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Cultura y     simulacro         Jean Baudrillard     Traducido por Pedro Rovira   Editorial Kairós, Barcelona, 1978       ...
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Lo imaginario de Disneylandia no es ni ver-dadero ni falso, es un mecanismo de disuasiónpuesto en funcionamiento para rege...
hoy en día. Los juegos de la ilusión tuvieron sumomento triunfal desde el Renacimiento hastala Revolución, en el teatro, e...
ahí con el espacio y, por tanto, con todo el sis-tema de representaciones que ordena el palacioy la república, no está muy...
Ocurre igual con el «studiolo» de Montefel-tre: es el secreto inverso (¿perverso?) de la noexistencia en el fondo de la re...
cuando esta prospectiva simulada —pues no esmás que un simulacro— se deshace, surge otracosa que, a falta de algo mejor, e...
Watergate. Escenario idéntico al de Disney-landia, efecto imaginario ocultando que no exis-te ya realidad ni más allá ni m...
tras una superestructura moral, quienquiera queregenera esta moralidad pública (sea a travésde la indignación, de la denun...
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mo tiempo, la revolución ya no es necesaria: bas-ta con que el capital se adhiera a la fórmula ra-cional del cambio).    P...
dad giratoria podrá ser salvado un principio derealidad política. Sólo mediante la simulación deun campo de perspectiva re...
tal, como la de la bomba, constituye el verdaderocampo magnético del suceso. Los hechos no tie-nen ya su propia trayectori...
al poder (por la sencilla razón de que no lo   desean), y suponiendo que llegaran a ocupar-   lo, no harán otra cosa que e...
dad reversible de las distintas hipótesis). Infier-no de la simulación que no es ya el de latortura, sino el de la torsión...
mente a la orden del día): sólo goza el capital,decía antes de llegar a pensar que nosotros go-zamos también en el interio...
sis y el capital con la revolución, del mismomodo que se probó la etnología (los Tasaday)desposeyéndola de su objeto. Todo...
lanzar el ciclo a través del espejo de la crisis,de la negatividad y del antipoder, es la única so-lución–coartada de todo...
La imposibilidad de escenificar la ilusión, esdel mismo tipo que la imposibilidad de rescatarun nivel absoluto de realidad...
fingíamos...? Simule usted un robo en unos al-macenes y haga que le descubran (sino, ¿dóndeestaría el juego?). ¿Cómo persu...
Dentro de esta imposibilidad de aislar el pro-ceso de simulación hay que constatar el pesode un orden que no puede ver ni ...
la duda, prefiere siempre la hipótesis de lo real(en él ejército se prefiere tomar al que fingepor verdadero loco), aunque...
referencial que sólo puede reinar sobre lo re-ferencial, poder determinado que sólo puede rei-nar sobre un mundo determina...
ción de todo referente, de todo fin humano, quienprimero rompió todas las distinciones idealesentre lo verdadero y lo fals...
posturas artificiales, sociales, económicas o po-líticas. Para él es una cuestión de vida o muerte,pero ya es demasiado ta...
de su vida y de su muerte, a medida que se es-fuma. Cuando nada quede de él, nos encontra-remos todos, según una lógica de...
una estructura, una estrategia, una relación defuerzas, una apuesta, el poder del que habla-mos, no siendo más que el obje...
poder: el escenario del trabajo se monta paraocultar que lo real del trabajo, de la producción,ha desaparecido. Y también ...
ocultaría el proceso «real» de trabajo y el fun-cionamiento «objetivo» de la explotación. El he-cho es que el trabajo sigu...
A semejante ideología de lo vivido, de exhu-mación de lo real desde su banalidad de base, esdecir, desde su autenticidad r...
dores, mucho más incluso que el placer «per-verso» de violar una intimidad. No se trata ensemejante experiencia ni de secr...
ya no cae sobre las ciudades corrompidas, aho-ra es el objetivo el que recorta como un láserla realidad vivida para matarl...
nos de un sistema cuadriculado. Más sutil, perosiempre en exteriores, jugando con la oposicióndel ver y del ser visto, inc...
periferia, sólo queda el médium, pura flexión oinflexión. Se acabaron la violencia y la vigilancia:la «información», virul...
de los medios. Acerca de él puede decirse: la TVnos contempla, la TV nos aliena, la TV nos ma-nipula, la TV nos informa......
cribir en términos de inscripción, de vector, dedescodificación, una dimensión de la que nadasabemos —puede que ni siquier...
La apoteosis de la simulación es lo nuclear.Sin embargo, el equilibrio del terror no es másque la vertiente espectacular d...
Y esta disuasión nace del hecho de que inclusola guerra atómica real queda excluida —exclui-da por anticipado, como la eve...
bilidad de todo evento real. Los dos (o tres, omúltiples en el futuro) protagonistas del peli-gro nuclear no se disuaden e...
militares. La opción política ha muerto, no que-dan más que simulacros de conflictos y apues-tas cuidadosamente circunscri...
sin espanto ni pulsión. Pues si la ley, con suaura de transgresión, y el orden, con su aura deviolencia, arrastraban aún c...
rio (en el que ni siquiera las potencias vedettesde semejante escenario están libres, todo elmundo está satelitizado). 1  ...
supersatélites americano y ruso, apoteosis dela coexistencia pacífica. La supresión por partede los chinos de la escritura...
tenido esta guerra? ¿No habrá sido quizás el desellar de algún modo el fin de la historia en elsuceso histórico culminante...
se hubo logrado el objetivo. De ahí que todo aca-bara con tanta facilidad.     El mismo proceso estratégico se puede de-te...
dado juego mundial, los dos adversarios son fun-damentalmente solidarios contra otra cosa, in-nombrada, nunca dicha, pero ...
permitir a los vietnamitas la apariencia de pres-tarse a un compromiso y a Nixon hacer tragara los americanos la retirada ...
tes de acabar, que se puso fin a la guerra en sumismo corazón, que probablemente esta guerrano llegó a comenzar nunca. Muc...
Baudrillard   cultura y simulacro
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  1. 1. Cultura y simulacro Jean Baudrillard Traducido por Pedro Rovira Editorial Kairós, Barcelona, 1978 Ediciones originales: La precession des simulacres, Traverses, n° 10, fevrier 1978L’effet Beaubourg, Editions Galilée, 1977 La paginación se corresponde con la edición impresa
  2. 2. Si ha podido parecemos la más bella alego-ría de la simulación aquella fábula de Borges enque los cartógrafos del Imperio trazan un mapatan detallado que llega a recubrir con toda exac-titud el territorio (aunque el ocaso del Imperiocontempla el paulatino desgarro de este mapaque acaba convertido en una ruina despedazadacuyos girones se esparcen por los desiertos—belleza metafísica la de esta abstracción arrui-nada, donde fe del orgullo característico delImperio y a la vez pudriéndose como una carroña,regresando al polvo de la tierra, pues no esraro que las imitaciones lleguen con el tiempoa confundirse con el original) pero ésta es unafábula caduca para nosotros y no guarda más queel encanto discreto de los simulacros de segun-do orden. Hoy en día, la abstracción ya no es la delmapa, la del doble, la del espejo o la del con-cepto. La simulación no corresponde a un terri-torio, a una referencia, a una sustancia, sinoque es la generación por los modelos de algoreal sin origen ni realidad: lo hiperreal. El terri-torio ya no precede al mapa ni le sobrevive. Enadelante será el mapa el que preceda al terri- 5
  3. 3. torio —PRECESIÓN DE LOS SIMULACROS— yel que lo engendre, y si fuera preciso retomarla fábula, hoy serían los girones del territoriolos que se pudrirían lentamente sobre la super-ficie del mapa. Son los vestigios de lo real, nolos del mapa, los que todavía subsisten espar-cidos por unos desiertos que ya no son los delImperio, sino nuestro desierto. El propio desier-to de lo real. De hecho, incluso invertida, la metáfora esinutilizable. Lo único que quizá subsiste es elconcepto de Imperio, pues los actuales simula-cros, con el mismo imperialismo de aquellos car-tógrafos, intentan hacer coincidir lo real, todolo real, con sus modelos de simulación. Pero nose trata ya ni de mapa ni de territorio. Ha cam-biado algo más: se esfumó la diferencia sobera-na entre uno y otro que producía el encanto dela abstracción. Es la diferencia la que producesimultáneamente la poesía del mapa y el em-brujo del territorio, la magia del concepto y elhechizo de lo real. El aspecto imaginario de larepresentación —que culmina y a la vez se hun-de en el proyecto descabellado de los cartógra-fos— de un mapa y un territorio idealmente su-perpuestos, es barrido por la simulación —cuyaoperación es nuclear y genética, en modo algu-no especular y discursiva. La metafísica enteradesaparece. No más espejo del ser y de las apa-riencias, de lo real y de su concepto. No máscoincidencia imaginaria: la verdadera dimensión 6
  4. 4. de la simulación es la miniaturización genética.Lo real es producido a partir de células minia-turizadas, de matrices y de memorias, de mode-los de encargo— y a partir de ahí puede ser re-producido un número indefinido de veces. No po-see entidad racional al no ponerse a prueba enproceso alguno, ideal o negativo. Ya no es másque algo operativo que ni siquiera es real puestoque nada imaginario lo envuelve. Es un hiperreal,el producto de una síntesis irradiante de mode-los combinatorios en un hiperespacio sin atmós-fera. En este paso a un espacio cuya curvatura yano es la de lo real, ni la de la verdad, la era dela simulación se abre, pues, con la liquidaciónde todos los referentes —peor aún: con su re-surrección artificial en los sistemas de signos,material más dúctil que el sentido, en tanto quese ofrece a todos los sistemas de equivalencias,a todas las oposiciones binarias, a toda el álge-bra combinatoria. No se trata ya de imitaciónni de reiteración, incluso ni de parodia, sinode una suplantación de lo real por los signos delo real, es decir, de una operación de disuasiónde todo proceso real por su doble operativo, má-quina de índole reproductiva, programática, im-pecable, que ofrece todos los signos de lo real y,en cortocircuito, todas sus peripecias. Lo realno tendrá nunca más ocasión de producirse —tales la función vital del modelo en un sistema demuerte, o, mejor, de resurrección anticipada que 7
  5. 5. no concede posibilidad alguna ni al fenómenomismo de la muerte. Hiperreal en adelante alabrigo de lo imaginario, y de toda distinción en-tre lo real y lo imaginario, no dando lugar másque a la recurrencia orbital de modelos y a lageneración simulada de diferencias. Disimular es fingir no tener lo que se tiene.Simular es fingir tener lo que no se tiene. Lo unoremite a una presencia, lo otro a una ausencia.Pero la cuestión es más complicada, puesto quesimular no es fingir: «Aquel que finge una enfer-medad puede sencillamente meterse en cama yhacer creer que está enfermo. Aquel que simulauna enfermedad aparenta tener algunos sínto-mas de ella» (Littré). Así, pues, fingir, o disimu-lar, dejan intacto el principio de realidad: hayuna diferencia clara, sólo que enmascarada. Porsu parte la simulación vuelve a cuestionar ladiferencia de lo «verdadero» y de lo «falso», delo «real» y de lo «imaginario». El que simula,¿está o no está enfermo contando con que os-tenta «verdaderos» síntomas? Objetivamente,no se le puede tratar ni como enfermo ni comono–enfermo. La psicología y la medicina se de-tienen ahí, frente a una verdad de la enfermedadinencontrable en lo sucesivo. 8
  6. 6. Pues si cualquier síntoma puede ser «produ-cido» y no se recibe ya como un hecho natural,toda enfermedad puede considerarse simulabley simulada y la medicina pierde entonces su sen-tido al no saber tratar mas que las enfermedades«verdaderas» según sus causas objetivas. Lapsicosomática evoluciona de manera turbia enlos confines del principio de enfermedad. Encuanto al psicoanálisis, remite el síntoma desdeel orden orgánico al orden inconsciente: una vezmás éste es considerado más «verdadero» queel otro. Pero, ¿por qué habría de detenerse elsimulacro en las puertas del inconsciente? ¿Porqué el «trabajo» del inconsciente no podría ser«producido» de la misma manera que no impor-ta qué síntoma de la medicina clásica? Así lo sonya los sueños. Claro está, el médico alienista pretende que«existe para cada forma de alienación mental unorden particular en la sucesión de síntomas queel simulador ignora y cuya ausencia no puedeengañar al médico alienista». Lo anterior (quedata de 1865), para salvar a toda costa un prin-cipio de verdad y escapar así a la problemáticaque la simulación plantea —a saber: que la ver- 9
  7. 7. dad, la referencia, la causa objetiva, han dejadode existir definitivamente. ¿Qué puede hacer lamedicina con lo que fluctúa en los límites de laenfermedad o de la salud, con la reproducciónde la enfermedad en el seno de un discurso queya no es verdadero ni falso? ¿Qué puede hacerel psicoanálisis con la repetición del discurso delinconsciente dentro de un discurso de simula-ción que jamás podrá ser desenmascarado al ha-ber dejado de ser falso? ¿Qué puede hacer el ejército con los simula-dores? Tradicionalmente, los desenmascara ylos castiga en base a patrones fijos, y preclaros,de detección. Hoy por hoy, puede reformar almejor de los simuladores como si de un homo-sexual, un cardíaco o un loco «verdaderos» setratara. Incluso la psicología militar retrocedeante las claridades cartesianas y se resiste a lle-var a cabo la distinción entre lo verdadero y lofalso, entre el síntoma «producido» y el síntomaauténtico: «Si interpreta tan bien el papel deloco es que lo está.» Y no se equivoca: en estesentido, todos los locos simulan, y esta indistin-ción constituye la peor de las subversiones. Pre-cisamente contra ella se ha armado la razónclásica con todas sus categorías, pero las ha des-bordado y el principio de verdad ha quedado denuevo cubierto por las aguas. Más allá de la medicina y del ejército, cam-pos predilectos de la simulación, el asunto remi-te a la religión y al simulacro de la divinidad: 10
  8. 8. «Prohibí que hubiera imágenes en los templosporque la divinidad que anima la naturaleza nopuede ser representada.» Precisamente sí puedeserlo, pero ¿qué va a ser de ella si se la divul-ga en iconos, si se la disgrega en simulacros?¿Continuará siendo la instancia suprema quesólo se encarna en las imágenes como represen-tación de una teología visible? ¿O se volatilizaráquizá en los simulacros, los cuales, por su cuen-ta, despliegan su fasto y su poder de fascina-ción, sustituyendo el aparato visible de los ico-nos a la Idea pura e inteligible de Dios? Justa-mente es esto lo que atemorizaba a los icono-clastas, cuya querella milenaria es todavía lanuestra de hoy.1 Debido en gran parte a que pre-sentían la todopoderosidad de los simulacros, lafacultad que poseen de borrar a Dios de la con-ciencia de los hombres; la verdad que permitenentrever, destructora y anonadante, de que en elfondo Dios no ha sido nunca, que sólo ha existi-do su simulacro, en definitiva, que el mismo Diosnunca ha sido otra cosa que su propio simula-cro, ahí estaba el germen de su furia destruc-tora de imágenes. Si hubieran podido creer queéstas no hacían otra cosa que ocultar o enmas-carar la Idea platónica de Dios, no hubiera exis-tido motivo para destruirlas, pues se puede vi-vir de la idea de una verdad modificada, pero sudesesperación metafísica nacía de la sospechade que las imágenes no ocultaban absolutamente 1. Cf. «Icônes, Visiones, Simulacres» de Mario Bergnola. 11
  9. 9. nada, en suma, que no eran en modo alguno imá-genes, sino simulacros perfectos, de una fasci-nación intrínseca eternamente deslumbradora.Por eso era necesario a toda costa exorcisar lamuerte del referente divino. Está claro, pues, que los iconoclastas, a losque se ha acusado de despreciar y de negar lasimágenes, eran quienes les atribuían su valorexacto, al contrario de los iconólatras que, nopercibiendo más que sus reflejos, se contenta-ban con venerar un Dios esculpido. Inversamen-te, también puede decirse que los iconólatrasfueron los espíritus más modernos, los más aven-tureros, ya que tras la fe en un Dios posado enel espejo de las imágenes, estaban representan-do la muerte de este Dios y su desaparición enla epifanía de sus representaciones (no ignora-ban quizá que éstas ya no representaban nada,que eran puro juego, aunque juego peligroso,pues es muy arriesgado desenmascarar unasimágenes que disimulan el vacío que hay trasellas). Así lo hicieron los jesuitas al fundar su po-lítica sobre la desaparición virtual de Dios y lamanipulación mundana y espectacular de lasconciencias —desaparición de Dios en la epifa-nía del poder—, fin de la trascendencia sirvien-do ya sólo como coartada para una estrategialiberada de signos y de influencias. Tras el ba-rroco de las imágenes se oculta la eminenciagris de la política. 12
  10. 10. Así pues, lo que ha estado en juego desdesiempre ha sido el poder mortífero de las imá-genes, asesinas de lo real, asesinas de su pro-pio modelo, del mismo modo que los iconos deBizancio podían serlo de la identidad divina.A este poder exterminador se opone el de lasrepresentaciones como poder dialéctico, media-ción visible e inteligible de lo Real. Toda la fey la buena fe occidentales se han comprometidoen esta apuesta de la representación: que unsigno pueda remitir a la profundidad del sentido,que un signo pueda cambiarse por sentido y quecualquier cosa sirva como garantía de este cam-bio —Dios, claro está. Pero ¿y si Dios mismopuede ser simulado, es decir reducido a los sig-nos que dan fe de él? Entonces, todo el sistemaqueda flotando convertido en un gigantesco si-mulacro —no en algo irreal, sino en simulacro,es decir, no pudiendo trocarse por lo real perodándose a cambio de sí mismo dentro de un cir-cuito ininterrumpido donde la referencia no exis-te. Al contrario que la utopía, la simulación par-te del principio de equivalencia, de la negaciónradical del signo como valor, parte del signocomo reversión y eliminación de toda referen-cia. Mientras que la representación intenta ab-sorber la simulación interpretándola como falsarepresentación, la simulación envuelve todo el 13
  11. 11. edificio de la representación tomándolo comosimulacro. Las fases sucesivas de la imagen serían és-tas: — es el reflejo de una realidad profunda — enmascara y desnaturaliza una realidad profunda — enmascara la ausencia de realidad pro- funda — no tiene nada que ver con ningún tipo de realidad, es ya su propio y puro simula- cro. En el primer caso, la imagen es una buenaapariencia y la representación pertenece al or-den del sacramento. En el segundo, es una malaapariencia y es del orden de lo maléfico. En eltercero, juega a ser una apariencia y perteneceal orden del sortilegio. En el cuarto, ya no co-rresponde al orden de la apariencia, sino al dela simulación. El momento crucial se da en la transicióndesde unos signos que disimulan algo a unossignos que disimulan que no hay nada. Los pri-meros remiten a una teología de la verdad y delsecreto (de la cual forma parte aún la ideología).Los segundos inauguran la era de los simulacrosy de la simulación en la que ya no hay un Diosque reconozca a los suyos, ni Juicio Final quesepare lo falso de lo verdadero, lo real de su re- 14
  12. 12. surrección artificial, pues todo ha muerto y haresucitado de antemano. Cuando lo real ya no es lo que era, la nos-talgia cobra todo su sentido. Pujanza de los mi-tos del origen y de los signos de realidad. Pujan-za de la verdad, la objetividad y la autenticidadsegundas. Escalada de lo verdadero, de lo vivi-do, resurrección de lo figurativo allí donde el ob-jeto y la sustancia han desaparecido. Producciónenloquecida de lo real y lo referencial, paralelay superior al enloquecimiento de la producciónmaterial: así aparece la simulación en la faseque nos concierne —una estrategia de lo real,de neo–real y de hiperreal, doblando por doquieruna estrategia de disuasión. 15
  13. 13. La etnología rozó la muerte un día de 1971 enque el gobierno de Filipinas decidió dejar en sumedio natural, fuera del alcance de los colonos,los turistas y los etnólogos, las pocas docenasde Tasaday recién descubiertos en lo más pro-fundo de la jungla donde habían vivido duranteocho siglos sin contacto con ningún otro miem-bro de la especie. La iniciativa de esta decisiónpartió de los mismos antropólogos que veían alos Tasaday descomponerse rápidamente en supresencia, como una momia al aire libre. Paraque la etnología viva es necesario que muera suobjeto. Éste, por decirlo de algún modo, se ven-ga muriendo de haber sido «descubierto» y sumuerte es un desafío para la ciencia que preten-de aprehenderlo (¿acaso no ocurre así con todaciencia, incluso con las no humanas?). Ésta que-da instalada sobre una estrecha franja, sobre lacornisa paradójica a que la somete la evanes-cencia de su objeto en su aprehensión misma,y la reversión implacable que ejerce sobre ellaeste objeto muerto. Como Orfeo, la ciencia sevuelve siempre demasiado pronto hacia su ob-jeto, y, como Eurídice, éste regresa a los infier-nos. 16
  14. 14. Es contra este infierno de la paradoja contralo que los etnólogos quisieron prevenirse cerran-do el cinturón de seguridad de la selva virgenen torno a los Tasaday. Nadie podrá rozar siquie-ra su mundo: el yacimiento se clausura como sifuera una mina agotada. La ciencia pierde conello un capital precioso, pero el objeto queda asalvo, perdido para ella, pero intacto en su «vir-ginidad». No se trata de un sacrificio (la cien-cia nunca se sacrifica, siempre ha preferido elhomicidio), sino de un sacrificio simulado de suobjeto a fin de preservar su principio de reali-dad. El Tasaday congelado en su medio ambien-te natural va a servirle de coartada perfecta, defianza eterna. Se inicia a sí una «anti–etnología»interminable de la que, bajo otro prisma, danvariado testimonio Jaulin y Castaneda. De todosmodos, la evolución lógica de la ciencia consis-te en alejarse cada vez más de su objeto hastallegar a prescindir de él: tal autonomía es unafantasía más y afecta en realidad a su formapura. El Indio así recluido en el ghetto, en el ataúdde cristal de la selva virgen, se reconvierte enel modelo de simulación de todos los indios po-sibles de antes de la etnología. Ésta se permitede este modo el lujo, y la ilusión, de encar-narse en una especie de más allá de ella misma,en la realidad «bruta» de estos indios completa-mente reinventados por ella —salvajes que ledeben a la etnología; él seguir siéndolo. No está 17
  15. 15. mal el giro y no es pequeño el triunfo para unaciencia que parecía consagrada a destruirlos. Naturalmente, estos salvajes son ya póstu-mos: congelados, esterilizados, protegidos «has-ta la muerte», se han convertido en simulacrosreferenciales y la ciencia misma ha devenidosimulación pura. Lo mismo se ha hecho en Creu-sot museificando sobre el terreno, como testi-monio «histórico» de su época, barrios obrerosenteros, zonas metalúrgicas vivas, una culturacompleta, hombres mujeres y niños comprendi-dos, con su lenguaje y sus costumbres, fosiliza-dos en vida en una prisión a la vista de todos.El museo, en vez de quedar circunscrito a unreducto geométrico, aparece ya por todas par-tes, como una dimensión más de la vida. Así, laetnología, en vez de circunscribirse a su papelde ciencia objetiva, va en adelante a generalizar-se, liberada de su objeto, a todas las cosas vi-vas y va también a hacerse invisible, como unacuarta dimensión omnipresente, la dimensión delsimulacro. Todos nosotros somos ya Tasaday,indios reconvertidos en lo que eran, es deciren lo que la etnología los ha convertido, indios–simulacro que proclaman en definitiva la verdaduniversal de la etnología. Todos nosotros somos pasados vivientes bajola luz espectral de la etnología, o de la antietno-logía, que no es más que la forma pura de la et-nología triunfal, bajo el signo de las diferenciasmuertas y de la resurrección de las diferencias. 18
  16. 16. Es pues de una inocencia mayúscula el ir a bus-car la etnología entre los salvajes o en un Ter-cer Mundo cualquiera, porque la etnología estáaquí, en todas partes, en las metrópolis, entrelos blancos, en un mundo completamente recen-sado, analizado y luego resucitado artificialmen-te disfrazándolo de realidad, en un mundo de lasimulación, de alucinación de la verdad, de chan-taje a lo real, de asesinato de toda forma simbó-lica y de su retrospección histérica e histórica;muerte de la que los salvajes, nobleza obliga,han pagado los primeros la cuenta, pero quehace mucho tiempo que se ha extendido a todaslas sociedades occidentales. Pero al mismo tiempo, la etnología nos brin-da su única y última lección, el secreto que lamata (y que los salvajes conocen mucho mejorque ella), la venganza del muerto. La clausura del objeto científico es idénticaa la de los locos y a la de los muertos. De igualmodo que la sociedad entera está irremediable-mente contaminada por el espejo de la locuraque ella misma ha colocado ante sí, la cienciano pueda más que morir contaminada por lamuerte de un objeto que es su espejo invertido.Aparentemente es ella quien lo domina, pero dehecho él la inviste en profundidad, según una re-versión consciente, no dando más que respues-tas muertas y circulares a una pregunta muertay circular. Nada cambia cuando la sociedad rompe el 19
  17. 17. espejo de la locura (abole los asilos, devuelvela palabra a los locos, etc.), ni cuando la cien-cia parece romper el espejo de su objetividad(abolirse frente a su objeto como en Castaneda,etcétera) e inclinarse ante las «diferencias».A la modalidad del encierro sucede la de un dis-positivo innombrable, pero nada ha cambiado.A medida que la etnología se hunde en su insti-tución clásica, se sobrevive en una antietnologíacuya tarea es la de volver a inyectar diferencia-ficción entre los salvajes, o salvaje–ficción entodos los intersticios, para ocultar que es estemundo, el nuestro, el que vuelve a ser salvajea su manera, es decir, devastado por la diferen-cia y por la muerte. Del mismo modo, siempre bajo el pretexto desalvar el original, se ha prohibido visitar las gru-tas de Lascaux, pero se ha construido una répli-ca exacta a 500 metros del lugar para que todospuedan verlas (se echa un vistazo por la mirillaa la gruta auténtica y después se visita la repro-ducción). Es posible que incluso el recuerdomismo de las grutas originales se difumine en elespíritu de las generaciones futuras, pero noexiste ya desde ahora diferencia alguna, el des-doblamiento basta para reducir a ambas al ám-bito de lo artificial. La ciencia y la técnica se han movilizado tam-bién recientemente para salvar la momia deRamsés II tras haberla dejado pudrirse durantevarias décadas en el fondo de un museo. El pá- 20
  18. 18. nico invade de pronto a occidente ante la ideade no poder salvar lo que el orden simbólico ha-bía sabido conservar durante cuarenta siglos,aunque lejos de las miradas y de la luz. Ramsésno significa nada para nosotros, sólo la momiatiene un valor incalculable puesto que es la quegarantiza que la acumulación tiene sentido. Todanuestra cultura lineal y acumulativa se derrum-baría si no fuéramos capaces de preservar la«mercancía» del pasado al sacarla a la luz. Paraesto es preciso extraer a los faraones de sustumbas y a las momias de su silencio: hay queexhumarlos y rendirles honores militares. Estosviejos cadáveres son el blanco de la ciencia yde los gusanos al mismo tiempo. Sólo el secre-to absoluto les garantizaba su poder milenario—dominio de la podredumbre que significaba eldominio del ciclo total de intercambios con lamuerte. Nosotros sólo sabemos poner nuestraciencia al servicio de la restauración de la mo-mia, es decir, sólo sabemos restaurar un ordenvisible, mientras que el embalsamiento suponíaun trabajo mítico orientado a inmortalizar unadimensión oculta. Precisamos un pasado visible, un continuumvisible, un mito visible de los orígenes que nostranquilice acerca de nuestros fines, pues en elfondo nunca hemos creído en ellos. De ahí lahistórica escena de la recepción de la momiaen el aeropuerto de Orly, ¿acaso porque Ramsésfue una gran figura despótica y militar? posible- 21
  19. 19. mente, pero sobre todo porque nuestra culturasueña, tras este poder difunto que intenta ane-xionar, en un orden que no haya tenido nada quever con ella, y sueña en él porque lo ha exter-minado al exhumarlo, igual que su propio pasado. Estamos fascinados por Ramsés igual quelos cristianos del Renacimiento lo estaban porlos indios de América, aquellos seres (¿huma-nos?) que nunca habían oído la palabra de Cris-to. Hubo también, en los inicios de la coloniza-ción, un momento de estupor y deslumbramientoante la posibilidad de escapar a la ley universaldel Evangelio. Una de dos: o se admitía que estaley no era universal, o se exterminaba a los in-dios para borrar las pruebas. En general, se con-tentaron con convertirlos o simplemente condescubrirlos, lo que bastaba para exterminarloslentamente. De este modo, habrá bastado con exhumar aRamsés para exterminarlo museificándolo. Lasmomias no son consumidas por los gusanos sinoque perecen al trasladarlas desde el ritmo lentode lo simbólico, dueño de la podredumbre y dela muerte, al orden de la historia, la ciencia y elmuseo, el nuestro, que nada domina ya, que sólosabe volcar a lo que lo ha precedido a la podre-dumbre y a la muerte para tratar acto seguidode resucitarlo mediante la ciencia. Violencia irre-parable hacia todos los secretos, violencia deuna civilización sin secreto, odio de toda unacivilización contra sus propias bases. 22
  20. 20. Igual que la etnología jugando a desligarsede su objeto para reafirmarse mejor en su for-ma pura, la desmuseificación es una vuelta másen la espiral de la artificialidad. Ejemplo de ello,el claustro de Sant Miquel de Cuixà que va a serrepatriado, con grandes gastos, desde los Cloys-ters de New York para reinstalarlo en su lugarde origen... Y todo el mundo aplaude esta resti-tución (como en la «operación experimental dereconquista de las aceras» de los Campos Elí-seos). Así, si la exportación de los capiteles fue,efectivamente, un acto arbitrario, si, en efecto,los Cloysters de New York son un mosaico arti-ficial de todas las culturas (según la lógica dela centralización capitalista del valor), la reim-portación a los lugares de origen es aún más ar-tificial: constituye el simulacro total que recu-pera la «realidad» mediante una circunvolucióncompleta. Vista la cosa en profundidad, sería mejor queel claustro permaneciera en New York, aquél essu lugar, en un ambiente simulado, una especiede Disneylandia de la escultura y de la arquitec-tura que por lo menos no engaña a nadie. Repa-triarlo no es más que un subterfugio suplemen-tario para poder actuar como si nada hubieraocurrido y gozar de la alucinación retrospectiva.Una mistificación más honda todavía. Los americanos se vanaglorian de haber he-cho posible que la población india vuelva a serla misma que antes de la conquista. Como si 23
  21. 21. nada hubiera sucedido. Se borra todo y se vuel-ve a empezar. La restitución del original difumi-na la exterminación. Incluso llegan a presumirde mejoras, de sobrepasar la cifra original. Heaquí la prueba de la superioridad de la civiliza-ción: llegará a producir más indios de los queéstos mismos eran capaces de producir. Por unasiniestra irrisión, tal superproducción es una for-ma más de exterminio: la cultura india, comotoda cultura tribal, se apoya en la limitación delgrupo y en el rechazo de todo crecimiento demo-gráfico «libre», como puede apreciarse en Ishi.Se da, pues, ahí, en la promoción «libre» de losindios por parte de los americanos, un contra-sentido total, un paso más en la exterminaciónsimbólica. De este modo, por todas partes vivimos enun universo extrañamente parecido al original—las cosas aparecen dobladas por su propia es-cenificación, pero este doblaje no significa unamuerte inminente pues las cosas están en él yaexpurgadas de su muerte, mejor aún, más son-rientes, más auténticas bajo la luz de su modelo,como los rostros de las funerarias. Disneylandia con las dimensiones de todo ununiverso. 24
  22. 22. Disenylandia es un modelo perfecto de todoslos órdenes de simulacros entremezclados. Enprincipio es un juego de ilusiones y de fantas-mas: los Piratas, la Frontera, el Mundo Futuro,etcétera. Suele creerse que este mundo imagi-nario es la causa del éxito de Disneylandia, perolo que atrae a las multitudes es, sin duda y so-bre todo, el microcosmos social, el goce religio-so, en miniatura, de la América real, la perfectaescenificación de los propios placeres y contra-riedades. Uno aparca fuera, hace cola estandodentro y es completamente abandonado al salir.La única fantasmagoría en este mundo imagina-rio proviene de la ternura y calor que las masasemanan y del excesivo número de gadgets aptospara mantener el efecto multitudinario. El con-traste con la soledad absoluta del parking —au-téntico campo de concentración—, es total.O, mejor: dentro, todo un abanico de gadgetsmagnetiza a la multitud canalizándola en flujosdirigidos; fuera, la soledad, dirigida hacia unsolo gadget, el «verdadero», el automóvil. Poruna extraña coincidencia (aunque sin duda tieneque ver con el embrujo propio de semejante uni-verso), este mundo infantil congelado resulta 25
  23. 23. haber sido concebido y realizado por un hombrehoy congelado también: Walt Disney, quien es-pera su resurrección arropado por 180 gradoscentígrados. Por doquier, pues, en Disneylandia, se dibujael perfil objetivo de América, incluso en la mor-fología de los individuos y de la multitud. Todoslos valores son allí exaltados por la miniatura yel dibujo animado. Embalsamados y pacificados.De ahí la posibilidad (L. Marín lo ha llevado acabo excelentemente en «Utópiques, Jeux d’Es-paces») de un análisis ideológico de Disneylan-dia: núcleo del «american way of life», penegíri-co de los valores americanos, etc., trasposiciónidealizada, en fin, de una realidad contradictoria.Pero todo esto oculta otra cosa y tal trama«ideológica» no sirve más que como tapaderade una simulación de tercer orden: Disneylandiaexiste para ocultar que es el país «real», todala América «real», una Disneylandia (al modocomo las prisiones existen para ocultar que estodo lo social, en su banal omnipresencia, lo quees carcelario). Disneylandia es presentada comoimaginaria con la finalidad de hacer creer que elresto es real, mientras que cuanto la rodea, LosÁngeles, América entera, no es ya real, sinoperteneciente al orden de lo hiperreal y de lasimulación. No se trata de una interpretaciónfalsa de la realidad (la ideología), sino de ocul-tar que la realidad ya no es la realidad y, por tan-to, de salvar el principio de realidad. 26
  24. 24. Lo imaginario de Disneylandia no es ni ver-dadero ni falso, es un mecanismo de disuasiónpuesto en funcionamiento para regenerar a con-trapelo la ficción de lo real. Degeneración de loimaginario que traduce su irrealidad infantil. Se-mejante mundo se pretende infantil para hacercreer que los adultos están más allá, en el mun-do «real», y para esconder que el verdadero in-fantilismo está en todas partes y es el infantilis-mo de los adultos que viene a jugar a ser niñospara convertir en ilusión su infantilismo real. Además, Disneylandia no es un caso único.Enchanted Village, Magic Mountain, MarineWorld... Los Angeles está rodeada de esta es-pecie de centrales imaginarias que alimentancon una energía propia de lo real una ciudad cuyomisterio consiste precisamente en no ser másque un canal de circulación incesante, irreal. Ciu-dad de extensión fabulosa, pero sin espacio, sindimensión. Tanto como de centrales eléctricasy atómicas, tanto como de estudios de cine, estaciudad, que no es más que un inmenso escena-rio y un travelling perpetuo, tiene necesidad delviejo recurso imaginario hecho de signos infan-tiles y de espejismos trucados. Disneylandia muestra que lo real y lo imagi-nario perecen de la misma muerte. A una reali-dad diáfana responde una imaginación exangüe. Pero hubo un tiempo de poder para lo imagi-nario de igual modo que hubo una fase de poderde lo real, aunque ambas se hayan cumplido ya 27
  25. 25. hoy en día. Los juegos de la ilusión tuvieron sumomento triunfal desde el Renacimiento hastala Revolución, en el teatro, el Barroco, la pinturay las peripecias «menores» del engaño visual.Éste presenta en dos dimensiones lo que en rea-lidad tiene tres: el universo «real», pero de re-pente da un salto hasta la cuarta, la que precisa-mente le falta al espacio realista del Renacimien-to. Nunca se vio con mayor claridad que se tratade seccionar lo real para abrirse a lo imaginario.Escamotear una verdad tras otra, un hecho trasotro, una palabra tras otra, escamotear lo real alo real, tal es la potestad de la seducción. Si elpoder tiene tres dimensiones, la seducción seinicia con una dimensión de menos. Esto es jus-tamente lo que nos revela el «studiolo» del Pa-lazzo Ducale de Urbino. Minúsculo santuario engañoso en el corazóndel inmenso espacio del palacio. Todo el palacioes el triunfo de una sabia perspectiva arquitec-tónica, de un espacio desplegado de acuerdo conlas reglas. El «studiolo» es un microcosmos in-verso: separado del resto del palacio, sin venta-nas, sin espacio propiamente dicho, el espacioestá en él perpetrado por simulación. Si todo elpalacio constituye el acto arquitectónico por ex-celencia, el discurso manifiesto del arte (y delpoder), ¿qué pasa con la ínfima célula del «stu-diolo» que, como una especie de otro lugar sa-grado, flanquea la capilla desprendiendo ciertotufillo a sacrilegio y alquimia? Lo que se baraja 28
  26. 26. ahí con el espacio y, por tanto, con todo el sis-tema de representaciones que ordena el palacioy la república, no está muy claro. Se trata de un espacio privadísimo, es patri-monio del príncipe como el incesto y la transgre-sión fueron monopolio de los reyes. Tiene lugaraquí un cambio total de las reglas del juego queconduce a suponer que todo el espacio exterior,el del palacio y, más allá, el de la ciudad, que elespacio mismo del poder, el espacio político,puede que no sea más que un efecto de pers-pectiva. Un secreto tan peligroso, una hipótesistan radical, el príncipe se preocupa de guardar-los para él, sólo para sí y en la intimidad másrigurosa: quizás reside ahí justamente el secre-to de su poder. Después de Maquiavelo los polí-ticos quizás han sabido siempre que el dominiode un espacio simulado está en la base del po-der, que la política no es una función, un terri-torio o un espacio real, sino un modelo de simu-lación cuyos actos manifiestos no son más queel efecto realizado. Es este punto ciego del pala-cio, este lugar cercenado de la arquitectura y dela vida pública, el que, en cierto modo, rige elconjunto, no según una determinación directa,sino por una especie de inversión metafísica, detransgresión interna, de revolución de la reglaoperada en secreto como en los rituales primi-tivos, de agujero en la realidad —simulacro ocul-to en el corazón de la realidad y del que éstadepende en toda su operación. 29
  27. 27. Ocurre igual con el «studiolo» de Montefel-tre: es el secreto inverso (¿perverso?) de la noexistencia en el fondo de la realidad, secreto dela siempre posible reversibilidad del espacio«real» en lo profundo, incluido el espacio polí-tico —secreto que rige lo político, y que se per-dió luego por completo, en la ilusión de la «rea-lidad» de las masas. En el truco visual no se trata nunca de con-fundirse con lo real, sino de producir un simula-cro, con plena conciencia del juego y del artifi-cio. Se trata, mimando la tercera dimensión, deintroducir la duda sobre la realidad de esta ter-cera dimensión y, mimando y sobrepasando elefecto de lo real, de lanzar la duda radical sobreel principio de realidad. Pues la tercera dimen-sión, la de la prospectiva, es también la dimen-sión de la mala conciencia del signo para conla realidad y toda la pintura desde el Renaci-miento está podrida de esta mala conciencia. Si existe una especie de milagro del truco,jamás se da en la ejecución «realista» —las uvasde Zeuxis, tan reales que los pájaros las pico-teaban. Absurdo. El milagro no puede darse nun-ca en el colmo del realismo, sino precisamenteal contrario, en el desfallecimiento repentino dela realidad y en el vértigo que produce hundir-se en él. Esta pérdida del escenario de lo reales la que revela la familiaridad súbita, surreal,de los objetos. Cuando la organización jerárquicadel espacio real bajo el privilegio de la visión, 30
  28. 28. cuando esta prospectiva simulada —pues no esmás que un simulacro— se deshace, surge otracosa que, a falta de algo mejor, expresamos entérminos de tacto, de una hiperpresencia táctilde las cosas, «como si fuera posible tocarlas yy llevárselas». Pero no nos engañemos, este es-pejismo de presencia táctil no tiene nada quever con nuestro sentido real del tacto: es unametáfora de la «aprehensión» correspondiente ala abolición de la escena y del espacio represen-tativo. De golpe, esta aprehensión, que es el mi-lagro del engaño visual, resurge sobre todo elllamado mundo «real» circundante, revelándonosque la «realidad» nunca es otra cosa que unmundo jerárquicamente escenificado, objetiva-do según las reglas de la profundidad, y revelán-donos también que la realidad es un principiobajo cuya observancia se regulan toda la pintu-ra, la escultura y la arquitectura de la época,pero nada más que un principio, y un simulacroal que pone fin la hipersimulación experimentaldel engaño visual. 31
  29. 29. Watergate. Escenario idéntico al de Disney-landia, efecto imaginario ocultando que no exis-te ya realidad ni más allá ni más acá de los lími-tes del perímetro artificial. Efecto de escándaloen este caso, ocultando que no hay diferenciaalguna entre los hechos y su denuncia (los mé-todos usados por los hombres de la CIA y porlos periodistas del Washington Post son idénti-cos). La misma operación de disuasión destina-da a regenerar ya, por medio del escándalo, unprincipio moral y político, ya, a través de lo ima-ginario, un principio de realidad en extinción. La denuncia del escándalo es siempre un ho-menaje tributado a la ley. Con Watergate se halogrado ante todo imponer la idea de que Water-gate fue un escándalo —lo que en este sentidoha constituido una operación de intoxicación pro-digiosa, una buena dosis de reinyección de mo-ral política a escala mundial. Puede decirse conBourdieu: «Lo característico de toda tensión defuerzas es disimularse como tal y lograr toda supotencia precisamente gracias a este disimulo»,entendiendo lo anterior de este modo: el capital,inmoral, y sin escrúpulos, sólo puede ejercerse 32
  30. 30. tras una superestructura moral, quienquiera queregenera esta moralidad pública (sea a travésde la indignación, de la denuncia, etc.) trabajaespontáneamente para el orden del capital. Asílo hicieron los periodistas del Washington Post. Pero esto no sería más que la fórmula de laideología y cuando Bourdieu lo enuncia sobreen-tiende la «relación de fuerzas» como verdad dela dominación capitalista y, también él, denunciaesta relación como escándalo, situándose en lamisma posición determinante y moralista que losperiodistas del Washington Post. Lleva a cabo elmismo trabajo de purga y relanzamiento de unorden moral, de un orden de verdad donde se en-gendra la auténtica violencia simbólica del or-den social, más allá de todas las relaciones defuerzas que no son sino su configuración move-diza e indiferente en la conciencia moral y po-lítica de los hombres. Bourdieu enmascara que el capital no signifi-ca en modo alguno un orden de la racionalidad,de la moralidad o de las relaciones de fuerzas, ycomo los periodistas del Washington Post, nohace más que simular para denunciarla, una ins-tancia ideal del capitalismo. Ahora bien, estoes todo lo que el capital nos pide: recibirlo comoracional o combatirlo en nombre de la racionali-dad, recibirlo como moral o combatirlo en nom-bre de la moralidad. Se trata de lo mismo, y se-mejante peripecia puede leerse bajo otra forma:antaño se ponía empeño en disimular un escán- 33
  31. 31. dalo, hoy el empeño se pone en ocultar que nolo es. Watergate no es un escándalo, he aquí loque es preciso decir a toda costa, pues es lo quetodo el mundo, y antes que nadie los denuncian-tes, se dedican a ocultar. Semejante disimulo en-mascara un ahondamiento de la moralidad, de la(puesta en) escena primitiva del capital: supánico moral, a medida que nos acercamos a lacrueldad instantánea, su incomprensible feroci-dad, su inmoralidad fundamental —he aquí lorealmente escandaloso, inaceptable para el sis-tema de equivalencia moral y económica queconstituye el axioma del pensamiento de la iz-quierda desde el Siglo de las Luces hasta el co-munismo. Se le imputa al capital la idea del con-trato, pero a él le tiene sin cuidado pues es unaempresa monstruosa, sin principios, un puntoy nada más. El pensamiento iluminado es el queintenta controlarlo imponiéndole reglas y todarecriminación con avisos de pensamiento revo-lucionario está hoy acusando al capital de no se-guir las reglas del juego: «el poder es injusto,su justicia es una justicia de clase, el capitalnos explota...», como si el capital estuviera li-gado por un contrato a la sociedad que rige. Esla izquierda la que tiende al capital el espejode la equivalencia esperando que quede pren-dido en él, prendido en la fantasmagoría del con-trato social y cumpliendo sus cláusulas, redistri-buyendo su deuda entre toda la sociedad (al mis- 34
  32. 32. mo tiempo, la revolución ya no es necesaria: bas-ta con que el capital se adhiera a la fórmula ra-cional del cambio). Pero el capital no ha estado nunca unido porun contrato a la sociedad que domina. Es unahechicería de la relación social, un desafío a lasociedad, y como a tal debe respondérsele. Noes un escándalo que denunciar según la raciona-lidad moral o económica, es un desafío que hayque aceptar según la regla simbólica. Watergate no ha sido, pues, más que unatrampa tendida por el sistema a sus adversarios—simulación de escándalo con fines regenerado-res. Esto estaría encarnado en el film por el per-sonaje de «Deep Throat», de quien se ha dichoque era la eminencia gris de los republicanosmanipulando a los periodistas de izquierda paradesembarazarse de Nixon. ¿Por qué no?, todaslas hipótesis son posibles aunque ésta, además,es superflua: la izquierda se basta muy bienpara realizar ella sola, y sin complejos, el traba-jo de la derecha. Sería, pues, muy inocente en-contrar ahí una especie de amarga buena con-ciencia, ya que la derecha, por su parte, reali-za también espontáneamente el trabajo de la iz-quierda. Todas las hipótesis de manipulación sonreversibles en el seno de un torniquete sin fin:la manipulación es una causalidad flotante don-de positividad y negatividad se engendran y serecubren, donde ya no existe activo ni pasivo.Sólo con la detención arbitraria de esta causali- 35
  33. 33. dad giratoria podrá ser salvado un principio derealidad política. Sólo mediante la simulación deun campo de perspectiva restringido, conven-cional, en el que las premisas y las consecuen-cias de un acto o de un suceso sean calculables,puede mantenerse cierta verosimilitud política(y, naturalmente, el análisis «objetivo», la lu-cha, etc.). Si se contempla el ciclo completo deno importa qué acto o suceso en un sistema don-de la continuidad lineal y la polaridad dialécticaya no existan, en un campo transtornado por lasimulación, toda determinación se esfuma, todoacto queda abolido tras haber aprovechado atodo el mundo y haberse aireado en todas direc-ciones. Un atentado en Italia, por ejemplo, ¿es obrade la extrema izquierda, provocación de la extre-ma derecha o un montaje centrista para despres-tigiar los extremismos terroristas y reafirmarseen el poder?, más aún, ¿se trata de una farsapolicíaca, de un chantaje a la seguridad pública?Todo ello es verdadero al mismo tiempo y labúsqueda de pruebas, es decir, de la objetividadde los hechos, no es capaz de detener semejan-te vértigo interpretativo. La cuestión es que noshallamos en medio de una lógica de la simula-ción que no tiene ya nada que ver con una lógicade los hechos. La simulación se caracteriza porla precesión del modelo, de todos los modelos,sobre el más mínimo de los hechos —la presen-cia del modelo es anterior y su circulación orbi- 36
  34. 34. tal, como la de la bomba, constituye el verdaderocampo magnético del suceso. Los hechos no tie-nen ya su propia trayectoria, sino que nacen enla intersección de los modelos y un solo hechopuede ser engendrado por todos los modelos ala vez. Esta anticipación, esta precesión, estecortocircuito, esta confusión del hecho con sumodelo (ya sin desviación de sentido, sin pola-ridad dialéctica, sin electricidad negativa, im-plosión de polos opuestos), es la que da lugar atodas las interpretaciones posibles, incluso lasmás contradictorias, verdaderas todas, en el sen-tido de que su verdad consiste en intercambiar-se, a imagen y semejanza de los modelos de queproceden, en un ciclo generalizado. Los comunistas se las tienen con el P.S. comosi pretendieran romper la unión de la izquierda,pero dejan que prospere la idea de que sus re-sistencia proceden de disensiones internas (¡si-mulación de democracia!). De hecho, ¿podríaquizá tratarse de que, en bloque y realmente, nodesean el poder?, pero, ¿no lo quieren en estacoyuntura o no lo quieren por definición? CuandoBerlinguer declara: «No hay que temer ver a loscomunistas en el poder en Italia», esto puedesignificar a la vez:— que no hay de qué temer, pues los comunis- tas, si llegan al poder, no cambiarán nada de su mecanismo capitalista fundamental.— que no existe peligro alguno de que lleguen 37
  35. 35. al poder (por la sencilla razón de que no lo desean), y suponiendo que llegaran a ocupar- lo, no harán otra cosa que ejercer el poder por procuración.— que de hecho, el poder, lo que se dice un verdadero poder, ya no existe y no hay pues riesgo alguno de que alguien pueda tomarlo.— más aún: Yo, Berlinguer, no temo que los co- munistas tomen el poder en Italia, lo que pue- de parecer una perogrullada, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que— ello puede querer decir lo contrario (no es necesario el psicoanálisis para comprender- lo): tengo miedo de que los comunistas to- men el poder (y existen buenas razones para tenerlo, incluso para un comunista). Todo esto es verdadero al mismo tiempo. Esel secreto de un discurso que ya no sólo es am-biguo, como puedan serlo los discursos políti-cos, sino que revela la imposibilidad de unaposición determinada ante el poder y la imposi-bilidad de una posición determinada ante el dis-curso. Y esta lógica no pertenece a ningúnpartido, sino que atraviesa todos los discursosaunque no lo deseen. ¿Quién será capaz de desen-redar este embrollo? El nudo gordiano podía porlo menos cortarse. De la división de la bandade Moebius resulta una espiral suplementariaen la que no queda resuelta la reversibilidad delas caras (en el caso que nos ocupa, la continui- 38
  36. 36. dad reversible de las distintas hipótesis). Infier-no de la simulación que no es ya el de latortura, sino el de la torsión sutil, maléfica, ina-bacable, del sentido.1 Un ejemplo más: los con-denados en el proceso de Burgos fueron un re-galo de Franco a la democracia occidental a laque brindó la ocasión de regenerar su propio hu-manismo vacilante, pero ¿acaso la protesta indig-nada de los demócratas consolidó el régimenfranquista aglutinando a las masas españolascontra semejante intervención extranjera? ¿Quéha sido de la verdad en una maraña tal de com-plicidades admirablemente tejida sin advertirloni sus propios autores? Conjunción del sistema y de su alternativamás lejana llegando ambos a tocarse como losdos extremos de un espejo cóncavo. Curvatura«viciosa» de un espacio político en adelanteimantado, circular y reversible de derecha a iz-quierda —torsión parecida al genio maligno dela conmutación—, el sistema entero, lo infini-to del capital se repliega sobre su propia super-ficie. ¿Acaso no ocurre lo mismo con el deseoy con el espacio libidinal? Conjunción del deseoy del valor, del deseo y del capital, del deseo ydel poder. Conjunción del deseo y de la ley, úl-timo goce metamorfoseado de la ley (lo que ex-plica porqué ésta se encuentra tan generosa- 1. Ello no desemboca forzosamente en la desesperación, sino amenudo en una improvisación de sentido, de sin sentido, de múltiplessentidos simultáneos que se destruyen. 39
  37. 37. mente a la orden del día): sólo goza el capital,decía antes de llegar a pensar que nosotros go-zamos también en el interior del capital. Versati-lidad aterrante del deseo en Deleuze, giro enig-mático que quizás conduce al deseo, «revolucio-nario en sí mismo, casi involuntariamente, sólopor querer lo que quiere», a desear su propiarepresión y a investir sistemas paranoicos y fas-cistas. Torsión maligna que deja a la revolucióndel deseo sometida a la misma ambigüedad fun-damental de la otra revolución, la histórica. Todos los referentes mezclan su discurso enuna compulsión circular, «moebiana». Sexo y tra-bajo fueron no hace mucho tiempo términos fe-rozmente opuestos, hoy se resuelven ambos enel mismo tipo de demanda. Antaño, el discursode la historia tomaba toda su fuerza de oponerseviolentamente al de la naturaleza y el discursodel deseo de oponerse al del poder, hoy inter-cambian sus significantes y sus campos de ac-ción. Sería demasiado largo de correr todo el aba-nico de la negatividad operativa, el abanico detodos estos escenarios de disuasión que, comoWatergate, intentan regenerar un principio mori-bundo mediante el escándalo, el espejismo y lamuerte simulados —especie de tratamiento hor-monal para la negatividad y la crisis. La cues-tión es probar lo real con lo imaginario, la ver-dad con el escándalo, la ley con la transgresión,el trabajo con la huelga, el sistema con la cri- 40
  38. 38. sis y el capital con la revolución, del mismomodo que se probó la etnología (los Tasaday)desposeyéndola de su objeto. Todo ello sin con-tar probar el teatro con el anfiteatro probar el arte con el antiarte probar la pedagogía con la antipedagogía probar la psiquiatría con la antipsiquiatría etc. etc. Todo se metamorfosea en el término contra-rio para sobrevivirse en su forma expurgada. To-dos los poderes, todas las instituciones, hablande sí mismos por negación, para intentar, simu-lando la muerte, escapar a su agonía real. El po-der quiere escenificar su propia muerte para re-cuperar algún brillo de existencia y legitimidad.Por ejemplo, el caso de los presidentes nortea-mericanos: los Kennedy morían porque teníanaún cierta dimensión política; los demás, John-son, Nixon, Ford, debían contentarse con atenta-dos de pacotilla a base de asesinato simulado.Sin embargo, precisaban el aura de una amenazaartificial para ocultar que no eran más que ma-rionetas del poder. Antaño, el rey debía morir(también el dios) y en ello residía su fuerza. Enla actualidad, el líder se afana miserablementeen la comedia de su muerte a fin de preservarla gracia del poder. Sin embargo, esta gracia seha perdido ya. Buscar sangre fresca en la propia muerte, re- 41
  39. 39. lanzar el ciclo a través del espejo de la crisis,de la negatividad y del antipoder, es la única so-lución–coartada de todo poder, de toda institu-ción que intente romper el círculo vicioso de suirresponsabilidad y de su inexistencia funda-mental, de su estar de vuelta y de su estar yamuerto. 42
  40. 40. La imposibilidad de escenificar la ilusión, esdel mismo tipo que la imposibilidad de rescatarun nivel absoluto de realidad. La ilusión ya no esposible porque la realidad tampoco lo es. Éstees el planteamiento del problema político de laparodia, de la hipersimulación o simulación ofen-siva. Toda negatividad política directa, toda es-trategia de relación de fuerzas y de oposición, noes más que simulación defensiva y regresiva.Por ejemplo, sería interesante comprobar cuán-do el aparato represivo reacciona más violenta-mente, si ante un hold–up simulado o ante unhold–up real. Pues el segundo no hace más quecambiar el orden de las cosas, el derecho a lapropiedad, mientras que el primero atenta contrael mismo principio de realidad. La transgresión,la violencia, son menos graves, pues no cuestio-nan más que el reparto de lo real. La simulaciónes infinitamente más poderosa ya que permitesiempre suponer, más allá de su objeto, que elorden y la ley mismos podrían muy bien no serotra cosa que simulación (recordar el engaño deUrbino). Pero la dificultad está cortada a la medidadel peligro: ¿cómo fingir un delito y probar que 43
  41. 41. fingíamos...? Simule usted un robo en unos al-macenes y haga que le descubran (sino, ¿dóndeestaría el juego?). ¿Cómo persuadir al serviciode vigilancia de que se trataba de un hurto si-mulado?, no existe diferencia «objetiva» alguna.Se trata de los mismos gestos y de los mismossignos que en un robo real y, además, los signosno se inclinan ni de un lado ni de otro. Para elorden establecido son, sin duda, signos pertene-cientes a la esfera de lo real. Organice usted un falso hold–up. Asegúresede que sus armas sean totalmente inofensivas yutilice un rehén cómplice a fin de que ningunavida sea puesta en peligro (pues de lo contrarioacabará en la cárcel). Exija un rescate y procureque la operación alcance la mayor resonancia.En suma, intente que el asunto resulte «verda-dero» para poder poner a prueba la reacción delsistema ante un simulacro perfecto. No va usteda lograrlo: su red de signos artificiales se liaráinextrincablemente con elementos reales (un po-licía disparará de verdad; un cliente del bancose desvanecerá y morirá de un ataque cardíaco;puede que incluso le paguen el rescate). Total,que sin haberlo querido se encontrará usted in-merso de lleno en lo real —una de cuyas funcio-nes es precisamente la de devorar toda tentati-va de simulación, la de reducir todas las cosasa la realidad—. Éste es precisamente el ordenestablecido, y lo era ya mucho antes de la pues-ta en juego de las instituciones y de la justicia. 44
  42. 42. Dentro de esta imposibilidad de aislar el pro-ceso de simulación hay que constatar el pesode un orden que no puede ver ni concebir másque lo real, pues sólo en el seno de lo realpuede funcionar. Un delito simulado, si ello pue-de probarse, será o castigado ligeramente (pues-to que no ha tenido consecuencias), o castigadocomo ofensa al ministerio público (por ejemplo,si se ha hecho actuar a la policía «para nada»),pero nunca será castigado como simulaciónpues, en tanto que tal, no es posible equivalen-cia alguna con lo real y, por tanto, tampoco esposible ninguna represión. El desafío de la simu-lación es inaceptable para el poder, ello se veaún más claramente al considerar la simulaciónde virtud: no se castiga y, sin embargo, en tantoque simulación es tan grave como fingir un de-lito. La parodia, al hacer equivalentes sumisióny transgresión, comete el peor de los crímenes,pues anula la diferencia en que la ley se basa. Elorden establecido nada puede en contra de esto,está desarmado ya que la ley es un simulacrode segundo orden mientras que la simulaciónpertenece al tercer orden, más allá de lo verda-dero y de lo falso, más allá de las equivalencias,más allá de las distinciones racionales sobre lasque se basa el funcionamiento de todo orden so-cial y de todo poder. Es pues ahí, en la ausenciade lo real, donde hay que enfocar el orden, noen otra parte. Por eso el orden escoge siempre lo real. En 45
  43. 43. la duda, prefiere siempre la hipótesis de lo real(en él ejército se prefiere tomar al que fingepor verdadero loco), aunque esto se va haciendocada vez más difícil, pues si resulta práctica-mente imposible aislar el proceso de simulacióna causa del poder de inercia de lo real que nosrodea, también ocurre lo contrario (y esta re-versibilidad forma parte del dispositivo de simu-lación e impotencia del poder), a saber, que apartir de aquí deviene imposible aislar el proce-so de lo real, incluso se hace imposible probarque lo real lo sea. Por ello, todos los hold–up, secuestros deaviones, etc., son de algún modo hold–up simula-dos, en el sentido en que están todos someti-dos a priori al desciframiento y a la orquesta-ción ritual de los mass–media que se anticipana su escenificación y a sus posibles consecuen-cias. En definitiva, en el sentido en que funcio-nan como un conjunto de signos sometidos a sucarácter de signos, en modo alguno a su fina-lidad «real». Pero guardémonos de tomarloscomo irreales o como inofensivos, Al contra-rio, es en tanto que sucesos hiperreales, no te-niendo ni contenido ni fines propios, pero re-fractados los unos por los otros (del mismomodo que los llamados sucesos históricos: huel-gas, manifestaciones, crisis, etc.), es en tantoque tales que llegan a ser incontrolables paraun orden que sólo puede ejercerse sobre lo realy sobre lo racional, sobre causas y fines. Orden 46
  44. 44. referencial que sólo puede reinar sobre lo re-ferencial, poder determinado que sólo puede rei-nar sobre un mundo determinado, pero que nopuede nada contra esta recurrencia indefinida dela simulación, contra esta nebulosa ingrávidaque no se somete a las leyes de la gravitaciónde lo real. El poder mismo acaba por desmante-larse en este espacio y deviene una simulaciónde poder (desconectado de sus fines y de susobjetivos, abocado a efectos de poder y de si-mulación de masa). La única arma absoluta del poder consisteen impregnarlo todo de referentes, en salvar loreal, en persuadirnos de la realidad de lo social,de la gravedad de la economía y de las finalida-des de la producción. Para lograrlo se desvive,es lo más claro de su acción, en prodigar crisisy penuria por doquier. «Tomad vuestros deseospor la realidad» puede llegar a entenderse comoun eslogan desesperado del poder. En un mun-do sin referencias, la referencia del deseo, o in-cluso la confusión del principio de realidad ydel principio de deseo, son menos peligrosasque la contagiosa hiperrealidad. Quedamos en-tre principios y en esta zona el poder siempretiene razón. La hiperrealidad y la simulación di-suaden de todo principio y de todo fin y vuelvencontra el poder mismo la disuasión que él ha uti-lizado tan hábilmente durante largo tiempo. Pues,en definitiva, el capital es quien primero se ali-mentó, al filo de su historia, de la desestructura- 47
  45. 45. ción de todo referente, de todo fin humano, quienprimero rompió todas las distinciones idealesentre lo verdadero y lo falso, el bien y el mal,para asentar una ley radical de equivalencias yde intercambios, la ley de cobre de su poder.Él es quien primero ha jugado la baza de la di-suasión, de la abstracción, de la desconexión,de la desterritorialización, etc., y si él es quienviene fomentando la realidad, el principio de rea-lidad, él es también quien primero lo liquidó conla exterminación de todo valor de uso, de todaequivalencia real de la producción y la riqueza,con la sensación que tenemos de la irrealidadde las posibilidades y la omnipotencia de la ma-nipulación. Ahora bien, esta lógica misma es laque, al radicalizarse, está liquidando hoy por hoyal poder, el cual no intenta otra cosa que fre-nar semejante espiral catastrófica secretandorealidad a toda costa, alucinando con todos losmedios posibles un último brillo de realidadsobre el que fundamentar todavía un brillo depoder (pero no logra otra cosa que multiplicarsus signos y acelerar el papel de la simulación).Mientras la amenaza histórica le vino de loreal, el poder jugó la baza de la disuasión y lasimulación desintegrando todas las contradic-ciones a fuerza de producción de signos equiva-lentes. Ahora que la amenaza le viene de la si-mulación (la amenaza de volatilizarse en el jue-go de los signos), el poder apuesta por lo real,juega la baza de la crisis, se esmera en recrear 48
  46. 46. posturas artificiales, sociales, económicas o po-líticas. Para él es una cuestión de vida o muerte,pero ya es demasiado tarde. De ahí la histeria característica de nuestrotiempo: la de la producción y reproducción de loreal. La otra producción, la de valores y mercan-cías, la de las buenas épocas de la economíapolítica, carece de sentido propio desde hace mu-cho tiempo. Aquello que toda una sociedad bus-ca al continuar produciendo, y superproducien-do, es resucitar lo real que se le escapa. Por eso,tal producción «material» se convierte hoy en hi-perreal. Retiene todos los rasgos y discursos dela producción tradicional, pero no es más queuna metáfora. De este modo, los hiperrealistasfijan con un parecido alucinante una realidad dela que se ha esfumado todo el sentido y toda laprofundidad y la energía de la representación.Y así, el hiperrealismo de la simulación se tradu-ce por doquier en el alucinante parecido de loreal consigo mismo. Desde hace mucho tiempo, el poder no sue-ña más que en producir signos de su realidad.De pronto, ha entrado en escena otra figura delpoder, la de la demanda colectiva de signos depoder, unión sagrada que se produce en tornoa su desaparición y para conjurarla. Todo el mun-do se adhiere más o menos a esta demanda porterror al hundimiento de lo político. Así llega-mos a un punto en que el juego se reduce a mul-tiplicar la obsesión crítica del poder, obsesión 49
  47. 47. de su vida y de su muerte, a medida que se es-fuma. Cuando nada quede de él, nos encontra-remos todos, según una lógica de autodisuasiónprogresiva, bajo la alucinación total del poder.Una obsesión tal que se perfila ya por todas par-tes, expresando a la vez la compulsión de desha-cerse del poder (nadie lo quiere ya, todos lo de-jamos para los otros), y el nostálgico pánico desu pérdida. La melancolía de las sociedades sinpoder, ella fue una vez quien suscitó el fascis-mo, la sobredosis de un referencial fuerte enuna sociedad que no puede culminar su enluta-da vocación. Seguimos en el mismo sitio y no encontra-mos salida: no sabemos guiar el cortejo fúnebrede lo real, del poder, de lo social mismo, impli-cado también en la depresión en que nos agi-tamos. Y es precisamente por un recrudecimien-to artificial del poder, de lo real y de lo socialpor lo que intentamos escabullimos. Esto, sinduda, acabará produciendo el socialismo. Poruna torsión inesperada, por una ironía que no esya la de la historia, será de la muerte de lo so-cial de donde va a surgir el socialismo, comobrotan las religiones de la muerte de Dios. Ad-venimiento retorcido, energía inversa, reversiónininteligible para la lógica de la razón. Como loes el hecho de que el poder no esté ahí másque para ocultar que ya no existe poder. Simu-lación que puede durar indefinidamente: a dife-rencia del «auténtico» poder que es, que fue, 50
  48. 48. una estructura, una estrategia, una relación defuerzas, una apuesta, el poder del que habla-mos, no siendo más que el objeto de una de-manda social, será objeto de la ley de la ofertay la demanda y no estará ya sujeto a la violen-cia y a la muerte. Completamente expurgado dela dimensión política, depende, como cualquierotra mercancía, de la producción y el consumomasivo (mass–media, elecciones, encuestas).Todo destello político ha desaparecido, solamen-te queda la ficción de un universo político. Lo mismo ocurre con el trabajo. Ha desapa-recido la chispa de la producción, la violenciadel trabajo y de lo que en él se juega. Todo elmundo produce aún, y cada vez más, pero el tra-bajo se ha convertido en otra cosa: una necesi-dad, como lo contemplara idealmente Marx, peroen modo alguno en el mismo sentido, sino en elsentido de que el trabajo es objeto de una «de-manda» social, como el ocio, al que se equiparaen el funcionamiento general de la vida. Ahorabien, tal demanda es exactamente proporcionala la pérdida del rumbo en el proceso del tra-bajo.1 Idéntica peripecia que en el caso del 1. A esta debilitación de los atributos del trabajo, correspondeuna baja paralela de los atributos del consumo. Se acabó, por ejem.,la satisfacción directa, de uso o de prestigio, del automóvil; se acabóel discurso amoroso que oponía netamente el objeto de placer al ob-jeto de trabajo. Ha llegado el turno de otro discurso que, por unamezcla paradójica, es un discurso de trabajo sobre el objeto de con-sumo, ante un revestimiento activo, constreñidor (gaste menos gaso-lina, cuide su seguridad, no corra, etc.) al que tratan de adaptarselas características de los vehículos. Recuperar la posibilidad de otraapuesta mediante el desplazamiento de un polo sobre el otro. El tra- 51
  49. 49. poder: el escenario del trabajo se monta paraocultar que lo real del trabajo, de la producción,ha desaparecido. Y también lo real de la huelga,que ya no consiste en detener el trabajo, sino ensu alternativa en la cadencia ritual de la anuali-dad social. Todo ocurre como si cada cual hu-biera «ocupado», tras la declaración de huelga,su lugar y puesto de trabajo y retomado, comoes de rigor en una ocupación «autogestionaria»,la producción exactamente en los mismos térmi-nos que antes, pese a declararse (y a estar vir-tualmente) en estado de huelga permanente. Sin embargo, aunque las cosas continúencomo si no hubiera pasado nada, todo ha cam-biado de sentido. No se trata de un sueño deciencia ficción, sino del doblaje del proceso deltrabajo y del proceso de la huelga —huelga in-corporada como la obsolescencia en los objetos,como la crisis en la producción. No puede ha-blarse ya de huelga y de trabajo, sino de ambosa la vez, es decir, de algo completamente dife-rente: una magia del trabajo, un engaño, una es-cenificación del drama de la producción (por nodecir de su melodrama), dramaturgia colectivaen el escenario vacío de lo social. No es ya la ideología del trabajo lo que escuestión —viejo discurso, moral caduca quebajo se hace necesario, e! automóvil deviene objeto de trabajo. Noexiste mejor prueba de la escasa diferencia existente entre las bazasa jugar. Por un deslizamiento parecido desde el «derecho» al votohasta el «deber» electoral se pone en evidencia la escasez de atri-buciones de la esfera política. 52
  50. 50. ocultaría el proceso «real» de trabajo y el fun-cionamiento «objetivo» de la explotación. El he-cho es que el trabajo sigue ahí tan solo paraocultar que no hay ya trabajo. De igual modo, lacuestión no está ya en la ideología del poder,sino en la escenificación del poder para ocultarque éste no existe ya. La ideología no correspon-de a otra cosa que a una malversación de la rea-lidad mediante los signos, la simulación corres-ponde a un cortocircuito de la realidad y a sureduplicación a través de los signos. La finali-dad del análisis ideológico siempre es restituirel proceso objetivo, y siempre será un falso pro-blema el querer restituir la verdad bajo el simu-lacro. Por eso el poder está en el fondo tan deacuerdo con los discursos ideológicos y los dis-cursos sobre la ideología, porque son discursosde verdad —válidos siempre, sobre todo si sonrevolucionarios, para oponerlos a los golpes mor-tales de la simulación. 53
  51. 51. A semejante ideología de lo vivido, de exhu-mación de lo real desde su banalidad de base, esdecir, desde su autenticidad radical, se refierela experiencia americana de «TV–verdad» lleva-da a cabo en 1971 con la familia Loud: 7 mesesde filmación ininterrumpida, 300 horas de tomadirecta, sin script ni escenografía, la odisea deuna familia, sus dramas, sus alegrías, sus peri-peripecias, en suma, un documento histórico «enbruto», y el «más bello logro de la televisión,comparable, a escala de nuestra cotidianeidad,al film del primer alunizaje». El asunto se com-plica con el hecho de que la familia se deshizodurante el rodaje: estalló la crisis, los Loud sesepararon, etc.... Tras esto, una controversia in-soluble: ¿es responsable la TV? ¿Qué habría su-cedido si la TV no hubiese estado allí? Resulta más interesante todavía el espejis-mo de filmar a los Loud como si la TV no estu-viera. El realizador basaba el acierto de sutrabajo en la afirmación: «Han vivido como si no-sotros no estuviéramos», fórmula absurda y para-dójica; ni verdadera ni falsa, simplemente utó-pica. Esta utopía y esta paradoja son las que hanfascinado a los veinte millones de teleespecta- 54
  52. 52. dores, mucho más incluso que el placer «per-verso» de violar una intimidad. No se trata ensemejante experiencia ni de secreto ni de per-versión, sino de una especie de escalofrío de loreal, o de una estética de lo hiperreal, escalofríode vertiginosa y truculenta exactitud, de distan-ciación y de aumento a la vez, de distorsión deescalas, de una transparencia excesiva. Placerpor exceso de sentido precisamente cuando elnivel del signo desciende por debajo de la líneade flotación habitual del sentido: la filmaciónexalta lo insignificante, en ella vemos lo que loreal no ha sido nunca (pero «como si estuvierausted allí»), sin la distancia de la perspectiva yde nuestra visión en profundidad (pero «másreal que la vida misma»). Gozo de la simulaciónmicroscópica que hace circular lo real hacia lohiperreal (es algo parecido a lo que ocurre conel porno, cuya fascinación es más metafísica quesexual). Pero, por otra parte, esta familia era ya hi-perreal por el hecho mismo de su selección: tí-pica familia americana, casa californiana, 3 gara-jes, 5 niños, estatus profesional y social desa-hogado, housewife decorativa, nivel por encimade la media. Semejante perfección estadísticacondena de algún modo a esta familia a morirbajo el ojo de la TV. Heroína ideal del AmericanWay of life, es escogida, como en los sacrifi-cios antiguos, para ser exaltada y morir entrelas llamas del médium. Pues el fuego del cielo 55
  53. 53. ya no cae sobre las ciudades corrompidas, aho-ra es el objetivo el que recorta como un láserla realidad vivida para matarla. «Los Loud: sen-cillamente una familia que ha aceptado abando-narse a la TV y morir», dirá el realizador. Se tra-ta, pues, claramente de un sacrificio ofrecidocomo espectáculo a 20 millones de americanos.El drama litúrgico de una sociedad de masas. «TV–verdad», término admirable por su carác-ter anfibio, pues ¿de qué verdad se trata, de lade esta familia o de la verdad de la TV? De he-cho, la TV es la verdad de los Loud, sólo ella apa-renta verdad en todo este asunto. Verdad queno es ya ni la reflexiva del espejo ni la perspec-tiva del sistema panóptico y de la mirada, sinola verdad manipuladora del test que sondea einterroga, del láser que recorta, de las matricesque guardan nuestras secuencias perforadas, delcódigo genético que gobierna nuestras combina-ciones, de las células que informan nuestro uni-verso sensorial. A este tipo de verdad se some-tió la familia Loud por medio de la TV, y en estesentido puede hablarse sin duda de condena amuerte. Final del sistema panóptico. El ojo de la TVya no es la fuente de una mirada absoluta y, porotra parte, el ideal de control ya no es el de latransparencia. Éste presupone todavía un espa-cio objetivo (el del Renacimiento) y la todopo-derosidad de una mirada despótica. Se trata aún,si no de un sistema de contención, por lo me- 56
  54. 54. nos de un sistema cuadriculado. Más sutil, perosiempre en exteriores, jugando con la oposicióndel ver y del ser visto, incluso en el caso de quepueda ser ciego el punto focal del panóptico. Cuando, como en el caso de los Loud, «ustedno mira ya la TV, es la TV la que le mira a usted«vivir», o «usted ya no escucha “Pas de Pani-que”, sino que es “Pas de Panique” quien le es-cucha a usted», se ha producido un giro del dis-positivo panóptico de vigilancia (vigilar y casti-gar) hacia un sistema de disuasión donde estáabolida la distinción entre lo pasivo y lo activo.Se acabó el imperativo de sumisión al modeloo a la mirada, «USTED es el modelo», «USTEDes la mayoría...» Tal es la vertiente de una so-cialización hiperrealista donde lo real se confun-de con el modelo, como en la operación esta-dística donde lo real se confunde con el médium,igual que en la operación Loud. Éste es el esta-dio ulterior de la relación social, el nuestro, queno es ya el correspondiente a la perspectiva (re-presiva) ni a la persuasión, sino el correspon-diente a la disuasión. «Usted es la información,usted es lo social, usted es la noticia, le con-cierne a usted, ¡usted tiene la palabra!, etc.,etcétera».1 A causa de este cambio resultaimposible de localizar cualquier tipo de proce-der (del modelo, de la mirada, del poder, ni si-quiera el proceder del médium en el caso de losLoud). Ya no hay punto focal, no hay centro ni 1. Igual que en Orwell: «La guerra es la paz», etc. 57
  55. 55. periferia, sólo queda el médium, pura flexión oinflexión. Se acabaron la violencia y la vigilancia:la «información», virulencia secreta, reacción encadena, implosión lenta y simulacro de espaciosy de perspectivas donde viene a jugar todavíael proyecto de lo real. Se acabaron la distorsión de lo real y la ma-nipulación. Esta hipótesis, moral aún, es solida-ria de todos los análisis clásicos sobre la esen-cia objetiva del poder. Aquí cabe además otracosa: la abolición de lo espectacular y del efec-to médium (en sentido literal), en adelante inal-canzable, incorporado y difuso en lo real sin queni siquiera pueda decirse que éste resulte al-terado. El médium ya no ejerce, como una fuer-za o una mirada, violencia objetiva, es una viru-lencia, una modalidad microscópica y molecular. No obstante, hay que tomar precaucionesante el giro negativo que el discurso impone:«virulencia», «infección», pues no se trata ni deenfermedad ni de afección virulenta. Es precisopensar los mass–media como si fueran, en laórbita externa, una especie de código genéticoque conduce a la mutación de lo real en hiper-real, igual que el otro código, micromolecular,lleva a pasar de una esfera, representativa, delsentido, a otra, genética, de señal programada. Lo que se cuestiona es todo el modo tradicio-nal de causalidad, determinista, «activo, crítico,analítico; distinción de causa y efecto, de lo ac-tivo y lo pasivo, de sujeto y objeto, del fin y 58
  56. 56. de los medios. Acerca de él puede decirse: la TVnos contempla, la TV nos aliena, la TV nos ma-nipula, la TV nos informa... En medio de todoesto se sigue siendo tributario de la concep-ción analítica de los mass–media, la de un agenteexterior activo y eficaz, la de una informaciónen «perspectiva» que tiene como punto de fugael horizonte de lo real y del sentido. Es preciso concebir la TV en plan ADN, esdecir, como un efecto donde se desvanecen lospolos adversos de la determinación, según unacontracción, una retroacción nuclear del viejoesquema polar que mantenía siempre una dis-tancia mínima entre causa y efecto, entre sujetoy objeto: precisamente la distancia del sentido,el desvío, la diferencia, la menor separación po-sible, irreductible bajo pena de resorción en unproceso aleatorio e indeterminado del que el dis-curso ni siquiera puede ya dar cuenta, dado queél mismo es un orden determinado. Esta brecha es la que se desvanece en elproceso del código genético, donde la indeter-minación no es tanto la del azar de las molécu-las como la de la abolición pura y simple de larelación. En el proceso de ordenamiento mo-lecular, el cual «va» del núcleo ADN a la «sustan-cia» que él informa, no hay ya puesta en caminode un efecto, de una energía, de una determina-ción o de un mensaje. «Orden, señal, impulsión,mensaje»: todo ello intenta volvernos la cosainteligible, pero por analogía, volviendo a trans- 59
  57. 57. cribir en términos de inscripción, de vector, dedescodificación, una dimensión de la que nadasabemos —puede que ni siquiera estemos yaante una «dimensión», o quizá se trate de lacuarta dimensión que, según la relatividad, sedefine por la absorción de polos distintos del es-pacio y del tiempo. De hecho, todo este procesono podemos entenderlo más que en forma nega-tiva: nada separa un polo del otro, el inicial delterminal, se da una especie de aplastamiento re-cíproco, de penetración de los dos polos tradi-cionales el uno en el otro. Así pues, IMPLO-SIÓN —absorción de la manera radiante de lacausalidad, del aspecto diferencial de la deter-minación, con su electricidad positiva y negati-va—, implosión del sentido. Ahí es donde co-mienza la simulación. En cualquier dominio, ya sea político, bioló-gico, psicológico, donde la distinción de los dospolos no pueda mantenerse, se penetra en la si-mulación, es decir, en la manipulación absoluta.No se trata de pasividad, sino de confusión en-tre lo activo y lo pasivo. El ADN realiza esta re-ducción aleatoria del sentido a nivel de la sus-tancia viviente. La TV, en el ejemplo de los Loud,alcanza también un límite de indefinición dondelos Loud no son frente a la TV ni más ni menosactivos o pasivos de lo que lo es una sustanciaviviente ante su código molecular. En uno y otrocaso, una sola nebulosa indivisible en sus ele-mentos simples, indescifrable en su verdad. 60
  58. 58. La apoteosis de la simulación es lo nuclear.Sin embargo, el equilibrio del terror no es másque la vertiente espectacular de un sistema dedisuasión insinuado desde el interior en todoslos intersticios de la vida. El suspense nuclearno hace más que sellar el sistema banalizado dedisuasión que se encuentra en el corazón de losmass–media, de la violencia sin más que reinapor doquier en el mundo, del dispositivo alea-torio de todas las opciones que se nos presen-tan. El menor de nuestros gestos está reguladopor signos neutralizados, indiferentes, equivalen-tes, como los signos que regulan la «estrategiade los juegos». Pero la verdadera ecuación estámás allá y lo desconocido es precisamente lavariante de la simulación que hace del mismo ar-senal atómico una forma hiperreal, un simulacroque nos domina a todos y que reduce cualquierevento al nivel de escenografía efímera, trans-formando la vida que se nos concede en super-vivencia, en una apuesta sin apuesta, ni siquieraen una letra girada contra la muerte, sino en unpapel mojado. Lo que paraliza nuestras vidas no es la ame-naza de destrucción atómica sino la disuasión. 61
  59. 59. Y esta disuasión nace del hecho de que inclusola guerra atómica real queda excluida —exclui-da por anticipado, como la eventualidad de loreal en un sistema de signos. Todo el mundofinge creer en la realidad de la amenaza (lo cuales comprensible en el caso de los militares y enel discurso de su «estrategia», pues todo lo se-rio de su oficio está en juego), pero precisamen-te a este nivel no es cuestión de estrategia, ytoda la originalidad de la situación reside en loimprobable que resulta la destrucción. La disuasión excluye la guerra, arcaica vio-lencia de los sistemas en expansión. La disua-sión es la violencia neutralizante de los siste-mas. No existen ya ni un sujeto privilegiado niun adversario de la disuasión, se trata de unaestructura planetaria de anonadamiento de op-ciones. Nada sucederá a nivel atómico. El ries-go de una pulverización nuclear no sirve másque de pretexto —a través de una falsa competi-ción en la sofisticación de las armas— para lainstalación de un sistema de seguridad univer-sal, de un cerrojo para la destrucción y para laescalada —cuya ficción se alimenta en lo posi-ble para mantener en vilo a las gentes— de unsistema universal de prevención, de control, cuyoefecto disuasivo no apunta en modo alguno alenfrentamiento atómico (éste no ha sido nuncacuestionado, salvo quizás en los inicios de laguerra fría, pues se ha confundido el aparato nu-clear con la guerra tradicional), sino a la proba- 62
  60. 60. bilidad de todo evento real. Los dos (o tres, omúltiples en el futuro) protagonistas del peli-gro nuclear no se disuaden el uno al otro (se-gún una estrategia cuya misma sofisticación esun síntoma de nulidad), sino que, conjuntamen-te, disuaden a todo el resto y, al propio tiempo,a sí mismos. Lo que se trama a la sombra deeste dispositivo, bajo el pretexto de una amena-za «objetiva» máxima y gracias a semejante es-pada nuclear de Damocles, es la puesta a puntodel mayor sistema de control que jamás hayaexistido y la satelitización progresiva de todo elplaneta mediante tal hipermodelo de seguridad. Lo mismo vale para las centrales nuclearespacíficas. La pacificación no establece diferen-cias entre lo civil y lo militar: en cualquier par-te donde se elaboren dispositivos irreversiblesde control, donde la noción de seguridad se con-vierta en todopoderosa, donde la norma de se-guridad reemplace al viejo arsenal de leyes y deviolencia (la guerra comprendida), lo que crecees el sistema de disuasión, y en torno a él cre-ce el desierto histórico, social y político. Una gi-gantesca involución obliga a todo conflicto, atoda finalidad, a todo enfrentamiento a contraer-se a la medida del chantaje que los interrumpe,los neutraliza y los congela. Ni revuelta ni his-toria alguna pueden desplegarse según su pro-pia lógica pues se exponen al anonadamiento.Ninguna estrategia es ya posible y la escaladano es más que un juego pueril en manos de los 63
  61. 61. militares. La opción política ha muerto, no que-dan más que simulacros de conflictos y apues-tas cuidadosamente circunscritas. La «aventura espacial» ha jugado exactamen-te el mismo papel que la escalada nuclear. Poreste motivo ha podido relevarla tan fácilmente enlos años 60 (Kennedy/Krouchtchev), o desarro-llarse paralelamente bajo un aspecto de «coexis-tencia pacífica». Pues ¿cuál es la función últi-ma de la carrera espacial, de la conquista de laluna, del lanzamiento de satélites?, no puedeser otra que la institución de un modelo de gra-vitación universal, de satelitización del que elmódulo lunar es el embrión perfecto: microcos-mos programado donde nada puede ser dejadoal azar. Trayectoria, energía, cálculo, fisiología,psicología, entorno —nada puede ser abandona-do a la contingencia, se trata del universo totalde la norma— ahí la ley ya no existe, es la in-manencia operativa de todos los detalles la quelegisla. Universo expurgado de toda amenaza desentido, en estado de asepsia y de ingravidez—lo que es fascinante es semejante perfección.Pues la exaltación de las masas no provenía delhecho del alunizaje ni del paseo de un hombrepor el espacio (esto sería, sobre todo, el finalde un viejo sueño), no, la estupefacción nace dela perfección del programa y de la manipulacióntécnica. Fascinación por la norma llevada al má-ximo y por el control de la probabilidad. Vértigodel modelo, que se une al de la muerte, pero 64
  62. 62. sin espanto ni pulsión. Pues si la ley, con suaura de transgresión, y el orden, con su aura deviolencia, arrastraban aún cierta imaginaciónperversa, la norma fija, fascina, asombra e invo-luciona todo aspecto imaginario. Ya no se pue-de fantasear acerca de la minuciosidad de unprograma, su sola observancia es vertiginosa,pues pertenece a un mundo que no desfallece.Hay que tener en cuenta que el mismo mo-delo de infalibilidad programática, de seguridady de disuasión máximas, es el que rige hoy elcampo de lo social. He aquí el último rizo de laparábola nuclear: la operación minuciosa de latécnica sirve de modelo para la operación minu-ciosa de lo social. Nada será ya dejado al azar,y, sin embargo, ésta es la socialización que seinició hace siglos, pero que acaba de entrar ensu fase acelerada, hacia un límite que se creíaexplosivo (la revolución), y que de momento setraduce en un proceso inverso, implosivo, irre-versible: disuasión generalizada de todo azar,de todo accidente, de toda transversalidad, detoda finalidad, de toda contradicción, ruptura ocomplejidad, en una socialidad irradiada por lanorma, volcada a la transparencia de señales delos mecanismos de información. De hecho, losmodelos espacial o nuclear no tienen fines pro-pios: ni el descubrimiento de la luna, ni la su-perioridad militar y estratégica. Su verdad con-siste en ser los modelos de simulación, los vec-tores modelo de un sistema de control planeta- 65
  63. 63. rio (en el que ni siquiera las potencias vedettesde semejante escenario están libres, todo elmundo está satelitizado). 1 Resistir ante la evidencia: en la satelitiza-ción, el que resulta satelitizado no es quien pen-samos. Mediante la inscripción orbital de un ob-jeto espacial, el que se convierte en satélite esel planeta tierra, es el principio terrestre de rea-lidad el que deviene excéntrico, hiperreal e in-significante. Mediante la instalación orbital deun sistema de control como la coexistencia pa-cífica, todos los microsistemas terrestres resul-tan satelitizados y pierden su autonomía. Todaslas energías, todos los eventos son absorbidospor esta gravitación excéntrica, todo se conden-sa e implosiona hacia el único micromodelo decontrol (el satélite orbital), como inversamente,en la otra dimensión biológica, todo converge eimplosiona hacia el micromodelo molecular delcódigo genético. Entre los dos, en este tenedorde lo nuclear y lo genético, en la asunción si-multaneizada de los dos códigos fundamentalesde la disuasión, todo principio de sentido es ab-sorbido, todo despliegue de lo real es imposi-ble. La simultaneidad de dos sucesos en el mesde julio del 75 ilustró lo anterior de un modoapabullante: la reunión en el espacio de los dos 1. Paradoja: todas las bombas son limpísimas: su única poluciónes la energía de control y de seguridad que irradian al no llegar aestallar. 66
  64. 64. supersatélites americano y ruso, apoteosis dela coexistencia pacífica. La supresión por partede los chinos de la escritura ideogramática y supuesta en marcha del alfabeto romano. El segun-do de estos sucesos significa la instalación «or-bital» de un sistema de signos abstractos y mo-delizado en cuya órbita serán absorbidas todaslas formas, antaño singulares, de estilo y de es-critura. Satelitización de la lengua: es la manerachina de penetrar en el sistema de la coexisten-cia pacífica, el cual queda inscrito en su cielosimultáneamente gracias al acoplamiento de losdos satélites. Ésta es su manera de relegar unsistema autónomo para unirse a un sistema ho-mogéneo de signos del que, además, forman par-te «su» bomba H y su ideología. Vuelo orbitalde los dos Grandes, neutralización y homogenei-zación de todos los demás en el suelo. Sin embargo, pese a tal implosión, involu-ción y disuasión mediante el factor orbital —có-digo nuclear o código molecular— los sucesoscontinúan sobre la tierra, las peripecias inclu-so son cada vez más numerosas dado el procesomundial de contigüidad y de simultaneidad de lainformación. Pero no tienen ya sentido, no sonmás que el efecto duplicado de la simulaciónen la cumbre. No existe un ejemplo mejor quela guerra del Vietnam puesto que se dio en laintersección de una alternativa histórica y «re-volucionaria» máxima con la instalación de esteelemento orbital de simulación. ¿Qué sentido ha 67
  65. 65. tenido esta guerra? ¿No habrá sido quizás el desellar de algún modo el fin de la historia en elsuceso histórico culminante y decisivo de nues-tra época? ¿Por qué esta guerra tan dura, tanlarga, tan feroz, se disipó de un día al otro comopor encanto? ¿Por qué la derrota (el mayor revés de lahistoria de los USA) no ha tenido ninguna reper-cusión interna en América? Si realmente habíasignificado el fracaso de la estrategia planetariade los Estados Unidos, tenía que haber sacudi-do también el equilibrio interno y el sistema po-lítico americano. Nada de esto sucedió. Otra cosa, pues, ha tenido lugar. Esta guerra,en el fondo, no habrá sido más que un episodiocrucial de la coexistencia pacífica. Habrá seña-lado la incorporación de China a esta coexisten-cia. La no intervención china, obtenida y concre-tizada a través de largos años, el aprendizajepor parte de China de un modus vivendi mun-dial, el paso de una estrategia de revoluciónmundial a una estrategia de reparto mundial delas fuerzas y de los imperios, la transición deuna alternativa irreductible, radical, a otra desimple poder político integrado a un sistemamundial en adelante regulado por lo esencial(normalización de las relaciones Pekín–Washing-ton): esto era lo que estaba en juego en la gue-rra del Vietnam, y en este sentido, los USA eva-cuaron Vietnam, pero ganaron la guerra. Y laguerra terminó «espontáneamente» una vez que 68
  66. 66. se hubo logrado el objetivo. De ahí que todo aca-bara con tanta facilidad. El mismo proceso estratégico se puede de-tectar sobre el terreno. La guerra duró mientrasduraron los elementos irreductibles a una sanapolítica y a una disciplina de poder, aunque setratara de un poder comunista. Una vez que laguerra quedó en manos de las tropas regularesdel Norte y escapó a las de los maquis, pudoterminar, su objetivo se había cubierto. La cues-tión estaba, pues, en el traspaso de poder, en elrelevo político. Cuando los vietnamitas hubieronprobado que no eran portadores de una subver-sión indomable y que eran susceptibles de enca-jar bien en el orden social, se les pudo ya dejara sus anchas. Al fin y al cabo, el que se tratede un orden comunista no es muy grave en elfondo: ha dado suficientes pruebas de que sepuede confiar en él. Es incluso más eficaz queel capitalismo en lo concerniente a la liquidaciónde las estructuras pre–capitalistas «salvajes» yarcaicas. Encontramos exactamente el mismo telón defondo en la guerra de Argelia. El otro aspectode esta guerra (sin duda el fundamental en todaguerra moderna), es el siguiente: tras la violen-cia armada, el antagonismo mortal de los adver-sarios, que parece una cuestión de vida o muer-te, que se interpreta como tal (si no la genteno se dejaría matar por estas historias), traseste simulacro de lucha a muerte y de despia- 69
  67. 67. dado juego mundial, los dos adversarios son fun-damentalmente solidarios contra otra cosa, in-nombrada, nunca dicha, pero de la que el resul-tado objetivo de la guerra, con igual complici-dad por parte de los dos adversarios, supone laliquidación total: las estructuras tribales, comu-nitarias, precapitalistas, todas las formas de in-tercambio, de lengua, de organización simbóli-ca, todas las formas anteriores a la socializa-ción racional y terrorista —esto es lo que sequiere abolir, lo que la guerra quiere extermi-nar— situada en su inmenso objetivo espectacu-lar de muerte no es otra cosa que el encubri-miento de este proceso de racionalización terro-rista de lo social, el homicidio por excelenciasobre el que podrá instaurarse el orden social,la socialización, ya sea comunista o capitalista.Complicidad total, o reparto del trabajo entredos adversarios (capaces de soportar por todoesto sacrificios inmensos) con la misma finali-dad de racionalización y de domesticación de lasrelaciones sociales. De neutralización y de uniónde energías. De colonización en el pleno sentidode la palabra. «A los Norvietnamitas se les recomendó pres-tarse a representar la liquidación de la presen-cia americana, representación en la que, claroestá, había que salvar la cara.» La escenografía: los terribles bombardeossobre Hanoi. Su carácter insoportable no debeocultar que no eran más que un simulacro para 70
  68. 68. permitir a los vietnamitas la apariencia de pres-tarse a un compromiso y a Nixon hacer tragara los americanos la retirada de sus tropas. Todoestaba previsto, objetivamente no estaba en jue-go más que la cara ideológica. La guerra no esmenos atroz por ser sólo un simulacro. Que losmoralistas de la guerra, los poseedores de valo-res de referencia de la guerra no se desolen de-masiado: se sigue sufriendo en la propia carne,y los muertos y los excombatientes que deestas guerras simuladas cuestan lo mismo desiempre. En cierto sentido, este objetivo sesigue alcanzando —lo mismo que el de domes-ticación de un territorio, de imposición de unasocialización disciplinaria. Lo que ya no exis-te es la adversidad de los adversarios, larealidad de las causas antagónicas, la seriedadideológica de la guerra. Tampoco existe la rea-lidad de la victoria o de la derrota, aunque laguerra es un proceso que triunfa siempre muypor encima de estas apariencias. Así pues, es preciso leer todos los sucesospor el reverso, más allá de su montaje oficial.Todo el mundo es cómplice, en especial los mass–media, de mantener la ilusión de la posibilidadde ciertos hechos, de la realidad de las opcio-nes, de una finalidad histórica, de la objetividadde los hechos. Todo el mundo es cómplice desalvar el principio de realidad. De este modo, es posible arañar la verdadde una guerra, a saber: que terminó mucho an- 71
  69. 69. tes de acabar, que se puso fin a la guerra en sumismo corazón, que probablemente esta guerrano llegó a comenzar nunca. Muchos otros suce-sos (la crisis petrolíferas, etc.) tampoco hanempezado nunca ni han llegado a existir más quecomo peripecias artificiales,1 trucajes históricos,catástrofes y crisis destinados a mantener bajohipnosis un cerco histórico. Que todos estos pseudoacontecimientos (loscomunistas al poder en Italia, el redescubrimien-to póstumo, o, por lo menos «retro», del Gulagy de los disidentes soviéticos, así como el des-cubrimiento, casi contemporáneo, por una etno-logía moribunda de la «diferencia» perdida delos salvajes), todas estas cosas que llegan de-masiado tarde, en medio de una espiral de re-traso, que han agotado su sentido desde hacelargo tiempo y no viven más que de una eferves-cencia artificial de signos, que todos estos su-cesos se desarrollan sin lógica, en medio deuna equivalencia total de las más contradicto-rias y de una indiferencia profunda por sus con-secuencias (aunque la realidad es que no tienenconsecuencia alguna: se agotan en su promo-ción espectacular y se olvidan), esto lo sabe 1. La crisis de la energía, la puesta en escena ecológica son porsí mismas un «film de catástrofe», del mismo estilo (y del mismovalor) que los que llenan actualmente las arcas de Hollywood. Es inútilcualquier interpretación laboriosa de estos films y su relación con unacrisis social «objetiva» o, incluso, con un espejismo «objetivo» de lacatástrofe. Lo que ocurre es que lo social mismo, en el discursoactual, se está organizando según una escenografía de film de ca-tástrofe. 72

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