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Inmisericorde – Javier Crux
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Inmisericorde – Javier Crux

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  • 1. INMISERICORDE Por: Javier Crux
  • 2. Minutos que parecen océanos y el reloj se ha convertido en un inmenso pozo de mierda que se vallenando poco a poco de desesperación. La humedad de la habitación en penumbra crea unaatmósfera irrespirable, casi agónica, el sudor va ahogando el tejido del que está hecho mi camisetacreando manchas oscuras, lagos en mi espalda y bajo mis axilas. El niño ha dejado de llorar tras su mordaza, ahora está quietecito, atado en la silla con cuerdas detender la ropa y con los ojos vendados para evitar que me reconozca a mí o a cualquiera de miscompañeros, los cuales han ido a buscar el dinero del rescate hace a penas una hora y cuarto,deberían estar al llegar o... ...me tiembla el pulso sólo de pensarlo, en mi estómago se crea un vacío enorme tan sólo deimaginar aquello en lo que me veré obligado a hacer, asesinar a ese preso inocente si dentro demedia hora no han regresado Mario y Lucía con el dinero... o si no me llaman desde una cabinasignificará que han sido capturados por la pasma o por la mafia y entonces tendré que volarle lacabeza al hijo de Don Lucio, ese cerdo millonario propietario de todos los clubs de putas de laciudad. Empiezo a toser esputando la escoria que llena mis pulmones, incluso se me ocurre irme a dar unavuelta para tomar el aire, pero tengo que estar en esa habitación lúgubre vigilando al niño, no puedodejarlo ni un segundo a solas... en casi todas las películas que he visto el rehén escapa por undespiste absurdo de su captor y no quiero ser yo el que cometa ese error. Oigo los pájaros cantarhaciendo la competencia a las carreteras alrededor del hotel abandonado en el que estamos, creoque en la habitación de al lado unas palomas han hecho un nido, oigo a las crías pidiendo comidaincesantemente. Abro el cajón de la cómoda que hay al lado de la butaca en la que estoy sentado con un temblorinconsciente en la pierna derecha. Veo esa pequeña fábrica de horror, ese camino de sentido único:una pistola cargada, una puta magnum con silenciador llena de ira, fría, es como si leyera mispensamientos, es como si supiera que si no hago lo que Mario dijo en caso de que les atrapaban lospolis o los hombres de Don Lucio me delatará y mi cabeza tendrá un precio muy bajo, quizássolamente la dosis de los yonkis del barrio pobre. Deseo en silencio que llame pronto alguno de mis
  • 3. compañeros, no quiero desparramar los sesos del pobre crío, bastante ha sufrido ya, se le nota en eltiritar de su cuerpecito. El tiempo pasa y ya faltan veinte minutos para convertirme en asesino si esos dos no han vuelto,mierda, en qué hora me embarqué a este pozo sin fondo, para Mario y Lucía todo esto tiene unsentido trascendental. Para ellos dos significa una venganza fría contra Don Lucio ya que él mandómatar a su hermano por no sé qué puto asunto de drogas y cobros, Lucía nunca me lo llegó aexplicar del todo, siempre le dolió mucho esa pérdida, quizás demasiado... hasta el punto de planearel secuestro de un menor. Pero yo... ¿Qué buscaba participando en este crimen? ¿Qué mierdas hagoaquí? Y mi cerebro me responde de inmediato: Avaricia. Hacerme rico rápido, vivir del cuento... yde paso demostrar a Lucía que soy un hombre valiente, pero la contradicción es que no me atreví adecirle que no cuando me explicó el plan... todo parecía tan fácil sobre el papel, pero dentro de estahabitación el mundo es un infierno. De lejos oigo el rumor del tráfico y el respirar entrecortado delniño. Lucía y yo siempre hemos tenido mucha confianza, supongo que es lo que tiene ser amigosdesde la infancia aunque siempre he querido ser algo más, pero mi voz nunca ha dicho las palabrascorrectas. Toda esta mierda me supera, a veces siento que el que está amordazado y con los ojos vendadossoy yo, incluso por mi mente aparece el destello de suicidarme después de matar a ese niñito decinco años, o mejor aún, llamar a la poli, liberar al niño y luego matarme... pero no tengo cojonespara pegarme un tiro, sé que antes mancharía el suelo con sangre infantil. Miro el móvil y ni una llamada, nada, no falta la cobertura y ya sólo quedan quince minutos queparecen agua que fluye por un desagüe. Dos millones de euros en Suiza tendría que ser nuestrobotín, el precio que le habíamos puesto a ese imberbe heredero de un imperio y algo aun másimportante, habíamos hecho vulnerable al hombre más poderoso de la ciudad, al hombre máspeligroso. Vomito sobre el suelo de esa habitación oscura y maloliente, el niño comienza a sollozar de nuevoy un olor a orina explica la procedencia de la mancha que hay en los pantalones del uniformeescolar. Piso sin querer mi vómito, miro el sol que se cuela entre los bordes de las gruesas cortinas, veo elpolvo flotar en el ambiente como un astronauta muerto en el espacio, inmensa tumba eterna. Elcorazón que ya no siento mío se estremece al recordar que tengo que mirar el reloj, la cuenta atrásestá finalizando, todo empieza a perder el poco sentido que tenía y maldigo mil veces al mundo. El minutero dicta que es hora de matar y mi alma dice que es hora de morir. No debo tenermisericordia, esos dos estarán ahora en una comisaría o estarán siendo torturados por amantes delpegamento para que den un nombre y una dirección. Debo ser rápido, cruel e inteligente y nada deeso está en mi interior, mis brazos pesan toneladas y mis piernas parecen de papel. Trago saliva. Apunto con el cañón del silenciador a la cabeza del chiquillo que empieza a temblarcomo si la muerte le susurrara cosas feas al oído. Intento acercarme al máximo de la puerta para quecuando apriete el puto gatillo pueda huir lo antes posible de este nido infectado por el egoísmo y ladevastación de ser humano, si existe el infierno lo llevo ahora mismo dentro, haciéndome temblar ylogrando que unas cuantas lágrimas caigan al vacío. Vuelvo a mirar el reloj, hace cinco minutos quedebería de haber disparado, vuelvo a tragar saliva o ácido o aguarrás, me giro para sentir que laliberación está cerca viendo la puerta por la cual desapareceré para siempre siendo el asesino de unniño. Sé que nada volverá a ser igual, nunca más. Quizás Mario y Lucía lo estén pasando muchopeor, quizás les estén arrancando la piel a tiras, quemando los pezones, defecando en sus rostros o
  • 4. amputándoles algún miembro mientras están conscientes... pensar todo eso me consuela y es algoque me sorprende. Apunto lo mejor posible a la cabeza del pequeño que sigue tiritando, mi índice nota el suavemetal del gatillo, cuando empiezo a ejercer presión sobre él ¡¡¡oigo unas llaves abriendo la puerta dela habitación!!! y súbitamente se abre dejándome ver a Mario y a mi querida Lucía, con una bolsade deporte totalmente llena de algo, un segundo después de que la puerta me haya golpeadofuertemente en el codo haciéndome accionar el percutor del arma que sostiene ese brazo, la cualdispara una bala ciega que impacta contra el estómago del niño que estaría gritando de dolor si elpedazo de tela que hay atado alrededor de su boca no se lo impidiera, su sangre moja la moqueta,todo es negro, Mario me golpea pero no lo noto, Lucía me grita pero no la entiendo. Ya nadaimporta... (CC) 2009 / Relato sujeto a: Creative Commons - Licencia 3.0

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