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  • 1. Bloque 1: La Educación de los Jóvenes en la época previa a la industrialización Aprendices y Maestros en los talleres de Artes y Oficios DOCUMENTOS: Bl-1 Aries, Phillipe. "De la familia medieval a la familia moderna", en El niño y la familia medieval en el Antiguo Régimen, México, Taurus (Ensayistas 284), 1998. pp.482 – 491. Bl-2 Manaconda, Mario Alighiero. "El aprendiz en las corporaciones", en Historia de la Educación 1. De la antigüedad a 1500, México, Siglo XXI, 1995, pp.252 – 262. Bl-3 SeweII, William H. Jr. "Las corporaciones" Y "Comunidad moral", en Trabajo y Revolución en Francia. El lenguaje del movimiento obrero desde el Antiguo Régimen hasta 1848. Madrid. Taurus (Humanidades/Historia, 337), 1992, pp. 50 65. Bl-4 Perrot, Michelte, "La juventud obrera. Del Taller a la Fábrica", en Giovanni Leví y Jean-Claude Schmitt (Dirs.), Historia de los jóvenes 2. La edad contemporánea, Madrid, Taurus (pensamiento) 1996, pp. 119- 152. 20
  • 2. Aries, Philippe, "De la familia medieval a la familia moderna", en El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, México, Taurus (Ensayistas, 284), 1998, pp. 482-491. Lo largo de la historia, la familia se ha ido transformando profundamente en la medida en que ha ido modificando sus relaciones internas con respecto al niño. Este libro sitúa esa «metamorfosis» de la familia en el conjunto de la historia social del Antiguo Régimen, contrastando, a grandes rasgos, las características de esa sociedad con las de nuestro tiempo. Philippe Aria El niño y la vida familiar en el antiguo régimen CAPÍTULO II DE LA FAMILIA MEDIEVAL A LA FAMILIA MODERNA El estudio iconográfico del capítulo precedente nos ha mostrado el nuevo lugar que ocupa la familia en la vida sentimental de los siglos XV y XVII. Es interesante señalar que en esas mismas épocas se observan cambios importantes en la actitud de la familia para con el niño. La familia se transforma profundamente en la medida en que modifica sus relaciones internas con el niño. Un texto curioso de finales del siglo XV, que el historiador inglés Furnival' ha extraído de una «Relación de la isla de Inglaterra», de un italiano, nos muestra una idea sugestiva de la familia medieval, por lo menos en Inglaterra: «La falta de sentimientos de los ingleses se manifiesta particularmente en su actitud para con sus hijos. Después de haberlos conservado en el hogar hasta los siete o los nueve años [para nuestros autores antiguos, siete años es la edad en que los niños se separan de las mujeres para ir a la escuela o para integrarse en el mundo de los adultos], se les coloca, tanto a los muchachos como a las muchachas, en casa de otras personas, para el servicio ordinario, donde se quedarán unos siete o nueve años [es decir, hasta los catorce o dieciocho años aproximadamente]. Se les llama aprendices. Durante este tiempo, realizan todos los trabajos domésticos. Pocos hay que lo eviten, ya que todos, cualquiera que sea su fortuna, envían a sus hijos a casa de los demás, mientras que reciben en sus casas a niños ajenos.» El italiano estima que esta costumbre es cruel, lo cual significa que la misma se desconocía o se había olvidado en su país. Insinúa que los ingleses recurrían a los hijos de otros porque creían estar así mejor servidos que por sus propios vástagos. En realidad, la explicación que daban los propios ingleses al observador italiano parece ser la adecuada: «Para que los hijos aprendan los buenos modales.» Este tipo de vida fue probablemente común a todo el Occidente medieval. G. Duby describe la familia de Guigonet, un caballero de Macón, en el siglo XII, según su testamento 2. Este Guigonet había confiado a sus dos hijos menores al mayor de sus tres hermanos. Más adelante, numerosos contratos de arrendamiento de niños a amos prueban lo corriente que era el aprendizaje en familias ajenas. A veces se especifica que el señor debe «enseñar» al niño y «mostrarle lo relativo a sus mercaderías», o que debe «hacerle ir a la escuela y asistir a ella» Son casos particulares. De manera general, la principal obligación del niño confiado a un señor es la de «servirle bien y en debida forma». Cuando leemos esos contratos sin deshacernos de nuestros hábitos mentales contemporáneos, no podemos decidir si el niño ha sido colocado como aprendiz (en el sentido moderno del término), como pupilo o como criado. Cometeríamos un error insistiendo en ello; nuestras distinciones son anacrónicas, y el hombre de la Edad Media no veía en esas diferencias más que los matices de una noción esencial, la del servicio. El único servicio que se pudo concebir durante mucho tiempo, el servicio doméstico, no ocasionaba ninguna degradación, no despertaba ninguna repugnancia. En el siglo XV existía toda una literatura en lengua vernácula, francesa o inglesa, que enumeraba en forma nemotécnica versificada los preceptos de un buen servidor. Uno de esos poemas4 se titula: «Régimen para todos los servidores». La equivalencia inglesa de «servidor» es wayting servant, que ha subsistido en el inglés moderno en el vocablo waiter, nuestro «mozo» (de café). Claro es que ese servidor tenía que saber servir la mesa, preparar las camas, acompañar a su señor, etc. Pero ese servicio iba acompañado de lo que nosotros llamaríamos hoy día una función de secretario, de empleado. Nos damos cuenta de que no se consideraba como una situación definitiva, sino como una pasantía, un período de aprendizaje: 1 A Relation of the Island of England, Camden Society, 1897, p. XIV, citado en The Babees Books, publicados por F. J. Furnival, Londres, 1868. 21
  • 3. 2 G. DUBY, op. cit., p. 425. 3 Ch. DE ROBILLARD DE BEAUREPAIRE. Instruction publique en Ñormandie, 3 vols., 1872. Ch. CLERVAL, Les Ecoles de Chartres au Moyen Age, 1895. 4 Babees Books, op. cit. Si tu veuls bon serviteur estre, Craindre dois et aimer ton maistre Manger dois sans seoir á table... *. [Siguen luego las reglas de la buena presentación.] Suys toujours bonne compagnie Soit séculier ou clerc ou prestre. [Un letrado podía servir en casa de otro letrado.] II te faut pour le bien servir Se son amour veulz desservir Laissier toute ta volonté Pour ton maistre servir a grey. Se tu sers maistre qui ayt femme Bourgeoise, damoiselle ou dame Son honneur doit partout garder... Et se tu sers un clerc ou prestre Gardes ne soyes vallet maistre S'il est que soyes secrétaire Tu dois toujours les secrets taire... Se tu sers juge ou avocat Ne rapportes nul nouveau cas Et s'il t'advient par adventure A servir duc ou prince ou comte Marquis ou barón ou vicomte, Ou autre seigneur terrien, Ne soyes de taille inventeur, D'impots, de subsides; et les biens Du peuple ne leur oste en ríen... Se tu sers gentilhomme en guerre Ne vas dérobant nulle gent... Et toujours, en quelque maison, Ou quelque maistre que tu serves, Fay se tu peulz que tu desserves La grace et l'amour de ton maistre Afín que tu puisses maistre estre Quand il sera temps et métier. Mais peine á scavoir bon mestier Car pour ta vie pratiquer Tout ton coeur y dois appliquer. En ce faisant tu pourras estre Et devenir de vallet maistre Eto te pourras faire servir Et pris et honneur desservir Et acquérir finalement De ton ame le sauvement *. * [Si quieres ser buen criado, / debes temer y amar a tu señor, debes comer sin sentarte a la mesa.] ** [Ve siempre en buena compañía, / ya sea seglar, letrado o cura.] 22
  • 4. Así pues, el servicio doméstico se confundía con el aprendizaje, forma muy general de la educación. El muchacho aprendía con la práctica, y esa práctica no se limitaba a una profesión, tanto más cuanto que no había entonces, ni hubo durante mucho tiempo, límites entre la profesión y la vida privada. Compartir la vida profesional —expresión bastante anacrónica, por lo demás— suponía compartir la vida privada con la cual se confundía. Además, a través del servicio doméstico, el amo transmitía a un muchacho, y no precisamente al suyo, el caudal de conocimientos, la experiencia práctica y el valor humano que se suponía debía poseer. Toda la educación se hacía, pues, mediante el aprendizaje, y se daba a esta noción un sentido mucho más amplio que el que tomó posteriormente. No se conservaban los hijos en el hogar propio: se les enviaba a otras familias, con o sin contrato, para que permanecieran y comenzaran allí su vida, o para aprender los modales de un caballero, un oficio, o incluso para asistir a la escuela e instruirse en las letras latinas. Hay que ver en este aprendizaje una costumbre difundida en todas las clases sociales. Ya antes observamos una ambigüedad existente entre el criado subalterno y el colaborador de mayor categoría, dentro de la misma noción de servicio doméstico. Existía una ambigüedad semejante entre el niño —o el muchachito— y el servidor. Las compilaciones inglesas de poemas didácticos que enseñaban la cortesanía o urbanidad a los servidores, se llamaban Babees Books. El término valet (lacayo) significaba «mozo», y Luis XIII, de niño, dirá aún, en un impulso afectivo, que le gustaría ser «el lacayito de papá». La palabra «mozo» designaba al mismo tiempo a un jovencito y a un criado muy joven dentro del lenguaje de los siglos XVI y XVII; término que hemos conservado para llamar a los camareros de café. Incluso cuando, a partir del siglo XV o XVI, se comenzó a distinguir mejor dentro del servicio doméstico, entre los servicios subalternos y los cargos más nobles, continuó siendo el hijo de la familia —y no los servidores mercenarios— quien debía servir a la mesa. Para parecer bien educado, no era suficiente saber comportarse en la mesa, como hoy día; era preciso además saber servirla. El servicio de mesa ocupa hasta el siglo XVIII un espacio considerable en los manuales de urbanidad o los tratados de cortesanía o buenos modales, y ocupa todo un capítulo de La Civilité chrétienne de Juan Bautista de La Salle, uno de los libros más populares del siglo XVIII. Se trata de una supervivencia de la época en que toda clase de trabajos domésticos eran realizados indistintamente por niños, a quienes llamaremos aprendices, y por mercenarios, probablemente muy jóvenes también, y la distinción entre ambas categorías se hacía muy progresivamente. El servidor era un niño, un muchacho, que o bien estaba colocado en la casa por un período limitado con el fin de compartir la vida de familia e iniciarse así a su vida de hombre, o estaba colocado sin esperanza de pasar algún día «de lacayo a señor», debido a la oscuridad de su origen. * [Para servirle bien te es necesario, / si quieres ganar su estima / abandonar toda tu voluntad / para servir a tu señor a gusto. / Si sirves a un señor que tenga mujer / burguesa, señorita o dama, / su honor debes siempre guardar [...] / Y si sirves a un clérigo o a un sacerdote. / cuida de no ser lacayo señor [...] / Si debes ser secretario, / siempre deberás guardar los secretos [...] / Si sirves a un juez o a un abogado, / no les traigas nuevos casos. / Y si por ventura sirves / a un duque, príncipe o conde / marqués, barón o vizconde, / u otro señor terrateniente, / no inventes gabelas. / Impuestos ni subsidios; y los bienes / del pueblo no los toques [...] / Si sirves a un hidalgo que va a la guerra, / no robes nada a la gente [...] / Y siempre, en cualquier casa, / o a cualquier señor que sirvas, / haz de manera que ganes / el favor y la estima de tu señor, / con el fin de que tú puedas ser señor / cuando llegue la hora y tomes oficio. / Pero esfuérzate en aprender un buen oficio, / pues para practicar en tu vida / todo tu corazón debes aplicar. / Haciendo eso, podrás ser / y convertirte de lacayo en señor, / y podrás hacerte servir, / adquirir honores / y lograr finalmente / la salvación de tu alma.] En esta transmisión del aprendizaje directo de generación en generación no había espacio para la escuela. En realidad, la escuela, la escuela latina que se dirigía únicamente a los clérigos, a los que hablaban latín, se presentaba como un caso aislado, reservado a una categoría muy particular. La escuela era una excepción, y nos equivocaríamos (porque más tarde se extendió como mancha de aceite por toda la sociedad) si describiéramos a través de ella a toda la sociedad medieval, ya que eso sería hacer una regla de la excepción. El aprendizaje era la norma común. Incluso los clérigos enviados a la escuela estaban frecuentemente confiados, de pupilos como los demás aprendices, a un clérigo, a un sacerdote, a veces a un prelado, a quien servían. El servicio del clérigo era tan instructivo como la escuela. Dicho servicio fue sustituido, en el caso de los estudiantes demasiado pobres, por las becas de un colegio, y ya vimos cómo esas fundaciones fueron el origen de los colegios del Antiguo Régimen. Es posible que haya habido casos en los que el aprendizaje saliera de su empirismo y cobrase una forma más pedagógica. El Manuel du Veneur [Manual del montero] muestra un caso curioso de enseñanza técnica que proviene del aprendizaje tradicional. Se describen en el mismo verdaderas escuelas de montería, en la corte de Gastón Phoebus, donde se enseñaban «los modales y las condiciones exigidas de aquel que desee aprender a ser buen montero»5. Este manuscrito del siglo XV está ilustrado con miniaturas hermosísimas. Una de ellas representa 23
  • 5. una verdadera clase: el maestro, un noble, a juzgar por su traje, tiene la mano derecha en alto y el índice extendido: es el gesto que subraya el discurso. Con su mano izquierda agita un bastón, signo indudable de la autoridad docente, instrumento de la corrección. Tres alumnos, jovencitos de corta estatura todavía, señalan los enormes rollos que sujetan con sus manos y que tienen que aprender de memoria: es una escuela como otra cualquiera. Al fondo, unos cazadores viejos miran. Otra escena análoga representa la lección de trompa: «Cómo se debe ojear y cómo tocar la trompa.» Esas eran cosas que se aprendían practicándolas, como la equitación, el manejo de las armas y los modales caballerescos. Es probable que algunas disciplinas técnicas, como la de la escritura, procedan de un aprendizaje ya organizado y escolar izado. Sin embargo, esos casos siguieron siendo excepcionales. En general, la transmisión de generación en generación estaba asegurada por la participación familiar de los niños en la vida de los adultos. Así se explica esa combinación de niños y adultos que hemos observado tan frecuentemente a lo largo de este análisis, y eso hasta en las clases de los colegios, donde uno se esperaba, por el contrario, encontrar una distribución de edades más homogénea. Pero a nadie se le hubiera ocurrido entonces esta segregación de los niños a la que nosotros estamos tan acostumbrados. Las escenas de la vida cotidiana reunían constantemente a los niños con los adultos en los oficios: por ejemplo, el joven aprendiz que prepara los colores del pintor 6; la serie grabada de los oficios, de Stradan, nos muestra esta presencia de los niños en los talleres, junto a compañeros mucho mayores. Lo mismo sucedía en los ejércitos. Sabemos de soldados ¡de catorce años! Y el pajecillo que lleva el guantelete del duque de Ledisguiéres 7, los que llevan el casco de Adolf de Wignacourt, en el Caravaggio del Louvre, o del general del Vastone en el gran Ticiano del Prado, no son mayores, pues su cabeza no llega a los hombros de sus señores. En resumen, en todos los sitios donde se trabajaba, y en todos los lugares donde la gente se divertía, incluso en las tabernas de mala fama, los niños estaban siempre entre los adultos. Así aprendían a vivir por el contacto cotidiano. Las agrupaciones sociales correspondían a encasillados verticales, que reunían a clases de edad diferente, como podemos ver en esos conciertos de cámara, que sirven tanto de retratos de familia como de alegorías de las edades de la vida, porque reunían al mismo tiempo a niños, adultos y ancianos. En esas condiciones, el niño se desgajaba pronto de su propia familia, aunque luego regresara a ella, convertido en adulto, cosa que no ocurría siempre. La familia no podía, pues, sustentar un sentimiento existencial profundo entre padres e hijos. Lo cual no significa que los padres no quisieran a sus hijos, sino que se ocupaban de ellos, más en virtud de la cooperación de esos niños a la obra común, al establecimiento de la familia, que por ellos mismos, por el afecto que les tenían. La familia era una realidad moral y social, más que sentimental. En las familias muy pobres, sólo correspondía a la instalación material de la pareja en el seno de un entorno más amplio, la aldea, la hacienda, el patio (cour), la «casa» de los amos y los señores donde esos pobres vivían durante más tiempo y más frecuentemente que en sus propias casas, siempre que no carecieran de ella, como los vagabundos sin hogar y los pordioseros. En otros casos, la familia se confundía con la prosperidad del patrimonio, el honor del apellido. La familia no existía casi, desde el punto de vista de los sentimientos, entre los pobres, y cuando había bienes y ambiciones, el sentimiento se inspiraba en el que habían originado las antiguas relaciones de linaje. 5 L'école des veneurs. Ms. Biblioteca Nacional (París). 6. Conrad Manuel, Museo de Berna. 7 . Museo de Grenoble. A partir del siglo XV se transformarán las realidades y los sentimientos de la familia. Revolución profunda y lenta, mal percibida tanto por los contemporáneos como por los historiadores, y difícil de reconocer. No obstante, el hecho esencial es muy aparente: la extensión de la frecuentación escolar. Ya vimos que durante la Edad Media la educación de los niños estaba asegurada por el aprendizaje al lado de los adultos, y que los niños, a partir de los siete años, vivían fuera de sus familias, en familias ajenas. En adelante, por el contrario, la educación se realizó cada vez más en la escuela. La escuela dejó de estar reservada a los clérigos para convertirse en el instrumento normal de iniciación social, de paso del estado infantil al estado adulto. Ya vimos de qué manera. Ello respondía a una necesidad nueva de rigor moral por parte de los educadores, a un interés en aislar a esta juventud del mundo contaminado de los adultos, para mantenerla en la inocencia original, con el propósito de formarla para que resistiera mejor a las tentaciones de los adultos. Pero ello correspondía igualmente al interés de los padres en vigilar más de cerca a sus hijos, estar más cerca de ellos, y no entregarlos, ni siquiera temporalmente, a los cuidados de otra familia. La sustitución del aprendizaje por la escuela expresa igualmente un acercamiento entre la familia y los hijos, entre el sentimiento de la familia y el de la infancia, antaño separados. La familia se concentra alrededor del niño. Éste no se queda todavía en la casa de sus padres; los abandonará para asistir a la escuela lejana, aunque en el siglo XVII se discute acerca de la oportunidad de enviarlo al colegio, así como de la mayor eficacia de la educación en el hogar, con un preceptor. Sin embargo, el alejamiento del escolar no significa lo 24
  • 6. mismo y no dura tanto como la separación del aprendiz. Generalmente, el niño no está interno en el colegio. Vive de pupilo en casa de un hospedero o de un regente. Se le envían dinero y provisiones los días de mercado. Se ha estrechado el lazo entre el escolar y su familia, e incluso se llega, según los diálogos de Cordier, a que los maestros intervengan para evitar las visitas demasiado frecuentes de la familia, visitas planeadas gracias a la complicidad de las madres. Algunos, más afortunados, no se van solos, sino acompañados de un preceptor, que es un escolar de más edad, o de un criado, frecuentemente hermano suyo de leche. Los libros de educación del siglo XVII insisten en los deberes de los padres con respecto a la elección del colegio, del preceptor..., en la vigilancia de los estudios, el repaso de las lecciones cuando el niño regresa a dormir a su casa. El clima afectivo es en lo sucesivo muy diferente y se asemeja al nuestro, como si la familia moderna naciese al mismo tiempo que la escuela o, por lo menos, que la costumbre general de educar a los niños en la escuela. Por lo demás, pronto serán incapaces los padres de soportar el alejamiento inevitable producido por la escasez de colegios. Una prueba excelente es el esfuerzo de los padres, ayudados por los magistrados urbanos, por multiplicar las escuelas con el fin de acercarlas a los hogares. A principios del siglo XVII se creó, como lo ha demostrado el P. de Dainville 8, una red sumamente densa de instituciones escolares de diversa importancia. Alrededor de un colegio de ciclo completo, que contenía todos los cursos, se establecía un sistema concéntrico de algunos colegios de Humanidades (sin Filosofía), de regencias latinas más numerosas (varios cursos de gramática). Las regencias preparaban a los alumnos para los cursos superiores de los colegios de Humanidades y los de ciclo completo. Los contemporáneos manifestaron preocupación por esta proliferación escolar, que respondía, a la vez, a la necesidad de educación teórica (que sustituía a las antiguas formas prácticas de aprendizaje) y también a la necesidad de no alejar demasiado a los niños, de conservarlos lo más cerca y el mayor tiempo posible. Fenómeno éste que manifiesta una transformación considerable de la familia, que se repliega sobre el niño y que se caracteriza por unas relaciones más afectivas entre padres e hijos. A nadie puede extrañarle el que este fenómeno se sitúe durante el mismo período en el que vimos surgir y desarrollarse una iconografía de la familia alrededor de la pareja y de los niños. 8 P. DE DAINVILLE. «Effectif des colléges», Populations, 1955. pp. 455- Claro es que esta escolarización, tan grávida de consecuencias para la formación del sentimiento familiar, no se generalizó inmediatamente, ni mucho menos, y no afectó a gran parte de la población infantil, que continuó educándose según las antiguas prácticas del aprendizaje. En primer lugar, a todas las muchachas. Dejando aparte algunas de ellas, a quienes se enviaba a las «escuelas menores» o a los conventos, la mayoría se formaba en el hogar o, igualmente, en hogares ajenos, de una pariente o de una vecina. La extensión de la escolaridad a las muchachas no se difundió hasta el siglo XVIII y principios del XIX. Algunos esfuerzos en este sentido, como los de Mme. de Maintenon y de Fénelon, tendrán un valor ejemplar. Durante mucho tiempo, las chicas serán educadas por la práctica y la costumbre más que por la escuela, y frecuentemente en casa ajena. En lo que se refiere a los muchachos, la escolarización se extendió primeramente a las categorías intermedias de la jerarquía de las condiciones sociales; la alta nobleza y la artesanía mecánica permanecieron fieles al antiguo aprendizaje: los pajes de los grandes señores y los aprendices de los artesanos. Entre los artesanos y los obreros, el aprendizaje subsistirá hasta nuestros días. Los viajes a Italia y Alemania de los jóvenes nobles al final de sus estudios procedían igualmente de esta mentalidad; los jóvenes iban a las cortes o vivían en casas nobles extranjeras, donde aprendían los idiomas, los buenos modales, los deportes caballerescos; pero, en el siglo XVIII, la costumbre cayó en desuso y la sustituyeron por las Academias militares; éste es otro ejemplo de esta sustitución de la formación práctica por una instrucción más especializada y teórica. Las supervivencias del antiguo aprendizaje en ambos extremos de la escala social no impidieron su decadencia: la escuela acabó por conseguir la autoridad moral, mediante el incremento del alumnado y el aumento de las unidades escolares. Nuestra civilización moderna, de base escolar, quedó entonces definitivamente fundada, y el tiempo la ha ido consolidando, al prolongar y ampliar la escolaridad. 25
  • 7. Manacorda, Mario Alighiero, "El aprendizaje en las corporaciones", en Historia de la Educación. 1. De la antigüedad a/ 1500, México Siglo XXI, 1995, PP- 252-262. Historia de la educación 1 de la antigüedad al 1500 Mario Alighiero Manacorda LA EDUCACIÓN EN LA BAJA EDAD MEDIA 7. EL APRENDIZAJE EN LAS CORPORACIONES Estos siglos después del año mil, que, estudiados desde el punto de vista de la historia de la educación, los hemos visto como los siglos del surgimiento de los maestros libres y de las universidades, estudiados desde el punto de vista más general de la historia económica y social son los siglos del nacimiento de los municipios y de las corporaciones de artes y oficios; en fin, los siglos del primer desarrollo de una burguesía urbana. Surgen nuevos modos de producción, en los que la relación entre la ciencia y el trabajo manual está más desarrollada, y la especialización está más avanzada; por esto se requiere un proceso formativo en el que la simple observación e imitación ya empieza a ser insuficiente. Ya sea en los oficios más manuales que en los más intelectuales, se requiere de una formación que parece estar más cerca de la escolástica, aunque se seguirá distinguiendo de la escuela por el hecho de desarrollarse no en un "lugar de los adolescentes", sino en la convivencia de adolescentes y adultos en el trabajo. Se presenta el tema nuevo de un aprendizaje en que ciencia y trabajo se reencuentren, con una tendencia a la consolidación y asimilación a la escuela. Es el tema fundamental de la educación moderna, que aquí empieza a delinearse apenas. El campo pierde los oficios que todavía sobrevivían, ejercidos antes por los prebéndanos o serví ministeriales de las cortes señoriales: como los mismos feudatarios en busca de poder, también estos siervos, buscando libertad y ganancias autónomas, se transfieren a la ciudad; y en las ciudades los grupos de los que ejercen un mismo oficio se consolidan y se expanden, y empiezan a elaborarse, a partir de las antiguas costumbres, unos estatutos regulares, que llegarán a tener la aprobación del poder público. Las antiguas herencias romanas de los collegia artificum y las recientes experiencias de los ministeria feudales serán las fuentes para definir estos estatutos. En estos estatutos, hay numerosas normas que regulan no sólo las relaciones externas del oficio o corporación con el poder público y con el mercado (adquisición de materias primas" y venta de los productos), sino también las relaciones internas entre los trabajadores, que pueden ser maestros, socios, aprendices o también jornaleros asalariados. En especial se trata del número y de la edad de los discípulos, de la duración del aprendizaje, del pago por el aprendizaje y del mantenimiento cotidiano del aprendiz, y tal vez de las pruebas finales, en las cuales, a través de la ejecución de la "obra maestra", el aprendiz era aceptado entre los maestros y podía pues ejercer el oficio por su cuenta. Sin embargo es difícil, entre tantas normas, incluso en aquellas que se refieren más directamente a la participación de los aprendices en el trabajo, descubrir las modalidades técnicas y didácticas del aprendizaje. Ciertamente, los aprendices, a diferencia de los jornaleros asalariados, los cuales no presumen de aprender el oficio para ejercerlo después como maestros, son para todos los efectos unos discípulos, y los mismos nombres que dentro de la corporación, donde todos son igualmente obreros, distinguen a los ancianos y patrones de los jóvenes, nos hablan predominantemente de una relación educativa: magistri y discipuli; estos últimos participan en el trabajo, pero en vistas a la adquisición de los conocimientos y habilidades de la profesión. Entre el trabajar y el aprender no hay aquí una separación: una cosa es también la otra, según las características inmutables de toda formación a través del aprendizaje, propia, en todos los tiempos y en todos los lugares, de toda actividad inmediatamente productiva. No existe un lugar separado, distinto del lugar de trabajo de los adultos, donde los adolescentes aprendan. No existe una escuela del trabajo: el mismo trabajo es escuela; pero van creciendo los aspectos intelectuales. Sin embargo, ningún arte se preocupó de describir en sus estatutos los modos de este doble proceso de trabajo- aprendizaje. No hay una pedagogía del trabajo: no se nos muestran las materias primas ni su cualidad, las herramientas y su empleo, los modos verbales y gestos de la comunicación del maestro hacia el discípulo. Los 26
  • 8. buscaremos en vano incluso en los estatutos más ricos y articulados; cabe mencionar el estatuto del arte de la lana en Florencia, o en la extraordinaria recopilación de los estatutos de todos los oficios ejercidos en París durante la segunda mitad del siglo XII, llamado el Livre des métiers, llevada a cabo por el preboste Étienne Boileau en el año 1272. Pero quizás precisamente la riqueza de esta documentación puede ser útil para una observación panorámica de síntesis de la vida de magistri y discipuli en las corporaciones de artes y oficios, o mejor en cada una de las tiendas artesanales. El preboste de París recoge de viva voz de los más autorizados representantes de todos los oficios las costumbres tradicionales, "tal como los hombres probos lo han oído decir de padres a hijos" [4-8. Des macons, etc.], o "como nuestro Fouques del Templ sus predecesores lo han usado y conservado en el tiempo pasado" [47. Des carpentiers etc.], y se nos dice cuántos aprendices podía tener cada maestro: en general, además de los componentes de la familia, uno (para orfebres, cordeleros, herreros, etc.) o dos (para cuchilleros, lavanderas, etc.); sin límite, en cambio, los carpinteros; pero todos podían tener muchachos o trabajadores (valléis o sergeants), no aprendices, en la cantidad que quisieran. Normalmente se solía exigir que no tuviera precedentes penales, como diríamos hoy: "Ningún lavandera puede o debe dar trabajo a un muchacho a aprendiz que sea bribón, ladrón, asesino o expulsado de la ciudad por alguna acción indigna" [53. Des foulons]; y se exigía además que fueran nacidos de matrimonio legítimo. El ingreso a un trabajo se hacía bajo la forma de un verdadero y propio contrato, al cual asistían como testimonios dos expertos de aquel arte. La duración del contrato de aprendizaje se podía dejar a la discreción del maestro (a tel terme comme il li plaira), variando de cuatro a diez años, y podía prolongarse si el aprendiz no pagaba. Está claro que el aprendiz debía pagar por la enseñanza que recibía, además del rendimiento progresivo en su trabajo. Pero no siempre este pago podía realizarse, dada la pobreza media de las familias de los aprendices; por esto muy a menudo en los mismos estatutos se lee, por ejemplo, que el maestro puede tomar un aprendiz por un determinado número de años, "y también para un servicio más largo y por dinero se le puede tener" [16. Févres couteliers]. Diversa era también la edad en que podía empezar el aprendizaje; según el contrato, el aprendiz se convertía en una especie de propiedad temporal del maestro, el cual podía incluso venderlo o alquilarlo a otros maestros; pero sólo, diríamos, por causas de fuerza mayor: "si está enfermo en cama, si se va a ultramar, si abandona la actividad o por pobreza" [17. Coutelliers etc.]. Por otra parte se tenían también en cuenta los derechos del aprendiz: "Los miembros de la comunidad del arte están obligados a hacer aprender el oficio al aprendiz, si su maestro ha muerto antes de que se haya cumplido el periodo de aprendizaje" [20, Bat-teurs d'archal]. Además, el aprendiz tenía entre las garantías, incluso una especie de caja de mutuo socorro, dado que tal vez parte de lo que él ingresaba (en el caso aquí citado, 5 sueldos) "va a los prohombres del gremio, para ser devuelto a los muchachos pobres del mismo gremio y para preservar los derechos de los aprendices con relación a sus maestros" [21. Bou-cliers de fer]. A menudo se prevé el caso de que el aprendiz huya, considerando que esto puede suceder por su poca voluntad a trabajar o también por algún error del maestro: "Si el aprendiz se aleja del maestro sin despedirse, por locura o por ligereza, tres veces, el maestro no lo debe aceptar a la tercera vez, ni ningún otro del mismo oficio, ni como muchacho ni como aprendiz. Esta decisión la tomaron los prohombres del gremio para frenar la locura y la ligereza de los aprendices, ya que ellos causan gran daño a sus maestros y a sí mismos cuando huyen; ya que cuando el aprendiz es aceptado para aprender el oficio y huye por un mes o dos, olvida lo que ha aprendido; y así pierde su tiempo y perjudica a su maestro" [17. Coutelliers, faiseurs de manches]. Pero también aquí está previsto el caso de la responsabilidad del maestro, y entonces "los maestros del arte deben hacer comparecer ante ellos al maestro del aprendiz, y regañarlo, y decirle que trate al aprendiz de manera honorable, como hijo de gente de bien, que lo vista y lo calce, le dé de comer y de beber y todo lo que sea necesario; y si no lo hace, el aprendiz se buscará otro maestro" [50. Des tisse-rans de lange]. Por lo demás, todos los miembros de un oficio suelen comprometerse a trabajar según los usos y costumbres del oficio (et qu'il oevre as us et aus cons-tums du meister... —Des maqons etc.); y a denunciar cualquier anormalidad. Así pues, incluso había un compromiso en mantener el secreto del oficio, sobre todo con relación a quien colaboraba en su actividad, no en calidad de aprendiz, sino simplemente de muchacho [48. Des maqons etc.]. 27
  • 9. Finalmente, es interesante decir algo respecto a las mujeres, presentes en algunos estatutos como eventuales viudas de maestros. Los fabricantes de rosarios les permiten trabajar, pero sin aprendices cuando se hayan casado en segundas nupcias con un hombre de otro oficio; mientras que los trabajadores de cristales y piedras son más negativos y explícitos: ninguna viuda de un artesano puede tomar aprendices, "ya que no es del parecer de los prohombres del gremio que una mujer pueda saber tanto acerca del oficio para que pueda enseñar a un muchacho hasta que llegue a maestro" [30. Des cristalliers etc.]. Interesantes aparecen las pruebas de examen; pero no desde el punto de vista didáctico-pedagógico, sino sólo desde el punto de vista costumbrista. He aquí el ejemplo correspondiente a los panaderos: "Cuando el nuevo panadero haya cumplido los cuatro años de aprendizaje, tomará una escudilla nueva de barro y le meterá barquillos y obleas e irá a la casa del maestro de los panaderos, acompañado del cajero y de todos los panaderos, y los maestros oficiales, que se llaman joindres [adjuntos]; y este nuevo panadero debe entregar su escudilla y sus barquillos al maestro y decir: Maestro, he cumplido mis cuatro años, y el maestro debe preguntar al administrador si es cierto; y si éste dice que es cierto, el maestro debe presentar al nuevo panadero el vaso y los barquillos y ordenarle tirarlos contra la pared; entonces el nuevo panadero debe tirar su escudilla, sus barquillos y sus obleas contra la pared de la casa del maestro, afuera, y entonces los maestros administradores, los nuevos panaderos y todos los demás panaderos y los aprendices deben entrar en la casa del maestro, y el maestro les debe ofrecer fuego y vino, y cada uno de los panaderos, los nuevos y el maestro oficial deben dar algún dinero al maestro de panaderos por el vino y el fuego que les da" [/. Tale-meliers]. No se puede decir que, aparte de la preparación sobreentendida de los barquillos y de las hostias por obra del nuevo maestro, o sea aparte del cumplimiento de su "obra maestra", tenga mucho de pedagógico toda esta ceremonia. Sin embargo hay en ella, como por lo demás en el conjunto de las normas contenidas en todos estos estatutos, el testimonio de una costumbre, de unas relaciones sociales y económicas, de unas consideraciones morales, de unos procedimientos casi litúrgicos, que apelan incesantemente a costumbres y normas propias ya sea de la vida religiosa ya de la vida caballeresca; es todo un ritual, que a pesar de la enorme diversidad del lujo, pertenece al mismo mundo. De la presentación del aprendiz a su aceptación en la corporación, parece que nos encontramos ante la presentación de un oblato, la consagración de un monje en una orden religiosa o la investidura de un caballero; salvando la diversidad de las condiciones sociales, el ritual sigue siendo más o menos el mismo. Cerca de medio siglo después del Livre de Boileau, uno de los Statuta et ordinamenta artium et artifi-chum civitatis Florentiae, o sea el Estatuto del gremio de la lana, del año 1317 (aunque algunas disposiciones son de 1275 [cap. III, VII], aun en su mayor complejidad, contiene sobre el aprendizaje y sobre la relación maestros-discípulos mucho menos información que los estatutos parisienses. Dentro de un gremio (o collegium, societas, uni-versitas), en el conjunto de los artífices (u homines, personae) se distinguen claramente los magistri de los sotii, de los factores u oficiales (el equivalente del francés valets) y de los discipuli, por debajo de los cuales se nombran todavía los simples operatofes (o labo-iatores o laborantes) jornaleros "qui operara dant per diem" [III, II]; pero se dice poco acerca de sus relaciones recíprocas. Por ejemplo, al rodear de cautela la admisión de los nuevos artífices, los cuales deben ser siempre presentados por "boni et legales homines dicte artis", se advierte que no deben pasar por setii cuando son simples discipuli: evidentemente, entre otras cosas, para evitar un aumento incontrolado del número de discipuli [II, VII]. Pero podemos llegar al libro ni para encontrar, respecto a la duración del aprendizaje, disposiciones análogas a las que ya hemos leído en el Livre de Boileau. Allí, bajo el título Que ningún discípulo u oficial se aleje de su maestro en el trascurso del periodo para el cual se ha puesto a aprender, sin deber ser retenido por más tiempo, se lee: "Ningún oficial o discípulo, que trabaje en el oficio de la lana o en cualquier sector de este oficio, puesto bajo la tutela de uno que forme parte del gremio por un periodo establecido, puede o debe, antes del vencimiento del tiempo, ponerse bajo la tutela de algún otro de este gremio; sino que debe ser retenido y obligado por los compañeros a cumplir con su maestro, bajo cuya tutela se había puesto primeramente, durante todo el periodo acordado. Además, nadie de este gremio, después de que sepa que alguien se ha puesto bajo la tutela de uno del mismo gremio por un periodo determinado, puede o debe tenerlo bajo su tutela durante el periodo acordado con el primer maestro. Y si los compañeros encuentran a alguien que contravenga esta disposición, lo condenen, tanto al discípulo como al que lo ha aceptado, a diez libras de florines pequeños. Y además lo obliguen a estar con el primer maestro hasta completar su periodo" [III, I. Otros parágrafos prevén conflictos entre maestros y discípulos acerca de posibles deudas de estos últimos; y en estos casos bastará que el maestro jure, y entonces se deberá credere et jident daré sacramento dicti magistri [III, XLVT. Solamente en un caso, el de los bucciarii, se establece el número máximo de los discípulos y la duración 28
  • 10. mínima del servicio o aprendizaje, bajo el título De no tener a los discípulos de los bucciari por menos de seis años: "Establecemos además y disponemos que ningún maestro tenga o pretenda tener, a partir del primero de enero de 1318, más de dos discípulos, con los cuales haga un contrato, bajo pena de veinte sueldos, ni por un periodo menor de seis años, bajo la misma pena..." [77,//]. Se puede decir que, aparte de estas escasas indicaciones, poca cosa más encontramos en estos estatutos, que nos permita conocer y ver en vivo la relación de aprendizaje y su desarrollo concreto. En el conjunto, vemos una mayor dependencia del discípulo respecto al maestro en relación con aquella especial universitas que tomará después este nombre por excelencia o por antonomasia, en la cual, como hemos visto, son más bien los magistri los que dependen de los discipuli o scolari. Estos estatutos, redactados en latín (litteraliter) por un iudex otdina-rius et publicus notarius, que es tal por autoridad imperial o' regia, y confirmados por los representantes de los otros gremios, deberán después ser traducidos en italiano (sermone vulgarí). Pero en estas viejas estructuras se en donde un problema nuevo: en este aprendizaje del oficio, del cual se entrevén apenas los procedimientos didácticos, hay sin duda, junto a un aspecto meramente ejecutivo, también un aspecto científico, el conocimiento de las materias primas, de los criterios de elaboración, de los instrumentos: incluso el más ínfimo cincelador debe saber algo de petrografía, etc. Pero este conocimiento quedó confiado a la transmisión, rodeada del "secreto del arte", no sistematizada orgánicamente, no coordinada con conocimientos más generales, sino mínimos. De todos los oficios "manuales" (quirúrgicos) sólo la "cirugía" médica y la "cirugía" arquitectónica, si se me permite usar estas definiciones, o en fin, sólo la medicina y la arquitectura, se han transformado en ciencia y han dado lugar a la redacción de tratados y a la discusión de la relación entre ciencia y producción. Galeno y Vi-trubio siguen siendo los modelos; algo similar ocurrió con la agricultura, pero quizás éste es el campo donde la división entre dominantes y dominados se ha profundizado más, si nos sumergimos hasta los tiempos inmemoriales en los que había una originaria identidad de trabajo entre el rey Laertes y sus thétes, y también después Catón siguió arrancando piedras [repastinari saxa] y escribiendo tratados al mismo tiempo. Pero en general las artes "sórdidas" no han expresado, sistematizado o hecho pública su ciencia. Por lo demás, sus protagonistas han considerado como cultura propia los restos de la ideología de las clases dominantes, que precisamente los aculturaban, y sólo alcanzaban alguna chispa de instrucción formal en el leer, escribir y hacer cuentas. Sin embargo, pronto deberemos prestar mayor atención al surgimiento de una cultura más orgánica de los productores. SeweII, William H. Jr., "Las corporaciones" y "Comunidad moral", en Trabajo y revolución en Francia. El lenguaje del movimiento obrero desde el Antiguo Régimen hasta 1848, Madrid, Taurus (Humanidades/Historia, 337), 1992, pp. 50-66. William H. Sewell, Jr. Trabajo y revolución en franca. El lenguaje del movimiento odrero desde el antiguo régimen. LAS CORPORACIONES. Esta era la posición de las corporaciones de oficio en la jerarquía social del Antiguo Régimen. ¿Pero cuál era la naturaleza de esas corporaciones como instituciones —sus reglas, privilegios, costumbres, derechos y obligaciones—? ¿Cómo operaban realmente en la práctica en las ciudades francesas de los siglos XVII y XVIII? Dado el estado de la bibliografía histórica sobre las corporaciones, no es fácil responder a esas preguntas como se desearía. Las corporaciones de oficio fueron un eje esencial de los estudios históricos en Francia entre fines del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial, y hay excelentes estudios generales de Étienne Martin Saint-Léon, Henri Hauser, Frangois Olivier-Martin y Émile Coornaert, procedentes de ese periodo 25. Pero desde los experimentos corporativos de Vichy, el asunto ha adquirido mala fama entre los historiadores franceses y no ha habido un estudio general de importancia sobre las corporaciones desde la publicación del trabajo de Coornaert en 1941. Ello resulta particularmente desafortunado porque significa que las corporaciones no se han visto sometidas al tipo de estudio riguroso y exhaustivo que la escuela francesa de Annales ha dedicado a temas históricos que van de la demografía y la estructura social rural a las actitudes hacia la muerte y el honor26. Sin embargo, hay varios estudios recientes 29
  • 11. excelentes sobre las ciudades de los siglos XVII y XVIII, de historiadores de la escuela de Annales, que contienen valiosa información nueva que corrige o amplía algunas conclusiones de estudios anteriores". En ausencia de un estudio de síntesis y puesta al día sobre las corporaciones, el esbozo que sigue debe ser inevitablemente un tanto especulativo e inseguro en ocasiones. Pero confío que la base de mis interpretaciones resulte aceptable —o al menos no parezca descabellada— para los especialistas en el tema. 25. Martin Saint-Léon, Étienne, Histoire des corporations de métiers, depuis leurs origines jusqu á leur s'uppression en 1791, París, 1909; Hauser, Henri, Ouvriers du tempspassé (XV-xvie siécles), París, 1899; Olivier-Martin, UOrganisation corporative, y Coornaert, Les Corporations en France. Vid. también la obra más antigua de Levas- seur, E., Histoire des classes ouvriéres en France depuis la conquéte de Jules César jusqu'á la Revolution, 2 vols., París, 1859, reed. como Histoire des classes ouvriéres el de ¡'industrie en France avant 1789, 2 vols., París, 1900. 26 .La escuela de Annales se refiere a los historiadores que han publicado de forma regular en la revista francesa Annales d'histoire économique et sociale, fundada en 1929 por Marc Bloch y Lucien Febvre, y su sucesora de postguerra, Annales: économies, so-cietés, civihsations. Obras que representan el ámbito de la escuela: Goubert, Beauvais et te Beauvaisis; Le Roy Ladurie, Les Paysans de Languedoc; Vovelle, Michel, Piété ba-roque et déchristianisation: Les Altitudes devant la mort au xvuf siécle d'aprés les clauses des testamenls, París, 1973; Castan, Yves, Hónrete relations sociales en Languedoc (1715-80), París, 1974. 27. Particularmente útiles son Goubert, Beauvais et le Beauvaisis; Deyon, Pierre. Amiens, capitale provinciale: Étude sur la société urbaine au xvtr siécle, París, La Haya, 1967; Perro!, Jean-Claude, Genése d'une ville moderne: Caen au xvilf siécle (2 vols.), París, 1975, y Garden, Maurice, Lyon et les lyonnais. Vid. también Agulhon, Pénitents et Francs-Macons, cap. 3. Un excelente artículo reciente que toca el problema de las corporaciones es Kaplan, «La Pólice du monde du travail». 28. Olivier-Martin, L'Organisation corporative, págs. 205-10. 29. Ibid., pág. 206. Según la doctrina jurídica de los siglos xvn y xvm, el acto que creaba una corporación de oficio era la ratificación de sus estatutos por lettres patentes del rey28. Esto convertía el oficio en lo que se denominaba métier juré (oficio jurado) o jurande, denominado así porque a sus miembros se les exigía un juramento (jurer) de lealtad al entrar en la maestría. La naturaleza e importancia de ese acto de ratificación puede ilustrarse con el examen de un caso concreto. En 1585 los vinateros y taberneros parisienses se vieron envueltos en una disputa con los vinicultores, que protestaban contra la práctica de vinateros y taberneros de convertir el vino agrio en vinagre, con lo cual competían con ellos en la fabricación y venta de sus productos. Los vinateros y taberneros se encontraban en desventaja en la disputa porque los vinicultores estaban organizados como métier juré y ellos no. Por tanto, ofrecieron al rey Enrique III una finance moderée, pidiéndole que «les estableciera como cuerpo y comunidad (en corps et communauté)». El rey respondió ratificando sus estatutos en una lettre patente. Por medio de ese acto, establecía «en perpetuité ledit état... en état juré pour y avoir corps, confrairie et communauté» (en perpetuidad dicho estado... como estado jurado para tener así cuerpo, cofradía y comunidad)29. En este caso quedan ilustradas diversas características destacadas de los métiers jures. Primero, resulta claro que los vinateros y taberñeros pensaban que dispondrían de una base legal más firme para continuar su pleito con los vinicultores si estaban organizados también «en corps et communauté», como métier juré. Cuando un oficio era erige en corps et communauté (recibía el estatuto de cuerpo y comunidad), todos los que lo practicaban quedaban unidos en una sola unidad reconocida con una posición firme y legalmente segura en el estado. En la jurisprudencia del Antiguo Régimen, un corps o communauté legalmente constituido se consideraba una persona singular, un súbdito del rey, legitimado para presentar demandas o protestas ante el soberano, entablar pleitos y tener propiedades, como cualquier otro súbdito. Como expone Domat, jurista del siglo XVII: «Las comunidades legítimamente establecidas reemplazan a las personas... Se consideran un todo único. Y las comunidades actúan como cualquier persona ejerce sus derechos, trata sus asuntos y actúa en la justicia» x. De esta forma los vinateros y taberneros, enredados en la batalla con los vinicultores, fortalecieron considerablemente su posición jurídica cuando se convirtieron en métier juré. AI convertir a vinateros y taberneros en una persona imaginaria, el rey les otorgaba plenos poderes legales como súbdito real reconocido y, de esa forma, un estatuto legal igual al de los vinicultores. Según el jurista Lebret, el rey establecía métiers jures para perfeccionar las artes mecánicas y aumentar el bien público: «Los príncipes tienen reservado en particular el poder de establecerles como cuerpo, de darles estatutos y otorgarles inmunidades y privilegios, para estimular a los artesanos a perfeccionarse en su arte y a servir al público fielmente»31. Se animaba a los artesanos a actuar de forma virtuosa con la concesión de inmunidades y privilegios. 30
  • 12. «El privilegio» significa «la facultad otorgada a una persona particular o a una comunidad, de hacer algo, o de disfrutar de alguna ventaja con exclusión de otras» H. Literalmente, los priviléges eran «derechos privados», es decir, derechos que se aplicaban exclusivamente a una sola persona, bien una persona colectiva imaginaria, bien un individuo. Las comunidades de oficio no eran más que uno de los muchos tipos de cuerpos privilegiados del reino de Francia. Universidades, academias, tribunales de justicia, ciudades, compañías privilegiadas, provincias, nobleza, clero —toda la vasta y heterogénea multitud de cuerpos y comunidades reconocidos que constituían el reino de Francia tenía sus propios privilegios particulares. La concesión de privilegios a cualquiera de esos cuerpos suponía automáticamente la concesión de inmunidades: hasta el punto de que si una persona particular o colectiva estaba gobernada por un derecho privado, la persona recibía necesariamente inmunidad respecto al derecho común. Los privilegios de una comunidad de oficio se expresaban en sus estatutos, ratificados por el rey. Esos estatutos variaron considerablemente de un oficio a otro, de un siglo a otro y de una ciudad a otra. Era algo lógico, dado que cada comunidad era una persona legal diferente. Pero puesto que eran clases de personas diferentes, había también rasgos recurrentes en los estatutos de todos los oficios próximos. Prácticamente todos los estatutos otorgaban a los miembros de la comunidad el derecho exclusivo a dedicarse al ejercicio de su oficio dentro de cierto distrito, generalmente una ciudad. Así los estatutos de los trabajadores de peltre y plomo (étameurs- plombiers) de Ruán, que se remontan a 1544, empiezan: «Artículo I. Nadie, del oficio que sea, puede abrir en la ciudad o los suburbios de Ruán un taller, ni fabricar y vender ninguna obra del oficio de peltre y plomo, si no es un maestro jurado de dicho oficio»". Con infinitas variaciones en la expresión, en los estatutos de los métiers jures se encuentra una afirmación de ese tipo, de un extremo a otro del reino. Este privilegio exclusivo era el derecho más importante y lucrativo de la comunidad de oficio y era defendido celosamente, incluso con agresividad. Las disputas entre oficios limítrofes fueron omnipresentes en las ciudades francesas del Antiguo Régimen y constituyeron una fuente de interminables pleitos. El gran estudio de Jean-Claude Perrot sobre Caen en el siglo XVII describe los oficios de esa ciudad en un estado de guerra continua: curtidores contra zurradores, zurradores contra zapateros, fabricantes de sillas contra fabricantes de arneses, sastres contra ropavejeros, especieros contra boticarios, cerrajeros contra herreros, herreros contra cuchilleros, etc. El resultado de esas disputas era crucial para la supervivencia de la comunidad y los perdedores podían ser absorbidos pura y simplemente por los ganadores, como los doce oficios diferentes, desde los cuchilleros a los tapiceros, que fueron anexionados por los merceros de Caen entre 1700 y 1762 M. Esta feroz guerra entre oficios tampoco quedó limitada a Caen. Trabajos recientes sobre Amiens y Beauvais en el siglo XII y Lyon en el XVIII han encontrado justamente el mismo fenómeno y parece que los conflictos entre oficios fueron característicos de todas las ciudades de Francia35. En realidad, las afirmaciones estatutarias de los derechos de las comunidades de oficio se leen a veces como tratados de paz concluidos después de hostilidades abiertas. Así el artículo 38 de los estatutos de los orfebres de Ruán, de 1739, afirma: 30. Citado en Coomaert, Les Corporations en France, pág. 207. " Citado en Olivier-Manin, VOrganisation corporative. pág. 207. 3; Le Grand Vocabulatrefraneáis. 31. Ouin-Lacroix, Anciennes corporations, págs. 642. 34 Perrot, Genése a"une ville moderne. I, págs. 327-35. 32. Coomaert, Les Corporations en France, págs. 213-217. " Ibid., págs. 217-20. 33. Ouin-Lacroix, Anciennes corporations, pág. 610. " Ibid., págs. 609, 644. Ningún maestro joyero u otros maestros que no sean orfebres puede vender ningún trabajo de orfebrería, ni comprar ninguno, excepto para su propio uso privado, con la excepción de los merceros, que pueden continuar vendiendo bandejas procedentes de Alemania u otros países, puesto que las han marcado en el registro de los orfebres". Otros, a la vista del peligro de intrusiones hostiles, establecen el campo de su monopolio con un detalle increíblemente exhaustivo. Así los estatutos de los cuchilleros, grabadores y doradores de hierro y acero de Ruán, de 1734, enumeran más de 113 elementos diferentes que tienen privilegio exclusivo de manufacturar y vender". Esta guerra generalizada entre oficios fue una de las características más destacadas del grupo social de las artes mecánicas o gens de métier en los siglos XVII y XVIII A diferencia de la clase obrera en el XIX, que se consideraba como una unidad de todos los trabajadores manuales unidos por vínculos de solidaridad, las gens de métier no constituían una unidad solidaria. Puesto que todos practicaban las artes mecánicas, las gens de métier eran un grupo social fácilmente definible. Pero en marcado contraste con el lenguaje social del siglo XIX, que se desarrolló en torno al concepto de trabajo, lenguaje que destacaba la similitud entre los obreros que trabajaban en distintos oficios, el lenguaje del arte del Antiguo Régimen destacaba sus diferencias. Cada arte tenía sus propias cualidades 31
  • 13. y sus propias reglas que lo distinguían de cualquier otro. Así, cada métier constituía una comunidad concreta dedicada a la perfección de un arte concreto, y esas comunidades de artesanos carecían de vínculos que las unieran entre sí. Al fomentar sus propios intereses y proteger y ampliar sus privilegios, esas comunidades se veían inevitablemente envueltas en conflictos con las comunidades vecinas cuyo ámbito de competencia artística se solapaba en la práctica con el suyo. Aunque las gens de métier formaban una única categoría social en el Antiguo Régimen, era una categoría constantemente hendida por celos y sospechas mutuas. Dentro del ámbito privilegiado definido por sus estatutos, cada comunidad de oficio era responsable de garantizar la honestidad de sus miembros y la calidad de las mercancías que producían. Con ese fin, cada comunidad tenía cargos elegidos entre sus miembros. Esos cargos se denominaban jures, syndics, gardes, principáis, prieurs, maieurs, consuls o bailles —los títulos variaron ampliamente de un siglo a otro, de una a otra región, y de un oficio a otro. Además de encargarse de la vigilancia general del oficio, resolvían las disputas entre maestros o entre maestros y trabajadores, representaban al oficio en sus relaciones con las autoridades locales o reales, tomaban la iniciativa de los pleitos y atendían, en general, los negocios de la comunidad. Los jures se designaban generalmente por elección pero a veces eran seleccionados por cooptación o designación real y en unos pocos casos se elegían mediante sorteo38. Todo el cuerpo de maestros se reunía habitualmente al menos una vez al año para supervisar el trabajo de los jures y para analizar y emprender acciones sobre los asuntos comunes de la colectividad39. La obligación más destacada de los jures era garantizar la calidad y la honestidad del trabajo del oficio. Se exigía a los jures realizar visitas sin anunciar, a veces un número determinado de veces al año, al taller de cada maestro del oficio. Allí tenían que inspeccionar el trabajo realizado y los objetos que se ofrecían a la venta. Si una obra era defectuosa, se multaba al maestro, o a veces al oficial que había producido el objeto defectuoso; con frecuencia se añadía que, como en palabras de los estatutos de los cuchilleros de Ruán, «todo producto defectuoso se romperá y se hará pedazos» en el lugar por parte de los jurésm. Los patrones que habían de aplicar los jures en esos viajes de inspección variaban de un oficio a otro, pero incluían de forma regular restricciones sobre los tipos y la calidad de las materias primas, el tipo de herramientas y la forma de los objetos que se producían. A veces esos patrones estaban estrictamente definidos. Así, los cuchilleros de Ruán no podían poner decoraciones de oro o plata en los mangos de los cuchillos si se fabricaban de hueso, y los trabajadores del plomo no podían utilizar clavos en la fabricación de canalones excepto en determinadas condiciones4'. Se exigía casi siempre que cada maestro estampara sus obras con su marca particular, y si se encontraban obras sin marca el maestro debía ser multado. Pero además de todas esas regulaciones específicas, la obra debía ser «bon et loyal» —«buena y leal»—, o fabricada de forma exacta y honesta. En otras palabras,- los jures disponían de cierta autonomía para juzgar si la obra de un taller determinado tenía una calidad suficientemente elevada, incluso si reunía las medidas básicas perfiladas en los estatutos. En esta cuidadosa vigilancia de la producción por parte de los jures de la colectividad, puede verse con detalle cómo el métier juré estimulaba a los artesanos «a perfeccionarse en su oficio y servir fielmente al público». Puesto que el mismo arte era cuestión de reglas, era lógico que el arte pudiera perfeccionarse mediante el establecimiento de regulaciones detalladas en los estatutos de la comunidad de oficio, regulaciones que habían de administrar los jures, ellos mismos expertos practicantes de ese arte. Esa misma preocupación por la perfección del arte se encontraba también en otro tipo de regulación que aparecía en todos los estatutos: las regulaciones para la enseñanza de los aprendices. Generalmente cada maestro de la comunidad quedaba limitado a un solo aprendiz, que serviría normalmente en esa condición por un plazo que variaba de tres a seis años o más. El aprendiz, generalmente un joven de entre trece y veinte años, vivía en la casa del maestro y había de obedecerle como pére defamille (padre de familia) a lo largo de la duración del contrato. Durante ese período de iniciación por el maestro en todos los secretos del arte el aprendiz sólo recibía un salario nominal. Al final de su tiempo de servicio, el aprendiz debía haber aprendido su oficio completamente. Era entonces habitual servir durante al menos dos o tres años en el grado intermedio de oficial (compagnon) antes de convertirse en maestro. Debido al gran número de oficiales que carecían del capital y las relaciones para alcanzar la maestría, este período podía durar muchos años y algunos estaban destinados a seguir como oficiales de por vida42. 35. Deyon, Amiens, capitule provinciale, pág. 203; Goubert, Beauvais et le Beauvai-sis, pág. 307; Garden, Lyon et les lyonnais, pág. 312. 36. Ouin-Lacroix, Anciennes corporations, pág. 705. 37. Ibid., págs. 608-9. 32
  • 14. Para convertirse en maestro, se exigía al candidato que hubiera completado satisfactoriamente su aprendizaje. Habitualmente se le exigía también superar un examen de su arte, fabricando una obra maestra que fuera juzgada aceptable por los jures. Además, el candidato había de disponer de capital suficiente para abrir un taller y tenía que pagar también una importante cuota de entrada a la comunidad. Satisfechas esas exigencias, realizaba un juramento solemne de fidelidad a la comunidad y a sus reglas (por el que se convertía en maítre juré o «maestro jurado») y quedaba admitido a todos los derechos y privilegios de la corporación. Las cuotas de entrada se reducían en general de forma drástica para los hijos de maestros, y en algunas ocasiones a éstos se les eximía del aprendizaje formal. Había una especie de supuesto hereditario en las corporaciones desde los tiempos más antiguos, y en los siglos XV, XVI y XVII las exigencias y cuotas de entrada para los candidatos que no estaban emparentados con un maestro tendían a ser cada vez más fuertes 43. La mayoría de los historiadores del sistema corporativo han concluido que el acceso a la maestría se restringió con el tiempo, basándose cada vez más en los vínculos de parentesco. Sin embargo, los datos de los estudios más recientes y rigurosos son diferentes, en particular los relativos a la proporción de maestros hijos de maestros44. Pero les fue siempre mucho más fácil obtener maestrías a los hijos de maestros que a quienes carecían de ese vínculo. Los maestros formaban el núcleo de la comunidad corporativa. Aunque los estatutos se aplicaban a maestros, oficiales y aprendices por igual, técnicamente la comunidad estaba constituida solamente por los maestros, como se hace patente en una de las denominaciones habituales de las corporaciones, maitrises. Debido a que oficiales y aprendices estaban legalmente incluidos en la familia del maestro, carecían formalmente de personalidad jurídica independiente. Como indica Emile Coomaert, los juristas que escribían sobre el derecho de las corporaciones no trataban las relaciones entre maestros y trabajadores; oficiales y aprendices estaban bajo «la autoridad doméstica de los maestros», como indica un edicto de 1776, y por tanto fuera del alcance del derecho público45. Con raras excepciones, sólo los maestros prestaban un juramento de fidelidad, que Coomaert caracteriza correctamente como «acto esencial de las relaciones sociales de esa época»46. Además, y una vez más con raras excepciones, sólo los maestros tenían derecho a participar en asambleas y otros actos públicos de la comunidad y generalmente sólo ellos tenían derecho a recibir charités de la cofradía del oficio que era casi siempre un anexo de la corporación. Esas caridades solían incluir el entierro corporativo, pensiones de viudedad y ayuda en caso de enfermedad o desastre. Como miembros de la familia del maestro, oficiales y aprendices debían recibir ayuda del pére de lafamille en momentos de apuro, pero no tenían derecho legal a esa ayuda y estaban sujetos a la buena voluntad del maestro47. Como cabía esperar, dado este estilo paternalista, las mujeres solían quedar excluidas de la participación activa en las corporaciones, excepto en el caso de unas pocas corporaciones de los oficios textiles exclusivamente femeninas. Una viuda podía heredar los privilegios de maestría de su marido, pero no cabía que ejerciera esos privilegios por sí misma durante largo tiempo; los asumiría normalmente un hijo, un segundo marido o un oficial que hubiera trabajado en el taller del maestro. Las mujeres ayudaban con mucha frecuencia a sus maridos o padres de diversas maneras, pero su sexo las hacía incapaces —a los ojos de los contemporáneos y de la ley— de ejercer la autoridad paterna implícita en la maestría'18. La situación de los oficiales en la comunidad corporativa era también problemática. En el caso de los aprendices, la subordinación filial al maestro era clara y estaba sancionada por un contrato legal y un juramento solemne. Pero la relación entre maestros y oficiales era mucho más ambigua. Un oficial o compagnon había de vivir habitualmente con el maestro y comer en su mesa. (La palabra «compagnon» derivaba del latín cum y pañis, significa, por tanto, «quien comparte el pan».) Sólo por esa razón, un oficial estaba sometido a la autoridad paterna del maestro. Sin embargo, viviendo incluso con el maestro, la subordinación a su autoridad era menos absoluta que la de los aprendices. Eran mayores que los aprendices, debían ser trabajadores plenamente capacitados y estaban a jornal sin contrato a largo plazo que les vinculara a su maestro. En algunos casos tenían un papel público en la corporación, prestando juramento de fidelidad a los estatutos, con derecho a participar en las asambleas y recibir charités, aunque tales casos fueron siempre raros y cada vez más en los siglos XVI y XVII4'. Durante esos mismos siglos, a medida que se restringió el acceso a la maestría el grado de oficial resultó con frecuencia una condición de por vida más que un estadio intermedio entre aprendizaje y maestría. Como resultado, los oficiales dejaron de vivir con frecuencia con sus maestros y de forma nada frecuente se casaban y se convertían en peres de famules ellos mismos. 42. Coomaert, Les Corporarions en France, pág. 275. 43. Ibid., págs. 194-200. 44. Amiens en el siglo xvII y Lyon y Caen en el xvIII experimentaron una reducción del acceso a las maestrías. La proporción de nuevos maestros hijos de maestros creció entre comienzos y finales del siglo xvII en Amiens pero disminuyó en Caen en el xvIII. Deyon, Amiens, capitule provinciale, págs. 218, 344; Garden, Lyon et les lyonnais, pág. 314; Perrot, Genése ¿Cune ville moderne. I, págs. 336-40. 45. Coomaert, Les Corporations en France. pág. 275. 33
  • 15. En esa situación, la relación entre maestros y oficiales no se adaptaba fácilmente a un idioma de subordinación filial y autoridad paterna. En las condiciones de los siglos XVII y XVIII, los oficiales no se encontraban a gusto en el esquema corporativo. Resulta así revelador que los estatutos procedentes de ese período contengan, de forma in- variable, múltiples artículos que definen la condición y especifican los derechos y obligaciones de aprendices y maestros, pero rara vez mencionan a los oficiales. Sin ser ya pupilos de los maestros, pero tampoco miembros plenamente adultos de la comunidad corporativa,' su condición era sombría y problemática. En esas circunstancias, es perfectamente comprensible que los oficiales empezaran a formar organizaciones propias. Excluidos de las cofradías de los maestros, fundaban con frecuencia cofradías paralelas de oficiales50. En algunos oficios, esas organizaciones de oficiales se convirtieron en compag-nonnages, organizaciones secretas elaboradamente estructuradas, de oficiales jóvenes (compagnons) itinerantes con complicados ritos y mitos, un sistema de pensiones en ciudades de todo el reino y complejas regulaciones que garantizaban trabajo, ayuda en momentos de enfermedad y entierro para los muertos51. Compagnonnages y cofradías trataban con el cuerpo de maestros de salarios, contrataciones y condiciones de trabajo, y las disputas laborales se convirtieron en un pro- blema endémico de las corporaciones en el siglo XVIII. Así, al menos durante los dos últimos siglos del Antiguo Régimen, la relación de los compagnons con las corporaciones fue ambigua y conflictiva. COMUNIDAD MORAL. Como entidad legal e institucional, el métier juré parece una organización rigurosa, punitiva y jerárquica, impregnada por un espíritu de particularismo extremo e implacable. Las corporaciones francesas del Antiguo Régimen eran perpetuamente suspicaces, constantemente atentas a los ataques externos a sus privilegios y estrechamente vigilantes de sus miembros. Además, los maestros utilizaban su indiscutida supremacía en la corporación para restringir el acceso a la maestría y mantener a los oficiales en una posición de subordinación estricta. Observados a través de sus estatutos, los métiers jures parecen desmentir el epíteto de communauté (comunidad) que se les aplicaba universalmente, un epíteto que entonces, como ahora, implicaba unidad, fraternidad y un sentimiento de amor y compasión entre sus miembros. Pero además de la existencia legal e institucional detallada en sus estatutos, las corporaciones tenían una existencia moral que complementaba y atenuaba su particularismo riguroso y su regulación estatutaria detallada. La dimensión moral de las corporaciones puede ejemplificarse volviendo a la lettre patente mediante la que Enrique III creó un mé-tier juré de los vinateros y taberneros de París en 1585. Se recordará que en esa lettre se proclamaba que el rey establecía «en perpétuité ledit état... en état juré pour y avoir corps, confrairie et commu- nauté» (en perpetuidad dicho estado... como estado jurado para tener cuerpo, cofradía y comunidad)52. Se han considerado ya las consecuencias legales del acto del rey. Pero las consecuencias morales de varios términos de la frase deben aclararse mejor. Una confrairie (la ortografía moderna es confrérie) o cofradía era una asociación laica, constituida bajo patronazgo de la iglesia, para la práctica de alguna devoción. Para un oficio «avoir ... confrairie» significaba, por tanto, tener una asociación devota común; y en la práctica cada métier juré tenía casi siempre cofradía. Así la frase completa «avoir corps, confrairie et communauté» significaba tener una sola personalidad legal reconocida (corps et communauté) y tener una asociación devota común (confrairie). Pero la frase significaba también algo más. Para un oficio ser corps, o cuerpo, suponía también < uno tenía una voluntad o espíritu común —un esprit de corps— y un /ínculo profundo indisoluble tal que el perjuicio a cualquier «miembro» afectaba a todos. Ser una communauté suponía una comunidad similar de sentimiento y compromiso. Y ser una confrairie suponía también tener un vínculo de hermandad y fraternidad. Así, además de su significado legal denotativo, la frase «avoir corps, confrairie et communauté» significaba estar unido por vínculos de solidaridad. 46. Ibid.. pág. 64. 47. lbid., pág. 204. 48. Vid. un análisis fascinante del problema, Davis, Natalie Zemon, «Les Femmes dans les arts méchaniques & Lyon au xvr sécle», en Gutton, Jean-Pierre (coord.), Mélan-ges en hommage de Richard Gascón, Lyon, 1979. 4. Coomaert, Les Corporations en France, págs. 203-204. 50. lbid., pág. 233. " Vid. nota 17. 51. Olivier-Martin, LOrganisation corporative, pág. 206. Ello no significaba que un aura de abnegación y compañerismo bañara las relaciones dentro del oficio, como algunos admiradores nostálgicos de las corporaciones sostendrían. Había también tensiones y disputas continuas dentro del cuerpo de maestros —maestros ricos contra maestros pobres, maestros de un barrio de la ciudad contra los de otro, etc.—- El término communauté no decía otra cosa del tono de las relaciones en un oficio que, fueran cuales fueren sus diferencias, los miembros de una comunidad de oficio pertenecían a la misma comunidad y se 34
  • 16. debían cierta lealtad entre sí y hacia su arte, frente a otros grupos de la población. Institucionalmente, era en la cofradía del oficio donde el aspecto solidario de las corporaciones se manifestaba de forma más clara. Antes del siglo XVII, no era raro que una sola organización corporativa fuera simultáneamente cofradía de devoción e institución para la regulación de industria y comercio en un oficio. Pero después de la Contrarreforma, con su obsesión por las clasificaciones, la cofradía religiosa se convirtió casi siempre en algo organizativamente diferenciado del métier juré o jurande secular, con regulaciones y cargos diferentes. Sin embargo, esta separación era esencialmente un formalismo legal; todos los miembros de una eran miembros de la otra y la corporación como grupo humano vivo continuó siendo al tiempo unidad económica y de devoción 53. La cofradía del oficio era la que repartía las chantes: los subsidios y la atención médica a los enfermos, las pensiones a aquellos demasiado ancianos para trabajar, el entierro y las pensiones a viudas y huérfanos. Estas charités se fundaban en las cuotas y las multas cobradas a los miembros que no realizaban sus obligaciones, cuotas y multas tanto del métier juré como de la cofradía54. Así, en la cofradía la corporación se mostraba, al menos formalmente, amorosamente compasiva e interesada en la totalidad de la vida de sus miembros, en cuerpo y alma, en la enfermedad y en la salud, durante su vida y después de su muerte55. La actividad religiosa central de la cofradía del oficio era la devoción al patrón, en cuyo honor mantenía una capilla en una iglesia o monasterio local. El gran acontecimiento anual de la cofradía era la celebración de la fiesta del patrón. En esa fiesta cesaba el trabajo en los talleres y todos los miembros del oficio, maestros, oficiales y aprendices, celebraban una misa en honor del patrón, que iba acompañada con frecuencia de procesiones que se dirigían a la iglesia o salían de ella, limosnas a los pobres y un banquete fraternal que seguía a la misa. La fiesta del patrón solía ser la ocasión para designar nuevos jures, admitir a nuevos maestros en la comunidad y renovar el juramento solemne de fidelidad de todos los maestros. La fiesta del patrón es particularmente importante porque incluía a oficiales y aprendices además de los maestros del oficio. Aunque oficiales y aprendices pudieran o no participar en las procesiones y habitual-mente no participasen en el banquete de maitrise, se les exigía que acudieran a la misa. Puesto que veneraban al mismo patrón espiritual, estaban unidos en la misma comunidad espiritual y era de esperar que compartieran el esprit de corps y tuvieran un sentido de unidad, de pertenencia a un solo cuerpo y una visión del mundo común. Cuando los oficiales en los siglos XVI y XVII organizaron sus propias cofradías, se colocaban generalmente bajo el patronazgo del mismo santo que los maestros. Y los compagnonnages ilegales exigían a sus miembros celebrar la fiesta del patrón de su oficio. El sentido de pertenencia, aunque frecuentemente discutido, a una comunidad moral es mucho más evidente en la vida religiosa de las corporaciones que en los estatutos del métier juré56. Las prácticas de las cofradías de oficio demuestran que las corporaciones eran «corps et communautés» en sentido moral tanto como legal, que sus miembros estaban unidos por vínculos espirituales, así como por la sujeción a regulaciones detalladas de sus estatutos. La naturaleza de esos vínculos se pone de manifiesto en el epíteto «oficio jurado» —métier juré o, para volver a la lettre patente de Enrique III en 1585, «état juré»— con el que solía designarse a estos corps et communautés. El acto esencial que vinculaba entre sí a los miembros de una corporación era un solemne juramento religioso, un juramento similar en forma a los pronunciados por los sacerdotes en la ordenación, los monjes que recibían las órdenes, el rey en la coronación, los caballeros al entrar en las órdenes de caballería o al jurar fidelidad, o los miembros de las universidades al recibir el doctorado". Ocurría así que el oficio de un artesano se conocía habitualmente como su profesión, lo que denotaba una declaración pública solemne o voto. Aunque los juramentos más importantes eran los de los maestros al recibir la maestría, es importante que se requiriera con frecuencia a los aprendices a prestar juramentos cuando empezaban su aprendizaje5*. Aprender un oficio no era adquirir simplemente las habilidades necesarias para practicar un trabajo de adulto. Era entrar en una comunidad moral de alcance amplio y profundo, una comunidad constituida por hombres que habían prestado solemnes juramentos de lealtad, que eran hijos espirituales del mismo patrón, y que lo veneraban colectivamente el día de su fiesta. En suma, la corporación no era sólo un conjunto de hombres que participaban de la misma personalidad legal, sino también una fraternidad espiritual juramentada. 53. Coornaert, Les Corpotations en France, pág. 235; Olivier-Martin, L'Organisa-tion corporative, pág. 93. 54. Vid., por ejemplo, Ouin Lacroix, Anciennes corporations, págs. 685,688,695. 55. Como indica Coornaert, Lew organisation saisit l'homme entier, pág. 230. Las cofradías de oficio eran sólo un tipo de la amplia variedad de cofradías, unas puramente devocionales, otras dedicadas a numerosas actividades comunitarias. Vid. Agulhon, Pé-nitents et Francs-Macons; Ouin-Lacroix, Anciennes corporations. 35
  • 17. La lettre patente de Enrique III de 1585 apunta también otra característica de la corporación como comunidad moral. AI ratificar los estatutos de vinateros y taberneros, establecía «en perpétuité ledit état...» Esto significa que el étatjuré, una vez creado, había de existir permanentemente como «corps, confrairie et communauté». Una corporación era una comunidad permanente en dos sentidos. Primero, una vez establecida por la autoridad real, la comunidad con sus derechos y privilegios era reconocida como cuerpo permanente en el estado, y sus estatutos no tenían que ser ratificados de nuevo por los monarcas posteriores. Segundo, quienes entraban en la comunidad seguían siendo miembros para toda su vida —al menos en principio—. El supuesto de que la pertenencia a un oficio era un compromiso vitalicio se señalaba de diversas formas en el lenguaje corporativo. Primero, estaba implícito en el término état, que se empleaba tanto en esa lettre patente concreta como en el vocabulario social del Antiguo Régimen en general, para designar la profesión de un hombre de oficio. Según el jurista Loyseau, el état de alguien era «la dignidad y la cualidad» que era «lo más estable y lo más inseparable de un hombre»5*. Cuando un artesano entraba en un oficio adquiría, por tanto, un état particular, una condición social estable o estado, que compartía con otros que practicaban el mismo oficio y lo distinguía de quienes practicaban otros oficios. La pertenencia de un artesano a su état fijaba permanentemente su lugar en el orden social y definía sus derechos, dignidades y obligaciones, exactamente como, en un nivel superior, la pertenencia de una persona a uno de los tres états del reino, el Clergé (clero), la Noblesse (nobleza) y el Tiers État (Tercer Estado). Se consideraba así que el oficio de alguien fijaba su posición en la vida. Esta idea de permanencia se destacaba también en los estatutos de las corporaciones, que solían prohibir la acumulación de dos profesiones60. Seguramente era una cuestión práctica, porque no cabía esperar que un hombre que fuera maestro en más de una corporación se tomara a pecho los asuntos de otra corporación en las asambleas o cuando servía como juré. Pero la prohibición tenía también un aspecto moral o espiritual. Al fin y al cabo, el juramento de fidelidad era un juramento religioso que seguía el modelo de los juramentos de sacerdotes, monjes y caballeros. Por esa razón, abandonar su profesión o adoptar una nueva profesión que entrara en conflicto con la anterior podía tener un tono moral de apostasía. Era sólo una analogía, sin duda: los hombres podían cambiar y cambiaban de profesión durante su vida. Pero en principio, entrar en una profesión era realizar un compromiso espiritual de por vida y abandonar la profesión era un paso serio. La persistencia del compromiso con una comunidad de oficio estaba también marcada por la preocupación aparentemente obsesiva de las corporaciones con el entierro de sus miembros. Era rara la cofradía que no proporcionaba entierro a expensas de la corporación y muchas imponían la asistencia de todos los miembros del corps6'. Esa obsesión por el entierro resulta comprensible en una sociedad que veía en la vida en la tierra una prueba, una peregrinación y una preparación para la vida eterna. Pero que el paso de esta vida al más allá fuera asunto de las corporaciones —en lugar de la familia o la parroquia— nos dice algo importante sobre las corporaciones y su papel en las vidas de sus miembros. Nada podría expresar con más elocuencia el interés de la corporación por la totalidad de la persona, o la permanencia del compromiso de sus miembros con el oficio, que la posición central del entierro en la vida ceremonial de la corporación. Tomándolo de otro juramento religioso que creaba otro cuerpo moral permanente, el funeral corporativo demostraba y reiteraba a los miembros de la comunidad que estaban vinculados «hasta que la muerte los separase». Tampoco disminuía la importancia del entierro corporativo entre los miembros oscuros de la corporación, los oficiales. En sus cofradías y compagnonnages, la celebración del funeral estaba entre las obligaciones más solemnes62. Para los oficiales, como para los maestros, vida y muerte se experimentaban dentro de la comunidad espiritual del oficio. 56. Coornaert, Les Corporations en Franee, Pag. 231-6; Hauser, Ouvriers du temps passé, págs. 161-74. Como señala Garden, «En cada oficio, la cofradía ... era el símbolo de unidad. Cuando diversas reglas eran multiplicadores de restricciones, divisiones, trabas a la libertad de trabajo de todas clases de condiciones para el acceso a la maestría, la cofradía se mantenía en principio como una propiedad común». Lyon et les lyonnais, pág. 313. 57. Sobre los juramentos de los métiers jures, vid. Olivier-Martin, L'Organisation corporative, pág. 139, y Coornaert, Les Corporations en France, pág. 64. Sobre otras ceremonias de juramento, vid. Loyseau, Traite des orares, págs. 53,75. 58. Vid. v. gr., los estatutos en el apéndice de Ouin-Lacroix, Anciennes corporations, págs. 555-749. 59. Loyseau, Traite des orares, pág. 3. 60. Coornaert, Les Corporations en France, págs. 150, 207, 256. 61. Vid . el artículo «Enterrements», en Franklin, Diclionnaire historique des arls, méliers et professions, pág. 306; 62. Coomaert, Les Corporations en Franee, pág. 59; Hau-ser, Ouvriers du temps passé, pág. 164. 63. Coomaert, Les Corporations en Franee, pág. 150. 36
  • 18. Las corporaciones eran tanto unidades de solidaridad extensa y firme como instituciones jerárquicas, punitivas y fuertemente particularistas en sus privilegios. No había nada paradójico en esa combinación de jerarquía, vigilancia, particularismo y solidaridad respecto a la cultura y la sociedad del Antiguo Régimen. La misma palabra «corps», o cuerpo, utilizada para designar una asombrosa variedad de instituciones francesas en los siglos XVII y XVIII, suponía necesariamente todas esas características. Todos los cuerpos estaban compuestos de una variedad de órganos y miembros, jerárquicamente dispuestos y colocados bajo las órdenes de la cabeza. Cada cuerpo era distinto de cualquier otro, con su voluntad, sus intereses, su orden interno y su espíritu de cuerpo. Cada cuerpo estaba constituido por una sola sustancia internamente diferenciada pero interconectada, y el daño hecho a cualquier miembro era experimentado por la totalidad. Jerarquía, vigilancia, particularismo y solidaridad caracterizaban el cuerpo más elevado y ejemplar del Antiguo Régimen, la iglesia o cuerpo de Cristo, las órdenes de monjes, monjas y frailes, que realizaban en su forma más perfecta la concepción cristiana de la virtud y caracterizaban también al estado, que a través de la persona del Príncipe mantenía unida, organizaba y daba dirección y propósito a toda la comunidad nacional. En realidad, podría sostenerse que todo el reino francés estaba compuesto de una jerarquía de esas unidades —corporaciones, seigneuries y parroquias en el fondo, pasando por ciudades, provincias y los tres estamentos del reino, en un nivel intermedio, hasta la monarquía en lo alto63—. Las corporaciones de oficio eran unidades reconocidas de una sociedad corporativa, y como tales mostraban un celoso afecto a los privilegios particulares que les definían como cuerpo, un sistema cuidadosamente definido de rangos mutuamente interdependientes y jerárquicamente dispuestos, una regulación y vigilancia minuciosas de sus miembros y una extensa solidaridad que les unía como comunidad moral y espiritual. Las corporaciones, como todos los otros cuerpos que constituían el reino francés, recibían un papel público en el funcionamiento del estado. Las comunidades de oficio recibían amplios poderes públicos, poderes que se extendían mucho más allá de los límites de los privilegios estatutarios. Se responsabilizaba a las corporaciones no sólo de pagar cuotas especiales a la corona sino, con frecuencia, de fijar y recaudar todos los otros impuestos pagados por sus miembros. Hasta el siglo XVII, el servicio en la milicia lo organizaba la corporación. Las corporaciones eran también unidades electorales, una función realizada todavía en las elecciones de los Estados Generales de 1789. Participaban como cuerpo con sus emblemas y banderas en las grandes ceremonias del estado —en la coronación y en las recepciones y tomas de posesión del rey y otros grandes personajes64—. En suma, las corporaciones se consideraban —no sólo por parte de sus miembros, sino también de las autoridades gobernantes y la sociedad en general— unidades constitutivas del reino, partes indisolubles de su constitución". 63. Para un análisis más detallado de la palabra «corps» y de las formas morales y culturales generales del Antiguo Régimen, vid. Sewell, «État, Corps and Odre». Vid. también Mousnier, Roland, «Les Concepts d'ordres, d'états, de fidelité et de monarchie absolue en France de la fin du XV siécle á la fin du XVIII* siécle», en Revue historique, 502 (abril-junio de 1972), págs. 289-312. 64. Sobre la milicia, vid. Franklin, Diclionnaire historique des arts, métiers et pro- 37
  • 19. Perrot, Michelle, "La juventud obrera. Del taller a la fábrica", en Giovanni Levi y Jean-Claude Schmitt (Dirs.), Historia de los Jóvenes. II. La edad contemporánea, Madrid, Taurus (Pensamiento), 1996, pp. 119-152. Historia de los jóvenes II. La educación contemporánea GLOVANNI LEV JEAN-CLAUDE SCHMITT Presencia de la familia. Como es sabido, la familia era, en el siglo XIX, la instancia capital de regulación de una sociedad en principio atomizada y hostil a toda forma de organización intermedia 44. "Entre el Estado y los individuos, no tiene que haber más que el vacío", decía el revolucionario Amar. En la sutura entre lo público y lo privado, las dos "esferas" que regían asimismo los papeles sexuales, se situaba la familia. El mundo obrero no se salía de ese orden. La familia, estructura elemental, regulaba las uniones, la reproducción, los aprendizajes y los proyectos de futuro, imponiendo su designio global a los anhelos particulares de sus miembros, en especial de las mujeres y los jóvenes. Porque la familia obrera, patriarcal, obedecía a la ley del padre, respaldada por el Código Civil, y que sacaba de esa autoridad una identidad legítima. Proudhon, el teórico de la anarquía, el inspirador del sindicalismo francés, fue asimismo el más ferviente paladín de la familia patriarcal. En ella, igual que en otras partes, el padre representaba la razón organizadora. Agricol Perdiguier deseaba ser campesino; al preferir sus dos hermanos mayores trabajar la tierra, tuvo que hacerse cargo del taller paterno; su padre decidió que sería carpintero: "Era el amo, y me sometí". Igual que el derecho consolidó a la familia obrera, le evolución económica también la fortaleció, pese a una visión apocalíptica de la industrialización que la historiografía de los treinta últimos años ha venido matizando de manera considerable. Ha puesto sobre todo de relieve el cometido capital de la protoindustrialización, esa movilización rural y lugareña de las energías en el contexto doméstico (domestic system) que al mismo tiempo llevó a cabo la transformación de los campesinos en obreros. Y la familia fue el crisol de esa penetración en el trabajo industrial, del que sirve de modelo el tejido a domicilio. En torno al pesado telar, manejado por el padre, se afanaban, cada cual en su tarea y lugar, la mujer y los hijos, cuyo número permitía la instalación de varios telares; la industria rural incitaba a la fecundidad 45. Si bien el tejido a domicilio sucumbió pronto en Gran Bretaña ante la mecanización, no sucedió lo mismo en Francia, tierra de industrialización lenta y menos brusca; perduró hasta mediados del siglo XIX, y más allá, como por ejemplo en la región de Cambrai, la de Mémé Santerre, de quien Serge Grafteaux ha recogido el relato de su vida 46. La industria artesana que, no lo olvidemos, fue a lo largo del siglo XJX el marco mayoritario del trabajo obrero, mantuvo firmemente la dimensión familiar, aferrándose al taller, al taller doméstico, como tabla de salvación. Eso ha sucedido en el centro de Francia con la cintería de Saint-E den ne, ejemplo de autonomía obrera según Kropotkin 47, que se benefició de la electrificación para mantenerse hasta nuestros días, a la par que se ha feminizado 48. En esas "familias-talleres", donde la vivienda y el lugar de trabajo eran la misma cosa, la prelación en el nacimiento determinaba el porvenir de los hijos, ya que lo esencial era continuar con el oficio. Chico o chica, el primogénito "pasaba a empuñar ell timón", y los siguientes emprendían estudios por lo general. Si era mujer, la primogénita, convertida en jefe de empresa, corría peligro cierto de quedarse soltera. "Lo he sido por obligación", decía a la historiadora que se lo preguntaba, una de esas mujeres ex jefe de taller, que confesaba al cabo de sesenta años una falta de vocación que en modo alguno se hubiera atrevido a alegar en su tiempo, ya que hasta tal punto regía las vidas la disciplina familiar, apoyada en la ordenación del oficio. La herencia de las familias obreras era el oficio, o por lo menos el empleo, la única cosa que podían transmitir. Al haber abolido la Revolución los privilegios gremiales (decreto de Allarde), lo intentaban por otros caminos. Así se perpetuaron, en el contexto de un oficio ligado a un territorio, "endogamias técnicas" 49 de gran flexibilidad desde el 38
  • 20. punto de vista de las mutaciones tecnológicas. Los cinteros de Saint-Étienne ofrecen un ejemplo, pero la lista sería muy larga: los esquiladores de lana de Sedan, los guanteros de Grenoble, los ebanistas del Faubourg Saint- Antoine (París), los cuchilleros de Thiers, los porcelaneros de Nevéis, etc. En esos casos, el control familiar era total, tanto en lo referente al empleo como en los usos sociales; pero por lo general, no era tan organizado. Dentro de las fábricas, los obreros trataron de hacerse por lo menos con la regulación del aprendizaje, en número y en calidad, reclutando de preferencia a sus hijos, a los que enseñaban los secretos, las "mañas del oficio". Pero para ello les era necesaria la complicidad de los patronos. En Marsella, los curtidores consiguieron reforzar el carácter hereditario de la profesión: en 1820 ingresaron un 9 100 de hijos de curtidores, y un 45 a mediados del siglo XIX 50. En la región del Berry, los industriales daban preferencia a los hijos de obreros. En el gremio de la porcelana, donde se estimaba que eran precisos cinco años para formar a un obrero, los aprendices aprovechaban los descansos, "instantes privilegia dos durante los cuales, vigilados por los oficiales, se ejercitaban por su cuenta en el torno" 51. Los ayudantes de decoración eran objeto de sesuda selección por parte de los propios obreros, pero "todos eran hijos de obreros" 52. En los altos hornos, los muchachos eran primero sirvientes, y luego, hacia los doce años, goujats, aprendices junto a los refinadores; seguían bastante tiempo sin puesto fijo y sin certidumbre de tenerlo, pero la jerarquía y las prelaciones familiares no eran discutidas por nadie para el adelanto en el escalafón del oficio 53. Idéntica situación se daba en las vidrierías —Eugéne Saulnier fue vidriero como su padre— 54, en la construcción —Martin Nadaud fue peón de albañil con su padre— o en las canteras: en Montataire, "el padre tomaba de ayudante a su hijo pequeño, el primogénito enseñaba asimismo la profesión a su hermano menor, el tío al sobrino, etc. Como quien dice, la cantería se aprendía en familia"55. A los patronos les venían bien esas costumbres, que les ahorraban la instauración de un oneroso aprendizaje. En cambio, eran mucho menos tolerantes en lo referente al método de producción, que deseaban llevar en persona. Se multiplicaron los conflictos en cuanto a las "pretensiones obreras". Bajo la Restauración, se formaron frecuentes agrupaciones de obreros que chocaron con los maestros papeleros deseosos de quebrar el monopolio de la contratación. En la región de Lyon, entre 1890 y 1914, la cuestión de la limitación del número de aprendices dio motivo a numerosas huelgas, que por lo general fracasaron 56. Para vencer la resistencia obrera y romper la vieja alianza de la familia con el oficio, los patronos introdujeron nuevas máquinas y. por consiguiente, una nueva organización del trabajo, simplificada y más transparente, que disipaba los "secretos". Eso sucedió en la vidriería, último baluarte de esas costumbres y escenario de esas batallas. A la postre, los vidrieros fueron vencidos y en lo sucesivo, los padres desviaron a sus hijos de oficio, al haber perdido éste sus privilegios y sus atractivos. Para sustituirlos, los industriales echaron mano de los hospicianos, que así fueron doblemente "bastardos" (ése era su apodo) y doblemente explotados 57. En efecto, cuando faltaba la protección familiar, las condiciones de trabajo podían ser peores: en Nancy, a un joven tornero mecánico, hijo de un jardinero, sin lazos familiares entre los herreros, "le pegaban por la más mínima falta"58 A falta de un oficio, las familias se esforzaban por procurar a sus hijos un empleo, "un puesto", y para ello les hacían entrar en la fábrica donde trabajaban. En el sector textil normando, en Wetot (Seine-Maritime), por ejemplo, "todos los tejedores eran hijos o sobrinos de tejedores" 59. La seguridad era mucha: el obrero se quedaba en el mismo establecimiento desde el nacimiento hasta la muerte. Y peor en las ciudades-fábricas, monoindustriales como Baccarat (Meurthe-et-Moselle) o Le Creusot (Saóne-et-Loire), que organizaban ellas mismas su reclutamiento y se encargaban de la formación de los obreros, reducidos a una dependencia estrictamente interna. La fábrica era el único horizonte de las familias de los trabajadores, y el que el hijo entrara en ella constituía una obsesión. Tal era la idea fija del suegro de Jean-Baptiste Dumay, completamente integrado en el paternalismo de los Schneider, que no cejó hasta lograr que a Jean-Baptiste le contrataran en Le Creusot, e incluso que se casase en la comarca, ejerciendo una presión constante para que regresara a su tierra. En las Manufacturas de Tabacos, cuyo estatuto público favorecía la tramitación restringida, el funcionamiento era idéntico: las cigarreras les preparaban el puesto a sus hijas, caso un tanto excepcional de carrera y de herencia profesional femenina. En otros casos, la industria fomentaba la transmisión familiar, porque trataba de reproducir una fuerza laboral difícil de formar y de conservar, no tanto debido a la capacitación específica como a la disciplina inculcada. Tal era el caso de la mina: más que un oficio (después de todo, el picador no era más que un bracero...) constituía un modo de vida peligroso, penoso, mortífero; en definitiva, poco atractivo. La mitología del "hermoso oficio de minero" se fue construyendo a golpes de epopeya y de propaganda, para culminar en 1945 a raíz de la Liberación, con miras a paliar la gran escasez de recursos energéticos a escala nacional60. Por el contrario, los historiadores han demostrado lo muy difícil que resultó la constitución de una cuenca con empleo estable, fomentada mediante una política familiar de vivienda y empleo 6I, que a la mano de obra le brindaba atractivos en periodo de paro, pero que luego se tornaba inaguantable al evolucionar las costumbres y subir el nivel de vida. 39
  • 21. En cuanto la coyuntura permitía un respiro, los jóvenes se escapaban. En 1911, en Carmaux (Tarn), era preciso reclutar a treinta mineros para poder disponer de uno. La mina, cada vez más, era considerada como un remedio para salir del paso, y los jóvenes se rebelaban contra una estructura profesional y familiar autoritaria donde el picador-padre de familia reinaba sobre la constelación de los demás, sus subordinados y sus hijos. La situación era especialmente delicada para los vagoneros, jóvenes de dieciocho a veintiún años (la ley de 1892 prohibía la bajada a los pozos antes de esa edad), al crearles muchos problemas la carencia de estatuto 62. Así pues, en el enfrentamiento entre el mundo obrero y la patronal, vemos que en todas las partidas, la familia era una ficha estratégica en el tablero. Los jóvenes, en el centro del conflicto, se ven a la vez protegidos y dirigidos, apoyados y gobernados por esa realidad ambivalente que era la familia. La cual, inmersa en una serie de obligaciones encontradas, se esforzaba por optimizar sus recursos (como dirían los economistas), y decidía muchas cosas: la formación, el empleo, la colocación y los desplazamientos, el uso del salario, la marcha y la formación de las nuevas parejas, cuya separación se encargaba de retrasar todo lo que podía, como veremos. Fecunda por necesidad, más que por decisión propia, empezó incluso a controlar los nacimientos. Es decir, que la existencia de los jóvenes dependía de ella en gran parte. Sin embargo, varias series de factores pasaron a perturbar el funcionamiento de la familia obrera, a conducirla a ciertas acomodaciones, a relajarla e incluso a disolverla. En primer lugar, la propia industrialización que, después de haberla utilizado a su conveniencia, tendía a liquidarla cuando constituía un freno para el rendimiento de los trabajadores. Desde ese punto de vista, a ello contribuyeron las crisis, y sobre todo la "gran depresión" de finales del siglo XIX, caracterizada por la desindustrialización de las zonas rurales y la desaparición de las fábricas en los pueblos. A largo plazo, lo que la gran industria buscaba eran unos trabajadores totalmente independientes. Esa individualización creciente del asalariado solía coincidir con las aspiraciones del joven obrero. Los movimientos migratorios, aunque se llevasen a cabo apoyándose en un entramado familiar que movilizaba a la parentela, establecían una distancia propicia a la emancipación. Jeanne Bouvier emigró desde el Delfinado a París con su madre, a comienzos del siglo XX; pero pronto la perdió de vista y se integró progresivamente en la capital. Las grandes ciudades, y París más que ninguna, fueron zonas de manumisión para la juventud. Los más emprendedores lo sabían, y soñaban con "ir allí". Marcharse, viajar, era escaparse, ensanchar el horizonte, apropiarse del mundo, arriesgar algo para perder o para ganar. ¿Cuántos Rimbaud obreros hubo? Las narraciones de aprendizaje son siempre relatos de viaje. Pero, ante todo, había que trabajar. Trabajar. La relación con el trabajo es sin duda alguna lo que más distinguió a la infancia obrera de la juventud obrera en el siglo XIX. Cada vez en mayor medida, la primera iba quedando fuera del ámbito laboral; la segunda, en cambio, llevaba camino de dedicarse de lleno a ganarse el pan con el sudor de la frente. La escuela le fue disputando la infancia a la fábrica. Los menores de trece años desaparecieron de las minas y los grandes talleres en el transcurso del siglo XIX63, y fueron disminuyendo en los obradores familiares, sobre todo debido a la obligación escolar y a la conversión de las familias al proyecto educativo. Nada de eso sucedió en cuanto a los adolescentes: pasados los trece años, y con las citadas restricciones, el trabajo fue la norma. Una vez cumplidos los dieciocho años, eran adultos en cuanto a los deberes, y no en cuanto a los derechos, de los que carecían. Así, los talleres, las fábricas, las obras o los astilleros pasaron a ser espacios juveniles, o por lo menos lugares de la juventud obrera. La presencia de grupos de jóvenes —y bien jóvenes, desde luego— es constante en esas "salidas de fábrica", tema recurrente de las tarjetas postales de comienzos del siglo XX, ya sea junto a las mujeres en las salidas de fábricas textiles, o junto a los hombres, en los talleres de vidrio o en los metalúrgicos; también fue tema inicial en los albores del cine. La diferencia residía igualmente en la naturaleza de los vínculos de dependencia. Así como, en cuanto a la infancia, el ingreso en el mundo del trabajo se llevaba siempre a cabo por, en y con la familia, y los niños escoltaban a sus padres o parientes mayores, las cosas se complicaban y diversificaban en lo referente a los adolescentes. En la artesanía, el taller paterno hacía lo que podía para retenerlos, para bien o para mal. Los inspectores de Trabajo se quejaban de no poder penetrar en esos mundos cerrados en los que, cuando el poder del padre se duplicaba con el del amo, todo estaba permitido: las jornadas se eternizaban, las reglas higiénicas eran desconocidas y los conflictos se endurecían. La idea de que un buen adiestramiento pasaba por los golpes, idea 40
  • 22. combatida por la escuela laica, persistía en el entorno obrero. El padre no se daba cuenta de que su hijo iba creciendo. Jean Allemane no aguantó que, con dieciséis años cumplidos, su padre, tipógrafo, le diera un bofetón: ahí fechó su rebelión contra la autoridad y su "conversión" al socialismo 54. De todos modos, los adolescentes en su mayoría no disponían de esas oportunidades, e iban a colocarse fuera de casa. Entre los mejor capacitados, persistía la vieja idea, heredada de la Edad Media y codificada por los gremios, de que esa movilidad permitía mejorar los conocimientos y la destreza; pero preferían que ese paso por otros talleres se realizara más adelante. Colin Heywood, que ha llevado a cabo sondeos estadísticos en ocho ciudades industriales de diferente entidad, constató que el porcentaje de adolescentes de quince a diecinueve años que vivían con sus padres era siempre superior al 74 por 100 de los muchachos y al 92 por 100 de las muchachas, lo cual matiza de modo singular la representación de una adolescencia vagabunda m. Sabido es que residencia no significa trabajo; pero implica por lo menos un radio de desplazamiento más reducido. La verdadera movilidad comenzaba con posterioridad. Bien claro se ve que las familias conservaban a sus adolescentes en las inmediaciones. En todo caso, el aprendizaje estaba "en crisis", como se decía de modo unánime. Y, ¿qué quería decir eso? Peter Las-lett había identificado, en la época moderna, un amplio sistema de colocación de niños y adolescentes, principalmente en el entorno doméstico, que denominó el Ufe cycle service. Ese sistema, de muy dilatada difusión en toda la Europa occidental, era a la vez de índole técnica y social, y respondía a la idea de que para el aprendizaje de un oficio, como asimismo de la vida, era necesario un distanciamiento respecto de la familia. La condición de los aprendices, que solía ser muy dura, se tornaba más rigurosa aún por culpa del puritanismo y su obsesión por la sexualidad. Alejar a los adolescentes equivalía, según André Burguiére, a una "conducta de evitación", incluso del incesto, censurado en mayor medida (por cierto, que serían de desear trabajos de investigación sobre ese capítulo). Ello originaba una actitud de sospecha muy rígida hacia los aprendices, figura de la tentación, "los esclavos de Europa", como decía una autobiografía alemana 66. En el siglo XIX, el sistema perduraba, pero reducido en su masa, su amplitud y sus modalidades. Por ejemplo, se intensificó la división sexual de las tareas. La colocación doméstica, por lo menos en las ciudades (en el campo, los mozos de granja eran tan numerosos como las criadas) se refería a las muchachas, y mucho menos a los muchachos: el ascensorista de Balbec era una supervivencia, mientras que la Francoise se multiplicaban 67. Para ellos, lo importante era la adquisición de un oficio, junto a un amo, sustituto del padre, y de oficiales cualificados. El papel de la parentela —sobre todo los tíos, los primos o los hermanos mayores— o del paisanaje era crucial en la elección del taller. A los trece años, Eugéne Varlin "subió" del Marne a París para aprender en casa de su tío, en la rué des Prouvaires, el oficio de encuadernador. Jean-Baptiste Dumay entró en los afamados talleres mecánicos de Cail, en el hoy barrio parisino de Grenelle, gracias a unos obreros de Le Creusot. La colocación en un taller debería haber sido objeto, en principio, de un contrato en el que se estipulasen los derechos de ambas partes. Eso era lo que preconizaba Ducpétiaux, que adjuntaba un modelo y abogaba por la vigilancia a cargo de las sociedades de patronato 68. Pero nada obligaba, sin embargo, a que los contratos fueran por escrito, ni siquiera la ley francesa de 1851, que es de índole facultativa y se contentó con reiterar los principios de un aprendizaje justo 69. De 19.000 aprendices censados en París en 1845, 10.000 tenían derecho a cama y comida, pero sólo una quinta parte mediante contrato escrito. Y peor aún a finales del siglo: según el censo de 1898, de 602.000 adolescentes menores de dieciocho años que trabajaban en la industria y el comercio, 540.000 lo hacían sin ningún contrato. Lo cual quería decir que ese documento había caído en desuso: bastaba un simple compromiso verbal, que era roto fácilmente, tanto por parte de los dueños, que así podían despedir a los muchachos de la noche a la mañana, en función de sus necesidades o su talante, como por parte de los aprendices, propensos a evadirse. Las magistraturas de Trabajo empleaban su tiempo en asuntos de ese tipo: entre 1868 y 1872, el 75 por 100 de los casos que tuvieron que fallar se referían a rupturas de contratos verbales de aprendizaje 70. En todos los legajos hay constancia de que las condiciones de vida y de trabajo eran deplorables. Mal alimentados, los aprendices recibían peor alojamiento, en camastros en los bajos de escalera, en alacenas o en colchonetas en el propio taller. Según el relato autobiográfico de Gilland, "todos esos pobres desgraciados dormían al pie de los bancos del taller en sendos catres de tijera que se abrían por la noche y se recogían por la mañana" 71. Los inspectores laborales no paraban de protestar contra la carencia total de higiene de los "lechos" de los aprendices de panadero y de pastelero, o de las jóvenes ovalistas de la sedería de Lyon; esa sensibilidad hacia las malas condiciones higiénicas había sido suscitada por la certeza de la tuberculosis. Por otra parte, al dueño se le toleraba el uso de los golpes, privilegio paterno. El amo del pequeño Guillaume —un joyero— había establecido una escala de castigos. "Golpeaba a esos muchachos con un junquillo que había comprado ex profeso, y que renovaba varias veces al año. Después de los varetazos, estaba el pan y agua, el pan moreno por 41
  • 23. un día o una semana, y en ocasiones por un mes"72. Eso, a veces, acarreaba rebeliones, ya fuera individuales —en 1841, el joven Pottier fue condenado a veinte años de presidio mayor por haber asesinado a su amo, tallista de madera parisino, que le pegaba con sus herramientas y había provocado la muerte de uno de sus compañeros 73— o colectivas, como la que refiere Gilland, una "conspiración" fracasada contra el tirano. Con la elevación de la edad de los aprendices, cada vez más adolescentes, los castigos corporales fueron remitiendo; pero se sustituyeron por las explosiones de ira acompañadas de lanzamiento de herramientas. Sin llegar a tanto, el aprendiz era "la percha de los golpes" del taller, útil para todo y para nada, acosado por unos y otros, criado de todos, incluida el ama, que le obligaba a hacerle las faenas caseras y los recados. Como todo "pinche", limpiaba los instrumentos, los bancos de trabajo, el taller: barría y recogía las herramientas y el material; como todo "botones", llevaba los paquetes, acarreaba cajones y hacía las entregas, empujando carretillas, carritos de mano y otros carruajes de tracción humana que en el siglo XIX seguían siendo un medio esencial de transporte de mercancías 74. Los que "paseaban el esqueleto", surcaban las calles de la capital y en algunos casos aprovechaban para zascandilear o para "pirárselas". En buena parte iban a parar, inculpados de vagabundeo, a la Petite Roquette, que desde 1836 era cárcel de menores. De todos modos, eran menos numerosos que los muchachos "sin oficio" o "con oficios menores", más vulnerables aún. Ser aprendiz representaba, a pesar de todo, una selección que daba por supuesta una familia que se ocupaba de él, así como un mínimo de instrucción 75. Lo más preocupante era que, en la mayoría de los casos, esos "pollinos de carga" no aprendían nada. El amo no se tomaba esa molestia, y los obreros, siempre afanados, perdían la paciencia con su poca maña, los zarandeaban y preferían que fueran "buenos chicos" complacientes, y no trabajadores ávidos de aprender. En otros casos, les encomendaban siempre la misma tarea, el mismo gesto, la misma parcela de objeto: servían de mano de obra casi gratuita, o por lo menos muy barata. A ese respecto, la situación era todavía peor en provincias, donde el empleo era menos frecuente. Por ejemplo, en Saboya, en 1879, el aprendizaje (de nada) sin retribución duraba de dos a tres años, "y hasta podía llegar a los cuatro o cinco si recibían comida y cama en casa del amo" 75. Los más deseosos de aprender arrebataban cada cual como podía migajas de saber, aprovechaban los descansos siempre que los mayores fueran complacientes o "se fijaban por encima del hombro de los compañeros", nos dice Jules Simón quien, como todos los filántropos, deploraba ese sistema. O también, si podían, "mudaban de tienda", ya que esa movilidad (ese turn over, según la expresión de la década de 1930) sigue siendo, todavía hoy, un sustituto del aprendizaje. Así aprendió Eugéne Varlin su oficio de encuadernador, o Jean Allemane el de tipógrafo. El primero tenía trece años cuando su tío le mandó venir de provincias a París (en 1852) y le colocó en otro taller antes de tomarle en el suyo; su tío era exigente y rudo, y Eugéne le dejó al cabo de un año; ya tenía quince y se empezaba a ganar la vida. Su cartilla permite darse una idea de su periplo: de 1855 a 1858 tuvo cinco amos diferentes, siempre en el distrito VI, el gran barrio del libro. Declarado inútil en 1859, se libró del servicio militar, y siguió "dando vueltas" otros cinco años, hasta 1864; pasó a encargado en el taller de Despierres, en la rué de 1'Échelle, de donde pronto fue despedido por "conspiración". Entonces se estableció por su cuenta y en su propia casa, hacia los veintiséis años. "Mi especialidad es asentador de encuadernación flexible; pero en caso de necesidad, puedo hacerlo todo", decía. Hábil artesano, se ganaba muy bien la vida, sacando hasta ocho francos diarios 77. Jean Aliemane tuvo una trayectoria diferente, ya que estuvo cuatro años seguidos (de 1855 a 1859), entre los doce y los dieciséis, y seguramente vinculado por contrato, en una imprenta importante (Dupont), y solamente después inició un periplo profesional y fabril intenso, antes de establecerse. Por su parte, Rene Michaud, cincuenta años después, trató de iniciarse en las diversas partes de la industria del calzado, parcelada en múltiples operaciones, yendo de una fábrica a otra, empeñado en la conquista de un oficio. "Éramos los últimos nómadas del trabajo industrial, y el número de casas por las que pasé sucesivamente, mi turn over, fue como para que algún docto psicosociólogo me tildase de individuo patológicamente inestable... Pero, como nada regulaba el aprendizaje, no había más remedio que sustituirlo por la iniciativa". Eso arroja cierta luz sobre la "crisis del aprendizaje", tanto el industrial como el disciplinario. Los cambios tecnológicos habían fragmentado los oficios, sobre todo en París, ciudad de artesanos tradicionales. "La especialidad lo ha invadido todo", decía un informe de 1877. "En la mayoría de las industrias se han creado talleres secundarios donde a lo largo de todo el año no se fabrica más que un objeto, o incluso una fracción de objeto. Y en los talleres pequeños es donde más abundan los aprendices, porque sólo allí pueden ser fuente de beneficios para el amo que vigila personalmente el trabajo, y haciendo constantemente el mismo objeto no pueden llegar a ser buenos obreros, de los de verdad. ¿Cómo van a formarse ebanistas en esos talleres parisinos donde ya no se fabrican, y además con ayuda de máquinas-herramientas, más que mesillas de noche de determinado modelo o mesas para máquinas de coser? ¿Llegará acaso a sillero un aprendiz cuya única labor consiste en ensamblar las 42
  • 24. diversas partes de una silla que, por necesidades del transporte, llega desmontada de provincias o del extranjero?". Y el informe llegaba a la conclusión de que "el aprendizaje se halla en trance de decadencia". Y, ¿cuál era el remedio? Una red de escuelas profesionales sostenidas por el Estado, ya que "la pobreza de los padres es mucha, y no les permitiría ni siquiera pagar una pensión suficiente para cubrir los gastos de enseñanza"79. Lo mismo decía el movimiento obrero, a la par que exponía, en exposiciones y congresos, un verdadero "pensamiento sobre la educación" 80. Reivindicaba sobre todo una "enseñanza integral" que no sacrificase ni la cultura general que formaba al ciudadano, ni los saberes profesionales que forjaban al buen obrero, al obrero completo; una enseñanza que no disociase nunca la teoría de la práctica. "El adolescente experimenta el mismo día un fenómeno cuya teoría ha estudiado, y otorga su justa valía a la labor del obrero, y a sus manos", decía Ernest Roche en el Congreso de Marsella (1879) 81. Vanos anhelos. En Francia, la enseñanza técnica y profesional ha sido y sigue siendo un fracaso. Y ello se ha debido al desconocimiento que, a diferencia de Gran Bretaña y sobre todo de Alemania, ha tenido el sistema escolar acerca de la industria; y a la indiferencia e incluso el desprecio que abrigaba hacia el obrero, y que los jóvenes sentían como una discriminación 82. Eso fomentó su "espíritu de rebeldía", su insubordinación, su tendencia a "darse el piro" y su insolencia. He aquí un extracto del registro de una agencia patronal de colocación en 1874. Un aprendiz, "tras quedarse dos días en casa de su amo, se marchó de un modo un tanto grosero, por influencia de su tía. Ha vuelto a pasar por el despacho del secretario, diciendo que se había marchado de casa de su amo porque sus padres no habían podido entenderse con él en cuanto a las condiciones. El secretario le ha indicado la casa Hendrickk, donde se ha presentado con unas maneras tan poco decorosas y ha manifestado unas pretensiones tan exorbitantes, que la señora Hendrickk le ha despedido sin darle el empleo" 8?. "No hay nada que esperar de los aprendices", escribía La République Franfaise (18 de agosto de 1884). "No saben nada y, en cambio, se conocen todas las calles de París y hasta las del extrarradio". La sempiterna lamentación designaba una situación real, bien identificada por Alain Cottereau: la negativa de un número cada vez mayor de aprendices a aceptar la situación que se les brindaba: rechazo que les permitía el mercado del empleo parisino. Los "aprendices" de finales del siglo XIX daban signos de conciencia impaciente: entonces ya eran más instruidos (desde 1860, un 87 por 100 de los obreros parisinos sabía leer y escribir) y además, algo mayores... En la fábrica. En virtud de la legislación protectora, los niños desaparecían, de modo lento, pero seguro, del fondo de la mina y del recinto de la fábrica, que de así fueron pasando a ser feudo de los obreros jóvenes. En 1897, según el censo, la gran industria contaba con 223.385 adolescentes de doce a dieciocho años del sexo masculino, y casi otro tanto, 210.182 de la misma edad y del sexo femenino. Pero una segregación sexual creciente separaba los empleos y los espacios: el ramo del textil era, mayoritariamente, territorio propio de muchachitas jóvenes y de mujeres; los muchachos no tenían allí nada que hacer más allá de la adolescencia, a no ser que hubieran hecho carrera entre el personal administrativo o técnico, o en tareas especializadas. En todos esos lugares —la mina, la obra, la fábrica—, el reclutamiento se efectuaba a nivel familiar. Se solía llevar a cabo en cuadrillas en las que el joven era auxiliar de sus padres o de un hermano mayor, y estaba tan integrado a su fuerza de trabajo, que su salario se agregaba al de ellos. Cuando trabajaba para los demás, le remuneraba el capataz de la cuadrilla. Su relación con el dueño siempre era mediatizada: para él, no existía. Los muchachos iban a la fábrica porque "no aprovechaban en el colegio", o porque allí se aburrían. Muchos son los testimonios que hablan de ese aburrimiento escolar: los de Dumay, Saulnier y Navel, por ejemplo. "Ya estaba hasta el gorro de ir a desgastar el culo de los calzones en los bancos de la escuela, y tenía mucha impaciencia por seguir los pasos de mi hermano mayor", dice Eugéne Saulnier. "Para mí no representaba nada el certificado de estudios primarios. Posiblemente a disgusto, zanjó mi padre: «También serás un buen vidriero»". 84 Los trámites fueron sencillos: "Un par de minutos de entrevista del padre con el director de la fábrica, y todo arreglado". Bien es verdad que en este caso se trataba de una fábrica de pueblo. En las grandes empresas, la cosa era más complicada. Algunas reclutaban directamente en sus escuelas propias. En Le Creusot reclutaban por series de seis, diez o doce, a tenor de las necesidades: "El director de las escuelas iba a la primera clase, y decía a los alumnos: «Se necesitan tantos aprendices en las forjas, tantos en el ajuste o en la calderería. ¿Quién quiere ir?». Y los muchachos levantaban la mano, siempre que tuvieran doce años por lo menos; y lo hacían sin pedir consejo a sus padres, y sin ninguna vocación por el empleo disponible, sino impulsados por un único móvil: el gusto de dejar de ir a la escuela", refiere Dumay 85, que así entró en el taller de ajuste a los trece años, en 1854. Por lo general, los obreros de fábrica eran menos instruidos que los aprendices de los talleres urbanos. En cuanto llegaban a la fábrica, los jóvenes quedaban integrados en un proceso de producción del que no eran más que una rueda en el engranaje. Más que aprendices, 43
  • 25. se los denominaba "ayudantes", "auxiliares", o por el nombre de la operación que realizaban: eran atadores de cabos en las fábricas de hilados, rebotadores de bonetería, remenderos, marcadores de imprenta *, "granujas" de los altos hornos, vagoneros de minas, "chavales" en la vidriería, etc. En algunos casos ejercían funciones temporales, repetitivas y sin porvenir; en otros, iban escalando los peldaños de una profesión. Ejemplo del primer tipo: en Le Creusot, los aprendices fabricaban siempre las mismas piezas; 'juntaban a los torneros en un grupo de unos treinta, y cada uno se especializaba en unos tornillos y unas tuercas casi siempre iguales durante seis meses, un año, dos años y aun más, y así, con la rutina, lograban una destreza extraordinaria. Un aprendiz joven que ganaba un franco diario llegaba a hacer en una jornada hasta doscientos tornillos", que, hechos en fábrica, hubieran costado diez francos. El aprendiz no aprendía nada, pero producía beneficios a la fábrica, y les llevaba algo a los suyos, que solían contentarse con ello. Era precisa mucha energía para sustraerse a esa trampa, como lo hizo Dumay que, a los dieciocho años, decidió marcharse a París. * En el ramo de la imprenta hispánica, el "marcador" no era, desde luego, un aprendiz; ni siquiera un obrero joven, sino formado y hecho y derecho: era incluso un especialista entre los maquinistas. (N. de la T.). La mina o la vidriería pertenecían al segundo tipo. Con minuciosidad poco frecuente, Eugéne Saulnier cuenta cómo fue aprendiendo los gestos del oficio y fue ascendiendo en la jerarquía de la vidriería. Contratado para "tapar un hueco" de un "chaval" que faltaba en un "puesto" (cuadrilla compuesta por tres sopladores y sus tres chavales), luego pasó a proveedor del arca, a fogonero y, por último, a soplador de primer grado, porque existía toda una escala de ellos. A los diecisiete años tenía "un oficio en las manos", que prefería al de mozo de labranza. Ganaba más y se sentía respetado: experimentaba cierto placer en subir a su vez en el escalafón de las tareas: "Cuando llego a mi puesto, los demás ya han trabajado por mí". Su ascenso fue relativamente rápido; Saulnier se lo debió a un obrero anciano, el tío Pilón, que le enseñó como era debido; pero reconoce que se solía subir "por simples golpes de fortuna" o según las decisiones de los veteranos, muy influyentes. El oficio era tanto una pirámide de poderes como de competencias; eso era más cierto aún en las minas y en las obras de construcción. Es decir, que el joven obrero tenía que sufrir una serie de dependencias, en las que la edad tenía mucha importancia. Los veteranos se mostraban más o menos receptivos. "Al obrero, dueño y señor, había que servirle", dice Saulnier 86 . Pero, atenazados por un lado por la urgencia de la tarea y por otro, por el incentivo de la obra a destajo, a los mayores les sucedía con frecuencia que se mostraban groseros y brutales. Dumay, peón en los talleres de Cail (en Grenelle, hoy barrio de París), a los diecinueve años tenía que transportar gruesas y frías chapas de acero para llevárselas al trazador, "que se reía cuando nos veía que nos soplábamos en los dedos". Quince años después, entró en una forja para sustituir al mozo de pudelaje ausente (la rotación muy rápida permitía una contratación también rápida). Pasó allí una noche que le dejó pavorosos recuerdos. Al ser un poco torpe, le empezó a insultar el pudelador, "hombre de unos treinta y cinco años de corpulencia hercúlea, que dijo que me iba a dar un tortazo" y le llamó "torpón, so vago, cacho de inútil" y acabó por tirarle las tenazas a la cara, que el mozo esquivó afortunadamente. "Los obreros de las forjas nunca hablaban de otra manera a sus ayudantes", dice Dumay, melancólico, que decidió marcharse a otro sitio 87. Ese aprendizaje "en el tajo" no era necesariamente difícil. Se trataba de tareas sencillas y repetitivas: abrir, cerrar, abrir, cerrar, ni más ni menos, el molde para la pasta de vidrio. "Pegado a mi taburete", a poca altura del suelo, "no podía permitirme el lujo de contemplar lo que pasaba a mi alrededor", dice Eugéne Saulnier, que recordaba sobre todo su enorme cansancio. Cuando se amodorraba, el soplador le daba una patada en la espinilla. Interminables jornadas: una vez cumplidos los dieciséis años, nada las limitaba, y el ritmo de los adultos lo gobernaba todo sin restricciones. Interminables semanas: hasta se negociaban acuerdos para que los domingos, los jóvenes fueran a limpiar las máquinas y ordenar los talleres. Saulnier se estimaba feliz de disponer de la tarde del domingo, su "domingo festivo". Los descansos se veían reducidos por las tareas de limpieza o preparatorias —los obreros exigían que, al volver al trabajo, todo estuviera listo— o por los eventuales ejercicios. Eso dio lugar a reivindicaciones para mantener la duración de las pausas: los jóvenes metalúrgicos de Lille pidieron no tener que ir a la escuela durante la hora de la comida; los marcadores de las imprentas parisinas pidieron no tener que fregar las herramientas en el tiempo de la comida y disponer en cambio de una pausa de cinco minutos "para comer un bocado", porque les estaba rigurosamente prohibido comer durante el trabajo, y "la labor de la tarde se les hace demasiado larga"88. Las comidas se despachaban con suma rapidez: apenas recalentadas, las tarteras se vaciaban de inmediato. Los adultos, animados, bebían mucho; los jóvenes se iniciaban muy temprano en el consumo de alcohol, por eso de que virilizaba... 44
  • 26. Los obreros jóvenes sufrían accidentes, muchas veces por extenuación, por no estar acostumbrados a las cadencias de las máquinas, por asumir riesgos con el fin de terminar lo antes posible la tarea, o al distraerse por deseo de charlar con los compañeros. Según el prefecto del departamento del Nord, en un mes de 1853, de 81 obreros accidentados, 57 tenían menos de veinte años. Manos mutiladas, dedos arrancados, miembros fracturados o heridos fueron el pan de cada día, cuando no accidentes más graves: cuerpos y ropas lacerados por las temibles fauces de las máquinas dejadas al descubierto, sin protección, sobre todo en la primera mitad del siglo, tan escasamente preocupada por esa cuestión. No es de extrañar, por consiguiente, que las juntas de clasificación de las cajas de recluta declarasen inútiles a tantos obreros jóvenes. Desde luego, la situación mejoró en la segunda mitad del siglo XIX, por razones tanto generales (mejora global del nivel de vida) como particulares: prohibición del trabajo de los niños, mejoría de las condiciones de higiene y de seguridad. Los inspectores de Trabajo, muy vigilantes en el primer punto, después de 1900 se ocuparon sobre todo del segundo; si bien los jóvenes no fueran objeto de una atención específica 89. Para ellos, ¿era la fábrica más dura que el taller? Es cosa discutible. Norbert Truquin prefería la hilandería picarda, donde a los trece años entró de atador de cabos, a la arbitrariedad de sus antiguos amos. "En las fábricas, las naves están caldeadas, suficientemente ventiladas y bien iluminadas; en ellas reina el orden y !a limpieza; el obrero se halla en buena compañía [...] El tiempo transcurría allí alegremente", dice de aquella época (hacia 1845) en la que el espacio de la fábrica estaba en realidad poco vigilado 90. Es probable que el refuerzo general de la disciplina industrial haya tenido especial incidencia en los jóvenes, atrapados en una tenaza entre una patronal tensa y los adultos nerviosos. La fábrica pasó a convertirse en "el presidio". La detestaban, y ello fomentó a comienzos del siglo XX la psicología libertaria. Pero, ¿se rebelaban? La fábrica, más que el taller, favoreció sus acciones colectivas. Al aprendiz desafortunado, demasiado aislado, sólo le cabía el alboroto, la escapatoria o la fuga. Más numerosos, los jóvenes obreros de fábrica formaban un grupo que podía afianzarse. ¿Cabe decir que constituían un movimiento social, en el sentido de la sociología de la interacción (Alain Touraine)? Parece demasiado; antes bien, ejercían una protesta, sobre todo a través de la huelga. Protesta que se llevaba a cabo de dos modos 91. Primeramente, participando en los conflictos de conjunto. Los jóvenes estuvieron presentes en esos movimientos y manifestaron su ardor. Entre 1871 y 1890, el 16 por 100 de los manifestantes detenidos tenían entre quince y diecinueve años, y el 6 por 100 de los agitadores censados pertenecían a esa franja de edad. Abundaban las siluetas de los jóvenes "cabecillas", dotados de potente voz, de un elevado tono de rechazo y, a veces, de ese carisma que arrastra a las multitudes. Valga de ejemplo Félix Cottel, joven militante sindicalista de Troyes (Aube), para cuya rehabilitación se movilizaron los rebotadores de las boneterías. O asimismo Étienne Rondeau, de diecisiete años, laminador, excelente obrero, cabecilla de Vierzon (Cher): "No soy un esclavo", decía, exhortando a sus compañeros 92. En las industrias más homogéneas, donde estaban bien integrados, los jóvenes hacían a veces de "detonadores". Lo cual era verdad en el ramo textil igualitario, en el que abundaban. En Troyes, los rebotadores, trabajadores de catorce a dieciséis años —"nuestros chicos"—, fomentaron la mayor parte de los conflictos en la bonetería. En las fábricas de hilados, los atadores de cabos, muy afectados por la aceleración de las cadencias y la supresión correlativa de mano de obra, se agitaban mucho. En Alsacia, entre 1850 y 1870, suministraron más del 22 por 100 de los huelguistas, arrastrando a las mujeres <JS. En el conjunto de Francia entre Alsacia, entre 1870 y 1890. Acumularon más de la mitad de las huelgas de jóvenes, y disponían de un gran poder de convocatoria. En Vienne (Isere), los "anudadores", adolescentes de doce a dieciséis años, persuadieron a las mujeres, guarnecedoras y tejedoras, a que se manifestasen el primer "Primero de Mayo", el de 1890, y dieron rienda suelta a su protesta contra los fabricantes de la ciudad. En la minería, la situación de los arrastradores o vagoneros era menos confortable, y su papel promotor dependía de la estructura familiar. En las cuencas costeras del Macizo Central francés solían cumplir un cometido motor: por ejemplo, en 1846 en el departamento del Loire, y en 1878 en el del Allier. En el Norte —de Francia y más ampliamente de Europa—, regiones más jerárquicas donde la profesión y la familia estaban centradas en torno al Picador, el minero rey en la plenitud de su vida, el Padre, la posición de los vagoneros era subordinada. Relegados al silencio dentro de la familia, se hallaban en la misma situación en los sindicatos, que siempre ponían cláusulas restrictivas que les impedían el voto: en Seraing (Lie-ja, Bélgica), se precisaban veintiún años para poder votar en una asamblea 94. Sus mayores apenas tomaban en cuenta las huelgas propias de los jóvenes, ya que estimaban que no tenían voz ni voto, y que cada cosa había que hacerla a su tiempo. En la mayoría de los casos, los jóvenes vagoneros, educados en el culto al padre, al héroe macho del infierno negro —su modelo de identidad—, aceptaban, se callaban y en su día reproducían el cometido inculcado. Pero en periodos de crisis o de tensión, esa 45
  • 27. segregación podía acarrear un conflicto generacional que se manifestaba en términos de huida o de enfrentamiento, inclusive en el plano sindical: porque los jóvenes de un día no dejaban de ser los adultos del mañana. Lo mismo ocurría en todas las industrias de estructura jerárquica que consideraban a los jóvenes como auxiliares cuya agitación perturbaba el orden de las cosas. En el ramo de la imprenta, donde los receptores de pliegos, o los marcadores, eran considerados de escasa entidad. O en la vidriería, donde las huelgas de "chavales" o incluso las de "muchachotes" siempre fueron acogidas con desprecio. El peso de las familias se añadía al de los patronos para lograr que cesaran los conflictos que se calificaban de lucro cesante y de incongruencias. Conviene, sin embargo, destacar que ese ramo de la industria manifestó ciertas veleidades en cuanto a la organización de los jóvenes; en 1893 convocó en Aniche (Nord) un "congreso de chavales" y durante un lapso de tiempo, un periódico, Le Cri desjeunes, se dirigió a los jóvenes de dieciocho a veinte años 95. Las reivindicaciones de los obreros jóvenes, en una gran ciudad fabril como Le Creusot, parecían inaguantables; o lo que es peor, se las tomaba a chiquillada. Jean-Baptiste Dumay relata que en 1858, a raíz de una reducción de su magro salario, convenció a sus compañeros a "llevar a cabo una gestión colectiva ante el encargado general, que entonces era un tiranuelo de la peor especie [...] el cual se espantó literalmente al vernos llegar juntos a unos treinta solicitantes. Declaró que no recibiría a una delegación, sino que cada uno de nosotros le expusiera sus deseos personales por separado". Dumay se adelantó el primero; los demás se escaparon; a Dumay le despidieron, que era lo que buscaba, porque tenía deseos de mudar de aires 96. Muchas huelgas de jóvenes expresaron de ese modo que estaban "hasta el gorro" y tenían ansias de nuevos horizontes. Pero, en aquella época, las posibilidades de acción autónoma de que disponían los obreros jóvenes eran bien cortas. Vivir en la dudad. Por ello, en cuanto podían, hacia los dieciocho, o incluso los dieciséis años, los jóvenes trataban de marcharse, aprovechando la idea positiva que a pesar de todo se seguía atribuyendo como instrumento de formación al viaje, heredero de la "vuelta a Francia" que Agricol Perdiguier brindó, mediado el siglo, como modelo autobiográfico nostálgico. La narración de esa "vuelta" ocupa las dos terceras partes de sus Mémoires d'un Compagnon. Perdiguier realizó ese viaje, sobre todo por el sur de Francia, entre 1824 y 1828, de los diecinueve a los veintitrés años. Nos ha dejado una narración iniciática, cuya circularidad —de Moriéres a Moriéres, su pueblo natal del Comtat Venaissin— sugiere el perfeccionamiento del aprendiz, que le convertía en un compagnon fini ("oficial cumplido"). Iniciación al trabajo, fundamento de la identidad, en su caso el oficio más bonito, el de carpintero —el que J. J. Rousseau quería dar al protagonista del Emile—, amorosamente detallado en sus materiales, sus buenas mañas y sus herramientas. Iniciación además a las prácticas del compa-gnonnage, e iniciación a Francia, de la que era preciso descubrir las costumbres, los paisajes y las ciudades, centros de la civilización. Se trata de una apología del "viaje a pie" y de sus virtudes formativas para la juventud de clase humilde, un elogio de la movilidad ordenada. La "vuelta a Francia" era una iniciación a la vez cívica y obrera. Por otro lado, ese relato es también, y en primer lugar, a su manera, un reportaje muy vivo, lleno de encanto, plagado de informaciones concretas sobre la vida del trabajo y el tiempo libre de los jóvenes com-pagnons. Un monumento y un documento. El joven metalúrgico Dumay también llevó a cabo su "vuelta" en 1860-1861, a sus diecinueve y veinte años, sin la ayuda gremial del compagnonnage, sino apoyándose constantemente en una dilatada parentela toda ella vinculada al oficio, y en sus paisanos de Le Creusot que, debido a sus conocimientos, ocupaban una posición destacada en los principales complejos industriales del metal97. Se marchó de París, no sin cierto pesar —"me gustaba la capital"—; pero allí ya no aprendía nada. Con su compañero Thomas, se dirigió al Sur, por Auxerre, Dijon, Pommard, Épinac, Lyon, el valle del Ródano, Nimes, Uzés y por último Marsella, trabajando por semanas tanto en grandes empresas como en modestos talleres, alquilando habitaciones amuebladas o en casas de huéspedes cuyas dueñas eran a veces complacientes, o durmiendo en pajares. Viajaba casi siempre acompañado, cambiando de camaradas, combinando las diligencias con los trenes y la marcha a pie: así lo hizo de Lyon a Marsella. "¡Qué hermoso tiempo!, ¡qué buenos recuerdos guardo!, ¡qué alegre durante todo el camino, con mi hatillo en la punta de la vara!", cantando y bromeando. Le contrataron en La Ciotat, en las Messageries Imperiales, y allí se quedó catorce meses, entretenido por "un amor compartido cuyo recuerdo me sigue siendo grato al cabo de cuarenta años". Pero sacó mal número en el sorteo, lo cual la hizo renunciar a cualquier proyecto sentimental y le obligó a hacer siete años de servicio militar (1861-1868), del que nos brinda una narración poco frecuente en la literatura autobiográfica obrera 98. Durante todo ese tiempo, nunca perdió el contacto con los suyos, porque Le Creusot le seguía tirando. Allí regresó al licenciarse del servicio, se puso a trabajar y se casó con una joven del 46
  • 28. lugar, el 21 de noviembre de 1868, a los veintisiete años. Ese joven despreocupado y rebelde fomentó varias huelgas en su periplo —a diferencia de Perdiguier—, y fue militante republicano y socialista. Saulnier, el joven vidriero, también soñaba con marcharse de la vidriería de su adolescencia para saber algo más: "Las cositas que había aprendido a sacar de mi caña (de la caña de soplar, o puntel), me dejaban con ganas de hacer mucho más". Su hermano mayor, Armand, vidriero en la Dordoña, se ufanaba de sus proezas y su paga. "Como los viejos, trabajaba con las cuatro patas y el hocico (son términos del oficio) y se alegraba de haberse marchado". Eugéne se decidió a irse también. Tenía dieciséis años. Le decían: "¿Qué, te vas, Eugéne? ¿Te vas a dar la vueltecita...?". Su madre rezongaba un poco, pero se resignó: "Estaba escrito en el destino de los vidrieros. Cuando no se tiene oficio, se le vuelve a uno el alma nómada". Además, "me había llegado el tiempo de correrla" ". Se marchó con su hermano, entró en su vidriería, compartió su alojamiento y descubrió una atmósfera social nueva; debido a la cercanía de Burdeos, la gente era algo más protestona: los chavales se ponían en huelga, hartos de que no les considerasen como verdaderos aprendices. Saulnier fue más estable que Dumay: dos años (1980-1910) en Dordoña, y otros dos (1910-1912) en Choisy, cerca de París, hasta que le tocaron las quintas: "No me interesaba el que me declarasen inútil. En Le Pies-sis, la cosa habría dado mucho que hablar. Hubieran empezado a hacer preguntas, y no hubiera sido nada serio" 100. Era patente que los tiempos habían cambiado. Se incorporó a filas en 1912, le pilló la I Guerra Mundial y no regresó a su terruño hasta 1919, con veintisiete años, para casarse con Alsi-ne, su "prometida" desde doce años antes. A través de esos tres ejemplos se ven perfectamente las funciones múltiples de esos viajes: iniciación al oficio, a la sociabilidad, al amor y a la política; verdaderas "universidades" de los obreros jóvenes. Tiempo esencial de rupturas, de descubrimientos, de decisiones personales, de encuentros y de inserción en la Gran Ciudad, y en el cual las entidades urbanas desempeñaban precisamente un cometido primordial. Más efervescentes —sobre todo París, que tanto atractivo tenía para los proletarios del siglo XIX—, las ciudades ofrecían múltiples posibilidades, un formidable ensanche del horizonte. Porque los jóvenes estaban ávidos de distracciones en su tiempo libre. Apreciaban todas las formas de teatro, que a Perdiguier le encantaba, así como el café cantante y el cine, a cuyo éxito contribuyeron en buena parte. Más preocupados que anteriormente por sus cuerpos, solían acudir a los baños o duchas: una vez por semana, Saulnier iba a los baños calientes con sus compañeros. Y cuando hacía bueno, iban a nadar y a remar. En cuanto al deporte (o, mejor dicho, al sport, que entonces empezaba), les gustaba el boxeo francés (a puñetazos y puntapiés), y también la lucha, más que la esgrima que practicaban los más finolis (por ejemplo, Norbert Truquin). A comienzos del siglo XX, el boxeo suscitaba una afición en función de las esperanzas que originó 101. Las modas cambiaban, pero se afirmaba un gusto creciente por la competición y el ejercicio físico. Y en mayor medida, los jóvenes se reunían en sus habitaciones, o en los cafés o los bares, para jugar al billar, y sobre todo a echar partidas de cartas, a charlar, ó sencillamente a beber en compañía. En los albores del siglo XX, empezó a difundirse la costumbre de las excursiones al campo, en bicicleta y en pandilla. La pandilla fue, tradicionalmente, el crisol de una sociabilidad juvenil intensa. Se formaba por afinidades tanto de oficio —los compagnons mostraron en ese punto un particularismo receloso, que se atenuó con el tiempo— como de barrio o de origen. Los jóvenes de Le Creusot, quisquillosos en cuanto al "pundonor", armaban peleas en las salas de boxeo francés o en los bailes, ya que no aguantaban las burlas que su rusticidad suscitaba a veces: "Nunca hubiéramos soportado los apodos insultantes que aplicaban a los albañiles de la Creuse", dice Martin Nadaud. Los conflictos, que en los medios intelectuales y las clases acomodadas se liquidaban mediante duelos (que tuvieron un renacer en el siglo XIX), entre jóvenes obreros se ventilaban con los puños desnudos, y colectivamente. Entre pandillas, se contaban y coreaban los golpes. "No puede hoy darse uno idea de lo mucho que gustaba entonces la exhibición de la fuerza". Se daba una violencia obrera en la que se mezclaban el gusto por la hazaña física, donde se procuraba libre ejercicio al cuerpo agarrotado por los gestos del trabajo, con el deseo de realizar una proeza. Las salidas de los bailes, que solían ser el lugar de encuentro de ambos sexos, daban frecuente pie a las peleas por las chicas, que los mozos se disputaban como terreno de conquista. Para ellos, era un terreno más importante que el de la política. La cual, por lo general, seguía siendo cosa de adultos, sobre todo puesto que los listones de edad excluían a los jóvenes del derecho" a voto, incluso dentro del sindicato. Más que asociarse, se manifestaban, en grupo en la mayoría de los casos: y eran ardientes en las barricadas, si bien la leyenda se las atribuye de manera demasiado sistemática. En realidad, muy grandes tenían que ser los acontecimientos para que se movilizaran, y a veces de manera titubeante. Norbert Truquin, en febrero de 1848, fue en París un joven espectador curioso; pero la Revolución no interrumpió el transcurrir de su vida normal y sus diversiones. En junio, en cambio, apoyó a los insurrectos de los Ate-liers Nationaux, a quienes 47
  • 29. reprimió la Garde Mobile, que a su vez había sido reclutada entre los parados jóvenes. Los estudios de Charles Tilly y de Pierre Caspard han permitido sólidas comparaciones sociológicas: el promedio de edad de los insurrectos que comparecieron ante los tribunales fue de treinta y cuatro años; el de los guardias móviles, de veintiún años y medio, teniendo la mitad de ellos entre diecisiete y veinte años. No había diferencia profesional entre unos y otros: eran de la misma extracción social. En cambio, mientras que un 63 por 100 de los guardias móviles eran naturales de provincias y recién llegados a París, entre los insurrectos se daba la relación inversa. O sea, que la edad influía menos que el grado de integración, ya fuera profesional, local o político 103. Las vías de la politización fueron muy diversas. Muchas autobiografías coinciden en la transmisión de un modelo familiar republicano procedente de la Revolución, invocando el papel desempeñado por un mayor — frecuentemente, un hermano— o por las amistades, y sobre todo por las lecturas o las tertulias en los cafés. Martin Nadaud habla del café Momus, en París, cuyo encargado era un veterano de la guardia imperial (el papel de los militares retirados en la tradición oral fue considerable): "Ese hálito revolucionario que respirábamos en el café Momus nos impedía perder las esperanzas de ver algún día la realización de nuestro sueño, es decir, el advenimiento de la República" 104. Las sociedades secretas, como las chambrées de Provenza, cuya influencia subterránea ha demostrado Mau-rice Agulhon 105, sedujeron a los jóvenes. La sociabilidad informal, predominante en la primera mitad del siglo, les cuadraba mejor que las organizaciones formales, más jerarquizadas. Sindicatos y partidos, al considerar a los jóvenes como menores de edad y subordinados, mal pudieron fomentar su integración (vid. Yolande Cohén) 106. De ahí procedía, a comienzos del siglo XX, su atracción por los libertarios, que los acogían mejor. Les seducían la aureola de los "bandidos trágicos" (por ejemplo, la banda de Bonnot, cuya resistencia desesperada al asalto por parte de la policía en 1912 fascinaba a los niños pobres), 107 y hasta la insolencia de los apaches. Pero, a los veinte años, el amor le disputaba el terreno a la política. La juventud de las obreras. Pero, ¿dónde estaban las muchachas? Al igual que la infancia, término neutro, la juventud "se piensa" en masculino. Pero a filántropos y encuestadores les preocupó la presencia de muchachas en los talleres, y más aún en las fábricas, para deplorarla, sobre todo desde el sesgo de la moralidad. La prostitución —el "quinto turno", según Villermé, de la jornada de las obreras jóvenes de Reims— rondaba siempre por las puertas de las fábricas. Puesto que, según Michelet, obrero era "un vocablo impío", más aún lo era referido a las jovencitas. Lo que ante todo y sobre todo pretendían era protegerlas, separarlas y hasta sustraerlas del mundo del trabajo; y en modo alguno procurarles una identidad y una formación. Véase, si no: la legislación (leyes de 1874 y 1892) creó una categoría, la de las "muchachas menores de edad" (de dieciocho a veintiún años), que se asimilaba a los adolescentes, a quienes "les está prohibido...", sin más. Sin embargo, la dimensión de la proporción de sexos era esencial. ¿Cómo se construía el "género" en la juventud obrera? En primer lugar, dentro de la familia. En la más tierna infancia, escasa segregación: los mismos juegos, idénticos trabajos. Las niñas participaban al igual que sus hermanitos en las tareas protoindustriales o manufactureras, rebozadas con el elogio a una destreza infantil que luego pasará a ser patrimonio de las mujeres. La diferencia empezaba en los aprendizajes organizados. Ya fueran escolares o industriales, excluían en gran parte a las muchachas. Referida a ellas, la escuela era considerada cosa secundaria. El Estado hizo poco en su favor; la ley Guizot (1833) las olvidó. La Iglesia le sustituyó: las niñas pobres quedaron confiadas a las monjitas o a las damas de la caridad. En esas escuelas menores, les enseñaban los rezos, la moral, la costura y los rudimentos de una instrucción; las preparaban para la comunión (por lo general, a los once años). La diferencia de alfabetización entre muchachas y muchachos era variable según las regiones, pero constante 108. La Escuela instaurada por J. Ferry, dejando aparte sus objetivos políticos, casi logró la igualación; fue poco diferencial. En aquel tiempo, la segregación la llevaba a cabo la familia, y ante todo la madre. La madre, persona clave en la transmisión de los cometidos, de la memoria, de los gestos cotidianos, iniciaba a las hijas en todo. Tal era la norma, sin tener en cuenta las perturbaciones aportadas por la sociedad industrial a las antiguas costumbres, como la confección del ajuar, esa "larga historia entre madre e hija" 109. En la industria doméstica, la madre enseñaba a sus hijas los gestos, las mañas del trabajo: así ocurría en la bonetería de Troyes (Aube) o en la pasamanería de Saint-Etienne (Loire), donde las hijas sucedían a las madres sin verdadera posibilidad de elección por su parte. Esos aprendizajes no gozaban de ningún reconocimiento: se hablaba de las "cualidades innatas" de esas muchachas que nacían "con una aguja entre sus deditos de hada", lo cual daba pie a que no se les admitiese ninguna cualificación específica. Y eso las dispensaba asimismo de un verdadero 48
  • 30. aprendizaje, cuando en realidad lo que en sus casas recibían era un seudoaprendizaje, pretexto para una explotación descarada. Bien claro lo denuncia la encuesta de la Cámara de Comercio de París, en la que en 1870-1872 aparecen 8.902 muchachas frente a 18.127 muchachos 110. En unos casos, mediante contratos de larga duración, los patronos se aseguran una mano de obra barata, como las bruñidoras de metales o las tallistas de diamantes quedaban obligadas a permanecer desde los once a los dieciocho años con los mismos amos y con magros jornales, siendo así que podrían aprender el oficio en dos o tres años. En otros casos, las utilizaban sistemáticamente como criadas: "En el tejido, las maestras de aprendizas parecen [...] ignorar la existencia del artículo 8 de la ley de 1851. Es como si tomasen aprendizas más que nada para emplearlas en labores domésticas o en tareas de cualquier otra índole" 111. Y en otros, la denominación de "aprendizas" disimulaba un trabajo productivo, aprendido en pocos meses, o incluso en unos días, y con menor retribución: eso ocurría con las ovalistas o las devanadoras de seda de Lyon, cuyas condiciones de trabajo no habían mejorado nada desde el siglo XVIII 112. En 1877, la jornada comenzaba a las 7 de la mañana y terminaba hacia las 9 o las 10 de la noche, con tres descansos de media hora solamente. "Pocas de esas aprendizas saben leer y escribir, y trabajan en talleres mal cuidados en los que no se observa ninguna regla de higiene, y ni siquiera se vendía como es debido" 113. La alimentación era mediocre, así como las camas. De modo que esas muchachas se encontraban en "un estado mórbido" inquietante, presas fáciles para la tisis, que había pasado a tuberculosis. La condición de las muchachas era peor que la de los chicos, y agravada por el hecho de que no podían ni rebelarse ni escaparse. Y no había un turn over femenino. Las jovencitas se hallaban amarradas a sus duros bancos por la voluntad de todos, y en primer lugar de sus respectivos padres. Sin embargo, se fueron abriendo algunas grietas, en el ramo del diseño, o en el de la moda y sus oficios. Las obreras de la costura (floristas, plumajeras, modistas, bordadoras, etc.) fueron adquiriendo en los propios talleres ciertas habilidades manuales sobresalientes, que les permitieron mejorar los salarios y adquirir algún prestigio. Jeanne Bouvier ha relatado su periplo por los talleres de costuras parisinos, y cómo logró imponerse mediante algunas rupturas 114. Pero lo que era normal o meritorio en un muchacho era sospechoso en una muchacha, a quien no se concedía la posibilidad de tener ambiciones, y que por lo general tenía que pagar esa concesión con la soledad o la mala fama. La chirriante fiesta de las Catherinettes cobraba en este caso todo su sentido. El ideal del siglo XIX y del mundo obrero, no le demos más vueltas, era que las muchachas no estaban hechas para ejercer oficios, sino sólo para llevar a cabo tareas provisionales, con las miras puestas en el matrimonio y los quehaceres de la casa. Y eso originaba un mercado de trabajo reducido, en el que predominaban dos sectores: el servicio doméstico y la industria del textil o la de la confección de ropa. El primero, cada vez más del género femenino, fue creciendo en la proporción en que lo hizo el desarrollo urbano. Para las muchachas, y sobre todo las emigrantes, era un paso obligado, que muchas familias consideraban casi como un aprendizaje. Las muchachitas "se colocaban" a partir de los trece o catorce años, por medio de algún conocido, o del párroco o de familias distinguidas, y primero por allí cerca, y luego cada vez más lejos, ya que los sueldos eran más altos en las ciudades. Así pues, para las muchachas se conservó el Ufe cycle servant del Antiguo Régimen, si bien referido en mayor medida al campesinado que al mundo obrero, cada vez más reticente ante la esclavitud inherente al servicio doméstico. Por otro lado, un joven obrero, al instalarse en la ciudad, podía buscar a una criadita seria, cuyos ahorros le permitían pagar sus deudas. Y no era seguro que su propia hija fuese criada. A la segunda generación, las hijas de un obrero solían preferir la fábrica 115. El otro sector de empleo era la industria textil y de la confección, que brindaba empleo a casi las tres cuartas partes de los efectivos femeninos, y sin duda más a una proporción mayor de jóvenes obreras, aunque también aparecen en la selección del carbón en las eras de las minas (a los fotógrafos les gustaba captar sus pañoletas y sus caritas renegridas), así como en las azucareras, las papeleras, las fábricas de productos químicos, las de conservas, etc.: en todos los lugares donde las materias primas eran blandas, las herramientas sencillas y las operaciones divididas y repetitivas. Pero la masa de las jovencitas se apretujaba en las fábricas de tejidos, donde entre los doce y los veinticinco años constituían el grueso de la mano de obra: allí, sus ayudantes eran muchachitos jóvenes y sus jefes, hombres. Estos últimos las gobernaban, las acosaban y se solían otorgar un "derecho de pernada" como prima de contratación. En Amiens, donde las remendadores de alfombras eran objeto de "intercambios complacientes" entre los empleados, los encargados y los hijos de los dueños, el alcalde mandó en 1821 fijar un bando por el que prohibía "a los hilanderos e hilanderas elegir a sus ayudantes entre jóvenes del sexo opuesto" 116. Dadas las relaciones entonces existentes de edad y de poder, las obreras jóvenes eran las presas designadas para las manos atrevidas y las exigencias lúbricas. Y bien poco podían quejarse, atrapadas entre los deseos de unos y otros, o por las complacencias de las familias, que durante mucho tiempo aún se manifestaban indiferentes 49
  • 31. acerca de la dependencia sexual de las jovencitas. Lo cual dio origen a muchos ruidos y rumores, más que a hechos y encuestas. Inicialmente silencioso, el movimiento obrero fue denunciando cada vez con mayor frecuencia esos abusos y, a finales del siglo XIX, la "lubricidad" de los capataces era uno de los principales temas de los periódicos obreros de la región textil del Norte. La cuestión del "derecho de pernada" fue el meollo de la gran huelga de los porcelaneros de Limoges en 1905, que fue planteada contra el director, aficionado a la "carne fresca". Marie-Victoire Louis ha llevado a cabo acerca de esos aspectos desconocidos una investigación de altos vuelos 107, en la que destaca hasta qué punto pasaba por el dominio de su ruerpo la servidumbre de mujeres y muchachas, entre las cuales hace poca distinción, porque no era nada fácil discernir entre ambas en la documentación. Por su lado, los moralistas apenas prestaban atención a esa explotación sexual, ya que se dedicaron más que nada a denunciar los peligros de la promiscuidad y el desenfreno entre obreros y obreras. Para algunos, la visión de las fábricas como grandes lupanares cobra visos de obsesión. Y, ¿cuál era la solución? Una segregación total, y hasta un encierro completo. Tres modelos se ofrecían entonces. En primer lugar, la vieja tradición de los obradores regentados por damas caritativas o por monjas. En París, en 1879, 3.760 muchachas de doce a veintiún años cosían dobladillos de paños y pañuelos para las congregaciones 118. En provincias, el papel de las religiosas o semirreligiosas como las Béates era mucho más importante: en 1853, 1.000 de ellas formaron para encajeras a numerosas muchachas menesterosas de la Haute-Loire, y luego las colocaron, con plena satisfacción general, al parecer. Segundo tipo: los orfanatos o las instituciones para muchachas condenadas a penas correccionales por los tribunales, o enviadas allí por sus familias, denominadas a veces "arrepentidas" (frecuentemente, antiguas prostitutas), casas regentadas por el Bon Pasteur, con una voluntad expiatoria que entrañaba una severa disciplina y un trabajo sin freno y sin ganancia; lo cual era una dura competencia para las obreras "libres", que en numerosas ocasiones protestaron contra los conventos-talleres, incendiando varios de ellos. Y el tercer grupo fue el de la fábrica-internado implantado hacia 1830 por Lowell para las hijas de granjeros de Massachusetts por industriales bostonianos 119. Esas muchachas tenían entre los diecisiete a los veinticuatro años; percibían salarios elevados, se constituían una dote y se casaban con facilidad. Por otro lado, el sistema de Lowell era completo y pretendía controlar la totalidad de la vida de las jovencitas: trabajo, asueto, oración, distracciones de todo tipo, etc., con una evidente preocupación moral. "Están bajo la salvaguarda de la fe pública". La organización fascinó a los observadores; el sansimoniano Michel Chevalier la describió con detalle en sus Lettres sur VAmérique du Nord, no sin reservas acerca del "pudor angloamericano" y del "tono triste y aburrido" que se desprendía de esa colmena industrial. Duc-pétiaux, por el contrario, ensalzaba el espectáculo idílico de "cinco mil de esas jovencitas, vestidas de blanco y con sombrillas verdes" acogiendo en procesión al presidente Jackson. Se extasiaba ante "la buena cara, el aspecto saludable y de contento de las obreras de esas fábricas" 120. Ese sistema fue importado en la comarca de Lyon en 1836, primero en Jujurieux (Ain), y luego poco a poco en toda la comarca del sureste del Ródano y los montes Cévennes. El número de muchachas incorporadas a esos establecimientos en su apogeo se estima en unas 100.000. Sus padres, en su mayoría campesinos, cerraban con el patrono un contrato por tres años y medio, y en caso de ruptura del mismo, tenían que abonar una multa de 50 céntimos diarios (tarifa de 1880). Las fábricas facilitaban alojamiento a las obreras en unos dormitorios atestados, las daban de comer (aunque ellas solían llevarse su comida, para ahorrar) y las vigilaban. La supervisión técnica estaba en manos de encargadas laicas; la vigilancia material y moral, por religiosas, que hasta fundaron para ese fin órdenes específicas. Las muchachas no salían del recinto de la factoría, porque allí tenían una capilla. El trabajo se realizaba en naves presididas por un crucifijo, y estaba ritmado por preces y cánticos (en ocasiones, las jóvenes operarías trataron de mezclar coplillas de otra índole). La higiene dejaba que desear, y los castigos corporales persistían, como en los internados religiosos. Todo eso ha dado pie a controversias crecientes acerca de esos establecimientos. Ensalzados por personas tan diversas como el publicista Louis Reybaud, los partidarios de la Escuela de Le Play y el liberal Paul Leroy-Beaulieu m, en cambio fueron criticados por los republicanos radicales, que denunciaron el excesivo dominio en ellos de la Iglesia. A partir de 1892, los inspectores laborales, "abanderados móviles" de la República, les sentaron la mano 121. Se produjeron frecuentes huelgas, apoyadas desde el exterior de manera creciente, y que sirvieron para revelar a la opinión pública el arcaísmo de un sistema que, a pesar de todo y ya con menor injerencia eclesiástica, subsistió hasta la década de 1930, debido a la buena acogida que le seguían dispensando las familias rurales. En la comarca del Bugey se decía: "Feliz el campesino que tiene hijas, porque, gracias a ellas, se libra de deudas y compra tierras". Lo que a fin de cuentas resalta en todo esto es el cariz disciplinario y moralista del trabajo de las muchachas, la importancia otorgada al cuerpo, la obsesión por la sexualidad, el rigor de los controles. Lo que las diferenciaba de sus hermanos, sin duda alguna, era su carencia de libertad. 50
  • 32. Las muchachas, en mayor medida que sus compañeros, quedaban excluidas de la vida pública. Ellas no podían ni soñar en formar sindicatos, cosa ya de difícil acceso para sus madres. Tampoco "eran asunto suyo" las huelgas, a pesar de lo cual llevaron a cabo unas cuantas, y más visibles que las de los muchachos debido a su concentración, en especial en la industria sedera del Suroeste. La huelga de las ovalistas de Lyon (1869) sacó a primer plano a muchachas muy jovencitas, entre ellas a numerosas italianas, a quienes los amos despedían sin contemplaciones; y se instalaron en plena calle, junto a sus baúles. Su líder, Philoméne Rosalie Rozan, que se paseó por las calles de Lyon blandiendo su bastón como una espada, fue momentáneamente cortejada por la I Internacional; se habló de enviarla de delegada al congreso de Basilea, lo cual hubiera sido una gran innovación, ya que los congresos, lugares en los que predominaba la expresión oral y la representación pública, eran entonces esencialmente masculinos. Pero nada ocurrió 123. Otra gran agitadora, Lucie Baud, ha dejado un testimonio autobiográfico (nada frecuente) acerca de la condición social de las obreras sederas y la huelga de Vizille (1905). La mayoría de las cabecillas de las huelgas eran mujeres muy jóvenes; entre 1871 y 1890, el 42 por 100 de ellas tenían de los quince a los veinticuatro años (según las fichas de la policía). La juventud de las obreras daba el tono de sus modos de acción; formaban pandillas, o corros, haciendo ondear banderas, y se ponían a cantar, acompañadas por sus ayudantes, que eran niños, y en los mítines cantaban, en la mayoría de los casos, La Marsellesa, pero a veces otras coplas sentimentales. Por ello, los mayores aparentaban no tomar en serio sus "chiquilladas", y si acaso, las trataban con una divertida indulgencia o con un moralismo sentencioso. Al tratarse de jovencitas, siempre se ponían sus costumbres en candelera, y en entredicho su virtud. A ello cabe añadir la reprobación por parte de las familias, que se temían la ruptura de los contratos. Todo lo cual tornaba difícil la prosecución y triunfo de esas huelgas juveniles que, en la mayoría de los casos, se fueron desgranando sin resultados positivos. De todos modos, hemos de dar por supuesto que esas huelgas —y tenemos testimonios de ello más contemporáneos— dejaron en aquellas vidas grises un gusto de audacia, un sabor de placer, un recuerdo de día festivo. Ese mismo tonillo moralizante se percibe en todas las formas de adiestramiento propuestas para las muchachas: siempre en torno a las enseñanzas del hogar, que algunos —por ejemplo, Émile Cheysson, eminente estadístico, discípulo de Le Play— contemplaban como un medio de mejorar el servicio doméstico, como si ése fuera el único porvenir profesional de las jovencitas de extracción popular. Pero asomaron otras salidas dentro del sector terciario que se fue feminizando ya antes de 1914. Mecanógrafa, empleada de Correos, maestra, enfermera, comadrona, etc., proyectaron nuevas figuras de identidad. Las familias modestas se adhirieron gustosamente a esa tendencia: en Saint-Étienne (Loire), las escuelas profesionales no daban abasto para dar entrada a todas las solicitantes, que en su mayoría eran hijas de pasamaneros; y las familias criticaban el demasiado espacio otorgado a los trabajos manuales. Para las hijas de obreros, el hacerse maestras era todo un sueño, todavía irrealizable y que suscitaba oposición, como lo demuestran las redacciones escritas en 1877 para la obtención del certificado de estudios primarios en dos distritos parisinos: "Yo hubiera querido ser maestra, pero mis padres me han puesto trabas", o bien "pero tengo que ponerme a trabajar", o "mi padre no quiere" m. Con el tiempo, esas inauditas ambiciones cobraron cierta consistencia; pero entonces, era demasiado pronto. En resumen, las muchachas de la clase obrera acumulaban todas las desventajas, tanto sociales como sexuales. Les resultaba particularmente difícil transformar su trayectoria en destino. La emigración, con todos sus riesgos, era una de las escasas escapatorias posibles. La clase obrera no era un lugar privilegiado para la emancipación de las jovencitas. Su identidad colectiva descansaba en una rigurosa separación de los cometidos sexuales, en una simbólica viril, en el poder del padre. En el periodo de entre ambas guerras se exaltó al joven héroe, la figura —por ejemplo— del comunista conquistador; las jóvenes siguieron siendo sus compañeras discretas. 51

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