MÁS DE MIL PERDONES
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MÁS DE MIL PERDONES

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Relato "MÁS DE MIL PERDONES", (c) Luis Tamargo.

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MÁS DE MIL PERDONES MÁS DE MIL PERDONES Presentation Transcript

  • MÁS DE MIL PERDONES Luis Tamargo.
  • Había pasado media hora de la medianoche cuando se apostaron frente a la farmacia elegida. Fernando distribuyó las funciones de cada uno de los asaltantes, quienes obedecían a pies juntillas la avalada veteranía del jefecillo que había sido capaz de traerles desde Vigo a Sevilla a golpe de vehículo robado sin que, por el camino, les hubiera faltado de nada que comer ni que asaltar; afuera vigilarían dos de ellos, mientras el resto entraría una vez que él abriera la verja con la palanca de acero. El, su hermano Javi y los otros dos gallegos, Carlos y Juan, buscarían las drogas fuertes entre los fármacos; a Carmen y a Lucas les encomendó vaciar la caja registradora de billetes y monedas. Lucas, nervioso, miraba a uno y otro lado sin hallar sosiego, con la ansiedad de que el final llegase pronto. Nunca imaginó que su afán de recuperar el amor de Carmen le condujese a las puertas de una perdición mayor, pero no era aquel momento para echarse atrás ni para mostrar indecisiones. Se sujetó la pernera del pantalón para disimular el ligero tembleque que parecía haberse adueñado de sus rodillas y tragó saliva.
  • Se prometió que si salía de aquella pondría tierra de por medio entre aquellas alimañas y él; y también entre aquella mujer a la que algún día creyó haber amado, pero que ya no lo merecía y que ahora, transformada en una sombra inseparable del jefecillo gallego, colgaba su amor gratuíto del brazo de turno. A Fernando le estaba costando demasiado romper el candado que cerraba la verja metálica. Con ayuda de su hermano aunaron fuerzas y lograron que cediese por fin; luego izaron la verja con cierto estruendo inevitable. Tenían que darse prisa, seguramente el ruido atraería la atención de algún vecino y no podían perder el tiempo. Con dos linternas iluminaron la estancia mientras abrían y reventaban cajones con experta celeridad. Lucas se apostó tras el mostrador y, cuando Carmen descansaba de introducir dinero en su bolsa de plástico, él aprovechaba para hacerse con la calderilla, temeroso de ser descubierto sin involucrarse en la faena. Uno de los gallegos apostado afuera se asomó a la puerta de entrada… -…¡Venga, rápido, hay gente al final de la calle!
  • El jefe gallego surgió de la trastienda con dos enormes sacos de tela repletos de material robado, parecía haber dado con el botín. Su voz sonó segura en la oscuridad del desordenado local. -¡Dejadlo todo, vamos ya! Salieron rápidos, aunque sin correr. Al fondo de la calle se distinguía un grupo de personas con aire de paseantes trasnochadores, nada alarmante en apariencia. Al llegar a la esquina siguieron las indicaciones de Fernando, previas al asalto. Unos siguieron una dirección y la otra mitad otra distinta, opuestas ambas al lugar en donde pernoctaban; se trataba de alejarse dando un pequeño rodeo para regresar al mismo punto de encuentro. Luego, a salvo en el escondite, extendieron el fruto de su botín sobre el suelo. Lucas no daba crédito al sucio valor de su hazaña, al mísero modo de ganarse la vida a costa de otros y pensó que aquella sensación de malestar se disimulaba bien con el alivio de la pesadilla acabada. Se sentía feliz porque había pasado el trago sin peligro, pero disgustado consigo mismo al incurrir en un delito innecesario, a años luz de su carácter, de su intención y educación.
  • No había contradicción alguna, sabía muy bien que aquello no formaba parte de su vida y no quería que aquel tipo de conducta lo formara; tenía decidido marcharse de allí, abandonar aquellas extrañas compañías que no dudaba que tarde o temprano acabarían de mala manera. Aquella noche celebraron el triunfo con doble premio, doble dosis del tesoro robado. El botín era cuantioso: cocaína, heroína, opio, láudano y también morfina… Lucas soltó la bolsa que contenía la calderilla de la caja como si quemara de verdad, no quería tener nada que ver con lo acaecido aquella noche, deseaba borrar un capítulo ignominioso para él y, alegando una repentina jaqueca, rehusó su dosis de droga cuando le llegó el turno. Los amigos que les habían proporcionado alojamiento se unieron a la esperada celebración y, cuando la sala se les quedó pequeña, algunos salieron al pasillo y durmieron allí, en el suelo, entremezclados con las bolsas y los paquetes de medicamentos entre otros enseres. A la mañana siguiente aún seguían tumbados e inmóviles, sumidos en la resaca alucinógena que aniquilaba cualquier movimiento.
  • Cuando Lucas intentó pasar sin pisar aquel amasijo de cuerpos, uno de los gallegos, Juan, el más amigo del hermano del cabecilla, se incorporó levemente… -¿Qué haces, te vas?... -Me marcho, sí, voy a tomar el aire, no me encuentro muy bien… -¿…Se te ha cruzado el cable otra vez? –inquirió el gallego en tono desinteresado, antes de caer rendido de nuevo en su letargo. -Sí, no aguanto. Adiós… No esperó respuesta, no la necesitaba, sólo deseaba abandonar aquella catástrofe que le rodeaba y que le recordaba que tampoco él tenía muchas críticas con que justificar su propio comportamiento. Si no quería acabar consumido por su propio desprecio tenía que reaccionar ante las falsas excusas, que como fantasmas asolarían su sueño de hoy o mañana; así que, antes de su partida definitiva, se decidió a enfrentar la única deuda pendiente que le quedaba por resolver.
  • Aguardó hasta el mediodía a la sombra que los árboles regalaban en el parque de María Luisa. Las calles bullían de normalidad; tráfico y gentes convivían en un fluir continuo que se agradecía en los alrededores de la farmacia. Ya había pasado el primer fragor de la mañana, el sabor desagradable del primer trago, la sorpresa del asalto, la desazón del miedo y, ajenos a lo sufrido, los clientes entraban y salían a la búsqueda de sus medicinas, del remedio cotidiano o de unas simples palabras de consuelo. Antes de entrar, Lucas tintineó en el interior del bolsillo los restos del botín que aún le quedaban, una moneda que sustrajo de la caja de aquella misma farmacia la noche anterior. Se apostó frente al mostrador y, mientras esperaba turno, dejó resbalar la moneda bajo un taco de folletos publicitarios que descansaba en la repisa. -¡Perdone, por favor!... –exclamó. El farmacéutico se aprestó a atenderle. -Sí, buenos días, dígame.
  • Lucas pareció reflexionar con la mirada perdida como si no atinara con la expresión apropiada: -Perdóneme, perdón… -acertó a musitar. -Sí, usted dirá. -Perdón, perdón –Lucas repetía lo mismo sin cesar, como si tratara de recordar el nombre de algo que necesitaba-. Perdone… El dependiente observó con gesto de extrañeza a Lucas, que terminó saliendo del establecimiento mientras pronunciaba con persistencia la misma frase a modo de oración y, a media voz, para que el resto de las personas que se encontraban presentes pudieran oirle con claridad. Todavía se volvió una vez más, desde la entrada, para despedirse, sin que la palabra perdón abandonara su boca… Y entonces sí, se alejó calle adelante repitiendo mil perdones más. Por fin, marchó decidido a enfrentarse con la carretera, no hacia otro destino o un destino nuevo, sino esta vez para regresar, hacia un destino diferente a todo lo anterior...
  • * Es una Colección “Son Relatos”, © Luis Tamargo. El autor: http:// leetamargo.blogspot.com