El tercer ojo lobsang rampa (1956)

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El tercer ojo lobsang rampa (1956)

  1. 1. PROLOGO DE LOS EDITORES La autobiografía de un lama tibetano es la crónica únicade una experiencia y, como tal, inevitablemente difícil dec o r r o b o r a r . E n u n i n t e n t o p o r c o n f i r m a r l a s afirmaciones delautor, los editores sometieron el manuscrito al examen de casiveinte lectores, todas personas de inteligencia y experiencia,algunas con conocimientos especiales sobre el tema. Susopiniones resultaron tan contradictorias que no se obtuvoningún resultado positivo. Al gunos cuestionaron la veracidad deuna sección; otros, la de otra; lo que un perito no admitía, eraaceptado incuest i o n a b l e m e n t e p o r o t r o . L o s e d i t o r e s s ep r e g u n t a r o n : ¿existe algún perito que haya recibido laeducación de un lama tibetano en sus formas másevolucionadas? ¿Habrá a l g u n o q u e h a y a s i d o c r i a d o e n e ls e n o d e u n a f a m i l i a tibetana? Lobsang Rampa ha mostrado docu men tos que prueban queposee títulos de médi co de la Uni versidad de Chungking, y enesos documentos se lo llama Lama del Monaster i o d e P o t a l a e nL h a s a . E n l a s m u c h a s c o n v e r s a c i o n e s personales que hemossostenido con él, ha demostrado ser un hombre d e poder es ylogros poco comunes. En lo que respecta a muchos aspectos des u v i d a p e r s o n a l h a m o s trado una reticencia que a vecesresultó desconcertante; p ero todos tien en d erecho a guardarciertos secr etos, y Lobsang Ramp a sostien e qu e está obligado acierta ocul tación por la seguridad de su familia en Tibetocupa do por 9
  2. 2. LOBSANG RAMPAlos comunistas. En realidad, con ese propósito ha falseadocier t o s d et a lles , t a l es co m o l a ver dadera posición de su padreen la jerarquía tibetana. Por estos mo tivos, el autor debe a ceptar —y lo acepta debuen grado— la total responsabilidad de las declaraciones quehace en este libro. Podemos creer que aquí y allá excede loslímites de la credulidad occidental, aunque los puntos de vistaoccidentales no pueden ser decisivos en los asuntos que aquí setratan. A pesar de todo , los editores c r e e n q u e E L T E R C E ROJO es en su esencia, un relato auténtico de la crianza ye d u c a c i ó n d e u n m u c h a c h o tibetano, en su hogar y en unlamasterio. Con ese espíritu publicamos este libro. Cualquieraque difiera con nosotros, c r e e m o s q u e p o r l o m e n o s e s t a r á d ea c u e r d o e n q u e e l autor está dotado de gran habilidadnarrativa y del poder d e e v o c a r e s c e n a s y p e r s o n a j e s d ei n t er é s a b s o r b e n t e y único. 10
  3. 3. PREFACIO DEL AUTOR Soy tibetano. Uno de los pocos que han llegado a esteex traño mundo occid ental. La sintax is y la g ramática deeste libro dejan mucho que desear, pues jamás recibí unasola lección formal de inglés. Mi "Escuela de inglés" fueun campo japonés de prisioneros, donde aprendí el idiomalo mejor que pude, de las mujeres inglesas y americanas, ala s q u e a ten d í como m éd ico. Ap r en d í con mu cho s trab a-jos y grandes errores a escribirlo. Ahora mi amado país está invadido —como se predijo—p o r la s h o r d a s co m u n is t as . S ó lo p o r e s te m o t i v o h e f al-seado mi nombre y el de mis amigos. Habiendo hechotanto contra el comunismo, sé que mis amigos en losp a ís es co mu n is t as sufrir án s í se de s cu br e m i id en t idad .Como he estado en manos comunistas y japonesas, sé porexp eriencia personal lo que pu ed e hacer la tortura, p eroeste libro no trata de torturas, sino que se refiere a unpaís que ama la paz y que ha sido tan mal comprendido ytan mal representado durante tanto tiempo. Me dicen que algunas de mis declaraciones pueden noser creídas. Ese es vuestro privilegio, pero Tibet es un paísdesconocido para el resto del mundo. El hombre queescribió, refiriéndose á otro país, que "la gente cabalgabaen tortug as sobre el mar", provocó risas d e escarnio. Lom i smo o cu rr ió con q u i en es h ab ían v is to p ec es q u e eranp "fósiles vivos". Sin embargo, estos últimos fueron recien-temente descubiertos y un espécimen fue llevado en aviónhasta los Estados Unidos, para su estudio. Nadie creyó enesos hombres. Eventualmente se probó que eran veraces.Lo mismo ocurrirá conmigo. T. LOBSANG RAMPA Escrito en el Año de la Oveja de Madera, BM/TLR, Monomark House, Landon, W.C.1. 11
  4. 4. 12
  5. 5. CAPITULO UNO MI NIÑEZ EN EL HOGAR --Oé. Oé. ¡Tienes cuatro años y no puedes sentarte enun caballo! ¡Nunca serás un hombre! ¿Qué dirá tu noblepadre? Con esto, el Viejo Tzu le dio al pony --y al infortunadojinete— un vigoroso golpe en el cuarto trasero y escupióen el suelo. Los techos y las cúpulas doradas del Potala resplande-cían bajo el brillante sol. Más cerca, las aguas azules delTemplo de la Serpiente ondeaban para señalar el paso delas aves acuáticas. Desde más allá de la senda de piedrallegaban los gritos de los hombres que animaban a los yacslentos que salían de Lhasa. De más cerca llegaba el "bmm,bmm, bmm", que conmovía el pecho, de las trompetas debronce de los monjes músicos que ensayaban en los cam-pos, lejos de la gente. Pero yo no tenía tiempo para atender a esas cosascomunes y vanas.. Estaba abócado a la muy seria tarea demantenerme sentad o e n mi muy mal dispu esto pony.Nakkin tenía otras cosas en la cabeza. Quería verse librede su jinete, libre para comer el p asto y rodar y patear elaire. El Viejo Tzu era un maestro inflexible y aborrecible.To da su vi da había sido severo y duro, y a hora comoguardián y maestro de equitación de un niño de cuatroaños, a menudo perdía la paciencia. Era de Kham, y conotros había sido elegido por su tamaño y su fuerza. Medíamás de dos metros y era muy robusto. Hombreras muyrellenas aumentaban su anchura aparente. En la parte 13
  6. 6. LOBSANG RAMPAoriental del Tibet hay un distrito donde los hombres songeneralmente altos y fuertes. Muchos miden más de dosmetros y -esos hombres eran elegidos para actuar comomonjes policías en los lamasterios. Usaban hombreras relle-nas para aumentar su tamaño aparente, se ennegrecían lacara, para parecer más feroces y llevaban largos garrotesque usaban con prontitud contra cualquier malhechorinfortunado. Tzu había sido monje policía, pero ahora ¡era ama secade un principito! Estaba malamente baldado para caminarmucho, y todos los viajes los hacía a caballo. En 1904, alas órdenes del Coronel Younghusband, los ingleses inva-dieron Tibet y causaron muchos daños. Aparentementepensaron que el método más fácil para asegurarse nuestraamistad era bombardear nuestros edificios y matar nuestragente. Tzu fue uno de los defensores y en acción perdióparte de la cadera izquierda. Mi padre era uno de los dirigentes del gobierno tibeta-no. Su familia, como la de mi madre, se contaba entre lasdiez más importantes, de modo que entre los dos, mispadres tenían considerable influencia en los asuntos delpaís. Más tarde daré más detalles de nuestra forma degobierno. Mi padre era un hombre grande, corpulento, y medíacasi un metro con ochenta. Su fortaleza era algo de lo quese podía estar orgulloso. En su juventud podía levantar unpony del suelo, y era uno de los pocos que podía lucharcon los Hombres de Kham y salir airoso. La mayoría , de los tibetanos tiene pelo negro y ojoscastaños. Mi padre era una de las excepciones, pues teníael pelo cast año y los o jos grises. A menud o estallabasúbitamente en ira, sin razón aparente. No veíamos mucho a mi padre. El Tibet había pasad9por momentos muy críticos. Los ingleses nos habían inva-dido en 1904, y el Da lai Lama se había refugiado enMongolia, dejando a mi padre y a otros del Gabinete paragobernar en su ausencia. En 1909, el Dalai Lama regresó aLhasa después de haber estado en Pekín. En 1910 , loschinos, animados por el éxito de la invasión británica, 14
  7. 7. EL TERCER OJOasaltaron Lhasa. El Dalai Lama volvió a retirarse, esta vez aIndia. Los chinos fueron arrojados de Lhasa en 1911, durantela época de la Revolución China, pero no antes de habercometido crímenes horrendos contra nuestro pueblo. En 1912, el Dalai Lama regresó una vez más a Lhasa.Durante su ausencia, en aquellos días tan difíciles, mi padrey otros del Gabinete tuvieron toda la responsabilidad degobernar el Tibet. Mi madre decía que desde entonces elcarácter de nuestro padre no era el mismo. Realmente notenía tiempo para dedicarse a nosotros, los niños, y enningún momento sentimos su afecto paternal. Yo, enparticular, parecía provocar sus iras, y fui abandonado a laescasa misericordia de Tzu, "para hacer o romper", comodecía mi padre. Mi desdichada actuación sobre un pony era una ofensapersonal para Tzu. En el Tibet, a los chiquillos de la clasealta se les enseña a montar a caballo casi antes de quecaminen. La habilidad a caballo es esencial en un país dondeno hay tránsito sobre ruedas, donde todos los viajes tienenque hacerse a pie o a caballo. Los nobles tibetanos practicanequitación hora tras hora, día tras día. Pueden mantenersede pie en la estrecha montura de madera de un caballo agalope, y disparar primero con un rifle a un blanco enmovimiento, y después cambiarlo por arco y flecha. A vecesjinetes muy adiestrados galopan en formación por un llano, ycambian de caballo saltando de una montura a otra. ¡A mí, alos cuatro años, me resultaba difícil mantenerme sentado enuna montura! Mi pony, Nakkin, era peludo y de larga cola. Habíainteligencia en su cabeza pequeña. Conocía un númeroasombroso de maneras de arrojar a un jinete inseguro. Unade sus bromas favoritas era correr un trecho, detenerse degolpe y bajar la cabeza. Cuando yo me deslizaba, sin poderevitarlo, por su cuello, hasta la cabeza, él la levantaba con unrápido movimiento de modo que yo daba un salto mortalcompleto antes de caer al suelo. Después se quedaba quieto yme contemplaba con burlona complacencia. 15
  8. 8. LOBSANG RAMPA Los tibetanos jamás van al trote; los ponies son peque-ños y el jinete queda ridículo en un pony trotador. Lamayoría de las veces el paso de andadura es bastanterápido y el galope se reserva para los ejercicios. El Tibet era un país teocrático. No teníamos ningúninterés en el "progreso" del mundo exterior. Queríamossólo que se nos permitiera meditar y dominar las limitacio-nes de la carne. Nuestros Hombres Sabios sabían de tiem-po atrás que Occidente codiciaba las riquezas del Tibet, ysabían que cuando los extranjeros entraban, la paz se iba.La llegada de los comunistas al Tíbet ha probado queestaban en lo cierto. Mi hogar estaba en Lhasa, en el elegante distrito deLingkhor, junto al camino circular que rodea toda Lhasa,y a la sombra del Pico. Hay tres caminos circulares enLhasa y el exterior, Lingkhor, es muy frecuentado por losperegrinos. Como todas las casas de Lhasa, cuando nací, lanuestra tenía dos pisos del lado que daba frente al cami-no. Nadie debía mirar al Dala: Lama desde lo alto, demodo que el límite es de dos pisos. Como la prohibiciónde altura en realidad se aplica solamente a una procesiónanual, muchas casas tienen una estructura de madera fácil-mente desarmable que colocan en los techos chatos duranteonce meses, más o menos. Nuestra casa era de piedra y había sido construida paramuchos arios. Tenía la forma de un cubo hueco, con ungran patio interno. Nuestros animales vivían en la plantabaja, y nosotros vivíamos arriba. Eramos afortunados altener una escalera de piedra que subía desde la plantabaja; la mayoría de las casas tibetanas tienen una escaleraportátil de madera o, en las chozas de los campesinos, unp a l o d e n t ad o q u e s e u s a c o n t r e m e n d o r i es g o d e l a sespinillas. Esos palos dentados se ponen resbalosos por eluso, las manos cubiertas de manteca de yac, pasaban deéstas al palo, y el campesino que lo olvidaba, descendíarápidamente al suelo. En 1910, durante la invasión china, nuestra casa fueparcialmente destruida, y la pared interior del edificio fuedemolida. Mi padre la hizo reconstruir de cuatro pisos de 16
  9. 9. EL TERCER OJOaltura. No daba al camino circular, y no podíamos mirarsobre la cabeza del Dalai Lama durante las procesiones, demodo que no hubo quejas. El portal que daba entrada a nuestro patio central erapesado y estaba negro de puro viejo. Los invasores chinosno pudieron forzar sus sólidas vigas de madera, de modoque en cambio echaron abajo una pared. Precisamenteencima de esta entrada estaba la oficina del mayordomo.Podía ver a todos los que entraban o salían. El era quientomaba —y despedía— al personal de servicio y estaba a sucargo el manejo eficiente de la casa. Aquí, a su ventana,cuando en los monasterios sonaban las trompetas del oca-so, acudían los mendigos de Lhasa para recibir una comidaque los sostuviera durante la oscuridad de la noche. Todoslos nobles dirigentes mantenían a los pobres de su distrito.A menudo venían convictos encadenados, pues hay pocascárceles en el Tibet, y los convictos recorrían las calles ymendigaban su comida. En Tibet no se desprecia a los convictos ni se losconsidera parias. Comprendemos que la mayoría de noso-tros seríamos convictos —si nos descubrieran—, de modoque a los infortunados se los trataba razonablemente. A la derecha del mayordomo vivían dos monjes; eranlos sacerdotes de la casa que rezaban diariamente paraconseguir la aprobación divina a nuestras actividades. Losnobles más bajos tenían un sacerdote; pero nuestra situa-ción exigía dos. Antes de cualquier acontecimiento impor-tante se consultaba a estos sacerdotes y se les pedía queofrecieran oraciones para ganar el favor- de los dioses. Cadatres años los sacerdotes regresaban a los lamasterios y eranreemplazados por otros. En cada ala de nuestra casa había una capilla. Siempreestaban encendidas las lámparas de manteca delante delaltar de madera tallada. Varias veces al día se limpiaban yse volvían a llenar los siete cuencos de agua bendita.Tenían que estar limpios, pues los dioses podrían quererbeber de ellos. Los sacerdotes estaban muy bien alimen-tados, y comían lo mismo que la familia, para que pudie- 17
  10. 10. LOBSANG RAMPAran orar mejor y decir a los dioses que nuestra comida erabuena. A la izquierda del mayordomo vivía el perito legal, cuyatarea era vigilar que la casa se manejara de modo correctoy legal. Los tibetanos respetan mucho la ley y mi padretenía que ser un ejemplo de observancia de la ley. Los niños, mi hermano Paljór, mi hermana Yasodhara, yyo, vivíamos en la parte nueva, del lado más alejado delcamino. A nuestra izquierda teníamos una capilla, a laderecha estaba la sala de estudios a la que asistíantambién los hijos de los sirvientes. Nuestras leccioneseran largas y variadas. Paljór no habitó mucho tiempo elcuerpo. Era débil e inepto para la dura vida a la queambos estábamos sujetos. Antes de cumplir los siete añosnos abandonó y regresó a la Tierra de Muchos Templos.Yaso tenía seis arios cuando él murió y yo cuatro. Todavíarecuerdo cómo vinieron a buscarlo cuando yacía, pellejovacío, y cómo los Hombres de la Muerte se lo llevaronpara romperlo y servir de alimento a los pájaros quecomen carroña, como era la costumbre. Cuando me convertí en Heredero de la Familia, miadiestramiento se intensificó. Tenía cuatro años y era unjinete indiferente. Mi padre era verdaderamente unhombre estricto y como Príncipe de la Iglesia se encargóde que su hijo tuviera una disciplina severa, y fuera unejemplo de cómo debían ser criados los demás. En mi país, cuanto más alto es el rango de un niño,más severo es su adiestramiento. Algunos de los noblesestaban comenzando a creer que los niños debían pasarlamejor, pero no mi padre. Su opinión era: un niño pobre notiene esperanza de comodidades después, de modo quedadle bondad y consideración mientras es joven. El niñode la clase más alta tiene todas las riquezas y las comodi-dades aguardándolo, de modo que tiene que experimentarlas penalidades y mostrar consideración hacia los demás.Esta era también la opinión oficial del país. Bajo estesistema los débiles no sobrevivían, pero los que lo hacían,podían sobrevivir casi a cualquier cosa. Tzu ocupaba un cuarto en la planta baja, muy cerca de 18
  11. 11. EL TERCER OJOla entrada principal. En su calidad de monje policía, añosenteros había visto toda clase de gente y no podía sopor-tar estar recluido, lejos de todo. Vivía cerca de los esta-blos en los que mi padre guardaba sus veinte caballos ytodos los ponies y los animales de labor. Los caballerizos odiaban la sola presencia de Tzu, puesera entremetido e interfería en sus trabajos. Cuando mipadre salía a caballo tenía que llevar una escolta de seishombres armados. Esos hombres usaban uniforme y Tzusiempre andaba entre ellos, asegurándose de que todo elequipo estaba en orden. Por algún motivo estos seis hombres acostumbrabanformar a caballo contra una pared, y en cuanto mi padreaparecía, cargaban a su encuentro. Descubrí que si meinclinaba desde la ventana de una despensa, alcanzaba atocar a uno de los jinetes. Un día que no tenía nada quehacer, con toda cautela, pasé una soga por el cinturón decuero de uno de ellos, mientras estaba distraídoarreglando el equipo. Até los dos extremos y los aseguré aun gancho en la parte interior de la ventana. Nadieadvirtió mis movimientos en el bochinche y la charla.Apareció mi padre, y los jinetes cargaron. Cinco de ellos.El sexto fue tirado hacia atrás, gritando que los demonioslo tenían agarrado. Se le rompió el cinturón y en laconfusión pude retirar la soga y desaparecer. Después meprodujo mucho placer decir: — ¡De modo que tú tampoco puedes quedarte en lamontura, Ne-Tuk! Nuestros días eran muy duros y estábamos despiertos[dieciocho de las veinticuatro horas. Los tibetanos creen:que no es prudente dormir cuando hay luz, porque losdemonios del día pueden llevarnos. Hasta a los niñosmuy pequeños se los mantiene despiertos para que no losinfecten los demonios. También tienen que estardespiertos los enfermos, y un monje es el encargado de nodejarlos ;dormir. Nadie queda libre de esto, hasta losmoribundos atienen que estar conscientes el mayortiempo posible, para conocer cuál es el camino correctoque deben seguir a través las tierras fronterizas hasta elotro mundo 19
  12. 12. LOBSANG RAMPA En la escuela, teníamos que estudiar idiomas, tibetano ychino. El tibetano comprende en realidad dos idiomasdistintos, el común y el honorífico. Usamos el ordinario alhablar con los sirvientes o con las personas de menorrango, y el honorífico para dirigirnos a las personas derango igual o superior. ¡Al caballo de una persona derango más alto había que hablarle en idioma honorífico!Cuando un sirviente se dirigía a nuestra autocrática gata,que majestuosamente paseaba por el patio comprometidaen algún asunto misterioso, le decía: —¿Se dignaría la honorable Michina venir a beber estaleche despreciable? Pero no importa cómo se dirigieran a la "honorableMichina"; ésta nunca acudía hasta que estuviera dispuesta. Nuestro salón de clase era muy grande, pues antes sehabía usado como refectorio para los monjes visitantes,pero desde la terminación del nuevo edificio, se convirtióen escuela del establecimiento. Asistían sesenta chiquillos.Nos sentábamos en el suelo, con las piernas cruzadas,frente a una mesa o banco largo de más o menos cuarentay cinco centímetros de altura. Nos sentábamos de espaldasal maestro, de modo que no sabíamos cuándo nos miraba.Así trabajábamos emp eñosamente todo el tie mpo. EnTibet el papel es hecho a mano y caro, demasiado caropara gastarlo en los niños. Usábamos pizarras, largas plan-chas de treinta centímetros de ancho por treinta y cincode largo. Nuestros "lápices" eran de una especie de tizadura que se recogía en las Colinas Tsu La, que tienen tresmil seiscientos metros más de altura que Lhasa, que a suvez está a tres mil seiscientos metros sobre el nivel delmar. Yo siempre trataba de conseguir tizas rojizas, pero ami hermana Yaso le gustaban las purpúreas. Teníamostizas de muchos colores: rojo, amarillo, azul, verde, endistintos tonos. Creo que algunos de esos colores se de-bían a la presencia de minerales metálicos en la base detiza blanda. Sea cual fuere la causa, nos alegrábamos detenerlas. L a a r i t m é t i c a m e m o l es t a b a m u c h o . S i s e t e c i e n t o sochenta y tres monjes bebían cincuenta y dos tazas de 20
  13. 13. EL TERCER OJOtsampa por día cada u no, y cada taza conten ía cincooctavos de pinta, ¿qué tamaño debía tener el recipientedonde se guardara el tsampa para el consumo de unasemana? Mi hermana Yaso podía hacer estas cosas sinpensar casi. Yo, bueno, yo no era tan brillante. Me encontraba en mi elemento cuando se trataba detallar. Esa era una tarea que me gustaba y que podíarealizar razonablemente bien. En Tibet todas las impre-siones se hacían por medio de planchas talladas, de modoque el tallado se consideraba algo muy importante. Loschicos no podíamos desperdiciar madera. La madera eracara, dado que había que traerla de la India. La maderatibetana era demasiado dura y no tenía el veteado necesa-rio. Nosotros usábamos un material que era una especie deesteatita, que se podía cortar fácilmente con un cuchillomuy afilado. ¡A veces usábamos queso de yac rancio! A l g o q u e nu n c a s e o l v i d a b a e r a u n r e c it a do d e l asLeyes. Teníamos que repetirlas en cuanto entrábamos enel salón de clase, y nuevamente antes de que nos permi-tieran salir. Las Leyes eran: Devolver bien por bien. No pelear con la gente buena. Leer las Escrituras y comprenderlas. Ayudar al prójimo. La Ley es severa con los ricos para enseñarles la com- prensión y la equidad. La Ley es blanda c on los po bres para d emo strarles compasión. Paga tus deudas con prontitud. Para que no pudiéramos olvidarlas, estas Leyesestaban , talladas en estandartes que se fijaban en lascuatro paredes del salón. Sin embargo, la vida no era sólo estudios y tristeza;jugábamos tanto como estudiábamos. Todos nuestrosjuegos tenían el designio de endurecernos y permitirnossobrevivir en Tibet, con sus extremas temperaturas. Enverano, al mediodía, la temperatura puede subir a treintagrados, pero esa misma noche puede descender acuarenta 21
  14. 14. LOBSANG RAMPAgrados bajo cero. En invierno, a menudo, la temperaturaes mucho más baja que ésta. Tirar con arco era muy divertido y desarrollaba losmúsculos. Usábamos flechas de tejo, importado de laIndia, y a veces hacíamos ballestas con madera tibetana.Siendo budistas, nunca tirábamos contra blancos vivos.Sirvientes escondidos tironeaban de una cuerda larga, conlo cual el blanco subía o bajaba —nunca sabíamos quéesperar—. La mayor parte de los otros podían acertar elblanco mientras galopaban en un pony. ¡Yo nunca pudemantenerme tanto tiempo en la montura! Los saltos enlargo eran algo distinto. Allí no había que preocuparse porlos caballos. Corríamos lo más rápidamente posible, conun palo de cuatro metros y medio de largo y cuando lavelocidad era suficiente saltábamos con ayuda del palo.Siempre decía que los demás estaban tanto tiempo pega-dos a los caballos que no tenían fuerza en las piernas,pero yo, qu e tení a que usarl as, podía saltar. E r a unsistema muy eficaz para cruzar arroyos, y me producíagran satisfacción ver que los que trataban de seguirme sezambullían uno tras otro. Otro de nuestros pasatiempos era caminar con zancos.Nos disfrazábamos y nos convertíamos en gigantes, y amenudo luchábamos en zancos, el que caía era el perde-dor. Nuestros zancos eran hechos en casa, no -podíamosir a la tienda más cercana y comprar esas cosas. Utilizá-bamos tod o nuestro po der de pe rs uasión pa r a que el •despensero, generalmente el mayordomo, nos diera lostrozos de madera más adecuados. La veta tenía que serperfecta, y sin nudos. Además teníamos que conseguirtrozos en forma de cuña para los soportes. Como lamadera era muy cara, teníamos que esperar nuestra opor-tunidad y pedirla en el momento más indicado. Las niñas y las jóvenes jugaban con una especie devolante. Se hacían agujeros en una de las caras de untrozo pequeño de madera y allí se insertaban plumas. Elvolante se manteníg en el aire usando los pies solamente.La niña se levantaba la falda hasta una altura que lepermitiera patear libremente y desde ese momento usaba 22
  15. 15. EL TERCER OJOsolamente los pies, pues si lo tocaba con la manoquedaba descalificada. Una muchacha activa podíamantenerlo en el aire hasta diez minutos antes de errarun puntapié.El mayor interés de los tibetanos, o por lo menos en el distritode U, que es el condado donde está Lhasa, es remontarcometas. Podríamos llamarlo un deporte nacional. Sólopodíamos practicarlo en ciertos momentos, durante ciertasestaciones. Años antes se había descubierto que si seremontaban cometas en las montañas, la lluvia caía a torrentes,y en esos días se pensaba que estaban irritados los Dioses de laLluvia, de modo que se permitía remontar cometas únicamenteen otoño, que en Tibet es la estación seca. En ciertas épocas delaño, nadie grita en las montañas, pues la reverberación de lasvoces hace que las nubes de lluvia sobresaturadas que llegan deIndia dejen caer su carga demasiado rápidamente, con lo quese producen lluvias en los lugares no indicados. Por eso elprimer día de otoño se remontaba una cometa solitaria desde eltecho del Potala. A los pocos minutos aparecían sobre Lhasacometas de todos los tamaños, formas y colores, que sesacudían y daban volteretas impulsadas por la fuerte brisa.Me encantaba remontar cometas y siempre cuidaba que la míafuera una de las primeras en ascender. Todos hacíamosnuestras propias cometas, generalmente con una armazón debambú, y casi siempre cubierta de fina seda. No teníamosdificultad en obtener este material de buena calidad, pues eraun punto de honor para la casa que la corneta fuera de la mejorcalidad. Tenían forma de caja y a menudo les poníamos cabezade dragón feroz, alas y cola.Sosteníamos batallas en las cuales tratábamos de abatir lascometas de nuestros rivales. Pegábamos trozos de vidrios rotosa la cuerda de la corneta y cubríamos parte de esa cuerda concola en la que espolvoreábamos vidrios rotos en la esperanza decortar las sogas de otras y capturar de ese modo la cornetacaída.A veces nos escapábamos de noche para remontar nuestrascometas con pequeñas lámparas de manteca dentro de lacabeza y el cuerpo. A veces los ojos tenían un brillo 23
  16. 16. LOBSANG RAMPArojo, y el cuerpo se destacaba de distintos colores contrael cielo oscuro. Nos gustaba hacerlo particularmente cuan-do se esperaban las enormes caravanas del distrito deLho-dzong. En nuestra inocencia infantil creíamos que losnativos ignorantes, de lugares distantes, no conoceríaninvenciones tan "modernas" como nuestras cometas, dem o d o q u e l a s r e m o n t á b a m o s para ver si con el sustoaprendían algo. Uno de nuestros artificios era poner tres valvas distintasde una manera especial, para que cuando el viento pasaraentre ellas produjeran un lamento horripilante. Las prefe-ríamos a los dragones que exhalaban fuego entre agudoschillidos, y teníamos la esperanza de que su efecto en lostraficantes fuera muy saludable. Nos recorrían unos agra-dables estremecimientos cuando pensábamos en esos hom-bres que yacían aterrorizados en sus camastros mientrasnuestras cometas se meneaban allá arriba. Aunque lo ignoraba en esa época, mis juegos con lascometas me iban a resultar muy útiles más tarde, cuandovolé en ellas. En ese momento no era más que un juego,aunque emocionante. Había un juego que podía ser muypeligroso: construíamos grandes cometas —objetos enor-mes de cinco o siete metros cuadrados— con alas que seproyectaban de ambos lados. Las dejábamos en el suelocerca de una hondonada donde había una corriente de aireascendente particularmente fuerte. Montábamos en nues-tros ponies con un extremo de la soga atado a la cintura,y nos largá bamos a to do galope. De un salt o subía lacorneta y seguía ascendiendo cada vez más hasta queencontraba la corriente de aire. Se sentía un tirón y eljinete era levantado del pony, a veces a tres metros dealtura, y bajaba meciéndose suavemente. Algunos pobresdesdichados corrían el peligro de cortarse en dos si olvida-ban sacar los pies de los estribos pero yo, que jamás fuibuen jinete, siempre me desprendía con facilidad, y serlevantado era un placer. Siendo totalmente aventurero,descubrí que si tironeaba de una cuerda en el momento deelevarme, subía más alto, y otros tirones en los momentosindicados me permitían prolongar varios segundos el vuelo. 24
  17. 17. EL TERCER OJO En una oportunidad tironeé con todo entusiasmo, el vientocooperó, y fui llevado hasta el techo chato de la casa de uncampesino, donde estaba guardando el combustible para elinvierno. Los campesinos tibetanos viven en casas de techoplano, con un pequeño parapeto, en el cual conservan elestiércol de yac, que se seca y se utiliza comocombustible. Esta casa en particular estaba construidade ladrillos de barro en vez de piedra, que es máscomún, y no tenía chimenea: una abertura en el techoservía para descargar el humo de abajo. Mi súbito arriboal extremo de una soga desparramó el combustible, ymientras me arrastraba por el techo, descargué la mayorparte por el agujero, sobre los desdichados habitantesdel piso bajo. No fui popular. Mi aparición, también, por el agujero,fue recibida con gritos de rabia y después que el furiosodueño de casa me sacudió el polvo, me arrastraron apresencia de mi padre para otra dosis de medicinacorrectiva. ¡Esa noche dormí boca abajo! Al día siguiente me correspondió la desagradable tareade recorrer los establos para recoger estiércol de yac,que tuve que llevar a casa del campesino y colocar en eltecho, tarea que resultó muy dura, dado que todavía notenía seis arios. Pero todos quedaron satisfechos, menosyo; los otros chicos rieron mucho, el campesino obtuvoel doble un hombre justo y estricto. ¿Y yo? ¡También esa noche decombustible que antes, y mi padre demostró que era dormí de bruces, y no por culpa de la equitación! Puede pensarse que este trato era muy duro, pero enTibet no hay lugar para los débiles. Lhasa está a tresmil seiscientos metros sobre el nivel del mar, contemperaturas extremas. Hay otros distritos a mayoraltura, con condiciones aún más arduas, y los débilespueden poner en peligro a los demás. Por este motivo, yno por crueldad, el adiestramiento es severo. En las alturas mayores la gente sumerge a lascriaturas - recién nacidas en arroyos casi helados, paracomprobar si son lo bastante fuertes como para que se les permitavivir., A menudo he visto tales procesiones acercarse aun arro- 25
  18. 18. LOBSANG RAMPAyo, tal vez a cinco mil metros de altura. La procesión sedetiene en el banco del río, y la abuela toma al bebé. Asu alrededor se agrupa la familia: padre, madre y parientescercanos. Se desnuda al niño, y la abuela se inclina parasumergir el cuerpecito en el agua, de modo que sólo lacabeza y la boca quedan expuestas al aire. En ese fríointensísimo la criatura se pone roja, después azul, y cesansus gritos de protesta. Parece muerta, pero la abuela tienemucha experiencia en esas cosas, y saca a la criatura delagua, la seca y la viste. Si el bebé sobrevive, entonces esque los dioses han decretado que viva. Si muere, se leevitan muchos sufrimientos en la tierra. En realidad, esaa c t i t u d e s l a m á s b o nd a d o s a e n u n p a í s t a n f r í o . E smucho mejor que mueran unas pocas criaturas y no quesean inválidos incurables en un país donde la atenciónmédica es muy escasa. Al morir mi hermano f ue nece sari o intensific ar misestudios, porque cuando cumpliera siete años tendría quecomenzar a adiestrarme para cualquier carrera que sugirie-ran los astrólogos. En Tibet todo se decide por la astrolo-gía, desde la compra de un yac, hasta la elección de unacarrera. Se acercaba el momento, días antes de mi séptimocumpleaños, cuando mi madre daría una gran fiesta a laque se invitaría a los nobles y a las personas de alto rangopara que oyeran la predicción de los astrólogos. Mi madre era decididamente gorda, tenía cara redonday pelo negro. Las mujeres tibetanas usan una especie demarco de madera en la cabeza, sobre el cual se acomodaartísticamente el cabello. Esos marcos eran objetos muyelaborados, a menudo de laca carmesí, tachonados depiedras semipreciosas y con incrustaciones de jade y coral.Con el pelo bien aceitado el efecto era muy brillante. Las mujeres tibetanas usaban ropa muy alegre, conmuchos rojos, verdes y amarillos. En la mayoría de loscasos se ponían un delantal de un color, con una franjahorizontal de otro color contrastante, vívido, pero armóni-c o . T a m b i é n d e p e n d e d e l r a n go d e q u i e n l o l l e v a . M imadre, que pertenecía a una de las familias más importan-tes, tenía un pendiente de más de quince centímetros. 26
  19. 19. EL TERCER OJO Creemos que las mujeres deben tener absolutamente losmismos derechos que los hombres, pero en la conducciónde la casa mi madre iba mucho más allá y era unadictadora indiscutida, una autócrata que sabía lo que que-ría y siempre lo lograba. En el alboroto y la agitación de preparar la casa y losjardines para la fiesta, se encontraba realmente en suelemento. Había que organizar, mandar, y pensar en nue-vos artificios para eclipsar a los vecinos. En esto último sedestacaba netamente, pues como había viajado extensa-mente con mi padre, a India, Pekín y Shangai, disponía deuna cantidad de ideas extranjeras. Cuando se decidió la f echa d e la fiesta, los monjesescribieron cuidadosamente las invitaciones en el papelgrueso, hecho a mano, que siempre se usaba para lascomunicaciones de mayor importancia. Cada invitaciónmedía treinta centímetros de ancho por sesenta de largo,cada una llevaba el sello familiar de mi padre y como mimadre pertenecía a una de las diez familias más importan-tes, su sello también tenía que figurar. Los dos tenían unsello p artic ular, con l o que el t o tal sum aba tres. Lasinvitaciones eran unos documentos tremendos. Me asusta-ba horriblemente pensar que todo ese alboroto era por mí.No sabía que en realidad yo tenía importancia secundariay q u e e l A c o n t e c i m i en t o S o c i a l v e n í a p r i me r o . Si m ehubieran dicho que la magnificencia de la fiesta daría granprestigio a mis padres, eso no hubiera significado nadapara mí, de modo que seguí asustado. Habíamos contratado mensajeros especiales para entre-gar las invitaciones; cada hombre estaba montado en uncaballo de pura sangre. Cada uno llevaba un bastón conuna hendedura en un extremo, en la que se introducía lainvitación. Los bastones hacían una repica del escudo dearmas de la familia, y estaban alegremente decorados conoraciones impresas que se agitaban al viento. Se produjoun pandemonio en el patio cuando todos los mensajeros seaprestaron a salir en el mismo momento. Los asistentesestaban roncos de tanto gritar, los caballos relinchaban ylos enormes mastines negros ladraban enloquecidos. Se 27
  20. 20. LOBSANG RAMPAtomó el último trago de cerveza tibetana antes de apoyarlos jarros con gran barullo, mientras los pesados portalesretumbaban al abrirse, y con alaridos salvajes salió galo-pando la tropa de hombres. En Tibet los mensajeros entregan un mensaje escrito,pero también dan una versión oral que puede ser muydistinta. En épocas remotas los bandidos acechaban a losmensajeros y procedían de acuerdo al mensaje escrito,atacando a una casa mal defendida o a una procesión. Seadquirió e l hábito de escribir u n mensaje f also que amenudo atraía a los bandidos adonde podían ser captu-rados. Esa vieja costumbre de mensajes escritos y oralesera una supervivencia del pasado. Aún en mi época, aveces los dos mensajes diferían, pero siempre se aceptabacomo correcta la versión oral. En la casa todo era animación y alboroto. Se limpiarony recolorearon las paredes, se rasparon los pisos y selustraron las tablas hasta el punto de resultar peligrosocaminar por ellas. Se lustraron y se dio una nueva manode laca a los altares de madera tallada de los salonesprincipales y se pusieron en uso nuevas lámparas de man-teca. Algunas eran de oro. y algunas de plata, pero todas selustraron tanto que resultaba difícil ver la diferencia. Mimadre y el mayordomo se pasaban todo el tiempo revisan-do, criticando, ordenando, y en general haciendo pasar unmal rato a los sirvientes. En esa época teníamos más decincuenta sirvientes, y se tomaron otros para la ocasión.Todos estaban ocupadísimos, pero trabajaban con toda elalma. Hasta el patio fue lavado de tal modo que lasp i e d r a s b r ill a b a n c o mo s i a c a b a ra n d e s a c ar l a s d e l acantera. El espacio que quedaba libre entre ellas se llenócon un material de color para darles un aspecto más ale-gre. Cuando todo quedó terminado, mi madre convocó alos sirvientes y les ordenó que se pusieran la ropa máslimpia. En las cocinas había una actividad tremenda, pues seestaban preparando alimentos en cantidades enormes.Tibet es un refrigerador natural, y los alimentos puedenprepararse y preservarse durante un tiempo casi indefinido. 28
  21. 21. EL TERCER OJOEl clima es muy, muy frío, y secó por añadidura. Peroaun cuando la temperatura se eleva, la falta de humedadconserva bien los alimentos. La leche se conserva más omenos un año, mientras que los granos se mantienencientos de años. Los budistas no matan, de modo que la única carne quese obtiene es de animales que se han caído de alguna roca yque mueren por accidente. En nuestras despensas habíauna buena reserva de esta carne. En Tibet hay carniceros,pero son de una casta "intocable", y las familias másortodoxas no tienen nada que ver con ellos. Mi madre había decidido agasajar a sus invitados conalgo raro y caro. Iba a darles flores de rododendro enconserva. Con semanas de anticipación, fueron enviadossirvientes _a las colinas al pie del Himalaya, donde seencontraban las mejores flores de rododendro. En nuestropaís los ro dodendro s adquiere n enorme t a maño, co nextraordinaria variedad de colores y aromas. Se arrancanl a s f l o r e s q u e t o d a v ía n o h a n ll e g a d o a s u c o m p l e t odesarrollo y se las lava cuidadosamente. Cuidadosamente,porque si hay la menor raspadura, se arruina la conserva.Después cada flor se sumerge en una mezcla de agua ymiel, en una jarra grande, poniendo especial cuidado enque no quede nada de aire. Se cierra herméticamente lajarra y todos los días, durante varias semanas, se expone alsol y se hace girar a intervalos regulares para que todas laspartes de la flor queden adecuadamente expuestas a la luz.La flor crece lentamente, y se llena del néctar producidocon la mezcla de miel y agua. Hay quienes exponen la floral aire unos días antes de comerla, para que se seque yquede un poco crocante, sin que pierda sabor ni aspecto.También rocían los pétalos con un poco de azúcar paraque parezcan nevados. Mi padre rezongaba por el gastoque habían provocado esas conservas: Hubiéramos podido comprar diez yacs con cría con loque gastaste en esas flores. La respuesta de mamá fue típicamente femenina: — ¡No seas tonto! Tenemos que lucirnos, y de todosmodos, esto me corresponde a mí. 29
  22. 22. LOBSANG RAMPA Otro bocado delicioso eran las aletas de tiburón. Setraían de China, en " tajadas, y con ellas se hacía sopa.Alguien ha dicho que "la sopa de aleta de pescado es lamás grande delicia gastronómica del mundo". A mí meparecía ter rible el gus to de esa s opa; era u na ordalíatragarla, especialmente porque cuando las aletas llegaban aTibet, el dueño del tiburón no las hubiera reconocido.Para decirlo con suavidad, estaban un poco "pasadas".Eso, para algunos, parecía aumentar el sabor. Mi plato favorito eran suculentos retoños de bambú,que también se traían de China. Podían prepararse devarias maneras distintas, pero yo los prefería crudos conun poco de sal. Mis preferidos eran los extremos verdeamarillentos que acababan de abrirse. ¡Me temo que mu-chos retoños, antes de que los cocieran, perdían sus extre-mos de un modo que el cocinero podía adivinar pero noprobar! Lo que era una lástima, dado que él también losprefería de ese modo. En Tibet se toman cocineros; las mujeres no sirven pararevolver el tsampa o para hacer mezclas exactas. Las muje-res toman un puñado de esto, agregan un trozo de aque-llo, y lo condimentan con la esperanza de que estará bien.Los . hombres son más exactos, más cuidadosos, y por lotanto, resultan mejores cocineros. Las mujeres están muybien para quitar el polvo, para charlar, y, por supuesto,para algunas otras cosas. No p a r a h a c e r t s a m p a , s i nembargo. El tsampa es el alimento principal de los tibetanos. Hayquienes viven de tsampa y té desde su primera comidahasta la última. Se hace con cebada, tostada hasta queadquiere un color castaño dorado y crocante. Después separten los granos hasta que quedan hechos harina, quevuelve a tostarse. Se coloca esta harina en un cuenco, y seagrega té mantecado caliente. La mezcla se revuelve hastaque adquiere consistencia de masa. Se agrega sal, bórax ymanteca de yac, a gusto. Con la resultante —tsampa— sepueden hacer tabletas arrolladas, panecillos o darle cual-quier forma decorativa. El tsampa como único alimentoresulta monótono, pero en realidad es una comida com- 30
  23. 23. EL TERCER OJOpacta, concentrada, que sustenta en cualquier altitud y encualquier condición. Mientras algunos sirvientes hacían tsampa, otros hacíanmanteca. Nuestros métodos para hacer manteca no puedenrecomendarse por su higiene. Nuestras mantequeras erangrandes pellejos de piel de cabra, con el pelo para adentro.Se llenaban con leche de yac o . de cabra, se doblaba elcuello, y se ataba para que no perdiera. Se aporreaba elpellejo hasta que quedaba hecha la manteca. Teníamos unpiso especial para hacer manteca, con protuberancias dehasta cuarenta y cinco centímetros de alto. Se levantabanlos pellejos llenos de leche y se dejaban caer sobre lasprotuberancias, que tenían el efecto de batir la leche.Resultaba monótono ver y oír a diez sirvientes levantandoy dejando caer los pellejos hora tras hora. Se oía el "uhu h " i n t erno cua nd o l evantaba n el pellejo y el "zunk"cuando el objeto se aplastaba en el suelo. A veces estallabaun pellejo viejo o mal manejado. Recuerdo a un individuorealmente pesado que quería hacer gala de su fuerza.Trabajaba mucho más velozmente que los demás, y lasvenas se le destacaban en el cuello por el esfuerzo. Alguiendijo: —Te estás poniendo viejo, Timon; no trabajas tan rápidocomo antes. Timon refu nfuñó de rabia y tomó entre sus manospoderosas el cuello del pellejo, lo levantó y lo dejó caer.Pero su fortaleza lo perdió. El pellejo cayó, pero Timont o d a v í a t e nía l a s m a no s — y e l cu e l l o — en el aire . Elpellejo cayó en el suelo. Saltó una columna de manteca amedias batida. Cayó en la cara del estupefacto Timon, ensu boca, ojos, orejas, y pelo. Le caía por el cuerpocubriéndolo con sesenta o setenta litros de grasa dorada. A mi madre le llamó la atención el ruido y corrió hastaallí. Fue la primera vez que la vi muda. Puede haber sidola rabia ante la pérdida de la manteca o porque pensó queel pobre hombre estaba ahogado, pero arrancó una lonjadel pellejo destrozado y con él le aporreó la cabeza alpobre Timon, quien perdió pie en el piso resbaloso y cayóentre la manteca desparramada. 31
  24. 24. LOBSANG RAMPA Hombres torpes, como Timon, podían arruinar la man-teca. Si no tenían cuidado al dejar caer los pellejos sobrelas protuberancias, podían hacer que el pelo se soltara enel interior y se mezclara con la manteca. A nadie lemolestaba sacar una o dos docenas de pelos de la manteca,pero una cantidad mayor se miraba con malos ojos. Esamanteca se dejaba de lado para encender las lámparas opara distribuir entre los mendigos, que la derretían y lacolaban con un trapo. También se dejaban de lado paralos mendigos los "errores" en las preparaciones culinarias.Si una familia quería que sus vecinos conocieran su altonivel de vida se preparaba comida buena que se distribuíacomo "error" entre los mendigos. Estos caballeros felices,bien alimentados, iban entonces a las otras casas y decíanqué bien habían comido. Los vecinos les respondían y lesbrindaban otra excelente comida. Hay mucho que decir enfavor de la vida de un mendigo en Tibet. Nunca pasannecesidades; si ponen en práctica "las agudezas de suindustria" pueden vivir sumamente bien. No es una des-honra ser mendigo en la mayoría de los países orientales.Muchos monjes mendigan durante su viaje de lamasterioa lamas terio. Es una práctica reconocida y no • se laconsidera peor que, digamos, pedir dinero para obras decaridad en otros países. Se considera que han hecho unaobra muy buena quienes alimentan a un monje durante sucamino. Los mendigos también tienen su código. Si unhombre da algo a un mendigo, éste se apartará del señor yno se acercará a él hasta que haya pasado cierto tiempo. Los dos monjes que vivían en casa también tuvieron suparte en los preparativos del próximo acontecimiento.Fueron a nuestras despensas y rezaron por el alma de cadauno de los animales que habían habitado los cuerpos delas reses que teníamos guardadas. Creíamos que si semataba un animal —aunque fuera por accidente— y sucuerpo se comía, los humanos tenían una deuda con eseanimal. Esas deudas se pagaban por medio de un sacerdoteque rezaba junto al cuerpo del animal, en la esperanza deasegurarle que reencarnaría en un estado más alto en supróxima vida en la tierra. En los templos y lamasterios 32
  25. 25. EL TERCER OJOhabía monjes que dedicaban todo su tiempo a rezar porlos animales. Nuestros sacerdotes tenían la tarea de rezarpor los caballos, antes de un largo viaje, para evitar que secansaran demasiado. Por eso mismo nunca se hacía tra-bajar a nuestros caballos dos días seguidos. Si se montabaun caballo un día, al siguiente tenía que descansar. Lamisma regla se aplicaba a los animales de labor. Y todos laconocían. Si por cualquier motivo se elegía un caballopara montar, y había sido ensillado el día anterior, sequedaba inmóvil y se negaba a moverse. Cuando le quita-ban la silla, se alejaba sacudiendo la cabeza, como sidijera: — ¡Bueno, me alegro de que hayan reparado esa injus-ticia! Los asnos eran peores. Aguardaban hasta que les acomo-daban la carga, entonces se echaban al suelo y trataban derodar para aplastarla. Teníamos tres gatos, que tenían tarea todo el tiempo.Uno vivía en los establos y tenía a raya a las lauchas.Tenían que ser muy cautas para seguir siendo lauchas y nocomida de gato. Otro vivía en la cocina. Era bastante viejoy un poco bobalicón. A la madre la habían asustado loscañonazos de la Expedición Younghusband de 1904, yhabía nacido demasiado pronto. Era el único sobrevivientede la camada. Como correspondía, se llamaba "Younghus-band". El tercer gato era una matrona respetable que vivíacon nosotros. Era un modelo de atención maternal y hacíacuanto estaba a su alcance para que no disminuyera lapoblación gatuna. Cuando no estaba ocupada atendiendo asus gatitos, seguía a mi madre por todas partes. Era negray pequeña, y a pesar de su enorme apetito, parecía unesqueleto viviente. Los animales tibetanos no son mima-dos, aunque tampoco son esclavos, son seres con un pro-pósito útil que cumplir, seres con derechos, igual que losseres humanos. De acuerdo con la fe budista, los animales—en realidad todas las criaturas— tienen alma, y renacenen la tierra en estados sucesivamente más altos. Rápidamente llegaron las respuestas a nuestras invita-ciones. Los hombres llegaban galopando hasta nuestro por- 33
  26. 26. LOBSANG RAMPAtal, empuñando los bastones de mensajero. En seguidabajaba el mayordomo desde su cuarto para rendir honoresal mensajero de los nobles. El hombre sacaba de un tirónel mensaje del bastón, y con voz entrecortada por la fatigadaba la versión oral. Después se le aflojaban las rodillas ycaía al suelo, con exquisito arte de histrión, para indicarque había dado todas sus fuerzas para entregar el mensajeen la Casa de Rampa. Nuestros sirvientes desempeñaban suparte amontonándose a su alrededor con muchas excla-maciones. — ¡Pobre hombre, viajó con muchísima rapidez! Sinduda, se le reventó el corazón con el apuro. ¡Pobrehombre, tan noble! Una vez me deshonré completamente al decir: — ¡Oh, no! ; no se le reventó el corazón. Lo vi descan-sar un poco más allá, para la última arremetida. Será discreto correr un velo de silencio sobre la dolorosaescena que siguió. P o r f i n l l e gó e l d í a . El d í a q u e y o t e m í a , e n e l q u edecidirían sobre mi carrera, sin que pudiera elegir. Sobrelas montañas distintas se asomaban los primeros rayos delsol cuando un sirviente arremetió en mi cuarto. —¿Cómo? ¿Todavía no estás levantado, Martes LobsangRampa? ¡Caramba, sí que eres dormilón! Son las cuatro yhay mucho que hacer. ¡Levántate! Retiré la manta y me puse de pie. Para mí, ese día iba aseñalar el sendero de mi vida. En Tibet se dan dos nombres. El primero es el día de lasemana en que se ha nacido. Yo nací un martes, de modoque Martes era mi primer nombre. Después Lobsang, queera el nombre elegido por mis padres. Pero si un mucha-cho ingresaba en un lamasterio, entonces se le daba otronombre, que sería su "nombre de monje". ¿Me darían amí otro nombre? Sólo las horas próximas lo dirían. Yo, al o s s i e t e añ o s , q u e r í a s e r b o t e r o, m e c e r m e e n e l R í oTsang-po, a cuarenta millas de distancia. Pero, aguarda unminuto, ¿lo quería realmente? Los boteros son de unacasta baja porque usan botes de piel de yac estirada sobreuna armazón de madera. ¿Botero? ¿Baja casta? ¡No! 34
  27. 27. EL TERCER OJOQuería ser un remontador profesional de cometas. Eso eramejor, ser libre como el aire. Era mucho mejor que estaren un degradante bote de pellejo que se deja llevar poruna corriente de agua. Remontador de cometas, eso sería yo, y haría cometas magníficas, con cabezas enormes yojos resplandecientes. Pero ese día los sacerdotes astrólo-gos tendrían algo que decir. Tal vez lo había dejado parademasiado tarde, pues ya no podía escapar por la ventana.Mi padre enviaría hombres a buscarme. No, después detodo, yo era un Rampa y tenía que seguir la tradición. Talvez los astrólogos dirían que tenía que ser remontador decometas. Lo único que podía hacer era aguardar. 35
  28. 28. CAPITULO DOS FIN DE MI NIÑEZ — ¡Ay! ¡Y ul gye, me est ás arranca ndo la cab eza! ¡Sisigues así, voy a quedar más calvo que un monje! —Quédate quieto, Martes Lobsang. La coleta tiene quequedar derecha y bien enmantecada, o tu Honorable Ma-dre me desollará. — ¡Pero Yulgye, no hay necesidad de que tires tanto,me estás torciendo la cabeza! — ¡Oh, no puede detenerme en eso, estoy apurado! ¡Y allí estaba yo, sentado en el suelo, con un rudosirviente que me tironeaba fuertemente de la coleta! Fi-nalmente la condenada quedó dura como un yac congela-do, y brillante como el claro de luna en un lago. Mi madre parecía un torbellino, se movía con tantarapidez que me daba la impresión de tener varias madres.Se dieron las órdenes de último momento, las preparacio-nes finales, todo con mucha charla. Yaso, que tenía dosaños más que yo, se meneaba como una mujer de cuaren-ta. Mi padre se había encerrado en su sala privada y estabacompletamente alejado del bochinche. ¡Cómo deseé estarcon él! Por algún motivo mi madre había dispuesto que fuéra-mos al Jo-Kang, la Catedral de Lhasa. Aparentementeteníamos que dar una atmósfera religiosa a los aconteci-mientos posteriores. Hacia las diez de la mañana (las horasen Tibet son muy elásticas), sonó un gong de tres tonospara que acudiéramos a nuestro punto de reunión. Todosmontamos en ponies, mi padre, mi madre, Yaso y otroscinco más, incluso un Martes Lobsang muy mal dispuesto.Cruzamos el camino de Lingkhor, y volvimos a la izquier- 37
  29. 29. LOBSANG RAMPAda al pie del Potala. Esta es una montaña de edificios, deciento veinte metros de altura y trescientos sesenta delargo. Pasamos por la villa de Sho, cruzamos la llanura deKyi Chu, hasta que media hora después nos, encontramosfrente al Jo-kang. A su alrededor se amontonaban algunascasitas, tiendas y quioscos para tentar a los peregrinos.Hacía mil trescientos arios que estaba allí la Catedral pararecibir a los devotos. Dentro, los pisos de piedra presen-taban surcos de varios centímetros producidos por el pasode tantos fieles. Los peregrinos recorrían reverentementeel Círculo Interno, volviendo cada uno al pasar las ruedasde oraciones, mientras repetían sin cesar el mantra: ¡Om! ¡Mauipadme Hum! Enormes vigas de madera, ennegrecidas por el tiempo,sostenían el techo, y el pesado olor del incienso que sequemaba constantemente flotaba como esas leves nubes deverano en la cima de una montaña. En las paredes habíaestatuas de oro de las deidades de nuestra fe. Fuertesbiombos de metal, con malla de alambre para no impedirla vista, portegían las estatuas de aquéllos cuya avidez erasuperior a su reverencia. La mayoría de las estatuas másfamiliares estaban en parte enterradas entre las piedraspreciosas y las gemas que habían amontonado a su alre-dedor los fieles que habían buscado su favor. Candelerosde oro puro sostenían cirios que estaban constantementeencendidos, cuya luz no se había extinguido en los últi-mos mil trescientos años. De nichos ocultos llegaban lossonidos de campanas, gongs y el bronco repicar de lasvalvas. Nosotros recorrimos el círculo como lo exigía latradición. Cuando completamos nuestros rezos, subimos al techoplano. Sólo los pocos favorecidos podían hacerlo; mi pa-dre, en su carácter de Custodio, siempre subía. Nuestras fo rmas de go bierno (sí, en plur al) puedenofrecer interés. A la cabeza del Estado y de la Iglesia, laúltima Corte de apelaciones, estaba el Dalai Lama. Cual-quier persona del país podía dirigirle un memorial. Si lapetición era justa, o si se había cometido una injusticia, elDalai Lama se encargaba de que se otorgara la petición, o 38
  30. 30. EL TERCER OJOque se rectificara la injusticia. No es un despropósito decirque todos los habitantes del país, probablemente sin ex-cepción, lo amaban o lo reverenciaban. Era un autócrata;tenía poder y dominio, pero nunca los usaba en su bene-ficio, sino únicamente para el bien del país. Sabía quehabría una invasión comunista, aunque faltaran muchosarios todavía para que ocurriera, y con ella un eclipse dela libertad. Por eso se adiestraba a un pequeño número denosotros, para que no se olvidaran las artes de lossacerdotes. Después del Dalai Lama venían tres Consejos, por esoescribí "gobiernos". El primero era el Consejo Eclesiástico.Los cuatro miembros que lo formaban eran monjes quetenían la categoría de lamas. Ellos -respondían, bajo ladirección del Más Recóndito, de los asuntos de los lamas-terios y los conventos de monjas. Todos los asuntos ecle-siásticos estaban a su cargo. Seguía el Consejo de Ministros. Este Consejo tenía cua-tro miembros, tres legos y uno eclesiástico. Se encargabande los asuntos del país en conjunto, y eran los responsa-bles de integrar la Iglesia y el Estado. Dos funcionarios, que podríamos llamar Primeros Minis-tros, pues eso eran, actuaban como "Agentes de Enlace"entre los dos Consejos y presentaban sus puntos de vista alDalai Lama. Tenían considerable importancia durante lasraras reuniones de la Asamblea Nacional. Esta era uncuerpo de más o menos cincuenta hombres que represen-taban a todas las familias y los lamasterios más importan-tes de Lhasa. Se reunían sólo en las emergencias másgraves, como en 1904, cuando el Dalai Lama fue a Mongo-lia durante la invasión británica. Con respecto a estoúltimo, muchos occidentales tienen la extraña idea de que elMás Recóndito "huyó" cobardemente. De ningún modohuyó. Pueden compararse las guerras en Tibet al juego deajedrez. Si toman al rey, se gana el juego. El Dalai Lamaera nuestro "rey". Sin él no había nada por qué luchar;tenía que ponerse a salvo para que el país se mantuvieraunido. Quienes lo acusan de cobardía no saben lo quedicen. 39
  31. 31. LOBSANG RAMPA La Asamblea Nacional podía aumentarse hasta casi cua-trocientos miembros cuando acudían todos los dirigentesde las provincias. Hay cuatro provincias: la Capital, comose llamaba generalmente a Lhasa, estaba en la provincia de U-Tsang. Shingatse está en el mismo distrito. Gartok esTibet occidental. Chang es Tibet septentrional, mientrasque Kham y Lho-dzong son las provincias oriental y meri-dional respectivamente. A medida que pasaron losaños elDalai Lama aumentó su poder y gobernó cada vez conmenos asistencia de los Consejos o de la Asamblea. Nuncaestuvo Tibet mejor gobernado. La vista desde el techo del templo era soberbia. Hacia eleste se extendía la planicie de Lhasa, verde y lozana,moteada de árboles. El agua resplandecía entre los árboles,mientras los ríos de Lhasa murmuraban para unirse al TsangP o , c u a r e n t a m i l l a s má s a l l á . H a c i a e l n o r t e y e l s u rse elevaban las grandes cordilleras de montañas que cerra-ban nuestro valle y nos hacía creer que estábamos separa-dos del resto del mundo. Los lamasterios abundaban enlos planos más bajos. Más arriba, pequeñas ermitas seencaramaban precariamente sobre laderas inclinadísimas.Hacia occidente, se elevaban las montañas gemelas delPotala y de Chakpori; esta última se conocía como elTemplo de la Medicina. Entre estas montañas la PuertaOccidental destellaba a la fría luz de la mañana. El cieloera de un púrpura profundo, acentuado por el blanco purode la nieve en las distantes cordilleras. Nubes ligeras, queparecían un manojito, flotaban a la ventura en lo alto.Mucho más cerca, en la ciudad misma, veíamos el Edificiodel Consejo que estaba al abrigo de la pared norte de laCatedral. El Tesoro estaba muy cerca y rodeándolo todoestaban los quioscos de los comerciantes y el mercado, enel que se podía comprar casi todo. No muy lejos, levementehacia el Este, un convento de monjes se codeaba con el precintode los Disponedores de los Muertos. Dentro del terreno de la Catedral se oía el incesantemurmullo de quienes visitaban este lugar, uno de los mássagrados del budismo. La charla de los peregrinos quevenían de muy lejos y que habían traído regalos, en la 40
  32. 32. EL TERCER OJOesperanza de obtener una bendición divina. Había algunosque traían animales que habían salvado del carnicero yque habían comprado con su escaso dinero. Era muyvirtuoso quien salvara una vida, animal o humana, y selograba mucho crédito al hacerlo.• Mientras estábamos observando las viejas escenas, queresultaban siempre nuevas, oíamos subir y bajar las vocesde los monjes que cantaban un salmo, el bajo profundo delos hombres más viejos, y el trino agudo de los acólitos.Después vino el retumbar de los tambores y las vocesdoradas de las trompetas. Voces chillonas y latidos apaga-dos, y una sensación de quedar preso en una red hipnóticade emociones. Los monjes iban de aquí para allá, ocupados en susdistintas tareas. Unos con túnicas amarillas, otros, purpú-reas. Los más numerosos llevaban ropajes bermejos; eranlos "monjes ordinarios". Los que lucían más dorado eranlos del Pot ala, así co mo los de vestidura r oja cereza .Acólitos de blanco y monjes policías de castaño, andabande aquí para allá. Todos, o casi todos, tenían algo encomún: por más nuevos que fueran sus ropajes, casi todostenían remiendos que eran réplica de los remiendos de latúnica de Buda. Los extranjeros que han visto a los mon-jes tibetanos, o fotografías de ellos, a veces comentan su"aspecto remendado". Los remiendos, entonces, son partedel vestido. Los monjes del viejo lamasterio de Ne-Sar, quetiene mil doscientos años, lo hacen correctamente y llevanlos remiendos de un color más claro. Los monjes llevan las túnicas rojas de la Orden; haymuchos tonos de rojo, causados por el modo como estáteñida la tela de lana. Desde el castaño rojizo al rojo ladrillo,siempre es "rojo": Ciertos monjes funcionarios que tienentareas únicamente en el Potala llevan una chaqueta doradasin mangas sobre la túnica roja. El dorado es un colorsagrado en Tibet —el oro es inmanchable y por lo tanto semantiene siempre puro— y es el color oficial del Dalai Lama.Algunos monjes o altos lamas que forman parte de lacomitiva personal del Dalai Lama, tienen permiso para usarropajes dorados sobre los rojos comunes. 41
  33. 33. LOBSANG RAMPA Mientras estábamos observando desde el techo del Jo-kang vimos muchas de estas figuras con chaquetas doradas, yuno que otro de los funcionarios del Pico. Hacia arribavimos las banderas de oraciones que flameaban y las bri-llantes cúpulas de la Catedral. El cielo estaba hermoso,púrpura, con copitos de nubes ligeras, como si un artistahubiera veteado la tela del paraíso con un pincel cargadode pintura blanca. Mi madre rompió el encantamiento: ---Bueno, estamos perdiendo tiempo; tiemblo al pensarqué estarán haciendo los sirvientes. ¡Debemos apresurar-nos! Otra vez sobre nuestros pacientes ponies, tintineando alo largo del camino de Lingkhor, mientras cada paso meacercaba a lo que yo llamé "El Juicio de Dios", pero quemi madre consideraba su "Gran Día". Cuando llegamos a casa, mi madre pasó la última ins-pección a lo que se había hecho y comimos para fortifi-carnos para los sucesos que vendrían. Todos sabíamosmuy bien que en ocasiones como ésa los invitados comíanmucho y quedaban satisfechos, mientras que los pobresdueños de casa quedaban con los estómagos vacíos. Notendríamos tiempo de comer más tarde. Llegaron los monjes músicos, con mucho retintín deinstrumentos, y los ubicaron en los jardines. Estaban car-gados de trompetas, clarines, gongs y tambores. Llevabanlos platillos colgando del cuello. A los jardines se fueron,con mucha charla, y pidieron cerveza para ponerse déhumor y tocar bien. Durante la media hora que siguió nose oyeron más que bocinazos horribles y balidos estriden-tes, mientras los monjes preparaban sus instrumentos. Se produjo un tremendo alboroto en el patio cuando seavistaron los primeros invitados, que venían formando unacabalgata armada de hombres con pendones flameantes. Seabrieron de par en par los portales de entrada, y seformaron dos hileras de nuestros sirvientes, una a cadalado, para darles la bienvenida. El mayordomo se hallabaal frente, con sus dos asistentes que llevaban un variadosurtido de las chalinas de seda que en Tíbet se usan comoforma de saludo. Hay cuatro calidades dé chalinas, y hay 42 1
  34. 34. EL TERCER OJOque regalar la correcta, ¡de lo contrario se implica unaofensa! El Dalai Lama da y recibe sólo la de primergrado. Estas chalinas reciben el nombre de khata, y elmétodo de presentación es el siguiente: el obsequiante, sies del mismo rango, queda de pie con los brazos extendi-dos; quien lo recibe también permanece de pie con losbrazos extendidos; el que obsequia hace unpequeña reve-rencia y extiende la chalina sobre las muñecas de quien larecibe, que se inclina a su vez, se quita la chalina de lasmuñecas, la mira aprobándola y se la entrega a un sirvien-te. Si quien obsequia lo hace a una persona de rangomucho más alto, él o ella se pone de rodillas con la lenguaextendida (un saludo tibetano similar a quitarse el sombre-ro) y coloca el khata a los pies del que la recibe, quien eneste caso la pone al cuello de quien se la da. En Tibet, losregalos deben ir acompañados del khata correspondiente,así como las cartas de felicitación. El Gobierno usabachalinas amarillas, en vez de las blancas comunes. El DalaiLama, si quería hacer el más alto honor a una persona, lecolocaba un khata al cuello y a ese khata ataba, con tresnudos, un cordón de seda roja. Si al mismo tiempo mos-traba las manos con las palmas hacia arriba, en ese caso,uno estaba realmente honrado. Los tibetanos creemos fir-memente que toda nuestra historia está escrita en la palmade la mano, y el Dalai Lama, al mostrar sus manos de estemodo, probaba sus intenciones de amistad. Yo tuve dosveces ese honor. Nuestro mayordomo permanecía en la puerta, con unasistente a cada lado. Se inclinaba ante cada recién llega-do, aceptaba su khata y se lo pasaba a un ayudante. Almismo tiempo el asistente que tenía a la derecha le entre-gaba la chalina que correspondía para responder al saludo.Esta se colocaba en las muñecas o al cuello (de acuerdo alrango) del invitado. Todas esas chalinas se usaban muchasveces. El mayordomo y sus ayudantes tenían mucho trabajo.Los invitados llegaban en grandes grupos. Desde los distri-tos vecinos, en la ciudad de Lhasa, y de distritos lejanos,todos venían tintineando por el camino de Lingkhor, para 43
  35. 35. LOBSANG RAMPAdar la vuelta en nuestra senda privada a la sombra delPotala. Las damas que cabalgaban desde una gran distanciallevaban una máscara de cuero para proteger la piel delviento y de la tierra. A menudo en la máscara se pintabanrasgos semejantes a los de quien las usaba. Cuando llegabaa su destino, la dama se quitaba la máscara, así como lacapa de piel de yac. Siempre me fascinaban los rasgosdibujados en las máscaras. ¡Cuando más fea o vieja lamujer, más jóvenes y hermosos los retratos de la máscara! En la casa había gran actividad. Cada vez traían másalmohadones de las despensas. En Tibet no usamos sillas,sino que nos sentamos con las piernas cruzadas en almoha-dones que tienen más o menos cuarenta centímetros delado y veinte centímetros de alto. Los mismos almohado-nes se usan para dormir, colocando varios juntos. Paranosotros son mucho más cómodos que las sillas o lascamas altas. A los invitados que iban llegando se les servía té man-tecado y se los conducía a un gran salón que había sidoconvertido en refectorio. Allí podían elegir refrescos quelos mantuvieran satisfechos hasta que comenzara la verda-dera fiesta. Habían llegado alrededor de cuarenta damas delas familias dirigentes, junto con las mujeres de su séquito.Mi madre atendía a algunas señoras, mientras las demásrecorrían la casa, inspeccionando los muebles y tratandode adivinar su valor. El lugar parecía invadido por mujeresde todo tamaño, forma y edad. Aparecían de los lugaresmás inesperados, y no vacilaban un momento en preguntara los sirvientes que pasaban cuánto costaba esto, o quévalor tenía aquello. En suma, se comportaban como todaslas mujeres del mundo. Mi hermana Yaso desfilaba con suropa flamante, y un peinado que para ella estaba a laúltima mo d a, pero que a mí me p arecía t errible; per osiempre mi opinión fue parcial tratándose de mujeres. Locierto es que ese día eran un estorbo. Había otro grupo de mujeres para complicar las cosas:la dama de alto rango en Tibet debe tener enorme canti-dad de ropa y muchas joyas. Todo esto había que exhibir-lo, y como hubiera llevado mucho cambiarse de ropa, se 44
  36. 36. EL TERCER OJOtomaban muchachas especiales —chung— que actuaban demaniquíes. Desfilaban con la ropa de mi madre, se senta-ban y beb ían innumerables ta za s de té ma ntecado, ydespués iban a cambiarse de ropa y de alhajas. Se mezcla-ban con los invitados y se convertían, en el fondo, enayudantes de ama de casa. En el curso del día esasmujeres se cambiaban de ropa cinco o seis veces. Los hombres se interesaban más en los artistas de losjardines. Se había traído una troupe de acróbatas paraaumentar la alegría. Tres de ellos sostenían un palo decuatro metros y medio de altura y otro acróbata trepaba yse mantenía de cabeza en el extremo; entonces los otrossacaban el palo y dejaban que el que estaba arriba cayera,diera una vuelta y aterrizara como un gato, de pie. Algu-nos chiquillos que los estaban mirando, inmediatamentecorrieron hasta algún lugar oculto para emular el acto.Encontraron un palo de dos o tres metros de altura, los o s t u v i e r o n e n a l t o , y e l m á s o sa d o t r ep ó y t r a t ó d emantenerse de cabeza. Cayó, con un tremendo "crump",sobre la cabeza de los demás. A pesar de todo, los cráneosresultaron bastante duros y aparte de algunos chichonesdel tamaño de huevos, no hubo que lamentar mayoresdanos.Apareció mi madre, a la cabeza de las damas, para ver alos acróbatas y escuchar música. Esto último no fuedifícil; los músicos estaban bien entonados con copiosascanti-dades de cerveza tibetana. Mi madre estaba especialmente bien vestida para estaocasión. Llevaba una falda de lana de yac de color rojobermejo, que le llegaba casi a los tobillos. Sus botas altasde fieltro tibetano eran del blanco más puro, con suelasrojo sangre, arregladas con mucho gusto con cordoncillosrojos. La chaqueta, tipo bolero, era rojo amarillento, de coloralgo semejante a la túnica monacal de mi padre. ¡En mistiempos de médico, lo hubiera llamado "yodo sobre ven-das"! Debajo llevaba una blusa de seda púrpura. Todos loscolores armonizaban y habían sido elegidos para repre-sentar las distintas clases de vestiduras monacales. 45
  37. 37. LOBSANG RAMPA Le cruzaba el hombro derecho una banda de seda reca-mada, tomada en la cintura, sobre la izquierda, por unanillo de oro macizo. Desde el hombro hasta el nudo de lacintura, la banda era rojo sangre, pero desde ese punto ibadel amarillo limón hasta el azafrán subido cuando alcan-zaba el borde de la falda. Alrededor del cuello llevaba una cuerda de oro de laque colgaban las tres bolsitas de amuletos, que usabasiempre. Se los habían dado cuando casó con mi padre.Uno era obsequio de su familia, otro, de la familia de mipadre, y el tercero, honor muy poco común, se lo habíadado el Dalai Lama. Usaba muchas joyas, p orque la smujeres tibetanas se ponen alhajas y adornos de acuerdocon su situación en la vida. Se supone que un maridotiene qu e c omprar a do rnos y joyas cuando mejora decondición. Mi madre había estado días enteros ocupada en que learreglaran el cabello en ciento ocho trenzas, cada unagruesa co mo una cuer da de lát igo. Ciento o cho es unnúmero sagrado en Tibet, y las señoras con cabello sufi-ciente para hacerse ese número de trenzas se considerabanmuy afortunadas. El pelo, partido como el de una ma-donna, estaba sostenido por un marco de madera queusaba como sombrero. Era de laca roja, y estaba tacho-nado de diamantes, jade y disco s de oro . L as trenzasestaban arregladas en ese marco, de modo que parecían unrosal trepador en un enrejado. De una oreja le colgaba una sarta de corales. El peso eratal que para sostenerla tenía que llevar un hilo rojo enros-cado en la oreja, o correr el riesgo de que se le partiera ellóbulo. El pendiente le llegaba casi hasta la cintura; ¡yo lomiraba fascinado para ver cómo hacía para volver la cabe-za a la izquierda!. Los invitados andaban de aquí para allá, admirando losjardines, o estaban sentados en grupos discutiendo cues-tiones sociales. Las señoras, en particular, estaban muyocupadas con la conversación. —Sí, mi querida, Lady Doring ha hecho colocar un pisonuevo. Cantos rodados muy finos lustrados maravillosamente. 46
  38. 38. EL TERCER OJO —¿Supo que ese joven lama que estaba con lady Ra,kasha. ..? Pero en realidad todos aguardaban el hecho más impor-tante del día. Todo esto no era más que un período de espe-ra, en qüe se entonaban hasta que llegara el momento enque los sacerdotes astrólogos vaticinaran mi futuro y señala-ran el sendero que yo tendría que seguir en la vida. De ellosdependía la carrera que tendría que abrazar. A medida que fue envejeciendo el día y las sombras largasse arrastraban con más rapidez por el suelo, las actividadesde los invitados se hicieron más lentas. Estaban saciados derefrescos y dispuestos a recibir más. A medida que dismi-nuían las pilas de alimentos, los sirvientes fatigados traíanmás, y eso también desaparecía con el tiempo. Los acróba-tas y artistas contratados se fatigaron, y uno a uno se desli-zaron hasta la cocina para descansar y beber más cerveza. Los músicos todavía estaban en buenas condiciones, ysoplaban las trompetas, batían los platillos y aporreabanlos tambores con alegre abandono. Con tanto ruido yalboroto, los pájaros asustados habían abandonado suslugares de descanso en los árboles. Y no sólo los pájarosestaban asustados. Los gatos se habían zambullido preci-pitadamente en algún refugio seguro, a la llegada de losprimeros invitados. Hasta los enormes mastines negros queguardaban el lugar estaban silenciosos, sus aullidos profun-dos apaciguados en el sueño. Habían comido y comidohasta más no poder. En los jardines, a medida que se iba haciendo másoscuro, los chiquillos se deslizaban como gnomos entre losárboles cultivados, mecían las lámparas de manteca y losincensarios humeantes, y a veces saltaban a las ramas másbajas para retozar libremente. Desparramados en el jardín había braseros de oro llenosde incienso que lanzaban sus espesas columnas de humofragante. A cargo de ellos estaban unas ancianas que tam-bién volteaban repiqueteantes ruedas de oraciones, cadauna de cuyas revoluciones enviaba miles de preces alcielo. Mi padre padecía un miedo perpetuo. Sus jardines eranfamosos en todo el país por las plantas y arbustos impor- 47
  39. 39. LOBSANG RAMPAtados, todos muy caros. Ahora, en su opinión, el lugarparecía un zoológico mal dirigido. Se paseaba estrujándoselas manos y lanzando gemidos angustiosos cada vez que uninvitado se detenía y tocaba un brote. Los damascos y losperales y los pequeños manzanos enanos eran los quecorrían más riesgos. Los árboles más grandes y más altos,álamos, sauces, enebros, abedules y cipreses, estaban festo-neados con pendones de oraciones que flameaban suave-mente en la brisa de la noche. Eventualmente murió el día y el sol se puso tras losdistantes picos del Himalaya. De los lamasterios llegó elsonido de las trompetas que señalaban el paso de otro día, ycon ellas se encendieron centenares de lámparas demanteca. Colgaban de las ramas de los árboles, se mecíande los aleros de las casas, y otras flotaban en las aguasmansas del lago artificial. Aquí encallaban, como los botesen un banco de arena, en las hojas de los lirios acuáticos,allá flotaban a la ventura hacia los cisnes que buscabanrefugio cerca de la isla. Sonó un gong profundo y todos se volvieron a mirar laprocesión que se acercaba. Se había levantado una granmarquesina en los jardines, con un lado completamenteabierto. Dentro había un estrado donde se colocaron cua-tro de nuestros asientos tibetanos. La procesión se acercóal estrado. Cuatro sirvientes llevaban otros tantos palos,con grandes lámparas en el extremo más alto. Tras ellos,cuatro trompeteros con trompetas de plata tocando unafanfarria. Los seguían mis padres, que se acercaron alestrado y subieron. Después dos ancianos del lamasteriodel Oráculo del Estado. Estos dos ancianos de Nechungeran los astrólogos más experimentados del país. Sus pre-dicciones resultaron siempre correctas. La semana anteriorhabían sido llamados para darle un pronóstico al DalaiLama. Ahora iban a hacer lo mismo para un chiquillo desiete arios. Mucho habían discutido sobre eclípticas, ses-quicuadrados, y la influencia contraria de esto o aquello.Ya hablaré de astrología en otro capítulo. Dos lamas llevaban las notas y los mapas de los astró-logos. Otros dos se adelantaron y ayudaron a los ancianos 48
  40. 40. EL TERCER OJOprofetas a subir los escalones del estrado. Sus suntuosastúnicas de brocado chino amarillo sólo destacaban suedad. Llevaban altos sombreros de sacerdote, y sus cuellosarrugados parecían agostarse bajo el peso. Los invitados se reunieron a su alrededor, sentados enalmohadones que trajeron los sirvientes. Cesó el chismo-rreo, pues todos aguzaron el oído para escuchar la vozaguda aflautada del astrólogo jefe. Lha dre mi cho-nan-ching —dijo— (dioses,d e m o n i o s , hombres, todos se comportan del mismomodo), para que se pudiera predecir el probable futuro. Siguió zumbando una hora, y después se detuvo paradescansar diez minutos. Continuó otra hora más detallan-do el futuro. — ¡ H a -le! ¡ Ha-le ! ( ¡Extraordinario! ¡Extraordina-rio! )— exclamó el público extasiado. Y así fue predicho. Un chiquillo de siete años debíaingresar en un lamasterio, después de una dura proeza deresistencia, y allí recibiría educación de sacerdote cirujano.Sufriría grandes penalidades, e iría a vivir entre genteextraña. Perdería todo para comenzar de nuevo, y final-mente obtendría éxito. Gradualmente la muchedumbre se dispersó. Los quehabían venido de lejos pasarían la noche en casa y parti-rían a la mañana siguiente. Otros viajarían con su séquito,provistos de faroles para iluminar el camino. Con muchorepiqueteo de pezuñas y los gritos roncos de los hombres, sereunieron en el patio. Una vez más se abrió el pesadoportal, y la compañía salió. En la distancia se oía cada vezmás débil el clop-clop de los caballos, y la charla de susjinetes, hasta que afuera reinó el silencio de la noche. 49
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  42. 42. CAPITULO TRES LOS ULTIMOS DIAS EN CASA En la casa todavía había mucha actividad. Se seguíaconsumiendo té en enormes cantidades y la comida desa-parecía mientras los viajeros de último momento se forti-ficaban contra la noche. Todos los cuartos estaban ocupa-dos y no había lugar para mí. Desconsolado, ambulé portodas partes, pateando piedras o cuanto se me pusiera alpaso, pero ni siquiera eso me inspiró. Nadie me tomaba encuenta, los invitados estaban cansados y felices, los sirvien-tes, cansados e irritables. —Los caballos tienen más sentimientos —gruñí—. Iré adormir con ellos. Los establos estaban tibios y el forraje blando, pero elsueño no quería venir. Cada vez que me quedaba entre-dormido, un caballo me tocaba ligeramente, o un súbitobarullo de la casa me despertaba. Gradualmente los ruidosfueron desapareciendo. Me apoyé en un codo y miré haciaafuera; una a una las luces cedían paso a la oscuridad.Pronto quedó sólo la fría luz de la luna que se reflejabavívidamente en las montañas nevadas. Los caballos dor-mían, algunos de pie, otros tirados de costado. Yo tam-bién dormí. A la mañana siguiente me despertó un violentosacudón y una voz que decía: —Ven, Martes Lobsang. Tengo que preparar los caballos yme estás molestando. De modo que me levanté y fui hasta la casa paraprocurarme comida. Había mucha actividad. La gente sepreparaba para irse, y mamá pasaba de un grupo a otropara una charla de último minuto. Mi padre discutía 51
  43. 43. LOBSANG RAMPAmejoras a introducir en la casa y en los jardines. Le decíaa un viejo amigo que tenía la intención de hacer traervidrio importado de India, para colocar en las ventanas.En Tibet no había vidrio, pues no se fabricaba en el país, yel.costo de acarreo desde India era altísimo. Las ventanastibetanas tienen marcos en los cuales se extiende papel muyencerado y traslúcido, pero no transparente. En la parteexterior de las ventanas había pesadas persianas de madera, notanto para impedir la entrada de ladrones, sino para evitar laarena arrastrada por los fuertes vientos. Esta arena (que aveces tenía el tamaño de piedrecillas) se abría camino por lasventanas si no estaban protegidas. También cortaba manos yrostros, y durante la época de los vientos los viajesresultaban peligrosísimos. Los habitantes de Lhasasiempre observaban el Pico, y cuando de prontodesaparecía eri una niebla oscura, todos corrían a refugiar-se antes de que el viento los sorprendiera. Pero no sólo loshumanos estaban alerta: los animales también vigilaban yno era raro ver perros y caballos a la cabeza de loshombres buscando refugio. A los gatos nunca los sorpren-día una tormenta, y los yacs eran inmunes. Con la partida del último invitado, mi padre me mandóllamar y me dijo: —Ve a las tiendas y compra lo que necesites. Tzu sabequé requieres. Pensé en las cosas que necesitaría, un cuenco paratsampa hecho de madera, una taza y un rosario. La tazatendría tres partes, un soporte, la taza y la tapa. Sería deplata. El rosario sería de madera, con las ciento ochocuentas muy pulidas. Ciento ocho, el número sagrado,también indica las cosas que tiene que recordar un monje. Partimos, Tzu en su caballo, yo en mi pony. Al salir delpatio doblamos a la de recha, y a la derecha otra vezcuando salimos del Camino Circular pasando el Potala,para entrar en el centro comercial. Miré a mí alrededor,c o m o s i v i e r a a l a c i u d a d p o r ú l t i m a v e z . ¡ Se n t í a u nmiedo tremendo de estar viéndola por última vez! Lastiendas estaban atestadas de mercaderes regateadores llega-dos recién a Lhasa. Algunos habían traído té de China, 52
  44. 44. EL TERCER OJOotros habían traído telas de la India. Nos abrimos caminoentre la muchedumbre para llegar a las tiendas que que-ríamos visitar; de vez en cuando Tzu saludaba a algúnviejo amigo de otros tiempos. Tenía que comprar una túnica de rojo bermejo. Teníaque ser bastante grande, no sólo porque estaba creciendo,sino igualmente por una razón práctica. En Tib et loshombres usan túnicas voluminosas que se atan fuertementea la cintura. La parte superior se levanta y forma unabolsa en la que se guardan todas las cosas que el tibetanocree necesario llevar. El monje común, por ejemplo, llevaen la bolsa el cuenco del tsampa, una taza, un cuchillo,varios amuletos, un rosario, una bolsita con cebada tos-tada, y bastante a menudo una reserva de tsampa. Porque,recordad, un monje lleva encima todas sus posesionesmundanas. Mis patéticas y escasas compras fueron supervisadas se-veramente por Tzu, quien permitió sólo las cosas másesenciales, y de calidad mediocre, como correspondía a un"pobre acólito". Incluían sandalias con suela de cuero deyac, una pequeña bolsita de cuero para la cebada tostada,un cuenco de madera para el tsampa, una taza de madera— ¡no la de plata que yo había esperado! — y un cuchillopara tallar. Estas cosas, junto con un sencillo rosario queyo mismo tuve que pulir, iban a ser mis únicas posesiones.Mi padre era varias veces millonario, con enormes estable-cimientos en todo el país, con joyas, y mucho oro. Peroyo, mientras estuviera estudiando, mientras mi padre vivie-ra, iba a ser solamente un monje muy pobre. Volví a mirar la calle, pasé la vista por esos edificios dedos pisos, con sus grandes aleros. Volví a mirar las tiendascon las aletas de tiburón y las monturas puestas en casillasjunto a las puertas. Escuché una vez más la charla alegrede los mercaderes y sus clientes que regateaban los pre-cios. La calle nunca me había parecido tan atrayente ypensé en la gente afortunada que la veía todos los días yque seguiría viéndola todos los días. Perros descarriados vagaban por todos lados, oliendoaquí y allá, cambiando gruñidos; los caballos relinchaban 53
  45. 45. LOBSANG RAMPAsuavemente mientras aguardaban a sus patrones y los yacslanzaban gemidos guturales mientras zigzagueaban entre eltropel de gente. ¡Qué misterios se ocultaban detrás de esasventanas cubiertas de papel! ¡Qué magníficas reservas demercaderías, de todas partes del mundo, habían pasadopor esas fuertes puertas de madera, y qué historias conta-rían aquellas persianas abiertas si pudieran hablar! Todo esto contemplé, como si fueran viejos amigos. No se meocurrió pensar que volvería a ver esas calles, aunque fueramuy pocas veces. Pensé en las cosas que me habría gustadohacer, en las cosas que me hubiera gustado- comprar. Miensueño fue interrumpido violentamente. Una mano inmensa yamenazadora descendió sobre mí, me tomó la oreja y me latorció, mientras la voz de Tzu vociferaba para que todo elmundo la oyera: —Vamos, Martes Lobsang, ¿te has quedado muerto? Nosé qué pasa con los muchachos de esta época. No éramosasí en mi juventud. Aparentemente a Tzu no le importaba si yo quedabaatrás sin la oreja, o si la retenía siguiéndolo. No había máselección que "vamos". Durante todo el regreso Tzu cabal-gó adelante, murmurando y gruñendo contra "la genera-ción actual, montón de inútiles, haraganes que viven atur-didos". Por fin hubo un momento más alegre, pues cuan-do doblamos para tomar el camino de Lingkhor comenzóa soplar viento. El cuerpo enorme de Tzu delante de míme abría un camino bien protegido. Cuando llegamos a casa, mi madre revisó las cosas quehabía comprado; para consternación mía, declaró que eranbastante buenas. Había alimentado la esperanza de quedesautorizaría a Tzu, diciendo que yo merecía artículos demejor calidad. De modo que otra vez se destrozaron misesperanzas de tener una taza de plata, y tuve que confor-marme con la de madera torneada a mano en los bazaresde Lhasa. No me dejaron en paz en mi última semana. Mi madreme arrastró a las otras grandes casas de Lhasa para quepudiera presentar mis respetos. ¡Por lo respetuoso que yome sentía! Mi madre gozaba de los viajes, del intercambio 54
  46. 46. EL TERCER OJOde conversaciones sociales, y de la charla amable quellenaba sus días. Yo me aburría horriblemente; para mítodo esto era una prueba durísima, pues decididamente nohabía nacido con los atributos que hacen que se sufra conalegría a los tontos. Quería estar al aire libre, gozando delos últimos días que me quedaban. Quería remontar miscometas, saltar con mi palo, tirar al arco, y en cambiotenían que llevarme a la rastra como un yac premiado,exhibiéndome ante viejas regañonas que no tenían otracosa que hacer en todo el día más que sentarse en susalmohadones de seda y llamar a un sirviente para sersatisfechos sus menores caprichos. Pero no era mi madre la única en provocarme tantaanimosidad. Mi padre tenía que visitar el Lamasterio deDrebung y me llevó consigo para que conociera el lugar.Drebung es el lamasterio más grande del mundo, con susdiez mil monjes, sus altos templos, las pequeñas casas depiedra y los edificios cuyas terrazas se elevan plano sobreplano. Esta comunidad era como una ciudad cercada, ycomo una buena ciudad, se mantenía a sí misma. Drebungsignifica "Montón de Arroz", y desde cierta distancia, enrealidad parecía un montón de arroz, con las torres y lascúpulas resplandecientes. En ese momento yo no estaba dehumor para apreciar bellezas arquitectónicas: me sentíadecididamente malhumorado al desperdiciar tiempo precio-so. Mi padre estaba ocupado con el abad y sus ayudantes yyo, como un animalito abandonado en la tormenta, vagabade aquí para allá. Temblaba de terror al ver cómo tratabana algunos de los novicios. El Montón de Arroz en realidaderan siete lamasterios en uno; siete órdenes distintas, sietecolegios separados. Era tan grande que no podía estar acargo de un solo hombre. Catorce abades lo dirigían, eimponían una disciplina severísima. Me alegré cuando esta"agradable excursión por la llanura soleada" —para citar ami padre-- llegó a su fin, pero más me alegró saber que nome enviarían a Drebung, o a Sera, a tres millas al norte deLhasa. Por fin terminó la semana. Me quitaron las cometas y 5E1
  47. 47. LOBSANG RAMrAlas regalaron; rompieron mis arcos y mis flechas con tanmagníficas plumas, para significar que ya no era un niño yque esas cosas no me servían. Sentí que ta mbién m erompían el corazón, pero a nadie le pareció importante. Al atardecer mi padre me mandó llamar y fui a sucuarto, con sus magníficos decorados, y los viejos y valio-sos libros que cubrían las paredes. Estaba sentado a unlado del altar principal, que quedaba en su cuarto, y mehizo arrodillar frente a él. Esa sería la ceremonia de Abrirel Libro. En ese gran volumen, de noventa centímetros deancho por treinta de largo, estaban registrados todos losdetalles de nuestra familia, desde hacía siglos. En él esta-ban los nombres de los iniciadores de nuestra línea, y sereferían las hazañas que los habían elevado a la.-realeza.Allí estaban registrados los servicios que habíamos presta-do a nuest ra patria y a nuestro Gobernante . En esaspáginas viejas, amarillentas, leí historia. En ese momento,por segu nd a vez, el Libro se abría por m í. P rimero s ehabía abierto para registrar mi concepción y mi nacimien-to. Allí estaban los detalles en los cuales los astrólogosbasaban sus pronósticos. Allí estaban los mapas preparadosen su tiempo. Ahora tenía que firmar yo mismo el Libro,pues mañana se abriría ante mí una nueva vida, al ingresaren el lamasterio. Lentamente se volvieron a colocar las pesadas tapas demadera tallada. Se ajustaron los cierres de oro que apreta-ban las páginas gruesas, hechas a mano, de papel deenebro. El libro era pesado, hasta mi padre se tambaleó unpoco bajo su peso cuando se levantó para volver a colocarloen el estuche de oro que lo protegía. Reverentemente sevolvió para bajar el estuche hasta el profundo nicho depiedra bajo el altar. En un pequeño brasero de platacalentó un poco de cer a, la derra mó sobre la tapa depiedra del nicho y estampó su sello, para que nadie tocarael Libro. Se volvió a mí y se in staló cómodamente e n sus al-mohadones. Un golpe al gong que tenía junto al codo, yun sirviente le trajo té mantecado. Se produjo un largosilencio, y después me contó la historia secreta de Tibet; 56
  48. 48. EL TERCER OJOhistoria que se remontaba a miles y miles de arios, unahistoria que era vieja antes del Diluvio. Me habló de laépoca en que Tibet tenía sus costas bañadas por inantiguo mar, y me contó que eso había sido probado p rlas excavaciones. Hasta en ese momento, me dijo, cual-quiera que cavara cerca de Lhasa, podía extraer animalesmarinos fosilizados y extrañas caracolas. También habíaartefactos de un extraño metal, cuya utilidad se descono-cía. A menudo los monjes que visitaban ciertas cavernasdel distrito los descubrían y se los traían a mi padre. Memostró algunos. Después cambió de humor. —Por la ley, el de alta cuna debe ser criado en laausteridad, mientras que a los de baja casta se les debetener compasión --dijo—. Tú pasarás por un severo juicioantes de que te permitan ingresar en el lamasterio. Meimpuso de la absoluta necesidad de obedecer implícita-mente todas las órdenes que se me impartieran. Sus obser-vaciones finales no eran lo más apropiado para un buensueño; me dijo: —Hijo mío, crees que soy duro e indiferente, pero cuido,sólo el nombre de la familia. Esto te digo: si fallas en estaprueba para el ingreso, no regreses aquí. Serás como tmextraño para esta casa. Con eso, sin añadir una sola palabra, me indicó que mefuera. Esa misma noche, más temprano, me había despedidode mi hermana Yaso. Se había turbado, porque habíamosjugado juntos tantas veces y ella tenía sólo nueve añosmientras que yo cumpliría siete... al día siguiente. Nopude encontrar a mi madre. Se había acostado y no pudedespedirme de ella. Fui solo hasta mi cuarto por últimavez y arreglé los almohadones para formar la cama. Mea c os t é , p e ro n o p a r a d o r m ir. Me quedé un largo ratop e n s a n d o e n l o q u e ha b í a d i c h o m i p a d r e es a n o c h e ;p e n s a n d o e n e l p r o f u nd o d i s g u s t o q u e a m i p a d r e lecausaban los niños y pensando en el temido mañana,cuando por primera vez dormiría lejos de casa. Gradual-mente la lu na fue m ov iéndose por el cielo . F uera, unpájaro nocturno revoloteó en el alféizar. Del techo de 57

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