Tema 3, ¿le ha salido a Dios mal el mundo?
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Tema 3, ¿le ha salido a Dios mal el mundo?

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  • 1. Tema 3: ¿Le ha salido a Dios mal el mundo?Curso en línea "Catequesis básica para padres"Autor: Michel Esparza | Fuente: http://sontushijos.orgRespuestas y comentario al tema 2Estáis respondiendo bastante bien a las preguntas. La segunda -ladiferencia entre la fe católica y protestante- es la que menosparticipantes han acertado: no se trataba de indicar qué diferenciasconcretas existen entre católicos y protestantes (la Santa Misa, porejemplo), sino de subrayar la diferencia esencial entre el fundamentode la fe católica y protestante: nosotros sólo creemos en Cristo, poreso creemos en la promesa de infalibilidad que hizo al Santo Padre,mientras que ellos interpretan el Evangelio según el criterio de un serhumano que se puede equivocar, ya sea Lutero, Calvino o cualquierotro.--------------------------LAS RAZONES DEL CREYENTE(Breve introducción a la fe católica)Tema 3: ¿Le ha salido a Dios mal el mundo?(Redención y sentido cristiano del sufrimiento)“¿Qué importa padecer si se padece por consolar, por dar gusto aDios nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a El en su Cruz,en una palabra: si se padece por Amor?” (J. Escrivá, Camino, n. 182)IntroducciónImaginemos que, después de haber asegurado en los dos capítulosanteriores una evangelización básica, ya tenemos fe: creemos queCristo no es ni un mentiroso ni un loco, sino que creemos en suDivinidad y, por tanto, también en todo lo que Él nos ha revelado y laIglesia, en su nombre, nos enseña. Conviene entonces discurriracerca de los misterios centrales de la fe. Unos de estos misterios esla Redención, que está ligado a un problema que atormenta alhombre desde siempre, y que lleva a algunos a poner en duda o aperder la fe: el sentido del sufrimiento. En efecto, el sufrimiento espiedra de escándalo. Para quienes este problema ineludible les lleva aapartarse de Dios, la única concepción de vida coherente que queda
  • 2. es el nihilismo. «Todo sufrimiento es inútil», decía por ejemplo en1991 el Prof. Schwarzenberg, durante su campaña de promoción dela eutanasia. Y es que si el dolor y la indigencia humana no sirviesenpara amar y para dejarse amar, por Cristo y por los demás, seacabaría tarde o temprano, de un modo o de otro, en la másespantosa desesperación.El sufrimiento está presente en toda vida humana. Tarde o temprano,todos nos enfrentamos al problema del sufrimiento. Buscamosrespuestas, pero ante todo conviene no perder de vista que estamosante un misterio. «Si Dios interviene en la historia -se preguntaSantiago Martín- ¿por qué hay tanto dolor y sufrimiento? Es unapregunta a la que no podemos dar una respuesta satisfactoria, por lomenos de forma contundente. [...] El problema que representa lacoexistencia del mal y del dolor en el mundo con la fe en un DiosTodopoderoso que interviene en la historia del hombre para ayudar alhombre, queda resuelto con el concepto de misterio. Un concepto quenos lleva a decir: "Yo no entiendo, pero no entender no me haceentrar en crisis, porque no entenderlo todo respecto a Dios esnormal". "No entiendo, Señor -le decimos los creyentes-, [...] perocreo en tu amor, creo en ti"»1. De todos modos, los misterios noabarcan realidades acerca de las cuales nada podamos conocer, sinomás bien realidades que nunca podremos conocer del todo. Vale,pues, la pena profundizar en ello, aunque sólo sea con el fin de que elmisterio se torne menos incomprensible.¡Qué difícil es dar una respuesta al problema del sentido sufrimiento,más aún fuera de un contexto cristiano! Y no digamos lo difícil que esvivir ese sentido positivo que tiene el sufrimiento en la vida cristiana.Fuera del cristianismo, no rebelarse ante el dolor intenso sinoaceptarlo rendidamente, resignarse ante cualquier sufrimiento, porgrande que sea, ya es de por sí algo muy meritorio. Sin embargo,Cristo va más lejos, puesto que ama el sufrimiento y lo convierte enmedio de Redención victoriosa. Y los cristianos que le siguen de cercason también capaces de amar el sufrimiento como medio deCorredención con Cristo.Decía San Josemaría que «la certeza del cariño la da el sacrificio» 2.Vamos a ver que el misterio de la Redención y del sentido cristianodel sufrimiento es sobre todo un misterio de amor, que sólo puedeser entendido y vivido por quien adquiera la libertad del amor ocapacidad de sufrir libre y gustosamente con tal de poder hacer feliza quien se ama. «El amor hace fecundo al dolor y el dolor haceprofundo al amor», afirmó Juan Pablo II3. Hay cosas que no seaprenden en libros. Tal es el sentido del sufrimiento y el amor. Quienno haya sufrido no puede entender el amor que se puede escondertras el sufrimiento. En una novela se ponen estas palabras en boca deSan Francisco de Asís: «Creo que para comprender el amor de Dios
  • 3. hay que haber sufrido algo. Sólo el que sufre entiende al que sufre.Sólo el que ama entiende al que ama. Si no has estado nuncaenamorado, ¿cómo vas a entender el amor de Dios? Si no has sufridode verdad en la vida, ¿cómo vas a apreciar el sufrimiento de Dios porti?»4. ¡Qué difícil es explicar la fe y la vida cristiana a jóvenesmimados que nunca han amado con locura...!«El amor ha hecho el dolor y el dolor ha hecho el amor», escribió P.Claudel 5. Es el misterio de la libertad del amor: se puede amar tantoa una persona que, para contribuir a su felicidad, se estágustosamente dispuesto a sufrir todo lo que haga falta; y lo máscurioso es que la felicidad que se siente haciéndole feliz, contrarrestacon creces el dolor inherente al sacrificio. Lo expresaba bien SanPablo de la Cruz: «Ya no se permita más discernir el amor del dolor,o el dolor del amor; pues el alma que ama goza en su dolor, y exultaen su amor doliente»6. Durante nuestra vida en la tierra, sin dolor, noes posible el amor ni la felicidad verdadera. Ya lo dice la canciónpopular: «Amar que no pena, no pida placer, pues ya le condena supoco querer; mejor es perder placer por dolores que estar sinamores».Desde la perspectiva del dolor de amor, se entiende por qué quisoCristo sufrir tanto, aunque en sentido estricto no era necesario yaque, dada su dignidad divina, nos habría podido redimir con cualquiersacrificio. Pero el amor de Cristo-Hombre es una copia reducida delinfinito Amor divino, así que quiso dejarnos una prueba tangible de suinmenso amor sufriendo por nosotros todo lo que un hombre es capazde sufrir. A su vez, como veremos, cada persona que sufre puedeemplear su sufrimiento para aligerar a los padecimientos de Cristo,corredimiendo con Él.Pero antes de adentrarnos en el sentido cristiano del sufrimiento,empecemos subrayando la importancia de albergar una actitudcomprensiva y respetuosa hacia los que sufren.Jamás hablar de este tema con ligereza ¿es preciso ser delicadoshacia los que sufren? ¿más aún, si se trata de dolor en el alma7?, enprimer lugar porque no podemos hacernos del todo cargo delsufrimiento ajeno; en segundo lugar, porque la ciencia de la cruz, esun misterio sobrenatural que exige entender, entre otras cosas, lasintenciones creadoras y redentoras (re-creadoras) de Dios; y, entercer lugar, porque es también un misterio del amor humano quesólo se aprende cuando se vive.Conviene no dar la sensación de que se trata de algo fácil. Lewishabía dado muchas conferencias sobre este tema, pero sólo se diocuenta de la profundidad del misterio cuando le tocó vivirlo. En Elproblema del dolor, había escrito: «Dios nos susurra y habla a laconciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor: es su
  • 4. megáfono para despertar a un mundo sordo»8. Matizó más dichasexpresiones en “Una pena en observación”, cuando se vio sumido enla más profunda tristeza por la muerte de su mujer. Allí dice, porejemplo: «Lo que dice San Pablo solamente puede consolar a quienama a Dios más que a sus muertos»9; o, más adelante: «¿Qué quieredecir la gente cuando afirma: “yo a Dios no le tengo miedo porque séque es bueno”? ¿Han ido al dentista alguna vez?» 10.Por mucho que profundicemos en aspectos parciales de estatemática, el sentido del sufrimiento seguirá siendo un misterio.Siempre encontraremos situaciones que nos romperán los esquemas,por ejemplo si vemos a un niño que padece de lepra, esa enfermedadde la que Alberto Vázquez-Figueroa dice que «ningún tirano habíaencarcelado jamás a nadie de por vida sin usar otras rejas que supropio cuerpo atormentado»11. A la hora de enjuiciar la realidad,habría que evitar tanto el pesimismo realista como el optimismoingenuo. El cristianismo propugna un optimismo realista: el pecadohace estragos en las personas y en las sociedades, pero Cristo se hahecho hombre para aportar una solución. Hay, pues, esperanza...Hay que mostrar que el sufrimiento es una bendición de Dios, perosin dar la impresión de que se exalta el sufrimiento en cuanto tal(dolorismo). El dolor no es querido directamente por Dios. Lointroduce el pecado del hombre. Como tal, es un mal, pero Dios, ensu infinita misericordia, lo ha resuelto con la Redención,enseñándonos y capacitándonos para elevarlo al orden del amor.Además, a posteriori, Dios, en su amorosa providencia, se sirve delsufrimiento para nuestro bien. «Sufrir -escribe la Madre Teresa deCalcuta- no es nada, pero el sufrimiento compartido con la Pasión deCristo es un don maravilloso y un signo de amor»12.Esa incómoda libertad responsable¿Quién es responsable del mal y del sufrimiento en el mundo? Antesde adentrarnos en el misterio de la redención de Cristo, nos convieneindagar en el origen del problema que vino a remediar, situando suobra redentora en el marco del designio creador de Dios Padre. Alpreguntarnos por qué hay tanto mal en el mundo y por qué murióJesucristo en la Cruz, nos topamos con la realidad del pecado y de lalibertad. Si no se aceptan las consecuencias que se derivan del maluso de la libertad, deja de tener sentido el pecado y, por tanto,también la Redención. Quien no asume su responsabilidad, ni siquierase plantea las cuestiones más cruciales de su existencia: ¿quién mepuede salvar?, ¿cómo obtengo el perdón de mis pecados?, ¿quetengo que hacer para que no sea la justicia sino la misericordia divinala que tenga la última palabra?
  • 5. El primer obstáculo que encuentra la nueva evangelización deOccidente es que la mayoría de sus destinatarios no perciben quenecesitan ser redimidos y salvados. No son conscientes, por múltiplesmotivos, de que necesitan ser curados de su egoísmo y de que estáen juego una eternidad a la medida del uso que hagan de su libertaden esta vida. A veces pesa en esa actitud la falta de formaciónreligiosa, otras una cierta anestesia en el alma para captar un eco detrascendencia más allá de lo meramente sensorial o ser capazdivisarlo entre las preocupaciones cotidianas tan ineludibles comoefímeras. Hablar en esas circunstancias de las promesas eternas deCristo es como empeñarse en vender un producto a quienes no sabenque les hace falta. Y si intentamos sacarles de su agnósticaindiferencia hablándoles del Cielo, a menudo responden: «Si existe,sin duda me lo merezco porque yo no hago mal a nadie»; no reparanen que el mal es ante todo ausencia de bien. Si viviera en nuestrosdías, San Pablo les diría: «No os engañéis; con Dios no se juega. Loque uno siembra, eso cosechará»13. Ciertamente, es una pena que nose percaten de la felicidad, temporal y eterna, que se estánperdiendo14. ¿Qué se puede hacer al respecto?Ante todo, conviene mostrar que nuestras decisiones tienenconsecuencias. Cualquier esfuerzo para fomentar el diálogo entre larazón y la fe, debe empezar por incidir en que somos seres éticos y,por tanto, libres. Hoy en día, se habla mucho de libertad y muy pocode responsabilidad. Para no tener que asumir las consecuencias desus actos, muchos se escudan en una especie de buenismo naturalque culpa del mal individual no a la persona sino a las carenciasgenéticas, educativas o sociales; algunos se atreven incluso a culpara Dios del mal en el mundo.Un modo concreto de contrarrestar esa cultura de la irresponsabilidadconsiste en poner en evidencia sus contradicciones e incoherencias.Vemos con frecuencia, por ejemplo, que quienes se amparan enpostulados deterministas para eludir su propia responsabilidad,cambian radicalmente de opinión cuando son ellos mismos losperjudicados; en ese caso, no dudan en reclamar para el culpabletodo el peso de la justicia. Lo reconozcamos o no, en el fondo, todossabemos que somos responsables en la medida en que somos libres.De ahí que, al enjuiciar una acción reprobable, nos preguntemos si elsujeto que la cometió tuvo realmente elección.El hombre es libre para amar y para odiar, para dejarse amar y parahacer imposible el amor, para adentrarse en el camino del amor -conel gozo y el riesgo de dolor que le son inherentes- y paraencaminarse hacia la soledad egoísta del desamor. La tentación de laindolencia -el miedo a sufrir a causa del amor- es muy fuerte. Tantoes así, que son muchos los que, traicionando progresivamente su
  • 6. constitucional sed de amor, se refugian en la embriagadora soledaddel desamor.Poco a poco, la personalidad se petrifica, el egoísmo se cristaliza y, amenudo, la soberbia impide reconocer el propio error...El realismo nos lleva, por tanto, a dar a la libertad el protagonismoreal que tiene en nuestros actos, sin olvidar que por muchoscondicionantes que haya, ordinariamente es uno mismo quienfinalmente decide. Nadie duda, por ejemplo, de la gran influencia queejerce la educación, pero sería absurdo ampararse en ella pararebajar el peso de la voluntad a la hora de actuar. Al fin y al cabo, sinlibertad, seríamos como animales: nuestro comportamiento seríasiempre previsible. Pero no es así. Al contrario, como explica unsuperviviente de Auschwitz, el ser humano, incluso en las condicionesmás extremas, «es, en última instancia, su propio determinante» 15.Reconocer la existencia de la libertad responsable permite asumirotras realidades igualmente innegables: el mérito y la culpa, lajusticia, el juicio, la recompensa y la pena. En rigor, cada obra buenao mala tiene sus consecuencias. A su vez, esas verdades naturalesfacilitan la comprensión de la doctrina cristiana, que nos enseña que«todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, pararecibir premio o castigo por lo que hayamos hecho en esta vida» 16.Sólo Dios conoce el grado exacto de libertad en cada acto humano.Por eso nos conviene que sólo Él nos juzgue.Si todos sabemos que somos libres, ¿cómo se puede llegar a negar loevidente? Esa actitud enmascara en muchas ocasiones un afán porjustificar la propia debilidad o la falta de coherencia personal deaquellos que han dejado de vivir como pensaban porque era máscómodo pensar como vivían. Poco a poco, ese autoengaño nos alejade la verdad. La tendencia a no reconocer los propios errores, para loque se necesita una buena dosis de humildad y de honestidad, se haagudizado en los últimos años por el desconocimiento del amor deDios. Es también, por tanto, un problema de falta de formación: si sedesconoce cuánto le encanta al Señor perdonar los pecados, sóloquedan dos alternativas: reconocerlos y deprimirse o engañarse a símismo.La vía del autoengaño aislado se extiende también en el plano socialdando lugar a una especie de inconsciencia colectiva. La vida influyeen las ideas y éstas, a su vez, conforman la cultura y se plasman enleyes. El oscurecimiento de la conciencia afecta a los puntos másvulnerables de nuestra conducta moral, como la sexualidad, y acabacontaminando valores éticos esenciales. Piénsese, por ejemplo, en elpermisivismo legal con el aborto, que se parece a la tolerancia quehubo en algunos países hasta el siglo XIX con el comercio de
  • 7. esclavos. Esas lacras sólo desaparecen cuando termina la distorsiónde la razón que trae consigo el autoengaño17.Por desgracia, se nota en muchos cristianos el influjo de eseambiente cultural que fomenta la irresponsabilidad. Desconsuelaconstatar que no se suelen parar a pensar en las consecuenciasúltimas de sus decisiones, más preocupados por contratar un segurode vida que por capear las realidades eternas. Incluso muchossacerdotes evitan aludir claramente a estas cuestiones. En losfunerales, por ejemplo, se suele realzar, de forma más o menosestereotipada, la esperanza en la Resurrección, pero se omiten lasllamadas a la conversión que tanto abundan en el Evangelio 18.Quienes sólo acuden a la iglesia en esas ocasiones pueden pensarque la salvación es automática. Urge, pues, anunciar toda la verdad,aunque duela. La verdadera caridad exige hacerlo de modo afablepero claro. Y es que «los cristianos debemos ser duros de cabeza ytiernos de corazón»19.Conocer de antemano la verdad nos hace realistas. A quienes noencaran las implicaciones eternas de sus actos, habría que hacerlesver dos cosas: que hay que pedir perdón por los pecados para que lamisericordia de Dios pueda tener la última palabra, y que, aun ytodo, la justicia siempre tiene algo que decir, porque, como dice SanPablo, «el que poco siembra, poco cosecha y el que mucho siembra,mucho cosechará»20. En virtud de la misericordia, si alguien seconfiesa en el último minuto de su vida, se le perdonan todos suspecados, pero necesita hacer penitencia en el Purgatorio paraaprender, entre otras cosas, a arrepentirse únicamente por amor aDios; y, después, puesto que es de justicia que el modo en que sevive en la tierra configure la eternidad, recibirá un Cielo a la medidade sus méritos. De ahí la importancia de aprovechar bien el tiempo.Los santos nos enseñan que lo que más debería espolear nuestragenerosidad es la compasión con el Corazón de Jesús, pero sinolvidar el sentido de responsabilidad. «Tengo que dar cuenta a Diosde lo que he hecho -solía decir San Josemaría-, y deseoardientemente salvar mi alma»21. Obviar la lógica de la justiciadenota inconsciencia o temeridad: no hay que tener miedo a Dios,sino a uno mismo. La parábola de los talentos 22 es inquietante yconsoladora: recibiremos según hemos dado y se nos pedirá segúnnuestras posibilidades, ni más, ni menos. De todos modos, notengamos en cuenta sólo el daño que nos causa el pecado.Consideremos también que al Señor le duele tanto cuanto nos ama.Si le amamos, no perderemos de vista ese otro lado de la moneda.
  • 8. El plan creador y el origen del malCada decisión moral a lo largo de la vida nos acerca o nos aleja de lamejor felicidad. En concreto, el pecado siempre daña a quien locomete: el desamor «aleja al hombre de Dios, lo aleja de sí mismo yde los demás»23. El pecador no es, pues, el único per judicado.También lo son quienes más le quieren y las posibles víctimas de esedesarreglo moral. Las consecuencias nos son banales. Dejando delado la suma de sufrimientos cotidianos que nunca salen en losperiódicos, estremece pensar, por ejemplo, en los millones depersonas que murieron en el siglo XX con el exterminio nazi o bajo elterror comunista. Sólo en Ucrania, por citar un ejemplo pococonocido, Stalin dejó morir de hambre a siete millones de inocentesen el invierno de 1932-1933, que se suman a los otros once millonesque recibieron un tiro en la nuca en sólo cuatro años, entre 1937 y1941. Hay ejemplos más recientes, como el de los casi dos millonesde camboyanos (el 20% de la población) que fueron masacradosentre 1975 y 1979 bajo la dictadura de los jemeres rojos.Son cifras estremecedoras que invitan a pensar en el origen último detanta miseria o a preguntarse por qué Dios ha creado un mundo en elque pueden ocurrir esas atrocidades. Sin la creación, no existiría elmal; por eso se dice que Dios lo ha concreado. Sin embargo,haciendo balance, debe haber valido la pena, ya que sin la creacióntampoco existiría el bien. Sería injusto que, por culpa de los queemplean mal su libertad, otros muchos no recibieran el don de la viday de la salvación eterna. En todo caso, culpar a Dios mientras seelude la propia responsabilidad denota una actitud engreída eirrespetuosa con el Creador, a la vez que desagradecida e injusta porser Él quien más sufre a causa del daño que acarrean nuestrospecados. No obstante, admitir que la creación ha valido la pena nodeslegitima el intento de comprender por qué.Nunca entenderemos en toda su profundidad el misterio del mal24.Sabemos, sin embargo, que el amor es la única razón por la que Diosnos ha sacado de la nada. En un mismo acto creador y amoroso, Dioselige darnos el ser para que podamos participar en su beatitud. Peroesa felicidad, al estar ligada al amor, requiere una libertad que, comoarma de doble filo, se presta a lo mejor y a lo peor. Así aparece elmal. Dios no lo quiere. Lo tolera para que puedan existir serescapaces de convertirse en hijos que, libremente, reciben todo el amorde su padre. Eso es lo primordial. El universo visible es accidental:mero decorado en el que habitar. Al crearlo con tanta largueza, nosrevela su infinita omnipotencia y facilita nuestra alabanza. Pero paraÉl vale más uno de nosotros que el resto del universo. Somos la«única criatura que Dios ha amado por sí misma»25.
  • 9. Dios decidió crearnos asumiendo plenamente el riesgo de nuestralibertad, aún siendo consciente de que no habría vuelta atrás y deque, en caso de desvío, Él sería la máxima víctima del don queconcedía. «En cierto sentido -afirmó Juan Pablo II- se puede decirque frente a la libertad humana Dios ha querido hacerse “impotente”.[...] Él permanece coherente ante un don semejante» 26. Enconsecuencia, «la misteriosa grandeza de la libertad personal estribaen que Dios mismo se detiene ante ella y la respeta»27. Dios no nosobliga a amarle porque es el más fino amante. Espera nuestracorrespondencia, pero sabe que el amor es algo que sólo se puedeexigir a uno mismo. El amor del otro se puede atraer, pero nopretender. No adecuarse a esa regla básica es uno de los errores másfrecuentes en nuestra vida familiar: «Pretender que el cónyuge o loshijos cambien porque lo digo yo resulta pretencioso y absolutamenteinútil»28.En cualquier caso, la filiación divina es la razón esencial de lacreación. La analogía con la paternidad humana nos permite intuir eldesignio divino. Por muchos hijos que tengan los buenos padres de latierra, cada uno podrá contar con todo su cariño como si fuera elúnico. Y si uno va por mal camino, ellos sufrirán y no escatimaránesfuerzos a la hora de ayudarle. De modo semejante, Dios sepreocupa por cada uno de nosotros en particular: se diría que sólosabe tener hijos únicos. Un único y mismo amor de padre le lleva acrearnos y, tras nuestro descamino, a poner todos los mediosposibles para que podamos salvarnos (Encarnación y Redención). Nonos crea en serie, sino que nos da, uno a uno, un alma inmortal.Aunque alguien haya sido concebido por padres egoístas, no podrádecir que no está en la tierra porque alguien le ha amado.Dios es, en suma, un padre que ama a cada uno de sus hijos tantocomo se ama a sí mismo. Por eso, «mendiga el amor de su criatura:tiene sed del amor de cada uno de nosotros»29. Se expone, pues, asufrir, porque amar «es comprometerse, hacerse vulnerable eindigente en la espera de una correspondencia a esa entrega» 30. Si sealude al dolor de Dios, muchos piensan que se habla en sentidofigurado. De primeras, algo les dice que un Ser infinitamente perfectono puede padecer. Sin embargo, la Sagrada Escritura confirma esamisteriosa realidad del dolor de Dios31.A Dios nada ni nadie le puede ligar excepto su amor. Por tanto, de unmodo misterioso pero real, ese amor comporta una indigencia que noimplica imperfección alguna. En efecto, que Dios sea esencialmenteimpasible no significa que sea indiferente. Como recuerda BenedictoXVI, «la fe cristiana nos ha enseñado que Dios -la Verdad y el Amoren persona- ha querido sufrir por nosotros y con nosotros. Bernardode Claraval acuñó la maravillosa expresión: Impassibilis est Deus, sednon incompassibilis, Dios no puede padecer, pero puede
  • 10. compadecerse»32.Es muy posible que esos razonamientos no nos ayuden mucho ahacernos cargo del dolor de Dios, pero eso no importa siestablecemos una clara diferencia entre su explicación teórica y suvertiente práctica. Y es que no hace falta ser expertos en teologíapara asumir las implicaciones que tiene el dolor divino: nos basta consaber que todo lo que imaginemos es poco. En todo caso, si lomeditamos, no es difícil romper en acción de gracias ante un Dios quede nada carece pero que se hace tan vulnerable al crearnos poramor. Y de la gratitud pasamos a la compasión filial con ese padreamantísimo a quien tanto le hacen sufrir las desgracias que el pecadonos acarrea.Nadie se compadece tanto de ese dolor de amor divino comoJesucristo, que lo remedia con el dolor de amor humano de suCorazón: su sintonía afectiva con Dios Padre es insuperable. Esa es laprimera razón que late tras el plan redentor: el Hijo consuela al Padrepor todos los agravios que recibe a causa de nuestro desamor. Nopodemos entender lo que vive un Ser infinito, pero el Verboencarnado nos lo hace accesible. En concreto, la Pasión nos revela lamagnitud del dolor divino: Jesús quiso padecer lo máximo posiblepara que pudiéramos vislumbrar cuánto sufre el Padre a causa decada pecado. Si somos buenos hijos, nos alegrará saber que el Padreya recibe, desde hace veinte siglos, el mejor de los consuelos. Sinembargo, nuestra inquietud irá en aumento si nos percatamos delpesar que eso comporta para el Corazón de Jesús, si descubrimosque no ofrece únicamente el dolor físico de su Pasión cruenta, sinotambién el dolor moral que le infligen nuestros pecados. Sentiremos,en suma, la urgencia de corredimir con Cristo, de aliviar esos pesarescon los que consuela al Padre y nos consigue la gracia salvadora delEspíritu Santo.El primer pecado y sus consecuenciasLa necesidad de la Redención se remonta a los albores de la historia.Los primeros capítulos del libro del Génesis, que sin ser estrictamentehistóricos están llenos de gran sabiduría y genialidad, nos cuentanque Dios hizo con Adán y Eva algo parecido a lo que hacen los padresen la tierra. Les dio el mejor entorno y la mejor educación. Vivían enun lugar idílico y disfrutaban del amor y de la continua intimidad deQuien con toda confianza ya llamaban Padre. Les otorgó los mejoresdones, tanto naturales (aguda inteligencia, fuerte voluntad y pasionesperfectamente ordenadas) como sobrenaturales (el estado de graciaque les constituía en hijos de Dios). No sufrían ningún dolor físicoporque recibieron también unas cualidades excepcionales (los donespreternaturales). Ni siquiera tenían que morir: al finalizar sus felicesdías en la tierra, pasarían sin pena alguna a la otra vida. Todo estaba
  • 11. primorosamente dispuesto para que no se descaminasen. Peroseguían disponiendo de la libertad y, aunque sólo podían pecar desoberbia, ¡lo hicieron!En efecto, Adán y Eva sucumbieron ante «la idea de que podían “sercomo dioses”, que podían desenvolverse por sí solos como si sehubieran creado a sí mismos»33. Podemos imaginar el grave dilema.El demonio, el mayor experto en engaño y desinformación,haciéndose pasar por alguien que no milita en contra de Dios,siembra en ellos certeramente la duda respecto a las intencionesdivinas. Con astucia, inicia su ataque preguntando a la mujer: «¿Conque Dios os ha dicho: no comáis de todo árbol del huerto?» 34.Atraída su atención, sugiere que la amenaza divina no podía ser real -que no se iría todo al traste-: que aunque el Creador afirmaba quererser padre, en el fondo, pretendía convertirles en esclavos. Tergiversalas intenciones del Creador, «poniendo en duda la verdad de Dios,que es Amor, y dejando la sola conciencia de amo y esclavo. Así, elSeñor aparece como celoso de su poder sobre el mundo y sobre elhombre»35.La caída de los primeros moradores de la tierra debió ser algodramático. Entraron en pugna con Dios, que les había pedido queguardaran un único mandamiento: el de no comer del «árbol de laciencia del bien y del mal»36. Esa única restricción les fue impuestapor su propio bien: para que evitaran la autosuficiencia; si se dejabanquerer por Dios, recibirían todo lo que necesitaran, pero sidesobedecían, las consecuencias serían catastróficas: afligiríaninmensamente a su Padre, perderían todos los dones preternaturalesy sobrenaturales, se dañarían irremediablemente a sí mismos ytransmitirían ese lamentable estado a sus descendientes. ¡Y así fue!Por eso llegamos a este mundo con una naturaleza caída, venida amenos. Dios nos creó para ser felices amando como Él ama, peronuestra naturaleza se ha deteriorado a causa del lastre que dejóaquel primer pecado. Echamos en falta la dignidad perdida. Labuscamos sin cesar, pero rara vez en el lugar adecuado. Se diría quese ha instalado en nosotros aquella soberbia que provocó la caídaoriginal. El pecado original es, pues, un «dato oscuro pero real» quenos proporciona «la verdadera clave para interpretar la realidad»37. SiDios no nos lo hubiese revelado, con la sola razón no habríamosdescubierto su existencia, aunque existen indicios que nos habríanpermitido sospecharlo38. Somos como águilas incapaces de levantarel vuelo a causa de una antigua fractura. Albergamos altos idealespero, en el momento de la verdad, los hechos hacen patente nuestradebilidad.De todos modos, sería demasiado cómodo echar toda la culpa alpecado original. Nuestra naturaleza se ha seguido deteriorando por
  • 12. culpa de los pecados posteriores, aunque ninguno será tan lúcidocomo el primero. La situación que hemos heredado hace que ennuestros pecados haya siempre cierta dosis de ignorancia y dedebilidad. Por eso ningún pecado actual será tan culpable como el denuestros primeros padres. Éste se parece al de los ángeles caídos,esas criaturas de gran perfección cuyo pecado de soberbia lesconvirtió en seres esencial e irremediablemente malvados. Pero hayuna gran diferencia: por muy perfectos que fueran Adán y Eva,seguían siendo humanos, de modo que bien pudieron arrepentirse,pedir perdón y salvarse.Ante las terribles consecuencias del primer pecado, surgeinevitablemente la pregunta: ¿Por qué no hizo Dios borrón y cuentanueva? ¿No habría sido ese el mejor modo de evitar tanta miseriaposterior? Que no lo haya hecho corrobora lo que ya hemos intuido:que no somos como marionetas teledirigidas, y que Dios siempre escoherente a la hora de respetar nuestra autonomía hasta sus últimasconsecuencias. Si alguien se empeña, por ejemplo, en disparar a uninocente, Dios no para la bala. Si nos tratara como a niñosirresponsables, nunca aprenderíamos a tomarnos en serio la libertad.No coartarla conlleva respetar también todas sus implicaciones.Dios se ha comportado como los mejores padres de la tierra. Éstos, siuno de sus hijos se mete en líos, sin dejar de respetar su libertad,hacen cualquier cosa con el fin de ayudarle. Si un hijo tuviera unaenfermedad incurable, no escatimarían sacrificios a la hora de buscarun tratamiento. O si el hijo se hiciera drogadicto y no existieseninguna institución para rehabilitarle, ellos mismos la fundarían. Diosha actuado de modo semejante. Cuando sus hijos fueron contagiadospor las secuelas del pecado, puso por obra todo un admirable planredentor que culmina con la muerte en la Cruz de su Unigénito, elnuevo Adán, con la inestimable ayuda de María, la nueva Eva.La solución que Dios concibió y puso por obra es sin duda la mejor:restaura las secuelas del primer pecado sin atentar contra losimperativos de la libertad. Lejos de indisponerse contra el pecador, sucompasión le lleva a buscar una solución. Juan Pablo II hace notarque es un mismo y único amor el que inspira la creación y el planredentor: «Ese inescrutable e indecible “dolor” de padre engendrarásobre todo la admirable economía del amor redentor en Jesucristo» 39.Ese designio sigue respetando escrupulosamente nuestra libertad.Jesús nos obtiene en la Cruz un medicamento capaz de curarnuestras enfermedades, pero de ningún modo nos obliga a tomarlo.En conclusión, si aún sabiendo hasta qué punto todo se podía torcer,Dios decidió crear el mundo, se debió a que su eterno designio yacontemplaba la futura Encarnación en vistas a la Redención. Endereza
  • 13. lo torcido y de paso, haciéndose hombre, nos facilita lacorrespondencia a su amor.Bienes que se pueden seguir del sufrimientoHe aquí algunos beneficios que pueden obtener quienes sufren:* Posibilidad de cambio. La adversidad propicia profundos cambiosinteriores. Tras el sufrimiento, uno ya no es lo que era, se vuelvemejor o peor. «El sufrimiento -se dice de pasada en una novela deWilkie Collins- puede fomentar, y fomenta, el mal que existe latenteen la humanidad, así como el bien latente» 40. Según las propiasdisposiciones, el sufrimiento es una encrucijada tras la cual uno seacerca o se aleja de Dios. Es un gran riesgo del que se sirve Diospara sacar a alguien de su enquistamiento espiritual. Es una crisissaludable y, como cualquier crisis de crecimiento, el alma duele.«Yo creo -escribe Rilke en una carta a alguien a quien le duele elalma- que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión quenosotros percibimos como parálisis, porque ya no sentimos la vida denuestros sentidos alienados. Porque estamos solos con el extraño quese nos ha introducido; porque, por un momento, se nos arrebata todolo habitual y lo que nos inspiraba confianza; porque nos encontramosen una encrucijada donde no podemos permanecer. (...) Se nospodría hacer creer fácilmente que nada ha ocurrido y, sin embargo,hemos cambiado como cambia una casa en la que ha entrado unhuésped. (...) Por eso es tan importante estar solo y atento cuandose está triste (...). Cuanto más silenciosos, pacientes, y abiertos nosmantengamos en la tristeza, más profundamente y certeramente seintroducirá lo nuevo en nosotros, mejor lo heredaremos y en mayormedida será nuestro destino. Y cuando un día lejano, “se realice” (esdecir, cuando pase desde nuestro interior hacia los demás), losentiremos cercano y familiar en lo más íntimo. (...) Usted sabe quese halla en una encrucijada y que no deseaba otra cosa que no fueratransformarse. Si en su proceso interior contrae una enfermedad,piense que la enfermedad es el medio del que se sirve el organismopara liberarse de lo extraño; limítese a ayudarle a estar enfermo, adejar que aflore y estalle toda su enfermedad, pues ese es suprogreso»41.Toda enfermedad es una ocasión de volver a lo esencial. «En laenfermedad -dice el Catecismo de la Iglesia Católica-, el hombreexperimenta su impotencia y su finitud. Toda enfermedad puedehacernos entrever la muerte. La enfermedad puede conducir a laangustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a ladesesperación y a la rebelión contra Dios. Puede también hacer a lapersona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es
  • 14. esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, laenfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él» 42.Llama la atención que las relaciones entre los esposos mejorancuando uno de ellos tiene que luchar contra un cáncer. Se aprende arestarle importancia a las nimiedades. Mariam Suárez, por ejemplo, aquien cuando se le diagnosticó un cáncer le daban unas semanas devida, cuenta lo nerviosa que le ponía, antes de la enfermedad, unasimple gotera en el baño de su casa. Sin embargo, cuando volvió acasa después del primer tratamiento de quimioterapia, aquella goteraen el inodoro le produjo un ataque de risa. «También a raíz de laenfermedad -cuanta ella-, desaparecieron las discusiones con mimarido. No era que me pasara la vida discutiendo con él, sólo de vezen cuando, lo normal en cualquier matrimonio, pero de repente seinstaló una paz infinita entre nosotros. Paradójicamente, laenfermedad había puesto las cosas en su sitio, dándoles su justovalor, discriminando automáticamente entre lo que es realmenteimportante y lo que no lo es. Hemos aprendido a dejar de lado unmontón de cosas que no merecen la pena. En cierta forma -concluyela hija de Adolfo Suárez-, la enfermedad es como una tijera de podar,quita la hojarasca, lo superfluo, y sólo deja lo esencial. Entoncessaltamos por encima de las pequeñeces con una facilidadimpresionante. Supongo que todo esto sucede porque, situados antela perspectiva de la muerte, nuestra visión del mundo cambiaradicalmente»43.* Purificación. La penitencia tiene un doble sentido: satisfacer laJusticia divina por los pecados, y purificación interior que nos haceaptos para gustar altas realidades de amor. Para ser contemplativo ypoder saborear lo más alto, después de haber asumido todo lo noble,es preciso transcenderlo. Lo más importante no son mortificacionesespectaculares, sino morir por completo al amor propio. Si seentiende la lógica de la cruz, se comprenderá el siguiente texto deSanta Teresa de Lisieux: «Bien acoger el sufrimiento nos merece lagracia de un mayor sufrimiento... para poder llegar a la perfectaunión de Amor».* Desprendimiento de lo terreno: el dolor es la mejor escuela desabiduría. El sufrimiento nos transforma interiormente, nos ayuda apercatarnos de la efemeridad de lo temporal y nos hace ver las cosasde esta vida desde una perspectiva trascendente. Tras muchascontradicciones dice Galdós de la protagonista de una de sus novelas:«Las adversidades se estrellaban en el corazón de Benina, como lasvagas olas en el robusto candil. Rompíanse con estruendo, sequebraban, se deshacían en blancas espumas, y nada más.Rechazada por la familia que había sustentado en días tristísimos demiseria y dolores sin cuento, no tardó en rehacerse de la profundaturbación que ingratitud tan notoria le produjo; su conciencia le dio
  • 15. inefables consuelos: miró la vida desde la altura en que su despreciode la humana vanidad la ponía; vio en ridícula pequeñez a los seresque la rodeaban, y su espíritu se hizo fuerte y grande»44.«¿Sólo el dolor hace crecer ?se afirma de pasada en una novela?,pero al dolor hay que enfrentarlo directamente; quien se escabulle ose compadece está destinado a perder»45. El problema delsufrimiento no se resuelve ni haciéndose el fuerte niautocompadeciéndose, ni minimalizando ni exagerando. Es precisoasumirlo y aprender a transcenderlo por amor. El sufrimiento ayuda amadurar. Quienes lo hayan experimentado entenderán que elsufrimiento interior contribuye a esa maduración que todo serhumano debería emprender para llegar a ser verdaderamente libre.Bien lo expresa Viktor Frankl cuando afirma: «El verdadero resultadodel sufrimiento es un proceso de maduración. La maduración se basaen que el ser humano alcanza la libertad interior, a pesar de ladependencia exterior»46.Aunque sólo fuese por las razones ya aducidas, se empieza avislumbrar que el sufrimiento siempre trae consigo un mensajesumamente útil para el interesado. «Si un día el dolor llama a tupuerta -aconseja Nini Salvaneschi en su Consolación- no se la cierresni se la atranques: ábresela de par en par, siéntalo en el sitial delhuésped escogido, y sobre todo no grites ni te lamentes, porque tusgritos impedirán oír sus palabras, y el dolor siempre tiene algo quedecirnos. El dolor siempre trae consigo un mensaje y unarevelación».* Sufrimiento como ocasión de corredimir con Cristo. Llegamos,por tanto, al genuino sentido cristiano del sufrimiento. Al fin y alcabo, la terrible experiencia del dolor puede presentar tres ventajas:una ocasión de purificación, un punto de encuentro paraabandonarnos confiadamente en Dios y una oportunidad decorredención con Cristo. En esto último consiste precisamente lamayor aportación del cristianismo. Los otros dos elementos,purificación y abandono, suponen una gran ayuda para aceptar elsufrimiento, pero resultan insuficientes para amarlo como lo haceJesucristo y quienes, como acabamos de ver, se identifican con Él.En efecto, ya los sabios griegos apuntaron el valor purificador de lascontradicciones desde un punto de vista exclusivamente humano. Porotra parte, como pone de manifiesto el Antiguo Testamento en ellibro de Job, sabemos que nuestras cruces, a menudo taninesperadas como incomprensibles, nos brindan una excelenteocasión de abandonarnos confiadamente en la amorosa providenciadivina. La perspectiva cristiana asume y supera esos dos enfoques yapresentes en la sabiduría griega y judía. Gracias a esa nueva visiónque Cristo nos ha revelado, podemos descubrir en el dolor, «no un
  • 16. determinismo despiadado, sino la mano amorosa de nuestro Padredel Cielo, que nos bendice con la exigencia amable de la Cruz» 47.Urge, pues, profundizar en la posibilidad que tenemos todos losbautizados de convertir nuestros sufrimientos en una ocasión decorredimir con Cristo, ayudándole a consolar a Dios Padre y a salvaralmas.Una realidad poco conocidaPocos son los cristianos conscientes de lo mucho que pueden aportaral Sagrado Corazón. Si oyen hablar del dolor de Cristo, están alcorriente de lo mucho que sufrió durante la Pasión, pero consideranque ahora que está en el Cielo, ya nada le turba. Desconocen que,como afirmó Pío XI, «nosotros ahora, de un modo admirable yverdadero, podemos y debemos consolar ese Corazón Sacratísimo,continuamente herido por los pecados de los hombresdesagradecidos»48.La sintonía con los pesares del Corazón de Jesucristo resucitado norequiere que seamos expertos en teología. El sentido común nos diceque quienes están en el Cielo no le causan ningún motivo depreocupación. Pero si a Él, o a Dios Padre, no le afectase lo quehacemos en la tierra, sólo quedarían dos posibilidades: o no conocenlo que pasa aquí, o pasan desapercibidos de nosotros.Ambas alternativas son igualmente absurdas, pues supondría unalimitación impropia de su poder, o una indiferencia a todas lucesincompatible con su amor. Por lo demás, ya ha salido a relucir que lossentimientos del Corazón de Jesús no han variado desde su Ascensiónal Cielo. Sabemos que todo lo nuestro le afecta tanto cuanto nosama.El amor siempre comporta un aumento de la vulnerabilidad y de lacapacidad de alegrarse. El afecto conduce a la identificación con lasalegrías y penas de la persona amada. Todo amante, incluso el másperfecto, se expone a sufrir o a gozar. Según sea correspondido o no,experimenta dicha o pesar, agradecimiento o decepción.Los actuales pesares del Corazón de Jesús se derivan, por tanto, desu amorosa identificación con cada uno de nosotros. No hay alegría opena en la tierra que Él no comparta. En concreto, nuestrasdesgracias, especialmente el daño que nos causa cada pecado, lehacen sufrir tanto cuanto nos ama. En efecto, como recuerdan tantosautores, en la Cabeza del Cuerpo Místico repercuten lospadecimientos de cada uno de sus miembros. San Josemaría, porejemplo, afirma: «Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en susmiembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la quees Cabeza, y Primogénito, y Redentor»49. Sabemos que los
  • 17. padecimientos redentores no están sólo ligados a su identificación connosotros, sino también a su amor a Dios Padre. Ya hemos visto que elCreador «se ha hecho vulnerable»50, y que Jesucristo, en la Pasión,nos revela ese tremendo dolor divino a la vez que nos enseña aaliviarlo.En definitiva, lo que más espolea nuestra generosidad es el gozo quenuestro amor procura al Corazón doliente de Jesús. Nada incita tantonuestra correspondencia a su amor como la compasión que sentimosal percatarnos de lo mucho que sufre a causa de nuestros pecados.Sabemos que Jesucristo, ahora que está en el Cielo, ya no puedesangrar, pero sí llorar. Y su llanto resulta estremecedor, pues noprocede de una sensibilidad superficial, sino de lo más hondo de uncorazón amoroso y llagado. Si percibimos sus lágrimas, se remuevennuestras entrañas y nos sentimos urgidos a consolarle. El imperiosodeseo de aliviar sus pesares nos saca de nosotros mismos. Nuestrosproblemas parecen rasguños insignificantes en comparación con susheridas.Esa reacción ante el sufrimiento ajeno no le sucede sólo a quienestienen un gran corazón. Incluso la persona más egoísta, si presenciaun grave accidente de tráfico y ve que el conductor, un perfectodesconocido, se está desangrando en el suelo, se siente urgido asocorrerle. Por tanto, ¿cómo amarán al Señor quienes desconocen lospadecimientos de su Corazón y, en la práctica, piensan que nada lepueden aportar? ¿Qué habría hecho la Madre Teresa, por ejemplo, siel Señor no le hubiera hecho entender la sed que tiene de recibir suamor?Es una lástima que tantos cristianos desconozcan esa realidad, másaún si consideramos que las consecuencias prácticas que de ella sederivan no son banales. ¿No será esa la razón por la que tantoscatólicos practicantes no viven esa unión amorosa con Cristo? Selimitan a cumplir rutinariamente sus obligaciones religiosas pero noadquieren una profunda vida interior. Se casan por la Iglesia,bautizan a sus hijos, y, para darles ejemplo, asisten cada domingo ala Santa Misa. Pero en esa especie de catolicismo social falta vida.Quizá se sorprenderían si les preguntáramos: «¿Piensas que Jesús teecha en falta si no le acompañas un rato junto al Sagrario?».La falta de sintonía afectiva con Cristo resulta todavía más penosa siafecta a quienes se han comprometido a vivir el celibato apostólico.Si el amor al Señor no inspira su empeño, les queda la posibilidad desacrificarse por amor a un ideal, por ejemplo, sacar adelante unalabor asistencial o apostólica. Pero no es lo mismo amar a unapersona que a un ideal. En eso, como en todo, la naturaleza noperdona. Si el amor a Cristo no alienta el esfuerzo de quienes ledieron todo, es probable que su entrega se desvirtúe, como sucede
  • 18. en cualquier matrimonio en el que se deteriora la relación entre loscónyuges: en vez de formar una familia entrañable, se convierten enuna especie de sociedad anónima. A menudo, con el paso del tiempo,aparecen ataduras humanas que ponen en peligro la fidelidad. Yentre los que logran perseverar en su compromiso, unos, los mástibios, lo consiguen entregándose menos; otros, se afanan mucho,pero a menudo les asfixia ese voluntarismo que hunde sus raíces enel orgullo. En cualquier caso, no son muy felices.Conviene, por tanto, insistir en el gran poder que tenemos sobre elCorazón doliente y agradecido de Jesús: porque sería injusto nohacerlo, porque es un acicate para nuestra correspondencia, y porquelo más obvio es a veces lo que menos se dice y más se olvida.Sufrir para consolarLo que Edith Stein llamaba la ciencia de la Cruz es un gran misterioque se vuelve menos oscuro con las luces que aporta la Pasión deCristo. A grandes rasgos, todos podemos suscribir estas palabras: «Elsentido del dolor es la consecuencia de nuestro sentido de la vida. Sepuede afrontar ese sufrimiento cuando se soporta por algo o poralguien. Es en el amor donde encuentra su sentido» 51. La cuestiónmás relevante consiste en saber por qué y por amor a quién.Estas palabras de San Josemaría condensan la sabiduría cristiana alrespecto: «¿Qué importa padecer si se padece por consolar, por dargusto a Dios nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a Él enla Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?»52. La falta desintonía con el Corazón doliente y agradecido de Cristo es un serioobstáculo para vivir con hondura el sentido cristiano del sufrimiento.Según la doctrina de la Iglesia, estamos llamados a participar y acolaborar en la obra de la Redención 53. Pero, ¿qué conlleva enconcreto esa colaboración en la obra redentora de Cristo? ¿Quésignifica, como señala San Pedro54, que el cristiano está llamado acompartir sus sufrimientos? ¿En qué sentido afirma San Pablo quecompleta en su carne «lo que falta a la Pasión de Cristo» 55? Nuestrosufrimiento puede aliviar los padecimientos que Cristo ofrece paraconsolar al Padre y para salvar a las almas.Corredimir con Cristo consiste en quitarle peso. Aparte de aligerar sucruz, esa unión corredentora nos permite ayudarle a consolar el dolorde Dios Padre y a amar, a distancia pero eficazmente, a todos loshombres sin distinción. Como escribe Juan Pablo II, «cada hombreestá llamado a participar de aquel sufrimiento por medio del cual serealizó la Redención; está llamado a participar de aquel sufrimientopor medio del cual fue también redimido todo sufrimiento humano.Realizando la Redención mediante el sufrimiento, Cristo elevó almismo tiempo el sufrimiento humano al nivel de la Redención» 56.
  • 19. En sentido estricto, nada podemos hacer hoy para que a Jesús leduelan menos los latigazos que recibió durante la flagelación.Tampoco podemos ayudarle a cargar con el peso de la Cruz en sucamino hacia el Calvario como lo hizo Simón de Cirene hace veintesiglos57. En cambio, podemos aliviar su dolor moral a causa de lospecados que acontecen en la actualidad. Por eso afirmó Juan Pablo IIque, «en la dimensión del amor, la redención ya realizadaplenamente, se realiza, en cierto sentido, constantemente» 58.Para no alargarme, dejo de lado los pormenores teológicos y melimito a comentar una anécdota. Todavía recuerdo algo que dijo depasada, durante una comida, un buen padre de familia. Se grabó enmi memoria quizá porque me hizo entender que, a la hora desacrificarnos por amor al Señor, puede inspirarnos lo mismo que encualquier amor humano. A ese buen padre le costaba mucholevantarse por las mañanas porque tenía un trabajo que duraba hastaaltas horas de la noche. Además, desde que era pequeño, siemprehabía tenido un difícil despertar. Se sentía muy espeso cada mañanay, para estar en condiciones de afrontar el nuevo día, necesitabatomarse varias tazas de café;. Sin embargo, cuando salió a colaciónel amor a sus hijos, sin darse la más mínima importancia, dijo congran convencimiento que supondría para él un gran sacrificio nolevantarse por la noche cuando oía que estaba llorando alguno de sushijos pequeños.Así funciona nuestra naturaleza. No solemos escatimar esfuerzos a lahora de aliviar el dolor de quienes amamos. Desvelarse por la nochenunca será algo agradable, mientras que sí lo es ayudar a un hijo asuperar una pesadilla. Ninguna persona cuerda ama el sufrimientocomo un fin en sí mismo. Sin embargo, el sacrificio puede ser elegidogustosamente como medio para contribuir a la felicidad de un serquerido. Sólo así se entiende que los santos puedan amar el dolor apesar del natural espanto que les produce. San Josemaría, porejemplo, afirma que el sufrimiento le da «gozo y paz», porque siente« muchos deseos de reparación»: el amor le hace «gozar en elsufrimiento»59. También Jesús, en Getsemaní, sintió «tristeza yangustia»60, pero su amor al Padre y a nosotros le dio la fuerzanecesaria para acometer y consumar la Pasión. Si le imitamos,también nuestro sufrimiento se vuelve ligero. El Señor no se deleitaen nuestro dolor como tal; de hecho, por empatía, lo siente comopropio. Sólo desea, en vistas a nuestro bien, que le amemos. Nuestrosacrificio voluntario le consuela en la medida en que es expresión deamor.Además, sacrificarnos por el bien de otra persona nos lleva a quererlamás. Al fin y al cabo, ésa es una de las razones por las que losbuenos padres quieren tanto a sus hijos: porque llevan muchos años
  • 20. compadeciéndose de sus necesidades y, en consecuencia,sacrificándose por ellos. En el fondo, el amor y el dolor son dosrealidades que se benefician mutuamente. Se da entre ellas unaespecie de mecanismo de retroalimentación. El amor hace másllevadero cualquier sacrificio, y sufrir por hacer feliz a quien amamosnos lleva a quererle todavía más.Esa verdad humana cobra un significado mucho más profundo desdeuna óptica cristiana. «El amor hace fecundo al dolor y el dolor haceprofundo al amor»61. Ya que la entrega sacrificada suele estarprecedida por la compasión, también nosotros, al igual que tantossantos que nos han precedido, querremos con locura al Señor si, almeditar su Pasión, palpamos su amor y su dolor.La compasión con su Corazón doliente será el mejor acicate paranuestra generosidad. Por amor a Él, quizá sin ganas pero siempre congusto, nos emplearemos a fondo a la hora de realizar con la mayorperfección posible los pequeños deberes de cada instante. Como lesucedía a aquel buen padre encantado de desvelarse para ayudar asus hijos, es de esperar que llegue un momento en el que nocomplicarnos más la vida suponga para cada uno de nosotros todo unsacrificio.El ejemplo de los santosTermino trayendo a colación algunos ejemplos elocuentes del sentidocristiano del sufrimiento. Tras veinte años en silla de ruedas, escribíaManuel Lozano Garrido: «El dolor es una llamada Tuya y un privilegioque canta en nuestra vida con la bravura de un río joven. Por eso,antes que nada, te damos, Señor, las gracias por la distinción de tumirada, por la promoción de nuestras vidas al área redentora»62.En una biografía de San Juan de Dios, dice éste a un peregrino deJerusalén que afirma haber subido al Gólgota: «Me parece que todosestamos en el Gólgota y que debíamos compartir los padecimientosde Nuestro Señor para redimir al mundo de nuevo»63. A un enfermoque se queja que afirma que Dios se desentiende de la miseriahumana, dice el santo: «No blasfeméis, señor. El Salvador en la cruzestaba peor que nosotros encima de estas losas. Él padeció por todosnosotros. ¿Vais a culparlo por dejarnos llevar parte de su carga?»64.Quien entienda a fondo la necesidad que tiene Cristo de Cirineos quele ayuden a llevar esa Cruz que dura ya veinte siglos, procurará quetodas sus acciones se conviertan en bálsamo que alivia las heridas desu Corazón. Como decía un joven poeta: «Mas ¡qué dulce, cuán dulceeste tormento! Por Ti, Jesús, me crucificaría si así evitase yo tusufrimiento»65. Contemplando compasivamente los dolores de Cristo,surge espontáneamente el deseo de remediarlos. Así, otro poeta,José María Pemán, contemplando un crucifijo, exclama: «¡Cuerpo
  • 21. llagado de amores / yo te adoro y yo te sigo! / Yo, Señor de losseñores. / quiero partir tus dolores / subiendo a la Cruz contigo. //(...) Quiero, Señor, en tu encanto / tener mis sentidos presos, / yunido a tu cuerpo santo, / mojar tu rostro con llanto, / secar tu llantocon besos»66.El sufrimiento moral del Corazón de Jesús es un intenso dolor debidoa la ingratitud, indiferencia y ofensas de los hombres. Jesús nosredime con ese dolor y pide obras de amor que consuelen sus penasa causa de tanto desamor. Es algo misterioso pero incluso un niño loentendería. En un libro en el que se relatan escenas popularesdurante la Revolución francesa, le pregunta un amigo a una niña que,un viernes, va a depositar un ramo de flores a los pies de una cruz:«¿Adónde vas con ese gran ramo?». Ella responde cándidamente:«Las llevo para el Señor, hoy, el día de su Pasión. ¿No crees que estole consolará un poquito de todo su dolor? (...) ¿Sabes?, pienso quehoy que tanto se ofende al Señor en todas partes, debe hacerlemucho bien que alguien le demuestre un poco de amor?» 67.Podemos aliviar la Cruz de Cristo de dos maneras: volcándonosdirectamente con Él o aliviando las penas de los demás por amor a Él.Tanto ama Jesucristo a cada hombre, que siente en su propia carnesus alegrías y sus penas. Meditando esas palabras de Chiara Lubich,se escribe en el diario de Julio Rodríguez, un misionero marista queen noviembre de 1996, cuando tenía cuarenta años, dio su vida porlos habitantes de un campo de refugiados en la frontera entre Zaire yRuanda: «La mayoría ve a los refugiados desde el punto de vistaexterno. (...) Tú, Señor, me has enseñado que además de esto enellos hay otra realidad escondida, la realidad de tu presencia. Por eso,porque sé que estás ahí, oculto tras cada piel morena, sufriendo enlos huérfanos o en los llagados, es por lo que acudo corriendo a tipara consolarte, para aliviarte, para demostrarte mi amor»68.Un cristiano que ha calado a fondo en el sentido corredentor delsufrimiento con Cristo no tiene miedo al dolor. «El que teme padecer,padece ya lo que teme», se suele decir. En los santos, sucede locontrario: no sólo no temen padecer, sino que lo deseanardientemente. La Madre Teresa de Calcuta, que tanto sabía de todoesto, decía: «Jamás el dolor estará ausente por completo de nuestrasvidas. Si lo aceptamos con fe, se nos brinda la oportunidad decompartir la Pasión de Jesús y de demostrarle nuestro amor»69.Sólo desde esa perspectiva se entienden bien algunos aspectos de lavida cristiana, como es el sentido de la mortificación. «Poderoso es elsufrimiento cuando es tan voluntario como el pecado» sintetizaClaudel 70. Lo mismo sucede para comprender las afirmaciones de lossantos que han llegado al tercer estadio de la ciencia de la cruz: nosólo aceptarla y amarla, sino incluso desearla ardientemente. Para
  • 22. entender que Santa Margarita María Alacoque diga: «no hay nadaque me atraiga tanto como la Cruz» o «sufro tan poco, que mi mayorsufrimiento consiste en que no sufro suficientemente» 71, hace falta,como ella, conocer la hondura del Corazón de Jesús y amarle conlocura.Encontramos afirmaciones similares en todos los santos. Recordemosdos ejemplos más: Santa Teresita y San Josemaría. Nada hizo sufrirtanto a la santa de Lisieux como la demencia senil de su santo padre.Sin embargo, escribía: «Sí, los tres años del martirio de papá meparecen los más amables, los más fructuosos años de toda nuestravida. No los cambiaría por los éxtasis y revelaciones de los santos. Micorazón rebosa de gratitud al pensar en ese tesoro inestimable, capazde despertar una santa envidia aun en los mismos ángeles de la cortecelestial...»72. San Josemaría, a sus treinta años, escribía en susapuntes íntimos: «Jesús, siento muchos deseos de reparación. Micamino es amar y sufrir. Pero el amor me hace gozar en elsufrimiento, hasta el punto de parecerme ahora imposible que yopueda sufrir nunca. Ya dije: a mí no hay quien me dé un disgusto. Yaún añado: a mí no hay quien me haga sufrir, porque el sufrimientome da gozo y paz»73.Ciertamente, la actitud de los santos ante el sufrimiento es algodesconcertante. ¿Cómo se explica que el sufrimiento les procuregozo? Como hemos visto, la única explicación satisfactoria está ligadaa esa locura de amor con la que se corresponde a la locura de amorde Cristo. «Hay intercambios de amor que sólo se hacen sobre unacruz»74, decía una santa francesa. Los santos se percatan de lahondura del amor de Cristo y no escatiman esfuerzos a la hora dealigerar su Cruz. Sólo quien ama más de lo que padece es capaz desacrificarse gustosamente por el amado. Es esa libertad del amor quelleva a realizar cualquier sacrificio con tal de poder reconfortar oaliviar el dolor del amado. Un corazón compasivo siente como propiaslas necesidades ajenas -sufre con ellas- y trata de remediarlas.Si de verdad amamos a Jesús, si vivimos cerca de su Corazón ysomos generosos, también nosotros nos conmoveremos ante susheridas y nos encenderemos en eficaces deseos de reparación. ¡Laalegría de mitigar sus padecimientos redentores será nuestra fuerza!En suma, si se entiende la Corredención, es más fácil -o menos difícil-explicar -¡y vivir!- el sentido reparador del sufrimiento. El dolor sevuelve gozoso si se ofrece con el fin de agradar a Jesús, comobálsamo reconfortante, capaz de aliviar las heridas de su Corazón.Termino con una frase de Juan Pablo II: «El amor es la fuente másrica del sentido del sufrimiento que sigue siendo un misterio. Somosconscientes de que nuestras explicaciones son insuficientes y
  • 23. limitadas. Cristo nos permite entrar en este misterio y descubrir elporqué del sufrimiento, en la medida en que somos capaces deentender la excelencia del amor divino»75.------------------- --1. S. Martín, María, camino de perfección, Ediciones Martínez Roca,Barcelona 2001, p. 27.2. J. Escrivá, Via Crucis, V estación, n. 1.3. Juan Pablo II, Homilía en la Canonización de Teresa Benedicta dela Cruz (Edith Stein), 11-X-98.4. S. Martín, El suicidio de San Francisco, Planeta, Barcelona 1998, p.135.5. P. Claudel, L´annonce faite à Marie, Gallimard, París 1940, p. 143.6. S. Pablo de la Cruz, Epist., 1, 43.7. «Cuanto más íntimo es el sufrimiento -escribía Sta. Teresa deLisieux-, menos aparece a los ojos de las criaturas, y más os alegra,Dios mío».8. C.S. Lewis, El problema del dolor, Rialp, Madrid 1994, p. 97.9. C.S. Lewis, Una pena en observación, Anagrama, Barcelona 1994,p. 40.10. Ibidem, p. 64.11. A. Vázquez-Figueroa, África llora, Pl aza & Janés, Barcelona 1994,p. 270.12. Madre Teresa de Calcuta, Orar, Planeta, Barcelona 1997, p. 158.13. Gal. 6, 7.14. Como observa San Josemaría, la verdad es inseparable de laalegría: «la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en latierra» (Forja, n. 1005).15. V. E. Frankl, El hombre en busca de sentido, Herder, décimaedición, Barcelona 1989, p. 128.16. 2 Cor. 5, 10.17. Como afirmó Benedicto XVI en el Parlamento Británico, «despuésde todo, dicho abuso de la razón fue lo que provocó la trata de
  • 24. esclavos» (Discurso en Westminster Hall del 17 de septiembre de2010).18. Véase, por ejemplo, Mt. 7, 21; o Mt. 24, 42-51.19. Lo decía el pensador francés Jacques Maritain (en V. Messori, Porqué creo, o.c., p. 354).20. 2 Cor. 9, 6.21. En A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, Rialp, Madrid1983, p. 232.22. Cfr. Mt. 25, 14-30.23. Juan Pablo II, Dies Domini, n. 63.24. Nos ocupamos ante todo del origen del mal moral, que provienedel mal empleo de la libertad por parte de seres humanos y deángeles caídos (demonios), que introdujo, y sigue introduciendo,sufrimiento en el mundo. Dejamos de lado el mal ontológico: esalimitación de la criatura, en comparación con Dios, que es inherenteal hecho de crear. Dios nos podría haber hecho más perfectos, comolos ángeles, pero también ellos tienen libre albedrío, y cuando hanempleado mal su libertad, han dado lugar a mayor dolor ysufrimiento. Tampoco nos ocupamos del mal físico, ese deterioro delmundo material misteriosamente introducido por el primer pecado,que conlleva enfermedades y cataclismos naturales.25. Gaudium et spes, n. 24.26. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés,Barcelona 1994, p. 81.27. E. Stein (Santa Teresa Benedicto de la Cruz), Pensamientos,Monte Carmelo, Burgos 1999, p. 50.28. U. Borghello, Las crisis del amor, Rialp, Madrid 2003, p. 167.29. Benedicto XVI, Mensaje del 21 de noviembre de 2006, para laCuaresma 2007, n. 5.30. G. Magro, Los caminos de Dios en la tierra, en «ScriptaTheologica», 31 (1999), p. 521.31. Cfr. Os., 11, 8 y 9; Mt. 25, 34-35; 28,20; Lc. 15, 11-32; Hech.9,4; 22, 7-8.32. Benedicto XVI, Spe salvi, n. 39. Véase también Deus Caritas est,nn. 9-10. Suele afirmar el Santo Padre que el amor de Dios no es
  • 25. sólo Ágape, sino en cierto sentido también Eros, esto es, un «amoren el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseoapasionado de reciprocidad» (Mensaje del 21 de noviembre de 2006,n. 5).33. C. S. Lewis, Mero cristianismo, Rialp, Madrid 1995, p. 66.34. Gen. 3, 1.35. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, o.c., p. 221.36. Gen. 2, 17.37. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, o.c., p. 221.38. Según Santo Tomás de Aquino, «se puede probar con bastanteprobabilidad» (Summa contra gentiles, lib. IV, cap. LII). Es como unrompecabezas en el que falta un dato y, cuando se encuentra, todocuadra. John Henry Newman, beatificado el 19 de septiembre de2010, pone el ejemplo de un joven mendigo en el que, si se observade cerca, se perciben ademanes propios de alguien que ha nacido enel seno de una familia acomodada. Todo hace pensar que algún tipode calamidad tuvo que sucederle en su tierna infancia (cfr. Apologiapro vita sua, Brand, Bussum 1948, p. 312-314).39. Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, n. 39.40. W. Collins, Armadale, Ediciones B, Barcelona 1990, p. 327.41. R. M. Rilke, Cartas a un joven poeta, Ed. Obelisco, 2ª edición,Barcel ona 1997, p. 74, 75 y 81.42. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1500-1501.43. M. Suárez, Diagnóstico: cáncer. Mi lucha por la vida, GalaxiaGutemberg/Círculo de lectores, Barcelona 2000, p. 56.44. B. Pérez Galdós, Misericordia, Cátedra, Madrid 1982, p. 307.45. S. Tamaro, Donde el corazón te lleve, Seix Barral, decimoquintaedición, Barcelona 1995, p. 168.46. En J. P. Manglano, ¿Se puede aprender a sufrir?, Desclée deBrouwer, Bilbao 1999, Prólogo.47. J. Echevarría, Homilía del 23 de octubre de 2010 en el Campus dela Universidad de Navarra (véase opusdei.org).48. Pío XI, Miserentissimus Redemptor, n. 17.49. San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 168.
  • 26. 50. J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, La Esfera de los Libros, Madrid2007, p. 178.51. A. Vázquez, Juan Larrea, un rayo de luz sobre f ondo gris,Palabra, Madrid 2009, p. 33.52. San Josemaría, Camino, n. 182.53. Cfr. Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n. 62.54. Cfr. 1 Petr. 3, 14.55. Col. 1, 24.56. Juan Pablo II, Salvifici doloris, n. 19.57. Cfr. Mt. 27, 32; Mc. 15, 21; Lc. 23, 26.58. Juan Pablo II, Salvifici doloris, n. 24. La explicación clásica de laactualidad de los padecimientos de Cristo estriba en que todas susacciones, por ser verdadero Dios, trascienden los límites del tiempo ydel espacio. Puesto que «participa de la eternidad divina» (Catecismode la Iglesia Católica, n. 1085), nosotros, dos mil años después,podemos realmente modificar el peso de su Cruz. Pero no olvidemosque Jesús, además de Dios, es también hombre como nosotros. Poreso, la actualidad de la Pasión de Cristo se puede explicar tambiénatendiendo a su naturaleza humana. Ya que su Cristo- Hombre noscontempla desde el Cielo, no es de extrañar que todo el bien y el malen la tierra repercuta en su Corazón glorioso.59. En A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Vol. I: ¡Señor,que vea!, Rialp, Madrid 1997, pp. 418-419.60. Mt. 26, 37.61. Juan Pablo II, Homilía del 11 de octubre de 1998, con motivo dela canonización de Edith Stein.62. En M. A. Velasco, Santos de andar por casa, Planeta, Barcelona1999, p. 97.63. W. Hünermann, El mendigo de Granada. Vida de San Juan deDios, Palabra, Madrid 1993, p. 108.64. Ibidem, p. 169.65. B. Lloréns, Sonetos a Jesucristo, en J.I. Poveda, Una sed deeternidades, Rialp, Madrid 1997, p. 138.
  • 27. 66. J. M. Pemán, Pasión según Pemán, Edibesa, Madrid 1997, p. 87.67. W. Hünermann, Las barricadas de Dios. Escenas populares de laRevolución francesa, Palabra, Madrid 1989, p. 10268. En S. Martín, El silencio de Dios. Diario de un prisionero mártir,Planeta, Barcelona 1977, p. 100.69. Madre Teresa de Calcuta, Orar, o.c., pp. 159-160.70. P. Claudel, L´annonce faite à Marie, o.c., p. 144.71. En J. Croiset, The devotion to the Sacred Heart of Jesus, o.c., p.13 y 14.72. T. de Lisieux, en o.c., p. 89.73. J. Escrivá, Apuntes íntimos, n. 582 (del 24 de enero de 1932); enA. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. I: ¡Señor, que vea!,Rialp, Madrid 1997, pp. 418-419.74. Isabel de la Santísima Trinidad (1880-1906), Souvenirs, Saint-Paul, París, 95e mille, p. 179.75. Juan Pablo II, Salvifici dolores, n. 13.---------------Preguntas• ¿Cómo es el amor de Dios hacia los seres humanos?• ¿Qué nos revela el Verbo en su Pasión, y a qué nos invita esarevelación?• ¿Qué efectos puede traer el sufrimiento para el sufriente?• Sabemos que la redención fue realizada plenamente por Jesús,entonces ¿pueden tener nuestros sufrimientos una ocasióncorredentora con Cristo?