MARIDOSÁngeles Mastretta
ÁngelesMastretta  Maridos
Diseño original de la colección:Josep Bagà AssociatsPrimera edición: noviembre 2007© Ángeles Mastretta, 2007  Derechos exc...
Para Catalina y Mateo, por el           fervor con que viveny las estrellas con que sueñan.
Una tarde naranja, Julia Corzas le abrió lapuerta a su tercer marido. El hombre era unespécimen de manos rotundas y ojos v...
leía un libro triste y era la mujer más alegre quepodía existir bajo cualquier puesta de sol.     Sacaron el tablero de aj...
Julia necesitó un aguardiente. Él quiso otro.     —¿Hay chocolates? —preguntó.     —Eres el único hombre al que le gustan ...
Todo el que sabe adivina que tras elsilencio de un ángel siempre hay unahistoria. O muchas.
Ángeles Mastretta                                  Maridos    CON TODO Y TODO    Daba rabia, porque se habían queridotanto...
Ángeles Mastretta                                  Maridos     Quién sabe por qué la vida suele ponerlestrampas a quienes ...
Ángeles Mastretta                                  Maridosejemplo, la pasión de Juan por sí mismo, sulengua larga, su vani...
Ángeles Mastretta                                  Maridosperdón.     Luego él se hizo torero y ella puso unatienda. Se as...
Ángeles Mastretta                                 Maridoscomo de algunos hombres depende un ejércitode hombres. En su nego...
Ángeles Mastretta                                   Maridospero firme ladera de la que no querían bajarsenunca. Cada uno t...
Ángeles Mastretta                                   Maridosotra parte.     —¿Adónde        vas?     —preguntó        élext...
Ángeles Mastretta                                  Maridos     —¿Qué traes en esa risa? —preguntó elhombre.     —Un juego ...
Ángeles Mastretta                                 Maridosde que la murmuración esté llegando a decirque ando con un señor ...
Ángeles Mastretta                                  Maridos     —Voy para allá, te digo.     Colgó. Llamó a su hermana. Sie...
Ángeles Mastretta                                  Maridos     —¿A quién quieres olvidar?     —Como si no supieras. Eres i...
Ángeles Mastretta                                   Maridoslenguaje de médicos y tedio se llamaalcoholismo.     —Y deficie...
Ángeles Mastretta                                 Maridosde sí mismo en que vivía aquel hombre lo quetenía a su hermana di...
Ángeles Mastretta                                   Maridosmemoria. Contó lo del mechón de pelo negro.En la distancia se o...
Ángeles Mastretta                                  Maridosoficina aparentando una sobriedad de siglos,dueño por momentos d...
Ángeles Mastretta                                 Maridosextraviados, un cansancio de siglos en losbrazos y una impensable...
Ángeles Mastretta                                   Maridossu impávido y generoso cónyuge, a sus hijosflexibles como el tr...
Ángeles Mastretta                                   Maridoshaciendo un esfuerzo para no llorar, porqueodiaba caer en la co...
Ángeles Mastretta                                  Maridosdispuesto a pasarse una tarde completa, conlluvia y sin lluvia, ...
Ángeles Mastretta                                  Maridosalguien que juega dominó es más confiableque alguien que juega g...
Ángeles Mastretta                                   Maridosasueto y salir de su casa al trabajo con su oloraún atravesado ...
Ángeles Mastretta                                  Maridosle doliera. Había quedado de ver a Juan hastaen la tarde, y pasó...
Ángeles Mastretta                                   Maridostodos los días.     Cuando logró ponerlos a todos fuera, diola ...
Ángeles Mastretta                                  Maridoscon las qué explicar y contarle a un mundoincrédulo los pesares ...
Ángeles Mastretta                              Maridosaquel en la escalera, cuando todo teníaremedio menos sus nombres ata...
Ángeles Mastretta                                  Maridos    GRAMÁTICA    La llamó Silabaria y la quiso tres díascomo tre...
Ángeles Mastretta                                  Maridos    SAL     Era sábado en la mañana, Elisa estaba enel jardín re...
Ángeles Mastretta                                  Maridoscasa un poco de la sal que tiene lo prohibido.Ella sabía perfect...
Ángeles Mastretta                                  Maridosle faltó ni un punto de sal a semejanteencuentro, así que de ver...
Ángeles Mastretta                                   Maridosencendidas y un ligero temblor entre loslabios. Tendría que exp...
Ángeles Mastretta                                 MaridosTe compré tus tijeras de podar.     —¿Mis tijeras de podar? —preg...
Ángeles Mastretta                                 Maridos    NO SE HABLÓ MÁS     Eran otros tiempos cuando Paz Gutiérrez,u...
Ángeles Mastretta                                   Maridosen recorrerlos. Hasta un río cruzaba aquellahacienda. Un río qu...
Ángeles Mastretta                                   Maridosque lo nombraba, había sabido quererloporque el hombre puso en ...
Ángeles Mastretta                                  Maridoshoguera, que hablaba en totonaca con quienpudiera entenderla y n...
Ángeles Mastretta                                   Maridosal niño como si fuera un tesoro.     Era mediodía cuando entró ...
Ángeles Mastretta                                 Maridosaño anterior y sus cuatro años no tuvieroninterés en preguntar de...
Ángeles Mastretta                                   Maridosdejar de mecerse.     —Pues que no se hable más del tema —dijo ...
Ángeles Mastretta                                 Maridos    CANA AL AIRE     Esa noche Natalia sintió su cuerpoenvejecien...
Ángeles Mastretta                                 Maridospara andar preocupándose por los de quieneslos actuaban en la tel...
Ángeles Mastretta                                 Maridospodía haber pasado la tarde con una másjoven o más lista, más bon...
Ángeles Mastretta                                 MaridosNatalia se dijo que quizá no debió casarse alos diecinueve años. ...
Ángeles Mastretta                                   Maridoscon alguien más. Hizo el recuento breve desus varios novios: el...
Ángeles Mastretta                                 Maridosqué?; ácido fólico, para reducir los rigores dela menopausia; Con...
Ángeles Mastretta                                    MaridosPor más que te llamé. Eso sí estuvo a punto dematarme. Es peor...
Ángeles Mastretta                                   Maridos     —Bisabuela —dijo él como saludo.     —Joven —dijo ella baj...
Ángeles Mastretta                                  Maridos    INUNDACIÓN     Tras darle más guerras que el OrienteMedio, e...
Ángeles Mastretta                                  Maridosmás fuerte que sus fuerzas y Cruz se hizo alánimo de dejarla ent...
Ángeles Mastretta                                 Maridosponiendo yeso en las paredes de unas oficinaspor el rumbo del aer...
Ángeles Mastretta                                    Maridos     Era la una de la mañana cuando se pudoabrir la puerta. A ...
Ángeles Mastretta                                 Maridosquedado su casa limpia y en cinco días Raúliba a poner el nuevo p...
Ángeles Mastretta                                 Maridos    UNA DE DOS     Lucía miró a su marido dormitar en unsillón. D...
Ángeles Mastretta                                 Maridos    ANTONIO IBARRA    Cuando llegó a México, Antonio Ibarratenía ...
Ángeles Mastretta                                     Maridos     —¿La viste bien? —le preguntó Antonio.Ella asintió con u...
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Ángeles Mastretta                                  Maridospintaba la eternidad. Antonio había empezadoapostando los aretes...
Ángeles Mastretta                                 Maridosaunque no lo fuera y él tuvo la certeza de queno había en el mund...
Ángeles Mastretta                                  Maridoscarro aquel y dibujó el nombre en una de suscaras. Tal fue el éx...
Ángeles Mastretta                                   Maridospaisano de gesto apacible y barriga insaciableque se había hech...
Ángeles Mastretta                                  Maridosentraban en ese mar riéndose y a Ibarra lodivertía verla brincar...
Ángeles Mastretta                                 Maridospero al poco tiempo todos los días al salir dela tienda y hasta d...
Ángeles Mastretta                                 Maridoshabía querido probar con ellos, par de pobressin nada que perder,...
Ángeles Mastretta                                   Maridoshombres, que le dejó Antonio como quien dejalo mejor de un huer...
Ángeles Mastretta                                   Maridosentre la misma gente.     El dinero entró mejor que nunca en lo...
Ángeles Mastretta                                  MaridosAntonio. Tenía la barba partida, la sonrisa demedia luna y los o...
Ángeles Mastretta                                  Maridosenfrentan el desafío de no aburrirse viviendoen ella como en mit...
Ángeles Mastretta                                   Maridosmisas de difuntos de todos sus paisanos, quelo hubieran cansado...
Ángeles Mastretta                                   Maridosparientes con los que puso un negociodedicado a vender carne, g...
Ángeles Mastretta                                  Maridostrece mil ochocientos sesenta y cuatro díascorrieron por su piel...
Ángeles Mastretta                                 Maridosseñora que necesitaba dar aviso de que habíaperdido a su perro, u...
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Divertida descripción de varios tipos de marido.

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Maridos

  1. 1. MARIDOSÁngeles Mastretta
  2. 2. ÁngelesMastretta Maridos
  3. 3. Diseño original de la colección:Josep Bagà AssociatsPrimera edición: noviembre 2007© Ángeles Mastretta, 2007 Derechos exclusivos de edición en español reservados para España:© EDITORIAL SEIX BARRAL, S.A. Avda. Diagonal, 662-664 - 08034Barcelona www.seix-barral.es ISBN: 978-84-322-1244-4 Depósito legal: B. 42.951 – 2007 Impreso en España
  4. 4. Para Catalina y Mateo, por el fervor con que viveny las estrellas con que sueñan.
  5. 5. Una tarde naranja, Julia Corzas le abrió lapuerta a su tercer marido. El hombre era unespécimen de manos rotundas y ojos vivísimos quealguna vez se creyó amado por los dioses. Aúntraía en los hombros el encanto de un gitano y enlos pies el andar de un guerrero. Tenía el pelocastaño en otros tiempos, pero cuando ella lo viodetenido en el umbral de su casa la luz queiluminaba su frente se entretuvo en las canassuavizando el gesto con que la saludó sin abrir laboca. —Mira que seguir siendo guapo —dijo comosi hablara consigo misma. Cuando lo conoció, Julia Corzas era pálidacomo un canario, inconsciente como un gorrión,necia como un pájaro carpintero, concentradacomo lechuza, incansable como si fuera un colibrí.Tan distintas alas en la misma mujer daban unacriatura atractiva y volátil, empeñada en decir quesólo ambicionaba estarse quieta. Desde entonces élse metía en su cama entre un marido y otro. Llevaban años de no verse. Él se había idohacía nueve, cuando Julia rondaba la edad media,
  6. 6. leía un libro triste y era la mujer más alegre quepodía existir bajo cualquier puesta de sol. Sacaron el tablero de ajedrez. Abajo estaba ellago adormeciéndose. Julia Corzas sonrióenseñando su hilera de pequeños dientes. Habíapocos paisajes tan perfectos como la sonrisa deJulia con los montes detrás, los ojos de Juliamirando al agua con la punta de ironía que noperdieron nunca, la cabeza de Julia que él sabíaoyendo a toda hora la música de fondo de su propiainvención. —¿Dónde anduviste? —le preguntó. Él buscó en la bolsa de su pantalón unamoneda de veinte centavos que corría en México amediados del siglo pasado. La usaban para jugar eláguila o sol con que dirimían el derecho a mover laprimera pieza del tablero. La tiró al aire. —¡Sol! —pidió Julia Corzas casi al mismotiempo en que él atrapaba el círculo de cobre entreuna mano y otra. —¡Águila! —dijo él enseñando la cara de lamoneda que tiene de un lado el escudo nacional,con su águila comiendo una serpiente y del otrouna pirámide iluminada por un gorro frigio. Se acomodó frente a ella. —¿Y qué es de tu marido? —preguntó. —Mi marido se fue con la mujer de otromarido. —Por fin —dijo él. —Ni creas que vas a meterte en mi cama. —No me he salido nunca —dijo él.
  7. 7. Julia necesitó un aguardiente. Él quiso otro. —¿Hay chocolates? —preguntó. —Eres el único hombre al que le gustan loschocolates. —¿Por qué se fue tu marido? —¿Por qué se van los maridos? ¿Por qué tefuiste tú? —Yo aquí ando —contestó él. —Ahora —dijo Julia Corzas y pasó un ángelcon su caudal de silencio.
  8. 8. Todo el que sabe adivina que tras elsilencio de un ángel siempre hay unahistoria. O muchas.
  9. 9. Ángeles Mastretta Maridos CON TODO Y TODO Daba rabia, porque se habían queridotanto y de tan distinto modo durante losdoscientos años que tenían de conocerse queera una lástima separarse así, como si nada. Doscientos años, decía ella, porque con eltiempo adquirió la certeza de que así habíasido. Su fe en el absoluto era tan rara que ibatomando cosas de cuanta religión tuvo a lamano, y eso de las varias vidas, de las almasjóvenes y las almas viejas, le gustó desde quese lo dijeron como una verdad tramada conhilos de plata. No dudó en asirse a la certidumbre deque se conocían de tantos años como no lesera posible recordar. Seguramente, pensaba,se habían visto la primera vez en el 1754,quizás en Valencia, y otra vez o muchasdurante el siglo XIX, a la mitad de una guerra oen un baile, pero su encuentro en el 1967, en elcruce de una escalera justo en el centro de laciudad de Puebla, los marcó en definitiva ypara bien, aunque como otras veces todoestuviera a punto de terminar mal. 11
  10. 10. Ángeles Mastretta Maridos Quién sabe por qué la vida suele ponerlestrampas a quienes mirados desde fuera nopueden ser sino pareja el resto de sus vidas,pero se ha dicho que tal sucede y está vistoque no sólo ellos, sino algo del mundo seentristece cuando se pierden uno al otro. En el siglo XX, Ana García y Juan Icaza,grandes nombres de la pequeña ciudad,fueron novios desde el momento en que esaescalera los sometió a su hechizo. Ella iba asubirla y él venía bajándola cuando el aire secruzó entre ellos y el aroma bajo su ropa. Ellaiba metida en un vestido blanco, hacía calor.Él tenía en la mano un sombrero cordobés conel que hacía creer a cualquiera que iba o veníade una plaza de toros. Ahí y en ese tiempo los hombres todavíaempezaban el cortejo y él tardó medio minutoen iniciarlo. Le preguntó si era hija de supadre y le contó que él hacía los hilos con losque el buen señor tejía sus telas. Le dijo queparecía una paloma de la paz y ella sonriódiciendo que las palomas están siempre enguerra, que no había campanario ni plaza quediera fe de algo distinto y que ninguna mujervestida de blanco podía ser del todo confiable. Dicen las consejas que la ironía no es útilpara hablar con los hombres, pero ella loolvidó y sin remedio hizo alguna. Desde esemomento y por todos, el trato entre ellostendría sus crestas y sus caídas siempre queAna ironizaba en torno a lo irremediable. Por 12
  11. 11. Ángeles Mastretta Maridosejemplo, la pasión de Juan por sí mismo, sulengua larga, su vanidad sin tropiezos, suaspecto de borracho empedernido. Fueron novios un tiempo. Novios aun delos que terminaban despidiéndose en lapuerta de la casa, justo cuando deberíaempezar el encuentro. Tras una de esas despedidas, él se fue abeber con sus amigos y de beber a retozar conuna pelirroja pasó en un segundo. Al díasiguiente, media ciudad despertó contandoque Icaza había bailado con una gringapegado a ella como una etiqueta. —Estaba yo borracho —dijo él paradisculparse. —Todavía peor —le contestó Anaseparándose del abrazo que no se darían. Esa madrugada y las treinta que siguieronJuan las pasó cantando bajo el raro balcón deAna, que se hacía la sorda mientras toda sufamilia se hartaba de no serlo. Lo acompañabaun mariachi que conocía de ida y regresotodas las canciones que tienen palomastraidoras en alguna de sus letras. Ni se diga lapaloma negra, la paloma querida, la palomaque llega a una ventana y la que nunca llega,la paloma en cuyos brazos vivió alguien lahistoria de amores que nunca soñó, la palomaque sabe que lo hace pedazos si el día demañana le pierde la fe. Por más que cantaron, ni los mariachis nilas palomas, mucho menos Juan, encontraron 13
  12. 12. Ángeles Mastretta Maridosperdón. Luego él se hizo torero y ella puso unatienda. Se asoció con su hermana para venderlas telas que hacía el padre. Al rato los dos secasaron con otros. ¿Que cómo pasan esascosas? Pasan sin cómo, pasan porque pasan.Ella tuvo una hija y él dejó de torear paraponerse a mantener un hijo y luego otro y unaesposa que hablaba poco pero mal de todo elmundo. Creció la tienda en que las hermanasseguían vendiendo al mayoreo las telas de lapequeña fábrica que les heredó su padre. Alrato creció todo el negocio. Juan volvió a trabajar en la fábrica dehilados que tenía su familia y que sin su bríoestaba al borde de la quiebra: a su padre quiénsabe qué nostalgia de su pueblo en España lehabía entrado mientras el hijo toreaba, quecuando Juan estuvo de regreso encontró elnegocio medio olvidado y patas para arriba.Como Juan era terco y le urgía paliar elequívoco en que andaba su vida, decidiórevivir la empresa y no se detuvo hasta quemultiplicó por veinte la producción. Borrachoseguía siendo. También trabajador. Se hizomuy rico. Mientras, Ana tuvo dos hijos más. Cadacinco años uno, acabó teniendo los problemasy los gozos de quien tiene tres hijos únicos. Leiba bien. Habían multiplicado su tienda envarias tiendas y del mando de las hermanasdependía un pequeño ejército de mujeres, 14
  13. 13. Ángeles Mastretta Maridoscomo de algunos hombres depende un ejércitode hombres. En su negocio habíadiscriminación al revés y ella creía que apenasera justo y apenas necesario dado que entantos otros no había una mujer ni enpantalones. Antes de ir al trabajo, Ana dio en caminaren las mañanas para espantarse lacertidumbre de que pasaba el tiempo.Caminaba por el borde de un río cuando supo,gracias a la voz de una amiga imprecisa —lasamigas precisas no se acomiden a llevar lo queles trae el viento—, que su marido tenía unanovia a la que le gustaban los caballos y loscerros tanto como a él. También esas cosas pasan, se dijo Ana, yen lugar de inmutarse dejó el río y corrió abuscar el pasado entre unos hilos. Lo encontró como si lo hubiera dejado latarde del día anterior. No tuvieron ni quedecir palabra, estaban esperándose. Él seguíasiendo delgado y con el talle firme.Prepotente, pero simpático, un poco avaroigual que siempre, sobrio sólo en las mañanasy brioso como ella lo recordaba. No volvierona separarse en una puerta sin haber tejido latela de sus amores, sin abreviar ni un sonidoni una queja, ni una caricia ni una drásticaemoción regida por el ahora. Quizás el futuro fue la única queja que seahorraron. Vivían en el presente como quienvive en un pretil de acero, en una delgada 15
  14. 14. Ángeles Mastretta Maridospero firme ladera de la que no querían bajarsenunca. Cada uno tenía otra casa y otro mundoy cada uno sabía que el mundo entero podíatambién estar en otra parte. Conocieron en pocos años todos loshoteles de buen paso de la ciudad. Hacíanjuntos la siesta una o dos tardes a la semana,se hablaban por teléfono diez veces al día y seextrañaban en las madrugadas. Entonces élaprovechaba sus penas para beberse todo loque encontraba a su alcance y labrar una seriede enemistades con su esposa. Mientras, Anacrecía un jardín, unos hijos, un trabajo, y unaseria amistad con su marido. Así las cosas él sedivorció y ella, no. De semejante diferencia surgió undesequilibrio sin remiendos. A él le sobrabatiempo y a ella siempre le faltaba. Él vivía soloy ella en mitad de una multitud. Hasta sumadre y su suegra habían terminado viviendojunto a su casa. Los hijos siempre invitabanamigos y su marido siempre quería abrazarlaen sábado y domingo. El pobre Juan empezó adolerse de sus desgracias y un buen día lepuso a Ana un ultimátum: era él o su familiatoda, era él o el otro mundo que a ella le cabíaentre ceja y ceja, era él o él, él o nada. Nadacomo él. Nada sino él. Se habían hecho unos amores largos yaunque Ana no se hubiera movido ni por todoel oro del mundo, se movió con trabajos, perosin regreso, tras el mundo de oro que tenía en 16
  15. 15. Ángeles Mastretta Maridosotra parte. —¿Adónde vas? —preguntó élextendiendo la mano hasta el cajón de la mesade noche para buscar unas tijeras. —Qué empeño el tuyo en preguntar undía y otro lo que ya sabes. —No volveré a beber, te lo prometo. —Promételo a ti que te debes eso. A ti y alo que no tuvimos. Juan sonrió con la tristeza de losabandonados. Ella buscó el encaje de su ropainterior bajo las sábanas. Tenía la mano de élprendida al pelo oscuro entre sus piernas. Loacarició. —Qué bonito tienes esto. Si te has de irdéjame un poco —pidió acercando las tijeras. Ana le dio permiso. Estiró los brazossobre su cabeza y levantó la pelvis. Él cortó unmechón oscuro justo en el vértice de aquellamaravilla. Pasó un ángel dejando sobre ellos elsilencio más largo de sus vidas. No semovieron en un rato. Él apretó en un puño lastijeras y el pelo, ella cerró los ojos antes deperderlo en un aire ajeno y se guardó aquelmomento en el centro de todos sus recuerdos.Luego, como quien se arranca de un árbol,saltó a la regadera y a la ropa y al auto y alcamino, y a su casa. No podía cerrar la bocaque le abría una sonrisa. Con ella puesta oyó asus hijos mayores contar historias deadolescentes y cenó junto a la tele mirando asu marido, que miraba la tele. 17
  16. 16. Ángeles Mastretta Maridos —¿Qué traes en esa risa? —preguntó elhombre. —Un juego —dijo ella antes de quedarsedormida con todo y la sonrisa que le duró esanoche y toda la mañana del día siguiente ytodo el día siguiente y hasta otro día. Entoncesempezó a preocuparla que Icaza no hubierallamado en tantas horas. Traía el celularprendido desde que despertó y a las dos de latarde no había sonado más que para mensajesprescindibles. Pero de él ni sus luces. Cerró latienda y fue al colegio por sus hijos. Salieronlos tres con dos amigos y los cinco seinstalaron a lo largo de la camioneta haciendoun ruido de pájaros. En ésas estaban cuando sonó el teléfono: —¿En dónde andas? —le preguntó unavoz llena de piedras. Nada más de oírla supoella lo que pasaba con el dueño de esa voz.Debía llevar por lo menos veinticuatro horasbebiendo. Estaba borracho como una rueda dela fortuna. —¿Por qué haces eso? —le preguntó. —Por lo mismo que tú haces eso de viviren otra parte. —Mamá, ¿nos vamos a quedarestacionados? —preguntó la hija menor, quehabía heredado la hilaridad de su madre. —Un rato —dijo Ana. —Un rato no —intervino Juan—. Voy aseguir así hasta que me muera. Ya me canséde andar solo siempre, de ir al cine sin mujer, 18
  17. 17. Ángeles Mastretta Maridosde que la murmuración esté llegando a decirque ando con un señor y que es por eso quenada se sabe de mi vida sexual desde eldivorcio y poco se sabía antes, según andadiciendo mi ex mujer. Ana arrancó el motor y se moviódespacio. —¿Nos podemos bajar al videoclub? —preguntó el hijo de en medio. —Sí podemos —dijo Ana. —No podemos nada —dijo el teléfono. —Podríamos querernos —dijo Ana. —En lo oscuro, ya estoy hasta la madre delo oscuro. Ana estoy hasta la madre, hasta lamadre, hasta la madre. —Ya me doy cuenta —dijo Ana. —Estaciónate aquí, mamá. Aquí —ordenóel hijo mayor mientras abría la puerta. —¡Cuidado! —dijo Ana, que lo vio saltardel coche. —¿Cuidado con qué? Cuidado que no seenteren, cuidado que no nos miren, cuidadoque ya es muy noche. Estoy hasta la madre —decía la voz de Juan haciendo temblar elteléfono con sus gritos. —Ya me doy cuenta de que estás hasta lamadre. Deja ese trago, voy para allá —dijoAna sin tener que preguntar en dónde estabaél. —Qué vas a venir, si estoy oyendo a tupipiolera, si andas en todas partes menosconmigo. 19
  18. 18. Ángeles Mastretta Maridos —Voy para allá, te digo. Colgó. Llamó a su hermana. Siempre hayque llamar a las hermanas. —Ya estás de nuevo en un lío —dijo lahermana—. Yo que te vine a ver. —En mi casa no hay comida. —Eso noto. —Iba a ordenar pizza para todos. A su hermana le pareció una gran idea.Vivía sola y sola las cosas le resultaban menosbuenas. Al contrario de Ana, ella era la solteray su novio, el casado. Quién sabe qué nospasa, decía. Según la terapeuta se nos dan lasrelaciones disfuncionales, pero qué saben lasterapeutas, lo mismo que antes sabían loscuras. Nada. A veces oír. Disfuncionalessomos todos. Llegaron a la casa. —¿Adónde vas? —preguntó la hija deAna. —No me tardo. Entretengan a su tía —recomendó haciéndole un guiño a su hermanaque le decía adiós con la mano en el aire. Ana llegó a la trastienda de una cantinapor el barrio de las fábricas que aún hacíapoco estaba en las afueras de la ciudad.Encontró a Juan dictando una conferenciasobre sus desgracias mientras en el tocacintassonaba un mariachi preguntándole a quiénsabe quién: «¿De qué manera te olvido?» Juan la vio entrar y se unió a la músicacon un canto desentonado. 20
  19. 19. Ángeles Mastretta Maridos —¿A quién quieres olvidar? —Como si no supieras. Eres igual quetodas las viejas. Y yo que te he tenido como ami reina. —Demagogo. Tramposo. ¿A mí? Noinventes. Todo fuera como prometer. Siguesde brebaje en brebaje. Eso sí no se te olvida. —Vete, que no quiero nada —le dijo él. —Me voy pero te llevo. Aquí donClemente no tiene nada que hacer con unborracho. Vamos para tu casa. —Que no es la tuya —dijo Juan contropiezos. —Ya sé que no es la mía. Mío eres tú ypor eso te estoy llevando. —No soy tuyo, qué tuyo voy a ser. Y nome llevas a ningún lado. Aquí don Clemen mecuida y me pone mi música. —Y te saca el dinero y te alcahuetea.Vámonos. Lo subió a su camioneta como un bulto decarga y lo llevó a su casa, que en efecto no erala de ella. Lo dejó ahí, en manos de su amigoFederico, que era el único capaz deacompañarlo cuando la borrachera dejaba deser divertida y se convertía en un tormento.Federico era sobrio como un vaso de agua yera, diría el poeta, en el buen sentido de lapalabra, bueno. Estaba quedándose ciego,pero andaba entre las sombras como bajo laluz y podía ver lo que pocos veían: su amigoJuan era un bebedor sin tregua, lo que en 21
  20. 20. Ángeles Mastretta Maridoslenguaje de médicos y tedio se llamaalcoholismo. —Y deficiencia, y falta de voluntad yrabia de no tenerte —agregó Juan cuando Anale repitió el diagnóstico—. Qué me importamorirme, me quiero ir a la chingada. Si no vasa vivir aquí, yo no quiero vivir en ningunaparte. —No digas idioteces, ni te pongas abuscar culpables. El asunto es tu asunto y yono me mudo a esta casa si tú no te mudas delas cantinas. Ana se oyó hablar y tembló. —Si dejo la borrachera, ¿te mudas aquí? —Sí —dijo Ana más firme que asustada—. Me mudo en cuanto lleves un año sobrio. Luego se lo entregó a Federico dándole unbeso. Era su cómplice desde la adolescencia,aún lo mordía la culpa de haber llevado a Juana bailar con las gringas, por más que Anaviviera diciéndole que nadie es culpable de lavida ajena y que ahí los tontos habían sidoellos: Juan por borracho y ella por inflexible. Yla ciudad, su educación y el clero másculpables que nadie bajo el cielo. —Te lo dejo —aceptó Ana soltando lamano de Juan que hacía rato había perdidohasta el nombre. Volvió a su casa, a sus adolescentes y a oíra su hermana llamarla loca de atar,imprudente y mentirosa. Porque según ella noera sólo el alcohol, sino también la borrachera 22
  21. 21. Ángeles Mastretta Maridosde sí mismo en que vivía aquel hombre lo quetenía a su hermana dichosa de besarlo, perosabía, eso siempre, como para no soportarlode la mañana a la noche hablando de símismo. —También sabe oír. Sabe todo de mediomundo y conversa conmigo como consigo.Eso no tiene precio. A ti no te gusta porquetodavía no le perdonas lo de la gringa. —Ha hecho cien después de ésa. Así sonlos borrachos. —Pero no a mí, porque no es mi marido—le dijo Ana negándole la razón, aunquesabía de sobra que, tratándose del tema, lapalabra de su hermana era la única verdadverdadera. Porque también era cierto quecuando Juan hablaba de ellos era sólo paraseguir hablando de sí mismo. Una cosa es la simple verdad y otra, laverdad verdadera. La de su hermana era de lasegunda: su hermana sabía perfectamente queel mundo de ella era mucho más vasto que elde Juan, que su vida toda era compleja y llenade matices como los recovecos de su alma, queni apretándola cabría su existencia en elpequeño cuadro que era la de Juan. —Él no ha tenido nunca una cuñada quelo quiera como yo, pero es un borracho —dijola hermana. —No le digas borracho con desprecio. Nosé si sólo por borracho puede portarse así —dijo Ana reencontrando la sonrisa en su 23
  22. 22. Ángeles Mastretta Maridosmemoria. Contó lo del mechón de pelo negro.En la distancia se oía la música de losadolescentes. La hermana le dio un últimotrago a su café y se miró las puntas de los piesdescalzos. —A mí nadie me ha querido tanto —dijomuy triste. —No abundan los locos, en cambiosobran los cabrones —dijo Ana, que teníaclarísimo que lo del novio de su hermana eraotro equívoco. —El mío se va hoy mismo a comer,desayunar y coger en otra parte —dijo lahermana, segura de que andar con un casadopara no compartir ni fantasías, porque hastalas fantasías dejaba en la oficina, es unaidiotez. —Gran compromiso: yo dejo al loco y túal cabrón. —Pierdes más tú que yo —dijo suhermana. —Ya lo sé —dijo Ana. Pasaron veinte días para todos menospara Juan, que detuvo el tiempo en la mismanecedad de beber hasta desmayarse mientrasle echaba la culpa a Ana de cada una de susdesgracias. Que hubieran acordado aquello deque si él dejaba el alcohol, ella se mudaría a sucasa, se fue quedando en el olvido. Bebíamañana, tarde y noche durante días. Sólo aveces lograba mantenerse veinte horasabstemio y revivir una mañana para llegar a la 24
  23. 23. Ángeles Mastretta Maridosoficina aparentando una sobriedad de siglos,dueño por momentos de una lucidez con laque hacía negocios y cerraba conveniosdurante unas siete horas al cabo de las cualesAna, que lo oía mejor, aceptaba pasar con él latarde. Andaban por sí mismos de ida y vuelta,sin decir una palabra, ávidos, inocentes.Luego, cuando los soltaba el lazo que habíanatado con la codicia de sus cuerpos, Ana leacariciaba el surco que tenía en el pecho o lebesaba un dedo húmedo. Después desatabasus amonestaciones, se le venía encima elbuen juicio y derrochaba la última de sushoras hablándole sin conseguir ningúnacuerdo, amenazándolo con que no volveríahasta que él hubiera entrado y salido de unlugar en que le curaran su mal de alcoholes.Pero entonces él la oía olvidadizo y arrogante,diciendo que no era ningún alcohólico y quetodo eso de que no controlaba la bebida era uninvento que ella tenía montado para nomudarse a vivir con él. Al día siguiente Ana volvía a perderlo,cinco después a recuperarlo, dos a perderlo,nueve a recuperarlo. Y así. Tras uno de esos encuentros él se dejó irpor el abismo de dos meses sin razón nimemoria, y no hubo modo de recobrarlo. Eradiciembre y llegó febrero. Para abril Anadecidió hablar con lo que de él quedaba: habíaperdido doce kilos, tenía la piel gris, los ojos 25
  24. 24. Ángeles Mastretta Maridosextraviados, un cansancio de siglos en losbrazos y una impensable humildad reciénalcanzada. —Supongamos que tú no tienes la culpa yque yo sí tengo remedio —le dijo—. Llévame adonde sea. Ana tuvo que hablar con su marido. Él nola dejó entrar en detalles, nunca quiso pensaren los pormenores de lo que entre ellos seconsideraba el trato de su esposa con unamigo de la adolescencia que a medio mundo,incluyéndolo a él, le parecía insoportable. Anaestuvo de acuerdo en que Juan erainsoportable, pero alegó que de cualquiermodo alguien tenía que hacer algo por él, asíque Federico y ella habían conseguidoconvencerlo de que aceptara irse a una clínicaen la que lo dejarían hasta que se curara.Después ya diría Dios, que siempre es mudo,pero de momento alguien tenía queacompañarlo en un avión fuera de la ciudad,porque dentro tenía demasiada genteinvitándolo a demasiados lugares y había queponerlo a salvo de todos ellos. Lo llevaron a un lugar donde se sabe quecuidan bien a los desaforados. Juan firmó sudeseo de quedarse ahí dentro durante seissemanas. Ana lo abrazó como si abandonara aun niño de brazos en el lecho de un río.Federico le palmeo la espalda y le dijo hastaluego como quien dice hasta ahora. Despuéscada uno volvió a su casa y a su causa. Ana, a 26
  25. 25. Ángeles Mastretta Maridossu impávido y generoso cónyuge, a sus hijosflexibles como el trigo, a su jardín como unametáfora del silencio. Por ahí de octubre Juan regresó dueño deuna suavidad desconocida, casi sabio,guapísimo. —Van seis meses —dijo—. Seis más y mecumples o no tienes palabra, ni madre, nipadre, ni alma. Ana se estremeció de ida y vuelta, perodijo que sí y que sí sintió de los pies a lacabeza. Pensó que toda la paz de su mundovaldría el gusto de verlo ser quien era. Ydesde ese momento se dejó entrar en la guerrade ir pensando cómo decirle a su familia quese iría a otra galaxia sin moverse siquiera de laciudad en que vivían. Empezó por decírselo a su hermana.Faltaban seis meses para que se cumpliera elplazo, pero necesitaba su opinión paraayudarse a pensar. No fue muy lejos por larespuesta: —No está mal, Ana. Una de cal por lasque van de arena. Tanto cabrón que deja a sumujer para irse a vivir con una idiota nadamás porque está aburrido, sin darse cuenta dela joya que abandona, que tú intentes nivelarla mezcla no está mal. —Mi marido tampoco parece una joya —le había dicho Ana. —Hasta que no lo compares con bisutería. —Ponte de mi lado —le pidió Ana 27
  26. 26. Ángeles Mastretta Maridoshaciendo un esfuerzo para no llorar, porqueodiaba caer en la condición de plañidera. —Estoy de tu lado. Lo que no sé es de quélado estamos —le dijo su hermana. Iniciaron esa noche unas pláticas queduraron meses. Oyeron también la opinión desus tres mejores amigas. A veces una por unay a veces todas juntas. De ningún otro asuntose habló tanto. Nunca se habían pesado tantascontradicciones en una misma báscula. Un díaganaba Juan y otro, el marido. Un día reinabala prudencia y otro la audacia, un día elinsulto y otro el perdón, un día cincodescalificaciones al unísono y otro dos de unlado, dos de otro y la de Ana en medio comoel fiel de una báscula infiel. Se decía de todo:que si dejaba ir a Juan no soportaría verlo conotra mujer, que si la sola idea le hacía temblarel temple, que si nada la haría másinfortunada, que si la soberbia es másindestructible que el alcohol, que si vivir coneso puede ser insufrible, que si vivir con sumarido era una materia ya muy aprendida,que si tampoco el marido era ningún santoaunque se lo viera más estable y se leconocieran menos desórdenes, que si unohablaba poco y el otro demasiado, que si unotenía habilidades y conocimientos domésticosque ya no tiene ningún hombre, que si al otrole gustaba viajar, que si Juan era versátil y lodivertían sus negocios, que si era divertidouno y reincidía el otro, que si Juan era el único 28
  27. 27. Ángeles Mastretta Maridosdispuesto a pasarse una tarde completa, conlluvia y sin lluvia, abrazado a ella como sihubiera una tormenta, que si Ana iba aextrañar a sus hijos, que si los de él estabanbien o mal educados, que en dónde iba a pasarla Navidad, que si no importaba cuál casatenía un jardín más grande, que si cuál olor sele hacía más imprescindible, que si el de Juan,que si eso no afectaba mucho, que si eracrucial, que si en casa de uno el servicio lohacía todo sin que se notara su presencia y encasa de ella todo pesaba en su ánimo y sutiempo, que si a uno le daba por los coches yal otro por la velocidad, que si uno erafriolento como ella y el otro caluroso como elverano, que si en un lugar había golondrinasen el tejado y en el otro gorriones en el brocalde la ventana, que si uno hablaba de sí mismotreinta y seis de cada veinticuatro horas y elotro no decía nunca lo que pensaba de símismo, mucho menos de ella y su contradichaemoción de cada día. Que si Juan era alegre ysu marido ensimismado, si uno era buenconversador y el otro buen observador, si elesfuerzo de Juan era la más crucial prueba deamor que ha dado un hombre, que si teníaarranques de mal genio pero la nube negra desus furias era corta, que si en cambio elmarido nunca estaba enojado, pero tampocodichoso. Que si eran más emocionantes losaltibajos o era mejor el sosiego, que si es mássospechoso un silencio que un enojo, que si 29
  28. 28. Ángeles Mastretta Maridosalguien que juega dominó es más confiableque alguien que juega golf, que quién la hacíasentirse más necesaria, que si eso era un elogioo una dependencia, que si, por último, peromuy importante, uno encontraba más rápidosu clítoris que su punto G y al revés, que siuno acariciaba hasta conseguir lo que fuera yel otro no acariciaba nunca, que si uno era unatregua y el otro una guerra, que por más quese hablara había entre ella y Juan un aroma deluces que sólo había entre ellos. Pasó noviembre con sus flores moradas ydiciembre, con su ruido de nueces, sin queuna copa devastara el conjuro. Pasó enero y sucuesta; febrero y sus afanes; marzo, igual queuna almendra; abril, que en cualquier partedel planeta es, como octubre, el mejor de losmeses. En ningún otro tiempo quiso ella a sumarido lo mismo que a su amante, y nunca lesupo tan amarga la mezcla. Quizás hubierasido inequívoco tener un solo amor, un solomarido, una fidelidad sin quebrantos, pero aella le había tocado el otro privilegio. Se cumplió el plazo. Juan empezó a cantar la fecha cuando aúnfaltaban varios días y como si al decirlohubiera llamado completo al hechizo de laantigua escalera. Ana se sorprendió sin unasola duda: quería vivir con él como si siemprefuera luna llena, quería viajar con él, comer ensu mesa al mediodía de todos sus días,despertar junto a lo suyo las mañanas de 30
  29. 29. Ángeles Mastretta Maridosasueto y salir de su casa al trabajo con su oloraún atravesado en todas partes. Estabaagradecida con él porque, tras tanto ruego,había aceptado ponerse a buen resguardo,cuidar su enfermedad, reconocerla, temerla ydesafiar la furia con que a veces lo tentaba elantojo de perderse y perder para no dejarlespaso a sus temores, no pensar en su pasado, ninegarse al placer de la paz. Lo quería comonunca y como nunca quería cambiarse de casacomo si se cambiara de alma, y no tenía unsolo resquicio de incertidumbre alrededor desemejante certidumbre. Tenía, sí, el terror decontarla, la inerme oscuridad que no conocelas palabras con que se dicen cosas como ésaen donde nadie las entendería y nadie querríaoírlas: su casa. Durante las últimas cuatro noches, Analloró el agua de los siete mares, pero noencontró las palabras para contarle a sumarido la historia que él ya sabía, explicarles asus hijos lo que no imaginaban, pedirlesperdón y despedirse diciendo hasta ahora yhasta siempre: no podría quererlos más y nopodría dejarlos menos. Así las cosas, escribió una carta. No sacó de aquel techo ni un alfiler, ni unpeine, ni un zapato, se fue a la calle igual quesiempre: tras besarlos a todos y cargando sólocon su agenda electrónica y su bolsa endesorden, con su cuerpo en dos partes y supelo amarrado, como si nada le pesara y todo 31
  30. 30. Ángeles Mastretta Maridosle doliera. Había quedado de ver a Juan hastaen la tarde, y pasó la mañana vuelta cuerda enmitad de un trabajo de locos. Tenía un brincoen la panza y andaba canturreando: «Me voy,me voy, lucero de mi vida.» Su hermana, cuya oficina estaba puertacon puerta con la de ella, sabía hasta el colmotodos los detalles y creía saber por fin de quélado estaban. «Ya brinqué el miedo al últimobrinco», le había dicho Ana frente al café delas diez. Luego todo fue un rumor de mujerestrabajando en paz durante las cuatro horassiguientes. Sin embargo, como tal dicha es unpájaro que entra por la puerta de unahabitación y sale como un suspiro por la otra,cerca de las tres de esa tarde irrumpieron en laoficina unos mariachis cantando Palomaquerida por órdenes de sólo ella sabía quién.Iban vestidos como si fuera media noche y conla misma cara de quien lleva cantando noche ymedia. Atrás de ellos entró Juan con la sonrisade un arcángel. Tenía los ojos brillantes, elgesto más inerme de su vida, la más negra delas alegrías y una borrachera de siglos. —Como vienes te vas —le dijo Anacaminando a encontrarlo, pálida de la frente altobillo. Luego perdió el habla, recuperó elcolor hasta encenderse y lo tomó de la manocomo si fuera un remolino jalándolo hacia lapuerta con todo y la parvada de mariachis queseguían cantando lo mismo que si estuvieranen mitad de una escena que les tocaba ver 32
  31. 31. Ángeles Mastretta Maridostodos los días. Cuando logró ponerlos a todos fuera, diola vuelta sobre sus talones. Juan la vio girarcon sus piernas perfectas, bajo su falda roja ysus zapatos de tacón altísimo. Vio irse lacintura flexible de todos sus sueños, vio loshombros alzados y la melena altiva de esamujer que no tenía remedio. —No me has querido nunca, mentirosa.Quiéreme como soy, borracho como soy —dijo antes de que la puerta se cerrara tras ella. Ana puso la llave y se dejó caer como unagota de agua. Haciéndose pequeña, plegandoprimero las rodillas y después la cintura, loshombros y la cabeza, hasta quedar vuelta unovillo. Respiró sin abrir los ojos. Luego, ensegundos, soltó el aire y se puso en sus piescomo una estatua: «Si volteo me convierto ensal», pensó caminando hacia su hermana y suoficina. Afuera seguían cantando losmariachis. —Juan Icaza —dijo como si él la oyeranombrarlo en el tono de amor y reconcomioque cayó por su voz. No había sido necesario ni darle la cartaque le había escrito durante la noche másbreve de su vida. Una larga carta que apenasterminó a la hora en que despertaban sus hijosy un poco antes de que su marido se levantaraa poner el café. Una carta con todos lostemores y reticencias de su índole leal. Nopodía irse, le decía, no encontraba las palabras 33
  32. 32. Ángeles Mastretta Maridoscon las qué explicar y contarle a un mundoincrédulo los pesares que no se merece. Notenía fuerzas para volver a confiar en loimposible, ni ganas de ir en crucero, ni deseosde abandonar su trabajo para convertirse en laesposa, de tiempo completo, de un hombreque sólo concebía el mundo con él en sucentro. No tenía valor para desafiar elpresentimiento de que todo aquel conjuropodía devastarlo una copa a deshoras jugandoal dominó. Le tenía esperanza, pero no fe, y selo había escrito así. Y había tenido razón, paradesgracia de él y pena suya. —¿Qué habías decidido? —le preguntó suhermana. —Dejarlo ir —dijo por fin entregándose altono de melodrama que había tomado el aire—. Pero eso no quita la verdad: es el amor demi vida. —Porque no te casaste con él —dijo suhermana que siempre usaba el peor momentopara decir las cosas ciertas. —No elegí —dijo ella—. Siempre elige él.Siempre se va antes que yo con una copa y doscanciones y veinticinco lamentos. Dejó que su hermana leyera la carta. —Dásela y santo remedio. Dividen ladesgracia en dos. Ana pensó que tal cosa sería imposible,porque en los doscientos años que tenían deconocerse, la culpa había sido siempre de ella.Al menos eso dijo el aire, desde el momento 34
  33. 33. Ángeles Mastretta Maridosaquel en la escalera, cuando todo teníaremedio menos sus nombres atados entre sí. 35
  34. 34. Ángeles Mastretta Maridos GRAMÁTICA La llamó Silabaria y la quiso tres díascomo tres noches, como al horizonte. Luego laolvidó en tres horas, como un abismo. Peromientras la tuvo cerca, la llamó Silabaria. Grannombre para una enamorada del ocio y laspalabras. 36
  35. 35. Ángeles Mastretta Maridos SAL Era sábado en la mañana, Elisa estaba enel jardín removiendo la tierra de unasmacetas, empeñada en hacer quereverdecieran las flores a las que no habíaregado durante la semana. Mil plantas resistenseis días sin riego, pero las azaleas se ofendencon poco, así que ella estaba concentradísimaen el asunto cuando su marido apareció porahí y la miró con la serenidad de quiencontempla lo infalible, pero sin poner en suvoz lo que había en su mirada. A veces así secontradicen las emociones en el cuerpo. Elisale preguntó qué le pasaba y él dijo que saldríaun momento a ver no sé qué cosas. Lasenumeró con enorme dedicación, pero ella nole hizo mucho caso porque creyó saberperfectamente a dónde iba y prefería noenterarse de a dónde decía que iba. Mil añosde vida juntos conducen a una comprensióndel otro que a veces parece idiotez, pero quemuchas otras es entendimiento de que la vidadura demasiado como para resistirse asazonar la mejor de las comidas trayendo a la 37
  36. 36. Ángeles Mastretta Maridoscasa un poco de la sal que tiene lo prohibido.Ella sabía perfectamente el sabor de esa sal y aveces lo echaba tanto de menos que le gustaballorar para comerse las lágrimas, que algo desalado tienen. Le tiró un beso con la mano ceniza dehurgar entre las plantas, y le deseó que lefuera bien. Quedaron de verse a la hora de lacomida. Algo de grave tendría el caso deaquella sal, que su marido tenía que atenderloesa mañana. Quienes saben del asunto,piensan que la convivencia de los sábados esdecisiva para mantener la estabilidadconyugal. Es más, cuando el éxtasis de losamores alternos empieza a desvanecerse, anadie se le ocurre usar un fin de semana paradirimir asuntos que normalmente pertenecenal tratado que va de los lunes a los viernes. Al rato de verlo salir, Elisa dejó lasmacetas, regó el pasto mientras cantaba unacanción de cuna y entró en la casa y a laregadera. Llevaba el sol en la cabeza, sintió uncansancio de esos que se bendicen porqueauguran el gusto con que se meterá uno en lacama cuando termine el día. Durante toda lasemana trabajaba en la dirección de un centrocultural. Su viernes había terminado con unacena tardía y en la madrugada, aunque laposible novia de su marido no estaría nunca altanto, Elisa se había enlazado con él durantemás de una hora de ir y venir por la camabuscando el alimento básico de sus vidas. No 38
  37. 37. Ángeles Mastretta Maridosle faltó ni un punto de sal a semejanteencuentro, así que de verdad ella teníamotivos para estar intrigada con la razón quemovía a su cónyuge a la calle, en horario defútbol, tequila y conversación. Se vistió con un traje amarillo. Sintió elgrato calor de marzo. Irían con amigos a unafonda de comida picante y tortillas saliendodel comal. Miró el reloj. Se iba haciendo tarde.A las tres y veinte su marido no habíaregresado y las cosas empezaron a ponerse deotro color. Semejante tardanza no podía decirsino una cosa: del otro lado había un divorcio,una viudez reciente, una soltería insoportableo las tres cosas. Quien así invade un sábado nopuede estar sino sola como un perro decarnicería. ¿No tenía hijos el personaje aquel?Nada más faltaba que su marido estuvierateniendo problemas para despedirse de laconversación. Porque a Elisa no le cupo dudade que ahí no habría esa mañana sino un trozode mal o bien tenida conversación. Tal vezalgún reproche. A veces las novias se ponenreprochadoras. Con tener más de cinco amigasbasta para saberlo. Nunca falta una que pasepor semejante situación y quien ha vivido unasituación semejante imagina de qué tamañopuede ser el lío. Quién sabe, pensó. Cortó unahoja de la libreta que había siempre en sucocina y le dejó al marido un recado paraavisarle que se adelantaba. Llegó a la fonda con las mejillas aún 39
  38. 38. Ángeles Mastretta Maridosencendidas y un ligero temblor entre loslabios. Tendría que explicar la ausencia de sucónyuge. Quería un tequila, chuparse unlimón y soltar una risa larga como su espanto.Qué tal si sus amores de esa mañana habíansido una despedida, una cortesía de últimahora. Qué tal si no volvía el marido aquel, si ladejaba ahí esperando, entre personas a las quejuntas no podía decirles ni media palabra,porque con media tendría para arruinar lafiesta, para ponerlos a mirarla con piedad, yeso sí que le resultaría insoportable. La vidaprivada tiene sus delirios y sólo cada quienlleva las cuentas como se debe. Ningún grupopuede juzgar con tino los entresijos de unapareja si no está dentro de ella. Así las cosas,se bebería un tequila a la salud de su marido,que entre más ausente más presente se haría. —Ya la están esperando —dijo el meseroque la conocía de verla tantos sábados comopueden caber en diez años de ir al mismolugar al menos cada tres semanas. Una mano se alzó entre las mesas y,temiendo no ser visto, su dueño levantó elcuerpo para llamar a su mujer que ahí estaba,mirándolo de lejos, asombrada de él y de símisma. —¿En dónde andabas, esposa? —lepreguntó cuando la tuvo cerca. —Esperándote —dijo Elisa con la sal deuna lágrima a punto de brotarle. —Quedamos que aquí —dijo el marido—. 40
  39. 39. Ángeles Mastretta MaridosTe compré tus tijeras de podar. —¿Mis tijeras de podar? —preguntó ellamirándolo como si hubiera vuelto del espacioinfinito. —¿Adónde fuiste? —Te dije que a la ferretería, pero ni casome hacías. Vives en la luna. —Más lejos —dijo Elisa meneando lacabeza como si relinchara. —Te pedí un tequila —acertó a decir sumarido que, de pronto, había recobrado elaliento. Mientras la esperaba tuvo tiempo deimaginarla capaz de no llegar, de abandonarloahí mientras se iba en busca de su propia sal. —Quiero tres —pidió ella, enamoradacomo nunca de las ferreterías. Porque a un cuerpo le caben variasmonogamias, pero una es más monogamiaque las otras y ellos sabían eso tan bien comopregonaban lo otro. 41
  40. 40. Ángeles Mastretta Maridos NO SE HABLÓ MÁS Eran otros tiempos cuando Paz Gutiérrez,una mujer cuyo nombre reñía con ella a cadarato, supo de buena fuente, porque en lospueblos chicos las fuentes siempre son buenas,que un hijo de su marido había quedadohuérfano la tarde anterior. Felipe, su marido, era un hombre depocas palabras, que hablaba a gritos porquesiempre fue un poco sordo. Su figura robustaacompañaba un andar rápido y su destrezapara el trabajo era drástica como el desdén conque ordenaba el quehacer de otros. Su fortunaera grande como la tierra verde de la haciendaen que vivía con su mujer y sus hijos. Unapropiedad que llegaba desde las orillas delpueblo más cercano a su casa hasta la entrada,a mil hectáreas, del siguiente pueblo. Todo erasuyo bajo aquel cielo largo, como todo a sualrededor parecía suyo, estuviera en dondeestuviera. Había en su finca tantos caballos, vacas,naranjales y potreros que él, cuya fortalezafísica era la de un percherón, tardaba semanas 42
  41. 41. Ángeles Mastretta Maridosen recorrerlos. Hasta un río cruzaba aquellahacienda. Un río que en la época de lluviascrecía de tal manera y tan aprisa que en unanoche podía partir en dos aquel mundo ydejar a quienes estaban de un lado presos dela ladera opuesta hasta que los aguaceros secalmaran y el agua volviera a quedar tersa porun tiempo. Lo cruzaban en unas pangaslargas, despacio, bajo el sol arduo delamanecer en esa tierra. Luego quedaban amerced de la corriente y su voluntad paraemprender la vuelta. Justo del otro lado del río, se lo dijeron aPaz una tarde de mayo, había muerto unamujer cuyo hijo, niño de temporal y no deriego, engendró don Felipe alguna noche deésas en que el agua no bajó a tiempo parallevarlo de regreso a la orilla donde dormíanPaz y sus hijos. Quién sabe cuántas veces,aunque bajara el agua, no volvió el marido.Como sea, resultaron suficientes. Nació unniño del que nadie habló nunca, cuyaexistencia no existía, cuya madre era pobrecomo un ángel en el infierno, cuyo nombre nosabía ni su padre, porque no quería nillamarlo. Felipe olvidó que vivía, porque no eracosa de recordar. Y si alguien tuvo el asuntoen su memoria, lo último en que pensó fue endecir algo que fuera a disgustar a don Felipe,como lo llamaba todo el que lo conocía,incluida Paz que, a pesar de la distancia con 43
  42. 42. Ángeles Mastretta Maridosque lo nombraba, había sabido quererloporque el hombre puso en ella, sobre todo alprincipio, una ternura que fue imposible noencontrar reparadora de todo mal. Incluso elmal carácter. Porque no era fácil tratar conaquel hombre cuya cólera temían los másbravos. Paz no, porque tenía muy clara sufortaleza y sabía como nadie triunfar a ratossobre la guerra eterna en que vivía sucónyuge. Le temía medio mundo, pero nunca faltaquien conoce la piedad antes que el miedo ydos días después de ver al niño abandonadotras la muerte de su madre, una vecina seatrevió a cruzar el río para contarle a Paz todala historia. Ella no quiso entrar en los detalles.Tomó la panga del amanecer y se fue en buscadel hermano de sus hijos. Era preciosa Paz de madrugada, tenía elcabello atado en una trenza que luego doblócomo quien teje un moño, tenía los ojos tenuesy azules, tenía el imperio de su nombre en elalma. Cuando llegó a la otra orilla, con su cargade armonía y sus brazos redondos apoyadosen la cintura, el pequeño lugar estaba al tantode cuanto fue guardado tanto tiempo. Lagente se había juntado a esperarla, de prontourgida de contar el cómo y el cuándo, eldónde y el porqué acallados durante dos años,diez meses y nueve días: el niño era hijo deuna mujer que llegó al pueblo sola como una 44
  43. 43. Ángeles Mastretta Maridoshoguera, que hablaba en totonaca con quienpudiera entenderla y no so entendía mucho enotro idioma. Por lo mismo vivía casi ensilencio, tejiendo sombreros de palma comotantas otras campesinas del rumbo. Paz oyó todo sin decir mucho, se limitó apreguntar cuál era la casa, si así podíallamarse el cuarto de carrizo y escombros enque encontró a un niño hecho una mezclaatroz de mocos, mugre, piojos y llanto. Losvecinos lo habían amarrado a la pata de lacama para que no se perdiera mientras leencontraban en dónde estar. Estremecida ysuave, Paz se le acercó hablándole bajito y lepuso en la boca una botella con tapa decaucho que terminaba en una punta parecidaa un pezón. Mamila, se llama ahora y lavenden en cualquier parte, pero entonces eraalgo nunca visto que sólo Paz tenía y sólo desus hijos había sido. El niño dejó que ella lepusiera el chupón en la boca y sorbió un pocode agua dulce. Ella le puso una mano en lacabeza y lo acarició despacio. —¿Vienes conmigo? —le preguntó sinesperar respuesta. El niño abrió los ojos grandes y se dejócargar. Paz salió de la casa en penumbras a laviolenta luz de aquel campo. Les había pedidoa los hombres de la panga que hicieran unviaje extra y les pagó dos jornales por hacerlo.La larga barca plana inició el regreso con ellarecargada contra el único barandal, abrazando 45
  44. 44. Ángeles Mastretta Maridosal niño como si fuera un tesoro. Era mediodía cuando entró en la casa dela hacienda. Su hijo menor tenía un año ydormía con un ángel revoloteando en lacabeza. El mayor andaba por el corral bajo lamirada de una mujer cercana a la vejez deentonces, que no tenía más de cincuenta anos.Usaba una falda larga, un delantal azul, unrebozo necio y una sonrisa blanca con la queapremió a Paz a sentir que había hecho bien.Ya había puesto agua a calentar y entre las dosdesvistieron al niño y lo metieron dentro deuna tina de peltre. Al principio el pobre llorócon el primer susto de su nueva vida, pero,como sucede siempre, al rato lloró porque losacaron del agua que ya le había gustado. Suhermano mayor presenció el baño jugandocon el recién llegado desde la orilla de la tina ysin perder detalle. Lo enjabonaron todo unavez y cambiaron el agua, que salió negra.Volvieron a dejarlo en remojo mientras leestropajeaban las orejas y le lavaban el peloescarmenándole las liendres con un peine dehueso. Hasta los dientes le tallaron y tras todoaquel revuelo salió del agua brillante ychapeado como era al nacer. Tenía la pielmorena y unos labios gruesos que no sejuntaban al cerrarlos. El de arriba erarespingado y le daba a su gesto el aire de estarsiempre riéndose. Como si le faltara gracia,tenía dos chispas en los ojos. El hermano lo vio vestido con su ropa del 46
  45. 45. Ángeles Mastretta Maridosaño anterior y sus cuatro años no tuvieroninterés en preguntar de dónde había salidoaquel niño, más bajito, igual de entendido yde pronto platicador que había traído sumadre. Hablaba un español escaso yatravesado, pero rápido, con el que pidió másleche. Se la dieron con la comida que devorójunto a su hermano. Luego Paz les puso en elsuelo la máquina y los vagones de un tren demadera y ellos se sentaron a ensartar uno enotro. En ésas estaban cuando irrumpió en lacasa el silbido con el que volvía Felipe si lascuentas que hacía en su despacho le salían tanbien como era de esperarse. Subió la escalera yentró en la estancia en busca de la familia.Encontró a Paz sentada en una mecedora demimbre que iba y venía movida por el juegode sus pies. Nada en sus ojos o sus hombrosparecía perturbado. Aquel su marido se lehabía ido volviendo una especie de primo, conel que convivía sin más alardes afectuosos quelos usados en aquellos tiempos frente al ojopúblico y al que besaba despacio, cuandocumplían con el débito conyugal, en la breveoscuridad de algunas noches. —¿Quién es este monigote? —preguntóFelipe mirando al niño que jugaba con su hijomayor y que en menos de una tarde compartíacon él cuarto y mamá, sin grandesdificultades. —Bien que sabes —le contestó Paz sin 47
  46. 46. Ángeles Mastretta Maridosdejar de mecerse. —Pues que no se hable más del tema —dijo don Felipe. Y no se habló más. Eran otros tiempos aquellos tiempos. Yaunque todo lo de antes nos parezcaimpensable, la verdad es que el tono de aquelsilencio maduró un hombre sonriente yapacible como la madre que lo hizo suyo enun día. La libertad viene de la luz que tienendentro quienes nacen con ella puesta. Era elcaso de Paz y fue el de sus siete hijos. El únicocautivo entre ellos resultó Felipe, su marido,pero de eso, para infortunio suyo, tampoco sehabló más. 48
  47. 47. Ángeles Mastretta Maridos CANA AL AIRE Esa noche Natalia sintió su cuerpoenvejeciendo y sintió el corazón cada vez másjoven, más ávido, más triste. Más triste y másávido que cuando era joven. Tenía el deseocomo gajo de luna y tenía a su maridoguapísimo. Más guapo, más dueño de sí y desus talentos, de lo que estuvo nunca. Lo teníaahí, estirando la mano, guardándose todo lodemás. En la televisión había un partido debasquetbol y ella estaba mirándolo con lacabeza y el alma toda en otra parte. El controlremoto lo tenía él, ¿quién más? Durante los comerciales cambió el canal ydejó que pasara por las narices de su mujeruna película en la que otra mujer y un hombrese besaban, creyó Natalia, como ellos sebesaban en otros tiempos. No alcanzó asaberlo bien porque los besos desaparecierony regresó el basquetbol. ¿Los de la película seestarían despidiendo o saludando? ¿A puntode irse a la cama o justo antes de abandonarla?No quiso jugar a las adivinanzas. Teníasuficiente consigo misma y sus deseos como 49
  48. 48. Ángeles Mastretta Maridospara andar preocupándose por los de quieneslos actuaban en la tele. Quería que en lugar dedormir, su marido le contara una historia yluego le hiciera unos amores. Impensable. Lomiró delgado como fue y había vuelto a ser.No se había quitado el saco, sólo aflojó elnudo de su corbata y cruzó una pierna sobrela otra al mismo tiempo en que prendió la tele. —Me relajé —había dicho antes dequedarse medio dormido. Se lo dijo a Natalia,que lo miraba tensa y urgida de él, que vivíacon ella como vivir consigo mismo. Eso decíaél, de donde ella derivaba que sólo porquetenerla cerca era tener cerca el café de lasmañanas y las toallas en el baño y la frutaantes de cenar. Nada más. Imprescindible,pero no urgente. Lo imprescindible ahí está,pensó Natalia, nadie se pone a pensar quépasaría si no estuviera. Lo imprescindible noprotesta. ¿Quién ha visto protestar a unatoalla? Le puso un pie entre las dos piernas y lomovió suave para sentir, con la punta de losdedos, si su deseo tendría algún destino. Peronada, debajo de ese pantalón no había nadapara ella. Temió que la oficina de la que sumarido volvía tuviera una extensión en quiénsabe dónde, una casa o un hotel con otramujer. ¿Otras mujeres? ¿Muchas mujeres? Susamigas creían que sus maridos tenían otrasmujeres y ella no creía nada. No al menoshasta esa noche en la que imaginaba que él 50
  49. 49. Ángeles Mastretta Maridospodía haber pasado la tarde con una másjoven o más lista, más bonita o más fea, mástonta o más vieja, más refinada o más bruta,más o menos lo que fuera que no le recordarael refrigerador, los hijos, las comidasfamiliares, el árbol de Navidad que ella nohabía puesto porque tenía mucho trabajo.Miró de nuevo los párpados de su maridoexhausto, miró su camisa de todo el día y supierna cruzada sobre la otra. Nada había ahíque no fuera el guiño fraterno de un ¿vas acenar algo? Metió los dedos por la pretina de su faldarecta, que estaba quedándole algo floja, y lospasó por sus caderas, los juntó en medio, losmovió y se desesperó frente al básquetbol, quehabía vuelto a aparecer en la pantalla, guiadopor el control remoto que él tenía en susmanos. ¿Quién más? Sólo él, que entreabriólos ojos para revisar que estaba de regreso enel canal de los deportes y los volvió a cerrarcomo si lo arrullaran. Por la ventana Natalia miró a la lunacontra el cielo brillante y lamentó que el fríono la dejara salir a verla. Acomodó sumecedora bajo el rayo que se peleaba en laoscuridad con el centelleo intermitente de latele y se durmió tras ver a un hombre, concuerpo y alma de gacela, encestar una pelota.Su marido no alcanzó a ser testigo desemejante canasta. En el corto sueño que pasó por su frente 51
  50. 50. Ángeles Mastretta MaridosNatalia se dijo que quizá no debió casarse alos diecinueve años. Tener nietos a loscuarenta había sido una exageración deldestino. Ya no son estos tiempos los de antes.Quién sabía si era buena la idea de tomarhormonas. Antes, las abuelas tenían el peloblanco, estaban sentadas tejiendo chambras,no se movían de más, mucho menos salían acorrer por el parque en las mañanas. A lasabuelas no les daban vergüenza sus juanetesporque nunca se les hubiera ocurrido usarunas sandalias, ni trotar sobre unos tenisespeciales para competir en un maratón dediez kilómetros. Dichas de ese tipo tuvieronsus abuelas, pensó. Ella tenía otras. Luego sefue perdiendo en el mismo sueño que la teníaen vela. Despertó media hora después. No sabíadormir en sillones y vestida. En la tele habíanpasado a los deportes de nieve, su marido sehabía puesto la piyama y dormía con laprofundidad que ella sólo había visto en losbebés. Cuando estaba dormido tenía un aireapacible, como si su prisa de siempreanduviera en vilo, a su alrededor, pero sintocarlo. De verdad era un hombre al que losaños le habían hecho más bien que mal.Natalia aceptó para sí que no podría habersecasado sino con él. Soltó hacia atrás la cabeza con laelocuencia que ese gesto le da a la memoria yse preguntó qué hubiera sido de ella casada 52
  51. 51. Ángeles Mastretta Maridoscon alguien más. Hizo el recuento breve desus varios novios: el que quiso a los dieciséisse volvió un barrigón con anteojos ydesencanto. Luego tuvo otros prospectos.¿Cuál le gustaba más que ése al que la vida lacondujo como la única compañía confiableque uno puede darse? ¿Cuál? ¿El rubio aquelde ojos azules al que ya no le quedaba unpelo? ¿El moreno que se las daba de muyinteligente y resultó más tonto que unamoneda de a peso? ¿El simpático cuyos chistesseguían siendo los mismos? ¿El aburridoaquel que de tan rico se volvió un tacañoinsobornable? Lo bueno de crecer en una ciudad chica, ala que se vuelve sólo de vez en cuando, es queuno puede mirar, como por un agujero, en quése convirtió una parte del pasado. Sin una soladuda, nadie mejor que el marido con el quetuvo tres hijas, una detrás de la otra, y un hijodiez años después, como el pilón tras el cualse ligó las trompas y se puso a trabajar en latienda de cámaras fotográficas que le habíaheredado su padre como quien hereda unreino. Nadie mejor que su marido. Sudormido marido de aquella noche. No alcanzóni a contarle la noticia que la desvelaba. Selevantó a despintarse y a tomar todas las cosasque las nuevas consejas aconsejan: tofu, parasuplir las proteínas; vitamina E, para la piel yla memoria; complejo B, para los nerviosálgidos; alga espirulina, ¿quién sabe para 53
  52. 52. Ángeles Mastretta Maridosqué?; ácido fólico, para reducir los rigores dela menopausia; Condoitrín con glucosalina,para impedir que el dedo meñique se lesiguiera torciendo y ¿cómo se llaman lassemillas que se toman con un vaso de aguapara quitarle la pereza al intestino?¿Linaza? —Quién sabe —dijo Natalia cerrando uncajón que hizo ruido. —¿Qué tanto haces tú, chamaca? —lepreguntó la voz de su marido desde la cama—. ¿Por qué das tantas vueltas antes deacostarte? —Para no dormirme todavía —dijoNatalia, que había oído el «chamaca» con quela llamó su marido como si lo hubiera dicho lavoz de un ángel. —Andas tristeando, ¿verdad? —No quiero hacerme vieja. —Vas a ser una vieja bonita. —Tu nieto Pablo vino hoy con una novia.Se pasaron la tarde dándose besos en el jardín. —¿Sólo besos? —¿A los trece años? ¿Qué más quieres?Apenas hace un parpadeo que nació. —Un parpadeo él y dos su madre. ¿Eso tetiene triste? ¿Tienes miedo a volvertebisabuela? Vieras que yo ahora tengo unapena más grande que ésa. Ven y te la enseño. —¿Qué me enseñas? —le preguntóNatalia acercándose. —Te la quiero enseñar desde hoy en lamañana, pero te fuiste mientras me bañaba. 54
  53. 53. Ángeles Mastretta MaridosPor más que te llamé. Eso sí estuvo a punto dematarme. Es peor que un nieto dándose besosen el jardín. Te lo iba yo a decir en cuantoentré, pero no quise que se te quitara la carade lunática con que me recibiste. —Por eso mejor te quedaste dormido.¿Qué pena tienes? —Tengo una cana junto al pito —dijo élcon una tristeza abismal. —Déjamela ver —pidió Natalia,iluminada por algo más que la luna y la tele—.Déjamela ver —dijo con la voz sonriente queacompaña un alivio. —Ni lo sueñes —dijo él—. Ahora ya noquiero enseñártela. Si acaso te la dejo sentir.Ven a la cama, bisabuela. Natalia se metió entre las sábanas a medioquitarse el rímel, rodó sobre sí misma hasta elcuerpo de su marido y fue a poner la mano allugar en que debía estar la famosa cana. —Se siente regia —dijo. Luego la cámara del que hubiera tomadola película, en el caso de que lo fuera, se cerrósobre la oscuridad. Al día siguiente, el maridose levantó de un salto y se fue a hacer labicicleta mientras leía el periódico. Ella le silbóal amanecer, se puso los tenis, llamó al perro ysalió rumbo al parque diez años más jovenque la noche anterior. Cuando volvió a laregadera, su marido ya estaba dentro. Se quitóla ropa en un segundo y entró tras él, queestaba enjabonado de pies a cabeza. 55
  54. 54. Ángeles Mastretta Maridos —Bisabuela —dijo él como saludo. —Joven —dijo ella bajando los ojos hastael cerco de pelo negro que escondía larenombrada cana. El agua iba quitándole eljabón. Era una sola, un rizo de tantos. No dijonada. Al rato se secaban uno frente a otro: élde prisa, ella con la lentitud distraída de todaslas mañanas. Se agachó con el pretexto desecarse los pies despacio y de repente lequedaron los ojos justo frente a la cana. Buscóel lugar con la boca para darle un beso. Lacana estaba en una orilla, antes de dondeempieza la ingle. En efecto, era un rizo. Labesó. —¿Qué haces, loca? —Me la comí —dijo ella. 56
  55. 55. Ángeles Mastretta Maridos INUNDACIÓN Tras darle más guerras que el OrienteMedio, el marido de Cruz lleva unos añosportándose muy bien y a la larga ha llegado acompensar el agravio. Así que ahora ella, quesiempre tuvo la lengua despierta para contarsus ofensas, anda gustosa contando el másreciente desagravio. Un sábado de agosto se inundó su casatras la tormenta más grande de la que hantenido noticia los escalones bajo su puerta.Horas y horas de lluvia y granizo le cayeron ala colonia de barro que aún hay por el rumbode su casa, al norte de la ciudad a la que acudea trabajar todos los días. El agua subió comoun metro en la calle y como veinte centímetroslograron meterse bajo el umbral. Cuando Cruz vio que un hilo de aguaempezaba a entrar, corrió por toallas y las fueponiendo contra la rendija. Pero en minutos elhilo se hizo un chorro y luego un torrente. Ellay su hija, que estaba de visita, alcanzaron allenar cinco tinajas con el agua de las toallasque iban exprimiendo, pero la realidad se hizo 57
  56. 56. Ángeles Mastretta Maridosmás fuerte que sus fuerzas y Cruz se hizo alánimo de dejarla entrar como al destino: hastadonde se le diera la gana. Entonces subieron ala azotea para buscar unos tabiques que ahítenía siempre su marido, por si las dudas, quesólo hasta esa tarde se supo cuáles eran. Los pusieron en el suelo para hacer cuatrocolumnas y encima acomodaron una de lascuatro patas de la mesa del comedor. Ahítreparon los dos sillones y sobre los sillones,con mucho cuidado, equilibraron las seis sillasque justo acababa de barnizar el omnipresentesanto en que se fue convirtiendo Raúl, sumarido. —¿Por qué no llevaron las sillas al piso dearriba? —le preguntó una amiga suya. —Porque Raúl está echando un pisonuevo, todo parejo, para luego alfombrar. —¿Qué no había firme de cemento desdesiempre? —Sí —dijo Cruz—, pero como lo fuimosechando por cuartos no estaba parejo. Y ahoraRaúl lo quiso dejar bien para poner madera enel pasillo. Así que estamos todos apretados endos cuartos. —¿Y a qué horas sacaste el agua? —Hasta como a las doce de la noche, quevino llegando el Raúl y se hizo útil —dijoCruz. Raúl, el ahora dueño de la boca con queCruz dice su nombre, llegó tarde porquecuando empezó la tormenta aún estaba 58
  57. 57. Ángeles Mastretta Maridosponiendo yeso en las paredes de unas oficinaspor el rumbo del aeropuerto. Cruz le hablópara que no fuera a volver por la calle deIndios Verdes, una avenida larga y hostil quedebe su nombre a un monumento en honor aunos aztecas pintados de verde. Le dijo quemejor diera la vuelta y entrara hasta por laavenida Cien, una calle igual de arisca, peromás lejana, que no solían transitar sino enocasiones tan inevitables como aquella de lainundación, porque ahí había perdido la vidasu perro. Con todo él hizo dos horas, peroalcanzó a llegar hasta la casa. Al entrarencontró a una mujer exhausta, sentada en unbanco de aluminio junto a la estufa. Tenía enlas piernas a su nieta, que no entendía lasrazones por las cuales era mejor no chapotearen aquel lodazal tan atractivo para sus cincoaños. Cerca de su casa, hace como dos décadas,compraron un terreno en el que Raúl guardasus herramientas y los triques que va usandosegún las circunstancias. Ahí él teníaguardada una pequeña bomba vieja y fue abuscarla saltando entre los charcos. Volvió conel trofeo en la mano, lo conectó en el enchufepara la licuadora que está en alto y aunqueparezca increíble, hubo luz y arrancó. Con esoque Raúl también tenía, por si las dudas, comoacostumbra tener clavos y alambre, tornillos yuna pala, el agua fue bajando despacio juntocon la catástrofe que todo mojó. 59
  58. 58. Ángeles Mastretta Maridos Era la una de la mañana cuando se pudoabrir la puerta. A esas horas llegó el marido de lahija, que apenas pudo fue a recogerla. Muchagente había salido a espabilarse fuera de suscasas todavía inundadas. Cruz supo entoncesque a ella le había ido mejor que a otros. A laseñora de la farmacia le llegó el agua como amedio mostrador, y a su vecina se le metió hastapor las ventanas del segundo piso. Cruz vio a su familia y una suerte de pazle entró en el alma como por todos lados sehabía metido el agua. Al fin de cuentas nohabía estado mal que se hubiera aguantado lasganas de medio matar a Raúl cuando anduvometido entre las faldas de otra vieja. Le dio un beso a su nieta, otro al yerno ydos a su hija. —Mamá, pobre de ti. Siento feo de dejartecon este tiradero —le dijo. —No te preocupes, hija, tengo suerte —dijo Cruz—. Tantos de aquí cerca con casachiquita, de un solo cuarto, en un solo piso.Van a tener que dormir con el agua al bordedel colchón, sin bajar ni los pies al suelo.Como flotando. Yo tengo suerte, ahorita mesubo y allá arriba todo está limpio. Tengo micama seca y mis cobijas calientes. Yo me suboy me olvido, ahí que se quede todo aquí abajoasí botado, ya mañana veremos. Y sí, durmieron de maravilla. Y sí, todo eldomingo fue recoger mugre. El lunes Cruzamaneció con una ilusión en el bolsillo: había 60
  59. 59. Ángeles Mastretta Maridosquedado su casa limpia y en cinco días Raúliba a poner el nuevo piso para que todoestuviera listo el viernes que llegaría suhermana de Los Ángeles, con todo y sus dosniñas y su marido gringo, que gringa la hizocasándose con ella. De vez en cuando, pensó, sí sirven de algolos maridos. 61
  60. 60. Ángeles Mastretta Maridos UNA DE DOS Lucía miró a su marido dormitar en unsillón. Despertaba a ratos, la miraba y sonreíacomo desde otro mundo. En una de esaspestañadas ella le dijo con toda suavidad: —¿Sabes? Cuando uno de los dos semuera yo me voy a ir a Italia. 62
  61. 61. Ángeles Mastretta Maridos ANTONIO IBARRA Cuando llegó a México, Antonio Ibarratenía los ojos oscuros y el pelo en desorden,tenía el deseo de hacerse al bálsamo y loshábitos de la tierra que lo recibió. No pensabaolvidar los cedros de su patria, tampocoquería quitar de su memoria el aroma ahierbabuena que toma el aire al atardecer, nilas higueras, ni el sonido de su idioma, peroquiso hundirse en la humedad de su nuevopaís, seguro de que no tendría jamás otro. Conoció a Guadía al volver de una tardeen la tienda donde unos paisanos leenseñaban a vender los encajes y el terciopeloque la gente del trópico usa cuando oscurece.La encontró en la puerta de una casa conbarandales de madera, blanca como traje denovia. Se detuvo frente a ella y de la bolsa desu chaqueta sacó un fajo de cartas. —Escoge una y mírala bien —le dijo envez de saludar—. No me cuentes cuál es.Ahora revuélvelas y luego me las regresas. Guadía le siguió el juego con la mitad deuna sonrisa y sin decir palabra. 63
  62. 62. Ángeles Mastretta Maridos —¿La viste bien? —le preguntó Antonio.Ella asintió con un gesto y devolvió las cartas.Él las tomó de regreso y las hizo flotar de unapalma a la otra barajándolas varias veces consus dedos largos. Luego se las pasó por lacara, volvió a juntarlas y volvió a mostrárselasa la mirada impávida de Guadía. Sacó unacarta del atado y la mostró sin abrir la boca.Con la cabeza negó que aquélla fuera laelegida. Sacó otra y repitió la señal: ésatampoco era la carta. Guadía empezaba a preguntarse si tantocirco iba a tener fin, cuando él abrió la boca yenseñó sobre su lengua un tres de espadasdoblado por la mitad. Acercó su cara hastasentir encima los ojos de cedro vivo que teníaella. Se llevó a la boca el índice y el pulgar, jalóla carta y aseguró: —Ésta es. —Turco tenías que ser —dijo ellariéndose. —Libanés. —Aquí es lo mismo, en la fama trae uno elnombre: tahúr. En mi casa está prohibido eljuego —contó dejando caer la carta sobre sufalda y cerrando las piernas para atraparlaentre los pliegues. Era una niña casi, pero las mujeres deentonces crecían antes. Las mujeres deentonces creían que no casarse en el tiempoanterior a sus dieciocho años era perder losmejores septiembres en imaginar una vida 64
  63. 63. Ángeles Mastretta Maridosmenos ardua de la que tendrían. Preferibleencontrar a tiempo la mitad del infierno, queesperar para siempre la gloria de lo que noexistiría. Lo miró como si fuera fácildescifrarlo. Antonio había llegado desde El Líbanohasta la tierra caliente en que refugió su vida,tras un viaje largo y tortuoso que volvería aemprender sin la menor duda. Su país llevabatantos años en guerra que no encontró ahíquien recordara los días en que hubo paz. Ni sus padres, ni sus abuelos ni siquierasus bisabuelos supieron nunca sino de muertey pérdidas. Él no quiso que le pasara lomismo, y emigró en busca de la promesa quefue América para muchos de sus paisanos. Salió de Trípoli un amanecer color sepia, abordo de un barco que navegó cincuenta y tresdías y se detuvo en dieciocho puertos antes dellegar a la dársena de agua transparente cercade Mérida, en México. Para cuando bajó a eselugar bullicioso de mañana y lánguido en lasnoches, iba cargado aún con el arrojo queguardan para siempre quienes huyen delmiedo. Había dejado en El Líbano una guerrade tantas y en el camino se había hecho deotra casi tan temible: la fascinación por lasbarajas, los dados, la ruleta y todos los juegosque gobierna el azar. No existió un hombre en el barco que noapostara desde su oro hasta sus zapatos contal de no aburrirse en aquella travesía que 65
  64. 64. Ángeles Mastretta Maridospintaba la eternidad. Antonio había empezadoapostando los aretes de su madre en un juegoen el que ganó un reloj de poca monta, a partirdel cual llenó una caja de cartón: primero conbaratijas y calderilla de cobre y al final conmonedas de oro y prendas finas. Su fama sehabía extendido por el buque. Era tan hábil yde tal modo lo socorría la fortuna que primerolos pobres que viajaban con él en las literas decuarta y, poco a poco, todos, hasta quienesjugaban en el casino de la primera clase,perdieron algo frente a sus manos. Así las cosas, no una fortuna, perotampoco la completa pobreza bajó con él aYucatán. Había estado en cien lugares, perosólo en ese trozo de mundo quiso quedarse, yeso lo supo porque cuando miró a Guadíamiró de frente la única patria que le interesabatener. Rosa, como se llamaba ella en español, erahija de un hombre con la piel de aceituna y lanariz de un águila, que también había dejadoEl Líbano por los años ingratos, unido a unamujer con las sienes tersas y los ojosabismados. Pero no sólo por eso la fascinó Antonio,sino por otras cosas que sólo ella y el airesabían bien. Se hicieron novios. Caminaban elpueblo con Rosa dentro de un vestido azulque tenía en la orilla de la falda una tirabordada. Ella empezó a pensar que él era guapo 66
  65. 65. Ángeles Mastretta Maridosaunque no lo fuera y él tuvo la certeza de queno había en el mundo mejor azúcar que sulengua. Se besaban todo el tiempo que teníancerca, pero por entonces besarse no era cosade juego y aire suelto, era de matrimonio ymortaja bajando del cielo, porque del cielobajan. Así que se casaron y durmieron entrelas mismas sábanas tantas veces y tanto quetuvieron cinco hijos en cuatro años. Uno trasotro quedaron acomodados en la casa,haciendo ruido en la mañana y en la noche,creciendo todos al mismo tiempo. Luego de los primeros cinco, nacieronotros tres. Para entonces, hacía años que élhabía dejado la tienda de sus paisanoshaciéndose de un negocio propio. Al principiocargaba una maleta llena de telas y todas lasmañanas recorría las calles de la ciudadtocando de puerta en puerta. Apenas le abríanuna rendija, él empezaba a hablar con la vozen alto que traía como una de las costumbresde su país. No había manera de negarse acomprarle algo. Vendía y cobraba en abonos yen un rato se hizo de un carrito, que empujabapor les calles de polvo, con diez veces másmercancía que la maleta. Una variedad deprodigios salían del carro y lo mismo podíacomprársele a su dueño un mantel que unpañuelo, una lámpara que un cuaderno, uncamisón que un martillo, un encaje que unamuñeca. «El cometa Libanes», llamó Guadía al 67
  66. 66. Ángeles Mastretta Maridoscarro aquel y dibujó el nombre en una de suscaras. Tal fue el éxito del negocio con ruedas,que Antonio tardó poco en hacerse de un localcerca del mercado. De sus ganancias sacó paracomprar un terreno en el que construyó unacasa de dos pisos. Abajo quedó la tienda yarriba el hogar para Guadía y sus hijos. De ahí en adelante todo fue la sonrisa dela fortuna mezclada con su carácterconversador y sus ojos igual que dos chispas. Rosa, como desde el principio la llamó sumarido, empezó a pasar las mañanas en latienda y él se echó a la búsqueda de negociosen otras partes. Ella, según la opinión demedio pueblo, debía sentirse en paz porquetenía en su casa un correcto jefe de familia yocho tesoros. Pero según ella, que de segurosabía más, a cambio de todo aquello habíaperdido la firmeza de sus pechos, la juventudprimera y la cabeza. Porque sólo con la cabezaperdida podía vivir con un hombre querompía a diario el único juramento que ella lepidió alguna vez: «Si dejas la baraja, me casocontigo», le habla dicho. Y él había dejado labaraja con tal de barajárselas con ella. Trabajódiez años del sol del amanecer a la luna de lanoche tardía sin permitirse ni mirarlas delejos. Pero en cuanto «El cometa Libanés»,luego de muchas vueltas, brilló sobre lafachada de la nueva tienda, él sintió quetantísimo esfuerzo merecía una partida decartas en el billar de su amigo Salim, un 68
  67. 67. Ángeles Mastretta Maridospaisano de gesto apacible y barriga insaciableque se había hecho rico porque, como biendecía, vagos hay en todas partes y noempobrece nunca quien se dedica aentretenerlos. —No me digas que te vas a arriesgar aque te echen de la casa —dijo Salim cuando lovio entrar. Se encontraban todas las mañanas en latertulia del café y la historia de la única razónpor la cual no había caído en la jugada lasabían todos tan bien como él mismo: teníapánico a romper con su condición deabstemio, porque pánico le tenía a la furia conque su mujer le cerraría la puerta si lo notabaotra vez preso de aquel vicio. Pero todo fue ir una vez, para que la fiestadel albur diario se le metiera de nuevo comocuando viajó desde El Líbano exorcizando,con las barajas y los dados, el tedio del marabierto. Desde que salió de Trípoli y durantelos dos meses que tardó en ir de ahí aSantander y de Santander a Cuba para por findesembarcar en México, la jugada se le metióen el cuerpo para siempre, aunque hubieraconseguido engañar su pasión pasándola unosaños a Guadía. La vida en el pueblo a veces era tan planacomo las calles blancas, como la playa cercadel puerto a la que su mujer quería ir todos losdomingos con todos los hijos, a buscar supropio azar entre las olas. Guadía y los niños 69
  68. 68. Ángeles Mastretta Maridosentraban en ese mar riéndose y a Ibarra lodivertía verla brincar como ellos. Pero él letemía al mar y no pensaba mojarse ahí aunquefuese el alivio del que ella presumía. Así que los domingos esperaba a verlossalir del agua para acompañarlos hasta la casay mientras ella se quitaba la ropa mojada, él leiba lamiendo la sal de las piernas, el pubis quesabía a ostras, la cuenca del ombligo que aúnguardaba unas briznas de arena, los pezonestodavía endurecidos. Hasta que ella se rendíasin más palabras a los modales de ángeldesnudo que él tuvo siempre que se leacercaba al cuerpo, y cejaba en su promesa deno dejarse tocar mientras él siguieramanoseando barajas. Después de esas dilecciones Guadía sequedaba profunda en la siesta, sin memoriaque siempre le hizo falta a media tarde. Y trasun rato cerca de ella abrazándolo como si loaprisionara, Antonio se atrevía a deslizarsedespacio para salir sin ruido rumbo al negociode riesgo ajeno del que comía Salim. A la misma hora sus hijos mayoresquedaban sueltos y corrían las calles aguzadoscomo las lechuzas cuando buscan refugio. Deahí que en esos recorridos descubrieran que supadre huía de la siesta para reunirse con ungrupo de hombres que hablaban condesconfianza escondidos tras un abanico debarajas. Primero él iba nada más los domingos, 70
  69. 69. Ángeles Mastretta Maridospero al poco tiempo todos los días al salir dela tienda y hasta después de la medianoche.Volvía casi de madrugada, a veces cantando ya veces con las bolsas al revés. Cantando: sehabía ganado una tienda de abarrotes y uncocal en la isla de Cozumel. Con las bolsas alrevés: había perdido las ganancias de seismeses. —Te lo advertí —sentenció Rosa sin saberpor qué no lo ponía en la calle—. Si tú nosirves para cumplir promesas, yo deberíaservir para cumplir amenazas. Pero ni una cosa ni la otra. Y mientras lamoneda andaba por el aire, al hacer lascuentas él siempre salía ganando y era cadavez más rico. Como ella no pensaba celebrar taleslogros y su voz fue volviéndose premonitoria,él, que no quería oírla, se dedicó a enamorarseal paso de quien iba queriendo. Porque noandaba su ánimo para estar detenido en lacontemplación de una mujer que se habíavuelto lengua larga y displicente. La queríabien, mejor que a nadie, aún sentía su olor amedia tarde y no podía dormir sino con ella,pero de pronto detestó su voz previendo lacatástrofe porque al nombrarla parecíallamarla, y de tanto llamarla él la vio llegarpoco a poco dejándose caer sobre su vida conmás violencia que todas las admoniciones desu mujer. Por suerte para Guadía el juez que la casó 71
  70. 70. Ángeles Mastretta Maridoshabía querido probar con ellos, par de pobressin nada que perder, la ley que permite elmatrimonio bajo el régimen de separación debienes: lo que estaba a su nombre no seperdió. «El cometa Libanés» y la casaquedaron a salvo. Lo demás fue yéndose en elinfortunio que se metió en sus vidas. Por todas partes Antonio fue haciéndosede deudas y a todo el mundo le pidió prestadohasta que a todo el mundo le debía un mundo.No se atrevió a decírselo, y ella, que lo sabíacomo lo había sabido todo el pueblo, comosabía al dedillo lo que todos decían en tornode su trasnochado andar de puerta en puerta,lo dejó irse sin decirle adiós, preso de latristeza y la vergüenza, pensando que siescándalo iba a dar, mejor en otros puertosque en aquél. Así fue cómo una mañana de llovizna queGuadía recordó toda su vida como algooscuro apretándole el pecho, él se fue de suvera y le dejó la casa, la memoria de mejoresmeses y la tienda en que lo mismo se vendíantelas y aceite que cuerdas y jarros, jabón ygarbanzos. De todo había y de todo vendióella en su negocio del barrio de San Cristóbalhasta que los hijos crecieron y hubo quehacerse cargo primero de pagarles algúnestudio y luego de solventar sus enlaces yacompañarlos en el trajín de alimentar a losnietos. De los ocho hijos, tres mujeres y cinco 72
  71. 71. Ángeles Mastretta Maridoshombres, que le dejó Antonio como quien dejalo mejor de un huerto, todos salieron buenos ytrabajadores y todos fueron fieles a la tajanteprohibición con que su madre los alejó de labaraja. No sabían ellos si para bien o para mal,porque la única vez en que el segundo de loshombres se acercó a una partida de cartas y sepuso una borrachera de juego que duró cuatrodías salió de la parranda con la ganancia máspromisoria que pudo encontrar: el derecho ala distribución de la Cerveza Yucateca en todoel país. Guadía puso el grito en el cielo y le exigióque devolviera la ganancia. Su hijo la devolvióen el acto, pero el hombre bajito y solemneque la había perdido se negó a aceptarla deregreso, amparado en la célebre sentencia deque las deudas de juego son deudas de honory el que no las cobra peca tanto como el queno las paga. Así que Guadía aceptó el nuevo negociocon la condición de que los ingresos sedistribuyeran entre todos los hermanos menosel que había ganado la concesión rompiendouna norma que de ningún modo deberíavolver a romperse. Ésa fue una de las escasas decisiones quesus hijos se negaron a acatar. Todo fue paratodos, incluido el pecador, porque los hijos laconvencieron de que semejante premio no erasino el regreso de algo de todo aquello que supadre había perdido en los mismos tugurios y 73
  72. 72. Ángeles Mastretta Maridosentre la misma gente. El dinero entró mejor que nunca en losnegocios de cada uno y el clan Ibarra volvió aser rico. Unos y otras fueron casándose congente de apellidos locales y corrió su fortunapor buena parte de la ciudad. Hasta entonces Guadía soltó el cuerpo yse compró una casa de piedra con un jardíninmenso en el que los antiguos dueños habíansembrado higueras y parras movidos por lanostalgia del mismo pueblo en que ella fueconcebida y del que tantos otros como suspadres tuvieron que huir. Guadía no tuvo nunca ni siquiera lacuriosidad de ver El Líbano, mucho menos deemprender un regreso a la tierra de suspadres. Su país, su lugar, su mundo todo cabíade sobra en la Mérida caliente y húmeda queabrigó a su familia y la dejó hacerse de ahí. Sinembargo, como tributo a sus antepasados, ensu patio sembró garbanzo y berenjenas y en lafiesta con que se celebraron sus setenta y cincoaños sirvieron a un tiempo carnero asado, kibifrito, puerco en achiote, hojas de parra, frijolnegro, marhú, panuchos, jocoque, tortillas demaíz y chile habanero. Ella sola, pensó a la mañana siguientemientras removía la tierra de una maceta conorégano, era la matriarca de una familia demás de cien mexicanos con sangre, nariz yojos libaneses. Uno de sus nietos resultó idéntico a 74
  73. 73. Ángeles Mastretta MaridosAntonio. Tenía la barba partida, la sonrisa demedia luna y los ojos hundidos en unmisterio. Mirándolo crecer se preguntaba elladónde andaría aquel hombre que tan sabiohabía sido en su cama como idiota en lospalenques del mundo. ¿Viviría? ¿De qué?Igual y le había tocado la suerte y otra vez erapróspero como antes de su debacle. Igual yhabía encontrado a una mujer menos ariscaque lo acompañaba en su vicio y le daba gustoen su desorden. Igual y tenía otros hijos, enotra ciudad menos ardiente que aquélla. A veces le llegaban rumores: que si vivíaen el centro del país y se dedicaba a jugardinerales en garitos prohibidos, que si lohabían matado tras una pelea de gallos cercade un ingenio azucarero en la isla de SantoDomingo, que si estaba en Belice viviendo conuna mulata de hierro forjado dueña de lasnalgas más hermosas del mundo, que si teníaen Panamá una cadena de boticas, otra deabarrotes y una de burdeles disfrazandocasinos. Ella oía de reojo, como quien no se entera,mientras pensaba que todo era posible, queAntonio siempre fue buscador de andanzas yque en eso no la había engañado jamás. El mundo le quedaba chico para cambiarde quehacer y de rumbos, eso Guadía lo supodesde que aceptó casarse con él y trató envano de hacerlo a la vida sedentaria dequienes en vez de temerle a la costumbre, 75
  74. 74. Ángeles Mastretta Maridosenfrentan el desafío de no aburrirse viviendoen ella como en mitad de una tormenta. Todo cuanto oía le sonaba creíble, lo únicoque no lograba responderse, cuando se dejabacaer en la tentación de preguntárselo a mediatarde, era qué había hecho él con losrecuerdos, en dónde los habría dejado, si se lehabían caído el mismo día en que se fue, si loshabía tirado desde antes o ni siquiera los habíaguardado nunca. ¿Cómo él, cómo alguien puede girar suspies y olvidarla todo?, pensaba. Todo, no sóloalgunas cosas prescindibles que ella recordabaal detalle, porque lo que mejor recordaba ellaeran los detalles. No sólo las grandesocasiones, porque ésas es fácil olvidarlas: eldía en que se casaron, por ejemplo, la fiestafue un escándalo de pobres lleno de abrazos ycarcajadas. Eso puede uno confundirlo concualquier otra fiesta, pero la noche en que suscuerpos le apostaron todo al futuro, o el colorde las mil tardes en que fueron pagandoaquella apuesta, o la risa primera del últimode sus hijos, o el susto último que les dio elprimero, o la mañana en que una de las hijasdijo papá antes de haber dicho mamá, ¿eso,cómo se le había podido olvidar? Ella no loentendía, no lo iba a entender nunca y noestaba segura de que podría morirse habiendoperdonado aquella desmemoria. Que él fuera un trotamundos cabal, queno hubiera tenido paciencia para aguantar las 76
  75. 75. Ángeles Mastretta Maridosmisas de difuntos de todos sus paisanos, quelo hubieran cansado tantos hijos y tantaadoración puesta sin más en ellos, que suvanidad no hubiera soportado esconderse yser un mantenido, ir a dar a la cárcel o, peoraún, mirar a su mujer ir pagando sus deudasuna a una como ella las había pagado, todotenía su lógica y su perdón y su olvido. Peroque él no escribiera nunca, ni la hubierallamado para decir no estoy muerto y cómoestás de ánimo y podrás tú con todo o podréyo sin ti, que no hubiera pensado que lo deuno era del otro y que el día a día de la tiendaera también para él, porque ella no querríanunca abandonarlo a su mala suerte, esotodavía era su reconcomio. Y aunque nohablara con sus hijos del asunto, aunquedesde que murió su hermana no lo hablaracon nadie, eso aún le dolía entre ceja y ceja pormás años de razones y rezos que pudieranpasar en el calendario. No supo ni cómo había logrado que cadauno de sus hijos se hiciera de provecho yresultara celebrado en algún lugar. Uno deellos era Premio Nacional de Medicina y otrose metió a la política, única apuesta que Rosano pudo prohibirle a la familia. Les iba bien,igual que a los tres dedicados a los negocios,igual que a las dos hijas dueñas de una fábricade telas, igual que a la más chica, que se casócon un recién llegado que ni español hablaba yse fue con él a Puebla en busca de unos 77
  76. 76. Ángeles Mastretta Maridosparientes con los que puso un negociodedicado a vender carne, guisada como en ElLíbano, puesta en pan de trigo y liada parahacer con eso unos tacos inmensos que al pocotiempo se instalaron entre los platillos másrepresentativos de la cocina poblana típica. Nipara decirlo en voz alta, pero lo que se llamótaco árabe tenía bajo los volcanes casi lamisma alcurnia que el mole colorado. Una vez creyó aquella hija suya que habíavisto a su padre metido tras la baraja en elescondite para jugar que era la casa de susuegro. No resultó cierto que fuera su padre,pero sí que la casa era escondite. Porqueaunque nadie lo creyera y tantos locontradijeran, en el país estaba prohibido eljuego como prohibido estaba robar o ponerseen contra del gobierno. Unas cosas escritas,otras no, pero todas sabidas como la luz deldía. Tan bien como no sabía Rosa en dóndeestaba su marido. Se oía raro que así lo llamara, pero así era:su marido. Aunque en las bodas de los hijoshaya estado su ausencia como un enigma,aunque no presidiera ninguna mesa losdomingos, aunque la tuviera durmiendo solatantos años que sobre ella había dado vueltasel tiempo y hacía mucho tiempo que usabaanteojos y que oía a saltos, que dormía cincohoras en vez de ocho y que había dejado enmanos de sus hijos casi todas las cuentasmenos la que no quitó nunca de su cabeza: 78
  77. 77. Ángeles Mastretta Maridostrece mil ochocientos sesenta y cuatro díascorrieron por su piel y sus enojos sin que ellaperdiera el recuento de cada hora que elsinvergüenza aquel llevaba fuera de surumbo. Cuando estaba sola se acompañaba con elradio. Oía de todo, desde una estación en laque aún tocaban boleros y tangos hasta una enque la música era en inglés y con elladeshacían sus nietos un baile de brincos queparecía un delirio de la modernidad. Ibancaminando los años sesenta y había un grupode cuatro despeinados que cantaba unacanción tristísima de la que ella no entendía niuna palabra, sino hasta que Antonio, su nietomayor le resolvió el enigma. «Yesterday quieredecir ayer», dijo ilustrándola con suconocimiento del idioma que se puso de modaen las escuelas. Yesterday. A Guadía le gustabatararearla y permitirse la nostalgia una queotra tarde, a la hora de la siesta, antes devolver a la tienda que seguía vigilando másque por urgencia para no perder el hábito detrabajar hasta que estaba oscuro el cielo. Se acostumbró a oír el radio tanto y tansin tregua que se quedaba dormida con laboruca de un tango o la llovizna triste de latrova yucateca en una estación a la que lagente podía llamar para pedir canciones ocontar historias. A veces la despertaban laspenas de otros: gente que llamaba para pedirayuda o para que alguien se la ofreciera, una 79
  78. 78. Ángeles Mastretta Maridosseñora que necesitaba dar aviso de que habíaperdido a su perro, una viejita desamparadaque buscaba asilo, un hombre urgido de leerlea una novia anónima unos versos escritos aescondidas. El conductor del programa solía abrirlocon tres frases anticipando el chisme quellevaría hasta oídos ajenos. «El día de hoy nosconmueve e intriga la historia de» y ahíentraba la voz de una persona diciendo sunombre y dando el resumen de su desgracia. Guadía estaba medio dormida cuandotras una de esas entradas oyó la voz de sumarido diciendo carcomida: «No recuerdo minombre, mi familia vive en Mérida. Mi mujerse llama Rosa. Tuve una tienda y ocho hijos,nací en El Líbano.» El dueño de la voz estaba en un lugarnombrado Agua Dulce, era un hombreperdido de Dios y de los hombres, lo habíanasaltado en un camino en las orillas del puebloal que había ido a jugar todo lo que tenía, queera poco de todo. Por única vez en muchosaños algo pudo ganar en aquella jugada, perohasta el último centavo le robaron cerca delpanteón en que lo dejaron amarrado a unciprés, viendo hacia las tumbas de colores queen esos pueblos de sol arrebatado juegan ailuminar el mundo de los muertos que cobijan.Muy alta la mañana lo encontraron dosenterradores, le dieron agua y lo llevaron conuna doctora para que limpiara sus golpes y 80

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