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Nadal 2011

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Cuento de Navidad

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  • 1. Nochebuena con LSD Jordi Bayona Navidad 2011
  • 2. Nochebuena con LSD Jordi Bayona Navidad 2011 1 ¿Te llevo al dormitorio?N unca te atreviste a quererme como deseabas quererme. No es tan raro. Sucede. Una malévola guillotina de confuso origen te mutila lafacultad de expresión del sentimiento... Un rayo paralizante te incapacita para elfranco goce de la vida y te encierra en infiernos artificiales cuando has tenido elparaíso a solo un paso. Sucede y no hay libro de reclamaciones. Un hombre como tú, acostumbrado a la alquimia de las ideas, a la grandeza delos proyectos de país, a la gestión de horizontes de futuro... te extraviaste en la caraoculta de la vida, en el agujero negro del universo emocional y, lo que es peor: sindarte cuenta. Creías escalar la cresta del mundo y no hacías más que deambular comoun zombi perdido en los lúgubres suburbios de la vida. Perdona, lo siento: el símil sobre la condición de muerto viviente esinapropiado para la circunstancia que nos ocupa. Las escenas de esperpento medivierten pero comprendo que a ti te molesten. Siempre te molestaron. En realidad,poco o mucho, todo te molestaba. O al menos eso dabas a entender. 2
  • 3. Yo, Leo, nunca te entendí del todo y siempre te quise. Te quise y te lo dije milveces. Mil veces al día. Con palabras y con gestos. Y te lo digo hoy, el día que cumplo cincuenta y dos años y que te llevo en taxi ami casa, supongo que en calidad de amante. O quizás de ex. ¡Dios, qué situación másengorrosa...! No sé si hablo en sentido muy estricto porque en realidad te trajino enuna urna y en forma de cenizas, directamente desde el tanatorio del cementeriomunicipal. Hoy, 24 de diciembre, será un día extraño. Desde pequeña consideré que lacoincidencia entre cumpleaños y Nochebuena era una superflua exuberancia delcalendario. Y ahora, tan gentil como de costumbre, me añades tu incineración. Seráuno más de los muchos días extraños de nuestras vidas. No me preocupa echarte demenos. Estoy adiestrada: nunca dejé de sentirte cerca a pesar de que jamás estuvistedel todo a mi lado. Las relaciones amorosas son como las nubes que con jirones dealgodón componen siempre la caprichosa figura que quieres apreciar. Otros no ven enellas, ni quieren ver, más que polvo atmosférico con lluvia condensada y amenaza detormenta. El amor, como para los marxistas la tierra, pertenece a quien mejor lotrabaja. Y tú, en esa faena, más por cobardía que por desgana, estuviste vaguillo. Yo aporté la fortaleza a nuestra relación. No me importó que no me quisierasdel todo o que no me dijeras que me querías, que para el caso es lo mismo. Te quisepor los dos. Eso nos salvó. A ti es un decir, pero a mí me seguirá amparando. Ay Leonardo... Tu nueva realidad corpórea me crea un pequeño problemadoméstico de ubicación: ¿Dónde te hago pasar la noche? Tus últimos días han sido el festival del desconcierto pero al menos dejaste unacosa clara: Yo, y nadie más, tenía que esparcir tus cenizas a los cuatro puntoscardinales desde la columna geodésica de la cumbre del Puig de Massanella. El relato no es malo: el fundador y dirigente del Partit Independentista de lesIlles Balears (que acabó defenestrado), insigne filólogo de la lengua catalana (como sedesprende de lo anterior) y columnista del Diari de Balears (naturalmente), lega sucuerpo (afortunadamente después de la incineración) a la tierra por cuyaindependencia luchó (es innecesario exponer los resultados de tal contienda). Perdona de nuevo. Los paréntesis no pretenden emborronar tu noble biografía.No son más que una minúscula y puntual desazón. Porque puedo llegar a asimilar quelas cenizas del insigne independentista Lleonard Sans i Desbrull tengan que seresparcidas por Ana María Ortiz Rodríguez, natural de Peraleda del Zaucejo, provinciade Badajoz, su amante secreta fija-discontinua de toda la vida... pero te mentiría si noadmitiera que me incomoda que tan sublime episodio tenga que acontecer en todo loalto de una montaña de 1.365 metros de altura sin otro acceso que un empinadocamino de cabras que hay que recorrer a pie durante varias horas. Te vuelvo arecordar que hoy cumplo cincuenta y dos años y, francamente, no tanto el cuerpo sinoel rodaje me impide ser la que fui y no estoy para excursiones por las alturas de lamisma manera que hay días que la Macarena no está para tafetanes, como dicen losandaluces. 3
  • 4. Lo siento pero estarás obligado a pasar unos días en casa hasta que organice laexpedición. No te apures, no te dejaré en el salón: las gatas podrían adelantar ladispersión de tus cenizas sobre mis kilims tejidos a mano por mujeres bereberes. ¿Tellevo al dormitorio? La primera vez ya tuve que ejercer esta responsabilidad. Y temoque también la última. 2 Eras un onanista sentimental Control de la situación: ahora, ya en casa, nos lo tomaremos con más sosiego.Si, sosiego tanto si quieres como si no. Durante toda tu vida de culo inquieto ignorasteel sentido de esta palabra pero en tus actuales condiciones, y bien que lo lamento, noestás para imponer nada. Necesito tumbarme en el sofá y un vodka helado. Hermosea el momento con el bonito atardecer iluminado que nos anticipa laNochebuena. Disfruta – también es un decir – de la panorámica extraordinaria de labahía de Palma. La puesta de sol de invierno, vista desde esta terraza en lo alto de CalaBlava, es mucho más sofisticada y compleja que la de verano. También es más corta,claro. Por eso no hay que perderse ni un detalle de los matices que, a cada segundo,mutan la tonalidad rojiza de las caprichosas nubes de poniente. Iluminaciones aparte, y aunque no lo reconozcas, desde esta misma terraza teensimismaste, relajado y feliz, con la languidez de muchos atardeceres. Yo prestaba lamayor atención a no entrometerme en tu estado interior. Dejaba que practicaras elplacer en solitario. Fuiste un onanista sentimental. Alguna vez cometí la imprudenciade compartir ese instante de sensualidad estética contigo, abrazarte y contemplarjuntos el huevo frito que se ponía por detrás de Na Burguesa. Pero al acto, al primergesto, todo se resquebrajaba como una fina capa de hielo bajo una inoportuna pisada.Tenías pánico al roce: el físico lo llegaste a capear pero el emocional… has acabado tanvirgen como Nuestra Señora de Guadalupe. Los amigos te llamaban LSD en referenciaa tus iniciales, pero jamás te permitiste el menor de los efectos liberadores ysensitivos que provoca la sustancia de tu alias. De la misma manera que JardielPoncela escribía lipogramas sin alguna de las vocales, tu biografía podría escribirse solocon verbos intransitivos, sin complementos directos. Retira tus reproches, no digas nada. Ahora ya no puedes preguntarme ¿si tanodioso era por qué coño siempre permaneciste anclada en mi vida? Y estoy seguraque aunque me lo pudieras preguntar tampoco lo harías. Pero yo te respondo. En tusrelaciones conmigo eras el campeón del silencio. Todo lo camuflabas bajo finas capasde silencio superpuestas. Y, paradójicamente este silencio, conjugado con tu miradafija –a veces penetrante y otras desvalida- me reveló tu atractivo misterioso. Reconozco que no eras nada odioso y menos cuando se te presentó aquellajovencita que fingía ser mayor de edad, recomendada por una vecina para limpiar tu 4
  • 5. casa dos días a la semana, que luego fueron cuatro, después siempre y finalmentenunca. Recuerdo tú interés por mi pueblo. ¿No será Peralada en lugar de Peraleda?¿Peraleda de Zaucejo? Ni idea, jamás he estado en Badajoz. Ilusionada pero iletrada, aquella jovencita llegó a tu casa buscando trabajo y,sobre todo, la oportunidad de adquirir nuevos saberes. Era tan intensa su sed deaprender que precisó muchos años para saciarla. Quienes no habéis sufrido los azotesde la ignorancia no podéis comprender de lo que hablo. ¡Cómo explicar al abstemio losfascinantes secretos del vino! El deseo de saber, como el de amar, me ha mantenidode pie cada día y permitido flotar en cualquier tormenta. Un deseo que, como todos,cuanto más crece más alimento requiere. El fluir de la vida me ha enseñado que el azar siempre está al servicio de lanecesidad. Cuando menos te lo esperas, aparece lo que necesitas. Lo importante espresentirlo, detectarlo y agarrarlo porque a muchos, distraídos en irrelevancias, lespasa de largo. Traté de explicártelo en varias ocasiones pero en lugar de respondermeme citabas a Jacques Monod y sus ensayos sobre el azar y la necesidad en el estudio labiología moderna. Nunca he leído a Monod pero tú, sabio Salomón, jamás entendistelo que yo te contaba. Sentí algo de ello al cruzar por primera vez tu piso del Carrer del Sol. Desdemuy, pero que muy niña, desarrollé una extraordinaria capacidad de percepción.Pillaba al vuelo todo lo intangible y volátil que planeaba en el mundo de adultos queme rodeaba: el significado oculto de un simple tono de voz, el sentido de unacircunstancia inesperada, una mirada de carga emotiva, un gesto descuidado que yoretrataba en mi juvenil cabecita... cualquier detalle me aportaba las claves deinterpretación de las energías latentes que movían el triste universo de Los Mochuelos,la finca donde crecí. Tenía ocultas intuiciones. Por eso, cuando la joven jornalera recorrió por vezprimera las estancias de tu piso espacioso y noble, atiborrado de libros, percibió sinmota de duda que en aquel preciso instante cambiaba su sino. En su cabecita LosMochuelos se despeñaban y se los tragaba la tierra. Fue mi camino de Damasco. No esque a partir de entonces haya expandido el cristianismo por tierras orientales;simplemente me eduqué y me cultivé. Y lo hice a tu lado. Indagué nuevos territorios de mi vida. Nunca sabré lo suficiente, pero lo que sélo aprendí contigo. No tanto de ti, sino junto a ti. Sin tú saberlo, me hiciste mejor y máslibre. ¿De verdad te extraña que, con todas tus rarezas, nunca me haya apartado de ti?Tantos años transcurridos y nunca me he acordado de olvidarte. Mi historia avala la querencia por ti, LSD. Deja que te recuerde de donde veníacuando llegué a tu casa. Lo intenté en alguna ocasión pero a medida que te transmitíalas vivencias y exuberantes emociones de mi infancia te parapetabas detrás del murode la irrisión para protegerte. En tu diccionario sentimental, la expresión natural de lasemociones y el veneno mortal eran sinónimos. Carecías de antídoto para combatir laexpresión de la ternura y, llegado el caso, no dudabas en defenderte con el armamezquina de la grosería de batalla. 5
  • 6. 3 Allí se nacía con la biografía ya escrita Aquella niña que fui desgranó noche inquietas, a oscuras en la habitación,compartiendo cama con mi hermano menor en unas dependencias de Los Mochuelos,donde mi padre, y antes mi abuelo, ejercieron de peones del mayoral. Noches devigilia en las que trataba de abrirme camino en el laberinto que debía conducirme a lailustración. No quería perderme en la oscuridad de la ignorancia, como mis padres, mistíos y mis abuelos. Concluí que sin desprenderme de la fatal herencia deldesconocimiento jamás sería feliz. Ni libre. Ni siquiera buena persona. Nadie puede serbuena persona si su vida se rige por el principio impuesto de hacer las cosas como diosmanda. De muy jovencita sufrí la angustiosa necesidad de instruirme, de pensar porcuenta propia, de forjar mis propios criterios con mi particular experiencia. Anhelabahuir del enjambre de abejas ciegas que era el mundo que me rodeaba: Los Mochuelos,una finca de labranza en medio de la nada, donde toda mi familia formaba parte delservicio de los Fernández de Bobadilla de día y de noche, año tras año, generación trasgeneración. Una pequeña vida de esclavos que ignoran serlo. Un universo jerárquicoen el que se nace con la biografía ya escrita bajo el brazo y sometido a un ordeninalterable del que, advierten, resulta muy poco juicioso evadirse. En aquella geografía cerrada veo a mi madre, envejecida por el trabajo en lacasa de los señores, donde reinaba doña Eulalia, una semidiosa que organizaba, con sucatón de sospechosas bondades y generosidades, un círculo de sumisión difusa en elque incluía, a la par, a todos los seres vivos que le rodeaban, fueran humanos oanimales. Temprano llegó la muerte para llevarse a la sirvienta. No llegó a los cuarenta.Nunca supimos de qué murió mi madre pero lo cierto es que murió. Al principio fue unmalestar general, con ahogos y vómitos, diagnosticado por doña Eulalia comoalteraciones que suelen ocurrir a las mujeres ciertos días del mes. Cuando su estadoempeoró se llamó a un médico de La Serena, que parecía desconcertado por lossíntomas y cuando días después se dispuso llevarla al hospital de Badajoz en el landrover del mayoral, murió mientras hacían los preparativos del viaje. Allí todo obedecía a un extraño precepto natural, dictado desde arriba, queiluminaba las conciencias de la docena de personajes que vivíamos en Los Mochuelos yque nos desligaba de la menor responsabilidad sobre nuestras vidas. Las cosas ocurríanporque habían de ocurrir. Nadie parecía tener un compromiso con su propiaexistencia, simplemente la aceptaba con resignación. Mi primera formación se forjó con opiniones heredadas que se aceptan sin másy una enseñanza rutinaria impartida por maestras desganadas que solo pensaban en 6
  • 7. novios y bodas. Carne de familia aburrida. Hay que hacer las cosas como todo elmundo. Siempre las sentencias: la vida es así; hay que conformarse con lo que dios nosmanda; pórtate bien y serás una persona de provecho, cuidado con las compañías (¡yo,que me encontraba perdida en el desierto!). Por la seguridad con la que hablaban de loque era la vida se hubiera dicho que eran banqueros de Wall Street. En aquella gran basílica de la resignación, de muy niña y con apenas uso derazón, deduje que aquello era una descomunal estafa. Presentía la existencia demundos distintos al nuestro donde las personas decidían y eran protagonistas de susvidas. Vivir era para mí el circuito cerrado de una cadena sin fin. Un día desplazaba alanterior, una primavera al invierno y el otoño pasaba por encima del verano. Lossueños infantiles se derramaban por los suelos con la estéril monotonía de uncalendario que daba vueltas sobre sí mismo. A grandes males, grandes remedios. Una vez más y sin llamarlo, el azar corrió alrescate de la necesidad. 4 Una amiga llamada doña Espasa Calpe La clave de mi descubrimiento fueron los tres tomos de la vieja EnciclopediaIlustrada de Espasa Calpe que criaban polvo en el aparador del comedor de nuestraestancia de subalternos. En mi casa no abundaban los libros y la única televisión de lafinca estaba en el salón de la casa de Doña Eulalia, donde cada jueves, por invitaciónexpresa de la matriarca, acudía con mi hermano porque daban el programa infantil. Elaparato nos fascinaba: emitía en blanco y negro y los payasos aparecían en la pantallaentre una tormenta de copos que, como abejas en panal, giraban en todas direccionesemitiendo un sonoro zumbido de fondo que apagaba las voces. La señora se quejabadel exceso de nieve y manipulaba ella misma las antenas de cuerno enchufadas altejadillo del aparato sin que por ello mejorara la visión de la imagen. Pero a mí, como te decía, lo que de verdad me interesaba era la enciclopediailustrada que guardaba mi padre, herencia de mi abuelo, cuyo origen nunca pudeaclarar. Como me aburría su lectura continuada me entretenía hojeándola yobservando con curiosidad infantil las láminas coloreadas que describían con precisiónfigurativa exóticos y lejanos horizontes: países desconocidos, tropicales, desérticos,montañosos; la gran variedad de razas humanas: chinos con coleta y ojosmarcadamente oblicuos, abrigados esquimales, negras africanas con un platillo doradoen la boca que desfiguraban sus labios; distintos tipos de embarcaciones: goletas,fragatas, corbetas, vapores, acorazados; afinados utensilios de ebanistas: buriles,mazas, azuelas, limas, punzones, serruchos....; personajes históricos: Cervantes conperilla y mostacho, Colón pisando por vez primera las Indias occidentales mientras un 7
  • 8. indígena con taparrabos y tocado de plumas de ave del paraíso le rendía honores....Lacomplejidad del mundo, su pasado, su futuro y sus grandes personajes, concentradosen aquellos tres tomos de encuadernación verde y ribetes dorados oscurecidos por eltiempo y el olvido. Me dije que algún día llegaría a conocer personalmente a la autora de tanmagna obra: doña Espasa Calpe, cuyo nombre figuraba en la portada. Años más tarde,me emocioné cuando descubrí que Anatole France había dejado escrito que unaenciclopedia es un universo en orden alfabético. Lo viví en propia carne. El hallazgo fue un rayo de luz para una niña que languidecía en la lóbregaescuela de Peraleda, donde no hacía más que aprender a sumar, a restar llevando ycaligrafía entre dos pautas: Mi mamá me mima. Luego vino la cantinela de las tablasde multiplicar, con cinco por cinco veinticinco, y los llamados quebrados que nuncallegué a comprender del todo: con dos números separados por una línea, uno arriba yotro abajo. En la escuela no nos daban más que un libro ilustrado, el de HistoriaSagrada, editado por la Curia que, como es natural, nos lo proporcionaba y explicabaun jesuita. Con él me entretuve siguiendo los sueños freudianos de José; busqué conNoé parejitas de animales para salvarlos del diluvio y habité en la corte del ReySalomón, que era justo a más no poder. No tenía más de diez o doce años cuando decidí actuar de una vez por todaspor cuenta propia si quería salvarme del naufragio que intuía avecinarse en mi vida. Elsalvavidas estaba en los libros, pero en los de verdad, en los de tapa dura y lomoredondo que están alineados en las bibliotecas. Sólo ellos podrían sacarme delmarasmo. Pasé a la acción. Me colé furtivamente en la sala de juegos de la casa señorial,donde los Fernández de Bobadilla tenían los libros, mira por dónde. Como micuerpecillo contenía todo el miedo del mundo tomé el primer libro a mi alcance. Eraun tomo no demasiado grueso, con tres orlas recrecidas en el lomo, que camuflé bajola chaqueta para esconderlo en el dormitorio de nuestras dependencias. Aquella noche me despojaría de la ignorancia, comenzaría a leer obras serias,de las que transforman a las personas y las catapultan a los olimpos de la sabiduría.Las luces vencerían al oscurantismo. Echada en la cama recuperé, bajo mi almohada, elbotín del hurto. Parecía un libro excepcional. El título me desconcertó: Crítica de larazón pura. ¿Por qué alguien se atreve a criticar la razón? De hecho, ignoraba queexistieran razones puras y, en consecuencia, también impuras... Inmanuel Kant era suautor que, por lo que podía deducirse, era extranjero. Mucho mejor porque sabenmás. Pasé las primeras páginas lentamente. Los títulos gordos eran de la misma letraque los misales, de trazo grueso y que costaba leer. Letra gótica, vamos. De entrada aparecía un texto bajo el título Introducción, lo que juzgué muyapropiado porque me serviría de trampolín para cuando comenzara la críticapropiamente dicha. Y como quien se apresta a descubrir el sentido de un gran misterioque abre los horizontes de una nueva vida empecé a leer. La frase la leí tantas vecesque, más de cuarenta años después todavía la recuerdo. Kant quiso situar esta obra 8
  • 9. discutiendo la posibilidad de la existencia de juicios sintéticos a priori, juicios queagregan nueva información, donde el predicado no está contenido en el sujeto, y queson de carácter universal y necesarios... La releí una y otra vez. No daba crédito. De una página en blanco hubieracomprendido lo mismo. En lugar de las puertas a la sabiduría, me hundí en el abismo.Me había equivocado de puerta. Creí abrir la que había de proyectarme hacia unanueva existencia de comprensión de los misterios del mundo y de las personas y habíaabierto la que me precipitaba a las tinieblas más oscuras. Las palabras, las frases, mehundían en la ignorancia. Me sentía prisionera entre las cuatro paredes de mitosquedad. Creí ser víctima de una maldición de clase: se nace ignorante y no hay nadaen el mundo que pueda evitarlo. Como poseía una voluntad de hierro templado no quise rendirme de buenas aprimeras. Insistí en la lectura con mayor concentración si cabe pero con resultadossimilares. Tarea vana. Era una cadena sin fin: acababa y volvía a empezar. Tuve queasegurarme que no leía con los ojos cerrados. Podía pasar siglos ante aquella frase yno avanzar ni un ápice en su comprensión. Tal circunstancia me sumió en el desconsuelo durante varios días. Me supecondenada para siempre a la tosquedad del desconocimiento, residente eterna en unmundo sombrío y apagado. Acongojada, devolví el tomo a su lugar y lo hice condesdén, sin tomar las precauciones del momento del hurto. Si de todos modos teníaasegurada la cadena perpetua de ignorancia, pasar por ladrona era un pormenorinsignificante. 5 Andaba por las paredes y el techo Por fortuna, en Los Mochuelos se habían empeñado en inculcarme la receta delpobre, la que advierte que el material de derribo del infortunio y del fracaso sirve parala lenta construcción de futuros logros y beneficios sólidos. Kant me cerró la puertapero Doña Espasa Calpe me la abriría. Si en la enciclopedia estaba todo el saber del mundo – y lo había podidocomprobar hojeándola - su lectura íntegra y exhaustivo estudio me otorgarían lasllaves de la sapiencia. Total, solo eran tres tomos y lo que es tiempo y ganas mesobraban. Trasladé el primero a mi cuarto, donde instalaría el centro de operaciones. Apartir de aquel día, mi vida se dividió entre dos partes desiguales: leer a Doña Espasa –objetivo fundamental - y todo lo demás. Primera noche, primera página. A.- Primera letra del alfabeto latino básico y de los alfabetos derivados delmismo, como el alfabeto español. 9
  • 10. a.- Preposición universal afirmativa. Aaron.- Primer hijo de Amrón y Jocabed, de la tribu de Leví, hermano mayorde Moisés y de María. Junto a Moisés condujo a los israelitas fuera de Egipto, al tiempoque les servía de traductor, por el problema de tartamudez de su hermano. ababol.- amapola. Fig. mentecato, bobo... Quedé impresionada. En el primer minuto ya había aprendido cosasinteresantísimas. Moisés era tartamudo y en la película Charlton Heston hablaba comoun lorito. Mi abuelo tenía razón: en el cine todo era mentira: cualquier forajido moríaen una película y a la siguiente ya volvía a cabalgar sembrando cizaña por los desiertosde Arizona. Como la tarea era faraónica, opté por echar una ojeada a todo lo que meesperaba. Con el tomo en la mano, hacía girar velozmente las páginas, sujetándolasprimero y soltándolas después, con la caricia de la yema de mi pulgar. Millares depalabras y de imágenes fluían en riada durante un instante. En mi indagación descubrícon sorpresa que no todas las letras del alfabeto tenían el mismo número de palabras:La primera mitad del abecedario ocupaba prácticamente dos tomos y la segundaquedaba contenida con el tercero. Llegué a pensar que Doña Espasa se había fatigadoen exceso con las primeras letras y que en la última parte había aligerado el trabajo. Leía la enciclopedia en mi habitación hasta que mi madre, con un grito cansino,me obligaba a apagar la luz. ¡Te volverás tonta de tanto leer. Ya es medianoche y tú,con la luz encendida! Yo contestaba ¡Un minuto madre, ya la apago! pero robabaalgunos más. Después de apagar la luz, abrigaba junto a mí el tomo de Doña Espasa como unamado compañero de cama y me recreaba con la oscuridad total de un cuarto sinventanas. Movía los ojos en todas direcciones y la negrura total no variaba ni un ápice.Me entretenía en perder el sentido de la orientación y, sin moverme, me imaginaba encualquier lugar de aquel espacio, como una cieguita perdida. Llegué incluso a desafiarla ley de la gravedad y andaba por las paredes y el techo. Agarrada a mi libro, laoscuridad total me facilitaba la sensación de realidad ingrávida. 6 Nos echan, hija, fue la mejor noticia de mi vida A partir de entonces todo fue más sencillo. Volví a mis fechorías por labiblioteca de la casa de doña Eulalia. En la siguiente ocasión me olvidé del señor Kant,que tanta aflicción me había provocado con su razón pura, y me fijé en un lomo sobreel que había, dibujada, una abejita dorada. El libro -creo que te lo enseñé una vez LSD- 10
  • 11. lo he conservado durante toda la vida como un trofeo de caza mayor. Deja que melevante porque está aquí mismo, en la estantería. ¿Ves? Es éste. Ah, perdona de nuevo, no me acostumbro... La vida de losInsectos. Me llamó la atención porque en la parte baja aparecía el nombre de misalvadora, aunque en esta ocasión figuraba simplemente como CALPE, así, enmayúsculas. Y debajo, Madrid-Barcelona MCMXX. Deja que te lea el primer párrafo,que es delicioso. Título: El escarabajo sagrado. Y dice: La construcción del nido,salvaguardia de la familia, da la más elevada expresión de las facultades instintivas. Elave, ingenioso arquitecto, nos lo enseña y el insecto, todavía más diversificado en sustalentos, nos lo repite diciéndonos: La maternidad es la soberana inspiradora delinstinto. Eso ya no era Kant. Cierto es que tuve que avanzar y regresar con frecuencia yque una sola palabra me hacía tambalear el sentido de la frase. Pero al menos pudeaferrarme a algunas referencias comprensibles y a algunas palabras de significadoconocido. Seguí la lectura pausadamente. Dejé atrás algunos agujeros negros, perorecuperaba en el siguiente párrafo el hilo perdido. Primero con balbuceos, luego conseguridad y, finalmente con destreza, avancé sin pausa ni tregua. Y ya ves, hasta hoy. Alibro por semana. Por supuesto, con los consejos sabios de nuestro buen amigo Biel.Incluso ya dispongo del Kindle de Amazon. De haberlo tú sabido me hubierassermoneado con mal humor. Desde un principio estuviste en contra de las tabletas delectura de libros. Te regalé un Ipad y con tu gracia habitual ni abriste el paquete. Lo cierto es que de muy jovencita, la lectura desaforada me sumió en una doblevida. Me convertí en una equilibrista avanzando por el alambre: a un lado el universolimitado y plano de Los Mochuelos y, al otro, la exuberancia de nuevos horizontes queme propagaron los libros hurtados. Había confirmado lo que sospechaba, que detrás de las páginas impresas habíaalgo más: mundos reales, saberes que me abrirían las puertas de una nueva vidadonde no habría encinares ni cerdos negros husmeando trufas sino vida, saber ylibertad. Mi espíritu, conducido por la ensoñación de la lectura, se alejó del páramoonírico de Los Mochuelos y de la escuela de La Serena. Del pueblo solo guardo elrecuerdo de que los paisanos se vanagloriaban de tener enterrados, bajo una losa de laiglesia, los presuntos huesos de Viriato, el pastor lusitano descrito en la enciclopedia.Me pasé media infancia preguntándome si entre los pastores de Los Mochuelos habíaalgún lusitano. Lo pregunté a mi padre y me respondió que no sabía. ¡Mi pobre padre...! El primer cajón de la cómoda de nuestra estancia estabaabarrotado de cupones de los ciegos, sin premio y caducados, que se resistía a romper.Nunca se sabe, decía. Era la necesidad de prolongar un hilillo la imposible esperanza dela suerte. Los guardaba por si acaso. Sacrificó media vida por si acaso. Y nunca huboacaso alguno. Se fue sin avisar. 11
  • 12. Como nos fuimos de Los Mochuelos pocos meses después de la muerte deDoña Eulalia. Los sobrinos intentaron vender los terrenos sin obtener el pelotazopretendido y no dudaron en deshacerse de todo lo inservible y lo que ocasionabagastos. Como nos encontrábamos en ambas categorías, en dos minutos despidieron atres generaciones de sirvientes. La mejor noticia de mi juventud me la procuró mi padre con aire compungido.El pobre no acertaba ni una. Nos echan hija, pero no te preocupes, mi primo de LaSerena que está en Mallorca dice que puedo trabajar donde él, en unas minas de lignitode un pueblo que se llama Alará (nunca fue buen entendedor). Allí que nos vamos a ircon tu hermano. Los tres. Y en ese preciso instante, querido LSD, sin saber nada de ella me enamoré deMallorca. Por fin, la lengua de fuego del espíritu santo se había posado sobre micabeza. ¡Había sido la elegida! ¡Adiós a los Mochuelos! Corrí a mi enciclopedia que, superado el período de clandestinidad, reposabacon solemnidad sus tres tomos en el hueco de la hornacina de mi cuarto. Todavía hoyla conservo aquí, en la librería del salón, en primera fila, en asentamiento de prestigiocomo corresponde. Deja que haga la misma consulta que entonces, que hoy estoy destemplada ylos buenos recuerdos me dan un calorcillo confortable en las entrañas... Tomé así el segundo tomo, así como lo hago ahora, y busqué Mallorca.Mallorca: (Isla de España).- Situada en el Mediterráneo occidental, la isla presentacostas rectilíneas recortadas tan sólo por la bahía de Palma, al SO, y por las de Alcúdiay Pollensa, al NE... Y como se había apoderado de mí un incontenible vigor informativo me hicecon el primer tomo y busqué con ansiedad Alará. La entrada no existía, pero pordesviación fonética supuse que mi padre se refería a Alaraz, que estaba muy cerca enla enciclopedia. Alaraz: Municipio de España. Castilla y León. En la comarca del Campode Peñaranda, a los pies del monte Aguda (1.025 m); avenado por el río Gamo,afluente del Tormes... Algo fallaba. Lo comenté con mi padre. No dijo nada pero la duda lo consumióen silencio hasta que, desde el puerto de Palma, llegamos a Alaró en autocar. Así dejé Los Mochuelos, donde se derramó mi infancia, un secarral sin sentido,como nuestras vidas. No sirvió ni para ser urbanizado que, como tú sabes, ya es noservir. 7 Efectivamente, había una vida mejor... pero más cara 12
  • 13. ¡Ay LSD! ¡Qué Nochebuena nos espera! Tengo que reconocer que tu silencio seme hace hoy especialmente espeso. Deja que me levante y estire un poco las piernasque estas varices me atormentan. Estaba en agenda de quirófano pero con todo lotuyo lo anulé. Pensé que si hace cinco años que las sufro puedo seguir un par de mesesmás... Mira como resplandece la ciudad iluminada. ¡Perdona de nuevo, hijo, pero... estan difícil hablar a una urna...! Desde mi casa tengo la mejor vista de Palma, que es unaciudad que no se puede ver ni desde muy cerca ni desde muy lejos. Mi mirador la sitúaa la justa distancia y, por lo tanto, ni decepciona ni crea nostalgia. Es un buen métodopara aplicarlo a las personas. Y también a muchos amores encendidos, que sóloresisten el deslumbramiento del primer envite y luego se desvanecen, barridos por larutina y del desinterés. La señora Helga, el otro personaje importante de mi vida, loclavaba diciendo con su acento alemán: Mallorca, querida Anita, impresiona a laprimera mirada, después, poco a poco, empieza a empeorar. Primer premio: unasemana en Mallorca. Segundo premio: dos semanas en Mallorca. Mallorca, la señora Helga y tú, LSD... el triángulo de mi vida. ¡Aquella Mallorca de la primera vista! Tenía yo dieciséis añitos. Los primerosaños en Alaró no me lucieron mucho, pero a los dieciocho, cuando mi prima meconsigue las dos casas para limpiar en Palma, se me abren las puertas de un nuevohorizonte. Me veo el primer día enfilando el Carrer del Sol, en busca del número 10,preguntando por un tal Leonardo Sans, un joven profesor de la universidad, unpenene, que buscaba una mucama dos días por semana. Tenía buenas informaciones.Su madre viuda, que convivía con él, había fallecido semanas atrás y la sirvienta, unamujer que encaraba la setentena, regresaba a Pollença para jubilarse. El tal Leonardohabía salido revolucionario y quería darle un vuelco a la casa, vivir solo y desvanecerfantasmas del pasado que tanto roían sus adentros más recónditos. Ordenado y pulcrode naturaleza, una asistenta dos días por semana le bastarían para llevar adelante suvida en solitario recién estrenada, deseada desde tiempo atrás pero nunca expresada ymucho menos lograda. Estrecho y señorial, el Carrer del Sol me impresionó por su silencio matinal.Cuando muchos años después leí a Villalonga en Mort de Dama que el barri ésvenerable, noble i silenciós, amb carrers estrets i cases amples, que semblendeshabitades. Entre les volades dels casals, el cel fa vibrar el seu blau lluminós ... mesurgió de inmediato mi primera visión del Carrer del Sol. Nunca olvidaré la impresión que me produjo la fachada del palacio de CalMarquès del Palmer y, en especial, los relieves renacentistas de las ventanas queencarnan figuras fantasiosas: un cuerpo de mujer con una faz de varón barbado,animales con cuerpos humanos, una mujer que se clava una espada... Esa gente, medije, vaya usted a saber de qué extraño pié cojea. 13
  • 14. Me fascinó que se accediera a tu casa por un patio y una escalera anchagastada por el sol y la lluvia de siglos, con una maceta de hojas de salón cada dospeldaños que parecían subir conmigo al piso. La nobleza de mi tierra es de mucha alcurnia pero de escueto confort. Expresaun lujo frío, doloroso y rústico. En Mallorca, sin embargo, es cálida, culta y crea unentorno acogedor, fruto de muchos siglos de contribución cultural y económica. Tucasa exhalaba calidez. Ya te he contado –decías que no lo recordabas pero no te creí – que teinteresaste más por el nombre de mi pueblo que por el mío. Pero entonces yo lucíauna vehemencia ingenua, casi adolescente, que camuflaba los reveses y las espinas altiempo que enaltecía los senderos perfumados de rosas. Pero permíteme que insista en algo que es importante. Recuérdalo, LSD,porque no sé si tendré nuevas oportunidades de decírtelo cuando estés esparcido porlas laderas de Massanella. Ese día de tibieza otoñal, a los diez minutos de estar contigoen la casa, cuando me hiciste pasar por la puerta coronada con el semicírculo decristales de colores para acceder al patio de atrás, supe que no atravesaba una simplepuerta sino el umbral de una nueva vida trufada de atractivos. Lo vi tan claro como elagua. El rincón del sexto sentido que guardo en mi compleja alma de mujer mepermite sacar un fantástico provecho de todo lo que visualizo porque, una vezsazonado con la dosis de deseo pertinente, lo materializo. Ahora te lo expreso así perode pequeña bastaba con cerrar los ojos, desear algo intensamente y esperar queocurriera, como tarde o temprano sucedía. Experimenté la misma vivencia al mostrarme el trastero. Sabía que todavíacarecía de herramientas para enfrentarme a una mejor y más interesante existencia,pero cuando observé dispuestos en la pared todo una desfile de destornilladores,ordenados de menor a mayor, con su silueta pintada en el fondo me dije a mi misma:¡Anda que no voy a destornillar puertas cerradas con todo eso!. A los pocos días de trabajar en tu casa aquella joven mucama confirmó, talcomo imaginaba, que había una vida mejor que la suya aunque, por lo que pudecomprobar después, mucho más cara. Todo lo tuyo me sorprendía, me quedaba deslumbrada como cuando pierdes lamirada en el cielo oscuro y, de repente, en un segundo, lo cruza una estrella fugaz. Lacasa era una galería de objetos asombrosos para los ojos de una jovencita educada enla sórdida tosquedad de Los Mochuelos. Me llamó la atención una mantita peluda ysuave, con dibujo de piel de tigre, que tenías plegada a un lado del sofá. Parecía unafierecilla echada, dormitando. No pude dejar de acariciarla cada vez que pasaba porallí. Y tu piano. Tenías un piano de media cola que tocabas con tus propias manos ycuya melodía no sólo llenaba la casa sino que fluía al exterior, por los tejados, hacia elcielo. Jamás había visto uno de cerca y, mucho menos, posado mis dedos sobre sus 14
  • 15. teclas. Te pregunté que qué tocabas. Me dijiste que estabas ensayando una fuga. Hijomío, tratándose de ti, no podía ser otra cosa. Y hasta un billar. Desde la sala oía el suave caramboleo de las bolas de marfilcuando te entretenías con tus amigos. Para mí los billares solo eran posibles en losbares y en el local social del Casino de La Serena, jamás en una casa. Fascinada,entraba con cualquier excusa. Y todavía hoy te veo allí, un cigarrillo en la comisura delos labios, la cabeza ladeada para evitar el humo en los ojos y untando la punta deltaco con la tiza azul mientras apenas reparabas el suave deslizar de las bolas sobre eltupido y cálido prado. Desprendías un atractivo que ni te digo, LSD. 8 Manojitos de menta y canela bajo la almohada Pasaron semanas, meses, los primeros años y yo me sentía cada día másinmersa en el universo de aquella casa que giraba en torno al astro rey: tu. Todo erademasiado intenso para una jovencita inexperta, ansiosa y lista. En dos palabras: ardíapor ti. Sin embargo, don Leonardo Sans no se apartaba ni un ápice de un trato amable,condescendiente y respetuoso. No emitías ni una puñetera señal a la que pudieraagarrarme y colgar de ella mis deseos, el platónico y el otro. Tus amigos ya era otro cantar. El Papa, Biel, Tito, Kubalita y los demás seconvirtieron en asiduos visitantes de la casa y bromeaban con juvenil grosería cuandome encontraban limpiando. A mis dieciocho años era más bien delgada pero conperfiles sinuosos y había desarrollado uno de esos pechos que miran hacia arriba conel sombrerito de copa puesto. Circulaba con soltura y garbo por las estancias de lacasa. Ahora diría que, incluso, con un punto de lolitismo tardío. A la peña se os caía lababa. Los jóvenes profesores de entonces teníais un punto de inmadurez que os dabaun toque de divertidos adolescentes con el arroz pasado. Comentabais en voz bajaalguna ordinariez sobre mí y estallabais en una risotada que camuflabais con la manoen la boca. Todavía no dominaba el catalán pero te repito que intuyo todo lo quevuela. Por supuesto, fingía no darme por enterada y os respondía con una sonrisaradiante que os dejaba vacilantes por un momento. En cualquier caso, eran buena gente que me admitió en su círculo íntimo conmás naturalidad y confianza que tú. Si, ya sé que no es lo mismo... No insistas. Deacuerdo, no es lo mismo. Era consciente de que en aquella casa perdía la cabecita pero no por ello podía-ni quería- evitarlo. Pasaba la mano por los lomos de los libros de la biblioteca porqueera una manera de pasarla por el tuyo. Planchaba tus camisas entre fantasías decaricias virtuales. Escudriñaba tus colonias y jabones para olerlos profundamente 15
  • 16. porque así penetraba algo de ti en mi interior. Como en la copla, perfumaba mi cuerpocon manojitos de menta y canela que luego depositaba bajo tu almohada con laremota esperanza de que distinguieras la insinuante coincidencia aromática. Vamos,loquita perdida. La hora H del día D fue la tarde de un lunes. Encerando el parqué me fui alsuelo y me di entre los dedos del pie descalzo contra la arista de una columna de lasala. Me había doblado el tobillo y me sangraba un dedo. Mira por donde, miles deolivos vareados desde niña, encaramada en las ramas altas como una salvaje, y jamássufrí el menor percance. Para fastidiarme el pie tuve que acudir a tu cómoda casa delCarrer del Sol a limpiar el noble entablillado de roble viejo. El dolor fue tal que a punto estuve de desvanecerme. Como nunca hago ruido,ni cuando me accidento, no te diste cuenta hasta que, minutos después, al pasar por lasala, me encontraste postrada en el suelo. Me levantaste y al notar que peligraba miequilibrio me tomaste en brazos y me tumbaste en el sofá de cuero marrón. Allí melimpiaste la herida con agua oxigenada y un algodoncillo al tiempo que soplabas paraaliviar el dolor. Cuando dejó de sangrar me moviste cuidadosamente el pié y dedujisteque no tenía nada roto, quizás un pequeño esguince. La suavidad con que dirigías losmovimientos de mi tobillo me trastornó. Yo me sentía descompuesta por dentro, conmal cuerpo, estremecida, con la náusea del vértigo. Pusiste un dedal de vodka en unvasito minúsculo – hasta entonces no lo había probado y allí me familiaricé con él - yme lo hiciste tomar de golpe con el argumento de que me daría calor y serenaría midesasosiego. Después me envolviste en la manta atigrada y me aconsejaste quedescansara. Apenas podía contradecirte porque actuabas con la seguridad de quien se sabesu papel de memoria. En realidad no estaba dispuesta a hacerlo en lo más mínimoporque me sentía deslizar hacia un mundo confortable y cálido, una complacienteprotección jamás experimentada. Apartaste de mi rostro uno de los mechonesdesaliñados de cabello con un roce y un gesto tan tiernos que me produjeron unafatiguilla en la respiración. Yo, que no estaba dispuesta a desperdiciar ni un segundo de aquel estado dedeleite, alargaba y exageraba la forzada convalecencia hasta que, finalmente, fingíadormecerme mientras te observaba por la rajita de mis ojos entrecerrados. Con la lentitud y el silencio gatunos de quien ha dejado a su protegido dormidote alejaste hasta la puerta de la sala para regresar a tu despacho pero en el umbral tedetuviste para mirarme y así permaneciste unos instantes. Momentos para mí eternos.Sin control ni origen conocido, una legión de hormigas invisibles subieron por el centrode mi espalda y, ya en la nuca, hicieron eclosionar todos los poros, como volcancillosen erupción. Han pasado muchos años y nadie, ni tú mismo, me ha regalado unamirada de tanto cariño. Han pasado muchos años - podrán pasar muchos más – y apesar de haber andado por casi todos los caminos, jamás he vuelto a sentir aquelcóctel de sensualidad y sexualidad. Si, LSD, sensualidad y sexualidad. ¿Comprendes elsentido exacto de ambos términos o lo miras en el diccionario? 16
  • 17. Te haré una confesión: lo que más me emocionó fue que, probablemente ajenoal cataclismo interior que sufría tu asistenta tumbada en el sofá, no tenías otrasintenciones que las del caritativo socorro al accidentado. Entonces me dije que unhombre que sabe tantas cosas y que, sin quererlo, sabe mirar así y me hace sentireso... no hay que dejarlo escapar. Tú, por supuesto, ni lo oliste. Pero no te culpo por ello. Por muy sabios queseáis, los hombres desconocéis los misterios de la sensualidad femenina. Ignoráis loscódigos eróticos y amatorios de las mujeres. No perdéis un segundo en enriquecervuestro mísero repertorio. Lo degradáis a una simple miscelánea gimnástica quetransmitís en el ADN de generación en generación: un circo con actuaciones demaquinal y frenética acrobacia de alcoba. Despreciáis, desde la ignorancia, el complejoentramado de ternura en las miradas, sutiles roces de labios y las lentas exploracionesde la geografía corporal que configuran la entrega recíproca y cadenciosa de dos seresenamorados. Ahora puedo decirte, y lo hago con cariño, que fue para mí una fuente deíntimo placer saber cosas que tú ignorabas, transitar por universos que tú desconocías.Era la revancha de la iletrada. Por supuesto jamás te hice el menor comentario porqueesa fuente de saberes secretos era alimento imprescindible para mi vida. Los días posteriores se me desgranaron con un pensamiento tan permanentecomo gaseoso. En algún lugar de mi interior había un desasosiego de algo pendiente,que había que concluir. Mi felicidad pasaba por sacarme de encima aquella cuestiónirresuelta: debías ser tú la última persona con quien hablar antes de dormirme por lasnoches y soñar. Y ya sabes, querido LSD, que cuando se me mete algo en la cabeza.... 9 Bienestar en estado puro El caso, sin embargo, es que tú ibas a tu ritmo y hubieron de caer muchas hojasdel calendario hasta que nuestros cuerpos se encontraran. Y en la presentecircunstancia, noche de confesiones, más de treinta y cinco años después, he dedecirte que guardo muy buen recuerdo de aquella primera noche contigo, pero mejorde la mañana siguiente. Las noches inaugurales del festín amatorio favorecen el insomnio de quienes lasgozan y, por tanto, los madrugones. Y he de reconocer que en esa ocasión crucialestuviste acertado. Por una vez sucumbiste a la atractiva fantasmagoría de lasrealidades sentimentales. Aunque no del todo, como te encargaste de recordar hastacasi el fin de tus días. 17
  • 18. Yo era joven pero sabía que lo fácil es acostarse con alguien y que locomplicado es desayunar juntos, sin prisas y sonreír. Apenas amaneció, me hicistelevantar de sopetón y sin peinarnos ni lavarnos salimos a la calle. Lo recuerdo como unmomento de oro. Sentí el aire fresco en las narinas, el espíritu tranquilo, la carnecontenta y rumiaba mi felicidad como aquellos comensales que, ya después de cenaraún paladean el gusto de las trufas que ya digieren. Bienestar en estado puro. Compramos un par de las primeras ensaimadas para restaurar el cuerpo y nosmetimos en tu 4-L. En media hora, por carreteras solitarias y paisajes primitivos,llegamos hasta la playa de Es Trenc, territorio desconocido para mí. Fue impactante. Criada entre secos belloteros que silueteaban un paisajecerrado, el mar me desbordaba y chorreaba por todas partes. A primeras horas de lamañana de un octubre cálido, el último azul del mar sereno, de acero líquido, seconfundía con la primera línea del cielo. Ambos componían un único tono pálido,pastel, indefinido. La fusión de azules creaba un efecto óptico maravilloso que hacíaque Cabrera y sus islotes flotasen en un marco inconcreto en el que aparecían,también ingrávidos, algunos veleros que sondeaban pesqueras madrugadoras. Mis retinas campesinas jamás habían registrado tanto azul transparente junto.En la orilla, el sol hacía brillar el mar sobre la arena como si albergara miles de sinuosasy fosforescentes culebrillas. La secuencia cadenciosa y sorda del tímido oleajeacentuaba la quietud serena del fantástico escenario. Y detrás de todo estabas tú. No es que estuvieses – que también – sino que yote ponía aunque no hubieras estado. Muchos años después comprendí que el amor,como cualquier vestido de mujer, mejora mucho con complementos imaginativos. No te miento si te digo que ese instante también marcó mi vida. A mejorporque contigo había llegado a las crestas de la existencia que siempre había deseado.Y a peor porque, después de conseguirlo, comenzó de inmediato una lenta, casiimperceptible pero real erosión que, como todas y con los años, fue a más. Lo reconozco y lo reconoceré siempre, ante notario si es preciso: tú meproyectaste a la vida aunque, como es natural, luego la tuve que trabajar a fondo. Medescubriste el paradero secreto del trampolín que en mi medio natural jamás hubierahallado. El salto, naturalmente, lo di solita. Tú fuiste mi oportunidad y los de casapobre estamos adiestrados para exprimir la última gota de la menor ocasión y, porsupuesto, sabemos ser agradecidos. En los años del Carrer del Sol coincidieron, como en una rara conjunciónplanetaria, la eclosión de mi juventud, el escenario ideal donde manifestarse y laspersonas más apropiadas. Resultó ser la circunstancia climática ideal para mitransformación. El mundo se fabricó así. La explosión de un planeta a millones de añosluz salpica la Tierra con una casual mezcla de ácidos que crea una ameba unicelular ycon el tiempo, con mucho tiempo, eso sí, tienes a Isabel Pantoja y a Paquirríndiscutiendo acaloradamente por el menú de su boda con la supuesta modelo JessicaBueno. 18
  • 19. 10 Muy listos pero... ¿Cuándo volverán de Ganímedes? Tú, LSD, eres caso aparte, pero tus amigos fueron mi gasolina. Y para acabarlode redondear sin falsas modestias, yo también lo fui para ellos. Lo sigo siendo. Recuerda que no me senté en vuestra mesa hasta que llevamos meses,muchos, quizás años, de relación. Tú, puñetero, en un principio te aferrabas a la dudade si se trataba de un par de polvos pasajeros con una jovencita extremeña buenorra yapasionada. Luego disimulabas nuestro acoplamiento en lo que podías mientras yoreventaba por no poder pregonarlo a los cuatro vientos. Y finalmente, cuando yo ya terebasaba por todas partes, siempre tenías alguna estrategia para aminorar el impactoy los daños propios. No comprendías que si alguien te quiere como yo te quería hayque cerrar los ojos y lanzarse por el tobogán con los brazos en alto, sin agarrarse. Durante muchos meses os observé con curiosidad y os escuché con atención.Os admiraba y al tiempo me provocabais ternura. Erais muy listos para unas cosas yvivíais en Ganímedes para otras. El Carrer del Sol, como denominaba la pandilla a tu casa, fue la sede delprobablemente primer grupúsculo independentista de Baleares. Y no te añado elhabitual calificativo de organizado porque allí reinaba la improvisación y el caos comométodo. En aquel año de la muerte de Franco, trajinabais los Països Catalans mil vecesarriba y abajo en vuestro interminable debate cotidiano. Yo, dándole a la mopa ymirándoos de reojo, me preguntaba por lo del plural. Podía llegar a entender lo delPaís Catalán pero... ¿dónde estaban los demás? Os intuía raritos. Después pude confirmar que lo erais. En aquellos añosefervescentes lo propio entre la juventud urbana, contestataria y radical era la luchacontra el capitalismo, contra la explotación obrera, contra la dictadura y sus secuaces,incluidos los colaboracionistas del sistema. Por todas partes brotaban emergentesanarquistas revolucionarios, maoístas, troskystas, gente de Bandera Roja, para quieneslos socialistas o los comunistas eran unos revisionistas hijos de puta. Pero a vosotros osdio por los Països Catalans independientes... Mira que era curioso... Mi corta cultura, unida a vuestra desenvoltura política, me sumía en un bosquede interrogantes. Vuestras conversaciones, trufadas de palabras que no entendía, meafligían. Os oía hablar del Estado y yo me preguntaba del estado de qué... del estadode cosas, del estado de emergencia, del de buena esperanza... Luego supe que elEstado era el español, o más bien Madrid. Reconozco que tuve una aproximacióninicial al independentismo algo truculenta. Eso seguro que va de payasos maricones, 19
  • 20. me decía a mí misma, puesto que repetíais como loritos que el famoso Estado, se’n riude noltros y que mos dona pes cul. Os oía hablar de todo, de España, del mundo, de Mallorca, de su gente. Citabaisa políticos, periodistas, escritores, pintores, empresarios.... y los tratabais con lasoltura con la que yo hablaba de mi prima hermana. Hablabais fundamentalmente depolítica y montabais complejos argumentos con la destreza y la indolencia que losniños montan su exin castillos. Y yo me preguntaba: ¡Dios mío, cómo pueden sabertanto!. Los berenars sabatinos constituían un peculiar Consejo de ministros. Meencantaba oírlos. En un santiamén montabais la más incontestable y exhaustivainterpretación de cómo acabar con el expolio fiscal en la balanza de pagos o losimpagables beneficios de la independencia para el pueblo balear. Ya entonces intuíaque no pillabais ni una. Y pensaba ¿y estos cuándo descenderán al planeta Tierra? ¿Porqué no van al mercado, conversan con la gente y se enteran? ¿No hablan nunca delBetis… de lo que habla todo el mundo...? ¿A quién quieren convencer con eso de laindependencia? No hay que ser Agustina de Aragón para merendárselos en unmomento. Mientras yo limpiaba, os preparabais tortillas de queso que, por lo visto, lohabíais descubierto en un restaurante de Perpiñán, cuando lo de la gira de cine porno.Me fascinó. ¡Tortilla de queso! ¡Cine porno! Sin ser conscientes, me abríais de par enpar la extensa y compleja diversidad del mundo mientras yo me ganaba la vidalustrando los cristales con papel de periódico, que es lo que mejor funciona y lo másbarato. 11 Spectra, contra los filocatos independentistas Años después, cuando ya formaba parte de la mesa y hablaba con ciertapropiedad, incluso en catalán, me di cuenta de que, efectivamente, os pasabais derevoluciones. Os encontrabais solos y concluíais que todos los demás se habíanperdido. Practicabais el verdadero arte de la interpretación política basado en laconspiración permanente en vuestra contra. La oscura y diabólica Spectra contra loschicos del Carrer del Sol, tramando sofisticados y tenebrosos planes para exterminar alindependentismo balear en general y a vosotros en particular. ¿Para qué aceptar unaexplicación sencilla de los hechos si, prácticamente sin esfuerzo, podemos construirotra que bordea la paranoia? La mesa de los filocatos, como os llamé por vuestras diversas licencias ydoctorados en filología catalana, era potente. De entrada, el Papa, un personaje algoputero a tenor de las hazañas burdelescas que contaba. En realidad se llamaba JoanViñaters (sonaba a Juan XXIII, de ahí el mote) y hacía todo lo posible por convertir la ñ 20
  • 21. de su apellido en ny. Rarito él. Un día, por distracción, entré en el baño y lo pillésentado de cuclillas en la taza del wáter sin que se cortara un pelo. Aprovechó paradarme una lección sobre las bonanzas intestinales de su postura argumentando que sela había recomendado un relevante galeno de Sa Pobla. Yo te contaba esas cosas para reír y tú, LSD, te me escapabas en enigmáticossilencios. Me hubiera gustado bromear contigo sobre las costumbres de tu amigo a lahora de aliviarse, pero te limitabas a responder con la gélida sonrisa de la Gioconda.Probablemente lo hacías porque el Papa era tu brazo ejecutor. Tú ideabas y élrealizaba. Lo que se dice un hombre de acción y sin remilgos. En su haber figura laorganización de la bronca anual, cada 31 de diciembre, contra la presencia de losmilitares en la Festa de l’Estandart en la plaza de Cort; o la creación de los Maulets, elrecambio generacional para garantizar la lucha por la independencia por los siglos delos siglos; o las campañas electorales del PIIB, con matrícula de honor en creatividad ysuspenso en credibilidad a tenor de los resultados. El Papa, que hoy lloraba abatido como un niño perdido, siempre se las ha dadode radical cultural y gendarme lingüístico. Te recuerdo una de sus secuencias clásicas:pide como aperitivo un garrot amb xifon y, ante la incomprensión de la camareraargentina de turno, es él quien le sirve en bandeja un sorprendente soliloquio sobre elgarrot, el palo, el catalán, el país, la independencia, el espolio fiscal y el robo en labalanza de pagos... La chica, que lo mira anonadada, pone cara de pensar: ¡Ché, peroqué loco me cayó en suerte! He tenido la poco honorable oportunidad de asistir comopúblico a media docena de representaciones de la pieza papal. Y siempre me preguntési se hubiera atrevido a hacer lo mismo en el caso de que el camarero hubiera sido unhombre con cara de malas pulgas. Siempre se lo hizo a mujeres... Y se lo he dicho: esun cobarde y un acomplejado. Un fuerte con los débiles. Todo cariñosamente, yasabes, LSD, como hago yo las cosas... ¿Y qué me dices de Tito? El falso duro. Y no es sevillano. El Dashiel Hammet delindependentismo mallorquín. Lucía unos cabellos tan largos como grasientos ysiempre que paseaba una copa de hierbas secas en la mano era partidario de laviolencia como camino indispensable para los objetivos independentistas. Fue aBarcelona a contactar grupúsculos de esta divisa pero volvió con el canguelo colgando:le habían querido dar una pistola para cometer una ejecución. Nunca más volvió ahablar del tema. La vía democrática le pareció más legítima y, sobre todo, menosarriesgada. A quien yo más le debo – después de a ti, claro, no te me vayas a revolver en laurna – es a Biel. Fue un personaje clave en mi formación, me preparó un plan delectura y me introdujo en la Universidad. Un día me confesó lo que todos callabais: queera licenciado en Literatura Española. ¡Anatema! Por lo visto también tuvo su caminode Damasco, olvidó errores del pasado y se convirtió al cristianismo.... Biel amuebló sutilmente mi diáfana geografía de lecturas, de las que tantoaprendí. Empezó por los norteamericanos. Fáciles, entretenidos y seductores.Steinbeck, Dos Passos, Hemingway, Scott Fitgerald, Tennesee Williams, Virginia Wolf,Henry Miller. Luego los latinoamericanos, cercanos y mágicos: Borges, Bioy Casares, 21
  • 22. Vargas LLosa, Sábato, García Márquez, Cortázar. Los grandes europeos: Voltaire,Byron, Víctor Hugo, Zola, Balzac, Flaubert, Sthendal, Dostoievski; los máscontemporáneos: Camus, Sastre, Simone de Beauvoir, Kafka, James Joyce, Pessoa,Marguerite Duras, Yourcenar, Agatha Christie. Los españoles, Ramón J. Sender,Unamuno, Pío Baroja, Josep Pla, Cela, Vázquez Montalbán. sobre todo las españolas,Carmen Martín Gaite, María Zambrano, Rosa Chacel, Josefina Aldecoa, CarmenLaforet. Los poetas comprometidos: Alberti, Machado, Neruda, Lorca... Biel era, es – perdona pero tu especial circunstancia me confunde los tiemposverbales- un tipo culto y buen pedagogo. Todavía hoy me río cuando recuerdo sucrítica a los muchos poetas españoles del siglo XIX absolutamente impresentables ycitaba a Menéndez Pelayo: ¿Qué decir de un poeta que se imagina convertido enpalomo, y a su amada en paloma, “cubriendo a la par los albos huevos”? Tu amigo, el mío, me hizo desarrollar sistemáticamente el virus por la lectura. Ydesde entonces, una semana sin libro me aparece incompleta y me culpo por haberechado a perder una ocasión preciosa. La mochila cultural que Biel me preparó fuecrucial, el embrión de mi formación. El más simpático y rompedor de la cuadrilla era Kubalita, un rubito de pelorizado que evocaba ligeramente un parecido a la gloria húngara del Barça y porque,por lo visto, desplegaba ciertas habilidades futbolística. Participaba en vuestro negociopero nunca pudo evitar su mirada crítica y un punto cínica. Siempre se encargaba deverter una dosis de amarga realidad en la burbujeante copa de vuestrasreivindicaciones independentistas. 12 ¿Tan difícil es decir te quiero? Por puro mimetismo amoroso proyecté hacia tus amigos la profundaadmiración que sentía hacia ti. Como es natural, no apreciaba en los filocatos suheroicidad y cacareado compromiso con la bandera de la independencia del país sinosus tiernas debilidades y sus manifiestas dependencias emocionales. Uno a uno me confesaron que jamás habían pronunciado un te quiero aquienes querían, circunstancia en la que, naturalmente, te incluyo porque te has idosin que haya brotado de tus labios, al menos en mi presencia, un te quiero. Con eltiempo habíais adquirido una habilidad de joyero de filigrana para camuflar vuestrocorazón detrás de la muralla política del PIIB. Vuestras nobles pasiones se alimentabanen exclusiva de estas siglas, todo lo demás era sensiblería vergonzante,sentimentalismo barato, basurilla que había que barrer y depositarla en los vertederosmás inexplorados de la conciencia. La realidad, sin embargo, os situaba deambulando,perdidos, en el desierto del desamor y, como tú sabes o mejor dicho sabías, la peortragedia del perdido es ignorar que lo está. 22
  • 23. Sus flaquezas sentimentales me los convertían en seres entrañables a quieneshabía que proteger. Reconozco, desde el cariño que les guardo, que me divertíaatrayéndolos a mi campo y, como las lagartijas, se escondían cuando me acercaba. Y tuTito... ¿qué le dices a tu novia cuando le besas el cuello? Porque seguro que en laoscuridad le besas el cuello y le musitas palabras de amor. Sí, hombre, como las de NatKing Cole, para que me entiendas.... La respuesta siempre era una frase ruborizada yhuidiza en torno a la palabra pardalada. Ni siquiera mostraban el habitual descaro dela grosería masculina para soslayar las situaciones de aprieto en este tipo de tesituras.Nunca quisieron aprender que en el amor la locura es lo más sensato. Pobrecitos, una extremeña ignorante y sin estudios tenía tomadas las medidasa casi media docena de cruzados de la propagación de la fe lingüística con solohablarles de lo que habla la gente normal. Cuatro poderosos popes del edificio RamonLlull de la UIB, pillados en un renuncio cuando los ubicaba con naturalidad entre lasrecurrentes geografías del amor, del deseo, de la ternura y del sexo. Vamos, de lo quemueve el mundo, donde en principio, y desde luego sólo en principio, deberíais estarincluidos. Bueno, tú ahora no tanto, LSD... A tenor de los resultados, mi pequeño divertimento, que a decir verdadpretendía un pequeño avance pedagógico en la educación sentimental de esos santosvarones, no fue nada brillante. Al menos en apariencia, ninguno de los salvavidas quelancé llegó jamás a los náufragos. Tú, al menos, te pudiste hacer con uno de esosflotadores, pero nunca quisiste reconocerlo y mucho menos exhibirlo. Pero mebastaba con saber que lo tenías y, que llegado el caso, podrías usarlo. Esa era mi nadabaladí aportación a la causa. Como la de la entregada compañera Emiliana que, en lacanción de Carlos Puebla, cada mañana, cumplidora y jovial, cuela el café paradespabilar a los jefes guerrilleros de la revolución cubana, que no pueden amodorrarseen la agotadora tarea de liberar el país de la opresión. No sé lo que pensarás ahora – es un decir, claro - pero visto lo ocurrido, me daque el café de Emiliana alcanzó mayor rendimiento que mi salvavidas. ¡Ay Leo, cuántos recuerdos de toda una vida contigo...! Aunque decir a tu ladosería más correcto, desde luego. ¿De qué te ha servido tanta prevención? Juntos de verdad hubiéramos sidoimbatibles. Con soltar un pelo tu rigidez emocional hubiéramos proyectado a la nochenuestros fuegos artificiales con un resplandor más intenso que el de las estrellas. ¿Note fiabas de mí? ¿Qué miedo arrastrabas? Alguna araña maligna, la del miedo, la de lavergüenza o quizás la de la soledad tejió en silencio sobre tu corazón, lo cubrió con sutela y lo perjudicó para siempre. Tuve que enterarme por terceros que tenías un hijode concepción casual del que nunca quisiste saber. Me preguntaba cómo podías llevarese drama en tu ánimo sin resolverlo. Te has ido además con la muesca en el corazón del conflicto de por vida con tuhermana por un simple desacuerdo con una finca heredada de tu padre. Todo ungalimatías legal presuntamente montado en tu contra del que alguna vez me hablaste 23
  • 24. sin que llegara a comprender el detalle de su origen aunque sí advertí los efectosdevastadores sobre tu ánimo. Te viste envuelto en toda una carrera de disputas y desencuentros irreversiblescon compañeros del PIIB, con profesores del Claustro, con colegas y conocidos deaños... El relato de tu vida estaba salpicado de conspiraciones, traiciones ydesengaños. Y un curriculum de tal calibre es difícilmente soportable para un serhumano que no se llame Corleone y tú, Leo, te apellidabas Sans i Desbrull. Quienes tetuvimos cerca sabíamos de tu inteligencia, tu cultura, tu generosidad y hasta de tusecreta sensibilidad. No eras un tipo duro ni indiferente al dolor del corazón. No erasun desalmado con cerebro de corcho. Simplemente tu arquitectura humana estabadotada de una inexplicable válvula de bloqueo en tu comportamiento. A otros les dapor reaccionar a puñetazo limpio y a ti, por la parálisis emocional. En tu vida, LSD, te limitaste a encajar golpes en silencio y a acumular loshematomas en el alma. Si te hacen una ecografía seguro sale todo negro. Dios sabeque te he dedicado lo mejor de mi vida con el íntimo propósito de averiguar el origendesconocido de tu desazón. Juntos avanzamos mucho pero no lo suficiente. En lascavernas más profundas del ser humano se crían demonios indestructibles de quienesse desconoce padre y madre. Quizás si te hubieras atrevido a decir te quiero... Cambiemos de tema, LSD, que por aquí ya sabemos que no se llega a ningunaparte. 13 Independentistas sexodependientes Desde el principio te hablé de mi frustración vital: los saberes. Con voluntad sesuperan las dificultades para hacerte con ellos, pero la formación académica esindispensable para sacarles provecho. Y, como siempre, en tono indolente y sin dar lamenor importancia, lanzaste otra sentencia que marcó mi vida. Inscríbete en laspruebas de acceso a la Universidad para mayores de veinticinco años. Te faltan menosde dos. Costó hacerme a la idea de que la de Los Mochuelos, aunque a edad tardía,podría cursar estudios universitarios y hacerse con una licenciatura. Biel se encargó demi preparación. Dedicó tres tardes por semana durante dos cursos para instruirme enlas pruebas. Aunque viviera mil vidas de mil años cada una no tendría tiempo deagradecérselo. Fue un amor. Y también los demás, que se comprometieron a enseñar asu extremeña adoptada... Los quise por lo que me ayudaron, pero además queriendo atus amigos también te quería más a ti porque ellos, para mí, eran parte de ti. ¡Para queme entiendas! 24
  • 25. La energía que destilé durante esos dos años hubiera bastado para mandar elApolo 18 a la Luna sin novedad. A primera hora de la mañana empezaba en casa de laseñora Helga, tres horitas de limpieza y orden. A mediodía, dos veces por semana, miprima me organizó reuniones de señoras que ahora las denominaríamos como tupper-sex y que me reportaban suculentas pesetillas. Por la tarde, Carrer del Sol: formación ymás limpieza. Y en horas nocturnas, el Bayerische Arenal, especialidad dirty wrestling,que es la manera fina de decir lucha femenina en barro. Cuando te lo conté, laGioconda te invadió el rostro, que se te congeló durante un par de días. Un par a lamallorquina. Mi prima, que es de las que sabe barrer para los suyos, me propuso igualmenteuna actuación en un restaurante libanés los fines de semana: bailarina de la danza dela cimitarra, que no era otra cosa que la danza del vientre pero con la curvatura delespadón equilibrándose en lo alto de la cabeza. La prueba me salió perfecta peroeligieron a otra joven que exhibía una leve y temblorosa adiposidad en la baja cinturaque, por lo visto es muy apreciada por el público especializado. Descartaron mi vientreplano. En Palma acababa de abrirse, muy camuflado, el primer sex-shop. Despertabagran curiosidad pero pocos se atrevían a cruzar la puerta. Así que el avezadoempresario organizó un discreto circuito de venta a domicilio. Yo solo ejercía deayudante de mi prima Isabel, que convocaba la reunión con ociosas señoras quefingían escandalizarse de los productos cuando lo que les ocurría era que en cadacentímetro cuadrado de su piel se acumulaban infinidad de deseos frustrados, unosmás sexuales que otros, pero todos igualmente insatisfechos. Isabel pidió que la acompañara porque mi gracejo y mis chistes, decía,desinhibía a las clientas y la soltura facilita las ventas. Me ofreció el diez por ciento desu treinta por ciento. No llego a acordarme del precio del Joao, pero pagaban conbilletes verdes de los de entonces. Si, LSD, no te hagas el pringao, te lo he contadovarias veces. La presentación del Joao constituía el cénit de la reunión femenina: era elconsolador de mayor tamaño, negro, en forma de pene africano: gruesas venassalientes en su contorno para dar mayor realidad, y rotación circular, que no es nadareal pero, por lo visto, tiene su utilidad. Se servía en versión simple deautoestimulación o incorporado a una braguita de cuero negro para posibilitar lapenetración a la pareja en un simulacro de coito, o lo que fuera... La lencería también tenía una insospechada salida. Me imagino qué hubierapasado si alguna vez me presento ante ti con corpiños de blonda roja que conviertenlos pechos en globos aerostáticos con falsos pezones erectos y medias negras decostura sujetas al corsé con tiritas perladas. El río del sexo, como sabes, siempre ocultarecónditos meandros inexplorados... Como las vaselinas no tenían demasiada demanda por ser productos muy amano de las señoras tuve que fabricar mi propio relato para propiciar las ventas. Mimostruario de lubricantes era de última generación: no altera el ph vaginal, no irrita,no mancha ni abre los poros de los profilácticos… Mis clientas se interesaban entresonrisas por las vaselinas de gustos y perfumes variados, que yo sugería fuesen 25
  • 26. empleadas en la lubricación integral del cuerpo, muy aconsejable en los preludioseróticos para emerger y potenciar las ganas de guerra de la pareja, que no siempreafloran y menos desde el primer momento. Acababa mi discursillo de charlatana deferia con la afirmación científica, absolutamente comprobada por varias universidadesnorteamericanas, del empleo del lubricante para la masturbación masculina porquecinco pajillas a la semana es la mejor medicina para conservar el tejido noble de lapróstata de vuestras parejas y evitarle el cáncer. El razonamiento conectaba algúncircuito de la sesera de mis clientas porque ninguna se iba sin su lubricante. Agotabalas existencias. ¡Pobre marido!, pensaba yo en mis adentros. Cuando os contaba estos episodios sobre mis habilidades comerciales tú telimitabas a escuchar con aparente frialdad pero tus amigos me avasallabanexigiéndome todo tipo de detalles de la reunión, cuanto más escabrosos mejor, claro.Oye, Anita ¿Y las clientas seguro que no iban sin bragas? ¿Las notabas húmedas? Misexplicaciones les ponían, los muy depravados. Independentistas sexodependientes. 14 ¡Cómo quiere usted que yo me deje ganar! De nuevo el azar provocó un importante giro en mi vida, que surgió delencuentro con la señora Helga. Era una mujer mayor, misteriosa y observadora.Alemana. Muchos conocidos y pocos amigos. No tenía pasado y jamás insinuó lamenor pista de su vida privada. Puro granito. Simplemente gerenciaba, con el estilofrío de las altas finanzas, tres establecimientos nocturnos del Arenal en los que la luchafemenina en barro era la principal atracción. Era una novedad única en Mallorca queimportó de un viaje a los Estados Unidos y que le reportaba beneficios descomunales. Yo procuraba limpiar a conciencia su casa, que no era otra que esa en la quevivo ahora y te mantengo entretenido con cháchara nocturna en el primer día de tunueva existencia. ¿Existencia, LSD...? ¡Qué sé yo...! Me encontraba, como siempre, encaramada a una escalera lustrando conánimo y vigor los cristales altos de estos inmensos ventanales mientras presentía queella, desde su mesa del despacho, observaba ensimismada mis movimientos atléticos,casi circenses, de funambulista. Ana María, quiere usted venir y sentarse a mi lado, porfavor. Como genuina alemana no se andaba con rodeos, iba directamente al grano. Laluchadora de aquella noche había tenido un percance y, por un rosario decircunstancias negativas, peligraba la velada luchadora del Bayerische Arenal. Meofrecía cinco mil pesetas si me prestaba a substituirla. En realidad, me explicó, nohabía pelea, era una simple broma teatral, una lucha ficticia que provocaba, a losteutones allí congregados, el consumo de todo tipo de brebajes sin límite ni reparo y aprecios europeos. No me harían ningún daño. Mi contrincante estaría alertada y yo melimitaría a fingir que me ganaba y me revolcaba por el barro. Una ducha caliente y lapaga al contado me dejarían como nueva. Yo, por usted, lo que haga falta, señora 26
  • 27. Helga. Por ella y por los mil duros que me ofrecía por aquella sola noche, algo que yono ganaba en una semana de muchas horas. A principios de octubre la Playa de Palma está a rebosar de pandillas dealemanes, jóvenes y veteranos, con ganas de gresca y alcohol. En su inmensa mayoríason socios de clubes de bowling que, con las cuotas aportadas durante todo el año, sefinancian una semana de desenfreno en Mallorca. Llegué al establecimiento con el Audi de la señora Helga. A las once de la nocheel recinto estaba abarrotado por grupos de hombretones, algunos vestidos detiroleses, que mal entonaban serenatas de su tierra entre risotadas y jarras de cervezaespumosa. Entramos por la puerta de atrás. En una pequeña dependencia, entrecolumnas de bombonas de bebida y sillas de plástico, me calcé el bikini dorado que meproporcionó mi protectora y un albornoz de seda roja con extraños motivos orientalesbordados en la espalda. Ella me ofreció un pitillo para calmar mi presunta ansiedad. Lorechacé pero desde aquella noche cálida otoñal hasta hoy no he dejado de fumar unsolo día. Algo tenía que costarme la broma. En la vida no hay nada gratis. Ya te lo he contado cientos de veces, LSD. Y me has oído contarlo otroscentenares de veces a otros interlocutores, pero lo repetiré de nuevo porque sé que estu relato favorito y hoy, naturalmente, no te lo voy a negar. Lejos de achicarme, aquella atmósfera de humo y griterío me provocaba unaactitud desafiante y firme, casi chulesca. Debió ponerse en marcha algún gendefensivo, íntimo y lejano, probablemente adquirido en los difíciles años desupervivencia en Los Mochuelos. Vamos, era un Rocky Balboa en versión mujercitaextremeña. Quedé decepcionada por el lugar del combate: no era el peliculerocuadrilátero de lona iluminado por haces de luz cenital sino una minúscula piscina deno más de tres metros de lado, cubierta de una tela plástica amarilla que apenascontenía medio palmo de un lodo cenagoso y claro. Paradójicamente, el alborotadoambiente exterior sosegaba mi espíritu. No tenía ni idea de cómo debía comportarmeen tan extrañas circunstancias. Era yo el objetivo protagonista del cañón de luz y apesar de ello raras veces me he sentido tan relajada. Gozaba de la serenidad de quiensabe su destino y lo asume con determinación y calma. Algo así como los cristianos enel coliseo romano, antes de soltarles las fieras. Mi contrincante, como era de esperar, me sacaba dos palmos. Tanto de altocomo de ancho, se entiende. Trató de sonreírme pero yo me mostré seria y altiva.Alma extremeña. Finalizados los preparativos, sonó la campanilla. La última vez que afronté un aprieto similar fue en Los Mochuelos, cuando elhijo del mayoral, de formas potentes y primitivas, zurró a mi hermano pequeño en unclaro episodio de abuso. Ante tan manifiesto ataque a la justicia me adjudiqué laresponsabilidad del escarmiento para restablecerla. Frente a frente, el agresor se lanzócontra mí como un camión de carga cuesta abajo y sin frenos. Yo no acumulabademasiados saberes pero iba sobrada de agilidad. Pegué un salto, giré en el vacío y, sinsaber de dónde le había caído, me tenía colgada a su chepa, estrujándolo con mi brazopor el cuello. Por mucho que lo intente, nadie se pueda zafar de mí cuando, como una 27
  • 28. ladilla, me agarro a su espalda con brazos y piernas. La falta de oxígeno enrojecía surostro. Aproveché la circunstancia para morderle con fuerza en el pescuezo,provocando a mi adversario una sensación de caos sistémico: ahogo y dolor intenso enel cogote. Se desplomó y allí quedó. Tomé a mi hermano por la mano y nosmarchamos. A este ya se le han pasado las ganas de volver a darte, le dije. En el Bayerische Arenal me limité a repetir la operación. Salto elevado, giro enel aire y a la joroba. Todo lo demás fue un calco de mi última reyerta. De algo sirve laexperiencia. Mi contrincante alemana se resistió mucho menos y al medio minuto yadaba vueltas, inerte, por el barro, con cara de pánico y sin comprender nada. El públicoaplaudía a manos batientes porque al fin había presenciado un auténtico combate quedejaba en ridículo los melifluos apaños a que estaban acostumbrados. Quedaronfrustrados, eso sí, por la ausencia de los pechos de las combatientes que siempreacababan balanceándose desnudos en el aire. Entre groseros vítores me proclamaroncampeona. Rechacé todas las invitaciones de mi público entregado y me dirigí, conapenas unas manchitas de barro sobre el bikini, al cuartucho de donde había salido.Allí me esperaba la señora Helga que echaba los dientes. Me riñó corto pero conseveridad, expresándose con violencia contenida. Reprochó mi comportamientoirresponsable y no cumplir mi parte del contrato. Mañana hablaríamos en casa. ¡Perocómo quiere usted que yo me deje ganar, señora Helga! fueron mis últimas palabrasantes de que se fuera dando un portazo. A las nueve de la mañana del día siguiente, apenas puse el pie en su casa,repitió la frase pronunciada veinticuatro horas antes. Ana María, quiere usted venir ysentarse a mi lado, por favor. Me pidió que aquella noche volviera al Bayerische. Elespectáculo había sido un éxito y la turba reclamaba repetición de la jugada. Repetívarias noches por semana hasta final de temporada. Después de esta experiencia fui yo quien se dirigió a la señora Helga. En LaSerena la gente no iba a las peleas de gallos solo por ver sangre sino por las apuestas.Me parecía evidente: el coctel de sangre y dinero pone a la envilecida concurrencia.Organizamos todo un plan de apuestas para la reapertura en primavera. Fue un éxito.Las cajas aumentaron casi un cincuenta por ciento. Mi nueva ocupación laboral coincidió con el trajín de los estudios para elinminente ingreso en la universidad. En los años posteriores, nunca le dije a miempresaria que me acostaba a las tres de la mañana y me levantaba a las ocho paraestudiar Dirección de Empresas que me saqué en tres años. Por la mañana Universidady por la noche lucha en barro. Era una belle de nuit que sacaba beneficios de ambasactividades. Mientras ella me suponía descansando, yo seguía en lucha pero contraasignaturas como la Gestión y Optimización de Recursos de las áreas funcionales de laempresa o la Interpretación de los estados contables. Reviví mi infancia en LosMochuelos con la substitución de Doña Espasa Calpe por los tratados de Finanzas yControl de gestión. Saber, instruirme, me excitaba. Constaté que la búsqueda deconocimiento produce placer, objeto último de cualquier perversión que se precie detal. 28
  • 29. Cuando le mostré el diploma, mi patrona no podía creerlo. La mucama se habíailustrado sin llamar la atención, por eso sorprendía. Ya cansada por los años y por lasvueltas que había dado su cuentakilómetros, me ofreció la mitad del negocio y lagerencia de los tres locales de El Arenal. Ella se retiraba a su ciudad pareciendoatender las advertencias de Robert Graves a Gertrude Stein: después de tanto tiempoen Mallorca ya no podía soportar el paraíso. Viajé a Hamburgo con mucha frecuencia para despachar con mi socia. Aprendíel envarado alemán que hablo. Compramos dos locales más allí. Si los alemanes novienen al Bayerische Arenal en invierno, lo llevaremos a Alemania. La señora Helga me dejó poco después. Se la llevó una metástasis. Me atribuyoel duelo porque fui el único puntal de sus últimos y solitarios años. En los negocios y enla amistad, la confianza y la lealtad valen oro. Y hablando de dejar me dejó igualmente,ante fe notarial, todos los negocios y este su piso, ahora el mío, donde vivo tranquila.Como tú sabes, tengo problemas pero resuelvo la mayoría porque ahora me trata ungran psicoanalista: mi cuenta corriente. De todos modos, y creo que te ho hedemostrado, Leo, me siento orgullosa de conservar en mi alma la huella callosa de lasmanos de mi padre. 15 Revolucionarios de familia bien Y ahora tú, LSD, vas y también me dejas. Ahora, cuando más sé y más poseo, notengo con quien compartirlo... Creo que por esta noche vamos a dejarlo. Este psicodrama me agota. Ni tú eresMario ni yo soy Carmen Sotillos ni tenemos a Delibes que lo cuente. Encenderé elúltimo pitillo... La vida ha acabado por darme de todo, pero nada como los felices años delCarrer del Sol. Tú y yo, compartiendo vicisitudes con toda la tropa, con más quimerasque sustancia. Pero como deberías saber, los buenos tiempos no son buenos porque loson sino porque hacemos que lo sean. Como también los malos, por cierto. Tras las cristaleras, en la sala, pasé tantas horas leyendo... Temprano, te dejabadormido en la cama y todavía alcanzaba a ver el gato atigrado que caminaba conparsimonia por el tejado de enfrente y abombaba su espalda buscando los rayospálidos del primer sol. En la barandilla del balcón de ese mismo casal deshabitado seposaban palomas con sus alas blancas y sus patitas rosa. Las palomas y las tórtolaseran para mí algo que se cazaba y se ponía en el puchero. En tu casa componían undelicado y elegante escenario urbano. Contigo aprendí a ver el mundo con nuevosojos. 29
  • 30. En esta misma sala, circunvalada de sofás y butacas, deben haber ardidoplantaciones enteras de tabaco durante largos años de reuniones de la cuadrilla y delos invitados ocasionales. Ese era el atractivo de la casa: el runrún de lasconversaciones y el calor humano que algunas veces se excedía en exuberanciasodoríferas que era preciso aliviar de inmediato con la apertura de las vidrieras y, al díasiguiente, con todo tipo de pulverizadores. ¡Sinvergüenzas! Me torturasteis con un rígido y estricto meritoriaje antes detener acceso a la participación en el ágora de la sala, condición que me gané a pulso.Yo me preparaba en silencio. Fingía sacar distraídamente polvo de las estanterías perocon mi oído fino de gacela, escuché, asombrada, retahílas de extravagancias queemanaban de la boquita de los sabios salomones. No salía del asombro cotidiano. La idea que se hace de los revolucionarios unamuchachita ignorante que sale de Los Mochuelos es que son gente campesina sin otrofuturo que la lucha por un plato de comida, obreros que se revuelven contra la botaopresiva de los patronos que los mantiene en la miseria y, de pronto, me encuentro,que los antifranquistas del Carrer del Sol son gente de carrera, de familia bien, queheredarán propiedades y que lo de ganarse la vida no es más que una rutina que no lesprovoca la menor inquietud. Y para mayor sorpresa resulta que el objetivo de su luchaes la independencia de los Països Catalans porque sin ella no hay futuro posible... Reconocerás que no fue fácil para mí. Años después, cuando ya habíaadquirido la patina del conocimiento y de la comprensión de los procesos históricos yculturales, os planteaba todavía interrogantes muy ajenos a vuestro mundo. El origensocial, querido, marca como los hierros candentes de las divisas ganaderas. Lo lucimosescrito en la frente. Asimilé que habíais nacido medianamente ricos, sin preocupaciónalguna por lo económico porque cuando comentábamos los argumentos de unapelícula yo era la única que se preguntaba ¿Y el prota y su amiga de qué vivían, dedónde sacaban la pasta para viajar y vivir a ese tren? Aún hoy estoy convencida de quemuchos guiones fallan en ese detalle. Toda la panda erais muy listos y fantásticos profesores universitarios pero eltiempo me ha hecho descubrir que vivíais en los tiempos y en los ritmos de lasrondalles. Aún hoy, si no hubiera sido por mí, irías vestido como tu padre, conpantalones por encima del ombligo y rebeca de lana gruesa. Tanto progreso, tantasoberanía y tanta lucha para devolver al pueblo lo que Madrid le expolia debería serincompatible con la pelambrera de los años sesenta de Biel. Estoy segura, LSD, quenadie de la pandilla se ha bajado en su vida música de internet y, por supuesto, lastabletas de libros son para vosotros cosa de snobs. El payés que os hace las matanzasen Son Pou debe estar más conectado a la vida real que algunos de vosotros. Oye, que mucha lucha por la independencia y la hija del Papa hizo todo unbodorrio, con vestido de cola y banquete para doscientos cincuenta invitados conlangosta Termidor de primer plato. Mucho escándalo por la balanza de pagos conMadrid pero allí se despachó mucho, pero que mucho, foie mi-cuit comprado a undistribuidor madrileño... Conste que no tengo nada en contra: Xisca estaba preciosa 30
  • 31. con su vestido - yo misma ayudé a elegirlo - y el foie todavía me pirra y si no me doymás alegrías es porque el cabrón del señor Dunkan me tiene amargada. Pero alguna cosa no acababa de cuadrar en aquella composición. Es mi opinión,claro... No te revuelvas, LSD, no voy a aprovechar la velada para el desfile de laCofradía del Santo Reproche. No sería correcto dada tu especial circunstancia. Peroadjudicar el proceso de extinción de la lengua, el patrimonio y la cultura de este país,como decía el Papa, a una serpiente venenosa de lengua bífida: la emigración y elturismo, tiene delito... Estaba convencido de que todas las desgracias del país ocurríanporque, a la llamada de la especulación inmobiliaria y el turismo, llegaban flujosmigratorios de forasteros que, en oleadas colosales, arrasaban de un plumazo el posoidentitario del país, forjado en siglos de historia y con la lentitud de las estalagmitas. Seestaban destruyendo pueblos y ciudades con el mismo poder catastrófico de lostsunamis del Pacífico. Mallorca se había convertido en un decorado de pobladoibicenco, para turistas y residentes extranjeros. Solo cuando me dejasteis participar en vuestro club, en calidad y con distintivode visitante desde luego, me permití apostillar. ¿Quién puso en marcha todo esetinglado? ¿Quién se enriqueció con el turismo? ¿Quién construyó las urbanizacionesmasivas? ¿Quién traficó la conversión de terrenos rústicos en urbanizables? ¿Quienviajó a tierras del sur de España en busca de yeseros, encofradores y los más diversoscuerpos de oficio? ¿Para quién trabajaron los peones emigrantes de la construcción?¿Quién se apropió de los grandes beneficios de los pelotazos urbanísticos? ¿Quizás lossenegaleses...? ¿O los andaluces...? ¿Alguna extremeña como yo? Entonces enloquecíais. Tú especialmente. Lo más destructivo, lo peor, es lademagogia de la ignorancia y la mala fe, sentenciabas. Entonces yo callaba. Muditapara siempre. Bueno, para un ratito. Kubalita es otra cosa. Desde joven administró con inteligencia una doblevertiente: la del espíritu crítico y la del independentismo. Nunca formó parte delrebaño miope. Obtuvo el doctorado en Historia y en decepciones, summa cum laudeen esta última opción, que proporciona un sano distanciamiento para encarar la vida.Quizás por eso tiene la habilidad de sacarse de la manga ocurrentes teorías sobre lascircunstancias más dispares. En aquellos tiempos argumentaba que el desparpajo intelectual de la gauchedivine barcelonesa había sido el cénit intelectual de la patria catalana y que todo elpaís sería hoy una magnífica consecuencia de aquellos fantásticos años si no se hubieraoptado, como se hizo, por modelos nacionalistas caducos o por el sometimiento aquimeras arcaicas pretendidamente históricas. La seductora propuesta de laimaginación al poder había sido aplastada por el más miope botiguerismo. Concluíaque el resultado empírico de tan nefasta gestión queda visualizado en multitud deanécdotas desconcertantes: a los niños se les enseña en clase el uso de la palabraendoll, pero en sus conversaciones hablan del enxufe, como siempre. 31
  • 32. Seguro que te acuerdas – es una forma de hablar - cuando lo acompañamos a laceremonia de entrega de la medalla de oro de la Comunitat por sus trabajos comoasesor de la Comisión Redactora del Estatut de les Illes Balears. Después delceremonioso acto, entre las columnas helicoides de La Llonja de Palma, vinoapresurado a nuestro encuentro como si tuviera algo trascendente que transmitirnos.Y lo tenía. Las primeras palabras que nos dijo con la medalla colgando de su cuellofueron reveladoras: La magnitud sublime del momento me ha revelado el significadode la expresión clave de nuestra patria: “fer país”. Tomad nota, exactamente significa“fer dobblers, caiga quien caiga y lo que caiga, aunque sea del propio país”. Ante elanatema del doctor, el Papa se alzaba las cejas y se persignaba para alejar la acción deBelcebú. 16 La gauche rurale conspira en Son Granot ¡Ay los filocatos independentistas! Perdona que me ría pero teníais una claratendencia a la insatisfacción y a substituir la acción por el simple gesto. Coincidirás conmigo, aunque sea ahora, que había que daros de comer aparte.Mientras yo vendía lubricantes sexuales por las casas a señoras ociosas o me peleabaentre el barro con teutonas gigantescas, vosotros os entreteníais tejiendo en vuestracabecita el cálido cobijo de la fascinación por Catalunya. Todo lo que allí transcurríaera objeto de vuestro deseo intelectual y emocional más íntimo. Yo percibía en esta admiración un sentimiento oculto que iba más allá de lanatural admiración por un gran país y la consideración de sus gentes. En realidad, ydeja que fabrique un poco de filosofía de bolsillo, erais víctimas de la estéril nostalgiade no ser como ellos, de no participar de su vigor social y cultural. En vuestro imaginario configurasteis, con trazos fantasiosos, una segundaTierra Prometida, con el vago recuerdo de vuestra estancia en las universidadescatalanas. Una tierra con sentido de país, habitada exclusivamente por profesionalesde punta, artistas innovadores, creadores comprometidos con la causa, políticos deprestigio, universitarios de influencia en los medios, periodistas de relumbrón, todosellos de éxito, con desenvoltura europea y, lo más atractivo, disponiendo de vidasinteresantes y azarosas. Vamos, como si en Catalunya no existiera l’Hospitalet,Cornellà, La Mina y otros Harlems similares donde nunca llegaron los reflejos orbitalesde las bolas de luces de Bocaccio... Seguíais con delectación, hipnotizados, lo que acontecía en la ruta barcelonesade la gauche divine, apogeo del cosmopolitismo y el glamour de aquellos tiempos. Deallí llegaban las noticias de flirteos entre las figuras del nuevo cine o de la literatura,inventaban modas, surgían creadores en todas las artes que llamaban la atención deEuropa y todo bajo el admirable paraguas de la conciencia colectiva de identidad.... 32
  • 33. Mientras todo eso sucedía, aquí forjabais identidad de país en los fines desemana transcurridos entre la rutina bucólica de Son Granot, preparando algunamalévola estrategia para el próximo congreso del PIIB, mientras el payés de lapossessió preparaba las matances. Ni gauche divine, ni dos reales. Para vuestrodesespero y frustración os tuvisteis que conformar con ser la gauche rurale. Claro que con los años os sofisticasteis y empezasteis a entender de vinos carosy a organizar cenas con caviar Beluga y vodka Stolichnaya. Lo de los huevos fritosesferificados llegó más tarde. El caso, y bien que lo siento, es que os ocurre lo que a mí: que por detrás deltítulo universitario, más allá de brillantes aventuras empresariales y por encima de laexperiencia adquirida trotando por medio mundo, se nos asoma el pelo de la dehesa.Así decían en mi pueblo para desenmascarar al cazurro que intenta camuflarse delistillo. De hecho, querido Leo, no somos tan distintos. Si, como he oído, el ADN del serhumano coincide en un noventa y siete por ciento con el de la mosca ¿Cómo vamos aser tan distintos un insigne filocato como tú, una espabiladilla extremeña como yo, laPaca, la Merkel o Washington Denzel? Para que me vengan con identidades... Y aquí me tienes, la forastereta, como me llamabais tú, el Papa y los demás.Aquí me tienes de cuerpo presente, y perdona de nuevo el sarcasmo fácil. Te heamado con locura, a ti, a tus amigos, a tu hijo desconocido, a tu gente, a tu tierra,probablemente más que lo que lo hiciste tú mismo, que nunca trabajaste esta sencillay recomendable habilidad. Estaba loca por compartir contigo tu mundo, pero te empeñaste, sin que loafloraras en la conciencia, en que anduviéramos por caminos paralelos. No me quejoporque jamás me sentí discriminada y muchos menos despreciada. Simplemente, laniña de Extremadura no nació para ser asimilada. Ni aquí, ni en Extremadura. Mi propia independencia, como tu muy bien sabes, o mejor dicho gracias a ti,no impide que hable catalán sin demasiado acento y que utilice, pongamos por caso, laexpresión quin equinocci!, cuando tengo que describir una situación penosa trufadade dificultades. Ni tú sabías que el origen de esa expresión deformada partía de lareferencia al desastroso viaje equinoccial de Lope de Aguirre. Por cierto, cada vez quela uso ante un mallorquín de pura cepa, como diría Rajoy, me veo obligada a explicar elsignificado. Y te equivocas si crees que esa falta de asimilación identitaria es distintivo delos forasters. En mí jamás se produjo como rechazo al colectivo que me acogió sino porejercicio de mi propio espíritu independiente. Sucede también en gente másmallorquina que el camaiot. De hecho, mi querido Leo, también lo aprendí, como casitodo lo importante en mi vida, de tu biblioteca del Carrer del Sol. Me percaté cuandoal abrir por puñetero azar un poemario de Bartomeu Fiol, me salen tres versos quesupe traducir a la primera, aunque bien es cierto que eran de vocabulario sencillo: Si usve de gust, podeu posar-me, o fer-me posar/ aquesta senzilla làpida: NO ERA DELSNOSTRES. ¡Hay que ver! Uno de los más admirados poetas del país- y lo fue con toda 33
  • 34. justicia y merecimiento- se sentía un outsider de los aspectos tangenciales de laidentidad. Con lo fácil que es ser uno de los nuestros... Pues mira por donde, exactamente como yo. No lo de poeta, claro... sino lo deoutsider. Si tuvieras todavía ojitos para mirarme y boquita para besarme te diría que terieras, que es una broma, coño. Sobre todo ahora, que en tu envoltorio cerámico tehas deshecho de todos tus defectos y manías. Paradojas de la vida – o de la muerte –en eso has salido ganando. Aunque sigues sin reír... 17 A Cuba uno no se lleva el bocadillo hecho en casa Parece que se está cubriendo el cielo. El último cigarrillo me ha desvelado.Tomaré otro dedal de whiski y así no será necesario el myolastan para dormir.Perdona que no te pida si quieres algo... ¡Ay esa cadera! Cada vez que me levanto del sofá me dice: Anita, que vasdisparada hacia los osteoporósicos sesenta y la muy diabólica aprovecha paramorderme un poco más. Fíjate en eso, encima del mueble bar, sobre las botellas: el título universitariode Dirección de Empresas. En mi vida se fusionan en un único conjunto: empresas debares. La señora Helga me recordaba con frecuencia que los mejores negocios son losque gestionan los instintos básicos: comida y bebida, sexo, juego y diversión. Hesacado más provecho de sus consejos que de todas las asignaturas de la carrera. Mi licenciatura en la universidad fue un hito en nuestras relaciones. Como yahablaba perfectamente catalán, podías mostrarme en público. Y como era capaz demeterme en una conversación para defender el alarmante estado de salud de lalengua catalana, con más peligro de desaparición que la capa de hielo de la Antártida,podías incluso bromear ante tus conocidos sobre mi origen extremeño. Con mi graduación te vi por primera vez realmente orgulloso de algo que no erael supuesto orgullo patrio: orgulloso de mí. Yo, francamente, no lo estaba tanto y mepreguntaba si, con todo tu empaque social y prosapia cultural, no te dabas cuenta queme exhibías como un fenómeno de feria, como la mujer barbuda. Hubiera comprendido que sintieras la satisfacción de Pigmalion forjando aGalatea a su imagen y semejanza, pero no era el caso. Advertí en ti un sutil sentimientocolonizador victorioso por haber sometido al indígena. Tú, que manifestabasnormalmente un comportamiento respetuoso y gentil, me sorprendiste concomentarios ordinarios y hasta hirientes que yo fingía no advertirlos. 34
  • 35. En realidad, don Leonardo se sentía exultante porque se había liberado delproblema reptante que lo agobió durante más de una década: una relación con unajovencita extremeña, de simpática ignorancia y que juntos se retorcían de placer comolas colas de lagartijas recién cortadas. El Hada Madrina, con su varita mágica quedestila polvo de oro, había convertido aquella iletrada y andrajosilla extremeña en unajoven empresaria de emergente éxito que podía hacer alarde de formas mundanas si laocasión lo requería y absolutamente integrada al medio donde, no sin esfuerzo, hubode sobrevivir. Se había borrado de mi ficha social el lugar de nacimiento. El caso es que hasta llegar aquí lo pasaste mal. El camino que elegiste eraimpracticable. ¿Te acuerdas del viaje a Cuba? Era muy al principio de nuestra relación.Te habían invitado a un congreso de filólogos a La Habana. Nada, uno de esos chollosde los universitarios de tú me invitas a mí y yo mañana te invito a ti, que paga elpresupuesto. En un alarde de arrojo quisiste que te acompañara. Eso sí, con todadiscreción. Te inventaste un trabajo previo en Madrid con la única finalidad de que nosaliéramos juntos de Palma. Nos encontraríamos en Barajas. Con tanta mala suerteque, cuando estábamos en la cola del embarque, supuestamente anónima ycosmopolita, aparecen un grupo de conocidos profesores de la Universidad, todosellos de Derecho, que también iban a la perla del Caribe. De tener la pócima de lainvisibilidad te hubieras bebido un par de litros sin respirar. Tu planificación de lascautelas se hizo añicos por los suelos. Todos ellos querían saber quién era la atractivajovencita que acompañaba al jefe de los filocatos de la UIB en un viaje a Cuba cuandopor todos es sabido que a Cuba un hombre no se lleva el bocadillo hecho de casa sinoque se lo compra allí que son más suculentos. Pasaste un mal viaje. La graduación universitaria fue también para mí un gran orgullo aunque, comono estoy ciega ni sorda, lo he relativizado: no había para tanto. Nada que ver con elescenario actual, con la exigencia de notas de corte elevadísimas que producen unacruel selección entre los estudiantes que aspiran a acceder a una carrera. Entonces,con el baby boom, entraba cualquier iletrado y se sacaba la carrera en un plisplás. Notoda la gente que accedía estaba preparada. Es más, gran parte de los estudiantes deentonces eran verdaderos zoquetes y calamidades, lo cual no impidió que selicenciaran y que ejercieran sus profesiones sin ningún tipo de complejo. Así ha ido alpaís, como tú dirías. 18 Las fronteras que separan buenos y malos Crecí con vosotros y todo os lo debo. Soy el fruto de vuestra siembra,probablemente con toques híbridos pero formo parte de la misma tierra y del mismopaisaje. Pero aún hoy discrepo de algunas facciones de la fisonomía de vuestrocomportamiento. 35
  • 36. Las fronteras, LSD, las fronteras eran vuestra perdición intelectual. Y no teremuevas en tu urna porque vas a provocar un percance doméstico. No me gustaríaque acabaras en el depósito del aspirador. Parece que hablo de política pero hablo de personas, queridísimo Leo. Quieras o no, en realidad luchabais para enmarcar la soberanía balear en unmapa con fronteras: un país independiente más o menos asociado. Me costó muypoco aprender la lección. Simplemente tratabais de poner puertas al campo, como sediría en mi tierra. En realidad - y quizás sin ser conscientes de ello – el auténtico muro separadorlo erigisteis en vuestra cabecita: a un lado, muy pequeñito, los buenos y al otro,inmenso, los malos. Era otra manifestación de vuestro sarampión permanente deinsatisfacción: nadie os acababa de gustar. No apreciabais la menor virtud ajena. Y conlos pocos que os gustaron acabasteis como el rosario de la aurora. No hay más que verla experiencia del PIIB: en la matanza murió hasta el apuntador. Fue la perfectaaplicación de muera Sansón y todos los filisteos. El más claro ejemplo de la idiotez:tomar decisiones para dañar a los demás sin tener en cuenta que quien las tomaresulta dañado en igual medida. Y si rascamos todavía surge una piel más compleja. La ecuación no era losnuestros son los buenos y los demás los malos. Porque... ¿quiénes eran los nuestros? AMiquel Mas, sin ir más lejos, lo tuvisteis atravesado en la epiglotis. Nunca lo digeristeis.Cercano al independentismo político, ciudadano de los Països Catalans, radical de lalengua, prolífico autor, poeta, periodista, brillante, comprometido políticamente...Tenía todo para ser uno de los vuestros pero con él jamás hubo feeling. Era de losmalos. No te pongas nervioso, LSD, no voy a sacar su homosexualidad como causa delrechazo. Eso ya lo hemos discutido. Pero os molestaba su ductilidad intelectual. Era,es, una persona con sentimientos a flor de piel, instintivo y, sobre todo, un derrochede emociones expresadas a los cuatro vientos, alguien que habla del amor, un ser sincomplejos, libre, que si la ocasión tercia bailar sevillanas en la Feria de Abril, las bailasin que retruenen las trompetas que demolieron las murallas de Jericó ni se desplomesu más íntima convicción política. Para más inri, algunos de sus libros se venden bien y cobra sus buenos dinerillospor sus artículos en los periódicos y revistas culturales de postín lo cual, en un universointelectual de miniatura como el mallorquín, cuenta lo suyo. Te lo confesaré ahora: paradojas de la vida, Miquel Mas encarna la valentía y lagallardía sexual que ninguno de vosotros fuisteis capaces de ejercer. Un promiscuo,quizás sí. Pero justamente os molestaba vuestra incapacidad para acceder al sexo y alamor con la franqueza y la soltura con que él lo hacía. Leonardo... ¡Que me tuviste másde tres años desterrada en la caverna! ¡Que el Papa tiene un mal rollo colosal con lasrelaciones con las mujeres! ¡Que no se necesita ser sexólogo para ver que el pobre Titoes un reprimido de aquí te espero!... 36
  • 37. ¡Eh..., he dicho que no te pongas nervioso! Dejo el tema y no se hable más. Pero dime, ¿Porqué los buenos eran buenos y los malos? En realidad eran másmalos los malos que muy buenos los buenos. No te apures, no sigo. Pero Miquel Mas siempre me cayó bien, hubo empatíaentre los dos. No podré comprender nunca ese punto de desprecio que le infligíais amenudo. Lo tratasteis como a un sobrino de un dios menor. Fuisteis injustos con él. Ysi no te lo digo hoy... ¡cuándo te lo voy a decir chiquillo! 19 Nada vale dos duros si no se puede compartir Ya es la medianoche en punto. Ahora ya es Navidad. No creo que sea oportunodesearte felices fiestas, Leo. No lo serán a pesar de los esfuerzos que hacemos todospara aceptar tu fuga con naturalidad. Porque no me negarás que lo tuyo ha tenido unaimportante dosis de fuga. Esta mañana, en el tanatorio, a la hora de recoger tus cenizas me he topadocon el Papa, Tito, Kubalita y Biel, abatidos hasta la postración, consternados y con elalma quebrada. Se ha roto el equipo. En la mesa del bar donde hemos tomado caféhabía una silla vacía, o más bien ocupada por tu urna, que para el caso es lo mismo.Nadie la miraba fijamente pero había que hacer esfuerzos para no hacerlo. No es fácilacreditar que don Lleonard habita esa vasija. No estaba el capitán alrededor del cualformamos el grupo invencible. No estaba el intendente, siempre dispuesto para ponersu tiempo, su dedicación, su inteligencia, su casa y hasta su fortuna tanto al servicio dela causa amical como de la política. Siempre fuiste generoso, LSD, aunque creo que sin querer. Como si con tudespego y prodigalidad trataras de garantizarte compañías y afectos que por ti mismono te asegurabas. El caso es que esta mañana, allí juntos, los cuatro sufrían ladesolación del náufrago que no sólo se ha quedado sin nada sino que se ve incapaz desacar fuerzas para sobrevivir. Ninguno ha podido articular palabra. Se limitaban aexpresarse por sus ojos llorosos. Una vez más el toro, en vista del colapso de la escena,ha puesto los cuernos en mis manos para encontrar la salida del laberinto emocionalen el que os perdéis a primeras de cambio. Les he dicho que les mirabas muerto de risa (lo siento, pero me ha salido así) yque les reprochabas lo torpes que eran porque al primer disparo estaban tocados yhundidos. He rememorado las anécdotas clásicas, la gatera de maría que pillasteis eldía del hundimiento electoral del PIIB, o cuando el Papa, completamente borracho, dioun mitín en Sa Pobla y levantó las más efusivas adhesiones. 37
  • 38. He sacado del baúl de los recuerdos escenas de la prehistoria, cuando hicisteiscantar a aquella jovencita que yo era y que no pillaba mucho catalán, una glosa contonadilla aflamencada: Una figa per ser bona / ha de tenir tres senyals: / clivellada,secallona / i bequejada pels pardals. ¡Como os aprovechabais de aquella pobreingenua y voluntariosa mucama! La revancha no tardó y días después os dejéplanchados respondiendo a vuestras ordinarieces con un sorpresivo Quins goranots,no saben dir res més que grolleries. Con aquella frase, que empleé dos días enconstruirla y aprenderla, aprobasteis mi reválida para ingresar en vuestro club. Y así, hablando y sonriendo, se ha ido desvaneciendo la impenetrable bruma depena que les envolvía. Han recobrado el don de la palabra. Como siempre, servidoralimpiando mugre. Comencé por la de tu casa y he acabado por los sufrimientosinnecesarios de tus amigos, que es la peor de las mugres. Nunca fuisteis muy habladores. Entiéndeme, hablabais mucho, eso sí, perodecíais pocas cosas. Teníais un relato muy informativo pero muy poco emocional. Túen especial. Podías mantener una extensa y docta conversación sobre el marcosocioeconómico de la independencia del Quebec y luego, al encontrarte conmigo asolas, ser incapaz de contarme el menor detalle de la vida real: que si esa chaqueta teresulta incómoda al sentarte, que si en la charla había una rubia de las repúblicaseslavas con piernas que nunca acababan, que si te ha gustado la ensalada de quesocon arándanos que te han servido y que me la vas preparar un sábado en tu casa, quesi te has topado con un independentista simpático, aunque sea un oxímoron....(perdona la broma, ya sabes que soy así pero que en la práctica tengo mucho respetopor todo el mundo), que si me habías añorado... Nada de nada. Un sepulcro. Eras laversión culta de mi pobre padre: tampoco estabas para hablar de mariconadas. Másfino, tú hablabas de collonades. Mi querido LSD, te has ido sin comprender que, como decía un personaje de laSombra del Viento, en esta vida nada vale dos duros si no se puede compartir. Ycompartir los anhelos independentistas está bien, pero nada más que eso lo encuentrososito. La soledad es un sentimiento extremadamente interesante, incluso necesario,pero a condición de tener alguien al lado para comentarlo. Traté de participarlo todo contigo, mi formación acelerada, todo mi proceso detransformación: de mucama por horas a manejar negocios de cierta envergadura, dejovencita ansiosa a madura acomodada... Te hice vivir conmigo miserias y grandezas,que de todo hubo. Siempre tenía algo que decirte, una novedad descubierta, unaanécdota de la universidad, felicitar a Biel por su santo, un encuentro con un conocidoen el súper que se va a vivir un tiempo a Usuaya, en plena Tierra de Fuego... Tú, por lovisto, o mejor dicho por lo no oído, jamás en tu vida te topaste con un conocido por lacalle. Ya sé que no son más que simpáticas irrelevancias, la calderilla de la vida,fruslerías. Pero amigo, en nuestra existencia las alhajas las guardamos para las grandesocasiones; el día a día, que es lo que vale, se vive con bisutería. 38
  • 39. Me consuela saber, no porque me lo dijeras sino por deducción propia, que tegustaba oírme. A pesar de la impavidez de tu boca, tus oídos no despreciaban ni unapizca de mis relatos folletinescos. Las historias de la vida cotidiana, que a menudo tecontaba aderezadas con carantoñas, fueron poblando el desierto de tu incapacidadrelacional congénita. Te acostumbraste pronto a ellas. Tanto que, cuando descendía minivel comunicativo, de inmediato te interesabas por mi estado de humor. Mi charletase te convirtió en producto adictivo que te mantenía anclado en el planeta Tierra yevitaba que divagaras por los agujeros negros del universo emocional, actividad a laque te solías abocar sin remedio, atraído por una fatal fuerza de atracción. Mira, LSD, en la vida alguien tiene que organizar el baile para que haya gentecomo tú, que apenas os podéis refugiar en lo de que me quiten lo bailado porque, si devosotros dependiera, lo que se dice bailar, nadie hubiera bailado. Tú me tenías por un loro parlanchín incorregible. Y no lo sabes todo: llegué adecirte mucho más de lo que reparaste. Te lo revelo ahora, que es momento deconfesiones. En mi locura por transmitirte y compartir toda la ebullición de misadentros copié tu código-base del silencio y lo mejoré hasta extremos insospechados.Te lo cuento ahora porque de vivo no te hubieras enterado de nada. No te apures coneste galimatías, que te lo descifro ya. Aprendí que cuando estabas abstraído y enfrascado, circunstancia muyfrecuente, te envolvías en una crisálida que repelía el lenguaje hablado. Como noestaba dispuesta a cruzarme de brazos ante tu tontería usaba lo más sofisticado de miarsenal comunicativo: me acercaba a tu cuerpo abatido, reposaba mi cabeza en tupecho y tomaba tu mano entre la mía. De ese modo, gran parte de lo generado en misesera se transmitía directamente hasta tu corazón, los dos tan cerquita. El restobajaba por mi brazo, franqueaba nuestras manos y subía por tu brazo hasta tu cabeza.Trabajo de conexión limpio y eficaz. Entonces, solías mirarme y depositar un piquito enmis labios. Y ni una palabra. Pero, sin saberlo, ya te hacía efecto el antídoto inoculadoen secreto. 20 Orgasmo, y simultáneo Parece que te oigo lamentar el malvado destino que nos hizo cruzar las vidas.Te hubiera convenido mucho más una relación más lineal o, al menos, más a la medidade tu timidez emocional y de tu geografía social. Quizás si hubieras seguido con lafilocata ibicenca, madre de tu hijo... Y mira que los ibicencos me caen simpáticos,sobre todo desde que supe que la gloria nacionalista de sus letras se apellidabaVillangómez. ¡Que es otra broma, no te sulfures! No te das cuenta de que irritarse enesta urnita es de lo más estrafalario.... 39
  • 40. Cuando al nacer me deslicé por el útero de mi madre con suavidad placentariase me puso la carne de gallina y, de contenta, del corazón me brotaban chiribitas.Bromeo pero algo hay de eso. Sin embargo, la infancia me deparó todo lo contrario. La rudeza y la hosquedad de trato que recibí me provocó desde muy niñahambre de caricias. Hambre jamás saciada. Nunca gocé de contactos físicos y en micatálogo solo figuraba la curtida y callosa mano de mi padre que tomaba la mía cuandocaminábamos juntos por los caminos entre campos de algarrobos. No podía decirseque aquello fuera una caricia, tenía más bien algo de llave inglesa. Mi madre tampocollegó más lejos, víctima de su sentido de servicio. Todo contacto debía tener unautilidad doméstica. Si me tocaba las piernas era para alisarme la falda magullada y siposaba sus manos en mi cabeza era para atusarme las trenzas desgreñadas. Los besoseran contados y de fría urbanidad. Jamás se producían mimos ni arrumacos. No habíaroces personales gratis. En la vida de Los Mochuelos no se perdía el tiempo enbobadas. Por eso tengo grabada, en el frontispicio de mi memoria, la primera vez que mimadre me llevó a la peluquería. Era en La Serena la víspera de mi primera comunión.Allí descubrí y experimenté el hormigueo físico que provoca la expresión de la ternura,una palabra cuyo significado entonces desconocía. Era un salón sencillo, de pueblo, sin otra pretensión que la de quedar bien anteuna clientela fija pero muy esporádica que no gozaba de posibles para el fardo y elembellecimiento. Apenas entramos en el establecimiento, una joven peluquera me regaló unaretahíla de piropos y cariños, no sé si muy sentidos o puramente mercantiles pero encualquier caso me ruborizaron y aceleraron el corazón. Así estaba cuando me sentó enuna mullida butaca y con las puntas de sus diez dedos me acarició suave ydistraídamente las raíces de los cabellos mientras debatía con mi madre el peinadomás adecuado para el tipo de pelo, grueso y abundante. El sutil y amable masajeprovocó una ola que, viniendo desde lejos, hizo que toda mi epidermis se erizara y miscarnes vibraran debajo de cada poro. Creí morir de placer. Un placer voluptuoso quemomentos después se diluyó lentamente a pesar de mis esfuerzos desesperados porretenerlo. El origen del estremecimiento no radicaba tanto en las caricias sino en elsorpresivo descubrimiento de que mi piel, yo misma, era el destino de la ternura queme regalaba la bondadosa acariciante. Por primera vez en mi corta vida alguien, coninesperada generosidad, me trataba con delicadeza y lo expresaba con cálidos mimos ami lujurioso cuerpo infantil que, naturalmente, respondió con una explosión sensitiva. Te lo digo ahora, LSD: creo que toda mi vida no ha sido más que un infructuosointento de recuperación de este placer carnal anclado en las profundidades de miinfancia. Ahora mismo te cambiaba mis diez mejores orgasmos por unos segundos deeste éxtasis infantil. Pero bueno, no te me sulfures. Ya sé que nosotros tampoco tuvimos un malsexo. Ahora ya podemos hablar sin tapujos. Fíjate – es un decir, claro- que nuestrosexo siempre tuvo algo de furtivo porque floreció en la clandestinidad y te empeñaste 40
  • 41. en mantener durante toda la vida una brizna ese pecado original. O mejor dicho, algohabía en ti que hizo que nuestro sexo quedara encubierto en lo oculto, casi en lo ilícito.Y no por cuestiones de moral o de pudor, me consta. Y lo comprendo.... ¿Cómo podía el ilustre filocato Lleonard Sans i Desbrull, sacerdote oficiante decuanta misa negra independentista hubo durante años, que no pronunciaba unapalabra de castellano así lo matasen, ignorado padre del fruto de una relación con unafilocata ibicenca de secular marchamo catalanista, alardear de tirarse a su jovenservidora extremeña, que exclamaba continuamente ¡Por Dioh! y que se esforzabapara no decir pretóleo, como se usaba en Los Mochuelos? Pero no me quejo. Ni te reprocho ni una migajilla. Yo fui muy feliz a tu lado, enla cama o desgranando tranquilas horas vespertinas leyendo en el salón ysonriéndonos cuando levantábamos la vista del libro. ¡Y tú si que fuiste feliz en la cama...! Durante años disfrutamos, sin perseguirlo,del sumo placer sexual: el orgasmo simultáneo. Modulábamos al unísono la escaladapara llegar y explotar juntos, cada uno siguiendo en su interior la carrera del otro.Llegamos a ser maestros en este oficio, que construimos con sorprendente soltura.Muchos están dispuestos a pagar fortunas a sexólogos por lograr este vínculo salvaje.Nosotros lo podíamos practicar mientras comentábamos la última de Woody Allen. Alguna vez lo hablamos, pero tú, fiel al principio judeocristiano de soslayar losplaceres íntimos, te salías por la tangente, le quitabas importancia. Ocultabas conbrillantes menosprecios tu incapacidad para reconocer la satisfacción de tus entrañas.Como siempre tenías una cita culta para salir de cualquier situación comprometedora,me llegaste a decir que Carlos Fuentes, en La silla del águila, sitúa el masaje prostáticoen la cima del placer sexual masculino. Lo intenté, pero aquí ya no me dejaste.Digamos que te cerraste. En banda, claro. Dejémoslo aquí... 21 Cuanto más odias, más te atas al odiado Ah... ¡Qué noche nos espera! Eso ya no tiene arreglo. Y encima la semanapasada se me ocurre decorar la casa con chorradas navideñas y comprar en el Arenal aun senegalés muerto de frío ese cervatillo kitch que cambia de color de luz a cadainstante. ¡Conmovedor! Hablar contigo me hace daño pero si me callo reviento. ¡Qué víacrucis! ¡Qué difícil es hacer la crónica sentimental de una vida! Es coser retales de ahí yde allá sin gracia ni utilidad. Te estoy largando un soliloquio de recuerdos que, comolos autos de feria, dan vueltas sin rumbo y chocan los unos con los otros. 41
  • 42. ¿Dónde estábamos, LSD? No lo recuerdo pero lo cierto es que los años, comolos vinos, sólo mejoran lo que es bueno. Lo malo, lo avinagran. ¿Te suena, Leo? A partir de los cincuenta, cuando te atreves a mirarte al espejo compruebas loque ya intuías: la vida nunca acaba bien. Hay que aceptar la derrota y olvidarla.Algunos lo olvidamos pronto con cualquier fruslería: desde compartir con quien amasun gintònic de Seagrams con Fever Tree, a un paseo otoñal por la avenida de los Tilosde Berlín, los mejores episodios de Frasier o una ligera aventura amorosa con un/apsicoanalista argentino/a. Otros, y no señalo a nadie, se organizan un futuro en formade un pasillo oscuro, negro, con la puerta del fondo bien cerrada. Disuelven sus deseosy rompen sus proyectos de felicidad como hace el viento con el ramaje muerto de losárboles. Luego aprovechan la leña para atizar el fuego de su tristeza y desespero. Las personas, como las lubinas, las hay salvajes y de piscifactoría. Huelga decircuáles son las más apetitosas. Tu personalidad, que ya era compleja, se hizo críptica ydesembocó en un gran festival de muñecas rusas. Encaraste tu propio otoño con desgana. Una desgana que gradualmente setransformó en desprecio por lo que te rodeaba y, finalmente, en odio. Ese odio larvadoen un rincón de tu corazón, esa ira contra un mundo al que siempre consideraste hostily, en especial, algunos de sus habitantes. Quizás no más de docena y media. Eso, entresiete mil millones, suena a poco, pero te dejaste amargar la vida por ellos. Yo te comprendía. Le gente pisa a quienes estáis en el centro de la pista debaile y en el mundo de la política, de la universidad, de los negocios... no te digo. Loslíderes sociales sois objeto de mil y una perrerías. Perrerías que provocan rabia,naturalmente. Pero jamás comprendiste que las injusticias no se solucionan con rabia.Peor: la rabia provoca más dolor y más injusticias. Pero treinta años sin hablarte con tu hermana por una puñetera herencia, es delocos. No conocer a tu hijo que se te cruza en una calle por una miserable trifulca consu madre es de desalmado o de amputado sentimental. Si, ya sé que fuiste víctima de envidias, de codicias y de incomprensiones... Meacuerdo de la bronca con el Rector por la putada de tu doctorado, que apareció hastaen los diarios. Te hicieron la cama y abortaron tu propia carrera hacia el rectorado queya acariciabas. Recibiste dardos envenenados desde todos los puntos cardinales. Losmás letales salieron de las cerbatanas de tus antiguos compañeros del PIIB, que nodescansaron hasta que te apearon y arrinconaron junto a tu reducida guardiapretoriana. No tuvieron remilgos en liquidarte a ti, que habías fundado y hastafinanciado el partido con tu propio patrimonio. Como es natural, en tu batalla contra el universo saliste a menudo magullado yhasta herido. Entonces, tu desazón clamaba justicia inmediata al causante: ¡Qué lecorten la cabeza! En tu descargo he de declarar que el ambiente en el que te movías,la universidad, los culturetas, la política, tu familia... era una geografía infestada deserpientes cascabel. 42
  • 43. Pero, amigo, tu habilidad emocional nunca estuvo a la altura de la contienda.Te extraviabas en la gestión de cualquier disputa, el menor conflicto era fuente dedolor, de rencor y de deseos de venganza. No supiste lo que significa tener un poco decuerda, un poco de porfavor. Peor todavía: estabas convencido de tener siempre razón y, como presumías deque un presunto enemigo acabaría atacándote, para defenderte atacabas tu primero.El agredido, también para protegerse, devolvía la agresión. De ese modo confirmabastu teoría: querían atacarte. Protagonizaste decenas de episodios con este absurdopatrón. Una ignorante como yo comprendió hace mucho tiempo que el odio - y la rabiaque genera - te hacen prisionero de la situación y de la persona que te lo ha causado.Paradojas de la vida: cuanto más odias más te atas a tu odiado y acabas intoxicado portu propio veneno, esclavo de ti mismo. Con lo fácil que es, si no perdonar, al menosolvidar... Fuiste un hombre de grandes proyectos colectivos y eso sublima tu aportacióna la historia y tu reseña necrológica en los periódicos, pero quisiste planear demasiadotu vida y, créeme, si de alguien se ríe la vida es de quienes le hacen planes y proyectos.Lo aprendí en el viaje que hicimos a Marrakesh. ¿Te acuerdas? Yo estaba entusiasmadapor todo: los intensos olores a especias y perfumes, el bullicio nocturno de la plaza deJemaa El Fna, con sus cuentacuentos auténticos y los encantadores de serpientes dementirijillas, el rezo sonoro del muecín que clamaba desde lo alto de la torre de LaKoutubia... Me faltaban ojos, pituitaria, oídos, tacto... para asimilar todo lo que ocurríaa nuestro alrededor. Entonces, en un arrebato de entusiasmo, le dije a nuestro guíaque tres días no bastaban para digerir los complejos encantos y misterios de la ciudady que volveríamos por Semana Santa. Su respuesta fue breve, precisa y formulada entono ceremonioso: Insha’Allah, madame, Inshall’Allah. Detrás de las tres palabras nohabía más que un elegante reproche por mis ansias de dominar el futuro cuando elfuturo es indomable. En la vida si algo falla es el guión que nuestra cándida ingenuidad- a menudo disfrazada de vanidad - nos hace escribir sobre nuestro futuro. En realidad ahora te emperifollo el relato con toques exóticos pero la expresióndel árabe nace del mismo Si dios quiere, niña, si dios quiere, que apostillaba mi madrecuando le proponía planes. Hay quien afronta los pinchos de la vida con silencios, con evasiones, conprotestas, con resignación, con olvido... Tú te defendías con lo mejor que sabías hacer:el exceso de raciocinio y especulación intelectual. Dabas mil vueltas a los golpesrecibidos. Tratabas tus catástrofes con el infinito gota a gota cerebral, ocupabas todoslos huecos y rincones de la desgracia. Te sumergías hasta el verdadero núcleo del dolory, tú, el caudillo de los filocats, la mente más crítica de donde las hubiera, jamáscomprendiste la inutilidad de repetir mil veces por qué me ocurre eso. Pasaste a mi lado días y noches encerrado en ti mismo mientras yo trataba deescrutar, con toda la maquinaria de mi intuición en marcha, los motivos de tuquebranto. El día que casualmente viste a la madre de tu hijo acompañada por un 43
  • 44. joven que podría ser también tuyo fue uno de ellos. No te gustaba hablar de tu hijoignorado; ni siquiera supe por ti de su existencia. La visión de aquel joven en tu mismocamino te hizo caer al fondo del pozo y allí estuviste durante varios días hasta que, alfin, casi in artículo mortis, me contaste tu pena. Te abracé y traté de darte alientocomo a un chiquillo desamparado. Te di la única solución posible: ve a verlo y abrázalosin preguntar si puedes hacerlo. Después, pase lo que pase, todo será mejor. Peroparecía que tú no querías remedios, como si tu medicina preferida fuera el dolor. Te has ido a la tumba, o más bien a esa urna que tengo delante, triste,cabreado y enrabiado. De acuerdo que la vida no te ha hecho demasiada justiciapero... ¿quién te dijo que la vida era una cosa justa? Y eso, querido, Leo, te loreprocho. Nunca me diste la cancha que te pedía para volar juntos y olvidarnos deinjusticias... Tanto pedir soberanía y tú habías dimitido de la tuya, de tu soberanía deser humano. La tiraste por la ventana como se hacía con los muebles viejos para arderen las hogueras de San Juan. No te incomodes, no voy a seguir por aquí. La melancolía de lo que pudo ser yno fue me provoca ronchas en la piel y mi agenda médica la tengo saturada. Me vas apermitir que mientras te hablo me pinte las uñas que las tengo hechas un asco. 22 Comienza la hecatombe La hecatombe comenzó hace apenas unos días. ¿Te lo recuerdo? No sé si es debuen gusto estando tú, como quien dice, de cuerpo presente. Me arriesgaré… Llego a casa a las tres de la mañana y me encuentro un e-mail con tu nombreen la casilla del remitente y enviado apenas media hora antes. Aquí lo tengo, te leo lospárrafos esenciales. Estimada Aineta, quiero que seas la principal beneficiaria y el albacea de mi testamento (...) Es miúltimo deseo que te encargues de que mis cenizas sean esparcidas desde lo alto delPuig de Masanella y que entierres junto a la columna geodésica de la cima una cajitacon esa foto que te envío adjunta: mi hermana y yo, de niños, en una excursión con mipadre en ese mismo lugar. Trepar con ellos hasta el cielo de Mallorca me hizo sentirmuy feliz aquel día de primavera (....) No habrá funeral por mi muerte. Deberás organizar una ceremonia civil en elclaustro del Santuario de Monti-Sion. Te paso el listado de los invitados, en torno alcentenar. Pilar Tur y su hijo deben estar, contigo, en lugar presidencial. El acceso serálibre, pero trata de que no asista Jaume Barceló, el antiguo Rector. Ha de haber unestrado sencillo con un fondo de cuatribarrada. Nada más. También un equipo de 44
  • 45. sonido que deberás encargar a una empresa así como un técnico para que lo controle.No se depositaran coronas de flores y debe hacerse saber que es por mi propio deseo.Se deberá convocar a los medios de comunicación. También a los de Catalunya. Como apertura, Tomeu Muntaner, el primer viola de la Simfònica, interpretaráel tema principal de “La lista de Schindler”, de John Williams. A continuación deberásbuscar alguien que cante en directo aquella copla que tú me repetías: “Yo no quieroque me quieras / ni que me tengas cariño; / sólo quiero que recuerdes / lo mucho quete he querido. /- Dime, niña, ¿por qué lloras? / - Porque tengo que llorar, /porque hapasado mi amante / y no me ha querido hablar”. No me acuerdo cómo sigue pero debeinterpretarse completa. Invitarás a Miquel Mas para que intervenga pero que noimprovise, que pacte el texto con el Papa. Trata de que Kubalita, Tito y Biel tambiénintervengan, al menos dos de ellos. Después que suene la versión original de“Yesterday” (...). Luego tu leerás, en mi nombre, el documento que te adjunto. No te apures, esbreve: una sencilla reflexión sobre la vida y la muerte. Y para cerrar el acto NofreMontagut, el chelo de la Simfònica, interpretará el Cant dels Aucells. No habrárecordatorios. Encarga a Enriqueta, la madona del restaurante, que sirva algo parapicar y beber después de la ceremonia.(...) Te mando mi curriculum y una foto mía para que Biel lo reparta entre losperiódicos de Mallorca, Menorca e Eivissa. Él sabrá cómo hacer para que todospubliquen la necrológica. Encarga una esquela a cuatro columnas en cada uno de ellos.Eso facilitará las cosas y ampliará el espacio de la reseña. (...) También te adjunto una lista de unos 500 correos electrónicos a quienes, desdemi propia dirección, mandaras el escrito contenido en un documento, que tambiénadjunto, en el que reflexiono sobre algunos episodios de mi vida pública que tuvieron,en su día, un tratamiento periodístico que faltaba a la verdad. (...) Te he nombrado heredera universal de todo mi patrimonio inmobiliario y de losfondos bancarios con el compromiso de que siempre tengas las puertas abiertas de SonPau al Papa, a Biel, a Tito y al Kubalita y que lo utilicen como quieran.(...) No te preocupes por nada (...) T’estim Esa última línea, inédita en tu vocabulario, hizo sonar todas las alarmas y, sinresolver los grandes interrogantes que se desprendían de aquel correo, salí disparadahacia el Carrer del Sol. Dejé el coche tirado en la esquina roma del Carrer Monti-Sion yllegué a la puerta de tu casa jadeante. Desde la calle advertí luz en la sala y no supeinterpretar si eso era una buena o una mala noticia. Te encontré en el estudio, delantedel ordenador. Una ligera barba te demacraba el rostro. Recordé la frase de Belmonte:el día que toreo me crece más la barba. Es el miedo. Me lancé a tus brazos. Creo que no había estrechado tanto a nadie desde miprimera adversaria en el Bayerische Arenal. Lo hice sin preguntar, en silencio, como a ti 45
  • 46. te gustaba. Y te gustó porque me correspondiste. Entre la compresión de las dosmejillas sentí que se deslizaba una lágrima. Tuve que reprimirme pero en aquellos instantes la iniciativa, como la lágrima,había de ser tuya. Te voy a mandar de nuevo el documento con mi texto porque heintroducido algunas correcciones... fue lo primero que se te ocurrió decir. No té contesté y me limité a exclamar en mi interior un ¡Será posible!consciente de que la situación no daba para los sarcasmos ni para las broncas que solíapropiciarte cuando superabas con tu comportamiento estrafalario la raya roja. La explicación no tardó. En la Policlínica te habían hecho un TAC a instancias delneurólogo para determinar los orígenes de las frecuentes migrañas que padecías. Elresultado había sido desolador: aparición de numerosos nódulos tumorales conderrame maligno sobre tejido encefálico. Grado de formación cuatro. El más grave. Lasupervivencia se contaba en meses. Y muy pocos. Quizás semanas. Te habías enterado por el sencillo sistema de abrir el sobre del informe médicoque acompañaba al TAC que te había dado una enfermera atareada, colgadasimultáneamente a dos teléfonos, aunque tuvo tiempo de sonreírte con rutinaprotocolaria. Lo habías abierto en el mismo pasillo del centro hospitalario. Muy tuyo. Ni siquiera habías acudido a la consulta de tu médico, Antoni Tugores paraaclarar las cosas. Fuiste directo al Carrer del Sol y en Google tecleaste nódulostumorales cerebro grado formación 4. No hablaste con nadie del tema y dejaste pasarcuarenta y ocho horas. ¡Dos días enjaulado dejándote arañar por la violenta fiera de tupropio drama! La organización del testamento, dijiste, te alivió parte de la crueldadque desprendía el paso de esas horas infernales. ¡Eras un caso perdido! Te encontré relativamente tranquilo, consolado por una anestesia que solo laproporciona la mente cuando advierte un refugio confortable donde cobijarse de losefectos más perniciosos de la calamidad. Yo no podía decir lo mismo, no estabarelativamente excitada sino en toda mi capacidad de acaloramiento emocional.Manfred, un amigo alemán oncólogo con renombre internacional nos daría su opinióny agotaríamos hasta la última posibilidad por complicada que fuera. No pude obviar elcastizo lugar común que suele aparecer en estas circunstancias: Y si hay que ir aHouston, se va y ya. No tardé en constatar que había algo extraño en la terrible situación queafrontábamos: tu comportamiento imperturbable y aparentemente sosegado. Teníastus razones. La muerte solo se ceba con quien la teme y contigo se dio un auténticofestín. Desde hacía años, tras la cortina de tu silencio y oculto en la oscuridad de tuintrospección, fantaseaste con ella hasta la extenuación. Habías diseñado todo tipo desituaciones y escenarios para afrontarla, secuencias temporales largas y cortas,enfermedades, accidentes, acompañantes de los últimos minutos de la agonía...Vamos, el castillo del terror. Dios me libre de dar consejos de cómo comportarse cuando a uno se le sientala parca al lado pero tú, como era de esperar y por pura proyección estadística de tus 46
  • 47. conductas, tomaste el peor de los caminos, el que discurre bordeando la paranoia:buscaste alivio en ella. Pusiste la cabeza debajo del ala y procediste a montar la granceremonia de la redención. Tu testamento lo delataba. Muerto, finalmente, lasociedad en su conjunto y algunos de sus prebostes en particular reconocerían quienfue Lleonard Sans i Desbrull y lo que significó para la historia contemporánea de estepaís. Sus profundas aportaciones intelectuales, políticas, docentes y literarias, que envida no emergieron más que a un palmo por debajo de la superficie, recibiríanfinalmente el merecido homenaje. Si para ese objetivo hay que dar la vida, como buenpatriota, se da. Fino conocedor de los vericuetos ocultos de la literatura, me habías descritouna de las últimas frases de Flaubert, cuando la muerte ya lo había sometido a laagonía: Yo me voy y esa zorra de Madame Bobary quedará para siempre. Y cuandollegó tu hora te comportarse como un auténtico perverso intelectual. En claro procesoparanoico invertiste la frase: Madame Bobary se va y Lleonard Sans quedará parasiempre. Como la heroína de Flaubert, habías convertido tu trabajada percepciónintelectual en un festival de ambiciones sublimes y delirios fantásticos, en unaexistencia por encima de las demás, entre el cielo y la tierra, entre las tempestades,algo prodigioso. Le robaste a Flaubert el famoso Madame Bobary c’est moi. Quisisteserlo tú. 23 La muerte asusta tanto que a veces seduce La muerte, LSD, te asustó tanto que te sedujo. Un producto emocional a mediocamino entre la locura y la cobardía. Pero para decirlo en plata, querido amigo, no eraninguna novedad porque toda tu vida transcurrió entre el profundo deseo y el receloapocado. Los dos días de cautividad en el Carrer del Sol, a solas con tu TAC, quebraron tupersonalidad y te abandonaron en el cenagal de los delirios. Tus entrañas seconvirtieron en un abismo vago que provocaba que, en ciertos momentos, perdierasla mirada y sintieras sobre tu frente la sutil huella de estar predestinado a lo sublime. Yo, como siempre, predestinada a lo cotidiano y material, llamé a Manfreddispuesta a levantarlo de la cama de madrugada para que me formulara una hoja deruta sobre cómo debíamos proceder. Del rumbo de estos tratamientos contra elcáncer se derivan multitud de decisiones que debíamos acertar confiándonos a quienpodía aportar la mejor solución. Por fortuna, sobre todo para él, estaba despiertoporque se encontraba en Nueva York y todavía cenaba. Le solté en cascada mi angustiay me propuso que viajáramos hasta Nueva York, donde permanecería las tres próximassemanas en un stage en el Mount Sinaí Hospital, un centro puntero para establecer el 47
  • 48. diagnóstico preciso en este tipo de tumores cerebrales. Le contesté que estaríamos allíen unas horas. Puse en marcha a toda mi oficina. Mientras yo estaba en el ojo del torbellino, tú, LSD, permanecías en estadoausente y, como es natural, no te culpo. Te preocupaba la redacción de un párrafo detu testamento político sobre la arquitectura administrativa que debía tener un paíseuropeo que se convierte en Estado en el siglo XXI... El pasaporte. No tenías ni idea de donde estaba tu pasaporte. Lonecesitaríamos a primera hora de la mañana para obtener un visado de urgencia en elConsulado de los Estados Unidos. Finalmente, y no sin mis ayudas en tu procesonemotécnico, concluiste que podría estar en la casa de Son Pou, donde se quedó trasun viaje a la Universidad de La Plata, en Argentina. Recuerdo como en aquella noche negra, de boca de lobo, salí lanzada en micoche hacia Son Pou. Jamás empleé menos minutos en recorrer los treinta kilómetrosde distancia y, sin embargo, el camino se me hizo más largo que nunca. No es por decirlo pero sabes que siempre he sido diestra en el uso aplicado delógica deductiva así que en tres minutos encontré tu pasaporte en aquella casonainhóspita, fría y de compleja arquitectura. Tú habrías invertido media hora. Sóloencendí las luces necesarias y en la oscuridad de la sala me llamó la atención un ligeroparpadeo rojo. Era el teléfono. Me interesé por ello y la pequeña pantalla me indicóque tenía 56 llamadas en los dos últimos días, que se repartían en dos números unofijo y otro móvil. Curioso suceso porque nadie llamaba al fijo de Son Pou, dondeapenas acudíamos. El olfato me dijo que no podía irme sin aclarar aquellacircunstancia. Como ya eran casi las siete de la mañana llamé al móvil. Al anunciar quele llamaba de parte de Lleonard Sans, una joven casi rompe a llorar. Era una administrativa de la Policlínica. Había un error en el TAC. Se dieroncuenta de inmediato cuando proporcionaron un TAC perfecto, sin alteración alguna, aun pobre sujeto, internado en el centro hospitalario, que había generado variostumores cerebrales en los últimos meses. El médico que lo atendió, poco proclive a lascreencias milagreras, denunció lo que tenía todas las trazas de ser un error en laadjudicación de las exploraciones radiológicas. Los servicios administrativos sepusieron en marcha resultando que el teléfono que constaba era el de Son Pou. Enrealidad, tomaste el seguro médico el año del doctorado, cuando te instalaste en lacasona para aislarte y prepararte mejor. Diste aquel teléfono y en los archivoshospitalarios no había otro. Habían llegado a desplazar a una persona por siencontraban a alguien en la solitaria casa. Estaba previsto que aquel mismo díapusieran tu localización en manos de la Guardia Civil. Mi llamada había sido proverbial.Tus migrañas se curarían con algo de láser en las vértebras superiores y un relajantemuscular. Media hora después, cuando entre besos excitados y nerviosos te conté el errory a escobazos alejé de ti el fatal destino, me respondiste con indiferencia. Para misorpresa, llegué a notar incluso un punto de decepción. 48
  • 49. 24 Regreso a los infiernos terrenales En un primer instante lo atribuí al enorme estrés que habías padecido, peroluego comencé a inquietarme cuando me preguntaste, con ojos de contrariedad yexpresión de desaliento, qué pasaría con todo lo que habías preparado duranteaquellos dos días. Ya no habría testamento político que enviar a centenares depersonas, ni panegíricos obituarios en los periódicos, ni ceremonia en Monti-Sión, nidiscursos.... Todo seguiría como siempre, con el mismo sentimiento de frustración, dealma espinada y constante desazón. Tu infierno terrenal, donde por un momento lalluvia apagaba el fuego, surgían grietas en su eternidad y dejaba intuir la aparición deun brote de sosiego, volvía a la agónica rutina de siempre, a la incandescentecombustión habitual. Te cocías a ti mismo en una olla de caníbales en una ceremoniapagana de autodestrucción. Comprendí que había que substituir a Manfred por un psiquiatra. No habíatumores pero el mal permanecía en la cabeza. Era asombroso, habías convertido el regreso a la vida en la más puramanifestación de la derrota. Cuando no tienes interés ni esperanza para sostenerla, lavida se te derrumba. Eras una solitaria maleta que da vueltas sobre la cinta delaeropuerto sin que nadie la recoja. No te dejé ni un momento. Estaba dispuesta a vaciar en ti todas mis energías, atransfundirte mi sangre si era preciso con tal de sacarte del pozo de la angustia en quete encontrabas. No fue fácil. Todo te parecía envuelto en una atmósfera opaca que flotabaconfusamente sobre el exterior de las cosas y la pena se introducía en tus entrañas conlamentos dulces, tal y como gime el viento de invierno en el casal abandonado frente atu morada del Carrer del Sol. En esos casos, las palabras de consuelo carecen de sentido; sólo el contactofísico, la calidez primitiva y animal producida por dos epidermis que se juntan provocacierto alivio. Por eso te hice tumbar sobre el sofá, me acurruqué sobre ti y muysutilmente, con las puntas de mis dedos, acaricié todas las líneas de tu rostro, cerré losojos y masajeé tus sienes. Luego introduje la mano entre tus cabellos y traté deacariciarte cada uno de tus poros como si tratara de introducir en tu cerebro unafuerza benefactora. Quise ejercer de peluquera de La Serena por si era capaz detransmitirte el episodio de ternura que recibí de niña. Lo debí conseguir, al menos enparte, porque te quedaste profundamente dormido. Nos quedamos dormidos los dos amedia mañana de uno de esos días de diciembre que el sol reserva para Palma unostímidos rayos después de una noche oscura y húmeda. 49
  • 50. Nos despertamos entrada la tarde. Tu primer movimiento fue una estirada decuerpo entero para desperezarte, signo inequívoco de relajamiento. El maleficio, almenos en sus extremos más perniciosos, parecía exorcizado. Te sentó bien, LSD, que no me moviera de tu casa hasta anteayer. Fueron unosdías de sosiego, insólitos, confortables por inesperados. Cerré toda la agenda ydesaparecí de mis negocios para estar a tu lado. Recordé la semana que permanecí encama por el sarampión infantil y doña Eulalia, en un extraño ataque de benevolencia,autorizó a mi madre a quedarse un par de días conmigo, acompañándome en lahabitación donde yacía postrada, con las bombillas cubiertas de papel de celofán rojopara no agravar, supuestamente, los grandes mapas de eccemas en mi piel. La rupturade la propia rutina, cuando se sabe que la de los demás sigue en toda su severidad, esun bálsamo comodón y egoísta pero muy eficaz para el cuerpo desmejorado. Lacontinuada presencia de mi madre, ocupando su atención permanente, fue la mejormedicina para mi dolencia. También lo fue mi presencia para ti. Hacía meses, quizás años, que nopasábamos unos días juntos en el Carrer del Sol. Tuvo algo de rememoración de losbuenos viejos tiempos. Quizás por esa o por otras razones, te mostraste profundamente humano. Meatrevería a decir que como nunca. Decidiste revisar todos tus papeles y archivos en unintento inconfesado de revisar tu vida. La tarde del miércoles - ¿la del miércoles? – sí lafatídica tarde del miércoles, estabas inmerso en la estéril búsqueda de un traza desentido a tu pasado, mientras oscurecía detrás de las cristaleras de tu despacho y yo,recostada en el sofá, te acompañaba de cerca, como siempre, con un ojo hacia ti y otroal libro que tenía en las manos. De pronto, con una inesperada vuelta de la butaca giratoria te dirigiste a mí conun tono de última confesión. No me reconozco en casi nada de lo que he hecho y en lopoco que me encuentro, me avergüenzo. ¡Cómo he podido ser tan idiota y, sobre todo,tan insolente, tan mal educado, tan soberbio y tan ingenuo...! Mi vida ha sido unasucesión de estupideces... En tu vida no habías dicho nada tan tierno y apasionado al mismo tiempo.Había tanta piedad en tus palabras que me provocaron un escalofrío a lo largo de todala médula espinal. Me levanté como un resorte, te abracé y tú, derrotado, te dejaste. Para ser sincera eché en falta una minúscula referencia de mi aportación a tuvida, pero dado el contexto, di por buena la secuencia. Solo recuerdo un precedente de ternura similar en los años que hemos vividojuntos. Hace más de cinco años. Mi relación contigo comenzaba a tener episodios deabsurda destrucción y té anuncié que era mejor poner el punto final. Lo dejamos. Perotú, puñetero, en aquella ocasión intuiste el peligro y, por una vez, reaccionaste commeil faut. Después de semanas sin vernos, abrí un correo tuyo sin otro mensaje que unlink. Lo cliqué y me apareció Jacques Brel cantando Ne me quittes pas. No me dejes,implorabas a través de la desgarrada armonía del belga, me conformo con ser tu 50
  • 51. sombra, la sombra de tu sombra. Ni eso, me basta con ser la sombra de tu perro....No me dejes. No me dejes. Ne me quittes pas ¡Cómo te iba a dejar! Lo que no sospeché jamás es que quien me dejaría serías tú. Pero, al menos,como te decía, en tus últimas horas recobraste un halo de humanidad, un suspiro delamento, de reconocimiento del error. En el día postrero te diste cuenta del extravío yque, como la paloma de Rafael Alberti, por ir al norte fuiste al sur y creíste que el trigoera el agua. Repetiste varias veces, con la mirada fija y en tono de lúcido razonamiento,cómo habías podido ser tan torpe, egoísta y cobarde. Tus palabras tenían algo desordidez testamentaria, como si ya intuyeses la agorera presencia de las avescarroñeras que huelen la mortalidad de las heridas. Luego me mostraste la causa de tu reflexión: los apuntes de un diario de tus 19años que incluía algunos detalles de un viaje por tierras castellanas que hiciste conBiel. Visitasteis a un joven segoviano que trabajó un verano en la fábrica de mueblesdel padre de tu amigo, en Manacor y con el que había guardado una buena relación. Te llamó la atención la naturalidad de tus apreciaciones juveniles de las tierrascastellanas, el interés de la visita de cuatro días a Madrid, la sencillez sosegada de lascomparaciones con Barcelona y Palma, las dos chicas que abordasteis en Atocha y queluego vinieron a Mallorca. Las descripciones de la gente de Aguilafuente, el pueblo delconocido de Biel, que parecía anclado todavía en la postguerra, las migas que ospreparaban vuestros sencillos anfitriones... En fin, toda una normalidad relacional nosólo con las personas sino con los conceptos y las ideas, sin rencores ni apriorismos, sinclasificaciones maniqueas, sin odios ancestrales, sin reproches históricos, sin conflictoslingüísticos... Una relación reposada con el mundo y las ideas. De hecho, compartisteis con casi todos vuestros contertulios castellanos lanecesidad de cambiar la España de aquellos años, que exigía libertad y democracia aborbotones. Dejaste escrito en negro sobre blanco, en un cuadernillo de espiraldesvencijado, que se había despertado en ti una inmensa solidaridad fraternal conaquellas personas tan lejanas a tu tierra y a tus costumbres. Y eso, ahora, teimpresionaba profundamente. En tu juvenil reflexión concluías que la España del No-Do apenas existía y donde menos lo esperabas surgían los ideales de la izquierdaexhibidos con orgullo por todo tipo de personajes entrañables. En tus notas de aquellos tiempos no había buenos y malos en función depertenencias o de ideas. No había amigos o enemigos distribuidos mecánicamente porel uso de la lengua. La ilusión dejaba lugar al conflicto y la generosidad hacía lo propiocon los embrollos culturales y políticos. Reconociste que cuarenta años después, serías incapaz de manejarte con esasoltura natural en la misma circunstancia. Te preguntaste qué suceso había roto esanaturalidad de percepción de la gente. 51
  • 52. Para esa enrevesada cuestión yo tenía la respuesta inmediata: el suceso eras tú.Aquel joven también era Lleonard Sans, tan auténtico como el sesentón. Ocurre que esmuy recomendable no traicionar ni distanciarse en exceso del adolescente abierto,solidario y valiente que fuimos un día. A más distancia, menor calidad humana. Es unaregla con muy pocas excepciones. 25 ¡Es tan bonito pensar en ello...! Me voy a dormir, Leo. Estoy exhausta, acabadilla del todo. La cabeza meestallará si no le meto medio kilo de analgésicos y mañana va a ser una Navidad dura.Por cierto, aprovecharé para llamar a mi notario Juan Palazón, para felicitarle y darletrabajo: deberá localizar a tu hijo a quien traspasaré todo el patrimonio que me haslegado. No es por hacerte un feo pero yo ya no quiero más cosas, me sobra con lo quetengo, y ese joven lleva tu sangre... ¡Qué sesión nos hemos dado, LSD! Reconozco que esta noche he abusado decharleta. Perdona por tanta literalidad en la descripción pero yo necesito también mipropia terapia, mi última catarsis ante ti. Ante la urna, vamos, que para el caso es lomismo. Pero déjame un minuto más y ya acabo. Llego hasta el final y jamás volveré arepetir el relato completo: lo sucedido se esfumará de mi cabecita para siempre. Comolas confesiones del replicante Roy, en Blade Runner: Todos esos momentos se perderánen el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es tiempo de morir. ¿Dónde estaba? Ah, sí, en tu vuelta a la vida ¡Precisamente...! Sigamos... El reconocimiento de tus errores no solo era un buen signo de saludmental sino un episodio insólito en tu vida. Y, a mí, que trabajo la ilusión como nadie,extrayéndola a golpes de mallo desde la mina, me bastó para suspirar profundamentey relajar el corazón. Te propuse cenar en algún restaurante maravilloso, un regalosensorial para restañar las heridas más recientes de los últimos días. Pero preferíashacerlo en casa y nada del Clubdelgourmet sino pollo frito del Kentucky, como en losbuenos tiempos. Irías a comprarlo y, de paso, respirarías aire sano después de variosdías sobreviviendo entre miasmas malignas. Yo aprovecharía tu paseo para ir a casa ycambiarme de ropa porque después de dos días en las trincheras cenagosas, eluniforme queda hecho unos zorros. Cuando volví al Carrer del Sol, casi dos horas después, mi sorpresa por noencontrarte en casa coincidió con el sonido de mi móvil. Sí, en la lista de nombres de tu telefonillo yo era la persona a quien avisar encaso de accidente. Había ocurrido en plena Plaça de Espanya, entre el mercadillo deNavidad y la mirada orgullosa del Rei en Jaume, con capa y corona, saludándote con lamano derecha desde su caballo. ¡Mira por donde! 52
  • 53. Entre tanta recuperación de las ganas de vivir no te habías dado cuenta de lasdos líneas paralelas recién pintadas en el suelo del paseo peatonal entre las cuales, ypor orden municipal de dudosa conveniencia y manifiesta contestación, circulan losciclistas desde hace pocos meses. Tú, LSD, y uno de ellos os cruzasteis en el camino ysaliste perjudicado con un mal golpe en la cabeza. Te cabe el honor – es una forma dehablar - de haber sido la primera víctima mortal del nuevo y maldito tramo del carrilbici de Palma. Se acabó. He de confesarte que la noticia de tu muerte me pilló fría, como si ya estuvieraamortizada por la falsa muerte anterior. Y no solo eso. La tribulación del momento nodejó que lo percibiera, cosa rara para una persona como yo. Sólo me iluminé instantesdespués de la comunicación. Estabas muerto desde unos días antes, muerto por elepisodio del endemoniado TAC y quién sabe si no lo estabas desde antes de eso. Sabesmi consigna: para bien o para mal quien visualiza, materializa. Y tú visualizaste lamuerte por todo lo alto: en pantalla Aquos Led de 80 pulgadas, la mayor del mundocontemporáneo. ¡Cómo no ibas a materializar! No me digas que son tonterías. Ya sé que suena a Harry Potter pero puedoexhibir una larga jurisprudencia, toda una nómina empírica que justifica mi tesis. Yo,querido, debo casi todo al hecho de desearlo con convicción y confianza. Eso sí, nuncahe deseado las sensualidades del lujo sino las joyas del corazón. Nunca quisiste escucharme cuando te decía que hay muchas cosas que elcerebro, por muy listo que sea, no las entiende y que si no te dejas llevar por laquímica inasible y mágica del corazón, no vas a comprender casi nada de este mundo.Te quedas a dos velas. Pasas por la vida de puntillas. O lo que es peor, vives en unestado permanente de insatisfacción. Como Mick Jagger, te pasaste la vida cantandoI can’t get no satisfaction. Como en la canción, lo intentaste pero nunca la conseguiste. Elegiste vivir en el continuo Via Crucis de las angustias silenciadas y maldisimuladas detrás de una sonrisa helada. Escondías la pena y la alegría. Te lo repetímil veces: saca de tu vida lo que te hace daño. Sufrirás unos días pero no toda la vida.Fue en vano. Leo, te mentiría si te dijera que últimamente estaba loquita por ti. En los añosfinales el que estaba loquito eras tú y no precisamente por mí. Iba a decirte que elfamoso informe médico te aturulló, te confundió, te ofuscó. Pero en realidad no hizomás que elevar la intensidad de tu aturullamiento, tu confusión y tu ofuscación. Y deun extraviado una no se enamora perdidamente. Pero de la misma manera que la grandeza de cualquier ruina pétrea, porvetustos y mínimos que sean los restos, es la evocación romántica de sus tiempos deapogeo, en las ruinas humanas siempre queda la tenue huella de la prosperidadsentimental de otros tiempos, que alimenta la última llama del corazón. Es más, Leo, el hecho de que nunca te atrevieras a quererme como deseabasquererme sembró la quimera de mi vida, le dio el sentido de la búsqueda. Me trazó el 53
  • 54. camino hacia la felicidad, nunca recorrido del todo y que, como sabes, amuebla más ymejor la vida que la propia felicidad. Me reprocharás que hablo de la felicidad como sifuera una vieja amiga, pero es una simple licencia de perorata de madrugada. Con eltiempo te das cuenta que no es más que un fantasma al que, contrariamente a lo quesucede en los cuentos, perseguimos desesperadamente hasta ahuyentarlo. Permíteme que me deje llevar un momento por lo que hubiera sido unauténtico amor entre los dos, un amor correspondido, creativo, generoso y hastaingenioso. Juntos de verdad hubiéramos sido invencibles... Jake se lo dijo a Brett: Es tan bonito pensar en ello.... En la madrugada parisinalos dos personajes de la Fiesta de Hemingway paseaban en un coche de caballos por laRue de Rivoli, frente a los jardines de las Tullerías. Ambos se refugiaban en su amorimposible. Un buen motivo para seguir viviendo. Por esta noche me rindo, LSD. Ya llevo contigo más de cinco horas. Ahora, unibuprofeno, un myolastan y a dormir, que los llantos de noche me dan cabezón al díasiguiente. .oOo. 54