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Fritz Peters - Mi infancia con Gurdjieff
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Fritz Peters - Mi infancia con Gurdjieff

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  • 1. 1 FRITZ PETERSMI INFANCIA CON GURDJIEFF
  • 2. 2 CAPÍTULO 1Conocí y hablé por primera vez con Jorge Gurdjiéff en 1924, la tarde de un sábado dejunio, en el Chateau du Prieuré en Fointainebleau Avon en Francia. Aunque las razonesde mi estancia no estaban muy claras para mí (tenía once años de edad), mi recuerdo delencuentro permanece brillantemente claro.Era un día brillante y soleado. Gurdjiéff estaba sentado al lado de una mesa con cubiertade mármol, sombreada con un parasol y daba espalda al chateau, de cara a una granextensión de prados y lechos de flores. Tuve que sentarme un rato en la terraza delchateau, detrás de él, antes de ser llamado a su presencia para una entrevista. De hecho,lo había visto una vez antes, en el invierno anterior, en Nueva York, pero no sentía quelo había conocido. El único recuerdo de esa primera vez es que le había tenido miedo;en parte por la forma en que vió hacia (o a través) de mí y en parte por su reputación.Me habían dicho que era por lo menos un profeta y lo más, algo muy cercano a lasegunda venida de Cristo.Conocer cualquier versión de un Cristo es un acontecimiento y ese tipo de evento noera algo que yo estuviera esperando. Confrontar su presencia no solo no me llamaba laatención, sino que me aterrorizaba.El encuentro en sí, no llegó a la medida de mis temores. Mesías o nó, a mi me parecióun hombre franco y sencillo. No estaba rodeado por ningún halo y, si bién su ingléstenía un fuerte acento, hablaba de una manera mucho más simple que lo que la Bibliame habría hecho sospechar. Hizo un vago gesto en mi dirección, me dijo que mesentara, pidió café y luego me preguntó porque estaba ahí. Sentí alivio al encontrar queparecía ser un ser humano normal, pero me inquieté por la pregunta. Me sentí seguro deque tenía que darle una respuesta importante; que debía tener una excelente razón.Como no la tenía, le dije la verdad: que estaba ahí porque me habían llevado.Luego me preguntó porque quería estar ahí, para estudiar en su escuela. Otra vez loúnico que pude responder es que ello estaba fuera de mi control; no me habíanconsultado; había sido transportado a ese lugar, por así decirlo. Recuerdo el fuerteimpulso que tuve de mentirle y el sentimiento, igual de fuerte, de que no podía hacerlocon el. Me sentía seguro de que él sabía la verdad de antemano. La única pregunta querespondí menos honestamente, fué cuando me preguntó si quería permanecer ahí yestudiar con el. Respondí que si, lo que no era esencialmente cierto. Lo dije porquesabía que se esperaba de mi. Me parece ahora que cualquier niño habría respondidoigual. Lo que fuera que el prieuré pudiera representar para los adultos, (y el nombreliteral de la escuela era El Instituto Gurdjiéff para el Desarrollo Armónico delHombre), yo sentía que experimentaba el equivalente a ser entrevistado por el Directorde una escuela secundaria. Los niños van a la escuela y yo estaba en el acuerdo generalde que ningún niño le diría a su próximo maestro que no quiere ir a la escuela. Lo únicoque me sorprendió es que se me haya preguntado.Gurdjiéff me hizo entonces otras dos preguntas:1. ? Qué crees que es la vida ? y2. ? Qué quieres saber ?
  • 3. 3Respondí a la primera diciendo: Creo que la vida es algo que se nos da en charola deplata y que a uno le corresponde hacer algo con ella. Esta respuesta provoco una largadiscusión acerca de la frase en charola de plata, incluyendo una referencia de Gurdjiéffa la cabeza de Juan el Bautista. Yo me retracte, sintiendo que me batía en retirada, ymodifique la frase para dar a entender que la vida es un regalo y eso pareciósatisfacerle.La segunda pregunta (? Que quieres saber ?) era más fácil de responder. Mis palabrasfueron: Quiero saberlo todo.Gurdjiéff replicó inmediatamente: No puedes saberlo todo. ? Todo acerca de que ?Yo dije: Todo acerca del hombre y agregué: En inglés se le llama sicología o tal vezfilosofía.Entonces suspiro y después de un breve silencio dijo: Puedes quedarte. Pero turespuesta hace la vida difícil para mí. Yo soy el único que enseña lo que tu pides. Tuhaces que tenga más trabajo.Como mis metas infantiles eran adaptarme y agradar, me sentí desconcertado por surespuesta. La último que yo quería era hacerle la vida mas difícil a alguien; me parecíaque ya era suficientemente difícil. No respondí nada a eso y él continuo diciéndome queademas de aprender todo, tendría también la oportunidad de estudiar temas menorescomo lenguajes, matemáticas, diversas ciencias, etc. También dijo que yo notaría queesa no era una escuela usual: Puedes aprender muchas cosas aquí que no enseñan enotras escuelas. Luego me dió unas palmadas en el hombro, con benevolenciaUso la palabra benevolencia porque su gesto fué de gran importancia para mi en esemomento. Ansiaba la aprobación de alguna autoridad superior. Recibir esa aprobaciónde este hombre al que los adultos consideraban como un profeta, un vidente y/o unMesías y, ademas, en un gesto amistoso tan sencillo, resultaba inesperado yenternecedor. Yo sonreí radiante. Su actitud cambio abruptamente. Golpeo la mesa conuno de sus puños, se me quedo viendo con gran intensidad y me dijo: ? Puedesprometer que harás algo para mí ?Su voz y la forma en que me había visto eran atemorizantes y excitantes, a la vez. Almismo tiempo me sentí acorralado y retado. Le respondí con una palabra, un firme Si.Hizo un gesto en dirección a la extensión de prados que estaba ante nosotros: ? Ves esepasto ? Si. Te doy trabajo. Debes cortar ese pasto, con maquina, cada semana.Mire los prados, el pasto extendiéndose frente a nosotros en lo que me pareció unainfinitud. Sin duda era el prospecto de mayor trabajo que jamas en mi vida hubieracontemplado para una semana. Otra vez dije: Si.Por segunda vez golpeo la mesa con el puño. Debes prometerlo por tu Dios. Su voz eramortalmente seria. Debes prometer que harás esto pase lo que pase.Mire hacia el, interrogante, respetuoso y con temor considerable. Ningún prado, ni esos(había cuatro), me había parecido antes tan importante. Lo prometo, dije consinceridad.No solo prometas. reitero. Debes prometer que lo harás pase lo que pase, sin importarquien quiera evitarlo. Muchas cosas pueden pasar en la vida.
  • 4. 4Por un momento sus palabras conjuraron una visión de pleitos terribles sobre si podar ono los prados. Pude entrever grandes dramas emocionales que ocurrirían en el futurocon relación a los prados y yo. Prometí otra vez. Yo estaba tan serio como el. Hubieramuerto, de ser necesario, en el acto de podar los prados.Mi sentimiento de dedicación era obvio y él pareció satisfecho. Me dijo que empezara atrabajar el lunes y luego me despidió. Creo que entonces no me di cuenta, es decir, lasensación era nueva para mí, pero me aparte de él con el sentimiento de habermeenamorado; de él, de los prados o de mi mismo, no importaba. Mi pecho se expandiómucho más allá de su capacidad normal. A mi, un niño, una pieza sin importancia en elmundo que pertenecía a los adultos, se me había pedido que llevara a cabo algo queparecía ser vital.
  • 5. 5 CAPÍTULO 2? Que era El prieuré, que es el nombre que le dábamos la mayoría, o el Instituto para elDesarrollo Armónico del Hombre?A la edad de once años yo entendí que era simplemente cierto tipo de escuela especial,dirigida, como ya lo he dicho, por un hombre que era considerado por mucha gentecomo un visionario, un nuevo profeta, un gran filosofo. El mismo Gurdjiéff lo definióuna vez como un lugar en donde él intentaba, entre otras cosas, crear un pequeño mundoque reproduciría las condiciones de otro más grande, el mundo exterior; siendo elpropósito principal preparar a los estudiantes para una experiencia o una vida humana.En otras palabras, no era una escuela dedicada a una educación común que, en general,consiste en la adquisición de varias facultades, tales como lectura, escritura o aritmética.Una de las cosas más simples que intentaba enseñar, era una preparación para la mismavida.Puede ser necesario señalar aquí, especialmente para beneficio de las personas que hantenido algún contacto con la teoría Gurdjieffiana, que estoy describiendo el Institutocomo lo vi y lo comprendí siendo un niño. No intento definir su propósito o elsignificado que tuvo para los individuos que estaban interesados en o atraidos haciaGurdjiéff, por su filosofía. Para mí era simplemente otra escuela, seguramente muydiferente a las que había conocido, pero la diferencia esencial era que la mayoría de losestudiantes eran adultos. Aparte de mi hermano y yo, el resto de los niños eranparientes, sobrinos, sobrinas, etc. del Sr. Gurdjiéff, o sus hijos naturales. En total noéramos muchos; solo recuerdo a diez.La rutina de la escuela era igual para todos, excepto los más pequeños. El día empezabacon un desayuno a base de café y pan tostado, a las seis en punto. De las siete enadelante, cada individuo trabajaba en la tarea que se le había asignado. La ejecución deesas tareas solo se interrumpía para comer: comida a las doce (usualmente sopa, carne,ensalada y algún tipo de budín dulce); te a las cuatro de la tarde; una cena sencilla a lassiete de la noche. Después de la cena, a la 8:30, había gimnasia o danzas, en lo que sellamaba la casa estudio. Esta rutina era constante seis dais a la semana, excepto lossábados por la tarde, cuando las mujeres iban al baño turco; los sábados al anochecerhabía demostraciones de las danzas, en la casa estudio, ejecutadas por los que lo hacíanmejor, para el resto de los estudiantes y para los visitantes que venían con frecuenciapara los fines de semana. Después de las demostraciones, los hombres iban al bañoturco y al término de este se hacia un festín o comida especial. Los niños noparticipaban en estas cenas como comensales, solo como meseros o ayudantes en lacocina. El domingo era día de descanso.Las tareas asignadas a los estudiantes eran, invariablemente, relativas al funcionamientoen si de la escuela: jardinería, cocina, limpieza, cuidado de los animales, ordeñar, hacermantequilla y casi siempre se hacían como trabajo de grupo. Como supe después, eltrabajo de grupo se consideraba de real importancia: Al trabajar juntas diferentespersonalidades, se producen conflictos humanos subjetivos; esos conflictos producenfricción y la fricción revela características que, si son observadas, podrían revelar alYo. Una de las metas de la escuela era vete a ti mismo como te ven los demás; verse así mismo desde lejos, por así decirlo y ser capaz de criticar a ese Yo en forma objetiva;
  • 6. 6pero al principio simplemente verlo. Un ejercicio que debería hacerse todo el tiempo,independientemente de la actividad física, era llamado observación de sí mismo uoponer Yo a ello, siendo Yo la conciencia (potencial) y ello el cuerpo, el instrumento.Al principio, antes de que comprendiera alguna de esas teorías o ejercicios, mi tarea y,en cierto sentido, mi mundo, estaba centrado en cortar el pasto, ya que mis prados,como llegué a llamarlos, se hicieron considerablemente más vitales que lo que pudehaber anticipado.Al día siguiente de mi entrevista, el Sr. Gurdjiéff se fué a París. Nos habíamos dadocuenta de que acostumbraba pasar dos dais de la semana en París, acompañadousualmente por su secretaria, Madame de Hartmann y a veces por otros. Esta vez se fuésolo, lo que resultaba extraño.Según recuerdo, no fué sino hasta la tarde del lunes (el Sr. Gurdjiéff se había ido elsábado al atardecer) cuando el rumor de que había tenido un accidente automovilísticose empezó a filtrar hasta los niños de la escuela. Escuchamos primero que había muerto,luego que se había lastimado seriamente y que no podría vivir. La noche del lunes unapersona con autoridad hizo el anuncio formal. No había muerto, pero estaba seriamentelastimado y moribundo en el hospital.Es difícil describir el impacto de tal anuncio. La existencia misma del Institutodependía totalmente de la presencia de Gurdjiéff. El asignaba el trabajo de cadaindividuo y, hasta ese momento, había supervisado personalmente hasta el ultimodetalle de la operación de la escuela. Ahora, la inminente posibilidad de su muerte llevotodo a un estancamiento. Solo pudimos comer regularmente, gracias a la iniciativa dealgunos de los estudiantes más viejos, la mayoría de los cuales habían llegado con él deRusia.Aunque no sabía que iba a pasarme a mi, personalmente, lo que aun permanecíavívidamente en mi mente, era el hecho de que me había dicho que podara los pradospase lo que pase. Era un alivio para mí tener algo concreto que hacer; una tareadefinida que él me había encomendado. También fué la primera vez en que tuve elsentimiento de que a lo mejor si era un ser extraordinario. El me había dicho pase loque pase y su accidente paso. Su mandato se hizo aún más fuerte. Yo estaba convencidode que él sabía de antemano que algo iba a pasar, aunque no necesariamente unaccidente automovilístico.No fuí el único que sintió que su accidente estaba predestinado. El hecho de que se hayaido solo a París (supe que era la primera vez que lo hacia) era prueba suficiente para lamayoría de los estudiantes. En todo caso, mi reacción fué que se hizo absolutamenteesencial podar el pasto; estaba convencido de que, por lo menos en parte, su vida podríadepender de mi dedicación a la tarea que me había encomendado.Esos sentimientos que tenía asumieron una importancia especial cuando, unos días mástarde trajeron al Sr. Gurdjiéff de regreso al Prieuré, a su habitación, que tenía unaventana a mis prados. Se nos dijo que estaba en estado de coma y lo mantenían vivo abase de oxigeno. Iban y venían doctores, a intervalos; se instalaban y quitaban tanquesde oxigeno; una atmósfera de silencio descendió en el lugar; era como si todosestuvieran envueltos en una oración silenciosa y permanente por el.Fué uno o dos días después de su regreso cuando se me dijo (probablemente fuéMadame de Hartmann) que el ruido de la podadora debía cesar. La decisión que me vi
  • 7. 7forzado a tomar resulto de gran trascendencia para mi. Por mucho que respetara aMadame de Hartmann, no podía olvidar la fuerza con la que él me había hecho prometerque haría mi trabajo. Estábamos parados en el borde del prado, directamente debajo delas ventanas de su cuarto, cuando tuve que darle mi respuesta. No pense por muchotiempo, según recuerdo, y me rehuse con toda la fuerza que tengo. Se me dijo entoncesque su vida podría depender de hecho de mi decisión y seguí rehusándome. Lo que mesorprende ahora es que no se me haya prohibido categóricamente continuar, o aún quese me hubiera reprimido a la fuerza. La única explicación que puedo encontrar a esto, esque el poder que tenía sobre sus discípulos era tal, que ningún individuo estabadispuesto a asumir la responsabilidad de negar totalmente mi versión de lo que él mehabía dicho. En todo caso, no se me reprimió; simplemente se me prohibió podar elpasto. Yo seguí haciéndolo.Este rechazo a la autoridad, nada menos que a la máxima autoridad, fué algomortalmente serio y pienso que lo único que me sostuvo fué la convicción de que elruido de una podadora no podía matar a nadie; también, aunque no tan lógico, sentíaentonces que, inexplicablemente, su vida podría depender de mi ejecución de la tareaque me había dado. Sin embargo, esas razones no me defendían de los sentimientos deotros estudiantes (en esa época había unos ciento cincuenta, la mayoría adultos) queestaban convencidos por igual de que el ruido que yo hacia todos los días, era mortal.El conflicto continuo por varias semanas y cada vez que se reportaba que su condiciónestaba sin cambio, se me hacia más difícil iniciar mi tarea. Recuerdo que todas lasmañanas tenía que rechinar los dientes y superar mi temor por lo que podía estarhaciendo. Mi resolución se fortalecía o se debilitaba por las actitudes de otrosestudiantes. Me encerraron en un ostracismo, me excluyeron de toda actividad; nadie sesentaba conmigo a comer en la misma mesa, si me sentaba en una mesa ocupada todosse iban y no puedo recordar a una persona que me haya hablado o sonreído durante esassemanas, con excepción de unos pocos de los adultos más importantes quienes, de vezen cuando, me exhortaban a que dejara de podar.
  • 8. 8 CAPÍTULO 3A medio verano de 1924 mi vida estaba centrada en el pasto. Para entonces ya podíapodar el pasto de mis cuatro prados en un total de cuatro días. Las otras cosas que haciano eran importantes: ocupar mi lugar como ayudante de cocina o portero, en la pequeñacaseta de la reja a la que llamábamos portería. Pocas cosas hay que recuerde, ademasdel ruido de esa maquina podadora.Mi pesadilla terminó repentinamente. Una mañana temprano, mientras empujaba lapodadora hacia el frente del chateau, voltee hacia las ventanas del cuarto del Sr.Gurdjiéff. Siempre hacia eso, como si esperara un signo milagroso. Esa mañana enparticular, lo vi por fin. Estaba parado frente a la ventana abierta, viendo hacia mi. Medetuve y lo vi fijamente, inundado de una sensación de alivio. No hizo nada por lo queme pareció un largo rato. Luego, con un movimiento muy lento, llevo su mano derechaa sus labios para hacer un gesto que le era característico (lo que supe después): usandosus dedos índice y pulgar peinaba su bigote, partiendo del centro; después dejo caer sumano a un lado y sonrió. El gesto lo hizo real; sin el, podría haber pensado que la figuraque veía era solo una alucinación o el producto de mi imaginación.La sensación de alivio fué tan intensa que explote en llanto, mientras aferraba lapodadora con ambas manos. Seguí viéndolo, a través de mis lagrimas, hasta que se alejolentamente de la ventana. Entonces empece a podar otra vez. El ruido de la maquina,que resultaba horrible antes, se convirtió en un sonido gozoso para mí. Empuje lapodadora para uno y otro lado, para acá y para alla, con todas mis fuerzas.Decidí esperar a mediodía para anunciar mi triunfo, pero para la hora en que fuí alalmuerzo, me di cuenta de que no tenía pruebas, nada que anunciar y, con lo que ahorame parece una sabiduría sorprendente, no dije una palabra, aunque no podía contener mialegría.Para en la noche todos sabían que el Sr. Gurdjiéff estaba fuera de peligro y la atmósfera,a la hora de la cena, era de gratitud y acción de gracias. La parte que tuve en surecuperación (había llegado a convencerme de que solo yo sería responsable, en parte,de lo que le sucediera) se perdió enmedio del regocijo general. Lo único que ocurrió esque el rechazo que me manifestaban desapareció tan repentinamente como habíasurgido. Si no se me hubiera prohibido, realmente, hacer ruido cerca de su ventana unassemanas antes, habría pensado que todo ocurrió solo en mi cabeza. Para mí fué un golpeel no recibir algún reconocimiento o triunfo.Sin embargo el incidente no quedo cerrado entonces. El Sr. Gurdjiéff apareció unos díasdespués, cuidadosamente vestido y caminando lentamente. Vino a sentarse ante lamesita en la que me había entrevistado por primera vez. Yo estaba, como de costumbre,batallando de un lado a otro con mi podadora. Se sentó ahí, aparentemente ausente detodo lo que le rodeaba, hasta que termine el prado que había estado podando esamañana. Era el cuarto y, gracias al ímpetu que me dió su recuperación, había reducido eltiempo para podar, a tres días. Mientras empujaba la maquina frente a mi, llevándola deregreso al cobertizo donde se guardaba, él volteo hacia mi y me llamo con una seña.Deje caer la podadora y fuí a pararme a su lado. Sonrió, diría otra vez que conbenevolencia y me preguntó cuanto tiempo me llevaba podar los prados. Respondíorgullosamente que podía podarlos en tres días. Suspiro, fijando la vista frente a él en
  • 9. 9dirección a la extensión de pasto y se puso de pie. Debes poder hacerlo en un día, dijo.Eso es importante.! Un día ! me sentí asombrado y lleno de emociones mezcladas. No solo no se me diócrédito por mi logro; al menos por haber sostenido, a pesar de todo, mi promesa, sinoque prácticamente fuí castigado por ello.Gurdjiéff no presto atención a mi reacción, que debe haber sido visible en mis muecas,sino que puso una mano en mi hombro y se apoyo pesadamente en mi. Esto esimportante, repitió, porque cuando puedas podar los prados en un día, tendré otrotrabajo para tí. Luego me pidió acompañarlo a una área en particular no lejos de ahí,explicándome que no podía caminar bién y por eso me pedía ayuda.Caminamos juntos lentamente y, con dificultad considerable aún con mi ayuda, subimospor un sendero hacia el área que había mencionado. Era una colina inclinada llena derocas, cerca del gallinero. Me mando a un cobertizo de herramienta cercano al gallineroy me pidió le llevara la guadaña. Luego me guío al terreno, retiró su mano de mihombro, tomo la guadaña con ambas manos e hizo un movimiento como si cortara, deun lado a otro. Al verlo sentí que el esfuerzo que hacia era muy grande; temía debido asu palidez y su evidente debilidad. Luego me regreso la guadaña y me dijo que laguardara. Ya que lo hice regrese a pararme junto a él y otra vez se apoyo pesadamenteen mi hombro.Cuando puedas podar todos los prados en un día, este será tu nuevo trabajo. Siega esteterreno cada semana.Voltee a ver la pendiente; la larga hierba, las rocas, los arbustos y los árboles. Tambiénestaba consciente de mi tamaño; era pequeño para mi edad y la guadaña me habíaparecido muy grande. Todo lo que pude hacer fué quedarme viéndolo fijamente,asombrado. Fué solo su mirada, sería y adolorida, lo que me impidió hacer una protestainmediata, con llanto y furia. Solo baje la cabeza y asentí. Luego camine con el,lentamente, de regreso a la casa principal, por las escaleras, hasta la puerta de suhabitación.A los once años la auto compasión no me era ajena, pero lo que había pasado erademasiado para mí. De hecho, la auto compasión ocupaba poco lugar en missentimientos. También sentía ira y resentimiento. No solo no había recibidoreconocimiento, no se me dieron las gracias; había sido castigado, prácticamente. ? Quetipo de lugar era esta escuela y, después de todo, que clase de hombre era él ?Amargamente, pero lleno de orgullo, recordé que regresaría a América en el otoño. Yole enseñaría. ! Todo lo que tenía que hacer era no arreglármelas para podar el pasto enun día !Curiosamente, cuando mis emociones cedieron y empece a aceptar lo que parecía serinevitable, encontré que mi ira y mi resentimiento, aunque seguían ahí, no se dirigíanpersonalmente contra el Sr. Gurdjiéff. Había notado una mirada de tristeza en sus ojoscuando camine con él y me había sentido preocupado por el, por su salud; una vez más,aunque no se me había advertido que era absolutamente necesario que hiciera esetrabajo, sentí que había tomado cierta responsabilidad y que tendría que hacerlo por el.Al día siguiente tuve otra sorpresa. Me mando llamar a su habitación en la mañana y medijo severamente que si era capaz de guardar un secreto ante todos. Al hacerme lapregunta, había una firmeza y una fiereza en su mirada que contradecían la debilidad del
  • 10. 10día anterior. Le asegure, valientemente, que podía hacerlo. Otra vez sentí un gran reto. !Guardaría el secreto pasara lo que pasara !Me dijo entonces que no quería preocupar a los otros estudiantes y, particularmente a susecretaria, Madame de Hartmann, pero que estaba casi ciego y que yo era el único quelo sabia. Me describió un plan intrigante: había decidido reorganizar todo el trabajo quese hacia en el prieuré. Yo tendría que acompañarlo a todas partes, cargando un sillón; elpretexto para eso sería que aún estaba débil y tendría que descansar a ratos. Sinembargo, la verdadera razón era parte del secreto; yo debería seguirlo porque enrealidad no podía ver por donde iba. Abreviando, yo sería su guía y guarda; me haríacargo de su persona.Sentí que mi recompensa había llegado finalmente; que mi convicción no había sidofalsa y que el mantener mi promesa había sido tan importante como lo había esperado.El triunfo era solitario puesto que no podía compartirlo, pero era genuino.
  • 11. 11 CAPÍTULO 4Mi nuevo trabajo de carga sillas o, como yo me lo decía de guardián, me tomabamucho tiempo. Se me excuso de todas las tareas, con excepción de los interminablesprados. Podía seguir con mi podadora, pero tenía que hacer la mayor parte antes de queel Sr. Gurdjiéff apareciera en la mañana, o después de que se retiraba a su habitacióncerca del anochecer.Nunca he sabido que había de cierto en su historia de ceguera parcial. Asumí que lo eraporque siempre creía implícitamente en el; parecía que solo podía decir la verdad,aunque su forma de hacerlo no fuera directa siempre. Se me ha sugerido y también lo hepensado, que ese trabajo de carga sillas y guía fué inventado para mí y que invento lahistoria de la ceguera como una excusa. Dudo que haya sido así solo porque esorepresentaría darme una importancia exagerada, algo que no puedo imaginar enGurdjiéff. Ya era suficientemente importante por haber sido seleccionado, sin razonesadicionales.En las semanas siguientes, probablemente un mes, más o menos, cargue esa silla pormillas cada día, siguiéndolo a una distancia respetable. Estaba convencido de su cegueraya que con frecuencia se salia del camino; yo tenía que soltar la silla, correr a su lado,advertirle de cualquier peligro que corriera, como la posibilidad, a veces inminente, decaminar directamente hacia una pequeña zanja que cruzaba toda la propiedad, paracorrer de regreso por la silla para recogerla y seguirlo otra vez.El trabajo que dirigia entonces involucraba a todos en la escuela. Había varios proyectosque se realizaban al mismo tiempo: se construia un camino, lo que implicaba romperrocas con un marro, para darles el tamaño adecuado; limpiar una area boscosa quitandovarios acres de árboles, quitando troncos y raiz con pico y pala. Aparte de ese proyectoespecial, continuaban incesantemente las tareas usuales; jardinería, siembra, cosecha deverduras, cocina, limpieza, etc. Siempre que el Sr. Gurdjiéff inspeccionaba un proyectodado por un rato, yo me unia al trabajo con los demas, hasta que él decidía inspeccionarotro o regresar a la casa.Cerca de un mes despues se me relevo de mi asignación de carga sillas y regrese a mitrabajo regular de podar los prados y a otras ac- tividades: ayudante de cocina una vez ala semana y portero a cargo de abrir la puerta y responder el telefono.Durante el periodo en que tenía que seguirlo, había tenido que ajustar mi tiempo depodar cuando podía, como dije antes y fué con cierta consternación que encontre alregresar a mi actividad normal que, sin esfuerzo perceptible, había llegado a la meta quese me había propuesto; por un tiempo había olvidado la colina que eventualmente debiasegar cada semana. En el momento en que hice ese descubrimiento, una tarde despuesde la hora del te, al terminar el cuarto prado del dia, el Sr. Gurdjiéff estaba sentado enuna banca, no en su mesa, de cara a los prados. Deje a un lado la podadora, me fuí a laterraza y camine desconsoladamente en su dirección. Aunque nunca ame los prados, elprospecto de mi siguiente trabajo me ponía sentimental respecto a ellos. Me detuve auna distancia que considere respetuosa y espere. Estaba dudando si decirle o dejar lascosas para otro dia.
  • 12. 12Paso un tiempo antes de que volteara hacia mi, como si estuviera molesto por mipresencia y me preguntara con aspereza si se me ofrecía algo. Asenti con la cabeza y mepare a su lado. Dije rapidamente: Sr. Gurdjiéff, ya puedo podar todos los prados en unsolo dia. Me vió frunciendo el ceño, sacudio su cabeza, desconcertado y me dijo: ?Porque me dices eso ?. aún parecía molesto conmigo.Le recorde de mi nueva tarea y luego pregunte, al borde del llanto, si debería empezaral día siguiente.Me vió fijamente durante mucho tiempo, como si no pudiera recordar o hastacomprender lo que yo le decía. Finalmente, con un gesto brusco y afectuoso me jalohacia él y me hizo sentarme a su lado, apoyando su mano en mi hombro. Otra vez mesonrió con esa increíble y distante sonrisa que califique antes de benevolente y dijo,sacudiendo la cabeza: No es necesario trabajar en el campo. Ya has hecho ese traba- jo.Me quede viéndolo, confundido y lleno de alivio. Pero tenía que saber que iba a hacer; ?continuar con los prados ?Penso un rato en ello y luego me preguntó cuanto tiempo más iba a estar ahí.Le dije quese suponía que debía regresar a America, a pasar el invierno, el siguiente mes. Penso enesto y, dando por terminado el asunto como si ya no tuviera importancia, dijo quecontinuara trabajando en grupo en las tareas usuales; jardinería cuando no estuviera encocina o portería. Tendre otro trabajo para tí, si regresas el proximo año, me dijo.Aunque estuve un mes más ese año, a mi me pareció como que el verano terminó en esemomento. El resto del tiempo fué como un vacio: sin eventos ni dramas. Aquellos denosotros, los niños que trabajabamos con adultos en los jardines, podíamos disfrutar dejuegos agradables tales como recoger frutas o legumbres, atrapar grillos, caracoles ybabosas, quitando hierba de aqui o alla con poco interés o devoción por nuestro trabajo.Era un lugar alegre para los niños: vivíamos con seguridad dentro de los limites de unarigurosa disciplina, pero la estructura, excepto por ser casi todo el dia, no resultabapesada para nosotros. Nos las arreglabamos para jugar bastante y hacer nuestras intrigas,mientras los infatigables adultos nos veían indulgentemente, con ojos entrecerra- dos.
  • 13. 13 CAPÍTULO 5Dejamos el prieuré en octubre de 1924 para regresar a Nueva York y pasar ahí elinvierno. En esa epoca yo era miembro de un grupo familiar muy inusual. Mi hermanoTom y yo vivimos varios años en un mundo extrano y errante. Mi madre, Lois, sedivorcio de mi padre cuando yo tenía unos diez y ocho meses de edad; durante variosaños tuvimos un padrastro, pero en 1923, cuando mi madre fué hospitalizada por casi unaño, Jane Heap y Margaret Anderson (Margaret es hermana de mi madre), se hicieroncargo de nosotros. Ellas eran coeditoras de la notoria, si no famosa publicación LittleReview. Hasta la fecha no estoy seguro de haber comprendido porque Jane y Margaretasumieron esa responsabilidad. Era una extraña forma de paternidad planeada para dosmujeres que, me parecía, no querían tener hijos propios y, desde todo punto de vista,esto era una bendición mixta. Como Margaret no había regresado de Francia connosotros, la verdadera responsabilidad recayó en Jane.Solo puedo describir nuestro hogar como me parecía entonces: Tom y yo ibamos a unaescuela particular en Nueva York; teníamos también varios deberes en casa, ayudar conla comida, lavar trastes, etc., y, a la vez que estabamos expuestos a muchas influenciasinusuales, tenían menos efecto en mi que lo que pudiera esperarse. En un hogar, si esaes la palabra adecuada, en el que se editaba una revista y que era visitadaexclusivamente por artistas, escritores y, a falta de una palabra mejor, intelectuales, melas arregle para vivir mi propia vida privada. La rutina diaria de la escuela, queimplicaba, naturalmente, a otros niños y actividades ordinarias y comprensibles, eramucho más importante para mí que la vida interesante y temperamental que formaba,de hecho, el trasfondo de nuestra vida. El mundo del arte no era un sustituto de lainfancia; incluso la vida familiar con mi madre y mi padrastro era mas normal para mi,que vivir en Nueva York lejos de mi familia que giraba, basicamente, alrededor de mimama.El evento exterior más importante de ese invierno, fué la aparición repentina de mipadre. Jane había decidido, por razones que nunca comprendí plenamente, que ella (o talvez Margaret y ella) debian adoptarnos a Tom y a mi, legalmente. Los procedimientosde adopción fueron la causa de que mi padre regresara a escena, despues de unos diezaños de ausencia total. Al principio no se presento personalmente. Simplemente se nosdijo que no quería la adopción y que quería hacerse cargo de nosotros.Segun lo comprendí entonces, Jane, ayudada por A. R. Orage y otras gentes deGurdjiéff, despues de consultarnos, pudo convencer a mi padre de que permitiera laadopción legal.Fué un invierno aterrador para mí, en varios sentidos. Creo que es imposible que unadulto comprenda los sentimientos de un niño al que se le dice, en un lenguajeperfectamente claro, que puede o no ser adoptado por tal o cual persona. No creo que alconsultar a un niño sobre estas cosas, pueda tener una opinión; naturalmente se aferraraa la situa- ción conocida y relativamente segura. Mi relación con Jane, como la senti yexperimente, era sumamente volatil y explosiva. En ocasiones había mucha emoción yamor entre nosotros, pero precisamente esa inten- sidad emocional era lo que meatemorizaba. Cada vez más caia en la tendencia a cerrarme a todo lo exterior. Para mílas personas eran algo con lo que tenía que vivir, algo que soportar. Vivía solo el mayor
  • 14. 14tiempo posible, ensoñando en mi propio mundo, anhelando el tiempo en que podríaescapar del mundo, complejo y a veces totalmente incomprensible para mí. Queríacrecer y estar solo; lejos de todos. Debido a ello, casi siempre andaba en problemas. Eraperezoso en mis obligaciones en casa, resentía cualquier demanda que se me hiciera ycualquier tarea que se suponía debía llevar a cabo. Obstinado e independiente debido ami sentimiento de soledad, tenía usualmente problemas y con frecuencia me castigaban.Ese invierno, poco a poco al principio pero con firmeza, empece a despreciar miambiente y a odiar a Jane y a Tom, principalmente porque eran parte de la vida queestaba viviendo. En la escuela iba bién pero, como me resultaba muy fácil,tenía pocointerés en lo que hacia. Mas y más me fuí retirando a un mundo de sueños fabricado pormi mismo.En ese mundo propio había dos personas que no eran enemigos y que se destacabancomo faros brillantes; sin embargo no había forma de comuni- carme con ellas. Eran mimadre y, desde luego, el Sr. Gurdjiéff. ? Porque desde luego ? La simple realidad deGurdjiéff como ser humano, lo que para mi fué una relación sin complicaciones durantelos meses del verano anterior, se convirtió en una tabla de salvación para mí.Cuando se me consulto sobre la posibilidad de ser cuidado por mi padre (quien para míera simplemente otro adulto hostil) exprese en alta voz mi oposición, aunque noesperaba que mis palabras tuvieran algun peso. Mi mayor temor era que no me sentíacapaz de enfrentar otro mundo nuevo, extraño y desconocido. También, y esto era muyimportante enton- ces para mí, estaba seguro de que ese cambio eliminaría todaposibilidad de volver a ver a mi madre o al Sr. Gurdjiéff otra vez.Para complicar las cosas todavia más, mi madre llegó a Nueva York con otro hombre,no mi padrastro y Jane la rechazo sin preambulos. Recuerdo que me permitieronhablarle en las escaleras del departamento; solo eso. Me resulta imposible juzgar ahoralos motivos o propósitos de Jane, en aquella epoca. Estoy convencido de que, en sumente, estaba motivada por las mejores intenciones. Pero el resultado fué que, a partirde ese momento, la considere como un enemigo mortal. Me parece que la relación entreun niño promedio y su madre, especialmente cuando el padre no ha vivido por años conellos, es suficientemente fuerte. En mi caso, era violenta y obsesiva.Las cosas no mejoraron cuando apareció mi padre, en persona, poco antes de laNavidad. Fué una reunion incomoda y difícil; había poca comunicación (hablo solo pormi). No podía comunicarse sin revelar su verguenza, siendo un hombre timido y biéneducado. Una cosa que logro comunicar fué que, antes de que tomaramos una decisiónfinal sobre la adopción, pasaramos un fin de semana con él y su esposa (yo tenía laimpresión de que lo de la adopción era un hecho consumado y que usaban a mi padresolo como una amenaza).Me pareció que lo justo era darle una oportunidad. Si parece que la frase esta dicha asangre fria, solo puedo decir que la mayoría de las decisiones infantiles son asi ylógicas, ademas o por lo menos la mia lo fué. Se tomo la decisión, presumiblementeentre Jane y mi padre (y con el consentimiento de Tom y mio), de que iríamos avisitarlo a Long Island durante una semana.Desde mi punto de vista, la visita fué un desastre. Pudo ser menos molesta si mi padreno nos hubiera avisado casi al llegar que, en el caso de que decidieramos vivir con el, nopodríamos hacerlo en su casa, sino que seríamos enviados a Washington, D. C., con dosde sus tias solteras. Supongo que es inevitable que los adultos deban explicar a los niños
  • 15. 15los hechos y circunstancias que estan enfrentando. Sin embargo, ese anuncio, hecho sinsentimiento o emoción (no sugirió que nos amaba o nos quería, o que las tias encuestion necesitaran a dos niños en casa), me pareció totalmente ilógico e incluso, alfinal, hilarante. Empece a sentirme aún más solo que antes; como una pieza de equipajeabandonada para la que se necesitaba un lugar donde almacenarla. Como mi gentilpadre parecía estar buscando constantemente nuestra aprobación y siempre estabahaciendonos preguntas, declare firmemente, a los dos dias de estar en su casa, que noquería vivir con él o con sus tias y que quería regresar a Nueva York. Tom se quedo elresto de la semana; yo no. Sin embargo, para poder irme se me puso como condiciónque pensara la posibilidad de regresar en Navidad. Acepte, friamente, considerarlo. Norecuerdo ahora, pero puede ser que haya aceptado sin reservas. Hubiera hecho cualquiercosa por irme de ahí.Hasta Jane, a pesar de que rechazo a mi madre, era terreno familiary lo que yo temia era lo desconocido, lo inusual.De alguna manera paso el invierno. De alguna manera también, aunque tenía pesadillasfrecuentes sobre la posibilidad de no volver a ver el Prieure, se decidio que iríamos en laproxima primavera. Para ese tiempo, Gurdjiéff se había convertido en el único faro en elhorizonte, la unica isla de seguridad en un futuro impredecible y atemorizante.Durante el invierno, la primera pregunta que me hiciera el Sr. Gurdjiéff: ? Porque hasvenido a Fontainebleu ?, asumio una tremenda importancia. Al evocar esos meses,recuerdo como Gurdjiéff asumio un gran valor en mi mente y mi corazón. A diferenciade todos los adultos que conocí, su conducta era absolutamente sensata. Eracompletamente positivo; me había ordenado hacer cosas y yo las había hecho. No mehabía interrogado, no me había obligado a tomar decisiones para las que estabatotalmente incapacitado. Empece a anhelar tener a alguien que hiciera algo tan sencillocomo ordenarme podar un prado, que me hiciera una demanda que fuera realmente unademanda, sin importar que tan incomprensibles fueran sus motivos (despues de todo,todos los adultos son incomprensibles). Empece a considerarlo como el únicoindividuo maduro y lógico que había conocido. Por ser un niño, no estaba preocupadopor, ni quería saber, el porque de la conducta de los adul- tos. Necesitabadesesperadamente y quería por encima de todas las cosas estar bajo una autoridad. Parami edad, una autoridad era cualquier persona que supiera lo que estaba haciendo.Pedirle opinión a un niño de once años, pedirle que tome desiciones vitales sobre sufuturo (y eso parecía haber ocurrido todo el invierno), no solo era imposible decomprender sino también muy atemorizante.Aquella pregunta se convirtió en ? Porque quiero regresar a Fon- tainbleu ? y era muyfácil de responder. Quería regresar y vivir cerca de un ser humano que sabía lo queestaba haciendo; el que yo entendiera o no lo que hacia, no tenía importancia alguna.Sin embargo no deseche la formulación original de la pregunta; una de las razones porla que permanecía viva en mi mente, era que no había tenido nada especifico que haceryendo ahí.Solo podía agradecer a la fuerza (la idea de Dios era muy vaga para mí) queme había permitido estar ahí.Un año antes, el mayor atractivo de ir a Fontainbleu habíasido que teníamos que cruzar el oceano y yo amaba los barcos.En el transcurso del invierno y debido a la importancia que Gurdjiéff había cobrado enmi mente, me sentí fuertemente tentado por el sen- timiento de que mi presencia en eselugar había sido inevitable; como si hubiera habido una lógica mística e inexplicableque había hecho que fuera necesario que yo, personalmente, arrivara a ese lugar en par-
  • 16. 16ticular y precisamente en ese momento; que había existido un propósito real en el hechode que yo estuviera ahí.El hecho de que en la mayoría de las conversaciones de losadultos que me rodeaban, se asociara a Gurdjiéff con actividades metafísicas, religion,filosofía y misticismo, parecía aumentar la posibilidad de que hubiera habido algun tipode predestinación en nuestro encuentro.Pero a fin de cuentas no sucumbi a la idea de que mi asociación con el estabapredestinada. El recuerdo del mismo Sr. Gurdjiéff era lo que me impedia entregarme atales sueños. Yo no estaba en posición de negar la posibilidad de que fuera clarividente,místico, un hipnotizador o hasta un ser divino. Lo importante es que ninguna de esascosas tenían valor. Lo que importaba es que él era un ser humano positivo, práctico,sensato y lógico. En mi pequeña mente, el prieuré parecía la institución mas sensata detodo el mundo. Como yo lo veía, era un lugar que alber- gaba a un gran número depersonas extremadamente ocupadas en el trabajo físico necesario para mantener suexistencia. ? Que podía ser más sencillo y práctico ? Estaba conciente de que podíahaber otros beneficios por estar ahí.Pero, a mi edad y en mis terminos, solo había unameta y una meta muy sencilla. Ser como Gurdjiéff. Era fuerte, honesto, directo, sincomplicaciones, un individuo libre por completo de tonterías. Podía recordar, con todahonestidad, que me había sentido aterrorizado por el trabajo que implicaba podar losprados; pero me resultaba evidente que una de las razones para ello era mi pereza.Gurdjiéff me hizo que podara los prados. No lo hizo con amenazas, no me prometiopremios por ello, ni me preguntó si quería hacerlo. El me dijo que lo hiciera. Me dijoque era importante y yo lo hice. Un resultado evidente, obvio para mi a los once años,fué que perdi el miedo al trabajo (simple trabajo físico normal). También comprendí,aunque tal vez no intelectualmente, porque no había tenido que segar la colina y porqueél me dijo que ya lo había hecho.El efecto total del invierno de 1924 a 1925 en Nueva York, fué que anhele mi regreso aFrancia. La primera visita había sucedido, como resultado de una cadena de eventosinconexos y sin propósito que resul- taron del divorcio de mi madre, de su enfermedad,de la existencia de Margaret y Jane y de su interes por nosotros. El regreso, en la prima-vera de 1925, parecía predestinado. Yo sentía que, de ser necesario, iría solo.En navidad llegó a su climax mi desencanto e incomprensión de la vida de los adultos.Me converti en algo asi como un hueso por el que se pelean dos perros (asi lo senti). Lalucha de voluntades, al quedar fuera del pleito mi madre, se siguio manifestando entreJane y mi padre, luchando por custodiarnos a Tom y a mi. Ahora estoy seguro de queambos actuaban solo para salvar las apariencias. No puedo creer que ningún bando nosquisiera por alguna razón especial; yo me portaba suficien- temente mal como para noser particularmente deseable. De cualquier manera, había aceptado por lo menosconsiderar la posibilidad de visitar a mi padre en navidad. Cuando llegó la hora, decidírehusarme. La invitación de Jane de pasar una navidad de adulto, glamorosa, conmuchas fiestas, visitas al teatro, etc., fué mi mejor y ostensible pretexto para rehusar lavisita a mi padre. Sin embargo, la verdadera razón siguio siendo la de siempre: tandifícil como pudiera parecerme la relación con Jane, era de cualquier manera mipasaporte para ir con Gurdjiéff y yo hice todo lo posible por lograr algo de armoníaentre nosotros. A ella le agrado mi decisión, no siendo inhumana ni infalible, sintió unaaparente preferencia de mi parte por ella.
  • 17. 17Mi padre se puso muy triste. No pude comprender porque, si se me había dicho que ladecisión era mia. Vino a Nueva York a recoger a Tom, quien había aceptado pasar lanavidad con el, y me trajo varios regalos. Me sentí apenado con eso, pero, cuando mepidió reconsiderar mi deci- sión, sobornandome en apariencia con los regalos, me sentíherido y furioso. Sentí que la suciedad y la injusticia del mundo adulto se sintetizaba enese acto. Le dije, con lagrimas de furia, que a mi no se me podía comprar y que siemprelo odiaría por lo que me estaba haciendo.Quisiera, en favor de la memoria de mi padre, desviarme lo suficiente como para aclararque estoy totalmente conciente de sus buenas inten- ciones y que me doy cuenta de quefué un terrible golpe emocional el que le produje esa vez. Posiblemente lo que fué mástriste o doloroso para el, fué que no tenía idea de lo que realmente estaba pasando. En sumundo los niños no rechazaban a sus padres.Finalmente terminó el invierno; a la fecha me parece que fué intermi- nable. Peroterminó y mi anhelo por ir al prieuré se intensifico con la llegada de la primavera. Solocuando subi al barco que me llevaría a Francia, pude creer que realmente regresaría. Ysolo al cruzar la reja del prieuré, una vez más, pude dejar de soñar, creer y alimentar miesperanza.Cuando lo vi otra vez, Gurdjiéff puso su mano en mi cabeza; yo levante la vista hacia sufiero bigote y la grande y abierta sonrisa que apareció bajo su calva y brillante cabeza.Me atrajo hacia si, como un gran y calido animal, apretandome afectuosamente con subrazo y su mano, diciendome: Asi que ... ? regresaste ? Lo dijo en forma de pregunta;un poco más que la declaración de un hecho. Lo único que pude hacer fué recargar micabeza contra él y contener mi explosiva alegria.
  • 18. 18 CAPÍTULO 6El segundo verano, el verano de 1925, fué como venir a casa. Encon- tre, como lo habíasoñado, que nada había cambiado esencialmente. Faltaban algunas personas del veranoanterior y había otras nuevas, pero el ir y venir de individuos era poco importante. Unavez más me absorbio el lugar y me converti en un engrane en el funcionamiento de laescuela. Con excepción del trabajo de podar, que era entonces responsabilidad de otro,me integre a las actividades rutinarias y habituales, junto con todos los demas.Para un niño, la gran sensación de seguridad que daba el Instituto, a diferencia, porejemplo, de un internado, era que de inmediato se sentía uno integrado en el. Puede sercierto que había una meta más alta en el trabajo comun de mantenimiento de la escuela,que es a lo que nos dedicabamos todos, pero, a mi nivel, me hacian sentir que era unpequeño eslabon esencial en el trabajo, independientemente de mi importancia comoindividuo. A todos nos daba la sensación de ser utiles, de valer. Encuentro ahora difícilimaginar cualquier cosa que pueda ser más estimulante para el ego de un niño. Todossentíamos que teníamos un lugar en el mundo; se nos necesitaba por la simple razón deque realizabamos actividades que tenían que hacerse. No haciamos cualquier cosa,como sería estudiar para el propio beneficio, sino que lo que haciamos era parabeneficio de todos.No teníamos lecciones ni aprendíamos nada, en el sentido usual. Sin embargo, siaprendíamos a lavar y planchar nuestra ropa, a cocinar, ordeñar, cortar leña, pulir pisos,pintar casas, reparar techos, remen- dar nuestra ropa y cuidar animales; todo eso ademasde trabajar en grandes grupos para los proyectos mayores: construcción de caminos,limpieza de areas boscosas, siembra y cosecha, etc.Ese verano hubo dos cambios en el Instituto, aunque no los percibi de inmediato. Lamadre de Gurdjiéff había muerto en el invierno, lo que produjo un sutil cambioemocional en la atmosfera del lugar; ella nunca participo en las actividades, perosiempre estabamos concientes de su presencia. El otro cambio, mucho más importante,es que Gurdjiéff empezo a escribir. Apenas había pasado un mes, cuando se anuncio quese haría una reorganización completa del funcionamiento del Instituto y que, paraalarma general, no todos podrían permanecer ahí,ya que Gurdjiéff no tendría el tiempo ola energía necesaria para supervisar personalmente a sus discípulos. Se nos dijo tambiénque en los siguientes dos o tres dias, Gurdjiéff entrevistaría a cada persona y decidiría sise le permitiría quedarse y, en ese caso, le diría que iba a hacer.La reacción general fué parar toda actividad y esperar hasta que se decidiera el destinode cada quien. A la mañana siguiente, despues del desayuno, los edificios hacian eco alos murmullos y especulaciones; todos expresaban sus dudas y temores por el futuro.Para muchos de los estudiantes más viejos, el anuncio significaba que la escuela ya notendría valor para ellos, ya que las energías de Gurdjiéff se concentra- rian en susescritos y no en la enseñanza personal. Yo me puse nervioso con tanta especulación yexpresión de temores. Como no tenía idea de lo que Gurdjiéff podría decidir sobre midestino, me pareció más sencillo seguir con el trabajo que tenía asignado: limpieza deterreno y sacar troncos. Muchos habían sido asignados a ese trabajo, pero esa mañanasolo fuimos dos o tres. Para el final del día ya se habían hecho varias entrevistas y sehabía pedido a algunas personas que abandonaran el lugar.
  • 19. 19Al día siguiente me fuí a trabajar como de costumbre, pero despues de la hora de lacomida me toco turno de ser entrevistado.Gurdjiéff estaba sentado en el exterior, en una banca frente al edificio principal; meacerque y me sente a su lado. Me vió como sor- prendido de que yo existiera. Mepreguntó que había estado haciendo y, en particular, que había hecho desde que se hizoel anuncio. Le respondí y me preguntó entonces si quería permanecer en el prieuré.Desde luego dije que si. Dijo, con sencillez, que le daba gusto, porque tenía un nuevotrabajo para mí. A partir del día siguiente me haría cargo de sus cosas personales; suhabitación, su vestidor y su baño. Me dió una llave, insistiendo firmemente que solo yotendría llave, ademas de él, y me explicó que tendría que tender la cama, barrer, limpiar,pulir, sacudir y, en general, mantener el orden. Cuando cambiara el clima, deberíaencender las chimeneas, cuidando que no se apagaran; una respon- sabilidad adicionalsería que me convirtiera en su serviente o mese- ro, lo que implicaba que si queríacafe, licor, comida o lo que fuera, yo debía llevarselo a la hora que fuera, de día o denoche. Debería instalarse una chicharra en su habitación, para ese propósito.También me dijo que no participaría más en proyectos generales, pero que cubriría lasactividades usuales de cocina y portería, dependiendo del tiempo que necesitara para lalimpieza de su cuarto. Otra actividad nueva sería el cuidado del gallinero; alimentar alos pollos, recoger los huevos, matar a los patos o gallinas que me pidieran, etc.Yo estaba muy orgulloso de haber sido seleccionado como su guarda y el se sonrió antemi gozosa reacción. Me informo, muy seriamente, que la selección se había hecho sinpensarlo; había despedido a la persona que hacia eso y, cuando apareci para laentrevista, se dió cuenta de que yo no era esencial en alguna de las funciones generalesy estaba disponible para ese trabajo. Me sentí avergonzado por mi orgullo, pero nomenos feliz. Seguía sintiendo que era un honor.Al principio no tuve mas contacto que antes con Gurdjiéff. Temprano en la mañanasoltaba a las gallinas, las alimentaba, recogia huevos y los llevaba a la cocina. Para esahora Gurfjieff ya estaba listo para su cafe matutino; se vestía y se sentaba en una de lasmesitas que estaban cerca de la terraza y ahí se pasaba la mañana escribiéndo. Yolimpiaba su cuarto a esa hora, lo cual me llevaba mucho tiempo. La cama era enorme ysiempre estaba en un gran desorden. ! Y el baño ! Lo que podía hacer con su vestidor ysu baño no puede describirse sin invadir su privacidad; solo dire que, físicamente, el Sr.Gurdjiéff vivía como un animal; por lo menos hasta donde pude darme cuenta. Lasimple limpieza de esos dos cuartos era un proyecto mayor, cada dia. A veces eldesorden era tan grande que yo imaginaba grandes dramas nocturnos en el baño y elves- tidor. Con frecuencia pensaba que tenía alguna meta conciente por destruir esoscuartos. En ocasiones tuve que usar una escalera para limpiar las paredes.A medio verano mi tarea de guarda empezo a tomar proporciones real- mente grandes.Debido a que estaba escribiéndo, Gurdjiéff recibía muchas visitas en su habitación;personas que estaban traduciendo sus libros, conforme él escribía, pasandolos al Ingles,Frances, Ruso y posiblemente a otros lenguajes. Me entere de que el original era unacombinación de Armenio y Ruso; porque decía que no podía encontrar un solo lenguajeque le diera la libertad de expresar sus complicadas ideas y teorías. Mi trabajo adicionalera basicamente de mesero; todas las personas que se entrevistaban con Gurdjiéff lohacian en su habitación lo que implicaba servir café y Armagnac y retirar todo despuesde la reunion. Gurdjiéff prefería recostarse en la cama durante esas reuniones. De hecho,
  • 20. 20excepto al entrar o salir de la habitación, lo recuerdo siempre tendido en la cama. Algotan sencillo como tomar café podía convertirse en un holocausto; habría café por toda lahabitación y en la cama, la que tenía que tenderse con sabanas limpias cada vez.En ese tiempo había rumores, y no estoy en posición para negarlos, de que en esahabitación pasaban muchas cosas, aparte de tomar café y Armagnac. El estado normalde su habitación despues de la noche indicaba que podía haber ocurrido casi cualquieractividad humana ahí.No hay duda de que se vivía en sus habitaciones, en el sentidomás pleno de esa palabra.Nunca he olvidado la primera vez en que me vi envuelto en un inci- dente que fuera masque el desempeño de mis actividades de limpieza de su cuarto. Ese día tuvo undistinguido visitante, A. R. Orage; un hombre bién conocido por todos nosotros yaceptado como un acreditado maestro de la teoría de Gurdjiéff. Despues de la comidaambos se retiraron a las habitaciones de Gurdjiéff y se me pidió llevara el acostumbradocafe. Era tal la estatura de Orage que todos lo tratabamos con gran respeto. No habíaduda sobre su inteligencia, su dedicación y su integridad. Era ademas un hombre calidoy compasivo, por el que sentía un gran afecto personal. Cuando llegué al quicio de lapuerta de la habitación me quede parado dudando, debido a lo violento de unos gritosque daba Gurdjiéff. Toque y, al no recibir respuesta, entre. Gurdjiéff estaba paradocerca de su cama en un estado que me pareció de furia totalmente incontrolada. Estabaenfurecido contra Orage, quien estaba de pie, impasible y muy palido, enmarcado poruna de las ventanas. Tuve que caminar entre los dos para poner la charola en la mesa.Lo hice sintien- dome desollado por la furia de la voz de Gurdjiéff y luego retrocedi,tratando de hacerme invisible. Cuando llegué a la puerta, no pude reprimir el deseo deverlos: Orage, un hombre alto, se veía marchito y arrugado mientras se doblaba en laventana y Gurdjiéff, que no era muy alto, se veía inmenso; una encarnación completa dela ira. Aunque la perorata era en ingles, no podía escuchar las palabras; el flujo de rabiaera demasiado enorme. De pronto, en el espacio de un instante, me dedico una ampliasonrisa; se veía increiblemente pacifico y callado interiormente. Me hizo seña de queme retirara y siguio con su perorata con la misma fuerza de antes. Esto ocurrió tanrapido, que no creo que el Sr. Orage haya notado siquiera el cambio de ritmo.Cuando recien escuche el sonido de la voz del Sr. Gurdjiéff, desde afuera del cuarto,quede horrorizado. Que este hombre, al que yo respe- taba más que a cualquier otro serhumano, pudiera perder el control tan totalmente, fué un golpe terrible para missentimientos de respeto y admiración por el. Cuando pase entre ellos para poner lacharola, solo había sentido piedad y compasión por el Sr. Orage.Ahora, al abandonar la habitación, mis sentimientos se invirtieron completamente. aúnestaba impresionado por la furia que había visto en Gurdjiéff, aterrado por ella. Encierto sentido, estaba más aterrado aun al salir, porque me había dado cuenta de que nosolo no era incontrol- ada, sino que en realidad era totalmente conciente y tenía controltotal de ella. aún sentía lastima por el Sr. Orage, pero estaba conven- cido de que debíahaber hecho algo terrible, a los ojos de Gurdjiéff, que produjera esa conducta. No mepaso por la mente que Gurdjiéff pudiera estar equivocado en ningún sentido. Creía en élcon todo mi ser, en forma absoluta. El no podía hacer algo mal. Por extraño queparezca, y no he podido explicar esto a personas que no lo conocieron personal- mente,mi devoción a él no era fanatica. No creía en él como se cree en un dios. Para mí élsiempre estaba en lo correcto, por razones lógicas y sencillas. Su extraño estilo de vida,
  • 21. 21incluso cosas como el desorden de sus cuartos, el pedir café a todas horas del día y de lanoche, parecían mucho más lógicas que lo que llaman un modo de vida normal. Todo loque hacia era porque quería o necesitaba hacerlo. Invariablemente se preocupaba por losdemas y los consideraba. Por ejemplo, nunca dejaba de agradecerme y pedirmedisculpas cuando tenía que llevarle cafe, medio dormido, a las tres de la mañana. Sabiainstintivamente que tal consideración era mucho más que una cortesia comun adquirida.Tal vez esa sea la clave; él se interesaba. Siempre que lo veía, siempre que me ordenabaalgo, estaba totalmente atento a mi, completamente concentrado en las palabras que medecía; su atención no variaba cuando yo le hablaba. sabía siempre, con exactitud, lo queyo estaba haciendo y lo que había hecho. Creo que todos sentían, como yo, comorecibían su atención total. No creo que haya algo más halagador en las relacioneshumanas.
  • 22. 22 CAPÍTULO 7Fué a la mitad de ese atareado verano cuando Gurdjiéff me preguntó, con brusquedad, siaún quería estudiar. Me recordo, con gran sarcasmo, que yo quería aprenderlo todo ypreguntó si había cambiado de opinión. Le dije que no.? Entonces, si no has cambiado de opinión, porque no preguntas ? Respondi,avergonzado e incomodo, que no lo había hecho por varias razones. Una era que ya lehabía pedido aprender y asumia que él no lo había olvidado, otra, que estaba tanocupado escribiéndo y conferencian- do con otros que pensaba no tenía tiempo.Me dijo que tenía que aprender sobre el mundo. Si quieres algo, debes pedir. Debestrabajar. Esperas que yo recuerde por ti; ya trabajo mucho, más de lo que puedassiquiera imaginar; estas mal si esperas que recuerde también lo que tu quieres. Luegoagrego que cometia yo un error al asumir que estaba demasiado ocupado. Si estoyocupado es asunto mio, no tuyo. Si digo que te enseñare, debes recordarmelo, ayudarmepidiéndolo otra vez. Eso muestra que quieres aprender.Acepte mansamente que estaba en un error y pregunte cuando empezaría- mos laslecciones. Esto ocurrió un lunes en la mañana; me dijo que lo buscara en su cuarto a las10 de la mañana siguiente, martes. Al dia siguiente me puse a escuchar trás la puertapara asegurarme de que se había levantado, toque y entre a la habitación. Estaba de pié ala mitad del cuarto, perfectamente vestido. Me vió, como asombrado. ? Quieres algo ?me preguntó, sin rudeza. Le explique que estaba ahí para mi lección. Me vió, como lohabía hecho en otras ocasiones, como si jamas me hubiera visto. ? Se suponía quevinieras esta mañana ? preguntó, como si lo hubiera olvidado por completo. Si,respondí, a las diez de la mañana.Volteo a ver el reloj que tenía junto a la cama. Marcaba las diez con dos minutos y yoya tenía un minuto ahí.Volteo a verme como si mi explicación lo hubiera aliviadomucho.: Recordaba que tenía algo esta mañana a las diez, pero olvide que. ? Porque noestuviste aqui a las diez ?Vi mi propio reloj y le dije que había llegado a las diez en punto.Sacudio la cabeza. Llegaste diez segundos tarde. Un hombre puede morir en diezsegundos. Yo vivo por mi reloj, no por el tuyo. Si quieres aprender de mi, debes estaraqui cuando mi reloj marque las diez en punto. Hoy no hay lección.No discuti con el, pero logre reunir el coraje suficiente para preguntarle si esosignificaba que nunca me daría lecciones. Me despidió con la mano. Claro que habralecciones. Ven el proximo martes a las diez en punto. Si es necesario llega mástemprano y espera; es una forma de no llegar tarde, y agrego con cierta malicia, amenos que estes muy ocupado como para esperar a tu maestro.El siguiente martes llegué a las nueve y cuarto. Salio de la habita- ción en el momentoen que iba yo a tocar, unos cuantos minutos antes de las diez; sonrió y me dijo que sealegraba por mi puntualidad. Luego me pregunto cuanto tiempo había estado afuera. Ledije y él sacudio la cabeza, irritado. Me dijo: la semana pasada te dije que si no estabasocupado podías venir temprano y esperar. No te dije que desperdiciaras casi una hora.Ahora vamonos. Me dijo que trajera un termo con café de la cocina y lo alcanzara en suautomóvil.
  • 23. 23Recorrimos una corta distancia por un camino estrecho, casi sin trafico y se detuvo.Descendimos y me dijo que me llevara el cafe; él se sento en un árbol caido, cerca delborde del camino. Se había detenido a unos noventa metros de un grupo de trabajadoresque construian un desague de piedra al lado del camino. Su trabajo consistía en acarrearpiedras de uno de dos montones que estaban a un lado, llevandolas a la secciónincompleta del desague, en donde otros las colocaban en el lodo. Los observamos ensilencio, mientras Gurdjiéff fumaba y tomaba cafe. Despues de mucho tiempo, por lomenos media hora, pregunte por fin a que hora sería la lección.Me vió con una sonrisa tolerante. La lección empieza a las diez en punto, dijo. ? Queves ? ? notas algo ?Le dije que había estado observando a los hombres y que lo único extraño que habíanotado era que uno de ellos traia las piedras del monton más lejano.? Porque crees que hace eso ?Dije que no sabia, pero que parecía que se estaba haciendo el trabajo mas difícil ya quetenía que acarrear pesadas piedras desde más lejos. Sería tan fácil tomarlas del montoncercano.Gurdjiéff dijo, es verdad, pero siempre hay que ver todos los lados antes de hacer unjuicio. Este hombre tiene también un breve pero agradable paseo, en la sombra que haya lo largo del camino, cada vez que regresa por más. Ademas, no es estupido, en un díano acarrea tantas piedras. Siempre hay una razón lógica en porque las personas hacenlas cosas de cierta manera; es necesario encontrar todas las razones posi- bles, antes dejuzgar a la gente.El lenguaje de Gurdjiéff, aunque no usaba el tiempo correcto de los verbos, era siemprepreciso y claro sin dejar lugar a dudas. No decía una palabra de mas y siento que eso sedebía en parte a su con- centración, con lo que me forzaba a observar lo que ocurríaalrededor mio, con toda la concentración que me era posible. El resto de la horatranscurrió rapidamente y regresamos al prieuré; él a sus escritos y yo a mi limpieza.debía regresar el siguiente martes para la proxima lección. No estuve pensando en loque aprendi o no; empezaba a comprender que aprender en el sentido de Gurdjiéff, nodependía de resultados obvios o repentinos y que no se podía esperar que hubieraborbotones de conocimiento o comprensión. Empece a tener la sensación de querepartia su conocimiento mientras vivía, indiferente a si se acep- taba o no, o si se usabao no.La siguiente lección fué totalmente diferente a la primera. Se recosto en su cama y medijo que limpiara el resto de la habitación. Me estuvo viendo todo el tiempo, sin hacercomentarios, hasta que encendi la chimenea; era una mañana lluviosa y humeda y elcuarto estaba frio, por lo que despues de prenderla empezo a echar mucho humo.Agregué leña seca y estuve soplando afanoso a las brasas, pero con poco exito. Nosiguio observando mis esfuerzos por mucho rato. Repentinamente se paro, tomo unabotella de cognac, me empujo a un lado y vacio un chorro de cognac en la pequeñaflama; se hizo una gran llamarada y luego se estabilizo. Sin hacer comentarios se fué alvestidor y se arreglo, mientras que yo hacia la cama. Fué hasta que estaba listo para salirdel cuarto cuando me dijo en forma casual: Si quieres un resultado necesa- rio deinmediato, debes usar cualquier medio. Luego sonrió. Cuando no estoy aqui, tienestiempo; no es necesario usar fino Armagnac añejo.
  • 24. 24Y ese fué el final de la lección. Me llevo el resto de la mañana limpiar el vestidor, al quehabía demolido silenciosamente en unos cuantos minutos.
  • 25. 25 CAPÍTULO 8Como parte de la reorganización completa de la escuela. el Sr. Gurdjiéff nos dijo queiba a nombrar un director que supervisara a los estudiantes y sus actividades. Nos hizover claramente que ese director debería reportarle regularmente y que asi él seguiríaperfectamente informado de todo lo que ocurría en el prieuré. Sin embargo, su tiemposería dedicado casi totalmente a sus escritos y pasaría mucho más tiempo en Paris.El director resulto ser una tal Sra. Madison, una dama inglesa solterona (como lallamaban los niños), quien hasta entonces había estado a cargo de los jardines de flores.Para la mayoría de los niños siempre había sido una figura un tanto comica. Era alta, deedad indefi- nida, con una forma huesuda y angulosa rematada por algo parecido a unnido sucio de pelo rojizo entrecano. Hasta ese dia, se dedicaba a acechar entre losjardines de flores cargando una palita; se adornaba con listones de rafia amarrados alcinturon que fluian como ondas desde su cintura, al caminar. Asumio la dirección concelo y entusiasmo.Aunque el Sr. Gurdjiéff nos había pedido responder a la Sra. Madison en todo como sise tratara de mi mismo, yo me preguntaba si merecería tal respeto; también sospechabaque no estaría tan bién informado como cuando él mismo supervisaba el trabajo. Decualquier manera, la Sra. Madison paso a ser una figura muy importante en nuestrasvidas. Empezo por imponer una serie de reglas y reglamentos (con frecuencia mepregun- taba si no vendría de una familia de la Armada Inglesa), que eran,ostensiblemente, para simplificar el trabajo y, en general, para intro- ducirprocedimientos eficientes, en lo que llamaba el funcionamiento azaroso de la escuela.Como el Sr. Gurdjiéff estaba fuera casi la mitad de la semana, la Sra. Madison sintióque yo no tenía suficiente que hacer con solo el cuidado del gallinero y la limpieza delas habitaciones. Se me asigno el cuidado de nuestro único caballo y el burro y algo detrabajo en los lechos de flores, bajo la supervisión inmediata y personal de la Sra.Madison. Ademas de esas actividades especificas, estaba sujeto, como los demas, a unagran cantidad de reglas generales. Nadie podía salir de la propiedad sin el permiso de laSra. Madison; nuestras habitaciones debian ser inspeccionadas a intervalos regulares; enfin, debía seguirse una disciplina general de tipo militar.Otro cambio que resulto de la reorganización de la escuela, fué que se descontinuaronlas demostraciones nocturnas de movimientos o danzas. Seguían las clases por la tarde,pero solo duraban una hora y, en raras ocasiones, cuando Gurdjiéff traia visitantes el finde semana, se daban demostraciones. Debido a esto teníamos todas las tardes libres ymuchos de nosotros nos ibamos al poblado de Fontainbleue, una caminata de dos millas.Los niños no teníamos mucho que hacer en el pueblo, excepto ir ocasionalmente al cineo, a veces, a una feria o carnaval del pueblo. Ese pequeño privilegio, que no estabasupervisado (de hecho ni se había mencionado), era muy importante para nosotros.Hasta entonces a nadie le había preocupado lo que hicieramos con nuestro tiempo libre,en tanto estuvieramos presentes y listos para trabajar en la mañana. Nos rebela- moscuando nos vimos confrontados con la orden de que necesitariamos algo asi comopases para poder ir al pueblo y que tendríamos que dar una buena razón para podersalir de los limites de la escuela. No hubo un acuerdo comun para rebelarse o ignoraresa regla en particular. Individualmente nadie la obedeció; nunca se pidió un pase.
  • 26. 26No solo no pediamos permiso para salir de la propiedad, sino que ibamos al puebloaunque no tuvieramos una razón o ganas de hacerlo. Desde luego no saliamos por la rejadel frente, en donde tenían que enseñarse los pases al que estuviera de portero, sino quesimplemente saltabamos las bardas, al salir y al entrar. No hubo una reacción inmediatade la Sra. Madison, pero pronto nos enteramos de que, aunque no concebia como pudohacerlo, llevaba un registro exacto de las ausen- cias de cada uno. Supimos de laexistencia de ese registro a través del Sr. Gurdjiéff cuando, al regresar al prieurédespues de una ausencia de varios dias, nos anuncio que la Sra. Madison tenía unpequeño libro negro en el que registraba todas las fechorias de los estudiantes.También nos dijo que se reservaba su opinión por el momento, acerca de nuestraconducta, pero nos recordo que había nombrado a la Sra. Madison como directora y quese suponía que debiamos obedecerla. Aunque parecía una victoria técnica para la Sra.Madison, resultaba hueca; nada hizo el para fomentar su disciplina.Mi primer problema con la Sra. Madison apareció debido a las galli- nas. Una tarde,cuando acababa de irse Gurdjiéff a Paris y yo limpiaba su cuarto, me entere por otros delos niños de que mis gallinas, por lo menos varias de ellas, habían encontrado una salidaen el gallinero y que estaban desgarrando alegremente los jardines de flores de la Sra.Madison. Cuando llegué a la escena de destrucción, la Sra. Madison correteaba gallinas,furiosamente, por todo el jardín; juntos nos las arreglamos para regresarlas al gallinero.No se había hecho mucho daño a las flores y, por orden de la Sra. Madison, ayude adejar las cosas como estaban. Luego me dijo que era mi culpa que las gallinasescaparan, debido a que no tenía en orden la cerca; también me prohibio salir delInstituto por una semana. Agrego que si encontraba una gallina en los jardines, lamataría con sus propias manos.Arregle la cerca, pero aparentemente no hice un buen trabajo. Una o dos gallinasescaparon al día siguiente y regresaron a los jardines de flores. La Sra. Madison cumpliosu promesa y retorcio el pezcueso a la primera gallina que pudo atrapar. Como yo mehabía encariñado mucho con las gallinas (tenía una relación personal con cada una yhasta les había puesto nombre) me vengue de la Sra. Madison destruyendo una de susplantas favoritas. Ademas, por pura satisfacción personal, sali de la propiedad y me fuí aFointenbleu.La Sra. Madison me hablo seriamente la siguiente mañana. Dijo que si no podíamosllegar a un entendimiento juntos tendría que llevar el asunto hasta el Sr. Gurdjiéff; quesabía que él no toleraría ninguna burla contra su autoridad. También me dijo que, paraentonces, yo encabezaba la lista de infractores en su librito negro. Mi defensa consistióen decirle que las gallinas eran utiles y el jardín no; que no tenía derecho a matar a migallina. Ella respodió que yo no estaba en posición de juzgar a que tenía o no derecho ytambién que el Sr. Gurd- jieff había hecho claro que deberíamos obedecerla.Como no llegamos a un acuerdo o tregua, el incidente fué llevado a la atención del Sr.Gurdjiéff a su regreso de Paris, al finalizar la semana. En cuanto llegó fué asaltado, pordecirlo asi, por la Sra. Madison y encerrado en su habitación, por largo rato. Si llegué aponerme ansioso durante ese tiempo. Despues de todo, cualquiera que fueran misrazones, la había desobedecido y no tenía seguridad de que el Sr. Gurdjiéff viera lascosas a mi manera.Pidió café ya al atardecer, despues de la cena y cuando se lo lleve me dijo que mesentara. Luego me preguntó como me estaba llevando con la Sra. Madison y si me caia
  • 27. 27bién. Como no sabía que le había dicho ella, respondi cautelosamente que me llevababién con ella y que suponía que ella tenía razón, pero que el prieuré era muy diferenteestando ella a cargo.Me miro seriamente: ? Diferente como ?, preguntó.respondí que la Sra. Madison imponía demasiadas reglas, que había demasiadadisciplina.No hizo comentarios a esto, sino que me dijo que la Sra. Madison le había platicadoacerca del pleito en los jardines y de que había matado una gallina y quería conocer miversión de la historia. Le dije como me había sentido al respecto y que, en especial,sentía que la Sra. Madison no tenía derecho a matar a la gallina.? Que hiciste con la gallina muerta ? me preguntó.Le dije que la había limpiado y la había llevado a la cocina para que la guisaran.Considero esto, afirmo con la cabeza y dijo que yo debería entender que la gallina nofué desperdiciada despues de todo y que aunque la gallina estaba muerta había sido util,pero la flor muerta que yo había arrancado por coraje, no servia a ningún propósito; porejemplo, no podía servir de comida. Luego preguntó si había arreglado la cerca. Le dijeque la repare una segunda vez despues del segundo escape de galli- nas y dijo que esoestaba bién; luego me mando por la Sra, Madison.fuí por ella, sintiendome alicaido. No podía negar la lógica de lo que me había dicho,pero aún sentía, con resentimiento, que la Sra. Madison no había tenido toda la razón.La encontre en su recamara; ella me dedico una mirada de suficiencia y superioridad yme siguio de regreso a la habitación de Gurdjiéff. Nos dijo que nos sentaramos y luegole dijo a ella que había platicado conmigo acerca del problema de las gallinas y el jardíny que estaba seguro, volteo a verme al decir eso, de que no habría mas problemas.Luego dijo, inesperadamente, que ambos le habíamos fallado. Que mi falla había sidono ayudarlo mediante mi obediencia a la Sra. Madison, ya que él la había puesto acargo, y que ella le había fallado al matar a la gallina, la que, dicho sea de paso, era sugallina; no solo era su gallina sino que ademas era mi responsabilidad, algo que él habíadelegado en mi y que, si bién yo debia mantenerla en el gallinero, ella no tenía derechoa matarla.Luego le dijo a la Sra. Madison que se fuera, pero agrego mientras ella salia que yahabía usado mucho tiempo, teniendo tanto que hacer, dedicado a la discusión de esteasunto de las gallinas y el jardín y que una de las funciones del director, era la dealiviarlo de tales proble- mas sin importancia y que hacen perder mucho tiempo.La Sra. Madison salio del cuarto, antes me había pedido que me quedara, y me preguntósi sentía que estaba aprendiendo algo. Yo me sorprendi con la pregunta y no supe comocontestarla; solo dije que no sabia. Fué entonces, creo, la primera vez que mencionódirectamente una de las metas y propósitos basicos del Instituto. Haciendo a un lado miinsatisfactoria respuesta, me dijo que lo más difícil de lograr, para el futuro, y tal vez lomás importante, era aprender a vivir con las manifestaciones desagradables de losdemas. Dijo que la historia en si que ambos le habíamos platicado era totalmenteirrelevante. La gallina y la planta no importaban. Lo importante era nuestra conducta;que si cualquiera de los dos hubiera estado conciente de su conducta y no simplementereaccionando uno al otro, el problema se hubiera resuelto sin su intervención. Dijo que,
  • 28. 28en cierto sentido, lo único que había ocurrido es que la Sra. Madison y yo habíamoscedido a nuestra mutua hostilidad. No explicó mas y yo le dije que estaba confundido.Me respodió que tal vez lo comprendería más tarde en mi vida. Luego me dijo quetendría mi lección al día siguiente, aunque no fuera martes y se disculpo por no podermantenerlas en forma regular debido a sus otras actividades.
  • 29. 29 CAPÍTULO 9Al llegar la siguiente mañana para mi lección, Gurdjiéff se veía muy cansado. Me dijoque había estado trabajando muy duro la mayor parte de la noche; que escribir era untrabajo muy pesado. aún estaba en cama y ahi se quedo todo el tiempo de la lección.Empezo por preguntarme acerca del ejercicio que nos había dado a todos, al que hicereferencia antes como auto observación. Me dijo que era muy difícil de hacer y quequería que yo lo hiciera con mi mayor concentración y lo más constante que me fueraposible. Me dijo que la principal dificultad con este ejercicio, como con la mayoría delos que había dado o daría en el futuro, era que para hacerlos correctamente eranecesario no esperar resultados. En este ejercicio en particular, lo importante era verse así mismo, observar la propia conducta automática, mecanica y reactiva, sin hacercomentarios y sin tratar de cambiarla. Si la cambias, dijo, entonces nunca veras larealidad. Solo veras el cambio. Cuando empieces a conocerte, el cambio vendra opodras hacerlo si quieres, si ese cambio es deseable.Continuo diciendo que este trabajo no solo era muy difícil sino que podía ser muypeligroso para algunas personas. Este trabajo no es para todos, dijo. Por ejemplo, siquieres aprender a ser millonario es necesario que te dediques desde la niñez a esa metay no te desvies. Si quieres ser sacerdote, filosofo, hombre de negocios o profesor, nodebes venir aqui. Aqui solo se enseña la posibilidad de como convertirse en un hombrede un tipo tal que no es conocido en la actualidad, especial- mente en el mundooccidental.Luego me pidió que me asomara por la ventana y le dijera lo que veía. Le dije que desdeesa ventana solo podía ver un roble. ? Y que ves en el roble ?, preguntó. Bellotas, lerespondí.? Cuantas bellotas ?Cuando respondí, muy inseguro, que no sabia, me dijo impaciente: No exacto, no digoeso. ! Adivina cuantas hay !Dije que suponía que había varios miles de ellas.Estuvo de acuerdo y luego me preguntó cuantas de ellas se conver- tirían en robles.Respondí que suponía que solo unas cinco o seis llegarían a ser árboles, tal vez menos.Asintió con la cabeza. Tal vez solo una, tal vez ninguna. Hay que aprender de laNaturaleza. El hombre también es un organismo. La Natura- leza hace muchas bellotas,pero la posibilidad de convertirse en árbol solo existe para algunas. Es lo mismo con elhombre, nacen muchos pero muy pocos crecen. La gente cree que eso es un desperdicio,cree que la Naturaleza desperdicia. Pero no es asi. El resto se convierte en ferti- lizante,regresa a la tierra y crea la posibilidad de nuevas bellotas, nuevos hombres; de vez encuando más árboles, más hombres reales. La Naturaleza siempre da, pero solo daposibilidad. Para convertirse en un roble real o un hombre real, se necesita de esfuerzo.Comprende esto, mi trabajo, este Instituto, no es para fertilizantes. Solo para hombresreales. Pero hay que comprender también que los fertilizantes son necesarios para laNaturaleza. La posibilidad para ser un roble real, un hombre real, depende también deeste fertilizante.
  • 30. 30Despues de un silencio muy prolongado, continuo: El occidente, tu mundo, hay lacreencia de que los hombres tienen un alma, dada por Dios. No es asi. Nada da Dios,solo la Naturaleza da. Y la Naturaleza solo da la posibilidad de un alma, no da un alma.El alma se adquiere a través de trabajo. Pero, a diferencia de un árbol, el hombre tienemuchas posibilidades. Como existe el hombre ahora, tiene también la posibilidad decrecer por accidente, de crecer incorrectamente. El hombre puede llegar a ser muchascosas, no solo fertilizante no solo hombre real: puede llegar a ser lo que ustedes llamanbueno o malo, cosas que no son propias para el hombre. El hombre real no es bueno nimalo; el hombre real es solo consciente, solo desea adquirir un alma para un desarrolloadecuado.Lo había escuchado, tenso y concentrado y mi único sentimiento, tenía doce añosentonces, era un de confusión e incomprensión. Sentía con cuerpo y emoción laimportancia de lo que estaba diciendo, pero no lo comprendía. Como si se se dieracuenta de ello (que lo hacia, con seguridad), me dijo: "Piensa en lo bueno y lo malocomo en la mano derecha y la izquierda. El hombre siempre tiene dos manos, dos ladosde si mismo, el bueno y el malo. Uno puede destruir al otro El hombre debe tener lameta de hacer que ambas manos trabajen juntas, debe adquirir una tercera cosa: la cosaque hace la paz entre las manos, entre los impulsos de bién y de mal. El hombre que estodo bueno o todo malo, no es un hombre completo, es unilateral. La tercera cosa es laconcien- cia moral; la posibilidad de adquirir la conciencia moral ya existe en el hombreal nacer; esa posibilidad es dada, gratis, por la Naturaleza. Pero solo es una posibilidad.La verdadera conciencia solo puede ser adquirida por medio de trabajo, aprendiendoprimero a comprenderse a si mismo. Incluso tu religion, la religion occidental, tiene lafrase Conocete a ti mismo. Esta frase es la más importante en todas las religiones.Cuando se empieza a conocer a sí mismo se empieza a tener la posibilidad deconvertirse en un hombre genuino. Asi que lo primero que hay aprender es a conocersea sí mismo mediante este ejercicio de auto observación. Si no haces esto, entonces serascomo una bellota que no llega a ser árbol, seras fertilizante. Fertilizante que regresa a latierra y se convierte en posibilidad para un nuevo hombre.
  • 31. 31 CAPÍTULO 10Como en un proceso de asentamiento, la dirección de la Sra. Madison vinoautomaticamente a convertirse en algo que podíamos tolerar sin mayores dificultades.Había demasiado trabajo ordinario que hacer para mantener la escuela, como para quealguien se preocupara mucho por las reglas y reglamentos o por la forma en que serealizaba el trabajo. Ademas había demasiada gente ahí y la configuración física erademasiado grande como para que la Sra. Madison (que no dejaba su interminabletrabajo de jar- dinería) pudiera observar constantemente a cada uno de nosotros. Hubosolo otro incidente en el que la Sra. Madison y yo entramos en conflicto ese verano;suficientemente grande como para que se llevara a la atención del Sr. Gurdjiéff. Fué elincidente del jardín japones.Tiempo atrás, mucho antes de que yo fuera al prieuré, uno de los proyectos del Sr.Gurdjiéff había sido la construcción de lo que él llamaba un jardín japones. Se habíacreado una isla entre los árboles, usando agua de la zanja que recorría toda la propiedad.Se construyo en la isla un pequeño pabellon de seis u ocho paredes, con aparienciaoriental y un puente de arco, típicamente japones, que llevaba a la isla. La apariencia eratípicamente oriental y era un sitio agradable en donde retirarse los domingos, cuando noestabamos trabajando en alguna de nuestras tareas usuales. La tarde de un domingo fuícon un estudiante adulto, un americano; había llegado recientemente al prieuré y, sirecuerdo correctamente, la razón por la que fuimos es que yo era su guía para queconociera las instalaciones de la escuela. Era una práctica usual, entonces, que los niñoscaminaran por todos los setenta y cinco acres de terreno, acompañando a los recienllegados, mostrandoles las hortalizas, el baño turco, la ubicación de los proyectos, etc.Mi compañero y yo nos detuvimos a descansar en el jardín japones y el, comoburlándose del jardín, me dijo que aunque fuera japones en intención, quedabatotalmente arruinado por la presencia, justo frente a la puerta del pabellon, de dos bustosde yeso, uno de Venus y otro de Apolo. Mi reacción fué inmediata e iracunda. También,de una curiosa manera, sentí que la critica de los bustos era una critica personal al buengusto del Sr. Gurdjiéff. Con una mezcla de razones y considerable atrevimiento, le dijeque resolvería la situación y, rapidamente, lance los dos bustos al agua. Recuerdo quesenti, oscuramente, que al hacer eso estaba defendiendo el honor y buen gusto deGurdjiéff.La Sra. Madison se entero de esto, por los medios de información que nunca pudedeterminar. Me dijo, horrorizada, que esa destrucción voluntaria de los bustos no podíapasar desapercibida y que se informaría al Sr. Gurd- jieff, en cuanto llegara de Paris.Su regreso de Paris fué un fin de semana, venía acompañado por varios invitados, en suautomóvil y llegaron varios más en sus carros o en tren. Todos los estudiantes sereunieron, despues de la cena, en el salon principal del Chateau, lo que era costumbrecuando regresaba de sus viajes. En presencia de todos (parecía una reunion deaccionistas), recibió un reporte formal de la Sra. Madison que cubría los eventosgenerales ocurridos en su ausencia. Despues de ese reporte, la Sra. Madison presentabaun resumen de los problemas que se habían presentado y que ella consideraba requeríande la atención de Gurdjiéff. En esa ocasión se sento a su lado, con el librito negroabierto con firmeza sobre su regazo y le hablo seriamente, por un rato, con voz
  • 32. 32inaudible para nosotros. Cuando terminó, él le hizo seña de que se fuera a una silla ypidió que se acercara aquel que había destruido las estatuas en el jardín japones.Avergonzado por la presencia de todos los estudiantes, asi como de un buen número devisitantes distinguidos, camine hacia el, con el corazón hundido, furioso conmigomismo por mi acto de abandono. En ese momento no podía pensar en una justificaciónpara lo que había hecho.Gurdjiéff me preguntó, desde luego, porque había cometido ese crimen y que si me dabacuenta de que la destrucción de propiedad es, de hecho, criminal. Dije que me dabacuenta de que no debía haberlo hecho, pero que lo hice porque las estatuas pertenecíanal periodo y civilización incorrectos, historicamente y que, para empezar, nuncadebieron estar ahí.No involucre al americano en mi explicación.Gurdjiéff me informo, con considerable sarcasmo, que, aunque mi conocimiento de lahistoria podría ser impresionante, yo había destruido estatuas que le pertenecían; queel, personalmente había sido respon- sable de que se colocaran ahi; que, de hecho, legustaban las estatuas griegas en los jardines japoneses; en cualquier caso, le gustaban enese jardín japones en particular. Dijo que, en vista de lo que había hecho, tendría que sercastigado y que el castigo sería no recibir mi dinero de chocolate (asi llamaba al dineroque recibían los niños para sus gastos), hasta que se reemplazaran las estatuas. Dióinstrucciónes a la Sra. Madison de que investigara el precio de reemplazos equivalentesy de que tomara de mi dinero, por el tiempo que fuera necesario.Basicamente debido a mi situación familiar, Jane y Margaret no disponían de muchodinero entonces (y menos para nosotros), yo no tenía del llamado dinero de chocolate;al menos no regularmente. El único dinero que tuve para gastos fué algun envioocasional que hizo mi madre desde America, para navidad o mi cumpleaños o sin razónaparente. En ese momento en particular yo no tenía dinero. Ademas, estaba seguro deque las estatuas serían espantosamente caras. Pude preveer un eternidad en la que estaríadando el dinero que pudiera recibir, para bién de pagar mi irreflexivo acto. Era unprospecto horrible, especialmente porque mi cumpleaños había sido solo unos mesesatrás y la navidad estaba a muchos meses a futuro.Mi deprimente futuro sin dinero llegó abruptamente a su fin cuando recibí,inesperadamente, un cheque de mi madre por veinticinco dolares. Antes de llevar elcheque a la Sra. Madison, ella me había comentado que las estatuas eran comunes,vaciados de yeso y que solo costarían unos diez dolares. Me resultaba difícildeshacerme aún de esa cantidad. Los veinticinco dolares me hubieran durado por lomenos hasta navidad.En la siguiente asamblea, la Sra. Madison informo al Sr. Gurdjiéff de que yo había dadoel dinero para las nuevas estatuas (el se negaba incluso a entender la palabra busto) yle preguntó si debería reemplazarlas.Gurdjiéff penso en ello por un rato y, finalmente, dijo No. Me llamo a su lado, meregreso el dinero y dijo que podía conservarlo, con la condición de que lo compartieracon todos los demas niños. Dijo también que, aunque había sido un error destruir supropiedad, quería que yo supiera que había pensado en toda la situación y que yo habíatenido razón acerca de lo impropio de colocar en ese sitio, esas estatuas en particular.Sugirió que, aunque no lo hiciera por el momento, podría haberlas reemplazado con eltipo apropiado de estatuas. Nunca más se mencionó el incidente.
  • 33. 33 CAPÍTULO 11Hacia el final del verano, me entere de que el Sr. Gurdjiéff estaba haciendo planes de ira America en una prolongada visita, probablemente todo el invierno de 1925-1926. Lacuestion de que pasaría con Tom y conmigo vino automaticamente a mi mente, pero seresolvio pronto: para mi gran alivio, Jane nos dijo que había decidido que regresaría aNueva York, pero que Tom y yo nos quedaríamos ese invierno en el prieuré. Nos llevo aParis un fin de semana y nos presento a Gertrudis Stein y a Alicia B. Toklas; de algunamanera Jane persuadio a Alicia y Gertrudis de que, por asi decirlo, nos echaran un ojoen su ausencia.En nuestros ocasionales viajes a Paris habíamos conocido a muchas personasdistinguidas y controvertidas: James Joyce, Ernest Hemingway, Constantin Brancusi,Jacques Lipschitz, Tristan Tzara y otros, la mayoría de los cuales habían colaborado enuna epoca u otra con la revista Little Review. Man Ray nos tomo fotografias; PaulTchelitchev, despues de dos o tres dias consecutivos de trabajar en mi retrato al pastel,me saco de su estudio, diciendo que era impintable. Te ves como todos, dijo, y turostro nunca esta quieto.Estaba yo demasiado joven, o demasiado encerrado en mi, como para tener concienciaplena del privilegio, si esa es la palabra, de conocer o reunirme con esas personas. Engeneral, no producian una gran impresión en mi; no entendía su conversación y sabía desu importancia, solo porque me habían dicho que eran importantes.De todos ellos, Hemingway y Gertrudis Stein se destacaron como impresionantes paramí. En nuestro primer encuentro con Hemingway, antes de que publicaran su "Adios alas Armas", nos impresiono con sus historias de corridas de toros en España;exhuberantemente se quito la camiseta para mostrarnos las heridas en batalla y luego sedejo caer en manos y rodillas, aún desnudo hasta la cintura, para jugar con su hijo, queera entonces un bebe, fingiendo que era un toro.Pero fué Gertrudis Stein la que me causo el mayor impacto. Jane me había dado algosuyo a leer (no se que era) y yo lo había encontrado totalmente sin sentido; por esarazón estaba ligeramente alarmado ante la perspectiva de conocerla. Pero me gusto deinmediato. parecía sin complicaciones, directa y enormemente amistosa. Tenía tambiénuna cualidad de no decir tonterías que me atraia como niño; nos dijo que la visitaramoscada tercer jueves durante el proximo invierno y que nuestra primera visita sería el díade Acción de Gracias. Aunque estaba preocupado por la partida de Gurdjiéff, ya quesentía que el prieuré no podría ser el mismo sin su presencia, el gusto inmediato que medió conocer a Gertrudis y el conocimiento de que la vería regularmente, era un consueloconsiderable.Gurdjiéff solo me hablo directamente de su proximo viaje, en una ocasión. Me dijo quedejaría a la Sra. Madison en total cargo y que sería necesario para mí (y para todos losdemas) trabajar con ella. La Sra. Madison ya no me preocupaba ni asustaba, me estabaacostumbrando a ella, por lo que le asegure que haría lo mejor posible. Luego me dijoque era importante aprender a llevarse bién con la gente. Importante solo en un sentido;aprender a vivir con todo tipo de personas y en todo tipo de situaciones; vivir con ellos,en el sentido de no reaccionar a ellos constantemente.
  • 34. 34Antes de su partida, convoco una reunion con algunos estudiantes y la Sra. Madison.Solo aquellos, americanos la mayoría, que se quedarían en el Prieure en su ausencia(ademas de su familia y discípulos viejos que lo habían seguido por muchos años y que,aparentemente, no estaban sujetos a la autoridad de la Sra. Madison. Tenía la impresiónde que los familiares cercanos de Gurdjiéff, su hermano, su cuñada y sus sobrinos, noeran tanto seguidores o estudiantes como, simplemente, la familia que sostenía.En esta reunion o asamblea, la Sra. Madison nos sirvio te a todos. Me parece ahora quelo hizo por su iniciativa y, también, que estaba haciendo un intento por empezar con elpié derecho, con aquellos estudiantes que estarían bajo su cargo, el proximo invierno.Todos escuchabamos mientras ella y el Sr. Gurdjiéff discutían varios aspectos delfuncionamiento del Instituto, basicamente problemas prácticos, asignación de trabajos ycosas asi; pero el recuerdo sobresaliente de esa reunion, fué el acto de la Sra. Madisonde servir el te. En lugar de sentarse en un sitio para vaciarlo y pasarnoslo, vaciaba cadataza, de pié,y se la llevaba a cada quien. Para su desgracia, tenía un hábito físico (erasuficientemente delicado, en realidad, como para parecer un cierto tipo derefinamiento), cada vez que se inclinaba ventoseaba suavemente y tenía que hacerlocada vez que daba la taza de te a una persona. Inevitablemente se oiría un muy leve ycorto estampido por el que, inmediatamente diría Disculpeme y se erguiría.Todos estabamos divertidos y apenados por esto, pero nadie se diver- tia más queGurdjiéff. La observaba atentamente, con el leve inicio de una sonrisa en su rostro.Resultaba imposible no verlo mientras que escuchabamos a la Sra. Madison. Empezo ahablar, como si ya no pudiera controlarse más. Dijo que la Sra. Madison era una personamuy especial, con muchas cualidades que podrían no ser aparentes de inmediato alobservador casual (podía hablar un inglés muy verboso y fluido cuando quería). Comoun ejemplo de una de sus cualidades, citó el hecho de que ella tenía una formaparticularmente excepcional de servir el te. Que solo la Sra. Madison servia el te con elacompañamiento de un agudo y breve estampido, como el de una pistola de juguete.Pero tan delicado y refinado, dijo, que es necesario estar alerta y altamente perceptivopara poder percibirlo. Continuo para hacer la observación de que deberíamos notar suextrema cortesia: el hecho de que, sin fallar, se disculpaba despues de cada estampido.Luego comparo esta gracia suya con otras gracias sociales, declarando que esta era nosolo inusual sino, para él, aún con su amplia experiencia, completamente nueva.Es imposible dejar de admirar la compostura de la Sra. Madison durante ese comentarioprolongado y despiadado sobre su infortunado hábito. Aunque evidentemente sepedorreaba, ninguno de nosotros pudimos usar esa palabra tan gruesa, ni enpensamiento. Conforme Gurdjiéff hablaba de eso, el hábito se hizo prácticamentesimpatico para nosotros, haciendonos sentir tiernos y llenos de simpatia hacia la Sra.Madison. El resultado final fué que, mientras alguien hacia juegos de palabras sinmisericordia, todos sentimos espontaneamente un afecto genuino por la Sra. Madison,afecto que nadie había sentido antes por ella. Muchas veces me he preguntado siGurdjiéff estaba o no aprovechando una pequeña debilidad en la armaduraaparentemente impenetrable de la Sra. Madison con el propósito preciso de bajarla delnivel de un estricto director a una concepción más humana en las mentes de los queestabamos presentes. De ahí en adelante resultaba claramente imposible tomar a la Sra.Madison demasiado en serio; pero era igualmente imposible molestarse mucho con ella;de ahí en adelante, parecía demasiado humana y demasiado falible. Por mi parte, cada
  • 35. 35vez que he escuchado un delicado pedo en mi vida, siempre ha estado acompañado, enmi mente, de un recuerdo muy tierno de la Sra. Madison.No voy a decir ahora que el ventorreo de la Sra. Madison me enseño a llegar a amarla;pero, ciertamente, estuvo cerca de hacerlo. Hubo tiempo en que podíamos trabajarjuntos sin problemas o rivalidad y atribuyo todos esos periodos a su hábito, o por lomenos al recuerdo. Me resultaba y me resulta imposible despreciar totalmente, porninguna razón, a una figura comica.había un aspecto patetico en ese pedorreo y, como el hábito es relativamente universal,nos reíamos también de nosotros, inevitable- mente, cuando haciamos bromas con ella,a sus espaldas. aún la frase, ya que siempre estabamos haciendo cosas a sus espaldas,tenía connotaciones hilarantes inmediatas. De hecho, nada podía ser más apropiado paraella. aún sus estampidos, o la mención de ellos, era suficiente para ponernos a reir acarcajadas. Y como niños haciamos, desde luego, elaboradas e inmisericordes bromas,acerca de la posibilidad de que las paredes de su cuarto pudieran derrumbarse debido alconstante bombardeo.Por su parte, la Sra. Madison siguio dirigiendo las actividades de la escuela, activa,severa y dedicada y con agudos estampidos ocasionales, como acentos, acompañadossiempre por una blanda disculpa.
  • 36. 36 CAPÍTULO 12Sin Gurdjiéff, el prieuré era un lugar diferente; pero su ausencia no era la unica causa.El invierno en si, hacia que cambiara el ritmo y las rutinas. Nos ajustamos a lo que, encomparación con la gran actividad del verano, parecía un tipo de hibernación. No habíatrabajo, o había muy poco en los proyectos exteriores y la mayoría de nuestras tareas sereducian a cosas tales como ocupar nuestro turno en la cocina (con más frecuenciaporque había menos gente), turno en la portería, cortar leña y llevarla a nuestros cuartos,limpieza de la casa y, en mi caso, finalmente, recibir algunas clases, en el sentido usualde la palabra. Uno de los estudianes que permaneció durante el invierno, era unamericano que se había graduado recientemente de preparatoria. Casi todas las noches, aveces por horas seguidas, estudiaba el idioma inglés y matematicas, con el. Leía voraz-mente, como si me estuviera muriendo de hambre por ese tipo de aprendizaje y lei todaslas obras Shakespeare, asi como los libros de Oxford de Versos Ingleses y BaladasInglesas. Por mi cuenta lei a Dumas, Balzac y a otros muchos escritores franceses.Sin embargo, las experiencias sobresalientes del invierno, se debie- ron a GertrudisStein y, en menor grado a Alicia Toklas.Nuestra primera visita a ver a Gertrudis, en Paris, fué memorable. Aunque estabamoscontentos en el prieuré, no había duda de que Tom y yo extrañabamos cosas escen-cialmente americanas. Esa primera visita fué el día de Acción de Gracias, una festividadque, desde luego, nada significaba para los franceses o para los estudiantes del prieuré.Llegamos al departamento de Gertrudis en la calle de Fleurus, como a las diez de lamañana. Sonamos el timbre, pero no hubo respuesta. Al parecer Alicia había salido yGertrudis, nos enteramos pronto, estaba en el baño, en el segundo piso. Cuando timbrepor segunda vez, la cabeza de Gertrudis apareció arriba de mi y me lanzo un llaverodesde la ventana. Debiamos entrar y esperar en la sala, hasta que terminara de bañarse.Como esto ocurrió siempre, cada vez que ibamos a Paris, era obvio que Gertrudistomaba un baño precisamente a esa hora, por lo menos cada tercer jueves.Gran parte del día transcurrió en una larga platica, mucho muy agradable, con Gertrudis.Despues me di cuenta de que en realidad era un interrogatorio. Nos preguntaba acercade toda nuestra vida, nuestra historia familiar, nuestra relación con Jane y Gurdjiéff.Nosotros respondíamos con todo detalle y Gertrudis, paciente y sin hacer comentariosno interrumpia, excepto para hacer otra pregunta. Hablamos hasta muy tarde, cuandoapareció Alicia para anunciar la cena (para entonces ya había olvidado que era día deAcción de Gracias) y Gertrudis nos puso a trabajar, arreglando la mesa.Nunca he tenido otra cena de Acción de Gracias como esa, en mi vida. Supongo quecontribuyo el hecho de que era completamente inesperada, pero la cantidad y la calidadde la comida la convirtió en un espectáculo. Me sentí muy conmovido cuando me enterede que la mayoría de los productos tradicionales americanos (papas, pastel de calabaza,malvaviscos, arandanos), desconocidos en Paris, habían sido ordenados de Americaespecialmente para esta cena y para nosotros.En su forma usual, directa y positiva, Gertrudis dijo que los niños americanosnecesitaban tener un día de Gracias americano. También expreso algunas dudas, muypositivas, acerca de la forma en que estabamos viviendo. Dudaba de Jane y de Gurdjiéffcomo padres adoptivos o guardianes de algun niño y dijo, firmemente, que cooperaría
  • 37. 37con nuestra educación, empezando con nuestra siguiente visita. Dijo que vivir conmísticos y artistas podría estar bién, pero que era una tontería desde el punto de vistade una dieta estable por dos pequeños niños americanos. Dijo que trazaría un plan paranuestras futuras visitas que tuviera más sentido, por lo menos a su modo de ver.Dejamos Paris, tarde en la noche, para regresar a Fontainbleue. aún puedo recordar elcalor y la alegria que sentí en la experiencia de ese día y, particularmente, mis fuertessentimientos de afecto por ambas, Gertrudis y Alicia.El plan que Gertrudis nos explicó en la siguiente visita resulto excitante. Me dijo que yaestaba trabajando suficiente en cuanto a estudios y lecturas y que, aunque podríamosobtener algunas recompensas por conocer intelectuales y artistas, sentía firmemente queteníamos una oportunidad que no deberíamos desaprovechar: conocer intimamente laciudad de Paris. Aclaro que pensaba que eso era importante por varias razones. Entreellas, que explorar y conocer una ciudad era una actividad comprensible para niños denuestra edad y algo que nos dejaría huella para siempre; también, que eso se habíadesaprovechado en forma vergonzosa. Sentía que ya tendríamos tiempo en el futuro, porlo menos cuando estuvieramos más grandes, para involucrarnos en metas másnebulosas, como las artes.Iniciamos una serie de expediciones que continuaron por todo el invierno, excepto lospocos dias en los que el clima lo impidio. Nos apilabamos en el Ford modelo T,Gertrudis al volante, Alicia y Tom apretados en el asiento delantero y yo en la caja deherramienta que estaba sobre el estribo izquierdo del carro. Mi trabajo en esasexpediciones era tocar la corneta, cuando Gertrudis me lo indicaba. Esto requería detoda mi atención porque ella manejaba su pequeño y viejo vehículo con majestuosidad,acercándose a los cruces y esquinas sin reducir la velocidad y con repetidos anuncioscon la corneta (hechos por mi).Recorrimos Paris poco a poco. Primero vinieron los monumentos: Nuestra Señora, ElSagrado Corazón, los Invalidos, la Torre Eifeel, el Arco del Triunfo, el museo deLouvre (solo por fuera, en opinión de Gertrudis ya habíamos visto muchos cuadros), laConsergería y la Capilla Santa.Cuando visitabamos un monumento o edificio que tenía que ser escalado (o que sepodía hacerlo), Gertrudis me daba, invariablemente una bufanda de seda roja. Se mepedia subir (en el caso de la torre Eiffel se me dejo hacerlo por el elevador) y al llegar alo alto debía ondear la bufanda roja. No era cuestion de desconfianza. Dijo que, sinlugar a dudas, los niños son perezosos. Podría probar a conciencia que realmente habíaescalado el monumento, si veía ondear la bufanda al estar arriba. Durante esasescaladas, ella y Alicia permanecían sentadas en el Ford, en algun lugar visible, debajode nosotros.De los edificios, pasamos a graduarnos en parques, explanadas, bulevares, callesimportantes y, en ocasiones especiales, en excursiones más largas a Versalles y Chanti-lly; cualquier lugar que se ajustara a un viaje de un dia. El climax de nuestros dias erasiempre una comida fabulosa que preparaba Alicia. Generalmente se las arreglaba paratener algo antes de nuestra llegada, pero a veces se dedicaba tanto a su arte culinario queno podía acompañarnos. A su modo, Alicia nos estaba dando una educacióngastronomica.He conservado de esas excursiones un sentimiento por y un sabor de Paris que nuncahubiera experimentado de otra manera. Gertrudis nos daría una conferencia acerca de
  • 38. 38cada lugar que visitabamos, destacando lo más importante de su historia, reviviendo alas persons famosas que los mandaron construir o que viveron ahí.Sus conferenciasnunca resultaban largas o aburridas; tenía un talento particular para recrear el senti-miento de un lugar, cuando hablaba (podía hacer que los edificios cobraran vida). Meenseño a buscar datos historicos al paso de mi vida y me urgio a explorar Fontainbleueen mis dias libres en el prieuré. Me conto mucho de su historia antes de que regresara y,sensatamente, me dijo que no tenía objeto que me llevara ahí,ya que estaba en nuestropatio trasero.Nunca he olvidado ese invierno. Las largas tardes de lectura y estudio en el calor denuestras habitaciones, la vida mas o menos casual en la cotidianidad en el prieuré, laespera continua por otro viaje a Paris a visitar a Gertrudis y Alicia. La unica sombra, lanota discordante en ese invierno, era el recordatorio ocasional, hecho por la Sra.Madison, de que, de alguna manera, yo estaba eludiendo algunos de mis deberes. Meadvirtió que otra vez estaba yo a la cabeza de la lista del libro negro que ella manteníaimplacablemente; pero yo me despreocupaba de sus advertencias. Gracias a Gertrudis,principalmente, y gracias a mis lecturas, yo vivía en el pasado, caminando con lahistoria, con reyes y reinas.
  • 39. 39 CAPÍTULO 13Ademas del grupo de niños, los parientes del Sr. Gurdjiéff y algunos adultosamericanos, las unicas personas que no fueron a America con él eran las personas demas edad, la mayoría rusos, que parecían no encajar en la categoría de estudiantes. Yono sabía porque estaban ahí,solo podía pensar que eran parásitos o seguidores decampamento. Era difícil,si no imposible, imaginar que estuvieran interesados en algunsentido por la filosofía de Gurdjiéff. Constituian, junto con la familia de Gurdjiéff, elgrupo que llamabamos, simplemente, los rusos. parecían representar a la Rusia quedejo de existir. Tengo entendido que la mayoría de ellos escaparon de Rusia conGurdjiéff (eran Blancos) y eran como un remanente aislado de una civilizaciónanterior. Trabajaban, sin propósito aparente, en cualquier tarea que se les asignara,justificando asi su existencia y recibiéndo a cambio comida y casa.aún durante la actividad de los veranos, llevaban su propia existen- cia privada. Leíanperiodicos rusos, discutían de politica de ese pais, se reunian a tomar te en las tardes ynoches, viviendo como personas desplazadas, en el pasado, como si estuvieraninconcientes del presente y el futuro. El único contacto que teníamos con ellos era en lascomidas y en el baño turco y participaban, muy ocasionalmente, en alguno de losproyectos de trabajo en grupo.Entre estos refugiados había un hombre notorio, llamado Rach- milevitch, que teníaunos sesenta años de edad. Se distinguía entre los rusos porque tenía una curiosidadinagotable por todo lo que ocurría. Era un tipo terco y lúúgubre, lleno de profecías dedesastres, insatisfecho por todo. Se quejaba constantemente, por la comida, lascondiciones en que vivíamos; nunca estaba el agua suficientemente caliente, no habíasuficiente combustible, el clima era demasiado frio o demasiado caliente, las personasno eran amistosas, el mundo estaba llegando a su fin; de hecho, todo, cualquier evento ocondición, era algo que en cualquier momento se convertiría en una calamidad o undesastre inminente.Los niños, llenos de energía, al no tener mucho que hacer durante los largos diasinvernales, eligieron a Rachmilevitch como blanco de su vitalidad sobrante. Todos nosburlabamos de él, imitabamos sus modales y haciamos lo mejor que podíamos por hacerde su vida un largo, continuo y vivo infierno. Cuando entraba al comedor,empezabamos a quejarnos por la comida; cuando trataba de leer su periodico ruso,inventabamos una crisis politica imaginaria. Reteníamos su correspondencia cuandoestabamos a cargo de la portería, escondiamos sus periodicos, robabamos sus cigarros.Sus interminables quejas irritaban también a los otros rusos y, subversivamente, nosolo no hacian algo para contenernos, sino que, sutilmente y sin mencionar directamentesu nombre, nos aprobaban y hasta nos urgian a actuar.No satisfechos con acosarlo durante el dia, nos dió por permanecer levantados de noche,por lo menos hasta que apagaba la luz de su cuarto; nos reuniamos entonces en elcorredor y nos poníamos a platicar acerca de el, en voz alta y fingida, esperando que noidentificara a alguno de nosotros.Desafortunada y comprensiblemente, no podía ignorar nuestras activi- dades; nunca ledimos un momento de reposo. Apararecería, a la hora de las comidas, furioso pornuestras excursiones nocturnas en los pasillos y se quejaría en alta voz de todos noso-
  • 40. 40tros, llamandonos demonios, amenazando con castigarnos, jurando que se pondría amano con nosotros.Viendo que ningún otro adulto, ni siquiera la Sra. Madison, simpati- zaba con el, nossentíamos más seguros y nos deleitabamos con sus reacciónes. Tomabamos prestadossus lentes, para que no pudiera leer; cuando colgaba ropa a secar se la escondiamos,esperando con gran anticipación y deleite a que apareciera y reaccionara con violencia,rabia y frustración y le haciamos coro, quejandonos junto con él cuando nos reclamaba.La tortura de Rachmilevitch llegó a su climax y a su final, cuando decidimos robar sudentadura postiza. Con frecuencia lo imitabamos cuando estaba comiendo (tenía unaforma de sorber los dientes que producia un chasquido en su boca) y nosotrosimitabamos ese hábito, para diversión de la mayoría de los presentes. Había algo tanapasionadamente malvado en nuestra conducta, que era difícil para otros no participaren nuestro espiritu permanentemente exhaltado, alegre y malicioso. Siempre que elpobre de Rachmilevitch estaba presente en algun grupo, su sola presencia haría, invaria-blemente, que todos los niños empezaran a reirse en forma irresistible y contagiosa. Susola apariencia era suficiente para que empezaramos a reírnos incontrolablemente.Ya no recuerdo si fuí voluntario o se me escogio para la misión de robo de la dentadura.Lo que si recuerdo es que fué un proyecto de grupo bién planeado, pero yo debía hacerel robo. Para hacer esto me escondi en un pasillo, en la noche, cerca de su puerta. Ungrupo de cinco o seis de los otros niños se puso a hacer mucho ruido enfrente de sucuarto: aullaban, soplaban a través de peines envueltos en papel sanitario, fingian queeran fantasmas, repitiendo su nombre entre lamentos, prediciendo su muerte inmediata,etc. Seguimos haciendo eso interminablemente y, como habíamos previsto, no pudocontenerse y salio disparado de su habitación, en la oscuridad, en su piyama, gritandocon furia, correteando al grupo por el corredor. Ese era mi momento: Corri a suhabitación saque los dientes del vaso en que los dejaba, sobre la mesita de noche y salicorriendo con ellos.No habíamos planeado que hacer con ellos; no hubieramos llegado tan lejos como parapensar conservarlos para siempre y, despues de una larga discusión, decidimos colgarlosde la instalación de gas que estaba sobre la mesa del comedor.A la mañana siguiente estabamos todos presentes, naturalmente, esperandoansiosamente su llegada y retozando por anticipado. No podría haber sido un blancomejor para nuestras maquinaciones: como esperabamos, entro al comedor con la carahundida por la ausencia de los dientes, la encarnación viviente de la ira y la frustración.Se lanzo contra nosotros, física y verbalmente, hasta que se hizo un alboroto en elcomedor, mientras nos correteaba alrededor de la mesa, demandando con agudos gritosle regresaramos su dentadura. Todos nosotros, como si no pudieramos soportar la com-binación de suspenso y deleite, empezamos a lanzar miradas hacia arriba de la mesa,hasta que Rachmilevitch se calmo lo suficiente como para voltear hacia arriba y ver sudentadura colgando de la instalación de gas. Acompañado por nuestras explosionestriunfantes de risa, se paro sobre la mesa, tomo su dentadura y se la puso. Cuando sesento otra vez, nos dimos cuenta que, por esta vez, habíamos ido demasiado lejos.Se las arreglo para desayunar conservando una dignidad fria y silen- ciosa y, aunquecontinuamos haciendo bromas, parecía que nuestros motores se iban desacelerando,nuestro corazón ya no estaba participando en ello. Nos vió con frialdad, con unsentimiento más alla del odio; su mirada era como la de un animal herido. No dejo las
  • 41. 41cosas hasta ahí.Llevo el asunto hasta la Sra. Madison, quien estuvo interrogandonosincesamente, hasta que finalmente admiti haber hecho el robo y , aunque todosrecibimos marcas negras en su librito negro, me informo que ahora encabezaba la listacon un margen enorme. Me retuvo en su cuarto despues de despedir a los demas niños,para enumerar la lista de cosas que había marcado en contra mia. No mantenía el establosuficientemente limpio, no barría regularmente el patio, no mantenía las habitaciones deGurdjiéff bién sacudidas, el gallinero era un desorden total; era descuidado con micuarto, mi ropa y mi apariencia. Ademas de esto, estaba segura de que yo era el lider entodas las ofensas que se habían cometido contra el pobre anciano, el Sr. Rachmilevitch.Como ya había empezado la primavera y era inminente el regreso de America del Sr.Gurdjiéff, esta vez si preste atención a sus palabras. Limpie bién el gallinero e hicealgunas mejoras en la mayoría de mis tareas, pero seguía viviendo en una especie demundo de ensueño y posponía todas las cosas que podía. Cuando nos enteramos de queGurdjiéff llegaría en un día particular (se nos dijo en la mañana del día en que llegó),inspeccione el estado de mis diversas areas de responsabilidad y quede horrorizado. Medi cuenta de que me resultaría imposible ordenar todo, antes de su llegada. Meconcentre en limpiar cuidadosamente sus cuartos y barri el patio; eran mis proyectosmás visibles. Cuando supe que había llegado, en lugar de suspender el trabajo seguíbarriendo el patio, lleno de culpabilidad, sin acercarme a saludarlo como hicieron todos.Para mi horror, me mando llamar. fuí a unirme al grupo, con rostro avergonzado,esperando alguna retribución inmediata a mis pecados, pero él solo me abrazocalidamente, dijo que me había extrañado y pidió que ayudara a llevar el equipaje a suhabitación y le llevara cafe. Era una tregua temporal, pero a mi me aterraba lo queestaba por venir.
  • 42. 42 CAPÍTULO 14La tarde del sábado despues del regreso de Gurdjiéff, que había sido entre semana, sehizo la primera asamblea general en la casa estudio del Prieure. La casa estudio era unedificio independiente que había sido, originalmente, un hangar. En un extremo habíauna plataforma elevada, cubierta con linoleo. Directamente enfrente de la plataformahabía una pequeña fuente hexagonal, equipada con luces que coloreaban el agua. Esafuente se usaba solo cuando tocaban musica en el piano que estaba ubicado en la parteizquierda de la plataforma o escenario.La parte principal del edificio estaba cubierta por alfombras orien- tales de diferentestamaños, rodeadas por una pequeña valla que formaba un gran espacio rectangular.Había cojines forrados de piel, cubriendo la parte interna de la valla y es ahí donde sesentaban los estudiantes, generalmente. Detrás de la valla, a un nivel más alto, habíabancas fijas, cubiertas también con alfombras orientales, que usaban los espectadores.Cerca de la entrada del edificio había un pequeño cubículo, elevado unos cuantoscentimetros del suelo, que es donde se sentaba Gurdjiéff habitualmente y encima de estehabía un palco que casi no se usaba; era solo para visitantes importantes. En las vigastransversales del techo se clavaron materiales pintados que colgaban formando ondas ycreaban el efecto de nubes. Era un interior impresionante, en el que se sentía como si seestuviera en una iglesia. Uno tenía la impresión, aunque estuviera vacio, de que eraincorrecto hablar en voz alta ahi.Ese sábado en la tarde, en particular, Gurdjiéff se sento en su acostumbrado cubículo.La Sra. Madison se sento en el piso, cerca de él, con el librito negro en su regazo y lamayoría de los estudiantes se sentaron en la parte interna de la valla, en los cojines depiel. Los recien llegados y los espectadores o invitados estaban en las bancas altas,detrás de la valla. El Sr. Gurdjiéff anuncio que la Sra. Madison repasaría todas lasofensas de los estudiantes y que se aplicarían los castigos apropiados a cada ofensor.Todos los niños (y yo en especial) esperabamos sin aliento mientras que la Sra. Madisonleía su libro, ordenado por número de faltas cometidas, como se me había dicho. Yoencabezaba la lista y la lectura de mis crimenes y ofensas fué muy larga.Gurdjiéff escucho impasible, viendo ocasionalmente a uno u otro de los culpables,sonriendo a veces al describirse alguna travésura en parti- cular e interrumpiendo a laSra. Madison solo para verificar, personalmente, el número de marcas negras dealguien. Cuando terminó la lectura, se hizo un silencio solemne y sin aliento en elrecinto. Con un hondo suspiro Gurdjiéff dijo que todos habíamos creado una gran cargapara él. Dijo que ahora daría nuestros castigos, de acuerdo con el número de ofensascometidas. Naturalmente yo fuí el primero al que llamo. Me hizo seña de que mesentara en el piso frente a él y pidió a la Sra. Madison que leyera otra vez mis ofensas, adetalle. Al terminar, me dijo que si aceptaba todas. Me sentí tentado a refutar algunas,por lo menos en parte, y a argumentar circunstancias atenuantes, pero la solemnidad delprocedimiento y el silencio general me lo impidieron. Cada palabra que se había emitidoantes caia en la audiencia con la claridad de una campana. No tenía valor para verbalizarla debil defensa que pudiera venirme a la mente, por lo que admiti que la lista eraexacta.
  • 43. 43Con otro suspiro y sacudiendo su cabeza hacia mi, como si estuviera muy molesto, sacode su bolsillo un enorme rollo de billetes. Enumero una vez más el número de crimenesque había cometido y luego, laboriosamente, separo un número igual de billetes. Norecuerdo exactamente cuanto me dio, creo que diez francos por cada ofensa, perocuando terminó de contar me dió un rollo muy grande de billetes. Durante ese proceso,el recinto entero prácticamente gritaba de silencio. No había un murmullo en todo elgrupo y yo no me atrevi a voltear en dirección a la Sra. Madison.Una vez que me dió mi dinero, me despidió y llamo al siguiente ofensor, repitiendo elmismo procedimiento. Como eramos muchos y todos habíamos hecho algo, violadoalguna regla durante su ausencia, el proceso duro mucho tiempo. Al terminar con toda lalista, giro hacia la Sra. Madison y le dió una pequeña suma, tal vez unos diez francos oel equivalente al pago de un crimen, diciendo que era para ella por el concienzudodesempeño de sus obligaciones como director del prieuré.Estabamos pasmados; se nos había tomado totalmente por sorpresa. Pero lo másimportante que sentíamos todos, era una compasión tremenda por la Sra. Madison. A mime parecía que había sido un acto innecesariamente cruel y despiadado, en su contra.Nunca he sabido que sentimientos tuvo la Sra. Madison; excepto por el hecho de que sesonrojo furiosamente cuando se me dió el dinero, no mostro ninguna otra reacción enabsoluto y hasta le dió las gracias cuando él le dió dinero.El dinero que había recibido me tenía asombrado. Era más dinero del que hubiera tenidojunto en mi vida. Pero también sentía repulsión por el, no me decidía a hacer algo conel. No fué sino hasta unos dias despues, cuando se me pidió llevar café a la habitaciónde Gurdjiéff, cuando el tema salio de nuevo. No había tenido contacto personal enprivado con él (en el sentido, por ejemplo de platicar) desde su regreso. Esa nocheestaba solo; una vez que le servi el cafe, me preguntó como la estaba pasando; como mesentía. Dije sin pensar todo lo que sentía acerca de la Sra. Madison y acerca del dineroque me sentía incapaz de gastar.Se rió de mi y me dijo alegremente que no había razón para que no gastara ese dinero enlo que quisiera. Era mi dinero y mi recompensa por la actividad del invierno pasado.Dije que no podía comprender porque se me premiaba si había hecho mal mi trabajo ysolo había creado problemas.Gurdjiéff se rió otra vez y me dijo que yo tenía mucho que aprender.Lo que no comprendes, dijo, es que no cualquiera puede crear problemas como tu. Esoes importante en la vida; es un ingrediente, como la levadura que sirve para hacer pan.Si no hay problemas o conflictos, la vida muere. La gente vive en su status-quo, vivesolo por hábito, automaticamente y sin conciencia. Tu eres bueno para la Sra. Madison.Tu la irritas todo el tiempo, más que nadie, por eso obtienes una recompensa mayor. Sinti, hay posibilidad de que la conciencia de la Sra. Madison se quede dormida. Estedinero debería proceder, en realidad, de la Sra. Madison, no de mi. Tu mantienes viva ala Sra. Madison.Comprendí el serio y real sentido de lo que me quería decir, pero le dije que sentíacompasión por la Sra. Madison, que debía haber sido una terrible experiencia cuandovió como recibíamos el premio.
  • 44. 44Inclino la cabeza hacia mi, riendo aun. Tu no viste o comprendiste la cosa importanteque le ocurrió a la Sra. Madison cuando di el dinero. ? como te sentiste entonces ?Sentiste piedad por ella, ? no ? Todos los demas sintieron piedad tambiénEstuve de acuerdo en que eso había pasado.La gente no entiende lo que es aprender, continuo. Creen que es necesario hablar todoel tiempo, que hay que aprender con la mente, con palabras. No es asi. Muchas cosassolo se aprenden con los sentimientos, o aún con las sensaciones. Pero, como la gentehabla todo el tiempo, usa solo el aparato formatorio, la gente no comprende esto. Lo queno viste la otra noche en la casa estudio es que la Sra. Madison tuvo una experiencianueva para ella. Es una pobre mujer, a nadie le gusta, piensan que es chistosa, se rien deella. Pero la otra noche la gente no se rió de ella. Es cierto, la Sra. Madison se sintióincomoda y se apeno cuando le di dinero, tal vez sintió verguenza. Pero cuando muchaspersonas sienten por ella simpatia, piedad, compasión y hasta amor, ella comprende eso,aunque no lo haga con la mente luego luego. Siente, por primera vez en la vida lasimpatia de muchas personas. Incluso ella no sabe que sintió eso, pero su vida cambio;te usare como ejemplo, el verano pasado odiabas a la Sra. Madison. Ahora no la odias,no piensas que es chistosa, sientes compasión. Hasta te cae bién. Esto es bueno para ellaaunque no lo sepa de inmediato; tu se lo mostrarás. No puedes esconder lo que sientespor ella aún si quieres hacerlo. Asi que ahora tiene un amigo que solia ser enemigo. Esoes algo bueno que hice para la Sra. Madison. No me preocupa si lo comprende ahora,algun día lo hara y sentira calor en su corazón. Es una rara experiencia, ese sentimientocalido, para una personalidad como la Sra. Madison que no tiene encantos, que no esamistosa por naturaleza. Algun dia, tal vez pronto, tendra buenos sentimientos porquemucha gente sintió piedad, compasión, por ella. Algun día incluso comprendera lo quehice y hasta le caere bién por eso. Pero ese tipo de aprendizaje lleva mucho tiempo.Lo comprendí completamente y me sentí muy conmovido por sus palabras. Pero nohabía terminado. También hay algo bueno para tí en esto, dijo, Tu eres joven, aún soloun niño, a ti no te importan las personas, solo tu mismo. Yo hago esto a la Sra. Madisony piensas que yo hago algo malo. Sientes compasión, no olvidas, piensas que hice algomalo. Pero ahora comprendes que no es asi. También es bueno para tí porque sientesalgo por otra persona; te identificaste con la Sra. Madison, te pusiste en su lugar,también te arrepentiste de lo que hiciste. Es necesario ponerse en el lugar de otra per-sona si quieres comprenderla y ayudarla. Eso es bueno para tu conciencia, de esamanera tienes la posibilidad de aprender a no odiar a la Sra. Madison. Todas laspersonas son iguales, humanos estupidos y ciegos. Si hago algo malo, esto te haceaprender a amar a otros, no solo a ti mismo.
  • 45. 45 CAPÍTULO 15El viaje de Gurdjiéff a los Estados Unidos se había hecho por varias razones, segundecía; una de las más importantes era obtener dinero para poder sostener la actividad delInstituto. Gurdjiéff no era dueño del prieuré sino que tenía un contrato de renta porvarios años y, como solo algunos estudiantes eran visitantes de paga, se necesitabadinero para hacer el pago de la renta, para comprar la comida que no podíamos produciren el terreno, asi como para el pago de luz, gas y carbon. Los gastos del Sr. Gurdjiéfferan grandes en ese periodo: sostenía un departamento en Paris y había tenido que pagarel viaje de todos los estudiantes que lo acompañaron a America, un número suficientecomo para poder hacer demostraciones de movimientos.A su regreso, nos relataba historias acerca de sus aventuras en America, acerca delhábito americano de recibir con los brazos abiertos cualquier teoría, movimiento ofilosofía nueva, solo por diversión y sobre su credulidad en general. Nos conto comoles había resultado casi imposible no darle su dinero; el hecho mismo de hacerlo loshacia sentir importantes; Gurdjiéff llamaba a esto su extorsión o el esquilado de lasovejas. Decía que la mayoría de ellos tenían tan llenos los bolsillos de materia verde,que sentían comezon en los dedos y no podían esperar para gastarlo. De cualquiermanera, a pesar de sus historias y de las bromas que hacia, realmente apreciaba a losamericanos y, cuando no estaba bromeando, haría notar que de toda la gente del mundooccidental, se distinguían por ciertas características: su energía, ingenio y una verdaderagenerosidad. También, aunque muy crédulos, eran personas de buen corazón y estabanansiosos por aprender. Cualquiera que fueran sus atributos o fallas, en su estancia enAmerica Gurdjiéff se las arreglo para colectar una suma muy grande de dinero. Dudoque alguien supiera la cantidad exacta, pero se creía que, en general, eran mas de$100,000.00 dolares.El primer gasto evidente que hizo al regresar a Francia fué la recepción repentina einesperada de veintenas de bicicletas en el prieuré. Llegaron en un camion de mudanzay Gurdjiéff las distribuyo personalmente entre todos los que estabamos ahí,con pocasexcepciones: él mismo, su esposa y uno o dos de los niños más pequeños. Todosestabamos asombrados y muchos de los americanos estaban horrorizados por esteaparente desperdicio de dinero; algunos de ellos habían ayudado a conseguirlo paraayudar a su causa. Cualquiera que hayan sido sus razones para adquirir las bicicletas, elresultado fué pasmosamente colorido.El número de personas que sabian andar en bicicleta era increible- mente reducido,considerando que eramos muchos los que vivíamos entonces en el prieuré. Pero no sehabían comprado solo como inversión; había que usarlas. La propiedad entera seconvirtió en una especie de campo de entrenamiento. Por dias y para algunos denosotros por semanas, el ambiente de la propiedad estaba lleno con el sonido de timbres,ruidos de caídas, exclamaciones de risa o de dolor. Viajabamos en grandes grupos,titubeando y cayendonos, cuando ibamos a nuestro trabajo asignado en proyectos, en eljardín o el bosque. Quienes tenían una razón o excusa validad para andar a pié,prontoaprendieron a tener cuidado en lo que antes habían sido andadores; en cualquiermomento podía aparecer una bicicleta lanzada en su dirección, el ciclista congelado dehorror y totalmente fuera de control al irse a estrellar contra el infortunado peaton ocontra otro ciclista igualmente impotente.
  • 46. 46Supongo que la mayoría aprendimos a andar en bicicleta suficien- temente rapido,aunque me parece recordar que tenía rodillas y codos llenos de raspones, durante casitodo el verano. Independientemente de cuanto tiempo haya llevado en realidad, pareciópasar mucho antes de que se pudiera manejar o caminar en forma segura, en los terrenosdel prieuré, sin peligro real de ser arrollado por un aprendiz de ciclista.Otro proyecto que se inicio ese verano, resulto igualmente colorido, aunque no implicógrandes sumas de dinero. Todo mundo, con excepción de los encargados de cocina oportería, fué puesto a trabajar en el rearreglo de los prados, los mismos que estuvepodando arduamente en mi primer verano. Nadie escapo de esa tarea, ni los asi llamadosvisitantes distinguidos: personas que venían en visitas cortas, presumiblemente adiscutir con Gurdjiéff acerca de sus teorías y que no habían participado, hasta entonces,en proyectos de trabajo. Se usaron todas las herramientas disponibles y los pradosquedaron cubiertos por personas que cavaban el pasto, emparejaban la tierra, sembrabannuevo y lo apisonaban usando pesados rodillos de hierro. Las personas trabajaban tanjuntas, que a veces parecía que no cabrian todos. Durante esta actividad, Gurdjiéffandaba de un lado a otro entre los trabajadores, criticandolos individualmente,acicateandolos, contribuyendo asi a que hubiera una actividad furiosa y sin sentido en elprocedimiento. Como declaro uno de los estudiantes americanos recien llegado, alvigilar esa actividad, como hormiguero, parecía como que todos, especialmenteGurdjiéff, habían perdido el sentido, al menos por un tiempo.A intervalos y a veces por varias horas seguidas, Gurdjiéff dejaría de supervisarnos y sesentaría a escribir en su mesita, desde la que podía observarnos a todos. Eso solo haciamás cómico al proyecto.Fué al segundo o tercer día cuando se elevo una voz de protesta contra el proyecto. EraRachmilevitch. Con rabia violenta, avento la herramienta que estaba usando, marchodirectamente en dirección a Gurdjiéff y le dijo que lo que estaba haciendo era unalocura. Había tanta gente trabajando en los prados, segun el, que las nuevas semillas depasto podrían mejor ser tiradas a la basura y no aplastadas con nuestros pies. Laspersonas cavaban y rastrillaban sin sentido, buscando solo un pedazo donde hacerlo, sinponer atención a lo que estaban haciendo.En lo que parecía un estado de furia igual, Gurdjiéff protesto contra esa critica nosolicitada, él sabía mejor que nadie en el mundo como re- construir un jardín, era unexperto, no se le debía criticar, etcetera, etcetera, ad infinitum. Despues de variosminutos de escuchar la rabiosa argumentación, Rachmilevitch giro sobre sus talones yse alejo con grandes zancadas. Nos había impresionado que confrontara al maestro deesa manera y todos dejamos de trabajar y lo observamos hasta que desapareció en elbosque, al final del último prado.No fué sino hasta una hora despues, cuando estabamos a punto de hacer una pausa parael te de la tarde, cuando el Sr. Gurdjiéff me llamo. Me explicó por un rato que eraesencial encontrar y traer al Sr. Ratchmilevitch. Dijo que para que pudiera salvar lasapariencias, era necesario mandar por el, que él jamas regresaría por su cuenta y meinstruyo para que enganchara el caballo y fuera a buscarlo. Cuando proteste que no teníani idea de donde empezar a buscarlo, me dijo que estaba seguro de que, si seguía mispropios instintos lo localizaría sin dificultad y que, a lo mejor, el caballo ayudaría. Enun intento por ponerme en el lugar de Rachmilevitch, una vez que enganche el carro alcaballo, me encamine hacia los bosques que estaban más alla de los jardines formales.
  • 47. 47Me parecía que solo podía haber ido a las hortalizas lejanas, una caminata de por lomenos una milla y me diriji a la más remota, ubicada al final mismo de la propiedad. Enel camino iba pensando que haría si y cuando lo encontrara; particularmente porque yohabía sido el principal culpable en la conspiración que hicimos en su contra, en elinvierno. Nada se me dijo por ello, por lo menos no Gurdjiéff, y sentía que me habíaseleccionado porque yo estaba a cargo del caballo, pero que había escogido al candidatomenos adecuado para su recado.No me sorprendi mucho cuando comprobe que mi corazonada era correcta. Estaba en lahortaliza, como yo lo esperaba. Pero, como para dar una calidad ensoñadora al asunto,no estaba en lo que yo llamaría un lugar normal o usual. Estaba, de todos los lugaresposibles, sentado sobre un manzano. Ocultando mi asombro, de verdad creí que estabaloco, guie al caballo para colocar el carro directamente debajo del árbol y le dije elrecado. Me vió con mirada distante y se nego a regresar. No se me ocurría ningúnargumento o una razón de peso, para persuadirlo de que regresara, asi que le dije que mequedaría ahí mientras él lo hiciera; que no podía regresar sin el. Despues de un largosilencio durante el que, ocasionalmente, se me quedaba mirando, bajo quietamente alcarro y se sento a mi lado sin decir palabra. Yo me diirigí a la casa principal. Nos habíanguardado te y nos sentamos de frente en una mesa a tomarlo mientras Gurdjiéff nosobservaba desde una mesa lejana. Todos los demas habían regresado al trabajo.Cuando terminamos, Gurdjiéff me dijo que desenganchara el carro, me agradeció elhaber encontrado a Rachmilevitch y me dijo que me vería mas tarde.Gurdjiéff vino al establo antes de que terminara con el caballo y me pidió le dijera endonde había encontrado a Rachmilevitch. Cuando le dije que lo encontre sentado en unárbol en la hortaliza remota, se me quedo viendo con incredulidad, me hizo le repitieramis palabras y preguntó si estaba absolutamente seguro. Yo le asegure que estaba en unárbol y que me había tenido que esperar un largo rato, bajo el árbol, hasta que consintióen bajar conmigo. Me preguntó que argumentos use y le confese que no se me habíaocurrido nada, excepto que él tenía que regresar y que lo esperaría hasta que lo hiciera.Gurdjiéff parecía estarse divirtiendo mucho con la historia y me agradeció profusamenteque se la hubiera contado.Pobre Sr. Rachmilevitch. Esa noche, cuando todos estabamos reunidos en el salon,seguía siendo aún un objeto de interés para todos nosotros. Era la primera vez queveíamos a un individuo desafiando a Gurdjiéff en presencia de todos. Pero el incidenteno había terminado. Despues de que el Sr. Hartmann toco el piano, como seacostumbraba, el Sr. Gurdjiéff nos dijo que tenía una historia muy divertida queplaticarnos y procedio a reconstruir detalladamente y con una gran cantidad deembellecimientos inventados por el, la historia del desafio de Rachmilevitch, sudesaparición y mi captura. No solo se había embellecido mucho la historia, sino queademas actuaba todos los papeles; el suyo, el de Rachmilevitch, el de los interesadosespectadores, el mio y hasta el del caballo. Tan divertido resulto para nosotros, queRachmilevitch no pudo soportarlo más. Por segunda vez en ese dia, se alejo con grandeszancadas, despues de furioso arrebato de colera, jurando que dejaría el prieuré parasiempre; finalmente había tenido suficiente.No creo que alguien lo haya tomado en serio en ese momento, pero, para nuestrasorpresa y consternación, realmente partio al, día siguiente, hacia Paris. Había sido tanto
  • 48. 48una parte del lugar, tan conspicuo por sus interminables quejas, que era como el final deuna era; como si se hubiera desvanecido una propiedad esencial de la escuela.
  • 49. 49 CAPÍTULO 16Jane Heap había regresado a Francia al mismo tiempo que Gurdjiéff y, desde luego,había venido al prieuré a vernos. Con su regreso y para mi pesar, terminaron nuestrasvisitas a Paris, a ver a Gertrudis Stein y a Alicia Toklas. Me sentí muy sorprendido unatarde en que me dijeron que fuera a la portería, porque tenía un visitante. Me dió muchogusto saber que era Gertrudis y me alegre mucho al verla, pero mi alegria se disipo caside inmediato. Hicimos un breve paseo en la propiedad, me regalo una caja de dulcesque me dijo era un regalo de despedida para nosotros dos, de parte de Alicia y ella. Nome dió oportunidad de protestarle y dijo que había hecho el viaje a Fontainbleauespecialmente a vernos (no recuerdo si realmente vió a Tom o no), ya que no queríasepararse de nosotros mediante una simple carta.Cuando le pregunte que quería decir, me dijo que debido a algunos problemas que teníacon Jane y, también, porque seguía pensando que no se nos estaba educando bién, habíadecidido que no podía seguir viendonos. Su relación con nosotros solo podíaperjudicarnos debido a su desacuerdo con Jane y, deduje, con el Sr. Gurdjiéff. Nadapodía yo decir a eso. Gertrudis dejo corta mi protesta; dijo que sentía mucho tener quehacer eso, pero que no había otra salida.Para mi fué un golpe y me entristeci por este repentino e inesperado final de lo quehabía sido una relación muy alegre, excitante y recompensadora y, tal vezequivocadamente, culpe a Jane por ello. No puedo recordar si mencione algo a Jane o siella me explicó algo, pero puedo recordar que sentía que ella era la culpable, noGurdjiéff. Cualquiera que haya sido la causa, mi relación con Jane se fué deteriorandode ahí en adelante y, aunque seguía siendo mi guardian legal, rara vez la veía.Recordando ahora mi conducta en esa epoca, me parece que era incivilizado en altogrado; no se Jane. Por su parte, Jane hacia sus visitas periodicas al prieuré en los finesde semana; pero aunque si la veía (es decir, la miraba a distancia), rara vez noshablamos en un periodo de unos dos años. Desde luego veía a Tom y a Gurdjiéff y yosabia, por el chismorreo general y por Tom, que se discutia con frecuencia el problemade Fritz y que se había incluido a Gurdjiéff en esas discusiones; sin embargo, en todoese tiempo, estando en contacto estrecho con Gurdjiéff debido a mis tareas de limpieza,él nunca mencionó a Jane y su conducta hacia mi nunca cambio. No solo no cambio,sino que, debido a la ruptura con Jane, mis sentimientos de respeto y de amor por él solose intensificaron.Cuando Gurdjiéff regreso de su primer viaje a Paris, despues del asunto Rachmilevitch,este regreso con el, para nuestra sorpresa. En el corto periodo que había pasado fueradel prieuré parecía haber cambiado mucho. Ahora se veía resignado en lugar depeleonero y belicoso y, al paso del tiempo, hasta empece a sentir afecto por el. Sentíamucha curiosidad por su regreso y, si bién no tenía el valor de trae el tema cuandoestaba con Gurdjiéff, un día lo hizo el. Simplemente me preguntó, inesperadamente, sino me sorprendía ver a Rachmilevitch de regreso al prieuré y respondí que estaba muysorprendido y admiti que sentía curiosidad por saber como había sucedido eso; suresolución de irse para siempre había sido muy definitiva.Entonces Gurdjiéff me conto la historia de Rachmilevitch. De acuerdo con esta,Rachmilevitch había sido un refugiado ruso que se había es- tablecido en paris despues
  • 50. 50de la revolución y se había convertido en un prospero comerciante negociando conmercancias como te, caviar y otros productos diversos para los que había gran demanda,especialmente entre personas rusas. Aparentemente Gurdjiéff lo había conocido pormucho tiempo, puede que haya sido uno de los que salieron de Rusia con él algunosaños antes, y había decidido que su personalidad era un elemento esencial en la escuela.? Tu recuerdas, dijo, como dije que tu puedes crear problemas ? Esto es cierto, peroeres solo un niño. Rachmilievitch es un hombre maduro y malvado, como tu, pero tienetal personalidad que crea fricciones constantes sin importar que este haciendo oviviendo. No provoca problemas serios, pero provoca fricción en la vida superficial,todo el tiempo. No puede evitarlo; ahora es demasiado viejo para cambiar.Cuando te digo que aunque Rachmilevitch es rico yo le pago porque permanezca aquitu te sorprendes, pero asi es. Es viejo amigo y es muy importante para mis propósitos.No puedo pagarle lo que obtiene ahora en su negocio de te en Paris; asi que cuando lo vime humille, tuve que rogarle que hiciera un sacrificio por mi. Acepto hacerlo y ahoraestoy obligado de por vida con el. Sin Rachmilevitch el prieuré no es el mismo. Noconozco otra persona como el, una persona que por solo existir, sin hacer esfuerzosconcientes, produce fricción en todos los que que lo rodean.Para ese tiempo había adquirido el hábito de asumir siempre, que en todo lo que haciaGurdjiéff había algo más que lo que ven los ojos; también estaba familiarizado con lateoría de que la fricción produce conflictos que agitan a las personas y, por asi decirlo,los sacan de su conducta habitual rutinaria; pero, no pude sino preguntarme querecompensa obtendría Rachmilevitch, aparte del dinero. Gurdjiéff solo respodió a estodiciendo que era un privilegio para Rachmilevitch el estar en el prieuré. En ningunaotra parte puede su personalidad hacer un trabajo tan util. Esa respuesta no meimpresiono particularmente, pero si tuve una imagen en la mente de como crecía laimportancia de Rachmilevitch. parecía, pensando lo mejor, que tenía un destino curioso;asumi que debía vivir en un estado constante de catastrofe, haciendo estragosincesantemente.No había duda de que su presencia no solo creaba problemas, sino que parecía atraerlos.Poco despues de su regreso, fuimos otra vez el punto focal en otro incidente.Era mi día de trabajo en la cocina. Me levante a las cuatro y media de la mañana, lo queera costumbre para un ayudante de cocina. Debido a mi edad y porque soy flojo pornaturaleza, la unica forma de estar seguro de levantarme a buena hora para mi trabajo enla cocina, era tomarme todos los vasos de agua que pudiera, antes de irme a dormircerca de las once de la noche anterior. No se usaban relojes despertadores en el prieuréy esa receta para levantarse temprano (que alguien me sugirió), nunca fallaba. Como elexcusado mas cercano estaba muy retirado de mi cuarto, no había duda de quedespertaría y no me quedaría dormido otra vez. La unica dificultad era calcular lacantidad de agua. Con demasiada frecuencia me despertaba a las tres, en lugar de a lascuatro y media. aún en esos casos no me atrevia a ir a la cama otra vez y no me hacia ala idea de tomar suficiente agua otra vez, para despertar despues de una hora.La primera obligación de un ayudante de cocina era encender el fuego en las estufas,llenar el cubo del carbon, preparar cafe, calentar la leche y preparar pan tostado. El aguapara el café tardaba mucho en hervir, ya que se calentaba en ollas de esmalte deveinticinco litros, las mismas que se usaban para hacer sopa para la comida demediodía. La cocinera llegaba usualmente hasta despues del desayuno. Normalmente
  • 51. 51era una persona diferente cada día y los menus se hacian por adelantado, para cada díade la semana. Ese día en particular, la cocinera no aparecía para las nueve y media yempece a preocuparme. Vi el menu y la receta para la sopa del día y, como ya habíavisto como la preparaban en otras ocasiones, hice los preparativos preliminares.Como no llegaba la cocinera, alrededor de las diez, mande a un niño a ver que pasaba;regreso diciendo que estaba enferma y que no podría venir. Fui a decirle a Gurdjiéff miproblema y me dijo que, ya que había empezado a hacer la comida, bién podíaterminarla solo. Tu seras el cocinero hoy, dijo como dandome mucha importancia.Yo estaba muy nervioso por la responsabilidad, aunque también muy orgulloso por quese me había confiado. Mi mayor dificultad era mover las ollas en las estufas, cuandotenía que agregar carbon, lo que era necesario frecuentemente para que se cocinara lasopa. Trabaje duro toda la mañana y quede razónablemente orgulloso de mi mismocuando me las arregle para terminar la comida y la lleve a la mesa de servicio. Como noestaba la cocinera, era necesario también que yo sirviera.Lo usual era que se formara una fila, cada persona con su plato, cubiertos, etc. y al pasarpor la mesa de servicio la cocinera le servia un pedazo de carne y un cucharon de sopa.Todo fué bién por un rato. No fué sino cuando apareció Rachmilevitch que empezaronmis problemas. La olla de sopa estaba casi vacia cuando le toco turno y tuve queinclinarla para llenar el cucharon. Cuando le servi, en el cucharon venía un pedazobastante grande de carbon (me pareció que eso estaba decretado por nuestros destinos).Era una sopa espesa, por lo que vi el carbon hasta que se depósito con un fuerte ruidometalico en el plato.A juzgar por la reacción de Rachmilevitch, su mundo terminó en ese momento. Iniciouna reclamación que pense no terminaría nunca. Salio a relucir todo lo que los niños lehabían hecho en el invierno, repasando todo a detalle. Yo me quede parado y silenciosodetrás de la olla, mientras él maldecía y gesticulaba con ira. La perorata terminó con lallegada de Gurdjiéff. Era raro que apareciera a esa hora (no comia a mediodía) y explicóque estaba ahí porque haciamos tanto ruido que no podía trabajar.Rachmilevitch se dirigio a él de inmediato, iniciando su recital de penas eincomprensiones narrando todo desde el principio. Gurdjiéff se quedo viéndolofijamente, sin parpadear y eso pareció tener un efecto calmante. Empezo a bajar elvolumen de la voz hasta quedar en silencio. Sin decir nada, Gurdjiéff saco el pedazo decarbon del plato de Rachmilevitch, lo arrojo al piso y pidió un plato de sopa para él.Dijo que como había un cocinero nuevo ese dia, sentía que era su responsabilidadprobar su sazon. Alguien fué a traerle un plato, le servi lo que quedaba en la olla y él sepuso a comer, en silencio. Cuando terminó, vino hacia mi, me felicito en alta voz y dijoque era su sopa predilecta y que era la mejor que había probado.Luego volteo hacia los estudiantes y dijo que tenía mucha experiencia y había recibidomucho entrenamiento en varias cosas y que en el transcurso de su vida había aprendidomucho sobre comidas, quimica y la mejor forma de cocinar, lo que incluia al sazon,desde luego. Dijo que aunque él había inventado esa sopa en particular y que le gustabamucho, se había dado cuenta ahora de que siempre le hizo falta un elemento parahacerla perfecta; el carbon era lo que esta sopa necesitaba. Terminó su discurso diciendoque instruiría a su secretaria para que cambiara la receta, incluyendo un pedazo decarbon, que no se comería, pero que mejoraría el sabor. Luego invito a Rachmilevitch atomar su café con él y salieron juntos del area del comedor.
  • 52. 52 CAPÍTULO 17Aunque había muchas personas en el prieuré que eran consideradas importantes por unau otra razón, como la secretaria de Gurdjiéff, Madame de Hartmann y su esposo, elpianista y compositor M. de Hartmann, quien arreglaba y tocaba las piezas queGurdjiéff componía en su pequeño armonio, la más impresionante era su esposa,residente permanente, a la que siempre llamamos Madame Ostrovsky.Era una mujer muy alta y atractiva que parecía estar en todas partes, caminando casi ensilencio por los corredores de los edificios, para supervisar la operación de las cocinas ylavanderías, ademas de el trabajo de limpieza en general. Nunca supe que o cuantaautoridad tenía. En las raras ocasiones en que nos decía algo, no dudabamos de que supalabra era ley. Recuerdo que lo que más me fascinaba de ella era la forma en que semovia; caminaba sin hacer un movimiento perceptible de cabeza y todo lo hacia con ex-trema suavidad; nunca tenía prisa pero, al mismo tiempo, trabajaba a una velocidadincreíble; cada movimiento que hacia en cualquier cosa que estuviera desarrollando eraabsolutamente esencial para esa actividad en particular. En el primer verano que pase enel prieuré, ella preparaba las comidas de Gurdjiéff y las llevaba a su habitación; fué enesa epoca cuando pudimos observar como trabajaba en la cocina. Rara vez hablaba, dehecho parecía que no usaba palabras como medio de comunicación a menos que fueraabsolutamente necesario y cuando hablaba, lo hacia sin subir la voz. parecía estarrodeada por un aura de firmeza gentil; todos la admiraban y respetaban y a los niños nosinspiraba un sentimiento muy real de devoción, aunque rara vez se expresaba.Aunque la mayoría de nosotros no tuvimos contacto con ella en el sentido usual, nuncase dirigio a mi en forma personal, por ejemplo, cuando nos enteramos de que estabaseriamente enferma todos nos sentimos afectados por eso. Extrañabamos el sentimientode autoridad tacita que ella llevaba siempre consigo y la falta de su presencia nosproducia un sentimiento definido, aunque indefinible, de perdida.Ademas, su enfermedad produjo un gran cambio en la rutina de Gurd- jieff. Una vezque se confino en sus habitaciones, que estaban frente a las de Gurdjiéff y eran de igualtamaño, aunque en el extremo opuesto del edificio, Gurdjiéff empezo a dedicarle variashoras al dia. Hacia una corta visita en la mañana, supervisaba a las personas encargadasde cuidarla (generalmente sus dos sobrinas mayores) y regresaba despues de la comidade mediodía para pasarse toda la tarde con ella.Durante ese periodo casi no tuvimos contacto con Gurdjiéff, excepto en las noches, enel salon. Estaba preocupado y se había retirado mucho, dejando casi todos los detallesdel prieuré a otros. Ocasionalmente lo veíamos, cuando nos tocaba ayudar en cocina, yaque el supervisaba personalmente la preparación de la comida de su esposa; era unadieta que incluia grandes cantidades de sangre que se obtenía de carne molida, usandouna pequeña prensa de mano. Al empezar su enfermedad, salia ocasionalmente a laterraza a tomar el sol, pero al terminar el verano se retiró permanentemente en su cuarto.Gurdjiéff nos informo una noche que no tenía curación su enfermedad, que era un tipode cancer y que unos dos meses antes los doctores le habían dado solo dos semanas devida. Dijo que aunque le costara toda su energía, estaba determinado a mantenerla vivapor el mayor tiempo posible. Dijo que ella vivía gracias a el y que a él le costaba casi
  • 53. 53toda su energía del dia, pero que esperaba poder mantenerla viva por un año o por lomenos seis meses.Como yo seguía a cargo de sus habitaciones, necesariamente tenía cierto contacto conel. Con frecuencia me pedia café por las noches, ya que era la unica hora en que escribíaentonces; con frecuencia trabajaba hasta las cuatro o cinco de la mañana, habiendoempezado a las diez de la noche.Ademas de las gallinas, el burro, el caballo, algunas ovejas y una vaca, había variosgatos y perros en el prieuré. Uno de los perros seguía a veces a Gurdjiéff, era negro conmanchas blancas y muy feo. En ese periodo, el perro se convirtió en su compañiaconstante ya que Gurdjiéff estaba más tiempo en el prieuré y casi no iba a Paris. No sololo seguía a todas partes sino que dormia en el cuarto, a menos que Gurdjiéff lo sacara.Eso ocurría diariamente y me explicaba que no le gustaba que nadie ni nada durmiera ensu recamara. Cuando lo sacaba del cuarto, Philos se acurrucaba recargado a la puerta yse dormia ahí.Era un guardian bastante feroz que se dedico a cuidar a Gurdjiéff; eratolerante conmigo porque me veía entrar y salir de la habitación. Cuando llevaba cafétarde en la noche, volteaba a verme, bostezaba y me dejaba que lo brincara para entrar ala habitación. Una noche, era muy tarde y todo el prieuré estaba oscuro y silencioso,Gurdjiéff dejo a un lado su trabajo cuando entre y me dijo me sentara en la cama junto ael. Hablo un rato sobre su trabajo, lo duro que era escribir, lo agotador de su trabajodiario con Madame Ostrovsky y luego me preguntó como estaba yo. Hice un resumende las cosas que estaba haciendo entonces y me comento que ya que tenía mucho quever con animales (atendía a las gallinas, el caballo, el burro y últimamente a Philos)quería le dijera que pensaba de ellos. Le dije que pensaba en ellos como amigos y quehasta tenían nombre las gallinas, lo que le pareció divertido.Dijo que las gallinas no importaban, que eran criaturas muy es- tupidas, pero queesperaba que cuidara bién a los otros animales. El burro no importaba mucho; pero elcaballo y los perros si. El caballo y los perros y a veces una vaca verdadera, dijo, sonanimales especiales. Puedes hacer mucho con ellos. En America, en el mundooccidental, las gentes hacen tontos a los perros, les enseñan trucos y otras cosasestupidas. Pero esos animales son realmente especiales; ya no son solo animales. Luegome preguntó si había oido sobre la reencarnación y respondí que si. Dijo que habíapersonas, algunos budistas, por ejemplo, que tenían muchas teorías sobre lareencarnación, algunos incluso creen que un animal puede ser hombre o, a veces, queun hombre puede hacerse animal en su siguiente reencarnación. Rió cuando dijo eso yluego agrego: El hombre hace cosas extrañas con la religion cuando aprende poco;fabrica cosas nuevas para su religion, a veces cosas que tienen algo de verdad, pero loque tienen viene de la cosa original que era verdad. En el caso de los perros, no estantotalmente equivocados, dijo. Los animales tienen solo dos centros; el hombre es un sertricentrado, con cuerpo, corazón y mente; completamente diferente. Los animales nopueden adquirir un tercer cerebro y convertirse en hombres; pero precisamente por esto,por esa imposibilidad de adquirir un tercer cerebro, es necesario tratar a los animalescon cariño. ? Conoces esa palabra ? (kindness).Dije que si la conocía y me dijo: Nunca olvides esa palabra. Es una palabra muy buenay no existe en muchos idiomas. Por ejemplo, en el francés no existe. Los franceses dicengentil pero el significado no es el mismo. No es del mismo tipo (kind), kind viene de
  • 54. 54kin, pariente, es como familia, como ser lo mismo. Cariño (kindness) significa tratarcomo a uno mismo.La razón por la que hay que tratar a los perros y los caballos con cariño, continuo, esporque son diferentes a todos los demas animales y aunque saben que no puedenconvertirse en hombres, que no pueden adquirir un tercer cerebro como el hombre, en elcorazón de todo perro o caballo que se asocia con el hombre, aparece el deseo deconvertirse en hombre. Ves a un perro o a un caballo y siempre ves en sus ojos esatristeza, porque sabe que eso no es posible y aún asi lo desea. Es muy triste desear algoimposible. Ellos desean eso por causa del hombre. El hombre corrompe a esos animales,casi trata de hacer humano al perro y al caballo. Has oido decir a personas mi perro escasi humano; no saben que dicen una verdad parcial cuando lo hacen, porque es casiverdad, pero es imposible. Los perros y los caballos parecen humanos porque tienen esedeseo. Asi que, Fritz, recuerda esta cosa importante. Cuida mucho a los animales; secariñoso siempre.Luego hablo de Madame Ostrovsky. Dijo que el trabajo que hacia para ella eraextremadamente fatigoso y muy difícil porque trato de hacer algo con ella que casi noes posible. Si estuviera sola, hace mucho que hubiera muerto. La mantengo viva, lahago que siga viva con mi fuerza; algo muy difícil.Pero también muy importante; es elmomento más importante de su vida para ella. Ha vivido muchas vidas, es un alma muyvieja; ahora tiene posibilidades de ascender a otro mundo. Pero llegó la enfermedad y lohace más difícil,imposible para ella hacer eso sola. Si puedo mantenerla viva unoscuantos meses más, no tendra que regresar y vivir esta vida otra vez. Ahora eres parte dela familia del prieuré, mi familia, tu puedes ayudar teniendo un fuerte deseo por ella, noporque viva mucho, solo por una muerte adecuada en el momento correcto. El deseopuede ayudar, es como una oración, cuando es para otro. Cuando es para uno, la oracióny el deseo no sirven; solo el trabajo sirve para uno. Pero cuando deseas con el otro elbién de otro, eso puede ayudar.Cuando terminó de hablar, se me quedo viendo por mucho rato, me acaricio la cabezaen su forma afectuosa animal y me mando a la cama.
  • 55. 55 CAPÍTULO 18Aunque Gurdjiéff estaba por encima de todos en el prieuré, respetado mucho y temidoen parte, su dictadura era muy benevolente. Había un lado de su naturaleza que no soloera físicamente magnético y casi animal, sino extremadamente terreno. Su sentido delhumor era a veces muy sutil, en el sentido oriental, pero tenía también un lado crudo yabierto. Ademas era un hombre muy sensual.Manifestaba ese aspecto de si especialmente cuando estaba solo con los niños y losadultos, en el baño turco o en la alberca, en el verano. Nuestra alberca estaba en unextremo de los jardines y prados formales, dando cara al chateau. Contra la creenciapopular, no había mezcla de los sexos en ningún sentido inmoral. Hombres y mujeresse bañaban por separado en las regaderas y se asignaban horas diferentes para el uso dela alberca. De hecho, había un estricto codigo de moralidad en el sentido puramentefísico y nos divertia mucho cuando recibíamos recortes de los suplementos dominicalesde varios periodicos, en donde demostraban que el Instituto era una colonia nudista oun grupo de amor libre; cierto tipo de organización chiflada, teñida con ciertolibertinaje. Lo más cercano a nudismo que había, era el hábito de algunos hombres dequitarse camisa y camiseta para trabajar. Y, aunque es cierto que no usabamos traje debaño, la piscina estaba rodeada por cortinas que se corrían cuando se iba a nadar.A pesar de todas las preocupaciones de Gurdjiéff, especialmente la enfermedad de suesposa, ese verano se reunia frecuentemente con los hombres y los niños en la alberca, ala hora que nos tocaba antes de la comida. Cuando todos se habían desnudado, Gurdjiéffempezaba invariablemente a bromear acerca de sus cuerpos, su potencia sexual, susdiversos hábitos físicos. Los chistes eran con frecuencia de tipo sucio o por lo menosobsceno y él se divertia muchísimo con ellos, sea que los contara él o alguno otro. Unade sus diversiones favoritas en la alberca era ponernos en fila y ver quien estaba másquemado. Esto se convirtió en un ritual de lo que Gurdjiéff llamaba el club de CulosBlancos. Nos veía a todos por atrás, haciendo comentarios sobre las diversastonalidades de bronceado y sobre la radiante blancura de nuestras nalgas. Luego noshacia girar y hacia comentarios adicionales sobre el tamaño y la variedad de genitalesmasculinos expuestos ante el. Finalmente, cada vez que llegaba a nadar nos calificabapara poder clasificar como miembros de su club de Culos Blancos. Tom y yorecibíamos generalmente muy alta calificación; ademas de que teníamos pecho yespalda muy quemados, nuestras piernas estaban muy bronceadas también, porqueusabamos pantalon corto. Debido a esto él hacia comentarios en el sentido de quenuestras nalgas eran culos que brillan de blancura, como estrellas.Muchos de los viejos, especialmente de los rusos, no solo no se exponían al sol, sinoque rechazaban cualquier forma de desnudez y se avergonzaban por esos procedi-mientos. Desde luego, su clasificación en la lista era muy baja, pero el que tenía másbaja calificación era Gurdjiéff. Tan baja, como decía el, que en realidad pertenecía aotro a club. Como siempre uso sombrero, en verano y en invierno, y pese a lo oscuro desu rostro, su calva era de una blancura resplandeciente. Su club, del que era presidente yúnico miembro, se llamaba algo asi como el club de La corona Blanca y comparaba lablancura de nuestro trasero con la de su calva cabeza, haciendo elaboradascomparaciones de grado.
  • 56. 56Una de sus historias favoritas era un largo cuento acerca de un peon que tenía relacionescon la esposa del granjero. Este, sospechando de su mujer salio a buscarla llevando surifle y los descubrió cuando percibió, a la luz de la luna, el blanco culo del peon botandoritmicamente en la oscuridad, brillante al reflejar la luz. Aunque con frecuencia repetiaestas historias y muchas de ellas no eran particularmente comicas, el inmenso deleitecon que las contaba nos hacia reír a todos. Era un soberbio contador de chistes queembrollaba aún el chiste más simple, convirtiéndolo en algo tan largo y embellecido,con tanta ornamentación y detalles, acompañado por gestos y expresiones tansignificativos, que era imposible no escucharlo con atención total.El lado más sutil de su humor, que siempre era complicado y enredado, se expresaba demanera diferente. Poco antes ese verano, un grupo de nosotros descubrimos un túnel alandar explorando las bodegas del edificio principal. Aunque lo seguimos por casi unkilometro, no pudimos llegar al final, debido a la oscuridad, las ratas, las telarañas, elmoho y la humedad. Existía el rumor de que, ya que el prieuré había sido construido pororden de Luis XIV para Madame de Maintenon, había un pasaje subterraneo que llegabahasta el palacio de Fontainbleau. Sea como sea,, Gurdjiéff se interesó mucho en nuestrodescubrimiento y fué a examinar personalmente el túnel.Mas o menos una semana despues del descubrimiento, me dijo que tenía un trabajoimportante para mí. Hablo por un rato acerca del túnel y luego me pidió que trajera unabotella del vino rojo comun, del que tomabamos con las comidas y que en ese tiempocostaba unos ocho centavos por litro, que abriera la botella, tirara la mitad y la llenaraotra vez con agua de soda Perrier. Luego debía poner el corcho, sellarlo con cera,cubrirlo con arena y telarañas (Hay telarañas maravillosas para este propósito en eltúnel) y se lo llevara cuando él me lo pidiera.Debo haberme visto perplejo, por lo que continuo explicando que tendría dos visitantesdistinguidos la siguiente semana. Estaba preparando ese vino especialmente para ellos.Me llamaría y me pediría una de las botellas del vino añejo especial y debía yo llevaresa botella con un sacacorchos y dos vasos. Estuvo sonriendo constantemente mientrasme daba esas instrucciones; yo no hice ningún comentario, aunque sabía que él andabatrás de algo, frase que usaba seguido cuando andaba planeando alguna cosa.Llegaron los visitantes. Yo los conocía bién, de hecho todos los conocían ahí por sureputación y producian la reacción automática de admiración y respeto que se suponedebe sentirse por las personas famosas, lo merezcan o no. Guie a las visitantes, mujeresambas, al cuarto de Gurdjiéff y me retire a mi lugar de espera cerca de la chicharra(había dos para mi, una en la cocina y otra en mi cuarto). Cuando escuche el esperadotimbrazo corri a su cuarto y él me dijo que llevara el raro vino añejo especial quehabíamos encontrado durante un proyecto reciente de excavación de las ruinas delmonasterio original. Esa colorida exageración tenía su fundamento. El prieuré habíasido un monasterio en el siglo 12 y había algunas ruinas que lo justificaban. Desdeluego, las ruinas nada tenían que ver con el túnel de las bodegas. La construcción delmonasterio había estado en un lugar completamente diferente de la propiedad.Lleve el vino con solo dos vasos, como se me había dicho, la botella cubierta totalmentede tierra, arena y telarañas, sostenida por medio de una servilleta, mi toque personal deelegancia. Antes de pedirme que la abriera (simplemente dijo que esperara unosminutos), les narro la historia del vino que se iba a servir.
  • 57. 57Empezo con una relación larga y muy inexacta de como fundaron el Prieure (en el año900) una orden de monjes quienes, como hacen todos los monjes, entre otras cosas, fa-bricaban vino. Esos monjes en especial eran muy inteligentes. Ese tipo de monjes ya noexiste en la tierra. Con tal inteligencia, es natural que tales monjes hicieran un vinomagnifico.Luego dijo, viendome rapidamente con mirada severa, como para evitar que me ganarala risa, Tengo muchos proyectos, todos importantes, en el Priuere. Uno de ellos fué esteaño la excavación de las viejas ruinas. Describió luego, por largo rato, lo que implicó elproyecto en número de personas y cantidad de energía y como, milagrosamente, nos ha-bíamos encontrado con once botellas de vino ... vino que había sido elaborado por esosmismos monjes inteligentes. Ahora aparece un problema para mí ... ? a quien conozcoque sea digno de tomar un vino tal; un vino que no existe en ninguna parte del mundo,excepto aqui, en el prieuré ? Este vino es demasiado bueno para mí. Ya me arruine elestomago tomando Armagnac. Entonces pienso precisamente en ustedes, quienes, comoun acto de Dios, planearon venir a visitarme. Precisamente las damas más adecuadaspara saborear por primera vez este vino.Se me ordenó entonces que abriera la botella. La envolvi en la servilleta, quite el corchoy puse un poquito del vino en cada vaso. Gurdjiéff me veía con gran intensidad y,cuando pase el vino a las damas, volvió su atención igualmente intensa, hacia ellas;parecía estar ardiendo de expectación, incapaz de esperar por su reacción.Las damas, muy impresionadas, adecuaron sus acciones a lo trascenden- tal delmomento, levantaron cautelosamente sus vasos para brindar y tomaron un sorbodelicadamente. Gurdjiéff no pudo contenerse más. Diganme les ordenó, ? Como sabeeste vino ? No pudieron responder por un momento, por la intensidad trás la pregunta.Por fin una de ellas murmuro, con ojos entrecerrados, que estaba soberbio; la otraagrego que nunca había probado algo que se le comparara.Atonito y avergonzado por ellas empece a salir del cuarto, pero Gurdjiéff me detuvo yme indico que llenara sus vasos. Me quede con ellas hasta que se acabaron la botella,entre continuas exclamaciones de extasis y embelezo. Me dijo luego que me llevara labotella y los vasos y que prepara dos habitaciones en el mismo piso que la suya, en laque había dormido Napoleon y en la que estuvo vivendo un tiempo la amante de un rey.debía avisar cuando estuvieran listas.Es obvio que las habitaciones estaban listas desde en la mañana, pero prendi laschimeneas y espere el tiempo que me pareció adecuado para regresar a la habitación.Me dijo que las condujera a sus habitaciones y a ellas les dijo que deberían descansardespues de la experiencia de haber probado ese vino maravilloso y deberían prepararsepara la cena de esa noche, una gran festin que estaban preparando especialmente en suhonor.Cuando lo vi más tarde a solas, su unica mención al episodio del vino fué felicitarmepor la apariencia de la botella. Yo le lance una mirada significativa, como para decirleque comprendía lo que estaba haciendo. El me dijo muy seriamente, aunque con unaleve sonrisa sarcastica: Por como me ves yo se que ya hiciste un juicio de esas damas;pero recuerda lo que dije antes, hay que ver todos los lados y las direcciones antes dehacer un juicio. No olvides eso.
  • 58. 58 CAPÍTULO 19A veces pienso en Gurdjiéff como en un pescador o trampero muy listo; el incidente delas damas y el famoso vino añejo fué solo uno de los muchos casos en los que, por lomenos para mi, coloco una trampa o cebo un anzuelo y se sento muy divertido a esperara que la presa revele por sí misma sus debilidades, al caer en la trampa. Aunque puedasonar malicioso, me parece que la gracia no otorgada consistía en el hecho de que en lamayoría de los casos la presa no se daba cuenta de lo que había pasado. A veces meparecía que esa forma de jugar con la gente era solo una diversión, literalmente, algocon que quitarse de la mente la continua presión bajo la que trabajaba. Cuando hablabade esas experiencias, las llamaba reventar burbujas, lo que no me parecíaespecialmente apropiado, ya que muchas veces la desinflada pasaba desapercibida a losojos del blanco particular del momento.En el transcurso del tiempo Gurdjiéff adquirió varias reputaciones, incluyendo la de sercierto tipo de curandero por la fe o, en un nivel mas simple, un hacedor de milagros.Tal vez por ello`era inevitable que se le consultara frecuentemente acerca de problemasde la vida diaria o problemas mundanos, a pesar del hecho de que él había reiteradovarias veces que su trabajo nada tenía que ver con la solución de esos problemas. Sinembargo, a pesar de lo que decía, había mucha gente que insistía en consultarlo sobreesos problemas, lo que me parecía sorprendente y hasta penoso, especialmente porquelas personas que lo hacian eran consideradas, o se consideraban a sí mismas,intelectuales inteligentes.Recuerdo una mujer que, haciendo un gasto muy grande (que tal vez no le importaba, yaque tenía dinero), viajo desde America al prieuré a pasar una semana, con el propósitode consultarlo sobre un problema que encajaba precisamente en aquellos que Gurdjiéffdecía siempre que no le incum- bian. Al llegar, demando tener una entrevista, deinmediato, pero se le dijo que Gurdjiéff no la podría ver hasta más tarde. Se le asignouna habitación confortable y la secretaria le informo que debía pagar una fuerte suma dedinero por el uso diario del cuarto. Se le advirtió también que habría una tarifa adicionalmuy alta, por la consulta.No la vió a solas, la encontro y le dió la bienvenida durante la cena de esa noche. En elcurso de su conversación preliminar con ella, le dijo que sabía que tenía un problemaimportante que discutir con él y actuo como si estuviera enormemente impresionado porque había hecho un viaje tan largo y costoso para consultarlo. Ella dijo que el problemala había preocupado durante mucho tiempo y que había sentido, cuando lo conoció enAmerica el invierno anterior, que él era, indudablemente, el único que podía ayudarla aresolverlo. El dijo que trataría de hacerlo y que podría hacer la cita a una hora adecuadahablando con su secretaria. Ella siguio hablando para decir que era algo muy urgente. Elrespodió que la vería lo más pronto posible, pero que por el momento el asuntoimportante era que cenaramos.Ya en la mesa, la mujer daba toda la impresión de estar muy nerviosa, fumando uncigarro trás otro y tosiendo constantemente, tanto que todos teníamos que prestarleatención. Haciendo a un lado cualquier conversación sobre esto, Gurdjiéff dijo queparecía que tenía mucha tos. Ella respodió de inmediato, feliz de tener su atención y dijoque era parte del problema que quería consultarle. El la vió frunciendo el seño, pero
  • 59. 59antes de que pudiera decir nada ella se lanzo a hablar. Dijo que tenía problemas con suesposo y que el fumar excesivamente y su tos eran simplemente manifestacionesexteriores de su problema. Para entonces todos la escuchabamos (yo estaba de mesero).Gurdjiéff la vió con reprobación otra vez, pero ella continuo incesante. Dijo que, comotodo mundo sabe, el cigarro es un simbolo falico y que ella había descubierto que suexcesivo fumar y la tos resultante eran manifestaciones que ocurrían siempre que teníala mencionada dificultad con su marido, agregando que, desde luego, sus problemaseran sexuales.Gurdjiéff la había escuchado como siempre, con atención total y, despues de meditar unrato le preguntó que tipo de cigarros fumaba. Ella mencionó una marca americana quedijo había fumado por años. El asintió, muy pensativo ante esa revelación y, despues deunos instantes de suspenso, dijo que él pensaba que la cura o la solución era muysencilla. Sugirió que cambiara de marca de cigarrillos, que tal vez una buena marca paraprobar serían los Gauloises Bleues. Eso dió por terminada la platica.Fué despues, en el salon, cuando tomabamos café muy ceremoniosamente, que se oyoque la mujer lo alababa extravagantemente y decía que Gurdjiéff le había dado lasolución; que su forma de resolver los problemas nunca era obvia, pero que ella lo habíacomprendido muy bién.Se quedo uno o dos dias más en el prieuré, compro una reserva enorme de GauloisesBleues, tanta como la ley le permitia sacar del pais, no solicito entrevistas y, habiendoinformado a Gurdjiéff que había comprendido, se regreso a America. Ya que se habíaido Gurdjiéff se refirió a ella como uno de esos accidentes dados por Dios, que tienenbuenas intenciones para conmigo. Le había cobrado mucho y ella había pagado congusto.Aunque no hablé de esto entonces, si hice referencia a ese y otros incidentes un tiempodespues. En esa ocasión me dijo que mucha gente, personas con moralidad de clasemedia del mundo occidental tenían dudas y objeciones por la forma en que obteníadinero, el que necesitaba siempre para sostener al prieuré y a muchos estudiantes que nopodían pagarle. Dijo, casi enojado, que nuestro tipo de moralidad se basaba en el dinero;que lo único que nos preocupaba de esas situaciones era que él había obtenido el dinero,aparentemente sin dar nada a cambio.Toda mi vida, dijo con firmeza, he dicho que este trabajo no es para todos. Es bueno sipuede resolver problemas asociados con religion o con su siquiatria americana. Pero lagente no escucha lo que digo; siempre encuentran otro significado, interpretan lo quedigo a su manera, con eso se sienten bién. Entonces tienen que pagar por ese buensentimiento. Muchas veces he dicho que mi trabajo no puede ayudar para problemas dela vida ordinaria: sexo, enfermedad, desdicha, ese tipo de cosas. Si no pueden resolversolos esos problemas, entonces mi trabajo, que nada tiene que ver con esos problemas,no es bueno para ellos. Pero esa gente viene aqui, no importa lo que yo diga, parasentirse bién; la mujer que fuma mucho puede ahora decirle a todos, a sí misma enparticular, que me consulto sobre un problema y que le di la solución, a pesar de que yono di solución. Asi que, precisamente ese tipo de gente, pueden justificar su existenciaayudandome con mis multiples problemas de dinero. aún con su estupidez ayudan aalgo bueno: mi trabajo. Esa es suficiente recompensa para tal tipo de gente.Es una infortunada debilidad de la gente de ahora; piden consejo pero no quieren ayuda,solo quieren encontrar lo que ya desean. No oyen las palabras que digo, yo siempre digo
  • 60. 60lo que quiero decir, mis palabras son siempre claras, pero no creen en ellas, siemprebuscan otro significado, un significado que solo existe en su imaginación. Sin una mujerasi, sin gente asi, tu y otras personas que estan en el prieuré no comerían. El dinero queesa mujer pago es dinero para comida. Esa fué una de las pocas ocasiones en la que looi explicar o justificar esa actividad suya.
  • 61. 61 CAPÍTULO 20Ya que el Sr. Gurdjiéff estaba dedicado a escribir libros, fué natural que requiriera deuna mecanografa. No arreglo esto en una forma comun, sino que empleo con granalboroto a una joven alemana que descubrió en alguno de sus viajes. Varios dias antesde que llegara oiamos comentarios sobre ella. Se hicieron elaborados preparativos parasu llegada, incluyendo seleccionar la habitación más adecuada, se adquirió una maquinade escribir, se busco un lugar adecuado para su trabajo, etc. Gurdjiéff alababa susatributos con todos nosotros, nos decía que había tenido mucha suerte de encontrar a esapersona perfecta para mis propósitos, asi que esperabamos su llegada con gran expecta-ción.Cuando llegó la presentaron con todos nosotros, se sirvio una cena en su honor, todo enun ambiente muy festivo; se le dió lo que llamabamos un tratamiento real y ellarespodió con entusiasmo, tomándose tan en serio como Gurdjiéff parecía hacerlo.Resulto que su principal y magnifico logro era que podía escribir, como nos decíarepetidamente Gurdjiéff con asombro total, sin siquiera ver las teclas de la maquina.Estoy seguro de que no ha habido secretaria o mecanografa que haya recibido untratamiento asi por su habilidad de usar el sistema de tacto. Como si quisierademostrarnos que realmente tenía esa habilidad, la joven se instalo en una mesa, en laterraza, a la vista de todos cuando ibamos o veníamos del trabajo y se la paso alli,tecleando alegremente, durante todo el verano, excepto los dias lluviosos. El sonido desu maquina de escribir resonaba en nuestros oidos.Debo confesar que yo tenía un fuerte prejuicio contra los alemanes, ya que creci entrehistorias de las atrocidades que cometieron durante la primera guerra mundial. Miprimer contacto con ella fué una tarde, cuando lavaba mi ropa en el patio trasero,despues del trabajo. Solo me conocía de vista y, creyendo que era frances, me llamodesde una ventana, preguntandome con un fuerte acento, en donde podría obtener lo queella llamaba algo de Savon Lux; se las arreglo para comunicarme que necesitaba esopara lavar sus medias. Respondí en inglés (sabia que ella lo hablaba mejor que elfrances) que yo suponía que lo podría comprar en una tienda que estaba a un kilometrode distancia. En respuesta me avento unas monedas y me dijo que apreciaría que lellevara uno de inmediato.Recogi el dinero, subi la escalera y se lo regrese. Le dije que pensaba que debíaexplicarle que no había recaderos en el prieuré y que nadie me había dicho hasta enton-ces que ella fuera una excepción a la regla general de que cada quien hiciera su trabajopersonal, lo que incluia compras personales. Me dijo con una sonrisa encantadora queestaba segura de que nadie se opondría a que le hiciera ese mandado ya que ella seocupaba de un trabajo muy importante del Sr. Gurdjiéff, que tal vez no me había dadocuenta aun. Le explique que yo también me ocupaba de un trabajo similar; que yo loatendía y arreglaba sus habitaciones y hacia mis propias compras también.Pareció asombrada y, despues de un momento de reflexion, me dijo que aclararía lascosas con el Sr. Gurdjiéff; dijo que había algun malenten- dido, por lo menos de miparte, con respecto a su función en la escuela. No tuve que esperar mucho despues deesto. Me llegó una llamada por cafe unos pocos minutos despues.
  • 62. 62Cuando llegué a su habitación con el cafe, la mecanografa estaba sentada con el, comolo había supuesto. Servi el café y luego el Sr. Gurdjiéff volteo hacia mi con una de sussonrisas ganadoras: ? Conoces a esta dama ?, preguntó.Dije que si, que la conocía.Entonces me dijo que había platicado con él y que él había compren- dido que ella mehabía pedido que le hiciera un mandado y que yo me había rehusado. Dije que era ver-dad y que, ademas, todo mundo hacia sus propios mandados.Estuvo de acuerdo en que asi era, pero dijo que no había tenido tiempo para instruirla entodo y que apreciaría mucho que, por unica vez y como un favor, ya que ella era muyimportante para él, fuera tan amable de hacer lo que me había pedido. Me quededesconcertado y hasta enojado, pero dije, desde luego, que lo haría. Me dió dinero, mefuí a la tienda y le compre el jabon. Asumi que, independientemente de como me sentía,debio tener una buena razón para pedirme que hiciera el mandado y decidí dar porcerrado el incidente. A lo mejor ella era realmente especial en algun sentido que yo nohabía percibido; por lo menos Gurdjiéff parecía pensarlo.Sin embargo me puse furioso cuando, despues de darle el jabon y su cambio, me dió unapropina y me dijo que estaba segura de que ahora me daba cuenta de que ella habíatenido la razón desde el principio y que esperaba que la acción del Sr. Gurdjiéff me lohubiera dejado claro. Sentí que me encendía, pero me las arregle para contener lalengua. También logre no mencionarlo a Gurdjiéff cuando lo vi, pero seguía encendido.Varios dias despues llegaron algunos invitados, en el fin de semana. Gurdjiéff les dió labienvenida en su mesita habitual cercana a los prados, frente a la terraza en dondetrabajaba la mecanografa. Les traje café para todos y les servi. Me indico con un gestoque no me fuera y luego procedio a decirle a sus invitados que apenas podía esperar elmomento de mostrarles sus nuevas maravillas, sus dos nuevas adquisiciones maravillo-sas: una hielera electrica y una mecanografa de tacto. Luego me dijo que los guiara a ladespensa en donde se había instalado el refrigerador nuevo, en donde las visitasquedaron desconcertadas ante un modelo comun Frigidaire que, como decía Gurdjiéffpuede hacer hielo él solo, aún sin mi ayuda; un verdadero producto del genio delmundo occidental. Al terminar esa visita, regresamos a la terraza para inspeccionar lasegunda maravilla quien, también sin mi ayuda y aún sin ver el teclado, podíamecanografiar su libro. La joven se paro para saludarlo pero Gurdjiéff, sin presentarla,le dijo que se sentara. Luego le ordenó que escribiera sin ver el teclado pero viendotriunfante hacia el espacio.Gurdjiéff se paro entre sus invitados, viendola con mirada de ad- miración sin limite,hablando de ella como de otro producto del genio del mundo occidental. Yo estabafascinado en realidad por su habilidad, asi que mi interés y admiración eran sinceros. Depronto Gurdjiéff volteo a verme y sonrió, fué una sonrisa enorme, como sicompartieramos una broma colosal y me dijo que recogiera las tasas del cafe.Ya tarde ese dia, estando en su habitación, se refirió a la mecano- grafa otra vez. Habloprimero de la hielera electrica: solo tienes que enchufarla e instantaneamente empiezaa hacer un ruido de ronroneo y empieza a producir hielo. Me sonrió otra vez, comoconspirando. Es lo mismo con la dama alemana. Yo, como si la enchufara, le digo queescriba y ella también empieza a hacer ruido y a producir, no hielo, sino libro.Maravilloso invento americano. En ese momento casi me cayó bién y me sentiría feliz
  • 63. 63de hacerle sus mandados de ahí en adelante. No pude evitar decirlo y Gurdjiéff asintióen mi dirección, se veía complacido. Cuando tu ayudas a la dama mecanografa, meayudas a mi, igual que si aceitas la maquina para que siga trabajando; esa cosamaravillosa.
  • 64. 64 CAPÍTULO 21Uno de los placeres y retos de la tarea de portería era una com- petencia entre losniños, quienes eran los únicos que hacian esto, para ver quien estaba suficientementealerta como para abrir la reja a tiempo, de manera de que Gurdjiéff pudiera entrar sintener que detener el carro y sonar el claxon.Una de las dificultades para esto era que la entrada al prieuré estaba al pié de una largacolina que descendía desde la estación del ferrocarril; también pasaba el tranvia aSamois, directamente frente a la reja, en donde la carretera tenía una amplia curva endirección a Samois, alejándose del prieuré. Con frecuencia, el ruido del tranvia opacabael sonido de los carros que venían bajando la colina e interfería con nuestro juego.Ademas, cuando el Sr. Gurdjiéff se dió cuenta de nuestro juego, empezo a bajar lacolina con el motor apagado.Casi siempre era gracias a Philos, que ahora me seguía cuando no estaba Gurdjiéff, quepodía abrir las rejas a tiempo para que pasara por ellas, con una gran sonrisa en la boca.Observando a Philos, cuyos oidos captaban el sonido de cualquier carro que pasara,pero que brincaba con el sonido del carro del Sr. Gurdjiéff, tenía éxito casi siempre.Divertido por nuestro juego, el Sr. Gurdjiéff me preguntó una vez como era que casisiempre podía abrirle las rejas a tiempo y yo le comente de Philos. Se rió y dijo que eraun buen ejemplo de cooperación. Muestra que el hombre tiene mucho que aprender ypuede aprender en lugares inesperados. Hasta un perro puede ayudar. El hombre es muydebil, necesita ayuda todo el tiempo.A fines del verano, estaba en la portería un día que el Sr. Gurdjiéff iba a salir de viaje.Por alguna razón era una partida muy importante y todos se encontraban reunidosalrededor de su automóvil, cuando él se disponía a salir. Yo me encontraba con ellostambién y, cuando finalmente encendió el motor del carro, sali corriendo a abrir lasrejas. Por la prisa me tropece y cai, pegando con una rodilla en el tope de hierro queapenas sobresalia del terreno y servia para mantener abierta una de las rejas. Estabaenmohecida y como cai con fuerza, había penetrado profundamente. Cuando Gurdjiéffiba a pasar por las rejas, volteo hacia mi y vió la sangre escurriendo por mi pierna; sedetuvo y me preguntó que había pasado. Le dije y me pidió que me lavara, lo que hiceen cuanto se fué.En la tarde (el se había ido a mediodía) me dolia mucho la pierna, la rodilla se habíainflamado y tuve que suspender el trabajo. Esa tarde se me había asignado la limpiezade los pisos de parquet de los salones, lo que quería decir tallar los pisos con lana deacero para quitar la cera vieja y el polvo acumulado; esto se hacia parándose sobre lalana de acero y empujandola hacia atrás y adelante con el pié,siguiendo el grano de lamadera.Para en la noche mi rodilla se había inflamado en forma alarmante y no me sentía biénpara cenar. Me pusieron en cama e iniciarion varios tratamientos. Diferentes personassugerían diferentes procedimientos, pero decidieron que tenía una fuerte infección y queel remedio adecuado era una cataplasma de cebolla caliente. Pusieron cebollas asadas ococidas en la herida abierta y las envolvieron con un trapo empapado en aceite transpa-
  • 65. 65rente, envolviendo este a su vez, con una venda. El propósito era, naturalmente,absorber el veneno sacandolo de la rodilla infectada.Aunque recibí atención constante y el mejor cuidado, había un medico que residía en elprieuré y había dirigido mi tratamiento, mi pierna no mejoro. Al día siguiente estabaenorme y empezaron a aparecer pequeños furunculos, desde abajo de la rodilla casihasta la cintura. Estuve delirando todo el dia, con momentos de calma cuando meaplicaban nueva cataplasma. Pero nada parecía dar resultado.Ya entrada la tarde llegó Gurdjiéff de regreso de su viaje. Un rato despues de su llegadapreguntó por mi y se le aviso de mi estado, por lo que vino a mi cuarto. Quito la venda yla cataplasma y mando a alguien a la farmacia. Trajeron un remedio que se llamabaOuata-plasme, aparentemente otro tipo de cataplasma. Gurdjiéff pidió que encendieranla estufa que había en mi cuarto para hervir agua. Al empezar a hervir, metio en ella unapieza impregnada con el medicamento y la aplicó inmediatamente en la rodilla afectada,cubriendo otra vez con el trapo lleno de aceite y la venda. Insistió en que debía aplicarsede inmediato, al momento de sacar la pieza de algodon del agua hirviente. Recuerdo queesas aplicaciones eran terriblemente dolorosas. Se dieron instrucciones a alguien depermanecer conmigo toda la noche y de hacer las aplicaciones cada cuatro horas.Para la tarde siguiente estaba mucho mejor, cuando me quitaban las vendas y lacataplasma, esta salia negra, llena de material gelatinoso infectado. Esa noche Gurdjiéffvino otra vez a visitarme. Como era sábado y se preparaba una demostración en la casaestudio, insistió en que debía asistir con todos los demas y pidió a su sobrino que mellevara cargando de caballito. Cuando llegamos a la casa estudio, me ayudo a sentarmeen el pequeño cubículo y se sento enfrente de mi. Cuando terminó la demostración mellevaron cargando de regreso a mi habitación. No había nada de espectacular acerca deltratamiento o la curación, pero Gurdjiéff tenía algo que decirme al respecto, cuando yoestuviera de pié otra vez.Me pidió que viera mi pierna, en la que aún llevaba una pequeña venda y, despues dedeclarar que estaba curada, me preguntó si recordaba lo que me había dicho acerca de laayuda de Philos cuando me permitia identificar el sonido de su carro en la portería. Ledije que si, desde luego. Dijo que esas dos cosas, la ayuda del perro y la infección en mirodilla, tenían una cosa en comun. Eran un tipo de prueba de que el hombre depende deotras criaturas. Le debes las gracias al perro porque te ayudo en algo sencillo; a midebes más que eso, tal vez me debes la vida. Ellos trataron cuando no estaba yo aqui,hasta el doctor trato de arreglar tu pierna, pero solo se puso peor. Cuando vengo, yoarreglo tu pierna, porque solo yo sabía de esta nueva medicina que tienen ahora enFrancia. Se eso porque porque estoy interesado en todo, porque es necesario conocertodas las cosas que necesita uno en la vida. Solo debido a que yo sabía esto y porqueregrese a tiempo, tu estas bién ahora. Ya estas bién.Le dije que me daba cuenta de ello y le agradeci lo que había hecho. Sonrió indulgente ydijo que era imposible darle las gracias por lo que había hecho. No puedes dar lasgracias por la vida, no es posible dar suficientes gracias; también, a lo mejor habraocasiones en que desearás que no te hubiera salvado yo la vida Ahora eres joven, tealegras de no morir; lo que paso es serio porque enfermedades como la que tuviste sonmuy peligrosas, hasta pueden matar. Pero cuando crezcas no gustarás siempre de la viday tal vez no me agradezcas sino que me maldigas porque no te deje morir. Asi que nodes gracias ahora.
  • 66. 66Continuo despues, diciendo que la vida es una espada de dos filos. En tu pais piensanque la vida es solo para el placer. Hay un dicho en tu pais: la busqueda de la felicidad yese dicho muestra que la gente no comprende la vida. La felicidad es nada, solo es laotra cara de la infelicidad. Pero en tu pais y ahora en casi todo el mundo, la gente soloquiere la felicidad. Otras cosas son importantes también: el sufrimiento es importanteporque también es parte de la vida, una parte necesaria. Sin sufrimiento el hombre nopuede crecer; pero cuando tu sufres, solo piensas en ti mismo, sientes compasión por timismo, no quieres sufrir porque eso te hace sentir incomodo, te hace desear escapar deaquello que te hace sentir mal. Cuando el hombre sufre, solo siente compasión por élmismo. No es asi en el hombre real. El hombre real siente felicidad también, enocasiones, felicidad real; pero cuando siente sufrimiento real, también, él no trata dedetener eso en sí mismo. Lo acepta porque sabe que es propio para un hombre. Debesufrir para conocer la verdad de sí mismo; debe aprender a sufrir con su voluntad.Cuando le llega sufrimiento a un hombre debe hacerlo un sufrimiento intencional, debesentir con todo el ser; debe desear que con ese sufrimiento pueda ayudarse a serconciente, que ayude a comprender.Tu tuviste solo sufrimiento físico, sufrimiento del cuerpo por el dolor en la pierna. Estesufrimiento también ayuda si sabes como usarlo para el ser. Pero este es un sufrimientocomo el de un animal, no es un sufrimiento importante. Con otro sufrimiento, sufriendoen todo uno mismo, es posible comprender que toda la gente sufre de esa manera,también es posible comprender cuanto se depende de la Naturaleza, de otros sereshumanos, de todo, para que nos ayuden en la vida. No se puede vivir solo. La soledad,no el estar solitario, lo que es malo, sino la soledad puede ser algo bueno para elhombre, muy necesario para la vida; pero también es necesario aprender a no vivir ensoledad, porque la vida real depende de otros seres humanos y no solo en uno. Ahoraeres aún un niño, no puedes comprender lo que digo, pero recuerdas esto; lo recuerdaspara el tiempo en que no me agradezcas que te salve la vida.
  • 67. 67 CAPÍTULO 22Al acercarse el fin del verano, muchos visitantes americanos se prepararon para dejar elprieuré, probablemente para no regresar jamas. Se les permitio permanecer a pesar de lareorganización de la escuela, pero no se esperaba que regresaran al año siguiente. Otravez se había decidido, para mi alivio, que tampoco regresaríamos ese año a America yesperaba la llegada del invierno porque tampoco el Sr. Gurdjiéff planeaba salir. Exceptopor salidas ocasionales cuando le resultaba necesario ir a Paris, por negocios, habíaestado constantemente en Fontainbleue. Como lo había predicho, la condición de sumujer empeoraba cada vez y empezabamos a esperar su muerte inminente.Durante los meses en que estuvo confinada en su cuarto, solo la vi una vez cuando seme envio a su habitación para hacer un mandado del Sr. Gurdjiéff. El cambio que habíasufrido me conmocionó y me horrorizo. Estaba increiblemente delgada y, aunque mevió con la semblanza de una sonrisa, aún ese pequeño esfuerzo pareció fatigarla.Como la jardinería y la mayoría de los proyectos exteriores ter- minaban en el invierno,empezamos a hacer nuestros preparativos usuales: secar frutas y verduras, prepararcarne para almacenarla en grandes barriles que se guardaban en las bodegas, cortarárboles y hacer leña para las estufas y las chimeneas. En el invierno se cerraban algunospisos de la escuela y algunos estudiantes tenían que compartir su habitación con otro,para ahorrar combustible. Al reducirse el número de estudiantes, la mayoría de nuestrotrabajo era en el interior, igual que el invierno anterior; se necesitaba de la mayoría de lafuerza de trabajo para el mantenimiento general y la cocina, los establos y la portería.El evento que se perfilaba tentadoramente ante nosotros, ya que el otoño estabaterminando, era la navidad. Sería la primera navidad que pasaría en el prieuré estandoahí el Sr. Gurjdieff y había oido historias acerca de las elaboradas ceremonias navideñasque practicaba; había siempre dos celebraciones, una segun el calendario ingles y otrasegun el calendario ruso, dos semanas despues y también había dos para el año nuevo yse festejaba el cumpleaños de Gurdjiéff, el primero de enero de cada uno de esoscalendarios.Al acercarse la fecha, empezamos a hacer elaborados preparativos. Se hicieron variosdulces tradicionales, se hicieron y almacenaron pasteles y a los niños se nos permitioayudar en la preparación de lo que llamaban regalos para visitas, usualmente sacos depapel vivamente coloreados, llenos de dulces, que se colgaban en el árbol de navidad. Elárbol en si era enorme. Lo cortamos en el bosque que había en los terrenos del prieuré yse coloco en el salon principal, era tan alto que tocaba el techo. Mas o menos uno o dosdias antes de navidad, todos ayudamos a decorar el árbol, lo que consistía basicamenteen colgar los regalos y poner centenares de velas. Se corto una vara especial que debíaestar siempre cerca del árbol y serviría para apagar una vela que amenazara conencender el árbol.Todos los preparativos terminaron ya entrada la tarde del día de nochebuena. Habría unfestin esa noche y luego se reunirían todos en el salon para la distribución de regalos.Empezaba a oscurecer cuando me llamo el Sr. Gurdjiéff. Me hablo acerca de la navidady me preguntó acerca de las navidades previas, en America y que sentía respecto a esafestividad y, cuando le respondí a cada pregunta, me dijo que, desafortunadamente,siempre era necesario que algunas personas trabajaran en esos casos, para que los demas
  • 68. 68pudieran divertirse. Mencionó a las personas que estarían trabajando en las cocinas, losmeseros, los encargados de limpieza, etc. y luego dijo que alguien tenía que estar acargo de la portería esa noche. Esperaba una llamada telefonica de larga distancia ytenía que haber alguien ahí esperandola. Me había escogido porque sabía que podíaconfiar en mi; ademas, yo hablaba ingles, francés y suficiente ruso como para poderarreglarmelas con cualquier llamada.Me quede atonito y apenas podía creer lo que estaba oyendo. No podía recordar haberanhelado tanto alguna celebración como había esperado esta. El vió la decepción en mirostro, desde luego, pero simplemente dijo que yo no podría participar en lascelebraciones generales de esa noche, podría esperar más tiempo por la navidad, ya querecibiría mis regalos al día siguiente. Obviamente no había forma en la que pudierazafarme de esa comisión y me aleje de él con el corazón hundido. Cene temprano yluego reporte que debía relevarse a la persona que se había asignado esa noche a la por-tería. Normalmente no había portero por las noches. Una familia rusa que vivía en elpiso superior del edificio contestaba el telefono o habría la reja en las raras ocasiones enque era necesario.había nevado la noche anterior y el patio delantero, ubicado entre la casa de la portería yel edificio principal, estaba cubierto de nieve res- plandeciente de blanca, iluminada porlas lamparas brillantes que había en el largo corredor y en el salon principal, los quedaban cara al patio.Estaba oscuro cuando me reporte a trabajar y me sente, taciturno, lleno deautocompasión, dentro de la caseta de la portería, con la vista fija en las luces de laenorme casa. No había actividad ahí,en ese momento, en ese rato los estudiantesempezarían a llegar a cenar.Pareció un tiempo interminable, antes de que empezara a ver como llegaban gentes allenar el gran salon. Alguien empezo a prender las velas del árbol y no pude contenermemás. Deje abierta la puerta que daba a la portería y me acerque lo más posible a la casaprincipal para tener la seguridad de que podría escuchar el telefono, si llegaba a sonar.Hacia mucho frio; ademas, no estaba seguro de que tan lejos podría escuchar el telefonoy, de vez en cuando, en lo que encendían las velas, corría de regreso a la portería paraentrar en calor y ver furiosamente el telefono. Rezaba porque sonara, para poderreunirme con los demas. Todo lo que hacia era regresarme la mirada, austero y silen-cioso.Cuando empezo la distribución de regalos, iniciando con los niños más pequeños, nopude controlarme y, olvidando mi responsabilidad, me fuí directo a una ventana delsalon principal. No había estado mas de un minuto, cuando me capto la mirada deGurdjiéff y se levanto caminando con grandes zancadas cruzando el salon. Abandone laventana y, como si me hubiera mandado llamar, camine directamente a la entrada delchateau, en lugar de regresar a la portería. Llegamos a la puerta casi al mismo tiempo ynos quedamos parados, momentaneamente, viendonos a través del vidrio de la puerta.Repentinamente la abrió, con un movimiento violento. ? Porque no estas en la portería? ? Porque estas aqui ? demando enojado.Yo hice una protesta, con los ojos humedos, acerca de tener que estar de guardia cuandotodos los demas celebraban la navidad, pero no me dejo terminar. Te digo que hagaseso para mí y no lo haces. Imposible oir el telefono desde aqui, a lo mejor esta sonandoy tu estas parado aqui y no lo escuchas. Regresa. No había levantado la voz, pero no
  • 69. 69había duda de que estaba muy enojado conmigo. Regrese a la portería, herido ydesbordando de autocompasión, determinado a no abandonar mi puesto otra vez, pasaralo que pasara.Cerca de la medianoche regreso la familia que vivía en el piso superior y se me permitiodejar la portería por esa noche. Regrese a mi cuarto, odiando a Gurdjiéff y al prieuré ytambién sintiendome casi orgulloso de mi sacrificio por el. Jure no mencionar mas esanoche ni a él ni a nadie; también, jure que nunca tendría significado la navidad para mí.Sin embargo, esperaba que se hiciera algo por mi, al día siguiente; que Gurdjiéff meexplicaría o de alguna manera me haría sentirme bién. aún me consideraba como unaespecie de favorito por mi trabajo en sus habitaciones; en una posición especial.Al día siguiente, para mi desilusión, se me asigno al trabajo de cocina, ya quenecesitaban de ayuda adicional; tendría suficiente tiempo para limpiar sus cuartos ypodría llevarle café a la hora que él quisiera. Lo vi varias veces, por momentos, duranteel dia, pero siempre con otras personas y no se hizo referencia a la noche anterior. Acierta hora en la tarde, alguien llegó por encargo de Gurdjiéff, a darme algunos regalosde navidad, cosas pequeñas y una copia del libro Veinte mil leguas de viaje submarino,de Julio Verne; y eso fué el final de la navidad, excepto por la larga espera que tuve quehacer como mesero, por los estudiantes y algunos invitados a la cena de esa noche.Como no era el único mesero, no podía sentirme ni preferido ni castigado, como lanoche anterior.Aunque Gurdjiéff no volvió a hacer referencia a esa noche, esto determinó un cambioen mi relación con el. Ya no me hablaba como si fuera un niño y mis leccionesprivadas llegaron a su fin; no dijo Gurdjiéff nada de eso y yo me sentía muy intimidadocomo para hablar de las lecciones. Aunque no escuche llamadas en la nochebuena, teníauna vaga sospecha de que podría haber habido una, en los periodos en que me habíaescapado de la casa de la portería y eso acosaba a mi conciencia. Aunque no hubierahabido llamadas, sabía que había fallado en el cargo que se me había asignado y nopude olvidar eso por mucho tiempo.
  • 70. 70 CAPÍTULO 23Muy temprano, una mañana de primavera, desperte cuando aún estaba oscuro; solohabía una tenue luz de sol que empezaba a ser visible en el horizonte. Algo mepreocupaba, pero no podía imaginar lo que era; tenía un vago sentimiento de inquietud,la sensación de que algo extraño estaba ocurriendo. A pesar de mi pereza habitual y demi hábito de quedarme en cama hasta el último momento, (tenía que levantarme a lasseis) me levante con el amanecer y me fuí a la cocina que aún estaba silenciosa y fria.Mas para mi confort que para ayudar al niño que estuviera a cargo ese dia, empece aencender el fuego en la gran estufa de hierro y, mientras la llenaba de carbon, escuche elsonido de mi chicharra (sono simultaneamente en mi cuarto y en la cocina). Eratemprano para Gurdjiéff, pero su llamada se ajustaba a mi sentimiento de inquietud ysali corriendo a su habitación. Estaba parado en el quicio de la puerta, Philos a su lado.Había urgencia en su mirada cuando me dijo Trae al Dr. Schernvall de inmediato, girepara irme pero me detuvo y dijo: Madame Ostrovsky esta muerta. Mejor dile.Sali corriendo del edificio y corri hacia la casa donde vivía el Dr. Schernvall; unapequeña casa no lejana al gallinero, a la que habían bautizado como el Paradou,posiblemente los franceses. El doctor y Madame Schernvall vivían con su hijo Nikolaien el piso superior de ese edificio. En el resto vivían Dmitri, hermano de Gurdjiéff, consu esposa y cuatro hijas. Desperte a los Schernvall y les di la noticia. La Sra. Schernvallestallo en llanto y el doctor empezo a vestirse precipitadamente, diciendome queregresara a avisar a Gurdjiéff que en un momento iría.Cuando regrese a la casa principal Gurdjiéff no estaba en su cuarto, asi que camine porel largo pasillo hasta el extremo opuesto y toque timidamente, en la habitación de Ma-dame Ostrovsky. El Sr. Gurdjiéff vino a la puerta y le avise que el Dr. Schernvall yaestaba en camino. Se veía impasible, muy cansado y estaba muy palido. Me dijoesperara cerca de su cuarto y le dijera al doctor en donde estaba. El doctor apareció unoscuantos minutos despues y le dije que fuera al cuarto de Madame Ostrovsky. Minutosdespues el Sr. Gurdjiéff salio y se dirigio a su cuarto. Yo estaba parado en el corredor,indeciso, dudando si debía esperarlo o no. Me vió sin sorpresa y luego me preguntó sitenía llave de su habitación. Le dije que si y él dijo que no debía entrar y no debíapermitir que nadie lo hiciera hasta que él me llamara. Luego, seguido por Philos,camino por el largo pasillo hasta su cuarto, pero no dejo entrar a Philos. El perro seacomodo contra la puerta, una vez que Gurdjiéff la cerro, viendome con ojos iracundosy me gruño por primera vez.Fué un día largo y triste. Todos trabajamos en nuestras asignaciones, pero una pesadaatmosfera de dolor se cernia sobre la escuela. Era uno de los primeros dias de verdaderaprimavera, pero el replandor del sol y la calidez desacostumbrada del día parecíaninadecuados. Todo el trabajo se hizo en silencio y quietud; la gente se hablaba ensusurros y se sentía una atmosfera de inquietud a lo largo de los edificios. Seguramentealquien estaría haciendo los arreglos necesarios para el funeral, el Dr. Schernvall oMadame de Hartmann, pero casi nadie nos dabamos cuenta de eso. Todos esperaban aque apareciera el Sr. Gurdjiéff, pero no había señal de vida en su cuarto; no habíadesayunado, no pidió comida a mediodía ni me pidió café en todo el dia.
  • 71. 71Al día siguiente, en la mañana, Madame de Hartmann me mando llamar y me dijo quehabía tocado en la puerta del Sr. Gurdjiéff y no había recibido respuesta, por lo quequería mi llave. Le dije que no podía darsela y comente cuales habían sido las ins-trucciones que me dió el Sr. Gurdjiéff. No discutio conmigo, pero me dijo que estabapreocupada porque iban a mover el cuerpo de Madame Ostrovsky a la casa estudio, endonde permanecería toda la noche hasta que fuera el funeral, al día siguiente; pensabaque el Sr. Gurdjiéff debía saber eso, pero, en vista de lo que me había dicho, decidio queno lo molestaría.Ya entrada la tarde, cuando aún no había señales del Sr. Gurdjiéff, me llamo otra vez.Esta vez Madame de Hartmann dijo que debía tener la llave. Había llegado el Arzo-bispo, probablemente de la Iglesia Ortodoxa Griega de Paris, y debian avisar aGurdjiéff. Despues de una lucha interior conmigo mismo, cedi finalmente. La aparienciadel Arzobispo era casi tan imponente como la que tenía Gurdjiéff en ocasiones y nopude oponerme a su aparente importancia.Al rato Madame me encontro otra vez. Dijo que aún con la llave no había podido entraral cuarto. Philos no la dejaba acercarse a la puerta; tendría que abrir yo, ya que Philosme conocía bién y debía decir a Gurdjiéff que había llegado el Arzobispo y que teníaque verlo. Resignado y temeroso de las consecuencias me diirigí a su cuarto. Philos mevió con indiferencia cuando me acerque. Había tratado de alimentarlo el día anterior yesa mañana, pero él había rehusado hasta tomar agua. Ahora me veía mientras sacaba lallave del bolsillo y parecía decidido a dejarme pasar. No se movio, pero al abrir lapuerta no me dejo pasar por encima de él para entrar.El Sr. Gurdjiéff estaba sentado en una silla, primera vez que lo veía sentado en otrolugar que no fuera su cama, y me vió con sorpresa. ? Te dejo entrar Philos ?, preguntó.Asenti y dije que sentía molestarlo y que no había olvidado sus instrucciones pero quehabía llegado el Arzobispo y que Madame de Hartamann ... Me interrumpio haciendouna seña con la mano. Esta bién, dijo quedamente, debo ver al Arzobispo. Luegosuspiro, se puso de pié y dijo ? Que día es hoy ?Le dije que era sábado y él preguntó si su hermano, quien estaba a cargo de encender elfuego en el baño turco, lo estaba haciendo en la forma acostumbrada. Le dije que nosabia, pero que averiguaría. Me dijo que no le avisara, que solo dijera a Dmitri quepreparara los baños como de costumbre y también que dijera a la cocinera que cenaríaesa noche y que quería una comida muy especial en honor del Arzobispo. Luego medijo que alimentara a Philos. Le dije que lo había intentado pero que él se había negado.Gurdjiéff sonrió. Cuando salga del cuarto comera. Traele comida otra vez. Luegoabandono la habitación, caminando lenta y pensativamente.Esa fué mi primera experiencia ante la muerte y, aunque Gurdjiéff había cambiado, seveía meditabundo y extremadamente cansado (mas de lo que jamas lo hubiera visto),eso no se ajustaba a mis nociones preconcebidas de dolor. No había manifestaciones detristeza ni lagrimas, solo una pesadez inusual en el, como si le costara mucho trabajomoverse.
  • 72. 72 CAPÍTULO 24El baño turco consistía de tres cuartos y el horno, que era un cuarto mas pequeño, en elque el hermano de Gurdjiéff, Dmitri, encendía el fuego. El primer cuarto al que seentraba era para vestirse y desvestirse; el segundo era grande y circular, equipado conuna regadera y varios grifos de agua, con bancas todo alrededor y una mesa paramasajes al centro; el tercero era un cuarto de vapor con varias bancas escalonadas.En el primer cuarto había dos hileras largas de bancas, por uno de los lados y en el ladoopuesto había una banca más alta, en la que se sentaba el Sr. Gurdjiéff, de frente anosotros, viendonos. El primer verano que estuve ahí había tanta gente que el Sr.Gurdjiéff nos había dicho a Tom y a mi que nos subieramos a su banca, detrás de él, endonde nos sentabamos, echando miradas sobre su hombro a la gente reunida. Losinvitados importantes se sentaban siempre directamente frente a el. Ahora, a pesar deque ya no había tanta gente en el prieuré, debido a la reorganización de la escuela, Tomy yo seguimos ocupando nuestro lugar, detrás del Sr. Gurdjiéff; esto se había convertidoen parte del ritual asociado con el baño sabatino.Despues de desvestirnos, la costumbre era pasar una media hora ahi; la mayoría de loshombres fumaban y platicaban, mientras que Guedjieff los urgia a que le contaranchistes. Los chistes, como en la alberca, eran generalmente obscenos o subidos de color,por insistencia suya. Inevitablemente, antes de proceder al cuarto de vapor, platicaba alos recien llegados una larga y complicada historia acerca de lo exhaltado de suposición, como cabeza del prieuré y fundador del Instituto y la historia siempre incluiareferencias a Tom y a mi, considerados como su Querubin y su Serafin.Debido a mis preconcepciones sobre la muerte y debido a que solo habían pasado treintay seis horas del fallecimiento de Madame Ostrovsky, yo esperaba, convencionalmente,que el ritual del baño de ese sábado en particular sería triste y lúgubre. No podía estarmás equivocado. Cuando llegué al baño esa noche un poco despues que los demas, meencontre con que todos estaban aún en calzoncillos; el Sr. Gurdjiéff y el Arzobispoestaban enfrascados en una larga discusión acerca del problema de desnudarse. ElArzobispo insistía en que no podía tomar un baño turco sin cubrirse con algo y serehusaba a participar si el resto de los hombres estaban completamente desnudos. Ladiscusión debe haber durado otros quince minutos despues de que llegué y parecía queGurdjiéff la disfrutaba inmensamente. Hizo muchas referencias a las Escrituras y estuvobromeando al Arzobispo por su falsa modestia. El Arzobispo permaneció inflexible yse mando a una persona a la casa principal a que trajera algo con que nos cubrieramos.Aparentemente el problema había ocurrido antes, ya que el mensajero regreso con grancantidad de pantaloncillos de muselina que desenterro de alguna parte. Se nos dijo quelos usaramos y nos desvistieramos con el mayor pudor posible. Cuando pasamos por final cuarto de vapor, incomodos con nuestro desacostumbrado atuendo, Gurdjiéff, como situviera al Arzobispo a su merced, se quito gradualmente su pantaloncillo y uno por unolo fuimos haciendo los demas. El Arzobispo no hizo mas comentarios, pero conservotercamente su pantaloncillo alrededor de la cintura.Cuando dejamos el cuarto de vapor y pasamos al cuarto de enmedio para bañarnos, elSr. Gurdjiéff inicio otra vez una larga arenga para el Arzobispo. Dijo que esa vestimentaparcial era no solo una forma de falso pudor, sino que era dañina sicológica y
  • 73. 73físicamente; que las civilizaciones antiguas se habían dado cuenta de que los ritualesmás importantes de limpieza tenían que ver con las llamadas partes privadas delcuerpo, que no podían limpiarse adecuadamente si se llevaba cualquier tipo de ropasobre ellas y que, de hecho, muchas ceremonias religiosas de civilizaciones anterioreshabían insistido en esa limpieza como parte de sus ritos sagrados o religiosos. Elresultado fué un acuerdo: el Arzobispo no objeto esos argumentos y quedo de acuerdoen que podíamos hacer lo que quisieramos, pero él no se quitaría, y no lo hizo, sucubierta.Despues del baño, la discusión continuo en el primer cuarto, el vestidor, durante elperiodo de enfriamiento que duraba también alrededor de media hora; Gurdjiéff insistíamucho en que no debiamos aventurarnos en el aire nocturno despues del baño. Eraesencial una ducha fria, pero el aire frio estaba prohibido. Durante la discusión en elvestidor, el Sr. Gurdjiéff abordo la cuestion de los funerales y dijo que una medidaimportante de respeto, aún con los muertos, era asistir a sus exequias perfectamentelimpio, de mente y cuerpo. El tono de su voz, que había sido chusco al principio y serioen el cuarto de lavado, se había hecho conciliatorio y persuasivo. Gurdjiéff reitero queen ninguna forma había pretendido mostrarse irrespetuoso con el Arzobispo.Cualquiera que fueran las diferencias entre ellos, aparentemente se respetaban entre si;en la cena, que fué casi un banquete, resulto que el Arzobispo era un hombre demodales agradables y con gusto por convivir, ademas de ser un fuerte bebedor, lo queagrado a Gurdjiéff; parecía que ambos disfrutaban mucho de su compañia.Despues de la cena, aunque ya era muy tarde, el Sr. Gurdjiéff hizo que todos sereunieran en el salon principal y nos narro una larga historia acerca de las costumbresfunerales de varias civilizaciones. Dijo que ya que Madame Ostrovsky lo había deseado,tendría un funeral adecuado de acuerdo a su iglesia, pero agrego que otras costumbresque habían existido en grandes civilizaciones del pasado remoto, en civilizaciones queeran literalmente desconocidas para el hombre moderno, eran también importantes ypertinentes. Describió uno de esos ritos funerales en el que los familiares y amigos deldifunto se reunian durante tres dias despues de su muerte. Durante ese periodorecordarían y dirían en voz alta todos aquellos actos que consideraban malos o dañinos,los pecados cometidos por el difunto durante su vida; el propósito de eso era crear unaoposición que forzara al alma a luchar por salir del cuerpo del difunto y llegar asi a otromundo.Durante el funeral, al día siguiente, el Sr. Gurdjiéff permaneció en silencio y separadode todos, como si solo su cuerpo estuviera entre los dolientes. Solo intervino en unpunto de la ceremonia, en el momento en que iban a sacar el cuerpo de la casa estudio ylo iban a colocar en la carroza funebre, ya que una mujer que había estado muy cerca desu esposa se avalanzo histéricamente sobre el ataud, ahullando, literalmente ysollozando de pena. Gurdjiéff se le acerco y la retiró del ataud, hablandole suavemente,mientras el funeral procedia. Seguimos el ataud hasta el cementerio, a pié,y cada uno denosotros echamos un puño de tierra una vez que lo bajaron en el foso que se había ca-vado cerca de la tumba de la madre de Gurdjiéff. Despues de los servicios, el Sr.Gurdjiéff y todos nosotros presentamos silenciosamente nuestros respetos ante lastumbas de su madre y de Katherine Mansfield, quien estaba enterrada ahi también.
  • 74. 74 CAPÍTULO 25Durante el tiempo en que estuvo enferma Madame Ostrovsky y el Sr. Gurdjiéff teníasesiones diarias con ella, una persona que había sido muy amiga de su esposa pormuchos años, objetaba seriamente lo que él estaba haciendo; su argumento era que el Sr.Gurdjiéff estaba prolongando interminablemente el sufrimiento de su esposa y que ellono podía servir a ningún propósito valioso o util, sin importar lo que él dijera. Esa mujerera Mme. Schernval, la esposa del doctor, y su enojo contra Gurdjiéff había llegado a talpunto que, aunque seguía vivendo en el prieuré, nunca aparecía en su presencia y serehuso a hablar con él durante varios meses. Comentaba su caso contra él ante cualquierpersona que estuviera cerca y llegó, inclusive, a platicarme una larga historia parailustrar su perfidia.Decía que ella y el doctor eran miembros del grupo original que habían salido conGurdjiéff de Rusia, unos años antes. Habíamos oido de las increibles dificultades queencontraron al escapar de las diferentes fuerzas implicadas en la revolución rusa y comohabían llegado a Europa, finalmente, pasando primero por Constantinopla. Una de lascosas que comento Mme. Schernval contra Gurdjiéff, como prueba de que no eraconfiable y su naturaleza era, incluso, malvada, fué que en realidad fué gracias a ellaque pudieron escapar y llegar a Europa. Aparentemente, para cuando llegaron aConstantinopla se quedaron sin dinero y Mme. Schernval hizo posible que siguieran, alprestar un par de aretes muy valiosos a Gurdjiéff, con lo que rentaron un bote ycruzaron el Mar Negro. Sin embargo, aún Mme. Schernval admitía que no habíaofrecido los aretes espontaneamente. El Sr. Gurdjiéff sabía de su existencia y se loshabía pedido, como último recurso, prometiéndole que los dejaría en buenas manos enConstantinopla y que algun día se los regresaría, prometiendo por su honor, en cuantoreuniera el dinero para rescatarlos. Ya habían pasado varios años y, aunque el Sr. Gurd-jiéff había obtenido grandes cantidades de dinero en los Estados Unidos, nunca habíadevuelto los aretes. No solo era eso una prueba de su falta de buenas intenciones; ellaagregaba siempre que la forma en que gastaba el dinero era absurda; por ejemplo, ? nohabía comprado el aquellas bicicletas con dinero que pudo usar para regresarle susaretes ?A todos nos había contado esa historia varias veces, pero para cuando murió Mme.Ostrovsky ya la había olvidado por completo. Unas cuantas semanas despues delfuneral, Gurdjiéff me preguntó si había visto recientemente a Mme. Schernval y mepreguntó por su salud. Expreso su pesar por el hecho de que ya nunca la veía y dijo queeso hacia muy difícil su relación con el doctor y que no era una buena situación. Hablomucho tiempo sobre las manias de las mujeres y dijo que había decidido, finalmente,que a él le correspondia hacer el esfuerzo por ganarse otra vez el afecto y buenadisposición de Mme. Schernval. Entonces me dió un pedazo de una barra de chocolate(parecía que alguien se había comido el resto), colocado en una caja rota y me dijo quese lo llevara. Tenía que decirle como se sentía él con respecto a ella, como la respetabay valoraba su amistad y que ese chocolate era una expresión de su estimación por ella.Vi la caja rota y pense, para mí, que difícilmente era la forma de ganarse otra vez suamistad, pero había aprendido a no expresar tales reac- ciones. Tome la caja y me fuí aver a Madame.
  • 75. 75Le di el mensaje antes de entregarle el pequeño paquete, recitando lo que él había dicho,exactamente, lo que me llevo algo de tiempo y luego le extendi el pequeño paquete roto.Ella me había escuchado con una evidente mezcla de emociones y, para cuando leentregué el paquete, estaba ansiosa por recibirlo. Sin embargo, cuando lo vió, su carareflejo una actitud de desden. Dijo que él nunca hacia algo en serio y que me habíaobligado a darle ese largo y elaborado mensaje, solo como preambulo de la broma deregalarle una pieza mordida de chocolate, que de cualquier forma no le gustaba.Le dije que me sorprendía porque él me había dicho que a ella le gustaba especialmenteesa marca de chocolate, más que nada en el mundo. Me vió con mirada de extrañezacuando dije eso y entonces abrió el paquete apresuradamente. Había escogido almensajero adecuado; había olvidado por completo la historia de los aretes, asi quequede tan sorprendido como ella cuando encontro, por supuesto, sus aretes. Se puso allorar, me abrazo y acabo casi histérica; luego se limpio la cara, se puso los aretes yvolvió a platicarme la historia, pero esta vez con la significativa diferencia de que esoera prueba de lo maravilloso que era Gurdjiéff y como ella siempre había sabido que élcumpliría su promesa. Yo estaba tan sorprendido por su cambio de sentimientos, comocuando vi los aretes.Regrese con el, como me lo había pedido, y le conte toda la historia con todo detalle. Elestaba muy divertido, se rió mucho y luego me platicó parte de la historia, desde supunto de vista. Dijo que lo que ella narraba era correcto, pero que no tenía idea de lasdificultades que tuvo tratando de recuperar los aretes. Los había empeñado por unasuma muy grande de dinero a un amigo de confianza, en Constantinopla y, cuandofinalmente tuvo el dinero y los intereses, se entero de que su amigo había muerto. Deahí en adelante, le tomo varios años de constantes esfuerzos para localizar las joyas ypara persuadir al nuevo dueño, aparentemente un usurero, de que se los vendiera poruna suma mucho mayor a su valor real.No pude sino dejar salir mi reacción obvia: ? Porque había hecho eso ? ? había algunajoya que valiera tal esfuerzo y, ademas, no se daba cuenta Mme. Schernval de queprobablemente la vida de todos ellos dependía de los aretes ?El dijo entonces que el valor de las joyas no era un elemnto impor- tante en la historia.Una de las razones para recuperarlas fué la amistad de su esposa con Mme. Schernval;esa amistad no podía evaluarse y era necesario hacer eso en memoria de su esposa. Dijo,ademas, que todo hombre tiene la obligación de mantener cualquier promesa que hayahecho en forma sincera y solemne, como él había hecho esa en particular. No solo lohago por ella, dijo, también lo hago por mi alma.Tu recuerdas, dijo despues, como te he dicho acerca del bién y del mal en el hombre,que es como mano derecha y mano izquierda. En otro sentido esto es cierto también delhombre y la mujer. El hombre es activo, positivo, bueno por naturaleza. La mujer espasiva, negativa, mala. No mala en el sentido de ustedes los americanos, sino mala enforma muy necesaria; un mal que hace bueno al hombre. Es como la luz electrica, unalambre es pasivo o negativo, el otro es activo, positivo. Sin esos dos elementos notienes luz. Si Mme. Schernval no es mala conmigo, tal vez olvido la promesa, una seriapromesa que le hice. Asi, sin su ayuda, porque no me deja olvidar lo que prometi, nohubiera mantenido mi promesa, no hubiera habido bién para mi alma. Cuando regresolos aretes hago algo bueno: bueno para mí, para la memoria de mi esposa y bueno para
  • 76. 76Mme. Schernval que ahora tiene mucho remordimiento en su corazón por las cosasmalas que dijo de mi. Esta es una lección importante para tí.
  • 77. 77 CAPÍTULO 26La relación del Sr. Gurdjiéff conmigo, aunque superficialmente seguía igual, habíasufrido un cambio definido que yo sentía se había iniciado en la navidad anterior.Seguía limpiando sus habitaciones, le llevaba café y hacia sus mandados, pero elsentimiento fácil y afectuoso que había existido entre ambos, casi como entre padre ehijo, parecía estar desapareciendo; parecía como que se había propuesto crear unaseparación y una reserva entre ambos.Cuando me platicaba antes, cualquiera que fuera el tema de conver- sación, se referíacasi siempre al hecho de que aún era un niño y que mucho de lo que me decía era algoque no podía comprender, por el momento. Pero despues de su cambio, aunque mehablaba con mucha frecuencia, su tono era más serio y ya no me decía que era un niño.Yo sentía que él empezaba a esperar que me defendiera por mi mismo, que usara mipropia mente; que, de hecho, me estaba urgiendo a que madurara.Con frecuencia discutia sobre las relaciones humanas en general, sobre los papelesespecificos del hombre y la mujer y sobre el destino humano; estas platicas no eran solopara mí, sino para un grupo del que yo era miembro. Nos aclaro enfaticamente quesiempre que se dirigiera a alguien hablando de cualquier tema, sería benéfico para todoslos presentes que lo escucharan. Muchos de nosotros teníamos la impresión de quecuando hablaba a un individuo, no lo hacia solo para él sino para cualquiera que sintieraque la conversación le era aplicable. A veces sentíamos que hablaba con una persona através de otra; como si no quisiera dirigirse a ella directamente.Con frecuencia regresaba al tema del bién y el mal, lo activo y lo pasivo, lo positivo y lonegativo. Yo había quedado impresionado por lo que me había dicho de Mme.Schernvaly el, en relación a esto, cuando le regreso los aretes y me parecía la continuación de untema del que hablaba recurrentemente: la naturaleza dual del hombre y la necesidad deadquirir o crear una fuerza reconciliadora. Esta fuerza, en un sentido exterior, tenía queser creada en las relaciones humanas entre individuos; en un sentido interior, tenía queser adquirida o creada dentro de un individuo como parte de su desarrollo y crecimiento.Una de las cosas más importantes acerca de los pronunciamientos de Gurdjiéff, susplaticas, lecciones o discursos (cada quien le llama de manera diferente), era la enormeinfluencia que tenía sobre su auditorio. Sus gestos, su manera de expresarse, el increíblerango de tono y las dinamicas de su voz, asi como su uso de la emoción, parecíancalculados para fascinar al que lo escuchaba; tal vez para hipnotizarlos hasta el punto deque no pudieran discutir con él en el momento. Sin duda, independientemente decuantas preguntas aparecieran en la mente cuando Gurdjiéff terminaba de hablar,siempre se había recibido una impresión fuerte e indeleble, antes de que aparecieranestas. No solo no olvidamos lo que nos dijo sino que resultaba imposible olvidarlo, aúnsi uno quería hacerlo.Poco despues del episodio de los aretes, Gurdjiéff abordo otra vez el tema de loshombres y las mujeres, sus papeles en la vida y, como un elemento adicional, los rolesespecificos de los sexos en su trabajo o, en su caso, en cualquier trabajo religioso osicológico que tuviera como meta el desarrollo de uno mismo y un crecimientoadecuado. Me sorprendía y me quedaba perplejo entonces y muchas veces despues, porsu reiteración de que no solo su trabajo no era para todos sino que las mujeres no lo
  • 78. 78necesitan. Decía que la naturaleza de la mujer es tal, que el desarrollo de uno mismoen el sentido que él daba a la frase, era algo que la mujer no puede lograr. Entre otrascosas decía: La naturaleza de la mujer es muy diferente de la del hombre. La mujer esde la tierra y su unica esperanza de subir a otro estado de desarrollo, de ir al paraisocomo dicen ustedes, es CON el hombre. La mujer ya lo sabe todo, pero eseconocimiento no le sirve, de hecho, puede ser como un veneno para ella, a menos quetenga a un hombre con ella. El hombre tiene algo que nunca existe en la mujer: lo queustedes llaman aspiración. En la vida el hombre usa esta cosa, esta aspiración, paramuchas cosas, todas malas para su vida; pero TIENE que usarla porque tiene esanecesidad. El hombre, no la mujer, escala montañas, baja a los oceanos, vuela por elaire, porque tiene que hacer eso. Le es imposible no hacerlo; no puede resistirlo. Mira lavida a tu alrededor: el hombre escribe musica, el hombre pinta cuadros, escribe libros,hace todas esas cosas. El cree que es la forma de encontrar el Paraiso para su ser.Cuando alguien objeto que las ciencias y las artes no eran, despues de todo, exclusivasdel mundo masculino, Gurdjiéff se rió: Preguntas sobre mujeres artistas y mujerescientificas. Yo digo que tu mundo esta todo enredado y te digo esta cosa verdadera. Elhombre verdadero y la mujer verdadera no tienen solo un sexo, no son nada más machoo hembra. El humano real es una combinación de estas cosas: lo activo y lo pasivo, lomasculino y lo femenino. aún ustedes, hizo un movimiento circular señalandonos atodos, a veces comprenden esto, porque a veces se ven sorprendidos cuando ven a unhombre que siente algo como mujer o a una mujer que actua como hombre; o, incluso,cuando sienten en sí mismos emociones propias del sexo opuesto.Todos nosotros vivimos en lo que llamamos el universo, pero este es un sistema solarmuy pequeño, el más pequeño entre muchos, muchos sistemas solares, estamos en unlugar poco importante. Por ejemplo, en este sistema solar, la gente es bisexual: esnecesario tener dos sexos para la reproducción de la especie, un método primitivo queusa parte de la aspiración del hombre para la creación de más gente. El hombre quepuede aprender como lograr un ser superior, como ir apropiadamente al Paraiso, puedeusar esa aspiración para el desarrollo del ser, para lo que ustedes llaman inmortalidad.En el mundo como existe ahora, ningún hombre puede hacer eso: la unica posibilidad deinmortalidad es la reproducción. Cuando un hombre tiene hijos, no todo lo suyo muerecuando muere su cuerpo.No es necesario que la mujer haga el trabajo del hombre en el mundo. Si la mujerencuentra a un hombre real, entonces ella se convierte en una mujer real sin necesidadde trabajar. Pero, como yo digo, el mundo esta enredado. Ahora en el mundo no existenhombres reales, asi que la mujer hasta trata de convertirse en hombre, hace el trabajo delhombre, lo que esta mal para su naturaleza.
  • 79. 79 CAPÍTULO 27Poco despues de la muerte de Madame Ostrovsky, la atmosfera del Prieure pareciócambiar; parte de ello se debia, definitivamente, a su muerte (por ejemplo, Gurdjiéffestaba viviendo con una mujer que resulto embarazada unos meses despues); la otraparte era, simplemente, que inevitablemente yo estaba creciendo. Me empezaron ainvadir preguntas que no se me habían ocurrido antes. ? Que estaba yo haciendo ahí,cualera el propósito de la escuela, que tipo de hombre era Gurdjiéff, despues de todo ?Supongo que en el principio de la adolescencia es normal que un niño empiece aevaluar su entorno, a sus padres y a las personas que conoce. Me resultaba muy sencillocontestarme lo que se refería a mi estancia ahi: los eventos azarosos y sin sentido queme llevaron ahí estaban aún frescos en mi mente. Pero, para entonces, la cuestion de siquería o no permanecer, se había convertido en algo diferente. Hasta entonces no habíatenido control del curso que tomaba mi vida; tampoco se me había ocurrido que pudieratener alguna influencia en determinar ese curso. A los trece años, aún no tenía voz nipoder sobre mi destino o mi futuro, pero tenía mis preguntas al respecto.En el curso de las idas y venidas de todo tipo de gentes al prieuré, visitantes y residentessemi permanentes, siempre había discusiones acerca de Gurdjiéff, acerca del propósitoy/o valor de su trabajo. Había muchos estudiantes que dejaron el prieuré encircunstancias mas o menos violentas, emocionalmente, a veces por que Gurdjiéff no losquería ahí,a veces debido a sus propias actitudes y sentimientos acerca de él, comohombre.Durante los dos años que yo había permanecido ahí,me había dado cuenta de y,ciertamente, me había aferrado al sentimiento y la creencia de que Gurdjiéff no podíahacer nada malo; de que todo lo que hacia tenía un propósito, era necesario, importante,correcto. Hasta entonces, no había tenido que tomar por mi mismo ninguna decisióncon respecto a el. Pero llegó el tiempo en que empece a verlo a través de mi propiaeducación, con mis valores adquiridos subconcientemente y empece a hacer algunosintentos de evaluar al hombre, a los estudiantes, a la escuela. Aparecieron asi un grannúmero de preguntas, la mayoría sin respuesta.? Que era el poder de este hombre cuya palabra era ley, quien sabia mas que nadie,quien tenía un dominio absoluto sobre sus discípulos ? No había dudas en mi mentecon respecto a mi relación personal con el. Lo amaba, había ocupado el lugar de mispadres y tenía una autoridad indiscutible sobre mi; por mi parte había una devota lealtady mi afecto. aún asi, era obvio que mucho del efecto que producia en mi y su podersobre de mi, se debía a los sentimientos de otros (sentimientos de reverencia y respeto)y a mi deseo natural de conformarme. Por otra parte, mis sentimientos personales deadmiración y respeto eran menos importantes que el miedo que le tenía. El miedo llegóa ser indudablemente genuino conforme lo conocía más.había sido impresionante, revelador y hasta divertido verlo de cerca, cuando reducia auna persona a pulpa, como lo había hecho con el Sr. Orage, en mi presencia. ? Pero noera significativo que Orage haya dejado el prieuré y que no haya regresado ? Me habíandicho que estaba enseñando el trabajo de Gurdjiéff en Nueva York, desde entonces, yes posible que lo que Gurdjiéff hizo a Orage haya sido necesario; pero, finalmente, ?quien podría determinar eso ?
  • 80. 80El mismo Gurdjiéff no era de gran ayuda. Una de las cosas inol- vidables que habíadicho y había repetido muchas veces, era que lo que llamamos bién y mal crece igualen el hombre; que la potencialidad de convertirse en un angel o un demonio erasiempre igual. Aunque con frecuencia había hablado de la necesidad de crear o adquiriruna fuerza reconciliante en uno mismo, con el objeto de lidiar con los lados positivo ynegativo o bueno y malo de la propia naturaleza, había declarado también que laguerra no tenía fin; que mientras mas aprendía uno, la vida se hacia, inevitablemente,más difícil.El prospecto parecía ser: mientras más aprendes más duras se pondran las cosas.Cuando se encontraba, ocasionalmente, con protestas contra esa visión terrible delfuturo, respondía invariablemente con la declaración, mas o menos irrefutable, de quenosotros, individualmente o como grupo, eramos incapaces de pensar con claridad, noeramos suficientemente adultos o maduros para juzgar si ese era o no un futuroapropiado y realista para el hombre; mientras que el sabía de lo que estaba hablando. Yono tenía argumentos con que defenderme del cargo de incompetencia que se me hacia;pero tampoco tenía una prueba absolutamente aceptable de su competencia. Su fuerza,su magnetismo, su poder, su habilidad y hasta sabiduria, eran innegables, posiblemente.Pero la combinación de esos atributos o cualidades ? creaban automaticamente lacualidad de hacer un juicio competente ?Es una perdida de tiempo discutir o pelear con gente que esta conven- cida. Laspersonas que se interesaron en Gurdjiéff siempre terminaban por encajar en una de doscategorias: los que estaban a su favor y los que estaban en contra; se quedaban en elprieuré o seguían reuniéndose en sus grupos en Paris, Londres, Nueva York y otrossitios, porque estaban convencidos razónablemente de que tenía algun tipo de respuesta,o bién lo dejaban a él y a su trabajo porque estaban convencidos de que era uncharlatan, un demonio o, por lo menos, que estaba equivocado.Existiendo la buena voluntad del auditorio, Gurdjiéff era increible- mente convincente.Su presencia y su magnetismo físico eran indiscutibles y a veces abrumadores. Eraimposible refutar su lógica, en cuestiones prácticas, y esta nunca estaba coloreada odistorsionada por la emoción; en ese sentido, en los problemas puramente ordinarios dela vida, no había duda de que jugaba limpio. Era un juez considerado y atento cuandotrataba con las situaciones o disputas que aparecen en el proceso de mantener unainstitución como el prieuré; hubiera sido ridículo e ilógico discutir con él o decir que erainjusto.Sin embargo, recordando lo que pasaba por mi mente en esa edad, en cosas como lasexperiencias que tuve con la Sra. Madison, ? que le había hecho él ? ? que efecto tuvoen ella que nos haya premiado por haberla desafiado ? ? porque la había puesto en esaposición de autoridad ? Desde luego, la Sra Madison estaba físicamente presente comouna respuesta a esas preguntas. parecía haberse convertido en un seguidor másconvencido, un discípulo más devoto y, aparentemente, no cuestionaba lo que él lehabía hecho. Pero, ? fué eso una respuesta, al paso del tiempo ? ? Sería, tal vez, sim-plemente una prueba de que la Sra. Madison fué dominada por el magnetismo deGurdjiéff, por su fuerza positiva ?En ese entonces, y no tengo ninguna razón valida para cambiar ese sentimiento uopinión despues de casi cuarenta años, sentía que él buscaba a un individuo o fuerza quepudiera oponersele en forma efectiva. Desde luego, en el prieuré no había tales
  • 81. 81oponentes. Incluso a esa edad, empece a sentir desprecio por la abyecta devoción de susadeptos o discípulos. Hablaban de él entre susurros; cuando no entendían algunadeclaración que él hacia o algo que había hecho, se acusaban a sí mismos, condemasiada rapidez para mi gusto, por no haber tenido la visión suficiente; abreviando,lo adoraban. La atmosfera que se crea, de alguna manera, en un grupo de gentes queadora a un individuo o a una filosofía, me parecía entonces (y lo siento ahora) que llevala semilla de su propia destrucción y, ciertamente, lleva a hacer el ridículo. Lo que medejaba desconcertado era que Gurdjiéff ponía en ridículo a sus seguidores másconvencidos y devotos (atestigue el caso de las damas y el vino famoso). A mi manera,simple e infantil, yo sentía que él era capaz de hacer cualquier cosa, a expensas de quienfuera, solo por diversión; para ver que pasaba.En mi opinión no solo jugaba con sus estudiantes, sino que los juegos estaban cargadosa su favor; jugaba contra personas que él había llamado ovejas en sus caras; personasque, ademas, aceptaban ese término sin protestar. Entre los devotos había unos cuantosque luchaban con el verbalmente, pero a la larga parecían ser los más poseidos oconvencidos; atreverse a bromear con él se convirtió en una prueba de tener ciertaintimidad con el, privilegio que se les concedia por el acuerdo total con las ideas; enningún sentido había rebelion. Los rebeldes no se quedaban en el prieuré a compartirbromas y no se les permitia permanecer para oponerlo o retarlo; la dictadura filosóficano admitía oposición.Lo que empezo a obsesionarme, a los trece, fué una cuestion muy seria y peligrosa, paramí. ? Con que estaba tratando ? No me importaba el hecho de que tal vez estuvieraengañandome tanto como me parecía que lo hacia con los demas; no sabía si lo hacia ono. Pero, de ser ese el caso, yo quería saber porque. No podía negar que me resultabadivertido, siendo un niño, ver como Gurdjiéff exponía a los adultos, para divertirse conellos, pero ? servia eso a un propósito constructivo ?Incluso a esa edad estaba conciente de que el mal podría crear bién. Cuando Gurdjiéffhablaba de moralidad objetiva y moralidad subjetiva, no me quedaba totalmente aoscuras. En el sentido más simple parecía sig- nificar que las costumbres gobiernan a lamoralidad subjetiva, mientras que lo que Gurdjiéff llamaba moralidad objetiva eracuestion de instintos naturales y de conciencia individual. Al discutir sobre moral, élrecomendaba vivir de acuerdo con las costumbres y hábitos de la sociedad en la que unovive (le gustaba mucho la frase Si vives en Roma, vive como los romanos), peroenfatizaba la necesidad de una moral personal, individual y objetiva, basada en laconciencia, mas que en la tradición, las costumbres o la ley. El matrimonio era un buenejemplo de una costumbre moral subjetiva; objetivamente, ni la moral natural ni lamoral individual requerían de ese sacramento.No me sentí muy confundido cuando me entere de que el nombre del primer libro deGurdjiéff era Relatos de Belcebu a su nieto o Una Critica Objetiva e Imparcial delHombre. La idea de que el diablo, o Belcebu, era el que hacia la critica no mesorprendió. Cuando Gurdjiéff declaro que Cristo, Buda, Mahoma y otros profetas comoellos, eran mensajeros de los dioses que finalmente habían FALLADO, pude aceptar lateoría implicita de que ya había llegado el momento de darle su oportunidad al diablo.Como adolescente, no tenía tan buena opinión del mundo como para rechazar elveredicto de Gurdjiéff de que estaba todo enredado o parado de cabeza o, en mi propiaversión de sus palabras, hecho un desastre. Pero, si los profetas mencionados habían
  • 82. 82fallado por alguna razón, ? había alguna seguridad de que Gurdjiéff (o Belcebu) tuvieraéxito ?? Éxito o fracaso de que ? Podía aceptar la teoría de que había algo mal con lahumanidad, pero resistía la declaración, hecha por un individuo, de que él sabíaexactamente lo que estaba mal. Ademas, aceptación no es convicción y para bién dediscutir seriamente una cura, me parecía lógico que uno fuera convencido primero deque existía la enfermedad. ? Se me iba a forzar entonces a formarme una opinión acercade la condición del hombre, para hacer un diagnostico ? No estaba equipado para hacereso, pero no estaba en contra de intentar en esa dirección. La unica respuesta que pudeencontrar, desde luego, fué que no había respuesta.Todas esas especulaciones me llevaban, inevitablemente, de regreso a Gurdjiéff, elhombre. Cuando prescribía un ejercicio como la auto observación, con la metareconocida de conocerse uno mismo, no tenía argumentos de que hablar y él tenía elpeso de toda la religion organizada detrás de él, como él mismo lo había señalado. Talvez la diferencia reside en el método particular y yo no estaba en posición de juzgar losmeritos de su método. Sin embargo, la meta no era nueva.Si tenía que aceptar la premisa de que el hombre es inferior a la naturaleza (y no estabaen posición de negar eso), entonces estaba obligado de inmediato a considerar laposibilidad de que Gurdjiéff, siendo un hombre, no tuviera necesariamente todas lasrespuestas, asumiendo que existan. Su filosofía, como la entendía a esa edad, eraindudablemente atractiva. ? Era algo más que eso ? Todas las ideas místicas sonatractivas para el que busca, por la sencillisima razón de que son místicas o misteriosas,en cierta forma.Esas cuestiones son preocupantes; pueden amenazar la confianza en si mismo, laraison-de-etre completa de un ser humano. Mis dudas y preguntas eran como un nidode circulos concentricos. La razón misma de la vida, de la existencia del hombre, pa-reció reducirse a si podía o no aceptar a Gurdjiéff como el hombre que tenía la clave. Elsimple hecho de vivir en su presencia me hacia imposible retirarme (tal vez no es lapalabra adecuada) a otra creencia o fe en otra religion o teoría de la vida. Me atraia surepudio a la actividad organizada, fuera religiosa, filosófica o hasta práctica, y me atraiamás por el apoyo aparente que daba a la verdad o la acción individual. Pero lo aterradorera el concepto inevitable de la inutilidad de la vida humana, individual y colectiva. Lahistoria de las bellotas en el roble me había impresionado como niño. El concepto deque la vida humana es solo otra forma de organismo, que podría o no crecer, era algonuevo para mí. Pero ? era realmente el trabajo de Gurdjiéff el medio adecuado paraconvertirse en un roble ? ? Estaba yo tratando en realidad con el diablo ? Quien quieraque fuera me gustaba; estaba ciertamente encaprichado con el. aún asi, sigue siendosignificativo que mi único intento serio de suicidio ocurrió ese año. Estaba torturado porlas preguntas que no cesaban de atormentarme, torturado hasta el punto de que ya nopodía evitar hacerlas, continuamente, sin encontrar algun tipo de respuesta. Obviamente,para mí, la unica persona que POdría tener la respuesta, era el mismo Gurdjiéff y como,ademas, era muy probable que fuera el villano, no podía preguntarle directamente. Loque hice fué tomarme una pequeña botella de alcohol de madera. Enfrentando esto, nofué un esfuerzo muy determinado, pero el intento fué en serio, la botella tenía unaetiqueta que decía Veneno y lo creí. El resultado del intento no fué particularmentedramatico. Me dió un mareo muy fuerte y no tuve que usar un emetico.
  • 83. 83El intento se hizo de noche y, cuando vi a Gurdjiéff la mañana siguiente, al traerle suacostumbrado cafe, me dirigio una rapida mirada y me preguntó que estaba mal. Le dijelo que había hecho y también, muy apenado, le dije de mi reacción física inmediata. Enese momento ya no me importaba si era el diablo o no. Su único comentario fué quepara suicidarse exitosamente el esfuerzo debe ser muy sincero. No me preguntó porquelo hice y recuerdo haber tenido la curiosa sensación, mientras nos veíamos uno al otro,de que estabamos siendo completa y desapasionadamente honestos, uno con el otro.
  • 84. 84 CAPÍTULO 28Mis preguntas y dudas acerca del prieuré y del Sr. Gurdjiéff, ob- sesivas como habíansido por un corto tiempo, desaparecieron rapidamente. No me preocupaba eso; me sentíaliviado al regresar a la rutina de trabajo cotidiana. Como si se me hubiera quitado ungran peso de los hombros.Los únicos cambios obvios despues de la muerte de Madame Ostrovsky en la vidageneral del prieuré, fué que Gurdjiéff empezo a hacer viajes frecuentes por periodos devarios dias o de hasta dos semanas cada vez y que cuando estaba en casa había muchosmás huespedes en los fines de semana. Cuando se iba a un viaje, se llevaba hasta a cincoo seis personas con él y casi todos anticipaban la posibilidad de ser seleccionados paraacompañarlo. Se había convertido en una especie de importancia el haber participadoen un viaje a Vichy o a Evian o a cualquier playa popular de las que a él le gustabavisitar. Las razones que daba Gurdjiéff para esos viajes, eran que necesitaba viajar y vera más gente, lo que necesitaba para sus escritos que en ese tiempo hacia, basicamente,en restaurantes y cafes, con frecuencia sentado enmedio de un grupo de gente, tomandocafé y escribiéndo interminablemente. Muchos de los que iban con él participabanactivamente en la traducción de sus escritos a varios lenguajes; ademas, le gustabaviajar con su sequito.En ese tiempo lo vi menos, principalmente por sus frecuentes salidas, pero aún cuandoestaba en el prieuré no tenía tanto contacto privado como el que había tenido antes. Engeneral, esta situación me agradaba ya que, aunque habían cedido mis dudas, en elsentido de que no ocupaban toda mi atención, el miedo que le tenía y la oculta sospechasobre sus motivos había reemplazado en parte mi devoción personal por el, que hastaentonces había sido total. Sin embargo, seguí teniendo una serie de experiencias con el,accidentales o tal vez intencionales.Un dia, cuando se esperaba que llegara de uno de sus viajes, yo estaba trabajando en lacocina, ayudando en la preparación de una de las cenas usuales muy elaboradas que seservian siempre que él regresaba. Cuando movia una gran olla llena de agua hirviendo,de alguna manera vacie parte del contenido en mi cuerpo, principalmente en el brazoderecho. Solte la olla, aullando de dolor y Madame Schernval, cocinera de ese dia, gritopidiendo ayuda y mando a alguien por el doctor. En lugar de este llegó Gurdjiéff, muyinesperadamente. Había llegado más temprano de lo que esperabamos. Sin decir palabray al parecer sin escuchar la explicación casi histérica de Madame Schernval, se acercorapidamente a mi, me jalo hacia la estufa, quito las hornillas de hierro, exponiendo lasrojas brasas. Luego me tomo el brazo y lo mantuvo, con toda su fuerza, sobre el fuegode la estufa, probablemente por solo unos segundos pero que me parecieron unaeternidad. Cuando me solto, dijo muy serio y tranquilo que lo mejor para combatir alfuego era el fuego. De esta manera, dijo, no tendras cicatriz en el brazo. La quemaduraya se ha ido.Estaba asombrado y muy sorprendido, no solo por el doloroso trata- miento, sinotambién por su aparición, totalmente inesperada, precisamente en ese momento.Inevitablemente me pareció que era una de esas ocurrencias predestinadas que no podíaconsiderar meras coincidencias. Madame Schernval me platicó que había tenido unaexperiencia similar con él muchos años antes y sabía que lo que me había hecho era lo
  • 85. 85mejor para una quemada, pero que ella no tenía la fuerza o el coraje para hacerlo.Ambos seguimos impresionados el resto del día y Madame Schernval ciertamente meestimulo a pensar que su aparición en ese momento era, de alguna manera, sobrenatural.Seguimos hablando de eso por varios dias, principalmente porque, como el habíapredicho, no solo no había cicatriz sino que no había dolor ni señas de quemadura.El trato que me daba Gurdjiéff tomo una forma diferente a partir de ese día y, a pesar deque no teníamos contacto personal privado, me parecía que con frecuencia me distin-guía entre los demas, sin que hubiera alguna razón.Unas cuantas semanas despues de la curación de la quemada, prepara- bamos otra vezuna gran cena porque habrian muchos invitados esa noche. El principal era el gendarmeque había descubierto a Gurdjiéff despues de su accidente automóvilístico, unos veranosantes. Cuando llegó, se le instalo en un cuarto suntuoso en el mismo piso que el deGurdjiéff y luego lo presentaron con todos. Gurdjiéff lo elogio y nos dijo cuanto ledebía (y le debiamos nosotros) a ese hombre. Si no hubiera sido por el, Gurdjiéff podríahaber muerto. A su vez el gendarme platicó su versión de la historia. Había quedadomuy impresionado por Gurdjiéff debido a dos cosas especificas que habían ocurrido. Laprimera fué como encontro a Gurdjiéff. Había manejado esa noche de regreso a casa, yafuera de servicio, cuando llegó al lugar en que estaba un carro chocado y, desde luego,se había detenido a investigar el accidente. Lo increíble de eso fué que, aunque estabaherido seriamente, Gurdjiéff se las había arreglado de alguna manera, aparentemente enestado de shock, para salir del carro, sacar de ahi una almohada y una cobija y acostarsea un lado del camino recostado en la almohada y bién tapado con la cobija.Considerando sus heridas, el gendarme no podía creer, a la fecha, que Gurdjiéff hubierahecho eso sin ayuda.La segunda cosa que lo había asombrado fué que, aunque habían pasado casi dos añosdespues de su recuperación, Gurdjiéff se las había arreglado para encontrarlo ypersuadirlo de que viniera al prieuré, como invitado para el fin de semana. Aparente-mente había una razón para que esto asombrara al gendarme, aunque nunca lacomprendí totalmente; el registro del accidente no incluia su nombre o algun dato sobreel. Como sea, se había requerido mucho esfuerzo y persistencia en ese caso y elgendarme se sentía casi incapaz de aceptar el hecho de que alguien se haya tomadotanto trabajo para darle los gracias por algo que, ademas, era solo el desempeño normalde su deber.El gendarme se sento en el sitio de honor en la mesa y Gurdjiéff, al empezar la comida,lleno los vasos de todos con Armagnac (era necesario, era una de sus reglas: hacervarios brindis durante la comida y el siempre llenaba los vasos). El gendarme se rehuso.Su respeto y la amistad que sentía por Gurdjiéff eran ilimitados, dijo, pero era incapazde tomar un licor tan fuerte, lo más que tomaba a veces era un vaso de vino.Gurdjiéff era siempre persistente con las personas que se negaban a brindar con cognac,pero en este caso fué inexorable. Argumento, rogo, hasta suplicó al gendarme quetomara con él y este se rehuso categoricamente, lo más cortesmente que pudo.Finalmente, Gurdjiéff dijo que la cena no podía continuar sin la participación delgendarme en los brindis y, como si tratara de usar otra estrategia, dijo que un hombreque realmente vale debe poder brindar. No hizo caso de las protestas del hombre y dijoque le demostraría que el licor no tenía malos efectos. Este no es un lugar comun, dijo,refiriéndose al prieuré, aqui hay tanta buena voluntad que cualquiera puede tomar sin
  • 86. 86tener malos efectos. Hasta los niños toman aqui. Para demostrar su punto, me llamo asu lado (yo estaba de mesero esa noche).Cuado me pare a su lado, lleno un vaso grande con Armagnac y me dijo en ruso que melo tomara de un trago. Lo hice, aunque nunca había probado un licor tan fuerte. Ya quelo trague me empezaron a salir lagrimas y me ardia la garganta, pero me las arregle parallegar a la cocina en donde la horrorizada cocinera me dijo que comiera mucho pan parasuavizar la garganta. La cocinera era su cuñada y con frecuencia lo criticaba mucho. Medijo con firmeza que solo un hombre loco forzaría a un niño a tomar esa cosa y luegome mando de regreso a mi tarea de mesero. El licor tuvo un efecto tan inmediato en mique, aunque seguía pasando los platos a los huespedes, tamabaleandome alrededor de lamesa y empujando los platos en ella, me sentía mareado y despreocupado. Nunca en mivida había experimentado esa sensación de bienestar y despreocupación. Me parecíaespecialmente cómico cuando me acercaba a Gurdjiéff y él me dirigia su atención.Recuerdo haber tenido una extraña sensación de separación, como si hubiera salido delos confines de mi cuerpo y pudiera verme, como desde lejos, trotando alegrementealrededor de la mesa, con los pesados platos en las manos. Me sentí muy satisfechocuando el gendarme, aparentemente gracias a mi, acepto tomar y brindo varias vecescon Gurdjiéff y los demas invitados. Sentí que todo ocurrió gracias a mi y me felicitepor un gran, aunque indefinido logro.aún asi, a pesar de que me sentía muy bién, la cena parecía inter- minable y me sentímuy aliviado cuando pude irme a la cama, ya muy tarde. Me pareció que había dormidosolo unos minutos cuando escuche el sonido insistente de la chicharra. Me quedeasombrado al ver que era de día y me las arregle para vestirme y responder al inevitablellamado por cafe. Gurdjiéff se rió cuando apareci en su cuarto y me preguntó como mesentía. Le dije que pensaba que aún estaba borracho y le describi como me había sentidoen la noche. Asintió sabiamente y me dijo que el licor me había producido un estadomuy interesante y que si yo podía lograr ese tipo de conciencia de mi estando sobrio,eso sería un logro muy importante. Luego me agradeció por mi papel en su experimentocon el gendarme y dijo que me había seleccionado, especialmente, porque era muyimportante que aprendiera a tomar y supiera a mi edad cuales pueden ser los efectos dellicor. En el futuro, cuando estes borracho, dijo, trata de ver en la misma forma en laque viste anoche. Este puede ser un ejercicio muy bueno para tí y te ayudara también aque no te emborraches.
  • 87. 87 CAPÍTULO 29A fines de ese verano, Tom y yo fuimos seleccionados para ser miem- bros del grupo decinco o seis que acompañarían a Gurdjiéff en su siguiente viaje. Eramos de los primerosniños seleccionados para este honor y esperabamos el día de nuestra partida conanticipación y entusiasmo.No fué sino hasta que ya ibamos en la carretera, cuando Gurdjiéff nos informo queibamos a Vichy, en donde pensaba permanecer varios dias para escribir. Dentro de laprimera hora comprendí rapidamente que viajar con Gurdjiéff no era una experienciacomun. Aunque, hasta donde yo sabia, no teníamos ninguna prisa por llegar a nuestrodestino, Gurdjiéff manejaba su auto como un poseido. Corría a gran velocidad por unascuantas horas y se detenía abruptamente en el café de algun poblado pequeño dondepermaneciamos por dos o tres horas, él escribiéndo incesantemente; o nos deteníamosen cualquier lugar en el campo, a un lado de la carretera y bajabamos grandes canastascon comida y bebidas, almohadas y cobijas y haciamos un tranquilo picnic, durmiendoal final una siesta.Fuera de cualquier falla mecanica, teníamos lo que parecía demasiadas experienciasinnecesarias en el camino. A cualquiera de nosotros se nos asignaba el lugar junto aGurdjiéff, encargado de llevar el mapa abierto con el que debía uno guiarlo. Arrancabael carro despues de decirnos que camino quería tomar y luego aceleraba a la maximavelocidad. El encargado del mapa debía ir viendo las señales para decirle en dondedebía dar vuelta o alguna indicación de ese tipo; pero él se las arreglaba de algunamanera para acelerar antes de llegar a una intersección y casi siempre tomaba el caminoequivocado. Como se rehusaba a regresar, teníamos que guiarlo a partir de la nuevaruta, siguiendo la dirección general de nuestro destino. Inevitablemente iniciaría unalarga discusión, empezando usualmente por maldecir al que llevaba el mapa y despues atodos los demas. Eso parecía tener un propósito, ya que ocurría regularmente, sinimportar quien estuviera sentado a su lado como guía y solo se me ocurría que queríamantenernos agitados y alertas. Aunque llevabamos dos llantas de repuesto, una en cadaestribo, podríamos haber usado más. aún en esos dias, cambiar una llanta ponchada noera una operación muy complicada. Sin embargo, con Gurdjiéff, esto se convertia en unproblema de ingeniería. Cuando se ponchaba una llanta, y eso ocurría con frecuencia,todos teníamos que descender del carro, se asignaban diferentes trabajos a los diversosmiembros del grupo; uno a cargo del gato, otro a quitar la llanta de repuesto, otro aquitar la llanta que debía reemplazarse. Gurdjiéff supervisaba personalmente,usualmente platicando con las personas que no tenían algo que hacer. A ratos se deteníatodo el trabajo y tendríamos largas conferencias acerca de si el gato sostendría al carroen la pendiente especifica de esa parte del camino, cual era la mejor forma de quitar lastuercas, etc. Como Gurdjiéff nunca tenía tiempo para que repararan la llanta en lagasolinera, una vez que se habían usado las dos llantas de repuesto, el problema ya no sereducia a solo a cambiarla; había que quitarla del rin y repararla, proceso que llevabahoras en las que el grupo entero, las mujeres con sus largos vestidos, nos parabamosalrededor del carro, dando consejos e instrucciones. La apariencia del grupo daba a loschoferes la impresión de que nos había ocurrido algo grave y con frecuencia se deteníana ofrecernos ayuda, asi que a veces se nos unia otro grupo que contribuiría a darconsejos, consuelo y, a veces, ayuda física.
  • 88. 88Ademas del riezgo de tener que cambiar una llanta y de que casi constantemente ibamospor el camino incorrecto, no había forma de hacer que Gurdjiéff se detuviera a ponergasolina. Sin importar lo que marcara el medidor, él insistía en que no era posiblequedarse aún sin gasolina, hasta que llegaba el momento inevitable en que el motorempezaba a toser y jalonearse y, aunque Gurdjiéff lo maldijera en alta voz, el carro sedetenía. Como rara vez quedaba en posición adecuada en el camino, era necesario quetodos nos bajaramos y empujaramos el carro a la cuneta y se seleccionaba a uno denosotros para que caminara o pidiera aventon a la estación de gasolina más cercana ytrajera a un mecanico. Gurdjiéff insistía en el mecanico porque estaba seguro de quealgo andaba mal con el carro; no podía ser algo tan simple como que se hubiera acabadola gasolina. Esas paradas eran un fastidio para todos, menos para Gurdjiéff quien, yaque alguien había partido por ayuda, se instalaba comodamente a un lado del camino opermanecía en el carro, segun se sintiera, y se ponía a escribir furiosamente en sucuaderno, murmurando para si y chupando uno de los muchos lapices que llevaba.parecía que Gurdjiéff atraia también obstáculos. Si no nos quedabamos sin gasolina otomabamos el camino equivocado, alcanzaríamos, de alguna forma, a un rebaño decabras o de ovejas. Gurdjiéff seguía a esos animales, a veces golpeándolos ligeramentecon la defensa del carro y siempre sacando la cabeza por la ventana aullandolesgroserías. Nos encontramos un rebaño de vacas durante un recorrido en el que yo iba deguía y esa vez, para mi placer y sorpresa, cuando Gurdjiéff empujaba y maldecía a unavaca, esta se detuvo enfrente del carro, se le quedo viendo siniestramente, levanto lacola y baño el cofre del carro con un chorro de abono líquido. Parece que también aGurdjiéff le pareció que esto era particularmente hilarante y rapidamente detuvo el carropara descansar, a un lado del camino, poniéndose a escribir, mientras que nosotros noslas arreglabamos para limpiar el carro.Otro hábito de Gurdjiéff que complicaba estos viajes era que, despues de detenersevarias veces durante el día a comer, descansar, escribir, etc., nunca se detenía por lanoche hasta que era tan tarde que la mayoría de las posadas u hoteles ya habían cerrado,para cuando él decidía que era hora de cenar y dormir. Esto implicaba siempre quealguno de nosotros (todos aborreciamos eso), tendría que bajar del carro y tocar en lapuerta de algun hotel o posada del campo hasta que pudiera despertar al propieta- rio y,frecuentemente, al pueblo entero. Tal vez solo para hacer mayor la confusión, ya quehabía despertado el propietario del local, Gurdjiéff se inclinaba sobre el automóvil, gri-tando instrucciones, usualmente en ruso, acerca del número de cuartos y las comidasque serían necesarios y todas las demas instrucciones que se le venían a la mente.Luego, mientras sus acompañantes descargaban montañas de equipaje, usualmente seinvolucraría en una larga serie de complicadas excusas a quien quiera que se hubieradespertado, deplorando, en un francés horrible, la necesidad de haber tenido quedespertarlos, la ineficacia de sus acompañantes, etc., con el resultado de que lapropietaria (casi siempre era mujer) quedaba totalmente encantada con él y nos veía alresto con aversión mientras nos servia una excelente cena. La cena continuaríainterminablemente, desde luego, con largos brindis para todos los presentes,especialmente para los dueños del lugar, ademas de otros brindis por la calidad de lacomida, lo magnifico del lugar o cualquier cosa que se le ocurría.Aunque yo pensaba que el viaje no terminaría jamas, nos las arre- glamos para llegar aVichy, despues de unos dias de ese modo inusual de viajar. Desde luego, llegamos yamuy tarde en la noche y otra vez tuvimos que despertar a mucho personal de uno de los
  • 89. 89grandes hoteles de la playa; al principio, uno de ellos dijo que no tenía cuartos. Sinembargo, Gurdjiéff intervino en ese arreglo y convenció al gerente de que su visita erade extrema importancia. Una de las razones que dió fué que él era Director de unaescuela muy especial para americanos muy ricos y nos llamo a Tom y a mi comoprueba; ambos estabamos muy somnolientos; a mi me presento como el Sr. Ford, hijodel famoso Henry Ford y a Tom como el Sr. Rockefeller, hijo del igualmente famosoJohn D. Rockefeller. Al ver al gerente me pareció que no se estaba tragando toda lahistoria, pero se las arreglo para vernos y dedicarnos con deferencia una sonrisa (eraevidente que estaba cansado también). El problema que había que ajustar era el hechode que, a pesar de la importancia de Gurdjiéff, no había suficientes cuartos para todosnosotros. Gurdjiéff considero seriamente esta información y finalmente diseño unaforma en la que todos podríamos acomodarnos sin que hubiera una mezcla indebida desexos, en los cuartos que habis disponibles. El Sr. Ford o no, termine durmiendo en subaño, en la tina. Acababa de meterme con una cobija en la tina, exhausto, cuando al-guien llegó con un catre que metio con dificultad en el estrecho espacio del baño. Meacoste entonces en el catre mientras que Gurdjiéff, muy regocijado por todas esascomplicaciones, procedio a tomar un largo baño, con agua muy caliente.La estancia en Vichy fué muy tranquila, comparada con nuestro viaje. Solo veíamos aGurdjiéff a la hora de las comidas y nuestro único deber durante nuestra estancia alli,era que deberíamos beber de ciertas aguas especificas que, de acuerdo con el, eran muybeneficas. Dió las ordenes con respecto a eso cuando estabamos en el comedor, paranuestra verguenza, ya que estaba lleno de otros huespedes del hotel que se divertíanmuchísimo. El agua que debía tomar yo era de un manantial llamado Pour les Femmesy era un agua cuyas propiedades eran consideradas extremadamente beneficas para lasmujeres, especialmente si querían quedar embarazadas. Afortunadamente para mí, mepareció que era muy comica la idea de que tomara de un agua que podía inducir lapreñez (me sentía con excelente humor y estaba disfrutando del espectáculo que élhacia). Despues me divertia entreteniéndolo durante la comida, con una relación de lagran cantidad de vasos de agua que había podido tomar en el tiempo en que no lo habíavisto. El se sentía muy complacido con esto y me daba golpecitos en el estomago,tranquilizadoramente y me decía lo orgulloso que estaba de mi. Seguía refiriéndose aTom y a mi como los Sres. Rockefeller y Ford y le plati- caba al jefe de meseros, a estoso incluso a huespedes de mesas cercanas, acerca de su escuela y sus notables alumnos(diciendo que eran sus jovenes americanos que serían millonarios) haciendocomentarios eruditos acerca de las reales propiedades de las aguas de Vichy, que soloél conocía.Para hacer aún más alboroto de nuestra estancia en Vichy, Gurdjiéff conoció a unafamilia de tres rusos: el señor, la esposa y la hija, que tendría poco mas de veinte años.Persuadio al personal del hotel de que reorganizaran las mesas, de manera de que lafamilia rusa pudiera comer con nosotros y nos convertimos, más todavia, en el centro deatracción del hotel, junto con las enormes cantidades de Armagnac que se consumia encada comida y los brindis que hacia para cada individuo asi como para todos los queestabamos en la mesa con el. Me parece ahora que yo solo tenía tiempo para comer lastremendas e interminables comidas (no tenía que brindar), abandonar el comedor ycorrer al manantial Pour les Femmes y consumir enormes cantidades de agua, paraapurarme a llegar de regreso al hotel, para la siguiente comida.
  • 90. 90La familia rusa resulto muy atraída e impresionada por Gurdjiéff u despues de uno o dosdias, había revisado completamente sus hábitos de tomar agua, insistiendo en que susregimenes estaban completamente equivocados, asi que la joven terminó bebiéndo,regularmente, de un agua que llamaban, desde luego, Pour les Hommes (para loshombre). Sin embargo, ella no lo tomo como algo divertido o extraño, sino que escuchoseriamente el largo analisis cientifico de las propiedades de esa agua en particular y depor que ella debía tomarla. Cuando le pregunte acerca de eso, una noche que el sebañaba mientras yo estaba en mi catre, dijo que, como me lo demostraría proximamente,esa muchacha en particular, era muy apropiada para experimentos de hipnotismo.No nos quedamos en Vichy por más de una semana y, cuando llegamos al Prieure, tardeen la noche, despues de un viaje de regreso igualmente angustioso, todos estabamosexhaustos. El único comentario que me hizo el Sr. Gurdjiéff despues del viaje, fué quehabía resultado muy bueno para nosotros y que era una excelente forma de intercambiarideas.
  • 91. 91 CAPÍTULO 30Para la sorpresa de todos en el prieuré, la familia rusa que Gurd- jieff había conocido enVichy acepto su invitación de visitar la escuela. Despues de darles la bienvenidapersonalmente, arreglo que alguien los entretuviera por la tarde y luego se encerro en sucuarto con su harmonio.Esa noche, despues de otro festin, se pidió a los invitados que pasaran al salon principala cierta hora. Entretanto se retiraron a su habitación, mientras que Gurdjiéff nos reuniaen el salon para decirnos que quería explicar, antes de hacerlo, un experimento que iba ahacer con la joven rusa. Nos pidió recordar que ya antes nos había dicho que la hija eraparticularmente hipnotizable, pero esta vez agrego que ella era una de las pocaspersonas que él había conocido que fueran susceptibles a una hipnosis de tipo especial.Describió la forma mas o menos popular de hipnotismo que consistía usualmente enpedir al sujeto que se concentrara en un objeto antes de poder hacer la inducción.Luego dijo que había un método, desconocido en occidente, que se practicaba enOriente. No podía practicarse en occidente por una muy buena razón. La hipnosis sehacia por medio de ciertas combinaciones de tonos musicales y era casi imposibleencontrar a un sujeto que respondíera a la escala de medio tono u occidental, porejemplo a la de un piano ordinario. La susceptibilidad especial de la joven rusa queestaba de visita en el prieuré, con sus padres, era que respondía a la combinación demedios tonos y ese factor es lo resultaba inusual en ella. Si tuviera un instrumento quepudiera producir diferencias audibles de, digamos, dieciseisavos de tono, él podríahipnotizar, en esa forma musical, a cualquiera de nosotros.Pidió entonces al Sr. Hartmann que tocara en el piano una composición que acababa dehacer esa misma tarde, especialmente para la ocasión. La pieza musical llegó a ciertotipo de climax en un acorde particular y Gurd- jieff dijo que cuando se tocara eseacorde, en presencia de la joven rusa, caería inmediatamente en un estado de hipnosisprofunda, en forma completamente inesperada e involuntaria.Gurdjiéff siempre se sentaba en un gran sofa rojo, en un extremo del salon principal,dando cara a la entrada y, cuando vió que la familia rusa se aproximaba, indico al Sr. deHartmann que empezara a tocar, mientras hacia seña a las visitas de que entraran y sesentaran. Indico a la joven que se sentara en una silla que estaba colocada al centro. Ellase sento, de cara a el, y a la vista de todos en el salon, escuchando la musica con muchaatención, como si la conmoviera mucho. En el momento previsto, cuando sono el acordemencionado, se puso completamente flacida y su cabeza cayó contra el respaldo de lasilla.Tan pronto como el Sr. de Hartmann terminó, los alarmados padres corrieron hacia lamuchacha y Gurdjiéff, parado a su lado, les explicó lo que había hecho y, también, queesa era una susceptibilidad muy rara. Los padres se calmaron rapidamente, pero serequirió mas de una hora para lograr que la muchacha recobrara la conciencia, despuesde lo cual estuvo alrededor de dos horas mas en un estado altamente emocional, casihistérico; en ese rato Gurdjiéff designo a alguien para que caminara con ella de un ladoa otro, en la terraza. aún despues de eso, fué necesario que Gurdjiéff pasara gran partede la noche con ella y sus padres, con objeto de persuadirlos de que se quedaran en el
  • 92. 92prieuré por varios dias más y para convencerlos de que no le había hecho ningún dañoirreparable a la muchacha.Aparentemente tuvo éxito completo, ya que aceptaron quedarse y la muchacha hasta loobligo a que la sometiera al mismo experimento dos o tres veces más. El resultado erasiempre el mismo, aunque el periodo de histeria, al recobrar la conciencia, no durabatanto tiempo.Desde luego, se hablo mucho sobre los resultados de esos experimen- tos. Muchospensaban que la muchacha estaba de acuerdo y decían que no había prueba de que notrabajara con el. aún asi, y hasta sin conocimientos medicos, era indudablemente ciertoque ella había sido hipnotizada, con o sin su cooperación. Su trance era completosiempre y nadie podría haber fingido las manifestaciones de histeria absolutamenteincontrolada que resultaban cada vez.Otra vez, no era muy claro el propósito del experimento. Pudo hacerse para dramatizarla existencia de una forma de ciencia desconocida para nosotros, pero también nosparecía a algunos de nosotros que era solo una demostración de la forma en queGurdjiéff jugaba con la gente; ciertamente desperto una serie de preguntas respecto altrabajo de Gurdjiéff, sus metas y sus propósitos. El hecho de que los experimentosparecían demostrar una cierta dosis de poder y conocimiento inusuales, no eranecesario, finalmente, para la mayoría de nosotros. Aquellos que estabamos en elprieuré por decisión propia no necesitabamos tales demostraciones, para saber queGurdjiéff era, por lo menos, un hombre inusual.Los experimentos redespertaron en mi algunas de las dudas acerca de el, pero crearonuna resistencia en mi, más que nada. Lo que empece a encontrar difícil e irritante acercade esas cosas, fué que me llevaban a una situación en la que me sentía perdido. Pormucho que a esa edad me hayan gustado los milagros, o quisiera encontrar razones yrespuestas respecto a la existencia del hombre, yo quería tener una prueba tangible. Elmagnetismo personal de Gurdjiéff era, con frecuencia, prueba suficiente de suconocimiento superior. Podía creer en él porque era suficientemente diferente a otros (aquienes he conocido), como para ser un super hombre convincente. Por otra parte,estaba en duda porque siempre me encontraba de cara con un hecho obvio: cualquieraque se ponga en la posición de ser maestro, en cualquier sentido místico o sobrenatural,tiene que ser algun tipo de fanático, totalmente convencido, totalmente entregado acierto curso de vida y, por ello, opuesto en forma automática a las religiones o filosofíassocialmente aceptadas y reconocidas. No solo era difícil discutir con el, de hecho nohabía nada que discutir. Desde luego, uno podría discutir acerca de cuestiones demétodo o técnica, pero antes de eso era necesario estar de acuerdo en alguna meta opropósito. Yo no tenía objeciones contra su meta de un desarrollo armonioso para lahumanidad. Nada había en esas palabras que alguien pudiera rechazar.Me parecía que la unica respuesta posible tendría que consistir en ver algun tipo deresultado: resultados visibles y tangibles en las per- sonas, no en Gurdjiéff; como habíadicho él era muy convincente. Pero ? y sus estudiantes ? Si habían estado practicando sumétodo para el desarrollo armónico durante varios años, ? no debería de notarse algo enellos ?Excepto por Madame Ostrovsky, se esposa, no podía pensar en otra persona que pudieraimponer respeto por su sola presencia, como lo hacia Gurdjiéff. Algo que tenían encomun muchos de los estudiantes más viejos, era lo que yo consideraba un tipo de
  • 93. 93serenidad afectada. Se las arreglaban para dar la apariencia de compostura y control oserenidad, la mayor parte del tiempo, pero nunca era muy creíble eso. Daban unaimpresión de estar controlados externamente, pero no me parecía que fuera cierto,especialmente porque Gurdjiéff podía facilmente romper ese equilibrio cada vez quedecidía hacerlo, con el resultado de que la mayoría de los estudiantes veteranososcilaban entre un estado de calma exterior y otro de histeria. Su control me parecía serel resultado de represión o supresión (siempre me pareció que esas palabras sonsinonimos), que yo no creía fuera deseable o valiera la pena, como meta, exceptosocialmente. También Gurdjiéff daba con frecuencia la impresión de serenidad, pero ensu caso nunca parecía falsa; en general, él manifestaba cualquier estado que quisieramostrar en un momento dado y usualmente lo hacia por alguna razón. Bién podía unodiscutir su razón y hablar mucho sobre sus motivos, pero al menos había una razón:parecía saber lo que estaba haciendo y tener una dirección; lo que no ocurría con susdiscípulos. Mientras que sus estudiantes parecían intentar elevarse por encima de lastribulaciones de la vida, simulando un desinteres por ellas, Gurdjiéff no manifestabacalma o serenidad, en ningún momento, como si eso fuera una meta en sí misma. Masaun, era muy probable que él cayera en un estado de furia o que se deleitara en unestado aparentemente incontrolado, con actitudes casi animales, a diferencia de susestudiantes. Con frecuencia lo oi mofarse de la seriedad de las personas y decir que,para un ser humano completo, era esencial jugar. Usaba la palabra jugar y ponía deejemplo a la naturaleza; todos los animales sabian el valor de jugar todos los dias; peroel hombre no. parecía ser tan simple como el dicho puro trabajo y nada de juego, hacende Juan solo un niño lerdo; nadie podía acusar a Gurdjiéff de que no jugara. Encomparación, sus estudiantes más viejos eran lúgubres y taciturnos y no eran ejemplosmuy convincentes de un de- sarrollo armónico, si fuera realmente armónico, incluiríaseguramente el humor, la risa, etc., como aspectos de un crecimiento integral.Las mujeres, en especial, no eran de mucha ayuda. Los hombres, por lo menos en losbaños y en la alberca, se entregaban a un humor bajo y mundano y parecían disfrutar desí mismos, pero las mujeres no solo no se entregaban a ningún tipo de humor sino quehasta se vestían para dar la apariencia de discípulos, llevando el tipo de ropa muysuelta que se asocia con la práctica de todo tipo de movimientos. Daban la impresiónexterna de ser sacerdotizas o novicias de alguna orden religiosa. Nada de eso erarevelador o convincente, para un niño de trece años.
  • 94. 94 CAPÍTULO 31Hubo dos agregados a la población usual del prieuré, despues del exodo de losestudiantes del verano, durante el otoño de 1927. Uno de ellos era una mujer, de la querecuerdo solo su nombre, Grace, y el otro era un joven, llamado Sergio. Corrían algunosrumores acerca de ellos. En el caso de Grace, esposa de un estudiante americano quevenía en verano, nos interesaba porque no se había regresado a America con el; ademasera un estudiante muy inusual. Nadie sabía que estaba haciendo en el prieuré, ya quenunca había participado en proyectos de grupo y no se le obligaba a trabajar en la cocinao en la limpieza. Y, aunque nadie cuestionaba su posición o sus privilegios, habíamucha especulación acerca de ella.Sergio era otra cosa. Aunque no recuerdo que Gurdjiéff haya anunciado su llegada alprieuré, todos sabiamos, a través del rumor estudiantil, que estaba libre bajo palabra, deuna prisión francesa; de hecho, el rumor era que esa libertad bajo palabra había sidoarreglada personalmente por Gurdjiéff, como un favor a un viejo amigo. Nadie teníainformación exacta acerca de él; no sabiamos cual había sido su delito (todos los niñosesperabamos que fuera por lo menos tan espeluznante como un asesinato) y el, al igualque Grace, estaba exento también de participar en las funciones regulares de la escuela.Solo veíamos a esos dos estudiantes (si es que lo eran), en las comidas y en el salon, enla tarde. Ademas, Grace hacia frecuentes viajes a Paris, lo que nos parecía muymisterioso ya que casi nadie salia y ademas ignorabamos el motivo.Ambos se convirtieron en dos raras adiciones a nuestro grupo de invierno. A fines delotoño, estando yo de portero, dos gendarmes llegaron custodiando a Grace. En cuantollegaron tuvieron una entrevista con Gurdjiéff y cuando se fueron los gendarmes, Gracese retiró a su habitación y ni siquiera apareció a la hora de la cena. Solo la vimos al díasiguiente, con sus maletas listas, cuando paso por la portería para abandonar el prieuré.Dias despues nos enteramos de que la habían detenido por robo en una tienda de ropa y,de acuerdo con el rumor, había sido necesario que Gurdjiéff garantizara su partidainmediata a America, ademas de pagar una fuerte suma a la tienda. En esa epoca seaclaro también el misterio de su trabajo aislado en el prieuré. Se había pasado el tiempohaciéndose vestidos con los materiales que obtenía en Paris. Siguio siendo tema deconversación por algun tiempo, despues de su partida; había sido nuestro primercontacto con personas delictuosas.Como sabiamos que Sergio era o había sido un criminal, nuestra atención se enfoco enel. Habíamos oido que era hijo de un ruso y una francesa y que tenía algo mas de veinteaños, pero fuera de eso nada sabiamos. No nos proporcionó la satisfacción de hacer algoespectacular, al menos por varias semanas, hasta que, poco antes de Navidad,simplemente desapareció.Notamos por primera vez que se había ido, cuando no se presento al acostumbrado bañoturco de los sábados por la tarde. Ese sábado en particular resultaba inusual en epoca deinvierno, debido a la presencia de muchos invitados que habían llegado de Paris.Aunque se mencionó la ausencia de Sergio en el baño, nadie estaba particularmenteinteresado; no lo considerabamos como un miembro bién integrado al grupo y parecíatener una posición especial que no se definio nunca y que, por ello, daba lugar a quepudiera hacer excentricidades. Como al día siguiente sería domingo, día en que no
  • 95. 95teníamos que levantarnos a las seis de la mañana, no fué sino ya muy tarde, poco antesde la comida de las visitas, que nos enteramos de que varios americanos habían perdidodinero y joyas y que Sergio no aparecía. Hubo muchos comentarios sobre esto a la horade la comida y muchos de los invitados concluyeron, inevitablemente, que habíarelación entre la desaparición de sus cosas y la de Sergio. Solo Gurdjiéff sosteníainflexiblemente que no había relación. Insistía con firmeza y, para nosotrosilógicamente, en que las personas habían puesto sus cosas fuera de lugar y que Sergioreaparecería en el momento debido. A pesar de las argumentaciones y charlas, todos noslas arreglamos para hacer una gran comida y esa vez se bebio más que de costumbre.Para cuando terminamos y Gurdjiéff se disponía a retirarse, los americanos que insistíanen que los habían robado no podían hablar de otra cosa y estaban considerando laposibilidad de llamar a la policía, a pesar de que Gurdjiéff insistía en que Sergio noestaba involucrado.Cuando Gurdjiéff se retiró a su habitación, le pareció natural al grupo de americanossentarse en un pequeño salon y consolarse entre si, tratando de planear que iban a hacery bebiéndo mientras hablaban. Como todos me conocían bién, me enviaron a la cocina atraer hielo y vasos, despues de que sacaron varias botellas de licor, principalmentecognac, de sus carros o de sus cuartos. Por una u otra razón empezaron a insistir en quebebiera con ellos y, como yo sentía que Gurdjiéff se equivocaba acerca de Sergio, igualque ellos, me alegre de unirme al grupo y hasta sentí que era un honor que me invitarana compartir su licor. Para media tarde ya estaba borracho, por segunda vez en mi vida ylo estaba disfrutando mucho. También, para esa hora se habían desvanecido nuestrossentimientos contra Gurdjiéff.Nuestra borrachera fué interrumpida ya entrada la tarde cuando alguien vino abuscarme, anunciando que Gurdjiéff se disponía a partir a Paris en unos minutos y quequería verme. Al principio me rehuse a hacerlo y solo fuí al carro cuando Gurdjiéffenvio a otra persona por mi. Cuando llegué con el, seguido por todos mis compañerosde borrachera, Gurdjiéff nos vió severamente y me dijo que fuera a su habitación poruna botella de Nujol. Me dijo que había cerrado la puerta y que no encontraba su llave yque yo era el único que tenía otra.Yo tenía las manos en los bolsillos en ese momento y me sentía muy valiente y aúnmolesto con el. A pesar de que tenía la llave en la mano le dije, por una razóninexplicable, que la había perdido. Gurdjiéff se enojo mucho, empezo a gritarme acercade mis responsabilidades y que era casi un crimen perder mi llave, todo lo cual hizo másfuerte mi determinación. Me ordenó que fuera a mi cuarto y la encontrara. Sintiendomemuy exhuberante y apretando la llave en mi bolsillo, le dije que iría con gusto a micuarto, pero que sabía que no encontraría la llave porque recordaba haberla perdido esamañana temprano. Me fuí al cuarto y busque, de hecho, en todos los cajones y luegoregrese a decirle que no la había encontrado.Gurdjiéff se enfureció otra vez, diciendo que el Nujol era muy importante, que Madamede Hartmann tenía que tomarlo cuando estaba en Paris. Le dije que podría comprar másen una farmacia. El respondíó, furioso, que como aún quedaba algo en su cuarto nopensaba comprar más y que, ademas, las farmacias cerraban los domingos. Yo dije queaún si había algo en su cuarto no podíamos sacarlo sin su llave o la mia y que ambas sehabían perdido y que si en Fontainbleu había una farmacia de guardia los domingos,seguramente habría una en Paris.
  • 96. 96Todos los espectadores parecían muy divertidos, especialmente el grupo de americanosque habían tomado conmigo, cuando Gurdjiéff y Mme. de Hartmann partieron, furiosos,sin el Nujol.No recuerdo más de esa tarde, excepto que me fuí tambaleando a mi cuarto y me acostea dormir. En la noche me desperte sintiendome mal y la mañana siguiente tuve miprimera experiencia real de lo que es una cruda. Cuando apareci al día siguiente, losamericanos ya se habían ido y yo era el centro de atención de todos. Se me dijo quesería castigado severamente y que lo más probable es que perdiera mi status comoguarda de Gurdjiéff. Sobrio, pero con dolor de cabeza, estuve de acuerdo con eso yempece a esperar con horror la llegada de Gurdjiéff, esa tarde.Cuando llegó, me diirigí al carro como una oveja al matadero. Gurd- jieff no dijo nadainmediatamente y hasta que lleve sus maletas al cuarto y abri la puerta con mi llave, memostro la suya y dijo: Asi que encontraste la llave.Al principio solo dije si. Pero despues de un momento de silencio no pude controlarmey le dije que nunca la había perdido. Me preguntó que en donde estaba cuando él lanecesito el día anterior y le respondí que siempre había estado en mi bolsillo. Sacudio lacabeza, me vió con incredulidad y luego se rió. Dijo que pensaría que hacer conmigo yque me la haría saber más tarde.No tuve que esperar mucho tiempo. Poco despues del crepúsculo me mando llamar a laterraza. Lo encontre ahí y, sin decir palabra, me extendió una mano. La vi y luego volteeinterrogante hacia el. Dame la llave, dijo sin expresión.Tenía la llave en la mano, dentro del bolsillo, igual que el dia anterior y, aunque no dijenada, no se la di. Simplemente me quede viéndolo, silencioso e implorante. Hizo ungesto firme con su mano, también sin hablar y entonces saque la mano, vi la llave y se laentregué. La puso en su bolsillo, se dió la vuelta y se encamino rumbo al baño turco. Mequede parado frente a la terraza, con la mirada fija en su espalda por mucho tiempo,como si no pudiera moverme. Estuve asi hasta que casi desapareció de mi vista yentonces corri a buscar mi bicicleta y sali a toda velocidad siguiendo el camino quehabía tomado. Cuando estaba a pocos metros de él, volteo a verme, me pare, solte labicicleta y me acerque.Nos quedamos viendo en silencio por lo que me pareció mucho tiempo, y luego dijomuy seria y quietamente: ? Que quieres ? Los ojos se me llenaron de lagrimas yextendi la mano. Por favor, deme la llave.Movio la cabeza muy lentamente, pero con firmeza. No.Nunca más hare algo asi, rogue, Por favorPuso su mano en mi cabeza, con una leve sonrisa en la boca. No es importante, dijo, tedare otro trabajo. Pero ahora ya has terminado con la llave. Luego tomo las dos llaves yme las mostro. Ahora tengo dos llaves, tu ves, yo tampoco perdi la mia. Luego se dióvuelta y continuo su paseo.
  • 97. 97 CAPÍTULO 32Los hábitos cotidianos en la vida en el prieuré me ocupaban a tal grado, que pensabapoco en mi familia, excepto cuando recibía carta de mi madre. También, aunque Jane yMargaret se habían establecido permanentemente en Paris, debido a que Jane y yohabíamos llegado al punto de rompimiento de comunicación, rara vez pensaba en ellas.fuí traido repentinamente a la realidad de la existencia de mi madre cuando, a principiosde diciembre de 1927, recibí una carta donde me decía que pasaría la Navidad en Paris.Me alegro mucho la noticia y respondí inmediatamente la carta.Para mi asombro, Jane apareció unos dias despues con el propósito especial de discutirla inminente visita de mi madre. Yo comprendía que, en vista de su derecho legal sobrenosotros, era necesario que nos diera su permiso para visitar a mi madre en Paris y Janehabía venido a considerar si lo daría y también a preguntar su opinión a Gurdjiéff y aver que sentíamos nosotros al respecto.El argumento de Jane de que nuestro serio trabajo en el prieuré sería interrumpido por lavisita de mi madre, no solo me parecía absurdo sino que trajo a flote mis preguntas otravez. Había estado bién dispuesto a aceptar el hecho evidente de que todas las personasconectadas con Gurdjiéff, en el prieuré, eran inusuales; la mera palabra implicabatambién que posiblemente fueran personas especiales, superiores o en cierta formamejores que los que no estaban ahí.Sin embargo, cuando me vi confrontado con la fraseacerca del serio trabajo, me sentí obligado a hacer otro intento de evaluación. Me habíasentido incomodo por mucho tiempo, debido a mi relación con Jane y sin duda erainusual que un guardia legal visitara una escuela y ella y su hijo adoptivo no se hablarandurantes casi dos años, pero esto no parece superior a primera vista. Como no teníamuniciones con que discutir contra sus frases de que yo era imposible o difícil, oambas cosas, había aceptado el veredicto de Jane; pero al escuchar sus argumentosrespecto a la inminente visita, empece a pensar otra vez.Como sus argumentos solo acrecentaron mi terca determinación de pasar Navidad enParis con Lois, Jane insistió en que no solo necesitaba su permiso sino el de Gurdjiéfftambién. Todo eso llevo, naturalmente, a una conferencia con Gurdjiéff, aunqueposteriormente me di cuenta de que solo mi insistencia continua provoco eso.Nos reunimos solemnemente en la habitación de Gurdjiéff y él escucho, como un juezen un tribunal, la larga descripción que hizo sobre su relación y la nuestra para con mimadre y sobre la importancia de Gurdjiéff y el prieuré en nuestras vidas, lo que queríapara nuestro futuro y cosas asi. Gurdjiéff escucho atentamente todo eso, se quedopensando, con rostro serio y luego nos preguntó a Tom y a mi si habíamos escuchadotodo lo que había dicho Jane. Ambos respondímos que si.Luego preguntó, incluso en ese momento pense que muy habilmente, si nos dabamoscuenta de que tan importante era para Jane que permanecieramos en el prieuré. Una vezmás respondímos que si y Tom agrego que el también pensaba que cualquier ausenciainterrumpiría su trabajo.Gurdjiéff me miro interrogante, pero no dijo nada. Yo dije que, excepto por el hecho deque no estaría disponible para trabajar en la cocina o alguna otra tarea, no creía que seextrañara mi presencia y que, ademas, no me daba cuenta de la importancia de
  • 98. 98cualquiera que fuera la cosa que se suponía que estaba yo haciendo en el prieuré. Comoél no dijo nada en respuesta a esto, seguí diciendo que él me había dicho varias vecesque uno debe de honrar a sus padres y me parecía que no honraría a mi madre si merehusaba a verla y que, en todo caso debía yo de deberle muchísimo aunque solo fuerapor el hecho de que, sin ella, no estaría vivo para estar en ningún lugar, incluyendo elprieuré. Habiéndo escuchado todo esto, Gurdjiéff dijo que solo había un problema porresolver: sería difícil para mi madre si solo iba uno de nosotros a verla. Dijo que queríaque tomaramos nuestra decisión en forma honesta e individualmente, pero que eramejor para todos si llegabamos a la misma decisión, sea que no la vieramos o queambos fueramos a visitarla en Navidad.Despues de mucho discutir en su presencia, llegamos a un arreglo que el acepto. Ambosiríamos a Paris a pasar la Navidad con Lois, pero yo permanecería las dos semanas queella iba a pasar ahí y Tom solo iría por una semana que incluiría la Navidad, pero no elAño Nuevo. Dijo que le gustaba esa fiesta en el prieuré y no quería perdersela. Yo dijede inmediato que a mi no me interesaban las fiestas, que lo importante para mi era ver aLois. Para mi gran alegria, Gurdjiéff dió los permisos necesarios, dos semanas para mí,una semana para Tom.Aunque estaba muy contento de ver a mi madre otra vez, no considere esa Navidadcomo un éxito arrollador para nadie. Estaba muy conciente de lo opuesto de lasposiciones de Tom y mia e inevitablemente me acordaba de las diferentes decisionesque tomamos, unos años antes, cuando se trataba de visitar a mi padre y, por el tiempoen que permaneció Tom en Paris, el hecho de que estaba determinado a irse al pasar lasemana, era como una nube que nos ensombrecía a los tres. Y, cuando él se regreso alprieuré, esa nube fué reemplazada por la de la inminente partida de Lois. Hablamosmucho sobre Gurdjiéff y Jane, sobre la adopción y tal vez por primera vez desde quefuimos adoptados, la cuestion cobro importancia otra vez. Por muchas razones, lamayoría de las cuales no recuerdo, era evidententemente imposible que regresaramos aAmerica en esa epoca, pero al discutir sobre la cuestion me di cuenta de que, si me fueraposible salir de Francia y regresar, estaba seguro de que lo haría. Mi relación (o mejordicho mi falta de relación) con Jane, con la que no había hablado por casi dos años,excepto por las discusiones relacionadas con la Navidad, era la razón principal de quequisiera irme. En todo lo demas, a pesar de que Gurdjiéff me desconcertaba confrecuencia, estaba suficientemente agusto en el prieuré. Pero en ese tiempo, al salir otravez la razón por la que vivíamos ahí,puesto el énfasis en el hecho de que Jane eranuestro guardian legal y ante la imposibilidad de poder salir de ahí,enfocando eso todoal mismo tiempo, empece a resentir todo y a todos, tal vez aún más, mi propiaimpotencia. Lois estaba fuera de ese resentimiento por la simple razón de que, en eseentonces, estaba igualmente impotente y nada podía hacer por cambiar la situación.Aunque estaba triste cuando se fué Lois y regrese al prieuré, en otro sentido me sentíaaliviado de la presión de todas las preguntas que habían aparecido. Nada habíacambiado y tenía que aceptar la situación, la que resulto ser mucho menos agonica queel estarme preocupando sobre inutiles intentos de encontrar una salida. aún asi, lasresistencias que se habían manifestado activamente por primera vez esa Navidad, no sedesvanecieron. Estaba decidido a intentar todo lo que pudiera por cambiar la situación,aunque tuviera que esperar a que creciera, lo que, muy inesperadamente en ese tiempo,dejo de parecerme algo que estaba en un futuro distante e impredecible.
  • 99. 99 CAPÍTULO 33La resistencia que se iba despertando a lo que yo consideraba como la trampa en queme encontraba, tenía poco que ver con Gurdjiéff o con el Prieure. Estaba convencido deque si yo fuera un agente libre (lo que desde luego implica, por lo menos, ser adulto), ysi le dijera a Gurdjiéff que quería dejar su escuela, él me diría que me fuerainmediatamente. Con la sola excepción de Rachmilevich, Gurdjiéff nunca pidió o tratode persuadir a nadie de que se quedara en el prieuré. Por el contrario, despacho a muchagente, aún cuando ellos hubieran dado mucho por tener el privilegio de permanecer. Elcaso de Rachmilevitch entraba difícilmente en este punto, ya que se le pagaba porpermanecer ahí,segun Gurdjiéff y solo se le había pedido que se quedara. Por esasrazones no pensaba que Gurdjiéff representara un obstáculo.En mi mente, el verdadero obstáculo era Jane y, como rara vez iba al Prieure y cuandolo hacia era por uno o dos dias, tenía la tendencia a ver a Tom como su representantetangible. La experiencia de la Navidad con nuestra madre y nuestras diferentes actitudesy sentimientos acerca de ello, habían ensanchado la separación de desacuerdos quehabía entre Tom y yo. Gurdjiéff o Jane habían arreglado que compartieramos unahabitación en ese invierno y esa nueva situación, desde luego, no llevo a una mayorarmonía.Durante los años en que crecimos juntos, Tom y yo nos habíamos acostumbrado al usode diferentes armas. Ambos eramos impulsivos e impacientes, pero nos expresabamosde manera diferente. Cuando nos peleabamos, todos nuestros desacuerdos tomabansiempre la misma forma: Tom perdia los estribos e iniciaba la pelea, le gustaba muchoel box y la lucha, y yo desdeñaba la pelea y me concretaba a hacer sarcasmos einvectivas. Ahora, confinados en un mismo cuarto, era como si de pronto noshubieramos encontrado en la extraña posición de ver cambiadas nuestras armas. Unanoche en que persistía en su defensa de Jane y en sus criticas en mi contra, me lasarregle por fin a retarlo a que me pegara y, por primera vez en mi vida, una vez que lohizo (recuerdo que para mi era importante que él diera el primer golpe), le pegué yo contoda mi fuerza y con otra fuerza que parecía haberse desarrollado dentro de mi desde untiempo atrás. El golpe no solo fué muy duro, sino que era totalmente inesperado y Tomse estrello contra el piso de lozeta de nuestra recamara. Quede aterrorizado cuando oi sucabeza golpear contra el suelo y ver que empezaba a sangrar, por la parte de atrás de lacabeza. No se movio inmediatamente, pero cuando se levanto y vi que por lo menosestaba vivo, tome ventaja de mi posición de superioridad en ese momento y le dije quesi discutia otra vez conmigo, lo mataría. Mi colera era genuina y lo que decía era enserio, emocionalmente. El temor momentaneo que sentí cuando se golpeo contra el pisohabía desaparecido en cuanto él se movio y de inmediato me había sentido seguro de miy muy fuerte, como si me hubiera liberado del miedo físico, de una vez por todas.Nos separaron unos dias despues y ya no compartimos la habitación, lo cual fué un granalivio para mí. Pero eso no fué el final. Se había llamado la atención de Gurdjiéff alevento y él me hablo al respecto. Me dijo, seriamente, que yo era más fuerte que Tom,lo supiera o no, y que los fuertes no deben atacar a los debiles; también, que yo debíahonrar a mi hermano en la misma forma que a mis padres. Como en ese tiempo mesentía sensible aún por la visita de mi madre y por las actitudes de Tom, Jane y hasta elpropio Gurdjiéff, le respondí muy enojado que yo no era el que necesitaba consejos de
  • 100. 100honrar a nadie. El dijo luego que la posición no era la misma, Tom era mi hermanomayor, lo que hacia la diferencia. Le dije que el hecho de que fuera mayor significabanada para mí. Entonces me dijo Gurdjiéff, ya enojado, que debía escuchar, para mipropio beneficio, lo que me estaba diciendo y que estaba pecando contra mi Dioscuando me rehusaba a escucharlo. Su enojo solo hizo que creciera el mio y le dije queaún si estaba en su escuela, yo no pensaba que el fuera un Dios y que quien quiera quefuera, no tenía necesariamente la razón siempre y en todas las cosas.Me vió con frialdad y finalmente dijo, calmadamente, que yo lo había malinterpretado sipensaba que él pretendía presentarse como un Dios de algun tipo. sigues pecandocontra TU Dios cuando no escuchas lo que te digo y agrego que, como no lo iba aescuchar, no tenía sentido que me hablara mas de eso.
  • 101. 101 CAPÍTULO 34El único trabajo permanente que se me asigno en la primavera, fué el cuidado de unjardín cerrado, conocido como el Jardín de las Hierbas. Era una pequeña area triangular,ubicada en la sombra, cerca de la zanja que recorría la propiedad y, excepto por el riego,la poda y la limpieza ocasional, había muy poco que hacer ahí.El resto del tiempotrabajaba en los mismos viejos trabajos rutinarios y en los diversos proyectos.Sin embargo, mis asignaciones fueron de menor interés para mi esa primavera que otroseventos y algunos recien llegados. El primer evento excitante del año fué el renacer delcaso de Sergio. Nos enteramos lo que le había pasado, a través de uno de losamericanos que había sufrido las mayores perdidas en lo que todos habíamos llegado apensar como el robo. Cuando los americanos pusieron a la policía en su busqueda yvarios meses despues de el robo, lo habían atrapado en Bélgica y, aunque no se leencontraron los objetos de valor, había confesado el robo a la policía y se habíanencontrado algunas de las joyas en posesión de un arabe, comprador de objetos robados,en Paris. Trajeron a Sergio de regreso y lo metieron en prisión. Gurdjiéff nunca hizocomentarios sobre su incapacidad de rehabilitar a Sergio y los americanos a los quehabían robado pensaban que Gurdjiéff tenía culpa por haberle permitido permanecer enel prieuré. Sin embargo, entre los estudiantes viejos había defensores de Gurdjiéff y esoconsistía en señalar que las joyas y el dinero no eran importantes, especialmente paragente rica, que la vida de Sergio si era de valor y que posiblemente el encarcelamientoarruinaría su vida; que era una lastima que hubieran hecho que entrara la policía en elasunto. Sin embargo, a muchos de nosotros nos parecía que ese razonamiento solo eraun intento por mantener la posición de que Gurdjiéff nunca se equivocaba en nada de loque hacia; la actitud comun de idolatría. Como a Gurdjiéff no le interesó nada de todoel asunto y como Sergio estaba en prisión, pronto perdimos por completo el interés en elcaso.Un corto periodo, a fines de la primavera, se me asigno nuevamente a los prados, nopara podarlos esta vez, sino enderezando y cortando los bordes. Para mi sorpresa, hastame asignaron un ayudante, quien me hizo sentir como un veterano confiable yexperimentado. Me sorprendi aún más cuando encontre que mi ayudante iba a ser unadama americana quien, hasta ese momento, solo había hecho visitas ocasionales alprieuré, en los fines de semana. Esta vez, como me dijo ella, iba a estar por dos semanascompletas, tiempo en el que quería ser parte de la tremendamente importanteexperiencia de trabajar en lo que ella llamaba la cosa real.Apareció a trabajar el primer dia, luciendo muy glamorosa y colorea- da; llevaba unospants de seda anaranjada, una blusa de seda verde, un collar de perlas y zapatos de taconalto. Aunque me divirtió su vestimenta, mantuve una cara perfectamente seria, mientrasle explicaba lo que tenía que hacer; no pude evitar sugerirle que su vestimenta no era deltodo adecuada, pero aún asi no sonreí. No hizo mayor caso de mi sugerencia. Se puso atrabajar, recortando el borde de uno de los prados, ardientemente, explicandome que eranecesario hacer el trabajo con la totalidad del ser y, desde luego, observándose a símismo en el proceso. Estaba usando un tipo raro de herramienta o implemento que nofuncionaba muy bién: era un tipo de cortador de mango largo, con una rueda para cortarde un lado y una pequeña rueda comun del otro. La rueda para cortar, desde luego, sesuponía que debía recortar el borde del prado en linea recta, mientras que la otra rueda
  • 102. 102ayudaba a sostener el equilibrio del aparato y a darle potencia. El uso de ese implementorequería de mucha fuerza para cortar cualquier cosa, ya que la hoja no estaba muyafilada; también, aún cuando la usaba un hombre muy fuerte, era necesario repasar elborde que había sido recortado con ese aparato usando un par de cortadoras de mangolargo y enderezar el borde.Estaba tan interesado en su forma de abordar el trabajo y también en su forma dellevarlo a cabo, que yo mismo no trabaje mucho, sino que me dedique a verla mientrastrabajaba. Caminaba con mucha gracia, inhalando el aire del campo, admirando lasflores y, como lo expreso ella, inmersa en la naturaleza; también me dijo que estabaobservando cada movimiento que hacia mientras trabajaba y que se había dado cuentade que uno de los beneficios de ese ejercicio era que se podía, mediante la prácticacontinua, hacer que cada movimiento del cuerpo fuera armonioso, funcional y, por ello,hermoso. Trabajamos juntos en esto por varios dias y, aunque al final yo tuve querecortar hincado todos los bordes que había trabajado, usando la cor- tadora de mangolargo, disfrute mucho de todo. Había pasado mucho tiempo, para entonces, que había re-chazado la idea de que el trabajo en el prieuré tuviera la intención de producir algunresultado exterior, excepto, claro, en la cocina y entendía que se hacia para el beneficiodel yo o del ser interno. Con frecuencia me había parecido difícil concentrarme en esosbeneficios invisibles y me resultaba mucho más fácil, falto de imaginación y simple,tratar de realizar la tarea física obvia y visible. Era un placer lograr hacer un bordehermoso y derecho al lado del prado o del lecho de flores. No era asi para la dama,quien al darse cuenta, inevitablemente, de que la iba siguiendo y que hacia bién lo queella había dejado mal, me aclaro que en tanto se estuviera beneficiando nuestro yo onuestro ser interno, debido a lo que haciamos, no importaba si nos llevaba añosterminar el trabajo; que, de hecho, no importaba si nunca lo terminabamos.Me cayó muy bién esa dama; ciertamente disfrute de ser su patron temporal y tengoque admitir que lucia muy hermosa en los prados, que, aunque parecía que no lograbanada visible, era muy persistente y se reportaba regularmente a trabajar. También, hastadonde yo sabia, podría estar haciendo un muy buen trabajo en su ser interior. Tuve queadmitir que obviamente había logrado un punto cuando dijo que el resultado final, en elterreno o donde fuera, no era muy importante. Los terrenos eran una evidencia viva deesto; llenos de basura, por decirlo asi, con los proyectos a medio hacer. Todo el trabajode sacar árboles y troncos, la construcción de nuevas hortalizas y hasta la contrucciónde un edificio que quedo incompleto, atestiguaban el hecho de que los resultados físicosparecían no importar.Sentí mucho que terminara nuestro trabajo en los prados y, aunque tenía dudas sobre losbeneficios que hubiera o no recibido en esos pocos dias, había disfrutado mucho de miasociación con ella. Eso me dió un punto de vista mas o menos diferente, acerca de laescuela y su propósito. Mientras que me había dado cuenta de que ningún trabajo seconsideraba importante desde el simple punto de vista de que era necesario hacerlo; que,abreviando, existía otra meta (la producción de fricción entre personas que trabajanjuntas, ademas de otros resultados posibles, menos tangibles y visibles), había asumidotambién que la realización misma de la tarea tenía, por lo menos, algo de valor. En esetiempo, la mayoría de mis trabajos apoyaban esa idea: seguramente importaba, porejemplo, que las gallinas y demas animales fueran alimentados y cuidados; que selavaran las ollas, sartenes y cubiertos en la cocina; que la habitación de Gurdjiéff teníaque ser limpiada realmente todos los dias, con o sin beneficio para mi ser interno.
  • 103. 103Cualquier cosa que pueda haber pensado acerca de todo esto y de ella, la dama se fué,despues de dos semanas y parecía sentirse inmensurablemente enriquecida. ? Eraposible, despues de todo, que ella tuviera razón ? Si no había pasado otra cosa, su visitahabía servido para acrecentar mi necesidad de reexaminar el prieuré y las razones de suexistencia.