TODO SOBRE RUEDAS Luis Tamargo.
Cuando a la familia de Mirian Baez la comunicaron que su hija estaba viva de milagro, pero que pasaría el resto de sus día...
Los padres contemplaron a Mirian, que se aproximaba hacia ellos sobre la silla de ruedas. Costaba creer que aquella paupér...
Todos los días recorría el largo del pasillo no una sino varias veces, desde su habitación hasta la sala donde se reunían ...
Fue gracias a esas pequeñas conquistas que su hija lograba, desafiando todos los pronósticos de los médicos más optimistas...
Le acompañaron hasta la habitación, cómplices de ilusión que no intentaban disimular. La nueva silla de ruedas reposaba fr...
Nadie podía entender lo sucedido, pero cuando intentaron cambiar a Mirian de la silla vieja para trasladarla a la nueva le...
La vieja silla de ruedas quedó relegada a una esquina del cuarto de vestuario, arrinconada entre las bombonas de oxígeno, ...
-Me había parecido escuchar algo. No sé, la silla de ruedas se ha movido… -Anda, niña, necesitas tomar un café, ¿vienes? –...
Ambas salieron apresuradas de la cafetería, les dio tiempo a distinguir cómo la vieja silla de ruedas alcanzaba el rellano...
*Es una Colección “Son Relatos”, © Luis Tamargo El autor: http:// leetamargo.blogspot.com
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TODO SOBRE RUEDAS

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TODO SOBRE RUEDAS

  1. 1. TODO SOBRE RUEDAS Luis Tamargo.
  2. 2. Cuando a la familia de Mirian Baez la comunicaron que su hija estaba viva de milagro, pero que pasaría el resto de sus días confinada al escenario de una silla de ruedas, pensaron que se trataba del menor de los males, tras aquel fatídico accidente de tráfico en el que habían fallecido de forma instantánea sus otros dos ocupantes, un jefe y una compañera de trabajo, que regresaban de una reunión de negocios. Una imprudente maniobra del jefe que, envalentonado, conducía arriesgando sin necesidad, les empotró bajo las ruedas de un camión cisterna al que no pudieron esquivar en un cambio de rasante inoportuno. El médico señaló hacia el final del pasillo: -¡Mírela usted mismo!
  3. 3. Los padres contemplaron a Mirian, que se aproximaba hacia ellos sobre la silla de ruedas. Costaba creer que aquella paupérrima figura guardase la suficiente energía para lograr moverse en aquel asiento metalizado. Una extrema delgadez asomaba a los brazos y piernas de Mirian que, a causa del accidente, tampoco era capaz de articular palabra. El primer año en el hospital nadie apostaba por ella, ni siquiera por el estrecho margen de futuro del día siguiente; hoy, trasladada de forma definitiva al centro de rehabilitación donde residía en régimen de interna, tampoco. Sin embargo asombraba la aparente soltura con la que se desenvolvía en su nuevo medio transporte; tal vez en su fuero interno –pensaron sus padres- se habría hecho a la idea de que aquella vieja silla iba a convertirse en su único modo de moverse para siempre.
  4. 4. Todos los días recorría el largo del pasillo no una sino varias veces, desde su habitación hasta la sala donde se reunían los demás enfermos. El médico informó al padre de los avances conseguidos, ante la cadena de preguntas con que le asediaba; la madre escuchaba, sumido el rostro en un pañuelo de tela, húmedo en exceso, tras el que se escudaba, incapaz casi de soportar la visión de su hija inutilizada de por vida. Pero Mirian manejaba la silla con sorprendente destreza, recorría los pasillos de arriba a abajo y viceversa, hasta el ascensor, para descender hasta la zona ajardinada del patio, donde bordeaba el recinto en una especie de circuito interior que los médicos consideraron favorable para su recuperación. Bajo la mirada supervisora de las enfermeras que la cuidaban, llegaron incluso a pensar, en alguna ocasión, que aquella muchacha parecía impulsada por un fuerza ajena, sobrehumana.
  5. 5. Fue gracias a esas pequeñas conquistas que su hija lograba, desafiando todos los pronósticos de los médicos más optimistas, que a su padre se le había ocurrido la feliz idea: le iban a regalar una silla nueva de ruedas, pero de esas automáticas, con sistema electrónico incorporado, para facilitarle las maniobras más complicadas con sólo apretar un botón o activar una manivela. La madre no tardó en estallar en sollozos ante la presencia de la chiquilla que había llegado junto a ellos. Mirian les miraba sin gesto, sin posibilidad de mediar palabra. Su padre le acariciaba el lacio cabello arubiado, al tiempo que le repartía besos al oído, acompañados de palabras tiernas de ánimo. -Hoy te traemos una sorpresa que te va a encantar, cariño…
  6. 6. Le acompañaron hasta la habitación, cómplices de ilusión que no intentaban disimular. La nueva silla de ruedas reposaba frente a la ventana, junto al lateral de la cama, orientada de forma que aparecía nada más abrir la puerta. Por unos instantes hasta la madre logró aplacar el llanto y, en efecto, por primera vez el rostro de su hija esbozó un gesto, aunque desencajado, de horror… Mirian se convulsionaba sobre la silla y los médicos acudieron ante los gritos de la madre, aún más desconsolada. Sólo la rápida actuación de las enfermeras, que le inyectaron un tranquilizante, sirvió para aplacar el repentino alboroto ocasionado en la silenciosa planta de hospitalización. A la madre también tuvieron que atenderla, presa de un ataque de histeria y ansiedad; una vez repuesta, el padre siguió las indicaciones de los facultativos, que le aconsejaron que no regresara de visita con ella al centro.
  7. 7. Nadie podía entender lo sucedido, pero cuando intentaron cambiar a Mirian de la silla vieja para trasladarla a la nueva les costó lo indecible. Mirian parecía haber sacado fuerzas de flaqueza y, de manera encarnizada, oponía una resistencia feroz, si bien una vez que lograron por fin sentarla en la silla nueva con mando electrónico, su fiereza menguó en extremo, hasta tal punto que quedó reducida a la sombra de sí misma y de todo lo que había significado su recuperación hasta la tarde anterior. Apenas se mantuvo sentada un día entero, inmóvil, desgastada y sin fuerzas, antes de entrar en un coma crítico, que desembocó en un trágico final en las siguientes cuarenta y ocho oras. El súbito fallecimiento de Mirian fue otro duro golpe que encajar para los padres que, en un último gesto de agradecido desprendimiento, donaron la silla nueva de ruedas al centro clínico.
  8. 8. La vieja silla de ruedas quedó relegada a una esquina del cuarto de vestuario, arrinconada entre las bombonas de oxígeno, donde el personal sanitario acudía a mudarse para entrar o salir del trabajo. La jornada cobraba su ritmo habitual en la planta de rehabilitación del centro clínico; las enfermeras atendían con premura a los pacientes más imposibilitados, que debían de quedarse acostados en las habitaciones y, sólo cerca del mediodía, podían permitirse un breve y distendido oasis de paz en sus obligaciones. Fue entonces cuando la enfermera del control de planta se apercibió del extraño ruido que provenía del cuarto de vestuario; se asomó, pero no observó nada de especial, a no ser un par de botellas de oxígeno tumbadas en el suelo. Se volvió hacia la supervisora que, en ese momento, aparecía…
  9. 9. -Me había parecido escuchar algo. No sé, la silla de ruedas se ha movido… -Anda, niña, necesitas tomar un café, ¿vienes? –invitó la enfermera supervisora. La cafetería ocupaba la planta baja y las dos enfermeras se apostaron de espaldas a la barra, junto al enorme ventanal que daba al jardín de la Clínica. No habían hecho nada más que pedir la consumición cuando la supervisora observó el rostro desencajado de la enfermera de planta. -¿Niña, qué pasa? Ni que hubieses visto un fantasma… -¡La silla!… ¡Ha pasado la silla de ruedas!…
  10. 10. Ambas salieron apresuradas de la cafetería, les dio tiempo a distinguir cómo la vieja silla de ruedas alcanzaba el rellano de la entrada y, traspasada la verja principal, tomaba la curva peatonal que salía a la calle. Corrieron detrás de ella, cuesta abajo, pero al salir del recinto, la silla de ruedas ya había ascendido pendiente arriba, a toda prisa, para acabar por perderse de vista tras un rasante de asfalto, cielo y libertad… Las enfermeras cruzaron las miradas: -Otra nueva misión… -musitó la enfermera. -Trabajamos demasiado, niña…
  11. 11. *Es una Colección “Son Relatos”, © Luis Tamargo El autor: http:// leetamargo.blogspot.com
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