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AMANECER
VUDU
Relatos De Horror y Brujería
Afroamericana
SELECCIÓN DE JESÚS PALACIOS
VALDEMAR 1993
Para Pedro Duque,
mi ...
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UN PRÓLOGO QUE ES UNA ADVERTENCIA
u—dú! Dos simples sílabas que despiertan en nuestra imaginación el obsesivo
sonido de ...
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temporadas en el propio Haití, de las páginas amarillentas de los pulps hemos
entresacado joyas como Madre de Serpientes...
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VOCABULARIO
En todos los relatos seleccionados se han respetado los
términos propios del Vudú y la Santería tal y como l...
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veces, las palabras Vudú y Santería, Candomblé puede designar tanto la religión como
sus prácticas, las ceremonias y, al...
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OBEAH: Nombre que recibe en algunas islas del Caribe —Trinidad, Martinica,
Jamaica, etc.— la magia afroamericana, y que ...
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los cuales pertenecen a sectas santistas, y sus prácticas, miembros y área de influencia
se guardan en el máximo secreto...
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Watza, en la que yo residí por espacio de varios meses durante una de mis últimas
expediciones.
El poblado del jefe Moho...
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natural, a Basiri, cuyas palabras son casi el Evangelio. El doctor Gablewitch, por su
parte (el doctor es un polaco de m...
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Manuel, con la suficiencia de un médico, me dijo:
—Es la enfermedad del sueño.
Agregó que por eso no los había evacuado...
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Pasados tres días más, destacó el Administrador al mismo Sankuru con órdenes
terminantes de traer a Loko—Loko, a los do...
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Echamos a correr también a su encuentro..., y vimos a los cinco soldados que
andaban de un lado para otro por el espaci...
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El doctor Gablewitch y el padre José empezaron a visitar, pueblo por pueblo, todos
los de la región. Iban en apariencia...
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—Un akkha lo ha matado —repitió con semblante lívido, y al decirlo se restregó las
manos una y otra vez en la blusa azu...
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Los magistrados me habían pedido, mientras se llevaba adelante la investigación, que
les hiciese ampliaciones de todas ...
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—¡ Muy bien dicho, Bwana! —exclamó riéndose, como si mi salida le pareciese
graciosísima.
Los demás se echaron también ...
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Al pasar por delante de nosotros el último, me pareció que Van Veerte sufrió un
escalofrío. Quizá el que se escalofrió ...
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por la mañana a más tardar, porque ese día nos encontraríamos todos de vuelta en el
sitio donde había estado emplazado ...
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Al llegar a este punto me adelantaré al curso de los acontecimientos, para completar este
primer informe del doctor Gab...
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cebados por encargo de un carnicero exigente. Su idiotez iba en aumento y llegaban a
perder el uso de sus facultades hu...
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Terminada la conversación se volvió el oficial hacia su tropa de soldados negros y,
después de darles la voz de firmes,...
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—¡Qué bien tramado estaba! Cada uno de ellos ocupaba un cargo de confianza y de
influencia decisiva, aparentando enemis...
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estrechado con ese horrible hedor. Si fracasaba en conseguir una solución satisfactoria,
se vería obligado a concluir q...
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alguno para dejar la silla del campamento situada bajo el toldo de su tienda e irse a la
cama. Después de un rato, el ú...
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y espero que le bon Dieu lo comprenda. Es lo mismo en todas partes donde está la
maldición de Noé. La civilización no c...
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Durante horas los dos hombres permanecieron sentados en silencio, cada uno
ocupado con sus propios pensamientos. La noc...
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—¿Para qué? —su mente subconsciente no dejaba de martillearle—. ¿Por qué... y,
por encima de todo, cómo?
Aylett se habí...
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traqueteaban sobre su enorme pecho. Manchas de arcilla blanca y ocre rojizo
embadurnaban su cara.
Sólo cubierta en part...
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La figura estaba silenciosa, encorvada e inexpresiva. No hizo señal alguna cuando
Aylett se le acercó, pero cuando el c...
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maltratando o descuidándola. La madre intentó conseguir las confidencias de su hija, y
la muchacha gradualmente le abri...
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  1. 1. 1 AMANECER VUDU Relatos De Horror y Brujería Afroamericana SELECCIÓN DE JESÚS PALACIOS VALDEMAR 1993 Para Pedro Duque, mi hermano en Regla Ocha, porque él sabe JESUS PALACIOS Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3.
  2. 2. 2 UN PRÓLOGO QUE ES UNA ADVERTENCIA u—dú! Dos simples sílabas que despiertan en nuestra imaginación el obsesivo sonido de los tambores, las cimbreantes figuras de bailarines poseídos por oscuros dioses, ídolos de barro atravesados por alfileres asesinos. Viejas películas en glamuroso blanco y negro, el lento desgranarse de los blues del pantano, los ojos en blanco de zombis y muertos vivientes, el ritmo frenético de la rumba, sangrientos sacrificios al pie de altares desconocidos... Bueno, bueno. Antes de seguir, una justa advertencia, una necesaria aclaración: el Vudú, como su hermana caribeña la Santería, es mucho más que esa imagen típicamente de género que hemos evocado arriba. Son, de hecho, religiones populares afroamericanas cuya verdadera naturaleza abarca complejos fenómenos sociales, culturales, religiosos e históricos. No en vano los antropólogos optan, a la hora de referirse al Vudú, por emplear la grafía francesa propia de Haití, escribiéndolo Vodoun, para diferenciarlo radicalmente del concepto popularizado por el cine y la literatura fantástica, que lo han convertido prácticamente en sinónimo de brujería y/o magia negra. ¡V Los interesados en la verdadera esencia de las religiones afroamericanas pueden, y deben, husmear entre las páginas que Alfred Métraux, Roger Bastide o Wade Davis han dedicado al Vodoun haitiano, las que Zora Neale Hurston o Robert Tallan dedicaran al Vudú y el Hoodoo —que en justicia debería escribirse Judú— del Sur de los Estados Unidos; las que Fernando Ortiz y Lydia Cabrera, entre otros escribieran sobre la Santería afrocubana, el diario de viaje del director de cine Henri Georges Clouzot a través del Brasil, del Candomblé y de la Macumba, o las más recientes descripciones de la moderna Santería neoyorquina, escritas por la portorriqueña Migene González Wippler. Porque lo que ahora tenéis entre las manos es un libro de relatos de horror. Todos están, desde luego, relacionados con su lado más oscuro y siniestro, con las prácticas mágicas, los hechizos y las maldiciones, las crónicas negras y los asesinatos rituales. Sería absurdo negar el atractivo morboso que ejerce sobre nosotros esa cara oscura del Vudú. Ya la simple realidad de la existencia hoy día de religiones basadas en el sacrificio y las prácticas mágicas, no sólo en países tropicales y “atrasados”, como nos gustaría creer, sino en el interior mismo de nuestras grandes ciudades, resulta francamente inquietante para el hombre presuntamente civilizado. Y es que quizá lo más terrorífico del Vudú sea cómo lo real y lo fantástico se entremezclan en él, de forma difícilmente discernible. No estamos ante fenómenos sobrenaturales incomprobables, ante paganismos ancestrales ya desaparecidos, ante criaturas más bien míticas como vampiros y hombres lobo. Cualquiera que lo desee puede consultar las incontestables pruebas reunidas en torno al caso de Narcille Clovis, el fenómeno zombi más documentado de Haití. Y, sin llegar a extremos melodramáticos, cualquier turista avisado puede asistir a ceremonias y fiestas rituales a lo largo de todo el Caribe y buena parte de Sudamérica, visitar el Museo del Vudú en Nueva Orleáns, o comprar cualquier accesorio que necesite para sus hechizos santeros en las muchas “botánicas” del Harlem Hispano de Nueva York o de la Pequeña Cuba de Miami. Son estos aspectos únicos, la contemporaneidad de una religión pagana procedente del Africa oscura y su posible poder real, los que han hecho del Vudú uno de los temas predilectos de la literatura fantástica y de terror. Desde los tiempos de “Weird Tales”, en plena era dorada del pulp, el Vudú es presencia continua en el cuento de horror y, aunque se eche quizá a faltar al arquetípico Hugh B. Cave, autor que residió largas
  3. 3. 3 temporadas en el propio Haití, de las páginas amarillentas de los pulps hemos entresacado joyas como Madre de Serpientes de Robert Bloch, Palomos del Infierno del texano Robert E. Howard —que aporta aquí el mito de la zuwenbi, verosímil invención del propio Howard—, Papá Benjamín de William Irish —es decir, de Cornell Woolrich—, y Desde lugares sombríos de Richard Matheson. Junto a estos relatos de terror clásicos, encontraremos historias que les fueron narradas a viajeros e investigadores como auténticas y libres de cualquier duda. Attilio Gatti, Vivian Meik, el célebre William Seabrook —que con su clásico Magic Island dejó bien establecidas las bases de la leyenda negra del Vudú haitiano—, la periodista Inez Wallace, Lydia Cabrera, Raymond J. Martínez y el Dr. Gordon Leigh Bromley, aportan sus experiencias —a veces personales— de la realidad del fenómeno zombi, de la existencia de sectas secretas africanas y siniestros rituales necrofílicos, del poder de los antiguos dioses de Africa, de las posesiones o “montas”, y de la terrible eficacia de hechizos y maldiciones. Algunos de los relatos que incluimos son estrictamente (!!!) verídicos, como ocurre con los escritos por el investigador de lo oculto Brad Steiger y su esposa, tanto Los espeluznantes secretos del Rancho Santa Elena, que narra los famosos sucesos de Matamoros que inspirarían también a Barry Gifford su novela Perdita Durango, como La pócima de amor comprada con sangre. Y especial atención, por su realismo de puro y duro informe policial, merece ¡Asesinado al pie de un altar vudú!, la crónica de Richard Shrout que nos introduce en las oscuras relaciones que unen la práctica de la Santería con el narcotráfico y el hampa latina de Estados Unidos. Todo un episodio de “Miami Vice”. La mítica conexión entre el Vudú y la música popular queda ejemplificada tanto en el clásico Papá Benjamín, con su jazzístico y maldito Canto Vudú, como en El Boogie del Cementerio de Derek Rutherford, un terrorífico Rock’n Roll que haría estremecer de miedo al mismísimo Screamin’ Jay Hawkins. Y la presencia del cine de terror más clásico la encontraremos en Yo anduve con un zombi, que diera pie —convenientemente mezclada con Jane Eyre— a la legendaria producción de Val Lewton, dirigida por Jacques Torneur, además de, nuevamente, en el relato de William Irish, llevado a la pequeña pantalla por Ted Post en 1961, y víctima de toda una adaptación inconfesa en el clásico de episodios Doctor Terror, producido por la británica Amicus Films. Pero, cuidado, no en Zombi Blanco de Vivian Meik, sin relación alguna con el film del mismo título. Por cierto, he de confesar aquí que el título de esta antología lo hemos tomado prestado de Voodoo Dawn, la película —y novela— de John Russo, con la que el coautor de La noche de los muertos vivientes quiso pagar su deuda con el Vudú. No quiero dar paso ya a los misterios del Caribe y el Africa profunda sin otra advertencia: a pesar de nuestro criterio, digamos que geográfico, los relatos no siempre se ajustan estrictamente a su área territorial, y es que nuestra selección no pretende ser ni exhaustiva ni, mucho menos, ortodoxa. Como veréis se mezclan en ella los relatos y los hechos reales, la crónica negra y los cuentos de fantasmas, el Vudú, la Santería y hasta otros cultos más terribles y desconocidos. Se trata tan solo de explorar —y explotar— ese lado más siniestro, terrorífico y brujeril del Vudú. Su leyenda negra — muchas veces falsa, otras no—, su folklore más fantástico, su imagen más pop. Yo, por mi parte, confieso que siento por el verdadero Vudú y la Santería el mayor de los respetos y una gran simpatía. Puede que vosotros, cuando hayáis terminado de leer las páginas que siguen, también deseéis profundizar más en las religiones afroamericanas. Ya se sabe, si no puedes vencerles, únete a ellos.
  4. 4. 4 VOCABULARIO En todos los relatos seleccionados se han respetado los términos propios del Vudú y la Santería tal y como los transcriben sus autores; ello supone que, a veces, el mismo término aparezca escrito de distinta forma, según el autor y hasta el relato. Para facilitar la comprensión de algunos de los textos se incluye un pequeño vocabulario de términos religiosos afroamericanos, que recoge exclusivamente aquellos que se nombran en el libro. Este VOCABULARIO ha sido confeccionado por Jesús Palacios y Pedro Duque. Al lado de cada término, entre paréntesis, se dan otras variantes del mismo. ABAKUÁ (Abakwá, Abacuá): Secta afrocubana, también conocida por el nombre de Ñañiguismo o ñáñigos, procedente de los pueblos Efik y Ekoi de la Costa Calabar del Oeste de África. El término Abakuá se refiere al pueblo y la región de Akwa, donde floreció esta sociedad en el continente africano. Aunque actualmente se la da por desaparecida, desde mediados del siglo XIX y hasta muy entrado el XX, la Sociedad Abakuá ejerció una enorme influencia secreta en la vida política y social de Cuba, como puede comprobarse en la novela que le consagró Alejo Carpentier: Ecue—Yamba—O. AMARRE: Se llama así en la Santería al acto ejecutado por un brujo o curandero con el fin de retener a la persona amada, manteniéndola bajo su voluntad. Se trata, esencialmente, de un hechizo amoroso. BABALAWO (Babalao): Sacerdote santero dedicado al culto adivinatorio de Fa o Ifá. Su nombre significa “Padre y dueño del secreto” en lengua yoruba, de cuyo Oráculo de Ifé africano proviene este culto. Más generalmente, sacerdote santero. BABALOCHA: Sacerdote santero encargado de las ceremonias de iniciación de los nuevos santeros. BAJAR EL SANTO (Coger el Santo, subir el Santo, tener el Santo, etc.): Frase que se usa familiarmente en la Santería para denominar la posesión física de un creyente por alguno de los santos u Orichas, llamada a su vez “monta”. BARÓN SAMEDI: Loa o dios Vudú, señor y guardián de los cementerios, algunas veces identificado con Guedé, que es representado por una gran cruz colocada sobre la tumba del primer hombre enterrado en el lugar. Junto al Barón la Croix y el Barón Cimitière, forma la tríada de los Barones Vudú, todos con herramientas de enterradores. CANDOMBLÉ (Candombé): Nombre que designa en Bahía (Brasil) ciertos cultos —y sus prácticas— afroamericanos, muy similares al Vudú y, sobre todo, a la Santería. Aunque originalmente era africano y yoruba o nago, rindiendo por tanto culto a los Orixás al igual que la Santería a sus Orichas, posteriormente se han introducido variantes como el Candomblé Blanco, con divinidades indias autóctonas. Al igual que, a
  5. 5. 5 veces, las palabras Vudú y Santería, Candomblé puede designar tanto la religión como sus prácticas, las ceremonias y, al tiempo, el recinto donde se celebran. DAMBALLAH (Damballah Wedo): Loa o dios Vudú de la lluvia, los ríos y los lagos. Su símbolo es la serpiente, generalmente una boa constrictor rojiza, y al tratarse de uno de los Loas más poderosos, temidos y adorados, ha contribuido sobremanera a extender el error de que el Vudú es un simple culto a la Serpiente. EBBÓ (Ebó): Palabra yoruba que designa en Santería la ofrenda de frutas y dulces o el sacrificio de animales cuadrúpedos y de aves que se ofrece a los Orichas para obtener su favor. GANGÁNGÁME: Sacerdote o brujo perteneciente a la secta Gangá de la Santería cubana, de origen congo o bantú, y fuertemente animista. En ella se adora a los espíritus de los muertos, y está fundamentalmente orientada hacia la magia y los ritos funerarios. GRIS GRIS: Hechizo mágico Vudú que puede consistir tanto en un simple sacrificio animal, como en una bolsa llena de objetos mágicos, en un talismán o en un fetiche. Puede usarse tanto para el bien como para el mal, y ejerce su influencia sobre la suerte de aquél a quien se le destina. A veces designa un dibujo místico en el suelo, similar a los vevés haitianos. Es un término propio del Sur de los Estados Unidos, pero procede del africano Gri—Gri, de igual significado. GUEDÉ (Ghede): Loa Vudú de la muerte y los cementerios. Designa tanto una divinidad como a un conjunto de dioses, relacionados siempre con los cementerios, la muerte, los ritos funerarios y el culto a los antepasados. Procede del pueblo de los Ghede—vi, casta africana de enterradores llevada como esclavos a Haití. Paradójicamente, Guedé posee también connotaciones fálicas, siendo también Señor de la Vida, muy dado a las obscenidades y a la bebida. IWORO: En lengua yoruba, dícese de los santeros y creyentes que son hijos de Obatalá. IYALOCHAS (Yalochas): Sacerdotisas santeras, equivalentes femeninos del Babalocha o Babalao. LENGUA: Nombre que se da en la Santería a los rezos y frases litúrgicas que se recitan en lengua yoruba. Asimismo, la Sociedad Abakuá denomina “lengua” al dialecto ñáñigo, y en el Vudú se llama “langage” a la lengua usada en los sagrados ritos africanos. LUCUMÍ: Nombre que dieron arbitrariamente los cubanos a todos los negros procedentes de Nigeria, la mayoría de ellos yorubas, por lo cual ha quedado también como sinónimo de yoruba y de la propia Santería, de predominio nigeriano. MAMALOI: Familiarmente, nombre con el que se designa a las sacerdotisas Vudú, sobre todo en el Sur de los Estados Unidos, pero a veces también en Haití.
  6. 6. 6 OBEAH: Nombre que recibe en algunas islas del Caribe —Trinidad, Martinica, Jamaica, etc.— la magia afroamericana, y que equivale hasta cierto punto al Vudú y la Santería. OMÓ (Omó Oricha): En yoruba, hijo de Santo. Es decir, aquél que ha sido iniciado por completo en la Santería y elegido ya por su Oricha correspondiente. ORICHAS (Orischas): Nombre genérico de las divinidades yorubas a las que se rinde culto en la Santería, y también en el Candomblé brasileño con el nombre de Orixás. Son el equivalente de los Loas del Vudú, y al ser sincretizados con el Santoral católico, la palabra Oricha deviene a su vez sinónimo de Santo. ORO: En yoruba, la palabra que designa el cielo, el lugar de residencia de los Santos u Orichas. OUANGAS (Wangas): Maleficios Vudú, actos de magia negra contra un enemigo o amuletos mágicos que se emplean con fines egoístas o malignos. También mal de ojo. PALO MAYOMBE (Regla de Palo): Secta afrocubana de origen bantú, inclinada profundamente hacia la magia y la brujería. Con el nombre de Palo Cruzado se subordina al sistema yoruba de la Santería, al que complementa con prácticas y dioses congoleños, siempre con un enfoque más práctico y utilitario. Tal es la forma de este culto, que Mayombé es a veces el nombre que se le da al espíritu del mal, y el término mayombero sirve para designar a todos los brujos en general. PAPALOI: Familiarmente, nombre que se da a los sacerdotes del Vudú. PATAKÍ (Patakín): Relato cuyo protagonismo puede correr a cargo de los dioses, de reyes, animales y hasta objetos, de carácter mitológico y moral. Encabeza, acompañado de un refrán o conseja, cada signo (odu) del Diloggún o Tablero de Ifá, el sistema adivinatorio yoruba usado en Santería. PIEDRA (Otán): Piedra sagrada en la que se supone reside el espíritu de un Santo u Oricha; se guarda en una “sopera” y se le hace el “ebbó” que corresponda a su Oricha. REGLA DE OCHA (Regla Lucumí): Nombre que se le da también a la Santería. Dos son las Reglas principales afrocubanas: la Regla de Ocha o Santería, y la Regla de Palo o Palo Mayombe. SANTOS: Al llegar a Cuba, los Orichas yorubas fueron asimilados por los esclavos a los Santos de sus amos, para poder adorarlos y celebrar sus fiestas. Lo mismo ocurrió en Brasil y en Haití, donde Orixás y Loas tienen sus Santos correspondientes. De este fenómeno sincrético deriva el término Santería, extendido después a toda Latinoamérica y Estados Unidos. SANTISMO: Aunque a veces se le llama también Santería, no debe confundirse con el culto afroamericano originado en Cuba. Se trata de un sincretismo amerindio propio de México y la frontera de Estados Unidos, que utiliza prácticas tanto del catolicismo más ferviente como de viejos rituales aztecas, mayas e indígenas en general. Está estrechamente relacionado con los artistas imagineros mexicanos y chicanos, muchos de
  7. 7. 7 los cuales pertenecen a sectas santistas, y sus prácticas, miembros y área de influencia se guardan en el máximo secreto. SOPERA: Recipiente donde se guarda y protege el “otán” de un Oricha, así como sus collares y otros objetos sagrados. Al contacto con el español se debe que este recipiente, originalmente una vasija de madera o barro, cobrara la forma y la decoración de una sopera barroca, pintada con los colores de su Santo. Jesús Palacios & Pedro Duque 1993 Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 LOS HOMBRES QUE BAILAN CON LOS MUERTOS ATTILIO GATTI LOS MAYORES ASESINOS os cocodrilos, gorilas, búfalos, leones, leopardos, serpientes y elefantes se cobran todos los días en Africa un tributo de vidas humanas que no es muy inferior al que pagan los hombres en aquel continente a enfermedades tropicales, como la fiebre de la selva y la fiebre amarilla, el sodoku y kala—azar, la lepra y la enfermedad del sueño, por nombrar sólo unas pocas. L Sin embargo, por lo que se refiere al Africa Central, tengo la firme convicción de que, entre todas las fieras y todas las epidemias juntas, no causan tantas víctimas en hombres, mujeres y niños de la raza negra como las sociedades secretas con sus odiosos crímenes. ¡Que nadie se llame a engaño! Estas antiguas sectas, que tienen su origen en un remoto pasado de crueldad, lujuria y barbarie, siguen siendo hoy mismo, a pesar de todos los esfuerzos de lo que llamamos civilización, unas asociaciones de los mayores y más implacables asesinos. Estas fuerzas malignas operan en todas partes y su poder se acrecienta con su invisibilidad. Se ocultan entre las multitudes negras que hormiguean en los arrabales de las pequeñas ciudades y de las explotaciones mineras que están en plena actividad; se filtran en todas las tribus desparramadas a lo largo de los ríos, a orillas de los lagos, en los bosques, llanuras y selvas; se recatan entre los mismos indígenas que los blancos tenemos a nuestro servicio o vemos pasar desde el camión. Para demostrar esto que afirmo voy a relatar un episodio espantoso que nadie, que yo sepa, ha hecho público hasta ahora. Se trata de la historia horrible, pero absolutamente auténtica y exacta hasta en sus menores detalles, fuera de cambios deliberados de nombres, del poblado de Mohoko. Sin embargo, el lector que quiera explicarse bien cómo es posible que los espeluznantes e implacables asesinatos de las sectas secretas sigan realizándose hoy día en el Congo en una gran escala y con casi absoluta impunidad, debe empezar por conocer las condiciones generales de vida en aquel país. Concretemos el caso a la región de los
  8. 8. 8 Watza, en la que yo residí por espacio de varios meses durante una de mis últimas expediciones. El poblado del jefe Mohoko se hallaba enclavado en ese territorio, tan extenso como Bélgica, y que es la única población de importancia. Se compone de una docena de chozas, en las que están instalados comerciantes griegos e indios, y de una docena de malas casas de ladrillo en las que viven funcionarios belgas, entre los que se cuentan un médico, un veterinario, el empleado de correos, el recaudador de impuestos y unos cuantos representantes más del Gran Dios Balduque, ninguno de los cuales tiene nada que ver con el gobierno de los indígenas. Completan la población un hospital, una pequeña casa misional, algunos edificios en los que está instalada la Administración, el Tribunal, la cárcel y una choza muy amplia para la “guarnición”. Pero el Administrador y sus dos ayudantes tienen que gobernar a una masa humana de 30.000 a 40.000 personas. No puedo dar cifras exactas, pero éstas que cito son las mismas que oí en boca del Administrador Territorial, señor Van Veerte. Coincidiendo con mi estancia en el país se estaba procediendo a la ocupación permanente de grandes extensiones de territorio; y, como es natural, no disponía aquel señor ni de tiempo ni de medios para llevar a cabo un censo exacto de la población, que se mostraba muy poco dócil. Van Veerte, lo mismo que sus antecesores, conocía de una manera superficial un par de los diecisiete dialectos hablados entre las tribus que estaban bajo su autoridad. Por eso tenía que entenderse siempre con los indígenas por medio de su intérprete Sankuru, natural del país, que llevaba muchos años de policía. Todo el mundo hablaba de la lealtad de Sankuru. Siendo joven, combatió a las órdenes de Stanley, cuando el gran explorador norteamericano abrió la región del Congo al dominio del rey Leopoldo II. Tanto el rey Alberto como el rey Leopoldo III tuvieron a gala, en sus visitas casuales a la colonia, el prender una nueva medalla a la blusa azul de Sankuru; medallas que éste, a pesar de su anciana edad, ostentaba con dignidad propia de un monarca. Sankuru lo sabe todo y conoce a todos. Y lo que no sabe de primera mano lo averigua por medio de uno u otro de los veinticuatro policías indígenas que eligió, entrenó y que están a sus órdenes. Téngase esto en cuenta: los Administradores pasan, pero Sankuru sigue siempre en su puesto. Por eso los Administradores hacen lo que Sankuru susurra en el oído blanco en el momento propicio. No niego que Van Veerte se aconseja mucho y se informa a través de la Misión católica, que funciona de muchos años atrás, y también del médico, aficionado a la etnografía local. Pero lo que el padre José conoce, lo sabe a través de Basiri, un catequista con cabeza de gorila; y la fuente de información del doctor Gablewitch es Manuel, su ayudante; y, del mismo modo, la enciclopedia viva de Van Veerte es Sankuru, su intérprete, jefe de su policía... y su gacetillero. Todo marcharía como la seda si entre Sankuru, Manuel y Basiri no existiese una vieja enemistad cuyos orígenes nadie ha logrado averiguar, pero que sigue hoy tan viva como el primer día. Los tres se odian profundamente, y cada cual susurra con frecuencia al oído de su propio amo el cuento de las pequeñas faltas de que se han hecho culpables sus enemigos de toda la vida. Los tres hombres blancos no fomentan abiertamente estas rivalidades, pero se aprovechan en todo momento de las mismas. No los censuro, ni quiero dar a entender con esto que no son muy buenos amigos. Todo lo contrario. En cuanto alguno de ellos se entera de algo referente al servidor del otro, hace cuestión de honor el poner al corriente al interesado. El padre José se acaricia la roja barba, quejándose de la falta de caridad cristiana de aquellos paganos, y excluyendo de esta apreciación, como es
  9. 9. 9 natural, a Basiri, cuyas palabras son casi el Evangelio. El doctor Gablewitch, por su parte (el doctor es un polaco de muy buen corazón), se ríe a carcajadas y asegura que todos los indígenas son unos soberanos embusteros; todos, menos su ayudante. Y el administrador no se toma siquiera la molestia de decir a los otros que Sankuru es hombre que merece absoluta confianza, y se frota las manos de gusto, si no materialmente, por lo menos con el pensamiento. Porque está profundamente convencido de que aquella enemistad entre los tres aliados negros de las autoridades blancas es un hecho que ofrece grandísimas ventajas. . . . . . . . . . . Había yo llegado a desentrañar este curioso estado de cosas, cuando organicé una corta expedición de caza que debía tener lugar en Mohoko. Estando ya a punto de emprender mi safari, se me acercó Manuel, el ayudante del doctor Gablewitch, diciéndome que su amo le había mandado que fuese a Mohoko. ¿Había inconveniente en que se sumase a mi safari? Me aseguró que podía serme útil, porque conocía muy bien el camino. Agregó que había estado muchas veces en aquella región, aunque no en el mismo Mohoko. No me fijé de momento en la excesiva insistencia que ponía al decirme esto último, pero andando el tiempo hube de recordarlo. Estaba muy atareado arreglándolo todo para salir cuanto antes, y no tenía tiempo para perderlo en conversaciones. Me limité a decirle que sí y nos pusimos en camino. Llegué a Mohoko y me encontré con una pequeña comunidad de unos doscientos indígenas, ariscos, primitivos, pero inofensivos. Aunque el trato que mantenía con la tribu era muy superficial, me sorprendió desagradablemente el observar que había entre ellos un gran número de idiotas. Y no me sorprendió menos el que la comunidad los alimentase y cuidase muy bien, porque estaba acostumbrado a ver que en Africa los enfermos incurables quedan relegados a la categoría de parias, de los que todo el mundo se desentiende. Había hecho yo a Van Veerte el ofrecimiento de que, mientras anduviese por allí, realizaría con mucho gusto un censo preliminar y se lo enviaría. Me imaginé que sería juego de niños, y lo dejé para el último día. Pero cuando empecé la tarea vi que era una cosa complicadísima. El jefe me recibió agriamente. Y me dijo, además, que estaban enfermos. Las mujeres se mostraron mohínas, los hombres se declararon casi abiertamente hostiles, y los chicos recelosos. Y aquellos idiotas, tan gordos y reacios a moverse, lo complicaban todo llevándome la contraria, permaneciendo en su sitio cuando yo les mandaba que se apartasen y metiendo la nariz cuando menos los necesitaba. Sintiéndome incapaz de desenredar aquel embrollo, acabé pidiendo ayuda a Manuel. Éste se prestó muy solícito y reunió a toda la población, arengándoles con la mayor energía en su dialecto local. Yo no entendí una palabra, pero lo que Manuel les dijo surtió mucho mayor efecto que mis coléricas charlas en kingwana, que es el esperanto de la región. El jefe pareció despertar, todos formaron en línea, y, aunque estaba oscureciendo, obtuve en menos de una hora resultados tangibles. Conservo los totales en mi diario: Hombres, 42 casados, 19 solteros; mujeres, 78 casadas, 35 solteras núbiles; niños, 44 de uno y otro sexo. Saqué la impresión de que al menos el cincuenta por ciento de las hembras y el diez por ciento de los varones eran imbéciles, o quizá que estaban atacados de alguna enfermedad desconocida para mí, aunque se hallaban, siquiera en apariencia, bien alimentados.
  10. 10. 10 Manuel, con la suficiencia de un médico, me dijo: —Es la enfermedad del sueño. Agregó que por eso no los había evacuado, porque temía que la vacuna fuese un obstáculo para las inyecciones que el Bwana médico habría de ponerles más adelante. Aquello era un puro disparate, porque no existía la mosca tsé—tsé en aquella parte del país. Pero era inútil discutir sobre estas cosas con un indígena que desempeñaba las funciones de algo así como enfermero. Me fijé de pronto en la esposa más joven del jefe, que iba y venía tímidamente a mi alrededor. Tuve la impresión de que quería decirme alguna cosa importante, pero que titubeaba, sin atreverse a dirigir la palabra al hombre blanco. Por fin lo hizo, pero no tuvo tiempo de explicarse, porque apenas habló dos palabras la cogió Manuel del brazo, gritándole que volviese a su choza. Quise intervenir, pero ella se libró de las manos de Manuel y echó a correr, tan asustada y recelosa que no quiso volver ni aun cuando le envié a decir por éste último que viniese. Regresamos a Watza, y al llegar a las primeras casas del poblado presenciamos una escena curiosa. Van Veerte, seguido a cierta distancia por su jefe de policía, se dirigía hacia su despacho. Se detuvo para cambiar conmigo algunas palabras. De pronto, como si se acordase de algo, se volvió buscando a Manuel, el cual se encaminaba ya hacia la casa del doctor, dando un rodeo para no encontrarse con Sankuru. —¿Dónde está ese hombre? —preguntó Van Veerte. La cara de Manuel adquirió una expresión tan elocuente de sorpresa que bastaba para que el Administrador comprendiese que no adivinaba el sentido de su pregunta. Inesperadamente se abalanzó Sankuru hacia Manuel, chillando: —Yo te di la orden de que al volver trajeses contigo al llamado Loko—Loko. Te dije que el Bwana Administrador quería que compareciese ante el tribunal. Manuel, tan cortés y bien mirado de ordinario, sufrió una desconcertante transformación. Fue tan extraordinario el cambio que tanto el Administrador como yo nos quedamos por un momento mudos y atónitos escuchando el torrente de insultos y maldiciones que salieron de su boca, contorsionada por el furor. También Sankuru perdió el dominio de sí mismo. Su actitud respetuosa y casi meliflua desapareció. Lo único que comprendimos fue que los dos viejos rivales se acusaban el uno al otro de ser los más cochinos embusteros, y no sé cuántas cosas más, de todo el país. Un grito de Van Veerte impuso silencio y el chasquido de su látigo obligó a los dos hombres a salir corriendo en direcciones opuestas. El Administrador se rascó la cabeza: —No me lo explico. Ese individuo, Loko—Loko, tenía que comparecer ante el tribunal para responder de una acusación sin importancia, pero no se presentó. Al saber que Manuel iba a Mohoko, encargué a Sankuru que le dijese que al volver trajese consigo a Loko—Loko. Suponiendo que Sankuru olvidase mi orden, o, lo que es más probable, que Manuel no quisiese ejecutar el encargo, ¿a santo de qué ha venido esta riña entre ellos? Iban a ocurrir de allí en adelante muchas cosas que ni Van Veerte ni nadie podía explicarse. Empezando por los juramentos que hizo Manuel, afirmando que Loko—Loko no se encontraba en aquel poblado. Y porque los dos policías que fueron enviados inmediatamente para que procediesen a la detención de aquel individuo no regresaron, como debían, a los cuatro días.
  11. 11. 11 Pasados tres días más, destacó el Administrador al mismo Sankuru con órdenes terminantes de traer a Loko—Loko, a los dos policías y, para hacer un escarmiento, al jefe mismo de Mohoko. Transcurrió una semana. Por fin regresó Sankuru. Venía cansado, abatido... y con las manos vacías. Todos los que había ido a buscar habían desaparecido. —Pero esto es un desatino —gritó enojado Van Veerte—. ¿También el jefe ha desaparecido? ¿Se ha ausentado sin permiso mío? ¡Verdemte! Sankuru tragó saliva, como si tuviese que hacer un esfuerzo doloroso para continuar su informe. Se quejó de que en el poblado de Mohoko no le quisieron ni escuchar. Llegaron hasta amenazarle con matarlo a palos si no se largaba de allí enseguida. Y él, que había luchado a las órdenes de Stanley y había sido condecorado por dos reyes blancos, tuvo que apelar a la fuga para salvar la vida. Las palabras de aquel hombre, el tono patético de su voz, la expresión de vergüenza que se retrataba en su rostro arrugado, habrían estremecido al hombre más duro. Pero, mientras hablaba, me cruzó por la cabeza un recuerdo. El de la más joven de las esposas del jefe. ¿Qué sería lo que quería decirme? Creí que era mi deber informar a Van Veerte, y en cuanto Sankuru dio fin a su informe y se retiró, le conté la extraña actitud del jefe y cómo su joven esposa había intentado hablar conmigo. Cada palabra mía no hacía sino aumentar la inquietud del Administrador. Cuando acabé de hablar gruñó: —Aquí ocurre algo grave, muy grave. No tardó en poner al corriente de todo al doctor y al padre misionero. También éstos se manifestaron intranquilos. El misionero se acarició la barba y dijo: —Con lo que he oído hasta ahora, me basta para que desee acompañarle a usted, si es que decide ir a Mohoko. —También yo le acompañaré —dijo el doctor. La “tropa” que el Administrador tenía a sus órdenes ascendía a la cifra de un sargento y cinco soldados. Se los llevaría a todos de escolta, dejando la cárcel de Watza sin otra guardia que algunos policías. Quizá se viese en la necesidad de hacer frente a una sublevación y de sofocarla con sólo aquellas fuerzas y los dos blancos que le acompañarían con sus leales criados. La cara de Van Veerte era de ordinario inexpresiva, pero yo adivinaba lo que ahora estaba pensando. Por eso no me sorprendió que aceptase la colaboración de todos los que se ofrecieron a ir con él, e incluso la mía. A los dos días, tomadas las medidas necesarias, salimos todos juntos. En la tarde del segundo acampamos a dos horas de distancia, más o menos, del poblado de Mohoko. A la mañana siguiente avanzamos con toda clase de precauciones. El sargento y los soldados iban delante, por si nos habían tendido alguna emboscada. Los policías formaban la extrema retaguardia de la columna, para impedir que, si nos atacaban con flechas y lanzas envenenadas, los peones de transporte tirasen sus cargas y saliesen huyendo. A medida que avanzábamos se iba haciendo más siniestro el silencio que nos rodeaba. No se veía aún el poblado, aunque lo teníamos tan cerca que hubiéramos debido oír voces y gritos. Nos hallábamos en la última curva de un sendero bastante empinado, cuando llegó hasta nosotros un grito. Era el sargento quien lo había dado, y venía a todo correr hacia nosotros.
  12. 12. 12 Echamos a correr también a su encuentro..., y vimos a los cinco soldados que andaban de un lado para otro por el espacio abierto que antes ocupaba el poblado. Parecían buscar algo; pero ¿cómo es que no veíamos otra cosa que a los cinco soldados? El poblado había desaparecido. EL CASO DEL PUEBLO DESAPARECIDO arecerá descabellado lo que cuento, pero era la pura verdad. Ya no estaba allí el poblado. destinada Mis ojos atónitos, que veinte días antes habían visto allí una gran choza a las reuniones y el palabreo, unas ochenta chozas grandes, decenas de graneros y gallineros, no descubrían ahora más que un campo desolado en el que se divisaban algunas ruinas carbonizadas. De la población, anda; los 218 habitantes se habían esfumado. Hombres, mujeres y niños. Se habían largado todos. P "¿Adónde? ¿Por qué razón?", nos preguntábamos unos a otros. Prescindiendo del por qué, no encontrábamos indicación alguna del dónde. Después de una búsqueda de dos horas, regresaron Sankuru y sus policías muy abatidos, asegurando que aunque ellos tenían más experiencia que los soldados en estas cosas, tampoco habían podido hallar el rastro. Ni siquiera podían señalar la dirección probable, porque la tribu había borrado y confundido con mucho cuidado sus huellas. Van Veerte estaba en ascuas. No es posible reproducir en letra impresa los comentarios que hizo, aunque en esencia venían a resumirse en que no era posible que desaparecieran así como así 218 personas. Pero el hecho es que habían desaparecido, tan completa y definitivamente que parecía que nadie sería ya capaz de aclarar semejante misterio, y que sólo quedaría memoria de él en algún archivo polvoriento y en el epitafio oficial que marcaría el fin de la carrera colonial del señor Van Veerte. Por suerte para la majestad de la justicia y para la carrera del Administrador, había tenido yo un buen día el capricho de ir a cazar cerca del poblado de Mohoko, brindándome al propio tiempo a hacer un pequeño servicio al Administrador. Esto alteró por completo el curso de las cosas, aunque no quiero atribuirme por ello ningún mérito. Algunas preguntas que había hecho a los indígenas y algunos datos que había recogido; la tentativa que hizo para hablarme la esposa joven del jefe y su fuga; la escena entre Sankuru y Manuel; la extraña desaparición de Loko—Loko y de los dos policías enviados en su busca... Con estos frágiles hilos iniciaron su fatigosa investigación los dos magistrados que destacó, al conocer lo ocurrido, la Administración de la provincia. Muy poca cosa, en resumidas cuentas. Pues bien: estos hechos insignificantes fueron la clave que condujo al descubrimiento de uno de los más espeluznantes misterios del Congo, según pudo verse al final. Tuve la suerte de seguir desde el principio aquella investigación, que resultó hasta el último momento llena de emociones. Pronto llegamos todos nosotros a convencernos de que la desaparición de Mohoko era obra de una sociedad secreta. Pero nadie sabía de qué secta se trataba, aunque era evidente que dominaba con mano de hierro a las poblaciones de todos aquellos alrededores. Hasta Sankuru y sus policías, Basiri y Manuel, fuentes habituales de información que nunca fallaban, parecían ahora incapaces de dar con una clave, sorprender una palabra indiscreta o proporcionar un dato cualquiera. Nos hallábamos frente a una conspiración de silencio aterrorizado que ni las promesas ni las amenazas lograban romper.
  13. 13. 13 El doctor Gablewitch y el padre José empezaron a visitar, pueblo por pueblo, todos los de la región. Iban en apariencia para llevar a los indígenas sus consuelos médicos y espirituales; pero, en realidad, para llevar a cabo, como pudiesen, un censo de cada tribu y para tomar rápida nota de cualquier señal o coincidencia sospechosa que pudiera llamar su atención. Nada de particular descubrieron en los seis primeros poblados que visitaron. Pero en el séptimo, mientras el doctor se hallaba entregado a sus tareas médicas, observó que un indígena intentaba escabullirse de puntillas por detrás de la choza, con la evidente intención de que no le viese. Despachó en el acto un policía en su persecución, porque el indígena echó a correr al verse descubierto. Aquél lo alcanzó y se lo trajo a rastras. El indígena gruñía y jadeaba. El doctor Gablewitch se fijó en los tatuajes circulares que llevaba en el torso; parecían del mismo estilo que los que yo le había explicado que eran frecuentes en Mohoko. El buen doctor, que gustaba de las bromas pesadas, compuso un rostro terriblemente amenazador y rugió: —Tú escapabas, y eso demuestra que eres culpable. En castigo, te voy a poner ahora una inyección que te mate con una agonía lenta y espantosa. El indígena dejó de forcejear y se quedó suspenso; pero en cuanto vio que el médico cogió en sus manos una jeringa llena de suero, dio un salto atrás, dando alaridos y pugnando a brazo partido por desasirse de los policías. Viendo que no lo conseguía, gritó: —¡No, Bwana, por favor! ¡Diré lo que sé! Estas fueron las últimas palabras que pudo pronunciar. El doctor sintió el silbido de algo que pasaba junto a su oreja..., y una flecha se clavó en el corazón del preso. El veneno en que estaba impregnado causó un efecto instantáneo. Se produjo una enorme confusión. Salió para aquel lugar un magistrado, pero tardó un día entero en llegar. Los dos blancos, sus criados y los policías no habían conseguido dar en aquellas veinticuatro horas con una clave. Peor aún: al pedir el magistrado al médico sus notas, éste no las encontró. Habían desaparecido las listas de nombres, familias, inyecciones, tatuajes y todas las demás observaciones que había hecho. El magistrado dio orden a los soldados de que reuniesen a toda la población. Pero Garao era un pueblo que nos reservaba sorpresas. El número de los individuos que aparecían con vacunas recientes era bastante superior a la cifra que el doctor recordaba haber vacunado. —¡Tráiganme al jefe! —ordenó muy escamado el juez. Todos salieron llamando al jefe, pero éste no apareció ni supo nadie decir dónde andaba. El magistrado gritó a Sankuru: —¡Tráeme volando al jefe! Como no esté aquí dentro de diez minutos... Pero transcurrieron diez minutos, y veinte, sin que apareciese. Y fue por último el magistrado mismo quien tuvo que ir a verlo... en un pequeño calvero donde lo encontraron Sankuru y sus policías, en medio de un charco de sangre, con la garganta destrozada por horribles zarpazos de un felino. —Un akkha —murmuró Sankuru. Y al mismo tiempo señaló unas huellas del feroz leopardo de las montañas de aquella región, que estaban claramente marcadas aquí y allá en el fango, alrededor del cadáver todavía caliente.
  14. 14. 14 —Un akkha lo ha matado —repitió con semblante lívido, y al decirlo se restregó las manos una y otra vez en la blusa azul de su uniforme. Basiri exclamó entonces: —¡Ese majadero ha tocado el cadáver! El magistrado miró a Sankuru y vio las manchas de sangre. Esto le produjo una repentina turbación, y volvió la vista hacia otro lado. Pudo así descubrir la causa del súbito silencio que se había producido a su alrededor. La bulliciosa multitud de indígenas que había ido en pos de él hasta el lugar en que fue hallado el cadáver se había esfumado. Había bastado que se pronunciase una sola palabra: “¡Akkha!” para que se desbandasen todos sin abrir la boca. A nadie engañó aquella muerte del jefe de Garao. Los animales carnívoros no atacaban jamás al hombre en pleno día y en los alrededores del poblado. Aquello era cosa de los Hombres Akkha, los feroces asesinos que acostumbraban a emboscarse en espera de sus víctimas para clavarles en el cuello unas garras de hierro que se atan a las manos; los akkhas, que se cubren la cabeza con una piel del auténtico leopardo para disfrazar así su personalidad; los akkhas, que una vez cometido el crimen dejan impresas en el lugar unas huellas falsas de felino hechas con un bastón tallado, borrando antes con sumo cuidado las suyas propias. Era un asesinato más. Desde aquel momento, los crímenes se sucedieron rápidamente unos a otros. Conforme avanzaba la investigación, se iban amontonando los cadáveres. ¡Hasta el número de cuarenta y siete! Y sin encontrar jamás un rastro, fuera de algunas huellas de akkha, y esto sólo en algunos casos. Indicaciones que pudiesen guiar las pesquisas, ninguna. A menos que... Sí, algo había. Cuarenta y cinco de los cuarenta y siete asesinados tenían la marca de haber sido vacunados, y dieciocho de los hombres estaban tatuados con círculos. Dos había que no presentaban señal de haber sido vacunados, pero al examinar sus cadáveres observó el doctor un detalle curioso. Ambos tenían el relieve de una cicatriz igual en el estómago, un poco más arriba del ombligo. Manuel, el ayudante del médico, brindó una explicación posible de aquel hecho. La vacuna asustaba en un principio a los indígenas, pero luego se dieron a pensar que tal vez fuese una gran operación de magia de los blancos. Entonces, algunos de los que no habían sido vacunados querrían gozar de una protección parecida a la que la vacuna proporcionaba, y se dirigían al hechicero, y éste les haría una incisión abdominal, embutiendo en ella algunos de sus sucios medicamentos. Pero, ¿y los tatuajes de los dieciocho restantes? ¿Qué sentido tenían? ¿Y qué se podía deducir del hecho de que ninguna de las víctimas hubiese escapado de la vacunación de Manuel o a la del hechicero? ¿Se trataba de una simple coincidencia? ¿No nos encontraríamos, según insistían tercamente los magistrados, con alguna pieza del rompecabezas de Mohoko a la que no veíamos aún el sentido? Entretanto, el magistrado, Van Veerte, el padre y el médico habían sometido a interrogatorios, unas veces con halagos y otras de una manera rigurosa, a un buen millar de indígenas; pero con todo ello estaban en el mismo punto de partida. También habían encarcelado los magistrados a unos cuantos centenares de indígenas, con la esperanza de que alguno de ellos cediese y hablase. Tampoco este recurso sirvió de nada. Poco a poco tuvieron que ponerlos en libertad a todos. A todos, menos a cierta persona que trajeron en automóvil desde un poblado lejano de otra región, y que quedó encarcelada en la capital de la provincia. Nadie sabía quién era.
  15. 15. 15 Los magistrados me habían pedido, mientras se llevaba adelante la investigación, que les hiciese ampliaciones de todas las fotografías que yo había hecho en Mohoko. Llevé a cabo este encargo, que me costó mucho trabajo. Eran fotografías del jefe de Mohoko y de sus mujeres; de hombres con los torsos tatuados; de un joven cazador al que me encontré cierto día llevando atado a la muñeca un burdo emblema fálico o erótico; del pueblo mismo, etc. Fue tal la satisfacción de los magistrados al recibir aquellas fotografías que tuve la seguridad de que habían identificado al preso misterioso como a uno de los individuos que desaparecieron con todo el poblado de Mohoko. Y tantas vueltas le di a este asunto que adquirí la casi seguridad de que también yo lo había identificado. Una tarde, estando la mayor parte de los encargados de la investigación en Watza para tomarse un día de descanso, que se habían ganado muy bien, cogí una de mis ampliaciones y llamé a Bombo, mi chófer en muchas expediciones. Se la enseñé y le dije: —Fíjate bien en lo que voy a decirte, porque hay en ello una buena matabisha para ti. Tú sabes quién es la persona de este retrato, ¿verdad que sí? —No, Bwana —me contestó visiblemente intrigado; pero luego se iluminó su rostro con una expresión curiosa y se corrigió—: Es posible que la conozca. —Muy bien. ¿Y sabes dónde se encuentra ahora? Bajó la cabeza, pero no dijo nada. Se diese o no cuenta, su actitud equivalía a decirme: “Lo sé perfectamente, pero es mejor que no me meta en este asunto.” —Fíjate bien lo que te digo —agregué—. Esta fotografía te la has encontrado tú haciendo la limpieza del campamento y la has cogido sin decirme nada a mí. ¿Me entiendes bien? Cuando estés reunido con alguno de tus amigos, sácala y házsela ver. Diles que te ha parecido que es de la misma persona que se llevó el magistrado en su automóvil. Lo único que yo quiero que tú me digas es si alguno de los circunstantes se interesa especialmente por ella. Si alguien te la pide, dásela. Y dime quién es. Con esto habrás ganado la matabisha..., que será igual al salario de un mes, ¿estamos? Bombo cogió la foto y se dio por enterado de mi promesa sin muestras de mucho entusiasmo. —Lo que ordenes, Bwana —dijo sin levantar la vista, y desapareció. Un rato después oí gran vocerío, estallidos de risa y pasos de gente que se acercaba a mi tienda. Apareció Sankuru, que traía a rastras a Bombo, el cual pugnaba por desasirse. Venían detrás dos policías y todos mis criados. Sankuru soltó al detenido, saludó con la mayor gallardía cuadrándose, y dio rienda suelta a su indignación: —Bwana —me dijo—: este criado al que quieres como a un hijo y en el que has depositado tu confianza, es un ladrón y debes castigarlo con severidad. Cogí la fotografía que él me presentaba indignado y le contesté que no tenía ningún valor, que yo mismo la había tirado. Sin embargo, lo felicité por su celo, le di unos golpecitos en el hombro y le obsequié con un paquete de cigarrillos. Y le pregunté de sopetón quién era la persona de la fotografía aquella. Sankuru se quedó desconcertado un momento, pero se recobró en seguida. Pero yo había visto lo suficiente para saber que me contestaría con una mentira. Con mucha precipitación, y como queriendo soslayar un asunto demasiado peligroso, contestó: —No lo sé, Bwana —y para hacer más convincente su mentira, agregó—: Soy viejo y tengo la vista cansada. No sé siquiera quién puede ser esa mujer. —Si tan mal estás de la vista —le dije—, ¿cómo has podido ver que se trata de una mujer?
  16. 16. 16 —¡ Muy bien dicho, Bwana! —exclamó riéndose, como si mi salida le pareciese graciosísima. Los demás se echaron también a reír. Viendo que no sacaría ni una palabra más de Sankuru, los despedí a todos. Ardía en deseos de saber si Bombo había enseñado la fotografía a alguien más, pero antes quería estar seguro de que Sankuru se había alejado. Me tumbé en mi cama de campaña. Pero era tal mi impaciencia que no pude resistir más, y a los cinco minutos me puse en pie. ¡Bendito sea Dios que tan a tiempo me envió aquel impulso! El crujir de la cama se confundió casi con el ruido que hizo una tela al rasgarse. En la almohada en la que un segundo antes descansaba mi cabeza temblaba todavía una flecha, y la mancha que apareció en la funda me decía sin lugar a dudas que la flecha estaba embadurnada de veneno. Todo esto ocurrió en menos tiempo que el que cuesta contarlo. Y, también en un instante, apagué yo la luz, eché mano al rifle y a una linterna eléctrica y espié por la parte posterior de mi tienda la negra muralla de vegetación que rodeaba al claro del bosque en que estaba instalado el campamento, y que por aquel lado no distaba más de seis metros. Escuché con gran atención. No oí el menor ruido. Mi linterna tenía dispositivo para adaptarla al cañón del fusil en las cacerías nocturnas. Las coloqué, las encendí y registré los alrededores con el foco de luz, adelantando el rifle. Hice bien en mantenerme detrás de la tienda, porque pasó otra flecha silbando por encima de la luz de la linterna y fue a clavarse en el suelo a dos pies de distancia de mí. Apagué inmediatamente la luz y apunté hacia el sitio de donde había venido el chasquido del arco. Disparé, no porque creyese que iba a dar al hombre, sino para asustarlo y ponerlo en fuga. Volví a encender la linterna, pero esta vez la llevaba en la mano, porque oí el ruido que alguien hacía abriéndose paso por entre arbustos y ramas. Pero la oscuridad no me dejó ver nada. Mis criados acudieron corriendo. Les di orden de que se quedasen vigilando y que no permitiesen que nadie se acercase. Entonces pregunté a Bombo cuántas personas habían visto la fotografía antes de mostrársela a Sankuru, pero le advertí que no pronunciase nombres, porque no quería poner en peligro su vida. Esto pareció quitarle un peso de encima y me contestó: —Una solamente, y me pareció que iba hacia aquella choza que hay por ese lado —y señaló en la misma dirección de donde habían venido las flechas. No quería saber más por el momento. Me dirigí rápidamente hacia la casa de Van Veerte y le insté a que cogiese su revólver y me acompañase. Estaba seguro de lo que íbamos a ver..., si llegábamos a tiempo, mientras nos encaminábamos a toda prisa hacia una choza situada a espaldas de la estrecha faja de selva que había detrás de mi campamento. Pero en el momento de ocultarnos detrás de un enorme tronco de árbol, ya no estaba tan seguro, y pensaba: “Con tal de que no esté equivocado ...!” Desde el interior de la choza solitaria se filtraban tenues rayos de luz. —No se mueva —susurré al oído de Van Veerte—. Pero fíjese bien en los que salen. Cuando los haya visto, lo sabrá ya todo. Al cabo de un rato se apagó la luz; pero entonces se había levantado la luna, iluminando el panorama con su pálida claridad. Oímos abrirse la puerta. Fueron saliendo del interior hombres, de a uno, con grandes intervalos, y se alejaron en silencio, pero nosotros pudimos reconocerlos a todos, sin género alguno de duda.
  17. 17. 17 Al pasar por delante de nosotros el último, me pareció que Van Veerte sufrió un escalofrío. Quizá el que se escalofrió no fue él, sino yo. Aquel hombre llevaba en la mano un arco que, puesto vertical, le igualaba a él en altura. Era un arco que parecía el más apropiado para disparar flechas como la que se había clavado profundamente en la almohada de mi cama de campaña. LOS HOMBRES QUE BAILAN CON LOS MUERTOS quel día era domingo. ade Aunque debíamos salir todos al siguiente por la mañana para llevar lante nuestras investigaciones, celebramos aquella noche un largo consejo de guerra, durante el cual adoptamos varias resoluciones. La primera de todas fue la de que nos esforzaríamos en mantener una actitud que no hiciese sospechar que sabíamos algo. A Segundo, que tendríamos todos muy buen cuidado de no permanecer nunca aislados. Tercero, que siempre que tuviésemos que referirnos a los cuatro criminales que ya creíamos conocer, nos referiríamos a ellos con las letras A, B, C y D, aun cuando hablásemos en francés, inglés o flamenco. Cuarto, que el más joven de los magistrados se retrasaría, fingiendo una pequeña indisposición, y no se pondría en camino hasta que nosotros llevásemos ya bastante adelantado nuestro viaje. Fingiría entonces una agravación de su enfermedad y daría orden a su chófer de que lo condujese al hospital provincial, y allí ocuparía una cama de manera que se enterase la gente. Más tarde, adoptando las mayores precauciones para no ser visto por ningún indígena, sometería a un duro interrogatorio a la mujer que estaba encerrada en la cárcel de la provincia, poniéndole delante las “confesiones” que le habían hecho A y sus otros compañeros. He dicho “la mujer” porque mi hipótesis había resultado exacta, y ya los magistrados no podían ocultar la personalidad de la presa. Todo salió a pedir de boca, por aquella vez al menos. Ahora que creíamos conocer una buena parte del juego, procurábamos alejar sospechas, haciéndonos los tontos cuanto nos era posible. Regresamos a Watza el sábado por la tarde, después de una semana de safari. El magistrado “enfermo” estaba ya sano, nos esperaba y tenía urgente necesidad de tomar el aire del campo. Como faltaban aún tres horas para que oscureciese y para la hora de la cena, subimos todos a mi automóvil. Hicimos alto en la cumbre de una colina pelada. Nadie podría acercársenos en muchos centenares de yardas a la redonda sin que lo viésemos. Era el lugar más adecuado para charlar con toda libertad. El magistrado joven nos confirmó lo que ya nos suponíamos al verlo restablecido. Después de acosar a la mujer por espacio de varios días, había por fin sucumbido y hecho una confesión completa. Aquella conversación resultó la más espeluznante, pero también la de mayor emoción e interés que he escuchado en mi vida. Parecía como si entre los seis estuviésemos componiendo una novela de misterio, fuera de que la aportación de cada uno de nosotros no era un simple fruto de nuestra imaginación, sino un trozo más del rompecabezas infernal que íbamos poniendo en el lugar que le correspondía. Cuando finalizamos nuestra conversación el libro estaba completo y el misterio aclarado. Faltaba sólo aportar las pruebas concluyentes y el desenlace final. Teníamos la seguridad de que también eso lo tendríamos, si nos acompañaba la suerte, el miércoles
  18. 18. 18 por la mañana a más tardar, porque ese día nos encontraríamos todos de vuelta en el sitio donde había estado emplazado un día el pueblo de Mohoko. Era evidente que nuestros criminales tenían su cuartel general en este pueblo. Una de las claves de que disponíamos para obtener esta conclusión era la insistencia con que Manuel había afirmado que jamás había estado allí antes del viaje que hizo en mi compañía. Sin duda le asustaba pensar que yo pudiera descubrir casualmente alguna cosa. Otro indicio era el haber venido conmigo, ya que no se lo había ordenado el médico, sino que fue él mismo quien se lo sugirió al doctor. Lo confirmaba también el caso de Loko—Loko. Es probable que no se mostrase completamente sumiso. Cuando fue citado para que compareciese ante el tribunal con objeto de responder de una acusación leve, tuvieron buen cuidado los asesinos de que no se pusiese fuera del control de su mano de hierro, temerosos de que hablase. Los dos policías que fueron en su busca, y que al ver que aquél había desaparecido armaron barullo y amenazaron, tuvieron el mismo fin que Loko—Loko. Con estas tres muertes el total de los asesinatos ascendía a cincuenta. Todo esto había sido confirmado por la mujer que estaba presa en la cárcel provincial. Era ésta, en efecto, la más joven de las esposas del jefe de Mohoko, la misma que quiso hablar conmigo, pero no para advertirme de lo que ocurría, sino simplemente para pedirme la fotografía que me había visto hacerle. Pudimos advertir que los miembros de la secta que caían en desgracia no salían mejor librados que los extraños. Bastaba infringir una regla para que el infractor pagase su falta con la muerte, aunque perteneciese a la casta privilegiada cuyo emblema era, en opinión nuestra, el tatuaje de círculos. Esto se demostraba con lo ocurrido al indígena en Garao, que, cuando el doctor le amenazó en broma con una inyección mortal, dijo que diría lo que sabía, y en el acto, C o B, que estaban al acecho, le infligieron el castigo. Se demostraba también con el caso del jefe de Garao. Se sabía que era hombre de carácter débil. Cuando el magistrado manifestó su resolución de someterlo a un duro interrogatorio, temieron también C o D que se fuese de la lengua. Entonces un akkha, oportuno y eficaz, entró en acción unos minutos antes de que Sankuru y sus policías llegasen al lugar del crimen. Y el ejemplo más concluyente era el del jefe de Mohoko, al que designábamos con la letra B. Indudablemente que era el segundo de a bordo, pero con todo eso, murió a los pocos días de marcharme yo del pueblo, y la enfermedad que le aquejaba era ya obra del veneno. —¡Murió asesinado! —eso fue lo que la joven esposa manifestó al magistrado, y, según afirmó, lo había matado A, letra con la que seguíamos designando al jefe supremo de la secta. Lo peor de todo era el sistema que la sociedad secreta tenía de matar. —Es lo más espeluznante que oí en mi vida —explicó el magistrado más antiguo—. Pero me parece que es verdad. El nombre de la secta ya lo indica:¡Los que bailan con los muertos! Así se llaman ellos mismos. —Ya me lo estaba imaginando —exclamó el médico sin poderse contener—. ¡Los muy cochinos y bandidos...! Y entonces nos explicó ciertas anormalidades que observó en los cadáveres que aparecían con incisiones abdominales. . . . . . . . . . .
  19. 19. 19 Al llegar a este punto me adelantaré al curso de los acontecimientos, para completar este primer informe del doctor Gablewitch con los muchos eslabones de la cadena que aún faltan y que nos fueron proporcionados por los mismos criminales, especialmente por A, que resultó ser, según habíamos supuesto nosotros aún antes de que él y veintinueve de sus cómplices fuesen declarados culpables y condenados a trabajos forzados a perpetuidad, el jefe supremo de la secta, culpable, según propia confesión, de varios centenares de asesinatos. La secta seguía en todos los casos el mismo demoníaco procedimiento. Cuatro o cinco de sus miembros, enmascarados con pieles de leopardo, se introducían a medianoche en la choza del que iba a ser su víctima. Sin necesidad de recurrir a procedimientos de violencia física, caía aquélla “muerta”, es decir, sin voluntad, ya se tratase de un niño, de una mujer o del hombre más vigoroso. Los indígenas usaban este calificativo de “muerta” porque no eran capaces de comprender el gran poder hipnótico que desarrollaban los asesinos de la secta. Bajo la influencia de esta fuerza hipnótica y obedeciendo al mando de sus verdugos, el “muerto” se levantaba, salía de la choza y caminaba con el cuerpo rígido hacia donde ellos lo llevaban. Y siempre la demoníaca procesión se dirigía al mismo lugar, a un claro de bosque que había detrás de la aldea de Mohoko, un tétrico calvero del que nadie se atrevía a hablar en voz alta, pero al que todos los habitantes de la región conocían por el nombre de “Plaza del Baile con los Muertos”. Allí estaban reunidos los iniciados, y, al llegar la nueva víctima, empezaba una danza bruja en la que el “muerto” participaba, sin ofrecer resistencia a cuanto se le ordenaba. Primero bailaban en grupo. Después, conforme los iba llamando el jefe supremo, bailaban todos los miembros en pareja macabra con el “muerto”. A continuación eran conducidas a la plaza aquellas otras víctimas que ya llevaban “muertas” algún tiempo; eran casi siempre mozas y mujeres jóvenes. Acto seguido, y a la luz temblorosa de las antorchas, tenían lugar orgías indescriptibles, hacia el final de las cuales entraban en juego los falos rígidos (como el que yo había visto en la muñeca de un joven). Con las primeras luces del día, cuando el frenesí general había llegado a su punto máximo, se obligaba al nuevo “muerto” a tumbarse boca arriba en el centro de la enloquecida muchedumbre, y entonces un hechicero le hacía una profunda incisión en la piel, por encima del ombligo, y la rellenaba de dawa, es decir, de una medicina secreta. Según manifestaron los acusados, los hechiceros de la secta habían llegado a la conclusión de que la dawa no surtía los mismos efectos afrodisíacos en los individuos que habían sido vacunados que en los que no habían recibido la nueva endemoniada invención del hombre blanco. Por eso tenían los mismos adeptos a la secta tanto interés en vacunarse, como medio defensivo contra la posibilidad de ser elegidos para “muertos”; y también, por la razón contraria, procuraban poner fuera del alcance de la jeringuilla del hombre blanco a los que ya tenían elegidos para víctimas suyas. Acabada la demoníaca ceremonia en la “Plaza del Baile con los Muertos”, la última víctima, todavía bajo el influjo del sueño hipnótico, y las demás “muertas” de reuniones anteriores, eran distribuidas en varias chozas del poblado de Mohoko, en el que los desgraciados vegetaban hasta que llegaba la noche de la ceremonia definitiva en la que había de cumplirse su destino. Durante todo este tiempo los “muertos”, entre los que se contaban muchas más mujeres que hombres, vivían lo que los de la secta llamaban “una segunda vida”. No tenían que trabajar y se les alimentaba copiosamente, lo mismo que si fuesen animales
  20. 20. 20 cebados por encargo de un carnicero exigente. Su idiotez iba en aumento y llegaban a perder el uso de sus facultades humanas, no viviendo ya sino con el ansia de satisfacer los accesos de lujuria que desarrollaba en ellos la sustancia afrodisíaca contenida en la dawa. En otros términos, se preparaba desde todo punto de vista a la víctima para las orgías asquerosas que se celebraban con frecuencia en la siniestra plaza y que terminaban con el “Banquete del Akkha”. La víctima cuyo sacrificio debía celebrarse quedaba en la plaza y era sometida a un último tormento. Uno de los miembros de la secta, enmascarado y revestido con pieles de akkha, salía al centro y obligaba a la víctima a bailar con él una parodia de la danza de los cazadores, y cuando estaban en ella saltaba a su cuello, lo mataba y lo hacía pedazos. Los restantes iniciados se unían entonces al presunto akkha y compartían ávidamente aquel banquete, que dejaba empequeñecidas las más aterradoras fiestas canibalescas. Y todo ello bajo la mirada inexpresiva de los demás “muertos—vivos” que un día iban a sufrir la misma suerte. · · · · · · · · · · Cuando se conocieron todos aquellos horrores no fue cosa difícil encontrar la solución al problema de la desaparición de los doscientos dieciocho habitantes de Mohoko. Una mitad aproximadamente eran de otras localidades. No se trataba de idiotas bien cuidados, como yo había supuesto, ni de individuos atacados de la enfermedad del sueño, como pretendía Manuel. Eran pobres desgraciados, raptados por la secta en toda la región, y que vivían en Mohoko bajo los efectos de la diabólica droga para satisfacer los depravados apetitos de sus adeptos. Los demás habitantes del poblado eran miembros o familiares de los miembros de la secta, y tanto mi visita como mis preguntas no pudieron menos que despertar sus recelos. Antes de que empezásemos a investigar hicieron desaparecer a todos aquellos cadáveres ambulantes, matándolos y enterrándolos o, lo que es mucho más probable, devorándolos, en una fanática sucesión de bestiales banquetes. Hecho esto, los demás huyeron en todas direcciones, divididos en pequeños grupos, después de prender fuego a todo lo que no pudieron llevarse. . . . . . . . . . . Al día siguiente de nuestra conferencia, es decir, el lunes, volvimos a recorrer la distancia que nos separaba de Mohoko. El martes por la noche acampamos a dos horas de marcha del descampado en que antes se levantaba el poblado. El miércoles por la mañana nos pusimos en marcha muy temprano. Cuando llegamos al descampado de Mohoko, oímos de pronto un agudo silbido. Nos rodearon por todas partes hombres con uniformes de color kaki. Un oficial belga se adelantó y nos saludó. Llegaron hasta mis oídos algunas frases sueltas de su conversación con los magistrados: “Ayer cavamos durante todo el día... en el otro descampado..., cráneos..., huesos humanos... por todas partes..., docenas, centenares...”
  21. 21. 21 Terminada la conversación se volvió el oficial hacia su tropa de soldados negros y, después de darles la voz de firmes, les gritó enérgicamente: —Os recuerdo otra vez las órdenes rigurosas que os tengo dadas. Si alguien, sea blanco o negro, intenta cruzar vuestra línea para escapar, lo tumbaréis de un tiro. Repito, sea quien sea. Examiné los rostros de la gente que había ido con nosotros y vi que estas palabras habían producido una impresión tremenda. Van Veerte no perdió tiempo con muchas palabras. Dirigiéndose a la caravana, les habló de este modo: —Quiero hacer excavaciones en este terreno. El que quiera ganarse un sobrejornal de dos francos, que coja una azada de ese montón. Todos los peones de carga se adelantaron en tropel para echar mano a las herramientas. Van Veerte agregó: —Quiero que trabajen también los policías, y todos vosotros. Al oír esto, Sankuru y sus hombres se adelantaron a coger cada cual una azada. Con gran sorpresa mía, también Manuel, Basiri y sus compinches imitaron su ejemplo. Cuando se hizo un poco el silencio, habló otra vez Van Veerte, y ahora de un modo tajante: —Quitaos las blusas y las camisas. Todos, sin excepción. Fue una cosa curiosa el ver que individuos como Sankuru, Manuel y Basiri, a los que se había tratado hasta entonces con toda clase de miramientos, se sometían humildemente a tal indignidad. Pero algo había en la voz de Van Veerte que no admitía réplica. Los tres enemigos irreconciliables se desvistieron rápidamente y se pusieron a trabajar en línea con los demás. Van Veerte entabló conversación con nosotros y con el oficial, desentendiéndose por completo de los indígenas, que se habían puesto a trabajar con endemoniada energía, pero sin orden alguno, y divididos en varios grupos. Al cabo de un rato, y como si hasta entonces no hubiese advertido lo que estaban haciendo, se volvió hacia ellos y les gritó con voz de trueno: —Hatajo de estúpidos, donde yo os he mandado cavar es en la Plaza. No aquí. En el otro descampado...,¡en la Plaza del Baile con los Muertos! Todos tiraron las azadas al suelo. Se oyó un disparo, seguido de gritos airados. Se armó una espantosa baraúnda de tiros, gemidos, voces de mando, golpes de las culatas de los rifles contra los cuerpos desnudos, ¡un completo pandemónium! Pero las cosas habían sido calculadas cuidadosamente. La compañía de infantería indígena había llegado días antes secretamente desde la capital de la provincia y lo tenía todo ensayado a la perfección. Pronto pasó aquella tormenta y se restableció el orden. En el extremo más lejano del descampado habían detenido los soldados al grupo de peones y policías que, al oír aquel temido nombre se desbandaron, poseídos de indescriptible pánico. Aquella fuga no tenía mayor alcance. Pero otro grupo de soldados traía a rastras a dos individuos, con tatuajes en sus torsos, que forcejeaban y daban alaridos como animales salvajes. Finalmente, un tercer grupo transportaba el cuerpo encogido y sin vida de un anciano y lo dejó en la pequeña elevación que hacía el terreno donde nos encontrábamos. El más joven de los magistrados dirigió una mirada fría a aquel rostro lastimoso, acribillado a balazos, y exclamó: —Aquí tenemos a nuestro D. —¡Sankuru! —musitó Bombo, sin dar crédito a sus ojos. Otro de los magistrados hizo este comentario:
  22. 22. 22 —¡Qué bien tramado estaba! Cada uno de ellos ocupaba un cargo de confianza y de influencia decisiva, aparentando enemistad mortal con los otros dos. Van Veerte dijo por centésima vez: —La noche que los vi salir de la choza me pareció estar viendo visiones. Era ya superfluo que siguiésemos designando a Manuel y a Basiri por las letras A y C. Los dos estaban heridos, acometidos de un arrebato histérico y echando espumarajos por la boca. Cuando vieron el cuerpo inanimado de su compinche, se callaron de repente. Y también de repente y simultáneamente recobraron la voz, para concentrar sus acusaciones contra Sankuru, esforzándose desesperadamente por acumular todas las responsabilidades sobre el muerto. El doctor no hacía más que gruñir: —¡Grandísimos cochinos, ratas inmundas...! Van Veerte y los magistrados observaban cómo Manuel y Basiri eran amordazados, esposados y ligados con cuerdas. El magistrado decano dijo a los soldados: —Vosotros me respondéis de que lleguen a la cárcel vivos y sanos. ¡Andando con ellos! LOS HOMBRES QUE BAILAN CON LOS MUERTOS Attilio Gatti, 1949 Trad. Armando Lázaro Ross Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 Zombi Blanco Vivian Meik eoffrey Aylett, comisionado en funciones del distrito de Nswadzi, estaba asustado. En sus veinte años en África nunca antes había experimentado la sensación de encontrarse tan definitivamente desconcertado. Sentía como si algo estuviera apretándose contra él, algo que no podía ver ni localizar, y, no obstante, algo que parecía envolverle y que de una manera inexplicable amenazaba con asfixiarlo. Últimamente había empezado a despertarse de repente durante la noche, esforzándose por respirar y casi abrumado por una sensación de náusea. Una vez que ésta desaparecía, aún permanecía el extraño rastro de un olor horrible e innominado, un olor que tenía fuertes reminiscencias con las consecuencias de las primeras batallas de la campaña de Mesopotamia. Aquellos habían sido días de espantosas enfermedades, cuando el cólera y la disentería, las insolaciones, la fiebre tifoidea y la gangrena habían campado incontroladas; donde cientos quedaron en el sitio en que cayeron; cuando, presionados por los enemigos y olvidados por los amigos, los supervivientes se vieron forzados a abandonar incluso el decoro elemental del entierro decente... Recordó las moscas y la descomposición, la temperatura de cincuenta grados... G Y ahora, dieciocho años después, cuando despertaba por las noches parecía flotar a su alrededor como una presencia maligna el mismo olor de la corrupción fétida. Aylett era, primero y por encima de todo, un hombre racional, acostumbrado a enfrentarse a los hechos. Sus conocimientos del misterio de África, de sus lugares recónditos y sus selvas, de su espectral atmósfera, eran tan completos como el de cualquier hombre blanco —sonrió fantasiosamente al recalcarse a sí mismo lo pequeños que eran éstos— y buscaría alguna razón concreta que explicara ese vacío de años
  23. 23. 23 estrechado con ese horrible hedor. Si fracasaba en conseguir una solución satisfactoria, se vería obligado a concluir que ya era hora de regresar a casa con un largo permiso. Con cautela, como era propio de un hombre con su experiencia sobre los modos de los dioses oscuros, indagó en la profundidad de su alma, pero no pudo encontrar la respuesta que buscaba. En el distrito sólo había una conexión entre él y la Mesopotamia de 1915 —un tal John Sinclair, retirado del Ejército de la India—, pero esa conexión ya era un eslabón roto bastante antes de la primera aparición de esas asquerosas pesadillas. Sinclair había sido un camarada oficial en los viejos días, y, siguiendo el consejo de Aylett, se había instalado en unos miles de acres de tierra virgen en el comparativamente desconocido distrito de Nswadzi apenas terminar la guerra. Pero había muerto hacía más de un año, y, lo que era más importante, lo había hecho de manera natural. El mismo Aylett había estado presente en la muerte de su amigo. Siendo al mismo tiempo un místico como resultado de su conocimiento de África y un pragmático como resultado de su educación occidental, Aylett consideró de forma metódica la verdad trivial de que hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que sueña nuestra filosofía, y repasó en detalle todo el período de su asociación con Sinclair. Al acabar, se vio obligado a reconocer el fracaso, y, en verdad, analizado lógica o místicamente, no existía ninguna razón adecuada para relacionar a Sinclair con sus problemas presentes. Sinclair había muerto en paz. Incluso recordó el absoluto contento de su último aliento... como si le hubieran quitado una gran carga de encima. Era verdad que antes de esto, Sinclair —y también Aylett—, durante los dos primeros años de la Guerra, había pasado un infierno que sólo aquellos que lo habían experimentado podían apreciar. También era verdad que, en una memorable ocasión, Sinclair había salvado la vida de Aylett con gran riesgo para la suya propia, cuando Aylett, abandonado por muerto, había estado tendido bajo el sol con graves heridas. Naturalmente, jamás lo había olvidado, pero siendo el típico caballero inglés, había hecho poco más que estrechar la mano de su amigo y musitado algo al efecto de que esperaba que algún día se presentara la oportunidad de pagárselo. Sinclair había descartado el asunto con una risa, como algo sin importancia... sólo una obra hecha en un día de trabajo. Allí había concluido el incidente y cada uno prosiguió su recto camino. Como colono, Sinclair había sido todo un éxito. Con el tiempo se había casado con una mujer muy capaz, quien, eso le pareció a Aylett siempre que se había detenido durante un viaje en su hogar, estaba muy preparada para la dura existencia de la esposa de un plantador. Al principio Sinclair había dado la impresión de ser muy feliz, pero a medida que pasaban los años Aylett ya no estuvo tan seguro. En más de una ocasión había tenido la oportunidad de notar los cambios sutiles que experimentaba, a peor, su amigo. Estancamiento, diagnosticó él, y le recomendó unas vacaciones en Inglaterra. Las plantaciones solitarias, lejos de los tuyos, tienden a poner a prueba los nervios. Sin embargo, no siguieron su consejo, y los Sinclair prosiguieron con su vida. Dijeron que habían llegado a amar mucha aquel lugar, aunque él pensó que el entusiasmo de Sinclair no era verdadero. En cualquier caso, no había sido asunto suyo. Eso era todo lo que podía recordar, y se repitió que todo había terminado hacía más de un año. Pero los viejos recuerdos permanecen. Se encontró reviviendo otra vez aquel horrible día después de Ctesifonte, cuando Sinclair, literalmente, le había devuelto a la vida. Comenzó a cuestionarlo... ociosa, fantásticamente. La tarde se tornó en crepúsculo, la puesta del sol dio paso a la magia de la noche. Aylett todavía no hizo movimiento
  24. 24. 24 alguno para dejar la silla del campamento situada bajo el toldo de su tienda e irse a la cama. Después de un rato, el último de sus “muchachos” vino a preguntarle si podía retirarse. Aylett le contestó con aire distraído, con los ojos clavados en los leños del fuego del campamento. A medida que pasaban las horas pudo oír el sonido de los tambores nocturnos con más claridad. Desde todos los puntos cardinales los sonidos venían y se iban, el tambor contestando al tambor... el telégrafo de los kilómetros sin senderos que el mundo llama África. Con indolencia se preguntó qué decían, y con qué exactitud transmitían sus noticias. Extraño, pensó, que ningún hombre blanco haya dominado jamás el secreto de los tambores. Subconscientemente siguió su palpitante monotonía. Poco a poco se percató de que el batir había cambiado. Ya no se estaban transmitiendo opiniones o noticias sencillas. Hasta ahí podía entender. Había algo más que se enviaba, algo de importancia. De repente se dio cuenta de que fuera lo que fuere ese algo, en apariencia se lo consideraba de vital urgencia, y que, por lo menos durante una hora, se había repetido el mismo ritmo breve. Norte, sur, este y oeste, los ecos palpitaban una y otra vez. Los tambores empezaron a enloquecerlo, pero no había forma de detenerlos. Decidió irse a dormir, pero había estado escuchando demasiado tiempo, y el ritmo le siguió. Al final cayó en un sueño inquieto, durante el cual el implacable y palpitante stacatto no dejó de martillearle su mensaje indescifrable al subconsciente. Dio la impresión de que se despertó un momento después. Una niebla palúdica se había levantado de los pantanos de abajo y había invadido el campamento. Se encontró jadeando en busca de aliento. Intentó sentarse, pero la niebla parecía empujarle para que siguiera echado. Ningún sonido salió de sus labios cuando se afanó por llamar a sus “muchachos”. Sintió que le sumergían cada vez más... abajo, abajo, abajo y todavía abajo. Justo antes de perder el sentido se dio cuenta de que estaba siendo asfixiado, no por la densa niebla, sino por una nauseabunda miasma que hedía con todo el horror de la descomposición... Al abrir de nuevo los ojos, Aylett miró a su alrededor azorado. Una cara amable y barbuda estaba sobre él, y oyó una voz que pareció provenir de una gran distancia y que le animaba a beber algo. Le palpitaba la cabeza con violencia y respiraba con profundos jadeos. Pero el agua fresca despejó un poco el asqueroso olor que daba la impresión de aferrarse a su cerebro. —Ah, mon ami, c’est bon. Creímos que estaba muerto cuando los “muchachos” lo trajeron. —La cara barbuda exhibió una sonrisa—. Pero ahora se pondrá bien, hein? Usted es —¿cómo lo dice?— duro, hein? Aylett se rió a pesar de sí mismo. Vaya, por supuesto, éste era el puesto de la misión de los Padres Blancos, y su viejo amigo, el Padre Vaneken, plácido y digno de confianza, le estaba cuidando. Cerró los ojos feliz. Ahora ya no había nada que temer, pronto todo estaría bien. Entonces, tan súbitamente como había venido, ese terrible y persistente hedor de muerte y descomposición le abandonó... —Pero padre —discutió su horrible experiencia después—, ¿qué podría haber ocurrido? Los dos somos hombres de cierta experiencia de África... El misionero se encogió de hombros. —Mon ami, tal como usted dice, esto es África... y no tengo muchas pruebas de que la maldición de Cam, el hijo de Noé, se haya levantado alguna vez. Los oscuros bosques son la fortaleza de aquellos cuyos espíritus inconscientes se han rebelado y aún no han venido para servir tal como primero se ordenó.?Quién sabe? Nosotros... yo no indago demasiado aquí. Cuando llegué por primera vez, en mi joven idealismo busqué convertir, pero ahora yo... yo me contento con realizar las curas de las fiebres y heridas,
  25. 25. 25 y espero que le bon Dieu lo comprenda. Es lo mismo en todas partes donde está la maldición de Noé. La civilización no cuenta. Piense en Haití —pasé allí doce años—, Sierra Leona, el Congo, aquí. ¿Qué puedo decir sobre el ataque que usted recibió por parte de la niebla? Nada, hein? Usted... usted dele las gracias a Dios por estar vivo, pues aquí, mon ami... aquí se encuentra la cuna de África, la fortaleza más antigua de los hijos de Cam... Aylett observó al misionero con intensidad. —Padre —preguntó de modo deliberado—, ¿qué es lo que intenta que comprenda? Los dos hombres, viejos en las maneras de la jungla negra, se miraron con firmeza. —Mon ami —repuso con calma el sacerdote—, usted es un viejo amigo. En cuestión de formas de la religión pensamos de maneras distintas, pero ésta no es la Europa convencional, gracias a Dios, y cada uno de nosotros ha hecho lo mejor según sus creencias. El mismo Dios no puede hacer más. Así que se lo contaré. He visto esa niebla antes... por dos veces. Una en Haití y la otra en este distrito. —¿Aquí? El padre asintió. —Estaba en el campamento asistiendo a la escuela catecúmena que hay junto a las tierras de la señora Sinclair... —Prosiga —la voz de Aylett sonó baja. —Como usted sabe, la señora Sinclair ha llevado la plantación desde la muerte de su marido. Se negó a regresar a casa. Al principio usted, yo —toda la zona— pensamos que estaba loca por quedarse allí sola, pero... —el misionero se encogió de hombros— qué voulez—vous? Una mujer es una ley en sí misma. En cualquier caso, ha conseguido que sea el mayor éxito jamás alcanzado, y hemos de callar, hein? —¿Pero la niebla? —Iba a eso. Me cogió por el cuello aquella noche. Yo vivía en la casa, como lo hacemos todos los que pasamos por allí... África Central no es una catedral cerrada... pero, aparte de no saber nada acerca de lo que pasó durante varias horas, no me sucedió nada. —Tocó el emblema de su fe en el rosario, que era parte de su atuendo—. La señora Sinclair dijo que me vi agobiado por el calor, pero a mí esa explicación no me basta... —Sin embargo, eso no explica nada. —Quizá no... ¡pero la señora Sinclair dijo que no había notado nada peculiar! —¿Cómo puede ser? El sacerdote hizo un gesto ambiguo. —Yo no soy la señora Sinclair —dijo con brusquedad, y Aylett supo que el misionero no pronunciaría otra palabra sobre ella. —Cuénteme lo de Haití, padre —pidió. El cura contestó con voz tranquila. —Allí comprendimos que estaba producida artificialmente por magia negra vudú, algo muy real, mon ami, que mi iglesia reconoce, como tal vez sepa usted, y que allí llaman “el aliento de los muertos”. ¿Por qué...? —volvió a alzarse de hombros. Aylett giró el rostro y miró con fijeza hacia la distancia. Durante un largo rato clavó la vista en la línea de las lejanas colinas, sumido en sus pensamientos. Recordó una imagen en las que esas colinas aparecían como fondo: una fotografía tomada por un hombre que casi había estado más allá del límite de demarcación para darle la verdad al mundo. Pero había fracasado. La fotografía mostraba un grupo de figuras. Eso era todo hasta que uno las estudiaba, y aun entonces nadie creería que se trataba de una fotografía de hombres muertos... a los que no se permitía morir.
  26. 26. 26 Durante horas los dos hombres permanecieron sentados en silencio, cada uno ocupado con sus propios pensamientos. La noche cubrió el diminuto puesto de la misión, y desde lejos el sonido de los tambores les llegó transportado por la suave brisa. De repente, Aylett se volvió hacia el misionero. —Padre —dijo en voz baja—, desde aquí la casa de los Sinclair sólo está a treinta kilómetros... El sacerdote asintió. —Lo entiendo, mon ami —repuso. Luego, pasado un momento, añadió—: ¿Lo consideraría una impertinencia si le pidiera que guardara esto en su bolsillo... hasta que vuelva? Sacó un crucifijo pequeño. Aylett alargó la mano. —Gracias —dijo con sencillez. El sol se había puesto cuando la machila1 de Aylett fue depositada en el mirador de la señora Sinclair. Ella salió a recibirle. —Me preguntaba si volvería a verle —le observó con calma—. No ha venido por aquí desde... hace más de un año ya. —Entonces cambió el tono de su voz. Se rió—. ¡Como un oficial de distrito, ha descuidado vergonzosamente sus deberes! Aylett, con una sonrisa, se confesó culpable, excusándose en base a que todo había ido tan bien en esta sección que había titubeado en entrometerse en la perfección. —¿Ha perdido ahora la perfección? —replicó ella. —En absoluto. Esta visita es mera rutina. —Hum... Gracias —dijo ella con sequedad—. De todas formas, pase y póngase cómodo, y mañana le mostraré unas tierras perfectas. Aylett estudió a su anfitriona con atención durante la cena. Se sintió incómodo por lo que veía cada vez que la cogía con la guardia baja. Apenas podía creer que esta fuera la misma mujer a la que él había dado la bienvenida como prometida unos años atrás. La vida ardua la había endurecido, pero contaba con ello. Sin embargo, había algo más... una especie de dureza amarga, así lo describió a falta de un término mejor. Después del recibimiento formal, la señora Sinclair habló poco. Parecía preocupada por los asuntos de la plantación. —Mis propios territorios en África —dijo—. Oh, cuánto amo el país, su magia y su misterio y su vasta grandeza. Le recordó cómo se había negado a regresar a casa. Pero mañana, comentó, cuando él viera su África —la plantación—, lo comprendería. Aylett se retiró temprano, claramente desconcertado. La había visto mirando la cuidada pulcritud de la plantación antes de darle las buenas noches. De modo inconsciente ella había alargado las manos hacia la extensión en una especie de adoradora súplica y, no obstante, bajo la brillante luz de la luna en esa mensual adoración, él había vislumbrado el contraste de las duras líneas de su cara y la amargura de su boca. África... Extenuado como estaba, durmió bien. No sabía si la pequeña cruz que le había dado el padre tuvo algo que ver con ello, pero por la mañana se había despertado más descansado de lo que había estado en semanas. Anheló recorrer la plantación. La señora Sinclair no había exagerado cuando empleó la palabra perfección. Los campos habían sido limpiados hasta que ninguna brizna perdida de hierba crecía entre las cosechas; los graneros se alzaban en apretadas hileras; los leños estaban apilados entre cuerdas; el huerto y el jardín de la cocina eran exuberantes, y el pasto en el hogar de la granja era el más verde que él había visto en los trópicos. 1 Machila: parihuela, el medio corriente de transporte en los “matorrales”.(N. del A.)
  27. 27. 27 —¿Para qué? —su mente subconsciente no dejaba de martillearle—. ¿Por qué... y, por encima de todo, cómo? Aylett se había dado cuenta de algo que sólo un experto habría visto. Había muy poca mano de obra, aunque los trabajadores que andaban por ahí parecían muy ocupados. Como si adivinara sus pensamientos, la señora Sinclair los contestó. —Mis “muchachos” trabajan —dijo con voz monocorde al tiempo que agitó el látigo de piel de hipopótamo que llevaba. Aylett enarcó las cejas. —¿Métodos portugueses? —preguntó con calma, mirando el látigo. La señora Sinclair se volvió hacia él. Por primera vez notó el antagonismo deliberado de ella. —En absoluto; se debe al conocimiento de cómo sacar lo mejor de un nativo, una facultad que veo que los funcionarios aún no han adquirido. El oficial del distrito encajó la estocada sin inmutarse. —Touché —repuso, pero sabía que no se había equivocado en cuanto a la mano de obra. Es extraño, pensó, malditamente extraño... la señora Sinclair no hizo gesto de enterarse de la concesión del punto que le había hecho. Tenía los labios apretados con firmeza y, al continuar, habló con frialdad: —Es sólo una cuestión de llegar al corazón de África, ese corazón palpitante que hay debajo de todo esto... A África no le sirven aquellos que no se entregan con sus propias almas. De repente, ella se dio cuenta de lo que estaba diciendo, pero antes de que pudiera cambiar de tema, Aylett prosiguió con la cuestión. Su voz fue como la de ella. —Muy interesante... —dijo—, pero nosotros no animamos a los europeos, en especial a las mujeres europeas, a volverse “nativas”. No obstante, la última palabra la tuvo la mujer. —¡La perspicacia de los círculos oficiales! —murmuró. Luego miró a Aylett de nuevo a la cara—. ¿Sueno como una nativa —preguntó con voz áspera— o parezco una nativa? Aylett apenas la escuchaba. La estaba mirando. Sus ojos contradecían sus palabras, pues si alguna vez vio una expresión tiránica, de maligna perversión en una cara humana, fue entonces. Empezó a entender... Se sintió agradecido cuando la inspección terminó, y aliviado de que ella no le ofreciera la invitación formal para que permaneciera más tiempo. A ocho kilómetros de los lindes de su territorio tenía una tienda montada detrás de unos matorrales y raciones para dos días bajo la sombra. Envió a su safari a marcha ligera rumbo al puesto de la misión, y lo observó hasta que se perdió de vista. Luego se sentó a la espera de la noche. —El corazón de África... —repitió para sí mismo, pero su voz sonó lúgubre, y sus ojos centellearon con fría cólera. No fue hasta que oyó los tambores cuando Aylett retrocedió por el sendero mal definido en dirección a la plantación. En el borde del terreno se fundió entre las sombras de la arboleda y avanzó lentamente junto a los eucaliptos. Se arrastró sin hacer ruido hasta el mismo árbol que crecía en el jardín que había delante de la casa. Al poco rato vio a la señora Sinclair salir al mirador. Junto a ella había un nativo gigante que parecía un diablo obsceno, un médico brujo, siniestro y grotesco, que se encontraba desnudo a excepción de un collar de huesos humanos que colgaban y
  28. 28. 28 traqueteaban sobre su enorme pecho. Manchas de arcilla blanca y ocre rojizo embadurnaban su cara. Sólo cubierta en parte por una magnífica piel de leopardo, la mujer blanca descendió al claro y restalló el látigo que tenía en la mano. Sonó como un disparo de revólver. Como si se tratara de una señal, Aylett oyó el batir de tambores cercanos. Desde uno de los graneros se inició la procesión más grotesca que hubiera visto jamás. Los tambores palpitaron con malevolencia: el breve stacatto que había precedido a la fétida niebla que casi le había asfixiado. Se tornaron más y más sonoros. El mensaje recorrió las selvas, fue recibido y contestado. No cabía duda en cuanto a su significado. Se agazapó más cuando los tambores se aproximaron, con los ojos clavados en la escena macabra que tenía ante él. Siguiendo los tambores, con la misma regularidad que una columna en marcha, avanzaban los hombres que trabajaban la perfecta plantación. Se movían en filas de cuatro, con pies pesados y andar automático... pero se movían. De vez en cuando el restallido de ese látigo terrible sonaba como un disparo por encima del batir de los tambores, y entonces Aylett podía ver cómo ese cruel látigo cortaba la carne desnuda, y cómo una figura caía en silencio, para volver a levantarse y unirse a la columna. En su marcha rodearon el jardín. Al acercarse, Aylett contuvo la respiración. Tuvo que dominar cada nervio de su cuerpo para evitar lanzar un grito. Casi como si estuviera hipnotizado, observó las caras inexpresivas de los autómatas silenciosos, lentos... caras en las que ni siquiera había desesperación. Sencillamente se movían a las órdenes del implacable látigo en dirección a sus tareas asignadas en el campo. Encorvados y aplastados, pasaron a su lado sin emitir un sonido. La tensión nerviosa casi quebró a Aylett. Entonces lo comprendió... esos desgraciados autómatas estaban muertos, y no se les permitía morir... le vinieron a la mente las figuras de la increíble fotografía; las palabras del padre; la magia del vudú, reconocida como hecho por la más grande Iglesia Cristiana de la historia. Los muertos... a los que no se permitía morir... zombis, los llamaban los nativos en susurros, allí adonde iba la maldición de Noé... y ella lo llamaba conocer África. Un terror gélido invadió a Aylett. La larga columna llegaba a su final. La señora Sinclair la recorría, el látigo restallando sin piedad, la cara distorsionada por una lascivia pervertida, y el asqueroso médico brujo asomándose maliciosamente por encima de su hombro desnudo. Ella se detuvo junto al árbol detrás del que él estaba agazapado. Una única figura encorvada seguía a la columna. Con un jadeo de horror Aylett reconoció a Sinclair. Entonces el látigo se abatió sobre esa cosa desgraciada que una vez había muerto en sus brazos. —¡Dios mío! —musitó Aylett con impotencia—. No es posible... Pero supo que el vudú del médico brujo le había arrojado esa imposibilidad a la cara. El látigo restalló de nuevo, lanzando al solitario zombi blanco al suelo. Despacio, se levantó —sin un sonido, sin expresión— y automáticamente siguió a la columna. Oyó, como en una pesadilla, increíbles y espantosas obscenidades de los labios de la mujer, burlas crueles... y el látigo restalló y mordió y desgarró, una y otra vez. En la vanguardia de la columna los tambores seguían palpitando. Por último, el horror pudo con él. Aylett se encontró aferrando con desesperación la diminuta cruz que el padre le había dado. Con la otra mano empuñó el revólver y apuntó con fría precisión... Disparó cuatro veces a un punto por encima de la piel de leopardo y dos a la cara embadurnada del médico brujo... Luego se plantó con la cruz levantada delante del que antaño había muerto como Sinclair.
  29. 29. 29 La figura estaba silenciosa, encorvada e inexpresiva. No hizo señal alguna cuando Aylett se le acercó, pero cuando el crucifijo la tocó un temblor recorrió su cuerpo. Los párpados caídos se alzaron y los labios se movieron. —Ya me lo ha pagado —susurraron con gratitud. El cuerpo osciló y se desmoronó. —Polvo al polvo... —rezó Aylett. A los pocos momentos lo único que quedaba era un escaso polvo grisáceo. Había pasado un año tropical, recordó Aylett con un escalofrío... Luego dio media vuelta y, con el crucifijo en la mano, recorrió la columna... WHITE ZOMBIE Vivian Meik Trad. Elías Sarhan Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3 LA PALIDA ESPOSA DE TOUSSEL. W. B. SEABROOK n anciano y respetado caballero haitiano, cuya esposa era de nacionalidad francesa, tenía una hermosa sobrina llamada Camille, una joven mulata de piel clara a quien presentó y apadrinó en la sociedad de Port—au—Prince, donde se hizo popular, y para quien esperaba arreglar un matrimonio brillante. U Sin embargo, su propia familia era pobre; apenas se podía esperar que su tío, lo cual entendían, le diera una dote —era un hombre próspero, pero no rico, y tenía una familia propia—, y el sistema francés de la dot es el que prevalece en Haití, de modo que al tiempo que los jóvenes apuestos de la élite se apiñaban para llenar sus citas a los bailes, poco a poco se hizo evidente que ninguno de ellos tenía intenciones serias. Al acercarse Camille a la edad de veinte años, Matthieu Toussel, un rico cultivador de café de Morne Hôpital, se convirtió en su pretendiente, y después de un tiempo la solicitó en matrimonio. Era de piel oscura y la doblaba en edad, pero rico, cosmopolita y bien educado. La casa principal de residencia de los Toussel, en la falda de las colinas y que daba a Port—au—Prince, no tenía techo de paja y paredes de barro, sino que era un hermoso bungalow de madera, con techo de tejas y amplias terrazas, entre un jardín de vivas flores de fuego, palmeras y buganvillas. Allí Matthieu Toussel había construido un camino, guardaba su coche grande y a menudo se lo veía en los cafés y clubes de moda. Corría un antiguo rumor de que estaba asociado de algún modo con el vudú o la brujería, pero tales rumores son normales respecto a casi todos los haitianos que han adquirido poder en las montañas, y en el caso de los hombres como Toussel rara vez se toman en serio. No pidió ninguna dote, prometió ser generoso, tanto con ella como con su apremiada familia, y ésta la convenció para que se casara. El plantador negro se llevó a su pálida esposa con él de vuelta a la montaña, y durante casi un año, eso parece, ella no fue infeliz, o, por lo menos, no dio muestras de ello. Aún bajaban a Port—au—Prince, y asistían de manera esporádica a las soirées de los clubes. Toussel le permitió visitar a su familia siempre que lo deseó, le prestó dinero a su padre y arregló todo para enviar a su hermano menor a un colegio en Francia. Pero poco a poco su familia, y también sus amigos, comenzaron a sospechar que no todo marchaba tan felizmente como parecía allá arriba. Empezaron a darse cuenta de que ella se mostraba nerviosa en presencia de su marido, que daba la impresión de que había adquirido un vago y creciente temor de él. Se preguntaron si Toussel la estaba
  30. 30. 30 maltratando o descuidándola. La madre intentó conseguir las confidencias de su hija, y la muchacha gradualmente le abrió el corazón. No, su marido jamás la había maltratado, jamás le había dirigido una palabra brusca; siempre era amable y considerado, pero había noches en las que parecía extrañamente preocupado, y en tales noches ensillaba su caballo y cabalgaba rumbo a las colinas, a veces sin regresar hasta después de que hubiera amanecido, momento en el que se mostraba aún más extraño y más perdido en sus propios pensamientos que la noche anterior. Y había algo en el modo en que a veces se sentaba y la miraba que la hacía sentir que ella estaba, de algún modo, relacionada con esos pensamientos secretos. Le tenía miedo a los pensamientos y le temía a él. De modo intuitivo sabía, como lo saben las mujeres, que en sus excursiones nocturnas no se hallaba involucrada ninguna otra mujer. No estaba celosa. Se encontraba poseída por un miedo irracional. Una mañana, cuando pensaba que él se había pasado toda la noche en las colinas, mirando por casualidad por la ventana, así se lo contó a su madre, le había visto salir por la puerta de una construcción baja que había en su gran jardín, apartada de los otros bloques, y que él le había dicho que era su despacho, donde guardaba la contabilidad, los papeles de negocios, y donde la puerta siempre estaba cerrada con llave. —Entonces —comentó la madre, aliviada y tranquila—, ¿a qué se debe todo esto? Con toda probabilidad, esos pensamientos secretos suyos se deben a problemas de negocios... a alguna mezcla de café que está preparando y que, quizá, no va muy bien, así que se queda despierto toda la noche en su despacho meditando y calculando, o se marcha a caballo para ir a reunirse y consultar con otros. Los hombres son así. El asunto se explica por sí solo. Lo demás no es más que tu imaginación nerviosa. Y ésta fue la última conversación racional que mantuvieron madre e hija. Lo que sucedió posteriormente allá arriba en la noche fatal del primer aniversario de bodas lo entresacaron de los intervalos medio lúcidos de una criatura aterrorizada, temerosa e histérica, que finalmente se volvió loca de remate. No obstante, los acontecimientos por los que tuvo que pasar se le quedaron grabados de forma indeleble en la cabeza; hubo tempranos períodos en los que parecía bastante cuerda, y la secuencia de la tragedia se pudo deducir poco a poco. La noche de su primer aniversario Toussel había partido a caballo, diciéndole que no lo esperara, y ella había supuesto que en su preocupación se había olvidado de la fecha, lo cual le dolió y la hizo guardar silencio. Se fue a la cama pronto y, por último, se quedó dormida. Cerca de la medianoche su marido la despertó; estaba de pie junto a la cama y sostenía una lámpara. Debía de haber vuelto hacía cierto tiempo, pues ahora se lo veía vestido de etiqueta. —Ponte el vestido que usaste en la boda y arréglate —dijo—, vamos a ir a una fiesta. —Ella estaba somnolienta y aturdida, pero inocentemente complacida, imaginando que un tardío recuerdo de la fecha le había hecho prepararle una sorpresa. Supuso que la iba a llevar a cenar y a bailar al club, donde la gente a menudo aparecía bastante después de la medianoche—. Tómate tu tiempo —añadió él—, y ponte tan hermosa como puedas... no hay prisa. Una hora más tarde, cuando se reunió con él en la terraza, preguntó: —Pero, ¿dónde está el coche? —No, —repuso él—, la fiesta se va a celebrar aquí. Y ella notó que había luz en la cabaña, su “oficina”, en el otro extremo del jardín. No le dio tiempo para interrogarlo o protestar. La cogió del brazo, la condujo por el oscuro jardín y abrió la puerta. La oficina, si alguna vez había sido tal cosa, se había transformado en un comedor, iluminado por una luz difusa procedente de las velas altas.

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