Cuentos y mas cuentos

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Cuentos y mas cuentos

  1. 1. Juan sin miedoErase una vez, en una pequeña aldea, un anciano padre con sus dos hijos. El mayorera trabajador y llenaba de alegría y de satisfacción el corazón de su padre, mientrasel más joven sólo le daba disgustos. Un día el padre le llamó y le dijo:- Hijo mío, sabes que no tengo mucho que dejaros a tu hermano y a ti, y sin embargoaún no has aprendido ningún oficio que te sirva para ganarte el pan. ¿Qué te gustaríaaprender?Y le contestó Juan:- Muchas veces oigo relatos que hablan de monstruos, fantasmas,… y al contrario de lagente, no siento miedo. Padre, quiero aprender a sentir miedo.El padre, enfadado, le gritó:- Estoy hablando de tu porvenir, y ¿tú quieres aprender a tener miedo? Si es lo quequieres, pues márchate a aprenderlo.Juan recogió sus cosas, se despidió de su hermano y de su padre, y emprendió sucamino.Cerca de un molino encontró a un sacristán con el que entabló conversación. Sepresentó como Juan Sin Miedo.- ¿Juan Sin Miedo? ¡Extraño nombre! - Se admiró el sacristán.- Verás, nunca he conocido el miedo, he partido de mi casa con la intención de quealguien me pueda mostrar lo que es, - dijo Juan- Quizá pueda ayudarte: Cuentan que más allá del valle, muy lejos, hay un castilloencantado por un malvado mago. El monarca que allí gobierna ha prometido la manode su linda hija a aquel que consiga recuperar el castillo y el tesoro. Hasta ahora,todos los que lo intentaron huyeron asustados o murieron de miedo.- Quizá, quizá allí pueda sentir el miedo, se animó Juan.Juan decidió caminar, vislumbró a lo lejos las torres más altas de un castillo en el queno ondeaban banderas. Se acercó y se dirigió a la residencia del rey. Dos guardiasreales cuidaban la puerta principal. Juan se acercó y dijo:- Soy Juan Sin Miedo, y deseo ver a vuestro Rey. Quizá me permita entrar en sucastillo y sentir a lo que llaman miedo.El más fuerte le acompañó al Salón del Trono. El monarca expuso las condiciones queya habían escuchado otros candidatos: Si consigues pasar tres noches seguidas en elcastillo, derrotar a los espíritus y devolverme mi tesoro, te concederé la mano de miamada y bella hija, y la mitad de mi reino como dote.- Se lo agradezco, Su Majestad, pero yo sólo he venido para saber lo que es el miedo,le dijo Juan."Qué hombre tan valiente, qué honesto", pensó el rey, "pero ya guardo pocasesperanzas de recuperar mis dominios,...tantos han sido los que lo han intentadohasta ahora..."Juan sin Miedo se dispuso a pasar la primera noche en el castillo. Le despertó unalarido impresionante.- ¡Uhhhhhhhhh! Un espectro tenebroso se deslizaba sobre el suelo sin tocarlo.- ¿Quién eres tú, que te atreves a despertarme? Preguntó Juan.Un nuevo alarido por respuesta, y Juan Sin Miedo le tapó la boca con una bandeja queadornaba la mesa. El espectro quedó mudo y se deshizo en el aire.A la mañana siguiente el soberano visitó a Juan Sin Miedo y pensó: "Es sólo unapequeña batalla. Aún quedan dos noches". Pasó el día y se fue el sol. Como la noche
  2. 2. anterior, Juan Sin Miedo se disponía a dormir, pero esta vez apareció un fantasmaespantoso que lanzó un bramido: ¡Uhhhhhhhhhh! Juan Sin Miedo cogió un hacha quecolgaba de la pared, y cortó la cadena que el fantasma arrastraba la bola. Al no estarsujeto, el fantasma se elevó y desapareció.El rey le visitó al amanecer y pensó: "Nada de esto habrá servido si no repite la hazañauna vez más". Llegó el tercer atardecer, y después, la noche. Juan Sin Miedo yadormía cuando escuchó acercarse a una momia espeluznante. Y preguntó:- Dime qué motivo tienes para interrumpir mi sueño.Como no contestara, agarró un extremo de la venda y tiró. Retiró todas las vendas yencontró a un mago:- Mi magia no vale contra ti. Déjame libre y romperé el encantamiento.La ciudad en pleno se había reunido a las puertas del castillo, y cuando apareció JuanSin Miedo el soberano dijo: "¡Cumpliré mi promesa!" Pero no acabó aquí la historia:Cierto día en que el ahora príncipe dormía, la princesa decidió sorprenderle regalándoleuna pecera. Pero tropezó al inclinarse, y el contenido, agua y peces cayeron sobre ellecho que ocupaba Juan.- ¡Ahhhhhh! - Exclamó Juan al sentir los peces en su cara - ¡Qué miedo! La princesareía viendo cómo unos simples peces de colores habían asustado al que permanecióimpasible ante espectros y aparecidos: Te guardaré el secreto, dijo la princesa. Y asífue, y aún se le conoce como Juan Sin Miedo. El caracol y el rosalHabía una vez...... Una amplia llanura donde pastaban las ovejas y las vacas. Y del otro lado de laextensa pradera, se hallaba el hermoso jardín rodeado de avellanos.El centro del jardín era dominado por un rosal totalmente cubierto de flores durantetodo el año. Y allí, en ese aromático mundo de color, vivía un caracol, con todo lo querepresentaba su mundo, a cuestas, pues sobre sus espaldas llevaba su casa y suspertenencias.Y se hablaba a sí mismo sobre su momento de ser útil en la vida: –¡Paciencia! –decíael caracol–. Ya llegará mi hora. Haré mucho más que dar rosas o avellanas, muchísimomás que dar leche como las vacas y las ovejas.–Esperamos mucho de ti –dijo el rosal–. ¿Podría saberse cuándo me enseñarás lo queeres capaz de hacer?–Necesito tiempo para pensar –dijo el caracol–; ustedes siempre están de prisa. No,así no se preparan las sorpresas.Un año más tarde el caracol se hallaba tomando el sol casi en el mismo sitio que antes,mientras el rosal se afanaba en echar capullos y mantener la lozanía de sus rosas,siempre frescas, siempre nuevas. El caracol sacó medio cuerpo afuera, estiró suscuernecillos y los encogió de nuevo.–Nada ha cambiado –dijo–. No se advierte el más insignificante progreso. El rosal
  3. 3. sigue con sus rosas, y eso es todo lo que hace.Pasó el verano y vino el otoño, y el rosal continuó dando capullos y rosas hasta quellegó la nieve. El tiempo se hizo húmedo y hosco. El rosal se inclinó hacia la tierra; elcaracol se escondió bajo el suelo.Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lomismo.–Ahora ya eres un rosal viejo –dijo el caracol–. Pronto tendrás que ir pensando enmorirte. Ya has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si era o no de mucho valor,es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma. Pero está claro que no hashecho nada por tu desarrollo interno, pues en ese caso tendrías frutos muy distintosque ofrecernos. ¿Qué dices a esto? Pronto no serás más que un palo seco... ¿Te dascuenta de lo que quiero decirte?–Me asustas –dijo el rosal–. Nunca he pensado en ello.–Claro, nunca te has molestado en pensar en nada. ¿Te preguntaste alguna vez porqué florecías y cómo florecías, por qué lo hacías de esa manera y de no de otra?–No –contestó el caracol–. Florecía de puro contento, porque no podía evitarlo. ¡El solera tan cálido, el aire tan refrescante!... Me bebía el límpido rocío y la lluvia generosa;respiraba, estaba vivo. De la tierra, allá abajo, me subía la fuerza, que descendíatambién sobre mí desde lo alto. Sentía una felicidad que era siempre nueva, profundasiempre, y así tenía que florecer sin remedio. Esa era mi vida; no podía hacer otracosa.–Tu vida fue demasiado fácil –dijo el caracol (Sin detenerse a observarse a sí mismo).–Cierto –dijo el rosal–. Me lo daban todo. Pero tú tuviste más suerte aún. Tú eres unade esas criaturas que piensan mucho, uno de esos seres de gran inteligencia que seproponen asombrar al mundo algún día... algún día.... ¿Pero, ... de qué te sirve elpasar los años pensando sin hacer nada útil por el mundo?–No, no, de ningún modo –dijo el caracol–. El mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yoque ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de mí mismo y en mí mismo.–¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo mejor de nosotros, no deberíamosofrecerles cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado sino rosas; pero tú, encambio, que posees tantos dones, ¿qué has dado tú al mundo? ¿Qué puedes darle?–¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo. ¿Para qué sirve el mundo? No significanada para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es para lo único que sirves. Deja quelos avellanos produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cadauno tiene su público, y yo también tengo el mío dentro de mí mismo. ¡Me recojo en miinterior, y en él voy a quedarme! El mundo no me interesa.Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.–¡Qué pena! –dijo el rosal–. Yo no tengo modo de esconderme, por mucho que lointente. Siempre he de volver otra vez, siempre he de mostrarme otra vez en misrosas. Sus pétalos caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez vi cómo una madre
  4. 4. guardaba una de mis flores en su libro de oraciones, y cómo una bonita muchacha seprendía otra al pecho, y cómo un niño besaba otra en la primera alegría de su vida.Aquello me hizo bien, fue una verdadera bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida.Y el rosal continuó floreciendo en toda su inocencia, mientras el caracol dormía alládentro de su casa. El mundo nada significaba para él.Y pasaron los años.El caracol se había vuelto tierra en la tierra, y el rosal tierra en la tierra, y lamemorable rosa del libro de oraciones había desaparecido... Pero en el jardín brotabanlos rosales nuevos, y los nuevos caracoles seguían con la misma filosofía que aquél, searrastraban dentro de sus casas y escupían al mundo, que no significaba nada paraellos.Y a través del tiempo, la misma historia se continuó repitiendo... El duende de la tiendaÉrase una vez un estudiante, un estudiante de verdad, que vivía en una buhardilla ynada poseía; y érase también un tendero, un tendero de verdad, que habitaba en latrastienda y era dueño de toda la casa; y en su habitación moraba un duendecillo, alque todos los años, por Nochebuena, obsequiaba aquél con un tazón de papas y unbuen trozo de mantequilla dentro. Bien podía hacerlo; y el duende continuaba en latienda, y esto explica muchas cosas.Un atardecer entró el estudiante por la puerta trasera, a comprarse una vela y elqueso para su cena; no tenía a quien enviar, por lo que iba él mismo. Le dieron lo quepedía, lo pagó, y el tendero y su mujer le desearon las buenas noches con un gesto dela cabeza. La mujer sabía hacer algo más que gesticular con la cabeza; era un pico deoro.El estudiante les correspondió de la misma manera y luego se quedó parado, leyendola hoja de papel que envolvía el queso. Era una hoja arrancada de un libro viejo, quejamás hubiera pensado que lo tratasen así, pues era un libro de poesía.-Todavía nos queda más -dijo el tendero-; lo compré a una vieja por unos granos decafé; por ocho chelines se lo cedo entero.-Muchas gracias -repuso el estudiante-. Démelo a cambio del queso. Puedo comer pansolo; pero sería pecado destrozar este libro. Es usted un hombre espléndido, unhombre práctico, pero lo que es de poesía, entiende menos que esa cuba.La verdad es que fue un tanto descortés al decirlo, especialmente por la cuba; perotendero y estudiante se echaron a reír, pues el segundo había hablado en broma. Contodo, el duende se picó al oír semejante comparación, aplicada a un tendero que eradueño de una casa y encima vendía una mantequilla excelente.Cerrado que hubo la noche, y con ella la tienda, y cuando todo el mundo estabaacostado, excepto el estudiante, entró el duende en busca del pico de la dueña, pues
  5. 5. no lo utilizaba mientras dormía; fue aplicándolo a todos los objetos de la tienda, con locual éstos adquirían voz y habla. Y podían expresar sus pensamientos y sentimientostan bien como la propia señora de la casa; pero, claro está, sólo podía aplicarlo a unsolo objeto a la vez; y era una suerte, pues de otro modo, ¡menudo barullo!El duende puso el pico en la cuba que contenía los diarios viejos.-¿Es verdad que usted no sabe lo que es la poesía?-Claro que lo sé -respondió la cuba-. Es una cosa que ponen en la parte inferior de losperiódicos y que la gente recorta; tengo motivos para creer que hay más en mí que enel estudiante, y esto que comparado con el tendero no soy sino una cuba de poco máso menos.Luego el duende colocó el pico en el molinillo de café. ¡Dios mío, y cómo se soltó éste!Y después lo aplicó al barrilito de manteca y al cajón del dinero; y todos compartieronla opinión de la cuba. Y cuando la mayoría coincide en una cosa, no queda másremedio que respetarla y darla por buena.-¡Y ahora, al estudiante! -pensó; y subió calladito a la buhardilla, por la escalera de lacocina. Había luz en el cuarto, y el duendecillo miró por el ojo de la cerradura y vio alestudiante que estaba leyendo el libro roto adquirido en la tienda. Pero, ¡qué claridadirradiaba de él!De las páginas emergía un vivísimo rayo de luz, que iba transformándose en un tronco,en un poderoso árbol, que desplegaba sus ramas y cobijaba al estudiante. Cada una desus hojas era tierna y de un verde jugoso, y cada flor, una hermosa cabeza dedoncella, de ojos ya oscuros y llameantes, ya azules y maravillosamente límpidos. Losfrutos eran otras tantas rutilantes estrellas, y un canto y una música deliciososresonaban en la destartalada habitación.Jamás había imaginado el duendecillo una magnificencia como aquélla, jamás habíaoído hablar de cosa semejante. Por eso permaneció de puntillas, mirando hasta que seapagó la luz. Seguramente el estudiante había soplado la vela para acostarse; pero elduende seguía en su sitio, pues continuaba oyéndose el canto, dulce y solemne, unadeliciosa canción de cuna para el estudiante, que se entregaba al descanso.-¡Asombroso! -se dijo el duende-. ¡Nunca lo hubiera pensado! A lo mejor me quedocon el estudiante... -Y se lo estuvo rumiando buen rato, hasta que, al fin, venció la sensatez y suspiró. -¡Pero el estudiante no tiene papillas, ni mantequilla!-. Y se volvió; se volvió abajo, acasa del tendero. Fue una suerte que no tardase más, pues la cuba había gastado casitodo el pico de la dueña, a fuerza de pregonar todo lo que encerraba en su interior,echada siempre de un lado; y se disponía justamente a volverse para empezar acontar por el lado opuesto, cuando entró el duende y le quitó el pico; pero en adelantetoda la tienda, desde el cajón del dinero hasta la leña de abajo, formaron susopiniones calcándolas sobre las de la cuba; todos la ponían tan alta y le otorgaban talconfianza, que cuando el tendero leía en el periódico de la tarde las noticias de arte yteatrales, ellos creían firmemente que procedían de la cuba.
  6. 6. En cambio, el duendecillo ya no podía estarse quieto como antes, escuchando todaaquella erudición y sabihondura de la planta baja, sino que en cuanto veía brillar la luzen la buhardilla, era como si sus rayos fuesen unos potentes cables que lo remontabana las alturas; tenía que subir a mirar por el ojo de la cerradura, y siempre se sentíarodeado de una grandiosidad como la que experimentamos en el mar tempestuoso,cuando Dios levanta sus olas; y rompía a llorar, sin saber él mismo por qué, pero laslágrimas le hacían un gran bien. ¡Qué magnífico debía de ser estarse sentado bajo elárbol, junto al estudiante! Pero no había que pensar en ello, y se daba por satisfechocontemplándolo desde el ojo de la cerradura. Y allí seguía, en el frío rellano, cuando yael viento otoñal se filtraba por los tragaluces, y el frío iba arreciando. Sólo que elduendecillo no lo notaba hasta que se apagaba la luz de la buhardilla, y los melodiosossones eran dominados por el silbar del viento. ¡Ujú, cómo temblaba entonces, y bajabacorriendo las escaleras para refugiarse en su caliente rincón, donde tan bien se estaba!Y cuando volvió la Nochebuena, con sus papillas y su buena bola de manteca, sedeclaró resueltamente en favor del tendero.Pero a media noche despertó al duendecillo un alboroto horrible, un gran estrépito enlos escaparates, y gentes que iban y venían agitadas, mientras el sereno no cesaba detocar el pito. Había estallado un incendio, y toda la calle aparecía iluminada. ¿Sería sucasa o la del vecino? ¿Dónde? ¡Había una alarma espantosa, una confusión terrible! Lamujer del tendero estaba tan consternada, que se quitó los pendientes de oro de lasorejas y se los guardó en el bolsillo, para salvar algo. El tendero recogió sus láminasde fondos públicos, y la criada, su mantilla de seda, que se había podido comprar afuerza de ahorros. Cada cual quería salvar lo mejor, y también el duendecillo; y de unsalto subió las escaleras y se metió en la habitación del estudiante, quien, de pie juntoa la ventana, contemplaba tranquilamente el fuego, que ardía en la casa de enfrente.El duendecillo cogió el libro maravilloso que estaba sobre la mesa y, metiéndoselo enel gorro rojo lo sujetó convulsivamente con ambas manos: el más precioso tesoro de lacasa estaba a salvo. Luego se dirigió, corriendo por el tejado, a la punta de lachimenea, y allí se estuvo, iluminado por la casa en llamas, apretando con ambasmanos el gorro que contenía el tesoro. Sólo entonces se dio cuenta de dónde teníapuesto su corazón; comprendió a quién pertenecía en realidad. Pero cuando el incendioestuvo apagado y el duendecillo hubo vuelto a sus ideas normales, dijo:-Me he de repartir entre los dos. No puedo separarme del todo del tendero, por causade las papillas.Y en esto se comportó como un auténtico ser humano. Todos procuramos estar biencon el tendero... por las papillas. El genio y el pescadorHabía una vez un pescador de bastante edad y tan pobre que apenas ganaba lonecesario para alimentarse con su esposa y sus tres hijos. Todas las mañanas, muytemprano, se iba a pescar y tenía por costumbre echar sus redes no más de cuatroveces al día. Un día, antes de que la luna desapareciera totalmente, se dirigió a laplaya y, por tres veces, arrojó sus redes al agua. Cada vez sacó un bulto pesado. Sudesagrado y desesperación fueron grandes: la primera vez sacó un asno; la segunda,un canasto lleno de piedras; y la tercera, una masa de barro y conchas.
  7. 7. En cuanto la luz del día empezó a clarear dijo sus oraciones, como buen musulmán; yse encomendó a sí mismo y sus necesidades al Creador. Hecho esto, lanzó sus redes alagua por cuarta vez y, como antes, las sacó con gran dificultad. Pero, en vez de peces,no encontró otra cosa que un jarrón de cobre dorado, con un sello de plomo porcubierta. Este golpe de fortuna regocijó al pescador.—Lo venderé al fundidor —dijo—, y con el dinero compraré un almud de trigo.Examinó el jarrón por todos lados y lo sacudió, para ver si su contenido hacía algúnruido, pero nada oyó. Esto y el sello grabado sobre la cubierta de cobre le hicieronpensar que encerraba algo precioso. Para satisfacer su curiosidad, tomó su cuchillo yabrió la tapa. Puso el jarrón boca abajo, pero, con gran sorpresa suya, nada salió de suinterior. Lo colocó junto a sí y mientras se sentó a mirarlo atentamente, empezó asurgir un humo muy espeso, que lo obligó a retirarse dos o tres pasos. El humoascendió hacia las nubes y, extendiéndose sobre el mar y la playa, formó una granniebla, con extremado asombro del pescador. Cuando el humo salió enteramente deljarrón, se reconcentró y se transformó en una masa sólida: y ésta se convirtió en unGenio dos veces más alto que el mayor de los gigantes.A la vista de tal monstruo, el pescador hubiera querido escapar volando, pero seasustó tanto que no pudo moverse.El Genio lo observó con mirada fiera y, con voz terrible, exclamó:—Prepárate a morir, pues con seguridad te mataré.—¡Ay! —respondió el pescador—, ¿por qué razón me matarías?Acabo de ponerte en libertad, ¿tan pronto has olvidado mi bondad?—Sí, lo recuerdo —dijo el Genio—, pero eso no salvará tu vida. Sólo un favor puedoconcederte.—¿Y cuál es? —preguntó el pescador.—Es —contestó el Genio— darte a elegir la manera como te gustaría que te matase.—Mas, ¿en qué te he ofendido? —preguntó el pescador—.¿Esa es tu recompensa por el servicio que te he hecho? —No puedo tratarte de otromodo —dijo el Genio—. Y si quieres saber la razón de ello, escucha mi historia:―Soy uno de esos espíritus rebeldes que se opusieron a la voluntad de los cielos.Salomón, hijo de David, me ordenó reconocer su poder y someterme a sus órdenes.Rehusé hacerlo y le dije que más bien me expondría a su enojo que jurar la lealtad porél exigida. Para castigarme, me encerró en este jarrón de cobre.―Y a fin de que yo no rompiera mi prisión, él mismo estampó sobre esta etapa deplomo su sello, con el gran nombre de Dios sobre él. Luego dio el jarrón a otro Genio,con instrucciones de arrojarme al mar.―Durante los primeros cien años de mi prisión, prometí que si alguien me liberabaantes de ese período, lo haría rico. Durante el segundo, hice juramento de queotorgaría todos los tesoros de la tierra a quien pudiera liberarme. Durante el tercero,prometí hacer de mi libertador un poderoso monarca, estar siempre espiritualmente asu lado y concederle cada día tres peticiones, cualquiera que fuese su naturaleza. Porúltimo, irritado por encontrarme bajo tan largo cautiverio, juré que, si alguien meliberaba, lo mataría sin misericordia, sin concederle otro favor que darle a elegir lamanera de morir.‖—Por lo tanto —concluyó el Genio—, dado que tú me has liberado hoy, te ofrezco esa
  8. 8. elección.El pescador estaba extremadamente afligido, no tanto por sí mismo, como a causa desus tres hijos ,y la forma de mi muerte, te conjuro, por el gran nombre que estabagrabado sobre el sello del profeta Salomón, hijo de David, a contestarme verazmentela pregunta que voy a hacerte.El Genio, encontrándose obligado a dar una respuesta afirmativa a este conjuro,tembló. Luego, respondió al pescador:—Pregunta lo que quieras, pero hazlo pronto.—Deseo saber —consultó el pescador—, si efectivamente estabas en este jarrón. ¿Teatreves a jurarlo por el gran nombre de Dios?—Sí —replicó el Genio—, me atrevo a jurar, por ese gran nombre, que así era.—De buena e —contestó el pescador— no te puedo creer. El jarrón no es capaz decontener ninguno de tus miembros. ¿Cómo es posible que todo tu cuerpo pudierayacer en él?—¿Es posible —replicó el Genio— que tú no me creas después del solemne juramentoque acabo de hacer?—En verdad, no puedo creerte —dijo el pescador—. Ni podré creerte, a menos que túentres en el jarrón otra vez.De inmediato, el cuerpo del Genio se disolvió y se cambio a sí mismo en humo,extendiéndose como antes sobre la playa. Y, por último, recogiéndose, empezó aentrar de nuevo en el jarrón, en lo cual continuó hasta que ninguna porción quedóafuera. Apresuradamente, el pescador cogió la cubierta de plomo y con gran rapidez lavolvió a colocar sobre el ron.—Genio —gritó—, ahora es tu turno de rogar mi favor y ayuda. Pero yo te arrojaré almar, d encontrabas. Después, construiré una casa playa, donde residiré y advertiré atodos los pescadores que vengan a arrojar sus redes, para que se de un Genio tanmalvado como tú, que has hecho juramento de matar a la persona que te ponga elibertad.El Genio empezó a implorar al pescador —Abre el jarrón —decía—; dame la libertad teprometo satisfacerte a tu entero agrado.Eres un traidor —respondió el pescado. volvería a estar en peligro de perder mi vida,tan loco como para confiar en ti. El lobo y las 7 cabritillasÉrase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tantiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque abuscar comida y llamó a sus pequeñuelas. ―Hijas mías,‖ les dijo, ―me voy al bosque;mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni unpelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca vozy sus negras patas.‖ Las cabritas respondieron: ―Tendremos mucho cuidado,madrecita. Podéis marcharos tranquila.‖ Despidióse la vieja con un balido y, confiada,emprendió su camino.No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo:
  9. 9. ―Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cadauna.‖ Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo. ―No teabriremos,‖ exclamaron, ―no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa,y la tuya es bronca: eres el lobo.‖ Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo deyeso. Se lo comió para suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente ala puerta: ―Abrid hijitas,‖ dijo, ―vuestra madre os trae algo a cada una.‖ Pero el lobohabía puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron: ―No,no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!‖Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo: ―Mira, me he lastimado un pie;úntamelo con un poco de pasta.‖ Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro delmolinero: ―Échame harina blanca en el pie,‖ díjole. El molinero, comprendiendo que ellobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó: ―Si no lohaces, te devoro.‖ El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente.Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: ―Abrid, pequeñas; esvuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.‖Las cabritas replicaron: ―Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eresnuestra madre.‖ La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca,creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quienentró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse unadebajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina;la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y la más pequeña, en la cajadel reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se lasengulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, pudoescapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y,llegado a un verde prado, tumbóse a dormir a la sombra de un árbol.Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta,abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina,rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero noaparecieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus nombres, pero ningunacontestó. Hasta que llególe la vez a la última, la cual, con vocecita queda, dijo: ―Madrequerida, estoy en la caja del reloj.‖ Sacóla la cabra, y entonces la pequeña le explicóque había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con quédesconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña,y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertementeque hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, parecióle que algo se movía yagitaba en su abultada barriga. ¡Válgame Dios! pensó, ¿si serán mis pobres hijitas, quese las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa,en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al monstruo, y apenas habíaempezado a cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortandosaltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia,en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuántocariño abrazaron a su mamaíta, brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo:―Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia,aprovechando que duerme.‖ Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y lasfueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la pielcon tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menormovimiento.Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el
  10. 10. estómago le diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba,moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con granruido, por lo que exclamó:―¿Qué será este ruidoque suena en mi barriga?Creí que eran seis cabritas,mas ahora me parecen chinitas.‖Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizocaer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieroncorriendo y gritando jubilosas: ―¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!‖ Y, con sumadre, pusiéronse a bailar en corro en torno al pozo. El gigante egoístaCada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Eraun jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde ysuave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, yhabía doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas florescolor rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Lospájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura quelos niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.―¡Qué felices somos aquí!‖, -se decían unos a otros.Pero un día el Gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo el Ogro de Cornish, y sehabía quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habíandicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigantesintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niñosjugando en el jardín.―¿Qué hacéis aquí?‖, surgió con su voz retumbante.Los niños escaparon corriendo en desbandada.―Este jardín es mío. Es mi jardín propio‖, dijo el Gigante; ―todo el mundo debeentender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.‖Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDABAJO LAS PENAS CONSIGUIENTESEra un Gigante egoísta…Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar ala carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó.A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante yrecordaban nostálgicamente lo que había detrás.―¡Qué dichosos éramos allí!‖, se decían unos a otros.―La Primavera se olvidó de este jardín‖, se dijeron, ―así que nos quedaremos aquí elresto del año.‖Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sinembargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno. Como no habíaniños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez unalindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan tristepor los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
  11. 11. Los únicos que se sentían a gusto allí eran la Nieve y la Escarcha.La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata losárboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasaracon ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pielesy anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas yderribando las chimeneas.―¡Qué lugar más agradable‖, dijo. ―Tenemos que decirle al Granizo que venga a estarcon nosotros también.‖Y vino el Granizo. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados dela mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a darvueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento eracomo el hielo.―No entiendo porqué la Primavera tarda tanto en llegar aquí‖, decía el Gigante Egoístacuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, ―espero quepronto cambie el tiempo.‖Pero la Primavera no llegó nunca, ni tampoco el Verano. El Otoño dio frutos dorados entodos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.―Es un gigante demasiado egoísta‖ decían los frutales.De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y elViento del Norte, el Granizo, la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre losárboles.Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muyhermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que teníaque ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito queestaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante noescuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música másbella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó derugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.―¡Qué bien! Parece que por fin llegó la Primavera‖ dijo el Gigante, y saltó de la camapara correr a la ventana.¿Y qué es lo que vio?Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del murohabían entrado los niños, y habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño,y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habíancubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles.Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Erarealmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón se mantenía el Invierno. Era elrincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niño, pero era tan pequeñoque no lograba alcanzar las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejotronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubiertode escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole lasramas, que parecían a punto de quebrarse.―¡Súbete a mí, niñito!‖, decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero elniño era demasiado pequeño.El Gigante sintió que el corazón se le derretía.―¡Cuán egoísta he sido!‖ exclamó. Ahora sé porqué la Primavera no quería venir hastaaquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a tirar el muro. Desde hoy mijardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.
  12. 12. Estaba realmente arrepentido por lo que había hecho.Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en eljardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardínquedó en Invierno otra vez. Sólo quedó aquel pequeñín del rincón más alejado, porquetenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigantese le acercó por detrás, lo cogió suavemente entre sus manos y lo subió al árbol. Y elárbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño seabrazó al cuello del Gigante y le besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Giganteya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera volvió aljardín.―Desde ahora el jardín será para vosotros, hijos míos‖, dijo el Gigante, y asiendo unhacha enorme, echó abajo el muro.Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigantejugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirsedel Gigante.―Pero, ¿dónde está el más pequeñito?‖, preguntó el Gigante, ―¿ese niño que subí alárbol del rincón?‖El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.―No lo sabemos‖ respondieron los niños, ―se marchó solito.‖―Decidle que vuelva mañana‖ dijo el Gigante.Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían vistoantes. Y el Gigante se quedó muy triste.Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños iban a jugar con el Gigante. Pero almás pequeñito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. ElGigante era muy bueno con todos los niños, pero echaba de menos a su primeramiguito y muy a menudo se acordaba de él.―¡Cómo me gustaría volverlo a ver!‖ repetía.Fueron pasando los años, y el Gigante envejeció y sus fuerzas se debilitaron. Ya nopodía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admirabasu jardín.―Tengo muchas flores hermosas‖, decía, ―pero los niños son las flores más hermosasde todas.‖Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba elInvierno, pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que lasflores estaban descansando.Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró…Lo que estaba viendo era realmente maravilloso. En el rincón más alejado del jardínhabía un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas,y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito aquien tanto había echado de menos.Lleno de alegría, el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Perocuando llegó junto al niño, su rostro enrojeció de ira, y dijo:―¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?‖ Porque en la palma de las manos del niñohabía huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.―¿Pero, quién se atrevió a herirte?‖, gritó el Gigante. ―Dímelo, para coger mi espada ymatarlo.‖―¡No!‖, respondió el niño. ―Estas son las heridas del Amor.‖―¿Quién eres tú, mi pequeño niñito?‖, preguntó el Gigante, y un extraño temor loinvadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.
  13. 13. Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:―Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en mi jardín, que es elParaíso.‖Y cuando los niños llegaron esa tarde, encontraron al Gigante muerto debajo del árbol.Parecía dormir, y estaba enteramente cubierto de flores blancas… El patito feo¡Qué lindos eran los días de verano!, ¡qué agradable resultaba pasear por e campo yver el trigo amarillo, la verde avena y las parvas de heno apilado en las llanuras! Sobresus largas patas rojas iba la cigüeña junto a algunos flamencos, que se paraban unrato sobre cada pata. Alrededor de los campos había grandes bosques, en medio de loscuales se abrían hermosísimos lagos.Sí, era realmente encantador estar en el campo. Bañada de sol se alzaba allí una viejamansión solariega a la que rodeaba un profundo foso; desde sus paredes hasta elborde del agua crecían unas plantas de hojas gigantescas, las mayores de las cualeseran lo suficientemente grandes para que un niño pequeño pudiese pararse debajo deellas. Aquel lugar resultaba tan enmarañado y agreste como el más denso de losbosques, y era allí donde cierta pata había hecho su nido. Ya era tiempo de sobra paraque naciesen los patitos, pero se demoraban tanto, que la mamá comenzaba a perderla paciencia, pues casi nadie venía a visitarla. A los otros patos les interesaba másnadar por el foso que llegarse a conversar con ella.Al fin los huevos se abrieron uno tras otro. "¡Pip, pip!", decían los patitos conformeiban asomando sus cabezas a través del cascarón.—¡Cuac, cuac! —dijo la mamá pata, y todos los patitos se apresuraron a salir tanrápido como pudieron, dedicándose enseguida a escudriñar entre las verdes hojas. Lamamá los dejó hacer, pues el verde es muy bueno para los ojos.—¡Oh, qué grande es el mundo! —dijeron los patitos. Y ciertamente disponían de unespacio mayor que el que tenían dentro del huevo.—¿Creen acaso que esto es el mundo entero? —preguntó la pata—. Pues sepan que seextiende mucho más allá del jardín, hasta el prado mismo del pastor, aunque yo nuncame he alejado tanto. Bueno, espero que ya estén todos —agregó, levantándose delnido—. ¡Ah, pero si todavía falta el más grande! ¿Cuánto tardará aún? No puedoentretenerme con él mucho tiempo.Y fue a sentarse de nuevo en su sitio.—¡Vaya, vaya! ¿Cómo anda eso? —preguntó una pata vieja que venía de visita.—Ya no queda más que este huevo, pero tarda tanto… —dijo la pata echada—. No hayforma de que rompa. Pero fíjate en los otros, y dime si no son los patitos más lindosque se hayan visto nunca. Todos se parecen a su padre, el muy bandido. ¿Por qué novendrá a verme?
  14. 14. —Déjame echar un vistazo a ese huevo que no acaba de romper —dijo la anciana—. Teapuesto a que es un huevo de pava. Así fue como me engatusaron cierta vez a mí. ¡Eltrabajo que me dieron aquellos pavitos¡ ¡Imagínate! Le tenían miedo al agua y nohabía forma de hacerlos entrar en ella. Yo graznaba y los picoteaba, pero de nada meservía… Pero, vamos a ver ese huevo… ¡Ah, ése es un huevo de pava, puedes estarsegura! Déjalo y enseña a nadar a los otros.—Creo que me quedaré sobre él un ratito aún —dijo la pata—. He estado tanto tiempoaquí sentada, que un poco más no me hará daño.—Como quieras —dijo la pata vieja, y se alejó contoneándose.Por fin se rompió el huevo. "¡Pip, pip!",, dijo el pequeño, volcándose del cascarón. Lapata vio lo grande y feo que era, y exclamó:—¡Dios mío, qué patito tan enorme! No se parece a ninguno de los otros. Y, sinembargo, me atrevo a asegurar que no es ningún crío de pavos. Habrá de meterse enel agua, aunque tenga que empujarlo yo misma.Al otro día hizo un tiempo maravilloso. El sol resplandecía en las verdes hojasgigantescas. La mamá pata se acercó al foso con toda su familia y, ¡plaf!, saltó alagua.—¡Cuac, cuac! —llamaba. Y uno tras otro los patitos se fueron abalanzando tras ella. Elagua se cerraba sobre sus cabezas, pero enseguida resurgían flotandomagníficamente. Movíanse sus patas sin el menor esfuerzo, y a poco estuvieron todosen el agua. Hasta el patito feo y gris nadaba con los otros.—No es un pavo, por cierto —dijo la pata—. Fíjense en la elegancia con que nada, y enlo derecho que se mantiene. Sin duda que es uno de mis pequeñitos. Y si uno lo mirabien, se da cuenta enseguida de que es realmente muy guapo. ¡Cuac, cuac! Vamos,vengan conmigo y déjenme enseñarles el mundo y presentarlos al corral entero. Perono se separen mucho de mí, no sea que los pisoteen. Y anden con los ojos muyabiertos, por si viene el gato.Y con esto se encaminaron al corral. Había allí un escándalo espantoso, pues dosfamilias se estaban peleando por una cabeza de anguila, que, a fin de cuentas, fue aparar al estómago del gato.—¡Vean! ¡Así anda el mundo! —dijo la mamá relamiéndose el pico, pues también a ellala entusiasmaban las cabezas de anguila—. ¡A ver! ¿Qué pasa con esas piernas? Andenligeros y no dejen de hacerle una bonita reverencia a esa anciana pata que está allí. Esla más fina de todos nosotros. Tiene en las venas sangre española; por eso es tanregordeta. Fíjense, además, en que lleva una cinta roja atada a una pierna: es la másalta distinción que se puede alcanzar. Es tanto como decir que nadie piensa endeshacerse de ella, y que deben respetarla todos, los animales y los hombres.¡Anímense y no metan los dedos hacia adentro! Los patitos bien educados los sacanhacia afuera, como mamá y papá… Eso es. Ahora hagan una reverencia y digan ¡cuac!Todos obedecieron, pero los otros patos que estaban allí los miraron con desprecio y
  15. 15. exclamaron en alta voz:—¡Vaya! ¡Como si ya no fuésemos bastantes! Ahora tendremos que rozarnos tambiéncon esa gentuza. ¡Uf!… ¡Qué patito tan feo! No podemos soportarlo.Y uno de los patos salió enseguida corriendo y le dio un picotazo en el cuello.—¡Déjenlo tranquilo! —dijo la mamá—. No le está haciendo daño a nadie.—Sí, pero es tan desgarbado y extraño —dijo el que lo había picoteado—, que noquedará más remedio que despachurrarlo.—¡Qué lindos niños tienes, muchacha! —dijo la vieja pata de la cinta roja—. Todos sonmuy hermosos, excepto uno, al que le noto algo raro. Me gustaría que pudierashacerlo de nuevo.—Eso ni pensarlo, señora —dijo la mamá de los patitos—. No es hermoso, pero tienemuy buen carácter y nada tan bien como los otros, y me atrevería a decir que hasta unpoco mejor. Espero que tome mejor aspecto cuando crezca y que, con el tiempo, no sele vea tan grande. Estuvo dentro del cascarón más de lo necesario, por eso no saliótan bello como los otros.Y con el pico le acarició el cuello y le alisó las plumas. —De todos modos, es macho yno importa tanto —añadió—, Estoy segura de que será muy fuerte y se abrirá caminoen la vida.—Estos otros patitos son encantadores —dijo la vieja pata—. Quiero que se sientancomo en su casa. Y si por casualidad encuentran algo así como una cabeza de anguila,pueden tráermela sin pena.Con esta invitación todos se sintieron allí a sus anchas. Pero el pobre patito que habíasalido el último del cascarón, y que tan feo les parecía a todos, no recibió más quepicotazos, empujones y burlas, lo mismo de los patos que de las gallinas.—¡Qué feo es! —decían.Y el pavo, que había nacido con las espuelas puestas y que se consideraba por ello casiun emperador, infló sus plumas como un barco a toda vela y se le fue encima con uncacareo, tan estrepitoso que toda la cara se le puso roja. El pobre patito no sabíadónde meterse. Sentíase terriblemente abatido, por ser tan feo y porque todo elmundo se burlaba de él en el corral.Así pasó el primer día. En los días siguientes, las cosas fueron de mal en peor. El pobrepatito se vio acosado por todos. Incluso sus hermanos y hermanas lo maltrataban devez en cuando y le decían:—¡Ojalá te agarre el gato, grandulón!Hasta su misma mamá, deseaba que estuviese lejos del corral. Los patos lopellizcaban, las gallinas lo picoteaban y, un día, la muchacha que traía la comida a las
  16. 16. aves le asestó un puntapié.Entonces el patito huyó del corral. De un revuelo, saltó por encima de la cerca, congran susto de los pajaritos que estaban en los arbustos, que se echaron a volar por losaires."¡Es porque soy tan feo!" —pensó el patito, cerrando los ojos. Pero así y todo siguiócorriendo hasta que, por fin, llegó a los grandes pantanos donde viven los patossalvajes, y allí se pasó toda la noche abrumado de cansancio y tristeza.A la mañana siguiente, los patos salvajes remontaron el vuelo y miraron a su nuevocompañero.—¿Y tú qué cosa eres? —le preguntaron, mientras el patito les hacía reverencias entodas direcciones, lo mejor que sabía.—¡Eres más feo que un espantapájaros! —dijeron los patos salvajes—. Pero eso nosimporta, con tal que no quieras casarte con una de nuestras hermanas.¡Pobre patito! Ni soñaba él con el matrimonio. Sólo quería que lo dejasen estartranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del pantano.Unos días más tarde aparecieron por allí dos gansos salvajes. No hacía mucho quehabían dejado el nido: por eso eran tan impertinentes.—Mira, muchacho —comenzaron diciéndole—, eres tan feo que nos caes simpático.¿Quieres emigrar con nosotros? No muy lejos, en otro pantano, viven unas gansitassalvajes muy presentables, todas solteras, que saben graznar espléndidamente. Es laoportunidad de tu vida, feo y todo como eres.—¡Bang, bang! —se escuchó en ese instante por encima de ellos, y los dos gansoscayeron muertos entre los juncos, tiñendo el agua con su sangre. Al eco de nuevosdisparos se alzaron del pantano las bandadas de gansos salvajes, con lo quemenudearon los tiros. Se había organizado una importante cacería y los tiradoresrodeaban los pantanos; algunos hasta se habían sentado en las ramas de los árbolesque se extendían sobre los juncos. Nubes de humo azul se esparcieron por el oscuroboscaje, y fueron a perderse lejos, sobre el agua.Los perros de caza aparecieron chapaleando entre el agua, y, a su avance, doblándoseaquí y allá las cañas y los juncos. Aquello aterrorizó al pobre patito feo, que ya sedisponía a ocultar la cabeza bajo el ala cuando apareció junto a él un enorme yespantoso perro: la lengua le colgaba fuera de la boca y sus ojos miraban con brillotemible. Le acercó el hocico, le enseñó sus agudos dientes, y de pronto… ¡plaf!… ¡alláse fue otra vez sin tocarlo!El patito dio un suspiro de alivio.—Por suerte, soy tan feo, que ni los perros tienen ganas de comerme —se dijo. Y setendió allí muy quieto, mientras los perdigones repiqueteaban sobre los juncos, y lasdescargas, una tras otra, atronaban los aires.
  17. 17. Era muy tarde cuando las cosas se calmaron, y aún entonces el pobre no se atrevía alevantarse. Esperó todavía varias horas antes de arriesgarse a echar un vistazo, y, encuanto lo hizo, enseguida se escapó de los pantanos tan rápido como pudo. Echó acorrer por campos y praderas; pero hacía tanto viento, que le costaba no poco trabajomantenerse sobre sus pies.Hacia el crepúsculo llegó a una pobre cabaña campesina. Se sentía en tan mal estadoque no sabía de qué parte caerse, y, en la duda, permanecía de pie. El viento soplabatan ferozmente alrededor del patitoo, que éste tuvo que sentarse sobre su propia cola,para no ser arrastrado. En eso notó que una de las bisagras de la puerta se habíacaído, y que la hoja colgaba con una inclinación tal que le sería fácil filtrarse por laestrecha abertura. Y así lo hizo.En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. El gato, a quien la ancianallamaba "Hijito", sabía arquear el lomo y ronronear; hasta era capaz de echar chispassi lo frotaban a contrapelo. La gallina tenía unas patas tan cortas que le habían puestopor nombre "Chiquitita Piernascortas". Era una gran ponedora y la anciana la queríacomo a su propia hija.Cuando llegó la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al extraño patito.El gato lo saludó ronroneando y la gallina con su cacareo.—Pero, ¿qué pasa? —preguntó la vieja, mirando a su alrededor. No andaba muy biende la vista, así que se creyó que el patito feo era una pata regordeta que se habíaperdido—. ¡Qué suerte! —dijo—. Ahora tendremos huevos de pata. ¡Con tal que no seamacho! Le daremos unos días de prueba.Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término de las cuales,por supuesto, no había ni rastros de huevo. Ahora bien, en aquella casa el gato era eldueño y la gallina la dueña, y siempre que hablaban de sí mismos solían decir:"nosotros y el mundo", porque opinaban que ellos solos formaban la mitad del mundo ,y lo que es más, la mitad más importante. Al patito le parecía que sobre esto podíahaber otras opiniones, pero la gallina ni siquiera quiso oírlo.—¿Puedes poner huevos? —le preguntó.—No.—Pues entonces, ¡cállate!Y el gato le preguntó:—¿Puedes arquear el lomo, o ronronear, o echar chispas?—No.—Pues entonces, guárdate tus opiniones cuando hablan las personas sensatas.Con lo que el patito fue a sentarse en un rincón, muy desanimado. Pero de prontorecordó el aire fresco y el sol, y sintió una nostalgia tan grande de irse a nadar en el
  18. 18. agua que —¡no pudo evitarlo!— fue y se lo contó a la gallina.—¡Vamos! ¿Qué te pasa? —le dijo ella—. Bien se ve que no tienes nada que hacer; poreso piensas tantas tonterías. Te las sacudirías muy pronto si te dedicaras a ponerhuevos o a ronronear.—¡Pero es tan sabroso nadar en el agua! —dijo el patito feo—. ¡Tan sabroso zambullirla cabeza y bucear hasta el mismo fondo!—Sí, muy agradable —dijo la gallina—. Me parece que te has vuelto loco. Pregúntale algato, ¡no hay nadie tan listo como él! ¡Pregúntale a nuestra vieja ama, la mujer mássabia del mundo! ¿Crees que a ella le gusta nadar y zambullirse?—No me comprendes —dijo el patito.—Pues si yo no te comprendo, me gustaría saber quién podrá comprenderte. Deseguro que no pretenderás ser más sabio que el gato y la señora, para nomencionarme a mí misma. ¡No seas tonto, muchacho! ¿No te has encontrado un cuartocálido y confortable, donde te hacen compañía quienes pueden enseñarte? Pero noeres más que un tonto, y a nadie le hace gracia tenerte aquí. Te doy mi palabra de quesi te digo cosas desagradables es por tu propio bien: sólo los buenos amigos nos dicenlas verdades. Haz ahora tu parte y aprende a poner huevos o a ronronear y echarchispas.—Creo que me voy a recorrer el ancho mundo —dijo el patito.—Sí, vete —dijo la gallina.Y así fue como el patito se marchó. Nadó y se zambulló; pero ningún ser vivientequería tratarse con él por lo feo que era.Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o pardas; el vientolas arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos tomaron un aspecto hosco y frío.Las nubes colgaban bajas, cargadas de granizo y nieve, y el cuervo, que solía posarseen la tapia, graznaba "¡cau, cau!", de frío que tenía. Sólo de pensarlo le daban a unoescalofríos. Sí, el pobre patito feo no lo estaba pasando muy bien.Cierta tarde, mientras el sol se ponía en un maravilloso crepúsculo, emergió de entrelos arbustos una bandada de grandes y hermosas aves. El patito no había visto nuncaunos animales tan espléndidos. Eran de una blancura resplandeciente, y tenían largosy esbeltos cuellos. Eran cisnes. A la vez que lanzaban un fantástico grito, extendieronsus largas, sus magníficas alas, y remontaron el vuelo, alejándose de aquel frío hacialos lagos abiertos y las tierras cálidas.Se elevaron muy alto, muy alto, allá entre los aires, y el patito feo se sintió lleno deuna rara inquietud. Comenzó a dar vueltas y vueltas en el agua lo mismo que unarueda, estirando el cuello en la dirección que seguían, que él mismo se asustó al oírlo.¡Ah, jamás podría olvidar aquellos hermosos y afortunados pájaros! En cuanto losperdió de vista, se sumergió derecho hasta el fondo, y se hallaba como fuera de sícuando regresó a la superficie. No tenía idea de cuál podría ser el nombre de aquellasaves, ni de adónde se dirigían, y, sin embargo, eran más importantes para él que
  19. 19. todas las que había conocido hasta entonces. No las envidiaba en modo alguno: ¿cómose atrevería siquiera a soñar que aquel esplendor pudiera pertenecerle? Ya se daría porsatisfecho con que los patos lo tolerasen, ¡pobre criatura estrafalaria que era!¡Cuán frío se presentaba aquel invierno! El patito se veía forzado a nadarincesantemente para impedir que el agua se congelase en torno suyo. Pero cada nocheel hueco en que nadaba se hacía más y más pequeño. Vino luego una helada tanfuerte, que el patito, para que el agua no se cerrase definitivamente, ya tenía quemover las patas todo el tiempo en el hielo crujiente. Por fin, debilitado por el esfuerzo,quedóse muy quieto y comenzó a congelarse rápidamente sobre el hielo.A la mañana siguiente, muy temprano, lo encontró un campesino. Rompió el hielo conuno de sus zuecos de madera, lo recogió y lo llevó a casa, donde su mujer se encargóde revivirlo.Los niños querían jugar con él, pero el patito feo tenía terror de sus travesuras y, conel miedo, fue a meterse revoloteando en la paila de la leche, que se derramó por todoel piso. Gritó la mujer y dio unas palmadas en el aire, y él, más asustado, metióse deun vuelo en el barril de la mantequilla, y desde allí lanzóse de cabeza al cajón de laharina, de donde salió hecho una lástima. ¡Había que verlo! Chillaba la mujer y queríadarle con la escoba, y los niños tropezaban unos con otros tratando de echarle mano.¡Cómo gritaban y se reían!… Fue una suerte que la puerta estuviese abierta. El patitose precipitó afuera, entre los arbustos, y se hundió, atolondrado, entre la nieve reciéncaída.Pero sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que el patito tuvoque pasar durante aquel crudo invierno. Había buscado refugio entre los juncos cuandolas alondras comenzaron a cantar y el sol a calentar de nuevo: llegaba la hermosaprimavera.Entonces, de repente, probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho más fuerteque otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto. Casi sin darse cuenta, se hallóen un vasto jardín con manzanos en flor y fragantes lilas, que colgaban de las verdesramas sobre un sinuoso arroyo. ¡Oh, qué agradable era estar allí, en la frescura de laprimavera! Y en eso surgieron frente a él de la espesura tres hermosos cisnes blancos,rizando sus plumas y dejándose llevar con suavidad por la corriente. El patito feoreconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, yse sintió sobrecogido por un extraño sentimiento de melancolía.—¡Volaré hasta esas regias aves! —se dijo—. Me darán de picotazos hasta matarme,por haberme atrevido, feo como soy, a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa! Mejores que ellas me maten, a sufrir los pellizcos de los patos, los picotazos de las gallinas,los golpes de la muchacha que cuida las aves y los rigores del invierno.Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. En cuanto lo vieron, se leacercaron con las plumas encrespadas.—¡Sí, mátenme, mátenme! —gritó la desventurada criatura, inclinando la cabeza haciael agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí en la límpida corriente?¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y
  20. 20. repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de unhuevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos trabajos ydesgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la belleza que leesperaban… Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban consus picos.En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de pan ysemillas. El más pequeño exclamó:—¡Ahí va un nuevo cisne!Y los otros niños corearon con gritos de alegría:—¡Sí, hay un cisne nuevo!Y batieron palmas y bailaron, y corrieron a buscar a sus padres. Había pedacitos depan y de pasteles en el agua, y todo el mundo decía:—¡El nuevo es el más hermoso! ¡Qué joven y esbelto es!Y los cisnes viejos se inclinaron ante él. Esto lo llenó de timidez, y escondió la cabezabajo el ala, sin que supiese explicarse la razón. Era muy, pero muy feliz, aunque nohabía en él ni una pizca de orgullo, pues este no cabe en los corazones bondadosos. Ymientras recordaba los desprecios y humillaciones del pasado, oía como todos decíanahora que era el más hermoso de los cisnes. Las lilas inclinaron sus ramas ante él,bajándolas hasta el agua misma, y los rayos del sol eran cálidos y amables. Rizóentonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón:—Jamás soñé que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era sólo unpatito feo. El rey ranaEn aquellos remotos tiempos, en que bastaba desear una cosa para tenerla, vivía unrey que tenía unas hijas lindísimas, especialmente la menor, la cual era tan hermosaque hasta el sol, que tantas cosas había visto, se maravillaba cada vez que sus rayosse posaban en el rostro de la muchacha. Junto al palacio real extendíase un bosquegrande y oscuro, y en él, bajo un viejo tilo, fluía un manantial. En las horas de máscalor, la princesita solía ir al bosque y sentarse a la orilla de la fuente. Cuando seaburría, poníase a jugar con una pelota de oro, arrojándola al aire y recogiéndola, conla mano, al caer; era su juguete favorito.Ocurrió una vez que la pelota, en lugar de caer en la manita que la niña teníalevantada, hízolo en el suelo y, rodando, fue a parar dentro del agua. La princesita lasiguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo,tan profundo, que no se podía ver su fondo. La niña se echó a llorar; y lo hacía cadavez más fuerte, sin poder consolarse, cuando, en medio de sus lamentaciones, oyó una
  21. 21. voz que decía: ―¿Qué te ocurre, princesita? ¡Lloras como para ablandar las piedras!‖ Laniña miró en torno suyo, buscando la procedencia de aquella voz, y descubrió una ranaque asomaba su gruesa y fea cabezota por la superficie del agua. ―¡Ah!, ¿eres tú, viejochapoteador?‖ dijo, ―pues lloro por mi pelota de oro, que se me cayó en la fuente.‖ -―Cálmate y no llores más,‖ replicó la rana, ―yo puedo arreglarlo. Pero, ¿qué me darássi te devuelvo tu juguete?‖ - ―Lo que quieras, mi buena rana,‖ respondió la niña, ―misvestidos, mis perlas y piedras preciosas; hasta la corona de oro que llevo.‖ Mas la ranacontestó: ―No me interesan tus vestidos, ni tus perlas y piedras preciosas, ni tu coronade oro; pero si estás dispuesta a quererme, si me aceptas por tu amiga y compañerade juegos; si dejas que me siente a la mesa a tu lado y coma de tu platito de oro ybeba de tu vasito y duerma en tu camita; si me prometes todo esto, bajaré al fondo yte traeré la pelota de oro.‖ – ―¡Oh, sí!‖ exclamó ella, ―te prometo cuanto quieras contal que me devuelvas la pelota.‖ Mas pensaba para sus adentros: ¡Qué tonterías se leocurren a este animalejo! Tiene que estarse en el agua con sus semejantes, croa quete croa. ¿Cómo puede ser compañera de las personas?Obtenida la promesa, la rana se zambulló en el agua, y al poco rato volvió a salir,nadando a grandes zancadas, con la pelota en la boca. Soltóla en la hierba, y laprincesita, loca de alegría al ver nuevamente su hermoso juguete, lo recogió y echó acorrer con él. ―¡Aguarda, aguarda!‖ gritóle la rana, ―llévame contigo; no puedoalcanzarte; no puedo correr tanto como tú!‖ Pero de nada le sirvió desgañitarse ygritar ‗crocro‘ con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus gritos, seguía corriendohacia el palacio, y no tardó en olvidarse de la pobre rana, la cual no tuvo más remedioque volver a zambullirse en su charca.Al día siguiente, estando la princesita a la mesa junto con el Rey y todos loscortesanos, comiendo en su platito de oro, he aquí que plis, plas, plis, plas se oyó quealgo subía fatigosamente las escaleras de mármol de palacio y, una vez arriba, llamabaa la puerta: ―¡Princesita, la menor de las princesitas, ábreme!‖ Ella corrió a la puertapara ver quién llamaba y, al abrir, encontrase con la rana allí plantada. Cerró de unportazo y volviese a la mesa, llena de zozobra. Al observar el Rey cómo le latía elcorazón, le dijo: ―Hija mía, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso hay a la puerta algún giganteque quiere llevarte?‖ - ―No,‖ respondió ella, ―no es un gigante, sino una ranaasquerosa.‖ - ―Y ¿qué quiere de ti esa rana?‖ - ―¡Ay, padre querido! Ayer estaba en elbosque jugando junto a la fuente, y se me cayó al agua la pelota de oro. Y mientras yolloraba, la rana me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que sería mi compañera;pero jamás pensé que pudiese alejarse de su charca. Ahora está ahí afuera y quiereentrar.‖ Entretanto, llamaron por segunda vez y se oyó una voz que decía:―¡Princesita, la más niña, Ábreme! ¿No sabes lo que Ayer me dijiste Junto a la frescafuente? ¡Princesita, la más niña, Ábreme!‖Dijo entonces el Rey: ―Lo que prometiste debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta.‖ Laniña fue a abrir, y la rana saltó dentro y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa,la rana se plantó ante sus pies y le gritó: ―¡Súbeme a tu silla!‖ La princesita vacilaba,pero el Rey le ordenó que lo hiciese. De la silla, el animalito quiso pasar a la mesa, y,ya acomodado en ella, dijo: ―Ahora acércame tu platito de oro para que podamoscomer juntas.‖ La niña la complació, pero veíase a las claras que obedecía aregañadientes. La rana engullía muy a gusto, mientras a la princesa se le atragantabantodos los bocados. Finalmente, dijo la bestezuela: ―¡Ay! Estoy ahíta y me sientocansada; llévame a tu cuartito y arregla tu camita de seda: dormiremos juntas.‖ Laprincesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía atocar; y he aquí que ahora se empeñaba en dormir en su cama. Pero el Rey, enojado,
  22. 22. le dijo: ―No debes despreciar a quien te ayudó cuando te encontrabas necesitada.‖Cogióla, pues, con dos dedos, llevóla arriba y la depositó en un rincón. Mas cuando yase había acostado, acercóse la rana a saltitos y exclamó: ―Estoy cansada y quierodormir tan bien como tú; conque súbeme a tu cama, o se lo diré a tu padre.‖ Laprincesita acabó la paciencia, cogió a la rana del suelo y, con toda su fuerza, la arrojócontra la pared: ―¡Ahora descansarás, asquerosa!‖Pero en cuanto la rana cayó al suelo, dejó de ser rana, y convirtióse en un príncipe, unapuesto príncipe de bellos ojos y dulce mirada. Y el Rey lo aceptó como compañero yesposo de su hija. Contóle entonces que una bruja malvada lo había encantado, y quenadie sino ella podía desencantarlo y sacarlo de la charca; díjole que al día siguiente semarcharían a su reino. Durmiéron se, y a la mañana, al despertarlos el sol, llegó unacarroza tirada por ocho caballos blancos, adornados con penachos de blancas plumasde avestruz y cadenas de oro. Detrás iba, de pie, el criado del joven Rey, el fielEnrique. Este leal servidor había sentido tal pena al ver a su señor transformado enrana, que se mandó colocar tres aros de hierro en tomo al corazón para evitar que leestallase de dolor y de tristeza. La carroza debía conducir al joven Rey a su reino. Elfiel Enrique acomodó en ella a la pareja y volvió a montar en el pescante posterior; nocabía en sí de gozo por la liberación de su señor.Cuando ya habían recorrido una parte del camino, oyó el príncipe un estallido a suespalda, como si algo se rompiese. Volviéndose, dijo:―¡Enrique, que el coche estalla!‖ ―No, no es el coche lo que falla, Es un aro de micorazón, Que ha estado lleno de aflicción Mientras viviste en la fontana Convertido enrana.‖Por segunda y tercera vez oyóse aquel chasquido durante el camino, y siempre creyóel príncipe que la carroza se rompía; pero no eran sino los aros que saltaban delcorazón del fiel Enrique al ver a su amo redimido y feliz. El sastrecillo valienteNo hace mucho tiempo que existía un humilde sastrecillo que se ganaba la vidatrabajando con sus hilos y su costura, sentado sobre su mesa, junto a la ventana;risueño y de buen humor, se había puesto a coser a todo trapo. En esto pasó par lacalle una campesina que gritaba:—¡Rica mermeladaaaa... Barataaaa! ¡Rica mermeladaaa, barataaa.Este pregón sonó a gloria en sus oídos. Asomando el sastrecito su fina cabeza por laventana, llamó:—¡Eh, mi amiga! ¡Sube, que aquí te aliviaremos de tu mercancía!Subió la campesina los tres tramos de escalera con su pesada cesta a cuestas, y elsastrecito le hizo abrir todos y cada uno de sus pomos. Los inspeccionó uno por unoacercándoles la nariz y, por fin, dijo:—Esta mermelada no me parece mala; así que pásame cuatro onzas, muchacha, y si
  23. 23. te pasas del cuarto de libra, no vamos a pelearnos por eso.La mujer, que esperaba una mejor venta, se marchó malhumorada y refunfuñando:—¡Vaya! —exclamo el sastrecito, frotándose las manos—. ¡Que Dios me bendiga estamermelada y me de salud y fuerza!Y, sacando el pan del armario, cortó una gran rebanada y la untó a su gusto. «Pareceque no sabrá mal», se dijo. «Pero antes de probarla, terminaré esta chaqueta.»Dejó el pan sobre la mesa y reanudó la costura; y tan contento estaba, que laspuntadas le salían cada vez mas largas.Mientras tanto, el dulce aroma que se desprendía del pan subía hasta donde estabanlas moscas sentadas en gran número y éstas, sintiéndose atraídas por el olor, bajaronen verdaderas legiones.—¡Eh, quién las invitó a ustedes! —dijo el sastrecito, tratando de espantar a tanindeseables huéspedes. Pero las moscas, que no entendían su idioma, lejos de hacerlecaso, volvían a la carga en bandadas cada vez más numerosas.Por fin el sastrecito perdió la paciencia, sacó un pedazo de paño del hueco que habíabajo su mesa, y exclamando: «¡Esperen, que yo mismo voy a servirles!», descargó sinmisericordia un gran golpe sobre ellas, y otro y otro. Al retirar el paño y contarlas, vioque por lo menos había aniquilado a veinte.«¡De lo que soy capaz!», se dijo, admirado de su propia audacia. «La ciudad enteratendrá que enterarse de esto» y, de prisa y corriendo, el sastrecito se cortó uncinturón a su medida, lo cosió y luego le bordó en grandes letras el siguiente letrero:SIETE DE UN GOLPE.«¡Qué digo la ciudad!», añadió. «¡El mundo entero se enterará de esto!»Y de puro contento, el corazón le temblaba como el rabo al corderito.Luego se ciñó el cinturón y se dispuso a salir por el mundo, convencido de que su tallerera demasiado pequeño para su valentía. Antes de marcharse, estuvo rebuscando portoda la casa a ver si encontraba algo que le sirviera para el viaje; pero sólo encontróun queso viejo que se guardó en el bolsillo. Frente a la puerta vio un pájaro que sehabía enredado en un matorral, y también se lo guardó en el bolsillo para queacompañara al queso. Luego se puso animosamente en camino, y como era ágil yligero de pies, no se cansaba nunca.El camino lo llevó por una montaña arriba. Cuando llegó a lo mas alto, se encontró conun gigante que estaba allí sentado, mirando pacíficamente el paisaje. El sastrecito se leacercó animoso y le dijo:—¡Buenos días, camarada! ¿Qué, contemplando el ancho mundo? Por él me voy yo,precisamente, a correr fortuna. ¿Te decides a venir conmigo?
  24. 24. El gigante lo miró con desprecio y dijo:—¡Quítate de mi vista, monigote, miserable criatura!—¿Ah, sí? —contestó el sastrecito, y, desabrochándose la chaqueta, le enseñó elcinturón—-¡Aquí puedes leer qué clase de hombre soy!El gigante leyó: SIETE DE UN GOLPE, y pensando que se tratara de hombresderribados por el sastre, empezó a tenerle un poco de respeto. De todos modos decidióponerlo a prueba. Agarró una piedra y la exprimió hasta sacarle unas gotas de agua.—¡A ver si lo haces —dijo—, ya que eres tan fuerte!—¿Nada más que eso? —contestó el sastrecito—. ¡Es un juego de niños!Y metiendo la mano en el bolsillo sacó el queso y lo apretó hasta sacarle todo el jugo.—¿Qué me dices? Un poquito mejor, ¿no te parece?El gigante no supo qué contestar, y apenas podía creer que hiciera tal cosa aquelhombrecito. Tomando entonces otra piedra, la arrojó tan alto que la vista apenas podíaseguirla.—Anda, pedazo de hombre, a ver si haces algo parecido.—Un buen tiro —dijo el sastre—, aunque la piedra volvió a caer a tierra. Ahora verás —y sacando al pájaro del bolsillo, lo arrojó al aire. El pájaro, encantado con su libertad,alzó rápido el vuelo y se perdió de vista.—¿Qué te pareció este tiro, camarada? —preguntó el sastrecito.—Tirar, sabes —admitió el gigante—. Ahora veremos si puedes soportar alguna cargadigna de este nombre—y llevando al sastrecito hasta un inmenso roble que estabaderribado en el suelo, le dijo—: Ya que te las das de forzudo, ayúdame a sacar esteárbol del bosque.—Con gusto —respondió el sastrecito—. Tú cárgate el tronco al hombro y yo meencargaré del ramaje, que es lo más pesado .En cuanto estuvo el tronco en su puesto, el sastrecito se acomodó sobre una rama, demodo que el gigante, que no podía volverse, tuvo de cargar también con él, además detodo el peso del árbol. El sastrecito iba de lo más contento allí detrás, silbando aquellatonadilla que dice: «A caballo salieron los tres sastres», como si la tarea de cargarárboles fuese un juego de niños.El gigante, después de arrastrar un buen trecho la pesada carga, no pudo más y gritó:—¡Eh, tú! ¡Cuidado, que tengo que soltar el árbol!El sastre saltó ágilmente al suelo, sujetó el roble con los dos brazos, como si lo hubiese
  25. 25. sostenido así todo el tiempo, y dijo:—¡Un grandullón como tú y ni siquiera eres capaz de cargar un árbol!Siguieron andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante, echando mano a la copa,donde colgaban las frutas maduras, inclinó el árbol hacia abajo y lo puso en manos delsastre, invitándolo a comer las cerezas. Pero el hombrecito era demasiado débil parasujetar el árbol, y en cuanto lo soltó el gigante, volvió la copa a su primera posición,arrastrando consigo al sastrecito por los aires. Cayó al suelo sin hacerse daño, y elgigante le dijo:—¿Qué es eso? ¿No tienes fuerza para sujetar este tallito enclenque?—No es que me falte fuerza —respondió el sastrecito—. ¿Crees que semejante minuciaes para un hombre que mató a siete de un golpe? Es que salté por encima del árbol,porque hay unos cazadores allá abajo disparando contra los matorrales. ¡Haz tú lomismo, si puedes!El gigante lo intentó, pero se quedó colgando entre las ramas; de modo que tambiénesta vez el sastrecito se llevó la victoria. Dijo entonces el gigante:—Ya que eres tan valiente, ven conmigo a nuestra casa y pasa la noche con nosotros.El sastrecito aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron a la caverna, encontrarona varios gigantes sentados junto al fuego: cada uno tenía en la mano un cordero asadoy se lo estaba comiendo. El sastrecito miró a su alrededor y pensó: «Esto es muchomás espacioso que mi taller.»El gigante le enseñó una cama y lo invitó a acostarse y dormir. La cama, sin embargo,era demasiado grande para el hombrecito; así que, en vez de acomodarse en ella, seacurrucó en un rincón. A medianoche, creyendo el gigante que su invitado estaríaprofundamente dormido, se levantó y, empuñando una enorme barra de hierro,descargó un formidable golpe sobre la cama. Luego volvió a acostarse, en la certeza deque había despachado para siempre a tan impertinente grillo. A la madrugada, losgigantes, sin acordarse ya del sastrecito, se disponían a marcharse al bosque cuando,de pronto, lo vieron tan alegre y tranquilo como de costumbre. Aquello fue más de loque podían soportar, y pensando que iba a matarlos a todos, salieron corriendo, cadauno por su lado.El sastrecito prosiguió su camino, siempre con su puntiaguda nariz por delante. Trasmucho caminar, llegó al jardín de un palacio real, y como se sentía muy cansado, seechó a dormir sobre la hierba. Mientras estaba así durmiendo, se le acercaron varioscortesanos, lo examinaron par todas partes y leyeron la inscripción: SIETE DE UNGOLPE.—¡Ah! —exclamaron—. ¿Qué hace aquí tan terrible hombre de guerra, ahora queestamos en paz? Sin duda, será algún poderoso caballero.Y corrieron a dar la noticia al rey, diciéndole que en su opinión sería un hombreextremadamente valioso en caso de guerra y que en modo alguno debía perder laoportunidad de ponerlo a su servicio. Al rey le complació el consejo, y envió a uno de
  26. 26. sus nobles para que le hiciese una oferta tan pronto despertara. El emisariopermaneció en guardia junto al durmiente, y cuando vio que éste se estiraba y abríalos ojos, le comunicó la proposición del rey.—Justamente he venido con ese propósito —contestó el sastrecito—. Estoy dispuesto aservir al rey —así que lo recibieron honrosamente y le prepararon toda una residenciapara él solo.Pero los soldados del rey lo miraban con malos ojos y, en realidad, deseaban tenerlo amil millas de distancia.—¿En qué parará todo esto? —comentaban entre sí—. Si nos peleamos con él y laemprende con nosotros, a cada golpe derribará a siete. No hay aquí quien puedaenfrentársele.Tomaron, pues, la decisión de presentarse al rey y pedirle que los licenciase delejército.—No estamos preparados —le dijeron— para luchar al lado de un hombre capaz dematar a siete de un golpe.El rey se disgustó mucho cuando vio que por culpa de uno iba a perder tan fielesservidores: ya se lamentaba hasta de haber visto al sastrecito y de muy buena gana sehabría deshecho de él. Pero no se atrevía a despedirlo, por miedo a que acabara con ély todos los suyos, y luego se instalara en el trono. Estuvo pensándolo por horas yhoras y, al fin, encontró una solución.Mandó decir al sastrecito que, siendo tan poderoso hombre de armas como era, teníauna oferta que hacerle. En un bosque del país vivían dos gigantes que causabanenormes daños con sus robos, asesinatos, incendios y otras atrocidades; nadie podíaacercárseles sin correr peligro de muerte. Si el sastrecito lograba vencer y exterminara estos gigantes, recibiría la mano de su hija y la mitad del reino como recompensa.Además, cien soldados de caballería lo auxiliarían en la empresa.«¡No está mal para un hombre como tú!» se dijo el sastrecito. «Que a uno le ofrezcanuna bella princesa y la mitad de un reino es cosa que no sucede todos los días.» Asíque contestó:—Claro que acepto. Acabaré muy pronto con los dos gigantes. Y no me hacen falta loscien jinetes. El que derriba a siete de un golpe no tiene por qué asustarse con dos.Así, pues, el sastrecito se puso en camino, seguido por cien jinetes. Cuando llegó a lasafueras del bosque, dijo a sus seguidores:—Esperen aquí. Yo solo acabaré con los gigantes.Y de un salto se internó en el bosque, donde empezó a buscar a diestro y siniestro. Alcabo de un rato descubrió a los dos gigantes. Estaban durmiendo al pie de un árbol yroncaban tan fuerte, que las ramas se balanceaban arriba y abajo. El sastrecito, nicorto ni perezoso, eligió especialmente dos grandes piedras que guardó en los bolsillosy trepó al árbol. A medio camino se deslizó por una rama hasta situarse justo encima
  27. 27. de los durmientes, y, acto seguido, hizo muy buena puntería (pues no podía fallar)pues de lo contrario estaría perdido.Los gigantes, al recibir cada uno un fuerte golpe con la piedra, despertaron echándoseentre ellos las culpas de los golpes. Uno dio un empujón a su compañero y le dijo:—¿Por qué me pegas?—Estás soñando —respondió el otro—. Yo no te he pegado.Se volvieron a dormir, y entonces el sastrecito le tiró una piedra al segundo.—¿Qué significa esto? —gruñó el gigante—. ¿Por qué me tiras piedras?—Yo no te he tirado nada —gruñó el primero.Discutieron todavía un rato; pero como los dos estaban cansados, dejaron las cosascomo estaban y cerraron otra vez los ojos. El sastrecito volvió a las andadas.Escogiendo la más grande de sus piedras, la tiró con toda su fuerza al pecho del primergigante.—¡Esto ya es demasiado! —vociferó furioso. Y saltando como un loco, arremetió contrasu compañero y lo empujó con tal fuerza contra el árbol, que lo hizo estremecersehasta la copa. El segundo gigante le pagó con la misma moneda, y los dos seenfurecieron tanto que arrancaron de cuajo dos árboles enteros y estuvieronaporreándose el uno al otro hasta que los dos cayeron muertos. Entonces bajó delárbol el sastrecito.«Suerte que no arrancaron el árbol en que yo estaba», se dijo, «pues habría tenidoque saltar a otro como una ardilla. Menos mal que nosotros los sastres somoslivianos.»Y desenvainando la espada, dio un par de tajos a cada uno en el pecho. Enseguida sepresentó donde estaban los caballeros y les dijo:—Se acabaron los gigantes, aunque debo confesar que la faena fue dura. Se pusierona arrancar árboles para defenderse. ¡Venirle con tronquitos a un hombre como yo, quemata a siete de un golpe!—¿Y no estás herido? —preguntaron los jinetes.—No piensen tal cosa —dijo el sastrecito—. Ni siquiera, despeinado.Los jinetes no podían creerlo. Se internaron con él en el bosque y allí encontraron a losdos gigantes flotando en su propia sangre y, a su alrededor, los árboles arrancados decuajo.El sastrecito se presentó al rey para pedirle la recompensa ofrecida; pero el rey se hizoel remolón y maquinó otra manera de deshacerse del héroe.
  28. 28. —Antes de que recibas la mano de mi hija y la mitad de mi reino —le dijo—, tendrásque llevar a cabo una nueva hazaña. Por el bosque corre un unicornio que hacegrandes destrozos, y debes capturarlo primero.—Menos temo yo a un unicornio que a dos gigantes —respondió el sastrecito—-Sietede un golpe: ésa es mi especialidad.Y se internó en el bosque con un hacha y una cuerda, después de haber rogado a susseguidores que lo aguardasen afuera.No tuvo que buscar mucho. El unicornio se presentó de pronto y lo embistióferozmente, decidido a ensartarlo de una vez con su único cuerno.—Poco a poco; la cosa no es tan fácil como piensas —dijo el sastrecito.Plantándose muy quieto delante de un árbol, esperó a que el unicornio estuviese cercay, entonces, saltó ágilmente detrás del árbol. Como el unicornio había embestido confuerza, el cuerno se clavó en el tronco tan profundamente, que por más que hizo nopudo sacarlo, y quedó prisionero.«¡Ya cayó el pajarito!», dijo el sastre, saliendo de detrás del árbol. Ató la cuerda alcuello de la bestia, cortó el cuerno de un hachazo y llevó su presa al rey.Pero éste aún no quiso entregarle el premio ofrecido y le exigió un tercer trabajo.Antes de que la boda se celebrase, el sastrecito tendría que cazar un feroz jabalí querondaba por el bosque causando enormes daños. Para ello contaría con la ayuda de loscazadores.—¡No faltaba más! —dijo el sastrecito—. ¡Si es un juego de niños!Dejó a los cazadores a la entrada del bosque, con gran alegría de ellos, pues de talmodo los había recibido el feroz jabalí en otras ocasiones, que no les quedaban ganasde enfrentarse con él de nuevo.Tan pronto vio al sastrecito, el jabalí lo acometió con los agudos colmillos de su bocaespumeante, y ya estaba a punto de derribarlo, cuando el héroe huyó a todo correr, seprecipitó dentro de una capilla que se levantaba por aquellas cercanías. subió de unsalto a la ventana del fondo y, de otro salto, estuvo enseguida afuera. El jabalí seabalanzó tras él en la capilla; pero ya el sastrecito había dado la vuelta y le cerraba lapuerta de un golpe, con lo que la enfurecida bestia quedó prisionera, pues erademasiado torpe y pesada para saltar a su vez por la ventana. El sastrecito seapresuró a llamar a los cazadores, para que la contemplasen con su propios ojos.El rey tuvo ahora que cumplir su promesa y le dio la mano de su hija y la mitad delreino, agregándole: «Ya eres mi heredero al trono».Se celebró la boda con gran esplendor, y allí fue que se convirtió en todo un rey elsastrecito valiente.
  29. 29. El soldadito de plomoHabía una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habíanfundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era comoestaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero queoyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue:"¡Soldaditos de plomo!" Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas,pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la mesa.Cada soldadito era la viva imagen de los otros, con excepción de uno que mostrabauna pequeña diferencia. Tenía una sola pierna, pues al fundirlos, había sido el último yel plomo no alcanzó para terminarlo. Así y todo, allí estaba él, tan firme sobre su únicapierna como los otros sobre las dos. Y es de este soldadito de quien vamos a contar lahistoria.En la mesa donde el niño los acababa de alinear había otros muchos juguetes, pero elque más interés despertaba era un espléndido castillo de papel. Por sus diminutasventanas podían verse los salones que tenía en su interior. Al frente había unosarbolitos que rodeaban un pequeño espejo. Este espejo hacía las veces de lago, en elque se reflejaban, nadando, unos blancos cisnes de cera. El conjunto resultaba muyhermoso, pero lo más bonito de todo era una damisela que estaba de pie a la puertadel castillo. Ella también estaba hecha de papel, vestida con un vestido de clara yvaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manerade banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara. Ladamisela tenía los dos brazos en alto, pues han de saber ustedes que era bailarina, yhabía alzado tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía ver dóndeestaba, y creyó que, como él, sólo tenía una.―Ésta es la mujer que me conviene para esposa‖, se dijo. ―¡Pero qué fina es; si hastavive en un castillo! Yo, en cambio, sólo tengo una caja de cartón en la que yahabitamos veinticinco: no es un lugar propio para ella. De todos modos, pase lo quepase trataré de conocerla.‖Y se acostó cuan largo era detrás de una caja de tabaco que estaba sobre la mesa.Desde allí podía mirar a la elegante damisela, que seguía parada sobre una sola piernasin perder el equilibrio.Ya avanzada la noche, a los otros soldaditos de plomo los recogieron en su caja y todala gente de la casa se fue a dormir. A esa hora, los juguetes comenzaron sus juegos,recibiendo visitas, peleándose y bailando. Los soldaditos de plomo, que tambiénquerían participar de aquel alboroto, se esforzaron ruidosamente dentro de su caja,pero no consiguieron levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y la tizase divertía escribiendo bromas en la pizarra. Tanto ruido hicieron los juguetes, que elcanario se despertó y contribuyó al escándalo con unos trinos en verso. Los únicos queni pestañearon siquiera fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella permanecíaerguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire; él no estaba menos firmesobre su única pierna, y sin apartar un solo instante de ella sus ojos.De pronto el reloj dio las doce campanadas de la medianoche y —¡crac!— abrióse latapa de la caja de rapé... Mas, ¿creen ustedes que contenía tabaco? No, lo que allí
  30. 30. había era un duende negro, algo así como un muñeco de resorte.—¡Soldadito de plomo! —gritó el duende—. ¿Quieres hacerme el favor de no mirar mása la bailarina?Pero el soldadito se hizo el sordo.—Está bien, espera a mañana y verás —dijo el duende negro.Al otro día, cuando los niños se levantaron, alguien puso al soldadito de plomo en laventana; y ya fuese obra del duende o de la corriente de aire, la ventana se abrió derepente y el soldadito se precipitó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caídaterrible. Quedó con su única pierna en alto, descansando sobre el casco y con labayoneta clavada entre dos adoquines de la calle.La sirvienta y el niño bajaron apresuradamente a buscarlo; pero aun cuando faltó pocopara que lo aplastasen, no pudieron encontrarlo. Si el soldadito hubiera gritado: "¡Aquíestoy!", lo habrían visto. Pero él creyó que no estaba bien dar gritos, porque vestíauniforme militar.Luego empezó a llover, cada vez más y más fuerte, hasta que la lluvia se convirtió enun aguacero torrencial. Cuando escampó, pasaron dos muchachos por la calle.—¡Qué suerte! —exclamó uno—. ¡Aquí hay un soldadito de plomo! Vamos a hacerlonavegar.Y construyendo un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro, y allá sefue por el agua de la cuneta abajo, mientras los dos muchachos corrían a su ladodando palmadas. ¡Santo cielo, cómo se arremolinaban las olas en la cuneta y quécorriente tan fuerte había! Bueno, después de todo ya le había caído un buen remojón.El barquito de papel saltaba arriba y abajo y, a veces, giraba con tanta rapidez que elsoldadito sentía vértigos. Pero continuaba firme y sin mover un músculo, mirandohacia adelante, siempre con el fusil al hombro.De buenas a primeras el barquichuelo se adentró por una ancha alcantarilla, tan oscuracomo su propia caja de cartón."Me gustaría saber adónde iré a parar‖, pensó. ―Apostaría a que el duende tiene laculpa. Si al menos la pequeña bailarina estuviera aquí en el bote conmigo, no meimportaría que esto fuese dos veces más oscuro."Precisamente en ese momento apareció una enorme rata que vivía en el túnel de laalcantarilla.—¿Dónde está tu pasaporte? —preguntó la rata—. ¡A ver, enséñame tu pasaporte!Pero el soldadito de plomo no respondió una palabra, sino que apretó su fusil con másfuerza que nunca. El barco se precipitó adelante, perseguido de cerca por la rata. ¡Ah!había que ver cómo rechinaba los dientes y cómo les gritaba a las estaquitas y pajasque pasaban por allí.
  31. 31. —¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!La corriente se hacía más fuerte y más fuerte y el soldadito de plomo podía ya percibirla luz del día allá, en el sitio donde acababa el túnel. Pero a la vez escuchó un sonidoatronador, capaz de desanimar al más valiente de los hombres. ¡Imagínense ustedes!Justamente donde terminaba la alcantarilla, el agua se precipitaba en un inmensocanal. Aquello era tan peligroso para el soldadito de plomo como para nosotros elarriesgarnos en un bote por una gigantesca catarata.Por entonces estaba ya tan cerca, que no logró detenerse, y el barco se abalanzó alcanal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan derecho como pudo; nadie diríanunca de él que había pestañeado siquiera. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó deagua hasta los bordes; hallábase a punto de zozobrar. El soldadito tenía ya el agua alcuello; el barquito se hundía más y más; el papel, de tan empapado, comenzaba adeshacerse. El agua se iba cerrando sobre la cabeza del soldadito de plomo… Y éstepensó en la linda bailarina, a la que no vería más, y una antigua canción resonó en susoídos:¡Adelante, guerrero valiente!¡Adelante, te aguarda la muerte!En ese momento el papel acabó de deshacerse en pedazos y el soldadito se hundió,sólo para que al instante un gran pez se lo tragara. ¡Oh, y qué oscuridad había allídentro! Era peor aún que el túnel, y terriblemente incómodo por lo estrecho. Pero elsoldadito de plomo se mantuvo firme, siempre con su fusil al hombro, aunque estabatendido cuan largo era.Súbitamente el pez se agitó, haciendo las más extrañas contorsiones y dando unasvueltas terribles. Por fin quedó inmóvil. Al poco rato, un haz de luz que parecía unrelámpago lo atravesó todo; brilló de nuevo la luz del día y se oyó que alguien gritaba:—¡Un soldadito de plomo!El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido, y se encontraba ahora en lacocina, donde la sirvienta lo había abierto con un cuchillo. Cogió con dos dedos alsoldadito por la cintura y lo condujo a la sala, donde todo el mundo quería ver a aquelhombre extraordinario que se dedicaba a viajar dentro de un pez. Pero el soldadito nole daba la menor importancia a todo aquello.Lo colocaron sobre la mesa y allí… en fin, ¡cuántas cosas maravillosas pueden ocurriren esta vida! El soldadito de plomo se encontró en el mismo salón donde había estadoantes. Allí estaban todos: los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa y elmismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina, que permanecía aún sobreuna sola pierna y mantenía la otra extendida, muy alto, en los aires, pues ella habíasido tan firme como él. Esto conmovió tanto al soldadito, que estuvo a punto de llorarlágrimas de plomo, pero no lo hizo porque no habría estado bien que un soldadollorase. La contempló y ella le devolvió la mirada; pero ninguno dijo una palabra.De pronto, uno de los niños agarró al soldadito de plomo y lo arrojó de cabeza a lachimenea. No tuvo motivo alguno para hacerlo; era, por supuesto, aquel muñeco de
  32. 32. resorte el que lo había movido a ello.El soldadito se halló en medio de intensos resplandores. Sintió un calor terrible,aunque no supo si era a causa del fuego o del amor. Había perdido todos sus brillantescolores, sin que nadie pudiese afirmar si a consecuencia del viaje o de sussufrimientos. Miró a la bailarina, lo miró ella, y el soldadito sintió que se derretía, perocontinuó impávido con su fusil al hombro. Se abrió una puerta y la corriente de aire seapoderó de la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer juntoal soldadito de plomo, donde ardió en una repentina llamarada y desapareció. Pocodespués el soldadito se acabó de derretir. Cuando a la mañana siguiente la sirvientaremovió las cenizas lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo; pero de labailarina no había quedado sino su lentejuela, y ésta era ahora negra como el carbón El tesoro perdidoEl sol poniente se hundía de los picos helados de las montañas y éstos se tornabanrojos como ascuas. En las azoteas de las casas de Lhasa, los niños hacían volarcometas de brillantes colores sujetas a hilos espolvoreados con el polvo de vidrio. Losniños corrían y brincaban entrelazándose —con las cometas siguiendo susmovimientos—, mientras reían alborotadamente tratando de cortarse mutuamente loshilos de las cometas. Un niño de unos seis años estaba sentado junto a su tío, unmonje vestido con hábitos de color marrón. Observaban a la cometa del niño elevarsecada vez más en el cielo. Sostenida por el viento, estaba tan alta, que parecía que nose movía. Sin dejar de mirar a la cometa, el niño dijo:—Cuéntame un cuento, tío.El monje sonrió entre dientes.—Una historia antigua, pues―Un padre le dijo a su hijo —empezó el monje—: `Voy a morir pronto, hijo mío.Llévate mi oro a tu casa. Es tuyo. Pero recuerda que no has de fiarte de nadie. Nisiquiera de tu esposa´. El padre confiaba en que su hijo, Sonam, tendría presente suconsejo y comprendería cómo se estilan las cosas en el mundo.―Pero Sonam tenía un gran amigo, de nombre Tamchu. De niños habían ido a laescuela juntos, y por las tardes habían jugado al juego del volante con el pie. Tamchuvivía en la aldea próxima con su mujer y sus dos hijos pequeños.―Un día Sonam decidió salir de peregrinaje al monasterio santo y pensó: `Cuando mipadre estaba vivo, me dijo que no me fiara de nadie´. Pero cuando pensó en su amigoTamchu, no podía admitir que estas palabras debieran aplicarse también a éste. No aTamchu. Así pues, llevó sus dos bolsas de pepitas de oro a casa de su amigo y le dijo:`Tamchu, por favor, guárdame el oro mientras esté fuera. Este es el oro que mi padreme dio al morir´.Tamchu dijo: `Oh, sí, naturalmente. Guardaré tu oro con mucho cuidado, y cuandovuelvas de tu peregrinaje, aquí lo encontrarás. No tienes por qué preocuparte. Somos

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