaba convencida de que su tía estaba aún en la casa. Noaclaró el sentido de estas palabras. Se limitó a coger sus provisiones y regresar a la casa. ”Al cabo de un mes se presentó un negro en el pueblo y dijo que miss Elisabeth vivíacompletamente sola en la antigua mansión. Dijo que sus tres hermanas ya no estabanallí, que se habían marchado una detrás de otra sin dar ninguna explicación. MissElisabeth ignoraba adónde se habían marchado, y tenía miedo de vivir sola en la casa,pero no sabía adónde ir. No tenía parientes ni amigos. Pero estaba mortalmente asustadade algo. El negro dijo que permanecía encerrada continuamente en su habitación, conunas velas encendidas toda la noche... ”Una noche tormentosa miss Elisabeth se presentó en el pueblo montando el únicocaballo que poseía, medio muerta de miedo. Al llegar a la plaza se cayó del caballo;cuando pudo hablar, dijo que había descubierto una habitación secreta en la casa,olvidada durante un centenar de años. Y dijo que en aquella habitación se encontrabansus tres hermanas, muertas, colgadas del techo por el cuello. Añadió que alguien lapersiguió con un hacha, y ella huyó de la casa montando en el único caballo que poseía.
  • 71. 71Pero estaba mortalmente asustada, y no sabía quién la había perseguido. Dijo queparecía una mujer con un rostro amarillento. ”Inmediatamente, medio centenar de hombres se presentaron aquí y registraron lacasa de arriba abajo. Pero no encontraron ninguna habitación secreta, ni los cadáveresde las tres hermanas. Lo que sí encontraron fue un hacha en el rellano superior, conalgunos cabellos de miss Elisabeth pegados al filo, lo cual confirmaba lo que missElisabeth había contado. Pero ella se negó a regresar a la casa y mostrarles dónde seencontraba la habitación secreta; casi enloqueció cuando se lo sugirieron. ”Cuando estuvo en condiciones de viajar, la gente del pueblo reunió algún dinero yse lo prestaron —era demasiado orgullosa para aceptar limosnas—. Se marchó aCalifornia. No regresó nunca, pero más tarde se supo —cuando envió el dinero que leprestaron— que se había casado. ”Nadie quiso comprar la casa. Quedó tal como miss Elisabeth la había dejado, y conel paso de los años la gente fue robando los muebles hasta vaciarla del todo. —¿Qué opinó la gente de la historia que contó miss Elisabeth? —preguntó Griswell. —La mayoría opinó que el vivir sola en esta casa la había desquiciado. Pero algunoscreyeron que la doncella mulata, Joan, no había huido, como se dijo. Opinaban queestaba oculta en el bosque, y saciaba su odio hacia los Blassenville asesinando a losmiembros de la familia. Dieron una batida por todos los pinares con varios perros, perono encontraron ni rastro de la mulata. Si había una habitación secreta en la casa, teníaque estar oculta allí..., suponiendo que la teoría fuese cierta. —No puede haber estado oculta en la casa todos estos años —murmuró Griswell—.Y, de todos modos, lo que ahora hay en la casa no es humano. Buckner hizo girar el automóvil, para dejar la carretera y adentrarse en un caminovertical que discurría entre los pinos. —¿Hacia dónde vamos? —preguntó Griswell. —Hay un viejo negro que vive al final de este camino, a unas cuantas millas de aquí.Quiero hablar con él. Nos enfrentamos con algo que requiere algo más que el sentidocomún de un blanco. Los negros saben más que nosotros acerca de algunas cosas. Elviejo al que vamos a visitar tiene casi cien años, si es que no los ha cumplido ya. Sudueño le proporcionó cierta educación cuando era un muchacho, y al convertirse en unhombre libre viajó más de lo que suelen viajar la mayoría de blancos. Dicen que es unhombre voodoo, un brujo. Griswell se estremeció, contemplando con inquietud los verdes árboles que lesrodeaban por todas partes. La fragancia de los pinos llegaba a su olfato mezclada con elperfume de plantas desconocidas. Pero, dominándolo todo, se percibía un indefiniblehedor de materia en descomposición. Una desagradable sensación puso un nudo en laboca de su estómago. —¡Un voodoo! —murmuró—. Me había olvidado de eso... Nunca se me habíaocurrido relacionar la magia negra con el Sur. Para mí, la brujería siempre estuvoasociada con antiguas y tortuosas calles de ciudades portuarias, que ya eran antiguascuando en Salem colgaban a las brujas...Para mí, la brujería se relacionó siempre con lasantiguas ciudades de Nueva Inglaterra..., pero todo esto es más terrible que cualquierleyenda acerca de Nueva Inglaterra. Esos pinos sombríos, esas antiguas mansionesabandonadas, las plantaciones perdidas, los misteriosos negros, las viejas leyendas delocura y horror... ¡Dios mío! ¡Qué espantosos terrores antiguos hay en este continenteque los estúpidos llaman “Nuevo”! —Ahí está la choza del viejo Jacob —anunció Buckner, deteniendo el automóvil. Griswell vio un claro y una pequeña cabaña agazapada a la sombra de los enormesárboles. Allí, los pinos daban paso a las encinas y los cipreses, llenos de un musgo
  • 72. 72grisáceo, y más allá de la cabaña se extendía una ciénaga poblada de una lujurientavegetación. De la chimenea de barro de la cabaña surgía una leve espiral de humoazulado. Griswell siguió a Buckner hasta la diminuta vivienda. El sheriff empujó la puerta ypenetró en la cabaña. Al encontrarse en la relativa oscuridad del interior, Griswellparpadeó. Una sola ventana, muy pequeña, daba paso a la luz del día. Un viejo negroestaba agazapado junto al hogar de tierra, contemplando una olla que hervía al fuego.Miró hacia ellos cuando entraron, pero no se levantó. Parecía increíblemente viejo. Surostro era una masa de arrugas, y sus ojos, negros y vivaces, se velaban de cuando encuando como si su mente vacilara. Buckner hizo un gesto a Griswell para indicarle que se sentara en la única silla quehabía en la cabaña, mientras él se instalaba junto al fuego en una banqueta toscamentelabrada, enfrente del anciano. —Jacob —dijo bruscamente—, ha llegado el momento de que hables. Sé queconoces el secreto de Blassenville Manor. Nunca te interrogué acerca de ello, porque noera de mi competencia. Pero anoche fue asesinado un hombre allí, y pueden colgar alhombre que me acompaña por el asesinato, a menos que me digas qué es lo que albergala antigua casa de los Blassenville. Los ojos del anciano brillaron para volver a apagarse inmediatamente, como si losachaques de la edad le impidieran concentrarse durante mucho tiempo en una idea. —Los Blassenville —murmuró, y su voz era suave y cultivada. Se expresaba en uninglés perfecto, que no recordaba en nada las formas dialectales de los de su raza—.Eran una gente orgullosa, caballeros..., orgullosa y cruel. Algunos murieron en laguerra..., otros resultaron muertos en duelos... Algunos murieron en la antigua casa... Sus palabras se convirtieron en una serie de ininteligibles murmullos. —¿Qué ocurrió en la casa? —preguntó Buckner pacientemente. —Miss Celia era la más orgullosa de todos —murmuró el anciano—. La másorgullosa y la más cruel. Los negros la odiaban; especialmente Joan. Joan llevabasangre blanca en sus venas, y también era orgullosa. Miss Celia la azotaba como a unaesclava. —¿Cuál es el secreto de Blassenville Manor? —insistió Buckner. La niebla se desvaneció de los ojos del anciano; unos ojos tan oscuros como pozosiluminados por la luna. —¿Qué secreto, caballero? No comprendo. —Sí, me comprendes perfectamente. Durante años y años, la casa se ha erguido allí,solitaria, con su misterio. Tú conoces la clave para descifrarlo. El anciano removió el contenido de la olla. Ahora parecía en posesión de todas susfacultades mentales. —Caballero, la vida es dulce, incluso para un viejo negro. ¿Significa eso que alguien te mataría si me revelaras el secreto? Pero el anciano estaba murmurando de nuevo, con los ojos cerrados. —Alguien, no. Ningún humano. Ningún ser humano. Los dioses negros de laciénaga. Mi secreto permanece inviolado, guardado por la Gran Serpiente, el dios queestá por encima de todos los dioses. Enviaría a un pequeño hermano para que me besaracon sus fríos labios..., un pequeño hermano con un cuarto creciente en la cabeza. Levendí mi alma a la Gran Serpiente, cuando me convirtió en creador de zuvembies... Buckner se puso rígido. —He oído esa palabra antes de ahora —dijo suavemente— de labios de un negromoribundo, cuando yo era un niño. ¿Qué significa? El miedo llenó los ojos del viejo Jacob.
  • 73. 73 —¿Qué es lo que he dicho? No, no he dicho nada. —Zuvembies —le apremió Buckner. —Zuvembies —repitió maquinalmente el anciano, con los ojos inexpresivos—. Unazuvembie es una mujer..., en la Costa de los Esclavos las conocían. Los tambores quesusurran por la noche en las colinas de Haití hablan de ellas. Los creadores dezuvembies son honrados por la gente de Damballah. Hablar de ello a un hombre blancosignifica la muerte..., es uno de los secretos prohibidos del dios Serpiente. —Estabas hablando de las zuvembies —dijo Buckner suavemente. —No debía hablar de ellas —murmuró el anciano, y Griswell se dio cuenta de queestaba pensando en voz alta—. Ningún hombre blanco debe saber que yo bailé en laCeremonia Negra del voodoo, y fui convertido en creador de zombies y zuvembies. LaGran Serpiente castiga con la muerte a las lenguas que hablan demasiado. —¿Una zuvembie es una mujer? —le apremió Buckner. —Era una mujer —murmuró el anciano—. Ella sabía que yo era un creador dezuvembies... Se presentó en mi choza y me pidió el horrible brebaje..., el brebajecompuesto con huesos de serpientes, y sangre de murciélago, y garras de esparavel, yotros elementos que no pueden ser nombrados. Ella había danzado en la CeremoniaNegra..., estaba madura para convertirse en una zuvembie..., lo único que necesitaba erael Brebaje Negro..., era muy hermosa..., no podía negárselo. —¿A quién? —preguntó Buckner ansiosamente, pero el anciano hundió la cabeza ensu pecho y no respondió. Parecía dormitar. Buckner le sacudió—. Le diste un brebaje auna mujer para convertirla en una zuvembie... ¿Qué es una zuvembie? El anciano murmuró, con voz soñolienta: —Una zuvembie deja de ser humana. No reconoce ni a parientes ni a amigos. Es unmiembro más del Mundo Negro. Tiene a su mando los demonios naturales:lechuzas,murciélagos, serpientes y hombres—lobo, y puede manejar la oscuridad de modo queapague una pequeña luz. Puede ser asesinada por medio del plomo o del acero, pero amenos que muera así, vive eternamente, y no come el alimento que comen los humanos.Mora como un murciélago en una caverna o en una casa antigua. El tiempo no significanada para la zuvembie; una hora, un día, un año, todo es lo mismo. No puede hablarpalabras humanas, ni pensar como piensa un humano, pero puede hipnotizar a un serviviente con el sonido de su voz, y cuando mata a un hombre, puede dar órdenes a sucuerpo sin vida hasta que la carne está fría. Mientras fluye la sangre, el cadáver esesclavo suyo. Su mayor placer consiste en asesinar seres humanos. —¿Y por qué quería ella convertirse en una zuvembie? —preguntó Bucknersuavemente. —Odio —susurró el anciano—. ¡Odio! ¡Venganza! —¿Se llamaba Joan? —murmuró Buckner. El nombre pareció desvanecer las nieblas de senilidad que envolvían la mente delvoodoo. Sus ojos se aclararon una vez más, convirtiéndose en dos círculos duros ybrillantes como húmedo mármol negro. —¿Joan? —dijo lentamente—. No he oído ese nombre por espacio de unageneración. Al parecer me he quedado dormido, caballeros; no recuerdo nada..., lesruego que me perdonen. Los hombres viejos se quedan dormidos ante el fuego, comolos perros viejos. ¿Me preguntaban por Blassenville Manor? Caballeros, si les dijera porqué no puedo contestar a su pregunta, atribuirían mi actitud a simple superstición. Sinembargo, pongo al Dios del hombre blanco por testigo de que... Mientras hablaba, extendió el brazo hacia un montón de leña que había junto alhogar, con la intención de añadir un tronco al fuego. Pero inmediatamente contrajo elbrazo, profiriendo un horrible grito. Cuando el reflejo de las llamas iluminó el brazo del
  • 74. 74voodoo, los dos hombres blancos vieron que tenía enrollada una pequeña serpiente, quedejaba caer su puntiaguda cabeza sobre la carne negra, una y otra vez, con silenciosofuror. El anciano se desplomó, gritando, al tiempo que Buckner entraba en acción.Poniéndose de pie de un salto, cogió un tronco y aplastó con él la cabeza del reptil. Elviejo Jacob, entretanto, había cesado de gritar y estaba tendido en el suelo, boca arriba,completamente inmóvil. —¿Está muerto? —susurró Griswell. —Tan muerto como Judas Iscariote —respondió secamente Buckner contemplandoal reptil, que continuaba retorciéndose en el suelo—. Esa infernal serpiente le inyectó enlas venas el veneno suficiente para matar a una docena de hombres de su edad. Perocreo que lo que en realidad le mató fue la impresión. —¿Qué haremos ahora? —preguntó Griswell, estremeciéndose. —Dejaremos el cadáver en aquel catre. Nadie entrará aquí, si tenemos la precauciónde cerrar la puerta de modo que no pueda entrar ningún cerdo salvaje, ni ningún gato.Mañana lo llevaremos al pueblo. Esta noche tenemos trabajo. Manos a la obra. A Griswell le repugnaba la idea de tener que tocar el cadáver, pero ayudó a Bucknera instalarlo en el catre y luego salió apresuradamente de la choza. El sol estabahundiéndose en el horizonte, y las llamas rojas del crepúsculo encendían las negrascopas de los árboles. Subieron al automóvil en silencio y regresaron por el mismo camino que habíanseguido al venir. —El viejo dijo que la Gran Serpiente enviaría a uno de sus hermanos —murmuróGriswell. —¡Tonterías! —replicó Buckner—. A las serpientes les gusta el calor, y esta regiónpantanosa está infestada de ellas. La que mordió al viejo estaba oculta entre la leña, alcalor del fuego. El viejo Jacob la importunó, y el animal se defendió. No hay nada desobrenatural en esto. Permaneció unos instantes en silencio y luego añadió, en tono distinto: —Ha sido la primera vez que veo una serpiente que ataca sin silbar; y la primera vezque veo a una serpiente con una cresta blanca en forma de cuarto creciente. Al cabo de un rato, Griswell preguntó: —¿Cree usted que la mulata Joan ha permanecido oculta en la casa durante todosestos años? —Ya oyó lo que dijo el viejo Jacob —respondió Buckner—. El tiempo no significanada para una zuvembie. Cuando llegaron a la vista de la casa, Griswell se mordió el labio superior parareprimir un estremecimiento. Volvió a sentirse poseído por una indescriptible sensaciónde horror. —¡Mire! —susurró, en el preciso instante en que Buckner detenía el automóvil.Buckner gruñó. Desde las balaustradas de la galería se alzó una nube de palomos que emprendieronun rápido vuelo, recortándose contra la roja claridad del crepúsculo.III—LA LLAMADA DE ZUVEMBIECuando los palomos hubieron desaparecido, los dos hombres permanecieron unosinstantes en sus asientos, en silencio. —Bueno, por fin los he visto —murmuró finalmente Buckner.
  • 75. 75 —Tal vez los únicos que pueden verlos son los hombres marcados —susurróGriswell—. Aquel trampero los vio... —Bueno, veremos —replicó el sheriff tranquilamente, mientras se apeaba delautomóvil, pero Griswell se dio cuenta de que la mano que empuñaba el revólvertemblaba un poco. Al entrar en el amplio vestíbulo, Griswell vio la hilera de huellas que se extendíanpor el suelo, señalando el paso de un hombre muerto. Buckner había traído unas mantas. Las extendió delante del lugar. —Yo me acostaré junto a la puerta —dijo—. Y usted lo hará donde lo hizo anoche. —¿Vamos a encender una fogata? —preguntó Griswell, temblando ante la idea de laoscuridad que lo invadiría todo cuando se apagara el breve crepúsculo. —No. Tiene usted una linterna, igual que yo. Nos acostaremos a oscuras, y veremoslo que sucede. ¿Puede usted utilizar el revólver que le he dado? —Supongo que sí. Nunca he disparado un revólver, pero conozco su funcionamiento. —Bueno, a ser posible deje los disparos de mi cuenta. El sheriff se sentó con las piernas cruzadas sobre sus mantas y vació el cilindro de su“Colt”, revisando minuciosamente cada uno de los cartuchos antes de volver acolocarlos. Griswell paseó nerviosamente arriba y abajo, lamentando la lenta desaparición de laluz como un avaro lamenta la desaparición de su oro. Se apoyó con una mano en larepisa del hogar, mirando fijamente las cenizas recubiertas de polvo. El fuego que habíaproducido aquellas cenizas fue encendido por Elisabeth Blassenville, hacía más decuarenta años. La idea resultaba deprimente. Griswell removió las polvorientas cenizascon el pie. Algo se hizo visible entre los carbonizados restos: un trozo de papel,manchado y amarillento. Griswell se inclinó y lo sacó de las cenizas. Era un cuadernode notas, con tapas de cartón. —¿Qué ha encontrado usted? —Preguntó Buckner, inclinando el reluciente cañón desu revólver. —Un antiguo cuaderno de notas. Parece un diario. Las páginas están cubiertas deescritura, pero la tinta se ha borrado y no puede leerse nada. ¿Cómo supone que fue aparar al fuego, sin que ardiera? —Lo tirarían ahí cuando el fuego estaba apagado —sugirió Buckner—.Probablemente lo tiró alguien que entró en la casa con el propósito de robar muebles.Alguien que no sabía leer, probablemente. Griswell hojeó el cuaderno, forzando la vista para distinguir algo a la escasa luz.Súbitamente, su cuerpo se puso rígido. —¡Aquí hay una anotación que resulta legible! ¡Escuche! Leyó: “Sé que en la casa hay alguien, además de mí misma. Puedo oír a alguien quemerodea por la noche cuando el sol se ha puesto y en el exterior reina la oscuridad. Amenudo, durante la noche, oigo que alguien araña la puerta de mi habitación. ¿Quiénes? ¿Una de mis hermanas? ¿Tía Celia? Si es una de ellas, ¿Por qué merodea de esemodo por la casa? ¿Por qué araña la puerta de mi habitación, y huye cuando la llamo?¡No, no! ¡No me atrevo! Tengo miedo. ¡Dios mío! ¿Qué puedo hacer? No me atrevo apermanecer aquí..., pero, ¿Adónde voy a ir?” —¡Santo cielo! —exclamó Buckner—. ¡Ese debe de ser el diario de ElisabethBlassenville! ¡Continúe! —Las páginas que siguen no son legibles —respondió Griswell—. Pero unas páginasmás adelante puedo leer algunas líneas. Leyó:
  • 76. 76 “¿Por qué huyeron todos los negros cuando desapareció tía Celia? Mis hermanasestán muertas. Sé que están muertas. Y tengo la impresión de que murieronhorriblemente, en medio de una espantosa agonía. Pero, ¿Por qué? ¿Por qué? Si alguienasesinó a tía Celia, ¿por qué tenía que asesinar a mis pobres hermanas? Ellas fueronsiempre amables con los negros. Joan...” Griswell interrumpió la lectura. —Un trozo de página está arrancado. Aquí hay otra anotación con otra fecha...Bueno, supongo que es una fecha, aunque no puedo asegurarlo. “...La cosa terrible que la vieja sugirió? Citó a Jacob Blount, y a Joan, pero no seatrevió a hablar claramente; quizá temía...” —Aquí también falta un trozo de página —explicó Griswell. Luego prosiguió lalectura: “¡No, no! ¡Es imposible! Ella está muerta..., o muy lejos de aquí. Sin embargo, nacióy se crió en las Indias Occidentales, y por algunas alusiones que dejó caer, supe quehabía sido iniciada en los misterios del voodoo. Creo que incluso bailó en una de sushorribles ceremonias... ¿Cómo pudo haber descendido a tal grado de bestialidad? Yeste..., este horror. ¡Dios mío! ¿Pueden ser sensibles tales cosas? No sé que pensar. Si esella la que merodea por la casa, la que araña la puerta de mi habitación, la que silba tanespantosa y dulcemente... ¡No! Me estoy volviendo loca. Si continúo aquí sola, morirétan horriblemente como debieron morir mis hermanas. Estoy completamente segura deeso.” La incoherente crónica terminaba tan bruscamente como había empezado. Griswellestaba tan absorto en su tarea de descifrar los borrosos rasgos de aquella escritura que nisiquiera se había dado cuenta de que había anochecido, y Buckner sostenía en alto sulinterna a fin de que él pudiera leer. Despertando de su abstracción, dirigió una rápidamirada al oscuro rellano. —¿Qué conclusión ha sacado usted? —preguntó Griswell. —Lo que había sospechado desde el primer momento —respondió Buckner—.Aquella doncella mulata, Joan, se convirtió en zuvembie para vengarse de miss Celia.Probablemente odiaba a toda la familia tanto como a su dueña. Había tomado parte enlas ceremonias del voodoo en su tierra natal, y estaba “madura”, como dijo el viejoJacob. Lo único que necesitaba era el Brebaje Negro..., y el viejo Jacob se loproporcionó. Asesinó a miss Celia y a las otras tres muchachas, y no asesinó a Elisabethpor pura casualidad. Ha permanecido oculta en esta casa durante todos estos años, comouna serpiente en unas ruinas. —Pero, ¿por qué tenía que asesinar a un desconocido? —Ya oyó usted lo que dijo el viejo Jacob —le recordó Buckner—. Una zuvembiesiente un gran placer al asesinar a un ser humano. Llamó a Branner desde lo alto de laescalera, le abrió la cabeza, colocó el hacha en su mano y le ordenó que bajara aasesinarle a usted. Ningún tribunal creería esto, pero si podemos presentar su cadáver,será una prueba más que suficiente para demostrar que es usted inocente. Aceptarán mipalabra de que ella asesinó a Branner. Jacob dijo que una zuvembie puede serasesinada... Desde luego, al informar de este caso no tendré que mostrarme demasiadoexacto en los detalles. —Vi que nos acechaba por encima de la barandilla de la escalera —murmuróGriswell—. Pero, ¿por qué no encontramos sus huellas en la escalera? —Tal vez lo soñó usted. Tal vez una zuvembie puede proyectar su espíritu... ¡Diablo!¿Por qué tratar de razonar acerca de algo que se encuentra más allá de las fronteras de larazón? Vamos a empezar nuestra vela.
  • 77. 77 —¡No apague la luz! —exclamó Griswell involuntariamente. Luego añadió—:Desde luego. Apáguela. Tenemos que estar a oscuras, como —vaciló—, comoestábamos Branner y yo. Pero, en cuanto la estancia quedó sumida en la oscuridad, el miedo se apoderó de élcon fuerza insostenible. Se tumbó sobre sus mantas, temblando, tratando de contener lostumultuosos latidos de su corazón. —Las Indias Occidentales deben de ser el lugar más horrible del mundo —murmuróBuckner, una mancha borrosa sobre sus mantas—. Había oído hablar de los zombies,pero ignoraba lo que era una zuvembie. Evidentemente, alguna droga preparada por losvoodoos para provocar la locura en las mujeres. Aunque esto no explica las otras cosas:los poderes hipnóticos, la anormal longevidad, la capacidad de controlar cadáveres...No, una zuvembie no puede ser una simple loca. Es un monstruo, algo que está porencima y por debajo de un ser humano, creado por la magia que brota en los pantanos ylas selvas negras... Bueno, veremos. Su voz cesó de sonar, y en el silencio que siguió, Griswell oyó los latidos de supropio corazón. En el exterior, en los negros bosques, un lobo aulló y las lechuzassisearon. Luego, el silencio volvió a caer como una niebla negra. Griswell se obligó a sí mismo a permanecer inmóvil sobre sus mantas. El tiempoparecía haberse detenido. Y la espera se estaba haciendo insoportable. El esfuerzo quehacía para dominar sus alterados nervios bañaba en sudor todos sus miembros. Apretólos dientes hasta que le dolieron las mandíbulas, y clavó las uñas en las palmas de susmanos. No sabía lo que estaba esperando. El espantoso ser volvería a atacar. Pero,¿cómo? ¿Sería un horrible y melodioso silbido, unos pies descalzos deslizándose por loscrujientes peldaños, o un repentino hachazo en la oscuridad? ¿Le escogería a él, o aBuckner? Tal vez Buckner estaba muerto ya... En la oscuridad que le rodeaba no podíaver nada, pero oía la respiración regular del hombre. El meridional tenía unos nervios deacero. ¿Era que Buckner respiraba junto a él, separado por una angosta franja deoscuridad? ¿O acaso el monstruo había atacado ya en silencio, y ocupado el lugar delsheriff? Así de descabelladas eran las ideas que cruzaban rápidamente por el cerebro deGriswell. Experimentaba la sensación de que iba a volverse loco si no se ponía en pie de unsalto, gritando, y huía frenéticamente de aquella maldita casa. Ni siquiera el temor a lahorca podía retenerle tendido allí en la oscuridad por más tiempo. De repente, el ritmode la respiración de Buckner se rompió, y Griswell se sintió como si acabaran de echarleun cubo de agua helada. Desde algún lugar situado encima de ellos empezó a oírse unmelodioso silbido... Griswell notó que le faltaban las fuerzas, que su cerebro se hundía en una oscuridadmás profunda que la negrura física que le rodeaba. Siguió un período de absolutaconfusión mental, pasado el cual su primera sensación fue la de movimiento. Estabacorriendo por un camino increíblemente escabroso. A su alrededor todo era oscuridad, ycorría ciegamente. Se dijo a sí mismo que debió de huir de la casa y haber corrido variasmillas, quizás, antes de que su agotado cerebro empezara a funcionar. No le importaba;morir en la horca por un asesinato que no había cometido no le aterrorizaba ni la mitadque la idea de regresar a aquella mansión de horror. Estaba dominado por el ansia decorrer..., correr..., correr como estaba haciendo ahora, ciegamente, hasta agotar susfuerzas. La niebla no se había disipado del todo de su cerebro, pero tenía conciencia deque no podía ver las estrellas a través de las negras ramas de los árboles. Deseóvagamente saber hacia dónde se dirigía. Supuso que estaba trepando por una colina, y el
  • 78. 78hecho le extrañó, ya que sabía que no había ninguna colina en un radio de varias millasalrededor de la casa de los Blassenville. Luego, encima y delante de él, notó un leveresplandor. Avanzó hacia aquel resplandor como si le empujara una fuerza irresistible. Luego seestremeció al darse cuenta de que un extraño sonido chocaba contra sus oídos: unsilbido melodioso y burlón al mismo tiempo. El silbido borró todas las nieblas. ¿Quésignificaba aquello? ¿Dónde estaba? El despertar llegó como el golpe aturdidor de unamaza de matarife. No estaba corriendo a lo largo de un camino, ni trepando por unacolina; estaba subiendo una escalera. ¡Se encontraba aún en Blassenville Manor! ¡Yestaba subiendo la escalera! Un grito inhumano brotó de sus labios. Y, dominando aquel grito, el fantasmalsilbido adquirió un tono de diabólico triunfo. Griswell intentó detenerse..., retroceder...,incluso arrojarse por encima de la barandilla. Pero su fuerza de voluntad estaba reducidaa jirones. No existía ya. Griswell no tenía voluntad. Había dejado caer su linterna, yhabía olvidado el revólver en su bolsillo. No podía dominar a su propio cuerpo. Suspiernas, moviéndose rígidamente, funcionaban como piezas de un mecanismoindependiente de su cerebro, obedeciendo a una voluntad exterior. Subiendometódicamente, le transportaban al rellano superior, hacia el resplandor que ardíaencima de él. —¡Buckner! —gritó—. ¡Buckner! ¡Por el amor de Dios! Su voz se estranguló en su garganta. Había llegado al último peldaño. Empezó aavanzar por el rellano. El silbido había cesado, pero su impulso seguía conduciéndolehacia adelante. No podía ver la fuente de la que procedía el resplandor. No parecíaemanar de ningún foco central. Pero Griswell vio una vaga figura que avanzaba hacia él.Parecía una mujer, pero ninguna mujer humana era capaz de andar con aquel pasoingrávido, ninguna mujer humana había tenido nunca aquel rostro de horror, aquellaborrosa expresión demencial... Griswell intentó gritar a la vista de aquél rostro, al brillodel acero que esgrimía la mano en forma de garra, pero su lengua estaba helada. Luego oyó un sonido que parecía arrastrarse silenciosamente detrás de él; lassombras fueron hendidas por una lengua de fuego que iluminó una espantosa figura quecaía hacia atrás. Al mismo tiempo resonó un aullido inhumano. En medio de la oscuridad que siguió al inesperado fogonazo, Griswell cayó derodillas y se cubrió el rostro con las manos. No oyó la voz de Buckner. La mano delmeridional sobre su hombro le despertó de su estupor. Una luz proyectada directamente sobre sus ojos le cegó. Parpadeó, sombreó sus ojoscon una mano y alzó la mirada hacia el rostro de Buckner, que se encontraba en elmismo borde del círculo de luz. El sheriff estaba pálido. —¿Está usted herido? —preguntó ansiosamente Buckner—. ¿Está usted herido? Enel suelo hay un cuchillo de matarife... —No estoy herido —murmuró Griswell—. Ha disparado usted en el momentopreciso... ¡El monstruo! ¿Dónde está? ¿Adónde ha ido? —¡Escuche! En alguna parte de la casa resonaba un horrible aleteo, como de alguien que searrastrara y luchara en medio de las convulsiones de la muerte. —Jacob estaba en lo cierto —dijo Buckner en tono sombrío—. El plomo puedematarlas. La acerté de lleno, desde luego. No me atreví a encender la linterna, perohabía suficiente claridad. Cuando empezó aquel fantasmal silbido, casi tropezó ustedconmigo. Andaba usted como si estuviera hipnotizado. Le seguí por la escalera. Ibadetrás de usted, aunque muy agachado para que ella no pudiera verme y huir. Estuve a
  • 79. 79punto de disparar demasiado tarde, pero confieso que el verla me dejó casi paralizado...¡Mire! Proyectó el haz luminoso de su linterna a lo largo del rellano, hasta detenerlo en unaabertura visible en la pared, en un lugar donde antes no había ninguna puerta. —¡La entrada secreta que descubrió miss Elisabeth! —exclamó Buckner—. ¡Vamos! Echo a correr a través del rellano y Griswell le siguió con aire aturdido. Los sonidosque acababan de oír procedían de algún lugar situado más allá de aquella misteriosapuerta, y ahora habían cesado. La luz reveló un angosto pasadizo en forma de túnel que evidentemente conducía através de una de las recias paredes de la casa. Buckner penetró en el pasadizo sin lamenor vacilación. —Tal vez no fuera capaz de pensar como un ser humano —murmuró, iluminando elcamino delante de él—, pero tuvo la astucia suficiente para borrar sus huellas, a fin deque no pudiéramos seguirlas y descubrir, quizá, la abertura secreta. Allí hay unahabitación... ¡La estancia secreta de los Blassenville! Y Griswell exclamó: —¡Santo cielo! ¡Es la cámara sin ventanas que anoche vi en mi sueño, con los trescadáveres colgados del techo! La luz que Buckner paseaba por la estancia de forma circular se inmovilizórepentinamente. Dentro del amplio anillo luminoso aparecieron tres figuras, tres formasresecas, encogidas, momificadas, ataviadas con unos vestidos muy antiguos. Sus pies notocaban el suelo, ya que estaban colgadas del cuello a unas cadenas suspendidas en eltecho. —¡Las tres hermanas Blassenville! —murmuró Buckner—. Miss Elisabeth no estabaloca, después de todo. —¡Mire! —susurró Griswell con voz apenas audible—. ¡Allí, en aquel rincón! La luz se movió, volvió a detenerse. —¿Fue aquello una mujer en otros tiempos? —inquirió Griswell, como si seinterrogara a sí mismo—. ¡Dios mío! Mire ese rostro, incluso en la muerte. Mire esasmanos en forma de garras, con las uñas renegridas como las de una fiera. Sí, erahumana... Lleva aún los harapos de un antiguo vestido de baile, muy lujoso. ¿Por quéllevaría una doncella mulata un vestido como ése? —Éste ha sido su cubil durante más de cuarenta años —murmuró Buckner, sinresponder a la pregunta, inclinándose sobre el horrible cadáver tendido en el rincón dela estancia—. Bueno, Griswell, esto le exonera a usted: una mujer loca con un hacha...Es lo único que las autoridades necesitan saber. ¡Dios mío! ¡Qué venganza! ¡Quéhorrible venganza! Aunque, pensándolo bien, tuvo que tener una naturaleza bestial. Loprueba el hecho de que se iniciara en los misterios del voodoo cuando no era más queuna jovencita... —¿Se refiere usted a la mulata? —susurró Griswell. Un escalofrío recorrió su cuerpo, como si intuyera un horror que superaba a todos loshorrores que había experimentado hasta entonces. —Interpretamos equivocadamente las palabras del viejo Jacob y lo que missElisabeth escribió en su diario —dijo—. Ella debía de estar enterada, pero el orgullofamiliar selló sus labios. Ahora veo claro, Griswell; la mulata se vengó, aunque no delmodo que suponíamos. No ingirió el Brebaje Negro que el viejo Jacob le habíapreparado. Lo quería para suministrárselo subrepticiamente a otra persona, mezclándoloen su comida o en su café. Luego, Joan huyó de esta casa, dejando sembrada en ella lasemilla del infierno. —¿Ese cadáver no... no es el de la mulata? —susurró Griswell.
  • 80. 80 —Cuando la vi allá afuera, en el rellano, supe que no era mulata. Y aquellos rasgoscontraídos seguían reflejando un parecido familiar. He visto su retrato y no puedoequivocarme. Ese cadáver es el del ser que en otros tiempos fue Celia Blassenville. PIGEONS FROM HELL Robert E. Howard Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 EL BOOGIE DEL CEMENTERIO DEREK RUTHERFORDT enéis que entenderlo: todos pensamos que el tipo estaba loco. Ahí estábamos, seis músicos que luchaban, es decir, que luchaban por seguir vivos. No luchábamos con la música... la teníamos lista, una espléndida mezcla de Shuffle yCajun de Nueva Orleans, con un toque de blues por encima. ¡Comida para el alma, tío!Pero no podíamos comer la música, y la música jamás metía gasolina en la furgoneta oreemplazaba los amplificadores rotos, así que nos pasábamos los días y las nochesyendo por la carretera de una actuación barata a otra, de cerveza y comida gratis en ellocal si teníamos suerte y los dioses tenían puestos sus sombreros de boogie. Hasta que,un día, ahí apareció él. Se nos acercó con polvo en el abrigo y en las botas, el pelo plateado y escaso, losojos oscuros y hundidos, y la piel consumida y tirante sobre los huesos. Tenía los dedoslargos y deformes y encallecidos. Parecía contar unos cien años, pero se movía como situviera sólo setenta. Un hombre viejo. Sin embargo, podía cantar como un pájaro quevolara por primera vez. Estábamos tocando en un barco, una de esas viejas barcas delTámesis rehabilitadas como restaurante. Había quizá unas cincuenta o sesenta personasallí metiéndose chile en la boca y moviendo los pies al ritmo de la música. Era el 4 dejulio, y a pesar de que había todo un océano entre nosotros y los Estados Unidos deAmérica, la mayoría se lo pasaba en grande y lo celebraba como si hubieran sido losBrits los que hubieran ganado esa guerra. Había unos escalones que bajaban hasta el barco —estábamos tocando por debajo dela línea de flotación—, viejos escalones de madera que eran un poco peligrosos para unjoven, más aún para un tipo viejo con las suelas de los zapatos mojadas y apoyado en unbastón. Se detuvo a mitad de camino y nos miró, con los ojos profundamenteescondidos en sus cuencas, haciendo que nos fuera imposible aguantarle la mirada. ¡Quégrima! Bajé la vista a las cuerdas e inicié torpemente unos acordes. Al acabar el primerpase nos habíamos olvidado por completo de él. Estábamos sentados preparando elorden de las canciones que tocaríamos en el segundo pase cuando de repente apareciójusto detrás de mí y preguntó con voz suave y cálida (habría apostado pelas que esa vozno podía salir de nadie que no fuera él) si nos gustaría conseguir una actuación.—Olvídalo, abuelo —dijo Mark, aunque se rió al hablar para no irritar al viejo. —Lo digo en serio —afirmó el anciano polvoriento, y nosotros nos reímos yvolvimos a dedicarnos al orden de las canciones—. ¿Cuánto vais a cobrar por estanoche? Nadie contestó, y como sentí compasión por él me di la vuelta. De cerca, su piel eracomo la corteza de un árbol. Sus dientes del color del maíz.
  • 81. 81 —No mucho —repuse—. Pero nos dan de comer, ¿entiendes lo que quiero decir? Asintió y supe que lo entendía. Él también había pasado por ello. —Entonces, ¿qué os parecen quinientas libras? —preguntó. Sonreí, porque escuchas ese tipo de cosas cada noche: “Yo mismo estoy metido en elnegocio y tengo algunos contactos, ¿qué os parecería una actuación?” “Mi hermanoconoce al guitarrista de tal o cual grupo, quizá os pueda conseguir una actuación” “Mellamo Elvis Presley, ¿quizá queráis una actuación?” Las habíamos oído todas. Escuchasa esos tipos porque quieres que vayan a tu siguiente actuación... En nuestro nicho delmundo del rock’n’roll quieres que cualquier tía tatuada y su hermano colgado asistan atu siguiente actuación. Más cuerpos, más cerveza. Más cerveza, más dinero. Así quesonreí y él supo lo que yo estaba pensando, porque, como he dicho, él mismo ya habíapasado por ello. Pero aún no se rindió. —Lo único que tenéis que hacer es tocar una de mis canciones —me dijo—. Sólouna. Las demás las elegís vosotros. Quinientas libras. Mark levantó la vista de la lista. —¿Qué ha dicho? —Quiere darnos quinientas libras por cantar una de sus canciones. Mark escrutó al viejo y enarcó las cejas como para preguntar si era verdad o si el tipoestaba loco. El viejo asintió. —¿Cuándo sería esa actuación? El viejo se encogió de hombros. —Aceptad, y ya arreglaré algo. Miré a Mark. Él también se alzó de hombros. Miré de nuevo al viejo. —La tocaremos —dije. Quinientas libras. Era un montón de dinero por entonces. Como he dicho, pensamosque el viejo estaba loco.Se quedó hasta el final de la actuación, y cuando todos los felices comensales sehubieron marchado y las sillas empezaban a colocarse del revés sobre las mesas, nosmostró su canción. Tío, cualquiera sabía de dónde había salido ese cabrón, pero el hijode puta tenía un clásico en la manga. Rock del pantano que palpitaba al ritmo delcorazón, acordes sencillos que atravesaban unos ritmos sentidos, más que oídos.Palabras de vudú. Algo salido del profundo Sur. Un latido que se acoplaba al flujo de lasangre que corría por nuestras venas. Un coro que crecía de ninguna parte y subía ysubía cada vez más hasta que sólo la luna era más brillante. Sí, cantaba como un pájaro en vuelo. Tocó esa canción una y otra vez, y en cadaocasión era exactamente igual. Pero nunca se hacía pesada, jamás aburrida. Cada vezdespertaba un nervio. Quizá la había tocado mil veces (y después empecé a preguntarmesi se la había tocado a todos los grupos que hubiera visto nunca y si nosotros éramos losprimeros que alguna vez habían sido capaces de tocársela a él) y la había trabajado hastadejarla en su forma perfecta. Nunca olvidaré la expresión de sus ojos cuandoempezamos a cuajar su canción. Por supuesto, a él se la tocamos de manera distinta.Nosotros teníamos guitarra y piano, bajo y batería. Él usaba sólo una guitarra. Perocaptamos el espíritu y el alma y la esencia. Se le iluminaron los ojos, el color fluyó a susmejillas. Sonrió, y no daba la impresión de ser la clase de tipo que lo hacía muy amenudo. Y luego, lo mejor de todo, sacó un fajo de billetes de esas viejas ropas decarretera que parecían haberse caído de una caravana y haber sido arrastradas por latierra, y desenrolló una cantidad equivalente a doscientas cincuenta libras. —El cincuenta por ciento ahora. El cincuenta por ciento la noche de la actuación.
  • 82. 82 Entonces se fue y nos dejó ensayando su canción, y maldita sea si no era la mejorque había tocado en mi vida. La actuación reforzó la idea que teníamos de lo loco que estaba el viejo. Nosconsiguió una desvencijada sala de pueblo en mitad de ninguna parte y no se lo dijo anadie hasta la noche anterior. Nosotros se lo dijimos a unos amigos, pero a las nueve enpunto, cuando Mark dio la entrada a la primera canción, ni siquiera había la suficientegente como para formar un equipo de rugby. Humillante. Pero por doscientas cincuentalibras nos aguantamos la vergüenza. Guardamos su canción para el final. Todos habíamos acordado que no teníamos nadamejor que meter detrás. Llegó el descanso, y le pregunté al viejo cómo se llamaba. Se mostró suspicaz. —¿Cuándo vais a tocar mi canción? —preguntó. —Es la última de la noche —le dije. —Si no la tocáis no cobráis. —Tranquilo —comenté—. Es la canción condenadamente mejor que he oído enmucho tiempo. No sólo queremos tocarla esta noche, queremos tocarla todas las noches. Se relajó y volvió a sonreír. —Os gusta mi canción, ¿eh? —Es el motivo por el que necesito tu nombre —indiqué—. Algún día... nunca sesabe, algún día quizá podamos grabarla. La sonrisa estalló en una carcajada. —Algún día pueden pasar muchas cosas. —Hablo en serio —dije—. Tenemos planes. —Sois bastante buenos —reconoció—. Pero a veces eso no basta. Mirándole, supe cuán cierto era. Una canción, lo único que habíamos oído de él, ypodría haber sido otro Hank Williams, otro Jimmie Rogers. Una leyenda. Sin embargo,era un vagabundo. Un tipo sin hogar, un alma perdida. Un errabundo. De costa a costa,de ciudad en ciudad. El genio dentro. El frío fuera. —Bueno, ¿cómo te llamas? —pregunté de nuevo. —Olvídalo. —No. Quiero saberlo. —Robert —contestó por último. —¿Robert qué? —Sólo Robert. —Vamos. Sacudió la cabeza. —Si ganáis dinero con mi canción, quedáoslo. —¿Qué sucede, estás huyendo o algo parecido? —Puedes ponerlo así. Lo dejé correr. El tipo estaba loco.Unas pocas personas más entraron cuando ya había empezado el segundo pase.Probablemente, clientes habituales, atraídos por los sonidos como una polilla a la luz.Para cuando llegamos a la canción del viejo, la multitud era casi respetable. Se tratabade la clase de actuación que había hecho gratis cuando tenía catorce años, y luego,catorce años después, un viejo estaba pagando cientos de libras por escuchar su canciónen vivo. Mark dio la entrada. La habíamos llamado El Boogie del Cementerio, porque el viejono tenía título para ella. La batería y la guitarra introdujeron el ritmo. El bajo y el pianoincorporaron los acordes. Se estableció la onda y Mark empezó a cantar. Las cabezas se
  • 83. 83volvieron. Las conversaciones se detuvieron. Todo el mundo supo que esta canción eraun número uno. Empezamos funky. Gruñendo con esos registros bajos. Aullando en los altos.Melodías de contrapunto, armonías, y todo el tiempo el latido que se acoplaba con elflujo de nuestra sangre, la batería con los latidos de nuestros corazones. Una marchafúnebre de Nueva Orleans, con un ritmo alto y toques de jazz. Una danza de guerraafricana, oscura y peligrosa. Un blues de Chicago gritando por ayuda. La guitarra deHendrix buscando allá arriba vida entre las estrellas. Y todo el tiempo, el latido.Vislumbré al hombre en la parte de atrás de la sala. Estaba sonriendo y moviendo el pie.Deseé haber puesto una grabadora. Había algo en el aire esa noche. Llegamos a la mitadcomo si fuera una canción que hubiéramos practicado toda nuestra vida. Vi a Pete y aMarty, nuestra sección rítmica, sonriéndose. Y qué importaba que casi no hubiera nadie.Éste era el Paraíso. Con una canción como ésa podíamos llegar. Otro verso. El coro.Baja, crea un poco de tensión, una vez que has rodeado las casas ahí abajo, grave yfunky, y luego vuelve a subir. Más y más alto, la guitarra sacando los acordes unmicrosegundo antes para dar la impresión de acelerar sin cambiar el ritmo. Una cosamuy profesional. Otro coro. Un falso final y luego el de verdad. El Boogie delCementerio, chicos. Sufrid. Aplaudieron como si en el escenario estuvieran los Beatles. Nos miramos. Esacanción era de otro mundo. Hicimos un bis, una versión caliente de Let’s Twist Again, porque no había nada másque una canción acelerada que se pudiera acercar a la atmósfera de El Boogie delCementerio. Al terminar, miré al viejo. Tenía compañía. Un tío joven. Atractivo, alto y delgado. Vestido con un traje deejecutivo. Pelo oscuro. Buena piel. Pómulos que las cámaras amarían. Apuesto a que lasmujeres se morían por ese tipo. Mientras observaba, Robert le dio un fajo de dinero. Con la cabeza señaló en nuestradirección como si le dijera “¿Puedes dárselo al grupo?”, y luego dio media vuelta y sedirigió hacia la puerta, caminando tan rápidamente como nunca antes había visto. En lapuerta, juro que se detuvo y nos lanzó una última mirada, una mirada de tristeza. Unamirada de disculpa. Luego, desapareció. El otro tipo no perdió tiempo. Vino directamente hacia el escenario, con el dinero enla mano. Incluso era más atractivo de cerca: le brillaban los dientes, la piel tenía un tonosaludable, los ojos le centelleaban. —Buena actuación, chicos —dijo. —Gracias. —Escuchad, Robert tuvo que marcharse. Me pidió que os diera esto —alargó eldinero y yo lo cogí sin pensarlo. Además, ¿qué se suponía que tenía que pensar? Pero enel instante en que lo tuve en la mano, un frío gélido estrujó mi corazón. Temblé. Algomás que dinero había pasado entre nosotros—. Me encantó El Boogie del cementerio —añadió. No estaba seguro, pero, ¿el viejo no había estado solo cuando tocamos la canción?Quizá el tipo se encontraba en otra parte de la sala. Aunque en realidad no habíamuchos asistentes como para haber ocultado a alguien, y seguro que no noté lapresencia de este tío. —Es una de las canciones del viejo —comenté. El tipo atractivo sonrió. —¿Eso es lo que os contó? —¿Qué quieres decir? Sacudió la cabeza, descartando el tema.
  • 84. 84 —Seguid tocando, chicos. Ya os volveré a ver. Y se fue. ¿Qué pasaba con nosotros? Atraíamos a todos los tocados. ..........Uno: repartí el dinero con los muchachos, y cada vez que les pasaba un billete juro quetemblaban. ..........Dos: volviendo a casa recordé de repente que Mark había presentado la canción delviejo como “una canción que nos mostró la noche pasada un extraño”. Jamás mencionóel título que le habíamos dado.No puedo decir que las cosas fueran cuesta abajo a partir de ese momento. Tampocopuedo decir que mejoraran, aunque cada vez que tocábamos El Boogie del Cementeriohasta el público más muerto cobraba vida. Seguimos en la carretera y los promotoresagarrados nos siguieron robando. Con el tiempo, el grupo se separó. Eso fue hacemucho tiempo y no puedo recordar las causas. No creo que volviéramos a sentirnos agusto entre nosotros. Y alguien nos estaba siguiendo. Nunca vimos a nadie. De hecho, nunca mencionamos en voz alta la idea, pero todoslo sabíamos. Muchas veces capté a uno de los chicos mirando por encima del hombrocomo si alguien le hubiera llamado o le hubiera pasado un dedo por la columnavertebral. A mí también me pasó. Al conducir la furgoneta, mirando por el espejoretrovisor en busca de algo que no estaba ahí. Ruidos de pasos en salas de ensayovacías. Sombras donde no debía haber sombras. Puede haber sido la imaginación. Pero,¿en todos nosotros? Empezó a atacarnos los nervios. Y, así, al final el grupo se separó.Después de aquello toqué la guitarra para millones de grupos, una semana aquí, un mesallí. Siempre tratando de mantener el cuerpo y el alma juntos y, poco a poco,fracasando. Nunca volví a conseguir esa sensación que experimentamos con El Boogiedel Cementerio. A lo largo de los años se lo toqué a varios grupos, pero ninguno parecióencenderse como lo habíamos hecho nosotros. En una ocasión, en la parte norte deLondres, un grupo de tíos jóvenes casi lo consiguió. Yo sentí que mi alma se animaba,que mis pulsaciones se hacían ligeras, pero no pudieron mantener el tiempo. Empezó ahacerse una obsesión... encontrar una banda que fuera capaz de tocar El Boogie. Fuiabandonando mis propias actuaciones y me pasé los días vagando por bares y clubes enbusca de los tipos que pudieran aguantarlo. No había nada complicado con la canción,ningún acorde difícil o notas inusuales, sólo el latido de la sangre a través de las venasque debía ser el correcto. Y sin embargo nadie podía tocarla. Me encontraba a unos setecientos kilómetros del lugar al que una vez había llamadohogar, cuando conocí a Crazy Montgomery Jones y sus Alabama Playboys. Estabantocando en la parte de atrás de un pub apagado ante menos de cuarenta personas.Canciones de blues y soul conocidas que ya habían sido viejas en mi época y que ahoraeran veinte años más viejas. Me quedé de pie en el fondo bebiendo una pinta de cerveza
  • 85. 85negra que se iba recalentando cada vez más, y en el descanso les pregunté qué estabanganando. —No mucho. Pero la cerveza es gratis —me contó el batería. Sonreí. Yo ya había pasado por ello antes. Sólo que entonces había sido yo el que ibaa ser seducido por una canción. —¿Queréis una actuación por quinientas libras? —pregunté. Se rió. Tuve la impresión de que pensaba que estaba loco. ..........El tiempo es algo raro. No creo que la tocaran tan bien como solíamos hacerlo nosotros.Le dieron un tratamiento moderno. Compases estridentes y distorsión sónica. Másnotas. Pero consiguieron el latido. Temblé, y durante un momento pensé que fuera loque fuere lo que me había estado siguiendo todos estos años, se había acercado y sehallaba a mi lado. Miré a mi izquierda. Nadie. A mi derecha. Nadie. A Montgomery Jones, o como se llamara de verdad, le encantó la canción. Me dijoque era lo mejor que habían oído jamás. Yo habría dicho lo mismo por quinientas libras,pero creo que lo sentían. Contraté la noche de un viernes en un centro de la comunidad local. Recordé aquellaactuación que hicimos tantos años atrás, a la que, debido a la inexistente publicidad, noasistió nadie. Me tomé la libertad de gastarme veinte libras en un anuncio en la prensalocal. Qué demonios, además no era mi dinero. Le debía a un tipo del sur un montón depelas. Con los intereses, ahora más. Apuesto que si alguna vez daba conmigo el pagopodría involucrar un par de piernas rotas. Pero necesitaba el dinero para una ocasióncomo ésta, y las probabilidades de que el prestamista se topara con un tipo de carreteracomo yo eran muy reducidas. En cualquier caso, dos piernas rotas parecían una visiónjodidamente mejor que tener a lo que fuera que iba detrás de mí siguiéndome el resto demi vida. Tocaron bien. Si no espléndida, la multitud era respetable, y al final de la noche,cuando los Alabama Playboys se lanzaron a El Boogie del Cementerio, la mayoría selevantó y se puso a bailar. La canción seguía siendo un número uno. Entonces algo me pasó a mí. No puedo decir qué. No fue nada específico. Quizá un aligeramiento de laspreocupaciones. Una relajación del alma. Hacia la mitad de la canción empecé asentirme bien. Como si hubiera pensado en algo agradable y luego olvidara porcompleto qué era, sabiendo únicamente que vendrían cosas placenteras. Cuando elguitarrista tocó el solo, me descubrí sonriendo. Empecé a mover el pie. Tenían el ritmo,el latido. Los ocho del grupo. Ahora tenían todo el latido. Vudú. Algo me hizo pensaren el vudú. Metí la mano en el bolsillo del abrigo, era viejo, del ejército austríaco de los años 50,grueso y cálido, y barato. Me protegía bien en las noches frías. Un dinero bien gastadoen la tienda de excedentes del ejército. No me había sentido tan bien en años. —¿Quieres que le entregue el dinero al grupo? Miré a la izquierda. No había cambiado nada. Seguía siendo alto y de pelo oscuro yatractivo, tal como lo recordaba. Nos había dicho que volvería a vernos. Asentí. El hijo de puta ni siquiera había envejecido. Cogió el dinero de mi mano.Intenté mirarle a los ojos, pero no pude. Se rió, y, me avergüenza decirlo, yo meescabullí como un gato asustado, casi derribando a varias personas en mi camino hacia
  • 86. 86la puerta. Con alguna distancia entre nosotros, me paré y le eché un último vistazo a labanda. El guitarrista me miraba de forma rara. ¿Qué podía hacer? Esbocé una sonrisadébil, me encogí de hombros en una especie de disculpa y me fui. Era la primera vezque había estado solo en muchos años. Fuera, me vi reflejado en la ventanilla de un coche. Ahora tenía una barba salpicadade gris. Llevaba el pelo largo y revuelto. El abrigo estaba polvoriento. Las botasgastadas. Un verdadero hombre de la carretera. Un verdadero hombre viejo. Pero por lomenos era libre. Me encaminé hacia el oeste. Por primera vez en mucho tiempo me puse a pensar enel grupo. Me pregunté si algún otro había encontrado a alguien que pudiera tocar ElBoogie del Cementerio igual que nosotros. Sabía una cosa, que si no lo habíanencontrado, nunca dejarían de buscarlo. Y nunca dejarían tampoco de mirar por encima del hombro. THE GRAVEYARD BOOGIE Derek Rutherford Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 PAPÁ BENJAMÍN WILLIAM IRISHA las cuatro de la mañana una piltrafa de hombre entró tambaleándose en el Departamento Central de Policía de Nueva Orleans. Detrás de él, en una esquina, un reluciente Bugatti ronroneaba como un gato amodorrado. Era elmejor auto que jamás se había detenido allí. Atravesó vacilante la sala de espera,desierta a aquella hora temprana, y traspuso la puerta abierta al fondo. Un soñolientosargento de guardia abrió los ojos; un desocupado detective que hojeaba la edición deldía anterior del Times Picayune, sentado en una silla apoyada en las dos patas traseras ycon el respaldo contra la pared, levantó la cabeza. Cuando el cono de luz de la lámparaque pendía del cielo raso cayó sobre el recién llegado, las bocas de ambos se abrieron ysus ojos parpadearon. Las dos patas delanteras de la silla del detective se apoyaronruidosamente en el suelo. El sargento colocó las palmas de ambas manos sobre elescritorio y levantó los codos en actitud de cordial recibimiento. Un policía llegó de lahabitación trasera secándose una gota de los labios. También se quedó boquiabiertocuando vio quién estaba allí. Se acercó al detective y dijo, haciendo pantalla con lamano: —Éste es Eddie Bloch, ¿no? El detective no se tomó la molestia de contestar. Aquello equivalía a decirle cómo sellamaba él mismo. Los tres se quedaron mirando fijamente a la figura iluminada por elhaz de luz, con un interés respetuoso, casi admirativo. No había nada de profesional ensu escrutinio, no eran los policías estudiando a un sospechoso; eran tipos del montónmirando a una celebridad. Observaron el ajado esmoquin, el tallo de gardenia que habíaperdido sus pétalos y la deshecha corbata. Su abrigo, que colgaba antes de su brazo, searrastraba ahora tras él por el polvoriento piso del Departamento de Policía. Dio untoque a su sombrero, que cayó y rodó tras él. El policía lo cogió y lo limpió. Nuncahabía sido adulador, pero ¡aquel hombre era Eddie Bloch! Era su rostro, más que su personalidad o su indumentaria, lo que atraía las miradas entodas partes. Era el rostro de un muerto..., el rostro de un muerto en un cuerpo viviente.
  • 87. 87La macabra forma de su calavera parecía asomar a través de su piel transparente; sepodían ver sus huesos como en una placa radiográfica. Los ojos eran los de un obseso,un perseguido, colocados en enormes cuentas que dividían la cara como una máscara.Ni el alcohol ni la vida licenciosa podían haber hecho tales estragos. Sólo una largaenfermedad y el conocimiento anticipado de la muerte podían causarlos. Cuando sevisita un hospital se ven caras así, con ojos en los que ya está muerta toda esperanza...,que ven ya la fosa abierta. No obstante, por extraño que parezca, reconocieron al hombre. El reconocimientofue lo primero; la observación de su deplorable aspecto vino después, más lentamente.Quizá se debía a que los tres policías habían sido llamados alguna vez para identificarcadáveres depositados en la Morgue. Su mente estaba adiestrada en ese sentido, y lacara de aquel hombre era familiar a miles de personas. No porque hubiese violado elmás leve precepto legal, sino porque había expandido la felicidad en torno a él,poniendo en movimiento, con su música, millones de pies. La expresión del sargento de guardia cambió. El policía susurró al oído del detective: —Parece como si acabara de ser atropellado por el tren. —A mí más bien me da la impresión de una formidable borrachera —contestó eldetective. Pero aquellos hombres sencillos, avezados en su profesión, sólo podían explicar elaspecto del hombre por causas vulgares. El sargento de guardia dijo: —El señor Eddie Bloch, ¿no? Este alargó la mano por encima del escritorio para saludarlo. A duras penas podíatenerse en pie. Movió la cabeza, pero no retiró la mano. —¿Le ha ocurrido algo, señor Bloch? ¿En qué podemos servirle? —el detective y elpolicía se acercaron más—. ¡Corra a buscar un vaso de agua, Latour! —dijo el sargentoansiosamente—. ¿Ha sufrido un accidente, señor Bloch? ¿Ha sido asaltado? El hombre se irguió apoyándose en el borde del escritorio. El detective extendió subrazo por detrás de él por si se caía hacia atrás. Bloch continuaba hurgando en susbolsillos. El esmoquin le bailaba a cada movimiento. Los policías notaron que su pesono debía pasar ahora de cincuenta kilos. Extrajo un revólver, que a duras penas pudolevantar. Lo empujó, haciendo que se deslizase por el escritorio. Luego dio media vueltay, señalándose a sí mismo, dijo: —He matado a un hombre, ahora mismo, hace un momento. A las tres y media. Los policías se quedaron mudos de asombro. Casi no sabían cómo hacer frente a lasituación. Estaban en permanente contacto con asesinos, pero éstos tenían que serbuscados y arrastrados allí a viva fuerza, y, cuando la fama y la fortuna se mezclabancon un crimen, como ocurre rara vez, diestros abogados y barreras protectoras surgíanpor doquier para proteger al asesino. Este hombre era uno de los diez ídolos deAmérica, o lo había sido hasta hacía muy poco. Hombres como él no mataban a nadie.No aparecían así, inopinadamente, a las cuatro de la mañana, para plantarse delante deun simple sargento de guardia y un anónimo detective y mostrar al desnudo su almadesgarrada en una figura hecha jirones. Durante un minuto el silencio reinó en la sala, un silencio que podía cortarse con uncuchillo. Después, Bloch habló de nuevo con acento agónico: —¡Le digo que he matado a un hombre! No se quede mirándome de ese modo! ¡Hematado a un hombre! El sargento le contestó amablemente, con simpatía: —¿Qué le ocurre, señor Bloch? ¿Ha estado usted trabajando demasiado? —selevantó de su asiento y se acercó a él—. Venga adentro con nosotros. ¡Usted, Latour,quédese ahí, por si suena el teléfono!
  • 88. 88 Cuando lo tuvieron dentro de la habitación trasera, el sargento ordenó: —¡Tráigame una silla, Humphries! Ahora, beba un trago de agua, señor Bloch. Bien,cuéntenos todo —el sargento había llevado el revólver con él. Lo pasó por delante de sunariz y luego abrió la cámara, mirando de reojo al detective—. Sí, ha sido disparado. —¿Un accidente, señor Bloch? —sugirió respetuosamente el detective. El hombre de la silla movió la cabeza. Comenzó a temblar, aunque la noche era tibiay agradable. —¿A quién fue? ¿Quién era? —agregó el sargento. —No sé su nombre —murmuró Bloch—, nunca lo supe. Le llaman Papá Benjamín. Sus dos interlocutores cambiaron una mirada de sorpresa. —Parece como... —el detective no terminó la frase, se volvió hacia Bloch y lepreguntó con tono indiferente—: Era un blanco, ¿no? —No, era negro —fue la inesperada respuesta. El asunto iba tornándose cada vez más disparatado, más inexplicable. ¿Cómo unhombre como Eddie Bloch, uno de los más famosos directores de orquesta del país, quecobraba más de mil dólares semanales por tocar en el Maxim’s, había matado a unignorado negro y se trastornaba por ello hasta aquel punto? Los dos policías jamáshabían visto cosa parecida; habían sometido a sospechosos a interrogatorios de cuarentay ocho horas, de los cuales aquellos habían salido frescos como lechugas comparadoscon este hombre. Había dicho que no fue un accidente ni un asalto. Continuaron interrogándole, nopara confundirle, sino para ayudarle a recobrarse. —¿Qué hizo el hombre? ¿Olvidó las debidas distancias? ¿Le respondió? ¿Se pusoinsolente? No hay que olvidar que estamos en Nueva Orleans. La cabeza de Bloch oscilaba como un péndulo. —¿Perdió usted momentáneamente los estribos? Fue eso, ¿no? Otro movimiento negativo de cabeza. La condición del hombre sugirió al detectiveuna explicación. Miró hacia atrás para asegurarse de que el agente no estabaescuchando. Luego, muy discretamente: —¿Es usted aficionado a las drogas? ¿Era él quien se las proporcionaba? El hombre los miró. —Jamás he probado nada nocivo. Un médico podrá atestiguarlo. —¿Tenía él algo contra usted? ¿Le causaba molestias? Bloch tornó a hurgar en sus ropas; éstas seguían bailándose sobre el esqueléticoarmazón. De pronto, extrajo un gran fajo de billetes, tan alto como largo, más dinero delque habían visto junto en su vida los dos policías. —Aquí tengo tres mil dólares —dijo simplemente, arrojándolos como había hechocon el revólver—. Los llevé esta noche y traté de dárselos. Le habría dado el doble, eltriple, si hubiese pronunciado la palabra, si me hubiera dejado libre. No quiso. Entoncestuve que matarlo. Era lo único que podía hacer. —¿Qué es lo que le hacía? —dijeron los dos policías al mismo tiempo. —Me estaba matando —levantó el brazo y recogió el puño de la camisa. La muñecaera casi del grosor del pulgar del sargento. El valioso reloj de pulsera de platino que larodeaba tenía la correa prendida en el último agujero que era posible hacer, y aún lequedaba floja como un brazalete—. Ya he bajado a cuarenta y cinco kilos. Cuando mequito la camisa el corazón está tan a flor de piel que se puede ver cada latido. Los policías dieron un paso hacia atrás, deseando casi que el hombre no hubieseentrado allí, que se hubiera dirigido a cualquier otra Comisaría. Desde el comienzo
  • 89. 89mismo habían presentido en el caso algo que superaba su entendimiento, algo que nopuede hallarse en los reglamentos, pero tendrían que afrontarlo. —¿Cómo? —preguntó Humphries—. ¿Cómo lo estaba matando? Un destello de tormento asomó a los ojos de Bloch. —¿No cree usted que ya se lo habría dicho si pudiera? ¿No cree usted que habríavenido aquí hace meses para pedir protección, para que me salvaran, si yo hubiesepodido decírselo y si ustedes pudiesen creerme? —Nosotros le creeremos, señor Bloch —dijo el sargento tranquilizadoramente—. Lecreeremos todo. Díganos lo que sepa. Pero Bloch, en cambio, por primera vez espetó una pregunta: —¡Contéstenme! ¿Creen ustedes en algo que no pueden ver, que no pueden oír, queno pueden tocar? —Radio —sugirió el sargento tímidamente, pero la respuesta de Humphries fue másfranca: —No. El hombre volvió a hundirse en su asiento y se encogió apáticamente. —Si no creen, ¿cómo puedo esperar que lo entiendan? He acudido a los mejoresmédicos, a los más grandes hombres de ciencia de todo el mundo, y no quisieroncreerme. ¿Cómo puedo esperar que ustedes lo hagan? Dirán sencillamente que estoytrastornado y se contentarán con eso. Yo no quiero pasar el resto de mi vida en unmanicomio... —se interrumpió y suspiró—. Y, sin embargo, ¡es cierto, es cierto! Se habían metido en tal embrollo que Humphries decidió salir del paso comopudiera. Hizo una pregunta sencilla, que hacía tiempo debía haber formulado paraterminar con aquel maleficio. —¿Está usted seguro de que lo mató? Bloch estaba físicamente acabado y casi al borde del colapso. Todo el caso podía serpura alucinación. —Yo sé lo que hice, estoy seguro —contestó el hombre con calma—. Ya estoy unpoco mejor. Lo sentí en el momento mismo de liquidarlo. Si era así, no lo parecía. El sargento echó una mirada a Humphries y se tocó la frentecon gesto significativo. —¿Qué le parece si nos lleva al lugar del hecho? —sugirió Humphries—. ¿Puedehacerlo? ¿Fue en el Maxim’s? —Ya les he dicho que era un negro —respondió Bloch con reproche—. El Maxim’sno es un lugar cualquiera. Fue en el Vieux Carré. Puedo mostrarles dónde fue, pero nopodré conducir el coche. A duras penas pude venir hasta aquí. —Haré que conduzca Desjardins —dijo el sargento, y llamó al policía—. Telefoneea Dij y dígale que espere a Humphries en la esquina de Canal y Royal, en seguida —sevolvió y miró a la informe figura de la silla—. Hágale beber un trago en el camino. Nome parece que resista hasta allá. Bloch enrojeció levemente: no tenía sangre para más. —Ya no puedo probar el alcohol. Estoy al cabo de mis fuerzas. Me consumo —dejócaer la cabeza y luego la levantó—. Pero voy a recobrarme poco a poco ahora que él... El sargento se llevó aparte a Humphries. —Si resulta como él dice y no es un sueño, llámeme en seguida. Yo telefonearédespués al jefe. —¿A esta hora? El sargento hizo una indicación en dirección a la silla. —Es Eddie Bloch, ¿no?
  • 90. 90 Humphries cogió a éste del brazo y lo hizo levantar con cortés energía. Ahora que lascosas tomaban un rumbo normal sabía dónde pisaba. Sería siempre considerado, peroahora como funcionario, pues eso entraba ya en su rutina. —Vamos, señor Bloch. —No haremos informe alguno hasta estar seguros de lo que se trata —dijo elsargento a Humphries—. No quiero echarme encima a toda la ciudad mañana por lamañana. Humphries casi tuvo que sostener a Bloch para salir del Departamento y entrar en elautomóvil. —¿Es éste? —dijo—. ¡Caray! —lo tocó con un dedo y partieron suavemente—.¿Cómo pudo usted entrar con este coche en el Vieux Carré sin dar contra las paredes? Dos levísimos fulgores en la calavera que se reclinaba en el respaldo del asiento eranlos únicos signos de vida que se manifestaban en el hombre que iba a su lado. —Solía dejarlo a algunas manzanas de distancia e iba hasta allí a pie. —¡Oh! ¿Fue usted más de una vez? —¿No lo habría hecho usted tratándose de su vida? Volvía aquel disparatado asunto, pensó Humphries con disgusto. ¿Por qué un hombrecomo Eddie Bloch, astro del micrófono y de los salones de baile, tenía que acudir a unnegro de los bajos fondos rogándole por su vida? Llegaron rápidamente a Royal Street. Dieron la vuelta a la esquina, Humphries abrióla portezuela y vio a Desjardins poner un pie en el estribo. Luego se dirigió nuevamentehacia el centro de la calzada sin detenerse. Desjardins se sentó al otro lado de Bloch,terminando de anudarse la corbata y abotonarse el chaleco. —¿De dónde sacó el Aquitania? —preguntó, y luego, mirando a su lado—: ¡SantoKreisler, Eddie Bloch! Solíamos escucharlo todas las noches en casa, con Emerson... —¿Qué te pasa? —lo atajó Humphries—. ¿Comiste guiso de lengua? —¡Vire! —se oyó una voz sofocada entre ellos, y en seguida dos ruedas llevaron alBugatti por la North Rampart Street—. Tenemos que dejarlo aquí —agregó pocodespués. Los hombres salieron del coche—. Congo Square, el antiguo lugar de reuniónde los esclavos. —¡Ayúdalo! —dijo Humphries a su compañero perentoriamente, y lo tomaron cadauno de un brazo. Tambaleándose entre ellos, con el inseguro paso de un ebrio, rápido a veces, lentootras, Bloch les enseñaba el camino; de pronto se encontraban frente a un pasaje que nohabían advertido hasta aquel momento. Era como una rendija abierta entre dos casas, ytan fétida como una alcantarilla. Tuvieron que colocarse en fila india para pasar. PeroBloch no podía caerse; las paredes casi le raspaban los hombros. Uno de los policías ibadelante de él y el otro detrás. —¿Llevas revólver? —preguntó Humphries por encima de la cabeza de Bloch aDesjardins, que iba delante. —¡Me resfriaría sin él! —se oyó la voz del otro en la oscuridad. Un rayo de luz rojiza surgió de improviso por el marco de una ventana, y un codocolor café tocó al pasar las costillas de los tres. —Entra, querido —murmuró una voz aguardentosa. —Ve a lavarte la boca con jabón —aconsejó el nada romántico Humphries porencima del hombro, sin volverse siquiera. El rayo de luz se cortó con la misma rapidez que apareciera. El pasaje se ensanchaba al llegar al fondo de un grupo de casas que databan deltiempo de la dominación francesa o española, y en cierto trecho pasaba por debajo de
  • 91. 91una arcada, formando como un túnel. Desjardins se dio de cabeza contra algo y lanzó unjuramento. —¿Estamos lejos aún? —preguntó secamente Humphries. —Aquí es —jadeó débilmente Bloch, deteniéndose frente a una sombra negra de lapared. Humphries la recorrió con su linterna y aparecieron unos escalones carcomidos.Luego indicó a Bloch que entrara, y éste se echó atrás refugiándose en la paredopuesta—. ¡Déjeme a mí aquí! No me haga entrar allí otra vez —rogó—. ¡No podríaresistirlo, tengo miedo! —¡Oh, no! —dijo Humphries con determinación—. Usted nos mostrará el camino —y lo apartó de la pared. Como antes, no se mostró rudo, sino simplemente profesional. Dij abrió la marchailuminando el camino con su linterna. Humphries llevaba la suya apuntando a loszapatos de cuarenta dólares del director de orquesta, que caminaba dominado por eltemor. Los escalones de piedra se convirtieron en otros de madera astillada por el uso.Tuvieron que pasar por encima de un negro borracho, hecho un ovillo, con una botelladebajo de un brazo. —¡No vaya a encender una cerilla! —aconsejó Dij, tocándole la nariz—. Puedeestallar. —¡No seas chiquillo! —le soltó Humphries. Dij era un buen detective, pero ¿se daba cuenta del tormento que sufría el hombreque iba entre ellos? Aquel no era momento para... —Fue aquí. Al salir cerré la puerta. La cadavérica faz de Bloch apareció perlada de gotas de sudor cuando uno de lospolicías la iluminó con su linterna. Humphries abrió la carcomida puerta de caoba que había sido colocada cuando unode los Luises era aún rey de Francia y señor de aquella ciudad. La luz de una lámparabrillaba débilmente en el fondo de la habitación, sacudida su llama por una corriente deaire. Los policías entraron y miraron. En una vieja y derruida cama cubierta de andrajos vieron una figura inanimada, conla cabeza colgando hacia el suelo. Dij puso la mano debajo de ésta y la levantó. Lacabeza subió como una pelota de basket—ball. Luego, al soltarla, cayó y hasta pareciórebotar una o dos veces. Era un viejo, viejísimo negro, de ochenta años o más. Habíauna mancha oscura, más oscura que la arrugada piel, debajo de uno de sus legañososojos, y otra en la fina orla de blanco algodón que rodeaba su nuca. Humphries no esperó a ver más. Se volvió y salió rápidamente en busca del teléfonomás próximo para informar al Departamento Central que, después de todo, aquello eraverdad y que podían despertar al jefe. —No le dejes ir, Dij —se oyó su voz desde el oscuro hueco de la escalera—, pero nole molestes. Frena la lengua hasta que recibamos órdenes. El espantajo que estaba con ellos trató de salir tras Humphries, mascullandoininteligiblemente: —¡No me deje aquí! ¡No me obligue a quedarme aquí! —No le voy a molestar, señor Bloch —dijo el policía, tratando de calmarlo ysentándose despreocupadamente en el borde de la cama, al lado del cadáver, para atarseel cordón de los zapatos—. Nunca olvidaré que fue su Love in Bloom ejecutada porradio una noche, hace dos años, lo que me animó a declararme a la que hoy es miesposa... Pero el comisario lo haría dos horas más tarde en su oficina, aunque sin granentusiasmo. Trataron de ayudar a Bloch lo más posible dentro de las reglas. Era inútil.El viejo negro no le había atacado, robado, molestado ni secuestrado. El revólver no se
  • 92. 92había disparado accidentalmente, ni tampoco lo había disparado en el calor delmomento o en un acceso de furor. El comisario, en su desesperación, casi dio con sucabeza contra el escritorio al reiterar una y otra vez: —Pero, ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Y por enésima vez obtuvo la misma increíble respuesta: —Porque me estaba matando. —Entonces, usted admite que él, en efecto, le atacó. La primera vez que el comisario le hizo esta pregunta fue con una chispa deesperanza. Pero ahora, a la décima o duodécima vez, la chispa ya se había apagado. —Jamás se me acercó. Yo era quien le buscaba para suplicarle. Comisario Oliver,esta noche me arrodillé ante ese viejo y me arrastré por el suelo de aquella suciahabitación como un gato, rogando, clamando abyectamente, ofreciéndole tres mil, diezmil, cualquier suma, ofreciéndole, por último, mi propio revólver y pidiéndole que mematara con él para terminar de una vez, para que cesara mi tormento. No, ni siquiera eserasgo de misericordia. Entonces disparé..., y ahora me voy a sentir mejor. Ahora voy avivir... Estaba demasiado débil para llorar; el llanto exige fuerzas. El pelo del comisarioestaba a punto de erizarse. —¡Termine con eso, señor Bloch! —gritó. Se acercó a él y le tomó por los hombroscomo para refrenar sus propios nervios. Sintió los afilados huesos en sus manos y lasretiró inmediatamente—. Voy a hacer que le examine un alienista. El montón de huesos dio un respingo. —¡No, no haga eso! Mándeme a mi hotel...— tengo un baúl lleno de informesmédicos. He visitado a los más grandes especialistas de Europa. ¿Puede ustedencontrarme a alguien más autorizado que Buckholt, de Viena, o Reynolds, de Londres?Ellos me tuvieron en observación durante meses. Yo no estoy ni siquiera al borde de lalocura y no soy un genio ni de lejos. No escribo la música que ejecuto, soy un mediocre,falto de inspiración..., en otras palabras, soy un ser normal. Estoy más sano que ustedmismo en este momento, señor Oliver. Mi cuerpo se ha gastado, mi alma también; loúnico que me queda es mi cerebro, pero usted no puede sacármelo. La cara del comisario se había tornado roja como una remolacha. Estaba a punto deestallar, pero se dominó y habló suave, persuasivamente: —Un negro de ochenta y tantos años, tan débil que no podía ni subir la escalera de sucasa y a quién debían meterle los alimentos por la ventana en una canastilla, mata... ¿aquién? ¿A un blanco vagabundo de su misma edad? ¡Nooo..., nada de eso! ¡Mata alseñor Eddie Bloch, el más famoso director de orquesta de América, que fija su propiosalario dondequiera que vaya, a quien se le escucha todas las noches en nuestroshogares, que tiene cuanto un hombre puede desear! Le observaba tan de cerca que los ojos de ambos estaban al mismo nivel. Su voz eraun susurro aterciopelado. —Dígame una cosa, señor Bloch —luego, con una explosión—. ¿Cómo es esoposible? Eddie Bloch aspiró una profunda bocanada de aire. —Emitiendo mortíferas ondas mentales que llegaban hasta mí por el éter. El pobre comisario estuvo a punto de desplomarse. —¿Y dice usted que no necesita asistencia médica? —resolló con dificultad. Se produjo un revuelo de ropa y ruido de botones, y la chaqueta, el chaleco, lacamisa y la camiseta cayeron uno tras otro en el suelo, en torno a la silla donde estabasentado Bloch. Éste se volvió:
  • 93. 93 —¡Mire mi espalda! Podrá contar mis vértebras por encima de la piel —tornó aponerse de frente—. Vea mis costillas. Observe los latidos de mi corazón. Oliver cerró los ojos y se volvió hacia la ventana. Estaba en una situaciónendiablada. Afuera, Nueva Orleans palpitaba de vida, y cuando se conociera este caso élse convertiría en el hombre más impopular de la ciudad. Y si, por el contrario, nolograba penetrar a fondo en el asunto, ahora que había ido tan lejos, se haría culpable denegligencia en el cumplimiento de su deber. Bloch, que volvía a vestirse lentamente, adivinó los pensamientos del comisario. —Querría deshacerse de mí, ¿verdad? Usted está tratando de hallar la manera deecharle tierra al asunto. Se resiste a llevarme ante el Gran Jurado por temor de que sufrasu reputación, ¿no? —su voz era casi un grito de pánico—. Bueno, yo necesitoprotección. No quiero volver otra vez allá... a buscar mi muerte. No quiero salir enlibertad bajo fianza. Si me dejan libre ahora, aún con mi propio consentimiento, serántan culpables de mi muerte como Papá Benjamín. ¿Cómo se yo que mi bala pusotérmino a la cosa? ¿Cómo puede saber nadie qué hace la mente después de la muerte?quizá sus pensamientos me alcancen aún y traten de apoderarse otra vez de mí. ¡Le digoque quiero que me encierren! ¡Quiero ver gente a mi alrededor noche y día! ¡Quieroestar en lugar seguro...! —¡Chis...! ¡ Por el amor de Dios, señor Bloch! Van a creer que estoy torturándole —el comisario dejó caer los brazos y exhaló un profundo suspiro—. Está bien, le detendré,ya que así lo quiere. Le arresto por el asesinato de un tal Papá Benjamín, aunque se ríande mí y pierda mi puesto. Por primera vez desde que el asunto había comenzado, arrojó a Eddie Bloch unamirada de verdadera ira. Tomó una silla, la hizo girar en el aire y la plantó con estrépitofrente a Bloch. Puso un pie sobre ella y apuntó con el índice casi junto a los ojos deaquél. —No soy hombre de términos medios. No le voy a encerrar a usted para tenerlo entrealgodones y llevar el asunto con paños tibios. Si la cosa ha de hacerse pública, lo serácompletamente. Comencemos. Dígame todo lo que yo quiero saber, y lo que yo quierosaber es... ¡todo! ..........Los acordes de Goodnight Ladies se apagaron; los bailarines abandonaron la sala; lasluces comenzaron a apagarse y Eddie Bloch arrojó su batuta y se secó la nuca con unpañuelo. Pesaría unos ochenta y cinco kilos y se encontraba en toda la plenitud de suedad. Era un hermoso bruto. Pero ya su cara tenía un acre gesto de disgusto. Losmúsicos comenzaron a guardar sus instrumentos y Judy Jarvis subió a la plataforma consu traje de calle, preparada para irse. Era la cantante de la orquesta y, además, la esposade Eddie. —¿Vamos, Eddie? Salgamos de aquí —ella también parecía ligeramentedisgustada—. Esta noche no he recibido un solo aplauso, ni siquiera después de mirumba. Debo estar en decadencia. Si no fuera tu mujer, tal vez me encontraría sintrabajo a estas horas. Eddie le palmeó un hombro . —No eres tú, querida. Somos nosotros los que comenzamos a ahuyentar a la gente.¿Has notado cómo ha disminuido la concurrencia en las últimas semanas? Esta nochehabía más camareros que clientes. El empresario tiene derecho a cancelar mi contrato silas entradas bajan de cinco mil dólares diarios. Un camarero se acercó al borde de la plataforma.
  • 94. 94 —El señor Graham quiere verle en su oficina antes que usted se retire, señor Bloch. Eddie y Judy cambiaron una mirada. —¿No te lo decía, Judy? Vuelve al hotel, no me esperes. Buenas noches, muchachos. Eddie Bloch pidió su sombrero y poco después llamó a la puerta de la oficina delempresario. El señor Graham estaba detrás de una pila de papelotes. —Esta semana la entrada ha sido de cuatro mil quinientos, Eddie. La gente puedeobtener bebidas y los mismos bocadillos en cualquier parte, pero va a donde la orquestale atrae. He notado que hasta los pocos que vienen ni siquiera se mueven de su mesacuando usted levanta la batuta. Vamos a ver, ¿qué es lo que ocurre? Eddie abolló su sombrero de un puñetazo. —No me lo pregunte. Recibo de Broadway las orquestaciones acabadas de salir delhorno, y echamos los bofes ensayando... Graham mascó su cigarro. —No olvide que el jazz nació aquí, en el Sur. Usted no puede enseñarle nada a estaciudad. Aquí la gente pide siempre algo nuevo. —¿Cuándo nos despedimos? —preguntó Eddie, sonriendo por un lado de la boca. —Termine la semana. Vea si puede resolverlo para el lunes. Si no, tendré quetelegrafiar a San Luis pidiendo la orquesta de Kruger. Lo siento, Eddie. —¡Qué se le va a hacer! —contestó Eddie, bonachón—. Ésta no es una instituciónbenéfica. Eddie salió de nuevo del oscuro salón. La orquesta ya se había ido. Las mesasestaban apiladas. Un par de viejas negras, arrodilladas, fregaban el parqué. Eddie subióa la plataforma para retirar algunas partituras olvidadas sobre el piano. De pronto, sintióque pisaba algo. Se inclinó y recogió una pata de gallina con una tira de tela roja atada asu alrededor. ¿Cómo diablos había llegado allí? Si hubiese estado debajo de algunamesa, habría pensado que un comensal la había dejado caer. Eddie enrojeció. ¿Querríadecir que él y sus muchachos habían estado tan mal esa noche que alguien la habíaarrojado deliberadamente mientras tocaban? Una de las limpiadoras levantó la vista. De improviso, ella y su compañera seincorporaron, acercándose con los ojos desmesuradamente abiertos, hasta ver lo queEddie tenía en la mano. Entonces se dejó oír un doble gemido de irracional espanto. Uncubo rodó por el suelo y jamás dos personas, blancas o negras, salieron de allí tanapresuradamente como las dos viejas. La puerta casi saltó de sus goznes, y Eddie pudooír todavía sus exclamaciones calle abajo, hasta perderse a lo lejos. “¡Por el amor de Dios! —pensó el asustado Eddie—. Deben de haber bebido unaginebra endiablada”. Arrojó el objeto al suelo y volvió al piano a buscar sus partituras.Una o dos hojas se habían caído detrás y se agachó a recogerlas. Entonces el piano loocultó. La puerta se abrió otra vez y Eddie vio entrar apresuradamente a Johnny Staats (tubay percusión), palpándose de arriba abajo como si estuviera ensayando el shimsham yrecorriendo el piso con la vista... De pronto, se inclinó... para recoger el desperdicio queEddie acababa de tirar, y al enderezarse de nuevo con aquello en la mano exhaló talsuspiro de alivio que hasta Eddie pudo oírlo desde donde estaba. Ello le hizo desistir dellamar a Staats, como iba a hacer. “Superstición —pensó Eddie—; se trata de suamuleto, eso es todo, como para otros una pata de conejo. Yo también soy un pocosupersticioso: nunca paso por debajo de una escalera...” Sin embargo, ¿por qué las dos viejas se habían puesto histéricas a la vista de aquélobjeto? Eddie recordó que algunos de los músicos sospechaban que Staats tenía algo de
  • 95. 95sangre negra, y habían tratado de decírselo cuando entró a formar parte de la orquesta,pero él no había querido darles crédito. Staats se escurrió de nuevo, tan silenciosamente como había entrado, y Eddie decidiódarle alcance para gastarle algunas bromas acerca de la pata de gallina durante eltrayecto hasta su hotel. (Todos vivían en el mismo.) Cogió sus hojas de música, algunasde las cuales estaban en blanco, y salió. Staats ya se había alejado en dirección opuestaa la del hotel. Eddie vaciló un instante, pero luego salió detrás de él como movido porun repentino impulso. Sólo para ver dónde iba o qué se proponía hacer. Tal vez el terrorde las dos negras y la manera como Staats había recogido la pata de gallina no eranajenos a su determinación, aunque él no se daba cuenta clara de ello. ¡Y cuántas veces,después, se lamentó de no haber ido directamente al hotel, a su Judy, a sus muchachos,y de haberse apartado de la luz y del mundo de los blancos! No perdió de vista a Staats y así llegó hasta el Vieux Carré. ¡Bueno, adelante! Allíhabía una cantidad de lugares, reliquias de otras épocas, en los que cualquiera hubiesedeseado entrar. O quizá tuviera alguna amiga mulata escondida por allí. Eddie pensó:“Es ruin espiar de este modo a Staats”. Pero luego, ante sus ojos, a medio camino delestrecho pasaje por donde acababan de meterse, Staats desapareció, aunque no habíavisto abrirse ni cerrarse ninguna puerta. Cuando Eddie llegó al último lugar en que leviera, advirtió una especie de grieta entre dos viejos callejones, oculta por un ángulo delmuro. ¡De modo que era por allí por donde se había metido! Eddie sentía que el asuntoempezaba a cansarle. Sin embargo, se introdujo por allí y siguió caminando a tientas.De vez en cuando se detenía y podía oír los suaves pasos de Staats un poco delante deél. Después reemprendía la marcha. Una o dos veces el pasaje se ensanchó un tanto,dejando pasar un rayo de luna por entre las paredes. Más tarde un hilo de luz anaranjadase filtró por una ventana y un codo le rozó el vientre. —Serás más feliz aquí; no sigas adelante —dijo una voz suave. Era una profecía. ¡Si él lo hubiese sabido! Pero el impávido Eddie contestó simplemente: —¡Vete a dormir, trasnochadora! Y la luz desapareció. Luego entró en un túnel y se dio un cabezazo que le hizo saltar las lágrimas. Pero, alotro extremo, Staats se detuvo al fin en una mancha de luz y pareció quedarse mirandohacia arriba, una ventana o algo así; Eddie permaneció inmóvil dentro del túnel,levantándose el cuello del esmoquin para ocultar el blanco de su camisa. Staats se detuvo sólo un instante, durante el cual Eddie le observó conteniendo elaliento. Finalmente, emitió un extraño silbido. No había nada de casual en eso; era unsonido difícil de emitir sin práctica previa. Luego se quedó esperando, hasta que, depronto, otra figura se acercó a él en la penumbra. Eddie aguzó la vista. Era un negrazocomo un gorila. Algo pasó de las manos de Staats a las de éste —posiblemente la patade gallina—, luego entraron en la casa frente a la cual Staats se había detenido. Eddiepudo oír los arrastrados pasos por la escalera y el crujido de una vieja y carcomidapuerta. Después todo quedó en silencio. Avanzó hasta la desembocadura del túnel y se puso a mirar hacia arriba. No se veíaninguna luz por las ventanas. La casa parecía estar deshabitada, muerta. Eddie agarró la solapa de su esmoquin con una mano y se dio con la otra un puñetazoen la mandíbula. No sabía qué hacer. El vago impulso que lo había llevado hasta allí en pos de Staats comenzaba adebilitarse. ¡Staats tenía curiosos amigos! Algo rara debía de ocurrir en aquel lugar tanapartado y a esa hora de la madrugada; pero, después de todo, nadie tiene que dar cuentade su vida privada. Eddie se preguntaba por qué diablos habría ido hasta allí. No
  • 96. 96deseaba que nadie supiera que lo había hecho. Ahora se volvería atrás, a su hotel, y semetería en la cama. Tenía que pensar alguna novedad para el Maxim’s de allí al lunes, osu contrato sería rescindido. Luego, cuando ya había levantado el pie para marcharse, una apagada melopeacomenzó a oírse dentro de aquella casa. Era tan suave como un murmullo. Tenía queatravesar espesas puertas y espaciosas habitaciones vacías y pasar por el hueco deaquella escalera antes de llegar a él. “Alguna ceremonia religiosa —se dijo Eddie—.Entonces, Staats profesa un culto, ¿eh? Pero, ¡vaya un lugar apropiado!” Una pulsación como la de una máquina lejana subrayaba la melopea, y, de vez encuando, un bum como el del trueno acercándose a través de la ciénaga la cubría. Sonabaasí: Bum—butta—butta—bum—butta—butta—bum, y la melopea volvía a elevarse,Eeyah—eeyah—eeyah... El instinto profesional de Eddie despertó de pronto. Lo ensayó, marcando el compáscon la mano, como si sostuviera la batuta. Sus dedos sonaron como un latigazo. —¡Oh, dios! ¡Esto es maravilloso! ¡Magnífico! ¡Sublime! ¡Lo que yo necesitaba!¡Tengo que entrar aquí! ¿De modo que con una pata de gallina bastaba? Se volvió y echó a correr por el túnela través del pasaje, siguiendo el camino por donde había venido, bajando aquí y allí, yencendiendo una cerilla tras otra. Luego se encontró una vez más en el Vieux Carré,donde los cajones de desperdicios no habían sido retirados aún. Vio una lata en laesquina de dos callejuelas y la volcó. El hedor subía hasta el cielo, pero se metió en labasura hasta las rodillas, como un trapero, e introdujo los brazos hasta el codoesparciéndolas a diestro y siniestro. Tuvo suerte, pues encontró un agusanado esqueletode gallina. Le arrancó una pata y la limpió en un trozo de periódico. Luego emprendió elregreso. Un momento. ¿Y la cinta roja para atarla? Se tanteó de arriba abajo; hurgó entodos los bolsillos. No tenía nada de ese color. Tendría que prescindir de eso, peroentonces tal vez fracasaría. Dio la vuelta y corrió por el estrecho pasaje sin preocuparsepor el ruido que producía. Otra vez el hilo de luz anaranjada y el codo de la perseverantemujer. Eddie se inclinó, la asió por la manga del rojo quimono y rompió una tira de éste.Palabras soeces, que ni Eddie conocía, cesaron al ponerle en la mano un billete de cincodólares. Pronto estuvo al otro extremo del pasaje. ¡Con tal de que la ceremonia nohubiese terminado aún! No había terminado. Cuando se había ido de allí, el cántico era débil y apagado.Ahora era más sonoro, más persistente, más frenético. Eddie no se preocupó de lanzar elsilbido; de todos modos no habría podido imitarlo exactamente. Se zambulló en el pozonegro que era la entrada de la casa, sintió los grasientos peldaños debajo de sus pies,alcanzó a subir uno o dos, y de pronto el cuello de su camisa le pareció cuatro númerosmás chico, pues una manaza lo había aferrado de él por detrás. Algo afilado, que podíaser desde un cortaplumas de bolsillo hasta una navaja de afeitar, le rozó el cuello debajode la nuez, haciéndole saltar unas gotas de sangre preliminares. —Bueno, me la he ganado —dijo con voz entrecortada. ¿Qué clase de religión era aquella? El Objeto afilado se quedó donde estaba, pero lamano soltó el cuello de la camisa para coger la pata de gallina. Luego, el objeto afiladose apartó también, pero no mucho. —¿Por qué no dio usted la señal? Eddie se tocó la garganta. —Estoy enfermo de aquí y no pude. —Encienda una cerilla, quiero ver su cara. —Eddie obedeció y sostuvo la cerilla unmomento—. No he visto nunca su cara aquí. —Mi amigo, que está allá, puede decírselo.
  • 97. 97 —¿El señor Johnny es su amigo? ¿Le pidió que viniera? Eddie pensó rápidamente. La pata de gallina podía tener más fuerza que Staats. —Esto me dijo que viniera. —¿Papá Benjamín le mandó eso? —¡Claro! —dijo Eddie rotundamente. De seguro Papá Benjamín era su sacerdote,pero aquella era una manera endemoniada de... La cerilla le quemó los dedos; entoncesla arrojó al suelo. Con la oscuridad se produjo un momento de incertidumbre que podíaterminar de cualquier manera. Una gran provisión de mundología y un millar de años decivilización respaldaban a Eddie—. Me va a hacer llegar tarde. A Papá Benjamín no leva a gustar. Subió a tientas la oscura escalera, pensando que en cualquier momento podía sentirsu espalda hecha trizas, pero era mejor que quedarse quieto esperando que se lohicieran. Volverse atrás sería atraerse aquello más rápidamente. No obstante, suspalabras habían surtido efecto y nada le ocurrió. —En el momento menos pensado vamos a ver pasar por aquí a medio Nueva Orleans—gruñó, malhumorado, el cancerbero africano, dejándose caer en la escalera como unafoca cansada. Hizo alguna otra observación acerca de “negros que parecían blancos”, y luegosiguió rascándose. Llegó al descansillo de la escalera, tan cerca del bum—butta—bum que éste apagabatodos los demás sonidos. Toda la armazón de la vieja casa parecía temblar. Un hilo deluz rojiza le indicó dónde estaba la puerta. La empujó suavemente y la puerta cedió. Elchirrido de sus goznes se perdió en el torrente sonoro que surgió del interior. Viobastantes cosas y lo que vio incitó aún más su curiosidad. Algo le decía que lo mejor eraentrar tranquilamente, cerrando la puerta tras él antes de que le vieran. El copo de nieveque estaba al pie de la escalera podía subir y aferrarlo otra vez del cuello. Abrió un pocomás la puerta, se escurrió dentro y la cerró con el tacón de su zapato, apartándoseinmediatamente de allí lo más que pudo. Evidentemente, nadie le había visto. Era una sala grande y sombría y estaba atestada de gente. Solo la iluminaba unalámpara de aceite y gran cantidad de cirios que podían parecer brillantes comparadoscon la oscuridad de fuera, pero que allí alumbraban débilmente. Las largas sombrasdanzantes arrojadas contra las paredes por los que se movían en el centro de la sala eranpara él una protección tan eficaz como podía serlo la oscuridad del exterior. Dio unavuelta a la sala y una ojeada fue suficiente para revelarle que aquello era cualquier cosamenos una ceremonia religiosa. Al principio le pareció una juerga, pero allí no se veíaginebra por ninguna parte y en la danza no intervenían mujeres. Era más bien unareunión de demonios acabados de salir del infierno. Muchos de ellos se habían quedadotendidos en el suelo, y los demás pasaban sobre ellos al saltar de un lado a otro, pisandoa veces los rostros, los pechos, los brazos y las manos yacentes. Otros, que habían caídoen una especie de trance, estaban sentados en el suelo, la espalda apoyada en lasparedes, algunos balanceándose y otros poniendo los ojos en blanco y dejando escaparde su boca hilos de espuma. Rápidamente, Eddie se dejó caer sentado en el suelo y pusomanos a la obra. También comenzó a balancearse, dando golpes en el suelo con lospuños, pero él no estaba en trance. Lo que hacía era tomar notas para un número quesería un éxito en el Maxim’s. Una hoja de música en blanco estaba parcialmente ocultadebajo de sus muslos y a cada momento se inclinaba para escribir con un trocito delápiz. “Clave de fa —pensó—, puedo decidirlo cuando lo instrumente. Mi, re, do; mi, re,do. Luego otra vez. Espero que no se me haya pasado nada.”
  • 98. 98 Bum—butta—butta—bum. Jóvenes y viejos, gordos y flacos, desnudos y vestidos,saltaban de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, en dos círculos concéntricos,mientras las llamas de las velas danzaban locamente y las sombras se agitaban entre losmuros. En el centro de todo aquello, dentro del círculo interior de bailarines, seencontraba un hombre viejísimo, de tez y huesos negros, que se veía sólo algunas vecespor entre los apretados cuerpos que le rodeaban. Tenía puesta alrededor de la cinturauna piel de animal, y su cara estaba oculta por una horrible máscara. A un lado delviejo, una mujer rechoncha hacía sonar sin interrupción dos calabazas, marcando elbutta del ritmo de Eddie. Al otro lado, otra mujer batía el tambor: el bum. El viejosostenía en alto un ave que chillaba y batía las alas; en la otra mano, un cuchillo deafilada hoja. Algo resplandeció en el aire, pero los bailarines se interpusieron entreEddie y la visión. Lo que logró ver después fue que el ave ya no agitaba las alas.Colgaba pesadamente y la sangre de sus venas corría por el arrugado brazo del viejo. “Esta parte no entrará en mi número”, se dijo Eddie. El horrible viejo cayó cerca deEddie, que esquivó rápidamente. A su alrededor ocurrían cosas repugnantes. Vio aalgunos de los locos bailarines caer de bruces sobre las rojas gotas y limpiarlas con lalengua. Luego seguían gateando en torno a la habitación, buscando otras. “Será mejor que me vaya —se dijo Eddie, que comenzaba a sentir náuseas—.Debería venir la Policía y arrear con todos.” Sacó de debajo de sus piernas las hojas demúsica, ahora llenas de notas, y las guardó en un bolsillo de la chaqueta; luego recogiólas piernas, preparándose para levantarse y salir de aquel antro infernal. Mientras tanto,una segunda ave, esta vez negra (la primera era blanca); un berreante lechón y uncachorrillo de perro habían corrido la suerte del primer animal. Los cuerpos no erandesperdiciados una vez que el viejo los dejaba. Eddie veía suceder cosas en el suelo,entre los pies frenéticos de los bailarines, y adivinaba otras que le inducían a cerrar losojos. De pronto, levantado ya medio centímetro del suelo, se preguntó qué se había hechode la melopea, del choque de las calabazas y del son del tambor y el batir de pies de losbailarines. Abrió los ojos y vio todo inmovilizado en torno a él. Ni un movimiento, niun sonido. Un huesudo brazo del viejo terminaba en una mano tinta en sangre, cuyoíndice apuntaba como una flecha en dirección a Eddie. Éste se dejó caer aquel mediocentímetro. No había podido estar en aquella posición mucho tiempo y, además, algo ledecía que no iba a poder salir inmediatamente. —¡Hombre blanco! —dijo el viejo con voz alterada, y todos comenzaron a rodearlo. Un gesto del viejo los inmovilizó otra vez. Una voz cascada salió por la gesticulante boca de la máscara. —¿Qué hace usted aquí? Eddie se tentó los bolsillos mentalmente. Tenía unos cincuenta dólares. ¿Seríasuficiente para comprar su salida? Sentía, sin embargo, la desagradable impresión deque a ninguno de los presentes le interesaba el dinero, como debiera ser..., aunque fueseen ese momento. Antes de que pudiera llevar a cabo lo que pensaba, otra voz se oyó: —Yo conozco a este hombre, papaloi. Déjeme a mí. Johnny Staats había ido allí enfundado en su esmoquin, con su pelo bien peinadohacia atrás. Era una ruedecilla en la vida nocturna de Nueva Orleans. Ahora estabadescalzo, sin chaqueta, sin camisa..., hecha una piltrafa. Una gota de sangre en medio dela frente le había trazado una línea de sien a sien. Unas plumas de gallina estabanpegadas a su labio superior. Eddie lo había visto bailar con los demás y arrastrarse porel suelo. Cuando Staats se le acercó, Eddie sintió erizársele el pelo de asco. Los demásretrocedieron un paso, tensos, listos a saltar. Los dos hombres hablaron en voz baja y ronca.
  • 99. 99 —Es el único camino, Eddie. No te puedo salvar... —¡Cómo! ¡Estamos en el corazón de Nueva Orleans! ¡No se atreverían! Pero el rostro de Eddie transpiraba abundantemente. No era tonto. La Policía llegaríacon seguridad y registraría el lugar, pero ¿qué encontraría? Sus restos mezclados con losde las aves, el lechón y el perro. —Es mejor que te apresures, Eddie. No voy a poder entretenerlos mucho mástiempo. A menos que lo hagas, no podrás salir vivo de aquí. Puedes estar convencido. Sitrato de detenerlos, yo también caeré. Tú sabes lo que es esto, ¿no? ¡Esto es vudú! —Lo supe a los cinco minutos de entrar aquí —y Eddie pensó para sí: “¡Tú, hijo deuna tal! Mejor será que le pidas a Mumbo—Jumbo que te encuentre un nuevo trabajopara mañana por la mañana.” Rió para sus adentros, pero dijo, poniendo cara grave—:¡Claro que voy a iniciarme! ¿Para qué crees que vine aquí? Sabiendo lo que ahora sabía, Staats sería la última persona en el mundo que revelarael origen de aquel nuevo formidable número que él iba a sacar de todo eso, y cuyasnotas ya tenía bien guardadas en el bolsillo. Además, quizá pudiera sacar más materialdel acto de iniciación. Una canción o un baile para Judy, que ejecutaría tal vez bajo unfoco de luz verde. Por último, era inútil pretender que allí había bastantes navajas,cuchillos y otras armas para permitirle salir sin un rasguño. El rostro de Staats era grave, sin embargo. —Eddie, no juegues. Si tú supieras lo que yo sé acerca de esto, verías que es másserio de lo que parece. Si eres sincero y obras de buena fe, está bien. Si no es así, seríapreferible que te dejaras cortar en pedazos ahora mismo. —¡En mi vida he obrado más seriamente! —dijo Eddie. Pero en lo más hondo de su ser se reía con todas sus ganas. Staats se volvió hacia elviejo. El papaloi quemó algunas plumas y vísceras a la llama de una vela. El silencio eraabsoluto. Todos los presentes se arrodillaron al mismo tiempo. —Salió muy bien —suspiró Staats—. El lo ha leído. Los espíritus están conformes. “Bueno, por ahora vamos bien —pensó Eddie—. He engañado a las tripas y a lasplumas.” El papaloi lo señaló. —Ahora, déjenlo ir. ¡Y guarda silencio! —sonó la voz detrás de la máscara. Repitió las mismas palabras por segunda y tercera vez, haciendo una larga pausaentre cada una. Eddie miró esperanzado a Staats. —Entonces, ¿puedo irme siempre que no cuente a nadie lo que he visto? Staats movió la cabeza apesadumbrado. —Es una parte del ritual. Si te fueras ahora y comieras algo que no te sentara bien,caerías muerto antes de que terminara el día. Nuevos sacrificios sangrientos, y el tambor, las calabazas y la melopea comenzaronde nuevo, pero tan suavemente como al principio. Llenaron un tazón de sangre. Eddiefue levantado y conducido hasta él por Staats, de un lado, y un negro anónimo, del otro.El papaloi sumergió su ya ensangrentada mano en el tazón y trazó un signo en la frentede Eddie. El cántico se elevó detrás de él. La danza comenzó de nuevo. Ahora estaba enmedio de todos. Eddie era una isla de cordura en un mar de selvático frenesí. El tazón seelevó ante él. Eddie trató de dar un paso atrás, pero sus padrinos lo sujetaronfuertemente por los brazos. —¡Bebe! —susurró Staats—. ¡Bebe..., o te matan aquí mismo! Aun a esta altura del juego se le ocurrió un chiste a Eddie. Aspiró hondamente y dijo: —Bueno, ingeriremos vitamina A.
  • 100. 100 Staats se presentó al ensayo de la mañana siguiente y se encontró con que otromúsico ocupaba su puesto frente a la batería. No dijo gran cosa cuando Eddie le entregóun cheque por el sueldo de dos semanas. Eddie escupió ante él en el suelo y gruñó: —¡Lárgate de aquí, cochino! Staats sólo murmuró: —De modo que los traicionas, ¿eh? No quisiera estar en tus zapatos por toda la famay el dinero de este mundo. —Si te refieres a aquel mal sueño de anoche —dijo Eddie—, debo decirte que no selo he contado a nadie, ni intento hacerlo. ¡Ah, cómo se reirían de mí si lo hiciera! Sólorecuerdo lo que puede servirme de algo. ¡Soy blanco!, ¿sabes? La selva para mí no esotra cosa que árboles, el Congo es un río, la noche sólo sirve para encender la luzeléctrica —sacó un par de billetes—. Dales esto de mi parte y diles que les pago miscuotas desde ahora hasta el día del Juicio y que no necesito recibo. Y si intentan echarun filtro en mi naranjada, se van a encontrar bailando en una cadena. Los billetes cayeron en el lugar donde Eddie había lanzado su escupitajo. —Tú eres uno de los nuestros. ¿Te crees blanco? La sangre lo dice. No habrías idoallí, no habrías podido soportar la iniciación, si lo fueras. Acuérdate de mirar algunasveces tus uñas. Mírate en un espejo el blanco de tus ojos. ¡Adiós, cadáver! Eddie también le dijo adiós. Le saltó tres dientes, le rompió las narices y rodó con élpor el suelo. Pero no pudo borrar la sonrisa de “reconocimiento” que resplandecía aúnen la faz ensangrentada. Los separaron y los hicieron levantarse y apaciguarse. Staats salió tambaleante, perosonriendo por lo que sabía. Eddie, jadeando, volvió a colocarse frente a la orquesta. —Bueno, muchachos. Todos a una ahora. ¡Bum—butta—butta—bum—butta—butta—bum! ...........Graham le concedió un aumento de quinientos dólares, y todo Nueva Orleans se agolpóen la sala del Maxim’s el sábado por la noche. La gente se tocaba hombro con hombro yhasta se colgaba de las arañas para ver. “Por primera vez en América el verdaderoCanto Vudú”, anunciaban innumerables carteles por toda la ciudad. Cuando Eddieempuñó su batuta, las luces se apagaron, y un torrente de luz verde inundó la plataformadesde abajo; se habría podido oír el ruido de un alfiler al caer. —Buenas noches, amigos. Aquí están Eddie Bloch y sus Five Chips tocando paraustedes desde el Maxim’s. van a oír en seguida, por primera vez a través del éter, elCanto Vudú, el inmemorial himno ritual que jamás hombre blanco alguno ha podido oírantes. Puedo asegurar que se trata de una transcripción fidelísima, sin una nota devariación. Entonces, suavemente y como a lo lejos, la orquesta comienza: bum—bum—butta—bum. Judy se preparó para bailarlo y cantarlo. Estaba ya con el pie en el primer peldaño dela plataforma, esperando que le indicaran su entrada. Tenía un maquillaje color naranja,un vestido de plumas, un pajarillo artificial sujeto a una mano y empuñaba un cuchilloen la otra. Su mirada encontró la de Eddie, y éste comprendió que ella quería decirlealgo. Moviendo aún su batuta, se apartó a un lado hasta colocarse a su alcance. —¡Eddie, no, haz que paren! ¡Interrumpe! Tengo miedo por ti... —Ya es tarde —contestó Eddie en voz baja—. Hemos comenzado; además, ¿de quétienes miedo?
  • 101. 101 Judy le mostró un arrugado trozo de papel. —Hace un momento me encontré esto debajo de la puerta de tu camerino. Parece unaamenaza. Hay alguien que no quiere que ejecutes ese número. Eddie, sin dejar de mover su batuta, desdobló el papel con su mano izquierda y leyó: “Tú puedes atraer los espíritus, pero ¿podrás rechazarlos después? Piénsalo bien.” Eddie estrujó el papel y lo arrojó al suelo. —Staats está tratando de asustarme porque lo despedí. —Estaba atado a un manojito de plumas negras —trató de decirle ella—. No lehabría prestado atención; pero cuando lo vio la doncella, me suplicó que no bailara estenúmero. Después me dejó plantada... —Estamos transmitiendo —le recordó él entre dientes—. ¿Me acompañas o no? Eddie volvió al centro de la plataforma. El tambor resonó más y más alto, del mismomodo que la noche anterior. Judy dio vueltas en medio de un torrente de luz verde ycomenzó el endemoniado lamento que Eddie le había enseñado. Un camarero dejó caer una bandeja llena de vasos en medio del silencio de la sala, ycuando el jefe de comedor acudió, aquél había desaparecido. Había abandonadosencillamente su puesto, dejando una docena de mesas sin servir. —¡Maldito sea...! —dijo aquél, rascándose la cabeza. Eddie estaba al frente a la orquesta, de espaldas a Judy, y al mover su cuerpo acompás de la música, algún alfiler que probablemente se había olvidado de sacar de sucamisa se clavó de improviso en su espalda, un poco más abajo del cuello, justamenteentre los omóplatos. Eddie dio un respingo y después no sintió nada más... Judy chillaba, berreaba, se desgañitaba. Pronunciaba palabras que ni él ni ellaentendían, que Eddie había logrado anotar fonéticamente la otra noche. Su cimbreantecuerpo realizaba todas las contorsiones, naturalmente suavizadas, que aquellaendiablada negra cubierta de grasa y desnuda totalmente ejecutó aquella noche. Clavó elfingido puñalito en el pajarillo y lanzó al aire imaginarias gotas de sangre. Jamás sehabía visto nada parecido. Y, al terminar, en el silencio que cayó de pronto sobre la sala,se pudo contar hasta veinte: de tal modo se había apoderado de todos. Después comenzó el ruido. Fue como una avalancha. Más que nunca en aquel lugar,la gente comenzó a pedir bebidas, y la encargada del lavabo de señoras no podía atendera las mujeres que se refugiaban allí para desahogar su nerviosismo. —¡Trata de irte de aquí ahora! —dijo Graham a Eddie en un intervalo—. Mañanapor la mañana me firmarás un nuevo contrato que no te defraudará. Ya tenemoscobradas seis mil mesas reservadas para la próxima semana. ¡Algunas hasta portelegrama desde tan lejos como Shreveport! ¡Éxito! Eddie y Judy regresaron en taxi a su hotel, cansados, pero felices. —¡Esto durará años! Será nuestra ejecución más celebrada, como la Rhapsody inBlue para Whiteman. Ella fue la primera en entrar en el dormitorio. Encendió las luces y un minutodespués llamó a Eddie. —¡Ven a ver esto...! Es algo monísimo. —La encontró con un muñequito de cera enlas manos—. ¡Oh, y eres tú, Eddie! Tan pequeñito y, sin embargo, tan parecido. ¿No esuna cosa perf...? Eddie lo cogió y se quedó mirándolo. Era él, en efecto. Estaba enfundado en dosretazos de tela negra que hacían de esmoquin. Los ojos, el pelo y los demás detalleshabían sido trazados con tinta sobre la cera. —¿Dónde lo encontraste? —Sobre tu cama, apoyado en la almohada.
  • 102. 102 Estaba a punto de sonreír cuando dio la vuelta al muñequito. En la espalda,justamente debajo del cuello, entre los omóplatos, había clavado un pequeño, peromaligno, alfiler negro. En un primer momento se puso pálido. Ahora sabía de dónde provenía aquello y loque quería decir. Pero no era eso lo que le hacía cambiar de color. Acababa de recordaralgo. Se quitó la americana, se arrancó el cuello y se volvió de espaldas a Judy. —¡Mírame la espalda! Sentí un alfilerazo cuando ejecutábamos el número. Pásamela mano. ¿Notas algo? —No..., no tienes nada —contestó ella. —Debe de haberse caído. —No puede ser —repuso Judy—. Tu cinturón está tan ceñido que parece incrustadoen el cuerpo. No tuvo que ser nada, pues de lo contrario lo tendrías encima. Te habráparecido. —Escucha. Yo sé cuándo me pincha un alfiler. ¿No tengo ninguna marca en laespalda? ¿Algún rasguño entre los hombros? —Nada. —Será cansancio, nerviosismo —se acercó a la ventana abierta y arrojó el muñeco alvacío con todas sus fuerzas. Una desagradable coincidencia; eso era todo. Pensar otra cosa sería darles alas aellos. Sin embargo, Eddie se preguntaba qué le hacía sentirse tan cansado. Había sidoJudy la que había bailado y no él. No obstante, se sentía agotado desde la ejecución delnúmero. Apagaron las luces y Judy se quedó profundamente dormida. Él, durante un rato,permaneció en silencio. Poco después se levantó y entró en el baño, cuyas luces eran lasmás brillantes del departamento, y se quedó observándose atentamente en el espejo. “Acuérdate de mirar algunas veces tus uñas. Mírate el blanco de los ojos”, le habíadicho Staats. Eddie lo hizo. Sus uñas tenían un tinte azulado que nunca había notadoantes. El blanco de sus ojos estaba ligeramente amarillento. La noche estaba tibia, pero Eddie comenzó a tiritar de pies a cabeza. No pudodormir... A la mañana siguiente la espalda le dolía como si tuviera sesenta años. Perosabía que era por no haber pegado los ojos en toda la noche, no por un alfiler mágico. —¡Oh, santo Dios! —dijo Judy al otro lado de la cama—. Mira lo que le has hecho. Y mostró a su marido la segunda página del Picayune Times, que decía: “John Staats, hasta hace poco miembro de la orquesta de Eddie Bloch, se suicidóayer tarde, a la vista de docenas de personas, arrojándose de un bote que conducía élmismo en el lago Pontchartrain. Estaba solo en ese momento. El cadáver fue recogidomedia hora más tarde.” —Yo no tengo la culpa —dijo Eddie sombríamente. Sin embargo, sospechó lo que sucedió ayer por la tarde. La noche se acercaba y nopodía afrontar lo que se le venía encima por haber apadrinado a Eddie y traicionado alos otros. Ayer tarde... Eso quería decir que Staats no había sido el que dejara aquella amenaza en elcamerino ni el muñequito en la cama. Staats ya estaba muerto a aquella hora..., ya noera ni blanco ni negro. Eddie esperó a que Judy se encontrara debajo de la ducha para telefonear a laMorgue. —Se trata de Johnny Staats. Trabajó conmigo hasta ayer, de modo que si nadiereclama su cadáver, envíenlo a una funeraria a mi costa.
  • 103. 103 —Ya lo han reclamado, señor Bloch, esta mañana temprano. Sólo esperamos que elmédico forense certifique el suicidio. Es una asociación de gente de color. Viejosamigos de él, según parece. Judy entró en la habitación y le dijo: —¿Qué te pasa?¡Estás verde! Eddie pensó: “Ni que hubiese sido mi peor enemigo. No puedo permitir que suceda.¿Qué clase de horrores van a tener lugar en alguna parte, en la oscuridad?” Los creíacapaces hasta del canibalismo. Tenía el teléfono al alcance de la mano, y sin embargono podía denunciarlos a la Policía sin descubrirse a sí mismo, pues tendría que confesarque había estado allí y que había tomado parte en las reuniones, por lo menos una vez.Y cuando eso se supiese, ¡bang!¡bang!, adiós reputación. Se le haría la vidaimposible..., especialmente ahora que había ejecutado el Canto Vudú, identificándosecon él en la mente del público. De modo que, solo otra vez en su habitación, decidió llamar a la famosa agencia dedetectives privados de Nueva Orleans. —Necesito un guardaespaldas, sólo por esta noche. Que me espere en el Maxim’s ala hora de cerrar. Armado, desde luego. Era domingo y los bancos estaban cerrados, pero Eddie tenía crédito en todas partesy logró reunir mil dólares en efectivo. Cerró trato con un crematorio para que se hiciesecargo de un cadáver, a última hora de la noche o al día siguiente muy temprano. Quedóen notificarles adónde debían ir a retirarlo. El pobre Johnny Staats no había podidolibrarse de ellos en vida, pero lo iba a lograr después de muerto. Eso era lo menos quehabría hecho cualquiera por él. Aquella noche, a pesar de las disposiciones de Graham para dar más espacio alpúblico en el Maxim’s, resultó insuficiente. El número del Vudú era un éxito sinprecedentes. Pero la espalda de Eddie estaba contraída mientras movía su batuta. Eracuanto podía hacer para mantenerse erguido. Cuando aquella noche cesó la algarabía, el detective privado ya le estaba esperando. —Mi nombre es Lee. —Muy bien, Lee. Venga conmigo. Salieron y se introdujeron en el Bugatti de Eddie, dirigiéndose a toda velocidad alVieux Carré y deteniéndose con un repentino frenazo en el centro de lo que seguirásiendo Congo Square, llámese oficialmente como se llame. —Por aquí —dijo Eddie, y su guardaespaldas se escurrió por el pasaje tras él. —¡Hola querido! —dijo la de los codazos. Y por una vez, para sorpresa de ella, recibió una respuesta amable. —¿Qué dices, Eglantine? —observó al pasar el guardaespaldas de Eddie—. ¿Así quete mudaste? Se detuvieron delante del caserón, al otro extremo del túnel. —Bueno, hemos llegado —dijo Eddie—. Vamos a ser detenidos en mitad de laescalera por un negro gigantesco. Lo que usted tiene que hacer es salir del paso, noimporta cómo. Y voy a ir arriba y usted me esperará en la puerta. Debe tratar de que yopueda salir de allí. Probablemente tengamos que bajar entre los dos el cadáver de unamigo, pero no estoy seguro. Depende de que esté o no en esta casa. ¿Me comprende? —Perfectamente. —Encienda una linterna y sosténgala alumbrando por encima de mis hombros. Un cuerpo enorme, amenazante, bloqueó la angosta escalera, con unas piernas ybrazos de gorila, capaces de un mortífero abrazo. Mostraba sus desmesurados dientes yesgrimía una hoja de reluciente acero. Lee apartó bruscamente a un lado a Eddie y pasódelante.
  • 104. 104 —¡Suelta eso, muchacho! —ordenó impertérrito, y esperó a ver si la orden eraacatada. De todos modos, un arma había sido esgrimida contra los dos blancos. Disparó tresveces desde una distancia de un metro y dio exactamente donde quería. Las balas sealojaron en ambas rodillas y en el codo del brazo que sostenía el cuchillo. —Quedarás inválido para el resto de tu vida —observó con satisfacción—. O tal vezsea mejor evitártelo —aplicó el cañón del revólver a la sien del coloso caído. El estampido resonó por la estrecha escalera despertando repetidos ecos. —¡Vamos rápido —dijo Eddie—, antes de que se lo lleven...! Saltó por encima de la postrada figura, con Lee tras él. —¡Quédese ahí! Será mejor que vuelva a cargar mientras espera. Si lo llamo, ¡poramor de Dios, no cuente hasta diez antes de entrar! Al otro lado de la puerta se produjo un ir y venir de pies y un excitado aunquesofocado murmullo de voces. Eddie la abrió rápidamente y la cerró de un golpazo,dejando a Lee afuera. Todos se quedaron clavados en su sitio cuando le vieron. Allíestaban el papaloi y otros seis hombres, no tantos como la noche de la iniciación deEddie. Probablemente, el resto estaba esperando en alguna parte fuera de la ciudad, enun lugar secreto donde la ceremonia del entierro, cremación u... orgía debía tener lugar. Papá Benjamín estaba ahora sin su máscara y sin la piel del animal. En la habitaciónno había calabazas ni tambor ni figuras estáticas alineadas contra la pared. Estaban apunto de salir, pero él había llegado a tiempo. Tal vez estuviesen esperando una horadeterminada. Las ordinarias sillas de cocina en las que el papaloi debía ser llevado ahombros estaban preparadas, acolchadas con trapos. Había una hilera de cestoscubiertos de arpillera arrimados a la pared trasera. —¿Dónde está el cuerpo de Johnny Staats? —gritó Eddie—. Ustedes lo reclamaron ylo retiraron de la Morgue esta mañana. Sus ojos se posaron en los cestos y en el manchado cuchillo que yacía en el suelo asu lado. —Mucho mejor —cacareó el viejo— es que tú lo hubieras seguido. La fatalidad ya tetiene señalado... A estas palabras se elevó un confuso murmullo. —¡Lee! —llamó Eddie—. ¡Venga! —y Lee se puso inmediatamente a su lado,revólver en mano—. ¡Cúbrame mientras echo un vistazo por aquí! —¡A ver, todos ustedes, pónganse en aquella esquina! —rugió Lee, dando un fuertepuntapié a uno de ellos, que se movía más lentamente que los demás. Obedecieron, quedándose amontonados, con los ojos fijos y escupiendo como unabandada de monos. Eddie se dirigió directamente a los cestos y arrancó la arpillera quecubría el primero. Carbón. El siguiente, café. El otro, arroz. Y así sucesivamente. Eran, simplemente, cestos de los que las negras suelen llevar en la cabeza cuandovan al mercado. Eddie miró a Papá Benjamín y sacó el rollo de billetes que habíallevado para él. —¿Dónde lo tienes? ¿Dónde ha sido enterrado? ¡Llévanos allá! ¡Muéstranos dóndees! ni un sonido. Sólo un quemante, ondulante odio que casi se podía palpar. Eddie miróel cuchillo que yacía allí, no ensangrentado, sino sólo gastado, mellado, con hilachasadheridas, y le dio un puntapié. —No está aquí, seguramente —le dijo a Lee, mientras se dirigía a la puerta. —¿Qué hacemos, patrón? —preguntó su satélite. —Salir volando de este estercolero a respirar aire puro —dijo Eddie avanzando endirección a la escalera.
  • 105. 105 Lee era de los que sacan provecho de cualquier situación, cualquiera que sea ésta.Antes de seguir a Eddie se acercó a uno de los cestos, se metió una naranja en cadabolsillo de la americana y luego hurgó entre las demás para elegir una especialmentebuena para comer allí mismo. Se oyó un golpe seco y la naranja rodó por el piso comouna bola de bolos. —¡Señor Bloch! —gritó roncamente—. ¡Lo encontré! —respiraba trabajosamente apesar de su rudeza. Algo como un hondo suspiro partió del rincón donde estaban los negros. Eddie sequedó inmóvil, mirando, y luego se apoyó en el marco de la puerta. Por entre una capade naranjas del canasto, los cinco dedos de una mano surgían verticalmente; una manoque terminaba bruscamente en la muñeca. —Es su marca —dijo Eddie con voz entrecortada—. ¡Ahí, en el dedo meñique! Laconozco. —Bueno, usted dirá. ¿Les disparo? —preguntó Lee. Eddie movió la cabeza. —No fueron ellos..., se suicidó. Hagamos lo que tenemos que hacer y larguémonos. Lee volcó uno después de otro todos los cestos. El contenido de los mismos seesparció por el suelo. Pero en cada uno de ellos había algo más. Exangüe, blanco comocarne de pescado. Aquel cuchillo, las hilachas adheridas a la hoja. Ahora Eddie sabíapara qué lo habían usado. Tomaron un cesto y lo forraron con una de las mugrientasmantas de la cama. Después, con sus propias manos, lo llenaron con lo que habíanencontrado y lo taparon con las esquinas de la manta, llevándoselo entre los dos fuera dela habitación y bajándolo por la oscura escalera, mientras Lee caminaba de espaldas,revólver en mano, cubriendo la retirada. Juraba como un condenado. Eddie trataba de nopensar en cuál podía haber sido el destino de esos cestos. El cuerpo del negro seguíaallí, atravesado en la escalera. Siguieron a lo largo del callejón y por último depositaron su carga en la quietud delalba de Congo Square. Eddie tuvo que apoyarse en la pared. Se sentía enfermo. Luegovolvió y dijo: —La cabeza...¿Vio usted si...? —No, no la pusimos —contestó Lee—. ¡Quédese aquí, volveré por ella! ¡Yo estoyarmado, y después de lo que hemos visto ya puedo soportar cualquier cosa! Lee tardó sólo unos cinco minutos. Volvió en mangas de camisa. Traía su chaquetahecha un rollo debajo de un brazo. Se inclinó sobre el cesto, levantó la manta y unsegundo después la colocó otra vez. El bulto que había traído envuelto en su americanadesapareció. Luego arrojó la americana y le dio un puntapié. —La tenían escondida en un armario —murmuró—. Tuve que atravesar la palma dela mano a uno de ellos para que soltaran la lengua. ¿Qué querían hacer? —Una sesión de canibalismo, tal vez..., no sé... Mejor no pensarlo. —Traje de vuelta su dinero. Me parece que no les importaba... Eddie se lo devolvió. —Bueno, por su traje y el tiempo perdidos. —¿No va usted a denunciar a esos gorilas? —Ya le dije que él se había arrojado al agua. Tengo en el bolsillo una copia delinforme médico legal. —Ya sé, pero ¿no hay alguna ley que prohiba la disección de un cadáver sinpermiso? —No puedo verme mezclado con esa gente. Destrozaría mi carrera. Tenemos lo quefuimos a buscar. Ahora, olvídese de lo que vio.
  • 106. 106 Un coche de la funeraria llegó a Congo Square y se llevó el cesto. Los restos deJohnny Staats emprendieron el camino hacia un fin mejor que el que habían estado apunto de tener. —Buenas noches, patrón —dijo Lee—. Cuando me necesite para otra cosita... —No —dijo Eddie—. Me voy de Nueva Orleans. Y su mano pareció de hielo a Lee cuando éste se la estrechó. Así lo hizo. Devolvió a Graham su contrato y una semana después se encontrabatocando en el corazón de Nueva York. Tenía un criado blanco. El Canto Vudú, desdeluego, seguía haciendo furor. Su programa empezaba y terminaba con él, y Judy seguíainterpretando con clamoroso éxito su número de danza. Pero Eddie no podía deshacersede aquel dolor de espalda que había comenzado el día del estreno. Primero, se sometiódurante un par de horas diarias a la acción de los rayos ultravioleta. No sintió mejoría.Luego se hizo examinar por uno de los más grandes especialistas de Nueva York. —No tiene nada —dijo la eminencia—. Absolutamente nada: el hígado, los riñones,la presión..., todo está perfectamente. Debe de ser cosa de su imaginación. La balanza de su baño le decía lo mismo. Perdía dos kilos por semana, a veces siete.Y no recuperaba ni un gramo. Más especialistas. Esta vez rayos X, análisis de sangre,opoterapia, todo lo imaginable. No sirvió. Y el agudo dolor, la laxitud, se extendíalentamente, primero por un brazo, después por el otro. Separaba muestras de todo lo que comía, no un día, sino todos los de la semana, y lashacía analizar. Nada. Ya no era necesario que se lo dijeran. Sabía que ni en NuevaOrleans, donde había comenzado aquello, le habían echado algo en la comida. Judycomía de la misma fuente y tomaba el café de la misma cafetera. Todas las nochesbailaba incansablemente y, no obstante, era la imagen de la salud. De modo que era su imaginación, como todos le habían dicho. “Pero no lo creo —sedecía a sí mismo—. No creo que el clavar un alfiler en un muñeco de cera puedaproducirme dolor a mí. Ni a mí ni a nadie.” No era su cerebro, entonces, sino el cerebro de alguien que estaba en Nueva Orleans,que pensaba, deseaba, ordenaba su muerte, noche y día. “Pero no puede ser —pensaba Eddie—; no hay tal cosa.” Sin embargo, la había; ocurría ante sus propios ojos y sólo admitía una respuesta. Siel alejarse unos cinco mil kilómetros sobre tierra firme no servía de nada, tal vezsirviese cubrir la misma distancia a través del mar. La primera etapa fue Londres y elKit Kat Club. Menos, menos, menos, acusaban las balanzas de los cuartos de baño, unpoco cada semana. Los dolores se extendían ahora hasta las caderas. Las costillascomenzaban a sobresalir. Se moría de pie. Ahora encontraba más cómodo andar conbastón, pero no por hacerse el presumido, sino para apoyarse al andar. Sus hombros leatormentaban todas las noches, sólo por haber movido su batuta. Se hizo construir unatril especial para apoyarse, que le ocultaba a la vista del público mientras dirigía. Aveces, al terminar un número, su cabeza estaba más baja que sus hombros, como si sucolumna vertebral fuese de goma. Finalmente acudió a Reynolds, mundialmente famoso, el más grande alienista deInglaterra. —Quiero saber si estoy cuerdo o loco. Estuvo en observación durante semanas, meses; le sometieron a todas las pruebasconocidas y muchas desconocidas, mentales, físicas, metabólicas. Encendían intensasluces ante sus ojos y observaban sus pupilas; éstas se contraían hasta el tamaño decabezas de alfileres. Le tocaron el fondo del paladar con papel de lija: casi se ahogó. Loataron a un sillón que giraba horizontal y verticalmente a tantas revoluciones por minutoy luego le hacían caminar a través de la sala: hacía eses.
  • 107. 107 Reynolds le sacó una buena cantidad de libras y le dio un informe que abultaba comola guía de teléfonos, para decirle, en resumen: —Usted, señor Bloch, es una persona tan normal como cualquiera. Es tan equilibradoque hasta le falta ese toquecito de imaginación que tienen la mayoría de los actores y losmúsicos. De modo que no era su propio cerebro; la cosa venía de fuera. Todo aquello, desde elprincipio hasta el fin, duró dieciocho meses. Trataba de huir de la muerte, mas la muertese apoderaba de él lenta, pero segura. Se quedó en los huesos. Sólo podía hacer unacosa. Mientras tuviera fuerzas para subir a bordo de un barco, podía volver al lugardonde había comenzado. Nueva York, Londres, París, no habían podido salvarlo. Suúnico recurso estaba en manos de un negro decrépito en el Vieux Carré de NuevaOrleans. Logró llegar hasta allí, a la misma semiderruida casa, sin guardaespaldas, sinimportarle ahora que lo mataran o no, y casi deseando que lo hicieran, para terminar deuna vez. Pero, al parecer, eso habría sido demasiado fácil y demasiado poco. El gorilaque había dejado por muerto aquella noche se arrastró hasta él en dos muletas, lereconoció, le lanzó una mirada de odio inextinguible, pero no levantó ni un dedo paratocarle. Ellos habían marcado ya a ese hombre, ¡mal para quien se interpusiera entreellos y su infernal satisfacción! Eddie Bloch subía penosamente la escalera sinoposición, tan inmune su espalda al cuchillo como si vistiera una coraza. Detrás de él, elnegro se tendió en la escalera para festejar su largamente esperada hora de satisfaccióncon alcohol y... olvido. Encontró al viejo solo en la habitación. La edad de piedra y el siglo XX seenfrentaban, y la edad de piedra triunfó. —¡Quíteme esto de encima! —dijo Eddie roncamente—. ¡Devuélvame mi vida...!Yo haré cualquier cosa, cualquier cosa que usted diga. —Lo que ha sido hecho no puede deshacerse. ¿Crees tú que los espíritus de la tierray del aire, del fuego y del agua, conocen el perdón? —¡Interceda por mí entonces! Usted me lo atrajo. Aquí tiene dinero, le daré otrotanto, todo lo que yo gane, todo lo que pueda ganar... —Tú has tocado lo prohibido. La muerte te ha seguido desde aquella noche. Por todoel mundo, por el aire que rodea la tierra, has hecho mofa de los espíritus con el cantoque los invoca. Todas las noches tu esposa lo baila. La única razón de que ella nocomparta tu suerte es que no sabe lo que hace. Tú, sí. ¡Tú estuviste aquí, entre nosotros! Eddie cayó de rodillas y se arrastró por el suelo ante el viejo, asiéndose a susvestiduras. —¡Máteme, entonces, para terminar con esto! ¡No puedo más...! —había compradoel revólver aquel día con la intención de matarse por su propia mano, pero descubrióque no podía. Hacía un minuto imploraba por su vida, ahora lo hacía por su muerte—.Está cargado; todo lo que tiene que hacer es apretar el gatillo. ¡Mire, mire! Yo cerrarélos ojos. Dejaré un papel escrito y firmado diciendo que yo mismo lo hice... Trató de depositarlo en la mano del brujo y de cerrar los huesudos y arrugados dedossobre él, apuntando hacia sí mismo. El viejo lo arrojó lejos de él y cloqueó, regocijado: —La muerte vendrá, pero de otro modo... Lentamente, ¡oh, tan lentamente! Eddie permaneció tendido en el suelo, boca abajo, sollozando. El viejo escupió sobreél y lo rechazó con el pie. Eddie logró erguirse y dirigirse a la puerta. No tuvo ni lafuerza suficiente para abrirla al primer intento. ¿Era aquella cosa insignificante lo que loimpedía? Tocó algo con el pie, miró, se inclinó para levantar el revólver y se volvió. Supensamiento fue rápido, pero la mente del viejo lo fue más aún. Casi antes de concretarsu idea, el viejo la adivinó. En un instante, se deslizó gateando al otro lado de la cama
  • 108. 108para poner algo entre los dos. Inmediatamente la situación cambió. El miedo abandonóa Eddie y se apoderó del viejo. Éste perdió la agresividad, sólo por un minuto,precisamente cuanto Eddie necesitaba. Su cerebro irradió una luz como un diamante,como un faro a través de la niebla. El revólver rugió sacudiendo su débil cuerpo y elviejo cayó tendido sobre la cama, colgante a un lado la cabeza, como una perademasiado madura. La armazón de la cama se agitó levemente durante un momento porla caída, y después todo terminó... Eddie se quedó allí, tembloroso aún. Después de todo, ¡había sido tan fácil! ¿Dóndeestaba toda su magia ahora? Fuerza, poderío, voluntad, volvieron a circular por susvenas como si una espita hubiera sido abierta de pronto. La nubecilla de humo que habíaquedado en la cerrada habitación flotaba aún en el aire. De pronto Eddie esgrimió elpuño contra el cuerpo muerto en la cama. —¡Ahora voy a vivir!, ¿sabes? —abrió la puerta, la retuvo durante un instante yluego bajó a tientas la escalera, pasando al lado del inconsciente guardián, murmurandosiempre el mismo estribillo—: ¡Ahora voy a vivir! ¡Voy a vivir! ...........El comisario se enjugó la frente, como si estuviese en la cámara de vapor de un bañoturco. Exhaló como un tanque de oxígeno. —¡Jesús, María y José! ¡Señor Bloch, qué historia! Más me hubiese valido no pedirleque me la contara. Esta noche no voy a poder dormir. Aun después de que el acusado fue llevado de allí, necesitó bastante tiempo paracalmarse. El cajón superior derecho de su escritorio le ayudó un tanto..., unos dosdedos, como también el abrir las ventanas para dejar pasar la luz del sol. Por último, cogió el teléfono y se puso de nuevo al trabajo. —¿A quién tiene usted ahí carente de nervios? Quiero decir, un tipo con tan pocasensibilidad que pueda sentarse sobre un alfiler de sombreros y lo convierta en un clip.¡Oh, sí, ese charlatán de Desjardins! Lo conozco. Mándemelo. ...........—No, quédate fuera —jadeó Papá Benjamín con dificultad a su guardián, por laentreabierta puerta—. Yo me he comunicado con el obiah, y en cambio tú estás sucio.Estás borracho desde ayer. Toma las convocatorias. Introduce la mano, una vez paracada una; tú sabes cuántas son. El inválido negro introdujo su enorme zarpa por la rendija, y por detrás de la puertael papaloi colocó una pata de gallina en su palma. Una pata con un trapo rojo atado. Elmensajero la escondió en sus andrajos y volvió a introducir la mano para alcanzar otra.Veinte veces repitió el acto y luego dejó caer su brazo pesadamente. La puerta empezó acerrarse lentamente. —¡Papaloi! —gimió la figura que estaba fuera—. ¿Por qué escondes la cara? ¿Estánenojados los espíritus? Había un destello de sospecha en sus ojos. En seguida, la rendija de la puerta seensanchó. La arrugada y familiar cara de Papá Benjamín asomó y sus ojos lanzaronrayos malignos. —¡Vete! —chilló el viejo—. ¡Ve a llevar las convocatorias! ¿Quieres que haga caersobre ti la ira de un espíritu? El mensajero salió dando tumbos. La puerta se cerró violentamente.
  • 109. 109 Se puso el sol. Era de noche en Nueva Orleans. Salió la luna. Sonaron las campanasde la medianoche en el campanario de la catedral de San Luis, y apenas se habíaextinguido la última nota, un horrible y selvático silbido se oyó frente a la casa envueltaen el silencio. Una negra rechoncha, con un cesto al brazo, subió pesadamente laescalera, un momento después abrió la puerta, se dirigió al papaloi, y volvió a cerrarla,trazó en ella con su dedo una invisible marca y la besó. Luego se volvió y sus ojos seabrieron de sorpresa. Papá Benjamín estaba en la cama, tapado hasta el cuello con losinmundos trapos. Los familiares candeleros estaban encendidos. La taza para la sangre,el cuchillo del sacrificio, los polvos mágicos, todo el atuendo del ritual estaba dispuesto.Pero colocados alrededor de la cama, en vez de estarlo al otro extremo de la sala, comosiempre. La cabeza del viejo, sin embargo, se irguió sobre los revueltos trapos. Sus ojos lamiraron sin pestañear; el familiar semicírculo de algodón que rodea su cabeza y sumáscara de ceremonias está a su lado. —Estoy un poco cansado, hija mía —le dice. Sus ojos se vuelven a la pequeñaimagen de cera de Eddie Bloch colocada bajo los candelabros, erizada de alfileres. Lamujer también mira—. Un condenado está próximo a su fin. Vino aquí anoche pensandoque yo podía ser muerto como cualquier otro hombre. Me disparó un tiro. Yo soplé ydetuve la bala en el aire; ésta dio vuelta y entró de nuevo en el revólver. Pero ¡eso mecansó tanto! Forzó un poco mi garganta. Un destello vengativo iluminó la ancha cara de la mujer. —¿Y él morirá pronto, papaloi? —Pronto —soltó la agotada figura de la cama. La mujer rechinó los dientes y agitó los brazos con regocijo. Luego levantó la tapa desu cesta y dejó escapar una gallina negra, que salió aleteando por la habitación. Cuando los veinte se reunieron, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, el tambor y lascalabazas tornaron a sonar, la cadenciosa melopea comenzó y la orgía se inició.Lentamente, danzaron alrededor de la cama. Luego, más rápidamente cada vez,frenéticos, asiéndose unos a otros, haciéndose sangre con cuchillos y uñas, girando losojos en un éxtasis que otras razas más frías no conocen. Las ofrendas, plumíferas ypilíferas, que habían sido atadas a las patas de la cama, chillaban y saltaban alborotadas.Entre ellas había un monito que ocultaba su cara entre las manos, como un niñoatemorizado, y chillaba. Un negro barbudo, con su desnudo torso brillante como charol,cogió una de las aterrorizadas aves, la desató y la extendió con ambas manos endirección al brujo. —Estamos sedientos, papaloi; queremos comer la carne de nuestros enemigos. Los demás hicieron eco a estas palabras: —Tenemos hambre, papaloi; queremos comer la carne de nuestros enemigos. Papá Benjamín movió la cabeza a compás del ritmo. —¡Sacrificio, papaloi, sacrificio! Papá Benjamín parecía no oírlos. Luego, los trapos se levantaron y emergió un brazo;pero no el tostado y esquelético brazo de Papá Benjamín, sino uno musculoso y firmecomo la pata de un piano, enfundado en sarga azul, blanco en la muñeca y terminandoen un revólver de reglamento de la Policía, con el gatillo montado. El fingido brujo sepuso en pie de un salto, sobre la cama, de espalda a la pared, y recorrió lentamente atodos aquellos diablos humanos con el cañón de su revólver, se izquierda a derecha,luego de derecha a izquierda, en línea recta, sin prisa. El resonante mugido de un toro salió de la grieta de su boca, en vez de la cascada vozde falsete del papaloi. —¡Pónganse todos contra aquella pared! ¡Suelten los cuchillos!
  • 110. 110 Pero todos estaban embobados. El paso del éxtasis a la estupefacción no esinstantáneo. Además, ninguno de ellos era muy avispado; de lo contrario, no estaríanallí. Las bocas se abrieron, la melopea cesó, los tambores y las calabazas enmudecieron,pero seguían apiñados frente a aquel repentino desafío lanzado con el familiar yarrugado rostro de Papá Benjamín y el fornido cuerpo de un blanco..., demasiado cercapara que éste se sintiera cómodo. Las ansias de sangre y la manía religiosa no conocenel miedo al revólver. Se requiere una cabeza fría para eso, y la única cabeza fría enaquella habitación era el arrugado coco que estaba encima de los anchos hombros delque esgrimía el revólver. Disparó dos veces y una mujer que estaba a un extremo delsemicírculo, la del tambor, y un hombre al otro extremo, el que sostenía el ave delsacrificio, cayeron al mismo tiempo lanzando un doble gemido. Los del centroretrocedieron lentamente por la sala, con los ojos fijos en el hombre que estaba en piesobre la cama. Un descuido, un parpadeo y se arrojarían sobre él como un solo cuerpo.Levantando su mano libre, se arrancó los rasgos del brujo, para respirar más librementey ver mejor. La máscara se convirtió en un arrugado trapo ante los aterrorizados ojos delos negros. Era una mezcla de parafina y fibra llamada moulage. Una mascarillamortuoria tomada de la cara del cadáver, que reproducía las más finas líneas del cutis yhasta su color natural. Moulage. El siglo XX había vencido, después de todo. Detrás dela máscara apareció, sonriente, sudorosa, la angulosa cara del detective JacquesDesjardins, que no creía en espíritus, a menos que éstos estuvieran dentro de unabotella. Fuera de la casa se oyó el vigésimo primer silbido de la noche, pero esta vez noun silbido selvático, sino uno largo, frío y agudo, que servía para convocar a las figurasocultas en las sombras de los portales, que habían estado allí esperando pacientementetoda la noche. Luego, la puerta fue casi arrancada y la Policía irrumpió en la habitación. Losprisioneros —dos de ellos gravemente heridos— fueron empujados y arrastrados abajo,para reunirse con el guardián inválido que había estado durante la última hora bajocustodia policíaca. Puestos en fila, atados unos a otros, marcharon a lo largo deltortuoso pasaje hasta salir a Congo Place. En las primeras horas de aquella misma mañana, poco más de veinticuatro horasdespués que Eddie Bloch entrara tambaleante en el Departamento de Policía con suextraña historia, todo el asunto estaba cocinado y rotulado. El comisario, sentado frentea su escritorio, escuchaba atentamente a Desjardins. Esparcida sobre la mesa había unaextraña colección de amuletos, imágenes de cera, manojos de plumas, hojas de bálsamo,ouangas (hechizos de raspaduras de uñas, horquillas para el pelo, sangre seca, raícespulverizadas); monedas enmohecidas, desenterradas de las fosas de los cementerios, encantidad como no había visto nunca. Todo aquello era ahora la evidencia legal que iba aser cuidadosamente rotulada y ordenada para el uso del fiscal en el proceso. —Y esto —explicó Desjardins, señalando una empolvada botellita— es, según medijo el químico, azul de metileno. Es la única sustancia lógica hallada en aquel lugar, yque había quedado olvidada con un montón de basura que parecía no haber sido tocadodesde hacía años. A qué uso lo destinaba aquella gente, no podía decirlo. —Un minuto —interrumpió vivamente el comisario—; eso concuerda con algo queel pobre Bloch me dijo anoche. Él notó un color azulado debajo de sus uñas y otroamarillento en el blanco de sus ojos, pero sólo después del acto de su iniciación. Esasustancia probablemente haya tenido que ver con eso; puede ser que sin que él se dieracuenta, se la hayan inyectado. ¿Comprende usted? Eso lo destrozó exactamente comoellos querían. Bloch tomó esas señales como la revelación de que tenía sangre negra.Ésa fue la brecha por donde penetró el maleficio, quebrantando su incredulidad,desmoronando su resistencia mental. Era cuanto ellos necesitaban: un punto vulnerable.
  • 111. 111La sugestión hizo lo demás. Si usted me lo preguntara, le diría que con Staats usaron elmismo método. No creo que él tuviera más sangre negra que el mismo Bloch, y, enrealidad, según me dicen, la teoría de que la sangre negra puede manifestarse asídespués de varias generaciones es una patraña. —Bien —dijo Desjardins, mirándose sus enlutadas uñas—; si se va a juzgar por lasapariencias, yo debo de ser un zulú pura sangre. Su superior le miró, y si no hubiese tenido cara de póquer, tal vez habría podidoverse reflejada en ella la aprobación y hasta la admiración. —Debió de ser un momento peliagudo el que pasó usted cuando los tenía a todosalrededor, al desempeñar aquella farsa, ¿no? —¡Pchs! No me impresionó gran cosa —contestó Desjardins—. Lo único que memolestó fue el olor. ...........Eddie Bloch —absuelto hacía dos meses al tiempo que ingresaban en la cárcel delEstado veintitrés ex—vuduístas con penas que variaban de dos a diez años— ascendió ala plataforma del Maxim’s para iniciar una nueva temporada. Estaba pálido ydesmejorado, pero recobraba lentamente su peso normal. La ovación que se le tributóera capaz de reanimar a cualquiera. La gente aplaudía a rabiar y le vitoreaba, y eso quesu nombre había quedado fuera del reciente proceso. Los testimonios de Desjardins ysus compañeros habían hecho innecesarios los de él. El tema musical que iniciaba era dulce e inofensivo. Luego un camarero se acercó yle entregó una petición. Eddie movió la cabeza. —No. ya no está en nuestro repertorio. Y siguió dirigiendo. Le llegó otra petición, y después otra. De pronto, alguien gritó, yun segundo después toda la concurrencia hizo eco: “¡El Canto Vudú! ¡Queremos oír elCanto Vudú! Eddie se puso aún más pálido, pero se volvió y trató de sonreír, moviendo al mismotiempo la cabeza. La gente no se calló. La música no podía oírse y Eddie tuvo queinterrumpir. Desde todos los ámbitos de la sala, como en un partido de fútbol, legritaban: —¡Queremos el Canto Vudú! ¡Queremos...! Judy estaba a su lado. —¿Qué le pasa a la gente? —preguntó Eddie—. ¿No sabe lo que eso me ha causado? —¡Tócalo, Eddie, no seas tonto! —le pidió ella—. Ahora es el momento; rompe deuna vez para siempre con el hechizo; convéncete de que ya no tiene poder sobre ti. Si nolo haces ahora, no podrás librarte de él jamás. ¡Adelante, yo bailaré con esta mismaropa! —Okay! —dijo Eddie. Golpeó en su atril con la batuta. Hacía algún tiempo que no lo ejecutaba, pero sabíaque podía confiar en su orquesta. Suavemente, como un trueno a la distanciaacercándose cada vez más: ¡bum—butta—butta—bum! Judy remolineó detrás de él ydejó escapar el grito preliminar: Eeyaeeya! Judy oyó una conmoción a su espalda y se detuvo tan repentinamente como habíacomenzado. Eddie Bloch había caído en el suelo, boca abajo, y no se movió más. De algún modo, todo el público presintió la verdad. En esa caída había algodefinitivo que se le reveló. Los que bailaban esperaron un minuto y luego sedisgregaron con un ligero murmullo. Judy Jarvis no gritó ni lloró; se quedó allí mirandofijamente, pensando... El último pensamiento de Eddie, ¿había nacido en su propio
  • 112. 112cerebro o había venido de fuera? ¿Había estado dos meses en camino desde laprofundidad de la fosa, buscándolo? ¿Buscándolo hasta encontrarlo esta noche, cuandocomenzaba una vez más a ejecutar el canto que lo dejaba a merced de África? Ningúnpolicía, ningún detective, ningún médico ni hombre de ciencia podría decirlojamás. ¿Vino de dentro o de fuera? Todo lo que dijo Judy fue: —¡Quédense a mi lado, muchachos...! Bien cerca; tengo miedo de las sombras... PAPÁ BENJAMIN William Irish Trad. V. Canoura y H. Maniglia Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 EL GRIS GRIS EN EL ESCALÓN DE SU PUERTA LE VOLVIÓ LOCO RAYMOND J. MARTÍNEZM uchas de las casas viejas de Nueva Orleans fueron construidas cerca de la acera, y se accedía a ellas por una escalera, por lo general de tres o cuatro tramos. En la actualidad los foráneos se preguntan por qué se mantienen esosescalones tan limpios, pero eso es una costumbre respetada desde hace tiempo. Se loslava todos los días, y a veces, cuando no están perfectamente limpios, se extiende sobreellos ladrillo en polvo. Nunca ha habido una explicación satisfactoria para que se echeladrillo en polvo sobre escalones del todo limpios. El interior de la casa puede estarpolvoriento y sucio, pero los escalones han de encontrarse relucientes, pues ello le da laimpresión a los transeúntes de que toda la casa está igual de limpia. (Es la mejorexplicación que puedo dar sobre los escalones limpios de Nueva Orleans; puede quehaya una mejor, pero yo no la conozco.) Había un hombre de moral dudosa que tenía dos nombres, J. D. Rudd y J. B.Langrast. Hacia 1850 era el propietario de una casa que tenía un gran patio, situada en lacalle Dumaine, y en ella se ganaba la vida vendiendo chatarra que almacenaba en suterreno, tanto en el interior de la casa como en el patio. Sin embargo, sus escalonessiempre estaban limpios, y cualquier persona que entraba en la morada se quedabaasombrada al ver la suciedad: las ropas viejas, las sábanas que no habían sido cambiadasen semanas, y los diversos artículos, como garrafones, muebles rotos, ruedas decarreteras y pajareras. No obstante, ganaba bastante dinero, pues la mitad de la chatarraque vendía era robada, y una buena parte la recogía gratis. Compraba muy poco. Sinembargo, no había día en que no realizara ventas que ascendieran a una suma próxima alos cien dólares, en aquella época una cantidad considerable. El motivo por el que utilizaba dos nombres se debía a que tenía dos mujeres, una enla parte alta de la ciudad y la otra en la parte baja. Ninguna conocía la existencia de laotra, y, como una hablaba sólo francés y la otra sólo español, no resultaba probable quese llegaran a conocer y compararan notas. En la zona alta era conocido como Langrast,y en la baja como Rudd; y cuando estaba en la parte alta vestía un excelente traje amedida y camisa limpia, de hecho, se vestía como un caballero, mientras que en la partebaja llevaba ropas de trabajo, pues su esposa de allí, habiendo sido criada en una choza,
  • 113. 113no era muy exigente. Hasta hoy en día no se sabe por qué quería dos mujeres, ya quepasaba la mayor parte del tiempo en su cuartel general de la chatarra en la calleDumaine, y dormía en una cama apenas apta para animales, y menos aún para unhombre que a veces se vestía como un caballero y asumía modales adecuados. Viviófeliz de esa manera durante varios años, y se consideró como un genio del engaño. Marie Laveau se hallaba en la cúspide de su fama y gloria por esa época, yasombraba a la gente con sus increíbles logros, pero Langrast la odiaba, a ella y a suculto, y a todos los individuos que profesaran el vudú. Decía que eran “la escoria de latierra, y ladrones que preferían matar y robar.” Siempre que había un asesinatomisterioso en la ciudad él le atribuía el crimen a algún “vudú”. Pero una mañana, alabrir la puerta delantera de la casa, vio en los lustrosos escalones una cruz y una bolsapequeña que contenía la cabeza de un gallo. Eso le enfureció, y fue de inmediato ainformar del asunto a la policía; sin embargo, sólo había recorrido unas calles cuando sele ocurrió que no se hallaba en posición de atraer publicidad sobre su persona, ya queestaba usando dos nombres y estaba casado con dos mujeres. Una vez que se hubocalmado, también pensó que la policía poco podía hacer al respecto. Cuanto másdiscretamente viviera, mejor. Dio la vuelta y se preguntó qué podía hacer con la cabezade gallo que llevaba con él para mostrársela a la policía, y al ser incapaz de decidirse semetió en un bar y pidió una copa de whisky. De pie a su lado, en la barra, había unhombre de aspecto lamentable que parecía estar emborrachándose adrede, pues noparaba de pedir una copa tras otra. Cuando Langrast se disponía a marcharse, el hombre le encaró y dijo: —¿Me ve? Míreme, en una ocasión fui un caballero próspero. Pero míreme ahora.Soy un mendigo. ¿Por qué? ¿Le gustaría saberlo? Es una historia interesante, y yo se lavoy a contar. Los seguidores del vudú me lanzaron una maldición. Yo estabaenamorado de una muchacha; pero no voy a hablar de eso... por motivos que conozcomuy bien, motivos sagrados, muy sagrados. El amuleto aparecía cada mañana en elescalón de mi puerta —cada mañana— y entonces mi suerte empezó a cambiar. Unsinsonte que venía a cantar a mi ventana todas las mañanas desapareció; mi pececillo decolores se murió; mi perro, Rex, el animal más bueno que haya vivido alguna vez,recibió un tiro, y murió en mis brazos, despidiéndose de mí como lo haría un serhumano. —En ese momento le saltaron las lágrimas—. Yo estaba en el negocio deltabaco y vendía tabaco cultivado aquí, en el distrito de St. James, y ganaba dinero. Ibacamino de convertirme en millonario, a pesar de que gastaba el dinero a raudales. Langrast no deseaba oír la historia, y reanudó la marcha, pero el hombre lo agarró delbrazo. —No tenga prisa; podría sucederle a usted, y le aconsejo que lo escuche para quepueda estar en guardia. Me llamo John Spiker, y soy de Kentucky. Langrast estaba asustado. Parecía como si el amuleto ya empezara a actuar sobre él. —Le invito a una copa —dijo—, y eso es todo. Mientras John Spiker le indicaba con un gesto al camarero que les llevara dos copas,Langrast le deslizó la cabeza de gallo en el bolsillo. Les sirvieron las bebidas y Spiker se puso a hablar de nuevo. —Sí, como iba diciendo, tenía un carruaje y los mejores hombres de la ciudad meestrechaban la mano en la calle; pero ahora no me conocen, ni siquiera saben ya minombre, no reconocen mi cara... como si nunca me hubieran visto. Pero deje que lemuestre mi cheque de diez mil dólares anulado, calderilla que... Metió la mano en el bolsillo, y cuando sintió la cabeza de gallo la cara se le pusolívida, y pareció incapaz de mover un músculo. Se volvió para ver si había alguiendetrás de él, con la mano aún en el bolsillo apretando la cabeza de gallo. Al rato la sacó,
  • 114. 114la examinó y la arrojó con todas sus fuerzas contra el espejo del bar, rompiendo dosbotellas de whisky. El camarero se dirigió al cuarto trasero del bar y regresó con una escopeta de doblecañón que apuntó en dirección de Langrast y Spiker cuando dijo: —Y ahora largaos, los dos. —¿Por qué yo? —preguntó Langrast. —Porque te vi meter esa cabeza de gallo en el bolsillo de Spiker. Al oírlo, Spiker recordó todas las imprecaciones que había escuchado alguna vez enel viejo Kentucky y se las soltó a Langrast, jurando que si tuviera un revólver lomataría, y declarando que si se encontraba cuando lo tuviera le dispararía en el acto,pues ese incidente había renovado la maldición lanzada sobre él, prolongándola “ni sesabe cuánto”. El camarero, ya calmado, soltó la escopeta y, habiendo disfrutado de los magníficosinsultos de Spiker, dijo que los muchachos podían tomar una copa por invitación de lacasa, y para mostrarles que el amuleto no significaba nada para él, conservaría la cabezade gallo en un vaso de su mejor whisky y la mantendría en el estante de los licores. Spiker no se movió durante un momento; luego, con lágrimas frescas cayéndole porlas mejillas, le estrechó la mano a Langrast. Una vez acabada la copa a cuenta de lacasa, decidieron que se emborracharían juntos, y juraron que “limpiarían Nueva Orleansdel vudú”, y que lo desenmascararían “como el fraude más sucio que existiera jamás oregresarían a un país civilizado, como Tennessee o Kentucky, donde un hombre podíadispararte cara a cara, pero que jamás se agacharía para ponerte un amuleto en elescalón de la puerta, causándote la muerte por una lenta humillación e inanición.” Casi agotaron el licor del bar, todo a cuenta de Langrast, pues era un hombrepróspero. En algún momento del amanecer se fueron trastabillando a casa, y cuandoLangrast llegó a la suya vio una cruz nueva y otra cabeza de gallo en los escalones. Esole volvió loco. Entró en la casa, cogió su escopeta y se puso a destrozar los escalones abalazos, al tiempo que maldecía el vudú y juraba que iba a matar hasta el último de susseguidores que “infestaban esta ciudad”. Los vecinos llamaron a la policía y Langrastfue encerrado. Cuando le soltaron, después de pagar una fuerte multa, malvendió su negocio,abandonó a sus dos esposas y dejó la ciudad. Treinta años después llegó un anciano a Nueva Orleans procedente del Perú, y seregistró en el Hotel St. Louis como J. B. Langrast. Hablaba español con fluidez y eramuy rico, ya que provocó un impacto en los círculos bancarios depositando mediomillón de dólares en un banco de Nueva Orleans. Pasado un tiempo, se puso a buscar ala mujer de J. D. Rudd y a la mujer de J. B. Langrast. Descubrió que la señora Ruddestaba muerta y que la señora Langrast, ahora de cincuenta años, trabajaba comocamarera en el Hotel St. Louis. Se dirigió al restaurante y la reconoció. Pero ella no lereconoció a él; había envejecido mucho, y como ya casi había olvidado el inglés ella nopudo recordar su voz... su entonación había cambiado. Pero al final la convenció de queera su marido y la llevó a Tennessee, que para él era un civilizado en el que deseabapasar el resto de su vida... donde un hombre nunca te disparaba por la espalda, ni tetorturaba con amuletos ni te lanzaba una maldición. GRIS GRIS ON HIS DOOR—STEP DROVE HIM MAD Extraído de Mysterious Marie Laveau, Voodoo Queen, And Folk Tales Along The Mississippi, 1956 Raymond J. Martínez Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3
  • 115. 115 AMERICAN ZOMBIE DR. GORDON LEIGH BROMLEYP arís en 1936 era agradable cuando conduje desde el Aeropuerto Le Bourget a la ciudad, una mañana de primavera. Había embarcado en el primer vuelo desde Londres en una visita rápida, y mi intención era cubrir un buen número deinvestigaciones disparatadas. Un escritor en el periódico parisino Le Temps habíapublicado algunos puntos de vista sobre el arte comercial moderno, y yo queríaformularle más preguntas al respecto. Una vez que hube terminado otras entrevistas,llamé a su oficina y pedí hablar con el señor Henri Champley, mencionando que traíauna carta de su corresponsal en Londres, Robert L. Cru. Me informaron que seencontraba en la Agence Havas, pero me dijeron que podía dirigirme ya al periódico,pues esperaban que regresara pronto. Cuando entré en la oficina no tenía la más mínima intención de realizar ningunamención sobre mi propio interés en la magia; sin embargo, madame Tabouis —que diola casualidad de presentarse al mismo tiempo que yo— hizo un comentario fortuitosobre las hazañas de madame Alexandra David—Neel, a quien yo había conocido enBenarés hace muchos años, antes de que se fuera al Tíbet. Encontré a monsieurChampley muy interesado en un libro que acababa de terminar de corregir; y estabaprofundamente inmerso en la cultura negra en todos sus aspectos. Ya había publicadoun libro titulado, creo, Route Shanghai; y este nuevo trabajo iba a llamarse FemmeBlanc et l’Homme Noir, o un título similar... aún no lo había decidido. Hacía poco yohabía reseñado los volúmenes de W.B. Seabrook, Magic Island y Jungle Ways; ycuando hube acabado con mis preguntas corrientes, nuestra conversación se dirigió a lasexperiencias de la magia. A pesar de sus muchos viajes, monsieur Champley no alegabahaber tenido ninguna experiencia íntima con el lado oculto del mundo, aunque habíarecorrido todo el Oriente. Con toda probabilidad no se apartó demasiado de los bienrecorridos trayectos de la gente rica. Había visitado los Países Bajos y también lasIndias Orientales; Java y, por supuesto, Bali, e imagino que también Sumatra; peroincluso allí no buscó contacto con el mundo oculto. Con el submundo corriente delblanco civilizado, sí; ése era, en verdad, uno de sus intereses como buen periodista yestudioso de los asuntos mundiales. Estaba francamente alarmado de las relacionessexuales del hombre blanco con las mujeres de color, y —lo que a él le parecía másgrave— de las mujeres blancas con los hombres de color. Comprendía, dijo, larepugnancia alemana hacia esta revolución biológica. Le comenté lo de las coloniasfrancesas y lo que yo mismo había visto. Reconoció todo: desde Marruecos a Indochina.Y luego mencionó Haití... y a los zombis; y entonces recordé los relatos de Seabrook. Después, Henri Champley exclamó con calma: —¡Por supuesto, yo mismo he visto un zombi! ¡Y no en Haití, sino en Nueva York!¡Y era una mujer blanca! Incluso entre los estudiantes de magia, el fenómeno del zombi rara vez se menciona.El zombi, el vampiro, el profanador de tumbas, y las versiones modernas de los íncubosy los súcubos... no son nada agradables. Uno necesita tener un corazón valiente y ciertosconocimientos para examinarlos con frialdad. Entre los Bataks de Sumatra había
  • 116. 116conocido a los zombis, y aunque en la peor ocasión no estuve solo, su dueña se hallabademasiado próxima al distrito para mi gusto. Le pedí a monsieur Champley que me hablara de esa zombi americana. Hizo unapausa prolongada antes de empezar. Daba la impresión de que hubiera tratado de olvidaruna experiencia desagradable y que le resultara difícil recordar los suficientes hechosdel acontecimiento. —¿Recuerda lo que dice madame David—Neel acerca de sus experiencias en elTibet? —Asentí, ya que había leído con atención sus libros—. Había un hombre...varios hombres que se convirtieron en raudos viajeros, ayudados en parte porencontrarse en un estado casi hipnótico. Bien, ése me parece a mí que es un tipo deenfoque al zombi; pero ahora su resistencia es mayor. Por lo demás, la criatura puedeestar muerta para este mundo. Mi propia experiencia coincidía con esa observación. Hay zombis de muchos gradosy varios tipos. Aun en las calles de Londres, a intervalos, se puede ver a los muertosvivientes realizando alguna tarea por voluntad de sus amos. Pero a mí me interesabaesta zombi americana. —Yo estaba en Nueva York —continuó monsieur Champley— y, naturalmente, medirigí a Harlem, el principal distrito negro, por razón de mis propios estudios de lacultura negra. Había asistido a una reunión de una especie de sociedad secreta, celebrada en unsótano de la Avenida Lennox, una vez que los “tugurios” corrientes de los negroshabían cerrado. Allí los negros discutieron los aspectos políticos de su futuro. Uno deellos, a quien él llamó señor Joshua, caminó con él hasta el mismo Central Park. Bajo laprimera luz del sol, sacaron muchos temas. Hablaron de la atracción entre la genteblanca y la de color. El señor Joshua se tornó más misterioso cuando surgió el tema dela “fascinación”, dijo monsieur Champley. —Joshua insinuó que los negros todavía poseían algunos de los antiguos secretos dela magia... ésos que se conocían en el Congo, en Guinea, hace siglos. Estos métodostradicionales de magia, afirmó, les eran desconocidos a los chinos o a los japoneses. Encuanto a ello, yo mismo no sé si es correcto. ”Entonces me preguntó si yo sabía lo que era un guédé. El nombre me eraabsolutamente extraño. Luego explicó que se trataba de un zombi. En el acto reconocí eltérmino por el libro de Seabrook, y dije que sí; sin embargo, no conocía nada más que loque la ligera descripción allí impresa pudo contarme, lo cual no era mucho, y le indiquéa Joshua que no estaba en mi terreno. ”—Bien —dijo con orgullo, como si el mago negro tuviera un rango muy alto en laorden para haber adquirido ese poder (¡y quizá así sea!)—, puede pensar que se trata deun cuerpo muerto, traído una vez más a la vida antes de que toda la vida haya partido. Opuede decir que es, quizá, un ser humano corriente cuya voluntad ha sidocompletamente dominada. Su propia inteligencia está suprimida; nunca más volverá aemerger. Entiende lo suficiente como para oír y obedecer, ¡pero nunca se eleva a laconsciencia personal! ”—¿Es lo mismo que el hipnotismo? —pregunté. ”—¡Claro que no! No es lo mismo —repuso mi amigo Joshua—. Es una esclavituddel alma. ¡Y yo la he visto! Entonces formulé una pregunta: —¿Cuál es, con precisión, la diferencia entre un proceso de hipnotismo, como elsistema que empleaban años atrás en el Salpétriere por razones médicas o investigaciónpsicológica, y este proceso oculto de fascinación que ha producido un zombi? ¿Cuál es
  • 117. 117la diferencia entre el hipnotismo corriente... y el método aliado, pero no idéntico, delmesmerismo? Champley se confesó incapaz de definirla. Yo había visto la práctica tanto delhipnotismo como del mesmerismo; y tenía la seguridad de que existía una diferenciaconsiderable. Sin entrar en detalles aquí, consideraba que un proceso se operaba deforma directa a través de la mente, y el otro, primordialmente, a través del cuerpo. O,para decirlo de otra manera, se podía mesmerizar a un animal —un gato o una gallina—, pero no era posible hipnotizar a un ser que carecía de una mente consciente para serhipnotizada. Le expliqué, lo mejor que pude, algunos de estos puntos. —Pero —pregunté—, ¿cómo se produce el zombi? ¿Es una obsesión? De nuevo Champley reconoció su ignorancia. No lo sabía; no se lo habían contado.Siguió narrándonos más cosas de su aventura en Nueva York. —El señor Joshua me habló de un negro misterioso y viejo, a quien él conocíapersonalmente, que había afirmado tener el poder de producir y controlar a los zombis.Primero le había mostrado esa zombi americana a Joshua, como un ejemplo para que élno temiera el poder de los blancos. ”En una habitación, en un piso más alto de una pensión de Harlem, que en realidadse hallaba encima del sótano del restaurante donde yo asistí a la reunión de los negros,había un cuarto cerrado. Allí se escondía esa zombie americana. El negro viejo abrió lapuerta en silencio. Se acercó a la cama, que tenía una figura quieta cubierta con unaespecie de mantel barato. Retiró la tela y reveló la cara mortalmente pálida de una mujerde unos treinta años, de pelo oscuro. Quitó el mantel del todo. Ella tenía los brazosreposando a los costados, y su torso y extremidades brillaban con una especie de palidezcerosa. No había ni un punto de color en ella, ni tenía vello, y los pezones eran como lasraíces blancas de alguna planta. ”El negro viejo retrocedió, con los brazos cruzados, al tiempo que musitaba algunaantigua exhortación del Congo; y al cabo de un momento la mujer se levantó, se cubrióel cuerpo con la tela y empezó a moverse por el cuarto, realizando diversas tareasinsignificantes, siendo el único sonido el suave roce de sus pies descalzos y elcontinuado y profundo cántico del viejo mago. Durante unos diez minutos o así laescena nos mantuvo en silencio. Entonces, el anciano paró, agitó los brazos con lentopoder, momento en que la mujer volvió a echarse y se puso, una vez más, rígida. Nopudimos detectar ninguna señal o sonido de respiración en todos esos minutos. Volvió acubrirla con el mantel y el negro nos hizo un gesto para que nos fuéramos. Nonecesitamos una segunda orden. Me alegré de salir al fresco y luminoso aire del día. Nopodía creer lo que había visto: ¡sin lugar a dudas una zombi americana, una mujerblanca en ese estado oculto, ahí, en la Avenida Lennox, en Harlem, Nueva York! —¡Ya está! —finalizó Champley con cierto nerviosismo, pensé yo, ante el recuerdode ese episodio antinatural—. ¡Es todo lo que puedo contarles sobre esa zombiamericana! —Hay muchas historias de la Misa Negra en París —reconocí—, y en su mayor parteson leyendas, o algo meramente teatral y sin realidad alguna. Pero parece que lo queusted vio tuvo la realidad sin la ceremonia. —Desde entonces —prosiguió el periodista—, he pensado que, quizá, hay otrasclases de zombis. ¿Tipos de magia más moderna, de engaños más modernos? ¡Pero nodebo mezclar este ocultismo con nuestras políticas! Al ver que recuperaba su humor galo, reí. Yo sabía que el París moderno teníamuchos misterios, muchos atractivos para los príncipes o los mendigos, algunos de ellosde naturaleza oculta; y algunos más cálidamente humanos en su inmediatez de encantopara el hombre corriente.
  • 118. 118 —Una cosa más —recordó—. Jamás averigüé de dónde procede el nombre dezombi. A la mujer la llamaron guédé. —Seabrook nos da el nombre de zombi como un término vudú, procedente de Haití—aventuré. Había escuchado nombres diferentes para la misma criatura en la India ySumatra—. La palabra zombi quizá provenga del español antiguo, posiblemente es unacorrupción de es hombre y de sombra 5 . El nombre hindú, chayya, también significa unacriatura de la sombra; pero un fantasma es un bhuth: el doble es el s’arira. Estos términos no vienen en los diccionarios habituales, ingleses o franceses; nisiquiera se pueden encontrar en las enciclopedias del ocultismo. La palabra francesaguédé significa glasto; mientras que guerat significa barbecho. ¿Indica, entonces, esetérmino —quizá como un antiguo vocablo de argot parisino que de algún modo llegó aHaití— “la criatura que es barbecho”, incapaz de un crecimiento del alma? El hablaisleña de las Indias Occidentales tiene muchos dialectos que combinan el francés, elespañol y el portugués con las lenguas africanas de los negros; y tal vez se hayanencontrado nombres nuevos para la antigua y casi olvidada magia del ContinenteOscuro. AMERICAN ZOMBIE Dr. Gordon Leigh Bromley Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 LA PÓCIMA VUDÚ DE AMOR COMPRADA CON SANGRE BRAD STEIGER Y SHERRY HANSEN STEIGERL as narraciones de los consortes demoníacos también traen a la mente aquellos ejemplos en que los satanistas descarriados han buscado crear pócimas de amor que les dieran un poder ilimitado sobre el sexo opuesto. Un acontecimiento quetuvo lugar en New Jersey hace unos años es un clásico ejemplo de cómo la combinaciónde sexo, vudú y oscuros deseos puede provocar un motivo espeluznante para elasesinato y el sacrificio humano. Juan Rivera Aponte había nacido en Puerto Rico y había sido educado en una mezclade cristianismo, magia negra y vudú. Siempre desde su infancia había oído a loshechiceros hablar de una legendaria fórmula que podía darle a un hombre control sexualcompleto sobre las mujeres. Cuando vino a los Estados Unidos, consiguió un trabajo en una granja de pollos enlas afueras de Vineland, New Jersey. Se encargó de traer consigo algunos de losantiguos libros de magia negra de su familia en su vieja maleta, y una vez que finalizabasus tareas en la granja se pasaba las noches indagando en los viejos volúmenes en buscade la pócima mágica de amor. Aunque esas noches eran más bien solitarias ydeprimentes, en su corazón sabía que pasaría las noches futuras haciendo el amor conmujeres hermosas. Su mente enfebrecida se había centrado en una muchacha en particular. Una hermosaestudiante de instituto de ojos oscuros, cabello negro y un cuerpo que empezaba a5 En castellano en el original. (N. del T.)
  • 119. 119florecer había llegado a obsesionarle. Juan sabía que ella era demasiado joven paracasarse, pero la magia la obligaría a entregarse a él. CONTROL COMPLETO SOBRE LAS MUJERES, QUE LAS CONVIERTE EN “ESCLAVAS DE AMOR”Finalmente, en un viejo libro de vudú, encontró la fórmula para una legendaria pócima“esclava de amor”. Había vuelto las amarillentas y frágiles páginas del antiguo tomohasta que sus ojos se clavaron en el texto español bajo el título que prometía Pócimas deAmor. Le temblaba todo el cuerpo de ansiedad mientras leía las instrucciones y losingredientes. Las alas de murciélago desecadas serían fáciles de conseguir. Las entrañasde lagarto presentaban pocos problemas. Confiado, siguió leyendo. Mezclaría y prepararía la pócima de inmediato. Todas lasmujeres que deseaba serían sus esclavas de amor. POLVO TRITURADO DEL CRÁNEO DE UN NIÑO INOCENTEEntonces leyó el último ingrediente, y la respiración se le entrecortó ásperamente en lagarganta. “Rocía la pócima con harina de huesos reseca y triturada de un cráneo humano. Elpolvo ha de prepararse del cráneo de un niño inocente.” Juan soltó el libro y se levantó de la silla de un salto. Aunque quedómomentáneamente asqueado de horror ante esa cosa sórdida que debía hacer, sabía queningún precio sería demasiado alto por su derecho a tener a cualquier mujer quequisiera. La noche del 13 de octubre, Roger Carletto, un estudiante de instituto de trece años,planeaba ir al cine en Vineland con su hermana. —Un tío me debe un dólar —le dijo a su hermana—. Espérame mientras voy apedírselo. Montó en su bicicleta y pedaleó a toda velocidad por North Mill Road en dirección alas afueras de la ciudad. Cuando Roger no regresó en un tiempo razonable, su hermana se lo contó a suspadres, y después de un intervalo más largo, la familia se lo notificó a la policía. ARoger Carletto nunca más se lo volvió a ver vivo. Pasó el invierno, y cuando llegó el deshielo de la primavera, se repitió el dragado delos ríos y estanques de los alrededores de Vineland en busca del cuerpo del chicodesaparecido. En el verano todo el mundo se preguntaba qué le había sucedido a Roger Carletto. Lapolicía aún carecía de pistas sobre su desaparición. Era como si el chico, sencillamente,hubiera entrado en otra dimensión. EL CUERPO DESMEMBRADO EN EL GALLINEROEntonces, en la noche del 1 de julio, las autoridades recibieron por fin su primera pistaen el caso. Los patrulleros Joseph Cassissi y Albert Genetti respondieron a una llamadanocturna realizada por un granjero de North Mill Road que dijo que su mozo de campose había vuelto completamente loco. Según el joven granjero, su esposa se había despertado durante la noche y habíadescubierto a su mozo, Juan Rivera Aponte, paralizado en su cuarto de baño, de pie,
  • 120. 120como si fuera una estatua de piedra. Tenía un palo en la mano, que comenzó a blandirante la pareja, hasta que el granjero se lo arrebató. Los dos agentes de policía fueron conducidos hasta el cuarto de Aponte, situadoencima del gallinero. Era un hombre delgado, de cabello y ojos oscuros, casi hipnóticos.Dormía en un camastro rodeado de varias botellas de cerveza vacías. Las paredes delcuarto estaban cubiertas de fotografías de chicas desnudas y estrellas de cine. Durante el interrogatorio inicial de Aponte, afirmó que su jefe, el joven granjero,había matado al niño Carletto y lo había enterrado en el gallinero. Siguiendo las instrucciones del mozo de campo, la policía se puso a excavar en elsuelo de tierra del gallinero y quedó sorprendida al encontrar el cadáver del muchacho.El cuerpo estaba vestido sólo con unos pantalones cortos, y le faltaba la parte superiordel cráneo, la mano izquierda y un pie. Siguiendo con la excavación, los agentesdesenterraron el pie y la mano, pero no pudieron encontrar rastro alguno de la parte quefaltaba del cráneo. Al horrorizado granjero, que estaba demasiado atontado para protestar por suinocencia, se le pidió que acompañara a los agentes a la comisaría. El detective Tom Jost no podía creer que el granjero fuera culpable, aduciendo quetenía fama de ser un hombre muy trabajador y de buen carácter. Aponte había afirmadoque su jefe había matado a Roger Carletto debido a su ascendencia italiana, y que elgranjero odiaba a todos los italianos porque en la Segunda Guerra Mundial habían sidofascistas. Jost no podía tragarse un prejuicio que se remontaba a la Segunda GuerraMundial como un motivo convincente para matar y mutilar a un adolescente. LIBROS EXTRAÑOS Y ANTIGUOS DE MAGIA NEGRA, VUDÚ Y HECHIZOS DE AMOREl capitán John Bursuglia tampoco se creyó la historia. Ordenó un registro del cuarto deAponte y contrató a un traductor para que le contara qué había en todos esos librosviejos escritos en español. Entonces, a la mujer joven que había actuado como intérprete durante losinterrogatorios de Aponte se le asignó la lectura de los libros del mozo de campo. No lehizo falta más que un vistazo para informarle al capitán Bursuglia que los volúmenestrataban de vudú, rituales de magia negra e instrucciones sobre cómo hechizar a lagente. Varios días después consiguió la total atención del oficial de policía, cuando leyó envoz alta los ingredientes para una pócima de amor especial, una que requería el cráneode un niño inocente. Después de cinco horas de ser interrogado por los detectives y de dar respuestasevasivas e insatisfactorias, el puertorriqueño finalmente se derrumbó y confesó elasesinato de Roger Carletto. Aponte explicó cómo había necesitado esa pócima de amor con el fin de conseguir ala chica de sus sueños. Se había estado preguntando dónde podría dar con un joveninocente cuando Roger Carletto llamó a su puerta. Éste le había prestado un dólar aAponte y quería que se lo devolviera. “HABRÍA MATADO A CUALQUIERA PARA CONSEGUIR ESE CRÁNEO”—Necesitaba el hueso triturado del cráneo —dijo Aponte con indiferencia—. Habríamatado a cualquiera para conseguir ese cráneo. Dio la casualidad de que Roger fue elprimer niño que apareció.
  • 121. 121 Los horrorizados oficiales escucharon en silencio mientras Aponte describía cómohabía golpeado al muchacho, cómo le había estrangulado con una cuerda y cómo habíaenterrado luego el cuerpo en el suelo de tierra del gallinero. —No dejé de regar la tumba para evitar que el cuerpo se hundiera —explicó—. Noquería que mi jefe viera la depresión en la tierra y sospechara algo. ”Pasados unos meses, desenterré el cuerpo y le saqué la parte superior del cráneo conun cuchillo de cocina. Luego volví a meterlo en la tumba, le pasé unos alambres alcráneo y lo colgué dentro del hornillo de mi cuarto. Quería que se secara rápidamentepara poder terminar la pócima. ¿Por qué había irrumpido aquella noche en el hogar de su jefe? Aponte sólo pudo sugerir que había bebido mucha cerveza y que quizá quería que loatraparan. Tal vez su conciencia le había vencido. —Creo que lo hice con el fin de que viniera la policía y me arrestara. Las pruebas psiquiátricas indicaron que Juan Aponte conocía la diferencia entre elbien y el mal. Durante su juicio, el asesino del vudú presentó un alegato de no defensa yfue sentenciado a cadena perpetua. —Jamás llegué a completar mi pócima de amor de esclava —se quejó Aponte a uncompañero de celda antes de ser trasladado a una prisión estatal—. Sé que habríafuncionado. Podría haber obtenido el poder para tener a cualquier mujer que quisiera. THE VOODOO LOVE POTION THAT WAS BOUGHT WITH BLOOD Extraído de Demon Deaths, 1991 Brad Steiger & Sherry Hansen Steiger Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 DESDE LUGARES SOMBRÍOS Richard MathesonE l doctor Jennings giró hacia el bordillo y las ruedas de su Jaguar levantaron una ola de barro. Pisó con fuerza el freno, sacó la llave con la mano izquierda mientras con la derecha tanteó en busca del maletín que tenía a su lado. Uninstante después se hallaba en la calle esperando un hueco en el tráfico por el que podercruzar. Alzó la mirada hacia las ventanas del apartamento de Peter Lang. ¿Estaría bienPatricia? Había sonado asustada por teléfono... trémula, cercana al pánico. Jennings bajólos ojos y frunció el ceño ante la hilera de coches que no dejaban de pasar. Luego,cuando se produjo un hueco en la procesión, se lanzó a la carrera. La puerta de cristal se cerró automáticamente a su espalda mientras atravesaba elvestíbulo. ¡Padre, date prisa! ¡Por favor! ¡No sé qué hacer con él! La voz sobrecogidade Patricia reverberó en su mente. Entró en el ascensor y apretó el botón del décimopiso. ¡No puedo contártelo por teléfono! ¡Tienes que venir! Jennings tenía la vistaclavada delante sin ver nada, ajeno al susurro de las puertas al cerrarse. Ciertamente, la relación de tres meses de Patricia con Lang había sido problemática.Aun así, no se sentiría justificado para pedirle que la rompiera. A Lang no se le podíaclasificar entre los ricos ociosos. Cierto, jamás había tenido que enfrentarse a un trabajo
  • 122. 122en sus veintisiete años de vida. Pero no era indolente o inútil. Era uno de los cazadoresmás importantes del mundo, y se movía en el mundo que había elegido con eleganteautoridad. Y a pesar de su aire jactancioso, en él había una vena de humor siempredispuesta a manifestarse y un sentido básico de la justicia. Pero lo más importante eraque parecía amar mucho a Patricia. Sin embargo, este problema, fuera cual fuere, había surgido mientras el doctor sehallaba fuera. Jennings parpadeó y enfocó la vista. Las puertas del ascensor estaban abiertas.Marchó rápidamente pasillo abajo, mientras los zapatos producían un ruido crujiente enlos baldosines encerados del suelo. Había una nota escrita a mano pegada a la puerta. Pasa. Jennings experimentó untemblor ante la visión de la apresurada letra de Pat. Cobrando ánimos, entró... Y se paró en seco. El salón se encontraba revuelto, las sillas y las mesas tiradas, laslámparas rotas, un puñado de libros lanzados por el cuarto, y por todas partes se veíandiseminados cristales rotos, cerillas y colillas de cigarrillos. Docenas de manchas delicor ensuciaban la moqueta blanca. En el bar, una botella volcada goteaba whisky porel borde de la barra; un chirrido regular inundaba la habitación procedente de losgigantescos altavoces de pared. Jennings se quedó boquiabierto. Peter debe de haberse vuelto loco. Se quitó el sombrero y el abrigo, y luego se acercó al equipo de alta fidelidad y loapagó. ¿Padre? —Sí —Jennings oyó con alivio el sollozo de su hija y se apresuró a ir al dormitorio. Se encontraban en el suelo bajo la ventana. Pat estaba de rodillas abrazando a Peter,que había encorvado su cuerpo desnudo hasta quedar acurrucado, los brazos apretadoscontra la cara. Cuando Jennings se arrodilló junto a ellos, Patricia le miró con ojosdominados por el terror. —Intentó tirarse por la ventana —dijo—, intentó matarse. —Bueno —Jennings apartó los brazos temblorosos de ella y trató de levantar lacabeza de Lang. Peter jadeó, reculando para evitar su contacto y de nuevo volvió aencogerse en una bola de extremidades y torso. Jennings observó su silueta contraída, elmovimiento de músculos en la espalda y hombros de Peter. Parecía que había serpientesretorciéndose bajo la piel tostada por el sol—. ¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó. —No lo sé —su rostro era una máscara de agonía—. No lo sé. —Ve al salón y sírvete una copa —ordenó su padre—. Yo me ocuparé de él. —Intentó saltar por la ventana. —Patricia. Ella empezó a llorar y Jennings giró la cara; lo que necesitaba eran lágrimas. Denuevo trató de estirar el inflexible nudo que era el cuerpo de Peter. Una vez más eljoven jadeó y se apartó de él. —Trata de relajarte —dijo Jennings—. Quiero que te tumbes en la cama. —¡No! —exclamó Peter; la voz era un susurro denso por el dolor. —No puedo ayudarte, muchacho, a menos que... Jennings calló, con expresión sorprendida. En un instante el cuerpo de Lang habíaperdido su rigidez. Estaba extendiendo las piernas y los brazos se apartaban de su tensaposición ante la cara. Peter levantó la cabeza. El rostro, cubierto por una barba oscura, estaba lívido, losojos perdidos, era la cara de un hombre que aguanta un tormento insoportable. —¿Qué pasa? —preguntó Jennings, consternado. Peter sonrió, una mueca desagradable.
  • 123. 123 —¿No se lo ha contado Patty? —¿Contado qué? —Me están embrujando —repuso Peter—. Algún... —Cariño, no —suplicó Pat. —¿De qué estás hablando? —preguntó Jennings. —¿Una copa? —dijo Peter. ¿Cariño? Patricia se puso con cierta inseguridad de pie y se dirigió al salón. Jennings ayudó aLang a echarse en la cama. —¿Qué es todo esto? —preguntó. Lang dejó caer pesadamente la cabeza sobre la almohada. —Lo que dije —contestó—. Embrujado. Maldecido. Hechicero — lanzó una risitadébil—. El bastardo esquelético me está matando. Ya lleva tres meses... casi desde quePat y yo nos conocimos. —¿Estás...?— empezó Jennings. —La codeína es ineficaz —dijo Lang—. Incluso la morfina... nada. —Jadeó en buscade aire—. Sin fiebre, sin escalofríos. No tengo ningún síntoma para la asociación demédicos. Sencillamente... alguien me está matando. —Miró a través de párpadosentrecerrados—. ¿Gracioso? —¿Hablas en serio? Peter bufó. —¿Quién demonios lo sabe? —comentó—. Quizá sea delirium tremens. Dios sabeque hoy he bebido lo suficiente como para... —La maraña de su pelo oscuro se deslizópor la almohada cuando miró en dirección a la ventana—. Infiernos, ya es de noche —dijo. Giró con rapidez—. ¿Hora? —Las diez pasadas —dijo Jennings—. ¿Qué hay de...? —Martes, ¿verdad? —inquirió Lang. Jennings se le quedó mirando—. No, veo queno. —Lang empezó a toser secamente—. ¡Una copa! —gritó. Cuando sus ojos se dirigieron a la puerta, Jennings miró por encima del hombro.Patricia había vuelto. —Se ha caído todo —dijo con voz de niña asustada. —De acuerdo, no te preocupes —musitó Lang—. No la necesito. Pronto estarémuerto. —¡No hables así! —Cariño, me encantaría morirme ahora mismo —dijo Peter, mirando al techo. Suancho pecho se alzó de manera irregular al respirar—. Lo siento, cariño, no hablaba enserio. Oh, oh, ya empieza de nuevo. —Lo dijo con tanta suavidad que su ataque loscogió por sorpresa. Bruscamente, empezó a forcejear en la cama, sus piernas de músculos agarrotadospateando como si fueran pistones, los brazos cruzados sobre la piel tensa de su cara. Unruido como el chillido de un violín osciló en su garganta y Jennings vio que le caíasaliva por la comisura de los labios. El médico fue a toda velocidad en busca de sumaletín. Antes de llegar a cogerlo, el cuerpo agitado de Peter se había caído de la cama. Eljoven se irguió, gritando, con la boca abierta con el frenesí de un animal esclavizado.Patricia trató de contenerlo, pero, con un rugido, él la apartó bruscamente a un lado yfue trastabillando hacia la ventana. Jennings salió a su encuentro con la hipodérmica. Durante varios momentosquedaron abrazados en una forcejeante lucha, el distendido rostro de Peter a unoscentímetros de la cara del médico, las manos de venas hinchadas en busca de la gargantade Jennings. Lanzó un grito ronco cuando la aguja atravesó su piel y, dando un salto
  • 124. 124hacia atrás, perdido el equilibrio, se desplomó. Intentó incorporarse, los ojosenloquecidos clavados en la ventana. Entonces, la droga entró en su sangre y se quedósentado en la postura flácida de un muñeco de trapo. El sopor vidrió sus ojos. —El bastardo me está matando —musitó. Le tendieron en la cama y cubrieron sus lentos espasmos. —Me está matando —repitió Lang—. El negro bastardo. —¿De verdad cree eso? —preguntó Jennings. —Padre, míralo —contestó ella. —¿Tú también lo crees? —No lo sé —sacudió la cabeza con gesto impotente—. Lo único que sé es que le hevisto cambiar de lo que era a... esto. No está enfermo, padre. No tiene nada. —Experimentó un escalofrío—. Sin embargo, se está muriendo. Jennings apartó los dedos del agitado pulso del joven. —¿Le han visto? Ella asintió cansinamente. —Sí —respondió—. Cuando empezó a empeorar, fue a ver a un especialista. Pensóque quizá su cerebro... —Sacudió la cabeza—. No tiene nada malo. —Pero, ¿por qué dice que le están...? —Jennings se vio incapaz de pronunciar lapalabra. —No lo sé —dijo ella—. A veces, parece creerlo. La mayor parte del tiempobromea. —Pero, ¿en qué se basa...? —Un incidente en su último safari —repuso Patricia—. En realidad no sé qué pasó.Un nativo zulú lo amenazó; dijo que era un hechicero y que iba a... —Se le quebró lavoz—. Oh, Dios, ¿cómo algo así puede ser verdad? ¿Cómo puede suceder? —La cuestión, pienso, es si Peter en realidad cree que está sucediendo —comentóJennings. Se volvió hacia Lang— . Y, por su aspecto... —Padre, me he estado preguntando si... si, tal vez, la doctora Howell podríaayudarlo. Jennings la miró un momento. Luego, dijo: —Tú crees en ello, ¿verdad? —Padre, trata de comprenderlo. —Había un deje tembloroso de pánico en su voz—.Tú sólo has visto a Peter de vez en cuando. Yo he visto cómo le sucedía día tras día.¡Algo le está destruyendo! No sé qué es, pero probaré cualquier cosa para frenarlo.Cualquier cosa. —De acuerdo —apoyó una mano tranquilizadora en la espalda de ella—. Ve allamarla por teléfono mientras yo lo ausculto. Una vez se hubo ido al salón —la conexión del dormitorio había sido arrancada de lapared—, Jennings bajó la manta y contempló el cuerpo bronceado y musculoso dePeter. Temblaba con vibraciones ínfimas... como si, dentro del encarcelamiento químicode la droga, cada nervio aislado palpitara todavía. Jennings apretó los dientes. En alguna parte en el centro de su percepción sintió quela exploración médica sería inútil. No obstante, experimentaba desagrado por lo quepodía estar preparando Patricia. Iba contra la naturaleza científica, ofendía la razón. También le asustaba. Jennings vio que el efecto de la droga ya casi había desaparecido. Por lo general,habría dejado a Lang inconsciente de seis a ocho horas. Y ahora —en cuarentaminutos— estaba en el salón con ellos, echado en el sofá enfundado en su bata,diciendo: —Patty, es ridículo. ¿Qué va a conseguir otra doctora?
  • 125. 125 —¡Muy bien, entonces, es ridículo! —exclamó ella—. ¿Qué quieres que hagamos...simplemente quedarnos inmóviles y observar cómo...? —fue incapaz de terminar. —Shhh —Lang acarició su cabello con dedos temblorosos—. Patty, Patty. Tranquila,cariño. Quizá pueda con ello. —Tú vas a poder con ello —Patricia le besó la mano—. Es por los dos, Peter. Noseguiré sin ti. —No hables de esa manera —Lang se retorció en el sofá—. Oh, Dios, empieza denuevo. —Forzó una sonrisa—. No, me encuentro bien —le dijo—. Sólo... es unaespecie de hormigueo. —La sonrisa se transformó en una repentina mueca de dolor—.¿Así que esta doctora Howell va a solucionar mi problema? ¿Cómo? ¿Qué es, unaquiropráctica? —Es una antropóloga. —Estupendo. ¿Qué va a hacer, explicarme los orígenes étnicos de la superstición? —Lang habló rápidamente, como si intentara superar el dolor con las palabras. —Ha estado en Africa —dijo Pat—. Ella... —Yo también —cortó Peter—. Un sitio maravilloso para visitar. Pero no jueguescon los médicos brujos. —Su risa se tornó en un grito jadeante—. ¡Oh, Dios, negroesquelético y bastardo, si te tuviera aquí! —Sus manos se extendieron en dos garras,como si quisiera ahorcar a un atacante invisible. —Perdón... Se volvieron sorprendidos. Una mujer joven y negra les miraba desde la entrada delsalón. —Había una tarjeta en la puerta —explicó. —Por supuesto; lo habíamos olvidado —Jennings ya se había puesto de pie. Oyó que Patricia le susurraba a Lang: —Quería decírtelo. Por favor, no tengas prejuicios. Peter la miró fijamente, su expresión incluso más sorprendida: —¿Prejuicios? Jennings y su hija cruzaron la estancia. —Gracias por venir —Patricia apretó su mejilla contra la de la doctora Howell. —Es agradable verte, Pat —dijo la doctora Howell. Por encima del hombro dePatricia le sonrió al médico. —¿Has tenido algún problema en llegar hasta aquí? —preguntó éste. —No, no, el metro nunca me falla. Lurice Howell se desabotonó el abrigo y giró cuando Jennings alargó el brazo paraayudarla. Pat miró el bolso que Lurice había dejado sobre el suelo; luego observó aPeter. Lang no apartó los ojos de Lurice Howell mientras ella se le acercaba, flanqueadapor Pat y Jennings. —Peter, te presento a la doctora Howell —dijo Pat—. Fuimos juntas a Columbia.Enseña antropología en el City College. Lurice sonrió. —Buenas noches —saludó. —No tan buenas —repuso Peter. Desde el rabillo del ojo Jennings vio la forma en que Patricia se puso rígida. La expresión de la doctora Howell no se alteró. Su voz no cambió. —¿Y quién es ese negro esquelético y bastardo que desearía tener aquí? —preguntó. La cara de Peter se puso momentáneamente en blanco. Luego, con los dientesapretados para luchar contra el dolor, repuso: —¿Qué se supone que significa eso?
  • 126. 126 —Una pregunta —dijo Lurice. —Si está planeando dirigir un seminario sobre relaciones raciales, olvídelo —musitóLang—. No me encuentro con ánimos para ello. —Peter. Observó a Pat a través de ojos llenos de dolor. —¿Qué quieres? —demandó—. Ya estás convencida de que tengo prejuicios, asíque... —Dejó caer la cabeza de nuevo sobre el apoyabrazos del sofá y cerró los ojos—.Dios, clávame un cuchillo —jadeó. La sonrisa tensa había desaparecido de los labios de la doctora Howell. Al hablar,miró a Jennings con seriedad. —Lo he examinado —dijo él—. No hay señal de deterioro físico, ni rastro de lesióncerebral. —¿Cómo va a saberlo? —contestó ella con calma—. No es una enfermedad. Es ju—ju. Jennings se quedó mirando. —Tú... —Ya empezamos —dijo Peter con voz ronca—. Ya lo tenemos. —Se volvió a sentar,clavando los dedos pálidos en los cojines—. Ésa es la respuesta. Ju—ju. —¿Lo duda? —preguntó Lurice. —Lo dudo. —¿Del mismo modo en que duda de sus prejuicios? —Oh, Jesús, ¡Dios! —Lang se llenó los pulmones con un sonido gutural, deaspiración—. Estaba herido y quería algo que odiar, así que elegí a ese asquerosobastardo para...—Se dejó caer hacia atrás pesadamente—. Al demonio. Piense lo quequiera —se llevó una mano paralizada a los ojos—. Sólo déjenme morir. Oh, Jesús,Dios, déjenme morir. —De repente, miró a Jennings—. ¿Otra inyección? —suplicó. —Peter, tu corazón no puede... —¡Al demonio mi corazón! —La cabeza de Peter se movía hacia adelante y haciaatrás—. ¡Entonces media dosis! ¡No puede negárselo a un moribundo! Pat se llevó el borde de su tembloroso puño a los labios, tratando de no llorar. —¡Por favor! —dijo Peter. Una vez que la inyección hubo surtido efecto, Lang setumbó, la cara y el cuello llenos de sudor—. Gracias —musitó. Los pálidos labios seretorcieron en una sonrisa cuando Patricia se arrodilló a su lado y comenzó a secarle elrostro con una toalla—. Hola, amor —susurró. Los ojos apagados de Peter se volvieronhacia la doctora Howell—. Muy bien, lo siento, mis disculpas —comentó concortesía—. Le doy las gracias por venir, pero no creo en eso. —Entonces, ¿por qué está funcionando? —preguntó Lurice. —¡Ni siquiera sé lo que está pasando! —espetó Lang. —Creo que sí —dijo la doctora Howell; su voz surgía con premura—. Y yo lo sé,señor Lang. El ju—ju es la magia pagana más terrible del mundo. Siglos de creenciacolectiva serían suficientes para conferirle un poder aterrador. Tiene ese poder, señorLang. Usted lo sabe. —¿Y cómo lo sabe usted, doctora Howell? —contrarrestó él. —Cuando tenía veintidós años —repuso ella—, pasé un año en un pueblo zulúrealizando trabajo de campo para mi doctorado. Mientras estuve allí, la ngombo seencariñó conmigo y me enseñó casi todo lo que sabía. —¿Ngombo? —preguntó Patricia. —Creía que los hechiceros eran hombres —comentó Jennings. —No, la mayoría son mujeres —indicó Lurice—. Mujeres astutas y observadorasque trabajan muy duramente en su profesión.
  • 127. 127 —Fraudes —dijo Peter. Lurice le sonrió. —Sí —comentó—. Lo son. Fraudes. Parásitos. Holgazanes. Alarmistas. Sinembargo... ¿qué cree usted que le está haciendo sentir como si mil arañas se arrastraranpor su cuerpo? Por primera vez desde que entrara en el apartamento Jennings vio una expresión demiedo en la cara de Peter. —¿Sabe eso? —le preguntó Lang. —Sé por todo lo que está pasando —afirmó la doctora Howell—. Yo misma lo pasédurante aquel año. Una hechicera de un pueblo próximo me lanzó una maldición demuerte. Kuringa me salvó de ella. —Cuéntemelo. Jennings notó que la respiración del joven se estaba acelerando. Le sorprendió darsecuenta de que la segunda inyección ya empezaba a perder su efecto. —¿Que le cuente qué? —dijo Lurice—. ¿Sobre los dedos de largas uñas desgarrandosus entrañas? ¿Sobre la sensación que tiene de que debe encogerse hasta formar unabola con el fin de aplastar a la serpiente que se va extendiendo en su vientre? —Peter sela quedó mirando con la boca abierta—. ¿La sensación de que su sangre se haconvertido en ácido? —prosiguió Lurice—. ¿Que si se mueve se desintegrará porquesus huesos han sido chupados hasta quedar huecos? —Los labios de Peter empezaron atemblar—. ¿Esa sensación de que su cerebro está siendo devorado por una manada deratas peludas? ¿Que sus ojos están a punto de derretirse y chorrear por sus mejillascomo si fueran jalea? ¿Que...? —Ya basta —el cuerpo de Lang tuvo unos escalofríos espasmódicos. —Sólo he dicho esas cosas para convencerle de que lo sabía —comentó Lurice—.Recuerdo mi propio dolor como si lo hubiera sufrido esta misma mañana en vez de hacesiete años. Puedo ayudarle si me deja, señor Lang. Haga a un lado su escepticismo.Usted cree en ello, o no podría hacerle daño, ¿no lo ve? —Cariño, por favor —pidió Patricia. Peter la miró. Luego su mirada regresó a la doctora Howell. —No debemos esperar mucho más, señor Lang —le advirtió ella. —De acuerdo —él cerró los ojos—. De acuerdo, inténtelo. Por todos los infiernosque no puedo empeorar. —Deprisa —suplicó Patricia. —Sí —Lurice Howell dio media vuelta y cruzó el cuarto para ir a coger su bolso. Fue al recogerlo que Jennings captó la expresión en su rostro... como si se le acabarade ocurrir alguna complicación formidable. Ella los miró. —Pat —dijo—, ven aquí un momento. Patricia se incorporó de inmediato y se acercó a ella. Jennings las observó durante unmomento antes de volver a posar los ojos en Lang. El joven empezaba a retorcerse denuevo. Ya le vuelve, pensó Jennings. —¿Qué? Jennings miró a las mujeres. Pat contemplaba a la doctora Howell con expresiónaturdida. —Lo siento —dijo Lurice—. Debí informarte desde el principio, pero no huboninguna oportunidad. Pat titubeó. —¿Ha de ser de esa manera? —preguntó. —Sí.
  • 128. 128 Patricia miró a Peter con aprensión dubitativa en los ojos. Luego, bruscamente,asintió. —Muy bien —repuso—. Pero date prisa. Sin pronunciar otra palabra, Lurice Howell entró en el dormitorio. Jennings observóa su hija mientras ésta miraba con fijeza la puerta cerrada. La puerta del dormitorio se abrió y salió la doctora Howell. Jennings, que en eseinstante giraba desde su posición junto al sofá, contuvo el aliento. Lurice estaba desnudahasta la cintura y debajo llevaba una falda fabricada con diversos pañuelos de coloresanudados entre sí. Sus piernas y pies estaban desnudos. Jennings la miró boquiabierto.La blusa y falda que había llevado antes no habían revelado nada de la sinuosa bellezade su cuerpo. Jennings desvió la vista a Pat; su expresión al mirar a la doctora Howell erainconfundible. El doctor volvió a observar a Lurice; la expresión de ella al observar la cara del jovenera más difícil de interpretar. —Por favor, compréndanlo, jamás he hecho esto antes —dijo Lurice, avergonzadapor su silencio escrutador. —Lo comprendemos —repuso Jennings, una vez más incapaz de quitarle los ojos deencima. Un punto rojo y brillante estaba pintado en cada una de sus mejillas cetrinas, y sobresu cabello rizado llevaba un penacho de plumas parecido a un yelmo, cada una de unatonalidad castaña con un ojo vívido en el extremo. Sus pechos sobresalían de unamaraña de collares hechos de dientes de animales, madejas de cuentas y abalorios debrillantes colores y tiras de piel de serpiente. En el brazo izquierdo —atado alrededordel bíceps con un hilo de lana de angora— colgaba un pequeño escudo de piel moteadade buey. Avanzó hacia ellos con un desafío tímido, casi infantil... como si su vergüenzaestuviera equilibrada por el conocimiento de su esplendor físico. Jennings quedósorprendido al ver que tenía el estómago tatuado, cientos de diminutos ribetes queformaban un dibujo de círculos concéntricos alrededor de su ombligo. —Kuringa insistió en ello —explicó Lurice como si él se lo hubiera preguntado—.Fue su precio por enseñarme sus secretos. —Sonrió fugazmente—. Conseguí disuadirlade limarme los dientes hasta dejarlos puntiagudos. Jennings percibió que estaba hablando para esconder su vergüenza y sintió unaoleada de simpatía hacia ella mientras dejaba el bolso en el suelo, lo abría y empezaba aextraer su contenido. —Los ribetes se levantan haciendo pequeñas incisiones en la carne —dijo ella— ymetiendo en cada incisión una pizca de pasta. —Depositó en la mesita un frasco con unlíquido grumoso y un puñado de piedras pequeñas y lustrosas—. La pasta tuve quehacerla yo misma. Tuve que coger un cangrejo de tierra con las manos y arrancarle unade sus pinzas. Tuve que desollar una rana viva y la mandíbula de un mono. —Dejó en lamesita un haz de lo que parecían ser lanzas diminutas—. La pinza, la piel y lamandíbula, junto con algunos ingredientes de plantas, los molí hasta convertirlos en unapasta. Jennings se mostró sorprendido cuando ella extrajo un disco de la bolsa y lo puso enel tocadiscos. —Cuando diga Ahora, doctor —pidió—, ¿querrá poner la aguja sobre el disco? Jennings asintió en silencio. Cuando se acuclilló para colocar los diversos objetos sobre el suelo, se hizo evidenteque bajo la falda de pañuelos Lurice iba completamente desnuda.
  • 129. 129 —Bueno, puede que no viva —dijo Peter, la cara casi blanca ya—, pero da laimpresión de que voy a tener una muerte fascinante. —Siéntense los tres formando un círculo —dijo Lurice. El educado refinamiento de su voz, procedente de los labios de lo que parecía unadiosa pagana impactó a Jennings mientras se acercaba a ayudar a Lang. El ataque tuvo lugar cuando Peter intentó ponerse de pie. En un instante, se viosumido en él, contorsionándose en el suelo, el cuerpo doblado, las rodillas y los codosgolpeando la alfombra. De repente, se dio la vuelta, echó atrás la cabeza y los músculosde la espalda se le tensaron con tanta fuerza que su espalda se arqueó hacia arriba desdeel suelo. Una espuma blanquecina salía de las comisuras de su boca, sus ojos abiertosparecían congelados en sus cuencas. —¡Lurice! —chilló Pat. —No hay nada que podamos hacer hasta que pase —dijo Lurice. Miró a Peter conojos consternados. Entonces, cuando la bata de él se abrió y se retorció desnudo en laalfombra, apartó la cara, y el rostro se le tensó con una expresión que Jennings, para suinquietud, interpretó como una expresión de miedo. Luego, él y Pat se agacharon paratratar de contener el afligido cuerpo de Lang—. Suéltenlo —ordenó Lurice—. No haynada que puedan hacer. Patricia le lanzó una mirada centelleante de asustada animosidad. Cuando el cuerpode Peter por fin experimentó un último temblor y quedó inmóvil, cruzó la bata sobre sucuerpo y volvió a anudarle el cinturón. —Ahora. Formen el círculo; deprisa —dijo Lurice, obligándose con claridad aabandonar algún terror interior—. No, debe sentarse solo —indicó cuando Patricia sesituó junto a él, sosteniéndole la espalda. —Se caerá —dijo Pat con una corriente subterránea de resentimiento en la voz. —Patricia, si quieres mi ayuda... Con cierta vacilación, mientras sus ojos iban de las facciones asoladas por el dolor dePeter a la expresión atormentada de la cara de Lurice, Patricia se apartó de él y se quedóquieta. —Con las piernas cruzadas, por favor —indicó Lurice—. ¿Señor Lang? —Petergruñó, con los ojos medio cerrados—. Durante la ceremonia, le pediré algo en pago,bastará algo personal, insignificante. Peter asintió. —De acuerdo, empecemos dijo él—. No podré aguantar mucho más. Los pechos de Lurice se alzaron, temblando, cuando aspiró una bocanada de aire. —A partir de ahora silencio —murmuró. Nerviosa, se sentó frente a Peter e inclinó la cabeza. A excepción de la estertórearespiración de Lang, en la habitación reinó un silencio mortal. Jennings pudo oír débilmente, en la distancia, los sonidos del tráfico. En vano intentódesterrar de su mente los malos presagios. No creía en esto. Sin embargo, aquí estabasentado, con las piernas cruzadas que ya empezaban a acalambrarse. Aquí estabasentado Peter Lang, obviamente próximo a la muerte y sin ningún síntoma que loexplicara. Aquí estaba sentada su hija, aterrada, luchando mentalmente contra lo queella misma había iniciado. Y aquí, lo más extraño de todo, estaba sentada no la doctoraHowell, una inteligente profesora de antropología y una mujer culta y civilizada, sinouna Bruja Africana semidesnuda con sus instrumentos de magia bárbara. Hubo un sonido traqueteante. Jennings parpadeó y miró a Lurice. En la manoizquierda asía un haz de lo que parecían lanzas pequeñas. Con la derecha estabacogiendo piedras lustrosas y diminutas del montón. Las agitó en la palma como sifueran dados y las arrojó sobre la moqueta, la mirada clavada en su caída.
  • 130. 130 Observó el dibujo que trazaron en la alfombra; luego volvió a cogerlas. Frente a ella,la respiración de Peter se hacía cada vez más ardua. Y si sufría otro ataque, se preguntóJennings, ¿Tendría que iniciarse de nuevo la ceremonia? se retorció en el instante en que Lurice quebró el silencio. —¿Por qué vienes aquí? —preguntó. Miró a Peter con frialdad, casi con ojoscoléricos—. ¿Por qué me consultas? ¿Es porque no tienes éxito con las mujeres? —¿Qué? —Peter la contempló con perplejidad. —¿Alguien en tu casa está enfermo? ¿Es la razón por la que vienes a mí? —preguntóLurice, con voz imperiosa. De repente, Jennings se dio cuenta de que ella ahora era porcompleto una hechicera interrogando a su paciente varón, arrogantemente despectivarespecto a su rango inferior—. ¿Estás enfermo? —Casi escupió las palabras, echandohacia atrás los hombros. Jennings miró de manera involuntaria a su hija. Pat permanecíasentada como una estatua, las mejillas pálidas, los labios formando una línea fina y casiblanca—. ¡Habla, hombre! —ordenó Lurice, la ngombo altiva. —¡Sí! ¡Estoy enfermo! —El pecho de Peter se sacudió en busca de aire—. Estoyenfermo. —Entonces, habla de tu enfermedad —dijo Lurice—. Cuéntame cómo llegó a ti. O bien Peter ya se hallaba en tal estado de dolor que cualquier noción de resistenciaquedó destruida... o había sido atrapado por la fascinación de la presencia de Lurice.Probablemente era una combinación de ambas cosas, pensó Jennings mientrasobservaba cómo Lang empezaba a hablar, la voz dominada, los ojos presos de la miradaardiente de Lurice. —Una noche entró ese hombre furtivamente en el campamento —dijo—. Trataba derobar algo de comida. Cuando le perseguí, se puso furioso y me amenazó. Dijo que memataría. La voz del joven era tan mecánica que Jennings se preguntó si Lurice habíahipnotizado a Peter. —Y llevaba, en una bolsa a su costado... —la voz de Lurice parecía impulsarle comoel de una hipnotizadora. —Llevaba un muñeco —dijo Peter. La garganta se le contrajo al tragar saliva—. Mehabló. —El fetiche te habló —repitió Lurice—. ¿Qué te dijo? —Dijo que moriría. Dijo que, cuando la luna fuera como un arco, yo moriría. Bruscamente, Peter tembló y cerró los ojos. Lurice volvió a tirar los huesos y loscontempló. De repente, arrojó las lanzas diminutas. —No es Mbwiri ni Hebiezo —dijo—. No es Atando ni Fuofuo ni Sovi. No es Kundio Sogbla. No es un demonio del bosque lo que te devora. Es un espíritu maligno quepertenece a un ngombo que ha sido ofendido. El ngombo ha traído el mal a tu casa. Elespíritu maligno del ngombo se ha pegado a ti en venganza por tu ofensa contra su amo.¿Lo entiendes? Peter apenas fue capaz de hablar. Asintió con movimientos espasmódicos. —Sí. —Di: Sí, lo entiendo. —Sí —tembló—. Sí, lo entiendo. —Me pagarás ahora —le dijo ella. Peter la miró durante varios momentos antes de bajar la vista. Sus dedos rígidosbuscaron en los bolsillos de la bata y salieron vacíos. De repente jadeó y los hombros seencorvaron hacia delante cuando un espasmo de dolor recorrió su cuerpo. Hurgó en losbolsillos una segunda vez como si no estuviera seguro de que se hallaran vacíos. Luego,frenéticamente, se quitó el anillo del dedo anular de la mano izquierda y lo extendió. La
  • 131. 131mirada de Jennings saltó a su hija. Su cara era como de piedra mientras observaba aPeter entregar el anillo que ella le había regalado. —Ahora —dijo Lurice. Jennings se puso de pie y, tambaleándose debido a la insensibilidad de sus piernas, seacercó al tocadiscos y colocó el brazo de la aguja en su sitio. Antes de que hubieraregresado al círculo, el cuarto quedó inundado con el batir de tambores, un cántico devoces y un batir de palmas bajo e irregular. Con los ojos clavados en Lurice, Jenningstuvo la impresión de que todo se estaba desvaneciendo en los extremos de su visión, queLurice, sola, era visible bajo una luz levemente nebulosa. Ella había dejado el escudo de piel de buey en el suelo y sostenía el frasco en lamano. Quitó el tapón y bebió el contenido de un único trago. De manera vaga Jenningsse preguntó qué era lo que había bebido. La botella cayó con un ruido sordo sobre la moqueta. Lurice empezó a bailar. El comienzo fue lánguido. Al principio sólo se movieron sus brazos y hombros, elinquieto y sinuoso gesto sincronizado con la cadencia de los tambores. Jennings la miró,imaginando que su corazón había alterado su ritmo al de los tambores. Observó lacontorsión de sus hombros, los movimientos serpentinos que hacía con los brazos y lasmanos. Oyó el crujido de sus collares. El tiempo y el espacio habían desaparecido paraél. Podía haber estado sentado en el claro de una selva, contemplando las contorsionessomnolientas de su danza. —Batid las manos —ordenó la ngombo. Sin titubeos, Jennings empezó a batir al ritmo de los tambores. Miró a Patricia. Ellahacía lo mismo, los ojos todavía clavados en Lurice. Sólo Peter permaneció inmóvil, lamirada al frente, los músculos de su mandíbula temblando mientras apretaba los dientes.Durante un fugaz momento, Jennings volvió a ser un médico que observaba preocupadoa su paciente. Luego, girando, se vio atraído otra vez a la insensata fascinación de ladanza de Lurice. Los tambores comenzaron a acelerar el ritmo, tornándose más sonoros. Lurice inicióun movimiento dentro del círculo, girando despacio, los brazos y hombros aún en gestosondulantes. Sin importar dónde se situara, sus ojos quedaban clavados en Peter, yJennings se dio cuenta de que sus ademanes eran en exclusiva para Lang... movimientosde aproximación, de acercamiento, como si lo que buscara fuera tentarlo a ir a su lado. De repente, ella se inclinó, se sacudió con abandono, oscilando los pechos de lado alado y agitando los collares con su salvaje rostro flotando a centímetros de la cara dePeter. Jennings sintió que los músculos de su estómago se contraían cuando Lurice pasósus dedos en forma de garra sobre las mejillas de Peter, luego se irguió y giró, loshombros echados hacia atrás con negligencia, exhibiendo los dientes en una mueca decelo salvaje. Al instante, ya había dado la vuelta para mirar de nuevo a su cliente. Se inclinó una segunda vez, en esta ocasión avanzando y retrocediendo delante dePeter con movimiento felino, con un canturreo rabioso en la garganta. Por el rabillo delojo Jennings vio que su hija adelantaba el torso. La expresión de su cara era terrible. De repente, los labios de Patricia se abrieron como en un grito silencioso.Agachándose, Lurice se había cogido los pechos con dedos penetrantes y los empujabaa la cara de Peter. Éste la miró con el cuerpo tembloroso. Canturreando de nuevo,Lurice retrocedió. Bajó las manos y Jennings se puso tenso al ver que se estaba quitandola falda de pañuelos. En un momento había caído sobre la alfombra y ella volvió acentrarse en Peter. Fue en ese instante cuando Jennings comprendió lo que habíabebido.
  • 132. 132 —No —la voz llena de veneno de Patricia le hizo girar con el corazón acelerado. Ellase estaba poniendo de pie. —¡Pat! —susurró. Ella le miró y, durante un momento, se observaron. Luego, con un violento temblor,volvió a dejarse caer al suelo y Jennings ya no le prestó atención. Lurice estaba de rodillas delante de Peter, meciéndose hacia adelante y atrás yfrotándose los muslos con las manos. Parecía que no podía respirar. Su boca abierta nodejaba de aspirar aire con ruidos jadeantes. Jennings vio que le caían gotas de sudor porlas mejillas; las vio brillar en su espalda y hombros. No, pensó. La palabra salió demanera automática, la vocalización de algún terror alienígena que pareció crecer,ahogarle. No. observó las manos de Lurice volver a coger sus pechos. Los tamborespalpitaban y aullaban en sus oídos. El corazón le latía con fuerza. ¡No! Las manos de Lurice se habían extendido súbitamente y abierto la bata de Lang. Larespiración de Patricia era ronca, sorprendida. Jennings sólo captó un vistazo de su caradistorsionada antes de que su mirada volviera a verse atraída hacia Lurice. Tragado porel frenético batir de los tambores, el aullido de la voz canturreante, las explosivaspalmadas, sintió como si su cabeza empezara a atontarse, como si la habitación semoviera. En una neblina de ensueño, vio las manos de Lurice estirarse hacia Peter. Viouna expresión de pesadilla en la cara del hombre cuando la tortura cerró un vicio a sualrededor... un tormento que era tanto carnalidad como agonía. Lurice se acercó a él.Más cerca. Ahora su cuerpo bañado en sudor se contorsionó a centímetros del suyopropio. —¡Dámelo! —su voz fue bestial, voraz—. ¡Dámelo! —Apártate de él. La advertencia gutural de Patricia sacó a Jennings del trance. Giróy la vio adelantarse hacia Lurice... quien, en ese instante, se pegó al cuerpo de Peter. Jennings se lanzó hacia Pat, sintiendo que debía hacerlo. Ella se retorció con frenesíen sus manos, mientras su aliento cálido caía sobre sus mejillas, y con el cuerpoviolento en su cólera. —¡Apártate de él! —le gritó a Lurice—. ¡Quítale las manos de encima! —¡Patricia! —espetó Jennings. —¡Suéltame! El grito de agonía de Lurice los paralizó. Aturdidos, la vieron separarse de Peter ycaer de espaldas, con las piernas dobladas y los brazos cruzados sobre la cara. Jenningsexperimentó una oleada de horror. Dirigió la mirada hacia el rostro de Peter. Laexpresión de dolor se había desvanecido. Sólo permanecía una perplejidad atontada. —¿Qué pasa? —preguntó Patricia. La voz de Jennings sonó hueca, atemorizada. —Se lo ha quitado —dijo. —Oh, Dios mío... —contempló a su amiga, espantada. La sensación que tiene de que debe encogerse hasta formar una bola con el fin deaplastar a la serpiente que se va extendiendo en su vientre. Las palabras invadieron lamente de Jennings. Observó el ondulante reptar de músculos bajo la carne de Lurice, lacontorsión espasmódica de sus piernas. En el otro extremo de la habitación, el discoterminó, y, en la súbita quietud, pudo oír un agudo gemido que vibraba en la gargantade Lurice. La sensación de que su sangre se ha convertido en ácido, que, si se muere, sedesintegrará porque sus huesos han sido chupados hasta quedar huecos. Con ojosperturbados, Jennings la observó padecer la agonía de Peter. La sensación de que sucerebro está siendo devorado por una manada de ratas peludas, que sus ojos están apunto de derretirse y chorrear por sus mejillas como si fueran jalea. Las piernas de
  • 133. 133Lurice se enderezaron. Giró hasta ponerse de espaldas y empezó a mover los hombros.Sus piernas se encogieron hasta que sus pies quedaron apoyados sobre la alfombra. Suestómago osciló con una respiración torturada, los pechos hinchados oscilaron de lado alado. —¡Peter! El horrorizado susurro de Patricia hizo que Jennings levantara la cabeza conbrusquedad. Los ojos de Peter brillaban mientras miraba el cuerpo tenso de Lurice.Había empezado a apoyarse sobre las rodillas, con una expresión inhumana en lasfacciones. En ese momento sus manos se alargaron hacia Lurice. Jennings lo cogió delos hombros, pero Peter no pareció darse cuenta. No dejó de estirarse hacia Lurice. —Peter. —Lang intentó hacerlo a un lado, pero Jennings apretó con más fuerza—.Por el amor de Dios... ¡usa la cabeza, hombre! —le ordenó—. ¡La cabeza! Peter parpadeó. Miró a Jennings con los ojos de un hombre que acababa de despertar.Jennings apartó las manos y dio rápidamente media vuelta. Lurice yacía inmóvil de espaldas, con los ojos oscuros mirando al techo. Se inclinósobre ella y apoyó la yema de un dedo bajo su pecho izquierdo. Los latidos de sucorazón casi eran imperceptibles. Le miró de nuevo los ojos. Tenían la mirada vidriosade un cadáver. De repente, se cerraron y un temblor prolongado, torturador, recorrió aLurice. Jennings la observó con la boca abierta, incapaz de moverse. No, pensó. Eraimposible. No podía estar... —¡Lurice! —gritó. Ella abrió los ojos y le miró. Después de unos instantes, sus labios se movierondébilmente e intentó sonreír. —Ya ha acabado —susurró.El coche avanzaba por la Séptima Avenida con las ruedas siseando en el barro. Junto alasiento de Jennings, la doctora Howell iba inmóvil debido a la extenuación. Unaavergonzada y arrepentida Pat la había bañado y vestido, después de lo cual Jennings lahabía ayudado a subirse a su coche. Justo antes de dejar el apartamento, Peter habíaintentado darle las gracias, pero, incapaz de hallar las palabras, le había besado la manoy dado media vuelta sin decir nada. Jennings la miró. —¿Sabes? —dijo—, si yo no hubiera visto lo que de verdad sucedió esta noche, nome lo creería jamás. Todavía no estoy seguro de creerlo. —No resulta fácil de aceptar. —¿Le contaste a Patricia lo que iba a pasar? —No —repuso Lurice—. No podía contarle todo. Intenté prepararla para el impactoque se le avecinaba, pero, por supuesto, tuve que reservar parte. De lo contrario quizáhabría rechazado mi ayuda... y su novio habría muerto. —Era un afrodisíaco lo que había en esa botella, ¿verdad? —Sí —contestó ella—. Debía soltarme. Si no, las inhibiciones personales me habríanimpedido hacer lo que era necesario. —¿Qué pasó justo antes del final...? —comenzó Jennings. —¿El aparente deseo del señor Lang por mí? —preguntó Lurice—. Sólo fue untrastorno del momento. La súbita extracción del dolor le dejó, durante unos segundos,sin voluntad propia. Si lo desea, sin una contención civilizada. Era un animal el que mequería, no un hombre.
  • 134. 134 Minutos después Jennings aparcó delante del edificio de apartamentos de la doctoraHowell y se volvió hacia ella. —Creo que los dos sabemos cuánta enfermedad dejaste expuesta... y curaste estanoche —comentó. —Espero que sí —dijo Lurice—. No por mí, sino... —sonrió un instante—. No pormí realizo esta plegaria —recitó—. ¿Lo conoce? —Me temo que no. Escuchó en silencio mientras la doctora Howell volvía a recitarlo. Luego, cuando élhizo ademán de bajarse del coche, ella le contuvo. —Por favor, no hace falta. Ahora me encuentro bien. Abriendo la puerta, bajó y se detuvo en la acera. Durante unos momentos se miraron.Después, Jennings alargó el brazo y le apretó la mano. —Buenas noches, querida —dijo. Lurice Howell le devolvió la sonrisa. —Buenas noches, doctor. Jennings la observó atravesar la calzada y entrar en el edificio. Luego, poniendo denuevo el coche en marcha, dio un giro en forma de U y emprendió el regreso a laSéptima Avenida. Mientras conducía, en voz baja repitió el poema de Countee Cullenque Lurice le había recitado: No por mí realizo esta plegaria Sino por esta raza mía Que extiende desde lugares sombríos Oscuras manos en busca de pan y vino. Los dedos de Jennings se apretaron sobre el volante. —Usa tu cabeza, hombre —dijo—. Tu cabeza. FROM SWADOWED PLACES Richard Matheson Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3.INDICEIntroducciónVocabularioAFRICA-Los hombres que bailan con los muertos-Zombi blancoHAITI-La pálida esposa de Toussel
  • 135. 135-Madre de serpientes-Yo anduve con un zombiCUBA-Venganzas y castigos de los Orishas-Patakí de OfúnMIAMI-Asesinado al borde de un altar vudúMEXICO-Los espeluznantes secretos del rancho Santa ElenaNUEVA ORLÉANS-Palomos del infierno-El Boogie del Cementerio-Papá Benjamin- El Gris Gris En El Escalón De Su Puerta Le Volvió LocoNUEVA YORK-American Zombie-La pócima de amor comprada con sangre-Desde lugares sombríos.