Tema21 B

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    1. TEMA 21. GRANDES LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA EN LOS SIGLOS XIX Y XX SIGLO XIX El siglo XIX es un periodo rico en cambios, tanto en la manera de concebir la historia como en la de escribirla. En Francia se la considera como una disciplina intelectual distinta de otros géneros literarios desde el comienzo del siglo, cuando los historiadores se profesionalizan y fundan los archivos nacionales franceses (1808). En 1821 se crea la Ecole nationale des Chartes, primera gran institución para la enseñanza de la historia. En Alemania, esta evolución se había producido antes, y estaba presente en las universidades de la Edad Moderna. La institucionalización de la disciplina da lugar a vastos corpus que reúnen y transcriben sistemáticamente las fuentes. El más conocido es Monumenta Germaniae Historica, desde 1819. La Historia gana una dimensión de erudición, pero también de actualidad. Pretende rivalizar con las demás ciencias, sobre todo con el gran desarrollo que están teniendo éstas. Theodor Mommsen contribuye a dar a la erudición las bases críticas, en su Römische Geschischte (Historia de Roma) 1845-1846, además de colaborar en el citado Monumenta Germania Histórica y Corpus Inscriptionum Latinarum. En Francia, desde los años 1860, el historiador Fustel de Coulanges escribe la historia no es un arte, es una ciencia pura, como la física o la geología. Sin embargo la historia se implica en el debate de su época y está influida por las grandes ideologías, como el liberalismo de Alexis de Tocqueville y François Guizot. Sobre todo se deja influir por el nacionalismo e incluso el racismo. Coulanges y Mommsen trasladan al debate historiográfico el enfrentamiento de la guerra francoprusiana de 1870. Cada historiador tiende a encontrar las cualidades de su pueblo (el "genio"). Se fundan las grandes historias nacionales. Los historiadores románticos, como Augustin Thierry y Jules Michelet, manteniendo la calidad de la reflexión y la explotación crítica de las fuentes, no recelan de explayarse en el estilo y la mantienen como un arte. Los progresos metodológicos no impiden contribuir a las ideas políticas de su tiempo. Michelet, en su Historia de la Revolución Francesa (1847-1853), contribuye igualmente a la definición de la nación francesa contra la dictadura de los Bonaparte, así como al revanchismo antiprusiano (murió poco después de la batalla de Sedán). Con la III República, la enseñanza de la historia se conforma como un instrumento de propaganda al servicio de la formación de los ciudadanos, y continuará siéndolo durante el siglo XX. Otro de los fundadores de la historiografía en el siglo XIX fue Leopold Von Ranke, que era muy crítico con las fuentes usadas en historia. Estaba en contra de los análisis y las racionalizaciones. Su adagio era escribir la Historia tal como fue. Quería relatos de testigos visuales, enfatizando sobre su punto de vista. El papel epistemológico de la ciencia de la historia se ve sujeto a los grandes esquemas intelectuales que se construyen a partir de corrientes filosóficas como el positivismo y el historicismo. Hegel y Marx introducen el cambio social en la historia. Los historiadores anteriores se habían centrado en los ciclos de auge y decadencia de gobernantes y naciones. Una nueva disciplina emergente aporta el análisis y la comparación a gran escala: la sociología. Desde la Historia del Arte, estudios como el de Jacob Burckhardt sobre el Renacimiento se convierten
    2. en la referencia para entender los fenómenos culturales. La arqueología pone en contacto el mito con la realidad histórica, tanto en Egipto como en Mesopotamia y Grecia (Heinrich Schliemann en Troya, Micenas y Tirinto, y más tarde Arthur Evans en Creta); todo ello en un ambiente romántico y aventurero que se va depurando para hacerse científico, aunque no desaparece, como prueba la tardía aportación de Howard Carter (Tutankamon) y la imagen popular de los arqueólogos que perpetúa el cine (Indiana Jones). La antropología aplicada a la explicación de los mitos produjo el monumental trabajo de James George Frazer (La rama dorada), a partir del cual la historiadores pudieron replantearse su punto de vista sobre la relación de las sociedades humanas de todas las épocas con la magia, la religión e incluso la ciencia. Durante el siglo XIX, España mantiene al menos su patrimonio documental con la creación de la Biblioteca Nacional y el Archivo Histórico Nacional, pero no se distingue por una gran renovación de su historiografía que, aparte del arabismo de Pascual de Gayangos o de la historia económica de Manuel Colmeiro, aparece escindida entre una corriente liberal (Modesto Lafuente y Zamalloa, Juan Valera), y otra reaccionaria, cuya cumbre, el erudito y polígrafo Marcelino Menéndez y Pelayo (Historia de los heterodoxos españoles), es una digna continuación de la tradición que nace con san Isidoro y pasa por la Historia del padre Mariana y por la España sagrada del padre Flórez. Siglo XX La historia va asentándose como una ciencia social, una disciplina científica implicada en la sociedad. A principios del siglo XX, la historia había adquirido una dimensión científica incontestable. La historia, entre el positivismo y el ensayismo Instalada en el mundo de la enseñanza, erudita, la disciplina se influencia por una versión empobrecida del positivismo de Auguste Comte. Pretendiendo objetividad, la historia limita su objeto: el hecho o acontecimiento aislado, en el centro del trabajo del historiador, se considera como la única referencia que responde correctamente al imperativo de objetividad. Tampoco se ocupa de establecer relaciones de causalidad, sustituyendo por retórica el discurso que se pretendía científico. Simultáneamente y en contraste, se desarrollan disciplinas anejas que tienden a la generalización, como historia cultural o la historia de las ideas, con Johan Huizinga (El otoño de la Edad Media) o Paul Hazard (La crisis de la conciencia europea) entre sus iniciadores. Ensayistas como Oswald Spengler (La decadencia de Occidente) y Arnold J. Toynbee (Un estudio de la Historia) en famosa controversia, publican profundas reflexiones sobre el concepto mismo de civilización que junto con la Rebelión de las Masas o España invertebrada de José Ortega y Gasset se divulgaron extraordinariamente, al ser el reflejo del pesimismo intelectual de entreguerras. Más cercano al método del historiador, y no menos profundo, es el trabajo de sus contemporáneos el belga Henri Pirenne (Mahoma y Carlomagno), o el australiano Vere Gordon Childe (padre del concepto Revolución neolítica). No obstante, la principal transformación de la historia de los acontecimientos viene de aportes exteriores: Por un lado el materialismo histórico de inspiración marxista, que introduce la economía en las preocupaciones del historiador. Por otro lado, la perturbación causada en la historiografía por los desarrollos políticos, técnicos, económicos o sociales que conoce el mundo, sin olvidar los conflictos mundiales. Nuevas ciencias auxiliares
    3. aparecen o se desarrollan considerablemente: arqueología, demografía, sociología y antropología, bajo la influencia del estructuralismo. La Escuela de Annales Una corriente de pensamiento llamada Escuela de Annales en torno a la revista Annales d’histoire économique et sociale, fundada por Lucien Febvre y Marc Bloch en 1928, agranda el campo de la disciplina, solicita la confluencia de otras ciencias, en particular la sociología, y más generalmente transforma la historia ampliando su objeto más allá del acontecimiento e inscribiéndola en la larga duración (longue durée). Tras el paréntesis de la segunda guerra mundial, Fernand Braudel continúa la revista y recurre por primera vez a la geografía, la economía política y la sociología para elaborar su tesis de economía-mundo (ejemplo clásico es El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempo de Felipe II). El papel del testimonio histórico cambia: permanece en el centro de las preocupaciones del historiador, pero ya no es el objeto, sino que se le considera como un útil para construir la historia, útil que puede ser obtenido en cualquier dominio del conocimiento. Una constelación de autores más o menos próximos a Annales participan de esa renovación metodológica que llena las décadas centrales del siglo XX (Georges Lefebvre, Ernest Labrousse) La visión de la Edad Media cambia completamente tras una relectura crítica de las fuentes, que tienen su mejor parte justo en lo que no mencionan (Georges Duby). Privilegiando la larga duración al tiempo corto de la historia de los acontecimientos, muchos historiadores proponen repensar el campo de la historia desde Annales, entre ellos Emmanuel Le Roy Ladurie o Pierre Goubert. La Nueva historia es la denominación, popularizada por Pierre Nora y Jacques Le Goff (Hacer la Historia, 1973), que designa la corriente historiográfica que anima la tercera generación de Annales. La nueva historia trata de establecer una historia serial de las mentalidades, es decir, de las representaciones colectivas y de las estructuras mentales de las sociedades. Otros historiadores franceses, fuera de Annales, Philippe Ariès, Jean Delumeau y Michel Foucault, este último en las fronteras de la filosofía, describen la historia de los temas de la vida diaria, como la muerte, el miedo y la sexualidad. Quieren que la historia escriba sobre todos los temas, y que todas las preguntas se respondan. Desde una orientación completamente opuesta (la derecha católica), Roland Mousnier realizó una aportación decisiva a la Historia Social del Antiguo Régimen, negando la existencia de lucha de clases e incluso de estas mismas, en beneficio de lo que describe como una sociedad de órdenes y relaciones clientelares. La historiografía francesa repiensa su Revolución Se ha dicho que cada generación tiene derecho a reescribir la historia.En el ámbito académico, la revisión de las formas de entender el pasado forma parte de la tarea del historiador profesional. Hasta qué punto esa revisión se plantea científicamente, como un falseamiento de las certidumbres anteriormente establecidas (Karl Popper) y no pseudocientíficamente, como haría lo que se denomina de forma peyorativa revisionismo historiográfico es algo de difícil evaluación. Una prueba de toque sería detectar si el revisionista es un outsider del mundo académico, que se dedica al uso político de la historia, cosa que por otra parte es vicio común: la historia siempre se ha usado como arma en la
    4. transformación social, y los medios académicos no han sido nunca una excepción. En historiografía, ciencia social, es difícil ver si nos encontramos ante un cambio de paradigma como los que estudió Thomas Kuhn para las ciencias experimentales (Historia de las revoluciones científicas), fundamentalmente porque nunca hay un consenso tan universalmente compartido como para entender que la desviación de él sea una revolución. Una de las grandes polémicas revisionistas (en el buen sentido) vino con el segundo centenario de la Revolución Francesa (1989). Autores de tendencia estructuralista, cercanos a Annales (François Furet o Denis Richet), sintetizaron los estudios de las décadas de 1970 y 1980 en lo que pretendía ser un nuevo paradigma interpretativo alternativo al marxista que había dominado la historia social del periodo: Albert Soboul, Jacques Godechot, y más recientemente Claude Mazauric, Michel Vovelle o Crane Brinton (Anatomía de la Revolución). Lejano de ambas tendencias, Simon Schama y los nuevos narrativistas hacen una historia cultural de lo político y muy narrativa, anti-estrucutralista y de tintes tendencialmente conservadores (iniciada por Richard Cobb ya en la década de 1970). También mantiene distancia frente a la nouvelle Histoire Politique de René Rémond. Arno Mayer se lamenta de que la revisión haya dado cancha a un uso político de la historia en el que se condenan a priori las revoluciones como inherentemente perversas. Por otra parte el uso de la historia para celebrar acontecimientos que cumplen años "redondos" (centenarios, decenarios, etc.) es una ocasión de lucimiento profesional para los historiadores, de acercamiento de la disciplina al gran público y de coartada para distintos tipos de justificaciones. El bicentenario de Estados Unidos (1976) había sido un precedente difícil de superar en cuanto a impacto mediático y coste económico. Las últimas que recordamos para España fueron la de la Guerra Civil Española (1976, con la innovadora exposición del Palacio de Cristal de los Jardines del Retiro comisariada por Javier Tusell; 1986, cincuentenario que se aprovechó también para recordar particularmente a Antonio Machado, y García Lorca con la izquierda en el poder; 1996; 2006, con los debates sobre la memoria histórica), Carlos III (1988, en emulación de la paralela preparación del bicentenario francés), el Quinto Centenario del Encuentro entre dos Mundos (1992), Cánovas (1998), el Año Quijote (2005). Existe incluso una Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, que mantiene una apretada agenda. Sin necesidad de conmemorar algo más concreto que su propia intemporalidad, pero con el mismo afán justificativo (en el que tiene milenios de ventaja) la Iglesia Católica española ha realizado el conjunto de exposiciones más notable: Las edades del hombre,repaso temático de asuntos religiosos ilustrado sucesivamente con distintos soportes histórico-artísticos exquisitamente seleccionados y expuestos (libros, música, escultura...) itinerante por las catedrales de Castilla y León, que en sí mismas ya justificaban la visita. El mismo formato y comisario tenía Inmaculada, que conmemoraba el 150 anniversario del dogma (Catedral de la Almudena, Madrid, 2006) y que sirvió para compensar la reciente inauguración del edificio, de gusto y decoración discutidos. Inspirada en ellas se realizó por el gobierno navarro la exposición Las Edades de un Reino (Pamplona 2006, coincidiendo con la del centenario de San Francisco Javier en Javier). Historiografía anglosajona Los Estados Unidos son muy pródigos en la experimentación de nuevos enfoques metodológicos, como
    5. • el cuantitativismo de la cliometría o new economic history (nueva historia económica) norteamericana, de Robert Fogel y Douglass North, premios Nobel de economía de 1993 (de los pocos historiadores que han recibido el Premio Nobel, con los de literatura de Theodor Mommsen y Winston Churchill). • los case-studies (desde los años 1970). Un case study es un método particular de investigación cualitativa. Más que utilizar grandes bases de datos y rígidos protocolos para examinar un número limitado de variables, este método implica un examen longitudinal de un caso: un solo hecho. La historia se acerca al método experimental. • la llamada World History (desde los años 1980), que compara las diferencias y semejanzas entre regiones del mundo y llega a nuevos conceptos para describirlas (considera a Arnold J. Toynbee un precursor). También es destacable el papel de Estados Unidos como receptor de intelectuales europeos antes y después de la segunda guerra mundial, como fue el caso de Mircea Eliade, el mayor renovador de la historia de las religiones o historia de las creencias (Lo sagrado y lo profano, El mito del Eterno Retorno). Pero las principales aportaciones de los historiadores ingleses, que disponen de publicaciones comparables a Annales (Past and Present) están en el centro de la corriente principal de producción historiográfica, para el caso de esta revista, de tendencia marxista, entre los que figuran autores de la talla de E. P. Thompson, Eric Hobsbawm, Perry Anderson, Maurice Dobb, Christopher Hill, Rodney Hilton, Paul Sweezy, John Merrington... que en modo alguno debemos entender como una tendencia unitaria, pues, tras los años de la segunda guerra mundial y su posguerra (en que muchos de ellos funcionaron como el Grupo de historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña) fueron alejándose entre sí y de las posiciones marxistas ortodoxas, dando origen a lo que se ha venido en llamar tendencia marxiana. Las polémicas entre ellos y con autores no marxistas, como H. R. Trevor-Roper, se hicieron merecidamente famosas. Cada autor debe verse a través de su posición personal, como los norteamericanos John Lukacs, Gertrude Himmelfarb, Peter Gay (perspectiva psicológica) o Immanuel Wallerstein (del campo de la historia económica y social, que ha desarrollado un concepto de sistema mundial en la línea de Fernand Braudel); los británicos Steven Runciman (medievalista imprescindible para las Cruzadas), E. H. Carr o Lawrence Stone; los canadienses Donald Creighton o Bruce Trigger (etnohistoriador y arqueólogo); o los ya citados Arno Mayer, Richard Cobb, Crane Brinton o Simon Schama. Historiografía italiana En torno a la revista Quaderni Storici, un grupo de historiadores italianos desarrolló a partir de finales de siglo XX una innovadora extensión de la Historia social que denominaron Microhistoria (Giovanni Levi, Carlo Ginzburg). Con alguna aproximación a este método, Carlo M. Cipolla hace sobre todo una historia económica de gran envergadura, así como reflexiones metodológicas interesantes (la parodia Allegro ma non troppo). Historiografía alemana La introspección de los intelectuales alemanes ante su papel frente al nazismo y los distintos grados de responsabilidad de la nación, el pueblo o las clases dirigentes alemanas
    6. sobre las dos guerras mundiales y el convulso periodo de entreguerras que presenció el surgimiento del nazismo fue objeto de la atención de historiadores de muy distintas tendencias, como Gerhard Ritter Hans-Ulrich Wehler o Karl Dietrich Bracher. La denominada polémica de los historiadores de los años ochenta entre el filósofo Jürgen Habermas (que sostenía la presencia constante del nazismo) e historiadores como Ernst Nolte y Joachim Fest (quienes pretendían tomar distancia frente a "ese pasado que no pasa" analizando cuestiones tan espinosas como el Holocausto desde una perspectiva que a sus oponentes parecía casi justificadora, equiparando nazismo y comunismo) presidió la década de los ochenta, previa a la reunificación alemana de 1989. Los hispanistas La disponibilidad de materia prima documental en los archivos españoles atraen a profesionales formados en las universidades europeas o norteamericanas, en una especie de fuga de cerebros al revés que renovó la metodología y las perspectivas de los historiadores españoles. Maurice Legendre fue uno de los iniciadores del hispanismo francés a través de la Casa de Velázquez, siguiéndole una impresionante nómina: Marcel Bataillon (con su imprescindible Erasmo en España), Pierre Vilar (Cataluña en la España Moderna y su breve pero influyente Historia de España), Bartolomé Bennassar (modelo de cómo la historia local puede integrarse en la corriente central de la historiografía de vanguardia con su Valladolid en el siglo de oro), [35] Georges Demerson, Joseph Pérez (autoridad para las Comunidades, la Inquisición, los judíos...), Jean Sarrailh (ejemplo de síntesis de una época con La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII)... El hispanismo anglosajón tiene como uno de sus decanos a Gerald Brenan (observador de El laberinto español desde su atalaya en las Alpujarras), secundado por una lista no menos impresionante que la francesa: Hugh Thomas (durante mucho tiempo el autor más citado de su especialidad con Spanish Civil War), John Elliott (que con El Conde-Duque de Olivares ha dado muestra de cómo puede una biografía reflejar una época), John Lynch, Henry Kamen, Ian Gibson (irlandés nacionalizado español, autor de imprescindibles biografías de los gigantes culturales del siglo XX), Paul Preston, Gabriel Jackson, Stanley G. Payne, Raymond Carr, Geoffrey Parker, Edward Malefakis... Historiografía española contemporánea Entre tanto, las universidades españolas se vacían por la Guerra Civil y el exilio interior y exterior. A la mitad del siglo XX podía contemplarse repartido por todo el mundo un nutrido grupo de individualidades: Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz, Julio Caro Baroja, José Antonio Maravall, Jaume Vicens Vives (a quien se debe entre otras aportaciones, la creación del Índice Histórico Español en 1952), Antonio Domínguez Ortiz, Luis García de Valdeavellano, Ramón Carande y Thovar... En la posguerra se crea el CSIC, en cuyo organigrama se incluyen departamentos de historia. La requisa de papeles por el bando vencedor con fines represivos y su concentración permitirán el funcionamiento de una sección del Archivo Histórico Nacional en Salamanca especializada en la Guerra Civil Española (desde 1999 denominado Archivo General de la Guerra Civil Española). Fue centro de una polémica que trascendió el ámbito de lo historiográfico para entrar completamente en el ámbito de lo político, muy intensa entre 2004 y 2006, por la devolución a la Generalidad de Cataluña de los originarios de esta
    7. institución y de otras catalanas (los llamados papeles de Salamanca), que se puede considerar como parte de la polémica simultánea en torno a la llamada recuperación de la memoria histórica. En la segunda mitad del siglo XX se produce una intensa renovación metodológica en todas las ramas de la ciencia histórica, y se multiplican los departamentos universitarios. Algunos historiadores vuelven del exilio, donde se habían mantenido como referentes de una forma de hacer historia no sometida a censura, es el caso de Manuel Tuñón de Lara, preocupado por la reflexión metodológica (materialismo histórico) a la vez que mantiene una postura militante en política. Es de destacar la labor efectuada, también en Francia, por la Editorial Ruedo Ibérico, cuyos libros se distribuían de forma semiclandestina, así como de algunas en México (Fondo de Cultura Económica). Hay una división clara entre una minoría de historiadores conservadores (Luis Suárez Fernández, Ricardo de la Cierva) y una mayoría abiertos a las nuevas tendencias, que no forman una corriente historiográfica unida. Ver Gonzalo Anes, Julio Aróstegui, Miguel Artola, Ángel Bahamonde, Bartolomé Clavero, Manuel Espadas Burgos, Manuel Fernández Álvarez, Emiliano Fernández de Pinedo, Josep Fontana, Jordi Nadal, Gabriel Tortella, Javier Tusell, Julio Valdeón Baruque... Son reseñables las figuras destacadas en campos de estudio concretos: la de Francisco Tomás y Valiente y Alfonso García-Gallo en la Historia del Derecho, la de Emilio García Gómez en el Arabismo, la de Guillermo Céspedes del Castillo en Americanística, la de Antonio García y Bellido y Antonio Blanco Freijeiro en la arqueología, las de Pedro Bosch Gimpera, Luis Pericot, Juan Maluquer o Emiliano Aguirre en la Prehistoria (la de éste último vinculada al inicio del excepcional yacimiento de Atapuerca, cuyo estudio es continuado por Juan Luis Arsuaga, Eudald Carbonell y José María Bermúdez de Castro que han puesto a la Prehistoria española en el centro de la atención mundial). Historia excéntrica. La mixtificación. Falsear la historia No puede dejarse de referir lo que podría llamarse la historia excéntrica, o alejada del "consenso" o campo central del trabajo de los historiadores "oficiales". Siempre ha habido literatura semejante, y podría recordarse un ejemplo notable, como Ignacio Olagüe y su libro La Revolución islámica en Occidente, que pretendía probar la inexistencia de invasión árabe en el siglo VIII, y que obtuvo algún eco en los años 1960 y 1970. En la actualidad el debate en torno a la Segunda República Española, la Revolución de octubre de 1934 y la Guerra Civil Española, que afecta incluso a cuestiones tan aparentemente peregrinas como qué fecha tomar como comienzo de ésta, está llenando los estantes de los supermercados con una literatura que algunos llaman revisionismo histórico, por paralelismo con el negacionismo del Holocausto. La necesidad de que determinadas afirmaciones o negaciones historiográficas sean objeto de sanción penal es objeto de debate. No es la española la única historiografía que debe enfrentarse con la excentricidad: el caso más llamativo de los últimos años ha sido seguramente el de la atribución del descubrimiento de América al almirante chino Zheng He. Sobrepasar la frontera de la historia excéntrica es entrar de lleno en el fraude histórico, en el que hay egregios precedentes: desde la Donación de Constantino (que justificó el poder temporal de los papas) a los Protocolos de los Sabios de Sión (que alimentaron el antisemitismo
    8. y están en el origen de la Conspiración Judeomasónica). El caso reciente más estrafalario (sin llegar al éxito de los anteriores, por lo que como mucho se puede comparar a los intentos fallidos de falsificar la historia, como los plomos del Sacromonte), es el de los famosos (y falsos) Diarios de Hitler publicados por la revista Stern en 1983, con los que un historiador tan serio como Trevor Roper fue engañado o se dejó engañar. El último en desvelarse, de momento, es el de los documentos falsificados e introducidos en archivos británicos que sustentaron los libros donde Martin Allen revelaba extrañas conspiraciones durante la Segunda Guerra Mundial. La utilización de la historiografía para falsear la historia es tan antigua como la propia disciplina (habría que remontarse al menos hasta Ramsés II y la batalla de Kadesh), pero en el siglo XX la capacidad que alcanza el Estado y los medios de comunicación de masas (llamados cuarto poder) permitieron a los regímenes totalitarios jugar con la posibilidad de cambiar la historia, no sólo hacia el futuro, sino hacia el pasado. La novela 1984 de George Orwell (1948) es un testimonio de lo verosímil que esto resultaba. Las fotografías retocadas fueron una especialidad no sólo de Stalin contra Trotsky, sino del mismo Francisco Franco con Hitler. El propio Winston Churchill tenía claro, incluso desde la democracia, que "La historia será amable conmigo, porque tengo la intención de escribirla". La reflexión acerca de si la Historia es escrita por los vencedores es una tarea más propia de los filósofos de la Historia. Lo cierto es que en historia todo cambia, nada es permanente, y mucho menos su ocultamiento, como prueba el debate sobre la subasta al alza de malignidad entre izquierdas y derechas, que aún dará para muchos libros como el de Stéphane Courtois (El libro negro del comunismo, 1997). Bibliografía • ANDERSON, Perry (1996). Los fines de la historia. Barcelona: Anagrama. • ARÓSTEGUI, Julio (2001). La investigación histórica: teoría y método. Barcelona: Crítica. • CARR, Edward H. (1961). ¿Qué es la Historia?. Barcelona: Ariel. • CANNADINE, David (ed.) (2005). ¿Qué es la historia ahora?. Granada: Editorial Universidad de Granada. • FONTANA LÁZARO, Josep. (1996). La historia después del fin de la historia. Barcelona: Crítica. • GALLEGO, José Andrés (ed.) (2003). Historia de la historiografía española. Madrid: Encuentro. • PEIRÓ, Ignacio; y Gonzalo PASAMAR: Diccionario Akal de historiadores españoles contemporáneos (1840-1980). Madrid: Akal, 2002. • MORALES MOYA, Antonio (1993). Historia de la historiografía española, en Enciclopedia de Historia de España, vol. 7. Madrid: Alianza. • TUÑÓN DE LARA, Manuel (1985). Por qué la Historia. Barcelona: Aula Abierta Salvat.
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