El columnista estadounidense Johri Rosemond ha tenido un éxito resonante de hacer un llamado al “poder de los padres”. En sus “diez mandamientos”, que ilustran la naturaleza de las transformaciones en curso, sostienen que los niños tienen los siguientes derechos:
Escuchar decir a sus padres, por lo menos tres veces por día, una palabra esencial para la formación de su carácter: NO.
Descubrir precozmente en sus vidas que sus padres no estarán allí para hacerlos felices, sino para ofrecerles la oportunidad de aprender las habilidades que ellos –los niños- necesitarán para poder hacerse felices a sí mismos.
Protestar a voluntad sobre las decisiones de sus padres quienes, a su vez, tienen el derecho de restringir esas protestas a ciertas áreas de sus hogares.
Advertir precozmente que sus padres se preocupan mucho por ellos, pero que no viven pendientes de la opinión que, minuto a minuto, los hijos se forman sobre los padres
Escuchar a sus padres afirmar, en forma habitual y frecuente: “Porque yo lo digo”, porque es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Compartir activamente la labor doméstica porque es una de las actividades más importantes a las que se puede dedicar un niño para construir el carácter.
Descubrir tempranamente en su vida que no son el centro del universo, ni siquiera de la vida de sus familias o de sus padres, que no son peces grandes en una pecera pequeña, que no son el Mesías y que ni siquiera son, en el esquema general de las cosas, muy importantes – nadie lo es-, lo que permitirá evitar que se conviertan en criaturas insufribles.
Aprender a ser agradecidos por lo que reciben. Tienen derecho a recibir todo lo que realmente necesitan y muy poco de lo que simplemente quieren.
Aprender precozmente que la obediencia a la autoridad legítima no es optativa y que la desobediencia genera consecuencias.
Todos los niños tienen derecho de que sus padres los quieran tanto como para garantizar que ellos –los niños- puedan disfrutar de todos los derechos anteriores.
En esta cultura del “yo” lo que antes era un deber de los padres, cuidar a sus hijos y comprometerse con su educación, hoy está subordinado al derecho de esos adultos a su “desarrollo personal”. Por otra parte, en esta época de cómo igualitarismo los chicos gozan de una autonomía que ha convertido en tabúes la disciplina y el castigo. Parecería no advertirse que, para afrontar el mundo real, escenario de luchas y tropiezos, hay que enseñar a los hijos que no todo les resultará posible. Quien quiera preparar adultos para este mundo, debería estar dispuesto a asumir la incomodidad de decir muchos “no”.
Producción HJmediando http://convivieres.blogspot.com/
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