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  • 1. Retrospectiva yperspectiva delpensamientopolíticodominicano
  • 2. RETROSPECTIVA Y PERSPECTIVA DELPENSAMIENTO POLÍTICO DOMINICANOProducción general: Dirección de Información,Prensa y Publicidad de la PresidenciaDiseño y diagramación: ERAS Diseño GráficoImpresión: Editora CorripioISBN: 978-99458721-0-1Santo Domingo, diciembre de 2009.Todos los derechos de la obra están reservados.Queda prohibida su reproducción total o parcial,sea por medios mecánicos o electrónicos, sin ladebida autorización.
  • 3. contenidoCAPITULO I LA VALIDACIÓN INTELECTUAL DE LA DICTADURA TRUJILLISTA: Peña Batlle, Joaquín Balaguer, Fabio Mota, Rodríguez Demorizi y Arturo Logroño 9CAPITULO II EL PENSAMIENTO CONSERVADOR EN EL SIGLO XIX: Tomás Bobadilla, Antonio Delmonte y Tejada, Manuel de Jesús Galván y Javier Ángulo Guridi 79CAPITULO III EL PENSAMIENTO LIBERAL CLÁSICO DOMINICANO: Juan Pablo Duarte, Francisco Espaillat y Francisco Gregorio Billini 139CAPITULO IV EL POSITIVISMO, HOSTOS Y LOS DISCÍPULOS: Pedro Henríquez Ureña, José Ramón López, Salomé Ureña, Félix Evaristo Mejía, Leonor Feltz, Pedro Bonó y Américo Lugo 187 3
  • 4. CAPITULO V LAS RAÍCES IDEOLÓGICAS SOBRE LA CONDICIÓN DOMINICANA EN LOS PENSADORES CRIOLLOS: Antonio Sánchez Valverde, Andrés López de Medrano, José Núñez de Cáceres, Bernardo Correa y Cidrón y Ciriaco Ramírez 245CAPITULO VI ANÁLISIS SOCIAL DE LA HISTORIA: CORRIENTES HISTORIOGRÁFICAS, MARXISMO, FUNCIONALISMO, HISTORICISMO, Y OTRAS QUE INFLUYERON CON POSTERIORIDAD A LA MUERTE DE TRUJILLO: Juan Bosch y Jimenes Grullón 269CAPITULO VII LAS ORIENTACIONES RECIENTES DE LA REFLEXIÓN INTELECTUAL 321CAPITULO VIII MODERNIDAD Y POSTMODERNIDAD EN EL PENSAMIENTO DOMINICANO CONTEMPORÁNEO 355
  • 5. INTRODUCCIÓNCRISIS DE LAS IDEASY UNA APUESTA PORLA ESPERANZA La familia, el conglomerado esencial de la sociedad, ha sido golpeadapor una crisis de valores. Una barahúnda social que afecta a toda la hu-manidad, en todos los órdenes. Una descomposición que se expresa demanera brutal a todas horas y todos los días. Quienes hemos soñado con una sociedad con valores, vemos conasombro cómo el mundo parece dejarse arrinconar por hechos queaceptamos con la mayor naturalidad, a pesar de que en nuestros aden-tros sabemos que esos hechos, luego convertidos en acontecimientosmediáticos, nos pueden enrumbar por el abismo más profundo. A pesar de que la mayoría coincide en construir una sociedad justa,humana, con valores morales y éticos, hoy subyace en la mente de cadahistoriador, científico o líder mundial la idea de que hay una crisis deparadigma. Con la caída del Muro de Berlín y el Bloque Socialista, en 1989, elmundo ha sido unipolar. Esa unipolaridad, sin embargo, no ha resul-tado suficiente para que todos estemos seguros de que vivimos en unasociedad como la que aspiramos. Todo lo contrario, desde hace un año, por ejemplo, a escala global sevive la crisis financiera más letal que ha conocido la humanidad. A pe-sar de los paquetes de estímulos inyectados a la principal economía, y 5
  • 6. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano la lenta recuperación derivada de esas inyecciones financieras, persiste una crisis estructural que nos llevará años superar. Estos momentos de turbulencia global han llevado a más de un pen- sador a reflexionar sobre el origen de este desorden, dentro del orden mundial, y las perspectivas sobre el futuro de la sociedad, mientras en los templos cristianos se piensa si estamos en los albores del fin del mundo, un debate sobre el que no estamos en ánimo de ahondar. Hay acontecimientos, empero, que nos indican que el mundo anda por derroteros que nos obligan, como ciudadanos con responsabilida- des públicas, a mantener la cabeza levantada y enfrentar aquellas fuer- zas que intentan instaurar una sociedad desigual e intrínsecamente injusta, basada en el caos. Hay una crisis que se expresa en todos los ámbitos de la vida: en la economía, cuando observamos que un puñado de financistas genera una debacle financiera a escala planetaria, sólo por el egoísmo de llenar sus cuentas bancarias; se expresa en los deportes, cuando se descubre que un atleta utiliza mecanismos prohibidos para asegurar mejor rendi- miento; se manifiesta en la familia, cuando un hijo mata a su padre por absurdas diferencias de criterios; también en el que jura de rodillas ser- vir a Dios y, no saliendo bien del templo, se descubre con un escándalo cuyos detalles se convierten en una afrenta contra lo que dice profesar. O cuando un servidor público se las arregla para evadir los contro- les que no le permiten utilizar en su beneficio los recursos que admi- nistra. Nos quedamos perplejos cuando desde una sociedad en la que se pre- dica el respeto a los derechos humanos, se mantiene la doble moral de propiciar la guerra, para luego pasar factura a las empresas que después llegan a reconstruir el país que ellos mismos convirtieron en cenizas. No sólo hay una crisis de paradigma en relación al tipo de organiza- ción económica y social a la que aspira la humanidad, también hay una crisis de valores éticos y morales, hay una crisis de las ideas.6
  • 7. Esta crisis de las ideas no implica, sin embargo, el fin de la esperanza.Hemos aprendido de nuestros maestros, el profesor Juan Bosch y el pre-sidente de la República, doctor Leonel Fernández, que una crisis debeser vista como una oportunidad para dar respuestas creativas, con el finde perfilar una sociedad más humana, justa y civilizada. Esa crisis de las ideas se ha expresado en nuestro país en el ámbito po-lítico. En todo el discurrir de nuestra historia vernácula, el pensamien-to dominicano ha tenido verdaderos íconos, identificados en hombresy mujeres que son nuestras figuras emblemáticas. En contraposición,estos ilustres hombres y mujeres fueron combatidos por los faltos deideas, pesimistas consuetudinarios, que entregaron nuestro territorioen una tarea anexionista que no tiene parangón en la historia nacional. Esa realidad nos lleva a reflexionar sobre la necesidad de que en estosmomentos turbulentos de crisis global en todos los niveles, con unaamenaza por imponer rancios proteccionismos, levantemos nuestrosmejores valores, que son los autóctonos; descubramos nuestros mejo-res hombres y mujeres para empoderarlos en la gran tarea nacional: elProyecto de Nación. A propósito del 146 aniversario de la Restauración de la Repúbli-ca, celebrado este año 2009, nosotros, en la Dirección de Información,Prensa y Publicidad de la Presidencia y el Archivo General de la Na-ción, organizamos el “Festival de las Ideas”, propicia y afortunada ini-ciativa dirigida a exaltar el pensamiento político dominicano, desde laruptura colonial hasta nuestros tiempos. En su momento, organizamos ocho paneles sobre el pensamiento po-lítico dominicano, en alianza con siete universidades y la FundaciónGlobal Democracia y Desarrollo, a fin de generar un debate conceptualy plural sobre nuestros grandes pensadores, a cargo de los principaleshistoriadores y catedráticos, recogido en este libro para dejarlo comolegado. Sin lugar a dudas esta retrospectiva del pensamiento político do-minicano, vista por los pensadores contemporáneos, resumidos en un 7
  • 8. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano solo texto, servirá para que las generaciones presentes y futuras puedan aquilatar la forma de ver a nuestros hombres y mujeres emblemáticos, desde un análisis crítico y plural. Este esfuerzo editorial no hubiese sido posible sin la colaboración y entrega de los pensadores, historiadores y catedráticos de univer- sidades, así como del personal del Archivo General de la Nación y la Dirección de Información, Prensa y Publicidad de la Presidencia de la República. Como descendientes de los soldados independentistas de la Guerra Restauradora, debemos dar un paso adelante para asumir nuestro com- promiso histórico de rescatar nuestro pensamiento. Los desafíos que enfrentamos, como sociedad, se deben convertir en oportunidades para vencer, siempre con el ejemplo de Gregorio Luperón, Gaspar Polanco, Juan Bosch y Juan Pablo Duarte. Rafael Núñez Secretario de Estado Director de Información, Prensa y Publicidad de la Presidencia8
  • 9. CAPITULO I La validación intelectual de la dictadura trujillista• Peña Batlle• Joaquín Balaguer• Fabio Mota• Rodríguez Demorizi• Arturo LogroñoEXPOSITORES: COORDINADOR:Andrés L. Mateo Wilfredo LozanoBernardo VegaFranklin FrancoRichard Turits
  • 10. Retrospectiva y perspectiva delpensamiento político dominicanoEn la mesa principal figuran Richard Turits, Bernardo Vega, Julio Amado Castaños, rector deUNIBE, Wilfredo Lozano, Andrés L. Mateo y Franklin Franco.El público escucha las conferencias del panel desarrollado el 11 de agosto de 2009en la Universidad Iberoamericana (UNIBE).
  • 11. CURIOSIDADES DELA LEGITIMACIÓNDEL RÉGIMENTRUJILLISTA Andrés L. Mateo“La masacre de ciudadanos haitianos ordenada por Trujilloen el 1937 opera como un mito de confirmación. En la historiacultural dominicana, la frontera es una línea épica. Al unir lamasacre de 1937 con el mito fundacional de la reconstrucciónde la ciudad de Santo Domingo de 1930, el trujillismodemuestra su determinación”. Cuando Tulio Halperin Donghi estudió las particularidades de las dic-taduras latinoamericanas, en su libro “Historia contemporánea de AméricaLatina” se le acabaron todos los argumentos sociológicos al intentar des-cribir el fundamento de la legitimación de la dictadura de Rafael LeónidasTrujillo Molina en la República Dominicana. Su único punto de compa-ración era el gobierno despótico de Anastasio Somoza. En ambos casosel poder se transformó en un instrumento de acumulación capitalista. Enambos casos las burguesías locales fueron postergadas. Ambas dictadurasprovenían de ejércitos formados por la intervención de tropas norteame-ricanas. Pero ni siquiera la dinastía familiar de los Somoza es comparablecon el dominio absoluto del trujillismo de toda la estructura económica,social y política de la República Dominicana. La singularidad de la dictadura trujillista no reside, pues, en el uso po-lítico del ejército como sostén de la dominación, factor común a muchasotras dictaduras latinoamericanas. Ni tampoco en el carácter de fuentede enriquecimiento personal del dictador en que se transformó el Estado,porque es frecuente que las tiranías en el continente transformen el poderen instrumento de conquista del predominio económico. Ni siquiera en lasubordinación que impuso a la burguesía como clase se halla esta singula- 11
  • 12. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano ridad. La primera singularidad que resalta de la legitimación del régimen trujillista es cómo la apropiación de la sociedad en su conjunto se realizó a través de un “corpus” de legitimación cuya habla es el mito; y, en segundo lugar, un hecho que no se ha estudiado todavía, y que atañe a la historia del pensamiento dominicano, como lo es el matrimonio insólito que se produ- jo entre el hostosianismo y el arielismo, para dar sustentación “ideológica” al trujillismo. Comencemos por establecer un hecho indiscutible: la dictadura de Tru- jillo no se legitimó a partir de una ideología. Trujillo tenía dominio total del ejército que había formado personalmente, luego de la retirada de las tro- pas norteamericanas en el 1924. Logró el dominio pleno del poder político, después de 1930, y dispersó por la violencia toda la oposición tradicional organizada. Usando el aparato del Estado, en un tiempo muy breve, sus riquezas personales tenían un peso específico superior al de toda la débil burguesía nacional junta. Esta suma de factores permitió que el trujillismo se alejara cada vez más de su base material, y que su gestión de Estado no respondiera a la eficacia de un sistema en nombre del cual una clase ejerce el poder.12
  • 13. Sobre esa gigantesca deformación estructural, se articuló la economía conla ideología, que se invistió también de esta deformación, y se impuso sobreel país la simbología discursiva del régimen y sus valores fundamentales.Todas las manifestaciones de la autoconciencia se redujeron a la exaltaciónde la suficiencia triunfante del tirano. Fueron las hazañas milagrosas, sussímbolos relacionados con la historia reciente, sus claves inscritas en lalisura del misterio, sus combates solitarios, su signo de amparo, los que seimpusieron como ideología al resto de la débil burguesía dominicana, pri-mero; y a la nación entera, después. Trujillo adoptó un modo superlativo designificación, que en correspondencia con la deformación de la formaciónsocial dominicana, sustituyó el papel de la ideología en el régimen. Siemprecon el telón de fondo de la violencia, este sistema mitológico se conformóa partir de la deshistoricización, y usando el pasado como contraposiciónal presente. Cada mito trujillista en particular era una respuesta satisfac-toria a la decepción del pasado. Los mitos respondían siempre a una delas decepciones que el pensamiento dominicano del siglo XIX había hechoangustia existencial. Así, por ejemplo, el Mito Fundacional, que se originacon la reconstrucción de la ciudad de Santo Domingo, luego del ciclón deSan Zenón, en el 1930, satisface una de las aspiraciones ideales del pensa-miento del siglo XIX, y es el signo de apertura a la modernidad de la nación.Mediante este mito fundacional se liquida la vieja polémica intelectual queveía el progreso ligado al surgimiento de las urbes modernas, en contra-posición a la barbarie rural. Con la reconstrucción de la ciudad de SantoDomingo, el trujillismo abre la metáfora espacial en la que el campesinadodeja de ser el arquetipo de la formación del Estado nacional, y Trujillo pasaa ser el “Padre de la Patria Nueva”. La masacre de ciudadanos haitianos ordenada por Trujillo en el 1937opera como un mito de confirmación. En la historia cultural dominicana,la frontera es una línea épica. Al unir la masacre de 1937 con el mito funda-cional de la reconstrucción de la ciudad de Santo Domingo de 1930, el tru-jillismo demuestra su determinación. El lugar del crimen funciona como elsigno luminoso de una intención: Si hay Patria es por Trujillo, gracias a élla nación ya no es dubitable en sus contornos. Desde el punto de vista dela ideología, la masacre no es más que la materialización de un bello sue- 13
  • 14. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano ño interior, que la enseñanza de la historia había grabado como moral de desquite en el corazón de los dominicanos. Con este hecho Trujillo arriba a la fulguración del nacionalismo, a la demostración tranquila de recursos extremos para salvar la patria. Tanto el mito fundacional derivado de la reconstrucción, como el mito de confirmación de la Masacre, son mitos sensoriales. Pero el sistema de legitimación trujillista asumió también el mito de La Paz, de naturaleza puramente psíquica. Este mito se relaciona con la rápida movilidad del trujillismo en el terre- no de la instrucción y la cultura, y servía para imponer y notificar un orden. Se difundió profusamente en la llamada “Cartilla Cívica”, que fue un ins- trumento de divulgación masiva del régimen, convirtiéndose en un mito de interpelación que expresaba el pasado y nos liberaba de él. A lo que el mito de la paz se oponía era a la antigua tradición levantisca de los caci- ques y manigüeros que poblaron el siglo XIX dominicano, y principios del XX. La Paz trujillista significaba la superación del generalato conchopri- mesco, que va desde la muerte del general Mon Cáceres, en el 1911, hasta la intervención norteamericana de 1916. En la “Cartilla Cívica” se puede leer lo siguiente: “La paz es el mayor bien que puede disfrutar un pueblo. En la paz todas las vidas están seguras (…) el Presidente trabaja incesantemen- te por la felicidad de su pueblo. El mantiene la paz; sostiene las escuelas, hace los caminos, protege el trabajo en toda forma, ayuda a la agricultura, ampara las industrias; conserva y mejora los puertos, mantiene los hospita- les; favorece el estudio y organiza el ejército para garantía de cada hombre ordenado”. Como mito, “La Paz” no tiene ambigüedad posible, notifica el orden, hace comprender las condiciones de la interactuación social, y se- grega al opositor del partidario. Es, incluso, la condición de la felicidad colectiva. Los grandes temas del sistema mitológico del trujillismo se cierran con el mito de la independencia económica, que funciona como un espesor de equivalencias gloriosas, que transporta a Trujillo en un plano de igualdad a la génesis misma de la patria. Mediante este mito de equivalencia Trujillo une el idealismo social con el pragmatismo burgués. Mientras Duarte con-14
  • 15. cibió la República como un ideal, Trujillo la ha hecho verdadera. Duarte esel ideal convertido en pensamiento, y Trujillo hizo del pensamiento unaverdad. Como los demás, este mito es también tributario de la historia, y en eltrujillismo conduce a una escisión memorable entre el burgués ético y elburgués político. Surgió del pago de la deuda externa que Trujillo realizóen el 1940, y la épica del régimen hace brotar la verdadera independenciadel país de su materialización.“Básicamente, las ideas de Eugenio María de Hostos responden a unpensamiento racionalista, distanciado por su carácter de todo tipode especulación ideal. Y aunque Hostos le inyecta a su positivismouna dosis de sublimidad argumental, el esqueleto teórico siguesiendo el racionalismo positivo. Todos sabemos que Hostoscombinó el positivismo con el krausismo, y que esta influenciakrausista le dará una particularidad a su visión positivista”. Sobre estos mitos elaboró la ideología toda la legitimación del régimen,inundó la vida cotidiana, pobló las determinaciones de la historia, habi-tando el arte, la cultura, la educación, la religión. Al hacerse destrucciónesencial del pasado, el mitosistema del trujillismo alcanzó toda la colecti-vidad. No había forma ingenua de la vida de relación que pudiera escapara su presencia opresiva. Tal como propiciaba la construcción perpetua desu verdad absoluta, ni la familia, ni el amor, ni el pensamiento, dejaban deestar condicionados por el peso aplastante de sus símbolos. Por ello el trujillismo no tuvo definición ideológica. Los temas clásico delo que se considera “ideología del trujillismo”, se pueden representar en lassiguientes propuestas recurrentes: Mesianismo, Hispanismo, Catolicismo,Anticomunismo, Antihianismo. Todos tienen una relación instrumentaldemasiado inmediata con lo político, y una simplicidad tan rotunda en suadulteración de la historia y de la realidad, que los hace colindar con la pro-paganda, y no con la racionalización ideológica. En rigor, cumplen las dosfunciones. Pero en su referencialidad, se bautizan en el mito que acompañacomo un esplendor inalterable a la “Era” desplegándose en la historia. Cier-tamente no hay ideología trujillista en sentido estricto, pero el trujillismo 15
  • 16. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano impuso su hegemonía ideológica fundada en la violencia sentida por todos los sectores de clase, y consumida como un mito que transfiguraba la carga política del mundo. Eran tantos los factores sobredeterminantes de lo so- cial, económico y político, que la justificación ideológica echaba manos con mayor frecuencia de la pasta divina de Trujillo, que de la racionalización de clase que organiza una visión del mundo desde la ideología. El otro elemento de esa singularidad atañe a la historia del pensamiento. En el trujillismo se produjo el matrimonio insólito entre un pensamiento racionalista y un pensamiento idealista, que se conjugaron para darle la base a la “ideología del progreso”. Estos dos movimientos eran el hostosia- nismo y el arielismo. Básicamente, las ideas de Eugenio María de Hostos responden a un pen- samiento racionalista, distanciado por su carácter de todo tipo de espe- culación ideal. Y aunque Hostos le inyecta a su positivismo una dosis de sublimidad argumental, el esqueleto teórico sigue siendo el racionalismo positivo. Todos sabemos que Hostos combinó el positivismo con el krau- sismo, y que esta influencia krausista le dará una particularidad a su visión positivista. Desde esta perspectiva propondrá el único pensamiento de re- generación social completo que tiene la historia de las ideas en nuestro país. Otra cosa es, sin embargo, la práctica política a la que se vincula en la República Dominicana. Desde la plataforma de la moral social que el hos- tosianismo pregonó, sus encontronazos con la sórdida actividad política y el partidarismo, no sólo son memorables desde el punto de vista que pro- pone como sistema de regeneración posible de lo social, sino que alcanza la estatura de martirologio, la frustración y el combate inútil del maestro, a quien se ve partir despavorido frente a las atrocidades de la dictadura de Ulises Heureaux. El positivismo hostosiano se enfrentó a dos dictaduras y a las dos las venció. Pero fueron agobiantes los combates, incluyendo la batalla postmorten que se desarrolló con motivo de la encuesta del diario El Caribe, sobre “La influencia de Eugenio María de Hostos en la cultura dominicana”, en el 1956. El repliegue del normalismo hostosiano positivista y su expresión polí- tica liberal dejó sin amparo de clase a los intelectuales. Y es en estas con-16
  • 17. diciones que el arielismo llega a la República Dominicana. El libro “Ariel”,de José Enrique Rodó, se publicó en el 1900, y su impacto casi inmediatose hizo sentir vigorosamente en todo el continente. En la República Domi-nicana este impacto fue notoriamente significativo, hasta el punto que laprimera edición del libro del maestro Rodó se publicó en nuestro país enel 1901. Contrario al fundamento racionalista del pensamiento positivista, elarielismo descansaba en la especulación ideal. Pero el antimperialismopánfilo, el optimismo y el elitismo melancólico, hallaron en el país el caldode cultivo del nacionalismo como un credo de redención sublime. No pode-mos olvidar que la esencia del mito trujillista es el nacionalismo, remonta-do sobre la incertidumbre del ayer, tranquilizado por el bullicio y el alardede las conquistas logradas por el Príncipe. A partir de la propia frustraciónpositivista, las condiciones no pudieron ser más favorables para que seregara como pólvora el nuevo lenguaje de la renovación que traía la prédicaamericanista del maestro uruguayo, y el hostosianismo tomó nuevos aires,luego de la estampida que Lilís provocó en su seno, asumiendo el lenguajealado del arielismo una especie de pacto con el idealismo, contrario a lanaturaleza racionalista del discurso positivo. Los aires que el arielismo trajo consigo envolvieron a todo el mundo: lasjuventudes pensantes sintieron que se alejaba la desesperanza, sobreveni-da en sucesivas guerras fratricidas, luego de la muerte del tirano Ulises He-reaux. Todo se tiñó de ansias inaguantables de transformación, y cuando seprodujo la intervención norteamericana de 1916, nada mejor que el rechazorodosiano a la “nordomanía”, y al paradigma norteamericano carente derefinamiento espiritual que el arielismo exigía. Incluso, en el colmo de lasublimización, el arielismo aportó el único mártir cultural que tiene la his-toria dominicana. Me refiero a Santiago Guzmán Espaillat (dicho sea depaso, noto su ausencia en este “Festival de las Ideas”), el héroe proverbialdel arielismo, más que un mártir político un franciscano de la desespera-ción intelectual. Lo curioso es que todas estas andanzas, teñidas por el martirio de la in-adaptación entre práctica política e idealidad, acontecen en medio de un 17
  • 18. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano insólito maridaje entre racionalismo e idealismo filosófico. En un momento determinado del acontecer nacional, pero sobre todo después, e incluso durante la intervención norteamericana de 1916, nacionalismo, hostosia- nismo y arielismo son una misma cosa. Hay ejemplos destacados en figuras como Federico García Godoy y el propio Américo Lugo. El trujillismo cul- minará la simbiosis de esta evolución histórica, añadiéndole el componen- te despótico. Lo cierto es que así aconteció. Nadie ha estudiado en detalle las particu- laridades de este proceso, que tiene mucho que ver con la aventura espiri- tual de la dominicanidad. Pero allí donde ese curioso matrimonio consumó sus delirios, las desventuras del pensamiento político dominicano levanta- ban su estatua. El trujillismo fue un régimen muy teatral, muy escenográfico, muy san- griento. Su legitimación tenía siempre el telón de fondo de la violencia, pero estas dos singularidades, que constituyen el fundamento de su auto- concepción, lo diferencian de toda la tradición despótica americana.1 1 La conferencia de Andrés L. Mateo también fue dictada en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, en el contexto de la celebración del “Festival de las ideas”.18
  • 19. LA JUSTIFICACIÓNINTELECTUAL DELA DICTADURA Bernardo Vega“La celebración del centenario de nuestra independencia en1944 se convertiría, precisamente por eso, en una exaltacióndel anti-haitianismo. Trujillo hasta trató de matar a Lescot en1945. Después de 1950, con gobiernos en Puerto Príncipe que nomolestaban a Trujillo, el anti-haitianismo se reduce dentro deldiscurso trujillista, aunque no desaparece totalmente”. El golpe de Estado organizado por Trujillo contra el gobierno de HoracioVásquez inicialmente se trató de justificar por los esfuerzos de Vásquez dequedarse en el poder por cuatro años más, después de seis años en el go-bierno, los últimos dos de los cuales eran de dudosa legitimidad. Una vez devino en dictador, políticos e intelectuales trataron de justi-ficar el régimen enfatizando la paz, la tranquilidad, el orden y la conti-nuidad que proveía, en contraste con el período entre 1899 y 1916, cuandoel país tuvo a diez presidentes. También citaron la existencia de una solafuente de poder, en contraste con la época de los caciques regionales delpasado que tantas guerras intestinas habían provocado. A partir de 1942, momento en que Trujillo y Elie Lescot, el entoncespresidente de Haití, después de una larga amistad, devinieron en grandesenemigos, el dictador dominicano, por primera vez durante su régimen, au-torizó una campaña racista anti haitiana que perduraría hasta la caída deLescot a principios de 1946. Esa campaña racista anti haitiana no volveríaa ser autorizada. La misma, encabezada por un discreto opositor a Trujillohasta 1942, el intelectual Manuel Arturo Peña Batlle, así como por JoaquínBalaguer, defensor de Trujillo desde 1930, utilizó como nueva justificaciónque el país necesitaba de un gobierno de mano fuerte para evitar que los 19
  • 20. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano haitianos, cuyo número entonces era mucho mayor que el de los domini- canos, cruzaran la frontera y ocuparan el país. Esa campaña anti haitiana coincidió con la diseminación de la ideología falangista de Francisco Fran- co, la cual enfatizaba el hispanismo y el catolicismo. Trujillo entonces re- presentaría la defensa de las raíces culturales del pueblo dominicano. Con la visita al Papa en 1954 y la firma de un concordato por parte de Trujillo, las vinculaciones con la iglesia católica se hicieron aún más estrechas y sacerdotes dominicanos y españoles defendieron y adularon públicamente a Trujillo. Los trujillistas también citaron la gran amistad del dictador con Estados Unidos y con los militares americanos, excepto durante el período 1944-1947, cuando se hizo evidente un distanciamiento del Departamento de Estado. Muy brevemente, entre 1933 y 1936, algunos intelectuales y políticos vie- ron a Trujillo como un símil de Mussolini y Hitler. A partir de 1941 , Trujillo también sería justificado como la persona que liberó al país, después de cuarenta años, del control de sus aduanas por parte de los Estados Unidos, argumento que cobró aún más fuerza a partir de 1947, cuando se repagó la totalidad de la deuda externa y el peso domi- nicano sustituyó al dólar como la moneda en circulación. La fijación, por20
  • 21. acuerdo con Haití, de la frontera y luego su “dominicanización” a partir de1936, a través del traslado de personas hacia esa zona, dotándola, además,de infraestructura física y militar, fue otro de los argumentos utilizadospara defender al régimen, sobre todo entre 1940 y 1946. Brevemente, entre 1946 y 1948, Trujillo trató de identificarse con el jus-ticialismo peronista. A partir de 1947 y hasta 1960 Trujillo sería defendidocomo el campeón del anticomunismo en América. Todo opositor fue de-finido como comunista. Esa propaganda fue útil para defender a Trujillodurante la administración republicana de Eisenhower (enero 1953-enero1961), sobre todo entre congresistas ultraderechistas seguidores del ma-cartismo. Las ideas de uruguayo José Enrique Rodó, autor de “Ariel” (1900), asícomo el “cesarismo democrático” (1920) del venezolano Vallenilla Lanz,influyeron en los autores que defendieron a Trujillo. Así como la jerga trujillista no fue constante, sino que fue más hiperbó-lica a través del tiempo, más adulona, el “discurso”, es decir “la concepciónteórica global de lo que significaba el trujillismo”, definitivamente tampo-co fue constante. El catolicismo, el anti-catolicismo, el hispanismo, el pro-haitianismo, el anti-haitianismo, el anti-comunismo, el pro-socialismo, elpro-norteamericanismo y el anti-americanismo, entre otros temas, tuvie-ron momentos en que fueron utilizados como argumentos justificativosdel régimen, pero no fueron utilizados ni durante todo el tiempo, ni con lamisma intensidad. Entre 1930 y finales de 1937, por ejemplo, el anti-haitianismo no apa-rece en el discurso. Todo lo contrario: el que hablaba bien de Haití y delos haitianos era un buen trujillista durante esos años. El criticar al vecinopaís era “herejía política”, y consecuentemente, material vedado para supublicación. (Ver nuestra obra “Trujillo y Haití”, para evidencias concre-tas sobre lo anterior). Ese anti-haitianismo se intensificó entre 1941 y 1945,debido a la existencia de un nuevo Presidente en Haití, Elie Lescot, quien,aupado por Trujillo, luego lo traicionó una vez logró el poder. La celebra-ción del Centenario de nuestra independencia en 1944 se convertiría, pre-cisamente por eso, en una exaltación del anti-haitianismo. Trujillo hastatrató de matar a Lescot en 1945. Después de 1950, con gobiernos en Puerto 21
  • 22. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Príncipe que no molestaban a Trujillo, el anti-haitianismo se reduce dentro del discurso trujillista, aunque no desaparece totalmente. El enfatizar las esencias católicas de nuestra nación aparece en el discur- so tan solo a partir de 1938 y por tres razones diferentes: 1. La sustitución de dominicanos en la cúspide de la administración ecle- siástica nacional (Castellanos, Noüel), no admiradores de Trujillo, por un italo-norteamericano, monseñor Pittini, a quien la propia Embajada norte- americana reconoció como influenciado por las ideas fascistas. 2. El anti-haitianismo tenía que ser justificado, enfatizando cómo la reli- gión de los dominicanos difería del “vodú” de los haitianos. 3. La victoria franquista en España y la popularización de las ideas fa- langistas sirvieron para estimular la hispanidad y el catolicismo de los do- minicanos. El anti-catolicismo se inicia en enero de 1960 como reacción a la Pastoral de ese mes y perdura hasta la muerte misma del dictador. El hispanismo aparece a partir de 1939, porque forma parte del anti-hai- tianismo y busca explicar que nosotros somos “españoles” y no africanos y también por el surgimiento de las ideas falangistas en España y, además, como complemento del énfasis en el catolicismo. El anti-comunismo aparece en el discurso tan sólo con el inicio de la guerra fría (1947) y perdura hasta 1960, pues el acuerdo coyuntural de no agresión entre Trujillo y Fidel Castro, de fines de ese año, obliga a un mutis. El pro-norteamericanismo se inicia en el mismo 1930, pero surgie- ron dos interludios de fuertes ataques a ese país: los años de 1945 a 1947, cuando Spruille Braden dominaba en el Departamento de Estado y atacaba a Trujillo y el período entre de 1959 y 1961 cuando Trujillo, estimulado por su hijo Ramfis, por Arturo Espaillat (“Navajita”) y por Johnny Abbes, obli- ga a un discurso rabiosamente anti-norteamericano, que incluye piquetes “espontáneos” frente a la Embajada de ese país, “foros públicos” contra sus funcionarios y salida de misiones militares. El hablar del nazi-fascismo fue parte, aunque débil, del discurso entre 1933 y 1939. La eliminación del control financiero norteamericano se enfati-22
  • 23. zó entre 1942 y 1947 y la dominicanización de la frontera entre 1935 y 1945.El celebrar la desaparición del “conchoprimismo” se inicia en el mismo1930, pero se deja de enfatizar después de la Segunda Guerra Mundial. En fin, que el único tema del discurso trujillista que sí fue constante du-rante los treinta y un años, lo fue un mesianismo que explicaba cómo eldictador era la figura añorada, esperada, que daría fin a las guerras intesti-nas y que fortalecía la nacionalidad.Los principales intelectuales También hemos creído útil mostrar los años durante los cuales algunosde los principales intelectuales dominicanos tuvieron influencia política y,consecuentemente, pudieron incidir sobre el discurso trujillista. Soy el pri-mero en reconocer la dificultad de definir quién fue o no fue un intelectual.En el caso dominicano y durante la Era de Trujillo, estamos hablando, en lagran mayoría de los casos, de abogados oradores-pensadores, más que decontribuyentes efectivos a la creación literaria. Sólo se incluyen a los prin-cipales intelectuales que en algún momento tuvieron influencia política. Nótese, por ejemplo, cómo Manuel Arturo Peña Batlle sólo tuvo esa in-fluencia entre 1941 y 1953, período que coincidió, precisamente, con la eta-pa anti-haitiana, hispánica y catolicista, pero no porque él influyera paraque fuese así, sino porque esos eran los temas requeridos por la coyunturapolítica del momento. Nadie como él, sin embargo, supo darle contenido aesas ideas. Si Peña Batlle hubiese pasado al trujillismo en 1930, por ejem-plo, en vez de sufrir once largos años como “desafecto”, no hubiese podidodesarrollar su discurso anti-haitiano, sino sólo después de 1941, aún en elhipotético caso de que hubiese sido medularmente anti-haitiano desde sujuventud. Su famoso discurso “El sentido de una política”, pronunciado enElías Piña, en noviembre de 1942, el más anti-haitiano de todos, fue pro-nunciado pocos días después de que Lescot prohibiera el cruce de braceroshaitianos hacia los ingenios dominicanos como una forma de presionar aTrujillo para que redujese sus esfuerzos por tumbarlo. El discurso de PeñaBatlle fue la respuesta pública de esa medida. 23
  • 24. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Su meta mensaje lo captó Lescot, mas no los dominicanos, quienes des- conocían la medida y cuán fuerte eran las tensiones entre los dos presiden- tes, tanto así que ellas preocuparon al presidente Roosevelt, quien trató, infructuosamente, por medio de cartas personales a ambos presidentes, de que se reunieran y, ante un testigo norteamericano, arreglaran, en 1944, sus diferencias personales. Finalmente, está el caso del Dr. Joaquín Balaguer, cuya influencia políti- ca adquirió importancia tan sólo a partir de 1957, y terminó siendo el único intelectual con esa influencia durante los últimos cinco años del régimen y luego como presidente a partir de 1966. Su énfasis en la hispanidad, frente a los otros presidentes de América Latina en Guadalajara y Madrid, evi- dencia como parte de ese discurso de ayer perduró aún desaparecida la tiranía. Manuel Arturo Peña Batlle Peña Batlle es una figura trágica. Se le conoce esencialmente por lo que publicó entre 1941 y 1945, cuando la línea oficial trujillista era anti haitiana. Pero durante el gobierno de Horacio Vásquez escribió mucho sobre te- mas políticos, así como durante la ocupación militar norteamericana. Su primer artículo lo publicó en 1922 cuando apenas contaba con 20 años de edad. En 1930 tenía 28 años y murió en 1954 con apenas 52 años. Durante la ocupación fue nacionalista, favoreció la “pura y simple”, junto a Américo Lugo y Fabio Fiallo. Fue miembro fundador del Partido Nacio- nalista en 1924 y escribió muchos artículos entre 1922 y ese año. Se opuso a la convención de 1924 y fue perseguido y encarcelado. Con 23 años de edad viajó durante seis meses a Europa, regresando en 1926. Sin embargo, los nacionalistas pactaron y apoyaron la prolongación de Horacio Vásquez a partir de 1928. Fue miembro de la comisión fronteriza durante el gobierno de Horacio Vásquez y después de Emilio Morel es el dominicano que más artículos escribió durante ese gobierno, cuando tenía apenas entre 23 y 27 años de edad. Entre 1930 y 1941 fue hostil a Trujillo, y en esa etapa casi no escribió nada. Doce días después del 23 de febrero de 1930 renunció de la comisión24
  • 25. fronteriza, pero luego recapacitó y se volvió a incorporar a ella. Vivió unexilio interno. Mientras durante el gobierno de Horacio Vásquez escribióun libro y 29 artículos, entre 1930 y 1934 apenas publicó un libro y seis ar-tículos y éstos tenían que ver más bien con la intervención de 1916, sucesosen el exterior y temas laborales. Hacia septiembre de 1934, Peña Batlle y su grupo seguían negociando elasunto fronterizo con los haitianos. En febrero de 1935 se llegó en principioa un acuerdo y poco tiempo después, para finalizar los detalles del diseñode la “Carretera Internacional”, que delimitaría parte de la frontera, Tru-jillo nombró nuevos miembros de la Comisión Delimitadora. Por primeravez desde el ascenso de Trujillo al poder, Peña Batlle dejaba de ser miembrode dicha comisión. ¿Qué había pasado? Pues simplemente ya Trujillo nopermitía que para él trabajasen desafectos. Peña Batlle era de los pocosque, para esa época, había rehusado inscribirse en el Partido Dominicano.La exclusión de Peña Batlle de la comisión coincidió con el descubrimientode un supuesto complot para asesinar a Trujillo que involucraba personali-dades de la talla de Amadeo Barletta, Oscar Michelena y Juan Alfonseca. Lareacción de Trujillo fue la de sacar de la nómina gubernamental a los pocosdesafectos que quedaban. Se intensificó la presión contra estos grupos y el25 de marzo Peña Batlle se inscribía en el Partido Dominicano. La represión en el mes de abril fue tal que Trujillo hasta ordenó el ase-sinato en Nueva York del principal exilado de entonces: Ángel Morales.Por equivocación fue asesinado Sergio Bencosme, su compañero de ha-bitación. Se organizaron “mítines de desagravio” por el atentado contraTrujillo. Peña Batlle hablaría en uno de ellos, tomando la palestra públicapor primera vez en cinco años. Dijo: “Desde que imperiosas e ineludiblesdivergencias de concepto impusieron mi renuncia en el año 1926, del Par-tido Nacionalista, yo dejé de ser un factor visible en la política militante;después de esa época y hasta hoy, si bien es verdad que en el interregno minombre ha estado asociado al desarrollo de algunos acontecimientos deinterés nacional, no es menos cierto que he vivido al margen de la lucha sintransgredir mi consigna de no participar de las contingencias de la políticay de no turbar la tranquilidad de mi vida, que deseaba consagrar por enteroa la estructuración de mi hogar y a la observación imparcial y fecunda de 25
  • 26. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano nuestras deficiencias y de nuestras necesidades colectivas. Desde el año 1926, yo no he sido, en el sentido preciso de la palabra, un político activo. De la política no espero ni deseo nada; antes que hombre de acción, soy hombre de pensamiento. Dentro de la tesitura y cuando todavía me encon- traba en el cumplimiento de imperiosas funciones oficiales, me sorprendió la llegada del General Trujillo al poder; entre él y yo no había mediado nin- guna circunstancia que me ligara ni a su política ni a su destino; creí pues lo más prudente, una vez clausuradas mis funciones, restituir a mi familia el calor de mi presencia y el fervor de mi cariño; así lo hice”. Luego agregaría: “De Trujillo me han interesado en sus cuatro años de administración el sentido francamente Nietzscheziano que ha impreso al gobierno y, como secuela, el hondo arraigo nacionalista con que ha des- envuelto sus gestiones de gobernante. Ni por inclinación, ni por tempe- ramento, ni por educación libresca, yo soy un Nietzscheziano del gobier- no, ni un nacionalista cerrado; pero después de haberlo pensado mucho, después de haber enfocado con reposos todos los aspectos de la situación me formé el criterio de que las contundentes necesidades del momento en que el General Trujillo advino al gobierno, tal vez no hubieran podido conjurarse con éxito dentro de la ideología que hasta entonces sostuvie- ron nuestros hombres de Estado, sino mediante la adopción de un sentido nuevo y extraordinario de gobierno que sólo un hombre singular, hubiese podido imponer. Ese hombre fue Trujillo. Comprendí sin esfuerzo que era necesario reprimir ambiciones para contemplar el paso de aquel hombre a quien las circunstancias mismas habían tomado de la mano para colocarlo a la cabeza de los dominicanos, en los precisos instantes en que la Repú- blica, frente al cuadro pavoroso de la crisis, necesitaba fuerzas supremas y energías inagotables. Oponerse a la trayectoria de esas fuerzas y de esas energías, hubiese sido insensato y lo es todavía. Por eso me inscribí, hace apenas quince días, en las nutridas listas del Partido Dominicano”. Peña Batlle sabía que no tenía ninguna coherencia defender o tratar de explicar, o justificar, a Trujillo fundamentándose en los valores de su ju- ventud, de su generación: el liberalismo hostosiano. A eso es a lo que se re- fiere Peña Batlle cuando menciona “la ideología que hasta entonces (1930) sostuvieron nuestros hombres de Estado”. Defender a Trujillo con las ideas26
  • 27. positivistas tenía tan poco sentido como defender al comunismo con ideasque no fuesen las de Marx o Lenin. Sólo con la aceptación intelectual de lasubversión de valores propugnada por el autor de “Así hablaba Zaratustra”podía esa defensa ser consistente con la realidad política dominicana deentonces. Cuando Peña Batlle pronunció esas palabras ¿era, en su fuerointerno, todavía un opositor al régimen? ¿Estaba el angustiado y atrapadointelectual, en su intimidad, burlándose del régimen cuando describía algobierno de Trujillo como nietzsceniano, es decir parecido al régimen delos “súper-hombres” que recientemente había surgido en Alemania? Losacontecimientos de los próximos días indicarían que lo de Peña Batlle enese momento era una sutil burla al régimen, que posiblemente pocos cap-taron, pues no entendieron que estaba atribuyendo a Trujillo los nuevosvalores que soplaban de la Europa de las dictaduras nacional-socialistas yfascistas. Pero la presión política contra Peña Batlle continuó, como un reflejo delos serios problemas que Trujillo tenía en esos momentos en Washington,debido al apresamiento de Barletta. Ese incidente, así como el asesinatode Bencosme, también había provocado mucha publicidad negativa contraTrujillo en la prensa norteamericana. Para tratar de contrarrestarla, Truji-llo inició una campaña buscando demostrar que era “democrático”. Partede la misma incluyó su anuncio de que no aceptaría la propuesta de que elnombre de la capital fuese cambiado por el de Ciudad Trujillo. De inme-diato “surgió” una campaña en la prensa dominicana por medio de la cualpersonalidades dominicanas pedían a Trujillo que aceptara la sugerencia.Todo era una comedia bien montada para tratar de demostrar a los norte-americanos que Trujillo se vería obligado a aceptar el cambio de nombre,debido a la presión de la “opinión pública” nacional. El único que se atrevióa no seguir la corriente y que dos días después del “gesto de desprendi-miento” de Trujillo escribió públicamente, felicitándolo por su decisión,fue Peña Batlle. (“En sensacional artículo habla sobre el alto gesto del Pre-sidente Trujillo el Lic. Peña Batlle”). Dijo que la “trasmutación de nombres,sin agregar nada a la obra del presente, sólo contribuiría a interrumpir laimponencia del pasado”. Jesús de Galíndez informa en su tesis que PeñaBatlle le había comentado en 1940 que ese atrevimiento suyo por poco lecostó la vida. La realidad fue que dio inicio a un período de seis largos años 27
  • 28. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano (julio 1935-septiembre 1941) durante los cuales el “exilio interno” de Peña Batlle fue más acentuado. Durante esos seis años no publicó un solo artículo sobre temas políticos y apenas dos sobre temas culturales y legales. En 1937 publicó un libro so- bre Enriquillo y en 1938 otro sobre las devastaciones de 1605-1606. Claudicó en 1941 coincidiendo con las ideas falangistas y precisamente en el momento que, por pleitos con Lescot, Trujillo ordena una línea oficial anti haitiana por primera vez en su régimen. Arturo Logroño Fue Canciller de Trujillo entre abril de 1933 y mayo del 1935, cuando cayó en desgracia por el incidente de Amadeo Barletta. Fue un destacado orador, con gran conocimiento de la retórica, pero sus discursos care- cían de sustancia. En 1934 publicó el libro “La primera administración del Generalísimo Trujillo Molina”, de 105 páginas. Es descriptivo sobre los progresos económicos durante ese período. En 1939 publicaría un folleto, “Centenario de Luperón”, de apenas ca- torce páginas. En su juventud había publicado un texto de historia patria. Murió en 1949. Es posible que en sus discursos aparezca alguna defensa inteligente so- bre el régimen de Trujillo, pero no consideramos que deba ser incluido con otras personalidades como Peña Batlle y Balaguer. Emilio Rodríguez Demorizi De los ciento treinta y tres libros que publicó este extremamente pro- lífico autor, apenas cinco tratan sobre el gobierno de Trujillo. Uno es una cronología sobre lo que hizo Trujillo casi cada día de su gobierno hasta 1955; otro, de 1956, es una bibliografía temática sobre lo que se había escri- to sobre Trujillo. En adición de esos dos textos muy útiles para cualquier historiador, publicó un libro de apenas treinta y tres páginas en 1956 ti- tulado “Trujillo y Cordell Hull” y un discurso, “Trujillo y las aspiraciones dominicanas”, en 1957, año en que también publicó “De política domínico- americana”, otro discurso.28
  • 29. De los 301 artículos que publicó en revistas y periódicos tan sólo trestratan sobre Trujillo: “Un año de gobierno. La obra culminante” (1943);“Trujillo y la expresión de la gratitud nacional” (1955) y “Un libro paragobernadores” (1960). Tal vez el comentario más importante hecho por Rodríguez Demorizisobre Trujillo está en su prólogo, escrito en 1954, a la obra de Peña Batlle“Política de Trujillo”. Allí enfatizó “el multiforme avance del país, la pujan-za de su economía, la liberalización de sus finanzas públicas, la victoria enlas luchas internacionales, la providencial solución de los problemas domí-nico-haitianos y la activa, resoluta y ejemplar posición anti comunista”. Sin embargo, no creo que sus ideas en defensa de Trujillo tuviesen algu-na originalidad o que puedan ser comparables con los aportes de Balaguery Peña Batlle.Dr. Fabio A. Mota En 1936 publicó un folleto titulado “Neo-socialismo dominicano”, don-de, después de aclarar que esa conferencia estaba inspirada en artículosde Emilio A. Morel, dice que el gobierno de Trujillo representa “un neo-socialismo nacionalista inspirado en el dominicanismo; como el nazi, en elgermánico puro, es un neo-socialismo”. Trujillo le dio acuse de recibo porsu folleto. En 1935 Mota había pronunciado los principales discursos de bienveni-da al profesor Adolfo Meyer, representante del gobierno de Hitler, quienvisitaba el país. En 1939 Mota, en su obra “Prensa y tribuna” se refirió aTrujillo como “el doctrinario del neosocialismo dominicanista”. Hasta 1939 Trujillo mantuvo relaciones abiertas con el régimen de Hit-ler, incluyendo la presencia de un ministro. Auspició la creación del “Ins-tituto Científico Domínico-Alemán” (1937-1939). En 1938 discutió un plande emigración de unos cuarenta mil alemanes arios al país, al tiempo queel gobierno de Hitler se interesaba por los recursos mineros de RepúblicaDominicana. También mantuvo a importantes dominicanos en cargos di-plomáticos en Berlín, durante el régimen de Hitler. 29
  • 30. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Sin embargo, una vez declarada la guerra en Europa los norteamericanos presionaron para la clausura del instituto, cuyo real objetivo era evaluar los recursos naturales del país. Siendo una dictadura como la de Hitler es obvio que Trujillo, quien hasta en un momento utilizó capotes como el del Hitler, emulara al líder nazista alemán. Ya antes, en 1933, el catedrático de derecho Leoncio Ramos había escrito un artículo en el “Listín Diario”, el cual el año siguiente fue reproducido por Joaquín Balaguer en su libro “Trujillo y su obra”, editado en Madrid, pero que no circuló en Santo Do- mingo, pues su edición fue destruida por el gobierno, donde dijo: “Si Italia le agradece su redención a Benito Mussolini, si Alemania fía su salvación en la energía y saber de Adolfo Hitler, si Estados Unidos presentan a la admi- ración del mundo la proeza administrativa de Franklyn Delano Roosevelt, el Generalísimo Rafael Leonidas Trujillo es y debe ser un auténtico motivo de orgullo para todos los dominicanos”. Rafael Estrella Ureña había sido ministro dominicano durante el gobierno de Horacio Vásquez en Roma y cuando retornó al país se declaró abiertamente simpatizante de Mussolini, tanto así que la marcha desde Santiago hacia la capital de 23 de febrero de 1930 fue una copia de la marcha sobre Roma de Mussolini. Joaquín Balaguer Estando emparentado con la esposa de Trujillo en 1930, Balaguer fue de los oradores en su temprana campaña electoral de ese año y es probable que haya contribuido a la redacción del pronunciamiento de Estrella Ure- ña del 23 de febrero, el cual justifica el golpe de Estado como una forma de salvar al país del “naufragio económico” y “la bancarrota”, de la “dilapi- dación de recursos” por parte del gobierno de Horacio Vásquez, “la ruina del comercio”, el “estancamiento de la agricultura”, “la corrupción de las escuelas”, la “anarquía moral” y el “fraude en todos los sectores de la admi- nistración pública”. En contraste, Estrella Ureña prometía ofrecer al país la estabilidad económica, el sosiego moral y la protección que reclamaban el comercio y la industria. En 1934 publicó en Madrid el antes referido texto “Trujillo y su obra”, donde enfatizó como defensa de Trujillo la desaparición del caciquismo y el politiqueo a cambio del establecimiento de un gobierno que se dedicaba a administrar.30
  • 31. En 1944, con motivo del centenario, ganó un premio nacional que luegopublicaría en Argentina en 1947 bajo el título de “La realidad dominicana”.Sería la única importante de sus obras que no editaría de nuevo después de1966, aunque gran parte de la misma aparece en “La isla al revés”. Otra importante contribución a su defensa a Trujillo aparece en su cartaa directores de periódicos de Colombia en octubre de 1945; en su discursode entrada a la Academia Dominicana de la Historia. “El azar en el procesohistórico dominicano”, donde describe que el país ha sido víctima de sudestino y de su mala suerte hasta la llegada de Trujillo. También en otrodiscurso enfatizó la no alternabilidad en el poder, algo que él mismo pon-dría en práctica, con mucha eficiencia, a partir de 1966.Peña Batlle, Balaguer y el Anti-haitianismo De los argumentos de Peña Batlle y Balaguer defendiendo a Trujillo qui-siera concentrarme hoy en los que ambos publicaron dentro de la línea ofi-cial anti haitiana de 1942-1946. Ni antes, ni después durante su régimen de 31 años, fue utilizado el antihaitianismo racista. Éste, pues, se debió a la enemistad personal del dic-tador dominicano y no a una creencia arraigada de los políticos e intelec-tuales dominicanos de la época. Tan sólo durante tres años y diez mesesduró esa política. Si se analiza la obra de Rodríguez Demorizi, que recogelos artículos, libros y discursos durante los primeros 25 años del régimentrujillista y donde éstos aparecen clasificados por temas, veremos que delos abarcados bajo “Dominicanización de la frontera” suman 23 los publi-cados entre los siete años del período de 1939 a 1945, de un total de 32 paralos veinticinco años. Bajo “Haití-Diversos” aparecen 10 entre 46. Tan sólola “Cuestión fronteriza” y el “Incidente fronterizo de 1937” contienen másmaterial fuera de esos siete años y es lógico, ya que la negociación de loslímites fronterizos y la matanza tuvieron lugar antes de ese período.En orden cronológico, los textos anti haitianos del período fueron: 1. El sentido de una política, de Manuel Arturo Peña Battle, de noviembre de1942, dos meses después del decreto-ley de Lescot, prohibiendo el cruce debraceros haitianos. 31
  • 32. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano 2. Las caricaturas del refugiado español José Olloza, (mayo 1943). 3. El artículo de Tomás Hernández Franco, en el primer número de los “Cuadernos Dominicanos de Cultura” (septiembre 1943). 4. Las cátedras de Carlos Sánchez y Sánchez (febrero 1944). 5. La Realidad dominicana, de Joaquín Balaguer (febrero 1944). Publicado en 1947. 6. La carta de Balaguer a la prensa colombiana (octubre 1945). 7. La carta de Peña Battle a Manach (noviembre 1945). En El sentido de una política, Peña Battle enfatizó la inferioridad educacio- nal y racial de los haitianos, así como la alta tasa de crecimiento de su po- blación, por lo que no se les debería permitir que cruzasen la frontera. El artículo de Hernández Franco apoya a Peña Battle por su antes citado pronunciamiento, explicando por qué los haitianos se sentían impelidos a cruzar la frontera y las razones por las cuales no convenía su presencia. Sánchez y Sánchez también alude a la inferioridad racial del haitiano, su afán por no trabajar, es decir su pereza, y la alta tasa de crecimiento de su población. Propuso que emigrasen a África, bajo auspicio internacional. Joaquín Balaguer, en “La realidad dominicana”, hace un análisis histó- rico de las relaciones entre los dos países, aunque en ningún momento cita la matanza de 1937. Atribuye a Trujillo el haber dado carácter de nación a su país y defiende la dominicanización de la frontera, al impedir el paso de haitianos por ella. Enfatiza el rápido crecimiento de la población haitiana, debido a su bajo nivel de vida y cultura. Su exceso de población, unido a lo reducido de su territorio, amenazaba a los dominicanos. Tan sólo su desarrollo económico reduciría ese peligro. Critica el “vudú” y su popula- ridad del lado dominicano de la frontera antes del advenimiento de Trujillo al poder, lo que había puesto en peligro el tradicional catolicismo de los dominicanos. Considera al negro haitiano como “tarado”, sucio y lleno de enfermedades transmisibles, en contraste con los “blancos” dominicanos de Baní y Jánico.32
  • 33. Plantea que el haitiano es holgazán, a pesar de su resistencia física. Cri-tica a los braceros por quitarles empleo a los dominicanos y considera queen Haití existía un fuerte racismo. Si los dominicanos no actuaban, la islallegaría a estar controlada por los haitianos, sería “indivisible”, pues el másprolífico absorbería al más débil. Alega que Trujillo logró impedir ese pe-ligro y por eso los dominicanos podían subsistir como pueblo español ycristiano. Cita que el principal problema dominicano lo era el de la raza. En su carta a la prensa colombiana, Balaguer explica que Trujillo eranecesario, porque sin su obra el país desaparecería como nación de origenhispano y cristiano. Menciona lo pequeño del territorio haitiano, su granpoblación y la gran fecundidad de la misma. El país se estuvo haitiani-zando, el vudú se estuvo expandiendo y la moneda haitiana había reem-plazado a la dominicana en los mercados. El campesino, influenciado porlos haitianos, había adoptado costumbres no cristianas, como las unionesincestuosas, sobre todo cerca de la frontera. Lo ocurrido en 1937 había sidouna acción defensiva de los campesinos contra los robos. Trujillo teníaque continuar en el poder para enfrentar el problema haitiano mientraséste persistiese, para así garantizar la supervivencia de los dominicanoscomo nación católica. Ese anti-haitianismo de Balaguer lo expresó en 1927cuando apenas tenía 21 años de edad, en un artículo en el periódico “LaInformación”, donde dijo: “Es menos alarmante, para la salud de la República, el soplo imperialista que nosllega de Estados Unidos que el oleaje arrollador del funesto mar de Carbón que ruge, ycomo león encadenado, en el círculo que opone a sus sueños de expansión la inmutabili-dad legal de las fronteras. Hasta ahora sólo nos ha preocupado el imperialismo angloamericano. Pero el impe-rialismo de Haití, irritante y ridículo, tenaz y pretencioso, conspira con mayor terque-dad contra la subsistencia de nuestro edificio nacional, digno, sin duda, de más sólida yfirme arquitectura… …Somos pueblos vecinos pero no pueblos hermanos. Cien codos por encima de la ve-cindad geográfica se levantan la disparidad de origen y los caracteres resueltamenteantinómicos que nos separan en las relaciones de la cultura y en las vindicaciones de laHistoria. 33
  • 34. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano De ahí que no creemos en la mentirosa confraternidad domínico-haitiana. En el Pa- lacio Presidencial de Haití han habitado y habitan los peores enemigos de la viabilidad de nuestro ideal republicano… …Pero contra el imperialismo haitiano, lo que necesitamos es realizar una completa y científica colonización del litoral fronterizo y establecer el servicio militar obligatorio para que cada ciudadano pueda ser un baluarte desde cuyas almenas se alce la bandera de la República desplegada a todos los vientos por la grandes del derecho armado”. En su carta a Manach, Peña Battle le explica que debido al problema hai- tiano la República Dominicana no podía darse el lujo de tener un gobierno democrático. También cita el gran tamaño de la población haitiana y su alto crecimiento dentro de un pequeño territorio, sin capa vegetal. Nótese cómo, con excepción de la sugerencia de Sánchez y Sánchez de una emigración a África bajo auspicio internacional, los antes citados tex- tos son bastante homogéneos en su análisis y también en sus prejuicios. Era la “línea oficial” típica de una dictadura. Esos argumentos son difíciles de encontrar en los textos de intelectuales y políticos dominicanos entre 1864 y 1929, período durante el cual, con excepciones, existió bastante li- bertad de expresión. La línea oficial abarca la literatura El tema haitiano estuvo sorprendentemente ausente en la literatura do- minicana previo al régimen de Trujillo. Como tema principal, en la nove- lística dominicana, no aparece, a pesar de que los dos países comparten una misma pequeña isla. Sin embargo, durante el período anti haitiano de Trujillo algunas novelas dominicanas también adoptaron la línea oficial anti haitiana. Caonex (Argentina, 1949) del diplomático J. M. Sanz Lajara refleja la línea propagandística de Trujillo sobre Haití. Compay Chano (1949), de Miguel Alberto Román, está llena de insultos contra Haití y es pura propaganda trujillista, pues describe a los haitianos como salvajes, comedores de niños y una tribu de antropoides. La matanza de esa “masa negra” fue un acto de hateros defendiendo su tierra. En Trementina, clerén y bongó (1943), de Julio34
  • 35. González Herrera, Trujillo es el que salva al país del peligro haitiano. Losdominicanos necesitaban a un hombre fuerte para enfrentar a Haití. Elautor también defiende la matanza. Después de Lescot abandonar el poder, la literatura dominicana duranteel régimen de Trujillo, y también después de desaparecido éste, abandonóel tema anti haitiano.El “problema haitiano” visto en restropectiva Sesenta y cuatro años después de la política anti haitiana de Trujillo, esútil comparar las bases de su sustento ideológico de entonces con la reali-dad de hoy día. 1. LAS PROYECCIONES DEMOGRÁFICAS. Joaquín Balaguer en Larealidad dominicana cita que la población haitiana de aquella época era deunos tres millones en comparación con los 1.9 millones de dominicanos,es decir que la haitiana excedía la dominicana en un 58%. Dada la mayorfecundidad de los haitianos, Balaguer preveía que la diferencia entre lasdos poblaciones sería cada vez mayor, constituyendo una gran amenazapara los dominicanos. Sin embargo, hoy día la cantidad de dominicanos y haitianos residentesen sus respectivas naciones, es probablemente la misma, alrededor de nue-ve millones en cada país. La mucho mayor mortalidad infantil en Haití yla debilidad de sus servicios de salud explica el error en las proyeccionesdemográficas de los antihaitianos de la década de los años cuarenta delsiglo pasado. 2. LA NECESIDAD DE UN DICTADOR DOMINICANO. La ne-cesidad de un dictador como Trujillo fue justificada como imprescindiblepara enfrentar la presión migratoria haitiana. Trujillo desapareció en 1961,pero en ese entonces existía en Haití la dictadura de los Duvalier, la cualpersistió hasta 1986. Durante esos veinticinco años, un cuarto de siglo dedemocracia en la República Dominicana, la migración haitiana fue mínima,ya que los militares de los Duvalier se ocupaban de impedir su paso porla frontera. Consecuentemente, no fue necesario un dictador dominicanopara enfrentar el problema, tan sólo se requería de una dictadura en Haití. 35
  • 36. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano 3. EL EFECTO DE LA MIGRACIÓN HAITIANA SOBRE LA RE- LIGIÓN Y LA HISPANIDAD. Desaparecida la dictadura de los Duva- lier, en Haití ha surgido un período de extrema inestabilidad política que ha provocado un gran éxodo de haitianos hacia la República Dominicana. Nosotros estimamos que hoy día un 15% de la población de la República Dominicana está constituido por haitianos, o por descendientes de hai- tianos y está repartida por todo el país. Sin embargo, los dominicanos ni practican el “vudú”, ni hablan creole. Todo lo contrario, el haitiano trata rápidamente de aprender el español y, según encuestas recientes hechas entre la población haitiana residente en el país, casi todos son cristianos, aunque no necesariamente católicos y practican su religión. Por otro lado, aproximadamente un 15% de los dominicanos son cristianos no católicos, pero ese cambio no ha sido el resultado de la gran migración haitiana. “El impacto negativo de la presencia de tantos haitianos en la República Dominicana de hoy día es, pues, de carácter económico, no cultural. Sin embargo, el gobierno dominicano no somete a la justicia a ningún patrono por emplear haitianos indocumentados y cuando el gobierno deporta haitianos los productores agrícolas se quejan. Ese real peligro nunca fue citado por los anti haitianos de la dictadura y no lo podían citar si los declaraban ‘holgazanes’ ”. 4. LA NECESIDAD DE DOMINICANIZAR LA FRONTERA. Truji- llo construyó muchas obras en la frontera, llevó allí a muchos dominicanos y también a sacerdotes católicos extranjeros, bajo la premisa de que esa po- blación y esas obras servirían como un impedimento a la penetración hai- tiana. En retrospectiva, nos hemos dado cuenta de que la gran migración ilegal de Haití ha ocurrido por la frontera misma y a pesar de esa presencia de dominicanos. En otras fronteras, como la de Estados Unidos y México, los norteamericanos no han pensado en “americanizar” su frontera y más bien han optado por construir obstáculos físicos para impedir el cruce ile- gal, no barreras culturales. Costa Rica tampoco ha pensado que la forma de impedir la gran migración indocumentada de nicaragüenses es llevando a sus ciudadanos a vivir a la frontera. Es más, no conocemos de un país que haya logrado reducir la migración poblando la frontera. 5. LA PROMOCIÓN DE UNA MIGRACIÓN HAITIANA HACIA ÁFRICA. Unos cinco años después de surgir los textos anti haitianos de36
  • 37. la época trujillista, se inició un proceso de emigración en todo el Caribey que todavía persiste. Un 10% de la población de las islas más grandes,Cuba y La Española ya vive fuera de sus países. Un 10% de los dominicanosy un 10% de los haitianos residen fuera de su patria. En las islas más pe-queñas, las angloparlantes, esa proporción es mucho mayor llegando hastaun 35% en algunas de ellas. En Puerto Rico también se dio una emigraciónmasiva en la década de los cincuenta. Ese 10% de la población haitiana seha trasladado principalmente a Canadá, Estados Unidos y sobre todo a laRepública Dominicana. Muchos dominicanos arriesgan su vida tratandode cruzar el Canal de La Mona y lo mismo hacen haitianos que tratan dellegar a La Florida. Por eso, los guardacostas norteamericanos han coloca-do a la isla La Española “entre paréntesis” ubicando barcos en el Canal deLa Mona y en el de Los Vientos, para impedir el éxodo hacia el territorionorteamericano de haitianos y dominicanos, por lo que hoy día práctica-mente la única opción que tiene el haitiano que quiere emigrar es cruzarla frontera dominicana, para quedarse allí o seguir hacia Puerto Rico o Do-minicana. Una población importante de haitianos vive en Surinam y enla Guayana Francesa, lugares que son los que más pudieran parecerse alÁfrica sugerida por Sánchez y Sánchez. 6. EL HAITIANO COMO HOLGAZÁN. Los textos anti haitianosde la época de Trujillo citan que el haitiano es un holgazán, a quien no legusta trabajar. En 1990 el autor de este libro, en una conferencia ante laAsociación de Jóvenes Empresarios (ANJE) fue el primero en denunciarcomo la nueva gran presencia de haitianos en la República Dominicana,todos trabajando con mucho vigor en la recolección de cosechas de café,cacao, arroz, en la industria de la construcción y en el comercio informal,creaba una presión para que los salarios no aumentasen en la RepúblicaDominicana, se pospusiese la mecanización agrícola y empeorase la distri-bución del ingreso. Dije: “Yo, por lo menos, considero que a la RepúblicaDominicana no le conviene la presencia de esa mano de obra y que, con laayuda de organismos de las Naciones Unidas, se debería promover una re-patriación pacífica y civilizada de los haitianos que estén ilegalmente en mipaís. Mis argumentos se basan en razones puramente políticas, económi-cas y morales y no reflejan los prejuicios de tipo racial y social de nuestrasgeneraciones pasadas... Desde el punto de vista económico, la presencia 37
  • 38. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano haitiana retrasa la transformación de la economía, mantiene esquemas de producción que deberían ir siendo sustituidos más rápidamente y detiene el crecimiento de los salarios reales. Publicaciones posteriores del Banco Mundial confirman esa aseveración nuestra en lo relativo al empeoramien- to en la distribución del ingreso. El impacto negativo de la presencia de tantos haitianos en la República Dominicana de hoy día es, pues, de carác- ter económico, no cultural. Sin embargo, el gobierno dominicano no some- te a la justicia a ningún patrono por emplear haitianos indocumentados y cuando el gobierno deporta haitianos los productores agrícolas se quejan. Ese real peligro nunca fue citado por los anti haitianos de la dictadura y no lo podían citar si los declaraban “holgazanes”. Otro efecto negativo sí fue mencionado por ellos y es el de la transmisión de enfermedades. La malaria, por ejemplo, fue eliminada durante la Era de Trujillo y ahora ha resurgido, traída por los inmigrantes haitianos. 7. EL IMPACTO DE LA MONEDA HAITIANA. Los escritores anti haitianos antes citados planteaban que el gourde había sustituido a la mo- neda dominicana en los mercados, antes de la llegada al poder de Trujillo. Hoy día, a pesar de tantos haitianos en territorio dominicano y también a pesar de Haití haberse convertido en el segundo mercado más importante de exportación para la República Dominicana, superado tan sólo por el norteamericano, el gourde prácticamente no circula en el país. 8. EL PELIGRO DE QUE LA REPÚBLICA DOMINICANA DE- SAPARECIERA COMO NACIÓN. Si la República Dominicana no con- tase con Trujillo los haitianos entrarían en masa al país y el país desapare- cería como nación. Ese fue uno de los principales argumentos de los anti haitianos de la Era. Hoy día, sin embargo, es Haití el país que es considera- do un “estado fallido” y que requiere de tutela internacional. Varios miles de soldados chilenos, argentinos y de varias docenas de otros países están en Haití bajo la sombrilla de las Naciones Unidas. Más bien podría decirse que el país que corre el peligro de desaparecer como nación es Haití, no la República Dominicana.38
  • 39. Las raíces ideológicasde la dictadura deTrujillo y su procesode resurrección Franklin Franco“Trujillo, en consecuencia, aparece en la concepción de los ideólogos desu régimen como el padre, el guía, el Mesías salvador de su pueblo; unnuevo ‘Jesús’, pero con uniforme de gendarme.Anteriormente, refiere elmismo Peña Batlle, ‘el país vivió porque la mano de la Providencia losostuvo en medio de su catástrofe y porque esa mano invisible parecevelar misteriosamente sobre su suerte azarosa’ ”.Introducción En los últimos cinco años se han publicado en nuestro país cerca deveinte obras que tienen como tema central la “Era de Trujillo”. Si bien ensu mayor parte estos textos recogen ensayos de carácter historiográficos,también hay novelas, recopilaciones de cuentos y hasta narraciones ane-cdóticas, etc. Y lo que es más significativo: algunas de esas obras, por cierto, de escasovalor científico o literario, han obtenido premios nacionales. La información anterior delata la importancia que registra en nuestrahistoria la dictadura de Trujillo. Pero sí a lo ya señalado añadimos que nopocas de tales obras contienen concepciones apologéticas sobre el tirano ysu régimen despótico, no es atrevido sostener que muchas de esas publica-ciones forman parte de una peligrosa campaña de manipulación ideológicadañina para la vida política presente y futura de los dominicanos. Los anteriores párrafos explican las razones que me inclinaron, cuandorecibí la invitación para participar en este importante evento, a dedicar miintervención al examen, aunque resumido, del aspecto ideológico de aquelfunesto gobierno, cuyas consecuencias no terminamos de superar y, tam-bién, a intentar una explicación sobre la peligrosa política de resurrección 39
  • 40. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano de la ideología trujillista y la rehabilitación de la figura central de la satra- pía que gobernó nuestra nación durante treinta años, campaña que han desarrollado con éxito los abogados del olvido y la impunidad. -I- Los dominicanos no conocieron durante casi un siglo de vida indepen- diente la existencia de partidos organizados. La conformación, en cambio, de grupos políticos sin programa ni estatutos que giraban en torno a la influencia de un jefe o caudillo nacional, quien a su vez basaba su poder en una estrecha red de influencias personales económicas y familiares que se extendía por casi todo el territorio nacional, fue lo común. El primer esfuerzo dirigido a crear una organización política partidaria moderna se efectuó durante la crisis de septiembre-octubre-noviembre de 1916, antes de la primera intervención militar norteamericana, a petición del presidente provisional de la República, don Francisco Henríquez y Carvajal, momento en que se realizó un intento de forjar un gran partido unitario. Más tarde surgió en 1924 con programa político y estatutos, el Partido Nacionalista, que organizó Américo Lugo; pero su existencia fue efímera; apenas duró algunos años.40
  • 41. Otros esfuerzos surgieron durante las elecciones de 1924 que ganó elcaudillo Horacio Vásquez, pero no fue sino en 1931 cuando verdaderamen-te se estructuró, siguiendo el ordenamiento del estilo moderno, el primerpartido con lineamientos programáticos y estatutarios definidos en nues-tro país: El Partido Dominicano, fundado por Trujillo y sus intelectuales;agrupamiento que copió casi textualmente, pero sólo momentáneamentey con fines exclusivamente electorales, la declaración de principios delPartido Nacionalista fundado por Lugo. Ese detalle constituye una pruebaevidente del atraso político del país, y de la indigencia mental de los gru-pos económicamente poderosos, dueños del poder desde la fundación dela República en 1844. Desde el punto de vista ideológico, el régimen de Trujillo elaboró un sis-tema armónico que se constituyó en la guía que le orientó, pero los plantea-mientos claves que justificaron esa dictadura, como veremos, aparecieronen nuestra realidad mucho antes, y resumen las ideas tradicionales de laoligarquía dominicana. El advenimiento de ese gobierno, firmemente afianzado en una solida or-ganización militar fue además algo reclamado insistentemente por la grangeneralidad de los ideólogos de esa misma oligarquía, quienes, sacudidospor las frecuentes crisis que padeció la República, anhelaron siempre elestablecimiento de un régimen fuerte que impusiera orden en el país, quepermitiera el disfrute tranquilo de sus tierras y negocios y al mismo tiempola explotación de los trabajadores del campo y la ciudad. En 1929, un año antes del advenimiento de la dictadura de Trujillo, porejemplo, Federico C. Álvarez, uno de los pilares del grupo oligárquico deSantiago, en su ensayo: “Ideología política del pueblo dominicano” sos-tenía que los dominicanos mantenían la ilusión de que encontrarían “elamo, un buen déspota que realice por si solo todos los anhelos de justicia,libertad y prosperidad”. Por todo ello hay que entender que la breve oposición a la dictadura, departe de la oligarquía durante los primeros años, obedeció más a diferenciasde cuestiones de mando y de usufructo del poder que a causas ideológicas.La oligarquía anhelaba un régimen fuerte, pero en manos de un miembro 41
  • 42. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano de su grupo y no de un advenedizo como Trujillo. Oportuno es señalar, en tal sentido, que la mayor parte de las críticas hechas a su régimen en los primeros momentos, se basaban más bien en la procedencia social de Trujillo y no en su pasado inmediato que permitía identificarlo como un gendarme brutal al servicio de los interventores norteamericanos. Esta unidad ideológica del nuevo régimen con los ideales de los conser- vadores, que veremos con mayores detalles más adelante, explica a su vez, primero, la brevedad de la oposición de la oligarquía a Trujillo, y segundo, la masiva integración de este sector social, el cual, al cabo de poco tiempo, asumió las principales funciones públicas, llenando con su prestigio social los altos cargos burocráticos. -II- La República Dominicana, en la interpretación de los ideólogos de Tru- jillo, no estaba adecuada a la forma civilizada de vida democrática. Por ello “los métodos de disciplina, si se quiere exagerados, son imprescindibles en el vivir de los dominicanos” (Peña Battle, “Política de Trujillo”, Pág. 86, Co- lección Trujillo, Sto. Dgo. 1944). De ahí la necesidad de un régimen fuerte, que imponga orden. “La democracia dominicana”, –en consecuencia– “debe ser una demo- cracia suigéneris. Y ello así, porque la democracia, como la entienden y la ejecutan algunos países, es lujo que no podemos gastarnos nosotros” (J. Balaguer, “El pensamiento vivo de Trujillo”. Pág. 4, Col. Trujillo, 1944). Todo nuevo sistema ideológico aparece luego de un largo período de ges- tación, y su final consolidación obedece a profundos virajes históricos. En pocas palabras, es la consecuencia natural del surgimiento paulatino de fuerzas emergentes en el orden económico, social y político en la palestra de la historia que un día irrumpen en forma explosiva, casi siempre violen- ta. Por tales motivos, puesto que el advenimiento de Trujillo no significó ningún cambio en el orden económico-social del país, el sistema teórico que le sirvió de base registró la continuidad de las viejas elaboraciones del pensamiento de la oligarquía dominicana.42
  • 43. Por esa razón la visión de la historia nacional elaborada por los principa-les pensadores de este reducido, pero influyente grupo de intelectuales queacompañó a Trujillo a partir de 1930, al igual y como ya habían expresadootros pensadores de la oligarquía, la dominicana refleja ser una historiaazarosa y maldita. Con anterioridad al establecimiento del gobierno de Trujillo, sostieneFabio A. Mota: “Solo se nos vio apandillados para cohibir tentativas no-bles, o para menoscabar bien reputados merecimientos personales, o paraderruir todo cuanto erigió la nobleza. Todo el mundo sabe aquí que de esasaña no escaparon ni siquiera los creadores de la patria, cuya gloria hemospuesto públicamente en tela de juicio”. El propio Trujillo, en uno de sus discursos (escrito por uno de sus inte-lectuales), explica en estos términos la vida del país en los últimos años: “Durante más de medio siglo, nuestro pueblo vio detenerse para él lamarcha del progreso. Varias generaciones de dominicanos no conocieronsino el estupor de su inútil sacrificio, y el resultado se tradujo en una des-confianza general que hacía imposible todo esfuerzo de rehabilitación. Laimposibilidad de gobernar no era, pues, un problema material susceptiblede ser abordado con medidas exteriores, sino que tenía el carácter de unaprofunda dolencia moral que afectaba la psicología de nuestro pueblo. Y nofue sino en estas circunstancias como hube de asumir el poder, por primeravez, en agosto de 1930”. En tales circunstancias, lo que llamó más poderosamente mi atenciónfueron las inexplicables disensiones que dividían a la familia nacional. Ladesconfianza y la duda habían hecho de nuestro pueblo un complejo labe-rinto de pasiones sobre el cual resplandecía, a veces, la luz de una espe-ranza que apagaba de continuo el torbellino de las más desmedidas y mástorpes ambiciones” (Trujillo. “Discurso en 1938: Joaquín Balaguer, en elpensamiento vivo de Trujillo”, Pág. 89, Colección Trujillo, 1944). Fue esa visión catastrófica sobre la historia dominicana la que permitióconstruir el gobierno de “mano dura” de Trujillo justificado, además, conargumentos providenciales. Por ese motivo para los intelectuales de ese 43
  • 44. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano régimen, la historia dominicana se divide en antes y después de 1930; es decir, antes y después del “Jefe”. Sólo a partir de esta última fecha, “esto es, después de cuatrocientos treinta y ocho años del Descubrimiento –expresa Balaguer–, es cuando el pueblo dominicano deja de ser asistido exclusi- vamente por Dios para serlo igualmente por una mano que parece tocada desde un principio de una especie de predestinación divina: la mano provi- dencial de Trujillo” (15). (“Dios y Trujillo”. Discurso de Balaguer. Abelardo R. Nanita. Biografía de Trujillo. Pág. 58, S. D. 1950). Y en ese mismo orden, Peña Batlle sostiene: “En la personalidad de Tru- jillo y en el sentido de su obra hay la acumulación de fuerzas trascendenta- les, casi cósmicas, destinadas a satisfacer mandatos ineluctables de la con- ciencia nacional”. “Trujillo –continúa el citado autor– nació para cumplir un destino inminente, imponderable, fuera de toda previsión sentimental”. (Abelardo R. Nanita. “Biografía de Trujillo”, Pág. 59, S. D. 1950). Trujillo, en consecuencia, aparece en la concepción de los ideólogos de su régimen, como el padre, el guía, el Mesías salvador de su pueblo; un nuevo “Jesús”, pero con uniforme de gendarme. Anteriormente, refiere el mismo Peña Batlle, “el país vivió porque la mano de la Providencia lo sos- tuvo en medio de su catástrofe y porque esa mano invisible parece velar misteriosamente sobre su suerte azarosa”. Pero ahora –continúa nuestro citado autor–, “es cuando por primera vez interviene una voluntad, ague- rrida, enérgica, que secunda la marcha de la República hacia la plenitud de su destino, la acción tutelar y bienhechora de Trujillo” (Peña Batlle, “Política de Trujillo”, Pág. 96. Col. Trujillo. 1944). Con tales concepciones a cuestas, todos los mecanismos de propaganda del Estado fueron utilizados sistemáticamente por los intelectuales de la dictadura para enchufar en la mente de todo el pueblo esta visión casi teo- crática sobre el nuevo tirano y su dictadura. Debemos señalar que el régimen puso marcado énfasis en introducir tales ideas en la educación nacional. Para tales fines fueron elaborados manuales oficiales de historia y de educación cívica para la enseñanza nacional en sus tres niveles. En uno de estos manuales, el más difundido, aparecen estos criterios dirigidos a caracterizar a los opositores:44
  • 45. “Deben ver en cada revolucionario un enemigo de tu vida y de tus bienes”. “Si por tu casa pasa un hombre que quiere alterar el orden, hazlo preso:es el peor de los malhechores. El criminal está en la cárcel, ha matado a unhombre o se ha robado alguna cosa. El revolucionario quiere matar a todoslos que pueda y cogerse todo lo que encuentra, lo tuyo y lo de tus vecinos;ese es tu peor enemigo”. Este decálogo llegó, incluso, a ser usado en lasescuelas primarias como material obligatorio de lectura. -III- El aparato ideológico de Trujillo, forjado en gran parte, como hemosexpresado, con viejas elaboraciones de la intelectualidad de la oligarquíanacional, no permaneció estático. Si bien determinadas ideas nunca fueronmodificadas, como la del culto a su personalidad y el providencialismo, al-gunas situaciones políticas externas influyeron en varias oportunidades,contribuyendo a modificaciones de matices. Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial, los primeros avan-ces de las fuerzas alemanas hicieron pensar a muchos de los ideólogos dela dictadura en la posibilidad del triunfo del fascismo. Por esta razón losintelectuales trujillistas trataron de adecuar su sistema ideológico a estarealidad; naturalmente, sin olvidar principios básicos que tenían comoepicentro la exaltación forzosa de la personalidad de Trujillo. Se inicia asíel período fascistoides de la ideología trujillista. El jefe entonces devieneen “doctrinario del neosocialismo dominicanista”, al decir de Fabio Mota,uno de los primeros ideólogos del extraño fascismo dominicano (Prensa yTribuna, pág. 122). En “sus elocuentes discursos –declara Mota refiriéndosea Trujillo– que son la historia de esta luminosa reconstrucción, se encuen-tran los principios básicos de esta orientación”, en los cuales se presenta laciencia del gobierno en tres aspectos urgentes: “Política de Estructuración de la Entidad Pueblo” “Política de Educación Cooperativista” “Política de Profilaxis Social y de Eugenesia”. Pero tales criterios constituyen más bien un escamoteo teórico frente 45
  • 46. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano a la posibilidad del triunfo del fascismo en aquella guerra. En tal virtud dada la prontitud con que pasaron estas quimeras, cuando el avance de la fuerza alemana comienza a ser frenado en Europa y África a partir de 1941 por los aliados encabezados en aquellas regiones por Inglaterra y Estados Unidos, Peña Batlle, “el más sagaz y decidido interprete de las ideas políti- cas de Trujillo”, según lo calificó Rodríguez Demorizi, en lo que parece ser un llamado al orden, oportunamente recuerda a todos sus compañeros, y naturalmente a Trujillo, que: “La suerte de nuestra nacionalidad está fatal e indisolublemente ligada a la de nuestra vecina del norte; los caminos de su éxito son los del nuestro, las rutas de su caída han de ser también la de la nuestra”. El mismo fenómeno de adecuación ideológica según las conveniencias ocu- rrió años después, al final del mismo conflicto bélico. En este momento, la decisiva participación de la Unión Soviética dio pie, no solo a una seudolibe- ración momentánea del régimen, sino a su vez permitió otras modificaciones ideológicas, pero en dirección totalmente opuesta. En esta ocasión, el propio Trujillo en discurso escrito al parecer por el propio Peña Batlle, se encargó de introducirlas: “Nuestro país ofrece hoy una de las más avanzadas legislaciones de América, que ensancha sus proyecciones en lo social hacia principios socia- lizantes”. (J. Almoina. Yo fui Secretario de Trujillo. Pág. 142). Y más adelante, en 1946, cuando por primera vez se organiza un partido de tendencia comunista, al ver el ímpetu que va tomando la ola opositora, el “Jefe” declara: “Es bueno que repitamos el pensamiento de uno de los más eminentes tratadistas del socialismo moderno. El ideal del socialismo es grandioso y noble y yo estoy convencido de que su realización es posible; pero ese tipo de sociedad no puede fabricarse; tiene que crecer. La sociedad es un orga- nismo, no una máquina. Me parece, señores, que la República ha entrado en un alto clima de civilidad y que a lo largo de mi gobierno he demostrado que no solo sé desear, sino lograr que mi pueblo sea plenamente feliz. Em- pero yo columbro ya las doradas luces del porvenir. Hacia él he dirigido a la Nación Dominicana” (Almoina, obra citada. Pág. 302). Pero esas poses progresistas fueron abandonadas inmediatamente. Es- tados Unidos decretó en 1947 el inicio de la “Guerra Fría”, momento en que46
  • 47. el régimen retornó a su política anticomunista y terrorista con el inmediatoapresamiento y asesinato de los principales líderes de las organizacionesJuventud Democrática y el Partido Socialista Popular. De la bárbara cam-paña de aquellos día apenas una docena de los dirigentes comunistas logróescapar y salvar la vida mediante el asilamiento en varias embajadas lati-noamericanas. Sin embargo, en 1960, ya casi en el ocaso de la dictadura a causa delbrusco cambio registrado en la política exterior norteamericana, y en con-secuencia, del retiro del apoyo de Estados Unidos a Trujillo, a causa deltremendo impacto que originó en todo el continente la llegada al poder deFidel Castro y su Revolución Cubana, hechos que determinaron localmen-te el crecimiento de la oposición en el seno de la juventud y de la jugadamaestra de la Iglesia reclamándole al gobierno respeto a los derechos hu-manos, el dictador intentó de nuevo retornar a la mascarada “progresistay socialista”, tratando, incluso, de establecer relaciones diplomáticas conla Unión Soviética y creando aquí una emisora de radio “fidelista”, RadioCaribe, un pequeño grupo parlamentario izquierdista e iniciando con susmedios informativos una campaña terrible contra sus antiguos protecto-res: los norteamericanos y El Vaticano. -IV- Dentro del marco ideológico de la dictadura, podemos encontrar otrosaspectos no inherentes exclusivamente a su sistema particular de gobiernoy que expresan de manera más pura la continuidad del sistema general decreencias de la oligarquía dominicana en nuestra sociedad. La continua vigencia de tales ideas en el seno del pueblo, reiteramos, hasido la consecuencia de la sistemática campaña de tergiversación de la his-toria del país, proceso que se origina en la primera mitad del siglo XIX. Los aspectos ideológicos de la dictadura, que quiero resaltar ahora, es-tán estrechamente vinculados entre sí y son los siguientes: 1.- La exaltación de la cultura hispánica y todo lo español en la formaciónde la nación dominicana. 47
  • 48. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano 2.- El prejuicio racial expresado bajo el camuflaje de un nacionalismo antihaitiano. La exaltación de los valores hispánicos fue una herencia procedente del pensamiento oligárquico recogida con toda fidelidad por el sistema ideo- lógico del trujillato. Incluso, desde el punto de vista personal, Trujillo in- tentó buscar su ascendencia española, al tiempo que mantenía permanen- temente una intensa campaña de propaganda dirigida a mostrar la unidad cultural entre nuestro país y su vieja metrópolis. He aquí, por ejemplo y en pocas líneas, la interpretación oficial del régi- men sobre la Independencia Nacional. Nuestra guerra de Liberación, iniciada de hecho en este Baluarte en el año de 1844 y continuada con arrojo sin igual hasta el año 1856, respondió a una doble finalidad: La de alcanzar nuestra independencia y consolidar la vida de la Repú- blica y la de defender los valores espirituales de la cultura hispánica” (31) (Discurso de Trujillo ante el Altar de la Patria, en el Centenario de la Inde- pendencia. Febrero de 1944. Balaguer, obra citada, pág. 99). El otro aspecto que tenemos que considerar, aunque sea brevemente, y que está estrechamente ligado al anterior, es el prejuicio racial. Ese este- reotipo surgido en América durante la época colonial, para justificar la esclavitud del negro, tiene en nuestro caso elementos que renovados, como lo fue la interpretación antojadiza de la historia nacional, y se constituyó en norte y guía del pensamiento atrasado de la oligarquía. Pero hay que apuntar, ante todo, que dicho prejuicio no se expresó aquí de manera abierta, como generalmente se manifestó en otras sociedades, como en Norteamérica, sino de manera velada e hipócrita. La intelectualidad de la oligarquía, como hemos dicho, manipuló la historia escrita del país, y sobre la base de las diferencias surgidas en el curso de la Independencia Nacional entre nuestro país y Haití, levantó un profundo sentimiento antihaitiano camuflado como nacionalismo (*), es- *- Los dominicanos alcanzaron su independencia en 1844, después de 22 años de integración a la República de Haití, nación integrada mayoritariamente por descendientes de africanos, hecho que permitió a la oligarquía dominicana levantar concepciones “nacionalistas” antihaitianas racistas.48
  • 49. tereotipo que fue utilizado para cimentar el prejuicio contra los propiosdominicanos de la raza negra, la mayoría de la población. Durante el régimen de Trujillo (y aún después) el antihaitianismo fue unelemento ideológico capital, justificado en la supuesta permanente amena-za de invasión haitiana a la República Dominicana. En el desenvolvimientopráctico de la vida política, este rasgo ideológico facilitó la organización deuno de los más poderosos ejércitos de América Latina. Y fue este ejército elprincipal sostén de la tiranía, pues sus miembros fueron adiestrados comoinstrumento de represión contra la población. Pero además, fue la exacer-bación sistemática de este prejuicio, excusado en la constante inmigraciónilegal de trabajadores de ese país hacia el nuestro, condujo a la horriblematanza de cerca de diez mil haitianos, residentes en la frontera y puebloscercanos, ordenada por Trujillo en 1937. Genocidio salvaje que dos de los principales ideólogos del régimen, Ba-laguer y Peña Batlle, con elegantes argucias de interpretaciones históricas,aquí y en el extranjero, trataron inútilmente de justificar. -V-El proceso de resurrección de la ideología trujillista Las clases poderosas crean, en determinados momentos de crisis, ciertasconsignas particulares, específicas o coyunturales que expresan ideológi-camente sus expectativas políticas inmediatas; naturalmente, enmarcadasdentro de su concepción ideológica general. Después de la muerte de Trujillo, por ejemplo, desde los primeros mo-mentos en que las presiones de las masas populares iniciaron con sus mo-vilizaciones el desmoronamiento de los remanentes de su dictadura y seconformó, como primer resultado de esas presiones, el gobierno provisio-nal del Consejo de Estado, creado bajo la tutela directa de Estados Unidos,junto a las promesas de establecer un nuevo orden democrático represen-tativo, los intelectuales al servicio de los grupos económicos y políticos delorden establecido, casi todos experimentados ex funcionarios de Trujillo, 49
  • 50. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano pero ahora muchos de los mismos convertidos en “sufridos” antitrujillistas, levantaron la consigna de “la culpabilidad de todos” frente a la tiranía. Papel importante en la difusión de ese estereotipo lo jugó la cúpula de la Iglesia Católica. Algunos curas llegaron a decir, plagiando a la Biblia, que la dictadura significó un “pago de culpas” para lavar los pecados del pueblo. Actuaban de esa manera, seguramente, para justificar sus treinta años de apoyo a la tiranía. Ese estereotipo o consigna apareció como respuesta de los cómplices de la satrapía a la demanda de casi todo el pueblo que exigía la destrujilliza- ción de las Fuerzas Armadas y la Administración Pública y castigo para los socios de Trujillo. Pero la que recibió el mayor apoyo de los sectores econó- micos poderosos del país fue la de “borrón y cuenta nueva”, aparecida casi inmediatamente después que la anterior. Con esa consigna, que en cierta medida se derivaba de la primera, conver- tida en bandera de su campaña electoral, logró el Partido Revolucionario Dominicano ganar los comicios de diciembre de 1962 y llevar a la Presiden- cia de la República al profesor Bosch, su fundador y principal estratega. Se conoce documentalmente que muchos trujillistas de mayor y menor cuantía, y no pocos socios comerciales e industriales del tirano, apoyaron con calor la candidatura de Bosch. El fenómeno se comprende: esta última consigna, que vino acompañada del estereotipo de la “culpabilidad de todo el pueblo” libraba de culpa, es decir, decretaba la impunidad, no solo a los sicarios convictos y confesos de menor rango, involucrados en actividades represivas directas, sino, a su vez, a todos los intelectuales que fomentaron e hicieron posible el mante- nimiento de la tiranía, y al pequeño círculo de las diez o veinte familias de la centenaria oligarquía dominicana, que habían participado como socios junto al “Jefe” en la explotación del pueblo dominicano durante su dicta- dura. Tales estereotipos ideológicos, a su vez, encajaban perfectamente den- tro de los planes estratégicos inmediatos del imperio, cuyos objetivos eran,50
  • 51. después de la muerte de Trujillo, la rehabilitación y el mantenimiento enposiciones claves en el aparato del Estado, del experimentado grupo deservidores de la tiranía, como garantes del nuevo ordenamiento político“democrático representativo”, propósito que fue logrado y que permitióde paso alejar la posibilidad del surgimiento de cualquier acción revolu-cionaria. Es decir, Estados Unidos se propuso (y lo consiguió) evitar por todoslos medios el desmantelamiento de los aparatos de seguridad del Estado:ejército, policía, servicios de inteligencia etc., y mantener en la impunidada todos los miembros del amplio equipo burocrático civil y militar trujillis-ta, altamente especializado en la represión. Tales propósitos fueron expre-sados por el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, a los pocosdías de ser enterado del ajusticiamiento de Trujillo, cuando en una reunióncon su Consejo de Seguridad que pasaba revista a la situación dominicana,a fin de trazar los lineamientos a su política imperial en nuestro país, seña-ló tajantemente: “Hay tres posibilidades en orden decreciente de preferencia: un ordendemocrático decente, una continuación del régimen de Trujillo o un régi-men castrista. Debemos procurar la primera, pero no podemos realmenterenunciar a la segunda, hasta que no estemos seguros de que podemos evi-tar la tercera”. (Carlos Ma. Gutiérrez. “El experimento dominicano”. Pág.138. Editorial Diógenes. México. 1974). En la dirección de apaciguamiento de los ánimos de las masas populares(elemento clave dentro de la estrategia de Estado Unidos), que en sus mo-vilizaciones callejeras (que en aquellos agitados días ocurrían a diario) yque exigían con calor justicia para los autores de crímenes y abusos contrael pueblo durante la dictadura, jugaron un papel muy importante la prensaescrita, radial, televisa y la alta jerarquía eclesiástica, que se dedicaron díatras día, como hemos expresado, a sumar su voz difundiendo las ideas de la“culpabilidad general” frente a la dictadura, en nombre de la “convivenciacivilizada y pacífica”. Lo anterior explica, en gran parte, no sólo la ayuda que le proporciona-ron subrepticiamente antiguos personeros trujillistas al PRD durante la 51
  • 52. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano campaña electoral de 1962, sino la importante integración de servidores del tirano en ese partido, incluso, como candidatos a senadores, diputados, síndicos y regidores. Hoy se conoce también que los altos mandos milita- res, entusiasmados con el “borrón y cuenta nueva”, emitieron directrices precisas ordenando a los miembros de las Fuerzas Armadas que sus fami- liares adultos votaran a favor de Bosch en las elecciones de 1962. Como estrategia electoral, en tal virtud, la consigna de “borrón y cuenta nueva” fue certera, pero como demostró el golpe militar de 1963 fue al mismo tiem- po trágica. Es importante tener presente para los fines del análisis que la consigna de “borrón y cuenta nueva” fue asumida por el PRD desde los primeros días de su ingreso al país desde el exilio de sus representantes (Miolán, Silfa y Castillo) en julio de 1961, y que tal situación condujo a la Unión Cívica Nacional, organización supuestamente “apartidista”, fundada ese mismo mes, el día 17, a adoptar una posición absolutamente contraria, coinciden- te, paradoja de la historia, con los grupos más radicales de la izquierda. La UCN en tono airado comenzó a exigir la “destrujillización de las fuerzas armadas” y el envío a la justicia de los socios del tirano. Sin embargo, por la forma precipitada o acelerada como se organizó en el país el PRD y por los propios errores cometidos por el movimiento demo- crático en esa época, (pues como se recordará el Movimiento 14 de Junio, principal fuerza de izquierda, que también surgió a la palestra pública a finales de julio, se abstuvo de participar en los comicios de 1962) el PRD registró un notable desarrollo inmediato y la integración en su seno de la clase media y media baja; de dirigentes obreros, de maestros, de profesio- nales democráticos y sobre todo de campesinos. Y esto influyó, de manera determinante, no solo en la conformación de su posterior gobierno, sino también en el nuevo cuerpo legislativo de la República; y lo que es más importante, en la orientación de la Constitución, que fue redactada en 1963 inmediatamente después de las elecciones; documento calificado con ra- zón como la más avanzada Carta Magna que registra la historia dominica- na desde la Independencia Nacional hasta nuestros días. Debemos subrayar, sin embargo: si bien la estrategia electoral aplicada por el PRD en 1962 que puso acento en la consigna de “borrón y cuenta52
  • 53. nueva” sumó un caudal importante de votos, no menos cierto es que sucandidato, el profesor Bosch, también explicó en su jornada proselitista lanecesidad que tenía la sociedad dominicana de originar cambios sociales yeconómicos profundos que favorecieron, como él mismo lo expresó, a los“hijos de Machepa”, es decir, a los desposeídos, e inauguró, asimismo, unnuevo estilo de comunicación con el pueblo. Ambas cosas, sin duda, con-tribuyeron también a la consolidación de su liderazgo triunfal.“En diciembre primero de 1927, es decir, cuando apenas tenía 21 años deedad, escribió Balaguer, en el periódico La Información, de Santiago,un artículo que lleva por título: ‘El imperialismo haitiano’, dondesostiene que el ‘oleaje arrollador del funesto mar de carbón’ que asomapor la frontera, resulta más alarmante para la salud de la República,que ‘el soplo imperialista que nos llega de Estados Unidos’ ”. Y lo que es más significativo aún: durante su mandato como gobernante,por primera vez los dominicanos disfrutaron de un régimen que mantuvo,durante sus escasos siete meses de duración, el más absoluto respeto a laslibertades públicas y a los derechos humanos, y una honradez ejemplar enla administración de los fondos públicos. Pese al notable avance logrado con la promulgación de la Constituciónde 1963 y a la conducta democrática liberal del presidente Bosch, la con-signa de “borrón y cuenta nueva” actuó en el ambiente político nacionalen aquel momento como una ponzoña envenenada e infecciosa, pues fue-ron los generales y coroneles trujillistas que él no quiso poner en retiro alasumir el poder en febrero de 1963, (rechazando los consejos de su amigoRómulo Betancourt, presidente de Venezuela) quienes, obedeciendo cie-gamente las instrucciones del Pentágono, de la oligarquía dominicana y dela cúpula de la Iglesia Católica, encabezaron su derrocamiento en septiem-bre de 1963. Y lo más trágico: fue la consigna de “borrón y cuenta nueva”, rehabili-tadora de los personeros del trujillato, que permitió, a su vez, después de larevolución de abril de 1965 y de la Segunda Intervención Militar de EstadosUnidos en nuestro país, que el Departamento de Estado seleccionara al en-tonces exiliado con residencia en New York, Joaquín Balaguer, uno de losprincipales ideólogos de la tiranía, y por tanto cómplice de todos los crí- 53
  • 54. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano menes y abusos cometidos durante la “Era de Trujillo”, como el “hombre necesario” para la solución, según los asesores del presidente Johnson, de la “grave situación política dominicana”. Como se conoce hoy en día, gracias a los documentos desclasificados de los archivos norteamericanos, Joaquín Balaguer, luego de sostener varias reuniones en Washington con los consejeros del más alto nivel del Pre- sidente de Estados Unidos, fue enviado a la República Dominicana en el marco de la Segunda Intervención Norteamericana, con el propósito de que preparara sus huestes para que participará como candidato en las elecciones nacionales que se efectuarían el año siguiente, durante el go- bierno provisional de García Godoy, impuesto a nuestro país por medio de las negociaciones a que obligó el imperio al gobierno constitucional del coronel Caamaño, compromiso que fue estableció en el Acta Institucional, firmada en septiembre de 1965. Lo ocurrido en aquel fatal y fraudulento proceso electoral de 1966, im- puesto a nuestro país por Estados Unidos por medio de su “ministerio de colonias”, es decir, por la OEA, es bien conocido. Pero no está demás refres- car la memoria: Sólo el candidato de Washington, el doctor Joaquín Bala- guer, pudo actuar libremente durante la campaña; el profesor Juan Bosch, candidato del PRD y de la inmensa mayoría del pueblo, permanentemente amenazado de muerte, no pudo efectuar una sola concentración con sus seguidores; pero, además, para evitar cualquier duda, las tropas norteame- ricanas de la infantería de la marina, junto a tropas del Ejército Nacional ya depurado de constitucionalistas, salieron a las calles días antes de las elecciones, enarbolando la bandera del Partido Reformista, que no era otra cosa que el viejo Partido Dominicano de Trujillo resucitado, reunificado y reuniformado, incluso, con ayuda de la militancia en su ala juvenil, de la famosa “Guardia Universitaria”, fundada por el tirano en la década de los cuarenta, pero activa hasta el día de su muerte. Como dato curioso sobre el proceso comicial de 1966, les ofrezco esta per- la: Santiago Rey, asesor electoral del sanguinario dictador cubano Fulgen- cio Batista, actuó en ese proceso como estratega del Partido Reformista. El regreso al poder del doctor Balaguer, en 1966, no sólo significó la con- solidación plena de la resurrección de la ideología de la tiranía, cuestión54
  • 55. que la consigna de “borrón y cuenta nueva” facilitó, sino también el re-torno –con otras modalidades a causa de las nuevas circunstancias– de losmismos métodos de dominación terroristas anticomunistas empleados porla dictadura de Trujillo. Y en ese orden son elementos probatorios terminantes las estadísticas:sólo entre 1966 y 1974, cerca de dos mil dominicanos opositores al régimende Balaguer, fueron muertos o desaparecidos, acusados de formar partede movimientos subversivos atentatorios al orden establecido (“enemigosde la paz, la tranquilidad y el orden”, en palabras del gobernante) unabuena parte de los cuales perdieron la vida en acciones presentadas ante laopinión pública, como consecuencia del “intercambio de disparos con lasfuerzas del orden”, pero que todo el mundo identificaba como asesinatosvulgares. Agréguese a lo anterior, los centenares de dominicanos que padecieronprisiones injustas y por tiempo indefinido sin ser enjuiciados; apresadospor las más bajas acusaciones levantadas con expedientes fabricados porlos propios cuerpos policiales; los centenares de presos políticos condena-dos por tribunales presididos por jueces venales; muchos de ellos oficialesde la Policía y el Ejército, disfrazados de jueces, y finalmente, los centena-res de deportados y los miles de jóvenes que se vieron obligados a abando-nar su patria para salvar la vida. Como han pasado varias décadas de estas amargas experiencias, algunosjóvenes aquí presentes que me escuchan, (que no conocieron tales viven-cias, ni pudieron enterarse de lo aquí ocurrido en aquellos años durante susdías de estudiantes, pues el período de la “Era” fue desterrado como temade los estudios escolares por muchos años) podrían pensar que exagerocuando identificó el marco ideológico de la tiranía de Trujillo con el que seexhibió el doctor Balaguer durante su largo mandato. Precisamente para ellos, y también para los incrédulos, les expresó queen un momento en que su gobierno, a causa de los abusos y crímenes co-metidos contra la población, se sintió acosado por las permanentes pro-testas de los dominicanos, incluso, a nivel internacional, ese hombre, queidentificó a nuestra Constitución como un “pedazo de papel” y a nuestroambiente político como una “hoyo de cacatas”, escribió las siguientes pa-labras: 55
  • 56. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano “Los que abogan porque los derechos humanos se apliquen y se respeten de una manera absoluta, como si las garantías individuales no estuvieran también sujetas al cumplimiento de deberes iguales ineludibles por parte de cada interesado, no toman adrede en cuenta que nos hallamos en una época de desquiciamiento general en que todos los valores tradicionales se hallan en crisis, y en que el orden constitucional vive sujeto a una constan- te presión conspirativa”. Pero en verdad, donde podemos encontrar mayor identidad entre las concepciones ideológicas de Trujillo y las del autor de “Tebaida Lírica” es en aquellos aspectos que abordan la cuestión del continuismo, o lo que es lo mismo, el reeleccionismo. Cuando Balaguer fue funcionario de Trujillo (al igual que todos los ideó- logos de la dictadura) como hemos visto, siempre presentó al “Jefe” como un ser predestinado por la Providencia para regir los destinos de nuestro país. El 25 de marzo de 1970, en el marco de su primera campaña reeleccio- nista, pronunció Balaguer las siguientes palabras sobre su proyecto con- tinuista: “Yo soy, en cierto modo, señores, un instrumento del destino. El movimiento a favor de mi candidatura no lo he promovido yo, sino es el producto im- previsible de muchas circunstancias que han sido y continúan siendo aún ajenas a mi voluntad” (J. Balaguer, “Una Jornada Histórica”, pág. 10). Sin embargo, donde podemos encontrar, no semejanza, sino igualdad entre el régimen de Trujillo (1930-1961) y el de Balaguer (1966-1978) (1986- 1996) es en el manejo del rasgo ideológico racista de ambos gobernantes, estereotipo que se expresó siempre como nacionalismo, envuelto en la co- bertura del antihaitianismo. Debo decir a quienes me escuchan que el examen de tal cuestión me con- dujo a dudar sobre si en verdad Balaguer fue trujillista y me hizo pensar, no pocas veces, que fue al revés: que Trujillo fue un sincero balaguerista. Y es que el racismo de Balaguer se remonta tan temprano en su vida, que asoma ya con fuerza inaudita en los primeros años de su juventud, mucho56
  • 57. antes de ingresar como mentor al proyecto político del sátrapa al que dedi-có con servil pasión gran parte de su vida. En diciembre primero de 1927, es decir, cuando apenas tenía 21 años deedad, escribió Balaguer en el periódico La Información, de Santiago, un ar-tículo que lleva por título: “El imperialismo haitiano”, donde sostiene queel “oleaje arrollador del funesto mar de carbón” que asoma por la frontera,resulta más alarmante para la salud de la República, que “el soplo imperia-lista que nos llega de Estados Unidos”. Por ese motivo clama a las autoridades de aquel entonces para que seaestablecido el servicio militar obligatorio, para que “cada ciudadano puedaser un baluarte desde cuyas almenas se alce la bandera de la República des-plegada a todos los vientos por la grandeza del derecho armado”. (Fer-nando Pérez Memén. “El joven Balaguer”. Págs. 219-200. Edit. De Colores.2008). El artículo en cuestión del casi adolescente escritor, que tiene el tonobelicista de un cántico guerrero, sostiene también sobre Haití: “Somos pueblos vecinos pero no pueblos hermanos. Cien codos por en-cima de la vecindad geográfica levantan la disparidad de origen y los ca-racteres resueltamente antinómicos que nos separan en las relaciones dela cultura y en las vindicaciones de la Historia. De ahí que no creemos enla mentirosa confraternidad dominico-haitiana (subrayado nuestro). En elPalacio Presidencial de Haití han habitado y habitan los peores enemigosde la viabilidad de nuestro ideal republicano” (Fernando Pérez Memén. “Eljoven Balaguer”. Pág. 219. Edit. De Colores. 2008). Pero es durante el régimen de Trujillo, dictadura que él contribuyó aforjar cuando desarrolló a plenitud su más amplia colaboración en el pla-no del fortalecimiento de la tendencia ideológica racista seudonacionalistaantihaitiana, primero como Ministro, y en tal virtud fue figura clave en elproceso de negociaciones internacionales que origino el genocidio de 1937y generalmente (junto a Peña Batlle, que ingresó al tren del poder pocodespués) se desempeño como principal defensor y propulsor de ese rasgoaberrante de la cosmovisión fascistoide de esa tiranía. Durante esos años escribió posiblemente su obra más acabada en esadirección “La realidad dominicana”, editada en Buenos Aires, Argentina, en 57
  • 58. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano 1947, y reeditada con ligeras modificaciones formales en 1982, bajo el título de: “La isla al revés”. Pero en verdad el rasgo ideológico racista de Balaguer comenzó a mos- trarse de forma desnuda o como dice el pueblo “en cueros”, a mediados de la década de los años noventa del siglo pasado. Por esos días la resurrección de las concepciones ideológicas de la tiranía marchaban a campo abierto, y su figura política alcanzó los más altos honores al ser proclamado por el Congreso de la República, ¡Dios mío!, como “Padre de la Democracia”. En aquel momento, como se recordará, cuando parecía que las leyes de la biología habían derrotado las infinitas pretensiones continuistas del gran estratega e ideólogo de Trujillo, con casi noventa años de edad y ciego, el hombre y su experimentado equipo de especialistas dominicanos y extran- jeros en fraudes electorales se prepararon con todos los medios legales e ilegales para enfrentar en las elecciones de 1994 a su principal contendien- te, el doctor José Francisco Peña Gómez, candidato del PRD, pero porta- dor, en la visión de Balaguer y la oligarquía, de dos males siniestros: el ser negro y lo que era más trágico, de origen haitiano. En aquellos días los dominicanos fueron testigos de la utilización de los más inverosímiles mensajes propagandísticos sucios, racistas, agresivos a la dignidad humana, que registra la historia nacional. Las limitaciones de este ensayo escrito a manera de resumen me obligan a no entrar en muchos detalles, pero no debo dejar de resaltar que la figura de un mono, con un le- trero en el pecho, que llevaba el nombre del doctor Peña Gómez, recorrió al ritmo de alegres canciones festivas las calles de Santo Domingo. Como todos debemos recordar, las acciones electorales fraudulentas de los reformistas, en 1994, provocaron, incluso, la intervención de podero- sas fuerzas extranjeras encabezadas por el ex presidente Carter, y por esa razón el ya anciano y ciego líder se vio obligado a establecer un acuerdo salomónico, que limitó su nuevo mandato, mediante una reforma cons- titucional a solo dos años, y a la renuncia definitiva a sus pretensiones reeleccionistas, y también a efectuar nuevos comicios en 1996. Lo ocurrido en este último proceso comicial, en el que compitieron el doctor José Francisco Peña Gómez, por el PRD, y el doctor Leonel Fernán-58
  • 59. dez, en representación del PLD, quien resultó ganador en la segunda vueltaelectoral, es de fácil recordación, y por falta de tiempo, no voy a entrar ensus pormenores. Pero justo es señalar que el rasgo ideológico racista antihaitiano de nue-vo hizo acto de presencia en esas elecciones de 1996 con la misma fuerzade 1994, ahora asumido también con singular fanatismo por el PLD, y queen consecuencia, el Frente Patriótico creado al calor de aquellos comicios,mediante el cual los discípulos de Balaguer y del profesor Bosch unieronsus fuerzas para impedir la llegada al poder del líder negro del PRD, acusóun rancio y amargo sabor racista. Aunque es justo reconocer que en el triunfo del PLD influyeron otrosfactores políticos, que no hemos tratado en esta breve reseña dedicadafundamentalmente a cuestiones ideológicas, no es atrevido sostener que elracismo antihaitiano exhibió en los comicios de 1996 sus delirios de “blan-cura” más abominables. Todo aquello fue el remate del proceso de resurrección de la ideología dela dictadura de Trujillo que hemos intentado analizar. 59
  • 60. Fundamentos del despotismo: los campesinos, los intelectuales y el régimen Richard L. Turits de Trujillo Universidad de Michigan “El extraordinario apoyo que concitó entre el campesinado el régimen de treinta y un años de Trujillo también había sido percibido por muchos observadores contemporáneos, entre los que se encontraba Juan Bosch, importante intelectual y entonces líder izquierdista de la comunidad de exiliados dominicanos, y quien posteriormente fue presidente de la República (1962-63)”. Jorge Castillo era un anciano que residía en un pequeño pueblo cerca de La Romana, cuando yo lo conocí en 1992. Yo recababa testimonios de an- cianos campesinos a través de la República Dominicana para una investi- gación sobre la vida cotidiana durante la tiranía de Rafael Trujillo.1 Cuan- do expresé mi sorpresa por el fuerte respaldo a Trujillo que él evidenciaba, me respondió firmemente: 1 Se entrevistaron 130 habitantes, en 20 de las 30 provincias del país, entre 1992 y 1994. A menos que se indique lo contrario, los entrevistados eran campesinos con edades comprendidas entre los 55 y 110 años. La gran mayoría de esas personas eran amigos o familiares, de amigos o conocidos míos de Santo Domingo, quienes me introdujeron con ellos directa o indirectamente, de ahí que la mayoría de las entrevistas comenzaron con cierto nivel de confianza previamente establecido. Aquellos entrevistados, que no me habían sido presentados previamente, los conocí en lugares públicos, como los colmados locales. La mayoría de las entrevistas se realizaron conjuntamente con el fenecido Ciprián Soler, entonces profesor de historia de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y amigo cercano mío por muchos años. Su habilidad para conducir las entrevistas resultó invaluable en el fomento de discusiones fructíferas con las personas que conversé. Aunque nuestro estilo de entrevistar variaba, tratamos siempre de comenzar con preguntas abiertas que permitieran a las personas enmarcar sus propias narrativas de los “días pasados”. De acuerdo a las respuestas y planteamientos de los entrevistados, continuábamos de manera más específica (como pedir ejemplos), y según el decurso de la entrevista, a veces inquiríamos sobre contradicciones en sus declaraciones, o sobre la posibilidad de interpretaciones alternativas. Nunca presionamos a la gente para que hablara sobre un tema específico, si estaban renuentes a ello. También he utilizado testimonios recopilados entre 1986 y 1988 en las regiones fronterizas dominicanas, con la colaboración de la historiadora Lauren Derby.60
  • 61. No conociste a Trujillo. Por ejemplo, tú dices “Trujillo era un dictador,un desgraciado, un hijo de la gran puta”. Pero tú lo estás diciendo porquetú ves un mapa que hizo un hombre que no quería saber de Trujillo. Perono es porque tú viste a Trujillo personalmente y viste lo que él hacía.... Us-tedes son unos niños para mí... Ustedes saben una historia porque estosgrandes... tienen esa historia, porque ya no querían saber de Trujillo y le di-cen a ustedes: “No..., Trujillo era un desgraciado”. No señor..., en realidad,nosotros... los jodidos no íbamos a decir que [Trujillo era un desgraciado]...Los malos son los que lo siguen.2 En 1992 Castillo había desarrollado una opinión despectiva sobre loscríticos intelectuales del régimen de Trujillo –así me percibió él a mí– crí-ticos que él creía vivían en un mundo de formulaciones abstractas divor-ciadas del conocimiento concreto y personal de la vida cotidiana bajo elrégimen de Trujillo. Como sabemos, muchos intelectuales también hanapoyado dictaduras, hasta aquellas que han impuesto violencia y terror ex-traordinarios como la de Trujillo, y como la de Hitler, Stalin y Pinochet. Enesos casos quizás aplica también la crítica de Castillo, esto es que los inte-lectuales pueden vivir en un mundo de mapas, en la metáfora de Castillo,abstraídos de la vida cotidiana y del sufrimiento, lo que les permite pasar2 El comentario de Castillo “ustedes son niños para mí”, se refiere a Ciprián Soler y amí. Entrevista a Castillo, Catorce de Cumayasa, La Romana, 30 de diciembre de 1992.Como lugar de las entrevistas se indica primero la sección, seguida del municipio máscercano. 61
  • 62. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano por alto los crímenes ordenados por el Estado y las violaciones masivas a los derechos humanos. Apartados del contacto directo con el sufrimiento impuesto por las dictaduras, ellos piensan que algunos fines supuestamen- te reformadores y patrióticos justifican los medios, aunque esos medios resulten tiránicos, severos y sangrientos. ¿Cuál era entonces el mapa –la visión panorámica selectiva– de los in- telectuales que racionalizaron su apoyo y su incorporación a la dictadura? Mi investigación sobre el régimen ha arrojado luz sobre ese asunto.3 Esta investigación se enfocaba primariamente en las relaciones entre el Estado y el campesinado. Pero las defensas frecuentemente apasionadas que es- cuché sobre Trujillo, provenientes de ancianos campesinos a través de la República Dominicana, me llevaron a estudiar seriamente, e investigar, las políticas rurales que originalmente había subestimado como mera propa- ganda. Y descubrí que esas políticas habían sido formuladas e implemen- tadas en la década de 1930 por un puñado de respetables intelectuales y funcionarios civiles que trabajaban para el régimen de Trujillo y que apa- rentemente se habían dejado influenciar por una visión nacionalista-po- pulista que establecía un camino a la modernidad, no por la expansión de grandes plantaciones, generalmente propiedad de extranjeros, sino por la creación de pequeños agricultores comerciales dominicanos. Y las visiones de esos intelectuales y funcionarios coincidían convenientemente con la búsqueda de Trujillo de políticas estatales que fomentaran en gran medida un apoyo popular a su gobierno dictatorial. 4 De manera que comenzaré con lo que reveló mi investigación acerca de la aceptación popular, y específicamente campesina, que tenía Truji- llo. ¿Cómo pudo ese violento y corrupto tirano conquistar una acepta- ción popular para su régimen? El extraordinario apoyo que concitó entre el campesinado el régimen de treinta y un años de Trujillo también había 3 Richard Lee Turits, Fundamentos del despotismo: los campesinos, el régimen de Trujillo y la modernidad en la historia dominicana, Stanford, Stanford University Press, 2003. 4 Garrido, Roger y Tolentino a Trujillo, 3 de enero de 1935, Archivo General de la Nación (AGN), Secretaría de Agricultura, legajo 207, 1935; Turits, Fundamentos del despotismo, 95.62
  • 63. sido percibido por muchos observadores contemporáneos, entre los que seencontraba Juan Bosch, importante intelectual y entonces líder izquier-dista de la comunidad de exiliados dominicanos, y quien posteriormentefue presidente de la República (1962-63). En 1991, Bosch recordaba haberadvertido a otros exiliados revolucionarios que se embarcaron en una in-vasión a la República Dominicana a finales de la década de 1950 que: “Es-taban equivocados si creían que sólo enfrentarían al Ejército de Trujillo ya nadie más, porque en adición a los soldados, tendrían que combatir a loscampesinos… ‘No crean’, les dije, ‘que el campesinado dominicano los vaa apoyar. En treinta años Trujillo ha hecho muchas cosas…’ Y eso fue loque ocurrió. El campesinado enfrentó a los patriotas que combatieron eltrujillato, y en muchos casos fueron ellos, el campesinado, quienes entre-garon a los guerrilleros”.5 Los argumentos apasionados de Castillo y deotras personas sugieren que la lealtad del campesinado hacia Trujillo, unaadherencia que impelía a un número de ellos a defender el régimen frente alos exiliados revolucionarios, subsistiría por décadas después del asesinatode Trujillo. Los historiadores tienden a minimizar la evidencia del apoyo popularque tenían las políticas de Trujillo, a la luz de las características totalitariase inhumanas de su régimen –y en algunos casos quizás también debido acriterios despectivos acerca de la racionalidad política del campesinado.Sin embargo, según he podido documentar en mi libro “Fundamentos delDespotismo”, los esfuerzos de Trujillo para lograr una forma de populismorural y fomentar políticas paternalistas eran mucho más sustanciosos de lo5 Juan Bosch, “Visión de la Era de Trujillo”, documento presentado en el MuseoNacional de Historia y Geografía, 2 de abril de 1991. Ver también Joseph Farland alSecretario de Estado, 14 de julio de 1959, RG59, 739.00; 26 de abril de 1960, No. 86.2-60, Agencia Central de Inteligencia (liberado para el autor bajo la Ley de Libertad deInformación); embajada norteamericana al Secretario de Estado, 13 de julio de 1960,No. 7, RG59, 839.00/7-1360. El historiador Theodore Draper declaró que cuando élestuvo en República Dominicana, durante la Era de Trujillo, “descubrió que loscampesinos lo adoraban (a Trujillo), que él pudo haber ganado elecciones honestas tanabrumadoramente como ganaba las arregladas, y que sólo parecían disgustados algunosintelectuales y otros dudosos personajes de clase media”. Ver Theodore Draper, Castro’sRevolution: Myths and Realities, Nueva York, Praeger, 1962, página 29. Esas declaracionesse tradujeron originalmente del español al inglés, y ahora se hace a la inversa. 63
  • 64. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano que previamente se había vislumbrado.6 Estaban sustentados por acciones concretas de parte del gobierno y por beneficios materiales, por lo menos para aquellos que, a cambio, estaban dispuestos a ofrecer su productividad y pregonar su lealtad. Específicamente el régimen distribuyó y preservó el acceso del campesinado a una gran parte del territorio nacional, mientras trataba a los campesinos como ciudadanos activos mediante una variedad de obligaciones civiles y rituales que los ataban al Estado.7 Más aún, el ré- gimen tuvo la posibilidad de elaborar políticas rurales efectivas en el marco de un discurso que no sólo aupaba el rol del campesinado en la nación, como nunca antes se había hecho, sino que también se hacía eco de las propias normas tradicionales del campesinado, sobre todo en lo referente a una economía moral profundamente enraizada en los derechos sobre la tierra.8 Las políticas territoriales del régimen de Trujillo incluían no sólo ase- gurar el libre acceso de los campesinos a la tierra, algo de lo que tradi- 6 Para una diferencia clara con la historiografía convencional, ver San Miguel, Los campesinos, esp. 315-16. Lowell Gudmundson ha argumentado que, aunque generalmente se ve como un fenómeno de la clase urbana y trabajadora en América Latina (como en Argentina y Chile), las iniciativas estatales populistas han resultado muy atractivas entre los campesinos agricultores durante las transiciones a producción agrícola intensiva, en un número de casos durante el período de 1850 a 1950 –en Costa Rica, Puerto Rico, el México ranchero y los países andinos Colombia y Venezuela–, según he podido encontrar en República Dominicana. Lowell Gudmundson, Costa Rica before Coffee: Society and Economy on the Eve of the Export Boom, Baton Rouge, Louisiana State Univ. Press, 1986, 153-60. Un comentario relacionado se encuentra en Catherine LeGrand, Frontier Expansion and Peasant Protest in Colombia, 1830-1936, Alburquerque, Univ. of New México Press, 1986, 122-23. 7 Para interpretaciones similares, ver Pedro San Miguel, “La ciudadanía de Calibán: poder y discursiva campesinista en la Era de Trujillo”, en Política, identidad y pensamiento social en la República Dominicana (siglos XIX y XX)”, editores Raymundo González, Michiel Baud, Pedro San Miguel y Roberto Cassá, Madrid, Doce Calles, 1999, páginas 269-89; y Los campesinos, páginas 300-22. Para otras perspectivas sobre la distribución de tierras y la colonización bajo el régimen de Trujillo, ver Inoa, Estado y campesinos, 86-101; Pedro Mariñez, Resistencia, 87-88, y Agroindustria… 106-09; y Cassá, Capitalismo… 129-31. 8 Por “economía moral” me refiero al conocimiento popular de los derechos económicos, a las obligaciones habituales y a los límites de lo que, hasta los poderosos, pueden hacer. Ver E. P. Thompson, Customs in Common, Nueva York, The Free Press, 1991, esp. 343, 345; James C. Scott, The Moral Economy of the Peasant: subsistence and rebellion in Southeast Asia, New Haven, Yale Univ. Press, 1976.64
  • 65. cionalmente habían disfrutado, sino también tornar al campesinado ensedentario y concentrarlo, pues en ese entonces todavía estaba altamentedisperso y ambulante, acostumbrado a la siembra de tumba y quema, al usocolectivo de los montes, y a la crianza libre en tierras sin cercas y de libreacceso. Al distribuir parcelas fijas y, además, proveer nuevas carreteras,materiales, créditos y canales de riego de los cuales dependen los agricul-tores sedentarios, el Estado encajó al campesinado en el rango de su propiavisión, acceso y control efectivo.9 El apoyo de los campesinos a las políticas agrarias gubernamentales y suaceptación de un Estado nacional expansivo e intervencionista era, en par-te, una reacción a la onda de modernización económica y política que yahabía comenzado a mover y transfigurar parcialmente el campo dominica-no desde principios del siglo XX. Más aún, esos cambios sucedieron a trescenturias de lo que se puede llamar modernidad abortada y vitalidad cam-pesina. A finales del siglo XVI colapsó, tan repentinamente como se habíadesarrollado, una sociedad esclavista de plantaciones agrícolas masivasque producía grandes cantidades de azúcar para los mercados europeos.A ese colapso siguieron unos trescientos años de estancamiento comer-cial. Eso abrió el espacio para que surgiera un campesinado independiente–constituido en su mayoría por antiguos esclavos y sus descendientes– quevivió durante generaciones de las siembras de corte y quema, así como dela explotación colectiva de los bosques y de la fauna silvestre, a lo largo yancho de las vastas e indomables tierras, la mayoría de las cuales carecía detítulos de propiedad claros o definitivos.9 La historia de las políticas rurales del régimen de Trujillo es consistente con la tesisdel cientista político James Scott, en el sentido de que las intervenciones oficiales ennombre del desarrollo y el progreso funcionan para apuntalar el poder estatal y elcontrol social (incluso si no conducen al avance económico). James Scoett, Seeing Likea State: How Certain Schemes to Improve the Human Condition have Failed, New Haven, YaleUniv. Press, 1998, passim. De igual forma, la cientista política Merilee Grindle haescrito sobre la reforma agraria en América Latina: “Las fuentes y efectos de las reformasdifieren a través de la región, pero un resultado consistente en todos los países fue elincremento de la influencia del Estado en las condiciones políticas y económicas de lasáreas rurales. Entonces, el Estado mismo fue uno de los principales beneficiados delas iniciativas de la reforma agraria”. Merilee Grindle, State and Countryside: DevelopmentPolicy and Agrarian Politics in Latin America, Baltimore, John Hopkins Univ. Press, 1986, 8. 65
  • 66. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Sin embargo, a principios del siglo XX los campesinos enfrentaron cambios ominosos en la tenencia de tierra y las relaciones de propiedad, que amenazaron con eliminar su libre acceso a la tierra y la existencia de grandes extensiones abiertas para la crianza libre y la siembra de tumba y quema. Durante el período de 1900 a 1930, antes del ascenso de Trujillo al poder, enclaves crecientes de agricultura comercial y el aumento del valor de la tierra en algunas áreas habían propiciado esfuerzos para encerrar, mensurar y reclamar tierras a través de todo el país. También se estable- cieron nuevas formas de propiedad privada mediante leyes promulgadas por la dictadura militar existente durante la ocupación norteamericana de 1916 a 1924. En 1930 miles de campesinos habían sido desplazados por las compañías azucareras norteamericanas, las cuales habían obtenido títulos de propiedad de vastas extensiones de tierra en la región Este del país, en- tre Santo Domingo y La Romana. Y en todo el país surgieron de la noche a la mañana reclamos de propiedades, cercas y otras formas de encerrar, con lo que se delimitaba o amenazaba el acceso de los campesinos a las tierras que anteriormente podían explotar sin títulos sobre ellas (tierras que por lo general antes no tenían propiedad clara o definitiva). Al enfrentar esa crítica coyuntural, el régimen de Trujillo se embarcó en una campaña masiva para distribuir tierras e intervenir en el proceso de establecer títulos sobre ellas, en un esfuerzo por ganar lealtad política entre el campesinado y aumentar la producción agrícola, con el propósito de incrementar la auto-suficiencia –la producción de alimentos para las ciudades– y desarrollar las exportaciones agrícolas. Los líderes del Esta- do buscaron integrar al campesinado a su proyecto de modernización me- diante el ofrecimiento de tierras y, eventualmente, el otorgamiento de los derechos de propiedad sobre ellas, pues prácticamente ningún campesino tenía título de las tierras que explotaba. Esa campaña de distribución (de tierras) comenzó oficialmente en 1934 y se mantuvo bastante activa duran- te la década siguiente. Y a pesar de que continuó a lo largo del régimen, a finales de la década de 1940 el Estado empezó la distribución de parcelas principalmente través de las “colonias” (asentamientos agrícolas organiza- dos por el Estado, muchos en áreas remotas), en lugar de hacerlo a través del programa de distribución de tierras que generalmente otorgaba las par- celas en las mismas áreas donde vivían los campesinos. Se reporta que ha-66
  • 67. cia 1958 la reforma agraria abarcaba casi medio millón de hectáreas (22%)de la tierra agrícola del país, tanto en las colonias como a través de la cam-paña de distribución de tierras, y que el número de beneficiados ascendíaa 140,717 (ciento cuarenta mil setecientos diecisiete) campesinos, lo queequivalía al 31% de los terratenientes. 10 Y un gran número de campesinosobtuvieron títulos legales en base el derecho de posesión ininterrumpida(“prescripción adquisitiva”), en la medida en que el Estado mensuraba lastierras ocupadas y otorgaba sus títulos a través de todo el país. Pero el Estado protegía las tierras de los campesinos sólo bajo la condi-ción de que ellos las hicieran productivas en la forma en que el gobiernodemandaba. Inspectores oficiales monitoreaban las parcelas cedidas paraasegurarse de que eran adecuadamente cultivadas. Y se implementó es-trictamente en todo el país una ley que había sido promulgada en 1920,que clasificaba como “vagos” a los campesinos que cultivaban menos dediez tareas (63 hectáreas) de tierra. Al mismo tiempo, el Estado proveíalos equipos básicos y los insumos agrícolas, construía infraestructuras ymejoraba el acceso a los mercados. Todo como parte de una vigorosa cam-paña para eliminar las tradicionales prácticas itinerantes y de pasto de loscampesinos.10 Las estadísticas de 1958 incluyen las gestiones en la “distribución de tierras” y“colonización”, el primero representa la mayor parte de la tierra (308,144 hectáreas deun total de 496,079) y la vasta mayoría de los beneficiarios (115,829 del total de 140,717personas). Para calcular los porcentajes, utilicé las cifras de 1960 sobre el total de lastierras agrícolas y los terratenientes. Las cifras de las colonias incluyen los terratenientesde las 26 colonias, a cuyos ocupantes se les habían adjudicado sus tierras oficialmenteen 1953, como propiedad privada (en ese momento esas tierras dejaron de considerarsecomo colonias). Manuel Ramos, “La ciudad y el campo: medidas para contrarrestar laemigración rural”, Renovación 7, No. 26, julio-agosto 1960, 55-58; Quinto Censo NacionalAgropecuario, X. Dadas las limitaciones y tendencias estadísticas producidas bajo ungobierno dictatorial en una nación subdesarrollada, es lógico que las cifras provistaspor el régimen no sean del todo confiables. Además, se amalgaman y simplifican losfenómenos complejos y variados, y algunas veces ambiguos. Más precisos y fiables quelas cifras oficiales, resultan los innumerables registros de campaña de los archivos dela Secretaría de Agricultura. Más aún, esos datos fueron corroborados en el trabajo decampo que conduje con ancianos campesinos, incluyendo entrevistas con un númerode beneficiarios de tierras reportados en los registros de la Secretaría. Al corroboraresas fuentes se confirma la distribución de tierras por toda la nación entre ocupantes ycampesinos, lo que sugiere una historia no lejos de la que representan las estadísticasoficiales. 67
  • 68. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Ese proceso de convertir las clases rurales populares en agricultores se- dentarios y (se esperaba) en productores exitosos, en lugar de campesinos que explotaban el monte, la vida silvestre y la crianza libre, requirió que muchos abandonaran aspectos de su cotidianidad a los cuales se habían resistido a renunciar en el pasado. Durante generaciones, la mayoría de los campesinos había preservado su alto nivel de autonomía, movilidad geo- gráfica y explotación de los montes y las grandes extensiones abiertas, a pesar de las legislaciones y políticas públicas que de diversas formas bus- caban tornarlos sedentarios, agricultores, o proletarios. Pero en los inicios del proceso de delimitaciones y desalojos que inició a principios del siglo XX, los campesinos eran obligados a trabajar en espacios de tierra cada vez más pequeños y de manera más eficiente, y desde luego se les amenazaba con dejarlos sin nada de tierra a menos que se avinieran a una alianza efec- tiva con el Estado. El programa de acceso protegido a la tierra, combinado con la asistencia agrícola y las nuevas infraestructuras y mercados, hicie- ron atractiva y factible la agricultura intensiva y sedentaria para la mayoría de los campesinos por primera vez en la historia dominicana. Esas políticas rurales, del régimen de Trujillo, fueron concebidas por talentosos funcionarios públicos e intelectuales –como Rafael César To- lentino, Rafael Espaillat, Rafael Vidal y Rafael Carretero– quienes busca- ban desarrollar un prototipo alternativo para modernizar un modelo que había resultado atractivo a los pensadores dominicanos de las décadas precedentes. Los líderes e intelectuales dominicanos habían preconizado la expan- sión agrícola comercial durante largo tiempo, pero durante el período de 1900 a 1930 un creciente número de ellos se desilusionó con el desarrollo comercial de las áreas del país que eran absorbidas por las plantaciones cañeras extranjeras. Nuevas formas de desempleo rural y escasez de ali- mentos en las ciudades amenazaron la estabilidad y bienestar económico y social del país, cuando corporaciones –la mayoría de propiedad estadouni- dense– desalojaban miles de campesinos, desplazaban terratenientes do- minicanos y traían decenas de miles de obreros inmigrantes procedentes de otros puntos del Caribe, para una industria azucarera en rápida expan- sión. Como respuesta, algunos de los principales intelectuales y figuras en el gobierno comenzaron a cuestionar si esas plantaciones e ingenios gigan- tes, controlados por propietarios y operados por trabajadores, en su mayo-68
  • 69. ría foráneos, representaban realmente un progreso para el país y si podríanconducirlo hacia las formas de modernidad que ellos propugnaban. 11 Esos cuestionamientos surgieron, principalmente, en el contexto de unacreciente agitación nacionalista generalizada. A principios del siglo XX al-gunas personas hasta expresaron dudas sobre la existencia de una genuinanación dominicana, dada su división rural-urbana, la autonomía de su cam-pesinado, el marcado regionalismo y las continuas guerras civiles, así comosu manifiesta subordinación al poder y capital extranjeros.12 Las preocu-paciones nacionalistas fueron provocadas nuevamente en 1904, cuando Es-tados Unidos tomó control indefinido de las Aduanas dominicanas comoparte del acuerdo para que el país pagara la enorme deuda externa quetenía (que fue ratificada en un acuerdo entre las dos naciones en 1907) y,sobre todo, cuando Estados Unidos ocupó el país desde 1916 a 1924. Bajoel fuerte yugo del control político norteamericano y de la rápida monopo-lización de tierras por parte de las empresas azucareras norteamericanasen la región Este del país, un grupo de pensadores inició una oposición a laexpansión del comercio agrícola en manos foráneas y comenzó a promoverel desarrollo en base a los pequeños agricultores dominicanos, y así preco-nizaban el modelo que ya representaba una parte importante de la regióndel Cibao.13 Tanto en la prensa, como en los círculos políticos, emergió11 De hecho, tan temprano como en 1884 el intelectual y presidente Pedro Bonó condenóla entonces novedosa industria azucarera del país. Escribió: “Antes los campesinos eranpobres y toscos, pero al menos eran propietarios, ahora son proletarios más toscos y máspobres. ¿Qué forma de progreso es esa?”. También escribió: “He visto la transformacióndel Este, propiedades transferidas prácticamente sin costo para los nuevos ocupantes,que se ocultan bajo el pretexto del progreso. Progreso sería si lo que ocurre fueraprogreso para los dominicanos”. Bonó, “Papeles”, 281, 327.12 Mateo, Mito y cultura, 75-78. El prominente intelectual Santiago Guzmán Espaillattituló una de sus presentaciones en 1908 “Does the Dominican Republic Constitute aNation?”, Julio Jaime Julia, Guzmán Espaillat, el civilista, Santo Domingo, Taller, 1977, 20.13 Durante el período 1900-1930, un número de escritores en República Dominicanacontrastó el impacto de las plantaciones azucareras en el Este, con la exitosa expansiónde las pequeñas agriculturas del Cibao. Por ejemplo, en 1906, el escritor Rafael AbreuLicairac definió las plantaciones azucareras extranjeras como “penetración pacífica”de “progreso”. Y en contraste con el desarrollo en el Este, Abreu ponderó los pequeñosagricultores del Cibao como modelos alternativos de progreso, en contraposición con losenclaves azucareros extranjeros y con las prácticas de pasto supuestamente “atrasadas”y “nómadas” del campesinado, que prevalecían en la mayor parte del país. Él presentóel Cibao como el modelo a seguir por el resto del país para poner fin al estancamientorural, mientras se consolidaba la integración nacional y se beneficiaba al campesinado. 69
  • 70. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano entonces una propuesta popular nacionalista alternativa para promover el desarrollo económico y la autonomía política. Mediante esa política los campesinos dominicanos, que todavía tenían una alta concentración en el pasto, serían transformados en agricultores sedentarios y productivos, en lugar de convertirse repentinamente en proletarios y migrantes urbanos, muchos de ellos desempleados.14 Esas ideas ganaron más aceptación luego de la ocupación norteameri- cana. Dos años antes de la salida de las fuerzas norteamericanas de ocupa- ción, durante la presidencia de Horacio Vásquez (1924-1930), el secretario de Agricultura, Rafael Espaillat, un cibaeño de clase media, sugirió que el Estado “colonizara” y distribuyera la mayor cantidad posible de tierras sin título, con el propósito de prevenir que fueran adquiridas por las empresas azucareras y fomentar así una economía en la que los dominicanos vivie- ran “independientes de la esclavitud económica que conlleva el trabajo por un salario determinado”.15 El periodista Rafael Vidal elogió los esfuerzos de Espaillat en promover esos pequeños agricultores, de manera que “el pulpo conquistador no penetre nuestra nación, bajo el disfraz de capital “Ahí está la vida rural real con todas sus atracciones y ventajas, caracterizada por un trabajo remunerado, riqueza relativa, e independencia del productor… Mientras mayor sea la distribución de propiedades y mayor sea la diversificación de las siembras, más riqueza habrá disponible para avanzar hacia el progreso y bienestar general”. Rafael Abreu Licairac, La cuestión palpitante, Santo Domingo, Imp. Listín Diario, 1906, 27-32. Ver también su artículo anterior “La agricultura en el Cibao”, Eco de la Opinión, 2 de septiembre de 1893. Para un ejemplo de los años iniciales de Trujillo que contrapone el Cibao y el Este, ver Enrique Jiménez, Sobre economía social americana, Santo Domingo, 1932. Así, en lugar de descartar los campesinos por ser intrínsicamente primitivos e indolentes, o tratar de arrancarlos completamente de su existencia autónoma –como tradicionalmente habían hecho los intelectuales y líderes dominicanos–, comenzó a emerger una nueva tendencia de intelectuales liberales que buscaban un rol para el campesinado en el marco de una nación en modernización. 14 Un ejemplo de esa plataforma política es “Lo que ha hecho ‘La Opinión’ en dos años de intensa lucha por el prestigio, el engrandecimiento y el porvenir de la República”, La Opinión, 10 de enero de 1929. Ese proyecto también era apoyado por el Partido Nacionalista, formado en 1924 al final de la ocupación norteamericana. Ver Francisco Antonio Avelino, “Reflexiones sobre algunas cumbres del pasado ideológico dominicano”, Santo Domingo, n. p., 1995, 198-201; González, “Notas sobre el pensamiento socio-político dominicano”, 14-15. 15 Secretaría de Estado de Agricultura e Inmigración, Memoria 1926, Santo Domingo, 1927, 7-9, 21.70
  • 71. extranjero”.16 Editores, periodistas y funcionarios del gobierno de Vás-quez demandaron nuevas leyes para impedir el incremento de inversionis-tas extranjeros y el latifundio, así como el monocultivo en nombre de laequidad social, del nacionalismo y de las políticas económicas con visiónde futuro.17 En 1927 un importante editorialista dominicano denunció la expansiónde las plantaciones azucareras norteamericanas y el supuesto crecimien-to económico que ellas representaban. El autor urgía a los ciudadanos a“defendernos de los lazos que (enmascara) el brillo del oro extranjero –¡so-lamente el brillo!–(sic)” y a “no engreírse en la ilusión de falsos mirajes, nicometer la puerilidad de creer que el bullicio de una ciudad es ya un indiciode prosperidad económica”.18 Ese mismo año la legación norteamericanareportó: “Hay estudiosos de la economía del país que desde hace tiem-po miran con aprensión la expansión gradual de los intereses azucareros.Han citado a Cuba como ejemplo del desastre económico que resulta dela falta de diversificación industrial, de lo cual debe cuidarse aquí… Hanfavorecido los pequeños agricultores en contra de las grandes plantacionesazucareras. El Secretario de Estado de Agricultura, Sr. Espaillat, ha estadoconspicuamente en ese grupo”.19 Tanto Espaillat, como Vidal y otros miembros de la nueva generación depensadores reformistas, herederos de un movimiento intelectual que gra-dualmente ganó vigencia desde el cambio de siglo cuando el “progreso” sevislumbró en la República Dominicana, devendrían figuras claves en losinicios del régimen de Trujillo. Tras el ascenso de Trujillo al poder, lasideas de esos pensadores sobre la reforma agraria y sobre una modernidadalternativa emparejarían con un Estado poderoso y un dictador dispuestoa imponerlas.16 Rafael Vidal, “Las hipérboles de ‘Patria’”, Listín Diario, 2 y 3 de septiembre de 1926.Esas declaraciones se tradujeron originalmente del español al inglés, y ahora se hace ala inversa.17 Ver “El Congreso Nacional debe votar leyes que nos pongan en guardia contra ellatifundismo azucarero: es necesario que se nacionalicen la tierra, el subsuelo y aquellasindustrias que existen en el país”, Listín Diario, 6 de agosto de 1927; “Notas editoriales:otro aspecto de la industria azucarera”, La Opinión, 5 de junio de 1928.18 “El ejemplo de Cuba”, La Opinión, 6 de julio de 1927.19 Franklin Frost al Secretario de Estado, No. 566, 6 de agosto de 1927, RG59, 839.52. 71
  • 72. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Uno de esos pensadores reformistas era Rafael César Tolentino. Como Espaillat, Tolentino era miembro de la pequeña clase media de Santiago y era un líder nacionalista importante, quien había sido perseguido du- rante la ocupación militar norteamericana debido a su oposición a dicha ocupación. A finales de la década de 1920 devino en notable periodista y director y propietario del periódico santiaguense de circulación diaria, La Información. Un editorial del periódico de Tolentino se hizo eco de la frase tradicional de los revolucionarios locales “hay que irse al monte”, y decla- raba en 1927 que: “Hay que irse al monte con las armas del machete y del arado. Nuestro estado de pobreza es el resultado de nuestro desequilibrio, de no ver la salvación del país en el único lugar en donde hay que buscarla: en el campo”.20 Los primeros funcionarios del gobierno trujillista se harían eco del lla- mado de Tolentino de acudir al campo para salvar la nación. En busca de una nación “moderna” –pero de una que se caracterizara por autonomía nacional y orden público, así como por crecimiento económico–, ellos pro- movían la idea de convertir a los campesinos libérrimos en pequeños agri- cultores comercialmente productivos, en lugar de impulsar el desarrollo en base a negocios agrícolas de gran escala y crecientes enclaves de inversión extranjera.21 Llama la atención el hecho de que esa visión alternativa de modernidad no sólo daría forma a la retórica, sino también a las propias políticas del régimen. Y es así como varios de los más destacados defen- sores de ese proyecto de desarrollo a través de los pequeños agricultores –entre los que se encontraban Tolentino y Espaillat–, fueron reclutados en 20 Citado en R. Emilio Jiménez, Trujillo y la paz, Ciudad Trujillo, Impresora Dominicana, 1952, 10-11; Enciclopedia Dominicana, Barcelona, Publicaciones Reunidas, 1978, 138. 21 A pesar de la expansión de la producción azucarera a gran escala en el Este, y de los cultivos en pequeña escala de café, tabaco y cacao que se hacían en el Cibao, en general la economía dominicana era rudimentaria cuando Trujillo asumió el poder. La mayoría de la población estaba formada por campesinos dedicados primariamente a la explotación de subsistencia, mientras que raramente se encontraban industrias fuera de la azucarera, dominada por los norteamericanos. La única universidad del país apenas tenía 169 estudiantes en 1920, a pesar de haberse fundado a principios del siglo XVI, y la capital, Santo Domingo, tenía una población de apenas 30,000. Hoetink, “The Dominican Republic”, 220; Juan Bosch, Composición social dominicana: historia e interpretación, Santo Domingo, Alfa & Omega, 1991, 377.72
  • 73. el gabinete de Trujillo y, desde sus nuevas posiciones, tratarían de aprove-char el poder del régimen para realizar su visión reformista. Esos miem-bros del gabinete transformaron y concretaron la retórica populista de losinicios del gobierno de Trujillo, pues diseñaron e implementaron políticasde distribución de tierras, de asistencia agrícola y de intervención en elproceso de mensurar y sanear la tenencia de propiedades para proteger alos pequeños agricultores sin títulos sobre la tierra. Eso era un fructíferoesfuerzo por promover la producción y la auto suficiencia agrícolas e in-tegrar, en lugar de dislocar y diezmar, el campesinado en los inicios delproceso de modernización.“Las políticas para asegurar tierras a los campesinos e incrementarsu producción ayudaron a hacer de la República Dominicana deTrujillo un país virtualmente auto suficiente en términos agrícolas(con la excepción del trigo), en contraste con el resto del Caribey muchas partes de América Latina en el siglo XX, así como aexpandir la agricultura de exportación”. Fueron esas políticas las que eliminaron las prácticas de pasto de loscampesinos, que ayudaron a desarrollar la agricultura sedentaria, que guia-ron a los campesinos hacia los proyectos y expectativas del Estado nacio-nal y que los definieron, como nunca antes, como “hombres de trabajo”cuya labor agrícola, avance y valores eran fundamentales para la nación ysu progreso. Al mismo tiempo, sin embargo, fueron esas mismas políticas,y los que las formularon, los que ayudaron a legitimar y proveer apoyo paraesa horrenda y sangrienta dictadura personalista de Trujillo. Tomemos a Tolentino, por ejemplo, a quien Trujillo nombró secretariode Agricultura y quien ayudaba a conducir las políticas hacia una nueva di-rección, en términos tanto de distribución de tierras, como de los derechossobre ellas. Tolentino era uno de los principales impulsadores de las políti-cas que promovían el acceso de los campesinos a la tierra. En diciembre de1933 hizo varias declaraciones públicas en las que, según el Departamentode Estado norteamericano, alentaba “la ocupación de tierras privadas porcampesinos sin títulos de propiedad”, en las que se incluían los terrenospropiedad de la Compañía Azucarera Central Romana, de capital norte-americano. El Departamento de Estado recibió quejas en el sentido de que“mediante un reciente decreto presidencial se permite a los ciudadanos in- 73
  • 74. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano vadir y ocupar tierras baldías en la República Dominicana”. Y la legación norteamericana en Santo Domingo reportó que sus fuentes estaban “confia- das en que cuando este asunto llegue a la atención del presidente Trujillo, el entusiasmo del Sr. Tolentino en defender el interés de los invasores y de las clases pobres en general, tomará una forma más racional”. Sin embargo, la poderosa familia Vicini, de ascendencia italo-dominicana y propietaria del mayor conglomerado azucarero después de los pertenecientes a las cor- poraciones norteamericanas, ya había protestado ante Tolentino, aunque sólo para recibir una defensa firme de “sus declaraciones y de la acción que tomaran los invasores en cumplimiento de las mismas”.22 No obstante, el Estado eventualmente se retractó. Las presiones del Central Romana forzaron a un reacio Tolentino a emitir una circular a las autoridades oficiales de las áreas azucareras de la región Este en la que se les pedía repudiar las “malas interpretaciones” a sus comentarios sobre “el plan para distribuir las tierras estatales, (así como) el interés del gobierno dominicano de mejorar las presentes condiciones de los campesinos (y) hacer un pequeño terrateniente de cada hombre de trabajo y de buena vo- luntad”. “Con frecuencia”, explicaba él, “este Departamento recibe protes- tas de parte de agricultores que ocupan tierras que han sido adjudicadas a favor de compañías azucareras… En ese sentido, se debe tener presente que las políticas agrarias que este Departamento ha puesto en práctica no pueden ser interpretadas en una forma que obstaculice el funcionamiento de la justicia”. 23 Y sin embargo, aunque aparentemente cedía ante los poderosos intereses azucareros extranjeros, el gobierno inauguraría ese mismo año una nueva política de distribución de tierras –promovida por Tolentino– que esencialmente implementaría en una amplia zona del país el planteamiento que Tolentino había promovido anteriormente. La dis- tribución de tierras, y la legalización de las tierras ocupadas, devendría en lo que se convertiría en la esencia de las políticas rurales subsecuentes, especialmente durante los años siguientes. 22 H. F. Arthur Schoenfeld al Secretario de Estado, No. 1473, 2 de marzo de 1934, “Occupation of Private Lands by Squatters”, memorándum de conversación con el juez Robert C. Round, consejero legal para el Central Romana Inc., RG59, 839.52/89. 23 Schoenfeld al Secretario de Estado, No. 1473, 2 de marzo de 1934 y circular anexa para Tolentino, RG59, 839.52/89.74
  • 75. Los esfuerzos realizados a través de la reforma agraria y la idealizaciónde la labor de los pequeños agricultores encajaban con las preocupacionesnacionalistas. En su reporte anual de 1936 el nuevo secretario de Agri-cultura, Rafael Espaillat, elogiaba la campaña de distribución de tierrascomo un “modelo de política nacionalista prudente, con imponderablesbeneficios para el bienestar, unidad e independencia de la República… Lospueblos despojados del dominio de su tierra son pueblos esclavizados”. Elhecho de que Espaillat procediera de Santiago, al igual que Tolentino, po-dría explicar la visión de nación que ambos tenían, pues quizás estabaninfluenciados por el modelo de pequeña agricultura que ya se desarrollabaen gran parte del Cibao. Es interesante hacer notar que Espaillat habíasido un firme opositor del general Trujillo, cuando el primero era miembrodel gabinete de Vásquez. A principios de 1930, Espaillat incluso encabezóun esfuerzo fallido que buscaba persuadir al presidente Vásquez de quedestituyera a Trujillo de su posición como jefe del Ejército.24 Sin embargo,ese hecho no impidió que Trujillo integrara a Espaillat a su gabinete (por elcontrario, es concebible que eso lo motivara a hacerlo). Junto con Tolen-tino, Espaillat condujo el régimen de Trujillo por direcciones reformistas.De hecho, Espaillat hasta comparó la campaña de distribución de tierrascon la reforma agraria de la Revolución Mexicana –entonces en pleno apo-geo bajo la dirección de Lázaro Cárdenas– y sus políticas a favor de los“más abandonados miembros de la ciudadanía mexicana: los indios y losagricultores pobres del país”.25 Aunque distaba mucho de la Revolución Mexicana, el gobierno de Tru-jillo y su reforma agraria resultaron relativamente atractivos y favorablesa la preservación de un campesinado con libre acceso a la tierra. Y esaspolíticas simultáneamente ayudaron a modernizar la economía rural en laforma en que los intelectuales y estadistas reformistas habían propuesto yelogiado.24 Cabot al Secretario de Estado, No. 1570, 10 de enero de 1930, RG59, 839.00/3344;Curtis al Secretario de Estado, No. 23, 6 de marzo de 1930, RG59, 839.00/3356.25 República Dominicana, Secretaría de Estado de Agricultura y Trabajo, Memoria, 1935,Ciudad Trujillo, 1936, 268-69, 275-76; República Dominicana, Secretaría de Agriculturae Inmigración, Memoria, 1926, Santo Domingo, 1927, 7-9, 20-22; Curtis al Secretario deEstado, No. 23, 6 de marzo de 1930, RG59, 839.00/3356. Esas declaraciones se tradujeronoriginalmente del español al inglés, y ahora se hace a la inversa. 75
  • 76. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Eran, sin embargo, otras acciones contradictorias y sustanciales del régimen que fomentaron el latifundio. La disposición del Estado y la ca- pacidad para promover desarrollo económico basado en la agricultura de menor escala, fueron desiguales en tiempo y lugar. Estaban limitadas tanto por la resistencia de las élites económicas (particularmente los intereses norteamericanos de la región Este), como por el propio engrandecimien- to de Trujillo, además de las fuerzas del mercado y lo limitado de los re- cursos.26 El contraste más evidente y opresivo con la idealización estatal del concepto de pequeño agricultor fue la expropiación masiva de tierras y la expansión azucarera en algunas áreas, tras la toma de control de los intereses azucareros extranjeros por parte del gobierno, en la década de 1950. Eso conllevó el desalojo de miles de campesinos así como la pérdida de vastas áreas de montes y pastos que se usaban colectivamente para la crianza libre en Monte Plata y en tierras cerca de Cotuí.27 El proyecto alternativo de modernidad, a través de la reforma agraria, estaba lejos de ser una transformación política radical, progresista, o con- sistente bajo el gobierno de Trujillo. Por otro lado, en el marco de la vasta perspectiva de la historia caribeña, la medida en que fue perseguido en mu- chos aspectos el modelo de pequeño agricultor durante el régimen fue de hecho relativamente radical, a pesar de la terrible ironía de haber ocurrido bajo una de las dictaduras más brutales y personalistas de la historia. Vale la pena recordar que hasta los líderes más revolucionarios y los episodios más dramáticos de la historia caribeña, entre los que se destacan aquellos de la revolución haitiana y también la abolición de la esclavitud en el Cari- be británico –y, quizás ni qué decir de las ocupaciones norteamericanas de 26 En el Este, los campesinos enfrentaron las más espantosas condiciones cuando Trujillo asumió el poder. Allí el Estado no podía, o no quería, superar la resistencia a sus políticas agrarias, principalmente por parte de los intereses extranjeros cuyas propiedades, en contraste con la mayoría de la tenencia de tierras del país, estaban en proceso de adjudicación definitiva de los títulos gracias a las leyes promulgadas por el gobierno militar norteamericano. Como resultado, en el corazón de la zona azucarera del Este miles de ocupantes fueron eventualmente desalojados. Así, en lugar de reflejar la recia voluntad y la incontrolable fuerza de Trujillo, parece que esos desalojos demostraron más bien los límites del poder y la discreción del Estado. Ver Turits, Fundamentos del despotismo, capítulo 4, esp. 130-42. 27 Ver Turits, Fundamentos del despotismo, 232-47.76
  • 77. Haití, Cuba y la República Dominicana–, todos fracasaron en trascenderlas expectativas de modernidad tradicionales, a menudo racistas, en lasque se presumía la agricultura comercial en gran escala como la única rutahacia el progreso, e implícita, o explícitamente, se asumía que personas deascendencia africana –a diferencia de los blancos–, eran incapaces de desa-rrollar una agricultura pequeña productiva y alcanzar de manera indepen-diente una producción con superávit. Ninguno de esos regímenes concibióuna transición económica de esclavo a pequeño agricultor productivo, o demontero y campesino libre de ascendencia africana a pequeño agricultorproductivo, que podría haber resultado atractiva para las masas rurales,como irónicamente esbozaron e implementaron, en un amplio sentido, losfuncionarios del gobierno de Trujillo. La historia de la extrema corrupción del dictador dominicano y su ma-quinaria de terror está bien documentada y no admite defensa posible. Sinembargo, al investigar las políticas públicas estatales y los testimonios delos campesinos, nos sorprendió encontrar bases materiales y culturalesque ayudan a explicar la longevidad del despótico régimen de de Trujillo,específicamente sus proyectos de reforma agraria y modernidad alterna-tiva. Y esos proyectos ofrecen una explicación parcial, no sólo sobre laduración del régimen y la base social del campesinado, sino también depor qué prominentes intelectuales, aún de corte nacionalista-populista, asícomo muchos líderes cívicos, colaboraron con el régimen de Trujillo; másaún, esas figuras ayudaron a forjar las ejecuciones relativamente exitosasdel Estado durante la dictadura –relativamente exitosas tanto en términoseconómicos como políticos–. Las políticas, para asegurar tierras a los cam-pesinos e incrementar su producción, ayudaron a hacer de la RepúblicaDominicana de Trujillo un país virtualmente auto suficiente en términosagrícolas (con la excepción del trigo), en contraste con el resto del Caribey muchas partes de América Latina en el siglo XX, así como a expandirla agricultura de exportación.28 En última instancia, esos intelectualesestaban dispuestos a pasar por alto el terror estatal y las violaciones a losderechos humanos, con tal de asegurarse un lugar prominente en un Es-tado que, creían ellos, podría implementar con su conducción un proyec-28 Ver Turits, Fundamentos del despotismo, 232-36, 273 n56. 77
  • 78. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano to de modernidad nacionalista y popular. El hecho de que ese proyecto pudo haber sido apoyado e implementado potencialmente sin recurrir a la sangrienta y abarcadora represión de la dictadura de Trujillo, es quizás algo que ellos nunca concibieron. Ese fallo en su imaginación era en parte un razonamiento auto-protector que les permitía acomodarse al régimen brutal, era en parte resultado de imaginar “mapas” de “progreso” en vez de enfrentar directamente el sufrimiento humano, y era en parte producto de la casi completa ausencia de democracia en la historia dominicana antes del régimen de Trujillo –y de hecho, durante décadas después de él–.78
  • 79. CAPITULO II El pensamiento conservador en el siglo XIX• Tomás Bobadilla• Antonio Delmonte y Tejada• Manuel de Jesús Galván• Javier Ángulo GuridiEXPOSITORES: COORDINADORA:Manuel Núñez, Reina RosarioRaymundo GonzálezJosé Guerrero
  • 80. Retrospectiva y perspectiva delpensamiento político dominicanoPanel conformado por José Guerrero, Manuel Núñez y Raymundo González, bajo la coordina-ción de Reina Rosario. Les acompaña, monseñor Agripino Núñez Collado, rector de la PontificiaUniversidad Católica Madre y Maestra (PUCMM).El público siguió con interés las exposiciones, realizadas en la PUCMM, el 12 de agosto de 2009.
  • 81. Manuel deJesús Galván(1834-1910) Manuel Núñez“¿Por qué se produce el respaldo de Galván a la Anexión a España?Era tan vulnerable el Estado dominicano que surgieron dos grandestendencias: los independentistas puros, que creyeron en que la únicasolución era la independencia, y que representa, de manera absolutay casi única, el padre de la Patria, Juan Pablo Duarte, y los quecreyeron que debíamos ponernos bajo la tutela de un Estado protector.Participantes de esta idea fueron, en algún momento, los prócerestrinitarios Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella”. La imagen que se tiene de Manuel de Jesús Galván (1834-1910) se hallamediada por estereotipos que, andando el tiempo, han sustituido la ver-dadera naturaleza de sus convicciones. En los mentideros intelectuales latesis predominante es la siguiente: Manuel de Jesús Galván es un escritor hispanó-filo, reaccionario, conservador, que apoyó la Anexión a España y que hay que poner en lapicota. Esa es, desde luego, una visión impresionista, que, paradójicamenteno encaja con las opiniones que se extraen de la correspondencia de Gre-gorio Luperón, Ulises Francisco Espaillat, José Martí y de otros contem-poráneos suyos, que expresaron unos pareceres muy distintos de esos quehoy tienen carta de vecindad. ¿Qué sabemos de Manuel de Jesús Galván? De Galván sólo se conocía la excelente novela Enriquillo, la novela másimportante del siglo XIX y las opiniones vertidas por los historiógrafos ac-tuales. En su caso, hemos asistido al proceso de invención del otro. Se tratade un proceso de demonización, que permite fabricar un personaje conlas impresiones y las pasiones del presente. La labor editorial y las reve-laciones que se han realizado de esta figura no han logrado variar el juiciocuajado durante años de desinformación. Nosotros publicamos “Novelas 81
  • 82. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano cortas”, en el año 2000, con un compendio de artículos de “La Razón”, per- teneciente a la colección documental del Archivo de D.Vetilio Alfau Du- rán. El Archivo General de la Nación (AGN) ha publicado este año cuatro volúmenes... Escritos iniciales, Ensayos, Artículos y Controversia histórica, co- rrespondencias y misiones diplomáticas, editadas por el documentalista An- drés Blanco Díaz, una labor inestimable. Existe, desde ya, una cantera de informaciones que podrían echar por tierra los juicios anteriores. Creemos que el enjuiciamiento de un personaje histórico no debe construirse sobre odios, resentimientos o sobre abstracciones ideológicas sino fundarse en la documentación. La historiografía no ha de escribirse contra nadie, sino para afirmar convicciones y principios, blindados con una documentación que obre como prueba irrefutable de cuanto afirmamos. La palabra conservador se emplea como un sambenito descalificador. Se moteja como conservador al que cree en Dios, al que cree en la familia, en la tradición, en los valores nacionales, al que detesta los cambios bruscos, al que prefiere el orden a la fiesta revolucionaria. Un conservador puede, a la vez, ser partidario de la República o de la Monarquía; pero considera que la religión, las tradiciones, la cultura son los elementos esenciales de la cohesión social. Siente profunda desconfianza por las teorías abstractas y metafísicas. Prefiere la reforma, a la concepción de la ruptura. Galván82
  • 83. encaja, en algunos aspectos, con la concepción que lo tilda de conservadorsobre todo en su apego al sentido inicial de la vida dominicana. Pero si semira desde otra vertiente, a la luz del comportamiento político asumido enotros momentos de su vida, podría ser tachado de liberal. No debemos juz-gar, pues, a Galván con los juicios y la mentalidad contemporánea. En laspostrimerías del siglo XIX, los conservadores desconfiaban de la capacidaddel pueblo para gobernarse, en muchos casos detestaban el voto y la opi-nión; se oponían a la libertad de cátedra, si ponía en entredicho el dogmareligioso. Desde luego, hasta ahora, tal como veremos, al casar su biografíacon estas perspectivas, ninguna empalma con Galván. En 1852, estudia en el Colegio San Buenaventura. Son sus profesores elpoeta Nicolás Ureña de Mendoza, Alejandro Angulo Guridi, Félix Ma. DelMonte, Tomás Bobadilla y el padre Gaspar Hernández, maestro de los jó-venes de La Trinitaria. No puede decirse, entonces, que estuviese inclinadoal conservadurismo. Fueron sus condiscípulos el historiador José GabrielGarcía, el prócer Manuel Rodríguez Objío, Eugenio Perdomo, MarianoCestero, ninguno lleva la esclavina de conservador, y todos sirvieron a losintereses de la nación desde una concepción nacionalista. No era Galvánun hombre de abolengo. Era hijo natural de María Candelaria Galván ydel comerciante Francisco Javier Abréu. No pertenecía, pues, a las familiaslinajudas que habían logrado enseñorearse desde los tiempos coloniales.Comenzó su labor de periodista desde muy joven, y en tal función llegó adirector de El Oasis (1854-1856); director general de Correos (1858) nombra-do por el presidente Pedro Santana, secretario del Senado, secretario par-ticular del presidente Santana, ministro plenipotenciario ante las Cortesde La Haya y Copenhague (1859-1860). Posteriormente, ocupa el cargo deoficial mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores, y se casa con MaríaVelásquez Objío. Por sus vínculos con Santana, en 1861, apoya la Anexión a España. Suideario político expresado en el lapso de tiempo que va de los 19 a los 26años de Galván queda estampado en La Razón. Dos hombres se disputan elliderazgo absoluto de la primera República (1844-1861), el general PedroSantana (1801-1864) y Buenaventura Báez (1812-1884). Santana gobernó 10años en la primera República y Báez, seis. No representaban, sin embargo,ideales antagónicos. Ambos caudillos, el político y el militar, compagina- 83
  • 84. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano ban con el ideal anexionista. Representaban fuerzas políticas innegables: los propietarios de hatos, grupo social predominante, apoyaban a Santana y los exportadores de madera, del Sur, apoyaron a Báez. Los constructo- res del nuevo Estado no eran partidarios de la independencia absoluta, y consideraban que debían ponerse bajo la protección de una gran potencia europea. Hubo tres soluciones. La primera intentaba consolidar la sepa- ración de Haití mediante la intervención de un Estado protector, que nos pusiera a buen recaudo de las ambiciones haitianas. Luego entró en el can- delero la posibilidad de la cesión del territorio a trueque de una protección militar que impidiera que Haití volviese a enseñorearse del territorio na- cional y finalmente se impuso la anexión, es decir, considerar el país como provincia de ultramar de otro Estado más poderoso, que garantizase por su incorporación las fronteras del territorio nacional. ¿Por qué se produce el respaldo de Galván a la Anexión a España? Era tan vulnerable el Estado dominicano que surgieron dos grandes ten- dencias: los independentistas puros, que creyeron en que la única solución era la independencia, y que representa, de manera absoluta y casi única, el padre de la Patria, Juan Pablo Duarte, y los que creyeron que debíamos ponernos bajo la tutela de un Estado protector. Participantes de esta idea fueron, en algún momento, los próceres trinitarios Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella. En 1844, al producirse la proclamación de la Independencia nacional, Galván tenía 10 años de edad. De 1844-1856, el país enfrenta las campañas militares de la guerra domínico-haitiana, comenzada en la Fuente del Ro- deo el 10 de marzo de 1844 y concluida en Sabana Larga en 1856. Dos ideales llevaron a los hombres de ambos Estados a los campos de batalla. El ideario haitiano, expresado en la primera Constitución de 1805, vigente hasta 1874, era que la isla era una e indivisible; omitía el derecho a la autodeterminación de los dominicanos. La dominación haitiana de 1822- 1844 era la expresión del deseo de anexionarse la porción oriental de La Española. Y el ideario dominicano, expresado el 6 de noviembre de 1844, proclama el deseo de autodeterminación del pueblo dominicano, y reco- noce los límites de la soberanía al hablar de la frontera y renuncia a todo84
  • 85. intento de conquista de la República de Haití. Esas dos vertientes consti-tuyen la proyección geopolítica de los dos Estados.La visión geopolítica del liderazgo de la época El anexionismo surgió desde antes de nuestra declaración de Indepen-dencia en 1844. Buenaventura Báez (1812-1884), quien fungía como di-putado del Parlamento haitiano, en comandita con D. Tomás Bobadillay Briones (1785-1855) estaba en negociaciones con los cónsules francesespara anexionar la parte oriental de la isla y la misma convicción se mani-fiesta en el caudillo Pedro Santana (1801-1864). Ambos personajes –San-tana y Báez– monopolizarán la opinión nacional desde la fundación delEstado en 1844 hasta el momento de la Anexión en 1861. En el caso de Báez,su influjo se prolonga hasta los primeros seis años de la Segunda República(1864-1916). Báez gobernó de 1868 a 1874. ¿A cuáles conclusiones nos llevanestas maniobras? Si los hombres más influyentes proyectaban entregarle lasoberanía de la República a una potencia extranjera desde antes de nacer,podemos inferir que ya campaba por sus respetos una ideal anexionista. Elanexionismo no era cuestión de gustos, ni obedecía a caprichos antinacio-nales ni a una animadversión contra la Independencia, sino a los desafíosgeopolíticos que enfrentaban los dominicanos: 1. UNA FORMIDABLE SUPERIORIDAD MILITAR DE LOS HAI-TIANOS. Boyer llega a Santo Domingo encabezando un ejército de 12.000soldados. La República Dominicana tenía 75.000 almas. Una proporciónde un soldado por cada seis personas, incluyendo ancianos y niños. Loshaitianos habían heredado los arsenales militares dejados por el ejércitonapoleónico, tras la fulminante derrota causada entre otras razones, por lafiebre amarilla que diezmó los mayores contingentes de soldados france-ses, más de 25.000, según se desprende de la obra “La Revolution de SaintDomingue”, escrita por oficial francés Pamphile Lacroix. Por lo demás, en1844 el ejército haitiano constaba de 50.000 soldados, mientras los domi-nicanos, tanto en el ejército del Sur, como en el del Norte, apenas sumabanunos 10.000 soldados. 2. EL FACTOR ECONÓMICO. Haití heredó el aparato productivo deuna de las colonias más ricas del continente. En su obra inconclusa “ElEstado haitiano”, Peña Batlle hace un retrato cabal de la colonia de Saint 85
  • 86. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Domingue, pocos antes de su Independencia: Si se quiere apreciar con exactitud el contenido de la economía de la colonia, son necesarios algunos datos estadísticos de la época. En 1789 existían en la parte francesa de Santo Domingo 451 establecimientos de azúcar blanca y 341 más que producían 93 millones de azúcar crudo. Existían 2810 plantaciones de café con una producción de 68 millones de libras y 3097 plantaciones de índigo, cuya producción llegaba a 1 millón de libras. El valor total de los productos exportados de la colonia se elevaba a 193 millones de libras tornesas por año. El monto de las importaciones que hacía la colonia de Francia y de los Estados Unidos era de unos 200 millones de libras. Se estimaba en 1000 millones de libras tornesas el valor de la propiedad privada radicada en la colonia. El movimiento comercial que todo esto representaba ocupaba más de 700 navíos franceses y extranjeros al año. Este enorme aparato de riqueza descansaba sobre una organización social muy característica: en 1789 vivían en la colonia francesa 40.000 blancos, 40.000 libertos y 600.000 esclavos” (“Ensayos históricos”, Sto. Dgo. Taller, Pág. 152). 3. EL TERCER ASPECTO ERA EL FACTOR DEMOGRÁFICO. En 1844, Haití tenía una población de unas 800.000 personas y la República Dominicana podría alcanzar los 200.000 habitantes, es decir, que la pobla- ción haitiana era cuatro veces mayor. Le hubiera bastado a los haitianos una simple ocupación del territorio dominicano, para desdibujar las ca- racterísticas esenciales de la naciente nación dominicana. Estas circuns- tancias no se produjeron, porque el régimen implantado por Boyer, que obligada a una adscripción a la tierra y el régimen de trabajos forzados o corvee con vistas a mantener el funcionamiento de su poderosísimo ejérci- to, contuvo en sus linderos a la población esclava. En los años de su dominación, Boyer prohibió en las circulares de 1824 y 1834 el empleo de la lengua española en los actos públicos, en la enseñanza y en toda la correspondencia judicial. Se repartieron grandes proporcio- nes de tierra entre los militares haitianos y se firmó con la compañía de J.Granville un acuerdo para la instalación de poblaciones de esclavos liber- tos estadounidenses en el territorio nacional. Los inmigrantes traídos por Boyer se instalaron en Samaná y en Puerto Plata. Basado en el conocimien- to de estas realidades, Buenaventura Báez y Pedro Santana nunca creyeron que podíamos llegar a constituir un Estado independiente. El anexionismo era la idea que se había fraguado en aquellos hombres que vieron como algo totalmente descabellado que, en condiciones tan adversas, los domi-86
  • 87. nicanos se enfrascasen en un proyecto independentista. El anexionismo nose proyectaba en menoscabo de la idea nacional, sino de la idea de Estado.En aquel punto y hora, muchas naciones se hallaban manejadas por Esta-dos más poderosos, y ese proceso ha continuado. En 1947, al momento defundarse la Organización de las Naciones Unidas, había una cincuentenade Estados independientes. En la actualidad, tenemos más de 180 Estadosmiembros. La independencia dominicana obedeció fundamentalmente la necesidadde supervivencia cultural. Los dominicanos debieron luchar por su inde-pendencia para no desaparecer, pero el sentimiento de comunidad diferen-ciada, comunidad de destino existía desde mucho antes de la ocupaciónhaitiana, y ese sentimiento que no pudo ser desarraigado por los ocupan-tes, era el que servía de base, para actuar y buscar soluciones distintas delas que ofrecía el Estado haitiano. La segunda solución de los dominicanos fue la del fundador de nuestranacionalidad Juan Pablo Duarte (1813-1876). Cuando había cumplido 25años, en 1838, el Padre de la Patria funda la sociedad secreta La Trinitaria.A partir de ese momento, comienza en la historia dominicana a campar porsus fueros la idea de independencia. Era, hay que decirlo, tarea de románti-cos. La edad promedio de los trinitarios era 28 años. En 1843, se producenlas revueltas en contra de la dictadura de Boyer en la ciudad haitiana de LosCayos, los dominicanos organizados por las faenas conspirativas de JuanPablo Duarte, quien había constituido las juntas populares en las provin-cias del Este para echar por tierra la dictadura boyerista, aprovechan estaoportunidad para proclamar la independencia nacional el 27 de febrero de1844. Al leer las menudencias de nuestro esfuerzo de independencia nues-tros escolares, a los cuales se les ha omitido la historiografía militar, tienenla impresión de que se trató de una obra incruenta. La independencia nacional se mantuvo merced a la determinación delejército dominicano. El anexionismo se mantuvo en el candelero por lasintenciones indeclinables del Ejército haitiano de apoderarse de la porcióndominicana del territorio. Todo el esfuerzo de nuestras tropas se resumeen las batallas libradas por hombres que mantuvieron vivo el ideal de unarepública libre del yugo extranjero. Antonio Duvergé (1807-1855), los her-manos José Joaquín (1808-1847) y Gabino Puello (1816-1847), María Trini- 87
  • 88. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano dad Sánchez (1794-1845) y otros. A todos los fusiló Santana. Y ese hecho le abrió las puertas al anexionismo. Fabré Geffrard logró atraerse a una parte de los patriotas, que, temerosos de sus vidas, se refugiaron en el territorio haitiano. Sin embargo, el objetivo del gobernante haitiano era adelantarse a los acontecimientos, produciendo anticipadamente una incorporación del territorio dominicano al Estado haitiano, tal como lo subraya el historiador haitiano Jean Price Mars (“La República de Haiti y la República Domini- cana”, v.III). Las causas que motivaron la Anexión a España pueden resu- mirse del modo siguiente: • La amenaza de caer, nueva vez, en manos de poderío haitiano. Faustin Soulouque preparaba una gran invasión que tendría lugar en 1859. No se produjo porque Soulouque fue derrocado por Fabré Geffrard. • La deplorable situación económica del país, tras 12 años cabales de guerra domínico hatiana. Galván expresa las ambiciones de los anexionistas. Lograr que la Corona Española invierta 500.000 duros en la construcción de industrias, ferrocarriles y en el desarrollo del comercio, tal como había acaecido en Cuba. • La mayoría de los artículos dados a la estampa en el periódico anexionista La Razón, dirigido por Galván, se refieren al fomento de la industria, el ferrocarril, la agricultura, el trabajo; importación de inmigrantes laboriosos; la apertura de la universidad y al desarro- llo de la instrucción. • Se esperaba, parejamente, que España reiniciase la exportación de maderas e impulsara la agricultura; la inversión económica española (Pág.99); asumir la deuda nacional y recoger las antiguas monedas por una nueva. • Que se le diera punto final a las luchas intestinas entre los caudillos que habían dominado el escenario político. A saber: Buenaventura Báez y Pedro Santana. • Que el Estado español emprendiese la tarea de recuperar el terri- torio de nuestra frontera ocupado por los haitianos. En efecto, los haitianos habían franqueado las fronteras de Aranjuez que prescri-88
  • 89. bían que Haití poseía unos 21.085 km2. Una de las ambiciones de Santana era recuperar esos territorios fronterizos. • Galván enumera, concienzudamente, los problemas de Santo Do- mingo: 1) la despoblación, la inseguridad, la incertidumbre produci- da por la guerra con Haití. De ahí la exigencia de que España invier- ta sus caudales en las infraestructuras necesarias para desarrollar a la nación. El anexionismo fue la solución ensayada por el liderazgo político másinfluyente en aquel punto y hora. A Galván, que vivió en su infancia bajola dominación haitiana y cuyos años mozos estuvieron marcados por lascontinuas invasiones haitianas y por el espantajo de una posible derrota amanos del copioso ejército haitiano, le parecía que, en vista de la debilidadde las fuerzas nacionales para ponerle coto a las invasiones del vecino, eranecesario una anexión o un protectorado que, mediante la incorporación,impidiese el dominio haitiano. Al analizar a este hombre de letras, se haproducido una caricaturización, omitiendo los datos y las circunstanciasde su entorno. Visiones maniqueas oponen liberales y conservadores. Li-berales, buenos y conservadores, malos.“En todas sus intervenciones Galván se convierte en un defensorinteligente de los intereses de la nación. Se oponía radicalmenteal control aduanero de los EE.UU. Wos y Gil fue derrocadoen diciembre de 1903 y Galván renuncia al cargo de Canciller yse queda en EE. UU, luego pasa a Puerto Rico. Desde su exiliovoluntario se opuso a la Convención Dominico Americana de 1907,refrendada durante el gobierno del presidente Ramón Cáceres”. A Galván se le llama conservador, reaccionario, por haber apoyado laAnexión. Se olvida que el prócer de la Independencia y de la RestauraciónRamón Matías Mella (1816-1864) llegó en misión a España, en 1854, paragestionar: un protectorado o una anexión a la Corona, durante la guerradomínico haitiana como ministro plenipotenciario del General Pedro San-tana. Se olvida que Francisco del Rosario Sánchez (1817-1861) se hallabavinculado a Buenaventura Báez, de cuyos gobiernos fue ministro y valedor,y que, en algún momento, para poner su pellejo a buen recaudo aceptó laMatrícula de Segovia. 89
  • 90. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Las relaciones de Galván con el General Santana Durante los 17 años de la Primera República (1844-1861), Santana gober- nó durante 10 años. Era masón y, a la par, devoto de la Virgen del Carmen; era propietario de hato y engrandeció su hato con el matrimonio con la viuda Micaela del Rivero, mayor que él. Luego se caso, al enviudar, con Ana Zorrilla, sexagenaria, hermana de Dominga Zorrilla, con la que tuvo dos hijos naturales. Santana era un autócrata, y no creyó nunca que la Repú- blica Dominicana pudiera sobrevivir a los propósitos haitianos de imponer su soberanía. Había nacido en Hincha, que, por sucesivas incursiones hai- tianas, se hallaba bajo la soberanía de Haití. Y, al igual que Báez, creía que la única solución perdurable era incorporarse a una gran potencia extran- jera que mantuviera a raya el poderío haitiano. La anexión a la Corona de España se produjo en 1861. Pero todos los sueños de Santana se volvieron aguas de borrajas. Se esperaba demasiado de España. Tras el cambio de soberanía, se produjo un brevísimo paréntesis de optimismo. España cam- bio la moneda de una nación en ruinas; pero ninguno de los beneficios se hicieron presentes. Las contradicciones entre Santana y el mando español, que lo había nombrado capitán general, se produjeron de inmediato. Intro- dujeron métodos burocráticos que chocaron con la idiosincrasia del país; comenzó una política de intolerancia religiosa con las iglesias protestantes y con los masones, el propio Santana y Galván, ambos eran masones; se introdujo una política que mantenía ciertos ribetes racistas, no hay que olvidar que España mantenía la esclavitud en Cuba. Para Santana consti- tuyó un auténtico aldabonazo el momento en que el mando español pasó a retiro a 56 generales que lo habían apoyado durante la guerra de Indepen- dencia. En 1862, disgustado con las cancelaciones emprendidas por los españoles renuncia al mando, con la esperanza de que la crisis que ya había estallado en Capotillo, le diera nuevamente las riendas de la situación. Pero La Gándara, que le sustituye, se alegra de que éste haya dejado el campo libre. Sus contradicciones con el mando español, lo mantienen apartado y rebelde a las circunstancias. La Gándara considera que Santana debe pasar por un Consejo de Guerra. Propone al general Serrano, capitán general de Cuba, que se le embarque a La Habana o a Madrid. Santana, a chita ca- llando, desoye todas las recomendaciones que le hace el Capitán General de Santo Domingo. Entretanto, el Gobierno restaurador lanza un bando90
  • 91. para que se fusilase dondequiera que se le encuentre. Los últimos días deSantana fueron trágicos, enemistado con los españoles y condenado por losdominicanos. Según el Dr. Delgado que lo atendió, cuando se hallaba en lasúltimas, falleció de un cólico hepático en 1864. Fue enterrado sin ceremo-nias, en el patio de la Guarnición. Posteriormente se le inhumó en la Iglesiade El Seibo, y finalmente se le exaltó al Panteón Nacional. Habiendo cesado la influencia de Santana, su figura histórica fue someti-da al tribunal de la historia por el historiador José Gabriel García. En esosmomentos se mantuvo una ardua polémica al través de los periódicos ElTeléfono y El Eco de la Opinión en 1899, recogida por el historiador VetilioAlfau Durán, con el título de la “Controversia Histórica”. En la misma Gal-ván califica como un error de Santana la Anexión a España: “condenamos laAnexión, lamentamos cada vez más la locura que la inspiró; pero no negamos ni destrui-mos la gloria de Santana, ni sus dignas ejecutorias ni merecidas preseas” (p.116, v.II);García, en cambio, trata de destruir la gloria militar de Santana, y hace in-ventario menudo de sus yerros. En realidad durante la polémica, se enfren-tan dos concepciones de la historiografía. Galván subraya preponderante-mente el papel de las personalidades en los acontecimientos, para éste elmando social lo ejercía Santana, y era éste el que determinaba el derroterode los acontecimientos; García, en cambio, hace hincapié en los hechos yen los héroes militares. Aun cuando inicialmente se radica en Puerto Rico,tras la Restauración de la Independencia, Galván dará un vuelco a sus re-laciones políticas, que lo alejarán del influjo del Báez, caudillo anexionistasuperviviente y que lo harán condenar el proyecto de Anexión a los Esta-dos Unidos, santo y seña, del Gobierno baecista de los seis años.La vertiente liberal Tras la Restauración de la República en 1864, se vinculó al Partido Azul,de tendencia liberal, capitaneado por el prócer Gregorio Luperón, a quiensirvió como canciller. En Puerto Rico, donde se radicó tras la conclusiónde la administración española, se vinculó a la España Liberal y a los gruposindependentistas, y escribió en sus medios. En 1874 fue electo diputadoen la Convención que redactaría la Constitución de la República. Se aso-cia a los que luchan contra el baecismo y se convierte en promotor de lacandidatura de Espaillat, quien le nombra canciller de la República. Tras 91
  • 92. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano su derrocamiento, Galván acompaña a Espaillat en la decisión de asilarse en el Consulado de Francia. Firma el Manifiesto de Curazao, encabezado por el prócer Luperón; electo Presidente de la Sociedad Unión Nacional, que tenía como objetivo difundir la paz, la independencia, las libertades públicas, la democracia y el combate del caudillismo, el personalismo y los males de la República. En 1880, preside la Comisión de los Miembros del Consejo de Estado, en función de Poder Ejecutivo envía el Proyecto de Ley para el estableci- miento de las Escuelas Normales; comparte con Hostos la Cátedra de De- recho Internacional en el Instituto Profesional; es nombrado en el Primer Gobierno Liberal de Heureaux, ministro plenipotenciario en Washington y allí recibe al prócer Luperón, y lleva a cabo varias misiones en defensa del interés nacional. Llevó a cabo las misiones diplomáticas más importantes de su época: A) El arreglo de la cuestión domínico española (1880); B) Elabora el tratado de reciprocidad comercial entre la Rep. Dominica na y los EE.UU., refrendado por el protocolo con el Secretario de Estado John Foster; C) Gestiona la participación del país en la celebración del 4to Centena- rio del Descubrimiento; D) Participa en el recibimiento a José Martí; en 1893. Cuando el Gobierno de Heureaux, nacido en las pesebreras del Partido Azul, se volvió una dictadura intolerable, presenta renuncia irrevocable a U. Heureaux, al cargo de canciller. Fue tal el derrotero que tomó ese ré- gimen que Gregorio Luperón, que había sido su mentor político, tuvo que exiliarse en Saint Thomas para poner a salvo su vida. En 1903, el presidente Alejandro Woss y Gil lo designa canciller de la República, y dirige las negociaciones con la San Domingo Improvement que ya tenía el control de las aduanas desde antes de 1899, cedidas por U. Heureaux a la Regie francesa. En todas sus intervenciones Galván se con- vierte en un defensor inteligente de los intereses de la nación. Se oponía radicalmente al control aduanero de los EE.UU. Wos y Gil fue derrocado92
  • 93. en diciembre de 1903 y Galván renuncia al cargo de canciller y se queda enEE. UU., luego pasa a Puerto Rico. Desde su exilio voluntario se opuso a laConvención Dominico Americana de 1907, refrendada durante el gobiernodel Presidente Ramón Cáceres. Consideraba que cederle las aduanas delpaís a los EE. UU., de resultas de las deudas contraídas por el Estado do-minicano, era una iniquidad. Su muerte acaecida en San Juan (Puerto Rico) en 1910 constituyó unaconmoción en la nación entera. El traslado de sus restos a Santo Domingoy su inhumación en la Catedral Primada en 1917, homenaje que los diariosde la época reseñan a tambor batiente como si con ello quisieren solven-tar una deuda antigua, fue un acto de duelo nacional. Ninguno de los con-temporáneos de Galván tiene la mala imagen del que posteriormente hantransmitido a la posteridad los comentaristas e historiógrafos. Los comen-tarios de los que no se han detenido en sus prosas ni en los pormenores desu vida, le han eclipsado el conocimiento cabal de unas de las mentes mejordotadas del siglo XIX. 93
  • 94. Notas sobre el pensamiento conservador dominicano (siglos XIX y XX) Raymundo González “Muerto su líder y amigo Santana, el mismo Bobadilla que apoyó el proyecto de protectorado y cesión de parte del territorio a los Estados Unidos se opondrá militantemente al proyecto de anexión a ese país que realizara Buenaventura Báez. A decir de Guido Despradel, esta oposición se debía a que Báez era ‘su acérrimo enemigo’. Es decir, que se debía a una enemistad personal, no a una oposición de principios”. Con la venia de la coordinadora del panel, me permito, antes de iniciar esta ponencia, proponer una sugerencia a los organizadores del seminario, algo que expuse cuando fui consultado la primera vez y al invitarme a par- ticipar del mismo. Se trata del nombre de la actividad, o mejor, de darle un nombre más apropiado. En efecto, el término o el concepto de pensamiento llama a la reflexión, a la argumentación razonada, a la palabra reposada, al recogimiento y concentración del estudio, todo lo contrario de las signifi- caciones que pueden ser atributos del concepto festival, aun sea “Festival de las Ideas”. Ante todo, para decirlo brevemente, porque las ideas y los planteamientos que contiene el pensamiento que se discutirá en estos días de seminario han costado muchas vidas, muchos sufrimientos al pueblo dominicano a lo largo de su historia. Introducción Dicho esto paso a desarrollar mi exposición: Debido, en parte, a que mi reflexión en muchos puntos está todavía insuficientemente desarrollada y, en parte también, por el breve tiempo de esta exposición, no podré evitar que las ideas que esbozo aquí resulten a veces un poco confusas y en algu- nos casos ambiguas. Por eso quiero pedir disculpas y solicitar su indulgen- cia. Tal vez podamos luego subsanar un tanto estas deficiencias, con las preguntas y aclaraciones al final de las exposiciones.94
  • 95. Mi propósito consiste en presentar a través de un breve esquema unapanorámica global del pensamiento conservador en nuestro país. Se tra-ta de una suerte de periodificación en tres grandes síntesis históricas oproyectos conservadores: 1) la síntesis “colonialista” que sustentó los pro-yectos autoritarios anexionistas (1843-1875); 2) la síntesis o reformulaciónliberal-conservadora o el proyecto de modernización autoritaria (1897-1936); 3) el proyecto despótico modernizante y tradicionalista (1937-1983),los cuales se corresponden con determinadas prácticas de poder, aunqueno comentaré estas últimas, ya que son más conocidas y por razones detiempo. Esbozaré, por último, una idea sucinta sobre la suerte actual delpensamiento conservador. Voy a referirme estrictamente a lo que concierne al pensamiento domi-nicano, a los debates que se producen en nuestro suelo, aunque desde lue-go debe hacerse un esfuerzo comparativo más amplio que dé cuenta delintercambio y fluir de las ideas en el continente americano y no solo conrelación a Europa. Las coyunturas políticas por sí solas remiten a los Es-tados Unidos y Europa, pero también debemos ver lo que sucede en lospaíses latinoamericanos con los cuales se compara o hermana a la Repúbli-ca Dominicana. Por tanto, la imagen que saldrá de estas notas es un tantorecortada, pues la visión que presentamos es incompleta. 95
  • 96. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Antecedentes Sin duda, una de las fuentes del pensamiento conservador está dada en la situación colonial. La imagen del retorno al orden colonial seduce algunas mentes. Pero ese retorno no está planteado en Santo Domingo de manera contundente. Desde luego, Antonio Del Monte y Tejada fue partidario del dominio colonial español, eso está fuera de discusión, pero no es un propó- sito universal de los conservadores dominicanos después del 1844, había otras opciones (Francia, los Estados Unidos). Sin embargo, tenemos que referirnos a una condición, Edgardo Lander la llama “colonialidad” que, se- gún este autor, impregna incluso la modernidad latinoamericana,1 ese otro gran proyecto liberal. Esta condición tiene expresión en el pensamiento anexionista, como veremos más adelante. Esa colonialidad remite desde luego a la época colonial. Pero en esta última el pensamiento no era único ni inconmovible, y así a fines del si- glo XVIII había en Santo Domingo varios planteamientos ideológicos en conflicto. Quisiera destacar solo dos que tuvieron expresión en proyectos políticos opuestos entre el último tercio del siglo XVIII e inicios del XIX. Uno de ellos puede hallarse expresado tempranamente en la visión de la sociedad colonial que nos presenta el hatero banilejo Luis José Peguero en su Historia2 que circuló manuscrita a partir de 1762; nos habla allí refi- riéndose al trato entre los grupos sociales desiguales de “la llaneza natural de la Isla Española”, con lo cual define ese tratamiento nivelador (para no decir igualitario) que la sociedad patriarcal había desarrollado durante la colonia. Por supuesto, eso no significa que no hubiera diferencias sociales por motivo de origen, raza o riquezas, pero a Peguero le parecen que estas diferencias se han allanado gracias a la pobreza económica y al catolicismo que practica la población. Desde luego, como señala Hoetink, a veces la pobreza económica es motivo de que se endurezcan las fronteras sociales 1 Edgardo Lander, “Modernidad, colonialidad y posmodernidad”, Estudios Latinoa- mericanos, Año IV, No.8, jul-dic, 1997, pp.31-46. 2 Luis Joseph Peguero, Historia de la conquista de la Isla Española o de Santo Domingo, tra- sumptada en 1762, 2 tomos (edición y estudio preliminar: Pedro Julio Santiago), Santo Domingo, ediciones del Museo de las Casas Reales, 1975.96
  • 97. y no al revés. Pero dejemos aquí el punto y aceptemos el planteamiento dePeguero de “la llaneza natural” de la sociedad dominico-hispana. No obs-tante, los planteamientos de Peguero no gozaron en su época de simpatíasen los sectores dominantes de la colonia; eso ocurrirá más tarde, cuando loretome el regidor José de Heredia3 al presentar un plan de reconstrucciónde la colonia en el año 1810, poco después de la derrota del resto de las fuer-zas napoleónicas en Santo Domingo. Y aun la podemos rastrear en la obrade Antonio Delmonte y Tejada. En aquel momento, a finales del siglo XVIII, los sectores dominantes dela colonia favorecieron más bien otra propuesta que miraba más al cre-cimiento de la desigualdad y al enriquecimiento que a la estabilidad enla pobreza. Digamos que dicha propuesta está sintetizada como todo unprograma en la obra más conocida del racionero de la catedral dominico-politana, Antonio Sánchez Valverde, “Idea del valor de la Isla Española”,publicada en Madrid en 1785. Tal proyecto no es obra únicamente suya,pero él es quien mejor lo expresa en dicha obra. En ella establece la causade las diferencias de riqueza entre las colonias francesa y española de laisla y propone, en consecuencia, para superar la pobreza secular de la últi-ma, restablecer la plantación y consolidar la ganadería y la minería con laimportación de esclavos en cantidades proporcionales al logro económicodeseado. Por muchas razones que no vienen a cuento, el intento fomentalistacolonial fracasó en la segunda mitad del siglo XVIII. Y, más tarde, la Re-volución en la colonia francesa de Saint Domingue –de la que surgió laprimera república latinoamericana en 1804– terminó con las aspiracionesa un restablecimiento de la plantación esclavista que trazaría una fronteracon el atraso secular de la colonia española de Santo Domingo4. Su fracaso3 Al respecto véase su informe en: Emilio Rodríguez Demorizi, Invasiones haitianas de1801, 1805 y 1822, Ciudad Trujillo [Santo Domingo], Academia Dominicana de la Histo-ria, 1955.4 La clausura es válida incluso si se toma en cuenta que hubo intentos limitados deaplicación del proyecto esclavista durante la dominación francesa. El proyecto deSánchez Valverde deberá esperar a la síntesis liberal-conservadora del siglo XX paraser revalorada. Para una discusión del pensamiento de Sánchez Valverde y su recupe-ración conservadora: Pedro L. San Miguel, La isla imaginada. Historia, identidad y utopía enLa Española, Santo Domingo, Librería La Trinitaria, 1997. 97
  • 98. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano fue la oportunidad para la revalorizar el proyecto patriarcalista expuesto por Peguero, que entonces viene a ser reconocido como el cimiento de una sociedad pobre y ruda, apegada al hato, los cortes de madera y los conucos, tal como sobrevivió hasta la época de la Anexión a España. Ambos son proyectos contrapuestos que avanzado el siglo XIX tomarán cuerpo en diferentes propuestas conservadoras. No en balde las obras de Delmonte y Tejada y Sánchez Valverde volvieron a editarse durante el pe- ríodo de la primera República y de la Anexión a España, respectivamente. Primera formulación del proyecto conservador Así las cosas, propongo la hipótesis de que en el siglo XIX hay una dé- bil estructuración del pensamiento conservador, esto es, como conjunto ideológico legitimador de una visión del país o de una forma de ejercicio del poder, por ello cuando los necesita se ve obligado a tomar prestado del pensamiento liberal formas y motivos. Fernando Ferrán ha reflexionado sobre este punto y lo ha denominado “barroco”5, acaso por esa tendencia a componer los opuestos de manera tortuosa y hasta galana. Esta debilidad no se corresponde, en ningún caso, con la preponderancia en la estructura- ción del poder en la sociedad que le tocó desempeñar a los grupos conser- vadores. En cierto modo, el peso de la tradición en el ejercicio del poder no deja de ser causa de la debilidad discursiva referida, ya que no era necesario argumentar lo que de hecho era reconocido en las prácticas sociales vigen- tes por largo tiempo. Nuestro conservadurismo del siglo XIX es el anexionismo y el deseo de dependencia, como forma de perpetuarse en el poder del grupo dominan- te.6 “Anhelo de dependencia” lo llamó un investigador alemán.7 El reverso de este componente era la falta de fe en que el pueblo puede sostener su 5 Fernando Ferrán, “Imágenes de lo dominicano”, Ciencia y Sociedad, 1986. 6 Véase: VV.AA., Política, identidad y pensamiento social en la República Dominicana. Siglos XIX y XX, Madrid, Doce Calles / Academia de Ciencias de la República Dominicana, 1999, en particular la “Introducción”. 7 Detlev Julio K. Peukert, “Anhelo de dependencia. Las ofertas de anexión de la Repú- blica Dominicana a los Estados Unidos en el siglo XIX”, Jahrbuch für Geschichte von Staat, Wirtschaft und Gesellschaft Lateinamerikas, Vol.23, 1986, pp.305-330.98
  • 99. independencia que hay en los dirigentes políticos.8 Ante todo, es un pro-yecto del grupo que controla el poder del Estado. El caudillo es a la vez eljefe y garante del grupo en el poder. La lealtad del grupo depende de sufuerza para controlar el poder. Los requisitos para conseguir este controltienen que ver con la capacidad para solventar los gastos del gobierno ymantener las relaciones comerciales si no crecientes, al menos constantes.Pero las rentas del Estado eran precisamente insuficientes y, sobre todo,muy inestables. El interés del proyecto conservador estaba marcado, enconsecuencia, por el doble objetivo de elevar y estabilizar las rentas delEstado, de modo que permitiera la permanencia del grupo dominante enel poder. El expediente anexionista ofreció variantes y combinaciones deellas: la enajenación de parte del territorio (la venta o arrendamiento deSamaná, principalmente), el protectorado (a cambio de lo anterior o tam-bién de tratados comerciales ventajosos), la supresión de la república (y elgrupo de poder quedaba como administrador colonial); el expediente delcrédito público fue una necesidad inmediata al inicio de la República, perose continuó de manera irresponsable en los gobiernos de Santana, comolo recuerda Juan Nepomuceno Tejera en sus Apuntes9; y lo mismo puededecirse de la ampliación del endeudamiento exterior inaugurado por Báezdurante la dictadura de los Seis Años.10 El caso de Tomás Bobadilla expresa muy bien el carácter de este proyec-to. Promotor del protectorado francés desde antes de la fundación de laRepública.11 Lo mismo hizo de manera entusiasta con relación al protecto-8 En el caso de los pensadores liberales de la primera república el componente popu-lista estuvo presente como rasgo distintivo. Es el caso de Duarte y Bonó, por ejemplo;véanse nuestros trabajos al respecto: “Notas sobre las concepciones populistas-liberales de Duarte y la independencia dominicana”, Clío, Año 77, No.175, pp.151-166; yBonó, un intelectual de los pobres, Santo Domingo, Centro de Estudios P. Juan Montalvo,S.J., 1993.9 Véanse los dichos “Apuntes” en: Emilio Rodríguez Demorizi, Documentos para lahistoria de la República Dominicana, Vol. IV, Santo Domingo, Editoral del Caribe, 1981.10 Cfr. César Herrera, De Hartmont a Trujillo, 2da. ed., Santo Domingo, ediciones Banre-servas, 2009.11 Véase: Víctor Garrido, Política de Francia en Santo Domingo, 1844-1846, Santo Domingo,Academia Dominicana de la Historia, 1962. 99
  • 100. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano rado norteamericano promovido por Santana, como su jefe político. Oposi- tor a los revolucionarios del 7 de julio de 1857, pese a haber sido beneficiado con su libertad tras la caída de su enemigo Buenaventura Báez. Apoya la anexión a España, pese a su menor entusiasmo,12 y goza del nombramiento de juez de la Audiencia reinstalada en Santo Domingo por la reina Isabel II, quien también le otorgó un título nobiliario. Pero cuando las armas domi- nicanas (que para don Tomás no eran más que “partidas de bandidos que infestan esos lugares”) ya tenían prácticamente asegurado el triunfo sobre el ejército colonial, expresa Bobadilla: “Justamente esto sucede cuando yo quisiera estar fuera de aquí y no ver a ningún dominicano, porque ellos han hecho para siempre la ruina del país y no sabemos cuál será el desenlace del drama horroroso que se representa, pues las cosas van de peor a peor”. Y añade: “Cual que sea el resultado me alegra de su disolución”.13 Muerto su líder y amigo Santana, el mismo Bobadilla que apoyó el pro- yecto de protectorado y cesión de parte del territorio a los Estados Unidos se opondrá militantemente al proyecto de anexión a ese país que realizara Buenaventura Báez. A decir de Guido Despradel, esta oposición se debía a que Báez era “su acérrimo enemigo”. Es decir, que se debía a una enemis- tad personal, no a una oposición de principios. Algunas expresiones de Bobadilla en sus últimos escritos parecen darle la razón. Bobadilla era ya un anciano y los relevos del pensamiento conservador de ese momento, ya fueran santanistas o baecistas, no tuvieron la fuerza ni la influencia que Bobadilla alcanzó durante la primera república. Sin embargo, pudieron co- laborar después con la dictadura encabezada por Ulises Heureaux, pese a no ser de origen conservador. Rafael Justino Castillo evaluó a finales del siglo XIX dichas prácticas de poder, con las siguientes palabras: “Por lo que a los dominicanos respecta, 12 Señala Guido Despradel Batista que “ante la insolente carta de su antiguo ami- go y confidente Pedro Santana, se alejó de su lado y le dejó libremente realizar sus tétricos designios parricidas”. Véase: Aut. Cit., “Don Tomás Bobadilla y la Revolución Restauradora”, Renovación, 30 de abril de 1971, en: Guido Despradel Batista, Obras, tomo II (edición de Alfredo Rafael Hernández), Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2009 (en prensa). 13 Citado en: Guido Despradel Batista, Obras, tomo II (edición de Alfredo Rafael Her- nández), Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2009 (en prensa).100
  • 101. la experiencia de más de medio siglo ¿no es bastante a demostrarnos queel falseamiento de las instituciones republicanas es causa de desmorali-zación, de degradación y atraso?” Y, en otro lugar, da cuenta de los meca-nismos de la dominación social: “…esos desgraciados campesinos, que lospolíticos empíricos consideran como siervos por naturaleza, a los que debemantenerse bajo el doble yugo del fanatismo y de la sumisión incondicionala la autoridad. (…) Si aceptaron la anexión a España; si votaron la anexióna los Estados Unidos, fue porque el gobierno se lo ordenaba, y se les habíaenseñado que estaban obligados a hacer lo que quisiera el gobierno, y sa-bían que la desobediencia a las órdenes indiscutibles de éste se castigaba,legal o arbitrariamente, con pena de la vida”.14La segunda síntesis oreformulación del proyecto conservador El panorama intelectual de finales del siglo XIX está dominado en nues-tro país por dos grandes problemas. Estos se refieren a la necesidad de le-gitimación de una clase burguesa emergente, cuyos intereses comenzabana ser claves ordenadoras del Estado; mientras, por otra parte, las persona-lidades que estaban llamadas a desempeñar el papel de ideólogos se man-tuvieron más o menos distantes del ejercicio directo del poder. Hoetinkha llamado a uno de estos problemas la cuestión del “panteón nacional” ysu replanteamiento por los intelectuales tradicionales.15 Se trata del temade la independencia nacional y sus héroes. En efecto, las dificultades delafianzamiento de la independencia dominicana era un tema obvio en el si-glo XIX: la búsqueda de un protectorado o de alguna forma de dependenciaexterior que garantizara la separación de Haití era la mejor defensa quepodía esgrimirse de la figura de, por ejemplo, un Pedro Santana, quien con-sumó la anexión a España, y de Buenaventura Báez, quien casi consigue laanexión a los Estados Unidos. Los “héroes” (el panteón) formaban un buenescudo para esconder los “anhelos de dependencia” de la clase dominante.La historiografía revisionista en dos momentos (al inicio y al final de la14 Rafael Justino Castillo, “Política positiva”, Boletín del Archivo General de la Nación, Vol.XXIV, No.104, ene-dic 1962, p.217.15 Harry Hoetink, Santo Domingo y el Caribe. Ensayos sobre cultura y sociedad, Santo Domin-go, Fundación Cultural Dominicana, 1994, p. 101
  • 102. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano transición referida) ha sido estudiada por Roberto Cassá en las obras de Rafael Abreu Licairac y de Rafael Augusto Sánchez.16 El otro problema se expresó como una especie de “juicio al atraso”, esto es, el debate agrario,17 relacionado no solo con la transformación econó- mica capitalista que le era contemporánea, sino también con la cuestión de la paz, es decir, con el fin de las revoluciones. Este debate planteó la intervención de los intelectuales como fuente de legitimación del poder de aquella burguesía emergente. Los intelectuales discutieron los proble- mas de la reforma de la propiedad, para adecuarla a los requerimientos de la propiedad capitalista, de la conveniencia o no de los nuevos cultivos, y sobre todo de la necesidad de transformación de los modos de vida de los campesinos. Alrededor de esta problemática se trazó la gran promesa del progreso y el camino para alcanzarlo. “Así como el pensamiento conservador expresa en su fondo un desprecio por el pueblo, en cuanto no lo cree apto para conservarse independiente por sí mismo, también el pensamiento liberal expresa su desprecio por el pueblo dominicano, aunque de manera distinta: se le culpa por ‘la indolencia campesina’ que es leída por los liberales como desdén por el progreso”. La reformulación del proyecto conservador tiene como antecedente el debate agrario, pero éste fue esencialmente un debate al interior del pen- samiento liberal. Así como el pensamiento conservador expresa en su fon- do un desprecio por el pueblo, en cuanto no lo cree apto para conservarse independiente por sí mismo, también el pensamiento liberal expresa su desprecio por el pueblo dominicano, aunque de manera distinta: se le culpa por “la indolencia campesina” que es leída por los liberales como desdén por el progreso. Hay varios aportes de este debate que repercuten en la 16 Roberto Cassá, “Revisionismo intelectual de la independencia dominicana”, Anuario de Estudios Americanos. Cassá estudia aquí las obras La independencia dominicana y sus prohombres, de Rafael Abreu Licairac, y Al cabo de los cien años, de Rafael Augusto Sánchez, dedicadas a evaluar los resultados de la independencia al cumplir cincuenta y cien años, respectivamente. 17 Véase al respecto: Michiel Baud, “Los cosecheros de tabaco. La transformación social de la sociedad cibaeña, 1870-1930”, Santiago, PCUMM-CEUR, 1996; Cyrus Veeser, “A World Safe for Capitalism. Dollar Diplomacy and America’s Rise to Global Power”, New York, Columbia University Press, 2002, especialmente el capítulo 3.102
  • 103. reformulación del proyecto conservador como una síntesis ahora con ele-mentos provenientes del debate liberal sobre la reforma del hombre y lamujer del campo. Señalemos una serie de elementos coincidentes. Me parece que el másimportante de ellos era la creencia en el progreso como valor supremo. Losconservadores no sostuvieron antes ni ahora el retorno de la situación co-lonial y su sistema esclavista. Eso no era posible en Santo Domingo. La re-ticencia a la aprobación de la anexión por el gobierno español estuvo dadapor la duda sobre la conveniencia de tener en Santo Domingo un régimenexcepcional, por cuanto la esclavitud estaba abolida en Santo Domingo,y podría tener consecuencias en el resto de las Antillas españolas, Cubay Puerto Rico donde el régimen esclavista estaba vigente.18 Sin embargo,el temor a un retorno a la esclavitud fue un estímulo en la lucha contra laAnexión.19 En cambio, los pensadores liberales tampoco confiaban enteramente enla capacidad del pueblo de convivir en paz y mantener el orden, ya que suejercicio político más común era practicado en la forma de montoneras, la“guerra civil” permanente que enfrenta a los caudillos y el gobierno, quepara Bonó era, en su fondo, expresión de la lucha del campo que se defendíade la explotación de la ciudad.20 El argumento de la guerra civil, la cues-tión de la paz para los liberales, va a encontrar su complemento apropiadoen el pensamiento conservador que plantea la necesidad del orden y la ca-pacidad para imponerlo en una sociedad donde el genio civil era caracteri-zado como anárquico, levantisco y heroico. La capacidad a que se refiere seencontraba casi siempre resumido en un caudillo, un hombre providencial,“el hombre único”, investido por tanto de poderes ilimitados. En conse-cuencia, se desprecia el gobierno civil basado únicamente en la legalidaddel orden constitucional.18 Al respecto pueden verse las discusiones en la prensa y las cortes españolas en:Eduardo González Calleja y Antonio Fontecha Pedraza, Una cuestión de honor. Lapolémica sobre la anexión de Santo Domingo vista desde España (1861-1865), Santo Domingo,Fundación García Arévalo, 2005.19 Cfr. Emilio Cordero Michel, “José Contreras y la rebelión de Moca”, Clío.20 Cfr. Emilio Rodríguez Demorizi, “Papeles de Pedro Fco. Bonó”, Santo Domingo, Acade-mia Dominicana de la Historia, 1964, pp. 103
  • 104. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Las ideas positivistas en boga a finales del siglo XIX alimentaron asi- mismo argumentos antidemocráticos, en particular con relación a la ca- pacidad del pueblo dominicano para superar el atraso en que permanecía sumido. Tales planteos dieron preponderancia en el discurso a la cuestión de la civilización y el progreso, que la técnica y el capitalismo modernos mostraban en todo su esplendor. Así, se creó una sed de progreso que al mismo tiempo responsabilizaba a los campesinos del atraso del país. En 1897 José Ramón López los consideró una “raza degenerada” debido a sus malos hábitos alimenticios, y no encontró en ellos más que taras como la imprevisión, la violencia y la doblez.21 Emiliano Tejera llegó incluso a sentenciar que: “El revolucionario y el cerdo son los dos enemigos de la República”.22 Refiriéndose al campesino levantisco de las montoneras y a su sistema de vida basado en la crianza libre. Sólo un gobierno suficien- temente fuerte era capaz de aplicar un programa de reformas como el que requería la superación del atraso. De esta manera se producía un encuentro entre las tesis liberales y conservadoras. He tomado el nombre para esta síntesis de un artículo escrito por José Ramón López, quien a principios del siglo XX se refirió a la necesidad de una síntesis liberal-conservadora; él mismo se inscribía en esta definición que perfiló durante el régimen de Cáceres: “En política –dice López– tene- mos dos escuelas tan apartadas que casi son hostiles entre sí: la liberal y la conservadora. Cada una es veraz en determinada época. La liberal cuando hay que echar por tierra instituciones corruptas, contrarias a las necesida- des biológicas y económicas de la humanidad. La conservadora si hay que mantener y sostener conquistas en el terreno de los principios, conquistas que extrañen*(sic) verdad, civilización, justicia”.23 Llamaba la atención sobre la necesidad que tenía el país de conservar lo recién adquirido y de 21 José Ramón López, La alimentación y las razas, en: El gran pesimismo dominicano, Santia- go, UCMM, 1975. 22 Emiliano Tejera. Antología (selección y estudio preliminar de Manuel A. Peña Batlle), colección Pensamiento Dominicano, Ciudad Trujillo, 1950. También, Emiliano Tejera, “Párrafos de las memorias de Relaciones Exteriores de 1906 y 1907”, Clío, 23 José Ramón López, Escritos dispersos, t.II (edición a cargo de Andrés Blanco Díaz), Santo Domingo, Archivo General de la Nación / Superintendencia de Bancos, 2005, p.67.104
  • 105. hacer nuevas conquistas que permitieran avanzar en el camino del progre-so y la civilización, por lo que la fórmula liberal-conservador era, a su modode ver, la más adecuada al momento que se vivía. Una evaluación de la situación ideológica dominicana fue realizada porel abogado Federico C. Álvarez en 1929. Señaló respecto a la situación an-terior:La tercera fomulación del proyecto conservador Hemos esbozado cómo en el momento de esa síntesis entre proyectoliberal y conservador, este último pensamiento –al mismo tiempo que senutría de la tradición liberal– se confrontó con la necesidad de legitimarsepara justificar su hegemonía en la sociedad. En atención a ello, el pensa-miento conservador se reestructura y configura como discurso ideológicomás o menos contundente durante el trujillato. Los más conocidos expo-nentes de ese discurso conservador son Peña Batlle y Balaguer. Tambiénaquí hay diferentes matices. Hay muchos trujillistas que no son necesaria-mente conservadores. Estoy pensando en el caso de Marrero Aristy, porponer un ejemplo. Hay otros muy conservadores, que tampoco adhierencompletamente a los planteamientos de Peña Batlle o Balaguer, como es elcaso de Max Henríquez Ureña. Sus elementos básicos son los siguientes: a) el ejercicio autoritario delpoder por parte de un jefe absoluto; b) el catolicismo y el hispanismo, comosustitutos de la tradición; c) el anticomunismo (me vienen a la mente losfolletos del padre Montoya, “Cartilla Anticomunista” y otros, publicadosen La Vega por los años 40); d) la legitimidad del logro (la obra) y e) elpregonado aliento divino del jefe absoluto (la persona). Me detendré brevemente en el aspecto que se refiere a la legitimidadbasada en el logro, la cual tiene sus antecedentes en la época colonial, ytiende así un puente con el conservadurismo del siglo XIX. Quiero, portanto, destacar ese continuum, pues la sustentación ideológica y política deTrujillo y Balaguer, por poner dos ejemplos que tocan a la tercera síntesisconservadora que comentamos, tiene resortes que se remontan a la colonia.Se trata de una concepción de la legitimidad política como “pericia funcio- 105
  • 106. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano nal”, que en la época colonial ya era conocida como “despotismo ilustrado”. Peter H. Smith lo ha caracterizado de la siguiente forma: “Esta noción de logro-pericia se basa en la pretensión de que la auto- ridad debe estar en manos de gentes que tienen el conocimiento, la peri- cia o la habilidad general para producir logros específicos –por lo general, aunque no siempre, logros económicos–. En este caso la autoridad deriva esencialmente de la deseabilidad del logro mismo; hay un compromiso con el objetivo, no con los medios. Se exige así, y presumiblemente se obtiene, la obediencia política por razones no políticas. La estructura política ‘per se’ pierde importancia. Los dirigentes están en libertad de adoptar cual- quier método, no importa lo represivo que sea, en tanto puedan demostrar progresos hacia el objetivo que se busca”.24 Es de esta manera como Peña Batlle y la mayoría de los autores que sirvieron a la dictadura han presentado a Trujillo. Se justificaba la obra (el logro del objetivo deseado) por la persona (que se convierte en merecedora del respeto y la obediencia) y viceversa. Y de esta manera también Balaguer se ha presentado a sí mismo, como “factor de equilibrio”, de “moderación”, pero sobre todo de logros. Esto último no se expresaba necesariamente con palabras, sino que lo venía haciendo continuamente con la práctica discur- siva de las inauguraciones de obras públicas en todo el territorio del país; y aun en la campaña electoral de 1986 de manera explícita: “Todo lo que está hecho, lo hizo Balaguer”, decía el eslogan que ponía en la boca de don Chencho. A esta síntesis del proyecto conservador autoritario y, a la vez, moderni- zante se ha referido Roberto Cassá en el concepto de “matriz conservadora de consenso”,25 con que se refiere a la ideología de las clases dominantes dominicanas de los años posteriores a la dictadura de Trujillo, pero que también se había nutrido de esta dictadura. En cierto modo, no solo se ha 24 Aut. Cit., “Political Legitimacy” en Richard Graham y Peter H. Smith: New Appro- aches to Latin American History, Austin, University of Texas Press, 1974, p.238. 25 Roberto Cassá, Los Doce Años: Contrarrevolución y desarrollismo, tomo I, Santo Domin- go, Alfa y Omega, 1986.106
  • 107. prolongado en los doce años, sino que sus prácticas se han perpetuado apesar de las reformas que iniciara el propio Balaguer al permitir formassemicompetitivas de participación electoral.A modo de conclusión Para finalizar, pasaré a referirme muy rápidamente a algunos rasgos delpensamiento conservador en la coyuntura del presente. Aunque desde lue-go se trata de una evaluación todavía más limitada por razones obvias. Entiendo que desde hace unas dos décadas asistimos a una nueva sínte-sis liberal-conservadora impulsada desde el sistema de partidos, especial-mente las tres fuerzas principales que han tenido en la práctica la capaci-dad para sortear y negociar –con mayor o menor margen– las situacionesde poder en el marco del sistema semicompetitivo, aunque con muchasdificultades por su propia crisis de legitimidad. En efecto, las transicionesen los partidos hacia nuevos liderazgos, tras el deceso de los líderes his-tóricos, ha erosionado (debilitándolas) las fuentes tradicionales de legiti-midad en tales organizaciones. Pero una tendencia global impulsada porel neoliberalismo conservador, que ha dado forma a la globalización deltorno de siglo, ha indicado la tónica y el ritmo de los cambios. Esta últimaformulación o síntesis del proyecto conservador está en marcha. No obs-tante, al presente da síntomas de que puede ser abortada como tal síntesisliberal-conservadora con la aprobación de la nueva Constitución que sediscute en el Congreso Nacional, que ya un crítico de tendencia liberal –merefiero al doctor Pedro Catrain– considera más propia del siglo XVII quedel siglo XXI. 107
  • 108. EL PENSAMIENTO CONSERVADOR DOMINICANO José G. Guerrero “Los franceses se convirtieron en adversarios de “Yo quiero gobernar en familia” los dominicanos, aunque les compraran el ganado Pedro Santana desde dos siglos antes. Los haitianos invadieron a Santo Domingo en 1805 después que el gobernador francés prohibió el comercio con Haití y decretó la esclavitud en contra de su gente”. El pensamiento conservador surgió en Europa como reacción a la Revo- lución Francesa y al imperio napoleónico a finales del siglo XVIII e inicios del XIX. El término lo aplicó F. de Chateubriand en 1819 a los que pensaban “volver al Antiguo Régimen”. Se opone a liberalismo, cuyo adjetivo se usó después del golpe de Estado de Napoleón (1799) y de la Constitución de Cádiz (1812). El pensamiento conservador dominicano es de larga data. Se inició como reacción a los cambios sociales y políticos provocados por las revolucio- nes francesa y haitiana (1789-1793), la cesión a Francia de Santo Domingo (1795-1809) y el gobierno haitiano (1822-1844). No es exclusivo del conservador dominicano guiar sus ideas y conductas por intereses económicos y coyunturas políticas. Se puede volverse liberal, o un patriota, traidor y viceversa. La Reconquista contra Francia (1809), la Separación de Haití (1844) y la Anexión a España (1861) son productos del conservadurismo. El éxito de la primera República y su fracaso, apenas 17 años después de proclamarse como tal, lo son también de su pensamiento conservador. Tomás Bobadilla, Antonio Del Monte y Tejada, Javier Ángulo Guridi y Manuel de Jesús Galván son conservadores “a la dominicana”. Raramente108
  • 109. exponen los principios de sus ideas y prácticas porque se apoyan en la rea-lidad existente, a diferencia de los liberales y revolucionarios que necesitanexplicar y anticipar los cambios en las ideas. Aportaron tres componentes ideológicos del Estado dominicano inicial-hispanismo, antihaitianismo e indigenismo-, sin los cuales no se compren-de la identidad dominicana. De ahí, la necesidad del contexto históricocomo referencia.Revolución, Reconquista y Separación La República Dominicana nació como una reacción a los cambios pro-ducidos por la Revolución Francesa y la haitiana. La primera inició la his-toria moderna y la segunda, la independencia y la lucha antiesclavista enAmérica Latina. En Francia, la revolución socavó las bases del sistema monárquico con-servador, sustentado por la nobleza y la Iglesia, anulando sus privilegios en1789. La lucha social e ideológica se complicó por la invasión a Francia deAustria y Prusia, potencias absolutistas. Un grupo radical decretó el sufra-gio universal y la República. Contra la revuelta campesina de la Vandée, enmarzo de 1793, duramente reprimida, se decretó la República como “únicae indivisible”. 109
  • 110. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Los “vientos borrascosos” de la Revolución Francesa impactaron a la co- lonia de Saint-Domingue, en el oeste de la isla de Santo Domingo, en aquel entonces, la más rica del mundo. Los blancos esclavistas de Saint Domingue, apoyados por Inglaterra y España, declararon la secesión y reprimieron a mulatos libres y negros es- clavos. En 1793, comisionados franceses vencieron la reacción después de abolir la esclavitud. Dos años después, España cedió el resto de la isla a Francia, la cual fue ocupada por Toussaint Louverture en 1801, quien abo- lió la esclavitud. Para retomar la situación de Saint Domingue, Napoleón Bonaparte res- tableció la esclavitud, apresó a Toussaint y envió un ejército de 22 mil sol- dados, pero éste fue derrotado. El 1º de enero de 1804, un ejército “indígena” de negros proclamó la República de Haití sobre “un desierto carbonizado”. Años después, Napoleón confesó: “una de las más grandes locuras…ha sido la de enviar un ejército a Santo Domingo…era imposible triunfar…soy cul- pable de no haber reconocido a la independencia de Saint Domingue” (en Franco, L. 1971: 302). Haití se convirtió en la amenaza para las potencias y colonias esclavistas del mundo. Su país fue aislado como peste y su pueblo estereotipado como “negro comegente”. Hispanismo Santo Domingo fue cedido a Francia en 1795, los haitianos lo invadieron en 1805 y los criollos volvieron a ser españoles en 1809. La identidad hispana en Santo Domingo es singular y antigua. Los crio- llos, en su mayoría negros y mulatos, descendientes de esclavos, se consi- deraban españoles desde que en el siglo XVII la miseria igualó socialmente a mulatos libres y blancos pobres, y facilitó a los esclavos su manumisión (Moya Pons 1981: 175-197), surgiendo lo que Juan Bosch llamó “democracia racial” y “pueblo de mulatos” (1999: 191). Sin bien la esclavitud española era patriarcal y nada comparable a la francesa, según Rubén Silié no se puede negar su carácter clasista y discriminatorio, ni la resistencia de los esclavos (1976: 83). Para acceder a un cargo, se exigía una prueba de “lim-110
  • 111. pieza de sangre” que descartara antecedentes de negros, judíos o herejes(Cassá 2000: 14). “Soy blanco de la tierra” le dijo un negro a un francés hacia 1785 afirman-do que era dominicano o español criollo, o “negro de mentira”, como lo ac-tualiza Federico Henríquez Gratereaux (1988: 76). Para la época, AntonioSánchez Valverde registraba una población de “indios”, dos siglos despuésque estos desaparecieron. Un haitiano dijo en 1822 con cierta malicia queen Santo Domingo “no hay un mulato ni un negro que quiera serlo y fundasu gloria en ser esclavo y español” (González 1974: 120). Que el hispanismoera dominante no significa que fuera el único sentimiento de identidadexistente, como lo muestra la quintilla del padre Juan Vásquez, en 1803:“Ayer español nací, a la tarde fui francés, a la noche etíope fui. Hoy dicenque soy inglés: no se qué será de mí” (Del Monte y Tejada 1953: III: 237). Los franceses se convirtieron en adversarios de los dominicanos, aunqueles compraran el ganado desde dos siglos antes. Los haitianos invadierona Santo Domingo en 1805 después que el gobernador francés prohibió elcomercio con Haití y decretó la esclavitud en contra de su gente. Esto dividió a los dominicanos en dos sectores: los que apoyaron a losfranceses y enfrentaron a los haitianos y los que otros no. Los haitianoscastigaron a los primeros con el incendio y degüello de Moca y Santiago,quemando en la iglesia al cura Juan Vásquez por llamarle “herejes y caníba-les” (Cordero Michel 1968: 90) y ahorcando en el Ayuntamiento a los con-cejales que le opusieron. Había otro sector compuesto por hateros blancos,mulatos y negros, muchos residentes en Santiago y Dajabón, con grandeshaciendas en la región noroeste, que no se avino con los franceses, recibióarmas de Haití para iniciar la reconquista hispánica, rechazó la indepen-dencia efímera y colaboró con la entrada de los haitianos en 1822. Este gru-po, numeroso y coherente, rechazó a Francia, siguió a España y negociócon Haití (Campillo 1980: 52-53). A pesar del dolor causado por la cesión a Francia en 1795, la mayoría delos criollos no pudo embarcarse con las autoridades españolas, quienes sólopudieron llevarse los documentos históricos y los restos de “algún difun-to” que luego se supo no eran los de Cristóbal Colón, sino los de su hijo ohermano. La ocupación de Santo Domingo en 1801 por Toussaint tomó a la 111
  • 112. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano gente festejando, y la de Dessalines en 1805, carnavaleando. Toussaint abo- lió la esclavitud, pero dejó intacta la estructura socio-política, a tal punto que cuando se marchó se le apreció tanto que “sólo le faltó el palio”, lo cual fue atestiguado por Antonio Del Monte y Tejada, el primer historiador dominicano. Las familias blancas se marcharon a Cuba, Puerto Rico y Venezuela llevando consigo a sus esclavos y documentos de propiedades. Según Juan Bosch, lo hicieron “por miedo a los cambios” (1999: 202). La mayor migración se produjo en 1805 y en 1822. En la primera se marchó Del Monte y Tejada, y en la segunda Javier Ángulo Guridi. Después de la incur- sión de Dessalines a Santo Domingo y la derrota de Napoleón en Trafalgar en 1805, la idea de volver a ser españoles se convirtió en una obsesión entre los hateros, tabaqueros, comerciantes y madereros (Bosch 1999: 191-202). Las primeras ideas independentistas de Santo Domingo surgieron en la lucha contra Francia, pero fueron derrotadas por la Reconquista que de- volvió la colonia a España. Como el país quedó devastado y no mejoró la situación durante la “España Boba” (1809-1821), el término “español” se desacreditó (Moya Pons 2008: 137). Aprovechando la Constitución liberal de Cádiz y el proceso de independencia de América, se proclamó el Estado Independiente de Haití Español en noviembre de 1821, bajo el protectorado de Colombia (Bosch 1999: 219). Su existencia fue efímera porque los hate- ros hispanófilos y la pequeña burguesía tabaquera apoyaron un gobierno con Haití por su comercio con Estados Unidos e Inglaterra (Pérez Memén 1995: 11). El presidente haitiano Boyer, que dese 1820 buscaba incorporar Santo Domingo a su gobierno, saludó la independencia de Núñez de Cáceres porque así podía lograr su objetivo sin entrar en conflicto con España. Un coronel haitiano en 1821, Carlos Arieu, proclamó ¡Viva la República Domi- nicana! (Rodríguez Demorizi 1955: 29). Muchos hispanófilos acusaron a Núñez de Cáceres de traidor a España y de confabulación con Boyer. En 1822, los dominicanos estaban divididos en tres grupos: pro-haitiano, pro-colombiano y pro-hispano. Boyer entró a Santo Domingo en 1822, se- gún dijo el acta de separación, sin resistencia alguna: “ningún dominicano le recibió entonces sin dudar del deseo de simpatizar con sus nuevos con- ciudadanos” (1976: 88). Hasta comerciantes catalanes estuvieron a favor,112
  • 113. excepto el padre de Duarte (García 1987: II: 85). Algunas medidas del go-bierno haitiano fueron liberales y revolucionarias, como la abolición de laesclavitud, la aplicación del Código Napoleónico y la repartición de tierrasy cargos municipales. Según explica Wenceslao Vega, “fuimos regidos porla misma constitución y las mismas leyes, elegimos nuestros representan-tes ante las Cámaras Legislativas, tuvimos nuestros propios ayuntamien-tos y muchas de las autoridades de esta parte eran dominicanos. Así nocreo que podíamos considerarnos colonia haitiana” (1976: 99). El aumento de la población, la producción y el comercio creó un campe-sino libre y una pequeña burguesía urbana, de donde saldría un grupo libe-ral, encabezado por Juan Pablo Duarte, quien fue de los pocos que mantuvoel principio de la independencia hasta el final de su vida y el único que dijo“yo admiro al pueblo haitiano…” por abolir la esclavitud y constituir unanación soberana. La Trinitaria parecía al principio un movimiento exclusivo de descen-dientes europeos. Duarte rompió su proyecto de Constitución que abolía“la aristocracia de la sangre” por ser “contraria a la unidad de raza” cuandofue combatido aclaradamente. Aconsejado por su tío José Diez, dio cabida apersonas como Sánchez, Mella y los Puello que tenían influencia en las cla-ses sociales y, principalmente, entre la “gente de color” (Franco, F. 1997: 9).Pocas horas después de la separación surgieron en Guerra y en San Cristóbalmotines porque se había difundido el rumor de que la esclavitud sería res-tablecida. Tomás Bobadilla aclaró la situación. Duarte no recordó agravios,mucho menos odio por el pueblo haitiano ni, como afirma Frank Peña, cayóen el antihaitianismo o en el racismo (1982: 59; Miniño 1994. 45). Para Duarte, entre dominicanos y haitianos no era posible una fusión.Sus países tenían destinos diferentes, como lo habían tenido la coloniafrancesa y la española, una agrícola y de esclavitud intensiva y otra gana-dera y de esclavitud patriarcal. El gobierno haitiano no mejoró la situacióndominicana, ni respetó sus tradiciones culturales ni la propiedad de la tie-rra. Usar el francés en documentos oficiales, permitir cultos evangélicos yprohibir fiestas y peleas de gallos eran “agresiones” a una cultura hispano-católica dominante. Eusebio Puello, haciéndose pasar por músico, repar-tirá el documento de la separación en fiestas y, posiblemente, carnavales. 113
  • 114. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano El general Bonet había advertido que la presencia haitiana modificaría los usos, costumbres y creencias de la “población nómade” dominicana (Gar- cía 1987: II: 83), aunque fueran los mulatos que gobernasen, para los cuales la religión, la vida familiar y el sistema de propiedad son la base de la so- ciedad. Boyer marginó del poder a los negros haitianos (Nicholls 1979: 96, 100). Una crisis europea en 1836 afectó al gobierno haitiano y en 1838, año de la fundación de La Trinitaria por Duarte, se registraron agitaciones en Haití y Puerto Rico. Desde esa fecha, según Bosch, existía una alianza entre la pequeña burguesía haitiana y la dominicana, que terminó derrocando a Boyer en 1843 (1999: 242). Sin embargo, la alianza se rompió cuando los dominicanos liberales pa- saron a controlar las juntas populares municipales y se exigió reconocer el idioma español y la Iglesia Católica. Un haitiano llegó a exclamar: “es- tamos perdidos, la Independencia de los dominicanos es un hecho” (Moya Pons 1972: 151). La “facción” dominicana prohaitiana y el gobierno haitia- no, los obligaron a replegarse. Esa facción, conservadora por excelencia, fue denunciada por Duarte: “es y será siempre todo menos dominicana… antinacional y enemigo nato de todas nuestras revoluciones, y si no, véase ministeriales en tiempo de Boyer, luego riveristas, y aún no había sido el 27 de febrero, cuando se les vio proteccionistas franceses, más tarde anexio- nistas y después españoles” (2002: 16-17). En 1843, existían tres grupos po- líticos: independentista, prohaitiano y anexionista. No es cierto, como afirma Marino Incháustegui, que la separación de Haití el 27 de febrero de 1844 fue obra de La Trinitaria (1976: 47). La célula revolucionaria fundada por Duarte, si no murió el mismo día de su creación –por la denuncia de uno de sus miembros-, no existía en 1840 o en 1844. Se llamaban filántropos, no trinitarios (Rodríguez Demorizi 1976: 96). Duarte fue estrella fugaz que asombró y se apagó en el exilio (Peña 1982: 60), pero resurgió a partir de 1871 con los discursos de Pedro Antonio Bobea, y de la Sociedad Republicana que trajo sus restos en 1884 y luchó para que fuera reconocido como padre de la patria, lo que hizo por decreto el presidente Heureaux en 1894, agregando a Sánchez y Mella. La separación de Haití se produjo por un pacto entre conservadores se- paratistas –incluyendo a antiguos prohaitianos- y liberales independentis-114
  • 115. tas, algunos de los cuales pasaron después al bando contrario. Implicabaun choque de ideas e intereses: “Santana simbolizaba la vieja sociedad jus-tificada por ideas conservadoras y absolutismo del poder. Condicionaba laseparación de Haití al protectorado o anexión a una potencia extranjera.Duarte, por el contrario, simbolizaba la sociedad moderna, libre, soberanay democrática” (Pérez Memén 1995: 31-32). Tomás Bobadilla solicitó el protectorado a Francia el 26 de mayo demayo de 1844, aún cuando Haití estaba dividido por una guerra civil. Duar-te y su grupo respondieron con un golpe en su contra, pero Santana retomóel poder y “las cosas volvieron al orden, a su antiguo curso” (RodríguezDemorizi 1938: 29). Para Bosch, el Estado dominicano no nació el 27 de fe-brero, sino en noviembre de 1844, cuando se constituyó el gobierno de San-tana (en Balcácer 1981: 74). El primer historiador dominicano, Del Montey Tejada, afirmó que fue Santana quien fundó la República Dominicana(1953: III: 124). El Cibao, donde Duarte tenía cierta popularidad, aceptó su desplaza-miento a fin de que el conflicto no pudiera ser aprovechado por los haitianos(Cassá 2000: 29). Exiliado Duarte y convertidos sus seguidores en santanis-tas y baecistas, una nueva tendencia liberal prosperó en la región cuando suprincipal ideólogo, Benigno Filomeno de Rojas, volvió al país en 1846 desdelos Estados Unidos e Inglaterra e introdujo su visión en las constituciones de1854 y 1858 (Campillo 1980: 55). Alguna diferencia debió tener Duarte conRojas porque en 1865 lo llamó pro “yanqui” (Miniño 1994: 90). No importa si el acta de Separación del 16 de enero de 1844 la redactóBobadilla o, como afirma el historiador haitiano Madiou, Sánchez o Mella.Era una forma de restaurar el pasado hispánico, pues los haitianos pro-hibieron el idioma y la religión, lo único “que nos quedaba de españoles”(Doc. 1976: 91). La primera fiesta de la Independencia fue una corrida detoros (Guerrero 2003: 27). Se reconquistó la tierra, derechos, usos, cos-tumbres y el idioma de los antepasados. Fue una revolución moral y reli-giosa, y un hecho providencial porque “Dios lo decidió así”. Para políticos,militares y católicos la guerra contra Haití fue una cruzada religiosa. En1856, se ponía como ejemplo el sacrificio de los padres por conservar laindependencia ante la juventud formada en ideas e instituciones liberales(Pérez Memén 1995: 16-25). 115
  • 116. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano El propio término separación era conservador, aunque garantizaba “el sistema democrático y la libertad de los ciudadanos” (Doc. 1976. 93). To- davía en 1879, lo usó José Gabriel García, el padre de la historiografía do- minicana. Después se sustituyó por independencia, el cual para Santana, consumada la anexión a España, era “concepto vacío de sentido” (Pérez Memén 1995: 30). Independencia implicaba un proceso de total sobera- nía, mientras separación, mediatizada: se hacía una separación para luego buscar un protectorado o anexión. Al parecer sólo Duarte –y no todos sus seguidores- era partidario de la “independencia pura y simple”. W. Vega explica que no se usó independencia porque ésta se había realizado en 1821 y cuando la escisión no era de una metrópolis se llamaba separación (1977: 96). El término Restauración tampoco es venero liberal. Así se llamó la reacción antinapoleónica y el levantamiento del general Francisco Franco en España. La primera república fracasó como proyecto de Estado y sociedad. El go- bierno republicano fue una “revolución hacia atrás”, como sucedió, según Hans A. Stager, en América latina: el poder colonial pasó al criollo sin cam- bios sociales significativos (Pérez Memén 1995: 173). A esto se debe quizás la abulia con que se celebran los símbolos patrios hasta en la actualidad. No es sólo una cuestión de educación deficiente o de juventud alienada. Celebramos carnaval, cuaresma y fechas patrias, como ningún otro país lo hace, por una razón política. Santana, en un momento de impopulari- dad o para enfrentar a la oposición, mandó o permitió que los días patrios se celebrasen con carnavales entre 1848 y 1852, de la misma manera que consintió, aún en contra de su gusto, que se festejara la promulgación de la Constitución con una corrida de toros, por tener un significado antihai- tiano (Guerrero 2003). Una vez el país consolidado, se instrumentó la acusación de “negrofilia” contra dirigentes que fuesen populares entre la población negra y tuviesen cierta simpatía hacia Haití (Veloz Maggiolo 1996: 209). Eso hizo Santana para encarcelar durante diez años al general Manuel Mora en 1845 y fusilar a dos de los hermanos Puello en 1847. La guerra contra Haití fue siempre la causa principal invocada para ex- plicar la pobreza de la República (Pérez Memén 1995: 385), de la misma116
  • 117. manera que Haití justificaba sus invasiones porque una potencia extran-jera le podría hacer la guerra desde Santo Domingo. En 1852, AlejandroÁngulo Guridi culpó a los haitianos de nuestra pobreza, aunque habíansido echados hacía más de ocho años. La salvación del país la cifraba elsector dominante en el protectorado y la anexión. Haití fue derrotado mi-litarmente sin que el país perdiera la soberanía y la anexión a España seconsumó en 1861, después que aquel perdió su última guerra en 1856 y deque se le había propuesto una tregua de cinco años (Rodríguez Demorizi1938: 67). La anexión la consumó Santana para adelantarse a los baecistasque se habían hecho “españoles” con la “matrícula de Segovia” en 1855. ParaBosch, fue un acto del sector hatero ante la inevitable extinción de su po-der social y el traspaso de su poder político a la pequeña burguesía (1999:249). Santana preparaba una invasión contra Haití (Marino 1976: 47). El peligro de la guerra contra Haití le permitió a Santana consolidar suproyecto autoritario, mantener el ejército cohesionado en torno suyo, cons-tituirse en el único caudillo y justificar fusilamientos y persecuciones contraadversarios (Campillo 1976: 74-77). El artículo 210 de la Constitución, queconvirtió a Santana en un déspota, lo justificó Juan Nepumoceno Tejera, unode los fundadores de La Trinitaria, “ante los riesgos que comportaba la anar-quía frente a la asechanza haitiana” (Hernández, I. 2009: 120). La tradición política dominicana hereda de la primera República: lide-razgos en crisis, poder de manera patrimonialista y paternalista, corrup-ción y el vicio de culpar al gobierno de todos los males (Pérez Memén 1995:391-392). La tradición es el sedimento o lastre del pasado en el presente.Sólo se remueve, como dice Hostos, con cambios en la educación y en lamoral social.Antihaitianismo “Se estudia el pasado para justificar el presente” D. Nicholls Si este es el país de los mulatos, que niega a los negros y anhela ser blan-co, los es también de la pequeña burguesía, que niega su origen social ysueña con la burguesía. La economía y la sociedad tienen una especie de“selección natural” que permite a unos pocos ascender y condena a la ma- 117
  • 118. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano yoría a vivir en un equilibrio inestable permanente. La burguesía y el pro- letariado se formaron a partir de la Era de Trujillo, mientras la pequeña burguesía existía desde la ocupación haitiana. Hasta Trujillo, la historia del país es la lucha entre los sectores de la pequeña burguesía dominicana por el poder del Estado. De ahí, la debili- dad de mantener un Estado soberano y las incoherencias de conservadores y liberales. Este es el gran aporte de Juan Bosch al estudio de la historia dominicana (1999: 236-248). En términos ideológicos, según Andrés L. Mateo, la subjetividad del pequeño burgués es un repliegue sobre sí mis- mo y cuando opina sobre el otro construye la biografía de sus fobias y sus filias. Porque es en la incapacidad de imaginar la otredad que naufraga. Los vituperios y odios que les confiere su condición de sitiado hacen su carac- terística fundamental (2009: 25). La pequeña burguesía no puede cons- truir el otro de otra manera. El haitiano será siempre “comegente” como dominador o dominado, como ciudadano o migrante, antítesis y campo de lo inconsciente donde se regocijan sus triunfos, se comprenden sus frus- traciones y se justifican sus fracasos. Según Franklin Franco, el absurdo, negativo y anticientífico antihaitianismo es profesado por la historiografía tradicional e incluso por defensores de la concepción materialista de la his- toria (1971: 6). ¿Qué hizo el gobierno haitiano de Boyer para que sea el período más es- pantoso de la historia dominicana? (en García 1971: 22). Para responder la pregunta es necesario separar historia (hechos concretos) e Historia (la reconstrucción ideológica posterior). La Historia construye una ideología con hechos del pasado e intereses del presente, la cual vela e invierte la realidad. Son hechos diferentes, la ocupación de Santo Domingo por Tous- saint en 1801, la incursión militar de Dessalines en 1805, la unificación del gobierno por Boyer en 1822, la migración laboral haitiana a partir de 1922 y la matanza de haitianos en 1937. Toussaint fue “moderado y humano”, según Del Monte y Tejada (1953: III: 192), pero la crueldad de Dessalines en Santo Domingo no la defienden ni siquiera todos los haitianos. A Boyer los apoyaron conservadores domi- nicanos como Bodadilla y Joaquín del Monte. El terror de 1805 “encharca” al humano Toussaint y al pacífico Boyer. A éste se le achaca el cierre de la118
  • 119. universidad, aún a sabiendas de que los dominicos habían salido del paísdos años antes. Se sabe por sentencia judicial, que quienes mataron a lasvírgenes de Galindo en 1823 eran dominicanos con el uniforme haitiano,algo que silencia el drama de Félix María del Monte en 1885. Nuestros dosprimeros historiadores escribieron sus historias en el contexto del conflic-to dominico-haitiano. Del Monte y Tejada lo hizo exiliado en Cuba des-pués de la entrada de Dessalines a Santo Domingo, y José Gabriel García,cabo en una guerra contra Haití, se inició como escritor en El Oasis, órganofamoso por sus campañas contra el emperador Soulouque y el merengue,entre 1856 y 1857. El terror de Dessalines y Cristóbal en Santo Domingo no tiene justifica-ción. También en Haití aplicaron el mismo esquema, por lo que sus muer-tes fueron júbilo popular. Para el dominicano Gaspar Arredondo, testigode las matanzas de Moca y Santiago, era insoportable tener que bailar conuna antigua esclava. Su testimonio es el de un dueño de esclavos que, porcierto, festejaba con haitianos tarde en la noche. Trujillo convirtió el antihaitianismo intelectual y popular en un asuntode Estado después de la matanza de 1937. Para Andrés L. Mateo, lleva su-mergido la memoria de esa masacre (2004: 149). Eran muy diferentes lascampañas haitianas y la matanza de Trujillo. No es sólo el número de muer-tos: el que los mató que saque sus cuentas. Es que no había una guerra y sehabía logrado un acuerdo fronterizo. Una maquinaria político-ideológicajustificó el hecho convirtiéndolo en casi un acto patriótico. La historiogra-fía y los estudios folklóricos no se explican sin ese hecho. La historia delpasado fue reescrita por los mejores historiadores dominicanos con docu-mentos y archivos, y el historiador Peña Battle fue gestor del Programa deDominicanización de la Frontera. Por supuesto, se acusó al exilio antitru-jillista de estar detrás de una conspiración haitiana. En una carta de JuanBosch, enviada a Marrero Aristi y Emilio Rodríguez Demorizi, en 1943, lesrecrimina: “me he preguntado cómo es posible amar al propio pueblo y des-preciar al ajeno… ustedes consideran a los haitianos poco menos que ani-males, porque a los cerdos, a la vacas, a los perros no les negarían ustedesderecho a vivir” (Vega, B. 2007: 171). La carta fue publicada pensando queBosch luciría como antidominicano. 119
  • 120. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano La guerra de la Restauración contra España, la verdadera Independencia dominicana según Hostos, contó con la ayuda haitiana de manera formal o clandestina (Hernández 1998: 18). Los anexionistas acusaron a los restau- radores de ser prohaitianos. “Soy la bandera dominicana”, exclamó Sánchez ante la crítica de que había entrado por Haití para combatir la anexión. La Restauración produjo el Partido Azul, de corte liberal, algunos de cuyos dirigentes como Gregorio Duperón y Ulises Heureaux, eran descendientes de haitianos. El “mañé” Lilís fue presidente porque Meriño, según Álvaro Caamaño, agregó el jus solis al jus sangunis, Luperón, Lilís y Trujillo, otro descendiente de haitiano, no fueron vanguardias del haitianismo. Eso sí, cada grupo político dominicano, liberal o conservador, tenía su aliado correspondiente en Haití (Campillo 1980: 61). La lucha entre mu- latos y negros allá repercutía ideológicamente aquí. Todavía no se ha es- tudiado la influencia que tuvo en el pensamiento dominicano la leyenda mulata positiva que, entre 1847 y 1867, creó la leyenda negra negativa de Haití (Nicholls 1979: 84). No debió ser solo Del Monte y Tejada quien es- tudió a los historiadores haitianos mulatos como B. Ardouin, H. Dumesle, B. Lespinasse, E. Nau, J. St. Remy y B. Tonnerre. Las campañas mulatas en contra del vudú comenzaban en Haití y terminaban en Santo Domingo. Es comprensible que la nación, el pueblo y el Estado dominicano ten- gan actitudes anti-haitianas. Santana, por ejemplo, quedó en la indigencia cuando su familia perdió sus propiedades en Hincha, ciudad donde nació y que hoy pertenece a Haití. Fue de Haití que nos separamos en 1844 y contra ese país realizamos cuatro campañas militares hasta 1856. Poste- riormente, la cuestión fronteriza quedó sin solución permanente hasta 1936. En este año, el antropólogo Melville Herskovits recogió en Mira- belais, pueblo fronterizo de Haití, opiniones muy favorables a Trujillo. Es por esto que la masacre de 1937 no se justifica. La campaña racial contra Haití, como bien lo demuestra Bernardo Vega (2007), la realizó Trujillo entre 1942 y 1947, cuando se opuso al gobierno de I. Lescot. La aminoró cuando se convirtió en el mayor dueño de ingenios del país e importador de braceros haitianos. Las relaciones políticas y diplomáticas entre Haití y República Domini- cana nunca han sido buenas. La mejor época fue durante el primer gobier-120
  • 121. no de Trujillo cuando se formó un Instituto Domínico-Haitiano y éste llegóa afirmar que “por sus venas corre sangre africana” y que se habían borradomuchos prejuicios y “quizás para siempre” malos entendidos, llegando in-cluso a besar la bandera haitiana. Los gobiernos dominicanos post-truji-llistas no han mejorado la cuestión. La matanza de Palma Sola en 1962 sejustificó por práctica religiosa anti-católica y posible complot trujillista di-rigido desde Haití. El gobierno democrático de Bosch se comprometió a lalucha contra la dictadura de Duvalier. Por eso, un grupo de militares haitia-nos apoyó la Revolución de 1965 que intentaba reponerlo. La participaciónhaitiana en ese evento patriótico, tema soslayado en las crónicas, no mejorósu estereotipo ni siquiera ante los militares y el pueblo que juntos lucha-ban contra la intervención norteamericana. Gregorio Urbano Gilbert, unpatriota que enfrentó a los yanquis en 1916 y en 1965, escribía en un diarioque editaba entre 1927-1930, que los haitianos eran “indeseables vecinos...de quienes nada bueno podemos esperar” (Del Castillo 1979: 37). El gobierno autoritario de Balaguer (1966-1978) reeditó el acuerdo deimportación de braceros haitianos y los utilizó en campañas políticas, altiempo que promovía campañas ideológicas en su contra. Algo parecidoimplementan los gobiernos desde que los norteamericanos, durante la pri-mera intervención, trajeron para sus ingenios el primer contingente dehaitianos y luego prohibieron la inmigración. La presión internacional, quesegún sectores dominicanos busca fusionar Haití y República Dominicana,como no resuelve el problema migratorio, intensifica el prejuicio antihai-tiano. El antihaitianismo reinante en el país no permite reaccionar ante lasinjustas acusaciones internacionales de racismo. Hay un largo trecho entreestereotipo, prejuicio y racismo. Estereotipos y prejuicios existen en el paíscontra negros y pobres -sin importar que sean haitianos o dominicanos-,y pueden justificar alguna discriminación. Racismo es una discriminaciónpermanente basada en una ley que ampara violaciones de derechos pornacionalidad, cultura, género o condición soial. Los últimos dos casos deracismo en el mundo desaparecieron en 1965, en los Estados Unidos, y enSur-África, en 1994. Los medios de comunicación transmiten una imagen idealizada y etno-céntrica del blanco caucásico. Es lo que queremos ser, pero nunca seremos. 121
  • 122. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Que los negros y mulatos quieran ser indios es un mecanismo de defensa social. Alíx se burlaba del mulato que se hace pasar por blanco olvidando “el negro detrás de la oreja”. Si en Santo Domingo nadie quería ser negro en 1789, menos ahora. Por eso es “casi natural” que el dominicano sea antihai- tiano. Ahí están la tradición conservadora y liberal, la política, la cultura, el folklore y la historiografía trujillista para explicarlo y justificarlo. Según M. Incháustegui, Toussaint inició la haitianización del pueblo dominicano (1976: 44). Pero, es lo contrario: no son los dominicanos que se haitianizan, sino los haitianos que se dominicanizan. El problema no es ser antihaitiano o anti otra cosa, sino ser algo en contra que impida conocer lo propio. Para Veloz Maggiolo, el antihaitianismo profundiza la tendencia del dominicano a despreciar su pasado (1977:11), lo que se manifiesta en el desconocimiento de sí mismo y, sobre todo, del otro. Para Cassá, desvía la atención del pueblo de los reales problemas que confronta y la canaliza hacia objetivos de las clases dominantes (1976: 127). Debe pasar lo mismo con el anti dominicanismo en Haití. Los primeros antihaitianos fueron los negros esclavos que huyeron del régimen francés para ganar aquí la liber- tad y los funcionarios dominicanos que servían al Estado haitiano como el caso emblemático de Tomás Bobadilla y Briones, considerado el Maquia- velo o Fouché dominicano o la Caja de Pandora, de donde salieron todos los males. Indigenismo El El pensamiento dominicano, conservador y liberal, se conformó bajo la influencia del romanticismo, un movimiento político y estético que en los siglos XVIII y XIX nacionalizó el arte y la cultura, y defendió lo autóctono frente a lo foráneo. Fue un “grito de libertad” en la disyuntiva entre cosmo- politismo y nacionalismo, optimismo y pesimismo. En el arte, la imitación dio paso a un “yo creador” capaz de inventar una nueva realidad –pasada o imaginaria- hacia la cual huye y se refugia (Santiago, A. 2009: 18-56). En Santo Domingo, el romanticismo parió el indigenismo, el movimiento intelectual y literario más auténtico y creativo del país. El antihaitianismo es concepto negativo y el hispanismo, un traje ajeno que no termina de cuadrar. Ninguno aporta algo nuevo. El primero es una negación y el se-122
  • 123. gundo una imitación. ¿Por qué los hermanos españoles no nos reconocencomo tales en España? Somos dominicanos, no españoles. El indigenismoha creado valores nacionales. Para Manuel García Arévalo (1997), revaluóel pasado y legitimó las raíces ideológicas de la nación dominicana, crean-do una fórmula original, distinta de la haitiana y la española. Hoy se ma-nifiesta en casi todos aspectos de la vida cotidiana, en la literatura, artesplásticas y, en especial, en el gentilicio “indio”. Bien señaló Max HenríquezUreña que pocos países de América tuvieron tanto cultores indigenistascomo República Dominicana. El indigenismo dominicano tiene cierta base histórica. La isla de SantoDomingo logró el mayor y más variado poblamiento aborigen del Caribe,razón por la cual los españoles la escogieron para su primera colonia en elNuevo Mundo. El proyecto colonizador no pudo evitar la mezcla de in-dios y españoles –la “indianización de la conquista”, según Pérez Tudela-,ni la de estos con los negros esclavos africanos. El abandono de España yla pobreza casi igualó a blancos, mestizos, negros y mulatos. Para VetilioAlfau Durán, la mezcla indo-afro-hispana hizo desaparecer la lucha racial.El idioma español de Santo Domingo conserva un léxico abundante abo-rigen, arcaísmos hispánicos y africanismos. La literatura dominicana delsiglo XIX resucitó o revivió librescamente gran número de indigenismos yaolvidados, si es que alguna vez fueron conocidos (Alba 1976: 88). No existe un estudio del término indio como categoría socio-racial enSanto Domingo. La conversión de negros en indios se vincula con derechoslogrados por éstos, exención de la capitación y avance del mulato. AntonioDel Monte y Tejada describió mestizos, mulatos y zambos “con privilegiode indios”, sobre todo a partir del tratado con Enriquillo (1953: II: 67, III:15). Para 1550, muchos ingenios registran indios, pero es probable que seannegros con ese nombre, porque sólo quedaban tres mil de aquellos, treintaaños antes. Exquemelin describió en 1678 a esclavos medio amarillos o in-dianos, mestizos de indios y negros, llamados alcatraces (1971: 27). Moreaude Saint-Méry y Sánchez Valverde citaron entre 1785-1795 a criollos des-cendientes de indios. En 1795, se describió al criollo o negro “comegente”como indio. Al sargento Juan Díaz, presente en la Puerta del Conde el 25de febrero de 1844, le decían “el indio”. Duarte vivió parte de su exilio en 123
  • 124. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Venezuela cerca de la población indígena yanomama en San Carlos de Río Negro y Apure, entre 1845 y 1864, y en una poesía saludó la unidad de los “cobrizos” con la población. Baltazara de los Reyes, fallecida en 1867, era “de color indio” (Duarte, R. 2006:95). Aún así, para Moya Pons en esa épo- ca todavía los dominicanos no se llamaban “indios” (2008: 140). Sucedería en el siglo XX y en la época de Trujillo, cuando se falsificaron censos para mostrar más blancos que negros (Cassá 1976: 125). Además de la etnicidad, el indigenismo dominicano aporta a la literatura y al folklore desde poco antes de la Independencia cuando Francisco Javier Ángulo Guridi escribió los poemas Maguana (1840) y La Cuita (1842) y, más tarde, La ciguapa (1866) e Iguaniona (1867). No sólo fue el primer in- digenista, como afirmó Max Henríquez Ureña, sino también precursor del folklore. Dentro de la mitología dominicana, la ciguapa es el personaje principal. Según Bruno Rosario Candelier, Guridi fue quien creó esa leyenda mito- lógica dominicana de los aborígenes quisqueyanos (2002: 11). Existen di- ferencias entre la leyenda campesina de una mujer de pelo largo y pies al revés que vive en arroyos y campos, que seduce a los hombres, pero que es inofensiva y muere si se le atrapa, y la “ciguapa” de Guridi que puede ser macho y hembra, no tiene pies al revés y produce la muerte de los ena- morados. En esta versión, recogida el 4 de junio de 1860, entre Santiago y Puerto Plata, la ciguapa roba y mata. El enlace entre la “india” ciguapa y el dominicano estriba en su piel que es “dorada como verdadero indio” y su naturaleza idéntica a nosotros (en Rosario 2002: 17, 205). La ciguapa ha sido recreada en la música, la escultura, el cuento y la no- vela. Se descarta que sea leyenda o mito aborigen, aunque un personaje mi- tológico guaraní tiene los pies al revés, y en náhualt cigualt es ave o mujer. Para Gabriel Atiles, vino en las naves con Colón, es decir, con la mitología europea. Pero, ¿por qué ningún cronista la menciona entre aborígenes y españoles? Un personaje semejante aparece en el norte de la India. De todas maneras, el registro de Guridi de 1866 es tardío. Dos años des- pués, según Carlos Nouel (1884), se atrapó una mujer “salvaje” en la Sie- rra de Bahoruco, donde a partir del siglo XVI vivían indios y negros cima- rrones. Sólo en 1791 llegaron más de dos mil negros de los que se habían124
  • 125. sublevado en el oeste (Cordero Michel 1968: 39). La mujer fue bautizadapor el padre Billini, pero murió sin aprender español. En 1854, el haitianoEmile Nau asoció vienvienes del Bahoruco con indios de Enriquillo (1982:276). Para Alejandro Llenas, médico y pionero de la antropología, la cigua-pa es reminiscencia de los indios ciguayos alzados, mientras para GuaroaUbiñas –ciguapa y vienvienes- expresan el exterminio indígena y la per-secución del negro por el español. Más allá del contenido, la asociaciónciguapa-vienvien indianiza a Santo Domingo y africaniza más aún a Haití.Aquí hay ciguapa, allá vien-vien. Al parecer, la ciguapa no existe en Haití,aunque existe un animal fantástico llamado Cigouave y una palabra creo-le –zi goaupe- que significa pequeño bribón. Pudo haber llegado desde eleste. La obra de Guridi es más patriótica que antropológica. Para RosarioCandelier, es escritor costumbrista que tuvo a la ocupación haitiana comohecho aglutinador, la independencia como motivo y el ideario románticocomo modelo literario. Hizo del indio un símbolo de la patria, del amor a latierra y la libertad (2002: 9-18). En su Iguaniona, una india se suicida parano entregarse a un español. El indigenismo dominicano alcanzó un estatuto universal con la novelaEnriquillo de Manuel de Jesús Galván (1879). Para Pedro Henríquez Ure-ña, es la primera y más exitosa novela dominicana, paradójicamente, delprimer país de América donde desapareció el aborigen. Galván la concibióen París como “leyenda histórica dominicana”, pero fue cuando presencióla abolición de la esclavitud en Puerto Rico, siendo funcionario español,en medio de vivas a España, que decidió escribirla (1990: 566). La edicióncompleta se hizo en 1881 y fue muy popular durante el IV Centenario delDescubrimiento de América (1892), cuya celebración la coordinó una so-ciedad iberoamericana presidida por el autor. Enriquillo es el mito social más creído del país. Si para Martí en 1884era forma novedosa de escribir la historia, para Peña y Reynoso en 1897,era la historia misma. Es a través de Galván que se enseña la historia deEnriquillo (Gutiérrez 1999: 11, 136). Galván advirtió en ella un “fin moralpositivo” en un siglo positivista que combatía iniquidades sociales (1990:576). Las escuelas reproducen el mito en el imaginario social sin importar 125
  • 126. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano que Demorizi publicó una carta del cacique donde se presenta de manera diferente al de la novela (Clío 1959: 15-17). Hasta Pedro Henríquez Ureña llegó afirmar que su abuela paterna “tenía sangre de los últimos indios do- minicanos” que vivieron en Boyá con Enriquillo y de “algunos puros” del siglo XVIII (2000: 29-30). La poesis literaria mantiene su vigencia a pesar de que en 1946 Fray Cipriano de Utrera demostró que Enriquillo no fue ningún rebelde social –para J. J. Pérez, Enriquillo se refleja en Espartaco y Lincoln-, ni fue en- terrado en Boyá, sino en Azua –Santana asignó una pensión a una “india” de allí “descendiente de Enriquillo”-, que murió como español y cristia- no –con el nombre de Enrique Vejo, según Deive-, y persiguió a indios y negros, por lo que su pueblo fue destruido por el negro cimarrón Lemba. Galván confundió Enriquillo con Guarocuya y lo hizo educar y cristianizar por franciscanos, cuando según Las Casas a este indio lo ahorcaron los es- pañoles por rebelarse en el Bahoruco. Para Jacinto Gimbernard, Enriquillo es una novela romántica, indige- nista entre comillas, que cabalga en la historia y el conflicto cultural al librar su héroe “angustiosos combates internos en cuanto a su identidad y pertenencia” (1990: 16-186). Su rebeldía no es indígena, sino española. Es un indio idealizado como Jesús –lo advirtió Martí-, pero con su cultura relegada al fondo y la española en el centro. Para Pedro Conde, más que defensa aborigen, es loa a la hispanidad. La obra brillante, inteligente y reaccionaria reproduce la historia para falsearla. Como arma de doble filo, idealiza lo inexistente y niega lo existente (1978: 8-63). Otra creación intelectual genial del indigenismo dominicano fue el tér- mino Quisqueya. Lo acuñó Pedro Mártir de Anglería en 1510, quien nunca estuvo en América. No lo mencionan los cronistas-testigos como Las Ca- sas y Oviedo. Aunque no hay pruebas de que era término aborigen, sirvió para alimentar el fervor nacionalista y la diferenciación de Haití, que sí es palabra indígena recogida por Colón, Chanca y Pané en 1494. Haití tuvo su nombre, Santo Domingo buscó el suyo. Quisqueya, una “toponimia” colonial excepcional, se convirtió en bande- ra política e ideológica de la dominicanidad republicana. De Mártir (1510)126
  • 127. pasó a Gómara (1550), a Herrera (1601), a Charlevoix (1731), a Muñoz(1793) y así sucesivamente. El primer autor criollo que la citó fue AntonioSánchez Valverde (1785), cuyo libro se reeditó en 1853 y 1862, asociando“dominicano”, “español” e “indios”. De ahí, lo habrían tomado J. ÁnguloGuridi (1862, 1866), Duarte (1864), Meriño (1867), Gabriel García (1867),Rodríguez Objío (1868), Castellanos (1874), Hostos (1875), J. J. Pérez(1877), Prud´homme (1883) y demás autores. José Gabriel García, en Memorias para la historia de Quisqueya, o sea dela antigua parte española de Santo Domingo (1876) atribuyó a los geógra-fos dominicanos la gloria del “triunfo” del término que reprodujeron lite-ratos y poetas. Según Javier Ángulo Guridi, en su geografía escolar de 1862,Quisqueya nos pertenece por derecho histórico (en García Lluberes 1947:90). El historiador Del Monte no conoció ese nombre; García lo plasmó enla Historia. En 1880, Hostos propuso sustituir el gentilicio “dominicano”,hispano-colonial, por quisqueyano: “nunca han debido llamarse domini-canos… y puesto que hay que buscar un nombre, el mejor es el indígena”(Rodríguez Demorizi 2004: I: 72). En Haití, según Oscar Mota, el términoapareció en 1802, 1809, 1845, 1846, 1855 y 1870. La revista pedagógica delArchivo General de la Nación se llama Memorias de Quisqueya. César Nicolás Penson negó en Cosas Añejas (1891), prologada por Gal-ván, que el término fuera indígena y propuso sustituir República Domini-cana por República de Quisqueya. En la nota 14 de su Vírgenes de Galindose responsabilizó de su uso popular. Explicó la identidad nacional, segúnJuan Daniel Balcácer, sobre la base de una exclusiva herencia cultural his-pánica soslayando lo afro-hispánico. Fue “uno de los primeros pensadoresde finales de siglo exponente de un marcado y entonces poco usual prejui-cio antihaitiano” (1997: 22). Quisqueya reapareció en la obra de Mártir enel IV Centenario del Descubrimiento de América (1892). En 1904, ApolinarTejera ponderó, aún siendo fabuloso y erróneo, su fervor patriótico: “Ra-rísimo el literato dominicano que no haya empleado esta palabra, sobretodo, al memorar en raptos de cívico entusiasmo las glorias de la patria.El término es eufónico y en poesía viene como anillo al dedo. Pero no esindígena, sino hijo del error que se ha propagado a despecho de la verdad”(1976: 62-66). 127
  • 128. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Parece cierta la afirmación de Marino Incháustegui de que las dife- rencias entre Haití y República Dominicana no permiten diálogo alguno (1976: 42). Ambas naciones, todavía no se ponen de acuerdo para acuñar un nombre único para la isla que comparten. Los haitianos la llaman isla de Haití y los dominicanos isla de Santo Domingo. Ante esa disyuntiva, los norteamericanos, aprovechando la ocupación militar de la isla, acuñaron el nombre latino de Hispaniola en 1918, el acuñado por Mártir para la Es- pañola de Colón. Por eso las frecuencias de radio del país comienzan con las siglas HI. Haitianos y dominicanos refutaron Hispaniola. Isla Española –no, isla La Española- la llamaron los españoles, aclara Balcácer. De todos modos, Alcides García Lluberes desestimó como legítima la pretensión de justificar cualquier nombre como tradición aborigen, pues los indios no tenían un solo nombre para la isla entera: “Nuestra isla ca- recía de un nombre universal indo-americano, como no lo tenía tampoco el continente. El navegante de canoa no podía tener una visión geográfica global. El pueblo que ocupa la parte occidental de la isla tiene tanto dere- cho como el nuestro “a estudiar, amar y hacer suyo el remoto pasado que reconstruimos” (1947: 82). Chanca afirmó en 1494: “a esta primera parte que primero llegamos llaman Haytí, y luego Xamaná, Bohío donde ahora estamos… aquesta isla como es grande es nombrada por provincias”. Se re- fería a la costa de los haytís o haitises, según García Lluberes. El regional Haití de Chanca, lo generalizó Pané: “La isla llamada Española que antes se llamaba Ahití”. Si Haití fue por lo montañoso, era nombre particular, de la misma manera que Cibao era la Sierra de Jánico y se extendió a va- lles y costas, después que Toussaint creó el departamento oriental con ese nombre en 1801. Los españoles llamaron Haití a toda la isla, denominando el todo por la parte, “en virtud de la figura metonimia” (1947). El primer nombre hispano general de la isla fue La Española, acuñado por Colón el 9 de diciembre de 1492. Colón nombró, entre 1496-1498, Santo Domingo a la ciudad primada de América, lo que confirmó Ovando en 1502, cuando la trasladó a la margen occidental del río Ozama. El nombre luego se extendió a toda la isla hacia 1550. De aquí se deriva el gentilicio “dominicano”, cuya mención históri- ca más antigua es de 1621. Según Sócrates Barinas, se le aplicó a las “cin-128
  • 129. cuentenas” que entre 1621 y 1691 combatían a los franceses en el noroeste“porque venían de la ciudad de Santo Domingo” (2005: 5). Apareció en unanovena de la Virgen de 1738 y los primeros criollos que lo mencionaronfueron Joseph Peguero (1762) y el canónigo Sánchez Valverde (1785). Fueratificado por Ferrand (1808), la Junta de Cádiz (1812), y en 1821 por Kin-delán y Núñez de Cáceres (Balcácer 1978: 10-18). El gentilicio se plasmóen República Dominicana, ideada por Duarte en 1838 para nuestro Estadoindependiente y aclamada por el haitiano Arieu en 1821. Como no es usualque un gentilicio sea nombre propio, Pedro Henríquez Ureña propuso Re-pública de Santo Domingo. En la primera independencia se llamó EstadoIndependiente de Haití Español. Después de la muerte de Trujillo, se vienerepitiendo el error, plasmado en la Constitución, de llamar a la capital conel nombre de Santo Domingo de Guzmán. Su nombre es Santo Domingo,a secas. Hostos, rabioso enemigo de todo lo hispánico, propuso sustituir el nom-bre de Santo Domingo por evocar “al santo de las hogueras de carne huma-na, siniestro emblema de la colonización de España” (Rodríguez Demorizi2004: I: 49). El movimiento pedagógico hostosiano, quizás el más influyen-te de los siglos XIX y parte del XX, diseminó Quisqueya entre profesores yalumnos. Las letras de nuestro himno nacional, escritas por el hostosianoPrud´homme, en 1883, comienzan con “Quisqueyanos valientes…”, a dife-rencia del primero –música de Juan Bautista Alfonseca y letra de Félix Ma-ría del Monte-, que llamaba “a las armas, españoles”. La canción Quisqueyadel boricua Rafael Hernández, interpretada por el Trío Quisqueya entre1924-1930, se llamaba originalmente Borinquen, aunque ésta en PuertoRico no caló, mientras aquí sí. Si Quisqueya no existió entre los aborígenes ni entre los españoles –sal-vo Mártir-, sí fue una invención republicana, posterior a la guerra de laRestauración. La verdad-realidad histórica no importa, sí la construcciónintelectual que se popularizó y sirvió para la diferenciación de Haití. EnRepública Dominicana, más que en cualquier parte, la Historia ha recons-truido la historia. Se puede decir que ha ocurrido dos veces: primero en loshechos y, luego, la definitiva, en las ideas. 129
  • 130. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano La categoría indio se ajusta bien al mulato predominante dominicano. Para Ernesto Sagás, después de todo, era más honroso ser descendiente simbólico de aguerridos indios que de un esclavo africano o un español agresor y derrotado. Ayudó somáticamente a blanquear al dominicano para hacerlo claramente distinto del haitiano. Indio pasó a ser equivalente de dominicano, mientras negro, de haitiano. Raza, nación y cultura se con- fundieron de manera inseparable (1997: 135-136). El indigenismo se desarrolló paralelo a lo que Veloz Maggiolo llama la construcción de la imagen del “haitiano agredido y adulterado” en la lite- ratura dominicana y la defensa de la hispanidad. El primer haitiano adul- terado aparece en Guajiro y Papa Bocó, Un fandango en Dajabón (1874) de Juan Antonio Alíx, el decimero más popular del país. Allí el haitiano es co- megente, practica la brujería y es inferior. Después de 1884, según Bonó, el comegente del siglo XVIII se convirtió en el cuco-haitiano que rapta niños desobedientes. Para Marcio Veloz, el indio es un color inventado para en- cubrir la hibridez cuando la misma tiene el negro como base. No es retorno a la prehistoria ni reconocimiento al aborigen, sino comodín que esconde la hibridación que para muchos es vergonzosa (1977: 88-89). A partir de 1955 la artesanía dominicana desarrolló el tema neo-indio y el Museo del Hombre Dominicano se inauguró en 1973 con una colección predominantemente aborigen. Cuando Bernardo Vega, ocho años después, incluyó la etnología actual y tres estatuas, una de las cuales representa al negro esclavo, recibió mensajes intimidatorios. García Arévalo insiste en que la categoría indio se corresponde al carácter mulato del pueblo domi- nicano, que no es blanco ni negro, y para Pedro Mir, es una fórmula prove- chosa de convivencia nacional (1977: 96). La “identidad virtual aborigen” no es fenómeno exclusivo dominicano, pues también Cuba, Puerto Rico y Haití usaron conceptos similares. El indigenismo dominicano debió beber en fuente haitiana, pues la Indepen- dencia de Haití la realizó un “ejército indígena” y en su constitución de 1843 eran haitianos también los que descendían de indios. Igi Aya Bomgbe, convertida en Santo Domingo en grito de guerra aborigen “primero muerto que esclavo”, era un canto afro-haitiano del creole, inventado para com-130
  • 131. placer al rey Enrique Cristóbal, quien se interesó en su homónimo caci-que Enriquillo (Gimbernard 1990: 19). El haitiano mulato Emile Nau, ensu obra sobre los caciques de Haití (1854), afirma que en ambos lados de laisla persistían indios: “en el este, donde los hay en mayor número, indios, ydel lado de acá ignes, corrupción de la palabra indio” (1982: 276). La únicadiferencia es que Cuba y Puerto Rico son naciones insulares, mientras laRepública Dominicana comparte una isla con Haití. Es por esto que Haitíes inseparable –aunque sea como antítesis- en la definición nacional domi-nicana (Sagás 1997: 137). En 2006, un intelectual dominicano observa “que los taínos aún caminanpor las calles de Quisqueya” (Nova 2006: 11). Así, no es raro que negros dementira se conviertan en blancos o indios de verdad.Bobadilla, Del Monte, Guridi y Galván Tomás Bobadilla, Antonio del Monte y Tejada, Francisco Xavier ÁnguloGuridi y Manuel de Jesús Galván comparten ideas conservadoras en unEstado herido de muerte por el anhelo del proteccionismo y la anexión. Si en la separación dominicana hubo un acuerdo transitorio de fuerzaspolíticas, cuyo equilibrio se rompió antes del 27 de Febrero de 1844, si lahistoria precedente estuvo matizada por un “conflicto identitario” segúnla quintilla del padre Juan Vásquez, si los caudillos políticos triunfantesoscilaban entre el protectorado francés, inglés, español y norteamericanoy si varios de los trinitarios apoyaron la anexión a España diecisiete añosdespués, es porque no había una clase social que sustentara un Estado yuna nación. El único consenso claro era la separación política de Haití y ladiferencia cultural entre haitianos y dominicanos. Pedro Henríquez Ureña distinguió tres etapas de la nacionalidad domi-nicana: efímera o simbólica en 1821; real, pero no popular en 1844, e inte-lectual posterior a 1873. Para Hostos, el primer movimiento intelectual do-minicano coherente fue la Evolución de 1876. Casi cuarenta años después,Américo Lugo sustentaba la tesis de que el país no constituía un Estado niuna nación. Todo esto significa que no existe una República Dominicanahecha y derecha, sino que se construye históricamente. 131
  • 132. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Las ideas conservadoras de Bobadilla, Del Monte, Guridi y Galván se anclan en intereses políticos y coyunturas. Son pioneros que construyen la dominicanidad sobre la negación de Haití en lo político, lo jurídico, lo religioso, lo ideológico y lo cultural. Crearon su primera plataforma ideoló- gica, aunque no la única, retomando el pasado colonial y fundiéndolo con ideas antihaitianas. Forjaron una dominicanidad en variados formatos: política, arte, literatura, folklore, música, educación, religión e ideología. El historiador Antonio Del Monte y Tejada escribió una historia que pue- de ser leída como literatura, según dijo Pedro Henríquez Ureña, mientras la lectura de Enriquillo de Galván pasa más como historia que literatura. Integraron la tradición popular y folklórica, y la devolvieron hecha mito e ideología. No fueron científicos a carta cabal, como Bonó y Hostos, los primeros pensadores propiamente dichos, que utilizaron categorías cien- tíficas para estudiar la realidad social dominicana. “Los autores conservadores se critican y rechazan por sus posturas entreguistas y foráneas. No fueron dominicanos célebres, ni están en el libro, con ese nombre, de José Gabriel García (1875). El prohaitiano Bobadilla pasó a antihaitiano y antiduartiano, Del Monte y Tejada apoyó la anexión a España, J. Ángulo Guridi ondeó la bandera norteamericana y Galván llamó traidores a los restauradores”. En la teoría o en la práctica, el conservadurismo no está radicalmente separado de posturas liberales. Bobadilla apoyó el gobierno revolucionario de Haití e hizo oposición liberal a Santana desde el Congreso; Del Monte y Tejada consideró que el progreso social sólo era posible con un soberano ilustrado y liberal; Guridi fue restaurador y el primer autor que mencionó el comunismo, y Galván se acercó al Partido Azul, a instancias de Luperón, y hasta redactó una necrología de Duarte. Lo mismo sucede con Duarte y Santana en la relación Estado-Iglesia. El primero no cuestionó el papel tradicional de la Iglesia en la sociedad, mientras el segundo no devolvió los bienes eclesiásticos que los haitianos habían expropiado e hizo jurar la Constitución al arzobispo Portes, el mis- mo que llamó a Duarte padre de la patria y, seis meses después, lo “exco- mulgó” (Moya Pons 1981: 293). Que Duarte no fuera tan liberal respecto a132
  • 133. la Iglesia, habría sido una herencia de su padre, quien hizo constar su fe ensu testamento antes de morir (Peña 1982: 49). La relación Iglesia y Estado se presta a manipulación espuria. En 1944, seadjudicó a la devoción duartiana por la Virgen de La Altagracia los coloresde la bandera, olvidando que la que ondeó el 27 de Febrero fue “el pabellónhaitiano dividido en cuadros por una cruz blanca”, ésta como símbolo cris-tiano (García 1982. 224). Para Leonidas García (1933), Duarte se basó, másque en Haití, en ideas liberales de la Revolución Francesa para concebir laConstitución y la bandera. Campillo Pérez identificó en nuestra primeraCarta Magna 133 artículos casi idénticos a los de la constitución haitianade 1843 (en Hernández 2009: 72). El lema trinitario Dios, Patria y Liber-tad, reclamado como suyo por Bobadilla en 1847 –lo que nadie aclaró encontra-, era masón, de esencia romana y sintetizaba los sectores del poder:Iglesia (auctoritas), Estado (imperium) y Pueblo (libertas). La Trinitariaduartiana quizás se relaciona con la “Orden de la Santísima Trinidad y dela redención de los cautivos”, fundada en el siglo XII, cuyos miembros usa-ban una cruz azul y roja sobre un fondo blanco y sus miembros aportabanparte de sus bienes para sus fines. Los autores conservadores se critican y rechazan por sus posturas en-treguistas y foráneas. No fueron dominicanos célebres, ni están en el libro,con ese nombre, de José Gabriel García (1875). El prohaitiano Bobadillapasó a antihaitiano y antiduartiano, Del Monte y Tejada apoyó la anexióna España, J. Ángulo Guridi ondeó la bandera norteamericana y Galván lla-mó traidores a los restauradores. Además, fueron separatistas, antihaitia-nos, defendieron el papel de la Iglesia Católica en la sociedad, vivieron untiempo en el exilio, eran pro-hispánicos e indigenistas, partidarios de lasociedad tradicional y desarrollaron ideas y escribieron bajo el influjo delromanticismo. Sus ideas tuvieron “efectos pertinentes” porque reflejan una sociedadtradicional en transición y una dominicanidad “familiar”, no diversa nimulti-étnica y se convierten en fuerza material en la historia, diría Marx,porque se crean, se practican, se institucionalizan y se reproducen a nivelsocial y popular. Sirvieron de apoyo a la historiografía que re-escribió lahistoria a imagen y semejanza de Trujillo, “padre de la historia nueva”. 133
  • 134. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano A pesar de su hispanismo y antihaitianismo, tenían una visión más posi- tiva de la cultura popular que los liberales. En la disyuntiva de la sociedad tradicional conservadora y la sociedad de élite liberal, en mayor o menor proporción según la época, se viene construyendo hegemónicamente la identidad nacional y cultural dominicana desde el siglo XVIII hasta hoy. Si el pensamiento conservador ha sido y es la ideología dominante en la historia dominicana, desde sus inicios hasta la actualidad, debe ser materia de estudio prioritario para la historiografía. La historia es un combate, se escribe siempre en el presente hasta prueba en contra y tiene múltiples interpretaciones.134
  • 135. Referencias bibliográficasAlba Orlando. Indigenismos en el español hablado en Santiago. Eme Eme 22, ene.-feb. 1976, p. 87-112.Ángulo Guridi, Francisco Javier. La fantasma de Higüey y otros relatos. EditoraCorripio, Santo Domingo, 2002.Atiles, Gabriel. La ciguapa en la literatura dominicana. A los 139 años de su docu-mentación escrita. Análisis de la percepción y transformación del mito. Santo Domin-go, 2005.Balcácer, Juan Daniel. Duarte. César Nicolás Penson. Pionero de los estudios lite-rarios y folklóricos en Santo Domingo. Editora Corripio, Santo domingo, 1997,p. 11-25.______ Aclaraciones históricas de Santo Domingo. Editora Cosmos, Santo Do-mingo, 1977.Barinas Coiscou, Sócrates. “Origen del gentilicio “dominicano”. La Infor-mación/Opinión. Santiago de los Caballeros, 24-6-2002, p. 5.Blanco, Andrés (edt.). Escritos políticos iniciales. Ensayos. Cartas, ministerios ymisiones diplomáticas. Editora Búho, Santo Domingo, 2008.Bosch, Juan. Composición social dominicana. Historia e interpretación. EditoraAlfa y Omega, Santo Domingo, 1999.Campillo Pérez, Julio G. El liberalismo cibaeño en la política dominicana de 1844 a1900. Eme Eme 48, may.-jun. 1980, p. 51-67.Cassá, Roberto. Tomás Bobadilla. Alfa y Omega, Santo Domingo, 2000.______ Pedro Santana. Alfa y Omega, Santo Domingo, 2000.______ Notas sobre historiografía dominicana. Realidad Contemporánea 3-4, jul.-sept. 1976, p.123-135.Cordero Michel, Emilio. La revolución haitiana y Santo Domingo. Editora Na-cional, Santo Domingo, 1968.Del Castillo, José. Las inmigraciones y su aporte a la cultura dominicana. Finalessiglo XIX y principios del XX. Eme Eme 45, nov.-dic. 1979, p. 3-43.Del Monte y Tejada, Antonio. “Prólogo”. Historia de Santo Domingo. Desde sudescubrimiento hasta nuestros días. Vol. I-III, Impresora Dominicana, CiudadTrujillo, 1953, p. 9-25.______ Historia de Santo Domingo. Selección. Ciudad Trujillo, 1952.Documento. Manifestación de los pueblos de la parte del este de la isla antes española 135
  • 136. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano o Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la República Haitiana. Eme Eme 27, nov.-dic. 1976, p. 87-95. Duarte, Rosa. Diario de Rosa Duarte. “Apuntes para la historia de la isla de Santo Domingo y para la biografía del general dominicano Juan Pablo Duarte y Diez”. Editora Búho, Santo Domingo, 2006. Franco, Franklin. Sobre racismo y antihaitianismo y otros ensayos. Impresora Vi- dal, Santo Domingo, 1997. ______ Historia del pueblo dominicano. Tomo I. Editora Taller, Santo Domingo, 1992. ______ “Prólogo a la edición dominicana”, en: Franco, José L. Historia de la revolución de Haití. Editora Nacional, Santo Domingo, 1971, p. 5-7. Franco, José L. Historia de la revolución de Haití. Editora Nacional, Santo Do- mingo, 1971. Galván, Manuel de Jesús. Enriquillo. Editora Corripio, Santo Domingo, 1990. García Arévalo, Manuel. “El indigenismo dominicano”, en: Franco, Franklin (edt.). Los problemas raciales en República Dominicana y el Caribe. Editora Colla- do, Santo Domingo, 1998, p. 88-99. García, José Gabriel. Compendio de la historia de Santo Domingo. Central de Li- bros, Santo Domingo, 1982. ______ Rasgos biográficos de dominicanos célebres. Editora del Caribe, Santo Do- mingo, 1971. García Lluberes, Alcides. Historia de un nombre. Clío 80, jul.-dic. 1947, p. 77- 94. Gimbernard, Jacinto. Galván. Enriquillo, romanticismo y evolución. Editora Co- rripio, Santo Domingo, 1990, p. 11-20. González de Linares, Francisco. Carta a secretario de la Diputación de Santo Do- mingo: 22-9-1822. Eme Eme 10, marz.-abr. 1974, p. 118-122. Guerrero, José G. “Colón, el descubrimiento de América y Santo Domin- go”. Boletín del Museo del Hombre Dominicano 38, Santo Domingo, 2005, p.115-126. ______ Carnaval, cuaresma y fechas patrias. Editora de revistas, Santo Domingo, 2003. Gutiérrez, Franklin. Enriquillo. Radiografía de un héroe galvaniano. Editora Búho, Santo Domingo, 1999.136
  • 137. Hernández, Ismael. Breve historia de la democracia de las revoluciones burguesasy de la Constitución de San Cristóbal. Colegio de Abogados, Santo Domingo,20009.Hernández, Ricardo. Notas sobre la participación haitiana en la Guerra Restaura-dora. Editora Búho, Santo Domingo, 1998.Henríquez Gratereaux, Federico. Negros de mentira y blancos de verdad. EmeEme 81, sep.-dic. 1988, p. 73-80.Henríquez Ureña, Pedro. Memorias. Diario. Notas de viaje. Fondo de CulturaEconómica, México, 2000.Jáuregui, Carlos A. Canibalia. Iberoamericana-Vervuet, Pittsburgh, 2005.Marino Incháustegui, J. Relaciones entre España, Santo Domingo y Haití. EmeEme 26, sept.-oct. 1976, p. 37-51.Martínez, Rufino. Diccionario biográfico-histórico dominicano: 1821-1930. Edito-ra de Colores, Santo Domingo, 1997.Mateo, Andrés L. “La invención del otro”. Clave, Santo Domingo, 6-8-2009, p.25.______ Mito y cultura en la era de Trujillo. Editora Manatí, Santo Domingo,2004.Moya Pons, Frank. Manual de historia dominicana. Universidad Católica deSanto Domingo, Santiago, 1981.______ La dominación haitiana. 1822-1844. Editora Cultural Dominicana, SantoDomingo, 1972.Miniño, Manuel Marino. El pensamiento de Duarte en su contexto histórico e ideo-lógico. Editora Taller, Santo Domingo, 1994.Nau, Emile. Historia de los caciques de Haití. Editora de Santo Domingo, SantoDomingo, 1982.Nicholls, David. Un trabajo de combate. Los historiadores y el pasado de Haití: 1847-1867. Eme Eme 44, sept.-oct. 1979, p. 83-103.Nova, Ignacio. “¿Los taínos aún caminan en Quisqueya?” Listín Diario,3-12-2006, p.11.Peña Pérez, Frank. Duarte. Apreciaciones sobre su condición social e ideológica.Eme Eme 62, sept.-oct. 1982, p.49-63.Pérez Memén, Fernando. El pensamiento dominicano en la primera República:1844-161. Editora Taller, Santo Domingo, 1995. 137
  • 138. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Rodríguez Demorizi, Emilio. Hostos en Santo Domingo. Vol. I. Amigo del Hogar, santo Domingo, 2004. ______ En torno a Duarte. Editora Taller, Santo Domingo, 1976. ______ “Una carta de Enriquillo”. Clío 114, ene.-dic., 1959, p.15-17. ______ Invasiones haitianas de 1801, 1805 y 1822. Editora del Caribe, Ciudad Tru- jillo, 1955. Rosario Candelier, Bruno. Javier Ángulo Guridi y la literatura nacional. Editora Corripio, Santo Domingo, 2002, p. 3-35. Sagás, Ernesto. “El antihaitianismo en la República Dominicana. Pasado y presente de una ideología dominante”, en: Franco, Franklin (edt.). Los problemas raciales en República Dominicana y el Caribe. Editora Collado, Santo Domingo, 1998, p. 125-153. Santiago Torres, Aniluz. La poética del Bolero en Cuba y Puerto Rico. Isla Negra Editores, San Juan – Santo Domingo, 2009. Silé, Rubén. Economía, esclavitud y población. Ensayos de interpretación histórica del Santo Domingo español en el siglo XVIII. Editora Taller, Santo Domingo, 1976. Tejera, Apolinar. Rectificaciones históricas. Editora Taller, Santo Domingo, 1976. Ubiñas Reinville, Guaroa. Sobre los orígenes y similitudes de La Ciguapa. Hoy- Isla Abierta, 18-3-2001, p.20. Vega, Wenceslao. Documento. Manifestación de los pueblos de la parte del este de la isla antes española o Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la República Haitiana. Eme Eme 27, nov.-dic. 1976, p. 95-99. Vega, Bernardo. La agresión contra Lescot. Trujillo y Haití. Vol. III (1939-1946). Fundación Cultural Dominicana, Santo Domingo, 2007. Veloz Maggiolo, Marcio. La acusación de “negrofilia”: un recurso temprano de la política racista dominicana. Ecos 5, Universidad Autónoma de Santo Domin- go, p. 209-216. ______________ Sobre cultura dominicana… y otras culturas. Ensayos. Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, 1977.138
  • 139. CAPITULO III El pensamiento liberal clásico dominicano• Juan Pablo Duarte• Francisco Espaillat• Francisco Gregorio BilliniEXPOSITORES: COORDINADOR:Juan Daniel Balcácer José Chez ChecoAdriano Miguel TejadaHéctor Luis Martínez
  • 140. Retrospectiva y perspectiva delpensamiento político dominicanoEl panel integrado por Héctor Luis Martínez, Juan Daniel Balcácer, José Andrés Aybar Sánchez,rector de la Universidad del Caribe (UNICARIBE), José Chez Checo y Adriano Miguel Tejada.El público escucha atentamente a los expositores del panel efectuado el 13 de agosto, enUNICARIBE.
  • 141. Duarte yel pensamientoliberal dominicano Juan Daniel Balcácer“En España, Duarte fue testigo del legado de las luchas políticasprogresistas que abogaban por la independencia de la ocupaciónfrancesa. Asimismo, el futuro fundador de la RepúblicaDominicana pudo entonces constatar la influencia que tuvo enesas generaciones de españoles la Constitución de Cádiz de 1812”. Juan Pablo Duarte (1813-1876), el fundador de la conciencia nacio-nal, al decir de Manuel Arturo Peña Batlle, es, sin dudas, el principalexponente del pensamiento liberal clásico dominicano hacia media-dos del siglo XIX. Por consecuencia, conviene adentrarnos aunquesomeramente en los antecedentes históricos y doctrinales que sirvie-ron de inspiración para conformar su robusto pensamiento liberal,democrático y nacionalista. Entre los especialistas en ciencias sociales existe consenso respec-to de que la raíces del liberalismo, en tanto que doctrina política, seencuentran en la Inglaterra de finales del siglo XVII con el Bill of Rightsdel 13 de febrero de 1689; en las 13 colonias de América del Norte,que el 4 de julio de 1776 proclamaron la Declaración de Independencia;en Francia, tras la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadanodel 16 de agosto de 1789; y en el resto de Europa, tanto en los alborescomo a lo largo del siglo XIX, debido al resquebrajamiento del AncienRegime, como consecuencia del enfrentamiento entre el absolutismomonárquico confesional y los emergentes movimientos reformistas yrevolucionarios en las nuevas urbes, tras el paso del feudalismo alcapitalismo; circunstancias que dieron lugar al surgimiento de insos-pechadas realidades cualitativas en los ámbitos filosófico, político,económico, social y cultural. 141
  • 142. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano El liberalismo, en tanto que doctrina política, inspiró, según Rodri- go Borja, la forma republicana de gobierno y la forma democrática de Estado, al tiempo que en el plano económico se fundamentó sobre el sistema capitalista de producción y distribución de bienes. Otro rasgo característi- co del liberalismo político, que se manifiesta a partir de la eclosión re- volucionaria primero en los Estados Unidos, tras la Declaración de Independencia, y luego en Francia, a raíz de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, es el nacionalismo. Para la época en que comenzó a cristalizarse y, sobre todo, por su naturaleza revolucionaria y modernista, el nacionalismo es contrario al sistema absolutista que predominó durante el feudalismo. Tanto el liberalismo como el nacionalismo (y el sistema democrático de go- bierno), surgieron durante el período transcurrido entre 1789 y 1848; período que Eric Hobsbawn ha denominado acertadamente “la Era de la Revolución” porque supuso “la mayor transformación en la historia humana desde los remotos tiempos en que los hombres inventaron la agricultura y la metalurgia, la escritura, la ciudad y el Estado. Esta revolución, agrega el eminente historiador británico, “transformó y sigue transformando [desde entonces] al mundo entero”. Pero, a fin de comprender y contextualizar objetivamente el con- tenido y alcance revolucionarios del pensamiento liberal preconizado por Juan Pablo Duarte a favor del colectivo dominicano de mediados142
  • 143. del siglo XIX, permítaseme insistir en el tema del nacionalismo comodoctrina política. Se sabe que el liberalismo, lo mismo que el nacionalismo, es unadoctrina política que tiene su punto de partida en los movimientosrevolucionarios de finales del siglo XVIII tanto en Estados Unidoscomo en Europa, específicamente en Francia. En América Latina am-bos fenómenos tuvieron un impacto decisivo en el decurso de los mo-vimientos independentistas entre 1804 y 1825, mientras que en la pe-nínsula ibérica, las conmociones revolucionarias que estremecieron alos diferentes conglomerados étnicos que conformaban y conformanel pueblo español, el liberalismo y el nacionalismo se manifestaron apartir del movimiento independentista que se inició el 2 de mayo de1808. De acuerdo con los enciclopedistas franceses, la nación era el puebloque se constituía en el Estado nación. La Nación, por su parte, es unaentidad política definida por los límites del Estado; una unidad geo-gráfica identificada por fronteras naturales o por alguna otra caracte-rística territorial histórica; un pueblo autoconsciente de su identidady unidad comunes; y, finalmente, un colectivo caracterizado por ras-gos afines como el lenguaje, origen étnico similar, religión y pasadohistórico-cultural comunes. En este punto conviene subrayar que de alguna manera esos fenó-menos sociales contribuyeron a inspirar y conformar el pensamien-to político liberal que asimiló y preconizó Juan Pablo Duarte, quien,cuando tuvo la oportunidad de viajar a Europa en el lapso 1824-1832,y radicarse en España, específicamente en Barcelona, ya tenía refe-rencias de que en la América hispánica se habían proclamado inde-pendientes los siguientes pueblos: Haití, 1804; Paraguay, Venezue-la, Ecuador, 1811; Colombia, 1813; Argentina, 1816; Chile, 1818; Perú,México y Santo Domingo, 1821; Confederación Centro Americana en1825 (que luego se escindió en El Salvador, Guatemala, Honduras,Nicaragua y Costa Rica); Brasil, 1822; y Bolivia, en 1825. Durante su permanencia en el extranjero, Juan Pablo Duarte fuetestigo de extraordinarias transformaciones revolucionarias que ex- 143
  • 144. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano perimentaron los Estados Unidos y Europa, especialmente España, que entre 1815 y 1848 fue estremecida por incesantes conflictos po- líticos escenificados por los defensores del antiguo régimen absolu- tista y por aquellos que luchaban por implantar la ideología liberal y el sistema económico de libre competencia por el que propugnaban las burguesías emergentes. Consecuentemente, en España se luchó contra la ocupación francesa; se abogó por la independencia del suelo español al amparo de una ideología renovadora que albergaba nuevas energías nacionales, inspirada en el romanticismo literario que en- frentó a sectores que posteriormente, en el caso de la parte española de la isla de Santo Domingo, no resultarían desconocidos para Duar- te: conservadores, que preferían mantener las cosas tal y como esta- ban; tradicionalistas y reformistas, que preconizaban una que otra reestructuración del sistema, pero, en esencia, sin introducir cambios sustanciales que beneficiaran al colectivo; y finalmente la clase de los liberales nacionalistas. En España, Duarte fue testigo del legado de las luchas políticas progresistas que abogaban por la independencia de la ocupación francesa. Asimismo, el futuro fundador de la República Dominicana pudo entonces constatar la influencia que tuvo en esas generaciones de españoles la Constitución de Cádiz de 1812. Comprobó, también, la eficacia que desempeñó la masonería como artífice de los movi- mientos revolucionarios que presenció, al igual que un conjunto de sociedades patrióticas que luchaban por implantar, en contraposi- ción al decadente estado absolutista, un liberalismo económico y un romanticismo espiritual, cuyo ámbito de acción fueron Madrid y Bar- celona, especialmente esta última ciudad –donde Duarte estableció residencia– que fue “centro de la vorágine liberal…, y foco del único núcleo burgués importante de España”. Se puede afirmar, pues, que una vez en España, Duarte también presenció la gestación del llamado partido carlista, aun cuando fue después de la muerte de Fernando VII en 1833 cuando se produjo el alzamiento de su hermano Carlos de Borbón, quien se oponía a la re- gencia de María Cristina de Borbón (madre de la niña Isabel II, here- dera del trono), y ya para esa época el futuro fundador de la sociedad secreta La Trinitaria había regresado a su país.144
  • 145. Se ha dicho que el nacionalismo, en tanto que teoría o doctrina po-lítica, define claramente los conceptos de “pueblo” y “nación”, a losque atribuye un derecho natural a la auto emancipación y auto go-bernación; es decir, que las comunidades que habitan esos pueblos onaciones tienen pleno derecho para establecer, por sus propios recur-sos y potencialidades, un Estado nación soberano e independiente,basado en un sistema político que, a diferencia del absolutismo, quese sustenta en la monarquía, es de naturaleza democrática y se funda-menta principalmente en el gobierno de tipo republicano. Si se estudian cuidadosamente los escasos documentos que se con-servan de Juan Pablo Duarte, tales como el Diario de su hermana, RosaDuarte y Diez, algunas cartas dirigidas a sus compañeros de lucha y,en especial, su Proyecto de Constitución o Ley Fundamental, escritoentre marzo y julio de 1844, se podrá constatar cuan claramente defi-nidos aparecen, en el corpus doctrinal del líder del partido trinitario,los conceptos de nación, pueblo, soberanía nacional, independencia nacionaly dominación extranjera. A su regreso al país, Duarte encontró a su pueblo prácticamenteen las mismas condiciones en que lo había dejado varios años atrás.El colectivo, contra su voluntad, desde 1822 formaba parte de la Re-pública haitiana; y habiendo tenido Duarte la oportunidad de sertestigo en Europa de las luchas libradas por grupos étnicos y cultu-rales distintos por constituirse en Estado nación independiente, eslícito conjeturar que el patricio era consciente de que entre las co-munidades dominicana y haitiana, diferentes en sus composicioneshistórico-culturales, no era posible conformar una nación fusionadabajo las directrices de un solo gobierno. Lo que se imponía era unaseparación pacífica, si fuese posible, o violenta, si se producía algu-na resistencia por parte de los dominadores, para entonces procedera la proclamación de una República libre e independiente de todadominación extranjera. En su lucha redentora, Duarte encontró todotipo de escollos y obstáculos y, al igual que los independentistas deBarcelona y Madrid, tuvo que enfrentarse a sectores que adversabansu proyecto revolucionario por considerar que los dominicanos noestaban en condiciones de proclamarse independientes sin la tutela 145
  • 146. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano de una potencia extranjera, ya fuera bajo la modalidad de un protec- torado o de la anexión. Conviene resaltar que a su llegada al puerto de Santo Domingo, en el año 1832, cuando sus familiares y amigos fueron a recibirle, es fama que el Arzobispo de Santo Domingo, Tomás de Portes e Infante, le preguntó a Juan Pablo Duarte por lo que más le había impresionado durante su estada por Europa, y la respuesta del joven revoluciona- rio fue la siguiente: “Los fueros y libertades de Barcelona; fueros y libertades que espero demos nosotros un día a nuestra Patria”. Esa respuesta constituye una clara evidencia de que ya Duarte se había convertido en un auténtico nacionalista y en un romántico por excelencia. Su per- manencia en Barcelona, que como señalé anteriormente coincidió con un período de intensa actividad revolucionaria, le permitió conformar su pen- samiento liberal y nacionalista. En su Proyecto de Constitución, al referirse a los poderes del Estado, Duarte consideró que éstos debían ser cuatro y no tres. Además de los poderes Ejecutivo, Judicial y Legislativo, el Patricio estimó apropiado incluir el Poder Municipal. Sin duda, Duarte había estado influenciado por los postulados políticos de la Constitución de Cataluña de 1702; y si se analiza meticulosamente el proyecto de Ley Fundamental que nos legó el Padre de la Patria, se podrá advertir cierta coincidencia, en algunos de sus artículos (incluso en la forma en que están redactados), con la Constitución del Principado de Cataluña a que he hecho referencia. Existe consenso, además, entre los estudiosos de la vida de Juan Pablo Duarte, de que éste también tuvo conocimiento del texto de la Constitución de Cádiz de 1812 y es casi seguro que lo tuviera como modelo para redactar su célebre Proyecto de Ley Fundamental. Duarte, es innegable, devino un fiel intérprete de las corrientes políticas más avanzadas de su época, que irradiaban hacia el llamado Nuevo Mundo desde la vieja Europa. La Declaración de Independencia americana, redac- tada entre otros por Thomas Jefferson, proclamó que los hombres poseen ciertos derechos inalienables, a saber: la vida, la libertad y la búsqueda de la fe- licidad. La función del gobierno, sentenciaba, consistiría en preservar esos derechos naturales y, en caso de no cumplir con esa sagrada misión, los gobernados, entonces, tenían el derecho de sublevarse.146
  • 147. La Revolución Francesa, en cambio, tuvo repercusiones a escala uni-versal al proclamar los principios inmortales que darían sentido y alcanceglobal a ese extraordinario fenómeno social y que servirían de fuente deinspiración para los demás pueblos del orbe que vivían bajo la égida delancien regime y que padecían los rigores de la servidumbre feudal. Mientras que la Declaración de Independencia americana hablaba delderecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, la Declaración delos Derechos del Hombre y del Ciudadano preconizaba “los derechos natu-rales e imprescindibles” de todos los hombres en el sentido de “la libertad,la seguridad y la resistencia a la opresión”. Los norteamericanos condicio-narían o, más bien, limitarían su consigna libertaria al afirmar que “todoslos hombres nacen igualmente libres e independientes”; los franceses, encambio, con mucha mayor precisión, proclamarían que “Los hombres na-cen y permanecen libres e iguales en derechos”. Al referirse a los derechos inherentes al pueblo dominicano, esto es, atodos los ciudadanos oriundos de la parte española de la isla de Santo Do-mingo, Duarte concibió la independencia nacional como “la fuente y ga-rantía de las libertades patrias, la Ley Suprema del Pueblo Dominicano”.Además de que la nación dominicana, decía, era “la reunión de todos losdominicanos”, en su concepto el pueblo dominicano debía ser “siempre li-bre e independiente de toda dominación extranjera” y jamás “patrimoniode familia ni de persona alguna propia y mucho menos extraña”. A diferencia del sistema monárquico, de naturaleza unipersonal y des-pótica, el tipo de gobierno que Duarte anheló para su pueblo era el demo-crático, republicano y representativo: “Puesto que el Gobierno se establecepara el bien general de la asociación y de los asociados –escribió–, el dela Nación Dominicana es y deberá ser siempre y antes de todo, PROPIOy jamás ni nunca de imposición extraña bien sea ésta directa, indirecta,próxima o remotamente; es y deberá ser siempre POPULAR en cuanto a suorigen, ELECTIVO en cuanto al modo de organizarle, REPRESENTATI-VO en cuanto al sistema, REPUBLICANO en su esencia y RESPONSABLEen cuanto a sus actos. Una ley especial determinará su forma…” Como se puede constatar, el credo político liberal de Juan Pablo Duarteno concebía compromisos de ninguna especie; ni admitía intromisiones de 147
  • 148. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano poderes extranjeros, salvo que se tratara de diáfanas relaciones entre Esta- dos soberanos. Tampoco consentía en que a cambio de alguna ayuda –por perentoria que ésta fuese–, los dominicanos cedieran una sola pulgada de su territorio, porque ello constituía, según su particular cosmovisión, una precondición sine qua non para la ulterior ocupación de la isla completa. Esta percepción de Duarte coincidía con la tesis de los legisladores haitianos en tiempos de Toussaint Louverture. Ciertamente, ninguna potencia impe- rial de la época que en determinado momento ocupara una de las partes de la isla, no se conformaría hasta tanto extendiera su dominio sobre todo el territorio insular. Los ulteriores planes y acciones proditorias de Francia, In- glaterra, España y, finalmente, de Estados Unidos –a raíz de estos últimos proceder a la aplicación de la Doctrina Monroe –confirman esa tesis acerca de la inalienabilidad del territorio de la isla de Santo Domingo. “Como se puede constatar, el credo político liberal de Juan Pablo Duarte no concebía compromisos de ninguna especie; ni admitía intromisiones de poderes extranjeros, salvo que se tratara de diáfanas relaciones entre Estados soberanos”. Se ha discutido mucho en torno de si en 1844, tras la proclamación de la República Dominicana, los dominicanos tuvimos o no independencia ple- na. Incluso ha habido eminentes pensadores dominicanos, como el doctor Pedro Henríquez Ureña, quienes han sostenido que la independencia na- cional se materializó luego de un largo proceso de gestación, nacimiento y desarrollo que se inició en 1821 y se cristalizó finalmente en 1874, cuando culminó la guerra de los Seis Años contra el general Buenaventura Báez y llegó a su término lo que el propio Henríquez Ureña denominó “el proceso de intelección de la idea nacional”. No cabe dudas de que, como todo gran acontecimiento histórico, la independencia nacional no fue obra de unos cuantos hombres, ni mucho menos se materializó plenamente en un solo día. Se trató de un proceso social y político a través del cual el pueblo de Santo Domingo, o, lo que es lo mismo, el pueblo dominicano, fue adquiriendo conciencia de su verda- dera identidad cultural e histórica y de su genuina vocación por el sistema democrático, por el Estado nación libre e independiente bajo la modalidad de una República. Lo que no puede soslayarse es que el primer y más alto exponente del pensamiento liberal y nacionalista dominicano en el siglo XIX fue el general Juan Pablo Duarte, Fundador de la República y Padre de la Patria.148
  • 149. ReferenciasAvelino, Francisco Antonio: Las ideas políticas en Santo Domingo. Santo Do-mingo, Editorial Arte y Cine, C. por A., 1966.Balcácer, Juan Daniel: El pensamiento político de Juan Pablo Duarte. Santo Do-mingo, Cátedra Abierta Juan Pablo Duarte, Universidad Católica SantoDomingo, 1993.Balcácer, Juan Daniel y García Arévalo, Manuel: La independencia dominica-na. Madrid, Editorial Mapfre, Colección Independencias de Iberoamérica,1992.Borja, Rodrigo: Enciclopedia de la política. México, Fondo de Cultura Econó-mica, 1998. Primera reimpresión.Eccleshall, Robert et al: Ideologías políticas. Una introducción. Madrid, Edito-rial Tecnos, 1999, segunda edición.Duarte, Juan Pablo: “Proyecto de Ley Fundamental”, inserto en Apuntes deRosa Duarte. Archivo y versos de Juan Pablo Duarte. Edición y notas de E. Rodrí-guez Demorizi, C. Larrazábal Blanco y V. Alfau Durán. Instituto Duartia-no, Vol. I, Editora del Caribe, C. por A., 1970.Duarte, Rosa: “Apuntes para la historia de la Isla de Santo Domingo y parala biografía del general dominicano Juan Pablo Duarte y Diez”, códice me-jor conocido como Diario de Rosa Duarte, inserto en Op. Cit.Franco Pichardo, Franklin J.: Historia de las ideas políticas en la República Domi-nicana. Santo Domingo, Editora Nacional, 1981.Hobsbawm, Eric: La era de la revolución, 1789-1848. Barcelona, Crítica, Grijal-bo Mondadori, 1997.Pérez Memén, Fernando: El pensamiento dominicano en la Primera República(1844-1861). Santo Domingo, Universidad Nacional Pedro Henríquez Ure-ña, 1993.Vicens Vives, J., Director: Historia de España y América Social y Económica. “Lossiglos XIX y XX. América Independiente”, Vol. V, Barcelona, Editorial Vicens-Vives, 1972.Vilar, Pierre: Historia de España. Barcelona, Editorial Crítica, 1978. 149
  • 150. El pensamiento y la acción de Juan Pablo Duarte Adriano Miguel Tejada¹ “Cuando Duarte viene al orbe, la Revolución Francesa tenía 24 años de haber cambiado al mundo y un poco más la revolución americana. Cuando nace, el movimiento independentista de las naciones sudamericanas está en su apogeo y el vecino Haití hacía nueve años que se había librado de los franceses”. Estas palabras tienen que comenzar con una afirmación rotunda: Juan Pablo Duarte y Diez fue un hombre de su tiempo que vivió intensamen- te los cambios y el pensamiento político de su época, que supo asimilar y transformar en energía liberadora hasta crear la República Dominicana. Ese sueño, que ya tiene 165 años de existencia, es la coronación de una vida dedicada a la libertad de su Patria y cuya permanencia en el concier- to de las naciones libres del mundo ofrece la mejor prueba de que Duarte no se equivocó. Su fe, en momentos en que muchos dudaban, es el mayor mentís a todos aquellos que pensaban que las debilidades de nuestro suelo en extensión, población y riqueza, hacían imposible el sueño de una Patria libre. Establecido este punto, como observación inicial, pasaremos a analizar las ideas políticas y filosóficas dominantes en la época que a Duarte le tocó vivir, esto es, de 1813 a 1876, aunque hay que observar que sus ideas origina- les, las formuladas al regreso de su viaje por los Estados Unidos y Europa van a sufrir cambios apenas perceptibles, aunque las mismas, en el viejo continente, cambiaron mucho con el paso de los años. 1 Profesor universitario, miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Historia. Director del Diario Libre.150
  • 151. Cuando Duarte viene al orbe, la Revolución Francesa tenía 24 años dehaber cambiado al mundo y un poco más la revolución americana. Cuandonace, el movimiento independentista de las naciones sudamericanas estáen su apogeo y el vecino Haití hacía nueve años que se había librado de losfranceses. Duarte tendría nueve años cuando Jean Pierre Boyer oyó decir a JoséNúñez de Cáceres en los salones del viejo ayuntamiento de Santo Domin-go que: “Todos los políticos, trabajando por la Constitución de los Estadosy por esta misma transmutación de diferentes pueblos en uno solo, hanconsiderado siempre la diversidad de idioma, la práctica de una antigualegislación; el poder de las costumbres que han arraigado desde la infanciay la disimilitud de costumbres hasta en la alimentación y el vestido, comotambién puede tener una gran influencia en sus decisiones, la contigüidadde territorio y la proximidad de los límites. La palabra es el instrumentonatural de comunicación entre los hombres: Si no se entiende por medio dela voz, no hay comunicación, y es ahí ya un muro de separación tan naturalcomo invencible; como puede serlo la interposición material de los Alpesy de los Pirineos. En fin, yo no argumento: los hechos han tenido y tendránsiempre más eficiencia para persuadir que los razonamientos. La historia nos cuenta que Duarte aprendió a leer y a escribir muy joven yque todos sus maestros le tenían afecto porque era aplicado y disciplinado.Tomó clases de filosofía y, atendiendo a su aplicación y a la estrechez del 151
  • 152. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano medio en que vivía, es que su padre, Juan José Duarte, decide aprovechar el viaje que realizaría un amigo de la familia, el comerciante Pablo Pujols, por Europa, pasando por los Estados Unidos. Para esta época, 1829 Duarte tendría unos 16 años y va a emprender un viaje que será decisivo en la formación de sus ideas y en la configuración de su personalidad romántica, liberal y populista, en el buen sentido del término, como ha señalado el académico Raymundo Manuel González De Peña. Como ha expresado este distinguido académico, “desde fines del siglo XVIII e inicios del XIX la antigua parte española de Santo Domingo ya se debatía en una crucial incertidumbre. Si lo dijéramos en términos actuales, tendríamos que decir que el conglomerado dominicano atravesaba por una crisis de identidad. La “célebre y popular quintilla… del padre Vázquez”, cura de San Rafael y Dajabón, pueblos de la frontera norte del país, la ex- presaba con los versos más elocuentes: “Ayer español nací, A la tarde fui francés, A la noche etíope fui, Hoy dicen que soy inglés: ¡No sé que será de mí!” Es precisamente con esa carga emocional que Duarte encuentra en el na- cionalismo, expresión temprana del romanticismo, en el liberalismo y en el populismo español, la solución al problema teórico y esencialmente prácti- co de la identidad nacional. Los Estados Unidos y, particularmente Europa, le van a mostrar el camino de las ideas y de la acción revolucionaria. ¿Cuáles eran las ideas políticas en boga en esas naciones y cuáles va a aprovechar Duarte para su labor revolucionaria? Cuando Duarte llega a Europa, las ideas de moda eran el liberalismo y el romanticismo. Este último movimiento va a influir decisivamente en el Patricio, pues como ha expresado don Emilio Rodríguez Demorizi en su opúsculo “Duarte Romántico, “todo en él se mueve dentro del ámbito más definidamente romántico: su vida en el Viejo Mundo en un momento ro- mántico culminante; su retorno a la Patria con el caudal de su experiencia152
  • 153. romántica, en los oscuros días del cautiverio haitiano, para convertir todaesa experiencia en acción liberadora; su actividad revolucionaria, neta-mente romántica, animada por las nuevas armas del romanticismo: la poe-sía, los libros, el teatro, las sociedades conspirativas. En su constructivarebeldía, se afirma en su magisterio, en sus angustiosos versos…, en su vidaerrabunda y en su soledad… en sus nostalgias, en su desolación… en todoslos aspectos de su vida atormentada y miseranda, se manifiesta su acendra-do romanticismo”. Juan Pablo Duarte, el hijo de Manuela Diez, tuvo el extraordinario pri-vilegio de ser espectador –directo o indirecto– del máximo escándalo ro-mántico de todos los tiempos: el estreno de “Hernani”. Quizás estaba enaquel momento singular en París; quizás, con mayores posibilidades, enBarcelona, pero siempre en un punto de febril agitación romántica… Como se sabe, “la hora triunfal del romanticismo francés fue la del es-treno de “Hernani”, el 25 de febrero de 1830, verdadera batalla victoriosalibrada contra los clasicistas… y que devino célebre hasta por detalles pin-torescos como el del chaleco rojo que Gautier ostentaba en la ocasión amanera de enseña desafiante contra los adversarios de Hugo”. La repercusión que tuvo este movimiento en Duarte se puede notar en eltestimonio de un conocedor de la vida de la época, quien afirmó que “loschalecos eran generalmente de color blanco y negro. Se comenzaron a usarde otros colores en el año 1832 cuando Duarte regresó de Europa y le trajoa sus amigos como obsequio unos muy finos que estaban de moda en París.A Felipe Alfau le regaló uno rojo muy elegante”… Era, sin dudas, el chalecorojo de los románticos. Jean Touchard, en su “Historia de las Ideas Políticas”, señala algunosrasgos del romanticismo político, entre los que podemos citar:1. El sentido del espectáculo (del drama, el heroísmo, el sacrificio, la gran-deza, la sangre derramada).2. Una concepción sentimental y elocuente de la política.3. La piedad, piedad hacia los humildes.²2 Touchard, Jean. Historia de las Ideas Políticas. Madrid. Editorial Tecnos.1987. Pág.402y ss. 153
  • 154. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano El segundo elemento que influyó en Duarte es el liberalismo político, el cual es muy difícil presentar como una unidad monolítica, pero que en tiempos de Duarte significaba lo opuesto al despotismo, fundamento doc- trinal del gobierno representativo y de la democracia parlamentaria o re- presentativa. Como explica Andrés Serra Rojas, en su “Ciencia Política”, el liberalis- mo político designa una forma de régimen político que se funda en estas nociones: 1. La afirmación de los derechos fundamentales del hombre y del ciudada- no, tal como se proclamaron en la Revolución Francesa. 2. Un sistema democrático basado en la elección de los gobernantes por los gobernados. 3. Exalta la libertad del ciudadano, que se expresa esencialmente por el voto. 4. Reconocimiento de la división de poderes en la estructura del Estado. 5. Una forma de régimen político que se funda en el parlamentarismo y en la pluralidad de los partidos políticos. 6. La concepción de un Estado árbitro a nombre del interés general. 7. Proclamación de la igualdad de todos ante la ley.³ Otra opción a considerar ha sido la reivindicada por el académico Gon- zález y que se define como el “populismo” suareziano vigente en España y América. El profesor Manuel Giménez Fernández ha planteado ya hace bastante tiempo la tesis de que: “la base doctrinal general y común de la insurgencia americana, salvo ciertos aditamentos de influencia localizada, la suministró … la doctrina suareziana de la soberanía popular, tendencia –perfectamente ortodoxa dentro de su inflexión voluntarista– de la teoría aquiniana del Poder Civil, que exige … una coyuntura existencial, para que revierta al común del pueblo la soberanía constitucionalmente entregada a sus órganos legítimos”. Todavía a inicios del siglo XIX era patente, según Giménez Fernández: “la persistencia de la concepción populista frente al absolutismo oficial”. 3 Serra Rojas, Andrés. Ciencia Política. México. Editorial Porrúa. 1985. Pág. 715.154
  • 155. Refiriéndose a la metrópoli española, tras la reacción conservadora que si-guió a Bayona (1808) que entronizó de nuevo el absolutismo (1820), triunfóel liberalismo anticlerical (1820) de las doctrinas populistas; se formarondos síntesis doctrinales: una fidelista y otra republicana, la última triunfópolíticamente. Ésta última es la que precisamente reivindica Duarte consus planteamientos.4 La doctrina de Francisco Suárez, por su fuerte arraigo en el cristianismo,le va a dar a Duarte el trasfondo doctrinal para enmadejar el cristianismo,el republicanismo y el sentido ético de la actividad política. Y Juan Isidro Jimenes Grullón se refiere a ese momento de Duarte y de lahumanidad y aporta un dato significativo: “Cuando regresó al país, declaróque lo que más lo había impresionado durante su estancia en Europa fue-ron “los fueros y libertades de Barcelona”. Pues bien: se trata de conquistaslogradas por Cataluña durante el Medioevo, y que los “carlistas” –muertoya Fernando VII– defendieron, al igual que hicieron con la monarquía yla religión católica. Historiadores contemporáneos precisan, refiriéndose aeste punto, que en la guerra civil desatada por el “carlismo” entonces, susconsignas básicas fueron: “Dios, Patria, Rey, Fueros”, principios político-religiosos de tipo tradicionalista que las masas campesinas sustentabancon fervor. Al fundar “La Trinitaria”, Duarte hizo uso de los dos prime-ros en calidad de lema, agregando los de libertad y República Dominicana.Evidentemente, sigue diciendo el sociólogo, el agregado era un productodel romanticismo liberal que él también sustentaba, pero el hecho de queapareciera junto a los otros demuestra que el lema respondió tanto a esteúltimo como al romanticismo histórico. Voy más lejos: estimo que lo quemás contribuyó a que en su mente surgiera la idea de la nueva Repúblicafue precisamente el tipo de romanticismo recién citado”.5 Cuando se analiza en su conjunto el pensamiento del Padre de la Patria,los conceptos liberales, románticos, republicanos y nacionalistas, salen arelucir en la mayoría de sus frases y en sus versos.4 Cf. Manuel Giménez Fernández. “Las doctrinas populistas en la independencia deAmérica”. En Anuario de Estudios Americanos, Vol. III, Sevilla, 1946, p. 521. Citado porGonzález.5 J. I. Jimenes Grullón. “La ideología revolucionaria de Juan Pablo Duarte”. En VV.AA.,Duarte y la Independencia Nacional, Santo Domingo, INTEC, 1975. 155
  • 156. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Otros elementos importantes en las ideas políticas del Padre de la Patria son su acendrado catolicismo, al punto que un amigo le sugirió que adop- tara los hábitos sacerdotales, y su conocimiento de la masonería, de la que formó parte activa. El uso de códigos, señales y otros medios de comunicar- se y ocultar la identidad, forman parte de la tradición masónica. Recordemos los principios fundamentales y comparemos brevemente con la visión del Patricio: Sabemos que del romanticismo político surge el valor del drama perso- nal del heroísmo, del sacrificio, de la grandeza, y de la sangre derramada. Duarte, como puede apreciarse en estos párrafos, es un “varón de dolores”, como lo ha llamado uno de sus biógrafos.6 Por eso afirma, al regresar a la Patria en 1864: “Arrojado de mi suelo natal por ese bando parricida que empezando por proscribir a perpetuidad a los fundadores de la República ha concluido por vender al extranjero la Patria, cuya independencia jurara defender a todo trance, he arrastrado durante veinte años la vida nómada del proscrito”. “Sonó la hora de la gran traición..., y sonó también para mí la hora de la vuelta a la Patria: el Señor allanó mis caminos...” Para concluir con: “Por desesperada que sea la causa de mi Patria, siem- pre será la causa del honor y siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre”. Sobre la concepción sentimental y elocuente de la política, la encontra- mos en su conocida frase: “La política no es una especulación; es la Ciencia más pura y la más digna, después de la Filosofía, de ocupar las inteligencias nobles”. Y la piedad hacia los humildes se hace patente en este otro párrafo de Duarte: “La Nación está obligada a conservar y proteger por medio de leyes sabias y… sin olvidarse para con los extraños, a quienes también se les debe justicia, de los deberes que impone la filantropía”. 6 Cf. Balaguer, Joaquín. El Cristo de la Libertad.156
  • 157. Del liberalismo político, Duarte hace suya la afirmación de los derechosfundamentales del hombre y del ciudadano, tal como se proclamaron en laRevolución Francesa. Y aquí vale la pena reflexionar sobre un tema tratado magistralmentepor el Dr. Vetilio Alfau Durán. Se trata del concepto de la unidad de lasrazas. Duarte comprendió que la independencia no podría tener lugar con ex-clusivismos y por eso incluyó el tema de la unidad de las razas en su pro-yecto de Constitución que rompió en un arrebato ante la incomprensiónde sus compañeros de La Trinitaria sobre la importancia del concepto. Como cuenta Rosa Duarte, “…casi todos eran muy jóvenes los que re-unidos el año 1838, el 16 de julio, a las once de la mañana a los sacrosantosnombres de: Dios, Patria y Libertad, República Dominicana; se proclama-ron en Nación Libre e independiente de toda dominación, protectorado,intervención e influencia extranjera, jurando libertad, la patria o morir enla demanda, declarando además, que todo el que contrariare de cualquiermodo los principios fundamentales de nuestra institución política se co-loca ipso facto y por sí mismo fuera de la Ley, que la Ley no reconoceríamás nobleza que la de la virtud, ni más vileza que la del vicio, ni más aris-tocracia que la del talento, quedando para siempre abolida la aristocraciade sangre como contraria a la unidad de la raza, que es uno de los gran-des principios fundamentales de nuestra asociación política, combatido ydesaprobado acaloradamente este gran principio fundamental de nuestrasinstitución, Juan Pablo en un rapto de irritabilidad hizo pedazos la Consti-tución que estaba escribiendo. Afortunadamente yo recogí lo más esencial,digo lo más esencial por que para levantar el acta de nuestra independencianacional, creo que los demás principios fundamentales aunque de sumointerés son secundarios y en vista de los que se han salvado, su falta no estan lamentable”. Por eso, el Patricio termina su composición que tituló “El Criollo” conlos siguientes versos: 157
  • 158. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano “Los blancos, morenos, Cobrizos, cruzados, Marchando serenos, Unidos y osados, La patria salvemos De viles tiranos, Y al mundo mostremos Que somos hermanos”.7 Otro elemento es un sistema democrático basado en la elección de los gobernantes por los gobernados, depositarios de la soberanía, como expre- sa Duarte cuando afirma: “Puesto que el Gobierno se establece para bien general de la asociación y de los asociados, el de la Nación Dominicana es y deberá ser siempre y antes de todo, propio y jamás ni nunca de imposi- ción extraña, bien sea ésta directa, indirecta, próxima o remotamente; es y deberá ser siempre popular en cuanto a su origen; electivo en cuanto al modo de organizarle; representativo en cuanto a su esencia y responsable en cuanto a sus actos”. Duarte, como buen liberal, exalta la libertad del ciudadano, que debe ser protegida por los poderes públicos, como en estos textos, en los que diseña un sistema que impida el establecimiento de la tiranía: “Todo poder domi- nicano está y deberá estar siempre limitado por la ley y ésta por la justicia, la cual consiste en dar a cada uno lo que en derecho le pertenezca”. “La ley, salvo las restricciones del derecho, debe ser conservadora y pro- tectora de la vida. Libertad, honor y propiedades del individuo”. “Ningún poder de la tierra es ilimitado, ni el de la ley tampoco”. La concepción de un Estado árbitro, a nombre del interés general, se puede apreciar en la frase de que “La Nación está obligada a conservar y 7 Véase el estudio fundamental de Vetilio Alfau Durán. “En torno a Duarte y su idea de unidad de razas”. En Arístides Incháustegui y Blanca Delgado Malagón (compiladores): Vetilio Alfau Durán en Clío. Escritos (II). Santo Domingo, Gobierno Dominicano, 1994, pp. 3-21, (Publicaciones del Sesquicentenario de la Independencia Nacional II) y Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y versos de Juan Pablo Duarte, edición y notas de E. Rodríguez Demorizi, C. Larrazábal Blanco y V. Alfau Durán. Santo Domingo, SEEBAC, 1994, p.307.158
  • 159. proteger por medio de leyes sabias y justas la libertad personal, civil e indi-vidual, así como la propiedad y demás derechos legítimos de todos los in-dividuos que la componen…”. Y “Toda ley supone una autoridad de dondeemana la causa eficiente y radical de ésta es, por derecho inherente, esen-cial al pueblo e imprescriptible de su soberanía”. En su acendrado nacionalismo, también un valor romántico y liberal ensu primera etapa, no hay que hacer hincapié. Es muy conocida su afirma-ción: “Nuestra Patria ha de ser libre e independiente de toda potencia ex-tranjera o se hunde la isla”.“Como se puede apreciar en este resumen, el bagaje intelectualque Duarte recogió, en Europa y Norteamérica, las leccionesde Gaspar Hernández y de sus eminentes profesores, diosustancia a su ideal revolucionario de una patria libre”. Sin embargo, la más viril de sus afirmaciones sobre la soberanía sin má-culas de nuestra patria es menos conocida. Era rotunda declaración, enlas postrimerías de su vida, es una reafirmación del patriota íntegro queera Duarte, de la firmeza de sus convicciones y de su creencia en una Pa-tria libre, sin entrega: “En Santo Domingo no hay más que un pueblo quedesea ser y se ha proclamado independiente de toda potencia extranjera,y una fracción miserable que siempre se ha pronunciado contra esta ley,contra este querer del pueblo dominicano, logrando siempre por mediode sus intrigas y sórdidos manejos adueñarse de la situación y hacer apa-recer al pueblo dominicano de un modo distinto de como es en realidad;esa fracción, o mejor diremos esa facción, es y será siempre todo, menosdominicana; así se la ve en nuestra historia, representante de todo partidoantinacional y enemigo nato por tanto de todas nuestras revoluciones; ysi no, véase ministeriales en tiempo de Boyer y luego rivieristas, y aun nohabía sido el 27 de Febrero, cuando se les vio proteccionistas franceses ymás tarde anexionistas americanos y después españoles. Ahora bien, si mepronuncié dominicano independiente desde el 16 de julio de 1838, cuandolos nombres de Patria, Libertad y Honor Nacional se hallaban proscriptoscomo palabras infames, y por ello merecí, en el año de 1843, ser perseguidoa muerte por esa facción entonces haitiana, y por Riviére que la protegía,y a quien engañaron; si después, en el año de 1844 me pronuncié contra el 159
  • 160. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Protectorado francés, decidido por esos facciosos, y cesión a esta Potencia de la Península de Samaná mereciendo por ello todos los males que sobre mi han llovido; si después de veinte años de ausencia he vuelto espontánea- mente a mi Patria a protestar con las armas en la mano contra la anexión a España llevada a cabo a despecho del voto nacional por la superchería de ese bando traidor y patricida, no es de esperarse que yo deje de protestar, y conmigo todo buen dominicano, cual protesto y protestaré siempre, no digo tan solo contra la anexión de mi Patria a los Estados Unidos, sino a cualquier otra potencia de la tierra, y al mismo tiempo contra cualquier tratado que tienda a menoscabar en lo más mínimo nuestra Independencia Nacional y a cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del Pueblo Dominicano”. Como se puede apreciar en este resumen, el bagaje intelectual que Duar- te recogió, en Europa y Norteamérica, las lecciones de Gaspar Hernández y de sus eminentes profesores, dio sustancia a su ideal revolucionario de una patria libre. El ejemplo de su vida es una lección de humildad, apego a principios éticos, desprendimiento y valor personal que ojalá compartieran los domi- nicanos de todos los tiempos, pues como expresó Manuel de Jesús Galván a la hora de la muerte del Padre de la Patria: “No se encontrará en toda su existencia, bien que fecunda y trascendental como pocas, ni una gota de sangre, ni una mancha de lodo”. Un hombre cuya trayectoria fecunda y olvidada ha sido retratada ma- gistralmente por Juan Daniel Balcácer, cuando dice: “Duarte es un singular ejemplo de devoción y entrega a la causa de la libertad de nuestro pueblo: por los riesgos y peligros que afrontó en el decurso de esa lucha redentora; por los innumerables obstáculos que superó a lo largo del proceso inde- pendentista; por el alto precio político y familiar que pagó, al no brindarse para que su liderazgo se convirtiera en fuente de discordia entre sus com- patriotas; y, sobre todo, por el injusto olvido al que fueron relegadas su vida y su obra política, por virtud del caudillismo y del desmedido culto a la personalidad imperante en la sociedad dominicana desde la Primera República”.160
  • 161. Quiera Dios que estos encuentros nos permitan conocer mejor el pensa-miento fecundo del Padre de la Patria, cuya única aspiración, como expresócuando fue proclamado Presidente de la República, “Sed justos lo primero,si queréis ser felices. Ese es el primer deber del hombre; y ser unidos, y asíapagaréis la tea de la discordia y venceréis a vuestros enemigos, y la patriaserá libre y salva. Yo obtendré la mayor recompensa, la única a que aspiro,al veros libres, felices, independientes y tranquilos”. Ese es el sueño inacabado de la nación dominicana. 161
  • 162. Duarte y Espaillat: símbolos del liberalismo clásico dominicano Héctor Luis Martínez1 “El origen del proyecto liberador de Duarte está en sus vivencias familiares marcadas por el rechazo a la dominación haitiana, en su vocación por la libertad y en las lecciones recibidas de Juan Vicente Moscoso, extrañado de Santo Domingo durante las ocupaciones haitianas de Toussaint L´ouverture y Jean Pierre Boyer”. Aclaración necesaria Héctor Luis Martínez1 En fecha reciente recibimos una comunicación de la Dirección General de Información, Prensa y Publicidad de la Presidencia de la República, en la que se expresaba la decisión de organizar, en coordinación con el Archivo General de la Nación, un seminario denominado Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano, y se nos invitaba a participar en calidad de expositor en este encuentro de académicos, también reconocido con certe- za con el subtítulo de “Festival de las Ideas”. Con tales fines se nos asignó la tarea de presentar un trabajo sobre el pen- samiento clásico dominicano a partir de sus figuras más prominentes: Juan Pablo Duarte y Ulises Francisco Espaillat, con la precisión de que debía cumplir, entre otros requisitos, con la limitación del tiempo a no más de veinte minutos de exposición. Aceptamos con agrado la tarea, fácil en apa- riencia, pero complicada si se toma en cuenta la riqueza de análisis implí- cita en el tema referido. 1 Disertación presentada en el seminario Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano, auspiciado por la Dirección General de Información, Prensa y Publicidad de la Presidencia de la República y el Archivo General de la Nación, a propósito de la conmemoración del Centenario del Nacimiento de Juan Bosch, agosto de 2009.162
  • 163. El contraste de los requisitos planteados con el corto tiempo disponiblepara su puesta en práctica explica la necesidad de presentar una exposi-ción para el gran público, no para especialistas, en la que esperamos predo-mine la concisión apoyada en argumentos simples, sobrios y equilibrados,sin que esto signifique sacrificar el rigor que demandan la naturaleza y losobjetivos de este importante encuentro. El reto no es simple, las líneas si-guientes dirán si lo cumplimos.Contenido político del liberalismo Las premisas del liberalismo se expresan en la lucha librada por la bur-guesía contra la persistencia de ciertos remanentes feudales –presentesen Inglaterra durante casi todo el siglo XVII y en Francia hasta el siglosiguiente– que limitaban el libre desarrollo de la economía y defendían laexistencia del Estado con poderes ilimitados. Como respuesta a estas con-tradicciones, los teóricos políticos del nuevo orden burgués plantearon uncambio de dirección en el ejercicio del poder que reorientara la relaciónentre gobernantes y gobernados, y garantizara a los segundos la protec-ción de la vida, de la propiedad y de la libertad frente a las restriccionesexternas pautadas por la iglesia, el Estado, las tradiciones y la sociedad ensentido general.2 Con el paso del tiempo, la explicación y justificación de2 Conceptos fundamentales de la Ciencia Política (2001), Madrid, Ciencias Sociales, AlianzaEditorial, pp. 69-70. También en Várnagy, Tomás (2005), “El pensamiento político deJohn Locke y el surgimiento del liberalismo”, bibliotecavirtual.clacso.org.ar. 163
  • 164. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano esta búsqueda de la libertad plena del individuo pasó a conocerse con el nombre de liberalismo. La crítica especializada reconoce sin reservas a John Locke (1632-1704) como padre del liberalismo político. A casi un siglo de distancia de los au- tores que dieron contenido de doctrina política a este concepto, Locke, considerado entre los pensadores más influyentes de la época moderna, defendió la idea de que la propiedad, la vida, la libertad son derechos na- turales de los hombres, y que la soberanía sólo emana del pueblo. Estas conclusiones surgen de la interpretación del contexto en que Carlos II, y su relevo Jacobo II, intentaron establecer la monarquía absoluta en Inglaterra luego de la muerte de Oliver Cromwell. También apoyó sus conclusiones en el análisis de los resultados de la revolución burguesa que había triun- fado en Holanda en el decenio de 1630, donde permaneció como refugiado unos cinco años; tiempo que tomó para la revisión de sus obras Ensayo sobre el entendimiento humano y Carta sobre la tolerancia. Locke visualizó al Estado como el instrumento encargado de velar por el cumplimiento de los derechos del ser humano, entre los que siempre colocó las libertades individuales en primer plano. También incluyó entre sus objetivos la solución de las diferencias presentadas entre los individuos sobre la base de la pluralidad y la tolerancia, lo que remite al reconocimiento de la diversidad de opiniones e intereses presente entre los hombres. Se trata de una corriente de pensamiento que defiende las mayores cuotas posibles de libertad individual, que postula una filosofía tolerante de la vida, en la que el gobernante es un mandatario del pueblo y tiene que ejer- cer el poder en su beneficio. El pueblo, sostiene Locke, es la fuente original de la soberanía, no cederá nunca el derecho de resistencia a la opresión. Si el gobernante, sea persona o una corporación, ejerce de manera despótica el poder, habrá violado el contrato y es deber, obligación y derecho del pueblo derrocarlo.3 En sus obras Primer y Segundo Tratado del Gobierno, Locke esbozó la tesis de la separación de poderes perfeccionada más tarde por Montesquieu. 3 Avelino, F. A. (1981), Historia del Pensamiento Político, Santo Domingo, Editora de la UASD, p. 342.164
  • 165. Entendía que la soberanía, es decir el poder general de hacer de la ley lanecesaria acción de ejecutarla e interpretarla, no debe estar en las manosde un mismo órgano de gobierno, por lo que defendió la idea de un poderejecutivo y otro federativo. El pensamiento de Locke cobra sentido de síntesis en los análisis de Ben-jamín Constant, quien define el liberalismo como la tendencia a buscar lalibertad en todas las manifestaciones del ser humano (…), el triunfo de laindividualidad, un cuerpo doctrinario que se concentra en el individuo ysus derechos sobre la libertad, la igualdad, entre otros.4 En tanto doctrina política, el liberalismo surge a finales del siglo XVIIIcomo la más efectiva expresión ideológica de la Revolución Francesa, loque se tradujo en una de las expresiones ideológicas de la burguesía quecobra vigencia como modelo sustituto del Antiguo Régimen y que sobre-vive hasta el siglo XIX, a pesar de la oposición presentada por sus detrac-tores. Esta situación resultó del avance logrado por la Ilustración en Europadesde mediados del siglo XVIII gracias al cuestionamiento de los valorestradicionales y a la necesidad de superar viejos resentimientos sociales (…).Vivía la humanidad una época de cambio de sentimientos y de mentalida-des, de enfrentamientos entre el absolutismo servil y la monarquía consti-tucional.5 Las características de la doctrina del liberalismo político se resumen enlas siguientes puntualizaciones: 1. Separación de la iglesia y el Estado. Defensa de la libertad de cultos. 2. Desconocimiento de la inmunidad del clero, declara libre la enseñan- za y el Estado asume la enseñanza pública. 3. Concentración en el individuo y sus derechos. 4. Condicionamiento estatal del ejercicio de las libertades por medio del orden público.4 Jimenes Grullón, J. I. (1983), Ideas revolucionarias de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo,Editora Alfa y Omega, p. 19.5 Uslar Pietri, A. (1992), La creación del Nuevo Mundo, Caracas, Editorial Texto, p. 85. 165
  • 166. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano 5. Reorientación de los conceptos: libertad, nación, felicidad, igualdad, reforma… 6. División de la nación en dos componentes: el Estado y la sociedad civil, concebida ésta en función de las garantías de movimiento ofre- cidas por el primero. 7. Consolidación de la tesis de la separación de poderes basada en el sistema parlamentario representativo y en el constitucionalismo de- mocrático. 8. Ampliación legal de las libertades particulares, así como la reducción del intervencionismo estatal. Defensa de la democracia representati- va, lo que favorece la igualdad social. 9. Tendencia de los intelectuales a defender la tolerancia y la concilia- ción, con lo que se enriquecen las ideas de Locke. Las ideas liberales en la emancipación de América En el proceso de conformación de la conciencia revolucionaria que desde los inicios del siglo XIX impulsó la independencia de las colonias españo- las en América incidieron, entre otros estímulos, la tradición hispánica, la toma de conciencia (nacionalismo criollo en criterio de Linch) y la Ilus- tración. La tradición hispánica se manifiesta con la diferenciación entre los pe- ninsulares y los criollos. Los primeros defendían el esquema del despotis- mo ilustrado a partir del crecimiento económico, de la racionalización y la eficiencia, mientras los criollos se aferraban a las aportaciones liberales y democráticas de los intelectuales del siglo XVIII. Esta tradición sólo sirvió de marco de referencia para justificar los postulados autonomistas.6 La toma de conciencia en torno a la defensa de intereses clasistas por par- te de los despotismos criollos también alimentaba las ideas de la autode- terminación desde los últimos años del siglo XVIII. Tras ese propósito actuaron las elites apoyadas en las doctrinas populistas defendidas por 6 Martínez D. (1999), La Independencia Hispanoamericana, Madrid, Talleres Gráficos Peñalara, p. 49. Mayores detalles al respecto en Linch , J. (2001), América Latina, entre colonia y nación, Barcelona, Editorial Crítica, p. 161 s.166
  • 167. una minoría ilustrada compuesta por jesuitas y criollos formados en uni-versidades especialmente europeas, luego de fracasar en sus anhelos de re-forma del modelo colonial, y de los intentos fallidos de tomar el poder porlos mecanismos institucionales. El jesuita Vizcardo Guzmán, por ejemplo,incitó con su Carta a los españoles americanos a luchar por la independenciade las colonias. En ciertos pasajes de su obra casi hace una paráfrasis deciertos contenidos del Common Sense (1776) de Tomas Paine, autor que jus-tifica la rebelión de las colonias como rechazo a las miserias padecidas, alas compensaciones denegadas y por la convicción del derecho a resistir laopresión. De igual modo actuó el abate Raynal, quien sostuvo que América sólopuede pertenecer a sí misma. En Historia filosófica y política de los establecimien-tos europeos de las Indias (1770), Raynal afirma: Si alguna vez sucede en elmundo una revolución feliz, vendrá por América. Después de haber sidodevastado, este Mundo Nuevo debe florecer a su vez, y quizá mandar sobreel antiguo. Será el asilo de nuestros pueblos por la política o expulsadospor la guerra.7 Tan marcada fue la influencia de Paine, que en 1811 el venezolano ManuelGarcía de Sena publicó en español una antología de sus obras. Tambiénpresentó el libro: La independencia de Costa Firme justificada por Thomas Painetreinta años ha, para lo que se apoyó en textos de la Constitución de los Es-tados Unidos. La tercera vía de la asunción del ideal de la independencia en las coloniasamericanas fue la de la Ilustración. Sus postulados se difunden desde lasegunda mitad del siglo XVIII, catalogado en 1771 por Diderot como el siglode la libertad. Durante ese tiempo se aceleraba la crisis de los valores tradi-cionales, lo que implicaba resentimientos sociales. Era la época del relevodel hombre de deberes del Ancien Regimen por el hombre de derechos,de la sustitución de la fe por la razón en las mentes de los pensadores, delenfrentamiento entre el absolutismo servil y la monarquía constitucional.8Esta nueva concepción de cambio giraba en torno a la idea de la libertad, laigualdad, la tolerancia y la fraternidad, y tomó cuerpo doctrinario (liberal)con el triunfo de la Revolución Francesa.7 Ibid., p. 53.8 Uslar Pietri, op. cit., p. 85. 167
  • 168. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano A pesar de que pocos pensadores de los ilustrados abogaron por un cam- bio revolucionario, lo que se explica si se toma en cuenta que no se trata- ba de un movimiento netamente político,9 el contenido progresista de sus ideas, la cálida defensa de la libertad y los modelos de organización del Es- tado que plantearon constituyeron un puente de palabras orientador de la acción revolucionaria10 para los precursores y adalides de la independen- cia americana. Muchos criollos conocían al detalle los textos de Voltaire, Montesquieu, Rousseau –quienes no se identificaron con la revolución– Betham, Robertson, el abate Raynal e incluso la Enciclopedia, pues esta- ban presentes en muchas bibliotecas particulares. En la de Antonio Nari- ño, por ejemplo, destacaban los autores clásicos y contemporáneos cuyos contenidos eran discutidos en tertulias celebradas con la presencia de per- sonalidades como Francisco Antonio Zea, Camilo Torres, Pedro Martín de Vargas y José Caicedo. Nariño tradujo e imprimió en su imprenta, el texto de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. También el argentino Mariano Moreno tuvo la iniciativa de reproducir el Contrato Social de Rosseau para enseñar los inalienables derechos del hom- bre a los estudiantes: la libertad política, la separación de los poderes, el reconocimiento de derechos ciudadanos, el rechazo a los regímenes despó- ticos, la distinción entre iglesia y poder, y los postulados roussianos sobre la nacionalidad. En esta traducción el tema de la religión fue suprimido, lo que refleja la asimilación de los ilustrados bajo ciertos condicionamientos propios del tamiz crítico que identificaba a las naciones en gestación. La muestra más evidente de este espíritu crítico fueron las recomendaciones de Francisco de Miranda a favor de las lecciones de la independencia de los EEUU, y contra peligros de la Revolución Francesa. Simón Bolívar tampoco escapó a la influencia de esta corriente política, evidenciada en muchos de sus escritos, como la Carta de Jamaica y en el discurso de Angostura. El propio Libertador, en carta dirigida a Santan- der, sostuvo que nadie había estudiado tanto como él a Locke, Condorcet, 9 García Laguardia, Jorge Mario, “Independencia, nacionalismo e hispanoamerica- nismo, El proyecto centroamericano de confederación”, en: Galeana, Patricia, coord. (2008), Historia Comparada de las Américas, México, D. F., Asesoría Gráfica, pp. 101-123. 10 Linch, J. (2001), América Latina, entre colonia y nación, Barcelona, Editorial Crítica, p. 57.168
  • 169. Bufón, D´Alembert, Helvétius, Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Bethot,Hollín...La praxis liberal de Juan Pablo DuarteEl sentir de la independencia El rastreo de los hitos que marcan la historia colonial de Santo Domingorefleja que al término del siglo XVIII existía una frontera, tanto mentalcomo física, que ponía en evidencia la ruptura entre la sociedad criollay la tutela peninsular. Para esos años la sociedad criolla había avanzadoen la fase de construcción de la identidad en función de la asimilación yreconocimiento de expresiones culturales como el idioma, la religión, lascostumbres y las tradiciones impuestos por los conquistadores. En térmi-nos de Ubieta Gómez,11 para la confirmación de la toma de conciencia y elafianzamiento de estas expresiones culturales en el ethos criollo se necesi-taba su confrontación con otros referentes. La oportunidad de esta confirmación se presentó con la firma en 1795 deltratado de Basilea, mediante el cual España cedía a Francia la parte orientalde la isla de Santo Domingo. Esta medida fue rechazada sin reservas porlos sectores de mayor incidencia en la colonia, como se advierte en unacomunicación del gobernador Joaquín García en la que resume el sentir delos criollos con la expresión: es que nadie quiere ser francés. Igual de con-vincente resulta el testimonio que al respecto registró Fernando Portillo yTorres. Destaca el prelado la conmoción sufrida por una mujer del puebloque al enterarse de la cesión de la colonia a Francia exclamó: tierra mía,patria mía, y luego cayó muerta. La consolidación de este proceso de ruptura entre lo criollo y lo penin-sular tuvo mayores estímulos a partir de los inicios del siglo XIX. Losefectos producidos por la unificación política de la isla llevada a cabo porToussaint L’ouverture, la proclamación de la independencia de Haití, eldominio francés bajo la dirección de Ferrand y el retorno de España como11 Ubieta Gómez, E. (1993), Ensayos de Identidad, La Habana, Editorial Letras Cubanas,cap. II y IV. Plantea que el proceso de construcción de la identidad se da en relacióncon otros: junto a otros, cuando se trata de referentes positivos, y frente a otros, cuandose trata de referentes despreciables. 169
  • 170. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano metrópoli convirtieron a Santo Domingo en un escenario de activa agita- ción social que anunciaba la asunción del sentir de la independencia. En ese sentido, los aprestos independentistas conocidos como la conspiración de los italianos inspirada en el modelo en el Estado liberal del sur de Haití, y develada en septiembre de 1810, preceden al hito que ubica al Ecuador como zona precursora de la independencia americana. Este primer ciclo de expresión del sentir independentista dominicano concluye con el proyecto de independencia promovido desde finales de 1821 por José Núñez de Cáceres, cuyo fracaso facilitó la segunda unifica- ción política de la isla –vigente durante 22 años– dirigida esta vez por Jean Pierre Boyer. En este contexto, por demás turbulento y de notable agitación social, nació Juan Pablo Duarte. Sobre esta base forjó y templó su personalidad y espíritu. Lamentablemente, las fuentes que permiten estudiar la vida y obra de este dominicano ejemplar se limitan a sus correspondencias y a los apuntes de su hermana Rosa Duarte. Contrario a la experiencia de los independentistas de Suramérica, el padre de la patria no habla de su for- mación en sus escritos, la que puede intuirse del examen de su accionar político y de su ideario recogido por don Vetilio Alfau Durán. Se acepta casi de manera absoluta la idea de que el sentir de Duarte por la independencia despierta con la humillación padecida al abordar la em- barcación que lo conduciría al extranjero, en la que se le enrostró la condi- ción de haitiano en desmedro de sus raíces dominicanas. Se trata de una conclusión simplista que desconecta a los actores sociales del entorno y contexto en que actúan, lo que, obviamente, no se admite en la ciencia de la Historia. El origen del proyecto liberador de Duarte está en sus vivencias familia- res marcadas por el rechazo a la dominación haitiana, en su vocación por la libertad y en las lecciones recibidas de Juan Vicente Moscoso, extra- ñado de Santo Domingo durante las ocupaciones haitianas de Toussaint L´ouverture y Jean Pierre Boyer. El maestro Moscoso, considerado por sus colegas como el Sócrates dominicano, acompañó a José Núñez de Cáceres en su proyecto de independencia, cuya acta firmó, tal vez bajo la influencia de la conexión indirecta que tuvo con los preceptos de las Cortes de Cádiz170
  • 171. durante los años de la España Boba. Gracias a su experiencia y solidez desu intelecto fue incorporado a los trabajos de la Constituyente de 1844. Aunque de filiación conservadora, el intercambio dado a finales de losaños treinta entre Gaspar Hernández y Duarte también debió dejar su im-pronta a favor de la separación. Las tempranas convicciones políticas de Duarte se enriquecen al tenercontacto con el ambiente todavía más caldeado vigente en Europa durantesu estancia en Barcelona, asiento de las luchas entre liberales y absolutis-tas, de los fueros libertarios y de la Logia Constante Unión, a la que seincorporó el fundador de la República. A esto se suma el conocimiento dela experiencia de las Cortes de Cádiz, promotoras desde 1812 del régimenconstitucional para España, malogrado en 1814 con el retorno de Fernan-do VII al trono español; y de las iniciativas liberales sustentadas en 1820por Riego y Quiroga, modelos seguidos por los líderes de la independenciasuramericana, y en el país por José Núñez de Cáceres y Juan Vicente Mos-coso. Otras fuentes de influencia en la formación política de Duarte fueron laMasonería y las sociedades secretas de carácter revolucionario Los Carbo-narios, Los Templarios, Los Hijos de Padilla y Los Caballeros Racionales.La acción revolucionaria de Juan Pablo Duarte Al regresar al país, probablemente a finales de 1832, Duarte aprovechólos escenarios propicios para compartir con los suyos la idea de la inde-pendencia. Tras este ideal reparó en detalles como el ingreso a la GuardiaNacional, la puesta en común de sus experiencias y conocimientos, el reen-cuentro con los suyos en diferentes actos sociales y la colaboración en ElDominicano Español, suelto utilizado por Serra para incitar a los dominica-nos al rechazo de la dominación haitiana. A partir del modelo de Los Caballeros Racionales, sociedad revoluciona-ria que protegía al exilio independentista suramericano en España, entrelos que contaba Francisco de Miranda; de Los Carbonarios y La Maso-nería, en julio de 1838, Duarte fundó la sociedad La Trinitaria. Se sostieneque en la ceremonia de instalación pidió a los iniciados la asunción delsiguiente juramento. 171
  • 172. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano “En nombre de la Santísima, Augustísima e Indivisible Trinidad de Dios Omnipotente: juro y prometo, por mi honor y mi conciencia, en manos de nuestro presidente Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano y a implantar una República libre, soberana e independiente de toda dominación extranje- ra, que se denominará República Dominicana, la cual tendrá su pabellón tricolor en cuartos encarnados y azules, atravesados por una cruz blanca. Mientras tanto, seremos reconocidos los Trinitarios con las palabras sa- cramentales: Dios, Patria y Libertad. Así lo prometo ante Dios y el mundo. Si tal hago, Dios me proteja: y de no, me lo tome en cuenta, y mis consocios me castiguen el perjuro y la traición si los vendo”.12 Se trata de una proclama patriótica de rico contenido, rigor e intensidad, cuya extensión, unas 130 palabras, evidencia la capacidad de síntesis del autor. En este documento, de marcada influencia liberal, Duarte supo con- densar con maestría sin par, los pilares en que, una vez instaurada la Re- pública, descansarían los rasgos primarios de su identidad. El primero es el credo religioso que al día de hoy nos distingue. Duarte inicia el compromiso de la lucha por la independencia con la invocación de la “Santísima, Augustísima e Indivisible Trinidad de Dios Omnipotente”, versión ampliada de la expresión inicial de la Constitución de Cataluña: En nombre de nuestro Señor Jesucristo. Con esta expresión pone de manifiesto, cual recalcara más adelante en su proyecto de Constitución, una indeclina- ble devoción y fe en la religión católica. Como segundo componente destaca su preferencia por la organización del Estado desde la perspectiva republicana con tal convicción que esta- blece la identificación de sus pares trinitarios con el lema de Dios, Patria y Libertad. El tercer elemento consistió en el diseño de uno de los símbolos patrios dominicanos por excelencia: la bandera nacional, atravesada por una cruz blanca que, según sus palabras, representa el símbolo de la re- dención, jamás del padecimiento. En cuarto lugar, dicho juramento ter- mina con la referencia de las prendas morales de la dignidad y del honor, 12 Tomado de Tena Reyes, J. (1994), Duarte en la historiografía dominicana, Colección Sesquicentenario de la Independencia Nacional, Santo Domingo, Editora Taller, p. 22.172
  • 173. tan distantes hoy en buena parte de los líderes y conductores de nuestraAmérica. Duarte tuvo la luz de advertir la viabilidad de la separación de los haitia-nos y de la proclamación de una República libre e independiente de todapotencia extranjera. Parte de su grandeza reside en presentar, difundir yprender esta idea en los diferentes sectores sociales de Santo Domingo,incluyendo a los libertos que veían con recelos sus afanes por el miedo alrestablecimiento de la esclavitud. Desde la tribuna de La Trinitaria, Duartedespertó la conciencia de la identidad y el orgullo en los dominicanos (La-fée, 2003).13 Sin proponérselo, el Fundador de la República se convirtió en precursorde lo que hoy se ha dado en llamar animación cultural con la integracióndel arte a la práctica política. Cual acontecía en España para 1830 con lasrepresentaciones del drama de Víctor Hugo, titulado Hernani, Duarte re-currió al teatro con el interés de crear conciencia en sus amantes sobre losvalores de la vida en libertad e independencia. A tales fines fundó en 1840las compañías culturales La Filantrópica y La Dramática con la integra-ción de los trinitarios de mayores condiciones y confianza. A sabiendasdel valor del uso de la Historia como arma, hizo las veces de apuntador enla puesta en escena de algunas obras de los autores vanguardistas VitorioAlfieri (Roma Libre), Martínez de la Rosa (La viuda de Padilla) y EugenioOchoa (Don Carlos), muy adecuadas cuando se persigue avivar el senti-miento del honor, las ansias de libertad y la disposición de conquistarlapor la vía revolucionaria.14Hacia la independencia El deterioro del régimen de Boyer se hacía más notable en Haití a partirde 1842, año en que Charles Herard lideraba el movimiento de orientaciónliberal conocido como La Reforma, vía de acción en su lucha por el control13 Ayala Laffée, C. et al (2003), La Familia de Juan Pablo Duarte en la Caracas de 1845-1890,Instituto Duartiano de Venezuela, Filial del Instituto Duartiano de Santo Domingo,Santo Domingo, Gráfica William. Discurso pronunciado en Caracas el 26 de enero de2002.14 Martínez, Héctor Luis, “La obra revolucionaria de Juan Pablo Duarte”, en País Cul-tural, revista de la Secretaría de Estado de Cultura, año II, No. 3, feb. 2007, pp. 29-35. 173
  • 174. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano político del país vecino. Enterado Duarte de estas pretensiones envió a Los Cayos a Juan Nepomuceno Ravelo y Matías Ramón Mella en calidad de emisarios. Su interés era concertar acuerdos entre los trinitarios y los re- formistas haitianos, denotando con esa iniciativa su condición de político de fino tacto, pues resultaba evidente que la erosión de Boyer en Haití faci- litaría la independencia de Santo Domingo. Además, esta decisión política se orientaba por un verdadero nacionalismo revolucionario, y no por un sentir antihaitiano propio de un chauvinismo desorientado.15 El primer resultado de la alianza concertada entre trinitarios y reformis- tas se dio en marzo de 1843. Se trató del desconocimiento de Boyer y sus colaboradores en ambas partes de la Isla poco después del inicio de las acciones armadas protagonizadas por Herard en su finca de Praslin. El documento de apoyo fue firmado, entre otros trinitarios, por Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez, Matías Ramón Mella, Juan Isidro Pérez, Juan Alejandrino Pina, mientras que en representación del movi- miento liberal de La Reforma firmaron Augusto Bernier, Alcius y Artidor Ponthieux. Tras el derrocamiento de Boyer en marzo de 1843 se instaló en Santo Do- mingo la Junta Popular, gobierno colegiado dirigido por las principales fi- guras de la Reforma y de La Trinitaria. En reconocimiento de su liderazgo, a Juan Pablo Duarte se le asignó la coordinación y formación de las juntas, especie de gobiernos locales, en el Este, ocasión que aprovechó para llevar el mensaje de la separación a las figuras más prestantes de las comunidades visitadas. Gracias a estos contactos, los trinitarios ganaron las elecciones celebradas en junio de ese año, lo que significó el celo y la preocupación de los aliados haitianos de La Reforma, pues los dominicanos habían encendi- do la hoguera la independencia con carácter irreversible. Alarmado por el triunfo electoral de los trinitarios, Herard se trasladó sin retardo a Santo Domingo con el propósito de frenar el avance del ideal in- dependentista de los dominicanos. En ese empeño desconoció los resulta- dos de las elecciones de junio, al tiempo que atropelló, persiguió y profirió amenazas contra Duarte, tan contundentes que no tuvo mejor opción que 15 Jimenes Grullón, op. cit., p. 26.174
  • 175. salir rumbo a Venezuela junto a Pedro Alejandrino Pina y Juan Isidro Péreza principios de agosto de 1843. La prédica por la independencia desarrollada por Duarte había prendidocon firmeza entre los dominicanos, de manera que, a pesar de su ausenciaforzada, de la escasez de recursos y de las amenazas de una facción de losconservadores, su discipulado más aprovechado, entre los que contabanFrancisco Sánchez del Rosario, Matías Ramón Mella y Vicente CelestinoDuarte, haciendo provecho de las lecciones del Maestro, concertaron conPedro Santana y demás conservadores la alianza que selló la proclamaciónde la República el 27 de febrero de 1844. Los años posteriores a la proclamación de la independencia de la Repú-blica se caracterizaron por la lucha por el poder político que enfrentaba aconservadores y liberales. Para los primeros, representados por Pedro San-tana, Buenaventura Báez y Tomás Bobadilla, la anexión del país era inevi-table debido a la constante amenaza haitiana, pretexto que escondía susdebilidades como sector social. En cambio, los seguidores de la prácticarevolucionaria de los trinitarios mostraron con firmeza su oposición a todocuanto lesionara la causa de la independencia. Los planes contra la independencia avanzaban gracias al control que te-nían los conservadores de la Junta Central Gubernativa. Para frustrar esosplanes Juan Pablo Duarte, que había regresado al país poco después de laproclamación de la República, en junio de 1844, asestó un golpe militar ala Junta, apresando a Buenaventura Báez y a Tomás Bobadilla, defensoresdel protectorado francés, al tiempo que nombró a Sánchez presidente dela Junta e incorporó a otros trinitarios en dicho organismo. En el planomilitar, Duarte asumió la comandancia de Santo Domingo, en tanto Mellapasó a comandar la Plaza de Santiago.16 Esta prueba de arrojo, de firmezapolítica, provocó manifestaciones de adhesión en las principales plazas po-líticas del país, lo que debió influir en la decisión de Mella de proclamarlopresidente de la República a principios de julio del citado año; iniciativarechazada por el general Duarte pues consideraba que el poder sólo es legí-timo cuando emana de la voluntad del pueblo.16 Enciclopedia Ilustrada de la República Dominicana (2008), EDUPROGRESO, S.A.,Santo Domingo, Impreso en Colombia, tomo 7, pp. 147-152. 175
  • 176. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Enterado Santana de los reconocimientos recibidos por Duarte en el Ci- bao, apresuró el control de la ciudad de Santo Domingo. El 12 de julio de 1844, apoyado en unos 300 hombres, y en la solidaridad del cónsul francés Saint Denys, el hatero del Este tomó la Junta Central Gubernativa sin pro- blemas. De ese modo borró la competencia de Duarte declarándolo traidor a la patria junto a Francisco Sánchez, Ramón Mella; a los coroneles Pedro Alejandrino Pina y Gregorio del Valle; el comandante Juan Evangelista Ji- ménez, al capitán Juan José Illas y a Juan Isidro Pérez, ex secretario de Junta, y condenándolo al exilio perpetuo. Meses después disolvió la Junta y se hizo proclamar presidente de la República por dos períodos conse- cutivos de cuatro años cada uno. Esas medidas de fuerza anunciaban el predominio de los conservadores durante la Primera República coronado con el anuncio de la anexión de Santo Domingo a España en marzo de 1861, absurdo que revitalizó el sentir patriótico de Duarte y, en ejemplo sin par de coherencia ideológica, lo condujo de nuevo al país a ofrecer sus servicios contra los que llamó orcopolitas. Proyecto de Constitución de Duarte El proyecto de Constitución de Juan Pablo Duarte –escrito probable- mente entre marzo y junio de 1844- resume las primeras expresiones del pensamiento liberal dominicano. Sus fuentes de inspiración están en la Declaración de independencia de los EEUU, en las ideas de Jefferson, en la Constitución de Venezuela y en los fueros de Cataluña y Aragón. Estos consistían en compilaciones o códigos generales de leyes, los usos y cos- tumbres que, conservados por una observancia general y constante, llega- ron a tener con el transcurso del tiempo fuerza de ley no escrita. Incluían cartas de privilegios o instrumentos de exenciones de gabelas, concesio- nes, gracias, mercedes, franquezas y libertades.17 A pesar de no superar la condición de borrador, el proyecto de Consti- tución de Duarte fue la norma jurídica y política de la Junta Central Gu- bernativa, y base clave de la Constitución de San Cristóbal.18 En la versión 17 Rodríguez Demorizi, E. “Investigación Duartiana”, en Boletín del Instituto Duartia- no, año VI, No. 10, enero-diciembre 1974, pp. 23-30. 18 Cross Beras, J. (1984), Sociedad y Desarrollo en República Dominicana, 1844-1899, Instituto Tecnológico de Santo Domingo, Santo Domingo, Editorial CENAPEC, p. 126.176
  • 177. parcial que se conoce por iniciativa de Rosa Duarte se desprende que eneste proyecto: (…) se proponen 34 artículos, de los cuales tienen una numeración suce-siva a partir del 1, los primeros 24; seis figuran sin ninguna numeración;cuatro contienen versiones diversas de disposiciones idénticas o similares;y por último, siete, en dos o tres textos, repiten la numeración pero contie-nen previsiones diferentes. En suma, son veinte y siete los textos o artícu-los que constituyen la parte del proyecto que alcanzó a ser formulado enforma escrita por el Padre de la Patria.19 Duarte se concentra en el concepto de ley y los criterios de aplicación.Dos de sus textos se refieren a la nación dominicana y a los dominicanos;uno al territorio nacional, otro a la religión, tres al gobierno; y el último, alderecho de expropiación por causa de utilidad pública. Duarte propone la Constitución de la República a partir de una democra-cia operante, real, capaz de dar respuesta al afán de justicia que distinguea los pueblos del mundo. Entendía que la libertad debía florecer como unespléndido acto de comprensión de amor.20 La vía para el logro de este ob-jetivo debía ser el gobierno establecido para el bien general de la asociacióni de los asociados, el de la Nación Dominicana es i deberá ser siempre i antetodo, propio i jamás ni nunca la imposición extraña, bien sea ésta directa,indirecta, o remotamente; es i deberá ser siempre popular en cuanto a suorigen, electivo en cuanto al modo de organizarla, representativo en cuan-to al sistema, republicano en cuanto a su esencia i responsable en cuanto asus actos (sic). Duarte amplió el esquema clásico sobre la separación de lospoderes: legislativo, judicial y ejecutivo, agregándole el poder municipal, ycolocándolo en primer lugar. Siguiendo la experiencia de los libertadores suramericanos, Duarte esta-bleció en su proyecto de Constitución que la religión predominante en elEstado es y deberá ser siempre la Católica y Apostólica, pero sin perjui-cio de la libertad de conciencia y tolerancia de cultos y de sociedades nocontrarias a la moral pública y caridad evangélica. Con esta visión se daba19 Salazar, J. E., “Reflexiones sobre el pensamiento político de Duarte”, en Boletín delInstituto Duartiano, año IV, No. 8, enero-diciembre 1972, pp.7-26.20 ibid., p.20. 177
  • 178. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano respuesta al carácter anticlerical de la administración de Boyer, defensor de la separación entre iglesia y Estado. También respondía a las expectati- vas de los diferentes credos religiosos, cuya feligresía había colaborado de diferentes formas en el proceso de separación de los haitianos. Valoraciones finales En sus afanes y desvelos por la causa de la redención, Duarte jamás tuvo espacio para el desvío ni la claudicación. Su indeclinable apego por el bien patrio le hizo acreedor del amor y admiración de sus coetáneos más cer- canos, y de todas las generaciones de dominicanos y dominicanas que, si- guiendo la memoria leal e ingenua de la más pura tradición, valoran por siempre sus hazañas y ejemplos conservados en el tiempo (…). La vida, ejemplo y pensar de Duarte forman parte del legado que, haciendo las ve- ces de antorcha de relevo, ha servido de inspiración para la defensa y cuido del decoro de la nación, así lo muestran Luperón, Gilbert, Fernández Do- mínguez, Caamaño y otros tantos convertidos por las circunstancias en soldados del pueblo y militantes de la libertad.21 En el legado político de Duarte está presente: • El político prudente y de fino tacto. • El político que valora, siempre en primer plano, la causa de la patria. • El forjador de la base jurídica del Estado, sus principios de libertad, postulados democráticos y la afirmación de los preceptos de la nación dominicana. • El político marcado por un nacionalismo radical e intransigente, pero sin caer en posturas chauvinistas. • En él reside el más convencido de los liberales dominicanos. Con su práctica política la corriente liberal cobró cuerpo doctrinario en Santo Domingo. • En su ejemplo está presente el político que aboga por el patriotismo sentimental, por la independencia de los pueblos, por la justicia social y por la fraternidad humana.22 21 Martínez, H. L., op. cit., pp. 11-12. 22 Patín Veloz, E. “El pensamiento político de Duarte”, en Boletín del Instituto Duar- tiano, año VII, julio-dic. 1975, Santo Domingo, pp.53-74178
  • 179. Ulises Francisco Espaillat: ¿El último de los liberales? Ulises Francisco Espaillat ocupa un lugar de honor entre las personalida-des más respetables que ha dado el país. Desempeñó las más importantesposiciones públicas, incluyendo la vicepresidencia y la presidencia de laRepública. Figura importante en la revolución liberal de 1857 y en la Cons-tituyente de Moca de ese año. Ocupó siempre el lado opuesto a los con-servadores. Rodríguez Objío lo sitúa como el pensamiento inamovible dela Revolución Restauradora, en la que ocupó las posiciones de Secretariode Relaciones Exteriores y vicepresidente del Gobierno de la República enArmas, cuya sede estaba en Santiago.23 Rodríguez Demorizi comparte estaopinión al sostener que Espaillat: Adelantándose a su época, revela, mejor que todos, a través de un siglo,las fuentes democráticas del Gobierno de la Restauración, porque la reali-dad es que a los actos del Repúblico, corresponden sus ideas de gobiernoy de bien patrio, suficientes para señalarlo no sólo como el primero de losideólogos del gobierno de Santiago, sino como el más esclarecido de nues-tros ideólogos.24 Como miembro honorario ocupó un lugar especial en las principales so-ciedades dominicanas, entre las que cuentan: Amigos del País, La Liga de laPaz, de Puerto Plata, y Amantes de la Luz, de Santiago de los Caballeros. Junto a Bonó, Espaillat ilustra el proceso iniciado en el país a fines delsiglo XIX de una intelectualidad abierta, flexible y democrática que, sinoposición política directa de una intelectualidad dogmática y aristocráti-ca; planea soluciones racionales y viables. En sus visiones combina la expe-riencia analítica del pasado con una visión sintética del futuro.25 Como periodista político y social analizó con agudeza los causantesde los males que aquejaban a la nación durante los primeros años de inde-pendencia, destacando la inexcusable inestabilidad política reinante en el23 Vicioso, Abelardo, “En la Fragua de la Liberación: Ulises Francisco Espaillat (1823-1878)”, en Rev. Política, Teoría y Acción, Año 11, No. 120, marzo 1990, pp. 9-15.24 Rodríguez Demorizi, E., “Elogio del Gobierno de la Restauración”, discurso pro-nunciado en Santiago el 14 de septiembre de 1963, publicado en la revista Educación,nos. 1-3, Nueva Época, 1963, pp. 39-50.25 Pimentel, M. (2001), Liberalismo y autoritarismo, siglos XIX y XX, Santo Domingo,Editora de la UASD, p. 222. 179
  • 180. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano país durante los años posteriores a la guerra restauradora. En su estilo de exposición destaca la tendencia a la comparación y a la ilustración de las ideas con ejemplos cuidadosamente seleccionados. En tales afanes llegó a escribir con el pseudónimo de María, otras veces asumía su real identifi- cación. La crítica social y política de Espaillat descansa en temas como: A.- El interés por prestar atención a las demandas del pueblo, de las masas compuestas por los trabajadores. B.- Preocupación por problemas institucionales: conducta del poder eje- cutivo, la justicia, la educación, la libertad, la ley, la descentralización, el poder desmedido del presidente, el canibalismo político (clientelismo). Consideraba que el avance de la sociedad debía apoyarse en el trípode compuesto por la sed de libertad (sustancia de la democracia), de justicia y de saber. Es esta la tabla de salvación de una sociedad. Dichos compo- nentes deben actuar combinados, con la salvedad de que la garantía de su buena acción depende de la posibilidad de que los hombres con cierto gra- do de educación se pongan a la cabeza de la cruzada por la democracia. En estos planteamientos su modelo era la sociedad norteamericana vista en un plano ideal, sin tomar en cuenta su condición de nación imperialista cuya esencia descansa en someter a las naciones bajo su esfera de influencia.26 En función de este modelo Espaillat defendió el desarrollo de la economía a partir de la libertad de empresa. Sostuvo que era de la escuela de aquellos que quieren para el ciudadano toda especie de libertades. Libre de ser el que tiene el capital, para pedir por el uso o mal uso de su dinero el interés que le plazca; y libre también debe ser el que lo necesita, para hacer de lo suyo lo que diere la gana.27 Esta especie de sentencia fue publicada por Espaillat ante las reacciones que provocaba la práctica de los comerciantes de prestar al 5% mensual. 26 Mu-Kien, A. (1997), Una utopía inconclusa, auspiciada por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar, p. 184. 27 Los Escritos de Espaillat, edición auspiciada por la Sociedad Amantes de la Luz con el concurso particular del Estado, Santo Domingo, Imprenta La Cuna de América, 1909, p. 35.180
  • 181. Espaillat veía la concertación de esfuerzos como el arma más efectiva enla búsqueda de la superación de todos los males que aquejaban la nacienteRepública. Concebía una especie de acuerdo nacional como: (…) la alianza entre los antiguos partidos es la sustitución de la ley, contoda su magestad, a la voluntad de los mandatarios con toda su barbarie,es el derecho que todos tienen de esperar que los agitadores se queden que-dos y no continúen arruinando más y más al país..., es el deber de todos losdominicanos de sostener el estado de cosas impidiendo toda conmoción,cualquiera que ésta sea, que es el único medio de lograr que se repongala fortuna pública, se ilustre la Nación, se organice la Justicia y triunfe lavirtud del vicio... es el deber que todos los pretendientes a los puestos pú-blicos tienen de esperar que a cada cual le llegue su turno, sin meterse ainventar evoluciones políticas cuyo resultado cierto es prolongar indefini-damente el malestar de la Nación, si a más de esto no se agregase el traer aquien menos se piensa.28Gobierno de Espaillat Una convergencia de las principales fuerzas sociales del país logró sacara Espaillat del seno familiar y convertirlo en presidente de la Repúblicaen marzo de 1876. Su triunfo se dio con el registro de la más alta votaciónlograda hasta entonces. Era el primer presidente dominicano sin rango degeneral. La condición de civilista lo llevó a decir: gobernaré con maestros,no con militares. Espaillat había llegado a la presidencia de la Repúblicacon el objetivo de respetar y hacer respetar las leyes y la Carta Sustantiva,realizar administración honesta apoyada en la pulcritud en el uso de losfondos públicos. En su discurso de aceptación de la candidatura a la presidencia de laRepública, marzo de 1876, sostuvo que los gobiernos no deben temer a lalibertad, ya que representa la fortaleza de los pueblos, de los cuales ad-quieren los gobiernos su propia fuerza. Esta práctica democrática inspiray robustece el amor a las instituciones, dando al mismo tiempo estabilidada los gobiernos, y asegurando el arraigo y desarrollo de las libertades pú-blicas.2928 Ibídem.29 Ibid., p. 323. 181
  • 182. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Con Espaillat retornaba el liberalismo azul al poder, de ahí que la compo- sición de su gabinete incluyera a Manuel de Jesús Peña y Reynoso, minis- tro de Interior y Policía, Manuel de Js. Galván, Relaciones Exteriores, José Gabriel García, Justicia e Instrucción Pública, Mariano Cestero, Hacienda y Comercio, Gregorio Luperón, Hacienda y Marina. En su programa de gobierno incluía los siguientes componentes: • Cumplimiento de las penas por parte de los condenados. Agilizar los casos. • Prohibición del uso de los presos en servicios particulares. • Rendir culto a la justicia. • Restablecer el crédito. • Impulsar el desarrollo de la industria sin acudir a empréstitos. • Desarrollar un plan de obras públicas. • Educar a los campesinos para el mejor desempeño de sus tareas. • Impulsar el aprovechamiento de las riquezas del país. • Organizar y disciplinar el ejército. • Estimular el desarrollo de la instrucción pública. Entre las medidas tomadas por Espaillat con el propósito de aliviar el caos que en todo orden reinaba en el país destacan la supresión de gas- tos políticos: regalías, dietas y otra prebendas, aplicación de un plan de ajustes orientado a enfrentar la escasez en las finanzas públicas, buscó la anulación de las revoluciones a partir del respeto a las instituciones y de la tolerancia a tono con lo establecido por la ley. Para Espaillat: La tolerancia de las opiniones legalmente manifestadas, da más derecho a las autoridades para ser rigurosamente exactos en el cumplimiento de la ley con aquellos que pongan en peligro la sociedad (…). La Constitución trae en su art. 13 y en sus párrafos 1 y 2, así como en el 14 y su párrafo 1, la manera de proceder respetando las garantías y poniendo las leyes en eje- cución con la brevedad que hace eficaces sus efectos. Es mi deseo que en ninguna causa, ni criminal ni política, se falte a estas prescripciones. Quiero que mi gobierno sea acreedor en lo futuro al dictado de lo justi- ciero, pero no al de lo arbitrario, ya sea la arbitrariedad usada contra la sociedad y a favor del delincuente, ya contra éste y en aparente favor de la seguridad social.30 30 Ibid., p. 326.182
  • 183. La devoción de Espaillat por el respeto al orden institucional le hacía per-der de vista el contexto en que actuaba. Envuelto en un mundo ideal, noreparó en que la clase política dominicana, incluyendo a la militancia azul,no estaba en capacidad de asimilar sus preceptos liberales. Tampoco tomóen cuenta el carácter pendular de las fuerzas políticas que coyunturalmen-te apoyaron su ascenso a la primera magistratura del Estado. No se dabacuenta que, según expresiones posteriores de Luperón, para esa época nose era buen presidente cuando se era leal, honrado y moral, cuando no seera despilfarrador ni traidor, una verdad dura y severa, pero verdad.31 El desconcierto debió ser grande para Espaillat al enterarse de las figurasintegradas a los primeros movimientos sediciosos de la Línea Noroeste or-ganizados contra su gobierno en junio de 1876, con el apoyo económico deIgnacio María González, apoyado a su vez por el gobierno haitiano. Igualsucedía en Moca, Puerto Plata, Santiago y San Francisco de Macorís. En octubre de 1876 Espaillat se vio precisado a presentar renuncia de lapresidencia de la República. La frustración se apoderaba del último de losliberales dominicanos en ocupar tan alta posición por la vía constitucio-nal. A partir de esa experiencia los diferentes partidos políticos cayeronen la ilegalidad, sin la exoneración del Partido Azul, cuyos miembros setornaron tan conspiradores y revoltosos como los otros cuando no esta-ban en el poder, y capaces de violar la Ley cuando se encontraban en elmismo.32 Como ejemplo destaca la decisión de Luperón, luego de ganar laselecciones de 1878 con su ayuda, de derrocar el gobierno constitucional deGonzález por negarse a nombrar al general Heureaux como gobernador deSantiago. Así lo testimonia el general Francisco Ortea en carta dirigida aMeriño en 1881: “(…) gobierno legítimo y constitucional cuyo presidente fue electo en elaño 1878 por voto popular. Vosotros, sin más carta de agravios que la ambi-ción, derrocásteis ese gobierno con las armas en las manos, con la sorpresa,y sobre todo con la traición, pisoteando sin respeto la palabra empeñada,31 Hoetink, H., (1997), El pueblo dominicano, auspiciado por la Universidad CatólicaMadre y Maestra, Santiago de los Caballeros, p. 158.32 Domínguez, J. (1984), Notas económicas y políticas dominicanas, julio 1865-julio1886, t. II, Santo Domingo, Editora de la UASD, p. 580. 183
  • 184. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano pospactos de una alianza pública, y sin motivos que os justificasen, puesto que el dicho gobierno apenas se acababa de constituir; prejuzgasteis car- gos que oponerle a fin de hacer una revolución. 33 “En el plano militar, Duarte asumió la comandancia de Santo Domingo, en tanto Mella pasó a comandar la Plaza de Santiago. Esta prueba de arrojo, de firmeza política, provocó manifestaciones de adhesión en las principales plazas políticas del país, lo que debió influir en la decisión de Mella de proclamarlo presidente de la República a principios de julio del citado año”. Otros ejemplos de irrespeto de los azules al orden institucional fueron los desmanes caudillistas de Luperón para decidir el control del poder entre los años 1876-82, la elección dudosa de Francisco Gregorio Billini como presidente de la República, los métodos usados por Ulises Heureaux para desplazar el liderazgo de Luperón, etc. Era el fin de la doctrina liberal del Partido Azul. Su consigna: Nacionalismo, Soberanía Popular que ampliaba con la expresión: voto-respeto a la constitucionalidad y a la legalidad, ya no tenía razón de ser. Esta crisis de la mística liberal de los azules se debió, entre otras razones, a la reorientación social provocada por inversiones extranjeras, lo que dio lugar a un nacionalismo económico favorecedor del predominio del capital monopolista norteamericano, junto a la burguesía local en desarrollo. En esta dinámica, muchos líderes azules se hicieron comerciantes importado- res y exportadores, latifundistas, ganaderos, rentistas y algunos hasta se asociaron a la producción azucarera, como en el caso de Luperón o de los hermanos Lithgow. Se daba la transición del nacionalismo político radical al entreguismo al imperialismo norteamericano, con lo que se perdía la fi- delidad al ideario trinitario y restaurador.34 33 Ibidem. 34 Cassá, R. (1989), Historia Social y Económica de República Dominicana, T. 2, Santo Do- mingo, Editora Taller, p. 164.184
  • 185. Referencias Conceptos fundamentales de la Ciencia Política (2001), Madrid, Ciencias Socia-les, Alianza Editorial. Várnagy, Tomás (2005), “El pensamiento políticode John Locke y el surgimiento del liberalismo”, bibliotecavirtual.clacso.org.ar. Avelino, F. A. (1981), Historia del Pensamiento Político, Santo Domingo, Edi-tora de la UASD. Ayala Laffée, C. et al (2003), La Familia de Juan Pablo Duarte en la Caracas de1845-1890, Instituto Duartiano de Venezuela, Filial del Instituto Duartianode Santo Domingo, Santo Domingo, Gráfica William. Discurso pronuncia-do en Caracas el 26 de enero de 2002. Cassá, R. (1989), Historia Social y Económica de República Dominicana, T. 2,Santo Domingo, Editora Taller. Cross Beras, J. (1984), Sociedad y Desarrollo en República Dominicana, 1844-1899, Instituto Tecnológico de Santo Domingo, Santo Domingo, EditorialCENAPEC. Domínguez, J. (1984), Notas económicas y políticas dominicanas, julio 1865-julio 1886, t. II, Santo Domingo, Editora de la UASD. Enciclopedia Ilustrada de la República Dominicana (2008), EDUPRO-GRESO, S.A., Santo Domingo, Impreso en Colombia, tomo 7. García Laguardia, Jorge Mario, “Independencia, nacionalismo e hispano-americanismo, El proyecto centroamericano de confederación”, en: Galea-na, Patricia, coord. (2008), Historia Comparada de las Américas, México, D. F.,Asesoría Gráfica. Hoetink, H., (1997), El pueblo dominicano, auspiciado por la UniversidadCatólica Madre y Maestra, Santiago de los Caballeros. Jimenes Grullón, J. I. (1983), Ideas revolucionarias de Juan Pablo Duarte, SantoDomingo, Editora Alfa y Omega. Los Escritos de Espaillat, edición auspiciada por la Sociedad Amantes de laLuz con el concurso particular del Estado, Santo Domingo, Imprenta LaCuna de América. 185
  • 186. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Martínez D., N (1999), La Independencia Hispanoamericana, Madrid, Talleres Gráficos Peñalara. Martínez, Héctor Luis, “La obra revolucionaria de Juan Pablo Duarte”, en País Cultural, revista de la Secretaría de Estado de Cultura, año II, No. 3, feb. 2007. Mu-Kien, A. (1997), Una utopía inconclusa, auspiciada por el Instituto Tec- nológico de Santo Domingo, Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar. Patín Veloz, E. “El pensamiento político de Duarte”, en Boletín del Insti- tuto Duartiano, año VII, julio-dic. 1975, Santo Domingo. Pimentel, M. (2001), Liberalismo y autoritarismo, siglos XIX y XX, Santo Do- mingo, Editora de la UASD. Rodríguez Demorizi, E. “Investigación Duartiana”, en Boletín del Institu- to Duartiano, año VI, No. 10, enero-diciembre 1974. Rodríguez Demorizi, E., “Elogio del Gobierno de la Restauración”, dis- curso pronunciado en Santiago el 14 de septiembre de 1963, publicado en la revista Educación, nos. 1-3, Nueva Época, 1963. Salazar, J. E., “Reflexiones sobre el pensamiento político de Duarte”, en Boletín del IV, No. 8, enero-diciembre 1972. Tena Reyes, J. (1994), Duarte en la historiografía dominicana, Colección Ses- quicentenario de la Independencia Nacional, Santo Domingo, Editora Ta- ller. Ubieta Gómez, E. (1993), Ensayos de Identidad, La Habana, Editorial Letras Cubanas, cap. II y IV. Uslar Pietri, A. (1992), La creación del Nuevo Mundo, Caracas, Editorial Texto. Vicioso, Abelardo, “En la Fragua de la Liberación: Ulises Francisco Espai- llat (1823-1878)”, en Rev. Política, Teoría y Acción, Año 11, No. 120, marzo 1990.186
  • 187. CAPITULO IV El positivismo, Hostos y los discípulos• Pedro Henríquez Ureña• José Ramón López• Salomé Ureña• Félix Evaristo Mejía• Leonor Feltz• Pedro Bonó• Américo LugoEXPOSITORES: COORDINADOR:Mu-Kien Sang Justo Pedro CastellanosCarmen DuránAntonio LluberesJosé del Castillo
  • 188. Retrospectiva y perspectiva delpensamiento político dominicanoEn la mesa principal se encuentran Antonio Lluberes, Mu-Kien Adriana Sang, Justo PedroCastellanos, rector de APEC, Carmen Durán y José del Castillo.El público escucha las exposiciones del panel, realizado en la Universidad APEC.
  • 189. Hostos y elpositivismo. Unavisión desde elsiglo XXI Mu-Kien Adriana Sang1“El liberalismo acepta la existencia del Estado comoregulador de la convivencia colectiva… La evolución de laconcepción del Estado indica la relatividad del conceptomismo y expresa los vaivenes de la burguesía, que lo combateen algunos momentos y lo apoya en otros”. 1Quisiera antes de iniciar con la parte central de mi participación, agra-decer al grupo que ha organizado este “Festival de las Ideas” el habermeinvitado a formar parte de esta experiencia. Creo que nuestro pueblo ne-cesita de actividades que le ayuden a su propia reflexión. Tengo una pequeña objeción con el título de nuestro panel. Algunos delos intelectuales señalados en la invitación como discípulos del positivis-mo, en realidad no eran positivistas. Este fue el caso de Pedro FranciscoBonó, un intelectual netamente liberal. Lo mismo ocurre con Pedro Henrí-quez Ureña, si bien su madre era positivista, no puede afirmarse que en supensamiento exista ni siquiera una pizca de positivismo. Creo que muchosde los panelistas y de los presentes coinciden con mi opinión. Vamos de lleno a nuestro tema. Para hablar acerca del positivismo, sehace necesario hacer una breve referencia a las corrientes de pensamientosque nacieron en el corazón del siglo XIX, un tiempo en que los cambios seimpusieron y la sociedad tuvo que dar respuesta. Los cambios se produ-jeron en la economía, al producirse la revolución industrial y consolidarsela economía de mercado. En el plano político comenzaron las luchas por la1 Mu-Kien Sang es historiadora y educadora. Ponencia ofrecida el viernes 14 deagosto en UNAPEC, en el marco del “Festival de las Ideas”, retrospectiva y perspectiva delpensamiento político dominicano. 189
  • 190. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano igualdad política y los derechos humanos. En el plano social, se iniciaba el sector social que había dejado de ser siervo para constituirse en trabajador asalariado, imponiéndose el salario como el punto de negociación con el empleador, y no las relaciones de interdependencia que había impuesto el viejo modelo feudal. El siglo XIX es el momento de la historia de la humanidad que más pro- fundamente ha marcado el pensamiento occidental. Diversas corrientes de pensamientos desarrollaron visiones diferentes sobre la interpretación de la historia y, sobre todo, cuál debía ser el camino de la transformación. Fue el preludio teórico y práctico de la definición de aquello que muchos hom- bres y mujeres de su tiempo prefiguraron y soñaron como nueva sociedad. La pregunta era la misma: ¿cómo debían desafiarse los nuevos cambios? Las respuestas fueron múltiples y contradictorias. En medio de la diversi- dad de opiniones y opciones, existía un común denominador: la libertad, el progreso, la preponderancia de la ciencia y la fe en el futuro. Estos valores estaban subyacentes al pensamiento de todos y cada uno de los creadores, padres de las diferentes teorías e interpretaciones nacidas como respuestas a la cambiante realidad del siglo XIX europeo: Neocatolicismo, marxismo, positivismo, idealismo, y liberalismo figuran entre las principales corrien- tes de pensamiento que se ofrecieron como alternativas a los hombres y mujeres del siglo XIX. El neocatolicismo fue una vieja teoría que tuvo que renovarse para po- der dar respuesta a la filosofía anti-clerical nacida con la Ilustración y del190
  • 191. llamado “Siglo de las Luces”. Intentó restablecer las tradiciones católicasen la vida social y en el gobierno del Estado, pero defendiendo el progresoy la modernidad. Los teóricos de esta corriente sustentaban que la verdaddivina debía definir los caminos que permitirían construir los destinos dela humanidad. Abogaban por la necesaria renovación dentro de la IglesiaCatólica para no verse obligados a propugnar y, mucho menos, defender,esos valores que consideraban obsoletos y atrasados. Los principales teó-ricos de esta corriente fueron Ballanche, Chateuabriand y Lamennais. En el siglo XIX apareció también el idealismo, versión más abstracta,pero más acabada, del romanticismo alemán. En el discurso de los idealis-tas aparecían siempre las palabras que resumían la esencia de su posiciónfilosófica: “Yo”, “idea”, “sustancia”, “moral”, “espíritu” y “libertad”. Su ori-ginalidad no estribaba en la terminología, sino en la totalidad de su vehe-mente forma de pensar. Para ellos el mundo estaba definido por el espíritulibre que lo estructuraba y le daba sentido. El alma de los seres humanosera considerada como algo muy superior a su propia naturaleza física yaque les permitía elevarse y mejorar para ofrecer algo nuevo al mundo. Lasllamadas teorías del idealismo objetivo se complementaban con la teoríametafísica. En tal sentido el objeto conocido no tenía más realidad que suser pensado por el sujeto, ya que la verdadera esencia del objeto se develabacomo actividad subjetiva del pensamiento. También en el siglo XIX, nació la más controversial representación delpensamiento revolucionario, el materialismo dialéctico y su aplicación, elmaterialismo histórico de Carlos Marx. Sin duda, Marx era el más sobre-saliente del grupo de los intelectuales denominados como de “la izquierdahegeliana”. La nueva teoría sostenía que el sistema de Hegel no culminabacon la historia. Pero reconocían la utilidad de la dialéctica hegeliana. Loque hizo el marxismo fue invertir el concepto. Ya no sería la idea, el motorde la historia, sino la lucha de clases. Marx auspiciaba el pensamiento ma-terialista y, sobre todo, crítico del nuevo orden económico, el capitalismo,cada vez más dominante en el mundo. El siglo XIX también marcó el triunfo de la doctrina liberal. Pensamien-to político nacido en el seno de las potencias europeas. En la gestación ydesarrollo del denominado liberalismo se cruzaron pensamientos y oríge- 191
  • 192. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano nes con temporalidades y nacionalidades distintos. Por eso resulta difícil ubicar el momento preciso del nacimiento del liberalismo, pues se inicia en el siglo XV pasando por el XVIII hasta llegar al XIX. Incluye pensadores como Tomás Moro, Richelieu, John Locke, Rousseau, Montesquieu, entre otros. Está claro que el liberalismo es el complemento teórico del capita- lismo naciente. Podríamos definir al liberalismo como el sistema filosófico, económico y político, que defiende la libertad como principio. Promueve la democracia representativa, la división de poderes y se opone a cualquier forma de des- potismo. Tres son los principios que defiende: La libertad individual. El Estado de Derecho. Es decir defiende la igualdad ante la ley. El derecho a la propiedad. En principio, porque la realidad se ha encargado de negarlo, el liberalis- mo económico defiende la no intromisión del Estado en las relaciones eco- nómicas. Impulsa y promueve, hasta la saciedad, la reducción de impues- tos y busca la eliminación de cualquier regulación sobre el comercio, y la producción. Según la teoría liberal, la no intervención del Estado permite y asegura la igualdad de condiciones. Como afirmaba en mi obra sobre Es- paillat, la posición del anti estatismo por parte de los liberales es relativa, ya que en algunos momentos de crisis, recurre al Estado. El liberalismo acepta la existencia del Estado como regulador de la convivencia colectiva… La evolución de la concepción del Estado indica la relatividad del concepto mismo y expresa los vaivenes de la burguesía, que lo combate en algunos momentos y lo apoya en otros.2 Así pues, podemos decir que el liberalismo fue la expresión ideológica y política de la nueva sociedad nacida en el mundo feudal de la Europa central. Una sociedad sustentada en la economía de mercado abierta, des- tinada a la producción y circulación de mercancías. La nueva sociedad ne- 2 Mu-Kien Sang, Una utopía inconclusa. Espaillat y el Liberalismo Dominicano del siglo XIX, Santo Domingo, INTEC, 1997, P.17192
  • 193. cesitaba un nuevo instrumento de poder. Por esta razón nació el Estadoliberal y republicano. Como teoría y filosofía del pensamiento, podríamosafirmar que el liberalismo nació en Francia a partir de 1818.La continuación de una doctrina El positivismo nació cuando el liberalismo se había consolidado. Puedeafirmarse que su nacimiento se ubica a finales de los años 30 del siglo XIX.El pensamiento positivista podría definirse como una doctrina filosóficay política. Algunos autores lo ubican como el polo opuesto del neocatoli-cismo, pues como ya hemos afirmado, proponía conservar el viejo dogmareligioso, mientras el positivismo integraba en su lenguaje las nociones delibertad y progreso. El nombre de positivismo, bautizado así por su creador, Augusto Com-te, tiene su origen en la esencia misma del pensamiento. Según esta teoríatodo lo que existe proviene porque el ser humano lo creó y no la divinidad.Lo único válido era la razón y la ciencia, a través de la experimentación, laobservación y la experiencia. Planteaba la nueva corriente que solo a travésde la ciencia era posible el progreso. Comte sostenía que la humanidad debía pasar por tres estadios sociales,que a su vez debían corresponderse con los distintos grados del desarrollointelectual: el estado teológico o ficticio, el estado metafísico o abstractoy el estado científico o positivo. Defendía el padre del positivismo que eltránsito de un estado a otro constituía la ley del progreso de la sociedad.Según los planteamientos de Comte y sus discípulos, el positivismo soloadmitía como científicamente válidos aquellos que procedieran de la ex-periencia. Por lo tanto se rechazaba toda noción a priori y todo conceptototal y absoluto. Pero el positivismo no era un pensamiento perfecto. Estuvo marcado porla vacilación. Dos direcciones distintas lo hacían un pensamiento ambiva-lente. La defensa del espíritu como objetivo de la ciencia, intentando impo-ner en la humanidad un orden de valores necesarios, por un lado. Y por elotro, imponer, a partir de la ciencia misma, el orden universal. ¿Cuál era ladiferencia entre los dos caminos? Evidentemente no eran tan sustanciales 193
  • 194. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano como podrían aparentar. Lo cierto es que en ambas visiones se presenta una visión cientificista, que sitúa a la ciencia como el principio y el fin de todo. Ambas opciones definen y reducen la configuración de los destinos de la humanidad en objeto del saber científico. Así pues, pretendiendo en- frentar a los neocatólicos, acusándolos de negar la ciencia a causa de la trascendencia, convirtieron el supuesto saber objetivo que ofrece la ciencia en un dogma casi religioso, y por negador de la libertad crítica. El positivismo pretendió ser la cara opuesta de los utopistas y de los marxistas y se mantuvo fiel a la posición que establecía una distinción en- tre lo espiritual y lo temporal. En su lógica de una falsa perfección, cerró sus puertas al mundo exterior y se mantuvo ajeno al movimiento social del siglo XIX, y en los casos en que pudo tener influencia política, asumió las posiciones más reaccionarias. Lo cierto es que el liberalismo y el positivismo fueron dos doctrinas que respondieron a las necesidades de la burguesía emergente. Podemos entonces concluir que el positivismo fue la filosofía de la burguesía insta- lada en el poder, y como respuesta a las nuevas teorías revolucionarias del socialismo utópico y del marxismo. Sin embargo, para algunos teóricos fue un arma ideológica de carácter reaccionario. Como bandera espiritual de la burguesía, el positivismo fue una tendencia idealista contradictoria. Su contradicción radicaba en el hecho de reflejar los intereses de clase de la burguesía al tiempo que pretendía ofrecer una fórmula de reforma social. El positivismo y la educación Augusto Comte sostenía que la educación era el medio más eficaz para crear el estado permanente de orden, progreso, libertad individual y res- peto colectivo. Consideraba la revolución como la expresión política del caos y la anarquía. Planteaba que la única solución que podía existir en el mundo, era mediante la imposición de un régimen político que mantuviera el orden y el progreso, aunque fuese una dictadura. Para el positivismo, el orden debía estar al servicio del progreso. No un orden teológico ni me- tafísico, sino de un orden concreto, cuya finalidad debía ser el progreso material de las naciones. Así, para que las naciones pudiesen alcanzar su identidad, requerían de un sistema educativo nacional al servicio del orden194
  • 195. y, sobre todo de la homogeneización. Las sociedades necesitaban ser máseficientes, productivas y ordenadas; debían derrotar la ignorancia y el os-curantismo. ¿Cuál era la mejor forma de hacerlo? Sencillamente a través dela educación. De esta convicción nacieron las grandes reformas educativasen el mundo. Refiriéndose al tema, y específicamente al caso venezolano, Rafael Fer-nández Heres,3 señala que “el positivismo penetra en Venezuela con la pre-tensión de renovar, de reconstruir la vida intelectual (educación, ciencia ycultura) e institucional, dentro de los principios de orden y progreso, enmomentos en que el país se desintegraba, y dio sustentación filosófica ala educación… Así, que no es exagerado señalar que el acervo de ideas pe-dagógicas que construye el positivismo en Venezuela toca todas las cues-tiones que configuran un régimen de enseñanza; desde los más elevadosasuntos de carácter ético… hasta los cuidados didácticos para asegurar queuna lección de cosas fije de manera objetiva en el niño el aprendizaje delconocimiento. De modo que el positivismo en Venezuela fue generador deimportantes iniciativas renovadoras de la educación, con repercusión en lavida social del país…” La pedagogía positivista y la concepción positivista de la educación tam-bién llegaron a América Latina. En la mayoría de los países se pretendióorganizar el sistema educativo en función del dogma de la ciencia positiva.Defendieron por los cuatro costados que la meta del progreso era derrotarla ignorancia y el oscurantismo, solo de esta manera podría nacer una so-ciedad europeizada, republicana y progresista. La gran revolución pedagógica del positivismo fue la formación docente.Desarrollaron y promovieron programas con fuerte articulación entre laformación de los maestros y la supervisión escolar, así aseguraban la co-herencia entre teoría y práctica pedagógica. En la concepción positivista,el centro de la educación eran los docentes, pues los alumnos eran vistoscomo meros receptores. Era, sin lugar a dudas, una educación vertical yautoritaria.3 Rafael Fernández Heres, La educación en el siglo XIX. Biblioteca Digital Andina, p.8. 195
  • 196. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano El método científico fue la base conceptual de la pedagogía positivista. Y el objetivo de la educación era crear individuos que tuvieran la capaci- dad de servir al Estado. Un Estado, como hemos dicho, que defendiera el orden y el progreso. Pero la educación servía también como un mecanismo eficiente de transformación cultural. En su lógica de negación de la he- rencia recibida, los positivistas planteaban la inmigración de poblaciones provenientes de países imperiales. Esos inmigrantes, que aportarían en mentalidad y disposición al trabajo y permitirían mejorar la mezcla racial, debían ser introducidos a la cultura del país receptor. ¿Cuál era la mejor manera de hacerla? A través de la educación. El positivismo en América Latina América Latina a principios del siglo XIX era un verdadero caos político. Por un lado estaba España, un imperio en decadencia; por el otro las demás potencias que veían en el continente un nuevo mercado de sus mercancías y para la expansión de sus capitales. Y finalmente, estaban las sociedades latinoamericanas que necesitaban liberarse del control español que no les permitía consolidarse como clases social. “En América Latina, tal y como sucedió en Europa, el positivismo latinoamericano surgió después que las nuevas fuerzas sociales lograron instalarse en el poder. El liberalismo, aunque es doloroso decirlo, había fracasado como proyecto político”. En medio de esas grandes contradicciones sociales y económicas, lle- garon al continente latinoamericano las ideas liberales que habían nacido en Europa. Los revolucionarios latinoamericanos la abrazaron con entu- siasmo. Europa, aquel continente donde estaba la España de la que buscá- bamos con ansias emanciparnos de sus garras, era también el continente en donde crecieron ideas nuevas de libertad y derechos humanos. Así, en la etapa de formación nacional, los nuevos líderes políticos acogieron los principios del liberalismo, como sostén ideológico de la emancipación. Se inspiraron, bebieron de las fuentes inagotables de las ideas nacidas con la Ilustración (Rousseau, Voltaire y Montesquieu). Después se inspiraron con Locke y Bentham, y de ellos aprendieron el concepto del poder civil. Más tarde llegaron los vientos libertarios provenientes de Estados Unidos196
  • 197. y finalmente el espíritu de la Revolución Francesa los impulsó a luchar porla emancipación. En América Latina, tal y como sucedió en Europa, el positivismo latino-americano surgió después que las nuevas fuerzas sociales lograron insta-larse en el poder. El liberalismo, aunque es doloroso decirlo, había fracasa-do como proyecto político. Las luchas inter caudillistas que provocaron laincoherencia entre pensamiento y acción, acentuadas por la presencia cadavez mayor de las fuerzas conservadoras, hicieron que un grupo de liberalesse acercaran al pensamiento de Augusto Comte. Así, del idealismo bur-gués, defendido por los liberales radicales, pasamos a una mentalidad másracional y práctica, que exigía líderes críticos frente a su realidad, negado-res de la herencia recibida y especialmente capaces de garantizar el ordeny el progreso. Negaron la libertad, porque ella había provocado las luchasintestinas, las crisis políticas, los gobiernos sucesivos y poco duraderos. Llegó sin transición alguna el pragmatismo positivista. El discurso de lapatria y la libertad fue sustituido por el orden, pues la libertad había traídoanarquía. Y para instaurar ese orden soñado, si era necesaria la fuerza, noimportaba. Y si el orden y la fuerza traían el progreso, muchas más razoneshabía para defender esas ideas. De ahí nacieron las dictaduras positivistasdel siglo XIX, que en nombre del orden y progreso, atropellaron los dere-chos humanos.Liberalismo y el positivismo enel ambiente político dominicano Como ocurrió en América Latina, no así en el resto de el Caribe, las ideaspolíticas liberales, primero, y las positivistas después, estuvieron presen-tes en el discurso de los políticos y de los intelectuales dominicanos. Losdiferentes líderes de las supuestas corrientes ideológicas “antagónicas”(así, entre comillas) se presentaban a la población como verdaderos defen-sores de los principios de la institucionalidad democrática, de la libertad ydel respeto a los derechos ciudadanos. Los periódicos de la época, principal (por no decir único) mecanismode comunicación social y educación existente, difundieron con alegría 197
  • 198. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano las ideas tan de moda en el mundo occidental de mediados del siglo XIX. Algunos medios informativos sirvieron de canales para difundir los pre- ceptos fundamentales del catecismo político liberal. Ideas como libertad, justicia, derechos humanos, respeto a la ley y el culto a la Ley Fundamental, la Constitución, se convirtieron en verdaderos hitos en los discursos de los políticos y de la intelectualidad dominicana. ¡Qué paradoja la que vivíamos en el siglo XIX! Mientras los grupos rivales se enfrentaban dura y cruelmente, los medios de comunicación defendían el principio de la concordia. Sin embargo, entre 1870 y 1878 pude conta- bilizar 214 movimientos armados. Mientras hablábamos de instituciona- lidad los golpes de estado estaban a la orden del día. Por ejemplo, de 1868 18778, es decir en 10 años, tuvimos 10 gobiernos, algunos de los cuales solo duraron días en el poder. ¿Qué defendíamos entonces? ¿El liberalismo? ¿El positivismo? ¿El conservadurismo? ¿O todo y nada al mismo tiempo? El positivismo también llegó al país sin transición y, quizás, sin com- prensión. Algunos lo asimilaron, otros usaban sus argumentos sin com- prenderlos ni aceptarlos. Lo cierto es que en el discurso de algunos polí- ticos dominicanos, las nociones de orden y progreso fueron incorporadas demagógicamente. Hostos y Espaillat. Pioneros del positivismo en RD Ulises Francisco Espaillat fue un liberal positivista. Se le llama el Sar- miento dominicano. Criticaba, como el intelectual argentino, la herencia recibida. Se avergonzaba de nuestra mezcla racial. Pero, a diferencia de los positivistas puros, no anteponía el orden y el progreso a la libertad. Fue un defensor de la libertad y la institucionalidad. Y como buen positivista, defendía la educación. Eugenio María de Hostos fue el gran reformador educativo. Se tiene que hablar antes y después de Hostos en materia educativa del siglo XIX. Fue el responsable de las reformas educativas del siglo XIX. Maestro de maestro, formó una nueva generación de maestros, pero especialmente, de maestras, mujeres que dinamizaron, limpiaron el rostro y transformaron la educa- ción dominicana.198
  • 199. Hostos como Espaillat, fueron educadores positivistas que no transigie-ron con el tema de la libertad. Como Comte, defendían, la educación comoel vehículo para lograr la transformación, pero no antepusieron nunca elorden y, su consecuente represión física o sicológica. Ambos eran maestrosy políticos que pensaban que solamente la educación los pueblos podríasalvarlos y redimirlos. Hostos fue muy claro cuando afirmaba: Todos nuestros pueblos de origen latino en el continente americano, arrastrados porla corriente tradicional que seguían las viejas nacionalidades, se han imbuido en unsistema de pensamiento que, como prestado, no sirve al cuerpo de nuestras sociedadesjuveniles. Han ellos menester un orden intelectual que corresponda a la fuerza de su edad, a laelasticidad de su régimen jurídico, a la extensión de horizontes que tienen por delante, ala potencia del ideal que los dirige… 4 3 Ahora bien, aunque Hostos fue contemporáneo de Espaillat y eran li-berales y positivistas, no siempre coincidieron en algunas ideas y plan-teamientos. Hostos defendía la Unión Antillana, el segundo la combatía.Planteaba el intelectual puertorriqueño que la diversidad de nacionalida-des antillanas no era más que una ficción, pues todos los países compartíanuna única nacionalidad, una misma geografía y una misma historia: En donde acaban las Pequeñas, empiezan las Grandes Antillas. Son cuatro, escalona-das de menor a mayor, y colocadas verticalmente, de este a oeste, al istmo americano. Lamás oriental es Puerto Rico, como la han llamado los ávidos españoles; Borinquen comola llamaban los indígenas y nos complacemos en llamarla los criollos. La más occidentales Cuba. Entre una y otra, la victoriosa Haití-Santo Domingo. Enfrente de esta, al sur,Jamaica…5 4 Contrario a lo que se podría suponer, Espaillat fue un severo crítico delproyecto político hostosiano. Planteaba que habían muchas dificultadespara su materialización. Sostenía que en esta gran Confederación estarán los fran-ceses de Guadalupe y Martinica, que no conozco; los haitianos, que conozco demasiado;4 Hostos, Obras completas, XII, 164-165.5 Ángel López Cantos (editor), Eugenio María de Hostos, Madrid, Ediciones de CulturaHispánica, p. 89. 199
  • 200. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano los cubanos, a quienes voy conociendo, por verlos ocupados en el trabajo de destrucción que con toda probabilidad continuarán después de la emancipación; los ingleses de Ja- maica y demás islas británicas; y nosotros…¡soberbios elementos, por cierto, para cons- truir una sociedad mixta que deba servir de valladar a las aspiraciones e invasiones de la raza anglosajona! 6 5 Las ideas hostosianas de crear una sola República de Las Antillas, sin lugar a dudas, inspiraron los movimientos políticos liberales de las antillas mayores. Luperòn, Nissage Saget y Betances pusieron todo su empeño por hacer realidad el sueño del intelectual puertorriqueño. La Liga Antillana tenía como objetivo detener el control de las potencias imperiales en El Caribe, pero, como ha demostrado la historia, fracasó en el intento. El antillanismo hostosiano ha sido muy estudiado. Un trabajo muy in- teresante de revalorización de este pensamiento es el de Arvelo. Sostiene que su pensamiento vivió tres etapas muy diferenciadas. La primera, plan- tea, abarca desde la publicación de La peregrinación de Bayoán, en 1863, hasta su intervención en el Ateneo de Madrid el 20 de diciembre de 1868, deshecho por las expectativas truncadas, herida el alma de hondo desen- canto por la inconsistencia de Castelar, Giner y Pi y Margall, y otros, con quienes se embarcó, en España, en la conjura que desembocó en la revolu- ción tradicionalmente denominada «La Gloriosa», y que dio al traste con el reinado de Isabel II, a cambio de que fuese modificado el régimen español en Puerto Rico[1]. Es una etapa que podría decirse está dominada por un patriotismo pasivo, en la medida en que sitúa fuera del país beneficiario la causa eficiente de su mejoría, pero hondo, por auténtico y sentido[2]. Dig- nidad, igualdad, libertad, abolición de la esclavitud y justicia, era cuanto pedía Hostos a España para Cuba y Puerto Rico, en ese momento, nunca amputación. Aún da en llamarla incluso madre patria.7 6 La segunda etapa la llamó proto-antillanista, pues a su juicio ahí se ad- vertían vaivenes e indefiniciones que suelen tipificar a los estadios en tran- sición. Su fuente por excelencia es el acta de la mencionada sesión del Ate- neo de Madrid, el 20 de diciembre de 1868. Allí se columbra por primera 6 Ulises Francisco Espaillat, Escritos, p. 269. 7 http://alejandroarvelopolanco.blogspot.com/2008/07/7-intento-de-descripcin-de-la-utopa.html200
  • 201. vez desdibujada la posibilidad de una federación inter-antillana, en activaconexión con el resto de Hispanoamérica (1976: 46). Aparece por primeravez Santo Domingo como miembro potencial de la Federación Antillana.Su propuesta del principio federativo de Cuba y Puerto Rico con Españasigue siendo su propósito cardinal, sin embargo (1976: 51-52)[4]. Aunquese menciona a Jamaica en este primer atisbo, más adelante se verá que que-da excluido y en razón de cuáles miras.8 7 En la tercera etapa, afirma Arvelo, se opera un cambio de marcha en lorelativo al modo de enfocar el tópico de la independencia de Puerto Rico:«la única fianza que quiere Puerto Rico es la federación, es decir, aquel sis-tema en que la unión es hija de un pacto entre soberanos iguales, y se man-tiene por la conveniencia mutua, hasta que la mutua conveniencia la di-suelve» (1976: 65-66). Tan drástico es el giro que en el pensador se produce,a lomos del despecho que en él siembra la actitud española, que comunica asu padre “la necesidad de ir a Nueva York para desde allí, y probablementedesde Cuba, intentar con esfuerzos personales, con las armas en la mano,la conquista de la libertad”.9 8 A pesar del fracaso de la Liga de las Antillas, la dimensión continental deHostos siguió siendo un referente. Como señalamos en páginas anteriores,el pensamiento hostosiano fue vasto, rico y diverso. Se destacó no sólocomo un teórico de la educación positivista caribeña, sino también comoun profundo pensador de política y sociología y, más aun, como un inte-lectual capaz de concebir proyectos que guiaran la acción del movimientoliberal antillano, como vimos en páginas anteriores. Hostos recibió influencias de movimientos filosóficos muy diversos, elpositivismo comtiano y el neokantismo, pero no sería justo ni exacto ubi-carlo como un simple receptor de influencias e ideas. Camila HenríquezUreña lo define como un racionalista con fases de idealismo, de visión éticainspirada en Kant y con el apoyo de una fe profunda en la ciencia y en elmétodo moderno.8 http://alejandroarvelopolanco.blogspot.com/2008/07/7-intento-de-descripcin-de-la-utopa.html9 http://alejandroarvelopolanco.blogspot.com/2008/07/7-intento-de-descripcin-de-la-utopa.html 201
  • 202. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Sus ideas pedagógicas fueron expuestas de manera dispersa en varios trabajos. Hostos defendía el dogma “Educar la razón según la ley de la ra- zón”, porque estaba convencido de que la razón es a quien se dirige el esfuerzo del conocimiento, pues es como una especie de organización com- pleta, “un verdadero organismo cuyas partes todas están íntimamente re- lacionadas entre sí…” Entendía Hostos que la educación individual permitía el desarrollo del individuo y su adaptación al medio; una adaptación que contenía tres esfe- ras vitales. A saber, la moral, la intelectual y la física. Estas esferas debían a su vez encauzar el desarrollo natural en armonía con los fines e ideales de la sociedad en que se desenvolvía. Abogó Hostos por una pedagogía científica que se sustentaba en seis elementos; el preestablecimiento de los conocimientos que han de comuni- carse, el estudio y conocimiento de las funciones y actividades de la razón; seguir el orden natural de la razón; aplicación de un método que permita la aplicación sucesiva de los conocimientos; prefijarse un sistema que per- mita seguir el ritmo impuesto por la propia naturaleza y, finalmente, el desarrollo del método natural de la razón que contiene modos, “medios o métodos particulares que son y deben ser en realidad los recursos prácti- cos a que se apele para aplicar el sistema filosófico que se haya concebido y para exponer el método natural, o lo que tanto vale, el conjunto de medios de que la naturaleza se ha valido para organizar el entendimiento humano y para dirigirlo en busca y adquisición de nociones y conocimientos. Espaillat se nutrió de los autores de su época. Así como la idea del pro- greso era una constante, la necesidad de la educación de los pueblos para trillar el camino hacia esa civilización anhelada. Se preocupaba por la falta de preparación de los maestros, por la baja calidad de la educación, por la precariedad del propio sistema educativo. Su reflexión educativa partía de lo que él denominaba esa “noble aspi- ración de nuestro pueblo”, esa “sed de enseñanza” que por no ser cumpli- da se mantenía inalterable a través del tiempo, y que era inalterable del tiempo, y que era más intensa “en la clase pobre de nuestro país…” En un cierto intento de auto responder a sus propias conclusiones, de que los202
  • 203. dominicanos se habían acostumbrado a la ignorancia y a la miseria, afirmóen una oportunidad que “nuestro pueblo ha sido siempre mal juzgado pornacionales y extranjeros”, pues muchos se habían dado la tarea de decir“cosas muy poco halagüeñas”.Reflexiones finales Hostos y Espaillat estaban unidos en la lucha por la libertad. Hostospudo vislumbrar el futuro y predijo que sería más cruenta en el siglo XX.Hoy como ayer estamos buscando caminos. Quiero finalizar con unas reflexiones muy interesantes de Jorge Luis Gó-mez Rodríguez.10 9 Pero lo verdaderamente peligroso del positivismo de hoy y de ayer es su intento devolverse una teoría de la objetividad en general. Por este motivo, el evangelio positivistasiempre fue temido por otros evangelios y evangelistas. Su carácter totalizador y omnia-barcante, siempre fue una amenaza contra la autonomía de la razón y del sujeto... Sinsujetos reales y concretos, absorbida por los medios de comunicación y las estadísticas,por la materialidad instrumental de las nuevas tecnologías... Al parecer, la tensión anti-nómica del positivismo suplanta, a la autonomía de la razón y del sujeto. La pregunta que se nos impone es ¿Hacia dónde caminar? El siglo XXfue el dechado maravilloso de la tecnología. Quedamos huérfanos de pen-samientos, de ideas nuevas y renovadoras. Hoy en el umbral del siglo XXInecesitamos un pensamiento nuevo que permita el nacimiento de nuevasesperanzas. Como lo fue el liberalismo en el siglo XIX. No queremos nue-vos catecismos ideológicos que obnubilen, como lo hicieron el positivismoy el marxismo, el sentido del pensar crítico y creativo.10 http://www.usfq.edu.ec/liberarte/liberarte/vol2/resena4.htm 203
  • 204. APORTES A LA LLUVIA DE IDEAS. SALOMÉ UREÑA: MUJER E IDEOLOGÍA Carmen Durán “La obra poética, la labor educativa y la influencia de Salomé Ureña constituyen parte fundamental de los aportes de la mujer al pensamiento social y político y a las tradiciones intelectuales femeninas dominicanas”. Una mirada retrospectiva nos permite reconocer los nombres y las obras de mujeres dominicanas que conocían y expresaban las inquietudes inte- lectuales a finales del siglo XIX. Los periódicos dominicanos de la época, especialmente los de Santo Domingo y Puerto Plata, publicaban con fre- cuencia artículos acerca de la situación de la mujer en la sociedad decimo- nónica y las ideas innovadoras que hablaban sobre los cambios propuestos para la vida de ésta. Durante el régimen de Ulises Heureaux (1887-1899) se impuso el auto- ritarismo político. Fue éste el período de la historia dominicana del siglo XIX en el que se acentuó la enajenación económica del país. De acuer- do con el análisis sobre este período... “el contenido social del régimen de Heureaux fue servir de punto de confluencia a los intereses particulares y al mismo tiempo coligados de la burguesía dominicana en gestación por un lado y, por el otro, de los grupos económicos externos, sobre todo asocia- dos al desarrollo de los monopolios de los Estados Unidos”.1 Para describir la sociedad decimonónica bajo el régimen de Heureaux, Rufino Martínez nos dice: ... “Con la centralización completa, directa o in- directa, según los casos, de las funciones gubernativas, tuvo el gobierno en el puño. Desde la más insignificante ordenanza hasta los ministros, el em- 1 Cassá, Roberto. Historia Económica y Social de la República Dominicana. Tomo II, Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, 1986.204
  • 205. pleado que contrariaba o desatendía la centralización perdía el cargo, nosin que antes buscase un pretexto para ello. Antes que la información delos empleados llegaba la de los espías que esparcidos por el más apartadoy miserable rincón de la República se desvivían por enterarle de cualquierconspiración o actitud en la cual se trasluciere alguna amenaza al sosiegodel régimen”.2 El proceso histórico dominicano, durante el siglo XIX, se caracterizópor la necesidad de definir la conformación del estado nacional y las insti-tuciones de soporte de dicho estado. La educación como forma de concien-cia social estaba sujeta a la situación general que vivía el país. La historianos revela que en el caso específico de las mujeres, éstas tenían una situa-ción relegada al ámbito doméstico, lo cual respondía al modelo patriarcalde la sociedad decimonónica. Existían, sin embargo, algunas institucionesescolares que albergaban a las niñas. La tradición educativa de la sociedad dominicana estaba referida a lo do-méstico, se fomentaba a partir de los valores de la familia y la influencia dela religión católica como valor formativo. En ese marco se sitúa la relaciónpatriarcal en lo referente a los sectores que tenían acceso a la llamada “clase2 Martínez, Ruino. Hombres Dominicanos: Deschamps, Heureaux y Luperón, Santana y Báez. Edi-tora El Caribe, Santo Domingo. 205
  • 206. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano de primera”, así como los sujetos subordinados de las “casas de familias”, cuyos patrones de conducta imitaban. El componente cultural de la educación, como cuerpo sistémico e ideo- lógico, estaba formado por la costumbre, la tradición, lo familiar, todo lo cual tenía como referente el modelo “hispánico”. La educación formal de la mujer A partir de la segunda mitad del siglo XIX se produjo en el país un im- portante auge de la instrucción y de la educación. Debe destacarse el papel que desempeñaron las instituciones de carácter cultural organizadas y fun- dadas como una respuesta al trauma que significó la anexión a España en 1861. En el año de 1879, durante el gobierno provisional del general Grego- rio Luperón, fue decretada la legislación que creaba las escuelas normales. La educación es un soporte ideológico a la vez que fin de superación y desarrollo cultural de las sociedades, por lo cual los sistemas económicos y sociales y los sectores detentadores del poder, en momentos históricos de- terminados, han actuado de forma ambivalente: aparentemente son cons- cientes de la importancia de la educación, pero de alguna forma se han ex- presado como obstaculizadores de los aspectos y programas reformadores e innovadores; fue el caso del debate abierto en la sociedad decimonónica dominicana, a partir de la reforma de la educación y la enseñanza laica y racional propuesta por Eugenio María de Hostos. La Iglesia y sus más conspicuos exponentes, los que manejaban “el ver- bo y la espada”, aquellos hombres purpurados fueron abiertos opositores al proyecto reformador hostosiano. “La educación tradicional, gobernada por el espíritu religioso, ha sido sustituida definitivamente por programas y métodos modernos, laicos en la enseñanza oficial”3, nos dice Pedro Hen- ríquez Ureña al valorar este fenómeno. Situemos entonces lo que signifi- caba la mujer y su educación en el contexto de la sociedad patriarcal del siglo XIX. El pensamiento social dominicano de finales del siglo XIX cuenta con un importante número de escritores e intelectuales, quienes a pesar de la 3 Henríquez Ureña, Pedro. Obras Escogidas.206
  • 207. situación política y del autoritarismo en que se desenvolvía la sociedad,hicieron importantes aportes en el campo de las ideas. Este fenómeno fuefundamental para que la sociedad decimonónica no colapsara espiritual yculturalmente bajo el influjo del autoritarismo. Figuras de pensamiento yacción política dentro del liberalismo, el republicanismo y las ideas demo-cráticas, desde los llamados poetas civilistas, pensadores e ideólogos comoPedro Fco. Bonó, Benigno Filomeno Rojas, Ulises Fco. Espaillat, EugenioDeschamps, Manuel de Jesús Peña y Reynoso, Fernando Arturo Meriño,Alejandro Ángulo y Guridi, Francisco Xavier Billini, entre otras personali-dades de la pluma y el pensamiento. Era la prensa el medio más idóneo para la divulgación de las ideas, y parael debate y el combate de los sectores pensantes del país. Durante el último cuarto del siglo XIX, se debatían corrientes ideológi-cas que permeaban a la intelectualidad dominicana y cuya influencia seríaclave para la formulación del proyecto de nación dentro del cual comen-zaba a tener importancia el programa de educación formal de la mujer. Elpositivismo fue en gran medida el espectro ideológico a partir de la segun-da mitad del siglo XIX. La visión positivista de los liberales dominicanos,durante los años 70, era en lo fundamental de carácter romántico, aunquesalida del Romanticismo y de la Ilustración manifestaba en política la ten-dencia liberal como en otros ámbitos de la vida cultural e intelectual.Liderazgo intelectual de Salomé Ureña (1850-1897) Salomé Ureña, discípula predilecta de Hostos, habría de jugar un des-tacado papel en la vida intelectual y cívica del país. Su liderazgo marcóvarias generaciones, a través de un amplio espacio cultural-educativo queabarcó hasta la primera mitad del siglo XX. La obra poética, la labor educativa y la influencia de Salomé Ureña cons-tituyen parte fundamental de los aportes de la mujer al pensamiento socialy político y a las tradiciones intelectuales femeninas dominicanas. El Instituto de Señoritas, dirigido por la insigne educadora, constituyóla experiencia educativa y pedagógica más importante para la educacióny formación de la mujer en el siglo XIX. En 1881, año en que fue fundadoel Instituto, contaba con 51 estudiantes, 22 particulares, 15 becadas por el 207
  • 208. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Ayuntamiento y 14 por parte de la directora, la educadora Salomé Ureña de Henríquez. Entre las discípulas de Salomé Ureña, graduadas de maestras en 1887, se distinguen Leonor Feltz, Altagracia Henríquez Perdomo y Catalina Pou, además de Eva y Luisa Ozema Pellerano, directoras del Instituto de Se- ñoritas, bautizado con el nombre de la insigne educadora en 1896. Otras importantes maestras que continuaron la labor iniciada por Salomé Ureña fueron Anacaona Moscoso Puello, fundadora de un nuevo Instituto en San Pedro de Macorís, Ana María Pellerano, quien trabajó junto a su hermana Luisa Ozema, fundadora en 1896 del nuevo Instituto de Señoritas, el cual bautizó con el nombre de Salomé Ureña. En Puerto Plata la educadora Demetria Betances, hermana del Dr. Ramón Emeterio Betances, patriota puertorriqueño, antillanista, amigo y conseje- ro de Gregorio Luperón, inició la educación formal de la mujer hacia el año 1890. Continuaron su obra mujeres de sólido talento como Antera Mota de Reyes y su hermana Mercedes Mota y otras maestras destacadas, a quienes les tocó la responsabilidad social de ser guías y orientadoras de conciencias civilistas y patrióticas, asumiendo como suyas las ideas nacionalistas e in- ternacionalistas en los momentos aciagos de la patria intervenida por los Estados Unidos en 1916. La importancia de analizar una sociedad que, como la dominicana de finales del siglo XIX, planteaba un salto a la “modernidad” con elemen- tos estructurales atrasados, autoritarios y caóticos, se valida además para comprender la situación de las mujeres como sujetos sociales comprome- tidos con el proyecto de nación sustentado por el positivismo y la idea de orden y progreso como divisa. Es la educación formal el hilo que hilvana la historia de un importante sector de mujeres dominicanas de finales del siglo XIX con las del siglo XX. Un importante grupo de mujeres pertenecientes a la pequeña burguesía y burguesía urbana que a principios del siglo XX tuvo acceso a la educación formal y que desempeñó una valiosa labor educativa y cultural durante las primeras cuatro décadas del siglo.208
  • 209. Este fenómeno estuvo relacionado con las condiciones socio-históricas,políticas y culturales que sirvieron de escenario a los inicios de la moder-nidad en el país. En el marco de la sociedad decimonónica, la revolución cultural provo-cada por el pensador y humanista puertorriqueño Eugenio María de Hos-tos encontró un sedimento cultural y humano forjado en las luchas socialesy políticas de la accidentada vida dominicana. Este acervo cultural serviríade levadura al proyecto civilizador educativo hostosiano. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, se registró el proceso de de-finición de las relaciones capitalistas de producción en la formación socialdominicana. Se manifestó un interesante auge de la instrucción y de laeducación en la sociedad dominicana. En este contexto las institucionesde carácter cultural, fundadas y organizadas como una respuesta al trau-ma nacional que significó la anexión a España de 1861, desempeñaron unaimportante labor cultural. A finales del siglo XIX existían en el país diversos medios de difusióncultural, las sociedades de inspiración cultural como Amigos del País,Amantes de la Luz, Renacimiento, La Republicana, Amantes de las Letras,La Progresista, La Fe en el Porvenir, entre otras, así como la masonería y losclubes recreativos y de damas. Esas sociedades desempeñaron una impor-tante labor de divulgación de las ideas; allí se celebraban veladas, tertuliasy peñas en las que las dominicanas pertenecientes a las familias acomoda-das leían sus composiciones literarias y tocaban instrumentos musicales,generalmente piano o violín y en ocasiones el arpa, para solaz de los con-tertulios. A principios del siglo XX se formó, en el respetable hogar de las herma-nas Feltz, un cenáculo de intelectuales, bautizado humorísticamente porMax Henríquez Ureña, uno de sus contertulios, como el Salón Gongourt. Encuentros importantes en las que mujeres intelectuales eran anfitrio-nas, fueron las proverbialmente conocidas peñas de la escritora AmeliaMarchena de Leyba (Amelia Francasci) y Leonor María Feltz. Estas re-uniones contaban con la asistencia de la intelectualidad masculina más no-table de la época. En la casa de las hermanas Feltz se celebraba una peña 209
  • 210. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano que reunía un apreciable grupo de intelectuales entre los que se encontra- ban Enrique Deschamps, Sócrates Nolasco, Enrique Apolinar Henríquez, Emilio Prud´Homme, Dr. Carlos Alberto Zafra, el Dr. Francisco Henríquez y Carvajal y los hijos de la maestra venerada de Leonor María Feltz, Pedro y Max. Pedro Henríquez Ureña recrea la influencia que estas peñas ejercieron en la formación intelectual de él y su hermano Frank, en una carta dirigida en 1900 a Leonor María Feltz, discípula predilecta de su madre: “¡Cuan largo ha corrido el tiempo, amiga y compatriota, desde que ale- jándome de nuestra tierra, abandoné la familiar reunión y las lecturas de vuestra casa!... Max y yo apenas habíamos salido de la adolescencia, y vos, con diez o doce años más, con vuestra perspicacia y vuestro saber y vuestro refinamiento, marchabais ya segura en las regiones del pensamiento y del arte. Vuestro amor a la solidez intelectual, vuestro don de psicología, vues- tro gusto por el buen estilo ¿no habían de orientar nuestras aficiones? Re- tribución había en ello: vos, predilecta hija intelectual de mi madre, figura familiar de nuestra casa, eráis llamada a ejercer influencia en nosotros. Bien ni sé que me guiasteis en la vía de la literatura moderna ¡Que mul- titud de libros recorrimos durante el año en que concurrí a vuestra casa, y sobre todo, qué río de comentarios fluyó entonces! Vuestro gusto sin olvi- dar el respeto debido a los clásicos, a Shakespeare (que entonces releíamos casi entero) a los maestros españoles, nos guió al recorrer la poesía caste- llana de ambos mundos, el teatro español desde los orígenes del Roman- ticismo, la novela francesa, la obra de Tolstoi, la de D´anunzio, los dramas de Hauptmann y de Sudermann, la literatura escandinava reciente, y, en especial, el teatro de Ibsen, cuyo apasionado culto fue el alma de vuestras reuniones. ...Os digo que ésta fue para mí época decisiva (...) antes tuve para el es- tudio todas las horas: hoy sólo puedo salvar para él unas cuentas, las horas tranquilas, los días serenos y claros, los días alcióneos. Y esta labor de mis horas de estudio, de mis días alcióneos, va hoy a re- cordaros todo un año de actividad intelectual que vos dirigisteis y cuya influencia perdura; va hacia vos, a la patria lejana y triste, triste como todos210
  • 211. sus hijos, solitaria como ellos en la intimidad de sus dolores y de sus anhe-los no comprendidos”.Íntima Yo no la vi partir... Postrada en el lecho, vacilante aún por las violentas sacudidas del vér-tigo, luchaba en vano por alejar de mi mente el instante supremo en queotros, más felices que yo, oirían conmovidos, su adiós de despedida. Im-pulsada por el ardiente anhelo de verla y llevada en alas de mi enfermafantasía, lancéme audaz hasta columbar con ojos del alma la nave que laconducía. Y le envié mi adiós entre suspiros, lágrimas y recuerdos... ¿Qué fue de este tierno mensaje, confiado a las ondas? ¡Yo no lo sé! cuan-do pasó la falaz excitación de mi espíritu, extraña pesantez bajó mis pár-pados, ruido sordo, formidable atronó mis oídos, violenta conmoción agitómi cerebro, y no supe más... Luego... la mortal angustia, los horrores delvacío... Vosotros, los que un día fuisteis suspiros, lágrimas y recuerdos, sencillotributo de mi afecto hacia ella, trocaos en susurro blando, en dulce arrullo,volad veloces hasta la tierra que orgullosa le ofrece su enhiesta cumbre y sudilatado mar, y decidle cuanto os confiara mi ternura.“Del discipulado de Salomé Ureña, Leonor María Feltz(1870-1948) ocuparía un sitial preeminente. Entre la maestray la alumna se tejió un lazo afectivo y familiar de profundasraíces”. Resulta de gran interés apreciar la obra de Salomé Ureña desde la pers-pectiva de sus aportes al pensamiento político liberal dominicano, comopionera de la labor intelectual femenina expresada a través de su poesíapatriótica. Es importante resaltar que a pesar de ser hija de un letradoconservador, el poeta Nicolás Ureña, y haberse criado en un ambiente tra-dicionalista, Salomé Ureña se “compenetró con el espíritu de la época” ytrascendió los límites del conservadurismo para proyectar lo elevado de supensamiento. Sobre las cualidades estéticas de la poeta “Tal vez no comoconciencia, pero lo que traía como mensaje poético significaba algo de cali- 211
  • 212. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano dad inédita. Nadie sobre el suelo dominicano había logrado tanta maestría en el dominio de las formas y tanta pureza en la evocación de lo bello”. “Es la educación científica y racional el hilo conductor de la educación para la emancipación femenina. En el debate está como polémica sin tiem- po la educación y emancipación de las mujeres, algo aparentemente supe- rado, pero desafortunadamente latente, muy a pesar de los logros alcanza- dos por las muertes del planeta. Se debe educar a la mujer para que sea ser humano, para que cultive y desarrolle sus facultades, para que practique su razón, para que viva su conciencia, no para que funcione en la vida social con las funciones privativas de mujer. Cuanto más ser humano se conozca y se sienta, más mujer querrá ser y sabrá ser...” Nos plantea el maestro Eu- genio María de Hostos en la citada conferencia. Discurso de la Srta. Leonor M. Feltz La “Sociedad Salomé Ureña”, modesta asociación que tiene por objeto cuan- to tiende a conservar, enaltecer y glorificar el recuerdo de la ilustre poetisa y educadora, Salomé Ureña de Henríquez, os congrega en este recinto y en ocasión del primer aniversario de su muerte, para la consagración de la lápida que en homenaje de amor y de gratitud dedica a la memoria de la egregia poetisa fenecida. En este humilde local, donde al reflejo de sus ideas se continúa la obra de razón y de conciencia por ella iniciada; donde el calor de su espíritu ger- mina la simiente que ella esparció con amor, se reúne hoy la sociedad que lleva su nombre ilustre para rendirle un tributo de admiración, ofreciendo público testimonio de su gloria a las futuras generaciones. No os hablaré, señores, de las brillantes manifestaciones de su talento múltiple ni de las excelencias de su alma generosa. Por una parte, ya otros más autorizados que yo, y en diversas ocasiones, me han precedido en la di- fícil tarea, y por otra, aún está demasiado reciente en el corazón de los que la amamos de cerca, el recuerdo tristísimo de su eterna ausencia, para impedir que lágrimas de duelo fuesen a aumentar el raudal inagotable de las hondas tristezas...Y no es éste un acto de duelo; es un acto de glorificación.212
  • 213. Once años hace que en esta misma fecha se celebraba un triunfo: el pri-mer triunfo de la mujer dominicana en lucha con las preocupaciones y laignorancia. ¿Y quién sino ella, la mujer grande y fuerte, templada al fuegodel más ardiente patriotismo, obtuvo esa victoria? ¿Quién sino ella supoaplicar tanto noble esfuerzo, tanto heroico sacrificio, a la realización de susmás generosos ideales? Vamos, pues, a consagrar, en el undécimo aniversa-rio de ese día de júbilo, la humilde ofrenda de nuestra admiración a la quees honor y gloria del pueblo quisqueyano. Y tú, Patria, ídolo y culto de su amor, presta a tus hijos el entusiasmo delos grandes días, entona el himno triunfal, mientras vamos a exaltar con unacto de justicia su excelso numen, su vida ilustre y su labor fecunda (Re-vista Letras y Ciencias, Núm. 144, marzo 1898). Del discipulado de Salomé Ureña, Leonor María Feltz (1870-1948) ocu-paría un sitial preeminente. Entre la maestra y la alumna se tejió un lazoafectivo y familiar de profundas raíces. Esto explica la confianza deposita-da en ella como guía y preceptora intelectual de Pedro y Max reseñado enmás de un texto. Sus aptitudes de maestra innata cultivadas por Salomé,su capacidad incuestionable, su serenidad y la claridad de sus conceptos,su sólida formación intelectual hicieron de Leonor María Feltz una de laspersonalidades femeninas intelectuales más destacadas. Colaboraba enperiódicos y revistas nacionales e internacionales, su labor educativa ladesarrolló en Santo Domingo, participa del cuerpo docente en el Institutodonde se había graduado a los 17 años, fue profesora auxiliar en el LiceoDominicano que dirigía Emilio Prud´Homme, se desempeñó como directo-ra de la Escuela Padre Billini, donde ejerció una bienhechora influencia enla formación ética y estética de su alumnado. La organización y el impulsocreativo de la señora Leonor María Feltz fue un factor de gran importanciapara el desenvolvimiento del Museo Nacional, al ser designada directorade esa dependencia gubernamental. Manejaba la pluma con elegancia de estilo y profundidad conceptual,lo que podemos apreciar en algunos de sus ensayos en los que vierte la an-gustia existencial, la exaltación patriótica, la admiración por la maestra, lavocación solidaria externada en sus opiniones sobre Cuba en pie de lucha,entre otros. 213
  • 214. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Íntima es uno de los ensayos escritos por Leonor María Feltz en el que imbuida de una gran ternura expresa su estado de ánimo por la partida de la maestra amada. Respecto a Salomé Ureña de Henríquez, establecida en Puerto Plata en la búsqueda de salud, este testimonio de amor de la discípula provocó el siguiente comentario: Vi la “Intima” de Leonor. Yo es- taba sentada delante de la ventana respirando la brisa del mar y pidiéndole acción saludable sobre mis pulmones, cuando recibí la correspondencia de la Capital. Después de leídas las cartas tomé a Letras y Ciencias y me de- tuve en la primera página. No sé qué dirían los que pasaban, porque la leí bañada en lágrimas. ¡Ah!, me dije: no debemos ser tan defectuosos como nosotros mismos, nos empeñamos en creerlo, cuando sabemos inspirar un afecto tan puro, tan noble, tan desinteresado. Esto consuela y dignifica”. Bibliografía Henríquez Ureña, Pedro. Obra Dominicana. Sociedad de Bibliófilos, Inc., 1988. Hostos, Eugenio María. Conferencia La Educación Científica de la Mujer. Lovatón Sánchez, Lugo. Familia Henríquez Ureña. Epistolario. Revista Letras y Ciencias, Núm. 101, julio 18 de 1896).214
  • 215. Positivismo,Hostos yNormalistas Antonio Lluberes, sj.“Hostos trató casi todos los temas, las relaciones con Haití, la inmigración,la economía azucarera, el ferrocarril, el telégrafo y la electricidad, losrestos de Colón… Tuvo buenas relaciones con algunos políticos comoLuperón, Segundo Imbert, Juan Tomás Mejía, Máximo Grullón, HoracioVásquez … pero no tuvo Hostos participación activa en la vida políticanacional y trató de mantener a sus discípulos distanciados de la políticatradicional, de los gobiernos militares, frutos de asonadas”. Del Positivismo debo comenzar diciendo que, en nuestras tierras, él fueun “ambiente”, que hubo “un positivismo ambiente” que se autogeneró al-rededor de la crítica al atraso viviente y al deseo de progreso material e ins-titucional que se oía existir en el Hemisferio Norte. Pero siendo estrictos,no debemos aceptar como Positivismo el deseo de progreso, algo comúna muchos. Otra faceta del Positivismo de nuestras tierras fue el Deismo,Teosofismo, Espiritismo que encontró espacio en las clases altas. Y aúnalgo más sutil, un catolicismo cultural, no religioso, una fe con un mínimode prácticas religiosas. En ese caldo de cultivo se inserta, crece y rehace elPositivismo filosófico. El Positivismo filosófico se originó en Inglaterra y Francia alrededor delpensamiento de John Stuart Mill y de Augusto Comte (1798-1857), perofue Comte quien lidereó el pensamiento. Comte, de familia aristócrata,católica, vivió el impacto de la Revolución Francesa, se hizo crítico del ra-dicalismo revolucionario de Rousseau y Voltaire, evolucionó al socialismode Saint Simón y terminó concibiendo su propio sistema en el que mezclóla epistemología, ontología y la sociología. Entendía que lo real, lo fenomé-nico le venía dado a la inteligencia que podía aprehenderlo mediante el usode la ciencia objetiva, positiva, documental, inductiva que funcionaba enbase a una serie de leyes, la primera y principal, la ley del progreso de la so- 215
  • 216. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano ciedad en tres estadios a superarse. Los dos primeros estadios, el teológico y el metafísico, de corte religioso, serían sustituidos por uno adveniente, el positivo. El personaje de ese pensamiento, no era el revolucionario del periodo anterior, sino el productor, el banquero, el sociólogo. Curiosamente, cuando el Positivismo se vivía en Europa en términos conservadores, como un recurso para mitigar y encauzar los radicalismos de la pasante Revolución Burguesa y naciente Proletaria, y dar un orden al progreso que demandaba la burguesía, en América se vivía desde una óptica revolucionaria. Eugenio María de Hostos Hostos fue el introductor de esta filosofía en el país. Él había hecho estudios formales de bachillerato y en la universidad en Bilbao y en Madrid. Era abogado, literato, pero también político. Era un militante promotor de todas las causas de la libertad de la época, en especial de la libertad de las colonias españolas, de su patria Puerto Rico y también de Cuba. Sufrió una gran decepción con el ascenso de sus amigos republicanos liberales al poder en 1868, en concreto el general Francisco Serrano y el po- lítico Emilio Castelar. Ellos le hicieron ver que antes que republicanos eran españoles y que la independencia de Puerto Rico no estaba en su agenda. Frustrado, abandonó España, se fue a New York en busca de los clubes in- dependentistas cubanos. Allí encontró gran división y pasó a América del216
  • 217. Sur: Perú, Chile, Argentina, Brasil, Dominicana, Venezuela, donde casó, yde nuevo a Dominicana. Hostos vino por primera vez al país en 1875, a Puerto Plata, en busca deexiliados cubanos y también puertorriqueños que habitaban en esa ciudaddel norte bajo la protección de Gregorio Luperón para fomentar las luchasindependistas de sus países. A la fecha, Dominicana vivía una euforia delibertades después del derrocamiento de Buenaventura Báez en 1873. ParaPedro Henríquez Ureña 1873 fue un año de ruptura representado en elgesto simbólico de lanzar al mar los grillos y cadenas de las ergástulas de laFortaleza Ozama. Y fue también simbólico en el proceso de intelección de“la conciencia nacional” y en el desarrollo de las fuerzas sociales, culturalesy económicas según expresa en carta a Federico García Godoy, en 1909.Estas ideas las reitera y amplía en un artículo publicado en 1940 –bajo elsino de Trujillo– en Buenos Aires con el título “La República Dominicanadesde 1873 hasta nuestros días”. Si me permiten, les trascribo las oracionesiniciales de tres párrafos: 1) “Se desarrolla el comercio y aparecen industrias de tipomoderno, más bien pequeñas”. 2) “Hay, sobre todo, movimiento de cultura”. 3) “La acti-vidad política, desgraciadamente, contribuyó poco al logro de tantas esperanzas”. 1 Decreciendo sus actividades políticas, Hostos desarrolló un discursoeducativo, las escuelas normales. Cuenta Federico Henríquez y Carvajalque “…en mayo de 1875 llegó a Puerto de Plata y el Dr. Ramón Emeterio Betances,el Antillano, mi noble amigo, hizo su presentación en la morada del General GregorioLuperón, enfermo, a este prócer restaurador, a Segundo Imbert y a mí… me comunicó amí el primero, su docto plan de Escuela Normal de Maestros con su sistema de educaciónmoral y cívica y su enseñanza racional y laica”.2 De vuelta a Dominicana, en 1879, encontró mejores condiciones políti-cas pues Cesáreo Guillermo, con el apoyo de los azules, liberales, había al-canzado el gobierno y se le facilitaba la implementación de sus planes edu-1 Obras completas, VIII. Santo Domingo: Publicaciones UNPHU, 1979, p. 263-265.2 Discurso pronunciado en el Centenario a Hostos, 14 de enero de 1939. Clío 34(1939)45.Ver narración que hace el propio Hostos en “Quisqueya, su sociedad y algunos de sushijos”, XIX, pero no habla ni de Henríquez Carvajal ni de las escuelas normales, sólode Luperón y de Betances. Emilio Rodríguez Demorizi, “Hostos en Santo Domingo”, I.Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2004, p. 284. 217
  • 218. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano cativos. En los posteriores gobiernos de Luperón, Fernando A. de Meriño y Francisco G. Billini pudo implementar sus ideas. A iniciativa del gobierno de Guillermo, Manuel de Jesús Galván sometió al Congreso y se aprobó la Ley de Educación Normal y él anunció en los periódicos la convocatoria de 40 alumnos y la apertura de su escuela. Hostos se convirtió en un semi-dios en una sociedad tradicional, pa- triarcal. Fue miembro de asociaciones culturales, versificado por los poe- tas, escuchado por los estudiantes, enamorado por las mujeres,3 sospe- chado por los eclesiásticos y observado por los políticos, en particular por Ulises Heureaux. Ustedes saben que él permaneció en el país hasta 1888 cuando partió para Chile y que regresó de nuevo al país en 1900 tras la caída de Heureaux y el repunte de sus ideas en las personas de sus jóvenes alumnos. De sus enseñanzas, debemos destacar, en muy primer lugar, la educa- ción. Una educación de base teórica, apoyada en filósofos y pedagogos de moda en la época que entraban en contradicción con la escasa y empírica educación vigente en el Santo Domingo de la época. Hostos traía en su bagaje académico las enseñanzas de la ilustración de Kant y el positivismo de Comte, la pedagogía de Krausse, de Froebel y de Pestalozzi y de la Escuela de Educación Libre de Enseñanza de Sanz del Río. Traía una más articulada organización de las ciencias, la de Comte; una pedagogía deduc- tiva; una crítica del memorismo, un recurso a las ciencias sociales desde el conocimiento de la geografía del barrio hasta las teorías de la sociología; una enseñanza de la moral, la moral social, a partir del conocimiento y jui- cio de los hechos de la vida cotidiana. Tuvo una gran confianza, quizás algo ingenua, en la educación, en su ejército de maestros, pues pensaba que en ella residiría el restablecimiento de la conciencia y la razón. Les trascribo un párrafo muy conocido de su discurso en la graduación de 1884. “Para que la República convaleciera, era absolutamente indispensable establecer un orden ra- cional en los estudios, un método razonado en la enseñanza, la influencia de un principio armonizador en el profesorado, y el ideal de un sistema superior a todo otro, en el propó- sito mismo de la educación común”. 3 Américo Lugo, “Hacía sentir Hostos una simpatía irresistible a las mujeres”. El Mundo, 7 de julio de 1949.218
  • 219. Aparte de esto, Hostos aporta a esa sociedad las enseñanzas de las nue-vas ciencias, la economía y la sociología y el derecho constitucional queenseñaría no sólo en su escuela normal sino también en el recién abiertoInstituto Profesional (1882). El derecho constitucional fue el vademecumde los primeros treinta años del siglo XX. Allí abrevaron los constituciona-listas y se inspiraron casi todas las constituciones y programas políticos.Su realización sería un hito en la organización de la sociedad. En segundo lugar, el laicismo religioso, un concepto algo difícil de en-tender en aquellos años y aún hoy día. Consistía en una negación de la reli-giosidad positiva, revelada, basada en un Dios personal actuante en la vidade los hombres y expresada en una liturgia y vida eclesial regida por cléri-gos. Aceptaban a Dios, pero como una idea filosófica ordenante del mundo,principio de moralidad, que operaba a través de la razón de las personas. Ytambién al Jesús histórico, dado a conocer por los evangelios, pero no conuna lectura eclesial sino racional. El texto guía de esta visión era “La Vidade Jesús”, de Ernest Renán (1863) que con gran erudición rastrea la vidadel Jesús histórico más allá de los evangelios negando toda intencionali-dad divina, pero reconociendo su coherencia de vida y enseñanzas moralesde ese “hombre incomparable”. Cosa curiosa, Hostos buscaba a este Jesús enel recogimiento de las iglesias. Se dice que en particular en el Cristo de lacapilla de Bastidas de la Catedral. En 1881 escribió el artículo “Meditando”,donde polemiza con el comportamiento relajado de los católicos presentesen las celebraciones del Viernes Santo. Más adelante, sus discípulos eleva-ron a categoría de religión toda actividad humana creativa, así hablaban dela religión del arte, de la política… En el orden social proponía una síntesis entre deber y razón que con-vertiría al hombre en un ser responsable de sus actos, ante la sociedad yla familia. Hostos fue un hombre de familia y un ciudadano. Algunos lollamaban un “santo laico”. Hostos trató casi todos los temas, las relaciones con Haití, la inmigra-ción, la economía azucarera, el ferrocarril, el telégrafo y la electricidad,los restos de Colón… Tuvo buenas relaciones con algunos políticos comoLuperón, Segundo Imbert, Juan Tomás Mejía, Máximo Grullón, HoracioVásquez … pero no tuvo Hostos participación activa en la vida políticanacional y trató de mantener a sus discípulos distanciados de la política 219
  • 220. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano tradicional, de los gobiernos militares, frutos de asonadas. Puso interés en despertar valores ciudadanos como el deber, el patriotismo, la solidaridad… Su gran propuesta política radicaba en el fomento de valores societales or- ganizados: la constitución democrática, el gobierno civil, la participación municipal y ciudadana. A su regreso al país en 1900, su pensamiento se expandió y radicalizó. Ahora se centró la lucha alrededor de una nueva reforma de educación y una constitución. Aparecieron nuevos protagonistas. El hostosianismo tenía nuevos militantes e instituciones. Aparecieron sociedades como “El Normalismo”. Periódicos como “El Nuevo Régimen” y “El Normalismo”. Y voceros como Federico Henríquez, Casimiro Cordero, Pelegrín Castillo, y Carvajal, Américo Lugo, Rafael Justino Castillo, José María Cabral y Báez, etc., que con orgullo se hacían llamar “normalistas”. En el periódico “El Normalismo” salían listas de personas adheridas a esa causa. La oposición al normalismo provino de las filas católicas, en particular de Monseñor Fernando A. de Meriño y sobre todo del P. Rafael Conrado Castellanos. No debo pasar por alto que uno de los críticos más arteros fue Pedro Francisco Bonó, quien en su obra “El Congreso Extraparlamentario” afirmó: “Viene el segundo mal [del país], que tiene su excusa en su universalidad en este fin de siglo; hablo del deismo con ribetes de ateísmo profesado por la mayoría de la clase letrada dominicana, que la prédica constantemente a las masas populares; doctrina que es tan contraria a la religión cristiana como el ateismo puro”.4 Hostos no logró el “ejército de maestros” deseado ni se alcanzó a formu- lar la Constitución propuesta en sus lecciones de derecho constitucional. Pero el hostosianismo no se desgastó en la polémica religiosa, sino, por un lado, en la pobreza del medio social. En el olvido de las enseñanzas, en la alienación política de sus miembros. Sus principales discípulos no termi- naron siendo maestros. Son profesionales y/o políticos. En la revolución de Vásquez de 1902 formaron gabinete cuatro normalistas –Casimiro Cor- dero, José María Cabral y Báez, José Francisco Guzmán y Rafael Justino Castillo. Dos lilisistas, Juan Francisco Sánchez y Miguel Ángel Pichardo. Y Emiliano Tejera, miembro prominente de la generación de la restaura- 4 Emilio Rodríguez Demorizi, “Papeles de Pedro F. Bonó”. Barcelona: Gráficas M. Pa- rreja, 1980, p. 391.220
  • 221. ción. Y en la 1903, Américo Lugo quiso justificar ante Hostos el gobiernode Alejandro Woss y Gil, aduciendo que éste había vivido en Washingtony conocía las instituciones americanas. Otro factor de la desilusión del hostosianismo fue la intervención ame-ricana. La intervención actuó de manera bifronte. Los hostosianos admira-ban las instituciones y la Constitución de Filadelfia. Pero la intervencióntrajo una soldadesca que plantó un campamento en el Baluarte del Conde yhacía uso de la violencia para detectar un revólver escondido. De la mismamanera, no debemos pasar por alto que la intervención americana conllevóuna alta propuesta civilizadora de ribetes positivistas. Tomemos en cuentala educación, salud, producción agrícola, caminos, obras públicas, costum-bres alimentarias, nuevos gustos musicales y estilos en el vestir. Tambiénsupuso un orden nuevo político, la supresión del sistema de partidos y lasuspensión del desgaste de las luchas partidistas, la unificación del poderejecutivo en un sistema militar unipersonal asistido de un equipo de mili-tares subalternos. La unificación del país facilitada por una red vial nuevay por la movilidad de un ejército. Yo entiendo que, en términos reales, unbuen sector de la población entendió la intervención en términos de ordeny progreso. Sería algo así como una versión americana del Positivismo. Lugo, el más radical de los hostosianos de inicios del siglo pronto devinoen un crítico de elementos hostosianos. En una vuelta atrás pasó de serun acre crítico a lo católico-español a ser el promotor del Centro Españoly el defensor de la religión católica. No se debe dejar de tomar en cuentaque la Unión Nacionalista de 1920 subió al mismo carro al viejo EmilianoTejera, de la generación de la Restauración, con el joven Américo Lugo, dela generación hostosiana. No obstante las frustraciones, las incapacidades de crear el ejército demaestros y de redactar la Constitución deseada, el pensamiento de Hostospermeó la sociedad académica, letrada dominicana. Si usted ve las contri-buciones al “Directorio” de 1907, se notará la presencia de Hostos. Y ob-servadores de la sociedad dominicana, extranjeros como Otto Schoenrich55 “Santo Domingo, un país con futuro”. Santo Domingo: Editora de Santo Domingo,sa., 1977, p. 174. 221
  • 222. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano y Samuel Guy Inman6 no dejan de reconocer los valores de la persona y la vigencia de sus ideas. Aunque Luís Felipe Mejía, en su obra “De Lilís a Trujillo” (1944), bus- que vestigios hostosianos en la historia posterior; por ejemplo, dice que tanto el partido nacional de Vásquez como el liberal de Peynado eran de inspiración hostosiana, el hecho fue que el hostosianismo se fue privati- zando en la vida y en las aulas de los hostosianos. Si tomamos el caso de las elecciones de 1924, los tres candidatos eran de corte hostosiano: Fe- derico Velásquez y Francisco José Peynado, egresados de la Escuela Nor- mal; y Horacio Vásquez, considerado un normalista por el mismo Hostos. Federico Henríquez y Carvajal heredó el título del Maestro y asumió su promoción y defensa en la forma irénica que lo caracterizó. Rafael Justino Castillo hizo carrera jurídica como secretario de Relaciones Exteriores y como presidente de la Suprema Corte de Justicia. La vida política pública se encauzó por principios pragmáticos adecuados a las condiciones. En las escuelas se enseñó una moral y cívica inspirada en la moral social hasta la década de 1950 en que se buscó la manera de sustituirla por el catecismo católico y la moral de inspiración –la Cartilla Cívica– trujillista. “No obstante, las frustraciones, las incapacidades de crear el ejército de maestros y de redactar la Constitución deseada, el pensamiento de Hostos permeó la sociedad académica, letrada dominicana. Si usted ve las contribuciones al “Directorio” de 1907, se notará la presencia de Hostos”. La emergencia de Trujillo no supuso un corte radical con la tradición hostosiana. Dos hechos aportan datos para la comprensión de la posteri- dad hostosiana. La primera fue la celebración del centenario del nacimien- to en 1939 y el segundo la encuesta del periódico “El Caribe”, de 1956. La celebración centenaria, a nueve años del inicio del Régimen de Tru- jillo, unió al Ateneo, la Escuela Normal, las escuelas públicas, la Academia de Historia, la Secretaría de Educación y la Universidad de Santo Domingo para reconocer los méritos del Maestro aunque ya envueltos en edulcoran- 6 “Through Santo Domingo and Haiti. A Cruise with the Marines”. New York: Com- mittee on Cooperation in Latin American, 1919., p. 46.222
  • 223. tes trujillistas. En este momento, Trujillo aunque reconocido por los fun-cionarios oficiales –Virgilio Díaz Ordoñez, Dr. Pedro Emilio de Marchena–a nombre de la USD– se suma al reconocimiento a Hostos y dispone fon-dos del Ejecutivo para erigir la estatua que se le esculpiría y colocó en elpatio de lo que fue la Escuela Normal y hoy se encuentra frente al Museode Historia. La celebración estuvo liderada por Don Federico Henríquezy Carvajal, un hostosiano moderado, hombre de reconocido prestigio, quesiempre trató de salvar a Hostos por encima de toda polémica. Años más tarde, en otro contexto del Régimen, está la encuesta de 1956.Ya pasada la égida ideológica del hispanismo y catolicismo antihostosiano,anti-haitiano, que formuló Manuel Arturo Peña Batlle, muy en particularen el prólogo el libro del P. Antonio Valle Llano, sj.,7 se invitó a intelectua-les de la época a contestar un cuestionario sobre la influencia de Hostos enla sociedad dominicana, el significado de su laicismo y se preguntaba si laescuela nacional todavía se inspiraba en el pensamiento hostosiano comosostenía Peña Batlle. Para interés nuestro, todos los encuestados, incluido el P. Juan Féliz Pe-pén, y con la sola exclusión del P. Robles Toledano y el Dr. Antonio Avelino,mostraron simpatías hostosianas, buscaron las formas de librar a Hostosde las acusaciones de ateísmo, reconocieron sus méritos, aunque termina-ban afirmando que la obra educativa esperaba la decisión de Trujillo. A míme resulta evidente que el contexto político no permitió la libertad sufi-ciente para sincerizar esta encuesta, pero más interesante fue la fidelidadhostosiana de la intelectualidad dominicana en aquel contexto. Pero, repito una idea anterior, el medio social acomodó el pensamientoa los hechos. Los hechos posteriores, las revoluciones de abril de 1902 y demarzo de 1903, la intervención, la vuelta de la Montonera… trucaron losvalores esperados y predicados y reconformaron la sociedad dominicanade acuerdo a principios personalistas, como llamaban entonces a los go-biernos unipersonales y autoritarios. Los sueños constitucionales fueronsuplantados por las montoneras que dominaron los tres primeros lustrosdel siglo.7 “La Compañía de Jesús en Santo Domingo durante el período hispánico”. SantoDomingo: Impresora Dominicana, 1950. 223
  • 224. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Veamos la revolución de 1903. Allí cayó abatido uno de sus jóvenes dis- cípulos, Casimiro Cordero, cosa que sobrepasó la capacidad de Hostos, alma sufriente, de asimilar los reveses que padeció a lo largo de su vida. Pedro Henríquez Ureña, al describir al Hostos que vio en 1900 dijo que “te- nía un aire hondamente triste, definitivamente triste.”8 El testimonio del propio Diario de Hostos nos lo confirma. En su Diario, el 18 de abril de 2003, tiene esta entrada: “Doctrina, principios, ideas, reformas, reacción contra el lilisismo, todo quedó sepultado en el campo de batalla”. Debatiéndose entre abandonar el país o quedarse, con incertidumbres ante el alineamiento de sus discípulos en partidos políticos de carácter personal y militar, enfermó y el 12 de agosto de 2003 falleció. Detengámonos a pensar. Quizás fue la incapacidad innata a todo pen- samiento ilustrado, el Positivismo entre ellos, que creía que la sociedad inexorablemente evolucionaría a través de un proceso de tres fases inelu- dibles por el camino del progreso. En un primer momento ese progreso se puso en manos del economista, del sociólogo, del maestro, pero incapaces estos de constituirse en grupo gobernante, o de trasformar estos pueblos irredentos, pobres y católicos, de “gallera y fandango”, apelaron al “go- bernante civilizador-dictador”, como hemos podido ver en el grupo de Los Científicos de México, ideólogos de la dictadura de Porfirio Díaz, y en Laureano Vallenilla Lanz a la base del “gendarme necesario” de Juan Vi- cente Gómez en Venezuela. Si escarbamos los escritos de Hostos se verá con que frecuencia recurre el concepto de “pobre” para referirse al país y de “barbarie” para calificar la situación de nuestros pueblos. Recientemente, Euclides Gutiérrez Félix nos ha abierto una nueva fase en la investigación al repetidamente afirmar que Trujillo se inspiró en el plan de gobierno, hostosiano, del Partido Nacionalista. Esa es otra forma de abordar al hostosianismo y al trujillismo, que está por hacer. 8 “Ciudadano de América” en Obras completas, VII. Santo Domingo: UNPHU, 1979, p.224
  • 225. Actualidadde la Obrade Hostos enSanto Domingo José del Castillo Pichardo“El país carecía de medios de transporte modernos que enlazaraninternamente sus regiones, razón del afianzamiento de economías ysociedades regionales que operaban como si se tratase de tres paísesdistintos. Sólo el tráfico de cabotaje –realizado por goletas y algunosvapores de líneas extranjeras– permitía una rápida comunicación”.Introducción Nos proponemos en esta presentación hacer un rápido balance de lasprincipales contribuciones de Eugenio María de Hostos a la sociedad do-minicana, en su múltiple calidad de pedagogo innovador, de político liberalque militó al lado de las causas más avanzadas de su época, de sociólogoque auscultó con agudo sentido observador los problemas de nuestra orga-nización socioeconómica, para proponer siempre soluciones prácticas. Nos detendremos –como corresponde a la naturaleza primordial de estajornada sobre su pensamiento– en el examen de su influencia en la ense-ñanza, tanto normalista como universitaria, particularmente en las esferasde la Moral Social, de la Sociología y del Derecho Constitucional, cuyaslecciones sirvió en la cátedra universitaria dominicana.La sociedad que Hostos encontró A su arribo a la República Dominicana, en 1875, por la ciudad noratlán-tica de Puerto Plata, Hostos encontró una sociedad que apenas iniciaba sutránsito hacia la modernización capitalista, motorizada por la instalaciónde los primeros ingenios movidos a vapor, gracias a la iniciativa de empre-sarios cubanos, norteamericanos, franceses, puertorriqueños y dominica- 225
  • 226. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano nos, con su correlato de inmigración laboral proveniente de las Antillas Menores y también de Puerto Rico, como luego lo sería masivamente de Haití, ya en el siglo XX, a mediados de la década del diez. Sus principales zonas de desarrollo en el siglo XIX serían Santo Domingo, Puerto Plata, San Pedro de Macorís y Azua, a las cuales se sumarían en el siglo XX La Romana y Barahona. En la región central del país, en el Cibao, el cultivo del tabaco se hallaba en franca expansión, dando origen a una microsociedad más igualitaria y liberal, integrada por productores pequeños y mediados, una amplia red de comerciantes y almacenistas, recueros o transportistas y jornaleros aplica- dos a la limpieza, clasificación y empaque de la aromática hoja, así como a la manufactura del saldo que no se destinaba a la exportación hacia Euro- pa, especialmente a Alemania. Estudiado magistralmente dicho complejo socioeconómico del tabaco por Pedro Francisco Bonó (“Apuntes sobre las clases trabajadoras dominicanas”), en esta región se había escenificado con mayor vigor la Guerra Restauradora, llamada a liquidar la Anexión a Espa- ña (1861-65). En las llanuras del Este se aposentaba otra configuración social, basada en la crianza libre de ganado en extensos hatos indivisos, origen de una estructura patriarcal profundamente conservadora, católica y jerárquica- mente segmentada. De allí salieron los hateros lanceros capitaneados por los hermanos Pedro y Ramón Santana, tan funcionales a las lides guerreras por la independencia frente a Haití.226
  • 227. En el Suroeste –cuna del caudillo ilustrado Buenaventura Báez– se prac-ticaban los cortes de árboles maderables para su exportación a Europa,especialmente a Inglaterra, como la apreciada caoba para la ebanistería demuebles, puertas y enchapados de suntuosos palacetes; el guayacán em-pleado por sus propiedades de dureza resinosa en la industria náutica,para tornear el eje de las aspas de los barcos; y los palos tintóreos utiliza-dos por las factorías textiles (campeche y dividivi) para teñir los telares.También se producía raspadura y azúcar mascabada en rústicos trapichesy se mantenía una agricultura de subsistencia. El país carecía de medios de transporte modernos que enlazaran inter-namente sus regiones, razón del afianzamiento de economías y sociedadesregionales que operaban como si se tratase de tres países distintos. Sóloel tráfico de cabotaje –realizado por goletas y algunos vapores de líneasextranjeras–permitía una rápida comunicación. El resto descansaba entrabajosas jornadas a lomo de mula, por accidentados caminos, vadeandoríos y remontando cordilleras, en experiencias que motivaron a más de unvisitante extranjero a escribir su relato de aventuras. La población mostraba el más bajo índice de densidad en las Antillas, locual clamaba por una urgente política de inmigración. Integrada en comu-nidades que exhibían, algunas, hasta un 80% de analfabetismo. Regimen-tada por un sistema educativo arcaico, sustentado en la memorización, enun curriculum tradicional con escasa vinculación práctica con el medio,que empleaba con frecuencia los castigos corporales como recurso peda-gógico. Ya avizorando –desde el mirador de Nueva York– los que serían moti-vos de sus desvelos ciudadanos en tierra dominicana, Hostos escribió enla prensa de esa urbe un artículo (“El horizonte de Santo Domingo”), en elcual planteaba: “Si se aumenta por inmigración la población de un país, si por mediode ferrocarriles se aumentan la producción, el tráfico, la comunicación; sipor medio de obras de piedra o de ladrillo o de hierro se aumentan las fa-cilidades del comercio; si por medio de un establecimiento de crédito semultiplica la actividad comercial y la industrial; si por medio de una caja 227
  • 228. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano de ahorros se multiplica insensiblemente el capital del pobre; si por me- dio de comunicaciones telegráficas y marítimas se aumentan las relaciones directas entre países remotos o vecinos; si cultivando la caña, café, taba- co, cereales, legumbres, flores, se aumenta el valor de las tierras rústicas o urbanas; si explotando minas se aumenta la riqueza social; si creando o trasplantando industrias se aumenta la prosperidad colectiva; en suma, si cultivando todas las formas del trabajo, y fomentándolas por todos los medios materiales se producen bienes físicos y orgánicos, que se cuentan, se valúan, se computan y se pesan ¿son bienes exclusivamente materiales los que se consiguen? En general, el trabajo es razón determinante de tres bienes morales: la moralidad, la libertad y el orden”. En su prolífica función de hombre público, Hostos abogaría por proyec- tos específicos, encaminados a plasmar en realizaciones estas ideas. Así, sobre el tema de la inmigración escribiría varios artículos (“Inmigración y Colonización”, “Centro de Inmigración y Colonias Agrícolas”), describién- dolo como uno de los dos problemas esenciales de la sociedad dominicana, para más tarde afirmar que era el “problema de los problemas y el medio de los medios, por que es el único que puede resolverlos todos”. Aspiraba a la inmigración de “familias organizadas”, que fueran “agentes de trabajo”, es- pecíficamente agricultores, que sirvieran de “ejemplo económico, domésti- co, cívico, de la población circundante”. En este orden alentó un proyecto de inmigración de familias canarias, que sirviera de alternativa al modelo de colonato azucarero, al que criticaba. Sobre la industria azucarera, cuya expansión saludaba como vehículo de progreso, abrigaba algunas reservas, consecuencia de su conocimiento de las realidades cubana y puertorriqueña. Le perturbaba la idea de la dis- locación que el desarrollo capitalista ocasiona, al penetrar las estructuras de sociedades tradicionales, casi autárquicas. Advertía contra el latifundio azucarero, la proletarización excesiva, y la dependencia del colono frente al industrial. Proponía la creación de un banco agrícola, capaz de proveer recursos a los productores. Entendía “la fabricación de azúcar como uno, y sólo uno, y no el me- jor y el más pequeño, de los medios de producción de riqueza en nuestras tierras; nada más. Antes que ella, o junto a ella, la industria agrícola tiene228
  • 229. en las Antillas un más vasto campo de producción, y probablemente másadecuado a nuestro estado social”. En el ferrocarril vio una herramienta de civilización formidable y de-dicó varios artículos a ponderar las ventajas de proyectos que siguió muyde cerca, como el que enlazaría a la comunidad agrícola de La Vega con elpuerto marítimo de Sánchez.La inmigración cubana y puertorriqueña Con el desarrollo de la primera guerra de independencia de Cuba (1868-1878) y de las luchas anticoloniales en Puerto Rico, llegó al país una fuertecorriente migratoria de cubanos y puertorriqueños, cuyo influjo en la so-ciedad dominicana fue determinante en diversos órdenes. Las motivaciones políticas de esta inmigración se reflejaron en el activis-mo que caracterizó a sus miembros, quienes tomaron a Puerto Plata comosu bastión fundamental. Allí Hostos y otros ilustres inmigrantes formaronasociaciones patrióticas, editaron periódicos y realizaron una vasta laborcívica, en consonancia con elementos liberales dominicanos como Grego-rio Luperón, que concebían la independencia de Cuba y Puerto Rico, man-comunada a la preservación y desarrollo de la soberanía dominicana. Deesta forma, cubanos como Federico García Copley y puertorriqueños comoHostos, figurarían en la fundación de la Liga de la Paz, que bajo el liderazgode Luperón dirigió la lucha contra el gobierno dominicano de aquel enton-ces, que veía con recelo dichas actividades. En esas jornadas, Hostos colaboraría con el periódico Las Antillas, queal ser clausurado por el gobierno resurgiría con el nombre de Las Tres An-tillas, seguido por Los Antillanos, bajo su dirección. Durante esos días, fundaría la sociedad-escuela La Educadora, orientadaa “popularizar las ideas del derecho individual y público, el conocimientode las constituciones, dominicana, norteamericana, latinoamericana, y losprincipios económicos-sociales, en resumen: educar al pueblo”.Labor educativa Pero la labor pedagógica de Hostos en Santo Domingo cobraría cuerpodefinitivo a partir de 1879, luego de una estancia venezolana de año y me- 229
  • 230. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano dio, cuando inició su vasto plan para implantar los contenidos de una en- señanza normada por los principios positivistas y por un rol más dinámico del Estado en el proceso educativo. Durante nueve años de trabajo conti- nuo, Hostos fundaría la Escuela Normal, cuya “instalación se hizo como se hacen las cosas de conciencia: sin ruido ni discurso. Se abrieron las puertas y se empezó a trabajar. Eso fue todo”. Iniciativa llamada a formar “un ejér- cito de maestros que, en toda la República, militara contra la ignorancia, contra la superstición, contra el cretinismo, contra la barbarie”. En su discurso de graduación de los primeros maestros normalistas, el señor Hostos –como se le llamaba en Santo Domingo– daba la nota de la significación de ese evento germinal, al señalar: “Todas las revoluciones se habían intentado en la República, menos la única que podía devolverle la salud. Estaba muriéndose de falta de razón en sus propósitos, de falta de conciencia en su conducta, y no se le había ocurrido restablecer su conciencia y su razón. Para que la República convaleciera, era absolutamente indispensable establecer un orden racional en los estudios, un método razonado en la enseñanza, la influencia de un principio armonizador en el profesorado, y el ideal de un sistema, superior a todo otro, en el propósito mismo de la educación común”. En el Instituto Profesional –nombre de nuestra universidad de aquel en- tonces– Hostos inauguró las cátedras de Derecho Público (Constitucional e Internacional), en 1880 y de Economía Política, en 1883. Publicó, en 1887, su obra Lecciones de Derecho Constitucional, que recoge las notas de la cátedra universitaria llevadas por sus alumnos, y al año siguiente dio a la estampa su Moral social, que sirvió de texto a varias generaciones de dominicanos, en la forja de “ciudadanos para el Estado, patriotas para la patria, valedores para la civilización, hombres para la humanidad”, como gustaba decir el Maestro. Como bien señala Camila Henríquez Ureña en su obra Las ideas pedagó- gicas de Hostos, para éste “la educación tiene un valor disciplinario: desa- rrollar los poderes del educando, y un valor ideal: perfeccionar al hombre para que sirva a los ideales sociales de justicia y a los universales de bien y230
  • 231. de verdad”. Pero también cubre una finalidad práctica, ya que, conforme aHostos, la vida “es un combate por el pan, por el principio, por el puesto”.La reacción eclesiástica Pese a que Hostos encontró un ambiente favorable en la esfera políticae intelectual –y en el propio terreno de los negocios, donde sus ideas re-sultaban funcionales a la modernización capitalista en proceso– su credopositivista y laico amenazaba el andamiaje de la enseñanza escolástica. Deesta forma, entre la Iglesia y Hostos y sus partidarios se entabló una bata-lla, cuyas armas fueron la pluma y el verbo elocuente; sus municiones, lasideas; y el escenario, la prensa, el púlpito y la cátedra. Monseñor Fernando Arturo de Meriño, jefe de la Iglesia y el presbíteroFrancisco Xavier Billini, director del Colegio San Luis Gonzaga, de bienganado prestigio, emprendieron su campaña contra la enseñanza laica (“laescuela sin Dios”), la filosofía positiva y la moral social (“doctrinas liberti-cidas”), que “so pretexto de demostraciones científicas”, inculcaban “teo-rías hipotéticas y degradantes”, “despojando a las conciencias timoratas dela fe salvadora y de los sanos principios morales que ella nutre y sostiene”,al decir de Meriño. Para la cabeza de la Iglesia dominicana –quien había ejercido la presi-dencia de la República como miembro del Partido Azul, o sea, del bandoliberal, y posteriormente había sido rector del Instituto Profesional– lospositivistas eran ateos y materialistas, propagadores de una “literatura fa-laz y de una ciencia huera”. Su influencia en la sociedad dominicana seríavista como la causa de los males que ésta padecía: “El verdadero origen,funesto manantial de nuestras desgracias, está en la perversión de las ideasy de los sentimientos por las doctrinas liberticidas que vienen gozando deprivanza de algunos años acá”, ocasionando que “principio de autoridad,sujeción a instituciones y leyes, temor de castigos, miramientos sociales,todo haya ido escandalosamente menospreciándose”. Frente a los embates eclesiásticos, los hostosianos respondían desdela prensa liberal: “profesores, catedráticos, alumnos ofendidos: llevantadvuestra protesta! Decid al mundo que se os condena y se os infama porqueservís a la razón, porque ilustráis y redimís llevando el espíritu al convenci- 231
  • 232. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano miento de las verdades científicas que la iglesia excomulga, y los principios de la moral social más elevados que la civilización santifical”, ripostaba El Eco de la Opinión, el periódico capitalino más influyente de la época. Con la salida de Hostos de Santo Domingo, en 1888, para sembrar su semilla fecunda en Chile y el progresivo curso autoritario que asumiría el régimen de Ulises Heureaux, amainaría esta polémica, para volver a tomar impulso, en 1900, cuando retorna a tierra dominicana como director del Colegio Central, siendo designado seis meses después Inspector General de Enseñanza Pública. Hasta que la muerte le sorprende, en 1903, “poseído ya también del fastidio de la vida”, como escribiera en su Diario, cinco días antes de su deceso, afectado de “asfixia moral”, al decir de Pedro Henríquez Ureña. Última etapa de Hostos en Santo Domingo En lo que sería su tercera y definitiva estancia en tierra dominicana –y a pesar del evidente desánimo que provocara en su espíritu el resultado de su incursión en la política puertorriqueña de cara a la definición del asunto del estatus– Hostos desplegaría nueva vez su inmensa vitalidad creadora. Llamado por el joven presidente Horacio Vásquez y por la generación que conformó su discipulado normalista en la década del 80, así como por caros amigos y compañeros de propósitos liberales, el Maestro arriba en Santo Domingo en enero de 1900. La crónica periodística registra su llega- da en estos términos: “Manifestación elocuentísima de adhesión y de cariño se hizo al Maes- tro, el Día de Reyes, en ocasión de su regreso a la Primada. Desde el muelle del Ozama a la antigua Normal tuvo numeroso acompa- ñamiento. El local se llenó de damas y caballeros. Abundaban sus discípu- los. Asistían las maestras normales. Brazos cordiales, húmedos ojos y labios sinceros diéronle la bienvenida. En sus abrazos, sus miradas y su verbo vol- vimos a ver el alma educadora y amable de Eugenio M. de Hostos. Consigo trajo el antillano esclarecido a su distinguida familia, satisfecha de volver a la patria dominicana.232
  • 233. Colmado sea de satisfacciones el hogar del Maestro, del compatriota,del amigo…!” A las pocas semanas se daba la noticia de que reanudaba sus faenas elColegio Central, bajo la dirección de Hostos, quien había sido selecciona-do a unanimidad por el Consejo de Gobierno. Con un cuerpo de dieciséisprofesores encabezado por su director y su vicedirector, don Federico Hen-ríquez y Carvajal –hermano de Ramón Emeterio Betances, Eugenio Maríade Hostos y José Martí– y con más de cien alumnos, Hostos impartiríaGeografía Patria, Derecho Constitucional, Historia e idioma Inglés. Concomitantemente, Hostos fundaba la Escuela Normal nocturna, bajola dirección compartida de sus antiguos discípulos Francisco J. Peynado yFélix Evaristo Mejía, anexa al Colegio Central. Así como otra similar, queoperaría en la Villa de San Carlos, lugar que fuera residencia del Maestroen su anterior etapa dominicana y motivo de bucólicas añoranzas en susdías chilenos (caserón que había quedado en manos de mis abuelos LuisTemístocles del Castillo y la educadora Dolores Rodríguez Objío, directo-ra ella misma de un plantel sancarleño). Más significativas resultaron sus demás actividades iniciales. A sólo tresdías de la reapertura del Colegio Central, Hostos y sus seguidores acorda-ron las siguientes tres líneas de trabajo: el desarrollo de un programa deconferencias populares, la celebración de asambleas cívicas con vistas a lareanimación de la Liga de Ciudadanos o la formación de una entidad de ob-jetivos similares y la apertura de escuelas nocturnas de educación común. El sábado 3 de febrero se realizó la primera de estas conferencias popu-lares, ante un auditorio compuesto por “un centenar de obreros y de jóve-nes adscritos al estudio de los problemas económicos”. La charla, ofrecidapor Hostos, versó sobre un tema considerado de actualidad, a saber: “Cuáldebe ser el propósito racional, el sano objetivo, de la asociación obrera”.Como se desprende de la glosa de esta conferencia y de la discusión que lesiguió, el propósito práctico era promover la organización del movimientoobrero. Esta iniciativa calzaba plenamente con el interés manifestado por Hos-tos durante su efímera estancia en Puerto Rico, de fomentar la educación 233
  • 234. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano nocturna para obreros, las conferencias semanales para educar a las masas populares en la función de pensar y discernir sobre asuntos de interés lo- cal, municipal y nacional, así como humano, y, finalmente, de promover las cooperativas y las cajas de ahorro. Por esta vía, Hostos pretendía galvani- zar la conciencia ciudadana, a través del despliegue de las capacidades in- dividuales y asociativas de las personas, rompiendo con lo que entendía era un funesto legado cultural del coloniaje español, consistente en esperarlo todo del Estado y sus autoridades. Era en este sentido progresista –consis- tente en asimilar rasgos positivos de la cultura política norteamericana– que Hostos hablaba de “americanizar” al pueblo puertorriqueño. La otra asamblea –con resultados menos exitosos que la anterior– estu- vo enderezada a reactivar la Liga de Ciudadanos, que un año antes había integrado a jóvenes seguidores de Hostos o a constituir una asociación pa- triótica de mayor alcance, cuyo antecedente inmediato era la sociedad que Hostos había creado en 1898, en Nueva York, con el objetivo de desarrollar una conciencia cívica activa, de educar políticamente a los puertorrique- ños y fomentar las instituciones democráticas, a imagen de las institucio- nes norteamericanas. Los planteamientos en debate eran: formación de una Liga de Ciudada- nos o de un partido político doctrinario. Guardando las diferencias de contextos nacionales, la posición de Hos- tos era similar a aquella que lo había llevado a formar en Nueva York la Liga de Patriotas Puertorriqueños. Se trataba de dar paso a una liga de objetivos cívicos que se dedicara “a echar los cimientos de la verdadera república hoy y de la confederación antillana o surcontinental mañana”, como paso previo a la constitución de un partido doctrinario. En su artículo titulado “Intereses de la República” estableció una amplia agenda de lo que entendía tareas a ser cumplidas por los dominicanos en los albores del siglo XX, para alcanzar un “efectivo desarrollo social”. Como Inspector General de Enseñanza, desarrolló Hostos una dinámica labor, fundando en La Vega la Escuela de Maestros, la Escuela de Agricul- tura Práctica y las Colonias Agrícolas. En Santiago y en Puerto Plata la Escuela de Comercio y en Moca, sendas escuelas graduadas y dos suple- mentarias.234
  • 235. Nuevamente, la reacción sacerdotal se haría notar. Editoriales del Bole-tín Eclesiástico, pastorales y sueltos, tronarían con fuerza para rechazarel laicismo en auge. Bajo el epígrafe “La Escuela sin Dios”, la revista san-tiaguesa La Vida la emprendió contra los hostosianos, en un texto que laprensa liberal calificó de “pavoroso”: “Tiende a restablecerse en el País la Escuela sin Dios; la Escuela en que elDerecho no se armoniza con el deber, sino que lo supedita; la Escuela quesepara virtualmente los consortes, los padres y los hijos, los hermanos, losdeudos, los amigos, los conmunícipes, los comprovincianos, los compatrio-tas, los hombres; la Escuela que forma los Comunistas, y los Anarquistas, ylos Nihilistas…; la Escuela cuyas doctrinas embeben –sin quererlo acaso– elincendio, el asesinato, todos los horrores…” A pesar de los ataques, la estrella de Hostos en Santo Domingo permane-ció en ascenso. Sociedades como el Ateneo de Santo Domingo lo hicieronmiembro honorario, al igual que las sociedades La Progresista y Amantesdel Saber, de La Vega. Al llegar Máximo Gómez a Santo Domingo –orladopor la gloria libertadora– le tocó a Hostos acompañarlo en el carruaje des-cubierto por las calles de la ciudad y pronunciar un conmovedor discurso,“con su verba magna de pensador y de patriota”, como consignó la prensa.En 1902, sería designado Director General de Enseñanza.Contribuciones de Hostos Es obvio que las principales contribuciones de Hostos se encuentran enel ámbito de la propia enseñanza, que asumió como un verdadero sacer-docio laico. Tanto desde la cátedra de Moral Social, enfatizando las cincopropiedades distintivas del ser social (las relaciones de necesidad, grati-tud, utilidad, derecho y deber), como en la de Sociología y en la de Dere-cho Constitucional, el Maestro enlazó escuela y sociedad, en un sentidorealmente revolucionario en su momento. Los contenidos de la enseñanzahostosiana estaban concebidos para hacer ciudadanos activos, conscientesde sus deberes y derechos, plenamente identificados en su dimensión deentes sociales, de miembros de una comunidad más amplia de naciones, yde afiliados al género humano que puebla el planeta. 235
  • 236. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Sorprende hoy, cuando llevamos más de un siglo sobre sus huesos ve- nerados, la frescura provocativa de su pensamiento. Como bien dijera don Emilio Rodríguez Demorizi, de él “debe afirmarse que no ha terminado aún su obra en Santo Domingo, en las Antillas, en el Continente”. Cuando en muchas latitudes imperaba una concepción del Derecho ses- gada hacia el énfasis doctrinal y normativo, Hostos abría nuevas ventanas a esta disciplina, insistiendo en la necesidad de conjugar la norma derivada de principios doctrinales con las realidades del medio social, buscando es- tablecer criterios de correspondencia y funcionalidad del Derecho. A sus alumnos de la cátedra de Derecho Constitucional les remarcaba este as- pecto. Su visión sociológica le situaba en una posición privilegiada. Una oportunidad de poner en movimiento estos criterios se la brindó el proyecto de reforma constitucional presentado tras la caída de la dictadu- ra de Ulises Heureaux, entre cuyos auspiciadores figuraban los antiguos jóvenes alumnos que habían sido sus pupilos, en lo que él denominaba “la Escuela de Derecho dominicana”. La serie de artículos, titulada sugestiva- mente “El proyecto de Constitución y el medio social”, contiene algunas de las ideas básicas de Hostos en materia de Derecho Público. Su visión constitucional Para Hostos “el objeto de la Constitución es armonizar derechos y po- deres por medio de una ley oriunda de la voluntad social”. Frente a la tradi- ción imperante de hacer enunciados superabundantes en la carta sustanti- va, Hostos reaccionaba indicando que “la forma de gobierno se preceptúa: que la soberanía se asume; que el territorio se posee; que la nación se afirma por el mero hecho de existir; que nada de eso se declara; que nada de eso es materia constitucional”. En su concepto, “el pueblo es una verdadera entidad de derecho, que es quien efectivamente retiene siempre la soberanía, y a quien forzosamente hay que apelar en todo caso de soberanía”. Indicaba, a seguidas, que la “reforma de una constitución, en definitiva, es un caso de reconsideración de la soberanía, y nadie, excepto el pueblo,236
  • 237. puede hacer efectivo, eficaz e indiscutible ese trabajo. Por lo tanto, todareforma de la ley fundamental, ya sea total, ya parcial, debe ser acto plebis-citario o acto convencional: estando ya en desuso para casos nacionales elplebiscito –afirmaba el Maestro–, hay que apelar a la Convención”.Presidencialismo y centralización Hostos reflexionaba agudamente acerca de los patrones de la cultura po-lítica hispanoamericana, que tendían a reforzar la centralización presiden-cial, en desmedro de los poderes y las autonomías provinciales y municipa-les. Entendía que este fenómeno castraba las posibilidades de un desarrollomás equilibrado de las sociedades. Y su observación resulta terriblementevigente en nuestros días. En su hermosa y libre prosa modernista, nos decía: “la vida de la socie-dad, que refluye al centro, se hace pletórica en el centro y anémica en lasextremidades. Exactamente el resultado obtenido por el centralismo”. Paraa seguidas referir, “más fácil es que un etíope se haga ariano que el que unpueblo de enseñanza latina se haga autónomo o siquiera partidario de laautonomía en la común, en la región, en la nación”. Y exclamaba: “estastontas repúblicas, que creen tenerlo todo con tener un aparato de gobiernocentral, mientras se desentienden por completo de la circulación de la san-gre y de la corriente de la vida por el resto del organismo nacional”. Su crítica iba más lejos, y proclamaba “¿cómo somos tan ciegos que novemos cuán atrevido, insolente y temerario es que un gobierno central seerija en árbitro de vida de las sociedades provinciales y comunales?” Paraconcluir: “aquí no es el medio social quien impone el perjuicio al derecho;es la costumbre del error quien impone el perjuicio al derecho; es la cos-tumbre del error quien se impone al medio social, que clama, desde cada lo-calidad amortecida, por gobiernos propios que les devuelvan la actividad”.Democracia y soberanía militante Hostos abogaba por un modelo de democracia representativa que hoy sehalla en el orden del día en muchas sociedades, tanto desarrolladas comosubdesarrolladas, bajo el etiquetado de participativa. Basado en el ejercicio 237
  • 238. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano militante de la soberanía del pueblo organizado, a fin de evitar lo que él denominaba “la substracción de soberanía natural”, que da pie a la “usur- pación de soberanía por parte de los funcionarios del Estado”. “Son sociedades democráticas, no principalmente porque todas las en- tidades que componen el agregado social sean iguales, sino porque todas esas entidades son jurídicas. Y puesto que están armadas del derecho, no para lisonjearse pasivamente de tenerlo, sino para ejecutarlo activamente, claro es que irán perdiendo la capacidad de gobernarse por sí mismas a medida que vayan abandonando el deber de hacer efectivo su derecho. Y puesto que faltan sistemáticamente a ese deber cuantos, teniendo el dere- cho de opinar e influir en los negocios públicos, descuidan su derecho, ora por egoísmo, ora por pesimismo, ya que por desatender la relación que hay entre los intereses individuales y los públicos, ya que por desconfianza de su propia iniciativa, claro es que el gobierno de todos por todos irá nece- sariamente degenerando hasta que se convierta en el mando de todos por unos pocos, o en jefatura de uno sobre todos”. De esta forma, en la concepción hostosiana de los deberes constitucio- nales, figuraban –junto al deber de educación o de aprendizaje obligatorio, al deber de contribución o tributación, y al de servicio militar el– deber de partido político o de opinión activa y el deber del voto. Sobre el sufragio, favorecía su extensión universal y lo veía como uno de los medios más efectivos de educación política. “No teniendo el voto otro objeto que el hacer efectivo el principio de representación, garantizando el buen uso de los poderes sociales que por su medio se delegan, es induda- blemente más lógico y mejor el sufragio universal”. Veía en el sufragio res- tringido o censitario (reservado exclusivamente a hombres, propietarios, personas educadas, contribuyentes al fisco) una tremenda irracionalidad, arbitrariedad e injusticia. Prefería los partidos doctrinales a los personalistas. Balance de poderes Como la mayoría de los ideólogos democráticos, Hostos era partidario del equilibrio de los poderes públicos y frente a la disyuntiva entre autori- tarismo centralista y ejecutivos disminuidos, planteaba:238
  • 239. “Tanto yerran los que quieren Ejecutivos débiles como los que quierenEjecutivos fuertes. Ni fuerza ni debilidad debe pedirse a los funcionariosdel poder social: jueces, legisladores, presidentes y electores, deben tenerlas atribuciones que les correspondan; y no más, y no menos. De estos irra-cionales sistemas de gobierno en que secretarios de la fuerza mal compren-dida o secretarios de la libertad mal conocida manipulan derechos y pode-res a su gusto, hay que salir lo antes posible al gobierno racional, en que losderechos del individuo y los del ciudadano, los poderes de la sociedad y lasfunciones del Estado, los deberes constitucionales de los ciudadanos y lasprohibiciones a los funcionarios del Estado, corresponden puntualmente alas necesidades jurídicas de la sociedad”.Civilización o muerte: la profecía vigente Hace algo más de un siglo, Hostos nos advertía en el umbral del sigloXX (1901) acerca del dilema que enfrentábamos como pueblo de cara alporvenir, en el ámbito de unas Antillas situadas en el mismo trayecto delapetito imperial: “civilización o muerte”. Su reflexión profética mantienehoy un frescor de rocío tempranero, habida cuenta que se anticipó a la in-tervención americana de la isla y a la férrea dictadura de Trujillo. Sin contarel dominio secular ejercido en el planeta por el nazismo-fascismo, el comu-nismo y el imperialismo benefactor o malefactor. “No va a ser lecho de rosas en el que va a descansar la familia dominicanaen este siglo. Va tocarle un trabajo ímprobo de organización y un esfuerzocontinuo de desviación”. Lo que hoy hacemos no es más que darnos cuenta de lo que hay quehacer, para dar estabilidad a la administración pública. Apenas si empeza-mos a comprender cómo de la absoluta desorganización en que nos encon-tramos no se puede llegar a la organización de nuestra vida nacional sinoa fuerza de administración recta, sana de intenciones y metódica en susprocedimientos. El siglo no va a permitirnos seguir por donde vamos. Por donde vamosse llega a la barbarie corrompida, crapulosa, leprosa, lacerada, y nada másque con ver los antecedentes de este siglo, se está viendo que él no puedepermitirnos esa obra de corrupción y destrucción. 239
  • 240. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Felizmente para los pueblos débiles las premisas de donde parte el siglo para su trabajo de cien años es el dominio puro y simple de la fuerza: de la fuerza hecha verdad, por medio del principio terrible de la evolución; poder, por medio del principio de las grandes nacionalidades; de la fuerza hecha guerra, por medio del tremendo principio de esa supremacía de la fuerza brutal. Esos tres horribles perturbadores de la vida del siglo XIX van a ser los constructores del siglo XX, y pese a quien pese, así será, como los que no sepan sacar partido de sí mismos para hacerse fuertes en verdad, en poder y en acometividad, serán pueblos absorbidos o barridos o destruidos. Los dos pueblos que habitan esta hermosísima parte del archipiélago de las Antillas, que no sueñen, que no dormiten, que no descansen. Su cabeza ha sido puesta a precio: o se organizan para la civilización, o la civilización los arrojará brutalmente en la zona de absorción que ya ha empezado. “Cuando se otea en la fecunda errancia de Eugenio María de Hostos por el continente americano se hace imperativo concluir que en materia de pertenencia o identidad nacional, este hombre libre es tan puertorriqueño como dominicano o cubano, chileno o venezolano”. Con el patriotismo de las pasiones enfurecidas, con la resolución de sal- varse o de morir, con los viejos heroísmos que ya han pasado de edad, con los resabios morales e intelectuales de aquel siglo pasado tan sujeto a espe- jismos de la mente, con eso, con lo que no sea verdad, poder y fuerza, no se irá en el siglo XX a parte alguna. Los que no puedan llegar a alguna parte, aunque no sea más que a ser dueños de sí mismos en un rincón del espacio, que se civilicen. La orden del siglo es terminante: “Civilización o muerte”. (El Liberal, n.170, 12/1/1901). Su herencia dominicana Cuando se otea en la fecunda errancia de Eugenio María de Hostos por el continente americano se hace imperativo concluir que en materia de perte-240
  • 241. nencia o identidad nacional, este hombre libre es tan puertorriqueño comodominicano o cubano, chileno o venezolano. En una palabra, latinoamerica-no. Admirador de las instituciones democráticas y del impulso civilizadoranglosajón. Esperanzado con el liberalismo republicano ibero. Abogado delgénero humano étnicamente pluralista. Por ello, tan universal. En sus tres estancias en tierra quisqueyana –que totalizaron 13 años–Hostos sembró escuelas, despertó espíritus, abogó por buenas ideas y pro-yectos. Pero sobre todo enseñó. Desde la cátedra, la columna periodísticao el texto. En la charla y en el hogar. Enseñó con el ejemplo de una vidaconsagrada a la razón, a la verdad, a los demás. Muchos de sus principios pedagógicos perduraron en la estructura edu-cativa dominicana. Otros fueron removidos por el tiempo y la dictadura deTrujillo. Todavía hoy su figura genera escozor en algunos círculos. En 1985 sus restos mortales –que hicieron exclamar a su amigo entra-ñable don Federico Henríquez y Carvajal, “¡Oh, América infeliz que sólosabes de tus grandes vivos, cuando ya son tus grandes muertos!”– fuerontrasladados al Panteón Nacional. Luego de haber permanecido en los jardi-nes del local que alojó uno de sus más caros proyectos, la Escuela Normal, ala sazón Biblioteca Municipal, sita en la Capilla de la Tercera Orden Domi-nica. A los pies de la estatua del escultor cubano Juan José Sicre, autor delmonumento a Martí en la Plaza de la Revolución en La Habana. Algunas entidades universitarias y academias han realizado jornadasdestinadas a evaluar las múltiples facetas de la obra hostosiana y cada vezmás sus contribuciones motivan la atención de los estudiosos. Obras como Moral social y “Lecciones de derecho constitucional” han sidoreeditadas por la Oficina Nacional de Administración Pública (ONAP).Del mismo modo, textos tan hermosos como “Hostos, el sembrador”, unode los testimonios más elevados del entrañable cariño de los dominicanoshacia Hostos, de la autoría de Juan Bosch –quien laboró a finales de losaños 30 en la primera edición en 20 volúmenes de sus “Obras Completas”–él mismo un ejemplo de templanza cívica. 241
  • 242. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano En Hostos, el Sembrador Juan Bosch observó, al referirse a su admirado Eu- genio María: “Pobre sembrador antillano, semilla y flor él mismo, el ciclón no lo dejó recoger su cosecha”. En abril de 1989 acudimos junto a Bosch a San Juan, Puerto Rico, al Primer Encuentro Internacional sobre su pensa- miento, con motivo del sesquicentenario del natalicio del Maestro. Y allí, gente de todas las latitudes a las que llegó el Sembrador hicimos inventario de su cosecha pródiga. Pero esta labor apenas se inicia. Hostos tiene mucho que hacer en Amé- rica. “En verdad señores –como dijera el escritor dominicano Tulio Ma- nuel Cestero, en el homenaje rendido por la Academia de la Historia de Argentina, con motivo del centenario del Maestro– que si la obra escrita por Eugenio María de Hostos constituye una de las más fecundas páginas de la historia del pensamiento americano, su vida ejemplar es una de las más bellas realidades de la dignidad humana”.242
  • 243. Bibliografía consultadaAvelino, Francisco AntonioVisión hostosiana de la sociedad dominicanaMuseo del Hombre Dominicano, Santo Domingo, 1984.Bosch, JuanHostos, el SembradorEdiciones Huracán, Río Piedras, 1976.Cestero, Tulio ManuelHostos, hombre representativo de América.Clio, Año IX, Núm. XLV, enero-febrero 1941, 21-32.De Hostos, Eugenio M.Tratado de sociologíaEl Ateneo, Buenos Aires, 1941.Moral socialEditorial Losada, Buenos Aires, 1939.Lecciones de derecho constitucionalPublicaciones ONAP, Santo Domingo, 1982.Del Castillo, JoséEnsayos de sociología dominicanaEdiciones Siboney, Santo Domingo, 1981.Las inmigraciones y su aporte a la cultura dominicana(finales del siglo XIX y principios del XX)Ensayos sobre cultura dominicanaMuseo del Hombre Dominicano, Santo Domingo, 1981.Contribución Dominicana de un Ciudadano de AméricaRevista Jurídica de la Universidad de Puerto Rico,vol. LV, no. 2, 1986, 211-219.El CaribeLa Influencia de Hostos en la Cultura Dominicana(Respuestas a la encuesta de El Caribe)Editorial del Caribe, Ciudad Trujillo, 1956. 243
  • 244. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Henríquez Ureña, Camila Las ideas pedagógicas de Hostos Publicaciones de la Secretaría de Educación, Santo Domingo, 1974. Henríquez Ureña, Pedro La Sociología de Hostos La Habana, 1905. Hoetink, Harry El Pueblo Dominicano: 1850-1900 Universidad Católica Madre y Maestra, Santiago, 1971. López, Julio César Eugenio María de Hostos Obra Literaria Selecta Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1988. Hostos: Sentido y proyección de su obra en América Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1995. Lugo, Américo Obras Escogidas Biblioteca Clásicos Dominicanos, Fundación Corripio, 1993. Maldonado Denis, Manuel, Eugenio María de Hostos, Sociólogo y Maestro Editorial Antillana, Río Piedras, 1981. Eugenio María de Hostos, América: la lucha por la libertad Siglo XXI editores, México, 1980. Visiones sobre Hostos Biblioteca Ayacucho, Caracas. Rodríguez Demorizi, Emilio Hostos en Santo Domingo Imp. JR. Vda. García, Ciudad Trujillo, 1939, vol. I y 1942, vol. II. Luperón y Hostos Editora Taller, Santo Domingo, 1975.244
  • 245. CAPITULO V Las raíces ideológicas sobre la condición dominicana en los pensadores criollos• Antonio Sánchez Valverde• Andrés López de Medrano• José Núñez de Cáceres• Bernardo Correa y Cidrón• Ciriaco RamírezEXPOSITORES: COORDINADOR:Ciriaco Landolfi José del CastilloJosé Miguel Soto Jiménez
  • 246. Retrospectiva y perspectiva delpensamiento político dominicanoFiguran en el panel Ciriaco Landolfi, José del Castillo, Franklin García Fermín, rector de laUASD, y José Miguel Soto Jiménez.Público asistente al panel efectuado el 15 de agosto de 2009, en la Universidad Autónoma deSanto Domingo (UASD).
  • 247. El pensamiento políticode cuatro intelectualesdominicanos de fines del sigloXVIII y principios del siguiente:Antonio Sánchez Valverde,Bernardo Correa y Cidrón,Andrés López de Medrano yJosé Núñez de Cáceres Ciriaco Landolfi“La vastísima ilustración de Núñez de Cáceres no admite, enel campo de la política, vacíos reprochables. No se le puedeexonerar de la inadvertencia del grave peligro inminentede la invasión de los haitianos, que habían escrito en suConstitución que ‘la isla era una e indivisible’. Lo sabía yhay constancia documental afirmativa. Lo sabía y lo temía”. Recién recibí el honor inesperado de hablar en este cenáculo reunidopara examinar el pensamiento político dominicano en función de pers-pectiva histórica y misión de alumbrar el porvenir, bautizado con ingenio“Festival de las Ideas”. La ocurrencia de este evento es de oportunidad excepcional, en días enque el destino de la humanidad luce emboscado por la incertidumbre dedecisiones cruciales, heroicas y quizás decisivas para la sobrevivencia de lacivilización que conocemos. Pocos disfrutan y una inmensa población delplaneta padece. Podría decir con mi impertinencia habitual que hacemos un ejercicio defuturología, ya ciencia tenebrosa que divisa un horizonte radicalmente dife-rente del que aún contemplamos con una especie humana minimizada hastalo increíble, los inventarios zoológico y vegetal arrasados y el alga marinacomo único y exclusivo alimento para nuestros lejanos descendientes. Se viene diciendo que la historia es una ciencia. No es el momento dediscutirlo. Lo cierto es que hasta hoy no ha servido para no repetir los dospolos de su realización absurda: La guerra y la paz, porque toda ella es elreservorio de la estupidez o la arrogancia de la fuerza. La contraposiciónincardinada en el aserto la presenta como adversaria de la inteligencia. 247
  • 248. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Uno de los aciertos de uno de nuestros personajes escrutados: Andrés López de Medrano, uno de los dominicanos intelectuales que dejaron hue- lla escrita en el siglo XIX con visos de profundidad. El ideal de progreso de ese nativo lo llevó a celebrar la ocupación haitiana de 1822, arrobado por el prodigio de la liberación de los esclavos de Saint Domingue. Ese espejismo lo llevó a loar exageradamente al presidente Boyer, por la promesa de que reabriría la Universidad Aquina. El engaño lo desilusionó cuando era tarde para retirar los elogios. López de Medrano fue un virtuoso de la inteligencia progresista. Des- afortunadamente, creyó en las argucias de la política y se dejó llevar por los vaivenes de la época, movida entonces como siempre por la maraña de los intereses creados. Fue así que abrazó la Constitución de Cádiz de 1812, en la que vio un mirador de esperanzas para la libertad y los derechos humanos –como di- ríamos hoy– sin ahondar en el espíritu y la letra de ese instrumento que reafirmó el privilegio clasista estatuyéndolo; que olvidó a millones de es- clavos americanos y aspiró a una monarquía constitucional en una España, a la sazón obscurantista con la Sagrada Hermandad –la Inquisición– como órgano represivo del pensamiento liberal.248
  • 249. Este personaje y su obra merecen un espacio más holgado de cinco mi-nutos, para ser examinado con solemnidad y respeto con la lupa epocal,para perdonar sus errores de conducta política y sopesar sus juicios deaproximación científica. Bernardo Correa y Cidrón –el tercero de la troika tonsurada que figu-ra en la nómina de personajes objeto de esta exposición apresurada– fuehombre inteligente y cultivado, obnubilado por la cultura francesa. Debióser un admirador de Napoleón 1, si lo juzgamos por su renuencia a asumirel compromiso de la Reconquista, o su adhesión al régimen autoritario yesclavista del gobernador francés, Lois Ferrand de 1904 a 1808; el ejecutorreal del Tratado de Basilea en el Santo Domingo español; querencia que lecostó no accesar al trono arzobispal de la colonia recobrada. La contradicción de su pensamiento político la cifra una miopía inte-lectual –quizás circunstancial– en no advertir que la Revolución Francesahabía regresado a sus vísperas despóticas de la aristocracia enfatuada conBonaparte, repartida entre la del antiguo régimen y la novísima de los ad-venedizos de la corte del César. Antonio Sánchez Valverde, el último de los religiosos de la troika a micargo en esta cátedra de “El Festival de las Ideas”, fue un hombre de recie-dumbre excepcional, inteligencia fecunda y cultivada y carácter templa-do, que rebatió con lucidez y bríos adondequiera lo llevó su itinerario decombatiente contra la injusticia de la “pureza de la sangre”, que le cerró suascenso al escalafón eclesiástico en todas partes; hasta lograr abrirse paso–ciertamente modesto– en México, donde alcanzó una posición que nuncasatisfizo su aspiración ni logró desbordar luego. Este mulato ilustre fue un dominicano integral, que ocupó su inteligen-cia en defender la patria deletreando su valor en obra memorable, en sínte-sis entrañable, que habla por sí sola de una pasión intensa por la patria, lade su cuna y antepasados blancos y negros. Este cura anduvo la geografíacolonial y conoció al hatero montero en su bohío, compartió su mesa encompañía de su padre y anotó en su memoria las características estoicas desu transcurrir esforzado. 249
  • 250. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Sánchez Valverde descorrió el escenario escondido de la ruralidad domi- nicana de su época y consagró en frases lapidarias la brega riesgosa de su realización cotidiana. Pero en él, como en los otros personajes comentados –López de Medrano y Bernardo Correa y Cidrón– hubo el desliz de valorar la esclavitud como motor de la prosperidad. “El balance biográfico de estos dos pensadores políticos –López de Medrano y Núñez de Cáceres– fue la muerte en el olvido en Puerto Rico del primero y la lápida mortuoria lejos de la patria entrañable, para el otro. La democracia intuida por el primero, bajo el protectorado haitiano del presidente Boyer, fue una ilusión alienada”. Pero en él, el equívoco tuvo atenuante: en la esclavitud que conoció en sus romerías por toda la colonia, pudo observar –y así lo dejó escrito– que los esclavos vivían en una suerte de compañerismo con los amos; quienes a veces asumían personalmente el riesgo de la faena de atajar el ganado “orejón” y la caza del puerco cimarrón. Nadie podría confirmarlo, pero es de duda razonable que pensara en esa socialización cimarrona, cuando propuso la “revolución esclavista” de sembrar de esclavos el país, para potenciar su desarrollo. Una ocurrencia de indescifrable intencionalidad, con escaso material biográfico del perso- naje. ¿Pensó acaso que el mestizaje caudaloso era la fórmula demográfica de preservar la identidad nacional? Si fue ese su pensamiento acertó en el pronóstico con absoluta certidumbre; lo que también ocurrió con su defen- sa de la raza indígena, al vindicarla de la absurda responsabilidad de haber esparcido la sífilis entre los conquistadores. Un ilustre historiador español en obra curiosísima –“Los grandes enig- mas de la Historia”– probó el siglo pasado la imposibilidad real de que los marineros colombinos del primer viaje del descubridor pudieran contagiar de la terrible enfermedad a los italianos de Nápoles, llegando a esa ciudad en su próxima derrota. Antes de pasar al último de los pensadores políticos dominicanos pro- gramados, para hoy ser comentados en este “Festival de las Ideas”, debo hacer una reflexión de personalísima apreciación, referida a la ocurrencia250
  • 251. en tres de ellos, en el ideal de reconstruir la clase dirigente colonial expa-triada por España en 1800. Esto así para encuadrar en una intencionalidad –hasta ahora descono-cida en la historia nacional social– sus razonamientos de seguro trasfondohispanizante, de lealtad a la estirpe y de independencia razonable. El excluido Correa y Cidrón fue afrancesado prematuro, porque hastaNúñez de Cáceres –a cuyo laberinto estamos entrando– reservó el estatutojurídico indiano para la gobernación inmediata del Estado independientedel Haití español. A él le he reservado la parte medular de esta exposición,lógicamente recortada a sólo veinte minutos para cuatro microbiografíassobresalientes y el enjuiciamiento de sus ideas políticas; sencillamenteporque fue el único de los cuatro que encarnó en la realidad factual, suideario emancipador, desafortunadamente en éxito. José Núñez de Cáceres falleció en 1790 después de ochenta años inin-terrumpidos ejerciendo las funciones de deán de la Catedral de Santo Do-mingo. Fue un religioso que no llegó a la historia, pero traspasó a su des-cendiente el nombre y la aureola que había ganado en la capital colonial.Fue el legado que dejó al nieto contrariado por su padre, en la vocación a lasabiduría y quizás a la proceridad. El laberinto biográfico de José Núñez de Cáceres tiene oquedades aúnno iluminadas desde el registro de su acta bautismal –me refiero al prócer–donde figura una tía como madre: ese error trató de subsanarlo GustavoMejía Ricart en su obra Crítica de Nuestra Historia Moderna, sin despejar laduda razonable del por qué no se consignó el nombre de su madre muerta. Otras facetas de ese laberinto –muchas y algunas de bulto– no tiene es-pacio en la brevedad de esta exposición con apenas unas menciones signi-ficativas: fue auxiliar intelectual del general Páez, el venezolano que que-bró la unidad de la Gran Colombia; la criatura estatal federativa a la queapostó la Independencia Efímera. Las razones políticas de su extrañamiento de Venezuela y su estadía de-finitiva en México podrían explicar su actitud, pero no así su enemistad vi-talicia contra el Libertador Simón Bolívar. Restaría enfatizar el laberintico 251
  • 252. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano itinerario de su gesta, el secretario del abandono del poder político como guía y mentor de la Independencia Efímera, a los ocho días de lograrla. El huidizo pasar “encerrado” en casa familiar el resto de los restantes 41 días de duración del hecho patriótico consumado. La malicia política tiene sus preguntas frente a esa actitud, porque Núñez de Cáceres era hombre valiente, amén de muy talentoso y tozudo. ¿Quiso evitar una tragedia informado secretamente de que la invasión hai- tiana era inevitable? ¿Quién le informaría? ¿Pablo Alí?, el haitiano a quien confió la fuerza armada de la fortaleza de la capital colonial, desechando para esa posición a quien la merecía, el lugarteniente de Sánchez Ramírez, el coronel Carvajal. ¿Ese nombramiento fue recurso de estrategia política, para tranquilizar al Presidente Boyer? ¿Hubo comunicación entre él y el mandatario haitiano, a través de algún emisario cuyo rastro no llegó a do- cumentarse? La historia cuestiona sin riesgo de establecer responsabilidad donde faltan las pruebas. Pero asimismo la historia tiene el deber ineludi- ble, inexorable, de la lucha razonable, a la hora de conceder proceridades. Toda la vida me ha sido difícil identificarme con la proeza del 1ero de diciembre de 1821. ¿Una independencia blanca con apenas escarceos y la docilidad del capitán general español para avenirse al hecho cumplido? ¿O fue un acuerdo sensato entre el gobernante y el emancipador? Nunca lo sabremos. Tampoco sabremos si la principalía de Núñez de Cáceres fue incitada por el resentimiento contra el aparato indiano de la gobernación imperial, al negársele la oportunidad de ser Oidor de la Real Audiencia de Quito, su última aspiración burocrática. Lo cierto fue que lo aspiró con vehemencia. Ese destino, de haberlo logrado, lo exponía a la rotación de los magistrados y a la posibilidad de no retorno a la patria. Ese argumento fue el más significativo que se le enrostró en el siglo XX, por sus adversarios gratuitos y a deshora, sin éxito. El hombre sigue en pie en la memoria nacional. Mi objeción a esa hornacina de gratitud lo viene siendo su silencio oficial, en relación con la esclavitud, porque entendía y entiendo inconcebible ninguna liberación nacional, con esclavitud insti- tucionalizada. O más lejos aún, con cualquier forma de trabajo forzado en encierro ominoso.252
  • 253. El ejercicio de recordación de ese episodio me lleva a la conclusión deque Gustavo Adolfo Mejía Ricart no contó con todos los documentos dela Independencia Efímera, porque en su obra citada no se menciona docu-mento alguno que se refiera a la abolición, o que se pensara crear un fondopara manumitir gradualmente a los esclavos dominicanos. La vastísima ilustración de Núñez de Cáceres no admite, en el campo dela política, vacíos reprochables. No se le puede exonerar de la inadverten-cia del grave peligro inminente de la invasión de los haitianos, que habíanescrito en su Constitución que “la isla era una e indivisible”. Lo sabía y hayconstancia documental afirmativa. Lo sabía y lo temía. Ese supuesto debió atormentarlo en sus días de aislamiento en la casasolariega, quizás pensando en las palabras que debía decir a la llegada delinvasor, que ciertamente no fueron de bienvenida al entregar las llaves in-necesarias de la ciudad de Santo Domingo. Tampoco de acritud merecidacon solo líneas de profecía cumplida, al señalarle al estadista usurpadorque la unidad de ambos pueblos no seria duradera, porque todos sus ele-mentos culturales eran disímiles. El prócer vencido sin disparar una bala fue tratado con divinidad y, si sequiere, con deferencia señorial. Se le ofreció la dignidad de senador de laRepública, que rechazó con hidalguía atemperada. Su negativa lo llevó lacondición de sospechoso de enemistad del régimen, que entonces ni nuncafue opresivo para la clase social dominante de turno, que rápidamente seacomodó a la situación imperante. La vigilancia militar a su casa fue sistemática, como la violación de su co-rrespondencia. Se le dio el pasaporte para viajar a Venezuela, donde teníaamigos nostálgicos de su fracasado proyecto gran colombiano; pero buscóel lado a los corifeos del primer sepulturero de la Gran Colombia, el gene-ral Páez, dueño del poder político de la parcela segregada, quien obtuvoel perdón del libertador en encuentro fronterizo, en circunstancias cuasidramáticas. El Libertador de Venezuela lo recibió con los pies desnudos, pero aco-razado de tropas leales. En los artículos que escribió para la prensa cara-queña dio visos de sabiduría y habilidad, los méritos excepcionales de suequipaje intelectual. 253
  • 254. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano El prócer terminó entonces su breve periplo de nacionalismo fervoroso. Lo demás acerca de él, ya ha sido dicho. Era un total desconocido en su pa- tria cuando advino con fórceps de un trabucazo la primera y real indepen- dencia nacional. El personaje, sin embargo, no se agota en esta exposición. José Núñez de Cáceres y Andrés López de Medrano lucen en el mirador histórico como intelectuales de fuste, con la gabela del primero introducir la crónica colonial, en la historia “moderna” dominicana. ¿Fue acertado Mejía Ricart en el calificativo de “moderno”, que dio a la criatura estatal prematura de la independencia efímera? ¿La estampa de la efímera logró así fuere un minuto de la histórica fisonomía de Estado nacional? Nunca. La valoración conceptual semántica de las palabras “moderno” y “mo- dernidad” en la textualidad hispánica –universal, si se quiere– es conven- cional y acomodaticia medida con la vara de la historia; fue una pleitesía a los llamados Tiempos Modernos de donde se derivaron. Para el cientista inglés V. Gordon Childe, la edad moderna comenzó con la invención del fuego. Claro es que no voy a entretenerme con explicacio- nes del tópico, totalmente ajeno al tema que sí quiero explicar en todas sus aristas. Voluntaria o inconscientemente, los dos personajes intentaron recons- truir con luces la clase de los criollos expatriados en 1800, el hábitat social de sus ancestros. Es hipótesis válida en ausencia de noticias biográficas de ese empeño en ambos. El modelo de tal conducta se ofrecía espléndido en los pueblos hispa- noamericanos liberados de la tutela metropolitana, con los criollos a la ca- beza –descendientes en su mayoría del relumbrón de la clase dominante colonial– que aspiraron, lográndolo, sustituir a los españoles en el mando político de sus patrias nativas, con alguien entre ellos de visión continen- tal: Simón Bolívar. El sistema republicano adoptado por las soberanías nacionales tardó en modificar la estructura injusta de la sociedad. La esclavitud se man-254
  • 255. tuvo viva y la servidumbre indígena, también. Recién, dos siglos después,asoman sus rostros los pueblos sacrificados por la epopeya libertadora,bienvenida a buena hora; pero quedó atrapada en las luchas intestinas y lavoracidad de la clase política. Fue un tramo histórico largo y pesaroso. Sus valedores aseguran que nohubo viabilidad democrática, por la inexistencia de factores sociales que laauspiciaran. Olvidan, deliberadamente, que el generalato libertador repartió su som-bra a veces ominosa, por todo el continente. La habilidad emprestataria delas bolsas europeas afirmaron el empobrecimiento colonial. El siglo de lasluces no embarcó sus farolas fuera de su vitrina europea. En el Santo Domingo español la sombra fue más tupida porque lo cubrióel autoritarismo militar foráneo, el de la ocupación haitiana de 1822 a 1844,sólo complaciente con la clase social pudiente y cómplice. Ese fue el producto neto de la Independencia Efímera. El revés de unpatriota improvisado de libertador y estadista. Un hombre inteligente ybien intencionado, que ganó fama por su fracaso. Sin embargo, regatearlesus méritos luce una injusticia. Fue engañado por vecinos, parientes porañadidura; como lo sería el apóstol en 1844, tras el espejismo liberal de losconspiradores de Praslin. La represalia fue tardía y sórdida en 1937, después de abrazos cordialesentre el presidente Vincent y Trujillo, el dueño del poder político y militarde la República Dominicana. El balance biográfico de estos dos pensadores políticos –López de Me-drano y Núñez de Cáceres– fue la muerte en el olvido en Puerto Rico delprimero y la lápida mortuoria lejos de la patria entrañable, para el otro. Lademocracia intuida por el primero, bajo el protectorado haitiano del Presi-dente Boyer, fue una ilusión alienada. La precipitación del otro, en tallar un Estado independiente, fue paradecir lo menos, un error de cálculo o un desconocimiento integral de la psi-cología colectiva del pueblo paredaño, que los dominicanos consideramosmás que fraternal, hermano. 255
  • 256. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano El muestrario de la obra escrita en uno y en otro afirma, en López de Me- drano, la tendencia inequívoca hacia la abstracción filosófica. Pero hombre de su tiempo, compartió esa lealtad de su pensamiento con la razón polí- tica de adhesión, a la monarquía y sus valores. El temperamento impulsi- vo del prócer, lo llevó a la acción revolucionaria antiespañola, después de haber servido con fidelidad al episodio de la Reconquista. Desgranar en recuadros estas dos vidas, es de largo ejercicio discursivo. No es la ocasión, cuando sólo examinamos el pensamiento político en uno y en otro. Si quisiéramos precisar brevemente, el perfil del primer demócrata teó- rico dominicano. Tendríamos que recurrir a un solo calificativo condicio- nado: fue un soñador con los pies en la tierra. Creyó posible la libertad y el respeto a los derechos ciudadanos, al amparo de la Constitución gaditana– instrumento que como llevo adelantado– regimentó el régimen señorial peninsular, discriminó a los criollos americanos y dejó en un limbo a los esclavos africanos y a los siervos cobrizos encomendados. El primer boceto democrático del pueblo dominicano lo pintó el proceso comicial de 1820, cuando fueron elegidos los primeros cuatro diputados de la provincia Santo Domingo; quienes al año siguiente, se sumaron al movi- miento emancipador de Núñez de Cáceres. Una lectura rápida y superficial de esa deslealtad, puede sugerir algún temor al alboroto popular que causó en la ciudad Santo Domingo, el drás- tico cambio del clima político en la urbe. Ese razonamiento puede ser ex- tensivo al Prócer de la Efímera, quien de aspirar a un cargo en la judicatura indiana, pasó abruptamente a la ambición presidencialista; quizás pensada en términos autoritarios. Profundizar en ese mimetismo repentino mueve a la sospecha de un des- contento radical con el ambiente liberal, así fuere este como lo fue precario y de pocas letras. Ahí puede encontrarse sin dificultad una reacción clasis- ta de los privilegiados de la casta y la tonsura, regidos individual y colecti- vamente por el expediente de la “pureza de la sangre”. El absurdo requisito imperial que le cerró las puertas del escalafón eclesiástico, al opulento ta- lento cultivado de Antonio Sánchez Valverde, por ser mulato.256
  • 257. Este conato de aproximación a las personalidades escrutadas, nos em-puja arrolladoramente hacia un callejón interpretativo sin salida diáfana,incontrovertible. ¿Puede inferirse de la reunión de amigos, que concurríanpor las noches a la casa de Núñez de Cáceres, otro sentimiento común queno fuera el interés de restaurar el grupo social expatriado por España, en1800? Rehúyo el riesgo o la tentación de entrar en consideraciones axiológi-cas. Las que apuntan el índice para señalar el reparto de los papeles de lospersonajes de la historia, entre buenos y malos. Ningún historiador profe-sional –y yo me las doy de tal– tiene derecho al juicio ético de consagraciónmemorable. La verdad histórica no tiene lazarillos. Los hechos hablan a laposteridad por sí solos, sin compañías a deshora frecuentemente banderi-zas, interesadas. Inmiscuirse en la memoria social de un pueblo a distancia y sin apertre-chamiento de la circunstancialidad coetánea del colectivo y de sus actores,podría conducir a equívocos irremediables. Advierto al auditorio que yono me excluyo de la veleidad de opinar del pasado granítico, inmodificable,imantado por empatías y antipatías indescifrables. He dado prueba de ello en el fin de fiesta de mis modestas ideas en temá-tica de alcurnia intelectual y jerarquía histórica. Con esta afirmación conclusiva de cuatro biografías de dominicanosilustres, a quienes he pretendido pesquisar su pensamiento político, en elcontexto de sus peripecias individuales, su magma social y sus principalíasrelativas. Más allá de sus escritos y sus acciones, en tiempo cronometrado.El hábil brevísimo entre una invitación repentina e inesperada, y el mo-mento de la presentación del discurso que concluyo. Asumo la responsabilidad de equivocarme, guiado por una objetividadpersonal –con frecuencia contestataria– de la episódica histórica mal con-tada; que enfoca el hecho sin sus adherencias contextuales y sin penetrartemerariamente, en intencionalidades y mentalidades individuales y colec-tivas. 257
  • 258. LA BÚSQUEDA DEL “ARCA PERDIDA Miguel Soto Jiménez “Antonio Sánchez Valverde, Bernardo Correa y Cidrón, Andrés López de Medrano, José Núñez de Cáceres, son pioneros de un pensamiento político criollo. En su momento, articularon ideas que ahora nos llaman la atención con una curiosidad casi ‘arqueológica’ ”. Lo primero que deseo hacer en el marco de este “Festival de las Ideas”, es celebrar la iniciativa de la Dirección de Información, Prensa y Publici- dad de la Presidencia de la República, y del Archivo General de la Nación de organizar el seminario “Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano”. No se trata de cumplir con protocolos, para mostrar satisfacción por la distinción de una invitación que distingue, sino aprovechar la oportunidad para aplaudir su propósito “político”. La política, instrumento único para cambiar la suerte del país y de sus ciudadanos, está inconvenientemente “desideologizada”. El grito desolador del ciudadano Presidente de que en el país “no se con- ceptualiza”, denuncia un mal hábito. Una “mala costumbre”, que ha im- puesto la ausencia del pensamiento, garantizando la permanencia de esa sucesión de absurdos que marcan nuestra historia. “Historiar” sirve únicamente para articular una referencia indispensable para forjar el futuro. Por lo tanto, no debe estar cimentado en la función torpe de repetir errores. En 165 años de historia republicana, algo necesario se nos ha perdido entre las vorágines, las guerras y los derrumbes. Algo muy valioso, que de- bemos urgentemente encontrar. Buscar el “Arca Perdida” del pensamiento nacional, que aparece y desaparece en nuestra historia. Es una lástima que hace años nuestra educación pública se privara de la “lógica”, como materia escolar, porque enseñaba a pensar.258
  • 259. Un ideólogo es un teórico y esa palabra en República Dominicana, envez de ser halago, es insulto que puede ser muy ofensivo, hasta llegar adescalificarte. Nos han enseñado que lo importante es la acción por la acción misma.Eso que te apresura a llevarte a ningún sitio. No vale la pena “conceptualizar”, si el propósito no marcha en beneficiode las grandes mayorías. Siempre habrá que tener cuidado, con esas “ideasabstractas, sedientas de sangre”. Despropósitos maquillados de concep-tos. Engaños para justificar desmanes con falsas razones. La nación es “fenómeno espacial”: “comunidad de personas que vivenen el mismo territorio”. Como esta comunidad está “regida por un mismogobierno”, es también un fenómeno político. “Poseer la misma historia”, las mismas tradiciones, las mismas creenciascomunes, la misma lengua, hacen de la nación un “fenómeno cultural”. República Dominicana es “un concepto”, que hay que racionalizar veri-ficando ese “plebiscito cotidiano” del que hablaba Renan. “Felices los que conocen las causas de las cosas”, frase que sin ser de laautoría de un “cientista social”, es del poeta latino Horacio. Verso suyo,que alude a eso que decía Aristóteles: “La poesía es más profunda que lahistoria”. Conocer el origen del pensamiento político dominicano, para armar elfuturo, hace loable este intento gubernamental, para contribuir a un nuevotipo de “hacer política”. 259
  • 260. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Asumir la tarea de reconciliarse con el hábito de pensar, es parte del trabajo, para espantar la impremeditación de los caudillos y sus designios “medalaganarios”. Desterrar a “Concho Primo” y sus desmanes del “in- consciente colectivo”. Descansar el machete ese “forjador de libertades”, y de “truculencias”, en el lecho de una democracia pletórica en contenido social. Compláceme que se me integre en la mesa de trabajo correspondiente a “Las raíces ideológicas sobre la condición dominicana de los pensadores criollos”, ya que analizando las ideas de estos personajes, encontraremos las raíces de nuestra accidentada cultura política. Antonio Sánchez Valverde, Bernardo Correa y Cidrón, Andrés López de Medrano, José Núñez de Cáceres, son pioneros de un pensamiento po- lítico criollo. En su momento, articularon ideas que ahora nos llaman la atención con una curiosidad casi “arqueológica”. Pensadores apreciables de una dominicanidad que existía desde hacia tiempo, fraguada en ese trajinar de defendernos contra las agresiones ex- ternas. La identidad se forjó “a machete”, entre el abandono y la pobreza. La patria surgió como “pedazo de tierra defendida”. La dominicanidad se fraguó. Había entonces que “pensarla” para darle alternativas. Descifrar el dialecto de sables, lanzas y arcabuces. Estos primeros pensadores presintieron realidades que no pudieron concretar más allá de un trabajo intelectual esforzado. Limitado por la excepción de la cátedra y la audiencia reducida de un grupo escogido de lectores. Fueron intrascendentes, por ser damnificados de eso que Bosch llamó nuestro atraso político, que sigue vigente. Huéspedes de un olvido ingrato. Aparecen como figuras descubiertas. Rescates que nos llenan de asombro. Dominicanos ilustres que hay que en- señárselos al pueblo como “botijuelas desenterradas” que sirven al ejemplo. Yo no estoy diciendo que académicos, historiadores, especialistas no los hayan descubierto antes y estudiado. Estoy afirmando que la gran mayoría del pueblo no los conoce. La “gente de calle” ha oído uno que otro nombre que “le suena”, porque designan vías urbanas. Núñez de Cáceres, en su avenida. Desacreditado260
  • 261. por muchos, parece condenado a cargar con el lastre referencial de su “In-dependencia Efímera”. Sánchez Valverde, conocido por su obra tan socorrida, sobrevive apenascomo “vela que se extingue”, entre los aficionados de la historia. Correa y Cidrón, cuya mención alude de inmediato a la esquina “tal” oal número de la residencia que se busca, es un ignorado magistral. A LópezMedrano, fundador del primer partido criollo, para usar una frase cibaeña:“No lo conocen ni en su casa”. No obstante, no dedicaré la oportunidad brindada, para tratar de en-mendar faltas. Destacados historiadores han hecho este trabajo de maneraencomiable. Campillo Pérez y Coiscou con López Medrano. El historiador nacionalJosé Gabriel García, Rufino Martínez y don Emilio Rodríguez Demorizicon Núñez de Cáceres. José María Morillas con Sánchez Valverde. Roberto Cassá lo ha hecho singularmente, al tratar con espíritu didácti-co a Sánchez Valverde, López Medrano y Núñez de Cáceres en la “Colec-ción Juvenil”. No redundaré en detalles biográficos, salvo en algunos casos que po-drían ser útiles para lo propuesto. Mi esfuerzo no girará en torno a unreconocimiento justiciero, sobre la vida y obra de estos pensadores “pre-republicanos”. Intentaré buscar en ellos causas de un pensamiento político “yugulado”,“fragmentado”, “desdoblado”, por el cual el absurdo y lo irracional cam-pean a sus anchas por la historia nacional. Se “desdoblan” los hombres con sus ideas. Se hace la exaltación de labrutalidad, y entonces conocemos en “carne propia”, que tan atrevida hasido la ignorancia. Los héroes “caen de bruces” ante los despropósitos. Las ideas parecendivorciadas del interés público. Las teorías y las ideas parecen no servirpara nada. Los doctores son desechados para dar paso al tropel de “generales a ma-chete”, “jornaleros audaces” de los que hablaba don Américo Lugo. Desdoblados, los liberales se convierten en conservadores al llegar alpoder y desdoblados, también, los antiguos revolucionarios “transan” susideas, no porque cambian de opinión, sino para “sobrevivir”, haciendo suya 261
  • 262. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano la reflexión de Cervantes en “La Galatea”, de que es: “de sabios cambiar de opinión”. La política cede al impulso de no tener pensamiento y, entonces, el vacio de las ideas es ocupado por el oportunismo barato, para envilecerse. La izquierda y la derecha, sobreviven a sus avatares, como brújula de orientación política. En nuestro medio, su aguja direccional “enloquece” imantada por nuestras grandes contradicciones. Personajes que tienen como punto de cohesión el intelecto, la academia y la “difícil urgencia de la modernidad dominicana”, coinciden en sus “con- tradicciones” que sospecho son las nuestras. Pioneros del pensamiento dominicano. Juntos comienzan a lucubrar sobre una realidad que los antecede, atormentados con vivencias de una localidad miserable y sin educación. Con las herramientas a mano, interpretan lo que perciben, pero es im- posible que sean comprendidos por la generalidad. Su labor está dirigida a minorías ínfimas. Élites de pensamiento, limitadas a la cátedra y a un círcu- lo exclusivo de lectores, que ni siquiera son de la clase gobernante. Sus ideas tienen el “tufo rancio” de ese “renacimiento tardío” de la me- trópoli. Sus referentes no pueden ser los de la Revolución Francesa, por- que tienen un retraso con respecto al “reloj implacable de la historia”. Su referente político más democrático es el de la Constitución de Cádiz, y aun esto es demasiado para la clase dominante de la parte oriental de la isla, conservadora y autoritaria. Sánchez, “intelectual del criollismo”, cura, hijo de militar, abogado, está lacrado en su vida y su obra por la discriminación de que es objeto, en una sociedad que no lo acepta en sus aspiraciones por mestizo. Vencer esa barrera es el motivo central de su existencia. Su rebeldía es más personal que social. Reclama reconocimiento, valori- zación para su tierra y sus iguales, para ser aceptado en otras condiciones por un régimen colonial que lo resiente por su origen. La socialización intelectual es un pretexto para reclamar para sí lo de- seado. Escrúpulo por su diligencia, más que intención política declarada. El púlpito y el estrado son tribunas de su lucha por ascenso social. Quiere cambios que le favorezcan, sin desertar del dominio que lo opri- me, para insertarse dentro del mismo orden de la metrópoli, donde publi- cará sus obras y hará grandes relaciones obteniendo reconocimientos.262
  • 263. En esta tarea, Sánchez no aboga por la abolición del régimen colonial,abusivo, corrompido y decadente, no concibe la libertad, no la preconiza,no la intuye. La nación es España. La “Española”, la patria pequeña, en el sentido pa-trimonialista del término. Sánchez oferta en el escaparate de su talentonuestras excelencias y valores al viejo amo, que luce desatento, ingrato ydespreocupado. Reprocha sutilmente. Susurra querellas. En vez de usar el fuego paraincendiar los escombros de una dependencia aberrante, trata de encandilary avivar las llamas de “un amor que ya no quema”. Su proyecto de hacer más disciplinado, organizado, riguroso y eficienteel sistema esclavista de la colonia, nos señala los caminos del “Racionero”. Los referentes de su pensamiento hispanófilo podría explicar, incluso,por qué en la “Primera República” fue reproducido varias veces a partir de1853 su libro “Idea del Valor de la isla de Santo Domingo”, como referentede las inclinaciones antinacionales y la falta de fe en la República de losintelectuales conservadores de ese período. Como dice Cassá: “Pese a su agudo sentimiento criollo, no alcanzó no-ciones de tipo nacional: todavía no percibía a todos los habitantes comouna comunidad de iguales, fundamento histórico de la nación”. ComoNúñez después, Sánchez morirá en México olvidado, pero enamorado aúnde España. Sin embargo, no puedo abstraerme por mi condición de profesor degeopolítica,de señalar algo que no se ha dicho del “Racionero”. Sánchez es primer eslabón de la cadena del pensamiento geopolítico do-minicano y esto nos lleva también a rastrear las raíces de otra de nuestrastragedias. De las definiciones que se han hecho de la geopolítica, prefiero la quepondera esta disciplina como “la conciencia geográfica del Estado”. Esta definición sintetiza la desgracia de la mayoría de nuestros gober-nantes que, de espaldas a la realidad geoespacial, no han tenido esta con-ciencia. Nuestros hábitos no son insulares, sino de tierra firme. Vivimos deespaldas al mar. No racionalizamos nuestras fronteras. No acabamos deinsertarnos en la realidad regional. Desconocemos limitaciones y posibi-lidades. 263
  • 264. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Construimos un Estado que no se parece a nuestra realidad geográfica. Sánchez es el primero que intuye esa realidad. Esto es a mi juicio su prin- cipal acierto. El pensamiento de Andrés López Medrano, filósofo, abogado, médico, académico, burócrata, tienen como referencia las mismas razones ideoló- gicas que Sánchez y por lo tanto las mismas contradicciones, que lo llevan a ese “desdoblamiento” que arrastrará también a Correa y al mismo Núñez de Cáceres. Todas las reivindicaciones a las que aspiran, fruto de su educación, no reniegan de la metrópoli, ni de su régimen monárquico. Sus aprestos liberales no van más allá de los sucesos en España en 1812, reclamando algunos derechos políticos para los súbditos de la corona. Su humanismo es renacentista, a despecho de la Revolución Francesa y la Re- volución Americana. Su campo de acción, para la difusión de sus ideas, será aun más limitado, porque la cátedra era socialmente más restringida que el púlpito. Sus pensamientos no prenden. No repercuten. Se quedan dando vueltas en círculos alrededor de la academia y un mundillo cultural casi inexisten- te. Circunscrito al pequeño centro urbano donde campeaba la miseria y la decadencia colonial. Varios aspectos acondicionan la labor de este pensamiento que podemos llamar “liberal”, pero que no toca la médula del régimen colonial, porque en realidad solo reclamaba una colonia “más atendida”. La “anomia” de la llamada “España Boba” es “anemia”. La crisis econó- mica existente. La inamovilidad social y el asomo de corrientes indepen- dentistas desde Haití y los corsarios suramericanos que tocaban nuestras costas, noticiando el movimiento emancipador de ese continente, son los ingredientes del “potaje” que se cuece. López Medrano, Correa y Núñez, pensadores de la dominicanidad, no se pueden catalogar de revolucionarios, todos tienen ese compromiso con la corona, lazo que no quieren abolir, sino acondicionar. Tienen la premonición de la independencia. Clarividencia que celebra- mos. Conclusiones de mentes iluminadas. “Quieren casi sin querer”. “Ama- gan sin dar”. Aproximaciones condenadas de antemano a no trascender y ser olvidadas. Dos circunstancias hacen fallidas sus lucubraciones: Núñez, López y Ci- drón no logran romper el estrecho círculo aislante de la academia, donde264
  • 265. tienen también sus adversarios y, están de espaldas a la realidad del país ysu cultura popular. Prisioneros de una realidad urbana insignificante. La población mayo-ritaria menos educada y rústica está en el campo y allí está también aga-zapado, el verdadero poder político, social y económico, con sus símbolos,tradiciones y metáforas. Como si no “faltara más”, el poder militar no residía en las pequeñasdotaciones militares regulares menguadas y desmotivadas por “el situado”,sino donde estuvieron siempre. “Defendiendo” la isla de las agresiones delas potencias que le disputaban a España sus posesiones. Milicias que lacolonia no podía pagar y que mandaban los hateros. Los hatos fueron los verdaderos polos del poder militar. Milicias man-dadas por los dueños de haciendas, capitaneadas por sus capataces e inte-gradas por sus peones. Sus acciones fallidas solo lograran verificar y legitimar la vieja vigenciade los poderes fácticos de la época, que manipulaban, como herencia natu-ral, las corrientes más conservadoras de la sociedad dominicana. A la nocturnidad de las tertulias de Núñez, concurren López Medrano,Correa y otros miembros de esa exclusiva y pequeña élite académica. Elfantasma de la independencia hace “celajes” de “aparecido”, propiciado porlas calamidades de la “España Boba” y la frustración de la Reconquista. Tras el espectro liberal está presente el espíritu omnipresente de la coro-na y sus resortes coloniales, convidado por las concepciones complacientesde los contertulios. López enmarcará sus pensamientos liberales, incluyendo su partido li-beral, en una hispanidad de la que nunca abjurará. Buscando mejores con-diciones democráticas dentro de ese mismo contexto colonial. Protesta, pero busca favores, participa muchas veces en el gobierno mu-nicipal, ha estado en España. Ha estudiado en Caracas. Es sin dudas el pa-dre de la filosofía moderna en el país. Correa y Cidrón anda por los mismos caminos, trashuma entre disquisi-ciones académicas y una hispanidad de la que no reniega. Sueña ser partede una élite dirigente de un régimen colonial más justo. Núñez de Cáceres, el más político, no se aleja de esa hispanidad que tie-nen todos. Su nacionalismo es el del español y su patriotismo se debe a la“patria chica”. 265
  • 266. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano La diferencia con sus compañeros es que, en Núñez, duerme “atrofiado” un estadista. Es pionero de la política monetaria. Su proyecto de constitu- ción es interesante. Concibe la autonomía del poder municipal. Núñez de Cáceres es el primero también de nuestros grandes oradores. Tenía el don de la elocuencia con el que se encantan las grandes mayorías. Por sus luces, destrezas y esa condición de estadista, garantiza la conti- nuidad del régimen del primer caudillo dominicano, Juan Sánchez Ramírez. El brigadier, en lecho de muerte, tiene oportunidad de despedirse por escrito del pueblo dominicano. Documento que sin lugar a dudas escribe Núñez, su principal amanuense. Algunos historiadores afirman que Núñez recomendó a su “jefe” la posibilidad de la independencia y Sánchez la re- chazó sin que esto malograra su confianza. “A la nocturnidad de las tertulias de Núñez, concurren López de Medrano, Correa y otros miembros de esa exclusiva y pequeña élite académica. El fantasma de la independencia hace ‘celajes’ de ‘aparecido’, propiciado por las calamidades de la ‘España Boba’ y la frustración de la Reconquista”. Sobre el particular soy escéptico, no porque Núñez no se atreviera, sino porque Sánchez es la matriz de donde partirán los grandes déspotas do- minicanos. Así como se puede hacer un continuo, a partir del brigadier que une la conducta de los autócratas dominicanos, así a partir de Núñez se puede hacer lo mismo con esos personajes ilustrados que infieren en la política. El poeta Núñez denuncia su hispanidad en su “Oda a los héroes de Palo Hincado”, “sazonándola” con códices dominicanos que hay que descifrar. Su espíritu liberal está presente en su intervención fallida amansando la ira hatera del brigadier para castigar a los miembros de la “revuelta de los italianos”. Recomienda sanciones severas, pero no extremas. Los principales diri- gentes del movimiento son ejecutados, los demás castigados. El liberalismo de los doctos de la academia “se va de cabeza”, cuando plantean una independencia por “despecho”, excluyendo de su pensamien- to la abolición de la esclavitud. Conciben y proclaman la independencia sin vocación de permanencia, solo para hombres libres, “metedura de pata maestra” que será manipulada.266
  • 267. El golpe de estado “urbano”, excluye la ruralidad donde descansa el ver-dadero poder de la colonia. El golpe funciona solo dentro de los murosmaltrechos de la “Ciudad Primada”. El resto del país lo adversa y se expresaen proclamas adversas, llenas de “faltas de ortografía”. La academia triunfa aislada, en una estrecha localidad que la condena.Solo el batallón de pardos del coronel Pablo Alí lo respalda. Nombra malel “nuevo estado” en desconocimiento del alma popular como: “Haití Espa-ñol”. Iza en la Torre del Homenaje la bandera de la Gran Colombia. No saben los doctos que Bolívar está demasiado lejos. Que tiene deudasde agradecimiento con Haití. Es inoportuno su proyecto, poco elaborado,poco “pensado” en sus detalles. El híbrido es indescifrable para el puebloconfundido. La invasión de Boyer para hacer la isla “una e indivisible”, pone fin a su“breve independencia”, cosa que los mismos doctos saludan entusiastas,integrándose a su gobierno. Núñez tomó el camino del exilio permanente. En Venezuela hace perio-dismo bajo el amparo del general Páez, que plantea “separatista” la sobera-nía de ese país, a despecho de la “Gran Colombia”. Adversa a Bolívar. Verifica que se equivocó poniendo el nuevo Estado,bajo la protección del proyecto fallido del Libertador. Se entera que Bo-lívar, conociendo el caso dominicano, comenta en una carta a Santander,que dada la lejanía se debía contemplar como coyuntura, para alguna ne-gociación internacional. Enemistado con Páez, se irá a vivir a Tamaulipas, México, donde logra-rá nombradía como académico, intelectual y político. Será gobernador ycongresista. Un nieto suyo, Portes Gil, llegará a ser Presidente de México,tras el asesinato de Plutarco Elías Calles en 1928, gobernará exitoso hastael 1930. Núñez se enteró de la Independencia dominicana en 1846 por un pe-riódico italiano, que le regaló un capitán de barco mercante. Tras 24 añosnadie recordaba al “precursor” de la independencia. Nadie lo menciona nilo mencionará. Lo mismo sucedería con López, que después de servir al gobierno hai-tiano, se fue a vivir a Puerto Rico, la colonia española más cercana, dondeacabaría sus días en 1856. 267
  • 268. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano El fracaso de estos pioneros fue que sus ideas no prendieron en la po- blación. Fueron “malos sembradores”. El pueblo no se “empoderó” de su pensamiento. No influenciaron a Duarte ni a los independentistas. Ellos no los usaron como referentes. No “contagiaron a nadie”. Sus nombres no aparecen por ninguna parte. Duarte aparece influenciado por los fueros de Cataluña y así se consigna, no por ningún pensador criollo. Las corrientes liberales de la Restauración apenas usan antecedentes de la Independencia. La nacionalidad es racionalizada mucho tiempo des- pués, según la opinión de don Pedro Henríquez Ureña. El fracaso del proyecto de esos pioneros es, de alguna manera, el fracaso del pensamiento. El intento fallido de los doctores será realmente funesto. En adelante, se impondrá en la política el culto irreflexivo por la fuerza bruta, la impremeditación y la desideologización. El triunfo de la acción audaz sobre la idea como antecedente y flujo recurrente, haciendo del con- ceptualizar un “mal ejemplo”. El pensamiento político dominicano “yugulado”, “fragmentado” y “des- doblado” patrocinará nuestro atraso político. Apadrinará el predominio de las corrientes conservadoras, haciendo posible nuestra incapacidad de- mocrática. Porque la caída de estos hombres pensantes volverá a repetirse muchas veces en nuestra historia. El mismo Padre de la Patria, ideólogo de la Independencia, caerá bajo los “entrotes” épicos de los toscos hateros. La imposibilidad de alcanzar el gran sueño progresista y liberal será el amar- go resultado de un recuento histórico que no encuentra aún su síntesis. Solo la cruz y la espada prevalecen, para resumirlo todo y agruparlo todo, como “símbolos tribales” de nuestro sincretismo fundamental. Debemos procurar al fin encontrar en nosotros mismos, en nuestro pensamiento, las herramientas políticas y las ideas necesarias para construir ese porvenir más justo que merecemos como pueblo.268
  • 269. CAPITULO VI Análisis social de la historiacorrientes historiográficas,marxismo, funcionalismo,historicismo, y otras queinfluyeron con posterioridada la muerte de Trujillo.Juan Bosch y Jimenes GrullónEXPOSITORES: COORDINADOR:Ángel Moreta Emilio Cordero MichelRoberto Cassá
  • 270. Retrospectiva y perspectiva delpensamiento político dominicanoLa mesa del panel compuesto por Emilio Cordero Michel, Ángel Moreta, Miguel Escala, rectordel Instituto Tecnológico de Santo Domingo, y Roberto Cassá.El público asistente escucha con atención las conferencias, efectuadas en INTEC, en SantoDomingo.
  • 271. Sociología PolíticaDominicana deJuan Isidro JimenesGrullón (1903-1983) Ángel Moreta“Hay que destacar, en cuanto a Jimenes Grullón, que éste tuvoun gesto de grandeza al autocriticarse públicamente en variasocasiones reiteradas. Dedicó sus últimos años al magisterio enla universidad estatal y a escribir artículos y materiales sobrela realidad social económica y política dominicana, los cualesconstituyen hoy una pesada aportación al conocimiento de lahistoria dominicana”.Aspectos bio-bibliográficos Nació en Santo Domingo el 17 de junio de 1903. Ensayista, historiador,médico, filósofo, educador y político. Cursó su educación primaria y se-cundaria en Santo Domingo, recibiéndose de Bachiller en Filosofía y Le-tras. Luego ingresó a la Facultad de Derecho en la Universidad de SantoDomingo, pero su pasión por la Filosofía lo hizo desistir de su propósito deinvestirse de abogado. Presionado por la familia, partió hacia París en 1923 a estudiar Medicina.En 1929 recibió el título de médico y regresó a Santo Domingo al siguienteaño. En 1934, al ser descubierta la conspiración contra el gobierno del dic-tador Rafael Leónidas Trujillo fue encarcelado y enviado al exilio, a finalesde 1935. Vivió en Puerto Rico, Venezuela, los Estados Unidos y Cuba, perofue en este último país donde permaneció la mayor parte de sus veintiséisaños de exilio y desde donde siguió combatiendo la tiranía trujillista. En 1941, fundó en Cuba, con el apoyo de otros dominicanos exiliadosen esa isla, y con el profesor Juan Bosch, el Partido Revolucionario Domi-nicano y, en Venezuela, la Alianza Patriótica Dominicana. Participó en laorganización de las fracasadas expediciones de Cayo Confite; Constanza, 271
  • 272. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Maimón y Estero Hondo en 1959.1 Seis meses después del ajusticiamiento de Trujillo retornó al país, integrándose inmediatamente a la política na- cional. En 1962 fue candidato a la Presidencia de la República por el partido Alianza Social Demócrata creado por él mismo en 1961. Enseñó historia y so- ciología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Publicó alrededor de veinticinco libros en las áreas de sociología, filosofía, historia y política. Es uno de los humanistas dominicanos más importantes del siglo XX. Sus obras “República Dominicana: una ficción”; “Pedro Henríquez Ure- ña: mito y realidad”, “Nuestra falsa izquierda” y “El mito de los padres de la patria”, reflejan el espíritu polemista y contestatario que caracterizó la mayor parte de su producción científica. Murió en Santo Domingo el 10 de agosto de 1983.2 Es autor de unos veinte libros, algunos de ellos totalmente desconocidos en el país, entre los cuales se halla “La Filosofía de José Martí”, reeditada va- rias veces por el régimen socialista de Cuba. Esta obra fue originalmente pu- blicada por la Universidad de Las Villas, en 1960. “La Filosofía de José Martí” revela una profunda tarea de investigación. Su autor, conocedor cabal de la 1 Jimenes Grullón, J. I. “Ideas y doctrinas políticas contemporáneas”, véase prólogo del prof. F. Franco. Véase el apéndice No. 1 de la obra mencionada en la nota No. 6. 2 “Debido a las carencias económicas de la clase dominante, Jimenes Grullón visualiza desde entonces al Estado como máquina corruptora. De acuerdo a las conclusiones,272
  • 273. vida y la obra de Martí, tuvo que hurgar durante años en ella. En este libro,el Dr. Jimenes Grullón se propuso, y creemos que lo consigue, explicitar la“Filosofía” de Martí: su concepción ontológica, gnoseológico, ética, estéticay metafísica, para finalmente relacionarla con su concepción política y social.Obra de un mérito indiscutible, es citada incontables veces por el famoso au-tor de “Radiografía de la Pampa”, de Ezequiel Martínez Estrada, en su libro“Martí Revolucionario”, publicado en La Habana en 1967. En Cuba aparecieron otras obras del Dr. Jimenes Grullón, una de ellasrecientemente reeditada en nuestro país. Se trata de “La República Do-minicana: análisis de su pasado y su presente”, que vio la luz en 1940. EnVenezuela, desplegó también una intensa labor intelectual. Sirvió en lacátedra universitaria y publicó libros: “Biología Dialéctica”, “Anti´Sabato”.Esta última mereció el premio del concurso de ensayos de la Universidadde Zulia.Intelectual esencialmente polemista Desde su juventud, Juan Isidro Jimenes Grullón fue una personalidadacadémica y científica de primer orden en República Dominicana, Cuba,Venezuela y Puerto Rico. Trabajó en distintas universidades de América,desde la Universidad de Mérida (Venezuela), hasta la Universidad Au-tónoma de Santo Domingo (UASD); político por excelencia, filósofo, so-ciólogo e historiador; escritor e investigador de las ciencias sociales y lafilosofía; luchador antitrujillista y exiliado dominicano desde la primeradécada de la dictadura de Trujillo; defensor del sistema democrático, luegode la social democracia y posteriormente evolucionó hacia el marxismo y elsocialismo, y participó activamente en las luchas políticas y sociales, tantoen la política dominicana, en el exilio, como a su regreso al país, inmediata-mente después del ajusticiamiento del dictador Trujillo.elaboradas a partir de una apreciación intuitiva o basada en recuerdos y experiencias,se produjo así el paso desde la búsqueda del poder por el poder a un propósito del podercondicionado por la obtención de riquezas… Jimenes Grullón fue el primero, gracias asus novedosos instrumentos metodológicos, en realizar una descripción del caudillismocomo sistema de autoridad: la precariedad en que se debatían los integrantes de laburguesía y la clase media urbana los llevó a acentuar la primacía de lo político comomedio de subsistencia”. (Cassá, Roberto. “El surgimiento de la historiografía crítica enJimenes Grullón”. Conferencia pronunciada en la Academia Dominicana de la Historiael 31/07/2003). 273
  • 274. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Fue autor de los siguientes libros, publicados en Cuba, Puerto Rico, Ve- nezuela y República Dominicana: “Una Gestapo en América”, publicada en Cuba su primera edición en 1946, en la cual narra los sufrimientos produ- cidos por los sicarios trujillistas en las ergástulas de Nigua y la Fortaleza Ozama, incluyendo las referencias necesarias a los interrogatorios de la Comisión de Investigación Criminal de las Fuerzas Armadas. (Nota). Como establece Raúl Roa en el prólogo “Palabras de un Combatiente”: La intimidación, la soplomería y la zalema marcaron el inicio de la tenebrosa era. Destruidos los viejos partidos, organizado el aparato administrativo sobre una base autoritaria, secuestrada la opinión pública, sometidos la mayoría de los intelectuales, profesionales y jueces, entregado el negocio azucarero al soberano albedrío de las com- pañías extranjeras, y convertido el patrimonio público en arca personal de Trujillo, no tardaría el país en transformarse en una finca privada del usurpador. Vida y hacienda, decoro y conciencia, quedaron a merced del monopolio dominante, insaciable por natu- raleza. “Trujillo Siempre”; “Dios y Trujillo”. El pueblo dominicano, en supremo rapto de desesperación colectiva, intentó sacudirse el dogal de acero que amenazaba estrangular. Se sucedieron, en rauda teoría, conspiraciones, asonadas y motines. Se tramó en el acoso implacable, la muerte del déspota. La réplica fue el asesinato a mansalva y el reclusorio de Nigua. (Raúl Roa, “Palabras de un Combatiente”, prólogo al libro “Una Gestapo en América”, edición cubana). En ese contexto, participó en la conspiración contra Trujillo en el año 1934, junto a un grupo de jóvenes de Santiago de los Caballeros. Fueron investigados por la Comisión de Investigación Criminal del Ejercito Na- cional, y sometidos a la justicia y condenados a 20 y 30 años de reclusión, siendo que permaneció año y medio en la cárcel pública de Nigua, durante la cual tomó anotaciones para escribir el libro “Una Gestapo en América”. En 1935, gracias a dicha amnistía, partió al exilio y vivió en Cuba, Puerto Rico y Venezuela, durante 26 años, hasta 1961 cuando regresó a la Repú- blica Dominicana. En Cuba, publicó su primer libro titulado “Luchemos por nuestra Amé- rica”, y contribuyó a crear el Partido Revolucionario Dominicano, junto274
  • 275. con otros exiliados, entre ellos, el profesor Juan Bosch, que también vivíaen Cuba. En Puerto Rico impartió, en 1938, un curso sobre democracia, socia-lismo, comunismo, fascismo y nazismo, en la Asociación de Mujeres Gra-duadas de Puerto Rico, el cual fue publicado bajo el nombre de “Ideas yDoctrinas Políticas Contemporáneas”, en 1938. También publicó posteriormente, en ese hermano país, su investigacióndenominada “Epistemología Médica”, (1955), donde narra sus experien-cias de campo como médico en distintas comunidades de Puerto Rico. Li-bro interesante desde el punto de vista de la sociología y la epistemologíade la ciencia médica. En 1940, publicó su primer libro histórico-sociológico, titulado “La Re-pública Dominicana (análisis de su pasado y su presente)”, en la cual pre-senta una síntesis global de la historia dominicana, en cinco partes, siendodestacada la que se refiere a la “Era de Trujillo”, que él denomina “La EraTenebrosa”, siguiendo, al igual que hace el primer exiliado dominicano en1931, Luis F. Mejía, en su libro, publicado en Colombia, “De Lilís a Trujillo”,cuyo último capitulo se refiere también y lleva el mismo nombre de “La EraTenebrosa”.3 Esta obra histórica y sociológica apareció con un prólogo del profesorJuan Bosch, llamado “Un pueblo en un libro”, en el cual destaca el valor delas investigaciones de Juan Isidro Jimenes Grullón. Afirma: El servicio que Jimenes Grullón hace con esta obra a su pueblo no es para ser aprecia-do por los dominicanos de mi generación, casi todos con posiciones mentales, pasionaleso simplemente económicas tomadas ya, por no importa cuáles causas. Antes que ellossabrán agradecerlo los americanos a quienes interesa el hecho político continental, losinvestigadores no dominicanos, que hallarán en él la explicación de movimientos socia-les comunes a todos nuestros pueblos, y aquéllos a quienes el libro dará el conocimientode la entraña de un país que, como toda aglomeración humana, merece el interés de loshombres conscientes.3 Mejía, Luis. F., “De Lilís a Trujillo”. Tanto Jimenes Grullón como Luis F. Mejía hicieronen la última parte de sus libros el diagnóstico de “La era tenebrosa”. El segundo en laobra “La República Dominicana: análisis de su pasado y su presente”. 275
  • 276. Retrospectiva y perspectiva del pensamiento político dominicano Más adelante, el profesor Bosch y prologuista establece la radiografía del método de exposición utilizado por Jimenes Grullón, y establece: Como médico que es, Jimenes Grullón, ha aplicado al estudio del caso dominicano los métodos de investigación acostumbrados en la Medicina. Se halla frente a un enfermo; debe diagnosticar, porque en el diagnóstico está una gran parte de las posibilidades de curación, y para no errar, el facultativo hurga los orígenes del quebranto, buscando sus gérmenes aun en las más viejas generaciones relacionadas con el enfermo. Al cabo de ese duro pero honesto y amoroso trabajo, Jimenes Grullón concluye afirmando que los males dominicanos se deben a la explotación que a lo largo de la historia nacional ha ejercido una casta minoritaria, secuestradora de la libertad del pueblo, de su economía y sus derechos más elementales; para disfrutar ella de la libertad de oprimir, de los dineros públicos, y de los barbaros derechos de satisfacer sus instintos, esa minoría no ha vaci- lado –durante un siglo de vida independiente– en comprometer la salud de la República. La República se encontró desde su nacimiento con un cuerpo organizado de enemigos que la combatía desde las posiciones más encumbradas –afirma Jimenes Grullón al es- tudiar las disensiones que aparecen al nacer aquélla–. (Pág. 8 del mencionado prólogo de la edición dominicana del año 1974). Durante casi 30 años que duró el periplo de exiliado antitrujillista, Jime- nes Grullón produjo una amplia bibliografía de asuntos filosóficos, histó- ricos, sociológicos y políticos. Originalmente vinculado a la medicina y a las ciencias naturales, encontró el camino del pensamiento filosófico, de la historia y la sociología.4 Jimenes Grullón, durante sus estudios en Europa, en la década del 1920, tuvo oportunidad de relacionarse con personalidades de la talla de Don José Ortega y Gasset, Víctor Raúl Haya de la Torre, José Vasconcelos y otros. En ese continente, particularmente en París, tomó gran amor y afi- ción por las ciencias políticas y sociales (sociología, historia, política y so- ciología política). 4 En 1941, fundaron el PRD, en la población de “El Cano”, Juan Bosch, Dr. Jimenes Grullón, Virgilio Mainardi Reyna, Romano Pérez Cabral, Leovigildo Cuello, José C. Lora, M. Calderón, Rafael Mainardi y Víctor Mainardi; Luis A. Castillo, Ángel Miolán y J. de Grullón. La declaración de principios fue redactada por el Dr. Cotubanamá Henríquez. (véase “Juan Bosch al desnudo; Joaquín Balaguer al desnudo”, compilación y edición de Ángel Moreta, Pág. 15).276
  • 277. Regresó al país en 1929, después de terminar la carrera de Medicina yejerció su profesión de médico; conspiró contra la tiranía trujillista, estuvoen la cárcel pública, fue amnistiado y partió al exilio en 1936.5 Después del ajusticiamiento de Trujillo, el 30 de marzo de 1961, regresóal país y fundó el Partido Alianza Social Demócrata, con el cual participóen las elecciones de 1962. En 1966 pasó a ocupar cátedras de ciencias socia-les y sociología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, realizandouna profunda labor entre los estudiantes, tanto en las aulas como en lasasesorías de trabajos de investigación para tesis de grado; para entoncesno existían en la UASD post-grados.6 A fines de la década del 60, se declaró partidario y defensor del marxis-mo leninismo y comienza a trabajar en su obra cumbre “Sociología PolíticaDominicana”, en tres tomos, abarcando desde el 1844 hasta la dictadura deTrujillo, dejando un legado intelectual de gran valor científico e históricopara la sociedad dominicana. A la hora de su muerte, en agosto 1983, traba-jaba en el último volumen, cuyos papeles y anotaciones quedaron en manosde su inseparable compañera Doña Cuca Sabater.7 El nuevo Archivo General de la Nación (AGN) bien pudiera recabar ayu-da para la publicación de una segunda edición de los tres volúmenes de5 La acción contra Trujillo, en Santiago, fue la primera conspiración contra el dictador,en el año 1934. Véase: Informe de la Comisión de Investigación Criminal de las FuerzasArmadas, recogido en un libro que se dio a la publicidad con la siguiente observación:“se public