Los hijos del sol (Novela) - José Manuel Martínez Sánchez
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Los hijos del sol (Novela) - José Manuel Martínez Sánchez

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Género: Novela. Autor: José Manuel Martínez Sánchez. Sinopsis: "Los hijos del sol" es una novela generacional (nacidos a principios de la década de los 80) recomendada, sin embargo, para un ...

Género: Novela. Autor: José Manuel Martínez Sánchez. Sinopsis: "Los hijos del sol" es una novela generacional (nacidos a principios de la década de los 80) recomendada, sin embargo, para un público de todas las edades (pero mayores de edad). Una educación sentimental protagonizada por jóvenes ávidos de experiencias intensas que viven entre atmósferas de música rock, literatura, arte, emociones, sexo, drogas e inquietudes existenciales. Una historia sobre la juventud, la amistad, el amor y sus contrarios.

Blog del autor: www.lashorasylossiglos.blogspot.com

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Los hijos del sol (Novela) - José Manuel Martínez Sánchez Document Transcript

  • 1. Los hijos del sol
  • 2. José Manuel Martínez SánchezLos hijos del sol
  • 3. Copyright © José Manuel Martínez Sánchez, 2008Reservados todos los derechos. De acuerdo con la legislación vigente, y bajo las san-ciones en ella previstas, queda totalmente prohibida la reproducción o transmisiónparcial o total de este libro, por procedimientos mecánicos o electrónicos, inclu-yendo fotocopia, grabación magnética, óptica o cualesquiera otros procedimientosque la técnica permita o pueda permitir en el futuro, sin la expresa autorización porescrito de los propietarios del copyright.Compuesto en Warnock Pro
  • 4. Sólo puedo respirar en las regiones inferiores. Robert Walser (Jacob von Gunten)ANTÍGONA.- Sin que nadie me llore, sin amigos, sin himeneo,desgraciada, me llevan por camino ineludible. Ya no podré ver,infortunada, este rostro sagrado del sol, nunca más. Y mi destinoquedará sin llorar, sin un amigo que gima. Sófocles (Antígona)La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre latierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, suscolores son tan variados como los de éste y también tan distintosy tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizon-te como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza ha derivado untipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Peroasí como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, enrealidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasadabeatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan enlos éxtasis que pudieron haber sido. Edgar Allan Poe (Berenice)
  • 5. And now the time has comeAnd so my love I must goAnd though I lose a friendIn the end you will knowOne day you’ll find that I’ve goneFor tomorrow may rainSo I’ll follow the sun The Beatles (Beatles For Sale)…ya que tan poco os resta de vida, no os neguéis a conocerel mundo sin habitantes que se encuentra siguiendo al Sol. Dante Alighieri (Divina Comedia)El alba asomaba débilmente. No sabía dónde estaba. Tomé la di-rección levante, supongo, para asomarme cuanto antes a la luz.Hubiera querido un horizonte marino, o desértico. Cuando salgo,por la mañana, voy al encuentro del sol, y por la noche lo sigo, casihasta la mansión de los muertos. No sé por qué he contado estahistoria. Igual podía haber contado otra. Por mi vida, veréis cómose parecen. Samuel Beckett (El Expulsado)Lo absurdo impone la muerte. Albert Camus (El mito de Sísifo)
  • 6. ÍNDICE MUSICAL (Por orden de aparición)• El mañana, Gorillaz• Love, John Lennon• God, John Lennon• Innocent World, Joseph Arthur• Réquiem, Tomás Luis de Vitoria• Ok Computer, Radiohead • Ob la di ob la da, The Beatles• Wich My Guitar Gently Weeps, The Beatles• Happiness is a warm gun, The Beatles• I’m so tired, The Beatles• Black bird, The Beatles• Rocky Racoon, The Beatles• The Man Who Sold The World, Nirvana• Say It Ain´t So, Weezer• Oberturas y preludios, Richard Wagner• High Hopes, Pink Floid• Mother, John Lennon• Mercedes Benz, Janis Joplin• Una botella, Los Bravos• Los chicos con las chicas, Los Bravos• You Really Got Me, The Kinks• Flamenco, Los Brincos• Crimson and Clover, Tommy James and The Shondells• Square One, Coldplay• Una poesia anche per te, Elisa• Severed Hand, Pearl Jam• Come Back, Pearl Jam• Helter Skelter, The Beatles• Nuevo Tango, Astor Piazzolla• Oh Mary, Neil Diamond• Irving, Three Man Army• The End, The Doors
  • 7. • Jailhouse Rock, Elvis Presley• A Day In The Life, The Beatles• Satisfaction, The Rolling Stones• I Can See For Miles, The Who• Imagine, John Lennon• I Want To Hold Your Hand, The Beatles• My Girl, The Temptations• Hey Ya, Outkast• A Third Of A Lifetime, Three Man Army• In My Life, The Beatles• Do You Want To Know A Secret, The Beatles• 9ª Sinfonía, L.V. Beethovenn• Come As You Are, Nirvana• The Times They Are A-Changin’, Bob Dylan• Crazy, Patsy Cline• In Dreams, Roy Orbison• Yesterday, The Beatles• Don’t Worry Baby, The Beach Boys• God Only Knows, The Beach Boys• Rain, The Beatles• Every Breath You Take, The Police• Aida, Giussepe Verdi• Knockin’ On Heaven’s Door, Bob Dylan• Till There Was You, The Beatles• Over The Hills And Far Away, Led Zeppelin• Smoke On The Water, Deep Purple• Born To Be Wild, Steppenwolf• Sur, Andrés Calamaro• The Tourist, Radiohead• Give Me Some Truth, John Lennon• Selfish Love, Miyavi• She Loves You, The Beatles• Roads, Portishead• An Honest Mistake, The Bravery• Highway Star, Deep Purple• Oh Darling!, The Beatles
  • 8. • Parachutes, Pearl Jam• With Or Without You, U2• You Got Me Running, Etta James and Blues Breakers• Moondance, Van Morrison• Little Wing, Jimi Hendrix• Advertising Space, Robbin Williams• Bohemian Like You, Dandy Warhols• Novelty, Joy Division• Star Of CCTV, Hard-Fi• Smell Like Teen Spirit, Nirvana• Atmosphere, Joy Division• Space Is The Place, Three Man Army• Dazed And Confused, Led Zeppelin• Days, The Kinks• Goin Back, The Birds• Wonderful Life, Black• Shelf In The Room, Days Of The New• One Last Breath, Creed• Why Pt.2, Collective Soul• Cosmic Blues, Janis Joplin• Red House, Jimi Hendrix• It’s A Fire, Portishead• Goodnight, good guy, Collective Soul• Foxy Lady, Jimi Hendrix• A Day In The Life, The Beatles• Satisfaction, The Rolling Stones• I Can See For Miles, The Who• Imagine, John Lennon• I Want To Hold Your Hand, The Beatles• My Girl, The Temptations• Hey Ya, Outkast• A Third Of A Lifetime, Three Man Army• In My Life, The Beatles• Do You Want To Know A Secret, The Beatles• 9ª Sinfonía, L.V. Beethovenn• Come As You Are, Nirvana
  • 9. • The Times They Are A-Changin’, Bob Dylan• Crazy, Patsy Cline• In Dreams, Roy Orbison• Yesterday, The Beatles• Don’t Worry Baby, The Beach Boys• God Only Knows, The Beach Boys• Rain, The Beatles• Every Breath You Take, The Police• Aida, Giussepe Verdi• Knockin’ On Heaven’s Door, Bob Dylan• Till There Was You, The Beatles• Over The Hills And Far Away, Led Zeppelin• Smoke On The Water, Deep Purple• Born To Be Wild, Steppenwolf• Sur, Andrés Calamaro• The Tourist, Radiohead• Give Me Some Truth, John Lennon• Selfish Love, Miyavi• She Loves You, The Beatles• Roads, Portishead• An Honest Mistake, The Bravery• Highway Star, Deep Purple• Oh Darling!, The Beatles• Parachutes, Pearl Jam• With Or Without You, U2• You Got Me Running, Etta James and Blues Breakers• Moondance, Van Morrison• Little Wing, Jimi Hendrix• Advertising Space, Robbin Williams• Bohemian Like You, Dandy Warhols• Novelty, Joy Division• Star Of CCTV, Hard-Fi• Smell Like Teen Spirit, Nirvana• Atmosphere, Joy Division• Space Is The Place, Three Man Army• Dazed And Confused, Led Zeppelin
  • 10. • Days, The Kinks• Goin Back, The Birds• Wonderful Life, Black• Shelf In The Room, Days Of The New• One Last Breath, Creed• Why Pt.2, Collective Soul• Cosmic Blues, Janis Joplin• Red House, Jimi Hendrix• It’s A Fire, Portishead• Goodnight, good guy, Collective Soul• Foxy Lady, Jimi Hendrix
  • 11. I.- AMIGOSA hor a no hay nadie en la habitación salvo Luis, que se tumba en la cama y sitúa el ordenador sobre sus ro- dillas. Empieza a navegar sin todavía saber con certezasu destino. Mientras tanto Álvaro ha salido de la residencia, por prime-ra vez durante esa semana, para comprar tabaco en el quioscoque hay al cruzar la calle. Le atiende la misma mujer gorda yantipática de todas las tardes, que nunca dice hasta luego cuan-do él se despide de ella y siempre se promete así mismo no vol-ver a decirle hasta luego, pero su buena educación le hace caersiempre, inconscientemente, en la misma situación y siempresale del estanco contrariado, pensando: maldita antipática demierda, ya nunca más le diré ‘hasta luego’. Entra fumando a lahabitación, todavía pensando en la mujer del estanco, y deja lasbolsas sobre el escritorio. -Por favor, tío, fuma en la terraza.- Le dijo Luis, sin apartar lavista de la pantalla del ordenador. -Vale, lo siento. Por cierto, métete en alguna página de alqui-ler de pisos, a ver si encontramos algo mejor y salimos de estamaldita prisión. -Si no hay nada. Lo miramos todas las tardes. Además acabode poner el Counter y voy a jugar un rato. Mientras Luis juega a matar terroristas con su ametrallado-ra M249 Álvaro está apoyado al balcón, fumando su Lucky conla mirada perdida en la gente que camina por la calle. Sorpren-dido tira el cigarro y fija sus ojos en una chica con un paraguasrojo, parada en la acera, esperando para cruzar. -Mira Luis, qué tía, corre.- Luis se aparta del ordenador y selevanta acelerado. 13
  • 12. -Vaya, qué buena está.- Dice mientras Álvaro se enciendeotro cigarro con una sonrisa cínica. -¿Sabes?- Dice Álvaro, trocando su sonrisa en un gesto querevela su inseguridad.- Le voy a pedir a Leonor que salgamosjuntos, ¿qué opinas? -Eso es lo que debes hacer, si te gusta, no te lo pienses más. Luis vuelve a la cama y continúa jugando. Álvaro entra enla habitación, cierra la puerta de la terraza y coge un libro depoesía, se sienta en el suelo, con las piernas entrecruzadas, enposición de yogui. Son las siete. A esas horas la tarde llega a unpunto en que se hace interminable, el calor contribuye a esasensación así como el silencio que por momentos se ve inte-rrumpido por el ruido del tráfico de afuera y por el murmullode pasos y de tiros que proyecta ese estúpido juego al que estánestúpidamente enganchados, llamado Counter Strike. -Hoy no voy a bajar a cenar.- Dice Luis sin despegar la mira-da de la pantalla del ordenador. -¿Qué dices?, tienes que comer algo.- Comenta Álvaro concierto rostro de complaciente sublimidad provocada por la lec-tura de algunos versos insufriblemente románticos. Pero depronto, cierra el libro y lo tira sobre la cama.- Pues sabes, yotampoco. Vamos a jugar una vida cada uno, cuando te matenyo entro. -Vale. A las once de la noche todavía continuaban jugando. No te-nían ni hambre ni sed, estaban totalmente inmersos en la ac-ción del juego, saciados por ella. -A esta hora suele venir Raúl. ¿Has puesto el cartel de ‘Prohi-bido’?- Dice Luis preocupado por el problema que causaría unparticipante más en el juego. -Sí, lo he puesto.14
  • 13. Ya han apagado la luz de la habitación, solamente alumbrala pantalla del ordenador, parpadeando brillos y oscuridades.Luis decide bajar el volumen del juego y poner música. Álvarose quita la camiseta, pues el calor cada vez resulta menos so-portable, deja sobre la mesa, desordenada de apuntes univer-sitarios, su camiseta roja con el rostro gigante del Che. Entrelos papeles, que hablan de literatura y contextos históricos deescritores del Siglo de Oro, se esconde una pequeña bolsita conmarihuana que Luis coge. Expande la hierba sobre su mano,con el fin de liar un cigarro, cortando la boquilla del Lucky yabriendo el resto para sacar el tabaco. -¿Dónde está la máquina para liar? -¿Es que vas a hacerte uno? ¿Y mañana quién va a ir a clase?-Señala coherentemente Álvaro, sin apenas desconcentrarse dela trama urdida por su personaje del juego para matar al anti-terrorista escondido tras las cajas del almacén de su escenariopreferido, llamado de_dust2. -Venga, uno sólo. Este no hace daño.- Ambos sonríen derra-mando cierta liberación de sus rostros, como si ese momentoque prefigura la marihuana fuese el único del día que les sal-vase de la agobiante monotonía de sus vidas.- ¿Qué música haspuesto? -Es el último disco de Gorillaz. Ya sabes, el ex cantante deBlur. -Joder ya, Demon Albarn, es buenísimo. Sube el volumen. La habitación, aparte del cargado ambiente literario, todallena de libros, también insinuaba una especial predilecciónpor la música. Nada más abrir la puerta cualquiera que entrese encuentra, en forma de pósters, en lo alto del armario a BobDylan, sobre la cama a Kurt Cobain, sobre la mesa a Los Beat-les, a Bob Marley y a Jim Morrison. Tampoco faltan Pearl Jamni Jimi Hendrix, entre otros héroes de la música popular más omenos malditos o divinizados. La habitación está además de- 15
  • 14. corada por libros de todas las temáticas y géneros, abundan lapoesía, seguramente porque Luis estudia Filología Hispánica, ytambién las obras filosóficas, presidiendo todas ellas un inmen-so tomo de las obras completas de Friedich Nietzsche. Álvarosuele pasar casi todo el tiempo en la habitación de Luis, posi-blemente por el lúdico ambiente que desborda la decoracióndel lugar, tal vez por la gran cantidad de libros extraños que leefragmentariamente, abriéndolos por cualquier parte, o tal vezporque se siente solo y necesita estar con alguien. La habitaciónde Álvaro es compartida, vive con Joaquín, un rarito estudiantede Física que apenas sale de allí y nunca suele decir nada. Poreso Álvaro pasa casi más tiempo en la habitación de Luis, lacual éste no comparte con nadie excepto consigo mismo, queya es bastante. -Anda, dame el porro y juega tú.- Momento de pasar del jue-go al vicio, a ninguno de los dos le apetece jugar al ordenadorcuando empiezan a fumar, porque los reflejos comienzan a fa-llar y la mente se distorsiona y abstrae de manera gradual. Luisle entrega el ordenador portátil a Álvaro. -Gracias, pero yo paso de jugar. ¿Puedo salirme? -Vale. Pero no pongas páginas guarras que seguro que semete un virus y me jode el ordenador.- Álvaro asiente y sonríeinconscientemente, sintiendo ya los efectos del fuerte e intensocigarro de marihuana mientras se tumba cómodamente en lacama poniendo el ordenador sobre sus piernas. En ese momento llaman a la puerta, ambos se asustan, alar-mados por si es el director de la residencia. Luis baja la músicatotalmente y Álvaro abre la puerta que da al balcón tratandoinútilmente de ambientar la habitación, para disipar el inten-so olor a marihuana, mientras Luis coge el perfume de CalvinKlein impregnándolo por todas partes. -¿Quién es?- Pregunta Luis débilmente, con un tono de vozalgo afectado.16
  • 15. -Soy Leonor. No tiréis el porro. Luis, aliviado y mostrando un gesto de satisfacción abre lapuerta y se encuentra con Leonor, la cual le da dos besos muyafectuosos. -Joder, se huele desde el pasillo, como suba el director ospilla fijo.- Advierte Leonor expresivamente, con gesto alegre yaliviado, como si ver a sus dos amigos fuera la redención que es-peraba antes de irse a dormir.- Menos mal que os pillo despier-tos. Dadme unas caladas, ¿o lo habéis tirado ya?- Luis asiente. -No te preocupes, me hago otro.- Exclama Álvaro con afánvoluntarioso y contento de complacer a Leonor.- ¿Qué tal eldía? -Pues fatal tíos. Mi clase está llena de capullos. Y la profesorade Poesía del Siglo de Oro, bueno, tú ya lo sabes Luis, es lo peor,un día de estos le digo que es una maldita lesbiana, me da igualque me suspenda, joder, me cita en su despacho para comentarun verso de Quevedo y me pregunta que si tengo novio… onovia. -Qué fuerte, lesbiana seguro.- Sentencia Álvaro. -Y lo peor es que quiere que vaya a su casa a conocer a superro. Y a mí qué me importa su perro, pero cómo le voy a decirque me importa una mierda y que sólo quiero que me apruebe.Y todo por discutir sobre un verso de Quevedo.- Hace una pau-sa en su monólogo para dar un trago a un botellín de agua quelleva en la mano y continúa.- ¿Quevedo? Si ya nadie sabe quiénes Quevedo. -Bueno, Leonor, cálmate. Fuma un poco.- Dice Álvaro. -Y, ¿qué verso era ese?- Pregunta Luis. -Pues... ah, sí: Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra... -…que me llevare el blanco día.- Continúa Luis. -Sí, eso. -¿Y por qué habéis discutido? -Porque dice que con el blanco día se refiere a que es un díade Navidad, y yo le he dicho que se refiere a la muerte, pero ella 17
  • 16. dice que no, que es que yo soy muy pesimista. -Qué tía más tonta.- Exclama Álvaro.- Todos se ríen. La noche se va disipando entre disquisiciones poéticas y ex-citantes caladas de marihuana. Álvaro pide disculpas para ir albaño. El disco de Gorillaz vuelve a sonar por segunda vez, nin-guno todavía percibe que el disco se repite. Mientras suena Elmañana Álvaro abre cuidadosamente la puerta para salir haciael servicio, que se encuentra en frente de la habitación. Pien-sa Álvaro, mientras escucha de fondo el sonido de una sirena,que la noche se está alargando demasiado, de pronto le vienea la cabeza Marcel Proust, siempre lo recuerda cuando las si-tuaciones se agrandan y dispersan en los instantes. Es feliz sinembargo, porque está con las dos personas que más quiere en elmundo, aunque nunca lo ha confesado abiertamente ante ellos.Seguramente Luis y Leonor sienten también esa secreta felici-dad de alguna manera reflejada en la complicidad que les unea los tres. Mientras Álvaro se lava la cara nota cómo su mentese dispersa hacia el silencio, se observa, frente al espejo, y ve aun hombre desorientado, apenas se reconoce, y un impulso dellorar determina breves segundos de ignorada melancolía, nosabe por qué está triste si hace unos segundos se sentía feliz.Coge una cuchilla de afeitar y empieza a pasarla por todo surostro, intentando ver a otra persona frente al espejo, despo-seyéndose, como casi todos los días, de la incipiente barba quele nace constante. Al terminar se lava la cara con agua muycaliente y se echa un after-save que le escuece gravemente, sinembargo ese escozor le gusta, le recuerda que está vivo al mi-rarse al espejo, se descubre diferente, notándose un poco másjoven y atractivo que antes. Se sonríe a sí mismo, tratando deganar seguridad en su rostro. Recuerda que ha dejado la puer-ta de la habitación abierta y que puede subir el director de laresidencia, intolerante guardián del templo de los súbditos ypasivos estudiantes. De pronto siente frío, el ambiente del largopasillo contribuye a esa sensación de brusca soledad. Álvaronecesita volver a la habitación. Necesita hablar con sus ami-18
  • 17. gos para así probablemente comunicar algo, aunque sea poco,y lograr que su corazón no sea solamente un iceberg aislado enel océano de la supervivencia. Sí, su vida se ha convertido enpura supervivencia. Ya no reconoce el sentido que un día qui-so dar a su existencia, ya no ejecuta sus deseos sin importarlelas consecuencias, ya no escucha música despreocupado de susobligaciones e inmerso en su mundo de ficciones. No, ya nopuede aceptar todo eso, ahora ha aprendido a ser conscientede sí mismo, o al menos ha aprendido a ser consciente del pesode sí mismo, de ese ser que vive en él y come y tiene que estu-diar para conseguir trabajo en un futuro, y sus únicos objetivosson aprobar los exámenes, mostrarse como un ser responsableen todo momento: con los padres, con los profesores e inclusocon los amigos. Bueno, excepto con Luis y con Leonor, víctimastambién de ese juego insensato e inhumano que consiste en serhumanos, válidos y juiciosos en este mundo que se hace llamarmoderno y civilizado. Álvaro entra en la habitación y una ex-tremada satisfacción le envuelve, tal que si fuera Ulises en sullegada a Ítaca. -¿Por qué has tardado tanto, Álvaro? Creíamos que te ha-bía tragado la tapa del water.- Deduce Leonor, ya algo afectadapor la hierba. Álvaro sonríe sin mediar palabra, tiene ganas deabrazarlos pero reprime el impulso por no evidenciar su colo-cón. Ya han cambiado la música, ahora suena John Lennon, undisco recopilatorio de canciones acústicas. -Hemos puesto a John.- Dice Luis. -El más grande.- Asiente Leonor. -Sí, era el mejor de los cuatro, al menos el más auténtico. Fal-ta gente así en este mundo de mierda que nos ha tocado vivir.-Añade Álvaro con voz resentida. -¿Estás bien Álvaro? Venga, no te pongas triste.- Dice Leonormientras se acerca a Álvaro para pasarle el cigarro.- Sabes, yotambién pienso eso todos los días, bueno lo de Lennon no, pero 19
  • 18. sí que es este mundo es una mierda, pero procuro no pensar enello, ¿para qué?, yo sólo vivo, o me dejo vivir, procuro hacer loque me gusta y trato de cumplir con las reglas que este mun-do me impone pero sin negarme mis pequeños placeres, comoeste momento con vosotros, eso es lo que hay que valorar... -Ya, si llevas razón.- Confirma Álvaro.- Pero este momentono justifica los miles de minutos que vivimos para nada, escla-vos de la rutina que nosotros mismos nos imponemos, yo ya noculpo a la sociedad sino a nosotros mismos, ¿por qué la gentees tan mediocre? Si todos fueran como nosotros, es decir, sitodos viviésemos para vivir solamente, disfrutando de ello, notendríamos que sufrir la esclavitud de la vida, pero... joder... sies que nosotros mismos nos ponemos las redes, somos especia-listas en atarnos, en aislarnos, en no dejarnos vivir. -Yo pienso lo mismo.-. Añade Luis.- Hoy nos hemos pasadotoda la tarde jugando a un juego de mierda, yo soy conscientede eso, pero sin embargo me gusta ese juego, aunque soy cons-ciente de que es una mierda, a lo mejor la pregunta correcta iríadestinada a averiguar si la demás gente que juega ese juego esconsciente de su mierda. -No lo creo. Dice Álvaro. -Yo tampoco. Dice Leonor.- La gente escapa, nada más, sinpreguntarse el porqué, lo mismo leen una novela, de StephenKing, Tolkien o alguno de sus homólogos, o juegan al ordena-dor o ven la televisión, da igual, la cuestión es que los esclavosnacidos en la esclavitud la asumen sin más y cuando pueden laamortiguan, la evaden, pero no se enfrentan cara a cara a ella. -Llevas razón. Así ha sido siempre.- Asegura Álvaro con elporro en la mano, distraído por el mágico reflejo de la músicade Lennon y su Love acústico.- Yo ya no creo en las personas,nosotros somos la minoría, la inmensa minoría, tal vez de aquísalga un nuevo Sartre, tal vez seas tú Leonor, o tú Luis, o nin-20
  • 19. guno de los tres. O tal vez sea el vecino de la habitación de allado con el cual sólo nos decimos ‘hola’ y ‘adiós’ pero no nosconocemos. La vida es extraña. El mundo es extraño. Le gentees capaz de hacer una revolución y cortar cabezas, como en laRevolución Francesa, por unas palabras que suenan muy bien.La gente es capaz de matar por ideales, pero es un fenómeno demasas, al igual que se emocionan en un partido de fútbol. Nosé si me explico, voy un poco... Mientras la conversación evoluciona suena paradógica-mente la canción de Lennon: God. Los tres hablan y hablansin parar, la realidad queda a un lado y entregan este tiemponocturno a la reflexión y al placer, escuchan música, fumanmarihuana, piensan en una sociedad en la cual apenas parti-cipan, soportándola educadamente. Luis, para rebatir a Álvarosus argumentos sobre la decadencia de la posmodernidad, seacerca a la estantería en la que duerme un tomo de las obrascompletas de Platón. Abre el ‘Menón’ y le explica la posibilidadde la virtud en el ser humano. Todo es posible en esa noche.Las ideas fluyen, son felices creyendo que saben y que pueden,con sus ideas, cambiar el mundo. Pero da lo mismo haber leídotanto, en el fondo de su conciencia comprenden que el mundoya no se puede cambiar, que sólo aspiran a cambiarse a ellosmismos. Comprenden, después de haber leído a Nietzsche, quesólo les queda la esperanza de convertirse en superhombres,para simplemente conseguir sobrevivir en este mundo sin seraplastados por los otros, aquellos de los que Sartre dijo queeran el infierno. -La gente no necesita saber ni ser consciente, solamente ne-cesita dinero para vivir, así de sencillo, y cuando no haya dine-ro, entonces, solamente entonces, habrá la búsqueda del dinero,tal vez bajo el lema de la libertad.- Explica Luis, indignado. Pero las pasiones también resultan ser poderosas, y tal vez 21
  • 20. eso es de lo único de que no son conscientes Luis y Leonor,que mientras discuten ideas y párrafos de Marx y Marcuse,aproximan sus cuerpos, sus alientos, sus esperanzas y miradas,notando como la búsqueda del éxtasis podría ser resuelta enla unión de sus espíritus carnalmente materializados. Pero elsueño obliga a la despedida. Mañana será otro día y cada unocumplirá con sus obligaciones. Y al llegar la noche seguramen-te volverán a reunirse, para contarse sus esperanzas y fracasoscotidianos.22
  • 21. II.- LA CHARLAU na semana después las cosas han cambiado bas- tante poco. Álvaro empezó a salir de la residencia para ir a clase, pero Luis todavía continuaba allí, sin abando-nar la habitación, ensimismado en su mundo cerrado. La mañana ha resultado ser el hastío esperado. Ahora ya,tras la comida, Luis ha cogido su HK USP45 con silenciador yse ha ido a rescatar a unos rehenes, por un moderno edificiode oficinas. En el pasillo se encuentra con dos terroristas a losque mata de un solo disparo en la cabeza a cada uno. Está cadavez más cerca de llegar a la habitación donde están los rehenes.Finalmente los libera aunque un terrorista, el último que que-daba, le hiere en la pierna, pero Luis lo neutraliza al instante.Justo en ese momento entra Álvaro en la habitación. -¿Qué haces tío? -Jugar al Counter.- Responde Luis mientras carga de nuevosu arma para proseguir con la siguiente misión, cuyo plan escompletamente el mismo que en la anterior misión. -Escucha Luis, he conseguido una cita con una tía del chat.¿Quieres ver su foto? Parece bastante guapa, déjame el portátil. -Espera que termine esta misión. Álvaro se acerca al equipo de música y pone un disco queacaba de comprar, se llama Redeption’s Song de Joseph Arthur.Su rostro refleja cierto tono de felicidad, como un niño con sujuguete nuevo Álvaro pulsa el play del equipo, deseante de es-cuchar los primeros acordes del melancólico Arthur. Se tumbaen la cama con el cd en las manos, revisando la lista de cancio-nes, divagando por las páginas interiores. Enseguida deja el cd ycierra los ojos, Luis también detiene su partida y se da la vuelta,en dirección a los altavoces, como si a parte del sonido tambiénpudiera divisar la imagen de aquella melodía. 23
  • 22. -Por fin lo has comprado. Te dije que lo bajaba por Internet. -Ya, pero este quería tenerlo original. ¿No es genial? -Es bastante bueno. Hay un largo silencio, de al menos dos o tres minutos, am-bos saborean una canción llamada Innocent World con actitudreflexiva. -Quería comprar este cd porque Leonor lo puso en su casa,antes de que nos enrollásemos. Esa noche me habló de sus pa-dres, de lo sola que se sentía desde que se divorciaron, de lamuerte de su hermano con la moto… Empezó a llorar, yo no meaproveché de ella porque ella necesitaba alguien que le abraza-se y yo estaba allí. -Leonor es muy buena chica, no sé qué coño haces buscandocitas por Internet. -Pero a Leonor le gustas tú. ¿Es que no lo sabes? -Y, ¿por qué se enrolló entonces contigo? Esa conversación la habían mantenido en más de una oca-sión. Ambos sentían algo muy especial por Leonor y ella, se-guramente, sentía algo parecido por Luis y Álvaro. Sería difícilsaber a cuál quería más. Posiblemente uno complementase alotro. -Y, ¿de qué más hablasteis aquella noche?, si se puede saber-.Preguntó Luis turbado. -Verdaderamente fue ella la que habló todo el tiempo. Mehabló de ti, de que está muy preocupada contigo porque apenassales de la habitación, encerrado en ti mismo, de lo mucho quele gusta la literatura y lo poco que le gusta la carrera, de quetiene que dejar los porros… De cosas así. De nuestra vida. -Pues vaya. -Y yo también estoy preocupado por ti. Todo el día ahí, ju-gando al Counter, sin ir a clase, sin apenas tocar un libro, se teva a olvidar hasta leer.24
  • 23. -Pero, si tú también juegas, qué cara tienes. -Pero yo hago otras cosas, salgo, voy a la universidad, leocuando puedo. No es lo mismo. -Y para qué voy a ir, como dice Leonor, la carrera es unamierda, mejor está uno en casa. Total, cuando lleguen los exá-menes pido apuntes y en una semana estudio sin parar. Álvaro se sentía por momentos triste ante el hastío de Luis,lo escuchaba y sentía lo mismo, empatizaba con sus ideas, perosabía que no podía hacer lo mismo que él, es decir, asumir laderrota. No, Álvaro salía a la calle, por mucho que le costase,porque esa era la vida real y eso lo tuvo que asumir desde muypronto, a diferencia de Luis. -Mira Luis, a mi tampoco me gusta mucho mi carrera. Yohubiera preferido hacer Filología Hispánica, como tú, pero laHistoria del Arte se supone que es más llevadera y, no te creas,también me emociono con un buen cuadro igual que con unpoema. En la vida es importante tener un título, por suerte he-mos elegido una carrera que va con nosotros, imagínate, noso-tros haciendo Económicas, eso si que sería un drama. La vidase compone de placeres y de pequeños sacrificios, por muchoque te guste la poesía no puedes esperar que en clase el profesorreparta porros de marihuana y dedique dos meses a la poesíade Dylan Thomas. Eso sería el paraíso, sí, decía sonriendo Ál-varo. Y la vida no es ningún paraíso. Sólo hay que ser un pocointeligente, aguantar estoicamente y reírte por las noches, contu porro o con un libro de Dylan Thomas, de todos esos perde-dores que se creen que dominan el mundo. ¿No crees? -Qué obsesión tienes con Dylan Thomas. -No seas capullo. Ambos se estuvieron riendo un buen rato. Luis cambió el cd.Puso, como de costumbre, su disco acústico de Lennon. 25
  • 24. III.- LA FACULTAD Y LA RESIDENCIAÁ lvaro caminó hacia la facultad con cierto ánimo tras su sincera charla con Luis. Pero a medida que avan- zaba, conforme se iba parando en cada semáforo en rojo,el ánimo se trasformaba en pereza, desilusión, hastío… A vecesnotaba que caminaba con la cabeza bajada y entonces volvía asubirla y simulaba una sucinta sonrisa de seguridad y confian-za en sí mismo. Al entrar al Campus de Letras se encontró conPepe Pereira, un chico gordito de pueblo y bastante excéntrico,enamorado de la música polifónica del Renacimiento. Álvarosabía que cada encuentro con Pepe Pereira podía durar unahora o incluso tres. Su excentricidad hacía que su rostro ver-tiese una chispa de genialidad impropia de gente de su edad.Parecía haber salido del mismísimo Renacimiento. -Hola, Álvaro, ¿Qué haces por aquí? -Voy a ver si ha salido la nota de Morfología de la Estética. -No sé cómo elegiste esa carrera. Si lo tuyo es la literatura. Álvaro y Pepe siempre hablaban de Cervantes y de TomásLuis de Vitoria. También hablaban de un ensayo filosófico quePepe le dio a leer. -¿Has leído ya mi ensayo? -Me quedan dos páginas, pero como te dije es muy bueno.Está en la línea de Bergson. Me gusta el título: Donde el tiemporeposa. Me recuerda a Cernuda. -Vaya, gracias. ¿Has oído el disco que te dejé? -Sí, estuve a punto de llorar, me sentí en mi propio funeral. -Es que el Réquiem de Vitoria es triste y bello. -Ya-. Tras unos segundos sin saber que decirse el uno al otroÁlvaro prosiguió la conversación con una pregunta de tipo co-tidiano.- Y ¿qué haces tú por aquí? -Pues realmente nada, dar vueltas, me aburro en mi casa.26
  • 25. El Campus estaba atestado de gente. Los profesores cami-naban absortos, como si todos estuvieran pensando en la Teo-ría de la relatividad de Einstein, aunque seguramente pensabanen que tendrían que comprar el pan antes de llegar a comer asus casas. Las chicas elegantes, con minifalda y escote, eran deDerecho, las que tenían pinta hippye eran de Letras, aunque aveces, sorprendentemente, se daba el caso contrario. -Has visto a esa, ¿está muy buena?-. Soltó Álvaro, sin saberqué más decirle a Pepe. -Esa es una pija de Derecho con cerebro de mosquito. -Bueno, para un polvo poco importa eso-. Ambos rieron encomplicidad. De pronto esa chica, se detuvo ante ellos. -Hola Álvaro, ¿cómo estás?-. Él no parecía reconocerla perola saludó con total naturalidad, en décimas de segundo imagi-nó su rostro en una de esas fiestas abstractas de Derecho en lasque acababa en una casa de alguien, ebrio y mareado, inmersoen su soledad y bailando un tema de Madonna. -Qué ciego ibas la otra noche. ¿Sueles beber tanto?-. PepePereira hizo ademán de despedirse pero Álvaro lo miró brus-camente, insertando un mensaje silencioso en esa mirada: Nome dejes solo, cabrón. -No suelo beber tanto, sólo cuando me aburro-. ComentóÁlvaro. La chica pija de minifalda y grandes pechos sonrió ytomó del brazo a Pepe Pereira. -Vosotros los de Letras os aburrís en cuanto no se habla dealgo interesante-. Pepe Pereira se puso nervioso, pocas chicascogían el brazo de un chico gordito y renacentista. Sin embar-go Álvaro vio, precisamente por esa reacción, algo especial enella. -Yo no suelo ir a esas fiestas-. Dijo Pereira, mirando para otrolado, algo inquieto. -Pues esta noche vais a ir los dos. Como que me llamo Julia. Pepe Pereira se negó inmediatamente con la excusa de que
  • 26. tenía que estudiar mucho y Álvaro no tuvo más remedio queacceder a la invitación, pues sentía que era necesario relacio-narse con las demás personas, era una obligación moral y cívica,igual que ir a clase. Ambos se intercambiaron el teléfono móvily se citaron a la diez en la puerta de la Facultad. Volvieron aquedarse solos Álvaro y Pepe Pereira. -¿Por qué no vienes? Seguro que lo pasas bien. -Mira, tío, yo es que me aburro muchísimo en esas fiestas yrealmente tengo que estudiar. No era necesario que pusiera más excusas. Pepe Pereira eraun chico bastante feo y acomplejado por su gordura, estaba cla-ro que sentía pánico por relacionarse con la gente, sobre todocon las chicas guapas y pijas. Así que Álvaro decidió no presio-narlo y siguieron hablando un largo, larguísimo rato, de Vic-toria, Cervantes, Platón, Schopenhauer, las Meninas, Saturnodevorando a sus hijos, y llegaron a una extraña y lógica conclu-sión que Pepe Pereira esbozó de la siguiente manera: Te lo digoen serio amigo, este mundo es una grandísima mierda. Álvaro se dirigió a ver la nota de Morfología de la Estética.Había suspendido. A lo largo de su carrera, en cuatro años, sólohabía suspendido un examen. Este era el segundo y no podíaexplicárselo. Morfología de la Estética era una de sus asignatu-ras preferidas y esperaba un notable como mínimo. Recordó lasúltimas palabras que Pepe Pereira le había dicho un momentoantes. Joder, qué razón tiene el tío. Pensó. Al llegar a la residencia Álvaro se dirigió, sin ni siquieraparar por su habitación, a ver a Luis. Estaba impaciente porcontarle que esta noche tenían fiesta. Al entrar Álvaro observóque la sala estaba completamente oscura, solamente se perci-bía el brillo de la pantalla del ordenador. Luis estaba tumbado28
  • 27. en la cama, fumando un porro, mirando como hipnotizado lapantalla. -¿Qué estás viendo? -Kairo, de Kiyoshi Kurosawa -Pero tío, si esa la vimos la semana pasada -Ya, no sé. Me apetecía verla. Me gusta el sentimiento de so-ledad que se trasmite a lo largo de toda la película. Es una pelide terror pero yo me siento igual que ellos. -Te veo triste. ¿Has fumado marihuana? -Uno solo. -Debes ir dejándolo-. Le propuso Álvaro sabiendo que esoera algo más que imposible dadas las circunstancias algo de-presivas de Luis. -Sabes tío. Me he acostado con una tía solamente. -Qué dices. No me lo trago. -En serio. Fue con una prostituta. Aquel día estuve escuchan-do el Unplugged de Nirvana y me sentía muy mal, pensando enel suicidio de Cobain y todo eso. Hasta pensé en emularlo. -Ya, como miles de adolescentes en aquella época. -Sí, pero lo mío iba muy en serio. Incluso llegué a encargaruna pistola en la armería de enfrente de mi casa. Pero por sermenor de edad me la negaron. -Menos mal que para algo sirve la ley-. Repuso Álvaro concierto humor negro, esbozando una comprensiva sonrisa. -Escucha Álvaro, ya que no me podía suicidar cogí el pe-riódico y busqué el teléfono de una puta. Pensé en tirármela yluego tirarme yo por la ventana. Vino a mi casa una brasileña.Estaba bastante buena, menos mal, porque si llega a haber sidofea me hubiera tirado por la ventana delante de ella. No sabíadonde hacerlo con ella, o en mi habitación o en la de mis padres.Al final decidí en la de mis padres, creo que eso me excitabamás. Volví a poner el disco de Nirvana. Se quitó la ropa en me-nos de un minuto y cuando me quise dar cuenta la tenía ahí,en la cama de mis padres, totalmente desnuda y diciéndomecosas guarras: Venga cachondo, chúpame el coño, quiero verte 29
  • 28. tu polla toda tiesa… Y cosas por el estilo. Yo me puse muy ner-vioso y me quité la ropa de pie, casi me caigo y ella soltó unaleve carcajada. Qué lindo eres, decía. Aún recuerdo su nombre,se llamaba Sandra. Una vez desnudo me tiré encima de ella eintroduje el pene en su vagina, lentamente. Estuve unos diezminutos follando con ella pero no conseguía correrme, cadavez me ponía más nervioso, ella decía no pasa nada, pero cadavez que lo decía yo me ponía más nervioso. Luego, ante la im-posibilidad, ella se puso encima de mí. Esa sensación fue muyplacentera, empecé a dar palmadas en su culo y a follarla casibestialmente, pero, nada, no conseguía correrme. No podía. -¿No te corriste al final? -No pude. Antes de irse nos despedimos con un beso, medijo que cuando estuviese mejor que la volviese a llamar. -Vaya, qué pena, supongo que te costó un pastón. -El dinero era lo de menos. ¿No lo entiendes? Yo era impo-tente. Por eso no me quería acostar con mi novia, sospechabalo que podía pasar, por eso llamé a una puta, por eso me queríasuicidar. -Creía que era por Kurt Cobain. -Joder, tío, no puedes hablar nunca en serio. Para mi estoes muy importante. Por eso cuando me has dicho hoy lo deLeonor, que le gusto y eso… He vuelto a sentir ese miedo, y sime quedo con ella a solas y surge lo inevitable. Ella me gustamucho pero sé que no estoy preparado para eso. -Mira Luis, no te presiones, no pienses en ello. Cuando máslo pienses y te atormentes más te va a costar solucionar el pro-blema. Simplemente déjalo pasar, te lo digo por experiencia.Cuando hay algo en nosotros que no podemos controlar lo me-jor es dejarlo pasar, si sufrimos intentado controlarlo estamosperdidos. -Supongo. -Y además, follar con un disco de Nirvana es muy deprimen-te. Creo que yo tampoco podría eyacular en esas condiciones,me pondría a llorar encima de ella.30
  • 29. Ambos rieron un largo rato, como en todas las conversacio-nes serias que tenían. Álvaro aprendió desde niño a escapar dela tragedia simulando una comedia. Tal vez fuera por que vioprematuramente la filmografía de Woody Allen, o porque sen-cillamente ese era su carácter. -Bueno, ¿qué tal el día?-. Dijo Luis intentando sobreponerse.Mientras lo preguntaba se levantó a poner un disco de música. -Pues bien y mal. He suspendido Morfología de la Estética,el cabrón de Lapena me ha follado. El lunes iré a hablar con él,esto no puede quedar así. -Ya me has hablado de ese tío, es muy raro, ¿no? -Es un progre, que se cree completamente íntegro, pero esun montón de mierda, en el fondo es un facha y un frustrado. -Ya, yo tengo un profesor igual, Victorio Baños, ¿te conté labronca que tuvo con Arturo López Reverte? -Me lo contó Leonor. Ese tío también es un caso aparte. Comola mayoría de los profesores de Letras, burócratas del arte, y siencima tienen, o han tenido, pretensiones artísticas, como elBaños ese, son peor, porque se creen mejores que Shakespearey no entienden qué coño hacen hablando a estudiantes, mayori-tariamente aún más necios que él, que pasan de su cara. -Exactamente. Llevas toda la razón Álvaro. El lunes ve a ha-blar con el que te ha suspendido y dile que se vaya a la mierda. -Sí-. Álvaro sonrío forzadamente, y pensó por un momentoen decirle eso, pero una imagen vino a su cabeza, se vio en unaeterna biblioteca estudiando eternamente Morfología de la Es-tética, y descartó definitivamente la idea de decirle eso. -¿Y qué es lo bueno? -¿Cómo?-. Preguntó Álvaro desorientado, todavía pensandoen la escena frente al profesor diciéndole: Profesor Lapena, vá-yase a la mierda. -Sí, ¿no has dicho que el día ha ido bien y mal? ¿Qué es lobueno? -Ah, sí. Pues que me han invitado a una fiesta. Una chica deDerecho, bastante atractiva y con la falda muy corta, se llama 31
  • 30. Julia y me ha caído bien. Yo no me acordaba de ella pero ella seacordaba de mí, de la última fiesta, en casa de aquel gilipollasde Bellas Artes que pintaba a su hermana desnuda. -Calla. No me recuerdes esa noche. ¿Y cuándo habéisquedado? -Esta noche. ¿Vendrás, no? -No puedo, quiero ver una película. -¿Cómo? Vamos, ni en broma, tú te vienes, aunque te tengaque sacar a rastras de aquí. Eran las 9 de la noche. Hora de cenar. Luis llevaba dema-siadas horas sin salir de aquella habitación. Sonaba Ok Com-puter de Radiohead. Álvaro cogió el portátil y se puso a jugaral Counter. Luis volvió a tumbarse en la cama con su guitarra,haciendo débiles y tristes punteos que acompañaban a las can-ciones de Radiohead. Y se encendió otro porro. Aquella habita-ción simulaba un universo paralelo al mundo. Ciertamente allíestaba todo lo que Luis y Álvaro podían desear: música, cine,juegos, porros, bebida, comida, libros, silencio, Internet. Luisparecía haberse perdido en aquel vendaval de distracciones,sentía sus piernas demasiado débiles como para abrir la puertay bajar al comedor a cenar. Salir a la calle era algo impensablepara él, supondría una auténtica odisea. Sin embargo Álvaroestaba algo inquieto, pensando en la fiesta, con la esperanza desacar a Luis de allí y vivir una noche como las de antes, solospor la calle borrachos o acompañados de algunas estudiantesErasmus de Historia del Arte sorprendidas de lo mucho quesabían Luis y Álvaro de Velázquez, Miguel Ángel o Rembrant.También pensó Álvaro en Leonor, pero prefirió dejarlo pasar.Pensar en Leonor siempre suponía sufrir un poco, ya que sa-lían a flote sentimientos y carencias. Sonó la campana de la re-sidencia, el director era un anciano de pelo blanco, bastantefranquista y malhumorado, daba a los estudiantes tres minutospara bajar a la mesa y sentarse por orden alfabético, antes deque pasara lista con la seriedad de un Comandante en Jefe. Eldirector era cura y todos le llamaban El cura. Por las noches32
  • 31. solía pasear por el pasillo y daba un golpecito en la puerta deaquella habitación en la que sonase un leve rumor de palabraso de música. Si el rumor persistía daba un golpe más fuerte. Ysi todavía persistía ese rumor empezaba a gritar y decía: ¡Soistodos unos cabezas locas, aquí habéis venido a estudiar. Maldi-tos críos. Mañana llamo a vuestra casa y que vengan vuestrospadres, que os aguanten ellos, cabezas locas, insensatos, no te-néis futuro!. Al cabo de unos minutos se tranquilizaba y se ibaa dormir. Ya no molestaba más. Casi todas las noches era elmismo ritual. -Me bajo a cenar. Te subo algo de cena. Le diré al cura quetienes gripe-. Dijo Álvaro resignado, con la certeza de que Luisno bajaría al comedor. -Vale, por favor, tráeme patatas, es lo único que me gusta deesta residencia. Las patatas y una de las limpiadoras, la ecuato-riana, ¿Te has fijado?-. Álvaro se marchó sonriendo, al menosLuis dijo algo gracioso. No todo estaba perdido. El cura volvióa hacer sonar la campana. 33
  • 32. IV.- LA CITAL os estudiantes esper aban en la puerta de la Facultad, casi todos con el teléfono móvil en las manos, mirando de un sitio para otro. Las chicas iban vestidasligeras y a la mayoría se las veía bastantes atractivas. Marzoera un mes propicio para la belleza. Álvaro llegó quince mi-nutos tarde pero todos estaban allí, no conocía a nadie salvoa Julia. Ella era especialmente guapa, sobresalía de las demás,su aspecto informal desentonaba con los trajes caros que suscompañeras vestían. Con el pelo suelto y levemente maquilladaJulia saludaba a un chico de Derecho con el uniforme clásicode los chicos de Derecho, vaqueros ajustados y polo azul RalphLauren, náuticos marrones Snipe, el pelo engominado y miradaaltanera. Julia vio aparecer a Álvaro y le lanzó de inmediatouna cálida sonrisa. -Creía que ya no venías. -Lo siento, he terminado tarde de cenar. -Menos mal, lo vas a pasar muy bien. -Bueno, no sé. No conozco a nadie. -Y qué. Me conoces a mí. ¿No te sobra? En mucho tiempo Álvaro volvía a conquistar la libertad per-dida fuera de su mundo cerrado. Había dejado a Luis sólo enaquella habitación, se sentía algo culpable por ello. En el fondoambos eran muy parecidos, pero Álvaro necesitaba salir de allí,tenía miedo de desconectarse del mundo real y tenía miedo porLuis, ¿acaso él sí ya estaba desconectado?, ¿porqué no había sa-lido esta noche de la residencia? Julia tomó la mano de Álvaro ylo arrastró hasta el grupo de amigos con el que estaba hablando.Eran seis personas, aparte de ellos dos, tres chicos y tres chi-cas. Todos estudiantes de Derecho, sus ropas muy comunes ysus rostros nada llamativos, vulgares y corrientes. Álvaro ves-tía pantalones vaqueros, camisa verde Armani y cazadora de34
  • 33. cuero. Su aspecto era una conjunción extraña de bohemia ysofisticación. Su pelo tintado de rubio provocó la mirada con-templativa de las chicas. -Me gusta tu pelo-. Dijo una de ellas, algo gordita y con apa-riencia de tímida. -Gracias, me lo voy a tintar de azul-. Sentenció Álvarobromeando. -Pues te quedaría muy bien-. Replicó Julia. Pasaron el rato hablando de sus respectivos looks. Discu-tieron acerca de lo infrecuente y criticado que resulta el tinteen los chicos en comparación con el de las chicas. Julia afirmóque un chico es como una chica, que tiene todo el derecho demanifestarse con su cuerpo. -Los chicos del futuro van a superar a las chicas en ese as-pecto, cada vez necesitan más hacerse notar y sentirse guapos-.Expuso Julia. La gordita y tímida sonrió. Los demás le dieron larazón. Empezaron a hablar de la cantidad de chicos que cuidansu aspecto de manera obsesiva y feminizada. Así fueron pasando los minutos, entre conversaciones tri-viales, hasta que marcharon hacía el piso de uno de los chicos,situado muy cerca de la Facultad. Cuando llegaron al piso yahabía mucha gente instalada, la mayoría de ellos eran Erasmusy alumnos de Derecho. Álvaro se arrepintió de estar allí, sos-pechó que volvería a ser otra noche aburrida, de borracheraabsurda y de vómitos. Lo único que le impedía regresar a laresidencia con Luis fue la inquietud por intercambiar algunaspalabras más con Julia, le pareció atractiva e interesante y sos-pechaba que la atracción era mutua. La música que sonaba eraabsolutamente patética y aleatoria, igual sonaba un estilo queotro, la calidad no predominaba, sólo que fueran temas quepegasen fuerte o que hubieran pegado en un pasado. A vecessonaban buenas canciones, de grupos como Garbage, Oasis o 35
  • 34. Weezer. Entonces Álvaro se animaba un poco y esbozaba unaleve sonrisa mientras caminaba de un lado para otro con el cu-bata en la mano sin conocer a nadie en aquel lugar terrorífico,repleto de extraños, ebrios y exaltados, hablando en alemán,italiano o inglés. El piso era amplio y antiguo, abarrotado degente, chicas y chicos, pijos y alternativos, guapos y feos, habíade todo, y en toda la casa predominaba un ambiente de alboro-to y excentricidad, como si esos presos hubieran sido sacadosde sus celdas tras veinte años de largo encierro. Tal que la ma-yoría de los pisos de estudiante éste no estaba en muy buenascondiciones, aunque había pósters por todas partes, de ciuda-des, paisajes o actores de cine, que disimulaban la aparienciadesquebrajada y ennegrecida de las paredes. AfortunadamenteÁlvaro encontró un hueco en uno de los sofás del salón y sesentó un rato. Un canadiense que había a su lado le ofreció uncigarro de marihuana. Álvaro pensó: Estoy salvado. Pero Juliaestaba desaparecida, seguramente tonteando con los ingleses,se dijo Álvaro. El salón era muy amplio pero parecía muy pe-queño ya que lo ocupaban unas veinte personas, la mayoría depie, bailando y gritando estribillos de canciones penosas. Unode ellos se lanzó al sofá donde estaba Álvaro y le hizo derra-marse el vaso de whisky en el pantalón: I’m sorry, I’m sorry…decía el chaval. La música sonaba cada vez más fuerte, uno delos franceses la subió al máximo y nadie pareció darse cuenta.La gente hablaba cada vez más enérgica, el ambiente se ensor-decía por momentos. Pero Álvaro estaba tranquilo, la mari-huana le había relajado. Sin embargo no podía quitarse a Luisde la cabeza. Mi mejor amigo está solo en la residencia, y yoaquí perdiendo el tiempo con extraños. Esos pensamientos nole dejaban disfrutar el momento. Era un extraño en medio dela muchedumbre. Gente simpática y llena de vitalidad juvenilpero que no encajaba en modo alguno con su manera de ser. Seprecitaba al abismo, confuso y mareado por el porro, justo enel momento en que apareció Julia de la nada. Su belleza habíaengrandecido, como si la noche y el desorden dotasen a sus ojosde un sugerente atractivo. Se acercó al sofá y le pidió al chico36
  • 35. canadiense que le dejase sitio, muy educadamente y en un per-fecto inglés. -Ya estoy aquí, ¿te aburres? -No, estoy fumando esto, ¿quieres?-. Álvaro le pasó el porro. -Ya voy un poco fumada pero no quiero ser descortés. ¿Perosi fumo prométeme que bailas conmigo? -No me gusta bailar, aunque haré un esfuerzo, eso sí, si po-nen una buena canción. -¿Qué quieres oír? Les diré que pongan lo que pidas-. ExclamóJulia tomando a Álvaro de la mano, invitándolo a levantarse. -No creo que tengan nada que me guste. -Venga chico, no seas tan pesimista. Pide lo que sea y bailaconmigo.- Le dijo Julia, apoyando sus brazos en los hombrosde Álvaro. -De acuerdo. Pide Ob la di ob la da, de los Beatles-. Álvarosonrió irónicamente, con la seguridad de que jamás encontra-rían esa canción. Julia se marchó y fue a hablar con un joven francés vestidoimpecablemente, como sacado de un anuncio de Lacoste. Enmenos de treinta segundos sonó Ob la di ob la da. Álvaro selevantó del asiento inmediatamente, sin todavía creerse el mi-lagro. Igual que un conquistador él había tomado aquel lugar,Los Beatles, su grupo preferido sonaba allí y la gente admitióalegremente aquella canción, seguramente porque habían per-dido la percepción del sonido. La atmósfera se tornó agrada-ble y hermanada. De nuevo el milagro se produjo para Álvaroal ver que un grupo de los 60’, su grupo preferido, conectabacon la juventud del siglo XXI. Julia susurraba frases inconexasa Álvaro, él no lograba encontrarles sentido pero una de ellashizo que la situación tomase un cariz totalmente nuevo. Álva-ro tardó unos segundos en advertir su significación. Tomó ladecisión de fingir que no la había escuchado pero Julia volvió arepetirla: Me gustas urgentemente. ¿Qué quería decir con esaextraña frase? Se preguntaba Álvaro. Ella volvió a decirlo: Me 37
  • 36. gustas urgentemente. Ahora sonaba Wich My Guitar GentlyWeeps, el White Album todavía se resistía a callar. -Tú también me gustas-. Correspondió Álvaro. -Me gustas como nunca me ha gustado alguien-. La miradade Julia esbozaba cierta melancolía, sus ojos estaban llorosos,tal vez por el humo cegador que la sala encerraba. -Tus ojos hacen que brille mi corazón-. Dijo cursimente Ál-varo, emocionado por Hapiness is a warm gun y por la terribley húmeda delicadeza de la mirada de Julia. Ella quedó eclipsa-da por esas palabras, estaba claro que nunca le habían dichoalgo así. Acarició con su mano los labios de Álvaro y él la besóbalanceándose a causa de la melodía perturbadora de aquellacanción. -Esta noche quiero estar contigo. -Yo también. Me gustas mucho-. I’m so tired y después Blackbird impregnaron aquel lugar. La gente guardaba un místico si-lencio. En sus almas resonaba un viento de placer apaciguador.El aroma de la marihuana del canadiense contribuyó a que laescena perdurase unos minutos más. Justo cuando sonaba Rocky Racoon, una de los temas pre-feridos de Ávaro, tronó su teléfono móvil el comienzo de unade las oberturas más famosas de Wagner, también conocidapor formar parte de la banda sonora de La naranja mecánicade Kubrick. ¿Quién podría ser a la una de la madrugada? Ahoraque la noche se había embrujado misteriosamente ese sonidorepiqueteó su conciencia y el retorno a la realidad se presenció. ÁLVARO -. ¿Quién es? LEONOR-. Hola soy yo. ¿Dónde estás? ÁLVARO -. Estoy en una fiesta. LEONOR -. ¿Y Luis? Su teléfono está desconectado. ÁLVARO -. Debe de estar en la residencia. No ha queridovenirse. LEONOR -. ¿Lo has dejado solo?38
  • 37. ÁLVARO -. ¿Y qué querías que hiciera? No le ha dado la ganavenirse. LEONOR -. Pues necesito veros. Estoy un poco depre. Ten-go que hablar con vosotros. ÁLVARO -. Vale, dentro de media hora en la puerta de laresi. No podía creerse lo que había hecho. Se iba a ir de aquellugar justo cuando todo giraba en torno a él, su música prefe-rida sonando y una chica maravillosa y enigmática deseandocompartir su amor con él. De pronto Los Beatles dejaron desonar. Álvaro no lograba reconocer aquella música y tenía aJulia frente a él, dispuesta a todo y a mucho más. -Lo siento Julia pero me tengo que ir-. Dijo Álvaro casi sinpoder pronunciar las palabras. -Yo voy contigo. -¿Cómo? -He dicho que esta noche voy a estar contigo. No me impor-ta donde vayas, pero sé que esta noche quiero pasarla contigo.Necesito conocerte. Nunca había conocido a alguien como tú.Eres diferente. Sé que esta noche está dispuesta para nosotros.Si no quieres que hagamos el amor me da igual, yo no busco eso.Sólo quiero estar contigo. No me dejes aquí, por favor. Llevoviviendo en esta ciudad tres años sola, en un piso compartidocon una amiga, todos los chicos que conozco me parecen su-perficiales, estúpidamente iguales. No quiero ir a mi casa los fi-nes de semana porque es todavía peor, mis padres me conocenmenos que mi compañera de piso. ¿Entiendes lo que te digo?Estoy sola. Y tú has sido un milagro. Esta tarde en la facultad,cuando te he visto a lo lejos me he dado cuenta. Con tu pelo tin-tado de rubio y tu sonrisa seria. Creo que eres especial. No medejes sola, por favor-. Julia soltó una lágrima cuando terminóde hablar. Su muralla sentimental se había derribado. Se habíadesnudado emocionalmente ante Álvaro. Había sido sincerapor primera vez en su vida. 39
  • 38. -Claro Julia, yo creía que te querías quedar aquí, pero puedesvenir conmigo si te apetece, yo me he sentido muy bien contigo.Ha sido maravilloso haberte conocido. Julia se despidió de sus amigas y del chico francés del anun-cio de Lacoste. Álvaro se despidió del canadiense. Este le dio unpuñado de marihuana y lo invitó a visitar Canadá, se despidie-ron con un fuerte abrazo, como si hubieran fijado una íntimaamistad. Álvaro y Julia dejaron el piso y caminaron de la manopor el barrio antiguo, extrañamente aliviados por haber dejadoaquel lugar, disipándose hacia lo desconocido por las oscuras ysolitarias calles de la ciudad. Los semáforos se sucedían del ver-de al rojo sin pasar ningún coche. La calle olía humedad pueshabía sido regada por uno de esos camiones de la limpieza. Unode ellos pasaba lentamente, emitiendo un pitido insistente. Eramejor caminar acompañado, pensó Álvaro, por aquella ciudadrepleta de antigüedad que hacerlo solo. No se dijeron palabraalguna durante todo el trayecto, Julia tomaba del brazo a Álva-ro y se refugiaba en su ebrio calor. A Álvaro su calidez le tras-portaba a otros lugares imaginarios, la ciudad era un decoradode su plácida felicidad junto a Julia. De vez en cuando se pa-raban en algún escaparate, veían maniquíes vestidos de Levis,Dolce & Gabanna, Tommy Hilfiger, Burberrys… Posiblementepensaban arrebatarle esa ropa a esos solitarios maniquís en eldía de mañana con sus tarjetas de crédito, pero ahora poco lesimportaba eso. Miraban por mirar y se miraban a ellos mismos,trasportando su cansancio y la levedad impasible de su exis-tencia, corrompida y exaltada por el alcohol y la marihuana. Sesentaron en el portal de un edificio dieciochesco e hicieron unporro muy cargado de felicidad, lo fumaron juntos y se besaronarrebatadamente, como en esas películas románticas que tantole gustaban a ambos sin ellos mismos saberlo. Al acercarse a laresidencia Álvaro advirtió a Julia del lugar a donde iban. -Aquí vivo yo. Vamos a la habitación de un amigo, se lla-ma Luis y últimamente está un poco deprimido, también he40
  • 39. quedado con Leonor, ella es una amiga de la infancia. Los tressomos íntimos amigos, nuestra compañía es casi un vicio. Ellate va a gustar mucho, es una chica simpática y sincera. -¿Os queréis mucho? -Somos como hermanos. No sé qué haría sin ellos. Pero estanoche siento que va a ser especial, porque tú estás aquí. Te heestando buscando siempre, ¿Dónde estabas? -¿Y dónde estabas tú? Esto no me había pasado nunca. ¿Porqué eres tan fascinante para mí?- Le dijo Julia, mientras sentíael cuerpo de Álvaro sobre ella, aprisionada levemente por lossilenciosos besos que éste le daba. Posiblemente el alcohol y otras sustancias hicieron que laspalabras revelasen un amor desbordante, pero jamás tantasinceridad pudo entreverse en una noche que se prometía tanvulgar y cotidiana como otra cualquiera. Allí estaban, apuntode encontrarse, Luis, Leonor, Álvaro y Julia. Almas solitarias yllenas de vida, pero trágicamente desmoralizadas. Las nochessuelen ser absurdas, repletas de sucesos extraños e incompren-sibles motivados por la desinhibición que provoca el alcohol.Pero esta noche tal conjunción de emociones saturaba un por-venir prometedor. O trágico. ¿Quién puede asegurarlo? ¿Quiénpuede asegurar el destino de la vida? Ni siquiera el narrador deuna novela sabe lo que puede pasar en el párrafo siguiente. 41
  • 40. V.- JULIAL uis se cansó de jugar en el ordenador. Estuvo hablan- do con una chica por chat pero pronto se aburrió también de ese juego descorazonador de soledades enfrentadas.Pensó en tirarse por la ventana pero solamente se emborrachó.Bebió media botella de vino y empezó a releer un libro que sen-tía como suyo. ¿Tal vez lo había escrito en otra vida? Realmenteno leyó mucho, solamente las primeras frases, las cuales llegóa aprenderse de memoria: A la mitad del camino de nuestravida, perdido el recto sendero, me encontré en una oscura sel-va: duro y difícil sería contar cómo era aquel paraje inhóspito,intrincado y áspero, cuyo solo recuerdo renueva en mí el pavorde entonces. Luis amaba La Divina Comedia pero últimamente no lo-graba pasar de la primera página, el hastío derrumbaba todointento de proseguir su senda imaginaria de la vida. CuandoLeonor, Álvaro y Julia llegaron Luis proseguía en el intento decontinuar con aquel libro inútilmente. Esa primera frase sacu-día su alma y se difuminaba por los laberintos de su atormen-tado espíritu. Julia sintió de inmediato simpatía por Leonor. Le parecióuna chica interesante y diferente. Su elegancia contrastaba consu sincera vestimenta, natural y fresca. Esa conjunción enigmá-tica de estilo y pureza conquistó la observancia de Julia. Álvaroabrazó a Leonor nada más verla, en la puerta de la residencia.Ella recibió con emoción el abrazo de su eterno amigo mientrasmiraba de soslayo a Julia, extrañada por la aparición de un nue-vo elemento que habría de sumarse al trío habitual que sosteníael íntimo encuentro de los tres amigos de siempre. Bienvenidaal Club, dijo Leonor a Julia tras un amistoso abrazo. Los tresentraron a escondidas en la residencia, sin hacer el mínimo rui-42
  • 41. do. El cura dormía pero si se despertase la bronca sacudiría defrío colérico el cálido transcurrir de la noche. Así que entraronmudos, esbozando tímidas sonrisas de complicidad. -Un día de estos voy a invitar al cura a que venga a fumarunos porros con nosotros. -Calla, calla. Le daría un infarto-. Dijo Leonor, aguantandola carcajada. Al entrar a la habitación Luis dejó en la mesilla a Dante. Ves-tía un bañador azul celeste de Thomas Burberys y una camisetade una marca desconocida de tonos naranjas y blancos. Juliareconoció a Luis, ya se lo habían presentado en una fiesta, perose saludaron como si no se conocieran porque realmente eranextraños en esa noche enigmática. Álvaro abrazó a Luis, ambos,aunque sólo habían pasado unas pocas horas, se echaban demenos y sintieron una alegre complacencia en su reencuentro. -¿Qué has hecho tú solo? Nada bueno, seguro. -Pues os estaba esperando. Sabía que antes o después ven-dríais a contarme vuestras penas. -Pues esta noche no hay penas que valgan. Un canadienseme ha dado esto-. Dice Álvaro mostrando a Luis la marihuana.-Y quería fumarla contigo, así que vete preparando. Y tú Leonorprepárate también, tienes que probar esta maravilla. Julia se sentó en la cama de Luis, miraba los pósters de lasparedes con cierta extrañeza, a la mayoría de aquellos músicosno los había visto nunca. La habitación estaba casi oscura, so-lamente permanecía encendido el flexo de la mesilla que habíajunto a la cama donde Luis estaba leyendo. Leonor se quitó suchaqueta de ante marrón y dejó el paquete de Marlboro en lamesa de estudio, en la cual, bastante desordenada, se sucedíanobjetos tan diversos como un ordenador portátil, un libro deRilke, otro llamado Introducción a la estética, de un tal E.F. Ca-rrit, una bolsita de tabaco de liar de la marca Amsterdamer, 43
  • 42. unas gafas de sol Rayban, varios discos de música clásica y al-gunos objetos más perdidos debajo de estos. Los ojos de Álvarose tornaron enrojecidos cuando el humo de la marihuana co-menzó a esparcirse por el cuarto, la sonrisa de Julia se le vinoincontrolable, siempre le ocurría cuando fumaba marihuana ycualquier cosa que sucediera se le acontecía como motivo derisa. Leonor equilibraba perfectamente su belleza y su tristezavaga, a veces, cuando Luis la miraba ella tenía la cabeza bajada,con los ojos perdidos en el suelo, como si contase las baldosas,otras veces miraba a lo alto, como si buscase en el techo un cie-lo poblado de astros y esperanzas. Pasaron un rato sin decirsenada interesante, sólo hablaban de lo buena que era la hierbay de lo difícil que resulta liar bien un porro. Julia, que apenasfumaba, sólo sabía hacerlo con una máquina especial para esosmenesteres, Luis y Álvaro se sentían competidores en ese terre-no y ambos creían que eran los mejores en el arte de liar porros,aunque Leonor, con su delicadeza y habilidad en las manos, nose quedaba atrás. Julia estaba cómoda allí, acostumbrada a lasfiestas abarrotadas de gritos y ebrios estudiantes, el sentarse enuna cama desconocida y compartir la noche con esos descono-cidos le resultaba algo parecido a estar en familia. Cuando Luisvolvió a mirar a Leonor, y ella reincidió en suspender su cabezaclavando sus ojos en el vacío del suelo, se dijo que tenía quesacarla de aquella situación perturbadora. -Oye Leonor, ¿Te pasa algo?, te veo un poco derrotada-. Leo-nor reincorporó su cabeza a la realidad atisbando la cara depreocupación de Luis. Lo primero que hizo fue esbozar unamueca de liberación. Se sintió rescatada y protegida por el in-terés que Luis tomó por su estado, ya que nunca reparaba enpreocupaciones emocionales ajenas a él mismo. -Bueno, hoy no he tenido un buen día. Últimamente mesiento muy sola en clase desde que ya no vienes. Y luego al sa-lir de clase no sé a donde ir. No tengo fuerzas para casi nada.Ni para estudiar, ni para tomar algo con los amigos, ni paranada. Sólo me encierro en mi misma y dejo pasar el tiempo44
  • 43. absurdamente. -Eso es normal-. Dijo Julia comprensivamente.- A veces nossentimos solos y los demás nos hacen sentirnos todavía mássolos, porque cada persona es un mundo y una inmensidad deespacio separa a una persona de otra. Esa es una de las cosasque he aprendido desde que se supone que soy madura. -Hablas con mucha razón-. Exclamó Álvaro-. Sólo el amoro la amistad logran acercar un poco ese espacio inmenso quesepara a la gente. -Sí, pero la tristeza del desamor o la que produce la decep-ción de una amistad pueden herirnos mucho más que una tris-teza sin motivo aparente, porque entonces la soledad, la de sen-tirnos abandonados por alguien que queremos, se manifiestamultiplicada por mil-. Explicaba Julia a Leonor, mientras estaasentía tal que cómplice de sus palabras. -Es verdad Julia-. Afirmó Leonor-. ¿Pero y quién no se ha ena-morado alguna vez, o quién no se ha sentido traicionado por unamigo? La vida se compone de esas cosas, y aunque creamosque las hemos superado esas heridas nunca acaban de cerrarse.Es todo muy extraño. -¿Y ahora estás enamorada, Leonor? -Y quién sabe, yo creo que sólo nos enamoramos una vez enla vida. Luego buscamos algo parecido pero sin arriesgar de-masiado, pues somos conscientes de la herida que nos abrió elprimer amor. -El primer amor es el que te muestra lo más bello y lo más te-rrible del mundo.- Afirmó Julia.- De un segundo a otro puedesestar en el infierno o en el paraíso. Vivir enamorado es comovivir viajando en una constante montaña rusa. Y cuando llegael desamor es cuando los frenos se rompen. Y entonces, nosvemos perdidos, sin saber a dónde vamos, nosotros solos. Nossentimos responsables y el miedo a decidir por nosotros mis-mos nos angustia. Así miramos por primera vez a la soledad. -¿Tú te has enamorado alguna vez?-. Preguntó Luis a Julia,algo conmocionado por la sabia respuesta que había dado unachica que sólo conocía de una fiesta de la universidad, de esas 45
  • 44. fiestas donde se conoce a gente superficial. -Sí, de mi hermanastro. Hace ya mucho tiempo, cuando yotenía dieciséis años-. Los tres miraron a Julia bastante sorpren-didos, hubo un silencio abrupto y las miradas, algunas perdidasen el limbo de la noche, se dirigieron todas hacia Julia, refle-jando comprensión e interés por su sorprendente confesión.Leonor, Luis y Álvaro callaron, como esperando a que Juliaprosiguiese hablando. Ella tomó una calada del cigarro de ma-rihuana y contuvo por unos segundos el humo en sus pulmo-nes mientras buscaba la manera de argumentar una historiaque tuvo guardada en su corazón muchos años y que, aquellanoche extraña, se disponía a contarla por primera vez. La at-mósfera relajada y distendida propiciaba lo confesional y Juliasiempre había deseado poder contar aquella historia a alguien,pero nunca se atrevió hasta ahora. Volvió a tomar otra caladaprofunda y comenzó a hablar, con tímidas y lentas palabras.-Mis padres, se separaron cuando yo tenía quince. Yo soy hijaúnica y me quedé a vivir con mi madre, aunque realmente laveía bastante poco. Ella es guía turística y siempre está de via-je. Siempre solía viajar por España pero cuando se separó demi padre decidió hacer de guía en un viaje a Japón, decía queasí aprovechaba para practicar su japonés, pero realmente seiba para tratar de olvidar a mi padre. Ese viaje fue muy espe-cial para mí, nunca había estado tanto tiempo con mi madrey nos hicimos bastante amigas, a pesar de que yo estaba en laadolescencia y solía poner mala cara por todo, pero en ciertosmomentos me abría y no ocultaba la necesidad de cariño queguardaba hacia mi madre. >>Un día nos fuimos ella y yo solas por Tokio, era domingo ylos turistas decidieron descansar en el hotel. Estuvimos pasean-do por el barrio de Ginza, viendo aquellos lujosos escaparatesy soñando con el día en que pudiésemos comprar todo aquello.Entramos a un restaurante japonés de altísima categoría, nuncacomprenderé como pudo pagar mi madre esa comida, y nos46
  • 45. atendió una bella geisha con una educación y elegancia exqui-sita. Yo estaba alucinada, esa cultura me sobrepasaba, eran tandiferentes a nosotros. >>En resumen, que al terminar de comer se acercó el dueñodel restaurante y se sentó con nosotros, el hombre quería cono-cer a mi madre. En seguida se gustaron y fuimos a comer invi-tadas los demás días a aquel restaurante maravilloso. Cuandoel viaje terminaba mi madre me dijo: Hija, yo me voy a quedarunos días más en Japón, si quieres puedes quedarte conmigo ovolverte a España con los demás. Yo, por supuesto, me quedé.Me encantaba Tokio y había conocido a unos chicos españolesen el hotel con los que salía por la noche. Pero en seguida deja-mos el hotel y nos trasladamos a la casa de Kiyoshi, el dueño delrestaurante y nuevo novio de mi madre. >>La casa de Kiyoshi era más bien un pequeño palacio. Esehombre pertenecía a una de las familias más adineradas de To-kio procedentes de Kioto y lo del restaurante era más bien undivertimento que una manera de ganarse la vida para él. Mi ma-dre vivía en un sueño, su vida había cambiado completamente.Y, por supuesto mi vida cambió también. A los pocos días deestar en la casa de Kiyoshi llegó un chico llamado Haruki, erasu hijo. Cuando nos presentaron yo enmudecí completamente,era un chico tan guapo que brotó en mi una timidez que nuncahabía conocido. Los demás días él y yo nos mirábamos mucho,pero nunca hablábamos. Él me llevaba al gimnasio de su insti-tuto para enseñarme Kendo y luego conducíamos la bici hastaun precioso parque llamado Ueno. Un día me regaló un librode haikus de un tal Matsuo Bâsho y puso en él una dedicatoriaque todavía no he conseguido traducir. Lo que sí pude traducirfue el beso que me dio en la boca cuando yo acerqué mi labio asu mejilla para expresarle mi agradecimiento por aquel libro depoemas ilegibles, pero cuyos caracteres imprimían una bellezaenigmática e inaudita. Uff, chicos, creo que me estoy poniendoun poco pesada, nunca había contado esta historia y van vi- 47
  • 46. niendo las imágenes a mi memoria, no sé cómo resumirlo. Meacuerdo de cada instante, de lo que pasó después del beso, de laprimera noche que Haruki entró en mi habitación para probarun cd de un grupo de percusión llamado Kodo. Recuerdo cómohicimos el amor toda la noche, ahí perdí la virginidad, mientrassonaban aquellos tambores, mientras Haruki gritaba Ai shiteru,mientras yo sentía el aroma de su sudor y el suave tacto de suespalda… Vaya chicos, lo siento mucho, me extiendo demasia-do, bueno, eso es lo que pasó, me lié con mi hermanastro. Y loque es peor aún, me enamoré de él. Ni Leonor, ni Luis, ni Álvaro se atrevían a decir palabra al-guna. Estaban enmudecidos y eclipsados por la intensidad delrelato de Julia. ¿Cómo una chica tan aparentemente normalcomo Julia había vivido una situación así?, se preguntaba Álva-ro. Pero los tres continuaban deseosos de seguir escuchando aJulia. Deseosos de saber cómo había terminado aquella historiaoriental tan apasionante. Pero Julia tras parar de hablar tenía elrostro medio pálido y uno de sus ojos esbozaba la primera lá-grima que sucedió a la segunda y a la tercera. Leonor se acercóa Julia y extendió su brazo izquierdo por su hombro derecho. -Venga chica, no sigas si no puedes, ya nos lo contarás enotro momento, ahora intenta relajarte. -Lo siento.- dijo Julia. -No tienes porqué sentirlo. A nosotros esa historia no nosaburre en absoluto. Es más, nos gustaría seguir escuchándola,si tú quieres.- Exclamó Álvaro, tomando su mano. -Gracias Álvaro, pero mejor en otro momento. Ahora no meveo capaz. -No te preocupes.- Dijo Luis.- Es mejor que te relajes unpoco ahora. Voy a poner música y ya verás como se te pasa estebajón. -Qué simpáticos sois todos, me alegro mucho de haberosconocido.48
  • 47. Todos rieron amistosamente y expresaron su alegría porcompartir juntos aquella noche de viernes. Julia y Leonor con-tinuaban sentadas en la cama y Álvaro y Luis enfrente de ellas,cada uno en una incómoda silla de madera de los años 70. Luisse levantó para poner un disco, Álvaro miró de reojo la cará-tula del disco apunto de sonar, era el MTV Unplugged in NewYork, de Nirvana. -¿Otra vez ese disco? No es muy alegre que digamos, podíasponer otra cosa.- Le sugirió Álvaro sin que Luis le prestase mu-cha atención. -A mí tampoco me apetece mucho.- Afirmó Leonor. Podíasponer algo más animado. Luis entendió el mensaje. Su estado de ánimo le forzaba aescuchar ese tipo de música la cual, en cierto modo, tampocodeseaba escuchar. -Es cierto. Es una mierda, ya está pasado de moda. Ademáseste disco me deprime mucho, no sé por qué coño lo he puesto.La única canción que me anima un poco es The Man Who SoldThe World. -Normal, esa no es de Kurt Cobain sino de David Bowie. -Será por eso. Cuánto sabes Álvaro. -Bueno de Nirvana sabes tú más Luis, te concedo ese depri-mente honor.- Álvaro no sentía ninguna simpatía por Nirvanaaunque había tenido que escucharlo obligado por Luis miles deveces, así que conocía su obra de memoria. -¿Tenéis algo de Pearl Jam?- Propuso Julia. -Vaya, ¿Te gusta Pearl Jam? A mi me encantan.- Por suerte,los cuatro coincidían en sentir un especial afecto por ese grupotambién de Seattle como Nirvana pero mucho menos depri-mentes, según Leonor. -Pearl Jam hacen un grunge más lleno de vida, su música tellena de vitalidad, al contrario que Nirvana, que te colma dehastío y desilusión.- Sentenció Leonor. 49
  • 48. Durante unos minutos los cuatro, Julia en menor medida,estuvieron discutiendo enardecidamente ese tema y pasarona hablar de otros muchos grupos de los 90’: Oasis, Blur, Tool,Creed, Collective Soul, Mudhoney, Kyuss, Days Of The New,Ninch In Nails, Joy Division, Radiohead, Sound Garden, RedHot Chili Peppers, The Strokes… Julia apenas escuchaba esetipo de música pero atendía con verdadero interés, incluso lle-gó a tomar papel y lápiz para apuntar el nombre de alguno delos grupos que salían a colación. Álvaro y Luis no paraban dedecirle: Apunta este. […] No, apunta este. […] Con este lo vas aflipar, bájatelo mañana mismo. […] Éste es lo máximo, te lo de-letreo. Julia vibraba de emoción, como descubriendo un mundonuevo que a veces era ejemplificado y Luis o Álvaro se levanta-ban emocionados al equipo de música para poner una canciónu otra. A Julia le gustó mucho I’nt…de un grupo llamado Wee-zer que luego reconoció en un anuncio de televisión. Sin darsecuenta estaban pasando un buen rato, ajenos a sus problemaspersonales, escuchando música, sintiéndola y describiendo conpalabras tales emociones indescriptibles. Finalmente dejaronsonar la música de Pink Floyd, y Julia, que tampoco lo conocía,creyó ver por un momento en esa noche, las estrellas en aquellahabitación arcaica y pequeña. Luis tomó el cuaderno de Juliay empezó a escribir un ilegible poema sobre el demonio sacu-diendo sus temores en el acantilado de la noche. Después juga-ron a escribir un largo poema, escribiendo un verso cada uno,sin poder ver el verso anterior, sólo la última palabra. Luis lollamaba El cadáver exquisito, aunque a Leonor ya le sonaba esenombre y Julia no quería jugar porque sentía mucha vergüen-za al desnudar con las palabras sus más hondos sentimientos.Pero luego todo fluía de manera surrealista en el papel, y metá-foras extrañas se unían formando otras todavía más extrañas.Fue un juego divertido y realmente íntimo. Álvaro se levantómisteriosamente de su silla y se dirigió al armario de maderade roble, de donde sacó una botella de vino.50
  • 49. -Es un reserva muy caro. Se lo he cogido, o, mejor dicho, ro-bado, a mi padre. -Tiene pinta de ser bueno. La botella ya es bastante bella.-Dijo Luis sonriendo e ilusionado por la elegante visión de unChateau Lafite 1998. -El vino es la bebida más bella. No sé puede comparar con otra.Los griegos ya lo sabían. Y también lo saben los mendigos. -Pero ellos beben vino barato, eso no vale. -Seguro que si tuvieran dinero para comprar esta botella, nodudarían en beberla. Álvaro y Luis debatían por cualquier cosa. Debía de ser elefecto de los porros y el alcohol, su grado de profundidad dia-léctica trascendía los límites de la conversación. Julia y Leonordisfrutaban con ese tipo de discusiones donde se mezclaba cul-tura, ideología política, filosofía y cierta vanidad. Del vino, porel tema del poder adquisitivo del vagabundo, pasaron a hablardel comunismo, del capitalismo, de lo mal repartido que estáel mundo, de la decadencia de Occidente, de la poesía satíricade Quevedo y de cosas por el estilo. Poderoso caballero es dondinero, repetía Luis asintiendo con grave gesto de resignación. Julia, ajena a este tipo de conversaciones, se sorprendía delas frases ingeniosas que sus amigos usaban y miraba a Álvarocomo encandilada por su atractiva elocuencia. Él también la mi-raba a ella y en cierta manera buscaba impresionarla con sus pa-labras, pues sabía que esa era una de sus armas para atraer a lasmujeres. Julia se puso de pie, mientras ellos seguían charlando,y empezó a mirar los libros que había en la habitación, algunosle sonaban de algo, otros no. De consolidatione philoshphiae,Institutio Oratoria, Aeneis, Epistola ad pisones, De constantiasapientis… Julia intentaba leer como podía esos títulos tan mis-teriosos, de vez en cuando mientras ojeaba alguno de los librosmiraba a Leonor, Luis y Álvaro. Tenía la sensación de haberencontrado a unas personas especiales, preocupadas por algo 51
  • 50. valioso y que casi todo el mundo ignora. Por un momento pen-só: Yo quiero ser como ellos. Y comenzaba a leer alguna fraseen latín, intentando traducirla al español, pero inútilmente. Sinembargo le gustaba ese sonido y en ocasiones reconocía algunapalabra suelta por su semejanza con el español. Abrió uno deesos libros al azar y comenzó a leer ibant obscuri sola sub nocteper umbram…En ese momento Álvaro se acerca a ella por atrássoplando en su cuello levemente unas palabras. -Iban oscuros por la noche sola.- Le susurró Álvaro al oídomientras acariciaba con sus manos la frágil cerviz de Julia, tansensual como el resto de su cálida piel. -Hay muchos libros en latín. Debes de saber mucho. -Los libros son de Luis, pero los he leído todos. Luis leía unlibro y me lo dejaba, yo leía un libro y se lo dejaba. Así hemospasado nuestra tímida y aturdida adolescencia, hasta ahora.-Mientras volvía con la explicación de su iniciación a la lecturaÁlvaro acercó ambas manos al ombligo de Julia y fue eleván-dolas, muy despacio, hasta llegar a sus pechos, por debajo desu finísima blusa verde de seda. Julia exhalaba algo nerviosa,realmente excitada, pero intentando evitar su inseguridad. Ellibro cayó al suelo. Leonor y Luis continuaban hablando en voz baja sobre te-mas germánicos. De vez en cuando miraban de reojo a Julia y aÁlvaro, entonces Luis y Leonor se sonreían con complicidad yregresaban a su conversación sobre Wagner y el romanticismo.Luis puso un cd de Oberturas y Preludios de Richard Wagner.A escasamente un metro de distancia se encontraban Álvaro yJulia, frente a la estantería de los libros. Julia se agachó para co-ger el libro caído de Virgilio, lo volvió a colocar delicadamentejunto a los otros y proseguía examinando los demás. Le lla-mó la atención uno bastante grande titulado Por el camino deSwann, de Marcel Proust. Pesa mucho, dijo mientras lo sacaba.Este libro debe de ser muy pesado pero el título me gusta ¿lohas leído?, preguntó con tono ingenuo y curioso. Álvaro con-templaba la mejilla derecha de Julia, la cual pensaba besar con52
  • 51. dulzura cuando llegaron a sus oídos las palabras de Julia, comolanzadas suavemente por el estrecho aire que los separaba. -Lo leí con quince años. Fue uno de los primeros libros. Melo recomendó el padre de Luis, que es profesor de Latín en uninstituto. Muchos días iba a comer a casa de Luis, después delinstituto. Al terminar de comer ambos pasábamos al despachode su padre y comenzábamos a ojear todos sus libros, la mayo-ría estaban escritos en latín y otros en griego, alemán, francés,ruso, etc. Su padre, Don Rafael, habla ocho o nueve lenguas, esimpresionante. Leí este libro en francés, con un diccionario ami lado. Así nos recomendaba leerlo Don Rafael. A veces en-traba en el despacho y charlábamos con él de filosofía griega,de literatura o simplemente de la vida. Cuando me vio con ellibro de Proust en las manos me dijo seriamente: Muchacho loque acabas de encontrar es algo muy valioso. Aprovecha estehallazgo. Este libro cambió mi vida. Te lo regalo. -Vale, muchas gracias, aunque no sé si lo voy a entender, laverdad es que yo leo muy poco. Pero si dices que es tan bueno,lo voy a intentar. El título es precioso. -Sí, es magnífico. -Veo que te encanta leer. ¿Es tu ocupación preferida? -Mon ocupation préférée? –Aimer.- Dijo Álvaro en un per-fecto francés, que no tradujo a Julia. Julia miró a Álvaro con un gesto que desprendía una inmen-sa gratitud. Nunca me han hecho un regalo tan bonito, repitióvarias veces mientras Álvaro acariciaba el delgado cuello de Ju-lia, pausadamente. La escena parecía discurrir en cámara lenta.Julia sosteniendo el libro en su mano izquierda y con la otradesabrochando los botones superiores de la camisa de Álvaro,él al mismo tiempo sorteando cuidadosos besos por el cuello,las mejillas y los labios de Julia. Álvaro tomó el libro de Prousty lo dejó en la mesa que había justo al lado. Después agarró lascaderas de Julia y las llevó contra la mesa, ambos se abrazaroncon cierto desenfreno y Julia susurró a Álvaro: Mi ocupación 53
  • 52. preferida también es amar. La escena transcurrió rápida, sin darse cuenta pasaron dehablar de Proust a amarse discretamente, compartiendo susalientos y el tacto de sus cuerpos. Pero Álvaro no se quitabade la cabeza a ese chico japonés con el que Julia había vividouna historia tan intensa y trascendente. Sentía celos, absurdoscelos. Y estaba deseoso de escuchar el final de la historia. Perono sabía cómo pedírselo, y además tenía miedo de hacerle re-cordar un pasado tal vez muy doloroso que pudiera herirla to-davía más y enfriar al mismo tiempo la relación que acababande iniciar. Decidió no decirle nada aquella noche, esperar al díasiguiente. Esa noche era para ellos dos. Bueno, para ellos cuatro.Porque Luis y Leonor continuaban charlando con la voz ya casiafónica. Ahora el tema era una película de Jean-Luc Godardde 1962 titulada Vivir su vida, cuyo personaje principal, Nana,dijo Leonor que estaba inspirado en una novela de Zola. Aun-que realmente la discusión versaba sobre ver o no una pelícu-la en versión subtitulada o en versión doblada. Luis prefería lasubtitulada y Leonor la doblada. Después pasaron a rememoraralgunas escenas del film, como el baile, tan vital, de Ana Ka-rina, en la sala de billares o la conversación en el café que estatiene con ‘El Filósofo’. Con el cine de Godard siempre aprendoa vivir la vida de una manera más esencial, me encanta por eso,sentenció Luis mientras se levantaba para poner un cd de TheKinks. Al acercarse al equipo, que estaba junto sobre la mesa,no pudo evitar interrumpir la ardorosa escena que vivían enese momento Álvaro y Julia. Venga, uniros a la conversación, yatendréis tiempo para conoceros mejor cuando estéis solos. DijoLuis. Ambos sonrieron tímidamente, como sintiéndose culpa-bles por estar haciendo algo así delante de ellos. Perdona Luis,es que nos hemos enamorado. Afirmó Álvaro.54
  • 53. VI.- EL PROFESORH an pasado dos días desde aquella noche de vier- nes tan intensa. Álvaro no ha vuelto a ver a Julia. Luis juega con el ordenador a un juego de carreras de cochesy Leonor estará en clase, sola y tomando apuntes, con muchosueño, pues seguramente la noche anterior se acostaría bastan-te tarde viendo alguna película doblada, posiblemente de Wo-ody Allen, su director preferido. Álvaro desde que se despertóha pensado como mínimo una veintena de veces en llamar a Ju-lia, pero no se atreve. Ha quedado con Leonor para desayunaren la cafetería de la facultad y espera que ésta le aconseje sobresi debe llamarla o no. Posiblemente también hablarán sobre loque hicieron hace unas semanas, cuando se enrollaron en casade Leonor. Y decidirán dejarlo pasar. -Sí, yo estaba triste y tú querías consolarme. Es cierto quehay una atracción mutua, pero ahora tú has encontrado a Juliay yo no estoy muy bien emocionalmente. Así que considero quees mejor que lo intentes con ella. Llámala y no seas tonto, no ladejes escapar, que chicas así no se encuentran todos los días. -Ya lo sé. Pero tú también me gustas mucho. Si tú quisieras…,podríamos probar. -Mira Álvaro, yo siento algo especial por ti, pero sabes quelo que siento por Luis es todavía más fuerte. Aunque Luis y yoya no seamos novios no quiere decir que todo haya terminadoentre nosotros. -Lo que pasa es que él es tonto. Sólo salisteis un mes. Y élcortó contigo porque estaba deprimido. Han pasado dos años ytodavía sigue deprimido. ¿Hasta cuándo lo vas a esperar? Luises mi amigo pero te aconsejo que lo olvides. No te digo que pa-ses de él, sois amigos, somos todos amigos, pero nada más. -Es difícil, Álvaro. Yo lo quiero. No lo puedo evitar. Por en-cima de todo es mi amigo. Y eso es lo primero, pero ¿cómo voy 55
  • 54. evitar quererlo? La única manera sería no volver a estar con él,pero entonces me moriría. ¿Lo entiendes? -Sí, claro que lo entiendo. Es la dialéctica del amor. Enton-ces sencillamente déjate vivir, si lo necesitas, búscalo, si no lonecesitas, no lo busques. Pero intenta no olvidarte de ti misma,de tu propia vida. El amor es maravilloso, pero por encima detodo estamos solos, tenemos que aprender a ser por nosotrosmismos. A no necesitar constantemente a los demás. -Qué fácil es decirlo Álvaro. Por eso no dejas de comerte lacabeza con Julia. ¿La llamo o no la llamo?, así llevas dos días.Sin pensar en otra cosa. Dar consejos es muy enriquecedor,pero sólo para la persona que los recibe. -Llevas razón. Has ganado. Siempre ganas.- Álvaro, con unacálida sonrisa, le dio un beso a Leonor en la mejilla, mostrán-dole su cariño y aceptando la amistad que a partir de ahorapermanecería entre ellos, sin llegar a nada más. Ambos bebie-ron un sorbo de sus respectivos cafés.- Entonces dime, Leonor,¿qué hago? -Pues llámala. Vamos, ni lo pienses por un segundo más. Ellaestará esperando inquieta esa llamada. ¿Cómo no iba esperar lallamada de un chico tan inteligente y encantador como tú?- Ál-varo sonrió, algo ruborizado. Álvaro y Leonor continuaron hablando hasta las 12. A esahora se reanudaban las clases. Leonor tenía Poesía Medieval yÁlvaro Introducción al Arte Griego y Romano. Así que se des-pidieron y quedaron en llamarse luego. Al salir de clase Álvarocaminó durante unos minutos por los jardines de la Facultad.Hacía un día abrasador, el sol brillaba con fuerza y se perci-bía un alegre ambiente. Los estudiantes paseaban, otros ibanen bicicleta. Muchos de ellos se tumbaban en el césped y leíantranquilamente, otros no tan tranquilos pasaban las hojas concierta rapidez, seguro que en vísperas de algún difícil examen.Las chicas, en ese día caluroso de marzo, parecían todas bellas.56
  • 55. O al menos así le parecía a Álvaro que se fijaba en ellas, disimu-ladamente, con las gafas de sol puestas. Se tumbó en el césped ymarcó en su móvil el número de Julia. Por fin se había decididoa llamarla. Julia.-¿Sí? Álvaro.- Hola, ¿sabes quién soy? Julia.- Claro, Álvaro. ¿Cómo estás? Álvaro.- Bien. Estoy en la facultad. ¿Qué tal dormiste anoche? Julia.- Dormir, dormí bien. Pero me he levantado con un‘resacón’… Álvaro.- Sí, yo también. La noche fue larga. Julia.- Sí. Álvaro.- Me preguntaba si te apetece que nos veamos hoy. Julia.- Pues sí. Me gustaría mucho. ¿Te viene bien esta noche? Álvaro.- Si quieres podemos cenar juntos. Julia.- Vale, perfecto. Te invito a mi casa. Álvaro.- ¿A tu casa? ¿Vas a cocinar? Julia.- Bueno. Realmente va a cocinar Blanca. Es mi com- pañera de piso, está un poco ‘depre’, su novio la ha dejado y no quiero que cene sola. Álvaro.- Muy bien. Nos vemos a las 9 en la puerta de la facultad. Julia.- Vale. Álvaro.- Vale. Julia.- ¿Oye? Álvaro.- Dime. Julia.- Nada, que tengo muchas ganas de verte. Álvaro.- Y yo también, muchas. Anoche fue para mí muy especial. Julia.- También para mí. Álvaro guardó su teléfono en el bolsillo y esbozó una libera-da sonrisa con la mirada suspendida al cielo. El miedo se había 57
  • 56. ido. Julia quería volver a quedar y además tenía muchas ganasde verle. Las cosas se ponían bien para Álvaro. Él siempre dice:No tengo suerte con las mujeres. Nunca he salido con una másde un mes. Leonor también piensa lo mismo y suele contestar-le: Lo tuyo son las relaciones urgentes. Álvaro es así, tímido,reservado y supremamente independiente. Salvo cuando estáenamorado, entonces se vuelve una persona dependiente. Esaes la droga del amor. Suele pensar. En frente la muchedumbre invadía las terrazas. Álvaro ob-servaba a la gente, jóvenes bebiendo y fumando. Todos hablan-do fuerte y visiblemente contentos. En otras circunstancias,como la mayoría de los días, Álvaro hubiera pasado por allímirándolos a todos con gran malhumor. ¿Por qué son tan feli-ces? Se ha preguntado muchas veces, mientras caminaba con lacabeza bajada, abrumado por el silencio de su alma a esas horasde antes de comer, mezclándose con el hambre. Las ganas decomer y la sed existencial eran mala mezcla los días después declase. Pero ese día, después de hablar con Julia se sentía de otramanera. Había una suerte de expectativas cumplidas y de de-seo correspondido, de ansiedad aliviada y de calma. De prontoescuchó cómo gritaban su nombre. -¡Álvaro!- Venía de una de las mesas de la terraza.- ¡Ven aquí!,¡Tómate algo! Eran sus cuatro colegas de la facultad. Isidoro, Pedro, Er-nesto y Pepe Pereira. Acaso sólo había algo en común en todosellos: estudiantes de Historia del Arte. Por lo demás eran abis-malmente diferentes. Álvaro estaba de buen ánimo, tenía ganasde compartir unas risas mezcladas con cerveza. Al sentarse enla mesa recordó que tenía que ver a Don Ramón Lapena, parapreguntarle porqué le había suspendido.58
  • 57. -Ahora mismo vengo. Tengo que hablar con un profesor.-Dijo Álvaro, dejando su carpeta en la mesa y chocando la manode sus colegas. Cuando entró en el edificio de Letras comprendió que su fu-turo consistía en salir de allí cuanto antes. Pero por ahora no lequedaba más remedio que aguantar. Sólo un año más. Se decía.Dentro de un año seremos todos licenciados. Leonor, Luis y yo.Y podremos empezar a estudiar la vida de verdad. Se repetía amenudo. -Tu examen no está mal del todo. Te he suspendido porqueno has captado la esencia del fin estético en sí mismo. Esa fue la razón del profesor. Un hombre extraño como sudespacho. O un despacho extraño como él. Ligeramente des-ordenado, lleno de pósters del Real Madrid. Y presidiendo unaenorme foto del ‘Che’ Guevara. Antes de ser suspendido Álvarotenía una idea positiva de Don Ramón Lapena. Le parecía unhombre amigable, comprensivo, preocupado por el aprendiza-je de sus alumnos de una manera personaliza. Álvaro tenía lasensación de que Don Ramón conocía perfectamente a todossus alumnos, sus cualidades y limitaciones, sus inquietudes einteligencia. Pero el hecho incomprensible de ser suspendidoinjustificadamente sacó a Álvaro de ese sueño ideal del ‘buenprofesor’ que Don Ramón le inspiraba. Al fin comprendió larazón. La materia de estudio de la asignatura era un manualque el propio profesor había escrito, titulado Morfología de laobra estética. Entre algunas razones que Don Ramón le dabade porqué había decidido suspenderle todas confluían en unmismo punto: porque no había respondido tal y como se ex-presaba en el dichoso manual. El mito de Don Ramón callóabajo. Su fachada era de cartón, su trato era tan falso que ape-nas tenía sentido intentar hablar con él. De hecho Don Ramónechó, literalmente, a Álvaro del despacho porque tenía una re- 59
  • 58. unión de departamento. ¿Dónde estaba el profesor comprensi-vo?, ¿Quién era ese farsante que daba prioridad a una reuniónburocrática antes que a una charla con un alumno interesado,preocupado por mejorar y lleno de preguntas para ampliar susconocimientos? Álvaro quería saber realmente lo que era el finestético. Pero ese hombre no era el indicado, aunque fuese ca-tedrático. Los póster del Madrid corroboraban que la Estéticano era lo suyo. ¿Cómo iba a comprender la morfología del artealguien cuya ética y sentido estético estaban totalmente defor-mados? La simpatía de Don Ramón era banal, vacía. La supues-ta calidez humana que aparentaba escondía a un hombre frío yacomplejado, tal vez por su ligera tartamudez, o por su propioaspecto físico, nada parecido a la belleza. -Joven, me tengo que ir.- Le dijo risueño, dándole unas pal-maditas en el hombro. Estudia mucho, en septiembre nos ve-mos. Léete el manual. Ahí están las ideas básicas necesariaspara aprobar. -No se preocupe. Muchas gracias. Álvaro siempre daba las gracias. Aunque no hubiera motivopara ello. Álvaro siempre daba las gracias. El encuentro consu profesor no duró más de tres minutos. Ese fue el generosotiempo que le dedicó. Pero Álvaro siempre daba las gracias.60
  • 59. VII.- LOS COLEGASS e sentó con sus compañeros y pidió una cerveza fría. Marcó el número de Luis y le dijo que no iba a ir a comer, que no le esperase. Luis y Álvaro siempre comían juntos.Al menos cuando Luis bajaba al comedor. Últimamente Álvarole subía la comida, pero eso no podía durar mucho. Las excusasde gripe no duran más de una semana. Si Luis no baja pronto elcura subirá a ver cómo está. Y si el cura sube, las cosas puedenponerse feas. Pensaba Álvaro bastante preocupado por su ami-go. Entendía que lo estaba pasando mal, pero ¿y si se alargabademasiado? ¿Y si Luis no afrontase los exámenes y suspendierael curso? ¿Y si lo echase todo por tierra? Luis tiende a la depre-sión, eso es inevitable. Leonor y Álvaro son conscientes de ello.Pero antes siempre tenía un motivo. Ahora no tiene ninguno.Leonor tenía una interesante teoría. Tú, Alvaro, escuchas a losBeatles, y por eso estás siempre alegre. Tú, Luis, escuchas aNirvana o a Joy Division, y por eso estás siempre triste. PeroLuis le respondía que su teoría fallaba en el principio de causa-lidad. Yo escucho a Nirvana o a Joy Division porque estoy triste.Y Álvaro escucha a los Beatles porque está alegre. Sin embar-go Álvaro replicaba: Yo no estoy alegre cuando escucho a losBeatles, seguro que estoy más triste que Luis. Además escuchotodo tipo de música y muy triste: por ejemplo a Leonard Cohen.Al final todo consistía en disputarse quién era el más triste delos dos. Pero cuando salían al exterior, cuando se relacionabancon otras personas, en todo momento disimulaban su tristeza.Por ejemplo cuando estaban con Isidoro, Pedro, Ernesto o PepePereira. Con ellos sólo se buscaba pasar un buen momento. Ladistinción entre amigos y colegas, para Luis y Álvaro, radicabaen eso. Cuando con un colega se comparten tristezas íntimas,pasando un tiempo, entonces, sólo entonces, cuando la con-fianza se asienta y en cualquier momento esa tristeza puedecompartirse con el colega, entonces, sólo entonces, se le pue-de llamar amigo. De momento ellos sólo eran colegas. Buenos 61
  • 60. compañeros, eso sí, de clase y de fiestas. -Oye Álvaro, ¿y Luis?, lleva unos días sin venir por clase ¿lepasa algo?- Dijo Isidoro, con gesto preocupado, sosteniendo suHeineken con la mano derecha y su Chester con la izquierda. -Está con la gripe, yo también he estado enfermo unos días,por eso no he venido.- Improvisó Álvaro, inventando una ex-cusa más que típica. Isidoro continuó bebiendo su Heineken sin interesarse máspor el tema de la gripe, realmente siempre se preocupaba sobretodo por si mismo, por lo que apenas le quedaba tiempo parapreocuparse por los demás. El alcohol, el tabaco y las mujereseran sus principales ocupaciones. Su aspecto no se revela es-pecialmente atractivo, pero sí su forma de ser, suelen decir queva de chico maldito, una especie de rebelde sin causa y neorro-mántico bohemio y apolíneo. La historia de Isidoro daría paraotra novela, de hecho él siempre habla de escribir una novelasobre su vida, pues a parte de estudiar Historia del Arte, tra-baja como repartidor de un chino y de limpiador en un centrocomercial los fines de semana. A menudo cuenta a sus colegashistorias extrañas de sus experiencias en el trabajo y, sobre todo,de sus experiencias en la noche. Pues, además de sus estudios ysus trabajos, siempre le queda tiempo para salir por las noches,casi siempre con chicas diferentes, y ponerse a tope de alcoholy drogas varias. La mayoría de sus amigos se pregunta: pero,¿cuándo duerme? Isidoro era sin duda el mejor colega de Álvaroy Luis o, al menos, con el que más tiempo pasaban. Despuésvendría Pedro y seguidamente Pepe Pereira. Ernesto supone uncaso aparte, pues realmente no cabe duda de que es la mejorpersona de todos, el más noble y sincero, siempre con una son-risa llena de bondad en el rostro, pero tan extremadamente ca-llado y tímido que apenas se puede tener una relación estrechacon él, pues casi nunca dice más de dos palabras seguidas. Fueron a comer a un bar de tascas cercano a la facultad. Allí62
  • 61. trabajó Isidoro y un amigo suyo inglés que se ponía a tope detodo siempre que pudiera, digamos que se gastaba el sueldo endroga, pero como suele decir Isidoro, es muy buena gente. Ál-varo también piensa lo mismo. Allí estuvieron casi toda la tarde,bebiendo, comiendo algo y fumando mucho. Isidoro y Martin,el inglés, pasaban al baño a meterse rayas de coca. Luego Isido-ro llamó a Álvaro y le preguntó si quería comprar speed, unaespecie de anfetamina que se esnifa. Álvaro, que no sabe decirque no, accedió. A Martin le caía muy bien Álvaro, le profesabacierta admiración porque lo veía muy responsable y culto parasu edad. Martin no terminó el instituto, a los dieciséis años seenganchó a los porros y a partir de ahí nada bueno hubo en suvida, a causa de los porros discutió con sus padres y se fue de sucasa para vivir con su novia, con la cual cortó a los dos meses devivir juntos, después de que ella abortase. Después Martin dejóel instituto y se puso a trabajar como pintor en la empresa desu tío, en Liverpool. Sin saber muy bien porqué un día decidiómarcharse a vivir a España, encontró un trabajo como camare-ro y distribuye su mísero sueldo en pagar un mísero piso y enmíseras drogas. Martin vive con Isidoro, por eso Álvaro lo havisto varias veces. Cuando juega el Real Madrid los colegas sereúnen en casa de Isidoro, compran litros de cerveza, bolsas depatatas fritas y gran cantidad de marihuana. Aunque no gane elReal Madrid acostumbran a pasarlo bien, bastante bien. Después de la comida Isidoro y Álvaro fueron a casa de uncamello a comprar speed mientras que los demás esperabanen el bar. Una vez hecha la compra del día, con una seta deregalo, fueron a casa de Pedro. Eran las cuatro de la tarde perola situación parecía más propia de las tres de la madrugada.Drogas, música de flamenco y alcohol. Pepe Pereira probó elspeed y se puso como loco, decía que quería ir al campo paravolar como las libélulas. Todos reían pero Pedro tomó en seriola idea. A las cinco de la tarde viajaban hacia las afueras de laciudad, a una montaña de escasa vegetación pero con silencio 63
  • 62. pleno. Pepe Pereira saltaba, decía que revoloteaba, nadie nuncade los allí presentes lo había visto tan feliz. A pesar de pesarcasi cien kilos daba brincos como un atleta exaltado. Pronto lle-garon dos amigas que decidieron unirse a la improvisada fiesta.Eran Elena y Marina, estudiantes de derecho, pero alternativas.La mayoría de los allí presentes se habían enrollado con unade las dos en alguna ocasión. Isidoro, Martin, Ernesto y Pedro.Pepe Pereira y Álvaro todavía no lo habían hecho pero sospe-chaban que pronto les tocaría. Pereira, con su timidez y com-plejos, nunca hubiera hecho lo que hizo aquella tarde: coger aMarina de las manos y empezar a hacer círculos alrededor delcoche, brincando como un poseso. Marina no daba crédito alo que veían sus ojos, pero participó en el juego, entusiasmada.Álvaro se sintió alegre al ver a Pereira tan desinhibido, pero ledio pena que tales efectos solamente los produjeran las drogas.Marina empezó a sentirse mareada por lo que hubo de soltarsede Pereira bruscamente, este, que no se esperaba tal separa-ción, mientras tarareaba la canción de Pink Floid High Hopesy daba vueltas como un poseso con la chica, sintió perderseen el vacío, al verse soltado de las manos de Marina. Así quecayó al suelo, inmenso y también mareado, vomitó parte de lacomida, mientras se esparcía por la tierra, ensuciándose cadavez más de vómitos y barro. Luego de sentarse en el suelo, bajóla cabeza y resopló, al instante fue mirando a cada uno de susamigos y conocidos destinándoles una breve y resuelta sonrisaque indicaba: No preocuparos, que estoy bien. Los demás seacercaron a Pereira, le ofrecieron agua, comida, un cigarro… Éllo aceptó todo de buena gana. Pronto todos estaban más tran-quilos, como si el hecho de que fuera anocheciendo apaciguarasus ánimos, jóvenes entregados a una especie de felicidad falsapero casi tan placentera como la felicidad más ideal que hu-bieran podido soñar. Y así, allí, en el campo, casi rendidos alsilencioso fugar de los pájaros y grillos que se pierden tras losmatorrales, la tarde se escondía.64
  • 63. Álvaro pensó en Luis, en Julia y en Leonor, por ese orden.Después dio una calada al porro y se tumbó sobre la hierba, mi-rando el cielo, pensando en la cita con Julia para cenar, dentrode unas horas. No dejaba de pensar en el porqué del encierrovoluntario de Luis, en cómo había llegado a cerrarse en sí mis-mo, pues Luis siempre tuvo un espíritu aventurero hacia la vida,extrañamente, ahora, su espíritu dormitaba en la soledad de sucuarto. Cuando tenían dieciséis años Luis solía repetirle unafrase a Álvaro de la Divina Comedia. -Como Ulises dijo ante su tripulación, ya que tan poco osresta de vida, no os neguéis a conocer el mundo sin habitantesque se encuentra siguiendo al Sol. Luis, entonces, se quedaba pensativo y volvía a repetir: si-guiendo al Sol. Ahora Álvaro miraba al Sol, sabía que existía uncamino que seguir, a sus veintidós años, un camino que comen-zaba. La experiencia, reflexionaba Álvaro, nos conecta con eldolor, nos llena y nos vacía, nos hace presenciar lo insoportable,ser testigos de nosotros mismos. La adolescencia es habitadaincomprensiblemente, nos miramos al espejo y nuestros ojostiemblan de no saberse, de no reconocerse. Ese pensamientose repetía en la cabeza de Álvaro, a menudo, cuando algo tristeoperaba en su interior. Ahora mismo estaba pensando en eso,más o menos, esa era su idea, miraba el Sol y cerraba los ojos,casi cegado por la inmensa sacudida de luz que desprendía. Lasdrogas iban haciendo su efecto, en Álvaro era un efecto de me-ditación y soledad, placentera soledad, como si el tiempo des-apareciese. Elena, breve ropa ajustada y grandes pechos, que yase había fijado en Álvaro en alguna ocasión, se sentó junto a ély se animó a decirle algo. -¿En qué piensas? Te veo abstraído. -Estaba pensando en Dante. -¿Te gusta Dante? -No mucho. 65
  • 64. -Ah, vaya. Entonces no pensarías nada bueno de él. -No sé, pensaba en su Ulises. Me gusta más que elhomérico. -Lo siento, pero me he perdido, yo no soy de Letras. -No te preocupes. Disculpa. -No tienes porqué disculparte.- Elena le clavó una enérgicasonrisa y cogió la mano de Álvaro. Llevaba una falda muy corta,y Álvaro, con los efectos del porro, también tenía su instintosexual a flor de piel, así que evitó su mano, para no cometer unerror. -Tienes una mano muy suave, pero está un poco fría.- Re-plicó Álvaro, excusándose por haber soltado su mano. Elenavolvió a sonreírle mientras acercaba su mano a la bragueta deÁlvaro y empezó a acariciar despacio. -¿Y esto también te parece frío?- Álvaro se sentía abrumado,le encantaba pero sabía que eso no estaba bien, delante de tantagente, ¿una masturbación? Sin duda le daba mucho corte y ade-más le vino a su memoria el rostro de Julia. Quería verla estanoche en condiciones, disfrutar del sexo con ella y no echarlo aperder en una felación bucólica y fría. -La verdad es que me gusta.- Afirmó Álvaro conteniendo subrazo, con el cual deseaba tomar la cabeza de Elena para diri-girla a su pene.- Quizá en otro momento, ahora voy un pocoborracho. Mientras Álvaro terminó de decir la excusa determinanteElena ya había tomado el pene de Álvaro. Empezó a acariciarloun poco pero Álvaro apartó la mano de Elena y volvió a guar-darse el objeto del conflicto. -¿No te gusta? Siempre he querido chupártela. Este es unbuen momento, ¿no? -Lo siento Elena, me gustas, desde que te conozco he sentidocierta atracción hacía ti, posiblemente luego me voy a sentir unestúpido por no haber dejado que pasara esto, pero ahora tengola cabeza en otra parte, en otra persona, ¿entiendes?66
  • 65. -Lo comprendo perfectamente, no te preocupes, no me en-fado. No pienses mal de mí, lo he hecho porque me gustas, nosuelo ser tan directa. -Ya lo sé. No hay problema. Mientras Elena se excusaba por su exceso de confianza, Ma-rina estaba unos metros más atrás, con Martin, haciéndole unafelación. Martin apenas miraba a Marina, sólo tenía su mentey su mirada puesta en el porro que portaba. A veces, para noperder la excitación, le decía a Marina: chúpala, chúpala así, así,zorra. Y eso a Marina le gustaba, porque chupaba con mayorofrecimiento y voluntad. Elena se levantó y se fue al coche, talvez a llorar, un poco avergonzada, lo cierto es que encendió elequipo de música del coche, empezó a sonar Mother, de JohnLennon. Fue inevitable que Álvaro recordara a su madre. Ellase había divorciado de su padre hace unos veinte años, cuandoÁlvaro tenía dos. Vivía en otra ciudad y apenas veía a su hijo.Había rehecho su vida varias veces, casándose con dos o treshombres más, buenos pero algo excéntricos. El último fue elmenos bueno, era un alcohólico. La madre de Álvaro no es quefuera una madre alcohólica de toda la vida, tuvo sus problemasde juventud con las drogas, muchos de sus amigos murieronde Sida pero a ella, por suerte, no le tocó. Después lo dejó com-pletamente. Sin embargo el alcohol era algo inevitable en mu-chas ocasiones, sobre todo en los días difíciles, los sin luz, comodecía ella. Álvaro pensaba que su madre era egoísta, que sólopensaba en ella misma, que nunca ha cuidado de él como élhubiera necesitado, pero sin embargo la quería, menos cuandose ponía borracha. Un día tuvo que llevarla en una ambulanciaal hospital, porque se quedó tumbada en la calle y decía que sehabía tomado una caja de tranquilizantes. Después el médicodescubrió que no era verdad, pero Álvaro pasó mucho miedo,creía que su madre moriría esa noche. Ahora se ha casado otravez, con un buen hombre, y a pesar de que ha perdido muchosaños de su vida, intenta luchar por salir adelante, trabajó comolimpiadora en unos grandes almacenes y después cuidando an- 67
  • 66. cianos, ahora está en el paro. Es muy duro para ella hacer esetipo de trabajos aunque los ve como una especie de redención,ya que proviene de una familia rica, nunca se preocupó de tra-bajar, si no era por su familia era por sus maridos, pero ahora,después de arruinarse la familia, después de casarse con unhombre bueno pero con poco dinero, tiene que trabajar parasacar adelante a su otro hijo y a ella misma. Álvaro suele hablar,últimamente, mucho con ella. A veces, si escuchásemos sólolas palabras, sería difícil afirmar quién es la madre y quién esel hijo. La madurez de Álvaro es abrumadora, el único madurode la familia, afirma su abuela. Pero esa es otra historia. La fa-milia de Álvaro es otra historia. Después de terminar Mother,después de que Álvaro recordase a su madre y aquellos días di-fíciles, pensó por un momento en que su madre moriría antesque él, es ley de vida, se dijo. Y tuvo una necesidad insoportablede verla, de escucharla, simplemente de mantener una conver-sación trivial y familiar con su progenitora. Pensó en llamarlapero el sonido envolvente de los pájaros inundó su voluntaden quietud, en una especie de presente postergado y sedantesaliendo de sus ojos turbios y gastados.68
  • 67. VIII.-LA CITAM artin acercó a Álvaro en coche a casa de Ju- lia, mucha suerte, le dijo con acento inglés y con una mirada pícara. Álvaro bajó del coche y se sentó enun banco antes de tocar al timbre de la casa. Necesitaba poneren orden sus ideas, hacerse a la idea de que ya no estaba enel campo, de que iba a ver a una chica maravillosa. Entoncesse sintió dichoso de estar ahí, sentado en ese banco, el día yatenía sentido solamente por esa situación, independientemen-te de cómo transcurriera la noche, él estaba allí, algo le habíallevado a tener una cita con una mujer diferente, con la cual sesentía bien en su compañía. ¿Qué más podía pedir? No estabanervioso, como cuando uno está antes de una cita. Se notabailusionado, con ganas de vivir ese futuro inmediato, esa incóg-nita agradable que le aguardaba. Así que no tenía nada másque llamar al timbre, mirarse al espejo de la entrada para, congesto de seguridad necesaria, reconocer su atractivo y subir lasescaleras hasta llegar a la casa, siguiendo al Sol. Blanca abrió la puerta. Hola me llamo Blanca, tembló susuave voz. Álvaro la miró con cierta extrañeza, nunca habíavisto a una chica tan exótica. Al contrario que su nombre Blan-ca es muy morena porque su madre es sudafricana. Vive con Ju-lia desde hace dos años. El piso es de Julia, bueno, realmente delpadrastro japonés de Julia, pero Blanca, una buena amiga, seinstaló allí y paga unos pocos euros simbólicamente a Julia. Lacasa rebosa armonía y tranquilidad. Está decorada como unaauténtica casa japonesa. Álvaro, como estudiante de Historiadel Arte solamente podría enmarcar esa casa dentro del estilominimalista, aunque conoce de sobra que el estilo japonés essemejante. Blanca le pide a Álvaro que se quite los zapatos y ledice que Julia está en su dormitorio. Lo conduce hacia allí. Julia abre la puerta de su habitación. 69
  • 68. -Te estábamos esperando. Veo que ya os conocéis.- ComentaJulia mirando a Álvaro y a Blanca, esperando ambos en la puer-ta. Blanca sonríe y los deja solos. Álvaro entra en la habitación.Julia está sentada en un sillón blanco de cuero, poniéndose lasmedias. Su falda verde contrasta con sus medias naranjas y sucamisa azul. Álvaro se sorprende gratamente. -Te has vestido muy arriesgada, me gusta.- Julia se acer-ca a Álvaro y lo besa en los labios. En Japón las chicas vistenarriesgadas, cada una, o cada grupo, con su estilo propio, muypersonal. Álvaro recordó que Julia tenía una especial predilección porJapón. Recordó que su madre está casada con un japonés y…¿qué paso con el hijo de su padrastro? ¿Lo habría olvidado yaJulia o seguiría esperándolo? Álvaro sostuvo esos leves pensa-mientos de celos por unos segundos, después se calmó deján-dose llevar por la situación. Ahora lo importante eran ellos. -A mi me encanta tu cazadora, tú sí que vistes con verdaderoestilo. En Japón se fijarían mucho en ti. Por cierto, quítatela,ponte cómodo. Hemos pedido una cena, en un chino, no tar-dará en llegar. Álvaro se quitó la cazadora y comenzó a contemplar la casa.Salió del amplio dormitorio de Julia y entró en el no menosamplio salón. El piso era grandísimo, habría al menos cincoo seis dormitorios, unos tres cuartos de baño, una cocina conbarra americana y un patio jardín, que da a la cocina. Álvarose sorprendió de ver tan pocos libros en un salón tan gran-de. Mientras ellas estaban en la cocina, poniendo la mesa enla barra americana, Álvaro se acercó a la única estantería conlibros del salón. Eran libros muy extraños, posiblemente todosde tema esotérico. Había un manual de tarot, otro de astrología,libros sobre Reiki, el Tao, un libro muy interesante sobre el zeny el I Ching. Álvaro sabía poco de esos asuntos pero le atraían70
  • 69. mucho. Es el misterio de no saber y de querer conocer lo in-cognoscible, aquello que nos supera, solía decir Álvaro cuandohablaba sobre esa clase de libros. Blanca salió al salón a por un cigarro y lo vio mirando aque-llos libros. Esos son todos míos, afirmó mientras se encendía elcigarro con un encendedor Clipper que llevaba grabado la for-ma icónica del buda. Me gustan, replicó Álvaro irónico, comodejando ver que no creía del todo en esas cosas. Blanca se fueacercando a la estantería despaciosamente, dando lentas cala-das a su Camel Light. Álvaro tenía en sus manos un libro pe-queñito llamado A los pies del maestro de Krisna Murti. ¿No telo tomas en serio?, preguntó Blanca. -Claro que sí, siempre me he tomado en serio lo esotérico,pero últimamente me parece imposible armonizar todas esasenseñanzas en nuestro caótico mundo occidental capitalista deconsumo. Me parece el budismo y todas sus ramificaciones es-pirituales algo así como el comunismo. No se puede llevar a lapráctica.- Afirmó Álvaro. Blanca se quedó blanca tras escucharsus palabras. Solamente le dijo una breve frase y se marchó conJulia: Chico, te veo muy maduro para tu edad. Me das un pocode miedo. Álvaro sonrió y se dirigió hacia la cadena de música. Quedótotalmente turbado ante semejante maravilla, era un equipoBang & Olufsen. Buscó en seguida entre los discos de vinilloque había en la estantería, más de cien, la mayoría de los se-senta. Eran de la madre de Julia, los dejó allí para enterrar supasado. Ahora Álvaro desenterraba su futuro con esa música,la mayoría los conocía pero otros no. Puso algo desconocido.De pronto sintió ganas de fumarse un porro. Sonaba MercedesBenz, en la voz de Janis Joplin. El volumen estaba altísimo, lamúsica atravesaba toda la casa. Álvaro cerró los ojos y empezóa escuchar la canción ensimismado, a punto de estallar ante laprodigiosa voz que acababa de descubrir. 71
  • 70. La cena transcurría sonando al fondo The Who, el grupopreferido de Blanca. Julia se tapaba los oídos, graciosamente,algo escandalizada por el brío rítmico de Los Who. Desen-fundaron los palillos y comenzaron con la cena, compuesta dearroz tres delicias, cerdo agridulce, ternera en salsa de ostras,pollo al limón y pato asado pekinés. Una genuina comida chica.Julia abrió una botella de sake japonés. -Este sake es de los mejores, es el que sirve mi padrastro Ki-yoshi en su restaurante.- Álvaro y Blanca asintieron con satis-facción. Después de un ligero silencio Julia prosiguió hablan-do.- Algunas noches me siento triste y abro una botella de sake,naturalmente no me la bebo sola, pero a veces me bebo me-dia botella, y eso, creedme, para una chica como yo es mucho.Además no me parece que beber, o tomar otro tipo de drogasea una salida. Cuando estuve en vuestra residencia sentí a tuamigo Luis bastante decaído, mejor dicho, deprimido. Tenía lamirada casi perdida, a veces se quedaba mirando a Leonor todoel rato y otras no miraba nada, solamente a sí mismo y al humodel porro que no soltaba. Todo eso me hizo pensar en que esmuy fácil tomar un camino equivocado. Pero, ¿cuál habrá sidoel motivo por el que Luis ha tomado un camino torcido? Es de-cir, ¿qué le ha hecho desviarse? Si por lo menos fuera feliz, perosospecho que no. Realmente no lo sé, Álvaro, ¿tú que crees? -¿Cómo que no lo sabes? Estoy sorprendido de que sepastanto, me he quedado impresionado por tu capacidad de obser-vación. Sí, es cierto, Luis no está bien, pero no sé cómo ayudarle.Yo, en el fondo, me siento peor, por ser feliz y no evitar su des-graciado estado. -No puedes hacer nada.- Sugirió Blanca. Julia me habló de tuamigo y yo hice una tirada de tarot para tratar de comprender72
  • 71. mejor qué le ocurre. Julia me ha dicho que es tu mejor amigo. -¿Y qué dijeron las cartas?- Preguntó Álvaro absolutamentepreocupado. -Nada especial- Dijo Blanca.- Hay cosas que el tarot no pue-de predecir. Solamente se confirmaban las sospechas de Julia,es decir, que tu amigo está pasando una mala época. Fue inevitable que Blanca sacase su baraja de tarot y pasa-ran casi cuatro horas haciendo tiradas, preguntas y silenciosnecesarios en la interpretación de los símbolos. Blanca los re-lacionaba todos perfectamente. Álvaro, cuyo destino pintababrillante, salió La rueda de la Fortuna varias veces, se sintióun poco mareado, quizá por el sake o el cerdo agridulce, y fueal lavabo. Sentía un profundo calor corporal, irresistible. No-taba como su cuerpo emanaba un olor especial, como a rosas,pero juraría no haber usado colonia en el día de hoy. Calor yolor. La fragancia era agradable. El calor también. Una vez enel aseo, frente al grifo, se dio cuenta de que se encontraba per-fectamente, posiblemente algo extasiado por el sake, la comidachina, las velas, el incienso y el bajísimo nivel de las luces delsalón, haciendo de la estancia una nube casi oscura de misterio,coronada por la presencia de dos bellas mujeres que no cesabande beber sake. Julia y Blanca dejaron la mesa, con restos de comida y decartas, y se tumbaron en el suelo, sobre la moqueta. Álvaro alentrar se tumbó en el sofá, frente a ellas. Volvió a recordar aaquel chico japonés del que se enamoró Julia en Japón. Teníanecesidad de saber, pura curiosidad relacionada con un inevita-ble morbo y pasión posesiva. Algo extraño recorría su cuerpo,debía ser ese agradable y exótico olor a rosas, pero se notabacasi sudoroso, acogiendo ciertos impulsos sexuales que silen-ciaba desviando la mirada de los pechos de Julia. Álvaro los mi-raba, y también su trasero, y le aparecía el impulso de tumbarsejunto a ella, pero algo más fuerte le atraía hacia ella. Era cono- 73
  • 72. cer esa historia. Esperó a que Julia lo mirase, como pidiéndolealgo, posiblemente un dulce beso, pero Álvaro vio el momentoperfecto para saber. -¿Qué pasó con aquel chico japonés? ¿Cómo acabó esahistoria? -¿Que cómo acabó? Bueno, pues no muy bien.- Julia se soltóuna cinta del pelo y comenzó a pensar lentamente.- Un día lle-gó su padre más pronto de trabajar, y nosotros habíamos vueltoa casa también pronto para acostarnos juntos. Cuando su pa-dre entró en la habitación de Haruki nos halló en la cama, unoencima del otro, casi gimiendo. Haruki miró hacia su padre ysalio inmediatamente de la cama. Yo me vestí y me fui a mi ha-bitación. Kiyoshi y Haruki salieron a la calle. Kiyoshi le golpeóen la cara y Haruki, angustiado, lo amenazó con una katana.Después Kiyoshi, como si nada, acompañó a su hijo a la esta-ción de tren y lo mandó a Kyoto con su abuela Aoi. Yo ya no lohe vuelto a ver. Y dudo que lo vuelva a ver. -No lo entiendo.- Replicó Álvaro.- Si tanto te gustaba seguroque hubiera habido alguna forma para que os quedarais juntos. -No. Te aseguro que no. Hablé con mi madre y me explicóque era algo entre ellos y que ella no se podía meter. Fue algomuy serio para la familia. Después oí que Haruki dejó Kyoto,cuando entró en la Universidad y se fue a Madrid, para estudiaralgo relacionado con la realización de cine. Se lo contó la abuelaAoi a mi madre. -Vaya, pues no lo tienes tan lejos.- Bromeó Álvaro. Ambos se miraron tentados a hacer un viaje a Madrid peroBlanca, que estaba presente, contribuyó a cambiar el ambienteponiendo un viejo disco de Los Bravos, concretamente una can-ción llamada Una botella. Blanca empezó a bailar, tomando labotella de shake como si fuera su pareja de baile. Bailaba abra-zada, para acabar mi botella y olvidar así mis pasiones, cantabaal ritmo del corrido mejicano. Después sonó Los chicos con74
  • 73. las chicas, una canción más sensiblera y bastante desmejoradapor el paso del tiempo, pero eso no impidió que Álvaro, Julia yBlanca se animaran a bailar. ¡Qué ironías!, pensó Álvaro, aquellos que no se querían pa-recer a sus viejos padres, ahora son los viejos a los que no que-remos parecernos. Sin embargo, estas canciones tienen algo delibertad conquistada que ha llegado hasta nosotros: y hasta losviejos van a comprender que tú has de vivir. Ven, ven a vivir,ven, y así seremos muy felices. Ciertamente fueron felices porun rato. Se sentían muy cómodos ante tal cantidad de discossesenteros, Álvaro quería oírlos todos. Puso You Really Got Me,de Los Kinks. Disfrutaron mucho con esa canción. Finalmentela música pasó a un segundo plano y continuaron hablando unrato. La noche complacía, había algo especial entre ellos, sobretodo entre Álvaro y Julia. Álvaro estaba muy inquietado porBlanca, apenas la conocía y le interesaba mucho conocerla. -¿A ti qué es lo que más te interesa en la vida?- PreguntóÁlvaro. -A mí. Nunca lo he pensado, la verdad. Tal vez la preguntacorrecta sería ¿a ti que es lo qué más te interesa de la vida?- Res-pondió Blanca. -Bueno, pues eso. -Entonces te diré que de la vida me interesan infinitas cosas.Normalmente observar a la gente y verme a mí observando. Peronunca comprendo hasta qué punto observo o me observan. -Blanca, pareces un poco paranoica. -Puede ser, Álvaro. -¿Te gusta observar a las personas?- Preguntó Julia. -Sí, puede ser. A veces no me doy cuenta, pero es inevitableobservar a las personas, pues allá a donde vas encuentras gentepor todas partes. Es incluso agobiante. A lo mejor voy por laGran Vía y me encuentro a toda la gente de frente, una madre 75
  • 74. con su hija, un señor mayor con su bastón, dos niños descami-sados con el jersey por los suelos. Personas que no conozco denada pero que por un segundo pasan a formar parte de mi vida.Durante ese segundo son mi vida. -Vaya, lo que dices es muy profundo.- Replicó Álvaro. -Gracias.- Sonrió tímidamente.- Por cierto, me gustaría sa-ber más de Luis. Hasta ahora me tiene bastante intrigada quetu amigo esté en una situación así.- Dijo Blanca, algo excita-da después de sus palabras desveladas. Bebió un sorbo de vinotinto. -Sí, podría decirse que está perdido… Julia se ha levantado para poner un disco de Los Brincos, degrandes éxitos. Suena Flamenco justo en el momento en queÁlvaro coge un vaso de la mesa de madera negra, posiblemen-te de Ikea, y se sirve un poco de McCallan, 12 años. Álvarose sitúa durante unos segundos en el silencio. Piensa en Luishasta que comienza a explicarle a Blanca. Julia se incorpora ala conversación. -…pero sin embargo él está descubriéndose a sí mismo enesa habitación. Ayer me dijo que estaba escribiendo una novela.Entré en su cuarto, era ya al llegar la noche, y le pregunté quepor qué escribía. -Álvaro, ¿la vida es una novela o un relato?- Preguntó Luis,como ensimismado en su pensamiento. -Algunas son novelas, pero la mayoría ofrecen poco interés ypodrían resumirse en aburridos relatos, incluso en microrrela-tos, incluso no dan ni para una línea. -¿Y mi vida qué es? -Tu vida está por escribirse, por ahora sólo hay un boceto,bastante interesante, por cierto.- Luis sonrió y Álvaro tomó suhombro con cariño. -¿Y si nunca se escribe, y si me quedo aquí, en esta habitación,para siempre? -No consigo terminar de entenderte. Tu vida se convertiría76
  • 75. en una narración, como le pasó a Proust. Darás amor, pero sóloa ti mismo. Posiblemente la vida no sea interesante, como pen-só Schopenhauer, posiblemente sólo sean interesantes los cua-dros de la vida. Yo qué sé. “Ríe y el mundo reirá contigo, llora yllorarás solo”, decía el protagonista de una película surcoreanamuy violenta. Yo qué sé. Creo, como Montaigne, ya ves que megusta mucho citar, sin embargo yo soy el que habla.: “Hay queprestarse a los demás y darse a sí mismo”, tú sólo quieres cubrirla segunda proposición, pero te olvidas de la primera. -Ahora me estoy prestando a ti. -Pero no puedes prestarte a una sola persona. ¿Y Leonor? -A Leonor también me presto. Pero de una manera distinta,para ella lo soy todo y yo no soy nada para mí. Hablaré de Leo-nor en la novela. Voy a contar historias importantes. -Pero Luis, nosotros somos gente normal, no hemos tenidouna infancia difícil como David Copperfield ni nos creemosunos locos marginales como Holden Cauldfield ni unos niñosricos y bohemios de una prestigiosa universidad americana lla-mada Candem. No podemos escribir cosas importantes. Sí, yohago versos, pero no me siento un Rimbaud, por las mañanasme despierto temprano para ir a clase (cuando voy) y escuchara algún profesor del que poco aprendo. Luego, en mi casa, leomuchos libros, sí, por obligación y por placer, me gusta la mú-sica, la filosofía, pero también estar con la gente que quiero yque no quiero. Y en ocasiones miro a mi alrededor y veo estemundo y me parece que es todavía más cruel. Aquí el dolorduele de verdad. Que una mujer te rechace duele de verdad, yasea en una discoteca, hablando por chat. Mi vida es irreal, ten-go 22 años y no sé lo que quiero porque me da miedo el futuro.Como a ti, Luis. Por ahora sólo me preocupa estudiar y pasarlobien de vez en cuando, vivo de mis padres y ellos no me habla-ron nunca del mundo real, tal vez porque ellos no lo conocen ohan olvidado trasmitirlo a sus hijos. Ellos procuran que no mefalte nunca dinero. De momento, no tengo que ganarlo. Peroeso durará poco, porque es necesario ganar dinero y trabajarpor uno mismo, quizá sea el orgullo. Puede que haga lo que 77
  • 76. me guste, pero puede que no y tendré que joderme, así es lavida. Al llegar a la universidad y dejar mi ciudad y mi casa medi cuenta de que la soledad me iba a acompañar por el restodel mundo, el resto de mi vida. Pero mi vida no es trágica, esole pasa a la mayoría de los jóvenes que dejan su hogar, su Ítaca.Yo nunca podría ser el protagonista de una novela, porque mivida no tiene ningún interés. Me gustaría escribir una novelasobre lo mediocre, pero entonces esa novela tendría que ser au-ténticamente mediocre. ¿Comprendes? Esa es la sensación quedebería despertar en el lector si el autor quiere dar forma artís-tica a ese tema. Por tanto, la novela sería fatigosamente ilegible.Banal y artificiosa, porque toda apariencia de la mediocridad esmediocre. El propósito de una novela que trate la mediocridades conseguir que sus personajes parezcan inverosímiles. Unaapariencia de la mediocridad es la pretenciosidad. Imagina aunos personajes interpretando un sórdido drama de influen-cias shakesperianas a los que se les nota que están actuando.¿Hay algo más mediocre? ¿Acaso merece darse forma artística ala mediocridad? Me parece que es una pregunta ética y estéticainteresante. -No sé Álvaro. Yo siento inquietud y angustia. El vivir meinquieta y me angustia. Lo que he dejado atrás se ha convertidoen resignación y en temores. Mi vida de antes era lo que ama-ba, mi vida de ahora se parece poco a aquello. ¿Esperanza? Lodudo, todos los días hay la misma impaciencia, que me impi-de lograr la paciente esperanza. Y todo se convierte en fracaso,en muerte, en soledad. Este es el microrrelato de mi vida. ¿Note parecería interesante desarrollarlo en novela? ¿Darle formaestética a mi vida para que, de alguna manera, perdure en eltiempo? Como dijo Borges, esta frase me encanta: “Quiero serpara siempre, por no haber sido”. Ninguno de los dos llegaba a comprenderse del todo. Ha-bía una razón perturbada que brotaba en una lógica abstracta.Blanca y Julia escucharon a Álvaro un buen rato hablar sobre su78
  • 77. amigo Luis. Después callaron un rato. La música seguía sonan-do. Al despertar sentí palpitar en mí bellos recuerdos, y com-prendí que te quiero y suspiré por tu amor, cantaban Los Brin-cos. Julia se sentó junto a Álvaro, cogió su mano y la puso juntoa su atractiva falda verde. Álvaro le susurró unas palabras: ¿Teapetece que vayamos a dar una vuelta, tú yo solos? Julia accedióa su habitación a cambiarse de ropa, otra vez. Blanca y Álvarose quedaron en el salón hablando un poco del futuro. -Hacéis muy buena pareja. Julia es guapa y sensible, y tú eressu media naranja. Tienes un brillo especial, se nota que eresalguien que viene a cambiar las cosas. -Vaya, Blanca, que buen concepto has tomado de mí. Ojalápueda cambiar algo. -Las personas tienen un aura. Esa aura las define. La tuya esperfecta. Álvaro se levantó e invitó a Blanca a baliar. -Me gusta lo que dices de mí. Baila esta canción conmigo. Álvaro sacó de un bolsillo su mp3 y lo conectó a los alta-voces del salón. Puso una intensa canción llamada CrimsonAnd Clover. Bailaron muy pegados, como trasmitiéndose todosu calor y energía corporal, pero de una manera amistosa, casifraternal. Julia entró en el salón y observó a Álvaro bailandocon Blanca. Álvaro vio a Julia, de pie junto a la mesa, y se acer-có con ella, invitándole con los brazos a bailar. Julia movía sucabeza en dirección negativa pero Blanca la animó: Baila, déja-te llevar. Superando su inmensa timidez Julia se entregó a losbrazos de Álvaro, quien puso sus manos en las sublimes cade-ras de Julia y bailaron lentamente. El amplio salón recorrían apasos breves ambos casi extasiados por el ruboroso placer desentir sus cuerpos tan cerca de sí. Álvaro besó el cuello de Ju-lia, delicadamente. Julia rozaba con su rodilla, cada vez que suscuerpos tomaban otra dirección en el baile, el pene de Álvaro, 79
  • 78. erecto y cautivado. Cuando Julia pasaba la rodilla por esta zonaél avanzaba de manera un poco brusca hacia delante para notarel contacto semi-sexual con la rodilla de Julia. En cierto mo-mento especialmente caluroso Álvaro acariciaba las nalgas deJulia mientras se acercaba, empujando su cuerpo, uno contra elotro, a su vagina. La canción terminó, se dieron un beso de feli-citación por el excitante baile ofrecido, se despidieron de Blan-ca, tomaron sus abrigos y se fueron en dirección a las calles dela ciudad. A las dos de la madrugada. Sin un destino cierto.80
  • 79. IX.- LA CIUDADE sta ciudad por la noche no tiene nada que ver con ella misma durante el resto del día. Luis observaba las ca- lles desde la ventana de la residencia. A lo lejos se veía unpuente donde cruzan los coches por encima del río. El puenteestá muy iluminado, confiriendo una apariencia de moderni-dad a esta parte de la ciudad. No cesan de pasar los coches, nilas motos. Hay momentos en que pasan grupos de gente, decinco o diez personas, gritando, tirando cervezas o golpeandoalgún contenedor. Es lo normal. Cuando llueve después siem-pre huele a soledad. Luis sale al balcón con su ordenador y seconecta a Internet mientras sigue observando la ciudad ahíabajo, más allá de él. En el chat suele hablar con una chica queha conocido hace unos pocos días, no es española pero tam-poco se sabe muy bien su lugar de origen, aunque vive en lamisma ciudad que Luis. Así que han quedado. Luis, temerosode salir a la calle, ha quedado con ella en la residencia, pasarápor la ventana del comedor, la cual Luis ha dejado previamenteabierta y desde allí ella sola subirá a la habitación de Luis. Pero¿cómo es posible que una chica sea capaz de hacer eso por unchico sólo habiendo tenido unas pocas conversaciones de chatcon su amante? Luis tampoco se lo explicaba, pero ella estabaresuelta a ir a la residencia para conocerlo. Lo cierto es que susconversaciones habían sido profundas. -Ayer fui al centro comercial a comprarme un Ipod.- Decíala chica en una de las conversaciones de chat.- Pero no habíaen el color que me gustaba, total que me senté en un banco aesperar a que me recogieran mis padres. Mientras esperaba, unchico bastante joven se sentó a mi lado. Se acababa de comprarun Ipod, era verde, como el que me gustaba a mí, tal vez era elque yo hubiera comprado si él no lo hubiera comprado antes.Lo miré con cierto odio, sin poder contenerme de observar eldichoso Ipod, que el chico manejaba feliz. De pronto, dejó dejugar con su Ipod y se quedó mirándome. Se había dado cuenta 81
  • 80. de que me gustaba ese aparato. Y el chico tampoco estaba nadamal, rubio, ojos azules, ojazos, más que ojos. ¿Te gusta?- medijo. Le respondí que sí. Él lo puso en mi mano y me dejó queescuchara alguna canción. Cuando separó los cascos y rozó mipelo con sus manos, sentí el olor de su perfume, al haber des-plegado sus brazos hacia mi cuerpo. Ese olor que desprendíame impulsó a dirigirme hacia él, y él también se sintió impul-sado a dirigirse hacia mí. Nos enrollamos ahí mismo. En esetriste banco. Después él se levantó y se fue. Yo me levanté y loseguí un poco, despacio, manteniendo la distancia. De prontoél se paró delante de los aseos de caballeros y me miró. Esta fuela primera vez que me colé en un lugar prohibido por un hom-bre. Al llegar a los aseos el chico abrió la puerta de uno de ellosy me dijo que pasara tendiéndome la mano. Cerró el pestillo dela puerta, se bajó los pantalones, me puso de espaldas, frente ala pared, y el joven chico me dio por detrás. Fue una sensaciónextraña, de placer y humillación. Después, antes de correrse,me puse de rodillas para terminar la aventura con una felación.Se corrió en mi boca, soltando bastante semen. No tardó enmarcharse. Me regaló su Ipod. No lo volví a ver. La mayoría de las conversaciones entre la chica del chat yLuis eran de este estilo, en un tono erótico predominante. Secontaban historias, sus historias, aquello que les sucedía porla ciudad, de manera cotidiana, como quien se encuentra algointeresante en medio del aburrimiento. Posiblemente muchasnarraciones tenían elementos inventados y algo de verdad,quién sabe. Lo que sí era cierto es que la chica del chat estabadispuesta a colarse en la residencia de Luis para tener, segura-mente, una aventura del estilo a la anterior. Luis estaba siempremuy excitado cuando hablaba o pensaba en la chica del chat. -Esta noche iré a tu cuarto. -Vale, te estaré esperando. ¿Cómo te llamas? Me refiero a tunombre real. -Me llamo Marta.82
  • 81. Mientras Luis esperaba a Marta, su misteriosa chica del chat,Álvaro y Julia caminaban por la calle en dirección a ningún sitioconcreto, posiblemente hacía algún bar con música sugerentey copas a buen precio. En el trayecto Álvaro se encontró con suprofesor de Morfología de la Estética. Don Ramón caminabaa todas luces algo ebrio, era algo que no podía ocultar. En sumirada había cierta tristeza, tal vez soledad. Álvaro se paró enfrente de él, con Julia. Don Ramón los miró y tardó unos segun-dos en reconocer a Álvaro, después le dio un abrazo. -Estimado alumno. Quiero pedirle disculpas por ti tratodel otro día, seguramente algo despreocupado hacia usted. Lolamento mucho, venga a mi despacho el lunes y hablaremostranquilamente sobre su suspenso, seguro que se podrá solu-cionar de alguna manera sin que usted tenga que examinarsede nuevo. Estaban parados frente a un pub oscuro llamado The Ki-ller. Don Ramón los invitó a una copa allí, Álvaro no se pudonegar. -Estimado alumno, últimamente estoy investigando muchosobre un asunto. Sabe usted que yo trato de aplicar la Estéticaa la Literatura. En estos últimos años he dedicado demasiadotiempo a la obra de Bécquer. Don Ramón bebía una extraña mezcla de Chivas Regal yleche desnatada. Además fumaba un puro grueso. Su rostro es-taba completamente serio, hablaba a Álvaro en un estado decongoja. Álvaro se sentía receptor de un miserioso secreto. -Estimado alumno, si yo le dijera que ha habido olas de ase-sinatos a artistas, sobre todo músicos y poetas. Si yo le dijeraque todo eso es obra de un grupo de personas que ha ido cam-biando a lo largo del tiempo, llamado El Círculo Platón. Este 83
  • 82. grupo, estimado alumno, basándose en el Libro III de La Repú-blica de Platón, donde éste expulsa a los poetas de su Repúbli-ca, determina llevar a cabo drásticamente la expulsión de estaspersonas de la sociedad. Pero este Círculo no actúa sólo en laactualidad, sino que su antigüedad se registra desde cientos deaños y han formado parte de él personas de todo tipo, desdepolíticos, pasando por filósofos o escritores. Un estudioso deltema, Alonso Caballero, relaciona tempranas muertes de artis-tas como Bécquer, Allan Poe, o incluso Kurt Cobain, con lasactuaciones delictivas de la Secta. Debido al escepticismo demis colegas universitarios opté por invitar a un alumno a inves-tigar sobre este asunto, con el fin de escribir un libro. AlonsoCaballero me recomendó que yo mismo empezara. Y aquí estoy,ahora mismo, reflexionando sobre ese asunto. -Don Ramón, estoy impresionado por su teoría. Creo quemerece la pena llevarla a cabo y puede contar conmigo para loque desee. Ya sabe que a mi me gusta mucho estudiar este tipode cosas. -No se preocupe. Si he decidido contárselo es porque deseoque sea usted mi cómplice, así que le mantendré informado. Tras el extrañísimo diálogo con Don Ramón Álvaro se fuepensando seriamente estas cuestiones, a la vez que no logra-ba comprender cómo las personas podemos llegar a inventarsemejantes barbaridades con el fin de lograr un propósito. Sercapaz de llegar aunque no se sepa a dónde, ese es el lema de laposmodernidad, pensaría luego antes de irse a dormir, marea-do y totalmente ebrio. Buscando alguna moraleja a la absurdanoche. La música del local era bastante interesante. En ese momen-to sonaba Square One de Coldplay. Don Ramón se acababa demarchar cuando salió Álvaro del baño y se reencontró con Ju-lia. Julia estaba con una amiga muy guapa llamada Mariola, quevivía cerca ellos, en el centro. Estaba hablando de llevar maña-na a Álvaro con Mariola y sus padres a jugar al Golf. Esa idea no84
  • 83. le parecía atractiva en ese momento, aunque los pechos de Juliamerecían una excursión, pero ¿merecía la pena pasar un abu-rrido día de Golf con los padres de la chica que ama y con unaamiga pija que no conoce de nada? En el fondo no le parecíamala idea con tal de acercarse a Julia. En este momento Álvaroestaba metido en un lío inmenso, se sentía como jugando unjuego a múltiples bandas, del que le era imposible salir. Luis esperaba a Marta. Tenía su teléfono móvil en la mano,aguardando el sonido de la llamada perdida. La chica estabaahí, tocando a su puerta. Luis había puesto una canción ita-liana, que esperaba en pausa hasta que llegase la chica, paraotorgar ambiente romántico al encuentro. La canción era Unapoesia anche per te. Al abrir la puerta Luis vio a una chica dife-rente de lo que esperaba, pero muy atractiva. El problema eransus, si acaso, 16 años. Era obvia la corta edad de la chica. Perosu belleza la hacía mayor. Le daba cierto sentido a su rostro demadurez y ternura inocente. Su ropa era igualmente perturba-dora, su camiseta azul, sus vaqueros ajustados, sus zapatillasblancas de deporte, con franjas rosas, de Adidas. Luis era felizde tener ante sus ojos la oportunidad del amor natural, ese queél prefería, el amor puro de dos desconocidos que se atraen. Lanoche pasó despacio. Luis no tardó en conectarse a Internet. Lachica se fue a la mañana siguiente, sonriendo con bondad y gra-titud, hacia su casa, muy cerca del río, cruzando el puente. Luisse quedó allí, masturbándose delante del ordenador, haciendoaquello que no logró terminar con Marta. 85
  • 84. X.- LA MUERTEY cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontrareis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.Esos son los últimos versos que leyó Luis antes de suicidarse. La noche anterior, después de irse Marta, la chica del chat,llegó Álvaro a su habitación. En el pasillo se encontró a Luis,mirando desde su puerta. Álvaro se acercó y le invitó a salir desu habitación. Luis se negó así que Álvaro entró en su cuarto.Realmente no hablaron de nada. Luis estaba visiblemente nor-mal, pero por dentro se movía algo extraño. Este es mi últimoporro, le dijo a Álvaro antes de despedirse. Murió con música.Sonaba Atmosphere de Joy Division. Abrió el libro de PoesíasCompletas de Machado y leyó esos versos. Después cerró losojos y se disparó un tiro en la cabeza. Casi todos oyeron el inmenso sollozo del arma. Álvaro, trasentrar en la habitación y ver los sesos de Luis esparcidos por lapared, bajó a llamar al director de la residencia, con lágrimasde angustia en los ojos, incrédulo de lo que había ocurrido.86
  • 85. XI.-LA MAÑANAP or las mañanas parece el mundo tener todavía me- nos sentido. Uno está cansado y se siente frustrado, sin saber el motivo. Así es como se sentía Álvaro desde quemurió Luis. Seguía yendo a la universidad, a la biblioteca, alcine, a los bares. Su vida era aparentemente normal. Sin em-bargo esa mañana recibiría más llamadas de las esperadas. Porun lado le llamó Leonor, necesitaba hablar con él sobre Luis.También llamó Julia, para programar la jornada en el campo degolf para el próximo sábado. Finalmente le llamó Don Ramón,invitándole a su despacho, para hablar sobre su suspenso y deotras cuestiones de distinto interés. Álvaro tenía la agenda muycompleta, pero sólo actuaría de acuerdo a su voluntad, sin so-meterse a la predisposición de los hechos. Era la hora de entrar en clase. Álvaro volvía a asistir a lasclases de Don Ramón, que ahora no se llamaban Morfología dela Estética, sino Morfología del Arte. La clase siempre resultabainteresante. Álvaro se sentó en la última fila de la clase. Todoestaba repleto de alumnas, la mayoría guapas. Álvaro llevabasu reproductor mp3 y escuchaba el último disco de Pearl Jam.Sonaba Severed Hand y en ese momento entró Don Ramón enel aula. -Estimados alumnos, ¿se han preguntado alguna vez cuál esla morfología del arte? Qué normas fijan y determinan un len-guaje para el cual sólo estamos capacitados nosotros. En estaclase haremos metalenguaje del arte, es decir, que lo vamos acomprender desde sí mismo, desde sus formas, derivando entrelas categorías que lo revelan. La clase, a primera vista, parecía compleja. Pero la únicafinalidad de la misma era que los alumnos fueran capaces deenfrentarse a una obra de arte y plantarle cara. Tener los ins- 87
  • 86. trumentos necesarios para conocerla, para explicar su razón deser. Pero a mitad de clase Don Ramón dijo algo que cambiaríade alguna manera la vida de Álvaro, y la de otras personas. -Estimados alumnos, la semana próxima tenemos progra-mado un viaje a Madrid de cuatro o cinco días, para visitar losprincipales monumentos de la ciudad, así como sus museos ybibliotecas. Trataremos de conocer la ciudad, de hacernos conella de una manera artística y también cultural-antropológica.Necesito que me confirmen los alumnos y/o acompañantes quedeseen participar en este viaje y trabajo de clase. Por favor, pon-gan sus nombres en este papel. Al terminar la clase Álvaro se inscribió en el viaje, ponien-do junto a su nombre el nombre de otra persona, que sin saberporqué sospechaba que podría irse con él. Puso el nombre deJulia.88
  • 87. XII.- EL GOLF Y, AL LEGAR LA NOCHE, LA TETERÍAÁ lvaro se despertó pensando en La naranja mecá- nica, la película de Kubrick. Había soñado con ella, pero de una manera diferente. Los actores y las imágenes eranmodernas. Soñó una fusión entre cine de Kubrick y cine japo-nés de los ’90. Los pensamientos confundieron esas imágenesrobadas al cine, vino a su mente la idea de la necesidad de darun estatuto a las cosas para que tengan presencia. Una idea ex-traña, pero que Álvaro necesitaba desarrollar. En ese momentoJulia entró a la antigua habitación de Luis, donde ahora duermeÁlvaro. -Hola, el cura me ha dejado subir, me ha dicho que te lleveal golf para que no te quedes aquí todo el sábado, en la cama.-Dijo Julia. -Álvaro todavía pensaba y se reflejaban en su mente imáge-nes del protagonista de La naranja mecánica angustiado mien-tras escuchaba la 9ª Sinfonía de Beethovenn. Julia se sentó so-bre él, rozando sus muslos. Casi rozando su pene, algo erectoen esos momentos críticos del despertar. Álvaro y Julia hicie-ron el amor varias veces esa mañana. Después quedaron conlos padres de ella y con Mariola, la amiga pija de Julia, parajugar al golf y cenar en un carísimo restaurante. La cena resultóser divertida para Álvaro, quien habló con el padrastro de Juliasobre cine japonés casi todo el tiempo. Ambos sentían especialpredilección por Takeshi Kitano y, por supuesto, por TakashiMiike. El padrastro de Julia invitó a Álvaro a Tokio el próximoverano. Ya no hay nada que hacer, pensaba Álvaro recordando aLuis, antes de irse hacia la residencia a dormir. En ese momen-to sonó su teléfono móvil, era Leonor. 89
  • 88. LEONOR.- Hola, Álvaro, ¿te he despertado? ÁLVARO.- No. Voy de camino a la residencia. LEONOR.- Estoy en una tetería, con unas amigas, ¿quieres venir? ÁLVARO.- De acuerdo, tardaré unos quince minutos. La tetería estaba cerca. Álvaro decidió ir porque le daba pá-nico dormir solo esa noche. Sólo habría de cruzar el puente,frente al Vicerrectorado de la Universidad, un viejo edificio lla-mado Convalecencia. Allí supone Álvaro que irán a parar loscatedráticos locos y eméritos. Se imagina ese edificio como unhogar para los jubilados académicos. Después cruzó una calledonde se encontraba un hotel con casino, como los de los ’80.Era grato a los ojos pasar por allí. En el camino no faltabanalgunas buenas tiendas, sobre todo una de discos de músicaclásica, bastante caros, por cierto, y otras más grandes dedica-das a la electrónica, allí podían verse los últimos modelos demp3 o los portátiles con mejores prestaciones. Finalmente, alpasar por El Corte Inglés, resultaba inevitable para Álvaro noentrar en él. Primero recorría la planta de la moda joven, in-tentaba comprarse alguna prenda de vestir, preferentemente deRalph Lauren, Thomas Burberry o Tommy Hilfiger. En el fondono entendía cómo podían gustarle esas marcas, sobre todo lasdos últimas. Ralph Lauren, sin embargo, era algo especial, unsigno de distinción y de buen gusto. Álvaro se quedó perplejocuando en Mach Point, una película de su director preferido,Woody Allen, el protagonista salía de la tienda de Ralph Lauren,de Londres. Ese fue un detalle de Allen muy interesante paraÁlvaro. Esa imagen destacaba un emblema londinense de cate-goría cultural: la elegancia. El joven y prometedor protagonista,con su vida perfecta y su amante perfecta, salía de su tiendade ropa usual, la de una marca de primera clase, de camino asu destino en esa ciudad de primera clase en la que vive. Talvez por eso Álvaro vestía Ralph Lauren, para sentirse distinto,elegante, aunque en el fondo la mayoría del tiempo se sintieraigual que los demás.90
  • 89. La tetería estaba muy oscura. Sonaba una canción de los ’60.Leonor conversaba con dos amigas, Ana y Paula. Parecían exci-tadas, seguramente habían bebido más té de la cuenta. Álvarolas saludó y se sentó en una especie de sofá donde cayó hundido.Pensaba en sí mismo y en Leonor. También en Julia. Pero sobretodo en sí mismo. ¿Hacia dónde voy? Se preguntó. Su cabeza es-taba vacía, silenciosa. Álvaro sacó un porro de marihuana quellevaba ya hecho. Empezó a fumarlo, ante la curiosa mirada delos dos amigas de Leonor. ¿Nunca habéis visto un porro? Lespreguntó. Las chicas asintieron y rieron tímidamente. Álvarotambién sonrió. ¿Queréis probarlo? Les preguntó. 91
  • 90. XIII.- EL CHALETL a tetería estaba atestada de ruido así que Leonor, Ana, Paula y Álvaro salieron de allí. Fueron al chalet de Paula. Un chalet grande y construido con buen gusto, enuna mezcla de clásico y moderno, cuyo contraste resultaba so-briamente equilibrado. Al entrar Álvaro se encontró con unpiano el cual tocó un rato. Después dio con la biblioteca y conlos whiskys del padre. Se sentaron en el salón del whisky. Ál-varo empezó a fumar otro porro y se puso un Johnnie Walter.Las chicas hojeaban unas revistas tendidas sobre la mesa demadera de roble. El padre de Paula, abogado de profesión, leehabitualmente la revista Gentleman Las chicas miran con cu-riosidad aquella revista, dirigida a los hombres. Hombres ele-gantes, como el padre de Paula. -Mi padre se pasa todas las tardes a leer aquí. Lee su revistay luego una obra literaria. Ahora está leyendo Moby Dick. Estáentusiasmado con la trama. Pero él sobre todo es un lector deFlaubert. Flaubert soy yo, suele decir. -Tu padre parece elegante.- Dijo Álvaro señalando la foto delpadre situada en la mesa de madera de roble. -Todos nuestros padres son elegantes. Nuestros padres noshan enseñado a ser elegantes. Desde que nacemos ellos nos danla mano y nos enseñan a ser elegantes. Nuestras madres, sinembargo, de una manera maravillosa pero menos mágica, nosenseñan a sobrevivir, aunque ellas mismas no sepan cómo fun-ciona eso.- Dijo Paula. -Todos los padres son un misterio. Se convierten en el enig-ma de sus hijos.- Agregó Leonor. -Supongo que serán elegantes todos los padres de las chicasque viven en esta urbanización, quizá los de los suburbios nosean tan elegantes.- Añadió Álvaro un poco irónico, mirandode reojo su teléfono móvil, esperando un sms de Julia. -Bueno, no tenemos la culpa de habernos criado aquí.- Seña-92
  • 91. ló Paula, en tono defensivo. -Ya lo sé, no te culpo por ello, pero a veces los ricos se olvi-dan de que hay otro mundo fuera del suyo. Tal vez sea mejor así,para la felicidad completa es necesario cerrar los ojos a lo quenos resulta desagradable.- Explicó Álvaro. -Yo no cierro los ojos a nada, tengo muchos amigos que noson ricos, y además tampoco me considero feliz completamen-te porque tenga dinero.- Dijo Paula, algo excitada y molesta porel tono atacante de Álvaro. -Venga chicos, este tipo de conversaciones son inútiles y de-cepcionantes. Tú, Álvaro, tampoco eres un proletario, eres unburgués como nosotras. Que leas a Marx no significa que tesalves de ser capitalista.- Leonor trataba de calmar lo que po-dría convertirse en una acalorada discusión. Álvaro cambió detema. -Va a venir Julia, le he dado esta dirección.- Dijo Álvaro suje-tando su teléfono móvil en la mano derecha, tras leer el ansiadosms que, por fin, recibió. Julia entró en la casa. Paula abrió la puerta del jardín con unmando a distancia. Julia abrazó a Paula, ambas se conocían deverse en el Club de Golf. Álvaro, inquieto, se acercó a la puerta.Julia lo besó en la boca y entraron de la mano al chalet. -¿Sabes que Álvaro lleva la colonia Ralph Lauren?- ComentóPaula. -Sí, me he dado cuenta.- Afirmó Julia. -¿No os gusta?- Preguntó Álvaro, confuso. La situación se había vuelto algo violenta. Lo notaron casitodos. Leonor se dio cuenta de que a su amiga Paula, pese a susdiferencias ideológicas, le atraía Álvaro, Álvaro se dio cuentade que le atraía Paula. De eso también se dio cuenta Julia, quelos miraba a ambos, con ganas de pegarle una bofetada a Ál-varo por estar tonteando con esa chica pija y extremadamente 93
  • 92. superficial. Paula, sin embargo, sonreía mucho, y se acercabaa Álvaro. Cuando Julia se sentó a la derecha de Álvaro Paulase sentó a su izquierda. Álvaro no sabía a cuál elegir. Aunqueposiblemente su destino estaba marcado por Julia, esa nochelo estaba comprendiendo. Pero ¿y lo demás?, ¿y mi vida? Sepreguntaba angustiado. Mientras, Álvaro observaba los mag-níficos pechos de Paula, que se percibían a través de su sujeta-dor, cubierto levemente por una camiseta blanca de la marcaVersace. Álvaro se sentía envuelto en un problema. La situación eradelicada y necesitaba un remedio adecuado. Recordó a Luis.Recordó que muchas tardes hablaron de la novela que Luisdecía estar escribiendo. Álvaro no llegó a ver ninguna página,solamente oía las historias de Luis, de sus personajes. Pero Ál-varo siempre había deseado leer el texto, el verdadero testimo-nio. Luis, con su camiseta del Che, hablaba sobre una utopíaextraña de un tal Fourier, yo siempre, pensaba Álvaro, le aca-baba dando la razón, luego pasábamos a hablar del presente, delo mal que están las cosas en el mundo. Una guerra tras otra, ycuando no, terrorismo. El mundo no se conforma con la muer-te, necesita verla, día tras día, a través de sus televisores. Aque-llos que consumen ese tipo de información son los verdaderosterroristas de este Planeta. Ese tipo de cosas decían. Pero ahora estaba en aquel lujoso chalet, perdido en una lu-josa urbanización. La noche no era suave ni siquiera placentera.Todo se había transformado en frío en el cuerpo de Álvaro. Unfrío insoportable que no me deja levantarme. Una sensacióninevitable de conformidad que me consume. Siento calor y ga-nas de sexo. Quiero escaparme con Julia de aquel lugar e irnosa follar a mi habitación en la residencia. Quiero salir de aquí, oquedarme con Paula, en esta casa, toda la noche. No sé lo quequiero. Estoy cansado y quiero follar, eso es lo que sé. Las palabras que resonaban en la conciencia de Álvaro eran94
  • 93. tentadoras. Pero tal vez habría de preguntarse desde más den-tro, en el fondo de su corazón. ¿Qué es lo que quería hacer?Pensó en lo prosaica que es la vida, en los pocos momentosmemorables y en los muchos insignificantes. Álvaro ya no re-cordaba lo que había hecho aquella tarde. Se olvidaba de sí mis-mo en aquellos instantes contradictorios que su memoria nopodría retener. Sin embargo quería hacer de aquella noche algomemorable, así que miró a Julia a los ojos y la invitó a tomaruna copa en cualquier pub. Leonor se despidió de Álvaro conun intensísimo abrazo, soltó una lágrima y le dijo: No te olvidesnunca de Luis. Álvaro quedó como mudo, besó a Leonor en lamejilla y contestó palidecido: No lo haré. 95
  • 94. XIV.-FOURIER O EL PASAJEA l salir del taxi Julia y Álvaro caminaron un poco por el casco antiguo de la ciudad antes de acercarse a la zona de copas, donde habían quedado con unos amigos. En-traron en un pasaje, llamado Pasaje Linares. Era una construc-ción del siglo XIX, imponente. Álvaro pensó en los burguesesque caminaron por aquí, en aquellos tiempos que le hubieragustado vivir. Por segunda vez en la noche volvía a acordarsede Fourier. Para entrar Álvaro y Julia tuvieron que abrir unavalla ligeramente cerrada. A esas horas estaba prohibido en-trar al pasaje pero qué mayor tentación que transgredir lo pro-hibido. El sistema todavía no nos ha vencido, pensaba Álvaro,irónicamente. Julia y Álvaro paseaban por dentro del pasaje observandolos bonitos escaparates. Álvaro señaló con su dedo a una mo-derna cazadora de cuero de la marca Chevignon, Julia la obser-vó pensativa, sólo mirando de reojo, sin apenas prestarle aten-ción hasta que empezó a hablar, cabizbaja. -Estoy pensando en ir a Madrid un par de días. Desde quetuve aquello con Haruki he pensado todos los días de mi vidaen él, no he podido olvidarlo. Mi madre me dijo que ahora Ha-ruki está en Madrid, estudiando Bellas Artes. -Bonita carrera. Agregó Álvaro. -No quiero que te enfades, pero no tengo las cosas claras.Necesito ver a Haruki para terminar aquello que dramática-mente se interrumpió. Tal vez no pase nada, seguro que amboshemos cambiado mucho, pero necesito verlo. -Lo comprendo perfectamente. Es una suerte que viva tancerca, debes aprovechar la oportunidad e ir a verlo. -Sabes, muchas veces pienso en mi futuro, pienso hacia dón-de voy y no encuentro una respuesta segura. A veces toda vaperfectamente y otras, no, pienso que me estoy equivocando,96
  • 95. que no debería estar donde estoy. -Yo creo que eso nos pasa a todas las personas. Dudamos pornaturaleza, y cuando no dudamos es porque algo va mal, por-que nos hemos conformado o solamente no queremos poner-nos a prueba. A mí me ocurre lo mismo que a ti. A Luis tam-bién le ocurría. Eso está bien, es lo que nos permite evolucionar,aunque en el caso de Luis surgiese un laberinto inescrutable desus dudas y temores. Debes ir a Madrid, cerrar esa puerta quedejaste abierta de tu vida. Eso es vivir. -Te agradezco que seas tan comprensivo. Pensé que te po-días enfadar. -Yo no, porqué.- Dijo Álvaro, tocando el pelo de Julia, acer-cándose por momentos a su cuerpo caliente en el frío de lanoche. -No sé. La verdad es que siento algo muy profundo por ti.Por eso he dudado tanto en ir a Madrid, porque no quiero quepor eso se pierda lo que tenemos. Yo no voy a Madrid a buscara Haruki desesperadamente porque quiera volver a estar juntoa él, solamente quiero reencontrarme, intercambiar experien-cias, porque a fin de cuentas también es familia, se supone quees mi hermanastro. Viví cosas importantes con él, y en ciertomodo le echo de menos. No podría decir que siga enamora-da de él, sino que lo extraño. Contigo también he vivido cosasimportantes, quizá más profundas todavía. Y ahora tú formasparte de mi presente, eres mi presente. El mañana lo proyectopensando en ti, porque deseo estar contigo. -Lo sé, yo también deseo estar contigo. Quiero contarte algo.-Julia reincorporó rápidamente su cabeza, mirando fijamente aÁlvaro, con gesto un poco temeroso. Éste tomó la mano de Juliay la acercó a su pecho, sobre su corazón. Ambos tenían frío,de sus bocas salía vapor helado. Álvaro buscó la calidez de loslabios de Julia, acercando los suyos, dándole un breve beso, car-gado de calor. -Dime, puedes contarme lo que quieras. -Antes de morir Luis tuve una conversación con Leonor, so-bre ella y yo. Ambos sentimos, o sentíamos, algo el uno por el 97
  • 96. otro, pero Leonor, además, amaba profundamente a Luis. Asíque decidimos no hacer nada, estuvimos a punto de salir jun-tos, pero ella eligió a Luis y yo te elegí a ti. Y no me arrepiento. Julia estaba pálida como la nieve que caía fuera del pasa-je. Las palabras de Álvaro la habían conmovido. Continuaronhablando un rato. Álvaro propuso a Julia que le acompañaraa Madrid, para que buscase a Haruki, en el viaje de clase or-ganizado por Don Ramón para la semana próxima. Estaríancuatro días allí, visitando museos y con mucho tiempo libre.Julia accedió. -Quiero ir contigo a Madrid. Ya no sólo por buscar a Haru-ki, sino por estar contigo. Quiero que compartamos juntos esetiempo y esas experiencias. Seguro que lo pasamos en grandecon tu profesor.- Dijo Julia, sonriendo. Estuvieron asomados un rato a la calle. Pasaban muy pocoscoches, casi ninguna persona, a excepción de un vagabundo,que viendo el pasaje abierto entró, con unos cartones, para dor-mir allí, protegido de la nieve, que caía espesa. Las luces parpa-deantes que colgaban a lo ancho de la calle contribuían a hacerde la escena algo bucólico. -Yo también quiero estar contigo. Ese viaje va a ser muy im-portante para mí, quiero hacer una pausa en mi vida. Quieropensar cosas diferentes, y creo que ver museos, caminar porcalles mucho más amplias e históricas que ésta, estar contigo,recibir las lecciones magistrales de Don Ramón acerca de todaslas obras de arte de la ciudad así como de las penas y las gloriasde la vida contribuirá, no hay duda, a cambiar de aires y mejo-rar mi presente. -¿Te sientes insatisfecho?- Dijo Julia, con una breve sonrisa,que parecía simbolizar la profunda compasión que arrastrabasu frase. -No, no es eso. Solamente no me siento conforme, que no eslo mismo. Creo que nunca es suficiente, eso no significa que no98
  • 97. esté satisfecho con lo que tengo, sino que podría tener muchasmás cosas si yo quisiera. En eso consiste el vivir. -Hoy estás muy vitalista. Eso es una buena señal. Últimamente Álvaro había estado muy deprimido, desde lamuerte de su amigo Luis. Eso era normal, nadie le daba impor-tancia, ni sus padres, ni sus amigos, ni Julia. Aunque todos de-seaban que no durara mucho, todos confiaban en Álvaro, en sucapacidad de sobreponerse de una situación emocional tan de-licada. Julia, tal vez, se sentía más preocupada que nadie, quizáporque sabía que el papel que ella jugaba en su recuperación eradecisivo, ya que emocionalmente ella tenía mucho que llenar. -Quiero ser tu amiga.- Dijo Julia, sonriendo.- ¿Qué hubierashecho con Luis esta noche? ¿Qué habríais hecho ahora, aquí, eneste momento? -¿Te lo digo? ¿Quizá no te lo creas? -Vamos dímelo, y lo haremos. -¿Estás segura?- Dijo Álvaro, con gesto de malicia. -Claro. -¿Ves ese ladrillo de allí, junto a la farmacia? Luis lo hubieracogido y me habría preguntado si soy capaz de tirarlo contraese escaparate. -¿Y qué hubieras hecho?- Preguntó Julia, mirando el ladrillo. -Pues lo hubiera lanzado contra el escaparate. Ya que Luisme hubiera convencido de que esa es una manera de hacer larevolución.- Por un momento Julia sintió miedo, sus piernas,también a causa del frío, le temblaban un poco, pero sin em-bargo no le faltó coraje para acercarse hacia el ladrillo, cogerloy dárselo a Álvaro.- ¿Qué quieres que haga con él? -Pues que lo tires.- Dijo Julia. Álvaro algo asustado sonriótímidamente mientras observaba al vagabundo, que alertadopor la escena, decidió irse de allí a resguardarse del frío a otraparte. -¿Quieres que lo tire? -Claro, a qué esperas. ¡Abajo la burguesía!, ¡Abajo los judíos!- 99
  • 98. Gritaba Julia, excitándose por momentos, tal vez para calmarel penetrante frío que comenzaba a sacudir por debajo de sufalda de Dolce & Galbana. Álvaro tiró con fuerzas el ladrillocontra la inmensa pared de cristal que protegía del frío a los su-gerentes maniquíes vestidos de Prada. La pared de cristal calló,atronadora, como un grito de libertad. Álvaro y Julia se mira-ron tras observar sucumbir la montaña de vidrio. Álvaro dejócaer precipitadamente al suelo uno de sus guantes y emprendió,junto a Julia, la huída hacia los bares de copas de la ciudad.100
  • 99. XV.- ENTRE COPASC uando Álvaro y Julia entraron a aquel pub, si- tuado en un callejón, colindante a la Plaza de la Cate- dral, un poco apartado de los otros bares, sonaba ComeBack, de Pearl Jam. Álvaro amaba ese grupo. La gente de allítambién parecía amar a Pearl Jam. Al pasar unos quince minu-tos la gente de aquel bar parecía amar todas la canciones, tam-bién Álvaro y Julia, con un cubata de Jonnhie Walker con 7upy un Vodka con Fanta de limón en las manos, respectivamente,escuchaban felices esas canciones, llenas de fuerza y liberación.A continuación sonó Helter Skelter de Los Beatles. Los heaviesdel pub movían sus cabezas, algo conmocionados, posiblemen-te creyendo, sospechaba Álvaro, que esa canción era de un gru-po heavy de los noventa que ha copiado muy bien a Iron Mai-den. Álvaro no tenía muy buena opinión de los heavys. Huboun momento de emocionante tranquilidad, sonaba el Nuevotango de Astor Piazzola, seguramente porque ya iban a cerrarel pub. Julia se fue al baño y Álvaro quedo allí, pensativo. Pocotengo que hacer aquí, se decía. Quiero acostarme ya, con Julia,en su cama. Necesito estar dentro de ella. Mientras pensabarepetitivamente esos preceptos Julia llegaba del baño, todavíamás guapa y atractiva para Álvaro de lo que era antes de en-trar al baño. Posiblemente estaba enamorado, o posiblementeel deseo había trascendido lo puramente sexual centrándoseparticularmente en Julia, en todo lo que ella es, en la medidajusta de lo que Álvaro desea poseer. -Necesito un verso para poseerte toda, enteramente tú.- DijoÁlvaro a Julia en el oído, buscando la inspiración mientras so-naba Oh Mary de Neil Diamond. -Pues dime ese verso y yo seré tuya. -Vámonos, durmamos juntos esta noche. -Me gustar ese verso. Pero antes paga los cubatas.- SentencióJulia. 101
  • 100. XVI.- JOAQUÍNA l llegar a la residencia la puerta estaba cerrada. Se- guramente el cura ya dormía porque eran casi las cuatro de la madrugada. Álvaro pensó en llamar por teléfono asu antiguo compañero de habitación, el que era muy raro peroque en el fondo, esto lo sabría Álvaro después de esa noche, erabuena gente. ÁLVARO.- Joaquín, ¿te he despertado? JOAQUÍN.- No, estaba jugando al ordenador. ¿Qué pasa? ÁLVARO.- Oye, estoy abajo, pero la puerta está cerrada. Notengo llaves. Vengo con una chica y no se puede despertar elcura. ¿Puedes bajar a abrirme? Joaquín pensó su respuesta por unos segundos. Álvaro em-pezó a sospechar que le diría que no. JOAQUÍN.- Claro, tío, no te preocupes, enseguida bajo. La respuesta de Joaquín fue un gran alivio. Álvaro queríahacerlo con Julia en la residencia. Simbolizaba para él una ma-nera más de transgredir las normas con una meta clara. Joa-quín abrió la puerta con cara de sueño, Álvaro le dio un abra-zo seguramente provocado por su exceso de esa noche con losporros, Joaquín se sorprendió un poco, ya que era su antiguocompañero de habitación pero habían compartido muy pocosmomentos, la mayoría de ellos solamente cordiales y algo for-zados. Álvaro lo invitó a entrar a la habitación, la idea de dor-mir con Julia podría hacerse un poco esperar ante la tentativade conocer mejor a ese extraño que había vivido con él y queahora era su vecino y mayor conocido de la residencia, tras lamuerte de Luis. Los tres entraron en la habitación y se quitaronlos aparatosos abrigos, excepto Joaquín, que llevaba un pijama102
  • 101. a rayas, parecidos a los de los reclusos de las prisiones. -Oye Joaquín, los tonos de tu pijama entonan con laresidencia. -Sí, la verdad es que aquí uno se siente un poco preso. -Me dijiste que estabas en 4º de carrera, ¿no? -Sí, todavía me queda un poco. Espero acabar en tres años,como máximo. -Tu carrera dicen que es difícil.- Preguntó Julia, estudian-te de Derecho e incapaz de encontrar un valor pragmático alestudio de ese tipo de carreras, como la de Álvaro. El círculode amigos de Julia pertenece a estudiantes de Derecho, ADE,Farmacia, Medicina, Económicas, etc. Las otras carreras erancomo islas perdidas, lejos del centro de la selva laboral. Aunqueen el fondo a Julia le atraía ese exotismo sapiencial. -Sí, es difícil, pero si te gusta al final acabas aprendiendo.Aprendes por necesidad de crecer intelectualmente en la mate-ria que estás estudiando. Es un objetivo y una prueba, una granprueba. Si te lo tomas con ganas e inquietud por saber puedeser incluso grato estudiar. -Pienso lo mismo.- Dijo Álvaro.- Estudiar una carrera es unagran prueba. Una prueba que nos hace sentirnos responsables. -Pero para ti no debe de resultarte tan difícil, con todo loque lees y sabes, supongo que a un genio no le cuesta nada es-tudiar una carrera.- Dijo Joaquín. -¿Piensas que soy un genio? No lo creo. -Sí, claro, y Luis también lo era. Yo os he visto como perso-nas diferentes, por eso me ha dado miedo acercarme a vosotros.En el fondo deseaba irme contigo al cuarto de Luis, cuandoibas allí a fumarte un porro que te liabas delante de mi, pero alfinal no me atrevía a decírtelo, así que me quedaba yo solo en lahabitación, lamentándome de no haber ido allí. -Te hubiera gustado venir. Luis era una excelente persona,creo que la amistad es uno de esos milagros que nos envía lavida, pero desgraciadamente hay pocos milagros así, y cuandola vida te los quita entonces ya no vuelves a ser el mismo, por- 103
  • 102. que has perdido como a tu doble, como a una parte de ti mismo.No sé si me entendéis. -Yo sí te entiendo.- Dijo Julia, particularmente emocionada.-Tener amigos es algo espléndido. Es como el amor, creo queno existe amistad sin amor. Y, por supuesto, amor sin amis-tad, porque el amor es amistad más deseo sexual. Cuando unapersona se enamora, a mi entender, tiene la doble necesidadde satisfacer su amistad y su deseo sexual con la otra perso-na. La amistad es una necesidad y un milagro que merece seraprovechado. -Yo también te entiendo.- Señaló Joaquín.- Y estoy de acuer-do con Julia, aunque yo he tenido pocos amigos, y ningún ínti-mo amigo. Sin embargo siempre he sentido esa necesidad. A ve-ces, por la calle, veo a dos chavales pasar cerca de mi, hablandode sus cosas, del último videojuego que ha salido, por ejemplo,y yo siento envidia de ellos, de esa situación que yo no he vividopero que me encantaría vivir. Quizás he tenido mala suerte yno he encontrado a la gente adecuada, o posiblemente se debea mi carácter, algo introvertido y huraño. Lo que es cierto esque necesito la amistad tanto o más como el amor, por eso mealegro de estar aquí con vosotros, tu llamada a mi móvil hasido como una salvación. En serio, aquí me tienes para lo quequieras. Ambos se dieron un abrazo emocionado. Álvaro conectó suIpod a los altavoces, y empezó a sonar todo tipo de músicaaleatoria. Cuando sonó Irving de Three Man Army, hubo unespecial silencio prolongado en la habitación. -Esto es un pelotazo.- Afirmó Joaquín.- Escuchar a este gru-po fumando un porro. -Los porros es lo que tienen. Multiplican la sensibilidad delos sentidos.-Señaló Álvaro. -Yo he fumado poco. Los estudiantes de Física tenemos quetener mucho cuidado con eso, o podemos rallarnos más de lacuenta.104
  • 103. -¿Más de lo que estáis?- Bromeó Álvaro. -Sí, posiblemente mucho más. -Mañana podríamos ir los tres al cine a ver la última de Da-vid Linch.- Estoy deseando verla.- Sugirió Álvaro. -Yo no puedo.- Dijo Julia.- Tengo que ir con Blanca al centrocomercial. -Yo sí puedo. Cuando salga de clase te recojo en tu habita-ción si quieres. Ahora sonaba The End de The Doors. El póster de Morrison,situado sobre la cabeza de Joaquín, resaltaba sobre los demás.Álvaro se levantó de la silla, dejó el porro en el cenicero se subióa la cama y besó en la cara a Jim Morrison. Eres el mejor, decíaÁlvaro, apunto de caerse, cuando Julia se levantó y trató de co-gerlo. Ambos cayeron al suelo, sobre la moqueta. Sonó un granruido, multiplicado por la caída del cenicero desparramándoseen pequeños pedazos de cristal amarillo. La pierna derecha deÁlvaro golpeó la cama, haciendo sonar los muelles, Joaquín selevantó tropezándose con la mesilla y tirando el flexo que re-posaba encima. Durante unos segundos parecía que pasase unterremoto, mientras Morrison cantaba: This is the end, beau-tiful friend, this is the end, my only friend, the end, it hurts toset you free, but you’ll never follow me. The end of laughter andsoft lies. The end of nights we tried to die. This is the end. Porunos segundos fue el fin de la noche. Pero era un final cómico.Los tres no podían parar de reír, Álvaro y Julia eran incapacesde levantarse, lo intentaban, cogidos de la mano, pero volvíana caerse, una y otras vez. Joaquín trataba de recoger el flexo,cuya bombilla de cristal había estallado por toda la habitación.Los tres repetían esas acciones y eran incapaces de terminarlas,debido a la inmensa risa que sacudía todo su cuerpo de unamanera voraz. Finalmente Joaquín dijo: Tío, esta marihuana esun pelotazo. Yo me voy a mi habitación, mañana te recojo parair al cine. Pasarlo bien. Más o menos dijo eso, despidiéndose nuevamente de Álva- 105
  • 104. ro con un emocionado abrazo, como el que se dan dos personasque acaban de descubrir que son buenos amigos. Fue, en pocaspalabras, el abrazo de la amistad, como pensó Álvaro, minutosdespués de haberse despedido de Joaquín. La música continua-ba en la habitación. Julia se había tumbado en la cama, estabadespierta, fumando un cigarro, mientras sonaba Blitzkried Bopde Los Ramones. A ambos parecía gustarles aquella canción,sencilla pero potente. Como el cuerpo de Julia, tumbado sobrela cama, sin nada de ropa. Estaba totalmente desnuda, Álvaro,de pie frente a ella, comenzó a quitarse la ropa. Los zapatos Sni-pe, los pantalones Tommy Hilfiger Denim, la camiseta Dockersmarrón y finalmente el clásico pañuelo Levi’s en tonos blancosy azules. También se quitó el pendiente y se tumbó en la cama,muy cerca de Julia, que se metió entre las sábanas, sorteandocon sus piernas el cuerpo de Álvaro, cada vez más cerca de ella.Finalmente se abrazaron, Julia entre las sábanas, y Álvaro porfuera. Julia se dio la vuelta y Álvaro empezó a rozar su penepor entre sus nalgas, separando la penetración la barrera de lassábanas blancas y rojas, a rayas, de una marca italiana bastantedesconocida. Julia se desabrochó su reloj Cartier y dejó caer lassábanas para que Álvaro pudiese entrar tímidamente por ellasa su cuerpo.106
  • 105. XVII.- MAÑANANDOS iempre mañana y nunca mañanamos, pensaba Ál- varo, nada más despertar, parafraseando a Lope de Vega. Era ésta una mañana distinta a las demás. Álvaro habíaamanecido junto a Julia. Al observarla se sintió culpable por nohaber hecho el amor con ella esa noche. Ya todo había pasado yno existía la posibilidad de regresar al momento en que Álvaroentró por las sábanas al cuerpo de Julia, cálido y suave, reco-rriendo ella con sus dulces y finas piernas los muslos de Álvaro.Después se besaron y quedaron dormidos, abrazados el uno alotro, como esperando a que el sueño los renovase, exhalandoun mismo aire, de deseo y cansancio. Para despertar a Julia Álvaro puso música. ConcretamenteJailhouse Rock de Elvis, bastante propicia para amanecer en unnuevo día. Julia abría despaciosamente los ojos, desperezandotodo su cuerpo por la cama, Álvaro tenía entre sus manos suestuche de bolígrafos y comenzó a usarlo como si se tratase deun micrófono, cantando y bailando al estilo de Elvis, mientrasJulia abría cada vez más y más los ojos, sorprendida y sonrien-te. Después se ducharon juntos y entraron en la habitación po-niéndola toda perdida de agua. Cuando Álvaro se puso las bo-tas de cuero marrón sintió que al pisar el suelo todo el barro dela ciudad iba a parar a su cuarto. Julia pensó lo mismo cuandose calzó sus botines de ante. Ambos salieron juntos de la residencia, aprovechando queel cura desayunaba en el comedor, lejos de su trayecto a la calle.Al llegar al Campus se despidieron y Álvaro fue hacia el despa-cho de Don Ramón. Al tocar a la puerta dejó de sonar A DayIn The Life de Los Beatles en el despacho del profesor. Álvaroreconoció la canción nada más acercarse por el pasillo. -Siéntese usted, joven. -Gracias, por cierto, la música, muy buena. No tiene por qué 107
  • 106. quitarla. -Bueno, prefiero que hablemos en un entorno más académi-co. Por supuesto que me gustan Los Beatles, yo también he sidojoven como usted, aunque resulta curioso que a su generacióntambién guste esta música. -Realmente somos pocos los que amamos esta música. Lamayoría se conforman con la música que les venden en latelevisión. -Eso es una verdadera pena, pero me alegra que un jovenestudiante como usted no se haya perdido del recto sendero. -No considero que haya un sendero correcto, supongo queusted tampoco, que lo dice como una forma de hablar, porquerealmente cada vez es más difícil saber cuál es el recto sendero.¿No es muy difícil alejarse de lo que está bien?, ¿no cree?- DijoÁlvaro, con cierto atrevimiento. -Si yo pudiera decirle lo que está bien. Le voy a poner unacanción, convirtiendo esta charla en algo más extraacadémi-co, mire usted, esto es Satisfaction de los Rolling Stones. Sue-na bien, ¿no le parece?... Pues cuando se escuchó por primeravez esta canción tenía unas connotaciones muy negativas parala generación anterior de los jóvenes de la época. Se entendíacomo una rebeldía y una trasgresión. Ahora cualquiera puedebailar esta canción en una discoteca y sentirse bien haciendoalgo que está bien, que es bailar una canción atractiva. Pero losque sabemos lo que está bien, sin que no haga falta nadie quenos lo diga, ni siquiera Platón, escuchamos esta canción conla misma satisfacción esté o no esté mal visto escucharla. Al-gunos la escuchaban, y disfrutaban con ella, sólo como merosdiletantes. Eso se puede atribuir a cualquier libro o cualquierobra de arte. Nosotros como seres evolucionados y sensibles,proyectamos nuestra búsqueda interior en las cosas que estánahí afuera. Algunas de esas cosas se manifiestan bajo un códi-go que llamamos Arte, y esas cosas adquieren un estatuto devalor para el que entra a jugar en la visión e interpretación delcódigo. Más allá del código está la vida, siempre protagonistade la representación artística, expuesta y verídica. El Arte tras-108
  • 107. torna la realidad, las grandes obras de arte nos muestran otraapariencia de las cosas, de lo que vemos y de lo que no somoscapaces de ver. Nuestra visión de las cosas queda irreductible-mente trasformada cuando accedemos a una obra innovado-ra la cual entendemos abriéndonos nuevos caminos de visión.La fenomenología de nuestra vida cambia constantemente, yel Arte produce esos cambios de una manera más violenta ysugestiva. -Ya. -Espero no aburrirle, joven. Estas son cosas que no digo enmi manual, y por eso a usted sospecho que le deben de intere-sar, ya que es un estudiante aplicado y sensible a la materia queestudiamos y a la materia de la vida, que experimentamos. -Por supuesto, esto me da mucho que pensar, y eso es algoque me motiva e inquieta. Tal vez sea mi juventud, tengo 22años, aunque también supongo y espero que a mis 40 siga miespíritu igual de inquieto y motivado. ¿Usted que opina? ¿Sien-te la misma inquietud y motivación hacia la vida y hacia el artecuando era joven y ahora? -Si le soy sincero hoy me siento mucho más joven que ayer,que hace veinte o treinta años. Y eso que este momento del díaes el más cercano a mi muerte de toda mi existencia. Y cuan-do usted salga de mi despacho estaré todavía más cerca de lamuerte que ahora. El tiempo es así, pasa y nos va llevando. Peromientras quedan fuerzas y esperanzas no doy por concluidoeste viaje, seguiré remando con las mismas fuerzas y si pierdolos remos y el barco de la esperanza haré el trayecto nadando,evitando ahogarme, hasta que no me queden fuerzas ni espe-ranzas. A veces entre dulces naufragios. -Uff. Le envidio, ni yo mismo hubiese podido resumir el sen-tido de la vitalidad tan bien como usted lo ha hecho. Estoy deacuerdo con ello. Y el naufragar me es dulce en este mar, diríaLeopardi. -Sí, a menudo se naufraga. Por supuesto. Si no, ¿qué historiatan aburrida? ¿No cree usted? -Yo creo que siempre soñamos con algo mejor, con una es- 109
  • 108. pecie de milagro que justifique nuestra existencia. Hoy recordéunos versos de Lope que cifran perfectamente esa sensación:Siempre mañana y nunca mañanamos. Me parece sensacionalque verbalizando un adverbio pueda conseguirse una significa-ción tan plena de lo que es la esperanza. Sueño con un mañana,con algo que espero que llegue, haciéndome consciente de queesa creencia, o deseo, puede materializarse en un futuro. A ve-ces ese futuro es el presente, lo que ocurrirá dentro de unosminutos, no tiene por qué ser un futuro lejano, sino nuestrofuturo más inmediato configurándose en un horizonte de po-sibilidades de lo que finalmente será. A veces el tiempo se nospresenta fragmentado en unidades mínimas que nos revelanla vivencia de nuestra felicidad, irrealizable sin el postrer mo-mento que inaugura el futuro, desde el presente más absoluto yefímero. El creador, el artista, llega a intuir el proceso a travésde la creación de la obra de arte, la cual va naciendo por mo-mentos, proyectada en el tiempo, desde un presente en que co-mienza hacia un final en que se materializa, echa de esbozos einstantes reflejos, intuidos, más o menos elaborados y geniales.La obra de arte, creo yo, nace de la impotencia de dominar eltiempo, y de la necesidad de condensarlo, de resolverlo en unasignificación plena que nos solucione el problema. Pero todoes un ir y venir, eterno, en el que ya no sabemos hacia dón-de nos dirigimos y si los impulsos del arte, irracionales desdesiempre y acentuados con las vanguardias, han dejado de tenersentido, y su valor nos resulte inaprensible para la nueva sen-sibilidad humana que naufraga en su infelicidad existencial yprogramada. -Sí, el hombre tiende al orden. A ser productivo, eficaz yresponsable. El hombre no necesita el arte para sobrevivir, nipara vivir como un hombre, el hombre necesita el arte paraser más que un hombre, para sentirse un dios en este mundomiserable. -Al final, sin darnos cuenta, seremos como ellos. Aunque seapor dar una buena imagen. -Sí, desgraciadamente eso es lo que está bien. La imagen que110
  • 109. debemos de dar. Por eso estamos manteniendo esta charla aquí,en el despacho de una universidad, bajo la oficialidad académi-ca que nos convierte a mí en catedrático y a ti en alumno. Esosson nuestros distintivos ante el mundo. Dentro de unos años túdejarás de ser alumno para ser profesor o cualquier otra cosa.Ese será tu estatus, tu etiqueta ante el mundo. Y nunca dejarásde preguntarte, si de verdad mereces la pena, cuál es tu papelen el mundo. Y a veces encontrarás la respuesta, y serás felizpor ello. Y puede que la suerte te sonría y mueras orgullosode haber sido quien eres, de haber vivido lo que has vivido, dehaber amado, correspondido y escuchado como has debido,ayudando a los demás y a ti mismo, como un ser responsable yhumano, que ha cumplido su función en la vida. -Ojalá pueda sentirme así. Aunque supongo que tambiénhabré hecho mucho daño. -Pero también serás capaz de perdonarte, curándote a timismo de tus propias heridas. -Sí, al fin y al cabo somos egoístas por naturaleza, aunque lacausa de ese egoísmo, sea, para algunas personas, todo lo con-trario, una necesaria generosidad. De pronto un estruendoso sonido interrumpió la conversa-ción entre alumno y profesor. Eran las pruebas para las fiestasde Derecho, en el Campus, donde unos poderosos altavocessacudían de música inclemente el silencioso lugar académico.Rápidamente unos jóvenes con un pañuelo rojo en el cuello,donde ponía Fiestas de Derecho 2006, se dirigía a gran velo-cidad con enormes plásticos hacia el escenario, para tapar losinstrumentos y equipos musicales, que comenzarían a funcio-nar por la noche, una vez instaladas las barras libres, previopago, de cubalitros y calimochos, servidos por las atractivas ypijas estudiantes de Derecho, que bebían también en la barrajunto a la mirada atenta de sus varoniles novios, engominadosy dispuestos, con los condones recién comprados en la farma-cia de la Gran Vía, donde ahora están de oferta. Las chicas queno tienen novio suelen pillar esas noches, sobre todo cuando 111
  • 110. los estudiantes, ya no de Derecho, sino de todas las facultadesde la universidad, suelen ir un poco a tono, sin querer ponerseciegos del todo, para poder meterla dentro, sin marearse, a laprimera. Álvaro y Don Ramón observaban desde el despacho a losestudiantes correr de un sitio para otro, cubriendo de plásti-co cualquier objeto metálico y sonoro. Un chico, con pinta defreaki, posiblemente estudiante de informática y técnico de so-nido improvisado no paraba se repetir: Sí, sí, ¿me se oye?, sí, sí,probando, sí, sí. -Hoy no podremos dar clase, siempre ocurre lo de todos losaños, empiezan a montar por la mañana, como si la fiesta de lanoche fuese más importante que las clases. Esos son los dere-chos a los que aspiran los estudiantes de ahora, se reúnen enconsejos y comisiones para distribuir sus libertades en vasosde litrona, llenas de vino barato mezclado con Coca-cola o consucedáneos aún más baratos. Hoy no podremos dar clase. Vetea avisar a tus compañeros, diles que el viaje a Madrid es la se-mana que viene. Nos veremos en la estación de tren el lunes, alas 5 de la tarde. Quien llegue tarde se queda en tierra.112
  • 111. XVIII.- DE COMPRASE l sábado Álvaro y Julia fueron de compras a El Cor- te Inglés, para preparar el viaje a Madrid del lunes. Julia invitó a Álvaro a dormir en la casa de los padres de ellaen vez de en el hotel, pero Álvaro prefirió quedarse en el hotelcon sus compañeros. Además Don Ramón ya había reservadouna habitación para él. Iban discutiendo por el centro comer-cial esa y otras cuestiones, como si Julia debiera quedarse en elhotel o en casa de sus padres, pero no llegaron a ninguna reso-lución. El centro comercial estaba atestado de gente, la mayoríacon prisas, comprando o mirando en todos los lugares. Álvarobuscaba una cazadora pero ninguna le gustaba, ni siquiera laGant de cuero. Julia se compró un bolso de Loewe, preciosoy muy caro y una lámpara de porcelana para su casa; dice quees muy importante la decoración de tu propia casa, Álvaro sequedó pensando seriamente esa frase y solamente se compróuna camisa Burberrys que hacía juego con sus pantalones ma-rrones de pana Calvin Kline. Luego se dirigieron a la tienda delicores del centro comercial y compraron una botella de whiskyMcCallan, para celebrar que iban a pasar una semana juntos enMadrid. Tras despedirse de ella hasta la noche Álvaro se marchó ha-cia la residencia pasando antes por una librería de la Gran Vía.Compró la última novela de Gregorio de Lucas, su novelistamoderno preferido, al cual iría a visitar en Madrid, para que lefirmase el libro y pedirle algunos consejos. Hace unos mesesÁlvaro le envió una serie de relatos y recibió una esperanzadorarespuesta de éste: Estimado y joven escritor: he disfrutado mu-cho leyendo sus relatos por lo que le animo a publicarlos y a quesiga escribiendo. Me gustaría que tuviésemos una charla un díade estos, si pasa por Madrid no se olvide de visitarme, esta esmi dirección […]. Álvaro no había olvidado esa invitación queno iba a dejar pasar ahora que viajaría a Madrid por primera 113
  • 112. vez en su vida. Se dirigía a la residencia, con la novela de Gregorio de Lu-cas en el brazo, Tiempo de quimeras, cuando escuchó sonarsu teléfono móvil. Era su madre, estuvieron hablando un rato,ella le dijo que se quería suicidar porque su vida había sido unfracaso. Álvaro trató de animarla, pero ella lloraba y seguíacastigándose a sí misma. El hermano de Álvaro no contribuíaa mejorar la situación sino que culpaba a su madre de su pro-pio fracaso escolar y de su desequilibrio emocional. Álvaro noentendía nada, pero quería ayudarlos a ambos, eran su familia,las personas a las que más quería. El hermano de Álvaro habíarepetido ya dos veces, su vida no era normal ya que debido alos múltiples divorcios de su madre ha ido de un lado para otro,sin tener realmente un hogar ni una familia en el sentido tra-dicional de la palabra, pero sin duda había recibido cariño desus seres queridos. Álvaro no entendía que su hermano sufrie-se por haber tenido una infancia desgraciada porque eso no eraverdad, eran excusas para justificar su vaguería, propias de suetapa adolescente, que sin ser consciente de ello, estaba hacien-do sufrir tremendamente a su madre. Ella no sabía cómo salirde su desánimo. Trato de buscar recursos y establecerlos enmi mente para estimularme pero hoy estoy que no reacciono,estoy muy triste porque nada de lo que hago, por poco que seao mucho, tiene consecuencias positivas. Es como si yo me hu-biera quedado en el pasado, que para mi ya no corre el tiempo.Es como si todo tratara de recordarme lo mierda que soy. Decíasu madre, apunto de llorar. Encima tu hermano se encarga derecordarme todos los días que soy una mierda. Álvaro no sabíacómo sacar a su madre de esa situación tan negativa, le repetíaque hay mucha gente que la quiere, que él mismo está orgullo-so de tener una madre como ella y que eso no lo cambiaría pornada. Álvaro quería mucho a su madre y sufría de verla así. Pero poco podía hacer. Álvaro había decidido dejar suciudad para ser independiente, hacerse así mismo en soledad,114
  • 113. convertirse en alguien autónomo y responsable, libre y ajenode los problemas familiares, con los cuales odiaba enfrentarsepor miedo a quedar hundido por la tragedia. Álvaro soporta-ba muy mal los problemas, por eso les daba siempre poca im-portancia, tratando de sacar lo positivo en todo momento. Sinembargo Álvaro todavía no era, en sentido estricto, autónomo.Recibía de su padre, posiblemente la persona que más quería ya la que más necesitaba de este mundo, una paga mensual demil euros, que distribuía para pagar la residencia y sus gastosparticulares. Gracias a su padre no le faltaba de nada, aunqueno dejaba de pensar en que muy pronto él mismo tendría queganarse el dinero, pues la carrera no era algo eterno sino un finpara encontrar trabajo. Después de la carrera había pensadohacer un doctorado, para prolongar un poco el ejercicio totalde su independencia. Trabajaría sólo por necesidad, si su padrese lo pidiera o si necesitase más dinero para vivir, ya fuese deprofesor o en un Burguer King. De momento sólo le preocupa-ba aprobar los exámenes y ser feliz, junto a sus seres queridos.También le preocupaba escribir, no abandonarlo nunca, puessospechaba que era ésa su misión principal en este mundo. 115
  • 114. XIX.- LA TARDES egur amente también fue escribir la misión prin- cipal de Luis en este mundo. Y podría decirse que la hubo cumplido, aunque de una manera interrumpida. Al llegara la residencia Álvaro entró en su habitación y se tumbó, derro-tado, en la cama, Eran las siete de la tarde y todavía quedaba unlargo día, pues había quedado en casa de Julia a las diez parafestejar algo. Sin embargo, pese a su cansancio, no se olvidóde poner música, floja, para no molestar a los compañeros delas otras habitaciones, que seguramente estudiaban. Mientrassonaba I Can See For Miles de los Who, Álvaro comenzó a sen-tirse incómodamente feliz. Recordó aquellos escritos que Luisdejó en su ordenador portátil, el cual sus padres regalaron aÁlvaro, como recuerdo, así como todos sus libros. Al entrar a lacarpeta Mis escritos Álvaro pudo encontrar una gran variedadde títulos, siendo este el que más le llamó la atención: Mientrassonaba (mi novela). Comenzó a leer: -¿Podría yo configurar la Banda Sonora de mi vida? Quieroescribir una novela en la que quede recogido todo lo verdadera-mente importante a partir de las canciones que he escuchado,porque ellas han sido muy importantes en mi vida. Esta es laBanda Sonora de mi vida. Así comenzaba la novela de Luis en la que Álvaro prontopodría reconocerse bajo el personaje de Carlos. También reco-noció a Luis especialmente bajo el personaje de Ricardo, aun-que también estaba desparramado en otros personajes, inclusoen el de Álvaro. Supongo que la subjetividad imprime un papelindividual a las cosas, pensó Álvaro, ensimismado en el relato.El personaje más importante sin duda era Leonor, que se adver-tía bajo el nombre de Elisa. Sin duda la historia de amor entreRicardo y Elisa era lo más destacable de la novela, así como eldolor posterior que aconteció a Ricardo tras separarse de suamada. La primera canción que abría la novela era Imagine de116
  • 115. John Lennon. Durante esa canción Ricardo besaba a Elisa porprimera vez y juntos imaginaban que eran felices, planeando unansiado viaje a Jerusalén. Tanto Ricardo como Elisa no dejabande hablar de Jerusalén, de lo felices que podrían ser allí. Álvarollegó a pensar que Luis y Leonor habían planeado irse a vivir aJerusalém. Pero, ¿y nunca se lo había contado? ¿Ni siquiera lanoche en que se iba a suicidar? Por un momento Álvaro nece-sitó dirigirse a la última página de la novela, para comprobar sivenían recogidos los hechos que provocaron el suicidio de Luis,pero decidió esperar y leerse página a página, palabra a palabra,toda la novela. Así que decidió imprimirla en papel para nodejarse los ojos en la pantalla del ordenador. No logró pasar Álvaro de las primeras cinco páginas de lanovela cuando sonó la puerta de la habitación. Era Joaquín. Suaspecto resultaba especialmente pálido, como si no hubiesedormido en dos días, llevaba unos auriculares en sus oídos yuna bufanda roja porque estaba resfriado. Entró tímidamenteen la habitación, esbozando una melancólica sonrisa, algo tibiay preocupada. Se sentó en la silla del escritorio, mientras queÁlvaro permanecía de pie, atento a la mirada de Joaquín, per-dida, observando los libros y los pósters calculadamente dis-puestos por toda la estancia. Se dijeron frases muy breves, casisin sentido, como intentando romper el hielo y llegar al diálogosincero. Todavía se sentían distantes, algo cortados en el trato. -Me gusta tu habitación. Es personal y cálida, refleja unmundo que yo desconozco pero que me atrae, veo mucha au-tenticidad en todo lo que hay aquí. -Sí, en cierto modo resume lo que soy. ¿No te suena ningunaimagen de los pósters? -Algunos sí que los conozco, de verlos por la televisión o eninternet. Romper el silencio era misión compartida por ambos. Real-mente se sentían cómodos, compartiendo la soledad de la tarde, 117
  • 116. pero la comunicación pertenecía más al silencio que a la pa-labra. Joaquín, algo inquieto, había llamado a la habitación deÁlvaro sin ningún motivo especial, simplemente tenía ganas deverlo. -Siento que en mi vida nunca pasa nada. La otra noche, convosotros, me di cuenta de eso. Pero ¿qué puedo hacer? ¿Cómovoy a cambiar mi destino? -¿Crees que tu destino es que nunca pase nada en tu vida?-Preguntó Álvaro, sorprendido por la sincera confesión deJoaquín. -No sé. La mayoría de las tardes las paso en un Cibercafé.Allí tengo algunos amigos y solemos jugar en línea al Wow, esun juego de roll. Casi nunca nos aburrimos, después nos va-mos a dar una vuelta por el centro comercial, vemos discos,juegos, ordenadores... De todo un poco. No me considero unfreaky aunque nos suelen llamar así, tal vez porque vivimos enun mundos distinto al real, nos interesa más ese otro mundode ficción que es el del roll o el de los cómics. Muchas tardesvamos a una tienda de cómics y leemos allí capítulos sueltosy compramos algún ejemplar. Esas historias también me inte-resan. De alguna manera, posiblemente en la infancia y en laadolescencia, esos mundos me atraían, y por suerte he encon-trado personas a las que también les atraen estas cosas. Puedodecir que mi vida no está vacía del todo. Puedo decir que sé loque significa la amistad, solamente porque un día me quedéen casa de un amigo a dormir, jugando toda la noche al Wow.Para mi eso significó la amistad, ese es el significado que parami tiene esa palabra. O, por ejemplo, cuando la madre de esteamigo murió de cáncer, yo me quedé esa noche a dormir ensu casa. Vimos una película de Jean Claude Van Damme consu padre en el salón, él sonreía en alguna escena, cuando VanDame golpeaba a diestro y siniestro. Su padre decía que VanDame estaba deseando que lo insultaran para empezar a gol-pear. Su mujer había muerto esa mañana. Yo estaba ahí, conmi amigo Quique y con su padre, un hombre de unos 50 años118
  • 117. de edad que trataba de vivir un día como otro cualquiera, to-davía seguro de que su mujer le esperaba en su alcoba, escu-chando su programa de radio preferido. Cuando terminó la pelide Van Dame su padre puso el teletexto y miró los resultadosdeportivos. Hemos perdido otra vez dijo a su hijo. Es que notenemos un buen centro de campo. Contestó Quique. Si es que,este equipo no tiene nada que hacer este año, contestó su pa-dre. Recuerdo que hubo un silencio, Quique cambió de cadena,puso un anuncio de tele-tienda que trataba de vender un mila-groso aparato de gimnasia. El padre de Quiqué nos miró unossegundos, poniéndose un cigarro en los labios, aspiró profun-damente y dijo: No pongáis la tele muy alta. Hasta mañana. Yale he preparado la cama a tu amigo. Quique, dejó el mando dela televisión en la mesilla y se levantó para darle un beso a supadre. En circunstancias normales ese beso nunca se hubieseproducido, simplemente se habrían despedido, sin más, con unescueto hasta luego. Pero esa noche fue diferente. El padre deQuique besó a su hijo dándole dos golpecitos en la espalda y seseparó de él con la mirada baja y humedecida. Supongo que enese momento el padre recordó que entraría en una alcoba vacía,que su mujer no estaría ya durmiendo con la radio sonando queél apagaría después de escucharla hasta que se consumiese sucigarro. Eso me lo contó Quique, que su padre siempre que seacostaba tenía que apagar la radio que su madre había dejadopuesta. Era un tema de conversación recurrente en las comidascon su familia, me contaba Quique. Anoche te volviste a dejarla radio puesta, comentaba el padre mientras su mujer respon-día: Es que siempre me quedo dormida. Esa noche recuerdoque comprendí el verdadero valor de la amistad. Yo no teníapensado quedarme a dormir en casa de Quique esa noche, perocuando llamaron por la mañana a mi madre para decirle quela madre de Quique había muerto, ya que ellas también eranamigas, yo solamente pensé: Esta noche me quedo en su casa.Era lo lógico, no pasaba por mi mente otra idea. Después me dicuenta que haber pensado de esa forma era la prueba de que yosabía qué era la amistad. De que yo tenía un verdadero amigo. 119
  • 118. ¿Cómo no me iba a quedar en su casa esa noche? Solamente te-nía que estar con él, aunque no hablamos de nada, ni de su do-lor, ni de su madre. Absolutamente de nada. Vimos la tele, nosreímos, como de costumbre, de esos anuncios americanos de latele-tienda, tan milagrosos como ridículos, y después jugamosun rato al ordenador. No sé, si te digo que mi vida está vacíaposiblemente te diga la verdad, a pesar de que haya conocidola amistad. Después discutí con mi amigo por una tontería, élcreía que yo le había robado un cómic, luego descubrió que nofue así, que se lo había dejado a otra persona, pero desde en-tonces ya no volvimos a ser los mismos, desapareció la amistad,la desconfianza había roto ese lazo inocente que unía nuestrarelación. Entonces llegué a la conclusión de que era mejor notener amigos verdaderos. Supongo que un poco exagerado pormi parte, pero sin saber por qué esa fue mi actitud durantemuchos años, hasta ahora. Álvaro escuchó atentamente a Joaquín. Se sentía sorpren-dido por el relato y no sabía realmente qué decir, algo que solíaocurrirle en los momentos más necesarios para la palabra. -Yo creo que tener amigos no se elige.- Respondió Álvaro,dudando su propia sentencia. La amistad surge por atracción,como el amor. Esa atracción te une a la otra persona, te sien-tes bien compartiendo experiencias con ella. Los verdaderosamigos, creo yo, suelen sentirse solos sobre todo cuando estánjuntos, pero esa soledad compartida sea posiblemente lo mássublime de la amistad. -Tú eres muy poético Álvaro, pero creo que te entiendo y quellevas razón. -Una vez yo tuve un verdadero amigo. Se llamaba Luis. Conél me he sentido muy solo. Por ejemplo, recuerdo cuando losdos suspendimos Filosofía, en 1º de Bachillerato, y fuimos a vera nuestro tutor. El tutor apenas nos distinguía porque éramoscomo la misma persona, aunque, te puedo asegurar que éra-120
  • 119. mos muy diferentes. Podría decirse que él era el rebelde y yo elque lo seguía. Ese día Luis Tenía ganas de vomitar, justo antesde entrar al despacho de nuestro tutor. Yo le dije que se tran-quilizara, que habíamos suspendido por no ir a clase, pero queestudiando un poco aprobaríamos sin problemas. Él se tran-quilizó, nos fumamos un cigarro en el baño, pese a estar prohi-bido, como dos rebeldes sin causa. Luis me pidió perdón, peroyo fingí no escucharlo. ¿Perdón? ¿Porqué me pides perdón? Sien el fondo los dos queremos estar aquí, pensé. Fumábamos ci-garros, incluso algún porro, en el baño del instituto, a horas enque hubiéramos debido estar en clase. Éramos dos adolescen-tes, rebeldes sin causa, unidos por algo que no sabíamos, peroque nos hacía estar juntos. Nunca he tenido otro amigo comoLuis. Y no me importa, en absoluto, no encontrar a nadie más.Luis fue Luis, y yo soy yo. Tú eres tú y también eres mi amigo. Apesar de todo, de haber perdido a Luis para siempre, me sientofeliz, porque siento que la vida sigue el curso que debe seguir,siempre, a pesar de todo, la vida sigue el curso que debe seguir,que hace de nosotros lo que somos. -¿Piensas que la muerte de Luis era algo que debía ocurrir? -No, en absoluto. Yo estaré eternamente enfadado con Luispor lo que hizo. -¿Por qué enfadado? ¿No crees que él hizo lo que hizo porqueno le quedaba otra salida? -Mira Joaquín, si esto fuera una peli americana te diría queyo me siento culpable por no haber podido ayudarle, o que mesiento enfadado con él por no haberme contado sus problemasmás hondos. Pero no es así, yo no me siento enfadado con él poreso ni me siento culpable por no haber podido ayudarle. -¿Entonces? ¿Por qué te sientes enfadado con él? -Por su egoísmo. Por su estúpida valentía. Luis podría habersido muy feliz si hubiera querido. Era bastante guapo, tenía auna chica llamada Leonor profundamente enamorada de él. YLeonor es una de las mujeres más bellas que he visto en mivida. -Sí, yo también la he visto. Es verdad. 121
  • 120. -Luis se había superado así mismo. Era inteligente y capaz detodo, había llegado a la cima de sus posibilidades. Era una perso-na que brillaba por sí misma. Y yo fui testigo de su oscuridad. -Yo sé que Luis estaba padeciendo una depresión. Recuerdoque tú pasabas la mayoría del tiempo en su habitación, escu-chabais música, estilo rock, me parece. La escuchaba cuandoiba al baño y también olía el aroma de la marihuana. A vecesme preocupaba por si pasaba el cura, pero tuvisteis muchasuerte. Un día expulsó de la residencia a un chaval porque ha-bía fumado marihuana. Yo pensé en vosotros, pero sabía queno os pasaría lo mismo. Una noche, cuando yo iba al baño, elcura subió a nuestra planta. Me lo encontré en el pasillo. ¿Quéhaces despierto a estas horas? Me dijo. Yo le dije que tenía queir al baño. Entonces entré en mi habitación y observé con lapuerta medio abierta, bastante preocupado por el significanteolor a marihuana que salía de la puerta de la habitación de Luis.Pensé en llamarte al móvil, pero luego vi que lo habías dejadocargando en nuestra habitación. -¿Y qué pasó? -Pues el cura se paró enfrente de la puerta, alertado por elolor. Se detuvo a escuchar. No sé de qué hablaríais pero supon-go que estabais diciendo algo sobre Beethovenn porque el curase marchó, tranquilamente, suspirando unas palabras: Beetho-venn, qué grande es, Sinfonía número 9. Eso fue lo que dijo, y sefue, caminando despacio y contrariado. En ese momento com-prendí que el cura sabía lo que hacíais todas las noches. Desdeese día el cura pasaba todas las noches por nuestra planta yse quedaba unos segundos escuchando lo que decíais. Yo mequedaba alucinado. No le importaba que estuvieseis fumandodroga, que sonara la música más fuerte de lo normal, os dis-culpaba porque oía lo que decíais, y, en cierto modo, justificabavuestro comportamiento. -Ya lo sé. Sé que el cura nos apreciaba. Cuando Luis murióhablé con él un rato sobre el hecho, me ofreció la habitación deLuis pagando lo mismo que pagabaa hasta entonces, me dijoque por justicia yo debía ocupar su habitación. Yo le dije que no122
  • 121. podría pagarla, porque una habitación individual tan grandecuesta mucho dinero. Él insistió, Por favor, tú sigue pagando lomismo, no te preocupes por eso. En ese momento comprendíque el cura era cómplice de algo. Luis era un joven muy inte-ligente, lamento mucho lo ocurrido, las personas sufrimos y aveces perdemos la noción de la realidad. Yo sé que tú eras muyamigo de Luis y quiero que comprendas que lo que hizo noestá mal ni bien, resulta paradójico que te lo diga alguien comoyo, un cura conservador, pero te lo digo porque lo siento así.¿Es que Jesucristo acaso no se suicidó? Jesucristo eligió morir ynosotros no le rezamos porque valoremos ese acto sino porqueJesucristo nos dio un mensaje más allá de lo humano, a pesarde su imperfección. Las personas deciden, tienen esa facultad,el libre albedrío nos obliga a ello. Luis decidió terminar con suvida. ¿quiénes somos nosotros para decir que eso está mal obien? Seríamos unos hipócritas y farsantes si nos atreviéramosa emitir tal juicio de valor. ¿No crees? Yo asentí, cabizbajo. Élcontinuó hablando: el ser humano es una especie inescrutable.Pero Álvaro, sólo te diré una cosa, piensa en ti mismo y en loque quieres. Piensa en la vida y en lo que puede ofrecerte. Sicrees que merece la pena, nunca la abandones. Yo me quedé sinpalabras. Simplemente le dije: Gracias. Y me fui. -Y entonces, ¿porqué estás enfadado con Luis? Fue suelección. -Sí, hasta cierto punto le comprendo. Yo nunca lo haría, esoestá claro, al menos de momento, ya que la vida me está ofre-ciendo muchas cosas maravillosas. Pero me siento enfadadocon Luis porque él se negó a mantener la esperanza en la vida.Porque él, incluso sabiendo que la vida podría ofrecerle muchascosas, se negó a descubrir sus misterios, absurdamente. No en-tiendo por qué se quedó parado, detenido ante el mundo. Noentiendo porqué no me acompañó a aquella fiesta donde meenamoré de Julia aquella noche. Tal vez él también podría ha-berse enamorado, o podría haberse emborrachado como siem-pre, recitando versos de Rimbaud en un portal de cualquier ca-lle de la ciudad. No comprendo por qué enmudeció de repente, 123
  • 122. justo cuando todo estaba empezando. -A veces creemos que comprendemos a los demás, sobretodoa nuestros amigos más íntimos, pero un océano nos distancia,inevitable, porque somos distintos, genética y espiritualmente. -Eso ya lo sé. Yo nunca traté de comprender a Luis, pero meda rabia que fuésemos los dos tan estúpidos como para no saliradelante. Con la muerte de Luis yo he muerto con él. Supongoque él antes de suicidarse era consciente de eso. Yo no le di per-miso para que acabara con mi vida, pero lo ha hecho. -Creo que le pides demasiado. Bastante tenía con lo suyopara que encima pensara en ti. ¿No crees? -Supongo. Al llegar la noche, tras unos minutos de conversación, Luisy Joaquín decidieron bajar a la sala de la televisión, donde re-transmitían el España-Francia. La sala estaba llena de estu-diantes, incluido el cura. El partido estaba apunto de concluir.El comentarista repetía una y otra vez: ¡Porque la vida puedeser maravillosa! Y eso producía en Álvaro una extraña con-tradicción ya que la Selección española perdía contra Franciae iba a ser eliminada del Mundial. ¿Porqué la vida puede sermaravillosa si nuestro equipo va perdiendo? pensaba Álvaroinmerso en el contexto deportivo de la situación. Pues sí, sedijo, la vida puede ser maravillosa a pesar de esto, el comenta-rista lleva razón. El partido terminó y España había resultadoeliminada. Álvaro se sentía impotente y decepcionado, no por-que realmente lo estuviera, sino porque todos los allí presentesparecían estarlo. ¿Qué le vamos a hacer? Dijo a un grupo dechicos sentados en la primera fila de sillas, los franceses noshan robado el partido. Al salir de la sala de televisión Álvaro se despidió de Joaquín.Entró en su habitación y se quitó la ropa, se puso su albornoz yfue al baño, cruzando el pasillo, para ducharse antes de acudir ala fiesta de Julia. A pesar de todo se sentía con buen ánimo, usóun gel de baño Hugo Boss, para ocasiones especiales, y durante124
  • 123. unos quince minutos el agua caliente fue derramándose porsu cuerpo hasta que escuchó el sonido de la campana. Se pusouna ropa usada para no manchar la que se pondría esa nochey bajó a cenar un poco tarde, ya no había nadie en el comedory el plato de macarrones que le sirvió la cocinera estaba frío.Después subió a su cuarto y terminó de arreglarse, pasó a des-pedirse de Joaquín, le dijo al cura en confianza, pues ya se habíaconvertido en su amigo, que llegaría tarde y se fue. Al cruzar elpuente, parado frente a un semáforo en rojo, llamó a Julia paradecirle que ya iba de camino a su casa. Y continuó caminando,se puso los auriculares, sonaba I Want To Hold Your Hand, deLos Beatles, pensó Esto forma parte, sin duda, de la Banda So-nora de mi vida, recordando la novela de Luis y su intención deincluir en su relato la Banda Sonora de toda su vida. Álvaro ca-minaba despacio, con la mirada fija en el horizonte y bastanteilusionado porque iba a ver a Julia de nuevo. Caminaba comoen otras ocasiones, cuando se dirige a un destino anhelado, si-guiendo al Sol, de regreso a su Ítaca perdida. Cuando Julia abrióla puerta Álvaro todavía tenía sus auriculares puestos, sonabaMy Girl, de Los Temptations. Al ver a Julia, con el fondo de esacanción vibrante, se sintió feliz y relajado, había llegado a sudestino. A su hogar. Julia le dio un beso en los labios y le ayudóa quitarse la chaqueta. Ambos quedaron un rato en la entradade la casa, mirándose y sonriéndose, conscientes de lo muchoque se habían echado de menos. Julia tomó con sus manos elrostro de Luis acercándolo a sus rosadas mejillas, para final-mente darle otro tierno y anhelante beso en los labios. Volvie-ron a sonreír, esta vez más cómplices el uno del otro. Álvaro sequitó los auriculares y advirtió el sonido de una música en untono bastante alto, proveniente del salón. -Parece que hay mucha gente aquí.- Dijo Álvaro, un pocoviolento. -Sí, he invitado a algunas personas. La mayoría son chicas,espero que no te sientas incómodo. -No, en absoluto. Me vendrá bien relacionarme con gente 125
  • 124. nueva. -Exacto, he invitado a tanta gente por eso, para que nos rela-cionemos un poco con los demás, aunque esta noche es sobretodo para nosotros. -Mis noches son siempre para ti, aunque no esté contigo. -¡Qué romántico! Acabas de hacerme la chica más feliz delmundo. Acompáñame, voy a presentarte a los invitados.- Juliatomó la mano de Álvaro y se lo llevó hasta el salón. El ambienteera oscuro, iluminado solamente por unas pocas velas, disper-sas por las estanterías. Eso hacía que fuera íntimo y tranquilo, apesar de la música, la cual sorprendió a Álvaro, sonaba Hey Ya,de Outkast. No es nada del otro mundo pero anima la noche, ledijo Julia tras observar su gesto de sorpresa. -No está mal, pero déjame a mí poner la música.- Respon-dió Álvaro, tratando de convencer a Julia con otro beso en loslabios. - Pon lo quieras, a mi me encanta la música que te gusta.-Esa confesión animó a Álvaro a acercarse al equipo de músi-ca, aunque antes tuvo que ser presentado por Julia a las demáspersonas. A Álvaro le pareció simpática toda la gente que habíaallí. Habló un rato con Blanca, la compañera de piso de Julia, ala que ya conocía de aquella cena esotérica que tuvieron haceunos días, y también con el chico canadiense que conoció enesa fiesta donde bailó con Julia por primera vez. Después sesirvió un cubata y se dirigió al equipo de música. Conectó sureproductor de mp3 e hizo sonar algunas de sus canciones pre-feridas, aunque fueran poco bailables, como A Third Of A Li-fetime, de los psicodélicos Three Man Army. Luego se sentó enuno de los sofás, solo y observando a los demás. Continuaba sonando la música, pero las voces, por culpa delexceso de ruido, se escuchaban más altas a medida que trascu-rría el tiempo. Julia estaba en otro sofá, a unos dos metros deÁlvaro, hablando con unas chicas de Derecho sobre las posiblessalidas profesionales que tendrían al terminar la carrera. Blan-ca, que estaba en ese grupo, miró a Álvaro a lo lejos y le envió126
  • 125. una amistosa sonrisa, Álvaro se la devolvió levantando su bra-zo derecho, que portaba una copa de vino. Blanca se levantó yse sentó junto a Álvaro. -Estás muy solo esta noche, únete a algún grupo. -Hoy no me siento sociable.- Afirmó tímidamente. -¿Qué tal estás con Julia? Me ha dicho que os vais a Madrid. -Sí, nos vamos en un viaje de clase, con mi profesor de Mor-fología del Arte. -No la dejes escapar. Seguro que ese japonés no merece lapena. Álvaro comprendió que Blanca era la confidente de Julia.Supuso que sabía toda su historia con el japonés. -Ella es libre. De momento está conmigo y yo estoy con ella.Creo que es bueno que se encuentre con ese chico y ponga enorden su pasado, lo que ocurra será lo que tenga que ocurrir. -Me gusta tu escepticismo. Álvaro sonrió. -Sí, supongo que podría llamarse así. Procuro que no me cie-gue la pasión. -Entiendo, yo pienso lo mismo, la pasión es peligrosa, te lodigo por experiencia. -¿Por qué lo dices? -Uff, qué preguntita. Posiblemente porque he vivido situa-ciones en las que la pasión ha sido el centro de mi presente. Blanca, haciendo honor a su nombre, era blanca, su rostrojoven y bello parecía inocente y libre de accidentes. Su tez rezu-maba pureza. Era como si el tiempo no sembrara surcos de ex-periencia en su rostro. Era como si estuviera naciendo en cadainstante en que hablaba, al menos a Álvaro le daba esa impre-sión, por lo que no llegaba a comprender que hubiera tenido un 127
  • 126. pasado que sembrara lecciones de la vida. -¿Y qué experiencias son esas? Si se puede saber.- Álvaro em-pezaba a estar inquieto. -Bueno, todos tenemos nuestra historia, la mía no creo quesea más épica que otras, solamente son vivencias que me hanmarcado y me han hecho tener una filosofía de la vida, tal vezequivocada o, tal vez, cierta. A fin de cuentas he nacido paraaprender, y no puedo dar una verdad por sentada, aunque, pocoa poco, mi vida se va colmando de verdades. -Yo creo que no todos asumen lo que les ocurre, ya sabes, lamayoría se tropiezan siempre en la misma piedra. -Sí, y yo no niego que no me vaya a tropezar mañana en lamisma piedra, ojalá fuera perfecta. Álvaro estaba muy interesado en la conversación que man-tenía con Blanca, quería escuchar alguna de esas experienciasque tanto la habían marcado y que la habían hecho asumirciertas verdades, porque Álvaro no podía evitar vivir en unainmensa duda y escuchar a alguien con ciertas ideas asentadasle animaba a proseguir la búsqueda de sus propias conviccio-nes. Pero ahora era Julia la que marchó urgentemente a vomitaral baño. La coherencia de la noche se había quebrado comple-tamente y el alcohol sembraba sus estragos en la mayoría delos presentes. Las pocas personas de sexo masculino que habíaen la fiesta gritaban y cantaban, cegados por la excitación queproduce el calimocho y las chicas exhibían su presencia casidel mismo modo, aunque algo más discretas. Álvaro interrum-pió su charla con Blanca para custodiar a Julia en la puerta delbaño. Mientras, ella, gritaba su nombre y pronunciaba frasesinconexas de sentido, aunque algunas sí parecían prefijar ciertosentido. -¡Álvaro, eres un traidor!- Decía excitada, emitiendo ende-bles gimoteos, mientras sonaba el ruido del vómito chocandocontra el agua de la taza del water. Álvaro se enfadó muchísi-128
  • 127. mo al oír esa frase y entró al baño, abriendo bruscamente lapuerta. -¿Por qué dices eso? ¡Estás muy borracha! -¿Qué tal con Blanca? Veo que también te gusta mi mejoramiga. -Pero, ¿qué coño estás diciendo? Cuida tus palabras porquemañana te vas a arrepentir. Álvaro no podía negar que su conversación con Blanca erabastante agradable, pero, en ningún momento pasó por su ca-beza nada más con ella. Julia no entendía lo mismo y sus celos,mezclados con el alcohol, habían producido un gran resenti-miento en su estado anímico. Sin duda eso era amor, pero aÁlvaro no le gustaba, en absoluto esa manera con que Julia ledemostraba su cariño. Ambos estaban cara a cara en el cuartode baño. Los demás, alertados por los gritos de Julia, permane-cían cerca, tratando de escuchar al otro lado de la puerta. -Eres un gilipollas. Siempre me abandonas cuando más tenecesito. -No te pases Julia, estoy aquí por ti, en tu casa, con tus ami-gos, tratando de ser simpático y sociable, por mucho que mecueste, hablo con Blanca porque es tu mejor amiga y porqueme cae bien. ¿Por qué lo estropeas todo? Julia permaneció callada por unos segundos, mirando a Ál-varo, tratando de ver algo más allá en su mirada. Después bajóla cabeza y le pidió perdón. -Perdóname. Soy una estúpida. No me tengas en cuenta loque he dicho. -No puedes decir cosas así y luego pedir disculpas como sino pasara nada, eso denota que eres muy inmadura. -Joder Álvaro, siempre estás analizando, claro, como erestan culto y sensible, siempre tienes que hacer trascendente lo 129
  • 128. que no ha sido más que una estupidez por mi parte. Te he dichoque no lo tengas en cuenta, te pido perdón. -Pero, ¿qué estás diciendo? ¡No sé qué te he hecho para quete comportes así conmigo!- Dijo Álvaro gritando. La situación los había desbordado a ambos. -Te amo. Lo siento. No te quiero hacer daño.- Dijo Julia, conla mirada perdida, a punto de volver a vomitar, abriendo la boca,sumida en arcadas y tristeza. -Mira Julia, no voy a tener en cuenta nada de lo que digas,voy a volver con Blanca, a continuar la conversación que tú hasinterrumpido, espero que no vuelvas a joder la noche o me iréde aquí. -Vale, te juro que esto no volverá a pasar.- Dijo arrepentida,con cierto tono de madurez asumida. En el fondo no era más que un diálogo de enamorados, am-bos se sentían tan inmensamente atraídos que comprendieronque dependían el uno del otro y, en el fondo, eso les hacía sentiruna confianza mutua que nada ni nadie podía romper, a pesarde las inmaduras inseguridades de Julia. Álvaro volvió al mismo lugar en donde estaba antes de le-vantarse para socorrer a Julia. Pero Blanca ahora estaba conJulia, ambas hablarían de mujer a mujer sobre lo ocurrido. Nose enfadaron. Blanca volvió a sentarse al lado de Álvaro y prosiguieroncon la conversación. -Como te decía, Álvaro, yo sigo creyendo en ciertas cosasporque las he vivido. Hace unos años, cuando trabajaba en unvideo-club me enamoré de un chico que iba todas las noches asacar una película. Cuando me devolvía la del día anterior yosiempre destapaba la carátula para comprobar qué título ha-130
  • 129. bía escogido. Después veía en mi casa esas mismas películas y me encantaban (la mayor parte eran de la nouvelle vague o del expresionismo alemán). Según pasaban los días yo me sentía más cerca de ese chico, porque de alguna manera estaba vien- do todo el cine que él veía. Fue una especie de amor platónico que se completó una noche que me pidió salir a cenar. Después fuimos novios, pero él nunca supo que yo, durante un año, an- tes de intercambiar más de dos palabras con él, estuve viendo todas esas películas que él también veía. -¿Por qué nunca se lo dijiste? -No sé, tal vez me daba un poco de vergüenza, pero creo que fue lo mejor. -Sí, te entiendo, así había un misterio en vuestra relación, algo que te acercaba más a él y también te alejaba, porque él no lo sabía. -Sí, algo así. -Vaya, me gusta esa historia. Pero te aconsejo que algún día se lo cuentes, eso seguramente te aliviaría. -Está bien, lo haré.- Dijo Blanca sonriendo y tocando con una palmada el hombro de Álvaro. -¿Me lo prometes? -Te lo prometo, si vuelvo a ver a ese chico le diré que gracias a él conocí a Fritz Lang. -La gente que nos acerca a la cultura–ya sea cine, pintura, cómic, etc- ha logrado, sin saberlo, que aprendamos a amar una de las cosas más importantes de lavida.- dijo Álvaro. -Y, bueno.- Advirtió Blanca.- Luego aprendí a amarlo a él, eso también resultó ser una experiencia bonita. Blanca, algo turbada por rememorar su pasado con Álvaro,se levantó del sofá y se sentó junto a Julia, en una silla frentea la barra americana de la cocina que se integraba en el salón.La música continuaba sonando pero casi nadie la escuchaba,todos hablaban sin cesar, al mismo tiempo que daban sorbos asus respectivas copas de Jack Daniels, Absolut o Bacardi. A pe-sar de los diferentes licores que tomaban entre ellos había una 131
  • 130. cosa en común: todos estaban seriamente borrachos. Álvaro continuaba intrigado por la historia de Blanca. Unamor tan misterioso debió tener un desenlace misterioso, pen-saba apaciguado en el sofá por un calor intenso que crecía cadavez más. De pronto Álvaro sintió la presencia de Luis muy cer-ca de él. Ambos se miraron a los ojos y Álvaro no sintió ningúnmiedo. Estaba frente a su amigo Luis, él había vuelto para ha-blar otra noche más. -Últimamente he estado pensando mucho en la ‘Cabeza demedusa’ de Caravaggio.- Afirmó Luis, seriamente. Esa expre-sión, tan cargada de angustia y de soledad me recorre todo elcuerpo, eso me hace pensar que todavía no he muerto. -Cuando leo tu novela pienso que estás vivo. Tu relato enprimera persona me hace estremecer, cada página que leo haceque te conozca mejor, no te enfades Luis, pero nunca te he sen-tido más vivo que ahora. -Me alegra que leas mi novela. Creo que te va a gustar. Nohabla sólo de mí, sino de ti también. Mi personaje se bifurca enotros muchos, así va surgiendo el relato, contaminándote delnarrador, que es todos y nadie. -Me gusta esa teoría de la novela y creo que aquí lo consi-gues plenamente. -Siempre he leído mucho y eso me ha hecho madurar comonarrador. Realmente no persigo un estilo preciso ni una ma-nera de narrar original, simplemente salen las palabras porquereflejan, desnudamente, lo vivido. >>Te mostraré el comienzo perfecto de una novela, creo quecon un narrador no muy distinto a este he creado mi relato, quesiempre estuvo marcado por la sumisión: “Aquí se aprende muypoco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Ins-tituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada; es decir, que el díade mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada.” >>Durante toda mi vida me he sentido subordinado, como132
  • 131. el protagonista de la novela de Walser. He tenido una vida or-dinaria, frecuentemente cotidiana y aburrida. Cuando a vecesnos juntábamos para hablar estábamos siendo cómplices de lamisma derrota. Pero tú fuiste más fuerte, yo, sin embargo, qui-se vivir solo en mi cuarto, gozando de mi tristeza, sin ningúninterés por conocer a mis compañeros ni al mundo que me ro-deaba. Vivir así, solo y herido, negándome a amar y a ser ama-do, produjo mi enfermedad de soledad, sin saber el cómo meobservé tirado en un cuarto abandonado, en una ciudad que noera la mía, con ganas de desaparecer, completamente abstraídoy deteriorado. Fue todo muy penoso, un final muy deprimenteque no hacía ni siquiera justicia a cómo yo estaba en esos mo-mentos. La desgracia se consumó, finalmente, en mi muerte. -Yo pensaba que eras más fuerte que yo. Pero he comprendi-do que fuiste un maldito cobarde. ¿Por qué me persigues? ¿Dequé me quieres convencer? Yo no hablo con los muertos. Sonaba In My Life de Los Beatles. Álvaro continuaba pen-sando en Luis y en la necesidad de olvidarlo, aunque antes ten-dría que leer hasta el final su estúpida novela, era una necesidady una obligación. Ahora Luis, en su novela, está hablando decuando conoce a Leonor. El muy gilipollas –pensaba Álvaro-no deja de poetizar platónicamente sobre ella cuando la reali-dad de consumar su amor estaba patente. Siempre he querido besar sus labios, pero nunca encuentrola oportunidad para levantarme de aquí y recoger con mis ma-nos su pelo. Siempre he deseado desnudarla en la ducha y follarhasta el amanecer con ella, pero tenía miedo a pedírselo. Final-mente ella fue quien me lo pidió e hicimos juntos todas esascosas, y muchas otras que no me atrevo a contar aquí. Las aventuras con Leonor recorrían varios pasajes intensose interesantes, desde el punto de vista erótico, de la novela. Peroa Álvaro no era eso lo que más le interesaba. Quería ahondar 133
  • 132. en el origen de la misantropía y soledad de su amigo Luis, espe-raba encontrarse en la novela los rasgos que diesen fruto a esaspatologías del personaje. Posiblemente los temores al fracasofueron el origen de todo, ¿Quién sabe?, se preguntó Álvaro apunto de quedarse dormido en aquel insonoro lugar.134
  • 133. XX.- EL VIAJED espués de la fiesta ya estaban sentados en alguno de los vagones del tren, en dirección a Madrid. Para Ál- varo el viaje de su vida no hacía nada más que empezar,así lo presentía, aunque no tuviera objetivos inmediatos. Juliaestaba sentada junto a él. Como hacía un poco de frío habíanpuesto un abrigo entre los dos, sobre sus extremidades inferio-res. Julia puso su mano sobre el pantalón vaquero de Álvaro,bajó la cremallera y sacó lentamente su pene de los calzonci-llos Calvin Klein, blancos y rojos. Empezó a removerlo nervio-samente, haciendo que Álvaro se corriera en pocos segundos,bañando la mano de Julia de semen y algo de orina. Ella limpiócon un kleanex toda la suciedad de su mano y del pene de Ál-varo. Luego miraban el paisaje, ella tumbada sobre el pecho deÁlvaro, ensimismada en los árboles oscuros que iluminaba unfoco de luz cercano. Julia señalaba algunas casas de algún pue-blo encendidas a la luz de las velas y la lumbre. Eran las diez dela noche y quedaba una hora para llegar a Madrid. 135
  • 134. XXI.- MADRIDÁ lvaro escuchaba música desde los cascos del mp3. Do You Want To Know A Secret de Los Beatles. La melodía mareaba ligeramente a Álvaro, que observabala estatua Cibeles como ensimismado. Pronto entraron en ellujoso hotel que los padres de Julia les habían pagado. El grupode clase y Don Ramón dormían en un hotel de tres estrellasbastante cercano. La habitación era enorme y fría. Álvaro decidió salir de allíy recorrer solo las calles de Madrid, Julia haría lo mismo por sucuenta, en busca de Haruki. Álvaro buscaría a su escritor pre-ferido, Gregorio de Lucas, pues aún conservaba su dirección.Tocó el timbre del lujoso chalet y abrió la puerta una hermosachica de 19 años, con vaqueros y una mochila Adidas, azul yblanca. La chica salió de la casa invitando a Álvaro a entrar:Pasa, mi padre debe de estar dentro. La chica hermosa resultóser la hija del escritor. Álvaro pasó a su despacho e intercam-biaron unas palabras. -Su despacho debe resultarle de inspiración, con tantoslibros. -Hola joven, supongo que le abrió mi hija, vivimos ella y yosolos. Bueno, también la criada, pero ella sale a estas horas consu novio. Mi hija habrá salido con sus amigos, así que estamosusted y yo solos. ¿Le gusta escribir?- Dijo Gregorio de Lucas,intercalando fugaces razonamientos algo desorientados. -Sí, he escrito una novela, señalando con su dedo el texto deLuis. Venía a entregársela personalmente, para que me diera suopinión. -Está bien, voy a comenzar a leerla, siéntate por aquí y escogeun libro, leeremos un buen rato. Pasaron tres o cuatro horas silenciosas hasta que la puerta136
  • 135. principal se abrió imprimiendo un sonoro retumbe en toda lacasa. Era la hija de Gregorio de Lucas, que subía rápidamentelas escaleras directa hacia su equipo de música. La joven pusola 9ª Sinfonía de Beethovenn. Álvaro dejó de leer, pues el sonidode la música suele afectar su lectura, en este caso de Dostoie-vski. Gregorio de Lucas también dejó de leer la novela de Luis,es decir, de Álvaro. El famoso escritor se levantó de su silla ygolpeó fuerte contra el hombro izquierdo de Álvaro. -Esta novela tiene muy buena pinta. Eres el nuevo J.D.Salinger. -Eso me halaga, pero qué más quisiera yo.- Contestó Álvaro,humildemente. A partir de ese día Álvaro tuvo que aprender a ser humildepues su fama como escritor le obligaría a responder a muchaspreguntas y observaciones. -Un escritor no está obligado a contestar ciertas cosas.- Dijoen una ocasión Luis a Álvaro, mientras fantaseaban sobre lafama. -Un escritor sabe representar sus mentiras tal que verdades.Un verdadero escritor habla de sí mismo en cada palabra queesboza para su novela. -Una novela sirve para que un escritor halle su voz. Sabercontar es saber vivir. Después de recordar esas palabras con Luis Álvaro miró aGregorio de Lucas, situado frente a él, con la copia de la novelaen la mano. -Mira, chico, vamos a publicar esta novela. Yo le haré unprólogo y la publicaremos en mi editorial. ¿Estás preparadopara triunfar? -Me ha cogido de sorpresa. Yo no esperaba eso. Necesitocambiar el final. 137
  • 136. -Está bien, termina lo que quieras, pero, por favor, man-tén siempre la misma voz y tensión narrativa que he notadoleyéndola. Álvaro quería cambiar un poco la novela, sobre todo el final,para imprimir su propia huella y no profanar la tumba de Luis.Se sentía ante la obligación de escribir sobre un palimpsesto,sobre las ruinas de una memoria destruida. En el fondo Álvarointentaba, rescribiendo aquella novela, conseguir la resurrec-ción de su amigo Luis. Ya tengo poco que decir. Lo importante no es el llegar, sinoel camino. Mi vida fue recorriendo su camino y comprendoque nunca llegaré a ninguna parte. Ya tengo poco que decir. Así concluía uno de los capítulos de la novela de Luis, deuna manera exageradamente deprimente. Ahora Álvaro esta-ba con Gregorio de Lucas, mostrándole aquella supuesta obramaestra de la narrativa moderna. Álvaro todavía no lograba ex-plicarse cómo Luis había escrito aquello, al mismo tiempo queDon Gregorio miraba receloso a Álvaro, admitiendo la calidadde aquella novela que le había traído. En ese momento DonGregorio se retiró para charlar con su hija Beatriz. Luis volvióa aparecerse a Álvaro. -La belleza nos hace ser honestos y nos obliga a romper mu-chas páginas. -Luis, me siento culpable por lo que he hecho. -No te sientas culpable, en absoluto. Esa novela es tuya, tie-nes derecho a hacer lo que quieras con ella. Cámbiala si te ape-tece. Elige otro final. -Así lo haré. Transformaré la novela. La hija de Gregorio de Lucas sacaba libros sin parar de labiblioteca paterna, enorme y antigua.138
  • 137. -Éste es de Joyce. -¿Cómo se titula? -Retrato del artista… -Es un gran libro.- Dijo Gregorio de Lucas, sin esperar a queBeatriz terminase de pronunciar el título, sopesando el aire quesalía de su boca emitiendo aquellas palabras. Álvaro no pensaba lo mismo, pero cómo iba a desacreditaral docto de Gregorio. Luis habría dicho: Joyce, en ese libro, meresulta estúpidamente paranoico. Seguramente oír eso hubiera resultado penoso para el pres-tigioso y reconocido escritor Don Gregorio de Lucas. Tal vez fue por el porro que Álvaro se fumó con Julia antesde salir del hotel. Sin dejar la calle todavía Julia entró en unatienda del hotel para comprarse una chaqueta de Prada. Pagócasi dos mil euros por la chaqueta y más de seiscientos en unabufanda para Álvaro. Después ambos se despidieron en el taxi.Al salir del taxi fue cuando Álvaro entró en la casa de Don Gre-gorio. Llevaba puesto el mp3 con el tema Come As You Are deNirvana. Cuando Álvaro iba a despedirse se acercó a Beatrizpara decirle algo al oído: -Ven tal como eres. Beatriz, capaz de subyugar a Álvaro con una mirada, con-tuvo su sonrisa y besó a Álvaro en la mejilla derecha, dejandocaer con la mano izquierda en el bolsillo de su camisa un tro-zo de papel con su número de teléfono móvil. Álvaro estrechófuertemente la mano de Don Gregorio y salió de la casa, alegrey conmovido por todo lo que allí había vivido. Continuaba Ál-varo escuchando Come As You Are cuando sonó su teléfonomóvil. Era Don Ramón. 139
  • 138. XXII.- LA BIBLIOTECA NACIONALD on R amón llamó a Álvaro desde su teléfono móvil para comunicarle que se encontraba en la Bi- blioteca Nacional, tratando de investigar acerca de laSecta platónica que asesinaba a artistas jóvenes, fundada en1821. Todos los datos procedían de un tal Ernesto Caballero, ca-tedrático de la Universidad de Sevilla, máximo especialista enel tema, además había otros artículos en diversas revistas aca-démicas, sobre todo filológicas, que recogían información bas-tante interesante al respecto. Pero Álvaro, aún así, se negaba acreer tales fantasmagorías que ciertos eruditos, entre ellos DonRamón, habían creado. Álvaro leyó estudios sobre la muertede Poe, de Leopardi, de Apollinaire, de Pascal, etc. No se en-contraban hipótesis convincentes, la mayoría solían acusar a laSecta de haber asesinado fríamente a esos artistas, simulandola muerte oficial que todos conocemos. La historia tenía mu-cha miga pero Álvaro no se sentía con ánimos de investigarsobre ello en su viaje a Madrid, reservado para el descanso y eldisfrute. A las 8 de la tarde Álvaro y Don Ramón se fueron de copaspor una zona de marcha llamada Chueca. Don Ramón se largócon un jovencito, de apenas 15 años y Álvaro se quedó solo enun bar. Decidió llamar a Beatriz, la hija de Gregorio de Lucas,ya que andaba un poco perdido, para tomar unas copas. Beatrizllegó una hora tarde. Juntos entraron en un pub llamado El Camaleón, sonabaThe Times They Are A-Changin’, de Bob Dylan. Beatriz evitabamirar a Álvaro directamente más de dos segundos, dicen que apartir de ahí dos desconocidos se encuentran a punto de hacerel amor. Ambos no querían correr ese riesgo la primera noche,así que andarían precavidos para cualquier situación. Empezóa sonar Crazy de Patsy Cline. El sabor del vino y la tranquila140
  • 139. melodía resonando en sus interiores, las miradas cada vez máscerca y más cómodas, extasiadas en el placer del diálogo. -Yo no he escrito nunca. Me gusta leer, empecé leyendo lasnovelas de mi padre y después pasé a Flaubert, Proust y Joyce.Podría decirse que son mis escritores favoritos, nunca me can-so de leerlos. -A tu padre también le gustan, ¿no? -Sí, por supuesto. Los libros que hay en mi casa son de mipadre. Pero no me siento cohibida en una biblioteca de más dediez mil libros. -Te entiendo, yo me marearía ante una perspectiva así. -Hay noches que me despierto de madrugada y me tumbo enel parquet, junto a una estantería. Suelo hacerme unas palomi-tas de maíz. Allí empiezo a descubrir obras nuevas, que siem-pre había oído pero que nunca había tenido entre mis manos,por ejemplo, El retrato de Dorian Gray o La muerte en Venecia.Los he leído tumbada en el parquet, comiendo palomitas juntoa esa vieja estantería. Son libros que han cambiado mi vida. Yque la siguen cambiando. -¿Qué libro estás leyendo ahora? -Ahora, ¿uff?, me pones en un aprieto. La verdad es que ter-miné uno hace unos días, Memorias del subsuelo de Dostoievs-ki y no he tenido tiempo de escoger otra lectura. -Me gusta ese texto extraño de Dostoievski. Creo que revelauna auténtica personalidad, pero que es sólo propia de la nove-la. En una parte dice: La mejor definición que del hombre pue-da darse sería ésta: ser bípedo e ingrato […] Su defecto mayores su constante inmoralidad. Una frase como esa sólo puedeescribirla un genio. -Me impresiona que te sepas frases de memoria. -Solamente las recuerdo, nunca me las aprendí. -Vaya, eres como ese personaje de Borges en El inmortal, sí,ese troglodita que ha sido Homero. Tú eres igual. -Gracias, ese cumplido me halaga. 141
  • 140. Nunca podría conocer las motivaciones reales que le hacíaactuar de aquella manera por mucho que intentara compren-derla. Yo, Luis, nunca pude comprenderla a ella. Tratar de bus-car un sentido a lo que allí había ocurrido era inútil. Mi ne-cesidad de encontrar un sentido a las motivaciones de Leonorme hacen pensar en que tal vez me vuelva paranoico, y dudomucho de la verdad de mis interpretaciones. “¿Me ha dichoesto porque me quiere?, ¿Ha hecho esto porque desea que yo labese?, ¿Me ha mirado así porque está enfadada?”, suelo pensara veces, diciéndome casi siempre al final: “¿Cómo saber lo querealmente pasa por su cabeza? Para, no pienses más y actúa”.Trato de buscarme y no buscar más sentidos. Por eso escriboestas cosas, porque cuando escribo, como Artaud, me sientoescrito; y con eso me basta.142
  • 141. XXIII.- LA ALBADAN o hay necesidad de violentarse solía aconsejar Álvaro a Luis cuando hablaban sobre alguna injusticia por la que ambos creían justo protestar. -No podemos golpear a todos los que no piensan comonosotros. -Tú no podrás pero yo sí. Estoy preparado para golpear ypara recibir golpes. -Tú crees que eres el nuevo Mesías, y no eres más que unniño mimado. -Cuidado con lo que dices, Álvaro, yo soy más de lo que teimaginas, no solamente un ser especial sino el todo multiplica-do a su máxima potencia. -Sólo sabes decir barbaridades, y disfrutas asustando a losdemás con tus palabras, vacías completamente de sentido, car-gadas únicamente de ego. Conviertes todos tus párrafos ensórdidas tesis, ya sin vida, porque eres sólo un espíritu. ¿No tesientes ridículo al mostrarte ante mí de esa forma? -Veo que no sabes reconocer el ego en ti mismo, sólo sabesjuzgar a los demás, pero sólo tienes que mirarte al espejo paradescubrir lo que es el ego. Ambos se sentían culpables por tener ego. Pero ninguno delos dos dejó de respetar al otro, a pesar de sus diferencias. Álva-ro veía a Luis como a un hermano gemelo. Nacieron el mismomes, con sólo dos días de diferencia. -A veces te he observado como a un cuadro.- Dijo Álvaro aLuis. -Ya me lo has dicho alguna vez, pero nunca me has explicadoqué veías en mi al observarme de esa forma. -Es que no podría explicarlo. Trataba de descubrir tu imagenverdadera, lo que realmente has representado en mi vida y en tu 143
  • 142. propia vida. Quería verte a ti, retratado por mis ojos. -Eso es muy pretencioso. -Tú naciste dos días antes que yo. En una familia acomoda-da, de esas que suelen llamarse burguesas. Te has criado contodos los mimos posibles, tuviste todo lo que pediste a la infan-cia. Llegó tu adolescencia y seguiste teniéndolo todo, exceptoel amor. Después caíste rendido a la literatura y a la música,que te proporcionaban un cobijo para resguardarte de tu dolor.Más tarde te diste cuenta de que yo era tu mejor amigo y laúnica persona capaz de comprenderte, y yo me di cuenta de lomismo. Tú te quitaste la vida y yo no. -Tú crees haber tenido una vida perfecta, incluso más quela mía. Dudas que en mi educación no hubiera un error funda-mental que causara la tragedia posterior de mi vida. Dudas quela felicidad se tornase en tormento de la noche a la mañana. -Dudo de lo que hemos sido y de lo que ahora somos. Meobservo y me entran ganar de vomitar. Quiero que comprendasque ando perdido por el mundo, a pesar de Julia o de Beatriz. Después de pasar toda la noche en bares de copas, por dis-tintos barrios de Madrid, Álvaro y Beatriz estaban almorzandoun kebap cerca del museo del Prado. Decidieron pasar al mu-seo Thyssen y al Reina Sofía. Se fumaron unos porros antes deentrar y Beatriz estuvo a punto de vomitar cuando vio el Guer-nica de Picasso. ¡Qué cosa tan fea!, exclamaba exhausta, con losojos clavados en las monstruosas formas desparramadas porel lienzo. ¡Me entran ganas de llorar cuando veo estas cosas!Álvaro la abrazaba para consolarla. El día pasaba rápido, ya eran las 4 de la tarde y Álvaro yBeatriz se sentían llenos de energía. Beatriz tenía dos entradaspara el concierto de Paul Mccartney. Invitó a Álvaro a pasar latarde en un apartamento de Madrid, donde Beatriz vivía losfines de semana, para escapar de su padre inspirado, incapaz deno escribir otros días que los sábados y domingos. En el apar-144
  • 143. tamento de Beatriz todo era nuevo, el piso soltaba una fragan-cia burguesía barata, material del que están hechas las nuevasconstrucciones de nuestro país, parecía una lujosa habitaciónde hotel, con su jacuzi y todo. Beatriz encendió el equipo demúsica Bang And Olufsen. La mirada de Álvaro siempre eratremendamente marxista, pese a sus propias contradicciones.Sí, esas eran precisamente las que más le interesaban. Pero sen-tía pánico cuando pensaba en sí mismo. Ahora Álvaro se notaba especialmente esperanzado. Susansias de vivir eran propias para un ser de su edad, de eso sesabía consciente. Pero, por alguna razón, se sentía superior alos demás. El miedo al fracaso fue un hecho que Álvaro habríade asumir desde muy joven, aunque nunca cosechó fracaso al-guno, excepto, como en el caso de Luis, el del desamor. Luisdecía que la cultura es una propiedad que la existencia impri-me en nosotros, haciéndonos ser lo que somos. Tal vez no lleverazón del todo, pero Álvaro considera que su existencia tiene laposibilidad de cambiar hacia algo mejor, aunque no se atreve adescubrir lo que pueda ser. Posiblemente dentro de unos díasÁlvaro entregará a Gregorio de Lucas la novela totalmente con-cluida, el relato de Luis y Álvaro preparado para ser libro, obrade ficción para un público ávido de obras de ficción. Álvaroempieza a preguntarse si no tendrá que pagar un precio dema-siado alto. ¿Será la fama o la gloria? Ambas cosas le atemorizan,porque a veces ha cosechado la presumida idea -o al menos laimagen- que resuma lo que es ser inmortal. Álvaro desea, porencima de todo, el amor. Suena en el apartamento de Beatrizuna canción llamada In Dreams de Roy Orbison. Es una can-ción muy típica, clásico rock-and-roll crepuscular. Beatriz miradetenidamente a Álvaro como si estuviese reconociendo a unser extraño con el que empieza a familiarizarse. La belleza deBeatriz es incomparable. Ni siquiera se puede comparar conla de Julia. Nadie no puede dejar de enamorarse de una-chica-bella-que-además-se-llame-Beatriz. 145
  • 144. Una-chica-bella-que-además-se-llame-Beatriz es todo loque un hombre sensible puede pedir. Beatriz deslumbra comouna princesa, no sólo por su belleza sino por su cultura y com-portamiento. En el comportamiento está la cultura. Si la co-rrección de una persona se rige por su perfección uno se en-cuentra ante una obra de arte. La corrección formal de Beatrizera envidiable, pensó Álvaro.146
  • 145. XXIV.- ROCK AND ROLLA demás a Beatriz le gustaba el Rock-and-roll. Al su- bir por las escaleras del Estadio de la Peineta, para llegar a la fila desde donde iban a escuchar a Paul Mccartney,Beatriz tomó la mano de Álvaro y le habló al oído. -Tanto a mi padre como a mi nos apetece mucho leer tu no-vela terminada. Mi padre está muy ilusionado con eso y yo tam-bién. A parte, me has caído muy bien. A Álvaro esas palabras le llenaron de ánimo, de pronto, peseal frío que había en aquel Estadio Olímpico, le recorría el calorde la victoria. Beatriz había dado el primer paso. Se sentaron en las butacas que correspondían con el núme-ro que indicaban sus respectivas entradas. Álvaro sintió vértigoal mirar al escenario. No sabía si fue por la increíble distanciaque hay desde ese lugar al vacío o por la increíble visión que acontinuación se iba a producir en su vida, es decir, ver en direc-to a Sir Paul Mccartney. Sin embargo Beatriz y Álvaro empezaban a hablar du-rante todas las canciones. En Let It Be hablaron de temasimportantes. -Yo no dejo de buscar mi camino. Pero a veces creo haber-me perdido. No puedo negar que una noche contigo es todo loque un hombre puede desear, y no estoy dispuesto a desapro-vecharlo. ¿Quieres venir después del concierto a mi habitaciónde hotel? -Vaya, nunca me lo habían pedido con tanta corrección. Res-ponderé de la misma manera. Con aquella implícita respuesta el concierto terminaba. Bea- 147
  • 146. triz conducía un Renault Clío azul oscuro, bastante limpio. Ál-varo encendió la radio en una emisora que pinchaba Yesterdayde Los Beatles. Entonces Álvaro y Beatriz empezaron a hablardel concierto que habían visto. Empezaron a recordar aquellascanciones. Antes de ir al hotel Álvaro acompañó a Beatriz a visitar a supadre. Al entrar en la casa, al despacho de Don Gregorio, Álva-ro se quedó mirando la edición en Gallimard de La Recherchede Proust. Sintió el impulso de sacar esos libros pero Don Gre-gorio cerró sus Memorias de ultratumba de Chateaubriand yprestó atención a su hija Beatriz. -Hemos estado en el concierto de Paul Mccartney y ahoranos vamos a dar una vuelta por Madrid. Dormiré fuera. -Cuídala bien, Álvaro, que sólo tengo una hija.- Se despidióDon Gregorio, bromeando. -¿A usted le gusta Paul Mccartney?- Preguntó Álvaro a DonGregorio. -Sí, por supuesto. Los Beatles en conjunto me encantan, aun-que suelo escuchar música clásica últimamente. Sobre todocuando leo o escribo. No concibo la creación literaria sin lamúsica, es algo que me inspira impulsándome a escribir. Espe-ro que me muestres pronto tu novela. Vamos a intentar publi-carla lo antes posible. Por cierto, ¿Por qué no vais a una veladaliteraria a la que me han invitado? Tú, Beatriz, conoces a casitodos los escritores, así que podrías presentar a Álvaro. -Me parece bien pero si vienes tú también. Sí.- Afirmó Álvaro. Tiene que venir usted con nosotros. Don Gregorio subió a su cuarto a cambiarse de ropa. Beatrizle ayudó a buscar un traje oscuro, apropiado para la velada. -Los escritores suelen ser algo existencialistas, así que si unose viste parcialmente de negro dará la mejor imagen. Pero, sóloparcialmente.148
  • 147. Álvaro pidió prestada a Don Gregorio una bufanda negra,para dar un toque existencialista a sus vaqueros azules y cami-sa blanca. Don Gregorio sonrió al observar a Álvaro. -Tienes un aspecto de anuncio de Ralph Laurena, deberías ircambiando ese aspecto si quieres parecer un intelectual respe-table y bohemio. Álvaro no tomó en serio el consejo de Don Gregorio y lecontestó con una imperturbable sonrisa. Beatriz centró la bu-fanda de Álvaro y partieron de allí hacia una mansión dondese celebraba la velada literaria. Cuando entraron los tres la ma-yoría de las personas percibió su presencia. Ellos observabanalgunos cuadros expuestos en las paredes. Empezaron a ser-virse cócteles de Martini y Larios. Entraban rápidamente, des-pués se acompañaba con boquerones en vinagre y patatas fritas.Don Gregorio se encontraba un poco mareado después de losmás de diez cócteles de Larios que se habría bebido. Charlabacon un Académico de la Lengua jubilado por lo menos hacecincuenta años. Su pelo blanco y su antiguo bastón confirma-ban la edad tardía del Sumo Pontífice y Crítico de las Letras. ADon Gregorio no le gustaba hablar con ese tipo de personas, lasconsideraba ridículas y vanidosas. Así que se disculpó y dejó lacasa, sentándose frente al lago que había a unos metros de lapuerta. Era el típico lugar donde todo el mundo ha estado algu-na vez cuando se ha sentido solo. Un rincón de tierra frente a suinmenso lago. Una piedra alta donde sentarse y un cigarro parafumar. Las noches de Don Gregorio solían rozar ese ambientede íntima soledad. Hubo noches, cuando se iba a la playa paraescribir, en que salía de madrugada en dirección a la orilla depiedra, donde se tumbaba y reflexionaba, siempre con un ciga-rro o con un porro en la boca. Nunca olvidará Don Gregorioesas noches en la playa, inmerso en su plácido y sensible insom-nio, acongojado de tranquilidad, seguro de sí mismo. 149
  • 148. La música se oía desde fuera, así que Don Gregorio escucha-ba un tema de los ’60 titulado Don’t Worry Baby de Los BeachBoys. También se escuchaba un jaleo coloquial y súbitas carca-jadas. Álvaro buscó a Don Gregorio y, sin hallarlo por ningunaparte, decidió salirse frente al lago para fumar un porro tran-quilo. Buscando, sin saberlo, sensaciones semejantes a las quebuscaba Don Gregorio. -¿No eres muy joven para fumar hierba? -Vaya, está usted aquí.- Dijo Álvaro sorprendido.- No eshierba, es polen. -No importa, es droga, a fin de cuentas. Droga creadora.-Afirmó, sonriendo, Don Gregorio.- ¿Me dejas que lo pruebe? -Si quiere me hago otro. -No, déjalo, será mejor que fumemos uno solo. Que allí aden-tro hay gente que nos espera, sobre todo Beatriz. -Es cierto. La verdad es que no logro ubicarme bien. Última-mente he tenido una vida muy corriente, allí en la ciudad dondeestudio. Ahora todo ha cambiado sorprendentemente. Lo másseguro es que me quede aquí en Madrid algunos meses, habréde interrumpir los estudios, para terminar de escribir la novela.Me buscaré un trabajo por las mañanas, y por las tardes y no-ches escribiré. También tendré tiempo para Beatriz. -Haz lo que tú consideres oportuno. Mi casa es tu casa, pue-des quedarte, hay dormitorios de sobra. -Posiblemente me instale cuando tenga que dejar el hotelque Julia me ha pagado bondadosamente. -¿Es tu novia? -Bueno, podría decirse que sí. Ella está en Madrid también,pero duerme en casa de sus padres, es decir, de su madre y desu padrastro. Julia está buscando a su primer novio de la ado-lescencia, es un japonés que trabaja en un pub y estudia cine. -Otro artista. Dile a Julia que no se fíe de los artistas. -Posiblemente ahora estén follando, cuando se encuentrenno les quedará otro tema pendiente, antes de despedirse deltodo, que el sexo.150
  • 149. -Veo que te pones un poco celoso. -No, no son celos hacia ella en concreto. Son celos hacia mimismo, posiblemente pierda lo poco que poseo. Cuando mu-rió mi amigo Luis sentí lo mismo, me sentí celoso de él, y nosoporto su pérdida. Ahora he encontrado a Beatriz, su hija esperfecta, no me importa perder a Julia porque voy a intentarlocon Beatriz, eso es una realidad. -Mi hija merece la pena. ¿Qué puede decir un padre? Pero telo digo en serio. Yo no soy un padre corriente, hablo con mi hijacomo con una amiga, realmente mantenemos muchas distan-cias, pero creo conocerla bien, y conocer bien a una persona esmuy difícil, tal vez seamos los padres los que mejor conocemosa alguien, es decir, a nuestros hijos. Sé que mi hija te apreciamucho. Si te gusta no tengas miedo. Sólo demuéstrale que laamas y ella te dará todo lo que puedas pedir a una mujer. -¿Y, usted, Don Gregorio, continúa enamorado de alguien? -Por supuesto, continúo enamorado de muchas personas.Hay días en que estoy enamorado del mundo entero. Saludo ala gente y charlo con demasiados amigos durante el día, sientoque doy cariño y siento que recibo cariño. Eso es muy impor-tante para la gente que nos limitamos a vivir una vida cómoday adecuada. -Supongo que yo siento lo mismo muchas veces. Por cierto,se ha terminado el porro. ¿Hago otro? -Mejor vayamos a buscar a Beatriz, o, espera, voy adentro yle digo a Beatriz que estás aquí. Yo seguiré charlando con algu-nos amigos, eso me hace feliz.- Dijo Don Gregorio, sonriendo, apunto de tropezarse con un matorral situado junto a una de laspiedras colgadas en la orilla del lago. Álvaro asintió y sacó tabaco para hacerse otro porro, en lasoledad de la noche. La luna estaba llena y eso intranquilizabaa Álvaro de alguna manera, cada vez que la miraba. Él siempreha creído en la leyenda que asegura que la luna enloquece a laspersonas noctámbulas. El único destino del noctámbulo se re-sume en dejarse hipnotizar por la luna, llegando a un estado lu- 151
  • 150. nático, ese era el fin de Álvaro esa noche, su actitud se disponíaa excitarle de manera continua. No tenía tiempo para pensaren la música que sonaba desde la mansión. Eran otra vez LosBeach Boys, pero esta vez sonaba God Only Knows. Álvaropercibió la forma del cuerpo de Beatriz tras el reflejo de la lunaque desde lo alto la proyectaba. Álvaro amó, si acaso puede su-marse más, con mayor intensidad a Beatriz que a la luna. Ahorasonaba Rain, de Los Beatles. -La cultura nos va dejando reliquias de pasado.- Afirmó Luisen una ocasión. Álvaro lo escuchó con seriedad. -¿Afirmas que el hombre culto ha de ser viejo pornecesidad? -No, Álvaro, no me entiendes en absoluto. Lástima que nopuedas mirar más allá. Álvaro nunca prestó importancia a estos pensamientos deLuis, los cuales achacaba a su falta de madurez emocional. -Tú, Luis, te crees tan sabio porque en realidad no has vividonada. -Me parece que no sabes lo que es vivir, Álvaro. Por eso dicescosas así, desatinando siempre. -Me sacas de quicio con tus extrañas paradojas de laexistencia. -Sólo hay una paradoja, Álvaro, esa es la vida. Si me jacto dehablar de la vida no es porque haya vivido todo lo que hubieradeseado, sino porque he comprendido los límites por los queme va a ser permitido vivir. -Siempre me sacas de quicio Luis. Te doy toda la razón. Beatriz se sentó junto a Álvaro, en el suelo, cerca del mato-rral silvestre. Ella cogió un trozo de rama verde, casi seca, y lapuso en los labios de Álvaro, que no era capaz de distinguirladel aroma que dejaba su porro. Chupaba esa hierba como intro-duciéndose más profundamente en el rito de las drogas. Beatriz152
  • 151. sacó la rama de la boca de Álvaro y acercó sus labios. Álvaronotó una humedad petrificante, el placer de una boca despiertay llena de viva belleza. Para Álvaro esa chica se le representa-ba como una especie de musa venida de los cielos mitológicos.Álvaro acercó sus labios a los de ella, ambos los juntaban y des-unían como si cometieran una travesura, mirando alrededor,por si alguien llegaba. La boca de Beatriz se abría y se cerrabafugazmente. Álvaro trataba de abrazar su pelo radiante pero laincómoda postura, que subrayaba la roca del suelo, le impedíatomar el cuerpo de Beatriz por completo, así que decidió espe-rar a después. Cuando al fin llegasen al hotel. Antes de pasaral interior de la mansión, Beatriz y Álvaro caminando por elhúmedo suelo de césped recién regado que rodeaba a la piscinailuminada, escuchaban un bello tema de The Police, tituladoEvery Breath You Take. 153
  • 152. XXV.- UNA NOCHE DE HOTELU na noche de hotel en el Palace no es una noche cualquiera. Álvaro no se olvidó de llamar a Julia, antes de subir con Beatriz a la habitación. -Hola Álvaro, estoy con Haruki, por fin nos hemos reencon-trado. Esta noche vamos a cenar toda la familia junta. Dormiréen casa de mi madre. Espero que los conozcas a todos. -¿Has vuelto con Haruki? -No, qué va. Ha sido como un encuentro de dos viejos ami-gos. El amor se ha evaporado, ahora nos tratamos más biencomo hermanastros. -Espero que al menos fragüéis una sólida amistad fraternal. -Seguro que sí. Álvaro, a pesar de sentir algo muy especial por Beatriz, se-guía queriendo a Julia, y, posiblemente, mucho más ahora, quese había desvelado que ya nada pasaría entre ella y el joven ja-ponés. Al colgar el teléfono Álvaro descubrió que amaba a Julia.Y que Beatriz… ¿Beatriz? En este momento Álvaro no sabe quépieza mover. Estoy con Beatriz y quiero estar con ella, me gustamucho. Casi tanto como Julia, bastante más, comparado con lopoco que la conozco. Así que decidió pasar la noche con Beatriz, luego hablaríacon Julia y pondría fin, al menos de momento, a su relación. Yaque Álvaro quería quedarse en Madrid unos meses en casa deGregorio de Lucas y de Beatriz. Ahora soy un artista, ya no soyaquel tímido estudiante. Así que habré de comportarme comoun artista. Se dijo, pensativo, mientras se afeitaba, en una habi-tación del hotel Palace de Madrid. Beatriz se tumbó en la camadel dormitorio y enchufó su ordenador portátil: puso música. Sí, definitivamente Álvaro maduraba. Se convertía en un ser154
  • 153. responsable y consciente de lo que era o de lo que empezabaa ser. Tenía una idea vaga de lo que su mundo interior queríaproyectar en el mundo exterior, y, ciertamente, eso era mucho.Tal vez demasiado, por lo que el fracaso podría aparecer en suvida, en cualquier momento, devastándola por completo. ¿Quées el futuro y qué es el destino?, se preguntaba en esos momen-tos, un poco aterrado, todavía con la piel ligeramente mojada,tras de la ducha y del posterior afeitado. Esas gotas de aguarecorrían su cuerpo, que se entreveía bello y joven, atractivopara los ojos de Beatriz que buscaban las gotas de agua, espar-ciéndose por su pecho, por sus muslos y por su pene, tapado araciones por el albornoz. Beatriz lamió aquellas gotas, comosedienta de pasión, como si el cuerpo de Álvaro le produjese unfatal éxtasis de deseo. Álvaro se quitó su albornoz mostrandosu cuerpo angelical, su pene casi erecto, a punto de erguirse deltodo y acometer la sublime tarea de penetrar el órgano de pla-cer de Beatriz, su vagina, húmeda y suave, protegida, todavía,por unas braguitas de seda. Beatriz se desnudó completamentey se tumbó encima de Álvaro. Este cogió su pene con la manoy lo dirigió hasta el sexo de Beatriz, donde lo introdujo despa-cio, gimiendo de placer viril. Ambos empezaron a gritar, cadavez con más fuerza, mientras Álvaro aleteaba su cuerpo comoun pez que sacan del agua y se ahoga en el aire. Finalmente elorgasmo trocó todo aquel movimiento en paz y serenidad. Bea-triz se cobijó entre los brazos de Álvaro y éste la abrazó fuerte,para que no se fuera, y apagó la luz. Y durmieron. 155
  • 154. INTERLUDIO “Qué viejo había sido ya de joven! ¡Cómo la conciencia de no tener un hogar en ningún sitio había logrado paralizarlo y asfixiarlo interiormente! ¡Qué hermoso era pertenecer a alguien en el odio o en la impaciencia, en el amor o en la me- lancolía! Un triste entusiasmo se apode- raba de Joseph siempre que desde algu- na ventana abierta sentía que el mágico calor de un hogar se reflejaba en él, el solitario, el errante, el apátrida, de pie en medio de la calle fría.” Robert WALSER, El ayudante.
  • 155. XXVI.- SUICIDIO PLANEADOÁ lvaro se despertó sudoroso, tenía un poco de fie- bre y recordó que era necesario llamar al cura para de- cirle que tardaría unos meses en volver. Soñó con esa es-cena y el cura le dijo: No te preocupes, te guardaré la habitacióntodo el tiempo que necesites. Sin embargo no lo llamó, como si realmente ya lo hubierahecho. Al ver a Beatriz en la cama, junto a él, comprendió, denuevo, que su vida había cambiado. El carácter de Beatriz equi-libraba sus ánimos. Ella era una mujer capaz de llevar la inicia-tiva en todo momento, de sacarlo de la cama y de hacerle ser elque era. Esa sensación le llenaba de placer a Álvaro, sentir queesa mujer llevaba el timón de su vida, de su prometedora vida. Mirando a Beatriz, dormida, Álvaro descubrió la poderosapersonalidad que portaba en su cálido rostro, cuyos rasgos eranmuy parecidos a los de Audrey Hepburn. Álvaro descubrió quenecesitaba una mujer así, capaz de llevar la delantera, aunque,él, de algún modo, habría de corresponderla, sus actuaciones, sumodo de ser, serían la pieza necesaria para mostrar, con el finde que Beatriz permaneciese junto a Álvaro, tal que una prin-cesa enamorada de un decadente marqués, último estandartede la belleza, elegancia e inteligencia burguesas. Esas imágenes,muy siglo XIX, solían conmover a Álvaro, que las comparabacon su vida, tan cotidiana como espectacular en otros momen-tos. Lo mediocre es espectacular, cuando se convierte en ritoy es mirado por ojos mediocres, reflexionaba Álvaro cuandodespertó Beatriz. Beatriz abrió sus ojos y miró a Álvaro ya de pie, frente al es-pejo, recogiéndose el pelo con una diadema, para echarse unamascarilla facial por toda la cara. 157
  • 156. -¿Siempre te arreglas con tanta elegancia?, preguntó Beatriz,sonriendo. -Los hombres también tenemos derecho a cuidarnos. -Sí, por supuesto, es que me hace gracia. -Ya, es normal. La cultura nos obliga a repudiar ciertos actos.Yo busco la elegancia de una manera natural, haciendo resaltarlos rasgos de mi rostro más bellos y jóvenes. -No me tienes que dar explicaciones. Yo creo que la piel es laimagen que produce mayor atracción del cuerpo humano. -Yo también lo creo. Además pienso que la pasión significaun profundo viaje hacia el deseo de querer conocer el tacto, sa-bor, aroma de esa piel admirada desde su arquetípica contem-plación del cuerpo. -La piel es el hallazgo del deseo. Cuando el deseo busca unapiel será necesario que ese deseo se cumpla, porque si no laderrota puede ser angustiosa.- Afirmó Beatriz, encendiéndoseun cigarro Camel. -¿Tú crees que un portador de belleza puede maravillarseante la belleza de su propia piel? -Sí, pero entonces, ¿qué otro deseo le queda que el deNarciso? -Ya, pero ¿no crees que es inevitable el deseo hacia la pro-pia belleza? Ser consciente de ello es muy peligroso, te puededestruir. -Sí.- Repuso Álvaro, algo contrariado. -Una vez, viajando en coche, suelo pensar mis cosas, en si-lencio, y mi padre, que conduce, suele pensar las suyas. Peroalgunas veces él me mira y me pregunta ¿En qué estás pensan-do? y yo nunca suelo responderle, porque pienso casi siempreen cosas horribles. -¿No eres capaz de ser sincera con tu padre? -Sí, trato de serlo, pero hay cosas que no se pueden contara nadie, al menos en ese momento, cuando las estás viviendo.Realmente mi padre es muy afortunado, porque está presenteen ese momento, y yo también soy muy afortunada, porque es-toy presente en ese momento, con mi padre.158
  • 157. -Entiendo que te cueste alcanzar ese grado de sinceridad.Eso es muy común. -Recuerdo que un día, sin embargo, mi padre me volvió apreguntar eso ¿En qué estás pensando? Y yo le dije: No, nada ycontinué pensando en esas cosas terribles. >>Una de ellas era que observaba mis manos, mi piel y so-ñaba que un chico del barrio que violaba, besando mis precio-sas manos. Otra vez pensé que otro hombre me violaba y mecortaba a pedazos, para luego comerme. Yo no sentía placer alpensar eso, pero lo pensaba. Bueno, quizá un poco de placersí. Algo tan horrible pasaba por mi cabeza y en cierto modo lodeseaba, ¿quién sabe lo que son los deseos? Supongo que, en larealidad, más allá del deseo, cuando ese hombre saca sus tijerasy te dice que va a cortarte en pedazos tú no piensas en otra cosaque en salir de allí corriendo y no en quedarte para sentir unorgasmo. Esa es la gran diferencia. >>Supongo que pensar estas cosas no me hace culpable deningún delito, aunque me siento como si lo fuera. Como si hu-biera delinquido moralmente. Nuestro comportamiento inte-rior es muy voluptuoso. -Yo también he tenido pensamientos de ese tipo. Por ejem-plo, cuando era más pequeño, y no soy homosexual, aunquecreo que en la adolescencia todos lo somos un poco, soñaba conchupársela a un chico, los sueños no se pueden controlar. A unchico de 14 años, compañero de clase. Él solía hacerme bromasen el recreo, del tipo Oye tío, vamos al baño y me la chupas y yonunca le respondía, simplemente me quedaba mirándole congesto serio pero como esperando a que cogiese mi mano y meinvitara a entrar al baño. >>Al mismo tiempo empecé a salir con una chica, era hijade un médico, con bastante dinero y tremendamente guapa.Todos los chicos de mi clase estaban colados por ella, incluidoel que quería que yo se la chupase, pero ella estaba colada pormí. 159
  • 158. >>Mi mejor amigo, un boyscout del Opus, se enfadó defini-tivamente conmigo, porque desde el principio me confesó suamor por ella. Yo, sin embargo, que al principio no pensaba enella, sentí luego tener la necesidad de buscarla con la mirada. >>Ella casi nunca miraba a nadie, solamente a sí misma, ylas sombras de los rostros que la seguían, allí por donde ellapasase. Creo que no exagero. Un día se me ocurrió mirarla. Es-taba jugando a la comba con las otras niñas. Ella, por un ins-tante, dejó de mirar la cuerda y se tropezó, entonces, a puntode caer al suelo, clavó su mirada sobre mí, haciéndome víctimadel deseo. Ella miró hacia atrás, con total seguridad, y volvióa saltar bajo la comba, sonriendo y mirándome de nuevo, conmás dulzura. >>Perdona. Seguramente te estoy aburriendo. -No, en absoluto. Me gustaría saber como acabó esta histo-ria. Tanto con el chico como con la chica, me produce muchacuriosidad.- Afirmó Beatriz, totalmente intrigada por el relato. -Yo, casi nunca miraba a nadie. Solamente a mí mismo. Y,también, a las personas que deseaba. Sobre todo a las personasque deseaba. Ciertamente ella fue la primera chica por la queme interesé. Y fue la única por mucho tiempo. Sólo salimos jun-tos dos meses, pero yo estuve enamorado de ella tres años. Sinembargo después de que cortáramos no volvimos a hablarnos. -¿Y pasó algo especial entre vosotros? -Sí, pasaron cosas, lo que más me excitaba era cuando nosmirábamos por el pasillo, antes de entrar a clase. Después, enel recreo yo iba a buscarla y salíamos a comprar un Bollicao ala panadería que había frente a la escuela. Luego, nos escon-díamos en un garaje y nos dábamos la mano. Después tocabasu cuerpo, ella el mío, y nos besábamos. Eran momentos muyespeciales, yo sentía miedo por si pasaba por allí un profesor oalgún familiar. Ella era más valiente que yo. -¿Y por qué cortasteis? -Fui yo. Tenía miedo de seguir y que yo le dejara de gustar.Tenía miedo de que ella cortara conmigo antes. -Vaya, qué inseguro eres.- Asintió Beatriz tocando la mejilla160
  • 159. de Álvaro. -Sí, siempre lo he sido. -¿Y qué pasó con ese chico? -¿Qué quieres decir? ¿Si se la chupé? -Bueno, no, pero, qué pasó entre vosotros. -Pues no se la chupé. Él se fue a otra escuela y ya está. -Pero, ¿si te lo hubiera pedido lo habrías hecho? Álvaro se quedó paralizado ante la pregunta de Beatriz.¿Qué podría contestar?, ni él mismo lo sabía. -¿Y qué significado tiene lo sexual?- Respondió, contrariado.Beatriz se levantó de la cama y fue a ducharse, algo contrariadatambién por esa respuesta. Álvaro cogió la novela de Luis, con-tinuó leyéndola. Sí, pronto voy a morir. No sabría decir exactamente cuándo,pero sé que la fecha está cerca. Tengo que planear mi últimodía, ese, al menos, deberá de ser memorable. Ese día tengo quehacer el amor, ver a Álvaro y terminar de escribir esta novela.Después me pegaré un tiro con una pistola que he compradopor ebay, la misma que uso siempre en el Counter. Qué penaque no pueda narrar eso, porque ya estaré muerto. Álvaro estaba perplejo. Luis había planeado su suicidio. Ha-bía narrado su vida, desde el primer día hasta el último. Álva-ro estaba impaciente por leer las últimas páginas, aquellas quenarraban sus últimos momentos en primera persona. Sin dudaprometía ser algo catártico para Álvaro, y personalmente emo-cionante. Aunque tenía miedo de no poder perdonar ya nuncamás a Luis si la novela terminaba de esa manera. -Álvaro, ¿qué haces? Tenemos que ir a comer a casa de mipadre, va a venir algún escritor más. Estás invitado tú también,quieren conocerte y hablar sobre tu novela. -Ya voy Beatriz, es que estaba leyéndola. No sé cómo aca- 161
  • 160. barla. No sé si hacer que el protagonista, Luis, se suicide o quepermanezca vivo. -Pues a mí me gusta más que se suicide. Parece más literario,¿no crees?- Afirmó Beatriz, sonriendo. Mientras terminaba depintarse los labios. -Bueno, yo no tengo esa idea tan sensacionalista de la litera-tura.- Replicó Álvaro algo molesto. -Oye, yo tampoco, pero lo problemático me atrae más, sóloeso. -Vale, gracias por el consejo, lo tendré en cuenta. A Álvaro también le parecía más literario acabar con el sui-cidio del protagonista. Pero por un momento pensó que no po-día permitir que Luis muriera suicidado literariamente. Queríacambiar ese final, tal vez, con otra muerte.162
  • 161. XXVII.- LA COMIDAÁ lvaro se sentía inquieto durante el trayecto en el coche de Beatriz a casa de Don Gregorio. Iba a comer con gente importante. Don Gregorio había invitado a co-mer a un escritor catalán consagrado y a un crítico de literaturade una conocida revista. Álvaro tendría que hablarles sobre sunovela y entregarles, al menos, los primeros capítulos. -Me alegro de veros.- Les dijo Don Gregorio a Álvaro y Bea-triz.- Os voy a presentar a unos amigos. Tras la presentación todos se sentaron en la mesa. El escritorcatalán y su mujer, el crítico literario y su mujer, Don Gregorio,Beatriz y Álvaro. Una asistenta de unos cincuenta años fue sir-viendo los platos. Sonaba Aida de Verdi. Bebían un vino Riberadel Duero, excepto el escritor catalán, que prefirió cava. -He leído algunos fragmentos de tu novela. Me han parecidomuy interesantes, sobre todo el estilo.- Dijo el crítico literario,tras tomarse un canapé de paté de canard. -Bueno, tengo que revisarla, posiblemente la cambie porcompleto, aunque mantendré el mismo estilo. -Eso es lo importante.- Dijo Don Gregorio, dando un sorbode vino.- El estilo perdura. -Sí, el estilo es lo primero que busca el escritor, si logra ha-cerse con él la novela sale sola.- Afirmó el escritor catalán, trasllenarse la copa de cava por segunda vez. -Papá, ¿cómo definirías tu estilo?- Preguntó Beatriz. -No puedo definirlo. Es algo que te viene dado, que has lo-grado con la vida, haciendo tu oficio de escritor. -¿Y tú, Álvaro?- Preguntó, de nuevo, Beatriz. -Pues creo que Don Gregorio tiene razón. -Lo siento chicos, pero me voy a París esta tarde. Así que metendréis que perdonar, pero voy a subir a hacer la maleta. 163
  • 162. Todos agradecieron a Don Gregorio la estupenda comidaque les había ofrecido. La casa quedó vacía, a excepción de Bea-triz, de Álvaro y de Don Gregorio, el cual continuaba hacién-dose la maleta. -Genial.- Dijo Beatriz, sonriente.- Podremos quedarnos aquí.¿Te apetece ver una película? -¿No le importará a tu padre que nos quedemos? -Qué va. Dice que el mejor lugar donde puede uno estar esen su casa. -Sabia afirmación. Álvaro empezó a mirar una de las estanterías de libros. Enseguida reconoció una novela que siempre le había atraído, eraEl ruido y la furia de Faulkner. Cogió ese libro, que pesaba de-masiado, y comenzó a leerlo. La primera frase le eclipsó: A tra-vés de la cerca, entre los huecos de las flores ensortijadas, yo losveía dar golpes. Era una frase que poco tenía de especial para él,pero por eso le eclipsó. Álvaro empezó a mirar a Beatriz, desdela cerca del libro, que se encontraba frente a él, tumbada en unconfortable sofá. Beatriz se levantó del sofá y subió por la esca-lera, probablemente hacia su dormitorio, Álvaro cerró el libro yla siguió, despacio. Beatriz observó a Álvaro, a su espalda, y loinvitó a entrar a su dormitorio. Era una habitación normal, conalgún póster de ciudades como Londres o Nueva York y unafoto ampliada de Leonard Cohen. Los muebles eran modernosy el ordenador dominaba la mesa, impuesto con su gran moni-tor LCD de última generación. -Si quieres vemos la película aquí.- Dijo Beatriz señalando elimponente monitor. -De acuerdo, ¿cuál vemos? De pronto sonó el teléfono móvil de Álvaro. Era Julia. Lamelodía de Beethovenn se repitió varias veces. Álvaro no se164
  • 163. atrevía a coger el teléfono, tendría que explicarle todo lo suce-dido, que había conocido a Beatriz y que se quedaría un tiempoen Madrid. Tenía miedo a la reacción de Julia. En el fondo leimportaba mucho y no quería perderla. ¿Acaso tenía que elegir?Álvaro empezó a angustiarse. -¿Por qué no coges el teléfono?- Le preguntó Beatriz. -Es Julia. Mi novia. Cesó la melodía del teléfono. Beatriz miró a Álvaro concierta preocupación, desvelándose en su rostro cierto reflejo demujer traicionada. -Ah, que tienes novia. -Bueno, en realidad pienso dejarlo. Las cosas no nos ibanmuy bien y bueno… desde que te he conocido… no sé. -Tranquilo, no me tienes por qué dar explicaciones. Haz loque quieras. -Voy a llamarla, seguramente ha ido a buscarme al hotel y seha preocupado. -¿Ella está en Madrid? -Sí, hemos venido juntos, pero como te dije las cosas no ibanmuy bien, en realidad ella estuvo buscando en Madrid a un an-tiguo novio, así que, no le importará que le diga que ha encon-trado a otra persona. -Y ella, ¿ha encontrado a ese chico? -Sí, pero me dijo que ya no hay nada entre ellos. En realidades su hermanastro. Dice que ahora sólo son buenos amigos. -Creo que no debes hablarle de ello por teléfono. ¿Por qué nola invitas a venir?- Dijo Beatriz. Álvaro se quedó pensativo. Lo de no decírselo por teléfonoestaba bien pero lo de invitarla a venir. ¿No era peor tener quedecírselo en casa de Beatriz? Sería una situación un poco incó-moda. Sin embargo, Beatriz, como si hubiera tenido acceso alos pensamientos de Álvaro, le dijo: No tienes por qué decírselo 165
  • 164. aquí. Podemos hablar un rato y después tú te vas con ella y ledices lo que tengas que decirle. -¿Y tú?, ¿No te vas a sentir incómoda?, ¿Qué pensará ella alverte? -Bueno Álvaro, tampoco tú y yo nos vamos a casar, en el fon-do sólo somos amigos, dos personas que acaban de conocerse.Preséntame a ella como una amiga. ¿Sería eso buena idea? Se preguntaba Álvaro. No le impor-taba realmente que Beatriz se sintiera incómoda sino su propiaincomodidad. ¿Estar con Beatriz y Julia al mismo tiempo? Esole recordó a aquellas noches en la residencia en que se juntabacon Leonor y Julia, y también con Luis. A Álvaro le vino, de re-pente, este pensamiento: ¿Habría escrito Luis algo en su novelasobre esos encuentros? Tal vez Álvaro necesitaba escuchar laclara conciencia de Luis, revivirla de algún modo para tratarde hallar lucidez a su presente desasosiego. Recordó aquellasnoches en la residencia y se puso triste. Beatriz lo miró y notóen seguida esa tristeza. -¿Por qué te has quedado callado? ¿En qué estás pensando? -No, en nada. Llevas razón, voy a llamar a Julia y la voy ainvitar a venir aquí. ¿Qué hay de malo en ello? Te la presenta-ré, seguro que te cae bien y os hacéis buenas amigas. Conocergente no es malo. Seguro que pasamos un buen rato los tres entu casa.- Explicó Álvaro a Beatriz, como si también quisieraconvencerla a ella, como si también quisiera convencerse a símismo. Beatriz sonrió y pasó a la habitación de su padre, para ayu-darlo a hacer la maleta. Álvaro se quedó en la habitación deBeatriz, esperándola. Ella le dejó poner música en el equipo.Conecto su reproductor mp3. Álvaro necesitaba oír músicapara concentrarse en sus pensamientos. A veces ni siquieraescuchaba la música, otras, esa música dirigía sus emociones,166
  • 165. trasladándole a diversos parajes melancólicos de su memoria.Cada canción comportaba diversos sentimientos que se aña-dían a los que el pensamiento iba dejando al mismo tiempo.Pensar en Luis era triste, pero lo era todavía más si ese recuer-do venía musicado por Knockin’ On Heaven’s Door. Una can-ción que ambos escuchaban insistentemente, y que se convir-tió en un símbolo de sus vidas. Podría haber sido otra pero fueesa, y escucharla, hacía casi temblar a Álvaro, sobre todo enesos momentos, como el presente, donde los temores se hacíanrealidad y era necesaria la compañía de un testigo cómplice, elcual estaba ausente. Desde que Luis se fue Álvaro ya no creeen la amistad. Poco a poco se ha ido convenciendo de que lagente se conoce por conveniencia, sobre todo a medida que sevan haciendo adultos, por lo que las posibilidades de encontrarun amigo como Luis se iban reduciendo cada vez más. Tal vezhace un años lo hubiera encontrado, pero ahora, con 22 años, lagente mira por sí misma. Se vuelve vanidosa e interesada. Nomerece la pena buscar. Soy un mártir de la otredad. De alguna manera Álvaro se sentía influenciado por el mi-sántropo modo de mirar a los demás de Luis. Él era conscientede ello, aunque de una manera sumisa. Sin embargo luchabapor ser feliz, no quería dejarse llevar por el pesimismo. Siemprehay una salida, siempre se puede hallar un camino pertinente,repetía en su cabeza para no olvidarlo. Sacó la novela de Luis. La felicidad es un camino que a veces se encuentra. Y cuan-do eres feliz no lo sabes. Sólo te das cuenta después. La felicidadde hoy será el llanto de mañana. Esas palabras de Luis entristecieron más, si cabe, a Álva-ro. Evitó pensar en el pasado para reconocer aquellos momen-tos felices, evitó tornar en llanto la dicha, prefirió relegarla alolvido pues no era capaz de recordar aquello con una sonrisa,¿Cómo voy a sonreír ante tanta felicidad perdida? Tenía ganasde recordar, pero su instinto de supervivencia le disuadía de 167
  • 166. ello. Recordar es morir. Es transformar el tiempo presente enpasado, en cenizas. Recordar es naufragar, es negar el futuro.Ningún mar puede atravesarse si remamos hacia atrás, contracorriente. Esas palabras de Luis le convencieron. Tenía que dejar demirar atrás. Sólo era necesario pensar en el futuro, ni siquieraeso, sino vivir en el presente, nada más que eso. Así de sencillo.Pero, entonces, ¿Tendría que dejar de oír música, tendría quedejar de leer la novela de Luis, tendría que borrar a Luis de sumemoria así como todas las cosas bellas que pasaron por suvida? Era ese el precio que habría de pagar para ser feliz. Talvez, en un futuro, pensó, podré desenterrar todos esos recuer-dos y brillarán con más fuerza. Los podré recobrar con alegría,satisfecho de haber poseído tantas cosas, pero ahora no debo,ya que estoy al principio del viaje. Cuando esté llegando a lacosta, cuando mis ojos presientan con cierta nitidez mi destinoúltimo sé que podré recordar. Podré parar el barco y tirarmeal mar unos minutos para saludar a los animales marinos delrecuerdo, antes de llegar a la última costa. Pero ahora no, ahorasólo debo ponerme a remar. Álvaro marcó el número de teléfono de Julia. ÁLVARO.- Hola, estoy en casa de una amiga. ¿Te apetecevenir? JULIA.- Vaya, veo que no pierdes el tiempo. La respuesta de Julia obstaculizó, por un momento, toda laseguridad con la que Álvaro se había cargado para hacer esallamada. Lo que más detestaba Álvaro era tener que dar expli-caciones, y sentía que su vida se basaba en eso, en un continuoporque que al final seguía quedando sin explicación.168
  • 167. XXVIII.- LA TARDEF inalmente Julia accedió a ir. Pidió un taxi hasta la casa de Beatriz, en la calle Velázquez. Mientras tanto Álvaro y Beatriz prepararon un té y se sentaron en la cama.Gregorio de Lucas se despidió de ambos con gran ternura. -Hija, pórtate bien. Álvaro cuida de ella, la dejo a tu cargo.-Don Gregorio, algo conmovido -siempre se emocionaba con lasdespedidas- les dio un abrazo y se marchó. Beatriz le acompañó hasta la puerta y después volvió conÁlvaro a tomar el té. -Tu padre es una gran persona, tienes mucha suerte.- Dijoél. -Gracias, la verdad es que es lo único que tengo en la vida. -¿Y tu madre? -Ella murió cuando yo era pequeña. En un atentado de ETA,en Barcelona. Estaba comprando en un supermercado, y bueno,ya te imaginas lo que pasó… una absurda bomba terminó consu vida. -¿No me digas que tu madre estaba allí? Lo siento mucho. -Sí. Bueno… no te preocupes, creo que lo he superado.- DijoBeatriz, forzando una sonrisa. -¿Segura? Creo que lo más difícil de la vida es poder superarla muerte de un ser querido.- Afirmó Álvaro. -Sí, desde luego. Esas cosas te hacen más fuerte, pero tam-bién más débil. No sé si me explico. -Sí, perfectamente. Desde que murió mi mejor amigo, sepegó un tiro en la cabeza, pienso en la muerte constantemente.Superar el dolor es complicado. -Vaya, no lo sabía. Ocurre como en tu novela, ¿no? -Sí, ciertamente está basado en ello. -Ya, entiendo. ¿Qué fue lo primero que pensaste cuando 169
  • 168. murió? -Pues al principio no pensaba nada. Pero al pasar unos díasvinieron a mi mente ideas de todo tipo. Casi todo lo cuento enla novela.- Dijo Álvaro, mintiendo, y creyéndose su propia men-tira, olvidando que la novela la había escrito Luis y no él. -Joder. ¡Qué mierda de vida!- Afirmó ella. Beatriz era profundamente optimista, salvo cuando salía eltema de la muerte. Álvaro no podía evitar comparar a Beatrizcon Julia. Pensó que Beatriz era mucho más sensible que Julia.Que la experiencia, a veces, configura la sensibilidad de las per-sonas. Beatriz sabía lo que era la muerte de un ser querido. Y lomás importante, había madurado con ello, seguramente por supadre, con quien habría tenido infinitas conversaciones sobreel tema. Julia, sin embargo, es pragmática. Para ella lo impor-tante es salir adelante y evitar el recuerdo. Un poco como Álva-ro. Sin embargo a Julia no le costaba nada evitar el recuerdo, alcontrario que a Álvaro, quien vivía en un una lucha incesantepor controlarse así mismo, tratando de alejarse de las ruinas,aunque unas frases de Ortega le hablaban de esa imposibilidad:El hombre es el único ente que está hecho de pasado, que loconserva en sí, lo acumula, hace que dentro de él, eso que fuesiga siendo en la forma de haberlo sido. Sin duda, Álvaro pensa-ba que su yo presente no era más que una sombra conformadapor la memoria de sus experiencias pasadas. Soy las sombrassuperpuestas del tiempo de mí mismo, se decía en ocasiones. -No sé, Beatriz. A veces me pregunto qué es la muerte. Unabala que se incrusta en la cabeza y… ya está, se acabó todo. Asíde sencillo. -Así de absurdo. -Así de patético. -Sí. Pero para él, para tu amigo, todo el dolor terminó y lotrasladó a sus seres queridos. A sus padres, a ti, a su novia, sitenía. A toda la gente que lo necesitaba. ¿No estás enfadadocon él por eso?170
  • 169. -No. Ya no. Pero me siento mucho más solo que antes. Tratode pensar que es el destino, quiero creer en el destino, en quetodo tiene un por qué. -Sí, es mejor pensar eso. Sonó el teléfono de Álvaro. Era su colega Isidoro. ISIDORO.- Hola tío. Vamos de camino a Madrid. Si tú novuelves tendremos que ir a verte. ÁLVARO.-Hola Isidoro. ¿Vais a venir? ¡Qué sorpresa! ISIDORO.-Sí, voy con Pepe Pereira, Martin y Pedro. Dentrode una hora estamos allí, dime dónde estás. ÁLVARO.-Estoy en casa de una amiga, es la hija de Gregoriode Lucas, el escritor. ISIDORO.-Vaya, qué bien te relacionas. Pues esta noche,fiesta. Vamos a quemar Madrid. ÁLVARO.-Vale, nos vemos aquí, calle Serrano 115. 4ºIzquierda. ISIDORO.-Muy bien. ¿Y qué pasa con Julia? ÁLVARO.-También vendrá, aunque posiblemente corte conella esta noche. ISIDORO.-Bueno, ya hablaremos, pero piénsalo bien. Nohagas algo de lo que te puedas arrepentir. ÁLVARO.- Gracias por el consejo. Nos vemos. Álvaro se extrañó por las palabras de Isidoro aunque agra-deció que se preocupara de esa manera por él. ¿Tendría quedejar de verlo como un colega y mirarlo como a un amigo? -¿Vienen a verte?- Preguntó Beatriz, que había escuchadotoda la conversación. -Sí, son unos colegas, seguramente se aburren allí. 171
  • 170. Álvaro pensó en algunas de las noches de fiesta que habíapasado con sus colegas. Demasiado alcohol y porros. Demasia-da autodestrucción.- se dijo. Pero, de vez en cuando no vienemal. Álvaro veía a sus colegas como a una gente sin destino,que vivía por vivir, de una manera despiadada con su cuerpo.Sin embargo los quería mucho, precisamente por su falta deresponsabilidad que en cierta manera constituía una ética ab-solutamente responsable. No cabe duda de que viven la vidade acuerdo a unos principios, a un código secreto, que ni ellosmismos conocen, pero que les determina. Yo no podría vivir así,mi cuerpo y mi mente no lo resistirían, pero sin embargo tengoalma de maldito, como Jim Morrison o Kurt Cobain. A vecesno me importaría morir asfixiado en mi propio vómito, pero,tal vez, se necesita ser muy valiente para llegar a un final así. -¿En qué piensas? Te has quedado muy callado. -En mis colegas. No te asustes cuando los veas, son un pocoheavys y comunistas, y además les encanta hablar y, sobre todo,discutir. -No te preocupes. Yo ya no me asusto por nada. Afirmó Bea-triz sonriendo. Hubo un largo silencio, hasta que Álvaro, re-flexivo, dando un breve sorbo a la taza de té caliente, lo rompiócon extrañas preguntas. -¿Tú sueles pensar en el futuro? ¿Tienes un plan de vida? ¿O,simplemente, te dejas llevar, pase lo que pase?- Beatriz se que-dó pensativa unos segundos. -Pues, es algo en lo que dejé de pensar hace tiempo. Recuer-do que hace unos años, cuando empecé a estudiar Filosofía, mipadre me dejaba libros para que empezara a formarme en lamateria. Un día me trajo uno especial, era de Máximo Cacciari.Ese libro me impresionó bastante, y, a partir de ahí, a la inversa,empecé a leer a Schopenhauer y a Nietzsche. Desde entoncesno pienso en el futuro, no tengo voluntad de vida, simplementeme dejo llevar, de una manera taoísta. -Me gusta tu filosofía. Creo que es muy interesante, aunquea veces, ¿no te preocupas?, ¿no se llena tu cuerpo de desasosie-172
  • 171. go al pensar en lo que eres, en tu destino, en lo que habrás deser?, ¿En el sentido de todo ello? -Sí, el sentimiento metafísico nunca se pierde, pero casisiempre que lo siento me conduzco rápidamente hacia el es-cepticismo, existencialismo o sencillamente, voluntad negativade vivir.- Sentenció Beatriz. -Yo soy más optimista. O intento serlo.- Contestó Álvaro. -Ya, si yo también lo soy. Parece que no me entiendes.- Res-pondió Beatriz tomando la muñeca derecha de Álvaro. -Sí, creo que te entiendo. Pasaron algunas horas, Beatriz y Álvaro se tumbaron en lacama y pusieron la película Ichi The Killer del director japonésTakashi Miike. Ambos reían en las escenas violentas. Álvarorecordó a Beatriz las semejanzas que guardaba la película conlos Cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont. A Beatrizno le importaba, le gustaba la película, a pesar de que le pro-ducía angustia verla, asco, repugnancia, y cierto complejo deculpa por ver algo tan perverso y sádico. Sin embargo Álvaro leexplicó que todo era un juego posmoderno, una estética basadaen lo horrendo desde un punto de vista hiperbólico, y que, portanto, el sentido cómico era necesario para descifrarla. Beatrizdudaba de tal dimensión artística de la película, y, a pesar deque le gustase, afirmaba que no era más que una sucesión deideas macabras de un director de cine que, eso sí, demostrabamanejar muy bien la cámara. Álvaro detuvo la película durante unos minutos porque Bea-triz se había mareado en una escena en la que el protagonistacortaba en dos con una cuchilla, instalada en su zapato, a unamujer que acababa de ser violada y golpeada por otro hombre.Ambos salieron a la terraza a fumar un cigarro. -Me siento un poco angustiada.- Dijo Beatriz. 173
  • 172. -¿Tanto te ha conmovido la película?- Preguntó Álvaro,irónicamente. -Calla, no tengas mal gusto. No me refiero a la película. Merefiero a lo que va a ocurrir esta noche. -¿Qué va a ocurrir esta noche? No me asustes.- Dijo Álvaromientras sonreía. -No te asustes. Te hablo de mí. Me siento un poco violentaal pensar que vendrá Julia, no sé cómo reaccionar con ella, escomo si fuera una prueba ante ti. Además vendrán tus amigos.¿Les caeré bien? No sé, se ha juntado mucho de golpe. Te conoz-co y quiero estar contigo pero es como si para ello tuviera quesuperar una serie de pruebas. -No te lo tomes así.- Expuso Álvaro.- Sólo tienes que actuartal y como eres para que todo salga bien. Hemos de aprender aser nosotros mismos, en todo momento. No importan las cir-cunstancias, ni siquiera que tú y yo estemos juntos. Esta nocheserá diferente, nuestras vidas pueden volver a cambiar en uninstante, tú puedes conocer a otro chico, desenamorarte de mío todo puede seguir igual que antes. Nuestro destino depen-de de nosotros aunque nosotros no dependemos de nosotrosmismos, por lo que nuestro destino depende, solamente, de símismo. -Creo que no te he comprendido muy bien, pero tus palabrasme tranquilizan. -A mí también me tranquilizan, por eso las digo.- ExplicóÁlvaro. Beatriz lo miró bastante calmada y le entregó un besoen los labios, tierno y cálido. Después pusieron la película deMiike y continuaron riéndose con las sangrientas escenas.174
  • 173. XXIX.- NOCHE EN MADRID CON LOS COLEGASN o habían terminado de ver la película cuando llamaron a la puerta los colegas de Álvaro. Se oían las revoltosas risas a través de la puerta. No había dudade que eran ellos, sobre todo cuando Pereira empezó a golpearla puerta con ambas manos. Al abrir Beatriz la puerta los tresse empujaron hasta llegar a Álvaro y darle un afectuoso abra-zo que por poco se caen al suelo. Después los tres miraron lacasa, algunos cuadros y muebles hasta llegar al rostro de Bea-triz, sonriente y con cuatro botellas de cerveza Coronita en lasmanos. -Qué rápido empezamos.- Bromeó Pedro, sosteniendo lacerveza. -Hay que empezar a entrar en calor.- Dijo Martin. -¡Vaya casa bonita! Cualquier diría que es de un escritor.-Dijo Pereira. -Es que ahora los escritores también son burgueses.- SoltóIsidoro. Beatriz puso un gesto un poco serio y Álvaro rió la gracia deIsidoro. Los seis se sentaron en el salón, Beatriz puso un poco demúsica y después, se sirvió un Martini solo y otro para Álvaro.Isidoro empezó a dar un discurso político bastante polémico. -La solución sería enviar capitales a los países en desarrollopara que la inmigración no nos coma.- Explicó Isidoro. -Eso parece una buena solución, pero siempre que se haga deuna manera estable.- Dijo Álvaro. -Pero eso sólo lo pueden hacer los socialistas.- Agregó Bea-triz, sin pensarlo mucho. -Pero Beatriz.- Dijo Isidoro- El socialismo también ha trai-cionado al pueblo, se han hecho social-liberales. -Todo deviene en mercancía, dijo Baudelaire.- Pereira siem- 175
  • 174. pre citaba a otros autores para defender sus tesis. -Es muy difícil pensar desde nosotros, sin ver al pueblo. No-sotros no pensamos libremente, y esta es la tesis del marxismo,sino que nuestra propia condición social condiciona nuestraforma de pensamiento.- Dijo Álvaro, seguramente plagiando aalgún escritor o conferenciante que había escuchado antes. -La pobreza es un factor cultural.- Sentenció Pedro. -Es verdad, eso es una jodida verdad.- Espetó Martin. Álvaro subió al dormitorio de Beatriz a cambiarse de ropa.En ese momento llegó Julia con Haruki. Todos se sentaron enel salón. Álvaro, desde arriba, escuchó la voz de Julia y se pusoinmediatamente nervioso. También oyó una voz extraña, suave,casi susurrante, y en seguida comprendió que había venido conHaruki. Porque Julia se dio cuenta de que era mejor no venirsola, por lo que pudiera encontrarse. Cuando Álvaro bajó al sa-lón vio a Haruki sentado en un sofá, parecía sacado de una pe-lícula de Kiyoshi Kurosawa. Haruki comentaba que en su paíshabían entrado el último año unos quince inmigrantes, y esta-ba impresionado por el nivel de inmigración de España. Peropronto dejaron la política y empezaron a centrarse en la música.Álvaro intercambió algunas palabras con Haruki, y no se hablócon Julia en ningún momento, solo para saludarse. Después Ál-varo y Haruki comenzaron a hablar del manga japonés, Harukile recomendó a Hiromu Arakawa y a Mine Yosizaki. Álvarointentaba repetir los nombres pero le costaba. -¿Arawaka? -No, Arakawa. -¿Akawara? -Arakawa. -Ah, Akarawa. Después pasaron a repetir el otro nombre. -¿Yozizaki?176
  • 175. -Yosizaki. ¿Yozisaki? -Yosizaki. -¿Yorisisake? La pronunciación de Haruki era bastante complicada aun-que no se le daba mal del todo el español. El japonés de Álvaro,nulo. Dos islas lingüísticas tratando de comprenderse. En se-guida dejaron de hablar y se quedaron escuchando la música.Haruki sonrió al escuchar un tema llamado Till There Was Youde Los Beatles, a Haruki parecía gustarle y también conocía aLos Beatles. -¿Biitoruzu?- Preguntó Haruki. -Perdona, ¿no sé qué dices?- Respondió Álvaro. -La música, ¿Biitoruzu? -Ah, ¿Los Beatles?- Preguntó Álvaro. -Sí, Biitoruzu no ongaku ha kikeba kikuhodo suki ni nari-masu. Dijo Haruki en voz baja, casi pensándolo para sí mismo.Álvaro lo miró con extrañeza. -¿Qué has dicho? -Perdona, dije que cuanto más los oigo más me gustan. -Ah ya, a mí también. Veo que te defiendes un poco con elespañol. -Sí, en la escuela aprendí español como lengua primera. -Se nota, se nota. En otra parte del salón hablaban Julia y Beatriz. -Aquí hay mucha tranquilidad, se está bien.- Dijo Julia, in-dispuesta porque Álvaro apenas la miraba- Pero, todo ordentiene un caos- Dijo repentinamente, levantando la voz y seña- 177
  • 176. lando a Álvaro.- Y ese caos eres tú, Álvaro, ¿crees que puedesentrar y salir de mi vida así como así?, no tienes dignidad, serásartista pero no tienes sentimientos.- Álvaro se quedó atónitopor unos segundos. -Y tú eres una niña mimada y malcriada que me ha hecho lavida imposible.- Contestó él. Julia se acercó hacia donde estabay le soltó una bofetada que sonó notablemente. Después se fuede la casa. Haruki se levantó como para irse, pero finalmen-te se quedó con Álvaro, con Beatriz y con los colegas. Julia semarchó sola.178
  • 177. XXX.- MADRUGADA EN MADRIDE n las discotecas nunca ponen buena música. Pero siempre hay que ir a una discoteca, como si fuera uno de los mandamientos del salir de marcha. Al final, tras unascopas y algún porro, todos lo pasan bien en la discoteca, inclu-so se animan a bailar. Casi nunca hay peleas, excepto cuandoMartin se enamora de alguna tía, y ésta tiene novio o una cosaparecida. Una vez Martin se pegó con un tío de dos metrosde altura, al principio el alto le estaba dando una paliza, peroMartin cogió un vidrio de cerveza de cristal y saltó hacia lacara del tío de dos metros, le impacto con el cristal en toda lacara y parte del ojo. Hubo sangre y la policía apareció de repen-te. Pero Martin y los colegas, también estaba Álvaro, corrieronpor toda la ciudad y tiraron ladrillos a más de un escaparate.No podía decirle que eran sólo unos gamberros porque lo ha-cían con cierta actitud social. Pero la noche en Madrid no iba air por esos derroteros, todos iban con buenas intenciones, conganas de pasar un rato ameno y nada más. Sin embargo hubouna pelea con un musulmán. Pedro dijo Mahoma, hijo de putacuando pasaba un moro, y éste se ofendió y empezó a gritar fra-ses en árabe. Pedro le enganchó del cuello con su mano y con laotra le soltó un tremendo bofetón. El moro dejó de gritar y sefue corriendo. Pedro fue tras él hasta que finalmente lo alcanzóy lo tiró al suelo, entonces empezó a pegarle patadas por todo elcuerpo, incluso en la cara. Le reventó la nariz y se manchó loszapatos de sangre, algo que le jodió muchísimo. Después escu-pió al moro en la cara limpiándose la sangre de sus zapatos enla ropa desgastada de aquel hombre, un moro de mierda, comosolía decirles, hijos de Alá y de su puta madre. Después pasaron a un bar más tranquilo llamado El Satiri-cón. Álvaro discutió con Pedro por lo ocurrido. -¿Quieres que te metan en la cárcel? 179
  • 178. -Pero, ¿por qué? -¿Cómo que por qué? Acabas de pegarle una paliza de muer-te a una persona que pasaba por la calle. -Él me ha gritado antes. -Pero, porque tú le has provocado. No seas capullo. Pedro bajó la cabeza, sintiéndose culpable por lo que habíahecho. Álvaro y los demás intentaron olvidarse de lo ocurri-do. Isidoro se estaba liando un porro de marihuana. Haruki ylos demás, incluida Beatriz, hablaban de cine japonés de terror.La conversación era bastante pesimista, Pereira daba su teoríaacerca de la reencarnación, y todos le escuchaban atónitos. -La reencarnación sólo es para unos pocos. Hay muchos mi-llones de personas en el mundo, la reencarnación solamenteestá reservada para aquellos que hacen frente a su karma, yaprenden de ello. Esa es la doctrina principal del budismo. Losque no evolucionan se extinguen.- Explicó Pereira. -¿No me digas que eres budista?- Replicó Isidoro. -¿Ser? No, no, yo no, yo soy yo. Pero creo en algunos postula-dos budistas.- Dijo Pereira. -El budismo es una doctrina cojonuda. La filosofía griegatiene mucho de budismo, por ejemplo, aquellas frases NosteTe Ipsum o Llega a ser el que eres.- Dijo Martin, posiblementeesbozando lo poco que conocía de filosofía y que le habría con-tado Isidoro en una noche de borrachera. -Esa última frase me gusta. Pero, ¿cómo llegar a ser el queeres cuando no sabes quién eres?- Dijo Haruki, en un perfectoespañol. -Es que de eso se trata.- Añadió Beatriz, convencida por laspalabras de Martin. -Pero vivimos en un mundo en que es difícil lograr la armo-nía espiritual. Vivimos en una ciudad perdida. ¿Quién podríatolerar una ciudad tan desvergonzada?, diría el satírico de Juve-nal.- Afirmó Álvaro. -Sí, Juvenal llevaba razón. A la ciudad sólo le importa el pa-180
  • 179. nem et circenses. En ningún momento se plantean la ética delmens sana in corpore sano, algo que indudablemente nos lleva-ría al budismo, al camino de la vía media de Nagarjuna.- DijoPereira. -Te veo muy puesto en temas orientales, Pereira, dentro depoco irás vestido de krishna.- Dijo bromeando Isidoro. -Cuando uno ha sentido la muerte de cerca las cosas ya leparecen más ligeras. Un día caminaba por el puente cuandome detuve delante de un semáforo mientras escuchaba con eldisc-man el Réquiem de Victoria, al borde de la carretera, en-tonces me di la vuelta y me paré a observar el río. De prontooí vagamente el pitido de un autobús y al darme la vuelta unjoven que había a mi lado me empujó hacia la acera. Si no llegade haber sido por aquel chaval, joder, me hubiera ido directocontra el autobús. Entonces fui liberado de la muerte decretada.Todo eso me hizo reflexionar. Llegué a mi casa cabizbajo, mesentí como un Ulises anhelando su regreso a Ítaca, con todauna vida a las espaldas y la certeza de un nuevo comienzo, unanueva vida en el mismo hogar de antes, tras un largo camino,pero conmigo mismo, totalmente transformado.- Dijo Pereira,con la voz algo afectada. -Yo creo que todas las personas sienten la muerte muy decerca alguna vez en la vida.- Dijo Beatriz. -Eso es probable, pero lo importante es aprender de la expe-riencia.- Afirmó Pereira, mientras agarraba el vaso para echar-se un trago a la boca. -Por supuesto.- Asintió Beatriz. Pedro continuaba algo serio, algo contrariado por su vio-lenta actitud. Beatriz se había impresionado mucho pero losdemás, que ya conocían a Pedro, entendían, pero no aprobaban,su comportamiento. La infancia de Pedro fue dura. Se crió consu abuelo, un franquista de toda la vida, con muy poca cultura.El odio racial fue el plato de cada día en las conversaciones fa-miliares. Pedro, que no era franquista, sin embargo, conserva-ba esos pensamientos, que le asaltaban su conciencia, transfor- 181
  • 180. mándolo en un ser reaccionario y radical. Álvaro pensaba quetodas esas personas con poca personalidad necesitan ponerseetiquetas ideológicas llamativas, como era el caso de Pedro,para llamar la atención ante los demás y las drogas convertíanaquel ansia de autoproclamación en absurda violencia y des-control. Además, a Pedro el arte no le calmaba y humanizabasino que veía en él la imperfección humana, para Pedro el Arteera como un manifiesto de las limitaciones espirituales. Estaidea la compartía un poco Álvaro. Tras pasar a algunas discotecas, algo aburridos, decidieronvolver a casa de Beatriz. Todos iban a dormir allí, incluido Ha-ruki, que estaba algo mareado por el sake con Coca-cola quehabía bebido. -¿Cómo puedes beber algo tan explosivo? El sake me gusta,pero mezclado con Coca-cola me parece muy heavy.- AfirmóBeatriz sonriendo. Ya estaban todos sentados en el salón, deregreso al origen, bebiendo Macallan y saboreando los porrosque Martin se liaba de potente marihuana. Hablaron de mu-chos temas, sus vivencias y frustraciones, sus soledades y mie-dos, etc. Todos conversaban como si se conocieran de siempre,el ambiente fraternal era sublime, portentoso. Álvaro se sentíafeliz, por primera vez en su vida no se preocupaba por sí mismo,simplemente lo hacía por el sonido de las palabras, por la ob-servación de los cuadros que colgaban de las paredes del salónde la casa de Beatriz. ¿Cómo describir una casa tan extraña?Todas las habitaciones eran amplias y decoradas con exquisitogusto. En el piso de abajo estaba el salón, un cuarto de bañoy la cocina. En el piso de arriba cinco habitaciones, donde seencontraban las de Beatriz y Don Gregorio. En el tercer piso sehallaba la biblioteca. Una amplia buhardilla rodeada de estan-terías inmensas llenas de libros. En el centro había dos sofáspara tumbarse a leer y una mesa baja, al estilo japonés. Luegose encontraba la mesa de despacho, de madera de roble, y unatril del siglo XIX. En el atril una versión antiquísima del Qui-jote y una pluma de pavo real como marca páginas. También182
  • 181. había una pequeña bodega de wisky y de vino. Todos subieron ala buhardilla, Álvaro llevaba en las manos el equipo de músicaJVC y un montón de discos originales. Martin cargaba con losaltavoces Bose y el cable para enchufar el equipo a la corriente. -A veces me pregunto, ¿cómo puede venir el sonido desde unenchufe?, ¿Cómo puedo escuchar a Los Beatles como si estuvie-ran aquí? ¿Hubiera podido imaginar eso Beethovenn?- Se pre-guntó Álvaro, fumando el porro que le había pasado Martin. -Vaya, qué filosófico estás.- Dijo Isidoro. -Bueno, creo que la respuesta es más científica que filosófica,pero creo que la pregunta en sí encierra algo de misterioso, deinabordable, desde el punto de vista estético, por ejemplo.- Ex-plicó Álvaro.- ¿Tú que piensas, Beatriz?- Le dijo, mirándola conternura. -Lo siento, estaba pensando en otra cosa. -¿En qué? -¿En si las personas tienen una segunda oportunidad y sirealmente la vida nos cambia a mejor, o al menos intentamosser mejores desde nuestra propia voluntad, con la que lucha-mos diariamente y a la que educamos de la misma manera. -La verdad es que no te puedo responder, Beatriz.- Le dijoÁlvaro.- Yo que suelo leer prosa de ideas con bastante frecuen-cia apenas he encontrado reflexión oportuna a ese respecto.¿Sabes por qué odio a los escritores? Porque nunca te dicen lascosas con claridad, incluso los que parecen más claros son losque suelen esconder más interpretaciones. En la literatura sebusca primordialmente la belleza y no la verdad. Ni siquiera enel terreno del pensamiento filosófico la verdad está tan clara, aveces sólo es belleza de pensamiento, bien disfrazada. ¿Cómopodemos ser los lectores tan estúpidos y aplaudir aquello quenos complica tan seriamente la vida? He olvidado lo que es serescritor, he olvidado la vocación de ser yo mismo. De estar enel mundo coherentemente, de acuerdo a mi ética. Muchas ve-ces tengo pesadillas, me duelo de existir y me enfado conmigomismo. Pienso en la soledad y en que ella piensa en mí. ¿Se ol- 183
  • 182. vidará la muerte de mi soledad? Me pregunto. O la llevará con-sigo, allá donde vaya, a ese limbo misterioso que es la eternidad.¿Qué es tener una segunda oportunidad? La seguridad de poderpurgar por el infierno e ir en busca del paraíso. Las segundasoportunidades son cotidianas. Uno lucha por cambiar a mejoren todo momento a medida en que se pregunta por ello. Cuan-do uno aprende a preguntarse entonces se obliga a llevar a caboestrategias que mejoren en algo su presente. Al menos eso creoyo.- Dijo Álvaro. -Hablas muy bien.- Dijo Isidoro- Pero, ¿realmente te crees loque dices?- Todos miraron a Álvaro, incluso Manzana y Haru-ki que estaban algo más apartados jugando al Trivial Pursuit. -No.- Respondió Álvaro. Todos rieron. De repente, como si una campana hubiera sonado, la mayo-ría se levantaron de los sofás y marcharon a dormir. Beatriz lesindicó su habitación. Solamente se quedaron Álvaro, Harukiy Beatriz en aquella buhardilla, escuchando a Neil Diamond.Álvaro y Beatriz se sentaron en un sofá y Haruki en frente deellos, en otro. Beatriz se inclinó y apoyó su cabeza en el pechode Álvaro, mientras éste acariciaba su brillante pelo rubio einspiraba su aroma limpio y frágil. Haruki jugaba con un bolí-grafo luego y anotaba algunos símbolos en japonés en un papelblanco. Después volvía a jugar con el bolígrafo, abriéndolo ycerrándolo, como pensando en lo que iba a escribir después.Había un profundo silencio que la música absorbía, dejandosólo el sonido de la voz y guitarra de Diamond, y de fondo, ellento respirar de los tres, que se apreciaba minúsculo, pero queaportaba, sin embargo, una sensación de mayor tranquilidad alambiente. A Álvaro le caía muy bien Haruki, lo observaba tí-midamente, mirando hacia otro lado cuando Haruki levantabala vista y la dirigía hacia Álvaro y Beatriz. A Álvaro le gustabacómo iba vestido Haruki, todo de negro, como su largo peloliso y sus ojos, enigmáticos y brillantes. A Álvaro le fascina-ba la paz que Haruki desprendía, callado y detenido como unaestatua, cuando se movía, para cambiar de posición, lo hacía184
  • 183. lentamente, consciente de cada movimiento de su cuerpo, talque si estuviera llevando a cabo un rito secreto como un monjezen. Beatriz también observaba a Haruki y también le recor-daba a Álvaro. ¿Cómo dos personas de lugares tan lejanos conrasgos físicamente tan opuestos y culturalmente tan diferentesse parecen tanto?, se preguntaba Beatriz, cerrando los ojos, es-cuchando los latidos del corazón de Álvaro, tratando de seguirsu respiración, la cual habitaba hundida sobre su pecho. Álvarose preguntaba si Haruki amaba a Julia, y de qué forma lo hacía,o lo hizo en un pasado. A Álvaro le fascinaba la idea de que dospersonas diferentes pudieran amar a la misma mujer. Dos ma-neras distintas de acercarse al deseo, a un mismo deseo. -¿Sigues enamorado de Julia?- Preguntó Álvaro, con ciertatemeridad, sonriendo a Haruki. -¿Enamorado? Sí, creo que lo sigo estando. Fue la primerachica que me gustó, y me sigue gustando mucho. Pero todo hacambiado ahora, ella está enamorada de ti. -Yo creo que también te quiere a ti. Vino a Madrid a buscar-te, pero tal vez, vuestra situación familiar no sea la adecuadapara empezar una relación, creo que ese es vuestro principalproblema. ¿No os habéis acostado ninguno de estos días? -Sí, hace dos noches. La noche en que nos volvimos a encon-trar. Todavía sentíamos deseo el uno por el otro. Nos fuimos aun hotel y pasamos la noche juntos. Después fuimos a comercon nuestros padres, en ese momento, cuando nos sentamos enla mesa y besamos cada uno a nuestros respectivos padres nosdimos cuenta de que esto no podía durar demasiado, a menosque nos fuésemos los dos a vivir juntos a otra ciudad. Y yo estoybien aquí, he conocido a gente muy interesante y posiblementerodemos una película este año. Yo sería el director y guionista. -Eso es magnífico.- Dijo Álvaro, tratando de animar a Ha-ruki, que hablaba, sin embargo, en un tono triste y casi incom-prensible por su enredada pronunciación del español. -Y supongo que ella prefiere volver a la ciudad de donde ha-béis venido, para terminar sus estudios de Derecho. Yo me ten- 185
  • 184. go que quedar aquí, al menos de momento, aunque he pensadoirme unos meses a una vieja casa de campo, que compró mipadre cuando vino a España por primera vez, en la sierra deAlbacete. Allí terminaré de escribir el guión para mi película.Y también necesito retirarme un poco del mundo, para pensarcon más claridad.- Dijo Haruki. -Me parece una gran idea. Ojala pudiera hacer lo mismo.-Exclamó Álvaro. A Haruki también le caía bien Álvaro. Habían congeniado. Ambos empezaron a mirar los cuadros del salón. A Harukile gustaba un Tapiès que le recordaba a la caligrafía japonesa, lefascinaba todo lo relacionado con caligrafía japonesa. Le reco-mendó a Álvaro, que también parecía interesado, una películajaponesa llamada Hero. -Y… ¿rodarás tu película en Japón o en España?- Le preguntóBeatriz, introduciéndose en la conversación. -Posiblemente en los dos sitios, en Tokio y en Madrid. -¿De qué trata?- Preguntó Álvaro. -De la soledad. Es la historia de un chico que pierde a sunovia, ella deja Tokio para irse a Madrid. Es un poco autobio-gráfica salvo el final, cuando el joven en Madrid encuentra aun maestro budista que le inicia en los caminos de la filosofíaespiritual. -Tiene bastante buena pinta.- Afirmó Beatriz. -Dime, Haruki, ¿tú te has enamorado de alguna otra chicaademás de Julia?- Preguntó Álvaro. -Sí, cuando Julia se fue conocí a otra chica. Pero el amor noduró mucho. Después intenté dejarla y ella me amenazó consuicidarse. Una noche entró en mi habitación con un cuchilloapuntando hacia su muñeca. Ella se llegó a rajar y tuve que lle-varla al hospital. Me puse perdido de sangre y cuando la dejéallí ella me dijo: Todo esto es por tu culpa. Nunca podré olvi-186
  • 185. dar esa frase, me sentí culpable de su desgracia. Estuve con ellaunos meses, por compasión y pena. Al final tuve que abando-narla, tal vez eso no lo habría hecho un buen japonés, pero yosoy así y no podía sacrificarme por ella. Así que vine a Madridy… bueno… aquí estoy. -También deberías hacer una peli sobre esa historia. Me haparecido muy trágica.- Le dijo Álvaro. En ese momento Beatriz se levantó hacia el equipo de mú-sica y puso un disco de Muse llamado Sing For Absolution. AHaruki le encantó esa banda, la potencia de la voz del cantante,y todo el sonido envolvente que transportaba. -En este disco hay momentos sensacionales.- AfirmóÁlvaro. -Oye Álvaro, si quieres puedes venir al campo conmigo, talvez tú también necesitas desconectar. Las puertas de mi casaestán abiertas, también para ti, Beatriz.- A Álvaro le fascinabanlos buenos modales de Haruki, la forma de ofrecer su casa contanta naturalidad y educación. Beatriz le dijo que no porquetenía que cuidar de su padre, pero Álvaro le dijo que se lo pen-saría, realmente le parecía una buena idea la de desconectarpor un tiempo del mundanal ruido en el retirado campo de lasierra de Albacete. -Posiblemente vaya, Haruki, te agradezco mucho lainvitación. -No lo he dicho por gratuita cortesía, sino desde el corazón.-Afirmó Haruki y Álvaro sintió la verdad sus palabras, algo quepercibía en muy pocas personas. Haruki era un ser espiritualque no sabía muy bien adaptarse a este mundo porque todas suspalabras y actos afloraban desde lo más profundo de su alma,con mucha intensidad. De pronto hubo un repentino y reflexi-vo silencio, provocado por la melodía de Muse titulada Blac-kout. A Álvaro le recordó a Händell y a Beethovenn. A Harukile recordaba al Adagio de Albinoni y a Beatriz al Ave Maria. -Es una magnífica fusión de pop-rock y música clásica.- Pun- 187
  • 186. tualizó Álvaro. Los pasos en las escaleras se oían con gran fuerza. Era Isido-ro, bajaba en pijama, un poco excitado. -Chicos, no me puedo dormir. Me voy a hacer algunas ra-yas. ¿Os apuntáis?- Preguntó Isidoro. Los tres, Álvaro, Harukiy Beatriz, sonrieron con malicia, rehusando al principio, peroaceptando finalmente la malévola invitación de Isidoro, tam-bién sonriente pero cambiando el rostro, repentinamente, auna total seriedad. Dejó la bolsita de cocaína sobre la mesa y unbillete de 50 euros, después inspiró bruscamente por la nariz,como si ya hubiera esnifado hace unos minutos, y finalmentese sentó junto a Álvaro y posó amistosamente la mano sobresu hombro. -Oye Álvaro, ¿por qué crees que se mató Luis? Es algo quesiempre he querido preguntarte desde lo ocurrido, ya que túeras quien mejor lo conocía, si no quieres no me contestes, séque es duro pensar en algo así, tú, que lo viviste tan de cerca. -No te preocupes Isidoro, ya lo he aceptado. Era su destino,pero no sé por qué lo hizo, es algo que me obsesiona a menu-do, conocer el motivo, pero he llegado a la conclusión de queni él mismo lo sabía, simplemente lo hizo y ya está, fue lo quepasó por su cabeza en ese momento.- Álvaro detuvo su pen-samiento al ritmo que sus palabras, para tratar de matizar lodicho.- Sí, creo, sin embargo, que Luis había pensado en suici-darse en otras ocasiones, él era muy introvertido y profunda-mente misántropo. Además era un romántico, tal vez una cosasea consecuencia de la otra, le encantaba Schopenhauer y, aun-que no es lo mismo, también amaba la música grunge y todolo deprimente. Eso, claro, tampoco es razón. Hay mucha genteque ama ese tipo de música, con una personalidad parecida, yo,por ejemplo, y me sentiría incapaz de suicidarme, porque en elfondo de mí brota una intensa llama de amor hacia la vida, almenos de amor hacia el descubrimiento de lo que pueda ser, es188
  • 187. decir, la esperanza. Creo que en Luis no había esperanza. Esefue probablemente el motivo, la falta de esperanza, la falta devoluntad para creer y luchar por la esperanza. -¿Crees que Luis fue un valiente o fue un cobarde?- PreguntóBeatriz, levantándose del sofá para poner otro disco de música. -Creo que fue valiente.- Afirmó Álvaro, antes de que Beatrizterminase de formular la pregunta, absolutamente convencidode ello.- Valiente porque tomó una actitud, y fue consecuentehasta el final. -¿Realmente crees que Luis era profundamente misántropo?-Preguntó Isidoro. -Sí, no cabe duda de ello. Mantuve con él muchas conversa-ciones, todavía las revivo. A veces entra Luis, cuando duermo,como un fantasma, por la ventana de mi habitación y me hablade sus opiniones sobre el mundo, sobre la falsedad de la gente,la hipocresía que envenena el alma, etcétera. Luego me despier-to, todo ha sido un sueño, pero las palabras de Luis no se hanido con el sueño, siguen taladrándome la cabeza, como invi-tándome a la muerte, a seguir el mismo camino que él tomó.Luego suelo dirigirme hacia la cocina para beber un vaso deagua fría. Entonces me doy cuenta de que yo soy otro, de quetengo otras maneras de ver la vida. Pero a veces dudo de mipropia identidad. ¿Es acaso todo un banal discurso que he idoconstruyendo y que diariamente reconstruyo, hipócritamente?¿Realmente creo en lo que soy o necesito creer por que es la úni-ca alternativa? Un día, cuando Luis todavía estaba vivo, fui a lapeluquería para que tintaran mi pelo de rubio. Todavía lo llevoasí. A menudo visto con ropa extraña, que no corresponde aninguna moda, aunque otras veces visto como todo el mun-do, sin apenas un detalle que me diferencie de los demás. Casisiempre veo a la gente y me parecen todos iguales, pero yo nosoy misántropo, porque también me considero igual de medio-cre que los demás. Creo que ninguno nos salvamos, ni siquierael genio de Beethovenn no era menos mediocre que nosotros.Este mundo me da pena, porque la gente no cambia, es vícti-ma de sus instintos, como los animales, incluso los filósofos 189
  • 188. son banales, ninguno habla desde el corazón, sangrando deverdad con sus palabras. Bueno, tal vez haya unos pocos, perode qué les sirvió, ¿Para acabar en un manicomio, dementes?¿Qué filósofo verdadero puede terminar desquiciado? No sepuede hablar desde el rencor ni el odio, ni desde la frustracióno la ira. Algunos se quedaron mudos, aunque no locos, simple-mente en actitud zen, apartados de todo. Otros fueron íntima-mente revolucionarios, pero pagando finalmente el precio desu hipocresía. El Arte se ha convertido en una institución. Lossentimientos son una moneda de cambio, actualmente todosimitan, los grandes son los que mejor imitan a la perfección elmodelo. Hay escritores que pueden hacerte llorar, y puede quesu alma, sin embargo esté seca. Hay muchos mentirosos, mu-chos mentirosos que ni siquiera son conscientes de que dicenmentiras. Dijo Camus que “mentir no es sólo decir lo que noes sino que también y sobre todo significa decir más de lo quees, y en lo que respecta al corazón humano, decir más de lo sesiente.”. Esto es algo que hace todo el mundo para no esforzar-se humanamente en su destino como hombres. Por eso, si mepreguntas que si Luis fue valiente al suicidarse te diré que sí,porque expresó exactamente lo que sentía, se cansó de decirmás de lo que realmente había que decir, que era nada. Cuandote preguntan ¿qué tal?, sueles decir que bien, a veces que muybien, aunque por dentro estés hecho una mierda. Tal vez por-que sabes que al otro le importan muy poco tus problemas ysólo te lo pregunta como fórmula de cortesía. Incluso con losamigos sabes que hay un límite, incluso con las personas quemás amas, siempre hay un límite, unas fórmulas establecidas,un cerco que no se debe cruzar. El cerco de la razón y la emo-ción controlada. Si realmente fuéramos sinceros con nosotrosmismos de cara al mundo, acabaríamos terriblemente solos, in-cluso apartados en un manicomio. Nos daríamos cuenta de quehay algo que falla. Pero eso no nos interesa, es mejor disimular,jugar al juego de “yo estoy bien, tu estás bien”. Una vez leí en unlibro de autoayuda que la única manera de triunfar en la vidaes estar plenamente convencido de que eres un triunfador. Esa190
  • 189. idea me impactó bastante porque consideré que llevaba toda larazón. Sin embargo, qué estupidez, qué triste estupidez. Quéforma tan repentina de llegar al fracaso, subiéndose uno por símismo a un pedestal. En la vida necesitamos crearnos pedesta-les, ser los mejores en todo, o al menos en algo, porque todo esuna competición, incluso un pianista compite con otro pianistaal igual que dos boxeadores en un ring. Y los que no llegan anada son unos mediocres sociales. Me avergüenza ser hombre yme avergüenzo, por tanto, de mí mismo, porque soy como ellos,porque sonrío a la gente que conozco, cuando los veo por la ca-lle, aunque por dentro me esté muriendo de asco. Pero, lo quemás me preocupa de todo es liberarme de ese asco, de acabaracostumbrándome definitivamente a la farsa, a tener la necesi-dad de subir al pedestal. No lo sé, ¿soy víctima o culpable? Y, afin de cuentas, ¿quién habrá que me juzgue? Hubo un largo silencio en el salón. Las palabras de Álvarotodavía estaban penetrando en la conciencia reflexiva de susinterlocutores. Isidoro marcaba en su rostro una peculiar son-risa de pillo mientras preparaba las rayas de coca. Haruki es-cuchaba la música de Led Zeppelín, Over The Hills And FarAway, sosteniendo un cigarro en su mano derecha, llevándoseloa la boca para después soltar intensas bocanadas de humo enforma de círculo. Uno de los círculos de humo llegó a la cara deÁlvaro, casi sin perder su forma, y éste trató de cogerlo con lasmanos, pero inevitablemente quedó destruido. Ambos rieron.Beatriz miraba, curiosa, las rayas de coca que Isidoro alineabaen la antigua mesilla de madera de roble propiedad de Gregoriode Lucas, que compró en una importante casa de subastas deLondres por una pequeña fortuna. -Ten cuidado que no se cuele la coca por las grietas de lamadera.- Explicó Beatriz, mientras se levantaba para ayudar aIsidoro a distribuirlas por la mesa. -No hay problema. Está todo controlado.- Dijo Isidoro, conrostro de felicidad. 191
  • 190. Todos se acercaron a la mesa, y se sentaron en el suelo. Ha-ruki hizo la observación de que en Japón, antiguamente, tam-bién se sentaban en el suelo para comer. Isidoro le preguntó enbroma que si antiguamente también esnifaban el arroz. Harukise rió sin contestar. Isidoro se metió la primera raya, se levantónerviosamente, concentrado en las inspiraciones que llevaba acabo a través de sus paredes nasales. Le salió un poco de san-gre, pero dijo que era normal porque ya se había metido unpar de rayas antes. Después le tocó el turno a Álvaro, enrollóel billete de 50 euros y se agachó hasta la línea blanca, entre losquejidos de la guitarra de Jimmy Page. Inspiró profundamente,sintiendo como si la coca llegase a su corazón, chocándose conlos latidos. Tuvo la sensación de que se le paraba el corazón,pero seguidamente le rescató el punteo de Jimmy Page, con elque sintió como se fundía su alma. Abrió los ojos y vio a Haru-ki, observándole, como estudiando el efecto que la inspiraciónde cocaína había producido en Álvaro. Haruki no estaba muyseguro de hacerlo, la había probado en otras ocasiones y no legustaba perder tanto el control de sí mismo. Haruki necesitabaestar siempre en su centro, temía alejarse de ahí, y las drogasle alejaban, pero le mostraban, al mismo tiempo, otras partesde su ser. Así que decidió esnifar, le convenció el ver a Álvarotan emocionado por aquel punteo de guitarra, quería vivir algoparecido, conocía esas sensaciones especiales, donde lo racio-nal no puede llegar. Haruki estornudó e Isidoro tuvo que pre-pararle otra: ¿Tú sabes lo que cuesta esto?, le decía bromeandoa Haruki, ahora debes hacerte el harakiri. Haruki pidió discul-pas con mucha seriedad pero con lágrimas de risa en los ojos,todos reían viendo el polvo blanco esparcido por el suelo. Estavez Haruki esnifó la coca a la perfección, sin dejar resto. Álvarose levantó para poner un recopilatorio de los 60’-70’. Comenzósonando Smoke On The Water de Deep Purple. Isidoro insistióen que salieran un rato de discotecas, pero todos se negaron eIsidoro se subió a dormir. Volvieron a quedarse Beatriz, Harukiy Álvaro, la noche parecía haberse parado, no tenían conciencia192
  • 191. del tiempo. Beatriz se hizo una raya con la cocaína que Isidorohabía dejado. Álvaro repitió. Sonaba Born To Be Wild de unextraño grupo llamado Steppenwolf. Álvaro sintió su pene em-palmado, posiblemente por los efectos de la coca. Se encontra-ba muy excitado y desinhibido. Miró a Beatriz y tomó su mano,para ponerla sobre su pene erecto. Haruki le dijo a Álvaro quese iba a dormir pero éste le pidió que se quedara. Haruki aceptó,cortésmente. Álvaro empezó a meter mano a Beatriz, primeropasó su mano por detrás de su jersey llegando a sus pechos,después le quitó el sujetador y lo sacó, oliéndolo con fuerza. Ha-ruki no pudo evitar empalmarse. -¿Te gusta lo que ves?, ¿Te parece Beatriz atractiva?- Le pre-guntó Álvaro. -Creo que es muy guapa. -Pero díselo a ella. -Creo que eres muy guapa. -Gracias Haruki, tú tampoco estás mal. -¿Te gustaría ver a Haruki desnudo?- Le preguntó Álvaro aBeatriz. -Déjalo Álvaro.- Le dijo Haruki. -No te preocupes Haruki, tenemos que ser sinceros. No re-cuerdas lo que he dicho antes sobre la hipocresía del mundo.Seamos por una vez sinceros. No tengamos miedo a decir laverdad, absolutamente la verdad. -Perdona Haruki, pero soy bastante tímido. -No te preocupes, nosotros también. -Hay cosas que deseamos y ya está. Haruki me ha parecidoguapo y me gustaría verle desnudo. Esa es la verdad.- Dijo Bea-triz, mirando a Álvaro fijamente. Éste sacó la mano de su pechoy la introdujo entre los pantalones de su chándal, llegando a suvagina. -Dime Haruki, imagina que es el juego de la máquina de laverdad ¿te gustaría acariciar la vagina de Beatriz? -Sí, como te he dicho me ha parecido muy guapa. Y mi deseopor ella existe. Esa es la verdad.- Beatriz dio un sollozo de pla- 193
  • 192. cer, mientras Álvaro introducía dos de sus dedos en su vagina. -Eso me gusta Haruki, que digas la verdad. ¿Ves como elladice la verdad, sintiendo el placer de mis dedos dentro de suvagina? ¿Ves como le gusta?- Dijo Álvaro mientras empujabasus dedos con mayor intensidad y Beatriz se estremecía de pla-cer.- Dime Haruki, ¿te gustaría meter tus dedos en su vagina?Escucha, sólo quiero que digas la verdad, ese es el único princi-pio que no se debe quebrantar para que tú y yo sigamos siendoamigos. -No te preocupes, ya he entendido el juego. Te voy a decirla verdad siempre, aunque lo más profundo de mí no me lopermita. -Vale, te creo, entonces, respóndeme. -Sí, me gustaría hacerlo, introducir mis dedos en su vaginapara que sintiese placer conmigo. -Y a ti, Beatriz, ¿te gustaría hacerlo? -Sí, Álvaro, me gustaría que me folláseis los dos ahoramismo. Álvaro se bajó los pantalones e introdujo su pene en la va-gina de Beatriz. Llegó hasta el fondo y ella gritó intensamente,abierta de piernas, sujetando el culo de Álvaro con ellas. Éste sedio la vuelta y puso a Beatriz sobre sí. Empezó a follarla salva-jemente. Haruki estaba enormemente excitado, no podía con-trolar su mente, todo su cuerpo era atraído por aquella imagen,de la que no podía separar la vista. Sin poder evitarlo llevó lamano hacia su pene y se bajó la cremallera. Empezó a mastur-barse con lentitud. De pronto Álvaro sacó su polla de la vaginade Beatriz y se levantó. -Ahora te toca a ti.- Le dijo a Haruki. -Haruki, fóllame con toda tu pasión.- Exclamó Beatriz. Haruki se acercó lentamente y se tumbó sobre Beatriz. Éstaagarró su polla y la introdujo ella misma en su vagina. Harukila penetró con intensidad, mientras besaba sus carnosos labios.194
  • 193. Eyaculó precozmente. Beatriz bajó hasta su polla lamiendotodo su semen, en ese momento Álvaro terminó de correrse,expulsando su leche en los labios carnosos de Beatriz. Los tresse tumbaron en el suelo y cerraron sus ojos. Estaban muy can-sados e inmensamente aturdidos. También muy satisfechos. 195
  • 194. XXXI.- ADIOS MADRIDA Álvaro no le gustan las despedidas. Beatriz le pidió que se quedara pero él estaba convencido de que debía volver a su pequeña ciudad para asistir a las últimas cla-ses del curso y examinarse antes de irse con Haruki al campouna temporada. Beatriz abrazó con fuerza a Álvaro, prometie-ron volver a verse muy pronto y hablaron, incluso, de vivir jun-tos en Madrid, en un futuro. -Llámame pronto, te estaré esperando. Te quiero.- Le dijoBeatriz, incapaz de controlar sus lágrimas. -Te llamaré todos los días, y cuando no me sienta capaz dehablar te escribiré. Perdóname, me hubiera gustado muchoquedarme contigo, pero antes necesito estar solo una tempora-da, es la única manera de terminar mi novela y de pensar quévoy a hacer con mi vida. -No te preocupes. Confío plenamente en ti. Haruki también abrazó a Álvaro, se intercambiaron sus nú-meros de teléfono. -Espero que no estés molesto por lo de ayer, yo me siento unpoco culpable, en condiciones normales no lo hubiera hecho.Espero que Beatriz no se sienta incómoda por lo ocurrido. -Haruki, no te sientas culpable. Anoche hicimos lo que qui-simos hacer, fuimos libres, no hay que tener miedo. Por favor,olvida los prejuicios.- Le dijo Beatriz con dulzura. -Si no lo hubieras hecho entonces sí que me hubieras defrau-dado. No le des más vueltas. Yo fui quien te lo propuse, nuncahabía hecho nada así pero surgió y ya está, para mí será unbello recuerdo, sentí mucho placer.- Afirmó Álvaro. -Yo también.- Dijo Haruki. Los tres sonrieron y cada unosiguió su camino.196
  • 195. Álvaro regresó a la pequeña ciudad en coche, con los colegas.En el viaje apenas hablaron de nada, todos estaban cansados.Isidoro conducía el volante con una mano, mientras que con laotra sostenía el cigarro. Pereira no dejaba de escribir mensajescon su teléfono móvil. Pedro tenía los cascos de música, y movíade un lado a otro la cabeza, mientras escuchaba a Iron Maiden.Martin dormía, sentado junto a Álvaro, apoyando la cabeza ensu hombre. Y Álvaro observaba el paisaje llano y descoloridode La Mancha, imaginó a Don Quijote cabalgando por aquellosterritorios de nadie, soñando con su platónica Dulcinea. 197
  • 196. XXXII.- LAS CLASES Álvaro llegó diez minutos tarde a clase, pero no había nadie.Le extrañó que un 11 de marzo, es decir, un día tan normalcomo otro cualquiera, la gente hubiera decidido tomarse unasvacaciones. Al entrar en la cafetería de la facultad todos ha-blaban de un cruel atentado en Madrid donde habían muerto200 personas. Álvaro no podía creérselo, acababa de llegar deMadrid hace un par de horas, posiblemente el atentado ocurriójusto cuando él y sus colegas abandonaban la ciudad. Todos losalumnos hablaban de salir a la calle a manifestarse, en el jardíndel campus había un grupo de estudiantes escribiendo pala-bras de repulsa por lo ocurrido en una enorme sábana blanca.La gente realmente parecía conmocionada, como si todos hu-bieran perdido a un familiar en aquel atentado. Álvaro prontocomprendió que no era para menos, aunque en España estabanacostumbrados a los atentados, éste, sin duda, había sido el másgrave, y como le dijo una amiga: Una nunca se termina de acos-tumbrar a estas cosas terribles, aunque se repitieran todos losdías. Álvaro se acercó al grupo de chicos que pintaban en la sá-bana para leer lo que habían escrito. Uno de los jóvenes, posi-blemente el líder del grupo, le dijo: Oye tú, únete a nosotros,vamos a salir a manifestarnos por toda la ciudad. -Lo siento, no puedo.- Dijo Álvaro, sintiéndose algo culpablepor ello. -¿Cómo que no puedes?, ¿Tienes algo más importante quehacer?- Dijo el chaval, con tono agresivo. -Pues sí, tengo que estudiar.- Replicó Álvaro. -¿Estudiar?, pero, ¿es que no tienes un mínimo de sensibi-lidad? Hoy no se estudia ni se hace nada, ha muerto muchagente. -Mira imbécil, estoy harto de la gente como tú. Al día mue-198
  • 197. ren miles de personas en todas partes del mundo y no hacemosnada. ¿Crees que vas a redimirte por salir hoy con una pancartay quejarte un poco? Sois todos unos hipócritas. Dejadme tran-quilo e iros con vuestra pancarta a salvar el mundo de mierdaen que vivimos. Álvaro no se creía lo que había dicho. Salió de su boca, sinmás, no tuvo tiempo para reflexionar ni medir sus palabras,pero se sintió orgulloso de ello, dijo lo que sentía. El otro chaval,envalentonado por sus cómplices, golpeó a Álvaro en la cara,tirándolo al suelo. Nadie ayudó a Álvaro a levantarse, todos lomiraban como un monstruo insensible. Incluso dos chavalesaprovecharon para darle unas patadas en el costado. Una deesas patadas dejó a Álvaro casi inconsciente del dolor. Con lacabeza en el suelo pudo leer lo que los estudiantes habían pues-to en aquella pancarta: ¡¡¡Di NO a la violencia!!! A pesar del do-lor Álvaro no pudo evitar sonreír. El líder del grupo no dabacrédito a lo que veía: Encima te ríes. Oye tío, tú estás un pocotarado. Los demás le increparon verbalmente: Es un gilipollas.[…] Cabrón de mierda […] Hijo de puta. Álvaro permanecía enel suelo, su nariz sangraba y también salía sangre de su boca.Desde el suelo escupió sobre la sábana, manchándola de san-gre. Lo voy a matar, dijo el líder del grupo pero alguien, por suespalda, lo retuvo. Era Don Ramón. Éste ayudó a Álvaro a quese levantara. -¿Así predicáis la no violencia? Iros de aquí antes de que avi-se al Rector y os expulsen a todos de la Universidad. Este es unlugar de conocimiento y no un circo progresista.- Los chavalesse fueron, sin decir nada, atemorizados y Don Ramón condujoa Álvaro hacia su despacho. -Pero, ¿qué has hecho para que te peguen así?- Álvaro norespondió, estaba llorando. Don Ramón le dio un pañuelo paracontener la sangre que salía de su nariz. Entraron al despachoy el profesor sacó un pequeño botiquín que contenía algunas 199
  • 198. vendas, agua oxigenada, tijeras y alcohol. Intentó curarle comopudo. Don Ramón tocó el costado de Álvaro para localizar lalesión y éste gritó con gran espanto cuando sus dedos llegarona una de sus costillas. -Debes ir al hospital, esto no tiene buena pinta. -Gracias, Don Ramón, por salvarme, si no, me hubieran ma-tado esos cabrones. -Pero, qué has hecho, qué les has dicho. -Nada, simplemente les he dicho que no iba a formar partede su farsa. Esa gente actúa por impulsos, salen a manifestarseporque es lo que toca, y se creen muy íntegros por ello, pero nocreen en lo que hacen, después de la manifestación irán a suscasas y serán tan hijos de puta como de costumbre, creen queson perfectos porque llevan una camiseta del Che y fuman po-rros mientras tocan con la guitarra canciones de Lennon, perotienen el alma mutilada. Por eso me han pegado, porque tienenel alma mutilada. No hay verdadero amor en sus actos.- DijoÁlvaro, secándose las lágrimas con el pañuelo manchado desangre. -Álvaro, deja de llorar, y no te limpies la cara con el pañuelo,te estás manchando todo el rostro de sangre.- Don Ramón sacóotro pañuelo de papel de su bolsillo y le limpió él mismo surostro ensangrentado. -Lo siento, Don Ramón. Tal vez he actuado mal, pero nopuedo evitarlo. -No tienes por qué disculparte. Te comprendo. Solamente teaconsejo que no busques justicia en el mundo, ignora a la genteignorante y vive tu vida. Si no te vas a llevar muchos golpes enla vida, y no sólo físicos. Don Ramón, sentado frente a él, continuaba limpiando elrostro de Álvaro con su pañuelo, después acercó sus labios a lamejilla de Álvaro y le dio un beso. -Tienes un rostro muy bello, no querrás que te lo deformen.-200
  • 199. Álvaro sonrió entre lágrimas y Don Ramón volvió a darle otrobeso, esta vez en los labios. Álvaro se apartó, desconfiado. DonRamón se levantó de la silla con cierto nerviosismo. -Discúlpame, no he podido evitar besarte, ya sé que tú noeres homosexual, pero ha sido inevitable, me gustas mucho,eres tremendamente bello. -No se disculpe Don Ramón. Le agradezco todo lo que hahecho por mí. Álvaro imaginaba que algo así podría ocurrir antes o des-pués. Tenía la certeza de que Don Ramón le deseaba, esa era laúnica explicación que encontraba para que le suspendiera sinmotivo alguno, para que le propusiese ser su ayudante, paraque lo llamase constantemente por teléfono y, en definitiva,para que no lo tratase como a un simple alumno. Pero Álva-ro nunca quiso creerse del todo que Don Ramón, un hombrede casi sesenta años iba a pretender besarle. Sin duda se habíaaprovechado del aturdido estado de Álvaro, de toda su fragili-dad y desamparo que en ese momento crítico sentía. El profesorse había extralimitado de sus funciones pero eso no le importóa Álvaro, porque comprendía que todas las personas son escla-vas de sus pasiones. 201
  • 200. XXXIII.- PASIONESE n el reciente viaje a Madrid Don Ramón llamó a Ál- varo en varias ocasiones, pero éste no respondió al teléfo- no. La investigación de Don Ramón, en busca de los ase-sinos de artistas, le parecía a Álvaro absurda y excéntrica. Sinembargo, nunca se lo dijo a la cara porque, por un motivo, erasu profesor, y, por otro, tal vez el más importante, Álvaro sen-tía un poco de lástima hacia Don Ramón. De eso se dio cuentaÁlvaro aquella noche en que quedaron a tomar unas copas enla zona gay de Chueca, en Madrid. Tras un par de horas en queel profesor le contaba aquellas fantasmagóricas historias acer-ca de artistas jóvenes misteriosamente asesinados, un joven deapenas 15 años se acercó a la mesa donde estaban charlandoy se sentó junto a ellos. Era un chaval muy delgado, bastanteguapo y con el pelo rubio. Vestía ropa un poco mal cuidada,una camiseta negra de un grupo llamado Metallica, unos pan-talones vaqueros rotos, unas zapatillas grises oscuras, que al-guna vez fueron blancas, y una mochila de colegio. ¿Quién eraese misterioso chico?, se preguntó Álvaro, al verlo. El joven nodecía nada, Don Ramón, que sonreía como un tonto, le pidióuna Coca-cola y le preguntó por su madre, por los estudios ycosas de ese tipo. El jovencito solamente asentía o negaba conla cabeza, como si no supiera hablar. Para Álvaro siempre fueun misterio esa presencia y no le causó muy buena sensación,ya que el adolescente parecía serio, como si estuviera dondeno quería estar, pero como si, por alguna razón, tuviera quehacerlo. Hace muchos años, cuando Don Ramón tenía que aparentarsu homosexualidad, salió durante varios años con una mujer ala que posiblemente amaba, a su manera. Estuvieron a punto decasarse pero, antes de que fuera demasiado tarde, Don Ramóndecidió confesarle su homosexualidad. Aquella mujer le amabaprofundamente y, para no perderlo, le dijo que estaba embara-202
  • 201. zada de él. Sin embargo, a pesar de ello, éste la abandonó y lepasó una pensión durante muchos años, aunque nunca quisoverla a ella ni a su hijo. Hace un par de años Don Ramón viajó a los suburbios deMadrid para conocer a su hijo. Ella, entre llantos, le dijo quetodo era mentira, le presentó a ese chico de 15 años, pero leexplicó que no era hijo suyo sino de otro hombre. Don Ramón,pese a la gran cantidad de dinero que le había pasado sintió unenorme alivio. Aquella mujer había vivido durante esos añosde la pensión que Don Ramón le pasaba, la cual perdería, peroideó algo que le daría mucho más dinero. Al presentarle al chico Don Ramón quedó perplejo. Se sin-tió enormemente atraído por su belleza. Su madre le dijo quepodría verlo si lo deseaba, pero pagando una pasta bastanteconsiderable. Don Ramón accedió, aunque necesitaba asegu-rarse de que no era su hijo. La madre le mostró unos análisisdonde se certificaba la paternidad de otro hombre. Desde esedía Don Ramón viajó a Madrid casi todas las semanas para veral chico y tuvo relaciones sexuales con él. Después le entregabaun sobre con dinero para su madre. ¿Quién podría imaginarse que aquella mujer había falsifica-do aquellos documentos de paternidad?, ¿Quién podría imagi-narse que aquella mujer iba a planear una venganza tan cruelpor despecho hacia su antiguo novio? Desde luego Don Ramónjamás se hubiera imaginado aquello. Aquella noche, después de salir del bar de Chueca, Don Ra-món se llevó al chico a un hotel. Lo desnudó, besó, masturbó, ypenetró hasta el amanecer. Después el joven, tras ducharse, co-gió el sobre con dinero y se fue en autobús hacia su casa. ¿Cómopodría imaginarse que aquel niño con el cual llevaba a cabosus placeres sexuales sería su hijo? ¿Qué clase de venganza eraesa? ¿Cuándo Don Ramón descubriría la horrible, antinatural, 203
  • 202. monstruosa y atroz verdad que aquella mujer había escondido?¿Podría Don Ramón soportarlo? Aquella noche en Chueca, Álvaro comprendió que Don Ra-món era homosexual y que le gustaban los chicos jóvenes, deaquello no había duda por cómo miraba a aquel jovencito, concara de inocencia, que tomaba Coca-Cola en un extraño antroen el que nunca debería haber estado. A Álvaro nunca le gustó la mirada de Don Ramón.204
  • 203. XXXIV.- LAS NOCHEST iene Don R amón dos obsesiones en su vida. Los jovencitos y su investigación acerca de El Círculo Platón, que es como llama a aquella misteriosa secta que organizaasesinatos de artistas. Don Ramón siempre va solo por la calle, siempre está soloen los bares, siempre duerme solo en su casa. Los sábados sueleir a un antro gay en busca de chicos, pero casi siempre fracasa,a no ser que pague por ello. Suele quedarse mirando desde la barra, con un cubata enlas manos, sonriendo a los chicos que le gustan. Después seacerca a alguno y lo invita a tomar una copa, pero lo frecuentees que sea rechazada la invitación. Cuando llega a su casa, algo mareado por las dos o tres co-pas consumidas, se queda un rato sentado en un viejo sillón,mirando el silencio, después se sirve un último whisky antes deacostarse, mientras escucha a Coltrane o a Gillespie, sus mú-sicos preferidos. A menudo suele recordar, con la vista perdidaen una pared blanca, aquellos versos que una vez leyó: Pintada,no vacía / pintada está mi casa / del color de las grandes / pa-siones y derrotas. Entonces mira las blancas paredes de su casay las va poblando, poco a poco, de tristes recuerdos que unavez fueron alegres. Pero evita, porque siente miedo, reconocerla felicidad perdida. Finalmente se va a la cama. A menudo se masturba pensan-do en aquel chico de quince años de Madrid al que ama con lo-cura. A menudo Don Ramón se pregunta, algo escéptico, si esechico ha sido feliz con él. A menudo Don Ramón se pregunta, asus casi sesenta años, si él mismo ha sido feliz en su vida, peroprefiere no responderse. El sueño le impide divagar por talesrecovecos. Prefiere dormir tranquilo, sin hacer cuentas con elpasado, en su enorme y fría cama. En su soledad. 205
  • 204. XXXV.- TORCUATOÁ lvaro intenta dormir, pero la cama está fría, no hay manera de que llegue el calor a sus helados pies, que mueve constantemente, dando vueltas hacia un ladoy otro de la cama. Después enciende la luz, inquieto, todavíacon un dolor intenso en su costado, y abre un libro de tapasduras, antiguo, que compró en una tienda de libros de ocasión.A Álvaro le encanta visitar esa clase de tiendas, suele ponersemuy nervioso ante tanto libro junto, le desespera no poder leér-selo todo. A veces siente una enorme ansiedad cuando se paseapor esas estanterías repletas de arte y conocimiento. Ahora, ensu habitación, ha vuelto a tener la misma sensación a acercarsea su pequeña biblioteca, tras abrir un libro y otro, incapaz dedecidirse por ninguno ha recordado aquellos libros que todavíale quedan por comprar, se ha sentado en la mesa para elaboraruna extensa lista de novelas, poemarios, obras filosóficas, etc.Tras pensar en un libro otro venía a su cabeza, luego otro, yotro. Finalmente cerró los ojos y dejó de pensar en ello. Aho-ra ha abierto ese libro de tapas duras pero no puede empezara leerlo, bueno, sí, pero muy despacio, lee una línea y se para,piensa en otro tema, como en Luis, o en Leonor, o, sencilla-mente, en qué ropa se va a poner mañana. Vuelve a leer otralínea y se vuelve a parar, para escribir en su lista otro libro quedesea comprar, luego recuerda que no debe hacer eso, que yaha apuntado muchos libros, que tiene que centrarse en la lec-tura de uno. Vuelve a leer otra línea y no la comprende, sueleocurrirle con Gadamer, así que se repite la frase varias veces ensu mente hasta que finalmente percibe algún sentido, pero alpasar a la siguiente frase le ocurre lo mismo, todo el sentido sedisuelve y se transforma en caos. Entonces deja de leer, recuer-da una película que lleva mucho tiempo pretendiendo ver peroque no encuentra por ningún lado, así que se conecta a Inter-net para buscar más información sobre ella e intentar ‘bajarla’.Al entrar a Internet la sensación de ansiedad es todavía mayor,206
  • 205. una página le lleva a otra, páginas de cine, literatura, música,blogs, humor, juegos, sexo… El ansia de saber de Álvaro y deperder el tiempo es ilimitado. Al cabo de dos horas recuerdaque se conectó a Internet para buscar una película que no habuscado, pero ya está cansado de navegar y apaga el ordenador.Son las doce de la noche y no tiene ningún sueño, así que ponealgo de música y se tumba en la cama. Pero de pronto oye unossuaves golpes en la puerta. Al levantarse de la cama sintió un agudo dolor en el costado,una especie de aturdimiento y mareo que por poco le causacaer de bruces al suelo. De haberse caído el golpe hubiera so-nado en toda la residencia, despertando al cura y causando elpánico en la tranquila, hasta el momento, noche de sábado. Lapuerta empezó a sonar con insistencia, Álvaro estaba ponién-dose su vieja bata azul de cuadros para recibir a quien quieraque fuese, pero los obstinados golpes a la puerta le obligaron aabrir mientras terminaba de arreglarse un poco. -Vamos abre, tío, sé que estás ahí.- Dijo Joaquín, el rarito es-tudiante de física y antiguo compañero de habitación de Álvaro,que vivía en la puerta de enfrente. El tono de su voz hizo notara Álvaro que iba bastante borracho. -Ya voy. -Venga tío, hace frío en el pasillo.- Dijo susurrando mientrasÁlvaro le abrió finalmente la puerta. -Hola Joaquín, cuánto tiempo, venga pasa, no te quedes ahí.-Se dieron un conciso y frío abrazo, pero el gesto de ambos im-primió un cálida sonrisa provocada por el reencuentro. Álvaronotó instantáneamente en el rostro de Joaquín una semblanzade tristeza, quizá de amargura. -¿Qué pasa Álvaro?, ¿Qué tal por Madrid? -Bien, han pasado muchas cosas, me iba a quedar allí, perohe vuelto para hacer los exámenes. Y a ti, ¿cómo te va?- Dijo,con naturalidad, no dando importancia a la tremenda cogorzaque Joaquín manifestaba en su voz y en sus ojos, rojos como luz 207
  • 206. de semáforo. -Muy mal tío, desde que te fuiste empecé a sentirme muysolo. Tú eres mi único amigo aquí. Y las clases no me van muybien, que digamos. Hoy he suspendido un examen, el prime-ro en toda la carrera. No lo puedo entender, tío, posiblemen-te era el que mejor había estudiado en mi vida. No lo puedoentender. -¿Y por qué crees que ha ocurrido entonces? -No sé, tal vez por mi estado de ánimo. Llegué al examendesanimado, sin apenas dormir, sabía la respuesta a todas laspreguntas pero no tenía ni ganas de contestar. Quería termi-narlo cuanto antes para irme de allí, odio ver a toda la gentecharlar antes del examen como cotorras, me ponen de los ner-vios, hacen preguntas y preguntas, están histéricos, locos deremate, se preguntan cosas acerca del examen, ellos mismosconfunden sus cabezas, están confundidos, tío, y confundena los demás, me confunden a mí y me miran como a un bichoraro porque no participo en su estúpida conversación de niñosde guardería. Están confundidos tío. -Pasa de la gente, tío, que no te afecte todo eso. -Ya, si paso. Pero hay cosas que me superan, por ejemplo esachica, la odio, siempre queriendo ser el centro de atención, ami-ga de todos, controlándolo todo. Encima es tan guapa, se creela reina del mundo, la odio, tío, pero no dejo de pensar en ella.Nunca ha hablado conmigo, sin embargo, a mí nunca se acerca,es como si yo no existiera para ella, amiga de todos, excepto demí, la odio, tío, no sabes cómo la odio, ojala me mirara por lomenos, ojala supiera que yo no dejo de pensar en ella. -Ya, te entiendo. Supongo que eso es amor. Te has enamo-rado de la típica perfecta que no ama a nadie, la típica guapaque se mira al espejo cien veces el día, pero nunca mira dentrode su alma. ¿Por qué tendemos los hombres a enamorarnos deesas hijas de puta? Sólo nos pueden hacer sufrir, mejor que note mire tío, cuando se entere de que te gusta te va a joder, te va aseducir, aunque no le gustes, para hundirte en la más profundaangustia, para que te obsesiones con ella, para sentirse adorada208
  • 207. por ti. Te va a joder tío, pasa de ella. Joaquín se quedó estupefacto por la arenga de Álvaro, no seesperaba tanta dureza, pero oírle hablar así, en el fondo, le diofuerzas, comprendió el pozo, la cárcel de amor, en que estaba,él mismo, metiéndose. -Espera un momento.- Dijo Joaquín mientras salía de aqueldormitorio, casi chocándose contra un viejo radiador del som-brío pasillo, tambaleándose. Álvaro ni siquiera se dio cuenta delo que había dicho, se quedó pensando en ello, como en otrasocasiones, extrañándose él mismo de sus propias palabras. ¿Porqué había dicho eso?, ¿Tal vez, porque yo viví lo mismo?, se res-pondió Álvaro. De pronto volvió a entrar Joaquín, con una bo-tella de J&B en las manos. -Esta noche vamos a divertirnos, tengo que conseguir olvi-darla.- Dijo Joaquín, mirando la botella como quien adora unaestatua sagrada. Álvaro sonrió, no tenía ningún motivo pararechazar la invitación de Joaquín, porque le apetecía y porquese sentía obligado a estar con él en esos momentos tan críticos.La habitación apenas contenía luz, excepto dos velas junto a lacama, en una mesilla del siglo XIX por lo menos. Álvaro pusoun disco de Andrés Calamaro, que solía escuchar en momen-tos de tristeza, despecho o melancolía. Pero a los diez segundosde escuchar la primera canción del disco, Sur, descubrió queeso no era buena idea si trataban de alegrar la noche. Álvaro noquería ver a Joaquín llorando sin cesar, como un argentino lejosde su pampa. ¿Por qué cuando escucho a Calamaro me sientomelancólico y siento la ausencia de mi patria?, pensó Álvaro,qué absurdo, se decía, si yo no soy argentino y nunca estuveallí. Así que cambió de disco, inmediatamente. Eligió el últimode Rod Stewart, Still The Same Great Rock Classic, un discode versiones de clásicos de rock. Álvaro a penas escuchaba aStewart, pero ese álbum le gustó especialmente. A Joaquín legustó también, aunque no conocía a Stewart ni esa canción de 209
  • 208. los Credence que interpretaba magistralmente, no la conocía,pero movía la cabeza, animado por aquellos sonidos extraños eincreíblemente humanos. Para Joaquín el rock era un misterio,no podría citar ni una sola canción de los sesenta, Álvaro sehabía dado cuenta mientras compartían habitación en el pasa-do, pero nunca se lo tuvo en cuenta, aunque estaba decidido ahacer que le gustara. -¿Qué te parece? -Esta muy bien, ¿quién es? -Rod Stewart, después te lo grabas, te encantará. -Vale, gracias. Un estruendoso sonido les distrajo del goce de la música.Ambos se miraron extrañados, pero lo dejaron pasar, sonrien-do. Álvaro dio un trago a la botella, casi vomitó de la impre-sión, nunca había bebido whisky caliente, pero, pasados unossegundos, ese insistente calor en la garganta, esa sensación devolcán dentro de sí mismo, le pareció muy gozosa. Se habíaquedado sin porros, así que el alcohol sería el único jarabe quese medicarían esa noche para luchar contra la enfermedad dela tristeza. Otra vez, y ahora con mayor fuerza, un golpe sonóen la misma planta donde ellos estaban. Un tremendo golpe,y seguidamente los rápidos pasos de alguien, corriendo de unlado para otro. Ambos decidieron salir para ver qué ocurría.Era Torcuato, un niño pijo, tal vez el más rico de la residencia,hijo de un importante entrenador de fútbol, que corría solo porel pasillo, dando vueltas desde un extremo a otro, totalmenteborracho, como echándose una carrera consigo mismo. -Casi me ganas cabrón.- Se dijo. Torcuato vio a Álvaro y a Joaquín asomados desde la puerta.Entre ellos no había muy buena relación. Torcuato era el típicochico popular, guapo y superficial, su vida se resumía en dormirhasta las cuatro de la tarde, ver partidos de fútbol y noches de210
  • 209. fiesta a muerte, como él decía, en busca de hembras calientes.Torcuato se había criado solo, estuvo más con su niñera que consus padres, siempre lo tuvo todo, mucho dinero y total libertad.El dinero lo gastaba en coca y en ropa carísima, y la libertad lagastaba en fiestas constantes. Era una de esas personas que vi-ven para la noche. Era una de esas personas que estudian la ca-rrera en una Universidad privada y, aunque no estudian, suelengraduarse con notable o, incluso, sobresaliente éxito, gracias alos generosos ingresos que el padre hace para la obra social delcentro: católico, apostólico y romano. A Torcuato no le gustabaÁlvaro porque era muy inteligente y conquistaba a las chicashablando con ellas, no le caía bien Joaquín porque también eraun empollón aunque feo, un friki que no se come un colín. Sin embargo, esa noche, Torcuato no recordó, o al menos,disimuló, su antipatía por Álvaro y Joaquín. En seguida los vio yse acercó a ellos para darles un fuerte abrazo. Ellos estaban sor-prendidos por su actitud, la cual sólo podría deberse a su tre-menda borrachera. Torcuato siempre estaba contento, nuncadudaba de sí mismo, se sabía triunfador, con un futuro impor-tante, gracias a la fortuna y contactos de su padre. Y también asu atractivo físico. Sin embargo, esa noche, los ojos de Torcuatoderramaron alguna lágrima al abrazar a Álvaro. -Tío, perdona por no habértelo dicho antes, siento mucho lode tu amigo Luis. Era un tío cojonudo. -Gracias, Torcuato. -Cojonudo, ya no queda gente como él. Era cojonudo, de ver-dad, tío, no he conocido a gente así, tan como él, tan cojonu-do, de verdad.- Dijo Torcuato, incapaz de añadir más adjetivosa Luis, a parte de cojonudo. Pero su sinceridad, esa que sóloel alcohol deja ver, era patente para Álvaro. Después de deciraquello Torcuato entró en la habitación de Álvaro, atraído porla música, en seguida vio la botella de whisky. -Pasa si quieres.- Le dijo Álvaro, una vez ya dentro todos. Nole importó la intromisión de Torcuato, en el fondo le caía bien 211
  • 210. aquel chico, perdido en sí mismo, noble de corazón, aunquecon una fuerte coraza de orgullo y superioridad cubriendo suinterior. Álvaro pudo ver que en lo más profundo de Torcua-to había una buena persona, necesitada de cariño verdadero. AJoaquín le violentó un poco su presencia, se sentía inferior a él,o, entendía que para Torcuato él era un ser inferior, con el queno conviene ser amigo. Sin embargo, Torcuato no se llevaba malcon ninguna persona, a pesar de que no fueran amigos siemprelo saludaba en el comedor o en la sala de TV. Sin embargo Joa-quín lo miraba de reojo, como asustado, como si su presencia lerecordase que nunca llegaría, en toda su vida, a ser tan sociabley encantador como él. Aunque Joaquín, seguramente por su es-tado ebrio, se atrevió a hablarle con cierto sarcasmo. -¿Hoy no estás con ninguna de tus novias?- Le dijo. -No, tío, hoy no, hoy las tías no me quieren.- Respondió, son-riendo. Joaquín también sonrió. -Bueno, no te traumatices por eso, mañana seguro que tie-nes más suerte.- Le dijo Álvaro. -Ya, hay días que uno no está inspirado, aunque aún no haacabado el día, la noche es joven y hay tres chochitos que po-dríamos visitar en el piso de abajo. -Qué dices tío, yo paso mucho de eso. Si el cura se entera nosecha.- Dijo Álvaro, totalmente serio. -No te preocupes por eso, mi padre le paga mucho dinero,muchísimo. -Ya, a ti puede que no te eche, pero a nosotros sí.- Le contes-tó Joaquín, que tampoco quería bajar, no sólo por si el cura seenteraba sino por su enorme inseguridad hacia las mujeres. Ledaba pánico pensar en que tendría que intentar hablar con unachica. -Os juro por mi vida que si el cura nos pilla no os va a pasarnada. Además, no nos va a pillar, este duerme hasta las tantas.Y para ciertas cosas a veces se hace el ciego, ¿entiendes? Yo séque tus padres les pagan un dinero extra también, y los padresde Luis también lo hacían, ¿no es cierto?212
  • 211. -Bueno sí.- Dijo Álvaro un poco avergonzado.- Nuestros pa-dres son católicos, lo hacen como donativo especial. -Ya, ¿Crees que el cura no sabe que antes con Luis fumabaisaquí marihuana, y traíais a alguna chica que otra? -Sí, bueno, alguna vez.- Respondió casi tartamudeando, algosorprendido por lo mucho que sabía Torcuato.- ¿Cómo sabestodo eso? -Bueno, podríamos decir que a veces nos confesamos mu-tuamente, para que te traten bien hay que escuchar a los demás,y fingir que te interesa mucho lo que te cuentan, eso es unaregla de oro, no lo olvidéis. -Lo tendremos en cuenta, Torcuato.- Contestó Álvaro, son-riendo, mientras miraba a Joaquín, totalmente pálido, imagi-nándose lo peor. 213
  • 212. XXXVI.- CHICAS- Vamos a bajar, yo le hago una perdida a una con mi mó- vil y entramos en su habitación. Después bebemos un poco, nos reímos un rato y luego nos las follamos. ¿Qué os parece? -No sé, yo estoy un poco cansado.- Afirmó Álvaro. -Venga, no me vengas con excusas, seguro que me voy y te po-nes a leer, menudo intelectual estás hecho, hay que vivir la viday no sólo leerla en los libros.- Le contestó Torcuato, excitado. Joaquín estaba totalmente paralizado. Por un momentotuvo el pensamiento de levantarse, disculparse e irse a su ha-bitación a terminar de beberse solo la botella, pero por otraparte concibió la idea de unirse a ellos y probar suerte. Joaquínnunca había estado con una chica e imaginaba que podría seresta noche su oportunidad. ¿Por qué no? Se repetía, ¿Es que noeres capaz? La rodilla comenzó a temblarle levemente, pero en-seguida controló aquel impulso nervioso y no dudó en unirsea ellos, ya totalmente decididos, de pie, mirándole, esperandosu reacción. -Venga, Joaquín, levántate, que vamos a bajar.- Le dijo Álva- ro, mientras apretaba su cigarro contra el cenicero de plata que su abuela le había regalado hace muchos años. Los ojos de Joa- quín no podían disimular su espanto inicial, que fue calmando tras ver la colilla apagándose en el cenicero, emitiendo un leve humo que poco a poco se iba disipando, como su turbulenta alma intrigada. -Voy a mi cuarto a echarme colonia.- Afirmó Joaquín. -El Joaquín este es un seductor.- Dijo Torcuato, riendo.- Oye‘cerebrito’, no tardes mucho. Joaquín se dirigió a su cuarto repitiéndose las palabras queTorcuato le había dicho. ¿Pensarán de mí lo mismo esas chi-cas; que soy un ‘cerebrito’?, se preguntó Joaquín, mientras se214
  • 213. echaba por todo el cuerpo una colonia barata comprada en unsupermercado de su pueblo. Álvaro miró el ordenador antes deirse, observó que Haruki estaba conectado al Messenger, asíque decidió decirle algo. álvaro dice: Hola Haruki, ¿sigue en pie eso del campo? haruki-san dice:- Hola Álvaro, por supuesto. Yo ya estoy allí.Te estaré esperando. álvaro dice: ¿Podrías venir a recogerme? Yo no sé cómo irhasta allí :( haruki-san dice: Vale, me apetece conocer tu ciudad. Inten-taré ir mañana ;) Álvaro le escribió su dirección y se despidieron con un sa-yonara. Torcuato continuaba enérgicamente excitado, esperán-dole en el pasillo, moviéndose de un extremo a otro del mismo.Cuando Álvaro salió de su habitación Torcuato había desapare-cido. Joaquín y Álvaro bajaron a la sala de televisión a buscarlo,pero no estaba. Cuando volvían a la habitación escucharon unsonoro golpe, mayor que el anterior. Torcuato caía por las es-caleras, derramando un vaso de whisky que presumiblementeacababa de servirse en su dormitorio, equipado éste con unanevera portátil muy pequeña pero efectiva para guardar el al-cohol, el hielo, unos refrescos y algunos bombones con licor.No dejaba de reírse, tirado en el suelo, lamiendo el suelo en bus-ca del whisky derramado. Álvaro y Joaquín le ayudaron a rein-corporarse. Estoy bien tíos. Torcuato llamó a una de las chicasy fueron hacia la habitación de ellas, tres jovencitas de apenasquince años que en vez de estudiar jugaban al tenis, y cobrabanpor ello. La escuela de tenis, puesto que eran de pueblos algo le-janos de la ciudad, les había pagado la residencia y sus estudiosporque creían que tenían mucho futuro dándole a las pelotas.Era su primer año en la ciudad, por las mañanas asistían al ins-tituto y por las tardes iban a la escuela de tenis hasta las nuevede la noche. Su vida era monótona y feminizada, apenas habla- 215
  • 214. ban con chicos, salvo con los monitores, unos treintañeros delos cuales una de ellas estaba enamorada. La segunda estabaenamorada de Torcuato, por eso lo habían invitado a la habi-tación. A la última le gustaba un poco Joaquín, increíblemente,pero así era. Álvaro se dio cuenta de eso en seguida, y miraba ala muchacha que sobraba, como él, de vez en cuando, mientrasTorcuato besaba en los morros a Ester y Joaquín contestaba a laspreguntas de Ana con un sí o un no mientras ella cogía sus ma-nos y las acariciaba lentamente. Lucía, la que estaba enamoradade un treintañero seductor y profesor de tenis, que una vez llegóal puesto 236 de la ATP, empezó a sentir una visible atracciónpor Álvaro, debido a su original tinte de pelo y sus ojos azules ybrillantes, que el alcohol siempre acentuaba. A Álvaro tambiénle gustó Lucía, le recordaba, tal vez por sus delicadas piernasde adolescente, o por su pelo rubio y mirada tentadora, a aque-lla tenista sex-simbol adolescente llamada Ana Kournikova, ala que tantos jóvenes han amado mientras jugaba sus partidosde tenis con una minifalda blanca extremadamente excitante.Álvaro, de pie en la puerta fue acercándose a ella y se sentó alborde de su cama. Lucía, tumbada en la cama, se reincorporó,poniendo sus dulces y finas piernas sobre el vientre de Álvaro,quien, a pesar de su presumible experiencia con las mujeres, nopudo evitar ponerse algo nervioso a medida que gradualmenteiba empalmándose. Lucía notó la erección de Álvaro y bajó unade sus piernas a su miembro duro. Empezó a frotar su pene conlos dedos de sus pies, después con la planta lo frotaba con másfuerza, haciendo movimientos en círculos, mientras lo mirabacon gesto maliciosamente perverso. Álvaro sentía muchísimoplacer, una extraña sensación de cosquilleo, un leve orgasmoprolongado en el tiempo, que nunca se terminaba, con el cualdisfrutaba tranquilizándose por momentos. La chica que estaba junto a Joaquín, Ana, se cansó de laseca conversación que éste le ofrecía, así que fue agachándosepoco a poco, hasta que acercó su rostro hasta la bragueta de supantalón vaquero, que abrió con una de sus manos, e instantá-216
  • 215. neamente, con la otra mano fue sacando su pene a medida quelo manoseaba, como si estuviera fregando un largo vaso sucio.Su boca terminó de lavar el pene de Joaquín, el cual estaba su-mamente excitado, intentando controlar su eyaculación, paraevitar que ese instante de placer, a todas luces el más placente-ro de su vida, no terminara nunca. Torcuato estaba con la otra chica, Ester, en su cama, chu-pándole la vagina, mientras ella gemía como si experimentaraun éxtasis religioso tal como los narraba Santa Teresa. Los tres,mejor dicho, los seis, naufragaban de placer, se entregaban alcuerpo del otro, en un ritual orgásmico y silencioso, en la me-dida de lo posible, para no despertar al vigilante de la prisiónestudiantil que dormía justo debajo de ellos, junto a la capilladonde una vez bajó Álvaro a confesarse, cuando quiso conven-cerse de que el catolicismo era el camino verdadero. Esa fue laúnica vez y la última de su vida que se confesaría ante un cura.Ahora el cura dormía, y Álvaro se estaba confesando, pero deotra manera, a través del placer, intentando calmar su hastío ydesolación dejándose llevar por los ritmos de un cuerpo ado-lescente que gobernaba sus pasiones y deseos, hacia la desem-bocadura, el precipicio, del orgasmo final, el semen definitivoy mitigador, que una vez regenerado, buscaría proyectarse ennuevos éxtasis, incluso más sublimes alrededor de la vaginade Lucía, tan tentadora… tan bella y perversa como inocente.Aunque no llegó a penetrarla. Los seis se quedaron durmiendo en aquella habitación hastaque, el despertador de una de las chicas, sonó a las diez de lamañana. Entonces todos se despertaron y despidieron. Álvarose marchó casi sonámbulo a su habitación, en la que siguió dur-miendo hasta la hora de comer. Por la tarde tenía clase, pero sequedó toda la tarde jugando al Counter Strike hasta que quedócon Lucía, esta vez solos, en la habitación de éste. Álvaro compró una pizzas y una botella de vino. A las nueve 217
  • 216. de la noche ya se había duchado y perfumado. A las diez lle-gó Lucía, elegantemente vestida con una minifalda rosa, unasbotas de cuero y una camiseta azul de Ralp Lauren. Álvarola invitó a pasar, a su templo solitario de libros, recuerdos yausencias.218
  • 217. XXXVII.- CITA CON LUCÍAA compañaba un disco de Radiohead llamado Ok Computer. Lucía entró despacio, mirando todos los ob- jetos, sintiendo el sonido de aquella canción triste, TheTourist, que nunca antes había escuchado. Álvaro se sentó enuna de las sillas, junto a la mesa, la cual estaba dispuesta de dospizzas medianas, una botella reserva de vino tinto Marqués deRiscal y algunos cubiertos. No había vasos ni servilletas, ya queÁlvaro olvidó comprarlos al pasar por el supermercado. Lucíase sentó en la otra silla y comenzó a probar la pizza, dijo que elvino no le gustaba a no ser que lo mezclara con Coca-cola. Ál-varo accedió, a pesar de que el vino le hubiera costado caro. Lucía apenas hablaba, tan solo observaba a Álvaro y comíala pizza, cortada en pequeñísimos trozos para que su delica-do estómago los pudiera digerir. Álvaro apenas comía, bebía elvino desde la botella y pensaba, reflexivamente, cómo arrancaruna agradable conversación con aquella chica inocente, la cualsabía muy poco de la vida y de sus misterios. Hablaron de comida, de que la pizza estaba muy buena,también hablaron del vino, Álvaro bromeó por la mezcla queLucía había hecho. -Yo nunca hubiese mezclado un vino tan bueno y con tantocuerpo con una Coca-cola. -Yo no suelo beber alcohol, si no lo rebajo caigo borracha enmuy poco tiempo. -Bueno, de eso se trata. De emborracharnos y pasar un buenrato. -Podemos pasarlo igual de bien sin emborracharnos.- DijoLucía, sin estar totalmente convencida de sus palabras. -Tú haz lo que quieras, yo me voy a emborrachar. Lucía miraba a Álvaro como a un chico rebelde, que hacía 219
  • 218. cosas que los chicos de su edad no hacían. Emborracharse así,sólo por hacerlo, era algo común entre la gente de la edad deLucía, esos quinceañeros que no piensan en nada más que enalcohol, chicas y tecnologías. Pero para Lucía Álvaro no era sóloeso, su forma de estar, tranquila y sincera, viviendo siempre elpresente, sin temor, sin inmutarse por cualquier situación, leresultaba a Lucía embriagadora, no se veía sólo como una chicadispuesta a acostarse con él sino como una amiga, una confi-dente con la que siempre puede contarse. A Álvaro siempre leaconsejaron estudiar psicología, por su capacidad de empatizarcon el estado de ánimo de los demás. Para Álvaro Lucía erauna chica, preciosa, que estaba sola y que tenía mucho miedopor ello. La intranquilidad de Lucía contrastaba con el caráctersereno y templado de Álvaro. Después de cenar se acostaron en la cama. Ella se quedódurmiendo abrazada al cuerpo de él. Él la recogía con sus bra-zos y su aliento, trataba de contener toda su belleza, la expresiónpura de su semblante, entre su cuerpo sosegado, algo inquieto,que por momentos, cuando olía sus cabellos o se acercaba asus pechos, era absorbido, entregado al desasosiego de la unióna esa luz de placer terrenal llamada Lucía, una aproximaciónpura al recuerdo de aquel nacimiento sexual que Álvaro expe-rimentó a sus catorce años, con su primera novia, en un viajedel colegio. Ahora la experiencia era semejante. La música so-naba todavía, ellos fingían dormir, acercándose cada vez más,juntando sus labios secos y sedientos. Álvaro reconoció aquellacanción, Give Me Some Truth, de John Lennon. Besó a Lucía.Ella, que parecía dormida, abrió sus ojos, y lo besó. Fueron unosminutos intensos, que podían haber desembocado en algo más,pero sonó la puerta de la habitación. Álvaro se levantó con ur-gencia, por si era el cura, Lucía se escondió en el armario. Al abrir la puerta Álvaro se encontró con Leonor. Se terminó de comer los trozos de pizza que quedaban. Lu-220
  • 219. cía la miraba con extrañeza y ciertos celos. Álvaro la mirabacon alegría, todavía incrédulo ante ese maravilloso encuentro,olvidándose incluso de Lucía. ¿Cómo conozco a dos mujeres tan distintas? Se preguntóÁlvaro al verse entre dos chicas a las cuales deseaba de ma-nera diferente, al igual que amó de manera distinta a Julia o aBeatriz. ¿Podré amarlas a todas igual, con la misma intensidad?¿Cuál de ellas supera a las demás? Las mujeres, para Álvaro, no eran algo muy especial, le gus-taba conversar con ellas, aunque normalmente no fueran inte-ligentes, y, sobre todo, aprovechaba el momento para empezara liarse. Con muchas chicas era fácil, no hacían falta preámbu-los, como con Lucía, incluso con Julia, pero otras, como Leonor,son capaces de desorientar al mayor seductor de mujeres. Suinteligencia sin límites y su belleza me superan, piensa Álvaro,siempre que la ve. A pesar de ser tan amigos nunca ha enten-dido por qué está sola, realmente sigue Álvaro sin creerse queLeonor está sola, siempre ha imaginado que tiene un novio se-creto en alguna parte del mundo que viene a visitarla todas lasnoches, esté donde esté. Realmente Leonor siempre fue la chica de Luis. Por esa ra-zón Álvaro nunca se propuso nada en serio con ella. No hanllegado a salir juntos todavía, aunque, de alguna manera, am-bos sienten que tienen que hacerlo. O al menos, pasar muchotiempo juntos para no olvidar todo el pasado que compartieronentre ellos y con Luis. Las vivencias que no se olvidan son lasúnicas que nos ayudan a seguir adelante, en busca de otras vi-vencias igual de auténticas, suele pensar Leonor. Lucía se disponía a irse a su cuarto, sonriente y despidién-dose con un beso de Álvaro. Leonor la observaba salir tímida-mente de la habitación. 221
  • 220. -Mañana si me da tiempo me acercaré a la escuela de tenis, aver cómo le das a la raqueta.- Le propuso Álvaro. -Me parece buena idea, llámame antes.- Contestó Lucía. Se quedaron solos en la habitación, un instinto reflejo lesobligó a mirarse, a reconocerse tras un largo tiempo de dis-tancia. Álvaro tenía muchas preguntas que hacerle, si habíaconocido a algún chico o si había olvidado a Luis, por ejemplo.Leonor tenía preguntas parecidas. -¿Sabes que Luis había escrito una novela?- Le dijo Álvaro. -No, sabía que quería hacerlo, pero ¿la llegó a terminar? -Sí, la novela está terminada. Allí aparece un personaje lla-mado La chica del chat del que habla mucho, fue el amor de susúltimos días, al menos así lo confiesa en su novela, que tiene unmarcado carácter autobiográfico. Habla de su infancia y adoles-cencia, habla de nosotros, de sus padres, de esta residencia. Sinduda ese escrito representa su testamento. -Y dime, ¿qué dice de esa misteriosa chica del chat?, ¿puedesleerme algún fragmento en que hable de ella? -Sí, mira, por ejemplo.- Dijo, mientras buscaba una de laspáginas en que se refería a ella.- Con ella es sexo puramente,sin otras preocupaciones, por otra parte somos amigos, ella escasi una niña, me cuenta sus historias del instituto y yo la escu-cho con mucho interés. Me encanta hablar y hacer el amor conella, todo me deja la sensación de que es la primera vez en mivida en que disfruto del verdadero placer. Con ella solamentepuedo dejar de existir, buscar mi trascendencia en el vuelo delsexo, que nace espontáneo, al igual que brillan las estrellas im-ponentes en las noches de luna llena. Con ella la noche nuncase apaga. -Creo que esa chica le gustaba mucho.-Dijo Leonor, pertur-bada. No hay duda, es imposible que sea inventada. ¿Sabrá ellaque Luis ha muerto? -Y, ¿de qué sirve? Yo creo que sólo fue una aventura, creo quealguna vez me habló de que había conocido una chica por el222
  • 221. chat. Pero nunca me dijo que había quedado con ella, supongoque eso ocurrió en sus últimos días, donde todo lo que hacíaera un secreto. Hay más fragmentos en los que habla de la chicay de su soledad. En mi silencio me siento libre, estoy en cla-se, oyendo al profesor sin verdaderamente escucharlo, la gentetoma apuntes o lee algún libro para pasar el rato mientras fin-gen atender al profesor. Yo solamente estoy escribiendo, mien-tras percibo sintagmas fragmentados de palabras que pudierantener sentido. A veces levanto la cabeza y miro alrededor de laclase, la figura del profesor moviéndose de un sitio a otro, inten-tando desplegar su conocimiento en nuestras limitadas percep-ciones intelectuales, pero yo solamente recuerdo a Marta, esachica que conocí en el chat, nunca una mujer me había hechocompletamente feliz, pero ella lo ha conseguido. O, al menosme recuerda que me dirijo hacia algún destino verdadero. -Todo eso me suena a novela romántica, no creo que Luis losintiera realmente en su interior. Creo que es todo un truco depoeta. El alma de Luis estaba rota, era incapaz de amar de esamanera, tan positiva y emocional. -¿No crees que las personas pueden renacer con la pasiónamorosa? -Creo que Luis no estaba preparado para eso. -Sí, yo también lo creo. Pero me niego a creer que falsearaemociones en sus escritos. Discutieron un rato acerca del concepto de amor que am-bos tenían, sin llegar a un acuerdo claro al respecto. Álvaroabrió unos refrescos y puso música. En ese momento sintió quetenía que huir de la ciudad por un largo tiempo, pensó en Ha-ruki, en si vendría mañana a recogerle. Estaba inquieto por laidea de retirarse al campo, de encontrar tiempo para escribir yestar consigo mismo. Pero ahora Leonor estaba allí, tan bella einteresante como siempre, bebiendo una Fanta con vino tinto,levemente emocionada por estar de nuevo en la habitación deLuis, el amor de su vida. Álvaro decidió leerle algún fragmento del libro en que Luis 223
  • 222. hablara de ella, en las primeras páginas del libro y a largo detoda la novela su nombre resplandecía, pero siempre como unaimposibilidad, como un juego en el que Luis siempre perdía. -Cuando la observé en secreto, escondido detrás de la puerta,descubrí que ella nunca sería feliz conmigo. Sé que tengo queposeerla, es mi deseo más puro y sincero, pero algo me para,la idea de manchar algo tan bello, de ensuciar con mis manosuna escultura divina. Por eso me despido de ella con mi miradacada vez que la veo, por eso ella sabe que existo, porque siem-pre la observo en secreto, a escondidas. -No sé, como te digo me resulta muy literario, pero pococonvincente. No hay palabras sinceras, al menos en lo que mehas mostrado.- Dijo Leonor. -No sé, escucha esto. Leonor se recoge el pelo para que elmar no estropee su preciso peinado. Cuando venimos a la pla-ya ella me viene a buscar a mi casa, después de comer, porqueyo me levanto tarde, y bajamos juntos a la playa a buscar a losdemás: Álvaro, Juan, Noelia. Después nos tumbamos sobre lastoallas y jugamos a las cartas o al dominó. Leonor suele sentircalor antes que yo, por lo que casi siempre me invita a tomarun baño, que se hace eterno y jovial. Jugamos a la pelota en elagua, a veces entre diez o más personas, nos la pasamos una yotra vez, hasta que una sensación de mareo nos obliga a volvera la orilla y secarnos con las toallas. A las siete de la tarde medespido de Leonor, ella sube a su casa a ducharse y cambiarsede ropa, y yo hago lo mismo. Después hemos quedado para me-rendar en el Burguer King y más tarde daremos una vuelta porla zona de copas de la ciudad. Al final de la noche acabamos enun acantilado, Leonor, Álvaro y yo, hablando del ruido de lasolas y de lo temprano que hay que despertarse mañana. -Sí, eso es bastante cierto. Casi todos los días hacíamos lomismo en la playa, aunque él lo ha contado desde su punto devista. -Claro, lo ha contado tal y como lo vivió. -Eso, seguramente son las páginas de su diario.- Dijo Leonor,224
  • 223. casi sin duda alguna. -Posiblemente. Entonces, ¿por qué vas a afirmar que unacosa es mentira, o sea ficción, y que la otra es verdad o cierto?¿Sólo porque tú recuerdas haberlo vivido? Hay pensamientosde Luis que no conoces y que por eso no dejan de ser ciertos. -Ya, entiendo lo que quieres decir, sólo te digo que por co-nocer bien a Luis sé hasta que punto lo que cuenta es verdado nace nada más que de su instinto creativo, el necesario paraconfigurar una buena novela, entendida como ficción. -Hay muchas formas de crear una novela. Supongo que unescritor naturalista no estaría de acuerdo contigo. -O, ¿tal vez sí? Los escritores naturalistas saben lo difícil queresulta transformar la realidad en ficción, expuestos a incurriren el riesgo de la no verosimilitud de una manera vergonzosa-mente explícita. -Supongo, pero yo creo que todo lo que dice Luis es real, sen-cillamente le ocurrió y trata de plasmarlo, mejor o peor, en susescritos. -Está bien, no te lo voy a negar. Sírveme un whisky.- ExclamóLeonor, sosteniendo entre sus manos los papeles de Luis, llenosde marcas de bolígrafo, hechas por Álvaro, que había selec-cionado los pasajes o expresiones que le habían resultado másinteresantes. Leonor las leía, con gesto de indiferencia, parán-dose para respirar y dar un sorbo al vaso de whisky, calurosoe intenso, que le ayudaba a apaciguar el dolor por el encuentrode frases, sílabas, fonemas, que no hacían más que recordarleque Luis estaba muerto, que sólo quedaba de él un testamentoy muchos recuerdos que aparecían y se borraban simultánea-mente, en la retina mental de Leonor. Álvaro se tumbó en la cama. Cerró los ojos entregándose alcansancio de su propio cuerpo, que se hundía terrible por suspensamientos, lentos y pesados. Al despertar Leonor ya no es-taba. Una manta cubría el cuerpo reavivado de Álvaro tras másde diez horas de sueño. 225
  • 224. Serían las doce de la mañana cuando decidió levantarse dela cama. Se vistió rápidamente, unos vaqueros Calvin Kleinazules y una camiseta Dockers’ roja serían las prendas elegidaspara salir a la calle, sin nada que hacer, por la sola necesidad decaminar y despejar la cabeza un poco. A la mitad del caminoempezó a preguntarse hacia dónde caminaba. Por un momentosimplemente seguía sus pasos, sin preocuparse del rumbo quetomaban, pero una tienda de ropa, donde venden los más varia-dos Barbour de la cuidad, le recordó que esa era la ruta que leconducía a la universidad, su destino más habitual.226
  • 225. XXXVIII.- LLEGADA DE HARUKIÁ lvaro fue a la universidad solamente para ver a los colegas. No pensaba en entrar a clase. Al pasar por la te- rraza del bar reconoció a Isidoro, a Pedro y a Pereira. Lostres bebían unos vasos enormes de cerveza y alrededor de ellosun aroma a marihuana imprimía la esencia del ambiente. Dejó su carpeta y su teléfono móvil en la mesa, junto a suspreocupaciones, sacó un paquete medio vacío de Camel y unmechero rojo que no había visto antes, de la marca Clipper, conla enorme silueta en negro del rostro del ‘Che’. En la cabeza de Álvaro sonaba Creep de Radiohead has-ta que apagó su reproductor de cd’s y comenzó a escuchar aIsidoro. -Me llama mi novia y me dice que ella en exámenes se dis-persa mucho, que se pone a leer a Bukowski o a Panero, y sedescontrola. Yo le digo que no me sea superficial, que paradispersión la mía, que me paso casi todo el día fumado, vien-do películas extrañas y durmiendo la mayor parte del tiempo,despertándome con insomnio en muchas ocasiones para co-ger comida del frigorífico e incluso fumarme otro porro paraconciliar un poco el sueño y librarme del mono. Ella se pasa eldía estudiando, pero se dispersa un poco a veces, y, joder, yovivo en la dispersión continua. ¿No creéis? Venga Pereira, hazteotro. -No deberíais fumar tanto a estas horas. No me extraña quea medianoche ya estéis hechos una mierda. Todo el día adormi-lados, estúpidamente presentes en el mundo. -Venga Pereira, no te pongas filosófico ahora y hazte otro,que una vez se empieza ya no se sabe dónde se acaba. -Vale Isidoro, me haré otro, pero no porque me lo pidas sinoporque a mí también me apetece. 227
  • 226. -Muy bien Pereira, pues empieza a hacerlo. -Joder, hazlo tú, a mí no me des órdenes. -Venga tíos, dejad ya de discutir. Me haré yo uno y punto.- Dijo Álvaro, un poco alterado. -Lo siento Álvaro, ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que estabas aquí. -Sí, ya lo veo. -¿Cuándo volverás a Madrid? -La verdad, no creo que vuelva. Al menos en mucho tiempo. Hoy vendrá Haruki a recogerme para llevarme a una casa de campo que tiene en la sierra de Albacete. Por supuesto estáis todos invitados a hacernos una visita. -Sin duda que la haremos.- Dijo Isidoro, sonriendo.- Siempre he querido ir al campo, pero con hongos y algo de LSD, por supuesto, si no, menudo aburrimiento. -Vale, os podéis llevar todo lo que queráis, pero de lo que se trata es de pasar un buen rato con los amigos.- Afirmó Álva- ro, sin pararse a pensar en que había pronunciado la palabra‘amigos’. -Claro que iremos, tío, con o sin drogas, lo pasaremos bien.- Exclamó Pereira. -Con buena música siempre se pasa bien.- Dijo Pedro, mien- tras se liaba un porro de ‘maría’. Allí estaban los colegas, una tarde más, en horas de clase,fumando ‘maría’ y bebiendo cerveza en la terraza al aire libredel bar de la facultad. Las chicas que pasaban por allí sonreíana veces, y algunas incluso se sentaban y se fumaban un porrocon ellos. Ellas se presentaban y ellos las invitaban a sentarsey a tomar una cerveza. La dinámica era sencilla. Era un juegoen el que nadie perdía, pues todos llegaban hasta donde que-rían. Una tarde se sentaron tres chicas muy jóvenes, menoresde edad. Isidoro les pasaba el porro a escondidas, por debajo dela mesa. En una ocasión, al pasarle el porro a una de ellas, llevómás allá su mano, por debajo de la mesa, hasta acercarla a suvagina, cubierta solamente por unas bragas que la minifalda228
  • 227. dejaba ver sentada así en la silla. Isidoro pellizcó levemente laentrepierna de aquella chica, ella le pidió, con una leve sonrisadescarada, que se estuviera quieto, y después se la llevó al cam-po e hicieron el amor en el coche. Álvaro no vivió nunca una situación parecida, aunque unanoche se enamoró de una chica argentina bastante guapa queconoció en la terraza del bar. No le pasó la mano por debajode la mesa pero la invitó a fumar unos porros en el campo, ellaaccedió pues estaba sin ‘maría’. También lo hicieron en el coche,pero en el de ella. Tampoco lo hicieron en el campo sino enuna plaza de garaje. A veces tenían que parar de follar, porquepasaba un coche por al lado de ellos, y el movimiento del Mer-cedes Benz era notable. Así, una de esas noches, tuvo Álvaro elorgasmo más largo de su vida, pero al salir del coche, con aquelolor a gasolina y humo negro, se notó mareado y con ganas devomitar. La chica argentina subió a Álvaro a su casa, le enfrióla cara en el lavabo y después tuvo que cenar con ella y con suspadres. El padre se llevó a Álvaro a un rincón y le preguntó quequé significaba para él su hija. Álvaro no supo qué contestar,apenas la conocía, le hubiera gustado decirle, su hija es una fu-madora de porros empedernida, que como sabe que yo tengomuchos y también le gusto, me la chupa muy bien, y espero quesiga haciéndolo. Pero no se atrevió a decirle tal cosa y tan sólo leexplicó que eran buenos amigos. Durante dos meses fueron to-das las tardes a la plaza de garaje, a fumar y a follar. Se hicieronbuenos amigos. A veces incluso ponían música en el coche agran volumen, música que le gustaba a ella, estilo hardcore gó-tico, Marilyn Manson y cosas por el estilo. En varias ocasionesÁlvaro tuvo que subir a casa de sus padres para echarse aguafría en la cara. A veces también vomitaba, pues fumar en unsitio tan cerrado incrementaba los efectos de la droga, y encimacon esa música demoníaca. Un día el padre de la chica bajó algaraje y los encontró fumando un porro. Álvaro siempre pensóque hubiera sido mejor que los hubiera pillado follando porquela bronca, posiblemente, fue la mayor de su vida. El padre de la 229
  • 228. chica subió a Álvaro de la oreja a su casa, ordenó a su hija quese fuera a su cuarto, y le echó un sermón, de esos de hombre ahombre, durante más de dos horas. Ese señor estimaba muchoa Álvaro, le gustaba que fuera el novio de su hija, pero aquellatarde todo habría de cambiar. Incluso derramó unas lágrimascuando le dijo a Álvaro que no volviera a ver a su hija nuncamás. Y así fue. Ni siquiera se despidieron, ella le envió un men-saje al móvil cuando Álvaro dejaba aquella casa, abatido de ver-güenza por la bronca y aún navegando en sí mismo a causa dela fumada. Por favor, llámame luego y cuéntame qué ha pasado.Seguro que todo se arregla, le escribió ella. Pero Álvaro nuncamás la llamó. Después de un rato en la terraza del bar, Álvaro y sus trescolegas, Isidoro, Pereira y Pedro, se fueron al parque, a seguirfumando y bebiendo. Compraron unas latas de cerveza y des-pués se sentaron en un banco, frente al museo. -Este parque es la hostia, tiene un museo y todo. ¿Por qué nonos fumamos un par de porros más y entramos? Tiene que seracojonante ver todas esas pinturas drogado. Además hay unaexposición de Dalí. Imagínate.- Dijo Isidoro. -Yo odio a Dalí. Después de Goya toda la pintura es unamierda.- Afirmó Álvaro. -Venga tío, no me creo que pienses eso. -Te lo juro. Pedro leía una revista de Nacional Geographic. Sin decirnada, pasaba las páginas, mirando sólo las fotografías, bastan-te fascinado por los paisajes. Pereira tampoco hablaba, estabatranquilo, observando a unos chavales haciendo piruetas consu monopatín y un abuelo con su nieto echando de comer tro-zos de pan a las palomas del estanque. Pereira recordó que, de230
  • 229. pequeño, también venía con su abuelo a echar comida a laspalomas. Ese recuerdo le vino de pronto, antes había estadoborrado de su memoria, pero esa imagen familiar que obser-vaba ahora se lo había devuelto. Pereira estaba recuperando asu abuelo muerto a medida que las palomas revoloteaban porel estanque y acudían con urgencia a comer los trozos de panque caían al agua. Era como estar viendo un álbum de fotos queincluía olores y sonidos reales. Pereira nunca había vuelto a eseparque desde que murió su abuelo, prácticamente ya no existíapara él, y nunca se había preguntado la razón por la que nohabía vuelto. A veces los bellos momentos del pasado quedanenterrados, fracturados por todos los dramas y crisis posterio-res. Pereira apenas tenía bellos recuerdos, por eso éste pensabaguardarlo bien durante el resto de su vida. Álvaro e Isidoro continuaban charlando. Ya no fumaban nibebían, solamente miraban pasar a la gente y de vez en cuandose cruzaban escuetas frases. -Ayer vi a Julia con el becario ese de Historia, el calvo degafas. -Ese es un capullo. El típico empollón que se creeinteresante. -Sí, camina como si fuera discípulo de Ortega. Parece que aJulia le gustan los chicos que van de interesantes, como tú, ¿no,Álvaro? -Paso de ella. -¿Lo habéis dejado del todo? -Pues estaba pensando en volver a llamarla, ahora que estoyaquí otra vez, pero si dices que la viste con ese gilipollas. Segu-ro que ya se lo ha follado. -Es posible pero eso no quiere decir que no siga colada porti. 231
  • 230. -Ya, pero yo no podría. -¿Por qué? -No sé. La idea de pensar que se tirado a otro. -Joder Álvaro, seguro que se ha tirado a muchos antes quea ti. -Pero después de mi, y tan reciente. Me hace sentir inseguroy celoso. -Qué raro eres Álvaro.- Dijo Pedro, que estaba escuchan-do la conversación mientras pasaba las páginas del NacionalGeographic. -¿Y qué ha pasado con Beatriz?- Preguntó Isidoro. -Bueno, se puede decir que seguimos juntos, pero separados,no sé por cuanto tiempo. Esta noche me conectaré al Messen-ger para hablar con ella. Y a lo mejor llamo a Julia, pero sólopara ver cómo está. -Tú verás, por lo menos puedes elegir entre dos. -O entre tres.- Dijo Álvaro soltando una sonrisa pícara. -Ah sí, ¿y quién es la otra? -Una chica de la residencia, tiene quince años y la chupa muybien. -Encima eres pederasta. -De eso nada, la chiquilla sabe muy bien cómo chuparla. -¿Y folla bien o qué? De pronto Álvaro se fijó en un vagabundo que se había sen-tado en el banco de enfrente, con una botella de vino barato. Elaspecto del hombre, con barba larga, ropas sucias y desaliñadopelo, era el de un típico vagabundo. Sin embargo Álvaro notóen su mirada cierta profundidad, no era como la mirada cínicacomún de todos los vagabundos, pensó, la de éste se le aparecíaa Álvaro como sabia y bondadosa, emborronada de frialdad fu-gitiva, como la de un marinero que siente el peso de la soledaden alta mar o la de un ebrio Li Po que canta el desarraigo, convino, de su tristeza. Sus ojos son como los de un hombre que232
  • 231. mira a ninguna parte, pero en esa fijeza, aparentemente vacía,se esconde un secreto, pensaba Álvaro cuando le interrumpióIsidoro. -¿Por qué miras a ese vagabundo? -No sé, me parece un ser interesante. Siempre he pensadoque la vida de vagabundo es muy romántica. -Joder Álvaro, desengáñate. Eso no tiene por qué ser así. -¿A qué te refieres? -Pues a que los vagabundos son personas como nosotros,pero algo desequilibrados. Son borrachos o proceden de mun-dos marginales, o las dos cosas. Se podrían haber dedicado aser delincuentes pero en el fondo tienen un poco de moral, osimplemente son unos vagos. Pero no tienen amor propio, viventirados en las calles, se ponen a pedir como perros, a molestareducadamente a la gente, o a veces, no tan educados, obligán-donos a sentir compasión o a sentirnos como unos inmorales sino les echamos un poco de dinero. Yo trabajo cabrones, hacedvosotros lo mismo y no me jodáis con vuestra miseria, tengoganas de decirles. Pero ellos me miran con odio cuando los ob-servo y sólo bajo la cabeza.- Dijo Isidoro, antes de que le inte-rrumpiera Pereira. -Pero antes la figura del vagabundo estaba mejor vista.- Re-plicó Pereira. Ahora, con el capitalismo feroz que nos absorbela gente ya no puede admitirlos porque les hace verse reflejadosfrente a un espejo muy tétrico. Yo podría ser como ellos, ¡quéhorror!, piensan muchos cuando los ven tirados en la calle conun cartel pidiendo auxilio, lleno de faltas de ortografía. ¿No hayimagen más lamentable que esa? -No sé, tal vez llevéis razón. Yo prefiero mirarlo como unafigura romántica, al menos a éste. Así que dejar de joderme yacon vuestras teorías sociales.- Replicó Álvaro, molesto. Unos niños correteaban por el parque, de un sitio para otro.Dándole a una pelota, saltando y gritando fastidiosamente. 233
  • 232. -Esos sí que joden.- Dijo Isidoro. -Es su naturaleza.- Dijo Pereira. -Me recuerda a esa canción, joder, cómo era, la de Serrat. -Sí, ya sé cuál. -Claro tío, esa. -Ya sí, esa. -Sí, es muy buena. -Yo creo que los críos no son personas.- Espetó Isidoro. -¿Cómo dices eso?- Preguntó Álvaro. -Déjalo, está colgao.- Dijo Pereira. -No, no estoy colgao. Ellos sí que están colgaos. Su vida esabsurda, llena de fines egoístas. Los niños son locos que sueñancon dominar el mundo. -Todos hemos sido niños. Las fases de la vida son todas im-portantes. De la infancia se pasa a la adolescencia y de allí ala madurez. La infancia no carece de sentido. Tal vez de allíguardamos lo mejor de nosotros, lo que nos permite no perdernunca del todo la confianza en la gente. -Joder Álvaro, cuando te pones así de profundo no hay quiente aguante, a todo le sacas punta. Los niños son unos cabronesy punto. -Vale tío, tú ganas, tu dialéctica me supera. De pronto sonó el teléfono. Era Julia. ÁLVARO: ¿Sí? JULIA: ¿Sí? Tú no llames. ÁLVARO: Hola tía, esperaba que me llamaras tú, que fuistela que salió como una loca de casa de Beatriz. JULIA: Mira tío, vete a la mierda. Álvaro se quedó un rato con el teléfono en la oreja hasta quese dio cuenta de que Julia le había colgado. -¿Tú te crees? Me llama y me cuelga. -Álvaro, no sabes tratar a las mujeres. Tienes que pedirle234
  • 233. perdón, aunque no tengas la culpa. ¿Lo entiendes? Si quieresfollártela esta noche tendrás que pedirle perdón, no hay otrocamino. Si juegas a ser orgulloso con una tía la has cagado. -Pues que se joda. Tras unos segundos de silencio volvió a sonar el teléfono. ÁLVARO: ¿Sí? JULIA: Si tienes que decirme algo dímelo, si no te vuelvo acolgar y no te preocupes, que no te llamaré más. Álvaro despegó el teléfono de su oreja y se dirigió a Isidoro. -Dice que si tengo que decirle algo, ¿qué le digo? -Pues lo que te he dicho, que lo sientes mucho. -Ah, vale.- Reflexionó unos segundos, mientras continuabacon su mirada clavada en aquel vagabundo triste y alcoholizadoque miraba el suelo como mareado. ÁLVARO: Mira Julia, en Madrid estábamos todos muy con-fundidos. Ahora estoy aquí y tengo ganas de verte, no quieroque se pierda lo nuestro. Si no te he llamado era por miedo aque no lo cogieses, pero ahora que me has llamado tú quierodecirte que lo siento, que intentaré portarme mejor contigo. JULIA: No sé, Álvaro, yo también te quiero pedir perdón,pero comprende que en Madrid me sentí muy sola y cuandote vi con esa chica pensé que ya te había perdido a ti también.Después de lo de Haruki. ÁLVARO: No sé, Julia, en la vida no se puede cortar así comoasí, las relaciones son más especiales que eso. Se pueden hacerpausas, incluso largas despedidas. Pero nunca dejarlo del todo. JULIA: Tenemos ideas distintas del amor. Si yo estoy conuna persona estoy con esa persona. ÁLVARO: Mira tía, no me seas hipócrita, que tú te fuiste enbusca de Haruki. 235
  • 234. Volvió a quedarse con el teléfono en la oreja. Julia había col-gado otra vez. Así podrían pasarse la vida entera, discutiendo yperdonándose en cuestión de segundos. Álvaro no podía evitarese amor odio, ni ella tampoco, era una atracción y rechazoinevitables, no podían luchar contra eso. Álvaro la llamó denuevo. ÁLVARO: Perdona, no quería decir eso, pero comprendeque yo también sentí miedo. JULIA: Lo sé Álvaro, por eso te pido disculpas. Por lo me-nos esto ha servido para que te hagas amigo de Haruki, me hadicho que os vais al campo. ÁLVARO: Sí, hoy viene a recogerme. ¿Vas a verlo? JULIA: No sé, yo quiero verte a ti. ÁLVARO: Si quieres podemos quedar los tres. Puedes venira la residencia. Aunque también me gustaría ir de fiesta. JULIA: Podemos hacerla en mi casa. Invita a quien quieras. ÁLVARO: Vale, lo haré. Después de quedar para la fiesta Álvaro recordó que tendríaque recoger a Haruki de la estación. Lo llamó para ver a quéhora llegaba, le dijo que a las cuatro y media, así que se despidióde sus colegas, tras invitarlos a la fiesta, y marchó a por Haru-ki. Para caminar por la calle Álvaro se puso música, como decostumbre. Esta vez sonaba Miyavi, un magnífico guitarristajaponés, con aspecto andrógino, que Haruki le había recomen-dado. A Álvaro le encantó aquel disco, uno llamado Dokuso,porque había una mezcla soberbia entre talento creativo y per-fección técnica. Álvaro soñó con lograr eso en sus escritos. Singenialidad no nace nada nuevo, pero sin técnica la genialidademboza, pensaba Álvaro mientras camina por la calle, con unaingenua sonrisa, liberado por el impetuoso ritmo de uno de lostemas de Miyavi, Selfish Love. Posiblemente aquellos acordesse desplegaban ante él como una sinfonía anímica, caminabaabsorto en la canción, tratando de seguir la marcha de esospunteos veloces y el ritmo de sus pasos se aceleraba. Se sentía236
  • 235. oprimido por no poder correr en mitad de la calle, delante detoda esa gente; y liberado por tener tan sólo el sentimiento depoder hacerlo, de empezar a correr, y quizás volar, muy lejosde ese sitio: quizás más cerca que nunca de sí mismo, en unparaíso de emociones incontrolables como la inocencia sensualde un amor puro, platónico, o la visión de un sueño verdadero.Para Álvaro todo siempre fue lo que podía ser, sencillamen-te eso, su vida proyectada en la individualidad de su emotivaimaginación. Su soledad calmada por falsos abrazos casi tanbellos como uno real. Su agonía sublimada al mayor placer, unplacer ilusorio, pues sólo el placer irrealizable es el que justifi-ca su existencia. ¿Alcanzarlo? A veces se lo ha preguntado, esaes posiblemente su esperanza, alcanzarlo algún día, dejar desoñar para vivir el sueño, sin falsos despertares. Pero Álvaromuchas veces está cansado, tiene miedo de la gente y se refugiaen sí mismo. Quizás nunca pueda salvarse de la sombra quearrastra, algo difuso que le oprime y ralentiza sus pasos y todasu esperanza. Una especie de grito interior que le recuerda queser mediocre y desgraciado es su único destino. ¿Aceptarlo yser feliz con ello? Eso nunca se lo ha planteado. Haruki bajó del tren sin ningún equipaje. Solamente unapequeña mochila que colgada de su hombro. Álvaro se quitólos cascos de música y lo llamó levantando el brazo, éste sonrióy se puso sus gafas de sol mirando hacia el cielo. Qué calor haceaquí, dijo. Después ambos caminaron juntos bajo un sol, un solabrasador. 237
  • 236. XXXIX.- HEAVEN’S DOORD ar un paseo por el centro comercial de la ciudad es algo que se suele hacer cuando no se sabe qué ha- cer. Es una forma de turismo urbana con la que Álvarodisfruta mucho, sobre todo en las tiendas de videojuegos. En ElCorte Inglés hay de todo, o al menos, todo lo que Álvaro puedadesear. Muchas tardes se las ha pasado mirando las últimasmini videoconsolas y ha vivido verdaderas odiseas hasta queal fin conseguía el dinero de sus padres para comprarse la quele gustaba. Álvaro gasta mucho dinero al mes en ropa, libros,mini videoconsolas y todo tipo de banalidades con las que éles feliz. Una vez se compró un pda último modelo del que es-taba encaprichado, aunque no tardó en revenderlo por ebay enmenos de dos semanas, ya que no le daba ninguna utilidad. Aveces Álvaro se cansa de las cosas que compra en menos de dosdías, incluso de los libros. A menudo Álvaro caminaba solo, al caer la noche, en direc-ción a la vieja librería de libros de segunda mano que se perpe-tuaba en el tiempo al pasar el puente de la ciudad. Álvaro ha ca-minado por ese puente muchas veces, siempre parándose unossegundos para observar un río oscuro que las farolas de la callehacen brillante, mientras el sol decaído de la tarde le imprimesu última impresión antes de que el negro envuelva esas aguasdefinitivamente hasta el amanecer. Ha caminado muchísimasveces hasta que ha entrado por fin en la tienda, ha saludado asu dueño y consejero, Don Julián, un viejecito muy parecido aJack Nicholson, pero con mejor carácter. Un viejo maestro deescuela primaria retirado por depresión, amante de la literatu-ra y fundador de esa extraña librería, donde apenas entra gente,porque hay buenos libros, pero que se ha mantenido duranteveinte años en una continua renovación de títulos. A decir ver-dad Álvaro se pateaba diariamente, después de ver videoconso-las y otras mini tecnologías, todas las librerías de la ciudad, al238
  • 237. menos las mejores. Pero nunca encontraba nada especial, algoque le animara a leer. Para Álvaro el libro ha de caerle sobre susmanos, por una especie de atracción espiritual. Al igual que seencapricha de la última Play Station también se encapricha deciertos libros, cuyo título le subyuga u obliga a iniciar la lectura.Casi todos los libros que Álvaro ha comprado en la librería delviejo Julián se los ha terminado de leer. Y eso Álvaro lo valoramucho. El viejo Julián siempre le aconseja un libro, y tal vezporque tenga un sexto sentido capaz de leer el subconsciente desus clientes, o tal vez porque sea un viejo perro intelectual queen seguida acierta con sus necesidades emocionales, lo ciertoes que nunca se equivoca. Una vez el viejo Julián le aconsejó aÁlvaro Cumbres borrascosas. Se lo leyó en tres días y despuéslloró. No pudo dejar de llorar durante una hora. Álvaro llegó asentirse como esos personajes lacrimógenos de las novelas sen-timentales del XIX. Pero no se avergonzaba por ello. Le pregunté a mi padre, pensó una vez, que me recomen-dara una lectura que me cambiara la vida. Pero mi padre merecomendó decenas. Me decía un título y luego otro, y otro. Yoquedé completamente desorientado, completamente perdido.Sostuve algunos de esos libros y ojeé algunas de sus páginas yme entretuve en los resúmenes de la contraportada. Finalmen-te escogí Jacob Von Gunten y sí, completamente, transformómi vida. ¿Por qué tanta desdicha logró hacerme feliz? Me pre-gunté después, poco después, mientras buscaba, desorientado,otro libro que llevarme al espíritu. Haruki y Álvaro entraron en la librería. El viejo Julián salu-dó a Álvaro y éste le presentó a Haruki. -Este es Haruki, habla muy bien español, así que pregúntalelo que quieras.- Dijo Álvaro. -Sí, he venido mucho a España con mi padre.- AfirmóHaruki. -Ah, muy bien. ¿Y a qué se dedica tu padre?- Preguntó el vie- 239
  • 238. jo Julián, atraído en seguida por los redondos ojos de Haruki,poco habituales en un japonés. -Tiene muchos restaurantes, ha creado una cadena de baresde sushi por toda Europa. -Eso está bien, tu padre es un hombre con inquietudes. -Sí. -Julián, vamos a mirar un poco, vete pensando qué librosnos recomiendas después. Álvaro y Haruki se perdieron por los laberintos de la libre-ría. Álvaro se encontró con Borges, o más bien, se reencontrócon él, aunque en otro libro distinto. Esta vez eran Los Conju-rados. Álvaro abrió el libro y le gustaron los primeros versosde un poema llamado Enrique Banchs, se vio reflejado en esepersonaje. Un hombre gris. La equívoca fortuna / hizo que unamujer no lo quisiera. Posiblemente la mayoría de los hombres,por no decir todos, se podrían ver reflejados también. Eso eslo que más le gustó a Álvaro. Es decir, más que verse reflejadoél mismo la idea de que esos versos consigan reflejar algo tanamplio. Álvaro buscaba enunciados sinceros, llenos de verdad.En seguida dejó el libro de Borges, otros fueron los autores quese iba encontrando, abría el libro por cualquier página y leíacualquier línea. Unas veces sólo leía una sola línea pero otraspasaba las páginas, detenidamente, llegando a leer párrafos ypoemas enteros. Haruki caminaba por otra de las estanterías,buscaba libros manga y filosofía oriental, se acercó a Álvarocon un libro para mostrarle. Era el Tao. -¿Conoces este libro?- Le dijo Haruki. Álvaro asintió, aun-que realmente nunca lo había leído, sabía muchas cosas acercadel taoísmo pero nunca había accedido al texto en sí. Tal vez in-cluso desconocía que lo hubiera escrito una persona, más bienpensaba que era como el budismo o el verdadero cristianismo,esto es, una doctrina suspendida en el espíritu de los hombrescon palabras de nadie, con hechos y leyendas que algunos reco-gen y cuentan. Álvaro piensa que los verdaderos protagonistas240
  • 239. de las historias son los que se nos presentan como auténtica-mente reales. Para Álvaro el personaje mejor inventado, por sucapacidad de verosimilitud, es Jesucristo. Haruki volvió a dejar el Tao-te-king en su sitio. Álvaro com-pró Los conjurados. O mejor dicho, lo obtuvo, ya que el viejoJulián se lo regaló, casi emocionado, por haberle recordado eselibro. -Borges es el escritor del siglo XX. Este libro te lo has gana-do.- Le dijo el viejo, sonriendo. -Muchas gracias, Julián.- Exclamó Álvaro, con verdaderogesto de agradecimiento.- ¿Qué libro le recomienda a mi amigoHaruki? -Don Quijote, por supuesto. Haruki compró una edición antigua del Quijote que el viejoJulián tenía guardada. A pesar de que pagó muchísimo por ellael viejo le hizo un descuento considerable, casi del cincuentapor ciento. -¿No crees que es un lujo leer el Quijote en una edición delsiglo XIX? -Es alucinante.- Exclamó Haruki. -Yo creo que eso es elitismo cultural. Lo importante es eltexto, no el soporte.- Dijo Álvaro. -Tú, chico, siempre tan romántico, se nota que no te dedicasa esto.- Le dijo el viejo, tal que un pirata con su parche en el ojoo un camello de marihuana.- Para mí el libro es una mercancía,aunque también sé saborearla.- Afirmó. -Pero es imposible pesar los libros como una mercancía.- Ex-presó Álvaro. -El peso de los libros es el tiempo.- Le dijo. -Bueno, tal vez lleves razón, pero a mí nunca me hagas pagartanto por un libro.- Contestó Álvaro. Ambos rieron. 241
  • 240. XL.- MESSENGERA l llegar a la residencia el cura estaba en la puerta, como de costumbre, para supervisar todas las visitas. Álvaro le presentó a Haruki y el cura le confesó que eraun amante del sushi, hablaron un rato sobre las distintas varie-dades de esa obra maestra de la gastronomía japonesa. Subierona la habitación, después de que Haruki invitara al cura a visitarel restaurante de su padre y éste accediera encantado. La habi-tación estaba desordenada, Álvaro no hizo la cama, como erahabitual, y la ropa sucia también decoraba el lugar, tirada porel suelo, esparcida por todos los rincones del cuarto. Haruki sesentó en la silla del escritorio y comenzó a navegar por Internet,ya que el ordenador estaba encendido, y Álvaro aprovechó esosminutos para ordenar un poco su habitación. Después Harukise tumbó en la cama para leer el Tao y Álvaro se conectó alMessenger esperando que Beatriz estuviera conectada. Tuvosuerte. La dama encantada dice: hola álvaro, cuánto tiempo Jacob von gunten dice: hola Beatriz, qué tal? La dama encantada dice: fenomenal, algo aburrida perobien. Mi padre se ha ido a dar una conferencia en Lisboa y es-toy sola en casa Jacob von gunten dice: me encantaría besarte, ojalá estuvie-ras aquí La dama encantada dice: ayer me masturbé pensando en ti,introduje mis dedos hasta el fondo y sentí mucho placer, estabadeseando contártelo : Yo también lo he hecho muchas veces pensando en ti, aho-ra mismo lo< haría si no estuviera Haruki a mi lado : Dale un beso de mi parte, podríamos hacer otra orgía, perovirtual  : Eso sería demasiao, pero un poco gay por nuestra parte : Ya, eso es verdad242
  • 241. :Y qué tal va tu padre, espero que bien : ahora promociona su última novela, aunque está un pocodepre : por? : Pues resulta que le han venido muchos recuerdos a la men-te, como cuando su primera novela fue rechazada por una edi-torial achacándole que carecía de intriga argumental pero quepor otra parte era una obra maestra d su gnero, heredera de Ka-fka y de Joyce. Mi padre me ha dicho, antes de irse a Lisboa, queen ese momento se dio cuenta de que tenía que escribir de unamanera mediocre y que se hizo famoso con su segunda novela,un bodrio sensacionalista basado en la Guerra Civil española,donde un joven falangista se enamora de una chica costureracuyo padre era republicano. Entonces empieza a morir gentepor todas partes, José Antonio Primo de Rivera, García Lorca,los primos de la chica, los sobrinos del padre del chico falan-gista, etc. En fin, que todo acaba como el rosario de la aurora,y mi padre con esa novela ganó el Premio Baroja, uno de losmás importantes y comerciales de España. Ya ves, un rollo, mipadre se siente un fracasado a pesar de haber triunfado comonovelista a nivel internacional. Él dice que no ha triunfado dela manera que hubiera querido. : Vaya, eso debe ser duro : Ya lo sé, yo no puedo decirle nada, no tengo ni idea. Por esote lo cuento, ¿tú que le dirías? : Pues me pones en un aprieto, yo no creo en la literatura,al menos como forma de ganarse la vida. Yo escribo igual querespiro pero la escritura no me alimenta, sólo llena de aire miespíritu, ciertamente me da vida, pero eso no es suficiente, ne-cesito vivir para escribir, por eso la literatura siempre será algosecundario para mí. : ¿Quieres decir que no te la tomas como una forma devida? : Lo que quiero decir es que la literatura no me alimenta yno me alimentará nunca. Si alguna vez soy un escritor famosonunca me verán dando una conferencia o recogiendo un pre- 243
  • 242. mio, sólo me verán a través de mis novelas, y si no aceptan esoentonces que no me lean. : La sociedad exige ciertos sacrificios. : Entonces que no cuenten conmigo, yo no escribo paraaceptar sacrificios. : entonces, qué le digo a mi padre. : dile que se olvide del mundo, joder, ya tiene su edad, eshora de que se retire y escriba la novela de su vida, pero nopara quedar bien ante lo sociedad, tal y como el escritor que lasociedad espera, sino para hacer temblar a esa sociedad, paramostrarle sus vergüenzas y mediocridad. Tu padre tiene quecagarse en el mundo de una forma literaria, porque él sabe ha-cerlo. Y si la sociedad no tiembla porque pasa de la inteligencia,que él tiemble al menos de lo que ha observado y que se redimaasí su vida, condenándola a su existir estético. : Se lo diré. : díselo, le hará mucho bien oír eso […] : álvaro, creo que te quiero : por favor Beatriz, no me digas eso, no me amargues lanoche : lo siento, qué vais a hacer sta noche? : iremos a una fiesta en casa de Julia, con todos nuestroscolegas, habrá muchas chicas, drogas y música  : espero que folles mucho : lo haré pensando en ti : no tienes por qué hacerlo, sólo debes pensar en ti : pensar en mí incluye pensar en ti […] : oírte decir esas cosas hace que me excite : me gusta que te excites conmigo : a mí también […] : t has excitado con muchos chicos? : no, la verdad es que ha sido con muy pocos : y con quién te has excitado más, ha habido algún momento244
  • 243. inolvidable? : pues la verdad es que sí, pero no sé si contártelo : por favor, cuéntamelo, necesito conocert […] : está bien, pero quiero que sepas que lo que hice fue algoun poco inmaduro, pero no pude evitarlo. El chico se llamabaCarlos, y era autista, 12 años. Yo tenía 16 y hacía de canguro ensu casa, porque mi tía era amiga de su madre. Carlos nunca de-cía nada, yo le encendía la tele y el se quedaba en frente de ellapero mirando el mando a distancia, como si en algún momentofuera a cambiar de canal, pero sus manos no se movían, sim-plemente miraba, creo que las teclas de color rojo. Yo miraba latele, siempre era alguna película de spaghetti western, pues yoen esa época estaba obsesionada con Sergio Leone. A veces mi-raba al chico y notaba algo extraño. Era su pene. Yo observabacomo se ponía erecto, creo que duraba un minuto, y despuésvolvía a bajar el bulto, y así muchas veces. En una ocasión penséen poner una porno, para ver qué hacía. Tenía curiosidad porver si se excitaba con eso, quería saber si sus erecciones eranreales, es decir, respondiendo a estímulos sexuales, o era sim-plemente una reacción propia de los autistas. Para mi sorpresay admiración fue lo primero. : qué quieres decir? : Pues que el chico se sacó su pene y empezó a meneárselomirando la imagen de la peli porno, al principio no miraba peroyo subí el volumen al máximo para que escuchara gemir inten-samente a la chica de la peli. Carlos sacó su polla y empezóa meneársela, la tenía muy grande. Y yo me empecé a excitar.Todavía me siento culpable por ello pero no puedo evitarlo, eneso momento necesitaba sentir su polla dentro de mí, quería,intensamente, que me follara un chico autista. Que me la me-tería hasta el fondo sin ni si quiera mirarme a los ojos, inmersoen su excéntrica introspección. Eso me excitaba mucho. : y lo hiciste con él o fue sólo un pensamiento : me quedé pensándolo unos segundos hasta que el chico selevantó del suelo, donde estaba meneándosela y se acercó hasta 245
  • 244. mí. Entonces se tumbó encima de mi cuerpo, con la polla alaire. Cogió mi mano y la acercó a su pene para que empezaraa masturbarlo. Después me besó y empezó a follarme bestial-mente. Ese día perdí la virginidad, y ese chico nunca me miróa la cara. : vaya, la verdad es que es fuert, pero el deseo es el deseo,los dos disfrutasteis, cada uno a su modo, supongo que tú noesperabas nada de él a nivel emocional : sí , por supuesto, nunca se me pasó por la cabeza amar deverdad a ese chico como a un novio, él tenía 12 y yo 16, pero lomás importante de todo era que un autista no habla, no existe,no ama. : entiendo Un autista no habla, no existe, no ama. Álvaro se quedópensando en ello tras despedirse de Beatriz. ¿Son muy diferen-tes los autistas de nosotros? Se preguntó, mientras miraba aHaruki leer el Tao. Álvaro puso música, She Loves You sonabaatronadora mientras la marihuana era mezclada por el tabaco yprensada por una máquina pequeñísima. Álvaro pasó el porroa Haruki, y sonó la puerta de la habitación. Era Joaquín, alar-mado por la música. -Álvaro, hay mucha gente estudiando. -Pues que entren y que se relajen un poco. -Sabes que no van a hacer eso, que lo más normal es quebajen a quejarse al cura. -Está bien, bajaré el volumen, pero quédate un rato y fumaun poco de hierba. -Hola.- Dijo Joaquín a Haruki, tras encontrarse sus miradas. -Ah sí, este es Joaquín, mi antiguo compañero de habitación,este es Haruki, un colega japonés con el que me voy mañana alcampo. -Encantado.- Dijo Joaquín. Haruki bajó la cabeza en señalde respeto.246
  • 245. -Ahora vamos a una fiesta. ¿te apuntas?.- Dijo Álvaro aJoaquín. -Pues la verdad es que me apetece mucho salir un rato deesta jaula. Si no es mucha molestia os acompañaré a la fiesta. -No jodas, tío, si te lo pido es porque tú no me causas moles-tias. Y seguro que a la gente que conozcas esta noche tampoco. -Lo siento Álvaro, es que soy un poco tímido, ya sabes queyo no encajo en ningún lado. -Pues esta noche encajarás. Como la otra noche con la chicade quince años. A ella tampoco le causaste molestias. -No sé qué decirte, ahora me ve y ni me saluda. -Eso es normal, todavía no te acepta en público, está espe-rando a que vuelvas a subir a su cuarto a follar de nuevo. Si lohaces te convertirás en su novio, la droga del amor es el sexo ycuanto más la probéis más la necesitaréis. -La verdad es que sentimos mucho placer en la cama aquellanoche. -Sube a verla ahora, fóllatela. -Ahora no Álvaro, quizá mañana. -Está bien, hazlo cuando creas pero hazlo, no pierdas esaoportunidad. 247
  • 246. XLI.- LA FIESTA DE JULIA, ¿AMOR O SEXO?J ulia puso un disco de Jimi Hendrix, porque sabía que Álvaro estaba a punto de llegar. No faltaba nadie en la fiesta. El becario de Historia perseguía a Julia a todos lados, los co-legas se estaban fumando unos porros en una cachimba marro-quí. Algunas chicas de Derecho bebían calimocho escupiendohumo y sonrisas de sus labios, mientras dos o tres estudiantesde doctorado de Bellas Artes hablaban de La Guerra de las Ga-laxias, muy conmovidos. -¿Viste mayor tensión dramática en la historia del cine quesupere la escena en que Dark Veider confiesa a Luk Skate Wal-ter que es su padre? Yo soy tu padre.- Dijo uno de ellos imitandola voz del malo de la peli.- Dino uno, mientras otros hablabande una película llamada Clerks. -Lo mejor de La Guerra de las Galaxias son los malos.- Afir-mó otro.- Ellos nos transmiten un conflicto, los buenos expo-nen su virtud pero sólo el mal añade tensión a la intriga. Álvaro se sentó en el sofá, junto a Haruki y Joaquín. Empe-zó a sonar Roads de Portishead. La canción añadió calidez alambiente. Julia miraba de reojo a Álvaro y después a Haruki,ellos también la miraban aunque fingían no dar importancia asu presencia. No habían venido por ella, aunque ella estaba allíy eso era inevitable. Sin embargo se sentían cómodos, felices,observaban a la gente, oír hablar al grupo de Las Guerra de lasGalaxias y las pijas de Derecho, aunque ahora habían pasado ala crítica, en cierto modo semiótica, de El Señor de los Anillos.Álvaro, Joaquín y Haruki los escuchaban y después se mira-ban para reírse. ¿Cómo se puede ser tan tonto? Decía Álvaro.Es que resulta muy snob adorar las películas malas. RespondióJoaquín. ¿Qué es snob? preguntó Haruki. A pesar de la confortable compañía para Álvaro de Haruki248
  • 247. y de Joaquín, además de una animada canción, An Honest Mis-take, de The Bravery, no pudo evitar, sin embargo, pensar enalgo tan triste como en Don Ramón. ¿Se volvería loco investi-gando aquella cosa tan absurda de los escritores asesinados poruna extraña secta llamada ‘El Círculo Platón’? se preguntabaÁlvaro, un poco confundido. Lo cierto es que Don Ramón no pasa por buenos momentos.Ha vuelto a ir a Madrid, para quedar con ese chico al que tantodesea. Don Ramón lo acaricia con música clásica de fondo, esole excita más, sobre todo cuando pone el Canon de Pachebel.Para él esos instantes, penetrando al chico, escuchando el Ca-non, son lo más sublime que pueda sentir. Posiblemente alcan-zar aquello fuera el único fin y destino de su triste existencia.Pero todo eso habría de derrumbarse en el momento en queel chico, tal y como le había ordenado su madre, tras el actosexual, le entregase una carta que decía: Este chico es tu hijo.Me alegra que ya lo conozcas íntimamente. Don Ramón miró al chico y después se vistió. Entró al baño,se mantuvo unos segundos frente al espejo, pero a pesar deadentrarlo con la mirada solamente conseguía ver una imagenborrosa de sí mismo. La imagen cada vez era más difusa hastaque sintió la sensación de caerse, y esa sensación se materializó,golpeándose la cabeza contra la bañera. Se levantó de nuevoy rompió el espejo con su brazo en un intento fracasado porreincorporarse. El chico se asomó por la puerta pero Don Ra-món le gritó que se fuera. Y se fue, algo asustado, hacia su casa,incapaz de imaginarse que ese señor tirado en el baño, con losojos llenos de lágrimas, era su verdadero padre, aquel con quienhabía soñado encontrarse algún día. Álvaro, de haber sabido lo que a Don Ramón le ocurría enaquellos instantes, tampoco hubiera podido creérselo del todo,una historia así no ocurre a menudo. Y Don Ramón no estaba 249
  • 248. preparado para ello, descubrir que tiene un hijo y que ese hijoha sido su amante, un menor de edad de quien se ha aprovecha-do de una manera depravada. O, al menos, así se sentía él, trasleer la carta, como un depravado que no tenía derecho a vivir,como un padre que no merecía serlo, como una persona queno era persona. Don Ramón se quedó tumbado en el baño, sinfuerzas siquiera para matarse, como si un coche a gran veloci-dad hubiera impactado contra su cuerpo y le hubiese despeda-zado todo sus miembros. Como si ya estuviera muerto. En las fiestas en casa de Julia todo el mundo parece feliz.Nadie habla de sus problemas, solamente se cuentan chistes,historias de la universidad, cotilleos, rumores, leyendas urba-nas de Internet, comentarios sobre películas de moda y sobreprogramas con mucha audiencia… Todo, posiblemente, con unúnico fin, o dos, el de divertirse y el de ligar. A veces se dan losdos al mismo tiempo, en casa de Julia casi siempre ocurre eso,los chicos ligan con las chicas y los que no es porque ya tienennovia. Pero eso a Álvaro le interesa poco, es decir, no es queno le interese ligar, tal vez lo haría con la chica adecuada, porejemplo, con Julia. Pero esa noche tenía otras preferencias. Porejemplo, Lucía. Si con Julia le nacía una pasión extraña con Lucía todo eramás sencillo, tremendamente explicable, nada más que sexo,puro y real, aunque todavía no habían llegado a la penetración,sexo sin prejuicios ni resentimientos. Con Lucía todo era ex-ploración, iniciación, una búsqueda del placer a través de la in-tuición, del descubrimiento. Con Julia todo era previsible, ¿talvez porque el deseo verdadero ya no existía? Álvaro no se hacíaesas preguntas, tan solo en su corazón fulgía la certidumbrede que todo había terminado con ella. La inocencia y purezade Lucía, en su mirada, en sus bellas piernas de adolescente,en sus pechos medianos pero modélicos, hacía acalorarse aÁlvaro tan solo al imaginársela frente a él, desvestida y atentaa un crucial cruce de deseos. Lucía también sentía un amor250
  • 249. inquietante hacia Álvaro, tal vez de raíz contraria, buscandola madurez y el saber estar que lo distingue de los demás chi-cos, pero íntimamente ligado al placer físico que dos cuerposatractivos son capaces de consumar por una especie de ley dela naturaleza que los destina a ello. Por eso Álvaro echaba demenos a Lucía en aquel momento, algo le faltaba, a pesar de es-tar rodeado por la compañía de todos sus colegas, incluidos losmás valiosos: Haruki y Joaquín. Álvaro siente el deseo de salir,una vez más, de una burbuja para entrar en otra donde puedarespirar aire nuevo. Ni la música, ni el alcohol, ni las drogas,ni las risas viniendo de todos los rincones, lograban motivara Álvaro. Sentado en aquel sofá sólo una idea le pasaba por lacabeza: Llamar a Lucía. -Tengo que llamarla.- Le dijo a Julián. -¿A quién? - A Lucía. -¿La vas a llamar ahora? -Sí, tengo que verla. -¿Y qué hacemos nosotros? -Quedaros aquí. Tardaré menos de una hora. No le importaba cruzarse media ciudad para saludarla. Paraver sus ojos de nuevo. ÁLVARO: ¿Puedes quedar? LUCÍA: Estoy en una fiesta, con mis amigas. ÁLVARO: ¿Quieres que nos veamos ahora? Yo también es-toy en una fiesta pero puedo escaparme un rato LUCÍA: Sí, me gustaría mucho verte. Ahora vamos a un si-tio llamado Titanic Rock. ÁLVARO: Está bien, allí nos vemos. 251
  • 250. XLII.- OH DARLINGP rometió volver en una hora. Al salir solo por la ciudad, cruzando el puente, Álvaro iba escuchando Flake Plastic Trees de Radiohead, la tentación de empezar a co-rrer volvió a cruzarse en su mente, llovía y el puente solitariohacía sombrío el paisaje urbano. Quedaban las luces de algunosescaparates encendidas y el camión que limpia las calles pasadalentamente. Álvaro observaba a las pocas personas que cami-naban por allí, una prostituta muy joven que fumaba mientrasesperaba a algún coche, un marroquí que la miraba y hablabapor su teléfono móvil, una vieja paseando a un perro diminutocagando por todos los árboles, un negro con los cascos puestos,posiblemente escuchando rap americano, un chico de veinte añosmedio borracho, meando en mitad de la calle, como el perro. Unviejo vagabundo, un joven quinceañero muy engominado y conropa cara, una rubia charlando con su móvil y, finalmente, otroperro solitario tumbado bajo un árbol. Todos se cruzaban sinmirarse, unos iban hacia la Gran Vía (en la dirección de Álvaro),otros hacia el puente. Álvaro tampoco los miraba, iba sumido ensus propios pensamientos y en la música que sonaba por el ipod.La música: Highway Star, de Deep Purple. Sus pensamientos:una nube de sinsentidos en torno a Lucía, inseguridades y pri-sas por llegar al encuentro, ganas de dar marcha atrás y volvera la fiesta ante el temor de cómo reaccionar al tenerla delante. AÁlvaro no le gusta mostrar su inseguridad frente a las mujeres yesta vez no podía liberarse de tales ataduras nerviosas. Encimacomenzó a sonar en el ipod Come As You Are de Nirvana, por loque se deprimió aún más y se sintió culpable al recordar a Beatriz.¿Le importará que ame a otra persona? Se preguntaba, angustiado,lleno de remordimientos imposibles de expiar, pues la sola incli-nación de atraer a su mente la imagen de Lucía proyectaba en suánimo el único deseo de buscarla y redimirse con su presencia.Por suerte terminó la canción de Nirvana y la siguiente tranquili-zó a Álvaro, era Oh Darling de los Beatles. Empezó a sentirse bien,con ganas de besar a Lucía de nuevo.252
  • 251. XLIII.- GRUNGEE n Titanic Rock debería haber un cartel que pusiera Prohibida la entrada a espíritus atormentados. Así Álva- ro lo miraría dándose media vuelta. Pero nada le impidióabrir la puerta de aquel pub donde sonaba una música decente,al menos para su gusto musical. No era rock sino grunge, porlo que pensó que el sitio debería llamarse Titanic Grunge. Perono le importó demasiado ese detalle ya que solamente deseabaencontrar entre toda esa gente a Lucía. La pudo ver al final deltodo, entre toda la muchedumbre y el intenso olor a maría, ta-baco y sudor del local. La canción era buena, encajó con el esta-do de ánimo de Álvaro. Toda la sala se animó al escuchar Para-chutes, un grupo como Pearl Jam no suele pasar desapercibidoentre la gente. Lucía levantó su brazo para llamar a Álvaro. -Aquí estoy. Ven corre, bailemos esta canción.- Le dijo Lucía,gritando. -Vale, ya llego, dame un beso.- Ella no le escuchó y Álvarotomó con sus brazos la cintura de Lucía y comenzaron a bailarcon cierta timidez, como si de pronto no se conocieran. Aun-que, ciertamente, aparte de una noche se sexo oral, se conocíanbastante poco. -Hueles muy bien.- Le dijo Lucía mientras le pasaba unporro. -No sabía que fumaras.- Le dijo Álvaro. -No fumo, me lo ha dado un amigo, de regalo decumpleaños. -¿Es tu cumpleaños? -Sí, cumplo 17. -Felicidades. Álvaro encendió el porro y se preguntó qué hacía con unamenor en un antro fumando esa mierda. Lo consideraba extra-vagante y poco adecuado para un chico como él. Desde luego 253
  • 252. sus padres tampoco lo verían muy bien. ¿Pero qué me importanmis padres? Se decía, yo actúo de acuerdo con mis principios ycreo que lo que hago está bien. Se repetía disculpas de ese tipo,sobre todo cada vez que la vista se le escapaba hacia el sujetadorde Lucía. Ella llevaba unas zapatillas Adidas blancas y rosas,seguramente no se había cambiado tras el entrenamiento en laescuela de tenis, unos calcetines a juego con su minifalda azulmarino y una camiseta azul de Lacoste cubierta por una cha-queta vaquera Levi’s color azul negro. Iba elegantemente con-juntada en tonos deportivos, por lo que su reloj Tommy Hilfigerentonaba perfectamente, así como su pulsera Dolce&Gabbanade cuero azul y marrón claro. Todo ello contrastaba con lospantalones de pinzas Docker’s color beige de Álvaro, su camisaa cuadros pequeños Ralph Lauren, rojos y azules, y su RolexOister verde oscuro. Toda su ropa posiblemente valiera unafortuna pero Álvaro no tardó en derramar su vaso de bourboncon hielo sobre la ropa de Lucía. Ella sólo sintió frío, se secóquitándose la chaqueta y pasándola por su cuerpo húmedo ycon sabor a Jack Daniels. Álvaro le pidió disculpas, pero ellaestuvo un poco sería hasta media hora después, cuando por finla ropa empezaba a secarse. -¿Quién te ha dado el porro?, ¿Puedes pedirle otro?- Le dijoÁlvaro, gritando para que su voz se distinguiese del enormebalbuceo de la multitud. -Es un amigo que le encanta el cine, si quieres te lo presento.-Contestó Lucía. -Bueno, dile que se fume uno con nosotros.- PropusoÁlvaro. Mientras Lucía fue a buscar a su amigo, un estudiante deHistoria loco por el cine, Álvaro bebía otro Jack Daniels conCoca-cola. No le gustaba el sabor dulce que se impregnaba porlos labios y la lengua, el turbulento ambiente de humo y el es-candaloso palpitar de palabras de la gente, que apenas permitíaoír la música. No le gustaba esperar solo, se sentía incómodo254
  • 253. ante la mirada de los otros. Así que fue a por Lucía. -No te encontraba. -He ido a buscarte. -¿Y tú amigo? -Ha ido al baño. -¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí? -¿Ya te quieres ir? -Hay mucho escándalo. -Si quieres vamos al bar irlandés. -Sólo quiero estar contigo, mañana me voy al campo unatemporada. -¿Te vas?, ¿Cómo? -No aguanto en esta ciudad, realmente no aguanto en nin-gún sitio, pero tengo la impresión de que en el campo voy aencontrarme un poco. -Vaya, siempre hablas muy misterioso. -Pero, ¿me entiendes? -Sí, y tienes valor por hacerlo. Yo no podría escaparme dela rutina tan fácilmente. De mis padres, de los monitores detenis, de mis amigos. A veces siento que vivo para la gente.¿Comprendes? -Sí, Lucía, yo siento lo mismo, por eso me quiero ir. -Ojala pudiera acompañarte. -No te preocupes. En el pub irlandés la música era mucho más tranquila, so-naba With Or Without You, de U2. Álvaro llamó a Haruki yquedó allí con sus colegas. Se sentaron en una mesa, Lucía, Ál-varo y el chico loco por el cine, llamado Jonathan. Ellos pidie-ron una Guinnes y ella un batido de chocolate. La educaciónde Jonathan era la propia de un joven educado a la antigua, deuna manera muy aristocrática. De hecho su padre era marquésy familiar directo de una rama de la monarquía francesa, algoque mencionó cuando en la conversación sobre cine italianosonó el nombre de El Gatopardo. 255
  • 254. -Me gusta cómo transmite la decadencia de un sistema, el dela monarquía, tan arraigado.- Dijo Álvaro. Lucía los miraba concara de preocupación. -Sin embargo un noble se retira con elegancia.- AfirmóJonathan. -Claro, está en su sangre.- Dijo Lucía. -Sí, la monarquía es elegante.- Declaró Jonathan. -Yo soy republicano.- Dijo Álvaro. Hubo risas. A Jonathan le gustaban unas películas rarísimas, que ni si-quiera Álvaro había visto, le habló de La parada de los mons-truos, de un tal Browning, del año 32. Álvaro se la apuntó enuna servilleta de papel, mientras escuchaba, horrorizado, el ar-gumento. Después le habló de El triunfo de la voluntad. -Es un documental nazi, pero muy bien hecho. -Aunque esté bien hecho, no merece ninguna aprobación. -Vamos el arte es arte, Álvaro. -Para mi no es arte ver legiones de nazis perfectamenteagrupadas gritando frases de inspiración aria. Me parece el do-cumental más triste de la historia. -Yo estoy contigo, Álvaro.- Le dijo Lucía. -Sólo os digo que tratéis de mirar el cómo se hizo, no el por-qué ni el para qué. Lo importante es el dominio de la técnica.-Explicó Jonathan. -Ya. Las cámaras de gas también eran sorprendentestécnicamente. -De acuerdo Álvaro, respeto tu punto de vista. Al fin llegaron a una película que ambos amaban por igual:El jardín de los Finzi-Contini. Luego salieron a fumarse un po-rro a la calle porque estaba prohibido hacerlo en el bar, Álvarose marchó con un poco de pena porque sonando You Got MeRunning, Moondane, Little Wing y otras de ese estilo aún nohabía besado a Lucía. Esa música era especial para las drogas,256
  • 255. tal vez por su acento salvaje y popular. Aunque para él, en esosmomentos, era mucho más especial fumarse un porro junto aLucía, atento a su mirada, a sus palabras y a sus silencios. Peroduró poco el silencio, llegaron los colegas bastante borrachos,cantando Imagine de John Lennon. A Álvaro le hubiera gusta-do grabar esa imagen, era bastante cómica, sobre todo por elacento inglés de Haruki. Estaban todos en la puerta del Titanic Rock. Joaquín y Pe-reira charlaban de física cuántica, Isidoro y Álvaro sobre unlibro de Paul Auster, Lucía y Haruki sobre espíritus. Jonathaninvitó a otro colega, Raúl; y Lucía a Ana, la chica que se acos-tó con Joaquín. Se fueron al piso de Pereira pues hacía frío enla calle para beber y sus padres estaban en Turquía. Todo ibabien –se escuchaba Run, de Collective Soul- hasta que Isidoroy Pereira tiraron al suelo más de diez jarras de cerveza. Todoel cristal se había mezclado con la cerveza, y no hubo manerade secar todo aquello ni con cien toallas. El salón parecía unabañera de cerveza y pisadas de barro. Pero a nadie le importabademasiado. Pereira sacó una katana para mostrársela a Haruki,éste comenzó a realizar movimientos con ella, mientras los de-más aplaudían. Luego Pereira cogió otra katana y comenzarona combatir, pero en broma. Dejaron el juego cuando tomó lakatana Isidoro y Haruki casi le corta la mano, aunque al finalle hizo una raja poco profunda. Lucía se enfadó y pidió queguardaran las espadas. Después Isidoro, mientras se curaba laherida con J&B y un paño mojado, se sentó al lado de Álvaro. -Anoche me follé a una negra.- Comentó Isidoro. -¿Era guapa?- Preguntó Álvaro. -Bastante. -¿Te duele la mano? -Un poco, tu amigo Haruki casi me la corta, pero ya sepasará. -Tienes una vida sexual muy activa.- Comentó Álvaro, vol-viendo al tema. 257
  • 256. -No lo dudes. -Pero, ¿no te gusta ninguna de verdad? -No lo sé, tal vez nunca llego con ellas a ese punto. -¿Pero nunca se ha descontrolado la situación? -Procuro que no ocurra. -Está bien, te creo. ¿Pero qué pasa cuándo ocurre?, Joder,¿me lo vas a contar o no?- Dijo Álvaro, un poco desesperado.Tal vez por el dolor de cabeza que provoca el exceso de porrosy alcohol. -Vale Álvaro, no te pongas así. -Lo siento Isidoro, es que tú siempre vas de duro, pero su-pongo que también sufrirás como todo el mundo, ¿no? -Siempre quieres llegar al fondo de todo. Eres insoportable. -¿Te duele el corte?- Le preguntó Álvaro mirando la heridade su mano. -Un poco, pero ya se pasará.- Contestó Isidoro, sonriendo. Joaquín dejó de hablar con Pereira y paseaba indeciso y ner-vioso por la imprevista presencia de Ana, cogió una silla y sesentó frente a Álvaro e Isidoro. -¿De qué hablabas con Pereira?- Preguntó Isidoro. -De física cuántica. -Qué interesante, vosotros los empollones nunca disfrutáisde la vida, luego os bebéis cuatro copas y os ponéis como locos,no me extraña, ¿eso es porque nunca folláis? -Isidoro, no te metas con él, el otro día se acostó con unachica de la resi, se llama Ana y ahora está aquí.- Le explicóÁlvaro. -Habla flojo Álvaro, que te puede oír. -Eso Álvaro, no vayas a joderle el polvo de esta noche. -No va a haber ningún polvo.- Replicó Joaquín a Isidoro. -Ya, habrá amor, ¿no? -No lo sé, déjame tranquilo, ¿Tú que me aconsejas, Álvaro?258
  • 257. -Pues que hables con ella, que le preguntes si le interesas o sisólo fue algo de una noche. -Ya, entiendo, ¿pero y si me dice que fui un rollo de unanoche? -No lo creo, ¿por qué crees que está aquí?, Joaquín, piensa unpoco, ¿crees que es coincidencia? Seguro que Lucía le ha dichoque estabas aquí. -Vale Álvaro, aunque también están el Raúl y el Jonathan ese,que van detrás de ellas, luego iré a hablar con ella, antes mebeberé algún cubata más. -No bebas, drógate.- Le aconsejó Isidoro. Tras la propuesta de Isidoro los tres rieron turbadamente,Álvaro le preguntó si tenía algo de coca. Isidoro afirmó. Pasa-ron los tres al baño, ante la atenta mirada de Haruki, que noentró. Los demás no se dieron cuenta, bailaban una canción deJulieta Venegas, una versión bastante conseguida del tema Sindocumentos de Los Rodríguez. Aunque a Álvaro le gustaba laversión original. Y a Isidoro tampoco. -Esta música es una puta mierda, ¿cómo se atreve esa puta aversionar a Los Rodríguez?- Se preguntaba Isidoro. -Bueno, Los Rodríguez tampoco se merecen mucho más, sihubiera versionado a Los Beatles tal vez te daría la razón.- DijoÁlvaro. -Ya, para ti lo único sagrado son Los Beatles, pues que sepasque Los Rodríguez eran la puta hostia, y además se metían máscoca que Los Beatles. -Eso seguro. Después de la discusión Isidoro sacó una bolsita llena decocaína, Joaquín aseguró que nunca la había probado, Isidororeía mientras le decía: -Ya verás, lo vas a flipar en colores. 259
  • 258. Álvaro esnifó la primera raya, después lo hizo Isidoro, quese metió otra más extra, y Joaquín, finalmente, que sólo pudocon la mitad de una. Después decía que se le dormían las nari-ces y que no podía respirar ni tragar, se le metió esa idea en lacabeza y Álvaro se asustó un poco, hasta que Isidoro le entregóuna cerveza fría aliviando su asfixia momentánea. -Creía que me moría, gracias Isidoro. -Dale las gracias a esta Heineken. -De acuerdo. Haruki los buscó por toda la casa. Estaban en la cocina, sa-cando algunas Heineken del congelador. Los tres bebían y fu-maban un cigarro compartido de Camel, respiraban por las fo-sas nasales como si estuvieran resfriados, a Joaquín le salía unpoco de sangre de la nariz. -¿Estás bien?- Preguntó Haruki al observar pequeñas gotasde sangre bajo la nariz de Joaquín. -Ha sido por una raya de coca.- Dijo Álvaro. -Ha sido media.- Aclaró Isidoro. -¿Estás bien?- Volvió a preguntar. -Sí, gracias, ni siquiera me había dado cuenta. -Tened cuidado, mañana no os podréis levantar de la cama.-Comentó Haruki. -¿Es que hay que levantarse para algo?- Bromeó Isidoro. A Haruki no le gustaban ese tipo de bromas, él creía en laresponsabilidad, al menos esa era siempre su postura inicial,hasta que terminaba por meterse más coca que nadie y ser elúltimo de la fiesta en acostarse. Hace unos años Haruki termi-naría dándose una ducha fría vestido o esparciendo jarras decerveza por toda la casa, como hizo en un par de ocasiones desu vida de estudiante en Madrid. Pero últimamente trataba de260
  • 259. moderarse, de no perder la compostura. Ese era su estado nor-mal, el cual, incluso con las drogas, trataba de alcanzar. Man-tener siempre la calma, la serenidad, esa era su prioridad en lavida. Aunque en ocasiones, quizá como todo el mundo, esta-blece una tregua inconsciente a ese tipo de prioridades. A vecesel uso de la libertad exige el libertinaje, suele pensar Haruki enesos momentos. Así que no dudó, a pesar de perder la credibi-lidad que ante Isidoro tenía, de persona seria, en preguntarle sile quedaba coca. -Vaya Haruki, creía que tú no eras de esos. -Ya ves, me gusta, pero no estoy enganchado. -Pues esta noche puedes meterte todo lo que quieras. Yo teinvito.- Le contestó Isidoro, sacando la bolsa y esparciendo elpolvo blanco en el mármol de la barra americana de la cocina.-No te metas mucha al principio, empieza suavemente. -Gracias, lo tendré en cuenta.- Contestó Haruki, un pocoexcitado y sonriendo con gesto de agradecimiento. (…) 261
  • 260. XLIV.- LA NOCHE BLANCAN o er a navidad pero había nieve, es decir, cocaína. Había mucha. Álvaro no creía en ese tipo de drogas, como tampoco en el speed, ni muchos menos en laheroína. Están en el grupo de las hard drugs, drogas duras. Lohabía leído en un libro, una especie de Biblia para él, llamadoLa cultura underground, de Mario Maffi. A menudo citaba fra-ses del libro. -Las drogas que esclarecen la conciencia actúan de modoque aumentan la lucidez y este estado de lucidez acrecentadapuede resultar una adquisición permanente… -Eso es una tontería, ese estado de conciencia especial seproduce cuando estás colocado, luego vuelves a ser la mismamierda de siempre.- Afirmó Isidoro. -Eso no lo digo yo, lo ha dicho William Burroughs.- Res-pondió Álvaro, citando la fuente, para dar mayor legitimidadal argumento. -Mejor me lo pones, ese tío era un colgao. -Supongo que lo dices en broma. -No. A Álvaro no le gustó esa respuesta de Isidoro. Pensó en de-cirle que el colgado era él, que encima de meterse de todo indis-criminadamente, lo hacía sin sentido, llevando una vida vacía.Tal vez se lo dijo, pero de otra manera: -Al menos Burroughs era un artista. -Vale Álvaro, ¿y tú también lo eres? Por eso estás retirado enun castillo escribiendo versos románticos y sublimes y no estásaquí con nosotros, de coca hasta el culo y pasando de todo. -No, tal vez pienses que paso de todo, pero todo esto mehace pensar y posiblemente algún día escriba sobre ello. Conlas drogas veo la realidad, al igual que sin ellas. Es otra dimen-262
  • 261. sión más de la realidad, ni mejor ni peor. Pero si tomo drogases porque me interesa conocer esa dimensión, no las tomo porpasar de todo sino para pensar y ver el mundo a través de ellas.-Respondió Álvaro, un poco sin creerse del todo lo que decía. -Pues te deseo mucha suerte en tu búsqueda, pero yo sólo lastomo para pasarlo bien, al menos cuando estoy con los colegaso con una tía. Cuando las tomo solo a veces me emparanoio yme meto en mi mundo interior, pero ahora no, Álvaro, tambiénhay que disfrutar, ¿no? -Está bien Isidoro, pasemos del tema. -Eso tíos, vamos a pasarlo bien, no os ralléis.- Afirmó Pereria,intentando resolver la situación. Iban en un BMW Serie 5 hacia alguna parte de las afuerasde la ciudad. Conducía Pereria, ya no que había tomado mu-cho alcohol. A su lado estaba Haruki, aprendiendo a prensar unporro, totalmente concentrado en esa misión. Destrás estabanIsidoro, Álvaro y Joaquín, un poco apretados pero con espaciosuficiente para dejar sus cuerpos agotados descansar un ratosobre los confortables asientos traseros de cuero del BMW. Joa-quín sacó una minivideoconsola Play Station y comenzó a jugarun partido de fútbol ante la atenta mirada de Isidoro que leanimaba a tirar a puerta. Isidoro los había convencido para ir a un sitio muy especialque él conocía. También había convencido a Ana y Lucía, aun-que ellas iban en otro coche, con Jonathan y Raúl. A Joaquín nole gustaba mucho esa idea. -¿Porqué van esos con ellas? -Porque no cabían aquí.- Respondió Isidoro a Joaquín. -En el fondo nos ha venido bien que tenga coche ese tal Raúl.-Comentó Álvaro. -¿Qué dices? Pero si seguro que se las están tratando de ligar.Ellos van a eso.- Dijo Joaquín, excitado. 263
  • 262. -Luego decís que soy yo el que se ralla.- Bromeó Álvaro. -No me rallo, es la realidad. Así pasaron el trayecto, intentando todos de convencer aJoaquín de que no se preocupara. Aunque Álvaro, que a veceses un poco inseguro, no podía evitar sentir las mismas dudasque Joaquín, aunque prefirió no decir nada o expresar juiciosque reforzaran su seguridad. -Seguro que Ana y Lucía no dejan de pensar en nosotrosmientras esos capullos tratan de conquistarlas.- Dijo Álvaro,con confianza. Joaquín sonrió, aliviado.264
  • 263. XLV.- ZENT r as meterse la tercera raya de cocaína y dos pastillas de speed la mirada trascendental de las cosas que Álva- ro pretendía proyectar a través de su experiencia con lasdrogas se había convertido en completa ceguera. Simplementeestaba nervioso y agresivo, con ganas de hacer algo, pero sin serconsciente de qué. Los otros, excepto Pereira, también parecíanemocionalmente estimulados de esa manera. A Álvaro le hu-biera gustado recordar aquellas frases tan cómicas y realistasde Burroughs: El speed es antisocial, produce paranoia, es unmal letal para vuestro cuerpo, no es creativo… El uso durantemás de dos días del speed produce irritabilidad y una especiede mentalidad hitleriana… El speed fue inventado por los ale-manes como estimulante para los pilotos que debían bombar-dear Inglaterra, o sea, que desde el principio es una forma desustancia sintética totalitaria. Pero no se sentía motivado parapensar mucho, ni en las drogas, ni en ellas: las mujeres, ni en suvida, en general. -Esta canción me pone nervioso. Ese tío es un maricón.- DijoIsidoro, mientras sonaba en el coche Advertising Space de Ro-bbin Williams. -Sí, ese tipo de gente intrascendente debería estar muerta.-Replicó Pereira. -No te pases. Cada uno es libre de hacer lo que quiera.- Afir-mó Álvaro. En cuestión de segundos Isidoro dijo que pararan porqueiba a vomitar, así que pararon un rato y luego Isidoro se subióen el asiento de delante. Haruki se pasó atrás, con Álvaro. Ha-ruki entendía muy bien todo lo que decían, a pesar de ser japo-nés su elección de español como primera lengua en la escuelay sus dos años en España le dotaban para un manejo eficaz delidioma. Si no hablaba mucho era por su carácter, no por su di- 265
  • 264. ficultad con el español. A veces pronunciaba frases cortas, cla-ras y directas, con cierto tono mordaz e inteligente. Era el másprudente de todos, se había metido sólo una raya y una pastillade speed, pero ésta última le estaba dando ganas de vomitar,como a Isidoro. -En Japón, durante la II Guerra Mundial, los pilotos kamica-ces tomaban speed para afrontar la muerte con valentía.- DijoHaruki, casi susurrándoselo a Álvaro al oído. -Tal vez, nosotros también tengamos espíritu de kamicaces.-Le dijo Álvaro, mientras el aire, a través de la ventana, hacíanacer en sus ojos pequeñas lágrimas. Oye Haruki, veo que ma-nejas bien la katana. -Sí, cuando era niño tenía una katana en mi cuarto y prac-ticaba con ella. Pero luego mi padre leyó en el periódico queun joven había descuartizado a sus padres con una katana y lasacó de mi cuarto. […] Después, cuando se enteró de los suici-dios colectivos a través de Internet casi me quita el ordenador.Por suerte logré convencerle. […] ¿Estás llorando, Álvaro?- Lepreguntó Haruki. -No, es el aire de la ventana, me pega en los ojos.- Dijo, sa-cando la cabeza hacia fuera, mirando hacia el cielo, mientrascerraba los ojos y suspendía su cuerpo hacía el exterior. -Álvaro, no saques la cabeza por la ventanilla, te vas a caerfuera. Le dijo Haruki, llevándoselo hacia dentro. -Lo siento, ha sido por lo que dijiste de los pilotos kamicaces.-Pausa.- Ellos sí que tenían valor.266
  • 265. XLVI.- LA PLAYAA Álvaro le gusta quitarse los zapatos y sentir la are- na medio húmeda de la playa. Le tranquiliza caminar por esas ondulaciones misteriosas y acercarse a la orillapara sentir el misterio del mar turbulento, el crepitar silenciosode las olas. Algo se le removía por dentro, tal vez el pasado, losmomentos felices, empañados de agria melancolía, la necesidadde reposar sus experiencias. En fin, todo su mundo poético desensaciones y regresos a lugares recónditos, nuevos recuerdosque antes había pasado por alto, reencuentros con bellos instan-tes olvidados. Pensó Álvaro que podría quedarse eternamenteen ese estado de regresión, en busca de la reconstrucción de símismo. Álvaro piensa que la mejor manera de conocerse a unomismo es viéndose a través del espejo clarividente del recuerdo.Hay recuerdos que le llegan de pronto y le hacen sentirse máspleno consigo mismo, como si hubiese encontrado una pieza desu puzzle, una pista del enigma. Pero otras veces esos recuer-dos solamente añaden más desconcierto. Desmontan el puzzlepor completo. Pero esa noche, con el speed y la cocaína, Álvaro estaba des-hecho emocionalmente, frío como el mar que observaba, con-gelado por dentro. Pero físicamente se notaba impetuoso, ne-cesitaba moverse para calentar su cuerpo, sus ansias por volarcomo uno de esos pilotos camicaces de Haruki crecían y cre-cían. Tal vez, pensaba, así libere al frío con el calor de mi furia. Haruki cayó al suelo con Álvaro, cuando éste se abalanzósobre él diciéndole: Te reto a un combate. Ambos parecían fe-lices jugando al kung-fu, aunque Haruki le ganó por clara dife-rencia con una sencilla llave de Aikido. Después de recuperarseambos del esfuerzo físico, sin graves consecuencias, se dieronla mano, amistosamente. 267
  • 266. -Veo que sabes pelear.- Le dijo Álvaro. -He practicado algunas artes marciales en Japón, sobre todojaponesas. -Se nota, se nota. Yo a veces practico Kung-Fu. -Eso está muy bien, el Kung-Fu es el origen de todo. -Bueno, además te ayuda a defenderte. En este mundo hayque saber protegerse de los demás. -Sí. El dominio de un arte marcial te puede salvar la vida ytambién es un camino espiritual, eso no hay que olvidarlo. -Vaya, hablas como el de Kárate Kid. -No me gustó esa película.- Álvaro sonrió. -No, ni a mí tampoco.- Le dijo un poco avergonzado.- Per-dona si te he hecho daño al tirarme sobre ti, es que la coca mepone a cien, después de esto creo que me he tranquilizado unpoco. -Mira, ahí vienen vuestros amigos.- Dijo Haruki, señalandoel Renault de Jonathan. Lucía y Ana bajaron con rapidez, expre-sando su emoción por estar en la playa. -¡Qué sitio tan bonito!- Dijo Lucía, agachándose para tocarla arena. -Ahora sí que es bonito.- Le dijo Álvaro, esperando que Lu-cía recogiera el cumplido. Ella no dijo nada, pero miró a Álvaro,tímidamente. Hicieron una hoguera cogiendo algunas ramas de palmerasmedio secas y formaron un círculo alrededor. Isidoro solía ve-nir solo a este sitio y su rostro parecía tranquilo, orgulloso deque los demás estuvieran disfrutando en ese lugar que tantosignificaba para él y para su soledad. A pesar de la calidez dela hoguera los demás estaban algo inquietos, como intentan-do adaptarse a una nueva situación emocional y comunicativa.Jonathan y Raúl sacaron un reproductor de música portátil yunos enormes altavoces. Isidoro sacó comida del maletero desu coche y unas latas de cerveza, Coca-cola y Fanta de naranja.Haruki miraba a las estrellas y luego bajaba la vista fijándola en268
  • 267. algún rostro. A veces se producía el contacto visual con alguieny Haruki sonreía mirando hacia otro sitio, prestándose a la ob-servación de otro lugar, sin pensar nada en concreto, en un es-tado de expectativa. Joaquín no dejaba de observar a Jonathany a Raúl, no podía evitar verlos como a sus rivales, como a unosniños pijos y presumidos que iban detrás de Ana y Lucía. Des-pués Joaquín miraba a Ana, para estudiarla, para sentirla conél y no con nadie más. Álvaro, a su vez, los observaba a todosy trataba de pensar en lo que cada uno pudiera estar pensando.Pereira comía y comía hasta que se quedó dormido. -Esta canción me gusta, es Bohemian Like You de los DandyWarhols.- Dijo Álvaro, levantándose para subir el volumen. -¡Ponla a tope!- Exclamó Isidoro. Joaquín no pudo aguantarse más al ver a Raúl decirle algoal oído a Ana mientras ésta sonreía, e incluso le tocó la mano.Joaquín se dirigió a él: -Oye, Raúl, ¿tú tienes novia?- Le preguntó, sacando algo devalor. -No, ¿es que no lo sabes?- Le dijo. ¿Qué no sé el qué? Se pre-guntó Joaquín, ¿Qué vas a por Ana, cabrón? Quiso decirle. -No, por la cara que ha puesto parece que no lo sabe.- DijoJonathan. -¿Qué es lo que hay que saber?- Preguntó Álvaro, con curio-sidad, mientras lo preparaba todo para hacer un porro. -Pues que Jonathan y yo, bueno, que estamos juntos.- DijoRaúl. Hubo un breve silencio. Después sonrieron Ana y Lucía,mientras que Isidoro no pudo evitar violentarse un poco. Álva-ro y Joaquín suspiraron por dentro, como si se hubieran quita-do un grandísimo peso de encima. -Vaya, no lo parece.- Apuntó Joaquín. 269
  • 268. -Ya, nosotros no somos de esos que se les nota, además, lodescubrimos hace poco.- Explicó Raúl. -Tranquilos, nosotros somos gente liberal, heterosexuales,pero liberales.- Dijo Isidoro, riendo. -¿Nunca habéis hecho nada con ningún tío?- Preguntó Lucía,mirando directamente a Álvaro. -No. En la adolescencia tuve mis dudas, supongo que comola mayoría de adolescentes, pero al final me decanté por lasmujeres. Me parecen mucho más bellas que los hombres, sóloeso.- Dijo Álvaro. -Yo, al revés. En la adolescencia me gustaban las mujeres, in-cluso he tenido un par de novias, pero luego me empezaron aatraer los hombres.- Explicó Raúl. -Yo nunca tuve dudas.- Afirmó Isidoro. -Venga, no me lo creo.- Dijo Lucía. -Que sí, tía, que a mi me gustan las de vuestro género. Esmás, me encantan.- Reafirmó Isidoro. -Sí, Isidoro es como Quacmire, un personaje de la serie Padrede Familia. Le pierden las mujeres.- Bromeó Álvaro, haciendoque todos rieran. -No te pases tío, tampoco es eso. Me gustan y ya está. Lucía y Ana sólo bebían alcohol y daban alguna calada a losporros que pasaban de mano en mano. Sin embargo estabanun poco colocadas, desinhibidas, reían sin parar y sus mejillasimprimían un acaloramiento especial. Joaquín miraba tími-damente a su chica un poco más tranquilo y confiado. Álvarotambién. -¿Y tú Haruki, qué?- Le preguntó Lucía. -Yo, ¿qué? -Que si has hecho algo con un tío. -Venga no lo pongáis en ese aprieto al pobre, encima queviene de Japón.- Dijo Isidoro, sin que nadie comprendiese elsentido de sus palabras. Haruki bajó la cabeza, ruborizado, sinsaber qué decir.270
  • 269. -En Japón eso está muy mal visto.- Dijo. -Joder, y aquí también.- Afirmó Isidoro- En todas partes. -Eso es que no ha hecho nada.- Dijo Ana. Todos lo miraron como esperando alguna afirmación o ne-gación pero simplemente guardó silencio, recuperando la son-risa, y bebió un poco de cerveza. Hay días en que para Álvaro la impotencia de no saber quédecir le aprisiona y lo introduce todavía más en su mundo in-terior. De pronto se recordó a sí mismo hace un par de años.Sin duda no era el mismo, pensó. Antes su timidez era increí-blemente superior, extrema. Recordó la primera noche en quellegó a la residencia y se bajó al comedor a cenar. No conocíaa nadie y era incapaz de hablar, tampoco comió nada porquecada vez que intentaba subir el tenedor con un poco de comidahacia su boca la mano le temblaba y tenía que bajarla, todavíamás avergonzado, ante la mirada de los demás. Álvaro odiababajar a comer con toda esa gente, creía que todo lo que hacíaera juzgado por ellos, aunque sólo era fruto de su imaginación.¿Por qué ese temor hacia las personas?, se preguntaba en mu-chas ocasiones. ¿Por qué no puedo ser uno más?, ¿Por qué soytan diferente a ellos? Finalmente se fue adaptando al mundo, fue comprendiendoalgunas reglas en las relaciones personales y tomó la decisiónde apuntarse a Kung-Fu porque había oído a alguien decir queese deporte aportaba seguridad en uno mismo. Lo cual resultóser cierto. Con el Kung-Fu dejó de fumar porros, a menos deuna manera mucho más controlada, ya que el ejercicio físicole exigía estar limpio, lo cual le resultó de gran ayuda. Al finaldescubrió que se había encerrado en sí mismo, como Luis, yque los porros acrecentaron esa introspección. Pero se sintiócontento, porque descubrió que había tenido voluntad paracambiar, como un drogadicto que se desengancha del crack. 271
  • 270. En el fondo sigo siendo el mismo de siempre, ese chico tí-mido e introspectivo, lleno de temores y soñador de mundosde nadie.- Pensaba Álvaro, con otra pequeña lágrima en su ojoizquierdo. -Ahora no hay viento, Álvaro.- Le dijo Haruki, que loobservaba. -Ya, es por la brisa del mar. Contestó.272
  • 271. XLVII.-DENTRO DEL MARS olamente se atrevió Álvaro a meterse en el mar. El agua estaba bastante fría, aunque tranquila. Todos le dijeron que estaba loco, pero a él no le importó, y reía,mientras se quitaba toda la ropa, tirándola por la arena a medi-da que caminaba hacia la orilla. Una vez dentro, Lucía se acercópara saludarle, y fue quitándose también sus prendas, exceptola ropa interior. Su pelo rubio se oscureció al nadar hacia Álva-ro. Después se abrazó a él, casi temblando, para amortiguar elfrío con el roce de sus cuerpos. Él la tomó en sus brazos como aun bebé y la mecía dando vueltas sin parar, como en un tiovivo,mientras ella, feliz como una niña, exclamaba: Álvaro, me voya marear. El pene de Álvaro estaba duro. Ella lo notó en seguida y em-pezó a acariciarlo con sus manos. -Nos van a ver.- Dijo Álvaro. -Qué va, estamos lejos. Pongámonos de espaldas a ellos. -¿Quieres hacerlo aquí?, ¿sin preservativo? -Bueno, con el agua no creo que haya problema.- Dijo ella. -Sí, llevas razón. Nunca lo he hecho en el mar. Tardaron casi una hora, Álvaro no se concentraba pensandoen los demás, que seguían animados en torno a la hoguera. Sinembargo el orgasmo fue de los mejores de su vida, posiblemen-te por haberse prolongado tanto la espera. Pero el agua crista-lina, casi transparente, iluminada por la luna llena, parecía unpoco turbia en torno a Lucía. -Mira el agua, está oscura.- Dijo Álvaro, señalando muy cer-ca de la cintura de Lucía. -Sí, creo que es sangre.- Afirmó ella. 273
  • 272. En ese momento Álvaro lo comprendió, aunque no quisocomprenderlo. -Es imposible. ¿Es que te he hecho daño? -No. Me ha gustado mucho. -Entonces, ¿por qué sangras?- Dijo Álvaro, con el rostro pá-lido, realmente asustado. -Dicen que pasa eso la primera vez.- Contestó ella, a travésde un delgado hilo de voz. Álvaro no sabía qué decirle, apenas se conocían, estaba to-talmente convencido de que ella no era virgen, su carácter, almenos, daba esa impresión, además de su belleza. Álvaro sintiómiedo, por un momento se sintió en el centro del mundo, conuna responsabilidad grandísima hacia esa chica. Sin duda suamor por ella creció terriblemente, sintió una necesidad impe-riosa de protegerla. -Si me lo hubieras dicho tal vez podríamos haberlo hechomás especial. -Tenía miedo de que no quisieras hacerlo si te lo decía. -¿Te ha gustado? -Sí, porque ha sido contigo. -Pero, si no nos conocemos casi. -Bueno, ahora sí.- Afirmó ella, mordiéndose el labio inferior,un poco asustada por si Álvaro se enfadaba. Realmente se ha-bía enamorado intensamente de él, a pesar de conocerse muypoco. Álvaro no terminaba de creérselo, pensaba que esa chicatendría mil pretendientes, que sólo sería un romance de unassemanas y luego ella dejaría de llamarlo, como hicieron conél todas las chicas guapas con las que se había acostado. PeroLucía era diferente, nunca se había fijado en un chico especial-mente, salvo en su monitor de tenis. Pero cuando vio a Álvaropor primera vez, en la habitación de la residencia, se sintió res-274
  • 273. catada de su adolescencia, de sus sueños imposibles hacia unmonitor de treinta años, casado y con dos hijas. Se dio cuentade que realmente no le gustaba ese hombre, sino que sólo erauna fantasía platónica, como cuando se enamoró de Brad Pitt.Pero Álvaro fue el primer chico real para ella, la primera per-sona que se le cruzó en su camino de carne y hueso. Lucía vio aÁlvaro como a un chico especial, maduro, digno de conducirlahacia su sueño del amor. Ella, quizás porque sigue siendo unaadolescente, no puede evitar verlo como a un héroe, un poetaque fuma marihuana y que recita en los bares versos y verda-des. Lucía sabía de Álvaro mucho antes que él supiera de ella.En la residencia todos llaman a Álvaro ‘El poeta’, aunque él nolo sabe. Las chicas de allí lo miran como a una estrella de rock,tal vez por sus pintas, o porque una vez compró una guitarray tocó con el amplificador al máximo, despertándolos a todoshasta que el cura subió para tirarle la guitarra por la ventana,que por suerte era de segunda mano. Lucía se había entregado a su héroe, pero éste tenía muchomiedo, tal vez porque no era un héroe. Sólo se le ocurrió abra-zarla, acariciar su pelo suave mientras descansaba la barbillasobre él y trataba de pensar en el camino a seguir a partir deahora. Por primera vez Álvaro se sintió absolutamente respon-sable de lo que ocurría más allá de sí mismo. LI.-WERTHER Y REI -Curtis no se pegó un tiro, ese fue Cobain. Curtis se ahorcó.-Decía Isidoro a Haruki, en el momento en que Álvaro y Lucíase reincorporaban al círculo. Sonaba Novelty de Joy Division. -Tenía 23 años, como Lautremont.- Dijo Álvaro tras sentarsejunto a Lucía, mientras agarraba la mano de ella con fuerza. -Es una pena, seguro que hubiera hecho grandes canciones.-Comentó Isidoro. -Sí, muchos artistas se fueron demasiado pronto.- Dijo Ha-ruki, con gesto apenado. -Sí, por ejemplo Baudelaire, Poe, Hemimgway, Pavese…-Ál- 275
  • 274. varo se quedó pensativo. -Jhon Bonham, Jim Morrison, Keith Moon, Hendrix…- Con-tinuó Isidoro. -Y Silvia Plath.- Agregó Lucía. -Y Artaud, Bataille, William Blake, Emily Dikinson, VirginiaWolf, Van Goth… Dijo Álvaro, reflexivo, capaz de citar a cienmás. -Vaya, conoces a muchos, ¿te interesa el tema?- Preguntó Jo-nathan, sorprendido. -Sí, lo veo romántico, me parece inquietante que una perso-na decida quitarse la vida. Muchos dicen que es cobardía, perome parece un acto de valentía. -Sí, yo no sería capaz de hacer algo así.- RespondióJonathan. -Te has olvidado de Mishima.- Dijo Haruki. -Es cierto. Se hizo el harakiri, en una de sus novelas escribióque quería morir entre desconocidos, sin que nadie le molesta-ra, bajo un cielo sin nubes...- Comentó Álvaro. -Pero no fue así. Leí que murió rodeado de gente, que le pi-dió a su criado y amante que le cortase la cabeza después, peroéste lo intentó varias veces sin conseguirlo, hasta que llegó unguardia y se la cortó a los dos.- Explicó Isidoro. -Uf, qué desagradable.- Agregó Lucía, tapándose la cara conla camisa de Álvaro. -Me está entrando miedo.- Dijo Ana, graciosamente, co-giendo la mano de Joaquín- ¿Por qué no cambiáis de tema?- To-dos rieron. -La mayoría se suicidaron o murieron de sobredosis, que escasi lo mismo.-Dijo Haruki, también conocedor del tema. -Ya lo dijo Kurt Cobain: “Las drogas destruyen tu memoriay tu propio respeto […] Me odio y me quiero morir”.- AgregóIsidoro. -Vaya, qué poca autoestima.- Dijo Ana. -Sí, los artistas somos muy sensibles.- Comentó Álvaro, so-lemnemente, pues de alguna forma se identificaba con los sui-276
  • 275. cidas, con el joven Werther, por ejemplo, e incluso pensó haceaños seriamente en suicidarse como él aunque no tenía motivoalguno, solamente la adolescencia y una novia tonta que dejóde llamarle. También le influyó la muerte de Don Álvaro y esaextraña fuerza del sino. El René de Chateaubrian o el Adolfode Constant fueron libros que nunca dejó de leer y releer en sumemoria. Durante su adolescencia pasó el tiempo imaginandoser un terrible romántico, hasta que un día se asustó de sí mis-mo y decidió luchar contra su pesimismo innato. Tras un largo silencio, provocado por el sueño y el sonidoacompasado de las olas, hablaron de historias de fantasmas. Elambiente era propicio, el fuego lento y ya casi en ascuas, el ru-mor del mar al fondo y su honda oscuridad, la luna llena y la so-ledad de aquel paisaje. Ninguno deseaba realmente hablar deltema, pero una historia sucedía a otra, todos conocían alguna,leyendas urbanas, extraños fenómenos y todo tipo de relatosmacabros sacados de la cultura popular. A Haruki sí le gustabael tema, tal vez porque en su país hay una tradicional culturaen torno a los espíritus. Era el que más historias conocía y lascontaba lentamente, introduciendo extrañas palabras en japo-nés para añadir más intriga a la trama. Cuando Haruki hablabatodos guardaban religioso silencio, como si interrumpir algunode esos relatos significara profanar alguna tumba secreta. Nolo digo en broma, esto ocurrió de verdad. Terminaba diciendo. Pero el miedo de Álvaro no lo provocaban las historias deHaruki sino su propia historia, lo que acababa de ocurrirle conLucía en el agua. ¿Qué pasaría con Beatriz ahora?, ¿Y con Julia?,¿Y con Leonor? Había de ir dejando las cosas claras, hablar concada una y elegir, definitivamente, a una sola mujer, por él y porellas. Para que nadie sufriese más de la cuenta. 277
  • 276. XLVIII.- EL SUEÑOA Haruki le gustaba la ciudad de Álvaro, así que decidió quedarse con él unos días allí antes de marchar los dos al campo, como habían planeado. Lo acompañó ala clase de Introducción al Cine, ya que Álvaro insistió. Al prin-cipio le daba mucha vergüenza, creía que todos no dejarían demirarle extrañados por ver a un asiático en el aula, pero cuan-do Álvaro le dijo que pondrían Sherlock Jr. de Buster Keatonno lo dudó ni un segundo. No conocía esa película, pero sí aKeaton. De hecho la película que Haruki tenía pensado realizar,cuando se fuera a Japón a terminar su Licenciatura en CienciasCinematográficas, sería, en cierto modo, un homenaje al cinemudo. Haruki quería hacer una película en que los persona-jes hablaran lo menos posible, que se comunicaran por gestoso silencios, quería reflejar la soledad del hombre moderno enclave de humor, al estilo de Keaton. Así que entraron juntosen el aula, atestada de jóvenes pseudointelectuales, con los queÁlvaro no se relacionaba apenas salvo con un extraño chico,miope y tartamudo, un verdadero freaky del cine, que siemprese sentaba en la primera fila y no miraba nunca a nadie salvo laenorme pantalla de…. -Hola Federico, veo que has cogido buen sitio. Te presento aHaruki, es director de cine. -¿De verdad? ¿Ti-ti-ti-tienes alguna película? -No, sólo he hecho un par de cortos, aunque tengo pensadohacer un largometraje muy pronto. -Eso es ge-ge-nial.- Dijo Federico. Se sentaron con él en la primera fila y hablaron un rato delcine japonés, pues Federico estaba muy enterado de las últimastendencias.278
  • 277. -¿Has visto RAM?- Preguntó Federido. -Claro, Akira Kurosawa es el mejor, pero no hay que olvidara Ozu, Mizoguchi, Kinoshita…- Comentó Haruki. -Ci-ci-erto. Y el cine actual tampoco se queda atrás. -Por supuesto. El profesor entró en el aula, vestía un extravagante traje azuly una corbata amarilla. Llevaba una larga barba, gafas redon-das estilo Lennon y un aspecto de no haberse duchado en tresmeses. Hablaba muy poco, solía entrar a clase y decir: Hoy vaisa ver… Después ponía la película y al terminar decía: ¿Tenéisalgún comentario? Entonces los alumnos levantaban la manoy hablaban, incluso discutían entre ellos, mientras que él se li-mitaba a escucharles, siempre sonriente. Finalmente les citabaun texto o dos para que leyeran y se despedía hasta la próximasemana. A Álvaro le encantaba ese método. -¿Le-le-le-íste el texto de Godard que nos recomendó el pro-fesor?- Preguntó Federico a Álvaro, por hablar de algo, mien-tras el profesor introducía la cinta en el reproductor de video. -Sí, lo había leído ya porque mi padre tiene la coleccióncompleta de Cahiers du cinema. Es un gran texto.- RespondióÁlvaro. -Me gusta Godard.- Dijo Haruki. -¿Y, cu-cuáles son tus influencias?- Le preguntó Federico aHaruki, con gesto de preocupación. -Hay de todo. El cine japonés moderno, Miike, Kitano, Iwai,Kiyoshi Kurosawa… El cine europeo, no sé, Fritz Lang, LouisMalle, Trouffeaut…, El americano también: Kubrick, Taranti-no, Billie Wilder, Woody Allen…- Federico sonrió, conectandocompletamente con el gusto de Haruki. -No tiene mal gusto el muchacho.- Comentó Álvaro,sonriendo. -Está mu-muy bien, si co-co-ges un poco de ca-ca-ca-ca-dauno y aportas tu propia personalidad seguro que-que haces 279
  • 278. una gran película.- Dijo finalmente Federico. Haruki asintió,mirándole con gesto serio y responsable, como diciéndole im-plícitamente: Intentaré hacerlo lo mejor que pueda. -Seguro que lo hace. Sé que vale mucho.- Le dijo Álvaro,dándole una palmada en el hombro y mirándolo fijamente conternura. Cuando el profesor apagó las luces del aula y puso la películaHaruki, Federico y Álvaro empezaron a soñar. Veían un mundoen blanco y negro que reproducía otro sueño, el de Buster Kea-ton. Keaton, agotado, se queda durmiendo tras proyectar la pelí-cula en la sala de cine donde trabaja. Y, de pronto, mágicamente,sueña que entra en la pantalla, en la película. Haruki reía cadavez que Keaton se daba de bruces contra el suelo. Haruki estabadentro de la película y Keaton también estaba dentro de otra.Era como Las mil y una noches, como los relatos de cajas chinas.La fantasía superando a la ficción, Don Quijote y Sherezade, elmilagro hecho realidad. Al terminar la película todos los alumnos tenían un gestosonriente en sus rostros. El profesor, que nunca decía nada, puesno quería influenciar a sus alumnos con sus propias opiniones,no pudo evitar hacer un breve comentario: -Habéis visto la modernidad más absoluta en una película quecasi cumple los cien años. Quiero que penséis mucho en ello. Noos voy a recomendar ninguna lectura, solamente os pido que re-flexionéis sobre lo que habéis visto. Que agradezcáis, si así lo sen-tís realmente, a Keaton lo que os ha mostrado. Hay películas quees mejor no comentar. ¿Qué pueden aportar nuestras mediocresreflexiones a este milagro? El cine es tan real como la realidad,pero no olvidéis nunca que vosotros sois los únicos que escribísel guión de vuestra vida. La felicidad es el sueño verdadero, aun-que sepamos que nunca pueda convertirse en algo real y tangible.La belleza del sueño es esa, su incorporeidad. Así terminó la clase.280
  • 279. XLIX.- LA VIDA REALP ar a Álvaro la realidad era algo imaginario. Había crecido en un mundo de libros y ficciones. Su padre era un intelectual nostálgico, un soñador de realidades. Lacasa de Álvaro era como un templo de la cultura, la inmensabiblioteca esparcida por toda la casa fue el manantial de susmúltiples experiencias solitarias. Una noche, tal vez la más ní-tida que su memoria guarda, tras ver junto a su padre Al finalde la escapada de Jean Luc-Godard, pensó en su propio des-tino. Si la vida es absurda qué hago yo aquí, se preguntaba. Yel único destino posible lo configuraba todo aquel retablo demaravillas por descubrir. Y en el fondo de todo, el amor. Supadre le enseñó a amar la parte sublime de la vida, y eso fue loque realmente amó. Pero su padre nunca le advirtió de que eseamor podría destruirle, porque la realidad ordinaria siempreentraba en conflicto continuo. El primer amor de Álvaro se convirtió en su primera pesa-dilla. A los 16 años ya creía que había tocado fondo. Buscaba ybuscaba en la realidad pero todo era un saco vacío de conste-laciones difusas, de no correspondencias. Muchas veces quisopreguntarle a su padre si el arte era una huída o una llegada. Sila felicidad era una mañana o una noche solitaria. Pero nuncase atrevió porque prefirió soñar que todo podría ser cierto. La noche es maravillosa porque nos deja con nosotros mis-mos, pero a veces esa compañía es aterradora.- Escribió en unaocasión. La vida es la muerte. Quien no acepte eso es un estúpidoy un vanidoso. Pero entonces, por qué soñamos con alcanzarrealidades, con tener éxito o recompensas por lo que hacemosy somos. Posiblemente ese sea el camino, una lucha por obtenerla valoración de los demás. Posiblemente no. 281
  • 280. Pero todo arde cuando llega el cansancio, y la vida retornaen la mañana, y se hace diferente, nítida y llena de posibilidadeshasta que volvemos a darnos cuenta de lo que somos y de lo queno podemos ser. El ciclo constante que nos envuelve con losgrandes fracasos y las pequeñas victorias cotidianas. Estoy solo pero hoy he encontrado a alguien que tambiénestá solo, y juntos, ignorando nuestra soledad, nos sentimos fe-lizmente acompañados, llenos de dicha por compartir ese mila-gro mutuo que nos une: la realidad..- Se dijo Álvaro una noche,tras hablar con su primer amigo, aquel que inexplicablemen-te le acompañaría por el resto de su vida, a pesar de que muypronto se separaran y nunca más volvieran a verse. Pero siempre hay que seguir, a pesar de que dejemos atráslas grandes derrotas que configuran nuestra felicidad. Porqueuna derrota es eso, solamente marca el camino a seguir. Labelleza nunca desaparece a pesar de que cada día una arrugaparezca que visita nuestro rostro. ¿Qué si no nos hace seguiradelante?, ¿Qué si no nos anima a regresar al alma nuestra queen el presente nos informa de lo que somos? La realidad es dura,sobre todo cuando el sueño no se alcanza e imprimimos unasonrisa falsa en nuestro rostro, pero llena de esperanza, por-que no hay vida sin esperanza. Pero la esperanza es peligrosacuando la realidad no la puede soportar. Sin embargo, Álvarocontinúa caminando con paso firme. Atento a un milagro quepueda nacer en la continua estela de sus nítidas constelaciones.Hay en la vida un milagro único, que es el presente. Lo que nose puede predecir, lo que aparece sin más y nos informa de unanueva realidad a tener en cuenta. Ese es el milagro: lo imprede-cible a pesar de nuestra supuesta condición de superhombrescapaces de predecir. Todos soñamos con alcanzar, a pesar deque lloremos en la noche, a pesar de que creamos que la vidanos pertenece. Todos sabemos, en el fondo, que vivimos en un282
  • 281. mundo que no se adapta a nuestras heroicas posibilidades. Por eso Álvaro sigue soñando, a pesar de que a veces unpaso mal dado pueda producirle un dolor insoportable. Apren-der a caminar para finalmente sentarse, en un lugar que pa-rezca cierto o que al menos no se apague. Ese es su objetivo,encender una llama que perdure, donde las cenizas no existany el sueño deslumbre. Álvaro camina, con la cabeza alta, haciael final de un túnel, hacia el fondo de la luz de sus tinieblas. ¿Quién puede ver el dolor cuando la noche termina? Final-mente el cansancio nos lleva el sueño. Y otra vez a comenzar. 283
  • 282. L.- EL VESTUARIO- ¡Hablemos del milenarismo. Cojones ya!- Decía Fernando Arrabal en un video que Álvaro mostró a Haruki, a través de una página de Internet llamada Youtube. Ambosrieron al ver al ebrio dramaturgo, cómplices de esa travesura ex-céntrica que sólo los genios o los borrachos logran llevar a cabo.Aunque los genios y los borrachos sean también mortales. Después Álvaro le preguntó si no le importaba quedarse solounas horas, porque había quedado con Lucía. Haruki sonrió: -Claro que no. Quiero conocer tu ciudad. -¿No te molesta que te deje solo? -Por favor, no quiero que te sientas responsable de mí. Estoyaquí porque somos amigos, y la amistad es libertad. -Ya Haruki, pero has venido a recogerme para irnos al cam-po. ¿No te importa esperar un poco? -Por supuesto que no. Yo no uso agenda, para mí el tiempono existe. Ahora estoy aquí y quiero vivir esta experiencia.- AÁlvaro le conmovió su respuesta sincera y entregada. -Haruki, quiero que sepas que eres mi mejor amigo. -Álvaro, quiero que sepas que me siento realmente feliz dehaberte conocido, ahora vete, ya tendremos tiempo para dis-frutar de nuestra amistad. -Gracias Haruki, volveré esta noche. Estás en tu casa. No loolvides. -Ya lo sé. -Cuando llegue esta noche lo pasaremos muy bien. Te loprometo. Se despidieron con un fuerte abrazo, como si cada uno fue-ra a su propio campo de batalla. Prometieron verse de nuevo alllegar la noche. Álvaro pidió un taxi y le dijo al conductor que le llevara al284
  • 283. Club de tenis. Lucía jugaba un partido trascendental pero a Ál-varo no le importaba el partido, solamente necesitaba volver averla. Lucía vio sentarse a Álvaro en lo alto de una de las gradas.Lo miró y levantó su mano, feliz de su presencia, en un gestoespontáneo e inocente que todos los espectadores percibieron.Álvaro se avergonzó un poco pero luego sintió orgullo al verque su chica ganaba por 6-3 y 5-4. El último juego le costó unpoco, tal vez por la presencia de Álvaro, pero por fin, con unrevés contundente, sentenció el partido. Los padres de Lucíabajaron a abrazarla por haber llegado a las semifinales. Álvarose quedó en la grada, sin saber qué hacer, esperando a que ellasubiera hasta allí. Después de besar a sus padres subió, en subúsqueda, lo tomó de la mano y le presentó a un montón degente: su monitor, sus compañeras, su abuela, sus padres… Ál-varo estaba conmocionado, ella había ganado el partido peroél poseía el verdadero trofeo. Se sintió dichoso por estar juntoa una chica así, tan llena de vida y de belleza, tan querida portodos y tan entregada, inexplicablemente, a él. Pero en aquel momento Álvaro se dio cuenta de que su rela-ción con Lucía no tenía ningún futuro. Cuando descubrió queal estar con Lucía perjudicaba seriamente su relación con Ha-ruki las cosas fueron tomando otro cauce y sentido en su con-ciencia. Pero no podía impedir el deseo sexual hacia Lucía, algoque Haruki no podía proporcionarle. Álvaro se vio inmerso enla terrible dicotomía amor o amistad, sin realmente discernirla finalidad de tener que separarlas. ¿Acaso ambas no podríanconvivir en perfecto equilibrio? La realidad era un mundo en el que Álvaro jugaba a travésde sus infinitas posibilidades de elección, pero no era capaz dequitarse de la cabeza la idea de que, tomase el camino que to-mase, la elección sería la errónea. Sólo había una salida queera el estarse quieto. Y eso sólo lo podría conseguir yendo alcampo con Haruki. Sin duda tendría que invitar a Beatriz. Encierto sentido todavía es su novia oficial, no puede ignorarla 285
  • 284. por mucho tiempo. Su padre editará su primera novela, aunquetodavía Álvaro no le ha encontrado un final. Tal vez en el cam-po, piensa, pudiera terminarla. Pero, ¿realmente quería meter-se en ese mundo?, es decir, ¿ser un escritor oficial que vendesus textos?, ¿no era un juego muy mediocre y banal para él?, ¿oacaso era su literatura la que era banal y mediocre? Álvaro nodejaba de hacerse esas preguntas desde el desasosiego. La idea de escribir, oficialmente, no le inquietaba. La idea devivir, intensamente, tampoco. Anhelaba el silencio. Sólo eso. Lucía se quitaba la ropa en el vestuario mientras Álvaro laesperaba fuera, fumando un Lucky Strike. Llevaba puestos losauriculares de su Ipod, donde sonaba She Loves You de LosBeatles. Lucía salió con una mochila Reebok al hombro, unaszapatillas Adidas blancas con franjas rosas, un polo verdede Lacoste y unos vaqueros Tommy Denim azules claros. Sufragancia era Raph Lauren Woman, algo que a Álvaro le ex-citó bastante al besarla de nuevo y tocar su húmedo pelo ru-bio. En la comida apenas hablaron, salvo cuando los padres deella lo interrogaban en aquel tétrico restaurante de burguesesanónimos. -¿A qué se dedica tu padre?- Le preguntó el padre de Lucía, -Es empresario y poeta.- Contestó Álvaro. Todos sonrierontímidamente, quedándose un poco perplejos de la respuesta. -¿Y de qué vive de la poesía o de su empresa?- Dijo el padre,bromeando. -De su empresa.- Contestó Álvaro. Después volvió con Lucía a la residencia. Subieron al cuartode ella y se acostaron en la cama. Álvaro la volvió a penetrar,esta vez con preservativo. Se dijeron que se amaban una docenade veces, hasta que él se marchó a su habitación, en busca deHaruki.286
  • 285. LI.- LA LITERATURAÁ lvaro entró a la habitación pensando en que ten- dría que terminar su novela. Sacó una maleta y fue me- tiendo ropa, libros, bolígrafos, zapatos. Mientras hacíatodo eso no dejaba de pensar en cómo terminaría su novela.Necesitaba un final conmovedor y, al mismo tiempo, que gus-tase al público. Había personas que habían puesto muchas es-peranzas en esa novela, como Gregorio de Lucas, el padre deBeatriz. Álvaro se disponía a guardar el ordenador portátil enla mochila cuando una ventana del Messenger se le apareció.En ese mismo momento entraban Haruki y Joaquín, con algu-nas bolsas bajo el brazo. Álvaro los saludó muy concentrado enel mensaje. Beatrizz dice: hola guapo, cómo van tus ligues? Alvarovongunten dice: hola, bien, mañana voy al campo conHaruki, vendrás a vernos? Beatrizz dice: claro, aquí me aburro mucho Alvarovongunten dice: qué haces ahora? Beatrizz dice: escuchaba una sinfonía de Beethoven. Alvarovongunten dice: y tu padre? Beatriz dice: está en su estudio, escribiendo Álvaro continuaba leyendo mientras miraba a Haruki sacarunos carteles de la bolsa. -He comprado un cartel de Blow Up y otro de Ichi The Killer,¿te gustan, Álvaro?- Le preguntó Haruki mientras desenrollabalos carteles. -Sí, mucho. Beatrizz dice: mi padre quería hablar contigo, le digo quevenga Alvarovongunten dice: no sé si a tu padre le gustará hablar 287
  • 286. por el Messenger. Beatrizz dice: seguro que sí, todo lo que sea escribir le en-canta. Voy a llamarlo…  Mientras Álvaro esperaba la llegada de Gregorio de Lucas alMessenger se levantó para poner algo de música al tiempo queHaruki y Joaquín no dejaban de desenrollar carteles de pelícu-las que habían comprado en la Feria del Libro. Álvaro puso enel reproductor de música Stars Of CCTV de Hard-Fi, le encan-taba esa canción, y después sacó un sobre con marihuana quetenía escondido. Se preparó un porro muy cargado que ofrecióprimeramente a Haruki. Éste dio una intensa calada y sonriómientras tosía, con el rostro algo pálido. -Perdona Álvaro, aún no me acostumbro a fumar.- Le dijoHaruki. -Yo tampoco.- Dijo Joaquín, tosiendo también tras fumar. -No pasa nada, mientras os guste. La ventana del Messenger volvía a parpadear. Homero dice: Hola soy Gregorio, ¿cómo te va? Alvarovongunten dice: Muy bien, mañana voy al campoa terminar la novela, posiblemente en unas dos semanas estáterminada. Homero dice: me alegro mucho, estoy deseando leerlaterminada. Alvarovongunten dice: espero que le guste. Homero dice: seguro que sí. Échale imaginación. Hace faltaalejarse un poco del realismo. Alvarovongunten dice: lo intentaré, aunque mi estilo buscaser hiperrealista. Homero dice: entiendo, pero te aconsejo que no caigas en elpragmatismo. Alvarovongunten dice: bueno, la literatura es inevitable-mente pragmática Homero dice: realmente piensas que la literatura es288
  • 287. pragmática?? Alvarovongunten dice: bueno, no sé, yo sólo sé que la aplico,constantemente, a los problemas de la vida, pero no sé si meayuda a solucionarlos de forma pragmática o si, por el contrario,la trasciende haciéndome reflexionar y sentir más de lo debido. >>No sé si acaso añade nuevos conflictos a mi vida que urgede ser necesariamente pragmática en un mundo que exige esascondiciones para su supervivencia en el mismo. Yo no sé si laliteratura realmente desaconseja, con perdón de Patronio, ociertamente nos provee de soluciones nobles, quijotescas y, portanto, más suicidas que pragmáticas. Pero, ¿no será más dolo-roso vivir sin este componente problemático que nos plantea, aveces, o continuamente, la literatura. >>Para mí la literatura tiene su razón de ser en esta situa-ción trágico-problemática que nos pone, como un espejo, antela experiencia exacta de nuestros conflictos y aspiraciones in-teriores, emocionales y sensibles. Para respirar no hace falta elespíritu pero sí para comprender y valorar que somos algo másque simples sujetos que respiran. >>O tal vez la grandeza sea esa, la del hombre que respira ydándose cuenta de ello se ahoga, porque no se olvida, algo selo impide, de que respira. Y eso, sin duda, no es un problemapragmático, ¿o sí? Homero dice: claro que no. 289
  • 288. LII.- LA RESPUESTA, AMIGO, ESTÁFLOTANDO EN EL VIENTOF ue una canción, Knocking On Heavens Door, de Bob Dylan. Fue un porro muy cargado, tal vez el sabor del té blanco japonés o el párrafo de Descartes que Álvaroleía. Posiblemente fue todo eso junto lo que le llevó a Álvaro areplantearse su vida, a sentir algo distinto respecto a sí mismoy su presente. Haruki y Joaquín estaban jugando en el portátilal Counter Strike y Álvaro no dejaba de leer las MeditacionesMetafísicas de Descartes, absorbido en sus razonamientos: ¿Qué soy, entonces? Una cosa que piensa. Y ¿qué es una cosaque piensa? Es una cosa que duda, que entiende, que afirma,que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también, yque siente. Sin duda no es poco, si todo eso pertenece a mi na-turaleza. ¿Y por qué no habría de pertenecerle? ¿Acaso no soyyo el mismo que duda casi de todo, que entiende, sin embar-go, ciertas cosas, que afirma ser ésas solas las verdaderas, queniega todas las demás, que quiere conocer otras, que no quie-re ser engañado, que imagina muchas cosas —aun contra suvoluntad— y que siente también otras muchas, por mediaciónde los órganos de su cuerpo? ¿Hay algo de esto que no sea tanverdadero como es cierto que soy, que existo, aun en el casode que estuviera siempre dormido, y de que quien me ha dadoel ser empleara todas sus fuerzas en burlarme? ¿Hay algunode esos atributos que pueda distinguirse en mi pensamiento,o que pueda estimarse separado de sí mismo? Pues es de suyotan evidente que soy yo quien duda, entiende y desea, que nohace falta añadir aquí nada para explicarlo. También es ciertoque tengo la potestad de imaginar: pues aunque pueda ocu-rrir (como he supuesto más arriba) que las cosas que imaginono sean verdaderas, con todo, ese poder de imaginar no dejade estar realmente en mí, y forma parte de mi pensamiento.Por último, también soy yo el mismo que siente, es decir, que290
  • 289. recibe y conoce las cosas como a través de los órganos de lossentidos, puesto que, en efecto, veo la luz, oigo el ruido, sientoel calor. Se me dirá, empero, que esas apariencias son falsas, yque estoy durmiendo. Concedo que así sea: de todas formas, esal menos muy cierto que me parece ver, oír, sentir calor, y esoes propiamente lo que en mí se llama sentir, y, así precisamenteconsiderado, no es otra cosa que “pensar”. Por donde empiezoa conocer qué soy, con algo más de claridad y distinción queantes. Todo lo que sentía Álvaro en aquellos momentos: la tran-quilidad de la música, los cálidos sorbos al té, el cansancio desu cuerpo… todo ello se interrumpió, dejó de ser como era y selevantó de la cama, desasosegado, ante la atenta mirada de Ha-ruki, que ya no esperaba su turno para jugar al Counter Strike. -¿Te pasa algo, Álvaro? Te veo inquieto de repente. -Estaba pensando, o mejor dicho, sintiendo algo que no ha-bía sentido hasta ahora. -Eso es normal, nunca sentimos lo mismo.- Dijo Joaquín. -Ya, pero ha sido diferente, planteamientos completamentenuevos, es como si mi cabeza se hubiera desembozado y pudierapensar con claridad: ahora veo las cosas mucho más sencillas. -¿A qué te refieres? Preguntó Haruki, intrigado. -Sabes, Haruki, Siempre hay algo a lo que no atendemos, quese nos escapa. Y ese algo suele ser lo esencial de las cosas. -Eso me suena a El Principito: lo esencial es invisible a losojos.- Contestó Haruki a Álvaro. -No, no es lo mismo. Yo digo que lo esencial no es que seainvisible y esté, sino que es visible, está, aunque no lo podemosver. -No te comprendo, sigo pensando que es lo mismo.- DijoHaruki. -Yo tampoco.- Dijo Joaquín, mientras mataba a unterrorista. 291
  • 290. -No sé, puede que sí. Yo siento como si en todo momentome estuviese rondando lo esencial, el camino correcto o verda-dero… Pero, nunca llego directamente allí, nunca se me ponefrente a los ojos, aunque intente acercarme lo más posible quepueda. -A mí me pasa lo mismo en esta pantalla, sé que ese terroris-ta está cerca, pero no lo encuentro.- Dijo Joaquín, bromeando. -Creo que ahora te comprendemos mejor.- Afirmó Haruki. Álvaro continuaba sintiéndose inquieto, dando vueltas porla habitación, haciéndose la maleta con el porro en la mano.Estaba frente a la estantería, eligiendo los libros que se llevaríaal campo. Joaquín y Haruki dejaron de jugar en el ordenador.Abrieron una bolsa de Doritos y unas Coca-Colas y hablabande cómo conseguir neutralizar al antiterrorista de un solo tiro. -Sólo tienes que apuntar a la cabeza y disparar una breveráfaga con la MAC-10, eso nunca falla, es de las mejores a cortadistancias. -Ya, pero a veces el otro se adelanta y te dispara primero. -Sí, suele pasar. Hay que saber esconderse entre disparo ydisparo. -Entiendo. El ordenador volvía a estar disponible, así que pensó en bus-car a Beatriz en el Messenger. Alvarovongunten dice: stás? Beatrizz dice: sí, cuándo t vas al campo? Alvarovongunten dice: mañana por la mañana salimos Ha-ruki y yo. Beatrizz dice: yo me voy a la playa, a mi piso de Benidorm. Alvarovongunten dice: yo también tengo un piso allí. Beatrizz dice: podríais venir. Alvarovongunten dice: no sé si Haruki querrá, a mí, la ver-dad, es que me da igual.292
  • 291. Beatrizz dice: piénsalo, podríamos pasarlo bien allí los tres. Alvarovongunten dice: ya Haruki se acercó al ordenador y saludó a Beatriz. Despuésse despidieron de ella y Álvaro comenzó a hablar: -Haruki, no sé a dónde dirigirme. No sé qué camino tomar.Necesito huir, pero tal vez lo correcto sea afrontar la realidad.Aunque tampoco sé cuál es la realidad a aceptar. No sé si quie-ro ir al campo, al menos, de momento. El campo, sabes, es de-masiado aburrido. Lo conozco bien, si no estás preparado tepuede hundir más si cabe en la soledad y el hastío. Haruki se quedó pensativo ante la reflexión de Álvaro. -¿Por qué no vamos a la playa?- Continuó Álvaro.- Ahora lle-ga el verano, podríamos pasar un mes o dos allí, en mi casa dela playa, y después podríamos ir al campo si nos apetece. -No sé. Yo prefiero estar solo.- Respondió Haruki.- Me gus-taría pensar un poco en mi película, tranquilo. -Pero en la playa nos divertiríamos, Beatriz tiene una casaallí, creo que nos conviene eso. Yo también quiero terminar minovela y sé que estar con más gente, frente al mundo, será pro-ductivo. Al menos, podemos intentarlo, si no, pues nos vamosal campo. ¿Qué opinas?- Dijo Álvaro. -¿Beatriz estará allí? -Sí. -Me apetece verla, también me apetece ver la playa. Está bien,podemos ir, aunque puede que yo me vaya pronto. -No te preocupes, puede que yo también. 293
  • 292. LIII.- AQUÍ Aquí, en Benidorm, la gente parece vivir su vida utópica,mediocre, pero utópica. La casa de los padres de Álvaro estáun poco alejada del pueblo. Tiene un apartamento en Cala Fi-nestrat. A Álvaro le gusta mucho pasear por esa parte de Be-nidorm, que realmente, es independiente, un pueblo distintoaunque directamente en relación con Benidorm, es decir, con lamasa y el consumo. Por ejemplo, Álvaro, cogía todas las nochesel autobús, en su adolescencia, para bajar a la zona de marcha.Primero iba con sus colegas a los salones de videojuegos, luegobebían calimocho en la orilla de la playa y después entrabana bares de música alternativa, rock grunge, preferentemente.Uno de esos bares se llamaba Reservoigs Dogs. Allí fue muchasveces con Luis y Leonor. Álvaro quería regresar a todos esos lugares. Tratar de revivirciertas experiencias. Reencontrarse con el joven que vivió des-preocupado, al menos durante un mes o dos, la vida, desde unembriagado existir espontáneo, inconscientemente motivadopor una estúpida rebeldía, su inquietud poseída por la calentu-ra del despertar de los instintos sexuales, acompañado por unairreconciliable voluntad de ser responsable. Durante el mes dejunio Álvaro descubría el mundo, se perdía en las sensaciones.Al regresar de la experiencia, de sus incurables y tórridas aven-turas se salía a la terraza de su casa, para fumar un porro o uncigarro tranquilo, mientras escribía o leía algún poema. AhoraÁlvaro relee a menudo aquel poema de Gil de Biedma, Nochesdel mes de junio, porque se ve reflejado en él, cuando recuerdaaquellas noches, de los años pasados, que ya no son tan pareci-das a las presentes: Cuántas veces me acuerdo de vosotras, lejanas noches del mes de junio, cuántas veces me saltaron las lágrimas, las lágrimas294
  • 293. por ser más que un hombre, cuánto quise morir o soñé con venderme al diablo, que nunca me escuchó. Pero también la vida nos sujeta porque precisamente no es como la esperábamos. En esa época Álvaro tenía sus obligaciones, el estudio. Al-gunas noches en su casa, con el libro en la mano, subrayandopárrafos innecesarios, sentía la necesidad de salir de allí, a todaprisa, en busca de su libertad. Eran las noches incurables y la calentura. Las altas horas de estudiante solo y el libro intempestivo junto al balcón abierto de par en par (la calle recién regada desaparecía abajo, entre el follaje iluminado) sin un alma que llevar a la boca. Empezó a escribir uno de esos veranos. Imitaba a Gil deBiedma pero también a otros muchos, como a Pavese o a Leo-pardi. También, por esa época, escuchaba bastante música. Lomás importante para él era no olvidarse de que, a pesar de lafelicidad perdida, era posible otra nueva, actualizada y fresca.Pero a menudo le allanaba la conciencia el recuerdo de una chi-ca que se fue o el recuerdo de una inquietud perdida, un des-amor, una derrota primera… Ahora Álvaro estaba con Haruki, no con Luis. Ahora ibaa encontrarse con Beatriz, no con Leonor. Álvaro recordabaaquel triángulo amoroso del pasado, que nunca se llegó a es-clarecer. Ahora podía ocurrir lo mismo. A Álvaro le inquietabaesa posibilidad. Pero, en ningún modo, debía provocarla. 295
  • 294. LIV.- AQUÍ HAY CONEXIÓNE l piso de Álvaro se encuentra en la planta 17 de una torre de apartamentos construidos allá por los años 80. Frente a ella hay otra torre igual, gemela. Son de color ma-rrón claro con las ventanas y toldos verdes, todos del mismocolor, cuidando el diseño exterior. Entre ambas hay una pistade tenis, un pequeño parque con toboganes y, algo más apar-tada, una inmensa piscina rodeada de césped y de hamacas demadera estilo hawaiano. La superficie de la urbanización, VillaFeliz, es inmensa, ya sólo los dos edificios, de 24 plantas cadauno, ocupan una gran extensión de terreno. A unos doscientos metros, cuesta abajo, está la playa, o, me-jor dicho, la cala. En el trayecto hay hoteles, como el Bali, de 52plantas, y muchas torres de apartamentos. Las personas quepasan y que viven por allí suelen ser guiris, preferentemente deInglaterra, Alemania y Francia. Hay muchos bares y tiendas deartículos playeros: cremas para el sol, bañadores, colchonetas,ropa de imitación, gafas de sol de plástico, etc. Álvaro siempreha dicho que Benidorm es un lugar cosmopolita y cutre al mis-mo tiempo. Seguramente lleva razón. Conforme entraban a Benidorm Haruki se iba quedandoencandilado con la visión. Nunca había visto algo tan sincré-tico, múltiple y artificial al mismo tiempo. Álvaro notaba loscambios, los nuevos edificios y hoteles, el parque de atraccio-nes en la montaña, las extensas urbanizaciones de chalets a laentrada a la ciudad, incluso la nueva moda en el vestir entre lagente joven, aunque realmente no advirtió un estilo determi-nado sino una maraña de estéticas, la mayoría destartaladas yantiestéticas. -No te preocupes, donde yo vivo es mucho más tranquilo.-Dijo Álvaro. Haruki sonrió.296
  • 295. Al entrar al apartamento se escuchaba Smell Like Teen Spi-rit a un volumen atronador. La entrada daba al salón, amplio ydesordenado, viejas estanterías de libros en la paredes, vasos,revistas y cd’s por el suelo. Era una decoración típica de losaños setenta, según los cánones del funcionalismo pero reves-tida de elementos hippys como cachimbas, pósters de rock, unaguitarra Fender Stratocaster colgada en la pared, un tocadiscosde vinilo por el suelo, una mesilla de cristal con posavasos bu-distas y, finalmente, presidiendo el salón, una escultura al esti-lo africano de una especie de dios semihumano. Finalmente unjoven de unos catorce años postrado en el sofá de cuero marrón,durmiendo. -¿Quién es?- Preguntó Haruki. -Es mi hermano, no sabía que estaba aquí. -¿Y tus padres? -Ellos nunca vienen desde que se divorciaron. Ellos vivensu vida y nosotros la nuestra. A veces hablo con ellos y noscomprendemos bien, el vínculo nunca se pierde, aunque me heacostumbrado a estar solo, creo que a ellos les gusta que este-mos solos, para que entendamos la libertad y esas cosas, supon-go. Al menos quiero pensar eso. -Pero tu hermano es muy joven, ¿no? -Ya. Álvaro sacó el portátil y lo enchufó pasando el cable por unafila de libros. Cayeron al suelo un par de ellos: La nausea y unaantología de textos de Marx. -Qué suerte, desde aquí hay conexión.- Dijo Álvaro.- Veré siya ha llegado Beatriz, seguro que está conectada. 297
  • 296. LV.- EL HERMANOE n la playa huele a crepe, porque es muy estrecha y lle- ga el aroma de uno de los bares, sobre todo a partir de las siete de la tarde. Haruki observa el islote situado a unospocos kilómetros de la costa. Álvaro juega al fútbol con un críoinglés de unos doce años con la espalda totalmente quemadapor el sol y un pelo dorado y brillante que le hace parecer sueco.Son las siete y media de la tarde y el sol empieza a declinar. Unavoz inglesa llama al niño que parece sueco: -John. Come here! Let’s go! Álvaro se queda solo dando patadas al balón frente a unapapelera azul que se lo devuelve. Haruki sigue mirando el is-lote, de pie, ya que no desea ensuciar de arena sus vaqueros.Tampoco se quita las gafas de sol, a pesar de que el sol ya se haido. Álvaro, también en vaqueros, se tumba en la arena y haceun hoyo con su brazo derecho mientras que con el izquierdosostiene un cigarro Marlboro medio mojado que se lleva a laboca y prende con su Zippo nuevo. De pronto un grupo de franceses, de unos trece o cator-ce años, se acerca a la orilla. Posiblemente no han visto nuncala playa, acaban de llegar de Francia, su hotel está en frente, yobservan el mar y ríen y algunos dan collejas en el cuello a suscompañeros. La profesora les dice algo en francés y se va a laterraza del bar junto con otros dos profesores y el conductordel autobús. Los jóvenes continúan en la orilla, tocando consus manos el agua del mar y empujando en broma a las chicascomo si las fueran a sumergir en el océano. Uno de ellos, elmás guapo, parece muy tímido y sonríe a sus amigos mientrasellos planean alguna broma de mal gusto para las chicas. Unade las chicas, la más atractiva, es menos tímida y se acerca alos chicos con un cigarro. Ellos lo aceptan y sacan un mechero.298
  • 297. Ella se vuelve con sus amigas tras mirar de reojo al chico guapoque también le devuelve la mirada, tímidamente. A él lo llamanPierre y a ella Francesca. Todos visten muy bien, seguramen-te vienen de una escuela privada de alguna ciudad de Francia.Muchos hablan por el móvil, seguramente con sus padres, yles cuentan lo bonito que es todo esto. Álvaro los observa y si-gue con atención todos sus actos. Haruki, de vez en cuando, nopuede evitar mirarlos, ya que ellos van de un sitio a otro, exci-tados, como ratones liberados de una jaula. Muy cerca hay treschicas, rubias y bastante guapas que observan a Haruki y seríen entre ellas. Él les devuelve la mirada con gesto serio y pro-fundo. Ellas vuelven a reírse casi histéricamente. Haruki vuelvea donde está Álvaro y se sienta sobre la arena, sin preocuparsepor sus vaqueros Calvin Klein. Pierre observa el mar. Francesca observa a Pierre. Harukiobserva a Francesca y piensa que es muy guapa. Álvaro observaa Pierre y a Francesca observando a Pierre y en si llegarán a de-cirse que se gustan. Haruki coge un cigarro de Álvaro. Álvarole enciende el cigarro con su Zippo nuevo y observa su teléfonomóvil porque ha recibido un mensaje. Es de Beatriz: - ¿Dónde estáis? Yo acabo de llegar. Álvaro le contesta que están en la playa pequeña y guarda elteléfono en su mochila para que no se mache de arena. El her-mano de Álvaro, con unas gafas Rayban y vestido con vaquerosy camiseta negra con las siglas de un grupo o un grupo que seescribe con siglas se tumba junto a ellos, sin quitarse los cascosy choca la mano a Álvaro. No dice nada y bebe una Coca-cola. -¿Qué haces aquí?- Le pregunta Álvaro. -Me aburría en el piso y quiero tumbarme un rato en laarena. -Me refiero a qué haces en Benidorm. -Me aburría en casa y quería ver a mis colegas. 299
  • 298. -¿Ellos también están aquí? -Hemos venido un par de días, mañana volvemos. -¿Lo saben ellos? -¿Quién? -Nuestros padres.- Le dijo Álvaro, un poco mosqueado. -Si saben qué.- Dijo Elías, tras dar un trago a la Coca-cola. -Pues que estás aquí. -Como lo van a saber si no les he dicho nada. -¿Es que has vuelto a fumar porros? -¿Quién yo? -Si, tú. -Yo nunca lo dejo tío. -Eres un drogata demasiado joven. No pases a otras cosas. -Joder, no me ralles la cabeza, que he bajado aquí a estartranquilo. -¿Qué música escuchas?- Preguntó a Álvaro al ver que Elíasno se quitaba los auriculares de los oídos. -¿Qué coño te importa? -Venga, joder, dime qué mierda escuchas. -Iron Maiden. -¿Y cuándo te vas? -Mañana, joder, ya te lo he dicho. Deja de rallarme.300
  • 299. LVI.- ¿100 EUROS?Á lvaro ha leído el último párrafo de la novela de Luis. Estoy escuchando Atmosphere de Joy Division. Será la úl-tima canción que escuche antes de morir. Tengo la pistola enla mano, estoy jugando con ella, le he dado un beso y me la hemetido en la boca. A veces la dejo en la mesa y escribo una pa-labra, pero me detengo rápidamente y vuelvo a coger la pistola,me la he puesto varias veces entre los dientes. Creo que prontolo voy a hacer. Por si acaso, me despido ya. No deja de ser un final abierto, pensaba Álvaro, a pesar delconsecuente, a primera vista, suicidio del personaje. Para Álva-ro la novela podía continuar sin la muerte del protagonista. Asíque decidió escribir el último capítulo. Álvaro y Haruki cenaron en un Burger King. Más tarde que-daron con Beatriz en uno de esos pubs de la playa de Levante.Por esa zona apenas se puede caminar, sobre todo en el paseomarítimo, ya que hay miles y miles de personas, aún más lossábados por la noche. A Álvaro le gustaba un pub llamado Pa-ranoic Android, muy cerca de una macrodiscoteca. El ambien-te del Paranoic a pesar de su nombre, era mucho más tranquiloy lúcido que el de la macrodiscoteca. Aunque en el Paranoic lagente también se mete coca y posiblemente luego va a la macro-discoteca, cuando ya no les importa la buena música. Al menosen el Paranoic te puedes encontrar eso, buena música y un am-biente distinto, más familiar, que era todo lo que podía pedirÁlvaro para sentirse a gusto en un sitio. Beatriz y Haruki teníanla misma sensación. Todas las paredes estaban decoradas porcarteles pequeños de los años 60’ excepto una en la que habíaun cuadro inmenso con la foto de Elvis. Alrededor de la fotootros carteles más grandes de Dylan, Hendrix, Lennon, Rolling 301
  • 300. Stones, Led Zeppelin, Pink Floyd, etc. Había un intenso olora marihuana y la luz era bastante suave, amarillenta. La salarecordaba al ambiente pop-art de Warhol en su expresión másdecadente y psicodélica. Beatriz lleva un vestido rojo estampado de flores azules.Baila frente a Álvaro. Haruki observa desde la barra, pues haido a pedir unas cervezas. -Te he echado de menos.- Le dice Álvaro. Beatriz deja de bai-lar y le besa en la boca. -Yo no.- Responde ella. Álvaro sonríe. A las tres de la madrugada dejaron aquel pub, habían fu-mado casi una docena de porros y bebido varios litros de cer-veza Coronita. Se sentaron en un banco, frente a la playa. Loscamiones alisaban la arena lentamente y las farolas iluminanpotentes las dunas y las hamacas azules. La gente pasaba pordetrás, como en un rebaño. Eran sobre todo jóvenes, de todaslas razas y estilos imaginables. Había jóvenes desde los 16 añosa los 30 años. Muchos de ellos bebían en los bancos y se hacíanlos duros delante de las chicas. Álvaro pensaba que aquellosfranceses de la cala estarían por aquí, borrachos como cubas,diciendo ininteligibles palabras en español. Tal vez, pensabaÁlvaro, Pierre y Francesca se habían dicho que se gustaban.Pero, tal vez, pensaba Álvaro, no se gustaban. ¿Por qué tienenque gustarse? En uno de los bancos estaba el hermano de Álvaro, conotros dos chicos, vestidos como raperos de hip-hop pero conropa pija y el pelo rubio y gestos agresivos e inocentes al mis-mo tiempo. Elías se acercó al banco donde estaban su hermano,Beatriz y Haruki. -Tío, ¿tienes 100 euros? -¿100 euros?, tú lo flipas, le dijo Álvaro a su hermano.302
  • 301. -No seas borde, ¿no te acuerdas cuando te presté 200 eurospara una cazadora? -Tío, no es lo mismo. ¿Para qué quieres 100 euros a las tresde la madrugada? Hubo un silencio de varios segundos, ambos se quedaronpensativos. Beatriz rompió el silencio. -¿Quién este chico tan guapo y tan joven?- Dijo Beatriz. -El idiota de mi hermano. Se llama Elías. Dijo Álvaro. Elías regresó con sus amigos, con la cabeza bajada, despa-cio, como esperando a que Álvaro lo llamase para darle los 100euros. Elías se sentó en el banco y se encendió un cigarro, sinhablar con sus amigos, pensativo. Álvaro recuerda cuando jugaba con su hermano hace un parde años en la playa. Jugaban en el agua más de dos horas todaslas tardes hasta que muertos de frío tenían que refugiarse enlas toallas. Después se iban a un local de videojuegos hasta lahora de cenar. Muchas noches las pasaban en el cine de veranoo hablando en la orilla de la playa sobre la vida y los mejoresgrupos de música. Álvaro sintió que todo eso se había acabadopara siempre. 303
  • 302. LVII.- EL APARTAMENTOL legaron al apartamento de Álvaro a las cinco de la mañana porque había cola de jóvenes borrachos en el autobús. El conductor puso un cd de música que un chaval,muy puesto de coca, le entregó. Era música Chill-Out, bastanteaburrida. Se tumbaron en los sofás, cansados pero excitadostodavía por el reencuentro. Haruki miraba a Beatriz y recor-daba aquella noche en que hicieron el amor. Álvaro también lorecordaba, no podía quitarse de la cabeza su cuerpo desnudo ysuave. Álvaro una noche, mientras se fumaba un cigarro, vio a unhombre asomado al balcón de la otra torre. El señor hablabapor el móvil y cogía una silla para subirse en ella. Continua-ba hablando por el teléfono mientras trataba de mantener elequilibrio en la silla, mirando hacia el suelo desde la planta 17.Finalmente apagó el móvil y se tiró. Cayó juntó al bordillo dela piscina, por unos metros se podía haber salvado, quizá aldar contra el agua, pero su cabeza dio contra la piedra, despuéssu cuerpo se sumergió en la piscina, marcando un circulo desangre por el agua. Álvaro no distinguía el cuerpo del hombre,sólo percibía el chorro rojo oscuro en el agua y trozos de carnejunto al bordillo de la piscina. En cuestión de segundos otraspersonas se asomaban desde sus ventanas para mirar el círculode sangre y la carne incrustada en los adoquines. Álvaro mira-ba a la gente, para percibir sus expresiones de horror y curiosi-dad. Álvaro pensó en saltar, para añadir más tensión a la esce-na, pero entonces dudó de si él podría presenciar la escena. Asíque lo descartó. El círculo de sangre se agrandaba y finalmenteun vecino, con una red para atrapar insectos sacó el cuerpo aflote y un teléfono móvil de la marca Sony-Ericson. Desde ese apartamento Álvaro había visto multitud de co-sas. Lo último que vio fue una película en DVD original de Lu-304
  • 303. nas de hiel. Su hermano estaba al lado y se tomaba en broma lapelícula, decía que el tío era un sádico muy cachondo. DespuésÁlvaro y su hermano se fumaron un porro y terminaron jugan-do al GTA Las Vegas hasta las seis de la mañana. Casi nuncabajaban a la playa por la mañana, excepto cuando Elías quedabacon su novia para patinar. Álvaro entonces se despertaba y seiba a un bar a leer el periódico hasta la hora de comer. A vecesllegaba Luis o Leonor y hablaban de lo que iban a hacer por lanoche, otras veces no hablaban de nada y pasaban la tarde allíhasta que llegara la noche. Ahora Beatriz, Haruki y Álvaro estaban sentados en los so-fás del salón del apartamento, sin decirse nada. -Cada segundo de mi vida podría ser una obra artística, perose pierde en el instante, en el olvido.- Dijo Álvaro, mirando lasparedes. -¿Crees que cada segundo de tu vida es arte? ¿No es eso unpoco egocéntrico?- Contestó Beatriz, mirando las paredes. -Creo que es lo que veo. -¿Y yo estoy incluida en esa obra? -Sí, claro. -¿Y Haruki? -Sí, claro, también. Haruki sonrió con agradecimientofraternal. Ahora Álvaro se ha levantado a poner música. Haruki yBeatriz se quedan frente a frente. Space Is The Place de ThreeMan Army suena en el estereo. -¿Te gusta esta música?- Pregunta Beatriz a Haruki. -Es buena. Ya la había escuchado.- Responde él. -Ya, imagino.- Responde ella. Álvaro vuelve a sentarse y los tres se miran con incertidum- 305
  • 304. bre. Suena el timbre de la entrada repetidas veces. Después seabre la puerta y es Elías, el hermano de Álvaro. A Elías le gusta el cine del oeste, sobre todo las películas deSergio Leone y también las de Bud Spencer. Le gusta la mú-sica heavy-metal: Iron Maiden, Metallica, Barón Rojo… Ape-nas suele leer, aunque ha leído a Charles Dickens con devocióncuando era mucho más pequeño. Dejó de leer cuando empezóa jugar al fútbol, dejó de jugar al fútbol cuando empezó a be-ber y fumar porros. Decían que era una joven promesa, el RealMadrid quería llevárselo a sus escuelas de fútbol. Pero Elías senegó, por alguna razón. A los doce años de edad renunció a unfuturo prometedor sin saber con plena conciencia lo que hacía,¿pero quién puede saberlo?, y mucho menos un niño. Y los pa-dres no le decían nada, simplemente que lo pensara bien y quecualquier cosa que decidiese sería la correcta. Los padres de Ál-varo y Elías educaron a sus hijos para que aprendiesen siemprea decidir por sí mismos con total seguridad y firmeza. El padrede Elías, sin embargo, no quería ese destino para su hijo, comohombre culto y de principios, pero nunca se lo expresó a Elías.Ya tienes trece años hijo, debes pensar por ti mismo, le aconse-jó el padre en una ocasión. Álvaro tampoco le dijo mucho poresa época, solamente que si triunfaba cobraría muchos millo-nes y tendría novias muy guapas. Ambos se reían imaginandoesas cosas. Elías se despertó una mañana y fue a hablar con suentrenador, que esperaba la decisión final. Elías le dijo que noquería ir a Madrid, que su futuro estaba aquí, en su ciudad. Elentrenador lo aceptó aunque trataba de convencerlo para quese fuese. Él tenía muy claro que no iba a irse. Aunque quedarsetampoco era una gran recompensa. Elías vivió un año de so-ledad que casi no pudo asimilar. Sus padres estaban siempretrabajando o en algún acto social. Álvaro estaba siempre conLuis o con Leonor y los amigos de Elías desaparecieron cuandose enteraron de que se había negado a ir a Madrid. Como no en-tendían esa decisión propagaron el rumor de que Elías estabametido en drogas y que pensaba dejar el fútbol. Pero realmente306
  • 305. Elías no pensaba dejar el fútbol aunque sí que estaba metido endrogas. Las probó con unos colegas de un equipo de barrio alos que habían ganado por la mañana. Elías conocía al porterodel equipo, el cual le presentó a la que luego sería su primeranovia. El portero del equipo, al que llamaban Bullo, le habíamangado a su hermano un trozo de polen y un par de pastillas.Elías se tragó una pastilla y bailaba en la discoteca hasta quese apagaron las luces y se despertó en un portal, rodeado demeadas, cerca de su casa. Empezó a quedar con esos chavalestodas las semanas, se dedicaban a gamberrear, siendo la tareaprincipal conseguir dinero para droga. Casi nunca robaban, almenos, legalmente, ya que le sustraían el dinero a sus padres.La novia de Elías se quedó embarazada una de esas noches queElías tomó pastillas. Pagar el aborto era caro, por eso Elías le hapedido 100 euros a su hermano Álvaro en los bancos del PaseoMarítimo de Benidorm. Le faltaban 100 euros para reunir lacantidad suficiente. Los amigos de Elías le prestaron el restoporque odiaban a la chica y no querían que Elías tuviera un hijode ella. Elías también la odiaba, al menos en cuanto se enteróde que estaba embarazada. 307
  • 306. LVIII.- DAZED AND CONFUSEDÁ lvaro observó a Elías entrar por la puerta. -Pero, ¿no te quedaron siete para septiembre? -Estoy estudiando. -¿Aquí, en Benidorm? -No, ya te he dicho que vine un par de días. Mañana vuelvoa casa. -Sí, disfruta un poco de la playa, te vendrá bien. -¿Qué música es esa tan caótica? -Es Dazed and Confused de Led Zeppelin.- Dijo Álvaro.Elías se quedó pensativo, escuchando la guitarra, después dijo:Pues está bien. -¿Y qué haces en Benidorm?- Le preguntó Álvaro. -He venido a ver a unos amigos. -Ah, vale.- Dijo Álvaro. -¿Tienes cien euros?- Volvió a preguntar Elías. -Eres muy pesado, vete a dormir.- Le contestó Álvaro. Beatriz miraba a Elías y le recordaba a un actor llamadoDevon Sawa que salía en Casper. Elías miraba a Haruki y lerecordaba a un jugador de fútbol coreano que jugaba en unequipo español. Álvaro miraba al fondo del pasillo, no se sentíacansado pero su mente estaba en otro lugar, como casi siempre.Pensaba en Don Ramón, en lo que le había contado Isidoro estatarde. Era realmente increíble. Don Ramón ha ingresado en unpsiquiátrico. Parece ser que en un hotel de Madrid se sacó losojos y se cortó la lengua con unas tijeras. Fue la noche en queleyó esa carta en la que se desvelaba que el chico con el que seacostaba era su propio hijo. Don Ramón no pudo superar esosinstantes y sacó unas tijeras del armario. Después se las pusojunto a su ojo derecho y fue rozando el filo sobre su pupila, muydespacio. Se rajó completamente el ojo derecho, aún podía veralgo a través de él, pero cuando lo abría sentía un dolor in-308
  • 307. menso que se acentuaba al descubrir su semblante desesperadofrente al espejo. Entonces metió las tijeras hasta el fondo de suojo derecho y haciendo palanca logró sacárselo. El izquierdofue más difícil porque el inmenso dolor que sentía le impedíamover sus manos. Finalmente se decidió y llevó las tijeras haciael ojo izquierdo, lo último que vio fue su rostro ensangrenta-do y su ojo derecho en el suelo totalmente machacado por losinsistentes taconazos de dolor que Don Ramón expresaba in-soportablemente. Cuando escuchó sonar el impacto acuoso delojo izquierdo sobre el suelo comprendió que la oscuridad seríaeterna. Así que decidió que no hablaría de ello durante el restode su vida. Entonces sacó su lengua al exterior y dijo lo sientoantes de cortársela en dos trozos. A Álvaro, puesto que no conocía las razones, le extrañabamucho que Don Ramón estuviera en un psiquiátrico. Álvaropensaba que Don Ramón era la persona más cuerda de todala Universidad, junto con el profesor de Introducción al Cine.Álvaro muchas veces se pregunta porqué las mejores personasson las que más sufren, aunque si Álvaro conociese la verda-dera historia de Don Ramón tal vez pensase que no era tanbuena persona como imaginaba. Álvaro también se pregunta,muchas veces, qué es lo que nos hace buenas personas y si aca-so, uno puede ser bueno con los demás, o intentar serlo, perotremendamente malicioso y destructivo con uno mismo. Álva-ro se pregunta si las personas realmente son malas porque nose aman a ellas mismas, o si por el contrario, las que menos seaman así mismas son las menos malvadas. Álvaro se preguntasi él es bueno. Pero no sabe cómo medir su bondad ni tampocosu maldad. Cuando Álvaro piensa cosas extrañas y violentas,como que una mujer gorda se traga una granada y estalla ensu interior, realmente le preocupa mucho el sentirse una malapersona. O cuando pasea por la calle y tiene ganas de pegar aalgún ser humano físicamente inferior, por el solo placer de pe-garle. Álvaro sabe que realmente no le causaría placer pegarle,sufriría haciéndolo, pero el hecho de imaginarlo, le hacía, sin 309
  • 308. embargo, sentir placer, por saber que eso está mal. ¿Acaso esÁlvaro además de violento un pervertido? Posiblemente, por-que ha tenido fantasías sexuales muy extrañas que no merecela pena contar aquí, pero lo que más le duele de ello es queen esas fantasías siempre hay un sujeto dominante y un sujetodominado cuyos roles están radicalmente exagerados, llegandoal punto en que el dominante despide de su dignidad al domi-nado: y el placer crece según la voluntad moral del dominadocede a los placeres del sujeto inmoral dominante que basa suexcitación en el sometimiento total de su objeto de placer do-minado. Por tanto, Álvaro entiende que ese tipo de placer eshumanamente enfermizo, pero no puede evitar sentir placeral pensar en ello. Y tampoco podría confesárselo a nadie. Sinembargo Beatriz también suele sentir lo mismo y lo confiesa. YÁlvaro lo entiende pero piensa que Beatriz es una pervertida.Ese tipo de cosas nunca se deben decir aunque se piensen, sue-le afirmarse Álvaro. -Esta canción me ralla.- Dijo Elías. -¿No te gusta Led Zeppelin? Pues son los inventores delheavy-metal.- Le dijo Beatriz, como enfadada. -Una mierda, esos son Iron Maiden.- Repondió Elías. -Los creadores del heavy-metal son Los Beatles, con HelterSkelter. Dijo Álvaro. -Es cierto.- Afirmó Haruki, con seriedad. -Para tu hermano todos los caminos musicales llegan a LosBeatles.- Le dijo Beatriz a Elías. -Sí, es un flipao.- Dijo Elías. -¿Por qué yo?, ¿Y vosotros? Yo sólo digo la verdad. HelterSkelter es la primera canción heavy-metal de la historia de lamúsica.- Dijo Álvaro. -Pero, ¿qué importa eso si la canción es una mierda?- Pre-guntó Elías. -¿Y quién te ha dicho que es un mierda?- Le contestó Álvaro. -Bueno, la gente no habla de ella, sabes, y yo conozco a mu-cha gente.310
  • 309. -Vale, pues allá vosotros. A mí me da igual. -Pues vale. Yo no te digo que sea una mierda, no la heescuchado. -Pues entonces no digas que es una mierda. -Que no lo sé. No me ralles más con eso. Por suerte dejaron de discutir cuando sonó una bonita can-ción que puso Beatriz. Era Days de Los Kinks. El ambiente vol-vía a sosegarse. Elías estaba liándose un porro tranquilamentepensando en dios sabe qué. Elías casi nunca pensaba con cla-ridad, suele dejar para luego sus problemas. La verdad es quepodría decirse que Elías practica el zen sin saberlo, porque tra-ta de mantener siempre la mente en blanco, imperturbable acualquier cosa. Y siempre, o casi siempre, lo consigue. Eso es loque más admira Álvaro de su hermano Elías, su estado de pa-sotismo absoluto, de indiferencia hacia todo. Elías nunca podíahablar en serio de nada, aunque a veces dijese las cosas total-mente en serio. Elías nunca ha tomado en serio a las personas. Se puede tratar de decir algo de las personas, pero siempreesconden un misterio indescifrable que las hace ser únicas einenarrables. A veces Álvaro, cuando pasea por la calle, obser-va a las personas y se da cuenta de que todas son distintas. Mis-teriosamente y patéticamente distintas. Álvaro suele fijarse enlas chicas guapas y eso es algo que lo abruma e intranquiliza.Le molesta fijarse sólo en la apariencia de las cosas, pero unaespecie de instinto le obliga a fijar la mirada en los objetos desu atracción. Sin embargo –últimamente- trata de observar atodas las personas, al menos por cortesía. Y suele sacar impre-siones de cada una de ellas, aunque algunas suelen ser impre-siones muy vagas, casi irreales. Durante una época Álvaro observaba a los vagabundos. Élquería encontrar a un vagabundo sabio, tal vez porque lo vioen alguna película. Pero su sentimiento era real, quería tomaruna copa de vino con algún vagabundo y que le contase los 311
  • 310. misterios de la vida, uno a uno. Álvaro nunca encontró a suvagabundo. Aunque de tanto pensar en ello tal vez alguna vezconociese al vagabundo sabio ideal, aquel que sólo su mentepudiera dotar de vida. Para Álvaro la realidad, la vida, es unagran Mitología, un inmenso paisaje de relatos. Para Álvaro larealidad es un mito. Y Álvaro cree en sus mitos. Se siente felizal pensar que piensa y al imaginar que imagina. Se siente real ylibre cuando sueña despierto. Pero ahora todo vuelve a estar confuso.312
  • 311. LIX.- MORADASL as cosas van mejor de lo que pueda pensarse a simple vista. Huir es la única manera para Álvaro de reencon- trarse con la realidad. Dejar atrás la Universidad, aunquesea por unos días, y su apestoso olor a saber muerto. Dejaratrás lo utilitario y práctico, las obligaciones y puntos de vista.Las especulaciones sobre el futuro y la necesidad de forjarloconsistente, digno para la supervivencia. Para Beatriz soñar esfácil porque siempre vivió en una especie de sueño. Un sueñoburgués alimentado de cultura, más nítido que el de Álvaro.Un mundo de mentira, estampado de páginas de libros y deimágenes sublimes e inútiles. Una pieza de piano terriblementeinolvidable, un dolor en el pecho que no remedia nada, salvo elvalor de sentir placer estético, o sentir, solamente. -Conozco a alguien que ha aprendido a reírse de su dolor.-Dijo Luis, mientras bebía un batido en la cafetería del PaseoMarítimo. -¿Quién es?- Preguntó Álvaro. -No lo recuerdo. Sé que era el personaje de una novela. Nun-ca olvidaré a ese personaje aunque he olvidado cuál era la no-vela. Un día decidió reírse de sí mismo, sobre todo cuando lascosas no podían ir a mejor ni a peor. Su vida se paró, se vio derepente sin familia y sin amigos pero nunca perdió su sonrisa. -Parece una historia triste a pesar de la sonrisa. -Sí, tal vez. Álvaro le explicó a Luis que el hecho de sonreír no implicadesposeerse del dolor, pero que puede ser tremendamente tera-péutico si se hace con consciencia plena y no como autoengaño.Luis estaba de acuerdo aunque replicó que todo huir del dolores en cierta manera un autoengaño. Terminaron hablando delos cínicos y de los estoicos. 313
  • 312. Ahora los ojos de Beatriz permanecían clavados a los de Ál-varo. Éste le devolvía la mirada tímidamente. -Yo no he venido aquí para huir de la realidad, Álvaro. Hevenido para estar contigo.- Dijo Beatriz. -Yo nunca olvido la posibilidad de lo real, pero creo que porel momento estamos bien así, ¿no?- Afirmó Álvaro, dudoso. -No sé, yo necesito cierto equilibrio. No soporto que las co-sas se escapen y dejen de pertenecerme.- Contestó Beatriz. Haruki les habló de Buda y de las cuatro Santas Moradas,también citó a Ibn Arabi y a Santa Teresa. Les contó que Bubadelimitaba cuatro estados como meta de autorrealización espi-ritual: amor, compasión, alegría compartida y ecuanimidad. -¿Crees que eso podemos conseguirlo los tres aquí?- Pregun-tó Beatriz. -Sí, creo que nuestra relación puede ser muy fructífera por-que hay verdadero amor.- Dijo Haruki. -Yo también os quiero.- Bromeó seriamente Álvaro. -Es importante la actitud, no alejarnos de nuestra meta, apesar de los celos, el odio o cualquier emoción perjudicial.-Afirmó Haruki. -Sí, es un buen propósito, creo que lo podemos conseguir.Nuestra relación es auténtica y desinteresada.- Expresó Álvaro. -Es cierto. Creo que puede serlo.- Dijo Beatriz. -No es que pueda serlo, es que lo es.- Afirmó Álvaro. -Sí, lo es.- Afirmó Haruki. En el frigorífico había cerveza y todavía quedaba marihuana.Pasaron la tarde bebiendo y fumando mientras veían un poten-te y turbado documental de Nirvana llamado Live! Tonight!Sold Out! Álvaro comentó que la voz de Cobain interpretan-do Come As You Are era un grito sublime, la pura esencia delgrunge. Haruki le dio la razón pero Beatriz encontró esa vozdesagradable. Álvaro le explicó que esa era precisamente la ma-314
  • 313. gia de aquella canción tocada en directo. Después apagaron latelevisión y las luces del salón, dejaron sólo una vela cuya sua-ve llama estaba a punto de apagarse. A través de la ventana seapreciaba un sol anaranjado, el color de su despedida. La lunatambién se aparecía, aún no del todo nítida. El mar se vislum-braba negro y brillante. En la orilla de la playa estaban algunosde los chicos franceses que llegaron la otra noche en un viaje deestudios. Eran dos chicos y dos chicas. Unos minutos despuésllegaron Pierre y Francesca. Álvaro los advertía a través de laventana, desde el sofá donde tumbado contemplaba toda la rea-lidad que sus ojos pudiera abarcar. Al descubrir los rostros delos chicos franceses Álvaro se levantó del sofá y los observó condetenimiento a través de unos viejos prismáticos, con crecienteinquietud y cierta mala conciencia por sentirse un voyeur. Pie-rre y Francesca se sentaron en la orilla de la playa, descalzos,jugando con el agua que llegaba impulsada por las olas. Pierremiraba las olas, como turbado, y Francesca se fijaba en las bermudas rojas de Pierre y en cómose iban mojando a medida que ascendía el oleaje, tornándoseen un color granate. Álvaro se olvidó de su mala conciencia devoyeur y solamente contemplaba la escena, embebido en ella,tratando de descifrar los gestos y símbolos que entre ellos pare-cían advertirse. Ninguno de los dos hablaba y Francesca sonreíatímidamente al ver cómo las bermudas de Pierre crecían en laintensidad de un granate húmedo que apenas entonaba con suspálidas y delgadas piernas. Pierre advirtió la causa de la sonrisade Francesca y dijo algo mientras sonreía también. Ella le en-tregó una carta o algo parecido. Álvaro pensó que ya se habíaroto el hielo y que ahora empezarían a hablar y posiblemente adeclararse el uno al otro su atracción mutua. La voz de Beatrizinterrumpió a Álvaro de su prodigiosa contemplación. -¿Qué miras, Álvaro? -Nada. ¿Quieres mirar tú? -No, gracias. Si dices que no ves nada. -Bueno, es un decir. No observo nada en especial.- Dijo Ál- 315
  • 314. varo incapaz de atreverse a contarle que espiaba a una parejade adolescentes. -Ya, hay poco que ver en este lugar. -Si, es cierto. Beatriz parecía pensativa, como perturbada por algo. Álvarose dio cuenta de ello y dejó los prismáticos y se sentó junto a ella.Haruki estaba en el sofá de enfrente leyendo una gruesa revistaliteraria llamada Barca y ola. Pasaba las páginas detenidamente,fijándose sobre todo en los grabados de estilo modernista queilustraban los textos y de vez en cuando trataba de leer los pri-meros versos de algún poema, pero, tal vez por el efecto de lamarihuana, no se sentía inspirado para comprender nada. Sólodejaba volar su conciencia al paso que las páginas cambiabanimpulsadas por sus dedos, y nada más que se centraba en losgrabados y en los títulos de los textos. Alguna vez una palabrale llamaba la atención y entonces leía algo más y pasaba de pá-gina sin saber el por qué, por puro automatismo, pensando encosas muy variadas pero relacionadas con él mismo. Los títulosde aquellos poemas le hablaban de él, cada vez se iba acercandomás a un sentido de sí mismo. Era extraño, como si los textose imágenes, tan ajenos en apariencia a Haruki, descifraran suexperiencia. Una especie de poder evocador e intuitivo de aquelobjeto que le acercaba a sí mismo. La música volvió a dispersarse y a sustituir al silencio. -Me aburro.- Dijo Beatriz, sosteniendo entre sus manos unpéndulo que giraba constante, en todas las direcciones, haciasu centro. Ambos asintieron. -¿Qué vamos a hacer?- Preguntó Beatriz. -¿A qué te refieres?- Dijo Álvaro, atento al calmado estribillode Goin Back de The Birds.316
  • 315. -Pues, a nosotros. Yo os quiero a los dos y vosotros tambiénme queréis. ¿Qué podemos hacer?- Reflexionó la tenue voz deBeatriz. -¿Qué se puede hacer?- Dijo Haruki. -Así todo está bien, todos nos queremos, ¿cuál es el proble-ma?- Comentó Álvaro. -Las palabras estás vacías, ¿no te das cuenta?- SentencióBeatriz. La única luz del salón era crepuscular, escondida bajo unamarillo impalpable, descifrando las espumas grises del tabacoconsumido. La mirada de los tres estaba algo absorbida, de-bilitada y sin brillo apenas. Dejaron de fumar, Álvaro apagóel último cigarro. No tenían respuestas, sólo calor y ganas dedormir. -Todo está vacío salvo el Arte.- Susurró Haruki, dejando larevista que leía sobre la mesa. -Sí y nosotros no somos arte.- Contestó Beatriz, con desilu-sión resignada. Ella y Haruki se han mirado a los ojos con sinceridad. Am-bos han guardado silencio después, pensativos. Las palabrassilenciosas de Álvaro, las que su pensamiento iba tramando, senegaban a salir, a decirse en comunión. Álvaro guardó para sí surespuesta, dejando a Beatriz y Haruki sin referente de sus con-vicciones. Posiblemente ambos veían a Álvaro como la obra dearte a cumplirse, tal vez su comportamiento oscuro, su sonrisaensimismada o sus agudas apreciaciones reflejaban la siluetade un artista en formación, lleno de inteligencia y conviccionesliterarias. Pero Álvaro no se reconocía en ese espejo, así que seinteresó por Haruki, quien continuaba absorto en el silencio. -Dime, Haruki, ¿Quién soñabas ser de niño? -He soñado ser muchas cosas. -Cuéntame alguna. 317
  • 316. -No sabría decirlo. Bueno, ahora me viene una imagen ala mente. Es Rei-kon, un personaje del manga Beyblade. ¿Loconoces? -No, pero me interesa.- Contestó Álvaro, mirando con aten-ción a Haruki. -Rei-kon es un gran luchador adolescente que compiteen ese manga, cuando yo era adolescente quería ser como él.Supongo que de niños admiramos a los héroes y, sobre todo,su virtud natural. Un manga puede reflejar muy bien eso, losinstintos más primitivos, el bien ganando al mal, la virtud y elhonor ganando al odio… No sé, son historias que me intere-saron desde niño. Aunque siempre observé en esos héroes uncomponente de derrota implícita, tal vez como esclavos de sugrandeza. A veces la virtud obliga a tomar decisiones perfectaspero dolorosas para el alma intrínsecamente humana. De ellohablo también en mi película. -Me encantaría leer el guión, Haruki, al menos el tema meparece bien enfocado, una sabia reflexión, sin duda.- ContestóÁlvaro. -De pequeños soñamos con ser mayores. Es algo que, mi-rándolo ahora, me parece increíblemente estúpido.- ReflexionóBeatriz en voz alta.- Un niño no es consciente de su grandeza deniño, la nada no puede reconocer las manchas de su infección.La infección llega después, cuando el niño, mirando el mundo,se corrompe. Llega así a ser lo que es.- Concluyó Beatriz. -Vaya, es una nueva mirada a la máxima de Píndaro. Unaconclusión del destino del ser bastante trágica, tremendamenteexistencialista.- Observó Álvaro. Sonaba Wondeful Life, ver-sión acústica interpretada por Black: No need to run and hide/ It’s a wonderful, wonderful life / No need to laugh and cry /It’s a wonderful, wonderful life. / I need a friend / Oh, I need afriend / To make me happy / Not so alone. -No creo en la existencia, sólo en las personas.- ContestóBeatriz.- Considero que lo banal no importa, pero todos se fi-jan en lo banal, considero que existimos para dejar una huella,pero todos se empeñan en borrarla, con su paso. El infierno está318
  • 317. ahí afuera y nos pervierte a pesar de su falsa moral. Cuando aalguien le sobrepasa y es consciente de sus limitaciones sufresu ira, la cólera de los principios establecidos contra los hijosconocedores de alguna herencia del espíritu. Somos herederosde un espíritu baldío, en desaparición, caído en la desgracia desu tiempo, como los grandes momentos oscuros que están for-jando alguna edad de oro fugaz pero trascendente y mutable ensu inmutabilidad temporal. Es sólo eso, un reloj diseñado parapararse cinco minutos antes de que miremos la hora, capaz deprever el error con mayor precisión que la certeza. Siempre im-porta más la causa que el efecto, aunque nunca se mira directa-mente la causa, sino merodeándola e induciendo. Si la causa deldolor es el amor, entonces, yo ya debería estar muerta, así quenunca creo que de niña soñase ser algo perfecto. 319
  • 318. LX.- I’LL FOLLOW THE SUNT odo está fr agmentado. No quedan más palabras para el discurso. Sólo una música, levemente sonando y tres cuerpos tumbados en una misma y amplia habitación.Este reconocimiento no era esperable pero sí necesario. Era ne-cesario que se observasen inmersos en el relajado estar del tiem-po. Sin levedad ni intriga alguna. Callados y perceptiblementesensibles al acontecer. Sólo Beatriz disimulaba su impacienciaal notar las dificultades de Álvaro para prepararse un bocadillocon la barra de pan y el jamón york que ella había comprado enun supermercado para ingleses al bajar a la playa. -Dime, ¿siempre te enredas con lo práctico?, ¿sois así todoslos poetas? Eso a la vez me gusta y lo odio de ti.- RecriminóBeatriz a Álvaro, mientras caía al suelo un trozo de pan. Bea-triz cogió los trozos de pan y empezó a prepararle ella misma elbocadillo. Álvaro pensaba en lo que le había dicho Beatriz y selevantó, como iluminado, hacia su libro preferido. -He recordado este párrafo. Voy a leéroslo. Un día me ven-drá un ataque, uno de esos ataques que fulminan de verdad,y entonces todo se habrá acabado: se acabará este caos, estanostalgia, esta ignorancia, todo, todo, esta gratitud e ingratitud,estas mentiras e ilusiones, este creer-saber y este nunca-saber-nada-sin embargo. Pero yo quiero vivir, sea como sea. No esque sea inútil para las cosas prácticas, Beatriz, es que soy in-útil para todo. Mi espíritu ha quedado inutilizado, oxidado. Haquedado esperando no sé qué que nunca viene, diría Enríquezde Guzman. Y en esa espera me desatiendo, miro lejanías y meextravío entre la niebla de lo ido, y así lo presente me quedalejos y mirar su funcionamiento me constriñe y apaga. Detestocualquier forma de bienestar futuro, aborrezco la vida. Detestola playa, pero me gusta su olor, me recuerda a playas pasadas.Miro mi rostro y no lo reconozco ahora, ha perdido su brillo, su320
  • 319. alegría. Tal vez sea imposible comprender el propio rostro. ¿Oacaso es porque soy un hombre solo? Todo es ya memoria aun-que vosotros estéis cerca de mí. Lamento no aprovechar el solque salió hace unas horas. El sol siempre sale, pase lo que pase,vuelve a salir siempre. Quizá deba volver a seguirlo. Pero sientoque el mundo va a terminar y la única razón que tendría paradurar, es que ya existe.- Beatriz y Haruki parecen algo conmo-vidos por las palabras de Álvaro, se identifican con ese doloraunque desean no invocarlo. Mastican, degluten la desgraciade Álvaro, el oscuro enigma originario de su duelo. Y deseanconocer la causa, pero temen preguntar. Temen hacerle dañocon sus preguntas. Temen que les abandone la comodidad dela cortesía y que la situación sobrepase su saber estar. Se hacennecesariamente pequeños observando a Álvaro porque valoranla valentía de su sinceridad. La trágica sinceridad de desvelarsecompletamente ante el otro. ¡Qué valentía tan suprema!, pensóHaruki. Ya han comido sus bocadillos, mientras veían un programade televisión que hace zapping de otros momentos de la televi-sión dignos de recordar. Rieron un rato y después apagaron latele. Álvaro puso una canción llamada Shelf In The Room deun grupo llamado Days Of The New: Know when to listen /Know what to listen for / Believe in resistance / Dont let themtell you anymore / Is there anyway / To get away / Ask myself / While I stay inside. Haruki miraba la playa a través de los prismáticos. Álvarofumaba de un porro mientras escribía unos versos. Beatriz seacercó a Álvaro y empezó a acariciarle las manos. Haruki sedio cuenta y se marchó al dormitorio. Se quedaron solos en elsalón y no sabían qué decirse, por un momento fue como si nose conocieran. Como si se estuvieran presentando de nuevo. -Eres muy guapa. ¿Por qué pierdes el tiempo conmigo?- Su-surró Álvaro bromeando al oído de Beatriz. Sonaba One Last 321
  • 320. Breath, de Creed. -Porque te quiero y quiero conocerte más. ¿Te parece unarespuesta adecuada?- Reprochó Beatriz, con dulzura. Álvaro recordó una frase de Baudelaire: Joder es aspirar aentrar en otro. Y el artista jamás sale de sí. ¡Qué perturbadorae increíblemente real le parecía a Álvaro esa observación deBaudelaire! Pero, ahora, debía dejarla de lado para entrar en elcuerpo de Beatriz, porque realmente lo deseaba. La negaciónconsciente de una verdad es imperdonable, el artista tambiénes valiente, se decía Álvaro tratando de relajar sus brazos, to-mados por Beatriz. Quizá Álvaro pueda esconder su dolor du-rante unos minutos. Entregarse, solamente. Pero el placer tam-bién le parece una forma de dolor, tiene efectos secundarios. Losublime es peligroso. -Bésame.- Esbozó Beatriz pasando sus labios por el cuellode Álvaro. Él respira tranquilo. -¿Quieres que lo hagamos ahora? -Claro, Álvaro. Eso quiero. -¿En qué estas pensando? -Déjalo, Beatriz, prefiero abandonar mis pensamientos.322
  • 321. LXI.- BURGUER KINGE l hermano de Álvaro se ha marchado a la ciudad. La nota era escueta: Me voy. Álvaro la leyó al volver de la playa, todavía con la hamaca y la toalla al hombro, lapiel ligeramente colorada y un extraño picor –debido a la saldel agua- en sus genitales. El bañador, todavía húmedo, incre-mentaba su incomodidad. Entró al dormitorio de Haruki paracambiarse de ropa con el fin de no despertar a Beatriz, que dor-mía en la otra habitación. Pero no fue así. Beatriz dormía conHaruki, en la misma cama, abrazada a él. De pronto Álvaro sesintió terriblemente solo. Traicionado. No traicionado por ellos,Álvaro cree en la libertad de los demás, sino por la situación.Álvaro odia tener que elegir, tomar decisiones, escoger un des-tino. Y este tipo de situaciones siempre exigen nuevos compor-tamientos en la relación. Álvaro busca su papel a interpretar.Pero no sabe cómo se siente. Siente ganas de despertarlos y dehablar con ellos, como si no hubiera ocurrido nada. Solamentedecir: Buenos días. ¿Queréis que os cuente una cosa? Pero nopuede hacerlo. No quiere despertarlos, es decir, separarlos desu sueño carnal. Cierra la puerta del dormitorio donde duer-men Beatriz y Haruki rápidamente, con delicadeza. Se sientaen el sofá del salón y comienza a liarse un porro. Enciende latelevisión, anuncian el nuevo BMW Serie 5. Apaga la televisión.Se levanta y mira por la ventana. Ya no hay casi nadie en la pla-ya, es la hora de comer. Álvaro tiene hambre, piensa en irse acomer a un Burger King no sin antes pasar por una cerveceríainglesa donde ponen unas Guinnes de barril muy refrescan-tes. Después tomaría un café en la Plaza Europa y finalmente,jugaría en los recreativos de videojuegos hasta las siete de latarde, hora en que regresaría a su apartamento para ponerselos patines y cruzar el Paseo Marítimo. Todo eso ya lo habíahecho junto a Luis, pero ahora quería hacerlo solo. Una de esastardes conocieron a unas alemanas. Les gustaba Rammstein yhabían visto una película llamada Lilja Forever, que Luis y Ál- 323
  • 322. varo admiraban por esa época. Durante una semana fueron alcine de verano con ellas y después bailaban en un pub llamadoMorning Glory de música pop-rock británica. Lo que Álvaroadmiraba de esas chicas era su forma de vestir y la blancurasoleada de su piel, contrastando con su brillante y dorado pelo.Pronto unos pijos empezaron a acecharlas también y acabaronhaciendo fiestas en la orilla de la playa, con porros y coca, quea veces terminaban en orgía. En ese tipo de fiestas conocían aotras personas y muchas veces la fiesta se prolongaba por días,hasta que uno de los dos, Álvaro o Luis, decidía despedirse ydormir en su cama el sueño arrastrado, el dulce cansancio dela juventud. Dormir saciado, todavía, en lo insaciable. En esasnoches de lo incurable y de la calentura. Después sufrían un día o dos estudiando, soportando la re-saca, hasta que volvían a quedar para comer en el Burguer King,pasando antes por la cervecería inglesa. Muchos de esos díasde resaca y de estudio le servían a Álvaro para ensayar poemas,versos sin valor de impresiones enajenadas. Vivo asustado por el tiempo, no puedo mirar las cosas fi-jamente de manera prolongada. Me interpreto a mí y a todoen cada instante. Es una especie de enfermedad, yo la llamaríahermeneutosis, no me deja tranquilo ni un segundo. Esa fuerzaes la que me hace repetir pensamientos y ensombrecerlos, larazón se vuelve esquizofrénica. Y yo no quiero morir en un psi-quiátrico como Walser. Pero, decidme, ¿creéis que existe algomás terapéutico que el dolor? Esas palabras de Álvaro quedaron grabadas en la memoriade Luis. Así como otras que Álvaro había escrito en su novela. Dije que él estaba allí cuando ella quería que nos fuéramossolos. Yo lo supe después. Ella fingió no escucharme la primeravez que lo dije: “Espera, nos olvidamos de Luis”. Ella sonrió ydijo: “¿Qué? ¡Venga!, ¿No quieres venir?”. Yo podría haber dicho324
  • 323. que sí y haberme ido con ella; pero, sin pensarlo, en un acto in-consciente, natural, dije: “Espera, ahí está Luis. Voy a llamarlo.”Ella reaccionó en seguida y lo llamó. En ese momento yo me dicuenta de que había perdido la inocencia. Alcancé a saber quemintiéndose a uno mismo es como se llega verdaderamente ala consecución de los deseos. Un instante de impostura queadvertía un destino igual, clavado en la retina de sus recuerdosÁlvaro lo escribió en un folio a bolígrafo. Luis lo leyó después,una tarde en la residencia, cuando Álvaro estaba en clase. Luisleyó otros textos de Álvaro, todos hablaban de lo mismo, deaquel trío amoroso en el que Luis también participó. Pero Luisnunca se hubiese imaginado el impedimento que representa-ba en la vida de Álvaro para alcanzar su felicidad con Leonor.Ella era la tercera, el verdadero objeto de amor, aunque la luchafuera entre ellos dos. Nunca se lo echaron en cara, aceptaron lacarta del destino y trataron de conservar, por encima de todo,la amistad. Pero guardar silencio, fingir, no equivale a que loinnombrable no salga a flote. La verdad, crece, más que en nin-guna otra parte, en los silencios. Álvaro está borracho de cerveza irlandesa, come un Who-per y enfría su garganta con Coca-cola. Recibe en su teléfonomóvil una llamada de Haruki. Quedan en el Burguer King. A pesar de la llegada de Haruki Álvaro continuaba conlos cascos de música en sus oídos. Apenas escuchó el hola desu amigo. La canción era Why Pt.2 de Collective Soul. Des-atendió la música para fijarse en su mirada. Era la mirada deldesconsuelo. -¿Qué te ocurre Haruki? -Creo que estoy enamorado. -¿Y ella lo está de ti? -También. A Álvaro le vino a la retina de la memoria la imagen de Jean 325
  • 324. Seberg y Belmondo caminando por los Parques Elíseos. Ella,con su camiseta del New York Herald Tribune, eternizada enesa dulce silueta en blanco y negro que no oculta su, aunquecorto, intenso pelo rubio. Junto a ella, Belmondo, leyendo el pe-riódico, con un cigarrillo en los labios, elegantemente vestidode traje y corbata con sombrero. Ambos cotidianos, pasajerosde las calles, en su elegante andar cinematográfico, haciendoestética en lo irremediablemente urbano, escondiendo un se-creto. Baudelaire y Walter Benjamin al torcer la esquina. Parísal fondo y toda la belleza y el sabor de la amplia calle habita-da por breves planos de un día cualquiera. Lo insoportable demirar la vida después, fuera de la pantalla calle de París. Loinsoportable de mirar a los ojos a Haruki y encontrar la verdaden su rostro. La verdad de un aprendizaje, algo a punto de llegary cambiar a una persona de manera irremediable. Álvaro fuea por otra Coca-cola y a por una cerveza para Haruki. Bebíancon indecisión, esperando el momento de acabar para fumarun cigarro en la calle. -¿Vas a salir con ella? -Si tú no lo vas a hacer, entonces sí. El ruido de las motos impedía la conversación. Entraron aun pub oscuro a unas calles más atrás del Paseo Marítimo. Nohabía nadie salvo el camarero. Un cuarentón con una camisetade los Sex Pistols y una gorra Reebok azul y blanca. Tenía barbade mendigo, algo que le gustó a Álvaro, y manos de trabajadorajadas como astillas, algo que observó Haruki admirado. Susonrisa, sin embargo, no era fruncida sino dulce y tenebrosa,como de anfitrión malhumorado pero bondadoso con los de suespecie. Les sirvió dos vasos de absenta y les ofreció marihuanarecién traída de Ámsterdam. Ambos aceptaron, conformes ycontentos. Charlaron de música y de poesía simbolista. Tam-bién un poco de cine, sobre todo de Scorsese. El camarero, lla-mado Ernesto, conocía a los mejores grupos de música de losaños 60’, y no sólo a Los Beatles o Los Kinks, sino a todos, in-326
  • 325. cluso a Three Man Army, algo que apreció Álvaro. Pasaron casidos horas hablando de aquellos grupos y de la huella inmensaque Los Beatles dejaron en el rock. Una canción se sucedía aotra y los ojos melancólicos de Ernesto se humedecían a vecesal pinchar temas tranquilos como Cosmic Blues de Janis Joplino Red House de Hendrix. Pese a su aspecto de aparente mal-humor el alma de Ernesto se desveló generosa para Álvaro yHaruki, que disfrutaban de su agradable compañía. Por un mo-mento olvidaron la conversación postergada, el qué va a pasarcon Beatriz y entre ellos. Era como si todo estuviera ya dichoy sólo quedara esperar a que el cuerpo –la naturaleza humana-tomase sus instintivas decisiones. Ernesto fue relevado por una chica rubia de unos veinteaños de un atractivo especial y casi mimético de Nikole Kid-man. Álvaro y Haruki dejaron la barra y se sentaron en unade las mesas al fondo del bar, perdidos entre carteles de IanCurtis, Elvis Costello, Tom Petty... Bebieron más absenta y lachica doble de Kidman optó por dejar la botella tras varias pe-ticiones para rellenar el vaso que ambos efectuaron. Si bebíancon premura era porque no disimulaban que la ebriedad eraun estado propicio para las verdades del alma. Así todo estaríadisculpado, era inevitable que se dijeran cosas que la razón –ysus estrategias de cortesía- no admitirían en otro contexto con-versacional. Tenían que decirse muchas cosas, poner en ordensus afectos e historias personales, razonar sus emociones vita-les que justifican que en ese momento estén juntos, charlandoen un oscuro bar y bebiendo absenta. Era como una especie deíntima y necesaria toma de contacto. Era el deseo de fundaruna cercanía, de evitar un alejamiento. Álvaro recordó la con-versación que tuvo con un novio de su madre en un bar de laplaya hace algunos años, cuando él era casi un niño. -Tu madre es una mujer maravillosa. -Sí.- Decía Álvaro mientras pensaba, ya lo sé, no hace faltaque nos lo diga un desconocido. Álvaro se quedaba sin saber 327
  • 326. qué decir cuando ellos se quedaban solos, como esa tarde en laterraza de un bar. Aunque el hombre pedía muchas coca-colaspara Álvaro y eso le gustaba, en cierta manera ese hombre eravisto por Álvaro como un ser querido porque se esforzaba enhacerlo feliz, aunque fuera con coca-colas y bolsas de patatas yfrases hipócritas y estúpidas por parte de un desconocido, deltipo: ¡Oye campeón, que sepas que te quiero como a un hijo!Era el hambre y la sed, y la necesidad íntima, infantil, de que-rer a alguien para no sentirse solo. Era el dolor de Álvaro y elamor expresándose unívocos. La contradicción fatal de la vida,el bienestar y lo incómodo, la entrega o la soledad. Los colo-res que la luz inventa disfrazados en la redención, en el dejarseestar, fraternal, para ser. Álvaro nunca se ha sentido tan solocomo las noches que pasó de niño sin su madre. Aunque esono lo podría explicar, ni siquiera sentir, ahora. Hacía calor yHaruki se frotaba la mejilla con un hielo sacado de un vaso. Latez morena de su rostro se colorea por el frío del agua aliviandosu calor. Los cuadritos de agua helada humedecen sus labiosy su mirada se desliza por la sonrisa cuando siente gotas ensu cuello. Su camiseta blanca de Adidas también está algo hu-medecida. Álvaro lo observa sonriente, tomando otro hielo delvaso vacío y tragándoselo, sintiendo cómo el hielo atraviesa sugarganta lentamente, aliviándole al tiempo que contrayéndolede frío ligero el cuello. Por unos segundos se sintieron fuerade los vendavales del calor de la playa, como en Islandia o máslejos. Por unos segundos hicieron algo juntos –divertido- sinhabérselo propuesto, y eso les gustó. Sonó It’s A Fire de Portishead, lo que comportó un cómo-do y sosegado silencio. Haruki se mordía los labios mientrasescuchaba la canción. Álvaro pensaba, más lejos de sí mismo.Finalmente Haruki habló. -Ayer observé que mirabas a una pareja de adolescentes. Mepareció curioso que te fijarás tanto en ellos, como si de algunamanera proyectaras tu memoria allí. ¿Me equivoco?328
  • 327. -Me has impresionado. Eres muy atento. -Sí, tal vez por eso mi abuela me dijo que valía para el cine.Ella también tenía un sexto sentido… -¿Te criaste con tu padre o con tu abuela? -A medias, he pasado largas temporadas con ambos. Perocuando mi padre nos encontró en la cama a Julia y a mí, meenvió con mi abuela a vivir. -Eso me parece muy exagerado por parte de tu padre. -Sí, él no tiene sentimientos, yo creo que encontró la excu-sa adecuada para librarse de mí ahora que había encontradouna mujer. Yo me sentí como Cándido, el personaje de Voltaire.Aprendí un poco a sobrevivir, estuve con mi abuela sólo dosaños, hasta los dieciocho, después vine a Madrid a estudiarcine, hasta ahora. Siempre he vivido como si fuera un infiltrado,y esa sensación es extremadamente incómoda, te lo aseguro. -Y, ahora, ¿cómo te llevas con tu padre? -Bien, ahora vivo con él y su mujer en Madrid, eso sí, en elapartamento contiguo. -No creo que tu padre no te quiera. Supongo que le molesta-ría el hecho de que te acostaras con tu hermanastra, me imagi-no que en Japón esos valores son mucho más fuertes. -Sí, tal vez entre los viejos, entre los jóvenes ya no existenvalores. 329
  • 328. LXII.- GOODNIGHT, GOOD GUYÁ lvaro y Haruki se han ido a otra parte, buscando silencio, tratando de apartar el pesimismo de sus mira- das e intentar pasarlo lo mejor que puedan. Están en unparque oscuro, aunque el mar con su luna brilla al fondo. Hayalgunos inmigrantes fumando hachís en el banco de al lado.Detrás, un alemán borracho marcando cifras en su móvil, nu-merándolas a gritos, expulsando violentos fonemas de su boca.Desde luego, no era el esperado silencio, pero el mar se escu-chaba con fuerza, y a veces, en olas concretas, la atmósfera seembebía del rumor gigante de una humedad blanca cercana eintensa. Fue la ruptura de una de esas olas, de alta sonoridad, laque propició la vuelta al diálogo. -¿Echas de menos a alguien?- Preguntó Álvaro un poco nos-tálgico, tras el sollozo de la ola en su alma. -Sabes, Álvaro, apenas nos conocemos. Me refiero a conocer-nos realmente. Llevamos varios días sin separarnos, pero, ¿nosientes la sensación de que somos dos desconocidos? Mi padreme dijo una vez que las verdaderas amistades son las que nacenen la infancia y adolescencia y se mantienen más de cinco años.A partir de esos cinco años la amistad es ya para toda la vida.[…] Yo no creo que sea así del todo, es decir, tan calculado, perosí creo que tiene parte de razón en lo que me dijo. […] Ahoratengo veintiséis años y estoy seguro de que en adelante me seráimposible fraguar una amistad íntima con otra persona, autén-tica. Es, como si hubiera perdido el interés en hacerlo, comosi hubiera dejado de creer en las personas y en su capacidadde ofrecimiento y apertura al otro. Me gustaría que siguieravivo ese sentimiento y poder contártelo todo, auténticamen-te, sabiendo que deposito mis secretos en un valioso cofre. Nodudo de ti, claro que no, pero, ¿no crees que nos está costandomucho hacernos amigos de verdad, a pesar de nuestros inten-tos?, ¿Qué será de nosotros dentro de veinte años? ¿Seguiremos330
  • 329. siendo amigos? Yo no creo en la amistad de palabra, en esa que promete siempre la continuidad, con mensajes al móvil de Na- vidad y cumpleaños pero que realmente no continúan, se man- tienen en el distanciamiento. Yo creo en las amistades diarias, en la necesidad del diálogo y el acercamiento constante con ese‘otro’ fraternal. En ir formando los espíritus en el aprendizaje compartido, en las experiencias vividas. Eso es lo único que une. ¿Podremos lograrlo nosotros? ¿O estamos ya demasiado cansados y frustrados para esos intentos?, ¿Servirá de algo que te cuente si echo de menos a alguien?, ¿desnudar mi memoria y mi corazón nos acercará?- Terminó de decir Haruki, con gesto de angustia fría. -Estamos predestinados a estar donde estamos. Compren- do tus dudas. Yo valoro nuestra amistad pero tengo el mismo miedo, aunque el saber que tú también lo tienes me ha hecho reconocer que nuestra amistad sí tiene sentido. Escucharte me calma, aprendo de las cosas que dices, me completo, de alguna manera, en ti. Por eso eres mi amigo. Sé que hablando, estando juntos, nos ayudamos mutuamente. -Pero hemos llegado a un punto en que podemos decir cosas que nos hieran. No debemos ser hipócritas y no ocultarlo.- Dijo Haruki, tratando de convencerse así mismo. -Está bien. Entonces dime, ¿qué sientes por Beatriz? Per- dona que no me entusiasme, pero esta situación ya la he vivi- do.- Expresó Álvaro, escéptico. Haruki se sorprendió ante su respuesta. -Pero, la habrás vivido con otras personas, diferentes. -Sí, pero eso no cambia. La historia del espíritu no sabe de identidades, es la de un inmenso sujeto lírico, perdido en el tiempo. -¿Quieres saber que siento por Beatriz?- Preguntó Haruki tras un silencio de reflexión. -Me gustaría. -¿Y quieres saber que siente ella por mí? -Me gustaría. 331
  • 330. Haruki se sentía desubicado ante la imperturbabilidad deÁlvaro. Por unos segundos dejaron de hablar. Pensó Haruki enel personaje de una película que le fascinaba porque se reía desu dolor. Vio Haruki a Álvaro, con los auriculares puestos ysonriendo a la noche, y le fascinaba. Vio Haruki a la pareja deadolescentes franceses tumbados junto a una barca astilladaen la orilla de la playa, y le fascinaba. Se oían voces en todasdirecciones: palabras francesas, inglesas, alemanas, chinas…, yle fascinaba. Vio Haruki una especie de Babel calurosa y ha-bitada por la confusión canábica del ambiente, y le fascinaba.Jóvenes por todas partes celebrando la noche, pero perdidos enella. Ante mi se estremece, ante mí se estremece, se repetía ensilencio Haruki, sin querer terminar el verso, mirándolo todocon los ojos del pensamiento, con los ojos del alma. Vio Harukique era su alma la que, de alguna manera, lo iluminaba todo, laque le daba -o trataba de darle- sentido a las cosas vacías. -Nunca debemos permitir que nos arrastre el dolor, Álvaro.Me preocupa tu despreocupación, ¿acaso has sufrido tanto queya nada te resulta necesario?, dime, ¿de verdad tu dolor te im-pide mirar la vida con nuevos ojos?- Álvaro se quedó un pocosorprendido, volvió a dar otra calada al porro para hallar laspalabras adecuadas. No sabía qué le podía contestar a Haruki,Álvaro apenas sabe nada de sí mismo, todo son teorías e hipó-tesis, carece de certezas. -No sé, Haruki, a lo mejor me he quedado sin energía.- DijoÁlvaro bromeando. Un borracho se tambalea cerca de ellos. Es un señor de unossesenta años, con barba canosa y pelo descuidado pero elegan-temente vestido. Va hablando en voz baja, algo desquiciado, lamayoría de las palabras que pronuncia son ininteligibles. Unosjóvenes le sonríen y le dicen cosas amistosas, él lleva una pe-taca y les ofrece beber de ella. Uno de ellos, camiseta El Niño,332
  • 331. moreno rapado y con pendiente en la oreja, acepta y le entregaal mismo tiempo al hombre mayor un cartón de vino para quebeba de él. El hombre queda muy agradecido y les canta unacanción de Carlos Cano. Los jóvenes le aplauden y continúanen sus asuntos. El señor mayor –visiblemente fatigado- se sien-ta en uno de los bancos vacíos, frente a Haruki y Álvaro. Suenael teléfono de Álvaro. Es Beatriz. Álvaro: ¿Hola?, ¡apenas te oigo!. (La música se escucha exa-geradamente fuerte, Álvaro reconoce la canción: Foxy Lady.) Beatriz: ¡Estoy en tu apartamento, es que he puestomúsica! Álvaro: ¿Puedes bajarla? Beatriz: Sí, perdona. Ya está. (La música se escucha más sua-vemente, pero todavía dificulta un poco la comunicación) Esque me he despertado ahora y no os he visto. ¿Dónde estáis?,¿Está Haruki contigo? Álvaro: Sí, está conmigo, ¿Quieres que se ponga? Beatriz: Da igual. No importa. Voy a ir al Goodnight, hequedado con una amiga de Madrid que está aquí en Benidorm.¿Queréis pasaros? Álvaro: Sí, de acuerdo. Seguramente nos pasamos luego. Beatriz: Vale. Álvaro: Bien, bueno. Beatriz: Bueno…Oye, ¿cómo estáis? (Dijo Beatriz preocupa-da por algo) Álvaro: Bien, bien. Estamos hablando en la playa. Beatriz: Muy bien, pues luego nos vemos. Álvaro: Muy bien. Adiós. Beatriz: Adiós. Un beso. Álvaro: Un beso. Tras colgar el teléfono Álvaro lo guardó en su bolsillo bajan-do la cabeza y quedándose un rato en esa posición. Haruki, algointrigado, le preguntó. -¿Qué te ha dicho? 333
  • 332. -Nada, que ha quedado con una amiga en un bar y que nospasemos. Ambos se quedaron en silencio, posiblemente imaginandoel bar o a la amiga de Beatriz, o posiblemente no pensando niimaginando nada. -¿Sabéis quién soy yo? -No. -Yo soy abogado. Bueno, era. Ya me he retirado. De los mejo-res abogados de Benidorm, mejor incluso que mi abuelo, quienfue de los más importantes letrados de Benidorm.- Álvaro yHaruki se miraban ocultando la sonrisa, observaban a ese bo-rracho que antes escucharon interpretar a Carlos Cano mien-tras él se sentaba junto a ellos en el banco y sacaba de su cha-queta Burberrys una petaca de metal.- ¿Queréis? -¿Qué es?- Preguntó Álvaro, cortésmente. -Es whiskey, pero no cualquier whiskey, tú me entiendes…Es el mejor de todos… -¿Puedo probarlo?- Dijo Haruki, tentado. -Claro, joven. Tú eres japonés, a que sí. -Sí. -Para que veas que os sé distinguir.- Dijo sonriendo. A Haru-ki no le hizo mucha gracia, pero Álvaro también sonrió. -¿Tú no bebes joven? Le dijo Álvaro, ofreciéndole la petaca. -Sí, claro, el mejor whiskey no se puede rechazar. -¿Vivís en este pueblo? -No.- Dijo Álvaro. -Claro, normal que no me conozcáis. Aquí soy una histo-ria viva, porque además de ser abogado soy dramaturgo. Tengomás de cien sainetes escritos. Pero no he estrenado ninguno.¿Sabéis? La gente es mezquina, no tiene en cuenta la inteli-gencia, sólo la mediocridad. Pero sé que cuando muera, quizádentro de cien años o antes, se tendrá que reconocer mi obra.334
  • 333. Tener eso por seguro. (Vaya hombre, pensó Álvaro, lo que nos faltaba, otro amar-gado. Otra visión fatalista del mundo. Otra versión de la vida demierda para alegrarnos la noche). -Sí, eso suele pasar. Le pasó a Cervantes, ni más ni menos.Pero ¿qué es más importante el conocimiento o el reconoci-miento? Hay que vivir por el conocimiento, como el arte, quees una de las más bellas formas de conocimiento, pero viviren busca del reconocimiento es mezquino e insolidario.- DijoHaruki. -Claro.- Dijo el hombre, sonriendo con cierta placidez, sin-tiéndose comprendido por esos dos jóvenes.- Veo que sois lis-tos, muchachos, la vida os va a joder mucho, os lo digo yo, alos que valemos de verdad la vida nos trata mal. Os lo digo yo,muchachos. -Sí, lleva usted mucha razón.- Le confesó Álvaro, tratandode mostrarse amistoso. -Sí, ya lo sabréis pronto. No os fiéis nunca de nadie, solamen-te de vosotros mismos. Es un consejo para sobrevivir. En estesiglo tan mediocre lo extravagante sólo triunfa mirado con ojosde espectador de circo. El respeto final es para el mediocre. Álvaro se empezaba a hartar de los consejos del hombre,no podía evitar la sensación de rabia contenida. ¿Qué consejospuede darme un borracho?, ¿Me va a decir el secreto de la felici-dad? ¿Cuál? ¿Beber en los parques con los adolescentes y cantarcanciones de Carlos Cano solo y borracho hasta llegar a su casay vomitar hasta caerse al suelo? ¿Qué clase de sabiduría es ésa? -Nunca os fiéis de nadie, muchachos. La vida sólo trata biena los hijos de puta. -Pero usted es abogado, ¿no?, posiblemente su vida sea mejorque la de muchos hijos de puta.- Le dijo Álvaro, un poco ralla-do por los consejos del hombre. 335
  • 334. -Sí, bueno, soy abogado porque soy inteligente. Nadie me haregalado nada. -Luego ser inteligente sirve para algo. (Hubo unos segundos de silencio) -Sí, para sufrir.- Contestó el viejo. Álvaro y Haruki, en una especie de método socrático a tresvoces, terminaron por convencer al hombre de que podía serfeliz y dejar la bebida. Mostró su agradecimiento con emotivosy abrazos y se marchó algo cabizbajo, reflexionaba a paso lento,quizá con una lágrima entre los ojos y las piernas algo temblo-rosas, debido a su exagerada delgadez. Después, como saliendode la nada su voz se alzó desentonada y comenzó a cantar otracanción de Carlos Cano, María La Portuguesa, mientras ofre-cía su petaca a otro par de jóvenes sentados en un banco demás arriba. Álvaro y Haruki, algo mareados, optaron por ir enbusca de Beatriz.336
  • 335. LXIII.- INFIERNOQ uedan muchas preguntas sin respuesta. Demasiadas. En el camino Haruki le explicó a Álvaro su teoría de lasenergías y sus flujos de intensidad, es algo que yo he pensadoy sobre lo que quiero escribir, creo que determina claramenteporqué somos como somos y sobre todo porqué cambiamos.-Dijo Haruki, muy centrado en su exposición. Mira, nosotrossomos energía, pero ésta no está determinada, realmente so-mos receptores de energía, no energía por sí misma. Por algunarazón la intensidad de la energía cambia y, por tanto, nos cam-bia. Lo que quiero determinar es la razón de esos cambios, elporqué la energía no es constante sino cambiante. -Me gusta la idea, pero me suena un poco.- Repuso Álvaro. -No sé, seguramente. Quizá en vuestra filosofía y vuestraciencia, sobre todo la física, se han encargado de ello. Pero mienfoque es otro, más espiritual, ¿entiendes? -Sí, claro, más oriental, como tú. -Sí, posiblemente sea eso. Allí tenemos otra cultura. Pero sa-bes, lo que me ha enriquecido realmente ha sido venir aquí. Elcontraste ha sido absolutamente enriquecedor, no sé, como situviera el yin y se completara el yan. Te lo recomiendo, deberíasprobar a irte a Oriente por un tiempo. Puedes venir a Japón. -Ya, pero eso se puede conseguir en los libros. No hace faltasalir de tu país, ni siquiera de tu casa. Además, Japón no es unejemplo, actualmente, de vida espiritual. -Sí, llevas razón. Pero no me refiero a eso. En Oriente se hue-le Oriente, está en el carácter, en los paisajes, en todo. No merefiero a las apariencias, sino a las esencias. ¿Crees que Japónestá occidentalizado? No te lo voy a negar. Pero nunca seránoccidentales. Oriente es, aunque a veces parezca no estar. Es ladiferencia entre el verbo ser y estar, que por suerte, en español 337
  • 336. y en japonés, se diferencian, no como en inglés. -Sí.- Afirmó sarcástico Álvaro.- No sé cómo los anglosajonesreparan tan poco en las sutilezas.- Ambos rieron. -Por eso, como te digo, tal vez te suene una parte de mi teo-ría, pero creo de que de la manera en que la quiero exponer,como algo sincrético, va a ser algo nuevo completamente. Esun nuevo planteamiento donde cambia el enfoque. -Perdona Haruki, antes has dicho de que y es que, sin de.Creo que… Te lo digo para ayudarte a perfeccionar español, nopor joder. -Perdona, ya voy un poco ciego. -No importa. Que no se te olvide.- Le aconsejó Álvaro,bromeando. Tal vez a Álvaro no le interesaba mucho la teoría de Haruki–o era el ruido de las terrazas y el pasar de la gente, que no erapropicio al diálogo metafísico- porque cambiaron de tema. -¿Has visto que tías?.- Dijo Álvaro. -Sí, cada vez salen más jóvenes y con menos ropas. Es comouna ley de proporcionalidad inversa.- Bromeó Haruki. -Sí, pero yo me las follaba.- Soltó Álvaro. -Claro, si es sólo eso, ¿por qué no? -¿Lo intentamos con alguna? -¿Qué dices Álvaro? Beatriz nos espera. -Sólo media hora. Haruki, pese a su timidez, accedió. Entraron en una discoteca grandísima del Paseo Marítimollamada Km. La música era mediocre y repetitiva, algo llamadotecno. Un gitano les ofreció pastillas. Un tío con pinta de skin-head derramó una cerveza sobre la camisa de Haruki. Álvarosospechó que podría haber pelea pero el joven, inesperadamen-te, se disculpó con educación. Unas veces pasa, otras no, pensó338
  • 337. Álvaro. La música taladraba los oídos de Álvaro y se repetíasiempre la misma frase ya que su cerebro era incapaz de for-mar pensamientos nuevos. Unas veces pasa otras no. Ambosse sentían como ovejas aplastadas en un rebaño. Unas vecespasa otras no. Álvaro miraba a algunas chicas, sobre todo susfaldas. Unas veces pasa otras no. En ocasiones miraba a los ojosa alguna chica con el fin de que le devolviera la mirada. Unasveces pasa otras no. Pero había demasiada oscuridad, dema-siado humo. Las chicas trataban de abrirse paso entre la mu-chedumbre de miradas masculinas, otras ya bailaban con susnovios, amigos o amantes, y otras sostenían el móvil en susorejas, absurdamente, como intentando hablar allí. Al fondoÁlvaro divisó a tres chicas que estaban solas. Unas veces pasaotras no. Pero no se atrevía a ir directamente así que se detuvocon Haruki a unos metros de ellas. La gente seguía transitandonerviosa, empujando, sorteando cigarros y vasos, lanzándoseviolentas miradas a veces. El pinchadiscos gritaba frases inin-teligibles, tenía una voz sudorosa y estridente. Las gogós semi-desnudas apenas tenían espacio para bailar. Bajo ellas dos otres borrachos observaban la mirada morbosa, pechos y culode las gogós. Unas veces pasa y otras no ahora pasa ahora pasa.Álvaro se autoanimaba interiormente, ya había cruzado algunamirada con las chicas. -¿Has visto a esas tres? -Sí.- Dijo Haruki. -¿Vamos? -Uff, no me atrevo. -Tío, están aquí como nosotros. ¿Qué hacen tres chicas solasen una disco? Han venido a ligar. -Pero ¿y si pasan de nosotros? – Álvaro sonrió como dándolela razón. Pero tras unos segundos se volvió a autoconvencer. -Unas veces pasa y otras no. Así se juega a este juego. Piensaque tiras una moneda a cara y cruz. Si sale cruz te jodes y aver a Beatriz, si sale cara te la chupa y después vas a ver a Bea-triz. Yo me quedo con la cara. Probemos suerte.- Haruki son-reía, aunque le extrañaba oír a Álvaro hablar en ese tono. Sin 339
  • 338. embargo, también le gustaba ese juego banal y superficial. En elfondo le apetecía sexo, como a Álvaro, no lo podía evitar. Y unade esas chicas le parecía atractiva, así que terminó por darlela razón a Álvaro, aunque a cambio, él tendría que empezar ahablar. Finalmente se decidieron a acercarse. Álvaro se acercó a ellas, Haruki detrás. Álvaro le pidió fue-go a una de ellas, pero no llevaba el cigarro. Haruki le dio uno.Álvaro se puso el cigarro en los labios y tocó la mano de la chi-ca mientras ella acercaba el mechero para encender el cigarro.Después Haruki se puso otro cigarro en los labios y tambiénpidió fuego. La misma chica le encendió el cigarro y él tocótambién sus suaves y cálidas manos. Ya no sabían qué hacer,pensaron en darse la vuelta despacio y volver a donde estabanpero una preguntó: ¿De dónde sois? Otra de ellas había estado en Japón, así que se dijeron tópi-cos de Japón durante más de diez minutos. Después hablaronde Granada, Madrid, Bilbao y de la ETA. Luego de Benidorm yde lo maravillosa que era la discoteca donde estaban. Otra deellas conocía al pinchadiscos. Lo dijo con ilusión. Era gorditay Álvaro pensó que estaba enamorada de ese dj por cómo dijoque lo conocía. Así que ya descartó a una. La del mechero eraMaría, estudia Psicología y le gusta estar con los niños. La quepreguntó ¿de dónde sois? y luego se interesó por Japón porquehabía estado era Marta, estudiante de Derecho y hippy a ratos.La que estaba enamorada del dj y no había terminado el bachi-llerato porque no le gusta estudiar es Vanesa, prima de Marta,trabaja en una tienda de lencería. Las tres tienen 20 años re-cién cumplidos. A Haruki le ha gustado María, la del mecheroy suaves manos. Y a Álvaro también. Mucha información en pocos segundos. Estaban casi afó-nicos. Ahora solamente bailaban. Álvaro pensó que Marta, lahippy, era lesbiana, por cómo tocaba las manos de María mien-tras bailaban. Vanesa no dejaba de molestar a Haruki con pre-340
  • 339. guntas estúpidas sobre ¿Cómo se dice en tu idioma…? Harukile respondía educadamente repitiendo, a veces, más de diezveces la misma frase. La chica no era muy espabilada pero suingenuidad le causaba cariño a Haruki, aunque no a Álvaroque no podía dejar de verla como a la gorda que sobra. Aun-que por un momento creyó que a Haruki le gustaba aunqueluego reflexionó que podría ser una estrategia para acercarse alas otras, más guapas y mas distantes, proporcionalmente. Lamás guapa de todas era Marta, pero parecía odiar a los hom-bres por su forma de mirarlos. Daba miedo decirle nada. Sinembargo, el atractivo de María era más sosegado y receptivo.Se la podía mirar con firmeza y recibir algo a cambio. Álvarodecidió buscar a aquel gitano para comprarle una pastilla y asípoder entrar a María con más seguridad. Le dijo a Haruki queiba al baño y allí se metió un par de rayas, en la taza del water.Después fue a la barra y tuvo que esperar más de veinte mi-nutos para que le sirvieran una botella de agua mineral Evian.Le sensación de sed era insoportable. Tras beberse la botellapidió dos más. Bebió la mitad de otra y ya no pensaba en nada.Su mente era taladrada por aquel eco repetitivo. De pronto, lellegó de nuevo aquella frase: Unas veces pasa, otras no. Mira-ba a la gente de su alrededor. Sintió ganas de pegarse con unoque le había pasado el vaso cerca del cuello. Se pararon unossegundos pero no pasó nada. Otra persona empujó a aquel jo-ven y la situación se disolvió entre miradas amenazantes. Unasveces pasa, se decía Álvaro, sintiendo ganas de volver al joveny soltarle un puñetazo en la cara. Unas veces pasa, unas vecespasa. Volvió a dar un trago a la botella de agua y sus ojos fueronllevados por atracción hacia los pechos de una mujer morenaespectacular. Por unos segundos se calmó, aunque su pene seestaba poniendo erecto. Ahora sentía un arrebato diferente.Unas pasa veces, unas veces otras. Álvaro no consigue enca-denar frases coherentes. Unas veces, otras unas. Su mente nohalla los fonemas y su ojo derecho empieza a palpitarle comosi los latidos de su corazón se hubiesen trasladado allí. Su peneestá totalmente erecto. Unas veces pasa. Tiene ganas de correr 341
  • 340. entre la gente. De salir de allí, por encima de ellos, pisando suscabezas. También tiene ganas de que todos le observen y ser elcentro de atención. Por eso se ha mojado el pelo y desabrocha-do la camisa y se ha acercado a María y le ha dado un beso en elcuello y ella le ha devuelto el beso en los labios. Después se hanacariciado el pelo y ella ha vuelto a bailar con Marta. Vanesay Haruki se sonreían con timidez, cómplices de lo que habíanvisto. María tomó de las manos a Álvaro invitándole a bailar.Él la tomó de la cintura y volvió a resbalar sus labios por aquelcuello anaranjado y tenue. Haruki se acercó a Álvaro y le preguntó si había leído Infer-no de August Strindberg. Álvaro le dijo que sí. Haruki le dijoque le gustaría comentarla con él. Álvaro sonrió y le dijo queluego, luego hablamos, mejor de eso, dime tío, cuál te gusta, ¿tegusta alguna? María se acercó a ellos y cogió las manos de Haruki invitán-dole a bailar. Él accedió. María sostenía las manos de Harukiy de Álvaro simultáneamente, y cada vez bailaba más cerca deellos. Se distinguían los alientos. Sobresalía el perfume de ella,probablemente de una esencia exótica comprada en algunaherboristería. A Álvaro le gustan ese tipo de esencias tan natu-ralmente individuales. Pero Haruki está intranquilo y observasu reloj mientras María le sostiene el otro brazo y le da un besoen la boca. Haruki aparta su brazo de ella y se marcha al servi-cio, con gesto perturbado. A María no le importa y ahora besaa Álvaro en la boca pero éste aparta sus labios con una disculpay sigue los pasos de Haruki, a duras penas, entre el vaporosogentío. Esta vez ha ocurrido. Álvaro empuja a un joven de unostreinta años con cuerpo y tatuajes de gimnasio. Éste le empujay tira su cigarro. Álvaro le empuja de nuevo. La gente hace unpequeño círculo. El joven le vuelve a empujar con más fuerzahasta que Álvaro, tropezándose con otro, cae al suelo. El jovenle pega una contundente patada en la nuca. Álvaro siente frío yno se puede levantar. El joven le pega otra patada en la cabeza.342
  • 341. Álvaro se siente mareado y percibe que se va a quedarse incons-ciente, pero una chica toma su brazo y le ayuda a levantarse.Tal vez eso fue peor, porque el joven, aprovechándose del mo-mentáneo aturdimiento de Álvaro, no ha dudado en golpearlede nuevo en la cara. Una especie de camarero se ha puesto enmedio de los dos. El joven reclama con insultos a Álvaro quese levante, Álvaro se levanta sin ver a la gente, sin escuchar elruido, sin tacto ni olfato, solamente se levanta. El camarero lespide a los dos que se vayan del local o llamará a la policía. Eljoven, entre insultos, se va de allí empujado por sus amigos. Ál-varo continúa de pie sin saber dónde está. El camarero le dicea Álvaro: Vete ya de aquí, estás manchando de sangre el suelo.Álvaro sólo escucha la palabra sangre e intenta mover sus pier-nas para salir del local. De pronto la música regresa a su mentemachacando las pocas neuronas con que trata de resolver la si-tuación. A cada paso se va encontrando con perfumes distintosque le hacen sentir angustia. Varios alemanes bailan abrazadosy lo tiran al suelo sin ni siquiera darse cuenta. Álvaro se acercahacia uno de los altavoces del suelo para apoyarse y subir sucuerpo de nuevo. Pero no puede. Se queda arrodillado juntoal altavoz, brutalmente masacrado por ese sonido. Unas vecespasa, otras no. Unas veces pasa. Al cabo de unos minutos lograsalir de aquel infierno, con algunas lágrimas entre los ojos. 343
  • 342. LXIV.- I’LL FOLLOW THE SUNH abía días en que Álvaro se enfadaba con Luis por- que éste no quería hablar de filosofía. ¿Cómo puedes estar cansado para eso?, ¿No te das cuenta que el filo-sofar es una ocupación obligada como seres racionales, sensi-bles y desamparados que somos? -Ya lo sé, Álvaro. Pero no quiero deprimirme más de lo queestoy. Prefiero escuchar buena música y flipar solamente. Pona Nirvana. -No sé, tal vez sea mejor eso, sí. Aceptar la derrota.- Senten-ció Álvaro, con gesto de fracaso. -No, Álvaro. La derrota puede ser bella. El sufrimiento deKurt Cobain tiene un poder terapéutico, una especie de terapiade choque contra las emociones más insufribles. -No, Luis, hasta ahí no llego.- Ya sonaba Come As You Are.-Entiendo que esta música te traslade a algún lugar, y de algunamanera se sienta cierto placer estético, pero en el fondo de todorebrota la derrota, la imposibilidad, la rabia, el dolor, la apatía, ladesgracia… no sé qué más puedo decirte, son todo sensacionesparecidas, innombrables porque el nombre es esa música, perocerteras en el significado más oculto que disgrega su sonido. -No sé, yo no lo veo así. A mí me transmite a veces dulzu-ra, cierto trágico desencanto, pero filtrado, de alguna maneraen equilibrio, como anestesiado. Y no tiene nada que ver conque el grupo tenga ese nombre, pero sus canciones me llevan auna especie de nirvana. Realmente no creo que Kurt Cobainpensara en eso, pero no importa. Lo pienso yo, mi sensibilidadse cruza con la suya en un acto de generosidad por su parte, altransmitirme su música. No digo que Kurt Cobain sea un buda,pero sí un bodhisattva, cuya misión en la vida es salvar a otros,a pesar de su sufrimiento, para convertirse en budas. -Ya bueno, traducido a nuestra cultura, unos mártires, ¿no? -No exactamente.- Dijo Luis, queriendo puntualizar.344
  • 343. -Pero lo que no entiendo es que si los bodhisattva queríansalvar las almas de los hombres la única manera era el caminode la virtud, y el camino de Cobain fue el de las drogas, unejemplo de ausencia de virtud. -Dices lo que dices porque piensas con la razón, no con elespíritu. -Vaya, lo que da de sí una canción de Cobain. Finalmente no entendían nada y daban vueltas y vueltas a lomismo. Era como discutir si fue antes el huevo o la gallina, unaespecie de patafísica de principiantes. Aunque Álvaro y Luis nose reían de su juego, en ningún momento. Había días en que Leonor se unía a la conversación. Eran eltrío perfecto para la interpretación de escenas metafísicas. -El dolor es una emoción. -Pero la emoción no es racional. -Si el dolor no es racional hemos de considerar entonces queel origen del mal está en la emoción y ésta afecta a la razón delhombre. -¿Y qué justifica el dolor? -La razón es movida por la emoción. -Y la emoción crea el desequilibrio, la sin-razón. -¿Es el dolor una parte negativa del hombre como comple-mento necesario a su existencia? -Pero, su existencia por su contenido metafísico negativo,puede contener algún tipo de justificación estética, filosóficao literaria. -Si existe, en mi opinión, su existencia y justificación sonnecesarias. -¿Hasta qué punto el dolor estético se traslada a la ética devida, esto es, a la existencia racional individual y la de los valo-res establecidos en la comunidad? -¿Puede constituir la estética una ética? -O, finalmente, ¿la estética carece de ética? 345
  • 344. (Hubo un silencio turbado de unos segundos) -Bueno, voy a poner algo de Nirvana. Me he perdido unpoco. -Vale, yo me hago otro porro. -Yo me meto en el Messenger un segundo. -De acuerdo. -La maría está en la mesilla.- Dijo Álvaro, acercándose a laminicadena. -Ah, gracias.- Contestó Luis, buscando con sus ojos lamesilla. -Hazlo bien fuerte.- Aconsejó Leonor. -No hay problema. (Tras unos segundos de silencio comenzóa sonar Smells Like Teen Spirit.) Los tres movían sus cabezas siguiendo los gritos de Cobain,algo afectados por las caladas de maría. La canción retumbabaal fondo de los ojos algo llorosos de Leonor al mirar tan de cer-ca la pantalla del ordenador. También retumbaba en las manosde Luís, esparciendo la maría sobre el papel de arroz. Y tambiénretumbaba en los oídos de Álvaro, cambiando repentinamentede canciones, sentado, junto a la minicadena. -Sentir placer estético mientras acogemos el dolor, ¿nos redi-me acaso de ese sufrimiento? -Lo dudo, Leonor.- Contestó Álvaro. Ella guardó silencio yfue alertada por un mensaje de Messenger. Luis se quedó mi-rándola unos segundos, mientras pasaba su lengua por el papelde arroz para cerrarlo, esperando alguna otra pregunta. Pensóen responder pero siguió en lo suyo, prensando bien el cigarro. -Es una forma bella de aguantar el sufrimiento, ¿no?, inclusoal recrearnos con él sentimos placer, un placer oculto, algo quetiene que ser bueno.- Dijo Álvaro, completando su respuesta.-Leonor giró su cabeza hacia donde él estaba y no le vio porunos segundos, después su silueta amarillenta se fue recobran-do poco a poco entre la oscuridad del cuarto y haciéndose dis-tinguible del resto de las cosas. -No te he visto, Álvaro, cuando he girado la cabeza. He sen-346
  • 345. tido una sensación bastante extraña. He sentido miedo, me haparecido que miraba tu espíritu. Lo siento, no quiero que te lotomes a mal, pero ha sido así. Tengo los pelos de punta, ¿los ves,Álvaro? -Sí, los veo.- Dijo Álvaro, acercándose a la cama, alejándosede ellos, observando a Luis y a Leonor detenidamente. Comosi fuese otro distinto al de siempre Álvaro se quedó detenidosobre la cama sin reconocer a sus amigos, con los ojos clavadosen la nada. La habitación se ha vuelto blanca progresivamenteen los ojos de Álvaro. -¿Te pasa algo, Álvaro, estás cansado? No tienes buena cara. -No pasa nada, estoy bien, no os preocupéis. Sólo tengo sue-ño. Tengo que dormir. -Sabes, Haruki, creía que tú eras mi bodhisatva pero esta vezno me has salvado.- Lo siento, Álvaro, ¿qué ha pasado? -Nada cosas que pasan y ya está. -Y, ¿qué haces aquí? ¿Por qué no vas a un hospital? -No sé. Te esperaba. Todavía creo en ti. Perdona por lo deesta noche, sé que no estabas cómodo en ese lugar. Ni yo tam-poco, no sé porque lo he hecho. Nunca me arrepiento de nada,pero esta vez, sí. Definitivamente. Esto nunca más va a suceder.Creo que tengo que aprender a quererme más a mí mismo, ¿no,Haruki? -Sí, eso es lo principal. -Creía que no ibas a venir. Pero no te necesitaba, sólo te es-peraba por si venías. -Pues ya ves, he venido. ¿Cómo no iba a querer buscarte? -He recordado aquellas últimas palabras de Antígona: Sinque nadie me llore, sin amigos, sin himeneo, desgraciada, mellevan por camino ineludible. Ya no podré ver, infortunada,este rostro sagrado del sol, nunca más. Y mi destino quedarásin llorar, sin un amigo que gima. -No te sientas solo Álvaro, yo estoy aquí. No te pierdas enti mismo o te pasará como le pasó a Luis. Mírame, estoy aquí.No estás solo, no tienes porqué estarlo nunca, la gente te quie- 347
  • 346. re porque eres bueno, Álvaro. Sé tú mismo y nadie con amorpodrá no dejar quererte. Hay miles de personas con amor enel mundo que están deseando entregarlo a alguien que lo acep-te. ¿Por qué te cierras a eso? ¿Qué temor se esconde tras de ti,Álvaro? Logró sobreponerse un poco, cogido del brazo de Haru-ki para ir en busca de Beatriz. Quería decirle algo, algo muyimportante y que no tendría vuelta atrás. Haruki también de-seaba decirle algo a Álvaro, algo irrevocable, que ya tampocotendría vuelta atrás. Al menos para ellos así era, sentían quellegaba el momento de tomar una decisión. Será una despe-dida, seguramente. Una necesidad de cambiar. Algo parecidoa la teoría de Haruki de la energía y sus flujos de intensidad.Seguramente sea eso. Algo nuevo que llega y no se puede re-frenar. Como si el carácter cambiase de repente, la forma demirar las cosas, como si un antes reciente hubiera transfor-mando todo el antes lejano y con él todo el ahora cobrase unanueva dimensión fenomenológica. También sería la falta dedinero o la obligación de retomar asuntos pendientes que an-tes se habían pasado por alto. Lagunas en un abismo que seiluminan de repente haciéndonos caer en lo más hondo deuna nueva conciencia. Renovación interior, necesidad. Tal vezlos tres se han cansado de ese juego, se han sentido impos-tores de una tragedia con un final preestablecido, tal vez sehan cansado de ser personajes de ficción como en la obra dePirandello. Sin embargo, parecen estatuas de sal, espíritus en-mudecidos, sin hacerse ninguna pregunta, sin que nada losaltere. Tal vez Haruki eche de menos a Julia, una vez le pare-ció que era el amor de su vida, quizá todavía sigue parecién-dolo. Tal vez Álvaro ha pensado en no terminar la novela deLuis y en tirarla. Incluso ha pensado en convertirse él mismocenizas, como Luis y su novela. Sí, ha pensado el suicidio. Hapensado, parece que recordó a Camus, que lo absurdo imponela muerte.348
  • 347. Morir voluntariamente supone que hemos reconocido,aunque sea instintivamente, la ausencia de toda razón pro-funda para vivir, el carácter ridículo de esta costumbre, elcarácter insensato de esa acción cotidiana y la inutilidad delsufrimiento. Ha pensado que en un universo privado de ilusio-nes y de luces, el hombre se siente extranjero. Pero, finalmenteno se ha enfadado, ha descartado la idea. Ha reconocido quevivir absurdamente puede ser divertido, precisamente por sutristeza. No sabe explicarlo, pero se siente alegre. Indudable-mente alegre. Pero detenido. Sí, finalmente se han dicho adiós. Aunque han jurado escri-birse. Álvaro camina con lentitud por la playa mientras observasalir el sol muy tímidamente. Decide tumbarse para observar elamanecer. Saca su reproductor de música y se pone los cascos.Posa la mano contra la arena para tumbarse pero una especiede papel duro se encuentra con su mano. Es una foto. La foto deaquella chica adolescente francesa que hablaba con otro chico.En la parte de atrás se lee: Pour Pierre, mon amour. Y el dibujode una estrella amarilla. Álvaro ha vuelto a sepultar en la arenala foto, tras observarla unos segundos, como hipnotizado. Laenterró despacio y con delicadeza muy en el fondo, hasta dondecasi llegaba el agua. Finalmente dibujó el trazo de una estrellasobre el montón de arena. Volvió a mirar el sol y se puso loscascos. Eligió I’ll Follow The Sun. Cantó la letra con voz que-brada. Cerró los ojos. El sol seguía moviéndose hacia arriba, suluz se agrandaba. Álvaro recordó que no era nadie, que el sol leagobiaba. Pensó en irse ya de allí. Se fue. FIN Albacete. MARZO-JUNIO, AÑO 2007. 349
  • 348. índiceI.- AMIGOS 13II.- LA CHARLA 23III.- LA FACULTAD Y LA RESIDENCIA 26IV.- LA CITA 34V.- JULIA 42VI.- EL PROFESOR 55VII.- LOS COLEGAS 61VIII.-LA CITA 69IX.- LA CIUDAD 81X.- LA MUERTE 86XI.-LA MAÑANA 87XII.- EL GOLF Y, AL LLEGAR LA NOCHE... 89XIII.- EL CHALET 92XIV.-FOURIER O EL PASAJE 96XV.- ENTRE COPAS 101XVI.- JOAQUÍN 102XVII.- MAÑANANDO 107XVIII.- DE COMPRAS 113XIX.- LA TARDE 116XX.- EL VIAJE 135XXI.- MADRID 136XXII.- LA BIBLIOTECA NACIONAL 140XXIII.- LA ALBADA 143XXIV.- ROCK AND ROLL 147XXV.- UNA NOCHE DE HOTEL 154INTERLUDIO 156XXVI.- SUICIDIO PLANEADO 157XXVII.- LA COMIDA 163XXVIII.- LA TARDE 169XXIX.- NOCHE EN MADRID 175XXX.- MADRUGADA EN MADRID 179XXXI.- ADIOS MADRID 196
  • 349. XXXII.- LAS CLASES 198XXXIII.- PASIONES 202XXXIV.- LAS NOCHES 205XXXV.- TORCUATO 206XXXVI.- CHICAS 214XXXVII.- CITA CON LUCÍA 219XXXVIII.- LLEGADA DE HARUKI 227XXXIX.- HEAVEN’S DOOR 238XL.- MESSENGER 242XLI.- LA FIESTA DE JULIA, ¿AMOR O SEXO? 248XLII.- OH DARLING 252XLIII.- GRUNGE 253XLIV.- LA NOCHE BLANCA 262XLV.- ZEN 265XLVI.- LA PLAYA 267XLVII.-DENTRO DEL MAR 273XLVIII.- EL SUEÑO 278XLIX.- LA VIDA REAL 281L.- EL VESTUARIO 284LI.- LA LITERATURA 287LII.- LA RESPUESTA, AMIGO... 290LIII.- AQUÍ 294LIV.- AQUÍ HAY CONEXIÓN 296LV.- EL HERMANO 298LVI.- ¿100 EUROS? 301LVII.- EL APARTAMENTO 304LVIII.- DAZED AND CONFUSED 308LIX.- MORADAS 313LXII.- BURGUER KING 323LXII.- GOODNIGHT, GOOD GUY 330LXIII.- INFIERNO 337LXIV.- I’LL FOLLOW THE SUN 344