CABEZAS DE TORMENTA
CHRISTIAN FERRERCABEZAS DETORMENTAEnsayos sobre lo ingobernable
© AnarresCorrientes 4790Buenos Aires / ArgentinaTel: 4857-1248ISBN: 987-20875-4-7La reproducción de este libro, a través d...
ÍNDICECabezas de tormenta. Presentación ......................................... 11Átomos sueltos. Vidas refractarias.......
A Vanina
CABEZAS DE TORMENTA / 11CABEZAS DE TORMENTAPRESENTACIÓNEl anarquismo es un amparo al que no demasiadas per-sonas concurren...
12 / CHRISTIAN FERRERtar de una época. El anarquismo ha sabido pellizcar esacuerda una y otra vez. Por su parte, los propi...
CABEZAS DE TORMENTA / 13lidad antípoda que a veces logró conmover y fisurar a lasinstituciones y costumbres del mundo jerá...
CABEZAS DE TORMENTA / 15ÁTOMOS SUELTOSVIDAS REFRACTARIAS¿Qué sobrevivirá de la palabra “anarquistas” en un dic-cionario de...
16 / CHRISTIAN FERRERde su época y, por un tiempo, la obsesión de la policíasecreta de los estados modernos. Pero su sorpr...
CABEZAS DE TORMENTA / 17lismo, sindicalismo, feminismo, vanguardismo, marxismo,socialismo, federalismo, y de otras migajas...
18 / CHRISTIAN FERRERvaba intermitentemente, mantenía alguna corresponden-cia con centros emisores de ideas, se involucrab...
CABEZAS DE TORMENTA / 19las vidas de los santos, como existencias exigidas, que todolo sacrificaban en beneficio de su ide...
20 / CHRISTIAN FERREReran súbditos de un monarca en la misma medida en quetampoco eran criaturas de un padre celestial. Au...
CABEZAS DE TORMENTA / 21dirigidos a la forja de la personalidad, entre ellos, tomarconciencia del estado del mundo, no dej...
22 / CHRISTIAN FERRERno el correo) tejía una internacional invisible y la lecturade libros “de ideas” los fortalecía ante ...
CABEZAS DE TORMENTA / 23to y proceder de los doce apóstoles de Cristo. Ser un revo-lucionario suponía “tener moral”, y no ...
24 / CHRISTIAN FERRERanarquista no aceptaba el servicio militar obligatorio; de-sertaba. No aceptaba unirse en matrimonio ...
CABEZAS DE TORMENTA / 25trechado y preparado cultural y políticamente para acom-pañar en primera fila a los pueblos que se...
26 / CHRISTIAN FERRERcemento de contacto de sus miembros, y en su plasticidadempática. Operaba como contrapeso y alternati...
CABEZAS DE TORMENTA / 27quista. Se salvó del fusilamiento pues sus parientes pudie-ron hacerlo pasar por loco, aunque mori...
28 / CHRISTIAN FERRERcero y los meses adoptaron el nombre de ciclos naturales.El anhelo por el inicio de un mundo nuevo er...
CABEZAS DE TORMENTA / 29la propia identidad y con los temores de la sociedad bur-guesa. Algunos asumían nombres potentes y...
30 / CHRISTIAN FERRERy el “juvenilismo” como ideología rompieron esa correade transmisión. Desde entonces, la entrada al a...
CABEZAS DE TORMENTA / 31y a lunchs de camaradería, la colaboración con piquetesde huelga o con campañas de solidaridad a f...
32 / CHRISTIAN FERRERcluían la historia de las revoluciones modernas, los clási-cos anarquistas, las biografías de militan...
CABEZAS DE TORMENTA / 33patronato estatal y el patriotismo como desvirtuadoresde la mente infantil. Educar niños para un m...
34 / CHRISTIAN FERRERda histórica que trascendía la preocupación gubernamen-tal por la práctica del aborto clandestino, qu...
CABEZAS DE TORMENTA / 35consultarse una preceptiva. La aceptación de las prácti-cas era libre, y éstas se difundían a la m...
36 / CHRISTIAN FERRERluta responsabilidad con las propias convicciones les res-taba “eficacia” (si se la define desde un p...
CABEZAS DE TORMENTA / 37escrupulosidad. Los registros contables de los sindicatosanarquistas eran perfectos. No pocos hist...
38 / CHRISTIAN FERRERtendencia a asilarse centrípetamente en las propias ideas yprácticas culturales como también convoca ...
CABEZAS DE TORMENTA / 39despliegue de grupos de afinidad, rituales de autofor-mación específicos), las vidas anarquistas e...
40 / CHRISTIAN FERRERo a sus variantes laterales o paralelas, que a otros movi-mientos de ideas; y también es la causa de ...
CABEZAS DE TORMENTA / 41GASTRONOMÍA Y ANARQUISMORESTOS DE VIAJES A LA PATAGONIALAS EXPEDICIONESCuatro son los puntos cardi...
42 / CHRISTIAN FERRERen los rumores excéntricos que de vez en cuando alguienrememora. Es justo: el Estado se ocupa de prom...
CABEZAS DE TORMENTA / 43COLONOS Y SOLDADOSAlgunos galeses huían de la intolerancia religiosa; delos ingleses, todos. En 18...
44 / CHRISTIAN FERRERcombatientes indígenas dispersos. Eran fusiles y telégra-fos contra lanzas y boleadoras. Cuando el 25...
CABEZAS DE TORMENTA / 45go de ministros, se interna en la Araucanía. Lentamente,a lomo de mula, arribó a la tierra que se ...
46 / CHRISTIAN FERRERmerecería ser el nombre de un anarquista. Perseguido porel ejército chileno, vuelve a cruzar la cordi...
CABEZAS DE TORMENTA / 47carta, insolente y amenazadora, dirigida al rey VittorioEmmanuele II. La policía se tomó la corres...
48 / CHRISTIAN FERRERlogra sortear una orden de detención cursada en Florenciaintroduciéndose en un barco, oculto en una c...
CABEZAS DE TORMENTA / 49tro condiciones se abren paso las expediciones de hom-bres solos o de tropas organizadas. Así como...
50 / CHRISTIAN FERRERmensor, notario estatal, mide, calcula y diagrama el terre-no. No obstante, los misántropos, aventure...
CABEZAS DE TORMENTA / 51Mucho más tarde, se explotan las riquezas “naturales”de la región. Pero este tipo de soledades, an...
52 / CHRISTIAN FERRERcompinches1construye soviets en el aire. Oro: en pos deeste palíndromo viajó Errico Malatesta al extr...
CABEZAS DE TORMENTA / 53Una vez en la ciudad de Buenos Aires, Malatesta se dedi-ca a actividades propagandísticas, y otro ...
54 / CHRISTIAN FERRERy a los parias sólo les resta recurrir a la apuesta y a la ilu-sión. No pocas veces ello acaba en des...
CABEZAS DE TORMENTA / 55viados a Buenos Aires. Su partido político editará un pe-riódico, La Tribuna. Al día de hoy, el no...
56 / CHRISTIAN FERRERentre su primer retorno obligado a Francia y su segundoviaje a Patagonia, Orllie Antoine publicó inte...
CABEZAS DE TORMENTA / 57mil trabajadores. Pero la Patagonia siempre ha convoca-do la imaginación libertaria. Osvaldo Bayer...
58 / CHRISTIAN FERRERSECUELASEl 2 de abril de 1982 el ejército argentino inicióabruptamente la conquista de la única porci...
CABEZAS DE TORMENTA / 59caminando, junto a todos sus ministros y la escolta mili-tar, hacia el Congreso de la Nación. Poco...
60 / CHRISTIAN FERRERcaso del ejército organizado de Roca, no la tenían garan-tizada ni los pioneros, ni el rey sin corona...
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  1. 1. CABEZAS DE TORMENTA
  2. 2. CHRISTIAN FERRERCABEZAS DETORMENTAEnsayos sobre lo ingobernable
  3. 3. © AnarresCorrientes 4790Buenos Aires / ArgentinaTel: 4857-1248ISBN: 987-20875-4-7La reproducción de este libro, a través de medios ópti-cos, electrónicos, químicos, fotográficos o de fotoco-pias está permitida y alentada por los editores.Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723Impreso en la Argentina / Printed in Argentina
  4. 4. ÍNDICECabezas de tormenta. Presentación ......................................... 11Átomos sueltos. Vidas refractarias........................................... 15Gastronomía y anarquismo. Restos de viajes a la Patagonia ... 41Las expediciones ................................................................ 41Colonos y soldados ............................................................ 43El rey .................................................................................. 44El anarquista ...................................................................... 46Geografía espiritual ............................................................ 48Oro y anarquía................................................................... 50La fiebre ............................................................................. 53En la letra de molde ........................................................... 54Tragedia ............................................................................. 56Secuelas .............................................................................. 58Gastronomía ...................................................................... 59Misterio y jerarquía. Sobre lo inasimilable del anarquismo ..... 65Los destructores de máquinas. En homenaje a los luditas........ 81El código sangriento ........................................................... 81Ned Ludd, fantasma........................................................... 82“Fair Play” ......................................................................... 86Epílogos ............................................................................. 87Voces .................................................................................. 91Una moneda valaca. Sobre la resistencia partisana .................. 95
  5. 5. A Vanina
  6. 6. CABEZAS DE TORMENTA / 11CABEZAS DE TORMENTAPRESENTACIÓNEl anarquismo es un amparo al que no demasiadas per-sonas concurren. No deja de ser curioso llamar “ampa-ro” a lo que es ahora una sombra de su antiguo esplendorpolítico y cultural, pero los lugares o creencias que nosbrindan refugio y certeza a veces caben en la cabeza de unalfiler. Desde que tengo memoria de mi interés por el pen-samiento político siempre me he sentido un anarquista.La palabra suena hoy menos tremebunda que extraña,como si se mencionara un animal extinto. Un ave pesadaque nunca pudo volar o un mamífero cuyo último ejem-plar fue avistado décadas atrás. Era, además, un animalacostumbrado a las batidas y a ser cazado en abundancia.Se diría, entonces, que la impotencia, la persecución o elirreversible decrecimiento demográfico han sellado su des-tino. Pero cualquier adherente a las ideas libertarias esconsciente de la larga lista de fracasos que lo rodean ypreceden. Y también de los escasos pero muy significati-vos logros. Cada uno de ellos se cobró su libra de sangre yexigió un enorme esfuerzo colectivo.Se comprenderá que un movimiento de ideas tan radi-cal haya nacido casi extinto. Sus tareas eran las de unHércules; sus enemigos, antiguos e inmensos como pirá-mides; y sus fuerzas, limitadas y, al fin, fatigadas. De allíque todo anarquista sienta alguna vez en su vida el pesode tan dramática historia y cavile acerca de “quién será elúltimo de nosotros”. Después de todo, alguna vez huboun último blanquista, un último garibaldino, un últimocarbonario. A fin de permanecer entre los hombres lasideas deben auscultar –y eventualmente tensar– el males-
  7. 7. 12 / CHRISTIAN FERRERtar de una época. El anarquismo ha sabido pellizcar esacuerda una y otra vez. Por su parte, los propios anarquistasse negaron a partir. Seguramente, firmeza ética eirreductibilidad política fueron condiciones de superviven-cia. Pues existieron los tiempos en que la palabra anar-quía era sinónimo de libertad, no de caos inmotivado.Una historia de la disidencia y de las luchas por libertadesnegadas o conculcadas necesariamente debe tenerlos encuenta. Fueron sus cabezas de tormenta. Los primeros enanunciar y promover algunas libertades que hoy se dis-frutan en partes del mundo. Las otras aristas de su histo-ria exponen tanto un estilo de garra como una considera-ción amorosa por los hombres y la tierra. De no haberexistido anarquistas nuestra imaginación política sería másescuálida, y más miserable aún. Y aunque se filtre única-mente en cuentagotas, la “idea” sigue siendo un buen an-tídoto contra las justificaciones y los crímenes de los po-derosos.El anarquismo ha sido, en mi vida, como un magneto.Pronto me habitué a los lugares precarios o tremebundosen los que habitan los anarquistas así como leí las obrasclásicas del pensamiento y los testimonios de vidas ani-mosas y no pocas veces malogradas. Tuve, como tantosotros semejantes que habían leído a Bakunin o Malatesta,la sensación de haber descubierto el secreto de la domina-ción de los hombres por los hombres. Esa certeza es a lavez un concepto pánico y un orientador de valores. Sinembargo, no escasearon las dudas con respecto a doctrinatan extrema. Las creencias anarquistas parecen adolecerde irrealidad. Ni siquiera una amarra lanzada hacia el re-lieve del mundo tal como está constituido. Pero si bien losanarquistas construyen cápsulas donde sólo prosperan sugramática, sus símbolos y sus pasiones; esa cápsula, aligual que sucede con el tiempo que los niños dedican aljuego o los amantes a sus juegos, es en sí misma una rea-
  8. 8. CABEZAS DE TORMENTA / 13lidad antípoda que a veces logró conmover y fisurar a lasinstituciones y costumbres del mundo jerárquico. Por otraparte, tan importantes para el normal funcionamiento deciertos cuerpos son el estómago y el pulmón como tam-bién los órganos de la anarquía.Cien años atrás el anarquismo era un movimiento or-ganizado, culturalmente significativo, y políticamente te-mido. Ese impulso no ha llegado hasta nosotros. Pero nadase ha perdido. Ni las palabras dichas, ni las ideas publica-das, ni los panfletos repartidos, ni las acciones realizadas.Irradiada hace ya mucho tiempo, su influencia se dispersómás allá de los propios simpatizantes. Afluentes de aque-lla mutación cultural frustrada se vertieron soterradamenteen las aspiraciones y conductas de la actualidad. Y comolos anarquistas siempre han sido los testigos vivientes deuna libertad prometida, la memoria política actual estárodeada por voces y recuerdos de hombres y mujereslibertarios que ya no están y de acontecimientos que re-troceden en el tiempo. Aún se murmuran proclamas o his-torias que en otro tiempo se leyeron en libros o se escuchóde viejos combatientes. Es por eso que los cinco ensayosreunidos en este libro no pretenden tanto celebrar el mitopolítico del anarquismo como admirar su supervivencia.Son ensayos nacidos del amor por la saga libertaria. Nohubieran confluido en este libro de no ser por las revistasvocacionales que los publicaron en Argentina y España, ysin el cuidado y perseverancia de Julián Lacalle, su primereditor.
  9. 9. CABEZAS DE TORMENTA / 15ÁTOMOS SUELTOSVIDAS REFRACTARIAS¿Qué sobrevivirá de la palabra “anarquistas” en un dic-cionario del futuro? ¿Una nota al pie de página, la defini-ción conceptual de una secta de conspiradores, la siluetade un animal extinto? Es inevitable que, incluso en el me-jor de los casos, sean resaltados los rasgos aberrantes y seacabe facetando el arquetipo que por mucho tiempo haidentificado al anarquista en la imaginación política delliberalismo moderno: un monstruo. Esta sombra espec-tral no deja de ser tranquilizadora, pues la policía, y nopocos filósofos políticos e historiadores también, suelenenfatizar los datos del prontuario a fin de dejar las moti-vaciones de los actos fuera de cuestión. Éstos son los atri-butos clásicos: la bomba, el llamamiento a la sedición, elgesto blasfemo, el arte de la barricada, el regicidio, el aireviciado de la catacumba, la actitud indisciplinada, la vidaclandestina. Y la exageración. Pero este identikit es ape-nas nítido. Aunque todos los datos reunidos parezcan con-ducir a la antesala del infierno, la pura verdad es que lasbiografías de los anarquistas pueden ser perfectamenterelatadas como vidas de santos. Es cierta la violencia, yno es inexacto el relato de sus asonadas, como tampocoes desdeñable el rasgo “demoníaco” en los acontecimien-tos que los tuvieron como protagonistas. Pero sólocontingentemente los anarquistas fueron aves de las tor-mentas; por lo general, el móvil de sus actividades fueconstructivo, y sus existencias se asemejaron más a las delevangelizador y el disidente que a las del “poeta maldito”o el nihilista atormentado.¿Existieron? Todo indica que sí, que fueron el asombro
  10. 10. 16 / CHRISTIAN FERRERde su época y, por un tiempo, la obsesión de la policíasecreta de los estados modernos. Pero su sorprendenteaparición histórica ha sido tan improbable que tienta alhistoriador a hacerse la pregunta contrafáctica: ¿qué hu-biese pasado de no haber existido anarquistas? ¿Hubierasurgido otro grupo político equivalente en su lugar? Lacuestión de la jerarquía y el poder, ¿hubiera quedado sinpensar y sin impugnación? ¿O hubieran sido problemaspresentados de formas más suaves, en boca de pensadoresliberales y de fugitivos de la doctrina marxista? ¿La histo-ria de la disidencia sería distinta a como la rememoramos?¿Toda la tensión política de la modernidad se hubiera con-densado en la pulseada entre liberalismo y socialismo?¿Entre nacionalismo e imperialismo? A la confección delos ensayos libertarios de Tolstoi, Orwell, Camus oChomsky, ¿se les habría restado un antecedente impor-tante o un interlocutor imaginario? Aun más, ciertas li-bertades o, más bien, cierto grado de apetencia por liber-tades radicales, conseguidas o por lograr, ¿se hubieranpuesto en movimiento? Es porque los anarquistas efecti-vamente existieron que estas preguntas pueden ser dichas,e incluso enunciadas con cierta calma, sin el sentimientode pavor político retrospectivo que asalta a quien se dacuenta de que la vida política de los siglos XIX y XX podríahaber sido más dura y sombría. Astillas, clavos miguelitos,cabezas de tormenta, marabunta suelta y errante en elpanal psíquico del orden burgués. Sin duda. Pero además,y no sólo ocasionalmente, los anarquistas establecieronlas bases de una contrahegemonía libertaria, es decir, pos-tularon y llevaron a cabo formas de existencia políticadeseables. A comienzos del siglo XXI, Occidente se nutreaún de los restos vivientes, o metamorfoseados, de las in-novaciones dispersadas por la imaginación política del si-glo XIX, una de las más prolíficas de la historia humana.Nos nutrimos de nacionalismo, conservadurismo, libera-
  11. 11. CABEZAS DE TORMENTA / 17lismo, sindicalismo, feminismo, vanguardismo, marxismo,socialismo, federalismo, y de otras migajas políticas me-nores. Y todavía está poco rastreada la influencia radialque el anarquismo tuvo sobre grupos políticos e intelec-tuales, entre otros, individualistas de toda suerte, libera-les, anticlericales, sobre los bordes del marxismo, elelitismo estetizante, la bohemia, sobre los manifiestos es-téticos de grupos de vanguardia, la floración radicalizadade la izquierda de los años 60, particularmente las varian-tes extraparlamentarias, y sobre la “contracultura” nor-teamericana y europea, el rock y el punk, sobre las ten-dencias libertarias en el movimiento de derechos humanosy en el de la disidencia en los países soviéticos, el pacifis-mo antimilitarista, el reclamo al uso placentero del pro-pio cuerpo, el movimiento de liberación de los animales yel ecologismo radical. Se diría que el anarquismo consti-tuyó una porción importante del plancton que hasta eldía de hoy consumen los cetáceos del movimiento social,incluso algunos que todavía tienen que madurar del todo.La historia cultural del anarquismo es un yacimientoque todavía puede ser explorado fructíferamente. ¿Cuálfue su modo de existencia específico? ¿Cuáles sus innova-ciones éticas? ¿Cuáles las relaciones entre sus prácticasmodeladoras de la existencia y la imaginación política desu época? Estas preguntas deben ser precedidas por cier-tos presupuestos demográficos. En primer lugar, la esca-sez, lo exiguo de su número. Nunca existieron demasia-dos anarquistas (exceptuando el caso de la anomalíaespañola entre 1890 y 1939), y el hecho de haber sido unmovimiento evangelizador nunca alteró esta condición depenuria. Hacia 1910, la policía calculaba que había entre5.000 y 6.000 fieles de “las ideas” en la Argentina. Esacantidad de anarquistas organizados era altísima. En lamayor parte del mundo, apenas un puñado de partidariosy simpatizantes –la mayoría, inmigrantes o viajeros– acti-
  12. 12. 18 / CHRISTIAN FERRERvaba intermitentemente, mantenía alguna corresponden-cia con centros emisores de ideas, se involucraba en huel-gas o bien editaba una publicación. Los anarquistas, mi-noría demográfica, siempre han vivido al borde de laextinción. Sin embargo, una segunda condición intensifi-có la escasez así como determinó la amplia extensión delas ideas libertarias en su tiempo: la historia de losanarquistas es la historia de las experiencias migratorias.Implantación puntillista: sarpullido negro en los 360º delatlas. La razón que explica la dispersión triunfante de “laidea” reside en el inmenso esfuerzo individual devotadopor cada anarquista a la supervivencia de su causa. Eranfogoneros de un tren fantasma. En todo caso, el número,la “masa crítica”, no supuso un obstáculo para la propa-gación de un ideario político tan exigente. En cambio, sialgo favoreció esa difusión, fue la inexistencia de un “con-mutador central” ideológico que informara y disciplinaraa los militantes dispersos acerca de la orientación de suacción y el contenido de sus propuestas. Por el contrario,lo que resalta en la historia anarquista es la plasticidad deteoría y praxis y, consecuentemente, una variedad nota-ble de su flora y fauna. La dosis de libertad de que disfru-taron en relación con los modos de subjetivación que lescorrespondieron se desprende de esta condición.Esta limitación demográfica explica por qué cada vidade anarquista se volvía preciosa, y por qué la vida misma,entendida como “ejemplo moral”, resultaba ser tan va-liosa como las ideas, libros y manifiestos que editaron. Encada vida se realizaba, mediante prácticas éticas específi-cas, la libertad prometida. Cada existencia de anarquista,entonces, se transformaba en la prueba, el testimonio vi-viente, de una libertad del porvenir. Ellos se percibían a símismos como esquirlas actuales de un futuro que era ob-turado una y otra vez por fuerzas más poderosas. De allíque las biografías de anarquistas se nos presenten como
  13. 13. CABEZAS DE TORMENTA / 19las vidas de los santos, como existencias exigidas, que todolo sacrificaban en beneficio de su ideal: amistades, fami-lia, ascenso social, tranquilidad, previsión de la vejez. Has-ta el día de hoy existen viejos anarquistas que se han ne-gado a solicitar la jubilación estatal. Estas privaciones eranaceptadas, si no jubilosa, al menos convencidamente, puesel anarquismo les había sido prometido como experienciaexigente, aunque no imposible. Para ellos, la libertad erauna experiencia vivida, resultado de la coherencia necesa-ria entre medios y fines, y no un efecto de declamación,una promesa para un “después del Estado”. De modo que,a los efectos prácticos, el anarquismo no constituyó unmodo de pensar la sociedad de la dominación sino unaforma de existencia contra la dominación. En la idea delibertad del anarquismo no estaba contenido únicamenteun ideal, sino también distintas prácticas éticas, o sea,correas de transmisión entre la actualidad de la persona yla realización del porvenir anunciado. Justamente porqueel anarquismo no concebía a la persona según el modeloliberal del “sujeto de derechos” era imperioso modelar acada anarquista según una ética específica, y no en rela-ción con una jurisprudencia abstracta, abarcadora ygeneralizable. La norma ética que orientaba tal construc-ción de persona era la siguiente: “vive como te gustaríaque se viviera en el futuro”.Las prácticas anarquistas ambicionaban trastocar el an-tiguo régimen psicológico, político y cultural del domi-nio, no sólo porque ese modo de gobernar a los hombresresultaba ser coercitivo y desigualitario, sino también por-que los forzaba a volverse muñones de sí mismos, perso-nas incapaces de autodignificarse. La antropología sub-yacente en las obras de la patrística ácrata proponía alhombre como “promesa”, como energía autocreadora ili-mitada, más aún en una época a la que definían “en esta-do de ánimo revolucionario”, y cuyos ciudadanos ya no
  14. 14. 20 / CHRISTIAN FERREReran súbditos de un monarca en la misma medida en quetampoco eran criaturas de un padre celestial. Autodi-dactismo racionalista, impulso fértil de la voluntad, ape-go por la camaradería humana, combate al miedo y a lasumisión por ser bases fisiológicas y psicológicas del do-minio, imaginación anticlerical y toma de partido por eloprimido, tales eran las piezas que los anarquistas preten-dían ensamblar en cada individuo singular. El anarquis-mo siempre ha sido un “ideal de salvación” del alma hu-mana, y por eso era necesario subvertir la topografíahistórica en donde ella afincaba su existencia. En el extre-mo, se aspiraba a la santidad social: no era posible unasociedad anarquista hasta que el último de los habitantesde la tierra no se hubiera convertido en un anarquista.Esto no supone procurar la perfección de las almas sinopurgar la idea de revolución de la tentación del “golpe demano”, alejándola de los peligros que los padres funda-dores previeron en la deriva de las ideas autoritarias pro-pagadas por el marxismo, o “socialismo autoritario”, talcomo lo definían. Por eso insistían en que la revoluciónfuera “social” antes que “política”, lo cual obliga a unmaceramiento cultural previo de costumbres libertarias.Y antes incluso que una revolución social, se insistía enque se trataba de una revolución personal, es decir, de laconstrucción del propio carácter o “voluntad” en rela-ción antagonista con poderes jerárquicos. El desligamientode la sociedad “carcomida” comenzaba por la toma deconciencia de la miseria existente y de las tropelías de losgobiernos autocráticos, pero también por estrategias depurificación de la personalidad. La entrada a los gruposanarquistas siempre supuso una conversión, un autodes-cubrimiento del “yo rebelde”. El objetivo de tal conver-sión, y del despojamiento consiguiente de los vicios socia-les del dominio, buscaba la autodignificación. En la prensaanarquista de principios del siglo XX se reiteran consejos
  15. 15. CABEZAS DE TORMENTA / 21dirigidos a la forja de la personalidad, entre ellos, tomarconciencia del estado del mundo, no dejarse atropellarpor los poderosos y sus “esbirros”, actuar con reciproci-dad hacia el compañero, servir de ejemplo al pueblomaltratado, abandonar los vicios burgueses, en particularel alcohol, el burdel, el juego por dinero y la participaciónen el carnaval a modo de comparsa. Pero la dignificaciónde sí no sólo exige evitar estos males sociales sino tam-bién ejercer un autocontrol, es decir, una apropiación desí a fin de hacer lugar a un querer libre y liberado de laformación burguesa. No obstante, esa autoformaciónlibertaria no podía realizarse en el interior de experien-cias sectarias ni en los bordes vírgenes de la experienciahistórica, como lo habían intentado los fourieristas en susfalansterios y los utopistas en sus comunidades cerradas.El anarquista se veía a sí mismo como un “hijo del pue-blo”, título de uno de sus himnos más conocidos. Era unátomo suelto en medio del encadenamiento elemental quea todos obligaba, y cuyo vínculo orbital con la culturapopular era paradójico. Los anarquistas estaban muypróximos a las prácticas populares y a la vez se ubicabanen la frontera ideológica de las mismas. Fueron lainflorescencia salvaje de prácticas populares en formación,o bien la continuidad urbana de tradiciones tribales y cam-pesinas de resistencia. Esa condición paradójica va a de-terminar la relación entre creencias libertarias y prácticasde subjetivación.La preocupación por la correlación entre creencia y ac-ción se volvía tanto más acuciante porque demasiadas ve-ces se hallaban aislados en territorio enemigo, o descono-cido. Es importante tener en cuenta el “factor número”ya mencionado. De modo que recordar “quién se era” através de rituales y prácticas específicas se volvía funda-mento cotidiano de la ética. Por ejemplo, la correspon-dencia (todos los anarquistas respondían tarde o tempra-
  16. 16. 22 / CHRISTIAN FERRERno el correo) tejía una internacional invisible y la lecturade libros “de ideas” los fortalecía ante la adversidad y lasoledad ideológica, mucho más durante la primera épocade diseminación de las ideas anarquistas, es decir, entre1870 y 1900, cuando transcurrieron tres fases de madu-ración a las que podemos llamar “carbonaria oconspiratoria”, “mesiánica o evangélica” e “individualis-ta y organizativa”. En esta etapa el anarquismo se hizoconocer como ideología revolucionaria en el sentido a lavez amplio y específico que el viejo jacobinismo había des-perdigado por Europa entre 1789 y 1871, fechasemblemáticas de la Revolución Francesa y de la Comunade París. Pero al mismo tiempo, el anarquismo se difun-dió como un ideal de “hombre libre”, como modelo éticoa seguir. Las raíces de este modelo cabe rastrearlas en losideales pedagógicos de la ilustración, en los estilos de for-mación intelectual del librepensador moderno, en las prác-ticas asociativas de los conjurados, en la dedicación totalde los revolucionarios vocacionales al estilo de AugusteBlanqui, en la sensibilidad generacional “romántica” delos años 1830 a 1848, y en el activismo de los emigradoscélebres que luchaban por la liberación de pueblosirredentos, cuyo ejemplo más famoso fue la causa por lalibertad de Polonia. Todos estos antecedentes inmediatosconfluyeron en la formación de la personalidad de losanarcoindividualistas y de los anarquistas autodefinidoscomo “revolucionarios”, las dos subespecies del géneroácrata de fines del siglo XIX. El aprestamiento de la subje-tividad anarquista, del núcleo ético de la voluntad, teníacomo objetivo sustentar una “moral revolucionaria”, queservía para endurecerse ante la persecución y para no des-fallecer ante los magros resultados de la propaganda delas ideas. Asimismo, para que incluso un solo anarquistase sintiera capaz de fundar publicaciones o de erigir sindi-catos, bibliotecas y ateneos. También fue ése el sentimien-
  17. 17. CABEZAS DE TORMENTA / 23to y proceder de los doce apóstoles de Cristo. Ser un revo-lucionario suponía “tener moral”, y no solamente paradevenir un “caso ejemplar”, respetado incluso por sus ene-migos políticos, sino para tonificar el espíritu y mantenerla fe, tal cual los cristianos ante las tentaciones o el marti-rio. Aun más, “tener moral” para poder transformarse en“contrapesos” de coyunturas históricas determinadas, talcual ocurrió con acusados ante los tribunales que “dabanvuelta” los argumentos de las fiscalías o, en el otro extre-mo, con los exploradores europeos que por sí mismos erancapaces de conquistar regiones enteras para su nación.También ellos tenían una “moral de hierro”. Pero nadiepuede hundir en su alma cimientos de acero si no se tienefe en el advenimiento de un mundo nuevo. Los anarquistascreían. Eso es un don que no se concede a cualquiera.Pero no eran religiosos, en el sentido habitual de la pala-bra: el misterio de la fe política era balanceado por unasólida formación racionalista (incluso, por momentos,cientificista) y por un gusto por la sensibilidad escépticade tipo “volteriana”. Eran centauros: mitad razón, mitadimpulso.Pero si se dejan momentáneamente de lado el odio in-mediato al opresor y las imágenes felices de un mundo sincadenas (es decir, sin Estado, sin prisiones, sin fuerzas ar-madas, sin policías, sin Papa, sin patrones, sin plusvalía,sin tribunales, sin privilegios de nobleza, sin carnicerías,etcétera), se nos evidencian entonces los logros culturalesdel anarquismo y, especialmente, los contornos culturalesde sus prácticas de autoformación, que tenían como fun-ción, primeramente, ayudar a forjar el carácter revolucio-nario y, luego, testear constantemente la relación entre lapropia vida y los ideales. Una primera serie de “obligacio-nes de conciencia” los distinguían de otras tomas de par-tido políticas y operaban a modo de guía orientativa fren-te a las presiones coercitivas de las instituciones. El
  18. 18. 24 / CHRISTIAN FERRERanarquista no aceptaba el servicio militar obligatorio; de-sertaba. No aceptaba unirse en matrimonio bajo la super-visión de la Iglesia o del Estado; se unía libremente a supareja en una práctica conocida bajo el nombre de “amorlibre”, mácula escandalizadora para su época. En lo posi-ble, no enviaba a sus hijos a escuelas estatales, sino a es-cuelas libres o “racionalistas”. No bautizaba a los hijossegún el santoral; solía recurrir a nombres significativos.No debía aceptar ascensos de rango en las jerarquías la-borales o salariales; se trabajaba a la par del compañero.Debía procurar ser, además, un buen trabajador, para darejemplo tanto a la burguesía rentista y ociosa como a losdemás trabajadores que alguna vez levantarían un mun-do distinto de las ruinas del actual. El anarquista no debíavotar en comicios electorales, sino intentar llegar a con-sensos en las decisiones que debían tomar sus grupos osindicatos. Debía negarse a testificar en juicio si ello su-ponía un perjuicio para quien fuera acusado por razonesde Estado. No debía aceptar los feriados dictados por elEstado (una acordada de la FORA, la central sindical anar-quista argentina, recomendaba a sus afiliados informar alos patrones que el único feriado laboral que respetaríansería el 1º de Mayo, no existente en el calendario de asue-tos de entonces, y que en los casos de feriados de índoleestatal o religioso reclamarían trabajar). Tampoco se de-bía dar limosna o propina, pues lo correcto es procurarun salario digno. El anarquista debía dar hospitalidad acompañeros perseguidos. En algunos casos extremos,muchos anarquistas se negaban a jugar a las cartas o aapostar dinero a fin de no promover la lucha de “todoscontra todos”. Tampoco se festejaban los cumpleaños “dequince”. De ser posible, sus periódicos debían venderse aprecio de costo (en algunas publicaciones argentinas decomienzos del siglo XX se leía en primera plana, “Precio:de cada uno según sus fuerzas”). Al fin, debía estar per-
  19. 19. CABEZAS DE TORMENTA / 25trechado y preparado cultural y políticamente para acom-pañar en primera fila a los pueblos que se rebelaban. Y nofueron pocos los anarquistas que renunciaron por testa-mento a la tumba individual, prefiriendo el osario común.Otros donaron sus cuerpos “a la ciencia”.Este decálogo ético promovía un modelo de conductaque necesariamente exigía firmeza interior. Al afirma-miento de sí contribuían una serie de prácticas intros-pectivas, que abarcaban desde la lectura de libros de ideas,novelas sociales e historias de héroes y revueltas popula-res hasta las primeras pruebas de fuego de la lucha socialcon las que intimaba el nuevo adherente a las ideas, seanhuelgas, piquetes, contrabando de armas o periódicos,seguidas por las inevitables temporadas pasadas en la cár-cel, líquido amniótico bien conocido por los militantes, ya la vez vivero de anarquistas. Todas estas prácticas de“cuidado de sí” estaban dirigidas a facetar una subjetivi-dad potente (una “voluntad”) frente al poder jerárquico.No sólo es preciso no gobernar a otros, también conteneren sí mismo una serie de principios bien afirmados a finde no dejarse gobernar. A quien se gobierna a sí mismo yse niega a ser gobernado se lo presentaba como un “hom-bre rebelde”, refractario pero a la vez ilustrado y racio-nal: un argumentador irreductible. La educación de la vo-luntad se desarrollaba mayormente en un nicho político,psíquico y emocional que resultó ser la invenciónorganizativa más llamativa de todas las promovidas porel anarquismo: el grupo de afinidad, que, hasta la súbitaexplosión de los sindicatos organizados en torno de prin-cipios libertarios, hacia 1900, constituyó el modo de en-cuentro y de relación habitual entre anarquistas; y lo si-gue siendo hasta el día de hoy. Lo característico del grupode afinidad anarquista no residía solamente en lahorizontalidad recíproca y la común pertenencia ideoló-gica de sus integrantes, sino en la confianza mutua como
  20. 20. 26 / CHRISTIAN FERRERcemento de contacto de sus miembros, y en su plasticidadempática. Operaba como contrapeso y alternativa a lafamilia burguesa y al orden laboral, y también era un es-pacio de aprendizaje, de saberes o de oficios. A veces, quieningresaba en un grupo de afinidad cambiaba su nombre,o elegía un apodo singular, que no resultaba ser tanto unalias o un “nombre de guerra” como la prueba nominalde la transformación interior lograda.Tomarse en serio las ideas suponía volverlas una partede la existencia tan ineliminable como lo es la actividadde cualquier otro órgano corporal. La “idea” se acomo-daba entre el riñón y el pulmón, o entre el estómago y lared arterial: el injerto prendía hasta devenir carne. En mo-mentos históricos cruciales o en ciertas situaciones límite,esta metamorfosis íntima llevó a algunos anarquistas aproducir hechos espectaculares. Los ejemplos de atenta-dos contra cabezas coronadas son los más difundidos, perono necesariamente los más representativos. Tómense doscasos de “agudización de la tensión ética” que Luce Fabbrimenciona en Historia de un hombre libre. Cuando losanarquistas eran llamados a presentarse como reclutas oa cumplir el servicio militar solían desertar y cruzar lasfronteras a fin de evitarlo. Pero no siempre se tomaba ladecisión a tiempo. De modo que el inevitable momentoen que se era llamado a filas podía poner a un hombre enestado de intensa conmoción interior. Así, Luce Fabbrirecuerda el caso del albañil italiano Augusto Massetti,quien en octubre de 1911 utilizó el fusil que le acababande entregar para disparar contra el coronel que arengabaa los nuevos reclutas que se preparaban a partir hacia Libia.El caso se transformó en una causa antimilitarista célebreen esos años de pujos expansivos de Italia hacia el África.El otro caso concierne al maestro de escuela Aldo Bernardi,quien tiró su fusil al suelo del cuartel desde el cual debíapartir al frente e improvisó allí mismo un discurso anar-
  21. 21. CABEZAS DE TORMENTA / 27quista. Se salvó del fusilamiento pues sus parientes pudie-ron hacerlo pasar por loco, aunque moriría apenas termi-nada la guerra, como tantos millones más, a causa de lagripe española.Las prácticas de conversión comenzaban luego del acer-camiento, y del primer maceramiento, del aspirante a anar-quista al grupo de afinidad, y su grado de profundizacióndependía del contexto, de la etapa de desarrollo históricodel movimiento anarquista y de la radicalidad ideológicadel grupo de pertenencia, pero también de la “libre vo-luntad” del nuevo integrante. Eran comunes las renun-cias a la herencia pecuniaria familiar, a los títulos de no-bleza (tradición iniciada durante la Revolución Francesa)y a las costumbres “burguesas”. Sin embargo, estas decli-naciones no se corresponden con el modelo de la“proletarización” de la juventud que se volvería habitualy obligatoria durante los años sesenta y setenta del sigloXX. Se trataba, más bien, de purgarse de una “vida falsa”,o dotada de privilegios y oropeles que se volvían, en lanueva etapa consciente de la persona, sin sentido. Ocasio-nalmente, la persona abandonaba su antiguo nombre yoptaba por “rebautizarse” con un seudónimo. Así, un co-nocido anarquista colombiano pasó a llamarse BiófiloPanclasta (amante de la vida, destructor de todo), y nom-bres como Perseguido, Germinal o Libertario se volvieronmás y más comunes. Otros muchos optaban por un aliascuando publicaban en la prensa anarquista, como modode enfatizar que las ideas, pero también las obras litera-rias de autores famosos, no pertenecían al erario indivi-dual sino a toda la humanidad. En otras palabras, se im-pugnaba el derecho a la propiedad intelectual, derechoque, por tradición, los anarquistas suelen pasarseolímpicamente por alto. La práctica del nuevo bautismose entronca con la historia de la Revolución Francesa, encuya primera etapa los años comenzaron la cuenta desde
  22. 22. 28 / CHRISTIAN FERRERcero y los meses adoptaron el nombre de ciclos naturales.El anhelo por el inicio de un mundo nuevo era asíantedatado, o adelantado. Auguste Blanqui numeraba losejemplares de uno de sus tantos periódicos, Ni Dieu niMaître, siguiendo el calendario jacobino, y en la Argenti-na, el periódico La Montaña, fundado por LeopoldoLugones, José Ingenieros y Macedonio Fernández, era fe-chado a partir de los años transcurridos desde la Comunade París. En estos casos, se enfatizaba que el tiempo, aunsiendo irreversible, era desviable a favor. Asimismo, lossindicatos solían repartir entre sus afiliados almanaques ycalendarios revolucionarios en los cuales el santoral y lasefemérides estatales eran reemplazados por los hechos dela historia del movimiento obrero y por las fechas de na-cimiento de revolucionarios o de benefactores de la hu-manidad.A comienzos del siglo XX los anarquistas tomaron lacostumbre, particularmente en España pero también enel Río de la Plata, de bautizar a sus hijos con nombresque los señalarían como vástagos prematuros de un mun-do mejor. Abundaban los homenajes (Espartaco,Volterina, Giordano Bruno, Prometeo), las afirmacionesdoctrinarias (Acracio, Libertad, Libertario, Alba de Re-volución, Ideal, Progreso, Liberata, Liberto), las marcasoprobiosas de nacimiento (Oprimido, Siberiano), los ho-menajes internos al movimiento anarquista (Bakunin,Reclús), la referencia natural (Amanecer, Universo, Au-rora, Sol Libertario), la asertividad vital (Vida, Placer), ytambién Eleuterio (hombre libre en griego), Poema, Amor,Esperanza, Floreal y tantos otros que nutrieron una ono-mástica propia. Esta misma denunciaba la condición su-friente de la humanidad e impugnaba al santoral, o bienhomenajeaba a los caídos y anunciaba el porvenir. Losnombres de muchos periódicos anarquistas argentinos deesa época exponían una serie de juegos especulares con
  23. 23. CABEZAS DE TORMENTA / 29la propia identidad y con los temores de la sociedad bur-guesa. Algunos asumían nombres potentes y afirmativos,tales como El Oprimido, El Rebelde, La Protesta, LaAntorcha, Agitadores, El Combate, Demoliamo, IlPugnale, Cyclone, Escalpelo, Hierro, El Látigo del Obre-ro, El Martillo, Los Parias, El Perseguido, La Rivolta oLa Voz del Esclavo. Otros títulos, que también cincela-ban una positividad, adquirían resonancias aurorales odefiniciones de índole iluminista, entre ellos El Alba delSiglo XX, L’Avvenire, Ciencia Social, Derecho a la Vida,Expansión Individual, La Fuerza de la Razón, Libre Exa-men, La Libera Parola, La Libre Iniciativa, La Luz, Luzal Soldado y Los Tiempos Nuevos.La introducción a las ideas anarquistas corría muchasveces a cargo de “maestros”, que eran transmisores de lamemoria social, la historia del movimiento anarquista, ylas ideas. La maestría no estaba necesariamente vincula-da con la lectura de libros, aun siendo valuados especial-mente en la tradición anarquista, sino con el conocimien-to personalizado de alguien ya experimentado en ladoctrina libertaria. No obstante, a quien oficiaba a modode “maestro” no se le exigía ser un sabio, sino una mezclade persona “iniciada” y evangelizador. Era habitual quelos ya experimentados dirigieran “lecturas comentadas”en sindicatos y ateneos para círculos de personas sin edu-cación formal alguna o recién llegados al anarquismo. Peroa pesar de que la cinematografía, al menos la argentina, ycierto lugar común sensible del progresismo hayan difun-dido la figura del “viejo anarquista” benevolente, en ver-dad esa tarea de maestría podía estar a cargo de personasmuy jóvenes, que sólo superaban por un lustro o una dé-cada al nuevo adherente. Era, sin dudas, una relación deadulto a joven, pero no en el sentido que las edades tienenhoy en día. Este tipo de iniciación estuvo vigente hasta losaños sesenta del siglo XX, cuando las rebeliones juveniles
  24. 24. 30 / CHRISTIAN FERRERy el “juvenilismo” como ideología rompieron esa correade transmisión. Desde entonces, la entrada al anarquismoocurre por contagio, por activismo de “pandilla”. Luego,el nuevo simpatizante pasaba por pruebas iniciáticas deotro orden, tales como la participación el huelgas, boicots,sabotajes, y viajes de publicitación de ideas hacia lugaresvírgenes de ideas libertarias o donde residían muy pocosanarquistas. A veces, esos peregrinajes se hacían para apo-yar una huelga o una lucha determinada, y los mejoresoradores y organizadores solían ser los más requeridos.Esas jornadas en tierra de nadie los exponían al acosopolicial, pero también a la incomprensión de sus familiasque percibían en ese activismo riesgos para la economía yarmonía del hogar. Los ejercicios de oratoria, que prime-ro sucedían en veladas de ateneos o sindicatos y luego enactos públicos, operaban a modo de entrenamiento retó-rico para el viajero. En cambio, nada preparaba al hom-bre “de ideas” para las habituales estadías en el presidio.Pero todos podían confiar en la solidaridad que emanaríadel otro lado de los muros. Por otra parte, quienes mal-trataban a los presos, torturaban a los detenidos o repri-mían concentraciones obreras, sabían que podían ser elblanco de la venganza tribal. De todos modos, en casitodos los casos de “justicieros” anarquistas, éstos actua-ron en la mayor soledad.Cotidianamente se participaba de experiencias, cuyociclo solía ser semanal, que unían socialmente a losanarquistas y a la vez los aprestaban intelectual y espiri-tualmente. Una serie de rituales de fraternización y enal-tecimiento, que eran compartidos por otras institucionessocialistas, ligaban al anarquista a su organización y a losdemás compañeros. La participación activa en conferen-cias y veladas, la concurrencia a declamaciones y cuadrosfilodramáticos (probable raíz del teatro independiente enla Argentina), la asistencia a picnics de confraternización
  25. 25. CABEZAS DE TORMENTA / 31y a lunchs de camaradería, la colaboración con piquetesde huelga o con campañas de solidaridad a favor de pre-sos, y tomar parte de marchas y mítines. Se solían entonarcanciones e himnos revolucionarios, así como se partici-paba a título de público en “reuniones de controversia”,que consistían en torneos de oratoria en que dos conten-dientes, uno anarquista y otro adherente a una filosofíadistinta, disputaban en torno de un tema convenido, porejemplo, la existencia o inexistencia de Dios, o la impor-tancia de las teorías de Darwin. Los ateneos, bibliotecaspopulares y publicaciones no sólo permitían reunir a lacomunidad anarquista o expandir la palabra libertariaentre los obreros, también hacían sentir su influencia en-tre sectores de la pequeña burguesía intelectual, lográndosecapturar a peces gordos para la causa de vez en cuando(González Prada en Perú, el uruguayo Florencio Sánchezen la Argentina). En este último caso, se hace notoria lafuerte creencia de los anarquistas, propia de la época, enel poder transformador de la palabra pública. El objetivode estos rituales y participaciones consistía en inspirar yfacetar sentimientos nobles, y en desarraigar los “malesde la subjetividad” que dividen a los seres humanos. Lasbibliotecas personales cerraban el círculo. Todos losanarquistas se armaban pacientemente de una biblioteca“de ideas”, incluso los analfabetos. En los libros estabacontenida la salvación por el conocimiento, y la impor-tancia del autodidactismo entre los anarquistas es un temaaún inexplorado. A veces, el único equipaje que losanarquistas arrastraban en sus migraciones era su biblio-teca básica. Han de haber existido pocos movimientospolíticos menos antiintelectuales que el libertario, que sólose cuidó de enfatizar la importancia de vincular el trabajomanual y el intelectual en una sola madeja indevanable.La imprenta constituía su “multiplicación de los panes” ysu “máquina infernal” a la vez. Los libros atesorados in-
  26. 26. 32 / CHRISTIAN FERRERcluían la historia de las revoluciones modernas, los clási-cos anarquistas, las biografías de militantes caídos, lasmemorias de anarquistas conocidos, los testimonios deprisión y persecución, los compendios de ciencia “moder-na” y las ineludibles novelas sociales. De todos ellos, lasautobiografías de militantes, cuyos equivalentes son de-masiadas veces el santoral y el martirologio, constituyenuna fuente de información fundamental para analizar lavida ética anarquista. También, evidentemente, las acor-dadas de reuniones sindicales, lo publicado en su prensa,en particular si se analiza el detalle y la marginalia, y lasobras doctrinarias en general. Pero no debe descartarse elanálisis de las obras de los heresiólogos de la época y delos refutadores del anarquismo. Algunos de ellos han sidoexcelentes exégetas, por vía negativa, de esta herejía mo-derna. Restaría una fuente a la que no siempre los histo-riadores interesados en el anarquismo han logrado acce-der: los archivos policiales.A inicios del siglo XX comenzaron a difundirse entrelos anarquistas dos discursos dirigidos al cuidado de lamente del niño y del cuerpo en general: el de la escuelamoderna y el de la eugenesia. Las escuelas racionalistas o“modernas” se difundieron ampliamente en España, ytambién existieron algunas experiencias argentinas, de du-ración efímera. Se proponían como instituciones y doc-trinas alternativas a la fiscalización eclesiástica de la in-fancia y a la circulación de retóricas estatales en los planescurriculares escolares, y en ellas se inculcaba el conoci-miento de la ciencia, la libertad como ideal, la formaciónintegral del alumno, y la convivencia de saberes manua-les e intelectuales. En esas escuelas se habían eliminadolos castigos y amonestaciones, y también las jerarquíaspreestablecidas entre maestros y alumnos. La suposiciónantropológica que las orientaba presentaba al niño comolibrepensador por naturaleza, y a las ideas religiosas, el
  27. 27. CABEZAS DE TORMENTA / 33patronato estatal y el patriotismo como desvirtuadoresde la mente infantil. Educar niños para un mundo distin-to, al que se aguardaba para un futuro no muy lejano,suponía también construir ese mundo a través de nuevasgeneraciones puestas a salvo de las garras y vicios de lavieja sociedad. Un típico problema lógico que se les pro-ponía resolver a los alumnos se presentaba de este modo:“Si un trabajador fabrica diez sombreros en ocho horas,y si por hacerlo le pagan cinco pesos, decena que la em-presa envía al mercado a cincuenta pesos, ¿cuánto dinerorobó el patrón al obrero?”. Cabe destacar que, aunqueen forma incipiente, los anarquistas también propusie-ron planes de ciudades ideales para la vida social, que nodeben confundirse con la tradición de las utopías perfec-tas, sino con el mejoramiento del hábitat obrero. A suvez, el discurso eugenésico, sin estar del todo ajeno a laspreocupaciones sanitaristas e higienistas de la época, sepresentaba como un borde cultural apenas aceptable parala mentalidad burguesa. En el anarquismo, el discurso dela eugenesia abarcó distintas preocupaciones: la difusióndel vegetarianismo, del nudismo, del antitabaquismo, dela procreación responsable o “consciente” (de raízneomalthusiana) que predicaba la necesidad de restringirla natalidad a fin de eludir la miseria obrera, la propa-ganda del uso del condón en barrios proletarios, lapublicitación de otros métodos anticonceptivos en la pren-sa anarcoeugenesista, la crítica al consumo de alcohol(un libro difundido en portugués se titulaba Alcoholismoo Revolución), el cuidado de la salud obrera en general.Todo esto se cruzaba con los discursos sobre el amor li-bre, la importancia de las afinidades electivas, y la librevoluntad. En mayo de 1937, Federica Montseny, ministraanarquista de Sanidad durante la Revolución Española,autorizó a los hospitales públicos a atender a mujeres quedesearan interrumpir el embarazo. Se trató de una medi-
  28. 28. 34 / CHRISTIAN FERRERda histórica que trascendía la preocupación gubernamen-tal por la práctica del aborto clandestino, que se enmarcaen la tentativa anarquista más general de subversión delas costumbres, y que a su vez permitía hacer público unsaber y un discurso radical sobre la sexualidad. La euge-nesia se cruza en este punto con la crítica al matrimonioburgués “hipócrita” y con la postulación del derecho alpropio cuerpo. El discurso anarquista sobre la sexuali-dad es complejo, porque en él se intersectan una analíticasexual de índole científica, una preocupación social deraíz médico-higienista, e ideales relacionales nutridos porel romanticismo, que no excluyen una dosis de voluptuo-sa erotización discursiva, en la que descollaron los asíllamados “armandistas”, seguidores de la doctrinasindividualistas de E. Armand. Los armandistas o los lec-tores de la brasileña María Lacerda de Moura difundie-ron el derecho al placer como derecho “natural” de losseres humanos. El discurso eugenésico y la defensa de laeducación integral y racionalista tenían un objetivo quesuperaba incluso la preocupación por la vida sana y elconcernimiento por la mente infantil, pues el ideal quelos guiaba era la crítica a la vida alienada propia de laburguesía. De modo que eugenesia y racionalismo busca-ban invertir la dosis de alienación vital inyectada por lasociedad “falsa” así como promover prácticas existen-ciales menos insinceras y más saludables. ¿Cuántas deestas prácticas eran realmente llevadas a cabo? Algunasmucho; otras, escasamente. Algunas eran coto de caza deexperimentadores de la existencia, otras eran amparadasen experimentos comunitarios, y otras aún afectaban úni-camente a los anarcoindividualistas o a sectores de labohemia. La mayoría de estas costumbres y modelos deconducta no eran obligatorios ni de cumplimiento forzo-so. El anarquismo nunca fue una secta ortodoxa ni dis-puso de un “libro negro” en el cual hubiera podido
  29. 29. CABEZAS DE TORMENTA / 35consultarse una preceptiva. La aceptación de las prácti-cas era libre, y éstas se difundían a la manera de las co-rrientes de opinión, contagiando o entusiasmando, y nocomo un credo. A lo largo de una vida, los adherentes alas ideas anarquistas podían pasar por varias etapas ygrados de aproximación al ideal del vegetarianismo o delamor libre. A medida que el anarquismo reclutó más ymás miembros entre el proletariado fabril la posibilidadde experimentación en los bordes de la vida burguesa dis-minuyó, pero en ningún caso dejó de ser promovida en laprensa anarquista y en las disertaciones de especialistasdadas en sindicatos, ateneos y bibliotecas. Se diría que lagrandeza de esta panoplia existencial puede medirse porel grado de rechazo sufrido en la época como tambiénpor el menor énfasis que sobre estas cuestiones poníanotras doctrinas políticas.Tanto en su actuación pública, en la puesta en locuciónconversacional de ciertos temas escabrosos o tabú, comoen la propaganda escrita de sus ideas, los anarquistas nuncase refugiaron en retóricas de la conveniencia o en estrate-gias “maquiavelistas” o coyunturalistas, aun cuando lasconsecuencias de tales acciones y opiniones fueran costo-sas, o incluso letales a su inmediata supervivencia políti-ca. En suma, nunca mintieron acerca de quiénes eran yqué querían. Los tejemanejes, hipocresías, disfraces y “ope-raciones” a las que con tanto fervor recurrirían liberales ycomunistas durante la Guerra Fría les eran por completoajenos. La sinceridad política era una de sus “obligacio-nes identitarias”, condición derivada de su intransigenciaen relación con las ideas (lo que no los volvía necesaria-mente principistas) y de sustentar una firme adecuaciónentre conducta y creencia enunciada. Esto explica por quésolían identificarse a sí mismos como “anarquistas” cuan-do eran llevados a tribunales. También permite identifi-car un centro de gravedad de su drama político: la abso-
  30. 30. 36 / CHRISTIAN FERRERluta responsabilidad con las propias convicciones les res-taba “eficacia” (si se la define desde un punto de vista“técnico”) y audibilidad, aunque les concedía el raro pres-tigio de disponer de un “exceso de razón”. Decir la ver-dad siempre es costoso, pero en su caso era imprescindi-ble: combatir la arbitrariedad de los gobiernos, denunciarel maltrato de patrones y “cosacos”, registrar y testimo-niar la persecución a sindicatos y protestas populares. Estas“verdades excesivas” encajaban golpes proporcionales.Los asesinatos políticos de organizadores anarquistas desindicatos fueron comunes en la España de 1920 y en todaLatinoamérica. De la Argentina se los deportaba (Ley deResidencia de 1902), de Brasil se los expulsaba como “in-deseables”, o recibían largas condenas cumplidas en pe-nales espectrales e inhóspitos (en Tierra del Fuego, en laselva amazónica, cerca de las Guayanas), confinamientosen Siberia o en islotes italianos, o en las posesiones colo-niales españolas y portuguesas en África, o en la Papúa-Nueva Guinea francesa. Y también el servicio militar de“asociales” cumplido en durísimas “compañías de disci-plina” (en Italia, luego de la Guerra de Libia). Súmese aello las cíclicas prohibiciones de actividades y la destruc-ción de imprentas, archivos y locales de periódicos. Porcierto, las cárceles resultaban ser maletas herméticamentecerradas, pero con doble fondo: se transformaban en es-pacios de concientización de los otros presos “sociales”.Y las prohibiciones no eran más que molestias al paso,gajes del oficio. No solamente porque el derecho a la pu-blicación de sus “zamizdats” se los daban ellos mismos,sino porque en el terreno de la clandestinidad losanarquistas eran baqueanos. Por lo demás, ningún anar-quista tenía el día comprado. Se diría que vivían en liber-tad condicional. La sinceridad política se extendía a otrosámbitos de la actividad, particularmente respecto del ma-nejo del dinero, tema con el cual se mantenía una estricta
  31. 31. CABEZAS DE TORMENTA / 37escrupulosidad. Los registros contables de los sindicatosanarquistas eran perfectos. No pocos historiadores de laGuerra Civil Española han podido reconstruir movimien-tos de dinero a partir de los registros de la ConfederaciónNacional del Trabajo. La condición de ilegalidad no ex-ceptuaba a los militantes de esta “honestidad financiera”,incluso en los casos límite, muy debatidos entre ellos, delos “expropiadores” y los “falsificadores de dinero”. Lo“recaudado” no podía disponerse para uso personal; per-tenecía al pueblo o eran fondos a ser donados para activi-dades culturales u organizativas. Ésas eran las reglas desu jurisprudencia, que se extendían a los problemas ideo-lógicos o relacionales entre compañeros, para los cualesse habilitaban, de ser preciso, “tribunales de honor”.Anarcosindicalistas, expropiadores, guerrilleros antifran-quistas, anarcoindividualistas, combatientes junto al ma-quis, partisanos, regicidas, “mujeres libres” en España,crotos, “wooblies”, foristas, “ceneteros”, organizadoresde huelgas contra la United Fruit Company, y decenas deotras mutaciones, todos ellos trataron, en lo posible, devivir y morir en su ley.Su “ley”: ¿en qué medida los anarquistas no experi-mentaron una tensión espiritual entre el esfuerzo por“mejorar” el alma y la insondable turbulencia espiritualque se vierte en ímpetus violentos? Probablemente. Susacciones fueron muchas veces sangrientas e insensatas;otras veces sacrificadas y dignificantes. Fueron seres deextremos. Así como la historia del capitalismo moderno yde la sociedad industrial es inescindible del surgimientodel sindicalismo, así también el anarquismo es incompren-sible sin su antípoda, la jerarquía. El anarquista y el mo-narca siempre se midieron entre sí, como capas geológicasque no se confunden aunque se reconocen y se estudianmutuamente, como cérvidos que eventualmente se enfren-tan en campos de lidia. Pero esa misma tensión nutre la
  32. 32. 38 / CHRISTIAN FERRERtendencia a asilarse centrípetamente en las propias ideas yprácticas culturales como también convoca complejas re-laciones osmóticas entre el “alma anarquista” y el “almaburguesa”, vínculos que deben analizarse a través de losprocesos metamorfóticos que su mutua pugna produce enla frontera en disputa.Durante el tiempo en que el anarquismo desplegó unainfluencia nítida sobre la acción sindical, sobre las sensi-bilidades populares de zonas específicas de Occidente ysobre sectores de la opinión pública “ilustrada”, operócomo movilizador político y antropológico de un desor-den fértil y como hostigador de las fuerzas de la tradicióny el estatismo. Colaboraba, junto a otras ideas y sectorespolíticos, en la desorganización de la herencia política yespiritual del “ancien régime”. A la vez, el anarquismodifundió un modelo de personalidad libre, un ideal exi-gente cuyo logro histórico consistió en ejercer una pre-sión, una “curvatura”, sobre las creencias e institucionesmodernas, pero también sobre las apetencias de mayorautonomía individual y de más amplia libertad que yagerminaban en la imaginación social del siglo XX. En suma,su insistencia en que el Estado obstaculizaba la libre aso-ciación tanto como las capacidades creativas de los sereshumanos lo transformó en una suerte de símbolo antípo-da a la imaginación jerárquica. Pero su zigzagueante cir-culación en el mundo de las ideas y la distinta suerte queles tocó a sus intentos sediciosos no se explica únicamentepor el radical ángulo político que ocupó en la moderni-dad. También el anarquismo resultó ser el emergente pe-culiar de un nuevo tipo de relación social que enormessectores de la población occidental ya ansiaban y practi-caban, el gusto por la afinidad electiva. Por otro lado, entanto minoría demográfica sostenida en prácticas éticas(irreductibilidad de la conciencia, innegociabilidad de lasconvicciones, construcción de instituciones contrapotentes,
  33. 33. CABEZAS DE TORMENTA / 39despliegue de grupos de afinidad, rituales de autofor-mación específicos), las vidas anarquistas en sí mismas,que siempre bascularon entre el color tenebroso y el auralírica, constituyeron un modelo moral que atrajo intermi-tentemente a las energías refractarias de sucesivas oleadasde jóvenes. Comprender la fuerza de esta atracción no essencillo, y es de poca utilidad la explicación psicologista,a saber, que los jóvenes necesitan por un tiempo de unaestadía en el infierno o bien mantener intacto su sentidode la irrealidad hasta el momento de “sentar cabeza”. In-dudablemente, el adjetivo “revolucionario” le cabe al anar-quismo como un guante al puño, pero entre las facetasque admitía esta idea descuella la de “subversiónexistencial”. El anarquismo constituyó una respuesta sub-jetiva radical que movilizó el malestar social de su época.A lo largo del siglo XIX, la irritación social en relación conel hambre y la autocracia posibilitaron el despliegue demovimientos políticos y sindicales de oposición. El ham-bre se correspondió con la demanda de dignidad laboral yhumana, y el socialismo, el sindicalismo y el populismofueron sus portavoces. La autocracia se correspondió conel reclamo de mayores amplitudes civiles, y el liberalismo,el socialismo y el feminismo devinieron respuestas políti-cas. El anarquismo participó, a modo de tecla suelta, deeste abanico. Sin embargo, la cuestión de la “vida falsa”,propia de las torsiones vitales de la época burguesa, tam-bién se constituyó en un irritador difuso del malestar so-cial. La preocupación por la insinceridad relacional, eltedio, la “alienación vital” y la autocontención emocio-nal son temas que recorrieron a la modernidad, desde elromanticismo a las rebeliones existencialistas de los añossesenta del siglo XX. La insistencia de los anarquistas en lacuestión de la vida falsa y sus propias vidas facetadas comoejemplos morales quizás expliquen por qué la sensibili-dad refractaria se acopló más dúctilmente al anarquismo,
  34. 34. 40 / CHRISTIAN FERRERo a sus variantes laterales o paralelas, que a otros movi-mientos de ideas; y también es la causa de su extraña su-pervivencia actual, una vez que sus otrora potentes sindi-catos y sus participaciones revolucionarias pasaron a serpoco menos que partes históricos para el mundo acadé-mico que se interesa aún en este tipo de herejías políticas.Esa supervivencia no equivale al rebrote del yuyo en eljardín bien ordenado, sino al sarpullido somático en uncuerpo que ha sido una y otra vez persuadido de doblar lacerviz o de descargar sus malestares en espacios previa-mente delimitados al efecto. En tanto y en cuanto perdureel malestar, el anarquismo podrá resurgir como retornode lo que ha sido mal reprimido. El demonio rojo y eljudío errante han sido los emblemas grabados a fuego enla historia anarquista. También lo han sido el Ave Fénix yLázaro redivivo.
  35. 35. CABEZAS DE TORMENTA / 41GASTRONOMÍA Y ANARQUISMORESTOS DE VIAJES A LA PATAGONIALAS EXPEDICIONESCuatro son los puntos cardinales y cuatro los hombressignificativos que ingresaron en la Patagonia a fines delsiglo pasado. Por el Norte, el general Julio Argentino Rocaal mando de un ejército; por el Sur, el anarquista ErricoMalatesta junto a otros cuatro compañeros de ideas; porel Este, doscientos emigrantes galeses liderados por LewisJones, que arribaron en un buque llamado Mimosa, un“Mayflower” para la región del Chubut, en busca de unanueva vida; y por el Oeste, a través de tierras araucanas,el francés Orllie Antoine de Tounens, hidalgo arruinadoque pretendía un cetro y una corona. La Patagonia fueinvadida por un militar, que sería próximo presidente dela Argentina; por un rey de opereta; por un anarquistafugitivo del gobierno italiano; y por unos colonos cuyolíder creía en un vago ideario socialista de índole fabiano.Cada uno de ellos tenía en mente un modelo de organiza-ción colectiva: la Comunidad corresponde a los colonos;el Imperio al autoasumido rey de Araucanía y Patagonia;el Estado-nación al general Roca, y al fin la RevoluciónMundial a los anarquistas. Cada una de estas expedicio-nes patagónicas dejó tras de sí restos históricos,emblemáticos, espirituales, e incluso gastronómicos, que,a excepción de la crónica de la incursión estatal-militar,fueron disolviéndose en el olvido, y resultan ser, para losargentinos de hoy en día, vaporosos; a lo sumo, anécdo-tas. Esos vestigios están enterrados a ras de tierra: sobre-viven débilmente en las leyendas populares de la región o
  36. 36. 42 / CHRISTIAN FERRERen los rumores excéntricos que de vez en cuando alguienrememora. Es justo: el Estado se ocupa de promover lasgestas unificadoras del territorio y de incrustarlas en losprogramas curriculares difundidos en escuelas y universi-dades. Los demás sólo pueden aspirar a la piedad históri-ca que se transmite de boca en boca, cuencas carnales queamparan la historia social de un pueblo. En ocasiones,una sola persona en el mundo recuerda lo sucedido.A mediados del siglo XIX la Patagonia era sinónimo deterritorio desconocido, gigante, semidespoblado y nuncamensurado. Era el mundo exclusivo de los Tehuelches yMapuches. Y aún circulaban leyendas improbables sobrela existencia de El Dorado, la ciudad forrada en oro quebuscaron afanosamente los conquistadores españoles.Lejos de su larguísima línea costera, en donde de vez envez se detenían exploradores, balleneros o abastecedoresde los escasos puertos allí establecidos, el desiertopatagónico era tierra de nadie, es decir, de indígenas. Era“La Tierra”, tal como la llamaban los Mapuches, sus po-bladores primigenios. Sólo algunos pioneros y los eternostraperos que comerciaban con los indios conocían los sen-deros interiores. El auténtico gobernante de la Patagoniaen el siglo XIX era el viento, cuyas borrascas fogosas al-canzaban, en su momento de esplendor, los ciento veintekilómetros por hora. Al terminar el día, el silencio trans-parente y la noche austral, valvas simétricas, se fundíansuavemente. Patagonia era una palabra escrita en un mapavacío, al cual los gobernantes argentinos recientementeliberados de su larga guerra civil vigilaban ansiosa ycodiciosamente desde Buenos Aires, preocupados por lasposibles reclamaciones chilenas o europeas.
  37. 37. CABEZAS DE TORMENTA / 43COLONOS Y SOLDADOSAlgunos galeses huían de la intolerancia religiosa; delos ingleses, todos. En 1865 los colonos desembarcaronen el Golfo Nuevo y se internaron por el valle del ríoChubut. Lucharon contra los elementos y fundaron pue-blos a lo largo de la ribera: Madryn, Rawson, Gaiman,Trevelyn. Durante años, sus vecinos habituales no seríanlos argentinos sino los indios Tehuelches, quienes,pedigüeños ocasionales, les reclamaban comida y todo tipode utensilios. El intercambio se hacía en lenguajesintraducibles en Buenos Aires: en galés y en tehuelche. Apoco de llegar murió el primero de los colonos y fue ente-rrado en un cementerio consagrado, atrás de la capillaprotestante. Fue entonces cuando la ciudad de losinmigrantes dio una vuelta de campana sobre sí misma.Ese cementerio, ya colmado, fue clausurado en la décadade 1930. Aun así, el último de los emigrantes originariossería enterrado en ese primer camposanto, reabierto ex-clusivamente para este último de los primeros. Lentamen-te, los galeses se acriollaron y al tiempo el valle del ríoChubut comenzó a ser compartido con otras corrientesmigratorias, incluyendo argentinos.Años después, en 1878, el gobierno argentino comen-zaría la ocupación final de la Patagonia mediante un mo-vimiento militar de pinzas al cual se llamó oficialmente la“Conquista del Desierto”, es decir, la subordinación desus dueños originales al Estado argentino. Para acabarcon el “problema del indio” se enviaron tropas al mandodel ministro de Guerra Julio A. Roca, cuya misión consis-tía en traspasar la línea de frontera establecida décadasantes y sembrada de fortines, a fin de derrotar de formadrástica y definitiva a las tribus Ranqueles, Pehuenches,Pampas, Mapuches y Huiliches. Eran 6.000 soldados or-ganizados en cinco divisiones de ejército contra 2.000
  38. 38. 44 / CHRISTIAN FERRERcombatientes indígenas dispersos. Eran fusiles y telégra-fos contra lanzas y boleadoras. Cuando el 25 de mayo de1879 el impulso beligerante de ese ejército ya había deja-do tierra arrasada detrás de sí y había terminado con elpoder del último “capitanejo” indígena, el general Rocada por finalizada la expedición al llegar a los márgenesdel río Negro. Habían muerto 1.300 indios, se habíanhecho 10.500 prisioneros, y 55 millones de hectáreas ha-bían sido incorporados al mapa argentino. Poco después,en esos territorios se fundó una ciudad que hasta el día dehoy mantiene su origen toponímico militar: Fuerte Gene-ral Roca. El destino posterior del comandante sería la po-lítica, de la cual se transformó en el “gran árbitro” duran-te las décadas siguientes. Militar, político, siempre seríaun “Hombre de Estado”. Aun así, la ocupación definitivade la Patagonia llevaría diez años más de escaramuzascon indígenas localizados más al sur.EL REYDos décadas antes, por el Oeste, desde Chile, un hom-bre solitario que sueña con imperios cruza la Cordillerade Los Andes. Tiene treinta y cinco años. Había sido pro-curador en Périgueux y ávido lector de libros de geografíay de viajes. El esfuerzo rutinario sin provecho alguno sedecantó a favor de un periplo por Sudamérica para tentarsuerte y conquistar tierras. En 1858 desembarca en el puer-to de Coquimbo, Chile. Durante los siguientes dos años,y aun antes de pisar los territorios donde los araucanosvivían ajenos a los designios del gobierno chileno, ya sehabía pertrechado de una bandera, un escudo y una cons-titución para su futuro reinado. En 1860, junto a dos co-merciantes franceses que solían traficar baratijas y vicioscon los indios, y a los que había prometido elevar al ran-
  39. 39. CABEZAS DE TORMENTA / 45go de ministros, se interna en la Araucanía. Lentamente,a lomo de mula, arribó a la tierra que se había prometidoa sí mismo. El 17 de noviembre de 1860, apenas conse-guido un tímido y ambiguo apoyo de los caciques indíge-nas, Orllie Antoine emite un decreto proclamándose a símismo rey de Araucanía. Acto seguido, envía una comu-nicación postal dirigida al presidente de Chile, ManuelMontt, anunciándole la buena nueva; noticia que el go-bierno chileno decidió ignorar por completo. Un rey sinejército no supone un problema, por más que el primernúmero romano haya sustituido al apellido Tounens. Tresdías después, con otro decreto, anexa a la Patagonia ar-gentina entera a su reino, al cual bautiza con el nombrede “Nouvelle France”. La primera aventura araucana deOrllie Antoine finaliza abruptamente en enero de 1862,cuando es atrapado por un destacamento militar, luegode ser traicionado por sus guías y lenguaraces chilenos.Para entonces, el gobierno del nuevo presidente José Joa-quín Pérez estaba medianamente alarmado ante la posibi-lidad de una sedición indígena soliviantada y liderada porun maniático francés. Dos años de arengas a los indios yde solitario reinado se desgranaron en una prisión chile-na, donde permanece por nueve meses. Es juzgado, y con-denado a ser recluido en la Casa de Orates de Santiago deChile, humillación de la que fue salvado por la oportunaintervención del cónsul de Francia en Valparaíso, que lo-gró repatriarlo a París. Había sido destronado.En el “destierro” francés, que dura de 1862 a 1869, sevolverá objeto de mofa; una “curiosidad”. Pero el hom-bre es incansable. Publica un periódico, lanza un mani-fiesto, fatiga al senado francés con una petición tras otra.En 1869 desembarca nuevamente en San Antonio, costaargentina de la Patagonia, y atravesando las pampas des-emboca entre las tribus araucanas de Chile. Uno de susacompañantes se llamaba Eleuterio Mendoza, que bien
  40. 40. 46 / CHRISTIAN FERRERmerecería ser el nombre de un anarquista. Perseguido porel ejército chileno, vuelve a cruzar la cordillera en sentidoinverso y llega al puerto de Bahía Blanca, casi el mismolugar donde había iniciado la reconquista de sus territo-rios. Era julio de 1871. Embarca a Buenos Aires, donde esentrevistado por varios periódicos. La Tribuna, que seríael órgano político del “roquismo”, se sorprende irónica-mente de que el gobierno argentino “no le haya hecho larecepción debida a su alto rango”. En abril de 1874 in-tenta por tercera vez llegar hasta sus súbditos. Desde Bue-nos Aires y en el barco Pampita viaja a Bahía Blanca, dondees reconocido, detenido y expelido rápidamente a Fran-cia. De allí en adelante vivirá en una corte de mentira,rodeado de ministros sin poder y de aventureros variosque inauguraban las sesiones de la corte cantando el Him-no del Imperio a voz en cuello. Otorgaba títulos de noble-za y vendía monedas acuñadas de un reino inexistente, devalor únicamente numismático, pues ni siquiera en su fal-sa corte eran aceptadas como medio de pago. Curioso:mientras compartió las rutas de los mapuches sólo el anti-guo método del trueque le permitió sobrevivir. Al fin, aco-sado por sus acreedores, se refugió en la región deDordoña, donde se ganó el pan de cada día con el oficiode lamparero público en el municipio de Tourtoirac. Y asíhasta el 19 de septiembre de 1878, cuando el rey de laAraucanía y la Patagonia fue llamado a visitar un reinosuperior.EL ANARQUISTAErrico Malatesta había nacido un 14 de diciembre de1853 en Santa Maria Capua Vetere, una ciudad presidiaria.Sus padres eran modestos terratenientes, de ideas libera-les. Cuando Malatesta tenía catorce años escribió una
  41. 41. CABEZAS DE TORMENTA / 47carta, insolente y amenazadora, dirigida al rey VittorioEmmanuele II. La policía se tomó la correspondencia muyen serio: fue arrestado y apenas logró salvar la ropa. Elpronóstico del padre no fue alentador: “Pobre hijo, mesabe mal decírtelo, pero a este paso acabarás en la hor-ca”. Luego de enterarse de la insurrección de París, en1871, adhiere a las ideas de la Internacional, y con dieci-siete años viaja a Suiza a fin de conocer al patriarca MijailBakunin. De allí en adelante, se transformó en uno de losrevolucionarios más famosos de su tiempo. Editó el pe-riódico La Questione Sociale, primero en Florencia, entre1883 y 1884, luego en Buenos Aires, en el año transcurri-do entre 1885 y 1886, y al fin en Nueva Jersey, de 1899 a1900. Organizó grupos de compañeros, fundó sindicatos,editó publicaciones, lideró revueltas, escribió algunos li-bros breves, y sobre todo procuró unir a la “familia anar-quista” y salvarla de sus tendencias centrífugas. Con eltiempo editaría también los periódicos L’Associazione,L’Agitazione, Volontà, Umanità Nova y Pensiero eVolontà. Pasó treinta y cinco años de su vida en el exilio,difundiendo “la idea” por España, Francia, Suiza, Ingla-terra, Portugal, Egipto, Rumania, Austria-Hungría, Bél-gica, Holanda, Estados Unidos, Cuba y la Argentina. En1874 fue encerrado en la cárcel, por primera vez, luego deliderar una insurrección en Apulia. Tres años después, almando de una banda de anarquistas, Malatesta ocupó laaldea de Letino, donde, en presencia de los campesinos,destituye al rey Vittorio Emmanuele y ordena quemar losregistros fiscales de la región. La bandada anarquista sedirigió luego al pueblo de Gallo, donde rompieron la me-dida con la que se ponderaba el impuesto en harina. Nue-vamente es llevado a juicio y condenado a tres años deprisión, de los que cumple solamente uno. Más adelantepasaría muchas temporadas en la mazmorra. Cuando yase había hecho un nombre en los ambientes anarquistas,
  42. 42. 48 / CHRISTIAN FERRERlogra sortear una orden de detención cursada en Florenciaintroduciéndose en un barco, oculto en una caja que tam-bién contenía una máquina de coser. Llegaría a la Argen-tina munido del pasaporte de polizón, junto a otros cua-tro camaradas. Era el año 1885. En Buenos Aires se conectacon anarquistas italianos nucleados alrededor del CírculoComunista Anárquico, y casi inmediatamente reinicia lapublicación de La Questione Sociale, que se repartía gra-tuitamente y de la cual se editaron catorce números. Enesta ciudad trabajó primeramente como mecánico electri-cista en el taller de su compañero Francesco Natta, y lue-go en la elaboración de vinos. Permanecería en Argentinahasta 1889. Durante toda su vida, cuya mitad transcurrióen cárceles, exilios y confinamientos domiciliarios,Malatesta se destacó por su sentido práctico y su capaci-dad organizativa y publicística. Nunca fue un soñador:siempre creyó que la voluntad humana era más importan-te que la “inevitabilidad histórica” de la revolución y queninguna acuñación utópica podía sustituir al análisis pre-ciso de las coyunturas históricas.Y sin embargo, también él se internó en la Patagonia.GEOGRAFÍA ESPIRITUALBrújulas, teodolitos y mapas son imprescindibles paracartógrafos y exploradores; también para propietarios detierras y gobernantes. No obstante, la tierra también hasido hollada por caravanas nómades, expediciones perdi-das, errancias, diásporas, odiseas y éxodos. El espacio fí-sico no es un dato material constante; por el contrario, esla arcilla hendida y modificada continuamente por las le-yes humanas del espaciamiento, en cuya jurisdicción ri-gen el esfuerzo y la imaginación tanto como la suerte y lareticencia de la naturaleza. En la conjunción de estas cua-
  43. 43. CABEZAS DE TORMENTA / 49tro condiciones se abren paso las expediciones de hom-bres solos o de tropas organizadas. Así como algunos adi-vinan el destino sobre un portulano otros avistan el de-rrotero en manifiestos o en los rumores que son soltadosen las ciudades. Entre los hombres y las regiones han deexistir secretas correspondencias a las que el cartógrafoharía bien en atender: son los paralelos y meridianos deun atlas espiritual. El aire de familia entre humanos y te-rritorios pertenece al orden de los elementos cuya corres-pondencia puede elevarse a rango de principio cosmo-gónico. A esa correspondencia “cartográfica” podemosllamarla “geografía espiritual”, una ciencia que, sin rene-gar de la historia o la economía, hace evidentes los pasosperdidos, los senderos olvidados, las rutas desusadas, ysobre todo, permite hacer intersectar los atlas imagina-rios (literarios, utópicos, legendarios) y los dramas bio-gráficos. La imaginación se superpone e imprime sobre lamateria: sirva de ejemplo la toponimia patagónica, queexpone la desbordante creatividad lingüística de explora-dores y pioneros: el humor y el delirio se unen al santoraly la simbología estatal. Inútil consultar los mapas de lageografía espiritual en busca de “energías cósmicas” uhorizontes turísticos novedosos, pues en ellos sólo resaltala materia emocional que un historiador atento deberíarescatar de los escombros, documentos y relatos orales.El buen cartógrafo aprende a desconfiar de las medicio-nes precisas, pues a cada espacio físico corresponde unatlas simbólico. La geografía paralela es la psiquis de lacartografía y también la “anímica” de las naciones.Ciertas extensiones del planeta están filiadas entre sí,por guardar recodos, entradas y paisajes que ningún hom-bre ha visto aún. Sin embargo, no son los primeros hom-bres los enemigos de las tierras vírgenes. El exploradorsiempre ha sido un “adelantado del verbo”: nombra losríos, clasifica la flora y bautiza los confines; pero el agri-
  44. 44. 50 / CHRISTIAN FERRERmensor, notario estatal, mide, calcula y diagrama el terre-no. No obstante, los misántropos, aventureros y répro-bos, llegan antes. La Patagonia, incluso hasta nuestros días,carece de historia; sólo dispone de historias, a las que elsistema pedagógico nacional soslaya prolijamente y quesólo pueden ser rescatadas de los rumores que el viento sellevó. La de Malatesta es una de tantas. Las dimensionesde la cartografía poblada de “historias” deben proyectarsea escala humana, tomando en consideración el modo enque la geografía actuó sobre el destino de los que allíincursionaron, no en tanto condición topográfica o eco-nómica, sino como activadora de tareas o como resolutorade fuerzas anímicas en tensión. El drama personal y elmedio ambiente donde es puesto en obra conforman lasdos piernas del compás que traza los arcos espirituales deesta geografía paralela. Hombres como Malatesta, OrllieAntoine o los colonos galeses, querían confirmar que enlas grandes extensiones hay libertad. No una libertad me-tafísica. Aquí hay que inventariar a beneficio de inventa-rio la geometría defectuosa: falta catastro, frontera, hi-tos, plaza fuerte, señalización. Pero a la libertad geográficaperfecta, que es polar, la naturaleza no le es propicia. Pro-mover el lirismo de la libertad expedicionaria o la nostal-gia de los pioneros y otros hombres de frontera resultainconducente, pues si estos ejemplos sirven de algo, es parapensar al impulso centrípeto de los últimos cien años, esdecir la creciente mengua de la capacidad humana paraanhelar e imaginar libertades.ORO Y ANARQUÍAEl alambrado de púa y los decretos de creación de ad-ministraciones son las consecuencias forzosas delpoblamiento pionero y desordenado de un territorio.
  45. 45. CABEZAS DE TORMENTA / 51Mucho más tarde, se explotan las riquezas “naturales”de la región. Pero este tipo de soledades, antes de ingre-sar en los relevamientos estadísticos y en los mapas fis-cales de un país, sólo ofrecían una riqueza, a la que des-de antiguo acuden enjambres de desfavorecidos por larueda de la fortuna. Aún más que el hambre o que labúsqueda de “oportunidades”, más todavía que el éxo-do causado por la guerra civil o la persecución religiosa,han sido los metales los que desde antiguo han regidosobre las migraciones humanas. Una historia delnomadismo expondría un mapa de los desplazamientosde herreros y metalúrgicos desde la Edad del Hierro enadelante. En el norte del Canadá como en el sur de laArgentina el oro hibernó durante siglos, pero quien bus-ca la Ciudad de los Césares tarde o temprano encuentrasus ruinas detríticas. De todas maneras, la historia de lasgrandes ciudades que han crecido al amparo de una solaexplotación es la misma historia de las efímeras fiebresdel oro. Ciudades que se erigen, declinan, caen en el aban-dono y son olvidadas. Samarcanda, Petra, Tombuctú,Potosí, Nantuckett, Iquique, Manaos. Pueblos campa-mento, pueblos factoría, pueblos fantasma.En 1882 unos colonos galeses habían descubierto oroen un lugar cercano al río Chubut, en el valle del Tecka.La noticia llega meses después a Buenos Aires. En Chubutsólo se había encontrado, en verdad, una sustancia llama-da pirita, metal rutilante aunque sin valor alguno, el asíllamado “oro de los tontos”. Expuesto el fraude con cele-ridad, nadie tuvo tiempo para organizar una estampidade aventureros hacia la Patagonia, pero mucha gente parólas orejas. Cuatro años después, en 1886, se anunció queen el Cabo Vírgenes (actual provincia de Santa Cruz, en-tonces Territorio Nacional de la Patagonia), mucho másal sur, había oro en cantidad aceptable. Malatesta, anar-quista prófugo, se entusiasma con la noticia y junto a tres
  46. 46. 52 / CHRISTIAN FERRERcompinches1construye soviets en el aire. Oro: en pos deeste palíndromo viajó Errico Malatesta al extremo sur dela Patagonia. ¿Qué hacían cuatro anarquistas escarbandoen ese desierto? Malatesta había liderado un par de re-vueltas fracasadas en Italia que, previa destrucción de nó-minas fiscales y símbolos municipales, lo forzaron a huiral destierro. En Buenos Aires, al comienzo, había intenta-do estimular la acción gremial con pobres resultados. Eraaún un hombre joven que hablaba deficientemente el cas-tellano y que estaba varado en este puerto lejano; y sien-do desaconsejable todavía el retorno a Europa, habrá con-siderado que no perdía nada intentando encontrar supeculiar El Dorado y con el honesto fin de financiar unaimponente revolución mundial con lingotes patagónicos.La imaginación de los revolucionarios suele impulsarloshacia espléndidas auroras tanto como al disparate y lacatástrofe. Las aventuras auríferas del siglo XIX cobijarona numerosos utopistas y carbonarios: a la fiebre del orode California acudieron no pocos fugitivos de la frustra-da revolución francesa de 1848. Pero la fiebre del oro delos anarquistas italianos duraría lo que un santiamén: laexpedición terminó en un callejón sin salida. Los distritosauríferos estaban mayormente bajo el control de una com-pañía explotadora, por la noche la temperatura descen-día a 14° bajo cero, había poca esperanza de hallar otrazona de buen rendimiento y llegó el momento en que losrevolucionarios se hartaron de sobrevivir dando caza alas nutrias de mar. Siete meses después de su llegada, enmedio del invierno, los anarquistas deciden abandonar lazona luego de aventuras nada promisorias: casi muerende hambre y debieron ser rescatados por un barco en cali-dad de náufragos y desembarcados en el pueblo de Car-men de Patagones, ya en la provincia de Buenos Aires.1Galileo Palla, Cesare Agostinelli y otro más apellidado Meniconi.
  47. 47. CABEZAS DE TORMENTA / 53Una vez en la ciudad de Buenos Aires, Malatesta se dedi-ca a actividades propagandísticas, y otro de los fallidosprospectores mineros, Galileo Palla, a falsificar dinero.Esos meses pasados en el sur constituyeron un excéntricoepisodio en la vida del por lo demás bastante sensato re-volucionario. Cuando Malatesta, medio muerto de ham-bre, vuelve a Buenos Aires, da conferencias en italiano enla Librería Internationale de E. Piette, en el Círculo Obre-ro de Estudios Sociales y en el salón de actos del ClubVorwärts. En 1887 ayuda a organizar el primer sindicatoargentino moderno: la Sociedad de Resistencia de losObreros Panaderos2, a la cual le redacta sus estatutos. En1888 participaría en la primera huelga de panaderos delpaís, que duró diez días y acabó en triunfo. Un año des-pués, parte a Europa, donde más adelante lideraría elmovimiento anarquista italiano, luego de sufrir inconta-bles días de cárcel en muchos países. Cuando murió, en1932, hacia años que sufría arresto domiciliario impues-to por Mussolini.LA FIEBREA veces, la geografía gasta bromas pesadas a los estadis-tas: el oro del Yukon se halla a escasos kilómetros de Alaska,territorio norteamericano. Pero siempre hay compensaciónpara los poderosos: décadas después se descubrió oro ne-gro en Alaska. Y antes aún, los rusos se habían alzado conla carne de la ballena y con las pieles de los grandes roedo-res y cérvidos. En cambio, al populacho, a los juntapuchos2Existía un sindicato de tipógrafos desde la década de 1870,aunque organizado según modalidades más clásicas, a la manerade las organizaciones gremiales que brindaban ayuda mutua yformación profesional.
  48. 48. 54 / CHRISTIAN FERRERy a los parias sólo les resta recurrir a la apuesta y a la ilu-sión. No pocas veces ello acaba en desvarío: oro y fiebreson siameses inseparables. La quimera del oro, película delcomunista Charles Chaplin sobre el rush del oro del Yukon,y el libro del anarquista B. Traven (Rett Marut) El tesorode la Sierra Madre, del cual John Houston dirigió su ver-sión, son dos indagaciones desoladoras sobre el delirio pro-vocado por esa droga en polvo. Muchos de lo que peregri-naron al Yukon murieron de hambre durante la travesíahacia el norte helado, y los que allí se quedaron debieronretornar al antiguo oficio de la caza y el comercio de pieles.En la Patagonia, el oro apenas alcanzaba para sobrevivir yextraerlo costaba un trabajo extenuante. Pero incluso elmetal hallado en las zonas auríferas es oro de tontos, puesen la historia centenaria de las estampidas muy pocos sehicieron verdaderamente ricos. La mayoría sólo encontra-ba las pepitas suficientes para subsistir ociosos por unosdías. Luego, era preciso volver a trajinar las aguas del río.En el único lugar de la Patagonia donde se encontró oro araudales fue en la isla de Tierra del Fuego. De allí, en ladécada de los 80, el extravagante rumano Julius Popperextrajo una buena cantidad, dispuso de un pequeño ejérci-to propio y emitió moneda y estampilla hasta que su muer-te prematura le evitó las escaramuzas de rigor con el go-bierno argentino. En Santa Cruz el único filón seguro creceen el ganado ovino. Pero el vellocino no es de oro.Y sin embargo, y a fin de cuentas, en los hornos de panla masa de harina se vuelve dorada.EN LA LETRA DE MOLDECada una de las expediciones tuvo su cronista. Al ge-neral Roca le corresponde toda la historia oficial, y enparticular los partes de guerra de la campaña militar en-
  49. 49. CABEZAS DE TORMENTA / 55viados a Buenos Aires. Su partido político editará un pe-riódico, La Tribuna. Al día de hoy, el nombre de Roca serepite en todas las bocacalles de una de las más importan-tes diagonales de la ciudad de Buenos Aires y su rostroilustra el billete de 100 pesos, la más alta denominaciónmonetaria argentina. No debería sorprender: la toponimiadel territorio tanto como la estatuaria urbana y la efigiegráfica obligatoria son prerrogativas estatales. Pero lamonetaria, al menos, constituirá una gloria efímera: en laArgentina la inflación suele devorar el valor de la monedacon mucha celeridad.Malatesta dejó un breve testimonio3y más tarde su bió-grafo, Luigi Fabbri, contará la aventura aurífera en uncapítulo de su biografía del revolucionario italiano4. Elrey Orllie Antoine I se vio obligado a ser su propio nota-rio de actas, engrandeciendo los hechos de su fiasco impe-rial en francés y en un libro titulado Orllie Antoine I, roid’Araucanie et de Patagonie. Son avènement au trône.Relation écrite par lui même5. Cincuenta años más tarde,el estanciero Armando Braun Menéndez sería el primeroen recuperar y ajustar la historia esperpéntica del rey, yalguien filmaría una película6. En el tiempo transcurrido3Fue publicado a modo de prólogo del libro de Max Nettlau,Errico Malatesta. La vida de un anarquista. Buenos Aires,Ediciones La Protesta, 1923.4Malatesta. Buenos Aires, 1954.5Publicado en París en 1863. Antes de morir volvería a intentarun alegato a favor de su reino, Araucanie, publicado en Burdeosen 1878.6El reino de Araucanía y Patagonia. Emecé Editores, colección“Buen Aire”, Buenos Aires, 1936. Curioso que Braun Menén-dez, miembro de una de las tres familias más ricas de laPatagonia, contara la historia del rey menesteroso. La películase llamó La película del rey, fue estrenada en 1986, y dirigida porCarlos Sorín, con guión suyo y de Jorge Goldemberg.
  50. 50. 56 / CHRISTIAN FERRERentre su primer retorno obligado a Francia y su segundoviaje a Patagonia, Orllie Antoine publicó intermitentemen-te un periódico en Marsella destinado a defender su cau-sa, La Corona de Acero, que resultaba ser una especie deboletín oficial de un reino inexistente. Lewis Jones, engalés, escribió la historia de los colonos, Una Nueva Ga-les en América del Sud, traducida al castellano en la déca-da de 1960. Pero antes, fundaría el periódico I Dravod(“La Verdad”), editado en lengua galesa en el Chubut,crónica diaria de la experiencia de los colonos.Cuando las biografías, los periódicos facciosos y lostestimonios ya han sido olvidados, todavía subsisten lasleyendas en otros estilos y formatos. Se sabe que en lasmesas de los bares circula un anecdotario curioso sobrepersonajes y eventos apenas conocidos. Todo eso acabaen un “sociales del rumor” aunque, a veces, se transfor-ma también en papilla literaria, materia prima de escrito-res. Roberto Arlt debió haber escuchado la historia delfracaso de la expedición de Malatesta en algún bar porte-ño. Son conocidas sus simpatías por el acratismo.Malatesta, que en su madurez sería conocido como el“Lenin de Italia”, nunca se enteró de que su anécdota bio-gráfica sería integrada a la novela Los siete locos, proba-blemente transmutada bajo la forma de un personaje quese propone financiar la revolución mundial con una cade-na de prostíbulos.TRAGEDIAEn 1921 la Patagonia sería el escenario de uno de losdramas más conocidos de la epopeya anarquista. Ese epi-sodio trágico le garantizó a la región su ingreso en el atlashistórico de la revolución. En aquellas huelgas y revueltassucedidas en el Territorio de Santa Cruz morirían más de
  51. 51. CABEZAS DE TORMENTA / 57mil trabajadores. Pero la Patagonia siempre ha convoca-do la imaginación libertaria. Osvaldo Bayer, cronista deaquellas gestas anarquistas de 1920 y 19217, reclamó en1996 la independencia de Patagonia8, propuesta que leganó la animadversión del Senado nacional, donde fueamenazado con ser declarado persona non grata. Pero bienpensado, es inevitable que encontremos anarquistas entodos los arrestos febriles de la historia. En la Fiebre delOro los había. La tierra prometida es siempre Terra Nova,pero los adelantados que allí llegan pronto descubren quesu paso ha ido demasiado rápido y los ha llevado dema-siado lejos y que ya es tarde como para volver sobre suspasos. Irónicamente, los anarquistas, cuando todavía eranpeligrosos, solían acabar en el presidio de Ushuaia, insti-tución que malafamó a Tierra del Fuego con el mote si-niestro de la “Siberia Argentina”, la Isla del Diablo fría9.7La Patagonia rebelde, cuatro tomos. Edición revisada y aumen-tada. Planeta, Buenos Aires, 1982-2000. La edición original sellamó Los vengadores de la Patagonia trágica, publicada en tresvolúmenes por Galerna, en Buenos Aires, 1972-1974, y cuyocuarto y último volumen fue editado, ya en el exilio de Bayer, enAlemania, en 1978. Del libro se hizo una versión fílmica en 1974,que sería prohibida por aquellos años, La Patagonia rebelde,dirigida por Héctor Olivera, con guión de Bayer y Olivera.8En una entrevista publicada en la efímera sección “Patagonia”del diario Página/12.9El presidio estuvo en funciones hasta fines de los años ‘50. Elanarquista más famoso allí confinado fue Simón Radowitzky,quien había ajusticiado en 1909 al jefe de Policía coronel RamónFalcón, y quien sería protagonista de dos fugas frustradas.Muchos otros anarquistas permanecieron años en el lugar. Perotambién estaba un preso enloquecido conocido como “El rey delas finanzas”, quien realizaba rocambolescas e imaginariasespeculaciones financieras que le hacían afluir a la celda millo-nes de dólares todos los días para diversión de los turistasocasionales. La historia del vía crucis de Radowitzky fue conta-da por Osvaldo Bayer en su libro Los anarquistas expropiadores
  52. 52. 58 / CHRISTIAN FERRERSECUELASEl 2 de abril de 1982 el ejército argentino inicióabruptamente la conquista de la única porción de suelopatagónico que cien años antes había quedado fuera desus posibilidades. Apenas comenzada la Guerra deMalvinas, la colectividad galesa del Chubut tomó inme-diato partido por la causa argentina. No fueron las tresgeneraciones nacidas en Patagonia la única causa quemotivó esa preferencia. Los galeses aún recordaban laantigua opresión de su tierra originaria a manos de losingleses, que incluso llegaron a prohibir el uso público denombres propios escritos en gaélico, condición que sólose recuperaría al pisar tierra argentina. A su vez, losanarquistas locales se constituyeron en uno de los poquí-simos grupos del arco de la izquierda local en manifestar-se en contra de la guerra. Por ese tiempo, en momentos enque la armada inglesa navegaba hacia el Atlántico sur, unpequeño buque se deslizó por el Canal de la Mancha endirección a las Islas del Canal, bajo soberanía inglesa. Porla madrugada, el heredero actual del reino de Araucanía yPatagonia, junto a un breve séquito, plantó la banderaimperial en la playa de la isla Guernsy. El rey en el exiliofrancés había decidido protestar contra el intento inglésde invadir sus “Illes Malouinas”, a las cuales considerabaun apéndice insular de su enorme aunque prohibido im-perio.Mucho antes, y mientras Malatesta buscaba oro en laPatagonia, el presidente Julio Argentino Roca se dirigió(Editorial Galerna, Buenos Aires, 1974; Editorial Planeta, Bue-nos Aires, 2003; Virus Editorial, Barcelona, 2004). Y la historiade la planificación de las dos fugas de Radowitzky, a cargo deMiguel Arcángel Roscigna, ha sido llevada recientemente apelícula, en Uruguay, en un documental titulado Ácratas.
  53. 53. CABEZAS DE TORMENTA / 59caminando, junto a todos sus ministros y la escolta mili-tar, hacia el Congreso de la Nación. Poco antes de entre-gar el mando a su concuñado Miguel Juárez Celman, seencaminaba a inaugurar el XXVI período de sesiones delParlamento argentino. Allí dirigiría el cíclico y tradicio-nal mensaje al país. Era el 10 de mayo de 1886. Por en-tonces el Congreso funcionaba en una mansión que habíapertenecido a la familia Balcarce y que luego sería la sededel Banco Hipotecario Nacional. Eran la tres de la tarde.En ese momento un anarquista llamado, paradójicamen-te, Ignacio Monjes, salió de la multitud y se abalanzó so-bre Roca, asestándole un golpe en la cara con una piedra.Mientras Roca cae al suelo, Carlos Pellegrini, su ministrode Guerra y futuro presidente, derriba al atacante. La he-rida era leve, y ya en el Congreso el ministro de SaludEduardo Wilde le practicó las primeras curaciones y levendó la herida. A pesar del desaliño ceremonial, Rocadirigió su mensaje al país. La escena fue inmortalizada enun cuadro que hasta el día de hoy puede contemplarse enel Salón de los Pasos Perdidos del Congreso. Ignacio Mon-jes pasaría diez años de su vida en la cárcel. Sesenta añosdespués, Laureano Riera Díaz, último dirigente anarquis-ta del Sindicato de Panaderos, una vez perdida la conduc-ción del gremio, viajó con varios compañeros de ideas ha-cia Barcelona. Era el año 1936 y en Cataluña no sólo lospanaderos eran anarquistas: la ciudad entera estaba or-namentada de banderas rojinegras.GASTRONOMÍAQuienes se internan en territorio desconocido han desobrellevar aún una prueba más, y una de las más básicas:la prueba del hambre. Demasiadas veces comer y sobrevi-vir se vuelven verbos homónimos. La comida, salvo en el
  54. 54. 60 / CHRISTIAN FERRERcaso del ejército organizado de Roca, no la tenían garan-tizada ni los pioneros, ni el rey sin corona, ni losanarquistas. De cada una de las cuatro expediciones a laPatagonia cabe destacar su deriva gastronómica, que alfin y al cabo sería la única duradera. De antiguos impe-rios y de lenguajes que alguna vez se hablaron en enormesextensiones hoy sólo restan ruinas e ininteligibles escritu-ras. Sin embargo, sus hábitos culinarios sobrevivieron enlas rutinas de la población, atravesando además reorgani-zaciones geopolíticas, cambios de dioses, de tecnologías yde alfabeto. La relación entre una cultura gastronómica yel territorio donde ella se despliega viene determinada porla cuota de animales y vegetales que en el momento de lacreación les fuera otorgada en suerte. También por la be-nignidad del clima y la voluntad de aprendizaje y meta-morfosis de un pueblo. Pero quienes están en marcha tam-bién lo están a merced de sus provisiones, de la bondad delos extraños, y de la suerte.Indudablemente, los colonos galeses vivieron de lo queen Chubut sembraron y cosecharon, y sin duda tambiénOrllie Antoine y los anarquistas debieron verse obliga-dos, en algún momento de su travesía, a recurrir a la cazay la pesca, y han de haber saciado el hambre con un bifede guanaco o con una porción de “picana” de avestruz10.Sin embargo, todos ellos innovaron en materia de gastro-nomía. Artemio Gramajo, edecán de campaña del generalRoca en su incursión a la Patagonia, le inventó a su jefe elúnico plato auténticamente argentino: el “RevueltoGramajo”, bautizado a partir de su apellido. Mientras losdemás se veían obligados a masticar su ración diaria de10Son dos platos tradicionales de la región patagónica, aunquela caza del guanaco, camélido sudamericano, y del avestruz,con cuyo pecho se confecciona la picana, están actualmenteprohibidas.

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