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La Danza de las Palomas
 

La Danza de las Palomas

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    La Danza de las Palomas La Danza de las Palomas Document Transcript

    • LA DANZA DE LAS PALOMAS Iliana Elcira Romero Giraldo
      • Para Juan y Alicia,
      • nunca se fueron, se quedaron en mi corazón.
      • GANADOR DE Mención Honrosa Concurso de Cuento del Colegio Médico del Perú 2008
    • LA DANZA DE LAS PALOMAS   Sin remordimiento alguno pensó : “No existe cielo ni Dios” y se percató que la rabia y naturalidad con que expresaba para sí esta idea la asustaron. Magdalena que toda su vida había creído en un ser supremo, que rezaba arrodillada junto a su abuela desde niña en la antigua iglesia del barrio e iba a cuanta procesión de santo o santa hubieran, ahora se encontraba sin más fe para profesar ni vivir. Sintió incluso que era como si otra persona en su mente hubiera dicho eso y sonrió ante la idea de una incipiente esquizofrenia que pugnaba por salir al fin a flote. “Sería lo único que me faltara” lamentó mirando alrededor suyo como si en los últimos dos días soñara una pesadilla que se repetía y que deseaba tanto acabase ya.
    • Estaba de pie apoyando la espalda contra la vieja y descascarada pared. El rostro era triste y desencajado, parecía serena pero por dentro el dolor y la pena la agitaban, golpeaban sin piedad su corazón tanto que la noche anterior en medio de su llanto inconsolable y a solas, había mordido su almohada para ahogar sus gritos, enterrando la cabeza dentro de su ropa de cama; tapándose la boca para no asustar a nadie pero sintiendo que si no dejaba salir esa tristeza perdería la poca cordura que le quedaba. No, nadie definitivamente sabía de su enorme pena, ni debían tampoco. Sobre todo su madre que el día anterior le había dicho que sin ella a su lado no hubiera podido soportar todo esto. ¿Cómo entonces podría libremente expresar su desconsuelo si tenía esa promesa hecha de cuidar a su madre siempre, ese compromiso tácito de ser fuerte por ella? ¡Nadie sabía cuanto le costaba ser así!
    • Magdalena que siempre fue vista como la fuerte y serena en su familia no deseaba demostrar debilidad y lanzarse al deseo desesperado de llorar pues desencadenaría más pena. Y esa idea contenía el dique de lágrimas a punto de brotar en medio de ese mar de tristeza infinita que la rodeaba y ahogaba. Miró a su madre sentada en la esquina de esa habitación grande de paredes rosadas, vestida de negro, con los ojos hinchados y enrojecidos de tanto sollozar y poco dormir, envejecida de golpe casi 10 años por la pena. Sus hermanos que se veían tan jóvenes, caminando de un lado a otro una y otra vez, llevando bandejas de café y galletas, que a veces se detenían y lloraban. Pero ella no podía, pues era un lujo que no debía darse y lo sabía.
    • Y aún sin desearlo, por ser la confirmación de lo real pero inaceptable, fijó finalmente su mirada en el cajón plateado de madera rodeado de numerosas cruces de flores y encima de éste las rosas rojas marchitándose que ella había comprado el día anterior. Odió estar rodeada de tanta gente y no sentirse libre para gemir, clamar por la pérdida definitiva de su mundo infantil y seguro, de su pasado feliz que se iba para siempre encerrado en aquel cajón junto con su abuelo Juan. Sin pensarlo, se aproximó al féretro y miró dentro. Estaba delgado pero su rostro era el mismo: tranquilo, en paz, dulce, como si estuviera dormido. “ ¿Y ahora que será de nosotros sin ti, papá Juan ?” pensó entristecida.
    • Porque a pesar que Juan era su abuelo materno, Magdalena lo llamaba “papá Juan”, pues eso había sido siempre para ella, como su padre. La había acunado en su llanto, soportado sin molestarse por sus travesuras aún cuando él estaba ocupado en sus tareas del taller, había celebrado cada logro pequeñito o grande: ingresar a la universidad, acabar la carrera y verla hecha mujer. Ese amor, respeto, admiración y deseo de hacerle feliz con sus logros había fortalecido un nexo especial entre ella y su abuelo quien le había dado el mejor regalo que recordaba haber recibido: a los 4 años le había enseñado a leer en ese jardín de la vieja casa, debajo de esa higuera sempiterna – vieja casa donde ahora
    • estaban despidiéndose de él- donde le había enseñado a amar los libros y verlos como amigos. Esa misma vieja casa donde la pequeña Magdalena en voz alta le leía el periódico y discutía con él y su abuela Alicia sobre lo que les había narrado de las noticias del día. Incansable preguntando qué significaban aquellas palabras que no había entendido, mientras Juan corría presuroso al diccionario y se asombraba de lo inteligente y curiosa que era su nieta mayor. Juan quien regresaba sonriente de su pesca dominical con sus cordeles y anzuelos en la cesta de paja llena de cabrillas, lenguados, tramboyos y pejerreyes recién salidos, que limpiaba sobre la tabla de madera mientras Magdalena se trepaba en una silla preguntando cómo se llamaba cada
    • pescado, que poco después Alicia cocinaba para comerlos fritos con el pan fresco y la taza humeante de café, mientras él orgulloso les contaba las peripecias de su aventura pesquera junto a sus amigos. Ese mismo Juan, quien ya anciano esperaba parado fielmente de noche a su nieta regresando de la Facultad en ese oscuro paradero, bajo la garúa y peor aún, en los apagones ochenteros de Lima. Papá Juan quien cuando ella lloraba le hablaba como si fuera una niña otra vez y la consolaba con tanta rapidez y aconsejaba como si fuera un sabio griego, ese hombre que ella amaba tanto y la había amado estaba ahí en esa caja, mudo y dormido para siempre. El desfile interminable de sentidos pésames y “te acompaño en tu dolor”, la trajo al presente abruptamente. “ Porqué no se puede uno quedar en el pasado si duele tanto el presente y es tan incierto el futuro ”, pensaba,
    • “ ¿Acaso no será eso lo que hacen los locos? Les aflige mucho el presente, lo real y por eso huyen por lo menos así en su mente” deliberaba apesadumbrada. Y seguían los saludos de tíos y primos, parientes que ni siquiera sabía que existían hasta entonces pero que le decían sinceramente acongojados cuánto lo lamentaban y le hablaban de lo buen hombre, amable, generoso y gentil que fue Juan; cosas que ella sabía de sobra mientras de pasadita aprovechaban para hablarle de la fe en Jehová, Jesús o la Santísima Virgen María, antes de coger una galletita con mantequilla y una taza de café caliente. Y así, entre pésames, rezos y suspiros con olor a flores se iban yendo las últimas horas de ese último día al lado de su papá Juan. En medio de las cavilaciones sobre su congoja, el de su madre y hermanos y los pésames, Magdalena se preguntaba:
    • si existe Dios, ¿cómo había permitido que alguien tan bueno se fuera luego de tres largos meses de angustioso internamiento, usando pañales, pues ya no podía controlar su debilitado cuerpo; que fuera punzado y cortado para colocarle vías hasta en el cuello tratando que mejore. ¡ Y al final nada! Nada más que una muerte de amanecida lejos de casa, en un frío hospital, sin tener cerca un rostro conocido que le amara acompañándolo en su último momento de vida. ¿Por qué ella no pudo estar con él en ese instante final, si él había estado con ella siempre en cada momento de su vida desde que ella nació? O como ese día en que Juan sufrió el derrame y se aferro fuerte de su mano mientras inclinaba la cabeza de cabello cortito y canoso sobre su regazo, estirando el cuello, con la mirada fija en ella que a gritos lo llamaba.
    • Recordaba cómo en el taxi a la Emergencia, pedía que no la dejara. Se veía acompañándolo en la ambulancia para sacarle una tomografía de madrugada, corriendo por corredores oscuros y vacíos mientras él se mantenía aún despierto y Magdalena le hablaba que no se asustara, que todo saldría bien mientras las lágrimas le surcaban el rostro y Juan la miraba entristecido probablemente por causarle tanta pena a su nieta. Y luego de esa noche nunca más le volvió a verlo despierto pues siempre lo encontraría dormido.   Fue duro para ella, cada vez que lo visitaba. Pelear contra su deseo de evitarse el sufrimiento de verlo tumbado, indefenso, con esas escaras que no querían mejorar, inconsciente en esa cama en medio de otros enfermos iguales a él. Magdalena le hablaba como si Juan estuviera despierto,
    • le besaba y luego de un rato se iba, se sentaba en una banca de madera llorando por no poder hacer nada más que verlo decaer día con día. Entristecida, pues no habían pasado ni 3 meses que Alicia había muerto en la misma sala de ese hospital donde estaba ahora Juan. Y recordó cómo luego de recibir Juan la noticia que su compañera de más de 50 años había muerto, se había quedado toda la noche cuidándole mientras dormía, pues Magdalena temía que el corazón de Juan- que ya les había asustado con sus ataques de angina- no resistiera ese sufrimiento. Y se encargó de cuidarlo cada minuto de los días que duró el velatorio y entierro de Alicia, tratando de hacerle sentir bien en todo lo que pudiera pues Juan estaba desconsolado. ¿Ahora en quién se apoyaría ella para paliar ese pesar hondo, sin fin, de haber perdido a sus abuelos, su pena de no haberles dado más de ella misma? Si al
    • menos Juan se hubiera quedado con ellos más tiempo, la pérdida de Alicia hubiera sido soportable pues con Juan hubieran tratado de mantenerla más presente que nunca, su mundo infantil no se hubiera ido tan fácil y de esta manera tan triste. En esa vieja casa donde se estaba despidiendo de papá Juan, los tres habían vivido un mundo feliz, lejos de tribulaciones, horas matizadas con amor y juegos, de consejos, de cosas bonitas que nunca causaban pena sino alegrías. Ahora ese mundo ya no estaría más y ella debería tomar las riendas de la familia pues no podía imaginar que lo hiciera su madre viéndola así devastada y derrumbada por la pena de la pérdida seguida de sus padres Y así, sin darse cuenta caminó automáticamente hacia fuera de la casa, quedándose parada entre la reja negra que separaba la
    • calle y la puerta principal. ¡Cuántas veces había saltado esos escalones jugando mientras cantaba ella u oía cantar a Alicia un huainito, ora alegre ora triste y mirando por los vidrios de la ventana había visto a Juan leyendo su periódico del día; mientras Alicia, sentada frente a él tejía o simplemente conversaba y sonreía! Y miró deseando verlos otra vez, pero sólo vio a la gente, las flores y el féretro. Entendió que ya nunca más podría verlos. “ No, no hay Dios y si existe es un ser cruel que me quita al único que podía consolar mi pena” sentenció. Volteó al desgano la mirada hacia la calle. En el pequeño jardín frente a su vereda se imponía el enorme, frondoso y viejo árbol cuya sombra caía sobre la puerta mientras la memoria le trajo una cotidiana escena: Juan caminando con una bolsa de migas de pan que él mismo
    • partía, abriéndola y rociándola en el piso de cemento mientras decenas de palomas de todos los tamaños y colores bajaban revoloteando hambrientas, picoteando alrededor de él sin importarles cuan cerca estaba que las observaba y hablaba quedito, tanto que nunca Magdalena pudo escuchar qué les decía. Esa escena se había repetido día con día, incluso a veces Juan mismo compraba el pan cuando éste se acababa y se sentaba horas a partirlo en trocitos pequeñitos que almacenaba en bolsas que guardaba con gran celo de las hormigas; a la vez que cortaba envases grandes de plástico de bebidas donde ponía agua fresca que las palomas disfrutaban luego de comer hasta la última miga; para luego de eso, volar y volver al día siguiente para repetir el mismo ritual.
    • Se percató entonces recién que no había ninguna paloma ahora, justo cuando su hermana Carmela se acercaba a avisarle que los de la funeraria vendrían puntuales y sería mejor prepararse para salir al cementerio. Magdalena preguntó: “Carme… ¿Ya no hay palomas, no?” .Carmela negó con la cabeza: “No, luego de que nos mudamos a la casa nueva con mamá porque papá Juan estaba enfermo y esta casa vieja se cerro, nadie más les dio de comer y se fueron”. “Que lástima “musito Magdalena realmente apenada. “ ¿Recuerdas que una vez mi mamá le dijo a papá Juan por qué les daba de comer y él dijo que era para que estuvieran fuertes para cuando él muriera lo pudieran llevara al cielo y no lo dejaran caer?” , recordó Carmela con sonrisa nostálgica mirando el árbol. “Sí, mamá se molestó pues no quería que papá Juan hablara de morir, ni yo” asintió Magdalena muy entristecida.
    • “ Nadie lo quería perder pues lo queríamos mucho; pero, ahora está descansando con Alicia en el cielo”, repuso Carmela tratando de consolar a su hermana mayor. Magdalena sonrió incrédula: “¿Cielo? Es tan fácil decirlo pero ya no creo más en eso, Carme. ¿Cómo pensar en un cielo con un Dios bueno si yo vi el dolor que sufrió Juan? Y me dejó a cambio este otro pesar que es peor aún: me arrancó a quien necesitaba y amaba tanto. Me niego a creer en un Dios que me quita mi único consuelo y menos en un cielo donde van las almas buenas pues eso no me conforta en nada”. Carmela decepcionada por no poder ayudar susurró: “Lo siento”, dio media vuelta y entro a la casa, mientras Magdalena en silencio reafirmaba su escepticismo e idea que el alma, Dios y el cielo eran invenciones para cubrir los huecos de la razón humana. Media hora luego llego la carroza y se repitieron los mismos pasos que para el funeral de Alicia. La gente se retiró dejando sola a la familia para despedirse.
    • Uno a uno sus hermanos se acercaron al cajón, su madre abrazó y besó el féretro entre lágrimas de su tristeza sin consuelo. Magdalena esperó al final. A su turno se acercó lentamente como deseando prolongar el tiempo con cada paso que daba, al fin se plantó frente a la caja y se dio cuenta que ésta sería la última vez que vería a Juan en su vida, su último contacto con él. Las piernas le temblaban al igual que sus manos y sintió un escalofrío terrible que la hizo estremecer a la vez que con enorme esfuerzo se inclinaba y besaba el frío y duro vidrio que separa su rostro del de Juan. “Te voy a extrañar. Me dejas sola ahora que sé que no hay un cielo donde volver a encontrarte, te vas cuando me quedo sin fe ni alma”, pensó triste. Y se le escapó casi sin querer un: “Nunca te olvidaré”.
    • Se apartó de su lado a duras penas para darle el brazo a su madre pues ahora era su tarea cuidar de ella, esa promesa se la había hecho a Juan el día que enterraron a Alicia, y Magdalena la iba a cumplir. Afuera, la gente arremolinada esperaba en silencio mientras ellos salían lentamente y los varones más cercanos de la familia cargaban el féretro sacándolo en hombros hacia la carroza estacionada a dos cuadras de la puerta de calle. Y así en medio de la lluvia de cientos de pétalos de flores, que habían sido arrancados de la cruces, salía papá Juan de su casa, por última vez. Caían pétalos desde el segundo y tercer piso de la casa vieja mientras Magdalena sentía lágrimas corriendo por su rostro y se preocupaba por su madre que sollozaba a su lado. Levantó la cara secándose los ojos y fue entonces que la vio.
    • Era una paloma oscura como la noche pero de cuello con parches verde y violeta brillantes que sobrevoló sus cabezas y se detuvo aleteando en la pared de la casa vecina. Magdalena la miró con atención y curiosidad olvidándose de todo lo demás por un momento. La paloma miró directamente hacia abajo donde el cajón de Juan estaba detenido un instante que parecía eterno mientras la gente aplaudía y lloraba. Su emplumada cabecita hizo un giro de 90 grados a la derecha y luego a la izquierda y a Magdalena le pareció como si el ave estuviera tratando de reconocer algo en medio de aquel gentío. Finalmente detuvo su extraña inspección y a los pocos segundos, sin
    • saber cómo, aparecieron más palomas de diferentes colores: blancas, grises, negras, jaspeadas; mientras la primera seguía en su sitio, ahora mirando directamente hacia abajo como señalando un objetivo. Y justo en el instante que el cajón se encontraba en el frontis de la casa y bajo el árbol realizando el rito de despedida - que consistía en subir y bajar tres veces el féretro frente a la casa donde había vivido el difunto- y los pétalos de flores seguían cayendo en lluvia imparable, ocurrió. La primera paloma alzó vuelo junto con el resto de sus compañeras sobrevolando en grupo compacto de ida y vuelta, exactamente por encima del féretro. Y luego regresaron para empezar una danza suave, hermosa. Eran como bailarinas de ballet clásico en danza
    • exquisita o ángeles en un baile divino, agitando las alas como si estuvieran buscando algo qué atrapar entre sus delicadas y preciosas plumas; las alas moviéndose una y otra vez, cómo abanicos encima exactamente de aquel cajón; y así, sin detenerse un instante, danzaron por tres increíbles minutos entre los gritos de sorpresa y aplausos de la gente, revolotearon sin asustarse de los pétalos que seguían cayendo; para, al final todas al unísono, dar una vuelta más sobre el féretro, y, pareciendo ya conformes, así como aparecieron se fueron volando todas juntas. Magdalena conmocionada, cayó de rodillas, con los ojos desbordados ya por las lágrimas, y, abiertos hasta más no poder, gritó entonces ya sin pudor ni vergüenza tan fuerte que todos los presentes sorprendidos por su inusual reacción, la escucharon:
    • FIN “ ¡Dijo la verdad, Juan dijo la verdad: vinieron por él!, ¡Vinieron por él!.. “y sonrió conmovida en medio de sus lágrimas que ya no eran de dolor sino de alegría; pues la fe había sido devuelta en aquella forma inexplicable y extraña, mientras miraba en el cielo desaparecer como puntitos lejanos aquellas palomas, que sin duda alguna, se llevaban al cielo el alma de su amado papá Juan.