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Sinopsis
Ariana de Clairmont se arriesgaría a cualquier cosa para salvar a su hermano
secuestrado, una búsqueda que sabía ...
Prólogo
Hace mucho tiempo atrás, antes que el hombre supiera lo que era mantener el
tiempo, existía un lugar donde la luz,...
Puso el Cáliz sagrado junto al pozo, se acercó a la cascada y salió corriendo al
Exterior. Para su consternación, la lesió...
Al enterarse de la intención del rey, la princesa le rogó para que el hombre se
quedara en Anavrin. Le suplicó como su her...
ahora entrelazadas en un anillo de luz cegadora, girando y subiendo por encima de
las cabezas de la princesa y del foraste...
Capítulo 1
Febrero, 1275
El invierno se acercaba a Londres como una gran bestia alada. Aullando y enojado,
oscureció el ci...
―Aye1
, milady. The Cock and Cup, por encima de Queenhithe, tal como dijo.
―El guardián de Clairmont levantó su mano engua...
Su hermano, Kenrick, no había vuelto de un viaje de otoño al Continente, pero no
fue hasta que una demanda de rescate lleg...
mientras tiraba la puerta cerrada detrás de él, y luego se acercó para estar
protectoramente a su lado. Por el rabillo del...
comprendió el peligro que provocaba, pues su nariz tembló, y la copa que llevaba
a los labios se bamboleó en su mano inest...
bajo las pesadas oscuras cejas, sugirió que tomó como una diversión su susto. Él le
devolvió la mirada un momento más de l...
necesitamos. La ayuda de monsieur Ferrand es muy apreciada, y estoy segura de
que es un hombre de palabra.
Se dio cuenta d...
―Muy bien. ―Ariana tomó el monedero de su cinturón y se puso a contar el alto
precio del pasaje―. Ahí está ―dijo, deslizan...
lado, sabía que sus instintos de combate estaban en alerta incluso antes de que
viera su mano reposar en el puño de su esp...
estuvo de acuerdo en llevarnos a Francia y le hemos pagado para hacerlo. ¿Qué
más quiere?
―Esto no es sobre el dinero ―dij...
Ferrand y aun así se quedó a su lado a pesar de sus dudas personales. Imploró
para que él la perdonara, pero dudaba de que...
Con una atadura como de hierro alrededor de sus brazos y pechos apretados hasta
el punto de dolor, el hombre que la sujeta...
ocultando todo excepto la mole de su cuerpo y la espada enorme que tenía una
cuchilla de plata en color gris carbón en la ...
Ariana se paró como en un sueño, curioso, y no poco agitado. Dio un vacilante
paso adelante, a tiempo de ver que el hombre...
dinero y su medio de transporte a Francia. Que el cielo la ayudara, incluso había
perdido a James, un pensamiento que casi...
Capítulo 2
Braedon le Chasseur no era el tipo de hombre inclinado a acudir en ayuda de
damiselas en peligro. Que lo hicier...
Ferrand llegó alrededor de la esquina de un edificio en la calle Támesis, sus dos
compañeros de tripulación cerca detrás d...
―¡Espere! ―Cuando él comenzó a alejarse de ella, lo agarró de la manga, su agarre
sorpresivamente fuerte para un mero desl...
―Estoy seguro que podemos trabajar en esto, tú y yo ―replicó Ferrand,
levantando sus hombros en un encogimiento casual―. N...
chapoteo. Braedon quería saltar detrás y terminar con él, pero su atención fue
lanzada sobre su hombro, hacia el sonido de...
Braedon levantó su arma, y oyó un grito femenino de terror sonando en la
distancia detrás de él en los muelles. Lanzó una ...
La gente no desaparecía en el aire. La carne y el hueso no se alejaban como el
vapor.
Y sin embargo...
La chica gritó otra...
colgando, los finos hilos de seda húmeda colgaban de su cuello, temblando cuando
ella lo hacía. Era una ruina, y a juzgar ...
Braedon gruñó, pero no estaba dispuesto a dejar ir el bolso. De la manera en la que
lo veía, Ferrand le debía al menos muc...
adelante sobre su cabeza, muy consciente de que su cicatriz estaba a plena vista de
ella. No le importaba.
Déjala mirarla,...
Braedon gruñó. No estaba buscando una disculpa, meramente quería hacer un
punto. Pero ahora que la tenía, se preguntaba qu...
―Si debe saberlo ―cedió ella después de un momento―, mi hermano está allí. Iba
a Rouen para... para visitarle.
Eso probabl...
podría caminar precipitadamente a una guarida de asesinos y criminales en un
capricho por ver a sus familiares en el Conti...
puntales de roble tallados. La calle estaba oscura, arrojada en las sombras por los
edificios amenazadores que las flanque...
Él siguió caminando, respondiendo sin mirarla.
―Ha demostrado que es demasiado peligroso.
―Oh. ―Sintió su mirada en él, ca...
―Ha pasado mucho tiempo, Peg. Te ves bien.
Su boca se tensó por su agradable saludo después de más de un año de ausencia.
...
Peg lanzó una frenética mirada sobre su hombro, entonces miró de vuelta a
Braedon.
―No es nadie, marido. Solo una pareja d...
Braedon se encogió de hombros por la nota de preocupación en el comentario de
su viejo amigo. Si le habían dado por muerto...
Ella miró a Ariana, quien se había mantenido bastante tranquila y quieta desde el
momento que había pasado con Braedon en ...
Capítulo 3
Cansada y helada, Ariana se sentía como si de alguna manera hubiera infringido
una barrera a una nueva tierra e...
Ariana sacudió su cabeza.
―Tengo unos pocos moratones, pero estoy bien. Algunos hombres malos me
atacaron cerca de los mue...
Sacudiendo lejos los pensamientos de su melancólico salvador, se recordó que
tenía problemas más grandes que considerar. E...
mirada, simulando desinterés mientras Peg limpiaba las últimas rayas de sangre
de su brazo y alcanzaba el tarro de pomada....
―Aquí ―dijo él desde su asiento en el banco, atrayendo su mirada de vuelta a la
suya con el profundo sonido de su voz. Una...
―Lo lamento ―susurró ella, sintiéndose diez veces una estúpida y tonta
insensible―. No quería...
Él no dijo nada para excu...
necesitando el descanso tan desesperadamente como había necesitado el sustento
de la comida.
Estiró su brazo sobre la mesa...
celebrar una victoria, una muy lucrativa, patrocinada por un hombre rico con una
irresistible oferta. Recuperar una barati...
―Nunca perdiste tu marca, no en todos los años que te he conocido. Tu cuchilla
golpea tan bien como siempre. Yo lo vi, y t...
de sus hombres comenzó a extenderse a su alrededor, el caos desatado por su
propia caída. Aún podía sentir su cuchilla sur...
cartera. Un momento después estaba dormida otra vez, tan delicada como un
gorrión, sus brazos abrazados alrededor de su cu...
01   heart of the hunter
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01 heart of the hunter

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  1. 1. Sinopsis Ariana de Clairmont se arriesgaría a cualquier cosa para salvar a su hermano secuestrado, una búsqueda que sabía que está llena de peligros. Su único aliado es Braedon Le Chasseur, un caballero formidable con un pasado misterioso, cuyo rostro lleno de cicatrices y una máscara de melancolía escondía su naturaleza y un alma llena de dolor. Ariana teme a este hombre peligroso y los secretos que se esfuerza por ocultar, pero el toque de Braedon es pura seducción, su beso un señuelo potente que la tienta en una pasión que no tiene poder para resistir. Una vez conocido como el Hunter, ahora perseguido por un oscuro legado que se esfuerza por negar, vivía Braedon en un mundo de sombras y de aislamiento hasta que se metió junto con una belleza inocente necesitada de su protección. Embarcándose en un viaje que les llevará a un legendario tesoro, Braedon se verá obligado a enfrentarse a viejos enemigos y el secreto de su impresionante naturaleza o al verdadero riesgo de perder a Ariana y la única felicidad que ha conocido<
  2. 2. Prólogo Hace mucho tiempo atrás, antes que el hombre supiera lo que era mantener el tiempo, existía un lugar donde la luz, la fe, la paz y la prosperidad reinaban. Ese lugar era llamado Anavrin, un reino de la niebla y la magia. Un mundo secreto que prosperó durante incontables siglos, permaneció escondido lejos del plano mortal que lo rodeaba como arena movediza. El pueblo de Anavrin no sabía nada de lo que había al otro lado del velo que separaba el reino secreto del mundo Exterior. Vivían en verano perpetuo, no conociendo el dolor o el miedo o el vicio. No sabían nada de la debilidad humana o maldad... es decir, hasta que una princesa Anavrin cometió el error trágico de enamorarse de un hombre mortal. Su hermano era el rey y su reina y señora esposa acababa de dar a luz a su primer hijo, comenzando una nueva rama fuerte de la realeza Anavrin. Como era tradición, la llegada del bebé se vería santificada con una bebida en la copa sagrada de Anavrin: el Cáliz del Dragón, forjada en oro y enjoyada con cuatro piedras encantadas. La princesa tuvo el honor de ser la doncella elegida para llenar la taza del pozo virgen, un manantial sagrado que fluía de una cascada en el bosque que marcaba el espacio entre Anavrin y el Exterior como una cortina de cristal oscuro. Sola en el pozo, la princesa escuchó un sonido extraño sobre el torrente de las cataratas. Era el sonido de un hombre, un hombre mortal, herido y gimiendo en el otro lado del agua. La princesa no conocía el miedo o la angustia, pero sabía de la compasión, y quería ayudar a aliviar el sufrimiento de este hombre. Lo llamó, y se sorprendió más al saber que la había escuchado. De hecho, él podía oírla, pero la pared que abrigaba la cascada la ocultaba de su vista, como había encubierto a todo Anavrin a través de los siglos. Él suplicó que saliera de su escondite y le ayudara, asegurándole que no quería hacerle ningún daño. La princesa sabía que estaba prohibido interactuar con la gente del Exterior, era impensable pasar la barrera de las cataratas. Pero el dolor del hombre le causó un dolor peculiar en su pecho que era demasiado grande para ignorarlo.
  3. 3. Puso el Cáliz sagrado junto al pozo, se acercó a la cascada y salió corriendo al Exterior. Para su consternación, la lesión del hombre era peor de lo que podía haber imaginado. Se estaba muriendo y podía verlo en su feroz, pero opaca, mirada azul. Quitó una mata de cabello dorado empapado en sudor de su frente, revelando un rostro impresionantemente atractivo. Él era hermoso, y se enamoró inmediatamente. Tenía que ayudarle, pero no sabía qué hacer. Él rogó por agua, pero los puñados escasos que sacaba de la laguna era poco para calmar su sed. La princesa recordó el Cáliz del Dragón, llenó de agua del pozo sagrado y sentando ahora a una media docena de pasos del umbral de Anavrin. Había poder en esa copa con joyas incrustada, poder suficiente, tal vez, para ayudar al hombre que yacía sangrando en sus brazos. No podía llevar el cáliz a él, porque bien sabía que un terrible mal sobrevendría a Anavrin si alguna vez la copa se perdiera. De hecho, se decía que un dragón negro y peligroso sería suelto sobre el reino en caso de que alguna vez la copa se perdiera y sus poderes protectores. Para salvar al hombre como tan desesperadamente quería hacer, la princesa tendría que llevarlo al Cáliz. Tendría que ponerlo en Anavrin. Segura de que esto era lo correcto, la única cosa a hacer, la princesa impulsó al hombre a sus pies y lo ayudó a llegar a las cataratas. Estaba demasiado débil para cuestionar su propósito, demasiado débil para comprender el don extraordinario que pretendía darle. La princesa lo nutrió del Cáliz y el hombre bebió como si hubiera pasado toda la vida sin agua. Bebió hasta que el color volvió a su cara, hasta que la herida que lo desgarró abierto dejo de sangrar, entonces, por fin, comenzó a sanar. Su fuerza regresó, el hombre comenzó a mantenerse en sus pies. Fue entonces cuando el rey y la mitad de Anavrin llegó estruendosamente al claro. Vieron el forastero allí de pie, abrazando a la princesa en su ropa andrajosa y ensangrentada, y supieran de inmediato lo que ella había hecho. El hombre fue llevado de regreso al castillo real y tratado como un invitado en los lujosos aposentos reales, pero a puerta cerrada, el rey buscó un medio para librarse de él. Los viejos sabios y magos de Anavrin trajeron una respuesta. Al forastero se le daría una segunda toma del Cáliz, esta vez conteniendo una poción que borraría todos los recuerdos de los acontecimientos del día. Él no se acordaría para nada de Anavrin, ni de la princesa o cómo le había salvado su vida. Mientras dormía, sería devuelto al Exterior por el más sabio.
  4. 4. Al enterarse de la intención del rey, la princesa le rogó para que el hombre se quedara en Anavrin. Le suplicó como su hermano que le atara al hombre, abogando que le permitiera casarse con el forastero. Pero el rey no quería oír hablar de ello. Le advirtió que ella no sabía nada de este hombre, que el permitir que se quedara era poner todo Anavrin en peligro. Tal como estaba previsto, el rey dispuso para tener el Cáliz del Dragón mientras esperaba el hombre esa noche en la mesa. Lo que él no esperó era que su obediente hermana le desafiaría. Incapaz de soportar la idea de que perdería a su amado, la princesa lo había advertido de no beber del Cáliz esta noche. Le dijo que lo esperaría en secreto, y escaparían de Anavrin para estar juntos en el Exterior. Su amado no la hizo esperar mucho. Con un alboroto loco de gritos y de botas siguiendo sus talones, el hombre irrumpió en la gran sala del castillo y la arrastró a lo largo mientras corrían hacia el patio y otra vez, al bosque oscuro. La princesa conocía el camino hacia el pozo, y, en pocos momentos sin aliento, puso la mano en la neblina de las cataratas. Con apenas una mirada hacia atrás, la princesa saltó con el hombre a través de la cascada, dejando atrás todo lo que sabía de Anavrin. No, no todo, pero se dio cuenta un latido de corazón más tarde. Perfectamente atado debajo del brazo del hombre estaba el sagrado Cáliz del Dragón. El recipiente enjoyado que había sido forjada por el primer rey de Anavrin un eón antes, sus cuatro piedras vibrantes, decían, para asegurar la misma vida de Anavrin. Ahora esas piedras brillaban con fuego pagano debajo del trapo que ocultaba la copa. La princesa sintió una sacudida de alarma desconocida cuando vio al forastero desempacar el Cáliz. Por primera vez en toda su existencia interminable, conoció el miedo. Probó el pesar, pero por desgracia, demasiado tarde. La copa parecía canturrear con un poder pulsante de energía, haciendo que la mano del hombre temblase cuando luchó por mantener el agarre de su premio robado. Violentamente, la copa tembló y cayó de sus manos para quedar suspendida ante él. Las cuatro piedras brillaban más ferozmente. Un halo de luz parecía surgir del centro del Cáliz, tan fuerte que fracturó el tesoro en su núcleo. Ya no era una sola copa, sino cuatro, cada una con una de las piedras brillantes,
  5. 5. ahora entrelazadas en un anillo de luz cegadora, girando y subiendo por encima de las cabezas de la princesa y del forastero. El hombre trató de agarrarlas de nuevo, pero su luz era demasiado pura, demasiado ardiente. En un destello repentino, el tesoro estalló en vapor y simplemente se desvaneció. Para el resto de sus días, el forastero lamentó la pérdida del Cáliz. Culpó a la princesa por el truco que lo alejó de él, pero ella no sabía nada de la magia que había ocurrido. Siendo un bandolero y un canalla, el forastero no le creyó. Tampoco se casó con ella, pero crió sus cachorros mortales sobre ella y se condujo a la locura con demasiado vino y contando cuentos de un reino de oro y una copa enjoyada que le dio vida renovada cuando estaba ya casi muerto. Con el tiempo, a sus divagaciones de borracho le fueron agregadas otras, alimentando rumores de que el Cáliz del Dragón y sus cuatro piedras místicas, de hecho, realmente existían, dispersas en las esquinas opuestas del reino. Sugiriendo que al hombre que reuniera el Cáliz, juntando las cuatro partes en una sola, le sería concedida la inmortalidad. En efecto, la leyenda indicaba que tendría riqueza y felicidad más allá de la imaginación, pues reclamar el Cáliz del Dragón era ganar la llave al mismo Anavrin. Para algunos, la leyenda no era más que un cuento de hadas, la ilusión fantástica de un pobre borrachín que no era digno ni de su propia saliva. Otros creían que el Cáliz era la salvación de la humanidad, un don que debía ser recuperado y apreciado como la más sagrada de las reliquias. Para otros, el Cáliz del Dragón y su secretos eran muy reales<‖ y había algunos entre ese número que no se detendría ante nada para obtenerlo.
  6. 6. Capítulo 1 Febrero, 1275 El invierno se acercaba a Londres como una gran bestia alada. Aullando y enojado, oscureció el cielo del mediodía, y cuando se abalanzó desde el mar picado, arañó la ciudad con hielo afilado como garras de frío glacial, y escupió una lluvia pesada y húmeda. Lady Ariana de Clairmont agarró el borde de su manto de pieles con capucha y lo trajo cerca de su cara cuando ella y su compañero de equitación instaron a sus monturas hacia una de las varias tabernas del muelle donde flotaba nieve. Nubes de humo gris de madera eran lanzadas de una chimenea de piedra instalada al lado de un establecimiento achaparrado, indicando que adentro estaba caliente, pero había poco más para recomendar al lugar por lo que Ariana podía ver. Le única ventana de la taberna había sido clausurada y clavada en un esfuerzo por combatir el frío; el entablado deteriorado por la humedad se agitaba en débil protesta cuando otro fuerte viento tempestuoso sopló abajo para atacarlo. La tormenta invernal había conducido a cada uno con sentido a buscar refugio hasta que lo peor hubiera pasado. Ahora la calle, las tiendas de los alrededores y los edificios parecían casi desiertos, salvo por unas pocas almas harapientas que parecían no tener ningún lugar a donde ir. Ariana quería estar abrigada del frío, también, pero su cita aquí era de suma importancia y no podía permitir que un poco de viento y nieve impidiera su reunión. La vida de su hermano dependía de ello. Se giró en la silla para hacer frente al caballero que cabalgaba a su lado, casi gritando para ser oída por encima de los fuertes vientos que se arremolinaban y la constante lluvia. ―¿Estás seguro de que este es el lugar, James?
  7. 7. ―Aye1 , milady. The Cock and Cup, por encima de Queenhithe, tal como dijo. ―El guardián de Clairmont levantó su mano enguantada en cuero y señaló un, letrero-carámbano con flecos salpicado de nieve, que golpeó y crujió sobre la puerta de la taberna―. Nuestro monsieur Ferrand parecía un comerciante con algunos medios. Ojalá hubiera elegido una ubicación más adecuada para el encuentro. Este lugar se parece más a un guisado que una hospedería. ―No importa lo que parece ―dijo Ariana, a pesar de que compartía el recelo de James―. No vamos a demorar aquí, después de todo. Justo el tiempo suficiente para entregar nuestro pago del pasaje y acompañar a monsieur a su barco en los muelles de abajo. James soltó un gruñido, y luego la condujo hacia un pequeño establo adyacente a la taberna. Dejarían sus caballos allí mientras se reunían con el comerciante de París que había acordado, por un precio no despreciable, transportarlos a través del Canal a Francia al día siguiente. A medida que dejaban el refugio cubierto y se echaban a correr hacia la taberna, James emitió una advertencia paternal. ―Quédate a mi lado una vez que estemos dentro, milady. No sé lo que ese francés de lustrosos ojos redondos se propone, pero me parece que empieza a oler a traición. Con sus manos enguantadas bajo su cálido manto, Ariana presionaba el pequeño monedero colocado en la faja en su cintura. El pago de su pasaje a Francia, de hecho, todas las monedas que pudo reunir para este viaje repentino, clandestino, tintineaban en la parte inferior de la modesta bolsa mientras seguía de cerca detrás de James, sus pies calzados con botas chapoteando en la nieve y fango. Colgado de su hombro con una gruesa correa de cuero y golpeando contra su cadera mientras corría estaba un bolso diferente, este más grande, más pesado, el contenido mucho más valioso. En este segundo bolso contenía el propósito de su arriesgado viaje. La razón por la que dejó Clairmont para desafiar el arduo viaje a Londres y ahora se encontraba dispuesta a poner su destino en manos de un hombre como monsieur Ferrand de Paris. En pocas palabras, no tenía elección. 1 Aye: Manera escocesa de decir sí.
  8. 8. Su hermano, Kenrick, no había vuelto de un viaje de otoño al Continente, pero no fue hasta que una demanda de rescate llegó a Clairmont solamente hace unas cuantas noches que Ariana entendió la razón de su retraso. Estaba siendo retenido por enemigos de los cuales ella no sabía nada, poderosos enemigos que habían tomado un interés en algo que Kenrick había estado estudiando. Tenía un mero mes de tiempo para reunir y entregar el rescate en secreto, o su amado hermano moría. Reunir estas demandas considerables sería una tarea bastante difícil en un buen tiempo, pero casi imposible cuando era pleno invierno en el reino. Pero no le fallaría. Kenrick siempre había estado ahí para ella, desde que era una niña. Su mejor aliado, el amigo más querido. No iba a fallar ahora. Que Dios la ayudara, no podía. Ariana silenciosamente entonó el voto cuando James se detuvo en la puerta de la taberna. ―Quédate cerca ―repitió, entonces agarró el picaporte de hierro con el puño enguantado y empujó la gruesa puerta con el hombro para dejarle paso. Una ráfaga de viento casi hizo a Ariana volar en la penumbra de la taberna iluminada por una lámpara. El silbido del vendaval alzó el dobladillo de su manto mientras cruzaba el umbral, azotándolo alrededor como una vela sin atar. La nieve lisa, se arremolinaba en sus pies mojados, añadiéndose a un charco de agua lodosa que se había acumulado en la pendiente del piso gastado por pisadas solamente más allá de la puerta, un charco que no vio hasta que estuvo parada sobre él, sus botas empapadas tomando más agua aún por el largo momento que le tomó a sus dedos de los pies sentir el frío añadido. No se atrevió a gritar cuando se apartó del frío charco, tal vez porque estaba demasiado cansada. Tal vez porque era reacia a llamar más la atención sobre su llegada en la taberna llena de humo, sorprendentemente atestada. Así las cosas, un buen número de cabezas estaban ya levantadas de sus copas, demasiados pares de ojos arraigando sobre la joven noble con el manto forrado de zorro que sin duda ella debería saber mejor que no debería vagar hasta aquí abajo en la zona portuaria de la ciudad. Ariana se quitó la capucha y se tragó su repentina inquietud. Cuadró los hombros en una actitud que esperaba transmitiera confianza, pero estaba muy agradecida por el bulto sólido de James a su espalda
  9. 9. mientras tiraba la puerta cerrada detrás de él, y luego se acercó para estar protectoramente a su lado. Por el rabillo del ojo, lo vio enganchar su manto alrededor de la empuñadura de su espada envainada, una declaración clara de que cualquier persona con intenciones sobre ella tendría que pasar primero a través de él. James asintió con la cabeza un saludo conciso al encargado de la taberna. ―¿Ferrand de Paris? ―Aye. Ahí, señor ―fue la respuesta, acompañado por un movimiento de la canosa barbilla del anciano. Ariana siguió el gesto con la mirada, hacia una mesa en la esquina de la habitación. El corpulento comerciante francés, de rostro grasoso, se dedicaba a conversar con otro hombre que estaba sentado en un banco frente a él, un gigante de hombros anchos, con el cabello demasiado largo y despeinado por el viento, que brillaba oscuro y lustroso como la más rica marta cibelina2 contra su pálida túnica de lana gris. Estaba de espalda a ella, pero aún sin ver su cara, Ariana claramente podría decir que su porte orgulloso y comportamiento lo marcaban como un hombre de cierta importancia. No era un simple caballero, pues no había espuelas de montar en los talones de sus botas de cuero altas, y aunque llevaba una espada al cinto, el centro del pomo brillaba con la iridiscencia lechosa del nácar. Un noble, adivinó, quizás negociando sobre uno de los tesoros finos del comerciante extranjero, o, mejor dicho, argumentando, se corrigió, ya que ella y James se acercaran lo suficiente para oír la voz profunda y gruñendo del forastero. ―No me insultes, Ferrand. Este es un asunto sencillo. Me contrató para entregar las sedas y lo hice. Más de un mes. Ahora, quiero lo que me debes, o me llevo tus bichos. El hombre hablaba el francés normando de las clases nobles de Inglaterra, su acento culto tan suave como una piedra pulida, aunque su amenaza llevaba el áspero y desnudo filo de una cuchilla dentada. Monsieur Ferrand evidentemente 2 Marta cibelina: El color de ese animal es el más preciado y se le conoce con el sobrenombre de “diamante‖negro”.
  10. 10. comprendió el peligro que provocaba, pues su nariz tembló, y la copa que llevaba a los labios se bamboleó en su mano inestable. La bajó sin beber. ―Vamos, vamos, resolvamos esto como caballeros ―dijo él, una sugerencia que valió un juramento resoplado desde el otro lado la mesa―. Encuéntreme en el muelle en la mañana y con mucho gusto le pagaré su parte justa del comercio. El hombre de la túnica gris se paró del banco, sus grandes manos apoyadas en el borde de la mesa. La empujó con fuerza mientras se levantaba, atando al comerciante en la esquina con el peso de la mesa a través de su torso. ―Vas a pagarme esta noche, Ferrand. Estoy harto de tu retraso. Ariana había supuesto que el hombre era alto cuando lo espió la primera vez desde el otro lado de la habitación, pero no había estado preparada por la enormidad de su persona hasta que se encontró a escasos dos pasos de él en la mesa. Él agarró su manto del banquillo y se alejó de monsieur Ferrand con un gruñido, un movimiento que lo trajo cara a cara con Ariana y James, que se situó a su lado, ahora deliberadamente aclarándose la garganta como si pidiera una disculpa del hombre. No ofreció tal cortesía. El pícaro de cabello oscuro se detuvo poco antes de pisotearlos e hizo una pausa allí, por encima de Ariana en un silencio grosero, una extensión amenazadora de músculos y apenas contenida furia. Pero si su tamaño considerable y su estado de ánimo inestable la desestabilizaron, no fue nada en comparación con la sacudida de horror que sintió cuando echó la cabeza hacia atrás y alzó la vista a su cara. Demasiado duro para ser guapo, irradiaba una energía implacable, despiadada, que se hizo todavía más fría por la presencia de una terrible cicatriz que corría la longitud diagonal de su mejilla izquierda. El largo plateado ribete de piel marcaba una vieja herida que debía haberlo cortado desde la sien hasta la mandíbula. Había sido un corte salvaje, tal vez con la intención de matarlo, la hoja había seguido su camino hacia abajo a su garganta. Ariana era vagamente consciente de que su mano, se había ceñido protectoramente a su cuello mientras miraba al ceño enfadado del forastero. Debió haber jadeado al verlo, era comprensible, pero el hombre pareció no inmutarse por su reacción. De hecho, la torcedura irónica de sus labios, el estrechamiento de sus ojos gris humo
  11. 11. bajo las pesadas oscuras cejas, sugirió que tomó como una diversión su susto. Él le devolvió la mirada un momento más de lo que un caballero debería, recorriéndola, desde la parte superior de su pequeño elegante sombrero de viaje, a las puntas de sus empapadas botas de cuero de becerro. Claramente oyó la carcajada en voz baja antes de que inclinara la cabeza ligeramente, un movimiento sutil que hizo a un mechón de su espeso cabello negro caer hacia adelante para cubrir parte de la cicatriz, aunque nada podía borrar el salvajismo de su rostro por completo. Con una mirada persistente en Ariana, a continuación, un tardío reconocimiento de James, el hombre dio un paso alrededor de ellos sin decir una palabra para acechar fuera de la taberna y en la bravuconería invernal. ―Monsieur Ferrand, ¿está bien? ―preguntó Ariana, una vez que el desconocido había desaparecido―. ¿Quién era ese hombre horrible? ―Oh, ¿él? ―El francés se había desenredado de su posición atrapada en la esquina y levantado para saludarlos―. No se preocupe, no es nadie. Sólo uno de mis socios. ―Movió su mano en despido casual―. Siéntese, siéntese, por favor. Vamos a continuar con nuestro propio negocio, ¿eh? Cuando Ariana se movió para aceptar la invitación para unirse a él en la pequeña mesa, el asimiento firme de James en su codo la detuvo. ―¿Todos sus socios tienen que amenazarlo para ver ganancias con sus negocios, Ferrand? ―Ese hombre es un ladrón y un sinvergüenza, monsieur Le Chevalier. Ahora trata de añadir la extorsión a su bolsa de trucos. Usted lo vio, después de todo, la bestia insolente. ¿Le pareció un hombre en el que confiaría en su palabra? ―No de todo ―gruñó el guardián de Clairmont―. Pero entonces no estoy seguro que usted lo haga tampoco. ―James ―interrumpió bruscamente Ariana, disparando una sonrisa de disculpa a su anfitrión―. No queremos insultar a monsieur Ferrand, ahora, ¿verdad? Ciertamente, no cuando él amablemente ha estado de acuerdo con proporcionarnos transporte a Francia. ¿Te olvidas de cuánto preguntamos al llegar a Londres? No había casi nadie dispuesto a hacer la travesía tan rápidamente como
  12. 12. necesitamos. La ayuda de monsieur Ferrand es muy apreciada, y estoy segura de que es un hombre de palabra. Se dio cuenta de que James se mantuvo escéptico a pesar de su intento de persuadirlo, pero no dijo nada más para indicar su desconfianza. Él sabía lo que estaba en juego aquí. Él entendía la urgencia, cerca de la desesperación, del deseo de Ariana de llegar a Francia. James había servido a su familia casi toda su vida, no pondría en peligro la seguridad de Kenrick más de lo que ella lo haría. ―Sí, bueno, entonces ―dijo el francés en el momento de silencio que siguió―. Vamos a concretar los términos de nuestro acuerdo, milady, puede hablar usted misma sobre los términos de nuestro acuerdo, ¿o su marido hablará por usted? ―No estoy casada ―dijo Ariana, sentándose en el banco enfrente a Ferrand―. Sir James viene de Clairmont como mi escolta. ―Guardaespaldas de la dama ―agregó James―, por si las cosas toman un giro desafortunado. Monsieur Ferrand enseñó los dientes en una sonrisa mal confeccionada. ―Una tarea que usted emprende con un admirable celo, ya veo. ¿Quién no lo haría, cuando el cuerpo que uno guarda es tan hermoso como el de ella? A Ariana no le gustó lo que la afirmación implicaba, tampoco omitió la tensión arrastrándose en los rasgos de James mientras bajaba la vista hacia monsieur Ferrand. ―Sus términos, comerciante. Vamos a llegar a ellos sin más tardanzas, para eso es esta reunión. ―Creo que acordamos siete libras esterlinas, ¿no, monsieur? Ferrand se apartó de James para tratar con Ariana. ―Sí, milady. Esa fue la suma.
  13. 13. ―Muy bien. ―Ariana tomó el monedero de su cinturón y se puso a contar el alto precio del pasaje―. Ahí está ―dijo, deslizando la pequeña pila de monedas hacia el marinero mercante―. El pago total y por adelantado, como usted requirió. Los regordetes dedos del francés se enroscaran alrededor de la plata, que desapareció en su monedero de fino brocado. ―Es un placer hacer negocios con usted, demoiselle3 . ―Sonrió abiertamente, y luego señaló a una moza que le trajera otra copa de cerveza―. Únase a mí para refrescarse, ¿le parece? Después le mostraré mi barco. Le aconsejo que pase la noche debajo de la cubierta, así podríamos zarpar hacia Francia con la próxima marea. Ariana declinó cuando la criada vino a la mesa y le ofreció un vaso de cerveza. ―Si este es el caso, monsieur, ¿nos llevará a su barco ahora? Los últimos dos días han sido bastante largos y atribulados. Me gustaría mucho descansar un rato mientras prepara nuestra travesía. Ferrand gruñó en su jarra llena de cerveza. ―Como usted desee ―dijo, dejando la copa en la mesa con un encogimiento de hombros. Al pararse, se puso un manto azul oscuro que colgaba de una percha cercana. ―Estoy atracado justo bajando el Támesis en la calle Queenhithe. Por aquí, s'il vous plait4. Siguieron al comerciante hacia la puerta. Un grupo de marineros con aspecto rudo acomodados en una mesa en el centro de la habitación, algunos conocidos de Ferrand, evidentemente, porque les saludó en francés y los tocó en el hombro mientras caminaba. Cinco caras barbudas se giraran al saludo del comerciante, algunos abiertamente miraron con lasciva a Ariana. ―Algo está mal. No me gusta el aspecto de esto, milady ―le susurró James mientras salían a la calle con Ferrand. Ella podía sentir la tensión del caballero a su 3 Demoiselle: Damisela. 4 S'il vous plait: por favor.
  14. 14. lado, sabía que sus instintos de combate estaban en alerta incluso antes de que viera su mano reposar en el puño de su espada en previsión de problemas. No tardó mucho en llegar. Ferrand se puso un par de guantes de cuero mientras se situaba bajo el abrigo de los aleros del tejado de la taberna. Todavía seguía cayendo llovizna y el frío, seguía tan oscuro como en el crepúsculo aunque fuera pasado el mediodía. El comerciante no parecía preocuparse demasiado con el tiempo. Se quedó allí, sonriendo expectante. ―¿Cuál es el camino a su barco? ―preguntó James―. Nosotros no queremos estar alrededor de esta inmundicia congelada todo el día. ―Te lo dije, serjant ―habló Ferrand arrastrando las palabras, utilizando el término despectivo para un soldado de la clase inferior―. Estoy atracado en el muelle de abajo. Pero usted se quedará aquí, pienso. El jadeo de Ariana subrayó el juramento vívido de James. ―¿Cuál es el significado de esto, monsieur Ferrand?‖Le‖pagamos‖por‖el‖pasaje< ―Usted me pagó su pasaje, demoiselle. No el suyo. Él se queda. James dio un paso hacia adelante, listo para estocar al pequeño mercante. ―Porque nos engañaste bastardo. Sabía que llevabas el hedor de un ladrón en ti. Antes de que pudiera acercarse lo suficiente para agarrarlo, el grupo de marineros de la taberna apareció en la calle detrás de ellos. Dos hombres enormes se apoderaran de los brazos de James y los tiraran hacia atrás hasta que su rostro se contorsionó de dolor. Mientras luchaba inútilmente, otro le robó su arma y la blandió ante él, riendo maliciosamente. ―¡Un momento, por favor! ―gritó Ariana, aterrada por James y por sus posibilidades de llegar a tiempo para ver a Kenrick comenzando a desaparecer. Con las manos temblorosas, aló el cordón de su monedero y buscó alrededor por otras siete monedas. Metió el puñado de plata en la mano de monsieur Ferrand―. Aquí. Tómelo. Ahora, por favor, déjelo ir. No queremos más problemas. Usted
  15. 15. estuvo de acuerdo en llevarnos a Francia y le hemos pagado para hacerlo. ¿Qué más quiere? ―Esto no es sobre el dinero ―dijo James con los dientes apretados cuando el francés tomó las monedas de Ariana. Aunque Ferrand no lo negó, extendió la mano y de un tirón quito el bolso de Ariana de sus manos. No quedaba mucho en el pequeño monedero, pero era todo lo que tenía y la pérdida de ello la envió a un ataque de rabia. Con un grito, voló a Ferrand, rasguñándolo, dándole de patadas, golpeándolo con sus puños. ―¡Quítenme este gato rabioso de encima! ―gritó a sus hombres, mientras trataba de defenderse de su asalto. Sintió un último tirón satisfactorio de su piel donde sus uñas le rastrillaron la cara, pero luego fue capturada en un tornillo de lana agria de sudor y fuerte resistencia. Los dos últimos marineros tenía cada uno un asimiento de ella: uno encerró sus brazos a los costados, levantándola del suelo, mientras que el otro la agarró por las piernas, zarandeándola y sujetó los pies apretados en sus puños. Se inclinó y sacudió, pero no hubo forma de escapar de su control sobre ella. Incluso sus gritos resultaron de poco uso, casi tragados por el aullido del viento de invierno. ―Llévala al barco y enciérrala en la bodega ―ordenó Ferrand―. Y no la magullen demasiado. En la feria su piel me va rendir un hermoso precio en el mercado de esclavos, incluso después de hacer uso de ella. ―¡Maldito seas, Ferrand! ―rugió James―. ¡Te enviaré directamente al infierno si siquiera respiras sobre ella! Ariana luchó de nuevo contra sus ataduras, peleó contra sus captores por todo lo que valía la pena, ya que ellos comenzaron a transportarla lejos de la taberna y hacia un callejón que conducía a los muelles. Echó una última mirada a James, todavía sostenido por los hombres de Ferrand y corcoveando como un hombre enloquecido. El tercer marinero llevó el puño al estómago de James, doblándolo antes de golpear con su rodilla la cara del caballero. Ariana llamó por su viejo protector, el caballero que vino con ella de buen grado en esta desgracia, que le advirtió de los riesgos de confiar en un hombre como
  16. 16. Ferrand y aun así se quedó a su lado a pesar de sus dudas personales. Imploró para que él la perdonara, pero dudaba de que la escuchara. Estaba a mitad del camino por el callejón ahora, la lluvia helada escocía en su rostro, el olor a pescado y salmuera atacando las ventanas de su nariz cuando la llevaron más cerca de los muelles. Rezó para que los hombres de Ferrand no dañaran mucho a James, que de alguna manera los venciera y escapara. Era un hombre fuerte, después de todo, y muy cualificado como caballero. Si había una manera, él se liberaría. Querido Señor, tenía que hacerlo. Al igual que ella debía encontrar una manera de escapar por sus propios medios ahora. Continuó gritando y retorciéndose, determinada a no rendirse tan fácilmente a cualquier destino que le aguardara en el barco de Ferrand. Por fin, su resistencia le dio una modesta recompensa. Se sacudió y pateó, y consiguió finalmente liberar una pierna. Su bota golpeó una tabla de madera del muelle y en un latido del corazón siguió la otra. El aguanieve implacable había disminuido el asimiento del bribón sobre ella lo suficiente para que con un combate renovado de torcer y esquivar, se pudo parar, aún sostenida por los brazos, pero a mitad del camino hacia la libertad. La libertad, sin embargo, era un término relativo, pues todo a su alrededor era la agitada oscuridad espumosa del Támesis. Con el fin de escapar de Ferrand y sus hombres, tendría o bien que pasar por delante de ellos y volver corriendo encima del muelle, o dar un salto hacia el río helado con la esperanza de que sería lo suficientemente fuerte como para nadar a un lugar seguro en alguna parte a lo largo de los muelles. Ninguna de las opciones parecía demasiado prometedora, pero siguió luchando, siguió trabajando para escapar. ―¡Sostenla todavía, o se va! ―gritó el hombre que frenéticamente trataba de recuperar sus piernas―. ¡La perra va a romper mis dedos con su paliza!
  17. 17. Con una atadura como de hierro alrededor de sus brazos y pechos apretados hasta el punto de dolor, el hombre que la sujetaba se rió entre dientes, respirando con vehemencia contra su oído. ―Es una luchadora. Llena de fuego, como me gusta. ―¡Animales! ―lloraba―. ¡Déjame ir! ¡Alguien me ayude, por favor! Su súplica fue totalmente ignorada, como sabía que sería, su histérico grito casi ahogado por la risa burlona de los hombres y la continua tormenta. Ariana escuchó truenos rodando en algún lugar detrás de ella, un estruendo rítmico que sacudió los tablones de madera debajo de ella, reverberando en las suelas de sus empapadas botas. Estaba empapada y escurriendo en el frío y cansándose rápidamente, su respiración salía áspera de sus pulmones doloridos en bocanadas delgadas de vapor. Tiró contra las ataduras que la sujetaban, pero en realidad no tenía idea de cuánto tiempo más podría luchar. ―¿Qué dices de darnos un pequeño gusto antes que el capitán venga, eh, ma petite5 ? Repugnancia enrolló el vientre de Ariana ante la insinuación repulsiva que sopló en su cuello como una caliente sugerencia, moviendo a tientas la mano. Con toda la fuerza que le quedaba, inclinó la cabeza hacia adelante y luego la empujó atrás con fuerza. Con un brutal golpe que sonó justo en la parte posterior de su cráneo cuando conectó con el cartílago y el hueso de la cara de su captor. Él aulló y perdió el asimiento sobre ella para agarrarse la nariz. Ariana se lanzó hacia adelante para escapar, pero sólo logró dar dos pasos, atrapada inmediatamente por el segundo bruto. ―No deberías haber hecho eso ―gruñó―. Mi amigo, Rene, es muy delicado sobre su aspecto. Pero una fractura en la nariz era la menor de las preocupaciones actuales del hombre. Desde la penumbra detrás de él vino una figura oscura, grande e imponente. Ariana se esforzó para ver una cara dentro del encapuchado manto del hombre, pero el aguanieve y la nieve seguían cayendo en una cegadora inclinación, 5 Ma petite: Mi pequeña.
  18. 18. ocultando todo excepto la mole de su cuerpo y la espada enorme que tenía una cuchilla de plata en color gris carbón en la tarde invernal. ¡James!, pensó Ariana en una avalancha de pánico y alivio repentino y profundo. Lo que había escuchado acercándose habían sido las botas, no truenos. Por la gracia de Dios, la había encontrado después de todo. Pero, ¿cómo se las había arreglado para escaparse de los hombres de Ferrand? El viejo caballero nunca se había visto tan formidable, ni tan capaz de hacer daño como lo hizo cuando acechó a Rene. En un momento el bellaco tosía y jadeaba maldiciones sangrientas a Ariana, al siguiente, estaba muerto al final de la lámina implacable de su salvador, su cuerpo flojo cayendo por el borde del muelle y chapoteando en el río helado. ―¿Qué demon<? El amigo de Rene juró y se apresuró a sacar su propia arma, empujando a Ariana a un lado con fuerza suficiente para enviarla deslizando en sus rodillas sobre el muelle. Se estrelló contra un montón de barriles que fueran atados a un lado de la pasarela, los recipientes de roble en bruto y un manojo de redes de carga fue todo lo que la salvó de una zambullida en la fría agua negra del Támesis. Unos doce pasos adelante de ella, los dos hombres estaban enfrentándose en una batalla mortal. Sus espadas sonaban por encima del crujido colgante de los muelles, y el constante azote de la tormenta. Ariana miró con terrorífica fascinación como James esquivaba hábilmente cada golpe que procedía del hombre de Ferrand, sólo para entregar un aluvión de castigos a empujones y golpes que dejaron a su oponente jadeando y raspado en una rodilla. El marinero estaba derrotado. Dejó caer su arma y se agarró al borde del manto de James, suplicando por su vida. Ariana se relajó un poco, contenta de que todo había terminado. Dejó escapar un pequeño suspiro de alivio, esperando que James aceptara la rendición como su honor lo obligaba a hacer. Durante un largo momento, él no se movió, simplemente se quedó allí, su aliento rodando entre sus labios en una nube espumosa de vapor mientras que el pálido hombre de Ferrand seguía rogando por su vida.
  19. 19. Ariana se paró como en un sueño, curioso, y no poco agitado. Dio un vacilante paso adelante, a tiempo de ver que el hombre de Ferrand no recibiría ninguna piedad en absoluto. A tiempo de ver la cara oculta a ella hasta ahora, la cara que giró hacia ella con furia mientras se acercaba, no pertenecía a James en absoluto. Era él. El forastero grosero de la taberna, el pícaro hombre de la horrible cicatriz. Él no parecía darse cuenta de su asombro. De hecho, casi no parecía tener un cuidado por ella en absoluto. Echó su mirada penetrante hacia atrás al montón lloriqueando a sus pies. En su brazo la espada enorme surgió de debajo de su capa, luego, con una facilidad que decía que había hecho eso mil veces antes, arrojó su arma en un arco hacia abajo e integró la longitud de acero en el pecho del otro hombre, matándolo con una eficacia rápida y absoluta falta de remordimiento. Sacó su espada, la limpió en el bulto del muerto y la envainó antes de patear el cuerpo sin vida sobre el borde del muelle. Entonces se volvió una vez más a Ariana. ―Venga conmigo ―le indicó, su gran mano enguantada extendida. ―N-no. ―Ariana dio un paso hacia atrás, tropezando con la red de carga en los talones. Negó con la cabeza, aturdida por lo que acababa de presenciar, aterrorizada que este hombre era su salvador improbable, tal vez su única esperanza―. Aléjese de mí.‖Tengo‖que‖encontrar‖a‖James< ―El hombre está muerto. Lo mataron, llevaron su cuerpo hasta el callejón. Yo lo vi. ―No ―susurró Ariana, su corazón rompiéndose con el pensamiento―. No, no puede ser. ―Deme su mano, demoiselle. ―Él le frunció el ceño, la impaciencia apretada alrededor de su boca y en su tono de voz―. Su mano, milady. No quiero hacerle daño. Ariana se quedó mirando fijamente esa oferta ampliada de ayuda, en el brazo fuerte y firme extendido a ella a través de la lluvia y nieve. Sus opciones eran pocas y fugaces cuanto más tiempo permaneciera en los muelles. Había perdido todo su
  20. 20. dinero y su medio de transporte a Francia. Que el cielo la ayudara, incluso había perdido a James, un pensamiento que casi minó la poca fuerza que permanecía en sus temblorosas piernas. Se quedó mirando a aquel forastero lleno de cicatrices y mortal, intuyendo que podría ser peligroso confiar en él, aun sabiendo que lo más probable es que él era su única esperanza de sobrevivir a la noche. Y tenía que sobrevivir. Tenía que encontrar otra manera de llegar a Francia antes que los captores de su hermano actuaran en su amenaza de hacerle daño. Él se movió hacia ella, los tacones de sus botas repercutiendo sordamente en las tablas del muelle. Su cabello negro goteaba y descansaba contra sus fuertes pómulos y la frente; la siniestra cicatriz en el lado izquierdo de su rostro brillaba de color blanco plateado mientras hablaba. ―Ahora, milady. A no ser que prefiera tomar sus posibilidades con ese fornicador, Ferrand. Apisonando el temor que se levantó para sofocar el aliento de sus pulmones, Ariana le tendió la mano a su salvador improbable, y fue hacia él.
  21. 21. Capítulo 2 Braedon le Chasseur no era el tipo de hombre inclinado a acudir en ayuda de damiselas en peligro. Que lo hiciera ahora, y por una chica de alta cuna quien le había considerado con nada menos que repulsión y miedo cuando puso sus ojos por primera vez en ella, deberían haberle dicho que era una mala idea. Una mirada a la arrogante joven mujer, ricamente vestida y pobremente protegida, indicaba hasta qué punto estaba fuera de su elemento. Tan fuera de lugar en la taberna del puerto como un cordero en medio de una furiosa manada de lobos, probablemente sería asesinada o pervertida antes de que la noche pasara. No es que debiera ser de su incumbencia. No debería haberse entretenido en el establo de la calle Támesis, dónde había estado esperando, sintiendo que los problemas vendrían pronto después de abandonar su reunión con Ferrand. Debería haberse alejado cuando oyó la refriega y el grito femenino viniendo del callejón que guiaba a los muelles. Debería haberse mantenido en sus propios asuntos, girar por el otro camino y dirigirse a su bote, que estaba amarrado más allá de los muelles, cerca del puente de la vieja ciudad. No necesitaba los problemas que estaba buscando ahora, no cuando había pasado la mayoría del último año y medio moviéndose en la cubierta de las profundas tierras sombrías, un fantasma de quien una vez había sido, todo excepto anónimo ahora, deliberadamente evitando su vieja notoriedad. De pie en el presente, estuvo a solo un momento de dejar a la joven mujer allí en Queenhithe cuando ella finalmente parpadeó de su estado de desconcertante sorpresa y tomó su mano. Corrió con ella, fuera del muelle y subió a la amplia extensión del embarcadero. Sabiendo que Ferrand y sus dos esbirros no podían estar muy lejos, Braedon había planeado eludir la calle y seguir por la parte de atrás de los edificios hacia su bote río abajo. Pero la duda de la chica les había retrasado una fracción demasiado larga.
  22. 22. Ferrand llegó alrededor de la esquina de un edificio en la calle Támesis, sus dos compañeros de tripulación cerca detrás de él como corpulentos lobos, trotando a lo largo de los talones de su maestro. Desde la cabeza del callejón, Ferrand paró de repente, situando a Braedon y a la chica. ―¡Tráiganlos! Los dos hombres salieron en una carrera a la orden de Ferrand, cargando por la pasarela y dispersándose para atajar cualquier ruta de escape. Un hombre sacó un largo cuchillo de marinero de debajo de su manto. El otro tenía una espada, así como Ferrand, quien corrió por el muelle casi al mismo paso que sus compañeros gruñendo, enfurecido y gritando como un loco. ―Ah, infiernos ―maldijo Braedon, recobrándose de tener que jugar al salvador con los dos primeros hombres y no con ganas de enfrentarse contra los tres que se aproximaban. Era demasiado viejo para esto a los treinta años. Sus huesos dolían con la incesante llovizna invernal, y su cabeza golpeaba con el conocimiento de que podría haber estado durmiendo en su cabaña ahora mismo, o mejor aún, caliente en su cama con alguna agradable compañía femenina. En su lugar, estaba de pie probablemente a una oportunidad de conseguir que sus tripas se derramasen por todo el muelle en un corto tiempo. ―¿Qué vamos hacer? ―gritó su no deseada compañía en este lío, la razón por su reciente aprieto. ―¿Nosotros? ―dijo arrastrando las palabras, entonces se rió por la ironía cuando su mano fue a la funda de su espada―. Parece que tenemos un gran problema con el que tratar esta noche, demoiselle. Braedon giró su cabeza, haciendo un rápido escaneo de sus alrededores, buscando algún lugar para enviar a la mujer donde podría hacer una escapada limpia, o al menos estar fuera de su camino mientras trataba con Ferrand y sus compañeros. Pero no había a dónde podría ir y los hombres de Ferrand se estaban acercando. ―Retroceda ―le ordenó, la empujó detrás de él con un barrido de su brazo―. Solo quédese fuera del camino, retroceda cerca del muelle.
  23. 23. ―¡Espere! ―Cuando él comenzó a alejarse de ella, lo agarró de la manga, su agarre sorpresivamente fuerte para un mero desliz de una cosa―. ¿Está loco? Deberíamos dejarles atrás. ―No hay tiempo. ―Apartando su brazo de ella, sacó su espada. ―Pero no puede querer luchar con los tres al mismo tiempo... ¡van a matarle! ―Quizás. ―Se encogió de hombros y le lanzó una mirada que probablemente era más insensata de lo que él se sentía―. Si me matan, entonces le aconsejo correr. Acechando hacia delante, la espada lista, él se reunió con el primer hombre para alcanzarle, el que tenía un cuchillo de apariencia fea. Braedon esquivó el primer vicioso golpe, encontrando difícil maniobrar en los ingeniosos y helados cristales que estaban comenzando a fijarse en las amplias tablas del muelle. Recuperó su equilibrio y embistió para contraatacar, pero el hombre lo vio venir. Se giró fuera de la trayectoria de la hoja y cortó el brazo de la espada de Braedon, cortándole por encima de su muñeca. Braedon rugió por el creciente ardor del corte, pero no por el dolor. Sentir su carne cortada debajo del duro borde del acero, ver su sangre oscurecida a la luz gris en la manga de su túnica, el olor metálico de la misma llenando sus fosas nasales con el olor del combate y la rabia, despertó a Braedon como un hombre saliendo de un largo y profundo sueño. Giró, levantando su espada en un juramento gutural. La hoja fue hacia abajo, fuerte, pesada y rápida. El hombre con el cuchillo movió su brazo para balancearse otra vez. No lo bastante rápido. El arma de Braedon golpeó en la carne y el hueso con un discordante ruido sordo, cercenando la mano del hombre en un golpe limpio y enviándola catapultada a la oscuridad del río. Aprovechando el momento de horror cuando el hombre miraba boquiabierto su brazo, con la boca abierta, la mente demasiado sorprendida para gritar, Braedon se balanceó con su espada y golpeó al hombre mortalmente en el muelle. ―Tú eres el siguiente, Ferrand ―se burló con una calma letal cuando el francés se acercó a él con su último seguidor―. Apuesto que tu muerte venció hace mucho.
  24. 24. ―Estoy seguro que podemos trabajar en esto, tú y yo ―replicó Ferrand, levantando sus hombros en un encogimiento casual―. No tengo deseos de violencia. Si quieres a la moza, tómala. Ferrand sonrió, pero incluso en la brumosa niebla gris, del día Braedon podía ver el brillo del miedo en los ojos del francés. Captó la sutil dirección que estaba tomando el compañero de Ferrand, un rápido movimiento de una mirada que ordenaba al hombre moverse hacia Braedon desde el otro lado. Déjale venir, pensó, pretendiendo no notar la trampa y retrocediendo lentamente para guiar a los dos hombres lejos en el muelle. La chica vio venir el problema, también. Desde detrás de él la oyó susurrar la advertencia. ―Tenga cuidado ―dijo ella, sus ligeros pasos retrocediendo a la parte de atrás del muelle, hacia la seguridad si él sobrevivía, o una muerte aislada si no lo hacía. El hombre de Ferrand hizo su movimiento, de repente, con un rugido de malicia sedienta de sangre. Él cargó desde la derecha y cayó encima de Braedon, forzándole a retroceder hacia el muelle mientras Ferrand cerraba la retaguardia. La espada de Braedon chocó contra la del otro hombre, el rechinar del metal contra el metal ―una vez, dos, y luego otra vez― aumentaba en el aire a su alrededor. Braedon empujó contra la fuerza del arma de su oponente, conduciéndola hacia atrás, pero el hombre era un toro. Siguió viniendo a él, evitando torpemente golpear su cuchillo como un carnicero. ―¡Mátale, idiota! ―gritó Ferrand. El comerciante había retrocedido desde su ataque. Braedon le vio lentamente retroceder de la pelea, evidentemente decidiendo que podría escapar mientras tenía la oportunidad. Braedon no estaba por dejarle irse. Sintió que el tacón de su bota se enganchaba con algo en el suelo a su espalda, una red, apilada en un montón descuidado en el muelle. Cerca se encontraba un grupo de grandes barriles de roble. Agarró el borde de uno con su mano izquierda y lo tiró delante de él, arrojándoselo a los pies del grande hombre. Este golpeó al bruto haciéndole perder el equilibrio y perdiendo su arma, la cual Braedon pateó lejos. Con un juramente bramado, el hombre de Ferrand se tambaleó en el borde del muelle, luego cayó con un
  25. 25. chapoteo. Braedon quería saltar detrás y terminar con él, pero su atención fue lanzada sobre su hombro, hacia el sonido de los rápidos pasos retrocediendo. Ferrand ya estaba a medio camino del muelle y dirigiéndose a su propio barco. Braedon despegó en una carrera, sus botas golpeando las húmedas tablas del muelle mientras perseguía al corpulento comerciante cobarde. La lujuria de sangre latía en sus venas con cada paso que le acercaba. Alargó la mano hacia él y le perdió, un fracaso que solo le impulsó más fieramente. Con un grito salvaje, Braedon saltó encima de Ferrand y le tiró al suelo. Intentó gatear lejos, arañando las tablas del muelle, agitándose bajo el peso de Braedon. Agarrándose a su hombro, Braedon le tiró sobre su espalda y lanzó un puñetazo a la cara del francés. Retrocedió y lanzó su brazo para alcanzar su espada, la cual había perdido al capturar a Ferrand. ―Levántate ―le ordenó al comerciante. El golpe había aturdido a Ferrand. En su cintura, uno de sus monederos de monedas se había desatado y perdido algunos de sus beneficios. Braedon lo alcanzó y tiró de la bolsa de su cinturón, fijándolo a su propio cinturón con un diestro nudo corredizo. ―De pie, y toma tu arma, a menos que prefieras que te ensarte dónde te encuentras. Ferrand sacudió su desorientación con una maldición, poniéndose de rodillas cuando miró a Braedon. ―¿Crees que no te conozco? Oh, sí ―dijo él alrededor de una risa sin aliento―. Sé quién eres, monsieur. Lo sé todo sobre ti. Un raro picor de expectación creció a lo largo de la parte de atrás del cuello de Braedon. Miró duro al pequeño hombre gordo, despreciando el brillo de diversión que iluminó la mirada del comerciante. Sintió su mano tensarse en su espada, su sangre latiendo pesadamente en sus sienes. Agarró al comerciante por el hombro de su abrigo y le levantó, el brazo con su espada preparado para golpear. ―Tuviste tu oportunidad, Ferrand. Ahora muere.
  26. 26. Braedon levantó su arma, y oyó un grito femenino de terror sonando en la distancia detrás de él en los muelles. Lanzó una mirada sobre su hombro. A través del aguanieve que caía, vio a la joven mujer luchando con el hombre con el que debería haberse tomado su tiempo para matarle antes de salir detrás de Ferrand. El perro callejero aún estaba medio sumergido en el río pero saliendo por el muelle para llegar a ella. ―¡Maldición! Braedon tuvo menos de un segundo para decidir: terminar con Ferrand, o ir a la chica. Cada instinto de batalla le ordenaba que cortara al grasiento pequeño comerciante, pero le costaría un precioso tiempo. Ferrand calculo el problema al mismo tiempo. Se giró ligeramente en el agarre de Braedon, su risa pequeña, pero llena de diversión. ―En otro momento, monsieur. Braedon sintió un extraño hormigueo ligero en sus dedos, un hormigueo que rápidamente se extendió a su mano y subió a lo largo de su brazo, poniéndole los pelos de punta. Giró la cabeza hacia Ferrand... y encontró que no sujetaba nada excepto aire vacío. ―Jesús. ―Jadeó, anonadado y no del todo seguro de que sus ojos registraran la verdad. El comerciante se había ido. En su mano un momento, al siguiente, simplemente desapareció en la llovizna. En el muelle a pocos pasos de distancia de él, luchando en el suelo, una enorme rata marrón. Se detuvo, heridas de Dios, ¿eso paró para mirarle?, antes de huir a las sombras del muelle. No. Imposible. La pesada aguanieve, la oscura neblina, todo eso conspiraba para confundirle. Su agarre en Ferrand debió haberse aflojado lo suficiente para que él se alejara. La tormenta estaba golpeando tan fuerte que podría haber disfrazado sus pasos de retirada. El aguanieve en sí misma podía haber enmascarado al comerciante cuando se escapó para esconderse en algún lugar en el muelle.
  27. 27. La gente no desaparecía en el aire. La carne y el hueso no se alejaban como el vapor. Y sin embargo... La chica gritó otra vez, alejando la atención de Braedon de la sensación perturbadora que hormigueaba en su vientre. Apartó la lluvia de sus ojos y apartó a Ferrand de su mente para enfocarse completamente en la chica. La vio inclinada y agarrando algo, la red, se dio cuenta cuando ella luchó con el peso empapado de esta y la lanzó sobre su atacante. Eso le detuvo, pero aún se las arregló para acercarse y asirla por el tobillo. Braedon estaba en el muelle y corrió hacia ella antes de que su trasero golpeara las tablas. Ella se aferró a uno de los pesados barriles, gritando cuando la gran forma de su atacante se tambaleó fuera del agua. Él aún la tenía por su tobillo, pero ella estaba luchando furiosamente, pateándole con su pierna libre y colgando del barril todo lo que podía para evitar ser arrastrada al río. El hombre de Ferrand intentaba agarrar su espada, que estaba justo a la distancia de lo largo de su brazo en el muelle. Sus dedos nunca consiguieron alcanzarla. Braedon corrió por el muelle y condujo su espada a la columna vertebral del hombre, matándolo instantáneamente. La chica pateó lejos el flojo agarre en su tobillo y subió de vuelta cerca de los barriles, su respiración agitada y superficial. Braedon enfundó su arma luego levantó su mano hacia ella. ―¿Está bien? Ella asintió, pero podía ver que estaba temblando violentamente, su cara cenicienta. Bajo la inclinación de su ridículo sombrero pequeño, sus ojos azules estaban abiertos de par en par con terror, su mirada vidriosa por la impresión. El crispinette6 palmeado de punta que sujetaba su tenso moño de cabello rubio pulcramente detrás de su cabeza había sido arruinado en la lucha. Desgarrado y 6 Crispinette: Gorra de red para limitar el cabello. Tienen forma de bolsas o mallas para el cabello. Están hechos de oro, plata y sedas de colores.
  28. 28. colgando, los finos hilos de seda húmeda colgaban de su cuello, temblando cuando ella lo hacía. Era una ruina, y a juzgar por su asolada palidez, dudaba mucho que tuviera los medios para irse caminando sin su apoyo. ―Vamos ―gruñó él, poniendo la capucha sobre su cabeza para escudarla de la llovizna―. Ahora se ha terminado. Salgamos de aquí. Ella tomó su mano, girando su cara en su brazo cuando la guió lejos de la carnicería en el muelle. La llevó hasta la calle, entonces corrió alrededor de una esquina que se abría a la parte delantera de una vieja iglesia dedicada a San Magnus el Mártir. ―¿A dónde vamos? Por favor... ¿a dónde me lleva? ―Al puente ―dijo él, decidiéndolo justo entonces y gesticulando a un pasadizo de piedra enfrente de ellos. Las robustas cadenas colgaban entre dos postes de madera, marcando la línea dónde las reglas de Londres terminaban y la jurisdicción del poder del puente de la clase comerciante comenzaba―. Es mejor que usted espere unas pocas horas fuera de la ciudad en caso de que más hombres de Ferrand vengan a husmear. Más allá de la alta barrera de peaje gris había una elevada calle suspendida sobre el Támesis con no menos de dos docenas de arcos de tamaños variados, que abarcaban la anchura del revuelto río marrón. Lleno de tiendas, residencias, y capillas, el Puente de Londres era una extensión viva de piedra y madera y humanidad que unía la ciudad de Londres con Southwark, el vecindario más sórdido al otro lado. Normalmente el puente estaría invadido con carritos, gente y animales vagabundos, pero con el inclemente tiempo de hoy, los tres metros y medio de ancho de la calle más allá del peaje del puente parecía todo excepto desierto. Un guardia de vigilancia les llamó a un alto para pagar el peaje. Braedon soltó la bolsa de monedas en su cinturón y sintió los ojos de la chica ligeramente en él acusándole. ―Ese es mi bolso ―dijo ella―. Es mi dinero el que está en la bolsa... Ferrand me lo robó.
  29. 29. Braedon gruñó, pero no estaba dispuesto a dejar ir el bolso. De la manera en la que lo veía, Ferrand le debía al menos mucho más que esto por su reciente engaño. Por no decir que la gratitud de esta señora de alta cuna le debía por rescatarla del vil francés fornicario y sus secuaces. Ignorando la hosca mirada que recibió de la chica a su lado, Braedon buscó en el bolso de las monedas robadas y retiró dos cuartos de penique que les costaría cruzar. Caminaron rápidamente bajo el empinado pasadizo de piedra de la puerta de peaje, protegidos momentáneamente de la llovizna de fuera. ―¿Tiene nombre, demoiselle? ―le preguntó Braedon mientras cruzaban el oscuro hueco del pasadizo. Durante un largo momento, la única respuesta fue el húmedo sonido de sus botas salpicando en los adoquines y haciendo eco sobre la carrera continua del agua a unos nueve metros más abajo. ―Ariana ―respondió finalmente, como si se negara a divulgarle cualquier información―. Ariana de Clairmont. Él no había oído hablar de ese lugar, pero estaba claro por el timbre de su voz culta que era una joven mujer de una buena casa de alto grado. Y estaba seguro, incluso sin preguntar, que no era natural de Londres o las ciudades cercanas, por lo que no la había visto antes, y no olvidaría una adorable cara como la suya. No, después de todo lo que él había pasado, irónicamente, no había perdido su apreciación por la belleza. Recordaba cosas finas y caras bonitas, y algunas veces se perdía en recuerdos placenteros de una vida abundante con ambas. No echaba de menos la pretensión de esos días, o la arrogancia del estúpido hombre joven que había sido. Tan descuidado, tan inmerso en sus propias indulgencias y cegado por su propia gloria. Todo lo que tenía ahora era una visión accidental de su reflejo, en un charco de agua, o en la mirada asustada y cautelosa de una doncella educada gentilmente como la que corría a su lado en el puente, para recordarle lo que la vida le había costado. Braedon apartó sus pensamientos de los recuerdos del pasado, antes de que recuerdos más problemáticos pudieran surgir. Él y la chica salieron de debajo de la porción cubierta de la puerta del puente y caminaron de vuelta en los elementos. La helada lluvia golpeaba su cara pero no hizo ademán de jalar su capucha más
  30. 30. adelante sobre su cabeza, muy consciente de que su cicatriz estaba a plena vista de ella. No le importaba. Déjala mirarla, pensó sombríamente, deseando hacer caso omiso de las furtivas miradas que venían desde el hombro derecho de ella mientras caminaban en silencio. Miraba como todos los demás y retrocedía. Había vivido lo suficiente con la farsa de su cara que casi podía contar las veces que le había llevado a alguien estar satisfecho y apartar los ojos. Los jadeos y las miradas ya no le afectaban, pero para su completa irritación, encontraba que no podía soportar el escrutinio tranquilo de esta mujer después de todo. Sintió un trozo escondido de lástima allí, y le enfadaba más que cualquier muestra abierta de miedo o disgusto. Dejó de caminar y abruptamente se giró para enfrentarla directamente. ―¿Qu... qué está haciendo? ―preguntó ella, frunciéndole el ceño―. ¿No deberíamos seguir avanzando? ―Pensaba que podría ser más fácil mirar para usted si me quedo quieto un rato. ―Oh. ―Sus mejillas blancas enrojecieron profundamente cuando rápidamente apartó su mirada―. Lo lamento. ―¿Por la condición de mi cara, o por su rudo escrutinio? Ella levantó la mirada bruscamente. ―Ambos. Él levantó una ceja. ―Ninguno ―corrigió ella, resoplando un pequeño suspiro de turbación. Su mirada voló hacia abajo una vez más, cerrada por doradas pestañas varios tonos más oscuros que su cabello. Un mechón de esa seda color miel asomaba por debajo de la capucha de su manto, brillante y amarillo mantequilla contra el rojizo de su abrigo revestido de zorro. Se mordió el labio, frunciendo el ceño con consternación y claramente insegura de qué hacer con su mirada ahora―. Perdóneme por mirar. No quería ofender. Lo lamento.
  31. 31. Braedon gruñó. No estaba buscando una disculpa, meramente quería hacer un punto. Pero ahora que la tenía, se preguntaba qué había conseguido. Se preguntó su edad de repente, también, la cual suponía tenía que ser menos de veinte. Al menos una década más joven que él. Demasiado joven, y excesivamente demasiado bonita para estar andando penosamente alrededor de Londres sin un séquito lleno de guardaespaldas armados. ―Por este camino ―dijo él, y comenzó a caminar una vez más. Ella le siguió a su lado, cuidadosamente evitando mirarle en absoluto. Aunque intentaría deshacerse de ella en unas pocas horas, y sacarla de su mente por completo después de eso, no podía controlar su curiosidad sobre la mujer. Y desde que fue cortado y estaba sangrando por ella además, calculaba que tenía derecho a saber qué tipo de pequeña belleza tonta era por la que había arriesgado su vida para salvarla. ―Difícilmente creo que cualquier adorno o seda que quisiera comprar a Ferrand valiera el precio, demoiselle. ―No vine aquí para comprar nada de él. ―¿No? ―No. Vine a Londres por un asunto de negocios. Negocios urgentes. ―Ella miró su bolso de monedas, el cual se inclinaba en su cadera, claramente asegurada al cinturón de su espada―. Ese dinero era para pagar mi pasaje a Francia. ―¿Francia? ―se burló él―. ¿Posiblemente qué podría haber allí que quiere afrontar el Canal en el mortal invierno? ―Nada de su incumbencia, se lo aseguro. Ella hizo un agarre rápido del bolso, pero Braedon fue más rápido. Él lo tiró de su cinturón y lo atrapó en su otra mano. ―Su desacuerdo con Ferrand allí abajo no fue nada de mi incumbencia, tampoco, pero no pareció importarle que llegara para salvar su sedoso cuello. ―Él encontró su altiva mirada y la sostuvo―. ¿Qué hay en Francia? Ella frunció el ceño, su fina ceja apretada, la adorable boca fruncida.
  32. 32. ―Si debe saberlo ―cedió ella después de un momento―, mi hermano está allí. Iba a Rouen para... para visitarle. Eso probablemente era una mentira, o por lo menos, una verdad a medias. ―¿Era un asunto urgente, esa visita? ―Es cierto. Él... él me necesita, y tengo que llegar allí tan pronto como sea posible. Llegaré allí. Braedon bufó a su determinación sin sentido. ―Cualquier hermano que esperase que su hermana afronte la borrasca de hielo y los toscos mares por el mero placer de su compañía o es un idiota o un loco. Quizás ambos. Eso la erizó. Su paso era a propósito largo, pero lady Ariana lo mantenía a pesar de su diferencia de tamaño. Los tacones de sus botas cliqueaban elegantemente en las tablas de la calle. ―Mi hermano es el hombre más honorable que conozco. Nunca estaría de acuerdo en poner mi vida en peligro. ―Me alegra oírlo, demoiselle. Entonces él no dudará en considerarlo un favor si guardo su bolso y la prevengo de ponerse más en peligro. ―Una fina excusa, viniendo de un vulgar ladrón y canalla ―gruñó ella, no lo suficientemente bajo―. Podría haberle hecho arrestar por robar, sabe. Sin duda un hombre como usted es buscado por cualquier número de delitos. ―Su gratitud me abruma, milady. ¿Quizás preferiría que la dejara en el muelle para tratar con verdaderos ladrones y canallas? Le garantizo que habría perdido más que su dinero. Ella siguió muy tranquila cuando absorbió el peso de su comentario. Sus pasos se redujeron un poco, y el destello impertinente del que él había estado disfrutando a pesar de sí mismo estaba desvaneciéndose de sus ojos rápidamente. Braedon frunció el ceño, irritado por sentir una punzada de culpa por su acoso a la chica. Lo sofocó tan rápido como llegó, negándose a sentir algo por una chica insensata que
  33. 33. podría caminar precipitadamente a una guarida de asesinos y criminales en un capricho por ver a sus familiares en el Continente. ―¿Clairmont está tan lejos de Londres que nadie le advirtió de sus peligros? Los muelles no son lugar para una dama de gentil cuna, particularmente alguien vagabundeando prácticamente sin escolta. Él medio esperaba una discusión, o al menos una caliente respuesta, así que se sorprendió cuando se quedó en silencio, su mirada dirigida hacia el río mientras caminaban una sección abierta del puente. ―James intentó avisarme ―respondió ella tranquilamente. Hizo un sonido de pesar en la parte de atrás de su garganta―. Me dijo que no confiara en Ferrand, pero yo... yo no escuché. Oh, ¡pobre James! No puedo creer que él esté... Ella se mordió su labio, evidentemente incapaz de decir la palabra. Alejándose de él se dirigió hacia la pared del puente, caminó hacia el borde y miró sobre el río. Sus manos delicadamente enguantadas estaban en la pared a la altura de la cintura, sujetándola con fuerza mientras sus hombros temblaron bajo su capa. A pesar de su tenacidad, obviamente era una joven chica protegida, y había pasado por una prueba bastante terrible; el peso se empujaba en ella ahora. Giró su cara contra su hombro, lejos de él, y lloró suavemente. Braedon paró, incómodo con este estado femenino de angustia. Quizás había visto demasiadas muertes en su vida para recordar cómo era sufrir. Ni siquiera tenía la paciencia de consolar a lady Ariana cuando aún podía sentir a Ferrand y a sus compañeros olfateando alrededor del muelle. ―Vamos ―dijo él, resistiendo la urgencia de tocarla―. No deberíamos demorarnos aquí. El aguanieve está empeorando otra vez y la noche llega más rápido en una tormenta. No vamos lejos. Con un asentimiento tembloroso, ella se recuperó y se giró para caminar con él una vez más. Braedon la guió más allá del puente, hacia las hileras de incontables tiendas comerciantes que se aferraban a cada lado de la calle, algunas de ellas construidas fuera y sobre el borde del puente, sus maderas sobresalían sujetas por espesos
  34. 34. puntales de roble tallados. La calle estaba oscura, arrojada en las sombras por los edificios amenazadores que las flanqueaban y por los altos pasos que se estiraban sobre el estrecho camino para afrontar más espacio habitable para los residentes mientras se fortalecían las estructuras a cada lado. Los letreros de los tenderos colgaban a casi diez metros sobre el suelo, lo bastante altos para permitir a un caballo y su montura pasar debajo de ellos. Coloridamente pintados avisaban de las habilidades de los comerciantes o los bienes que tenían en sus tiendas. A este lado del puente cercano a la ciudad, los comerciantes se encargaban de los clientes de clase alta, ofreciendo cosas de lujo semejantes a guantes y sombreros y rollos de ricas telas, hasta mapas y libros e instrumentos de música. Braedon pasó todas esas tiendas con apenas una mirada, tomando su cargo no deseado más cerca de la sección media del puente, donde el hedor de la calle se mezclaba con el especiado sabor fuerte del incienso, el cual iba a la deriva como cintas fantasmales de perfume desde las paredes de piedra de la famosa Capilla de Santo Thomas à Becket. Él sintió que Ariana paraba y supo que no pudo evitar mirar con asombro al maravilloso lugar de culto. El puente de Londres era famoso en lugares más lejanos que el Continente, y la Capilla, llamada por el trágico obispo asesinado por orden del Rey Enrique II, era su joya de la corona. ―Milady ―dijo él, incitándola a pasar la altísima capilla con sus torres puntiagudas y encendidas, hacia el ajustado grupo de tiendas comerciantes. Recuperaron su paso y se lanzaron bajo el refugio del dosel de otros altos pasos. ―Había oído hablar que este puente es como una ciudad por sí misma, pero no tenía ni idea de que fuera tan vasta. ¿Es dónde vive usted? ―preguntó ella. ―No, pero conozco a alguien que lo hace. ―¿Un amigo suyo? ―Una vez. Hace mucho tiempo. ―Él consideró su inocente pregunta con cierta irritación―. No tengo por hábito mantener amigos. ―¿Por qué no?
  35. 35. Él siguió caminando, respondiendo sin mirarla. ―Ha demostrado que es demasiado peligroso. ―Oh. ―Sintió su mirada en él, cautelosa con la comprensión―. Demasiado peligroso para ellos, ¿quiere decir? ―No, demoiselle. Para mí. Se detuvieron delante de una tienda mitad de madera al final de la fila. Braedon soltó su respiración y se acercó a la puerta, mirando a la señal del zapato-y-martillo que se balanceaba desde su bisagra sobre sus cabezas. El cartel proclamaba la residencia de un zapatero, pero en realidad era un caballero cuando él y Braedon se conocieron mejor. Uno de los hombres más grandes y valientes para blandir una espada. Habían luchado muchas batallas juntos, compartido muchas aventuras, celebrado indecibles victorias. Pero eso fue antes... ―Salga de la lluvia ―instruyó a la chica, un borde impaciente en su voz. La llevó ante él bajo el alero, entonces levantó una mano y golpeó en la vieja puerta de roble. Esta se abrió un momento después, chirriando hacia dentro. Desde el interior de la cuña de calidez y luz, una mujer de la edad de Braedon miró hacia la llovizna. Su mirada se movió rápidamente sobre los dos empapados visitantes de pie bajo el alero, sus ojos interrogantes se lanzaban desde el alto hombre de pie en las sombras a la chica acurrucada delante de él, temblando y mojada. ―Buen día, Peg. La mirada de la mujer se estrechó cuando miró a Braedon, ahora mirando con escrutinio a sus ojos, a la cicatriz que cortaba todo el lado izquierdo de su cara. Frunció el ceño, sin duda intentando reconciliar la voz vagamente familiar con la salvaje cara destrozada de un extraño. Llevó un latido de corazón para que su confusión incrédula ardiera en reconocimiento. Una vez lo hizo, su redonda cara adquirió un semblante más duro. ―Braedon ―dijo ella, su voz suave pero no de bienvenida.
  36. 36. ―Ha pasado mucho tiempo, Peg. Te ves bien. Su boca se tensó por su agradable saludo después de más de un año de ausencia. Una bienvenida ausente, si la fracción cerrada de su puerta era alguna indicación. Ella miró a su cicatriz otra vez, el daño no estaba presente cuando le vio por última vez en Londres. Si eso levantó alguna emoción en ella al verlo ahora, pareció intentar tragarlo. ―¿Qué quieres, Braedon? ¿Cómo nos has encontrado? ―Necesito hablar con tu marido ―dijo, comprendiendo que su cautela hacia él, su desconfianza, incluso después de todo este tiempo, no fuera completamente inapropiada. Braedon sentía otra mirada femenina sospechosa fija en él, esta venía de Ariana de Clairmont. Ella probablemente se preguntaba por esta fría recepción a la casa de un tan llamado amigo. Quizás disfrutaba una segura satisfacción al verlo, aunque difícilmente le importaba lo que ella pensara. En pocas horas, ya no sería de su incumbencia después de todo―. ¿Está aquí, Peg? ―No. No para ti. ―Ella se movió hacia delante para bloquear la entrada. Su voz era tensa y baja, como si hablara para no ser oída desde el interior de la tienda―. ¿No le has costado suficiente? Tenemos una nueva vida ahora, como puedes ver. ―No me quedaré mucho, te lo prometo. ―Él gesticuló hacia Ariana con un ligero tirón de su barbilla―. Esta chica está en problemas. No hubiera venido, pero había esperado que pudieras ayudar... La respuesta burlona de Peg fue crispada. ―Los problemas tienen una manera de seguirte, ¿verdad, Braedon? Quizás debería llamar al sheriff en su lugar. Hubo un repentino arrastre de movimiento en alguna parte a espaldas de Peg: el chirrido de una silla en el amplio suelo de tablas, el irregular clop-roce-clop de una pesada manera de andar aproximándose. ―¿Quién es, mi amor? ―llamó una voz retumbante desde fuera del brillo. Los pasos arrastrados y apagados de un bastón continuaron avanzando―. ¿Quién demonios está fuera con este clima?
  37. 37. Peg lanzó una frenética mirada sobre su hombro, entonces miró de vuelta a Braedon. ―No es nadie, marido. Solo una pareja de peregrinos perdidos buscando la taberna más cercana. La risa de su marido fue rica y de buena naturaleza, justo como Braedon recordaba. ―Bien, no encontrarán una en el puente. Ni sótanos en las cervecerías, ya lo ves. ―Sí ―respondió Peg―. Como les dije, tendrán que buscar algún lugar más para lo que quieren. Ella comenzó a cerrar la puerta ante Braedon y la chica, pero un fuerte antebrazo y una larga y callosa mano la alcanzó sobre su hombro y empujó el panel ampliamente. ―El Oso al pie del puente es su mejor apuesta más cercana, amigos, pero apuesto a que encontrarán una mejor cervecería en las Tres Lenguas Hábiles en el lado de la ciudad... La voz del gran hombre se apagó cuando sus sonrientes ojos se asentaron en Braedon. Robert el zapatero, una vez conocido a través de Inglaterra como Robert el Audaz, estaba de pie y mirándolo estupefacto en silencio. Aunque con barba ahora y calvo, cojo por la herida que habían terminado sus años como caballero y relegado para ser aceptado como aprendiz de zapatero con el padre de Peg, Braedon se alegraba de ver que aún había un brillo de humor en sus oscuros ojos. Todavía tenía una luz de conspiración en su sonrisa lentamente extendida. ―Cristo en la Cruz. Como vivo y respiro... Braedon. ¿Eres realmente tú, después de todo este tiempo? ―Rob ―respondió él, sonriendo de vuelta a pesar de sí mismo caminando alrededor de Ariana para agarrar la mano de su viejo amigo en un firme saludo. ―Pensaba que estabas muerto, amigo mío. Deberías estarlo, después de lo que ocurrió ese día.
  38. 38. Braedon se encogió de hombros por la nota de preocupación en el comentario de su viejo amigo. Si le habían dado por muerto, era porque lo había querido de esa manera. Aún prefería mantener su distancia de los recuerdos del pasado. Era una de las razones por las que se había alejado de Rob, a pesar de haber sabido durante algún tiempo que estaba viviendo aquí en el puente, justo a pocos cientos de metros de dónde él fondeaba cuando estaba en Londres. ―Jesús, Braedon. ―El canoso, gordo ex caballero le miró de arriba abajo, entonces encontró su mirada y sonrió―. Te ves como el infierno. ―Él sacudió su cabeza y soltó una profunda y rodante risa―. ¡Te ves como el condenado infierno, pero por mi promesa que nunca he visto una visión más bienvenida en todos mis años! Entra, entra. Peg estaba parada al lado de su marido, una mirada miserable de remordimientos tirando de las esquinas de su boca. Amaba a Rob fieramente, y no le negaría una reunión feliz con un viejo amigo, sin importar cuanto se oponía personalmente a eso. Braedon la respetaba por eso, y no deseaba añadir más a sus preocupaciones. No les cargaría con su presencia después de todo, si no hubiera sido por el inesperado, y completamente no querido, problema de Ariana de Clairmont. No debería haberse involucrado en primer lugar, pero ahora que lo había hecho, era reacio a dejarla a la deriva en la ciudad por sí misma. Rob se aseguraría de que ella volvía a casa sin discrepar. En cuanto a él, planeaba dejar el puerto y navegar hacia climas más cálidos con la siguiente marea. Y en una esquina privada y cansada de su corazón, sabía que el viaje probablemente sería el último. ―Entraré, pero no puedo quedarme. Una hora como mucho, y luego debo irme. Esto le dijo a su amigo, pero de alguna manera su promesa fue dirigida en deferencia a Peg. Ella encontró su significativa mirada antes de caminar a un lado para admitir a Ariana y a él en su casa. ―Acabamos de terminar de cenar, pero aún hay algunas gachas en la olla si quieres que las caliente junto con algo de vino para ambos.
  39. 39. Ella miró a Ariana, quien se había mantenido bastante tranquila y quieta desde el momento que había pasado con Braedon en el puente. Él podía ver que la chica estaba exhausta. Ella removió la capucha de su cabeza arruinada, la cual no había hecho mucho para mantenerla seca en medio del diluvio. Los espesos mechones de su largo cabello se habían soltado de sus trenzas y ahora caían sobre su frente, mojados como el resto de ella. Estaba temblando y escurriendo, de pie, en cansado silencio. Ella se estremeció cuando Peg fue a ayudarla con su empapado manto. ―Lo pondré en el fuego, donde puede secarse. Aquí, déjame tomar esa pesada bolsa, niña. Las manos de Ariana golpearon encima de la gran cartera de cuero en su cadera, como un reflejo. ―No. Esto no. Esto se queda conmigo. ―Como desees. ―Peg le dio a la chica una sonrisa tranquilizadora que se atenuó un poco cuando se giró hacia Braedon―. Tu manto, también ―dijo, empujando su mano hacia él para que la diera su capa. Cuando él se quitó la mojada prenda y la entregó, vio la mirada interrogante de Peg fija en su brazo herido. ―Tuve un pequeño desacuerdo con un par de hombre en los muelles. No es nada. Peg le miró a los ojos y chasqueó su lengua. ―Nada, dice, mientras que sangra sobre mi suelo. Aguarda ―le ordenó ella, algo de su severidad se perdió en el mal humor de exasperación resignada que tenía―. Traeré algunas ropas limpiar y te vendaré el brazo. Tu señora puede ayudarte a desvestirte.
  40. 40. Capítulo 3 Cansada y helada, Ariana se sentía como si de alguna manera hubiera infringido una barrera a una nueva tierra extraña, una tierra muy diferente que la de su casa en Clairmont. Londres era efectivamente un lugar peligroso, y estaba sola aquí, salvo por la sospechosa compañía del hombre quién la había librado del peligro y prometió refugio con estas buenas personas en el puente. El mismo hombre que había robado el bolso a monsieur Ferrand y lo reclamó para sí mismo, odiaba recordárselo cuando la calidez de la zapatería comenzaba a descongelar algo de su buen sentido. La esposa del zapatero podía asumir que ella y este hombre, Braedon, ¿le habían llamado?, compartían algún tipo de conexión personal que golpeó a Ariana de su sopor como un martillo golpea el cristal. ¡Ayudarle a desvestirse, ya lo creo! Ignoró la firme mirada oscura que la perforó desde dónde él estaba de pie, y corrió detrás de la mujer, quién desapareció en una sala adjunta de la tienda. ―Debería saber que este hombre no es mi... lo que quiero decir es que, no estamos... ―¿Es una herida de cuchillo, o algo más? Ariana dio un inseguro encogimiento de hombros. ―Cuchillo, creo. Con un gruñido de reproche, Peg abrió un armario y sacó un retal doblado de viejo hilo blanco, el cual procedió a desgarrar en varios largos trozos. Se giró y se los entregó a Ariana, entonces recuperó un pequeño tarro de pomada de una estantería que contenía una selección de contenedores de diversas formas. ―¿Estás herida, también?
  41. 41. Ariana sacudió su cabeza. ―Tengo unos pocos moratones, pero estoy bien. Algunos hombres malos me atacaron cerca de los muelles. Mataron a mi amigo y me robaron el dinero, pero él... Braedon ―dijo ella, a regañadientes comprobando el nombre en su lengua―, salvó mi vida. Peg la miró escépticamente cuando le entregó el tarro de pomada. ―Bien, entonces. Debería decirte que eres muy afortunada. El Braedon que conozco preferiría alejarse de la gente cuando más le necesitan. Ella caminó al lado de Ariana sin otra palabra, dejándola de pie allí y preguntándose qué le había hecho para hacer que esta mujer desconfiara tanto de él. Las violentas palabras con las que les recibió se hicieron eco otra vez en Ariana en un frío recuerdo: ¿No le has costado suficiente? Los problemas tienen una manera de seguirte, ¿verdad, Braedon? De pie a su lado bajo los aleros de la puerta delantera de la tienda, Ariana le había mirado mientras él absorbía esas palabras. No se había perdido su ligero estremecimiento, o el músculo en su barbilla que se tensó en reflejo a su recepción de no bienvenida. Pero no había dicho nada a las vagas acusaciones mostradas por Peg. Tampoco había parecido sorprendido al oír a su amigo, Rob, decir que había pensado que estaba muerto. Todos lo hicimos, después de lo que ocurrió ese día. Ariana sintió un tirón de curiosidad empujándola. Que él se había alejado por algún tiempo estaba bastante claro, pero, ¿por qué? ¿Quién era este hombre marcado e ilegible quién le había salvado de la muerte, o peor, de las manos de monsieur Ferrand? ¿Quién era él, y qué era lo que le perseguía? Porque estaba claro que era un hombre angustiado por algo que era más profundo que cualquier herida superficial... ―Oh, ¿qué importa, de todas formas? ―se reprendió en un susurro severo.
  42. 42. Sacudiendo lejos los pensamientos de su melancólico salvador, se recordó que tenía problemas más grandes que considerar. El rescate de Kenrick pesaba como una piedra pesada en la gran cartera de cuero que colgaba de su hombro. Al menos Ferrand no había descubierto ese tesoro en particular. Ni Braedon, pensó con una punzada de agudo resentimiento. Él se había negado a devolverle su bolsa de dinero, pero lucharía hasta la muerte antes de entregar la llave de la libertad de Kenrick. Esperaría aquí hasta que pudiera estar segura de que Ferrand había perdido su rastro, como era la sugerencia de Braedon, y entonces buscaría otros medios para llegar a Francia. Quizás vendería el fino castrado de James, el cual rezaba para que todavía estuviera en el establo con su yegua cerca de la taberna en Queenhithe. Seguramente si el beneficio era lo bastante alto, podría encontrar un capitán de barco honesto que estuviera de acuerdo en llevarla al Continente. Quizás preguntaría después por un capitán en una de las capillas del puente. El rescate de Kenrick sería entregado a sus captores, como estaba planeado. No abandonaría su misión para salvarle. No le fallaría, sin importa lo que pudiera costarle. La sensación renovada para resolverlo la reanimó cuando llevó los vendajes y la pomada a la otra habitación. Braedon estaba sentado en un banco en una mesa pequeña cerca del fuego. Ya se había quitado su túnica, menos mal que sin su asistencia, y ahora estaba sentado allí con el pecho desnudo y completamente desvergonzado, una taza de vino humeante en su mano. Peg se sentó en el banco a su lado, limpiando la herida en su antebrazo derecho mientras él bebía y conversaba con su marido en voz baja a través de la mesa. Ariana pensó que oyó mencionar Clairmont cuando se acercó con los suministros de Peg, pero no podía estar segura ya que la discusión cesó en el momento que se acercó a la mesa. ―Déjalos allí, si deseas ―dijo Peg, gesticulando hacia el espacio vacío en la mesa cerca de ella. Ariana hizo como se le instruyó, su mirada centrada durante un instante en la perturbadora intensidad de los perforantes ojos grises de Braedon. Apartó la
  43. 43. mirada, simulando desinterés mientras Peg limpiaba las últimas rayas de sangre de su brazo y alcanzaba el tarro de pomada. Antes de que pudiera mover el corcho, algo comenzó a burbujear y a sisear en la chimenea. ―¡Ach! Mis gachas ―exclamó Peg, saltando a sus pies. Dejó caer el frasco del ungüento en la palma de Ariana―. Venda su herida mientras veo su cena. ―Pero yo... ―Déjame ayudarte, esposa. ―Rob balanceó sus piernas sobre el banco que ocupaba y cojeó lejos de la mesa para seguir a Peg a la chimenea. Él ligeramente la aplastó detrás cuando alcanzó su lado, entonces recuperaron dos cuencos de madera de una estantería en la pared. Algo que susurró en el oído de su esposa la hizo reír suavemente a través de la sala. Contra su voluntad, Ariana giró su mirada hacia Braedon. Aunque él no dijo ni una palabra, la estaba observando expectante mientras tomaba un sorbo de su taza de vino. La luz de la chimenea bailaba sobre su piel mientras se movía, iluminando una extensa fascinación de esculpido y duro tendón, líneas duras y esbeltas. Una capa de oscuro pelo crispado se extendía a través de su fuerte pecho. Su musculoso vientre parecía tan firme como el granito debajo del cinturón suelto de su manga de invierno. Ariana sintió su cara llamear cuando consideró su forma a medio vestir, aunque no sabía por qué debería afectarla tanto. Había visto a hombres sin sus túnicas antes. De hecho, muy a menudo en los meses de verano, los caballeros en Clairmont practicaban con sus armas en el patio. Kenrick no había poseído ninguna medida de modestia a su alrededor, pero había algo muy diferente entre el físico de su atlético hermano de cabello rubio y este hombre moreno y de inmenso cuerpo. Si Kenrick estaba hermosamente formado, como sus amigas frecuentemente la aseguraban que estaba, entonces este hombre era profano en su masculinidad. Todo en él era duro e impresionante, desde su salvaje cara con sus cejas oscuras, pómulos afilados, y mandíbula severa, hasta el brutalmente tallado en hierro de sus enormes hombros y cuerpo, el cual exudaba un aire de puro poder constante incluso en reposo. El cielo la ayudara, pero Ariana encontró difícil apartar su mirada de él.
  44. 44. ―Aquí ―dijo él desde su asiento en el banco, atrayendo su mirada de vuelta a la suya con el profundo sonido de su voz. Una sonrisa burlona en el borde de su boca mientras deslizaba su taza de vino hacia ella en la mesa―. Parece como si necesitara más esto que yo. No va a desvanecerse por la vista de un poco de sangre, ¿verdad? ―Por supuesto que no. No soy ajena para vendar heridas ―le dijo ella, encontrando la ligera burla en su tono con una mirada altanera de ofensa. Había vendado heridas, eso era bastante cierto, aunque no estaba del todo segura que los diversos arañazos que había asistido en Clairmont pudieran compararse a la herida de un cuchillo como el que tenía ante ella ahora. Miró el pequeño tarro en su mano, luego hacia el feo tajo que había abierto el brazo de Braedon. Estaba sangrando otra vez, menos que antes, pero parecía doloroso y desagradable, y se preguntaba cómo podía estar sentado allí y soportarlo como si no fuera nada en absoluto. Como fuera, difícilmente podía soportar ver el daño. Pero se negaba a mostrar su aprensión, o traicionar el peculiar temor de conciencia que corría a través de ella con el pensamiento de ponerse en semejante cercanía a él y tocar su piel desnuda. Sentándose a su lado, su espalda hacia la mesa, porque no se atrevió a ser tan audaz como Peg que se había levantado sus faldas y sentado a horcajadas en el banco, Ariana recuperó el paño húmedo y limpió la sangre fresca del brazo de Braedon. Sus manos estaban ligeramente inestables cuando removió el corcho del tarro de la pomada y lo dejó a un lado. La tintura era marrón y pegajosa, y olía a savia y especias y a tierra y arcilla mojada. Metió su dedo en la picante porquería y cuidadosamente lo aplicó en la herida de Braedon. ―Este corte es profundo. Realmente debería ser cosido o dejará una terrible cicatriz... Ella se dio cuenta de su desliz un instante demasiado tarde. Lo había hecho otra vez, llamando la atención a la cicatriz que él ya llevaba, el borde blanco de un cuchillo que le daba a su cara una apariencia tosca y salvaje. Estremeciéndose internamente, levantó su mirada del brazo de Braedon. Él la estaba observando con un leve interés, sus oscuros ojos entornados, sin revelar nada de su humor.
  45. 45. ―Lo lamento ―susurró ella, sintiéndose diez veces una estúpida y tonta insensible―. No quería... Él no dijo nada para excusarla o hacérselo más fácil, simplemente la miró cuando él levantó la mano para acercarla al trozo de venda de lino. Ariana trabajó rápidamente. Envolvió su brazo firmemente para sellar la herida, mientras sentía su mirada en ella como algo físico, cálido y pesado, amenazador y aún imperioso. Se inclinó sobre su brazo para sujetar los bordes de los vendajes y sintió su respiración agitar su cabello. Así de cerca, sus sentidos se llenaron de él, la intrigante definición y forma de su fuerte, musculoso torso, el olor a lluvia, el olor picante de su piel, tan caliente bajo sus dedos. No, esto no era nada como la asistencia que proporcionaba en Clairmont. Esto era algo infinitamente diferente. Él era diferente a todos los que conocía, y no sabía por qué debería afectarla tanto. El cielo la ayudara, pero no quería saberlo. Difícilmente podía esperar a llegar a atar el último nudo y poner un respetable espacio entre ellos. Lo mejor que haría era poner pronto el Canal Inglés entre ellos. Al final, Peg y Rob volvieron a la mesa. Peg llevaba una bandeja que contenía dos cuencos humeantes, con sabor a levadura y dulces gachas; Rob cojeaba a su lado, una mano en su bastón, la otra abrazada alrededor del cuello de una licorera llena con más vino caliente con especias. ―Aquí están. Esto no es mucho, pero los calentará algo. Peg situó los cuencos en la mesa mientras Rob vertía el vino. El estómago de Ariana gruñó a la vista de la comida caliente y comió como si acabara de salir de un largo ayuno cuaresmal. Estaba hambrienta y helada, pero el vino y las gachas la llenaron, y el calor de la chimenea la envolvió como una manta de suave espesa de lana. Aunque luchó, el sueño la llamaba ahora que estaba saciada y caliente. El atractivo sueño desprendió el trauma del día y un satisfecho sopor comenzó a descender, oscureciendo los problemas de Ariana, acallando los sonidos en la sala, sofocando la luz de la brillante chimenea. Sus párpados se hicieron pesados, su cabeza un agotador peso en sus hombros. Suspiró y se sintió sucumbir a la tranquilidad,
  46. 46. necesitando el descanso tan desesperadamente como había necesitado el sustento de la comida. Estiró su brazo sobre la mesa, y lentamente acurrucó su cabeza en la curva de su codo. Necesitaba descansar, pero no podía permitirse dormir mucho tiempo. La bolsa que contenía el rescate de Kenrick, colgaba segura en su cadera, un constante recordatorio de su tarea, su promesa. Tiró de la bolsa a su regazo, agarrándolo con su brazo libre, y se relajó un poco. Cerraría sus ojos solo un momento, y entonces lograría salir de este lugar y de esta gente, y se pondría de camino una vez más... ―Por lo huesos de Dios, Braedon. Te veo aquí en mi mesa y me pregunto si estoy sentado con un fantasma. Con Peg en la otra sala y Ariana durmiendo como un muerto en el banco a su lado, Braedon levantó la mirada y encontró la mirada de su viejo hermano de armas. El jovial humor de Rob despejado ahora que solo eran dos. Compartían un oscuro vínculo, haber sobrevivido a la horrorosa noche que había terminado en una tormenta de sangre y llamas. Como una vieja herida que se negaba a curarse, estar en la presencia de Rob desenterraba vividas imágenes de cosas que Braedon deseaba poder olvidar. ―Al menos un año y medio ha pasado desde esa noche, pero prometo que podría haber ocurrido justo ayer. ―Rob soltó una maldición―. ¿Qué te alejó todo este tiempo? ¿Cómo pudiste dejarme pensar que habías perecido allí en ese peñasco como los otros? Braedon se encogió de hombre, entonces tomó un trago de su vino, considerando el día que guió a cinco leales hombres a sus tumbas. Se suponía que tendrían que
  47. 47. celebrar una victoria, una muy lucrativa, patrocinada por un hombre rico con una irresistible oferta. Recuperar una baratija, y sería pagado con una considerablemente recompensa. El doble, en caso de que también le llevara al ladrón que la robó. Braedon había aceptado ―el implacable Chasseur nunca fallaba― y estaba ansioso por recoger su prometida oferta. Demasiado ansioso, para salir bien. Durante la noche del intercambio, lo que les esperaba a él y la pequeña banda de hombres en los que confiaba como hermanos, fue la traición de uno de los suyos y un aterrador baño de sangre. Braedon debería haberlo visto venir pero había estado cegado por su propia arrogancia. Invencible, eso había llegado a pensar. Hasta que la noche le probó que era peor que un tonto. Que él hubiera vivido cuando los otros valiosos hombres no, no le había proporcionado ni un poco de consuelo, ni entonces ni ahora. En realidad, había estado intentando escapar de esa noche desde entonces, pero parecía que ninguna cantidad de carreras le llevarían lo bastante lejos del horror de lo que presenció. Rob expulsó un pesado suspiro. ―Jesús, Braedon. Aún puedo ver esa cuchilla destellando a través de tu cara. El bastardo quería abrirte en canal. Es un milagro que sobrevivieras. Un milagro que ambos lo hiciéramos, la verdad sea dicha. El mal en sí mismo estaba en ese acantilado ese día. ―No el mal ―respondió Braedon―. Solo un hombre. Rob se inclinó hacia delante, descendiendo su voz a un susurro cercano. ―¿Un hombre cuyo acero no puede caer? Braedon le miró, entonces descendió su mirada a su taza, negándose a reconocer la afirmación de su amigo. Pero Rob, a pesar de todos los meses que pasaron desde la cuestión, parecía no estar de acuerdo en dejarlo ir. ―Fue el mal, amigo mío. ¿Cómo explicarías el mal que vimos? Braedon se encogió de hombros. ―Mi golpe estaba fuera. Perdí mi marca, eso es todo.
  48. 48. ―Nunca perdiste tu marca, no en todos los años que te he conocido. Tu cuchilla golpea tan bien como siempre. Yo lo vi, y tú, también. ―No sé lo que vi. ―¿Y qué pasó con la chica que entregamos allí? ―preguntó Rob―. No me digas que tus ojos no vieron lo que me persigue hasta este día, Braedon. ¿Cómo explicas la manera en la que murió? La mandíbula de Braedon se tensó ante la mención del ladrón que había sido enviado a localizar y devolver. Una cosa sobrenatural, con cabello rubio plateado y una timidez que parecía completamente en desacuerdo con la audacia con la que había robado un artefacto sin precio de un hombre tan poderoso como el que contrató a Braedon. Un artefacto que se negó a tocar con sus manos desnudas por miedo a que la destruyera. Cuán loca le había sonado. Cuán loco aún le parecía pensar en ello ahora. ―Nos inmiscuimos en algún tipo de magia negra, Braedon. Ella intentó avisarnos. Deberíamos haberla dejado ir, a ella y esa maldita copa que había robado. Deberíamos haberla escuchado. Por el Crucifijo, pero, ¿cómo podíamos haber sabido que decía la verdad? ―No vine aquí para hablar de ella, Rob. O cualquier otra cosa que ocurrió entonces. ―Su voz estaba cortada, un enfadado gruñido que sonó en sus oídos. Su mano estaba agarrada tensamente alrededor de su jarra, pero de alguna manera se las arregló para tener un timbre más tranquilo cuando levantó la mirada y encontró la insegura mirada de su amigo―. Se acabó, lo que ocurrió ese día, Rob. Se acabó. No hablemos más de eso. Rob asintió. ―Como desees, amigo mío. No quería desenterrar recuerdos bien enterrados. Pero los recuerdos estaban descubiertos, y una capa de completo silencio descendió en la pequeña sala de la tienda. Braedon tomó un largo trago de vino que no hizo nada para saciar la amarga bilis que ascendía a su garganta. Con un poco de esfuerzo, aún podía ver la increíble explosión de fuego que había estallado encima del acantilado. Aún podía sentir su confusión, su rabia, cuando la sangre
  49. 49. de sus hombres comenzó a extenderse a su alrededor, el caos desatado por su propia caída. Aún podía sentir su cuchilla surcando el aire, podía oírla cantando cuando descendía, podía verla cortando la carne y el hueso en el hombro de su enemigo... y pasar limpiamente a través sin dejar más que un rasguño. Y ahora no podía evitar pensar en lo que ocurrió en los muelles un rato antes, cuando Ferrand de París se había evaporado de su agarre. Sacudió su cabeza, lanzando a un lado el ilógico rastro que su mente quería tomar y enfocarse en temas arraigados en el aquí y ahora, llamada lady Ariana de Clairmont y su deseo de librarse de su bienestar tan pronto como fuera posible. Explicó la situación a Rob, quién accedió fácilmente a tenerla en su casa una semana. ―Cualquier cosa que necesites, Braedon. Sabes que no tienes más que pedir y estaré allí para ti. Él se levantó y tomó la mano de Rob en un firme agarre de amistad. No perdería palabras en excusas o despedidas. Yendo por su túnica, la cual se había secado ante el fuego, se encogió de hombre en ella y fijó su cinturón alrededor de sus caderas. Había menos de cuatro horas hasta que la marea llegara, y quería navegar tan pronto como el río subiera lo suficiente para permitir un viaje seguro fuera de Londres. ―No volverás pronto. ―Rob no lo planteó como una pregunta. Como siempre, incluso después de todo este tiempo, le conocía todavía―. ¿A dónde irás? Braedon sacudió su cabeza. ―A donde el destino me lleve, supongo. Rob asintió, comprendiendo. ―¿Podría verte ayudándome a llevar a esta niña a una cama apropiada antes de irte? ―preguntó, lanzando su pulgar hacia Ariana, quién había comenzado a moverse dónde dormía caída sobre la mesa. Braedon cuidadosamente levantó su flojo peso en sus brazos. Ella abrió sus ojos cuando su cabeza descansó contra su hombro y murmuró algo sobre cuidar su
  50. 50. cartera. Un momento después estaba dormida otra vez, tan delicada como un gorrión, sus brazos abrazados alrededor de su cuello, su respiración abanicando cálida y ligera contra su pecho desnudo. La llevó a una sala adjunta y la dejó en un pequeño camastro. Rob estaba esperando fuera de la puerta cuando Braedon salió un momento después para recuperar su manto. Se giró y alcanzó el pestillo de la puerta de la tienda. ―Quédate, Braedon. Hablemos algo más. Puedes irte con la marea de la mañana. Él paró durante el momento más ligero en la entrada de Rob, entonces sin una palabra, abrió la puerta y caminó a la oscuridad exterior. Ariana estaba perdida en un sueño feliz. En la confusión de su mente empapada de sueño, sintió la inexplicable sensación de ingravidez, de estar protegida y abrigada, llevada en fuertes brazos lejos de un mar enturbiado de peligro y situarla con gentil cuidado en un nido de suave lana. El sueño se extendió, lavándola en lánguidas olas. Eterno, seductor. Una consoladora caricia de duros y cálidos dedos trazaron su mejilla, entonces con ternura suavizaron su cabello. Ariana se acurrucó más profunda en la caricia fantasmal, más profunda en el sueño, deleitándose con el sentimiento de seguridad, de paz, tranquilidad y calma. Aunque el velo silencioso de sueño que la arropaba, un bajo y tranquilizador susurro acarició su sien, tan cerca que pudo sentir las palabras contra su ceja. ―Duerme, pequeño gorrión, y ve con Dios...

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