Ciudad taró frm el observador_20120416
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Ciudad taró frm el observador_20120416

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  • 1. OPINIÓN. Ciudad Taró. Por Fernando Ramos Muñoz.Arquitecto. Creador de @sinarquitectura y @malagalab. 16/04/12 Ciudad TaróDurante demasiado tiempo, y sin que nadie supiera explicar con precisión desde cuando ni porqué, la ciudad ante sus ojos se había vuelto plomiza, pesada y gris; les invadía la frustración yel hastío permanente, la conciencia les martilleaba por la constante pérdida de valiosas piezas,por la eterna espera de mejoras necesarias que se postergaban una y otra vez.Sus habitantes la soportaban día a día gracias a enormes dosis de paciencia, casi se diría queinfinita; y, del mismo modo, el territorio que sustentaba la ciudad, al que ahora como nuncaantes se perjudicaba con indolencia, recogía también esa abulia, y sufría sus efectos insanos.Lo habitual en aquella medina era la queja, en lugar del estímulo; se consolidaba la defensapreventiva ante la percepción de agresiones inevitables, y el eterno lamento ante la ausenciade iniciativas firmes. Las pérdidas y las carencias se convirtieron en instituciones, en lugarescomunes con los que convivir.Para compensar ese desapego y desprecio por la urbe, de la que incluso habían olvidado sunombre, esa falta de reconocimiento personal en el entorno cotidiano, cada uno de sushabitantes había desarrollado en el tiempo, poco a poco, secretamente, sus propiosmecanismos íntimos para recrear, aunque sólo fuera por unos instantes, tanto la ciudadperdida que ya sólo habitaba en su memoria, como la ciudad esperada que únicamente eraposible en su imaginación.Y ocurría que todos los años, aprovechando la llegada puntual del taró, cuando la ciudadquedaba anegada en niebla y sus contornos quedaban difuminados o desaparecían por unashoras, los ciudadanos que deseaban volver a ver una ciudad dueña de su memoria y de sufuturo se echaban a las calles sin rumbo fijo, silenciosamente, siempre cada uno por su lado,como en una especie de íntima procesión.Durante el estío, siempre antes del amanecer, el taró recorría despaciosamente la distanciaexistente entre el mar y la ciudad, para diluirse en ella a lo largo y ancho del día. Ese mardifuso y leve, nuestro y de todos, suspendido por unas breves horas sobre la ciudad,condensaba desde sus orígenes, como sedimentos, incontables personas, ciudades ycivilizaciones, creadas y desaparecidas en el tiempo a todo lo largo y ancho de sus dominios. Ycon ellas, se impregnaba de todo lo que les había dado su carácter y su razón de ser, haciendosu materia tan densa como leve. Deseos y fracasos, ruidos y silencios, olores, sabores,ausencias y multitudes, texturas, oscuridades y luces, se ordenaban de tal forma que almezclarse no perdieran sus propias condiciones, sino que potenciaran las ajenas.Los habitantes de la ciudad, pacientemente, en aquellas inevitables y fugaces visitas del aguaingrávida, habían observado que por alguna razón desconocida para ellos, su densidad eravariable en el espacio que ocupaba. Y esa cambiante concentración de la materia que la
  • 2. componía alteraba la percepción sensible de su ciudad, resultando distinta a la vista y al tacto,produciendo sabores y temperaturas diferentes, matizando ecos y silencios, y adulterando elaire y sus olores habituales. Y la ciudad, apreciada así, era otra distinta, y se hacía posible que,al mismo tiempo, apenas pudieran vislumbrar la gris realidad de algunos espacios oconstrucciones, mientras que sobre otros sólo se interponía un velo imperceptible,manteniendo inalterable su presencia.Y aprendieron a usar esa cualidad para materializar fugazmente su ciudad imaginada, delmismo modo que en la antigüedad habían aprendido a utilizar a favor de la urbe la inestabilidady fluidez del mar o la firmeza y solidez de la tierra. Y usaban esa densidad variable del tarócomo una especie de filtro selectivo del escenario, que les permitía modificarlo de acuerdo a suvoluntad, sublimando la pobre ciudad real compartida en la ciudad plena, personal, íntima, quecada uno anhelaba por su cuenta.Y allí donde la densidad de la niebla era más elevada, casi sólida, se afanaban en recuperarpor unos instantes las ausencias, los edificios y espacios urbanos que sólo habitaban ya en lamemoria. Y volvían a construir durante unos instantes aquellas presencias en los vacíos quequedaron como heridas sin cicatrizar, o hacían desaparecer construcciones para liberarnuevamente los espacios compartidos que habían contribuido a definir el carácter propio de laciudad; y una vez eran reconstruidos o liberados, los contemplaban con atención primero, y losvolvían a utilizar intensamente después, y así, a través de todos los sentidos, los recordaban ylos hacían más fuertes en su memoria.Y donde la ciudad esperaba ser intervenida desde hacía demasiado tiempo, resolvíancuidadosa y diligentemente lo que en la realidad solía eternizarse. Y unían los lugares a laspersonas, y solapaban firmemente piezas desunidas de la misma ciudad, y mejoraban surelación con el territorio y con otras ciudades. E igualmente, una vez aquellos progresos eranconstruidos, los contemplaban con ilusión primero, y los utilizaban con naturalidad después, yasí, confirmaban su bondad y los anhelaban incluso con más ahínco.Por el contrario, donde la niebla era más liviana, la aplicaban como un filtro sutil para realzar loútil y bueno que conservaban, o desdibujar delicadamente para matizar aquello que necesitabaser reconsiderado. Y modificaban la ciudad física según su criterio, siguiendo lo que su talentoy creatividad, el sentido común y la relación con el entorno les dictaba, y casi siempreconseguían mejorar lo realmente construido.Y, así, utilizaban íntimamente aquella materia sutil pero poderosa para recuperar pérdidas,deshacer agresiones y cubrir carencias en su ciudad personal.
  • 3. Y, cada uno por su lado, volvían a sentirse dueños de la urbe, aunque sólo fuera por unosinstantes, y volvían a identificarse plena y satisfactoriamente con ella, y a contemplarla comoel reflejo que debiera ser de su propia existencia y de su carácter, como respuesta exacta yprecisa a sus necesidades reales, y como herramienta a su servicio.Y cuando el taró invadía la polis y sus pobladores la recreaban de acuerdo a su voluntad y sumemoria, la misma ciudad se hacía más sólida y espesa, más viva e intensa, como si deverdad se pudieran superponer físicamente todas en una: la ciudad perdida, la ciudad real y laciudad esperada.Y, a medida que pasaba el tiempo, y se apoyaban fugaz pero sistemáticamente en la nieblapara poder vislumbrar la ciudad propia de cada cual, empezaron a observar que la proyeccióníntima de los deseos y memorias sobre aquella ciudad venida a menos empezaba a dejarhuellas físicas imborrables, como una sombra arqueológica de sus deseos y necesidades, unrastro permanente de la voluntad, que, al materializarse físicamente, hacía inteligibles losanhelos y propuestas comunes.Y casi sin darse cuenta, encontraron que la ciudad real ya no era la misma, porque a fuerza derecordar, desear e imaginar, habían cambiado su forma para siempre. Y entendieron que lohabían hecho entre todos, poco a poco, cada uno a su manera, como siempre desde losorígenes de la ciudad. Comprendieron entonces que no necesitaban esperar la llegada del taró,porque habían concebido una herramienta mucho más poderosa para transformar la realidad asu favor: una bruma cívica consciente, más densa y estable, permanentemente activa y ubicua,formada por recuerdos y anhelos en suspensión, generada íntimamente por cada ciudadano, adiario, desde todos los ámbitos y espacios vitales.Y vieron que aquella ciudad alterada por sus deseos y memorias les representaba mejor que laciudad gris que tanto les pesaba en el ánimo. Y, con un gesto rápido y enérgico, se sacudieronde encima el polvo de la indolencia que durante demasiado tiempo habían acumulado. Ydecidieron poner en práctica todo aquello que deseaban, todo aquello que entendían comonecesario y prioritario para sus vidas. Y quisieron despreciar sin miramientos los argumentos
  • 4. en contra que algunos llamaban arrogantemente “la realidad inevitable”; y lo hicieron, y no fuetan difícil como siempre habían temido.Y detuvieron demoliciones gratuitas de edificios valiosos para la memoria común, quizá nodefinitivamente, pero sí para que hubiese tiempo de pensar antes de destruir, y no al revés. Eimpidieron la construcción de gigantescos palacios privados que despreciaban el perfil de laciudad histórica común, esculpido durante muchos siglos de permanente y laboriosa mejora, yexigieron que se adecuara lo nuevo a lo heredado, y no al revés. Y entre todos revitalizaron laciudad histórica tal como era, en lugar de convertirla en caricatura de sí misma.Y quisieron rescatar la que siempre había sido buena relación de la ciudad con el mar, tanto ensus orillas, que dejaron de utilizarse como vertederos para convertirse en espacios libres ylimpios a disposición de todos, como en su puerto, liberándolo de límites y vallas, integrándoloplenamente en el espacio urbano, y permitiendo que conviviera la historia, la industria y el ocio,sin que por ello adquiriese carácter de centro comercial anodino con hilo musical barato.Y reutilizaron el río al que la ciudad daba nombre, como huella natural y espacio urbanocaracterístico, y no por ello tuvieron necesidad de anegarlo con hormigón y asfalto. Y volvierona considerar su Alameda como el salón abovedado de representación, encuentro, estancia ypaseo que una vez fue, en lugar de denigrarlo ensartándolo en una vía rápida de automóviles.Y volvieron a convertir la estación de ferrocarril en un vestíbulo digno de su ciudad, en lugar deun pasadizo entre franquicias y comercios con olor a vainilla. Y conectaron todo el territoriohabitado a lo largo de la costa con el tren, como siempre habían deseado.Y concibieron una solución definitiva para la obra largamente paralizada de su templo mayor,porque en aquella ciudad jamás se había dejado una labor a medio terminar. Y al mismotiempo, y sin vacilar, demolieron otras construcciones porque las consideraban inútiles, comoaquellos antiguos cines abandonados que lastraban el valioso espacio que los soportaba.Y decidieron que no necesitaban ningún museo donde exponer hielo azul, porque preferíandisponer de espacios para trabajar y crear por sí mismos, en lugar de contemplar baratijas deotros. Y acordaron no mantener espacios decorados por y para aristócratas de papel couché,porque era mejor utilizar sus edificios de valor para mostrar a todos el patrimonio comúnacumulado en la historia de la ciudad.Y pensaron que ninguna gran empresa les iba a decir cómo ser inteligente, o qué erainteligente y qué no lo era, al mismo tiempo que les apretaba avariciosamente en las facturas,les impedía pasear junto a la orilla del mar, o buscaba beneficios obscenos especulando conterrenos de la ciudad.Y que la ciudad antigua debía utilizarse para vivir plenamente, como se pensó desde elprincipio, y no para sobrevivir en condiciones de salud insoportables, mientras unos pocosmercadeaban, ocupaban el espacio común, y generaban ruido, suciedad y desechos paratodos.
  • 5. Y volvieron a tomar el control de la polis, porque nunca había existido ningún motivo para queno fuera así. Y asumieron que, si alguna vez la ciudad no respondió a sus expectativas, fueexclusivamente por su culpa, por su dejación, por su indolencia, porque habían delegado lasdecisiones más importantes en unos pocos, que eran elegidos entre todos, pero demostrabanuna y otra vez que respondían a intereses siempre ajenos al bien común.Y, por primera vez en mucho tiempo, pensaron antes de elegir a los que les iban a representar,en lugar de dejarse llevar por las tripas o la inercia. Porque se aplicaron a sí mismos laexigencia de responsabilidad que tantas veces habían pedido para los representantes de laciudad: pensar antes de actuar, y actuar coherentemente. Y comprobaron que aquel sistemaque ellos, ingenuamente, y en contra de su funcionamiento real, venían llamando democracia,resultaba mucho mejor si elegían a sus representantes así, con inteligencia y madurez, y con ladosis necesaria de ilusión.Y comprendieron otra vez, porque siempre lo habían sabido, pero lo habían olvidado ya, que laciudad, utilizada responsablemente, con sentido común y creatividad, es la mejor herramientainventada por el ser humano en beneficio propio; pero si se la deja en manos egoístas omentes miopes se convierte en la peor de las esclavitudes para su habitante.Y recordaron ahora por qué fue tan complejo y laborioso fundar la ciudad, por quéencomendaron su protección a poderosos dioses ofreciendo los mayores sacrificios, porquéhabían recorrido tanta distancia a través del mar hasta encontrar un entorno natural privilegiadocapaz de aportar, en permanente simbiosis, las mejores condiciones para su desarrollo; porqueen aquel entonces, además de saber bien lo que deseaban, ya intuían lo difícil y laborioso queiba a ser que aquél germen creciese y les fuese útil en el futuro, aun contando con el esfuerzopermanente y el compromiso de fundadores y descendientes.Porque las ciudades ni nacen ni se desarrollan por sí mismas, y no son más que el resultadode la acumulación en el tiempo de las acciones y omisiones cotidianas de sus habitantes, y asíes como se convierten en el reflejo fiel del tejido humano que las compone. Y esa es tambiénla razón por la que las mejoras sobre la ciudad construida se transforman, sistemáticamente,en el desarrollo personal de los que la habitan y los que la visitan.
  • 6. Y por eso requiere tiempo, práctica, y no poco esfuerzo y habilidad, aprender a materializarsobre la ciudad física las siempre cambiantes necesidades de los que las habitan, sin prisapero sin pausa, con sentido común y creatividad, añadiendo o suprimiendo construcciones, queconfigurarán a su vez nuevos espacios libres. De modo que cuando se acierta plenamente ensu génesis, la urbe produce a su vez creadores en todos los ámbitos y disciplinas humanas;porque la calidad de una ciudad se mide en sus efectos sobre las personas, y en los habitantesque conforma, y no tanto en su realidad física casi inaprensible por cambiante.Y por eso requiere tiempo, práctica, y no poco esfuerzo y habilidad, aprender a transmitirla enlas mejores condiciones posibles, una y otra vez, generación tras generación, para que losaciertos de la ciudad reflejados en la naturaleza que la abriga, en sus construcciones, en susvacíos, y, finalmente, y sobre todo lo demás, en sus habitantes, se consoliden y no se pierdan,y sirvan de apoyo para la tarea posterior de otros. De modo que cuando una ciudad deja morirsu creatividad e ilusión, y no es capaz de transmitirlas a sus herederos, se consume en larutina y la decepción, porque lo que no se da, se pierde.Y comprendieron que la misma naturaleza amable que les había invitado a fundar allí la ciudad,les enseñaba ahora, a través del taró, cómo devolver la ciudad construida, la ciudad real, a suplenitud. Porque a veces, para ver con claridad la dimensión de lo perdido y lo que queda porhacer, hay que entornar la mirada, para no dejarse dominar por lo percibido a simple vista.Y cuando estuvieron seguros de haber devuelto la dignidad a aquella ciudad, y de que podíanutilizarla de nuevo a su favor, como el mejor y más útil invento heredado que era y es,decidieron volver a nombrarla como lo hicieron sus antepasados, aquellos que la fundaron, losque partieron de la ciudad hermana de Tiro hacía ya casi 3.000 años. Esta obra está bajo una licencia by-nc-sa.Las imágenes que acompañan al texto se han obtenido de lo que la ciudad virtual compartelibremente en red. Algunas han sido editadas. Las fuentes originales son: Enrique González deGor y Javier Martínez Lázaro (1 y 2), Comunidad Objetivo Málaga de Diario SUR (3, 5 y 10),Carlos Criado para La Opinión de Málaga (4, 6, 7 y 8) y Punto Press para Diario de Sevilla (9).A todos ellos, el agradecimiento por compartir su trabajo.