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Inmisericorde - Javier Crux
 

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    Inmisericorde - Javier Crux Inmisericorde - Javier Crux Document Transcript

    • INMISERICORDE Por: Javier Crux
    • Minutos que parecen océanos y el reloj se ha convertido en un inmenso pozo de mierda que seva llenando poco a poco de desesperación. La humedad de la habitación en penumbra crea unaatmósfera irrespirable, casi agónica, el sudor va ahogando el tejido del que está hecho micamiseta creando manchas oscuras, lagos en mi espalda y bajo mis axilas. El niño ha dejado de llorar tras su mordaza, ahora está quietecito, atado en la silla con cuerdasde tender la ropa y con los ojos vendados para evitar que me reconozca a mí o a cualquiera demis compañeros, los cuales han ido a buscar el dinero del rescate hace a penas una hora y cuarto,deberían estar al llegar o... ...me tiembla el pulso sólo de pensarlo, en mi estómago se crea un vacío enorme tan sólo deimaginar aquello en lo que me veré obligado a hacer, asesinar a ese preso inocente si dentro demedia hora no han regresado Mario y Lucía con el dinero... o si no me llaman desde una cabinasignificará que han sido capturados por la pasma o por la mafia y entonces tendré que volarle lacabeza al hijo de Don Lucio, ese cerdo millonario propietario de todos los clubs de putas de laciudad. Empiezo a toser esputando la escoria que llena mis pulmones, incluso se me ocurre irme a daruna vuelta para tomar el aire, pero tengo que estar en esa habitación lúgubre vigilando al niño, nopuedo dejarlo ni un segundo a solas... en casi todas las películas que he visto el rehén escapa porun despiste absurdo de su captor y no quiero ser yo el que cometa ese error. Oigo los pájaroscantar haciendo la competencia a las carreteras alrededor del hotel abandonado en el queestamos, creo que en la habitación de al lado unas palomas han hecho un nido, oigo a las críaspidiendo comida incesantemente. Abro el cajón de la cómoda que hay al lado de la butaca en la que estoy sentado con un temblorinconsciente en la pierna derecha. Veo esa pequeña fábrica de horror, ese camino de sentidoúnico: una pistola cargada, una puta magnum con silenciador llena de ira, fría, es como si leyera
    • mis pensamientos, es como si supiera que si no hago lo que Mario dijo en caso de que lesatrapaban los polis o los hombres de Don Lucio me delatará y mi cabeza tendrá un precio muybajo, quizás solamente la dosis de los yonkis del barrio pobre. Deseo en silencio que llamepronto alguno de mis compañeros, no quiero desparramar los sesos del pobre crío, bastante hasufrido ya, se le nota en el tiritar de su cuerpecito. El tiempo pasa y ya faltan veinte minutos para convertirme en asesino si esos dos no hanvuelto, mierda, en qué hora me embarqué a este pozo sin fondo, para Mario y Lucía todo estotiene un sentido trascendental. Para ellos dos significa una venganza fría contra Don Lucio yaque él mandó matar a su hermano por no sé qué puto asunto de drogas y cobros, Lucía nunca melo llegó a explicar del todo, siempre le dolió mucho esa pérdida, quizás demasiado... hasta elpunto de planear el secuestro de un menor. Pero yo... ¿Qué buscaba participando en este crimen?¿Qué mierdas hago aquí? Y mi cerebro me responde de inmediato: Avaricia. Hacerme ricorápido, vivir del cuento... y de paso demostrar a Lucía que soy un hombre valiente, pero lacontradicción es que no me atreví a decirle que no cuando me explicó el plan... todo parecía tanfácil sobre el papel, pero dentro de esta habitación el mundo es un infierno. De lejos oigo elrumor del tráfico y el respirar entrecortado del niño. Lucía y yo siempre hemos tenido muchaconfianza, supongo que es lo que tiene ser amigos desde la infancia aunque siempre he queridoser algo más, pero mi voz nunca ha dicho las palabras correctas. Toda esta mierda me supera, a veces siento que el que está amordazado y con los ojosvendados soy yo, incluso por mi mente aparece el destello de suicidarme después de matar a eseniñito de cinco años, o mejor aún, llamar a la poli, liberar al niño y luego matarme... pero notengo cojones para pegarme un tiro, sé que antes mancharía el suelo con sangre infantil. Miro el móvil y ni una llamada, nada, no falta la cobertura y ya sólo quedan quince minutosque parecen agua que fluye por un desagüe. Dos millones de euros en Suiza tendría que sernuestro botín, el precio que le habíamos puesto a ese imberbe heredero de un imperio y algo aunmás importante, habíamos hecho vulnerable al hombre más poderoso de la ciudad, al hombremás peligroso. Vomito sobre el suelo de esa habitación oscura y maloliente, el niño comienza a sollozar denuevo y un olor a orina explica la procedencia de la mancha que hay en los pantalones deluniforme escolar. Piso sin querer mi vómito, miro el sol que se cuela entre los bordes de las gruesas cortinas, veoel polvo flotar en el ambiente como un astronauta muerto en el espacio, inmensa tumba eterna. Elcorazón que ya no siento mío se estremece al recordar que tengo que mirar el reloj, la cuentaatrás está finalizando, todo empieza a perder el poco sentido que tenía y maldigo mil veces almundo.
    • El minutero dicta que es hora de matar y mi alma dice que es hora de morir. No debo tenermisericordia, esos dos estarán ahora en una comisaría o estarán siendo torturados por amantesdel pegamento para que den un nombre y una dirección. Debo ser rápido, cruel e inteligente ynada de eso está en mi interior, mis brazos pesan toneladas y mis piernas parecen de papel. Trago saliva. Apunto con el cañón del silenciador a la cabeza del chiquillo que empieza atemblar como si la muerte le susurrara cosas feas al oído. Intento acercarme al máximo de lapuerta para que cuando apriete el puto gatillo pueda huir lo antes posible de este nido infectadopor el egoísmo y la devastación de ser humano, si existe el infierno lo llevo ahora mismo dentro,haciéndome temblar y logrando que unas cuantas lágrimas caigan al vacío. Vuelvo a mirar elreloj, hace cinco minutos que debería de haber disparado, vuelvo a tragar saliva o ácido oaguarrás, me giro para sentir que la liberación está cerca viendo la puerta por la cualdesapareceré para siempre siendo el asesino de un niño. Sé que nada volverá a ser igual, nuncamás. Quizás Mario y Lucía lo estén pasando mucho peor, quizás les estén arrancando la piel atiras, quemando los pezones, defecando en sus rostros o amputándoles algún miembro mientrasestán conscientes... pensar todo eso me consuela y es algo que me sorprende. Apunto lo mejor posible a la cabeza del pequeño que sigue tiritando, mi índice nota el suavemetal del gatillo, cuando empiezo a ejercer presión sobre él ¡¡¡oigo unas llaves abriendo la puertade la habitación!!! y súbitamente se abre dejándome ver a Mario y a mi querida Lucía, con unabolsa de deporte totalmente llena de algo, un segundo después de que la puerta me hayagolpeado fuertemente en el codo haciéndome accionar el percutor del arma que sostiene esebrazo, la cual dispara una bala ciega que impacta contra el estómago del niño que estaríagritando de dolor si el pedazo de tela que hay atado alrededor de su boca no se lo impidiera, susangre moja la moqueta, todo es negro, Mario me golpea pero no lo noto, Lucía me grita pero nola entiendo. Ya nada importa... (CC) 2009 / Relato sujeto a: Creative Commons - Licencia 3.0