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  • 1. 1 AMANECER VUDU Relatos De Horror y Brujería Afroamericana SELECCIÓN DE JESÚS PALACIOS VALDEMAR 1993 Para Pedro Duque, mi hermano en Regla Ocha, porque él sabe JESUS PALACIOS Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3.
  • 2. 2 UN PRÓLOGO QUE ES UNA ADVERTENCIA u—dú! Dos simples sílabas que despiertan en nuestra imaginación el obsesivo sonido de los tambores, las cimbreantes figuras de bailarines poseídos por oscuros dioses, ídolos de barro atravesados por alfileres asesinos. Viejas películas en glamuroso blanco y negro, el lento desgranarse de los blues del pantano, los ojos en blanco de zombis y muertos vivientes, el ritmo frenético de la rumba, sangrientos sacrificios al pie de altares desconocidos... Bueno, bueno. Antes de seguir, una justa advertencia, una necesaria aclaración: el Vudú, como su hermana caribeña la Santería, es mucho más que esa imagen típicamente de género que hemos evocado arriba. Son, de hecho, religiones populares afroamericanas cuya verdadera naturaleza abarca complejos fenómenos sociales, culturales, religiosos e históricos. No en vano los antropólogos optan, a la hora de referirse al Vudú, por emplear la grafía francesa propia de Haití, escribiéndolo Vodoun, para diferenciarlo radicalmente del concepto popularizado por el cine y la literatura fantástica, que lo han convertido prácticamente en sinónimo de brujería y/o magia negra. ¡V Los interesados en la verdadera esencia de las religiones afroamericanas pueden, y deben, husmear entre las páginas que Alfred Métraux, Roger Bastide o Wade Davis han dedicado al Vodoun haitiano, las que Zora Neale Hurston o Robert Tallan dedicaran al Vudú y el Hoodoo —que en justicia debería escribirse Judú— del Sur de los Estados Unidos; las que Fernando Ortiz y Lydia Cabrera, entre otros escribieran sobre la Santería afrocubana, el diario de viaje del director de cine Henri Georges Clouzot a través del Brasil, del Candomblé y de la Macumba, o las más recientes descripciones de la moderna Santería neoyorquina, escritas por la portorriqueña Migene González Wippler. Porque lo que ahora tenéis entre las manos es un libro de relatos de horror. Todos están, desde luego, relacionados con su lado más oscuro y siniestro, con las prácticas mágicas, los hechizos y las maldiciones, las crónicas negras y los asesinatos rituales. Sería absurdo negar el atractivo morboso que ejerce sobre nosotros esa cara oscura del Vudú. Ya la simple realidad de la existencia hoy día de religiones basadas en el sacrificio y las prácticas mágicas, no sólo en países tropicales y “atrasados”, como nos gustaría creer, sino en el interior mismo de nuestras grandes ciudades, resulta francamente inquietante para el hombre presuntamente civilizado. Y es que quizá lo más terrorífico del Vudú sea cómo lo real y lo fantástico se entremezclan en él, de forma difícilmente discernible. No estamos ante fenómenos sobrenaturales incomprobables, ante paganismos ancestrales ya desaparecidos, ante criaturas más bien míticas como vampiros y hombres lobo. Cualquiera que lo desee puede consultar las incontestables pruebas reunidas en torno al caso de Narcille Clovis, el fenómeno zombi más documentado de Haití. Y, sin llegar a extremos melodramáticos, cualquier turista avisado puede asistir a ceremonias y fiestas rituales a lo largo de todo el Caribe y buena parte de Sudamérica, visitar el Museo del Vudú en Nueva Orleáns, o comprar cualquier accesorio que necesite para sus hechizos santeros en las muchas “botánicas” del Harlem Hispano de Nueva York o de la Pequeña Cuba de Miami. Son estos aspectos únicos, la contemporaneidad de una religión pagana procedente del Africa oscura y su posible poder real, los que han hecho del Vudú uno de los temas predilectos de la literatura fantástica y de terror. Desde los tiempos de “Weird Tales”, en plena era dorada del pulp, el Vudú es presencia continua en el cuento de horror y, aunque se eche quizá a faltar al arquetípico Hugh B. Cave, autor que residió largas
  • 3. 3 temporadas en el propio Haití, de las páginas amarillentas de los pulps hemos entresacado joyas como Madre de Serpientes de Robert Bloch, Palomos del Infierno del texano Robert E. Howard —que aporta aquí el mito de la zuwenbi, verosímil invención del propio Howard—, Papá Benjamín de William Irish —es decir, de Cornell Woolrich—, y Desde lugares sombríos de Richard Matheson. Junto a estos relatos de terror clásicos, encontraremos historias que les fueron narradas a viajeros e investigadores como auténticas y libres de cualquier duda. Attilio Gatti, Vivian Meik, el célebre William Seabrook —que con su clásico Magic Island dejó bien establecidas las bases de la leyenda negra del Vudú haitiano—, la periodista Inez Wallace, Lydia Cabrera, Raymond J. Martínez y el Dr. Gordon Leigh Bromley, aportan sus experiencias —a veces personales— de la realidad del fenómeno zombi, de la existencia de sectas secretas africanas y siniestros rituales necrofílicos, del poder de los antiguos dioses de Africa, de las posesiones o “montas”, y de la terrible eficacia de hechizos y maldiciones. Algunos de los relatos que incluimos son estrictamente (!!!) verídicos, como ocurre con los escritos por el investigador de lo oculto Brad Steiger y su esposa, tanto Los espeluznantes secretos del Rancho Santa Elena, que narra los famosos sucesos de Matamoros que inspirarían también a Barry Gifford su novela Perdita Durango, como La pócima de amor comprada con sangre. Y especial atención, por su realismo de puro y duro informe policial, merece ¡Asesinado al pie de un altar vudú!, la crónica de Richard Shrout que nos introduce en las oscuras relaciones que unen la práctica de la Santería con el narcotráfico y el hampa latina de Estados Unidos. Todo un episodio de “Miami Vice”. La mítica conexión entre el Vudú y la música popular queda ejemplificada tanto en el clásico Papá Benjamín, con su jazzístico y maldito Canto Vudú, como en El Boogie del Cementerio de Derek Rutherford, un terrorífico Rock’n Roll que haría estremecer de miedo al mismísimo Screamin’ Jay Hawkins. Y la presencia del cine de terror más clásico la encontraremos en Yo anduve con un zombi, que diera pie —convenientemente mezclada con Jane Eyre— a la legendaria producción de Val Lewton, dirigida por Jacques Torneur, además de, nuevamente, en el relato de William Irish, llevado a la pequeña pantalla por Ted Post en 1961, y víctima de toda una adaptación inconfesa en el clásico de episodios Doctor Terror, producido por la británica Amicus Films. Pero, cuidado, no en Zombi Blanco de Vivian Meik, sin relación alguna con el film del mismo título. Por cierto, he de confesar aquí que el título de esta antología lo hemos tomado prestado de Voodoo Dawn, la película —y novela— de John Russo, con la que el coautor de La noche de los muertos vivientes quiso pagar su deuda con el Vudú. No quiero dar paso ya a los misterios del Caribe y el Africa profunda sin otra advertencia: a pesar de nuestro criterio, digamos que geográfico, los relatos no siempre se ajustan estrictamente a su área territorial, y es que nuestra selección no pretende ser ni exhaustiva ni, mucho menos, ortodoxa. Como veréis se mezclan en ella los relatos y los hechos reales, la crónica negra y los cuentos de fantasmas, el Vudú, la Santería y hasta otros cultos más terribles y desconocidos. Se trata tan solo de explorar —y explotar— ese lado más siniestro, terrorífico y brujeril del Vudú. Su leyenda negra — muchas veces falsa, otras no—, su folklore más fantástico, su imagen más pop. Yo, por mi parte, confieso que siento por el verdadero Vudú y la Santería el mayor de los respetos y una gran simpatía. Puede que vosotros, cuando hayáis terminado de leer las páginas que siguen, también deseéis profundizar más en las religiones afroamericanas. Ya se sabe, si no puedes vencerles, únete a ellos.
  • 4. 4 VOCABULARIO En todos los relatos seleccionados se han respetado los términos propios del Vudú y la Santería tal y como los transcriben sus autores; ello supone que, a veces, el mismo término aparezca escrito de distinta forma, según el autor y hasta el relato. Para facilitar la comprensión de algunos de los textos se incluye un pequeño vocabulario de términos religiosos afroamericanos, que recoge exclusivamente aquellos que se nombran en el libro. Este VOCABULARIO ha sido confeccionado por Jesús Palacios y Pedro Duque. Al lado de cada término, entre paréntesis, se dan otras variantes del mismo. ABAKUÁ (Abakwá, Abacuá): Secta afrocubana, también conocida por el nombre de Ñañiguismo o ñáñigos, procedente de los pueblos Efik y Ekoi de la Costa Calabar del Oeste de África. El término Abakuá se refiere al pueblo y la región de Akwa, donde floreció esta sociedad en el continente africano. Aunque actualmente se la da por desaparecida, desde mediados del siglo XIX y hasta muy entrado el XX, la Sociedad Abakuá ejerció una enorme influencia secreta en la vida política y social de Cuba, como puede comprobarse en la novela que le consagró Alejo Carpentier: Ecue—Yamba—O. AMARRE: Se llama así en la Santería al acto ejecutado por un brujo o curandero con el fin de retener a la persona amada, manteniéndola bajo su voluntad. Se trata, esencialmente, de un hechizo amoroso. BABALAWO (Babalao): Sacerdote santero dedicado al culto adivinatorio de Fa o Ifá. Su nombre significa “Padre y dueño del secreto” en lengua yoruba, de cuyo Oráculo de Ifé africano proviene este culto. Más generalmente, sacerdote santero. BABALOCHA: Sacerdote santero encargado de las ceremonias de iniciación de los nuevos santeros. BAJAR EL SANTO (Coger el Santo, subir el Santo, tener el Santo, etc.): Frase que se usa familiarmente en la Santería para denominar la posesión física de un creyente por alguno de los santos u Orichas, llamada a su vez “monta”. BARÓN SAMEDI: Loa o dios Vudú, señor y guardián de los cementerios, algunas veces identificado con Guedé, que es representado por una gran cruz colocada sobre la tumba del primer hombre enterrado en el lugar. Junto al Barón la Croix y el Barón Cimitière, forma la tríada de los Barones Vudú, todos con herramientas de enterradores. CANDOMBLÉ (Candombé): Nombre que designa en Bahía (Brasil) ciertos cultos —y sus prácticas— afroamericanos, muy similares al Vudú y, sobre todo, a la Santería. Aunque originalmente era africano y yoruba o nago, rindiendo por tanto culto a los Orixás al igual que la Santería a sus Orichas, posteriormente se han introducido variantes como el Candomblé Blanco, con divinidades indias autóctonas. Al igual que, a
  • 5. 5 veces, las palabras Vudú y Santería, Candomblé puede designar tanto la religión como sus prácticas, las ceremonias y, al tiempo, el recinto donde se celebran. DAMBALLAH (Damballah Wedo): Loa o dios Vudú de la lluvia, los ríos y los lagos. Su símbolo es la serpiente, generalmente una boa constrictor rojiza, y al tratarse de uno de los Loas más poderosos, temidos y adorados, ha contribuido sobremanera a extender el error de que el Vudú es un simple culto a la Serpiente. EBBÓ (Ebó): Palabra yoruba que designa en Santería la ofrenda de frutas y dulces o el sacrificio de animales cuadrúpedos y de aves que se ofrece a los Orichas para obtener su favor. GANGÁNGÁME: Sacerdote o brujo perteneciente a la secta Gangá de la Santería cubana, de origen congo o bantú, y fuertemente animista. En ella se adora a los espíritus de los muertos, y está fundamentalmente orientada hacia la magia y los ritos funerarios. GRIS GRIS: Hechizo mágico Vudú que puede consistir tanto en un simple sacrificio animal, como en una bolsa llena de objetos mágicos, en un talismán o en un fetiche. Puede usarse tanto para el bien como para el mal, y ejerce su influencia sobre la suerte de aquél a quien se le destina. A veces designa un dibujo místico en el suelo, similar a los vevés haitianos. Es un término propio del Sur de los Estados Unidos, pero procede del africano Gri—Gri, de igual significado. GUEDÉ (Ghede): Loa Vudú de la muerte y los cementerios. Designa tanto una divinidad como a un conjunto de dioses, relacionados siempre con los cementerios, la muerte, los ritos funerarios y el culto a los antepasados. Procede del pueblo de los Ghede—vi, casta africana de enterradores llevada como esclavos a Haití. Paradójicamente, Guedé posee también connotaciones fálicas, siendo también Señor de la Vida, muy dado a las obscenidades y a la bebida. IWORO: En lengua yoruba, dícese de los santeros y creyentes que son hijos de Obatalá. IYALOCHAS (Yalochas): Sacerdotisas santeras, equivalentes femeninos del Babalocha o Babalao. LENGUA: Nombre que se da en la Santería a los rezos y frases litúrgicas que se recitan en lengua yoruba. Asimismo, la Sociedad Abakuá denomina “lengua” al dialecto ñáñigo, y en el Vudú se llama “langage” a la lengua usada en los sagrados ritos africanos. LUCUMÍ: Nombre que dieron arbitrariamente los cubanos a todos los negros procedentes de Nigeria, la mayoría de ellos yorubas, por lo cual ha quedado también como sinónimo de yoruba y de la propia Santería, de predominio nigeriano. MAMALOI: Familiarmente, nombre con el que se designa a las sacerdotisas Vudú, sobre todo en el Sur de los Estados Unidos, pero a veces también en Haití.
  • 6. 6 OBEAH: Nombre que recibe en algunas islas del Caribe —Trinidad, Martinica, Jamaica, etc.— la magia afroamericana, y que equivale hasta cierto punto al Vudú y la Santería. OMÓ (Omó Oricha): En yoruba, hijo de Santo. Es decir, aquél que ha sido iniciado por completo en la Santería y elegido ya por su Oricha correspondiente. ORICHAS (Orischas): Nombre genérico de las divinidades yorubas a las que se rinde culto en la Santería, y también en el Candomblé brasileño con el nombre de Orixás. Son el equivalente de los Loas del Vudú, y al ser sincretizados con el Santoral católico, la palabra Oricha deviene a su vez sinónimo de Santo. ORO: En yoruba, la palabra que designa el cielo, el lugar de residencia de los Santos u Orichas. OUANGAS (Wangas): Maleficios Vudú, actos de magia negra contra un enemigo o amuletos mágicos que se emplean con fines egoístas o malignos. También mal de ojo. PALO MAYOMBE (Regla de Palo): Secta afrocubana de origen bantú, inclinada profundamente hacia la magia y la brujería. Con el nombre de Palo Cruzado se subordina al sistema yoruba de la Santería, al que complementa con prácticas y dioses congoleños, siempre con un enfoque más práctico y utilitario. Tal es la forma de este culto, que Mayombé es a veces el nombre que se le da al espíritu del mal, y el término mayombero sirve para designar a todos los brujos en general. PAPALOI: Familiarmente, nombre que se da a los sacerdotes del Vudú. PATAKÍ (Patakín): Relato cuyo protagonismo puede correr a cargo de los dioses, de reyes, animales y hasta objetos, de carácter mitológico y moral. Encabeza, acompañado de un refrán o conseja, cada signo (odu) del Diloggún o Tablero de Ifá, el sistema adivinatorio yoruba usado en Santería. PIEDRA (Otán): Piedra sagrada en la que se supone reside el espíritu de un Santo u Oricha; se guarda en una “sopera” y se le hace el “ebbó” que corresponda a su Oricha. REGLA DE OCHA (Regla Lucumí): Nombre que se le da también a la Santería. Dos son las Reglas principales afrocubanas: la Regla de Ocha o Santería, y la Regla de Palo o Palo Mayombe. SANTOS: Al llegar a Cuba, los Orichas yorubas fueron asimilados por los esclavos a los Santos de sus amos, para poder adorarlos y celebrar sus fiestas. Lo mismo ocurrió en Brasil y en Haití, donde Orixás y Loas tienen sus Santos correspondientes. De este fenómeno sincrético deriva el término Santería, extendido después a toda Latinoamérica y Estados Unidos. SANTISMO: Aunque a veces se le llama también Santería, no debe confundirse con el culto afroamericano originado en Cuba. Se trata de un sincretismo amerindio propio de México y la frontera de Estados Unidos, que utiliza prácticas tanto del catolicismo más ferviente como de viejos rituales aztecas, mayas e indígenas en general. Está estrechamente relacionado con los artistas imagineros mexicanos y chicanos, muchos de
  • 7. 7 los cuales pertenecen a sectas santistas, y sus prácticas, miembros y área de influencia se guardan en el máximo secreto. SOPERA: Recipiente donde se guarda y protege el “otán” de un Oricha, así como sus collares y otros objetos sagrados. Al contacto con el español se debe que este recipiente, originalmente una vasija de madera o barro, cobrara la forma y la decoración de una sopera barroca, pintada con los colores de su Santo. Jesús Palacios & Pedro Duque 1993 Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 LOS HOMBRES QUE BAILAN CON LOS MUERTOS ATTILIO GATTI LOS MAYORES ASESINOS os cocodrilos, gorilas, búfalos, leones, leopardos, serpientes y elefantes se cobran todos los días en Africa un tributo de vidas humanas que no es muy inferior al que pagan los hombres en aquel continente a enfermedades tropicales, como la fiebre de la selva y la fiebre amarilla, el sodoku y kala—azar, la lepra y la enfermedad del sueño, por nombrar sólo unas pocas. L Sin embargo, por lo que se refiere al Africa Central, tengo la firme convicción de que, entre todas las fieras y todas las epidemias juntas, no causan tantas víctimas en hombres, mujeres y niños de la raza negra como las sociedades secretas con sus odiosos crímenes. ¡Que nadie se llame a engaño! Estas antiguas sectas, que tienen su origen en un remoto pasado de crueldad, lujuria y barbarie, siguen siendo hoy mismo, a pesar de todos los esfuerzos de lo que llamamos civilización, unas asociaciones de los mayores y más implacables asesinos. Estas fuerzas malignas operan en todas partes y su poder se acrecienta con su invisibilidad. Se ocultan entre las multitudes negras que hormiguean en los arrabales de las pequeñas ciudades y de las explotaciones mineras que están en plena actividad; se filtran en todas las tribus desparramadas a lo largo de los ríos, a orillas de los lagos, en los bosques, llanuras y selvas; se recatan entre los mismos indígenas que los blancos tenemos a nuestro servicio o vemos pasar desde el camión. Para demostrar esto que afirmo voy a relatar un episodio espantoso que nadie, que yo sepa, ha hecho público hasta ahora. Se trata de la historia horrible, pero absolutamente auténtica y exacta hasta en sus menores detalles, fuera de cambios deliberados de nombres, del poblado de Mohoko. Sin embargo, el lector que quiera explicarse bien cómo es posible que los espeluznantes e implacables asesinatos de las sectas secretas sigan realizándose hoy día en el Congo en una gran escala y con casi absoluta impunidad, debe empezar por conocer las condiciones generales de vida en aquel país. Concretemos el caso a la región de los
  • 8. 8 Watza, en la que yo residí por espacio de varios meses durante una de mis últimas expediciones. El poblado del jefe Mohoko se hallaba enclavado en ese territorio, tan extenso como Bélgica, y que es la única población de importancia. Se compone de una docena de chozas, en las que están instalados comerciantes griegos e indios, y de una docena de malas casas de ladrillo en las que viven funcionarios belgas, entre los que se cuentan un médico, un veterinario, el empleado de correos, el recaudador de impuestos y unos cuantos representantes más del Gran Dios Balduque, ninguno de los cuales tiene nada que ver con el gobierno de los indígenas. Completan la población un hospital, una pequeña casa misional, algunos edificios en los que está instalada la Administración, el Tribunal, la cárcel y una choza muy amplia para la “guarnición”. Pero el Administrador y sus dos ayudantes tienen que gobernar a una masa humana de 30.000 a 40.000 personas. No puedo dar cifras exactas, pero éstas que cito son las mismas que oí en boca del Administrador Territorial, señor Van Veerte. Coincidiendo con mi estancia en el país se estaba procediendo a la ocupación permanente de grandes extensiones de territorio; y, como es natural, no disponía aquel señor ni de tiempo ni de medios para llevar a cabo un censo exacto de la población, que se mostraba muy poco dócil. Van Veerte, lo mismo que sus antecesores, conocía de una manera superficial un par de los diecisiete dialectos hablados entre las tribus que estaban bajo su autoridad. Por eso tenía que entenderse siempre con los indígenas por medio de su intérprete Sankuru, natural del país, que llevaba muchos años de policía. Todo el mundo hablaba de la lealtad de Sankuru. Siendo joven, combatió a las órdenes de Stanley, cuando el gran explorador norteamericano abrió la región del Congo al dominio del rey Leopoldo II. Tanto el rey Alberto como el rey Leopoldo III tuvieron a gala, en sus visitas casuales a la colonia, el prender una nueva medalla a la blusa azul de Sankuru; medallas que éste, a pesar de su anciana edad, ostentaba con dignidad propia de un monarca. Sankuru lo sabe todo y conoce a todos. Y lo que no sabe de primera mano lo averigua por medio de uno u otro de los veinticuatro policías indígenas que eligió, entrenó y que están a sus órdenes. Téngase esto en cuenta: los Administradores pasan, pero Sankuru sigue siempre en su puesto. Por eso los Administradores hacen lo que Sankuru susurra en el oído blanco en el momento propicio. No niego que Van Veerte se aconseja mucho y se informa a través de la Misión católica, que funciona de muchos años atrás, y también del médico, aficionado a la etnografía local. Pero lo que el padre José conoce, lo sabe a través de Basiri, un catequista con cabeza de gorila; y la fuente de información del doctor Gablewitch es Manuel, su ayudante; y, del mismo modo, la enciclopedia viva de Van Veerte es Sankuru, su intérprete, jefe de su policía... y su gacetillero. Todo marcharía como la seda si entre Sankuru, Manuel y Basiri no existiese una vieja enemistad cuyos orígenes nadie ha logrado averiguar, pero que sigue hoy tan viva como el primer día. Los tres se odian profundamente, y cada cual susurra con frecuencia al oído de su propio amo el cuento de las pequeñas faltas de que se han hecho culpables sus enemigos de toda la vida. Los tres hombres blancos no fomentan abiertamente estas rivalidades, pero se aprovechan en todo momento de las mismas. No los censuro, ni quiero dar a entender con esto que no son muy buenos amigos. Todo lo contrario. En cuanto alguno de ellos se entera de algo referente al servidor del otro, hace cuestión de honor el poner al corriente al interesado. El padre José se acaricia la roja barba, quejándose de la falta de caridad cristiana de aquellos paganos, y excluyendo de esta apreciación, como es
  • 9. 9 natural, a Basiri, cuyas palabras son casi el Evangelio. El doctor Gablewitch, por su parte (el doctor es un polaco de muy buen corazón), se ríe a carcajadas y asegura que todos los indígenas son unos soberanos embusteros; todos, menos su ayudante. Y el administrador no se toma siquiera la molestia de decir a los otros que Sankuru es hombre que merece absoluta confianza, y se frota las manos de gusto, si no materialmente, por lo menos con el pensamiento. Porque está profundamente convencido de que aquella enemistad entre los tres aliados negros de las autoridades blancas es un hecho que ofrece grandísimas ventajas. . . . . . . . . . . Había yo llegado a desentrañar este curioso estado de cosas, cuando organicé una corta expedición de caza que debía tener lugar en Mohoko. Estando ya a punto de emprender mi safari, se me acercó Manuel, el ayudante del doctor Gablewitch, diciéndome que su amo le había mandado que fuese a Mohoko. ¿Había inconveniente en que se sumase a mi safari? Me aseguró que podía serme útil, porque conocía muy bien el camino. Agregó que había estado muchas veces en aquella región, aunque no en el mismo Mohoko. No me fijé de momento en la excesiva insistencia que ponía al decirme esto último, pero andando el tiempo hube de recordarlo. Estaba muy atareado arreglándolo todo para salir cuanto antes, y no tenía tiempo para perderlo en conversaciones. Me limité a decirle que sí y nos pusimos en camino. Llegué a Mohoko y me encontré con una pequeña comunidad de unos doscientos indígenas, ariscos, primitivos, pero inofensivos. Aunque el trato que mantenía con la tribu era muy superficial, me sorprendió desagradablemente el observar que había entre ellos un gran número de idiotas. Y no me sorprendió menos el que la comunidad los alimentase y cuidase muy bien, porque estaba acostumbrado a ver que en Africa los enfermos incurables quedan relegados a la categoría de parias, de los que todo el mundo se desentiende. Había hecho yo a Van Veerte el ofrecimiento de que, mientras anduviese por allí, realizaría con mucho gusto un censo preliminar y se lo enviaría. Me imaginé que sería juego de niños, y lo dejé para el último día. Pero cuando empecé la tarea vi que era una cosa complicadísima. El jefe me recibió agriamente. Y me dijo, además, que estaban enfermos. Las mujeres se mostraron mohínas, los hombres se declararon casi abiertamente hostiles, y los chicos recelosos. Y aquellos idiotas, tan gordos y reacios a moverse, lo complicaban todo llevándome la contraria, permaneciendo en su sitio cuando yo les mandaba que se apartasen y metiendo la nariz cuando menos los necesitaba. Sintiéndome incapaz de desenredar aquel embrollo, acabé pidiendo ayuda a Manuel. Éste se prestó muy solícito y reunió a toda la población, arengándoles con la mayor energía en su dialecto local. Yo no entendí una palabra, pero lo que Manuel les dijo surtió mucho mayor efecto que mis coléricas charlas en kingwana, que es el esperanto de la región. El jefe pareció despertar, todos formaron en línea, y, aunque estaba oscureciendo, obtuve en menos de una hora resultados tangibles. Conservo los totales en mi diario: Hombres, 42 casados, 19 solteros; mujeres, 78 casadas, 35 solteras núbiles; niños, 44 de uno y otro sexo. Saqué la impresión de que al menos el cincuenta por ciento de las hembras y el diez por ciento de los varones eran imbéciles, o quizá que estaban atacados de alguna enfermedad desconocida para mí, aunque se hallaban, siquiera en apariencia, bien alimentados.
  • 10. 10 Manuel, con la suficiencia de un médico, me dijo: —Es la enfermedad del sueño. Agregó que por eso no los había evacuado, porque temía que la vacuna fuese un obstáculo para las inyecciones que el Bwana médico habría de ponerles más adelante. Aquello era un puro disparate, porque no existía la mosca tsé—tsé en aquella parte del país. Pero era inútil discutir sobre estas cosas con un indígena que desempeñaba las funciones de algo así como enfermero. Me fijé de pronto en la esposa más joven del jefe, que iba y venía tímidamente a mi alrededor. Tuve la impresión de que quería decirme alguna cosa importante, pero que titubeaba, sin atreverse a dirigir la palabra al hombre blanco. Por fin lo hizo, pero no tuvo tiempo de explicarse, porque apenas habló dos palabras la cogió Manuel del brazo, gritándole que volviese a su choza. Quise intervenir, pero ella se libró de las manos de Manuel y echó a correr, tan asustada y recelosa que no quiso volver ni aun cuando le envié a decir por éste último que viniese. Regresamos a Watza, y al llegar a las primeras casas del poblado presenciamos una escena curiosa. Van Veerte, seguido a cierta distancia por su jefe de policía, se dirigía hacia su despacho. Se detuvo para cambiar conmigo algunas palabras. De pronto, como si se acordase de algo, se volvió buscando a Manuel, el cual se encaminaba ya hacia la casa del doctor, dando un rodeo para no encontrarse con Sankuru. —¿Dónde está ese hombre? —preguntó Van Veerte. La cara de Manuel adquirió una expresión tan elocuente de sorpresa que bastaba para que el Administrador comprendiese que no adivinaba el sentido de su pregunta. Inesperadamente se abalanzó Sankuru hacia Manuel, chillando: —Yo te di la orden de que al volver trajeses contigo al llamado Loko—Loko. Te dije que el Bwana Administrador quería que compareciese ante el tribunal. Manuel, tan cortés y bien mirado de ordinario, sufrió una desconcertante transformación. Fue tan extraordinario el cambio que tanto el Administrador como yo nos quedamos por un momento mudos y atónitos escuchando el torrente de insultos y maldiciones que salieron de su boca, contorsionada por el furor. También Sankuru perdió el dominio de sí mismo. Su actitud respetuosa y casi meliflua desapareció. Lo único que comprendimos fue que los dos viejos rivales se acusaban el uno al otro de ser los más cochinos embusteros, y no sé cuántas cosas más, de todo el país. Un grito de Van Veerte impuso silencio y el chasquido de su látigo obligó a los dos hombres a salir corriendo en direcciones opuestas. El Administrador se rascó la cabeza: —No me lo explico. Ese individuo, Loko—Loko, tenía que comparecer ante el tribunal para responder de una acusación sin importancia, pero no se presentó. Al saber que Manuel iba a Mohoko, encargué a Sankuru que le dijese que al volver trajese consigo a Loko—Loko. Suponiendo que Sankuru olvidase mi orden, o, lo que es más probable, que Manuel no quisiese ejecutar el encargo, ¿a santo de qué ha venido esta riña entre ellos? Iban a ocurrir de allí en adelante muchas cosas que ni Van Veerte ni nadie podía explicarse. Empezando por los juramentos que hizo Manuel, afirmando que Loko—Loko no se encontraba en aquel poblado. Y porque los dos policías que fueron enviados inmediatamente para que procediesen a la detención de aquel individuo no regresaron, como debían, a los cuatro días.
  • 11. 11 Pasados tres días más, destacó el Administrador al mismo Sankuru con órdenes terminantes de traer a Loko—Loko, a los dos policías y, para hacer un escarmiento, al jefe mismo de Mohoko. Transcurrió una semana. Por fin regresó Sankuru. Venía cansado, abatido... y con las manos vacías. Todos los que había ido a buscar habían desaparecido. —Pero esto es un desatino —gritó enojado Van Veerte—. ¿También el jefe ha desaparecido? ¿Se ha ausentado sin permiso mío? ¡Verdemte! Sankuru tragó saliva, como si tuviese que hacer un esfuerzo doloroso para continuar su informe. Se quejó de que en el poblado de Mohoko no le quisieron ni escuchar. Llegaron hasta amenazarle con matarlo a palos si no se largaba de allí enseguida. Y él, que había luchado a las órdenes de Stanley y había sido condecorado por dos reyes blancos, tuvo que apelar a la fuga para salvar la vida. Las palabras de aquel hombre, el tono patético de su voz, la expresión de vergüenza que se retrataba en su rostro arrugado, habrían estremecido al hombre más duro. Pero, mientras hablaba, me cruzó por la cabeza un recuerdo. El de la más joven de las esposas del jefe. ¿Qué sería lo que quería decirme? Creí que era mi deber informar a Van Veerte, y en cuanto Sankuru dio fin a su informe y se retiró, le conté la extraña actitud del jefe y cómo su joven esposa había intentado hablar conmigo. Cada palabra mía no hacía sino aumentar la inquietud del Administrador. Cuando acabé de hablar gruñó: —Aquí ocurre algo grave, muy grave. No tardó en poner al corriente de todo al doctor y al padre misionero. También éstos se manifestaron intranquilos. El misionero se acarició la barba y dijo: —Con lo que he oído hasta ahora, me basta para que desee acompañarle a usted, si es que decide ir a Mohoko. —También yo le acompañaré —dijo el doctor. La “tropa” que el Administrador tenía a sus órdenes ascendía a la cifra de un sargento y cinco soldados. Se los llevaría a todos de escolta, dejando la cárcel de Watza sin otra guardia que algunos policías. Quizá se viese en la necesidad de hacer frente a una sublevación y de sofocarla con sólo aquellas fuerzas y los dos blancos que le acompañarían con sus leales criados. La cara de Van Veerte era de ordinario inexpresiva, pero yo adivinaba lo que ahora estaba pensando. Por eso no me sorprendió que aceptase la colaboración de todos los que se ofrecieron a ir con él, e incluso la mía. A los dos días, tomadas las medidas necesarias, salimos todos juntos. En la tarde del segundo acampamos a dos horas de distancia, más o menos, del poblado de Mohoko. A la mañana siguiente avanzamos con toda clase de precauciones. El sargento y los soldados iban delante, por si nos habían tendido alguna emboscada. Los policías formaban la extrema retaguardia de la columna, para impedir que, si nos atacaban con flechas y lanzas envenenadas, los peones de transporte tirasen sus cargas y saliesen huyendo. A medida que avanzábamos se iba haciendo más siniestro el silencio que nos rodeaba. No se veía aún el poblado, aunque lo teníamos tan cerca que hubiéramos debido oír voces y gritos. Nos hallábamos en la última curva de un sendero bastante empinado, cuando llegó hasta nosotros un grito. Era el sargento quien lo había dado, y venía a todo correr hacia nosotros.
  • 12. 12 Echamos a correr también a su encuentro..., y vimos a los cinco soldados que andaban de un lado para otro por el espacio abierto que antes ocupaba el poblado. Parecían buscar algo; pero ¿cómo es que no veíamos otra cosa que a los cinco soldados? El poblado había desaparecido. EL CASO DEL PUEBLO DESAPARECIDO arecerá descabellado lo que cuento, pero era la pura verdad. Ya no estaba allí el poblado. destinada Mis ojos atónitos, que veinte días antes habían visto allí una gran choza a las reuniones y el palabreo, unas ochenta chozas grandes, decenas de graneros y gallineros, no descubrían ahora más que un campo desolado en el que se divisaban algunas ruinas carbonizadas. De la población, anda; los 218 habitantes se habían esfumado. Hombres, mujeres y niños. Se habían largado todos. P "¿Adónde? ¿Por qué razón?", nos preguntábamos unos a otros. Prescindiendo del por qué, no encontrábamos indicación alguna del dónde. Después de una búsqueda de dos horas, regresaron Sankuru y sus policías muy abatidos, asegurando que aunque ellos tenían más experiencia que los soldados en estas cosas, tampoco habían podido hallar el rastro. Ni siquiera podían señalar la dirección probable, porque la tribu había borrado y confundido con mucho cuidado sus huellas. Van Veerte estaba en ascuas. No es posible reproducir en letra impresa los comentarios que hizo, aunque en esencia venían a resumirse en que no era posible que desaparecieran así como así 218 personas. Pero el hecho es que habían desaparecido, tan completa y definitivamente que parecía que nadie sería ya capaz de aclarar semejante misterio, y que sólo quedaría memoria de él en algún archivo polvoriento y en el epitafio oficial que marcaría el fin de la carrera colonial del señor Van Veerte. Por suerte para la majestad de la justicia y para la carrera del Administrador, había tenido yo un buen día el capricho de ir a cazar cerca del poblado de Mohoko, brindándome al propio tiempo a hacer un pequeño servicio al Administrador. Esto alteró por completo el curso de las cosas, aunque no quiero atribuirme por ello ningún mérito. Algunas preguntas que había hecho a los indígenas y algunos datos que había recogido; la tentativa que hizo para hablarme la esposa joven del jefe y su fuga; la escena entre Sankuru y Manuel; la extraña desaparición de Loko—Loko y de los dos policías enviados en su busca... Con estos frágiles hilos iniciaron su fatigosa investigación los dos magistrados que destacó, al conocer lo ocurrido, la Administración de la provincia. Muy poca cosa, en resumidas cuentas. Pues bien: estos hechos insignificantes fueron la clave que condujo al descubrimiento de uno de los más espeluznantes misterios del Congo, según pudo verse al final. Tuve la suerte de seguir desde el principio aquella investigación, que resultó hasta el último momento llena de emociones. Pronto llegamos todos nosotros a convencernos de que la desaparición de Mohoko era obra de una sociedad secreta. Pero nadie sabía de qué secta se trataba, aunque era evidente que dominaba con mano de hierro a las poblaciones de todos aquellos alrededores. Hasta Sankuru y sus policías, Basiri y Manuel, fuentes habituales de información que nunca fallaban, parecían ahora incapaces de dar con una clave, sorprender una palabra indiscreta o proporcionar un dato cualquiera. Nos hallábamos frente a una conspiración de silencio aterrorizado que ni las promesas ni las amenazas lograban romper.
  • 13. 13 El doctor Gablewitch y el padre José empezaron a visitar, pueblo por pueblo, todos los de la región. Iban en apariencia para llevar a los indígenas sus consuelos médicos y espirituales; pero, en realidad, para llevar a cabo, como pudiesen, un censo de cada tribu y para tomar rápida nota de cualquier señal o coincidencia sospechosa que pudiera llamar su atención. Nada de particular descubrieron en los seis primeros poblados que visitaron. Pero en el séptimo, mientras el doctor se hallaba entregado a sus tareas médicas, observó que un indígena intentaba escabullirse de puntillas por detrás de la choza, con la evidente intención de que no le viese. Despachó en el acto un policía en su persecución, porque el indígena echó a correr al verse descubierto. Aquél lo alcanzó y se lo trajo a rastras. El indígena gruñía y jadeaba. El doctor Gablewitch se fijó en los tatuajes circulares que llevaba en el torso; parecían del mismo estilo que los que yo le había explicado que eran frecuentes en Mohoko. El buen doctor, que gustaba de las bromas pesadas, compuso un rostro terriblemente amenazador y rugió: —Tú escapabas, y eso demuestra que eres culpable. En castigo, te voy a poner ahora una inyección que te mate con una agonía lenta y espantosa. El indígena dejó de forcejear y se quedó suspenso; pero en cuanto vio que el médico cogió en sus manos una jeringa llena de suero, dio un salto atrás, dando alaridos y pugnando a brazo partido por desasirse de los policías. Viendo que no lo conseguía, gritó: —¡No, Bwana, por favor! ¡Diré lo que sé! Estas fueron las últimas palabras que pudo pronunciar. El doctor sintió el silbido de algo que pasaba junto a su oreja..., y una flecha se clavó en el corazón del preso. El veneno en que estaba impregnado causó un efecto instantáneo. Se produjo una enorme confusión. Salió para aquel lugar un magistrado, pero tardó un día entero en llegar. Los dos blancos, sus criados y los policías no habían conseguido dar en aquellas veinticuatro horas con una clave. Peor aún: al pedir el magistrado al médico sus notas, éste no las encontró. Habían desaparecido las listas de nombres, familias, inyecciones, tatuajes y todas las demás observaciones que había hecho. El magistrado dio orden a los soldados de que reuniesen a toda la población. Pero Garao era un pueblo que nos reservaba sorpresas. El número de los individuos que aparecían con vacunas recientes era bastante superior a la cifra que el doctor recordaba haber vacunado. —¡Tráiganme al jefe! —ordenó muy escamado el juez. Todos salieron llamando al jefe, pero éste no apareció ni supo nadie decir dónde andaba. El magistrado gritó a Sankuru: —¡Tráeme volando al jefe! Como no esté aquí dentro de diez minutos... Pero transcurrieron diez minutos, y veinte, sin que apareciese. Y fue por último el magistrado mismo quien tuvo que ir a verlo... en un pequeño calvero donde lo encontraron Sankuru y sus policías, en medio de un charco de sangre, con la garganta destrozada por horribles zarpazos de un felino. —Un akkha —murmuró Sankuru. Y al mismo tiempo señaló unas huellas del feroz leopardo de las montañas de aquella región, que estaban claramente marcadas aquí y allá en el fango, alrededor del cadáver todavía caliente.
  • 14. 14 —Un akkha lo ha matado —repitió con semblante lívido, y al decirlo se restregó las manos una y otra vez en la blusa azul de su uniforme. Basiri exclamó entonces: —¡Ese majadero ha tocado el cadáver! El magistrado miró a Sankuru y vio las manchas de sangre. Esto le produjo una repentina turbación, y volvió la vista hacia otro lado. Pudo así descubrir la causa del súbito silencio que se había producido a su alrededor. La bulliciosa multitud de indígenas que había ido en pos de él hasta el lugar en que fue hallado el cadáver se había esfumado. Había bastado que se pronunciase una sola palabra: “¡Akkha!” para que se desbandasen todos sin abrir la boca. A nadie engañó aquella muerte del jefe de Garao. Los animales carnívoros no atacaban jamás al hombre en pleno día y en los alrededores del poblado. Aquello era cosa de los Hombres Akkha, los feroces asesinos que acostumbraban a emboscarse en espera de sus víctimas para clavarles en el cuello unas garras de hierro que se atan a las manos; los akkhas, que se cubren la cabeza con una piel del auténtico leopardo para disfrazar así su personalidad; los akkhas, que una vez cometido el crimen dejan impresas en el lugar unas huellas falsas de felino hechas con un bastón tallado, borrando antes con sumo cuidado las suyas propias. Era un asesinato más. Desde aquel momento, los crímenes se sucedieron rápidamente unos a otros. Conforme avanzaba la investigación, se iban amontonando los cadáveres. ¡Hasta el número de cuarenta y siete! Y sin encontrar jamás un rastro, fuera de algunas huellas de akkha, y esto sólo en algunos casos. Indicaciones que pudiesen guiar las pesquisas, ninguna. A menos que... Sí, algo había. Cuarenta y cinco de los cuarenta y siete asesinados tenían la marca de haber sido vacunados, y dieciocho de los hombres estaban tatuados con círculos. Dos había que no presentaban señal de haber sido vacunados, pero al examinar sus cadáveres observó el doctor un detalle curioso. Ambos tenían el relieve de una cicatriz igual en el estómago, un poco más arriba del ombligo. Manuel, el ayudante del médico, brindó una explicación posible de aquel hecho. La vacuna asustaba en un principio a los indígenas, pero luego se dieron a pensar que tal vez fuese una gran operación de magia de los blancos. Entonces, algunos de los que no habían sido vacunados querrían gozar de una protección parecida a la que la vacuna proporcionaba, y se dirigían al hechicero, y éste les haría una incisión abdominal, embutiendo en ella algunos de sus sucios medicamentos. Pero, ¿y los tatuajes de los dieciocho restantes? ¿Qué sentido tenían? ¿Y qué se podía deducir del hecho de que ninguna de las víctimas hubiese escapado de la vacunación de Manuel o a la del hechicero? ¿Se trataba de una simple coincidencia? ¿No nos encontraríamos, según insistían tercamente los magistrados, con alguna pieza del rompecabezas de Mohoko a la que no veíamos aún el sentido? Entretanto, el magistrado, Van Veerte, el padre y el médico habían sometido a interrogatorios, unas veces con halagos y otras de una manera rigurosa, a un buen millar de indígenas; pero con todo ello estaban en el mismo punto de partida. También habían encarcelado los magistrados a unos cuantos centenares de indígenas, con la esperanza de que alguno de ellos cediese y hablase. Tampoco este recurso sirvió de nada. Poco a poco tuvieron que ponerlos en libertad a todos. A todos, menos a cierta persona que trajeron en automóvil desde un poblado lejano de otra región, y que quedó encarcelada en la capital de la provincia. Nadie sabía quién era.
  • 15. 15 Los magistrados me habían pedido, mientras se llevaba adelante la investigación, que les hiciese ampliaciones de todas las fotografías que yo había hecho en Mohoko. Llevé a cabo este encargo, que me costó mucho trabajo. Eran fotografías del jefe de Mohoko y de sus mujeres; de hombres con los torsos tatuados; de un joven cazador al que me encontré cierto día llevando atado a la muñeca un burdo emblema fálico o erótico; del pueblo mismo, etc. Fue tal la satisfacción de los magistrados al recibir aquellas fotografías que tuve la seguridad de que habían identificado al preso misterioso como a uno de los individuos que desaparecieron con todo el poblado de Mohoko. Y tantas vueltas le di a este asunto que adquirí la casi seguridad de que también yo lo había identificado. Una tarde, estando la mayor parte de los encargados de la investigación en Watza para tomarse un día de descanso, que se habían ganado muy bien, cogí una de mis ampliaciones y llamé a Bombo, mi chófer en muchas expediciones. Se la enseñé y le dije: —Fíjate bien en lo que voy a decirte, porque hay en ello una buena matabisha para ti. Tú sabes quién es la persona de este retrato, ¿verdad que sí? —No, Bwana —me contestó visiblemente intrigado; pero luego se iluminó su rostro con una expresión curiosa y se corrigió—: Es posible que la conozca. —Muy bien. ¿Y sabes dónde se encuentra ahora? Bajó la cabeza, pero no dijo nada. Se diese o no cuenta, su actitud equivalía a decirme: “Lo sé perfectamente, pero es mejor que no me meta en este asunto.” —Fíjate bien lo que te digo —agregué—. Esta fotografía te la has encontrado tú haciendo la limpieza del campamento y la has cogido sin decirme nada a mí. ¿Me entiendes bien? Cuando estés reunido con alguno de tus amigos, sácala y házsela ver. Diles que te ha parecido que es de la misma persona que se llevó el magistrado en su automóvil. Lo único que yo quiero que tú me digas es si alguno de los circunstantes se interesa especialmente por ella. Si alguien te la pide, dásela. Y dime quién es. Con esto habrás ganado la matabisha..., que será igual al salario de un mes, ¿estamos? Bombo cogió la foto y se dio por enterado de mi promesa sin muestras de mucho entusiasmo. —Lo que ordenes, Bwana —dijo sin levantar la vista, y desapareció. Un rato después oí gran vocerío, estallidos de risa y pasos de gente que se acercaba a mi tienda. Apareció Sankuru, que traía a rastras a Bombo, el cual pugnaba por desasirse. Venían detrás dos policías y todos mis criados. Sankuru soltó al detenido, saludó con la mayor gallardía cuadrándose, y dio rienda suelta a su indignación: —Bwana —me dijo—: este criado al que quieres como a un hijo y en el que has depositado tu confianza, es un ladrón y debes castigarlo con severidad. Cogí la fotografía que él me presentaba indignado y le contesté que no tenía ningún valor, que yo mismo la había tirado. Sin embargo, lo felicité por su celo, le di unos golpecitos en el hombro y le obsequié con un paquete de cigarrillos. Y le pregunté de sopetón quién era la persona de la fotografía aquella. Sankuru se quedó desconcertado un momento, pero se recobró en seguida. Pero yo había visto lo suficiente para saber que me contestaría con una mentira. Con mucha precipitación, y como queriendo soslayar un asunto demasiado peligroso, contestó: —No lo sé, Bwana —y para hacer más convincente su mentira, agregó—: Soy viejo y tengo la vista cansada. No sé siquiera quién puede ser esa mujer. —Si tan mal estás de la vista —le dije—, ¿cómo has podido ver que se trata de una mujer?
  • 16. 16 —¡ Muy bien dicho, Bwana! —exclamó riéndose, como si mi salida le pareciese graciosísima. Los demás se echaron también a reír. Viendo que no sacaría ni una palabra más de Sankuru, los despedí a todos. Ardía en deseos de saber si Bombo había enseñado la fotografía a alguien más, pero antes quería estar seguro de que Sankuru se había alejado. Me tumbé en mi cama de campaña. Pero era tal mi impaciencia que no pude resistir más, y a los cinco minutos me puse en pie. ¡Bendito sea Dios que tan a tiempo me envió aquel impulso! El crujir de la cama se confundió casi con el ruido que hizo una tela al rasgarse. En la almohada en la que un segundo antes descansaba mi cabeza temblaba todavía una flecha, y la mancha que apareció en la funda me decía sin lugar a dudas que la flecha estaba embadurnada de veneno. Todo esto ocurrió en menos tiempo que el que cuesta contarlo. Y, también en un instante, apagué yo la luz, eché mano al rifle y a una linterna eléctrica y espié por la parte posterior de mi tienda la negra muralla de vegetación que rodeaba al claro del bosque en que estaba instalado el campamento, y que por aquel lado no distaba más de seis metros. Escuché con gran atención. No oí el menor ruido. Mi linterna tenía dispositivo para adaptarla al cañón del fusil en las cacerías nocturnas. Las coloqué, las encendí y registré los alrededores con el foco de luz, adelantando el rifle. Hice bien en mantenerme detrás de la tienda, porque pasó otra flecha silbando por encima de la luz de la linterna y fue a clavarse en el suelo a dos pies de distancia de mí. Apagué inmediatamente la luz y apunté hacia el sitio de donde había venido el chasquido del arco. Disparé, no porque creyese que iba a dar al hombre, sino para asustarlo y ponerlo en fuga. Volví a encender la linterna, pero esta vez la llevaba en la mano, porque oí el ruido que alguien hacía abriéndose paso por entre arbustos y ramas. Pero la oscuridad no me dejó ver nada. Mis criados acudieron corriendo. Les di orden de que se quedasen vigilando y que no permitiesen que nadie se acercase. Entonces pregunté a Bombo cuántas personas habían visto la fotografía antes de mostrársela a Sankuru, pero le advertí que no pronunciase nombres, porque no quería poner en peligro su vida. Esto pareció quitarle un peso de encima y me contestó: —Una solamente, y me pareció que iba hacia aquella choza que hay por ese lado —y señaló en la misma dirección de donde habían venido las flechas. No quería saber más por el momento. Me dirigí rápidamente hacia la casa de Van Veerte y le insté a que cogiese su revólver y me acompañase. Estaba seguro de lo que íbamos a ver..., si llegábamos a tiempo, mientras nos encaminábamos a toda prisa hacia una choza situada a espaldas de la estrecha faja de selva que había detrás de mi campamento. Pero en el momento de ocultarnos detrás de un enorme tronco de árbol, ya no estaba tan seguro, y pensaba: “Con tal de que no esté equivocado ...!” Desde el interior de la choza solitaria se filtraban tenues rayos de luz. —No se mueva —susurré al oído de Van Veerte—. Pero fíjese bien en los que salen. Cuando los haya visto, lo sabrá ya todo. Al cabo de un rato se apagó la luz; pero entonces se había levantado la luna, iluminando el panorama con su pálida claridad. Oímos abrirse la puerta. Fueron saliendo del interior hombres, de a uno, con grandes intervalos, y se alejaron en silencio, pero nosotros pudimos reconocerlos a todos, sin género alguno de duda.
  • 17. 17 Al pasar por delante de nosotros el último, me pareció que Van Veerte sufrió un escalofrío. Quizá el que se escalofrió no fue él, sino yo. Aquel hombre llevaba en la mano un arco que, puesto vertical, le igualaba a él en altura. Era un arco que parecía el más apropiado para disparar flechas como la que se había clavado profundamente en la almohada de mi cama de campaña. LOS HOMBRES QUE BAILAN CON LOS MUERTOS quel día era domingo. ade Aunque debíamos salir todos al siguiente por la mañana para llevar lante nuestras investigaciones, celebramos aquella noche un largo consejo de guerra, durante el cual adoptamos varias resoluciones. La primera de todas fue la de que nos esforzaríamos en mantener una actitud que no hiciese sospechar que sabíamos algo. A Segundo, que tendríamos todos muy buen cuidado de no permanecer nunca aislados. Tercero, que siempre que tuviésemos que referirnos a los cuatro criminales que ya creíamos conocer, nos referiríamos a ellos con las letras A, B, C y D, aun cuando hablásemos en francés, inglés o flamenco. Cuarto, que el más joven de los magistrados se retrasaría, fingiendo una pequeña indisposición, y no se pondría en camino hasta que nosotros llevásemos ya bastante adelantado nuestro viaje. Fingiría entonces una agravación de su enfermedad y daría orden a su chófer de que lo condujese al hospital provincial, y allí ocuparía una cama de manera que se enterase la gente. Más tarde, adoptando las mayores precauciones para no ser visto por ningún indígena, sometería a un duro interrogatorio a la mujer que estaba encerrada en la cárcel de la provincia, poniéndole delante las “confesiones” que le habían hecho A y sus otros compañeros. He dicho “la mujer” porque mi hipótesis había resultado exacta, y ya los magistrados no podían ocultar la personalidad de la presa. Todo salió a pedir de boca, por aquella vez al menos. Ahora que creíamos conocer una buena parte del juego, procurábamos alejar sospechas, haciéndonos los tontos cuanto nos era posible. Regresamos a Watza el sábado por la tarde, después de una semana de safari. El magistrado “enfermo” estaba ya sano, nos esperaba y tenía urgente necesidad de tomar el aire del campo. Como faltaban aún tres horas para que oscureciese y para la hora de la cena, subimos todos a mi automóvil. Hicimos alto en la cumbre de una colina pelada. Nadie podría acercársenos en muchos centenares de yardas a la redonda sin que lo viésemos. Era el lugar más adecuado para charlar con toda libertad. El magistrado joven nos confirmó lo que ya nos suponíamos al verlo restablecido. Después de acosar a la mujer por espacio de varios días, había por fin sucumbido y hecho una confesión completa. Aquella conversación resultó la más espeluznante, pero también la de mayor emoción e interés que he escuchado en mi vida. Parecía como si entre los seis estuviésemos componiendo una novela de misterio, fuera de que la aportación de cada uno de nosotros no era un simple fruto de nuestra imaginación, sino un trozo más del rompecabezas infernal que íbamos poniendo en el lugar que le correspondía. Cuando finalizamos nuestra conversación el libro estaba completo y el misterio aclarado. Faltaba sólo aportar las pruebas concluyentes y el desenlace final. Teníamos la seguridad de que también eso lo tendríamos, si nos acompañaba la suerte, el miércoles
  • 18. 18 por la mañana a más tardar, porque ese día nos encontraríamos todos de vuelta en el sitio donde había estado emplazado un día el pueblo de Mohoko. Era evidente que nuestros criminales tenían su cuartel general en este pueblo. Una de las claves de que disponíamos para obtener esta conclusión era la insistencia con que Manuel había afirmado que jamás había estado allí antes del viaje que hizo en mi compañía. Sin duda le asustaba pensar que yo pudiera descubrir casualmente alguna cosa. Otro indicio era el haber venido conmigo, ya que no se lo había ordenado el médico, sino que fue él mismo quien se lo sugirió al doctor. Lo confirmaba también el caso de Loko—Loko. Es probable que no se mostrase completamente sumiso. Cuando fue citado para que compareciese ante el tribunal con objeto de responder de una acusación leve, tuvieron buen cuidado los asesinos de que no se pusiese fuera del control de su mano de hierro, temerosos de que hablase. Los dos policías que fueron en su busca, y que al ver que aquél había desaparecido armaron barullo y amenazaron, tuvieron el mismo fin que Loko—Loko. Con estas tres muertes el total de los asesinatos ascendía a cincuenta. Todo esto había sido confirmado por la mujer que estaba presa en la cárcel provincial. Era ésta, en efecto, la más joven de las esposas del jefe de Mohoko, la misma que quiso hablar conmigo, pero no para advertirme de lo que ocurría, sino simplemente para pedirme la fotografía que me había visto hacerle. Pudimos advertir que los miembros de la secta que caían en desgracia no salían mejor librados que los extraños. Bastaba infringir una regla para que el infractor pagase su falta con la muerte, aunque perteneciese a la casta privilegiada cuyo emblema era, en opinión nuestra, el tatuaje de círculos. Esto se demostraba con lo ocurrido al indígena en Garao, que, cuando el doctor le amenazó en broma con una inyección mortal, dijo que diría lo que sabía, y en el acto, C o B, que estaban al acecho, le infligieron el castigo. Se demostraba también con el caso del jefe de Garao. Se sabía que era hombre de carácter débil. Cuando el magistrado manifestó su resolución de someterlo a un duro interrogatorio, temieron también C o D que se fuese de la lengua. Entonces un akkha, oportuno y eficaz, entró en acción unos minutos antes de que Sankuru y sus policías llegasen al lugar del crimen. Y el ejemplo más concluyente era el del jefe de Mohoko, al que designábamos con la letra B. Indudablemente que era el segundo de a bordo, pero con todo eso, murió a los pocos días de marcharme yo del pueblo, y la enfermedad que le aquejaba era ya obra del veneno. —¡Murió asesinado! —eso fue lo que la joven esposa manifestó al magistrado, y, según afirmó, lo había matado A, letra con la que seguíamos designando al jefe supremo de la secta. Lo peor de todo era el sistema que la sociedad secreta tenía de matar. —Es lo más espeluznante que oí en mi vida —explicó el magistrado más antiguo—. Pero me parece que es verdad. El nombre de la secta ya lo indica:¡Los que bailan con los muertos! Así se llaman ellos mismos. —Ya me lo estaba imaginando —exclamó el médico sin poderse contener—. ¡Los muy cochinos y bandidos...! Y entonces nos explicó ciertas anormalidades que observó en los cadáveres que aparecían con incisiones abdominales. . . . . . . . . . .
  • 19. 19 Al llegar a este punto me adelantaré al curso de los acontecimientos, para completar este primer informe del doctor Gablewitch con los muchos eslabones de la cadena que aún faltan y que nos fueron proporcionados por los mismos criminales, especialmente por A, que resultó ser, según habíamos supuesto nosotros aún antes de que él y veintinueve de sus cómplices fuesen declarados culpables y condenados a trabajos forzados a perpetuidad, el jefe supremo de la secta, culpable, según propia confesión, de varios centenares de asesinatos. La secta seguía en todos los casos el mismo demoníaco procedimiento. Cuatro o cinco de sus miembros, enmascarados con pieles de leopardo, se introducían a medianoche en la choza del que iba a ser su víctima. Sin necesidad de recurrir a procedimientos de violencia física, caía aquélla “muerta”, es decir, sin voluntad, ya se tratase de un niño, de una mujer o del hombre más vigoroso. Los indígenas usaban este calificativo de “muerta” porque no eran capaces de comprender el gran poder hipnótico que desarrollaban los asesinos de la secta. Bajo la influencia de esta fuerza hipnótica y obedeciendo al mando de sus verdugos, el “muerto” se levantaba, salía de la choza y caminaba con el cuerpo rígido hacia donde ellos lo llevaban. Y siempre la demoníaca procesión se dirigía al mismo lugar, a un claro de bosque que había detrás de la aldea de Mohoko, un tétrico calvero del que nadie se atrevía a hablar en voz alta, pero al que todos los habitantes de la región conocían por el nombre de “Plaza del Baile con los Muertos”. Allí estaban reunidos los iniciados, y, al llegar la nueva víctima, empezaba una danza bruja en la que el “muerto” participaba, sin ofrecer resistencia a cuanto se le ordenaba. Primero bailaban en grupo. Después, conforme los iba llamando el jefe supremo, bailaban todos los miembros en pareja macabra con el “muerto”. A continuación eran conducidas a la plaza aquellas otras víctimas que ya llevaban “muertas” algún tiempo; eran casi siempre mozas y mujeres jóvenes. Acto seguido, y a la luz temblorosa de las antorchas, tenían lugar orgías indescriptibles, hacia el final de las cuales entraban en juego los falos rígidos (como el que yo había visto en la muñeca de un joven). Con las primeras luces del día, cuando el frenesí general había llegado a su punto máximo, se obligaba al nuevo “muerto” a tumbarse boca arriba en el centro de la enloquecida muchedumbre, y entonces un hechicero le hacía una profunda incisión en la piel, por encima del ombligo, y la rellenaba de dawa, es decir, de una medicina secreta. Según manifestaron los acusados, los hechiceros de la secta habían llegado a la conclusión de que la dawa no surtía los mismos efectos afrodisíacos en los individuos que habían sido vacunados que en los que no habían recibido la nueva endemoniada invención del hombre blanco. Por eso tenían los mismos adeptos a la secta tanto interés en vacunarse, como medio defensivo contra la posibilidad de ser elegidos para “muertos”; y también, por la razón contraria, procuraban poner fuera del alcance de la jeringuilla del hombre blanco a los que ya tenían elegidos para víctimas suyas. Acabada la demoníaca ceremonia en la “Plaza del Baile con los Muertos”, la última víctima, todavía bajo el influjo del sueño hipnótico, y las demás “muertas” de reuniones anteriores, eran distribuidas en varias chozas del poblado de Mohoko, en el que los desgraciados vegetaban hasta que llegaba la noche de la ceremonia definitiva en la que había de cumplirse su destino. Durante todo este tiempo los “muertos”, entre los que se contaban muchas más mujeres que hombres, vivían lo que los de la secta llamaban “una segunda vida”. No tenían que trabajar y se les alimentaba copiosamente, lo mismo que si fuesen animales
  • 20. 20 cebados por encargo de un carnicero exigente. Su idiotez iba en aumento y llegaban a perder el uso de sus facultades humanas, no viviendo ya sino con el ansia de satisfacer los accesos de lujuria que desarrollaba en ellos la sustancia afrodisíaca contenida en la dawa. En otros términos, se preparaba desde todo punto de vista a la víctima para las orgías asquerosas que se celebraban con frecuencia en la siniestra plaza y que terminaban con el “Banquete del Akkha”. La víctima cuyo sacrificio debía celebrarse quedaba en la plaza y era sometida a un último tormento. Uno de los miembros de la secta, enmascarado y revestido con pieles de akkha, salía al centro y obligaba a la víctima a bailar con él una parodia de la danza de los cazadores, y cuando estaban en ella saltaba a su cuello, lo mataba y lo hacía pedazos. Los restantes iniciados se unían entonces al presunto akkha y compartían ávidamente aquel banquete, que dejaba empequeñecidas las más aterradoras fiestas canibalescas. Y todo ello bajo la mirada inexpresiva de los demás “muertos—vivos” que un día iban a sufrir la misma suerte. · · · · · · · · · · Cuando se conocieron todos aquellos horrores no fue cosa difícil encontrar la solución al problema de la desaparición de los doscientos dieciocho habitantes de Mohoko. Una mitad aproximadamente eran de otras localidades. No se trataba de idiotas bien cuidados, como yo había supuesto, ni de individuos atacados de la enfermedad del sueño, como pretendía Manuel. Eran pobres desgraciados, raptados por la secta en toda la región, y que vivían en Mohoko bajo los efectos de la diabólica droga para satisfacer los depravados apetitos de sus adeptos. Los demás habitantes del poblado eran miembros o familiares de los miembros de la secta, y tanto mi visita como mis preguntas no pudieron menos que despertar sus recelos. Antes de que empezásemos a investigar hicieron desaparecer a todos aquellos cadáveres ambulantes, matándolos y enterrándolos o, lo que es mucho más probable, devorándolos, en una fanática sucesión de bestiales banquetes. Hecho esto, los demás huyeron en todas direcciones, divididos en pequeños grupos, después de prender fuego a todo lo que no pudieron llevarse. . . . . . . . . . . Al día siguiente de nuestra conferencia, es decir, el lunes, volvimos a recorrer la distancia que nos separaba de Mohoko. El martes por la noche acampamos a dos horas de marcha del descampado en que antes se levantaba el poblado. El miércoles por la mañana nos pusimos en marcha muy temprano. Cuando llegamos al descampado de Mohoko, oímos de pronto un agudo silbido. Nos rodearon por todas partes hombres con uniformes de color kaki. Un oficial belga se adelantó y nos saludó. Llegaron hasta mis oídos algunas frases sueltas de su conversación con los magistrados: “Ayer cavamos durante todo el día... en el otro descampado..., cráneos..., huesos humanos... por todas partes..., docenas, centenares...”
  • 21. 21 Terminada la conversación se volvió el oficial hacia su tropa de soldados negros y, después de darles la voz de firmes, les gritó enérgicamente: —Os recuerdo otra vez las órdenes rigurosas que os tengo dadas. Si alguien, sea blanco o negro, intenta cruzar vuestra línea para escapar, lo tumbaréis de un tiro. Repito, sea quien sea. Examiné los rostros de la gente que había ido con nosotros y vi que estas palabras habían producido una impresión tremenda. Van Veerte no perdió tiempo con muchas palabras. Dirigiéndose a la caravana, les habló de este modo: —Quiero hacer excavaciones en este terreno. El que quiera ganarse un sobrejornal de dos francos, que coja una azada de ese montón. Todos los peones de carga se adelantaron en tropel para echar mano a las herramientas. Van Veerte agregó: —Quiero que trabajen también los policías, y todos vosotros. Al oír esto, Sankuru y sus hombres se adelantaron a coger cada cual una azada. Con gran sorpresa mía, también Manuel, Basiri y sus compinches imitaron su ejemplo. Cuando se hizo un poco el silencio, habló otra vez Van Veerte, y ahora de un modo tajante: —Quitaos las blusas y las camisas. Todos, sin excepción. Fue una cosa curiosa el ver que individuos como Sankuru, Manuel y Basiri, a los que se había tratado hasta entonces con toda clase de miramientos, se sometían humildemente a tal indignidad. Pero algo había en la voz de Van Veerte que no admitía réplica. Los tres enemigos irreconciliables se desvistieron rápidamente y se pusieron a trabajar en línea con los demás. Van Veerte entabló conversación con nosotros y con el oficial, desentendiéndose por completo de los indígenas, que se habían puesto a trabajar con endemoniada energía, pero sin orden alguno, y divididos en varios grupos. Al cabo de un rato, y como si hasta entonces no hubiese advertido lo que estaban haciendo, se volvió hacia ellos y les gritó con voz de trueno: —Hatajo de estúpidos, donde yo os he mandado cavar es en la Plaza. No aquí. En el otro descampado...,¡en la Plaza del Baile con los Muertos! Todos tiraron las azadas al suelo. Se oyó un disparo, seguido de gritos airados. Se armó una espantosa baraúnda de tiros, gemidos, voces de mando, golpes de las culatas de los rifles contra los cuerpos desnudos, ¡un completo pandemónium! Pero las cosas habían sido calculadas cuidadosamente. La compañía de infantería indígena había llegado días antes secretamente desde la capital de la provincia y lo tenía todo ensayado a la perfección. Pronto pasó aquella tormenta y se restableció el orden. En el extremo más lejano del descampado habían detenido los soldados al grupo de peones y policías que, al oír aquel temido nombre se desbandaron, poseídos de indescriptible pánico. Aquella fuga no tenía mayor alcance. Pero otro grupo de soldados traía a rastras a dos individuos, con tatuajes en sus torsos, que forcejeaban y daban alaridos como animales salvajes. Finalmente, un tercer grupo transportaba el cuerpo encogido y sin vida de un anciano y lo dejó en la pequeña elevación que hacía el terreno donde nos encontrábamos. El más joven de los magistrados dirigió una mirada fría a aquel rostro lastimoso, acribillado a balazos, y exclamó: —Aquí tenemos a nuestro D. —¡Sankuru! —musitó Bombo, sin dar crédito a sus ojos. Otro de los magistrados hizo este comentario:
  • 22. 22 —¡Qué bien tramado estaba! Cada uno de ellos ocupaba un cargo de confianza y de influencia decisiva, aparentando enemistad mortal con los otros dos. Van Veerte dijo por centésima vez: —La noche que los vi salir de la choza me pareció estar viendo visiones. Era ya superfluo que siguiésemos designando a Manuel y a Basiri por las letras A y C. Los dos estaban heridos, acometidos de un arrebato histérico y echando espumarajos por la boca. Cuando vieron el cuerpo inanimado de su compinche, se callaron de repente. Y también de repente y simultáneamente recobraron la voz, para concentrar sus acusaciones contra Sankuru, esforzándose desesperadamente por acumular todas las responsabilidades sobre el muerto. El doctor no hacía más que gruñir: —¡Grandísimos cochinos, ratas inmundas...! Van Veerte y los magistrados observaban cómo Manuel y Basiri eran amordazados, esposados y ligados con cuerdas. El magistrado decano dijo a los soldados: —Vosotros me respondéis de que lleguen a la cárcel vivos y sanos. ¡Andando con ellos! LOS HOMBRES QUE BAILAN CON LOS MUERTOS Attilio Gatti, 1949 Trad. Armando Lázaro Ross Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 Zombi Blanco Vivian Meik eoffrey Aylett, comisionado en funciones del distrito de Nswadzi, estaba asustado. En sus veinte años en África nunca antes había experimentado la sensación de encontrarse tan definitivamente desconcertado. Sentía como si algo estuviera apretándose contra él, algo que no podía ver ni localizar, y, no obstante, algo que parecía envolverle y que de una manera inexplicable amenazaba con asfixiarlo. Últimamente había empezado a despertarse de repente durante la noche, esforzándose por respirar y casi abrumado por una sensación de náusea. Una vez que ésta desaparecía, aún permanecía el extraño rastro de un olor horrible e innominado, un olor que tenía fuertes reminiscencias con las consecuencias de las primeras batallas de la campaña de Mesopotamia. Aquellos habían sido días de espantosas enfermedades, cuando el cólera y la disentería, las insolaciones, la fiebre tifoidea y la gangrena habían campado incontroladas; donde cientos quedaron en el sitio en que cayeron; cuando, presionados por los enemigos y olvidados por los amigos, los supervivientes se vieron forzados a abandonar incluso el decoro elemental del entierro decente... Recordó las moscas y la descomposición, la temperatura de cincuenta grados... G Y ahora, dieciocho años después, cuando despertaba por las noches parecía flotar a su alrededor como una presencia maligna el mismo olor de la corrupción fétida. Aylett era, primero y por encima de todo, un hombre racional, acostumbrado a enfrentarse a los hechos. Sus conocimientos del misterio de África, de sus lugares recónditos y sus selvas, de su espectral atmósfera, eran tan completos como el de cualquier hombre blanco —sonrió fantasiosamente al recalcarse a sí mismo lo pequeños que eran éstos— y buscaría alguna razón concreta que explicara ese vacío de años
  • 23. 23 estrechado con ese horrible hedor. Si fracasaba en conseguir una solución satisfactoria, se vería obligado a concluir que ya era hora de regresar a casa con un largo permiso. Con cautela, como era propio de un hombre con su experiencia sobre los modos de los dioses oscuros, indagó en la profundidad de su alma, pero no pudo encontrar la respuesta que buscaba. En el distrito sólo había una conexión entre él y la Mesopotamia de 1915 —un tal John Sinclair, retirado del Ejército de la India—, pero esa conexión ya era un eslabón roto bastante antes de la primera aparición de esas asquerosas pesadillas. Sinclair había sido un camarada oficial en los viejos días, y, siguiendo el consejo de Aylett, se había instalado en unos miles de acres de tierra virgen en el comparativamente desconocido distrito de Nswadzi apenas terminar la guerra. Pero había muerto hacía más de un año, y, lo que era más importante, lo había hecho de manera natural. El mismo Aylett había estado presente en la muerte de su amigo. Siendo al mismo tiempo un místico como resultado de su conocimiento de África y un pragmático como resultado de su educación occidental, Aylett consideró de forma metódica la verdad trivial de que hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que sueña nuestra filosofía, y repasó en detalle todo el período de su asociación con Sinclair. Al acabar, se vio obligado a reconocer el fracaso, y, en verdad, analizado lógica o místicamente, no existía ninguna razón adecuada para relacionar a Sinclair con sus problemas presentes. Sinclair había muerto en paz. Incluso recordó el absoluto contento de su último aliento... como si le hubieran quitado una gran carga de encima. Era verdad que antes de esto, Sinclair —y también Aylett—, durante los dos primeros años de la Guerra, había pasado un infierno que sólo aquellos que lo habían experimentado podían apreciar. También era verdad que, en una memorable ocasión, Sinclair había salvado la vida de Aylett con gran riesgo para la suya propia, cuando Aylett, abandonado por muerto, había estado tendido bajo el sol con graves heridas. Naturalmente, jamás lo había olvidado, pero siendo el típico caballero inglés, había hecho poco más que estrechar la mano de su amigo y musitado algo al efecto de que esperaba que algún día se presentara la oportunidad de pagárselo. Sinclair había descartado el asunto con una risa, como algo sin importancia... sólo una obra hecha en un día de trabajo. Allí había concluido el incidente y cada uno prosiguió su recto camino. Como colono, Sinclair había sido todo un éxito. Con el tiempo se había casado con una mujer muy capaz, quien, eso le pareció a Aylett siempre que se había detenido durante un viaje en su hogar, estaba muy preparada para la dura existencia de la esposa de un plantador. Al principio Sinclair había dado la impresión de ser muy feliz, pero a medida que pasaban los años Aylett ya no estuvo tan seguro. En más de una ocasión había tenido la oportunidad de notar los cambios sutiles que experimentaba, a peor, su amigo. Estancamiento, diagnosticó él, y le recomendó unas vacaciones en Inglaterra. Las plantaciones solitarias, lejos de los tuyos, tienden a poner a prueba los nervios. Sin embargo, no siguieron su consejo, y los Sinclair prosiguieron con su vida. Dijeron que habían llegado a amar mucha aquel lugar, aunque él pensó que el entusiasmo de Sinclair no era verdadero. En cualquier caso, no había sido asunto suyo. Eso era todo lo que podía recordar, y se repitió que todo había terminado hacía más de un año. Pero los viejos recuerdos permanecen. Se encontró reviviendo otra vez aquel horrible día después de Ctesifonte, cuando Sinclair, literalmente, le había devuelto a la vida. Comenzó a cuestionarlo... ociosa, fantásticamente. La tarde se tornó en crepúsculo, la puesta del sol dio paso a la magia de la noche. Aylett todavía no hizo movimiento
  • 24. 24 alguno para dejar la silla del campamento situada bajo el toldo de su tienda e irse a la cama. Después de un rato, el último de sus “muchachos” vino a preguntarle si podía retirarse. Aylett le contestó con aire distraído, con los ojos clavados en los leños del fuego del campamento. A medida que pasaban las horas pudo oír el sonido de los tambores nocturnos con más claridad. Desde todos los puntos cardinales los sonidos venían y se iban, el tambor contestando al tambor... el telégrafo de los kilómetros sin senderos que el mundo llama África. Con indolencia se preguntó qué decían, y con qué exactitud transmitían sus noticias. Extraño, pensó, que ningún hombre blanco haya dominado jamás el secreto de los tambores. Subconscientemente siguió su palpitante monotonía. Poco a poco se percató de que el batir había cambiado. Ya no se estaban transmitiendo opiniones o noticias sencillas. Hasta ahí podía entender. Había algo más que se enviaba, algo de importancia. De repente se dio cuenta de que fuera lo que fuere ese algo, en apariencia se lo consideraba de vital urgencia, y que, por lo menos durante una hora, se había repetido el mismo ritmo breve. Norte, sur, este y oeste, los ecos palpitaban una y otra vez. Los tambores empezaron a enloquecerlo, pero no había forma de detenerlos. Decidió irse a dormir, pero había estado escuchando demasiado tiempo, y el ritmo le siguió. Al final cayó en un sueño inquieto, durante el cual el implacable y palpitante stacatto no dejó de martillearle su mensaje indescifrable al subconsciente. Dio la impresión de que se despertó un momento después. Una niebla palúdica se había levantado de los pantanos de abajo y había invadido el campamento. Se encontró jadeando en busca de aliento. Intentó sentarse, pero la niebla parecía empujarle para que siguiera echado. Ningún sonido salió de sus labios cuando se afanó por llamar a sus “muchachos”. Sintió que le sumergían cada vez más... abajo, abajo, abajo y todavía abajo. Justo antes de perder el sentido se dio cuenta de que estaba siendo asfixiado, no por la densa niebla, sino por una nauseabunda miasma que hedía con todo el horror de la descomposición... Al abrir de nuevo los ojos, Aylett miró a su alrededor azorado. Una cara amable y barbuda estaba sobre él, y oyó una voz que pareció provenir de una gran distancia y que le animaba a beber algo. Le palpitaba la cabeza con violencia y respiraba con profundos jadeos. Pero el agua fresca despejó un poco el asqueroso olor que daba la impresión de aferrarse a su cerebro. —Ah, mon ami, c’est bon. Creímos que estaba muerto cuando los “muchachos” lo trajeron. —La cara barbuda exhibió una sonrisa—. Pero ahora se pondrá bien, hein? Usted es —¿cómo lo dice?— duro, hein? Aylett se rió a pesar de sí mismo. Vaya, por supuesto, éste era el puesto de la misión de los Padres Blancos, y su viejo amigo, el Padre Vaneken, plácido y digno de confianza, le estaba cuidando. Cerró los ojos feliz. Ahora ya no había nada que temer, pronto todo estaría bien. Entonces, tan súbitamente como había venido, ese terrible y persistente hedor de muerte y descomposición le abandonó... —Pero padre —discutió su horrible experiencia después—, ¿qué podría haber ocurrido? Los dos somos hombres de cierta experiencia de África... El misionero se encogió de hombros. —Mon ami, tal como usted dice, esto es África... y no tengo muchas pruebas de que la maldición de Cam, el hijo de Noé, se haya levantado alguna vez. Los oscuros bosques son la fortaleza de aquellos cuyos espíritus inconscientes se han rebelado y aún no han venido para servir tal como primero se ordenó.?Quién sabe? Nosotros... yo no indago demasiado aquí. Cuando llegué por primera vez, en mi joven idealismo busqué convertir, pero ahora yo... yo me contento con realizar las curas de las fiebres y heridas,
  • 25. 25 y espero que le bon Dieu lo comprenda. Es lo mismo en todas partes donde está la maldición de Noé. La civilización no cuenta. Piense en Haití —pasé allí doce años—, Sierra Leona, el Congo, aquí. ¿Qué puedo decir sobre el ataque que usted recibió por parte de la niebla? Nada, hein? Usted... usted dele las gracias a Dios por estar vivo, pues aquí, mon ami... aquí se encuentra la cuna de África, la fortaleza más antigua de los hijos de Cam... Aylett observó al misionero con intensidad. —Padre —preguntó de modo deliberado—, ¿qué es lo que intenta que comprenda? Los dos hombres, viejos en las maneras de la jungla negra, se miraron con firmeza. —Mon ami —repuso con calma el sacerdote—, usted es un viejo amigo. En cuestión de formas de la religión pensamos de maneras distintas, pero ésta no es la Europa convencional, gracias a Dios, y cada uno de nosotros ha hecho lo mejor según sus creencias. El mismo Dios no puede hacer más. Así que se lo contaré. He visto esa niebla antes... por dos veces. Una en Haití y la otra en este distrito. —¿Aquí? El padre asintió. —Estaba en el campamento asistiendo a la escuela catecúmena que hay junto a las tierras de la señora Sinclair... —Prosiga —la voz de Aylett sonó baja. —Como usted sabe, la señora Sinclair ha llevado la plantación desde la muerte de su marido. Se negó a regresar a casa. Al principio usted, yo —toda la zona— pensamos que estaba loca por quedarse allí sola, pero... —el misionero se encogió de hombros— qué voulez—vous? Una mujer es una ley en sí misma. En cualquier caso, ha conseguido que sea el mayor éxito jamás alcanzado, y hemos de callar, hein? —¿Pero la niebla? —Iba a eso. Me cogió por el cuello aquella noche. Yo vivía en la casa, como lo hacemos todos los que pasamos por allí... África Central no es una catedral cerrada... pero, aparte de no saber nada acerca de lo que pasó durante varias horas, no me sucedió nada. —Tocó el emblema de su fe en el rosario, que era parte de su atuendo—. La señora Sinclair dijo que me vi agobiado por el calor, pero a mí esa explicación no me basta... —Sin embargo, eso no explica nada. —Quizá no... ¡pero la señora Sinclair dijo que no había notado nada peculiar! —¿Cómo puede ser? El sacerdote hizo un gesto ambiguo. —Yo no soy la señora Sinclair —dijo con brusquedad, y Aylett supo que el misionero no pronunciaría otra palabra sobre ella. —Cuénteme lo de Haití, padre —pidió. El cura contestó con voz tranquila. —Allí comprendimos que estaba producida artificialmente por magia negra vudú, algo muy real, mon ami, que mi iglesia reconoce, como tal vez sepa usted, y que allí llaman “el aliento de los muertos”. ¿Por qué...? —volvió a alzarse de hombros. Aylett giró el rostro y miró con fijeza hacia la distancia. Durante un largo rato clavó la vista en la línea de las lejanas colinas, sumido en sus pensamientos. Recordó una imagen en las que esas colinas aparecían como fondo: una fotografía tomada por un hombre que casi había estado más allá del límite de demarcación para darle la verdad al mundo. Pero había fracasado. La fotografía mostraba un grupo de figuras. Eso era todo hasta que uno las estudiaba, y aun entonces nadie creería que se trataba de una fotografía de hombres muertos... a los que no se permitía morir.
  • 26. 26 Durante horas los dos hombres permanecieron sentados en silencio, cada uno ocupado con sus propios pensamientos. La noche cubrió el diminuto puesto de la misión, y desde lejos el sonido de los tambores les llegó transportado por la suave brisa. De repente, Aylett se volvió hacia el misionero. —Padre —dijo en voz baja—, desde aquí la casa de los Sinclair sólo está a treinta kilómetros... El sacerdote asintió. —Lo entiendo, mon ami —repuso. Luego, pasado un momento, añadió—: ¿Lo consideraría una impertinencia si le pidiera que guardara esto en su bolsillo... hasta que vuelva? Sacó un crucifijo pequeño. Aylett alargó la mano. —Gracias —dijo con sencillez. El sol se había puesto cuando la machila1 de Aylett fue depositada en el mirador de la señora Sinclair. Ella salió a recibirle. —Me preguntaba si volvería a verle —le observó con calma—. No ha venido por aquí desde... hace más de un año ya. —Entonces cambió el tono de su voz. Se rió—. ¡Como un oficial de distrito, ha descuidado vergonzosamente sus deberes! Aylett, con una sonrisa, se confesó culpable, excusándose en base a que todo había ido tan bien en esta sección que había titubeado en entrometerse en la perfección. —¿Ha perdido ahora la perfección? —replicó ella. —En absoluto. Esta visita es mera rutina. —Hum... Gracias —dijo ella con sequedad—. De todas formas, pase y póngase cómodo, y mañana le mostraré unas tierras perfectas. Aylett estudió a su anfitriona con atención durante la cena. Se sintió incómodo por lo que veía cada vez que la cogía con la guardia baja. Apenas podía creer que esta fuera la misma mujer a la que él había dado la bienvenida como prometida unos años atrás. La vida ardua la había endurecido, pero contaba con ello. Sin embargo, había algo más... una especie de dureza amarga, así lo describió a falta de un término mejor. Después del recibimiento formal, la señora Sinclair habló poco. Parecía preocupada por los asuntos de la plantación. —Mis propios territorios en África —dijo—. Oh, cuánto amo el país, su magia y su misterio y su vasta grandeza. Le recordó cómo se había negado a regresar a casa. Pero mañana, comentó, cuando él viera su África —la plantación—, lo comprendería. Aylett se retiró temprano, claramente desconcertado. La había visto mirando la cuidada pulcritud de la plantación antes de darle las buenas noches. De modo inconsciente ella había alargado las manos hacia la extensión en una especie de adoradora súplica y, no obstante, bajo la brillante luz de la luna en esa mensual adoración, él había vislumbrado el contraste de las duras líneas de su cara y la amargura de su boca. África... Extenuado como estaba, durmió bien. No sabía si la pequeña cruz que le había dado el padre tuvo algo que ver con ello, pero por la mañana se había despertado más descansado de lo que había estado en semanas. Anheló recorrer la plantación. La señora Sinclair no había exagerado cuando empleó la palabra perfección. Los campos habían sido limpiados hasta que ninguna brizna perdida de hierba crecía entre las cosechas; los graneros se alzaban en apretadas hileras; los leños estaban apilados entre cuerdas; el huerto y el jardín de la cocina eran exuberantes, y el pasto en el hogar de la granja era el más verde que él había visto en los trópicos. 1 Machila: parihuela, el medio corriente de transporte en los “matorrales”.(N. del A.)
  • 27. 27 —¿Para qué? —su mente subconsciente no dejaba de martillearle—. ¿Por qué... y, por encima de todo, cómo? Aylett se había dado cuenta de algo que sólo un experto habría visto. Había muy poca mano de obra, aunque los trabajadores que andaban por ahí parecían muy ocupados. Como si adivinara sus pensamientos, la señora Sinclair los contestó. —Mis “muchachos” trabajan —dijo con voz monocorde al tiempo que agitó el látigo de piel de hipopótamo que llevaba. Aylett enarcó las cejas. —¿Métodos portugueses? —preguntó con calma, mirando el látigo. La señora Sinclair se volvió hacia él. Por primera vez notó el antagonismo deliberado de ella. —En absoluto; se debe al conocimiento de cómo sacar lo mejor de un nativo, una facultad que veo que los funcionarios aún no han adquirido. El oficial del distrito encajó la estocada sin inmutarse. —Touché —repuso, pero sabía que no se había equivocado en cuanto a la mano de obra. Es extraño, pensó, malditamente extraño... la señora Sinclair no hizo gesto de enterarse de la concesión del punto que le había hecho. Tenía los labios apretados con firmeza y, al continuar, habló con frialdad: —Es sólo una cuestión de llegar al corazón de África, ese corazón palpitante que hay debajo de todo esto... A África no le sirven aquellos que no se entregan con sus propias almas. De repente, ella se dio cuenta de lo que estaba diciendo, pero antes de que pudiera cambiar de tema, Aylett prosiguió con la cuestión. Su voz fue como la de ella. —Muy interesante... —dijo—, pero nosotros no animamos a los europeos, en especial a las mujeres europeas, a volverse “nativas”. No obstante, la última palabra la tuvo la mujer. —¡La perspicacia de los círculos oficiales! —murmuró. Luego miró a Aylett de nuevo a la cara—. ¿Sueno como una nativa —preguntó con voz áspera— o parezco una nativa? Aylett apenas la escuchaba. La estaba mirando. Sus ojos contradecían sus palabras, pues si alguna vez vio una expresión tiránica, de maligna perversión en una cara humana, fue entonces. Empezó a entender... Se sintió agradecido cuando la inspección terminó, y aliviado de que ella no le ofreciera la invitación formal para que permaneciera más tiempo. A ocho kilómetros de los lindes de su territorio tenía una tienda montada detrás de unos matorrales y raciones para dos días bajo la sombra. Envió a su safari a marcha ligera rumbo al puesto de la misión, y lo observó hasta que se perdió de vista. Luego se sentó a la espera de la noche. —El corazón de África... —repitió para sí mismo, pero su voz sonó lúgubre, y sus ojos centellearon con fría cólera. No fue hasta que oyó los tambores cuando Aylett retrocedió por el sendero mal definido en dirección a la plantación. En el borde del terreno se fundió entre las sombras de la arboleda y avanzó lentamente junto a los eucaliptos. Se arrastró sin hacer ruido hasta el mismo árbol que crecía en el jardín que había delante de la casa. Al poco rato vio a la señora Sinclair salir al mirador. Junto a ella había un nativo gigante que parecía un diablo obsceno, un médico brujo, siniestro y grotesco, que se encontraba desnudo a excepción de un collar de huesos humanos que colgaban y
  • 28. 28 traqueteaban sobre su enorme pecho. Manchas de arcilla blanca y ocre rojizo embadurnaban su cara. Sólo cubierta en parte por una magnífica piel de leopardo, la mujer blanca descendió al claro y restalló el látigo que tenía en la mano. Sonó como un disparo de revólver. Como si se tratara de una señal, Aylett oyó el batir de tambores cercanos. Desde uno de los graneros se inició la procesión más grotesca que hubiera visto jamás. Los tambores palpitaron con malevolencia: el breve stacatto que había precedido a la fétida niebla que casi le había asfixiado. Se tornaron más y más sonoros. El mensaje recorrió las selvas, fue recibido y contestado. No cabía duda en cuanto a su significado. Se agazapó más cuando los tambores se aproximaron, con los ojos clavados en la escena macabra que tenía ante él. Siguiendo los tambores, con la misma regularidad que una columna en marcha, avanzaban los hombres que trabajaban la perfecta plantación. Se movían en filas de cuatro, con pies pesados y andar automático... pero se movían. De vez en cuando el restallido de ese látigo terrible sonaba como un disparo por encima del batir de los tambores, y entonces Aylett podía ver cómo ese cruel látigo cortaba la carne desnuda, y cómo una figura caía en silencio, para volver a levantarse y unirse a la columna. En su marcha rodearon el jardín. Al acercarse, Aylett contuvo la respiración. Tuvo que dominar cada nervio de su cuerpo para evitar lanzar un grito. Casi como si estuviera hipnotizado, observó las caras inexpresivas de los autómatas silenciosos, lentos... caras en las que ni siquiera había desesperación. Sencillamente se movían a las órdenes del implacable látigo en dirección a sus tareas asignadas en el campo. Encorvados y aplastados, pasaron a su lado sin emitir un sonido. La tensión nerviosa casi quebró a Aylett. Entonces lo comprendió... esos desgraciados autómatas estaban muertos, y no se les permitía morir... le vinieron a la mente las figuras de la increíble fotografía; las palabras del padre; la magia del vudú, reconocida como hecho por la más grande Iglesia Cristiana de la historia. Los muertos... a los que no se permitía morir... zombis, los llamaban los nativos en susurros, allí adonde iba la maldición de Noé... y ella lo llamaba conocer África. Un terror gélido invadió a Aylett. La larga columna llegaba a su final. La señora Sinclair la recorría, el látigo restallando sin piedad, la cara distorsionada por una lascivia pervertida, y el asqueroso médico brujo asomándose maliciosamente por encima de su hombro desnudo. Ella se detuvo junto al árbol detrás del que él estaba agazapado. Una única figura encorvada seguía a la columna. Con un jadeo de horror Aylett reconoció a Sinclair. Entonces el látigo se abatió sobre esa cosa desgraciada que una vez había muerto en sus brazos. —¡Dios mío! —musitó Aylett con impotencia—. No es posible... Pero supo que el vudú del médico brujo le había arrojado esa imposibilidad a la cara. El látigo restalló de nuevo, lanzando al solitario zombi blanco al suelo. Despacio, se levantó —sin un sonido, sin expresión— y automáticamente siguió a la columna. Oyó, como en una pesadilla, increíbles y espantosas obscenidades de los labios de la mujer, burlas crueles... y el látigo restalló y mordió y desgarró, una y otra vez. En la vanguardia de la columna los tambores seguían palpitando. Por último, el horror pudo con él. Aylett se encontró aferrando con desesperación la diminuta cruz que el padre le había dado. Con la otra mano empuñó el revólver y apuntó con fría precisión... Disparó cuatro veces a un punto por encima de la piel de leopardo y dos a la cara embadurnada del médico brujo... Luego se plantó con la cruz levantada delante del que antaño había muerto como Sinclair.
  • 29. 29 La figura estaba silenciosa, encorvada e inexpresiva. No hizo señal alguna cuando Aylett se le acercó, pero cuando el crucifijo la tocó un temblor recorrió su cuerpo. Los párpados caídos se alzaron y los labios se movieron. —Ya me lo ha pagado —susurraron con gratitud. El cuerpo osciló y se desmoronó. —Polvo al polvo... —rezó Aylett. A los pocos momentos lo único que quedaba era un escaso polvo grisáceo. Había pasado un año tropical, recordó Aylett con un escalofrío... Luego dio media vuelta y, con el crucifijo en la mano, recorrió la columna... WHITE ZOMBIE Vivian Meik Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 LA PALIDA ESPOSA DE TOUSSEL. W. B. SEABROOK n anciano y respetado caballero haitiano, cuya esposa era de nacionalidad francesa, tenía una hermosa sobrina llamada Camille, una joven mulata de piel clara a quien presentó y apadrinó en la sociedad de Port—au—Prince, donde se hizo popular, y para quien esperaba arreglar un matrimonio brillante. U Sin embargo, su propia familia era pobre; apenas se podía esperar que su tío, lo cual entendían, le diera una dote —era un hombre próspero, pero no rico, y tenía una familia propia—, y el sistema francés de la dot es el que prevalece en Haití, de modo que al tiempo que los jóvenes apuestos de la élite se apiñaban para llenar sus citas a los bailes, poco a poco se hizo evidente que ninguno de ellos tenía intenciones serias. Al acercarse Camille a la edad de veinte años, Matthieu Toussel, un rico cultivador de café de Morne Hôpital, se convirtió en su pretendiente, y después de un tiempo la solicitó en matrimonio. Era de piel oscura y la doblaba en edad, pero rico, cosmopolita y bien educado. La casa principal de residencia de los Toussel, en la falda de las colinas y que daba a Port—au—Prince, no tenía techo de paja y paredes de barro, sino que era un hermoso bungalow de madera, con techo de tejas y amplias terrazas, entre un jardín de vivas flores de fuego, palmeras y buganvillas. Allí Matthieu Toussel había construido un camino, guardaba su coche grande y a menudo se lo veía en los cafés y clubes de moda. Corría un antiguo rumor de que estaba asociado de algún modo con el vudú o la brujería, pero tales rumores son normales respecto a casi todos los haitianos que han adquirido poder en las montañas, y en el caso de los hombres como Toussel rara vez se toman en serio. No pidió ninguna dote, prometió ser generoso, tanto con ella como con su apremiada familia, y ésta la convenció para que se casara. El plantador negro se llevó a su pálida esposa con él de vuelta a la montaña, y durante casi un año, eso parece, ella no fue infeliz, o, por lo menos, no dio muestras de ello. Aún bajaban a Port—au—Prince, y asistían de manera esporádica a las soirées de los clubes. Toussel le permitió visitar a su familia siempre que lo deseó, le prestó dinero a su padre y arregló todo para enviar a su hermano menor a un colegio en Francia. Pero poco a poco su familia, y también sus amigos, comenzaron a sospechar que no todo marchaba tan felizmente como parecía allá arriba. Empezaron a darse cuenta de que ella se mostraba nerviosa en presencia de su marido, que daba la impresión de que había adquirido un vago y creciente temor de él. Se preguntaron si Toussel la estaba
  • 30. 30 maltratando o descuidándola. La madre intentó conseguir las confidencias de su hija, y la muchacha gradualmente le abrió el corazón. No, su marido jamás la había maltratado, jamás le había dirigido una palabra brusca; siempre era amable y considerado, pero había noches en las que parecía extrañamente preocupado, y en tales noches ensillaba su caballo y cabalgaba rumbo a las colinas, a veces sin regresar hasta después de que hubiera amanecido, momento en el que se mostraba aún más extraño y más perdido en sus propios pensamientos que la noche anterior. Y había algo en el modo en que a veces se sentaba y la miraba que la hacía sentir que ella estaba, de algún modo, relacionada con esos pensamientos secretos. Le tenía miedo a los pensamientos y le temía a él. De modo intuitivo sabía, como lo saben las mujeres, que en sus excursiones nocturnas no se hallaba involucrada ninguna otra mujer. No estaba celosa. Se encontraba poseída por un miedo irracional. Una mañana, cuando pensaba que él se había pasado toda la noche en las colinas, mirando por casualidad por la ventana, así se lo contó a su madre, le había visto salir por la puerta de una construcción baja que había en su gran jardín, apartada de los otros bloques, y que él le había dicho que era su despacho, donde guardaba la contabilidad, los papeles de negocios, y donde la puerta siempre estaba cerrada con llave. —Entonces —comentó la madre, aliviada y tranquila—, ¿a qué se debe todo esto? Con toda probabilidad, esos pensamientos secretos suyos se deben a problemas de negocios... a alguna mezcla de café que está preparando y que, quizá, no va muy bien, así que se queda despierto toda la noche en su despacho meditando y calculando, o se marcha a caballo para ir a reunirse y consultar con otros. Los hombres son así. El asunto se explica por sí solo. Lo demás no es más que tu imaginación nerviosa. Y ésta fue la última conversación racional que mantuvieron madre e hija. Lo que sucedió posteriormente allá arriba en la noche fatal del primer aniversario de bodas lo entresacaron de los intervalos medio lúcidos de una criatura aterrorizada, temerosa e histérica, que finalmente se volvió loca de remate. No obstante, los acontecimientos por los que tuvo que pasar se le quedaron grabados de forma indeleble en la cabeza; hubo tempranos períodos en los que parecía bastante cuerda, y la secuencia de la tragedia se pudo deducir poco a poco. La noche de su primer aniversario Toussel había partido a caballo, diciéndole que no lo esperara, y ella había supuesto que en su preocupación se había olvidado de la fecha, lo cual le dolió y la hizo guardar silencio. Se fue a la cama pronto y, por último, se quedó dormida. Cerca de la medianoche su marido la despertó; estaba de pie junto a la cama y sostenía una lámpara. Debía de haber vuelto hacía cierto tiempo, pues ahora se lo veía vestido de etiqueta. —Ponte el vestido que usaste en la boda y arréglate —dijo—, vamos a ir a una fiesta. —Ella estaba somnolienta y aturdida, pero inocentemente complacida, imaginando que un tardío recuerdo de la fecha le había hecho prepararle una sorpresa. Supuso que la iba a llevar a cenar y a bailar al club, donde la gente a menudo aparecía bastante después de la medianoche—. Tómate tu tiempo —añadió él—, y ponte tan hermosa como puedas... no hay prisa. Una hora más tarde, cuando se reunió con él en la terraza, preguntó: —Pero, ¿dónde está el coche? —No, —repuso él—, la fiesta se va a celebrar aquí. Y ella notó que había luz en la cabaña, su “oficina”, en el otro extremo del jardín. No le dio tiempo para interrogarlo o protestar. La cogió del brazo, la condujo por el oscuro jardín y abrió la puerta. La oficina, si alguna vez había sido tal cosa, se había transformado en un comedor, iluminado por una luz difusa procedente de las velas altas.
  • 31. 31 Había una mesa antigua con un buffet, sobre la que colgaba un espejo, y donde había platos de carnes frías y ensaladas, botellas de vino y frascas de ron. En el centro de la estancia estaba puesta una elegante mesa con un mantel de damasco, flores y reluciente plata. Cuatro hombres, también con trajes de etiqueta, pero que les sentaban mal, ya se hallaban sentados a la mesa. Había dos sillas vacías en los extremos. Los hombres sentados no se levantaron cuando la joven enfundada en su vestido de boda entró del brazo de su marido. Se sentaban encorvados y ni siquiera giraron las cabezas para saludarla. Delante tenían copas de vino llenas a medias, y pensó que ya estaban borrachos. Mientras Camille se sentaba con movimiento mecánico en la silla a la que la condujo Toussel, ocupando él mismo la que estaba enfrente, con los cuatro invitados situados entre ellos, dos a cada lado, de una forma antinaturalmente tensa, aumentando dicha tensión a medida que hablaba, dijo: —Te pido... que perdones la aparente rudeza... de mis invitados. Ha pasado mucho tiempo... desde... que... probaran el vino... y se sentaran así a una mesa... con... una anfitriona tan hermosa... Pero, eh, ahora... beberán contigo, sí... alzarán... sus brazos, como yo alzo el mío... brindarán contigo... más... se levantarán y... bailarán contigo... más... harán... Cerca de ella, los dedos negros de un silencioso invitado estaban cerrados con rigidez en torno al frágil pie de una copa de vino, ladeada, derramándose. El horror acumulado en Camille se desbordó. Cogió una vela, la aproximó a la cara macilenta y caída, y vio que el hombre estaba muerto. Se encontraba sentada a la mesa de un banquete con cuatro muertos apuntalados. Sin aliento durante un instante, luego gritando, se puso en pie de un salto y salió corriendo. Toussel llegó a la puerta demasiado tarde para frenarla. Era pesado y la doblaba en edad. Ella corrió gritando aún a través del jardín oscuro, un destello blanco entre los árboles, y atravesó el portón. La juventud y el absoluto terror le prestaron alas a sus pies, y escapó... Una procesión de mujeres madrugadoras del mercado, con sus cestos llenos cargados en burros, que bajaba por la falda de la montaña al amanecer, la encontró allí abajo sin sentido. Su vaporoso vestido estaba roto y desgarrado, sus pequeños zapatos de satén blanco deshilachados y sucios, uno de los tacones arrancado allí donde tropezó con una raíz y cayó. Le mojaron la cara para revivirla, la subieron a un burro y caminaron a su lado, sosteniéndola. Sólo estaba medio consciente, incoherente, y las mujeres comenzaron a discutir entre sí, tal como lo hacen las campesinas. Algunas creyeron que se trataba de una dama francesa que había sido tirada o se había caído de un coche; otras que se trataba de una Dominicaine, que había sido sinónimo en el dialecto criollo desde los primeros días coloniales de “prostituta de lujo”. Ninguna la reconoció como Madame Toussel; quizá ninguna de ellas la había visto jamás. Estaban discutiendo si dejarla en el hospital de las Hermanas Católicas en las afueras de la ciudad, en cuya dirección iban, o si sería más seguro —para ellas— llevarla directamente al cuartel de la policía y contar la historia. Su sonora discusión pareció despertarla; dio la impresión de haber recuperado en parte los sentidos y comprender lo que hablaban. Les dijo cómo se llamaba, el nombre de soltera, y les rogó que la llevaran a casa de su padre. Una vez allí, habiéndola metido en la cama y llamado a los médicos, la familia fue capaz de conseguir por el farfulleo histérico de la joven una comprensión parcial de lo que había sucedido. Ese mismo día subieron a ver a Toussel... a registrar la casa. Pero Toussel se había ido, y todos los sirvientes habían desaparecido salvo un anciano, quien dijo que Toussel se hallaba en Santo Domingo. Entraron en la así llamada oficina y
  • 32. 32 encontraron aún la mesa puesta para seis personas, el vino sobre el mantel, una botella volcada, las sillas tiradas, los platos de comida todavía intactos sobre la mesilla, pero aparte de eso no descubrieron nada. Toussel jamás regresó a Haití. Se dice que ahora está viviendo en Cuba. La investigación criminal era inútil. ¿Qué esperanza razonable podían haber tenido de condenarlo basándose en las pruebas que no se sustentaban solas de una esposa de mente desequilibrada? Y en ese punto, tal como me fue relatada, la historia se acababa con un encogimiento de hombros, quedando en un misterio inconcluso. ¿Qué había estado planeando ese Toussel... qué siniestra, quizá criminal necromancia en la que su esposa iba a ser la víctima o el instrumento? ¿Qué habría ocurrido si ella no hubiera escapado? Formulé estas preguntas, pero no tuve ninguna explicación convincente o incluso una teoría en respuesta. Hay historias de abominaciones más bien horrendas, impublicables, practicadas por algunos brujos que afirman levantar a los muertos, pero hasta donde yo sé, sólo se trata de historias. Y en cuanto a lo que de verdad sucedió aquella noche, la credibilidad depende de la prueba aportada por una muchacha demente. Entonces, ¿qué queda? Lo que queda se puede exponer con unas pocas palabras: Matthieu Toussel preparó una cena de aniversario de boda para su esposa en la que se dispusieron seis platos, y cuando ella miró las caras de los otros cuatro invitados, se volvió loca. LA PÁLIDA ESPOSA DE TOUSSEL W. B. Seabrook Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 MADRE DE SERPIENTES ROBERT BLOCH l vuduísmo es algo muy raro. Hace cuarenta años era un tema desconocido, salvo en ciertos círculos esotéricos. En la actualidad existe una sorprendente cantidad de información al respecto debido a la investigación... y una sorprendente cantidad de información errónea. Recientes libros populares sobre el tema son, en su mayor parte, fantasías puramente románticas, elaboradas con las incompletas teorizaciones de los ignorantes. E Sin embargo, quizá esto sea lo mejor. Pues la verdad sobre el vudú es tal que a ningún escritor le interesaría o se atrevería a imprimirla. Parte de ella es peor que sus más descabelladas fantasías. Yo mismo he visto algunas cosas de las que no quiero discutir. Además, sería inútil contárselo a la gente, pues no me creería. Y una vez más quizá sea lo mejor. El conocimiento puede ser mil veces más aterrador que la ignorancia. No obstante, yo lo sé porque he vivido en Haití, la isla oscura. He aprendido mucho por las leyendas, he tropezado con muchas cosas por accidente, y casi todo mi conocimiento proviene de la única fuente de verdad auténtica: las declaraciones de los negros. Por lo general, esos viejos nativos del país de la colina negra no son gente
  • 33. 33 habladora. Hizo falta paciencia y un trato prolongado con ellos antes de que se abrieran y me contaran sus secretos. Ésa es la razón por la que muchos de los libros de viaje son tan palpablemente falsos... ningún escritor que permanece en Haití durante seis meses o un año podría ganarse la confianza de aquellos que conocen los hechos. Hay tan pocos que en realidad los conocen... tan pocos que no tienen miedo de relatarlos. Pero yo los he descubierto. Dejad que os hable de los viejos días; los viejos tiempos en que Haití se levantó en un imperio transportado en una ola de sangre. Fue hace muchos años, poco después de que los esclavos se hubieran rebelado. Toussaint l’Ouverture, Dessalines y el Rey Christophe los liberaron de sus amos franceses, los liberaron después de sublevaciones y masacres y establecieron un reino basado en una crueldad más fantástica que el despotismo que imperaba antes. Por entonces no había negros felices en Haití. Habían conocido demasiado la tortura y la muerte; la vida despreocupada de sus vecinos de las Indias Occidentales era por completo ajena a estos esclavos y descendientes de esclavos. Floreció una extraña combinación de razas: salvajes hombres tribales de Ashanti, Dambalalah y la costa de Guinea; caribeños hoscos; vástagos morenos de franceses renegados; mezclas bastardas de sangre española, negra e india. Mestizos y mulatos taimados y traicioneros gobernaban la costa, pero había moradores aún peores en las colinas de allende. Había selvas en Haití, junglas impenetrables, bosques rodeados de montañas e infestados de ciénagas llenas de insectos venenosos y fiebres pestilentes. Los hombres blancos no se atrevían a entrar allí, pues eran peores que la muerte. Plantas chupadoras de sangre, reptiles venenosos y orquídeas enfermas atiborraban los bosques, que escondían horrores que África jamás había conocido. Pues es en aquellas colinas donde floreció el vudú verdadero. Se dice que allí vivían hombres, descendientes de los esclavos fugados, y facciones proscritas que habían sido expulsados de la isla. Rumores furtivos hablaban de pueblos aislados que practicaban el canibalismo, mezclado con oscuros ritos religiosos más terribles y pervertidos que cualquier cosa que hubiera salido del mismo Congo. La necrofilia, la adoración fálica, la antropomancia y versiones distorsionadas de la Misa Negra eran corrientes. La sombra de Obeah estaba por todas partes. El sacrificio humano era común, las ofrendas de gallos y cabras cosas aceptadas. Había orgías alrededor de los altares vudú, y se bebía sangre en honor de Barón Samedi y los otros dioses negros traídos desde tierras antiguas. Todo el mundo lo sabía. Cada noche los tambores rada resonaban desde las colinas, y los fuegos centelleaban por encima de los bosques. Muchos papalois y hechiceros conocidos residían en el linde mismo de la costa, pero jamás se los molestó. Casi todos los negros “civilizados” aún creían en los hechizos y los filtros; incluso los que iban a la iglesia se entregaban a los talismanes y encantamientos en tiempos de necesidad. Los así llamados negros “educados” de la sociedad de Port—au—Prince eran abiertamente emisarios de las tribus bárbaras del interior, y a pesar de la muestra exterior de civilización, los sangrientos sacerdotes todavía gobernaban detrás del trono. Desde luego había escándalos, desapariciones misteriosas y protestas esporádicas de los ciudadanos emancipados. Pero no era sabio meterse con aquellos que se inclinaban ante la Madre Negra, o provocar la ira de los terribles ancianos que moraban a la sombra de la Serpiente. Ése era el rango de la hechicería cuando Haití se convirtió en una república. La gente a menudo se pregunta por qué existe aún la magia hoy en día; quizá sea más secreta,
  • 34. 34 pero todavía sobrevive. Se pregunta por qué los espantosos zombis no son destruidos, y por qué el gobierno no ha intervenido para erradicar los demoníacos cultos de sangre que aún acechan en la penumbra de la jungla. Tal vez esta historia proporcione una respuesta: este cuento secreto y antiguo de la nueva república. Los funcionarios, al recordar el relato, todavía tienen miedo a interferir demasiado, y las leyes que han sido promulgadas se hacen cumplir con poca fuerza. Porque el Culto de la Serpiente de Obeah jamás morirá en Haití... en Haití, esa isla fantástica cuya sinuosa costa se parece a las fauces abiertas de una monstruosa serpiente. Uno de los primeros presidentes de Haití era un hombre culto. Aunque nacido en la isla, fue educado en Francia, y cursó extensos estudios durante su estancia en el extranjero. En su acceso al cargo más alto de la tierra se le vio como un cosmopolita ilustrado y sofisticado del tipo moderno. Por supuesto que aún le gustaba quitarse los zapatos en la intimidad de su despacho, pero nunca exhibió sus pies desnudos en capacidad oficial. No me malinterpretéis, el hombre no era un Emperador Jones; sencillamente, era un caballero de ébano instruido cuya natural barbarie en ocasiones atravesaba su lustre de civilización. De hecho, era un hombre muy astuto, Tenía que serlo con el fin de llegar a presidente en aquellos tempranos días; sólo los hombres extremadamente astutos alcanzaron alguna vez ese rango. Quizá os ayude un poco que os diga que en aquellos tiempos el término “astuto” era para un haitiano educado sinónimo de “deshonesto”. Por lo tanto, resulta fácil darse cuenta del carácter que tenía el presidente cuando se sabe que se lo consideraba uno de los políticos de más éxito que jamás haya dado la república. En su corto reinado pocos enemigos se le opusieron; y aquellos que trabajaban contra él por lo general desaparecían. El hombre, alto y negro como el carbón, con la conformación física de cráneo de un gorila albergaba un cerebro notablemente capaz bajo su frente prominente. Su habilidad era fenomenal. Tenía una perspicacia para las finanzas que le benefició mucho; es decir, le benefició tanto en su vida oficial como personal. Siempre que consideraba necesario subir los impuestos, también incrementaba el ejército y lo enviaba a escoltar a los recaudadores. Sus tratados con los países extranjeros eran obras maestras de ilegalidad legal. Este Maquiavelo negro sabía que debía trabajar deprisa, ya que los presidentes tenían una manera peculiar de morir en Haití. Parecían particularmente sensibles a la enfermedad... “envenenamiento por plomo”, como podrían decir nuestros modernos amigos gángsters. Así que el presidente actuó deprisa en verdad, y realizó un trabajo magistral. Realmente fue notable, a la vista de su pasado humilde. Pues la suya fue una saga de éxito al estilo del buen Horatio Alger. No conoció a su padre. Su madre era una bruja en las colinas, y aunque bastante famosa, había sido muy pobre. El presidente había nacido en una cabaña de madera; todo un entorno clásico para una futura y distinguida carrera. Sus primeros años habían sido plácidos, hasta que a los trece años lo adoptó un benevolente ministro protestante. Durante un año vivió con ese hombre amable, realizando las tareas de un criado en la casa. De repente, el pobre ministro murió a causa de un oscuro mal; fue de lo más lamentable, pues había sido bastante rico y su dinero aliviaba gran parte del sufrimiento de esa zona en particular. En cualquier caso, ese rico ministro murió, y el hijo de la pobre bruja partió a Francia para recibir una educación universitaria.
  • 35. 35 En cuanto a ella, se compró una mula nueva y no dijo nada. Su habilidad con las hierbas le había proporcionado a su hijo una posibilidad en el mundo, y estaba satisfecha. Pasaron ocho años antes de que el muchacho regresara. Había cambiado mucho desde su partida; prefería la sociedad de los blancos y la de los mulatos de piel clara de Port—au—Prince. Se sabe que también le prestaba poca atención a su anciana madre. Su melindrez recién adquirida le hacía ser dolorosamente consciente de la ignorante simpleza de la mujer. Además, era ambicioso, y no le interesaba publicitar su relación con una bruja tan famosa. Porque ella era bastante famosa a su manera. De dónde había venido y cuál era su historia original, nadie lo sabía. Pero durante muchos años su cabaña en las montañas había sido el punto de encuentro de adoradores extraños e incluso de emisarios extraños. Los oscuros poderes de Obeah se evocaban en su sombrío altar de las colinas, y un grupo furtivo de acólitos residía allí con ella. Sus fuegos rituales siempre brillaban en las noches sin luna, y se entregaban bueyes en bautismos sangrientos al Reptil de la Medianoche. Pues era una Sacerdotisa de la Serpiente. Ya sabéis, el Dios—Serpiente es la deidad real de los cultos a Obeah. Los negros adoraban a la Serpiente en Dahomey y Senegal desde tiempos inmemoriales. Veneran a los reptiles de forma peculiar, y existe cierto vínculo oscuro entre la serpiente y la luna creciente. ¿Curiosa, verdad, esa superstición de la serpiente? El Jardín del Edén tuvo a su tentador, ya sabéis, y la Biblia habla de Moisés y su báculo de serpientes. Los egipcios reverenciaban a Set, y los antiguos hindúes tenían un dios cobra. Da la impresión de estar generalizado por todo el mundo ese odio y adoración por las serpientes. Siempre parecen ser reverenciadas como criaturas del mal. Los indios americanos creían en Yig, y los mitos aztecas siguen el modelo. Y, por supuesto, las danzas ceremoniales de los Hopi son del mismo orden. Pero las leyendas de la Serpiente Africana son especialmente terribles, y las adaptaciones haitianas de los ritos sacrificales son peores. En la época de la que hablo se creía que algunos de los grupos vudú criaban en realidad serpientes; pasaban a los reptiles de contrabando desde Costa de Marfil para usarlos en sus prácticas secretas. Había rumores de pitones de unos seis metros que se tragaban bebés que les eran ofrecidos en los Altares Negros, y de envíos de serpientes venenosas que mataban a los enemigos de los maestros del vudú. Es un hecho conocido que un peculiar culto que adoraba a los gorilas había introducido furtivamente en el país a unos simios antropoides; por lo que las leyendas de la serpiente podrían haber sido igualmente verdad. Sea como fuere, la madre del presidente era una sacerdotisa, y tan famosa, a su manera, como su distinguido hijo. Él, justo después de su regreso, había ascendido poco a poco al poder. Primero había sido recaudador de impuestos, luego tesorero, y por último presidente. Varios de sus rivales murieron, y aquellos que se le opusieron no tardaron en descubrir que era oportuno eliminar su odio; pues aún era un salvaje de corazón, y a los salvajes les gusta torturar a sus enemigos. Se rumoreaba que había construido una cámara de torturas secreta bajo el palacio, y que sus instrumentos estaban oxidados, aunque no por el desuso. El abismo entre el joven estadista y su madre comenzó a ensancharse justo antes de su subida al poder presidencial. La causa inmediata fue su matrimonio con la hija de un rico plantador mulato de piel clara de la costa. No sólo la anciana se vio humillada porque su hijo contaminó la estirpe familiar (ella era negra pura, y descendiente de un
  • 36. 36 rey—esclavo de Nigeria), sino que se mostró más indignada debido a que no fue invitada a la boda. Se celebró en Port—au—Prince. Los cónsules extranjeros asistieron, y la crema de la sociedad haitiana estuvo presente. La hermosa novia había sido educada en un convento y sus antecedentes se consideraban en la más alta estima. Sabiamente, el novio no se dignó a profanar la celebración nupcial incluyendo a su desagradable madre. Sin embargo, ella fue y observó la celebración desde la puerta de la cocina. Y estuvo bien que no revelara su presencia, ya que habría avergonzado no sólo a su hijo, sino también a unos cuantos más... dignatarios que a veces la consultaban de manera no oficial. Lo que vio de su hijo y de su prometida no fue agradable. El hombre era ahora un dandy afectado, y su esposa una coqueta tonta. La atmósfera de pompa y ostentación no la impresionó; detrás de sus máscaras festivas de educada sofisticación, sabía que la mayoría de los presentes eran negros supersticiosos que habrían ido corriendo a verla en busca de encantamientos o consejos oraculares en cuanto tuvieran problemas. No obstante, no hizo nada; sólo sonrió con amargura y volvió a casa cojeando. Después de todo, todavía amaba a su hijo. Sin embargo, la siguiente afrenta no pudo pasarla por alto. Fue en la toma del cargo de nuevo presidente. Tampoco a ese acontecimiento se la invitó, pero ella fue. Y en esta ocasión no se quedó en las sombras. Después de que el juramento de posesión fuera recitado, marchó con decisión ante la presencia del nuevo gobernante de Haití y lo abordó delante de los mismos ojos del cónsul de Alemania. Era una figura grotesca: una vieja pequeña y fea que apenas medía un metro y medio, negra, descalza y vestida con harapos. Naturalmente, el hijo ignoró su presencia. La bruja marchita se pasó la lengua por sus encías desdentadas en terrible silencio. Luego, con tranquilidad, comenzó a maldecirlo... no en francés, sino en el dialecto nativo de las colinas. Invocó la ira de sus sangrientos dioses sobre su cabeza desagradecida, y le amenazó tanto a él como a su esposa con venganza por su relamida ingratitud. Los invitados quedaron conmocionados. También el nuevo presidente. No obstante, no perdió la compostura. Con calma llamó con un gesto a los guardias, quienes se llevaron a la ahora histérica bruja. Trataría con ella después. La noche siguiente, cuando consideró adecuado bajar a la mazmorra a razonar con su madre, ella no estaba. Había desaparecido, le dijeron los guardias, moviendo los ojos misteriosamente. Hizo que fusilaran al carcelero y regresó a sus aposentos oficiales. Estaba un poco preocupado respecto a la maldición. Veréis, él sabía de lo que era capaz la mujer. Tampoco le gustaron las amenazas que profirió contra su mujer. Al día siguiente hizo que le fabricaran unas balas de plata, igual que el Rey Henry en los viejos días. También compró un encantamiento ouanga de un hechicero que conocía. La magia lucharía contra la magia. Aquella noche, una serpiente le visitó en sueños; una serpiente de ojos verdes que le susurró a la manera de los hombres y le siseó con aguda y burlona risa cuando él la golpeó en su sueño. Por la mañana había un olor reptilesco en su dormitorio, y un légamo nauseabundo sobre su almohada que emitía un olor similar. Y el presidente supo que sólo su encantamiento le había salvado. Aquella tarde su esposa echó en falta uno de sus vestidos parisinos, y el presidente interrogó a los sirvientes en su cámara de torturas. Descubrió algunos hechos que no se atrevió a contarle a su mujer, y a partir de ese momento dio la impresión de estar muy triste. Ya había visto trabajar a su madre con figuras de cera antes: pequeños maniquíes
  • 37. 37 que se parecían a hombres y mujeres, vestidos con partes de sus prendas robadas. A veces les clavaba agujas o los asaba sobre un fuego bajo. Siempre las personas reales enfermaban y morían. Ese conocimiento hizo al presidente bastante desdichado, y estuvo más preocupado cuando regresaron unos mensajeros y le dijeron que su madre había desaparecido de su vieja cabaña en las colinas. Tres días después su esposa murió de una herida dolorosa en el costado que los médicos no pudieron explicar. Estuvo en agonía hasta el final, y justo antes de morir se rumoreó que su cuerpo se puso azul y se hinchó hasta el doble de su tamaño normal. Sus rasgos estaban carcomidos como con lepra, y sus extremidades dilatadas se parecían a las de una víctima de elefantiasis. En Haití hay horribles enfermedades tropicales, pero ninguna mata en tres días... Después de eso, el presidente enloqueció. Como Cotton—Matters antaño, inició una cruzada de caza de brujas. Se envió a los soldados y a la policía a peinar todo el campo. Los espías fueron a los cobertizos de las cimas de las montañas, y las patrullas armadas se agazaparon en campos lejanos donde trabajan los hombres—muertos vivientes, con sus vidriosos ojos mirando incesantemente a la luna. Se interrogó a las mamalois sobre los fuegos, y se asó a los poseedores de libros prohibidos sobre llamas alimentadas con esos mismos volúmenes que guardaban. Los sabuesos ladraron en las colinas, y los sacerdotes murieron en los altares donde solían realizar sacrificios. Sólo se había dado una orden especial: la madre del presidente debía ser capturada con vida y sin recibir daño alguno. Mientras tanto, él permaneció sentado en palacio con las brasas de la lenta locura en sus ojos: brasas que ardieron con llama demoníaca cuando los guardias trajeron a la bruja marchita, a quien habían capturado cerca de aquella terrible arboleda de ídolos que hay en la ciénaga. La llevaron abajo, aunque se debatió y arañó como un gato salvaje, y luego los guardias se fueron y dejaron a su hijo a solas con ella. Solo, en la cámara de torturas, con una madre que le maldijo desde el potro. Solo, con un fuego frenético en los ojos, y un gran cuchillo de plata en la mano... El presidente pasó muchas horas en su cámara de torturas secreta durante los siguientes días. Rara vez se lo vio por el palacio, y sus sirvientes recibieron órdenes de que no debía molestársele. Al cuarto día subió por la escalera oculta por última vez, y la titilante locura de sus ojos se había desvanecido. Qué sucedió en la mazmorra subterránea jamás se sabrá con certeza. Sin duda es lo mejor. El presidente era un salvaje de corazón, y para el bárbaro la prolongación del dolor siempre aporta éxtasis... Sin embargo, se sabe que la vieja bruja maldijo a su hijo con la Maldición de la Serpiente en su último aliento, y ésa es la maldición más terrible de todas. Se puede obtener cierta idea de lo que pasó conociendo la venganza del presidente, ya que tenía un sentido del humor lúgubre y la noción de la retribución de un salvaje. Su esposa había sido asesinada por su madre, quien creó una imagen de cera de ella. Él decidió hacer lo que sería exquisitamente apropiado. Cuando subió por la escalera aquella última vez, sus sirvientes vieron que llevaba con él una vela grande, hecha de grasa de cadáver. Y como nadie vio nunca más el cuerpo de su madre, hubo conjeturas curiosas respecto a cómo había conseguido la grasa de cadáver. Pero también la mente del presidente se inclinaba hacia las bromas macabras... El resto de la historia es muy sencilla. El presidente fue directamente a su despacho en el palacio, donde depositó la vela sobre su escritorio. Había descuidado el trabajo en los últimos días, y tenía muchos asuntos oficiales que atender. Permaneció sentado en
  • 38. 38 silencio un rato, mirando la vela con una sonrisa curiosa y satisfecha. Luego ordenó que le llevaran los documentos y anunció que se ocuparía de ellos de inmediato. Trabajó toda la noche, con dos guardias estacionados en el exterior junto a la puerta. Sentado a su mesa, se dedicó a su tarea a la luz de la vela... esa vela hecha con grasa de cadáver. Era evidente que la maldición lanzada por su madre al morir no le molestaba en absoluto. Una vez satisfecho, su ansia de sangre saciada descartó toda posibilidad de venganza. Ni siquiera era lo suficientemente supersticioso como para creer que la bruja pudiera volver de la tumba. Permaneció bastante tranquilo allí sentado, todo un caballero civilizado. La vela proyectaba sombras ominosas sobre el cuarto en penumbra, pero él no lo notó... hasta que fue demasiado tarde. Entonces, alzó la vista... para ver la vela de grasa de cadáver retorcerse hasta adquirir una vida monstruosa. La maldición de su madre... ¡La vela —la vela hecha con grasa de cadáver— estaba viva! Era una cosa sinuosa, y que se retorcía, moviéndose en su candelabro con un propósito siniestro. El extremo de la llama pareció brillar con intensidad y adquirir un súbito y terrible parecido. El presidente, sorprendido, vio la cara ígnea de su madre; una cara diminuta y arrugada de fuego, con un cuerpo de grasa de cadáver que se lanzó hacia el hombre con espantosa facilidad. La vela se estiraba como si estuviera derritiéndose; se estiraba y extendía hacia él de un modo terrible. El presidente de Haití aulló, pero era demasiado tarde. La resplandeciente llama del extremo se apagó, quebrando el hechizo hipnótico que mantenía en trance al hombre. Y en ese momento la vela saltó, mientras la habitación desaparecía en la temida oscuridad. Era una oscuridad horrible, llena de gemidos y el sonido de un cuerpo debatiéndose que se hizo cada vez más y más débil... Estaba inmóvil cuando los guardias entraron y encendieron las luces de nuevo. Sabían lo de la vela de grasa de cadáver y la maldición de la madre—bruja. Ésa es la razón por la que fueron los primeros en anunciar la muerte del presidente; los primeros en meterle una bala en la nuca y afirmar que se había suicidado. Le contaron la historia al sucesor del presidente, y éste dio órdenes de que se abandonara la cruzada contra el vudú. Era mejor así, pues el nuevo gobernante no deseaba morir. Los guardias le explicaron por qué le habían disparado al presidente y dicho que había sido suicidio, y su sucesor no quiso arriesgarse a caer en la Maldición de la Serpiente. Pues el presidente de Haití había sido estrangulado por la vela de grasa del cadáver de su madre... una vela de grasa de cadáver que estaba enroscada alrededor de su cuello como una serpiente gigantesca. MOTHER OF SERPENTS Robert Bloch, 1964 Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 YO ANDUVE CON UN ZOMBI INEZ WALLACE
  • 39. 39 aití, esa oscura y misteriosa isla, en la que han surgido figuras tan increíbles como Christophe —el Napoleón negro—, de fama mundial; donde los ritos del vudú unen al hombre con lo sobrenatural de tal forma que escapa al entendimiento... Haití nos ofrece aún otro fenómeno que confunde a los grandes pensadores y científicos de nuestros días. H Cuando visité la isla por primera vez y escuché las historias que voy a relatar, me negué a creerlas. No culparé a nadie por dudar al término de este relato. Pero hoy en día, expresado fríamente en los libros de leyes de la República, se reconoce oficialmente la existencia de una práctica de magia metafísica, posiblemente la más repugnante que se pueda imaginar. El artículo 249 del Código Penal de Haití, establece lo siguiente: “Se calificará de intento de asesinato el empleo de sustancias químicas contra cualquier persona a la que, sin causarle la muerte, se le produzca un coma letárgico más o menos profundo. Si, después de haberle administrado tales sustancias, la persona fuera enterrada, el hecho será considerado asesinato, sin tenerse en cuenta el resultado que se derive de ello”. Sencillamente: es asesinato enterrar a una persona como si estuviera muerta, y posteriormente sacar su cuerpo para que viva otra vez (al margen de cualquier resultado). Y se promulgó esta ley porque se ha comprobado una y otra vez que las artes misteriosas de la población negra de Haití han conseguido que los muertos salgan de sus tumbas y lleven una existencia de esclavos sin alma, moviéndose como cuerpos sin inteligencia individual. Estos cadáveres vivientes son llamados zombis. No son espíritus o fantasmas espectrales, sino cuerpos de carne y hueso que han muerto, pero se mueven todavía, andan, trabajan y, algunas veces, hasta hablan. El gobierno prefiere decir que se trata de gente drogada, enterrada y desenterrada. Pero pasa el tiempo y no queda más remedio que admitir la existencia de los zombis como una realidad. Cuando oí hablar de ellos por primera vez, cada palabra que escuchaba me provocaba una sonrisa de incredulidad. Después he llegado a considerar la misteriosa leyenda de los zombis (los muertos sacados de sus tumbas y obligados a trabajar para los vivos) como algo más que una leyenda. Creo —porque lo he sabido a través de fuentes incuestionables— que han ocurrido estas cosas y que siguen ocurriendo hoy día, a no muchas millas de nuestros supercivilizados Estados Unidos, en la mágica y misteriosa isla de Haití. He escuchado fantásticos relatos de hombres y mujeres blancos, de cuya palabra no puedo dudar, y he leído aún más en cierto libro sobre los zombis. ¿Qué poder psíquico hace posible que estos cuerpos muertos se muevan, actúen, caminen y bailen como si estuvieran vivos? Y, ¿qué superpoder puede hacer incluso que hablen en algunas ocasiones? Desde la misteriosa isla de Haití llegan muchas otras historias de lo oculto, místicos relatos sobre vudú, magia negra, hechizos, maldiciones y magnetismo animal. En los oscuros anales de esta misteriosa isla aparecen extraños ritos vudú, y el culto al negro macho cabrío y a la blanca cabra florece hasta en las ciudades más populosas de Haití. El vuduísmo está prohibido por la ley, pero incluso los emperadores negros de la isla lo han practicado y temido. Pero el fenómeno que los nativos temen en mayor grado (y no sólo los ignorantes nativos corrientes, sino negros cultivados e incluso doctores del vudú, que creen ser todopoderosos) es el terrorífico zombi.
  • 40. 40 Porque el zombi y la magia sobrenatural que en él subyace, están más allá aún del entendimiento de los doctores del vudú, con todos sus negros ritos. Y este miedo supersticioso al zombi y todo cuanto se relaciona con estas personas muertas está plenamente justificado. Los haitianos mantienen que actualmente hay zombis trabajando en los campos de caña, alrededor de las solitarias mansiones de la isla, y algunos dicen que estos misteriosos trabajadores muertos existen también en las ciudades más pobladas. Uno puede reconocerlos porque, excepto en raras circunstancias, nunca hablan y siempre miran al frente fijamente. Si no se está seguro, podemos cerciorarnos ofreciendo al sospechoso algo de comida salada, “porque el zombi no puede probar la sal”, e inmediatamente sabrá que está muerto, haciendo regresar su cuerpo viviente a la tumba, no importa dónde esté ésta, ¡y nadie podrá detenerlo! No hace muchos años, cerca del famoso Port—au—Prince, ocurrió un incidente que inmediatamente me recordó a los zombis. Un hombre blanco, que estaba pasando una mala racha y había llegado a Haití con el nombre de George MacDonough, se enamoró de una joven nativa de color, finalizando su amor por ella cuando una muchacha blanca se enamoró a su vez de él. Así fue como abandonó a Gramercie por Dorothy Wilson, y se casó con ella. Pero no había terminado aún con Gramercie, cuyos feroces y primitivos celos resultaron algo que era mejor evitar. No llevaba aún un año de casado, cuando su joven esposa cayó misteriosamente enferma y murió. Dos noches después de su entierro se descubrió que su tumba había sido removida, pero no de una forma tan evidente como para justificar una investigación. Seis meses después, una misteriosa historia comenzó a propagarse por Port—au— Prince. Se decía que en las horripilantes y mágicas laderas de Morne—au—Diable, próximas a la frontera dominicana, había un grupo de esclavos formado por zombis. El rumor corrió y corrió, y de pronto un nuevo misterio se unió a aquella historia, cuando se supo que había una mujer blanca trabajando en el campo de caña. George MacDonough oyó la historia, al igual que otros muchos colonos americanos. Como sus compañeros, se rió al principio. Pero luego empezó a pensar en la tumba profanada de su esposa. En su momento aquel hecho no le había sugerido nada, pero ahora, ¿tendría alguna relación con estos rumores? Se asustó, dominado por los nervios, al recordar que la vengativa Gramercie era del mismo distrito del que procedía la fantástica historia. Movido por un repentino impulso, se dirigió al interior, hacia Morne—au—Diable, llevando con él un fiel guía negro y dos amigos. Partió por la noche, en secreto, sin que se trasluciera nada de la expedición. Su llegada al campo de caña de Gramercie resultó una completa sorpresa para su antigua novia morena. Pero la terrible escena que presenció en aquellos campos introdujo la locura en su corazón, y Gramercie huyó aullando de terror hacia la selva, tratando de escapar a su venganza. “Porque en los campos, trabajando con los esclavos negros, ¡se hallaba el cadáver de la esposa de George MacDonough!” Antes de su llegada, Gramercie, oculta por las altas cañas, había estado haciendo extraños pases en el aire. Cuando se dirigió hacia su esposa, los azules ojos de ésta le miraron sin comprender, sin reconocerle. Y al ver que sus repetidos gritos no conseguían respuesta alguna de ella, acabó por entender. A la caída de la noche llevó consigo su cuerpo de muerto— viviente a casa. Y de nuevo, al anochecer, al cementerio. Abrió su tumba y le dio a comer sal, viendo cómo caía a sus pies, ahora ya realmente muerta. Después, George MacDonough inició la búsqueda de Gramercie, pero ya era demasiado tarde para poder vengarse él mismo, porque los nativos temen a los zombis y
  • 41. 41 a quienes les obligan a trabajar más que al hombre blanco, y enterados del crimen, antes de que MacDonough pudiera llegar a Morne—au—Diable para matar a la bruja que había utilizado con su poder el cuerpo de su esposa muerta, ellos mismos —su propia gente— la habían asesinado brutalmente. . . . . . . . . . . Un hombre de edad, al que llamaré mayor Hemingway, me dijo que cualquier blanco que haya vivido en Haití, relacionándose con la misteriosa vida de los nativos, dudaría mucho antes de decidirse a negar la existencia de los zombis. —¿Sabe? —me dijo—, una vez que se está fuera de Haití, todas estas cosas vuelven a uno. Para quien nunca ha estado allí, todo resulta demasiado increíble. La mayoría de la gente tiene un miedo ancestral al vudú, porque ha sido practicado incluso aquí, en el Sur de los Estados Unidos. Aunque esto de los zombis parece más difícil de creer, pero existen, lo sé. Y me relató la siguiente historia: “Una vez, durante una sublevación nativa, estaba yo instalado en el distrito de Morne—au—Diable (un territorio montañoso donde los nativos son tan ignorantes y supersticiosos como sólo los negros pueden llegar a serlo, y donde florece el vudú.) Una noche, una bonita muchacha negra vino a pedirme que la ayudara. Parece ser que dos semanas antes su hermano había muerto y había sido enterrado, pero ahora ella pretendía haberlo visto trabajando en la casa de un tal Ti Michel, un pequeño granjero que vivía no muy lejos de donde yo me había instalado. Había oído hablar de los hechizos y maleficios del vudú, habiendo llegado a creer en ellos, pero esto era algo nuevo para mí. Yo le dije: —¿Qué puedo hacer? Ella sonrió misteriosamente y me alargó un paquete de azúcar cande (una clase de mezcla parecida al caramelo.) —Mañana —dijo—, vaya donde Ti Michel. En los campos verá hombres trabajando la caña. Los hombres estarán mirando fijamente al frente, con la mirada vacía, sin hablar. Deles el azúcar cande. —¿Qué bien les puede hacer el cande? —Déselo y verá. El cande encubre sal. Bueno, ya se había despertado mi curiosidad lo suficiente para hacer lo que me pedía, y lo hice. Al día siguiente di una vuelta por la hacienda del viejo Ti Michel y descubrí que éste me miraba con gran suspicacia. Miré un poco a mi alrededor y finalmente recorrí sus campos de caña. Durante todo el tiempo él me observaba como lo hace el gato con el ratón. Me acerqué a la fila de hombres que cavaban, y él vino tras de mí. Entonces, de repente, le llamó su hijo desde otra parte del campo, porque tenía problemas con uno de los trabajadores, y yo me quedé a no más de tres metros de dos hombres y tres mujeres que estaban trabajando. Rápidamente me dirigí a ellos, les hablé, les toqué. No me contestaron, pero se enderezaron cuando les toqué. ¡Nunca olvidaré sus ojos! Era como si mirasen el interior de un viejo pozo en medio de la noche, ¿entiende lo que quiero decir? Bueno, les di el azúcar cande, lo tomaron y empezaron a chuparlo. Entonces llegó Ti Michel corriendo hacia mí; había visto que estaba dando algo a sus trabajadores y empezó a chillar: —¿Qué les ha dado? ¿Qué les ha dado?
  • 42. 42 No tuve la oportunidad de responder. De repente, aquellos trabajadores lanzaron un grito horrible, arrojaron sus herramientas y se volvieron rápidos hacia la pequeña ciudad cerca de la cual estaba yo instalado, comenzando a marchar en fila de a uno fuera del campo. Ti Michel me miró sólo durante un instante; después empezó a correr en dirección contraria. Nunca se le volvió a ver, pero dos semanas más tarde alguien comentó que habían encontrado una camisa manchada de sangre identificada como suya. Estos nativos tienen su propia forma de encargarse de la gente como Ti Michel. Bueno, yo estaba muy interesado en los zombis, así que los seguí. Llegaron a la ciudad; la gente chillaba y corría por todas partes. Algunos corrieron en dirección al cementerio, hacia el cual iban ahora los zombis tan rápidos como podían. No los pude alcanzar; los perdí. Cuando llegué al cementerio, vi un grupo de negros medio histéricos cavando frenéticamente en cinco tumbas, y cerca de los túmulos descubrí unos montones informes, negros. (¡Ahora, afortunadamente, los zombis ya estaban muertos!). No espero que lo crean, pero yo lo vi.” . . . . . . . . . . La historia de los bailarines zombis de Port—au—Prince es interesante desde el punto de vista de que arroja alguna luz sobre los terribles ritos mágicos concernientes a la vuelta desde la tumba de los muertos para trabajar en los campos de caña. Una mujer negra llamada Bretéche llevaba un local donde se daban exhibiciones de baile, a muy poca distancia de Port—au—Prince. De educación bastante esmerada, era conocida por haber estado relacionada con los escenarios desde su infancia, y porque durante cierto tiempo la gente blanca había frecuentado su establecimiento. Ahora ya sólo acudía el elemento negro, y ella se convirtió en noticia por su audacia, pues no se le ocurrió otra cosa que revelar los ritos secretos del vudú en el escenario. De pronto comenzó a circular un rumor: “ ¡La Bretéche tiene zombis bailando para ella!” Una investigación oficial reveló la existencia en su casa de siete figuras misteriosas que bailaban a sus órdenes, siguiendo cada inflexión de su voz, pero sin ninguna respuesta emocional, moviéndose sólo de manera automática. Jamás se había oído hablar a alguno de los extraños bailarines. La Bretéche fue llamada a declarar. A todas las preguntas que se le hicieron respondió no haber cometido asesinato, puesto que sus bailarines ya estaban muertos. Dijo que sus bailarines habían sido enterrados y que ella los había desenterrado para ayudarles, y ahora ellos la ayudaban a ella. —¿Qué hizo usted? —Primero hice una figura de barro, así... —Y les mostró de forma rudimentaria cómo la había hecho. Una figura de barro parecida a un hombre—: así... —Y levantó y sostuvo una imaginaria figura de barro, empezando a darle aliento, susurrando a la vez una curiosa especie de ritual. Luego miró hacia arriba y dijo: —Después dije: baila, y ellos bailaron para mí. Los blancos cultos admiten la existencia de los zombis, igual que lo hace el gobierno. No obstante, éste teme implicarse en cualquier explicación de origen psíquico. En otras palabras, el gobierno de Haití dice: “¿Zombis? Sí, existen; pero no podemos dar una explicación. Forman parte del misterio de Haití.” Una respuesta oficial, en efecto. Pero no puede convencerme de que no hay realmente muertos vivientes trabajando en los campos de caña de Haití.
  • 43. 43 I WALKED WITH A ZOMBIE Inez Wallace Trad. Miguel Hernández Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 VENGANZAS Y CASTIGOS DE LOS ORISHAS LYDIA CABRERA 2 os santos, airados, no solamente envían las enfermedades sino todo género de calamidades. Del caso de Papá Colás conocido en la Habana a fines del siglo pasado, se acordarán los viejos. Era “omó Obatalá”. Tenía la incalificable costumbre de enojarse y conducirse soezmente con su Santo, de insultarle cuando no tenía dinero. Conozco la historia por varios conductos: sabido es que Obatalá, el dios puro por excelencia —es el Inmaculado, el dios de la blancura, el dueño de todo lo que es blanco o participa esencialmente de lo blanco—, exige un trato delicadísimo. La piedra que habita Obatalá no puede sufrir inclemencias de sol, de aire, de sereno. A Obatalá es menester tenerle siempre envuelto en algodón —Oú— cubrirlo con un género de una blancura impecable. En sus accesos de rabia, Papá Colás asía a Obatalá, lo liaba en un trapo sucio o negro, y para mayor sacrilegio, lo relegaba al retrete. Obatalá es el Misericordioso; es el gran Orisha omnipotente que dice “yo siempre perdono a mis hijos”; pero a la larga se hartó de un trato tan canallesco e injustificable. Un día que a Papá Colás le bajó el Santo, este le dejó dicho que en penitencia por su irreverencia se diera por preso, permaneciendo en su cuarto durante diez y seis días junto a los orishas. Papá Colás se encogió de hombros, y muy lejos de obedecer la voluntad del dios, soltando un rosario de atrocidades, se marchó a la calle sin ponerse un distintivo de Obatalá, sin llevar siquiera una cinta blanca de hiladillo. L “Yo que conocí a sus hermanas, doy fe que todo eso es verdad; las pobres siempre tenían el corazón temblando en la boca, comentando su mala conducta y esperando que el Santo lo revolcara. Colás se portaba con los Santos como un mogrolón (sic) y ellas decían: El Angel lo va a tumbar”. Y así fue. Dormía Papá Colás frente a la ventana de su habitación, que daba a la calle, y sin saberse poqué, al pasar el carretón de la basura, el negro, como un loco (recuérdese que Obatalá, “el amo de las cabezas”, castiga con la cabeza y arrebata el juicio) armándose de la tranca de la puerta mató al carretonero. Así diez y seis días de retiro se convirtieron en diez y seis años de presidio para el desobediente. Un contemporáneo de este santero, tan conocido por sus blasfemias y rebeldías como por su clarividencia —dicen que para adivinar no tenía necesidad de consultar sus caracoles, “tan fuerte era su vista”— nos cuenta que los jueces iban a condenarlo a pena de muerte (garrote); que hubo junta de babalawos y que Orula, Oshún y Obatalá se negaban a acceder a los ruegos de los demás Santos que pedían su gracia. Obatalá, después de largas súplicas, solo perdonó y consintió en salvarle la vida “cuando los blancos pensaron en sentenciarlo con pena de orí (cabeza), y Obatalá, por tratarse de la cabeza de un hijo suyo, conmutó la pena”. Este Papá Colás, que ha dejado tantos recuerdos entre los viejos, era famoso invertido y sorprendiendo la candidez de un cura, casó disfrazado de mujer, con otro invertido, motivando el escándalo que puede presumirse. 2 En los relatos de Lydia Cabrera seleccionados, se observarán algunas irregularidades de orden gramatical y tipográfico, que hemos respetado. (N. del E.)
  • 44. 44 Desde muy atrás se registra el pecado nefando como algo muy frecuente en la Regla lucumí. Sin embargo, muchos babalochas, omó—Changó, murieron castigados por un orisha tan varonil y mujeriego como Changó, que repudia este vicio. Actualmente la proporción de pederastas en Ocha (no así en las sectas que se reclaman de congos, en las que se les desprecia profundamente y de las que se les expulsa) parece ser tan numerosa que es motivo continuo de indignación para los viejos santeros y devotos. “¡A cada paso se tropieza uno un partido con su merengueteo!” “En esto de los Addodis hay misterio”, dice Sandoval, “porque Yemayá tuvo que ver con uno... Se enamoró y vivió con uno de ellos. Fué en un país, Laddó, donde todos los habitantes eran así, maricas, mitad hombres, que dicen nafroditos (sic) y Yemayá los protegía”. “Oddo es tierra de Yemayá. ¡Cuántos hijos de Yemayá son maricas!” (y de Oshún). Sin embargo, los Santos Hombres, Changó, Oggún, Elegguá, Ochosi, Orula, y no digamos Obatalá, no ven con buenos ojos a los pederastas. No hace muchos años, Tiyo asistió a la escena que costó la vida a un afeminado que llamaban por mofa María Luisa, y que era hijo de Changó Terddún. “La pena era que aquel desgraciado le bajaba un Changó magnífico. Cuando para sacar a cualquiera de un aprieto lo mandaba a que se jugase el dinero de la comida o del alquiler del cuarto al número que le decía, nunca lo engañaba. Ese número que daba Changó Terddún salía seguro. ¡Ah! Pero Changó no lo quería amujerado, y ya había declarado en público que su hijo lo tenía muy avergonzado. Fué en una fiesta de la Virgen de la Regla, María Luisa estaba allí y todos nosotros bromeando con él, ridiculizándolo. En eso, cuando a María Luisa le estaba subiendo el Santo, llegó otro negrito, un cojo, Biyikén, y le dio un pellizco en salva sea la parte. Ahí Changó mismo se viró como un toro furioso y gritó: ¡Ya está bueno! Mandó a traer una palangana grande con un poco de agua y nos ordenó que todos escupiésemos dentro y que el que no escupiese recibiría el mismo castigo que le iba a dar a su hijo. María Luisa estaba sano. Era bonito el negrito, y simpático... ¡Una lástima! Cuando se llenó de escupitajos la palangana, se le vació en la cabeza. Al otro día, María Luisa amaneció con fiebre. A los diez y seis días, lo llevamos al cementerio. Changó Terddún lo dejó como un higuito”. No menos extraña y ejemplar la historia de los Santeros R. y Ch... Ch. Con un mantón amarillo de seda enredado a la cintura era la Caridad del Cobre, Oshún panchággara, en persona. En Gervasio, en el solar de los Catalanes, celebró una gran fiesta en honor de Oshún. Era espléndida la “plaza” que le hizo a la diosa (plaza se llama a las ofrendas de frutas, que después de exponerlas un rato ante las soperas del Orisha, se reparten entre los devotos y asistentes a la fiesta). “Todo lo que se daba allí era por canastas”, me cuenta un testigo, “las naranjas, los cocos, los canisteles, las ciruelas, los mangos, los plátanos manzanos, las frutas bombas, todas las frutas predilectas de Oshún, los huevos, además de los platos de bollos, palanquetas, panetelas borrachas, miel, natillas, harina dulce con leche y mantequilla, pasas, almendras y azúcar blanca espolvoreada con canela, y rositas de maíz... Ch. Había gastado en grande para su Santa. La casa estaba llena de bote en bote. A las doce, cae Ch. con Oshún. R. que está en la puerta borracho, dice: a mí también ahora mismo me va a dar Santo, y lo fingió. Entra al cuarto, va a la canasta de los bollos, y se pone a comer bollos con miel. Viene Ch. con Oshún a saludarlo y éste le manda un galletazo. Lo agarran, y le pega una patada. Le gritamos ¡R. tírate al suelo! ¡Pídele perdón a Mamá! —¡Bah! ese es un maricón... —No es Ch. ¡Es nuestra Mamá!
  • 45. 45 Oshún no se movió. Abrió el mantón, un mantón muy bueno que le habían regalado a Ch. los ahijados, y se rió. Levantó la mano derecha y apuntando para R. tocándose el pecho dijo: —Cinco irolé para mi hijo, y cinco irolé para mi otro hijo. Y ahí mismo se fué. Ch. amaneció con cuarenta grados de fiebre y el vientre inflamado. R. amaneció con cuarenta grados de fiebre y el vientre inflamado... Cinco días después murieron a la misma hora, el mismo día. No valió que los ahijados trajeran un pavo real y cincuenta y cinco gallinas amarillas y todo lo que hacía falta para hacerle ebbó. Cinco días después, asistiendo yo al entierro de Ch., pasaba al mismo tiempo la puerta del cementerio el entierro de R. Las tumbas están cerca. La madre de Ch., que también era hija de Oshún, y veinticuatro personas más que eran hijos e hijas de Oshún, en uno y otro cortejo se subieron y usted las veía reirse y reirse, sin hablar... Hasta que echaron la última paletada de tierra, las Oshún al lado de la fosa, no dejaron de reir, pero no a carcajadas como se ríe la Santa, sino con una risa fría y burlona que helaba la sangre, en un silencio en que no se oía más que la pala y el puñado de tierra cayendo en el hoyo”. Abundan también las lesbias en Ocha (alacuattá) que antaño tenían por patrón a Inle, el médico, Kukufago, San Rafael, “Santo muy fuerte y misterioso” y a cuya fiesta tradicional en la loma del Angel, en los días de la colonia, al decir de los viejos, todas acudían. Invertidos, —Addóddis, Obini—Toyo, Obini—Naña o Erán Kibá, Wassicúndi o Diánkune, como les llaman los Abakuás o Ñañigos— y Alácuattas u Oremi se daban cita en el barrio del Angel el 24 de octubre. Los balcones de las casas se quemaba un pez de paja relleno de pólvora y con cohetes en la cola; la procesión y los fuegos artificiales resultaban espléndidos. Allí estaba en el año 1887, “su capataza la Zumbáo”, que vivía en la misma loma. Armaba una mesa en la calle y vendía las famosas tortillas de San Rafael. (Las del negro Papá Upa, su contemporáneo, fueron también muy célebres, y aun las recuerdan algún viejo glotón). De la Zumbáo, santera de Inle, me han hablado en efecto, varios viejos. Era costurera con buena clientela, muy presumida y rumbosa. Otros me hablan de una supuesta sociedad religiosa de Alacuattás. Lo curioso es que Inle es un Santo tan casto y exigente, en lo que se refiere a la moral de sus hijos y devotos, como Yewá. Es tan poco mentado como ésta, como Abokú (Santiago Apóstol) y Naná, pues se le teme y nadie se arriesga a servir a divinidades tan severas e imperiosas. Ya en los últimos años del siglo pasado, en la Habana, “Inle casi no visitaba las cabezas”. Una sesentona me cuenta que una vez fue al Palenque y bajó Inle. Todos los Santos le rindieron pleitesía y todas las viejas y viejos de nación que estaban presentes “se echaron a llorar de emoción”. — “Desde entonces”, me dice, “no he vuelto a ver a Inle en cabeza de nadie” y tampoco recuerda más nada de aquella inolvidable visita al Palenque que honró la bajada de San Rafael, pues tarde, cuando había terminado la fiesta, se halló en el fondo de la casa, en una habitación, atontada y con la ropa todavía empapada de agua. Deduce que “le dio el Santo”, Inle, y como es costumbre cuando el Santo se manifiesta presentarle una jícara llena de agua para que beba y espurrée abundantemente a los fieles, su traje húmedo y su “sirímba”, (atontamiento) serían prueba de haberla poseído el Orisha. A Inle se le tiene en Santa Clara por San Juan Bautista, (24 de junio) que aquí es el día de Oggún, y no por San Rafael, (24 de octubre). Es un adolescente, casi un niño; se le ofrecen juguetes, y es tan travieso que lo emborrachan la noche del veinte y tres para que pase durmiendo el día siguiente y no haga de las suyas. Amanece fresco el veinte y cinco. Era el Santo del famoso villareño Blas Casanova, que en él se manifestaba muy sereno y “leía el alma de todos”.
  • 46. 46 Yewá, “nuestra Señora de los Desamparados”, virgen, prohibe a sus hijas todo comercio sexual; de ahí que sus servidoras sean siempre viejas, vírgenes o ya estériles, e Inle, “tan severo”, tan poderoso y delicado como Yewá, acaso exigía lo mismo de sus santeras, las cuales se abstenían de mantener relaciones sexuales con los hombres. No menos conocido que el caso de Papá Colás entre la vieja santería, es el de P.S., hijo de una de las más consideradas y solicitadas iyalochas habaneras, de O.O., quien en un momento de expansión, me lo refiere como ejemplo de la inflexibilidad y del proceder de un dios agraviado. “P. era, como yo, hijo de Changó; y como tal era tamborero aunque de afición. Si cogía un cajón para tocar, el cajón se volvía un tambor. Cantaba que hacía bajar del cielo a todos los Santos. Pero mi hijo P. se puso en falta con Changó y se perdió. En una fiesta le dijo así al mismo Santo, en mi propia casa: si es verdad que usté es Santa Bárbara y dice que hace y que torna, y que a mí me va a matar ¡máteme enseguida! A ver, ¡que me parta un rayo ahora mismo! y déjese de más historias. Santa Bárbara no le contestó. Se echó a reír. Yo me quedé fría, y abochornada del atrevimiento del muchacho. Pasaron los años. El siguió trabajando y divirtiéndose. En los toques que yo daba en mi casa, Santa Bárbara recogía dinero y se lo daba3 . Bueno, con eso P. creyó que a Changó se le había olvidado aquel incidente. Otra falta que cometió fue la de sonar a varias mujeres de Changó: ¡digo, con lo celoso que es él! Ponga otras cositas que hizo, unidas a la zoquetería que tuvo con el propio Santo y arresultó que al cabo del tiempo, y cuando menos se lo pensaba, Santa Bárbara saltó con que se las iba a cobrar entonces todas juntas, y caro. Por que eso tienen los Santos, esperan para vengarse, dan cordel y cordel, y arrancan cuando más desprevenido está el que tiró la piedra. Primero Changó me lo puso como bobo. Después loco. Un día se fué desnudo a la calle y volvió tinto en sangre. Estuvo amarrado. Pedía perdón y Santa Bárbara lo que contestaba siempre era: que sepa que yo los tengo más grandes que él, que yo no he olvidado, aunque cuando me insultó me reía. Y yo su madre, con ser yalocha, sin poder salvarlo. Tiraba los caracoles para hacerle algo a mi hijo (ebbó) y Changó me contestaba que yo no podía más que él, que me dejase de parejerías. Oigame, no logré hacerle ni una limpieza a mi hijo. ¡Nada, con mi santería! Y a padecer como madre. Al fin murió que no era ni su sombra. Un esqueleto. Cuando se lo llevaron, lo que pesaba era la caja”. O.O. deja en silencio otro pecado imperdonable que cometió su sacrílego hijo. Es una llegada suya quien me cuenta que lo que más entristeció a O.O. —y “desde entonces ella empezó a declinar, eso acabó con ella”— fue lo que hizo con su piedra de Oshún. “O.O. tenía una piedra africana que era de su madrina lucumisa; su madrina la trajo cuando vino a Cuba, y se la había dejado a ella. La piedra creció. Se puso enorme. Parecía por la forma, un melón. Dos hombres no podían moverla. Esa Caridad tenía un metro de ancho. Como que no había sopera para ella. O.O. la tenía en una batea. En una mudada, P. se la botó. Sí señora... Dicen muchos que la echó al río, pero no se sabe de fijo adonde fué a parar la Caridad del Cobre”. No siempre los Santos, sin embargo, castigan con justicia. Si en el caso de Papá Colás se comprende que Obatalá aplicara a su hijo un correctivo más que merecido, en el de Luis S. el rigor de Changó parece tan excesivo como gratuito. Contra el capricho despiadado de los dioses, contra la antipatía divina que se ensaña en algún mortal, “por que sí”, no puede lucharse. Se ataja a tiempo el mal que desencadena el mayombero judío, este tipo que aún inspira al pueblo un terror en el que hallaremos tan fuertes, tan rancias reminiscencias africanas: todo se estrella, en cambio contra la mala voluntad irreductible del Santo que 3 Los Santos posesionados de sus hijos le piden dinero a los asistentes a las fiestas para regalarlo a los tamboreros, demostrándoles con esto que han tocado a su entera satisfacción.
  • 47. 47 “emperra”, “se vuelve de espaldas” y niega su protección o su perdón al hombre infortunado, sin más pecado que el de haber incurrido en su desagrado, “en caerle pesado”. Si bien es cierto que el favor de los Orishas se compra, pues son estos muy interesados, glotones y susceptibles al halago, cuando el Orisha se enterca y se hace el sordo, no acepta transacción alguna. Y aquí, si el adivino y conjurador, dueño de los medios de que se vale —coco, diloggún, okpelé, vititi mensu o andilé— para revelar al hombre el misterio del presente o la incógnita del futuro, es honrado no insistirá en rogativas que arruinen al sentenciado sin apelación con gastos que implican serios sacrificios y de los que sólo él se beneficiará mterialmente. “Cuando el Santo se vira y quiere perder a uno, ¿qué se va a hacer?” Absolutamente nada. La enfermedad entonces lo saben el babalawo y el gangángáme, no tiene remedio; ya no existe para este individuo la posibilidad de “un cambio de vida” o de cabeza, esta operación mágica, universal y milenaria que consiste en hacer pasar la enfermedad de una persona a un animal, a un muñeco, al que se tratará de darle el mayor parecido con el enfermo, o a otra persona sana, por lo que muchos se guardan de estar en contacto directo y aún de visitar santeros e iyalochas enfermos de gravedad, “no sea que cambien vida”, pues el espíritu más fuerte puede apoderarse de la vitalidad del más debil, robarle la vida y recuperar la salud. (“Por eso vé Vd. que un santero viejo, ya moribundo revive, y en cambio se muere el joven que está a su lado”). Tampoco le salvaría la gracia que un orisha infundiera a una yerba. No valen rogaciones ni ebbó, sacrificios de aves y cuadrúpedos, tan eficaces que estipulan de antemano los Santos, especificando su naturaleza en cada caso, mediante los caracoles o el Ifá. Luis S., al revés que Papá Colás, no era santero. En un toque de tambor Changó le pidió “agguddé” —plátano—, y Luis no lo entendió o se hizo el distraido. Es verdad que no creía mucho en los Santos; detalle de la mayor importancia. Un domingo que iba de compras al mercado alguien se le acercó y le habló en lengua. En aquel instante perdió el conocimiento y sin recobrarlo lo llevaron a su habitación en el solar. No volvió en sí hasta transcurridas cinco horas. Estando aún inconsciente en la cama, su mujer “cae” con Changó, éste la conduce a casa de su madrina, y allí el Santo refiere lo ocurrido. —“Alafi (Changó) ¿pero qué has hecho?” le preguntan. “Etie mi cosinca”, (No he hecho nada) responde el Santo maliciosamente dándose en la rodilla y encogiéndose de hombros. La madrina le retiró el Santo a la mujer de Luis. No se perdió tiempo; se hicieron rogaciones para desagraviar a Changó. Advertido por la madrina de su mujer, Luis le sacrificó un hermoso carnero. Pero Changó... “de tan rencoroso, de tan caprichoso que es”, no quedó satisfecho. El hombre empeoró y su mujer no podía dejarlo solo pues inmediatamente Alafi lo lanzaba al suelo y quedaba atontado, privado de movimiento por mucho rato. Explicaba torpemente al volver en sí, que un negro lo elevaba y lo dejaba caer. “Por la tirria de Santa Bárbara, que se empeñó en acabar con él”, Luis S. al fin murió de un síncope. VENGANZAS Y CASTIGOS DE LOS ORISHAS Extraido de EL MONTE Lydia Cabrera Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3
  • 48. 48 PATAKÍ DE OFÚN RECOGIDO POR LYDIA CABRERA n pobre hombre que vivía de su trabajo murió sin dejarle nada a su hijo. Éste, que era un mozalbete, se debatía en la miseria, y su padre, desde el otro mundo, penaba por él viéndolo sin amparo, siempre vagabundo, comiendo unas veces, otras enfermo. Además, tampoco comía el difunto. U Al fin, el padre pudo enviarle un mensaje con un “Onché—oro” —un correo del cielo, que iba a la tierra. —Dígale a mi hijo, le pidió, que sufro mucho por él, que quiero ayudarlo y que me mande dos cocos. Onché—oro buscó al muchacho, le transmitió el recado de su padre y éste, encogiéndose de hombros, le dijo: —Pregúntale a mi padre dónde dejó los cocos para mandárselos. Cuando el difunto escuchó la respuesta de su hijo, trató de disimular, y dijo quitándole importancia a aquel desplante: —¡Cosas de muchacho! Pero al poco tiempo volvió a encomendarle al Onché otro recado para su hijo. Esta vez el difunto le pedía un gallo. —¿Dónde dejó mi padre el gallinero para que yo le mande el gallo que me pide? El correo le repitió al padre textualmente las palabras del hijo. Pocos días después, Onché—oro volvió a presentársele al joven. Su padre le suplicaba esta vez que le mandase un agután, un carnero. —¡Está bien!, dijo el muchacho sin ocultar su cólera. Si no hay para cocos ni para gallo, ¿de dónde diablos cree mi padre que voy a sacar el carnero? Nada me dejó, nada tengo, ¡nada...! pero no se vaya, espere un momento. Entró en su covacha, cogió un saco, se metió dentro, amarró como pudo la abertura, y le gritó: —¡Venga y llévele a mi padre este bulto! El correo lo cargó y se lo llevó al padre, que al vislumbrarlo desde lejos con su carga a cuestas, dio gracias a Dios. —¡Al fin mi hijo me envía algo de lo que he pedido! Los Iworo y los Orichas que estaban allí reunidos en Oro esperando el carnero, desamarraron el bulto para sacar al animal y proceder al sacrificio, pero quedaron boquiabiertos al encontrar una persona en vez del carnero que esperaban. —¡Estás perdido, hijo mío!, sollozó el padre. Los Orichas le dijeron al muchacho indicándole una puerta cerrada: —Abre esa puerta y mira. Y allí contempló cosas aún más portentosas. —¡Todas eran para tí!, le explicó el padre. Para dártelas te pedí el carnero. El joven arrepentido y muy apesadumbrado, le suplicó que lo perdonara y le prometió mandarle enseguida cuanto había pedido. —¡Qué lástima!, le respondió el padre, ya no puedo darte cuanto quería. Tú no podías ver las cosas del otro mundo, pero haciendo “ebó”, tus ojos hubieran obtenido la gracia de ver lo que no ven los demás, y te hubiera dado lo que has visto. Ya es tarde, hijo, y lo siento, ¡cuánto lo siento!
  • 49. 49 Y así fue, cómo por ruin y por desoír a su muerto, aquel joven perdió el bien que le esperaba y la vida. PATAKI DE OFUN Extraído de YEMAYÁ Y OCHÚN. KARIOCHA, IYALORICHAS Y OLORICHAS Lydia Cabrera Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 ¡ASESINADO AL PIE DE UN ALTAR VUDÚ! RICHARD SHROUT o es un secreto en el vecindario de Miami Beach que Miguel Pérez vendía drogas. El grupo de la SUI (Unidad de Investigaciones callejeras) de la Policía de Miami Beach, que investiga los crímenes organizados y los narcóticos, ya le conocía. N Aun cuando saben que hay algo ilegal en marcha, no ocurre muy a menudo que los ciudadanos honrados quieran verse involucrados. De modo que cuando Felipe Beltrán llamó diciendo que quería ayudar a la policía en una redada de drogas, la detective Lauri Wonder, que hablaba español, fue a verle. —Felipe Beltrán llamó acerca de alguien que traficaba en narcóticos en un edificio de apartamentos que él regentaba —recordó la detective Wonder—. Dijo: “Mire, mi apartamento se encuentra justo enfrente del suyo. Si vigila a través de esta mirilla” — ¡me está diciendo cómo realizar una transacción de drogas!— “si su hombre se queda en mi apartamento, pondremos cámaras y todo eso, y él podrá realizar una compra directa de Miguel Pérez”. ”—Le dejaré usar mi apartamento —dijo Beltrán—, pero yo no quiero verme involucrado, ya sabe. Sólo quiero estar presente cuando sus polis secretos puedan entrar en acción y le arresten en cuanto usted reciba la señal. ”—Yo no lo necesitaba —dijo la detective Lauri Wonder—. No lo necesitaba para nada. Todo el mundo conoce a Miguel Pérez. Quiero decir, yo ando por las calles. Sabes a quién le puedes comprar. Hace tiempo le compré cocaína a Miguel Pérez. Ya ha sido arrestado antes. ”—En comparación con los pesos pesados, es un traficante insignificante de unos gramos. Sin embargo, te podía proporcionar más si querías. Ésa era nuestra intención. Tenía un apartamento separado de aquel en el que vivía, donde vendía las drogas. Una mujer iba allí con un cochecito de bebés. Supuestamente, ésa es la forma en la que entran las drogas. Llevar a cabo una redada de drogas contra alguien tan insignificante como Miguel Pérez estaba casi en el nivel más bajo de las prioridades del Departamento de Policía de Miami Beach. Felipe Beltrán se enfadó mucho cuando no actuaron en el acto ante su generosa oferta. A las 23: 30 de la noche del 10 de junio de 1985, una mujer en el edificio de apartamentos oyó gritos, seguidos de una serie de disparos y el sonido de alguien que corría. Llamó a la policía y se escondió bajo la cama hasta que llegaron. El agente Héctor Trujillo estaba patrullando la zona desde la calle 41 hasta Goverment Cut, un lugar de South Beach desde donde los yates de lujo ponían rumbo al Atlántico. Llegó a la dirección de la Avenida Pennsylvania a las 23:34. Otras unidades llegaron al mismo tiempo.
  • 50. 50 La puerta del apartamento de Miguel Pérez estaba entreabierta. Los agentes entraron con cautela empuñando los revólveres. Vieron el cuerpo de un hombre acribillado a balazos en el suelo. Registraron las otras habitaciones para cerciorarse de que no había nadie más. Luego se lo notificaron a la Unidad de Personas del departamento, que, entre otros crímenes, se encarga de las investigaciones de homicidio en Miami Beach. Varios sargentos llegaron con un equipo de investigadores. El detective John Murphy fue nombrado jefe de la investigación, con el detective Robert Hanlon como ayudante. Enviaron a varios miembros del equipo para empezar a interrogar a los inquilinos del edificio mientras ellos examinaban la escena del crimen. En el dormitorio y en la cocina había mesas con jarrones de flores y estatuillas religiosas, que los detectives reconocieron como altares de Santería. La Santería es una mezcla de deidades africanas y santos católicos, una religión afín al vudú, que es muy popular en Cuba y las islas del Caribe, igual que en la zona de Miami. No impone ninguna restricción moral o ética a sus miembros, pero enseña un sistema de rituales y ofrendas para atraer la buena suerte y alejar la mala suerte. No es inusual que los criminales practiquen la Santería, con la esperanza de prosperar en sus asuntos ilegales y mantener a la policía y a los enemigos lejos. Evidentemente, a Miguel Pérez no le había reportado ningún bien aquella noche. Pero lo significativo era que ninguna de las estatuillas de los santos había sido derribada o movida. Debajo de una había algo de dinero doblado, colocado como una ofrenda a la deidad que representaba. No se había abierto ningún cajón de las cómodas. No había pruebas de que el lugar hubiera sido registrado. Nada en el apartamento parecía cambiado de sitio. Salvo por el cuerpo, que yacía en un charco de sangre, con un brazo extendido que dejaba un rastro en el suelo, era una escena tranquila. Sin embargo, los detectives Murphy y Hanlon vieron que en una mesa había una bolsa marrón que contenía paquetes de marihuana y paquetes de celofán con una sustancia blanca que sospecharon que era cocaína, cuidadosamente cerrados y listos para la venta. Pero las drogas seguían ahí, sin que nadie las hubiera tocado. Un gran fajo de dinero —491 dólares para ser exactos— sobresalía del bolsillo de la víctima, para añadir aún más misterio. —En ese punto —recordó el detective Murphy— tuvimos un pequeño problema. Nos era imposible comprender de inmediato por qué la víctima había sido asesinada. Las drogas estaban ahí, el hombre disponía de una gran cantidad de dinero en su bolsillo izquierdo, que era absolutamente visible, más las joyas que aún llevaba en su persona. El apartamento no había sido desvalijado. —Pensamos que se trataba de una especie de venganza —acordó Hanlon— debido al hecho de que el dinero seguía allí, las drogas seguían allí, y no se habían llevado nada del apartamento. No parecía ser una cuestión de drogas, sino un asesinato, puro y simple. Llegaron los técnicos de la escena del crimen del Departamento Metropolitano de Policía del Condado de Dade e iniciaron un registro metódico del lugar y de los papeles acumulados de la víctima, cosas como facturas y recibos. El técnico Tommy Stoker resumió sus hallazgos: —Había una nota escrita en español sujeta con una chincheta a la puerta de entrada. Ponía: “vuelvo enseguida”. Había seis casquillos de balas de nueve milímetros y algunos proyectiles usados en el suelo. Había agujeros de bala en una ventana, agujeros de bala en las puertas, agujeros de bala en las paredes. ”Por lo que pude determinar, daba la impresión de que quienquiera que realizara los disparos, probablemente estaba al pie de la entrada.
  • 51. 51 ”Al día siguiente volvimos para examinar el exterior. En el callejón descubrimos sangre en el cajetín del circuito eléctrico en la pared oeste del edificio. También había un paquete de cigarrillos con sangre en el celofán. La doctora Valerie Rao, forense adjunta del Condado de Dade, llegó a las 14:30 para examinar el cadáver antes de trasladarlo para realizarle la autopsia. Anunció que había “poca rigidez y un mínimo de lividez posterior”. Cuando se le preguntó qué significaba eso, sonrió y contestó: “Quiere decir que lleva poco tiempo muerto”. Era lo único para lo que no necesitaban una teoría que lo explicara. Miguel Pérez tenía agujeros de bala en el centro del pecho, en la tetilla izquierda, en el antebrazo derecho por encima del codo, en la parte inferior izquierda de la espalda, en la espalda a la altura del hombro derecho, en la parte posterior de la rodilla derecha, y en la parte frontal de la pierna, en la espinilla. Pero el examen superficial del cuerpo reveló un misterio adicional: la víctima tenía un área con suturas en el cuero cabelludo de un tratamiento médico muy reciente. También tenía inexplicados moratones y abrasiones en las rodillas. Se trasladó el cuerpo. Ya era la mañana del 11 de junio. Los detectives Murphy y Hanlon iniciaron la investigación de los antecedentes de Miguel Pérez. —Nos pusimos en contacto con nuestras unidades de investigación y también con la Agencia Contra la Droga, Inmigración y otras autoridades Federales —recordó Murphy—, para ver si teníamos a un traficante de drogas importante o sólo un tipo que se movía al nivel de la calle. Averiguaron que Pérez tenía un arresto anterior. Su libertad condicional había expirado el 7 de marzo de 1984. Su vida había expirado un año, tres meses y tres días después. Por la División de Licencias de Trabajo del Condado de Dade averiguaron que Pérez tenía una licencia como “vendedor ambulante”. No especificaba qué era lo que vendía. Los interrogatorios a los inquilinos del edificio no habían revelado nada. Muchos sólo hablaban español, y todos estaban asustados. Horas después del mismo día 11, un detective vio a un hombre que daba vueltas nervioso por el callejón que había detrás de los apartamentos. Dijo que se acababa de enterar del crimen y pensó que le habían disparado a un familiar. Se le pidió que fuera a la comisaría, donde le podría interrogar un agente que hablaba español. El pariente de la víctima, Phillip Ruiz, fue interrogado en español por el detective Bob Davis. Contó que a Miguel Pérez le habían golpeado y robado el 9 de junio, el día anterior al asesinato. Dijo que creía que dos hombres, que vivían a unas cuatro o cinco calles de distancia, eran los responsables. Sus motivos eran que constantemente se los veía por la zona, y que él los había visto por el edificio justo antes del incidente. Miguel Pérez incluso le había descrito a los atacantes. El detective Charles Metscher le mostró a Phillip Ruiz más de 150 fotografías de delincuentes conocidos y sospechosos, con la débil esperanza de que uno se pareciera a la descripción dada por la víctima de aquellos que le habían atacado. Finalmente, Phillip Ruiz identificó con vacilación una foto. El nombre que figuraba al dorso decía que el hombre se llamaba Jesús Fernández. Se trataba de una identificación de segunda mano, basada en el informe verbal de la víctima, y aunque intentarían comprobarla, los agentes de la ley no tenían mucha confianza en ella. Una comprobación de los hospitales y clínicas cercanos reveló que Miguel Pérez había sido tratado en el Hospital Monte Sinaí el 9 de junio por una grave laceración en el cuero cabelludo. Por lo menos, eso explicaba los puntos frescos que tenía en la cabeza y las abrasiones en las rodillas. Con toda probabilidad, también explicaba la
  • 52. 52 sangre encontrada en el cajetín eléctrico y el envoltorio de celofán del paquete de cigarrillos en el callejón. Quizá no fuera tan inusual que asaltaran a un traficante de drogas. La pregunta era: ¿Los golpes y el robo se relacionaban con el asesinato? De no ser así, poco ganarían encontrando a Jesús Fernández, el hombre cuya fotografía había sido señalada entre las más de cien por alguien que con anterioridad había visto al hombre, pero que no había presenciado el ataque. Las relaciones de la víctima con otros que vivían en el edificio aún no se habían determinado. A las 18:30 del 12 de junio, los detectives Murphy y Hanlon localizaron al encargado del edificio donde había tenido lugar el tiroteo. Éste les explicó que acababa de empezar en el trabajo y afirmó que no conocía muy bien a los inquilinos. Les informó a los detectives que el encargado anterior, quien había vivido en un apartamento de una planta de arriba del edificio, había desaparecido varios días antes del crimen. Dijo que corrían rumores de que traficaba con drogas. Afirmó no conocer su nombre. El vecindario se componía de hoteles que en el pasado habían sido decientes, cuyas antiguas habitaciones hacía tiempo que habían sido convertidas en apartamentos pequeños y que se alquilaban por “temporada”, mes o semana. Algunos de los inquilinos eran ancianos dependientes de la Seguridad Social, familias que vivían de la caridad y gente de paso que una semana vivía en un lugar y la siguiente en otro. En las atestadas zonas urbanas donde poca gente sabe algo de sus vecinos y, por lo general, se preocupan aún menos, siempre hay alguien que tiende a ser curioso por puro aburrimiento, o, al menos normalmente, siente curiosidad cuando sucede algo fuera de lo corriente. La cuestión radica en dar con esa persona. Los detectives decidieron hablar con los residentes de los edificios adyacentes para ver si alguien podía proporcionarles información relevante. Tuvieron mucha suerte. Un hombre cuyo apartamento daba al callejón del edificio de la escena del crimen aún no había sido interrogado por los agentes, y tenía mucho que contar. El detective Murphy resumió la información. —La noche del homicidio miró por su ventana y vio un coche más o menos situado en el centro del callejón. Parecía que había alguien detrás del volante. Salió del dormitorio y se dirigió al balcón, y cuando llegó allí, el coche ya se encontraba próximo a la puerta trasera del edificio de apartamentos de la víctima. ”Mientras miraba desde allí, oyó seis o siete disparos. Observó que un individuo salía del edificio, se metía en el coche y, luego, que el coche emprendía la marcha hacia el norte por el callejón; el vehículo giró a la izquierda en la Calle Diez y prosiguió hacia el oeste. ”La descripción que dio del coche era que se trataba de un vehículo oscuro, parecido a un Camaro o un Firebird. A él le dio la impresión de que podía haber tenido una especie de emblema en la capota. También describió las ropas que vestían. Le dijo al detective lo que llevaban puesto el conductor y el pasajero. ”Después de hablar con él, regresamos a la escena y, usando nuestra unidad, colocamos nuestro coche tal como el testigo creyó verlo y lo fotografiamos. Hicieron que el testigo mirara las mismas fotografías policiales que Phillip Ruiz había inspeccionado antes. —Por último, identificó a alguien que se parecía mucho a Jesús Fernández, pero no hubo ninguna identificación positiva de nadie —dijo el detective Murphy. La doctora Valerie Rao informó sobre los hallazgos de la autopsia. Dijo que a Pérez le habían disparado cinco veces, esclareciendo la impresión inicial causada por puntos de salida limpios de algunas heridas. Algunos de esos puntos de salida estaban
  • 53. 53 “abiertos” en apariencia, lo que significaba que el cuerpo se hallaba contra algo como una pared o el suelo, lo cual dificultaba que las balas salieran. Ninguna de las heridas era de corta distancia. La víctima tenía un tatuaje de una cruz en el hombro, con cuatro puntos a cada lado de la cruz. También había un tatuaje de Santa Bárbara, una deidad de la Santería. El informe de toxicología reveló la presencia de Benzoylecgonina, un metabolito de la cocaína, en su orina. Pero la forense adjunta advirtió que los estudios demuestran que es posible tener tales metabolitos en la orina hasta 19 horas después de haber consumido cocaína, de modo que eso no era particularmente significativo. Llegaron otros informes de laboratorio. Muestras tomadas de las manos de la víctima no mostraron que hubiera disparado un arma recientemente. Eso eliminaría cualquier futura alegación del sospechoso de que lo mató en defensa propia. Las superficies de la escena del crimen no habían conducido a ninguna huella dactilar, e incluso las 18 huellas dactilares latentes sacadas del exterior de la puerta de entrada resultaron ser inútiles en cuanto a propósitos de comparación. En los días que siguieron, la división de homicidios recibió numerosas llamadas frenéticas de Phillip Ruiz, quien siempre informaba que acababa de ver a los sospechosos en la zona, pero los detectives jamás pudieron llegar a tiempo para aprehenderlos. Gracias a una investigación paciente, los oficiales de la ley descubrieron que la víctima le decía a la gente que era un vendedor de joyas, pero no encontraron nada que lo verificara. El 17 de junio, los detectives rastrearon recibos encontrados en los efectos de la víctima hasta una agencia de alquiler de coches. Indagaron que Miguel Pérez alquilaba coches por semana, uno distinto cada mes, lo cual no era una manera muy económica de alquilar vehículos. Estaba claro que no mantenía su extraño estilo de vida vendiendo joyas inexistentes. Gracias a la factura eléctrica y a una referencia de una oficina de bonos de comida encontradas en el apartamento del hombre muerto, los detectives finalmente fueron capaces de localizar el 1 de julio a la esposa separada de la víctima. Por medio de un traductor, les contó que ella y su marido tuvieron una pelea y que se emitió una orden de arresto contra él por golpearla. Reconoció que había dos apartamentos, uno registrado a nombre de él y el otro al de ella. Afirmó no conocer nada sobre el tráfico de drogas. Mencionó que su marido se quedaba petrificado de miedo de alguien llamado Ocana, debido a una animosidad reinante entre ellos desde Cuba. Dijo que había oído que Ocana se encontraba en Nueva York o New Jersey... no recordaba cuál. La última vez que vio a Miguel Pérez fue una semana antes de su muerte. El 9 de junio, los detectives decidieron interrogar a todo el mundo de nuevo. Empezaron por Phillip Ruiz, el familiar de la víctima. Parecía estar aterrado. Explicó que su relación con Miguel Pérez había sido tensa, porque Pérez no aprobaba el estilo de vida que él llevaba. Entonces, Phillip Ruiz admitió ser homosexual. Eso no explicaba el terror que experimentaba. Los oficiales de la ley sospecharon que temía por su vida. Ruiz les contó que había localizado a una mujer y a su amante para que hablaran con ellos. Les instó a ponerse en contacto con la pareja. Se pusieron a buscarlos, pero antes de que pudieran ser localizados, el 13 de julio la mujer fue llevada ante ellos por el Patrullero de Miami Beach, Armando Torres. En una ocasión el agente había tramitado una denuncia puesta por ella sobre algún asunto, y ella le saludó en la calle. Le preguntó a Torres: “¿A quienes van a encerrar... a la gente que lo mató o a la persona que les ordenó ir a matarlo?
  • 54. 54 Tenía información sobre el asesinato de Miguel Pérez, pero por temor a represalias quería estar segura de que todos los involucrados iban a ser arrestados. Tan pronto como el agente descubrió que el asunto pertenecía a homicidios, la llevó a la comisaría. Le dijo que si había suficientes pruebas contra una persona, en verdad que sería arrestada. Ella decidió arriesgarse. Los detectives Murphy y Hanlon no estaban de servicio, pero llegaron a las 20:30 para interrogarla. —Estaba muy nerviosa —recordó Murphy—, y había ciertas cosas que queríamos tocar para cerciorarnos de que ella sabía lo que había pasado de verdad, pero sin hacerle preguntas que sugirieran sus respuestas. Salió bien. Los detectives de Miami Beach graban todos los interrogatorios. Su historia se centró en alguien apodado “El Chino”, que era amante de una muchacha que ella conocía. Contó que unos días antes del asesinato se encontraba en la casa de El Chino. Le oyó quejarse de que no quería pagar una deuda que tenía con Miguel Pérez. El Chino mencionó que le había dicho a un hombre llamado Ocana y a otro apodado “Jabao” que “se encargaran de su problema con Pérez”. Les dijo que podían repartirse a medias cualquier dinero o drogas que encontraran. Aproximadamente a las 10:00 horas del día del asesinato, relató ella, Ocana fue a su apartamento mientras Jabao esperaba en el coche. “El problema de El Chino está resuelto”, afirmó Ocana. Le contó que había apaleado seriamente a Pérez, le había quitado sus cadenas de oro y lo había abandonado dándole por muerto. Luego Ocana se marchó. Aquella noche, a eso de las 23:15 horas, Ocana y Jabao regresaron a su apartamento. Ocana quería que ella y su amigo los acompañaran a la casa de El Chino a buscar una cadena y un revólver. Dijo que le habían contado que Miguel Pérez seguía con vida y que ahora iba a matarlo porque prefería matar a que lo mataran. Cuando salieron del apartamento, se subieron a un Camaro negro de dos puertas. Ocana comentó que acababa de robarlo para el asunto de esa noche, ya que su propio coche era muy conocido en la zona. En casa de El Chino, éste le dio a su amigo una cadena de oro para que se la entregara a Ocana, quien estaba esperando en el coche. Le dijo a los oficiales que reconoció que la cadena pertenecía a Miguel Pérez. Volvieron junto a Ocana y Jabao a su apartamento. Antes de que ella y su amigo bajaran del coche, Ocana le mostró un revólver del calibre 38 y Jabao exhibió una pistola negra semiautomática. Entonces le contó a los detectives Murphy y Hanlon que a eso de las 2: 30 de la madrugada del siguiente día, 11 de junio, El Chino fue a su apartamento. Le dijo que Jabao y Ocana habían matado a Pérez y solucionado su problema. —Ahora no tengo que pagarle el dinero —comentó con placer maligno—. Esa gente se va a marchar. Pero no puedo ser visto con ellos, así nadie pensará que yo soy quien los envió a matarlo. En otro interrogatorio con el amigo de la mujer, Murphy y Hanlon fueron capaces de conseguir otra pieza de información. Les dijo que el 10 de junio, a eso de las 23:15, mientras iban en el Camaro negro que Ocana había robado, se pararon en una gasolinera. Ocana bromeó que iba a llenar el depósito4 con gasolina y luego llenar a Miguel Pérez con balas. De acuerdo, los detectives quisieron saber si él conocía los nombres verdaderos de El Chino, Ocana y Jabao. Claro, contestó la pareja, son Rolando Ocana y Jesús Fernández. Ella les mostró la fotografía de El Chino y dijo que era Felipe Beltrán, el antiguo encargado del edificio de apartamentos de la víctima. 4 Juego de palabras intraducible debido a que tank en inglés, entre sus diversas acepciones, se puede usar para tanque o carro de combate y depósito de gasolina de un vehículo (N . del T.)
  • 55. 55 De antiguos informes de arrestos por robo, los oficiales de la ley consiguieron fotografías de Fernández y Ocana, que la pareja identificó en el acto. La mujer les proporcionó el nombre y la dirección de la amante de Fernández, que vivía en Hialeah. La pareja también les proporcionó la nueva dirección de Beltrán, donde les dijeron que se había mudado 72 horas antes del asesinato. Ya tarde, el 16 de julio, los detectives localizaron a la amiga de Fernández. Les contó que Jesús Fernández estaba en la cárcel, en New Jersey, por un delito de robo. El 17 de julio los oficiales la llevaron a declarar al cuartel general. —Al principio —recordó el detective Murphy—, nos soltaba fragmentos y piezas sueltas, pero no toda la verdad. Poco a poco nos reveló que Ocana y Fernández fueron a buscarla a su apartamento en Hialeah y la llevaron en coche un trayecto largo. ”Pararon a cenar en la carretera y después la condujeron a alguna parte y la hicieron bajar del coche. Fernández la apuntó con un arma y le dijo que había llenado de agujeros a Miguel Pérez. Incluso dijo que le había disparado seis veces y que le quedaban tres balas. ”Luego la dejaron en algún sitio de la Nacional 27, después de desembarazarse de algunas pistolas y una escopeta recortada. Se marcharon y ella tuvo que hacer autoestop para regresar a casa. A las 4: 00 de la madrugada los detectives la llevaron a la zona de Okeechobee Road, donde ella creía que habían tirado las armas. Las buscaron, pero fueron incapaces de encontrarlas. El 18 de julio llevaron los resultados de su investigación a la oficina del fiscal del estado y obtuvieron órdenes de arresto para Felipe Beltrán, Jesús Fernández y Rolando Ocana con cargos de conspiración y asesinato en primer grado. Le notificaron a las autoridades de New Jersey acerca de las órdenes para Fernández y Ocana. —Fuimos donde supuestamente vivía el señor Beltrán —recordó el detective Murphy—. Le encontramos a las 17: 30 en el callejón a una manzana de distancia. Murphy se acercó desde un extremo y el detective Hanlon y John Quiros desde la otra dirección y atraparon al asustado sospechoso entre ellos. —¡Somos oficiales de policía! —gritó Quiros—. Tranquilícese. ¡Está bajo arresto! Beltrán fue aprehendido sin ningún incidente. Aparentemente, en su mundo era un alivio verse atrapado entre hombres que sólo eran polis en vez de entre otros traficantes de drogas que buscaban venganza. Los oficiales le presentaron un impreso que decía: “Este documento es para certificar, habiendo sido informado de mis derechos constitucionales de que no se registre la casa aquí mencionada sin una orden de registro y de mis derechos a negarme a consentir dicho registro, que desde este momento autorizo a los representantes del Departamento de Policía de Miami Beach, Condado de Dade, Florida, a llevar a cabo un registro completo de mi residencia”. Beltrán negó todo, incluso que conociera a la víctima. Pero firmó el impreso de autorización de registro de sus habitaciones. Encontraron una pequeña cantidad de drogas. —También encontramos —informó luego el detective Murphy— un rollo de bolsas de plástico transparentes, una balanza de plástico verde, una lupa, cucharas de plástico, unos alicates pequeños, un cortaúñas, dos frascos de cristal, una bolsa de plástico grande, un estuche marrón de una pistola, un cargador negro, algunas municiones del 38 Especial, y un revólver Rossi del 38 de tres pulgadas. Después Phillip Ruiz les contaría que creía que el revólver pertenecía a Miguel Pérez, la víctima.
  • 56. 56 Beltrán se negó a hablar, negándolo todo. Cuando le mostraron el arma, empezó a reconocer cosas a regañadientes. Admitió reconocer a la víctima, pero dijo que se había mudado del edificio varias semanas antes del asesinato. Los oficiales de la ley tenían pruebas de todo lo contrario: se fue sólo tres días antes. Cuando se le preguntó acerca de la parafernalia de drogas, Beltrán tenía una explicación. —Afirmó —recordó el detective Robert Hanlon— que Pérez vendía drogas y que quería quedarse algo para él, ya que la policía andaba tras su pista. Dijo que Pérez le acusó de informarle a la policía sobre él. Lo negó, por supuesto ”Dijo que eran drogas que Pérez le había dado, que todo se trataba de un error, que no le debía ningún dinero, y que había oído en la calle que Pérez había establecido un contrato de 10.000 dólares para que le mataran. A veces la historia cambiaba. —Le preguntamos por esa parafernalia de drogas, que indicaba que él estaba traficando —añadió Murphy—. Dijo que la detective Wonder se las dio para que actuara como mensajero para coger a Miguel Pérez. Eso no nos pareció en absoluto factible. Cuando se lo preguntaron a la detective Wonder, ella lo confirmó: —No tenía permiso de mí o de mi unidad para tener droga alguna cuando no trabajara como informante confidencial. Y aun cuando lo hiciera, no estaría en posesión de ninguna droga a menos que tuviera que entregársela a alguien. ”Jamás trabajó para nosotros como confidente —recalcó ella—. Sería estúpido por mi parte darle drogas de nuestra taquilla de narcóticos y decir que procedían de Miguel Pérez. Entonces me podrían meter a mí en la cárcel. Ni pensó lo que decía. Se vio atrapado en su propia mentira. Beltrán fue encerrado. Los otros dos sospechosos seguían sueltos. En Newark, New Jersey, había tenido lugar el robo a un bar de la Avenida Prospect en 26 de junio pasado. Se describió a los atracadores como dos varones de aspecto hispano. Poco después del robo un sospechoso fue arrestado en la Avenida Bloomfield. Dijo llamarse Jesús Santiago. Un poco más tarde, un hombre fue a la comisaría de Belleville, New Jersey, e informó que un tiroteo acababa de tener lugar a una manzana de distancia, en la Calle William y la Avenida Washington. En la escena del suceso, los agentes encontraron a un hombre joven en una furgoneta. Sangraba ligeramente de una herida en la cabeza. La ventanilla de atrás había sido destrozada por una bala, y se podía ver el proyectil alojado en la puerta. La reducida multitud que se había agrupado allí informó que el agresor, un varón hispano sin afeitar —de un metro setenta y cinco centímetros de altura, complexión delgada, pelo castaño revuelto, vestido con pantalones oscuros, una camisa azul y blanca, una cazadora de cuero y una gorra de béisbol— se había dado a la fuga en dirección a la Calle William. Los coches patrulla en el acto establecieron un perímetro. Dos oficiales de la policía de Belleville, Charles Hood y Gregory MacDonald, iniciaron la búsqueda a pie desde el límite de Newark de regreso hacia Belleville. —Había unos garajes con las puertas abiertas —recordó el oficial Hood—, y yo entré en algunos. Entonces vi a un hombre agazapado detrás de una piscina cubierta con una loneta en un patio trasero. Había otro hombre en el patio con una linterna. Le grité: “¿Quien es ese individuo?” Me dijo que no lo sabía.
  • 57. 57 ”Mientras me acercaba al sospechoso, éste intentó escapar corriendo y salir del patio, al tiempo que gritaba y me insultaba. Le derribé al suelo y luchamos. Otros agentes oyeron el estrépito y vinieron en mi ayuda y esposamos al sospechoso. El oficial MacDonald realizó una barrida circular de la zona. Vio la loneta que cubría la piscina donde se había visto por primera vez al sospechoso. La levantó y encontró una pistola de nueve milímetros. —Cuando volvimos a la escena del crimen —recordó Hood—, había una multitud en la esquina. Todo el mundo estaba diciendo: “Ése es el tipo que le disparó a nuestro amigo”. Fue unánime. El sospechoso dijo llamarse Jesús Jiménez. A diferencia de la población de Miami, en la que una de cada tres personas habla español, nadie de la policía de Belleville lo hablaba. Tuvieron un grave problema de comunicación con el sospechoso. Pero el detective José Sánchez del departamento de robos de la policía de Newark, New Jersey, nació en Puerto Rico y había vivido allí hasta la edad de 18 años. Hablaba un español fluído. —El detective de Miami Beach, John Murphy, me llamó el 18 de julio —recordó Sánchez—, y por la información recibida, creía que las personas a las que yo investigaba por robo estaban involucradas en un caso de homicidio en Florida. Me proporcionó la información en cuanto a sus nombres verdaderos. Mencionó a Rolando Ocana y a Jesús Fernández. Me dijo que iba a enviarme las huellas dactilares y las fotografías en el último vuelo con destino Newark. Sánchez fue a la Cárcel del Condado de Essex a interrogar a “Jesús Jiménez”, que ahora sabía que era Jesús Fernández, y a “Jesús Santiago”, quien en realidad era Rolando Ocana. —Me identifiqué a Fernández —dijo el detective Sánchez— y le dije que estaba allí para interrogarle sobre un robo en Newark y otras cosas de las que creía que teníamos que hablar, tales como quién era y cómo había llegado a Newark, y todo lo demás. ”Me contó que había conocido a su compañero, Rolando Ocana, en Miami. Lo veía desde hacía un par de meses, y algo sucedió allí y tuvieron que irse. ”Le pedí que fuera específico sobre lo que sucedió. Me contó que estaba en Miami Beach y que Rolando Ocana fue a verlo y dijo: “Vayamos a una casa en la playa. Tengo que hacer algo, y luego habré terminado”. Así que subió a un coche, que era un Camaro oscuro. Fernández le dijo al detective Sánchez que vino a los Estados Unidos en 1980 y que habitualmente trabajaba en restaurantes en Las Vegas. En ciertos momentos de la conversación habló a gran velocidad y pareció agitado. —En algunos momentos de la charla —recordó Sánchez—, a menudo se quedaba en silencio. Tuve que repetirle las preguntas varias veces. Me contestaba “Ya es suficiente, no quiero hablar más”. Entonces, yo me acomodaba en la silla y aguardaba hasta que recobraba la compostura y empezaba a hablar de nuevo. ”Me contó wur estaba con Rolando Ocana, quien conducía un Camaro oscuro en dirección a la playa. Ocana le pidió que esperara en el coche. Dijo: “estaba esperando y, de repente, oí disparos. No recuerdo cuántos fueron, pero inmediatamente después vi a Rolando corriendo de regreso al coche, muy nervioso. Subió y nos largamos. Fernández afirmó que no podía identificar una fotografía de Felipe Beltrán. Cuando Sánchez intentó hablar con Ocana, recibió una comunicación distinta. —En aquella época —dijo Sánchez— no hablaba con nadie. Me echó de la celda, me insultó y se negó a decirme nada. Quería saber dónde estaba su abogado, y qué hacía yo allí. Resultó que tampoco quiso hablar con su abogado de New Jersey.
  • 58. 58 El detective Robert Hanlon de Miami Beach voló a New Jersey. Hizo que las autoridades examinaran la pistola que Fernández había escondido debajo de la loneta justo antes de ser detenido. Se llevó los proyectiles de vuelta a Miami, donde expertos en armas de fuego determinaron que eran del arma que había matado a Miguel Pérez. Los sospechosos fueron trasladados al Condado de Dade, Florida, para ser juzgados. La amiga de Fernández declaró que él le había dicho que le disparó a Miguel Pérez seis veces y que le quedaban tres balas en la pistola. La acusación fiscal señaló que la pistola que tenía en el momento de su arresto en New Jersey disparaba nueve balas. Los sospechosos fueron juzgados por separado y cada uno fue encontrado culpable. Jesús Fernández y Rolando Ocana recibieron sentencias a cadena perpetua. Felipe Beltrán fue sentenciado a 10 años de prisión. El 24 de junio, Phillip Ruiz había regresado al cuartel general de la Policía de Miami Beach con información que afirmó había temido dar antes. Dijo que Miguel Pérez le había contado el día que lo apalearon que Beltrán lo iba a matar. También dijo que él había visto a Beltrán llevando el medallón de Miguel el 4 de julio. Declaró que Beltrán incluso lo había ido a ver después del asesinato, diciéndole: “Escucha, el problema no es contigo, era con Miguel”. Por último, a regañadientes, reconoció que su pariente, la víctima, sí había sido un traficante de drogas. —Entonces Phillip Ruiz se echó a llorar —recordó el detective Murphy—. El motivo que nos dio fue que tuvo miedo de contarnos antes que Miguel Pérez traficaba con drogas debido a que temía que no trabajaríamos en el caso con tanto ahinco si sabíamos que era un traficante. ”Le dijimos que el trabajo que le dedicábamos a cada caso era el que éste requería. Todos reciben el mismo tratamiento. [NOTA DEL EDITOR AMERICANO: Phillip Ruiz no es el nombre verdadero de la persona así llamada en la historia. Se ha usado un nombre ficticio porque no hay razón para el interés público en la identidad de esta persona.] MURDERED AT THE FOOT OF A VOODOO ALTAR Extraído de la revista Oficial Detective, 1988 Richard Shrout Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3. LOS ESPELUZNANTES SECRETOS DEL RANCHO SANTA ELENA BRAD STEIGER Y SHERRY HANSEN STEIGER n abril de 1989, varios oficiales de la policía mexicana siguieron a un miembro de un culto satánico, enloquecido por la droga, que les condujo hasta un gran caldero negro en cuyo interior encontrarían un cerebro humano, una concha de tortuga, una herradura, una columna vertebral humana, y varios huesos humanos puestos a hervir en sangre. E Durante el primer día de excavaciones en los terrenos del Rancho Santa Elena, en las afueras de Matamoros, México, saldrían a la superficie una docena de cuerpos humanos
  • 59. 59 mutilados. Algunas de las víctimas habían sido acuchilladas, golpeadas, tiroteadas, colgadas o hervidas vivas. Algunas habían sufrido mutilaciones rituales. Los monstruos humanos responsables de estos horripilantes actos fueron Adolfo de Jesús Constanzo, un traficante de drogas y Alto Sacerdote, y Sara María Aldrete, una joven y atractiva mujer que llevaba una increíble doble vida como Alta Sacerdotisa del horror y como estudiante honoraria del Texas Southmost College, en Brownsville. La esencia de este culto el “mal por amor al mal” de Adolfo y Sara, era el sacrificio humano. Si bien, por una parte es ciertamente evidente que estas ejecuciones rituales eran empleadas como una herramienta disciplinaria por Constanzo, el señor de la droga, no se deben dejar a un lado estos asesinatos como simples y espeluznantes lecciones motivadas por el propósito de reforzar la obediencia absoluta de los miembros del gang. Como en todos los casos de sacrificios satánicos rituales, Constanzo prometía a sus seguidores que así obtendrían el poder de absorber la esencia espiritual de sus víctimas. Los crueles y horribles asesinatos se realizaban al tiempo que se oraba para conseguir fuerza, riqueza y protección contra el daño físico y contra la policía. SANTERIA: UN CULTO DE SACRIFICIO CON CIEN MILLONES DE SEGUIDORES La madre de Adolfo Constanzo era practicante de “Santería”, una amalgama religiosa que ha evolucionado a partir de la mezcla de los espíritus adorados por los esclavos africanos con la jerarquía de santos intercesores de sus amos Católicos Romanos. Lejos de ser un oscuro culto, la “Santería” tiene como mínimo unos cien millones de seguidores, la mayoría de ellos en el Caribe y Sudamérica. Aunque los ritos de “Santería” suelen incluir el sacrificio de aves y animales pequeños, se trata de una religión esencialmente benigna. Fue a finales del verano de 1989 cuando Constanzo decidió crear su propio sincretismo religioso. Comenzando con las creencias de “Santería” de su madre, introdujo en ellas algunos elementos del vudú. Después, prosiguió añadiendo las violentas prácticas del “Palo Mayombe”, un maligno culto Afrocaribeño, combinándolo además con “santismo”, un particularmente sangriento ritual azteca. Pero, fuera como fuera que Constanzo realizara la mezcla de ingredientes de su terrible expresión religiosa, el ensangrentado altar sacrificial acabó convirtiéndose en el centro de su cruel cosmología. EL DICTADOR MANUEL NORIEGA Y SU BRUJA VUDÚ Poco después de que el dictador Manuel Noriega cayera del poder, fuentes de la Inteligencia de los Estados Unidos revelaron que el verdadero gobernante de Panamá había sido un practicante del vudú, una mujer llamada María da Silva Oliveira, una anciana sacerdotisa de sesenta años, procedente del Brasil, que practicaba el “Candomblé” y el “Palo Mayombe”. Varios testigos han establecido que Noriega creía ciegamente en su collar vudú, en su bolsa de hierbas, y en cierto encantamiento escrito sobre un trozo de papel para protegerle. El periodista John South, escribiendo desde la Ciudad de Panamá, capital de Panamá, cuenta que todos aquellos próximos al dictador eran conscientes de que éste no hacía ni un simple movimiento sin consultar primero a María. Cuando los soldados americanos encontraron la casa que Noriega había regalado a su bruja vudú, hallaron evidencias de hechizos que atentaban contra la vida del ex— Presidente Ronald Reagan y contra la del Presidente Bush. María había escrito cantos
  • 60. 60 rituales especiales para que Noriega los repitiera sobre las fotografías de sus enemigos, mientras quemaba velas vudú y polvos mágicos. De acuerdo con la Inteligencia de los Estados Unidos, la propia red de espionaje de Noriega le había informado de que las fuerzas estadounidenses planeaban invadir Panamá el 20 de diciembre de 1989. El dictador ordenó a María que llevara a cabo inmediatamente un sacrificio que determinara la validez de estos informes de Inteligencia. Durante una ceremonia ritual, María degolló y abrió los estómagos de varias ranas, de forma que pudiera estudiar sus entrañas. Su interpretación de las entrañas la llevó a predecir la invasión estadounidense para el 21 de diciembre. Poniendo más confianza en su sacerdotisa vudú que en su red de Inteligencia, Noriega creyó a María. Consecuentemente, no había puesto a sus tropas en movimiento cuando las fuerzas de los Estados Unidos atacaron el 20 de diciembre, un día antes de lo que había profetizado el sacrificio. Y así, Noriega perdió también la oportunidad de escapar, huyendo por delante del ejército invasor. THE GRISLY SECRETS OF RANCHO SANTA ELENA Extraído de Demon Deaths, 1991 Brad Steiger & Sherry Hansen Steiger Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 PALOMOS DEL INFIERNO ROBERT E. HOWARD I—EL SILBADOR EN LA OSCURIDAD riswell despertó repentinamente con todos los nervios vibrando por una premonición de inminente peligro. Miró a su alrededor con aire aturdido, incapaz al principio de recordar dónde estaba o qué hacía allí. La luz de la luna se filtraba a través de las polvorientas ventanas, y la enorme estancia vacía con su altísimo techo y el negro boquete de su hogar resultaba espectral y desconocida. Luego, a medida que emergía de las telarañas de su reciente sueño, recordó dónde se encontraba y qué estaba haciendo allí. Volvió la cabeza y miró a su compañero, que dormía en el suelo, cerca de él. John Branner no era más que una alargada forma en la oscuridad que la luna apenas teñía de gris. G Griswell trató de recordar lo que le había despertado. En la casa no se oía ningún sonido; fuera, todo estaba igualmente silencioso: el siseo de la lechuza llegaba de muy lejos, del bosque de pinos. Finalmente, Griswell capturó el huidizo recuerdo. Lo que le había asustado hasta el punto de despertarle era una pesadilla espantosa. El recuerdo fluyó ahora a raudales, reproduciendo como en un aguafuerte la abominable visión. Aunque, ¿había sido un sueño? Tenía que haberlo sido, desde luego, pero se había mezclado tan extrañamente con recientes acontecimientos reales que resultaba difícil saber dónde terminaba la realidad y dónde empezaba la fantasía. En sueños, le había parecido revivir sus últimas horas de vigilia con todo detalle. El sueño había empezado, bruscamente, cuando John Branner y él llegaban a la vista de la casa donde ahora se encontraban. Habían llegado por un camino vecinal lleno de baches
  • 61. 61 que discurría entre los numerosos pinares —John Branner y él—, procedentes de Nueva Inglaterra, en viaje de vacaciones. Habían divisado la antigua casa con sus galerías cubiertas alzándose en medio de una jungla de arbustos y malas hierbas en el momento en que el sol se ocultaba detrás de ella. Estaban agotados, mareados por el traqueteo del automóvil sobre aquellos infames caminos. La antigua casa desierta excitó su imaginación con su aspecto de pasado esplendor y definitiva ruina. Dejaron el automóvil junto al camino, y mientras avanzaban a través de una maraña de maleza unos cuantos palomos se alzaron de las balaustradas de la casa y se alejaron con un leve batir de alas. La puerta de madera de encima estaba abierta. Una espesa capa de polvo cubría el suelo del amplio vestíbulo y los peldaños de la escalera que conducía al piso superior. Cruzaron otra puerta que se abría al vestíbulo y penetraron en una habitación vacía, grande, polvorienta, llena de telarañas. Las cenizas del hogar estaban cubiertas de polvo. Discutieron la conveniencia de salir a buscar un poco de leña y encender fuego, pero decidieron no hacerlo. A medida que el sol se hundía en el horizonte, la oscuridad llegaba rápidamente, la oscuridad negra, absoluta, de los terrenos poblados de pinos. Los dos amigos sabían que en los bosques meridionales abundaban las culebras y las serpientes de cascabel, y no les sedujo la idea de salir a buscar leña a oscuras. Abrieron unas latas de conservas, cenaron frugalmente, luego se enrollaron en sus mantas delante del vacío hogar e inmediatamente se quedaron dormidos. Esto, en parte, era lo que Griswell había soñado. Vio de nuevo la maltrecha casa irguiéndose contra los arreboles de la puesta de sol; vio la bandada de palomos que emprendían el vuelo mientras Branner y él se acercaban a la casa. Vio la sombría habitación donde ahora se encontraban, y vio las dos formas que eran su compañero y él mismo, envueltos en sus mantas y tendidos en el polvoriento suelo. A partir de este punto su sueño se modificó sutilmente, pasando de lo real a lo fantástico. Griswell estaba asomado a una estancia sombría, iluminada por la grisácea luz de la luna que penetraba por algún lugar ignorado, ya que en aquella estancia no había ninguna ventana. Pero a la grisácea claridad Griswell vio tres formas silenciosas que colgaban suspendidas en hilera, y su inmovilidad despertó un helado terror en su alma. No se oía ningún sonido, ninguna palabra, pero Griswell intuía una presencia terrible agazapada en un oscuro rincón... Bruscamente volvió a encontrarse en la estancia polvorienta, de techo alto, delante del gran hogar. Estaba tendido en el suelo, envuelto en sus mantas, mirando fijamente a través del sombrío vestíbulo, hacia un lugar bañado por un rayo de luna, en la escalera que ascendía al piso superior. Allí había algo, una forma inclinada, completamente inmóvil bajo el rayo de luna. Pero una sombra borrosa y amarillenta que podría haber sido un rostro estaba vuelta hacia él, como si alguien agachado en la escalera les estuviera contemplando. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, y en aquel momento se despertó..., si es que en realidad había estado durmiendo. Parpadeó varias veces. El rayo de luna caía sobre la escalera, en el lugar exacto donde había soñado que lo hacía; pero Griswell no vio ninguna figura acechante. Sin embargo, su cuerpo seguía temblando a causa del miedo que le había inspirado el sueño o la visión que acababa de tener; sus piernas estaban heladas, como si las hubiera sumergido en agua fría. Griswell hizo un movimiento involuntario para despertar a su compañero, cuando un repentino sonido le dejó paralizado. Era un silbido procedente del piso superior. Suave y fantasmal, iba subiendo de tono, sin desgranar ninguna melodía determinada. Aquel sonido, en una casa supuestamente desierta, resultaba bastante alarmante; pero lo que heló la sangre en las venas de
  • 62. 62 Griswell fue algo más que el simple miedo a un invasor físico. No habría podido definirse a sí mismo el terror que se apoderó de él. Pero las mantas de Branner se movieron, y Griswell vio que su compañero estaba sentado. La forma de su cuerpo se dibujaba vagamente en la oscuridad, con la cabeza vuelta hacia la escalera, como si escuchara con mucha atención. El misterioso silbido aumentó todavía más en intensidad. —¡John! —susurró Griswell, con la boca seca. Habría querido gritar..., decirle a Branner que arriba había alguien, alguien cuya presencia podía resultar peligrosa para ellos; que tenían que marcharse inmediatamente de la casa. Pero la voz murió en su garganta. Branner se había puesto en pie. Sus pasos resonaron en el vestíbulo mientras lo cruzaba en dirección a la escalera. Empezó a subir los peldaños, una sombra más entre las sombras que le rodeaban. Griswell continuó tendido, incapaz de moverse, en medio de un verdadero torbellino mental. ¿Quién estaba silbando arriba? Vio a Branner pasar por el lugar iluminado por el rayo de luna, vio su cabeza extrañamente erguida, como si estuviera mirando algo que Griswell no podía ver, encima y más allá de la escalera. Pero su rostro era tan inexpresivo como el de un sonámbulo. Cruzó la zona iluminada y desapareció de la vista de Griswell, a pesar de que este último trató de gritarle que regresara. Pero de su garganta sólo salió un ahogado susurro. El silbido fue desvaneciéndose hasta morir del todo. Griswell oyó crujir los peldaños bajo las botas de Branner. Ahora había alcanzado el rellano superior, ya que Griswell oyó resonar sus pasos por encima de su cabeza. Repentinamente, los pasos se detuvieron, y la noche entera pareció contener la respiración. Luego, un espantoso grito rompió el silencio, y Griswell se incorporó, gritando a su vez. La extraña parálisis que le impidió moverse había desaparecido. Dio un paso hacia la escalera, y luego se detuvo. Volvían a resonar los pasos. Branner estaba de regreso. No corría. Andaba incluso con más lentitud que antes. Los peldaños de la escalera volvieron a crujir. Una mano, que se movía a lo largo de la barandilla, quedó iluminada por el rayo de luna; luego la otra, y un escalofrío de terror recorrió el cuerpo de Griswell al ver que esta segunda mano empuñaba un hacha..., un hacha de la cual goteaba un líquido oscuro. ¿Era Branner el que estaba descendiendo la escalera? ¡Sí! La figura había cruzado ahora el rayo de luna, y Griswell la reconoció. Luego vio el rostro de Branner, y una ahogada exclamación brotó de sus labios. El rostro de Branner estaba pálido, cadavérico; unas gotas de sangre se desprendían de él; sus ojos, vidriosos, tenían una fijeza obsesionante; y la sangre manaba también de la herida claramente visible en su cabeza. Griswell no recordó nunca exactamente cómo consiguió salir de aquella maldita casa. Más tarde conservó un recuerdo confuso de haber saltado a través de una polvorienta ventana llena de telarañas, de haber corrido ciegamente a través de la maleza, aullando de terror. Vio la negra barrera de los pinos, y la luna flotando en una neblina roja como la sangre. Al ver el automóvil aparcado junto al camino recobró parte de su cordura. En un mundo que había enloquecido de repente, aquél era un objeto que reflejaba una prosaica realidad; pero en el momento en que se disponía a abrir la portezuela, un espantoso chirrido resonó en sus oídos, y una forma ondulante avanzó la cabeza hacia él desde el asiento del conductor, mostrando una lengua ahorquillada a la luz de la luna. Con un aullido de terror, Griswell echó a correr hacia el camino, como corre un hombre en una pesadilla. Corría a ciegas. Su aturdido cerebro era incapaz de ningún
  • 63. 63 pensamiento consciente, Se limitaba a obedecer al instinto primario que le impulsaba a correr..., correr..., correr hasta caer exhausto. Las negras paredes de los pinos surgían interminablemente a su lado, hasta el punto de que Griswell tenía la sensación de no moverse de sitio. Pero súbitamente un sonido penetró la niebla de su terror: el inexorable rumor de unos pasos que le seguían. Volviendo la cabeza, vio a alguien que avanzaba detrás de él..., lobo o perro, no habría podido decirlo, pero sus ojos ardían como bolas de fuego verde. Griswell aumentó la velocidad de su carrera, dio la vuelta a una curva del camino y oyó relinchar a un caballo; vio la grupa del animal y oyó maldecir al jinete que lo montaba; vio un brillo azulado en la mano levantada del hombre. Griswell se tambaleó y tuvo que agarrarse al estribo del jinete para no caer al suelo. —¡Por el amor de Dios, ayúdeme! —jadeó—. ¡La cosa! ¡Ha asesinado a Branner..., y me está persiguiendo! ¡Mire! Dos bolas de fuego ardían entre los arbustos en la revuelta del camino. El jinete volvió a maldecir y disparó tres veces consecutivas. Las bolas de fuego se desvanecieron y el jinete, librando su estribo del agarrón de Griswell, hizo avanzar su caballo hacia la revuelta. Griswell dio unos pasos vacilantes, temblando como un azogado. El jinete desapareció unos instantes de su vista; luego regresó al galope. —Ha desaparecido —dijo—. Supongo que era un lobo, aunque nunca oí que persiguieran a un hombre. ¿Sabe usted lo que era? Griswell se limitó a sacudir débilmente la cabeza. El jinete, recortándose contra la luz de la luna, le miraba desde lo alto, empuñando aún en su mano derecha el humeante revólver. Era un hombre robusto, de mediana estatura, y su ancho sombrero y sus botas le señalaban como un nativo de la región tan claramente como el atuendo de Griswell revelaba en él al forastero. —¿Qué es lo que ha sucedido? —preguntó el jinete. —No lo sé —respondió Griswell—. Me llamo Griswell. John Branner, el amigo que viajaba conmigo, y yo nos detuvimos en la casa abandonada que hay al otro lado del camino para pasar allí la noche. Algo... —el recuerdo le hizo estremecerse de horror—. ¡Dios mío! —exclamó—. ¡Debo de estar loco! Alguien se asomó por encima de la barandilla de la escalera..., alguien que tenía el rostro amarillento. Creí que estaba soñando, pero tiene que haber sido real. Luego, alguien silbó en el piso de arriba, y Branner se levantó y subió la escalera como un sonámbulo, o un hombre hipnotizado. Oí un grito; luego, Branner volvió a bajar con un hacha ensangrentada en la mano, y... ¡Dios mío! ¡Estaba muerto! Le habían abierto la cabeza. Vi sus sesos a través de la herida, y la sangre que manaba por ella, y su rostro era el de un cadáver. ¡Pero bajó la escalera! Pongo a Dios por testigo de que John Branner fue asesinado en aquel oscuro rellano, y de que su cadáver descendió luego la escalera con un hacha en la mano... ¡para asesinarme! El jinete no hizo ningún comentario; permaneció sentado sobre su caballo como una estatua, recortándose contra las estrellas, y Griswell no pudo leer en su expresión, ya que su rostro estaba ensombrecido por el ala de su sombrero. —Piensa usted que estoy loco —murmuró Griswell—. Tal vez lo esté. —No se que pensar —respondió el jinete—. Si no se tratara de la antigua casa de los Blassenville... Bueno, veremos. Me llamo Buckner. Soy el sheriff de este condado. Vengo de llevar a un negro al condado vecino y se me ha hecho un poco tarde. Se apeó de su caballo y se quedó en pie junto a Griswell, más bajo que él pero mucho más fornido. De su persona se desprendía un aire de decisión y de seguridad en sí mismo, y no resultaba difícil imaginar que sería un hombre peligroso en cualquier clase de lucha.
  • 64. 64 —¿Teme usted regresar a la casa? —preguntó. Griswell se estremeció, pero sacudió la cabeza: revivía en él la obstinada tenacidad de sus antepasados puritanos. —La idea de enfrentarme de nuevo con aquél horror me pone enfermo —murmuró— . Pero, el pobre Branner... Tenemos que encontrar su cadáver. ¡Dios mío! —exclamó, desalentado por el abismal horror de la cosa—. ¿Qué es lo que encontraremos? Si un hombre muerto anda... —Veremos. El sheriff ató las riendas alrededor de su brazo izquierdo y empezó a llenar los cilindros de su enorme revólver mientras andaban. Cuando llegaron a la revuelta del camino, la sangre de Griswell estaba helada ante el pensamiento de lo que podían encontrar en el camino, pero sólo vieron la casa irguiéndose espectralmente entre los pinos. —¡Dios mío! —susurró Griswell—. Parece mucho más siniestra ahora que cuando llegamos a ella y vimos aquellos palomos que volaban del porche... —¿Palomos? —inquirió Buckner, dirigiéndole una rápida mirada—. ¿Vio usted a los palomos? —Desde luego. Una bandada, que salió volando del porche. Caminaron unos instantes en silencio, hasta que Buckner dijo con cierta brusquedad: —He vivido en esta región desde que nací. He pasado por delante de la antigua casa de los Blassenville centenares de veces, a todas las horas del día y de la noche. Pero nunca he visto un solo palomo, ni en la casa ni en los bosques de los alrededores. —Había una verdadera bandada —repitió Griswell, sorprendido. —He conocido a hombres que juraron haber visto una bandada de palomos posados en el porche de la casa, a la puesta del sol —dijo Buckner lentamente—. Todos eran negros, excepto uno. Un trampero. Estaba encendiendo una fogata en el patio, dispuesto a pasar allí aquella noche. Le vi al atardecer y me habló de los palomos. A la mañana siguiente volví a la casa. Las cenizas de su fogata estaban allí, y su vaso de estaño, y la sartén en la cual frió su tocino, y sus mantas, extendidas como si hubiera dormido en ellas. Nadie volvió a verle. Eso ocurrió hace doce años. Los negros dicen que ellos pueden ver a los palomos, pero ningún negro se atreve a pasar por este camino después de la puesta del sol. Dicen que los palomos son las almas de los Blassenville, que salen del infierno cuando se pone el sol. Los negros dicen que el resplandor rojizo que se ve hacia el oeste es la claridad del infierno, porque a aquella hora las puertas del infierno están abiertas para dar paso a los Blassenville. —¿Quiénes eran los Blassenville? —preguntó Griswell, estremeciéndose. —Eran los propietarios de todas estas tierras. Una familia franco—inglesa. Llegaron procedentes de las Indias Occidentales, antes de la evacuación de Louisiana. La Guerra Civil les arruinó, como a otros tantos. Algunos de sus miembros resultaron muertos en la guerra; la mayoría de los otros murieron fuera de aquí. Nadie vivió en la casa solariega a partir de 1890, cuando miss Elisabeth Blassenville, la última del linaje, desapareció una noche de la casa y nunca regresó... ¿Es ése su automóvil? Se detuvieron al lado del vehículo, y Griswell contempló morbosamente la antigua mansión. Sus polvorientos ventanales estaban vacíos y oscuros; pero Griswell experimentaba la desagradable sensación de que unos ojos le acechaban con expresión hambrienta a través de los cristales. Buckner repitió su pregunta. —Sí —respondió Griswell—. Tenga cuidado. Hay una serpiente en el asiento..., o por lo menos estaba allí.
  • 65. 65 —Ahora no hay ninguna —gruñó Buckner, atando su caballo y sacando una linterna de las alforjas—. Bueno, vamos a echar un vistazo. Echó a andar hacia la casa con la misma tranquilidad que si se dirigieran a efectuar una visita de cumplido a unos amigos. Griswell le siguió, pegado a sus talones, respirando agitadamente. La leve brisa llevaba hasta ellos un hedor a corrupción y a vegetación podrida, y Griswell experimentó una intensa sensación de náusea, en la cual se mezclaban el malestar físico y la angustia mental que provocaban aquellas antiguas mansiones que ocultaban olvidados secretos de esclavitud, de orgullo de raza, y de misteriosas intrigas. Se había imaginado el Sur como una tierra lánguida y soleada, acariciada por suaves brisas que transportaban cálidos aromas a flores y a especias, donde la vida discurría plácidamente al ritmo de los cantos que los negros entonaban en los campos de algodón bañados por el sol. Pero ahora acababa de descubrir otro aspecto, completamente inesperado: un aspecto oscuro, impregnado de misterio. Y el descubrimiento le resultaba repulsivo. Cruzaron la pesada puerta de madera de encima. La negrura del interior quedaba intensificada ahora por el haz luminoso proyectado por la linterna de Buckner. Aquel haz se deslizó a través de la oscuridad del vestíbulo y trepó por la escalera, y Griswell contuvo la respiración, apretando los puños. Pero ninguna forma demencial se reveló allí. Buckner avanzó con la ligereza de un gato, la linterna en una mano, el revólver en la otra. Mientras proyectaba la luz de su linterna en la habitación que se abría al pie de la escalera, Griswell lanzó un grito..., y volvió a gritar, a punto de desmayarse con el espectáculo que se ofrecía a sus ojos. Un rastro de gotas de sangre cruzaba la habitación, pasando por encima de las mantas que Branner había ocupado, las cuales estaban extendidas entre la puerta y las del propio Griswell. Y las mantas de Griswell tenían un terrible ocupante. John Branner estaba tendido en ellas, boca abajo, con una horrible herida en la parte posterior de la cabeza. Su mano extendida seguía empuñando el mango de un hacha, y la hoja estaba profundamente clavada en la manta y en el suelo que se extendía debajo, en el lugar exacto donde había reposado la cabeza de Griswell cuando dormía allí. Griswell no se dio cuenta de que se tambaleaba ni de que Buckner le cogía, impidiendo que cayera al suelo. Cuando recobró el conocimiento, la cabeza le dolía terriblemente y todo parecía dar vueltas alrededor. Buckner proyectó el haz luminoso de su linterna sobre su rostro, haciéndole parpadear. La voz del sheriff llegó desde más allá de la brillante claridad: —Griswell, me ha contado usted una historia muy difícil de creer. Vi algo que le perseguía a usted, pero aquello era un lobo, o un perro salvaje. ”Si está ocultando algo, será mejor que lo escupa ahora. Lo que me ha contado a mí es insostenible ante cualquier tribunal. Va usted a enfrentarse con la acusación de haber asesinado a su compañero. Tengo que detenerle. Si es usted sincero conmigo, las cosas serán mucho más fáciles. Ahora dígame, ¿mató usted a este hombre, Griswell? ”Supongo que ocurriría algo parecido a esto: discutieron ustedes por algo, la discusión se agrió, Branner empuñó un hacha y le atacó, pero usted consiguió desarmarle, le abrió la cabeza de un hachazo y volvió a dejar el arma en sus manos... ¿Me equivoco? Griswell ocultó la cara entre sus manos, sacudiendo la cabeza. —¡Dios mío! ¡Yo no maté a John! ¿Por qué iba a hacer una cosa así? John y yo éramos amigos de la infancia. Le he dicho a usted la verdad. No puedo reprocharle a usted que no me crea. Pero juro por Dios que es la verdad. La luz volvió a iluminar la abierta cabeza de Branner, y Griswell cerró los ojos.
  • 66. 66 Oyó que Buckner gruñía: —Creo que le mataron con el hacha que tiene en la mano. Hay sangre y sesos pegados a la hoja, y unos cuantos cabellos del mismo color que los suyos. Eso empeora las cosas para usted, Griswell. —¿Por qué? —gimió Griswell con voz temblorosa. —Elimina toda posibilidad de alegar defensa propia. Branner no pudo atacarle con ese hacha después de que usted le abrió la cabeza con ella. La herida es mortal de necesidad. Debió usted arrancar el hacha de su cabeza, clavarla en el suelo y colocar sus dedos alrededor del mango para que pareciera que él le atacaba. Una maniobra muy hábil..., si hubiera utilizado usted otra hacha. —Pero yo no le maté —gimió Griswell—. No tengo la menor intención de alegar defensa propia. —Eso es lo que me intriga —admitió Buckner francamente—. ¿Qué asesino sería tan estúpido para contar una historia tan descabellada como la que usted me ha contado para demostrar su inocencia? Cualquier asesino habría inventado una historia que fuera lógica, al menos. ¡Hum! El rastro de sangre procede de la puerta. El cadáver fue arrastrado..., no, no pudo ser arrastrado. El suelo está lleno de polvo y se verían las huellas. Tuvo usted que transportarle hasta aquí, después de haberle matado en otro lugar. Pero, en ese caso, ¿por qué no hay sangre en sus ropas? Desde luego, puede usted haberse cambiado la ropa. Pero ese individuo no lleva muerto mucho tiempo. —Bajó la escalera y cruzó la habitación —murmuró Griswell—. Venía a matarme. Supe que venía a matarme cuando le vi acechando por encima de la barandilla. Descargó el golpe donde yo habría estado, de no haberme despertado. Mire aquella ventana... Está rota: salté a través de ella. —Sí, lo veo. Pero, si andaba entonces, ¿por qué no anda ahora? —¡No lo sé! Estoy demasiado trastornado para pensar cuerdamente. Temí que se levantara del suelo y saliera en mi persecución. Cuando oí aquel lobo corriendo detrás de mí, creí que era John que me perseguía... ¡John, corriendo a través de la noche con su hacha ensangrentada y su ensangrentada cabeza! Sus dientes castañetearon mientras revivía aquel espantoso horror. Buckner paseó por el suelo el haz luminoso de su linterna. —Las gotas de sangre proceden del vestíbulo. Vamos. Las seguiremos. Griswell se estremeció. —Proceden del piso superior —murmuró. Buckner le miraba fijamente. —¿Teme usted subir al piso, conmigo? El rostro de Griswell estaba gris. —Sí. Pero voy a subir, con usted o sin usted. La cosa que mató al pobre John puede estar todavía oculta allí. —Suba detrás de mí —ordenó Buckner—. Si algo salta sobre nosotros, yo me ocuparé de ello. Pero, por su propio bien, le advierto que disparo con más rapidez de la que emplea un gato en saltar, y que rara vez fallo un tiro. Si se le ha ocurrido la idea de atacarme por detrás, olvídela. —¡No sea estúpido! —exclamó Griswell. El furor había barrido momentáneamente sus temores, y aquella enojada exclamación pareció tranquilizar a Buckner mucho más que todas sus protestas de inocencia. —Deseo ser justo —dijo—. No puedo acusarle y condenarle sin pruebas. Si es verdad la mitad solamente de lo que me ha contado, ha vivido usted un verdadero infierno y no quiero ser demasiado duro. Pero debe comprender lo difícil que me resulta creerle.
  • 67. 67 Griswell no respondió, limitándose a indicarle con un gesto que estaba dispuesto a acompañarle arriba. Cruzaron el vestíbulo y se detuvieron al pie de la escalera. Un rastro de gotas de sangre, claramente visibles en los polvorientos peldaños, señalaba el camino. —Hay pisadas de hombre en el polvo —gruñó Buckner—. Hay que subir despacio. Tenemos que fijarnos bien en lo que vemos, ya que al subir borraremos estas huellas. Hay un rastro de pisadas que suben y otras que bajan. Del mismo hombre. Y no son de usted. Branner era un hombre mucho más alto que usted. Hay gotas de sangre en todo el camino..., sangre en la barandilla, como si un hombre hubiera posado en ella su mano ensangrentada..., una mancha de algo que parecen...,sesos. Me pregunto... —Bajaba la escalera, y estaba muerto —se estremeció Griswell—. Agarrándose con una mano a la barandilla, y empuñando con la otra el hacha que le mató. —Pudieron transportarle —murmuró el sheriff—. Pero, si alguien le transportó, ¿dónde están sus huellas? Llegaron al rellano superior, un amplio y vacío espacio de polvo y sombras donde las ennegrecidas ventanas rechazaban la claridad de la luna y el haz luminoso de la linterna de Buckner parecía inadecuado. Griswell temblaba como una hoja. Aquí, en la oscuridad y el horror, había muerto John Branner. —Alguien silbaba aquí arriba —murmuró—. Igual que las de la escalera; unas van y otras vienen. Las mismas huellas... ¡Judas! Detrás de él, Griswell ahogó un grito, ya que acababa de ver lo que había provocado la exclamación de Buckner. A unos pies de distancia del último peldaño, las huellas de las pisadas de Branner se detenían bruscamente y luego daban la vuelta, casi pisando las huellas anteriores. Y en el lugar donde se había detenido había una gran mancha de sangre en el polvoriento suelo..., y otras huellas que llegaban hasta allí, huellas de pies descalzos, pequeños pero de pulgares muy anchos. También aquellas huellas retrocedían a partir de aquel punto. Buckner se inclinó sobre ellas, gruñendo. —¡ Las huellas se encuentran! ¡Y en el lugar donde se encuentran hay sangre y sesos en el suelo! Aquí mataron a Branner, descargándole un hachazo. Unos pies descalzos procedentes de la oscuridad se encuentran con unos pies calzados; luego, ambos dan la vuelta. Los pies calzados bajan la escalera, los descalzos retroceden por el rellano. Proyectó la luz de su linterna a lo largo del rellano; las pisadas se desvanecían en la oscuridad, más allá del alcance de la luz. A un lado y a otro, las cerradas puertas de otras tantas estancias eran secretos portales de misterio. —Supongamos que su descabellada historia fuera cierta —murmuró Buckner, medio para sí mismo—. Esas huellas no son de usted. Parecen las de una mujer. Supongamos que alguien silbó, y Branner subió aquí a investigar. Supongamos que alguien le atacó aquí, en la oscuridad, abriéndole la cabeza. En tal caso, las huellas hubieran sido tal como son, en realidad. Pero, suponiendo que fuera eso lo que hubiera ocurrido, ¿por qué no se quedó Branner tendido aquí, donde encontró la muerte? ¿Pudo haber vivido el tiempo suficiente para arrancar el hacha de manos del que le asesinó, y bajar la escalera con ella? —¡No, no! —exclamó Griswell—. Yo le vi en la escalera. Estaba muerto. Ningún hombre podría vivir un minuto después de recibir tal herida. —Lo creo —murmuró Buckner—. Pero es una locura. O un plan diabólicamente hábil... Sin embargo, ningún hombre en su sano juicio elaboraría un plan tan descabellado pata escapar al castigo de su crimen, cuando un simple alegato de defensa propia sería mucho más eficaz. Ningún tribunal aceptaría esa historia. Bueno, vamos a seguir esas otras huellas. Avanzan por el rellano... ¡Un momento! ¿Qué es esto?
  • 68. 68 Con un estremecimiento de terror, Griswell vio que la luz de la linterna empezaba a amortiguarse. —Esta batería es nueva —murmuró Buckner, y por primera vez Griswell captó una nota de temor en su voz—. ¡Vamos! ¡Tenemos que salir de aquí inmediatamente! La luz se había amortiguado hasta quedar reducida a un débil brillo rojizo. La oscuridad parecía acercarse a ellos, deslizándose con el paso silencioso de un gato. Buckner retrocedió, hacia la escalera, llevando a Griswell pegado a sus talones. En la creciente oscuridad, Griswell oyó un sonido como el de una puerta que se abría lentamente, y al mismo tiempo las negruras que les rodeaban vibraron con una oculta amenaza. Griswell supo que Buckner experimentaba la misma sensación que le había invadido a él, ya que el cuerpo del sheriff se tensó como el de una pantera dispuesta a saltar. Pero continuó retrocediendo, sin prisas, luchando contra el pánico que le impulsaba a gritar y a emprender una loca huida. Una terrible idea hizo brotar un sudor helado de su frente. ¿Y si el muerto se estaba deslizando detrás de ellos en la oscuridad, empuñando el hacha ensangrentada presto a descargarla sobre ellos? Aquella posibilidad le abrumó hasta el punto de que apenas se dio cuenta de que sus pies alcanzaban el vestíbulo inferior, y sólo entonces descendían, hasta recobrar toda su fuerza. Pero cuando Buckner proyectó el haz luminoso hacia la parte superior de la escalera, no consiguió iluminar más que oscuridad que colgaba como una tangible niebla sobre el rellano superior. —Esta maldita linterna estaba embrujada —murmuró Buckner—. La cosa no tiene otra explicación. No puede atribuirse a causas naturales. —Ilumine la habitación —suplicó Griswell—. Vea si John..., si John está... No consiguió traducir en palabras su horrible idea, pero Buckner comprendió. Griswell no habría sospechado nunca que la vista del espantoso cadáver de un hombre asesinado pudiera inspirarle tal sensación de alivio. —Todavía está ahí —gruñó Buckner—. Si anduvo después de ser asesinado, no ha vuelto a hacerlo desde entonces. Pero, aquella cosa... Proyectó de nuevo la luz de la linterna hacia la parte superior de la escalera, mordiéndose el labio y rezongando en voz baja. Por tres veces había levantado su revólver. Griswell leyó en su pensamiento. El sheriff se sentía tentado de volver a subir aquella escalera, de medir sus fuerzas con lo desconocido. Pero el sentido común le retenía. —A oscuras, no tendría ninguna posibilidad —murmuró—. Y, si subo, la luz volverá a apagarse. Se volvió hacia Griswell. —Sería inútil intentar nada. En esta casa hay algo diabólico, y creo que puedo adivinar lo que es. No creo que asesinara usted a Branner. Lo que le asesinó está ahí arriba..., ahora. En su historia hay muchos puntos que resultan descabellados; pero, ¿acaso no es descabellado que una linterna se apague sin más ni más? No creo que lo que haya allá arriba sea humano. Hasta ahora, nunca me había asustado la oscuridad, pero no voy a subir a ese piso hasta que se haga de día. No tardará en amanecer. Esperaremos fuera, en aquella galería. Las estrellas empezaban a palidecer cuando salieron al amplio porche. Buckner se sentó en la barandilla, de cara a la puerta de la casa, empuñando su revólver. Griswell tomó asiento junto a él y se reclinó contra los restos de una columna. Cerró los ojos, acogiendo con placer la leve brisa que parecía refrescar su enfebrecido cerebro. Experimentaba una extraña sensación de irrealidad. Era un forastero en una región desconocida, una región que parecía haberse llenado repentinamente de negro horror.
  • 69. 69 La sombra del patíbulo planeaba encima de él, y en aquella sombría mansión yacía John Branner, con la cabeza destrozada... Como las ficciones de un sueño, aquellos hechos giraban en su cerebro hasta que se fundieron en un crepúsculo gris mientras el sueño se apoderaba compasivamente de su alma. Despertó a un frío amanecer y al recuerdo de los horrores de la noche. La niebla se arrastraba en jirones por las copas de los pinos. Buckner le estaba sacudiendo. —¡Despierte! Ya es de día. Griswell se puso en pie, frotándose los ojos. Su rostro aparecía viejo y gris. —Estoy dispuesto. Vamos arriba. —¡Ya he estado allí! —dijo Buckner, con ojos llameantes—. No quise despertarle. Subí en cuanto amaneció. No encontré nada. —Pero, las huellas de los pies descalzos... —Han desaparecido. —¿Desaparecido? —Sí, desaparecido. El polvo del rellano ha sido removido, desde el punto donde terminaban las huellas de los pasos de Branner; ha sido barrido hacia los rincones. Ahora no existe ninguna posibilidad de seguir las huellas de nadie. Alguien barrió el polvo mientras estábamos aquí sentados, y no oí ningún sonido. He recorrido toda la casa. No he visto absolutamente nada. Griswell se estremeció al imaginarse a sí mismo durmiendo solo en el porche mientras Buckner llevaba a cabo su exploración. —¿Qué haremos ahora? Aquellas huellas eran mi única posibilidad de demostrar la veracidad de mi historia. —Llevaremos el cadáver de Branner al Ayuntamiento del condado —respondió Buckner—. Yo explicaré los hechos. Si las autoridades se enteran de la versión que usted puede darles, insistirán en acusarle de asesinato. Yo no creo que usted matara a Branner..., pero ningún fiscal de distrito, ningún juez ni ningún jurado creería lo que usted me ha contado, ni lo que nos sucedió anoche. Déjeme manejar este asunto a mi modo. No pienso detenerle a usted hasta que haya agotado todas las demás posibilidades. ”Cuando lleguemos a la ciudad, no diga nada de lo que ha ocurrido aquí. Yo me limitaré a informar al fiscal del distrito que John Branner fue asesinado por una persona o personas desconocidas, y que estoy trabajando en el caso. ”¿Está usted dispuesto a regresar conmigo a esta casa y a pasar la noche aquí, en la habitación en la que usted y Branner durmieron anoche? Griswell palideció, pero respondió con la misma obstinación con que sus antepasados habían expresado su decisión de plantar sus cabañas en las tierras de los pequots: —Estoy dispuesto. —Entonces, vámonos; ayúdeme a trasladar el cadáver de Branner a su automóvil. Griswell se estremeció a la vista del ensangrentado rostro de su amigo a la luz grisácea del amanecer. La niebla extendía unos viscosos tentáculos alrededor de sus pies mientras transportaban su macabra carga a través de la maleza. II—EL HERMANO DE LA SERPIENTE De nuevo las sombras se alargaban sobre los pinares, y de nuevo dos hombres llegaron por el antiguo camino en un automóvil con matrícula de Nueva Inglaterra. Buckner conducía. Los nervios de Griswell estaban demasiado alterados para permitirle empuñar el volante. Su rostro estaba aún muy pálido, y todo su aspecto
  • 70. 70 revelaba un gran cansancio. La tensión del día pasado en la capital del condado había venido a añadirse al horror que planeaba sobre su alma como la sombra de un buitre de alas negras. No había dormido, apenas había comido. —Prometí hablarle de los Blassenville —dijo Buckner—. Era una gente orgullosa, altiva, y sin el menor escrúpulo cuando se trataba de imponer su voluntad. No tenían para sus negros las consideraciones que en mayor o menor escala les guardaban los otros plantadores; supongo que seguían aferrados a las costumbres de las Indias Occidentales. Había una vena de crueldad en todos ellos..., y especialmente en miss Celia, la última de la familia que llegó a esta región. Vino mucho después de que los esclavos fueran declarados hombres libres, pero miss Celia seguía azotando con su látigo a su doncella mulata, lo mismo que cuando era una esclava, según dicen los viejos del lugar... Los negros decían que cuando moría un Blassenville, el diablo le estaba esperando siempre en los pinares que rodean la casa. ”Una vez terminada la Guerra Civil, los Blassenville fueron desapareciendo con bastante rapidez. Vivían pobremente de su plantación, que cada día rendía menos. Finalmente, sólo quedaron cuatro muchachas, hermanas, que habitaban en la antigua mansión. La plantación era cultivada por unos cuantos negros que seguían viviendo en sus chozas y trabajaban en calidad de aparceros. Las muchachas, muy orgullosas, se avergonzaban de su pobreza y no se relacionaban con nadie. A veces pasaban meses enteros sin salir de casa. Cuando necesitaban provisiones, enviaban a un negro a comprarlas. ”Pero la gente empezó a hablar de los Blassenville cuando miss Celia vino a vivir con ellas. Procedía de algún lugar de las Indias Occidentales, de donde era originaria la familia. Dicen que era una mujer elegante, bella, de poco más de treinta años. Tampoco ella se relacionó con la gente. Se había traído a una doncella mulata, y la trataba de un modo que hacía honor a la tradicional crueldad de los Blassenville. Conocí a un viejo negro, hace unos años, que juraba haber visto a miss Celia atar a la doncella a un árbol, completamente desnuda, y azotarla con un látigo. Cuando la mulata desapareció, el hecho no constituyó una sorpresa para nadie. Todo el mundo imaginó que se había fugado, desde luego. ”Un día de la primavera de 1890, miss Elisabeth, la más joven de las muchachas, se presentó en el pueblo por primera vez en un año, quizás. Iba en busca de provisiones. Dijo que todos los negros habían abandonado la plantación. Añadió que miss Celia se había marchado también sin decir nada. Sus hermanas creían que había regresado a las Indias Occidentales, pero ella estaba convencida de que su tía estaba aún en la casa. No aclaró el sentido de estas palabras. Se limitó a coger sus provisiones y regresar a la casa. ”Al cabo de un mes se presentó un negro en el pueblo y dijo que miss Elisabeth vivía completamente sola en la antigua mansión. Dijo que sus tres hermanas ya no estaban allí, que se habían marchado una detrás de otra sin dar ninguna explicación. Miss Elisabeth ignoraba adónde se habían marchado, y tenía miedo de vivir sola en la casa, pero no sabía adónde ir. No tenía parientes ni amigos. Pero estaba mortalmente asustada de algo. El negro dijo que permanecía encerrada continuamente en su habitación, con unas velas encendidas toda la noche... ”Una noche tormentosa miss Elisabeth se presentó en el pueblo montando el único caballo que poseía, medio muerta de miedo. Al llegar a la plaza se cayó del caballo; cuando pudo hablar, dijo que había descubierto una habitación secreta en la casa, olvidada durante un centenar de años. Y dijo que en aquella habitación se encontraban sus tres hermanas, muertas, colgadas del techo por el cuello. Añadió que alguien la persiguió con un hacha, y ella huyó de la casa montando en el único caballo que poseía.
  • 71. 71 Pero estaba mortalmente asustada, y no sabía quién la había perseguido. Dijo que parecía una mujer con un rostro amarillento. ”Inmediatamente, medio centenar de hombres se presentaron aquí y registraron la casa de arriba abajo. Pero no encontraron ninguna habitación secreta, ni los cadáveres de las tres hermanas. Lo que sí encontraron fue un hacha en el rellano superior, con algunos cabellos de miss Elisabeth pegados al filo, lo cual confirmaba lo que miss Elisabeth había contado. Pero ella se negó a regresar a la casa y mostrarles dónde se encontraba la habitación secreta; casi enloqueció cuando se lo sugirieron. ”Cuando estuvo en condiciones de viajar, la gente del pueblo reunió algún dinero y se lo prestaron —era demasiado orgullosa para aceptar limosnas—. Se marchó a California. No regresó nunca, pero más tarde se supo —cuando envió el dinero que le prestaron— que se había casado. ”Nadie quiso comprar la casa. Quedó tal como miss Elisabeth la había dejado, y con el paso de los años la gente fue robando los muebles hasta vaciarla del todo. —¿Qué opinó la gente de la historia que contó miss Elisabeth? —preguntó Griswell. —La mayoría opinó que el vivir sola en esta casa la había desquiciado. Pero algunos creyeron que la doncella mulata, Joan, no había huido, como se dijo. Opinaban que estaba oculta en el bosque, y saciaba su odio hacia los Blassenville asesinando a los miembros de la familia. Dieron una batida por todos los pinares con varios perros, pero no encontraron ni rastro de la mulata. Si había una habitación secreta en la casa, tenía que estar oculta allí..., suponiendo que la teoría fuese cierta. —No puede haber estado oculta en la casa todos estos años —murmuró Griswell—. Y, de todos modos, lo que ahora hay en la casa no es humano. Buckner hizo girar el automóvil, para dejar la carretera y adentrarse en un camino vertical que discurría entre los pinos. —¿Hacia dónde vamos? —preguntó Griswell. —Hay un viejo negro que vive al final de este camino, a unas cuantas millas de aquí. Quiero hablar con él. Nos enfrentamos con algo que requiere algo más que el sentido común de un blanco. Los negros saben más que nosotros acerca de algunas cosas. El viejo al que vamos a visitar tiene casi cien años, si es que no los ha cumplido ya. Su dueño le proporcionó cierta educación cuando era un muchacho, y al convertirse en un hombre libre viajó más de lo que suelen viajar la mayoría de blancos. Dicen que es un hombre voodoo, un brujo. Griswell se estremeció, contemplando con inquietud los verdes árboles que les rodeaban por todas partes. La fragancia de los pinos llegaba a su olfato mezclada con el perfume de plantas desconocidas. Pero, dominándolo todo, se percibía un indefinible hedor de materia en descomposición. Una desagradable sensación puso un nudo en la boca de su estómago. —¡Un voodoo! —murmuró—. Me había olvidado de eso... Nunca se me había ocurrido relacionar la magia negra con el Sur. Para mí, la brujería siempre estuvo asociada con antiguas y tortuosas calles de ciudades portuarias, que ya eran antiguas cuando en Salem colgaban a las brujas...Para mí, la brujería se relacionó siempre con las antiguas ciudades de Nueva Inglaterra..., pero todo esto es más terrible que cualquier leyenda acerca de Nueva Inglaterra. Esos pinos sombríos, esas antiguas mansiones abandonadas, las plantaciones perdidas, los misteriosos negros, las viejas leyendas de locura y horror... ¡Dios mío! ¡Qué espantosos terrores antiguos hay en este continente que los estúpidos llaman “Nuevo”! —Ahí está la choza del viejo Jacob —anunció Buckner, deteniendo el automóvil. Griswell vio un claro y una pequeña cabaña agazapada a la sombra de los enormes árboles. Allí, los pinos daban paso a las encinas y los cipreses, llenos de un musgo
  • 72. 72 grisáceo, y más allá de la cabaña se extendía una ciénaga poblada de una lujurienta vegetación. De la chimenea de barro de la cabaña surgía una leve espiral de humo azulado. Griswell siguió a Buckner hasta la diminuta vivienda. El sheriff empujó la puerta y penetró en la cabaña. Al encontrarse en la relativa oscuridad del interior, Griswell parpadeó. Una sola ventana, muy pequeña, daba paso a la luz del día. Un viejo negro estaba agazapado junto al hogar de tierra, contemplando una olla que hervía al fuego. Miró hacia ellos cuando entraron, pero no se levantó. Parecía increíblemente viejo. Su rostro era una masa de arrugas, y sus ojos, negros y vivaces, se velaban de cuando en cuando como si su mente vacilara. Buckner hizo un gesto a Griswell para indicarle que se sentara en la única silla que había en la cabaña, mientras él se instalaba junto al fuego en una banqueta toscamente labrada, enfrente del anciano. —Jacob —dijo bruscamente—, ha llegado el momento de que hables. Sé que conoces el secreto de Blassenville Manor. Nunca te interrogué acerca de ello, porque no era de mi competencia. Pero anoche fue asesinado un hombre allí, y pueden colgar al hombre que me acompaña por el asesinato, a menos que me digas qué es lo que alberga la antigua casa de los Blassenville. Los ojos del anciano brillaron para volver a apagarse inmediatamente, como si los achaques de la edad le impidieran concentrarse durante mucho tiempo en una idea. —Los Blassenville —murmuró, y su voz era suave y cultivada. Se expresaba en un inglés perfecto, que no recordaba en nada las formas dialectales de los de su raza—. Eran una gente orgullosa, caballeros..., orgullosa y cruel. Algunos murieron en la guerra..., otros resultaron muertos en duelos... Algunos murieron en la antigua casa... Sus palabras se convirtieron en una serie de ininteligibles murmullos. —¿Qué ocurrió en la casa? —preguntó Buckner pacientemente. —Miss Celia era la más orgullosa de todos —murmuró el anciano—. La más orgullosa y la más cruel. Los negros la odiaban; especialmente Joan. Joan llevaba sangre blanca en sus venas, y también era orgullosa. Miss Celia la azotaba como a una esclava. —¿Cuál es el secreto de Blassenville Manor? —insistió Buckner. La niebla se desvaneció de los ojos del anciano; unos ojos tan oscuros como pozos iluminados por la luna. —¿Qué secreto, caballero? No comprendo. —Sí, me comprendes perfectamente. Durante años y años, la casa se ha erguido allí, solitaria, con su misterio. Tú conoces la clave para descifrarlo. El anciano removió el contenido de la olla. Ahora parecía en posesión de todas sus facultades mentales. —Caballero, la vida es dulce, incluso para un viejo negro. ¿Significa eso que alguien te mataría si me revelaras el secreto? Pero el anciano estaba murmurando de nuevo, con los ojos cerrados. —Alguien, no. Ningún humano. Ningún ser humano. Los dioses negros de la ciénaga. Mi secreto permanece inviolado, guardado por la Gran Serpiente, el dios que está por encima de todos los dioses. Enviaría a un pequeño hermano para que me besara con sus fríos labios..., un pequeño hermano con un cuarto creciente en la cabeza. Le vendí mi alma a la Gran Serpiente, cuando me convirtió en creador de zuvembies... Buckner se puso rígido. —He oído esa palabra antes de ahora —dijo suavemente— de labios de un negro moribundo, cuando yo era un niño. ¿Qué significa? El miedo llenó los ojos del viejo Jacob.
  • 73. 73 —¿Qué es lo que he dicho? No, no he dicho nada. —Zuvembies —le apremió Buckner. —Zuvembies —repitió maquinalmente el anciano, con los ojos inexpresivos—. Una zuvembie es una mujer..., en la Costa de los Esclavos las conocían. Los tambores que susurran por la noche en las colinas de Haití hablan de ellas. Los creadores de zuvembies son honrados por la gente de Damballah. Hablar de ello a un hombre blanco significa la muerte..., es uno de los secretos prohibidos del dios Serpiente. —Estabas hablando de las zuvembies —dijo Buckner suavemente. —No debía hablar de ellas —murmuró el anciano, y Griswell se dio cuenta de que estaba pensando en voz alta—. Ningún hombre blanco debe saber que yo bailé en la Ceremonia Negra del voodoo, y fui convertido en creador de zombies y zuvembies. La Gran Serpiente castiga con la muerte a las lenguas que hablan demasiado. —¿Una zuvembie es una mujer? —le apremió Buckner. —Era una mujer —murmuró el anciano—. Ella sabía que yo era un creador de zuvembies... Se presentó en mi choza y me pidió el horrible brebaje..., el brebaje compuesto con huesos de serpientes, y sangre de murciélago, y garras de esparavel, y otros elementos que no pueden ser nombrados. Ella había danzado en la Ceremonia Negra..., estaba madura para convertirse en una zuvembie..., lo único que necesitaba era el Brebaje Negro..., era muy hermosa..., no podía negárselo. —¿A quién? —preguntó Buckner ansiosamente, pero el anciano hundió la cabeza en su pecho y no respondió. Parecía dormitar. Buckner le sacudió—. Le diste un brebaje a una mujer para convertirla en una zuvembie... ¿Qué es una zuvembie? El anciano murmuró, con voz soñolienta: —Una zuvembie deja de ser humana. No reconoce ni a parientes ni a amigos. Es un miembro más del Mundo Negro. Tiene a su mando los demonios naturales:lechuzas, murciélagos, serpientes y hombres—lobo, y puede manejar la oscuridad de modo que apague una pequeña luz. Puede ser asesinada por medio del plomo o del acero, pero a menos que muera así, vive eternamente, y no come el alimento que comen los humanos. Mora como un murciélago en una caverna o en una casa antigua. El tiempo no significa nada para la zuvembie; una hora, un día, un año, todo es lo mismo. No puede hablar palabras humanas, ni pensar como piensa un humano, pero puede hipnotizar a un ser viviente con el sonido de su voz, y cuando mata a un hombre, puede dar órdenes a su cuerpo sin vida hasta que la carne está fría. Mientras fluye la sangre, el cadáver es esclavo suyo. Su mayor placer consiste en asesinar seres humanos. —¿Y por qué quería ella convertirse en una zuvembie? —preguntó Buckner suavemente. —Odio —susurró el anciano—. ¡Odio! ¡Venganza! —¿Se llamaba Joan? —murmuró Buckner. El nombre pareció desvanecer las nieblas de senilidad que envolvían la mente del voodoo. Sus ojos se aclararon una vez más, convirtiéndose en dos círculos duros y brillantes como húmedo mármol negro. —¿Joan? —dijo lentamente—. No he oído ese nombre por espacio de una generación. Al parecer me he quedado dormido, caballeros; no recuerdo nada..., les ruego que me perdonen. Los hombres viejos se quedan dormidos ante el fuego, como los perros viejos. ¿Me preguntaban por Blassenville Manor? Caballeros, si les dijera por qué no puedo contestar a su pregunta, atribuirían mi actitud a simple superstición. Sin embargo, pongo al Dios del hombre blanco por testigo de que... Mientras hablaba, extendió el brazo hacia un montón de leña que había junto al hogar, con la intención de añadir un tronco al fuego. Pero inmediatamente contrajo el brazo, profiriendo un horrible grito. Cuando el reflejo de las llamas iluminó el brazo del
  • 74. 74 voodoo, los dos hombres blancos vieron que tenía enrollada una pequeña serpiente, que dejaba caer su puntiaguda cabeza sobre la carne negra, una y otra vez, con silencioso furor. El anciano se desplomó, gritando, al tiempo que Buckner entraba en acción. Poniéndose de pie de un salto, cogió un tronco y aplastó con él la cabeza del reptil. El viejo Jacob, entretanto, había cesado de gritar y estaba tendido en el suelo, boca arriba, completamente inmóvil. —¿Está muerto? —susurró Griswell. —Tan muerto como Judas Iscariote —respondió secamente Buckner contemplando al reptil, que continuaba retorciéndose en el suelo—. Esa infernal serpiente le inyectó en las venas el veneno suficiente para matar a una docena de hombres de su edad. Pero creo que lo que en realidad le mató fue la impresión. —¿Qué haremos ahora? —preguntó Griswell, estremeciéndose. —Dejaremos el cadáver en aquel catre. Nadie entrará aquí, si tenemos la precaución de cerrar la puerta de modo que no pueda entrar ningún cerdo salvaje, ni ningún gato. Mañana lo llevaremos al pueblo. Esta noche tenemos trabajo. Manos a la obra. A Griswell le repugnaba la idea de tener que tocar el cadáver, pero ayudó a Buckner a instalarlo en el catre y luego salió apresuradamente de la choza. El sol estaba hundiéndose en el horizonte, y las llamas rojas del crepúsculo encendían las negras copas de los árboles. Subieron al automóvil en silencio y regresaron por el mismo camino que habían seguido al venir. —El viejo dijo que la Gran Serpiente enviaría a uno de sus hermanos —murmuró Griswell. —¡Tonterías! —replicó Buckner—. A las serpientes les gusta el calor, y esta región pantanosa está infestada de ellas. La que mordió al viejo estaba oculta entre la leña, al calor del fuego. El viejo Jacob la importunó, y el animal se defendió. No hay nada de sobrenatural en esto. Permaneció unos instantes en silencio y luego añadió, en tono distinto: —Ha sido la primera vez que veo una serpiente que ataca sin silbar; y la primera vez que veo a una serpiente con una cresta blanca en forma de cuarto creciente. Al cabo de un rato, Griswell preguntó: —¿Cree usted que la mulata Joan ha permanecido oculta en la casa durante todos estos años? —Ya oyó lo que dijo el viejo Jacob —respondió Buckner—. El tiempo no significa nada para una zuvembie. Cuando llegaron a la vista de la casa, Griswell se mordió el labio superior para reprimir un estremecimiento. Volvió a sentirse poseído por una indescriptible sensación de horror. —¡Mire! —susurró, en el preciso instante en que Buckner detenía el automóvil. Buckner gruñó. Desde las balaustradas de la galería se alzó una nube de palomos que emprendieron un rápido vuelo, recortándose contra la roja claridad del crepúsculo. III—LA LLAMADA DE ZUVEMBIE Cuando los palomos hubieron desaparecido, los dos hombres permanecieron unos instantes en sus asientos, en silencio. —Bueno, por fin los he visto —murmuró finalmente Buckner.
  • 75. 75 —Tal vez los únicos que pueden verlos son los hombres marcados —susurró Griswell—. Aquel trampero los vio... —Bueno, veremos —replicó el sheriff tranquilamente, mientras se apeaba del automóvil, pero Griswell se dio cuenta de que la mano que empuñaba el revólver temblaba un poco. Al entrar en el amplio vestíbulo, Griswell vio la hilera de huellas que se extendían por el suelo, señalando el paso de un hombre muerto. Buckner había traído unas mantas. Las extendió delante del lugar. —Yo me acostaré junto a la puerta —dijo—. Y usted lo hará donde lo hizo anoche. —¿Vamos a encender una fogata? —preguntó Griswell, temblando ante la idea de la oscuridad que lo invadiría todo cuando se apagara el breve crepúsculo. —No. Tiene usted una linterna, igual que yo. Nos acostaremos a oscuras, y veremos lo que sucede. ¿Puede usted utilizar el revólver que le he dado? —Supongo que sí. Nunca he disparado un revólver, pero conozco su funcionamiento. —Bueno, a ser posible deje los disparos de mi cuenta. El sheriff se sentó con las piernas cruzadas sobre sus mantas y vació el cilindro de su “Colt”, revisando minuciosamente cada uno de los cartuchos antes de volver a colocarlos. Griswell paseó nerviosamente arriba y abajo, lamentando la lenta desaparición de la luz como un avaro lamenta la desaparición de su oro. Se apoyó con una mano en la repisa del hogar, mirando fijamente las cenizas recubiertas de polvo. El fuego que había producido aquellas cenizas fue encendido por Elisabeth Blassenville, hacía más de cuarenta años. La idea resultaba deprimente. Griswell removió las polvorientas cenizas con el pie. Algo se hizo visible entre los carbonizados restos: un trozo de papel, manchado y amarillento. Griswell se inclinó y lo sacó de las cenizas. Era un cuaderno de notas, con tapas de cartón. —¿Qué ha encontrado usted? —Preguntó Buckner, inclinando el reluciente cañón de su revólver. —Un antiguo cuaderno de notas. Parece un diario. Las páginas están cubiertas de escritura, pero la tinta se ha borrado y no puede leerse nada. ¿Cómo supone que fue a parar al fuego, sin que ardiera? —Lo tirarían ahí cuando el fuego estaba apagado —sugirió Buckner—. Probablemente lo tiró alguien que entró en la casa con el propósito de robar muebles. Alguien que no sabía leer, probablemente. Griswell hojeó el cuaderno, forzando la vista para distinguir algo a la escasa luz. Súbitamente, su cuerpo se puso rígido. —¡Aquí hay una anotación que resulta legible! ¡Escuche! Leyó: “Sé que en la casa hay alguien, además de mí misma. Puedo oír a alguien que merodea por la noche cuando el sol se ha puesto y en el exterior reina la oscuridad. A menudo, durante la noche, oigo que alguien araña la puerta de mi habitación. ¿Quién es? ¿Una de mis hermanas? ¿Tía Celia? Si es una de ellas, ¿Por qué merodea de ese modo por la casa? ¿Por qué araña la puerta de mi habitación, y huye cuando la llamo? ¡No, no! ¡No me atrevo! Tengo miedo. ¡Dios mío! ¿Qué puedo hacer? No me atrevo a permanecer aquí..., pero, ¿Adónde voy a ir?” —¡Santo cielo! —exclamó Buckner—. ¡Ese debe de ser el diario de Elisabeth Blassenville! ¡Continúe! —Las páginas que siguen no son legibles —respondió Griswell—. Pero unas páginas más adelante puedo leer algunas líneas. Leyó:
  • 76. 76 “¿Por qué huyeron todos los negros cuando desapareció tía Celia? Mis hermanas están muertas. Sé que están muertas. Y tengo la impresión de que murieron horriblemente, en medio de una espantosa agonía. Pero, ¿Por qué? ¿Por qué? Si alguien asesinó a tía Celia, ¿por qué tenía que asesinar a mis pobres hermanas? Ellas fueron siempre amables con los negros. Joan...” Griswell interrumpió la lectura. —Un trozo de página está arrancado. Aquí hay otra anotación con otra fecha... Bueno, supongo que es una fecha, aunque no puedo asegurarlo. “...La cosa terrible que la vieja sugirió? Citó a Jacob Blount, y a Joan, pero no se atrevió a hablar claramente; quizá temía...” —Aquí también falta un trozo de página —explicó Griswell. Luego prosiguió la lectura: “¡No, no! ¡Es imposible! Ella está muerta..., o muy lejos de aquí. Sin embargo, nació y se crió en las Indias Occidentales, y por algunas alusiones que dejó caer, supe que había sido iniciada en los misterios del voodoo. Creo que incluso bailó en una de sus horribles ceremonias... ¿Cómo pudo haber descendido a tal grado de bestialidad? Y este..., este horror. ¡Dios mío! ¿Pueden ser sensibles tales cosas? No sé que pensar. Si es ella la que merodea por la casa, la que araña la puerta de mi habitación, la que silba tan espantosa y dulcemente... ¡No! Me estoy volviendo loca. Si continúo aquí sola, moriré tan horriblemente como debieron morir mis hermanas. Estoy completamente segura de eso.” La incoherente crónica terminaba tan bruscamente como había empezado. Griswell estaba tan absorto en su tarea de descifrar los borrosos rasgos de aquella escritura que ni siquiera se había dado cuenta de que había anochecido, y Buckner sostenía en alto su linterna a fin de que él pudiera leer. Despertando de su abstracción, dirigió una rápida mirada al oscuro rellano. —¿Qué conclusión ha sacado usted? —preguntó Griswell. —Lo que había sospechado desde el primer momento —respondió Buckner—. Aquella doncella mulata, Joan, se convirtió en zuvembie para vengarse de miss Celia. Probablemente odiaba a toda la familia tanto como a su dueña. Había tomado parte en las ceremonias del voodoo en su tierra natal, y estaba “madura”, como dijo el viejo Jacob. Lo único que necesitaba era el Brebaje Negro..., y el viejo Jacob se lo proporcionó. Asesinó a miss Celia y a las otras tres muchachas, y no asesinó a Elisabeth por pura casualidad. Ha permanecido oculta en esta casa durante todos estos años, como una serpiente en unas ruinas. —Pero, ¿por qué tenía que asesinar a un desconocido? —Ya oyó usted lo que dijo el viejo Jacob —le recordó Buckner—. Una zuvembie siente un gran placer al asesinar a un ser humano. Llamó a Branner desde lo alto de la escalera, le abrió la cabeza, colocó el hacha en su mano y le ordenó que bajara a asesinarle a usted. Ningún tribunal creería esto, pero si podemos presentar su cadáver, será una prueba más que suficiente para demostrar que es usted inocente. Aceptarán mi palabra de que ella asesinó a Branner. Jacob dijo que una zuvembie puede ser asesinada... Desde luego, al informar de este caso no tendré que mostrarme demasiado exacto en los detalles. —Vi que nos acechaba por encima de la barandilla de la escalera —murmuró Griswell—. Pero, ¿por qué no encontramos sus huellas en la escalera? —Tal vez lo soñó usted. Tal vez una zuvembie puede proyectar su espíritu... ¡Diablo! ¿Por qué tratar de razonar acerca de algo que se encuentra más allá de las fronteras de la razón? Vamos a empezar nuestra vela.
  • 77. 77 —¡No apague la luz! —exclamó Griswell involuntariamente. Luego añadió—: Desde luego. Apáguela. Tenemos que estar a oscuras, como —vaciló—, como estábamos Branner y yo. Pero, en cuanto la estancia quedó sumida en la oscuridad, el miedo se apoderó de él con fuerza insostenible. Se tumbó sobre sus mantas, temblando, tratando de contener los tumultuosos latidos de su corazón. —Las Indias Occidentales deben de ser el lugar más horrible del mundo —murmuró Buckner, una mancha borrosa sobre sus mantas—. Había oído hablar de los zombies, pero ignoraba lo que era una zuvembie. Evidentemente, alguna droga preparada por los voodoos para provocar la locura en las mujeres. Aunque esto no explica las otras cosas: los poderes hipnóticos, la anormal longevidad, la capacidad de controlar cadáveres... No, una zuvembie no puede ser una simple loca. Es un monstruo, algo que está por encima y por debajo de un ser humano, creado por la magia que brota en los pantanos y las selvas negras... Bueno, veremos. Su voz cesó de sonar, y en el silencio que siguió, Griswell oyó los latidos de su propio corazón. En el exterior, en los negros bosques, un lobo aulló y las lechuzas sisearon. Luego, el silencio volvió a caer como una niebla negra. Griswell se obligó a sí mismo a permanecer inmóvil sobre sus mantas. El tiempo parecía haberse detenido. Y la espera se estaba haciendo insoportable. El esfuerzo que hacía para dominar sus alterados nervios bañaba en sudor todos sus miembros. Apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas, y clavó las uñas en las palmas de sus manos. No sabía lo que estaba esperando. El espantoso ser volvería a atacar. Pero, ¿cómo? ¿Sería un horrible y melodioso silbido, unos pies descalzos deslizándose por los crujientes peldaños, o un repentino hachazo en la oscuridad? ¿Le escogería a él, o a Buckner? Tal vez Buckner estaba muerto ya... En la oscuridad que le rodeaba no podía ver nada, pero oía la respiración regular del hombre. El meridional tenía unos nervios de acero. ¿Era que Buckner respiraba junto a él, separado por una angosta franja de oscuridad? ¿O acaso el monstruo había atacado ya en silencio, y ocupado el lugar del sheriff? Así de descabelladas eran las ideas que cruzaban rápidamente por el cerebro de Griswell. Experimentaba la sensación de que iba a volverse loco si no se ponía en pie de un salto, gritando, y huía frenéticamente de aquella maldita casa. Ni siquiera el temor a la horca podía retenerle tendido allí en la oscuridad por más tiempo. De repente, el ritmo de la respiración de Buckner se rompió, y Griswell se sintió como si acabaran de echarle un cubo de agua helada. Desde algún lugar situado encima de ellos empezó a oírse un melodioso silbido... Griswell notó que le faltaban las fuerzas, que su cerebro se hundía en una oscuridad más profunda que la negrura física que le rodeaba. Siguió un período de absoluta confusión mental, pasado el cual su primera sensación fue la de movimiento. Estaba corriendo por un camino increíblemente escabroso. A su alrededor todo era oscuridad, y corría ciegamente. Se dijo a sí mismo que debió de huir de la casa y haber corrido varias millas, quizás, antes de que su agotado cerebro empezara a funcionar. No le importaba; morir en la horca por un asesinato que no había cometido no le aterrorizaba ni la mitad que la idea de regresar a aquella mansión de horror. Estaba dominado por el ansia de correr..., correr..., correr como estaba haciendo ahora, ciegamente, hasta agotar sus fuerzas. La niebla no se había disipado del todo de su cerebro, pero tenía conciencia de que no podía ver las estrellas a través de las negras ramas de los árboles. Deseó vagamente saber hacia dónde se dirigía. Supuso que estaba trepando por una colina, y el
  • 78. 78 hecho le extrañó, ya que sabía que no había ninguna colina en un radio de varias millas alrededor de la casa de los Blassenville. Luego, encima y delante de él, notó un leve resplandor. Avanzó hacia aquel resplandor como si le empujara una fuerza irresistible. Luego se estremeció al darse cuenta de que un extraño sonido chocaba contra sus oídos: un silbido melodioso y burlón al mismo tiempo. El silbido borró todas las nieblas. ¿Qué significaba aquello? ¿Dónde estaba? El despertar llegó como el golpe aturdidor de una maza de matarife. No estaba corriendo a lo largo de un camino, ni trepando por una colina; estaba subiendo una escalera. ¡Se encontraba aún en Blassenville Manor! ¡Y estaba subiendo la escalera! Un grito inhumano brotó de sus labios. Y, dominando aquel grito, el fantasmal silbido adquirió un tono de diabólico triunfo. Griswell intentó detenerse..., retroceder..., incluso arrojarse por encima de la barandilla. Pero su fuerza de voluntad estaba reducida a jirones. No existía ya. Griswell no tenía voluntad. Había dejado caer su linterna, y había olvidado el revólver en su bolsillo. No podía dominar a su propio cuerpo. Sus piernas, moviéndose rígidamente, funcionaban como piezas de un mecanismo independiente de su cerebro, obedeciendo a una voluntad exterior. Subiendo metódicamente, le transportaban al rellano superior, hacia el resplandor que ardía encima de él. —¡Buckner! —gritó—. ¡Buckner! ¡Por el amor de Dios! Su voz se estranguló en su garganta. Había llegado al último peldaño. Empezó a avanzar por el rellano. El silbido había cesado, pero su impulso seguía conduciéndole hacia adelante. No podía ver la fuente de la que procedía el resplandor. No parecía emanar de ningún foco central. Pero Griswell vio una vaga figura que avanzaba hacia él. Parecía una mujer, pero ninguna mujer humana era capaz de andar con aquel paso ingrávido, ninguna mujer humana había tenido nunca aquel rostro de horror, aquella borrosa expresión demencial... Griswell intentó gritar a la vista de aquél rostro, al brillo del acero que esgrimía la mano en forma de garra, pero su lengua estaba helada. Luego oyó un sonido que parecía arrastrarse silenciosamente detrás de él; las sombras fueron hendidas por una lengua de fuego que iluminó una espantosa figura que caía hacia atrás. Al mismo tiempo resonó un aullido inhumano. En medio de la oscuridad que siguió al inesperado fogonazo, Griswell cayó de rodillas y se cubrió el rostro con las manos. No oyó la voz de Buckner. La mano del meridional sobre su hombro le despertó de su estupor. Una luz proyectada directamente sobre sus ojos le cegó. Parpadeó, sombreó sus ojos con una mano y alzó la mirada hacia el rostro de Buckner, que se encontraba en el mismo borde del círculo de luz. El sheriff estaba pálido. —¿Está usted herido? —preguntó ansiosamente Buckner—. ¿Está usted herido? En el suelo hay un cuchillo de matarife... —No estoy herido —murmuró Griswell—. Ha disparado usted en el momento preciso... ¡El monstruo! ¿Dónde está? ¿Adónde ha ido? —¡Escuche! En alguna parte de la casa resonaba un horrible aleteo, como de alguien que se arrastrara y luchara en medio de las convulsiones de la muerte. —Jacob estaba en lo cierto —dijo Buckner en tono sombrío—. El plomo puede matarlas. La acerté de lleno, desde luego. No me atreví a encender la linterna, pero había suficiente claridad. Cuando empezó aquel fantasmal silbido, casi tropezó usted conmigo. Andaba usted como si estuviera hipnotizado. Le seguí por la escalera. Iba detrás de usted, aunque muy agachado para que ella no pudiera verme y huir. Estuve a
  • 79. 79 punto de disparar demasiado tarde, pero confieso que el verla me dejó casi paralizado... ¡Mire! Proyectó el haz luminoso de su linterna a lo largo del rellano, hasta detenerlo en una abertura visible en la pared, en un lugar donde antes no había ninguna puerta. —¡La entrada secreta que descubrió miss Elisabeth! —exclamó Buckner—. ¡Vamos! Echo a correr a través del rellano y Griswell le siguió con aire aturdido. Los sonidos que acababan de oír procedían de algún lugar situado más allá de aquella misteriosa puerta, y ahora habían cesado. La luz reveló un angosto pasadizo en forma de túnel que evidentemente conducía a través de una de las recias paredes de la casa. Buckner penetró en el pasadizo sin la menor vacilación. —Tal vez no fuera capaz de pensar como un ser humano —murmuró, iluminando el camino delante de él—, pero tuvo la astucia suficiente para borrar sus huellas, a fin de que no pudiéramos seguirlas y descubrir, quizá, la abertura secreta. Allí hay una habitación... ¡La estancia secreta de los Blassenville! Y Griswell exclamó: —¡Santo cielo! ¡Es la cámara sin ventanas que anoche vi en mi sueño, con los tres cadáveres colgados del techo! La luz que Buckner paseaba por la estancia de forma circular se inmovilizó repentinamente. Dentro del amplio anillo luminoso aparecieron tres figuras, tres formas resecas, encogidas, momificadas, ataviadas con unos vestidos muy antiguos. Sus pies no tocaban el suelo, ya que estaban colgadas del cuello a unas cadenas suspendidas en el techo. —¡Las tres hermanas Blassenville! —murmuró Buckner—. Miss Elisabeth no estaba loca, después de todo. —¡Mire! —susurró Griswell con voz apenas audible—. ¡Allí, en aquel rincón! La luz se movió, volvió a detenerse. —¿Fue aquello una mujer en otros tiempos? —inquirió Griswell, como si se interrogara a sí mismo—. ¡Dios mío! Mire ese rostro, incluso en la muerte. Mire esas manos en forma de garras, con las uñas renegridas como las de una fiera. Sí, era humana... Lleva aún los harapos de un antiguo vestido de baile, muy lujoso. ¿Por qué llevaría una doncella mulata un vestido como ése? —Éste ha sido su cubil durante más de cuarenta años —murmuró Buckner, sin responder a la pregunta, inclinándose sobre el horrible cadáver tendido en el rincón de la estancia—. Bueno, Griswell, esto le exonera a usted: una mujer loca con un hacha... Es lo único que las autoridades necesitan saber. ¡Dios mío! ¡Qué venganza! ¡Qué horrible venganza! Aunque, pensándolo bien, tuvo que tener una naturaleza bestial. Lo prueba el hecho de que se iniciara en los misterios del voodoo cuando no era más que una jovencita... —¿Se refiere usted a la mulata? —susurró Griswell. Un escalofrío recorrió su cuerpo, como si intuyera un horror que superaba a todos los horrores que había experimentado hasta entonces. —Interpretamos equivocadamente las palabras del viejo Jacob y lo que miss Elisabeth escribió en su diario —dijo—. Ella debía de estar enterada, pero el orgullo familiar selló sus labios. Ahora veo claro, Griswell; la mulata se vengó, aunque no del modo que suponíamos. No ingirió el Brebaje Negro que el viejo Jacob le había preparado. Lo quería para suministrárselo subrepticiamente a otra persona, mezclándolo en su comida o en su café. Luego, Joan huyó de esta casa, dejando sembrada en ella la semilla del infierno. —¿Ese cadáver no... no es el de la mulata? —susurró Griswell.
  • 80. 80 —Cuando la vi allá afuera, en el rellano, supe que no era mulata. Y aquellos rasgos contraídos seguían reflejando un parecido familiar. He visto su retrato y no puedo equivocarme. Ese cadáver es el del ser que en otros tiempos fue Celia Blassenville. PIGEONS FROM HELL Robert E. Howard Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 EL BOOGIE DEL CEMENTERIO DEREK RUTHERFORD enéis que entenderlo: todos pensamos que el tipo estaba loco. Ahí estábamos, seis músicos que luchaban, es decir, que luchaban por seguir vivos. No luchábamos con la música... la teníamos lista, una espléndida mezcla de Shuffle y Cajun de Nueva Orleans, con un toque de blues por encima. ¡Comida para el alma, tío! Pero no podíamos comer la música, y la música jamás metía gasolina en la furgoneta o reemplazaba los amplificadores rotos, así que nos pasábamos los días y las noches yendo por la carretera de una actuación barata a otra, de cerveza y comida gratis en el local si teníamos suerte y los dioses tenían puestos sus sombreros de boogie. Hasta que, un día, ahí apareció él. T Se nos acercó con polvo en el abrigo y en las botas, el pelo plateado y escaso, los ojos oscuros y hundidos, y la piel consumida y tirante sobre los huesos. Tenía los dedos largos y deformes y encallecidos. Parecía contar unos cien años, pero se movía como si tuviera sólo setenta. Un hombre viejo. Sin embargo, podía cantar como un pájaro que volara por primera vez. Estábamos tocando en un barco, una de esas viejas barcas del Támesis rehabilitadas como restaurante. Había quizá unas cincuenta o sesenta personas allí metiéndose chile en la boca y moviendo los pies al ritmo de la música. Era el 4 de julio, y a pesar de que había todo un océano entre nosotros y los Estados Unidos de América, la mayoría se lo pasaba en grande y lo celebraba como si hubieran sido los Brits los que hubieran ganado esa guerra. Había unos escalones que bajaban hasta el barco —estábamos tocando por debajo de la línea de flotación—, viejos escalones de madera que eran un poco peligrosos para un joven, más aún para un tipo viejo con las suelas de los zapatos mojadas y apoyado en un bastón. Se detuvo a mitad de camino y nos miró, con los ojos profundamente escondidos en sus cuencas, haciendo que nos fuera imposible aguantarle la mirada. ¡Qué grima! Bajé la vista a las cuerdas e inicié torpemente unos acordes. Al acabar el primer pase nos habíamos olvidado por completo de él. Estábamos sentados preparando el orden de las canciones que tocaríamos en el segundo pase cuando de repente apareció justo detrás de mí y preguntó con voz suave y cálida (habría apostado pelas que esa voz no podía salir de nadie que no fuera él) si nos gustaría conseguir una actuación. —Olvídalo, abuelo —dijo Mark, aunque se rió al hablar para no irritar al viejo. —Lo digo en serio —afirmó el anciano polvoriento, y nosotros nos reímos y volvimos a dedicarnos al orden de las canciones—. ¿Cuánto vais a cobrar por esta noche? Nadie contestó, y como sentí compasión por él me di la vuelta. De cerca, su piel era como la corteza de un árbol. Sus dientes del color del maíz.
  • 81. 81 —No mucho —repuse—. Pero nos dan de comer, ¿entiendes lo que quiero decir? Asintió y supe que lo entendía. Él también había pasado por ello. —Entonces, ¿qué os parecen quinientas libras? —preguntó. Sonreí, porque escuchas ese tipo de cosas cada noche: “Yo mismo estoy metido en el negocio y tengo algunos contactos, ¿qué os parecería una actuación?” “Mi hermano conoce al guitarrista de tal o cual grupo, quizá os pueda conseguir una actuación” “Me llamo Elvis Presley, ¿quizá queráis una actuación?” Las habíamos oído todas. Escuchas a esos tipos porque quieres que vayan a tu siguiente actuación... En nuestro nicho del mundo del rock’n’roll quieres que cualquier tía tatuada y su hermano colgado asistan a tu siguiente actuación. Más cuerpos, más cerveza. Más cerveza, más dinero. Así que sonreí y él supo lo que yo estaba pensando, porque, como he dicho, él mismo ya había pasado por ello. Pero aún no se rindió. —Lo único que tenéis que hacer es tocar una de mis canciones —me dijo—. Sólo una. Las demás las elegís vosotros. Quinientas libras. Mark levantó la vista de la lista. —¿Qué ha dicho? —Quiere darnos quinientas libras por cantar una de sus canciones. Mark escrutó al viejo y enarcó las cejas como para preguntar si era verdad o si el tipo estaba loco. El viejo asintió. —¿Cuándo sería esa actuación? El viejo se encogió de hombros. —Aceptad, y ya arreglaré algo. Miré a Mark. Él también se alzó de hombros. Miré de nuevo al viejo. —La tocaremos —dije. Quinientas libras. Era un montón de dinero por entonces. Como he dicho, pensamos que el viejo estaba loco. Se quedó hasta el final de la actuación, y cuando todos los felices comensales se hubieron marchado y las sillas empezaban a colocarse del revés sobre las mesas, nos mostró su canción. Tío, cualquiera sabía de dónde había salido ese cabrón, pero el hijo de puta tenía un clásico en la manga. Rock del pantano que palpitaba al ritmo del corazón, acordes sencillos que atravesaban unos ritmos sentidos, más que oídos. Palabras de vudú. Algo salido del profundo Sur. Un latido que se acoplaba al flujo de la sangre que corría por nuestras venas. Un coro que crecía de ninguna parte y subía y subía cada vez más hasta que sólo la luna era más brillante. Sí, cantaba como un pájaro en vuelo. Tocó esa canción una y otra vez, y en cada ocasión era exactamente igual. Pero nunca se hacía pesada, jamás aburrida. Cada vez despertaba un nervio. Quizá la había tocado mil veces (y después empecé a preguntarme si se la había tocado a todos los grupos que hubiera visto nunca y si nosotros éramos los primeros que alguna vez habían sido capaces de tocársela a él) y la había trabajado hasta dejarla en su forma perfecta. Nunca olvidaré la expresión de sus ojos cuando empezamos a cuajar su canción. Por supuesto, a él se la tocamos de manera distinta. Nosotros teníamos guitarra y piano, bajo y batería. Él usaba sólo una guitarra. Pero captamos el espíritu y el alma y la esencia. Se le iluminaron los ojos, el color fluyó a sus mejillas. Sonrió, y no daba la impresión de ser la clase de tipo que lo hacía muy a menudo. Y luego, lo mejor de todo, sacó un fajo de billetes de esas viejas ropas de carretera que parecían haberse caído de una caravana y haber sido arrastradas por la tierra, y desenrolló una cantidad equivalente a doscientas cincuenta libras. —El cincuenta por ciento ahora. El cincuenta por ciento la noche de la actuación.
  • 82. 82 Entonces se fue y nos dejó ensayando su canción, y maldita sea si no era la mejor que había tocado en mi vida. La actuación reforzó la idea que teníamos de lo loco que estaba el viejo. Nos consiguió una desvencijada sala de pueblo en mitad de ninguna parte y no se lo dijo a nadie hasta la noche anterior. Nosotros se lo dijimos a unos amigos, pero a las nueve en punto, cuando Mark dio la entrada a la primera canción, ni siquiera había la suficiente gente como para formar un equipo de rugby. Humillante. Pero por doscientas cincuenta libras nos aguantamos la vergüenza. Guardamos su canción para el final. Todos habíamos acordado que no teníamos nada mejor que meter detrás. Llegó el descanso, y le pregunté al viejo cómo se llamaba. Se mostró suspicaz. —¿Cuándo vais a tocar mi canción? —preguntó. —Es la última de la noche —le dije. —Si no la tocáis no cobráis. —Tranquilo —comenté—. Es la canción condenadamente mejor que he oído en mucho tiempo. No sólo queremos tocarla esta noche, queremos tocarla todas las noches. Se relajó y volvió a sonreír. —Os gusta mi canción, ¿eh? —Es el motivo por el que necesito tu nombre —indiqué—. Algún día... nunca se sabe, algún día quizá podamos grabarla. La sonrisa estalló en una carcajada. —Algún día pueden pasar muchas cosas. —Hablo en serio —dije—. Tenemos planes. —Sois bastante buenos —reconoció—. Pero a veces eso no basta. Mirándole, supe cuán cierto era. Una canción, lo único que habíamos oído de él, y podría haber sido otro Hank Williams, otro Jimmie Rogers. Una leyenda. Sin embargo, era un vagabundo. Un tipo sin hogar, un alma perdida. Un errabundo. De costa a costa, de ciudad en ciudad. El genio dentro. El frío fuera. —Bueno, ¿cómo te llamas? —pregunté de nuevo. —Olvídalo. —No. Quiero saberlo. —Robert —contestó por último. —¿Robert qué? —Sólo Robert. —Vamos. Sacudió la cabeza. —Si ganáis dinero con mi canción, quedáoslo. —¿Qué sucede, estás huyendo o algo parecido? —Puedes ponerlo así. Lo dejé correr. El tipo estaba loco. Unas pocas personas más entraron cuando ya había empezado el segundo pase. Probablemente, clientes habituales, atraídos por los sonidos como una polilla a la luz. Para cuando llegamos a la canción del viejo, la multitud era casi respetable. Se trataba de la clase de actuación que había hecho gratis cuando tenía catorce años, y luego, catorce años después, un viejo estaba pagando cientos de libras por escuchar su canción en vivo. Mark dio la entrada. La habíamos llamado El Boogie del Cementerio, porque el viejo no tenía título para ella. La batería y la guitarra introdujeron el ritmo. El bajo y el piano incorporaron los acordes. Se estableció la onda y Mark empezó a cantar. Las cabezas se
  • 83. 83 volvieron. Las conversaciones se detuvieron. Todo el mundo supo que esta canción era un número uno. Empezamos funky. Gruñendo con esos registros bajos. Aullando en los altos. Melodías de contrapunto, armonías, y todo el tiempo el latido que se acoplaba con el flujo de nuestra sangre, la batería con los latidos de nuestros corazones. Una marcha fúnebre de Nueva Orleans, con un ritmo alto y toques de jazz. Una danza de guerra africana, oscura y peligrosa. Un blues de Chicago gritando por ayuda. La guitarra de Hendrix buscando allá arriba vida entre las estrellas. Y todo el tiempo, el latido. Vislumbré al hombre en la parte de atrás de la sala. Estaba sonriendo y moviendo el pie. Deseé haber puesto una grabadora. Había algo en el aire esa noche. Llegamos a la mitad como si fuera una canción que hubiéramos practicado toda nuestra vida. Vi a Pete y a Marty, nuestra sección rítmica, sonriéndose. Y qué importaba que casi no hubiera nadie. Éste era el Paraíso. Con una canción como ésa podíamos llegar. Otro verso. El coro. Baja, crea un poco de tensión, una vez que has rodeado las casas ahí abajo, grave y funky, y luego vuelve a subir. Más y más alto, la guitarra sacando los acordes un microsegundo antes para dar la impresión de acelerar sin cambiar el ritmo. Una cosa muy profesional. Otro coro. Un falso final y luego el de verdad. El Boogie del Cementerio, chicos. Sufrid. Aplaudieron como si en el escenario estuvieran los Beatles. Nos miramos. Esa canción era de otro mundo. Hicimos un bis, una versión caliente de Let’s Twist Again, porque no había nada más que una canción acelerada que se pudiera acercar a la atmósfera de El Boogie del Cementerio. Al terminar, miré al viejo. Tenía compañía. Un tío joven. Atractivo, alto y delgado. Vestido con un traje de ejecutivo. Pelo oscuro. Buena piel. Pómulos que las cámaras amarían. Apuesto a que las mujeres se morían por ese tipo. Mientras observaba, Robert le dio un fajo de dinero. Con la cabeza señaló en nuestra dirección como si le dijera “¿Puedes dárselo al grupo?”, y luego dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta, caminando tan rápidamente como nunca antes había visto. En la puerta, juro que se detuvo y nos lanzó una última mirada, una mirada de tristeza. Una mirada de disculpa. Luego, desapareció. El otro tipo no perdió tiempo. Vino directamente hacia el escenario, con el dinero en la mano. Incluso era más atractivo de cerca: le brillaban los dientes, la piel tenía un tono saludable, los ojos le centelleaban. —Buena actuación, chicos —dijo. —Gracias. —Escuchad, Robert tuvo que marcharse. Me pidió que os diera esto —alargó el dinero y yo lo cogí sin pensarlo. Además, ¿qué se suponía que tenía que pensar? Pero en el instante en que lo tuve en la mano, un frío gélido estrujó mi corazón. Temblé. Algo más que dinero había pasado entre nosotros—. Me encantó El Boogie del cementerio — añadió. No estaba seguro, pero, ¿el viejo no había estado solo cuando tocamos la canción? Quizá el tipo se encontraba en otra parte de la sala. Aunque en realidad no había muchos asistentes como para haber ocultado a alguien, y seguro que no noté la presencia de este tío. —Es una de las canciones del viejo —comenté. El tipo atractivo sonrió. —¿Eso es lo que os contó? —¿Qué quieres decir? Sacudió la cabeza, descartando el tema.
  • 84. 84 —Seguid tocando, chicos. Ya os volveré a ver. Y se fue. ¿Qué pasaba con nosotros? Atraíamos a todos los tocados. . . . . . . . . . . Uno: repartí el dinero con los muchachos, y cada vez que les pasaba un billete juro que temblaban. . . . . . . . . . . Dos: volviendo a casa recordé de repente que Mark había presentado la canción del viejo como “una canción que nos mostró la noche pasada un extraño”. Jamás mencionó el título que le habíamos dado. No puedo decir que las cosas fueran cuesta abajo a partir de ese momento. Tampoco puedo decir que mejoraran, aunque cada vez que tocábamos El Boogie del Cementerio hasta el público más muerto cobraba vida. Seguimos en la carretera y los promotores agarrados nos siguieron robando. Con el tiempo, el grupo se separó. Eso fue hace mucho tiempo y no puedo recordar las causas. No creo que volviéramos a sentirnos a gusto entre nosotros. Y alguien nos estaba siguiendo. Nunca vimos a nadie. De hecho, nunca mencionamos en voz alta la idea, pero todos lo sabíamos. Muchas veces capté a uno de los chicos mirando por encima del hombro como si alguien le hubiera llamado o le hubiera pasado un dedo por la columna vertebral. A mí también me pasó. Al conducir la furgoneta, mirando por el espejo retrovisor en busca de algo que no estaba ahí. Ruidos de pasos en salas de ensayo vacías. Sombras donde no debía haber sombras. Puede haber sido la imaginación. Pero, ¿en todos nosotros? Empezó a atacarnos los nervios. Y, así, al final el grupo se separó. Después de aquello toqué la guitarra para millones de grupos, una semana aquí, un mes allí. Siempre tratando de mantener el cuerpo y el alma juntos y, poco a poco, fracasando. Nunca volví a conseguir esa sensación que experimentamos con El Boogie del Cementerio. A lo largo de los años se lo toqué a varios grupos, pero ninguno pareció encenderse como lo habíamos hecho nosotros. En una ocasión, en la parte norte de Londres, un grupo de tíos jóvenes casi lo consiguió. Yo sentí que mi alma se animaba, que mis pulsaciones se hacían ligeras, pero no pudieron mantener el tiempo. Empezó a hacerse una obsesión... encontrar una banda que fuera capaz de tocar El Boogie. Fui abandonando mis propias actuaciones y me pasé los días vagando por bares y clubes en busca de los tipos que pudieran aguantarlo. No había nada complicado con la canción, ningún acorde difícil o notas inusuales, sólo el latido de la sangre a través de las venas que debía ser el correcto. Y sin embargo nadie podía tocarla. Me encontraba a unos setecientos kilómetros del lugar al que una vez había llamado hogar, cuando conocí a Crazy Montgomery Jones y sus Alabama Playboys. Estaban tocando en la parte de atrás de un pub apagado ante menos de cuarenta personas. Canciones de blues y soul conocidas que ya habían sido viejas en mi época y que ahora eran veinte años más viejas. Me quedé de pie en el fondo bebiendo una pinta de cerveza
  • 85. 85 negra que se iba recalentando cada vez más, y en el descanso les pregunté qué estaban ganando. —No mucho. Pero la cerveza es gratis —me contó el batería. Sonreí. Yo ya había pasado por ello antes. Sólo que entonces había sido yo el que iba a ser seducido por una canción. —¿Queréis una actuación por quinientas libras? —pregunté. Se rió. Tuve la impresión de que pensaba que estaba loco. . . . . . . . . . . El tiempo es algo raro. No creo que la tocaran tan bien como solíamos hacerlo nosotros. Le dieron un tratamiento moderno. Compases estridentes y distorsión sónica. Más notas. Pero consiguieron el latido. Temblé, y durante un momento pensé que fuera lo que fuere lo que me había estado siguiendo todos estos años, se había acercado y se hallaba a mi lado. Miré a mi izquierda. Nadie. A mi derecha. Nadie. A Montgomery Jones, o como se llamara de verdad, le encantó la canción. Me dijo que era lo mejor que habían oído jamás. Yo habría dicho lo mismo por quinientas libras, pero creo que lo sentían. Contraté la noche de un viernes en un centro de la comunidad local. Recordé aquella actuación que hicimos tantos años atrás, a la que, debido a la inexistente publicidad, no asistió nadie. Me tomé la libertad de gastarme veinte libras en un anuncio en la prensa local. Qué demonios, además no era mi dinero. Le debía a un tipo del sur un montón de pelas. Con los intereses, ahora más. Apuesto que si alguna vez daba conmigo el pago podría involucrar un par de piernas rotas. Pero necesitaba el dinero para una ocasión como ésta, y las probabilidades de que el prestamista se topara con un tipo de carretera como yo eran muy reducidas. En cualquier caso, dos piernas rotas parecían una visión jodidamente mejor que tener a lo que fuera que iba detrás de mí siguiéndome el resto de mi vida. Tocaron bien. Si no espléndida, la multitud era respetable, y al final de la noche, cuando los Alabama Playboys se lanzaron a El Boogie del Cementerio, la mayoría se levantó y se puso a bailar. La canción seguía siendo un número uno. Entonces algo me pasó a mí. No puedo decir qué. No fue nada específico. Quizá un aligeramiento de las preocupaciones. Una relajación del alma. Hacia la mitad de la canción empecé a sentirme bien. Como si hubiera pensado en algo agradable y luego olvidara por completo qué era, sabiendo únicamente que vendrían cosas placenteras. Cuando el guitarrista tocó el solo, me descubrí sonriendo. Empecé a mover el pie. Tenían el ritmo, el latido. Los ocho del grupo. Ahora tenían todo el latido. Vudú. Algo me hizo pensar en el vudú. Metí la mano en el bolsillo del abrigo, era viejo, del ejército austríaco de los años 50, grueso y cálido, y barato. Me protegía bien en las noches frías. Un dinero bien gastado en la tienda de excedentes del ejército. No me había sentido tan bien en años. —¿Quieres que le entregue el dinero al grupo? Miré a la izquierda. No había cambiado nada. Seguía siendo alto y de pelo oscuro y atractivo, tal como lo recordaba. Nos había dicho que volvería a vernos. Asentí. El hijo de puta ni siquiera había envejecido. Cogió el dinero de mi mano. Intenté mirarle a los ojos, pero no pude. Se rió, y, me avergüenza decirlo, yo me escabullí como un gato asustado, casi derribando a varias personas en mi camino hacia
  • 86. 86 la puerta. Con alguna distancia entre nosotros, me paré y le eché un último vistazo a la banda. El guitarrista me miraba de forma rara. ¿Qué podía hacer? Esbocé una sonrisa débil, me encogí de hombros en una especie de disculpa y me fui. Era la primera vez que había estado solo en muchos años. Fuera, me vi reflejado en la ventanilla de un coche. Ahora tenía una barba salpicada de gris. Llevaba el pelo largo y revuelto. El abrigo estaba polvoriento. Las botas gastadas. Un verdadero hombre de la carretera. Un verdadero hombre viejo. Pero por lo menos era libre. Me encaminé hacia el oeste. Por primera vez en mucho tiempo me puse a pensar en el grupo. Me pregunté si algún otro había encontrado a alguien que pudiera tocar El Boogie del Cementerio igual que nosotros. Sabía una cosa, que si no lo habían encontrado, nunca dejarían de buscarlo. Y nunca dejarían tampoco de mirar por encima del hombro. THE GRAVEYARD BOOGIE Derek Rutherford Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 PAPÁ BENJAMÍN WILLIAM IRISH las cuatro de la mañana una piltrafa de hombre entró tambaleándose en el Departamento Central de Policía de Nueva Orleans. Detrás de él, en una esquina, un reluciente Bugatti ronroneaba como un gato amodorrado. Era el mejor auto que jamás se había detenido allí. Atravesó vacilante la sala de espera, desierta a aquella hora temprana, y traspuso la puerta abierta al fondo. Un soñoliento sargento de guardia abrió los ojos; un desocupado detective que hojeaba la edición del día anterior del Times Picayune, sentado en una silla apoyada en las dos patas traseras y con el respaldo contra la pared, levantó la cabeza. Cuando el cono de luz de la lámpara que pendía del cielo raso cayó sobre el recién llegado, las bocas de ambos se abrieron y sus ojos parpadearon. Las dos patas delanteras de la silla del detective se apoyaron ruidosamente en el suelo. El sargento colocó las palmas de ambas manos sobre el escritorio y levantó los codos en actitud de cordial recibimiento. Un policía llegó de la habitación trasera secándose una gota de los labios. También se quedó boquiabierto cuando vio quién estaba allí. Se acercó al detective y dijo, haciendo pantalla con la mano: A —Éste es Eddie Bloch, ¿no? El detective no se tomó la molestia de contestar. Aquello equivalía a decirle cómo se llamaba él mismo. Los tres se quedaron mirando fijamente a la figura iluminada por el haz de luz, con un interés respetuoso, casi admirativo. No había nada de profesional en su escrutinio, no eran los policías estudiando a un sospechoso; eran tipos del montón mirando a una celebridad. Observaron el ajado esmoquin, el tallo de gardenia que había perdido sus pétalos y la deshecha corbata. Su abrigo, que colgaba antes de su brazo, se arrastraba ahora tras él por el polvoriento piso del Departamento de Policía. Dio un toque a su sombrero, que cayó y rodó tras él. El policía lo cogió y lo limpió. Nunca había sido adulador, pero ¡aquel hombre era Eddie Bloch! Era su rostro, más que su personalidad o su indumentaria, lo que atraía las miradas en todas partes. Era el rostro de un muerto..., el rostro de un muerto en un cuerpo viviente.
  • 87. 87 La macabra forma de su calavera parecía asomar a través de su piel transparente; se podían ver sus huesos como en una placa radiográfica. Los ojos eran los de un obseso, un perseguido, colocados en enormes cuentas que dividían la cara como una máscara. Ni el alcohol ni la vida licenciosa podían haber hecho tales estragos. Sólo una larga enfermedad y el conocimiento anticipado de la muerte podían causarlos. Cuando se visita un hospital se ven caras así, con ojos en los que ya está muerta toda esperanza..., que ven ya la fosa abierta. No obstante, por extraño que parezca, reconocieron al hombre. El reconocimiento fue lo primero; la observación de su deplorable aspecto vino después, más lentamente. Quizá se debía a que los tres policías habían sido llamados alguna vez para identificar cadáveres depositados en la Morgue. Su mente estaba adiestrada en ese sentido, y la cara de aquel hombre era familiar a miles de personas. No porque hubiese violado el más leve precepto legal, sino porque había expandido la felicidad en torno a él, poniendo en movimiento, con su música, millones de pies. La expresión del sargento de guardia cambió. El policía susurró al oído del detective: —Parece como si acabara de ser atropellado por el tren. —A mí más bien me da la impresión de una formidable borrachera —contestó el detective. Pero aquellos hombres sencillos, avezados en su profesión, sólo podían explicar el aspecto del hombre por causas vulgares. El sargento de guardia dijo: —El señor Eddie Bloch, ¿no? Este alargó la mano por encima del escritorio para saludarlo. A duras penas podía tenerse en pie. Movió la cabeza, pero no retiró la mano. —¿Le ha ocurrido algo, señor Bloch? ¿En qué podemos servirle? —el detective y el policía se acercaron más—. ¡Corra a buscar un vaso de agua, Latour! —dijo el sargento ansiosamente—. ¿Ha sufrido un accidente, señor Bloch? ¿Ha sido asaltado? El hombre se irguió apoyándose en el borde del escritorio. El detective extendió su brazo por detrás de él por si se caía hacia atrás. Bloch continuaba hurgando en sus bolsillos. El esmoquin le bailaba a cada movimiento. Los policías notaron que su peso no debía pasar ahora de cincuenta kilos. Extrajo un revólver, que a duras penas pudo levantar. Lo empujó, haciendo que se deslizase por el escritorio. Luego dio media vuelta y, señalándose a sí mismo, dijo: —He matado a un hombre, ahora mismo, hace un momento. A las tres y media. Los policías se quedaron mudos de asombro. Casi no sabían cómo hacer frente a la situación. Estaban en permanente contacto con asesinos, pero éstos tenían que ser buscados y arrastrados allí a viva fuerza, y, cuando la fama y la fortuna se mezclaban con un crimen, como ocurre rara vez, diestros abogados y barreras protectoras surgían por doquier para proteger al asesino. Este hombre era uno de los diez ídolos de América, o lo había sido hasta hacía muy poco. Hombres como él no mataban a nadie. No aparecían así, inopinadamente, a las cuatro de la mañana, para plantarse delante de un simple sargento de guardia y un anónimo detective y mostrar al desnudo su alma desgarrada en una figura hecha jirones. Durante un minuto el silencio reinó en la sala, un silencio que podía cortarse con un cuchillo. Después, Bloch habló de nuevo con acento agónico: —¡Le digo que he matado a un hombre! No se quede mirándome de ese modo! ¡He matado a un hombre! El sargento le contestó amablemente, con simpatía: —¿Qué le ocurre, señor Bloch? ¿Ha estado usted trabajando demasiado? —se levantó de su asiento y se acercó a él—. Venga adentro con nosotros. ¡Usted, Latour, quédese ahí, por si suena el teléfono!
  • 88. 88 Cuando lo tuvieron dentro de la habitación trasera, el sargento ordenó: —¡Tráigame una silla, Humphries! Ahora, beba un trago de agua, señor Bloch. Bien, cuéntenos todo —el sargento había llevado el revólver con él. Lo pasó por delante de su nariz y luego abrió la cámara, mirando de reojo al detective—. Sí, ha sido disparado. —¿Un accidente, señor Bloch? —sugirió respetuosamente el detective. El hombre de la silla movió la cabeza. Comenzó a temblar, aunque la noche era tibia y agradable. —¿A quién fue? ¿Quién era? —agregó el sargento. —No sé su nombre —murmuró Bloch—, nunca lo supe. Le llaman Papá Benjamín. Sus dos interlocutores cambiaron una mirada de sorpresa. —Parece como... —el detective no terminó la frase, se volvió hacia Bloch y le preguntó con tono indiferente—: Era un blanco, ¿no? —No, era negro —fue la inesperada respuesta. El asunto iba tornándose cada vez más disparatado, más inexplicable. ¿Cómo un hombre como Eddie Bloch, uno de los más famosos directores de orquesta del país, que cobraba más de mil dólares semanales por tocar en el Maxim’s, había matado a un ignorado negro y se trastornaba por ello hasta aquel punto? Los dos policías jamás habían visto cosa parecida; habían sometido a sospechosos a interrogatorios de cuarenta y ocho horas, de los cuales aquellos habían salido frescos como lechugas comparados con este hombre. Había dicho que no fue un accidente ni un asalto. Continuaron interrogándole, no para confundirle, sino para ayudarle a recobrarse. —¿Qué hizo el hombre? ¿Olvidó las debidas distancias? ¿Le respondió? ¿Se puso insolente? No hay que olvidar que estamos en Nueva Orleans. La cabeza de Bloch oscilaba como un péndulo. —¿Perdió usted momentáneamente los estribos? Fue eso, ¿no? Otro movimiento negativo de cabeza. La condición del hombre sugirió al detective una explicación. Miró hacia atrás para asegurarse de que el agente no estaba escuchando. Luego, muy discretamente: —¿Es usted aficionado a las drogas? ¿Era él quien se las proporcionaba? El hombre los miró. —Jamás he probado nada nocivo. Un médico podrá atestiguarlo. —¿Tenía él algo contra usted? ¿Le causaba molestias? Bloch tornó a hurgar en sus ropas; éstas seguían bailándose sobre el esquelético armazón. De pronto, extrajo un gran fajo de billetes, tan alto como largo, más dinero del que habían visto junto en su vida los dos policías. —Aquí tengo tres mil dólares —dijo simplemente, arrojándolos como había hecho con el revólver—. Los llevé esta noche y traté de dárselos. Le habría dado el doble, el triple, si hubiese pronunciado la palabra, si me hubiera dejado libre. No quiso. Entonces tuve que matarlo. Era lo único que podía hacer. —¿Qué es lo que le hacía? —dijeron los dos policías al mismo tiempo. —Me estaba matando —levantó el brazo y recogió el puño de la camisa. La muñeca era casi del grosor del pulgar del sargento. El valioso reloj de pulsera de platino que la rodeaba tenía la correa prendida en el último agujero que era posible hacer, y aún le quedaba floja como un brazalete—. Ya he bajado a cuarenta y cinco kilos. Cuando me quito la camisa el corazón está tan a flor de piel que se puede ver cada latido. Los policías dieron un paso hacia atrás, deseando casi que el hombre no hubiese entrado allí, que se hubiera dirigido a cualquier otra Comisaría. Desde el comienzo
  • 89. 89 mismo habían presentido en el caso algo que superaba su entendimiento, algo que no puede hallarse en los reglamentos, pero tendrían que afrontarlo. —¿Cómo? —preguntó Humphries—. ¿Cómo lo estaba matando? Un destello de tormento asomó a los ojos de Bloch. —¿No cree usted que ya se lo habría dicho si pudiera? ¿No cree usted que habría venido aquí hace meses para pedir protección, para que me salvaran, si yo hubiese podido decírselo y si ustedes pudiesen creerme? —Nosotros le creeremos, señor Bloch —dijo el sargento tranquilizadoramente—. Le creeremos todo. Díganos lo que sepa. Pero Bloch, en cambio, por primera vez espetó una pregunta: —¡Contéstenme! ¿Creen ustedes en algo que no pueden ver, que no pueden oír, que no pueden tocar? —Radio —sugirió el sargento tímidamente, pero la respuesta de Humphries fue más franca: —No. El hombre volvió a hundirse en su asiento y se encogió apáticamente. —Si no creen, ¿cómo puedo esperar que lo entiendan? He acudido a los mejores médicos, a los más grandes hombres de ciencia de todo el mundo, y no quisieron creerme. ¿Cómo puedo esperar que ustedes lo hagan? Dirán sencillamente que estoy trastornado y se contentarán con eso. Yo no quiero pasar el resto de mi vida en un manicomio... —se interrumpió y suspiró—. Y, sin embargo, ¡es cierto, es cierto! Se habían metido en tal embrollo que Humphries decidió salir del paso como pudiera. Hizo una pregunta sencilla, que hacía tiempo debía haber formulado para terminar con aquel maleficio. —¿Está usted seguro de que lo mató? Bloch estaba físicamente acabado y casi al borde del colapso. Todo el caso podía ser pura alucinación. —Yo sé lo que hice, estoy seguro —contestó el hombre con calma—. Ya estoy un poco mejor. Lo sentí en el momento mismo de liquidarlo. Si era así, no lo parecía. El sargento echó una mirada a Humphries y se tocó la frente con gesto significativo. —¿Qué le parece si nos lleva al lugar del hecho? —sugirió Humphries—. ¿Puede hacerlo? ¿Fue en el Maxim’s? —Ya les he dicho que era un negro —respondió Bloch con reproche—. El Maxim’s no es un lugar cualquiera. Fue en el Vieux Carré. Puedo mostrarles dónde fue, pero no podré conducir el coche. A duras penas pude venir hasta aquí. —Haré que conduzca Desjardins —dijo el sargento, y llamó al policía—. Telefonee a Dij y dígale que espere a Humphries en la esquina de Canal y Royal, en seguida —se volvió y miró a la informe figura de la silla—. Hágale beber un trago en el camino. No me parece que resista hasta allá. Bloch enrojeció levemente: no tenía sangre para más. —Ya no puedo probar el alcohol. Estoy al cabo de mis fuerzas. Me consumo —dejó caer la cabeza y luego la levantó—. Pero voy a recobrarme poco a poco ahora que él... El sargento se llevó aparte a Humphries. —Si resulta como él dice y no es un sueño, llámeme en seguida. Yo telefonearé después al jefe. —¿A esta hora? El sargento hizo una indicación en dirección a la silla. —Es Eddie Bloch, ¿no?
  • 90. 90 Humphries cogió a éste del brazo y lo hizo levantar con cortés energía. Ahora que las cosas tomaban un rumbo normal sabía dónde pisaba. Sería siempre considerado, pero ahora como funcionario, pues eso entraba ya en su rutina. —Vamos, señor Bloch. —No haremos informe alguno hasta estar seguros de lo que se trata —dijo el sargento a Humphries—. No quiero echarme encima a toda la ciudad mañana por la mañana. Humphries casi tuvo que sostener a Bloch para salir del Departamento y entrar en el automóvil. —¿Es éste? —dijo—. ¡Caray! —lo tocó con un dedo y partieron suavemente—. ¿Cómo pudo usted entrar con este coche en el Vieux Carré sin dar contra las paredes? Dos levísimos fulgores en la calavera que se reclinaba en el respaldo del asiento eran los únicos signos de vida que se manifestaban en el hombre que iba a su lado. —Solía dejarlo a algunas manzanas de distancia e iba hasta allí a pie. —¡Oh! ¿Fue usted más de una vez? —¿No lo habría hecho usted tratándose de su vida? Volvía aquel disparatado asunto, pensó Humphries con disgusto. ¿Por qué un hombre como Eddie Bloch, astro del micrófono y de los salones de baile, tenía que acudir a un negro de los bajos fondos rogándole por su vida? Llegaron rápidamente a Royal Street. Dieron la vuelta a la esquina, Humphries abrió la portezuela y vio a Desjardins poner un pie en el estribo. Luego se dirigió nuevamente hacia el centro de la calzada sin detenerse. Desjardins se sentó al otro lado de Bloch, terminando de anudarse la corbata y abotonarse el chaleco. —¿De dónde sacó el Aquitania? —preguntó, y luego, mirando a su lado—: ¡Santo Kreisler, Eddie Bloch! Solíamos escucharlo todas las noches en casa, con Emerson... —¿Qué te pasa? —lo atajó Humphries—. ¿Comiste guiso de lengua? —¡Vire! —se oyó una voz sofocada entre ellos, y en seguida dos ruedas llevaron al Bugatti por la North Rampart Street—. Tenemos que dejarlo aquí —agregó poco después. Los hombres salieron del coche—. Congo Square, el antiguo lugar de reunión de los esclavos. —¡Ayúdalo! —dijo Humphries a su compañero perentoriamente, y lo tomaron cada uno de un brazo. Tambaleándose entre ellos, con el inseguro paso de un ebrio, rápido a veces, lento otras, Bloch les enseñaba el camino; de pronto se encontraban frente a un pasaje que no habían advertido hasta aquel momento. Era como una rendija abierta entre dos casas, y tan fétida como una alcantarilla. Tuvieron que colocarse en fila india para pasar. Pero Bloch no podía caerse; las paredes casi le raspaban los hombros. Uno de los policías iba delante de él y el otro detrás. —¿Llevas revólver? —preguntó Humphries por encima de la cabeza de Bloch a Desjardins, que iba delante. —¡Me resfriaría sin él! —se oyó la voz del otro en la oscuridad. Un rayo de luz rojiza surgió de improviso por el marco de una ventana, y un codo color café tocó al pasar las costillas de los tres. —Entra, querido —murmuró una voz aguardentosa. —Ve a lavarte la boca con jabón —aconsejó el nada romántico Humphries por encima del hombro, sin volverse siquiera. El rayo de luz se cortó con la misma rapidez que apareciera. El pasaje se ensanchaba al llegar al fondo de un grupo de casas que databan del tiempo de la dominación francesa o española, y en cierto trecho pasaba por debajo de
  • 91. 91 una arcada, formando como un túnel. Desjardins se dio de cabeza contra algo y lanzó un juramento. —¿Estamos lejos aún? —preguntó secamente Humphries. —Aquí es —jadeó débilmente Bloch, deteniéndose frente a una sombra negra de la pared. Humphries la recorrió con su linterna y aparecieron unos escalones carcomidos. Luego indicó a Bloch que entrara, y éste se echó atrás refugiándose en la pared opuesta—. ¡Déjeme a mí aquí! No me haga entrar allí otra vez —rogó—. ¡No podría resistirlo, tengo miedo! —¡Oh, no! —dijo Humphries con determinación—. Usted nos mostrará el camino — y lo apartó de la pared. Como antes, no se mostró rudo, sino simplemente profesional. Dij abrió la marcha iluminando el camino con su linterna. Humphries llevaba la suya apuntando a los zapatos de cuarenta dólares del director de orquesta, que caminaba dominado por el temor. Los escalones de piedra se convirtieron en otros de madera astillada por el uso. Tuvieron que pasar por encima de un negro borracho, hecho un ovillo, con una botella debajo de un brazo. —¡No vaya a encender una cerilla! —aconsejó Dij, tocándole la nariz—. Puede estallar. —¡No seas chiquillo! —le soltó Humphries. Dij era un buen detective, pero ¿se daba cuenta del tormento que sufría el hombre que iba entre ellos? Aquel no era momento para... —Fue aquí. Al salir cerré la puerta. La cadavérica faz de Bloch apareció perlada de gotas de sudor cuando uno de los policías la iluminó con su linterna. Humphries abrió la carcomida puerta de caoba que había sido colocada cuando uno de los Luises era aún rey de Francia y señor de aquella ciudad. La luz de una lámpara brillaba débilmente en el fondo de la habitación, sacudida su llama por una corriente de aire. Los policías entraron y miraron. En una vieja y derruida cama cubierta de andrajos vieron una figura inanimada, con la cabeza colgando hacia el suelo. Dij puso la mano debajo de ésta y la levantó. La cabeza subió como una pelota de basket—ball. Luego, al soltarla, cayó y hasta pareció rebotar una o dos veces. Era un viejo, viejísimo negro, de ochenta años o más. Había una mancha oscura, más oscura que la arrugada piel, debajo de uno de sus legañosos ojos, y otra en la fina orla de blanco algodón que rodeaba su nuca. Humphries no esperó a ver más. Se volvió y salió rápidamente en busca del teléfono más próximo para informar al Departamento Central que, después de todo, aquello era verdad y que podían despertar al jefe. —No le dejes ir, Dij —se oyó su voz desde el oscuro hueco de la escalera—, pero no le molestes. Frena la lengua hasta que recibamos órdenes. El espantajo que estaba con ellos trató de salir tras Humphries, mascullando ininteligiblemente: —¡No me deje aquí! ¡No me obligue a quedarme aquí! —No le voy a molestar, señor Bloch —dijo el policía, tratando de calmarlo y sentándose despreocupadamente en el borde de la cama, al lado del cadáver, para atarse el cordón de los zapatos—. Nunca olvidaré que fue su Love in Bloom ejecutada por radio una noche, hace dos años, lo que me animó a declararme a la que hoy es mi esposa... Pero el comisario lo haría dos horas más tarde en su oficina, aunque sin gran entusiasmo. Trataron de ayudar a Bloch lo más posible dentro de las reglas. Era inútil. El viejo negro no le había atacado, robado, molestado ni secuestrado. El revólver no se
  • 92. 92 había disparado accidentalmente, ni tampoco lo había disparado en el calor del momento o en un acceso de furor. El comisario, en su desesperación, casi dio con su cabeza contra el escritorio al reiterar una y otra vez: —Pero, ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Y por enésima vez obtuvo la misma increíble respuesta: —Porque me estaba matando. —Entonces, usted admite que él, en efecto, le atacó. La primera vez que el comisario le hizo esta pregunta fue con una chispa de esperanza. Pero ahora, a la décima o duodécima vez, la chispa ya se había apagado. —Jamás se me acercó. Yo era quien le buscaba para suplicarle. Comisario Oliver, esta noche me arrodillé ante ese viejo y me arrastré por el suelo de aquella sucia habitación como un gato, rogando, clamando abyectamente, ofreciéndole tres mil, diez mil, cualquier suma, ofreciéndole, por último, mi propio revólver y pidiéndole que me matara con él para terminar de una vez, para que cesara mi tormento. No, ni siquiera ese rasgo de misericordia. Entonces disparé..., y ahora me voy a sentir mejor. Ahora voy a vivir... Estaba demasiado débil para llorar; el llanto exige fuerzas. El pelo del comisario estaba a punto de erizarse. —¡Termine con eso, señor Bloch! —gritó. Se acercó a él y le tomó por los hombros como para refrenar sus propios nervios. Sintió los afilados huesos en sus manos y las retiró inmediatamente—. Voy a hacer que le examine un alienista. El montón de huesos dio un respingo. —¡No, no haga eso! Mándeme a mi hotel...— tengo un baúl lleno de informes médicos. He visitado a los más grandes especialistas de Europa. ¿Puede usted encontrarme a alguien más autorizado que Buckholt, de Viena, o Reynolds, de Londres? Ellos me tuvieron en observación durante meses. Yo no estoy ni siquiera al borde de la locura y no soy un genio ni de lejos. No escribo la música que ejecuto, soy un mediocre, falto de inspiración..., en otras palabras, soy un ser normal. Estoy más sano que usted mismo en este momento, señor Oliver. Mi cuerpo se ha gastado, mi alma también; lo único que me queda es mi cerebro, pero usted no puede sacármelo. La cara del comisario se había tornado roja como una remolacha. Estaba a punto de estallar, pero se dominó y habló suave, persuasivamente: —Un negro de ochenta y tantos años, tan débil que no podía ni subir la escalera de su casa y a quién debían meterle los alimentos por la ventana en una canastilla, mata... ¿a quién? ¿A un blanco vagabundo de su misma edad? ¡Nooo..., nada de eso! ¡Mata al señor Eddie Bloch, el más famoso director de orquesta de América, que fija su propio salario dondequiera que vaya, a quien se le escucha todas las noches en nuestros hogares, que tiene cuanto un hombre puede desear! Le observaba tan de cerca que los ojos de ambos estaban al mismo nivel. Su voz era un susurro aterciopelado. —Dígame una cosa, señor Bloch —luego, con una explosión—. ¿Cómo es eso posible? Eddie Bloch aspiró una profunda bocanada de aire. —Emitiendo mortíferas ondas mentales que llegaban hasta mí por el éter. El pobre comisario estuvo a punto de desplomarse. —¿Y dice usted que no necesita asistencia médica? —resolló con dificultad. Se produjo un revuelo de ropa y ruido de botones, y la chaqueta, el chaleco, la camisa y la camiseta cayeron uno tras otro en el suelo, en torno a la silla donde estaba sentado Bloch. Éste se volvió:
  • 93. 93 —¡Mire mi espalda! Podrá contar mis vértebras por encima de la piel —tornó a ponerse de frente—. Vea mis costillas. Observe los latidos de mi corazón. Oliver cerró los ojos y se volvió hacia la ventana. Estaba en una situación endiablada. Afuera, Nueva Orleans palpitaba de vida, y cuando se conociera este caso él se convertiría en el hombre más impopular de la ciudad. Y si, por el contrario, no lograba penetrar a fondo en el asunto, ahora que había ido tan lejos, se haría culpable de negligencia en el cumplimiento de su deber. Bloch, que volvía a vestirse lentamente, adivinó los pensamientos del comisario. —Querría deshacerse de mí, ¿verdad? Usted está tratando de hallar la manera de echarle tierra al asunto. Se resiste a llevarme ante el Gran Jurado por temor de que sufra su reputación, ¿no? —su voz era casi un grito de pánico—. Bueno, yo necesito protección. No quiero volver otra vez allá... a buscar mi muerte. No quiero salir en libertad bajo fianza. Si me dejan libre ahora, aún con mi propio consentimiento, serán tan culpables de mi muerte como Papá Benjamín. ¿Cómo se yo que mi bala puso término a la cosa? ¿Cómo puede saber nadie qué hace la mente después de la muerte? quizá sus pensamientos me alcancen aún y traten de apoderarse otra vez de mí. ¡Le digo que quiero que me encierren! ¡Quiero ver gente a mi alrededor noche y día! ¡Quiero estar en lugar seguro...! —¡Chis...! ¡ Por el amor de Dios, señor Bloch! Van a creer que estoy torturándole — el comisario dejó caer los brazos y exhaló un profundo suspiro—. Está bien, le detendré, ya que así lo quiere. Le arresto por el asesinato de un tal Papá Benjamín, aunque se rían de mí y pierda mi puesto. Por primera vez desde que el asunto había comenzado, arrojó a Eddie Bloch una mirada de verdadera ira. Tomó una silla, la hizo girar en el aire y la plantó con estrépito frente a Bloch. Puso un pie sobre ella y apuntó con el índice casi junto a los ojos de aquél. —No soy hombre de términos medios. No le voy a encerrar a usted para tenerlo entre algodones y llevar el asunto con paños tibios. Si la cosa ha de hacerse pública, lo será completamente. Comencemos. Dígame todo lo que yo quiero saber, y lo que yo quiero saber es... ¡todo! . . . . . . . . . . Los acordes de Goodnight Ladies se apagaron; los bailarines abandonaron la sala; las luces comenzaron a apagarse y Eddie Bloch arrojó su batuta y se secó la nuca con un pañuelo. Pesaría unos ochenta y cinco kilos y se encontraba en toda la plenitud de su edad. Era un hermoso bruto. Pero ya su cara tenía un acre gesto de disgusto. Los músicos comenzaron a guardar sus instrumentos y Judy Jarvis subió a la plataforma con su traje de calle, preparada para irse. Era la cantante de la orquesta y, además, la esposa de Eddie. —¿Vamos, Eddie? Salgamos de aquí —ella también parecía ligeramente disgustada—. Esta noche no he recibido un solo aplauso, ni siquiera después de mi rumba. Debo estar en decadencia. Si no fuera tu mujer, tal vez me encontraría sin trabajo a estas horas. Eddie le palmeó un hombro . —No eres tú, querida. Somos nosotros los que comenzamos a ahuyentar a la gente. ¿Has notado cómo ha disminuido la concurrencia en las últimas semanas? Esta noche había más camareros que clientes. El empresario tiene derecho a cancelar mi contrato si las entradas bajan de cinco mil dólares diarios. Un camarero se acercó al borde de la plataforma.
  • 94. 94 —El señor Graham quiere verle en su oficina antes que usted se retire, señor Bloch. Eddie y Judy cambiaron una mirada. —¿No te lo decía, Judy? Vuelve al hotel, no me esperes. Buenas noches, muchachos. Eddie Bloch pidió su sombrero y poco después llamó a la puerta de la oficina del empresario. El señor Graham estaba detrás de una pila de papelotes. —Esta semana la entrada ha sido de cuatro mil quinientos, Eddie. La gente puede obtener bebidas y los mismos bocadillos en cualquier parte, pero va a donde la orquesta le atrae. He notado que hasta los pocos que vienen ni siquiera se mueven de su mesa cuando usted levanta la batuta. Vamos a ver, ¿qué es lo que ocurre? Eddie abolló su sombrero de un puñetazo. —No me lo pregunte. Recibo de Broadway las orquestaciones acabadas de salir del horno, y echamos los bofes ensayando... Graham mascó su cigarro. —No olvide que el jazz nació aquí, en el Sur. Usted no puede enseñarle nada a esta ciudad. Aquí la gente pide siempre algo nuevo. —¿Cuándo nos despedimos? —preguntó Eddie, sonriendo por un lado de la boca. —Termine la semana. Vea si puede resolverlo para el lunes. Si no, tendré que telegrafiar a San Luis pidiendo la orquesta de Kruger. Lo siento, Eddie. —¡Qué se le va a hacer! —contestó Eddie, bonachón—. Ésta no es una institución benéfica. Eddie salió de nuevo del oscuro salón. La orquesta ya se había ido. Las mesas estaban apiladas. Un par de viejas negras, arrodilladas, fregaban el parqué. Eddie subió a la plataforma para retirar algunas partituras olvidadas sobre el piano. De pronto, sintió que pisaba algo. Se inclinó y recogió una pata de gallina con una tira de tela roja atada a su alrededor. ¿Cómo diablos había llegado allí? Si hubiese estado debajo de alguna mesa, habría pensado que un comensal la había dejado caer. Eddie enrojeció. ¿Querría decir que él y sus muchachos habían estado tan mal esa noche que alguien la había arrojado deliberadamente mientras tocaban? Una de las limpiadoras levantó la vista. De improviso, ella y su compañera se incorporaron, acercándose con los ojos desmesuradamente abiertos, hasta ver lo que Eddie tenía en la mano. Entonces se dejó oír un doble gemido de irracional espanto. Un cubo rodó por el suelo y jamás dos personas, blancas o negras, salieron de allí tan apresuradamente como las dos viejas. La puerta casi saltó de sus goznes, y Eddie pudo oír todavía sus exclamaciones calle abajo, hasta perderse a lo lejos. “¡Por el amor de Dios! —pensó el asustado Eddie—. Deben de haber bebido una ginebra endiablada”. Arrojó el objeto al suelo y volvió al piano a buscar sus partituras. Una o dos hojas se habían caído detrás y se agachó a recogerlas. Entonces el piano lo ocultó. La puerta se abrió otra vez y Eddie vio entrar apresuradamente a Johnny Staats (tuba y percusión), palpándose de arriba abajo como si estuviera ensayando el shimsham y recorriendo el piso con la vista... De pronto, se inclinó... para recoger el desperdicio que Eddie acababa de tirar, y al enderezarse de nuevo con aquello en la mano exhaló tal suspiro de alivio que hasta Eddie pudo oírlo desde donde estaba. Ello le hizo desistir de llamar a Staats, como iba a hacer. “Superstición —pensó Eddie—; se trata de su amuleto, eso es todo, como para otros una pata de conejo. Yo también soy un poco supersticioso: nunca paso por debajo de una escalera...” Sin embargo, ¿por qué las dos viejas se habían puesto histéricas a la vista de aquél objeto? Eddie recordó que algunos de los músicos sospechaban que Staats tenía algo de
  • 95. 95 sangre negra, y habían tratado de decírselo cuando entró a formar parte de la orquesta, pero él no había querido darles crédito. Staats se escurrió de nuevo, tan silenciosamente como había entrado, y Eddie decidió darle alcance para gastarle algunas bromas acerca de la pata de gallina durante el trayecto hasta su hotel. (Todos vivían en el mismo.) Cogió sus hojas de música, algunas de las cuales estaban en blanco, y salió. Staats ya se había alejado en dirección opuesta a la del hotel. Eddie vaciló un instante, pero luego salió detrás de él como movido por un repentino impulso. Sólo para ver dónde iba o qué se proponía hacer. Tal vez el terror de las dos negras y la manera como Staats había recogido la pata de gallina no eran ajenos a su determinación, aunque él no se daba cuenta clara de ello. ¡Y cuántas veces, después, se lamentó de no haber ido directamente al hotel, a su Judy, a sus muchachos, y de haberse apartado de la luz y del mundo de los blancos! No perdió de vista a Staats y así llegó hasta el Vieux Carré. ¡Bueno, adelante! Allí había una cantidad de lugares, reliquias de otras épocas, en los que cualquiera hubiese deseado entrar. O quizá tuviera alguna amiga mulata escondida por allí. Eddie pensó: “Es ruin espiar de este modo a Staats”. Pero luego, ante sus ojos, a medio camino del estrecho pasaje por donde acababan de meterse, Staats desapareció, aunque no había visto abrirse ni cerrarse ninguna puerta. Cuando Eddie llegó al último lugar en que le viera, advirtió una especie de grieta entre dos viejos callejones, oculta por un ángulo del muro. ¡De modo que era por allí por donde se había metido! Eddie sentía que el asunto empezaba a cansarle. Sin embargo, se introdujo por allí y siguió caminando a tientas. De vez en cuando se detenía y podía oír los suaves pasos de Staats un poco delante de él. Después reemprendía la marcha. Una o dos veces el pasaje se ensanchó un tanto, dejando pasar un rayo de luna por entre las paredes. Más tarde un hilo de luz anaranjada se filtró por una ventana y un codo le rozó el vientre. —Serás más feliz aquí; no sigas adelante —dijo una voz suave. Era una profecía. ¡Si él lo hubiese sabido! Pero el impávido Eddie contestó simplemente: —¡Vete a dormir, trasnochadora! Y la luz desapareció. Luego entró en un túnel y se dio un cabezazo que le hizo saltar las lágrimas. Pero, al otro extremo, Staats se detuvo al fin en una mancha de luz y pareció quedarse mirando hacia arriba, una ventana o algo así; Eddie permaneció inmóvil dentro del túnel, levantándose el cuello del esmoquin para ocultar el blanco de su camisa. Staats se detuvo sólo un instante, durante el cual Eddie le observó conteniendo el aliento. Finalmente, emitió un extraño silbido. No había nada de casual en eso; era un sonido difícil de emitir sin práctica previa. Luego se quedó esperando, hasta que, de pronto, otra figura se acercó a él en la penumbra. Eddie aguzó la vista. Era un negrazo como un gorila. Algo pasó de las manos de Staats a las de éste —posiblemente la pata de gallina—, luego entraron en la casa frente a la cual Staats se había detenido. Eddie pudo oír los arrastrados pasos por la escalera y el crujido de una vieja y carcomida puerta. Después todo quedó en silencio. Avanzó hasta la desembocadura del túnel y se puso a mirar hacia arriba. No se veía ninguna luz por las ventanas. La casa parecía estar deshabitada, muerta. Eddie agarró la solapa de su esmoquin con una mano y se dio con la otra un puñetazo en la mandíbula. No sabía qué hacer. El vago impulso que lo había llevado hasta allí en pos de Staats comenzaba a debilitarse. ¡Staats tenía curiosos amigos! Algo rara debía de ocurrir en aquel lugar tan apartado y a esa hora de la madrugada; pero, después de todo, nadie tiene que dar cuenta de su vida privada. Eddie se preguntaba por qué diablos habría ido hasta allí. No
  • 96. 96 deseaba que nadie supiera que lo había hecho. Ahora se volvería atrás, a su hotel, y se metería en la cama. Tenía que pensar alguna novedad para el Maxim’s de allí al lunes, o su contrato sería rescindido. Luego, cuando ya había levantado el pie para marcharse, una apagada melopea comenzó a oírse dentro de aquella casa. Era tan suave como un murmullo. Tenía que atravesar espesas puertas y espaciosas habitaciones vacías y pasar por el hueco de aquella escalera antes de llegar a él. “Alguna ceremonia religiosa —se dijo Eddie—. Entonces, Staats profesa un culto, ¿eh? Pero, ¡vaya un lugar apropiado!” Una pulsación como la de una máquina lejana subrayaba la melopea, y, de vez en cuando, un bum como el del trueno acercándose a través de la ciénaga la cubría. Sonaba así: Bum—butta—butta—bum—butta—butta—bum, y la melopea volvía a elevarse, Eeyah—eeyah—eeyah... El instinto profesional de Eddie despertó de pronto. Lo ensayó, marcando el compás con la mano, como si sostuviera la batuta. Sus dedos sonaron como un latigazo. —¡Oh, dios! ¡Esto es maravilloso! ¡Magnífico! ¡Sublime! ¡Lo que yo necesitaba! ¡Tengo que entrar aquí! ¿De modo que con una pata de gallina bastaba? Se volvió y echó a correr por el túnel a través del pasaje, siguiendo el camino por donde había venido, bajando aquí y allí, y encendiendo una cerilla tras otra. Luego se encontró una vez más en el Vieux Carré, donde los cajones de desperdicios no habían sido retirados aún. Vio una lata en la esquina de dos callejuelas y la volcó. El hedor subía hasta el cielo, pero se metió en la basura hasta las rodillas, como un trapero, e introdujo los brazos hasta el codo esparciéndolas a diestro y siniestro. Tuvo suerte, pues encontró un agusanado esqueleto de gallina. Le arrancó una pata y la limpió en un trozo de periódico. Luego emprendió el regreso. Un momento. ¿Y la cinta roja para atarla? Se tanteó de arriba abajo; hurgó en todos los bolsillos. No tenía nada de ese color. Tendría que prescindir de eso, pero entonces tal vez fracasaría. Dio la vuelta y corrió por el estrecho pasaje sin preocuparse por el ruido que producía. Otra vez el hilo de luz anaranjada y el codo de la perseverante mujer. Eddie se inclinó, la asió por la manga del rojo quimono y rompió una tira de éste. Palabras soeces, que ni Eddie conocía, cesaron al ponerle en la mano un billete de cinco dólares. Pronto estuvo al otro extremo del pasaje. ¡Con tal de que la ceremonia no hubiese terminado aún! No había terminado. Cuando se había ido de allí, el cántico era débil y apagado. Ahora era más sonoro, más persistente, más frenético. Eddie no se preocupó de lanzar el silbido; de todos modos no habría podido imitarlo exactamente. Se zambulló en el pozo negro que era la entrada de la casa, sintió los grasientos peldaños debajo de sus pies, alcanzó a subir uno o dos, y de pronto el cuello de su camisa le pareció cuatro números más chico, pues una manaza lo había aferrado de él por detrás. Algo afilado, que podía ser desde un cortaplumas de bolsillo hasta una navaja de afeitar, le rozó el cuello debajo de la nuez, haciéndole saltar unas gotas de sangre preliminares. —Bueno, me la he ganado —dijo con voz entrecortada. ¿Qué clase de religión era aquella? El Objeto afilado se quedó donde estaba, pero la mano soltó el cuello de la camisa para coger la pata de gallina. Luego, el objeto afilado se apartó también, pero no mucho. —¿Por qué no dio usted la señal? Eddie se tocó la garganta. —Estoy enfermo de aquí y no pude. —Encienda una cerilla, quiero ver su cara. —Eddie obedeció y sostuvo la cerilla un momento—. No he visto nunca su cara aquí. —Mi amigo, que está allá, puede decírselo.
  • 97. 97 —¿El señor Johnny es su amigo? ¿Le pidió que viniera? Eddie pensó rápidamente. La pata de gallina podía tener más fuerza que Staats. —Esto me dijo que viniera. —¿Papá Benjamín le mandó eso? —¡Claro! —dijo Eddie rotundamente. De seguro Papá Benjamín era su sacerdote, pero aquella era una manera endemoniada de... La cerilla le quemó los dedos; entonces la arrojó al suelo. Con la oscuridad se produjo un momento de incertidumbre que podía terminar de cualquier manera. Una gran provisión de mundología y un millar de años de civilización respaldaban a Eddie—. Me va a hacer llegar tarde. A Papá Benjamín no le va a gustar. Subió a tientas la oscura escalera, pensando que en cualquier momento podía sentir su espalda hecha trizas, pero era mejor que quedarse quieto esperando que se lo hicieran. Volverse atrás sería atraerse aquello más rápidamente. No obstante, sus palabras habían surtido efecto y nada le ocurrió. —En el momento menos pensado vamos a ver pasar por aquí a medio Nueva Orleans —gruñó, malhumorado, el cancerbero africano, dejándose caer en la escalera como una foca cansada. Hizo alguna otra observación acerca de “negros que parecían blancos”, y luego siguió rascándose. Llegó al descansillo de la escalera, tan cerca del bum—butta—bum que éste apagaba todos los demás sonidos. Toda la armazón de la vieja casa parecía temblar. Un hilo de luz rojiza le indicó dónde estaba la puerta. La empujó suavemente y la puerta cedió. El chirrido de sus goznes se perdió en el torrente sonoro que surgió del interior. Vio bastantes cosas y lo que vio incitó aún más su curiosidad. Algo le decía que lo mejor era entrar tranquilamente, cerrando la puerta tras él antes de que le vieran. El copo de nieve que estaba al pie de la escalera podía subir y aferrarlo otra vez del cuello. Abrió un poco más la puerta, se escurrió dentro y la cerró con el tacón de su zapato, apartándose inmediatamente de allí lo más que pudo. Evidentemente, nadie le había visto. Era una sala grande y sombría y estaba atestada de gente. Solo la iluminaba una lámpara de aceite y gran cantidad de cirios que podían parecer brillantes comparados con la oscuridad de fuera, pero que allí alumbraban débilmente. Las largas sombras danzantes arrojadas contra las paredes por los que se movían en el centro de la sala eran para él una protección tan eficaz como podía serlo la oscuridad del exterior. Dio una vuelta a la sala y una ojeada fue suficiente para revelarle que aquello era cualquier cosa menos una ceremonia religiosa. Al principio le pareció una juerga, pero allí no se veía ginebra por ninguna parte y en la danza no intervenían mujeres. Era más bien una reunión de demonios acabados de salir del infierno. Muchos de ellos se habían quedado tendidos en el suelo, y los demás pasaban sobre ellos al saltar de un lado a otro, pisando a veces los rostros, los pechos, los brazos y las manos yacentes. Otros, que habían caído en una especie de trance, estaban sentados en el suelo, la espalda apoyada en las paredes, algunos balanceándose y otros poniendo los ojos en blanco y dejando escapar de su boca hilos de espuma. Rápidamente, Eddie se dejó caer sentado en el suelo y puso manos a la obra. También comenzó a balancearse, dando golpes en el suelo con los puños, pero él no estaba en trance. Lo que hacía era tomar notas para un número que sería un éxito en el Maxim’s. Una hoja de música en blanco estaba parcialmente oculta debajo de sus muslos y a cada momento se inclinaba para escribir con un trocito de lápiz. “Clave de fa —pensó—, puedo decidirlo cuando lo instrumente. Mi, re, do; mi, re, do. Luego otra vez. Espero que no se me haya pasado nada.”
  • 98. 98 Bum—butta—butta—bum. Jóvenes y viejos, gordos y flacos, desnudos y vestidos, saltaban de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, en dos círculos concéntricos, mientras las llamas de las velas danzaban locamente y las sombras se agitaban entre los muros. En el centro de todo aquello, dentro del círculo interior de bailarines, se encontraba un hombre viejísimo, de tez y huesos negros, que se veía sólo algunas veces por entre los apretados cuerpos que le rodeaban. Tenía puesta alrededor de la cintura una piel de animal, y su cara estaba oculta por una horrible máscara. A un lado del viejo, una mujer rechoncha hacía sonar sin interrupción dos calabazas, marcando el butta del ritmo de Eddie. Al otro lado, otra mujer batía el tambor: el bum. El viejo sostenía en alto un ave que chillaba y batía las alas; en la otra mano, un cuchillo de afilada hoja. Algo resplandeció en el aire, pero los bailarines se interpusieron entre Eddie y la visión. Lo que logró ver después fue que el ave ya no agitaba las alas. Colgaba pesadamente y la sangre de sus venas corría por el arrugado brazo del viejo. “Esta parte no entrará en mi número”, se dijo Eddie. El horrible viejo cayó cerca de Eddie, que esquivó rápidamente. A su alrededor ocurrían cosas repugnantes. Vio a algunos de los locos bailarines caer de bruces sobre las rojas gotas y limpiarlas con la lengua. Luego seguían gateando en torno a la habitación, buscando otras. “Será mejor que me vaya —se dijo Eddie, que comenzaba a sentir náuseas—. Debería venir la Policía y arrear con todos.” Sacó de debajo de sus piernas las hojas de música, ahora llenas de notas, y las guardó en un bolsillo de la chaqueta; luego recogió las piernas, preparándose para levantarse y salir de aquel antro infernal. Mientras tanto, una segunda ave, esta vez negra (la primera era blanca); un berreante lechón y un cachorrillo de perro habían corrido la suerte del primer animal. Los cuerpos no eran desperdiciados una vez que el viejo los dejaba. Eddie veía suceder cosas en el suelo, entre los pies frenéticos de los bailarines, y adivinaba otras que le inducían a cerrar los ojos. De pronto, levantado ya medio centímetro del suelo, se preguntó qué se había hecho de la melopea, del choque de las calabazas y del son del tambor y el batir de pies de los bailarines. Abrió los ojos y vio todo inmovilizado en torno a él. Ni un movimiento, ni un sonido. Un huesudo brazo del viejo terminaba en una mano tinta en sangre, cuyo índice apuntaba como una flecha en dirección a Eddie. Éste se dejó caer aquel medio centímetro. No había podido estar en aquella posición mucho tiempo y, además, algo le decía que no iba a poder salir inmediatamente. —¡Hombre blanco! —dijo el viejo con voz alterada, y todos comenzaron a rodearlo. Un gesto del viejo los inmovilizó otra vez. Una voz cascada salió por la gesticulante boca de la máscara. —¿Qué hace usted aquí? Eddie se tentó los bolsillos mentalmente. Tenía unos cincuenta dólares. ¿Sería suficiente para comprar su salida? Sentía, sin embargo, la desagradable impresión de que a ninguno de los presentes le interesaba el dinero, como debiera ser..., aunque fuese en ese momento. Antes de que pudiera llevar a cabo lo que pensaba, otra voz se oyó: —Yo conozco a este hombre, papaloi. Déjeme a mí. Johnny Staats había ido allí enfundado en su esmoquin, con su pelo bien peinado hacia atrás. Era una ruedecilla en la vida nocturna de Nueva Orleans. Ahora estaba descalzo, sin chaqueta, sin camisa..., hecha una piltrafa. Una gota de sangre en medio de la frente le había trazado una línea de sien a sien. Unas plumas de gallina estaban pegadas a su labio superior. Eddie lo había visto bailar con los demás y arrastrarse por el suelo. Cuando Staats se le acercó, Eddie sintió erizársele el pelo de asco. Los demás retrocedieron un paso, tensos, listos a saltar. Los dos hombres hablaron en voz baja y ronca.
  • 99. 99 —Es el único camino, Eddie. No te puedo salvar... —¡Cómo! ¡Estamos en el corazón de Nueva Orleans! ¡No se atreverían! Pero el rostro de Eddie transpiraba abundantemente. No era tonto. La Policía llegaría con seguridad y registraría el lugar, pero ¿qué encontraría? Sus restos mezclados con los de las aves, el lechón y el perro. —Es mejor que te apresures, Eddie. No voy a poder entretenerlos mucho más tiempo. A menos que lo hagas, no podrás salir vivo de aquí. Puedes estar convencido. Si trato de detenerlos, yo también caeré. Tú sabes lo que es esto, ¿no? ¡Esto es vudú! —Lo supe a los cinco minutos de entrar aquí —y Eddie pensó para sí: “¡Tú, hijo de una tal! Mejor será que le pidas a Mumbo—Jumbo que te encuentre un nuevo trabajo para mañana por la mañana.” Rió para sus adentros, pero dijo, poniendo cara grave—: ¡Claro que voy a iniciarme! ¿Para qué crees que vine aquí? Sabiendo lo que ahora sabía, Staats sería la última persona en el mundo que revelara el origen de aquel nuevo formidable número que él iba a sacar de todo eso, y cuyas notas ya tenía bien guardadas en el bolsillo. Además, quizá pudiera sacar más material del acto de iniciación. Una canción o un baile para Judy, que ejecutaría tal vez bajo un foco de luz verde. Por último, era inútil pretender que allí había bastantes navajas, cuchillos y otras armas para permitirle salir sin un rasguño. El rostro de Staats era grave, sin embargo. —Eddie, no juegues. Si tú supieras lo que yo sé acerca de esto, verías que es más serio de lo que parece. Si eres sincero y obras de buena fe, está bien. Si no es así, sería preferible que te dejaras cortar en pedazos ahora mismo. —¡En mi vida he obrado más seriamente! —dijo Eddie. Pero en lo más hondo de su ser se reía con todas sus ganas. Staats se volvió hacia el viejo. El papaloi quemó algunas plumas y vísceras a la llama de una vela. El silencio era absoluto. Todos los presentes se arrodillaron al mismo tiempo. —Salió muy bien —suspiró Staats—. El lo ha leído. Los espíritus están conformes. “Bueno, por ahora vamos bien —pensó Eddie—. He engañado a las tripas y a las plumas.” El papaloi lo señaló. —Ahora, déjenlo ir. ¡Y guarda silencio! —sonó la voz detrás de la máscara. Repitió las mismas palabras por segunda y tercera vez, haciendo una larga pausa entre cada una. Eddie miró esperanzado a Staats. —Entonces, ¿puedo irme siempre que no cuente a nadie lo que he visto? Staats movió la cabeza apesadumbrado. —Es una parte del ritual. Si te fueras ahora y comieras algo que no te sentara bien, caerías muerto antes de que terminara el día. Nuevos sacrificios sangrientos, y el tambor, las calabazas y la melopea comenzaron de nuevo, pero tan suavemente como al principio. Llenaron un tazón de sangre. Eddie fue levantado y conducido hasta él por Staats, de un lado, y un negro anónimo, del otro. El papaloi sumergió su ya ensangrentada mano en el tazón y trazó un signo en la frente de Eddie. El cántico se elevó detrás de él. La danza comenzó de nuevo. Ahora estaba en medio de todos. Eddie era una isla de cordura en un mar de selvático frenesí. El tazón se elevó ante él. Eddie trató de dar un paso atrás, pero sus padrinos lo sujetaron fuertemente por los brazos. —¡Bebe! —susurró Staats—. ¡Bebe..., o te matan aquí mismo! Aun a esta altura del juego se le ocurrió un chiste a Eddie. Aspiró hondamente y dijo: —Bueno, ingeriremos vitamina A.
  • 100. 100 Staats se presentó al ensayo de la mañana siguiente y se encontró con que otro músico ocupaba su puesto frente a la batería. No dijo gran cosa cuando Eddie le entregó un cheque por el sueldo de dos semanas. Eddie escupió ante él en el suelo y gruñó: —¡Lárgate de aquí, cochino! Staats sólo murmuró: —De modo que los traicionas, ¿eh? No quisiera estar en tus zapatos por toda la fama y el dinero de este mundo. —Si te refieres a aquel mal sueño de anoche —dijo Eddie—, debo decirte que no se lo he contado a nadie, ni intento hacerlo. ¡Ah, cómo se reirían de mí si lo hiciera! Sólo recuerdo lo que puede servirme de algo. ¡Soy blanco!, ¿sabes? La selva para mí no es otra cosa que árboles, el Congo es un río, la noche sólo sirve para encender la luz eléctrica —sacó un par de billetes—. Dales esto de mi parte y diles que les pago mis cuotas desde ahora hasta el día del Juicio y que no necesito recibo. Y si intentan echar un filtro en mi naranjada, se van a encontrar bailando en una cadena. Los billetes cayeron en el lugar donde Eddie había lanzado su escupitajo. —Tú eres uno de los nuestros. ¿Te crees blanco? La sangre lo dice. No habrías ido allí, no habrías podido soportar la iniciación, si lo fueras. Acuérdate de mirar algunas veces tus uñas. Mírate en un espejo el blanco de tus ojos. ¡Adiós, cadáver! Eddie también le dijo adiós. Le saltó tres dientes, le rompió las narices y rodó con él por el suelo. Pero no pudo borrar la sonrisa de “reconocimiento” que resplandecía aún en la faz ensangrentada. Los separaron y los hicieron levantarse y apaciguarse. Staats salió tambaleante, pero sonriendo por lo que sabía. Eddie, jadeando, volvió a colocarse frente a la orquesta. —Bueno, muchachos. Todos a una ahora. ¡Bum—butta—butta—bum—butta— butta—bum! . . . . . . . . . . . Graham le concedió un aumento de quinientos dólares, y todo Nueva Orleans se agolpó en la sala del Maxim’s el sábado por la noche. La gente se tocaba hombro con hombro y hasta se colgaba de las arañas para ver. “Por primera vez en América el verdadero Canto Vudú”, anunciaban innumerables carteles por toda la ciudad. Cuando Eddie empuñó su batuta, las luces se apagaron, y un torrente de luz verde inundó la plataforma desde abajo; se habría podido oír el ruido de un alfiler al caer. —Buenas noches, amigos. Aquí están Eddie Bloch y sus Five Chips tocando para ustedes desde el Maxim’s. van a oír en seguida, por primera vez a través del éter, el Canto Vudú, el inmemorial himno ritual que jamás hombre blanco alguno ha podido oír antes. Puedo asegurar que se trata de una transcripción fidelísima, sin una nota de variación. Entonces, suavemente y como a lo lejos, la orquesta comienza: bum—bum—butta— bum. Judy se preparó para bailarlo y cantarlo. Estaba ya con el pie en el primer peldaño de la plataforma, esperando que le indicaran su entrada. Tenía un maquillaje color naranja, un vestido de plumas, un pajarillo artificial sujeto a una mano y empuñaba un cuchillo en la otra. Su mirada encontró la de Eddie, y éste comprendió que ella quería decirle algo. Moviendo aún su batuta, se apartó a un lado hasta colocarse a su alcance. —¡Eddie, no, haz que paren! ¡Interrumpe! Tengo miedo por ti... —Ya es tarde —contestó Eddie en voz baja—. Hemos comenzado; además, ¿de qué tienes miedo?
  • 101. 101 Judy le mostró un arrugado trozo de papel. —Hace un momento me encontré esto debajo de la puerta de tu camerino. Parece una amenaza. Hay alguien que no quiere que ejecutes ese número. Eddie, sin dejar de mover su batuta, desdobló el papel con su mano izquierda y leyó: “Tú puedes atraer los espíritus, pero ¿podrás rechazarlos después? Piénsalo bien.” Eddie estrujó el papel y lo arrojó al suelo. —Staats está tratando de asustarme porque lo despedí. —Estaba atado a un manojito de plumas negras —trató de decirle ella—. No le habría prestado atención; pero cuando lo vio la doncella, me suplicó que no bailara este número. Después me dejó plantada... —Estamos transmitiendo —le recordó él entre dientes—. ¿Me acompañas o no? Eddie volvió al centro de la plataforma. El tambor resonó más y más alto, del mismo modo que la noche anterior. Judy dio vueltas en medio de un torrente de luz verde y comenzó el endemoniado lamento que Eddie le había enseñado. Un camarero dejó caer una bandeja llena de vasos en medio del silencio de la sala, y cuando el jefe de comedor acudió, aquél había desaparecido. Había abandonado sencillamente su puesto, dejando una docena de mesas sin servir. —¡Maldito sea...! —dijo aquél, rascándose la cabeza. Eddie estaba al frente a la orquesta, de espaldas a Judy, y al mover su cuerpo a compás de la música, algún alfiler que probablemente se había olvidado de sacar de su camisa se clavó de improviso en su espalda, un poco más abajo del cuello, justamente entre los omóplatos. Eddie dio un respingo y después no sintió nada más... Judy chillaba, berreaba, se desgañitaba. Pronunciaba palabras que ni él ni ella entendían, que Eddie había logrado anotar fonéticamente la otra noche. Su cimbreante cuerpo realizaba todas las contorsiones, naturalmente suavizadas, que aquella endiablada negra cubierta de grasa y desnuda totalmente ejecutó aquella noche. Clavó el fingido puñalito en el pajarillo y lanzó al aire imaginarias gotas de sangre. Jamás se había visto nada parecido. Y, al terminar, en el silencio que cayó de pronto sobre la sala, se pudo contar hasta veinte: de tal modo se había apoderado de todos. Después comenzó el ruido. Fue como una avalancha. Más que nunca en aquel lugar, la gente comenzó a pedir bebidas, y la encargada del lavabo de señoras no podía atender a las mujeres que se refugiaban allí para desahogar su nerviosismo. —¡Trata de irte de aquí ahora! —dijo Graham a Eddie en un intervalo—. Mañana por la mañana me firmarás un nuevo contrato que no te defraudará. Ya tenemos cobradas seis mil mesas reservadas para la próxima semana. ¡Algunas hasta por telegrama desde tan lejos como Shreveport! ¡Éxito! Eddie y Judy regresaron en taxi a su hotel, cansados, pero felices. —¡Esto durará años! Será nuestra ejecución más celebrada, como la Rhapsody in Blue para Whiteman. Ella fue la primera en entrar en el dormitorio. Encendió las luces y un minuto después llamó a Eddie. —¡Ven a ver esto...! Es algo monísimo. —La encontró con un muñequito de cera en las manos—. ¡Oh, y eres tú, Eddie! Tan pequeñito y, sin embargo, tan parecido. ¿No es una cosa perf...? Eddie lo cogió y se quedó mirándolo. Era él, en efecto. Estaba enfundado en dos retazos de tela negra que hacían de esmoquin. Los ojos, el pelo y los demás detalles habían sido trazados con tinta sobre la cera. —¿Dónde lo encontraste? —Sobre tu cama, apoyado en la almohada.
  • 102. 102 Estaba a punto de sonreír cuando dio la vuelta al muñequito. En la espalda, justamente debajo del cuello, entre los omóplatos, había clavado un pequeño, pero maligno, alfiler negro. En un primer momento se puso pálido. Ahora sabía de dónde provenía aquello y lo que quería decir. Pero no era eso lo que le hacía cambiar de color. Acababa de recordar algo. Se quitó la americana, se arrancó el cuello y se volvió de espaldas a Judy. —¡Mírame la espalda! Sentí un alfilerazo cuando ejecutábamos el número. Pásame la mano. ¿Notas algo? —No..., no tienes nada —contestó ella. —Debe de haberse caído. —No puede ser —repuso Judy—. Tu cinturón está tan ceñido que parece incrustado en el cuerpo. No tuvo que ser nada, pues de lo contrario lo tendrías encima. Te habrá parecido. —Escucha. Yo sé cuándo me pincha un alfiler. ¿No tengo ninguna marca en la espalda? ¿Algún rasguño entre los hombros? —Nada. —Será cansancio, nerviosismo —se acercó a la ventana abierta y arrojó el muñeco al vacío con todas sus fuerzas. Una desagradable coincidencia; eso era todo. Pensar otra cosa sería darles alas a ellos. Sin embargo, Eddie se preguntaba qué le hacía sentirse tan cansado. Había sido Judy la que había bailado y no él. No obstante, se sentía agotado desde la ejecución del número. Apagaron las luces y Judy se quedó profundamente dormida. Él, durante un rato, permaneció en silencio. Poco después se levantó y entró en el baño, cuyas luces eran las más brillantes del departamento, y se quedó observándose atentamente en el espejo. “Acuérdate de mirar algunas veces tus uñas. Mírate el blanco de los ojos”, le había dicho Staats. Eddie lo hizo. Sus uñas tenían un tinte azulado que nunca había notado antes. El blanco de sus ojos estaba ligeramente amarillento. La noche estaba tibia, pero Eddie comenzó a tiritar de pies a cabeza. No pudo dormir... A la mañana siguiente la espalda le dolía como si tuviera sesenta años. Pero sabía que era por no haber pegado los ojos en toda la noche, no por un alfiler mágico. —¡Oh, santo Dios! —dijo Judy al otro lado de la cama—. Mira lo que le has hecho. Y mostró a su marido la segunda página del Picayune Times, que decía: “John Staats, hasta hace poco miembro de la orquesta de Eddie Bloch, se suicidó ayer tarde, a la vista de docenas de personas, arrojándose de un bote que conducía él mismo en el lago Pontchartrain. Estaba solo en ese momento. El cadáver fue recogido media hora más tarde.” —Yo no tengo la culpa —dijo Eddie sombríamente. Sin embargo, sospechó lo que sucedió ayer por la tarde. La noche se acercaba y no podía afrontar lo que se le venía encima por haber apadrinado a Eddie y traicionado a los otros. Ayer tarde... Eso quería decir que Staats no había sido el que dejara aquella amenaza en el camerino ni el muñequito en la cama. Staats ya estaba muerto a aquella hora..., ya no era ni blanco ni negro. Eddie esperó a que Judy se encontrara debajo de la ducha para telefonear a la Morgue. —Se trata de Johnny Staats. Trabajó conmigo hasta ayer, de modo que si nadie reclama su cadáver, envíenlo a una funeraria a mi costa.
  • 103. 103 —Ya lo han reclamado, señor Bloch, esta mañana temprano. Sólo esperamos que el médico forense certifique el suicidio. Es una asociación de gente de color. Viejos amigos de él, según parece. Judy entró en la habitación y le dijo: —¿Qué te pasa?¡Estás verde! Eddie pensó: “Ni que hubiese sido mi peor enemigo. No puedo permitir que suceda. ¿Qué clase de horrores van a tener lugar en alguna parte, en la oscuridad?” Los creía capaces hasta del canibalismo. Tenía el teléfono al alcance de la mano, y sin embargo no podía denunciarlos a la Policía sin descubrirse a sí mismo, pues tendría que confesar que había estado allí y que había tomado parte en las reuniones, por lo menos una vez. Y cuando eso se supiese, ¡bang!¡bang!, adiós reputación. Se le haría la vida imposible..., especialmente ahora que había ejecutado el Canto Vudú, identificándose con él en la mente del público. De modo que, solo otra vez en su habitación, decidió llamar a la famosa agencia de detectives privados de Nueva Orleans. —Necesito un guardaespaldas, sólo por esta noche. Que me espere en el Maxim’s a la hora de cerrar. Armado, desde luego. Era domingo y los bancos estaban cerrados, pero Eddie tenía crédito en todas partes y logró reunir mil dólares en efectivo. Cerró trato con un crematorio para que se hiciese cargo de un cadáver, a última hora de la noche o al día siguiente muy temprano. Quedó en notificarles adónde debían ir a retirarlo. El pobre Johnny Staats no había podido librarse de ellos en vida, pero lo iba a lograr después de muerto. Eso era lo menos que habría hecho cualquiera por él. Aquella noche, a pesar de las disposiciones de Graham para dar más espacio al público en el Maxim’s, resultó insuficiente. El número del Vudú era un éxito sin precedentes. Pero la espalda de Eddie estaba contraída mientras movía su batuta. Era cuanto podía hacer para mantenerse erguido. Cuando aquella noche cesó la algarabía, el detective privado ya le estaba esperando. —Mi nombre es Lee. —Muy bien, Lee. Venga conmigo. Salieron y se introdujeron en el Bugatti de Eddie, dirigiéndose a toda velocidad al Vieux Carré y deteniéndose con un repentino frenazo en el centro de lo que seguirá siendo Congo Square, llámese oficialmente como se llame. —Por aquí —dijo Eddie, y su guardaespaldas se escurrió por el pasaje tras él. —¡Hola querido! —dijo la de los codazos. Y por una vez, para sorpresa de ella, recibió una respuesta amable. —¿Qué dices, Eglantine? —observó al pasar el guardaespaldas de Eddie—. ¿Así que te mudaste? Se detuvieron delante del caserón, al otro extremo del túnel. —Bueno, hemos llegado —dijo Eddie—. Vamos a ser detenidos en mitad de la escalera por un negro gigantesco. Lo que usted tiene que hacer es salir del paso, no importa cómo. Y voy a ir arriba y usted me esperará en la puerta. Debe tratar de que yo pueda salir de allí. Probablemente tengamos que bajar entre los dos el cadáver de un amigo, pero no estoy seguro. Depende de que esté o no en esta casa. ¿Me comprende? —Perfectamente. —Encienda una linterna y sosténgala alumbrando por encima de mis hombros. Un cuerpo enorme, amenazante, bloqueó la angosta escalera, con unas piernas y brazos de gorila, capaces de un mortífero abrazo. Mostraba sus desmesurados dientes y esgrimía una hoja de reluciente acero. Lee apartó bruscamente a un lado a Eddie y pasó delante.
  • 104. 104 —¡Suelta eso, muchacho! —ordenó impertérrito, y esperó a ver si la orden era acatada. De todos modos, un arma había sido esgrimida contra los dos blancos. Disparó tres veces desde una distancia de un metro y dio exactamente donde quería. Las balas se alojaron en ambas rodillas y en el codo del brazo que sostenía el cuchillo. —Quedarás inválido para el resto de tu vida —observó con satisfacción—. O tal vez sea mejor evitártelo —aplicó el cañón del revólver a la sien del coloso caído. El estampido resonó por la estrecha escalera despertando repetidos ecos. —¡Vamos rápido —dijo Eddie—, antes de que se lo lleven...! Saltó por encima de la postrada figura, con Lee tras él. —¡Quédese ahí! Será mejor que vuelva a cargar mientras espera. Si lo llamo, ¡por amor de Dios, no cuente hasta diez antes de entrar! Al otro lado de la puerta se produjo un ir y venir de pies y un excitado aunque sofocado murmullo de voces. Eddie la abrió rápidamente y la cerró de un golpazo, dejando a Lee afuera. Todos se quedaron clavados en su sitio cuando le vieron. Allí estaban el papaloi y otros seis hombres, no tantos como la noche de la iniciación de Eddie. Probablemente, el resto estaba esperando en alguna parte fuera de la ciudad, en un lugar secreto donde la ceremonia del entierro, cremación u... orgía debía tener lugar. Papá Benjamín estaba ahora sin su máscara y sin la piel del animal. En la habitación no había calabazas ni tambor ni figuras estáticas alineadas contra la pared. Estaban a punto de salir, pero él había llegado a tiempo. Tal vez estuviesen esperando una hora determinada. Las ordinarias sillas de cocina en las que el papaloi debía ser llevado a hombros estaban preparadas, acolchadas con trapos. Había una hilera de cestos cubiertos de arpillera arrimados a la pared trasera. —¿Dónde está el cuerpo de Johnny Staats? —gritó Eddie—. Ustedes lo reclamaron y lo retiraron de la Morgue esta mañana. Sus ojos se posaron en los cestos y en el manchado cuchillo que yacía en el suelo a su lado. —Mucho mejor —cacareó el viejo— es que tú lo hubieras seguido. La fatalidad ya te tiene señalado... A estas palabras se elevó un confuso murmullo. —¡Lee! —llamó Eddie—. ¡Venga! —y Lee se puso inmediatamente a su lado, revólver en mano—. ¡Cúbrame mientras echo un vistazo por aquí! —¡A ver, todos ustedes, pónganse en aquella esquina! —rugió Lee, dando un fuerte puntapié a uno de ellos, que se movía más lentamente que los demás. Obedecieron, quedándose amontonados, con los ojos fijos y escupiendo como una bandada de monos. Eddie se dirigió directamente a los cestos y arrancó la arpillera que cubría el primero. Carbón. El siguiente, café. El otro, arroz. Y así sucesivamente. Eran, simplemente, cestos de los que las negras suelen llevar en la cabeza cuando van al mercado. Eddie miró a Papá Benjamín y sacó el rollo de billetes que había llevado para él. —¿Dónde lo tienes? ¿Dónde ha sido enterrado? ¡Llévanos allá! ¡Muéstranos dónde es! ni un sonido. Sólo un quemante, ondulante odio que casi se podía palpar. Eddie miró el cuchillo que yacía allí, no ensangrentado, sino sólo gastado, mellado, con hilachas adheridas, y le dio un puntapié. —No está aquí, seguramente —le dijo a Lee, mientras se dirigía a la puerta. —¿Qué hacemos, patrón? —preguntó su satélite. —Salir volando de este estercolero a respirar aire puro —dijo Eddie avanzando en dirección a la escalera.
  • 105. 105 Lee era de los que sacan provecho de cualquier situación, cualquiera que sea ésta. Antes de seguir a Eddie se acercó a uno de los cestos, se metió una naranja en cada bolsillo de la americana y luego hurgó entre las demás para elegir una especialmente buena para comer allí mismo. Se oyó un golpe seco y la naranja rodó por el piso como una bola de bolos. —¡Señor Bloch! —gritó roncamente—. ¡Lo encontré! —respiraba trabajosamente a pesar de su rudeza. Algo como un hondo suspiro partió del rincón donde estaban los negros. Eddie se quedó inmóvil, mirando, y luego se apoyó en el marco de la puerta. Por entre una capa de naranjas del canasto, los cinco dedos de una mano surgían verticalmente; una mano que terminaba bruscamente en la muñeca. —Es su marca —dijo Eddie con voz entrecortada—. ¡Ahí, en el dedo meñique! La conozco. —Bueno, usted dirá. ¿Les disparo? —preguntó Lee. Eddie movió la cabeza. —No fueron ellos..., se suicidó. Hagamos lo que tenemos que hacer y larguémonos. Lee volcó uno después de otro todos los cestos. El contenido de los mismos se esparció por el suelo. Pero en cada uno de ellos había algo más. Exangüe, blanco como carne de pescado. Aquel cuchillo, las hilachas adheridas a la hoja. Ahora Eddie sabía para qué lo habían usado. Tomaron un cesto y lo forraron con una de las mugrientas mantas de la cama. Después, con sus propias manos, lo llenaron con lo que habían encontrado y lo taparon con las esquinas de la manta, llevándoselo entre los dos fuera de la habitación y bajándolo por la oscura escalera, mientras Lee caminaba de espaldas, revólver en mano, cubriendo la retirada. Juraba como un condenado. Eddie trataba de no pensar en cuál podía haber sido el destino de esos cestos. El cuerpo del negro seguía allí, atravesado en la escalera. Siguieron a lo largo del callejón y por último depositaron su carga en la quietud del alba de Congo Square. Eddie tuvo que apoyarse en la pared. Se sentía enfermo. Luego volvió y dijo: —La cabeza...¿Vio usted si...? —No, no la pusimos —contestó Lee—. ¡Quédese aquí, volveré por ella! ¡Yo estoy armado, y después de lo que hemos visto ya puedo soportar cualquier cosa! Lee tardó sólo unos cinco minutos. Volvió en mangas de camisa. Traía su chaqueta hecha un rollo debajo de un brazo. Se inclinó sobre el cesto, levantó la manta y un segundo después la colocó otra vez. El bulto que había traído envuelto en su americana desapareció. Luego arrojó la americana y le dio un puntapié. —La tenían escondida en un armario —murmuró—. Tuve que atravesar la palma de la mano a uno de ellos para que soltaran la lengua. ¿Qué querían hacer? —Una sesión de canibalismo, tal vez..., no sé... Mejor no pensarlo. —Traje de vuelta su dinero. Me parece que no les importaba... Eddie se lo devolvió. —Bueno, por su traje y el tiempo perdidos. —¿No va usted a denunciar a esos gorilas? —Ya le dije que él se había arrojado al agua. Tengo en el bolsillo una copia del informe médico legal. —Ya sé, pero ¿no hay alguna ley que prohiba la disección de un cadáver sin permiso? —No puedo verme mezclado con esa gente. Destrozaría mi carrera. Tenemos lo que fuimos a buscar. Ahora, olvídese de lo que vio.
  • 106. 106 Un coche de la funeraria llegó a Congo Square y se llevó el cesto. Los restos de Johnny Staats emprendieron el camino hacia un fin mejor que el que habían estado a punto de tener. —Buenas noches, patrón —dijo Lee—. Cuando me necesite para otra cosita... —No —dijo Eddie—. Me voy de Nueva Orleans. Y su mano pareció de hielo a Lee cuando éste se la estrechó. Así lo hizo. Devolvió a Graham su contrato y una semana después se encontraba tocando en el corazón de Nueva York. Tenía un criado blanco. El Canto Vudú, desde luego, seguía haciendo furor. Su programa empezaba y terminaba con él, y Judy seguía interpretando con clamoroso éxito su número de danza. Pero Eddie no podía deshacerse de aquel dolor de espalda que había comenzado el día del estreno. Primero, se sometió durante un par de horas diarias a la acción de los rayos ultravioleta. No sintió mejoría. Luego se hizo examinar por uno de los más grandes especialistas de Nueva York. —No tiene nada —dijo la eminencia—. Absolutamente nada: el hígado, los riñones, la presión..., todo está perfectamente. Debe de ser cosa de su imaginación. La balanza de su baño le decía lo mismo. Perdía dos kilos por semana, a veces siete. Y no recuperaba ni un gramo. Más especialistas. Esta vez rayos X, análisis de sangre, opoterapia, todo lo imaginable. No sirvió. Y el agudo dolor, la laxitud, se extendía lentamente, primero por un brazo, después por el otro. Separaba muestras de todo lo que comía, no un día, sino todos los de la semana, y las hacía analizar. Nada. Ya no era necesario que se lo dijeran. Sabía que ni en Nueva Orleans, donde había comenzado aquello, le habían echado algo en la comida. Judy comía de la misma fuente y tomaba el café de la misma cafetera. Todas las noches bailaba incansablemente y, no obstante, era la imagen de la salud. De modo que era su imaginación, como todos le habían dicho. “Pero no lo creo —se decía a sí mismo—. No creo que el clavar un alfiler en un muñeco de cera pueda producirme dolor a mí. Ni a mí ni a nadie.” No era su cerebro, entonces, sino el cerebro de alguien que estaba en Nueva Orleans, que pensaba, deseaba, ordenaba su muerte, noche y día. “Pero no puede ser —pensaba Eddie—; no hay tal cosa.” Sin embargo, la había; ocurría ante sus propios ojos y sólo admitía una respuesta. Si el alejarse unos cinco mil kilómetros sobre tierra firme no servía de nada, tal vez sirviese cubrir la misma distancia a través del mar. La primera etapa fue Londres y el Kit Kat Club. Menos, menos, menos, acusaban las balanzas de los cuartos de baño, un poco cada semana. Los dolores se extendían ahora hasta las caderas. Las costillas comenzaban a sobresalir. Se moría de pie. Ahora encontraba más cómodo andar con bastón, pero no por hacerse el presumido, sino para apoyarse al andar. Sus hombros le atormentaban todas las noches, sólo por haber movido su batuta. Se hizo construir un atril especial para apoyarse, que le ocultaba a la vista del público mientras dirigía. A veces, al terminar un número, su cabeza estaba más baja que sus hombros, como si su columna vertebral fuese de goma. Finalmente acudió a Reynolds, mundialmente famoso, el más grande alienista de Inglaterra. —Quiero saber si estoy cuerdo o loco. Estuvo en observación durante semanas, meses; le sometieron a todas las pruebas conocidas y muchas desconocidas, mentales, físicas, metabólicas. Encendían intensas luces ante sus ojos y observaban sus pupilas; éstas se contraían hasta el tamaño de cabezas de alfileres. Le tocaron el fondo del paladar con papel de lija: casi se ahogó. Lo ataron a un sillón que giraba horizontal y verticalmente a tantas revoluciones por minuto y luego le hacían caminar a través de la sala: hacía eses.
  • 107. 107 Reynolds le sacó una buena cantidad de libras y le dio un informe que abultaba como la guía de teléfonos, para decirle, en resumen: —Usted, señor Bloch, es una persona tan normal como cualquiera. Es tan equilibrado que hasta le falta ese toquecito de imaginación que tienen la mayoría de los actores y los músicos. De modo que no era su propio cerebro; la cosa venía de fuera. Todo aquello, desde el principio hasta el fin, duró dieciocho meses. Trataba de huir de la muerte, mas la muerte se apoderaba de él lenta, pero segura. Se quedó en los huesos. Sólo podía hacer una cosa. Mientras tuviera fuerzas para subir a bordo de un barco, podía volver al lugar donde había comenzado. Nueva York, Londres, París, no habían podido salvarlo. Su único recurso estaba en manos de un negro decrépito en el Vieux Carré de Nueva Orleans. Logró llegar hasta allí, a la misma semiderruida casa, sin guardaespaldas, sin importarle ahora que lo mataran o no, y casi deseando que lo hicieran, para terminar de una vez. Pero, al parecer, eso habría sido demasiado fácil y demasiado poco. El gorila que había dejado por muerto aquella noche se arrastró hasta él en dos muletas, le reconoció, le lanzó una mirada de odio inextinguible, pero no levantó ni un dedo para tocarle. Ellos habían marcado ya a ese hombre, ¡mal para quien se interpusiera entre ellos y su infernal satisfacción! Eddie Bloch subía penosamente la escalera sin oposición, tan inmune su espalda al cuchillo como si vistiera una coraza. Detrás de él, el negro se tendió en la escalera para festejar su largamente esperada hora de satisfacción con alcohol y... olvido. Encontró al viejo solo en la habitación. La edad de piedra y el siglo XX se enfrentaban, y la edad de piedra triunfó. —¡Quíteme esto de encima! —dijo Eddie roncamente—. ¡Devuélvame mi vida...! Yo haré cualquier cosa, cualquier cosa que usted diga. —Lo que ha sido hecho no puede deshacerse. ¿Crees tú que los espíritus de la tierra y del aire, del fuego y del agua, conocen el perdón? —¡Interceda por mí entonces! Usted me lo atrajo. Aquí tiene dinero, le daré otro tanto, todo lo que yo gane, todo lo que pueda ganar... —Tú has tocado lo prohibido. La muerte te ha seguido desde aquella noche. Por todo el mundo, por el aire que rodea la tierra, has hecho mofa de los espíritus con el canto que los invoca. Todas las noches tu esposa lo baila. La única razón de que ella no comparta tu suerte es que no sabe lo que hace. Tú, sí. ¡Tú estuviste aquí, entre nosotros! Eddie cayó de rodillas y se arrastró por el suelo ante el viejo, asiéndose a sus vestiduras. —¡Máteme, entonces, para terminar con esto! ¡No puedo más...! —había comprado el revólver aquel día con la intención de matarse por su propia mano, pero descubrió que no podía. Hacía un minuto imploraba por su vida, ahora lo hacía por su muerte—. Está cargado; todo lo que tiene que hacer es apretar el gatillo. ¡Mire, mire! Yo cerraré los ojos. Dejaré un papel escrito y firmado diciendo que yo mismo lo hice... Trató de depositarlo en la mano del brujo y de cerrar los huesudos y arrugados dedos sobre él, apuntando hacia sí mismo. El viejo lo arrojó lejos de él y cloqueó, regocijado: —La muerte vendrá, pero de otro modo... Lentamente, ¡oh, tan lentamente! Eddie permaneció tendido en el suelo, boca abajo, sollozando. El viejo escupió sobre él y lo rechazó con el pie. Eddie logró erguirse y dirigirse a la puerta. No tuvo ni la fuerza suficiente para abrirla al primer intento. ¿Era aquella cosa insignificante lo que lo impedía? Tocó algo con el pie, miró, se inclinó para levantar el revólver y se volvió. Su pensamiento fue rápido, pero la mente del viejo lo fue más aún. Casi antes de concretar su idea, el viejo la adivinó. En un instante, se deslizó gateando al otro lado de la cama
  • 108. 108 para poner algo entre los dos. Inmediatamente la situación cambió. El miedo abandonó a Eddie y se apoderó del viejo. Éste perdió la agresividad, sólo por un minuto, precisamente cuanto Eddie necesitaba. Su cerebro irradió una luz como un diamante, como un faro a través de la niebla. El revólver rugió sacudiendo su débil cuerpo y el viejo cayó tendido sobre la cama, colgante a un lado la cabeza, como una pera demasiado madura. La armazón de la cama se agitó levemente durante un momento por la caída, y después todo terminó... Eddie se quedó allí, tembloroso aún. Después de todo, ¡había sido tan fácil! ¿Dónde estaba toda su magia ahora? Fuerza, poderío, voluntad, volvieron a circular por sus venas como si una espita hubiera sido abierta de pronto. La nubecilla de humo que había quedado en la cerrada habitación flotaba aún en el aire. De pronto Eddie esgrimió el puño contra el cuerpo muerto en la cama. —¡Ahora voy a vivir!, ¿sabes? —abrió la puerta, la retuvo durante un instante y luego bajó a tientas la escalera, pasando al lado del inconsciente guardián, murmurando siempre el mismo estribillo—: ¡Ahora voy a vivir! ¡Voy a vivir! . . . . . . . . . . . El comisario se enjugó la frente, como si estuviese en la cámara de vapor de un baño turco. Exhaló como un tanque de oxígeno. —¡Jesús, María y José! ¡Señor Bloch, qué historia! Más me hubiese valido no pedirle que me la contara. Esta noche no voy a poder dormir. Aun después de que el acusado fue llevado de allí, necesitó bastante tiempo para calmarse. El cajón superior derecho de su escritorio le ayudó un tanto..., unos dos dedos, como también el abrir las ventanas para dejar pasar la luz del sol. Por último, cogió el teléfono y se puso de nuevo al trabajo. —¿A quién tiene usted ahí carente de nervios? Quiero decir, un tipo con tan poca sensibilidad que pueda sentarse sobre un alfiler de sombreros y lo convierta en un clip. ¡Oh, sí, ese charlatán de Desjardins! Lo conozco. Mándemelo. . . . . . . . . . . . —No, quédate fuera —jadeó Papá Benjamín con dificultad a su guardián, por la entreabierta puerta—. Yo me he comunicado con el obiah, y en cambio tú estás sucio. Estás borracho desde ayer. Toma las convocatorias. Introduce la mano, una vez para cada una; tú sabes cuántas son. El inválido negro introdujo su enorme zarpa por la rendija, y por detrás de la puerta el papaloi colocó una pata de gallina en su palma. Una pata con un trapo rojo atado. El mensajero la escondió en sus andrajos y volvió a introducir la mano para alcanzar otra. Veinte veces repitió el acto y luego dejó caer su brazo pesadamente. La puerta empezó a cerrarse lentamente. —¡Papaloi! —gimió la figura que estaba fuera—. ¿Por qué escondes la cara? ¿Están enojados los espíritus? Había un destello de sospecha en sus ojos. En seguida, la rendija de la puerta se ensanchó. La arrugada y familiar cara de Papá Benjamín asomó y sus ojos lanzaron rayos malignos. —¡Vete! —chilló el viejo—. ¡Ve a llevar las convocatorias! ¿Quieres que haga caer sobre ti la ira de un espíritu? El mensajero salió dando tumbos. La puerta se cerró violentamente.
  • 109. 109 Se puso el sol. Era de noche en Nueva Orleans. Salió la luna. Sonaron las campanas de la medianoche en el campanario de la catedral de San Luis, y apenas se había extinguido la última nota, un horrible y selvático silbido se oyó frente a la casa envuelta en el silencio. Una negra rechoncha, con un cesto al brazo, subió pesadamente la escalera, un momento después abrió la puerta, se dirigió al papaloi, y volvió a cerrarla, trazó en ella con su dedo una invisible marca y la besó. Luego se volvió y sus ojos se abrieron de sorpresa. Papá Benjamín estaba en la cama, tapado hasta el cuello con los inmundos trapos. Los familiares candeleros estaban encendidos. La taza para la sangre, el cuchillo del sacrificio, los polvos mágicos, todo el atuendo del ritual estaba dispuesto. Pero colocados alrededor de la cama, en vez de estarlo al otro extremo de la sala, como siempre. La cabeza del viejo, sin embargo, se irguió sobre los revueltos trapos. Sus ojos la miraron sin pestañear; el familiar semicírculo de algodón que rodea su cabeza y su máscara de ceremonias está a su lado. —Estoy un poco cansado, hija mía —le dice. Sus ojos se vuelven a la pequeña imagen de cera de Eddie Bloch colocada bajo los candelabros, erizada de alfileres. La mujer también mira—. Un condenado está próximo a su fin. Vino aquí anoche pensando que yo podía ser muerto como cualquier otro hombre. Me disparó un tiro. Yo soplé y detuve la bala en el aire; ésta dio vuelta y entró de nuevo en el revólver. Pero ¡eso me cansó tanto! Forzó un poco mi garganta. Un destello vengativo iluminó la ancha cara de la mujer. —¿Y él morirá pronto, papaloi? —Pronto —soltó la agotada figura de la cama. La mujer rechinó los dientes y agitó los brazos con regocijo. Luego levantó la tapa de su cesta y dejó escapar una gallina negra, que salió aleteando por la habitación. Cuando los veinte se reunieron, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, el tambor y las calabazas tornaron a sonar, la cadenciosa melopea comenzó y la orgía se inició. Lentamente, danzaron alrededor de la cama. Luego, más rápidamente cada vez, frenéticos, asiéndose unos a otros, haciéndose sangre con cuchillos y uñas, girando los ojos en un éxtasis que otras razas más frías no conocen. Las ofrendas, plumíferas y pilíferas, que habían sido atadas a las patas de la cama, chillaban y saltaban alborotadas. Entre ellas había un monito que ocultaba su cara entre las manos, como un niño atemorizado, y chillaba. Un negro barbudo, con su desnudo torso brillante como charol, cogió una de las aterrorizadas aves, la desató y la extendió con ambas manos en dirección al brujo. —Estamos sedientos, papaloi; queremos comer la carne de nuestros enemigos. Los demás hicieron eco a estas palabras: —Tenemos hambre, papaloi; queremos comer la carne de nuestros enemigos. Papá Benjamín movió la cabeza a compás del ritmo. —¡Sacrificio, papaloi, sacrificio! Papá Benjamín parecía no oírlos. Luego, los trapos se levantaron y emergió un brazo; pero no el tostado y esquelético brazo de Papá Benjamín, sino uno musculoso y firme como la pata de un piano, enfundado en sarga azul, blanco en la muñeca y terminando en un revólver de reglamento de la Policía, con el gatillo montado. El fingido brujo se puso en pie de un salto, sobre la cama, de espalda a la pared, y recorrió lentamente a todos aquellos diablos humanos con el cañón de su revólver, se izquierda a derecha, luego de derecha a izquierda, en línea recta, sin prisa. El resonante mugido de un toro salió de la grieta de su boca, en vez de la cascada voz de falsete del papaloi. —¡Pónganse todos contra aquella pared! ¡Suelten los cuchillos!
  • 110. 110 Pero todos estaban embobados. El paso del éxtasis a la estupefacción no es instantáneo. Además, ninguno de ellos era muy avispado; de lo contrario, no estarían allí. Las bocas se abrieron, la melopea cesó, los tambores y las calabazas enmudecieron, pero seguían apiñados frente a aquel repentino desafío lanzado con el familiar y arrugado rostro de Papá Benjamín y el fornido cuerpo de un blanco..., demasiado cerca para que éste se sintiera cómodo. Las ansias de sangre y la manía religiosa no conocen el miedo al revólver. Se requiere una cabeza fría para eso, y la única cabeza fría en aquella habitación era el arrugado coco que estaba encima de los anchos hombros del que esgrimía el revólver. Disparó dos veces y una mujer que estaba a un extremo del semicírculo, la del tambor, y un hombre al otro extremo, el que sostenía el ave del sacrificio, cayeron al mismo tiempo lanzando un doble gemido. Los del centro retrocedieron lentamente por la sala, con los ojos fijos en el hombre que estaba en pie sobre la cama. Un descuido, un parpadeo y se arrojarían sobre él como un solo cuerpo. Levantando su mano libre, se arrancó los rasgos del brujo, para respirar más libremente y ver mejor. La máscara se convirtió en un arrugado trapo ante los aterrorizados ojos de los negros. Era una mezcla de parafina y fibra llamada moulage. Una mascarilla mortuoria tomada de la cara del cadáver, que reproducía las más finas líneas del cutis y hasta su color natural. Moulage. El siglo XX había vencido, después de todo. Detrás de la máscara apareció, sonriente, sudorosa, la angulosa cara del detective Jacques Desjardins, que no creía en espíritus, a menos que éstos estuvieran dentro de una botella. Fuera de la casa se oyó el vigésimo primer silbido de la noche, pero esta vez no un silbido selvático, sino uno largo, frío y agudo, que servía para convocar a las figuras ocultas en las sombras de los portales, que habían estado allí esperando pacientemente toda la noche. Luego, la puerta fue casi arrancada y la Policía irrumpió en la habitación. Los prisioneros —dos de ellos gravemente heridos— fueron empujados y arrastrados abajo, para reunirse con el guardián inválido que había estado durante la última hora bajo custodia policíaca. Puestos en fila, atados unos a otros, marcharon a lo largo del tortuoso pasaje hasta salir a Congo Place. En las primeras horas de aquella misma mañana, poco más de veinticuatro horas después que Eddie Bloch entrara tambaleante en el Departamento de Policía con su extraña historia, todo el asunto estaba cocinado y rotulado. El comisario, sentado frente a su escritorio, escuchaba atentamente a Desjardins. Esparcida sobre la mesa había una extraña colección de amuletos, imágenes de cera, manojos de plumas, hojas de bálsamo, ouangas (hechizos de raspaduras de uñas, horquillas para el pelo, sangre seca, raíces pulverizadas); monedas enmohecidas, desenterradas de las fosas de los cementerios, en cantidad como no había visto nunca. Todo aquello era ahora la evidencia legal que iba a ser cuidadosamente rotulada y ordenada para el uso del fiscal en el proceso. —Y esto —explicó Desjardins, señalando una empolvada botellita— es, según me dijo el químico, azul de metileno. Es la única sustancia lógica hallada en aquel lugar, y que había quedado olvidada con un montón de basura que parecía no haber sido tocado desde hacía años. A qué uso lo destinaba aquella gente, no podía decirlo. —Un minuto —interrumpió vivamente el comisario—; eso concuerda con algo que el pobre Bloch me dijo anoche. Él notó un color azulado debajo de sus uñas y otro amarillento en el blanco de sus ojos, pero sólo después del acto de su iniciación. Esa sustancia probablemente haya tenido que ver con eso; puede ser que sin que él se diera cuenta, se la hayan inyectado. ¿Comprende usted? Eso lo destrozó exactamente como ellos querían. Bloch tomó esas señales como la revelación de que tenía sangre negra. Ésa fue la brecha por donde penetró el maleficio, quebrantando su incredulidad, desmoronando su resistencia mental. Era cuanto ellos necesitaban: un punto vulnerable.
  • 111. 111 La sugestión hizo lo demás. Si usted me lo preguntara, le diría que con Staats usaron el mismo método. No creo que él tuviera más sangre negra que el mismo Bloch, y, en realidad, según me dicen, la teoría de que la sangre negra puede manifestarse así después de varias generaciones es una patraña. —Bien —dijo Desjardins, mirándose sus enlutadas uñas—; si se va a juzgar por las apariencias, yo debo de ser un zulú pura sangre. Su superior le miró, y si no hubiese tenido cara de póquer, tal vez habría podido verse reflejada en ella la aprobación y hasta la admiración. —Debió de ser un momento peliagudo el que pasó usted cuando los tenía a todos alrededor, al desempeñar aquella farsa, ¿no? —¡Pchs! No me impresionó gran cosa —contestó Desjardins—. Lo único que me molestó fue el olor. . . . . . . . . . . . Eddie Bloch —absuelto hacía dos meses al tiempo que ingresaban en la cárcel del Estado veintitrés ex—vuduístas con penas que variaban de dos a diez años— ascendió a la plataforma del Maxim’s para iniciar una nueva temporada. Estaba pálido y desmejorado, pero recobraba lentamente su peso normal. La ovación que se le tributó era capaz de reanimar a cualquiera. La gente aplaudía a rabiar y le vitoreaba, y eso que su nombre había quedado fuera del reciente proceso. Los testimonios de Desjardins y sus compañeros habían hecho innecesarios los de él. El tema musical que iniciaba era dulce e inofensivo. Luego un camarero se acercó y le entregó una petición. Eddie movió la cabeza. —No. ya no está en nuestro repertorio. Y siguió dirigiendo. Le llegó otra petición, y después otra. De pronto, alguien gritó, y un segundo después toda la concurrencia hizo eco: “¡El Canto Vudú! ¡Queremos oír el Canto Vudú! Eddie se puso aún más pálido, pero se volvió y trató de sonreír, moviendo al mismo tiempo la cabeza. La gente no se calló. La música no podía oírse y Eddie tuvo que interrumpir. Desde todos los ámbitos de la sala, como en un partido de fútbol, le gritaban: —¡Queremos el Canto Vudú! ¡Queremos...! Judy estaba a su lado. —¿Qué le pasa a la gente? —preguntó Eddie—. ¿No sabe lo que eso me ha causado? —¡Tócalo, Eddie, no seas tonto! —le pidió ella—. Ahora es el momento; rompe de una vez para siempre con el hechizo; convéncete de que ya no tiene poder sobre ti. Si no lo haces ahora, no podrás librarte de él jamás. ¡Adelante, yo bailaré con esta misma ropa! —Okay! —dijo Eddie. Golpeó en su atril con la batuta. Hacía algún tiempo que no lo ejecutaba, pero sabía que podía confiar en su orquesta. Suavemente, como un trueno a la distancia acercándose cada vez más: ¡bum—butta—butta—bum! Judy remolineó detrás de él y dejó escapar el grito preliminar: Eeyaeeya! Judy oyó una conmoción a su espalda y se detuvo tan repentinamente como había comenzado. Eddie Bloch había caído en el suelo, boca abajo, y no se movió más. De algún modo, todo el público presintió la verdad. En esa caída había algo definitivo que se le reveló. Los que bailaban esperaron un minuto y luego se disgregaron con un ligero murmullo. Judy Jarvis no gritó ni lloró; se quedó allí mirando fijamente, pensando... El último pensamiento de Eddie, ¿había nacido en su propio
  • 112. 112 cerebro o había venido de fuera? ¿Había estado dos meses en camino desde la profundidad de la fosa, buscándolo? ¿Buscándolo hasta encontrarlo esta noche, cuando comenzaba una vez más a ejecutar el canto que lo dejaba a merced de África? Ningún policía, ningún detective, ningún médico ni hombre de ciencia podría decirlo jamás. ¿Vino de dentro o de fuera? Todo lo que dijo Judy fue: —¡Quédense a mi lado, muchachos...! Bien cerca; tengo miedo de las sombras... PAPÁ BENJAMIN William Irish Trad. V. Canoura y H. Maniglia Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 EL GRIS GRIS EN EL ESCALÓN DE SU PUERTA LE VOLVIÓ LOCO RAYMOND J. MARTÍNEZ uchas de las casas viejas de Nueva Orleans fueron construidas cerca de la acera, y se accedía a ellas por una escalera, por lo general de tres o cuatro tramos. En la actualidad los foráneos se preguntan por qué se mantienen esos escalones tan limpios, pero eso es una costumbre respetada desde hace tiempo. Se los lava todos los días, y a veces, cuando no están perfectamente limpios, se extiende sobre ellos ladrillo en polvo. Nunca ha habido una explicación satisfactoria para que se eche ladrillo en polvo sobre escalones del todo limpios. El interior de la casa puede estar polvoriento y sucio, pero los escalones han de encontrarse relucientes, pues ello le da la impresión a los transeúntes de que toda la casa está igual de limpia. (Es la mejor explicación que puedo dar sobre los escalones limpios de Nueva Orleans; puede que haya una mejor, pero yo no la conozco.) M Había un hombre de moral dudosa que tenía dos nombres, J. D. Rudd y J. B. Langrast. Hacia 1850 era el propietario de una casa que tenía un gran patio, situada en la calle Dumaine, y en ella se ganaba la vida vendiendo chatarra que almacenaba en su terreno, tanto en el interior de la casa como en el patio. Sin embargo, sus escalones siempre estaban limpios, y cualquier persona que entraba en la morada se quedaba asombrada al ver la suciedad: las ropas viejas, las sábanas que no habían sido cambiadas en semanas, y los diversos artículos, como garrafones, muebles rotos, ruedas de carreteras y pajareras. No obstante, ganaba bastante dinero, pues la mitad de la chatarra que vendía era robada, y una buena parte la recogía gratis. Compraba muy poco. Sin embargo, no había día en que no realizara ventas que ascendieran a una suma próxima a los cien dólares, en aquella época una cantidad considerable. El motivo por el que utilizaba dos nombres se debía a que tenía dos mujeres, una en la parte alta de la ciudad y la otra en la parte baja. Ninguna conocía la existencia de la otra, y, como una hablaba sólo francés y la otra sólo español, no resultaba probable que se llegaran a conocer y compararan notas. En la zona alta era conocido como Langrast, y en la baja como Rudd; y cuando estaba en la parte alta vestía un excelente traje a medida y camisa limpia, de hecho, se vestía como un caballero, mientras que en la parte baja llevaba ropas de trabajo, pues su esposa de allí, habiendo sido criada en una choza,
  • 113. 113 no era muy exigente. Hasta hoy en día no se sabe por qué quería dos mujeres, ya que pasaba la mayor parte del tiempo en su cuartel general de la chatarra en la calle Dumaine, y dormía en una cama apenas apta para animales, y menos aún para un hombre que a veces se vestía como un caballero y asumía modales adecuados. Vivió feliz de esa manera durante varios años, y se consideró como un genio del engaño. Marie Laveau se hallaba en la cúspide de su fama y gloria por esa época, y asombraba a la gente con sus increíbles logros, pero Langrast la odiaba, a ella y a su culto, y a todos los individuos que profesaran el vudú. Decía que eran “la escoria de la tierra, y ladrones que preferían matar y robar.” Siempre que había un asesinato misterioso en la ciudad él le atribuía el crimen a algún “vudú”. Pero una mañana, al abrir la puerta delantera de la casa, vio en los lustrosos escalones una cruz y una bolsa pequeña que contenía la cabeza de un gallo. Eso le enfureció, y fue de inmediato a informar del asunto a la policía; sin embargo, sólo había recorrido unas calles cuando se le ocurrió que no se hallaba en posición de atraer publicidad sobre su persona, ya que estaba usando dos nombres y estaba casado con dos mujeres. Una vez que se hubo calmado, también pensó que la policía poco podía hacer al respecto. Cuanto más discretamente viviera, mejor. Dio la vuelta y se preguntó qué podía hacer con la cabeza de gallo que llevaba con él para mostrársela a la policía, y al ser incapaz de decidirse se metió en un bar y pidió una copa de whisky. De pie a su lado, en la barra, había un hombre de aspecto lamentable que parecía estar emborrachándose adrede, pues no paraba de pedir una copa tras otra. Cuando Langrast se disponía a marcharse, el hombre le encaró y dijo: —¿Me ve? Míreme, en una ocasión fui un caballero próspero. Pero míreme ahora. Soy un mendigo. ¿Por qué? ¿Le gustaría saberlo? Es una historia interesante, y yo se la voy a contar. Los seguidores del vudú me lanzaron una maldición. Yo estaba enamorado de una muchacha; pero no voy a hablar de eso... por motivos que conozco muy bien, motivos sagrados, muy sagrados. El amuleto aparecía cada mañana en el escalón de mi puerta —cada mañana— y entonces mi suerte empezó a cambiar. Un sinsonte que venía a cantar a mi ventana todas las mañanas desapareció; mi pececillo de colores se murió; mi perro, Rex, el animal más bueno que haya vivido alguna vez, recibió un tiro, y murió en mis brazos, despidiéndose de mí como lo haría un ser humano. —En ese momento le saltaron las lágrimas—. Yo estaba en el negocio del tabaco y vendía tabaco cultivado aquí, en el distrito de St. James, y ganaba dinero. Iba camino de convertirme en millonario, a pesar de que gastaba el dinero a raudales. Langrast no deseaba oír la historia, y reanudó la marcha, pero el hombre lo agarró del brazo. —No tenga prisa; podría sucederle a usted, y le aconsejo que lo escuche para que pueda estar en guardia. Me llamo John Spiker, y soy de Kentucky. Langrast estaba asustado. Parecía como si el amuleto ya empezara a actuar sobre él. —Le invito a una copa —dijo—, y eso es todo. Mientras John Spiker le indicaba con un gesto al camarero que les llevara dos copas, Langrast le deslizó la cabeza de gallo en el bolsillo. Les sirvieron las bebidas y Spiker se puso a hablar de nuevo. —Sí, como iba diciendo, tenía un carruaje y los mejores hombres de la ciudad me estrechaban la mano en la calle; pero ahora no me conocen, ni siquiera saben ya mi nombre, no reconocen mi cara... como si nunca me hubieran visto. Pero deje que le muestre mi cheque de diez mil dólares anulado, calderilla que... Metió la mano en el bolsillo, y cuando sintió la cabeza de gallo la cara se le puso lívida, y pareció incapaz de mover un músculo. Se volvió para ver si había alguien detrás de él, con la mano aún en el bolsillo apretando la cabeza de gallo. Al rato la sacó,
  • 114. 114 la examinó y la arrojó con todas sus fuerzas contra el espejo del bar, rompiendo dos botellas de whisky. El camarero se dirigió al cuarto trasero del bar y regresó con una escopeta de doble cañón que apuntó en dirección de Langrast y Spiker cuando dijo: —Y ahora largaos, los dos. —¿Por qué yo? —preguntó Langrast. —Porque te vi meter esa cabeza de gallo en el bolsillo de Spiker. Al oírlo, Spiker recordó todas las imprecaciones que había escuchado alguna vez en el viejo Kentucky y se las soltó a Langrast, jurando que si tuviera un revólver lo mataría, y declarando que si se encontraba cuando lo tuviera le dispararía en el acto, pues ese incidente había renovado la maldición lanzada sobre él, prolongándola “ni se sabe cuánto”. El camarero, ya calmado, soltó la escopeta y, habiendo disfrutado de los magníficos insultos de Spiker, dijo que los muchachos podían tomar una copa por invitación de la casa, y para mostrarles que el amuleto no significaba nada para él, conservaría la cabeza de gallo en un vaso de su mejor whisky y la mantendría en el estante de los licores. Spiker no se movió durante un momento; luego, con lágrimas frescas cayéndole por las mejillas, le estrechó la mano a Langrast. Una vez acabada la copa a cuenta de la casa, decidieron que se emborracharían juntos, y juraron que “limpiarían Nueva Orleans del vudú”, y que lo desenmascararían “como el fraude más sucio que existiera jamás o regresarían a un país civilizado, como Tennessee o Kentucky, donde un hombre podía dispararte cara a cara, pero que jamás se agacharía para ponerte un amuleto en el escalón de la puerta, causándote la muerte por una lenta humillación e inanición.” Casi agotaron el licor del bar, todo a cuenta de Langrast, pues era un hombre próspero. En algún momento del amanecer se fueron trastabillando a casa, y cuando Langrast llegó a la suya vio una cruz nueva y otra cabeza de gallo en los escalones. Eso le volvió loco. Entró en la casa, cogió su escopeta y se puso a destrozar los escalones a balazos, al tiempo que maldecía el vudú y juraba que iba a matar hasta el último de sus seguidores que “infestaban esta ciudad”. Los vecinos llamaron a la policía y Langrast fue encerrado. Cuando le soltaron, después de pagar una fuerte multa, malvendió su negocio, abandonó a sus dos esposas y dejó la ciudad. Treinta años después llegó un anciano a Nueva Orleans procedente del Perú, y se registró en el Hotel St. Louis como J. B. Langrast. Hablaba español con fluidez y era muy rico, ya que provocó un impacto en los círculos bancarios depositando medio millón de dólares en un banco de Nueva Orleans. Pasado un tiempo, se puso a buscar a la mujer de J. D. Rudd y a la mujer de J. B. Langrast. Descubrió que la señora Rudd estaba muerta y que la señora Langrast, ahora de cincuenta años, trabajaba como camarera en el Hotel St. Louis. Se dirigió al restaurante y la reconoció. Pero ella no le reconoció a él; había envejecido mucho, y como ya casi había olvidado el inglés ella no pudo recordar su voz... su entonación había cambiado. Pero al final la convenció de que era su marido y la llevó a Tennessee, que para él era un civilizado en el que deseaba pasar el resto de su vida... donde un hombre nunca te disparaba por la espalda, ni te torturaba con amuletos ni te lanzaba una maldición. GRIS GRIS ON HIS DOOR—STEP DROVE HIM MAD Extraído de Mysterious Marie Laveau, Voodoo Queen, And Folk Tales Along The Mississippi, 1956 Raymond J. Martínez Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3
  • 115. 115 AMERICAN ZOMBIE DR. GORDON LEIGH BROMLEY arís en 1936 era agradable cuando conduje desde el Aeropuerto Le Bourget a la ciudad, una mañana de primavera. Había embarcado en el primer vuelo desde Londres en una visita rápida, y mi intención era cubrir un buen número de investigaciones disparatadas. Un escritor en el periódico parisino Le Temps había publicado algunos puntos de vista sobre el arte comercial moderno, y yo quería formularle más preguntas al respecto. Una vez que hube terminado otras entrevistas, llamé a su oficina y pedí hablar con el señor Henri Champley, mencionando que traía una carta de su corresponsal en Londres, Robert L. Cru. Me informaron que se encontraba en la Agence Havas, pero me dijeron que podía dirigirme ya al periódico, pues esperaban que regresara pronto. P Cuando entré en la oficina no tenía la más mínima intención de realizar ninguna mención sobre mi propio interés en la magia; sin embargo, madame Tabouis —que dio la casualidad de presentarse al mismo tiempo que yo— hizo un comentario fortuito sobre las hazañas de madame Alexandra David—Neel, a quien yo había conocido en Benarés hace muchos años, antes de que se fuera al Tíbet. Encontré a monsieur Champley muy interesado en un libro que acababa de terminar de corregir; y estaba profundamente inmerso en la cultura negra en todos sus aspectos. Ya había publicado un libro titulado, creo, Route Shanghai; y este nuevo trabajo iba a llamarse Femme Blanc et l’Homme Noir, o un título similar... aún no lo había decidido. Hacía poco yo había reseñado los volúmenes de W.B. Seabrook, Magic Island y Jungle Ways; y cuando hube acabado con mis preguntas corrientes, nuestra conversación se dirigió a las experiencias de la magia. A pesar de sus muchos viajes, monsieur Champley no alegaba haber tenido ninguna experiencia íntima con el lado oculto del mundo, aunque había recorrido todo el Oriente. Con toda probabilidad no se apartó demasiado de los bien recorridos trayectos de la gente rica. Había visitado los Países Bajos y también las Indias Orientales; Java y, por supuesto, Bali, e imagino que también Sumatra; pero incluso allí no buscó contacto con el mundo oculto. Con el submundo corriente del blanco civilizado, sí; ése era, en verdad, uno de sus intereses como buen periodista y estudioso de los asuntos mundiales. Estaba francamente alarmado de las relaciones sexuales del hombre blanco con las mujeres de color, y —lo que a él le parecía más grave— de las mujeres blancas con los hombres de color. Comprendía, dijo, la repugnancia alemana hacia esta revolución biológica. Le comenté lo de las colonias francesas y lo que yo mismo había visto. Reconoció todo: desde Marruecos a Indochina. Y luego mencionó Haití... y a los zombis; y entonces recordé los relatos de Seabrook. Después, Henri Champley exclamó con calma: —¡Por supuesto, yo mismo he visto un zombi! ¡Y no en Haití, sino en Nueva York! ¡Y era una mujer blanca! Incluso entre los estudiantes de magia, el fenómeno del zombi rara vez se menciona. El zombi, el vampiro, el profanador de tumbas, y las versiones modernas de los íncubos y los súcubos... no son nada agradables. Uno necesita tener un corazón valiente y ciertos conocimientos para examinarlos con frialdad. Entre los Bataks de Sumatra había
  • 116. 116 conocido a los zombis, y aunque en la peor ocasión no estuve solo, su dueña se hallaba demasiado próxima al distrito para mi gusto. Le pedí a monsieur Champley que me hablara de esa zombi americana. Hizo una pausa prolongada antes de empezar. Daba la impresión de que hubiera tratado de olvidar una experiencia desagradable y que le resultara difícil recordar los suficientes hechos del acontecimiento. —¿Recuerda lo que dice madame David—Neel acerca de sus experiencias en el Tibet? —Asentí, ya que había leído con atención sus libros—. Había un hombre... varios hombres que se convirtieron en raudos viajeros, ayudados en parte por encontrarse en un estado casi hipnótico. Bien, ése me parece a mí que es un tipo de enfoque al zombi; pero ahora su resistencia es mayor. Por lo demás, la criatura puede estar muerta para este mundo. Mi propia experiencia coincidía con esa observación. Hay zombis de muchos grados y varios tipos. Aun en las calles de Londres, a intervalos, se puede ver a los muertos vivientes realizando alguna tarea por voluntad de sus amos. Pero a mí me interesaba esta zombi americana. —Yo estaba en Nueva York —continuó monsieur Champley— y, naturalmente, me dirigí a Harlem, el principal distrito negro, por razón de mis propios estudios de la cultura negra. Había asistido a una reunión de una especie de sociedad secreta, celebrada en un sótano de la Avenida Lennox, una vez que los “tugurios” corrientes de los negros habían cerrado. Allí los negros discutieron los aspectos políticos de su futuro. Uno de ellos, a quien él llamó señor Joshua, caminó con él hasta el mismo Central Park. Bajo la primera luz del sol, sacaron muchos temas. Hablaron de la atracción entre la gente blanca y la de color. El señor Joshua se tornó más misterioso cuando surgió el tema de la “fascinación”, dijo monsieur Champley. —Joshua insinuó que los negros todavía poseían algunos de los antiguos secretos de la magia... ésos que se conocían en el Congo, en Guinea, hace siglos. Estos métodos tradicionales de magia, afirmó, les eran desconocidos a los chinos o a los japoneses. En cuanto a ello, yo mismo no sé si es correcto. ”Entonces me preguntó si yo sabía lo que era un guédé. El nombre me era absolutamente extraño. Luego explicó que se trataba de un zombi. En el acto reconocí el término por el libro de Seabrook, y dije que sí; sin embargo, no conocía nada más que lo que la ligera descripción allí impresa pudo contarme, lo cual no era mucho, y le indiqué a Joshua que no estaba en mi terreno. ”—Bien —dijo con orgullo, como si el mago negro tuviera un rango muy alto en la orden para haber adquirido ese poder (¡y quizá así sea!)—, puede pensar que se trata de un cuerpo muerto, traído una vez más a la vida antes de que toda la vida haya partido. O puede decir que es, quizá, un ser humano corriente cuya voluntad ha sido completamente dominada. Su propia inteligencia está suprimida; nunca más volverá a emerger. Entiende lo suficiente como para oír y obedecer, ¡pero nunca se eleva a la consciencia personal! ”—¿Es lo mismo que el hipnotismo? —pregunté. ”—¡Claro que no! No es lo mismo —repuso mi amigo Joshua—. Es una esclavitud del alma. ¡Y yo la he visto! Entonces formulé una pregunta: —¿Cuál es, con precisión, la diferencia entre un proceso de hipnotismo, como el sistema que empleaban años atrás en el Salpétriere por razones médicas o investigación psicológica, y este proceso oculto de fascinación que ha producido un zombi? ¿Cuál es
  • 117. 117 la diferencia entre el hipnotismo corriente... y el método aliado, pero no idéntico, del mesmerismo? Champley se confesó incapaz de definirla. Yo había visto la práctica tanto del hipnotismo como del mesmerismo; y tenía la seguridad de que existía una diferencia considerable. Sin entrar en detalles aquí, consideraba que un proceso se operaba de forma directa a través de la mente, y el otro, primordialmente, a través del cuerpo. O, para decirlo de otra manera, se podía mesmerizar a un animal —un gato o una gallina— , pero no era posible hipnotizar a un ser que carecía de una mente consciente para ser hipnotizada. Le expliqué, lo mejor que pude, algunos de estos puntos. —Pero —pregunté—, ¿cómo se produce el zombi? ¿Es una obsesión? De nuevo Champley reconoció su ignorancia. No lo sabía; no se lo habían contado. Siguió narrándonos más cosas de su aventura en Nueva York. —El señor Joshua me habló de un negro misterioso y viejo, a quien él conocía personalmente, que había afirmado tener el poder de producir y controlar a los zombis. Primero le había mostrado esa zombi americana a Joshua, como un ejemplo para que él no temiera el poder de los blancos. ”En una habitación, en un piso más alto de una pensión de Harlem, que en realidad se hallaba encima del sótano del restaurante donde yo asistí a la reunión de los negros, había un cuarto cerrado. Allí se escondía esa zombie americana. El negro viejo abrió la puerta en silencio. Se acercó a la cama, que tenía una figura quieta cubierta con una especie de mantel barato. Retiró la tela y reveló la cara mortalmente pálida de una mujer de unos treinta años, de pelo oscuro. Quitó el mantel del todo. Ella tenía los brazos reposando a los costados, y su torso y extremidades brillaban con una especie de palidez cerosa. No había ni un punto de color en ella, ni tenía vello, y los pezones eran como las raíces blancas de alguna planta. ”El negro viejo retrocedió, con los brazos cruzados, al tiempo que musitaba alguna antigua exhortación del Congo; y al cabo de un momento la mujer se levantó, se cubrió el cuerpo con la tela y empezó a moverse por el cuarto, realizando diversas tareas insignificantes, siendo el único sonido el suave roce de sus pies descalzos y el continuado y profundo cántico del viejo mago. Durante unos diez minutos o así la escena nos mantuvo en silencio. Entonces, el anciano paró, agitó los brazos con lento poder, momento en que la mujer volvió a echarse y se puso, una vez más, rígida. No pudimos detectar ninguna señal o sonido de respiración en todos esos minutos. Volvió a cubrirla con el mantel y el negro nos hizo un gesto para que nos fuéramos. No necesitamos una segunda orden. Me alegré de salir al fresco y luminoso aire del día. No podía creer lo que había visto: ¡sin lugar a dudas una zombi americana, una mujer blanca en ese estado oculto, ahí, en la Avenida Lennox, en Harlem, Nueva York! —¡Ya está! —finalizó Champley con cierto nerviosismo, pensé yo, ante el recuerdo de ese episodio antinatural—. ¡Es todo lo que puedo contarles sobre esa zombi americana! —Hay muchas historias de la Misa Negra en París —reconocí—, y en su mayor parte son leyendas, o algo meramente teatral y sin realidad alguna. Pero parece que lo que usted vio tuvo la realidad sin la ceremonia. —Desde entonces —prosiguió el periodista—, he pensado que, quizá, hay otras clases de zombis. ¿Tipos de magia más moderna, de engaños más modernos? ¡Pero no debo mezclar este ocultismo con nuestras políticas! Al ver que recuperaba su humor galo, reí. Yo sabía que el París moderno tenía muchos misterios, muchos atractivos para los príncipes o los mendigos, algunos de ellos de naturaleza oculta; y algunos más cálidamente humanos en su inmediatez de encanto para el hombre corriente.
  • 118. 118 —Una cosa más —recordó—. Jamás averigüé de dónde procede el nombre de zombi. A la mujer la llamaron guédé. —Seabrook nos da el nombre de zombi como un término vudú, procedente de Haití —aventuré. Había escuchado nombres diferentes para la misma criatura en la India y Sumatra—. La palabra zombi quizá provenga del español antiguo, posiblemente es una corrupción de es hombre y de sombra5 . El nombre hindú, chayya, también significa una criatura de la sombra; pero un fantasma es un bhuth: el doble es el s’arira. Estos términos no vienen en los diccionarios habituales, ingleses o franceses; ni siquiera se pueden encontrar en las enciclopedias del ocultismo. La palabra francesa guédé significa glasto; mientras que guerat significa barbecho. ¿Indica, entonces, ese término —quizá como un antiguo vocablo de argot parisino que de algún modo llegó a Haití— “la criatura que es barbecho”, incapaz de un crecimiento del alma? El habla isleña de las Indias Occidentales tiene muchos dialectos que combinan el francés, el español y el portugués con las lenguas africanas de los negros; y tal vez se hayan encontrado nombres nuevos para la antigua y casi olvidada magia del Continente Oscuro. AMERICAN ZOMBIE Dr. Gordon Leigh Bromley Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 LA PÓCIMA VUDÚ DE AMOR COMPRADA CON SANGRE BRAD STEIGER Y SHERRY HANSEN STEIGER as narraciones de los consortes demoníacos también traen a la mente aquellos ejemplos en que los satanistas descarriados han buscado crear pócimas de amor que les dieran un poder ilimitado sobre el sexo opuesto. Un acontecimiento que tuvo lugar en New Jersey hace unos años es un clásico ejemplo de cómo la combinación de sexo, vudú y oscuros deseos puede provocar un motivo espeluznante para el asesinato y el sacrificio humano. L Juan Rivera Aponte había nacido en Puerto Rico y había sido educado en una mezcla de cristianismo, magia negra y vudú. Siempre desde su infancia había oído a los hechiceros hablar de una legendaria fórmula que podía darle a un hombre control sexual completo sobre las mujeres. Cuando vino a los Estados Unidos, consiguió un trabajo en una granja de pollos en las afueras de Vineland, New Jersey. Se encargó de traer consigo algunos de los antiguos libros de magia negra de su familia en su vieja maleta, y una vez que finalizaba sus tareas en la granja se pasaba las noches indagando en los viejos volúmenes en busca de la pócima mágica de amor. Aunque esas noches eran más bien solitarias y deprimentes, en su corazón sabía que pasaría las noches futuras haciendo el amor con mujeres hermosas. Su mente enfebrecida se había centrado en una muchacha en particular. Una hermosa estudiante de instituto de ojos oscuros, cabello negro y un cuerpo que empezaba a 5 En castellano en el original. (N. del T.)
  • 119. 119 florecer había llegado a obsesionarle. Juan sabía que ella era demasiado joven para casarse, pero la magia la obligaría a entregarse a él. CONTROL COMPLETO SOBRE LAS MUJERES, QUE LAS CONVIERTE EN “ESCLAVAS DE AMOR” Finalmente, en un viejo libro de vudú, encontró la fórmula para una legendaria pócima “esclava de amor”. Había vuelto las amarillentas y frágiles páginas del antiguo tomo hasta que sus ojos se clavaron en el texto español bajo el título que prometía Pócimas de Amor. Le temblaba todo el cuerpo de ansiedad mientras leía las instrucciones y los ingredientes. Las alas de murciélago desecadas serían fáciles de conseguir. Las entrañas de lagarto presentaban pocos problemas. Confiado, siguió leyendo. Mezclaría y prepararía la pócima de inmediato. Todas las mujeres que deseaba serían sus esclavas de amor. POLVO TRITURADO DEL CRÁNEO DE UN NIÑO INOCENTE Entonces leyó el último ingrediente, y la respiración se le entrecortó ásperamente en la garganta. “Rocía la pócima con harina de huesos reseca y triturada de un cráneo humano. El polvo ha de prepararse del cráneo de un niño inocente.” Juan soltó el libro y se levantó de la silla de un salto. Aunque quedó momentáneamente asqueado de horror ante esa cosa sórdida que debía hacer, sabía que ningún precio sería demasiado alto por su derecho a tener a cualquier mujer que quisiera. La noche del 13 de octubre, Roger Carletto, un estudiante de instituto de trece años, planeaba ir al cine en Vineland con su hermana. —Un tío me debe un dólar —le dijo a su hermana—. Espérame mientras voy a pedírselo. Montó en su bicicleta y pedaleó a toda velocidad por North Mill Road en dirección a las afueras de la ciudad. Cuando Roger no regresó en un tiempo razonable, su hermana se lo contó a sus padres, y después de un intervalo más largo, la familia se lo notificó a la policía. A Roger Carletto nunca más se lo volvió a ver vivo. Pasó el invierno, y cuando llegó el deshielo de la primavera, se repitió el dragado de los ríos y estanques de los alrededores de Vineland en busca del cuerpo del chico desaparecido. En el verano todo el mundo se preguntaba qué le había sucedido a Roger Carletto. La policía aún carecía de pistas sobre su desaparición. Era como si el chico, sencillamente, hubiera entrado en otra dimensión. EL CUERPO DESMEMBRADO EN EL GALLINERO Entonces, en la noche del 1 de julio, las autoridades recibieron por fin su primera pista en el caso. Los patrulleros Joseph Cassissi y Albert Genetti respondieron a una llamada nocturna realizada por un granjero de North Mill Road que dijo que su mozo de campo se había vuelto completamente loco. Según el joven granjero, su esposa se había despertado durante la noche y había descubierto a su mozo, Juan Rivera Aponte, paralizado en su cuarto de baño, de pie,
  • 120. 120 como si fuera una estatua de piedra. Tenía un palo en la mano, que comenzó a blandir ante la pareja, hasta que el granjero se lo arrebató. Los dos agentes de policía fueron conducidos hasta el cuarto de Aponte, situado encima del gallinero. Era un hombre delgado, de cabello y ojos oscuros, casi hipnóticos. Dormía en un camastro rodeado de varias botellas de cerveza vacías. Las paredes del cuarto estaban cubiertas de fotografías de chicas desnudas y estrellas de cine. Durante el interrogatorio inicial de Aponte, afirmó que su jefe, el joven granjero, había matado al niño Carletto y lo había enterrado en el gallinero. Siguiendo las instrucciones del mozo de campo, la policía se puso a excavar en el suelo de tierra del gallinero y quedó sorprendida al encontrar el cadáver del muchacho. El cuerpo estaba vestido sólo con unos pantalones cortos, y le faltaba la parte superior del cráneo, la mano izquierda y un pie. Siguiendo con la excavación, los agentes desenterraron el pie y la mano, pero no pudieron encontrar rastro alguno de la parte que faltaba del cráneo. Al horrorizado granjero, que estaba demasiado atontado para protestar por su inocencia, se le pidió que acompañara a los agentes a la comisaría. El detective Tom Jost no podía creer que el granjero fuera culpable, aduciendo que tenía fama de ser un hombre muy trabajador y de buen carácter. Aponte había afirmado que su jefe había matado a Roger Carletto debido a su ascendencia italiana, y que el granjero odiaba a todos los italianos porque en la Segunda Guerra Mundial habían sido fascistas. Jost no podía tragarse un prejuicio que se remontaba a la Segunda Guerra Mundial como un motivo convincente para matar y mutilar a un adolescente. LIBROS EXTRAÑOS Y ANTIGUOS DE MAGIA NEGRA, VUDÚ Y HECHIZOS DE AMOR El capitán John Bursuglia tampoco se creyó la historia. Ordenó un registro del cuarto de Aponte y contrató a un traductor para que le contara qué había en todos esos libros viejos escritos en español. Entonces, a la mujer joven que había actuado como intérprete durante los interrogatorios de Aponte se le asignó la lectura de los libros del mozo de campo. No le hizo falta más que un vistazo para informarle al capitán Bursuglia que los volúmenes trataban de vudú, rituales de magia negra e instrucciones sobre cómo hechizar a la gente. Varios días después consiguió la total atención del oficial de policía, cuando leyó en voz alta los ingredientes para una pócima de amor especial, una que requería el cráneo de un niño inocente. Después de cinco horas de ser interrogado por los detectives y de dar respuestas evasivas e insatisfactorias, el puertorriqueño finalmente se derrumbó y confesó el asesinato de Roger Carletto. Aponte explicó cómo había necesitado esa pócima de amor con el fin de conseguir a la chica de sus sueños. Se había estado preguntando dónde podría dar con un joven inocente cuando Roger Carletto llamó a su puerta. Éste le había prestado un dólar a Aponte y quería que se lo devolviera. “HABRÍA MATADO A CUALQUIERA PARA CONSEGUIR ESE CRÁNEO” —Necesitaba el hueso triturado del cráneo —dijo Aponte con indiferencia—. Habría matado a cualquiera para conseguir ese cráneo. Dio la casualidad de que Roger fue el primer niño que apareció.
  • 121. 121 Los horrorizados oficiales escucharon en silencio mientras Aponte describía cómo había golpeado al muchacho, cómo le había estrangulado con una cuerda y cómo había enterrado luego el cuerpo en el suelo de tierra del gallinero. —No dejé de regar la tumba para evitar que el cuerpo se hundiera —explicó—. No quería que mi jefe viera la depresión en la tierra y sospechara algo. ”Pasados unos meses, desenterré el cuerpo y le saqué la parte superior del cráneo con un cuchillo de cocina. Luego volví a meterlo en la tumba, le pasé unos alambres al cráneo y lo colgué dentro del hornillo de mi cuarto. Quería que se secara rápidamente para poder terminar la pócima. ¿Por qué había irrumpido aquella noche en el hogar de su jefe? Aponte sólo pudo sugerir que había bebido mucha cerveza y que quizá quería que lo atraparan. Tal vez su conciencia le había vencido. —Creo que lo hice con el fin de que viniera la policía y me arrestara. Las pruebas psiquiátricas indicaron que Juan Aponte conocía la diferencia entre el bien y el mal. Durante su juicio, el asesino del vudú presentó un alegato de no defensa y fue sentenciado a cadena perpetua. —Jamás llegué a completar mi pócima de amor de esclava —se quejó Aponte a un compañero de celda antes de ser trasladado a una prisión estatal—. Sé que habría funcionado. Podría haber obtenido el poder para tener a cualquier mujer que quisiera. THE VOODOO LOVE POTION THAT WAS BOUGHT WITH BLOOD Extraído de Demon Deaths, 1991 Brad Steiger & Sherry Hansen Steiger Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 DESDE LUGARES SOMBRÍOS Richard Matheson l doctor Jennings giró hacia el bordillo y las ruedas de su Jaguar levantaron una ola de barro. Pisó con fuerza el freno, sacó la llave con la mano izquierda mientras con la derecha tanteó en busca del maletín que tenía a su lado. Un instante después se hallaba en la calle esperando un hueco en el tráfico por el que poder cruzar. E Alzó la mirada hacia las ventanas del apartamento de Peter Lang. ¿Estaría bien Patricia? Había sonado asustada por teléfono... trémula, cercana al pánico. Jennings bajó los ojos y frunció el ceño ante la hilera de coches que no dejaban de pasar. Luego, cuando se produjo un hueco en la procesión, se lanzó a la carrera. La puerta de cristal se cerró automáticamente a su espalda mientras atravesaba el vestíbulo. ¡Padre, date prisa! ¡Por favor! ¡No sé qué hacer con él! La voz sobrecogida de Patricia reverberó en su mente. Entró en el ascensor y apretó el botón del décimo piso. ¡No puedo contártelo por teléfono! ¡Tienes que venir! Jennings tenía la vista clavada delante sin ver nada, ajeno al susurro de las puertas al cerrarse. Ciertamente, la relación de tres meses de Patricia con Lang había sido problemática. Aun así, no se sentiría justificado para pedirle que la rompiera. A Lang no se le podía clasificar entre los ricos ociosos. Cierto, jamás había tenido que enfrentarse a un trabajo
  • 122. 122 en sus veintisiete años de vida. Pero no era indolente o inútil. Era uno de los cazadores más importantes del mundo, y se movía en el mundo que había elegido con elegante autoridad. Y a pesar de su aire jactancioso, en él había una vena de humor siempre dispuesta a manifestarse y un sentido básico de la justicia. Pero lo más importante era que parecía amar mucho a Patricia. Sin embargo, este problema, fuera cual fuere, había surgido mientras el doctor se hallaba fuera. Jennings parpadeó y enfocó la vista. Las puertas del ascensor estaban abiertas. Marchó rápidamente pasillo abajo, mientras los zapatos producían un ruido crujiente en los baldosines encerados del suelo. Había una nota escrita a mano pegada a la puerta. Pasa. Jennings experimentó un temblor ante la visión de la apresurada letra de Pat. Cobrando ánimos, entró... Y se paró en seco. El salón se encontraba revuelto, las sillas y las mesas tiradas, las lámparas rotas, un puñado de libros lanzados por el cuarto, y por todas partes se veían diseminados cristales rotos, cerillas y colillas de cigarrillos. Docenas de manchas de licor ensuciaban la moqueta blanca. En el bar, una botella volcada goteaba whisky por el borde de la barra; un chirrido regular inundaba la habitación procedente de los gigantescos altavoces de pared. Jennings se quedó boquiabierto. Peter debe de haberse vuelto loco. Se quitó el sombrero y el abrigo, y luego se acercó al equipo de alta fidelidad y lo apagó. ¿Padre? —Sí —Jennings oyó con alivio el sollozo de su hija y se apresuró a ir al dormitorio. Se encontraban en el suelo bajo la ventana. Pat estaba de rodillas abrazando a Peter, que había encorvado su cuerpo desnudo hasta quedar acurrucado, los brazos apretados contra la cara. Cuando Jennings se arrodilló junto a ellos, Patricia le miró con ojos dominados por el terror. —Intentó tirarse por la ventana —dijo—, intentó matarse. —Bueno —Jennings apartó los brazos temblorosos de ella y trató de levantar la cabeza de Lang. Peter jadeó, reculando para evitar su contacto y de nuevo volvió a encogerse en una bola de extremidades y torso. Jennings observó su silueta contraída, el movimiento de músculos en la espalda y hombros de Peter. Parecía que había serpientes retorciéndose bajo la piel tostada por el sol—. ¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó. —No lo sé —su rostro era una máscara de agonía—. No lo sé. —Ve al salón y sírvete una copa —ordenó su padre—. Yo me ocuparé de él. —Intentó saltar por la ventana. —Patricia. Ella empezó a llorar y Jennings giró la cara; lo que necesitaba eran lágrimas. De nuevo trató de estirar el inflexible nudo que era el cuerpo de Peter. Una vez más el joven jadeó y se apartó de él. —Trata de relajarte —dijo Jennings—. Quiero que te tumbes en la cama. —¡No! —exclamó Peter; la voz era un susurro denso por el dolor. —No puedo ayudarte, muchacho, a menos que... Jennings calló, con expresión sorprendida. En un instante el cuerpo de Lang había perdido su rigidez. Estaba extendiendo las piernas y los brazos se apartaban de su tensa posición ante la cara. Peter levantó la cabeza. El rostro, cubierto por una barba oscura, estaba lívido, los ojos perdidos, era la cara de un hombre que aguanta un tormento insoportable. —¿Qué pasa? —preguntó Jennings, consternado. Peter sonrió, una mueca desagradable.
  • 123. 123 —¿No se lo ha contado Patty? —¿Contado qué? —Me están embrujando —repuso Peter—. Algún... —Cariño, no —suplicó Pat. —¿De qué estás hablando? —preguntó Jennings. —¿Una copa? —dijo Peter. ¿Cariño? Patricia se puso con cierta inseguridad de pie y se dirigió al salón. Jennings ayudó a Lang a echarse en la cama. —¿Qué es todo esto? —preguntó. Lang dejó caer pesadamente la cabeza sobre la almohada. —Lo que dije —contestó—. Embrujado. Maldecido. Hechicero — lanzó una risita débil—. El bastardo esquelético me está matando. Ya lleva tres meses... casi desde que Pat y yo nos conocimos. —¿Estás...?— empezó Jennings. —La codeína es ineficaz —dijo Lang—. Incluso la morfina... nada. —Jadeó en busca de aire—. Sin fiebre, sin escalofríos. No tengo ningún síntoma para la asociación de médicos. Sencillamente... alguien me está matando. —Miró a través de párpados entrecerrados—. ¿Gracioso? —¿Hablas en serio? Peter bufó. —¿Quién demonios lo sabe? —comentó—. Quizá sea delirium tremens. Dios sabe que hoy he bebido lo suficiente como para... —La maraña de su pelo oscuro se deslizó por la almohada cuando miró en dirección a la ventana—. Infiernos, ya es de noche — dijo. Giró con rapidez—. ¿Hora? —Las diez pasadas —dijo Jennings—. ¿Qué hay de...? —Martes, ¿verdad? —inquirió Lang. Jennings se le quedó mirando—. No, veo que no. —Lang empezó a toser secamente—. ¡Una copa! —gritó. Cuando sus ojos se dirigieron a la puerta, Jennings miró por encima del hombro. Patricia había vuelto. —Se ha caído todo —dijo con voz de niña asustada. —De acuerdo, no te preocupes —musitó Lang—. No la necesito. Pronto estaré muerto. —¡No hables así! —Cariño, me encantaría morirme ahora mismo —dijo Peter, mirando al techo. Su ancho pecho se alzó de manera irregular al respirar—. Lo siento, cariño, no hablaba en serio. Oh, oh, ya empieza de nuevo. —Lo dijo con tanta suavidad que su ataque los cogió por sorpresa. Bruscamente, empezó a forcejear en la cama, sus piernas de músculos agarrotados pateando como si fueran pistones, los brazos cruzados sobre la piel tensa de su cara. Un ruido como el chillido de un violín osciló en su garganta y Jennings vio que le caía saliva por la comisura de los labios. El médico fue a toda velocidad en busca de su maletín. Antes de llegar a cogerlo, el cuerpo agitado de Peter se había caído de la cama. El joven se irguió, gritando, con la boca abierta con el frenesí de un animal esclavizado. Patricia trató de contenerlo, pero, con un rugido, él la apartó bruscamente a un lado y fue trastabillando hacia la ventana. Jennings salió a su encuentro con la hipodérmica. Durante varios momentos quedaron abrazados en una forcejeante lucha, el distendido rostro de Peter a unos centímetros de la cara del médico, las manos de venas hinchadas en busca de la garganta de Jennings. Lanzó un grito ronco cuando la aguja atravesó su piel y, dando un salto
  • 124. 124 hacia atrás, perdido el equilibrio, se desplomó. Intentó incorporarse, los ojos enloquecidos clavados en la ventana. Entonces, la droga entró en su sangre y se quedó sentado en la postura flácida de un muñeco de trapo. El sopor vidrió sus ojos. —El bastardo me está matando —musitó. Le tendieron en la cama y cubrieron sus lentos espasmos. —Me está matando —repitió Lang—. El negro bastardo. —¿De verdad cree eso? —preguntó Jennings. —Padre, míralo —contestó ella. —¿Tú también lo crees? —No lo sé —sacudió la cabeza con gesto impotente—. Lo único que sé es que le he visto cambiar de lo que era a... esto. No está enfermo, padre. No tiene nada. — Experimentó un escalofrío—. Sin embargo, se está muriendo. Jennings apartó los dedos del agitado pulso del joven. —¿Le han visto? Ella asintió cansinamente. —Sí —respondió—. Cuando empezó a empeorar, fue a ver a un especialista. Pensó que quizá su cerebro... —Sacudió la cabeza—. No tiene nada malo. —Pero, ¿por qué dice que le están...? —Jennings se vio incapaz de pronunciar la palabra. —No lo sé —dijo ella—. A veces, parece creerlo. La mayor parte del tiempo bromea. —Pero, ¿en qué se basa...? —Un incidente en su último safari —repuso Patricia—. En realidad no sé qué pasó. Un nativo zulú lo amenazó; dijo que era un hechicero y que iba a... —Se le quebró la voz—. Oh, Dios, ¿cómo algo así puede ser verdad? ¿Cómo puede suceder? —La cuestión, pienso, es si Peter en realidad cree que está sucediendo —comentó Jennings. Se volvió hacia Lang— . Y, por su aspecto... —Padre, me he estado preguntando si... si, tal vez, la doctora Howell podría ayudarlo. Jennings la miró un momento. Luego, dijo: —Tú crees en ello, ¿verdad? —Padre, trata de comprenderlo. —Había un deje tembloroso de pánico en su voz—. Tú sólo has visto a Peter de vez en cuando. Yo he visto cómo le sucedía día tras día. ¡Algo le está destruyendo! No sé qué es, pero probaré cualquier cosa para frenarlo. Cualquier cosa. —De acuerdo —apoyó una mano tranquilizadora en la espalda de ella—. Ve a llamarla por teléfono mientras yo lo ausculto. Una vez se hubo ido al salón —la conexión del dormitorio había sido arrancada de la pared—, Jennings bajó la manta y contempló el cuerpo bronceado y musculoso de Peter. Temblaba con vibraciones ínfimas... como si, dentro del encarcelamiento químico de la droga, cada nervio aislado palpitara todavía. Jennings apretó los dientes. En alguna parte en el centro de su percepción sintió que la exploración médica sería inútil. No obstante, experimentaba desagrado por lo que podía estar preparando Patricia. Iba contra la naturaleza científica, ofendía la razón. También le asustaba. Jennings vio que el efecto de la droga ya casi había desaparecido. Por lo general, habría dejado a Lang inconsciente de seis a ocho horas. Y ahora —en cuarenta minutos— estaba en el salón con ellos, echado en el sofá enfundado en su bata, diciendo: —Patty, es ridículo. ¿Qué va a conseguir otra doctora?
  • 125. 125 —¡Muy bien, entonces, es ridículo! —exclamó ella—. ¿Qué quieres que hagamos... simplemente quedarnos inmóviles y observar cómo...? —fue incapaz de terminar. —Shhh —Lang acarició su cabello con dedos temblorosos—. Patty, Patty. Tranquila, cariño. Quizá pueda con ello. —Tú vas a poder con ello —Patricia le besó la mano—. Es por los dos, Peter. No seguiré sin ti. —No hables de esa manera —Lang se retorció en el sofá—. Oh, Dios, empieza de nuevo. —Forzó una sonrisa—. No, me encuentro bien —le dijo—. Sólo... es una especie de hormigueo. —La sonrisa se transformó en una repentina mueca de dolor—. ¿Así que esta doctora Howell va a solucionar mi problema? ¿Cómo? ¿Qué es, una quiropráctica? —Es una antropóloga. —Estupendo. ¿Qué va a hacer, explicarme los orígenes étnicos de la superstición? — Lang habló rápidamente, como si intentara superar el dolor con las palabras. —Ha estado en Africa —dijo Pat—. Ella... —Yo también —cortó Peter—. Un sitio maravilloso para visitar. Pero no juegues con los médicos brujos. —Su risa se tornó en un grito jadeante—. ¡Oh, Dios, negro esquelético y bastardo, si te tuviera aquí! —Sus manos se extendieron en dos garras, como si quisiera ahorcar a un atacante invisible. —Perdón... Se volvieron sorprendidos. Una mujer joven y negra les miraba desde la entrada del salón. —Había una tarjeta en la puerta —explicó. —Por supuesto; lo habíamos olvidado —Jennings ya se había puesto de pie. Oyó que Patricia le susurraba a Lang: —Quería decírtelo. Por favor, no tengas prejuicios. Peter la miró fijamente, su expresión incluso más sorprendida: —¿Prejuicios? Jennings y su hija cruzaron la estancia. —Gracias por venir —Patricia apretó su mejilla contra la de la doctora Howell. —Es agradable verte, Pat —dijo la doctora Howell. Por encima del hombro de Patricia le sonrió al médico. —¿Has tenido algún problema en llegar hasta aquí? —preguntó éste. —No, no, el metro nunca me falla. Lurice Howell se desabotonó el abrigo y giró cuando Jennings alargó el brazo para ayudarla. Pat miró el bolso que Lurice había dejado sobre el suelo; luego observó a Peter. Lang no apartó los ojos de Lurice Howell mientras ella se le acercaba, flanqueada por Pat y Jennings. —Peter, te presento a la doctora Howell —dijo Pat—. Fuimos juntas a Columbia. Enseña antropología en el City College. Lurice sonrió. —Buenas noches —saludó. —No tan buenas —repuso Peter. Desde el rabillo del ojo Jennings vio la forma en que Patricia se puso rígida. La expresión de la doctora Howell no se alteró. Su voz no cambió. —¿Y quién es ese negro esquelético y bastardo que desearía tener aquí? —preguntó. La cara de Peter se puso momentáneamente en blanco. Luego, con los dientes apretados para luchar contra el dolor, repuso: —¿Qué se supone que significa eso?
  • 126. 126 —Una pregunta —dijo Lurice. —Si está planeando dirigir un seminario sobre relaciones raciales, olvídelo —musitó Lang—. No me encuentro con ánimos para ello. —Peter. Observó a Pat a través de ojos llenos de dolor. —¿Qué quieres? —demandó—. Ya estás convencida de que tengo prejuicios, así que... —Dejó caer la cabeza de nuevo sobre el apoyabrazos del sofá y cerró los ojos—. Dios, clávame un cuchillo —jadeó. La sonrisa tensa había desaparecido de los labios de la doctora Howell. Al hablar, miró a Jennings con seriedad. —Lo he examinado —dijo él—. No hay señal de deterioro físico, ni rastro de lesión cerebral. —¿Cómo va a saberlo? —contestó ella con calma—. No es una enfermedad. Es ju— ju. Jennings se quedó mirando. —Tú... —Ya empezamos —dijo Peter con voz ronca—. Ya lo tenemos. —Se volvió a sentar, clavando los dedos pálidos en los cojines—. Ésa es la respuesta. Ju—ju. —¿Lo duda? —preguntó Lurice. —Lo dudo. —¿Del mismo modo en que duda de sus prejuicios? —Oh, Jesús, ¡Dios! —Lang se llenó los pulmones con un sonido gutural, de aspiración—. Estaba herido y quería algo que odiar, así que elegí a ese asqueroso bastardo para...—Se dejó caer hacia atrás pesadamente—. Al demonio. Piense lo que quiera —se llevó una mano paralizada a los ojos—. Sólo déjenme morir. Oh, Jesús, Dios, déjenme morir. —De repente, miró a Jennings—. ¿Otra inyección? —suplicó. —Peter, tu corazón no puede... —¡Al demonio mi corazón! —La cabeza de Peter se movía hacia adelante y hacia atrás—. ¡Entonces media dosis! ¡No puede negárselo a un moribundo! Pat se llevó el borde de su tembloroso puño a los labios, tratando de no llorar. —¡Por favor! —dijo Peter. Una vez que la inyección hubo surtido efecto, Lang se tumbó, la cara y el cuello llenos de sudor—. Gracias —musitó. Los pálidos labios se retorcieron en una sonrisa cuando Patricia se arrodilló a su lado y comenzó a secarle el rostro con una toalla—. Hola, amor —susurró. Los ojos apagados de Peter se volvieron hacia la doctora Howell—. Muy bien, lo siento, mis disculpas —comentó con cortesía—. Le doy las gracias por venir, pero no creo en eso. —Entonces, ¿por qué está funcionando? —preguntó Lurice. —¡Ni siquiera sé lo que está pasando! —espetó Lang. —Creo que sí —dijo la doctora Howell; su voz surgía con premura—. Y yo lo sé, señor Lang. El ju—ju es la magia pagana más terrible del mundo. Siglos de creencia colectiva serían suficientes para conferirle un poder aterrador. Tiene ese poder, señor Lang. Usted lo sabe. —¿Y cómo lo sabe usted, doctora Howell? —contrarrestó él. —Cuando tenía veintidós años —repuso ella—, pasé un año en un pueblo zulú realizando trabajo de campo para mi doctorado. Mientras estuve allí, la ngombo se encariñó conmigo y me enseñó casi todo lo que sabía. —¿Ngombo? —preguntó Patricia. —Creía que los hechiceros eran hombres —comentó Jennings. —No, la mayoría son mujeres —indicó Lurice—. Mujeres astutas y observadoras que trabajan muy duramente en su profesión.
  • 127. 127 —Fraudes —dijo Peter. Lurice le sonrió. —Sí —comentó—. Lo son. Fraudes. Parásitos. Holgazanes. Alarmistas. Sin embargo... ¿qué cree usted que le está haciendo sentir como si mil arañas se arrastraran por su cuerpo? Por primera vez desde que entrara en el apartamento Jennings vio una expresión de miedo en la cara de Peter. —¿Sabe eso? —le preguntó Lang. —Sé por todo lo que está pasando —afirmó la doctora Howell—. Yo misma lo pasé durante aquel año. Una hechicera de un pueblo próximo me lanzó una maldición de muerte. Kuringa me salvó de ella. —Cuéntemelo. Jennings notó que la respiración del joven se estaba acelerando. Le sorprendió darse cuenta de que la segunda inyección ya empezaba a perder su efecto. —¿Que le cuente qué? —dijo Lurice—. ¿Sobre los dedos de largas uñas desgarrando sus entrañas? ¿Sobre la sensación que tiene de que debe encogerse hasta formar una bola con el fin de aplastar a la serpiente que se va extendiendo en su vientre? —Peter se la quedó mirando con la boca abierta—. ¿La sensación de que su sangre se ha convertido en ácido? —prosiguió Lurice—. ¿Que si se mueve se desintegrará porque sus huesos han sido chupados hasta quedar huecos? —Los labios de Peter empezaron a temblar—. ¿Esa sensación de que su cerebro está siendo devorado por una manada de ratas peludas? ¿Que sus ojos están a punto de derretirse y chorrear por sus mejillas como si fueran jalea? ¿Que...? —Ya basta —el cuerpo de Lang tuvo unos escalofríos espasmódicos. —Sólo he dicho esas cosas para convencerle de que lo sabía —comentó Lurice—. Recuerdo mi propio dolor como si lo hubiera sufrido esta misma mañana en vez de hace siete años. Puedo ayudarle si me deja, señor Lang. Haga a un lado su escepticismo. Usted cree en ello, o no podría hacerle daño, ¿no lo ve? —Cariño, por favor —pidió Patricia. Peter la miró. Luego su mirada regresó a la doctora Howell. —No debemos esperar mucho más, señor Lang —le advirtió ella. —De acuerdo —él cerró los ojos—. De acuerdo, inténtelo. Por todos los infiernos que no puedo empeorar. —Deprisa —suplicó Patricia. —Sí —Lurice Howell dio media vuelta y cruzó el cuarto para ir a coger su bolso. Fue al recogerlo que Jennings captó la expresión en su rostro... como si se le acabara de ocurrir alguna complicación formidable. Ella los miró. —Pat —dijo—, ven aquí un momento. Patricia se incorporó de inmediato y se acercó a ella. Jennings las observó durante un momento antes de volver a posar los ojos en Lang. El joven empezaba a retorcerse de nuevo. Ya le vuelve, pensó Jennings. —¿Qué? Jennings miró a las mujeres. Pat contemplaba a la doctora Howell con expresión aturdida. —Lo siento —dijo Lurice—. Debí informarte desde el principio, pero no hubo ninguna oportunidad. Pat titubeó. —¿Ha de ser de esa manera? —preguntó. —Sí.
  • 128. 128 Patricia miró a Peter con aprensión dubitativa en los ojos. Luego, bruscamente, asintió. —Muy bien —repuso—. Pero date prisa. Sin pronunciar otra palabra, Lurice Howell entró en el dormitorio. Jennings observó a su hija mientras ésta miraba con fijeza la puerta cerrada. La puerta del dormitorio se abrió y salió la doctora Howell. Jennings, que en ese instante giraba desde su posición junto al sofá, contuvo el aliento. Lurice estaba desnuda hasta la cintura y debajo llevaba una falda fabricada con diversos pañuelos de colores anudados entre sí. Sus piernas y pies estaban desnudos. Jennings la miró boquiabierto. La blusa y falda que había llevado antes no habían revelado nada de la sinuosa belleza de su cuerpo. Jennings desvió la vista a Pat; su expresión al mirar a la doctora Howell era inconfundible. El doctor volvió a observar a Lurice; la expresión de ella al observar la cara del joven era más difícil de interpretar. —Por favor, compréndanlo, jamás he hecho esto antes —dijo Lurice, avergonzada por su silencio escrutador. —Lo comprendemos —repuso Jennings, una vez más incapaz de quitarle los ojos de encima. Un punto rojo y brillante estaba pintado en cada una de sus mejillas cetrinas, y sobre su cabello rizado llevaba un penacho de plumas parecido a un yelmo, cada una de una tonalidad castaña con un ojo vívido en el extremo. Sus pechos sobresalían de una maraña de collares hechos de dientes de animales, madejas de cuentas y abalorios de brillantes colores y tiras de piel de serpiente. En el brazo izquierdo —atado alrededor del bíceps con un hilo de lana de angora— colgaba un pequeño escudo de piel moteada de buey. Avanzó hacia ellos con un desafío tímido, casi infantil... como si su vergüenza estuviera equilibrada por el conocimiento de su esplendor físico. Jennings quedó sorprendido al ver que tenía el estómago tatuado, cientos de diminutos ribetes que formaban un dibujo de círculos concéntricos alrededor de su ombligo. —Kuringa insistió en ello —explicó Lurice como si él se lo hubiera preguntado—. Fue su precio por enseñarme sus secretos. —Sonrió fugazmente—. Conseguí disuadirla de limarme los dientes hasta dejarlos puntiagudos. Jennings percibió que estaba hablando para esconder su vergüenza y sintió una oleada de simpatía hacia ella mientras dejaba el bolso en el suelo, lo abría y empezaba a extraer su contenido. —Los ribetes se levantan haciendo pequeñas incisiones en la carne —dijo ella— y metiendo en cada incisión una pizca de pasta. —Depositó en la mesita un frasco con un líquido grumoso y un puñado de piedras pequeñas y lustrosas—. La pasta tuve que hacerla yo misma. Tuve que coger un cangrejo de tierra con las manos y arrancarle una de sus pinzas. Tuve que desollar una rana viva y la mandíbula de un mono. —Dejó en la mesita un haz de lo que parecían ser lanzas diminutas—. La pinza, la piel y la mandíbula, junto con algunos ingredientes de plantas, los molí hasta convertirlos en una pasta. Jennings se mostró sorprendido cuando ella extrajo un disco de la bolsa y lo puso en el tocadiscos. —Cuando diga Ahora, doctor —pidió—, ¿querrá poner la aguja sobre el disco? Jennings asintió en silencio. Cuando se acuclilló para colocar los diversos objetos sobre el suelo, se hizo evidente que bajo la falda de pañuelos Lurice iba completamente desnuda.
  • 129. 129 —Bueno, puede que no viva —dijo Peter, la cara casi blanca ya—, pero da la impresión de que voy a tener una muerte fascinante. —Siéntense los tres formando un círculo —dijo Lurice. El educado refinamiento de su voz, procedente de los labios de lo que parecía una diosa pagana impactó a Jennings mientras se acercaba a ayudar a Lang. El ataque tuvo lugar cuando Peter intentó ponerse de pie. En un instante, se vio sumido en él, contorsionándose en el suelo, el cuerpo doblado, las rodillas y los codos golpeando la alfombra. De repente, se dio la vuelta, echó atrás la cabeza y los músculos de la espalda se le tensaron con tanta fuerza que su espalda se arqueó hacia arriba desde el suelo. Una espuma blanquecina salía de las comisuras de su boca, sus ojos abiertos parecían congelados en sus cuencas. —¡Lurice! —chilló Pat. —No hay nada que podamos hacer hasta que pase —dijo Lurice. Miró a Peter con ojos consternados. Entonces, cuando la bata de él se abrió y se retorció desnudo en la alfombra, apartó la cara, y el rostro se le tensó con una expresión que Jennings, para su inquietud, interpretó como una expresión de miedo. Luego, él y Pat se agacharon para tratar de contener el afligido cuerpo de Lang—. Suéltenlo —ordenó Lurice—. No hay nada que puedan hacer. Patricia le lanzó una mirada centelleante de asustada animosidad. Cuando el cuerpo de Peter por fin experimentó un último temblor y quedó inmóvil, cruzó la bata sobre su cuerpo y volvió a anudarle el cinturón. —Ahora. Formen el círculo; deprisa —dijo Lurice, obligándose con claridad a abandonar algún terror interior—. No, debe sentarse solo —indicó cuando Patricia se situó junto a él, sosteniéndole la espalda. —Se caerá —dijo Pat con una corriente subterránea de resentimiento en la voz. —Patricia, si quieres mi ayuda... Con cierta vacilación, mientras sus ojos iban de las facciones asoladas por el dolor de Peter a la expresión atormentada de la cara de Lurice, Patricia se apartó de él y se quedó quieta. —Con las piernas cruzadas, por favor —indicó Lurice—. ¿Señor Lang? —Peter gruñó, con los ojos medio cerrados—. Durante la ceremonia, le pediré algo en pago, bastará algo personal, insignificante. Peter asintió. —De acuerdo, empecemos dijo él—. No podré aguantar mucho más. Los pechos de Lurice se alzaron, temblando, cuando aspiró una bocanada de aire. —A partir de ahora silencio —murmuró. Nerviosa, se sentó frente a Peter e inclinó la cabeza. A excepción de la estertórea respiración de Lang, en la habitación reinó un silencio mortal. Jennings pudo oír débilmente, en la distancia, los sonidos del tráfico. En vano intentó desterrar de su mente los malos presagios. No creía en esto. Sin embargo, aquí estaba sentado, con las piernas cruzadas que ya empezaban a acalambrarse. Aquí estaba sentado Peter Lang, obviamente próximo a la muerte y sin ningún síntoma que lo explicara. Aquí estaba sentada su hija, aterrada, luchando mentalmente contra lo que ella misma había iniciado. Y aquí, lo más extraño de todo, estaba sentada no la doctora Howell, una inteligente profesora de antropología y una mujer culta y civilizada, sino una Bruja Africana semidesnuda con sus instrumentos de magia bárbara. Hubo un sonido traqueteante. Jennings parpadeó y miró a Lurice. En la mano izquierda asía un haz de lo que parecían lanzas pequeñas. Con la derecha estaba cogiendo piedras lustrosas y diminutas del montón. Las agitó en la palma como si fueran dados y las arrojó sobre la moqueta, la mirada clavada en su caída.
  • 130. 130 Observó el dibujo que trazaron en la alfombra; luego volvió a cogerlas. Frente a ella, la respiración de Peter se hacía cada vez más ardua. Y si sufría otro ataque, se preguntó Jennings, ¿Tendría que iniciarse de nuevo la ceremonia? se retorció en el instante en que Lurice quebró el silencio. —¿Por qué vienes aquí? —preguntó. Miró a Peter con frialdad, casi con ojos coléricos—. ¿Por qué me consultas? ¿Es porque no tienes éxito con las mujeres? —¿Qué? —Peter la contempló con perplejidad. —¿Alguien en tu casa está enfermo? ¿Es la razón por la que vienes a mí? —preguntó Lurice, con voz imperiosa. De repente, Jennings se dio cuenta de que ella ahora era por completo una hechicera interrogando a su paciente varón, arrogantemente despectiva respecto a su rango inferior—. ¿Estás enfermo? —Casi escupió las palabras, echando hacia atrás los hombros. Jennings miró de manera involuntaria a su hija. Pat permanecía sentada como una estatua, las mejillas pálidas, los labios formando una línea fina y casi blanca—. ¡Habla, hombre! —ordenó Lurice, la ngombo altiva. —¡Sí! ¡Estoy enfermo! —El pecho de Peter se sacudió en busca de aire—. Estoy enfermo. —Entonces, habla de tu enfermedad —dijo Lurice—. Cuéntame cómo llegó a ti. O bien Peter ya se hallaba en tal estado de dolor que cualquier noción de resistencia quedó destruida... o había sido atrapado por la fascinación de la presencia de Lurice. Probablemente era una combinación de ambas cosas, pensó Jennings mientras observaba cómo Lang empezaba a hablar, la voz dominada, los ojos presos de la mirada ardiente de Lurice. —Una noche entró ese hombre furtivamente en el campamento —dijo—. Trataba de robar algo de comida. Cuando le perseguí, se puso furioso y me amenazó. Dijo que me mataría. La voz del joven era tan mecánica que Jennings se preguntó si Lurice había hipnotizado a Peter. —Y llevaba, en una bolsa a su costado... —la voz de Lurice parecía impulsarle como el de una hipnotizadora. —Llevaba un muñeco —dijo Peter. La garganta se le contrajo al tragar saliva—. Me habló. —El fetiche te habló —repitió Lurice—. ¿Qué te dijo? —Dijo que moriría. Dijo que, cuando la luna fuera como un arco, yo moriría. Bruscamente, Peter tembló y cerró los ojos. Lurice volvió a tirar los huesos y los contempló. De repente, arrojó las lanzas diminutas. —No es Mbwiri ni Hebiezo —dijo—. No es Atando ni Fuofuo ni Sovi. No es Kundi o Sogbla. No es un demonio del bosque lo que te devora. Es un espíritu maligno que pertenece a un ngombo que ha sido ofendido. El ngombo ha traído el mal a tu casa. El espíritu maligno del ngombo se ha pegado a ti en venganza por tu ofensa contra su amo. ¿Lo entiendes? Peter apenas fue capaz de hablar. Asintió con movimientos espasmódicos. —Sí. —Di: Sí, lo entiendo. —Sí —tembló—. Sí, lo entiendo. —Me pagarás ahora —le dijo ella. Peter la miró durante varios momentos antes de bajar la vista. Sus dedos rígidos buscaron en los bolsillos de la bata y salieron vacíos. De repente jadeó y los hombros se encorvaron hacia delante cuando un espasmo de dolor recorrió su cuerpo. Hurgó en los bolsillos una segunda vez como si no estuviera seguro de que se hallaran vacíos. Luego, frenéticamente, se quitó el anillo del dedo anular de la mano izquierda y lo extendió. La
  • 131. 131 mirada de Jennings saltó a su hija. Su cara era como de piedra mientras observaba a Peter entregar el anillo que ella le había regalado. —Ahora —dijo Lurice. Jennings se puso de pie y, tambaleándose debido a la insensibilidad de sus piernas, se acercó al tocadiscos y colocó el brazo de la aguja en su sitio. Antes de que hubiera regresado al círculo, el cuarto quedó inundado con el batir de tambores, un cántico de voces y un batir de palmas bajo e irregular. Con los ojos clavados en Lurice, Jennings tuvo la impresión de que todo se estaba desvaneciendo en los extremos de su visión, que Lurice, sola, era visible bajo una luz levemente nebulosa. Ella había dejado el escudo de piel de buey en el suelo y sostenía el frasco en la mano. Quitó el tapón y bebió el contenido de un único trago. De manera vaga Jennings se preguntó qué era lo que había bebido. La botella cayó con un ruido sordo sobre la moqueta. Lurice empezó a bailar. El comienzo fue lánguido. Al principio sólo se movieron sus brazos y hombros, el inquieto y sinuoso gesto sincronizado con la cadencia de los tambores. Jennings la miró, imaginando que su corazón había alterado su ritmo al de los tambores. Observó la contorsión de sus hombros, los movimientos serpentinos que hacía con los brazos y las manos. Oyó el crujido de sus collares. El tiempo y el espacio habían desaparecido para él. Podía haber estado sentado en el claro de una selva, contemplando las contorsiones somnolientas de su danza. —Batid las manos —ordenó la ngombo. Sin titubeos, Jennings empezó a batir al ritmo de los tambores. Miró a Patricia. Ella hacía lo mismo, los ojos todavía clavados en Lurice. Sólo Peter permaneció inmóvil, la mirada al frente, los músculos de su mandíbula temblando mientras apretaba los dientes. Durante un fugaz momento, Jennings volvió a ser un médico que observaba preocupado a su paciente. Luego, girando, se vio atraído otra vez a la insensata fascinación de la danza de Lurice. Los tambores comenzaron a acelerar el ritmo, tornándose más sonoros. Lurice inició un movimiento dentro del círculo, girando despacio, los brazos y hombros aún en gestos ondulantes. Sin importar dónde se situara, sus ojos quedaban clavados en Peter, y Jennings se dio cuenta de que sus ademanes eran en exclusiva para Lang... movimientos de aproximación, de acercamiento, como si lo que buscara fuera tentarlo a ir a su lado. De repente, ella se inclinó, se sacudió con abandono, oscilando los pechos de lado a lado y agitando los collares con su salvaje rostro flotando a centímetros de la cara de Peter. Jennings sintió que los músculos de su estómago se contraían cuando Lurice pasó sus dedos en forma de garra sobre las mejillas de Peter, luego se irguió y giró, los hombros echados hacia atrás con negligencia, exhibiendo los dientes en una mueca de celo salvaje. Al instante, ya había dado la vuelta para mirar de nuevo a su cliente. Se inclinó una segunda vez, en esta ocasión avanzando y retrocediendo delante de Peter con movimiento felino, con un canturreo rabioso en la garganta. Por el rabillo del ojo Jennings vio que su hija adelantaba el torso. La expresión de su cara era terrible. De repente, los labios de Patricia se abrieron como en un grito silencioso. Agachándose, Lurice se había cogido los pechos con dedos penetrantes y los empujaba a la cara de Peter. Éste la miró con el cuerpo tembloroso. Canturreando de nuevo, Lurice retrocedió. Bajó las manos y Jennings se puso tenso al ver que se estaba quitando la falda de pañuelos. En un momento había caído sobre la alfombra y ella volvió a centrarse en Peter. Fue en ese instante cuando Jennings comprendió lo que había bebido.
  • 132. 132 —No —la voz llena de veneno de Patricia le hizo girar con el corazón acelerado. Ella se estaba poniendo de pie. —¡Pat! —susurró. Ella le miró y, durante un momento, se observaron. Luego, con un violento temblor, volvió a dejarse caer al suelo y Jennings ya no le prestó atención. Lurice estaba de rodillas delante de Peter, meciéndose hacia adelante y atrás y frotándose los muslos con las manos. Parecía que no podía respirar. Su boca abierta no dejaba de aspirar aire con ruidos jadeantes. Jennings vio que le caían gotas de sudor por las mejillas; las vio brillar en su espalda y hombros. No, pensó. La palabra salió de manera automática, la vocalización de algún terror alienígena que pareció crecer, ahogarle. No. observó las manos de Lurice volver a coger sus pechos. Los tambores palpitaban y aullaban en sus oídos. El corazón le latía con fuerza. ¡No! Las manos de Lurice se habían extendido súbitamente y abierto la bata de Lang. La respiración de Patricia era ronca, sorprendida. Jennings sólo captó un vistazo de su cara distorsionada antes de que su mirada volviera a verse atraída hacia Lurice. Tragado por el frenético batir de los tambores, el aullido de la voz canturreante, las explosivas palmadas, sintió como si su cabeza empezara a atontarse, como si la habitación se moviera. En una neblina de ensueño, vio las manos de Lurice estirarse hacia Peter. Vio una expresión de pesadilla en la cara del hombre cuando la tortura cerró un vicio a su alrededor... un tormento que era tanto carnalidad como agonía. Lurice se acercó a él. Más cerca. Ahora su cuerpo bañado en sudor se contorsionó a centímetros del suyo propio. —¡Dámelo! —su voz fue bestial, voraz—. ¡Dámelo! —Apártate de él. La advertencia gutural de Patricia sacó a Jennings del trance. Giró y la vio adelantarse hacia Lurice... quien, en ese instante, se pegó al cuerpo de Peter. Jennings se lanzó hacia Pat, sintiendo que debía hacerlo. Ella se retorció con frenesí en sus manos, mientras su aliento cálido caía sobre sus mejillas, y con el cuerpo violento en su cólera. —¡Apártate de él! —le gritó a Lurice—. ¡Quítale las manos de encima! —¡Patricia! —espetó Jennings. —¡Suéltame! El grito de agonía de Lurice los paralizó. Aturdidos, la vieron separarse de Peter y caer de espaldas, con las piernas dobladas y los brazos cruzados sobre la cara. Jennings experimentó una oleada de horror. Dirigió la mirada hacia el rostro de Peter. La expresión de dolor se había desvanecido. Sólo permanecía una perplejidad atontada. —¿Qué pasa? —preguntó Patricia. La voz de Jennings sonó hueca, atemorizada. —Se lo ha quitado —dijo. —Oh, Dios mío... —contempló a su amiga, espantada. La sensación que tiene de que debe encogerse hasta formar una bola con el fin de aplastar a la serpiente que se va extendiendo en su vientre. Las palabras invadieron la mente de Jennings. Observó el ondulante reptar de músculos bajo la carne de Lurice, la contorsión espasmódica de sus piernas. En el otro extremo de la habitación, el disco terminó, y, en la súbita quietud, pudo oír un agudo gemido que vibraba en la garganta de Lurice. La sensación de que su sangre se ha convertido en ácido, que, si se muere, se desintegrará porque sus huesos han sido chupados hasta quedar huecos. Con ojos perturbados, Jennings la observó padecer la agonía de Peter. La sensación de que su cerebro está siendo devorado por una manada de ratas peludas, que sus ojos están a punto de derretirse y chorrear por sus mejillas como si fueran jalea. Las piernas de
  • 133. 133 Lurice se enderezaron. Giró hasta ponerse de espaldas y empezó a mover los hombros. Sus piernas se encogieron hasta que sus pies quedaron apoyados sobre la alfombra. Su estómago osciló con una respiración torturada, los pechos hinchados oscilaron de lado a lado. —¡Peter! El horrorizado susurro de Patricia hizo que Jennings levantara la cabeza con brusquedad. Los ojos de Peter brillaban mientras miraba el cuerpo tenso de Lurice. Había empezado a apoyarse sobre las rodillas, con una expresión inhumana en las facciones. En ese momento sus manos se alargaron hacia Lurice. Jennings lo cogió de los hombros, pero Peter no pareció darse cuenta. No dejó de estirarse hacia Lurice. —Peter. —Lang intentó hacerlo a un lado, pero Jennings apretó con más fuerza—. Por el amor de Dios... ¡usa la cabeza, hombre! —le ordenó—. ¡La cabeza! Peter parpadeó. Miró a Jennings con los ojos de un hombre que acababa de despertar. Jennings apartó las manos y dio rápidamente media vuelta. Lurice yacía inmóvil de espaldas, con los ojos oscuros mirando al techo. Se inclinó sobre ella y apoyó la yema de un dedo bajo su pecho izquierdo. Los latidos de su corazón casi eran imperceptibles. Le miró de nuevo los ojos. Tenían la mirada vidriosa de un cadáver. De repente, se cerraron y un temblor prolongado, torturador, recorrió a Lurice. Jennings la observó con la boca abierta, incapaz de moverse. No, pensó. Era imposible. No podía estar... —¡Lurice! —gritó. Ella abrió los ojos y le miró. Después de unos instantes, sus labios se movieron débilmente e intentó sonreír. —Ya ha acabado —susurró. El coche avanzaba por la Séptima Avenida con las ruedas siseando en el barro. Junto al asiento de Jennings, la doctora Howell iba inmóvil debido a la extenuación. Una avergonzada y arrepentida Pat la había bañado y vestido, después de lo cual Jennings la había ayudado a subirse a su coche. Justo antes de dejar el apartamento, Peter había intentado darle las gracias, pero, incapaz de hallar las palabras, le había besado la mano y dado media vuelta sin decir nada. Jennings la miró. —¿Sabes? —dijo—, si yo no hubiera visto lo que de verdad sucedió esta noche, no me lo creería jamás. Todavía no estoy seguro de creerlo. —No resulta fácil de aceptar. —¿Le contaste a Patricia lo que iba a pasar? —No —repuso Lurice—. No podía contarle todo. Intenté prepararla para el impacto que se le avecinaba, pero, por supuesto, tuve que reservar parte. De lo contrario quizá habría rechazado mi ayuda... y su novio habría muerto. —Era un afrodisíaco lo que había en esa botella, ¿verdad? —Sí —contestó ella—. Debía soltarme. Si no, las inhibiciones personales me habrían impedido hacer lo que era necesario. —¿Qué pasó justo antes del final...? —comenzó Jennings. —¿El aparente deseo del señor Lang por mí? —preguntó Lurice—. Sólo fue un trastorno del momento. La súbita extracción del dolor le dejó, durante unos segundos, sin voluntad propia. Si lo desea, sin una contención civilizada. Era un animal el que me quería, no un hombre.
  • 134. 134 Minutos después Jennings aparcó delante del edificio de apartamentos de la doctora Howell y se volvió hacia ella. —Creo que los dos sabemos cuánta enfermedad dejaste expuesta... y curaste esta noche —comentó. —Espero que sí —dijo Lurice—. No por mí, sino... —sonrió un instante—. No por mí realizo esta plegaria —recitó—. ¿Lo conoce? —Me temo que no. Escuchó en silencio mientras la doctora Howell volvía a recitarlo. Luego, cuando él hizo ademán de bajarse del coche, ella le contuvo. —Por favor, no hace falta. Ahora me encuentro bien. Abriendo la puerta, bajó y se detuvo en la acera. Durante unos momentos se miraron. Después, Jennings alargó el brazo y le apretó la mano. —Buenas noches, querida —dijo. Lurice Howell le devolvió la sonrisa. —Buenas noches, doctor. Jennings la observó atravesar la calzada y entrar en el edificio. Luego, poniendo de nuevo el coche en marcha, dio un giro en forma de U y emprendió el regreso a la Séptima Avenida. Mientras conducía, en voz baja repitió el poema de Countee Cullen que Lurice le había recitado: No por mí realizo esta plegaria Sino por esta raza mía Que extiende desde lugares sombríos Oscuras manos en busca de pan y vino. Los dedos de Jennings se apretaron sobre el volante. —Usa tu cabeza, hombre —dijo—. Tu cabeza. FROM SWADOWED PLACES Richard Matheson Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3. INDICE Introducción Vocabulario AFRICA -Los hombres que bailan con los muertos -Zombi blanco HAITI -La pálida esposa de Toussel
  • 135. 135 -Madre de serpientes -Yo anduve con un zombi CUBA -Venganzas y castigos de los Orishas -Patakí de Ofún MIAMI -Asesinado al borde de un altar vudú MEXICO -Los espeluznantes secretos del rancho Santa Elena NUEVA ORLÉANS -Palomos del infierno -El Boogie del Cementerio -Papá Benjamin - El Gris Gris En El Escalón De Su Puerta Le Volvió Loco NUEVA YORK -American Zombie -La pócima de amor comprada con sangre -Desde lugares sombríos.

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