Fritz Peters - Mi infancia con Gurdjieff

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Fritz Peters - Mi infancia con Gurdjieff

  1. 1. 1 FRITZ PETERSMI INFANCIA CON GURDJIEFF
  2. 2. 2 CAPÍTULO 1Conocí y hablé por primera vez con Jorge Gurdjiéff en 1924, la tarde de un sábado dejunio, en el Chateau du Prieuré en Fointainebleau Avon en Francia. Aunque las razonesde mi estancia no estaban muy claras para mí (tenía once años de edad), mi recuerdo delencuentro permanece brillantemente claro.Era un día brillante y soleado. Gurdjiéff estaba sentado al lado de una mesa con cubiertade mármol, sombreada con un parasol y daba espalda al chateau, de cara a una granextensión de prados y lechos de flores. Tuve que sentarme un rato en la terraza delchateau, detrás de él, antes de ser llamado a su presencia para una entrevista. De hecho,lo había visto una vez antes, en el invierno anterior, en Nueva York, pero no sentía quelo había conocido. El único recuerdo de esa primera vez es que le había tenido miedo;en parte por la forma en que vió hacia (o a través) de mí y en parte por su reputación.Me habían dicho que era por lo menos un profeta y lo más, algo muy cercano a lasegunda venida de Cristo.Conocer cualquier versión de un Cristo es un acontecimiento y ese tipo de evento noera algo que yo estuviera esperando. Confrontar su presencia no solo no me llamaba laatención, sino que me aterrorizaba.El encuentro en sí, no llegó a la medida de mis temores. Mesías o nó, a mi me parecióun hombre franco y sencillo. No estaba rodeado por ningún halo y, si bién su ingléstenía un fuerte acento, hablaba de una manera mucho más simple que lo que la Bibliame habría hecho sospechar. Hizo un vago gesto en mi dirección, me dijo que mesentara, pidió café y luego me preguntó porque estaba ahí. Sentí alivio al encontrar queparecía ser un ser humano normal, pero me inquieté por la pregunta. Me sentí seguro deque tenía que darle una respuesta importante; que debía tener una excelente razón.Como no la tenía, le dije la verdad: que estaba ahí porque me habían llevado.Luego me preguntó porque quería estar ahí, para estudiar en su escuela. Otra vez loúnico que pude responder es que ello estaba fuera de mi control; no me habíanconsultado; había sido transportado a ese lugar, por así decirlo. Recuerdo el fuerteimpulso que tuve de mentirle y el sentimiento, igual de fuerte, de que no podía hacerlocon el. Me sentía seguro de que él sabía la verdad de antemano. La única pregunta querespondí menos honestamente, fué cuando me preguntó si quería permanecer ahí yestudiar con el. Respondí que si, lo que no era esencialmente cierto. Lo dije porquesabía que se esperaba de mi. Me parece ahora que cualquier niño habría respondidoigual. Lo que fuera que el prieuré pudiera representar para los adultos, (y el nombreliteral de la escuela era El Instituto Gurdjiéff para el Desarrollo Armónico delHombre), yo sentía que experimentaba el equivalente a ser entrevistado por el Directorde una escuela secundaria. Los niños van a la escuela y yo estaba en el acuerdo generalde que ningún niño le diría a su próximo maestro que no quiere ir a la escuela. Lo únicoque me sorprendió es que se me haya preguntado.Gurdjiéff me hizo entonces otras dos preguntas:1. ? Qué crees que es la vida ? y2. ? Qué quieres saber ?
  3. 3. 3Respondí a la primera diciendo: Creo que la vida es algo que se nos da en charola deplata y que a uno le corresponde hacer algo con ella. Esta respuesta provoco una largadiscusión acerca de la frase en charola de plata, incluyendo una referencia de Gurdjiéffa la cabeza de Juan el Bautista. Yo me retracte, sintiendo que me batía en retirada, ymodifique la frase para dar a entender que la vida es un regalo y eso pareciósatisfacerle.La segunda pregunta (? Que quieres saber ?) era más fácil de responder. Mis palabrasfueron: Quiero saberlo todo.Gurdjiéff replicó inmediatamente: No puedes saberlo todo. ? Todo acerca de que ?Yo dije: Todo acerca del hombre y agregué: En inglés se le llama sicología o tal vezfilosofía.Entonces suspiro y después de un breve silencio dijo: Puedes quedarte. Pero turespuesta hace la vida difícil para mí. Yo soy el único que enseña lo que tu pides. Tuhaces que tenga más trabajo.Como mis metas infantiles eran adaptarme y agradar, me sentí desconcertado por surespuesta. La último que yo quería era hacerle la vida mas difícil a alguien; me parecíaque ya era suficientemente difícil. No respondí nada a eso y él continuo diciéndome queademas de aprender todo, tendría también la oportunidad de estudiar temas menorescomo lenguajes, matemáticas, diversas ciencias, etc. También dijo que yo notaría queesa no era una escuela usual: Puedes aprender muchas cosas aquí que no enseñan enotras escuelas. Luego me dió unas palmadas en el hombro, con benevolenciaUso la palabra benevolencia porque su gesto fué de gran importancia para mi en esemomento. Ansiaba la aprobación de alguna autoridad superior. Recibir esa aprobaciónde este hombre al que los adultos consideraban como un profeta, un vidente y/o unMesías y, ademas, en un gesto amistoso tan sencillo, resultaba inesperado yenternecedor. Yo sonreí radiante. Su actitud cambio abruptamente. Golpeo la mesa conuno de sus puños, se me quedo viendo con gran intensidad y me dijo: ? Puedesprometer que harás algo para mí ?Su voz y la forma en que me había visto eran atemorizantes y excitantes, a la vez. Almismo tiempo me sentí acorralado y retado. Le respondí con una palabra, un firme Si.Hizo un gesto en dirección a la extensión de prados que estaba ante nosotros: ? Ves esepasto ? Si. Te doy trabajo. Debes cortar ese pasto, con maquina, cada semana.Mire los prados, el pasto extendiéndose frente a nosotros en lo que me pareció unainfinitud. Sin duda era el prospecto de mayor trabajo que jamas en mi vida hubieracontemplado para una semana. Otra vez dije: Si.Por segunda vez golpeo la mesa con el puño. Debes prometerlo por tu Dios. Su voz eramortalmente seria. Debes prometer que harás esto pase lo que pase.Mire hacia el, interrogante, respetuoso y con temor considerable. Ningún prado, ni esos(había cuatro), me había parecido antes tan importante. Lo prometo, dije consinceridad.No solo prometas. reitero. Debes prometer que lo harás pase lo que pase, sin importarquien quiera evitarlo. Muchas cosas pueden pasar en la vida.
  4. 4. 4Por un momento sus palabras conjuraron una visión de pleitos terribles sobre si podar ono los prados. Pude entrever grandes dramas emocionales que ocurrirían en el futurocon relación a los prados y yo. Prometí otra vez. Yo estaba tan serio como el. Hubieramuerto, de ser necesario, en el acto de podar los prados.Mi sentimiento de dedicación era obvio y él pareció satisfecho. Me dijo que empezara atrabajar el lunes y luego me despidió. Creo que entonces no me di cuenta, es decir, lasensación era nueva para mí, pero me aparte de él con el sentimiento de habermeenamorado; de él, de los prados o de mi mismo, no importaba. Mi pecho se expandiómucho más allá de su capacidad normal. A mi, un niño, una pieza sin importancia en elmundo que pertenecía a los adultos, se me había pedido que llevara a cabo algo queparecía ser vital.
  5. 5. 5 CAPÍTULO 2? Que era El prieuré, que es el nombre que le dábamos la mayoría, o el Instituto para elDesarrollo Armónico del Hombre?A la edad de once años yo entendí que era simplemente cierto tipo de escuela especial,dirigida, como ya lo he dicho, por un hombre que era considerado por mucha gentecomo un visionario, un nuevo profeta, un gran filosofo. El mismo Gurdjiéff lo definióuna vez como un lugar en donde él intentaba, entre otras cosas, crear un pequeño mundoque reproduciría las condiciones de otro más grande, el mundo exterior; siendo elpropósito principal preparar a los estudiantes para una experiencia o una vida humana.En otras palabras, no era una escuela dedicada a una educación común que, en general,consiste en la adquisición de varias facultades, tales como lectura, escritura o aritmética.Una de las cosas más simples que intentaba enseñar, era una preparación para la mismavida.Puede ser necesario señalar aquí, especialmente para beneficio de las personas que hantenido algún contacto con la teoría Gurdjieffiana, que estoy describiendo el Institutocomo lo vi y lo comprendí siendo un niño. No intento definir su propósito o elsignificado que tuvo para los individuos que estaban interesados en o atraidos haciaGurdjiéff, por su filosofía. Para mí era simplemente otra escuela, seguramente muydiferente a las que había conocido, pero la diferencia esencial era que la mayoría de losestudiantes eran adultos. Aparte de mi hermano y yo, el resto de los niños eranparientes, sobrinos, sobrinas, etc. del Sr. Gurdjiéff, o sus hijos naturales. En total noéramos muchos; solo recuerdo a diez.La rutina de la escuela era igual para todos, excepto los más pequeños. El día empezabacon un desayuno a base de café y pan tostado, a las seis en punto. De las siete enadelante, cada individuo trabajaba en la tarea que se le había asignado. La ejecución deesas tareas solo se interrumpía para comer: comida a las doce (usualmente sopa, carne,ensalada y algún tipo de budín dulce); te a las cuatro de la tarde; una cena sencilla a lassiete de la noche. Después de la cena, a la 8:30, había gimnasia o danzas, en lo que sellamaba la casa estudio. Esta rutina era constante seis dais a la semana, excepto lossábados por la tarde, cuando las mujeres iban al baño turco; los sábados al anochecerhabía demostraciones de las danzas, en la casa estudio, ejecutadas por los que lo hacíanmejor, para el resto de los estudiantes y para los visitantes que venían con frecuenciapara los fines de semana. Después de las demostraciones, los hombres iban al bañoturco y al término de este se hacia un festín o comida especial. Los niños noparticipaban en estas cenas como comensales, solo como meseros o ayudantes en lacocina. El domingo era día de descanso.Las tareas asignadas a los estudiantes eran, invariablemente, relativas al funcionamientoen si de la escuela: jardinería, cocina, limpieza, cuidado de los animales, ordeñar, hacermantequilla y casi siempre se hacían como trabajo de grupo. Como supe después, eltrabajo de grupo se consideraba de real importancia: Al trabajar juntas diferentespersonalidades, se producen conflictos humanos subjetivos; esos conflictos producenfricción y la fricción revela características que, si son observadas, podrían revelar alYo. Una de las metas de la escuela era vete a ti mismo como te ven los demás; verse así mismo desde lejos, por así decirlo y ser capaz de criticar a ese Yo en forma objetiva;
  6. 6. 6pero al principio simplemente verlo. Un ejercicio que debería hacerse todo el tiempo,independientemente de la actividad física, era llamado observación de sí mismo uoponer Yo a ello, siendo Yo la conciencia (potencial) y ello el cuerpo, el instrumento.Al principio, antes de que comprendiera alguna de esas teorías o ejercicios, mi tarea y,en cierto sentido, mi mundo, estaba centrado en cortar el pasto, ya que mis prados,como llegué a llamarlos, se hicieron considerablemente más vitales que lo que pudehaber anticipado.Al día siguiente de mi entrevista, el Sr. Gurdjiéff se fué a París. Nos habíamos dadocuenta de que acostumbraba pasar dos dais de la semana en París, acompañadousualmente por su secretaria, Madame de Hartmann y a veces por otros. Esta vez se fuésolo, lo que resultaba extraño.Según recuerdo, no fué sino hasta la tarde del lunes (el Sr. Gurdjiéff se había ido elsábado al atardecer) cuando el rumor de que había tenido un accidente automovilísticose empezó a filtrar hasta los niños de la escuela. Escuchamos primero que había muerto,luego que se había lastimado seriamente y que no podría vivir. La noche del lunes unapersona con autoridad hizo el anuncio formal. No había muerto, pero estaba seriamentelastimado y moribundo en el hospital.Es difícil describir el impacto de tal anuncio. La existencia misma del Institutodependía totalmente de la presencia de Gurdjiéff. El asignaba el trabajo de cadaindividuo y, hasta ese momento, había supervisado personalmente hasta el ultimodetalle de la operación de la escuela. Ahora, la inminente posibilidad de su muerte llevotodo a un estancamiento. Solo pudimos comer regularmente, gracias a la iniciativa dealgunos de los estudiantes más viejos, la mayoría de los cuales habían llegado con él deRusia.Aunque no sabía que iba a pasarme a mi, personalmente, lo que aun permanecíavívidamente en mi mente, era el hecho de que me había dicho que podara los pradospase lo que pase. Era un alivio para mí tener algo concreto que hacer; una tareadefinida que él me había encomendado. También fué la primera vez en que tuve elsentimiento de que a lo mejor si era un ser extraordinario. El me había dicho pase loque pase y su accidente paso. Su mandato se hizo aún más fuerte. Yo estaba convencidode que él sabía de antemano que algo iba a pasar, aunque no necesariamente unaccidente automovilístico.No fuí el único que sintió que su accidente estaba predestinado. El hecho de que se hayaido solo a París (supe que era la primera vez que lo hacia) era prueba suficiente para lamayoría de los estudiantes. En todo caso, mi reacción fué que se hizo absolutamenteesencial podar el pasto; estaba convencido de que, por lo menos en parte, su vida podríadepender de mi dedicación a la tarea que me había encomendado.Esos sentimientos que tenía asumieron una importancia especial cuando, unos días mástarde trajeron al Sr. Gurdjiéff de regreso al Prieuré, a su habitación, que tenía unaventana a mis prados. Se nos dijo que estaba en estado de coma y lo mantenían vivo abase de oxigeno. Iban y venían doctores, a intervalos; se instalaban y quitaban tanquesde oxigeno; una atmósfera de silencio descendió en el lugar; era como si todosestuvieran envueltos en una oración silenciosa y permanente por el.Fué uno o dos días después de su regreso cuando se me dijo (probablemente fuéMadame de Hartmann) que el ruido de la podadora debía cesar. La decisión que me vi
  7. 7. 7forzado a tomar resulto de gran trascendencia para mi. Por mucho que respetara aMadame de Hartmann, no podía olvidar la fuerza con la que él me había hecho prometerque haría mi trabajo. Estábamos parados en el borde del prado, directamente debajo delas ventanas de su cuarto, cuando tuve que darle mi respuesta. No pense por muchotiempo, según recuerdo, y me rehuse con toda la fuerza que tengo. Se me dijo entoncesque su vida podría depender de hecho de mi decisión y seguí rehusándome. Lo que mesorprende ahora es que no se me haya prohibido categóricamente continuar, o aún quese me hubiera reprimido a la fuerza. La única explicación que puedo encontrar a esto, esque el poder que tenía sobre sus discípulos era tal, que ningún individuo estabadispuesto a asumir la responsabilidad de negar totalmente mi versión de lo que él mehabía dicho. En todo caso, no se me reprimió; simplemente se me prohibió podar elpasto. Yo seguí haciéndolo.Este rechazo a la autoridad, nada menos que a la máxima autoridad, fué algomortalmente serio y pienso que lo único que me sostuvo fué la convicción de que elruido de una podadora no podía matar a nadie; también, aunque no tan lógico, sentíaentonces que, inexplicablemente, su vida podría depender de mi ejecución de la tareaque me había dado. Sin embargo, esas razones no me defendían de los sentimientos deotros estudiantes (en esa época había unos ciento cincuenta, la mayoría adultos) queestaban convencidos por igual de que el ruido que yo hacia todos los días, era mortal.El conflicto continuo por varias semanas y cada vez que se reportaba que su condiciónestaba sin cambio, se me hacia más difícil iniciar mi tarea. Recuerdo que todas lasmañanas tenía que rechinar los dientes y superar mi temor por lo que podía estarhaciendo. Mi resolución se fortalecía o se debilitaba por las actitudes de otrosestudiantes. Me encerraron en un ostracismo, me excluyeron de toda actividad; nadie sesentaba conmigo a comer en la misma mesa, si me sentaba en una mesa ocupada todosse iban y no puedo recordar a una persona que me haya hablado o sonreído durante esassemanas, con excepción de unos pocos de los adultos más importantes quienes, de vezen cuando, me exhortaban a que dejara de podar.
  8. 8. 8 CAPÍTULO 3A medio verano de 1924 mi vida estaba centrada en el pasto. Para entonces ya podíapodar el pasto de mis cuatro prados en un total de cuatro días. Las otras cosas que haciano eran importantes: ocupar mi lugar como ayudante de cocina o portero, en la pequeñacaseta de la reja a la que llamábamos portería. Pocas cosas hay que recuerde, ademasdel ruido de esa maquina podadora.Mi pesadilla terminó repentinamente. Una mañana temprano, mientras empujaba lapodadora hacia el frente del chateau, voltee hacia las ventanas del cuarto del Sr.Gurdjiéff. Siempre hacia eso, como si esperara un signo milagroso. Esa mañana enparticular, lo vi por fin. Estaba parado frente a la ventana abierta, viendo hacia mi. Medetuve y lo vi fijamente, inundado de una sensación de alivio. No hizo nada por lo queme pareció un largo rato. Luego, con un movimiento muy lento, llevo su mano derechaa sus labios para hacer un gesto que le era característico (lo que supe después): usandosus dedos índice y pulgar peinaba su bigote, partiendo del centro; después dejo caer sumano a un lado y sonrió. El gesto lo hizo real; sin el, podría haber pensado que la figuraque veía era solo una alucinación o el producto de mi imaginación.La sensación de alivio fué tan intensa que explote en llanto, mientras aferraba lapodadora con ambas manos. Seguí viéndolo, a través de mis lagrimas, hasta que se alejolentamente de la ventana. Entonces empece a podar otra vez. El ruido de la maquina,que resultaba horrible antes, se convirtió en un sonido gozoso para mí. Empuje lapodadora para uno y otro lado, para acá y para alla, con todas mis fuerzas.Decidí esperar a mediodía para anunciar mi triunfo, pero para la hora en que fuí alalmuerzo, me di cuenta de que no tenía pruebas, nada que anunciar y, con lo que ahorame parece una sabiduría sorprendente, no dije una palabra, aunque no podía contener mialegría.Para en la noche todos sabían que el Sr. Gurdjiéff estaba fuera de peligro y la atmósfera,a la hora de la cena, era de gratitud y acción de gracias. La parte que tuve en surecuperación (había llegado a convencerme de que solo yo sería responsable, en parte,de lo que le sucediera) se perdió enmedio del regocijo general. Lo único que ocurrió esque el rechazo que me manifestaban desapareció tan repentinamente como habíasurgido. Si no se me hubiera prohibido, realmente, hacer ruido cerca de su ventana unassemanas antes, habría pensado que todo ocurrió solo en mi cabeza. Para mí fué un golpeel no recibir algún reconocimiento o triunfo.Sin embargo el incidente no quedo cerrado entonces. El Sr. Gurdjiéff apareció unos díasdespués, cuidadosamente vestido y caminando lentamente. Vino a sentarse ante lamesita en la que me había entrevistado por primera vez. Yo estaba, como de costumbre,batallando de un lado a otro con mi podadora. Se sentó ahí, aparentemente ausente detodo lo que le rodeaba, hasta que termine el prado que había estado podando esamañana. Era el cuarto y, gracias al ímpetu que me dió su recuperación, había reducido eltiempo para podar, a tres días. Mientras empujaba la maquina frente a mi, llevándola deregreso al cobertizo donde se guardaba, él volteo hacia mi y me llamo con una seña.Deje caer la podadora y fuí a pararme a su lado. Sonrió, diría otra vez que conbenevolencia y me preguntó cuanto tiempo me llevaba podar los prados. Respondíorgullosamente que podía podarlos en tres días. Suspiro, fijando la vista frente a él en
  9. 9. 9dirección a la extensión de pasto y se puso de pie. Debes poder hacerlo en un día, dijo.Eso es importante.! Un día ! me sentí asombrado y lleno de emociones mezcladas. No solo no se me diócrédito por mi logro; al menos por haber sostenido, a pesar de todo, mi promesa, sinoque prácticamente fuí castigado por ello.Gurdjiéff no presto atención a mi reacción, que debe haber sido visible en mis muecas,sino que puso una mano en mi hombro y se apoyo pesadamente en mi. Esto esimportante, repitió, porque cuando puedas podar los prados en un día, tendré otrotrabajo para tí. Luego me pidió acompañarlo a una área en particular no lejos de ahí,explicándome que no podía caminar bién y por eso me pedía ayuda.Caminamos juntos lentamente y, con dificultad considerable aún con mi ayuda, subimospor un sendero hacia el área que había mencionado. Era una colina inclinada llena derocas, cerca del gallinero. Me mando a un cobertizo de herramienta cercano al gallineroy me pidió le llevara la guadaña. Luego me guío al terreno, retiró su mano de mihombro, tomo la guadaña con ambas manos e hizo un movimiento como si cortara, deun lado a otro. Al verlo sentí que el esfuerzo que hacia era muy grande; temía debido asu palidez y su evidente debilidad. Luego me regreso la guadaña y me dijo que laguardara. Ya que lo hice regrese a pararme junto a él y otra vez se apoyo pesadamenteen mi hombro.Cuando puedas podar todos los prados en un día, este será tu nuevo trabajo. Siega esteterreno cada semana.Voltee a ver la pendiente; la larga hierba, las rocas, los arbustos y los árboles. Tambiénestaba consciente de mi tamaño; era pequeño para mi edad y la guadaña me habíaparecido muy grande. Todo lo que pude hacer fué quedarme viéndolo fijamente,asombrado. Fué solo su mirada, sería y adolorida, lo que me impidió hacer una protestainmediata, con llanto y furia. Solo baje la cabeza y asentí. Luego camine con el,lentamente, de regreso a la casa principal, por las escaleras, hasta la puerta de suhabitación.A los once años la auto compasión no me era ajena, pero lo que había pasado erademasiado para mí. De hecho, la auto compasión ocupaba poco lugar en missentimientos. También sentía ira y resentimiento. No solo no había recibidoreconocimiento, no se me dieron las gracias; había sido castigado, prácticamente. ? Quetipo de lugar era esta escuela y, después de todo, que clase de hombre era él ?Amargamente, pero lleno de orgullo, recordé que regresaría a América en el otoño. Yole enseñaría. ! Todo lo que tenía que hacer era no arreglármelas para podar el pasto enun día !Curiosamente, cuando mis emociones cedieron y empece a aceptar lo que parecía serinevitable, encontré que mi ira y mi resentimiento, aunque seguían ahí, no se dirigíanpersonalmente contra el Sr. Gurdjiéff. Había notado una mirada de tristeza en sus ojoscuando camine con él y me había sentido preocupado por el, por su salud; una vez más,aunque no se me había advertido que era absolutamente necesario que hiciera esetrabajo, sentí que había tomado cierta responsabilidad y que tendría que hacerlo por el.Al día siguiente tuve otra sorpresa. Me mando llamar a su habitación en la mañana y medijo severamente que si era capaz de guardar un secreto ante todos. Al hacerme lapregunta, había una firmeza y una fiereza en su mirada que contradecían la debilidad del
  10. 10. 10día anterior. Le asegure, valientemente, que podía hacerlo. Otra vez sentí un gran reto. !Guardaría el secreto pasara lo que pasara !Me dijo entonces que no quería preocupar a los otros estudiantes y, particularmente a susecretaria, Madame de Hartmann, pero que estaba casi ciego y que yo era el único quelo sabia. Me describió un plan intrigante: había decidido reorganizar todo el trabajo quese hacia en el prieuré. Yo tendría que acompañarlo a todas partes, cargando un sillón; elpretexto para eso sería que aún estaba débil y tendría que descansar a ratos. Sinembargo, la verdadera razón era parte del secreto; yo debería seguirlo porque enrealidad no podía ver por donde iba. Abreviando, yo sería su guía y guarda; me haríacargo de su persona.Sentí que mi recompensa había llegado finalmente; que mi convicción no había sidofalsa y que el mantener mi promesa había sido tan importante como lo había esperado.El triunfo era solitario puesto que no podía compartirlo, pero era genuino.
  11. 11. 11 CAPÍTULO 4Mi nuevo trabajo de carga sillas o, como yo me lo decía de guardián, me tomabamucho tiempo. Se me excuso de todas las tareas, con excepción de los interminablesprados. Podía seguir con mi podadora, pero tenía que hacer la mayor parte antes de queel Sr. Gurdjiéff apareciera en la mañana, o después de que se retiraba a su habitacióncerca del anochecer.Nunca he sabido que había de cierto en su historia de ceguera parcial. Asumí que lo eraporque siempre creía implícitamente en el; parecía que solo podía decir la verdad,aunque su forma de hacerlo no fuera directa siempre. Se me ha sugerido y también lo hepensado, que ese trabajo de carga sillas y guía fué inventado para mí y que invento lahistoria de la ceguera como una excusa. Dudo que haya sido así solo porque esorepresentaría darme una importancia exagerada, algo que no puedo imaginar enGurdjiéff. Ya era suficientemente importante por haber sido seleccionado, sin razonesadicionales.En las semanas siguientes, probablemente un mes, más o menos, cargue esa silla pormillas cada día, siguiéndolo a una distancia respetable. Estaba convencido de su cegueraya que con frecuencia se salia del camino; yo tenía que soltar la silla, correr a su lado,advertirle de cualquier peligro que corriera, como la posibilidad, a veces inminente, decaminar directamente hacia una pequeña zanja que cruzaba toda la propiedad, paracorrer de regreso por la silla para recogerla y seguirlo otra vez.El trabajo que dirigia entonces involucraba a todos en la escuela. Había varios proyectosque se realizaban al mismo tiempo: se construia un camino, lo que implicaba romperrocas con un marro, para darles el tamaño adecuado; limpiar una area boscosa quitandovarios acres de árboles, quitando troncos y raiz con pico y pala. Aparte de ese proyectoespecial, continuaban incesantemente las tareas usuales; jardinería, siembra, cosecha deverduras, cocina, limpieza, etc. Siempre que el Sr. Gurdjiéff inspeccionaba un proyectodado por un rato, yo me unia al trabajo con los demas, hasta que él decidía inspeccionarotro o regresar a la casa.Cerca de un mes despues se me relevo de mi asignación de carga sillas y regrese a mitrabajo regular de podar los prados y a otras ac- tividades: ayudante de cocina una vez ala semana y portero a cargo de abrir la puerta y responder el telefono.Durante el periodo en que tenía que seguirlo, había tenido que ajustar mi tiempo depodar cuando podía, como dije antes y fué con cierta consternación que encontre alregresar a mi actividad normal que, sin esfuerzo perceptible, había llegado a la meta quese me había propuesto; por un tiempo había olvidado la colina que eventualmente debiasegar cada semana. En el momento en que hice ese descubrimiento, una tarde despuesde la hora del te, al terminar el cuarto prado del dia, el Sr. Gurdjiéff estaba sentado enuna banca, no en su mesa, de cara a los prados. Deje a un lado la podadora, me fuí a laterraza y camine desconsoladamente en su dirección. Aunque nunca ame los prados, elprospecto de mi siguiente trabajo me ponía sentimental respecto a ellos. Me detuve auna distancia que considere respetuosa y espere. Estaba dudando si decirle o dejar lascosas para otro dia.
  12. 12. 12Paso un tiempo antes de que volteara hacia mi, como si estuviera molesto por mipresencia y me preguntara con aspereza si se me ofrecía algo. Asenti con la cabeza y mepare a su lado. Dije rapidamente: Sr. Gurdjiéff, ya puedo podar todos los prados en unsolo dia. Me vió frunciendo el ceño, sacudio su cabeza, desconcertado y me dijo: ?Porque me dices eso ?. aún parecía molesto conmigo.Le recorde de mi nueva tarea y luego pregunte, al borde del llanto, si debería empezaral día siguiente.Me vió fijamente durante mucho tiempo, como si no pudiera recordar o hastacomprender lo que yo le decía. Finalmente, con un gesto brusco y afectuoso me jalohacia él y me hizo sentarme a su lado, apoyando su mano en mi hombro. Otra vez mesonrió con esa increíble y distante sonrisa que califique antes de benevolente y dijo,sacudiendo la cabeza: No es necesario trabajar en el campo. Ya has hecho ese traba- jo.Me quede viéndolo, confundido y lleno de alivio. Pero tenía que saber que iba a hacer; ?continuar con los prados ?Penso un rato en ello y luego me preguntó cuanto tiempo más iba a estar ahí.Le dije quese suponía que debía regresar a America, a pasar el invierno, el siguiente mes. Penso enesto y, dando por terminado el asunto como si ya no tuviera importancia, dijo quecontinuara trabajando en grupo en las tareas usuales; jardinería cuando no estuviera encocina o portería. Tendre otro trabajo para tí, si regresas el proximo año, me dijo.Aunque estuve un mes más ese año, a mi me pareció como que el verano terminó en esemomento. El resto del tiempo fué como un vacio: sin eventos ni dramas. Aquellos denosotros, los niños que trabajabamos con adultos en los jardines, podíamos disfrutar dejuegos agradables tales como recoger frutas o legumbres, atrapar grillos, caracoles ybabosas, quitando hierba de aqui o alla con poco interés o devoción por nuestro trabajo.Era un lugar alegre para los niños: vivíamos con seguridad dentro de los limites de unarigurosa disciplina, pero la estructura, excepto por ser casi todo el dia, no resultabapesada para nosotros. Nos las arreglabamos para jugar bastante y hacer nuestras intrigas,mientras los infatigables adultos nos veían indulgentemente, con ojos entrecerra- dos.
  13. 13. 13 CAPÍTULO 5Dejamos el prieuré en octubre de 1924 para regresar a Nueva York y pasar ahí elinvierno. En esa epoca yo era miembro de un grupo familiar muy inusual. Mi hermanoTom y yo vivimos varios años en un mundo extrano y errante. Mi madre, Lois, sedivorcio de mi padre cuando yo tenía unos diez y ocho meses de edad; durante variosaños tuvimos un padrastro, pero en 1923, cuando mi madre fué hospitalizada por casi unaño, Jane Heap y Margaret Anderson (Margaret es hermana de mi madre), se hicieroncargo de nosotros. Ellas eran coeditoras de la notoria, si no famosa publicación LittleReview. Hasta la fecha no estoy seguro de haber comprendido porque Jane y Margaretasumieron esa responsabilidad. Era una extraña forma de paternidad planeada para dosmujeres que, me parecía, no querían tener hijos propios y, desde todo punto de vista,esto era una bendición mixta. Como Margaret no había regresado de Francia connosotros, la verdadera responsabilidad recayó en Jane.Solo puedo describir nuestro hogar como me parecía entonces: Tom y yo ibamos a unaescuela particular en Nueva York; teníamos también varios deberes en casa, ayudar conla comida, lavar trastes, etc., y, a la vez que estabamos expuestos a muchas influenciasinusuales, tenían menos efecto en mi que lo que pudiera esperarse. En un hogar, si esaes la palabra adecuada, en el que se editaba una revista y que era visitadaexclusivamente por artistas, escritores y, a falta de una palabra mejor, intelectuales, melas arregle para vivir mi propia vida privada. La rutina diaria de la escuela, queimplicaba, naturalmente, a otros niños y actividades ordinarias y comprensibles, eramucho más importante para mí que la vida interesante y temperamental que formaba,de hecho, el trasfondo de nuestra vida. El mundo del arte no era un sustituto de lainfancia; incluso la vida familiar con mi madre y mi padrastro era mas normal para mi,que vivir en Nueva York lejos de mi familia que giraba, basicamente, alrededor de mimama.El evento exterior más importante de ese invierno, fué la aparición repentina de mipadre. Jane había decidido, por razones que nunca comprendí plenamente, que ella (o talvez Margaret y ella) debian adoptarnos a Tom y a mi, legalmente. Los procedimientosde adopción fueron la causa de que mi padre regresara a escena, despues de unos diezaños de ausencia total. Al principio no se presento personalmente. Simplemente se nosdijo que no quería la adopción y que quería hacerse cargo de nosotros.Segun lo comprendí entonces, Jane, ayudada por A. R. Orage y otras gentes deGurdjiéff, despues de consultarnos, pudo convencer a mi padre de que permitiera laadopción legal.Fué un invierno aterrador para mí, en varios sentidos. Creo que es imposible que unadulto comprenda los sentimientos de un niño al que se le dice, en un lenguajeperfectamente claro, que puede o no ser adoptado por tal o cual persona. No creo que alconsultar a un niño sobre estas cosas, pueda tener una opinión; naturalmente se aferraraa la situa- ción conocida y relativamente segura. Mi relación con Jane, como la senti yexperimente, era sumamente volatil y explosiva. En ocasiones había mucha emoción yamor entre nosotros, pero precisamente esa inten- sidad emocional era lo que meatemorizaba. Cada vez más caia en la tendencia a cerrarme a todo lo exterior. Para mílas personas eran algo con lo que tenía que vivir, algo que soportar. Vivía solo el mayor
  14. 14. 14tiempo posible, ensoñando en mi propio mundo, anhelando el tiempo en que podríaescapar del mundo, complejo y a veces totalmente incomprensible para mí. Queríacrecer y estar solo; lejos de todos. Debido a ello, casi siempre andaba en problemas. Eraperezoso en mis obligaciones en casa, resentía cualquier demanda que se me hiciera ycualquier tarea que se suponía debía llevar a cabo. Obstinado e independiente debido ami sentimiento de soledad, tenía usualmente problemas y con frecuencia me castigaban.Ese invierno, poco a poco al principio pero con firmeza, empece a despreciar miambiente y a odiar a Jane y a Tom, principalmente porque eran parte de la vida queestaba viviendo. En la escuela iba bién pero, como me resultaba muy fácil,tenía pocointerés en lo que hacia. Mas y más me fuí retirando a un mundo de sueños fabricado pormi mismo.En ese mundo propio había dos personas que no eran enemigos y que se destacabancomo faros brillantes; sin embargo no había forma de comuni- carme con ellas. Eran mimadre y, desde luego, el Sr. Gurdjiéff. ? Porque desde luego ? La simple realidad deGurdjiéff como ser humano, lo que para mi fué una relación sin complicaciones durantelos meses del verano anterior, se convirtió en una tabla de salvación para mí.Cuando se me consulto sobre la posibilidad de ser cuidado por mi padre (quien para míera simplemente otro adulto hostil) exprese en alta voz mi oposición, aunque noesperaba que mis palabras tuvieran algun peso. Mi mayor temor era que no me sentíacapaz de enfrentar otro mundo nuevo, extraño y desconocido. También, y esto era muyimportante enton- ces para mí, estaba seguro de que ese cambio eliminaría todaposibilidad de volver a ver a mi madre o al Sr. Gurdjiéff otra vez.Para complicar las cosas todavia más, mi madre llegó a Nueva York con otro hombre,no mi padrastro y Jane la rechazo sin preambulos. Recuerdo que me permitieronhablarle en las escaleras del departamento; solo eso. Me resulta imposible juzgar ahoralos motivos o propósitos de Jane, en aquella epoca. Estoy convencido de que, en sumente, estaba motivada por las mejores intenciones. Pero el resultado fué que, a partirde ese momento, la considere como un enemigo mortal. Me parece que la relación entreun niño promedio y su madre, especialmente cuando el padre no ha vivido por años conellos, es suficientemente fuerte. En mi caso, era violenta y obsesiva.Las cosas no mejoraron cuando apareció mi padre, en persona, poco antes de laNavidad. Fué una reunion incomoda y difícil; había poca comunicación (hablo solo pormi). No podía comunicarse sin revelar su verguenza, siendo un hombre timido y biéneducado. Una cosa que logro comunicar fué que, antes de que tomaramos una decisiónfinal sobre la adopción, pasaramos un fin de semana con él y su esposa (yo tenía laimpresión de que lo de la adopción era un hecho consumado y que usaban a mi padresolo como una amenaza).Me pareció que lo justo era darle una oportunidad. Si parece que la frase esta dicha asangre fria, solo puedo decir que la mayoría de las decisiones infantiles son asi ylógicas, ademas o por lo menos la mia lo fué. Se tomo la decisión, presumiblementeentre Jane y mi padre (y con el consentimiento de Tom y mio), de que iríamos avisitarlo a Long Island durante una semana.Desde mi punto de vista, la visita fué un desastre. Pudo ser menos molesta si mi padreno nos hubiera avisado casi al llegar que, en el caso de que decidieramos vivir con el, nopodríamos hacerlo en su casa, sino que seríamos enviados a Washington, D. C., con dosde sus tias solteras. Supongo que es inevitable que los adultos deban explicar a los niños
  15. 15. 15los hechos y circunstancias que estan enfrentando. Sin embargo, ese anuncio, hecho sinsentimiento o emoción (no sugirió que nos amaba o nos quería, o que las tias encuestion necesitaran a dos niños en casa), me pareció totalmente ilógico e incluso, alfinal, hilarante. Empece a sentirme aún más solo que antes; como una pieza de equipajeabandonada para la que se necesitaba un lugar donde almacenarla. Como mi gentilpadre parecía estar buscando constantemente nuestra aprobación y siempre estabahaciendonos preguntas, declare firmemente, a los dos dias de estar en su casa, que noquería vivir con él o con sus tias y que quería regresar a Nueva York. Tom se quedo elresto de la semana; yo no. Sin embargo, para poder irme se me puso como condiciónque pensara la posibilidad de regresar en Navidad. Acepte, friamente, considerarlo. Norecuerdo ahora, pero puede ser que haya aceptado sin reservas. Hubiera hecho cualquiercosa por irme de ahí.Hasta Jane, a pesar de que rechazo a mi madre, era terreno familiary lo que yo temia era lo desconocido, lo inusual.De alguna manera paso el invierno. De alguna manera también, aunque tenía pesadillasfrecuentes sobre la posibilidad de no volver a ver el Prieure, se decidio que iríamos en laproxima primavera. Para ese tiempo, Gurdjiéff se había convertido en el único faro en elhorizonte, la unica isla de seguridad en un futuro impredecible y atemorizante.Durante el invierno, la primera pregunta que me hiciera el Sr. Gurdjiéff: ? Porque hasvenido a Fontainebleu ?, asumio una tremenda importancia. Al evocar esos meses,recuerdo como Gurdjiéff asumio un gran valor en mi mente y mi corazón. A diferenciade todos los adultos que conocí, su conducta era absolutamente sensata. Eracompletamente positivo; me había ordenado hacer cosas y yo las había hecho. No mehabía interrogado, no me había obligado a tomar decisiones para las que estabatotalmente incapacitado. Empece a anhelar tener a alguien que hiciera algo tan sencillocomo ordenarme podar un prado, que me hiciera una demanda que fuera realmente unademanda, sin importar que tan incomprensibles fueran sus motivos (despues de todo,todos los adultos son incomprensibles). Empece a considerarlo como el únicoindividuo maduro y lógico que había conocido. Por ser un niño, no estaba preocupadopor, ni quería saber, el porque de la conducta de los adul- tos. Necesitabadesesperadamente y quería por encima de todas las cosas estar bajo una autoridad. Parami edad, una autoridad era cualquier persona que supiera lo que estaba haciendo.Pedirle opinión a un niño de once años, pedirle que tome desiciones vitales sobre sufuturo (y eso parecía haber ocurrido todo el invierno), no solo era imposible decomprender sino también muy atemorizante.Aquella pregunta se convirtió en ? Porque quiero regresar a Fon- tainbleu ? y era muyfácil de responder. Quería regresar y vivir cerca de un ser humano que sabía lo queestaba haciendo; el que yo entendiera o no lo que hacia, no tenía importancia alguna.Sin embargo no deseche la formulación original de la pregunta; una de las razones porla que permanecía viva en mi mente, era que no había tenido nada especifico que haceryendo ahí.Solo podía agradecer a la fuerza (la idea de Dios era muy vaga para mí) queme había permitido estar ahí.Un año antes, el mayor atractivo de ir a Fontainbleu habíasido que teníamos que cruzar el oceano y yo amaba los barcos.En el transcurso del invierno y debido a la importancia que Gurdjiéff había cobrado enmi mente, me sentí fuertemente tentado por el sen- timiento de que mi presencia en eselugar había sido inevitable; como si hubiera habido una lógica mística e inexplicableque había hecho que fuera necesario que yo, personalmente, arrivara a ese lugar en par-
  16. 16. 16ticular y precisamente en ese momento; que había existido un propósito real en el hechode que yo estuviera ahí.El hecho de que en la mayoría de las conversaciones de losadultos que me rodeaban, se asociara a Gurdjiéff con actividades metafísicas, religion,filosofía y misticismo, parecía aumentar la posibilidad de que hubiera habido algun tipode predestinación en nuestro encuentro.Pero a fin de cuentas no sucumbi a la idea de que mi asociación con el estabapredestinada. El recuerdo del mismo Sr. Gurdjiéff era lo que me impedia entregarme atales sueños. Yo no estaba en posición de negar la posibilidad de que fuera clarividente,místico, un hipnotizador o hasta un ser divino. Lo importante es que ninguna de esascosas tenían valor. Lo que importaba es que él era un ser humano positivo, práctico,sensato y lógico. En mi pequeña mente, el prieuré parecía la institución mas sensata detodo el mundo. Como yo lo veía, era un lugar que alber- gaba a un gran número depersonas extremadamente ocupadas en el trabajo físico necesario para mantener suexistencia. ? Que podía ser más sencillo y práctico ? Estaba conciente de que podíahaber otros beneficios por estar ahí.Pero, a mi edad y en mis terminos, solo había unameta y una meta muy sencilla. Ser como Gurdjiéff. Era fuerte, honesto, directo, sincomplicaciones, un individuo libre por completo de tonterías. Podía recordar, con todahonestidad, que me había sentido aterrorizado por el trabajo que implicaba podar losprados; pero me resultaba evidente que una de las razones para ello era mi pereza.Gurdjiéff me hizo que podara los prados. No lo hizo con amenazas, no me prometiopremios por ello, ni me preguntó si quería hacerlo. El me dijo que lo hiciera. Me dijoque era importante y yo lo hice. Un resultado evidente, obvio para mi a los once años,fué que perdi el miedo al trabajo (simple trabajo físico normal). También comprendí,aunque tal vez no intelectualmente, porque no había tenido que segar la colina y porqueél me dijo que ya lo había hecho.El efecto total del invierno de 1924 a 1925 en Nueva York, fué que anhele mi regreso aFrancia. La primera visita había sucedido, como resultado de una cadena de eventosinconexos y sin propósito que resul- taron del divorcio de mi madre, de su enfermedad,de la existencia de Margaret y Jane y de su interes por nosotros. El regreso, en la prima-vera de 1925, parecía predestinado. Yo sentía que, de ser necesario, iría solo.En navidad llegó a su climax mi desencanto e incomprensión de la vida de los adultos.Me converti en algo asi como un hueso por el que se pelean dos perros (asi lo senti). Lalucha de voluntades, al quedar fuera del pleito mi madre, se siguio manifestando entreJane y mi padre, luchando por custodiarnos a Tom y a mi. Ahora estoy seguro de queambos actuaban solo para salvar las apariencias. No puedo creer que ningún bando nosquisiera por alguna razón especial; yo me portaba suficien- temente mal como para noser particularmente deseable. De cualquier manera, había aceptado por lo menosconsiderar la posibilidad de visitar a mi padre en navidad. Cuando llegó la hora, decidírehusarme. La invitación de Jane de pasar una navidad de adulto, glamorosa, conmuchas fiestas, visitas al teatro, etc., fué mi mejor y ostensible pretexto para rehusar lavisita a mi padre. Sin embargo, la verdadera razón siguio siendo la de siempre: tandifícil como pudiera parecerme la relación con Jane, era de cualquier manera mipasaporte para ir con Gurdjiéff y yo hice todo lo posible por lograr algo de armoníaentre nosotros. A ella le agrado mi decisión, no siendo inhumana ni infalible, sintió unaaparente preferencia de mi parte por ella.
  17. 17. 17Mi padre se puso muy triste. No pude comprender porque, si se me había dicho que ladecisión era mia. Vino a Nueva York a recoger a Tom, quien había aceptado pasar lanavidad con el, y me trajo varios regalos. Me sentí apenado con eso, pero, cuando mepidió reconsiderar mi deci- sión, sobornandome en apariencia con los regalos, me sentíherido y furioso. Sentí que la suciedad y la injusticia del mundo adulto se sintetizaba enese acto. Le dije, con lagrimas de furia, que a mi no se me podía comprar y que siemprelo odiaría por lo que me estaba haciendo.Quisiera, en favor de la memoria de mi padre, desviarme lo suficiente como para aclararque estoy totalmente conciente de sus buenas inten- ciones y que me doy cuenta de quefué un terrible golpe emocional el que le produje esa vez. Posiblemente lo que fué mástriste o doloroso para el, fué que no tenía idea de lo que realmente estaba pasando. En sumundo los niños no rechazaban a sus padres.Finalmente terminó el invierno; a la fecha me parece que fué intermi- nable. Peroterminó y mi anhelo por ir al prieuré se intensifico con la llegada de la primavera. Solocuando subi al barco que me llevaría a Francia, pude creer que realmente regresaría. Ysolo al cruzar la reja del prieuré, una vez más, pude dejar de soñar, creer y alimentar miesperanza.Cuando lo vi otra vez, Gurdjiéff puso su mano en mi cabeza; yo levante la vista hacia sufiero bigote y la grande y abierta sonrisa que apareció bajo su calva y brillante cabeza.Me atrajo hacia si, como un gran y calido animal, apretandome afectuosamente con subrazo y su mano, diciendome: Asi que ... ? regresaste ? Lo dijo en forma de pregunta;un poco más que la declaración de un hecho. Lo único que pude hacer fué recargar micabeza contra él y contener mi explosiva alegria.
  18. 18. 18 CAPÍTULO 6El segundo verano, el verano de 1925, fué como venir a casa. Encon- tre, como lo habíasoñado, que nada había cambiado esencialmente. Faltaban algunas personas del veranoanterior y había otras nuevas, pero el ir y venir de individuos era poco importante. Unavez más me absorbio el lugar y me converti en un engrane en el funcionamiento de laescuela. Con excepción del trabajo de podar, que era entonces responsabilidad de otro,me integre a las actividades rutinarias y habituales, junto con todos los demas.Para un niño, la gran sensación de seguridad que daba el Instituto, a diferencia, porejemplo, de un internado, era que de inmediato se sentía uno integrado en el. Puede sercierto que había una meta más alta en el trabajo comun de mantenimiento de la escuela,que es a lo que nos dedicabamos todos, pero, a mi nivel, me hacian sentir que era unpequeño eslabon esencial en el trabajo, independientemente de mi importancia comoindividuo. A todos nos daba la sensación de ser utiles, de valer. Encuentro ahora difícilimaginar cualquier cosa que pueda ser más estimulante para el ego de un niño. Todossentíamos que teníamos un lugar en el mundo; se nos necesitaba por la simple razón deque realizabamos actividades que tenían que hacerse. No haciamos cualquier cosa,como sería estudiar para el propio beneficio, sino que lo que haciamos era parabeneficio de todos.No teníamos lecciones ni aprendíamos nada, en el sentido usual. Sin embargo, siaprendíamos a lavar y planchar nuestra ropa, a cocinar, ordeñar, cortar leña, pulir pisos,pintar casas, reparar techos, remen- dar nuestra ropa y cuidar animales; todo eso ademasde trabajar en grandes grupos para los proyectos mayores: construcción de caminos,limpieza de areas boscosas, siembra y cosecha, etc.Ese verano hubo dos cambios en el Instituto, aunque no los percibi de inmediato. Lamadre de Gurdjiéff había muerto en el invierno, lo que produjo un sutil cambioemocional en la atmosfera del lugar; ella nunca participo en las actividades, perosiempre estabamos concientes de su presencia. El otro cambio, mucho más importante,es que Gurdjiéff empezo a escribir. Apenas había pasado un mes, cuando se anuncio quese haría una reorganización completa del funcionamiento del Instituto y que, paraalarma general, no todos podrían permanecer ahí,ya que Gurdjiéff no tendría el tiempo ola energía necesaria para supervisar personalmente a sus discípulos. Se nos dijo tambiénque en los siguientes dos o tres dias, Gurdjiéff entrevistaría a cada persona y decidiría sise le permitiría quedarse y, en ese caso, le diría que iba a hacer.La reacción general fué parar toda actividad y esperar hasta que se decidiera el destinode cada quien. A la mañana siguiente, despues del desayuno, los edificios hacian eco alos murmullos y especulaciones; todos expresaban sus dudas y temores por el futuro.Para muchos de los estudiantes más viejos, el anuncio significaba que la escuela ya notendría valor para ellos, ya que las energías de Gurdjiéff se concentra- rian en susescritos y no en la enseñanza personal. Yo me puse nervioso con tanta especulación yexpresión de temores. Como no tenía idea de lo que Gurdjiéff podría decidir sobre midestino, me pareció más sencillo seguir con el trabajo que tenía asignado: limpieza deterreno y sacar troncos. Muchos habían sido asignados a ese trabajo, pero esa mañanasolo fuimos dos o tres. Para el final del día ya se habían hecho varias entrevistas y sehabía pedido a algunas personas que abandonaran el lugar.
  19. 19. 19Al día siguiente me fuí a trabajar como de costumbre, pero despues de la hora de lacomida me toco turno de ser entrevistado.Gurdjiéff estaba sentado en el exterior, en una banca frente al edificio principal; meacerque y me sente a su lado. Me vió como sor- prendido de que yo existiera. Mepreguntó que había estado haciendo y, en particular, que había hecho desde que se hizoel anuncio. Le respondí y me preguntó entonces si quería permanecer en el prieuré.Desde luego dije que si. Dijo, con sencillez, que le daba gusto, porque tenía un nuevotrabajo para mí. A partir del día siguiente me haría cargo de sus cosas personales; suhabitación, su vestidor y su baño. Me dió una llave, insistiendo firmemente que solo yotendría llave, ademas de él, y me explicó que tendría que tender la cama, barrer, limpiar,pulir, sacudir y, en general, mantener el orden. Cuando cambiara el clima, deberíaencender las chimeneas, cuidando que no se apagaran; una respon- sabilidad adicionalsería que me convirtiera en su serviente o mese- ro, lo que implicaba que si queríacafe, licor, comida o lo que fuera, yo debía llevarselo a la hora que fuera, de día o denoche. Debería instalarse una chicharra en su habitación, para ese propósito.También me dijo que no participaría más en proyectos generales, pero que cubriría lasactividades usuales de cocina y portería, dependiendo del tiempo que necesitara para lalimpieza de su cuarto. Otra actividad nueva sería el cuidado del gallinero; alimentar alos pollos, recoger los huevos, matar a los patos o gallinas que me pidieran, etc.Yo estaba muy orgulloso de haber sido seleccionado como su guarda y el se sonrió antemi gozosa reacción. Me informo, muy seriamente, que la selección se había hecho sinpensarlo; había despedido a la persona que hacia eso y, cuando apareci para laentrevista, se dió cuenta de que yo no era esencial en alguna de las funciones generalesy estaba disponible para ese trabajo. Me sentí avergonzado por mi orgullo, pero nomenos feliz. Seguía sintiendo que era un honor.Al principio no tuve mas contacto que antes con Gurdjiéff. Temprano en la mañanasoltaba a las gallinas, las alimentaba, recogia huevos y los llevaba a la cocina. Para esahora Gurfjieff ya estaba listo para su cafe matutino; se vestía y se sentaba en una de lasmesitas que estaban cerca de la terraza y ahí se pasaba la mañana escribiéndo. Yolimpiaba su cuarto a esa hora, lo cual me llevaba mucho tiempo. La cama era enorme ysiempre estaba en un gran desorden. ! Y el baño ! Lo que podía hacer con su vestidor ysu baño no puede describirse sin invadir su privacidad; solo dire que, físicamente, el Sr.Gurdjiéff vivía como un animal; por lo menos hasta donde pude darme cuenta. Lasimple limpieza de esos dos cuartos era un proyecto mayor, cada dia. A veces eldesorden era tan grande que yo imaginaba grandes dramas nocturnos en el baño y elves- tidor. Con frecuencia pensaba que tenía alguna meta conciente por destruir esoscuartos. En ocasiones tuve que usar una escalera para limpiar las paredes.A medio verano mi tarea de guarda empezo a tomar proporciones real- mente grandes.Debido a que estaba escribiéndo, Gurdjiéff recibía muchas visitas en su habitación;personas que estaban traduciendo sus libros, conforme él escribía, pasandolos al Ingles,Frances, Ruso y posiblemente a otros lenguajes. Me entere de que el original era unacombinación de Armenio y Ruso; porque decía que no podía encontrar un solo lenguajeque le diera la libertad de expresar sus complicadas ideas y teorías. Mi trabajo adicionalera basicamente de mesero; todas las personas que se entrevistaban con Gurdjiéff lohacian en su habitación lo que implicaba servir café y Armagnac y retirar todo despuesde la reunion. Gurdjiéff prefería recostarse en la cama durante esas reuniones. De hecho,
  20. 20. 20excepto al entrar o salir de la habitación, lo recuerdo siempre tendido en la cama. Algotan sencillo como tomar café podía convertirse en un holocausto; habría café por toda lahabitación y en la cama, la que tenía que tenderse con sabanas limpias cada vez.En ese tiempo había rumores, y no estoy en posición para negarlos, de que en esahabitación pasaban muchas cosas, aparte de tomar café y Armagnac. El estado normalde su habitación despues de la noche indicaba que podía haber ocurrido casi cualquieractividad humana ahí.No hay duda de que se vivía en sus habitaciones, en el sentidomás pleno de esa palabra.Nunca he olvidado la primera vez en que me vi envuelto en un inci- dente que fuera masque el desempeño de mis actividades de limpieza de su cuarto. Ese día tuvo undistinguido visitante, A. R. Orage; un hombre bién conocido por todos nosotros yaceptado como un acreditado maestro de la teoría de Gurdjiéff. Despues de la comidaambos se retiraron a las habitaciones de Gurdjiéff y se me pidió llevara el acostumbradocafe. Era tal la estatura de Orage que todos lo tratabamos con gran respeto. No habíaduda sobre su inteligencia, su dedicación y su integridad. Era ademas un hombre calidoy compasivo, por el que sentía un gran afecto personal. Cuando llegué al quicio de lapuerta de la habitación me quede parado dudando, debido a lo violento de unos gritosque daba Gurdjiéff. Toque y, al no recibir respuesta, entre. Gurdjiéff estaba paradocerca de su cama en un estado que me pareció de furia totalmente incontrolada. Estabaenfurecido contra Orage, quien estaba de pie, impasible y muy palido, enmarcado poruna de las ventanas. Tuve que caminar entre los dos para poner la charola en la mesa.Lo hice sintien- dome desollado por la furia de la voz de Gurdjiéff y luego retrocedi,tratando de hacerme invisible. Cuando llegué a la puerta, no pude reprimir el deseo deverlos: Orage, un hombre alto, se veía marchito y arrugado mientras se doblaba en laventana y Gurdjiéff, que no era muy alto, se veía inmenso; una encarnación completa dela ira. Aunque la perorata era en ingles, no podía escuchar las palabras; el flujo de rabiaera demasiado enorme. De pronto, en el espacio de un instante, me dedico una ampliasonrisa; se veía increiblemente pacifico y callado interiormente. Me hizo seña de queme retirara y siguio con su perorata con la misma fuerza de antes. Esto ocurrió tanrapido, que no creo que el Sr. Orage haya notado siquiera el cambio de ritmo.Cuando recien escuche el sonido de la voz del Sr. Gurdjiéff, desde afuera del cuarto,quede horrorizado. Que este hombre, al que yo respe- taba más que a cualquier otro serhumano, pudiera perder el control tan totalmente, fué un golpe terrible para missentimientos de respeto y admiración por el. Cuando pase entre ellos para poner lacharola, solo había sentido piedad y compasión por el Sr. Orage.Ahora, al abandonar la habitación, mis sentimientos se invirtieron completamente. aúnestaba impresionado por la furia que había visto en Gurdjiéff, aterrado por ella. Encierto sentido, estaba más aterrado aun al salir, porque me había dado cuenta de que nosolo no era incontrol- ada, sino que en realidad era totalmente conciente y tenía controltotal de ella. aún sentía lastima por el Sr. Orage, pero estaba conven- cido de que debíahaber hecho algo terrible, a los ojos de Gurdjiéff, que produjera esa conducta. No mepaso por la mente que Gurdjiéff pudiera estar equivocado en ningún sentido. Creía en élcon todo mi ser, en forma absoluta. El no podía hacer algo mal. Por extraño queparezca, y no he podido explicar esto a personas que no lo conocieron personal- mente,mi devoción a él no era fanatica. No creía en él como se cree en un dios. Para mí élsiempre estaba en lo correcto, por razones lógicas y sencillas. Su extraño estilo de vida,
  21. 21. 21incluso cosas como el desorden de sus cuartos, el pedir café a todas horas del día y de lanoche, parecían mucho más lógicas que lo que llaman un modo de vida normal. Todo loque hacia era porque quería o necesitaba hacerlo. Invariablemente se preocupaba por losdemas y los consideraba. Por ejemplo, nunca dejaba de agradecerme y pedirmedisculpas cuando tenía que llevarle cafe, medio dormido, a las tres de la mañana. Sabiainstintivamente que tal consideración era mucho más que una cortesia comun adquirida.Tal vez esa sea la clave; él se interesaba. Siempre que lo veía, siempre que me ordenabaalgo, estaba totalmente atento a mi, completamente concentrado en las palabras que medecía; su atención no variaba cuando yo le hablaba. sabía siempre, con exactitud, lo queyo estaba haciendo y lo que había hecho. Creo que todos sentían, como yo, comorecibían su atención total. No creo que haya algo más halagador en las relacioneshumanas.
  22. 22. 22 CAPÍTULO 7Fué a la mitad de ese atareado verano cuando Gurdjiéff me preguntó, con brusquedad, siaún quería estudiar. Me recordo, con gran sarcasmo, que yo quería aprenderlo todo ypreguntó si había cambiado de opinión. Le dije que no.? Entonces, si no has cambiado de opinión, porque no preguntas ? Respondi,avergonzado e incomodo, que no lo había hecho por varias razones. Una era que ya lehabía pedido aprender y asumia que él no lo había olvidado, otra, que estaba tanocupado escribiéndo y conferencian- do con otros que pensaba no tenía tiempo.Me dijo que tenía que aprender sobre el mundo. Si quieres algo, debes pedir. Debestrabajar. Esperas que yo recuerde por ti; ya trabajo mucho, más de lo que puedassiquiera imaginar; estas mal si esperas que recuerde también lo que tu quieres. Luegoagrego que cometia yo un error al asumir que estaba demasiado ocupado. Si estoyocupado es asunto mio, no tuyo. Si digo que te enseñare, debes recordarmelo, ayudarmepidiéndolo otra vez. Eso muestra que quieres aprender.Acepte mansamente que estaba en un error y pregunte cuando empezaría- mos laslecciones. Esto ocurrió un lunes en la mañana; me dijo que lo buscara en su cuarto a las10 de la mañana siguiente, martes. Al dia siguiente me puse a escuchar trás la puertapara asegurarme de que se había levantado, toque y entre a la habitación. Estaba de pié ala mitad del cuarto, perfectamente vestido. Me vió, como asombrado. ? Quieres algo ?me preguntó, sin rudeza. Le explique que estaba ahí para mi lección. Me vió, como lohabía hecho en otras ocasiones, como si jamas me hubiera visto. ? Se suponía quevinieras esta mañana ? preguntó, como si lo hubiera olvidado por completo. Si,respondí, a las diez de la mañana.Volteo a ver el reloj que tenía junto a la cama. Marcaba las diez con dos minutos y yoya tenía un minuto ahí.Volteo a verme como si mi explicación lo hubiera aliviadomucho.: Recordaba que tenía algo esta mañana a las diez, pero olvide que. ? Porque noestuviste aqui a las diez ?Vi mi propio reloj y le dije que había llegado a las diez en punto.Sacudio la cabeza. Llegaste diez segundos tarde. Un hombre puede morir en diezsegundos. Yo vivo por mi reloj, no por el tuyo. Si quieres aprender de mi, debes estaraqui cuando mi reloj marque las diez en punto. Hoy no hay lección.No discuti con el, pero logre reunir el coraje suficiente para preguntarle si esosignificaba que nunca me daría lecciones. Me despidió con la mano. Claro que habralecciones. Ven el proximo martes a las diez en punto. Si es necesario llega mástemprano y espera; es una forma de no llegar tarde, y agrego con cierta malicia, amenos que estes muy ocupado como para esperar a tu maestro.El siguiente martes llegué a las nueve y cuarto. Salio de la habita- ción en el momentoen que iba yo a tocar, unos cuantos minutos antes de las diez; sonrió y me dijo que sealegraba por mi puntualidad. Luego me pregunto cuanto tiempo había estado afuera. Ledije y él sacudio la cabeza, irritado. Me dijo: la semana pasada te dije que si no estabasocupado podías venir temprano y esperar. No te dije que desperdiciaras casi una hora.Ahora vamonos. Me dijo que trajera un termo con café de la cocina y lo alcanzara en suautomóvil.
  23. 23. 23Recorrimos una corta distancia por un camino estrecho, casi sin trafico y se detuvo.Descendimos y me dijo que me llevara el cafe; él se sento en un árbol caido, cerca delborde del camino. Se había detenido a unos noventa metros de un grupo de trabajadoresque construian un desague de piedra al lado del camino. Su trabajo consistía en acarrearpiedras de uno de dos montones que estaban a un lado, llevandolas a la secciónincompleta del desague, en donde otros las colocaban en el lodo. Los observamos ensilencio, mientras Gurdjiéff fumaba y tomaba cafe. Despues de mucho tiempo, por lomenos media hora, pregunte por fin a que hora sería la lección.Me vió con una sonrisa tolerante. La lección empieza a las diez en punto, dijo. ? Queves ? ? notas algo ?Le dije que había estado observando a los hombres y que lo único extraño que habíanotado era que uno de ellos traia las piedras del monton más lejano.? Porque crees que hace eso ?Dije que no sabia, pero que parecía que se estaba haciendo el trabajo mas difícil ya quetenía que acarrear pesadas piedras desde más lejos. Sería tan fácil tomarlas del montoncercano.Gurdjiéff dijo, es verdad, pero siempre hay que ver todos los lados antes de hacer unjuicio. Este hombre tiene también un breve pero agradable paseo, en la sombra que haya lo largo del camino, cada vez que regresa por más. Ademas, no es estupido, en un díano acarrea tantas piedras. Siempre hay una razón lógica en porque las personas hacenlas cosas de cierta manera; es necesario encontrar todas las razones posi- bles, antes dejuzgar a la gente.El lenguaje de Gurdjiéff, aunque no usaba el tiempo correcto de los verbos, era siemprepreciso y claro sin dejar lugar a dudas. No decía una palabra de mas y siento que eso sedebía en parte a su con- centración, con lo que me forzaba a observar lo que ocurríaalrededor mio, con toda la concentración que me era posible. El resto de la horatranscurrió rapidamente y regresamos al prieuré; él a sus escritos y yo a mi limpieza.debía regresar el siguiente martes para la proxima lección. No estuve pensando en loque aprendi o no; empezaba a comprender que aprender en el sentido de Gurdjiéff, nodependía de resultados obvios o repentinos y que no se podía esperar que hubieraborbotones de conocimiento o comprensión. Empece a tener la sensación de querepartia su conocimiento mientras vivía, indiferente a si se acep- taba o no, o si se usabao no.La siguiente lección fué totalmente diferente a la primera. Se recosto en su cama y medijo que limpiara el resto de la habitación. Me estuvo viendo todo el tiempo, sin hacercomentarios, hasta que encendi la chimenea; era una mañana lluviosa y humeda y elcuarto estaba frio, por lo que despues de prenderla empezo a echar mucho humo.Agregué leña seca y estuve soplando afanoso a las brasas, pero con poco exito. Nosiguio observando mis esfuerzos por mucho rato. Repentinamente se paro, tomo unabotella de cognac, me empujo a un lado y vacio un chorro de cognac en la pequeñaflama; se hizo una gran llamarada y luego se estabilizo. Sin hacer comentarios se fué alvestidor y se arreglo, mientras que yo hacia la cama. Fué hasta que estaba listo para salirdel cuarto cuando me dijo en forma casual: Si quieres un resultado necesa- rio deinmediato, debes usar cualquier medio. Luego sonrió. Cuando no estoy aqui, tienestiempo; no es necesario usar fino Armagnac añejo.
  24. 24. 24Y ese fué el final de la lección. Me llevo el resto de la mañana limpiar el vestidor, al quehabía demolido silenciosamente en unos cuantos minutos.
  25. 25. 25 CAPÍTULO 8Como parte de la reorganización completa de la escuela. el Sr. Gurdjiéff nos dijo queiba a nombrar un director que supervisara a los estudiantes y sus actividades. Nos hizover claramente que ese director debería reportarle regularmente y que asi él seguiríaperfectamente informado de todo lo que ocurría en el prieuré. Sin embargo, su tiemposería dedicado casi totalmente a sus escritos y pasaría mucho más tiempo en Paris.El director resulto ser una tal Sra. Madison, una dama inglesa solterona (como lallamaban los niños), quien hasta entonces había estado a cargo de los jardines de flores.Para la mayoría de los niños siempre había sido una figura un tanto comica. Era alta, deedad indefi- nida, con una forma huesuda y angulosa rematada por algo parecido a unnido sucio de pelo rojizo entrecano. Hasta ese dia, se dedicaba a acechar entre losjardines de flores cargando una palita; se adornaba con listones de rafia amarrados alcinturon que fluian como ondas desde su cintura, al caminar. Asumio la dirección concelo y entusiasmo.Aunque el Sr. Gurdjiéff nos había pedido responder a la Sra. Madison en todo como sise tratara de mi mismo, yo me preguntaba si merecería tal respeto; también sospechabaque no estaría tan bién informado como cuando él mismo supervisaba el trabajo. Decualquier manera, la Sra. Madison paso a ser una figura muy importante en nuestrasvidas. Empezo por imponer una serie de reglas y reglamentos (con frecuencia mepregun- taba si no vendría de una familia de la Armada Inglesa), que eran,ostensiblemente, para simplificar el trabajo y, en general, para intro- ducirprocedimientos eficientes, en lo que llamaba el funcionamiento azaroso de la escuela.Como el Sr. Gurdjiéff estaba fuera casi la mitad de la semana, la Sra. Madison sintióque yo no tenía suficiente que hacer con solo el cuidado del gallinero y la limpieza delas habitaciones. Se me asigno el cuidado de nuestro único caballo y el burro y algo detrabajo en los lechos de flores, bajo la supervisión inmediata y personal de la Sra.Madison. Ademas de esas actividades especificas, estaba sujeto, como los demas, a unagran cantidad de reglas generales. Nadie podía salir de la propiedad sin el permiso de laSra. Madison; nuestras habitaciones debian ser inspeccionadas a intervalos regulares; enfin, debía seguirse una disciplina general de tipo militar.Otro cambio que resulto de la reorganización de la escuela, fué que se descontinuaronlas demostraciones nocturnas de movimientos o danzas. Seguían las clases por la tarde,pero solo duraban una hora y, en raras ocasiones, cuando Gurdjiéff traia visitantes el finde semana, se daban demostraciones. Debido a esto teníamos todas las tardes libres ymuchos de nosotros nos ibamos al poblado de Fontainbleue, una caminata de dos millas.Los niños no teníamos mucho que hacer en el pueblo, excepto ir ocasionalmente al cineo, a veces, a una feria o carnaval del pueblo. Ese pequeño privilegio, que no estabasupervisado (de hecho ni se había mencionado), era muy importante para nosotros.Hasta entonces a nadie le había preocupado lo que hicieramos con nuestro tiempo libre,en tanto estuvieramos presentes y listos para trabajar en la mañana. Nos rebela- moscuando nos vimos confrontados con la orden de que necesitariamos algo asi comopases para poder ir al pueblo y que tendríamos que dar una buena razón para podersalir de los limites de la escuela. No hubo un acuerdo comun para rebelarse o ignoraresa regla en particular. Individualmente nadie la obedeció; nunca se pidió un pase.
  26. 26. 26No solo no pediamos permiso para salir de la propiedad, sino que ibamos al puebloaunque no tuvieramos una razón o ganas de hacerlo. Desde luego no saliamos por la rejadel frente, en donde tenían que enseñarse los pases al que estuviera de portero, sino quesimplemente saltabamos las bardas, al salir y al entrar. No hubo una reacción inmediatade la Sra. Madison, pero pronto nos enteramos de que, aunque no concebia como pudohacerlo, llevaba un registro exacto de las ausen- cias de cada uno. Supimos de laexistencia de ese registro a través del Sr. Gurdjiéff cuando, al regresar al prieurédespues de una ausencia de varios dias, nos anuncio que la Sra. Madison tenía unpequeño libro negro en el que registraba todas las fechorias de los estudiantes.También nos dijo que se reservaba su opinión por el momento, acerca de nuestraconducta, pero nos recordo que había nombrado a la Sra. Madison como directora y quese suponía que debiamos obedecerla. Aunque parecía una victoria técnica para la Sra.Madison, resultaba hueca; nada hizo el para fomentar su disciplina.Mi primer problema con la Sra. Madison apareció debido a las galli- nas. Una tarde,cuando acababa de irse Gurdjiéff a Paris y yo limpiaba su cuarto, me entere por otros delos niños de que mis gallinas, por lo menos varias de ellas, habían encontrado una salidaen el gallinero y que estaban desgarrando alegremente los jardines de flores de la Sra.Madison. Cuando llegué a la escena de destrucción, la Sra. Madison correteaba gallinas,furiosamente, por todo el jardín; juntos nos las arreglamos para regresarlas al gallinero.No se había hecho mucho daño a las flores y, por orden de la Sra. Madison, ayude adejar las cosas como estaban. Luego me dijo que era mi culpa que las gallinasescaparan, debido a que no tenía en orden la cerca; también me prohibio salir delInstituto por una semana. Agrego que si encontraba una gallina en los jardines, lamataría con sus propias manos.Arregle la cerca, pero aparentemente no hice un buen trabajo. Una o dos gallinasescaparon al día siguiente y regresaron a los jardines de flores. La Sra. Madison cumpliosu promesa y retorcio el pezcueso a la primera gallina que pudo atrapar. Como yo mehabía encariñado mucho con las gallinas (tenía una relación personal con cada una yhasta les había puesto nombre) me vengue de la Sra. Madison destruyendo una de susplantas favoritas. Ademas, por pura satisfacción personal, sali de la propiedad y me fuí aFointenbleu.La Sra. Madison me hablo seriamente la siguiente mañana. Dijo que si no podíamosllegar a un entendimiento juntos tendría que llevar el asunto hasta el Sr. Gurdjiéff; quesabía que él no toleraría ninguna burla contra su autoridad. También me dijo que, paraentonces, yo encabezaba la lista de infractores en su librito negro. Mi defensa consistióen decirle que las gallinas eran utiles y el jardín no; que no tenía derecho a matar a migallina. Ella respodió que yo no estaba en posición de juzgar a que tenía o no derecho ytambién que el Sr. Gurd- jieff había hecho claro que deberíamos obedecerla.Como no llegamos a un acuerdo o tregua, el incidente fué llevado a la atención del Sr.Gurdjiéff a su regreso de Paris, al finalizar la semana. En cuanto llegó fué asaltado, pordecirlo asi, por la Sra. Madison y encerrado en su habitación, por largo rato. Si llegué aponerme ansioso durante ese tiempo. Despues de todo, cualquiera que fueran misrazones, la había desobedecido y no tenía seguridad de que el Sr. Gurdjiéff viera lascosas a mi manera.Pidió café ya al atardecer, despues de la cena y cuando se lo lleve me dijo que mesentara. Luego me preguntó como me estaba llevando con la Sra. Madison y si me caia
  27. 27. 27bién. Como no sabía que le había dicho ella, respondi cautelosamente que me llevababién con ella y que suponía que ella tenía razón, pero que el prieuré era muy diferenteestando ella a cargo.Me miro seriamente: ? Diferente como ?, preguntó.respondí que la Sra. Madison imponía demasiadas reglas, que había demasiadadisciplina.No hizo comentarios a esto, sino que me dijo que la Sra. Madison le había platicadoacerca del pleito en los jardines y de que había matado una gallina y quería conocer miversión de la historia. Le dije como me había sentido al respecto y que, en especial,sentía que la Sra. Madison no tenía derecho a matar a la gallina.? Que hiciste con la gallina muerta ? me preguntó.Le dije que la había limpiado y la había llevado a la cocina para que la guisaran.Considero esto, afirmo con la cabeza y dijo que yo debería entender que la gallina nofué desperdiciada despues de todo y que aunque la gallina estaba muerta había sido util,pero la flor muerta que yo había arrancado por coraje, no servia a ningún propósito; porejemplo, no podía servir de comida. Luego preguntó si había arreglado la cerca. Le dijeque la repare una segunda vez despues del segundo escape de galli- nas y dijo que esoestaba bién; luego me mando por la Sra, Madison.fuí por ella, sintiendome alicaido. No podía negar la lógica de lo que me había dicho,pero aún sentía, con resentimiento, que la Sra. Madison no había tenido toda la razón.La encontre en su recamara; ella me dedico una mirada de suficiencia y superioridad yme siguio de regreso a la habitación de Gurdjiéff. Nos dijo que nos sentaramos y luegole dijo a ella que había platicado conmigo acerca del problema de las gallinas y el jardíny que estaba seguro, volteo a verme al decir eso, de que no habría mas problemas.Luego dijo, inesperadamente, que ambos le habíamos fallado. Que mi falla había sidono ayudarlo mediante mi obediencia a la Sra. Madison, ya que él la había puesto acargo, y que ella le había fallado al matar a la gallina, la que, dicho sea de paso, era sugallina; no solo era su gallina sino que ademas era mi responsabilidad, algo que él habíadelegado en mi y que, si bién yo debia mantenerla en el gallinero, ella no tenía derechoa matarla.Luego le dijo a la Sra. Madison que se fuera, pero agrego mientras ella salia que yahabía usado mucho tiempo, teniendo tanto que hacer, dedicado a la discusión de esteasunto de las gallinas y el jardín y que una de las funciones del director, era la dealiviarlo de tales proble- mas sin importancia y que hacen perder mucho tiempo.La Sra. Madison salio del cuarto, antes me había pedido que me quedara, y me preguntósi sentía que estaba aprendiendo algo. Yo me sorprendi con la pregunta y no supe comocontestarla; solo dije que no sabia. Fué entonces, creo, la primera vez que mencionódirectamente una de las metas y propósitos basicos del Instituto. Haciendo a un lado miinsatisfactoria respuesta, me dijo que lo más difícil de lograr, para el futuro, y tal vez lomás importante, era aprender a vivir con las manifestaciones desagradables de losdemas. Dijo que la historia en si que ambos le habíamos platicado era totalmenteirrelevante. La gallina y la planta no importaban. Lo importante era nuestra conducta;que si cualquiera de los dos hubiera estado conciente de su conducta y no simplementereaccionando uno al otro, el problema se hubiera resuelto sin su intervención. Dijo que,
  28. 28. 28en cierto sentido, lo único que había ocurrido es que la Sra. Madison y yo habíamoscedido a nuestra mutua hostilidad. No explicó mas y yo le dije que estaba confundido.Me respodió que tal vez lo comprendería más tarde en mi vida. Luego me dijo quetendría mi lección al día siguiente, aunque no fuera martes y se disculpo por no podermantenerlas en forma regular debido a sus otras actividades.
  29. 29. 29 CAPÍTULO 9Al llegar la siguiente mañana para mi lección, Gurdjiéff se veía muy cansado. Me dijoque había estado trabajando muy duro la mayor parte de la noche; que escribir era untrabajo muy pesado. aún estaba en cama y ahi se quedo todo el tiempo de la lección.Empezo por preguntarme acerca del ejercicio que nos había dado a todos, al que hicereferencia antes como auto observación. Me dijo que era muy difícil de hacer y quequería que yo lo hiciera con mi mayor concentración y lo más constante que me fueraposible. Me dijo que la principal dificultad con este ejercicio, como con la mayoría delos que había dado o daría en el futuro, era que para hacerlos correctamente eranecesario no esperar resultados. En este ejercicio en particular, lo importante era verse así mismo, observar la propia conducta automática, mecanica y reactiva, sin hacercomentarios y sin tratar de cambiarla. Si la cambias, dijo, entonces nunca veras larealidad. Solo veras el cambio. Cuando empieces a conocerte, el cambio vendra opodras hacerlo si quieres, si ese cambio es deseable.Continuo diciendo que este trabajo no solo era muy difícil sino que podía ser muypeligroso para algunas personas. Este trabajo no es para todos, dijo. Por ejemplo, siquieres aprender a ser millonario es necesario que te dediques desde la niñez a esa metay no te desvies. Si quieres ser sacerdote, filosofo, hombre de negocios o profesor, nodebes venir aqui. Aqui solo se enseña la posibilidad de como convertirse en un hombrede un tipo tal que no es conocido en la actualidad, especial- mente en el mundooccidental.Luego me pidió que me asomara por la ventana y le dijera lo que veía. Le dije que desdeesa ventana solo podía ver un roble. ? Y que ves en el roble ?, preguntó. Bellotas, lerespondí.? Cuantas bellotas ?Cuando respondí, muy inseguro, que no sabia, me dijo impaciente: No exacto, no digoeso. ! Adivina cuantas hay !Dije que suponía que había varios miles de ellas.Estuvo de acuerdo y luego me preguntó cuantas de ellas se conver- tirían en robles.Respondí que suponía que solo unas cinco o seis llegarían a ser árboles, tal vez menos.Asintió con la cabeza. Tal vez solo una, tal vez ninguna. Hay que aprender de laNaturaleza. El hombre también es un organismo. La Natura- leza hace muchas bellotas,pero la posibilidad de convertirse en árbol solo existe para algunas. Es lo mismo con elhombre, nacen muchos pero muy pocos crecen. La gente cree que eso es un desperdicio,cree que la Naturaleza desperdicia. Pero no es asi. El resto se convierte en ferti- lizante,regresa a la tierra y crea la posibilidad de nuevas bellotas, nuevos hombres; de vez encuando más árboles, más hombres reales. La Naturaleza siempre da, pero solo daposibilidad. Para convertirse en un roble real o un hombre real, se necesita de esfuerzo.Comprende esto, mi trabajo, este Instituto, no es para fertilizantes. Solo para hombresreales. Pero hay que comprender también que los fertilizantes son necesarios para laNaturaleza. La posibilidad para ser un roble real, un hombre real, depende también deeste fertilizante.
  30. 30. 30Despues de un silencio muy prolongado, continuo: El occidente, tu mundo, hay lacreencia de que los hombres tienen un alma, dada por Dios. No es asi. Nada da Dios,solo la Naturaleza da. Y la Naturaleza solo da la posibilidad de un alma, no da un alma.El alma se adquiere a través de trabajo. Pero, a diferencia de un árbol, el hombre tienemuchas posibilidades. Como existe el hombre ahora, tiene también la posibilidad decrecer por accidente, de crecer incorrectamente. El hombre puede llegar a ser muchascosas, no solo fertilizante no solo hombre real: puede llegar a ser lo que ustedes llamanbueno o malo, cosas que no son propias para el hombre. El hombre real no es bueno nimalo; el hombre real es solo consciente, solo desea adquirir un alma para un desarrolloadecuado.Lo había escuchado, tenso y concentrado y mi único sentimiento, tenía doce añosentonces, era un de confusión e incomprensión. Sentía con cuerpo y emoción laimportancia de lo que estaba diciendo, pero no lo comprendía. Como si se se dieracuenta de ello (que lo hacia, con seguridad), me dijo: "Piensa en lo bueno y lo malocomo en la mano derecha y la izquierda. El hombre siempre tiene dos manos, dos ladosde si mismo, el bueno y el malo. Uno puede destruir al otro El hombre debe tener lameta de hacer que ambas manos trabajen juntas, debe adquirir una tercera cosa: la cosaque hace la paz entre las manos, entre los impulsos de bién y de mal. El hombre que estodo bueno o todo malo, no es un hombre completo, es unilateral. La tercera cosa es laconcien- cia moral; la posibilidad de adquirir la conciencia moral ya existe en el hombreal nacer; esa posibilidad es dada, gratis, por la Naturaleza. Pero solo es una posibilidad.La verdadera conciencia solo puede ser adquirida por medio de trabajo, aprendiendoprimero a comprenderse a si mismo. Incluso tu religion, la religion occidental, tiene lafrase Conocete a ti mismo. Esta frase es la más importante en todas las religiones.Cuando se empieza a conocer a sí mismo se empieza a tener la posibilidad deconvertirse en un hombre genuino. Asi que lo primero que hay aprender es a conocersea sí mismo mediante este ejercicio de auto observación. Si no haces esto, entonces serascomo una bellota que no llega a ser árbol, seras fertilizante. Fertilizante que regresa a latierra y se convierte en posibilidad para un nuevo hombre.
  31. 31. 31 CAPÍTULO 10Como en un proceso de asentamiento, la dirección de la Sra. Madison vinoautomaticamente a convertirse en algo que podíamos tolerar sin mayores dificultades.Había demasiado trabajo ordinario que hacer para mantener la escuela, como para quealguien se preocupara mucho por las reglas y reglamentos o por la forma en que serealizaba el trabajo. Ademas había demasiada gente ahí y la configuración física erademasiado grande como para que la Sra. Madison (que no dejaba su interminabletrabajo de jar- dinería) pudiera observar constantemente a cada uno de nosotros. Hubosolo otro incidente en el que la Sra. Madison y yo entramos en conflicto ese verano;suficientemente grande como para que se llevara a la atención del Sr. Gurdjiéff. Fué elincidente del jardín japones.Tiempo atrás, mucho antes de que yo fuera al prieuré, uno de los proyectos del Sr.Gurdjiéff había sido la construcción de lo que él llamaba un jardín japones. Se habíacreado una isla entre los árboles, usando agua de la zanja que recorría toda la propiedad.Se construyo en la isla un pequeño pabellon de seis u ocho paredes, con aparienciaoriental y un puente de arco, típicamente japones, que llevaba a la isla. La apariencia eratípicamente oriental y era un sitio agradable en donde retirarse los domingos, cuando noestabamos trabajando en alguna de nuestras tareas usuales. La tarde de un domingo fuícon un estudiante adulto, un americano; había llegado recientemente al prieuré y, sirecuerdo correctamente, la razón por la que fuimos es que yo era su guía para queconociera las instalaciones de la escuela. Era una práctica usual, entonces, que los niñoscaminaran por todos los setenta y cinco acres de terreno, acompañando a los recienllegados, mostrandoles las hortalizas, el baño turco, la ubicación de los proyectos, etc.Mi compañero y yo nos detuvimos a descansar en el jardín japones y el, comoburlándose del jardín, me dijo que aunque fuera japones en intención, quedabatotalmente arruinado por la presencia, justo frente a la puerta del pabellon, de dos bustosde yeso, uno de Venus y otro de Apolo. Mi reacción fué inmediata e iracunda. También,de una curiosa manera, sentí que la critica de los bustos era una critica personal al buengusto del Sr. Gurdjiéff. Con una mezcla de razones y considerable atrevimiento, le dijeque resolvería la situación y, rapidamente, lance los dos bustos al agua. Recuerdo quesenti, oscuramente, que al hacer eso estaba defendiendo el honor y buen gusto deGurdjiéff.La Sra. Madison se entero de esto, por los medios de información que nunca pudedeterminar. Me dijo, horrorizada, que esa destrucción voluntaria de los bustos no podíapasar desapercibida y que se informaría al Sr. Gurd- jieff, en cuanto llegara de Paris.Su regreso de Paris fué un fin de semana, venía acompañado por varios invitados, en suautomóvil y llegaron varios más en sus carros o en tren. Todos los estudiantes sereunieron, despues de la cena, en el salon principal del Chateau, lo que era costumbrecuando regresaba de sus viajes. En presencia de todos (parecía una reunion deaccionistas), recibió un reporte formal de la Sra. Madison que cubría los eventosgenerales ocurridos en su ausencia. Despues de ese reporte, la Sra. Madison presentabaun resumen de los problemas que se habían presentado y que ella consideraba requeríande la atención de Gurdjiéff. En esa ocasión se sento a su lado, con el librito negroabierto con firmeza sobre su regazo y le hablo seriamente, por un rato, con voz
  32. 32. 32inaudible para nosotros. Cuando terminó, él le hizo seña de que se fuera a una silla ypidió que se acercara aquel que había destruido las estatuas en el jardín japones.Avergonzado por la presencia de todos los estudiantes, asi como de un buen número devisitantes distinguidos, camine hacia el, con el corazón hundido, furioso conmigomismo por mi acto de abandono. En ese momento no podía pensar en una justificaciónpara lo que había hecho.Gurdjiéff me preguntó, desde luego, porque había cometido ese crimen y que si me dabacuenta de que la destrucción de propiedad es, de hecho, criminal. Dije que me dabacuenta de que no debía haberlo hecho, pero que lo hice porque las estatuas pertenecíanal periodo y civilización incorrectos, historicamente y que, para empezar, nuncadebieron estar ahí.No involucre al americano en mi explicación.Gurdjiéff me informo, con considerable sarcasmo, que, aunque mi conocimiento de lahistoria podría ser impresionante, yo había destruido estatuas que le pertenecían; queel, personalmente había sido respon- sable de que se colocaran ahi; que, de hecho, legustaban las estatuas griegas en los jardines japoneses; en cualquier caso, le gustaban enese jardín japones en particular. Dijo que, en vista de lo que había hecho, tendría que sercastigado y que el castigo sería no recibir mi dinero de chocolate (asi llamaba al dineroque recibían los niños para sus gastos), hasta que se reemplazaran las estatuas. Dióinstrucciónes a la Sra. Madison de que investigara el precio de reemplazos equivalentesy de que tomara de mi dinero, por el tiempo que fuera necesario.Basicamente debido a mi situación familiar, Jane y Margaret no disponían de muchodinero entonces (y menos para nosotros), yo no tenía del llamado dinero de chocolate;al menos no regularmente. El único dinero que tuve para gastos fué algun envioocasional que hizo mi madre desde America, para navidad o mi cumpleaños o sin razónaparente. En ese momento en particular yo no tenía dinero. Ademas, estaba seguro deque las estatuas serían espantosamente caras. Pude preveer un eternidad en la que estaríadando el dinero que pudiera recibir, para bién de pagar mi irreflexivo acto. Era unprospecto horrible, especialmente porque mi cumpleaños había sido solo unos mesesatrás y la navidad estaba a muchos meses a futuro.Mi deprimente futuro sin dinero llegó abruptamente a su fin cuando recibí,inesperadamente, un cheque de mi madre por veinticinco dolares. Antes de llevar elcheque a la Sra. Madison, ella me había comentado que las estatuas eran comunes,vaciados de yeso y que solo costarían unos diez dolares. Me resultaba difícildeshacerme aún de esa cantidad. Los veinticinco dolares me hubieran durado por lomenos hasta navidad.En la siguiente asamblea, la Sra. Madison informo al Sr. Gurdjiéff de que yo había dadoel dinero para las nuevas estatuas (el se negaba incluso a entender la palabra busto) yle preguntó si debería reemplazarlas.Gurdjiéff penso en ello por un rato y, finalmente, dijo No. Me llamo a su lado, meregreso el dinero y dijo que podía conservarlo, con la condición de que lo compartieracon todos los demas niños. Dijo también que, aunque había sido un error destruir supropiedad, quería que yo supiera que había pensado en toda la situación y que yo habíatenido razón acerca de lo impropio de colocar en ese sitio, esas estatuas en particular.Sugirió que, aunque no lo hiciera por el momento, podría haberlas reemplazado con eltipo apropiado de estatuas. Nunca más se mencionó el incidente.
  33. 33. 33 CAPÍTULO 11Hacia el final del verano, me entere de que el Sr. Gurdjiéff estaba haciendo planes de ira America en una prolongada visita, probablemente todo el invierno de 1925-1926. Lacuestion de que pasaría con Tom y conmigo vino automaticamente a mi mente, pero seresolvio pronto: para mi gran alivio, Jane nos dijo que había decidido que regresaría aNueva York, pero que Tom y yo nos quedaríamos ese invierno en el prieuré. Nos llevo aParis un fin de semana y nos presento a Gertrudis Stein y a Alicia B. Toklas; de algunamanera Jane persuadio a Alicia y Gertrudis de que, por asi decirlo, nos echaran un ojoen su ausencia.En nuestros ocasionales viajes a Paris habíamos conocido a muchas personasdistinguidas y controvertidas: James Joyce, Ernest Hemingway, Constantin Brancusi,Jacques Lipschitz, Tristan Tzara y otros, la mayoría de los cuales habían colaborado enuna epoca u otra con la revista Little Review. Man Ray nos tomo fotografias; PaulTchelitchev, despues de dos o tres dias consecutivos de trabajar en mi retrato al pastel,me saco de su estudio, diciendo que era impintable. Te ves como todos, dijo, y turostro nunca esta quieto.Estaba yo demasiado joven, o demasiado encerrado en mi, como para tener concienciaplena del privilegio, si esa es la palabra, de conocer o reunirme con esas personas. Engeneral, no producian una gran impresión en mi; no entendía su conversación y sabía desu importancia, solo porque me habían dicho que eran importantes.De todos ellos, Hemingway y Gertrudis Stein se destacaron como impresionantes paramí. En nuestro primer encuentro con Hemingway, antes de que publicaran su "Adios alas Armas", nos impresiono con sus historias de corridas de toros en España;exhuberantemente se quito la camiseta para mostrarnos las heridas en batalla y luego sedejo caer en manos y rodillas, aún desnudo hasta la cintura, para jugar con su hijo, queera entonces un bebe, fingiendo que era un toro.Pero fué Gertrudis Stein la que me causo el mayor impacto. Jane me había dado algosuyo a leer (no se que era) y yo lo había encontrado totalmente sin sentido; por esarazón estaba ligeramente alarmado ante la perspectiva de conocerla. Pero me gusto deinmediato. parecía sin complicaciones, directa y enormemente amistosa. Tenía tambiénuna cualidad de no decir tonterías que me atraia como niño; nos dijo que la visitaramoscada tercer jueves durante el proximo invierno y que nuestra primera visita sería el díade Acción de Gracias. Aunque estaba preocupado por la partida de Gurdjiéff, ya quesentía que el prieuré no podría ser el mismo sin su presencia, el gusto inmediato que medió conocer a Gertrudis y el conocimiento de que la vería regularmente, era un consueloconsiderable.Gurdjiéff solo me hablo directamente de su proximo viaje, en una ocasión. Me dijo quedejaría a la Sra. Madison en total cargo y que sería necesario para mí (y para todos losdemas) trabajar con ella. La Sra. Madison ya no me preocupaba ni asustaba, me estabaacostumbrando a ella, por lo que le asegure que haría lo mejor posible. Luego me dijoque era importante aprender a llevarse bién con la gente. Importante solo en un sentido;aprender a vivir con todo tipo de personas y en todo tipo de situaciones; vivir con ellos,en el sentido de no reaccionar a ellos constantemente.

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