Afrodita isabel allende

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Afrodita isabel allende

  1. 1. Cuentos, Recetas y Otros Afrodisíacos POR Isabel Allende ILUSTRACIONES Robert Shekter RECETAS Panchita Llona PLAZA & JANES EDITORES 1
  2. 2. Créditos Director creativo: Lori Barra, TonBo designs Diseñadora: Nathalie Valette Producción: Jan &Eric Martí, Command Z Shane IsemingerDocumentación artística: Carousel Research, NY Fay Torres-yap, Elizabeth Meryman, Leslie Mangold, Laurie Platt Winfrey Tapa Flore, óleo de Ivan Loubennikov Galerie Alain Blondel, París (colección privada) Fotografía de David Allison Contratapa Fotografía de Marcia Lieberman ©1997 Primera edición: octubre, 1997Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas en la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento,comprendidos la reprografia y el tratamiento informático y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.Derechos exclusivos para España y Latinoamérica Prohibida su venta a los demás países del área idiomática. ©1997, Isabel Allende Editado por Plaza & Janés Editores, S.A. Enric Granados, 86-88, 08008 Barcelona Printed in Spain----Impreso en España ISBN: 84-01-37592-4 — Depósito legal: B.35565-97 Impreso en Printer Industria Gráfica, s. a. Sant Vicenc dels Horts (Barcelona) L 375924 2
  3. 3. Dedico estas divagaciones eróticas a los amantes juguetones y, ¿por qué no?, también a los hombres asustados y a las mujeres melancólicas.Su aliento es como miel aromatizada con clavo de olor; Su boca, deliciosa como un mango maduro. Besar su piel es como probar el loto. La cavidad de su ombligo oculta acopio de especias. Qué placeres yacen después, la lengua lo sabe, pero no puede decirlo. Srngarakarika, Kumaradadatta (siglo XII) 3
  4. 4. IntroducciónY RONDO CAPRICCIOSO Los cincuenta años son como la última hora de la tarde, cuando el sol se ha puesto y uno se inclinanaturalmente hacia la reflexión. En mi caso, sin embargo, 4
  5. 5. el crepúsculo me induce a pecar y, tal vez por eso, en la cincuentena reflexiono sobre mi relación con la comida y el erotismo, las debilidades de la carne que más me tientan, aunque, hélas, no son las que más he practicado.Me arrepiento de las dietas, de los platos deliciosos rechazados porvanidad, tanto como lamento las ocasiones de hacer el amor quehe dejado pasar por ocuparme de tareas pendientes o por virtudpuritana. Paseando por los jardines de la memoria, descubro quemis recuerdos están asociados a los sentidos. Mi tía Teresa, la quese fue transformando en ángel y murió con embriones de alas enlos hombros, está ligada para siempre al olor de las pastillas devioleta. Cuando esa dama encantadora aparecía de visita, con suvestido gris discretamente iluminado por un cuello de encaje y sucabeza de reina coronada de nieve, los niños corríamos a suencuentro y ella abría con gestos rituales su vieja cartera, siemprela misma, extraía una pequeña caja de lata pintada y nos daba uncaramelo color malva. Y desde entonces, cada vez que el aromainconfundible de violetas se insinúa en el aire, la imagen de esa tíasanta, que robaba flores de los jardines ajenos para llevar a losmoribundos del hospicio, vuelve intacta a mi alma. Cuarenta añosmás tarde supe que ése era el sello de Josefina Bonaparte, quienconfiaba ciegamente en el poder afrodisíaco de aquel huidizoaroma que tan pronto asalta con una intensidad casinauseabunda, como desaparece sin dejar trazos para regresarenseguida con renovado ardor. Las cortesanas de la antiguaGrecia lo usaban antes de cada encuentro amoroso paraperfumar el aliento y las zonas erógenas, porque mezclado con el 5
  6. 6. olor natural de la transpiración y las secreciones femeninas, alivia lamelancolía de los más viejos y sacude de modo insoportable elespíritu de los hombres jóvenes. En el Tantra, filosofía mística yespiritual que exalta la unión de los opuestos en todos los planos,desde el cósmico hasta el más ínfimo, y en la cual el hombre y lamujer son espejos de energías divinas, violeta es el color de lasexualidad femenina, por eso lo han adoptado algunosmovimientos feministas.El olor penetrante del yodo no me trae imágenes de cortaduras ocirugías, sino de erizos, esas extrañas criaturas del marinevitablemente relacionadas con mi iniciación al misterio de lossentidos. Tenía yo ocho años cuando la mano ruda de unpescador puso una lengua de erizo en mi boca. Cuando visitoChile, busco la oportunidad de ir a la costa a probar de nuevoerizos recién extraídos del mar, y cada vez me abruma la mismamezcla de terror y fascinación que sentí durante aquel primerencuentro íntimo con un hombre. Los erizos son inseparables paramí de ese pescador, su bolsa oscura de mariscos 10 chorreandoagua de mar y mi despertar a la sensualidad. Es así como recuerdoa los hombres que han pasado por mi vida —no deseo presumir, noson muchos— unos por la textura de su piel, otros por el sabor desus besos, el olor de sus ropas o el tono de sus murmullos, y casitodos ellos asociados con algún alimento especial. El placer carnalmás intenso, gozado sin apuro en una cama desordenada yclandestina, combinación perfecta de caricias, risa y juegos de lamente, tiene gusto a baguette, prosciutto, queso francés y vino delRhin. Con cualquiera de estos tesoros de la cocina surge ante míun hombre en particular, un antiguo amante que vuelvepersistente, como un fantasma querido, a poner cierta luz traviesaen mi edad madura. Ese pan con jamón y queso me devuelve elolor de nuestros abrazos y ese vino alemán, el sabor de su boca.No puedo separar el erotismo de la comida y no veo razón parahacerlo, al contrario, pretendo seguir disfrutando de ambosmientras las fuerzas y el buen humor me alcancen. De allí viene laidea de este libro, que es un viaje sin mapa por las regiones de lamemoria sensual, donde los límites entre el amor y el apetito son 6
  7. 7. tan difusos, que a veces se me pierden del todo.Justificar una colección más de recetas de cocina o deinstrucciones eróticas no es fácil. Cada año se publican miles yfrancamente no sé quién las compra, porque aún no conozcoquien cocine o haga el amor con un manual. La gente que segana la vida con esfuerzo y reza a escondidas, como usted ycomo yo, improvisamos con las cacerolas y entre las sábanas lomejor posible, aprovechando lo que hay a mano, sin pensarlomucho y sin grandes aspavientos, agradecidos de los dientes quenos quedan y de la suerte inmensa de tener a quien abrazar. ¿Porqué entonces este libro? Porque la idea de averiguar sobreafrodisíacos me parece divertida y espero que para usted tambiénlo sea. En estas páginas intento aproximarme a la verdad, pero nosiempre es posible. ¿Qué se puede decir, por ejemplo, del perejil?A veces hay que inventar...Por tiempos inmemoriales la humanidad ha recurrido a sustancias,trucos, actos de magia y juegos, que la gente seria y virtuosa seapresura en clasificar como perversiones, para estimular el deseoamoroso y la fertilidad. Esto último no nos interesa aquí, ya haydemasiados niños ajenos en el mundo, vamos a concentrarnos enel placer. En un libro sobre magia y filtros de amor, apilado entremuchos textos similares sobre mi escritorio, figuran fórmulasprovenientes del Medioevo y otras anteriores, algunas de las cualestodavía se practican, como clavar con alfileres a un desventuradosapo vivo y luego enterrarlo murmurando conjuros la noche de unviernes. El viernes se supone que es el día de la mujer, los otros seispertenecen al hombre. Encontré, por ejemplo, un encantamientopara atrapar al amante escurridizo, practicado aún en ciertaszonas rurales de Gran Bretaña. La mujer amasa harina, agua ymanteca, salpica la mezcla con saliva, luego la coloca entre suspiernas para darle la forma y el sabor de sus partes secretas, lahornea y ofrece este pan al objeto de su deseo. Antiguamente semezclaban brebajes de sangre —a menudo elixir rubeus o sangremenstrual— y otros fluidos del cuerpo, fermentados en la cuencade una calavera a la luz de la luna. Si el cráneo pertenecía a uncriminal muerto en el patíbulo, mucho mejor. Existe una variedad 7
  8. 8. sorprendente de afrodisíacos de este tipo, pero aquí nos con-centramos en aquellos que pueden originarse en una mente y unacocina normales. En nuestros días son escasas las personas contiempo para amasar o que disponen de una cabeza de ahorcado.La finalidad de los afrodisíacos es incitar al amor carnal, pero siperdemos tiempo y energía elaborándolos, mal podremos gozarde sus efectos; por eso no incluimos aquí recetas de largo aliento,salvo en algunos casos forzosos, como nuestros guisos orgiásticos.También hemos ignorado a conciencia las recetas truculentas. Sialguien debe pasar el día confeccionando un guiso de lenguas decanario, no veo cómo podrá dedicarse a juegos eróticos mástarde. La ocurrencia de gastar sus ahorros en una docena de esosfrágiles pajarillos, para luego arrancarles las lenguas sin piedad,mataría mi libido para siempre. Robert Shekter, el creador de lossátiros y ninfas que ilustran este libro, fue piloto en la SegundaGuerra Mundial, pero sus peores pesadillas no son de bombardeosy muertos, sino de un pato distraído que derribó con su escopetade caza. Al acercarse, lo vio aún aleteando y debió torcerle elpescuezo para evitarle más agonía. Desde entonces esvegetariano. Parece que al caer, el pato aplastó una lechuga, asíes que tampoco come ese vegetal. Es muy difícil preparar unacena erótica para un hombre con tales limitaciones. Robert jamáshabría colaborado conmigo en un proyecto que incluyeracanarios torturados.Aletas de tiburón, testículos de babún y otros ingredientes nofiguran aquí, porque no fue posible encontrarlos en lossupermercados aledaños. Si usted necesita recurrir a tales extremospara elevar su libido o las ganas de amar, sugerimos que consultea un psiquiatra o cambie de pareja. Aquí nos referimos sólo al artesensual de la comida y sus efectos en la ejecución amorosa, yofrecemos recetas con productos que pueden ingerirse por víaoral sin peligro de muerte —al menos inmediata— y que ademásson sabrosos. El brócoli, por lo tanto, está descartado. Noslimitamos a afrodisíacos sencillos, como ostras recibidas de la bocadel amante, según receta infalible de Casanova, quien sedujo deeste modo a un par de picaras novicias, o la suave pasta de miel y 8
  9. 9. almendras molidas que los elegidos por Cleopatra lamían de suspartes íntimas, perdiendo así el juicio, y también recetas modernascon menos calorías y colesterol. No damos pócimassobrenaturales, porque este es un libro práctico y sabemos cuándifícil es conseguir patas de koala, ojos de salamandra y orina devirgen, tres especies en vías de extinción.La glotonería es un camino recto hacia la lujuria y si se avanza unpoco más, a la perdición del alma. Por eso luteranos, calvinistas yotros aspirantes a la perfección cristiana, comen mal. Los católicos,en cambio, que nacen resignados al pecado original y lasdebilidades humanas, y a quienes el sacramento de la confesióndeja purificados y listos para volver a pecar, son mucho másflexibles respecto a la buena mesa, tanto que han acuñado laexpresión "bocado de cardenal" para definir algo delicioso. Menosmal que a mí me criaron entre los segundos y puedo devorarcuantas golosinas desee sin pensar en el infierno, sólo en miscaderas, pero no ha sido igualmente fácil sacudirme de tabúesrespecto al erotismo. Pertenezco a la generación de mujeres quese casaban con quien primero hubieran "llegado hasta el final",porque una vez perdida la virginidad quedaban desvalorizadas en 9
  10. 10. el mercado matrimonial, a pesar de que por lo general suscompañeros eran tan inexpertos como ellas y rara vez podíandistinguir entre virginidad y remilgos. Si no fuera por la píldoraanticonceptiva, los hippies y la liberación femenina, muchas denosotras estaríamos todavía presas en la monogamia compulsiva.En la cultura judeocristiana, que divide al individuo en cuerpo yalma, y al amor en profano y divino, todo lo referente a la sexua-lidad, excepto la reproducción, es abominable. Se llegó al extremode que las parejas virtuosas hacían el amor a través de un huecoen forma de cruz bordado en la camisa de dormir. ¡Sólo elVaticano podía imaginar algo tan pornográfico! En el resto delmundo la sexualidad es un componente de la buena salud, inspirala creación y es parte del camino del alma; no se asocia conculpas o secretos, porque el amor sagrado y el profano provienende la misma fuente y se supone que los dioses celebran el placerhumano. Por desgracia, me demoré treinta años en descubrirlo. Ensánscrito existe una palabra para definir el goce del principio de lacreación, que es similar al goce sensual. En el Tíbet la copulaciónse practicaba como ejercicio espiritual y en el tantrismo es unaforma de meditación. El hombre, sentado en la posición del loto,recibe a la mujer acaballada sobre sus piernas, ambos cuentan susrespiraciones con la mente en blanco y elevan las almas hacia lodivino, mientras los cuerpos se conectan entre sí con tranquilaelegancia. Así da gusto meditar.En la elaboración de este proyecto participaron activamenteRobert Shekter con sus dibujos, Panchita Liona con sus recetas yCarmen Balcells como agente. Participaron pasivamente mediocentenar de autores cuyos textos consulté sin pedir permiso y aquienes no tengo intención de mencionar, porque hacer unabibliografía es un fastidio. Copiar de un autor es plagio, copiar demuchos es investigación. Y participaron inocentemente muchas demis amistades, quienes para complacerme se prestaron a probarlas recetas y contarme sus experiencias, aunque estabanconvencidos que este libro jamás vería la luz.Por pura inclinación poética, se le ocurrió a Robert Shekteracompañar el libro con un disco de música erótica y dividir los 10
  11. 11. temas en Cuatro Estaciones, como las de Vivaldi, pero resultó seruna iniciativa confusa. Panchita intentó crear sus platos teniendoen cuenta los productos de cada estación, pero cuando Robert lepidió que además les diera nombres musicales, ella lo mandó aldiablo. Parece que la mayoría de los términos musicales son enitaliano y no se puede llamar a un burrito con chile allegro ma nontroppo. Por lo mismo, si encuentra en estas páginas algunaitalianada musical que pueda haberse escapado, no le déimportancia: responde a un simple capricho de nuestro dibujante.La idea del disco tampoco prosperó porque no pudimos ponernosde acuerdo en el tipo de música que se considera erótica.Panchita se inclinaba por el Bolero de Ravel, Robert por Bach y yopor una tonada de organillo que entró por la ventana una tardede verano cuando... bueno, ésa es otra historia.Robert es un científico. No me permitió trucos de novelista, exigióprecisión. Debí mostrarle la montaña de libros usados para lainvestigación y evaluar la potencia afrodisíaca de las recetas dePanchita con un método de su invención. Recurrimos a voluntariosde ambos sexos y diversas razas, mayores de cuarenta años,puesto que hasta una infusión de camomila estimula a los másjóvenes, lo cual confundiría nuestras estadísticas. Después deinvitarlos a cenar y observar su conducta, medimos y anotamos losresultados. Fueron similares a los obtenidos hace algunos años,cuando trabajaba como periodista y me tocó escribir un reportajesobre la eficacia de la magia negra en Venezuela. Los sujetos quese sabían blanco de ritos vudú, empezaron a desvariar y expulsarhumores demoníacos, les salieron granos en la garganta y se lescayó el pelo, en cambio aquellos que permanecieron en una felizignorancia, continuaron tan prósperos como antes. En el caso deeste libro, los amigos que disfrutaron de los afrodisíacos informadosde su poder, confesaron pensamientos deliciosos, impulsos veloces,arranques de imaginación perversa y conducta sigilosa, pero losque nunca supieron del experimento, devoraron los guisos sincambios aparentes. En un par de ocasiones bastó dejar elmanuscrito sobre la mesa, con el título bien visible, para que supoder afrodisíaco surtiera efecto: los comensales empezaron a 11
  12. 12. mordisquearse las orejas unos a otros aun antes que sirviéramos lacena. Deduzco, por lo tanto, que como en el caso de la magianegra, es conveniente advertir a los participantes, así se ahorratiempo y trabajo.Una vez hecho el plan, nos lanzamos cada uno de nosotros a sutarea y a medida que surgían ninfas, sátiros y otras criaturasmitológicas del lápiz de Robert, guisos fabulosos en la cocina dePanchita, cálculos matemáticos en la mente de Carmen y datosde la biblioteca que yo investigaba, a todos nos cambió el ánimo.A Robert le disminuyeron los dolores en los huesos y está pensandocomprarse un bote a vela, Panchita dejó de rezar el rosario,Carmen subió varios kilos y yo me tatué un camarón en el ombligo.Las primeras manifestaciones de lujuria empezaron cuando pro-gramamos el índice de materias. Para el momento en queprobamos los primeros bocados afrodisíacos, ya teníamos todos unpie en la orgía. Robert es soltero, así es que prefiero no preguntarcómo se las ha arreglado. Carmen Balcells adquirió piel deporcelana desde que se da baños semanales en caldito de pollo.El marido de Panchita y el mío andan a saltos y con las pupilasdilatadas sorprendiéndonos tras las puertas. Si estos platos hanlogrado tanto éxito con unos vejestorios como nosotros ¿qué nopodrán hacer por usted?Hacia el final, cuando los colaboradores de este proyectocreíamos haber terminado y estábamos en las últimas revisiones,comprendimos que entre tantos afrodisíacos, desde mariscos conhierbas y especias, hasta camisas de encaje, luces rosadas y salesaromáticas para el baño, había uno, el más poderoso de todos,que no habíamos incluido: los cuentos. En nuestras largas vidas degozadores, Robert, Panchita, Carmen y yo hemos comprobadoque el mejor estimulante del erotismo, tan efectivo como las mássabias caricias, es una historia contada entre dos sábanas reciénplanchadas para hacer el amor, como lo demostró Sheherazade,la portentosa narradora de Arabia, quien durante mil y una nochescautivó a un cruel sultán con su lengua de oro. El hombre regresódel campo de batalla sin previo aviso —error imperdonable que haproducido un sinnúmero de tragedias— y encontró a una de sus 12
  13. 13. esposas, la más amada, retozando alegremente con sus esclavos.La hizo decapitar y luego, con clara lógica masculina, decidióposeer cada noche a una virgen y por mano del verdugoejecutarla al amanecer, así ella no tendría ocasión de serle infiel.Sheherazade era una de las últimas doncellas disponibles en aquelreino de pesadilla. No era tanto bonita como sabia y tenía el donde la palabra fácil y la imaginación desbordada. La primeranoche, después que el sultán la violó sin grandes miramientos, ellase acomodó los velos y empezó a contarle una larga y fascinantehistoria, que se extendió durante varias horas. Apenas surgió el pri-mer rayo del alba, Sheherazade calló discretamente, dejando almonarca en tal suspenso, que éste le dio un día más de vida, auna riesgo de que ella le pusiera cuernos en pensamiento, ya quedada la vigilancia no era posible de otro modo. Y así, de cuentoen cuento y noche en noche, la muchacha salvó su cuello de lacimitarra, alivió la patológica incertidumbre del sultán y consiguióla inmortalidad. Una vez que se ha preparado y servido una cenaexquisita, que la secreta tibieza del vino y el cosquilleo de lasespecias recorren los caminos de la sangre y que la anticipaciónde las caricias sonroja la piel, es el momento de detenerse por unosminutos, retardando el encuentro para que los amantes se regalenuna historia o un poema, como en las más refinadas tradicionesdel Oriente. Otras veces el cuento aviva la pasión después delprimer abrazo, cuando se ha recuperado el aliento y algo delucidez y la pareja descansa satisfecha. Es una buena manera demantener despierto al hombre, que tiende a caer anestesiado, ydivertir a la mujer cuando empieza a aburrirse. Esa historia o esosversos son únicos y preciosos: nadie los ha dicho ni los dirá en esetono, a ese ritmo, con esa voz particular o esa intención precisa.No es lo mismo que un video, por favor. Si ninguno de ellos poseetalento natural para inventar cuentos, se puede recurrir al inmensorepertorio estimulante de la literatura universal, desde los másexquisitos textos eróticos, hasta la pornografía más vulgar, siempreque sea breve. Se trata de prolongar el placer leyendo un trozoexcitante, pero corto; el ímpetu amoroso ganado por la cena nodebe malgastarse en excesos literarios. Así puede convertir algo 13
  14. 14. tan trivial como el sexo, en una ocasión inolvidable.En mi libro Cuentos de Eva Luna aparece un prólogo que evoca elpoder de la narración, algo que no podría haber escrito si no lohubiera vivido. Pido perdón por la arrogancia de citarme yomisma, pero creo que ilustra lo dicho. Los amantes, Eva Luna y RolfCarié, reposan después de un abrazo encabritado. En la memoriafotográfica de Rolf, la escena es como un cuadro antiguo, en elcual la amada está a su lado sobre la cama, con las piernasrecogidas, un chal de seda sobre un hombro y la piel aún húmedapor el amor. Rolf describe así la pintura:El hombre tiene los ojos cerrados, una mano sobre su pecho y otrasobre el muslo de ella, en íntima complicidad. Para mi esa visión esrecurrente e inmutable, nada cambia, siempre es la misma sonrisaplácida del hombre, la misma languidez de la mujer, los mismospliegues de las sábanas y rincones sombríos del cuarto, siempre laluz de la lámpara roza los senos y los pómulos de ella en el mismoángulo y siempre el chal de seda y los cabellos oscuros caen conigual delicadeza. Cada vez que pienso en ti, así te veo, así nos veo,detenidos para siempre en ese lienzo, invulnerables al deterioro dela mala memoria. Puedo recrearme largamente en esa escena,hasta sentir que entro en el espacio del cuadro y ya no soy el queobserva, sino el hombre que yace junto a esa mujer. Entonces serompe la simétrica quietud de la pintura y escucho nuestras vocesmuy cercanas.----Cuéntame un cuento----te digo.----¿Cómo lo quieres?----Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie. 14
  15. 15. Apología de los Culpables ROBERT SHEKTER En una librería del vecindario, uno de esos lugares con piso de fina madera y sillones antiguos que me recuerdan la casa de mis abuelos, conocí a Robert Shekter. Paso casitodas las mañanas por esa librería, impulsada por sentimientosencontrados. Por una parte me encanta zambullirme en esaatmósfera llena de espíritus literarios y por otra me deprimesobremanera comprobar el número impresionante de nuevostítulos que aparecen a diario. Tanta competencia medescorazona. Para levantar el ánimo, nada mejor que uncapuccino doble inyectado en la vena y una medialuna olorosa,que alivian temporalmente el susto. Me fijé en Robert Shekterdesde el primer momento, porque su perfil es idéntico al de miabuelo, que en paz descanse. Esa nariz aguileña, esos ojos coloracero y esos labios algo crueles me intrigaban y aprendí a amar aese hombre en secreto mucho antes de cruzar la primera palabra.Supongo que él notó mis insistentes miradas y, como el buencaballero suizo que es, se resignó a tomar la iniciativa y saludarme.Así surgió una amistad basada en tazas de café, medialunas y unadiscreta ironía que fluye entre los dos como una corrientepoderosa. Alguien dijo que la conversación es el sexo del alma...Una de aquellas mañanas de café y crujientes calorías, le confeséa mi amigo uno de mis extraños sueños eróticos, en el cual yo erauna matrona de Rubens, sólo que más anciana, saltando desnudacomo un hada obesa en un jardín encantado, donde crecíanespárragos altos como árboles, carnosas callampas, temiblesberenjenas y toda suerte de frutos mórbidos que goteaban unamiel espesa y dorada. También había animales en ese prodigiosolugar: patos a la naranja, faisanes asados, conejos al vino, cerdosal caramelo y uno que otro calamar al ajillo. Mientras yo describíaaquellas alucinaciones de faquir, Robert se secaba discretamenteel sudor de la frente y, tal vez para distraerse, se quitó unas férulas 15
  16. 16. que suele llevar en las manos cuando el dolor de las articulacionesse pone insoportable, y con sus dedos tiesos como garras deáguila, cogió un lápiz y dibujó con maravillosa facilidad una ninfagordinflona sobre una servilleta de papel. Así sería mi futuro si nohiciera dieta, admití sonrojándome. Enseguida vi surgir de su lápiz aun sátiro galopante y no hubo necesidad de explicar que, a pesarde la enfermedad que le ha torcido el esqueleto, así se siente élpor dentro. De este modo nacieron sobre aquella servilleta depapel los personajes que habrían de convertirse en protagonistasde estas páginas: las ninfas determinadas y los sátiros traviesos.—¿Por qué tengo estas pesadillas, Robert? Llevo medio siglotoreando a los demonios de la carne y los del chocolate.—Tengo malas noticias, querida. A los setenta y dos yo sigo en lomismo. La tentación sigue, pero la ejecución falla —replicó.De allí la conversación derivó naturalmente hacia el tema de losafrodisíacos, mientras bebíamos otro capuccino y nos burlábamosde mis camisas de dormir transparentes, que cada día resultanmenos efectivas para apartar a mi marido de la computadora, yde las piernas de Robert, que ya no sirven para perseguir mujeres...y tampoco para escapar de ellas. "A fin de cuentas, todo es sexo",suspiró Robert, melancólico. Al hablar de afrodisíacos, mi amigoechó mano a sus conocimientos de medicina y comenzó aelaborar una lista de memoria, pero yo, algo más moderna, recurríal archivo de la librería para buscar textos sobre el asunto.Descubrimos que hay menos información de lo esperado y loatribuimos a que en este fin de milenio la gente ya no jadea enbatallas de amor, prefiere hacerlo en un gimnasio. Pero ésa es unaconclusión precipitada, en realidad sigue existiendo el mismointerés por los afrodisíacos que distinguía a los cocineros deLucrecia Borgia, cuya fama de envenenadora, dicho sea de paso,ha opacado injustamente sus cualidades de gran anfitriona.Apenas Robert y yo comenzamos a indagar entre los amigos yconocidos, nos enfrentamos con una avalancha de consejos. Todoel mundo quería meter mano en el tema y probar las recetas. Mástarde, cuando echamos a andar el proyecto, sobraron voluntariospara devorar los guisos de Panchita con rigor de militantes. 16
  17. 17. Después nos llamaban a horas intempestivas para contarnos susproezas eróticas. Sin la amistad de Robert Shekter este libro noexistiría. Sin su humor y su sabiduría, yo sería una abuela formalescribiendo tragedias. PANCHITA LLONA Poco a poco, Robert y yo elaboramos una lista de todo aquello que, según nuestra experiencia y los conocimientos acumulados por siglos en diferentes culturas, podría servir para embellecerla vida amorosa y la vida simplemente. Como es natural, la comidaencabezaba la lista. Apenas la mencionamos pensé en PanchitaLiona, la mejor cocinera que conozco, y de las manos mágicas deRobert surgió una compañera para las ninfas y los sátiros: una brujacon toda su parafernalia de hechicera de la cocina y de los filtrosamorosos. Supongo que debo aclarar que Panchita es mi madre,para que no haya malentendidos. Ya que voy a meterme en esteembrollo, prefiero hacerlo con alguien de mi confianza. En losmuchos años que dura mi amistad con esta espléndida mujer,nunca la he visto servir el mismo plato, a todo le introduce algunavariante y lo adorna con tal originalidad, que en sus manos unvulgar repollo queda transformado en obra de arte, como unikebana, esos arreglos florales del Japón con dos crisantemos y unarama torcida. Es el triunfo de la estética sobre la escasez. Mi madretiene un aire elegante, coqueto e irónico que a primera vistapuede confundirse con distracción frívola. Nada de eso: es de unalucidez prístina. Cuando un tema le interesa, lo estudia con unaconcentración de astrónomo, pero sin mayor alarde, dándonosuna tremenda sorpresa cuando aparece un día convertida enexperta en algo que nadie en la familia sospechaba. Así fue, porejemplo, con el renacimiento italiano, la pintura impresionista y laliteratura del siglo XX. La cocina es uno de sus puntos fuertes. Lebasta probar un plato, por elaborado que sea, para saber al puntoqué ingredientes contiene y en qué proporción, cuánto rato secocinó y cómo ella podría mejorarlo. Así elaboró su famosa torta 17
  18. 18. de almendras a partir de una receta que fue secreto de otra fami-lia, guardada como relicario desde los tiempos de la Colonia enChile. Nada escapa a su olfato, sus papilas gustativas y su instintode gran cocinera, ni los recónditos misterios de un bacalao a lavizcaína salido de un fogón campesino en Bilbao, ni los confites dealmizcle servidos en platillos de nácar en un funeral de Damasco, ymucho menos las ingenuas recetas de la nouvelle cuisine, sobretodo la de California, que ella olisquea con ademán sarcástico. Ircon mi madre a un restaurante suele ser una experienciabochornosa. Al entrar recorre las mesas observando los platosajenos, a veces tan de cerca que alarma a los clientes. Lee elmenú con desmesurada atención y atormenta al mozo conpreguntas maliciosas que lo obligan a viajar a la cocina y regresarcon las respuestas escritas. Luego nos induce a todos a pedir algodiferente y cuando llegan las viandas, ella les toma fotos con unamáquina Polaroid que siempre lleva en la cartera. Lo demás esfácil, prueba un bocado de cada plato y ya sabe cómo interpre-tarlo más tarde en su casa. Su arte culinario ha sido un factordeterminante en su destino, soy testigo de ello.Mi madre ha sido la protagonista de un amor de novela. Cuandose enamoró de mi padrastro, el bien ponderado tío Ramón, hacemás de medio siglo, nadie daba un centavo por aquella tortuosarelación. Estaban casados con otros cónyuges, entre ambosjuntaban siete hijos y vivían en el medio más beato y conservadorque es posible imaginar, donde para colmo jamás existió eldivorcio. Chile es el único país de la galaxia donde todavía hoy,asomando al año dos mil, las parejas están legalmente atadas poruna eternidad. Sin embargo, de alguna manera mi madre y el tíoRamón se las arreglaron para compartir la vida y hacer de esaatracción clandestina un romance legendario que los siete hijos,las lenguas envidiosas y las limitaciones de un sueldo defuncionario público, no pudieron arruinar o corromper. Suponemosque el sólido pilar de esa relación fue el feliz equilibrio entre elerotismo y la buena comida, pero en nuestra familia eso jamás semenciona, preferimos decir que ese par de bisabuelos están unidospor una profunda afinidad espiritual. En todo caso, llamé a mi 18
  19. 19. madre por teléfono a Chile, la invité a formar parte de nuestroproyecto y, tal como yo esperaba, atrapó la idea al vuelo. Mepareció que al mencionar el término "afrodisíaco" hubo una pausasignificativa al sur del continente americano, pero ella esdemasiado leal para negar un pequeño capricho a su hija.—¡Qué dirán mis amigas del grupo de oración cuando sepan esto!—suspiró.—Nunca lo sabrán, madre. De aquí a que terminemos el libro, yaestarán en la tumba. CARMEN BALCELLS Admito que me aterraba la perspectiva de proponer la idea de un libro de afrodisíacos a Carmen Balcells, la más famosa agenteliteraria del mundo, cuya sola presencia suele causar sudor heladoa los editores y arrebatos de zalamería entre los escritores. Esaseñora ha invertido mucho esfuerzo en mi supuesta "carreraliteraria". Desde el principio, cuando en 1982 le llegó por correo aBarcelona un paquete con el original de mi primera novela, Lacasa de los espíritus, ella concibió planes ambiciosos para mí y congran paciencia ha esperado y sigue esperando que, como el vino,yo madure con gracia. Prueba de su enorme fe es que en cadauna de mis visitas a Barcelona, ella me prepara el plato máscontundente —y afrodisíaco— de su repertorio: el "Cocido deCarmen". Nadie podría narrar con justicia el espectáculo de estamujer con delantal, pañuelo en la cabeza y una retahila dejuramentos a flor de labios, haciendo malabarismos en su cocinacon los cucharones de palo, las ollas de hierro negro, las montañasde ingredientes, los frascos de especias, los ramilletes de hierbas ylos chorros generosos del mejor brandy. Es imposible describir losaromas de sus cacerolas, el sabor de ese caldo levanta-muertos, latextura de los trozos de morcilla, del pollo y la carne que se desha-ce en la boca. En la mesa redonda de Carmen Balcells la vajilla esde fina porcelana, el mantel de lino almidonado, de cabo a rabobordado en conventos de clausura, las copas de cristal cortado 19
  20. 20. para escanciar el mejor vino de La Rioja, y las cucharas de pesadaplata antigua, herencia de remotos antepasados. Y después devarias horas de esforzada labor en la cocina, pasamos a la mesa,donde ella extrae con la debida ceremonia de una soperabarrigona los tesoros de su cazuela para llenarnos los platos...Ycomemos hasta que el alma se eleva en suspiros y se renuevan lasvirtudes más recónditas de nuestras aporreadas humanidades,mientras aquella sopa bendita se nos mete en los huesos,barriendo de un plumazo la fatiga de tantas pérdidas acumuladasen el viaje de la existencia y devolviéndonos la sensualidadincontenible de los veinte años. Pero yo vivo en California, dondetodo el mundo se alimenta de kiwi y ricotta y anda trotando por lacalle con una concentración demente, así es que no me acordédel cocido cuando llamé a Carmen a Barcelona paracomunicarle tímidamente que en vez de la gran novela que de míespera desde hace quince años, caería sobre su escritorio unatado de divagaciones sobre la sensualidad y recetas de cocinade mi madre.—Déu meu! —exclamó, no sé si en latín o en catalán, con el mismotono exaltado que habría empleado si Cervantes le hubieraconfiado uno de sus manuscritos. Y con esa legendariagenerosidad, que la distingue entre los tiburones del mundilloliterario, Carmen me ofreció la receta de su extraordinario cocido,como un regalo para los lectores de este libro. Puede encontrarla,naturalmente, en el capítulo sobre las orgías. YO Una noche de enero de 1996 soñé que me lanzaba a una piscina llena de arroz con leche (vea la receta en la sección postres),donde nadaba con la gracia de una marsopa. Es mi dulcepreferido —el arroz con leche, no la marsopa—tanto es así que en1991, en un restaurante de Madrid, pedí cuatro platos de arroz conleche y luego ordené un quinto de postre. Me los comí sin 20
  21. 21. parpadear, con la vaga esperanza de que aquel nostálgico platode mi niñez me ayudaría a soportar la angustia de ver a mi hijamuy enferma. Ni mi alma ni mi hija se aliviaron, pero el arroz conleche quedó asociado en mi memoria con el consuelo espiritual.En el sueño, en cambio, nada había de elevado: yo me zambullíay esa crema deliciosa me acariciaba la piel, resbalaba por mispliegues y me llenaba la boca. Desperté feliz y me abalancé sobremi marido antes que el infortunado alcanzara a darse cuenta de loque ocurría. A la semana siguiente soñé que colocaba a AntonioBanderas desnudo sobre una tortilla mejicana, le echabaguacamole y salsa picante, lo enrollaba y me lo comía con avidez.Esta vez desperté aterrada. Y poco después soñé... bueno, no valela pena seguir enumerando, basta decir que cuando le conté a mimadre esas truculencias, me aconsejó ver a un psiquiatra o uncocinero. Vas a engordar, agregó, y así me decidí a enfrentar elproblema con la única solución que conozco para mis obsesiones:la escritura.Después de la muerte de mi hija Paula, pasé tres años tratando deexorcizar la tristeza con ritos inútiles. Fueron tres siglos con lasensación de que el mundo había perdido los colores y un grisuniversal se extendía sobre las cosas inexorablemente. No puedoprecisar el momento en que aparecieron los primeros pincelazosde color, pero cuando comenzaron los sueños de comida supeque estaba llegando al final del largo túnel del duelo y por finemergía al otro lado, a plena luz, con unos deseos tremendos devolver a comer y a retozar. Y así, poco a poco, kilo a kilo y beso abeso, nació este proyecto.En la parte que me toca a mí de este trabajo en equipo, serequiere investigación. No me estoy quejando. He descubierto enla vasta bibliografía a mi alcance más de alguna cosilla que nosospechaba... Escribí estas páginas en una habitación de mi casa,porque al principio no deseaba que los cúmulos de libros conilustraciones explícitas estuvieran expuestas en mi oficina ante losojos de mis virtuosas asistentes y de visitantes ocasionales. Comotampoco deseaba exhibir ese material en mi hogar, lo tenía bajollave, pero a medida que me he familiarizado con todas las 21
  22. 22. posturas posibles y otras imposibles para hacer el amor, así comocon cuanto artefacto, filtro, bálsamo, loción, especie, hierba,droga, pluma de avestruz y caramelo en forma fálica que ofrece elmercado, los libros andan sueltos por todas partes y mis nietos,unas criaturas inocentes que aún no alcanzan la edad de la razón,juegan a hacer casitas con ellos, como si fueran los ladrillosperversos de otra torre de Babel. De tanto verlos, ya nada meimpresiona, ni a mis nietos tampoco. Afrodisíacos¿Cómo definir un afrodisíaco? Digamos que es cualquier sustanciao actividad que aguijonea el deseo amoroso. Algunos tienenfundamento científico, pero la mayoría actúa por impulso de laimaginación. Cada cultura y cada persona reacciona ante ellos asu manera. Durante miles de años la humanidad ha ensayadodiferentes posibilidades en la busca incesante de nuevos alicientes,búsqueda que ha conducido a la pornografía y a la creación delarte erótico, tan antiguo como los albores de la pintura rupestre encuevas milenarias. La diferencia entre ambas es cuestión de gusto;lo erótico para uno puede ser pornográfico para otro. Para lospuritanos el Mal estaba en todas partes: cubrían con fundas laspatas de las mesas para evitar malos pensamientos y las señoritasno podían colgar retratos de hombres en las paredes de su cuarto,no fuera a ser cosa que la pintura las espiara cuando se 22
  23. 23. desvestían... Se requería muy poco para excitar a esa buenagente. Algunos afrodisíacos funcionan por analogía, como lasostras en forma de vulva o el espárrago de falo; otros porasociación, porque nos recuerdan algo erótico; también porsugestión, porque creemos que al comer el órgano vital de otroanimal —y en algunos casos de otro ser humano, como sucedeentre los antropófagos— adquirimos su fuerza. En general cualquiercosa con nombre francés parece afrodisíaca. No es lo mismo servircallampas con ajo que champignons a la provençale, pan conhuevos de pescado que croque-monsieur au caviar. El mismocriterio se aplica en las lides del amor. Es bueno disponer denombres sugerentes para las diferentes posturas, como los sabiosmanuales eróticos de Asia. No es necesario recordar los auténticos,puede inventarlo y nadie notará la diferencia: Delicada Mariposaen Salto Mortal, Flor de Loto Desmajada en Laguna con Patos yotros por el estilo. Por cierto, no podemos descartar los estimulantesterapéuticos, plantas y hormonas, pero después de probar un buennúmero de ellos, creo que los sensoriales son los más efectivos:juegos atrevidos, masajes, espectáculos, literatura y arte eróticos.Las sociedades patriarcales, es decir, casi todas, menos algunas deindios perdidos en las crónicas de olvidados conquistadores, tienenverdadera obsesión con la virilidad y su símbolo: el falo. Se trata deproducir hijos, varones, por supuesto, para garantizar la sucesión ypreservar el poder de la familia. En toda falocracia los afrodisíacosson muy importantes, dadas las limitaciones del caprichosoapéndice masculino, que suele desmayarse no sólo por debilidaddel propietario, sino también por hastío. Desde que los hombrestuvieron la curiosa idea de basar en ese órgano de su anatomía susuperioridad sobre las mujeres, comenzaron a tener problemas. Leatribuyen poderes desproporcionados; en realidad es más bieninsignificante comparado con un brazo o una pierna. Y en cuantoal tamaño, francamente no se justifican los nombres de armas oinstrumentos que suele recibir, puesto que puede colocarsecómodamente en una lata de sardinas, aunque dudo que alguiendesee hacerlo. Basta mirar bajo el ombligo de un hombre paracalcular cuánta ayuda requiere para mantener la moral en alto, 23
  24. 24. de allí proviene el interés por los afrodisíacos.Comer y copular dependen menos de los sistemas digestivo ysexual que del cerebro, como casi todo lo que nos acontece, quees sólo sueño, ilusión, engaño. Shakespeare tiene una frase genialsobre esto, pero no pude encontrarla, lo siento; en cambio puedocitar una de Calderón de la Barca:¡Qué es la vida? Una ilusión una sombra, una ficción. Que toda lavida es sueño y los sueños, sueños son.En lo que se refiere a alimentación y sexualidad, la naturalezaexige un mínimo, bastante simple, destinado a la preservación delindividuo y de la especie; lo demás son ornamentos o subterfugiosinventados por nosotros para festejar la vida. La imaginación es undemonio persistente, el mundo sería en blanco y negro sin ella,viviríamos en un paraíso de militares, fundamentalistas y burócratas,donde la energía hoy invertida en la buena mesa y el buen amorse destinaría a otros fines, como matarnos unos a otros con mayordisciplina. Si nos alimentáramos sólo de frutos silvestres ycopuláramos con inocencia de conejos, nos ahorraríamos muchaliteraturasobre estos temas, millones de árboles escaparían a la fatalidad deconvertirse en pulpa y los siete pecados capitales no incluirían la 24
  25. 25. lujuria y la gula, aumentando así de modo significativo el númerode almas en el Paraíso. Pero la naturaleza nos ha dotado —o nosha maldito— con un cerebro insaciable, capaz de imaginar no sólotoda suerte de guisados estupendos y variantes amorosas, sinotambién las culpas y castigos correspondientes. Desde que losprimeros humanos pusieron sobre las brasas un cadáver de cuervoo de rata y luego celebraron aquel ágape con alegresfornicaciones, la relación entre comida y sexo ha sido un temaconstante en todas las culturas. No sabemos si también es así entrelos animales, pero observando a los mapaches que roban elalimento de mi gato, he notado que en las noches de luna llenaaúllan en los tejados imitando los gritos de amor de los felinos delvecindario. Algo tienen esas latas de repugnante pasta depescado que alborota las intenciones de gatos y mapaches porigual.Los afrodisíacos son el puente entre gula y lujuria. En un mundo per-fecto, supongo que cualquier alimento natural, sano, fresco,atractivo a la vista, sabroso y liviano —es decir, las mismas virtudesque uno desea en su pareja— sería afrodisíaco, pero la realidad esbastante más enrevesada. En la búsqueda incansable defortalecer el frágil miembro masculino y curar la indiferencia de lasmujeres distraídas, se llega al extremo de tragar polvo decucarachas. El estudio de las virtudes estimulantes de los alimentoses tan antiguo que se pierde en la noche de civilizaciones enterra-das desde hace siglos. Muchas recetas desaparecieron en losvericuetos de la historia, pero algunas han perdurado en latradición oral. Hace más de dos mil años, hubo un monje taoista enChina, cuya esposa transitó por esta vida afinando su espíritu y sudon de sanadora mediante la práctica amorosa con innumerablesvoluntarios, en tanto su marido tomaba nota de aquellasmaratones y perfeccionaba una dieta para preservar en su inte-gridad la salud, provocar sueños cristalinos y acrecentar la alegríagenital de su mujer. Ella siguió la dieta al pie de la letra, con eximiosresultados. El monje fue también autor de un elixir venenoso a basede mercurio, que al ser ingerido después de una vida demeditación y hierbas, iluminaba la mente y enviaba al espíritu en 25
  26. 26. su último viaje astral, dejando el cuerpo inerte, pero invulnerable ala descomposición. Su mujer, discípula fiel, lo tomó también.Y ya que estamos en la China, no puedo dejar de referirme a BanYigui, mencionada en el libro El mono va al Occidente, unasacerdotisa que llegó a ser la más poderosa maestra del Tao.Sostenía esta mujer que la Realidad sólo se alcanzaba a través deéxtasis sexual. Más de mil hombres por año, devotos seguidores,dedicaban sus vidas a la disciplina ritualista para convertir suenergía sexual en energía espiritual y alcanzar la Iluminación, perola mayoría perdía el control ante la belleza de la Maestra, fallabapor el camino y moría de extenuación. Ella absorbía la energíamasculina y se mantenía eternamente bella y joven como unamuchacha de diecisiete. Cuenta la historia que vivió quinientosaños. En otras culturas se recomiendan ayuno y abstinencia paraalcanzar la Iluminación. Sin embargo ayuno y abstinencia tambiénson afrodisíacos, aunque resulta penoso llegar a esos extremos.Durante la Edad Media existía en algunas regiones de Europa latradición de que los novios durmieran tres noches juntos antes de laboda, desnudos y sin tocarse, separados por una espada. En variostextos eróticos se aconseja ayuno total y rigurosa castidad por seisdías como mínimo, para incrementar el deseo. ¿Cómo vencen alos demonios de la carne los santos, anacoretas, gurús, faquires,sacerdotes, anoréxicos y otras personas que practican estasexcentricidades como virtudes?Tal como hay métodos para incitar el deseo, se conocen otros quelo matan. Entre los antiafrodisíacos más seguros está el mal aliento(en este caso no caben eufemismos). Antiguamente los problemasdentales eran inevitables; no había doncella ni galán mayor dequince años, por noble y principal que fuese, que no tuvieradientes carcomidos y encías inflamadas. Muchas sustanciasconsideradas afrodisíacas son sólo aromáticas, astringentes oantisépticas. Otros antiafrodisíacos que vale la pena mencionarson el resfrío común, un hombre desnudo en calcetines, una mujercon rulos para encrespar el pelo, televisión y fatiga común. Haysustancias que se consideran fatales para la libido: la valeriana,que en dosis pequeñas tiene una larga reputación de estimulante 26
  27. 27. —antes se mezclaba con cerveza y vino para alegrar a los clientesen los prostíbulos— pero en forma desmedida causa pasmo, sueñoa destiempo, extravío de las ideas y fastidio en el amor. Los bañosde agua helada también son contraproducentes: si se usan paraaturdir a los locos, imagínese cómo congelan la vehemencia deldeseo. Y la lista sigue con el vinagre, cuyas virtudes medicinalesincluyen despertar de los desmayos, pero que también puedecausar vómitos, destemplar los dientes y producir impotenciatemporal, porque enfría la sangre. Antaño se recurría a la infusiónde lechuga bebida al acostarse y a la piedra lumbre bajo lascamas para evitar las poluciones nocturnas y los sueños felices delos muchachos en el servicio militar y en internados religiosos. Apropósito, mis amigos católicos agregan a esta lista la santadevoción de rezar el rosario en la cama, lo cual suele adormeceral más creyente tanto como al más enamorado. Sobre este temasobran ideas contradictorias. El pepino, que por su forma seconsidera erótico en muchas regiones, en otras se utilizaba en losmonasterios para apaciguar el ardor viril de los monjes. No sé si locomían, lo aplicaban en compresas o de otras formas que meexcuso de detallar. Ante la duda, abstente, decía mi abuelo.En estas páginas pretendo ofrecer, como mejor he sabido, unadescripción de los afrodisíacos más comunes. Espero que no faltenen su cocina y den a su vida unos brochazos de sabor y buenhumor, tan añorados en la vorágine del modernismo. Vivimoscorriendo para llegar primero a la muerte. Sólo cabe agregar quesi tiene suerte y estos excitantes dan el resultado esperado, vivirá ymorirá feliz, tal vez de un ataque súbito causado por unacombinación de gula y lujuria, únicos pecados capitales dondecabe cierto estilo, los demás son pura malignidad y quebranto. En la variedad está el sabor 27
  28. 28. Es necesario anunciar ahora, a pecho abierto y antes que el lectorsiga perdiendo su tiempo en estas páginas, que el únicoafrodisíaco verdaderamente infalible es el amor. Nada logradetener la pasión encendida de dos personas enamoradas. En esecaso no importan los achaques de la existencia, el furor de losaños, la torpeza física o la mezquindad de oportunidades, losamantes se las arreglan para amarse porque por definición ése essu destino. Pero el amor, como la suerte, llega cuando no lollaman, nos instala en la confusión y se esfuma como nieblacuando intentamos retenerlo. Desde el punto de vista de su valorestimulante es, por lo tanto, lujo de unos cuantos afortunados, peroinalcanzable para quienes no han sido heridos por su dardo. Esonos lleva al segundo afrodisíaco más poderoso: la variedad.La variedad renueva el ardor amoroso una y otra vez. Eso explicala poligamia y la infidelidad, ambas agotadoras. El sabio reySalomón amó —además de la hija del faraón— a muchas mujeresque Jehová desaprobaba, no por la cantidad, sino porque eranextranjeras:Y tuvo seiscientas mujeres reinas y trescientas concubinas; y susmujeres desviaron su corazón. —1 Reyes 11:3¿Cómo se las arreglaría el anciano Salomón con esamuchedumbre de mujeres? Por muchos afrodisíacos y ayudadivina a su alcance, novecientos es un número epopéyico. Unavez que tuve seis mujeres a tomar el té en mi casa quedé con dolorde cabeza por una semana... ¿Qué haría yo, no digamos connovecientos, sino con dos hombres? Ya no me alcanza el ímpetupara más de un enamorado a la vez, debo buscar otras formas deincorporar sorpresa a mi vida amorosa. Me disfracé con unapeluca platinada y lentes de sol, pues todavía pesan en mí ciertosescrúpulos que una década en San Francisco no ha conseguidoeliminar del todo, y fui a una tienda porno del barrio gay en buscade material didáctico para estas páginas. No me detuvedemasiado en los instrumentos sadomasoquistas, las muñecasinflables —incluyendo una oveja— o los atrayentes vibradores con 28
  29. 29. luces fluorescentes, ni siquiera uno que al enchufarse tocaba unvals, como las antiguas cajas de música; me dirigí en línea recta alos estantes con libros, donde procedí a llenar un par de bolsas.Había tal exuberancia para escoger, que sólo la urgencia porcomenzar a leerlos lejos de testigos logró arrancarme de allí. Comomi madre esperaba en casa, traté de ocultar mis adquisicionespara que tanta impudicia no le cortara el resuello, pero muypronto la sorprendí hojeándolos, sentada en su mecedora con unataza de camomila. La conclusión, después de semanas deinteresante lectura, es que cuando no se cambia de pareja, almenos se debe introducir variaciones en la práctica.En las culturas donde el erotismo tiene prestigio de arte, existen pro-lijos manuales ilustrados para quienes se casan y desean transitarcon buen espíritu y éxito por los caminos del amor. La mayoríapone mucho énfasis en las vueltas y revueltas de las posturas,incluso algunas anatómicamente improbables. Sólo los humanospodemos darnos ese gusto, porque somos los únicos mamíferoscapaces de hacer el amor de frente, según dicen, aunqueimagino que un puerco espín debe preferir esa posición y losdelfines, que pasan un tercio de su vida en juegos sensuales,seguro la han descubierto también. Los demás lo hacen rápido ypor detrás, así la hembra puede escapar en caso de peligro. No esnecesario agotar la fantasía, ya que todo está inventado yprobado; basta con tener el ánimo curioso y alguna literaturaerótica sobre la mesa de noche para incorporar variacionesexquisitas a aquello que de otro modo suele convertirse en rutina.Si los libros de cocina son parte de su biblioteca, los de erotismotambién debieran serlo. Entre los más célebres manuales seencuentran el Kama Sutra de India, los libros chinos de almohada ylos shungas del Japón (que fueron escritos e ilustrados en sumayoría por monjes en monasterios) pero hay mucho más; de lavariedad se han ocupado casi todos los pueblos asiáticos, árabes,polinésicos, africanos y otros libres de los estigmas religiosos quecastigan el placer. En Europa, a mediados del siglo XVI, GiulioRomano pintó en las paredes del Vaticano una serie de posturasque luego Pietro Aretino inmortalizó en sus sonetos. Dos siglos más 29
  30. 30. tarde todavía se usaban esos dieciséis dibujos como parte de laeducación sexual de los jóvenes aristócratas. Algunas posturas deesos exóticos manuales, sobre todo los de India, resultandemasiado acrobáticas para el gusto burgués: los codos y lasrodillas se flexionan para el lado contrario, la cabeza se voltea enciento ochenta grados y la confusión de brazos y piernas es tal,que sin ayuda de un quiropráctico no me explico cómo puedendesenredarse. Yo ya no logro pasarme las piernas por detrás delcuello, mover las orejas o tocarme la nariz con la punta de lalengua, así es que debo renunciar a buena parte de esascabriolas. Tampoco soy aficionada a trapecios y otros aparatoscircenses; sufro de mareo y ocasionalmente esas piruetas sonmortales, capaces de que uno se trague la lengua o se estranguleen una cuerda.A muchos de nosotros ciertas variantes nos dan susto. Un buenamigo mío, descendiente de herreros cuáqueros, grandote ybarbudo, de profesión poeta y apicultor, fue invitado a cenar, conevidentes intenciones de seducirlo, por una admiradora de susversos y de la miel de sus abejas. Al término de una comidagalante al calor de la chimenea y la tenue luz de unas velasaromáticas, cuando ella descorchaba la segunda botella de vinoy se desabrochaba el tercer botón de la blusa, mi amigo fuediscretamente al baño. Al pasar echó una mirada al dormitorio desu anfitriona para medir las distancias y planear su estrategia;siempre es bueno saber qué terreno se pisa antes de levantar auna mujer en brazos y avanzar a ciegas hacia una camadesconocida. Al asomarse, distinguió luces titilantes, espejos en lasparedes y un trapecio colgando sobre el lecho. Aterrado, el poetaescapó por una ventana y nunca más fue visto por esos lugares. Enuna de sus cartas, este amigo me comentó que la obsesión con lavariedad tiene mucho que ver con la pérdida del talento parasaborear un modesto tomate, con nuestra incapacidad para estaren el mundo sensualmente. En el afán de compensar esascarencias, hay quienes llegan a extremos como aquel inofensivocolumpio, por no mencionar extrañas perversiones. Me contó de sucompadre Tom, quien llevaba siempre consigo una libreta donde 30
  31. 31. marcaba rayas verticales, una por cada mujer que había"poseído". ¿Y dónde estaban los nombres? Este cabalgador habíaolvidado anotarlos; ni siquiera las "poseía" en el recuerdo. En suagotadora carrera de seductor de una noche, Tom habíaaprendido menos que otros que han amado sólo a una mujer y lahan "conocido" en todos los sentidos. Es como aquellos comedorescompulsivos, que tragan sin degustar o beben en exceso sindescubrir el misterio de la uva; como los que acumulan convoracidad insaciable sin experimentar jamás la abundancia.Howard Hugues, magnate norteamericano, famoso playboy y unode los hombres más ricos de todos los tiempos, quien cuando muriótenía más dinero que el Producto Nacional Bruto de casi todos lospaíses del mundo, pereció de hambre en un motel de Las Vegas,completamente solo, reducido a piel y huesos, como una sombrade campo de concentración, atestado de gérmenes y bacterias,caminando con cajas de zapatos en los pies, porque las uñas lehabían crecido como garras de mandarín. Murió de pobreza.Pobreza de los sentidos y del espíritu. Unos cuantos rábanosarrancados de la tierra y unos sorbos de agua podrían haberlocurado. ¡Tanto acumular y tan poca abundancia! Vivimosobsesionados con un insaciable apetito de sensaciones cada vezmás fuertes, porque en la prisa por devorarnos todo, hemosdesconectado el cuerpo del alma. Ya no bastan una caricia sutil,el placer de la piel contra la piel o compartir un durazno, exigimosuna exaltación cósmica que nada, ni las drogas, ni la violencia delcine, ni la pornografía más brutal pueden darnos. En la búsquedade alivio para el hastio elevamos la crueldad a categoría de arte ode chiste... (¡Basta! He sido madre por tanto tiempo, que predicarme sale solo.) 31
  32. 32. La buena mesaQuienes escriben de cocina provienen naturalmente de una largatradición de refinamiento culinario, han nacido y crecido en sitiosevocativos, como la campiña francesa o una villa de Italia, dondesus madres y abuelas cultivaban un arte tan delicado comosuculento. En la mesa diaria se escanciaba el mejor vino y mientrasel padre con la servilleta amarrada al cuello cortaba solemne elgran pan campesino, sujetándolo contra el pecho como quiendegolla a un rival, la madre dirigía con la mirada el desfile de lasrobustas muchachas de servicio, trayendo de la cocina humeantessoperas de porcelana, bandejas de guisados esenciales, tablas dequesos de la provincia y fuentes con pirámides de frutas y dulces.Eran festines cuantiosos que reunían a la familia en la lentaceremonia de cada comida. En esas mesas, siempre cubiertas pormanteles de damasco almidonados, brillaban las copas de cristal,las alcuzas del aceite más puro de oliva y el vinagre balsámico, losfloreros y candelabros de plata, mudos testigos de varios siglos deexcelente cocina. Tal vez en esos comedores sólo se hablaba deasuntos placenteros, como la textura incomparable del paté dehígado con trufas, el sabor del venado asado, la sensualidad delsoufflé de cerezas y el perfume de aquel nuevo café, enviado delBrasil por un amigo explorador. De tal ambiente, supongo, salen loscélebres cocineros y gourmets, los catadores de vinos, los autoresde libros de cocina y, en fin, los aristócratas de la comida queguían los paladares del ínfimo porcentaje de la humanidad quepuede comer a diario. Temo que no poseo tales credenciales.Vengo de una familia donde el desprecio por los placeresterrenales era una virtud y el ascetismo en las costumbres seconsideraba bueno para la salud. Los únicos valores aceptableseran los de la mente y, en ciertos casos, los del espíritu. Mi abuelo,quien vivía fascinado por los adelantos de la ciencia y latecnología, ignoró olímpicamente el agua caliente y lacalefacción hasta mediados del siglo XX. En su caso se trataba de 32
  33. 33. arrogancia —él se situaba por encima de la comodidad y otroscaducos hábitos burgueses— pero otros miembros de nuestro clanadoptaban la misma actitud por razones de santidad, locura,avaricia o simple distracción, como mi abuela. Mientras otrasdamas de su edad y categoría velaban por los detalles hogareñosy el comportamiento de sus herederos, la mía se ocupaba deaprender a levitar. Mis primeros años junto a ella deben haber sidomuy felices, pero en mi memoria prevalece la época posterior a sumuerte, cuando la casa perdió la luz y la alegría. Recuerdo uncaserón sombrío, donde reinaba mi abuelo como un Zeus severo,aunque siempre justo, en medio de incontables parientes,protegidos y empleadas que, como personajes de novela,paseaban en esas habitaciones de techos altos, cada uno con susdramas, pasiones y excentricidades. La ausencia de mi abueladejó un vacío tremendo que hasta el día de hoy, en pleno otoñode mi vida, aún me duele. Era una mujer legendaria, de quien secuentan anécdotas improbables, que pasó su existencia en unplano intermedio entre la realidad y el ensueño, más preocupadade fenómenos extrasensoriales y obras de caridad que de lasgroseras realidades de este mundo. Las labores domésticas o losafanes de la maternidad le interesaban poco, delegaba esasresponsabilidades en las numerosas "nanas", que nunca faltaron asu servicio. Tal como mi abuela se ponía cualquier prenda quetuviera a mano, indiferente a la moda o al clima, igual comía loque le pusieran delante. El tema de los alimentos, como tantosotros concernientes al cuerpo y sus funciones, le resultaba de malgusto, por lo tanto no se mencionaba en su presencia.Eternamente inapetente, se sentaba a la mesa por hábito, con lamente puesta en los traviesos fantasmas que solían visitarla en sussesiones semanales, o concentrada en recibir los mensajestelepáticos de sus amigas espiritistas. En su rostro demasiado pálidodestacaban grandes ojos negros que le daban un aire deausencia, por lo mismo sorprendían su risa fácil y su sentido de laironía. Tal vez porque no la creíamos totalmente humana, jamáspensamos que fuera susceptible de morir, pero un día esa abuelaprodigiosa dio un profundo suspiro de despedida y se fue al otro 33
  34. 34. mundo sin explicaciones. Con su partida todos perdimos el rumbo,principalmente su marido, incapaz de perdonarle que lo hubieraabandonado treinta años antes de lo que él había planeado.Después de la muerte de mi abuela le tocó a mi madre, aún muyjoven, separada de su marido y con tres niños pequeños, hacersecargo de esa casona. En el servicio había varias empleadasantiguas poco dispuestas a obedecer sus órdenes y una temiblecocinera, cuyo cargo incluía las ingratas tareas de ahogar a losgatos recién nacidos que poblaban los tejados, torcer el pescuezoa gallinas y patos en el último patio y engordar otras bestias paraluego decapitarlas a mansalva y echar los restos en sus ollas. Esamujer reinaba en la cocina, una habitación espaciosa, oscura, malventilada, con muebles de madera impregnados por la grasa demil cocimientos. De ganchos en el techo colgaban utensilios de unmetal negruzco tan usado, que habían perdido su forma original.Mientras mi abuela estuvo viva, la cocinera tomaba las decisionesen la parte de atrás de la casa, donde habitaban los sirvientes, losniños y los animales. Nadie se habría atrevido a contradecirla ymucho menos hacer un comentario crítico sobre sus dudososguisos. De diario servía contundentes platos de la cocina chilenaque preparados con amor son deliciosos, pero que ella convertíaen mazamorra de internado: legumbres mañana y tarde, rústicascazuelas y sopas, pesados pasteles de papa o maíz, predeciblesestofados de carne y de postre siempre aquel dulce de membrilloelástico como panza de sapo, cuya preparación era unaceremonia estival en la que participaban todas las criadas,enguantadas y con las caras protegidas por pañuelos, revolviendopor turnos el caldero de cobre donde hervía aquella mezcolanza.Si se trataba de agasajar invitados, la cocinera abría de malagana un frasco de castañas en almíbar y se dirigía llave en mano ala bodega para elegir el vino correspondiente a la categoría de losvisitantes. Mi madre, que por uno de esos incomprensiblesaccidentes genéticos había nacido con una sensibilidad refinadaen medio de aquella tribu espartana, quiso imponer algunasmejoras en el estilo de vida, pero la cocinera, que la había 34
  35. 35. visto crecer, no estaba dispuesta a recibir sugerencias. Una guerrasorda se estableció entre las dos.Mi madre se esmeraba por modernizar las costumbres de la familia,mientras la otra se aferraba a sus antiguas manías con el apoyotácito de los varones de la casa, quienes no tenían intención decomplicarse la existencia con ideas afrancesadas. En loconcerniente a los alimentos, mi abuelo sostenía posicionesinexpugnables: no probaba nada nuevo; no mezclabaingredientes, había que servirle los huevos de la tortilla española enun plato y las patatas en otro; echaba sal y picante a cucharadasen los guisos antes de probarlos, porque suponía que era buenopara los intestinos; los postres le parecían afeminados y en vez devino tomaba grandes vasos de ginebra con la comida. Cuandouno de mis tíos volvió de la India convertido en faquir, vestido conun taparrabos y masticando cada bocado sesenta veces, miabuelo encontró el pretexto perfecto para no comer en la casa.Salía temprano y no regresaba hasta bien entrada la noche,excepto los domingos, cuando se reunía la familia en unos ágapes 35
  36. 36. pantagruélicos. Por un tiempo mi madre intentó hacer cambios,pero terminó vencida por la burla de sus parientes, la desidia de lasempleadas y la tiranía de la cocinera. Se impuso entonces unmenú fijo para la semana, que con ligeras variantes según lasestaciones, servía para todo el año. No había sorpresas, exceptolas empanadas y los pasteles del domingo y los días de fiesta. Aeste regimen se suma el hecho de que me eduqué en colegiosingleses, donde la comida abominable formaba parte del métododidáctico para fortalecer el carácter del alumnado. Había unaconmovedora claridad en los principios morales de los colegiosingleses de entonces. ¡Ah, la sopa de los jueves! Era un líquidoturbio, donde flotaban trozos indeterminados y grises, tal vez lassobras de la cocina de los últimos días. Llevarse cada cucharada ala boca, bajo la mirada compasiva, pero inflexible, de la directorade la institución requería tanto autocontrol, que al terminar meinvadía una satisfacción espiritual sólo comparable al placererótico. Ya lo sé, esto es material de psiquiatra. Basta decir queahora todo lo que como me parece manjar de dioses, excepto laremolacha, que no soporto. Estoy orgullosa de mi odio profundopor la remolacha. Después de todo, hay una ética del odio.En los años siguientes la mansión de mi infancia naufragó en el olvi-do, murieron la feroz cocinera y buen número de misextraordinarios parientes, mi abuelo se fue convirtiendo en unanciano roble torcido y mi madre se casó con un diplomático. Ensu larga trayectoria de embajada en embajada, tuvo al finocasión de desarrollar su genio doméstico, y digo genio porque ensu caso se trata de un talento extremo y espontáneo, sin esfuerzoaparente, que no aprendió por disciplina ni heredó deantepasado conocido. Su casa y su cocina son modelos imposiblesde emular; ni siquiera tengo un complejo al respecto, comocorresponde a hijas de madres así. A su lado aprendí el valor deuna pizca de especias, un chorrito de licor, un pin de sal, una nadade mostaza, un puñado de hierbas, una nube de azúcar flor y otrassubjetivas medidas del arte culinario. Sin embargo, pasaríanmuchos años antes que la cocina dejara de ser un espectáculoconcertado por mi madre y me interesara en un plano personal. 36
  37. 37. Eso ocurrió cuando me di cuenta que una de las pocas cosas quehombres y mujeres tenemos en común es el sexo y la comida.Entonces emprendí la aventura de explorar ambos. Fue un largoviaje a través de los sentidos que, eventual-mente, me condujo aidear estas páginas. Cocinando DesnudosA un célebre diseñador de moda le oí decir, mientras ajustaba uninsignificante trapo semitransparente de siete mil dólares sobre loshuesos de una modelo bulímica, que el mejor atavío de una mujeres una sonrisa radiante. A veces es todo lo que se necesita, peropor desgracia yo lo he descubierto algo tarde, después demalgastar mucha vida rabiando frente a mi closet y a una edaden la que no resulta gracioso andar en cueros.Todo lo que se cocina para un amante es sensual, pero muchomás lo es si ambos participan en la preparación y aprovechanpara ir quitándose la ropa con picardía, mientras pelan cebollas ydeshojan alcachofas. Lástima, mi marido es buen cocinero, perono es coqueto. Sería divertido verlo afanado con sus cacerolasmientras lanza piezas de su vestuario por los aires... Le he contadode los adamitas, una secta cristiana del siglo II, cuyos miembros sedesplazaban desnudos con la idea de recuperar la inocencia deAdán anterior al pecado original, pero no es hombre que capteindirectas y hasta ahora no he logrado que se quite los bluyinesgrasientos con que ejerce su incuestionable autoridad en lacocina. Pocas virtudes más eróticas puede poseer un hombre quela sabiduría culinaria. Lo primero que me atrajo de él fue laincreíble historia de su vida —que no tuvo inconveniente en 37
  38. 38. contarme en nuestro primer encuentro y que inspiró mi quinto libro,El plan infinito— pero realmente me enamoré varias horas mástarde, al verlo preparar una cena para mí. Al día siguiente deconocernos me invitó a su casa. En aquel tiempo él vivía con unosmonstruos que, después supe, eran sus hijos, y una colección demascotas detestables, desde unas ratas neuróticas, que pasabansus míseras existencias enjauladas mordiéndose las colas unas aotras, hasta un perro sin control de esfínteres y un estanque dondeflotaban tristes peces agonizantes. Aquel espectáculo habríaespantado a cualquier mujer normal, pero yo sólo tuve ojos paraese hombre moviéndose con soltura entre sus cacerolas. Muypocas mujeres latinoamericanas han tenido una experienciasemejante, porque en general los machos de nuestro continenteconsideran toda actividad doméstica como un peligro para susiempre amenazada virilidad. Admito: mientras él cocinaba yo lodespojaba mentalmente de sus ropas. Cuando mi anfitriónencendió las brasas de la parrilla y de un cruel hachazo partió uncadáver de pollo por la mitad, sentí una mezcla de pavorvegetariano y primitiva fascinación. Después arrancó del jardínhierbas frescas y seleccionó de un armario varios frascos deespecias, entonces comprendí que me encontraba ante unposible candidato con excelente materia prima, a quien unoscuántos años conmigo convertirían en una joya. Y cuandodescolgó de la pared una especie de cimitarra y con cuatro pasesde samurai transformó una insignificante lechuga en robustaensalada, me flaquearon las rodillas y se me llenó la cabeza deimágenes obscenas. Todavía me ocurre a menudo. Eso hamantenido nuestra relación a punto de caramelo.Las mujeres nos impresionamos con los hombres entendidos encomida, cosa que no ocurre al revés. Un hombre que cocina essexy, la mujer no, tal vez porque recuerda demasiado el arquetipodoméstico. El contraste y la sorpresa son eróticos: una muchachavestida de pandillero y acaballada sobre una motocicleta puederesultar excitante, en cambio un hombre en la misma situación essólo un macho ridículo. Yo jamás admito que sé cocinar, es fatal.Mi amiga Hannah, compositora de esa música de la Nueva Era 38
  39. 39. que se escucha en clínicas de belleza y consultorios dentales, y suúltimo marido, son buen ejemplo de lo que sostengo. Durante unbreve tiempo de soltería después de su tercer divorcio, Hannahcontestó uno de esos avisos clasificados del periódico para buscarpareja. Por teléfono el hombre parecía perfecto: se ganaba lavida entrenando perros para ciegos y había ido como voluntario aconstruir escuelas en Guatemala, donde una bala perdida le volóuna oreja. Mi amiga, inexperta en avisos personales y algodesesperada, lo invitó a cenar antes de verlo. (Ni se le ocurra: lascitas a ciegas son muy peligrosas.) Lo apropiado en estos casos esun breve encuentro en un sitio neutro del cual ambos puedanescapar con dignidad, jamás una comida a solas que puedeconvertirse en un largo martirio. Ella esperaba una versión maduradel Che Guevara, pero llegó una réplica de Vincent van Gogh.Nada tiene ella contra la pintura impresionista, a pesar de queprefiere motivos astrológicos para sus paredes, pero aqueldesconocido con los pelos color zanahoria y ojos despavoridos fueuna desilusión. Se arrepintió apenas lo vio. En fin, ya estaba allí y noera cosa de cerrarle la puerta en las narices por cuestión de unaoreja más o menos. Mi amiga no estaba en condiciones deponerse quisquillosa por menudencias, pero ese hombrecillo erapeor de lo imaginado en sus solitarias pesadillas. Había planeadoluz de velas y unas lentas sambas del Brasil, pero no quiso provocariniciativas indeseables en su huésped, de modo que encendiótodas las luces y colocó una de sus composiciones musicales dezumbido de viento y aullidos de coyotes, que tienden a producir unletargo hipnótico. Se saltó la copa de vino preliminar y otras cor-tesías de rigor y lo condujo directamente a la cocina, dispuesta apreparar unos tallarines de última hora, alimentarlo a toda prisa ydespedirlo antes de servir el postre. El hombre la siguió manso, sindar muestras de desencanto, como quien está acostumbrado arecibir un trato más bien brusco, pero una vez en la cocina algocambió en su actitud, respiró hondo, inflando el pecho, se leenderezó el esqueleto y sus ojillos de liebre recorrieron todo,tomando posesión del terreno, conquistándolo. Permítame, dijo, ysin darle oportunidad a Hannah de contradecirlo, le quitó 39
  40. 40. suavemente el delantal de las manos, se lo amarró en la propiacintura y la instaló a ella en una silla. Veremos qué hay por aquí,anunció, mientras rescataba de la nevera los ingredientes que ellahabía decidido guardar para el día siguiente y otros en los que nohabía pensado. Van Gogh echó mano de ollas y sartenes como sihubiera nacido entre esas cuatro paredes. Con gracia y destrezainesperadas hizo bailar los cuchillos partiendo verduras y mariscospara dorarlos con mano liviana en aceite de oliva, lanzó lostallarines al agua hirviendo y preparó en un abrir y cerrar de ojosuna salsa traslúcida de cilantro y limón, mientras le contaba a miamiga sus aventuras en Centroamérica. En pocos minutos aquelhombrecillo patético se transformó: sus pelos de payasoadquirieron la fuerza viril de una melena de león y su aire denáufrago se convirtió en serena concentración, mezcla irresistiblepara una mujer como Hannah. El aroma que surgía de la sartén yel borboriteo de la olla empezaron a producir en ella una crecienteanticipación, sintió que le corrían gotas de sudor por la espalda,empapándole la blusa, que se le humedecían los muslos y se lehacía agua la boca, al tiempo que descubría, sorprendida, lasmanos elegantes y las espaldas anchas de aquel hombre. Lasheroicas anécdotas de Guatemala y de los perros para ciegos lellenaron los ojos de lágrimas; la oreja cortada adquirió para ella elvalor de una condecoración de guerra y un deseo irresistible deacariciar la cicatriz la estremeció de la cabeza a los pies. CuandoVan Gogh colocó sobre la mesa una fuente con humeantestallarines a la pescatore, como los llamó, ella suspiró vencida. Sacóde su escondite la botella de vino francés, que pensaba reservarpara otro candidato más meritorio, apagó la luz, encendió lasvelas y puso en el tocadiscos la samba lenta del Brasil. Espérameun momento, anunció con un ronroneo de gata, voy a ponermealgo más cómodo. Y regresó con su traje de cuero negro y susbotas de domadora...Los gourmets, capaces de escoger los platos en francés de unmenú y discutir sobre vinos con el sommelier, inspiran respeto en lasmujeres, respeto que puede transmutarse con facilidad en vorazapetito amoroso. No podemos resistir aquellos que saben cocinar. 40
  41. 41. No me refiero a esos chambones ataviados con un gorrohistriónico, que se declaran expertos y con grandes ademaneschamuscan una salchicha en la parrilla del patio, sino a losepicúreos que escogen amorosamente los ingredientes másfrescos y sensuales, los preparan con arte y los ofrecen como unregalo para los sentidos y el alma; esos varones con clase paradescorchar la botella, olisquear el vino y escanciarlo primero ennuestra copa para dárnoslo a probar, mientras describen los jugos,el color, la suavidad, el aroma y la textura del filet mignon en eltono que, creemos, más tarde emplearán para referirse a nuestrospropios encantos. De necesidad, pensamos, esos hombres tienentodos los sentidos afinados, incluso el del humor. Quién sabe... ¡talvez hasta sean capaces de reírse de sí mismos! Cuandoobservamos cómo limpian, aliñan y cocinan los camarones,imaginamos esa paciencia y destreza aplicadas a la tarea dedarnos un masaje erótico. Si prueban delicadamente un trozo depescado para verificar su cocción, temblamos anticipando esesabio mordisco en nuestro cuello. Suponemos que si puedenrecordar cuántos minutos en la sartén soporta una rana, conmayor razón podrán recordar cuántos de cosquilleo exige nuestropunto G, aunque eso no siempre es cierto, en la vida real sueleninteresarles mucho más las piernas de rana que las nuestras.Hace poco me llamó Jason, uno de mis hijastros, desde Nueva Yorkpara anunciarme que había conocido a la mujer de su vida; éstasería la número diecisiete, si llevo bien la cuenta. Necesitabainstrucciones urgentes para la primera cita. Su presupuesto es tanlimitado como su experiencia, de modo que no servía aconsejarleuna buena obra de teatro, un pequeño restaurante marroquí y,para culminar la tarde, un paseo en coche con caballos por elparque y una sesión de jazz en Harlem. Por otra parte, insinuarleque cocinara para ella equivalía a su sentencia de muerte.Entonces me acordé de la torta de chocolate y se me ocurrió queuna ocasión como esa justificaba una pequeña trampa; nosiempre sirve ser honesto, a veces es preferible ser creativo. La tortade chocolate es demasiado complicada para incluirla en miagitada vida, por eso cuando recibo visitas importantes la compro 41
  42. 42. en la mejor pastelería de los alrededores, le quito los adornos, lapaso a un plato de nuestra vajilla y luego doy dos vueltas a lamesa del comedor saltando, hasta que se desmaye lo suficientecomo para parecer preparada en casa. Las tortas compradas,como los peinados de peluquería, tienen el sello indisimulable de lamano profesional, pero después de agitarlos con brincos vigorososambos descienden al plano de las chapucerías domésticas.Le dije a Jason que saliera en busca de comida exótica, pero notanto como para que resultara sospechosa. La comida china, porejemplo, es indisimulable. Nadie en su sano juicio pensaría que mihijastro es capaz de preparar wanton o lumpias, pero un platoárabe, de esos que parecen masticados, puede pasar la prueba,sobre todo si al invitar a la chica anuncia que cocinará para ellacon ingredientes afrodisíacos. Una vez fuera de su envoltorio, elfalafel o el shish kebab pierden prestancia y se adaptan dócil-mente a su nueva situación. Le conté de Hannah y su nuevomarido y le sugerí que decorara la mesa, pusiera buena música y,cuando ella tocara el timbre abriera la puerta con la cacerola enuna mano y el cucharón en la otra —la primera impresión suele serdefinitiva—, que la instalara en una silla con un vaso de vino bienhelado y, mientras él fingía cocinar, le hiciera preguntas paradistraerla. Le recordé que se quitara primero los zapatos, como losbudistas en California, y enseguida se desabotonara la camisa,para mostrar los músculos; de algo ha de servirle tanto levantarpesas. A diferencia de los hombres, que piensan sólo en el objetivo,las mujeres nos inclinamos hacia los rituales y procesos. Debíexplicar a Jason que esa ceremonia previa, aunque fuera un actode ilusionismo, era seguramente tan excitante para la joven comotodas sus acrobacias eróticas posteriores. No la apures, le supliqué,saborea con ella el aroma de las velas, la delicadeza de las flores,cada sorbo de vino y bocado de la comida; habla poco y fingeprestar atención a lo que ella dice. A ninguna mujer le interesarealmente lo que hablan los hombres, sólo lo que murmuran. Bailacon ella, así puedes abrazarla sin aparecer como un gorila en celoy, cuando creas que ha llegado el momento de conducirla a unaposición más cómoda, espera. Y sigue esperando un buen rato 42
  43. 43. más. No se puede apresurar la cocción de un buen estofado.Juega con ella, le dije a Jason, pensando que la risa es unexcelente afrodisíaco, cosa que este muchacho con aspiracionesliterarias suele olvidar en su desmedido entusiasmo por la tragedia.Y si hay una segunda cita, recuerda que la preparacióncompartida de los alimentos es un preámbulo del amor. Noimporta demasiado que las recetas no sean propiamenteafrodisíacas —desde el punto de vista científico, me refiero—siempre que los brincos y retozos en la cocina lo sean. Juega en lacama y juega con la comida. Grandes autores, desde Henry Milleren sus Trópicos, hasta Pablo Neruda en infinitas metáforas poéticas,han convertido la comida en inspiración sexual. Recuerda alanciano dictador de la novela de García Márquez, El otoño delpatriarca, le dije, quien atraía colegialas a los jardines de supalacio para frotarles las zonas erógenas con los ingredientes de laensalada y luego... ¡Bueno, lee el libro, hijo, por Dios! Escuché unaexclamación de asco en la línea. Jason es demasiado joven paratales sutilezas. Me referí entonces a uno de los textos perdidos porlos rincones de mi casa (G. Legman, Oragenitalism), donde sesugiere algo similar con fresas y bananas, así como servir vino dulceen el mismo sitio, pero evidentemente el autor no pensó en lacomezón. Esto debiera probarlo en sí mismo quien lo propone. Losgalanes de antaño bebían champaña en los botines de lascortesanas y siempre podemos disponer de valles, montes yhendiduras de la anatomía del amante para colocar los bocadosmás sensuales. (Cuidado con la alfombra y las sábanas, Jason,cuesta quitarles las manchas.) Todo esto traté de resumir en unacomunicación de larga distancia, pero mi hijastro contestó queahora ninguna muchacha usa botines, sino botas de combate yque la sonrisa radiante propuesta por el diseñador de moda severía estúpida en una persona joven.No quiero dar la impresión, sin embargo, que yo soy una de esasabuelas capaces de enredarse en velos de odalisca para picarcebolla y de servir la mesa en babuchas turcas meneando elombligo como una danzarina exótica, porque sería una mentirapeligrosa. Podría inducir a otras mujeres a una depresión similar a la 43
  44. 44. que me acongoja cuando me comparo con esas amas de casaque figuran en las revistas del hogar, aquellas que usan los restosdel guacamole para máscaras faciales y pintan flores en el papeltoilet. Si alguna vez lo hice —la danza del vientre, me refiero— fueen mi juventud, tal vez al comienzo de una relación amorosa queentonces creía trascendental y que hoy apenas recuerdo, pero yano tengo la misma disposición de antes para hacer el ridículo y, talcomo dice mi madre, si pierdo el tiempo con disfraces ¿quién va avigilar el soufflé? El conjuro de los aromasLa mujer es como una fruta que sólo exhala su fragancia cuandola frotan con la mano. Toma, por ejemplo, la albahaca: a menosque la calientes con los dedos no emite su perfume. ¿Y sabes, porejemplo, que a menos que el ámbar sea entibiado y manipuladoretiene su aroma? Es igual con la mujer: si no la animas con tuscaricias y besos, con mordiscos en sus muslos y abrazos apretados,no obtendrás lo que deseas, no experimentarás placer cuando ellacomparta tu diván, y ellano sentirá afecto por ti. —De El jardín perfumado¿Dónde comienza el gusto y termina el olfato? Son inseparables. Latentación del café no nace en el sabor, que deja un rescoldo dehumo en el recuerdo, sino en esa fragancia intensa y misteriosa debosque remoto. Con los ojos cerrados y la nariz tapada no 44
  45. 45. podemos distinguir entre una papa cruda y una manzana, entregrasa y chocolate. La nariz es capaz de detectar más de diez milolores y el cerebro de diferenciarlos, sin embargo para ese mismocerebro suele ser imposible distinguir entre lujuria y amor. El olfatoes, desde el punto de vista de la evolución, nuestro sentido másantiguo. Es preciso, rápido, poderoso, y se graba en la memoriacon tenaz persistencia, de ahí el éxito de los perfumes, cuyosecreto es usar siempre el mismo, hasta convertirlo en un sellopersonal e intransferible, algo que nos identifica. Cleopatra lo sabíay, como todo en ella, lo llevaba al extremo. La brisa anunciaba enlos puertos el arribo de su nave dorada con horas de anticipación,porque transportaba la fragancia de rosas de Damasco con queesa reina hechizante hacía impregnar el velamen. En su célebrevisita a Roma, donde llegó con Cesarión, el hijo habido con JulioCésar, en medio de un formidable escándalo social y político queella ignoró con la natural arrogancia de las faraonas, el perfumede rosas se puso de moda, y todas las mujeres de buena posición,menos Calpurnia, la esposa humillada de Julio César, lo usaban. Aveces quedaba el olor en las calles como una burla egipcia,recordando a los ciudadanos de Roma que su invencible imperiopodía perderse entre las sábanas de una extranjera. En los festinesde los romanos poderosos los esclavos contaban entre sus tareasaromatizar las habitaciones soplando perfumes por ingeniosascañerías de plata y lanzando lluvias de flores desde el techo. Elaroma de rosas, tan costoso como el bálsamo de mirra líquida,pero mucho más erótico, se esparcía sobre los invitados como unaforma de adulación de los partidarios de César o de protesta desus enemigos. Varios siglos más tarde, en los castillos medievales, secubría el suelo con pétalos de flores y hierbas aromáticas paracubrir el hedor a basura y excrementos. Eran los tiempos en quenobles y lacayos se aliviaban del vientre tras las cortinas; elexcusado es un invento muy posterior. Hubo monarcas de Franciaque consumían litros de esencias florales para disimular el hechode que no se bañaron jamás. Otros nobles europeos, que tampocose distinguían por la higiene personal y no disponían de los famososperfumistas franceses, simplemente olían a establo. 45
  46. 46. Durante siglos la humanidad ha extremado su ingenio en busca defragancias deliciosas, siempre con la ilusión de crear una capaz deotorgar a quien la usa el poder de la seducción absoluta. En sunovela El perfume, Patrick Suskind trata el tema de maneranotable: el protagonista es un hombre carente de olor propio aquien nadie ama, ni siquiera su propia madre. Obsesionado pordescubrir el bálsamo que lo hará irresistible, aprende la ciencia delos perfumistas y logra destilar el aroma de los cuerpos demuchachas vírgenes para suplir lo que le falta. Tal vez la historia deSuskind es una genial metáfora sobre el carisma... En todo caso, elarte de fabricar perfumes es complejo y difícil como el de destilarvinos. ¿Cómo descubrió la humanidad la forma de atrapar eseespíritu sutil que es el aroma? Tal vez fueron monjes o brujasquienes descubrieron el ámbar entre otras resinas de árbolescuando buscaban plantas mágicas para sus pociones y bálsamos.El ámbar gris, secreción de los intestinos de ciertas ballenas, puedehaber sido un regalo de las sirenas a un navegante de aguas frías.Y debe haber sido un temible guerrero de Gengis Khan, a la cazade un venado por las llanuras asiáticas, quien extrajo porcasualidad del cuerpo del animal una glándula de olor inefable,sin sospechar que ese almizcle, en manos de un alquimista, seconvertiría en el fundamento de elixires exquisitos. Como éstas, hayotras sustancias que mezcladas con flores y especias son la basede casi todas las fragancias comerciales.En el sótano de mi casa en California vive una familia de zorrillos.Durante un par de años emprendimos contra ellos una lucha sincuartel, que incluyó toda suerte de armas menos veneno y bala, seentiende, porque somos gente decente. Colocamos jaulas en sitiosestratégicos, pero llegado el momento de disponer de ellas nadiequiso acercarse y ante la tarea de alimentar a los zorrillos paraevitar que murieran de hambre y de la natural aflicción de loscautivos, terminamos pagando cifras absurdas a un empleado dela Sociedad Protectora de Animales para que resolviera elproblema. El hombre apareció envuelto en un traje de astronauta,cogió las jaulas con un largo gancho, las llevó al jardín y abrió laspuertas desde lejos con un palo imantado. Los zorrillos salieron 46
  47. 47. tambaleándose, se sacudieron el pelaje y regresaron de carrera anuestro sótano. Mi hijastro, Harleigh, quien entonces era unadolescente con vocación satánica, todo vestido de cuero negro,cubierto de tatuajes fúnebres y con el cabello color púrpuraerizado como los cuernos de un animal prehistórico, se enteró porla televisión del método empleado por los marinesnorteamericanos para someter al general Noriega. (Imaginemosque fuera al revés: que el ejército de Panamá invadiera los EstadosUnidos para tomar preso al presidente y llevárselo en cadenas parajuzgarlo en su país...) Harleigh nos informó que los marines habíanofrecido un interminable concierto de música rock a todo volumenfrente a la Nunciatura, lugar donde el general Noriega buscórefugió, hasta que el barullo lo obligó a salir con las manos en losoídos. Todos, incluyendo el nuncio apostólico y los vecinos, seestaban volviendo locos. Harleigh dedujo que si Noriega prefiriócumplir condena en una prisión de alta seguridad en vez desoportar el estruendo del rock, tal vez los zorrillos serían de la mismaopinión. Instaló su tocadiscos en las fundaciones de la casa ydurante veinticuatro horas nos torturó con sus ritmos favoritos. Surtióefecto: los anima-lejos se retiraron en fila india, con el raboenhiesto, ofendidos; pero también nosotros estábamos a punto deemigrar a donde fuera. El sistema resultó de corto aliento, porqueapenas calló el ruido, retornaron nuestros huéspedes. Un día, mesesmás tarde, descubrimos que el olor ya no nos molestaba, sino porel contrario, nos parecía excitante, y empezamos a aspirarlo abocanadas. Hoy los zorrillos y mi familia conviven amigablemente.El cuerpo humano, sobre todo durante la excitación sexual, exhalaun olor marítimo similar al de los mariscos y pescados. Tanimportante es olisquearse mutuamente, que en algunas regionesdel mundo la palabra "besar" significa "oler", como afirma DianeAckerman en su extraordinario libro La historia natural de lossentidos. El olor de los genitales y las axilas es un llamado, unmensaje cifrado que viaja directamente al cerebro del otro,activando el sistema de asociación, así como esa serie deasombrosas reacciones físicas y emocionales que nos incitan ahacer el amor. La ciencia ha comprobado recientemente aquello 47
  48. 48. que, sin tanto estudio, toda mujer sabe desde hace milenios: que eldeseo amoroso empieza en la nariz.Te acercas a mí con el olordel pasto matinalrecién cortado:mis pezones se endurecen—Haiku de Yuko KawanoTenemos un sensor en la entrada de las fosas nasales que nopercibe olores, sino feromonas, que son, como quien dice,intenciones, un llamado romántico exudado por la piel. A eso serefiere tal vez la majadería popular cuando habla de "alquimia"entre enamorados, esa atracción, a menudo inexplicable, que nosinduce a formar pareja. ¿Por qué nos gusta cierto tipo humano, oalgunos individuos en particular? ¿Qué ven algunas de mis amigasen sus maridos, me pregunto? La culpa la tienen las feromonas,nada más. En la gente sana y desprevenida, el primer impulso deacercamiento lo determinan esos humores imperceptibles a nivelconsciente, pero estrepitosos para las hormonas. Luego prestamosoído a las advertencias de la madre y los consejos de todo elmundo, mientras la mente coloca filtros culturales, estéticos,económicos y otros, hasta que finalmente escogemos alcompañero o la compañera que nos ayudará en la absurda tareade propagar la especie. Cuando los científicos pudieron aislar lasferomonas, surgió la idea de crear un perfume capaz de dotar alusuario de una avasallante atracción física, como la emanada porlos cerdos. Las feromonas en el aliento de los machos de esosanimales son capaces de enloquecer de deseo a las hembras encelo. Por fin el sueño universal de una poción erótica que nos torneirresistibles está al alcance de la ciencia: las feromonas humanassintetizadas en laboratorio se anuncian como el único afrodisíacoinfalible. Una de mis amigas compró un frasquito carísimo conaquella promesa de amor instantáneo, que resultó ser un líquidotransparente, inodoro e insípido como agua. Tal como dictaban lasinstrucciones, mezcló unas gotas con su colonia y salió de paseo.Nada sucedió, ningún transeúnte cayó a sus pies desvariando de 48

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