Historia Del Sistema Metrico Decimal
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Historia del sistema métrico decimal

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Historia Del Sistema Metrico Decimal Historia Del Sistema Metrico Decimal Document Transcript

  • HISTORIA DEL SISTEMA METRICO DECIMAL Si se viera a la humanidad con cinismo, se podría decir que la confusión y la ineficiencia son su estado natural, y que la torre de Babel es la metáfora perfecta para entender la cultura de los hombres. Así como la diferencia entre las lenguas del mundo fue tomada como una maldición divina, la falta de unidad en las medidas del mundo fue tomada como un corolario menos conocido de la misma maldición. Hasta hace apenas dos siglos, las medidas eran algo relativo, cambiante, local. Cada país, y dentro de cada país cada comarca y a veces cada pueblo, tenía SU propio sistema de medidas. La tradición, y no la coherencia, era la base del sistema: cada cultura tenía sus medidas, y como todo el mundo sabía cómo eran esas medidas, no existían patrones exactos. A principios del 1 700, un viajero que cruzara Europa de Londres a San Petersburgo tenía que estar preparado no sólo a cambiar continuamente de lenguaje -como hoy sino también de medida. Lo que llamaban una libra en Gran Bretaña no era lo mismo que llamaban una libra en París o Berlín: medidas distintas tenían el mismo nombre, aunque en la realidad no tuvieran nada que ver entre sí. Lo mismo ocurría con el dinero que llevara encima nuestro viajero, porque sus monedas se acuñaban en un tamaño y con un peso que era puramente local. Al llegar a un país, el viajero tenía que hacer pesar su dinero y enterarse de cuánto valía en moneda local. Pese a que el oro era oro y valía en el mundo entero, no había manera de saber cuántos francos valía una libra esterlina, cuántos rublos se pagaban por un marco prusiano. Se tenía que recurrir a los cambistas de dinero que, balanza en mano, determinaban el valor local de las monedas y proveían cambio que los comerciantes locales pudieran entender. Los franceses no estaban ajenos a este caos. Su medida principal de longitud era la toesa, que técnicamente equivalía a seis pies de rey. Esta última medida nació en la edad media como la distancia entre la punta del dedo gordo del monarca y su talón, y se repetía en todo el reino como la misma distancia entre dedo y talón quot;de alguien con el pie normalquot;. Pero para el 1 700, la medida se definía como quot;cuatro palmasquot;, medida que consistía en el ancho de los cuatro dedos más largos de la mano derecha, puestos juntos y planos sobre una mesa. El caos que semejante imprecisión creaba es 1
  • fácil de imaginar. Cada comerciante podía medir a su antojo, usando su mano más flaca para dar menos por el mismo dinero. Si el cliente tenía la mano más gordita y ancha, discutía y pedía más mercadería por su oro. En algunas provincias se sistematizaba más o menos las medidas imprimiendo papeles de tamaño quot;oficialquot; o usando algún elemento público como el picaporte de la catedral como palma oficialquot;. Pero de provincia a provincia las medidas variaban hasta un 20% en tamaño. Si se trataba de cosas más complicadas de imaginar, como los volúmenes y medidas de líquidos, la cosa era peor. Un bichet, medida que se usaba para vender granos, variaba de 20 a 40 litros, de acuerdo con la región. Es fácil imaginar las fortunas que se crearon manipulando las medidas. Los científicos sufrían particularmente esta confusión. Ya eran una profesión internacional, que se carteaba activamente, pero el problema de traducir medidas de un país a las de otro era constante. Si un geógrafo inglés le contaba a un colega italiano su trabajo de medición en un viaje naval, se lo contaba en las ligas o millas navales de la Armada Real. El italiano, cuya Armada usaba otras medidas, tenía que tomarse el trabajo de hacer muchas cuentas para entender lo que su colega extranjero le decía. La única medida internacional y exacta en existencia era el grado de ángulo: un ángulo recto tenía 90 grados de sesenta minutos cada uno, un círculo tenía 360 grados. En 1619, el científico alemán Kepler pudo descubrir las leyes del movimiento planetario usando las observaciones planetarias del danés Brahe, sin necesidad de quot;traducirquot; sus medidas. Hacia mucho que los científicos trataban de hacer algo al respecto, sin que les prestaran mucha atención. En 1670, un cura francés propuso a la Academia de Ciencias -fundada por Colbert en 1666 que se adoptara una medida llamada quot;virgaquot;, que equivalía a un minuto de ángulo de un meridiano terrestre. Al año siguiente, el abate Jean Picard que acababa de medir por primera vez la distancia entre dos meridianos propuso como medida la longitud recorrida por un péndulo simple en un segundo. En el siglo XVIII, con la difusión de aparatos científicos y astronómicos mucho más exactos, siguieron las propuestas. La Academia no decidía si adoptar medidas basadas en arcos de meridiano o en péndulos, y en 1740 mandó una expedición al Perú para probar un péndulo. Los expedicionarios descubrieron que la medida del recorrido del péndulo depende de la aceleración del peso 2
  • colgado de una cuerda, y esa aceleración varía con la latitud A norte o Sur. El péndulo no es universal y no puede ser usado. La Academia siguió discutiendo, hasta que en 1774 entró en escena un personaje inesperado: Turgot, el ministro de Economía. Harto de las cuentas confusas, el ministro le encargó a la Academia un sistema coherente de medidas y a su presidente, Condorcet, un plan para imponerlo, pero Turgot pronto cayó y el plan quedó en la nada. Pero en 1789 se produjo la revolución francesa, y los Estados Generales decidieron que se creara un sistema único de medidas. Si había un rey y una ley igual para todos, también debía hacer una sola medida para todos, dijo la igualitaria asamblea. Condorcet formó enseguida una comisión con lo mejor de la ciencia francesa -Lavoisier, Coulomb, Laplace, Taylleran~ y el 8 de mayo de 1790 logró un decreto de la Asamblea Nacional autorizándolo a crear quot;medidas y sus múltipíos y submúltiplos.quot; El 27 de octubre la comisión de científicos decidió que las nuevas medidas, incluyendo las de monedas, serían decimales. Esto ahora nos parece obvio, pero en esa época una toesa se dividía en 6 píes de 12 pasos de 12 líneas, y una libra se dividía en 2 marcos de 8 onzas de 8 gruesas cada uno. El gobierno ordenó que las regiones mandaran a París sus patrones de medidas, para ser uniformizados y divididos en unidades de diez y no de doce u ocho. Pronto quedó en claro que los departamentos provinciales no tenían el menor apuro en uniformizar sus medidas, y que el sistema iba a fracasar. En febrero de 1791 se formó, entonces, una nueva comisión que decidió que la solución no era sistematizar y hacer decimales a las viejas medidas, sino crear una nueva basada en la longitud de un meridiano terrestre -o sea la línea que va de un polo a otro- que era posible calcular por medio de la triangulación, una técnica que ya era muy fiable. En marzo, la Asamblea sancionó el proyecto, ordenando que se midiera la distancia entre Dunkerke, al norte de París, y la ciudad española de Barcelona, equivalente a nueve grados y medio de meridiano. Ni se discutió medir un meridiano entero en una época en la que llegar a los polos era un sueño y Africa un misterio por explorar. Con nueve grados y medio bien medidos se podía calcular la longitud total del meridiano, y la diez millonésima parte de esa longitud sería la nueva medida de longitud. La comisión le encargó a dos de sus miembros, Méchain y Delambre, tomar las medidas sobre el terreno usando triangulación. Esta técnica, 3
  • que todavía usamos sin grandes cambios, se basa en la resolución de triángulos comunes: si se conoce un lado y dos ángulos de un triángulo, un simple cálculo trigonométrico permite conocer el otro ángulo y los dos lados. Como este mundo está lleno de bosques, ciudades, valles y montañas, la triangulación es la única manera segura de averiguar la distancia entre dos puntos. En el terreno, se mide una distancia x, que es el lado conocido del triángulo, y se marcan dos ángulos. La trigonometría permite averiguar lo demás. En junio de 1792, los dos científicos partieron llevando sus reglas, teodolitos y niveles, Delambre para Dunkerke y Méchain para Barcelona. Enseguida empezaron los problemas, que no fueron científicos o técnicos sino políticos: en septiembre la Convención sucedió a la Asamblea, y la vida en Francia se puso más riesgosa y revolucionaria. Delambre fue arrestado una y otra vez, acusado de quot;burgués aristocratizantequot; y de espía. Para septiembre de 1793, cuando se proclamó la Ley de Sospechosos, el Terror jacobino estaba desatado, y Delambre suspendió su trabajo. Méchain ni tuvo chance de empezar el suyo, porque apenas llegado a Barcelona, España le declaró la guerra a Francia, y el científico tuvo que huir a Italia y quedarse allí hasta julio de 1795. El trabajo de mensura quedó inconcluso hasta 1798. Pero el gobierno no podía esperar a que se acabaran los trabajos, y en diciembre de 1792 le ordenó a la Academia que creara un patrón de medidas provisorio, usando las mediciones de meridiano disponibles. El 29 de mayo de 1793, los académicos presentaron un metro dividido en decímetros, centímetros y milímetros, algo más largo que el que usamos ahora y definido como 0,513243 de toesa. Para los pesos, se propuso el quot;gravequot;, definido corno el peso de un centimetro cúbico de agua destilada. El l0 de octubre de 1793, la Convención sancionó el nuevo sistema, que nunca entró en vigor realmente porque el Terror revolucionario había paralizado la actividad científica, cerrando las academias. Lo único que funcionaba plenamente en Francia eran las guillotinas, adonde fue a parar Lavoisier, el más ilustre científico de la época. Recién en 1795 se retomó el trabajo, y en abril se dictó una ley interina que ordenaba al metro como medida de longitud, al ara como medida de superficie, al estero y al litro como medidas de volumen, al gramo para las masas y al franco para las monedas. Lo más importante fue que la ley prohibió que se siguieran fabricando 4
  • productos usando las medidas viejas Francia, por decreto, se hacia métrica y decimal. En octubre de 1798, Delambre y Méchain terminaron sus mediciones al encontrarse en Carcassone. Para fin de año, entregaron sus cálculos a la comisión oficial, que mandó a construir un metro oficial en platino de 0,513074 toesa de largo. También como patrón oficial se fabricó un cilindro de platino de un kilogramo de peso. En junio de 1799 los dos patrones fueron guardados en el Archivo de la República, donde sirvieron de medida universal hasta ser reemplazados en 1889 por otros dos de mayor precisión, hechos en aleación de platino e iridio, que sirvieron como regla internacional hasta ser, a su vez, reemplazados por nuevos métodos científicos. Por ejemplo, un metro es hoy definido como la distancia que recorre la luz en 1/299.792.458 de segundo. El sistema métrico ya existía, el problema fue imponerlo. Para los contemporáneos, era otra abominación revolucionaria, otro aspecto de la tarea subversiva de los jacobinos. Hasta Napoleón lo suspendió por años, para mostrar una moderación digna de un emperador. Para 1848, el metro -que ya tenía 50 años- sólo era usado en las colonias francesas, en Grecia y los Países Bajos. Ese año lo adoptaron España y Chile, y gradualmente comenzaron a usarlo los países latinoamericanos. Mauricio Latorre 5