Ejercicios espirituales sacerdotes

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  • 1. EJERCICIOS ESPIRITUALES PARA EL PBRO. DE HERMOSILLO Marzo del 14 al 18 de 2011 en San Ignacio, Son.Expositor: P. Daniel Watts, LC PRIMERA MEDITACIÓN:TRAS DIOS, EL SACERDOTE LO ES TODO.«Erase una vez en Francia, en la provincia de Lyón, un pequeño campesino cristianoque, desde la más tierna edad, amaba la soledad y al buen Dios. Y puesto que losseñores de París, que habían hecho la Revolución, impedían a la gente rezar, elpequeño y sus padres escuchaban Misa en el fondo de un granero. Los sacerdotes poraquel entonces se escondían y, cuando eran detenidos, les cortaban precisamente lacabeza. Era por eso por lo que Juan María Vianney soñaba con convertirse ensacerdote. Pero, aunque sabía rezar, le faltaba, sin embargo, instrucción. Guardaba lasovejas y trabajaba los campos. Entró demasiado tarde en el Seminario y tropezó entodos los exámenes. Pero las vocaciones entonces eran raras y, al final, lo ordenaron.Fue nombrado Cura de Ars y permaneció allí hasta la muerte. Ars era el último curatode Francia y el último pueblo del país. Sin embargo, fue enteramente un «Párroco» yesto no sucede de manera frecuente. Lo fue de manera tan completa que el últimopueblo de Francia se convirtió en el primer Curato, y Francia entera se puso en caminopara ir a visitarlo. Ya entonces, convertía a todos los que llegaban hasta él y, si nohubiese muerto, habría convertido a toda Francia. Curaba las almas y los cuerpos. Leíaen los corazones como en un libro. La Santísima Virgen lo visitaba y el demonio lomenospreciaba, pero no conseguía impedirle ser un hombre santo. Fue ascendido aCanónigo, después a Caballero de la Legión de Honor, luego considerado santo. Noobstante, mientras vivió no comprendió nunca el porqué. Ésta era la prueba más belladel hecho de que mereciese precisamente aquella gloria. Todo esto sucedía en el sigloXIX, que en el Paraíso, donde se conoce el justo valor de la gente, es llamado «el siglodel Cura de Ars». Pero Francia no se lo imagina siquiera».Este inicio de la biografía del Santo Cura de Ars, escrita por el poeta y dramaturgofrancés, Henri Ghéon, nacido hace más de cien años, nos parece una fábula, tan llenade ingenuidad y de cosas maravillosas, que no nos sentimos atraídos. Y sin embargo,aunque todo es verdad, se advierte una realidad que nos llama la atención.Los episodios a los que se alude son todos verdaderos. Aquel campesino de laprovincia de Lyón tiene siete años cuando en París reina el Terror y son exiliados, bajopena de muerte, todos los sacerdotes que no se someten al cisma, además de losmiles que son masacrados. Es más, las tropas de la Convención atraviesan la regiónde Dardilly, donde él vive, para ir a reprimir la insurrección de Lyón. La iglesia ha sidocerrada. El Párroco cede primero a todos los juramentos que le son impuestos,después deja de actuar como sacerdote. Los Vianney de vez en cuando hospedaban,arriesgando la vida, a algún sacerdote clandestino; y es en una habitación con las
  • 2. puertas entornadas y protegidas por un carro de heno oportunamente aparcado(mientras algunos campesinos hacen guardia a las puertas) donde el pequeño JuanMaría puede recibir la Comunión a los trece años: estamos en el denominado«segundo Terror». La vocación le viene muy pronto -como él mismo dirá-, «después deun encuentro que había tenido con un confesor de la fe», o sea, cuando comprendeque hacerse sacerdote significaba también estar dispuesto a morir por el propioministerio. Pero si el niño no podía frecuentar la parroquia, todavía menos podíafrecuentar las inexistentes escuelas. La primera vez que logró sentarse en los pupitresde la escuela tenía ya 17 años. Intentó desesperadamente aprender, ayudado por unsacerdote amigo que creía en la vocación de aquel muchacho, pero los resultadosfueron míseros. Dirá, después, el mismo Cura de Ars que aquel sacerdote «ha tratadodurante cinco o seis años de hacerme aprender algo, pero ha sido fatiga en vano,porque no he logrado nunca meterme nada en la cabeza». Hay mucha humildad enesta expresión, pero también mucho de verdad. Las dificultades se convertirán mástarde en insuperables cuando trató de afrontar, en un seminario, los estudios defilosofía y de teología que, por lo demás, entonces debían realizarse sirviéndose detextos escritos y explicados en latín. Aun así, el párroco de Ecuilly, muy estimado en laDiócesis, le proporciona todas las facilidades posibles (de estudios y de exámenes)llegando a alcanzarle la ordenación sacerdotal, tomándolo él mismo como vicario. Fueordenado a los 29 años. Pasó los primeros años de ministerio en la escuela de estasanto sacerdote que lo había ayudado y educado tan intensamente: «tiene una culpa -dirá después Juan María Vianney- de la que le será difícil justificarse ante Dios: la dehaberme admitido a las Órdenes Sagradas». Es preciso comprender bien que, JuanMaría lo deseaba con todo el corazón, pero se sentía profundamente indigno. El otro,sin embargo, lo estimulaba y lo protegía, porque estaba convencido de que se tratabade una óptima vocación y que la escasa instrucción se vería compensada por unaparticular inteligencia de fe. Y tenía razón. Juan María, por su parte, estaba convencidode haber recibido un grandísimo e inmerecido don: «Pienso -dirá- que el Señor haquerido escoger la cabeza más dura de todos los párrocos para realizar el mayor bienposible. Si hubiese encontrado todavía uno peor, lo habría puesto en mi lugar, paramostrar su gran misericordia». El carisma de este joven sacerdote será el dedesaparecer de tal manera tras su ministerio, de ser solamente sacerdote, ministro deDios, hasta el punto que su persona se mezcle y se confunda enteramente con el dondel sacerdocio.El Cura de Ars es el santo patrón de todos los sacerdotes del mundo, puesto que viviráuna desesperada necesidad de anularse frente al don inmerecido que ha recibido, deconsumirse ejerciéndolo: y lo hará también de forma penitencial, consumiendofísicamente, con las más duras mortificaciones, su sustancia humana.Hacemos ejercicios espirituales como sacerdotes y son precisamente estos modelos yejemplos los que necesitamos, para entender mejor nuestra vocación y misión,queridos hermanos sacerdotes:
  • 3. 1. Cuando era joven, un día comentó a su madre: Si fuese sacerdote, querría ganarmuchas almas. Las almas a las que puede ayudar a llevar una buena vida cristiana...es lo que le dio fuerza para superar todas las dificultades.2. ¿Qué es el sacerdote? Un hombre que ocupa la plaza de Dios, un hombre revestidode todos los poderes de Dios. Vamos -dice Nuestro Señor al sacerdote-, como miPadre me ha enviado, yo os envío. Todo el poder me ha sido dado en el cielo y en latierra. Ve a instruir a todas las naciones. Quien te escucha me escucha; quien tedesprecia me desprecia. Cuando el sacerdote redime los pecados, no dice: Dios teperdona. El dice: Yo te absuelvo". "¡Oh! ¡Qué cosa es el sacerdote! Si él se percatarade ello, moriría... Dios le obedece: dice dos palabras y nuestro Señor desciende delcielo. ¡No se comprenderá la dicha que hay en decir la misa más que en el cielo!"3. San Bernardo asegura que todo nos viene por María; se puede decir también quetodo nos viene por el sacerdote: sí, todas las felicidades, todas las gracias, todos losdones celestes. Si no tuviésemos el sacramento del orden sacerdotal, no tendríamos aNuestro Señor. ¿Quién le ha puesto ahí, en ese tabernáculo? El sacerdote. ¿Quién harecibido el alma en su entrada a la vida? El sacerdote. ¿Quién la alimenta para darle lafuerza para hacer su peregrinación de la vida? El sacerdote. ¿Quién la preparará apresentarse ante Dios, lavando esta alma, por última vez, en la sangre de Jesucristo?El sacerdote. ¿Y si esta alma va a morir por el pecado, quién la resucitará?, ¿quién ledevolverá la calma y la paz? Otra vez el sacerdote. No os podéis acordar de una buenaobra de Dios, sin encontrar al lado de este recuerdo a un sacerdote. Id a confesaros ala Santa Virgen o a un ángel: ¿os absolverán? No. ¿Os darán el Cuerpo y la Sangre deNuestro Señor? No. La Santa Virgen no puede hacer descender a su divino Hijo en lahostia. Podría haber doscientos ángeles ahí, que no podrían absolverle. Un simplesacerdote puede hacerlo; puede deciros: Vete en paz, te perdono. Oh, ¡qué grande esel sacerdote!".4. Aunque hubiera podido disfrutar de muchos ratos libres y de descanso, ya que elpueblo que le fue confiado era bastante pequeño -unas pocas familias, muchas de lascuales pasaban de la iglesia-, siempre estaba ocupado en algo. Desde el primermomento, vivió en Ars con un constante espíritu de conquista. Él era quien debía llevara Dios al pueblo ya cada una de las personas del pueblo. Su tiempo era de Dios y deaquellos hombres. No lo podía perder en sus cosas. Tenía un espíritu de conquistapara el Buen Dios, que le llevo a trabajar donde otro se excusaría fácilmente pensandoque no tenía trabajo.5. A su llegada, en la primavera de aquel 1818 no había más remedio que comenzardando un margen de confianza a lo más selecto de lo que heredaba: tres o cuatroancianitas de buena voluntad. Él las invita a asistir a misa de entre semana y lespropone comulgar diariamente. Les enseña a rezar el rosario a la virgen María. Lasanima para que acojan en su grupo a algunas niñas, que se sienten más a gusto entresus abuelas, que entre sus madres, tan ocupadas como están. Seis meses después elgrupo ya se reúne, normalmente, los domingos por la tarde en el jardín de la casaparroquial, si hace buen tiempo; rezan un poco, aprenden cánticos, escuchan con
  • 4. agrado las familiares y entretenidas palabras del señor Cura. Este grupo de simplescampesinas pronto le va a servir de contacto con otras personas; el grupo crece y seasocia en la Cofradía del Rosario. Tres años mas tarde no alberga sólo a ancianas yniñas, también forman parte de él esposas, madres de familia y jovencitas casaderas.El santo cura, no se desanima, ni cae en lamentaciones, ni en la típica excusa de queno es fácil cambiar las cosas: trabaja, cuida las pocas personas que tiene, tira de ellaspara ir llegando a mas personas; es lento, pero lo importante es no perder el espíritu deconquista.6. Trabajó mucho. Pedía a Dios, pero ponía todos los medios para ayudar a los pocosque iban a la Iglesia a descubrir a Dios. Renard, un seminarista que fue a ayudarle aArs un mes del primer verano, 1818, cuenta: Se encerraba en la sacristía para escribirsu sermón del domingo y aprenderlo de memoria. No lo componía de su puño y letra, lotomaba del libro µInstrucions familières¶, con cuidado de adaptarlo a las necesidades desus feligreses. Allí, a solas ensayaba la entonación debida y predicaba como si estuvie-se en el púlpito. El ponía todo de su parte y esperaba que Dios hiciese el resto.7. Predicaba mucho en cuanto pudo, catecismo a los niños; después a los adultos; lashomilías del domingo, que escribía de pe a pa, pues no se atrevía a soltarse del papelya que no se fiaba de su memoria y temía olvidarse de todo. Pero, sobre todo,predicaba mucho con el ejemplo. Nuestro cura, comentaba la gente, hace todo lo quedice y practica lo que enseña; nunca le hemos visto tomar parte en ninguna diversión;su único placer es rogar a Dios; debe de haber en ello algún goce, puesto que él sabeen contrario; sigamos, pues, sus consejos; no desea sino nuestro bien.8. No se ahorró ningún esfuerzo a la hora de administrar cualquiera de los sacra-mentos. Dios necesitaba de su sacerdocio para hacer el bien a aquellas personas: "Lasotras buenas obras de Dios no nos servirían de nada sin el sacerdote. ¿Para qué ser-viría una casa llena de oro, si no tenemos a nadie para que nos abra la puerta? Sin elsacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. Tras Dios, ¡elsacerdote lo es todo! Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote, adorarán a lasbestias. Cuando se quiere destruir la religión, se comienza por atacar al sacerdote,porque allá donde no hay sacerdote, no hay sacrificio, y donde no hay sacrificio, no hayreligión".9. Lo central de su vida, como sacerdote, era celebrar la Misa. La Misa era lo másgrande para él. Durante sus cuarenta años en Ars antes de celebrar la misa -deordinario a las siete de la mañana- se preparaba durante casi una hora de oración...¡era tan grande lo que iba a realizar!: "Si uno tuviera suficiente fe, vería a Diosescondido en el sacerdote como una luz tras su fanal, como un vino mezclado con elagua. Hay que mirar al sacerdote, cuando está en el altar o en el púlpito, como si deDios mismo se tratara". Vivió, también, para la eucaristía. La mayor alegría del Cura deArs era repartir las sagradas hostias. Con frecuencia las repartía con lágrimas en losojos.
  • 5. 10. Según una tradición, en Loreto se encuentra la casa de Nazaret, donde acudenmuchos cristianos a rezar desde hace siglos, con la ilusión de estar entre las paredesdonde se encontró María adolescente, donde concibió a Jesús. El Cura aprovecha estehecho para comparar: "Se da mucha importancia a los objetos depositados en laescudilla de la Santa Virgen y del Niño Jesús, en Loreto. Pero los dedos del sacerdote,que han tocado la carne adorable de Jesucristo, que se han sumergido en el cálizdonde ha estado su sangre, en el vaso sagrado donde ha estado su cuerpo, ¿no sonmás preciosos? El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús. Cuando veas alsacerdote, piensa en Nuestro Señor". El sacerdote no es sacerdote para sí mismo. Elno se da la absolución. No se administra los sacramentos. No es para sí mismo, lo espara vosotros.11. También acompañó, con la unción de los enfermos y la confesión, a todos en susúltimos momentos, sin importarle el clima, las horas o su estado de salud. Un día quese encontraba muy mal, se fue a pie a casa de un enfermo de Savigneux para oír suconfesión. Estaba tan enfermo el pobre Cura, que tuvieron que llevarle hasta su casa ymeterle en cama. Lo mismo le acaeció un día lluvioso de otoño, al ser solicitado suministerio por una familia de Rancé. Calado hasta los huesos, temblando de fiebre,tuvieron que acostarle en la misma cama del enfermo. En esta postura le confesó."Estaba más enfermo que el enfermo" -decía con humor al regresar-. Jamás se negó,jamás. Se dio siempre a los demás sin interés alguno. La señorita Bernard, de Fareins,enferma de un cáncer, deseaba antes de morir tener el consuelo de ver por última vezal Cura de Ars de quien oía contar maravillas. El reverendo Dubouis le escribió cuatropalabras para comunicarle los deseos de la enferma. Era el día del Jueves Santo de1837, día en el que tenía la costumbre de pasar toda la noche en la iglesia,acompañando a Jesús en el Monumento. Sin haber dormido, partió enseguida paraFareins. Se equivocó en el camino; después de dar vueltas y vueltas, llegó cubierto debarro y muerto de fatiga. No quiso aceptar ni un vaso de agua. Como ya era conocido,la gente del pueblo le abordaba por la calle. Sin la menor queja atendió amablemente acada persona, y se volvió a su casa sin darse importancia. Lo mismo en 1852, con 66años, el Rdo. Beau -Cura de Jassans y confesor ordinario del Cura de Ars durante 13años-, cayó gravemente enfermo: µMi amigo vino a visitarme. Era por la tarde del díadel Corpus, el 11 de junio. Hizo el viaje a pie, con un fuerte calor y después de haberpresidido en Ars la procesión del Santísimo Sacramento, contaba agradecido este sa-cerdote¶. Del nuevo cementerio, inaugurado en 1855, a trescientos metros de la iglesiay bendecido por él, el Cura de Ars gustaba de repetir: "¡ Es un relicario!". Habíaayudado a bien morir a cuantos en él reposaban, aun a ciertos pecadores, de loscuales, según testimonio de los ancianos del pueblo, ninguno se le escapaba en aquelterrible trance, por lo que el Santo los creía a todos en salvo.12. "El sacerdote es como una madre, como una comadrona para un niño de pocosmeses: ella le da su alimento: él no tiene más que abrir la boca. La madre le dice a suhijo: Toma, pequeño mío, come. El sacerdote os dice: ¡Tomad y comed el cuerpo deCristo que os guarde y os conduzca a la vida eterna! ¡Qué palabras más bellas! Unniño, cuando ve a su madre, va hacia ella; lucha contra quienes le retienen; abre su
  • 6. boquita y tiende sus pequeñas manos para abrazada. Nuestra alma, en presencia delsacerdote, se alza naturalmente hacia Dios, sale a su encuentro".13. Amó la confesión, pero no la confesión en general, sino el perdón y la paz quepodía llevar a cada alma en la confesión. No desaprovechaba ocasión: cogía las almasal vuelo. Cuenta un testigo de entonces: "Amigo mío, haga usted venir a una señoraque está en el fondo de la iglesia" y me indicó cómo la encontraría. Yo no encontré anadie en el sitio señalado. Voy a decírselo, y "daos prisa, replica, ahora está delante detal. Voy corriendo y doy alcance a la señora que se alejaba, desolada por no haberpodido aguardar más. Una pobre mujer, que sin duda por tímida había perdido dos otres veces su turno, llevaba ya ocho días en Ars sin poder acercarse al Rdo. Vianney.Al fin, el mismo Santo la llamó; o mejor dicho, fue a buscarla y la condujo a través de lamultitud hasta la capilla de San Juan Bautista. Sintiéndose feliz, le cogía de la sotana,deslizándose por el pasillo que le iban abriendo. Sabía por experiencia que la graciatiene sus momentos; que puede pasar para no volver. Así, pues, cuando llegaba laocasión cogía las almas al vuelo. En el confesionario hablaba de corazón a corazón,convencido de que "el sacerdote es como una madre". Cualquier pecador que se lepusiese delante le conmovía; se dirigía a ellos con tal cariño y con tantas ganas decurarles que le bastaban pocas palabras para darles el empujón definitivo que lesayudaba, que les elevaba, cuando se sentían incapaces de confesar algunos hechosde sus vidas. Por lo demás, fuera de casos excepcionales, como, por ejemplo, el deuna confesión general, era muy expeditivo y exigía que lo fuesen. En cinco minutos -decía el señor Combalot- metí toda mi alma dentro de la suya. No andaba concumplidos: decía lo que tenía que decir; cuando era del caso, decía a los hombres,fuese cual fuere su condición: "¡Tal cosa no está permitida!" Conocía el punto dondehabía que asestar el golpe y raras veces dejaba de dar en el blanco.14. Con el paso del tiempo, su fe en lo que es el sacerdote, en lo que era él, no cayó enla rutina ni en la costumbre. Renovaba su entrega a Dios como sacerdote. Un año, alterminar la misión, se celebró una ceremonia en la que los sacerdotes renovaban suspromesas. El Cura de Ars pronunció las palabras del ritual, y lo hizo con tanta devociónque los otros sacerdotes se emocionaron.15. Era frecuente en aquellos tiempos organizar misiones en los pueblos, unos días enlos que se intensificaban los cuidados espirituales de aquella gente, con máscatequesis, mas predicación y más tiempos de confesiones; normalmente se pedía aotros sacerdotes que se trasladasen allí durante esos días. El Cura de Ars, cuandotenía que acudir a alguna misión a otro pueblo, siempre pedía a algún cura vecino quele reemplazase, para asegurar el servicio de su parroquia. Pero el siempre visitaba asus feligreses una vez a la semana. Durante la misión de Trevoux, en pleno mes deenero, andaba a pie y de noche las dos leguas que le separaban de Ars. El señorMandy, alcalde del pueblo, solía mandar a su hijo que le acompañase. Aún los días denieve y frío, cuenta Antonio Mandy, raramente seguíamos el camino mas corto y mejortrillado. El señor Cura siempre, tenía que ejercer su ministerio cerca de algún enfermo.El trayecto, empero, no se me hacia largo, pues el siervo de Dios sabía hacerlo corto:amenizándolo con hechos interesantes de las vidas de los Santos. Si alguna vez hacía
  • 7. yo algún comentario sobre la crudeza del frío o dificultad de los caminos, su respuestaestaba siempre pronta: "Los Santos: amigo mío, sufrieron mucho más. Ofrezcamosesto a Dios". Cuando cesaba de hablar de cosas espirituales, se ponía a rezar elrosario. Todavía tengo el regusto del edificante recuerdo de aquellas conversaciones.Era sacerdote para todos, no sólo para los de su pueblo: sacerdote de Jesucristo paratodos los hijos de Dios. Por eso, cuando algunos curas, viejos o enfermos, como los delos pueblos vecinos Villeneuve y Mizerieux, no podían atender bien sus parroquias,espontáneamente su compañero de Ars se ponía a sus órdenes. Iba de noche a visitara los enfermos de Rancé de otras poblaciones. Si le llamaban en domingo, partíaenseguida, después de la misa mayor, sin entrar en su casa, y volvía en ayunas altiempo de vísperas.16. No le interesaba más que ser sacerdote: era ese su mayor orgullo. En la últimadécada, el emperador le designó para nombrarle Caballero de la Legión de Honor. Elnombramiento apareció en los periódicos. El alcalde, señor des Garets, le comunicó lanoticia ¿Tiene asignada alguna renta esta cruz? ¿Me proporcionará dinero para mispobres? -preguntó el Santo sin manifestar contento ni sorpresa. -No. Es solamente unadistinción honorífica. Pues bien, si en ello nada a los pobres, diga usted al Emperadorque no la quiero. He visto a Dios en un hombre, decía del Cura de Ars un viñador. Unjoven peregrino decía: Cuando se ha tenido la dicha de conocer a este sacerdote, noconcibo que sea uno capaz de ofender a Dios.Angelo Roncali, futuro Beato Juan XXIII, a los 22 años, reflexionando sobre su sistemade vida espiritual, tiene una reflexión muy jugosa sobre el ejemplo de los santos: ³Afuerza de tocarla con la mano me he convencido de una cosa: qué falso es el conceptoque me he formado de la santidad aplicada a mí mismo. En cada una de mis acciones,en las pequeñas faltas advertidas rápidamente, traía a la mente la imagen de algúnsanto al que me proponía imitar en todas las cosas, aún en las más pequeñas, comoun pintor copia exactamente un cuadro de Rafael. Decía siempre si san Luis, en estecaso, haría así y así, no haría esto o aquello, etc. Pero sucedía que yo nunca lograballegar a lo que me había imaginado poder hacer, y me inquietaba. Es un sistemaequivocado. De la virtud de los santos sólo debo tomar la sustancia, no los accidentes.Yo no soy san Luis, ni debo santificarme exactamente como él lo hizo, sino como exigemi ser, que es distinto, mi carácter, mis diferentes condiciones. No debo ser lareproducción rígida y seca de un tipo, aunque perfectísimo. Dios quiere que al seguir elejemplo de los santos absorbamos el jugo vital de la virtud para convertirlo en sangrenuestra, adaptándolo a nuestras particulares aptitudes y especial circunstancias. SanLuis, si hubiera sido lo que yo soy, se hubiera santificado de un modo distinto del quesiguió´ (Beato Juan XXIII, Diario del alma, 16 de enero de 1903, pp. 175 y 176). ³Elsecreto espiritual del beato Juan XXIII consistía en su capacidad de transformar enocasión de bien, con la fuerza interior de la oración, todas las situaciones de sujornada, sus preocupaciones, sus alegrías, y sus tristezas, el paso de los años. Enefecto, quien lee su Diario no puede por menos de sentir admiración por la riqueza desu vida espiritual, alimentada de diálogo constante con Dios en cada circunstancia, confidelidad diaria al deber, incluso oscuro, monótono y pesado´ (Juan Pablo II, 15 deseptiembre de 2000).
  • 8. Carta de Mons. Juan José Hinojosa Vela, Decano: ³Hay muchas razones para hacerejercicios espirituales ahora; aunque los hubiéremos hecho el año pasado: Siemprenos vienen bien, pero no sólo para cumplir con el Derecho de la Iglesia, y con lasresponsabilidades de quienes guiamos al pueblo de Dios, sino simplemente porque lodeseamos. La legislación canónica establece que los clérigos están llamados aparticipar de los retiros espirituales según las disposición del derecho particular (can276&2.4; 533&2; 550&3).Los dos modos más usuales, que podrían ser prescritos por el obispo en la propiadiócesis son: el retiro espiritual de un día ±de ser posible mensual- y los ejerciciosespirituales anuales. ³La práctica de los ejercicios se ha demostrado un gran don deDios para cualquiera que los haga. Es un tiempo en el que se dejan todas las otrascosas para encontrarse con Dios y disponerse a escucharle sólo a él. Esto es sin dudauna ventajosa oportunidad para el ejercitante. Por eso no se le debe presionar, sinomás bien despertar en él la necesidad interior de hacer una experiencia de este tipo. Sí,en ocasiones se le puede decir a alguien: Vete donde los Camaldulenses o a Tyniecpara encontrarte a ti mismo´; pero, en principio, es una decisión que ha de nacer sobretodo de una necesidad interior. La Iglesia, como institución, recomienda de modoespecial a los sacerdotes que hagan los ejercicios espirituales; pero esta normacanónica es solo un elemento que se añade al impulso que proviene del corazón´ (JuanPablo II, ¡Levantaos! ¡Vamos!, p. 151).Nos retiramos unos días con Jesucristo cuyo sacerdocio ejercemos.San Carlos Borromeo fue ordenado sacerdote el 17 de julio de 1563 en Roma, en laIglesia de San Pedro in Montorio y celebró su primera Misa el 15 de agosto. El mes deen medio hizo los ejercicios espirituales de san Ignacio. Fue el inicio verdadero de suoración y penitencia, ya profundamente estimulada de la muerte de su hermanoFederico el año anterior. Escribió: ³La mano de Dios nos ha golpeado, ningunaconsideración humana es capaz de consolarme´. El interpretó aquel doloroso hechocomo una señal de la voluntad de Dios que lo llevó a decidir reformar su vida y pidió serordenado sacerdote. ³Que con un curso de Ejercicios Espirituales propiamente dichossan Carlos inaugurase aquella que puede definirse su conversión es aquello que susbiógrafos dicen unánimemente. Ellos están de acuerdo en confirmar el piadoso hábitoque tenía el santo de regresar fielmente a los Ejercicios, pero no una vez, sino dosveces al año; que aquellos primeros ejercicios que hizo según el método de san Ignaciono pueden meterse en duda, del momento que los hizo bajo la guía del P. Ribera, de laCompañía de Jesús´ (Aquile Ratti, San Carlo e gli Esercizi Spirituali di Sant¶ Ignazio,Milano 1910, pp. 482-488).San José María Yermo y Parres, en A solas con Cristo, dice: ³Debo hacer de misacerdocio y de mi vida una sola cosa, que el Sacramento del Orden penetre en todami vida personal y me santifique. Necesito ser siempre fiel a Cristo, el Amigo de mivida, pero una fidelidad indomable. Sé que soy otro Cristo y por esto llevo la bendición,la salvación y la presencia divina, aunque yo no lo sienta, y sea para mi mismo unmisterio tremendo que jamás podré comprender. Comprendo bien que los sacerdotes
  • 9. necesitamos gracias especialísimas para convertirnos de veras a una vida santa, segúnnuestra vocación. En cada misa rogaré al Sagrado Corazón de Jesús por todos lossacerdotes, sus amigos y mis hermanos´ (Ejercicios Espirituales de 1903).Revisamos la propia vida para encontrar pistas de cómo evangelizar más al pueblo queservimos: ³El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación de sí, la totaldonación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen. «La caridadpastoral es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de símismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotrosmismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determinanuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente. Yresulta particularmente exigente para nosotros´ (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, nº23).Avivamos los dones y carismas del Sacramento. Es una ocasión propicia parareconsiderar nuestra vocación, volviendo a descubrir el sentido y la grandeza quesiempre nos superan (cf. Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes con ocasión del JuevesSanto de 1996, n.8). Siendo joven sacerdote, Antonio Rosmini, redactó para sí mismo,una regla de conducta, basada en el evangelio, que consistía en dos principios.1º Primero, pensar seriamente en enmendarme de mis vicios y purificar mi alma de lainiquidad que grava sobre ella desde mi nacimiento, sin buscar otras ocupaciones uobras a favor del prójimo, encontrándome en la absoluta impotencia de hacer por mimismo cosa alguna en su beneficio. Sin mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5)2º Segundo, no rechazar los servicios de caridad a favor del prójimo cuando la divinaProvidencia me los ofrezca y presente, dado que Dios puede servirse de cualquiera,incluso de mi, para sus obras, y en ese caso conservar una perfecta indiferencia conrespecto a todas las obras de caridad, haciendo la que se me proponga con igual fervorcomo a cualquier otra en cuanto a mi libre voluntad. Todo lo puedo en Aquel que meconforta (Flp 4, 13).Todos sabemos que si damos más tiempo al Señor en la oración, meditación y laalabanza, se seguirá un mayor fruto en la actividad Pastoral: ³La mayor o menorsantidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la celebración delos Sacramentos y en la dirección de la comunidad en la caridad. Lo afirma con claridadel Concilio: «La santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera alejercicio fructuoso del propio ministerio; pues, si es cierto que la gracia de Dios puedellevar a cabo la obra de salvación aun por medio de ministros indignos, sin embargo,Dios prefiere mostrar normalmente sus maravillas por obra de quienes, más dóciles alimpulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y la santidad desu vida, pueden decir con el Apóstol: "Pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí"(Gál 2, 20)» (Juan Pablo II, Pastores dabo bobis, nº 25).Y, viviremos una oportunidad para afianzar la fraternidad sacramental de que habló elConcilio Vaticano II, en la Presbyterorum ordinis, 8, que habla de la unión ycooperación fraterna entre los presbíteros.
  • 10. Como demuestra la larga experiencia espiritual de la Iglesia, los ejercicios espiritualesson un instrumento idóneo y eficaz para una adecuada formación permanente del clero.Conservan hoy toda su necesidad y actualidad. Contra la praxis que tiene a vaciar alhombre de todo lo que sea interioridad, el sacerdote debe encontrar a Dios y a símismo haciendo un reposo espiritual para sumergirse en la meditación y oración.Mi tarea entre Ud. es muy secundaria, transmitirles la Palabra de Dios, para que seaella quien como espada de doble filo, enderece los corazones, aliente las motivaciones,les consuele y les llene de valor. ³Todos somos, en parte, niños necesitados de quenos guíe la voz viva de quien nos presenta la doctrina ya preparada´. (Juan XXIII,Diario de un alma, p. 308).Me he inspirado libremente, para las exposiciones de estos Ejercicios espirituales parasacerdotes, de la diócesis de Arq. de Hermosillo, del lunes 14 al viernes 18 de marzodel 2011, del libro Jesús de Nazaret de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. Y aunque anadie le gusta recibir consejos que no ha pedido, me atrevo a solicitar su benevolencia,para sugerir tres actitudes básicas:La primera es que piensen delante del Señor en estos Ejercicios hemos de tener unagran ambición de santidad sacerdotal. No importa que nos asalte a más de un eldesaliento ante esta invitación: «Si estos Ejercicios son para la santidad, no son paramí, porque mi problema está muy lejos de ser un problema de santidad, me es lejanaesa temática, me puede parecerme extraña, como dirigida a otras personas, pero sinembargo los ejercicios son para iniciar, continuar, y madurar la santificación que Diosempezó en nosotros por el sacramento. Así pues, un gran deseo, ambición, decolaborar con la gracia de Dios, con el Dios de la gracia, no estorbarle, no corregirle elplan, ser un discípulo en las manos del gran Maestro.La segunda es que hay que entrar en ellos con gran ánimo y liberalidad, que consistenen ofrecer libremente su voluntad para que el Señor entre en ella y la haga decidir, sinreticencias, lo que sea para su servicio: ³Mucho aprovecha entrar en ellos con grandeánimo y liberalidad con su Criador y Señor, ofreciéndole todo su querer y libertad, paraque su divina Majestad, así de su persona como de todo lo que tiene, se sirva conformea su santísima voluntad´ (EE, 5) Aprovechará, y no en cualquier grado, sino en mucho,quien entre en Ejercicios con ³grande ánimo´, deseoso de hacer grandes cosas, y nosólo con ³gran ánimo´, sino además con grande liberalidad con su Creador y Señor´,deseando hacer aquellas grandes cosas movido solamente del deseo de mostrarsegenerosa con su Dios y su Creador, sin pretender sus propios intereses. Estamagnanimidad y generosidad hay que ofrecerla desde el primer instante, devolviéndolea Dios, ³nuestro querer y libertad´ con el fin de que Él se sirva conforme a sussantísima voluntad, de su persona y de todo lo que tiene.La tercer es que hay que estar abiertos a las sugerencias de Dios. El beato MoisésTovini, escribía en su diario espiritual, al terminar los ejercicios espirituales de 1895:³Deseo seguir a Jesús entre las cruces y los sufrimientos, aunque con igual méritopodría llevar una vida cómoda. Deseo sufrir y pediré con frecuencia esta gracia.
  • 11. Cuando la obtenga daré gracias al Señor y le suplicaré que, si así lo desea, aumentemis sufrimientos y los continúe, porque sufrir por amor es suma caridad; además, nosaleja del pecado, nos obtiene grandísimos méritos para la vida eterna y nos asemeja aJesús, cuya vida estuvo llena de sufrimiento´. El Card. José Saraiva Martins, comentóen la eucaristía de la beatificación, se consolidó en él el propósito de no contentarsecon una vida mediocre, sino de dedicarse con el máximo empeño a la gloria de Dios, yal bien de las almas, así como una profunda sensibilidad para promover las clases másdesfavorecidas.Conclusión: ³Los ejercicios espirituales han acabado. Recojamos las velas. Tambiénesta vez la gracia ha sobreabundado verdaderamente. Quizás nunca como hoy me hesentido verdadera y firmemente convencido de la necesidad absoluta de darme y deltodo, y para siempre, a mi Señor, que quiere servirse de mi pobre persona para hacerel bien en su Iglesia y para llevar almas a su corazón amoroso´ (Angelo Roncalli,Ejercicios Espirituales del 10 al 20 de diciembre de 1902).Finalmente, el Enchiridion indulgentiarum nos indica: Plenaria indulgentia concéditurchristifideli qui exercitiis spiritálibus saltem per tres íntegros dies vacaverit, definiendo el«Código de derecho canónico» (c. 992) y el «Catecismo de la Iglesia católica» (n.1471): «La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados,ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadascondiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de laredención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo yde los santos». Para conseguirla, además del estado de gracia, es necesario: - tener ladisposición interior de un desapego total del pecado, incluso venial; - confesarsesacramentalmente de sus pecados; - recibir la sagrada Eucaristía (ciertamente, esmejor recibirla participando en la santa misa, pero para la indulgencia sólo es necesariala sagrada Comunión); - orar según las intenciones del Romano Pontífice. La oración,según la mente del Papa, queda a elección de los fieles, pero se sugiere un«Padrenuestro» y un «Avemaría».
  • 12. SEGUNDA MEDITACIÓN:EL BAUTISMO DE JESÚS EN EL JORDÁNPreámbulos: ³Pero ahora se plantea la pregunta: ¿en qué consiste esta esperanzaque, en cuanto esperanza, es « redención »? Pues bien, el núcleo de la respuesta seda en el pasaje antes citado de la Carta a los Efesios: antes del encuentro con Cristo,los Efesios estaban sin esperanza, porque estaban en el mundo « sin Dios ». Llegar aconocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. Paranosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemosacostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios,resulta ya casi imperceptible. El ejemplo de una santa de nuestro tiempo puede encierta medida ayudarnos a entender lo que significa encontrar por primera vez yrealmente a este Dios.Me refiero a la africana Josefina Bakhita, canonizada por el Papa Juan Pablo II.Nació aproximadamente en 1869 ±ni ella misma sabía la fecha exacta± en Darfur,Sudán. Cuando tenía nueve años fue secuestrada por traficantes de esclavos,golpeada y vendida cinco veces en los mercados de Sudán.Terminó como esclava al servicio de la madre y la mujer de un general, donde cada díaera azotada hasta sangrar; como consecuencia de ello le quedaron 144 cicatrices parael resto de su vida.Por fin, en 1882 fue comprada por un mercader italiano para el cónsul italiano CallistoLegnani que, ante el avance de los mahdistas, volvió a Italia. Aquí, después de losterribles dueños de los que había sido propiedad hasta aquel momento, Bakhita llegó aconocer un dueño totalmente diferente ±que llamó «paron» en el dialecto venecianoque ahora había aprendido±, al Dios vivo, el Dios de Jesucristo. Hasta aquel momentosólo había conocido dueños que la despreciaban y maltrataban o, en el mejor de loscasos, la consideraban una esclava útil. Ahora, por el contrario, oía decir que había un«Paron» por encima de todos los dueños, el Señor de todos los señores, y que esteSeñor es bueno, la bondad en persona. Se enteró de que este Señor también laconocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería. También ella eraamada, y precisamente por el «Paron» supremo, ante el cual todos los demás no sonmás que míseros siervos. Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más:este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora laesperaba «a la derecha de Dios Padre».En este momento tuvo esperanza; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueñosmenos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamzente amada, suceda lo quesuceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa. A través delconocimiento de esta esperanza ella fue redimida, ya no se sentía esclava, sino hijalibre de Dios. Entendió lo que Pablo quería decir cuando recordó a los Efesios queantes estaban en el mundo sin esperanza y sin Dios; sin esperanza porque estaban sinDios. Así, cuando se quiso devolverla libre a Sudán, Bakhita se negó; no estabadispuesta a que la separaran de nuevo de su «Paron».El 9 de enero de 1890 recibió el Bautismo, la Confirmación y la primera Comunión demanos del Patriarca de Venecia.
  • 13. El 8 de diciembre de 1896 hizo los votos en Verona, en la Congregación de lashermanas Canosianas, y desde entonces ±junto con sus labores en la sacristía y en laportería del claustro± intentó sobre todo, en varios viajes por Italia, exhortar a la misión:sentía el deber de extender la liberación que había recibido mediante el encuentro conel Dios de Jesucristo; que la debían recibir otros, el mayor número posible de personas.La esperanza que en ella había nacido y la había «redimido» no podía guardárselapara sí sola; esta esperanza debía llegar a muchos, llegar a todos. Bastaría esta graciapara que la persona se sintiera profundamente feliz y dichosa. Bastaría ese don paravivir eternamente agradecidos´ (Benedicto XVI, Spei salvi, nº 3).PreámbuloEn la figura de Gandalf, vemos el arquetipo de un patriarca del Antiguo Testamento, subastón aparentemente tenía el mismo poder que el de Moisés. En su aparente«muerte» y «resurrección», lo vemos emerger como una figura semejante a Cristo. Su«resurrección» se convierte en su transfiguración. Antes de entregar su vida por suamigos era Gandalf el Gris; después, se convierte en Gandalf el Blanco. Es blanqueadoen la pureza de su autosacrificio y emerge más poderoso en virtud que nunca.³Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno dedesatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, peroél os bautizará con Espíritu Santo.» Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desdeNazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vioque los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyóuna voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Marcos1, 7-11).Oración preparatoria: ³Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad y, ya que ahora participasde la misma naturaleza divina, no vuelvas a tu antigua vileza con una vida depravada.Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Ten presente que has sidoarrancado del dominio de las tinieblas y transportado al reino y a la claridad de Dios.Por el sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; noahuyentes, pues, con acciones pecaminosas un huésped tan excelso, ni te entreguesotra vez como esclavo al demonio, pues el precio con que has sido comprado es lasangre de Cristo´ (San León Magno, Sermón 1 en la Natividad del Señor, nº 3).Petición: Señor, dame una profunda conciencia de mi bautismo e inserción en ti, queme lance a vivir una vida nueva y a predicarte entre mis hermanos. La renovación delbautismo es un estímulo para ³buscar las cosas de arriba donde está Cristo sentado ala diestra de Dios´ (Col 3, 1). El cristiano vive en la tierra y necesita continuar luchando,pero el hecho de que Cristo haya entrado en el cielo es una garantía de esperanza y deposibilidades para los miembros de su cuerpo.La vida pública de Jesús comienza con su bautismo en el Jordán por Juan el Bautista.1. Yo soy la voz: Juan, el Bautista: «Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamabaJuan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeranpor él. No era la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz» (Jn 1, 6-8)
  • 14. a. Coherencia de vida. Es el un nazir «no pasará la navaja por su cabeza» (Jue 13, 5) yun asceta: «su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos,y su comida eran langostas y miel silvestre» (Mt 3, 4). Jesús le describirá: «Qué salisteis aver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Unhombre elegantemente vestido?» (Lc 7, 24-25). «No comía pan, ni bebía vino» (Lc 7, 33),«ni licor» (Lc 1, 15); pero sobre todo es el hombre consagrado totalmente al Señor. Suvida entera, desde el vientre de su madre, está inflamada por el don del Espíritu Santo,«saltó de gozo el niño en su seno» (Lc 1, 41). Como Jeremías (1, 5), como el siervo deYavé (Is 49,1-5), como Pablo (Gál 1, 15) todo les conduce a la misión, todo su ser es paraCristo, toda su palabra es para Él; su destino es el de ser el predicador de conversión: vozque clama.b. Espiritualidad del desierto. Juan espera, al que viene, con un deseo que llena todo suser y, al mismo tiempo, con una profunda emoción: «Detrás de mí viene el que puedemás que yo y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias» (Mc 1,7). «Detrásde mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo» (Jn1, 30). «Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar» (Jn 3, 30). Un hombre anclado enla eternidad no puede decir sino la verdad y la verdad tiene el poder de hacernos libres.Herodes, no te está permitido tener a la mujer de tu hermano. Y Herodes asentía, escierto, pero quiero tenerla: «Sin verdad, se vive mejor». Y le escuchaba con agrado enotros muchos problemas, pero no en ese. Juan era «la voz del que clama en el desierto:rectificad el camino del Señor» (Jn 1, 23). «Juan no realizó ninguna señal, pero todo loque dijo Juan de éste, era verdad» (Jn 10, 41).c. Mensaje: «Mira envió me mensajero delante de ti, el que ha de preparar el camino. Vozdel que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas» (Mc1, 3-4). Entre él y la llegada de Dios, ya no hay sitio para ningún profeta: es el último delos profetas «Elías ha venido ya y han hecho con él cuanto han querido» (Mc 9, 13). Y esmás que un profeta: Es un mensajero que Dios envía delante para preparar su camino,porque Dios viene. Dios viene para poner orden, para juzgar y salvar. Para provocar unadecisión básica, radical. «El hacha está puesta ya a la raíz de los árboles; y todo árbolque no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (Mt 3, 10). Ya está el bieldo en lasmanos de Dios, y «él aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la pajaen una hoguera que no se apaga» (Mt 3, 12).El que así habla es alguien que está decidido a todo; no vacila en dirigirse a los grandesdel pueblo con la expresión «raza de víboras, quién os ha enseñado a huir de la irainminente» (Mt 3, 7) y en echarle en cara sus bajezas al tetrarca Herodes: «no te es lícitotenerla» (Mt 14, 4) (a Herodías, la mujer de su hermano); no tiene miedo a la cárcel y a ladecapitación, en Maqueronte, «su cabeza fue traída en una bandeja y entregada a lamuchacha, la cual se la llevó a su madre» (Mt 14, 11). El es voz que lo atraviesa todo,incluso los oídos taponados, un grito que nos llega nítido hasta hoy.Juan el Bautista está ante nosotros exigiendo y actuando. Él es el que llama con todorigor a la metanoia, a transformar nuestro modo de pensar, amar y sentir. Quien quiera
  • 15. encontrar a Dios tiene que convertirse interiormente una y otra vez, una conversióncontinua, un crecimiento espiritual, una maduración en la fe, en la esperanza y en lacaridad. Ni siquiera Juan el Bautista se eximió del difícil acontecimiento de transformar suinterioridad, del deber de convertirse. ¿Quién vino en realidad? Alguien que es «manso yhumilde de corazón», que «no voceará por las calles... y el pábilo vacilante no loapagará» (Mt 11, 29; 12, 19s.), de modo que Juan cuando está en la cárcel se asombra yvacila, porque no ve nada de fuego, hacha y bieldo: «¿Eres tú el que ha de venir odebemos de esperar a otro?» (Mt 11, 3). Pero Jesús le abre su mente y su corazón: mirasi las promesas no están cumplidas, si por mí los orgullosos no han sido derribados desus tronos y los pobres han sido levantados del polvo, si los que ven son ciegos y los queestán ciegos ven. ¡Si en mis obras, por la presencia de Dios, no cambia el orden delmundo!2. La aparición del Bautista llevaba consigo algo totalmente nuevo. El bautismo, alque invita, se distingue de las acostumbradas abluciones religiosas. No es repetible ydebe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y parasiempre toda la vida. Está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma depensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios y al anuncio dealguien más Grande que ha de venir después de Juan.El cuarto Evangelio nos dice que el Bautista «no conocía» a ese más Grande a quienquería preparar el camino, pero sabe que ha sido enviado para preparar el camino aese misterioso Otro, sabe que toda su misión está orientada a Él. En los cuatroEvangelios se describe esa misión con un pasaje de Isaías: «Una voz clama en eldesierto: " ¡Preparad el camino al Señor! ¡Allanadle los caminos!"» (Is 40, 3). Marcosañade una frase compuesta de Malaquías 3, 1 y Éxodo 23, 20 que, en otro contexto,encontramos también en Mateo (11, 10) y en Lucas (1, 76; 7, 27): «Yo envío a mimensajero delante de ti para que te prepare el camino» (Mc 1,2). Todos estos textosdel Antiguo Testamento hablan de la intervención salvadora de Dios, que sale de loinescrutable para juzgar y salvar; a Él hay que abrirle la puerta, prepararle el camino.Con la predicación del Bautista se hicieron realidad todas estas antiguas palabras deesperanza: se anunciaba algo realmente grande.Podemos imaginar la extraordinaria impresión que tuvo que causar la figura y elmensaje del Bautista en la efervescente atmósfera de aquel momento de la historia deJerusalén. Por fin había de nuevo un profeta cuya vida también le acreditaba como tal.Por fin se anunciaba de nuevo la acción de Dios en la historia. Juan bautiza con agua,pero el más Grande, Aquel que bautizará con el Espíritu Santo y con el fuego, está alllegar. Por eso, no hay que ver las palabras de san Marcos como una exageración:«Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizabaen el Jordán» (1,5).3. ³Por entonces llegó Jesús, desde Nazaret de Galilea, a que Juan lo bautizaraen el Jordán» (Mc 1, 9). Hasta entonces, no se había hablado de peregrinos venidosde Galilea; todo parecía restringirse al territorio judío. Pero lo realmente nuevo no es
  • 16. que Jesús venga de otra zona geográfica, de lejos, por así decirlo. Lo realmente nuevoes que Él ²Jesús² quiere ser bautizado, que se mezcla entre la multitud gris de lospecadores que esperan a orillas del Jordán.El bautismo era realmente un reconocimiento de los pecados y el propósito de poner fina una vida anterior malgastada para recibir una nueva. ¿Podía hacerlo Jesús? ¿Cómopodía reconocer sus pecados? ¿Cómo podía desprenderse de su vida anterior paraentrar en otra vida nueva? Los cristianos tuvieron que plantearse estas cuestiones. Ladiscusión entre el Bautista y Jesús, de la que nos habla Mateo, expresa también lapregunta que él hace a Jesús: «Soy yo el que necesito que me bautices, ¿y tú acudesa mí?» (3, 14). Mateo nos cuenta además: «Jesús le contestó: "Déjalo ahora. Está bienque cumplamos así toda justicia. Entonces Juan lo permitió» (3, 15). No es fácil llegar adescifrar el sentido de esta enigmática respuesta. Para interpretar la respuesta deJesús, resulta decisivo el sentido que se dé a la palabra «justicia»: debe cumplirse toda«justicia». En el mundo en que vive Jesús, «justicia» es la respuesta del hombre a laTorá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del «yugo del Reino deDios», según la formulación judía. El bautismo de Juan no está previsto en la Torá,pero Jesús, con su respuesta, lo reconoce como expresión de un sí incondicional a lavoluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo.El relato del evangelista san Lucas, que presenta a Jesús mezclado con la gentemientras se dirige a san Juan Bautista para ser bautizado. Cuando recibió también él elbautismo, -escribe san Lucas- "estaba en oración" (Lc 3, 21). Jesús habla con suPadre. Y estamos seguros de que no sólo habló por sí, sino que también habló denosotros y por nosotros; habló también de mí, de cada uno de nosotros y por cada unode nosotros. Después, el evangelista nos dice que sobre el Señor en oración se abrió elcielo. Jesús entra en contacto con su Padre y el cielo se abre sobre él. Cuanto másvivimos en contacto con Jesús en la realidad de nuestro bautismo, tanto más el cielo seabre sobre nosotros. Sobre Jesús el cielo está abierto. Su comunión con la voluntad delPadre, la «toda justicia» que cumple, abre el cielo, que por su propia esencia esprecisamente allí donde se cumple la voluntad de Dios.Los cuatro Evangelios indican, aunque de formas diversas, que al salir Jesús de lasaguas el cielo se «rasgó» (Mc), se «abrió» (Mt y Lc), que el espíritu bajó sobre Él«como una paloma» y que se oyó una voz del cielo que, según Marcos y Lucas, sedirige a Jesús: «Tú eres...», y según Mateo, dijo de él: «Éste es mi hijo, el amado, mipredilecto» (3, 17). La imagen de la paloma puede recordar al Espíritu que aleteabasobre las aguas del que habla el relato de la creación (ver Gn 1, 2); mediante lapartícula «como» (como una paloma) ésta funciona como «imagen de lo que ensustancia no se puede describir. Por lo que se refiere a la «voz», la volveremos aencontrar con ocasión de la transfiguración de Jesús, cuando se añade sin embargo elimperativo: «Escuchadle».-Tú eres mi hijo. Es la primera palabra reveladora de Jesús que Lucas refiere de formadirecta mientras que Mateo lo hace de forma indirecta (Este es mi hijo) Mt 3,17). Túeres mi hijo es la premisa para la respuesta: Padre. En tanto podemos decir Padre en
  • 17. cuanto que alguien nos ha dicho antes: Tu eres mi hijo, tu eres mi hija. El PadreNuestro es una oración que responde a quien nos llama hijos. Tú eres mi hijo es lapalabra más elevada que revela la esencia de Jesús: palabra sacada del Salmo 2. Túeres mi hijo, yo te he engendrado hoy (v. 7) donde se refiere a un rey protegido,cariñosamente amado. Y la respuesta a esta declaración la leemos en el salmo 89, enla bellísima oración que recoge toda la espiritualidad de la alianza y que, hablando delMesías, del futuro rey David, dice: Él me invocará: ¡Tú, mi Padre, mi Dios y roca de misalvación! Y yo haré de él mi primogénito, el Altísimo entre los reyes de la tierra (27-28). Seguimos estando en el ámbito de la promesa de Natán: Yo seré para él padre, yél será para mí hijo (2 Samuel 7,14) y de Isaías 11, donde se subraya la paternidad y lafiliación. Pero la cima está en la palabra dirigida a Jesús: Tú eres mi hijo. -La segunda afirmación en es añadido: predilecto, un adjetivo que noencontramos en los salmos sino en el libro del Génesis, cuando Dios, para probar aAbrahán, le dijo Toma a tu hijo, a tú único, al que amas. (22,2) La referencia deAbrahán y a Isaac nos recuerda la unicidad del Hijo, el predilecto. -En ti me he complacido. La alusión bíblica es a Isaías, 42, 1, el comienzo delsiervo de Adonai: He aquí a mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido, en quien secomplace mi alma. He puesto mi espíritu sobre Él. El Padre se complace en Élprecisamente en el acto de profunda humillación que Jesús está viviendo, ya que elbautismo era un gesto de penitencia. A la vez que Jesús está en un estado dehumillación y de oración, el Padre lo proclama Hijo suyo.4. Sólo a partir de aquí se puede entender el bautismo cristiano. La anticipación dela muerte en la cruz, que tiene lugar en el bautismo de Jesús, y la anticipación de laresurrección, anunciada en la voz del cielo, se hacen realidad para nosotros. En elJordán, se abrieron los cielos, para indicar que el Salvador nos abrió el camino de lasalvación y que podemos recorrerlo precisamente gracias al nuevo nacimiento «en elagua y en el Espíritu», que se realiza en el Bautismo. En él, quedamos introducidos enel Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, morimos y resucitamos con Él, nosrevestimos de Él, como subraya en varias ocasiones el apóstol Pablo.En virtud de la filiación divina conferida por el bautismo, puede decirse que para cadapersona bautizada e injertada en Cristo resuena aún la voz del Padre: ³Tú eres mi hijoamado, en ti me complazco´. ¿Cómo no exclamar con san Juan?: ³Mirad cómo nosamó el Padre. Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente´(1 Jn 3, 1). ¿Cómo permanecer indiferentes ante este desafío del amor paternal deDios que nos invita a una santidad de vida en profunda e íntima armonía con Él?Somos insertados en una compañía de amigos que no lo abandonará nunca ni en lavida ni en la muerte, porque esta compañía de amigos es la familia de Dios, que llevaen sí la promesa de eternidad. Esta compañía de amigos, esta familia de Dios, loacompañará siempre, incluso en los días de sufrimiento, en las noches oscuras de lavida; le brindará consuelo, fortaleza y luz. Esta compañía, esta familia, le dará palabras
  • 18. de vida eterna, palabras de luz que responden a los grandes desafíos de la vida y danuna indicación exacta sobre el camino que conviene tomar. Esta compañía brinda alniño consuelo y fortaleza, el amor de Dios incluso en el umbral de la muerte, en el valleoscuro de la muerte. Le dará amistad, le dará vida. Y esta compañía, siempre fiable, nodesaparecerá nunca.Ninguno de nosotros sabe lo que sucederá en el mundo, pero de una cosa estamosseguros: la familia de Dios siempre estará presente y los que pertenecen a esta familianunca estarán solos, tendrán siempre la amistad segura de Aquel que es la vida.Un don de amistad implica un "sí" al amigo e implica un "no" a lo que no es compatiblecon esta amistad, a lo que es incompatible con la vida de la familia de Dios, con la vidaverdadera en Cristo.¿A qué decimos "no"? Sólo así podemos comprender a qué queremos decir "sí". En laIglesia antigua estos "no" se resumían en una palabra que para los hombres de aqueltiempo era muy comprensible: se renuncia -así decían- a la "pompa diaboli", es decir, ala promesa de vida en abundancia, de aquella apariencia de vida que parecía venir delmundo pagano, de sus libertades, de su modo de vivir, sólo según lo que agradaba.Por tanto, era un "no" a una cultura de aparente abundancia de vida, pero que enrealidad era una "anticultura" de la muerte. Era el "no" a los espectáculos donde lamuerte, la crueldad, la violencia se habían transformado en diversión. Pensemos en loque se realizaba en el Coliseo o en los jardines de Nerón, donde se quemaba a loshombres como antorchas vivas. La crueldad y la violencia se habían transformado enmotivo de diversión, una verdadera perversión de la alegría, del verdadero sentido de lavida. Esta "pompa diaboli", esta "anticultura" de la muerte era una perversión de laalegría; era amor a la mentira, al fraude; era abuso del cuerpo como mercancía y comocomercio. Y ahora, si reflexionamos, podemos decir que también en nuestro tiempo esnecesario decir un "no" a la cultura de la muerte, ampliamente dominante. Una"anticultura" que se manifiesta, por ejemplo, en la droga, en la huida de lo real hacia loilusorio, hacia una felicidad falsa que se expresa en la mentira, en el fraude, en lainjusticia, en el desprecio del otro, de la solidaridad, de la responsabilidad con respectoa los pobres y los que sufren; que se expresa en una sexualidad que se convierte enpura diversión sin responsabilidad, que se transforma en "cosificación" ²por decirloasí² del hombre, al que ya no se considera persona, digno de un amor personal queexige fidelidad, sino que se convierte en mercancía, en un mero objeto. A esta promesade aparente felicidad, a esta "pompa" de una vida aparente, que en realidad sólo esinstrumento de muerte, a esta "anticultura" le decimos "no", para cultivar la cultura de lavida.Por eso, el "sí" cristiano, desde los tiempos antiguos hasta hoy, es un gran "sí" a lavida. Este es nuestro "sí" a Cristo, el "sí" al vencedor de la muerte y el "sí" a la vida enel tiempo y en la eternidad. Del mismo modo que en este diálogo bautismal el "no" searticula en tres renuncias, también el "sí" se articula en tres adhesiones: "sí" al Diosvivo, es decir, a un Dios creador, a una razón creadora que da sentido al cosmos y anuestra vida; "sí" a Cristo, es decir, a un Dios que no permaneció oculto, sino que tiene
  • 19. un nombre, tiene palabras, tiene cuerpo y sangre; a un Dios concreto que nos da lavida y nos muestra el camino de la vida; "sí" a la comunión de la Iglesia, en la queCristo es el Dios vivo, que entra en nuestro tiempo, en nuestra profesión, en la vida decada día.Podríamos decir también que el rostro de Dios, el contenido de esta cultura de la vida,el contenido de nuestro gran "sí", se expresa en los diez Mandamientos, que no son unpaquete de prohibiciones, de "no", sino que presentan en realidad una gran visión devida. Son un "sí" a un Dios que da sentido al vivir (los tres primeros mandamientos); un"sí" a la familia (cuarto mandamiento); un "sí" a la vida (quinto mandamiento); un "sí" alamor responsable (sexto mandamiento); un "sí" a la solidaridad, a la responsabilidadsocial, a la justicia (séptimo mandamiento); un "sí" a la verdad (octavo mandamiento);un "sí" al respeto del otro y de lo que le pertenece (noveno y décimo mandamientos).Esta es la filosofía de la vida, es la cultura de la vida, que se hace concreta, practicabley hermosa en la comunión con Cristo, el Dios vivo, que camina con nosotros encompañía de sus amigos, en la gran familia de la Iglesia. El bautismo es don de vida.Es un "sí" al desafío de vivir verdaderamente la vida, diciendo "no" al ataque de lamuerte, que se presenta con la máscara de la vida; y es un "sí" al gran don de laverdadera vida, que se hizo presente en el rostro de Cristo, el cual se nos dona en elbautismo y luego en la Eucaristía.En el Bautismo de Cristo el mundo es santificado, los pecados son perdonados; en elagua y en el Espíritu nos convertimos en nuevas criaturas» («Antifona al Benedictus»,Oficio de Laudes). De este modo, cada uno de nosotros puede aspirar a la santidad,una meta que, como ha recordado el Concilio Vaticano II, constituye la vocación detodos los bautizados.El compromiso que surge del Bautismo consiste por tanto en «escuchar» a Jesús: esdecir, creer en Él y seguirle dócilmente haciendo su voluntad, la voluntad de Dios.Descubrir a la Iglesia como misterio, es decir, como pueblo congregado en la unidaddel Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, llevaba a descubrir también su santidad,entendida en su sentido fundamental de pertenecer a Aquél que por excelencia es elSanto, el tres veces Santo. Confesar a la Iglesia como santa significa mostrar su rostrode Esposa de Cristo, por la cual él se entregó, precisamente para santificarla. Este donde santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado.Pero el don se plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vidacristiana: «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4,3). Es uncompromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: «Todos los cristianos, de cualquierclase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección delamor. El Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios, por medio de lainserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu. Preguntar a un catecúmeno,¿quieres recibir el Bautismo?», significa al mismo tiempo preguntarle, ¿quieres sersanto? Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: «Sed perfectos comoes perfecto vuestro Padre celestial » (Mt 5,48). Sería un contrasentido contentarse con
  • 20. una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial.Este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie devida extraordinaria, practicable sólo por algunos genios de la santidad. Los caminos dela santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno: en nuestro caso lasacerdotal.«Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de lavocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia,soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad delEspíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es laesperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo,un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos. A cada unode nosotros le ha sido concedido el favor divino a la medida de los dones de Cristo» (Ef4,1-7).La santidad es don, una riqueza y una tarea: «Llega a ser lo que eres».Uno de los más graves errores de nuestra época» -señaló el Concilio Vaticano II - es eldivorcio entre «la fe y la vida diaria de muchos. Es muy frecuente también la tendenciaa las vidas paralelas, fragmentadas, parcializadas, en las que la familia, la educación,el trabajo, las diversiones, la política y la religión ocupan como compartimentosseparados y escasamente comunicados. En la existencia de los cristianos parecenmuchas veces darse dos vidas paralelas: por una parte, la llamada vida µespiritual¶, consus valores y exigencias, y por otra, la vida llamada µsecular¶, o sea la vida de familia,de trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura. La ferecibida va quedando así reducida a episodios y fragmentos de toda la existencia. Secae, pues en el ritualismo ± lo religioso reducido a episódicos y a veces esporádicosgestos rituales y devocionales -, en el espiritualismo ± el cristianismo evaporado en unvago sentimiento religioso -, en el pietismo ± una piedad cristiana amenazada desubjetivismo, sin arraigo en la objetividad sacramental y magisterial de la Iglesia ± y enel moralismo ± la fe en Cristo salvador reducida a ciertas reglas y comportamientosmorales -.La autenticidad, en resumidas cuentas, exige conciencia de lo que debemos ser porvoluntad de Dios y coherencia con lo que debemos ser. Esta coherencia, lo sabemosmuy bien, exige una lucha continua contra todo lo que nos aparta del cumplimiento fielde la voluntad de Dios.Implicaciones de una vida cristiana auténtica.a).La oración como un medio para descubrir lo que Dios quiere de mí. La oración es unelemento imprescindible para cultivar la conciencia clara y habitual de lo que Dios,fuente de toda autenticidad, quiere de mí en cada momento. Es más, la oración no sólome ilumina sino que me proporciona también la fuerza, los motivos, para amar esequerer divino y llevarlo a su realización. ¡Cuánto nos estimula contemplar a Jesúsabsorto tantas veces en oración durante amplios ratos! Ante las grandes decisiones, en
  • 21. las horas de oscuridad de su Pasión, en todo momento Cristo supo descubrir en laoración la luz y la fuerza necesarias para perseverar en el cumplimiento de las «cosasde su Padre». ¡Todo cambia con la oración! No podemos imaginar la fuerzatransformadora que tiene. Las penas las convierte en gozo, las tristezas en consuelo, ladebilidad en fortaleza, la preocupación en paz. Cristo se retiraba a orar. Ahí decidía, ahísuplicaba al Padre, desde ahí nos enseñó el camino, el mejor camino de todos. Orar,orar, orar. No cabe duda que aquí está el camino para todo. No hay que olvidar que,junto con el cultivo de la oración, también el sabio consejo del director espiritual puedeayudarnos a conocernos y a discernir mejor las manifestaciones concretas de estequerer de Dios.b). Mantener una recta jerarquía de valores. La voluntad de Dios debe ser la normasuprema, por encima de las pasiones y caprichos, de las modas y costumbres delmundo, de las solicitudes del diablo. Es bueno lo que me ayuda a cumplir la voluntadde Dios, y malo lo que me estorba. Los santos nos dan un maravilloso testimonio de loque significa vivir con coherencia esta recta jerarquía de valores. «Hay que obedecer aDios antes que a los hombres», confesaron valientemente Pedro y los demásApóstoles ante el Sanedrín (Hch 5,29). ¡Cuántas oportunidades tenemos en nuestrotrabajo y en general en nuestras relaciones sociales, para dar testimonio valiente deesta verdad que en ocasiones puede implicar tomar decisiones difíciles o contracorriente! José Luis tenía muy clara su jerarquía de valores: «Primero muerto, antesque traicionar a Cristo y a mi patria», repetía a sus verdugos. Tenía bien puesto sucorazón en la patria eterna, en las palabras que Jesucristo nos dice en el Evangelio:«¡ven, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor!» (Mt 25,21). Para vivir concoherencia según la norma suprema de la voluntad de Dios hemos de ser fieles a lavoz del Espíritu Santo en nuestra conciencia. «La conciencia ±nos recuerda el ConcilioVaticano II- es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se sientea solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla» (Gaudium etSpes, n. 16). En ella resuena con fuerza la ley moral fundamental: hay que hacer elbien y evitar el mal. Es ahí, en la conciencia, donde estamos a solas con el Amigo, quea fin de cuentas sólo quiere nuestro bien, ¡nuestra felicidad verdadera!Una de las cosas más terribles que nos pueden suceder es perder la sensibilidad deconciencia, porque mientras ésta exista siempre habrá posibilidad de rescate, Dios nospodrá dar la mano para sacarnos adelante. Hemos de cuidar, más que la propia saluddel cuerpo, la salud de nuestra conciencia; llamar siempre al bien, «bien» y al mal,«mal»; que nos preocupe más una deformación de conciencia que una herida o uncomentario molesto. Nuestro Padre Fundador al respecto nos da un consejo muypráctico: «Sea auténtico todos los días de su vida. No se acueste un solo día conalguna rotura o deformación interior, como no sería capaz de dormir con un brazo roto.Que le duela la fractura o torcedura y ponga remedio. No espere a que se pase el dolorde la conciencia y se consolide la deformación. ¡Ahí sí que habría que temer! ¡Quéresolución tan útil podríamos sacar para nuestras vidas: nunca acostarnos sin hacer unbreve examen de conciencia para ver cómo estamos respondiendo al querer concretode Dios en nuestra vida, para agradecerle lo bueno que hayamos hecho y rectificarcualquier indicio de engaño o deformación! Hacer de la voluntad de Dios la norma
  • 22. suprema de vida es, además, fuente de felicidad y de profunda paz, porque el almabusca agradar a Dios en todo momento movida por el amor y no por el temor. Comobien dice La imitación de Cristo: «La gloria del hombre bueno está en el testimonio deuna buena conciencia. Ten una conciencia recta y tendrás siempre alegría» (libro II, c.6, n. 1-2). Ayuda mucho repasar, sobre todo con el corazón, las palabras del salmo118: «¡cuánto amo tu Voluntad, Señor, pienso en ella, todo el día!». Es lo mismo quenos ocurre cuando amamos a una persona: la queremos tanto y nos quiere tanto, queel gozo de nuestro corazón es hacer lo que a Él le agrada, verle feliz y saber quenuestra gratitud a Él se manifiesta más que en palabras, en obras de fidelidad a suVoluntad. Por eso decimos su santa voluntad y por eso le pedimos todos los días en elPadrenuestro que se haga SU voluntad. No hay petición mejor en nuestra vida.c) Huir de la mentira en la vida, y por lo mismo, buscar ser buenos y no sóloaparentarlo. Hemos de procurar actuar siempre de cara a Dios y no sólo de cara a losdemás. Un gran enemigo de la autenticidad es la vanidad, el respeto humano, el miedoa lo que los demás puedan pensar o decir de nosotros. A veces es necesario cuidar lapropia imagen y tener en cuenta las posibles repercusiones de nuestros actos ante losdemás. Pero cuando esto me lleva a silenciar mi conciencia, a dejar de cumplir mideber y omitir el bien, entonces preferimos traicionar a Dios antes que quedar mal antelos hombres. El hombre siempre ha sentido la necesidad de la careta; para reír y parallorar. Hay muchos hombres y mujeres que la llevan. No se guíe por apariencias,hermano. Mucha gente se acicala, sonríe, guiña el ojo al espejo...; pero con la caretapuesta. Quizá sólo cuando han apagado la luz, se atreven a quitársela por brevesinstantes, pero la dejan sobre la mesilla, al alcance de la mano, para acomodárselacomo primera medida del día. Lo que nos debe preocupar es la imagen que Dios tienede nosotros, construir nuestra vida minuto a minuto de cara a Él. Ésta es la mejorimagen que podemos dar a los demás, la más auténtica, la que mejor «vende». «Noeres más santo porque te alaben, ni peor porque digan de ti cosas censurables. Eressencillamente lo que eres, y no puedes considerarte mayor de lo que Dios testifica deti» (La imitación de Cristo, II, c. 6, n. 12).A Dios nuestro Señor no le podemos engañar, ya que «todo está desnudo y patente asus ojos» (Heb 4,13). Él es quien nos ha creado y nos juzgará. No es la suya, sinembargo, la mirada escrutadora del policía o del inquisidor, sino la de un Padre que nosama, que se preocupa por nosotros y que si a veces nos corrige es sólo por nuestrobien. ¡Cuánta paz y seguridad da al alma vivir esta realidad, actuar siempre de cara aDios! No hay nada que temer, no hay por qué esconderse al escuchar los pasos deDios en el jardín, como Adán y Eva después del pecado. Se está a gusto con Él. Sedialoga con Él con franqueza y espontaneidad.d) Volver a la Verdad: saber levantarse con humildad y reemprender el camino. Todospodemos tener caídas y limitaciones, pero ello no nos hace incoherentes siempre ycuando reconozcamos con humildad nuestra debilidad, pidamos perdón a Dios consinceridad y volvamos al camino recto. La confesión frecuente es el sacramento quenos vuelve a colocar en la verdad de Dios y, junto con la Eucaristía, nos da la fuerzapara vivir en ella.
  • 23. Es tan fácil autojustificarse, maquillar la propia imagen ante los demás y ante unomismo, con una larga letanía de excusas y lenitivos («no era mi intención, no hay queexagerar, somos humanos, los demás también lo hacen, en estas circunstancias sí sepuede« »). La condición imprescindible para superarse en la vida, para ser un hombreauténtico es la honestidad con uno mismo, la sinceridad que Jesucristo «camino,verdad y vida» nos propone en el Evangelio. Hacer la verdad en el amor. «Si decimos:³No tenemos pecado´, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Sireconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados ypurificarnos de toda injusticia» (1Jn 1,8-9). El placer más grande de Dios esperdonarnos. Pero el perdón sin amor, es decir, sin arrepentimiento, corrompe. De igualmanera la autenticidad sin sinceridad es una farsa. Pidámosle a Dios que nos concedala gracia de ser muy honestos y humildes para que nunca permita que nos separemosde Él ni desconfiemos de su amor.
  • 24. TERCERA MEDITACIÓN:LAS TENTACIONESPreámbulo: Los cuatro camaradas avanzaron hasta más allá del centro de la sala donde en el granhogarchisporroteaba un fuego de leña. Entonces se detuvieron. En el extremo opuesto de la sala, frente a laspuertas y mirando al norte, había un estrado de tres escalones, y en el centro del estrado se alzaba untrono de oro. En él estaba sentado un hombre, tan encorvado por el peso de los años que casi parecíaunenano; los cabellos blancos, largos y espesos, le caían en grandes trenzas por debajo de la fina coronadorada que llevaba sobre la frente. En el centro de la corona, centelleaba un diamante blanco. La barbale caía como nieve sobre las rodillas; pero un fulgor intenso le iluminaba los ojos, que relampaguearoncuando miró a los desconocidos. Detrás del trono, de pie, había una mujer vestida de blanco. Sobre lasgradas, a los pies del rey estaba sentado un hombre enjuto y pálido, con ojos de párpados pesados ymirada sagaz.Hubo un silencio. El anciano permaneció inmóvil en el trono. Al fin, Gandalf habló.-¡Salve, Théoden hijo de Thengel! He regresado. He aquí que la tempestad se aproxima y ahoratodos los amigos tendrán que unirse, o serán destruidos.El anciano se puso de pie poco a poco, apoyándose pesadamente en una vara negra con empuñadurade hueso blanco, y los viajeros vieron entonces que aunque muy encorvado, el hombre era alto todavía yque en la juventud había sido sin duda erguido y arrogante.-Yo te saludo -dijo-, y tú acaso esperas ser bienvenido. Pero a decir verdad, tu bienvenida es aquídudosa, señor Gandalf. Siempre has sido portador de malos augurios. Las tribulaciones te siguen comocuervos y casi siempre las peores. No te quiero engañar: cuando supe que Sombragris había vuelto sinsujinete, me alegré por el regreso del caballo, pero más aún por la ausencia del caballero; y cuando Eomerme anunció que habías partido a tu última morada, no lloré por ti. Pero las noticias que llegan de lejosrara vez son ciertas. ¡Y ahora has vuelto! Y contigo llegan males peores que los de antes, como era deesperar. ¿Por qué habría de darte la bienvenida, Gandalf Cuervo de la Tempestad? Dímelo. -Ylentamente se sentó otra vez.-Habláis con toda justicia, Señor -dijo el hombre pálido que estaba sentado en las gradas-. No haceaún cinco días que recibimos la mala noticia de la muerte de vuestro hijo Théodred en las Marcas delOeste: vuestro brazo derecho, el Segundo Mariscal de la Marca. Poco podemos confiar en Eomer. Dehabérsele permitido gobernar, casi no quedarían hombres que guardar vuestras murallas. Y aún ahoranos enteramos desde Gondor que el Señor Oscuro se agita en el Este. Y ésta es precisamente la horaqueeste vagabundo elige para volver. ¿Por qué, en verdad, te recibiríamos con los brazos abiertos, SeñorCuervo de la Tempestad? Lathspell, te nombro, Malas Nuevas, y las malas nuevas nunca son buenoshuéspedes, se dice.Soltó una risa siniestra, mientras levantaba un instante los pesados párpados y observaba a losextranjeros con ojos sombríos.-Se te tiene por sabio, amigo Lengua de Serpiente, y eres sin duda un gran sostén para tu amo -dijoGandalf con voz dulce-. Pero hay dos formas en las que un hombre puede traer malas nuevas. Puedeserun espíritu maligno, O bien uno de esos que prefieren la soledad y sólo vuelven para traer ayuda entiempos difíciles.-Así es -dijo Lengua de Serpiente-; pero los hay de una tercera especie: los juntacadáveres, los queaprovechan la desgracia ajena, los que comen carroña y engordan en tiempos de guerra. ¿Qué ayudahastraído jamás? ¿Y qué ayuda traes ahora? Fue nuestra ayuda lo que viniste a buscar la última vez queestuviste por aquí. Mi señor te invitó entonces a escoger el caballo que quisieras y ante el asombro detodos tuviste la insolencia de elegir a Sombragris. Mi señor se sintió ultrajado, mas en opinión de
  • 25. algunos, ese precio no era demasiado alto con tal de verte partir cuanto antes. Sospecho que una vezmássucederá lo mismo: que vienes en busca de ayuda, no a ofrecerla. ¿Traes hombres contigo? ¿Traesacasocaballos, espadas, lanzas? Eso es lo que yo llamaría ayuda, lo que ahora necesitamos. ¿Pero quiénessonesos que te siguen? Tres vagabundos cubiertos de harapos grises, ¡y tú el más andrajoso de los cuatro!-La hospitalidad ha disminuido bastante en este castillo desde hace un tiempo, Théoden hijo deThengel - dijo Gandalf -. ¿No os ha transmitido el mensajero los nombres de mis compañeros? Rara vezun señor de Rohan ha tenido el honor de recibir a tres huéspedes tan ilustres. Han dejado a las puertasdevuestra casa armas que valen por las vidas de muchos mortales, aun los más poderosos. Grises son lasropas que llevan, es cierto, pues son los elfos quienes los han vestido y así han podido dejar atrás lasombra de peligros terribles, hasta llegar a tu palacio.-Entonces es verdad lo que contó Eomer: estás en connivencia con la Hechicera del Bosque de Oro -dijo Lengua de Serpiente -. No hay por qué asombrarse: siempre se han tejido en Dwimordene telas desupercherías.- 309 -Gimli dio un paso adelante, pero sintió de pronto que la mano de Gandalf lo tomaba por el hombro, yse detuvo, inmóvil como una piedra.En Dwimordene, en Lórienrara vez se han posado los pies de los hombres,pocos ojos mortales han visto la luzque allí alumbra siempre, pura y brillante.¡Galadriel! ¡Galadriel!Clara es el agua de tu manantial;blanca es la estrella de tu mano blanca,-intactas e inmaculadas la hoja y la tierraen Dwimordene, en Lórienmás hermosa que los pensamientos de los Hombres Mortales.Así cantó Gandalf con voz dulce, luego, súbitamente, cambió. Despojándose del andrajoso manto, seirguió y sin apoyarse más en la vara, habló con voz clara y fría.-Los Sabios sólo hablan de lo que saben, Gríma hijo de Gálmód. Te has convertido en una serpientesin inteligencia. Calla, pues, y guarda tu lengua bífida detrás de los dientes. No me he salvado de loshorrores del fuego y de la muerte para cambiar palabras torcidas con un sirviente hasta que el rayo nosfulmine.Levantó la vara. Un trueno rugió a lo lejos. El sol desapareció de las ventanas del Este; la sala seensombreció de pronto como si fuera noche. El fuego se debilitó, hasta convertirse en unos rescoldososcuros. Sólo Gandalf era visible, de pie, alto y blanco ante el hogar ennegrecido.Oyeron en la oscuridad la voz sibilante de Lengua de Serpiente. -¿No os aconsejé, señor, que no ledejarais entrar con la vara? ¡El imbécil de Háma nos ha traicionado!Hubo un relámpago, como si un rayo hubiera partido en dos el techo. Luego, todo quedó en silencio.Lengua de Serpiente cayó al suelo de bruces.-¿Me escucharéis ahora, Théoden hijo de Thengel? -dijo Gandalf-. ¿Pedís ayuda? -Levantó la vara y laapuntó hacia una ventana alta. Allí la oscuridad pareció aclararse y pudo verse por la abertura, alto ylejano, un brillante pedazo de cielo.- No todo es oscuridad. Tened valor, Señor de la Marca, pues mejorayuda no encontraréis. No tengo ningún consejo para darle a aquel que desespera. Podría sin embargoaconsejamos a vos y hablaros con palabras. ¿Queréis escucharlas? No son para ser escuchadas portodoslos oídos. Os invito pues a salir a vuestras puertas y a mirar a lo lejos. Demasiado tiempo habéispermanecido entre las sombras prestando oídos a historias aviesas e instigaciones tortuosas.Lentamente Théoden se levantó del trono. Una luz tenue volvió a iluminar la sala. La mujer corrió,presurosa, al lado del rey y lo tomó del brazo; con paso vacilante, el anciano bajó del estrado y cruzódespaciosamente el recinto. Lengua de Serpiente seguía tendido de cara al suelo. Llegaron a las puertasy Gandalf golpeó.-¡Abrid! -gritó-. ¡Aquí viene el Señor de la Marca!
  • 26. Las puertas se abrieron de par en par y un aire refrescante entró silbando en la sala. El viento soplabasobre la colina.-Enviad a vuestros guardias al pie de la escalera -dijo GandalfY vos, Señora, dejadlo un momento a solas conmigo. Yo cuidaré de él.-¡Ve, Eowyn, hija de hermana! -dijo el viejo rey-. El tiempo del miedo ha pasado.La mujer dio media vuelta y entró lentamente en la casa. En el momento en que franqueaba laspuertas, volvió la cabeza y miró hacia atrás. Graves y pensativos, los ojos de Eowyn se posaron en el reycon serena piedad. Tenía un rostro muy hermoso y largos cabellos que parecían un río dorado. Alta yesbelta era ella en la túnica blanca ceñida de plata; pero fuerte y vigorosa a la vez, templada como elacero, verdadera hija de reyes. Así fue como Aragorn vio por primera vez a la luz del día a Eowyn,Señora de Rohan, y la encontró hermosa, hermosa y fría, como una clara mañana de primavera que nohaalcanzado aún la plenitud de la vida. Y ella de pronto lo miró: noble heredero de reyes, con la sabiduríade muchos inviernos, envuelto en la andrajosa capa gris que ocultaba un poder que ella no podía dejardesentir. Permaneció inmóvil un instante, como una estatua de piedra; luego, volviéndose rápidamente,entró en el castillo.-Y ahora, Señor -dijo Gandalf-, ¡contemplad vuestras tierras! ¡Respirad una vez más el aire libre!- 310 -Desde el pórtico, que se alzaba en la elevada terraza, podían ver, más allá del río, las campiñas verdesde Rohan que se pierden en la lejanía gris. Cortinas de lluvia caían oblicuamente a merced del viento, yel cielo allá arriba, en el oeste, seguía encapotado; a lo lejos retumbaba el trueno y los relámpagosparpadeaban entre las cimas de las colinas invisibles. Pero ya el viento había virado al norte y latormenta que venía del este se alejaba rumbo al sur, hacia el mar. De improviso las nubes se abrierondetrás de ellos y por una grieta asomó un rayo de sol. La cortina de lluvia brilló con reflejos de plata y alo lejos el río rieló como un espejo.-No hay tanta oscuridad aquí -dijo Théoden.-No -respondió Gandalf -. Ni los años pesan tanto sobre vuestras espaldas como algunos quisieranque creyerais. ¡Tirad el bastón!La vara negra cayó de las manos del rey, restallando sobre las piedras. El anciano se enderezólentamente, como un hombre a quien se le ha endurecido el cuerpo por haber pasado muchos añosencorvado cumpliendo alguna tarea pesada. Se irguió, alto y enhiesto, contemplando con ojos ahoraazules el cielo que empezaba a despejarse.-Sombríos fueron mis sueños en los últimos tiempos -dijo-, pero siento como si acabara de despertar.Ahora quisiera que hubieras venido antes, Gandalf, pues temo que sea demasiado tarde y sólo veas losúltimos días de mi casa. El alto castillo que construyera Bregon hijo de Eorl no se mantendrá en piemucho tiempo. El fuego habrá de devorarlo. ¿Qué podemos hacer?-Mucho -dijo Gandalf-. Pero primero traed a Eomer. ¿Me equivoco al pensar que lo tenéis prisioneropor consejo de Gríma, aquél a quien todos excepto vos llaman Lengua de Serpiente?-Es verdad -dijo Théoden-. Eomer se rebeló contra mis órdenes y amenazó de muerte a Gríma en mipropio castillo.-Un hombre puede amaros y no por ello amar a Gríma y aprobar sus consejos -dijo Gandalf.-Es posible. Haré lo que me pides. Haz venir a Háma. Ya que como ujier no se ha mostrado dignode mi confianza, que sea mensajero. El culpable traerá al culpable para que sea juzgado -dijo Théoden,yel tono era grave, pero al mirar a Gandalf le sonrió y muchas de las arrugas de preocupación que teníaenla cara se le borraron y no reaparecieron.Luego que Háma fue llamado y hubo partido, Gandalf llevó a Théoden hasta un sitial de piedra y élmismo se sentó en el escalón más alto. Aragorn y sus compañeros permanecieron de pie en lascercanías.-No hay tiempo para que os cuente todo cuanto tendríais que oír -dijo Gandalf -. No obstante, si elcorazón no me engaña, no tardará en llegar el día en que pueda hablaros con más largueza. Tenedpresente mis palabras: estáis expuesto a un peligro mucho peor que todo cuanto la imaginación deLengua de Serpiente haya podido tejer en vuestros sueños. Pero ya lo veis: ahora no soñáis, vivís.Gondor y Rohan no están solos. El enemigo es demasiado poderoso, pero confiamos en algo que él ni
  • 27. siquiera sospecha.Gandalf habló entonces rápida y secretamente, en voz baja, y nadie excepto el rey pudo oír lo quedecía. Y a medida que hablaba una luz más brillante iluminaba los ojos de Théoden; al fin el rey selevantó, erguido en toda su estatura, y Gandalf a su lado, y ambos contemplaron al este desde el altositial.-En verdad -dijo Gandalf con voz alta, clara y sonora- ahí en lo que más tememos está nuestraesperanza. El destino pende aún de un hilo, pero hay todavía esperanzas si resistimos un tiempo más.También los otros volvieron entonces la mirada al Este. A través de leguas y leguas contemplaronallá en la lejanía el horizonte, y el temor y la esperanza llevaron los pensamientos de todos todavía máslejos, más allá de las montañas negras del País de las Sombras. ¿Dónde estaba ahora el Portador delAnillo? ¡Qué frágil era el hilo del que pendía aún el destino! Legolas miró con atención y creyó ver unresplandor blanco; allá, en lontananza, el sol centelleaba sobre el pináculo de la Torre de la Guardia. Ymás lejos aún, remota y sin embargo real y amenazante, flameaba una diminuta lengua de fuego.Lentamente Théoden volvió a sentarse, como si la fatiga estuviera una vez más dominándolo, contrala voluntad de Gandalf. Volvió la cabeza y contempló la mole imponente del castillo.-¡Ay! -suspiró-. Que estos días aciagos sean para mí y que me lleguen ahora, en los años de mi vejez,en lugar de la paz que creía merecer. ¡Triste destino el de Boromir el intrépido! Los jóvenes muerenmientras los viejos se agostan lentamente. -Se abrazó las rodillas con las manos rugosas.-Vuestros dedos recordarían mejor su antigua fuerza si empuñaran una espada -dijo Gandalf.Théoden se levantó y se llevó la mano al costado, pero ninguna espada le colgaba del cinto.- 311 --¿Dónde la habrá escondido Gríma? -murmuró a media voz. -¡Tomad ésta, amado Señor! -dijo unavoz clara-. Siempre ha estado a vuestro servicio.Dos hombres habían subido en silencio por la escalera y ahora esperaban de pie, a unos pocospeldaños de la cima. Allí estaba Eomer, con la cabeza descubierta, sin cota de malla, pero con unaespada desnuda en la mano; arrodillándose, le ofreció la empuñadura a su señor.-¿Qué significa esto? -dijo Théoden severamente. Y se volvió a Eomer, y los hombres miraronasombrados la figura ahora erguida y orgullosa. ¿Dónde estaba el anciano que dejaran abatido en eltronoo apoyado en un bastón?-Es obra mía, Señor -dijo Háma, temblando-. Entendí que Eomer tenía que ser puesto en libertad.Fue tal la alegría que sintió mi corazón, que quizá me haya equivocado. Pero como estaba otra vez librey es Mariscal de la Marca, le he traído la espada como él me ordenó.-Para depositarla a vuestros pies, mi Señor -dijo Eomer.Hubo un silencio y Théoden se quedó mirando a Eomer, siempre hincado ante él. Ninguno de los doshizo un solo movimiento.-¿No aceptaréis la espada? -preguntó Gandalf.Lentamente Théoden extendió la mano. En el instante en que los dedos se cerraban sobre laempuñadura, les pareció a todos que el débil brazo del anciano recobraba la fuerza y la firmeza. Levantóbruscamente la espada y la agitó en el aire y la hoja silbó resplandeciendo. Luego Théoden l³Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu enel desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellosdías y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios,di a esta piedra que se convierta en pan.» Jesús le respondió: «Esta escrito: No sólo depan vive el hombre.» Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinosde la tierra; y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porquea mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda serátuya.» Jesús le respondió: «Esta escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darásculto.» Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijode Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará paraque te guarden. Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra
  • 28. alguna.» Jesús le respondió: «Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.» Acabada todatentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno´ (Lucas 4, 1-13).Petición: Ayúdanos a superar las seducciones que nos alejen de vivir nuestrosacerdocio con integridad, y a poner nuestra confianza, no es nosotros mismos, y en lapotencia del mundo, sin en Dios y en su debilidad. Esta es la alternativa radical, «elamor de sí mismo hasta el olvido de Dios, o el amor de Dios hasta el olvido de simismo» (san Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, XIV, 28).Objetivo: Para realizar plenamente la propia vida en la libertad es necesario superar laprueba que comporta la misma libertad, es decir, la tentación. Sólo si se libera de laesclavitud de la mentira y del pecado, la persona, gracias a la obediencia de la fe quele abre a la verdad, encuentra el sentido pleno de su existencia y alcanza la paz, elamor y la alegría.1. El descenso del Espíritu sobre Jesús con que termina la escena del bautismosignifica algo así como la investidura formal de su misión. Por ese motivo, losPadres no están desencaminados cuando ven en este hecho una analogía con launción de los reyes y sacerdotes de Israel al ocupar su cargo. La palabra «Cristo-Mesías» significa «el Ungido»: en la Antigua Alianza, la unción era el signo visible de laconcesión de los dones requeridos para su tarea, del Espíritu de Dios para su misión.Por ello, en Isaías 11,2 se desarrolla la esperanza de un verdadero «Ungido», cuya«unción» consiste precisamente en que el Espíritu del Señor desciende sobre él,«espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad ytemor del Señor». Según el relato de san Lucas, Jesús se presentó a sí mismo y sumisión en la Sinagoga de Nazaret con una frase similar de Isaías: «El Espíritu delSeñor está sobre mí, porque él me ha ungido» (Lc 4,18; cf. Is 61,1). La conclusión de laescena del bautismo nos dice que Jesús ha recibido esta «unción» verdadera, que Eles el Ungido esperado, que en aquella hora se le concedió formalmente la dignidadcomo rey y como sacerdote para la historia y ante Israel.2. Desde aquel momento, Jesús queda investido de esa misión. Los tresEvangelios sinópticos nos cuentan, para sorpresa nuestra, que la primera disposicióndel Espíritu lo lleva al desierto. Aquí resuenan más fuertemente los cuarenta años queIsrael anduvo errante por el desierto. Fue éste un tiempo de prueba y a menudo deverdadera tentación, a la que el pueblo sucumbió más de una vez. Fue también eltiempo de ejercicio solitario de su relación con Dios, del mismo modo que losconfesores, los apóstoles y los santos cristianos con frecuencia sólo han comenzado sumisión entre los hombres después de años de desierto y de estar con Dios a solas.Que durante este tiempo su fe se forjara definitivamente, muestra que han seguido elcamino de su Señor, que también ayunó en el desierto y se vio sometido a lastentaciones relativas a su misión mesiánica. El ataque del tentador contra Jesús, quecomenzó durante su estancia en el desierto, culminará en los días de la pasión en elCalvario, cuando el Crucificado triunfe definitivamente sobre el mal.
  • 29. La acción está precedida por el recogimiento, y este recogimiento es necesariamentetambién una lucha interior por la misión, una lucha contra sus desviaciones, que sepresentan con la apariencia de ser su verdadero cumplimiento. El descenso de Jesús«a los infiernos» del que habla el Credo (el Símbolo de los Apóstoles) no sólo se realizaen su muerte y tras su muerte, sino que siempre forma parte de su camino: deberecoger toda la historia desde sus comienzos ²desde «Adán»², recorrerla y sufrirlahasta el fondo, para poder transformarla. La Carta a los Hebreos, sobre todo, destacacon insistencia que la misión de Jesús, su solidaridad con todos nosotros prefiguradaen el bautismo, implica también exponerse a los peligros y amenazas que comporta elser hombre: «Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para sercompasivo y pontífice fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados delpueblo. Como él había pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahorapasan por ella» (2,17s). «No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse denuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros,menos en el pecado» (4, 15). Así pues, el relato de las tentaciones guarda unaestrecha relación con el relato del bautismo, en el que Jesús se hace solidario con lospecadores. Junto a eso, aparece la lucha del monte de los Olivos, otra gran luchainterior de Jesús por su misión. Pero las «tentaciones» acompañan todo el camino deJesús, y el relato de las mismas aparece así ²igual que el bautismo² como unaanticipación en la que se condensa la lucha de todo su recorrido.En su breve relato de las tentaciones, Marcos (ver 1,13) pone de relieve un paralelismocon Adán, con la aceptación sufrida del drama humano como tal: Jesús «vivía entrefieras salvajes, y los ángeles le servían». El desierto ²imagen opuesta al Edén² seconvierte en lugar de la reconciliación y de la salvación; las fieras salvajes, querepresentan la imagen más concreta de la amenaza que comporta para los hombres larebelión de la creación y el poder de la muerte, se convierten en amigas como en elParaíso. Se restablece la paz que Isaías anuncia para los tiempos del Mesías:«Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito.» (11, 6). Dondeel pecado es vencido, donde se restablece la armonía del hombre con Dios, se producela reconciliación de la creación; la creación desgarrada vuelve a ser un lugar de paz,como dirá Pablo, que habla de los gemidos de la creación que, «expectante, estáaguardando la plena manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8, 19).Mateo y Lucas hablan de tres tentaciones de Jesús en las que se refleja su luchainterior por cumplir su misión, pero al mismo tiempo surge la pregunta sobre qué es loque cuenta verdaderamente en la vida humana. Aquí aparece claro el núcleo de todatentación: apartar a Dios que, ante todo lo que parece más urgente en nuestra vida,pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto. Poner orden en nuestromundo por nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propiascapacidades, reconocer como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, ydejar a Dios de lado como algo ilusorio, ésta es la tentación que nos amenaza demuchas maneras. Es propio de la tentación adoptar una apariencia moral: no nos invitadirectamente a hacer el mal, eso sería muy burdo. Finge mostrarnos lo mejor:
  • 30. abandonar por fin lo ilusorio y emplear eficazmente nuestras fuerzas en mejorar elmundo. Además, se presenta con la pretensión del verdadero realismo. Lo real es loque se constata: poder y pan. Ante ello, las cosas de Dios aparecen irreales, un mundosecundario que realmente no se necesita.Las pruebas son tres y corresponden a las que vivió el pueblo elegido:Al hambre de Israel y a sus murmuraciones contra Dios, a las que el Eterno respondiócon el don del maná (ver Éxodo 16 y Números 11), equivale la tentación diabólica deconvertir las piedras en pan (ver Mateo 4, 3 y Lucas 4, 3). La respuesta de Jesús aludea la interpretación que el libro del Deuteronomio ha ofrecido de esta primera tentaciónde Israel: «Pues Él te ha humillado... para hacerte comprender que el hombre no vivesolamente de pan, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor»(Deuteronomio 8, 3).A la sed de Israel y a su protesta en Masa, que indujeron a Moisés a pecar tentando aDios (ver Éxodo 17, 1-7), corresponde la seducción del diablo que quiere obligar a Diosal milagro (ver Mateo 4, 6). La respuesta de Jesús retoma la advertencia,expresamente referida al episodio de las aguas de Masa: «No tentaréis al Señorvuestro Dios como le tentasteis en Masa» (Deuteronomio 6, 16). 3.Finalmente, a la tentación de poner en lugar de Dios un ídolo (sea el becerro de oro deÉxodo 32, sean los dioses de Canaán: ver Éxodo 23, 20-33; 34, 11-14) corresponde elofrecimiento diabólico: «Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras» (Mateo4, 9). Una vez más, la respuesta de Jesús retoma la enseñanza del Deuteronomio: «AlSeñor tu Dios temerás, a él servirás y jurarás por su nombre» (Deuteronomio 6, 13).3. La primera tentación, Jesús, «después de ayunar cuarenta días con suscuarenta noches, al final sintió hambre» (Mt 4,2). En tiempos de Jesús, el número40 era ya rico de simbolismos en Israel. En primer lugar, nos recuerda los cuarentaaños que el pueblo de Israel pasó en el desierto, que fueron tanto los años de sutentación como los años de una especial cercanía de Dios. También nos hace pensaren los cuarenta días que Moisés pasó en el monte Sinaí, antes de que pudiera recibir lapalabra de Dios, las Tablas sagradas de la Alianza. Se puede recordar, además, elrelato rabínico según el cual Abraham, en el camino hacia el monte Horeb, donde debíasacrificar a su hijo, no comió ni bebió durante cuarenta días y cuarenta noches,alimentándose de la mirada y las palabras del ángel que le acompañaba. Los Padres,jugando un poco a ensanchar la simbología numérica, han visto también en el 40 elnúmero cósmico, el número de este mundo en absoluto: los cuatro confines de la tierraengloban el todo, y diez es el número de los mandamientos. El número cósmicomultiplicado por el número de los mandamientos se convierte en una expresiónsimbólica de la historia de este mundo. Jesús recorre de nuevo, por así decirlo, eléxodo de Israel, y así, también los errores y desórdenes de toda la historia. Loscuarenta días de ayuno abrazan el drama de la historia que Jesús asume en sí y llevaconsigo hasta el fondo.
  • 31. «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4, 3). Así dicela primera tentación: «Si eres Hijo de Dios...»; volveremos a escuchar estas palabras alos que se burlaban de Jesús al pie de la cruz: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz»(Mt 27, 40). El Libro de la Sabiduría había previsto ya esta situación: «Si es justo, Hijode Dios, lo auxiliará.» (2, 18).Para ser creíble, Cristo debe dar una prueba de lo que dice ser. Esta petición depruebas acompañará a Jesús durante toda su vida, a lo largo de la cual se le echa encara, repetidas veces, que no dé pruebas suficientes de sí; que no haga el gran milagroque, acabando con toda ambigüedad u oposición, deje indiscutiblemente claro paracualquiera qué es o no es. Y esta petición se la dirigimos también nosotros a Dios, aCristo y a su Iglesia a lo largo de la historia: si existes, Dios, tienes que mostrarte.Debes despejar las nubes que te ocultan y darnos la claridad que nos corresponde. Sitú, Cristo, eres realmente el Hijo y no uno de tantos iluminados que han aparecidocontinuamente en la historia, debes demostrarlo con mayor claridad de lo que lo haces.Y, así, tienes que dar a tu Iglesia, si debe ser realmente la tuya, un grado de evidenciadistinto del que en realidad posee.¿Qué es más trágico, qué se opone más a la fe en un Dios bueno y a la fe en unredentor de los hombres que el hambre de la humanidad? El primer criterio paraidentificar al redentor ante el mundo y por el mundo, ¿no debe ser que le dé pan yacabe con el hambre de todos? Cuando el pueblo de Israel vagaba por el desierto, Dioslo alimentó con el pan del cielo, el maná. Se creía poder reconocer en eso una imagendel tiempo mesiánico: ¿no debería y debe el salvador del mundo demostrar suidentidad dando de comer a todos? ¿No es el problema de la alimentación del mundoy, más general, los problemas sociales, el primero y más auténtico criterio con el cualdebe confrontarse la redención? ¿Puede llamarse redentor alguien que no responde aeste criterio? ¿No se deberá decir lo mismo a la Iglesia? Si quieres ser la Iglesia deDios, preocúpate ante todo del pan para el mundo, lo demás viene después. Resultadifícil responder a este reto, precisamente porque el grito de los hambrientos nosinterpela y nos debe calar muy hondo en los oídos y en el alma. La respuesta de Jesúsno se puede entender sólo a la luz del relato de las tentaciones. El tema del panaparece en todo el Evangelio y hay que verlo en toda su amplitud.Hay otros dos grandes relatos relacionados con el pan en la vida de Jesús: Uno es la multiplicación de los panes para los miles de personas que habíanseguido al Señor en un lugar desértico. ¿Por qué se hace en ese momento lo queantes se había rechazado como tentación? La gente había llegado para escuchar lapalabra de Dios y, para ello, habían dejado todo lo demás. Y así, como personas quehan abierto su corazón a Dios y a los demás en reciprocidad, pueden recibir el pan delmodo adecuado. Este milagro de los panes supone tres elementos: le precede labúsqueda de Dios, de su palabra, de una recta orientación de toda la vida. Además, elpan se pide a Dios. Y, por último, un elemento fundamental del milagro es la mutuadisposición a compartir. Escuchar a Dios se convierte en vivir con Dios, y lleva de la fe
  • 32. al amor, al descubrimiento del otro. Jesús no es indiferente al hambre de los hombres,a sus necesidades materiales, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede laprioridad debida. Este segundo relato sobre el pan: la Ultima Cena, que se convierte en laEucaristía de la Iglesia y el milagro permanente de Jesús sobre el pan. Jesús mismo seha convertido en grano de trigo que, muriendo, da mucho fruto. El mismo se ha hechopan para nosotros, y esta multiplicación del pan durará inagotablemente hasta el fin delos tiempos. De este modo entendemos ahora las palabras de Jesús, que toma delAntiguo Testamento, para rechazar al tentador: «No sólo de pan vive el hombre, sinode toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4). Hay una frase al respecto deljesuíta alemán Alfred Delp, ejecutado por los nacionalsocialistas: «El pan esimportante, la libertad es más importante, pero lo más importante de todo es la fidelidadconstante y la adoración jamás traicionada».4. Pasemos a la segunda tentación de Jesús. Hay que considerar la tentación comouna especie de visión, pero que entraña una realidad, una especial amenaza para elhombre Jesús y su misión. En primer lugar, hay algo llamativo. El diablo cita la SagradaEscritura para hacer caer a Jesús en la trampa. Cita el Salmo 91, lis, que habla de laprotección que Dios ofrece al hombre fiel: «Porque a sus ángeles ha dado órdenespara que te guarden en tus caminos; te llevarán en sus palmas, para que tu pie notropiece en la piedra». Estas palabras tienen un peso aún mayor por el hecho de queson pronunciadas en la Ciudad Santa, en el lugar sagrado. De hecho, el Salmo citadoestá relacionado con el templo; quien lo recita espera protección en el templo, pues lamorada de Dios debe ser un lugar de especial protección divina. ¿Dónde va a sentirsemás seguro el creyente que en el recinto sagrado del templo? El diablo muestra ser ungran conocedor de las Escrituras, sabe citar el Salmo con exactitudAsí, el interrogante sobre la estructura del curioso diálogo escriturístico entre Cristo y eltentador lleva directamente al centro de la cuestión del contenido. ¿De qué se trata? Seha relacionado esta tentación con la máxima del panem et circenses: después del panhay que ofrecer algo sensacional. Dado que, evidentemente, al hombre no le basta lamera satisfacción del hambre corporal, quien no quiere dejar entrar a Dios en el mundoy en los hombres tiene que ofrecer el placer de emociones excitantes cuya intensidadsuplante y acalle la conmoción religiosa. Pero no se habla de esto en este pasaje,puesto que, al parecer, en la tentación no se presupone la existencia de espectadores.El punto fundamental de la cuestión aparece en la respuesta de Jesús, que de nuevoestá tomada del Deuteronomio (6, 16): «¡No tentaréis al Señor, vuestro Dios!». En elDeuteronomio, esto alude a las vicisitudes de Israel que corría peligro de morir de seden el desierto. Se llega a la rebelión contra Moisés, que se convierte en una rebelióncontra Dios. Dios tiene que demostrar que es Dios. Esta rebelión contra Dios sedescribe en la Biblia de la siguiente manera: «Tentaron al Señor diciendo: "¿Está o noestá el Señor en medio de nosotros?"» (Ex 17, 7). Se trata, por tanto, de lo que hemosindicado antes: Dios debe someterse a una prueba. Es «probado» del mismo modo que
  • 33. se prueba una mercancía. Debe someterse a las condiciones que nosotrosconsideramos necesarias para llegar a una certeza. Si no proporciona la protecciónprometida en el Salmo 91, entonces no es Dios. Ha desmentido su palabra y, haciendoasí, se ha desmentido a sí mismo.Nos encontramos de lleno ante el gran interrogante de cómo se puede conocer a Diosy cómo se puede desconocerlo, de cómo el hombre puede relacionarse con Dios ycómo puede perderlo. La arrogancia que quiere convertir a Dios en un objeto eimponerle nuestras condiciones experimentales de laboratorio no puede encontrar aDios. Pues, de entrada, presupone ya que nosotros negamos a Dios en cuanto Dios,pues nos ponemos por encima de El. Porque dejamos de lado toda dimensión delamor, de la escucha interior, y sólo reconocemos como real lo que se puedeexperimentar, lo que podemos tener en nuestras manos. Quien piensa de este modo seconvierte a sí mismo en Dios y, con ello, no sólo degrada a Dios, sino también almundo y a sí mismo.Esta escena sobre el pináculo del templo hace dirigir la mirada también hacia la cruz.Cristo no se arroja desde el pináculo del templo. No salta al abismo. No tienta a Dios.Pero ha descendido al abismo de la muerte, a la noche del abandono, al desamparopropio de los indefensos. Se ha atrevido a dar este salto como acto del amor de Diospor los hombres. Y por eso sabía que, saltando, sólo podía caer en las manosbondadosas del Padre. Así se revela el verdadero sentido del Salmo 91, el derecho aesa confianza última e ilimitada de la que allí se habla: quien sigue la voluntad de Diossabe que en todos los horrores que le ocurran nunca perderá una última protección.Sabe que el fundamento del mundo es el amor y que, por ello, incluso cuando ningúnhombre pueda o quiera ayudarle, él puede seguir adelante poniendo su confianza enAquel que le ama. Pero esta confianza a la que la Escritura nos autoriza y a la que nosinvita el Señor, el Resucitado, es algo completamente diverso del desafío aventurero dequien quiere convertir a Dios en nuestro siervo.5. Llegamos a la tercera, y última tentación, al punto culminante de todo el relato.El diablo conduce al Señor en una visión a un monte alto. Le muestra todos los reinosde la tierra y su esplendor, y le ofrece dominar sobre el mundo. ¿No es justamente éstala misión del Mesías? ¿No debe ser El precisamente el rey del mundo que reúne todala tierra en un gran reino de paz y bienestar?Al igual que en la tentación del pan, hay otras dos notables escenas equivalentes en lavida de Jesús:El Señor resucitado reúne a los suyos «en el monte» y dice: «Se me ha dado plenoponer en el cielo y en la tierra» (28, 18). Aquí hay dos aspectos nuevos y diferentes: elSeñor tiene poder en el cielo y en la tierra. Y sólo quien tiene todo este poder posee elauténtico poder, el poder salvador. Sin el cielo, el poder terreno queda siempreambiguo y frágil. Sólo el poder que se pone bajo el criterio y el juicio del cielo, es decir,de Dios, puede ser un poder para el bien. Y sólo el poder que está bajo la bendición de
  • 34. Dios puede ser digno de confianza. A ello se añade otro aspecto: Jesús tiene estepoder en cuanto resucitado, es decir: este poder presupone la cruz, presupone sumuerte. Presupone el otro monte, el Gólgota, donde murió clavado en la cruz,escarnecido por los hombres y abandonado por los suyos. El reino de Cristo es distintode los reinos de la tierra y de su esplendor, que Satanás le muestra. Este esplendor,como indica la palabra griega doxa, es apariencia que se disipa. El reino de Cristo notiene este tipo de esplendor. Crece a través de la humildad de la predicación enaquellos que aceptan ser sus discípulos, que son bautizados en el nombre del Diostrino y cumplen sus mandamientos.Su auténtico contenido se hace visible cuando constatamos cómo va adoptandosiempre nueva forma a lo largo de la historia. El imperio cristiano intentó muy prontoconvertir la fe en un factor político de unificación imperial. El reino de Cristo debía,pues, tomar la forma de un reino político y de su esplendor. La debilidad de la fe, ladebilidad terrena de Jesucristo, debía ser sostenida por el poder político y militar. En elcurso de los siglos, bajo distintas formas, ha existido esta tentación de asegurar la fe através del poder, y la fe ha corrido siempre el riesgo de ser sofocada precisamente porel abrazo del poder. La lucha por la libertad de la Iglesia, la lucha para que el reino deJesús no pueda ser identificado con ninguna estructura política, hay que librarla entodos los siglos. En efecto, la fusión entre fe y poder político siempre tiene un precio: lafe se pone al servicio del poder y debe doblegarse a sus criterios.Orígenes nos presenta otro detalle interesante: en muchos manuscritos de losEvangelios hasta el siglo III el hombre en cuestión se llamaba «Jesús Barrabás», Jesúshijo del padre. Se manifiesta como una especie de doble de Jesús, que reivindica lamisma misión, pero de una manera muy diferente. Así, la elección se establece entreun Mesías que acaudilla una lucha, que promete la libertad, y su propio reino; y estemisterioso Jesús que anuncia la negación de sí mismo como camino hacia la vida.Si hoy nosotros tuviéramos que elegir, ¿tendría alguna oportunidad Jesús de Nazaret,el Hijo de María, el Hijo del Padre? ¿Conocemos a Jesús realmente? ¿Locomprendemos? ¿No debemos tal vez esforzarnos por conocerlo de un modorenovado tanto ayer como hoyPor tanto, la tercera tentación de Jesús resulta ser la tentación fundamental, se refierea la pregunta sobre qué debe hacer un salvador del mundo. Esta se plantea durantetodo el transcurso de la vida de Jesús. Aparece abiertamente de nuevo en uno de losmomentos decisivos de su camino. Pedro había pronunciado en nombre de losdiscípulos su confesión de fe en Jesús Mesías-Cristo, el Hijo del Dios vivo, y con elloformula esa fe en la que se basa la Iglesia y que crea la nueva comunidad de fefundada en Cristo. Pero precisamente en este momento crucial, en el que frente a la«opinión de la gente» se manifiesta el conocimiento diferenciador y decisivo de Jesús,y comienza así a formarse su nueva familia, he aquí que se presenta el tentador, elpeligro de ponerlo todo al revés. El Señor explica inmediatamente que el concepto deMesías debe entenderse desde la totalidad del mensaje profético: no significa podermundano, sino la cruz y la nueva comunidad completamente diversa que nace de la
  • 35. cruz. Pero Pedro no lo había entendido en estos términos: «Pedro se lo llevó aparte yse puso a increparle: " ¡ No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte"». Sóloleyendo estas palabras sobre el trasfondo el relato de las tentaciones, como sureaparición en el momento decisivo, entenderemos la respuesta increíblemente dura deJesús: «¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como loshombres, no como Dios!» (Mt 16, 22s).Pero, ¿no decimos una y otra vez a Jesús que su mensaje lleva a contradecir lasopiniones predominantes, y así corre el peligro del fracaso, el sufrimiento, lapersecución? El imperio cristiano o el papado mundano ya no son hoy una tentación,pero interpretar el cristianismo como una receta para el progreso y reconocer elbienestar común como la auténtica finalidad de todas las religiones, también de lacristiana, es la nueva forma de la misma tentación. Ésta se encubre hoy tras lapregunta: ¿Qué ha traído Jesús, si no ha conseguido un mundo mejor? ¿No debe seréste acaso el contenido de la esperanza mesiánica?¿Qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar paratodos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído? La respuesta es muy sencilla: a Dios. Hatraído a Dios. Jesús ha traído a Dios y, con Él, la verdad sobre nuestro origen y nuestrodestino; la fe, la esperanza y el amor. Sólo nuestra dureza de corazón nos hace pensarque esto es poco. Sí, el poder de Dios en este mundo es un poder silencioso, peroconstituye el poder verdadero, duradero. La causa de Dios parece estar siempre comoen agonía. Sin embargo, se demuestra siempre como lo que verdaderamentepermanece y salva. Los reinos de la tierra, que Satanás puso en su momento ante elSeñor, se han ido derrumbando todos. Su gloria, su doxa, ha resultado ser apariencia.Pero la gloria de Cristo, la gloria humilde y dispuesta a sufrir, la gloria de su amor, noha desaparecido ni desaparecerá.Como Marcos, también Mateo concluye el relato de las tentaciones con las palabras:«Y se acercaron los ángeles y le servían». Ahora se cumple el Salmo 91, 11: losángeles le sirven; se ha revelado como Hijo, y por eso se abre el cielo sobre El, elnuevo Jacob, el tronco fundador de un Israel que se ha hecho universal.6. Cuales son las tentaciones que más nos pueden asaltar a lo largo de nuestravida sacerdotal: amor al dinero, la envidia del bien que hacen los demássacerdotes, y otras que Uds. puedan ilustrar.a. Todos necesitamos comer para vivir, pero la tentación es vivir para comer. Como dijosan Pablo, ³el amor al dinero es la raíz de todos los males´ (1Tim 6, 10), puesto queenfocamos todos los esfuerzo en esa dirección, buscando una recompensa económica,descuidando otros aspectos igualmente importantes en la vida eclesial, como son laevangelización y el pastoreo. Además, podemos realizar los actos cultuales, sin unaverdadera preocupación por su eficacia, ni una preparación de las disposiciones.Cultivar la virtud de la pobreza sacerdotal como disponibilidad.
  • 36. b. La envidia del bien que hacen los demás, especialmente mis hermanos lossacerdotes, la envidia que todo lo envenena se filtra aun entre las almas que pretendenla santidad y les hace ver peligros en las actividades de los otros sacerdotes, dondesólo hay trabajo y lucha sincera. Debemos luchar contra la soberbia que nos asemeja aSatanás, que hace llover sobre nosotros el desprecio de Dios, que nos hace sentirnosdueños de cuanto bueno pone el Señor en nosotros, que crea en nosotros un gransentido de estimación y propio amor. No apagar las obras que Él inspire en nuestrossemejantes, sino ayudando y secundando todas las obras que El quiera.7. San José María Yermo y Parres.Amanece el año de 1885, año clave en el rumbo que toma su vida. El Padre Yermo seentera que el Padre Don Prudencio Castro, el anciano Capellán del templo de "ElCalvario" se encuentra gravemente enfermo y se va a verlo. Lo aprecia de verdad, loasiste hasta sus últimos momentos y da noticia de su fallecimiento que acaeció el 4 deabril. No bien pasaron 7 días de aquel suceso cuando Yermo, recibe sin preámbulos unnombramiento que le deja perplejo: "Nombramos al Sr. Pbro. José María de YermoParres para que en calidad de Capellán sirva y promueva el culto de las Iglesias delCalvario y del Santo Niño de esta ciudad que se encuentran sin ministro aconsecuencia del sensible fallecimiento del respetable Pbro. D. Prudencio Castro... Asíel Ilmo. Sr. Obispo lo decretó y firmó". Fue una fortuna encontrarse solo y en su casacuando leyó esto, pues se puso lívido, cubrió el rostro con las manos y se desplomó enel sillón en que solía descansar. Así permaneció por largo rato sin dar crédito a lo quehabía leído. Por su cabeza cruzaban mil pensamientos y se sentía profundamenteherido en su orgullo. Sabía con anterioridad que él no le iba a simpatizar a su Obispo,pero ¿era para tanto? Aquello era superior a sus fuerzas. Él, respetado y querido portodos, que había ocupado tantos cargos honoríficos desde antes de arribar al sacer-docio... Ese nombramiento era a todas luces una humillación, esas capillas... pobres yolvidadas, en la periferia de la ciudad... no, no, él debía renunciar, no aceptaría. ¿Quépretendía su Obispo? ¿Por qué lo hacía? Tras un buen rato de luchar con su amorpropio, sus pensamientos se tomaron poco a poco en oración. Comenzó a serconsciente de que todo se lo había entregado a Dios, de que lo único que quería erahacer Su Voluntad... ¿sería esto su voluntad? ... buscó la libreta de sus notas íntimas yleyó sus propósitos recientes que ahí tenía anotados: Estos pensamientos serenaronsu espíritu, se puso todo en las manos de Dios y después de permanecer largo tiemposumido en oración, cenó algo y se fue a dormir. Aunque con el ánimo en paz, el dolortodavía calaba en su corazón, cuando al día siguiente percibió que la noticia habíacorrido por la ciudad. Algunos le miraban con cierta compasión, otros le aconsejabanque renunciara y no faltó quien le habló en contra del Obispo y le dijo que no, que esenombramiento no iba con él, que no estaba a tono con su personalidad. Yermo volvió atitubear, ¿Debía renunciar? No ignoraba que en este asunto se mezclaban cosas muyhumanas."Oración y más oración. Allí está mi fortaleza para alcanzar la gracia de no querernunca cosa alguna, que no sea la voluntad de Dios. Debo vigilar mi carácter
  • 37. vehemente, mi temperamento compuesto de sangre, bilis y nervios, que me inclina a loagradable y me hace repugnar lo adverso, que me hace ver las cosas exageradas, etc.,etc. ¿Remedio? Reflexionar en la oración, hablando con Dios, como con mi verdaderoAmigo y pedirle que El nunca consienta en que yo haga lo que me gusta, sino lo quesea de su servicio y su mayor agrado. ... si Él hace o permite las cosas adversas, debocreer que ahí está su mayor gloria y entonces bendecirlo, darle gracias y quedar en pazporque yo no tengo otro bien, fuera de cumplir su santa y adorable voluntad" (A solascon Cristo, 11-12).³Cuando fui nombrado Capellán del Calvario, los amigos me hicieron sentir que aquelloera una humillación, que sería un mal para mí, el amor propio me llevó a pensar en larenuncia que me aconsejaban. Y tú, Señor, sólo Tú con tu amor y con tu gracia, meiluminaste el alma y me libraste de caer en aquel lazo. Sufrí, Tú lo sabes, pero loacepté por Ti, sin saber que en aquello se encerraban todos los bienes que despuéshan venido también para mi alma´ " (A solas con Cristo, 80).
  • 38. CUARTA MEDITACIÓN:LA PARÁBOLA DEL PADRE BUENO Y DE LOS DOS HERMANOSLa conversión sacerdotal y la parábola del hijo pródigoConsideró la llamada universal a la conversión, y dos motivos que permiten hablar deuna vocación específica sacerdotal a la conversión: la misión convertirse para convertir,y el posible peligro de no sentir su necesidad.La parábola del hijo pródigo ofrece dos paradigmas válidos para el sacerdote: el hijomayor para el sacerdote que vive en la casa del Padre, fuertemente tentado,necesitado de conversión sobre todo de su inteligencia y que por no cambiar acabaalejándose de la intimidad del Padre. El hijo mayor no está menos necesitado deconversión, sobre todo de su corazón. Su dureza no le permite entrar en la casa de supadre, de la que dice no haberse alejado nunca.1. El hijo mayor impíoUna atenta lectura del contexto de la parábola del hijo pródigo muestra que la figura delhermano mayor no es menos importante. El Cardenal Ratzinger en los ejerciciosespirituales que predicó al Santo Padre en 1983 colocó esta parábola en la largahistoria bíblica de los dos hermanos, iniciada con Caín y Abel y seguida con Isaac eIsmael, Jacob y Esaú, y tantos otros. Jesús reinterpreta este tema en diversasparábolas para ilustrar el problema de las relaciones entre Israel y los paganos. En losHechos de los Apóstoles las resistencias de Israel son patentes, con expresionestambién al interno de la misma comunidad eclesial.El hermano menor representa a los paganos que estaban lejos (cf. Ef 2, 17). El mayorrepresenta al pueblo elegido, Israel, que siempre ha permanecido fiel en la casa delPadre y que expresa amargura cuando los paganos son llamados sin las obligacionesde la ley. Es Israel que se indigna y no quiere participar en las bodas del Hijo en laIglesia.El hermano mayor, en un sentido más amplio, representa también al hombre piadoso,que permanece con el Padre sin faltar a los mandamientos, pero que es envidioso. Éldesea, en el fondo de su corazón, el país lejano y sus promesas, la lejanía de Dios ylas seducciones del pecado; también él ha creído a la serpiente. Y por supuesto, no haconocido la belleza de la casa del Padre, de aquel todo lo mío es tuyo; no haexperimentado la libertad de ser hijo en la casa del Padre. Su corazón está lejosporque, en realidad, ya partió al país lejano; aunque quizás no lo sepa o no lo quierareconocer. Él habrá sido uno de los sorprendidos por la nueva ley que el Maestroproclamara en el sermón de la montaña: se os dijo, no adulterarás, pero yo os digo queel que mira a una mujer deseándola....También el hermano mayor está lejos, quizás más lejos que su joven hermanoporquero. Su lejanía y la pérdida de la condición filial es más insidiosa, porque la
  • 39. necesidad de conversión no se le impone. Él no siente la necesidad de volver; y nodirá: Sí, me levantaré, iré a mi Padre y le diré.... Él seguirá repitiendo en su interior,como el fariseo en el templo, cumplo, hago, pago...; éste no bajó a su casa justificado;aquél no querrá entrar al banquete familiar que se celebra en su casa; mejor dicho, enla casa de su Padre, en esa casa de donde dice no se ha alejado.El hermano mayor representa al fariseo piadoso, que no conoce la piedad, en elsentido clásico de esta palabra, porque no honra ni reverencia a su Padre, ni tienemisericordia de su hermano. El hombre todo hombre es también este hermano mayor.El egoísmo lo hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y lo hace cerrarse a losdemás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; lafelicidad por el hermano hallado tiene para él un sabor amargo. También bajo esteaspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarseiii. Sin conversión el Sínodode América lo ha repetido no habrá comunión ni reconciliación.El hermano mayor es invitado a entrar al banquete, que el Señor prepara para todos lospueblos, como dice el texto de Isaías que inspira el mensaje del Santo Padre para laCuaresma de 1999. Pero no quiere entrar. El Padre hace por su hijo mayor lo que nohizo por el menor: sale a buscarlo, argumenta, explica, pide... Y aunque el texto no lodice, parece que al final no entró.2. La intención de JesúsEn la intención de Jesús la figura del hermano mayor es tan importante como la delmenor. Jesús no sólo quiere revelar a los pecadores la misericordia del Padre; laparábola misma constituye el esfuerzo supremo de Cristo por ablandar y convertir elcorazón duro de los fariseos; fue dicha porque todos los publicanos y los pecadores seacercaban a él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Esteacoge a los pecadores y come con ellos (Lc 15, 1-2); una intención análoga a la quetenía cuando dijo la parábola del fariseo y el publicano, por algunos que se tenían porjustos y despreciaban a los pecadores (Lc 18, 9).La intención de Cristo es clara si se atiende a su contexto. A partir del capítulo 11, sanLucas narra una serie de encuentros entre Cristo y los fariseos; éstos critican a Cristoen su interior y ante el pueblo por hacer el bien sin observar algunas normas rituales; yJesús les echa en cara su hipocresía y falta de misericordia. El pueblo y los pecadoressiguen entusiastas a Jesús. Los fariseos son cada vez más hostiles. En el capítulo 14,Jesús provoca la crisis: fue un sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos paracomer; viendo a un hombre hidrópico y que lo estaban observando, pregunta a loslegistas y a los fariseos si es lícito curar en sábado, o no; y no pudieron replicar (Lc 14,6). Después reparó en que elegían los primeros puestos; esos puesto que, comoisraelitas, creían tener reservados en el banquete del Reino. Jesús los desconciertacuando les dice que inviten al banquete a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a losciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensaráen la resurrección de los justos (Lc, 14, 13-14). Al escuchar aquello de la resurrecciónde los justos uno de los comensales le dijo: dichoso el que pueda comer en el Reino deDios!; y Jesús les contó aquella parábola del hombre que dio una gran cena y convidó
  • 40. a muchos; los cuales, poniendo muchas excusas, no quisieron venir. Y Jesús concluyeos digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena (Lc 14, 24)No la probarán porque no quisieron entrar. El capítulo 15 contiene las parábolas de laoveja, la dracma y el hijo perdidos y encontrados. Común a las tres es la fiesta y laalegría conveniente por el hallazgo. El capítulo acaba con las palabras del Padre:convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, yha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado (Lc 15, 32). El hermano mayor noquería entrar.El capítulo 16 habla de aquel hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebrabatodos los días espléndidas fiestas, y de aquel pobre, de nombre Lázaro, que, echadojunto a su portal, cubierto de llagas, no podía participar ni de las migajas del banquete.Cuando ambos llegan a la otra vida, el rico pide un mensaje de advertencia para sushermanos: padre Abraham, si alguno de entre los muertos va donde ellos, seconvertirán. Le contestó: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco seconvencerán, aunque un muerto resucite (Lc. 16, 30-31). Algunos estudiososconsideran que este pasaje no es una parábola porque Jesús no utiliza nombrespropios en las parábolas sino la ilustración de un hecho histórico. Hubo un muerto, queresucitó; se llamaba Lázaro y era amigo de Jesús. Aquella resurrección no convirtió alos fariseos; sólo provocó su endurecimiento y que desde ese día decidieran darlemuerte (Jn 11, 53). También la vuelta del hermano tuyo que estaba muerto y ha vueltoa la vida fue ocasión del endurecimiento del hijo mayor.Más adelante, después de la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc. 18), elevangelio narra la conversión de aquel publicano pecador de nombre Zaqueo y lasatisfacción de Jesús porque también éste es hijo de Abraham, y el Hijo del hombre havenido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 9-10).Así pues, Jesús en la parábola del hijo pródigo pone en escena también al hermanomayor que rechaza su puesto en el banquete. Éste reprocha al hermano más joven susdescarríos y al padre la acogida dispensada al hijo pródigo mientras que a él, sobrio ytrabajador, fiel al padre y a la casa, nunca se le ha permitido dice celebrar una fiestacon los amigos. Señal de que no ha entendido la bondad del padre. Hasta que estehermano, demasiado seguro de sí mismo y de sus propios méritos, celoso ydisplicente, lleno de amargura y de rabia, no se convierta y no se reconcilie con elpadre y con el hermano, el banquete no será aún en plenitud la fiesta del encuentro ydel hallazgoiv.El sacerdote observante y de prácticas pías, si no convierte su corazón, con el pasar delos años corre el riesgo de convertirse en un impío, inmisericorde como el hermanomayor. La prudencia de la serpiente enseña al hermano menor que cubra su cabezapara no ser herido mortalmente por los ataques del enemigo; al hermano mayorenseña un camino de conversión y de renovada juventud. La prudencia de la serpientecomenta santo Tomás de Aquino consiste en que, cuando se hace vieja y su piel pierdeel brillo, se endurece y agrieta, busca la angostura de dos piedras, y atravesándo entreellas y pierde la vieja piel. Angosta es la senda de la perfección y de la conversión, ysólo desnudos y desembarazados se puede ir por ella.3. La conversión del maduro duro
  • 41. En ocasiones Dios mismo lleva la sacerdote adulto a la angostura para liberarse allí,como la serpiente, de las corazas que han endurecido el corazón. Carlo Carreto llama aeste fenómeno espiritual la crisis del demonio meridianov, y Anselm Grün, la crisis delos 40-50 años. La referencia a los años es relativa; cada uno tiene su historia personaly cada edad puede pasar por situaciones críticas bien a causa de diversos factoresexternos, bien por motivos más estrictamente personales.La crisis es la compañera de nuestro paso por el tiempo: Se habla de la crisis de lostreinta años, de la difícil decena de los cuarenta. La verdad es que, si bien hay periodoscríticos, la crisis es la compañera de nuestro paso por el tiempo. Siempre hecomprendido que este combate interior es una prueba dolorosa, y sólo Dios sabe hastaqué punto!, pero los frutos de estas duras estaciones dependen de nosotros mismos,del esfuerzo y la vigilancia que pongamos en nuestra fidelidadvi. La crisis es uninstrumento providencial en las manos de Dios, una lucha no sólo psicológica,entablada por el yo en relación consigo mismo y sus debilidades, sino tambiénreligiosa, marcada cada día por la presencia de Dios y por la fuerza poderosa de laCruz.La crisis de la mitad de la vida Dios, como toda las saludables, es un crisis decrecimiento. Siempre sorprende; desordena todo en el interior del hombre parareordenarlo y ponerlo en su lugar. Dios obra a través de las experiencias que la vidamisma trae consigo, y de los sufrimientos de que nos cree capaces. La mitad de la vidaes la etapa para dejarse vaciar y desnudar por Dios y ser vestidos de nuevo, por él, consu gracia. Y para ser desnudados, necesitamos ser apretados; Dios mismo conduce ala crisis. Los dos hermanos de la parábola del hijo pródigo sintieron la apretura en lacasa del Padre, y ninguno de los dos aprovechó esa gracia. El hombre suele reaccionarmal ante la crisis; sus respuestas incorrectas son, según Anselm Grun, de dos tipos:1º La huida la reacción del hijo menor: puede presentar tres formas diversas:a) emprender reformas exteriores: en vez de mirar a su corazón focaliza el problema enlas estructuras e instituciones y las quiere cambiar: Proyecta el descontento de símismo hacia afuera y obstruye con reformas exteriores la entrada en el fondo del alma;b) aferrarse a lo exterior, con un activismo desenfrenadovii o con la práctica formalistade los ejercicios religiosos, de modo que elude la confrontación interior;c) la búsqueda afanosa de nuevas formas de vida: el desasosiego interior arrastra a lasalmas de esta a aquella práctica religiosa, y a la de más alla: para su crisis interioresperan una solución de las formas externas. Echan por la borda las formastradicionales recibidas y buscan otras nuevas [...] Quieren constantemente probarnuevos métodos de meditaciónviii.2º La inhibición reacción parecida a la del hermano mayor consiste en refugiarse en laactual manera de vivir, para lo cual el hombre se atrinchera en grandes fundamentosinamovibles y así ocultar la angustia interior. Se tiene cuidado escrupuloso delmantenimiento de los deberes religiosos. Sin embargo, no se avanza interiormente.Más bien, hay endurecimiento, falta de amor, quejas de los demás, juicios sobre suflojedad moral o religiosa. Nace el sentimiento de que se es un piadoso cristianoix. Elcorazón es estrecho, pequeño, se autojustifica. La religiosidad se vuelve en un
  • 42. obstáculo para encontrar a Dios. La observancia de los deberes de la casa, sirve al hijomayor para encararse con su Padre. Este tipo de hombre se atrinchera en sus actospiadosos en lugar de ser piadoso. Puede incluso creer que posee a Dios y que mora ensu casa porque cumple determinados ejercicios religiosos. En el fondo, como Adán,tiene miedo de Dios, de que pueda desnudarlo, de que pueda romper o derrumbar eledificio de seguridades y autojustificaciones construidos y quedar desnudo a cuerpolimpio ante el Dios vivo. Este hombre religioso no ha comprendido que el hombre deDios es mucho más que un hombre de prácticas religiosas. Las formas externas, lasprácticas de piedad, son buenas, necesarias, pero son sólo medios. Si se convierten enídolos o en muros, han aniquilado el alma, la han acorazado. Precisamente Dios llevael alma a la angostura porque quiere liberarla de estas corazas.Anselm Grüm propone dos medios principales para responder bien a la crisis de lamitad de la vida:1 Conocerse a sí mismo; no tener miedo a desnudar el espíritu delante de la propiaconciencia y de Dios. Es costoso y doloroso porque descubre implacablemente lo queen el interior hay escindido de oscuridad y maldad, cobardía y falsedad. Por eso se lerehúyex. Nos podemos comportar con nosotros mismos como esas personas que,quizás, nos buscan pidiendo dirección espiritual, pero que son inaccesibles. Yapodemos indicarles las faltas que no las oyen. Ya podemos con benevolencia hacerlesobservaciones sobre su conducta que las rechazan. Todo es inútil. No tienen nibarrunto de su propia situaciónxi. Taulero decía que tienen testuz de toro, que estánacorazados con 30 o 40 pieles gruesas y macizas como las de los osos; su interior esimpenetrable, no entra ni Dios ni ellos mismos. No aprenden de las experienciaspositivas ni de las negativas. Están petrificados. Todo los conduce a reafirmarse y aendurecerse. Ciegos a sus propias faltas, tienen mirada sagaz para las ajenas.Proyectan sus debilidades en los otros y no pueden reconocer las propias. No podránhacer bien un solo examen de conciencia ni discernir los caminos del Señor mientrasno estén dispuestos a abrir las ventanas, a abandonar las vanas seguridades, a dejarque la luz del Espíritu Santo ilumine y conmueva el edificio y pase a demoler laautosatisfacción y la autojustificación, del yo hago, yo cumplo, yo pago....2 . La abnegación como capacidad de entrega personal de la propia voluntad a lavoluntad de Dios y disponibilidad para el sufrimiento; como aceptación serena de laapretura, de la fatiga y de la estrechez del camino, de la propia pobreza y de la efectivavoluntad de Dios. El fruto de esta abnegación es la liberación y la juventud interior quese alcanza al despojarse del hombre viejo y revestirse del hombre nuevo..., como laserpiente, que suele elegir la estrechura entre las piedras para deponer el hombreviejoxii.Dios, siempre fiel a su paternidadEl hijo menor puede irse de casa y el mayor no querer entrar, pero el Padre permanecesiempre fiel a su paternidad, porque los dones de Dios son sin arrepentimiento y usacon todos de misericordia (Cfr. Rom 11, 29-33). El Padre permite la tentación del hijo,incluso quiere que sea probado Yahveh vuestro Dios os pone a prueba para saber siverdaderamente amáis a Yahveh vuestro Dios con todo vuestro corazón y con todavuestra alma (Deut., 13, 4) pero no tienta a nadie al mal:
  • 43. Ninguno, cuando sea probado, diga: Es Dios quien me prueba ; porque Dios ni esprobado por el mal ni prueba a nadie. Sino que cada uno es probado por su propiaconcupiscencia que le arrastra y le seduce. Después la concupiscencia, cuando haconcebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte.(Sant. 1, 12-15).El Padre, cuando deja ir al hijo menor, no traiciona su paternidad, ni queda indiferente.A Dios le pesa su lejanía y abatimiento, porque desea el bien de su hijo, y no quiere lamuerte del pecador sino que se convierta y viva (Ez. 33, 11). Dios reprueba el mal, quecausa el sufrimento a sus hijos cuando los separa del Él. Esta reprobación del mal estal que la Escritura, con lenguaje antropomórfico, dice que Dios se arrepiente. Dios, quehabía visto al momento de la creación que todo lo que había hecho era bueno, al tomarconstancia de las maldades que el hombre hizo en su historia de pecado, antes deldiluvio universal dijo: me pesa harberlos hecho (Gén 6, 7).
  • 44. El pesar, la reprobación y el dolor del corazón divino cuya expresión culmen se nos hizovisible en la Cruz del Hijo son salvíficos; y también lo son el dolor del arrepentimiento y lafatiga del corazón humanos: Por medio de un acto de contrición perfecta, se realiza laauténtica conversión del corazón: es la metanoia evangélica. La fatiga del corazón humano yla fatiga de la conciencia, donde se realiza esta metanoia o conversión, es el reflejo de aquelproceso mediante el cual la reprobación se transforma en amor salvífico, que sabe sufrirxiii.Dios no es indiferente al sufrimiento del hombre que se aleja de él. El es siempre Padre. Elpadre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde siempre sentía por suhijoxiv. Eso el hijo lo sabe, al resolverse a volver sabe que nada puede destruir la paternidadde su padre y su consiguiente condición y dignidad de hijo. Por eso pudo recapacitar y vercon claridad la dignidad perdida y valorar con rectitud el puesto que podía corresponderleaún en casa de su padrexv.La fidelidad de Dios a su paternidad, y su misericordia, lograron que aquel hijo menorexpresara lo más noble que Dios había sembrado en su corazón: la condición de hijo. Laverdadera misericordia cristiana es más que compasión. El significado verdadero y propio dela misericordia en el mundo no consiste únicamente en la mirada, aunque sea la máspenetrante y compasiva, dirigida al mal moral, físico o material: la misericordia se manifiestaen su aspecto verdadero y propio, cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas lasformas del mal existentes en el mundo y en el hombre. Así entendida, constituye el contenidofundamental del mensaje mesiánico de Cristo y la fuerza constitutiva de su misiónxvi.La misericordia y la fidelidad del Padre hacen posible la conversión. El sacerdote es llamadoa participar de esta paternidad de Dios. Su misericordia, como la del Padre, promueve laconversión de sus hermanos. La misericordia del sacerdote es fruto de esa conversión decorazón que le hace vivir, como buen hijo mayor, en la casa del Padre y con el corazón delPadre. Convertirse para convertirLectura del evangelio: ³Un hombre tenía dos hijos, y dijo el más joven de ellos al padre:Padre, dame la parte de hacienda que me corresponde. Les dividió la hacienda, y pasadospocos días, el más joven, reuniéndolo todo, partió a una tierra lejana, y allí disipó toda suhacienda viviendo disolutamente. Después de haberlo gastado todo sobrevino una fuertehambre en aquella tierra, y comenzó a sentir necesidad. Fue y se puso a servir a unciudadano de aquella tierra, que le mandó a sus campos a apacentar puercos. Deseaballenar su estómago de las algarrobas que comían los puercos, y no le era dado. Volviendoen sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muerode hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contrati. Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose,se vino a su padre. Cuando aún estaba lejos, viole el padre, y, compadecido, corrió a él y searrojó a su cuello y le cubrió de besos. Díjole el hijo: Padre, he pecado contra el cielo y contrati; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Pronto, traed latúnica más rica y vestídsela, poned un anillo en su mano y unas sandalias en sus pies, ytraed un becerro bien cebado y matadlo y comamos y alegrémonos, porque este mi hijo, quehabía muerto, y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Y se pusieron acelebrar la fiesta. El hijo mayor se hallaba en el campo, y cuando, de vuelta, se acercaba a lacasa, oyó la música y los coros; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.Él le dijo: Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha mandado matar el becerro cebado, porque leha recobrado sano. Él se enojó y no quería entrar; pero su padre salió y le llamó. Élrespondió y dijo a su padre: Hace tantos años que te sirvo sin jamás haber traspasado tus
  • 45. mandatos, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos, y al venir estehijo tuyo, que ha consumido su fortuna con meretrices, le matas un becerro cebado. Él ledijo: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todos mis bienes tuyos son; mas era preciso hacerfiesta y alegrarse, porque éste tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, se habíaperdido y ha sido hallado´ (Lucas 15, 11-32).La parábola tiene tres protagonistas: El Padre, el hijo menor y el hijo mayor.1. El PadreEn sus composiciones poéticas santa Teresa del Niño Jesús desveló los sentimientos másíntimos. En la poesía, El cielo que es mío, escrita el 7 de junio de 1896, cuando ya se habíanmanifestado los primeros síntomas de su grave enfermedad y había entrado ya en la terribleprueba interior, en el túnel de la noche, decía: «Mi cielo está en sentir dentro de mí lasemejanza con el Dios que me creó con su soplo poderoso; mi cielo está en estar siempredelante de Él, está en llamarlo Padre, en ser criatura suya; entre los brazos divinos no temola tempestad, y mi única ley es el abandono total. Descansar en su Corazón, bajo su santaFaz, ¡esto es mi cielo!». El don de piedad es este cariño y ternura para con el Padre, es elgusto íntimo del que llama a Dios «Padre». La piedad, por tanto, está en la base de todadevoción auténtica, de toda espiritualidad, de toda oración cristiana. Bajo la influencia del donde piedad, invade al alma en sus relaciones con Dios un sentimiento de cariño afectuoso ysimple: es la ternura, la conmoción del niño abrazado a su padre. El don de piedad nos hacecapaces del cariño propio de un niño, nos hace experimentar la «filialidad». Y es un don, nosólo porque se apoya en una verdad de fe, sino también porque el Espíritu Santo pone ennosotros el grito: «¡Abba!», tanto en los días serenos como en los días dolorosos y difíciles,en los días del sufrimiento y de la enfermedad. La figura central en la parábola que llamamosdel hijo pródigo es inequívocamente el padre. «Un hombre tenía dos hijos». El hecho de quetuviera hijos, y tales hijos, se convierte en ocasión para caracterizar su paternidad (Lc 15,11-32).a. La primera es la humildad: el protagonista central del relato se revela, ante todo, como unpadre humilde. Él no opone resistencia frente a la elección del hijo que decide trazar supropia vida haciéndose independiente de él, incluso en contra de él. Podría haberse opuestocon el apoyo de la Torá, que concede al padre incluso el poder de hacer que lapiden a unhijo rebelde: «Si un hombre tuviera -dice el libro del Deuteronomio 21, 18-21- un hijotestarudo y rebelde que no obedece a la voz de su padre ni a la de su madre y aunque lehayan castigado no les hace caso, su padre y su madre lo tomarán y lo llevarán ante losancianos de la ciudad, a la puerta del lugar donde viva, y dirán a los ancianos de la ciudad:Este hijo nuestro es un testarudo y un rebelde; no quiere obedecer a nuestra voz; es undesenfrenado y un borracho. Entonces, todos los hombres de la ciudad lo lapidarán y élmorirá. De esa forma arrancarás de ti el mal y todo Israel lo sabrá y tendrá miedo». El padrede la parábola no actúa de esa forma: deja que el hijo se vaya. Se ajusta a su decisión, coninfinita humildad. La humildad es por tanto la primera característica del Dios que Jesús anun-ciaba. No en vano, el único que puede ser verdaderamente humilde, el único que puedeabajarse hasta el «humus» es Dios. Sólo él puede hacerse pequeño, a fin de dejar unespacio para la existencia de los otros, pues él solo ocupa todo el espacio de la realidad. Lahumildad de Dios supone que él debe retraerse para que nosotros existamos. Para indicaresta condescendencia paradójica divina, la mística hebrea empleaba la expresión zim-zum,con la que se alude al gesto del Dios que se contrae, dejando así un lugar para la existenciade las criaturas. Es como si Dios se auto-limitara, con el fin de que nosotros podamos existir
  • 46. en libertad. El Dios que todo lo puede no puede salvarnos en contra de nuestra voluntad. Poreso, como decía Tauler, «la virtud que se esconde en la hondura suprema de Dios es lahumildad», pues sólo Dios deja originalmente espacio para el otro, en el respeto profundo delamor creador. Y san Francisco de Asís, en las Alabanzas al Dios Altísimo, no duda endirigirse al Eterno con la exclamación: «¡Tú eres la humildad!». Este Dios humilde, que selimita a sí mismo para que la criatura exista en libertad, es el mismo padre que se asoma a laventana para esperar el retomo del hijo. Así lo muestra el versículo 20: «Cuando se hallabaaún lejano, el padre lo vio y, conmovido, salió a su encuentro». El padre escrutaba desdehace mucho tiempo el horizonte, esperando el retorno deseado. Este comportamiento, que laparábola deja entrever con discreción y pudor, podría llamarse esperanza de Dios. Enrealidad, el otro nombre de la humildad es la esperanza: si la humildad significa hacerespacio para la existencia del otro, la esperanza implica proyectarse hacia el otro, con eldeseo de que ese otro exista, en respuesta libre y gratuita de amor. El Dios cristiano es elDios de la esperanza, no sólo en el sentido de que es el Dios de la promesa y por tanto elfundamento y garantía de la esperanza del hombre, sino también en el sentido de que es unDios que sabe aguardar en su deseo y hacer fiesta ante el retorno de su criatura. Lo que nospermite hablar de la esperanza y la humildad de Dios es la actitud que empuja al padreconmovido, con entrañas maternas, a correr al encuentro del hijo que vuelve, y significa queDios ama con el amor entrañable de una madre, no como respuesta al mérito de su criatura,sino simplemente porque su criatura existe: ³Cuando se yerra, se yerra a dúo. La falta delhombre, hace errar a Dios mismos. El que ama se hace dependiente del amado. Cuando elbuen pastor se va en busca de la oveja perdida, se puede decir que para encontrarla se dejarguiar por ella y por sus enrancias´ (Charles Peguy, Pleide, Prose II).b. La segunda característica del Dios de Jesús aparece en aquello que hace el padre cuandollega el hijo: se alegra. Cada uno de sus gestos son expresión evidente de su alegría: elvestido nuevo, las sandalias, el anillo, el ternero cebado; todo habla de una fiestaexcepcional. Esta es la fiesta que se celebra en el cielo por un solo pecador que se convierte,más que por los noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión. Esta es laalegría de Dios. Un Dios que sabe estar contento, aunque primero ha sufrido. Si en Diosexiste una alegría nueva, es que antes ha habido un misterio de sufrimiento que se funda enla compasión, en el amor entrañable del Padre. Hay un elemento común que une entre sí lastres parábolas de la oveja perdida, de la dracma perdida y del hijo pródigo narradas una trasotra en el capítulo 15 de Lucas. ¿Qué dice el pastor que ha encontrado la oveja perdida y lamujer que ha encontrado su dracma? «¡Alegraos conmigo!». ¿Y qué dice Jesús comoconclusión de cada una de las tres parábolas? «Habrá más alegría en el cielo por un pecadorque se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».Escucha la frase del culpable, aprendida de memoria, pero no entra en ella, sino que ordenainmediatamente el atavío del hijo y la gran fiesta por su regreso. Es asombroso que elnarrador no dedique ni una palabra a presentar el estado de ánimo del así recibido, despuésde haber descrito tan gráficamente su peripecia en tierra extraña. El hijo queda simplementecubierto por el manto del amor paterno que lo tapa, desaparece en la fiesta común, en la«música y las danzash» (15,25), en la alegría dispuesta por el padre y que mueve a todos,que es como el fluir de su propia alegría desbordante. No está prohibido imaginarse cómoafecta esta acogida al corazón del «perdido y hallado"; pero, si se convierte en el tema, se hade hacer únicamente como una consecuencia del amor absolutamente inmerecido del padre,en el que todo cálculo debe desaparecer. El leitmotiv de las tres parábolas es por lo tanto laalegría de Dios. (Hay alegría «ante los ángeles de Dios» es una forma hebraica de decir quehay alegría «en Dios»). En nuestra parábola, la alegría se desborda y se convierte en fiesta.
  • 47. Aquel padre no cabe en sí y no sabe qué inventar: ordena sacar el vestido de lujo, el anillocon el sello de familia, matar el ternero cebado, y dice a todos: «Comamos y celebremos unafiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sidohallado». En una novela suya, Dostoiewski describe una escena que tiene todo el ambientede una imagen real. Una mujer del pueblo tiene en brazos a su niño de pocas semanas,cuando éste ±por primera vez, dice ella- le sonríe. Compungida, se hace el signo de la cruz ya quien le pregunta el por qué de aquel gesto le responde: «De igual manera que una madrees feliz cuando nota la primera sonrisa de su hijo, así se alegra Dios cada vez que unpecador se arrodilla y le dirige una oración con todo el corazón» (LIdiota , Milano 1983, p.272).c. La tercera característica del padre de la parábola es el amor. En Oseas (11, 1-9) se hablade la elección de Israel y de su traición: «Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí;sacrificaban a los Baales, e incensaban a los ídolos» (11,2). Dios ve también cómo estepueblo es destruido, cómo la espada hace estragos en sus ciudades (cf. 11, 6). Y entonces elprofeta describe bien lo que sucede en nuestra parábola: «¿Cómo te trataré, Efraín? ¿Acasopuedo abandonarte, Israel?... Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. Nocederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín; que soy Dios y no hombre, santoen medio de ti.» (11, 8ss). Puesto que Dios es Dios, el Santo, actúa como ningún hombrepodría actuar. Dios tiene un corazón, y ese corazón se revuelve, por así decirlo, contra símismo: aquí encontramos de nuevo, tanto en el profeta como en el Evangelio, la palabrasobre la «compasión» expresada con la imagen del seno materno. El corazón de Diostransforma la ira y cambia el castigo por el perdón. Dios ama como sólo una madre sabeamar, con un amor que irradia ternura y gratuidad, un amor que es más fiel que toda posibleinfidelidad del hombre. Como afirmaba san Bernardo, «Dios no nos ama porque seamosbuenos y hermosos, sino que nos hace buenos y hermosos porque nos ama». ³Lamisericordia -tal como Cristo nos la ha presentado en la parábola del hijo pródigo- tiene laforma interior del amor; que en el Nuevo Testamento se llama ágape. Tal amor es capaz deinclinarse hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia la miseriamoral o pecado. Cuando esto ocurre, el que es objeto de misericordia no se siente humillado,sino como hallado de nuevo y ³revalorizado´. El padre le manifiesta, particularmente, sualegría por haber sido ³hallado de nuevo´ y por ³haber resucitado´. Esta alegría indica unbien inviolado: un hijo, por más que sea pródigo, no deja de ser hijo real de su padre; indicaademás un bien hallado de nuevo, que en el caso del hijo pródigo fue la vuelta a la verdad desí mismo´ (Juan Pablo II, Dives in misericordia, capítulo IV, 6c). Este padre corre al encuentrodel hijo. Según la mentalidad semítica, un comportamiento como ese resultaba por lo menosescandaloso, porque el padre debía mostrar siempre una actitud solemne, hierática. Era elhijo el que debía presentarse y postrarse ante él. No podía concebirse lo contrario, que elpadre fuese hacia el hijo, más aún, como aquí se dice, que corriese al encuentro del hijo y leechase los brazos al cuello. La parábola nos presenta un padre que no tiene miedo de perdersu propia dignidad y que incluso parece ponerla en peligro. La autoridad de este padre noestá en la distancia que él mantiene, sino en el amor irradiante que expresa, la valentía delamor de Dios: valentía para romper las seguridades aparentes y vivir la única seguridadverdadera, aquella del amor que es más fuerte que el no-amor y que consiste en caminarhacia el otro, superando las distancias protectoras que nuestra incapacidad de amar elevademasiado a menudo en torno a nosotros. El padre ve al hijo cuando todavía estaba lejos yle sale a su encuentro. Escucha su confesión y reconoce en ella el camino interior que harecorrido, ve que ha encontrado el camino hacia la verdadera libertad. Así, ni siquiera le dejaterminar, lo abraza y lo besa, y manda preparar un gran banquete. Reina la alegría porque el
  • 48. hijo «que estaba muerto» cuando se marchó de la casa paterna con su fortuna, ahora havuelto a la vida, ha revivido; «estaba perdido y lo hemos encontrado» (15, 32).2. El hijo se marcha «a un país lejano». Los Padres han visto aquí sobre todo elalejamiento interior del mundo del padre -del mundo de Dios-, la ruptura interna de larelación, la magnitud de la separación de lo que es propio y de lo que es auténtico. El hijoderrocha su herencia. Sólo quiere disfrutar. Quiere aprovechar la vida al máximo, tener loque considera una «vida en plenitud». No desea someterse ya a ningún precepto, a ningunaautoridad: busca la libertad radical; quiere vivir sólo para sí mismo, sin ninguna exigencia.Disfruta de la vida; se siente totalmente autónomo. ¿Acaso nos es difícil ver precisamente eneso el espíritu de la rebelión moderna contra Dios y contra la Ley de Dios? ¿El abandono detodo lo que hasta ahora era el fundamento básico, así como la búsqueda de una libertad sinlímites? La palabra griega usada en la parábola para designar la herencia derrochadasignifica en el lenguaje de los filósofos griegos «sustancia», naturaleza. El hijo perdidodesperdicia su «naturaleza», se desperdicia a sí mismo. Al final ha gastado todo. El que eratotalmente libre ahora se convierte realmente en siervo, en un cuidador de cerdos que seríafeliz si pudiera llenar su estómago con lo que ellos comían. Para los judíos, el cerdo es unanimal impuro; ser cuidador de cerdos es, por tanto, la expresión de la máxima alienación yel mayor empobrecimiento del hombre. El que era totalmente libre se convierte en un esclavomiserable. Al llegar a este punto se produce la «vuelta atrás». El hijo pródigo se da cuenta deque está perdido. Comprende que en su casa era un hombre libre y que los esclavos de supadre son más libres que él, que había creído ser absolutamente libre. «Entoncesrecapacitó», dice el Evangelio (15, 17): viviendo lejos de casa, de sus orígenes, dicen, estehombre se había alejado también de sí mismo, vivía alejado de la verdad de su existencia.Su retorno, su «conversión», consiste en que reconoce todo esto, que se ve a sí mismoalienado; se da cuenta de que se ha ido realmente «a un país lejano» y que ahora vuelvehacia sí mismo. Pero en sí mismo encuentra la indicación del camino hacia el padre, hacia laverdadera libertad de «hijo». Las palabras que prepara para cuando llegue a casa nospermiten apreciar la dimensión de la peregrinación interior que ahora emprende. Son laexpresión de una existencia en camino que ahora -a través de todos los desiertos- vuelve «acasa», a sí mismo y al padre. Camina hacia la verdad de su existencia y, por tanto, «a casa».Con esta interpretación «existencial» del regreso a casa, los Padres nos explican al mismotiempo lo que es la «conversión», el sufrimiento y la purificación interna que implica, ypodemos decir tranquilamente que, con ello, han entendido correctamente la esencia de laparábola y nos ayudan a reconocer su actualidad.El hijo perdido se convierte para los santos Padres, en la imagen del hombre, el «Adán» quetodos somos, ese Adán al que Dios le sale al encuentro y le recibe de nuevo en su casa. Enla parábola, el padre encarga a los criados que traigan enseguida «el mejor traje». Para losPadres, ese «mejor traje» es una alusión al vestido de la gracia, que tenía originalmente elhombre y que después perdió con el pecado. Ahora, este «mejor traje» se le da de nuevo, esel vestido del hijo. En la fiesta que se prepara, ellos ven una imagen de la fiesta de la fe, laEucaristía festiva, en la que se anticipa el banquete eterno. En el texto griego se diceliteralmente que el hermano mayor, al regresar a casa, oye «sinfonías y coros»: para losPadres es una imagen de la sinfonía de la fe, que hace del ser cristiano una alegría y unafiesta. El proceso constante de la conversión.
  • 49. a. La primera etapa, el comienzo de la conversión, se encuentra allí donde uno percibe suexilio interior, cuando uno advierte que se encuentra mal. Esta primera condición nosmuestra que normalmente la conversión empieza con un resorte egoísta: uno se encuentramal y quisiera estar mejor. Resulta importantísimo el verso 17: «Entonces entró en si mismoy dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen pan en abundancia, y yo, en cambio(=de)...». Ese «en cambio» (de) adversativo del texto griego tiene mucha fuerza: el jovenexperimenta la miseria de su condición, incluso con respecto a los subalternos de su casa.Por tanto, el primer momento del retomo a casa, del retorno a Dios, viene dado por lapercepción del exilio exterior, por la conciencia de la alienación a la que se ha llegado, por elreconocimiento de la propia miseria.b. El segundo momento del retorno del joven está marcado por el recuerdo de la casapaterna, por el contraste entre el hambre que él experimenta y el pan en abundancia que seconcede a los jornaleros, a aquellos que no son hijos. La percepción del exilio exterior sevincula al recuerdo de la patria, al recuerdo de una casa donde hay pan en abundancia,incluso para los asalariados. El recuerdo de nuestra alma pura. El alma pura está junto aDios como un niño en brazos de su madre; la acaricia, la abraza, y su madre le devuelve suscaricias y sus abrazos.c. Entre la propia miseria y el recuerdo de una abundancia que se ha perdido vieneperfilándose así el tercer momento del itinerario de la conversión: la percepción del exiliointerior. No basta percibir el exilio exterior; es necesario darse cuenta de que la raíz profundadel mal es la separación de Dios. «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; no soy yadigno de llamarme hijo tuyo». Aquí se expresa la separación respecto de Aquel que nos amainmensamente. Aquí aparecemos queriendo gestionar la propia vida, haciéndonos ricosde nosotros mismos, pero pobres de Dios y, por tanto, al final, pobres de nosotrosmismos. Esto significa recordar que hemos perdido la patria por nuestra propia culpa.d. Y ahora viene el cuarto momento: la percepción del exilio interior se expresa en un «no» alpasado y un «sí» al futuro de Dios para nosotros, porque volvemos a pensar en la patria delamor, porque recordamos que en la casa del padre hay pan en abundancia, porque el padrees bueno. Sin este cuarto momento, la conversión no podría producir sus frutos. Tras haberpercibido el exilio exterior, tras haber recordado la patria y haber advertido el dolor del exiliointerior, resulta necesario alcanzar la esperanza y creer que es posible una vida nueva.Recordando la patria del amor, es necesario decir un «sí» al futuro, con la certeza de que elPadre podrá hacer que volvamos a empezar desde el mismo principio, de un modo nuevo,que para nosotros resultaba impensable.e. Así llega, en fin, la quinta y última etapa: caminar efectivamente hacia el Padre. Todoaquello que hemos dicho en las cuatro etapas precedentes debe traducirse en un gestoconcreto, en un caminar hacia la casa de Dios. Este es el gesto que expresa visiblemente, enun movimiento también exterior, la transformación del corazón: «Me levantaré e iré junto a mipadre». Esta es la decisión, sin la cual, la conversión no sería más que un deseo piadoso yno se traduciría en la vida nueva que cambia el destino de una existencia. Teniendo eso encuenta, nunca se insistirá lo suficiente en la importancia que tiene el recurrir con frecuencia yfidelidad al sacramento del perdón, donde el mismo encuentro con el ministro de lareconciliación tiene ya el sentido de un retorno a Dios y de un ser acogido en la misericordiadel Padre. Desde la riqueza, el joven ha llegado a la pobreza: aquí se encuentra el camino desu liberación. Este es el camino que va del estar aparentemente libre del Padre para vivir por
  • 50. sí, de las propias riquezas, al estar libre de sí para vivir para el Padre, en apertura total eincondicionada hacia Dios, en la pobreza del corazón y de la vida.3. Está, en fin, el otro hijo, el tercer y último personaje de la parábola, el hijo mayor,que ha permanecido siempre en casa, en una situación de cercanía física respecto del padre:este es alguien que no ha salido jamás «de los atrios de la casa del Señor». Regresa a casatras el trabajo en el campo, oye la fiesta en la casa, se entera del motivo y se enoja.Simplemente, no considera justo que a ese haragán, que ha malgastado con prostitutas todasu fortuna -el patrimonio del padre-, se le obsequie con una fiesta espléndida sin pasar antespor una prueba, sin un tiempo de penitencia. Esto se contrapone a su idea de la justicia: unavida de trabajo como la suya parece insignificante frente al sucio pasado del otro. Laamargura lo invade: «En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, amí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos» (15,29). El padretrata también de complacerle y le habla con benevolencia. El hermano mayor no sabe de losavatares y andaduras más recónditos del otro, del camino que le llevó tan lejos, de su caída yde su reencuentro consigo mismo. Sólo ve la injusticia. Y ahí se demuestra que él, ensilencio, también había soñado con una libertad sin límites, que había un rescoldo interior deamargura en su obediencia, y que no conoce la gracia que supone estar en casa, la auténticalibertad que tiene como hijo. «Hijo, tú estás siempre conmigo ²le dice el padre², y todo lomío es tuyo» (15, 31). Con eso le explica la grandeza de ser hijo. Son las mismas palabrascon las que Jesús describe su relación con el Padre en la oración sacerdotal: «Todo lo míoes tuyo, y todo lo tuyo es mío» (Jn 17, 10).Pues bien, el comportamiento del hijo mayor nos hace comprender que la cercanía exteriorno significa necesariamente cercanía o vecindad de corazón. Se puede vivir toda la vida enla casa de Dios y no amar a Dios... No basta con hallarse protegidos por los muros de la ca-sa del Señor. Lo que verdaderamente importa es la cercanía del corazón, el hallarseinternamente enamorados de Dios. ¿Qué pasa, pues, con el hijo mayor? También él vive sudrama. Cuando vuelve del trabajo a casa y escucha la música comienza a dudar: se informa,se irrita, decide no entrar en la casa. En resumen, este hijo no perdona al padre por haberperdonado a su hermano. Aquí estamos de nuevo ante el mismo pecado del hijo más joven.También el hijo mayor quiere gestionar por sí mismo la vida, quiere hacerse árbitro y juez delbien y el mal, ni más ni menos que el pródigo. Incluso habiendo permanecido junto al padre,uno puede hallarse totalmente alejado de él por la forma de juzgar la vida y el corazón de losotros. ¿Y el padre? ¿Cómo reacciona el protagonista central del relato de Jesús? Sale decasa para convencer al hermano mayor, va donde él, como a pedirle perdón por su amorhacia el hermano pequeño. El hijo mayor dice cosas justas y, sin embargo, situándose antesu comportamiento judicialista, el padre le invita a una conversión, a salir de la lógica delmérito y provecho para entrar en la lógica del amor: «Este hermano tuyo estaba muerto y havuelto a la vida; estaba pedido y ha sido encontrado: por eso, era preciso hacer fiesta». Elpadre invita al hijo mayor para que se convierta, también él, a la pobreza, pasando de lariqueza del que presume juzgar todo y a todos, a la pobreza del que se deja guiar por Dios yjuzgar desde Dios. El hijo mayor nos hace comprender la importancia que tiene el que existaAlguien que nos diga la verdad sobre nosotros mismos. Quien pierde el sentido y belleza delDios como juez significa que no se tiene capacidad para reconocer la necesidad de Alguienque pueda decirte, como solo Dios puede hacerlo, quién eres tú verdaderamente. Todostenemos necesidad de que nos hagan saber quiénes somos de verdad: y esto sólo lograhacerlo el juicio de Dios, no el juicio de un hombre.
  • 51. El hijo mayor es aquel que no tiene necesidad del Dios juez, porque él juzga por sí mismo: seha puesto en el lugar de Dios. Pues bien, es aquí donde emerge la voz del Padre,invitándonos a entrar en la lógica de la gratuidad, para que no juzguemos según las medidasde la razón y anti-razón, para que dejemos que todo dependa de un amor más grande...La parábola se interrumpe aquí; nada nos dice de la reacción del hermano mayor. Tampocopodría hacerlo, pues en este punto la parábola pasa directamente a la situación real quetiene ante sus ojos: con estas palabras del padre, Jesús habla al corazón de los fariseos y delos letrados que murmuraban y se indignaban de su bondad con los pecadores (cf. 15, 2).Ahora se ve totalmente claro que Jesús identifica su bondad hacia los pecadores con labondad del padre de la parábola, y que todas las palabras que se ponen en boca del padrelas dice El mismo a las personas piadosas. La parábola no narra algo remoto, sino lo queocurre aquí y ahora a través de El. Trata de conquistar el corazón de sus adversarios. Lespide entrar y participar en el júbilo de este momento de vuelta a casa y de reconciliación.Estas palabras permanecen en el Evangelio como una invitación implorante. Pablo recogeesta invitación cuando escribe: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis conDios» (2 Co5, 20).San Leopoldo Mandic, (1866-1942) fraile capuchino, fue llamado a encarnar, en la primeramitad del siglo XX, la parábola del Padre misericordioso que espera al «hijo pródigo». Cuantomás pasaban los años, más se expresaba en él toda la paternidad, en el rostro venerable, enla larga barba, y en la ilimitada acogida; allí, en el secreto de su celda-confesionario donde,durante de diez a quince horas al día, alrededor de treinta años, escuchó y perdonó a lospecadores en nombre de Dios. De paterno, sin embargo, se le había dado el rostro y elcorazón, por lo demás era un hombre insignificante: un metro y treinta y cinco centímetros dealtura, cojo por la artritis que le deformaba los pies, enfermo, y con un penoso defecto depronunciación que le impedía predicar y lo ponía siempre en un compromiso. Él mismoconfesaba con gran humildad: «Soy verdaderamente nada, incluso ridículo». A algúnhermano, más cruel que ocurrente, lo llamaba «el compendio del hombre».El padre Leopoldo sonreía, era manso, aunque de temperamento orgulloso e impulsivo,como corresponde a un hombre de raza croata y de noble familia, aunque venida a menos.Para pedir perdón por algún raro arrebato, repetía las palabras de san Jerónimo cuando seexcusaba ante Dios de su impetuosidad: «¡Perdóname, Señor, porque soy un dálmata!»Pero, al verlo tan pequeño, parecía ridículo incluso en esa situación.Cuando la ciudad de Padua no había aprendido todavía a venerarlo como padre, sucedióque los universitarios, que holgazaneaban en el café Pedrocchi, se mofaron de él y lomaltrataron. A veces incluso los niños se reían de él por la calle. Sin embargo, después todala ciudadanía «se convirtió», «se volcó» literalmente en él, hacia aquella pequeña celdadonde cada día ocurría el milagro de la divina Misericordia.Pero el Padre Leopoldo no era dulce de la manera que podemos imaginar. Durante susfunerales un hombre contó a todos la historia de su conversión. Había entrado en aquellacelda, sin un verdadero arrepentimiento y dolor, y se había obstinado en defender susmuchos pecados, con sutiles razonamientos. El padre Leopoldo, ante la sutil soberbia de esehombre, se había puesto en pie, pequeño pero terrible, y había exclamado: «¡Váyase!¡Váyase! ¡Usted se pone del lado de los maldecidos por Dios!» Aquel pobre hombre casi sedesmayada de miedo y se había postrado en tierra llorando. Entonces el padre lo había
  • 52. levantado y abrazado: «¡Veis -le dijo-, ahora sois de nuevo mi hermano!» Un fracaso, antecuyo recuerdo el padre Leopoldo lloraba, le aconteció con un noble habitante de Treviso. Losparientes habían mandado un coche a recogerlo, pero después, llegado el padre a palacio,pretendían que bendijera al moribundo desde detrás de la puerta, furtivamente. «Nohagamos comedia -:Dijo él-, con Dios no se bromea. Ustedes son responsables de su pobrealma». No era dulce cuando se quería excusar el mal, minimizarlo, pero lo era infinitamente,cuando se reconocía el mal con humildad. «La misericordia de Dios -decía- es superior atoda expectativa. Si una cosa me disgusta es haber negado, alguna rara vez, la absolución».Le había ocurrido dos o tres veces, durante los primeros años de ministerio, pero decía quehabía sido a causa de su inexperiencia.«Una vez, cuenta un testigo, mientras me acercaba a la confesión, antes de empezar, no-tando en el padre Leopoldo cierta turbación, sin que le preguntase la razón me dijo: "Dicenque soy demasiado bueno: pero si alguno viene a arrodillarse ante mí, ¿no es ésta unaprueba suficiente de que quiere el perdón de Dios?"» «¡Observad -decía otras veces-, que Élnos ha dado ejemplo! No hemos sido nosotros los que hemos muerto por las almas, sino queÉl ha derramado su sangre divina. Debemos tratar las almas como nos ha enseñado Él, consu ejemplo». En otra ocasión explicó: «Si el Crucifijo me tuviese que reprochar ser de "man-ga ancha" le respondería: ¡este mal ejemplo, Bendito Padre, me lo habéis dado vos! «Yotodavía no he llegado a la locura de morir por las almas!»Permanecía encerrado en el confesionario horas y horas como las ostras en los peñascos.«Padre -le preguntaba algún penitente-, ¿qué hacéis para confesar durante tanto tiempo?»«Tened en cuenta -respondía- que es mi vida». No conocían su juramento, pero se dabancuenta de la «absoluta diligencia, en cada momento», de la que había hecho promesa convoto. Si lo volvían a llamar un instante después de haber salido, acudía inmediatamente:«¡Aquí estoy, Señor, aquí estoy!», como si se excusase; y no se llegaba nunca a vislumbraren él, el mínimo gesto de disgusto.El amor de Dios es lo más cierto y lo más seguro: existió desde siempre, estaba antes que túnacieras. Una vez que es encontrado, se llega incluso a tener la sensación de haber perdidoinútilmente el tiempo, entretenidos y angustiados por muchas cosas por las que no merecíanla pena haber luchado y vivido. San Agustín externa su convencimiento de el Amor de Diosse presenta como algo muy sólido (la roca de que se nos habla en el Evangelio), y a la vezcomo algo siempre nuevo, capaz de ser fresco y bello en cada instante, sin que nunca seacabe.³Te alabamos, Padre santo, porque eres grande y porque hiciste todas las cosas consabiduría y amor. A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero,para que, sirviéndote sólo a ti, su Creador, dominara todo lo creado. Y cuando pordesobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que,compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca. Reiteraste,además, tu alianza a los hombres; por los profetas los fuiste llevando con la esperanza desalvación. Y tanto amaste al mundo, Padre santo, que, al cumplirse la plenitud de lostiempos, nos enviaste como salvador a tu único Hijo. El cual se encarnó por obra del EspírituSanto, nació de María, la Virgen, y así compartió en todo nuestra condición humana menosen el pecado; anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidosel consuelo´ (Plegaria Eucarística IV).
  • 53. QUINTA MEDITACIÓN:LOS PRESBÍTEROS, DISCÍPULOS MISIONEROS DE JESÚS BUEN PASTOR³En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sinoque salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor delas ovejas. A este le abre el portero y las ovejas escuchan su voz y a sus ovejas las llamauna por una y las saca fuera. Cuando han sacado a todas las suyas va por delante de ellas ylas ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huiránde él, porque no conocen la voz de los extraños. Jesús les dijo entonces esta parábola, peroellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: En verdad, enverdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí, sonladrones y salteadores; pero las ovejas no le escucharon. Yo soy la puerta, si uno entra pormí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón viene no viene más quepara robar, matar y hacer estragos. Yo he venido para que tenga vida y la tengan enabundancia. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero elasalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandonalas ovejas y huye, y el lobo hace presa de ellas y las dispersa, porque es asalariado y no leimportan las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen,igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tambiéntengo otras ovejas que no son de este redil: también a ésas las tengo que conducir yescucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porquedoy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengopoder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido delPadre´ (Jn 10, 1-18).Petición: ³El presbítero, a imagen del Buen Pastor, está llamado a ser hombre de lamisericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos, particularmente de losque sufren grandes necesidades. La caridad pastoral, fuente de la espiritualidad sacerdotal,anima y unifica su vida y ministerio. Consciente de sus limitaciones, valora la PastoralOrgánica y se inserta con gusto en su presbiterio´ (Aparecida, 198).Esta imagen, de Dios como Pastor, ha marcado profundamente la piedad de Israel y,sobre todo en los tiempos de calamidad, se ha convertido en un mensaje de consueloy confianza. Esta piedad confiada tiene tal vez su expresión más bella en el Salmo 23: ElSeñor es mi pastor. «Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vasconmigo.» (v. 4). La imagen de Dios pastor se desarrolla más en los capítulos 34-37 deEzequiel, cuya visión, recuperada con detalle en el presente, se retoma en las parábolassobre los pastores de los sinópticos y en el sermón de Juan sobre el pastor, como profecíade la actuación de Jesús. Ante los pastores egoístas que Ezequiel encuentra en su tiempo ya los que recrimina, el profeta anuncia la promesa de que Dios mismo buscará a sus ovejas ycuidará de ellas. «Las sacaré de entre los pueblos, las congregaré de los países, las traeré ala tierra... Yo mismo apacentaré a mis ovejas, yo mismo las haré sestear... Buscaré lasovejas perdidas, haré volver a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas;a las gordas y fuertes las guardaré» (34, 13.15-16). Ante las murmuraciones de los fariseos y de los escribas, porque Jesús compartíamesa con los pecadores, el Señor relata la parábola de las noventa y nueve ovejas que están
  • 54. en el redil, mientras una anda descarriada, y a la que el pastor sale a buscar, para despuésllevarla a hombros todo contento y devolverla al redil. Con esta parábola Jesús les dice a susadversarios: ¿no habéis leído la palabra de Dios en Ezequiel? Yo sólo hago lo que Dioscomo verdadero pastor ha anunciado: buscaré las ovejas perdidas, traeré al redil a lasdescarriadas. En un momento tardío de las profecías veterotestamentarias se produce un nuevo girosorprendente y profundo en la representación de la imagen del pastor, que lleva directamenteal misterio de Jesucristo. Mateo nos narra que Jesús, de camino hacia el monte de los Olivosdespués de la Ultima Cena, predice a sus discípulos que pronto iba a ocurrir lo que estabaanunciado en Zacarías 13, 7: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mt26,31). En efecto, aparece aquí, en Zacarías, la visión de un pastor «que, según el designiode Dios, sufre la muerte, dando inicio al último gran cambio de rumbo de la historia».Sorprendentemente, el discurso del pastor no comienza con la afirmación «Yo soy el buenpastor» sino con otra imagen: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas» (Jn 10,7).Jesús había dicho antes: «Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco delas ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por lapuerta es pastor de las ovejas» (10, ls). Este paso tal vez se puede entender sólo en elsentido de que Jesús, tras su ascensión al Padre, da aquí la pauta para los pastores de surebaño. Se comprueba que alguien es un buen pastor, cuando entra a través de Jesús,entendido como la puerta. De este modo, Jesús sigue siendo, en sustancia, el pastor: elrebaño le «pertenece» sólo a El. Cómo se realiza concretamente este entrar a través deJesús como puerta nos lo muestra el apéndice del Evangelio en el capítulo 21, cuando seconfía a Pedro la misma tarea de pastor que pertenece a Jesús. Tres veces dice el Señor aPedro: «Apacienta mis corderos» (respectivamente «mis ovejas»: 21, 15-17). Pedro esdesignado claramente pastor de las ovejas de Jesús, investido del oficio pastoral propio deJesús, sin embargo, para poder desempeñarlo debe entrar por la «puerta». A este entrar -omejor dicho, ese dejarle entrar por la puerta (cf. 10, 3)- se refiere la pregunta repetida tresveces: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Ahí está lo más personal de la llamada: se dirigea Simón por su nombre propio, «Simón», y se menciona su origen. Se le pregunta por elamor que le hace ser una sola cosa con Jesús. Así llega a las ovejas «a través de Jesús»; nolas considera suyas -de Simón Pedro-, sino como el «rebaño» de Jesús. Puesto que llega aellas, por la «puerta» que es Jesús, como llega unido a Jesús en el amor, las ovejasescuchan su voz, la voz de Jesús mismo; no siguen a Simón, sino a Jesús, por el cual y através del cual llega a ellas, de forma que, en su guía, es Jesús mismo quien guía.Amar, apacentar y seguir son los tres verbos con los que el evangelista Juan describe laesencia del pastoreo. El amor, es el lado interior, de todo. Toda esta escena acaba con las palabras de Jesús a Pedro: «Sígueme» (21, 19). Elepisodio nos hace pensar en la escena que sigue a la primera confesión de Pedro, en la queéste había intentado apartar al Señor del camino de la cruz, a lo que el Señor respondió:«Detrás de mí», exhortando después a todos a cargar con la cruz y a «seguirlo» (ver Mc 8,33s). También el discípulo que ahora precede a los otros como pastor debe «seguir» aJesús. Ello comporta -como el Señor anuncia a Pedro tras confiarle el oficio pastoral- laaceptación de la cruz, la disposición a dar la propia vida. Precisamente así se hacenconcretas las palabras: «Yo soy la puerta». De este modo Jesús mismo sigue siendo elpastor. Pedro fue pastor, y pastores fueron también los otros apóstoles, y son pastores todos
  • 55. los obispos y presbíteros. Os daré ±dice la Escritura±pastores a mi gusto, pero, aunque losprelados de la Iglesia, que también son hijos, sean todos llamados pastores, sin embargo, elSeñor dice en singular: Yo soy el buen Pastor; con ello quiere estimularlos a la caridad,insinuándoles que nadie puede ser buen pastor, si no llega a ser una sola cosa con Cristopor la caridad, y se convierte en miembro del verdadero pastor. El deber del buen pastor esla caridad; por eso dice: El buen pastor da la vida por las ovejas. El pastor va delante delrebaño. Solo si caminamos delante podremos apacentar a los demás, caminando haciaadelante, siguiendo Aquel que nos ha precedido. El seguimiento de Jesucristo significa quedebemos y podemos recorrer un camino que es opuesto a la fuerza de gravedad de nuestroegoísmo.Jesús, antes de designarse como Pastor, nos sorprende diciendo: "Yo soy la puerta" (Jn 10,7). En el servicio de pastor hay que entrar a través de él. Jesús pone de relieve con granclaridad esta condición de fondo, afirmando: "El que sube por otro lado, ese es un ladrón y unsalteador" (Jn 10, 1). Esta palabra "sube" (anabainei) evoca la imagen de alguien que trepaal recinto para llegar, saltando, a donde legítimamente no podría llegar. "Subir": se puedever aquí la imagen del arribismo, del intento de llegar "muy alto", de conseguir un puestomediante la Iglesia: servirse, no servir. Es la imagen del hombre que, a través delsacerdocio, quiere llegar a ser importante, convertirse en un personaje; la imagen del quebusca su propia exaltación y no el servicio humilde de Jesucristo. El único camino para subirlegítimamente hacia el ministerio de pastor es la cruz. Esta es la verdadera subida, esta es laverdadera puerta. No desear llegar a ser alguien, sino, por el contrario, ser para los demás,para Cristo, y así, mediante él y con él, ser para los hombres que él busca, que él quiereconducir por el camino de la vida. Se entra en el sacerdocio a través del sacramento; y estosignifica precisamente: a través de la entrega a Cristo, para que él disponga de mí; para queyo lo sirva y siga su llamada, aunque no coincida con mis deseos de autorrealización yestima. Entrar por la puerta, que es Cristo, quiere decir conocerlo y amarlo cada vez más,para que nuestra voluntad se una a la suya y nuestro actuar llegue a ser uno con su actuar. El evangelio que hemos escuchado en este domingo es solamente una parte del grandiscurso de Jesús sobre los pastores. En este pasaje, el Señor nos dice tres cosas sobre elverdadero pastor: da su vida por las ovejas; las conoce y ellas lo conocen a él; y está al servicio de la unidad.Sólo en el segundo párrafo aparece la afirmación: «Yo soy el buen pastor» (10, 11).Toda la carga histórica de la imagen del pastor se recoge aquí, purificada y llevada a supleno significado. La figura del pastor se convirtió muy pronto en una imagen característicadel cristianismo primitivo. Existía ya la figura bucólica del pastor que carga con la oveja yque, en la ajetreada sociedad urbana, representaba y era estimada como el sueño de unavida tranquila, pero el cristianismo interpretó enseguida la figura de un modo nuevobasándose en la Escritura; sobre todo a la luz del Salmo 22: «El Señor es mi pastor, nada mefalta: en verdes praderas me hace recostar... Aunque camine por cañadas oscuras, nadatemo... Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en lacasa del Señor por días sin término». En Cristo reconocieron al buen pastor que guía através de los valles oscuros de la vida; el pastor que ha atravesado personalmente eltenebroso valle de la muerte; el pastor que conoce incluso el camino que atraviesa la noche
  • 56. de la muerte, y que no me abandona ni siquiera en esta última soledad, sacándome de esevalle hacia los verdes pastos de la vida, al «lugar del consuelo, de la luz y de la paz» (Canonromano). Clemente de Alejandría describió esta confianza en la guía del pastor en unosversos que dejan ver algo de esa esperanza y seguridad de la Iglesia primitiva, quefrecuentemente sufría y era perseguida: «Guía, pastor santo, a tus ovejas espirituales: guía,rey, a tus hijos incontaminados. Las huellas de Cristo son el camino hacia el cielo» (Paed., III12, 101).Naturalmente, a los cristianos también les recordaba la parábola tanto del pastor que sale enbusca de la oveja perdida, la carga sobre sus hombros y la trae de vuelta a casa, como elsermón sobre el pastor del Evangelio de Juan. Para los Padres estos dos elementosconfluyen uno en el otro: el pastor que sale a buscar a la oveja perdida es el mismo Verboeterno, y la oveja que carga sobre sus hombros y lleva de vuelta a casa con todo su amor esla humanidad, la naturaleza humana que Él ha asumido. En su encarnación y en su cruzconduce a la oveja perdida ²la humanidad² a casa, y me lleva también a mí. El Logos quese ha hecho hombre es el verdadero «portador de la oveja», el Pastor que nos sigue por laszarzas y los desiertos de nuestra vida. Llevados en sus hombros llegamos a casa. Ha dadola vida por nosotros. Él mismo es la vida.Las ovejas están en constante peligro: El ladrón viene «para robar, matar y hacer estragos»(10, 10). Ve las ovejas como algo de su propiedad, que posee y aprovecha para sí. Sólo leimporta él mismo, todo existe sólo para él.El mal pastor no fortalece a las ovejas débiles, dice el Señor. Se lo dice a los malos pastores,a los pastores falsos, a los pastores que buscan su interés y no el de Jesucristo, que seaprovechan de la leche y la lana de las ovejas, mientras que no se preocupan de ellas nipiensan en fortalecer su mala salud. Hay alguna diferencia entre estar débil, o sea, no firme ±ya que son débiles los que padecen alguna enfermedad±, y estar propiamente enfermo, osea, con mala salud. Es muy de temer que al que se encuentra débil no le sobrevenga unatentación y le desmorone. Por su parte, el que está enfermo es ya esclavo de algún deseoque le está impidiendo entrar por el camino de Dios y someterse al yugo de Cristo. No curáisa las enfermas, ni vendáis sus heridas. Se hallaba herida por el miedo a la prueba. Habíaalgo para vendar aquella herida; estaba aquel consuelo. Las ovejas tienden a desperdigarse y vagar sin rumbo por montes y altos cerros. Es laimagen de las ovejas que apetecen las cosas terrenas y, porque aman y están prendadas delas cosas que el mundo estima, se niegan a morir, para que su vida quede escondida enCristo. Por toda la tierra, porque se trata del amor de los bienes de la tierra, y de ovejas queandan errantes por toda la superficie de la tierra. Se encuentran en distintos sitios; pero lasoberbia las engendró a todas como única madre, de la misma manera que nuestra únicamadre, la Iglesia católica, concibió a todos los fieles cristianos esparcidos por el mundoentero.No recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas. En este mundo andamos siempreentre las manos de los ladrones y los dientes de los lobos feroces y, a causa de estospeligros nuestros, os rogamos que oréis. Además, las ovejas son obstinadas. Cuando seextravían y las buscamos, nos dicen, para su error y perdición, que no tienen nada que vercon nosotros: «¿Para qué nos queréis? ¿Para qué nos buscáis?» Como si el hecho de que
  • 57. anden errantes y en peligro de perdición no fuera precisamente la causa de que vayamostras de ellas y las busquemos. «Si ando errante ±dicen±, si estoy perdida, ¿para qué mequieres? ¿Para qué me buscas?» Te quiero hacer volver precisamente porque andasextraviada; quiero encontrarte porque te has perdido. «¡Pero si yo quiero andar así, quiero así mi perdición!» ¿De veras así quieres extraviarte, asíquieres perderte? Pues tanto menos lo quiero yo. Me atrevo a decirlo, estoy dispuesto aseguir siendo inoportuno. Oigo al Apóstol que dice: Proclama la palabra, insiste a tiempo y adestiempo. ¿A quiénes insistiré a tiempo, y a quiénes a destiempo? A tiempo, a los quequieren escuchar; a destiempo, a quienes no quieren. Soy tan inoportuno que me atrevo adecir: «Tú quieres extraviarte, quieres perderte, pero yo no quiero.» Y, en definitiva, no loquiere tampoco aquel a quien yo temo. Si yo lo quisiera, escucha lo que dice, escucha suincrepación: No recogéis a las descarriadas, ni buscáis a las perdidas. ¿Voy a temerte más ati que a él mismo? Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo. De manera que seguiré llamando a las que andan errantes y buscando a las perdidas.Lo haré, quieras o no quieras. Y, aunque en mi búsqueda me desgarren las zarzas delbosque, no dejaré de introducirme en todos los escondrijos, no dejaré de indagar en todaslas matas; mientras el Señor a quien temo me dé fuerzas, andaré de un lado a otro sin cesar.Llamaré mil veces a la errante, buscaré a la que se halla a punto de perecer. Si no quieresque sufra, no te alejes, no te expongas a la perdición. No tiene importancia lo que yo sufrapor tus extravíos y tus riesgos. Lo que temo es llegar a matar a la oveja sana, si te descuidoa ti. Pues oye lo que se dice a continuación: Matáis las ovejas más gordas. Si echo en olvidoa la que se extravía y se expone a la perdición, la que está sana sentirá también la tentaciónde extraviarse y de ponerse en peligro de perecer. No tiene, por tanto, nada de sorprendente que la soberbia engendre división, del mismomodo que la caridad engendra la unidad. Sin embargo, es la misma madre católica y elpastor que mora en ella quienes buscan a los descarriados, fortalecen a los débiles, curan alos enfermos y vendan a los heridos, por medio de diversos pastores, aunque unos y otros nose conozcan entre sí. Pero ella sí que los conoce a todos, puesto que con todos estáidentificada. Efectivamente, la Iglesia es como una vid que crece y se difunde por doquier; mientrasque las ovejas descarriadas son como sarmientos inútiles, cortados a causa de su esterilidadpor la hoz del labrador, no para destruir la vid, sino para purificarla. Los sarmientos aquellos,allí donde fueron podados, allí se quedan. La vid, en cambio, sigue creciendo por todaspartes, sin ignorar ni uno solo de los sarmientos que permanecen en ella, de los que junto aella quedaron podados. Por eso, precisamente, sigue llamando a los alejados, ya que el Apóstol dice de lasramas arrancadas: Dios tiene poder para injertarlos de nuevo. Lo mismo si te refieres a lasovejas que se alejaron del rebaño, que si piensas en las ramas arrancadas de la vid, Dios noes menos capaz de volver a llamar a las unas y de volver a injertar a las otras, porque él esel supremo pastor, el verdadero labrador. Mis ovejas se dispersaron por toda la tierra, sin quenadie, de aquellos malos pastores, las buscase siguiendo su rastroEl verdadero pastor no quita la vida, sino que la da: «Yo he venido para que tengan vida y latengan en abundancia» (10, 10). Esta es la gran promesa de Jesús: dar vida en abundancia.
  • 58. Todo hombre desea la vida en abundancia. Pero, ¿qué es, en qué consiste la vida? ¿Dóndela encontramos? ¿Cuándo y cómo tenemos «vida en abundancia»? ¿Es cuando vivimoscomo el hijo pródigo, derrochando toda la dote de Dios? ¿Cuando vivimos como el ladrón y elsalteador, tomando todo para nosotros?Jesús promete que mostrará a las ovejas los «pastos», aquello de lo que viven, que lasconducirá realmente a las fuentes de la vida. Podemos escuchar aquí como un eco laspalabras del Salmo 23: «En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentestranquilas... preparas una mesa ante mí... tu bondad y tu misericordia me acompañan todoslos días de mi vida.» (2.5s). Resuenan más directas las palabras del pastor en Ezequiel:«Las apacentaré en pastizales escogidos, tendrán su dehesa en lo alto de los montes deIsrael.» (34, 14). Ahora bien, ¿qué significa todo esto? Ya sabemos de qué viven las ovejas,pero, ¿De qué vive el hombre? Los Padres han visto en los montes altos de Israel y en lospastizales de sus camperas, donde hay sombra y agua, una imagen de las alturas de laSagrada Escritura, del alimento que da la vida, que es la palabra de Dios. Y aunque éste nosea el sentido histórico del texto, en el fondo lo han visto adecuadamente y, sobre todo, hanentendido correctamente a Jesús. El hombre vive de la verdad y de ser amado, de seramado por la Verdad. Necesita a Dios, al Dios que se le acerca y que le muestra el sentidode su vida, indicándole así el camino de la vida. Ciertamente, el hombre necesita pan,necesita el alimento del cuerpo, pero en lo más profundo necesita sobre todo la Palabra, elAmor, a Dios mismo. Quien le da todo esto, le da «vida en abundancia». Y así libera tambiénlas fuerzas mediante las cuales el hombre puede plasmar sensatamente la tierra,encontrando para sí y para los demás los bienes que sólo podemos tener en la reciprocidad.Consideremos ahora más atentamente las tres afirmaciones fundamentales de Jesús sobreel buen pastor. La primera, que con gran fuerza impregna todo el discurso sobre los pastores, dice: elpastor da su vida por las ovejas. El misterio de la cruz está en el centro del servicio de Jesúscomo pastor: es el gran servicio que él nos presta a todos nosotros. Se entrega a sí mismo,y no sólo en un pasado lejano. En la sagrada Eucaristía realiza esto cada día, se da a símismo mediante nuestras manos, se da a nosotros. Por eso, con razón, en el centro de lavida sacerdotal está la sagrada Eucaristía, en la que el sacrificio de Jesús en la cruz estásiempre realmente presente entre nosotros. A partir de esto aprendemos también quésignifica celebrar la Eucaristía de modo adecuado: es encontrarnos con el Señor, que pornosotros se despoja de su gloria divina, se deja humillar hasta la muerte en la cruz y así seentrega a cada uno de nosotros. Es muy importante para el sacerdote la Eucaristía diaria, enla que se expone siempre de nuevo a este misterio; se pone siempre de nuevo a sí mismoen las manos de Dios, experimentando al mismo tiempo la alegría de saber que él estápresente, me acoge, me levanta y me lleva siempre de nuevo, me da la mano, se da a símismo. La Eucaristía debe llegar a ser para nosotros una escuela de vida, en la queaprendamos a entregar nuestra vida. La vida no se da sólo en el momento de la muerte, y nosolamente en el modo del martirio. Debemos darla día a día. Debo aprender día a día que yono poseo mi vida para mí mismo. Día a día debo aprender a desprenderme de mí mismo, aestar a disposición del Señor para lo que necesite de mí en cada momento, aunque otrascosas me parezcan más bellas y más importantes. Dar la vida, no tomarla. Precisamente asíexperimentamos la libertad. La libertad de nosotros mismos, la amplitud del ser.Precisamente así, siendo útiles, siendo personas necesarias para el mundo, nuestra vidallega a ser importante y bella. Sólo quien da su vida la encuentra.
  • 59. «El buen pastor da la vida por las ovejas» (10, 11). Igual que el sermón sobre el pan no sequeda en una referencia a la palabra, sino que se refiere a la Palabra que se ha hecho carney don «para la vida del mundo» (6, 51), así, en el sermón sobre el pastor es central laentrega de la vida por las «ovejas».A los pastores que apacientan rebaños de ovejas no se les exige exponer su propia vida a lamuerte, por el bien de su rebaño, pero, en cambio, el pastor espiritual sí que debe renunciara su vida corporal ante el peligro de sus ovejas, porque la salvación espiritual del rebaño esde más precio que la vida corporal del pastor. Es esto precisamente lo que afirma el Señor:El buen pastor da la vida ±la vida del cuerpo± por las ovejas, es decir, por las que son suyaspor razón de su autoridad y de su amor. Ambas cosas se requieren: que las ovejas lepertenezcan y que las ame, pues lo primero sin lo segundo no sería suficiente. De esteproceder Cristo nos dio ejemplo: Si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotrosdebemos dar nuestra vida por los hermanos.La cruz es el punto central del sermón sobre el pastor, y no como un acto de violencia queencuentra desprevenido a Jesús, y se le inflige desde fuera, sino como una entrega libre porparte de Él mismo: «Yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino queyo la entrego libremente» (10, 17s). Aquí se explica lo que ocurre en la institución de laEucaristía: Jesús transforma el acto de violencia externa de la crucifixión en un acto deentrega voluntaria de sí mismo por los demás. Jesús no entrega algo, sino que se entrega así mismo. Así, El da la vida. Tendremos que volver de nuevo sobre este tema y profundizarmás en él cuando hablemos de la Eucaristía y del acontecimiento de la Pascua.En segundo lugar el Señor nos dice: "Conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, igualque el Padre me conoce y yo conozco al Padre" (Jn 10, 14-15). En esta frase hay dosrelaciones en apariencia muy diversas, que aquí están entrelazadas: la relación entre Jesúsy el Padre, y la relación entre Jesús y los hombres encomendados a él. Pero ambasrelaciones van precisamente juntas porque los hombres, en definitiva, pertenecen al Padre ybuscan al Creador, a Dios. Cuando se dan cuenta de que uno habla solamente en su propionombre y tomando sólo de sí mismo, entonces intuyen que eso es demasiado poco y nopuede ser lo que buscan. Pero donde resuena en una persona otra voz, la voz del Creador,del Padre, se abre la puerta de la relación que el hombre espera. Por tanto, así debe ser ennuestro caso. Ante todo, en nuestro interior debemos vivir la relación con Cristo y, por mediode él, con el Padre; sólo entonces podemos comprender verdaderamente a los hombres,sólo a la luz de Dios se comprende la profundidad del hombre; entonces quien nos escuchase da cuenta de que no hablamos de nosotros, de algo, sino del verdadero Pastor.Obviamente, las palabras de Jesús se refieren también a toda la tarea pastoral práctica deacompañar a los hombres, de salir a su encuentro, de estar abiertos a sus necesidades y asus interrogantes. Desde luego, es fundamental el conocimiento práctico, concreto, de laspersonas que me han sido encomendadas, y ciertamente es importante entender este"conocer" a los demás en el sentido bíblico: no existe un verdadero conocimiento sin amor,sin una relación interior, sin una profunda aceptación del otro. El pastor no puede contentarsecon saber los nombres y las fechas. Su conocimiento debe ser siempre también unconocimiento de las ovejas con el corazón. Pero a esto sólo podemos llegar si el Señor haabierto nuestro corazón, si nuestro conocimiento no vincula las personas a nuestro pequeño
  • 60. yo privado, a nuestro pequeño corazón, sino que, por el contrario, les hace sentir el corazónde Jesús, el corazón del Señor. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, unconocimiento orientado a él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que laguía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto. Así también nosotros nos hacemos cercanosa los hombres.«El va llamando a sus ovejas por el nombre y las saca fuera... y las ovejas lo siguen, porqueconocen su voz» (10, 3s). «Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías meconocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por lasovejas» (10, 14s).En primer lugar, conocimiento y pertenencia están entrelazados. El pastor conoce a lasovejas porque éstas le pertenecen, y ellas lo conocen precisamente porque son suyas.Conocer y pertenecer son básicamente lo mismo. El verdadero pastor no «posee» las ovejascomo un objeto cualquiera que se usa y se consume; ellas le «pertenecen» precisamente enese conocerse mutuamente, y ese «conocimiento» es una aceptación interior. Indica unapertenencia interior, que es mucho más profunda que la posesión de las cosas. Lo veremosclaramente con un ejemplo tomado de nuestra vida. Ninguna persona «pertenece» a otra delmismo modo que le puede pertenecer un objeto. Los hijos no son «propiedad» de los padres;los esposos no son «propiedad» uno del otro, pero se «pertenecen» de un modo mucho másprofundo de lo que pueda pertenecer a uno, por ejemplo, un trozo de madera, un terreno ocualquier otra cosa llamada «propiedad». Los hijos «pertenecen» a los padres y son a la vezcriaturas libres de Dios, cada uno con su vocación, con su novedad y su singularidad anteDios. No se pertenecen como una posesión, sino en la responsabilidad. Se pertenecenprecisamente por el hecho de que aceptan la libertad del otro y se sostienen el uno al otro enel conocerse y amarse; son libres y al mismo tiempo una sola cosa para siempre en estacomunión. De este modo, tampoco las «ovejas», que justamente son personas creadas por Dios,imágenes de Dios, pertenecen al pastor como objetos; en cambio, es así como se apropiande ellas el ladrón o el salteador. Ésta es precisamente la diferencia entre el propietario, elverdadero pastor y el ladrón: para el ladrón, para los ideólogos y dictadores, las personasson sólo cosas que se poseen y de las cuales puedo sacar provecho. Pero para el verdaderopastor, por el contrario, son seres libres en vista de alcanzar la verdad y el amor; el pastor semuestra como su propietario precisamente por el hecho de que las conoce y las ama, quiereque vivan en la libertad de la verdad. Le pertenecen mediante la unidad del «conocerse», enla comunión de la Verdad, que es Él mismo. Precisamente por eso no se aprovecha de ellas,sino que entrega su vida por ellas. Del mismo modo que van unidos Logos y encarnación,Logos y pasión, también conocerse y entregarse son en el fondo una misma cosa. Escuchemos de nuevo la frase decisiva: «Yo soy el buen Pastor, que conozco a lasmías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mivida por las ovejas» (10, 14s). En esta frase hay una segunda interrelación que debemostener en cuenta. El conocimiento mutuo entre el Padre y el Hijo se entrecruza con elconocimiento mutuo entre el pastor y las ovejas. El conocimiento que une a Jesús con lossuyos se encuentra dentro de su unión cognoscitiva con el Padre. Los suyos estánentretejidos en el diálogo trinitario; volveremos a tratar esto al reflexionar sobre la oraciónsacerdotal de Jesús. Entonces podremos comprender cómo la Iglesia y la Trinidad estánenlazadas entre sí. La compenetración de estos dos niveles del conocer resulta de suma
  • 61. importancia para entender la naturaleza del «conocimiento» de la que habla el Evangelio deJuan. Trasladando esto a nuestra experiencia vital, podemos decir: sólo en Dios y a través deDios se conoce verdaderamente al hombre. Un conocer que reduzca al hombre a ladimensión empírica y tangible no llega a lo más profundo de su ser. El hombre sólo seconoce a sí mismo cuando aprende a conocerse a partir de Dios, y sólo conoce al otrocuando ve en él el misterio de Dios. Para el pastor al servicio de Jesús eso significa que nodebe sujetar a los hombres a él mismo, a su pequeño yo. El conocimiento recíproco que leune a las «ovejas» que le han sido confiadas debe tender a introducirse juntos en Dios ydirigirse hacia Él; debe ser, por tanto, un encontrarse en la comunión del conocimiento y delamor de Dios. El pastor al servicio de Jesús debe llevar siempre más allá de sí mismo paraque el otro encuentre toda su libertad; y por ello, él mismo debe ir también siempre más alláde sí mismo hacia la unión con Jesús y con el Dios trinitario. El Yo propio de Jesús está siempre abierto al Padre, en íntima comunión con El; nuncaestá solo, sino que existe en el recibirse y en el donarse de nuevo al Padre. «Mi doctrina noes mía», su Yo es el Yo sumido en la Trinidad. Quien lo conoce, «ve» al Padre, entra en esasu comunión con el Padre. Precisamente esta superación dialógica que hay en el encuentrocon Jesús nos muestra de nuevo al verdadero pastor, que no se apodera de nosotros, sinoque nos conduce a la libertad de nuestro ser, adentrándonos en la comunión con Dios ydando Él mismo su propia vida.Por último, el Señor nos habla del servicio a la unidad encomendado al pastor: "Tengo,además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, yescucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor" (Jn 10, 16). Es lo mismo querepite san Juan después de la decisión del sanedrín de matar a Jesús, cuando Caifás dijoque era preferible que muriera uno solo por el pueblo a que pereciera toda la nación. SanJuan reconoce que se trata de palabras proféticas, y añade: "Jesús iba a morir por la nación,y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estabandispersos" (Jn 11, 52). Se revela la relación entre cruz y unidad; la unidad se paga con lacruz. Pero sobre todo aparece el horizonte universal del actuar de Jesús. Aunque Ezequiel,en su profecía sobre el pastor, se refería al restablecimiento de la unidad entre las tribusdispersas de Israel (cf. Ez 34, 22-24), ahora ya no se trata de la unificación del Israeldisperso, sino de todos los hijos de Dios, de la humanidad, de la Iglesia de judíos y paganos.La misión de Jesús concierne a toda la humanidad, y por eso la Iglesia tiene unaresponsabilidad con respecto a toda la humanidad, para que reconozca a Dios, al Dios quepor todos nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió, murió y resucitó. La Iglesia jamás debecontentarse con la multitud de aquellos a quienes, en cierto momento, ha llegado, y decir quelos demás están bien así: musulmanes, hindúes... La Iglesia no puede retirarsecómodamente dentro de los límites de su propio ambiente. Tiene por cometido la solicituduniversal, debe preocuparse por todos y de todos. Por lo general debemos "traducir" estagran tarea en nuestras respectivas misiones. Obviamente, un sacerdote, un pastor de almasdebe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan enella el camino de la vida y que, por su parte, como piedras vivas, construyen la Iglesia y asíedifican y sostienen juntos también al sacerdote. Sin embargo, como dice el Señor, tambiéndebemos salir siempre de nuevo "a los caminos y cercados" (Lc 14, 23) para llevar lainvitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar
  • 62. para nada de él o no han sido tocados interiormente por él. Este servicio universal, servicio ala unidad, se realiza de muchas maneras. Siempre forma parte de él también el compromisopor la unidad interior de la Iglesia, para que ella, por encima de todas las diferencias y loslímites, sea un signo de la presencia de Dios en el mundo, el único que puede crear dichaunidad. Llegamos al último gran tema del sermón sobre el pastor: el tema de la unidad. Aparececon gran relieve en la profecía de Ezequiel. «Recibí esta palabra del Señor: "hijo de hombre,toma una vara y escribe en ella Judá y su pueblo; toma luego otra vara y escribe José, varade Efraín, y su pueblo. Empálmalas después de modo que formen en tu mano una sola vara".Esto dice el Señor: "Voy a recoger a los israelitas de las naciones a las que se marcharon,voy a congregarlos de todas partes... Los haré un solo pueblo en mi tierra, en los montes deIsrael... No volverán ya a ser dos naciones ni volverán a desmembrarse en dos reinos"» (Ez37, 15-17.21s). El pastor Dios reúne de nuevo en un solo pueblo al Israel dividido y disperso. El sermón de Jesús sobre el pastor retoma esta visión, pero ampliando de un mododecisivo el alcance de la promesa: «Tengo además otras ovejas que no son de este redil;también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solopastor» (10, 16). La misión de Jesús como pastor no sólo tiene que ver con las ovejasdispersas de la casa de Israel, sino que tiende, en general, «a reunir a todos los hijos de Diosque estaban dispersos» (11, 52). Por tanto, la promesa de un solo pastor y un solo rebañodice lo mismo que aparece en Mateo, en el envío misionero del Resucitado: «Haceddiscípulos de todos los pueblos» (28, 19); y que además se reitera otra vez en los Hechos delos Apóstoles como palabra del Resucitado: «Recibiréis fuerza para ser mis testigos enJerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo» (1, 8). Aquí se nos muestra con claridad la razón interna de esta misión universal: hay un solopastor. El Logos, que se ha hecho hombre en Jesús, es el pastor de todos los hombres, puestodos han sido creados mediante aquel único Verbo; aunque estén dispersos, todos son unoa partir de Él y en vista de El. La humanidad, más allá de su dispersión, puede alcanzar launidad a partir del Pastor verdadero, del Logos, que se ha hecho hombre para entregar suvida y dar, así, vida en abundancia (10, 10). Conviene, pues distinguir entre el buen pastor y el mal pastor: el buen pastor es aquelque busca el bien de sus ovejas, en cambio, el mal pastor es el que persigue su propio bien. Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor. ¿Pero qué es lo que tienen queescuchar? Esto dice el Señor: «Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré misovejas». Dios reclama sus ovejas a los malos pastores y los culpa de su muerte. Pues, porboca del mismo profeta, dice en otra ocasión: A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en lacasa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yodigo al malvado: «¡Malvado, eres reo de muerte!», y tú no hablas poniendo en guardia almalvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pedirécuenta de su sangre; pero, si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta,si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida. ¿Qué significaesto, hermanos? ¿Os dais cuenta lo peligroso que puede resultar callarse? El malvadomuere, y muere con razón; muere en su pecado y en su impiedad; pero lo ha matado lanegligencia del mal pastor. Pues podría haber encontrado al pastor que vive y que dice: Pormi vida, oráculo del Señor; pero, como fue negligente el que recibió el encargo de
  • 63. amonestarlo y no lo hizo, él morirá con razón, y con razón se condenará el otro. En cambio,como dice el texto sagrado: «Si advirtieses al impío, al que yo hubiese amenazado con lamuerte: Eres reo de muerte, y él no se preocupa de evitar la espada amenazadora, y viene laespada y acaba con él, él morirá en su pecado, y tú, en cambio, habrás salvado tu alma».Por eso precisamente, a nosotros nos toca no callarnos; mas vosotros, en el caso de que noscallemos, no dejéis de escuchar las palabras del Pastor en las sagradas Escrituras. Veamos, pues, ahora, ya que así lo había yo propuesto, si va a quitarles las ovejas alos malos pastores y a dárselas a los buenos. Y veo, efectivamente, que se las quita a losmalos. Esto es lo que dice: «Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas,los quitaré de pastores de mis ovejas. Porque, cuando digo que apacienten a mis ovejas, seapacientan a sí mismos, y no a mis ovejas. Los quitaré de pastores de mis ovejas». ¿Y cómose las quita, para que no las apacienten? Haced lo que os digan, pero no hagáis lo quehacen. Como si dijera: «Dicen mis cosas, pero hacen las suyas». Cuando no hacéis lo quehacen los malos pastores, no son ellos los que os apacientan; cuando, en cambio, hacéis loque os dicen, soy yo vuestro pastor. Ciertamente que, si existen buenas ovejas, habrá también buenos pastores, pues deentre las buenas ovejas salen los buenos pastores. Así, pues, para poder encomendar a Pedro sus ovejas, sin que con ello pareciera quelas ovejas quedaban encomendadas a otro pastor distinto de sí mismo, el Señor le pregunta:«Pedro, ¿me amas?» Él respondió: «Te amo». Y le dice por segunda vez: «¿Me amas?» Yrespondió: «Te amo». Y le pregunta aun por tercera vez: «¿Me amas?» Y respondió: «Teamo». Quería fortalecer el amor para reforzar así la unidad. De este modo, el que es únicoapacienta a través de muchos, y los que son muchos apacientan formando parte del que esúnico. Y parece que no se habla de los pastores, pero sí se habla. Los pastores puedengloriarse, pero el que se gloría que se gloríe del Señor. Esto es hacer que Cristo sea elpastor, esto es apacentar para Cristo, esto es apacentar en Cristo, y no tratar de apacentarsea sí mismo al margen de Cristo. No fue por falta de pastores ±como anunció el profeta queocurriría en futuros tiempos de desgracia± que el Señor dijo: Yo mismo apacentaré a misovejas, como si dijera: «No tengo a quien encomendarlas». Porque, cuando todavía Pedro ylos demás apóstoles vivían en este mundo, aquel que es el único pastor, en el que todos lospastores son uno, dijo: Tengo otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengoque traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor.³El Pueblo de Dios siente la necesidad de presbíteros discípulos: que tengan una profundaexperiencia de Dios, configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles a las mociones delEspíritu, que se nutran de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la oración; de presbíteros-misioneros; movidos por la caridad pastoral: que los lleve a cuidar del rebaño a ellosconfiados y a buscar a los más alejados predicando la Palabra de Dios, siempre en profundacomunión con su obispo, los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos; depresbíteros-servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres,comprometidos en la defensa de los derechos de los más débiles y promotores de la culturade la solidaridad. También de presbíteros llenos de misericordia, disponibles para administrarel sacramento de la Reconciliación´ (Aparecida, nº 199).
  • 64. ³Una parroquia tiene que intentar siempre ensanchar sus horizontes y hacer unesfuerzo continuo para ser una comunidad abierta a todos. Debe mirar más allá de suspropios límites hacia la comunidad más amplia de la diócesis y de la Iglesia universal´. (JuanPablo II, a los feligreses de la parroquia de san León Magno en Melbourne, 28 de noviembrede 1986). En el mundo secularizado y masificado de hoy, que genera soledad y aislamiento, es,pues, más que urgente volver a proponer y a evaluar el papel de las comunidades cristianascomo lugares privilegiados de coparticipación de la fe y de crecimiento en la fe, y comolugares de una sólida experiencia de pertenencia a la Iglesia. Sin el apoyo de una comunidadviva, el cristiano corre fácilmente el peligro de perder el significado de su propia identidad demiembro del pueblo de Dios. La función insustituible que sigue teniendo la parroquia en lavida de la Iglesia exige, sin embargo, en nuestro tiempo, una renovación que le devuelva suplena dimensión misionera y comunitaria.San Vicente de Paúl (1581-1660). La situación del clero francés, en el siglo XVII, erapreocupante. Donde no había moralidad, había una invencible pereza, y una ignorancia allímite de la credibilidad. Ciertos pastores no sabían ni siquiera leer ni escribir. Otros nosabían como celebrar los sacramentos. El mismo Vicente de Paúl había conocido unsacerdote que, después de haber escuchado la confesión, mascullaba algo porque no sabíala fórmula de la absolución y otro que ante cualquier circunstancia recitaba el Ave María, laúnica oración que conocía. Conventos y monasterios estaban, a menudo, cargados dehabituales inobservancias, de tradiciones corruptas y de comportamientos reprobables. Paramuchos jóvenes de baja condición social la Iglesia aparecía como el único pasaje posiblepara salir de algún modo de la miseria y del triste anonimato. Así, muchos niños,absolutamente privados de la más mínima vocación, se hacían consagrar sacerdotes, porobispos complacientes. El mismo Vicente se convirtió probablemente en sacerdote a los 18años, ordenado irregularmente por un obispo viejísimo y ciego.El pequeño Vicente -que se encontraba dotado de una inteligencia verdaderamente genial-creció con el deseo de salir del mundo de la miseria que le había tocado en suerte: unpueblecito de cincuenta casas de barro, perdido entre los pantanos y una familia decampesinos en la cual su papel -hasta los seis años- era el de cuidar los cerdos. La fortunallegó con un ricachón local, de paso por sus tierras, que observó la particular inteligencia deaquel niño y convenció al padre para que estudiara cerca de un sacerdote en un colegio de laciudad más cercana. Vicente fue, pues, obligado a olvidar sus orígenes y a hacer camino. Undía que el padre se presentó en el colegio donde estudiaba el hijo, en una rara visita, el niñorechazo desdeñosamente bajar al locutorio porque se avergonzaba de que los compañeroslo viesen tratar con un pobrecillo. Llegado ya a viejo y santo, no llegará a olvidársele yllorando contará él mismo más veces el episodio: «No quise hablarle y cometí por ello ungran pecado». Se convertirá entonces en el sacerdote más querido y buscado de Francia,pero a cualquiera se apresurará a revelar: «No soy más que un pobre campesino y he estadocuidando cerdos. Mi madre hacía de sirvienta».Sin embargo, antes de encontrar con amor y orgullo la pobreza de Cristo y su mismapobreza, Vicente se dejará seducir -como él mismo dirá después- por una «tela de araña»hecha de ambiciones y de astucias, para construirse una prometedora carrera.
  • 65. Después de aquella discutible ordenación sacerdotal de la que habíamos hablado, hayen su vida un período oscuro con extrañas aventuras. Lo encontramos finalmente, quiénsabe cómo, en el séquito del Legado pontificio que lo conduce consigo a Roma, el centro dela cristiandad, del que él percibe, sobre todo, la importancia estratégica. De hecho, en Romaconoce al embajador de Francia y vuelve con él a París, después de algunos años, en buenaconfianza, tantos como para obtener las credenciales para lograr una audiencia con el ReyEnrique IV. Así llegó finalmente a hacerse asignar un pequeño beneficio eclesiástico. No eragrande. Pero había conseguido entrar, mientras tanto, en el círculo de capellanes de la reinaMargarita de Valois. Aquí precisamente lo espera el Señor. Los capellanes recibían a veces regalos o donaciones con el objeto de la caridad: y heaquí que un día alguien depositó en las manos de Vicente la suma, para él fabulosa, dequince mil liras de oro, correspondiente a varios millones actuales. ¿Qué ocurre en sucorazón de pobre que soñaba manejar dinero y que ni siquiera mantenía su irreducibleinclinación a la solidaridad entre los pobres? No lo sabemos. Sabemos, sin embargo, que al día siguiente Vicente se presentaba en el cercanoHospital de los hermanitos y dejaba, a los enfermos y a los inválidos, la entera suma dedinero. No fue, verdaderamente, el único «sí» que Vicente dijo a Dios, sino que fue el sí másexpresivo: aquél con que Vicente acogía una vocación que le estaba reservada por toda laeternidad. Comprendió que debía convertirse, verdaderamente, en sacerdote: se puso bajo ladirección espiritual de Bérulle y aquello empujó a empeñarse generosamente en el ministeriosacerdotal, haciéndole asignar una parroquia en la periferia de París. Y por primera vez, dándose a sus pobres feligreses, Vicente conocía por fin, qué era lafelicidad.
  • 66. SEXTA MEDITACIÓN:LA HISTORIA DEL BUEN SAMARITANO³Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba: «Maestro, ¿que he de hacer para teneren herencia vida eterna?» El le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?»Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tusfuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien hasrespondido. Haz eso y vivirás». Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es miprójimo?» Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos desalteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto.Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo,un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba decamino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas,echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a unaposada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo:"Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva." ¿Quién de estos tres teparece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» El dijo: «El que practicóla misericordia con él». Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo»´ (Lc 10, 25-37).Petición: Quiero, Señor, abandonar mi egoísmo, la búsqueda de mis satisfaccionesmateriales y espirituales, para abrir mi corazón al amor de los hombres mis hermanos. Dameun corazón capaz de amar hoy, dame las gracias que necesito hoy, para ser testigo de tuSagrado Corazón.En el centro de la historia del buen samaritano es un doctor de la Ley, por tanto un maestrode la exégesis, quien plantea la pregunta fundamental del hombre: «Maestro, ¿qué tengoque hacer para heredar la vida eterna?» (10,25). Lucas añade que el doctor le hace lapregunta a Jesús para ponerlo a prueba. Él mismo, como doctor de la Ley, conoce larespuesta que da la Biblia, pero quiere ver qué dice al respecto este profeta sin estudiosbíblicos. El Señor le remite simplemente a la Escritura, que el doctor, naturalmente, conoce, ydeja que sea él quien responda. El doctor de la Ley lo hace acertadamente, con unacombinación de Deuteronomio 6, 5 y Levítico 19, 18: «Amarás al Señor tu Dios con todo tucorazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a timismo» (Lc 10, 27). Sobre esta cuestión Jesús enseña lo mismo que la Torá, cuyosignificado pleno se recoge en este doble precepto. Ahora bien, este hombre docto, que sabía perfectamente cuál era la respuesta, debejustificarse: la palabra de la Escritura es indiscutible, pero su aplicación en la práctica de lavida suscitaba cuestiones que se discutían mucho en las escuelas (y en la vida misma). Lapregunta, en concreto, es: ¿Quién es «el prójimo»? La respuesta habitual, que podíaapoyarse también en textos de la Escritura, era que el «prójimo» significaba «connacional».El pueblo formaba una comunidad solidaria en la que cada uno tenía responsabilidades paracon el otro, en la que cada uno era sostenido por el conjunto y, así, debía considerar al otro
  • 67. «como a sí mismo», como parte de ese conjunto que le asignaba su espacio vital. Entonces,los extranjeros, las gentes pertenecientes a otro pueblo, ¿no eran «prójimos»? Esto iba encontra de la Escritura, que exhortaba a amar precisamente también a los extranjeros,recordando que Israel mismo había vivido en Egipto como forastero. No obstante, se discutíahasta qué límites se podía llegar; en general, se consideraba perteneciente a una comunidadsolidaria, y por tanto «prójimo», sólo al extranjero asentado en la tierra de Israel. Habíatambién otras limitaciones bastante extendidas del concepto de «prójimo»; una sentenciarabínica enseñaba que no había que considerar como prójimo a los herejes, delatores yapóstatas. Además, se daba por descontado que tampoco eran «prójimos» los samaritanosque, pocos años antes habían contaminado la plaza del templo de Jerusalén al esparcirhuesos humanos en los días de Pascua.A una pregunta tan concreta, Jesús respondió con la parábola del hombre que, yendo por elcamino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos que lo saquearon ygolpearon, abandonándolo medio muerto al borde del camino.En esta parábola del Señor, el buen samaritano se distingue claramente de otras dospersonas -una de ellas un sacerdote y la otra un levita- que, recorriendo el mismo camino deJerusalén a Jericó, se cruzan con el hombre asaltado por los malhechores. Ninguno de losdos se detiene ante aquel pobre desdichado, víctima de los ladrones sino que al verlo dan unrodeo y pasan de largo (ver 10, 31-32). Un samaritano, en cambio, refiere San Lucas, ³llegóa donde estaba él y, al verlo, le dio lástima´ (Ibíd. 10, 33), es decir, siente compasión. Eldesdichado lo necesitaba, porque no sólo había sido despojado, sino también tan herido quehabía quedado junto al camino medio muerto. El sacerdote: ³y viéndole, pasó de largo´. Se trata de una persona con una corazónungido, consagrado de por vida al Dios vivo, dedicado en cuerpo y alma a Dios, pero tambiénse trata de un corazón indiferente. Vio una necesidad, vio y dio la vuelta. ¿Qué le pasa anuestro corazón que no se deja interpelar por el sufrimiento ajeno? ¿De qué nos sirve sabermucho sobre la caridad para luego no vivirla. Un corazón agonizante que tiene mil excusaspara no amar. Representa todo lo que no es cristiano. El levita: ³pasando cerca de aquel lugar, lo vio y pasó de largo´. Como para redundar elejemplo anterior. Se trata de una persona custodio de lo Santo, de la Palabra de Dios, perotambién alguien que vive burocráticamente su amor, con un corazón endurecido, que seesconde detrás de su religión para no amar. Y es el amor lo que dan sentido a la Religión, ala vida consagrada. No amó a su prójimo, por lo tanto, no tendrá vida eterna. Representa alas almas incapaces de cualquier calor humano. Sin duda alguna, los dos que pasaron de largo conocían los libros sagrados y seconsideraban no sólo creyentes, sino también profundos ³conocedores´ de las verdades defe. Sin embargo, no fueron ellos sino el samaritano quien dio una prueba ejemplar de su fe.La fe dio fruto en él mediante una buena obra. Dios, en quien creemos, nos pide obrassemejantes. Estas son las obras de amor al prójimo. La Palabra de Dios nos plantea anosotros, los creyentes una pregunta fundamental: ¿Es fructuosa de veras nuestra fe?,¿fructifica realmente en obras buenas?, ¿está viva o, tal vez está muerta? Esta preguntadeberíamos hacérnosla todos los días de nuestra vida; hoy y cada día, porque sabemos queDios nos juzgará por las obras cumplidas en espíritu de fe. Sabemos que Cristo dirá a cada
  • 68. uno en el día del juicio: Cada vez que hicisteis estas cosas a otro, al prójimo, a mi me lohicisteis; cada vez que dejasteis de hacer estas cosas con el prójimo, conmigo las dejasteisde hacer (ver Mt 25, 40-45). Esto mismo hemos oído en la Epístola de Santiago: Si «un hermano o una hermanaandan sin ropa y faltos del alimento diario, y... uno de vosotros les dice: ³Dios os ampare,abrigaos y llenaos el estómago´, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué lessirve?...; la fe sin las obras es inútil» (St 2, 15-16. 20). Volvamos a preguntarnos: ¿Da frutonuestra fe?, ¿está viva?, ¿es una ³fe que obra por la caridad´? (Ga 5, 6). 5. La respuesta nopodemos darla sólo con palabras; hay que darla con la propia vida. Un sacerdote y un levita -conocedores de la Ley, expertos en la gran cuestión sobre lasalvación, y que por profesión estaban a su servicio- se acercan por el camino, pero pasande largo. No es que fueran necesariamente personas insensibles, tal vez tuvieron miedo eintentaban llegar lo antes posible a la ciudad; quizás no eran muy diestros y no sabían quéhacer para ayudar, teniendo en cuenta, además, que al parecer no había mucho que hacer.Por fin llega un samaritano, probablemente un comerciante que hacía esa ruta a menudo yconocía evidentemente al propietario del mesón cercano; un samaritano, esto es, alguien queno pertenecía a la comunidad solidaria de Israel y que no estaba obligado a ver en lapersona asaltada por los bandidos a su «prójimo».El Samaritano: ³llegó hasta él, y al verlo se conmovió a compasión´. La inclinaciónnatural de este hombre sería pasar de largo, rechazar ayudarle. Sin embargo, no tiene miedoal compromiso con los demás, comparte con él su padecimiento, se asocia a su desgracia, ytrata de remediarla. Ensució sus manos con su sangre. Se hizo un ser humano con otro serhumano. Le aportó la abundancia de sus bienes, le dio su tiempo, sus cosas, su cansancio, ypasó con él toda la noche. Jesús se identifica con el Samaritano, nos deja en la Iglesia, bajoel cuidado de los sacramentos, y promete volver a pagar los gastos. La palabra que quizásexprese mejor la actitud y la obra del Buen Samaritano es la de compromiso. El samaritanopodía haber hecho lo mismo que el sacerdote y que el levita, y pasar de largo dando unrodeo. Podía haber cerrado sus entrañas, negándose a dar una respuesta ante estanecesitad vital. Pero se detiene. Se detiene para inclinarse ante el necesitado, paraganárselo. Y en el mismo instante en que se detiene para asistir a este desconocido quehabía caído en manos de bandidos, en ese momento nace un prójimo. La compasión quenace del amor es creadora: ¡crea un prójimo! «Podríamos incluso hablar de un sacramento,de un sacramento del amor: cuando alguien pone a disposición del prójimo su mismo servivo, su corazón, su fuerza, sus energías, entonces Dios hace entrar en juego su fuerzacreadora, y surge el milagro de la relación con el hermano».Si el samaritano se hubiera contentado con acercarse y decir a ese desdichado que yacía ensu propia sangre: «¡Pobrecito! ¡Cuánto lo siento! ¿Qué ha pasado? ¡Ánimo!», o palabras así,y después se hubiera marchado, ¿no habría sido todo ello una ironía y un insulto? Hizo otracosa: «Acercándosele, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándolesobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. A día siguiente, sacandodos denarios, se los dio al posadero y dijo: ³Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagarécuando vuelva´».
  • 69. Llama la atención que se acerque a asistir a un judío, a pesar de que los judíos no setrataban con los samaritanos, pero gracias a este acercamiento amoroso, entre dos personasque hasta entonces no habían tenido relación, empieza una relación movida por el amor, y¡nace un nuevo prójimo! Toda persona necesitada es mi prójimo. Es un necesitadocualquiera que se cruza en mi camino, no importa cuál sea su nombre, raza o religión. Noperdamos tiempo intentando saber los detalles. Lo importante es no pasar dando un rodeo.Sólo una cosa debe importarnos: que este pobre hombre me necesita, ¡y su nombre esJesús! Es el amor el que nos da ojos para ver, corazón para sentir, y manos para asistir. Lavocación del cristiano es la de derramar generosamente la alegría por los nuevos caminos delos hombres de nuestro tiempo.Pero lo verdaderamente nuevo, en la parábola del buen samaritano, no es que en ella Jesúsexija un amor universal y concreto. La auténtica novedad está en otro punto. Después denarrar la parábola, Jesús pregunta al doctor de la ley que le había interrogado: «¿Quién deestos tres [el levita, el sacerdote, el samaritano] te parece que fue prójimo del que cayó enmanos de los salteadores?». Prójimo es el samaritano, no el herido, como nos habríamosesperado. Esto significa que no hay que esperar pasivamente a que el prójimo se cruce ennuestro camino, tal vez con luces de emergencia y alarmas. Nos toca a nosotros estardispuestos a percibir quién es, a descubrirle. ¡Prójimo es aquello a lo que cada uno denosotros está llamado a convertirse! El problema del doctor de la ley aparece derribado; deproblema abstracto y académico, se hace problema concreto y operativo. La cuestión quehay que plantearse no es: «¿Quién es mi prójimo?», sino: «¿De quién me puedo hacerprójimo, ahora, aquí?». Entre los tres que viajaban a lo largo de la carretera de Jerusalén aJericó, donde estaba tendido en tierra medio muerto un hombre robado y herido por losladrones, precisamente el Samaritano demostró ser verdaderamente el « prójimo » paraaquel infeliz. « Prójimo » quiere decir también aquél que cumplió el mandamiento del amor alprójimo. Otros dos hombres recorrían el mismo camino; uno era sacerdote y el otro levita,pero cada uno « lo vio y pasó de largo ». En cambio, el Samaritano « lo vio y tuvocompasión... Acercándose, le vendó las heridas », a continuación « le condujo al mesón ycuidó de él» y al momento de partir confió el cuidado del hombre herido al mesonero,comprometiéndose a abonar los gastos correspondientes. Entonces aparece aquí el samaritano que no se pregunta hasta dónde llega suobligación de solidaridad ni tampoco cuáles son los méritos necesarios para alcanzar la vidaeterna. Ocurre algo muy diferente: se le rompe el corazón. El Evangelio utiliza la palabra queen hebreo hacía referencia originalmente al seno materno y la dedicación materna. Se leconmovieron las «entrañas», en lo profundo del alma, al ver el estado en que había quedadoese hombre. En virtud del rayo de compasión que le llegó al alma, él mismo se convirtió enprójimo, por encima de cualquier consideración o peligro. Por tanto, aquí la pregunta cambia:no se trata de establecer quién sea o no mi prójimo entre los demás. Se trata de mí mismo.Yo tengo que convertirme en prójimo, de forma que el otro cuente para mí tanto como «yomismo». Si la pregunta hubiera sido: «¿Es también el samaritano mi prójimo?», dada lasituación, la respuesta habría sido un «no» más bien rotundo. Pero Jesús da la vuelta a lapregunta: el samaritano, el forastero, se hace él mismo prójimo y me muestra que yo, en loíntimo de mí mismo, debo aprender desde dentro a ser prójimo y que la respuesta seencuentra ya dentro de mí. Tengo que llegar a ser una persona que ama, una persona de
  • 70. corazón abierto que se conmueve ante la necesidad del otro. Entonces encontraré a miprójimo, o mejor dicho, será él quien me encuentre. Al alma sacerdotal puede sucederle lo que le aconteció al escriba, es decir, tener sóloun conocimiento teórico de Dios y de Jesús. Puede pensar que dicho conocimiento bastapara obtener la salvación, sin darse cuenta, o sin querer aceptar, que la salvación no es unarealidad extrínseca, como si fuera el premio de nuestras opciones, o la recompensa denuestra renuncia, o la retribución de nuestro cumplimiento formal de la ley. La salvación, encambio, es una realidad intrínseca, es decir, la transformación que el amor obra en nosotros.También a nosotros el Señor nos repite hoy: haz eso y vivirás. El buen Samaritano es especialmente chocante porque pone en contraste la actituddespreocupada y egoísta de los hombres que, por profesión, deberían ser los más sensiblesa las necesidades de los demás, y la del buen Samaritano que socorre a aquel pobre hombreque fue asaltado, robado, golpeado, y abandonado al borde del camino. Aquellos que porvocación están consagrados al culto de Dios y deberían estar más cerca de él, se muestranindiferentes con quien se encuentra en necesidad, mientras el que está marginadosocialmente y está considera lejos del culto y de Dios, se muestra sensible y se acerca alhombre herido. El alma sacerdotal está llamada a ser signo de la cercanía de Dios, pero sinformulismo exteriores, y farisaicos, sino en la autenticidad de la caridad cristiana, es decir,como Jesús que pasó haciendo el bien. Las necesidades del prójimo nos indican el lugardonde Jesús nos espera y son un estímulo para la generosidad apostólica.Y el hombre que baja de Jerusalén a Jericó representa a toda la Humanidad, a todosnosotros. Como él, somos viajeros, somos peregrinos que caminamos juntos. En unmomento dado del camino, sufrimos una emboscada, el robo, el despojo, que nos priva de lomejor que tenemos, la sagrada centella divina. Según Orígenes, «aquel hombre de que noshabla el Evangelio, que bajaba de Jerusalén a Jericó y que cayó en manos de unos ladrones,sin duda era un símbolo de Adán, que fue arrojado del paraíso al destierro de este mundo. Yaquellos ciegos de Jericó, a los que vino Cristo para hacer que vieran, simbolizaban a todosaquellos que en este mundo estaban angustiados por la ceguera de la ignorancia, a loscuales vino el Hijo de Dios». En cierto sentido Jericó simboliza la cultura secular. Mientras el concepto de prójimo hasta entonces se refería esencialmente a losconciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a lacomunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo escualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto deprójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor alprójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino querequiere mi compromiso práctico aquí y ahora. La Iglesia es la familia de Dios en el mundo y, en esta familia, no debe haber nadie quesufra por falta de lo necesario; pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines dela Iglesia. La parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestrala universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado casualmente,
  • 71. quienquiera que sea. No obstante, quedando a salvo la universalidad del amor, también seda la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma comofamilia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. En este sentido,siguen teniendo valor las palabras de la Carta a los Gálatas: «Mientras tengamosoportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe» (6,10). El programa del cristiano -el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús- esun «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia. Todo esto nos afecta y nos llama a tener los ojos y el corazón de quien es prójimo, ytambién el valor de amar al prójimo. Pues quizás el sacerdote y el levita pasaron de largomás por miedo que por indiferencia. Tenemos que aprender de nuevo, desde lo más íntimo,la valentía de la bondad; sólo lo conseguiremos si buscamos ser buenos interiormente, sisomos prójimos desde dentro y cada uno percibe qué tipo de servicio se necesita en mientorno y en el radio más amplio de mi existencia, y cómo puedo prestarlo yo. Los Padres vieron la parábola en la perspectiva de la historia universal: el hombre queyace medio muerto y saqueado al borde del camino, ¿no es una imagen de «Adán», delhombre en general, que «ha caído en manos de unos ladrones»? ¿No es cierto que elhombre, la criatura hombre, ha sido alienado, maltratado, explotado, a lo largo de toda suhistoria? La gran mayoría de la humanidad ha vivido casi siempre en la opresión. La teología medieval interpretó las dos indicaciones de la parábola sobre el estado delhombre herido como afirmaciones antropológicas fundamentales. De la víctima del asalto sedice, por un lado, que había sido despojado y, por otro, que había sido golpeado hastaquedar medio muerto. Los escolásticos lo relacionaron con la doble dimensión de laalienación del hombre. Decían que fue: despojado del esplendor de la gracia sobrenatural,recibida como don, y herido en su naturaleza. Ahora bien, esto es una alegoría que sin dudava mucho más allá del sentido de la palabra, pero en cualquier caso constituye un intento deprecisar los dos tipos de daño que pesan sobre la humanidad. El camino de Jerusalén aJericó aparece, pues, como imagen de la historia universal; el hombre que yace mediomuerto al borde del camino es imagen de la humanidad. El sacerdote y el levita pasan delargo: de aquello que es propio de la historia, de sus culturas y religiones, no viene salvaciónalguna. Si el hombre atracado es por antonomasia la imagen de la humanidad, entonces elsamaritano sólo puede ser la imagen de Jesucristo. Dios mismo, que para nosotros es elextranjero y el lejano, se ha puesto en camino para venir a hacerse cargo de su criaturamaltratada. Dios, el lejano, en Jesucristo se convierte en prójimo. Cura con aceite y vinonuestras heridas ²en lo que se ha visto una imagen del don salvífico de los sacramentos² ynos lleva a la posada, la Iglesia, en la que dispone que nos cuiden y donde anticipa lonecesario para costear esos cuidados. Podemos dejar tranquilamente a un lado los diversosaspectos de la alegoría, que varían según los distintos Padres. Pero la gran visión delhombre que yace alienado e inerme en el camino de la historia, y de Dios mismo que se hahecho su prójimo en Jesucristo, podemos contemplarla como una dimensión profunda de laparábola que nos afecta, pues no mitiga el gran imperativo que encierra la parábola, sino quele da toda su grandeza. El gran tema del amor, que es el verdadero punto central del texto, adquiere así toda suamplitud. Necesitamos siempre a Dios, que se convierte en nuestro prójimo, para quenosotros podamos a su vez ser prójimos. Toda persona debe ser ante todo sanada y
  • 72. agraciada. Pero, acto seguido, cada uno debe convertirse en samaritano: seguir a Cristo yhacerse como Él. Entonces viviremos rectamente. Entonces amaremos de modo apropiado,cuando seamos semejantes a Él, que nos amó primero. No nos está permitido pasar de largo, con indiferencia, con miedo, ante elsufrimiento, sino que debemos pararnos junto a él. Buen Samaritano es todo hombre, que separa junto al sufrimiento de otro hombre, de cualquier género que ése sea. Esta parada nosignifica curiosidad, sino más bien disponibilidad. Es como el abrirse de una determinadadisposición interior del corazón, que tiene también su expresión emotiva. Buen Samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que seconmueve ante la desgracia del prójimo. Si Cristo, conocedor del interior del hombre,subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente alsufrimiento ajeno. Por lo tanto, es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad delcorazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. A veces esta compasión es la únicao principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad hacia el hombre quesufre. Sin embargo, el buen Samaritano de la parábola de Cristo no se queda en la meraconmoción y compasión. Estas se convierten para él en estímulo a la acción que tiende aayudar al hombre herido. Por consiguiente, es en definitiva buen Samaritano el que ofreceayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea. Ayuda, dentro de lo posible, eficaz. Enella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que seda a sí mismo, su propio « yo », abriendo este « yo » al otro. El hombre no puede « encontrarsu propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás ». BuenSamaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo. El sufrimiento, que bajo tantas formas diversas está presente en el mundo humano,está también presente para suscitar el amor al hombre, precisamente ese desinteresado dondel propio «yo» en favor de los demás hombres, de los hombres que sufren. Podría decirseque el mundo del sufrimiento humano invoca sin pausa otro mundo: el del amor humano; yaquel amor desinteresado, que brota en su corazón y en sus obras, el hombre lo debe dealgún modo al sufrimiento. No puede el hombre « prójimo » pasar con desinterés ante elsufrimiento ajeno, en nombre de la fundamental solidaridad humana; y mucho menos ennombre del amor al prójimo. Debe « pararse », « conmoverse », actuando como elSamaritano de la parábola evangélica. La parábola en sí expresa una verdad profundamentecristiana, pero a la vez tan universalmente humana. No sin razón, aun en el lenguaje habitualse llama obra « de buen samaritano » toda actividad en favor de los hombres que sufren y detodos los necesitados de ayuda. La parábola del buen Samaritano testimonia que la revelación por parte de Cristo delsentido salvífico del sufrimiento no se identifica de ningún modo con una actitud de pasividad.Es todo lo contrario. El Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento. El mismoCristo, en este aspecto, es sobre todo activo. De este modo realiza el programa mesiánico desu misión, según las palabras del profeta: « El Espíritu del Señor está sobre mí, porque meungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a losciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar unaño de gracia del Señor. Esta parábola entrará, finalmente, por su contenido esencial, en aquellasdesconcertantes palabras sobre el juicio final, que Mateo ha recogido en su Evangelio:«Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la
  • 73. creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis debeber; preso, y vinisteis a verme ».(95) A los justos que pregunten cuándo han hechoprecisamente esto, el Hijo del Hombre responderá: ³En verdad os digo que cuantas veceshicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis´. La sentenciacontraria tocará a los que se comportaron diversamente: ³En verdad os diga que cuandodejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo´.San José Benedicto Cottolengo fue un hombre que, en una vida relativamente corta de 56años, pasó 41 de ellos sin lograr entenderse a sí mismo hasta el fondo y sin decidirse:insatisfecho, hasta que Dios hirió violentamente su corazón. A partir de entonces, los pocosaños que le quedaban (tan sólo 15 años) fueron colmados por una arrolladora laboriosidad. Y sin embargo, a los 41 años, nuestro Cottolengo era un corpulento canónigo, queoficiaba en la céntrica iglesia del Corpus Domini de Turín. Era de temperamento sanguíneo,cabellera roja, de una jovialidad espontánea y algunos comportamientos singulares. Unhombre de buen corazón, siempre dispuesto a ejercer la caridad. Pero no había en él nadaexcepcional. Sin embargo, en el fondo de su alma se sentía desasosegado, aunque fuera unhombre bien situado. En las grandes ceremonias civiles y religiosas, tenía derecho a llevar su relucientecalzado con hebillas de plata y un flamante manteo de cola, de púrpura; gozaba de unabuena remuneración y tenía los lunes libres. A su confesonario acudían muchos penitentes. Los universitarios de Turín queríantenerlo como predicador en los retiros y conferencias. Los pobres del barrio le buscaban porla generosidad de sus limosnas. Sabía hacer frente a los problemas concretos. Era riguroso yminucioso. Estaba muy unido a su familia, que pertenecía a una burguesía media; se interesabapor todos los asuntos, incluso los económicos, relacionados con ella, y era un experto encompraventa de inmuebles. Tanto es así que durante largos años vivió con su familia, inclusocuando fue sacerdote, hasta que tomó la decisión de obtener la licenciatura «cum laude» enteología, con el fin de poder aspirar a algún buen puesto. Finalmente, en 1818 fue nombrado canónigo de la Santísima Trinidad, una venerablecongregación de seis sacerdotes teólogos, que oficiaba en la iglesia del Corpus Domini ycuyo objetivo principal era dar lustre a las ceremonias religiosas de la ciudad en las queintervenían las más altas autoridades civiles. Por ese motivo, se trasladó a la Casa de losCanónigos, un palacio del centro, en el que disponía de un amplio y confortable aposento enel último piso. «Mi querida madre -escribía, hablándole de su nueva vida y de sus ocupaciones-, no sepreocupe por si tuviera muchas obligaciones. Para realizar este trabajo dispongo de seishoras diarias de lo más cómodo, tres por la mañana y tres por la tarde. Así que anímese ypiense que me tiene en casa.» «De salud, me encuentro muy bien. Como con excelenteapetito y duermo a pierna suelta: estoy gordo como un cura...». «A Dios gracias, en laactualidad puedo responder a sus deseos: tengo la cara redonda cual luna llena y la buenasuerte de profesarme de usted, queridísima madre, muy devoto, obligado y respetuoso hijo,
  • 74. canónigo teólogo Cottolengo.» «Gracias a Dios y a la protección de la Virgen María, estoyredondo cual padre provincial». No nos equivoquemos, pues aunque las expresiones y las imágenes humorísticasseguirían siendo características de su estilo, expresaban un velado malestar. Este docto sacerdote, solicitado, que gozaba de la estima general, caritativo, estabainquieto y en su interior se sentía perplejo. Así se volvió indeciso, insociable, cada vez másmolesto por las peticiones que su familia le dirigía. Por encima de todo, su ministerio y sucaridad le ponían con frecuencia en contacto con los pobres: ¿Qué sentido tienen lashebillas de plata o el manteo de púrpura en un mundo como éste? ¿Por qué, Dios mío?¿Por qué me has querido como testigo? ¿Qué quieres de mí? ¡Hay que hacer algo! Sesentía apesadumbrado. Cuando le preguntaban, respondía con brusquedad: «Estoy borrachotodo el día. Ni siquiera sé lo que hago». Los meses se sucedían, vacíos. Alguien le pasó lavida de san Vicente de Paúl, recomendándole: «Léala, canónigo, para que cuando estemossentados a la mesa podáis decir algo, porque ahora no abrís la boca». Psicológica yespiritualmente, sentía un impulso vehemente de identificarse con ese santo de la Caridad,pero las fuerzas le fallaban, hasta que Dios lo asió con gesto decidido. Fue la mañana del domingo 2 de septiembre de 1827. La diligencia procedente deMilán llegó a Turín. En la misma se apretujaba una familia francesa: la mujer, en avanzadoestado de gestación, ardía de fiebre; el hombre la sostenía, al tiempo que intentaba noperder de vista a cinco niños asustados. Un transeúnte les indicó dónde se encontraba elHospital Mayor, hacia el que se encaminaron tristemente, como una trágica procesión, peroel hospital se negó a acogerlos. Había que ir al Hospicio de la Maternidad. Se reanudó el víacrucis. En la «Maternidad» les negaron asilo aduciendo una normativa interna: no podíanaceptar mujeres febriles, que probablemente padecían otras enfermedades. Poco después,el desdichado grupo terminaba en la cuadra de una posada, semisótano que se utilizabacomo dormitorio público. Por la tarde, la situación se había agravado y trajeron a unsacerdote. Y así el canónigo Cottolengo vio cómo la mujer moría ante sus ojos, mientras elcirujano de los pobres trataba de salvar al menos a la pobre niña que apenas vivió losescasos minutos que el sacerdote necesitaba para bautizarla. El sucio jergón de paja estabaempapado en sangre, los niños gritaban, el hombre decía barbaridades y maldecía aquellaciudad desconocida. El canónigo Cottolengo sentía que el corazón le pesaba como una piedra. Suscompañeros lo esperaban para cenar. El caminaba, sintiendo en su interior un dolor atroz. Sedesvió hacia la iglesia y cayó de rodillas ante el Santísimo Sacramento. En ese momentonació otro hombre. Le quedaban 15 años por vivir, y serían tan plenos como toda una vida eincluso más.
  • 75. SPTIMA MEDITACIÓN:UN DÍA EN LA VIDA PÚBLICA DE JESÚSHistoria y composición de lugar: "Salieron de la sinagoga y fueron a la casa de Simón y deAndrés, con Santiago y Juan. Le dijeron que la suegra de Simón estaba en cama con fiebre.Ella agarró de la mano y la levantó. La fiebre desapareció, y ella se puso a atenderlos. Alanochecer le llevaron todos los enfermos y endemoniados, y toda la ciudad se agolpó a lapuerta. Jesús curó a muchos pacientes de diversas enfermedades y lanzó muchosdemonios; pero no los dejaba hablar, porque lo conocían. Muy de madrugada se levantó,salió y se fue a un lugar solitario, y allí estuvo orando. Simón y sus compañeros lo buscaron,lo encontraron y le dijeron: Todos te buscan. Él les dijo: Vamos a otra parte, a los pueblosvecinos, a predicar también allí, pues para eso he venido. Y fue por toda Galilea, predicandoen sus sinagogas y echando los demonios" (Mc 1, 29-39) Un día en la vida misionera de Jesús. Descubrir toda la actividad tan dinámica ytestimonial. Una jornada típica. La jornada de Cafarnaún. De este relato deducimos que lajornada de Jesús consistía en un trenzado de curar a los enfermos, oración y predicación delReino. Una sinagoga, una modesta casa de pescadores, la puerta de de la casa de unpueblito oriental lugar de encuentro de la tarde de la gente común, el atardecer luminososobre el lago, un alba todavía incierta sobre la colina solitaria y, allá abajo, una constelaciónde pequeños pueblos. Sobre esta trama topográfica Marcos, narrador descarnado peropin¬toresco, dibuja el fondo concreto del vivir, del obrar y del orar de Jesús. Los actos de Jesús encuadrada en el arco temporal de una jornada y en el espaciogeográfico de la ciudad de Cafarnaún, que se asoma sobre la costa septentrional del lago deTiberíades y que fue el punto de referencia fundamental de la primera fase de la predicacióny del ministerio público de Jesús. Quizás la comunidad se preguntaba cómo sería unajornada típica de la vida de Jesús. El Evangelista, en un acercamiento global, nos descubreun momento comunitario en la mañana (sinagoga), un momento familiar a mediodía (la casade Simón) antes de que al atardecer la casa se abra a la población entera agolpada en lapuerta; y al amanecer, un momento privado, íntimo (en la soledad del campo). Este texto,pues, lo podemos dividir en tres partes de acuerdo con los lugares donde se va desarrollandola acción: en la sinagoga, en casa de Simón, y en la soledad: En la sinagoga, con su enseñanza, provoca admiración y con el exorcismo percibimosel enfrentamiento entre Jesús y un espíritu inmundo, al que hacer callar y salir. Suenseñanza y doctrina las proclama con autoridad, que revelan su poder, y fuerza en laconfrontación con los demonios. Después de la actividad sinagogal Jesús con los cuatro discípulos se dirige a la casa deSimón donde por la mañana, cura a la suegra, que luego se puso a servirles, y por la tarde,su actividad es amplificada a muchos enfermos y endemoniados y a estos, específicamente,no los deja hablar, pues sabían quien era. La primera es íntima y familiar y es la curación de la suegra de Pedro, en cama confiebre alta. Jesús, simple y silenciosamente se acerca a la paciente, la levanta tomándola dela mano. Precisamente en la esencia de la escena apa¬rece en toda su solemnidad la fuerza
  • 76. de Cristo, su poder triunfador sobre el mal. Pero el suceso está idealmente iluminado por laluz de la pascua a través de un pequeño detalle que el evangelista presenta en la narración.En efecto, el "levantarse" de la mujer curada es en griego el mismo verbo (egheiren) que enel Nuevo Testamento define la resurrección de Cristo. Y la respuesta de la mujer no es unsimple acto de cortesía y de gratitud: en efecto, el verbo griego que indica su "servicio"después de la curación es el de la "diaconía", esto es del servicio caritativo del fiel. La segunda escena está, en cambio, ambientada en la puerta de la ciudad, "después dela puesta del sol". Jesús hace una serie de cu¬raciones en masa ("varias enfermedades,muchos demonios"), una especie de lucha emblemática contra todas las formas del mal,físico e interior. No por nada todo el pasaje está marcado por el adjetivo "todo" o "mucho":"Le llevaron todos los enfermos... toda la ciu¬dad estaba delante de la puerta. Curó amuchos, lanzó muchos de¬monios... Todos te buscan... Fue por toda Galilea". Ante la fuerzadel dolor y del demonio, Cristo se yergue con toda la grandeza de su misterio, cuyoscontornos no son comprensibles a los espectadores pero cuya eficacia salvadora se puedever y experimentar. Aparece, efectivamente, en la narración el llamado "secreto mesiánico"que será revelado solamente a la luz de la pascua: "No permitía a los demonios que hablaranporque lo conocían". En la soledad, donde se aparta para su oración, ni los discípulos le dejan en paz.Brevísima y conclusiva es la tercera escena, la del alba. Jesús está envuelto en el silencio dela contemplación. Al no encontrar a Jesús en casa Simón decide emprender su búsquedapara hacerlo volver a la ciudad, donde todos lo esperaban; pero Jesús no obedece a Pedro(1,37-38). Por una parte, Pedro comprende que la función del dis¬cípulo es acercar alMaestro hacia la gente, pero por otro lado, el evangelista muestra que el discípulo no puedepasarse delante del Maestro para darle órdenes, y esto tiene que quedar bien claro desde elprimer momento. Si el discípulo obra por encima de la obediencia al plan de Dios, lo másprobable es que termine oponiéndose y haciendo cosas incluso contrarias al mismo plan deDios. Por otra parte, la actitud orante de Jesús, que nos deja ver el texto, es una invitación aldiscípulo para que entre en contacto con Dios y pueda entender su plan, en este sentido lasobras de Jesús no pueden estar privadas de la oración profunda que permite a su vez unarelación íntima con el Padre El cuadro se encierra con un retrato esencial de Jesús en su doble misión deanunciador del reino de Dios y de salvador de los hombres del mal ("predicaba y lanzaba losdemonios"). Nos presenta a Jesús, que tras haber predicado el sábado en la sinagoga deCafarnaúm, curó a muchos enfermos, empezando por la suegra de Simón. Entrado en sucasa, la encontró en la cama con fiebre y, en seguida, tomándola de la mano, la curó y lahizo levantarse. Tras ponerse el sol, sanó a una multitud de personas afligidas por males detodo tipo. A pesar de que la enfermedad forme parte de la existencia humana, nuncaconseguimos habituarnos a ella, no sólo porque a veces llegue a ser pesada y grave, sinoesencialmente porque estamos hechos para la vida, para la vida completa. Justamentenuestro ³instinto interior´ nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, es más, como Vidaeterna y perfecta. Cuando somos probados por el mal y nuestras oraciones parecen resultarvanas, surgen en nosotros la duda y, angustiados, nos preguntamos: ¿cuál es la voluntad deDios? Es precisamente a esta pregunta a la que encontramos respuesta en el Evangelio. Porejemplo, en el pasaje de hoy leemos que ³Jesús curó a muchos que estaban afectados porvarias enfermedades y expulsó muchos demonios´ (Mc 2,34); en otro pasae de san Mateo sedice que ³Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena
  • 77. Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo´ (Mt 4,23). Jesúsno deja dudas: Dios ± del que Él mismo ha revelado su rostro ± es el Dios de la vida, que noslibra de todo mal. Los signos de este poder suyo de amor son las curaciones que realiza:demuestra así que el Reino de Dios está cerca restituyendo a los hombres y las mujeres a suplena integridad de espíritu y de cuerpo. Digo que estas curaciones son signos: guían haciael mensaje de Cristo, nos guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y másprofunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de la verdad y delamor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera curación, la verdaderavida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería verdadera vida. El Reino de Dios esprecisamente la presencia de verdad y de amor, y así es curación en lo profundo de nuestroser. Gracias a la acción del Espíritu Santo, la obra de Jesús se prolonga en la misión de laIglesia. Mediante los Sacramentos es Cristo quien comunica su vida a multitud de hermanosy hermanas, mientras cura y conforta a innumerables enfermos a través de las tantasactividades de asistencia sanitaria que las comunidades cristianas promueven con caridadfraterna mostrando así el rostro de Dios, Su amor. Es verdad: ¡cuántos cristianos -sacerdotes, religiosos y laicos- han prestado y siguen prestando en todas partes del mundosus manos, sus ojos y sus corazones a Cristo, verdadero médico de los cuerpos y de lasalmas! Oremos por todos los enfermos, especialmente por los más graves, que no puedende ninguna forma proveer a sí mismos, sino que dependen totalmente de los cuidados deotros; que cada uno de ellos pueda experimentar, en la solicitud de quienes están cerca, elpoder del amor de Dios y la riqueza de su gracia que nos salva. Resumen: Este pasaje evangélico nos ofrece el informe fiel de una jornada-tipo deJesús: Cuando salió de la sinagoga, Jesús se acercó primero a casa de Pedro, donde curó ala suegra, quien estaba en cama con fiebre; al llegar la tarde le llevaron a todos los enfermosy curó a muchos, afectados de diversas enfermedades; por la mañana, se levantó cuandoaún estaba oscuro y se retiró a un lugar solitario a orar; después partió a predicar el Reino aotros pueblos. De este relato deducimos que la jornada de Jesús consistía en un trenzado decurar a los enfermos, oración y predicación del Reino. Primeramente, una jornada típica: por la mañana, en la sinagoga; al mediodía, comidaen casa de Simón; por la noche, en oración; al amanecer del día siguiente, en camino haciaotros pueblos. El Señor va a casa de Simón Pedro y Andrés, y encuentra enferma con fiebre a lasuegra de Pedro; la toma de la mano, la levanta y la mujer se cura y se pone a servir. Eneste episodio aparece simbólicamente toda la misión de Jesús. Jesús, viniendo del Padre,llega a la casa de la humanidad, a nuestra tierra, y encuentra una humanidad enferma,enferma de fiebre, de la fiebre de las ideologías, las idolatrías, el olvido de Dios. El Señor nosda su mano, nos levanta y nos cura. Y lo hace en todos los siglos; nos toma de la mano consu palabra, y así disipa la niebla de las ideologías, de las idolatrías. Nos toma de la mano enlos sacramentos, nos cura de la fiebre de nuestras pasiones y de nuestros pecados mediantela absolución en el sacramento de la Reconciliación. Nos da la capacidad de levantarnos, deestar de pie delante de Dios y delante de los hombres. El Señor se encuentra con nosotros,nos toma de la mano, nos levanta y nos cura siempre de nuevo con el don de sí mismo. Perotambién la segunda parte de este episodio es importante; esta mujer, recién curada, se pone
  • 78. a servirlos, dice el evangelio. Inmediatamente comienza a trabajar, a estar a disposición delos demás, y así se convierte en representación de tantas buenas personas que estándisponibles, se levantan y sirven.Jesús duerme en casa de Pedro, pero a primeras horas de la mañana, cuando todavía reinala oscuridad, se levanta, sale, busca un lugar desierto y se pone a orar. Aquí aparece elverdadero centro del misterio de Jesús. Jesús está en coloquio con el Padre y eleva su almahumana en comunión con la persona del Hijo, de modo que la humanidad del Hijo, unida a él,habla en el diálogo trinitario con el Padre; y así hace posible también para nosotros laverdadera oración. En la liturgia, Jesús ora con nosotros, nosotros oramos con Jesús, y asíentramos en contacto real con Dios, entramos en el misterio del amor eterno de la santísimaTrinidad. Jesús habla con el Padre; esta es la fuente y el centro de todas las actividades deJesús; vemos cómo su predicación, las curaciones, los milagros y, por último, la Pasión salende este centro, de su ser con el Padre. Y así este evangelio nos enseña el centro de la fe yde nuestra vida, es decir, la primacía de Dios. Donde no hay Dios, tampoco se respeta alhombre. Sólo si el esplendor de Dios se refleja en el rostro del hombre, el hombre, imagen deDios, está protegido con una dignidad que luego nadie puede violar. La primacía de Dios. Lastres primeras peticiones del "Padre nuestro" se refieren precisamente a esta primacía deDios: pedimos que sea santificado el nombre de Dios; que el respeto del misterio divino seavivo y anime toda nuestra vida; que "venga el reino de Dios" y "se haga su voluntad" son lasdos caras diferentes de la misma medalla; donde se hace la voluntad de Dios, es ya el cielo,comienza también en la tierra algo del cielo, y donde se hace la voluntad de Dios estápresente el reino de Dios; porque el reino de Dios no es una serie de cosas; el reino de Dioses la presencia de Dios, la unión del hombre con Dios. Y Dios quiere guiarnos a esteobjetivo. El centro de su anuncio es el reino de Dios, o sea, Dios como fuente y centro denuestra vida, y nos dice: sólo Dios es la redención del hombre. Y la historia del siglo pasadonos muestra cómo en los Estados donde se suprimió a Dios, no sólo se destruyó laeconomía, sino que se destruyeron sobre todo las almas. Las destrucciones morales, lasdestrucciones de la dignidad del hombre son las destrucciones fundamentales, y larenovación sólo puede venir de la vuelta a Dios, o sea, del reconocimiento de la centralidadde Dios. El sacerdote dedica los primeros momentos de la mañana al encuentro con su Diosy su Señor Los Apóstoles dicen a Jesús: vuelve, todos te buscan. Y él dice: no, debo ir a las otrasaldeas para anunciar a Dios y expulsar los demonios, las fuerzas del mal; para eso hevenido. Jesús no vino ²el texto griego dice: "salí del Padre"² para traer las comodidades dela vida, sino para traer la condición fundamental de nuestra dignidad, para traernos elanuncio de Dios, la presencia de Dios, y para vencer así a las fuerzas del mal. Con granclaridad nos indica esta prioridad: no he venido para curar ²aunque lo hago, pero comosigno²; he venido para reconciliaros con Dios. Dios es nuestro creador, Dios nos ha dado lavida, nuestra dignidad: a él, sobre todo, debemos dirigirnos. El sacerdote se siente llamado aprolongar ±con espíritu de obediencia- la misión de Cristo. El beato Juan XXIII, en el Diario del alma, advierte falta de calma y tranquilidad en susobras, y que las numerosas tareas terminan por trastornarle la cabeza y el corazón y no mepermiten atender seria y completamente a nada. Por eso se propone: mayor calma, mayororden en todo, prioridad a la gracia. Cada cosa a de volver a su puesto. Pienso ser
  • 79. inexorable en este punto. Esfuerzo vigilante por reducir todo al máximo de sencillez y calma,podar mi viña de hojas o ramas inútiles. ³Por fin he podido recogerme después del mucho tiempo que deseaba estosEjercicios. He pasado revista a los viejos propósitos y he experimentado las mismasimpresiones. Mi vida sacerdotal se ha resentido bastante ante las vicisitudes de estosmis primeros años de sacerdocio, en los que no he tenido nunca tiempo de pensarseriamente en mí mismo. Mi alma ha estado siempre como repartida entre milpequeñas preocupaciones y compromisos, cosillas de nada, pero que no terminannunca´ (Angelo Roncalli, Diario del alma, Ejercicios 1-7 de septiembre de 1907). ³Mis ocupaciones, en casa y fuera de casa, ininterrumpidas, insistentes, hanintroducido un pequeño desastre en mis ejercicios de piedad. Cada cosa ha de volvera su puesto. Pienso ser inexorable en este punto. Los maitines y laudes los rezarésiempre por la tarde; antes de la misa, un poco de meditación a toda costa: mediahora, veinte minutos, un cuarto de hora y, si no puedo eso, al menos diez minutos,pero la meditación no debe ser omitida nunca. No saldré jamás de la capilla sin anteshaber rezado también las horas menores. La hora de levantarme dependerá según loscasos, de modo que haya tiempo suficiente para todo. Por regla general, me levantaréa las cinco y media: incluso acostándome a las once y media, dispondré de seis horasde descanso, que pueden ser suficientes´ (Angelo Roncalli, Diario del alma, Ejercicios1-7 de septiembre de 1907). ³También en estos Ejercicios he sentido grandes impulsos por la devoción al Smo.Sacramento y al Sagrado Corazón de Jesús. Esta devoción fue todo para mí: ahora que soysacerdote, debo yo ser todo para ella: "Con él va, con él viene, con él está siempre laenamorada mente", decía Tasso del alma enamorada de Dios 3. Así debe ser mi vida: entorno al Smo. Sacramento. Nunca omitiré la visita diaria, pero procurando volver confrecuencia junto a Jesús a lo largo del día, aunque sólo sea para saludarle. Debo observarcon Jesús los mismos miramientos que observaría con un amigo a quien tuviera que hacerlos honores de casa. Mi devoción al Smo. Sacramento y al Sagrado Corazón debe reflejarseen toda mi vida: en los pensamientos, en los afectos, en las obras, de modo que viva sólopara ella y en ella. Insisto mucho en mi preparación y en la acción de gracias de la santamisa. Pongo también atención en el retiro mensual, que haré el primer domingo de mes o eldía más cercano y oportuno, y en el examen espiritual, que haré escrupulosamente despuésdel mediodía, añadiéndolo al rezo de vísperas´ (Angelo Roncalli, Diario del alma,Ejercicios 1-7 de septiembre de 1907). ³Uno de mis defectos principales es no haber encontrado todavía la justa medida deltiempo. Debo hallar el modo de hacer muchas cosas en poco tiempo; a este respecto, pondrégran cuidado en no perder un solo minuto en cosas inútiles, como conversaciones sin unafinalidad concreta, etc´. (Angelo Roncalli, Diario del alma, Ejercicios 1-7 de septiembre de1907). ³Doy gracias a Dios una vez más porque se ha apiadado de mí hasta el presente y porla nueva gracia de estos santos Ejercicios. El primer resultado es un profundo sentimiento demi enorme miseria y la renovación del viejo propósito de querer santificarme a toda costa,empezando inmediatamente, pues los años buenos y preciosos pasan volando´ (AngeloRoncalli, Diario del alma, Ejercicios 25 al 31 de octubre de 1908).
  • 80. ³Todavía advierto en mí falta de calma y tranquilidad en mis obras, aun cuando esto noaparezca externamente. Las numerosas tareas que tengo encomendadas terminan portrastornarme la cabeza y el corazón y no me permiten atender seria y completamente a nada,con gran detrimento del espíritu de piedad. Así que mayor calma, mayor orden en todo, y lasprácticas de piedad, sobre todo y a toda costa. Siento gran necesidad de un espíritu másardoroso de oración y de unión más íntima y confiada con el Señor en medio de mis ocu-paciones. Me propongo, pues, con todas mis fuerzas ser fiel a mis prácticas de piedad, hastael escrúpulo. Me levantaré siempre, y sin excepción, a las cinco y media para que nunca mefalte tiempo para la meditación; y después de cenar rezaré siempre maitines y laudes del díasiguiente. Nunca faltará la visita al Smo. Sacramento, en casa o fuera. Sobre todo, insisto enel recogimiento y en la atención durante el rezo del breviario y del santo rosario. En general,me esforzaré por mantener siempre vivo el espíritu de oración, tan importante para conservarel fervor de los propósitos´ (Angelo Roncalli, Diario del alma, Ejercicios 25 al 31 de octubrede 1908). ³No tengo nada que añadir o quitar a cuanto he propuesto en los dos Ejerciciosprecedentes, por lo que se refiere a mi vida de oración. Es humillante tener siempre queconfesar las propias negligencias, pero es un deber ineludible. Seguiré más el consejo de midirector espiritual: ir a descansar un poco antes por la noche para ser puntual a las cinco ymedia de la mañana. La buena marcha de toda la jornada depende de levantarse a la horaprecisa y sin retraso. Pondré también en práctica la buena costumbre de rezarordinariamente el oficio divino en la capilla, delante del Smo. Sacramento. Varias veces enestos Ejercicios he sentido un fuerte estímulo al estudio de la Sagrada Escritura, y en estosdías he comenzado ya, con gusto, la lectura de las cartas de san Pablo. Pienso seguir coneste sistema, incluso empleando a menudo un pasaje de la Sagrada Escritura, en especialdel Nuevo Testamento, como materia de mi meditación. Además, cada noche, antes deacostarme, leeré reposada y devotamente un capítulo de los Libros Santos. Mis ocupaciones,a veces incesantes, constituyen para mí un peso difícil y me confunden la cabeza. Esto no vabien. Debo hacer todas mis cosas con santa solicitud, pero que no perjudique en nada latranquilidad y la calma del espíritu. Llegue adonde llegue. Sobre todo, procuraré no aguardara última hora para hacer las cosas principales y a las cuales estoy mayormente obligado´(Angelo Roncalli, Diario del alma, Ejercicios 19 al 25 de septiembre de 1909). El realismo espiritual nos lleva a reconocer que el sacerdote ha de vivir la propiavocación a la santidad en un contexto de dificultades externas e internas, de debilidadespropias y ajenas, de imprevistos cotidianos, de problemas personales e institucionales. Éstaes una situación constante en la vida de los pastores de los que San Gregorio Magno datestimonio de esto cuando constata con dolor: «Desde que he cargado sobre mis hombros laresponsabilidad, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado comoestoy por tantos asuntos. Me veo, en efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversasIglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la vida y actuación de losindividuos en particular [...]. Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversaspreocupaciones, ¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a lapredicación y al ministerio de la palabra? [...] ¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de atalayasoy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña?». Para contrarrestar las tendencias dispersivas que intentan fragmentar la unidad interior,el sacerdote necesita cultivar un ritmo de vida sereno, que favorezca el equilibrio mental,psicológico y afectivo, y lo haga capaz de estar abierto para acoger a las personas y sus
  • 81. interrogantes, en un contexto de auténtica participación en las situaciones más diversas,alegres o tristes. El cuidado de la propia salud en todas sus dimensiones física, psicológica, es tambiénpara el sacerdote un acto de amor a los fieles y una garantía de mayor apertura ydisponibilidad a las mociones del Espíritu. Mente sana en cuerpo sano, psicología sana enconciencia sana. A este respecto, son conocidas las recomendaciones de san CarlosBorromeo, brillante figura de pastor, en el discurso que pronunció en su último Sínodo:«¿Ejerces la cura de almas? No por ello olvides la cura de ti mismo, ni te entregues tanpródigamente a los demás que no quede para ti nada de ti mismo; porque es necesario,ciertamente, que te acuerdes de las almas a cuyo frente estás, pero no de manera que teolvides de ti». El sacerdote debe afrontar, pues, con equilibrio los múltiples compromisosarmonizándolos entre sí: la celebración de los misterios divinos y la oración privada, elestudio personal y la programación pastoral, el recogimiento y el descanso necesario. Con laayuda de estos medios para su vida espiritual, encontrará la paz del corazón experimentandola profundidad de la comunión con la Trinidad, que lo ha elegido y consagrado. Con la graciaque Dios le concede, debe desempeñar cada día su ministerio, atento a las necesidades dela Iglesia y del mundo, como testigo de la esperanza. Pasamos de una vida bien estructurada, por las reglas del seminario, a la situaciónmucho más compleja de nuestras parroquias. ¿Qué consejos nos da para vivir lo mejorposible el inicio de nuestro ministerio presbiteral? Yo diría, como primer punto, que también en la vida de los pastores de la Iglesia, en lavida diaria del sacerdote, es importante conservar, en la medida de lo posible, un ciertoorden: que nunca falte la misa; sin la Eucaristía un día es incompleto; por eso, crecemos yaen el seminario con esta liturgia diaria. Me parece muy importante que sintamos la necesidadde estar con el Señor en la Eucaristía, que no sea un deber profesional, sino que searealmente un deber sentido interiormente, que nunca falte la Eucaristía. El otro punto importante es tomar tiempo para la liturgia de la Horas, y así para estalibertad interior: con todas las cargas que llevamos, esta liturgia nos libera y nos ayudatambién a estar más abiertos, a estar en contacto más profundo con el Señor. Naturalmente,debemos hacer todo lo que exige la vida pastoral, la vida de un vicario parroquial, de unpárroco o de los demás oficios sacerdotales. Pero no conviene olvidar nunca estos puntosfijos, que son la Eucaristía y la liturgia de las Horas, para tener durante el día cierto orden,pues, como dije al inicio, no debemos estar inventando cada día. Hemos aprendido: "Servaordinem et ordo servabit te". Esas palabras encierran una gran verdad. Asimismo, es importante no descuidar la comunión con los demás sacerdotes, con loscompañeros de camino; y no descuidar el contacto personal con la palabra de Dios, lameditación. ¿Qué hacer? Yo tengo una receta bastante sencilla: combinar la preparación dela homilía dominical con la meditación personal, para lograr que estas palabras no sólo esténdirigidas a los demás, sino que realmente sean palabras dichas por el Señor a mí mismo, ymaduradas en una conversación personal con el Señor. Para que esto sea posible, miconsejo consiste en comenzar ya el lunes, porque si se comienza el sábado es demasiadotarde: así la preparación resulta apresurada, y tal vez falte la inspiración, porque hay otrascosas en la cabeza. Por eso, ya el lunes conviene leer sencillamente las lecturas deldomingo siguiente, que tal vez parecen inaccesibles, como las piedras de Massá y Meribá,ante las cuales Moisés dice: "Pero, ¿cómo puede brotar agua de estas piedras?". Dejemos
  • 82. que el corazón digiera estas lecturas. En el subconsciente las palabras trabajan y cada díavuelven un poco. Obviamente, también hay que consultar libros, si es posible. Con estetrabajo interior, día tras día, se ve cómo poco a poco va madurando una respuesta, poco apoco se abre esta palabra, se convierte en palabra para mí. Y dado que soy uncontemporáneo, también se convierte en palabra para los demás. Luego puedo comenzar atraducir lo que veo en mi lenguaje teológico al lenguaje de los demás; sin embargo, elpensamiento fundamental es el mismo para los demás y para mí. Así se puede tener unencuentro permanente, silencioso, con la Palabra, que no requiere mucho tiempo, tiempoque tal vez no tenemos. Pero reservadle un poco de tiempo: así no sólo madura una homilíapara el domingo, para los demás, sino que también nuestro propio corazón es tocado por lapalabra del Señor. Permanezcamos en contacto también en una situación donde tal vezdisponemos de poco tiempo. Lo esencial, creo, es precisamente esto: Eucaristía, liturgia de las Horas, oración yconversación con el Señor cada día, aunque sea breve, sobre sus Palabras que deboanunciar.No hay que descuidar nunca la amistad con los sacerdotes, la escucha de la voz de la Iglesiaviva y, naturalmente, la disponibilidad con respecto a las personas que nos han sidoencomendadas, porque precisamente de estas personas, con sus sufrimientos, con susexperiencias de fe, con sus dudas y dificultades, podemos aprender a buscar y encontrar aDios, encontrar a nuestro Señor Jesucristo. Propuesta: ¿Qué es lo que no puede faltar para que no se me desorganice el día? Larespuesta es dar primacía, prioridad, a lo espiritual antes que a lo material, a la gracia antesque a la actividad, al silencio antes que al ruido. Hay que tener unos puntos fijos, nodebemos estar inventando cada día, hay que tener cierto orden durante el día. Hemosaprendido: "Serva ordinem et ordo servabit te". Esas palabras encierran una gran verdad: 276 § 1. Los clérigos, en su propia conducta, están obligados a buscar la santidadpor una razón peculiar, ya que, consagrados a Dios por un nuevo título en larecepción de orden, son administradores de los misterios de! Señor en servicio de supueblo. § 2. Para poder alcanzar esta perfección: 1º cu m pla n an te tod o, fiel e incan sa ble m e nte , las tarea s del m in isterio pas-toral; 2ª alimenten su vida espiritual en la doble mesa de la sagrada Escritura y de laEucaristía; por eso, se invita encarecidamente a los sacerdotes a que ofrezcan cadadía e! Sacrificio eucarístico, y a los diáconos, a que participen diariamente en lamisma oblación; 3ª los sacerdotes, y los diáconos que desean recibir el presbiterado, tienenobligación de celebrar todos los días la liturgia de las horas según sus libros litúrgicospropios y aprobados; y los diáconos permanentes han de rezar aquella parte quedetermine la Conferencia Episcopal; 4º están igualmente obligados a asistir a los retiros espirituales, según lasprescripciones del derecho particular; 5º se aconseja que hagan todos los días oración mental, accedan frecuentemente al sacramento de la penitencia,
  • 83. tengan peculiar veneración a la Virgen Madre de Dios y practiquen otros medios de santificación tanto comunes como particulares. 1º cumplan ante todo, fiel e incansablemente, las tareas del ministerio pastoral. Y esque la caridad pastoral constituye el principio interior y dinámico capaz de unificar lasmúltiples y diversas actividades del sacerdote. Gracias a la misma puede encontrarrespuesta la exigencia esencial y permanente de unidad entre la vida interior y tantas tareasy responsabilidades del ministerio, exigencia tanto más urgente en un contexto socioculturaly eclesial fuertemente marcado por la complejidad, la fragmentación y la dispersión.Solamente la concentración de cada instante y de cada gesto en torno a la opciónfundamental y determinante de dar la vida por la grey puede garantizar esta unidad vital,indispensable para la armonía y el equilibrio espiritual del sacerdote: «La unidad de vidapueden construirla los presbíteros si en el cumplimiento de su ministerio siguieren el ejemplode Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad de Aquel que lo envió para que llevara a cabosu obra. Así, desempeñando el oficio de buen Pastor, en el mismo ejercicio de la caridadpastoral hallarán el vínculo de la perfección sacerdotal, que reduzca a unidad su vida yacción´. 2ª alimenten su vida espiritual en la doble mesa de la sagrada Escritura y de laEucaristía; por eso, se invita encarecidamente a los sacerdotes a que ofrezcan cadadía el Sacrificio eucarístico, y a los diáconos, a que participen diariamente en lamisma oblación; El futuro Pablo VI interpretaba muy bien su actitud interior cuando afirmaba: «El pasodel sacerdote es cauto, porque se mueve sobre los abismos: la misa, el breviario, laadministración de la gracia y de la verdad, la edificación de la Iglesia, la amistad con el dolor,el coloquio con el más allá. Recuerdo que en cierta ocasión mons. Tovini me dijo: ³comenzarla jornada con la celebración de la misa es una alegría, una gran alegría, porque luego lasdemás horas de la jornada a menudo son otra cosa muy diferente´». ³Valoramos y agradecemos con gozo que la inmensa mayoría de los presbíteros vivansu ministerio con fidelidad y sean modelo para los demás, que saquen tiempo para suformación permanente, que cultiven una vida espiritual que estimula a los demás presbíteros,centrada en la escucha de la Palabra de Dios y en la celebración diaria de la Eucaristía: "¡MiMisa es mi vida y mi vida es una Misa prolongada!" HURTADO, Alberto, Un fuego queenciende otros fuegos, pp. 69-70´ (Aparecida, 191) Con gran realismo el santo Cura de Ars, hacía notar: «La causa del relajamiento delsacerdote está en que no dedica suficiente atención a la Misa». El se dejaba embargarparticularmente ante la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Ante el tabernáculo pasabafrecuentemente largas horas de adoración, antes de amanecer o durante la noche; durantesus homilías solía señalar al sagrario diciendo con emoción: «El está ahí ». Por ello, ³Un sacerdote vale lo que vale su vida eucarística, sobre todo su misa. Misa sin amor,sacerdote estéril. Misa fervorosa, sacerdote conquistador de alma. Devoción eucarísticadescuidada o desanimada, sacerdocio en peligro y que va difuminándose´. ³Los que hemosobservado cómo Juan Pablo II celebraba la santísima Eucaristía hemos tenido la clarapercepción de cómo para él la ofrenda de su vida, unida a la ofrenda de Jesús, era el centrode su vida. Juan Pablo II ha sido verdaderamente un hombre eucarístico, moldeado por elejemplo de María, la esclava del Señor, que no deseaba otra cosa que no fuese elcumplimiento en ella de cuanto el ángel le había dicho de parte del Dios (ver Lc 1, 38)´ Card.
  • 84. Estévez). La Eucaristía es el secreto de mi jornada. Da fuerza y sentido a todas misactividades al servicio de la Iglesia y del mundo entero. 3ª los sacerdotes, y los diáconos que desean recibir el presbiterado, tienenobligación de celebrar todos los días la liturgia de las horas según sus libros litúrgicospropios y aprobados; y los diáconos permanentes han de rezar aquella parte quedetermine la Conferencia Episcopal; La santificación de las diversas horas importantesdel día, las laudes, las vísperas, en la celebración de la liturgia de la Horas, nos ayuda aestar cronometrados con el Señor. 4º están igualmente obligados a asistir a los retiros espirituales, según lasprescripciones del derecho particular. Junto a las diversas recomendaciones de vidaespiritual, figuran dos obligaciones propiamente jurídicas: 1) la recitación diaria de laliturgia de las horas; 2) la asistencia a ejercicios espirituales, según determinación delderecho particular. 5º se aconseja que hagan todos los días oración mental. La oración ³es en ciertamanera la primera y la última condición de la conversión, del progreso espiritual y de lasantidad´ (Juan Pablo II, Carta Novo Incipiente, nº. 10). ³Queridos sacerdotes: la oración esun elemento insustituible de nuestra vocación. Es tan esencial que, por su parte, muchasotras cosas que parecen más urgentes deben y tienen que ser pospuestas. La oración y eltrabajo nunca deben separarse. Si reflexionamos diariamente ante Dios sobre nuestro trabajoy se lo encomendamos, ese mismo trabajo se convierte en definitiva en oración´ (13, 9, 83).³Jamás dejéis de creer que el afán de coloquio íntimo con Jesús eucarístico, las horaspasadas de rodillas ante el Tabernáculo, detengan o disminuyan el dinamismo de vuestroministerio. Lo contrario es la verdad exactamente. Lo que se da a Dios nunca es perdido parael hombre´ (16,2,84). ³Los sacerdotes nunca sois tan fuertes como cuando eleváis vuestrasmanos al cielo en la celebración eucarística. En ese momento tenéis de vuestra parte laomnipotencia misma de Dios´ (21,9,85). ³Tiene que ser un hombre imbuido de espíritu de oración. Cuanto más apremiante sesienta por la urgencia de los compromisos ministeriales, tanto más debe cultivar lacontemplación y la paz interior, a sabiendas de que el alma de todo apostolado estriba en launión vital con Dios´ 28 de mayo de 1993). La oración hace al sacerdote y el sacerdote se hace a través de la oración. Sí, elsacerdote debe ser ante todo hombre de oración, convencido de que el tiempo dedicado alencuentro íntimo con Dios es siempre el mejor empleado, porque además de ayudarle a él,ayuda a su trabajo apostólico. Su vida oración debe renovarse constantemente, porque laexperiencia enseña que en la oración no se vive de rentas. Si le falta una vida interiorprofunda, un sacerdote se convertirá imperceptiblemente en un oficinista, y su apostolado seconvertirá en una labor rutinaria en el despacho parroquial, simplemente dedicado a resolverproblemas cotidianos´ (27 de octubre de 95). ³Para nosotros, los sacerdotes, la oración no esun lujo ni una alternativa de practicarla o no practicarla según convenga. La oración esesencial para la vida pastoral. A través de la oración amamos más profundamente a aquellosque Jesús nos ha confiado en nuestro ministerio. De particular importancia para nuestrasvidas y nuestro ministerio es la oración de alabanza que representa la Liturgia de las Horas,que la Iglesia nos regala y durante las cuales nosotros oramos en su nombre y en nombredel Señor´ (16,9,87).
  • 85. b. accedan frecuentemente al sacramento de la penitencia. La vida espiritual ypastoral del Sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para sucalidad y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de la Penitencia.La celebración de la Eucaristía y el ministerio de los otros Sacramentos, el celo pastoral, larelación con los fieles, la comunión con los hermanos, la colaboración con el Obispo, la vidade oración, en una palabra toda la existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento, si lefalta, por negligencia o cualquier otro motivo, el recurso periódico e inspirado en unaauténtica fe y devoción al Sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no seconfesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio se resentirían muypronto, y se daría cuenta también la Comunidad de la que es pastor. Pero añado tambiénque el Sacerdote ²incluso para ser un ministro bueno y eficaz de la Penitencia² necesitarecurrir a la fuente de gracia y santidad presente en este Sacramento. Nosotros Sacerdotesbasándonos en nuestra experiencia personal, podemos decir con toda razón que, en lamedida en la que recurrimos atentamente al Sacramento de la Penitencia y nos acercamos almismo con frecuencia y con buenas disposiciones, cumplimos mejor nuestro ministerio deconfesores y aseguramos el beneficio del mismo a los penitentes. En cambio, este ministerioperdería mucho de su eficacia, si de algún modo dejáramos de ser buenos penitentes. Tal esla lógica interna de este gran Sacramento. Él nos invita a todos nosotros, Sacerdotes deCristo, a una renovada atención en nuestra confesión personal. A su vez, la experienciapersonal es, y debe ser hoy, un estímulo para el ejercicio diligente, regular, paciente yfervoroso del sagrado ministerio de la Penitencia, en que estamos comprometidos en virtudde nuestro sacerdocio, de nuestra vocación a ser pastores y servidores de nuestroshermanos. También con la presente Exhortación dirijo, pues, una insistente invitación a todoslos Sacerdotes del mundo, especialmente a mis Hermanos en el episcopado y a losPárrocos, a que faciliten con todas sus fuerzas la frecuencia de los fieles a este Sacramento,y pongan en acción todos los medios posibles y convenientes, busquen todos los caminospara hacer llegar al mayor número de nuestros hermanos la «gracia que nos ha sido dada»mediante la Penitencia para la reconciliación de cada alma y de todo el mundo con Dios enCristo. 53. Como todo buen fiel, el sacerdote también tiene necesidad de confesar suspropios pecados y debilidades. Él es el primero en saber que la práctica de este sacramentolo fortalece en la fe y en la caridad hacia Dios y los hermanos. Para hallarse en las mejorescondiciones de mostrar con eficacia la belleza de la Penitencia, es esencial que el ministrodel sacramento ofrezca un testimonio personal precediendo a los demás fieles en estaexperiencia del perdón. Además, esto constituye la primera condición para la revaloraciónpastoral del sacramento de la Reconciliación. En este sentido, es una cosa buena que losfieles sepan y vean que también sus sacerdotes se confiesan con regularidad: «Toda laexistencia sacerdotal sufre un inexorable decaimiento si viene a faltarle por negligencia ocualquier otro motivo el recurso periódico, inspirado por auténtica fe y devoción, alSacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no se confesara más o se confesara mal,su ser sacerdotal y su hacer sacerdotal se resentirán muy rápidamente, y también lacomunidad, de la cual es pastor, se daría cuenta». c. tengan peculiar veneración a la Virgen Madre de Dios. La Iglesia ama rezar a laMadre y tres veces al día con el Ángelus, en la mañana, a las 12:00 y en la tarde. d. y practiquen otros medios de santificación tanto comunes como particulares. Sólo podemos servir a los demás, sólo podemos dar, si personalmente tambiénrecibimos, si nosotros mismos no quedamos vacíos. Por eso la Iglesia nos propone espacios
  • 86. abiertos que, por una parte, son espacios para "respirar de nuevo"; y, por otra, son centro yfuente del servicio. La vida interior es esencial para nuestro servicio sacerdotal. El tiempoque dedicamos a la oración no es un tiempo sustraído a nuestra responsabilidad pastoral,sino que es precisamente "trabajo" pastoral, es orar también por los demás. En el "Común depastores" se lee que una de las características del buen pastor es que "multum oravit profratribus". Es propio del pastor ser hombre de oración, estar ante el Señor orando por losdemás, sustituyendo también a los demás, que tal vez no saben orar, no quieren orar o noencuentran tiempo para orar. Así se pone de relieve que este diálogo con Dios es unaactividad pastoral. Por consiguiente, la Iglesia nos da, casi nos impone ²aunque siemprecomo Madre buena² dedicar tiempo a Dios, con las dos prácticas que forman parte denuestros deberes: celebrar la santa misa y rezar el breviario.Ante todo está la celebración diaria de la santa misa. No la celebremos con rutina, como algoque de todos modos "debemos hacer"; celebrémosla "desde dentro". Sumerjámonos en laspalabras, en las acciones, en el acontecimiento que allí se realiza. Si celebramos la misaorando; si, al decir "Esto es mi cuerpo", brota realmente la comunión con Jesucristo que nosimpuso las manos y nos autorizó a hablar con su mismo "yo"; si realizamos la Eucaristía coníntima participación en la fe y en la oración, entonces no se reducirá a un deber exterior,entonces el ars celebrandi vendrá por sí mismo, pues consiste precisamente en celebrarpartiendo del Señor y en comunión con él, y por tanto como es preciso también para loshombres. Entonces nosotros mismos recibimos como fruto un gran enriquecimiento y, a lavez, transmitimos a los hombres más de lo que tenemos, es decir, la presencia del Señor.El otro espacio abierto que la Iglesia, por decirlo así, nos impone ²también nos libera aldárnoslo² es la liturgia de las Horas. Tratemos de rezarla como auténtica oración, comooración en comunión con el Israel de la Antigua y de la Nueva Alianza, como oración encomunión con los orantes de todos los siglos, como oración en comunión con Jesucristo,como oración que brota de lo más profundo de nuestro ser, del contenido más profundo deestas plegarias. Al orar así, involucramos en esta oración también a los demás hombres, queno tienen tiempo o fuerzas o capacidad para hacer esta oración. Nosotros mismos, comopersonas orantes, oramos en representación de los demás, realizando así un ministeriopastoral de primer grado. Esto no significa retirarse a realizar una actividad privada, se tratade una prioridad pastoral, una actividad pastoral, en la que nosotros mismos nos hacemosnuevamente sacerdotes, en la que somos colmados nuevamente de Cristo, mediante la cualincluimos a los demás en la comunión de la Iglesia orante y, al mismo tiempo, dejamos quebrote la fuerza de la oración, la presencia de Jesucristo, en este mundo. Pero más querecitar, hacerlo como escucha de la Palabra que el Señor nos ofrece en la liturgia de lasHoras. Es preciso interiorizar esta Palabra, estar atentos a lo que el Señor nos dice con estaPalabra, escuchar luego los comentarios de los Padres de la Iglesia o también del Concilio,en la segunda lectura del Oficio de lectura, y orar con esta gran invocación que son losSalmos, a través de los cuales nos insertamos en la oración de todos los tiempos. Ora connosotros el pueblo de la antigua Alianza, y nosotros oramos con él. Oramos con el Señor,que es el verdadero sujeto de los Salmos. Oramos con la Iglesia de todos los tiempos. Estetiempo dedicado a la liturgia de las Horas es tiempo precioso. La Iglesia nos da esta libertad,este espacio libre de vida con Dios, que es también vida para los demás. Así, me pareceimportante ver que estas dos realidades, la santa misa, celebrada realmente en diálogo conDios, y la liturgia de las Horas, son zonas de libertad, de vida interior, que la Iglesia nosda y que constituyen una riqueza para nosotros. Como he dicho, en ellas no sólo nosencontramos con la Iglesia de todos los tiempos, sino también con el Señor mismo, que nos
  • 87. habla y espera nuestra respuesta. Así aprendemos a orar, insertándonos en la oración detodos los tiempos y nos encontramos también con el pueblo. Pensemos en los Salmos, enlas palabras de los profetas, en las palabras del Señor y de los Apóstoles; pensemos en loscomentarios de los santos Padres. Aplicaciones pastorales Unidad y armonía de la vida de los presbíteros 14. Siendo en el mundo moderno tantos los cargos que deben desempeñar loshombres y tanta la diversidad de los problemas, que los angustian y que muchasveces tienen que resolver precipitadamente, no es raro que se vean en peligro dedesparramarse en mil preocupaciones. Y los presbíteros, implicados y distraídos enlas muchas obligaciones de su ministerio, no pueden pensar sin angustia cómo lograrla unidad de su vida interior con la magnitud de la acción exterior. Esta unidad de lavida no la pueden conseguir ni la ordenación meramente externa de la obra delministerio, ni la sola práctica de los ejercicios de piedad, por mucho que la ayuden.La pueden organizar, en cambio, los presbíteros, imitando en el cumplimiento de suministerio el ejemplo de Cristo Señor, cuyo alimento era cumplir la voluntad de Aquelque le envió a completar su obra. En realidad, Cristo, para cumplir indefectiblemente la misma voluntad del Padreen el mundo por medio de la Iglesia, obra por sus ministros, y por ello continúasiendo siempre principio y fuente de la unidad de su vida. Por consiguiente, lospresbíteros conseguirán la unidad de su vida uniéndose a Cristo en el conocimientode la voluntad del Padre y en la entrega de sí mismos por el rebaño que se les haconfiado. De esta forma, desempeñando el papel del Buen Pastor, en el mismoejercicio de la caridad pastoral encontrarán el vínculo de la perfección sacerdotal quereduce a unidad su vida y su actividad. Esta caridad pastoral fluye sobre todo delSacrificio Eucarístico, que se manifiesta por ello como centro y raíz de toda la vidadel presbítero, de suerte que lo que se efectúa en el altar lo procure reproducir en síel alma del sacerdote. Esto no puede conseguirse si los mismos sacerdotes nopenetran cada vez más íntimamente, por la oración, en el misterio de Cristo. Para poder verificar concretamente la unidad de su vida, consideren todos susproyectos, procurando conocer cuál es la voluntad de Dios; es decir, la conformidadde los proyectos con las normas de la misión evangélica de la Iglesia. Porque nopuede separarse la fidelidad para con Cristo de la fidelidad para con la Iglesia. Lacaridad pastoral pide que los presbíteros, para no correr en vano, trabajen siempreen vínculo de unión con los obispos y con otros hermanos en el sacerdocio. Obrandoasí hallarán los presbíteros la unidad de la propia vida en la misma unidad de lamisión de la Iglesia, y de esta suerte se unirán con su Señor, y por El con el Padre,en el Espíritu Santo, a fin de llenarse de consuelo y de rebosar de gozo. PO, nº 14 Habla del dificil problema de cómo el presbítero, disputado por ungran número de tareas ±frecuentemente muy diversas-, pueda conservar la unidadinterior de su vida. Un problema que, con la creciente escasez de sacerdotes,amenaza con convertirse cada vez más en la verdadera crisis de la existenciasacerdotal. Desgarrado hacia un lado y hacia otro, entre tales actividades, se siente
  • 88. vacío y cada vez menos en condición de encontrar tiempo para el recogimiento, delcual que obtiene fuerza e inspiración. Exteriormente deteriorado e interiormentevaciado, pierde la alegría de su vocación, que a fin de cuentas siente como un peso,que apenas puede sobrellevar. No le queda sino la huida o el acomodarse sin celo enuna vida tibia de profesional de las cosas religisoas. Para intentar superar esta situación en Concilio ofreció 3 indicaciones: 1º El fundamento es la comunión íntima con Cristo, cuyo alimento era elcumplimiento de la voluntad del Padre (ver Jn 4,34). Mis actividades, aunque seanmúltiples, constituyen sin embargo el desarrollo de mi vocación, puesto todo me llevaa cumplir la voluntad del Padre, y actuar como instrumento de Cristo en comuniónontológica con Él. 2º La ascesis sacerdotral no es una carga añadida a mi sobrecargada jornada.Es precisamente en la acción que aprendo a entregarme a mí mismo, a perder ydonar mi vida, a aceptar el sufrimiento. El primer beneficiado de dicha acción pastoralsoy yo mismo, pues no cumplo un trabajo exterior, sino que me alimento de la graciaEucarística, Penitencial, de la Palabra de Dios. 3º Aun cuando viva mi vida en unión ontológica con Cristo, que desarrollo miunión con Él actuando en su nombre, es necesario momentos de respiro, parapenetrar en el misterio que me sostiene. Es muy impresionante la enseñanza de sanCarlos Borromeo, que a partir de su experiencia, nos subraya a menudo laimportancia de la meditación, pues es esencial que la profundización espiritual vuelvaa nuestra acción. Por lo demás toda la vida de san Carlos Borromeo se consumió porlos demás, murió a los 46 años extenuado, y precisamente él nos enseña que estadedicación es imposible sin la meditación. El ministerio sin espiritualidad, sin vidainterior, se transforma en un vacío activismo. No se trata de una carga añadida sinodel respiro del alma, pues sin respiro somos privados del aliento espiritual, del soplodel Espíritu Santo en nosotros. También otras modalidades ayudan a recuperarnos, pero la fundamental parareponerse de la actividad, es aprender a amarla nuevamente buscando interiormenteel rostro de Dios, que siempre nos llena de alegría.Venerable siervo de Dios Juan Pablo II Para Juan Pablo II la primera tarea de un papa era rezar Habla el postulador de su causa de beatificación ROMA, lunes 28 de febrero de 2011 (ZENIT.org).- El proceso de beatificación de JuanPablo II ha sido ³una confirmación de la transparencia total de su vida como hombre ysacerdote´, asegura monseñor Slawomir Oder, postulador de la causa de Karol Wojtyla, queserá elevado a los altares el 1 de mayo. Así lo explicó en la conferencia que pronunció el 25 de febrero en Roma, en el AteneoPontificio Regina Apostolorum de Roma, aclarando que ³no había un Wojtyla público y unoprivado: la opinión sobre él que el mundo maduró en sus más de 26 años de pontificado seha demostrado verdadera´. Por tanto, ³su simpatía, el fervor de la oración, la espontaneidad al hablar de sí mismo,la capacidad para entablar relaciones, no eran simples atributos de una imagen mediática,sino que constituían la esencia de su persona´.
  • 89. Más bien, el ³verdadero tesoro´ del proceso consiste en ³la confiración de la fuente desu coherencia, energía, entusiasmo, profundidad y naturaleza´: ³el encuentro con Dios, suenamoramiento de Cristo y saberse amado por Él´. ³Tratan de comprenderme desde afuera --decía en confidencia en una ocasión Woityla--, pero yo sólo puedo ser comprendido desde dentro´. De ahí ³ese auténtico don y gusto yalegría de la oración´, al que Wojtyla ³permaneció siempre fiel, hasta en la hora de suagonía´. Una oración que constituía ³el aire que respiraba, el agua que bebía, el alimento quele nutría´. Como resulta de muchos testimonios, para Juan Pablo II ³la primera tarea del Papahacia la Iglesia y el mundo es la de rezar´. ³El recorrido místico de Wojtyla ± explicó Oder ± se perfiló como un progresivo hacer desí mismo un anawim, el µpobre de Israel¶ que no tiene otra esperanza y otro punto dereferencia sino Dios´. ³Es desde la oración ± añadió Oder ± de donde nacía la fecundidad de su actuar´. Noes casualidad, cuando a los colaboradores, a quienes pedía que le sugiriesen soluciones aproblemas particulares, admitían no haberlas encontrado, les solía repetir: ³se encontraráncuando hayamos rezado más´. De la oración nacía también ³la capacidad de decir la verdad sin miedo, porque sóloquien está ante Dios no tiene miedo de los hombres´. Una extraordinaria libertad interior que se expresaba, ante todo, en la relación con losbienes materiales. ³También como Papa ± afirmó Oder ± él fue un hombre de pobrezaradical´. ³Conmueve ± contó el sacerdote polaco ± el testimonio de las personas cercanas a élen Cracovia que para hacerle renovar el guardarropa debían recurrir a la estratagema delavar la ropa nueva muchas veces para que pareciera usada, porque sabían que de locontrario los habría dado en seguida a una persona necesitada´. Con todo, uno de los aspectos más impactantes de su elección de la pobreza, segúnOder, es ³haber dejado la palabra poética para acoger al Verbo´, superando, con la eleccióndel sacerdocio, ³la atracción que ejercía sobre él otra vocación, la del teatro´. La libertad interior se ejercitaba también hacia los demás, y aunque ³sabía escuchar yaceptar la crítica, prefiriendo la colaboración´, con todo ³no renunciaba a tomar posicionesdifíciles e incómodas´ por temor ³de las reacciones de las autoridades hostiles a la Iglesia enlos años en Polonia´, o por ³la incomprensión de la opinión pública predominante en los añosde su pontificado´. Su objetivo, de hecho, no era ³su propio éxito o su realización autonoma´ sino ³anunciarla verdad del Evangelio y defender la verdad sobre el hombre´. De esta libertad fundadasobre la relación con Dios ³nace el grito no tengáis miedo, inicio y lema de su pontificado´. Quizás precisamente la búsqueda de la cercanía a cada hombre ³en el deseo de sersolidario con sus alegrías y sus dolores, de buscar y vivir la verdad del ser hombre´ hizo aWojtyla ³tan querido y amado por el pueblo de Dios´. Se ha comprobado, según Oder, ³unfenómeno singular: Wojtyla, que perdió muy pronto a su familia natural, tenía un fuertesentido de la familia, sabía dar calor humano´. Como atestiguan las cartas que siguen llegando a la oficina del postulador y que serefieren a Juan Pablo II como ³nuestro Papa, Lolek, Karol, tío, abuelo, padre´. Un fenómenoque no se limita a los católicos: ³en un encuentro ocasional ± contó Oder ± una mujer judíame dijo que había perdido a su padre dos veces; la primera cuando se le murió su padrenatural, y la segunda con la muerte de Juan Pablo II´. No debe olvidarse otro rasgo esencial de la personalidad de Wojtyla: ³la presencia de lacruz en su vida, llevada con dignidad y, al final, en un silencio que hablaba más que la
  • 90. palabra´ reivindicando ³el derecho a la existencia que la sociedad de lo efímero esconde convergüenza´. ³Millones de personas en el mundo ± recordó Oder ± conservan en la memoria laimagen transmitida por la TV, del Papa de espaldas en su capilla privada, abrazado a la cruzdurante la celebración del Viernes santo´. ³Estoy convencido ± afirmó Oder ± de que celebrar el proceso ha sido útil´. Lejos de ser³un burocrátivo examen de una existencia´, permitió en cambio ³restituir intensidad y vigor alos aspectos ya conocidos de las vicisitudes humanas del Papa Wojtyla, junto a los episodiosinéditos ofrecidos al poner todo en común´. Si ³el objetivo de la Iglesia, como afirmaba Wojtyla, es llevar el mayor número depersonas a la santidad´, el pueblo de los devotos ³no tiene dudas ± concluyó Oder ± sobre lasingularidad de su ejemplom llevado hasta el sacrificio extremo´.
  • 91. OCTAVA MEDITACIÓN:LA TRANSFIGURACIÓN ³Sucedió que unos ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan ySantiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro semudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con él doshombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida,que iba a cumplir en Jerusalén. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, peropermanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Ysucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí.Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo quedecía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; yal entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este esmi Hijo, mi Elegido; escuchadle.» Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo.Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto´ (Lucas 9,28-36).En los relatos sinópticos la transfiguración parece tener dos significados fundamentales: elprimero disponer el ánimo para la cruz (punto de vista preferido en Occidente) y el segundomostrar la divinidad de Jesús (punto de vista preferido en Oriente).En la espiritualidad latina: ³El objetivo principal de la transfiguración ±escribe san LeónMagno- era apartar del corazón de los apóstoles el escándalo de la cruz, para que lahumildad de la pasión querida por Él, no turbara su fe, al haberles sido reveladaanticipadamente la excelencia de su dignidad escondida´ (Tratados, 51,3). ´Latransfiguración tuvo lugar, para que todo el cuerpo tomara conciencia de la transformación dela que sería objeto y para que los miembros se volvieran a prometer la participación en esamisma gloria que había brillado en la cabeza´ (ídem).En la espiritualidad oriental: ³En el Tabor fueron preanunciados los misterios de la crucifixión,revelada la belleza del Reino y manifestado el segundo descenso y la segunda venida en lagloria de Cristo. Ha sido prefigurada la imagen de los que seremos y nuestra configuraciónen Cristo. La fiesta actual revela otro Sinaí mucho más precioso que el primero´ (AnastasioSinaíta, Homilía para la Santa Transfiguración de Cristo). ³Cristo se transfiguró paramostrarnos la futura transfiguración de nuestra naturaleza en su segunda venida´ (Proclo deConstantinopla, Homilía sobre la Transfiguración, 8).1. ³Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, ylos lleva aparte, a un monte alto´. Lucas nos indica la finalidad ³subió al monte a orar´(9, 28). ³Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño; más despertaron yvieron la gloria de Jesús y a los dos varones que estaban con Él´ (9,32).Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan (ver Mc 9,2). Volveremos a encontrar a lostres juntos en el monte de los Olivos (cf. Mc 14, 33), en la extrema angustia de Jesús, comoimagen que contrasta con la de la transfiguración, aunque ambas están inseparablementerelacionadas entre sí. Tomó a Pedro, Santiago y Juan como Moisés tomó en su ascensión a
  • 92. Aarón, Nadad y Abihu y a los setenta ancianos (ver Ex 24, 9). La liturgia de la transfiguración,como sugiere la espiritualidad de la Iglesia de Oriente, presenta en los apóstoles Pedro,Santiago y Juan -una tríada humana- que contempla la Trinidad divina, como los tres jóvenesdel horno de fuego ardiente del libro de Daniel (ver Dn 3, 51-90), la liturgia ³bendice a DiosPadre creador, canta al Verbo que bajó en su ayuda y cambia el fuego en rocío, y exalta alEspíritu que da a todos la vida por los siglos´ (Matutino de la fiesta de la Transfiguración).De nuevo nos encontramos -como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesúspasaba en oración- con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios; de nuevo tenemosque pensar en los diversos montes de la vida de Jesús como en un todo único: el monte dela tentación, el monte de su gran predicación, el monte de la oración, el monte de latransfiguración, el monte de la angustia, el monte de la cruz y, por último, el monte de laascensión, en el que el Señor -en contraposición a la oferta de dominio sobre el mundo envirtud del poder del demonio- dice: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra» (Mt28, 18). Pero resaltan en el fondo también el Sinaí, el Horeb, el Moria, los montes de larevelación del Antiguo Testamento, que son todos ellos al mismo tiempo montes de la pasióny montes de la revelación y, a su vez, señalan al monte del templo, en el que la revelación sehace liturgia. En la búsqueda de una interpretación, se perfila sin duda en primer lugar sobreel fondo el simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida, no sólo externa,sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como unrespirar en el aire puro de la creación; el monte que permite contemplar la inmensidad de lacreación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador. Lahistoria añade a estas consideraciones la experiencia del Dios que habla y la experiencia dela pasión, que culmina con el sacrificio de Isaac, con el sacrificio del cordero, prefiguracióndel Cordero definitivo sacrificado en el monte Calvario. Moisés y Elías recibieron en el montela revelación de Dios; ahora están en coloquio con Aquel que es la revelación de Dios enpersona.Jesús nos elige para que le acompañemos a la montaña y para mostrarnos su gloria. Suintención es que experimentemos su divinidad, pero estamos cargados de sueño (quizásvenimos "obligados"...acarreados...). Subamos al monte para detenernos a contemplar ysumergirnos en el misterio de luz de Dios. El Tabor representa a todos los montes que nosllevan a Dios, según una imagen muy frecuente en los místicos.Al nombrar el monte el evangelista Mateo lo califica de alto y de santo la segunda carta desan Pedro (1,18). El Tabor, con su modesta altura pero singular (588 metros), haimpresionado desde siempre a los hebreos (ver Salmo 89,13). Es una invitación a laascensión hacia las alturas y hacia la luz: ³Venid, pueblos, seguidme. Subamos a la montañasanta y celestial; detengámonos espiritualmente en la ciudad del Dios vivo y contemplemosen espíritu la divinidad del Padre y del Espíritu que resplandece en el Hijo unigénito´(tropario, conclusión del Canon de san Juan Damasceno). Se trata de parar la vida para dedicarse especialmente al diálogo interior con Diosnuestro Señor por medio de la oración, la reflexión y el examen. Parada que debe ayudar a la purificación personal, a ordenar la vida de acuerdo con tucondición de criatura creada por Dios, a renovar la adhesión inquebrantable de la propiavoluntad a la voluntad de Dios, y a pedir gracias especiales de fortaleza para laperseverancia final en la vocación.
  • 93. Ejercicios espirituales, monte del silencio y de la contemplación, donde hay que dejarseconquistar por el misterio de luz y amor de Dios (ver Fil 3,12) Acogiendo plenamente el designio del Padre, en el que estaba escrito que debía sufrirpara entrar en su gloria, Cristo experimenta de forma anticipada la luz de la resurrección. Deigual modo nosotros, al llevar cada día la cruz con fe, rebosante de amor, no sóloexperimentamos su peso y su dureza, sino también su fuerza de renovación y deconsolación. Con Jesús, recibimos esta luz interior especialmente en la oración. Cuando elcorazón ha sido conquistado por Cristo, la vida cambia. Las opciones más generosas y,sobre todo, perseverantes son fruto de una profunda y prolongada unión con Dios en elsilencio orante. La verdad de uno mismo sólo se percibe en el silencio. La paz, el autoconocimiento, la reflexión profunda, la humildad y la perplejidad ante lavida sólo surgen escuchando el sonido más dulce y sencillo que Dios inventó para el hombre:el silencio. El silencio definitivamente nos acerca a las verdades últimas de la vida. El hombre puede, incluso, sumergirse en el silencio. El silencio está ahí, pero no seescucha. La culpa no es tanto de las personas como de toda una cultura dominante. Nodisponer de tiempos de silencio conlleva vivir al día una vida sin profundidad, sin preguntas yesperanzas verdaderas. Implica poca sensibilidad y falta de reconocimiento ante algo tanasombroso como el hecho de estar vivo. Una persona que no busca el silencio, no busca saber para qué vive; por qué las cosasson como son; por qué existe el dolor; por qué no es feliz, si aparentemente lo tiene todo. Es,en definitiva, una muestra de conformismo indigno del ser humano. El silencio es criba quesepara lo que queremos asimilar de los que se nos impone por conductos que nocontrolamos. Pensemos cuánta belleza, cuántos valores, cuantos bienes auténticos nospasan inadvertidos por falta de silencio. Sin silencio no hay verdadera libertad. La vida contemplativa posee el instrumento más antiguo que conoce el hombre deacercamiento al sentido de la vida: el silencio. Todos somos iguales ante el silencio: anuestros ídolos modernos hay que imaginárselos en soledad. De nada les sirve las caretas.El silencio nos empequeñece, bueno, en realidad somos así de pequeños, porque el silenciodesnuda lo superficial y mantiene la esencia. Le tenemos miedo al silencio porque, quizás, los rincones desconocidos del alma en elsilencio salen a flote y nos incomoda que deja nuestras debilidades al descubierto. La presencia de Dios se hace mucho más intensa cuando uno está solo. El silencio nosconduce a la libertad, al encuentro con Dios y con nosotros mismos. En él nos damos cuentade nuestra naturaleza herida, de nuestra pobreza, de la necesidad que tenemos de Dios. Vivir, como san Juan de la Cruz, la arriesgada aventura del silencio y soledad, ajeno deaprobaciones humanas. La soledad desocupa el tiempo, mortifica los afectos, adormece las
  • 94. pasiones, desvía las ocasiones, quita los cuidados, serena las potencias, y desocupando elalma de todas las criaturas, al dispone para acercarse más y unirse a Dios. La soledad noslimpia de las culpas pasadas, nos previene y guarda de las venideras apartándonos de laocasión. El silencio es el sustituto de la soledad y nos obtiene grandes ventajas. El silencio es elfreno de todas las pasiones y la guarda de la devoción y del fervor, y la llave con que elhombre interior está recogido y encerrado dentro de sí mismo: ³Excelente cosa es el silencioy no es otra cosa sino madre de sapientísimos pensamientos´ (Diadoco de Foticé, Capitacentum de perfectione spirituale c 70). Pues como todo el ejercicio de las virtudes se gobierna por los pensamientos y laprimera entrada de la gracia sea por el pensamiento, bien se ve cuanto importa, el silenciopara alcanzar las virtudes, pues es madre de buenos pensamientos.2. ³Y se transfiguró delante ante ellos: su rostro se puso brillante como el sol y susvestidos se volvieron blancos como la luz´. «Y se transfiguró delante de ellos», dicesimplemente Marcos, y añade, con un poco de torpeza y casi balbuciendo ante el misterio:«Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningúnbatanero del mundo» (9, 2s). Mateo utiliza ya palabras de mayor aplomo: «Su rostroresplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (17, 2). Lucas esel único que había mencionado antes el motivo de la subida: subió «a lo alto de unamontaña, para orar»; y, a partir de ahí, explica el acontecimiento del que son testigos los tresdiscípulos: «Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban deblanco» (9, 29).La transfiguración es un acontecimiento de oración; se ve claramente lo que sucede en laconversación de Jesús con el Padre: la íntima compenetración de su ser con Dios, que seconvierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz. En esemomento se percibe también por los sentidos lo que es Jesús en lo más íntimo de sí y lo quePedro trata de decir en su confesión: el ser de Jesús en la luz de Dios, su propio ser luzcomo Hijo. Aquí se puede ver tanto la referencia a la figura de Moisés como su diferencia:«Cuando Moisés bajó del monte Sinaí... no sabía que tenía radiante la piel de la cara, dehaber hablado con el Señor» (Ex 34, 29). Al hablar con Dios su luz resplandece en él y almismo tiempo, le hace resplandecer. Pero es, por así decirlo, una luz que le llega desdefuera, y que ahora le hace brillar también a él. Por el contrario, Jesús resplandece desde elinterior, no sólo recibe la luz, sino que Él mismo es Luz de Luz. Al mismo tiempo, lasvestiduras de Jesús, blancas como la luz durante la transfiguración, hablan también denuestro futuro. En la literatura apocalíptica, los vestidos blancos son expresión de criaturacelestial, de los ángeles y de los elegidos. Así, el Apocalipsis de Juan habla de los vestidosblancos que llevarán los que serán salvados (cf. sobre todo 7, 9.13; 19, 14). Y esto nos dicealgo más: las vestiduras de los elegidos son blancas porque han sido lavadas en la sangredel Cordero (cf. Ap 7, 14). Es decir, porque a través del bautismo se unieron a la pasión deJesús y su pasión es la purificación que nos devuelve la vestidura original que habíamosperdido por el pecado (cf. Lc 15, 22). A través del bautismo nos revestimos de luz con Jesúsy nos convertimos nosotros mismos en luz.
  • 95. San Pablo aplica todo esto a la oración de contemplación que asimila el hombre a Dios, a laoración unión de los cristianos con Jesucristo: ³El mismo Dios que dijo de las tinieblas brille laluz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones para irradiar el conocimiento de la gloria deDios que está en el rostro de Cristo´ (2 Cor 4, 6). Los evangelistas subrayan que esta luz no está "sobre" Él, sino que sale de Él. Lepertenece como algo propio: no se posa sobre Él como un rayo viene de lo alto; sale de Él,emana de Él, radica en Él. Aparentemente le hace adoptar la forma de un hombre distinto. Y,sin embargo, es Él. Fue como si, por un momento, hubiera desatado al Dios que era y al quetenía velado y contenido en su humanidad. Los tres apóstoles viven una de las horas másaltas de su vida -en la medida en que ellos eran capaces- que les tenía que ayudar aconsolidar su fe, les prepara al drama de la cruz y anticipa la gloria de la resurrección. Así Jesús se manifiesta a algunas personas realmente como el resplandor ante el cualcualquier otra luz languidece, la infinita belleza que, solo, puede satisfacer totalmente elcorazón humano. Los ejercicios deben ser un crecimiento en nuestra fe en Jesucristo: aparece el Padreen la voz, el Hijo en el hombre y el Espíritu Santo en la nube luminosa.3. ³En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él´. Los discípulosentonces miran a su Maestro con mayor admiración que nunca. Ya no son los escritos deMoisés quienes anuncian su venida: es Moisés -en persona -quien viene a testificarlo. Elíasno sólo será, desde ahora, su anunciador, sino su compañero.Cristo es el centro de la Transfiguración y hacia él convergen los dos testigos de la primeraAlianza: Moisés, mediador de la Ley, y Elías, profeta del Dios vivo. La divinidad de Cristo,proclamada por la voz del Padre, también se manifiesta mediante los símbolos que sanMarcos traza con sus rasgos pintorescos. La luz y la blancura son símbolos que representanla eternidad y la trascendencia: ³Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos,como no los puede blanquear lavandera sobre la tierra´ (Mc 9, 3). Asimismo, la nube es signode la presencia de Dios en el camino del Éxodo de Israel y en la tienda de la Alianza (ver Ex13, 21-22; 14, 19. 24; 40, 34. 38). Toda la vida de Cristo es a la vez una ocultación y una revelación simultáneamente, delDios inmenso e ilimitado, que al fin ha desvelado su rostro. Es un rostro ansiado por los másgrandes espíritus de la humanidad comenzando por Moisés y Elías, los dos profetas másgrandes, tan deseosos ambos de poder contemplarlo. Dios oculto irrumpe, deja caer por unmomento el velo que lo cubre, manifiesta algo de su profunda e invisible realidad del hombreJesús. Necesitamos mucho a Moisés y a Elías, la humildad y la confianza lanzada, pararecorrer el camino de nuestra amistad divina. Ambos se habían presentado valientementedelante de los príncipes desalmados, del Faraón, de Acab. Ambos se habían expuestohablando a favor de un pueblo desobediente y rebelde, que, después de haber sido liberadode una tiranía insoportable, descargaría seguidamente su furia contra sus propioslibertadores. Ambos se habían propuesto apartar al pueblo de la idolatría.
  • 96. La presencia de Moisés y Elías resaltan la importancia de Jesús: «Hablaban de sumuerte. Esta lectura del relato de la transfiguración según Lucas es la única que nos dicealgo sobre el contenido de la conversación del Señor transfigurado con Moisés y Elías;hablaban de la muerte de Jesús; por tanto del acontecimiento capital de la redención delmundo. En función de esto hay que interpretar toda la escena. Jesús se muestratransfigurado ante sus discípulos, porque ya les había anunciado su muerte. La voz delPadre que viene del cielo, y designa al Hijo como el escogido, alude también a su actoredentor en la cruz. Y cuando al final los discípulos ven de nuevo a Jesús solo, saben cuántaplenitud de misterio se oculta en su simple figura, pues todo esto: su relación con toda laAntigua Alianza, su relación permanente con el Padre y el Espíritu, que en forma de nube hacubierto también con su sombra a los discípulos, representantes de la futura Iglesia, seencuentra incluido en él. Su transfiguración no es una anticipación de la resurrección ²en laque su cuerpo será transformado de cara a Dios², sino, por el contrario, la presencia delDios trinitario y de toda la historia de la salvación en su cuerpo predestinado a la cruz. Eneste cuerpo de Jesús queda definitivamente sellada la alianza entre Dios y la humanidad.4. ³Tomando Pedro la palabra dijo a Jesús: Señor: bueno es estarnos aquí. Si quieres,haré tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías´.Cristo es percibido, como la luz para los ojos, como la dulzura del corazón, como la alegríadel universo, como el esplendor divino que hace bella y digna de ser vivida la vida humana.¡Qué hermoso es estar aquí contigo, dedicarnos a ti, concentrar de modo exclusivo nuestraexistencia en ti! Jesús es el más hermoso de los hijos de Adán (ver Sal 45,3). Es laexperiencia de darnos cuenta del valor de las cosas a la luz de la eternidad. Es el deseo depermanecer siempre con Él. ³¡Qué hermoso es estar aquí´ (Mt 17, 4). Es necesario buscar demodo especial en este tiempo la cercanía de Cristo. Es necesario vivir en la intimidad con Él.Abrir ante Él el propio corazón, la propia conciencia. Hablar con Él. La gracia estáprecisamente durante esta semana, de modo particular, sobre nosotros. Por eso esnecesario que nos abramos sencillamente a ella. La gracia de Dios no es tanto objeto deconquista cuanto de disponible y gozosa aceptación, como recibir un don, sin ponerleimpedimentos. Sin embargo como Pedro, Santiago y Juan, también nosotros ±a veces-tenemos miedo. Preferimos escuchar otras voces, voces de la tierra, puesto que es más fácilescucharlas y parecen tener más sentido. Pero sólo Jesús puede conducirnos a la vidaeterna.Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella -hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de locarnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor,¡qué bien se está aquí! Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquínos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante queestar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por elhecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho aexclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!, donde todo es resplandeciente, donde está elgozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad ydulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, alentrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados lostesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las
  • 97. imágenes de las realidades futuras´ (Del sermón de Anastasio Sinaíta, obispo, en el día de laTransfiguración del Señor). La experiencia de Cristo Dios ha llegado a su plenitud para Pedro en la escena de latransfiguración. Ha tocado el cielo y quiere quedarse ahí para siempre. Atrás ha quedadopara él aquellos años de pescador, aquella familia, aquella rutina de la vida ordinaria. Todoaquello era hermoso, pero al lado de esto era realmente poco y triste. De repente Pedro seha encontrando con el cielo ±la posesión eterna de Cristo- y ya no le interesa nada más queeso. Ha sido indudablemente un don de Dios para su alma esta experiencia:³¡Qué bien se está contigo, Señor, junto al Sagrario! ¡Qué bien se está contigo! ¿Por qué novendré más? Hace ya muchos años que vengo a verte a diario y aquí te encuentro siempre,Amante Solitario, solo, pobre y escondido. ¡Pensando en mí quizás!... Tú no me dices nada,ni yo te digo nada, si Tú lo sabes todo, ¿qué voy a decir? Sabes todas mis penas, todas misalegrías, sabes que vengo a verte con las manos vacías y que no tengo nada que te puedaservir. Siempre que vengo a verte, siempre te encuentro solo. ¿Será, Señor, que nadie sabeque estás aquí? No sé; pero sé en cambio, que aunque nadie viniera, aunque nadie teamara. ni te lo agradeciera, aquí estarías siempre esperándome a mí... ¿Por qué no vendrémás? ¡Qué ciego estoy! ¡Qué ciego! Si sé por experiencia que cuando a Ti me llego, siemprevuelvo cambiado, siempre salgo mejor. ¿A dónde voy, Dios mío, cuando a mi Dios no vengo?Si Tú me estás esperando siempre, si a Ti siempre te tengo, si jamás me has cerrado laspuertas de tu amor. Por otros recorren a pie largos caminos, acuden de muy lejos cansadosperegrinos, o pagan grandes sumas que no han de recobrar. Por Ti, nadie me pregunta; deTi nadie hace caso; si alguno te visita, es sólo así, de paso, aquí eres Tú quien paga sialguno quiere entrar. ¿Por qué no vendré más, si sé que aquí a tu lado, puedo encontrar,Dios mío, lo que tanto he buscado, mi luz mi fortaleza, mi paz, mi único bien? Si jamás hesufrido, si jamás he llorado, Señor, sin que conmigo llorases Tú también. ¿Por qué no vendrémás, Jesucristo bendito? ¡Si Tú lo estás deseando! ¡Si yo lo necesito! Si sé que no soy nadacuando vengo aquí... Si aquí me enseñarías la ciencia de los santos como aquí la buscaron yla aprendieron tantos, que fueron tus amigos y gozan de Ti... ¿Por qué no vendré más, si séyo, que Tú eres el modelo único y necesario, que nada se hace duro mirándote a Ti aquí...?El Sagrario es la celda donde estás encerrado... ¡Qué pobre, qué obediente, qué manso, quécallado, qué solo, qué escondido... Nadie se fija en Ti! ¿Por qué no vendré más, ¡Oh! bondadinfinita!, riqueza inestimable que nada necesita, y que te has humillado a mendigar mi amor.Ábreme ya esa puerta - sea ya mi vida - olvidada de todos, de todos escondida, ¡QUÉ BIENSE ESTÁ CONTIGO, QUÉ BIEN SE ESTÁ, SEÑOR Pedro que, ya antes quería evitar que su Maestro pasase por la cruz (ver Mateo 16,22),ahora igualmente ±ante la partida a Jerusalén, ante la muerte de Jesús- opone la presentedicha de quedarse allí con el Señor transfigurado y, por eso, sugiere tres tiendas o cabañas,que puede ser una alusión a la tienda de los tabernáculos (ver Jn 7, 2) a la presencia de Diosen su tienda en medio de los hombres (Jn 1, 14). Pedro, sin esfuerzo especial de su parte, seha visto dentro de un mundo que le fascina y quiere la salvación sin tener que pasar por elsacrificio, ni la cruz. Es la tentación de todos los tiempos (ver Lc 24, 26). Pero para Jesús este hecho es como una luz potente, como algo que ilustra el caminooscurecido con tanto nubarrón.
  • 98. 5. ³Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra yde la nube salía una voz que decía´. La nube y la luz son dos símbolos inseparables del Espíritu Santo. Él es quiendesciende sobre la Virgen María y cubre con su sombra. Él es quien vino en una nube ycubrió con su sombra a Jesús, a Moisés, a Elías, a Pedro, a Santiago y a Juan. Es el Espíritu Santo quien les guiará y santificará. A nosotros sólo nos queda serdóciles y fieles a sus divinas inspiraciones.6. ³Este es mi hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle´. ´Éste es miHijo amado, escuchadle´, el texto de Marcos. En Lucas, por su parte, se dice: ³Éste esmi Hijo elegido, escuchadle´ (9, 35). Pedro en su segunda carta atestiguará: ´nosotrosmismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con Él en el monte Santo´ (1,16-18). A los tres discípulos extasiados se dirige la llamada del Padre a ponerse a la escuchade Cristo, a depositar en Él toda confianza, a hacer de Él el centro de la vida. A su primerallamada por Jesucristo -al inicio de la vida pública- ésta segunda llamada del Padre adquierenueva profundidad y exigencia. Las ideas más o menos todos las conocemos, pero lasconvicciones profundas de una vida cada uno debe asimilarlas. Él es el Hijo predilecto, elÚnico, precisamente porque considera al Padre como su Todo, en todos los aspectos,empezando por los que se corresponden con los dinamismos más profundos de la personahumana, como son el deseo y la necesidad de amar, el deseo y la necesidad de poseer, eldeseo y la necesidad de decidir. El Padre no es un ser lejano, no es un enigma, sino amor que crea y espera, un tesoroque nunca se apolilla, una felicidad que nunca defrauda. Las palabras de Jesús no son como las palabras de los hombres. Sus primeros oyentesse percataron de ello enseguida y decía que ³enseñaba como quién tiene autoridad y nocomo sus escribas´ (Mt 7,29). Poseen una densidad y una profundidad que las demáspalabras no tienen: sean de filósofos, políticos o poetas. Pedro le dirá, según san Juan,³Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna´ (Jn 6, 67-68). Su autoridad profética legítimamente propuesta por la perentoria invitación: Escuchadlo. Y sobre todo la denominación de Hijo que subraya las relaciones íntimas y únicas queexisten entre Jesús y el Padre celestial. En la Transfiguración no sólo contemplamos el misterio de Dios, pasando de luz a luz(ver Sal 36, 10), sino que también se nos invita a escuchar la palabra divina que se nosdirige. Por encima de la palabra de la Ley en Moisés y de la profecía en Elías, resuena lapalabra del Padre que remite a la del Hijo, como acabo de recordar. Al presentar al Hijopredilecto, el Padre añade la invitación a escucharlo (ver Mc 9, 7). La segunda carta de san Pedro, cuando comenta la escena de la Transfiguración, ponefuertemente de relieve la voz divina de Jesucristo ³recibió de Dios Padre honor y gloria,
  • 99. cuando la sublime gloria le dirigió esta voz: "Este es mi Hijo predilecto, en quien mecomplazco". Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en elmonte santo. Y así se nos hace más firme la palabra de los profetas, a la cual hacéis bien enprestar atención, como a lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y selevante en vuestros corazones el lucero de la mañana´ (2 Pe 1, 17-19). Visión y escucha, contemplación y obediencia son, por consiguiente, los caminos quenos llevan al monte santo en el que la Trinidad se revela en la gloria del Hijo. La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo "elcual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo" (Fil 3,21). Pero nos recuerda también que es necesario que pasemos por muchas tribulacionespara entrar en el reino de Dios" (Hch 14, 22) (Catecismo de la Iglesia católica, n. 556).7. ³Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo´. Los tres discípulos saben que la nube indica la presencia perceptible de Dios y por esose llenaron de temor que es la reacción humana ante una presencia divina extraordinaria.Lucas lo expresa en el caso de Zacarías, de María, de los Pastores, y en la gente ante losmilagros de Jesús. Nuestra conciencia del pecado se aviva ante la presencia del Dios vivo. Hay queaprovechar estos momentos para crecer en un conocimiento más real y objetivo de nosotrosmismos que nos permita huir de todo sofisma o engaño que haya hecho nuestra entregamediocre, frívola o tibia. Testigos cualificados de la sanación de la suegra de Pedro (ver Mc 1,29), de laresurrección de la hija de Jairo (ver Mc 5,37) y poseedores de una especial informaciónsobre Jesús (ver Mc 13,3). Se trata de percibir -ante la presencia de Jesucristo- una nueva llamada urgente a lasantidad: llenar plenamente el ideal de santidad y de apostolado.8. ³Más Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: "Levantaos, no tengáis miedo´. Es Cristo quien nos toca, es su voz la que oímos y es su gracia la que sostiene nuestropresente y futuro. Él es nuestra Esperanza. Todos los esfuerzos que realiza el ser humano para progresar en el conocimiento de laverdad, se orientan, en definitiva, al descubrimiento de algún nuevo aspecto del misterio deDios, suma y primera verdad y fuente de verdad, pues, toda verdad proviene de Dios. El ser humano que se puede definir como aquel que busca la verdad sabe que en elencuentro con Jesús y con su divina revelación ha hallado la verdad de su existencia: EnJesucristo que es la Verdad, la fe reconoce la llamada última dirigida a la humanidad paraque pueda llevar a cabo lo que experimenta como deseo y nostalgia.
  • 100. Oremos ahora al Cristo transfigurado con las palabras del Canon de san JuanDamasceno: ³Me has seducido con el deseo de ti, ¡oh Cristo!, y me has transformado con tudivino amor. Quema mis pecados con el fuego inmaterial y dígnate colmarme de tu dulzura,para que, lleno de alegría, exalte tus manifestaciones´.9. ³Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo´. Cuando se tiene la gracia de experimentar una fuerte experiencia de Dios, es como sise viviera algo análogo a lo que vivieron los discípulos durante la Transfiguración: durante unmomento se experimenta con antelación algo que constituirá la felicidad del Paraíso. Setrata, en general, de breves experiencias que en ocasiones Dios concede, especialmente enprevisión de duras pruebas. Sin embargo, nadie vive «en el Tabor» mientras está en estatierra. La existencia humana es un camino de fe y, como tal, avanza más en la penumbra queen plena luz, con momentos de oscuridad e incluso de densa tiniebla. Mientras estamos aquí,nuestra relación con Dios se desarrolla más con la escucha que con la visión; e incluso lacontemplación tiene lugar, por así decir, a ojos cerrados, gracias a la luz interior encendidaen nosotros por la Palabra de Dios. La misma Virgen María, a pesar de ser la criaturahumana más cercana a Dios, caminó día tras día como en una peregrinación de la fe (Cf.«Lumen gentium», 58), custodiando y meditando constantemente en su corazón la Palabraque Dios le dirigía, ya sea a través de las Sagradas Escrituras ya sea a través deacontecimientos de la vida de su Hijo, en los que reconocía y acogía la misteriosa voz delSeñor. Escuchar a Cristo y obedecer su voz: este es el único camino que lleva a la plenitudde la alegría y del amor. Sobre el Tabor comprendemos mejor que la vida de la cruz y de la gloria soninseparables. Acogiendo hasta el final el designio del Padre, en el que estaba escrito quehabría tenido que sufrir para entrar en su gloria (ver Lc 24,26). También nosotros, al llevartodos los días con fe llena de amor la cruz, experimentamos junto al peso y la dureza, sufuerza de renovación y de consolación. Con Jesús recibimos esta luz interior especialmenteen la oración. Viene a mi memoria las extraordinaria historia de san Juan de la Cruz: Por un ladoJuan vive la Cruz con absoluta seriedad y por otro, sin embargo, se percibe en él el germenvivo de la resurrección: dulzura, ternura, comprensión, capacidad de hacer atrayente ydeseable incluso el camino más duro y amargo. El alma enamorada ±escribía- es un almadulce, bondadosa, humilde y paciente. Cuando el corazón ha sido «conquistado» por Cristo, la vida cambia. Las opciones másgenerosas, y sobre todo, perseverantes, son fruto de profunda y prolongada unión con Diosen el silencio orante. Pedimos a la Virgen del silencio, que ha sabido custodiar la luz de la fe incluso en lashoras más oscuras, la gracia de unos Ejercicios Espirituales vivificados por la oración. QueMaría nos ilumine el corazón y nos ayude a todos a adherir fielmente en toda circunstancia alos designios de Dios. En misterio de la transfiguración es como una gran luz para el ejercitante en el tema dela elección y seguimiento de Cristo.
  • 101. Beato Tito Brandsma (1881-1942) y su transfiguración: la presencia del Dios trinitario.El lugar donde Tito tenía que trabajar en el cultivo de hierbas medicinales la llamaban la«Villa del amor» -sin embargo, era preciso roturar, cavar y transportar piedras-. A pesar deque los otros presos trataban, de algún modo, de ayudarle tenían que sostenerlo inclusodurante la marcha, no resistía aquel ritmo, más agravado todavía por los continuos y cruelescastigos: patadas, puñetazos, azotes hasta sangrar. Los otros decían que «era tratado comoel Cristo flagelado». Sin embargo, no había manera que de su boca saliese una crítica hacialos que le explotaban. Al contrario, dijo de un vigilante que le había hecho sangrar la boca,golpeándole con una gamella: «Pobrecito, me da tanta lástima, que no puedo quererlo mal».Se confiaba a sus amores más queridos: la Virgen del Carmen y la Eucaristía. Relata uno desus hermanos: «Por la noche, volviendo agotados por el trabajo y, a menudo, también por laspersecuciones, Tito me decía: "Hermano, María debe ayudamos y sostenemos; si ellaextiende la mano sobre nosotros, podremos soportar mucho... "»Precioso era, sobre todo, el apoyo de la Eucaristía que conseguían recibir casi todos los díasde los sacerdotes alemanes prisioneros en el campo, a los cuales se les concedía un pocomás de libertad. Conservaba una partícula hasta el día siguiente en la funda de las gafas;con el resto comulgaban unos diez prisioneros arriesgándose, cada vez más, a los cruelescastigos. La noche, en que no conseguía dormir durante muchas horas, Tito la pasaba ado-rando aquel pedacito de Hostia santa y confiándole el sufrimiento de todos. Decía quetambién Jesús Eucaristía era «un gran prisionero».Un día en que le habían golpeado de manera más dura que de costumbre, llamándolo a cadagolpe «saco de excrementos», al que le preguntaba si había sufrido mucho, respondía: «¡Ahhermano, yo sabía Quién estaba conmigo!»; y estaba muy contento porque, antes de caer atierra, había conseguido esconder bajo el sobaco el estuche de las gafas que se habíaconvertido en su ciborio.Un pastor protestante de aquel campo, que lo conocía y lo admiraba, dijo que el padreBrandsma había logrado vivir «el paraíso del corazón en el infierno del campo», y difundir asu alrededor la paz y la alegría de Cristo.Estaba tan extenuado que sus compañeros de prisión creyeron oportuno un día re-comendarlo al jefe de la sección hospitalaria, para que lo hospitalizaran. El esbirro se mostró,incluso, demasiado dispuesto a ayudarle: a Tito lo sacarán y no lo verán ya. Todo lo quesucedió después lo sabemos, hoy, por un testimonio de excepción: una testigo cuyo nombreno ha sido revelado, puesto que la policía internacional busca, acusada de haber procuradola muerte de millares de deportados. Iba a matar a Tito, y se convirtió, precisamente, porquesu recuerdo no la abandonó ya. Era entonces una joven enfermera, que obedecía, pormiedo, las órdenes inhumanas del oficial médico. En la práctica, le correspondían a ellatodas las ejecuciones. Hoy es una mujer muy anciana que desde entonces vive en elarrepentimiento y en el tormento de su pasado. Ha sido ella la que ha contado «en secreto»que Tito «a su llegada a la enfermería estaba ya en la lista de los muertos». Ha sido ella laque ha contado los experimentos que se hacían con los enfermos, también con Tito, y decómo golpeaban en su interior, sin que lo quisiera, las palabras con que él soportaba losmalos tratos: «Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Ha sido ella la que hacontado cómo todos los enfermos la odiaban y la insultaban siempre con los títulos más
  • 102. infamantes; y cuán estremecida estaba al contemplar que aquel anciano sacerdote la trataba,por el contrario, con la delicadeza y el respeto de un padre: «Una vez me tomó de la mano yme dijo: "¡Pobre muchacha, rezaré por usted!"». Es a ella a quien el prisionero le regaló supobre corona del Rosario, hecha de ramas y de madera y cuando, irritada, insistía en queaquel objeto no le servía porque no sabía rezar, Tito le dijo: «No es preciso que digáis toda elAve María; decid solamente: "Ruega por nosotros pecadores"». Y es a ella a quien, aquel 25de julio de 1942, el médico de la unidad, dio la inyección de ácido fénico para que se loinyectase en la vena. Era un gesto rutinario, la enfermera lo había cumplido ya centenares ycentenares de veces, pero la pobrecilla recuerda: «Todo aquel día me sentí mal». Puso lainyección a las dos menos diez, a las dos Tito murió: «Estaba presente cuando expiró. Eldoctor estaba sentado en la cama con un estetoscopio para guardar las apariencias. Cuandoel corazón cesó de latir, me dijo: "Este puerco ha muerto"». De sus abusadores, el padre Titohabía dicho siempre: «También ellos son hijos del buen Dios, y tal vez todavía quede en ellosalgo...». Dios le concedió precisamente este último milagro. El doctor del campo llamabasarcásticamente a aquella inyección venenosa «inyección de gracia». Y he aquí que mientrasla enfermera se la inyectaba, la intercesión de Tito infundía verdaderamente en ella la graciade Dios. En los procesos canónicos, la pobrecilla explicó que el rostro de aquel ancianosacerdote le había quedado impreso en la memoria para siempre porque allí había leído algoque no había conocido nunca. Dijo simplemente: «¡Tenía compasión de mí!» Como Cristo.
  • 103. NOVENA MEDITACIÓN:ES NECESARIO HABLAR DE LA FIDELIDADExordio: ³Dígory estaba a punto de volverse para regresar hacia las puertas cuando sedetuvo para dar una última mirada en rededor. Se llevó una espantosa sorpresa. No estabasolo. Allí, sólo a pocos metros de distancia, estaba la Bruja. Estaba justamente arrojando elcorazón de una manzana que acababa de comerse. El jugo era más negro de lo quepudieras suponer y le había dejado una mancha horrible en los labios. Dígory adivinóinmediatamente que debía haber escalado el muro. Y principió a comprender que tenía algúnsentido esa última línea acerca de obtener lo que tu corazón desea y encontrar junto con esola desesperación. Pues la Bruja se veía más fuerte y orgullosa que nunca e incluso, en ciertaforma, triunfante; mas su rostro estaba mortalmente blanco, blanco como la sal. Todo estopasó en una fracción de segundo por la mente de Dígory; luego giró sobre sus talones ycorrió como un rayo hacia las puertas; y la Bruja detrás. En cuanto salió, las puertas secerraron tras él por sí solas. Eso le dio una ventaja, pero no por mucho tiempo. Cuando iballegando donde estaban los demás, gritándoles: ³¡Rápido, Polly, súbete! ¡Levántate,Volante!´, ya la Bruja escalaba el muro, o saltaba por encima, y lo seguía muy de cercanuevamente.-Quédate donde estás -le gritó Dígory, dando vuelta su cara hacia ella-, o desapareceremos.No te acerques ni un paso más.-Muchacho estúpido -dijo la Bruja-. ¿Por qué huyes de mí? No pretendo hacerte ningúndaño. Si no te detienes a escucharme ahora, te perderás algunas cosas que es necesariosaber para que seas feliz toda tu vida.-Pero no quiero oírlas, gracias -replicó Dígory. Pero lo hizo.-Conozco la misión que te ha traído aquí -continuó la Bruja-. Pues era yo la que estaba cercade ti anoche en los bosques y escuché todas tus deliberaciones. Has arrancado una fruta alláen el jardín. La tienes en tu bolsillo. Y la vas a llevar de vuelta, sin probarla, al León; para queél se la coma, para que él la use. ¡Ingenuo! ¿Sabes qué es ese fruto? Te lo diré. Es lamanzana de la juventud, la manzana de la vida. Yo lo sé, pues la he probado; y ya estoysintiendo tales cambios en mí que estoy segura de que jamás envejeceré ni moriré. Cómela,muchacho, cómela, y tú y yo viviremos para siempre y seremos el rey y la reina de todo estemundo... o del tuyo si decidimos regresar a él.-No, gracias -respondió Dígory-, no sé si me gustaría tanto seguir viviendo y viviendodespués que toda la gente que conozco haya muerto. Prefiero vivir un tiempo normal ymorirme e ir al Cielo.-Pero ¿qué hay con esa madre tuya a quien dices querer tanto?-¿Qué tiene ella que ver con esto? -preguntó Dígory.-¿No entiendes, estúpido, que un solo mordisco de esa manzana la sanaría? La tienes en tubolsillo. Estamos aquí solos y el León está lejos. Usa tu magia y regresa a tu propio mundo.Un minuto más tarde puedes estar al lado de tu madre, dándole la fruta. Y en cinco minutosverás como recupera los colores. Te dirá que ya no siente dolor. En seguida te dirá que sesiente más fuerte. Luego se dormirá...; piensa en eso: horas de tranquilo sueño natural, sindolor, sin medicamentos. Al día siguiente todos dirán que se ha recuperadomaravillosamente. Pronto estará absolutamente sana de nuevo. Todo se arreglará e irá bienotra vez. Tu hogar volverá a ser un hogar feliz. Serás como todos los demás niños.-¡Oh! -exclamó Dígory, jadeando como si le doliera algo, y se llevó la mano a la cabeza.Porque sabía que tenía ante él la más terrible elección que hacer.
  • 104. -¿Qué ha hecho el León por ti alguna vez para que quieras ser su esclavo? -preguntó laBruja-. ¿Qué puede hacer por ti una vez que estés de regreso en tu mundo? ¿Y quépensaría tu madre si supiera que pudiste haberla librado de sus dolores y haberle devuelto lavida y haber impedido que a tu padre se le rompiera el corazón, y que no lo hiciste..., quepreferiste hacer de mensajero de un animal salvaje en un mundo extraño con el cual notienes nada que ver? -Yo..., yo no creo que él sea un animal salvaje -contestó Dígory con vozentrecortada-. El es..., no sé...-Entonces es algo mucho peor -dijo la Bruja-. Mira lo que ha hecho ya contigo: mira loinhumano que te ha vuelto. Es lo que hace con todos los que lo escuchan. ¡Muchacho cruel,despiadado! Dejarías morir a tu propia madre antes de...-¡Oh, cállate! -dijo el desdichado Dígory, en el mismo tono de voz-.¿Crees que no entiendo? Pero, he..., he prometido.-¡Ah!, pero no sabías lo que estabas prometiendo. Y nadie aquí te puede aconsejar.-A mi misma madre -dijo Dígory, encontrando con dificultad las palabras- no le agradaría...,terriblemente estricta en cuanto al cumplimiento de las promesas..., y no robar... y todas esascosas. Ella me diría que no lo hiciera... sobre la marcha..., si estuviera aquí.-Pero no es preciso que lo sepa nunca -dijo la Bruja, hablando en tono mucho más dulce delque podrías pensar que usaría alguien con una cara tan cruel-. No le dirías cómo obtuviste lamanzana. Tu padre no necesita saberlo. Nadie en tu mundo tiene por qué saber nada acercade toda esta historia. Tampoco es necesario que te lleves de vuelta a la niñita, ¿no es cierto?Allí fue donde la Bruja cometió su fatal error. Claro que Dígory sabía que Polly podría irsecon su propio Anillo igual que él podía hacerlo con el suyo. Pero al parecer la Bruja no sabíaesto. Y su bajeza al sugerir que abandonara a Polly, hizo que, repentinamente, todas lasdemás cosas que la Bruja había dicho sonaran falsas y huecas. Y aun en medio de todo susufrimiento, su mente se aclaró de súbito, y dijo (con una voz diferente y mucho más fuerte):-Mira: ¿qué tienes tú que ver con todo esto? ¿Por qué demuestras tú ese cariño tan intensopor mi madre tan repentinamente? ¿Qué tiene que ver ella contigo? ¿Qué pretendes?-¡Muy bien, Digs! -susurró Polly en su oído-. ¡Rápido! Vámonos en el acto. No se habíaatrevido a decir una palabra durante toda la discusión porque, entiéndeme, no era su madrela que estaba por morir.-Arriba entonces -dijo Dígory, empujándola encima del lomo de Volante y trepando despuésél mismo con toda la rapidez que pudo. El caballo desplegó sus alas.-Vayan, pues, estúpidos -gritó la Bruja-. ¡Piensa en mí, muchacho, cuando yazgas viejo, débily moribundo y recuerda que rechazaste la oportunidad de la eterna juventud! No se tevolverá a ofrecer. Ya se encontraban tan alto que apenas la escuchaban. Tampoco perdió laBruja su tiempo mirándolos; la vieron marcharse hacia el norte por la ladera de la colina.Habían partido temprano en la mañana y lo que ocurrió en el jardín no tomó mucho tiempo,de modo que Volante y Polly dijeron que fácilmente estarían de regreso en Narnia antes deque cayera la noche. Dígory no habló en todo el camino de vuelta, y los otros no se atrevíana hablarle. Estaba sumamente triste y no siempre se sentía seguro de haber hecho locorrecto; mas cada vez que se acordaba de las relucientes lágrimas de Aslan, tenía la másplena seguridad.Durante todo el día el caballo voló sin parar, incansablemente; fue hacia el este guiándosepor el río, atravesando las montañas y volando por sobre las silvestres colinas boscosas, ydespués por encima de la gran catarata, y siguió y siguió hasta donde el imponenteacantilado oscurecía con su sombra los bosques de Narnia, hasta que, por fin, cuando elcielo se teñía de rojo tras ellos con la puesta de sol, vio un sitio donde había muchascriaturas reunidas a la orilla del río.
  • 105. Y pronto pudo ver a Aslan en medio de ellos. Volante se deslizó hacia abajo, extendió suscuatro patas, cerró sus alas y aterrizó a medio galope. Luego se paró en seco. Los niñosdesmontaron. Dígory vio que todos los animales, enanos, sátiros, ninfas y otras cosas seapartaban a derecha e izquierda para dejarle el paso. El se dirigió directamente hacia Aslan,le entregó la manzana, y dijo: -Te traje la manzana que querías, señor´ (C. S. Lewis,Crónicas de Narnia, El sobrino del mago, 13: Un encuentro inesperado).Propuesta: Hay quien se pregunta si en nuestro mundo actual es posible la fidelidad. LaBiblia, en cuanto libro que narra la historia de las relaciones de Dios con un pueblo concreto±como signo de lo que quiere realizar con todos±, no es otra cosa que un largo y variadotestimonio de esa fidelidad de Dios a los hombres, en medio y a pesar de sus infidelidades.Recordemos cómo esa historia de la fidelidad se abre con el Génesis, que es la expresión dela fidelidad constituyente, creando Dios al hombre y llamando a Abraham, y se cierra con elApocalipsis, que es expresión de una fidelidad constituida en la nueva creación. Es decir, esla fidelidad de una Iglesia que en medio de las tribulaciones da testimonio de Dios eintroduce a los que han permanecido fieles, en su propio misterio. Lo más hermoso de todala Biblia es que todas sus páginas nos hablan y proclaman que Dios ha querido establecer unlazo de amor con los hombres.Él ha instaurado una alianza con quienes no le conocían y se ha dado a reconocer a los queni siquiera le buscaban. ¡Qué maravilla es comprobar que de Él ha sido la iniciativa, que Élha sido el primero en ofrecer fidelidades, amándonos primero! ¡Qué estremecimiento me dio,el día que comprendí existencialmente que Él suscita nuestras fidelidades y Él las conserva!¡Qué milagro más extraordinario ser cristiano, que es lo mismo que ser fiel!Pistas de educación para la fidelidad: En la formación de los sacerdotes y seminaristas,nada hay que suponer, debe educarse en el ejercicio responsable de la libertad, lacontinuidad debida, la laboriosidad, la generosidad, un alegre espíritu de sacrificio. Todo elloes necesario para aprender a amar con un amor verdadero, no ególatra, con un amorpermanente y fiel, capaz de reafirmarse por encima de los cambios y las dificultades:1º Convicciones.2º Oracion y ejercicio de las virtudes.3º Ascesis1º Convicciones: El secreto de toda educación es el de favorecer convicciones que motiveny configuren el comportamiento de la persona del consagrado sacerdote o del futurosacerdote. Apoyados en Cristo, debemos estar convencidos de que es posible fomentarmotivaciones estables que sostengan la fidelidad, cuyo fundamento sean motivacionesreligiosas, firmes y estables, capaces de justificar la perseverancia en los compromisosadquiridos ante Dios y en presencia de la Iglesia. Esto quiere decir que hay que descartarmotivaciones superficiales, ocasionales, poco realistas, aunque se revistan de muchagenerosidad: «cambiar el mundo», «trabajar por un mundo mejor. Estas razones, aparentepositivas, no resultan suficientes para justificar una decisión permanente, capaz dereafirmarse ante nuevas circunstancias a lo largo de la vida entera. Una razón que no seaestrictamente específica y verdaderamente permanente, que no fundamente, al calor de lagracia, una vida del todo entregada al servicio ministerial a Cristo y a la entrega por lasalvación de los demás, no es genuina fidelidad.«Examinen bien sus intenciones y motivaciones, la dedicación al ministerio hoy lo reclama...sólo el que así procede puede permanecer en pie» (Benedicto XVI Discurso en la celebración
  • 106. de las vísperas con sacerdotes, religiosos, seminaristas y diáconos en Fátima, Portugal 12de mayo de 2010).2º La fidelidad es un don, pero es la hija mayor de la oración. Cada día hay que pedir aDios con humildad la perseverancia, la fortaleza, el amor suficiente para corresponder conilusión a los dones recibidos, El no nos dejes caer en la tentación es también el no nos dejescaer en el tedio, en el cansancio, en la rutina y la costumbre... La perseverancia no está alalcance de nadie, sino que es un don de Dios que tenemos que pedir con amor, humildad yconfianza. El simple pasar el tiempo puede desgastar severamente convicciones ymotivaciones, y más si surgen otras diferentes. Es preciso mantener las convicciones y lasmotivaciones bien fundamentadas con la oración y el ejercicio de la virtud teologal, la fe.Quien se ejercita en la fe se ejercita en la fedelidad..La oración y la virtud alimentan la vida del sacerdote en esta conjunción nacen lasconvicciones y se fortalecen las motivaciones actualizadas, renovadas y fortalecidas. Oracióny virtud son el acceso al encuentro personal con el Señor, la justificación de su vida y lafuente primera y profunda de su alegría. «Nada mejor para ser fiel que la diaria y fervorosaoración» (San Juan de Avila).3º En la pedagogía de la fidelidad, la ascética, la abnegación, es necesaria en un doblesentido: Cualquiera puede fallar en la fidelidad, en el momento menos esperado. Por lo mismo,la fidelidad de Dios sigue reclamando de nosotros correspondencia, la que es posible con elarrepentimiento, la humildad y una renovada confianza.El perdón es un desbordamiento del amor, es prueba y fruto de la fidelidad de Dios, unarazón más para renovar nuestra fidelidad. Con la ascética es indispensable el luchar contra laextendida tibieza de muchos sacerdotes, la mediocridad, la falta de coraje apostólico, eljustificar las «pequeñas» y habituales infidelidades, el no luchar contra el pecado en unomismo. Es preciso revisarse con frecuencia, recuperar el vigor inicial, así como lucharinsistentemente contra la tibieza y la mediocridad. Un plan de vida realista, bien cumplido asícomo una asistencia espiritual y una estricta ascética son la mejor ayuda en este camino defidelidad. La vida consagrada, sacerdotal o camino al sacerdocio, puede resultar dura enalgunos momentos. Nuestros presbíteros, siempre asistidos por Cristo, tienen la capacidad yel gusto por renunciar a cosas, personas, gustos y proyectos.No es el absurdo gusto de renunciar sólo por renunciar; es la satisfacción de renunciar paraconcentrarse en lo que es el centro de sus aspiraciones: el conocimiento y el amor aJesucristo, en la plena disponibilidad y dedicación al servicio de la evangelización, la autoexigencia en el trabajo, el correcto aprovechamiento del tiempo, el mayor rendimiento en lastareas por el Señor encomendadas.Sin renuncias, sin privaciones, sin ascética ni hay claridad en las convicciones ni entusiasmoen la entrega, ni habrá genuina reafirmación en las decisiones adoptadas, a la luz de Cristo,el Señor. Desde el inicio hay que clarificar estas pruebas y renuncias. El que no renuncia dejoven, menos lo hará de adulto. El adulto que no renuncia, posiblemente no mantuvo losprimeros pasos y ahora vive de la inercia, de la costumbre. Para todos, jóvenes y adultos, esmuy clara la tarea: volver a la virtud.
  • 107. Conclusión: No podemos caer en el error de confundir o rebajar la fidelidad. La fidelidad a laque el Señor nos llama no es la costumbre, pues esta surge automáticamente por larepetición de actos, sino que somos llamados a un decidido querer ser desde Dios y unpermanecer en Él. Gabriel Marcel sugirió hablar de la fidelidad creadora, decía así:³Lejos de degradarse en obstinación estéril, la más despreciable de sus criaturas, la fidelidadauténtica es libre, inventiva, creadora. Comunión viviente, implica una lucha activa y continuacontra las fuerzas que tienden en nosotros hacia la dispersión interior y no menos hacia laesclerosis del acostumbramiento. No mantiene sino creando.Bajo su forma elemental se expresa como creación negativa, rechazando como tentacionesaquellas realidades o situaciones que contradirían nuestro compromiso. Positivamente esuna obligación de inventar una conducta conforme a las promesas, de entablar unasrelaciones y de configurar un yo adaptado al nuevo estatuto de vida´ (G. Marcel, Tre et avoir.París 1935, 55-80).iii Reconciliatio et Poenitencia n. 6iv Reconciliatio et Poenitencia n. 6v CARLO C ARRETO, Cartas del desierto, c. 10.vi Carta del P. Marcial Maciel a un religioso, del 29 de mayo de 1988.vii La actividad incontenible, típica de muchos hombres a esa edad, es una huida inconsciente, muchas veces, ante la crisis interior (ANSELM GRÜN, Lamitad de la vida como tarea espiritual, pp. 46-47).viii ANSELM GRÜN, La mitad de la vida como tarea espiritual, p. 45.ix ANSELM GRÜN, La mitad de la vida como tarea espiritual, pp. 49-50.x ANSELM GRÜN, La mitad de la vida como tarea espiritual, p. 57.xi ANSELM GRÜN, La mitad de la vida como tarea espiritual, p. 58xii Solet etiam serpens eligere strictas rimas, per quas transiens veterem pellem exuat: similiter praedicator transiens per angustam viam, veteremhominem omnino deponat (SANTO TOMÁS DE AQUINO, Catena Aurea in Matthaeum, c. 10 n. 5)xiii Dominum et vivificantem, n. 45.xiv Dives in misericordia, n. 6xv Dives in misericordia, n. 5