TEMA 21. GRANDES LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA EN
LOS SIGLOS XIX Y XX
SIGLO XIX
El siglo XIX es un periodo rico en cambios, tanto en la manera de concebir la historia
como en la de escribirla.
En Francia se la considera como una disciplina intelectual distinta de otros géneros
literarios desde el comienzo del siglo, cuando los historiadores se profesionalizan y
fundan los archivos nacionales franceses (1808). En 1821 se crea la Ecole nationale des
Chartes, primera gran institución para la enseñanza de la historia.
En Alemania, esta evolución se había producido antes, y estaba presente en las
universidades de la Edad Moderna. La institucionalización de la disciplina da lugar a
vastos corpus que reúnen y transcriben sistemáticamente las fuentes. El más conocido es
Monumenta Germaniae Historica, desde 1819. La Historia gana una dimensión de erudición,
pero también de actualidad. Pretende rivalizar con las demás ciencias, sobre todo con el
gran desarrollo que están teniendo éstas. Theodor Mommsen contribuye a dar a la erudición
las bases críticas, en su Römische Geschischte (Historia de Roma) 1845-1846, además de
colaborar en el citado Monumenta Germania Histórica y Corpus Inscriptionum Latinarum.
En Francia, desde los años 1860, el historiador Fustel de Coulanges escribe la historia no es un
arte, es una ciencia pura, como la física o la geología. Sin embargo la historia se implica en el
debate de su época y está influida por las grandes ideologías, como el liberalismo de Alexis
de Tocqueville y François Guizot. Sobre todo se deja influir por el nacionalismo e incluso el
racismo. Coulanges y Mommsen trasladan al debate historiográfico el enfrentamiento de la
guerra francoprusiana de 1870. Cada historiador tiende a encontrar las cualidades de su
pueblo (el "genio"). Se fundan las grandes historias nacionales.
Los historiadores románticos, como Augustin Thierry y Jules Michelet, manteniendo la
calidad de la reflexión y la explotación crítica de las fuentes, no recelan de explayarse en el
estilo y la mantienen como un arte. Los progresos metodológicos no impiden contribuir a
las ideas políticas de su tiempo. Michelet, en su Historia de la Revolución Francesa
(1847-1853), contribuye igualmente a la definición de la nación francesa contra la dictadura
de los Bonaparte, así como al revanchismo antiprusiano (murió poco después de la batalla
de Sedán). Con la III República, la enseñanza de la historia se conforma como un
instrumento de propaganda al servicio de la formación de los ciudadanos, y continuará
siéndolo durante el siglo XX.
Otro de los fundadores de la historiografía en el siglo XIX fue Leopold Von Ranke, que era
muy crítico con las fuentes usadas en historia. Estaba en contra de los análisis y las
racionalizaciones. Su adagio era escribir la Historia tal como fue. Quería relatos de testigos
visuales, enfatizando sobre su punto de vista.
El papel epistemológico de la ciencia de la historia se ve sujeto a los grandes esquemas
intelectuales que se construyen a partir de corrientes filosóficas como el positivismo y el
historicismo.
Hegel y Marx introducen el cambio social en la historia. Los historiadores anteriores se
habían centrado en los ciclos de auge y decadencia de gobernantes y naciones. Una nueva
disciplina emergente aporta el análisis y la comparación a gran escala: la sociología. Desde
la Historia del Arte, estudios como el de Jacob Burckhardt sobre el Renacimiento se convierten
en la referencia para entender los fenómenos culturales. La arqueología pone en contacto el
mito con la realidad histórica, tanto en Egipto como en Mesopotamia y Grecia (Heinrich
Schliemann en Troya, Micenas y Tirinto, y más tarde Arthur Evans en Creta); todo ello en un
ambiente romántico y aventurero que se va depurando para hacerse científico, aunque no
desaparece, como prueba la tardía aportación de Howard Carter (Tutankamon) y la imagen
popular de los arqueólogos que perpetúa el cine (Indiana Jones). La antropología aplicada a
la explicación de los mitos produjo el monumental trabajo de James George Frazer (La rama
dorada), a partir del cual la historiadores pudieron replantearse su punto de vista sobre la
relación de las sociedades humanas de todas las épocas con la magia, la religión e incluso la
ciencia.
Durante el siglo XIX, España mantiene al menos su patrimonio documental con la creación
de la Biblioteca Nacional y el Archivo Histórico Nacional, pero no se distingue por una gran
renovación de su historiografía que, aparte del arabismo de Pascual de Gayangos o de la
historia económica de Manuel Colmeiro, aparece escindida entre una corriente liberal
(Modesto Lafuente y Zamalloa, Juan Valera), y otra reaccionaria, cuya cumbre, el erudito y
polígrafo Marcelino Menéndez y Pelayo (Historia de los heterodoxos españoles), es una digna
continuación de la tradición que nace con san Isidoro y pasa por la Historia del padre
Mariana y por la España sagrada del padre Flórez.
Siglo XX
La historia va asentándose como una ciencia social, una disciplina científica implicada en
la sociedad. A principios del siglo XX, la historia había adquirido una dimensión científica
incontestable.
La historia, entre el positivismo y el ensayismo
Instalada en el mundo de la enseñanza, erudita, la disciplina se influencia por una versión
empobrecida del positivismo de Auguste Comte. Pretendiendo objetividad, la historia limita
su objeto: el hecho o acontecimiento aislado, en el centro del trabajo del historiador, se
considera como la única referencia que responde correctamente al imperativo de
objetividad. Tampoco se ocupa de establecer relaciones de causalidad, sustituyendo por
retórica el discurso que se pretendía científico.
Simultáneamente y en contraste, se desarrollan disciplinas anejas que tienden a la
generalización, como historia cultural o la historia de las ideas, con Johan Huizinga (El otoño de
la Edad Media) o Paul Hazard (La crisis de la conciencia europea) entre sus iniciadores.
Ensayistas como Oswald Spengler (La decadencia de Occidente) y Arnold J. Toynbee (Un estudio
de la Historia) en famosa controversia, publican profundas reflexiones sobre el concepto
mismo de civilización que junto con la Rebelión de las Masas o España invertebrada de José
Ortega y Gasset se divulgaron extraordinariamente, al ser el reflejo del pesimismo
intelectual de entreguerras. Más cercano al método del historiador, y no menos profundo,
es el trabajo de sus contemporáneos el belga Henri Pirenne (Mahoma y Carlomagno), o el
australiano Vere Gordon Childe (padre del concepto Revolución neolítica).
No obstante, la principal transformación de la historia de los acontecimientos viene de
aportes exteriores: Por un lado el materialismo histórico de inspiración marxista, que
introduce la economía en las preocupaciones del historiador. Por otro lado, la perturbación
causada en la historiografía por los desarrollos políticos, técnicos, económicos o sociales
que conoce el mundo, sin olvidar los conflictos mundiales. Nuevas ciencias auxiliares
aparecen o se desarrollan considerablemente: arqueología, demografía, sociología y
antropología, bajo la influencia del estructuralismo.
La Escuela de Annales
Una corriente de pensamiento llamada Escuela de Annales en torno a la revista Annales
d’histoire économique et sociale, fundada por Lucien Febvre y Marc Bloch en 1928, agranda el
campo de la disciplina, solicita la confluencia de otras ciencias, en particular la sociología, y
más generalmente transforma la historia ampliando su objeto más allá del acontecimiento
e inscribiéndola en la larga duración (longue durée). Tras el paréntesis de la segunda guerra
mundial, Fernand Braudel continúa la revista y recurre por primera vez a la geografía, la
economía política y la sociología para elaborar su tesis de economía-mundo (ejemplo clásico es
El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempo de Felipe II).
El papel del testimonio histórico cambia: permanece en el centro de las preocupaciones del
historiador, pero ya no es el objeto, sino que se le considera como un útil para construir la
historia, útil que puede ser obtenido en cualquier dominio del conocimiento. Una
constelación de autores más o menos próximos a Annales participan de esa renovación
metodológica que llena las décadas centrales del siglo XX (Georges Lefebvre, Ernest
Labrousse)
La visión de la Edad Media cambia completamente tras una relectura crítica de las fuentes,
que tienen su mejor parte justo en lo que no mencionan (Georges Duby).
Privilegiando la larga duración al tiempo corto de la historia de los acontecimientos, muchos
historiadores proponen repensar el campo de la historia desde Annales, entre ellos
Emmanuel Le Roy Ladurie o Pierre Goubert.
La Nueva historia es la denominación, popularizada por Pierre Nora y Jacques Le Goff (Hacer
la Historia, 1973), que designa la corriente historiográfica que anima la tercera generación
de Annales. La nueva historia trata de establecer una historia serial de las mentalidades, es
decir, de las representaciones colectivas y de las estructuras mentales de las sociedades.
Otros historiadores franceses, fuera de Annales, Philippe Ariès, Jean Delumeau y Michel
Foucault, este último en las fronteras de la filosofía, describen la historia de los temas de la
vida diaria, como la muerte, el miedo y la sexualidad. Quieren que la historia escriba sobre
todos los temas, y que todas las preguntas se respondan.
Desde una orientación completamente opuesta (la derecha católica), Roland Mousnier
realizó una aportación decisiva a la Historia Social del Antiguo Régimen, negando la
existencia de lucha de clases e incluso de estas mismas, en beneficio de lo que describe
como una sociedad de órdenes y relaciones clientelares.
La historiografía francesa repiensa su Revolución
Se ha dicho que cada generación tiene derecho a reescribir la historia.En el ámbito
académico, la revisión de las formas de entender el pasado forma parte de la tarea del
historiador profesional. Hasta qué punto esa revisión se plantea científicamente, como un
falseamiento de las certidumbres anteriormente establecidas (Karl Popper) y no
pseudocientíficamente, como haría lo que se denomina de forma peyorativa revisionismo
historiográfico es algo de difícil evaluación. Una prueba de toque sería detectar si el
revisionista es un outsider del mundo académico, que se dedica al uso político de la historia,
cosa que por otra parte es vicio común: la historia siempre se ha usado como arma en la
transformación social, y los medios académicos no han sido nunca una excepción. En
historiografía, ciencia social, es difícil ver si nos encontramos ante un cambio de paradigma
como los que estudió Thomas Kuhn para las ciencias experimentales (Historia de las
revoluciones científicas), fundamentalmente porque nunca hay un consenso tan
universalmente compartido como para entender que la desviación de él sea una
revolución.
Una de las grandes polémicas revisionistas (en el buen sentido) vino con el segundo
centenario de la Revolución Francesa (1989). Autores de tendencia estructuralista, cercanos a
Annales (François Furet o Denis Richet), sintetizaron los estudios de las décadas de 1970 y
1980 en lo que pretendía ser un nuevo paradigma interpretativo alternativo al marxista
que había dominado la historia social del periodo: Albert Soboul, Jacques Godechot, y más
recientemente Claude Mazauric, Michel Vovelle o Crane Brinton (Anatomía de la Revolución).
Lejano de ambas tendencias, Simon Schama y los nuevos narrativistas hacen una historia
cultural de lo político y muy narrativa, anti-estrucutralista y de tintes tendencialmente
conservadores (iniciada por Richard Cobb ya en la década de 1970). También mantiene
distancia frente a la nouvelle Histoire Politique de René Rémond. Arno Mayer se lamenta de
que la revisión haya dado cancha a un uso político de la historia en el que se condenan a
priori las revoluciones como inherentemente perversas.
Por otra parte el uso de la historia para celebrar acontecimientos que cumplen años
"redondos" (centenarios, decenarios, etc.) es una ocasión de lucimiento profesional para los
historiadores, de acercamiento de la disciplina al gran público y de coartada para distintos
tipos de justificaciones. El bicentenario de Estados Unidos (1976) había sido un precedente
difícil de superar en cuanto a impacto mediático y coste económico. Las últimas que
recordamos para España fueron la de la Guerra Civil Española (1976, con la innovadora
exposición del Palacio de Cristal de los Jardines del Retiro comisariada por Javier Tusell; 1986,
cincuentenario que se aprovechó también para recordar particularmente a Antonio
Machado, y García Lorca con la izquierda en el poder; 1996; 2006, con los debates sobre la
memoria histórica), Carlos III (1988, en emulación de la paralela preparación del bicentenario
francés), el Quinto Centenario del Encuentro entre dos Mundos (1992), Cánovas (1998), el Año
Quijote (2005). Existe incluso una Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, que
mantiene una apretada agenda.
Sin necesidad de conmemorar algo más concreto que su propia intemporalidad, pero con
el mismo afán justificativo (en el que tiene milenios de ventaja) la Iglesia Católica española
ha realizado el conjunto de exposiciones más notable: Las edades del hombre,repaso temático
de asuntos religiosos ilustrado sucesivamente con distintos soportes histórico-artísticos
exquisitamente seleccionados y expuestos (libros, música, escultura...) itinerante por las
catedrales de Castilla y León, que en sí mismas ya justificaban la visita. El mismo formato y
comisario tenía Inmaculada, que conmemoraba el 150 anniversario del dogma (Catedral de la
Almudena, Madrid, 2006) y que sirvió para compensar la reciente inauguración del edificio,
de gusto y decoración discutidos. Inspirada en ellas se realizó por el gobierno navarro la
exposición Las Edades de un Reino (Pamplona 2006, coincidiendo con la del centenario de
San Francisco Javier en Javier).
Historiografía anglosajona
Los Estados Unidos son muy pródigos en la experimentación de nuevos enfoques
metodológicos, como
• el cuantitativismo de la cliometría o new economic history (nueva historia económica)
norteamericana, de Robert Fogel y Douglass North, premios Nobel de economía de
1993 (de los pocos historiadores que han recibido el Premio Nobel, con los de
literatura de Theodor Mommsen y Winston Churchill).
• los case-studies (desde los años 1970). Un case study es un método particular de
investigación cualitativa. Más que utilizar grandes bases de datos y rígidos
protocolos para examinar un número limitado de variables, este método implica un
examen longitudinal de un caso: un solo hecho. La historia se acerca al método
experimental.
• la llamada World History (desde los años 1980), que compara las diferencias y
semejanzas entre regiones del mundo y llega a nuevos conceptos para describirlas
(considera a Arnold J. Toynbee un precursor).
También es destacable el papel de Estados Unidos como receptor de intelectuales
europeos antes y después de la segunda guerra mundial, como fue el caso de Mircea Eliade,
el mayor renovador de la historia de las religiones o historia de las creencias (Lo sagrado y
lo profano, El mito del Eterno Retorno).
Pero las principales aportaciones de los historiadores ingleses, que disponen de
publicaciones comparables a Annales (Past and Present) están en el centro de la corriente
principal de producción historiográfica, para el caso de esta revista, de tendencia marxista,
entre los que figuran autores de la talla de E. P. Thompson, Eric Hobsbawm, Perry Anderson,
Maurice Dobb, Christopher Hill, Rodney Hilton, Paul Sweezy, John Merrington... que en modo
alguno debemos entender como una tendencia unitaria, pues, tras los años de la segunda
guerra mundial y su posguerra (en que muchos de ellos funcionaron como el Grupo de
historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña) fueron alejándose entre sí y de las
posiciones marxistas ortodoxas, dando origen a lo que se ha venido en llamar tendencia
marxiana. Las polémicas entre ellos y con autores no marxistas, como H. R. Trevor-Roper, se
hicieron merecidamente famosas.
Cada autor debe verse a través de su posición personal, como los norteamericanos John
Lukacs, Gertrude Himmelfarb, Peter Gay (perspectiva psicológica) o Immanuel Wallerstein (del
campo de la historia económica y social, que ha desarrollado un concepto de sistema
mundial en la línea de Fernand Braudel); los británicos Steven Runciman (medievalista
imprescindible para las Cruzadas), E. H. Carr o Lawrence Stone; los canadienses Donald
Creighton o Bruce Trigger (etnohistoriador y arqueólogo); o los ya citados Arno Mayer, Richard
Cobb, Crane Brinton o Simon Schama.
Historiografía italiana
En torno a la revista Quaderni Storici, un grupo de historiadores italianos desarrolló a
partir de finales de siglo XX una innovadora extensión de la Historia social que
denominaron Microhistoria (Giovanni Levi, Carlo Ginzburg). Con alguna aproximación a este
método, Carlo M. Cipolla hace sobre todo una historia económica de gran envergadura, así
como reflexiones metodológicas interesantes (la parodia Allegro ma non troppo).
Historiografía alemana
La introspección de los intelectuales alemanes ante su papel frente al nazismo y los
distintos grados de responsabilidad de la nación, el pueblo o las clases dirigentes alemanas
sobre las dos guerras mundiales y el convulso periodo de entreguerras que presenció el
surgimiento del nazismo fue objeto de la atención de historiadores de muy distintas
tendencias, como Gerhard Ritter Hans-Ulrich Wehler o Karl Dietrich Bracher. La denominada
polémica de los historiadores de los años ochenta entre el filósofo Jürgen Habermas (que
sostenía la presencia constante del nazismo) e historiadores como Ernst Nolte y Joachim Fest
(quienes pretendían tomar distancia frente a "ese pasado que no pasa" analizando
cuestiones tan espinosas como el Holocausto desde una perspectiva que a sus oponentes
parecía casi justificadora, equiparando nazismo y comunismo) presidió la década de los
ochenta, previa a la reunificación alemana de 1989.
Los hispanistas
La disponibilidad de materia prima documental en los archivos españoles atraen a
profesionales formados en las universidades europeas o norteamericanas, en una especie
de fuga de cerebros al revés que renovó la metodología y las perspectivas de los
historiadores españoles.
Maurice Legendre fue uno de los iniciadores del hispanismo francés a través de la Casa de
Velázquez, siguiéndole una impresionante nómina: Marcel Bataillon (con su imprescindible
Erasmo en España), Pierre Vilar (Cataluña en la España Moderna y su breve pero influyente
Historia de España), Bartolomé Bennassar (modelo de cómo la historia local puede integrarse
en la corriente central de la historiografía de vanguardia con su Valladolid en el siglo de oro),
[35] Georges Demerson, Joseph Pérez (autoridad para las Comunidades, la Inquisición, los
judíos...), Jean Sarrailh (ejemplo de síntesis de una época con La España ilustrada de la
segunda mitad del siglo XVIII)...
El hispanismo anglosajón tiene como uno de sus decanos a Gerald Brenan (observador de
El laberinto español desde su atalaya en las Alpujarras), secundado por una lista no menos
impresionante que la francesa: Hugh Thomas (durante mucho tiempo el autor más citado
de su especialidad con Spanish Civil War), John Elliott (que con El Conde-Duque de Olivares
ha dado muestra de cómo puede una biografía reflejar una época), John Lynch, Henry
Kamen, Ian Gibson (irlandés nacionalizado español, autor de imprescindibles biografías de
los gigantes culturales del siglo XX), Paul Preston, Gabriel Jackson, Stanley G. Payne, Raymond
Carr, Geoffrey Parker, Edward Malefakis...
Historiografía española contemporánea
Entre tanto, las universidades españolas se vacían por la Guerra Civil y el exilio interior y
exterior. A la mitad del siglo XX podía contemplarse repartido por todo el mundo un
nutrido grupo de individualidades: Ramón Menéndez Pidal, Américo Castro, Claudio Sánchez
Albornoz, Julio Caro Baroja, José Antonio Maravall, Jaume Vicens Vives (a quien se debe entre
otras aportaciones, la creación del Índice Histórico Español en 1952), Antonio Domínguez
Ortiz, Luis García de Valdeavellano, Ramón Carande y Thovar...
En la posguerra se crea el CSIC, en cuyo organigrama se incluyen departamentos de
historia. La requisa de papeles por el bando vencedor con fines represivos y su
concentración permitirán el funcionamiento de una sección del Archivo Histórico Nacional
en Salamanca especializada en la Guerra Civil Española (desde 1999 denominado Archivo
General de la Guerra Civil Española). Fue centro de una polémica que trascendió el ámbito de
lo historiográfico para entrar completamente en el ámbito de lo político, muy intensa entre
2004 y 2006, por la devolución a la Generalidad de Cataluña de los originarios de esta
institución y de otras catalanas (los llamados papeles de Salamanca), que se puede
considerar como parte de la polémica simultánea en torno a la llamada recuperación de la
memoria histórica.
En la segunda mitad del siglo XX se produce una intensa renovación metodológica en
todas las ramas de la ciencia histórica, y se multiplican los departamentos universitarios.
Algunos historiadores vuelven del exilio, donde se habían mantenido como referentes de
una forma de hacer historia no sometida a censura, es el caso de Manuel Tuñón de Lara,
preocupado por la reflexión metodológica (materialismo histórico) a la vez que mantiene
una postura militante en política. Es de destacar la labor efectuada, también en Francia,
por la Editorial Ruedo Ibérico, cuyos libros se distribuían de forma semiclandestina, así
como de algunas en México (Fondo de Cultura Económica).
Hay una división clara entre una minoría de historiadores conservadores (Luis Suárez
Fernández, Ricardo de la Cierva) y una mayoría abiertos a las nuevas tendencias, que no
forman una corriente historiográfica unida. Ver Gonzalo Anes, Julio Aróstegui, Miguel Artola,
Ángel Bahamonde, Bartolomé Clavero, Manuel Espadas Burgos, Manuel Fernández Álvarez,
Emiliano Fernández de Pinedo, Josep Fontana, Jordi Nadal, Gabriel Tortella, Javier Tusell, Julio
Valdeón Baruque...
Son reseñables las figuras destacadas en campos de estudio concretos: la de Francisco
Tomás y Valiente y Alfonso García-Gallo en la Historia del Derecho, la de Emilio García Gómez
en el Arabismo, la de Guillermo Céspedes del Castillo en Americanística, la de Antonio García y
Bellido y Antonio Blanco Freijeiro en la arqueología, las de Pedro Bosch Gimpera, Luis Pericot,
Juan Maluquer o Emiliano Aguirre en la Prehistoria (la de éste último vinculada al inicio del
excepcional yacimiento de Atapuerca, cuyo estudio es continuado por Juan Luis Arsuaga,
Eudald Carbonell y José María Bermúdez de Castro que han puesto a la Prehistoria española
en el centro de la atención mundial).
Historia excéntrica. La mixtificación. Falsear la historia
No puede dejarse de referir lo que podría llamarse la historia excéntrica, o alejada del
"consenso" o campo central del trabajo de los historiadores "oficiales". Siempre ha habido
literatura semejante, y podría recordarse un ejemplo notable, como Ignacio Olagüe y su
libro La Revolución islámica en Occidente, que pretendía probar la inexistencia de invasión
árabe en el siglo VIII, y que obtuvo algún eco en los años 1960 y 1970.
En la actualidad el debate en torno a la Segunda República Española, la Revolución de octubre
de 1934 y la Guerra Civil Española, que afecta incluso a cuestiones tan aparentemente
peregrinas como qué fecha tomar como comienzo de ésta, está llenando los estantes de los
supermercados con una literatura que algunos llaman revisionismo histórico, por
paralelismo con el negacionismo del Holocausto. La necesidad de que determinadas
afirmaciones o negaciones historiográficas sean objeto de sanción penal es objeto de
debate.
No es la española la única historiografía que debe enfrentarse con la excentricidad: el caso
más llamativo de los últimos años ha sido seguramente el de la atribución del
descubrimiento de América al almirante chino Zheng He.
Sobrepasar la frontera de la historia excéntrica es entrar de lleno en el fraude histórico, en
el que hay egregios precedentes: desde la Donación de Constantino (que justificó el poder
temporal de los papas) a los Protocolos de los Sabios de Sión (que alimentaron el antisemitismo
y están en el origen de la Conspiración Judeomasónica). El caso reciente más estrafalario (sin
llegar al éxito de los anteriores, por lo que como mucho se puede comparar a los intentos
fallidos de falsificar la historia, como los plomos del Sacromonte), es el de los famosos (y
falsos) Diarios de Hitler publicados por la revista Stern en 1983, con los que un historiador
tan serio como Trevor Roper fue engañado o se dejó engañar. El último en desvelarse, de
momento, es el de los documentos falsificados e introducidos en archivos británicos que
sustentaron los libros donde Martin Allen revelaba extrañas conspiraciones durante la
Segunda Guerra Mundial.
La utilización de la historiografía para falsear la historia es tan antigua como la propia
disciplina (habría que remontarse al menos hasta Ramsés II y la batalla de Kadesh), pero en
el siglo XX la capacidad que alcanza el Estado y los medios de comunicación de masas
(llamados cuarto poder) permitieron a los regímenes totalitarios jugar con la posibilidad de
cambiar la historia, no sólo hacia el futuro, sino hacia el pasado. La novela 1984 de George
Orwell (1948) es un testimonio de lo verosímil que esto resultaba. Las fotografías retocadas
fueron una especialidad no sólo de Stalin contra Trotsky, sino del mismo Francisco Franco
con Hitler. El propio Winston Churchill tenía claro, incluso desde la democracia, que "La
historia será amable conmigo, porque tengo la intención de escribirla". La reflexión acerca
de si la Historia es escrita por los vencedores es una tarea más propia de los filósofos de la
Historia.
Lo cierto es que en historia todo cambia, nada es permanente, y mucho menos su
ocultamiento, como prueba el debate sobre la subasta al alza de malignidad entre
izquierdas y derechas, que aún dará para muchos libros como el de Stéphane Courtois (El
libro negro del comunismo, 1997).
Bibliografía
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• CARR, Edward H. (1961). ¿Qué es la Historia?. Barcelona: Ariel.
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• FONTANA LÁZARO, Josep. (1996). La historia después del fin de la historia.
Barcelona: Crítica.
• GALLEGO, José Andrés (ed.) (2003). Historia de la historiografía española. Madrid:
Encuentro.
• PEIRÓ, Ignacio; y Gonzalo PASAMAR: Diccionario Akal de historiadores españoles
contemporáneos (1840-1980). Madrid: Akal, 2002.
• MORALES MOYA, Antonio (1993). Historia de la historiografía española, en
Enciclopedia de Historia de España, vol. 7. Madrid: Alianza.
• TUÑÓN DE LARA, Manuel (1985). Por qué la Historia. Barcelona: Aula Abierta
Salvat.
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