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UNA CANCION MARINERA
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UNA CANCION MARINERA

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Relato "UNA CANCIÓN MARINERA", (c) Luis Tamargo.

Relato "UNA CANCIÓN MARINERA", (c) Luis Tamargo.

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  • 1. UNA CANCIÓN MARINERA Luis Tamargo.
  • 2. Cuando la noche caía, sucumbió, se dejó atrapar… Envuelto de terciopelo negro, con sigilo, deambuló a orillas del puerto. Dormía la bahía gris y las luces de neón salpicaban brillos a los charcos de la barriada. Los ojos de los gatos le vigilaban y, también brillaban verdes o, tal vez, amarillos. Tan sólo el repiqueteo de estays en los balandros le ponía cadencia a sus pasos. Al doblar la esquina sonaron voces, jolgorio de muchedumbre, por un instante. Y luego, el silencio otra vez envolviéndole, cual humo de un cigarrillo condenado a no llegar a mañana. Suspiró para adentro y pensó en los suyos, en los que antes amó. Y en la renuncia, el desapego, tributo de su mejor bien preciado, la libertad. Respiró hondo al atravesar el puente y toda la humedad de la noche se acomodó en sus poros…
  • 3. ¿Cuándo le soltarían sus férreas garras? ¿cuándo se vería libre al fin de sus oxidados grilletes?… Por fin, horizonte de mañana. Pateó con fuerza el suelo repetidas veces con ánimo de hacer entrar en calor sus sufridos pies, casi helados. La atmósfera abigarrada de la Taberna le hizo reaccionar, aunque lentamente. Por eso entró; demasiada humedad de madrugada, incluso, para su gabán. Ahora sí, abrigado y dentro del Café, iba recobrando la temperatura justa. Hasta sus ideas lúcidas afloraron, por fin, fluidas. El olor a café obró el milagro, impensable cuarenta pasos antes. Hizo un gesto al camarero y, mientras esperaba apoyado en el mostrador, observó con detenimiento el lugar.
  • 4. Siguió con curiosidad el contoneo de la joven camarera, sorteando mesas para posar la humeante bandeja de cafés. Y el manotazo espontáneo que le propinó al barbudo que, descarado, le azotó las caderas. Al pasar junto a él, levantó los ojos, le miró… No supo qué sensación imponente le invadió, un mar de olas embravecidas y acariciadoras a la vez, un océano con sabor a café, la mejor taza que nunca paladeó. En esto, un maullido apresurado y el frenazo estridente de un vehículo, afuera, sacaron a todo el mundo de sus asientos, curiosos más que asustados. La calle se llenó de voces y forcejeo. Nunca le atrajeron las muchedumbres sino para tomar la dirección contraria, así que dio media vuelta y se concentró en su café solitario, aunque… algo le erizó el vello del alma.
  • 5. La joven camarera, junto a su hombro, como si de verdad ronronease, le sorprendió con su mirada inquisitiva. Y entonces, fue él quien la miró… Por un momento interminable, su luz de luna inundó la gran noche vagabunda. Y la noche verdadera extendió, con complicidad, sus anchos y largos brazos protectores. Ancha y larga era la noche, como la playa que, iluminada tan sólo por las farolas de la avenida, les respetaban el nido de intimidad recién nacido… Así ella, Eva, reclinada la cabeza en su regazo, confiándose, a gusto, haciéndole sentir bien. La playa se alargaba aún más y una canción de olas la perseguía, acunándola… ¡Rieron! Una gaviota atrevida jugueteaba con las tiras de sus sandalias y tuvo que correr, saltando, para evitar que se las llevara al vuelo...
  • 6. De la Taberna cercana llegaba una melodía de amor que, a ratos, les dejaba escuchar la espuma que rompía en la orilla. La música llenaba sus corazones y, gozosos, se dejaron atrapar por la noche estrellada. Habría sido delicioso el despertar de aquel sueño si hubiera tenido un lecho más abrigado que la blanca arena de la playa. Se sacudió la arena de pies a cabeza que, al incorporarse, resbalaba por el gabán, rebozado en ella y reseco, después de una noche a la intemperie. La joven había desaparecido, no recordaba en qué momento le dejó a solas con la noche y su sueño…
  • 7. El alba despuntaba sus brillos con nitidez en un mañana gris. Ya saliendo de la playa, sentado al borde del paseo, un viejo pescador de barba canosa extendió su brazo hacia él con un paquete de papel de estraza. Ella lo había dejado para él, no pesaba mucho y lo recogió. Después, al tiempo que ladeaba su gorra marinera, le preguntó si había oído hablar de la Amparanza… Aunque le sorprendió su pregunta, le tomó por un viejo chiflado y contestó negativamente con la cabeza. Ya iba siendo hora de tomar un tentempié para afrontar la jornada y encaminó sus pasos hacia el puerto, al balandro, su hogar. Abrió la bolsa de estraza y, en su interior, un paquete de café le hizo sonreír. Regresó pensativo… ¿La Amparanza?, le resultaba familiar. Una canción asomaba a sus labios, pero no acertaba con la melodía. Y forzó el paso…
  • 8. Navegó la noche entera. Y en su afán por olvidar se alejó mar adentro, sin descansar. La costa semejaba una espina dorsal hundiendo sus laderas vertebradas en el mar, como si remojase sus brazos de roca al fresco de las olas encrestadas… ¿Acaso la isla Amparanza formaba parte de la leyenda entre los viajeros del lugar o realmente existió…? Algo de cierto aleteaba en ese sueño ideal, en ese tesoro por descubrir. De no ser por su sexto sentido marinero juraría que soñó con ella. Sí, Eva, la muchacha de la Taberna, candorosa y tan cercana su presencia. Si existía el misterio del mar hecho realidad, ella lo llevaba en lo profundo de sus ojos. Sí, era la viva imagen de la Amparanza soñada! Qué grande impresión la de su huella en la arena vagabunda. Él, el marinero, el surcador de olas, a merced del velero de su alma bella…
  • 9. Debió cambiar el viento, su sentido marinero también debió dormirse. La costa, ahora oscura, era azotada por un mar despiadado. La lluvia gruesa le golpeaba el rostro mientras se afanaba por recoger y poner rumbo a puerto. El horizonte se transformó tenebroso y no era cuestión de jugar a la aventura. Pudo escoger cualquier puerto próximo de varias de las islas o de la costa cercana, pero… ¿por qué? ¿por qué aquel? Quizás por ella. Ella era la explicación, nunca conoció mejor puerto, mejor recaudo para su espíritu libre, que aquel alma joven de isla hospitalaria, por descubrir.
  • 10. Llegó a puerto, exhausto, cuando la noche caía. Y ella estaba allí, en el malecón, envuelta en el terciopelo de su abrigo oscuro. Eva lo había visto marchar hacía ya dos noches. Por eso, cuando la tarde anterior el tiempo se encolerizó, salió al muelle a avistar su regreso… Algo le dijo siempre que volvería y así fue. Tras la cortina de lluvia reconoció su silueta de marino bragado. Y él también, ya la había reconocido desde mucho, mucho antes. Por fin acudió la melodía a sus labios, justo cuando entraba a su isla prometida!… Y dos gaviotas se arrullaron en una canción…
  • 11. *Es Una Colección “Son Relatos”, (c) Luis Tamargo. El autor: http ://leetamargo.blogspot.com

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