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  • 1. ROSAS DE LA TARDE... José Maria Vargas Vila
  • 2. 2
  • 3. ¡Oh, cuán bello, en la calma del paisaje, leer la última estrofa del Poema, a la lumbre del Véspero Autumnal! las rosas de los cielos, las hijas delCrepúsculo... las rosas de la tarde, las huérfanas del Sol... Las rosas de los cielos abriéndose en la altura;las rosas de la tierra abriéndose en los prados; yel pálido azul, lleno de estremecimientosdormidos, ¡bañando en luz blonda el paisajeestivo, en el silencio conmovido de nochesadorables! A lo lejos ciudades tentaculares, campiñasalucinadas, perspectivas gloriosas de mares enagonía... Y más cerca, silenciosos praderales, estepassolitarias, aguas misteriosas y obscuras, juncos ynelumbos, flores pálidas sobre espejos 3
  • 4. tenebrosos, un país grave de leyenda, unhorizonte pensativo de Idilio... Y, al frente, las luces de la bahía lejana, comoluciérnagas en las riberas negras de un ríointerminable... Ante ese horizonte, en esas noches mágicas deestío, en una comarca florecida de la ItaliaMeridional, escribí este libro. Y surgió así, herido del dolor que ensangrientay que redime. Y lo entrego así, blanco y triste, como unaalba de invierno, blanco y triste como una rosamuerta, al anhelo doliente de las almas que sabende la pena y del Amor. * * Libro sentimental y no trascendental. Libro estéril, de una esterilidad desoladora,como todo lo que viene del corazón, y ha sidogerminado en el dolor, en el ruin estercolero delos sueños amorosos. Libro solitario, que no osa ser sublime. No es como hermano de los libros míos. No sale armado y de pie, tendido el Arcomatador, pronto lo combate. Nace como un Efeboenfermo y melancólico, reclinado en un bosquede camelias. ¡Pobre sombra pálida de un sueño! La Propaganda, el Arte, la Polémica, elApostrofe, el Estilo y la Belleza y la Fuerza,cuanto hizo odiados y temidos mis otros libros,sus hermanos, ha sido intencionalmentesuprimido o atenuado en él. 4
  • 5. Todo, hasta esos prólogos didácticos ysonoros, que se abrían como portadas de Arte enpalacios de sueños prodigiosos Todo podado fue, en las frondas lujuriantesdel Pensamiento y del Estilo. Y murió el enjambre de las abejas de oro,sobre el sudario purpúreo de las corolas cerradas. Y surgió el libro del corazón: Amer comme les songes et doux commelespoir. * * y vive algo en este libro que yo hubieraquerido hacer estéril como la rosa del desierto: laconcepción ondeante y misteriosa de la Vida; y algo grita en estas páginas que yo hubieraquerido hacer silentes como la Muerte y elOlvido: grita el Amor, esa partícula de infinitoque reside en cada alma y la turba y la conmueve; y algo arde en este libro que yo hubiera"querido hacer solitario, como un templo enruinas: arde el incienso del alma, invisible a losdioses desconocidos... …………………………………………………………………… Va el libro lentamente, por los grandes parajessolitarios, constelados de soles convulsos,sembrados de plantas venenosas, que le bordancomo riberas de odio, en medio de florestasmedusarias. Va el libro lentamente, al asalto delas siniestras hostilidades. Va el libro lentamente. 5
  • 6. Hacia la palidez de los horizontes póstumos,perdidos en la óptica lejana; hacia esos soles sinenvidia y que no serán vistos ya por los ojos dequien escribe; hacia esas serenidades augustas;hacia esas cimas innonbradas, hacia esos cielosfulgentes… Va el libro... * * Va el libro triunfalmente hacia los grandesmirajes solitarios. Va el libro gloriosamente... J. M. VARGAS VILA. 6
  • 7. Las rosas que agonizan más blancas que unsepulcro... las rosas que se mueren más tristes que eldolor... Sueño de amor autumnal, en pradera de rosasmoribundas. Pasaste como un miraje, en el paisaje gris deuna vida soñadora, sobre la cual EL DOLOR DEVIVIR extiende un matiz glauco de aguasestancadas, y cuyo horizonte se abre en el rojocegador de una Visión de Gloria, ilimitada... ¡Oh, tú la peregrina de ese Sueño, la generosadel Perdón, atraviesa el desierto de estas páginas,donde la gran flor de una pasión triste, el nenúfardoloroso, quiso abrir su cáliz pálido, y murióvirgen del Sol, en el limbo inviolado, en el anheloardiente de la Vida! Pasa en la tristeza lenta de este crepúsculocomo el estremecimiento vesperal de la granquietud tardía, como el ala roja del Sol, que serecoge castamente en el Misterio... * * El valle pensativo dormido en la penumbra... Era la hora del Tramonto. Sobre las cumbres lejanas, la gran luz tardíaalzaba mirajes de oro en la pompa triste de unaperspectiva desmesurada. ... Toda una floración áurea y rosa, de flores dequimera, se abría sobre el perfil luctuoso de losmontes. Sobre las crestas lejanas del Soratte, en lascumbres de las Sabinas, sobre el Lucretilus, de 7
  • 8. Horacio, aquella luz difusa y purpúrea hacíareventar rosas mágicas, rosas de fuego, queiluminaban de un resplandor feérico, la calmasomnolienta, la quietud augusta de la campiñaromana... Los montes Albanos, la cima del Cova, lasilueta de Testaccio, se borraban en lasperspectivas brumosas, en el confín ilimitado dela llanura. Brumas espesas, como preñadas demiasmas, se inclinaban sobre la desoladaquietud del Agro Romano, diseñándose en elconfín lívido de la sombra, como las formasdolorosas de la enfermedad y de la muerte. El Tíber amarillo, silencioso, flabus, Tiberisdel Poeta, ceñía, como un anillo de oro, la CiudadEterna. Las siete colinas desaparecían en laperspectiva, y el sol poniente hacía salir de lasombra, iluminándola, hiriéndola como un rayo,la cúpula de San Pedro, cuya mole gris con tonosáureos, semejaba el huevo gigantesco de unpájaro mitológico, caído de los cielos. Cerca de ella, la arquitectura irregular delVaticano, alzaba la mole de sus construccionesaglomeradas, y más lejos las verdes perspectivasde los jardines ilimitados donde la forma blanca yaugusta del Pontífice nonagenario vagaba comoun sueño de Restauración, nostálgico de Poder,rebelde a morir, en espera de la hora roja, la horatrágica, en que un cataclismo formidable,conmoviendo los cimientos del mundo político 8
  • 9. viniera a poner sobre su frente de Apóstol lacorona sangrienta de los reyes... Y, allá, al frente, bajo un amas de nubescárdenas, que se extendían y se esfumaban comoflámulas de un combate, la colina enemiga, elQuirinal, diseñaba la mole pesada del PalacioReal, en cuyos muros, un rey generoso yguerrero, hecho para la leyenda caballeresca yépica, languidecía en el papel monótono de unJefe de plebe confusa y exigente, entre losartificios de una burocracia insaciable y lastormentas de un Parlamento insumiso, anhelante,con el oído atento, como si aguardara cerca a sucaballo de guerra enjaezado, el toque de clarínpara volar al combate, a defender la patria, con elgrito de guerra en los labios y el escudo en lasmanos: mientras la Soberana, extraña flor deBelleza y de Piedad, suave y triste, en elcrepúsculo opulento de su hermosura legendaria,pasaba coronada de perlas, como visión blonda yradiosa, como el perfume y el encanto, el sueño yla Poesía de un pueblo de Artistas y Poetas. Y, sobre esas dos cimas, una mole brillante ycegadora hacía mirajes de transfiguración en elGianicolo: el Monumento de Garibaldi, la estatuaecuestre del gran guerrero, con la mano extendidasobre la ciudad, como para empuñarla,protegerla, repetir su juramento formidable:Roma o Morte. En la nueva encarnación de bronce luminoso,parece que sueña el héroe en la eternidad de suconquista. 9
  • 10. En la penumbra rumorosa, en un seno desombra de la llanura adormecida, el VillinoAugusto, se envolvía en una como caricia deverdura, alzándose como una gran flor blanca,en- el fondo triste de la llanura hecha silente. En la calma infinita de la tarde, sobre lapradera verde como una esmeralda cóncava, a lacual los montes de la Sabina le formaban unocomo borde ideal de valvo desgarrado, la lunavertía su luz, como en el cáliz profundo de unaflor mortuoria. Cual un lampadóforo eléctrico, iluminado desúbito, las estrellas aparecían en el esplendorprofundo de los cielos luminosos. La púrpura y el oro, en una profusiónportentosa de cuadro veneciano habían decoradoel horizonte de un último fulgor, y habíandesaparecido en la esfumación lenta y dolorosade un Adiós. El último rayo blanco de la tarde se deslizabaen la penumbra densa de los bosques, sobre lospinos negros del Monte Mario, como un algamuerta, sobre la onda obscura de una lagunasombría. Había en la selva sopor de somnolencia. Y, la tierra gemía en aquel celibato de la luz. Blonda y sonriente como una visión de Gloria,en el esplendor extraño de su belleza opulenta, lacondesa de Larti veía morir la tarde, con unapiedad fraternal y triste, con una noblemelancolía, llena de pensamientos severos. 10
  • 11. Resplandecía en la sombra su belleza soberbia,pomposa y magnífica como una selva lujuriante ala luz de un crepúsculo de Otoño. Y, en la luz difusa, amortecida, en el corredorsilencioso cerca a la enredadera de jazmines quela habían protegido de los últimos rayos solares,reclinada en un sillón, la mano puesta sobre laúltima página del libro, y el pensamiento vagandoen torno a la última frase del autor amado, suhermosura irradiaba con una extraña aureola, quehacía como blanquear la tiniebla que acariciabasu silueta soñadora. Los bucles de sus cabellos blondos caían sobresu frente, como estrellándola de un aluvión decrisólitos abiertos, en una irradiación astral.Flores de la enredadera cercana, caídas sobre sucabeza hierática, formaban uno como anademode zafiros, en torno a su faz imponente y seriacomo un anáglifo lidio. Una como avalancha de rosas de Tirreno y dejazmines del Cabo, habían venido hasta sus pies yhasta su veste, y subían sobre su seno florido,como aspirando a besarla sobre los labios. En su boca grande y sensual vagaba el últimoresplandor de una sonrisa extraña, comoarrancada en mudo coloquio con las páginas dellibro, y una luz de pasión intensa tenían sus ojos,indescifrables en su color transparente de ágata. En la onda crepuscular expiraban los sonidos,en un descenso rítmico, en una moribundasinfonía vegetal, y, la voz de la condesa, 11
  • 12. interrumpiendo el silencio, sonó lenta y grave, enla melopea de esa tarde moribunda: —Vuestro libro es desolador y triste, ¡pobreamigo mío! Es una flor de dolor. Su cólera eshecha de ternura. Esa energía es hecha de caídas.Esa amargura es hecha de la última gota de lospanales extintos. Hugo Vial, a quien eran dirigidas esaspalabras, y que en un sillón cercano contemplabaa la condesa, con una persistencia ávida, comohambriento de esa belleza pomposa ymelancólica, que tenía para él la poesía y elencanto de la última rosa que muere en un jardínabandonado, cuando el invierno llega, alzó elmentón soberbio de su faz voluntariosa y grave, ymiró a su interlocutriz, con la tenacidadvoluptuosa de un beso enamorado. —¿Lo creéis? —Sí, es un libro blasfemo, y la blasfemia es laplegaria de los que no pueden orar. Esa fortalezaes hecha del dolor de las debilidadesirremediables. Esa dureza es formada, como lasrocas, de restos de un cataclismo. Esa frialdad eshecha de cenizas, como la lava petrificada delvolcán. Esa negación del amor es la confesión delamor mismo. Esa impotencia de amar, es elcastigo de haber amado mucho. No se llega a esainsensibilidad sino después de haber agotadotodos los espasmos del sentimiento. El diamantenegro de ese Odio no se halla, sino después dehaber trepado las últimas cimas de la pasión,donde los diamantes blancos del Amor arrojaron 12
  • 13. sus luces moribundas. Esa afonía es causada porel grito desolador de todas las angustias. ¡Ay,amigo! la ceniza atestigua el poder de la llama,no la niega... Hugo Vial no tenía ningún deseo de discutirlas teorías de su libro con su bella amiga, ymenos de engolfarse en la psicología escabrosade su pasado, y en el génesis doloroso de aquellaobra suya, que había sido obra de Escándalo,porque era obra de verdad, y con una voz velada,fuerte y acariciadora, como el ruido de las aguasen la soledad, murmuró: —¿Quién cerca de vos, amiga mía, podrádefender las paradojas de este libro? En presenciade una mujer así, se siente el Amor, no se discute.¡Se llega larde a él, pero se llega! ¡Oh, vosotraslas vengadoras! dijo, y una sonrisa triste y fría,que desmentía la caricia de sus frases, vagó porsu boca elocuente y sensual, por sus labioshechos para nido del apostrofe, salientes, comouna peña donde se posan las águilas, como laroca de donde se precipita un torrente: en aquellaboca esquiliana moraba la elocuencia como elcóndor en su nido, como la tempestad en el senode la nube. La condesa, como si no hubiese oído laconfesión apasionada de su amigo, o cual siquisiese eludir una respuesta, continuó comohablando consigo misma: —¡Cuánta razón tiene María Deraimais,cuando dice: el hombre asesina a la mujer porquele resiste, o la desprecia porque cede. Tal es el 13
  • 14. dilema en que nos coloca a las mujeres en esedrama doloroso del Amor. —Eso prueba, dijo él con una crueldadinadvertida, que el amor es un espasmo que seagita entre el Pecado y el Hastío, la Esperanza yel Olvido. La condesa se hizo roja, como el reflejo deuna llama sobre una lámina de acero, y clavandoen él la mirada de sus ojos hechos opacos yglaucos, pareció interrogarle, con el acentoamargo de un reproche. —Condesa, dijo él, comprendiendo ladolorosa brutalidad de su expresión, sólo hequerido decir que en el Amor, cada celaje es unailusión, cada flor una mentira, cada beso unatraición. Serenándose, como si hubiese estadohabituada a aquellas explosiones de escepticismo,que sabía bien eran generadas por su resistenciaque exasperaba hasta la brutalidad eltemperamento de su amigo, continuó: —Hacéis mal en proclamar así la mentira delIdeal y la nada del Amor. El mundo está llenoaún de almas sensibles, atraídas por esos dospolos imantados, hacia los cuales tenderáeternamente el vuelo doloroso del espírituhumano. Hacia esas dos cimas consolatricesvolarán siempre las almas puras: el Amor y Dios.He ahí los puntos culminantes, la últimapalingenesia del Ideal... Fuera de eso, no hay sinoel fango de la vida, y nada más. Dios y el Amorno engañan. Comprenderlos y sentirlos: he ahí la 14
  • 15. ventura de la vida. En el seno de ellos el dolor setransfigura en esa extraña forma de dichadolorosa: el martirio. Creer y amar; he ahí loúnico alto, lo único digno de la vida. La Fe y elAmor, únicas zonas en que alumbra esa hoguera:el Sacrificio, y, se abre el lirio blanco: elHolocausto. El Amor es de esencia divina, comoel Genio, y vino de los cielos, como el fuego.Creer es una necesidad del espíritu: amar es unanecesidad del corazón. Una alma sin Dios y unpecho sin Amor, templos vacíos, la negación, lasoledad, la muerte... Y él la dejaba hablar, exponer la candidez desus teorías sentimentales, la inocente Teología desu alma de mujer. ¡Alma de Amor y de Fe! Él, a quien Dios y el Amor no visitaban consus prodigios ni sus incendios, que no creía casien ellos, que estaban distantes de su cerebro y desu corazón, escuchaba sin contradecir el místicoarrebato, el lirismo pasional de esa alma ingenua. Y ella continuaba: —Hacéis mal en predicar la bancarrota delsentimiento, porque eso sería declarar la derrotadefinitiva del Bien y de lo Bello. El triunfo delPlacer sería la muerte del Ideal. El reinado delcerdo aún no ha venido. No, el Genio no puedenegar el Amor, como la cima no puede negar elrayo. Haber sido herido por ellos es una razónpara odiarlos, no para negarlos. Las cimas y losgenios son tristes, porque el rayo y el Amor alvisitarlos, ardiendo toda la savia de su vida, loscondenaron a la soledad aterradora, a la caricia 15
  • 16. salvaje de las águilas, a la visión perpetua delprodigio. Sí, amigo mío, sen pasiones heridas lasque llevan a ese escepticismo, como llevaban alascetismo en los siglos primitivos. No se puedenada contra el Amor. Él, lo puede todo. Sucedecon él, lo que con Dios: negarlo es una forma deconfesar que existe. —Yo no he negado el Amor, lo he descrito.Lo que yo he querido probar es que: hay en elAmor un fondo de engaño y de miraje queconduce a aquellos que se dejan dominar por él, ala mayor desgracia a través de la esperanza de lamayor ventura. —Es una rebeldía estéril. ¡Ay, no se puedenada contra ese incendio completo del corazón,que se llama Amor! —Lo sé; sé que ni las alas de los místicoslibran de ese incendio formidable. Tomás deAquino mismo, arrepentido de su vida estéril, sehizo leer para morir, el Cantar de los Cantares.Lo que yo he combatido es: la tiranía del Amor. Yo he condenado los amores racinianos, elAmor irracional, Amor del sentimiento, Amorque mata y no fecunda. He proclamado elimperio de la pasión, generatriz y augusta: elreinado de la Carne. Yo he proclamado labancarrota del Sentimiento, frente a los queproclaman la bancarrota del Sexo. —Amigo mío. No sois hecho para la inmensay soñadora multitud de las almas. Vuestros librossin corazón no se adhieren a la tierra. Loscondenáis a la soledad despreciativa y soberbia. 16
  • 17. Los priváis del beso de los espíritus sensibles yde los corazones tiernos. ¡Oh, el análisis, elcáncer intelectual del siglo! No hagáis vuestroslibros para alimento de águilas, dadlos como unconsuelo a las pobres almas sangrientas, quesufren y que lloran... Humanizad vuestro genio.No os conforméis con hacerlo grande, hacedlobueno. —Hacerlo bueno, pensaba él, es hacerlosimple. Seguir el consejo del Poeta: rentre enfin dans la vérité de ton cœur. ¡Oh, si yo quisiera —pensaba para sí—, yoharía también obras sentimentales, obras decorazón! Yo escribiría tu historia, ¡pobre mujerdolor osa y soñadora! Yo escribiría este Amor deOtoño, que germina en nosotros, ¡pobresvencidos de la Vida!... Y, esas páginasautumnales irían como palomas escapadas de unincendio, con las alas en llamas, a prender enfuego los corazones doloridos. Yo haría un librode esta puesta de Sol de nuestras almas. Y, luego, como respondiendo a la condesa,dijo en alta voz: —Los grandes libros son aislados como losgrandes montes y los grandes mares. La majestades la reina de la Soledad. Hay aves de la cima yaves de los valles. Un águila al posarse, romperíala rama de un arbusto en que un jilguero cantafeliz y enamorado... Las águilas no cantan. La condesa calló, abstraída en su pensamiento.Una tristeza sideral y augusta reinaba en sumirada, sus párpados al moverse la oscurecían 17
  • 18. como el centellear de un astro muy lejano, unamelancolía resignada se reflejaba en su rostrocomo si se arrastrase por él la sombra de todas lascosas que morían en su alma. Él la contemplaba en silencio, lleno de unadolorosa amargura, sintiéndose incapaz de igualaren intensidad la extraña pasión de aquella almade mujer, vaso melancólico, vaso de Tristeza y deAmor. Y, miraba el fondo de su alma, donde elcadáver de una gran pasión lo llenaba todo... Con la palidez de un Cristo, al fulgor de unalámpara votiva, veía él, a la luz de su recuerdo,aquel su Amor, su primero y único amor,exangüe, sacrificado y muerto... Como la celda de un solitario, abierta a losvientos del desierto, así había quedado sucorazón, después que aquella pasión hubopartido. Del fondo de su vida, se alzaba aquelrecuerdo, como una luna eucarística en el lejanocielo, como una niebla matinal sobre las olas deun lago, como una isla misteriosa en los maresbrumosos del recuerdo, y algo como la caricia deun ala tocó su corazón. ¡Oh, lo Indestructible! Como el rostro de una Medusa, el fantasma deaquella gran pasión llenaba todo su pasado,horrorizándolo. Y, veía con dolor, al lado suyo, esa pobremujer, resignada y triste, con la tristeza de ciertasflores de Otoño, que apenas tienen color y apenasperfume. 18
  • 19. La soledad inconmensurable del desiertoparecía rodearlos. En la noche extraña, la luz de la luna levantabacastillos misteriosos en las lontananzas mágicasde un panorama de ensueño. Sinfonías exultantesde la Naturaleza, himnos a la potencia creadora, ala fuerza animal, infinita, desbordaba en la selva. Las estrellas parecían azahares deshojadossobre el manto de duelo de una viuda. Morían las rosas en la tibia calma nocturna,llenando el ambiente de un perfume suave ycasto, mientras el viento llevaba lejos sus pétalosinmaculados, onda de blancura estremecidafugitiva en el seno del silencio. En la calma profunda, en el espejo tenebrosode la sombra flores de lujuria abrían sus cálicesrojos, como labios sedientos de la sed divina delos besos. El aire que hace centellear las pupilas de losleones del desierto y arrullan las palomas de laselva, pasaba, por sobre el campo ardido,somnoliento, en la canícula de esa noche estival. Se acercó suavemente a la condesa, ytomándole la mano, la estrechó con pasión y lacubrió de besos. —Perdóname, Ada, dijo muy paso, llamándolapor su nombre como un arrullo. Ella abrió los ojos, y una sonrisa se dibujó ensus labios, como un alba de resurrección y devida. Había en sus sienes palideces de nimbo,como de un resucitado. Sus ojos estupefactosparecían haber visto el fondo del Abismo. 19
  • 20. Sin embargo, los volvió piadosos, al amigorendido que tenía a sus pies. —Perdóname, alma mía — le decía él. Ella murmuraba palabras de paz, sobre aquellaalma atormentada. ¡Cáliz de ópalo, ánfora de diamante, aquelcorazón estaba lleno de la ambrosía divina delperdón! Viendo serenarse aquella alma detempestad, ella le hablaba paso, muy paso; lemurmuraba extrañas cosas, y de su bocaperfumada como una urna llena de cinamomo, seescapaban las palabras consolatrices, comotorcaces enamoradas, y fulgía la sonrisa comouna alba de ventura. Él se inclinó hasta el lirio de su rostro, parabesar sus labios aromados. Y ella le devolvió el beso amigo. Su beso no tenía la sonoridad cantante de laorgía, era un beso grave y melancólico, como elbrillo de una luna de invierno; era un besopudoroso y crepuscular, cargado de recuerdos ydolores. Él quiso traerla violentamente sobre sucorazón, y ella lo rechazó poniéndose de pie. Una rosa blanca, que se abría sobre ellos,reacia a caer, enamorada acaso de un lucero, sedeshojó al estremecimiento de sus cuerpos, y loscubrió con sus pétalos enfermos, como con unmanto de perfume. Y, allá, lejos, sobre la última cima de laSabina, un rayo de luz rebelde a desaparecer, 20
  • 21. fulguraba aún, con la persistencia de un Amortardío, en la calma serena de la noche. el sueño de la Vida brillante en su fulgor. En la eflorescencia blanca del crepúsculo, lapalidez hialina de la aurora, daba tintes de ámbaral cielo somnoliento. La noche recogía su ala tenebrosa de misterio,y la mañana surgía en una irradiación deblancuras del natalicio fúlgido del Sol. Hugo Vial, apoyado de codos en la verandadel balcón de su aposento, que daba sobre eljardín, meditaba, cansado por aquella noche deinsomnio, perseguido por la visión radiosa delDeseo. El alma y el cuerpo fatigados, se sentía presade una laxitud melancólica, y se entregaba apensamientos austeros, como siempre quereplegaba las alas de su espíritu en la regiónobscura del pasado. La magnificencia de sus sueños lo aislabasiempre de las tristezas de la vida. Se refugiaba en su pensamiento, como en unastro lejano... Y, el mundo rodaba bajo sus pies,sin perturbarlo... Las armonías divinas de su cerebro serenabanlas borrascas terribles de su corazón. Las músicasestelares pasaban por sobre las ondas rumorosasy las calmaban. Sentía que la Soberbia y la Esperanza, sus dosgrandes diosas, venían a reclinarse sobre sucorazón, tan lacerado, y le parecía que el dulzor 21
  • 22. de los labios divinos venía a posarse sobre suslabios mustios. La acuidad de sus sensaciones diluía hasta loinfinito, este placer intelectual del ensueñoluminoso. La voluptuosidad misma de su temperamento,tan poderoso, no llegaba a irrespetar la purezamística y bravía de sus ideales. La animalidad, que sacudía sus nervios ycirculaba por sus venas, como el agua en loscanales sin olas de una ciudad lacustre, nollegaba a manchar el alba, la inmaculada purezade sus ideas, refugiadas en la torre de marfil de sucerebro, altanero y aislado, como una fortalezamedioeval. Cuando la mediocridad ambiente de la vida loacosaba, como una jauría de perros campesinos aun gato montes, se escapaba a la selvaimpenetrable de su aislamiento y era feliz. Iba a la soledad como un león a la montaña:era su dominio. En el silencio, poblado de visiones, supensamiento vibraba y fulgía, como las alas de unáguila hecha de rayos de Sol. Su ideal, como el templo de Troya, siete vecesardido y siete veces reconstruido, volvía aalzarse, en el esplendor de su belleza insuperable. El aislamiento es la paz. Flores de consuelo, flores desmesuradas ybalsámicas, extienden allí su fronda misteriosa, yel juego de esas plantas da el brebaje salvador delDesprecio y del Olvido. 22
  • 23. Amaba la soledad, como a una madre, encuyos senos inextinguibles se bebe el néctarlácteo de la quietud suprema. Sólo los hombres de un individualismo muypronunciado pueden amar la soledad; y él laamaba. El Genio se basta y se completa a sí mismo. Él, como Goethe, se había hecho una religión:la de su Orgullo. Y, desde aquel castillo encantado, gozaba lavoluptuosidad de sentir los pies sobre la frente dela multitud. Su estilo lo aislaba de la muchedumbre, comosu carácter. Aquel su estilo, señorial y extraño, torturado yluminoso, exasperaba las medianías, enradiaba lacrítica y hacía asombrar las almas cándidas,pensativas, al ver cómo la Gloria besaba aquellacabeza tormentosa, engendradora de monstruos.Había en aquellas frases lapidarias, llenas deelipsis y sentencias, de sublimidades obscuras yde apostrofes bíblicos, tal cantidad de Visión, queasombraba las almas débiles incapaces decomprenderlas, que retrocedían asombradas,como a la aproximación de lo sobrenatural o alcontacto del Prodigio. Y, las almas artistas se deleitaban con aquellapompa regia, aquellas perspectivas orientales,donde la dialéctica fingía el miraje, donde seveían, como estatuas de pórfido rosa, esfinges degranito rojo, lontananza de turquesa pálida, en lainmensa floración de imágenes y colores con que 23
  • 24. adornaba sus pasiones y sus sueños, en esadecoración espléndida, en la cual el Dolor pasabacomo una águila marina, lanzando un grito dehorror, al entrar en la tiniebla... Se aislaba, esperando la victoria inevitable delGenio sobre la vulgaridad ambiente, sobre lamiseria imperante y poderosa de su época. Su aislamiento no era el Ocio. Su vida era el combate. Combatía desde su soledad, como desde unafortaleza. Y, arrojaba sus ideas, como granadasincendiadas, sobre los campamentos enemigos. Sus libros, perturbadores y austeros, ibancomo Cristos pálidos, insultados por la estulticiade la multitud y el odio fariseo, lapidados einmortales, esperando desde la altura de su cruz,su resurrección inevitable, su reinadoinextinguible. A su palabra, en el silencio de una admiracióndecorosa, las almas grandes se abrían, como unagerminación de rosas al viento primaveral. Su verbo fecundaba como el sol y como elaire. Y, muchas veces, los oprimidos se habían idotras ese verbo rojo a la contienda, como tras unestandarte de triunfo, en esas horas tristes de laHistoria, en que siendo vanas todas las llamadasal Derecho, se opta por las soluciones vengadorasde la Fuerza y el Hecho, sangriento y pavoroso,aparece sobre la roca formidable. ¡Horas tristes, en que sobre el horizonte seextienden como dos madres de carmín las alas 24
  • 25. bermejas de Azrael! ¡Horas de la desesperanza,en que los pueblos, cansados de aguardar al Diossalvador, buscan al Hombre, salvador, y viendoque el cielo no se abre y el Cristo no desciende,bajan ellos mismos, sangrientos, a la arena, y elsuelo se hace rojo, y a la oración sucede eltrueno... Habituado a mirar en el fondo túrbido de lamultitud, para encontrar en ese fango humano lascosas infinitas, de que hablaba Leonardo a susdiscípulos, lanzaba sobre ella su palabra defuego, seguro de su efecto. Él sabía que laelocuencia verdadera debe producir sobre lospueblos el efecto del huracán sobre las olas, de lallama sobre el heno seco, de la chispa sobre lapólvora, debe producir la tormenta, el incendio, laexplosión, la tragedia irremediable... Llegaba al espíritu de la multitud, como undomador entre las fieras, y le arrojaba suelocuencia como una cadena. Su verbo piadosocaía sobre aquel mundo en desgracia, sobreaquella mártir anónima, como un bálsamosalvador, como un grito de esperanza. Y, recibía el aliento enfermo, la confesión deaquella alma llagada, como los sacerdotes de SanMiníato, con las manos ligadas, confesando lospestíferos de Florencia... Y, se refugiaba después en su soledad, y seenvolvía en su manto de nubes: el Desdén. No quería, como el Federico Moreau deFlaubert, ser castigado por no haber sabidodespreciar. 25
  • 26. El desdén es una cima. En su altura formidable no bate su ala el dolor. Y aquel gran desdeñoso, aquel luchador, aquelApóstol, se refugiaba en su fortaleza, esa mañana,y se volvía hacia el pasado, como si su almaentrase en el reino silencioso de la sombra y de lamuerte. Miraba el periplo de su vida dolorosa. Sonaba en esa vida la hora del Tramonto. Había pisado el séptimo lustro de su edad.Pocos pasos más, otro lustro, y su juventud iba adesaparecer en el crepúsculo de la cuarentenaflorida y radiosa. Su juventud agonizaba en una apoteosis desueños y dolores. Y, su pobre alma herida y triste, sollozaba enel fondo de esa nube luminosa. En el estuario de esa juventud moribunda, lasolas turbulentas se retiraban, dejando endescubierto sobre la playa triste, ruinas de sueñosy de pasiones como esqueletos de crustáceosdesmesurados. Los ruidos de aquella edad le llegaban comomurmullos de un mar lejano. Con una melancolía profunda, miraba la mareade la vida alejarse de su corazón, y allá, en elhorizonte, como naves empavesadas, veía lajuventud de otros marchar hacia la vida. Y, allá, más lejos, sobre cimas muy remotas,el sol de la Gloria, rojo y fúlgido, iluminando suhorizonte, en esa hora de la tarde, en que el sol dela juventud se eclipsaba para siempre. 26
  • 27. Una gran sombra de tristeza vagaba sobre surostro, y se refugiaba como el ala de un pájaronegro, en la comisura de sus labios, en el rictusdoloroso de su boca elocuente y melancólica, endonde el desdén habitual de la vida había impresoun sello triste, perenne, como un desafío a la risay al Amor. ¡El Amor!... He ahí lo que preocupaba en eseinstante su alma extrañamente turbada, ante elproblema pavoroso... La imposibilidad de amar, que acorazaba sucorazón, lo laceraba también. Aquella fortaleza que había sido el Orgullo yla fuerza de su vida, se le hacía dolorosa en aquelmomento. Y, llevaba las manos a su pecho, comobuscando el corazón, bajo la malla invulnerable. ¿No latía al reclamo del Amor? León dormido ¿no despertaría sino al rugidodel contrario o al estallido del trueno formidable?¿el arrullo de las palomas no perturbaba su sueño,poblado de visiones de combate y vuelo deáguilas rojas? Y, hubiera querido amar, hubiera querido sersusceptible de la pasión sentimental y tierna,hubiera querido tener un corazón, para darlo encambio de aquel corazón que se le ofrecía,sangriento y doloroso, con sed de inmolación,resignado y triste, en su crucifixión estéril,corazón que tenía el valor de renunciar a laesperanza, y, sin embargo, desgarrándose a símismo, con sed divina de holocausto, decía a su 27
  • 28. propia pasión, como el klepté al águila: come micorazón, crecerás de un palmo. Una alma es un símbolo. Y, aquella alma demujer se abría ante él, profunda en su misterio,luminosa en su angustia; y de su seno de florceleste salía, blanco y doliente, como un niñomarchando hacia las fieras del Circo, la negaciónperpetua de su vida: el Amor. ¿Y su corazón permanecería insensible ante ladolorosa inmolación de un alma, sereno como elsacerdote que sacrificaba las antiguas víctimas, ycomo el dios que recibía el holocausto? ………………………………………………….………………… Un año hacía que se agitaba, queriendo hacerhablar su corazón, mudo, impenetrable... Un año hacía que había conocido a la condesaAdaljisa Larti, en el baile que el Embajador deuna gran Potencia daba en honor de un huéspedreal. Displicente, taciturno, como siempre que eldeber de su puesto lo obligaba a concurrir aaquellas fiestas, había ido, como muchos,dispuesto a aislarse, a perderse en medio de aquelmundo brillante, del cual él sabía bien que era unátomo galoneado, venido como la mayoría de suscolegas, a hacer fondo de tapicería, al poderosorepresentante de un Amo Omnipotente, en elcuadro deslumbrador de aquella fiesta casi regia. Formaba de los últimos en una de las alas quese abrían reverentes, al paso de los soberanos quepartían. 28
  • 29. Había apenas desaparecido en el salón cercanola figura marcial y blanca del Rey y la siluetablonda y sonriente de la Reina, cuando allevantarse de todas aquellas cabezas inclinadas,se alzó frente a él, majestuosa y rubia, como laestela de la belleza real, que acababa de ocultarse,una dama prodigiosamente hermosa, vestida denegro, cuya cabeza áurea, constelada de perlas,semejaba una flor de oro, en un mar de estaño.De sus ojos verdes, medio entornados, de sugarganta maravillosa, de su seno desnudo ypulcro, como el de una estatua, de su cabellera,recogida en ondas luminosas, sobre su frenteestrecha y pensativa, de toda su belleza,eminentemente sugestiva, se desprendía unextraño poder de atracción, una sensualidadmisteriosa, irresistible, que llamaba como unabismo, y atraía como una vorágine, en las ondasviolentas del deseo. Era la condesa Larti. Belleza otoñal, belleza en el tramonto, se lehabrían dado apenas veinticinco años, tal era latersura de su piel, tal el esplendor de sus formascasi núbiles, el perfume de juventud y de frescuraque emanaba de toda ella, en el prestigio turbadorde su belleza. Última de las tres hijas del Duque de Rocca-Estella, gran Señor romano, irreductible, quedespués de la caída del Poder temporal del Papase había retirado a su castillo señorial en losmontes Albanos, no queriendo ver ni oír nada de 29
  • 30. lo que la conquista hacía dentro de los murosderruidos de la Ciudad Eterna. Adaljisa Rocca, rebelde a consumirse en aquelnido medioeval, entre la malaria y el hastío, habíacasado a los diez y seis años con el conde Larti,noble maltes, apasionado servidor de la nuevadinastía, y rabiosamente adverso a la tradiciónpapal. El duque no perdonó nunca a su hija aquelmatrimonio, que el creía una abdicación de suraza. La duquesa murió de soberbia, en un golpede apoplejía, como herida de un rayo, entre lasblondas y los encajes negros de su dueloinconsolable. Adaljisa no fue feliz. El conde Larti era un verdadero beduinoblasonado. Corrompido hasta la medula de loshuesos, cínico, insustancial, libertino de bajaestofa, agotado, incurable, gastando su fortuna,debida toda a la política, en la embriaguez, eljuego y las queridas nominales, dejó a su pobremujer en un abandono ultrajante, del cual ella,demasiado altiva, no pidió nunca cuenta. Un escándalo deshonroso del marido hizo a lacondesa pedir la separación que le fue concedida,con la guarda de su hija. Desde entonces vivía sola, inaccesible a lamurmuración, en el duelo de todos sus afectos. El duque murió sin perdonar, pero, gran Señorhasta la hora de la muerte, no dejó a su hija endesamparo, y Adaljisa gozaba de una gran renta,a la cual no podía alcanzar la torpe avidez de sumarido. 30
  • 31. Su nombre, su infortunio, su belleza, lamantenían siempre en la más alta sociedad, sobrela cual ejercía la influencia de su talento superiory de su hermosura enigmática y triste. Hugo Vial se hizo presentar a ella, por undiplomático amigo suyo. Y, el encuentro de aquellas dos almas fuedecisivo. Ella sintió en su naturaleza tierna y herida, laimpresión poderosa de un alma superior, algocomo la sombra de las alas de un águila, sobre elnido de una paloma enamorada. Sintió como lacaricia de una garra, sobre su corazón; algoextraño, divinamente dominador, que la poseía yla exaltaba. Sintió el hálito de fuego de aquellapalabra voluptuosa y alta, pasar sobre el desiertode su alma cargada con el polen de extrañospensamientos. Y, sintió el verbo anunciador de cosasirreveladas vibrar en un limbo confuso, como eleco augural de divinas evocaciones. Y amó al Iniciador. Y, él sintió el aliento tibio de aquella carneotoñal, el brillo glauco de aquellas pupilas tristes,el aliento de aquella boca desdeñosa y sensual,subirle al cerebro, perturbándolo, y pasar por susnervios, en todos los espasmos del deseo. Y, anheló aquella madurez florida, como unbosque en octubre, aquellas pupilas tristes, comovésperos invernales, aquel seno que lo atraíacomo imán irresistible. 31
  • 32. El alma de ella, como una rosa enferma, seabrió al sol divino leí Amor. Y, el cuerpo de él, como el de un toro salvaje,se agitó al liento enervante del deseo. El Amor se alzaba en ella, como el nimbo deun astro. El deseo se alzaba en él, como la niebla de unpantano. Y esta opuesta psicología de su pasiónformaba la lucha dolorosa de sus almas. Ella, a alzarlo hasta su sueño. Él, a bajarla hasta su deseo. Alma delicada, como las alas de una crisálida,suave, como los pétalos de una flor, la condesano ignoraba qué diferencia había entre el Amorde su corazón, ardiente, inmaterial, como unaplegaria, y aquel Amor de deseo que ellainspiraba, amor ardiente como una llama, brutal,como la caricia de un león. Y amaba a aquel Dominador. Amaba de susojos ]a mirada extraña y sugestiva; amaba aquellavoz que tenía toda la gama de la elocuencia, yamaba aquella alma única, solitaria y alta,tempestuosa y bravía. Y, él amaba aquella carne tentadora yfulgente, aquellos ojos de luces fosforescentes,luminosos y profundos, aquel seno, aquellascurvas, todo aquel cuerpo, que hablaba a sudeseo, que lo fascinaba como un sortilegio decarne, como una vibradora admonición ainterminables horas de placer. 32
  • 33. Y, comprendía aquella alma generosa y triste,solitaria en la vida, altiva y melancólica. Y, hubiera querido amarla, con un amor puro,alzarse hasta ella, en ese éxtasis venturoso, ircomo ella, hasta la inmolación del deseo, ensacrificio al sentimiento. Pero ¡ay! el amor inmaterial le eradesconocido. Su corazón no latía para estasbeatitudes supremas. Su cerebro, ardiente comouna fragua, consumía toda su vida. El éxtasis delYo, su solo culto, lo ensordecía para el arrullotenue de la pasión vulgar. Sólo los grandes ruidosdel aplauso y del combate, el espectáculoneroniano de las multitudes en delirio, las fiestasdionisíacas de las democracias en orgía, las furiasdel tremendo mar humano, hacían despertar en sucerebro las águilas fulgentes. ¡Y la deseaba, y sufría, y era torturado, poresta sed carnal de la pasión! ¿Cómo llegar hasta ella, hasta la posesión desu cuerpo perfumado, que era para él todo elpoema del Amor? Sí, porque él la amaba a su manera. Si le hubieran dicho que esa mujer iba adesaparecer de su vida, a dejarlo para siempre,habría sentido un dolor profundo y verdadero, uneclipse de sol en su espíritu, la soledad de unnáufrago que se siente morir entre las olas y elcielo, en la salvaje inclemencia de la dunasolitaria. Habría dado todo por salvarla, todo pordetenerla: todo menos la inmolación de su sueño. 33
  • 34. ¿Cómo llegar hasta esta cima de su deseo,hasta el perfume de esta rosa otoñal, inaccesible?Por el camino del sentimiento único abierto enaquella alma noble, soñadora de quimeras. E iba así, por este sendero de rosas, bajo estecielo de nubes fúlgidas, entre este vuelo demariposas áureas, él, el soñador de nubes rojas yde cóndores bravíos. Iba así, en pos de su deseo, en peregrinaciónhacia el Amor él, que no creía en el ídolomaldito. Y se perdía en los senderos bucólicos,tras el vuelo de las palomas, él, hecho a trepar lascimas abruptas del pensamiento, bajo el ala de loshuracanes tras el vuelo vertiginoso de las águilas. Y, odiaba esa comedia sentimental, y, sinembargo, la seguía, y, temía mancillar la purezainmaculada de aquella alma, descubriendo anteella la llaga brutal de su deseo. Y, ese deseo lo torturaba más que el Amorsagrado de la carne. Y, allí estaba ese día, exasperado y violento,torturado por la angustia, pensando en losdomingos, que durante ese estío le era dado ir alVillino Augusto, y estar al lado de Adaljisa, yenvolverla en la llama triunfal de su deseo. Y, allí estaba, insomne y triste, como unenamorado romántico, él, el gran apóstata delsentimiento y del Amor. ¡Y, hubiera querido tener un corazónsentimental! ¡Y, hubiera querido amar como las almastiernas y sensibles! ¡Y era tarde para amar! 34
  • 35. Y, Tántalo soberbio, veía a lo lejos el aguabullidora, y tendía a ella los labios, ardidos deldeseo. Y, dejaba volar sus sueños rojos en la quietudinmaculada de esa mañana serena, y sus ojosdeslumbrados con la visión cantante de la Gloria,veían, allá, sobre las cimas azuladas, inaccesibles,alzarse como un halo de misterio, en símbolo desacrificio, en su blancura eucarística, el pan delespíritu, la hostia divina del Amor. Agnus Dei... las rosas matinales más blancas que la nieve. El bosque perfumado, como una rosa abierta;el aire embalsamado de nardos y jazmines; elsuelo tapizado de flores de naranjos; y tantasrosas blancas abiertas en la frondas, y tantastuberosas y tantos alelíes, y tantos lirios cándidos,gardenias y claveles, abriendo sus blancuras enmedio de la selva, que se diría haber llovidonieve, tanto así las blancuras tamizaban losprados del jardín. El cielo azul, con un azul de zafiro, con unatransparencia de cristal; una calma de bosque dela Arcadia, un silencio magnífico de selva... De pronto, ese silencio interrumpido por unanota gaya y vibradora... Algo como un arpegio misterioso, como elcanto de un pájaro divino, pasó como caricia dearmonía, despertando el dormido florestal... Y las flores blanquísimas se irguieron, en unanhelo casto de perfume. 35
  • 36. Y los ánades místicos plegaron las alas, enseñal de adoración. Pasó la nota gaya en la floresta, pasó como uncántico de Amor. La condesa Larti, que en un banco del jardínaspiraba el aire matinal, alzó su cabeza,soberbiamente bella, bajo el sombrero blanco quela envolvía en una nube de encajes, y prestóatención. Era Irma, su hija, que reía. Reía, y su carcajada tenía notas del aguafugitiva. Como una corza blanca, escapada a loszarzales de una selva, Irma apareció, radiante yfeliz, rompiendo una enredadera cercana,deslumbrante, en su hermosura de canéfora,luminosa, como la Aurora de Guido Reni,guiando el carro del Sol. ¿En qué país de sueños había nacido aquellaflor de Belleza? ¿Bajo qué cielo, en qué fronda, en quécrepúsculo mágico, se había abierto aquella rosaincomparable y soberbia? ¡Divina flor de adolescencia, flor de nubilidad,sugestiva, delicada y triunfal! Sus cabellos negros, de un negro tenebroso,lucían al sol matinal con la radiación difusa deuna lámina de acero. Sus grandes ojos verdes,más claros que los de su madre, sombreados porgrandes cejas y pestañas negras, semejaban dosgemas, contornadas de zafiros. Su boca se abría,como un alvéolo, picado por un pájaro. Sus 36
  • 37. formas, en plena eflorescencia, diseñaban losencantos de su cuerpo de virgen cananea. Traía, entre los brazos y el seno, un aluvión derosas blancas, húmedas de rocío, y sobre aquelnido de alburas perfumadas, se posaba su rostro,radiante, como una flor de pétalos de luz. Su madre la besó en la frente, sonriendo antetanta juventud, tanta vida, tanta alegríadesbordante y ruidosa. —¡Ay, mamá, qué susto he tenido! —dijo laniña—. Si vieras qué malo es Guido, ha soltado aTula, para que viniera tras de mí. ¡Me ha hechocorrer tanto! Y, deponiendo las rosas sobre el banco depiedra, comenzó a arreglarse los cabellos y eltraje, descompuestos por la carrera Y las cariciaslocas de la perra de caza. Vestido en traje de campo, trayendo ya unainmensa galga blanca, Guido Sparventa llegóriendo, hasta el banco donde estaba la condesa, yse sentó a su lado, mientras Tula, desesperada,pugnaba por saltar de nuevo sobre Irma, que huía. Guido era el tipo clásico del joven romano, dealto rango, ese tipo serio, aun en los niños,reservado sin frialdad, digno sin pedantería,soberbio sin despotismo, afable, altivo, decorosoen todo. Alto y delgado, imberbe, pálido, con faccionesacentuadas, hechas como para encanto de uncincelador de bustos, cabellos castaños lacios,boca grande, imperativa, dientes blanquísimos,no era lo que el vulgo llamaría un hombre bello, 37
  • 38. pero era el tipo distinguido y puro, el tipo noblede la raza de quirites antiguos. Hijo de los condes Sparventa, y por endeemparentado con los Larti, era mirado por lacondesa casi como un hijo suyo, pues vivía en suintimidad, y enamorado de Irma desde niño, seamaban con tal ternura que su matrimonio erauna cosa tácitamente pactada entre las dosfamilias. Guido reía del susto de Irma, y la condesa reíatambién. Hubo un breve coloquio de minutos, y losjóvenes partieron de nuevo, en busca de rosas, demás rosas, tan blancas como las que nacían en laprimavera gloriosa de sus almas. La condesa quedó sola. Viendo partir esa pareja enamorada, joven yfeliz, que tenía ante sí todo el porvenir de la vida,aquella pobre mujer abandonada, aquella pobrealma sensitiva, sintió que una gran tristeza leinvadía el ánimo, una sed inquieta de llorar sobresu corazón desesperado. Como bajo un íncubo doloroso, su corazóngimió bajo el recuerdo. Un hálito de sublime melancolía arrastraba suspensamientos, como el viento invernal las nubesde los cielos, y pasaba sobre su corazón, comosobre una cosa muerta... ¡Ah, tenía un corazón! ¡Y, ese corazón desnudo le daba horror! Almirar en el fondo de él, como por un conjuroevocador, la imagen del Amado surgía magnífica 38
  • 39. y terrible, y le parecía sentir sobre ella la miradacruel del domador, y la tristeza de su sonrisaamarga, y la caricia brutal de aquella palabraconquistadora, que pasaba sobre su ternuradesolada, como un viento del desierto, como elaliento de aquella alma árida y triste. La sumisión de aquel genio rebelde, lapurificación de aquel corazón bravío, eran elsueño y el tormento de su vida. Inflexible consigo misma, acusaba su corazóncon una violencia inusitada y rabiosa, y no queríaocultarse la verdad de su pasión. Sí, lo amaba conuna admiración y una ternura superiores a todo lohumano. Su amor estaba hecho de todas las pasionesgrandes y nobles, de todos los sentimientosdelicados, que crecen en los senos recónditos, enlos parajes inaccesibles y sagrados del almahumana. Era un castillo hecho con los fragmentosde las rocas más recias, en las cimas más altas, adonde sólo llegaban los sueños de grandes alasinmaculadas y tristes. Como ahogada bajo aquella honda pasión quele subía a la garganta y a los ojos, provocando elsollozo y las lágrimas, se abrazaba al dolor de surecuerdo, al secreto bendito de su corazón. Sí, amaba; y amaba por primera vez. Su amor era hecho de todas las virginidades,de todas las alburas de su alma inmaculada. Su corazón llegaba al Amor. Pero ¡ay, llegabatarde! 39
  • 40. Era en su vida la hora del Tramonto, la hora dela tristeza augusta, en que se ven hundir en elhorizonte todos los ideales, como underrumbamiento de estrellas. Era la puesta de sol, magnífica y grandiosa, desu juventud soberbia. Y, su belleza misma setransfiguraba en esta hora, en una melancólicaradiación de lumbre vesperal, en una comoapoteosis de astros moribundos. ¡Oh, si el Amor pudiese hacer el milagro deJosué! ¡Si pudiese detener el sol de la vida en elhorizonte, una hora, un instante, el instante deamar y de morir! No. El crepúsculo avanzaba silencioso, comouna onda negra, y lo ahogaba todo, y tododesaparecía... ¡Oh, la vida! ¿Por qué habíallegado su corazón tan tarde a la hora deliciosadel Amor? ¿Cuánto duraría ese sol moribundo iluminandoel horizonte? ¡Aun era bella! Su belleza triunfal y tentadorahabía deslumbrado los ojos del Amado. Pero, esemismo deslumbramiento la asustaba. Su alma, exquisita como un perfume, delicadacomo un pétalo, se resentía de inspirar aqueldeseo brutal, que contrastaba con la idealidad desu Amor. Ella se había asomado a aquella alma obscuracomo el Abismo, tempestuosa como el mar, áridacomo el desierto, y había visto allí, no el Amorturbador y casto, que purifica y engrandece, sinoal Amor brutal, que seduce y que mancilla. 40
  • 41. ¡Y, había retrocedido asombrada! Pero, la fascinación poderosa la retenía allí, alborde del Abismo. Sí, ella había amado la idealidad de aquelGenio, su rebeldía dolorosa, su amargura hostil,la elegancia del Águila, la fuerza del Cóndor y laarmonía de la Alondra. Y, más que todo, amaba aquella palabra queera la música, el reflejo, la imagen de aquellaalma. Amaba en él su soberbia, esa conciencia de supersonalidad, la primera condición de quienquiere tenerse en pie, en la lucha de la vida. Amaba su egoísmo, ese egoísmo que laasesinaba, porque su alma era hecha deinmolaciones, materia purísima de Sacrificio,como la mirra y como el cirio. Amaba el orgullo indomable de aquelpensamiento, que lo hacía mantenerse siempre enlo alto, porque descender es una tristeza para losgenios como para las águilas. Lo amaba como la multitud: por su grandeza. Y, lo amaba por sus dolores. Ella lo había visto replegar el ala en lasoledad, como un cóndor herido, y lo había oídosollozar en silencio, en el misterio casto de susgrandes pesares. Las águilas no se arrastran ni enla agonía, caen sobre la roca, inmóviles, plegandolas alas pudorosas, con la nostalgia inmensa delespacio, y sus pupilas no se hacen turbias sinorojas, con un fulgor del sol en el ocaso. 41
  • 42. Ella lo sabía inútil para la lucha infame de lavida, y desdeñoso de ella. El Genio destruye sufortuna, como el cóndor desgarra su nido. Sugrandeza lo hace inhábil y sus cualidades, comolas alas del Albatros, son remos en la altura, yrémora en el suelo. El Genio es tenebroso y norampante: ignora las habilidades abyectas. Lo sabía perseguido. Ella lo había visto inmóvil, de pie, en mediode las ruinas de sus sueños, no resignado comoJob el de Idumea, ni triste, como Mario el deMinturnes, sino soberbio, como Satán el de lafábula, mirando descrecer el sol, y desafiando elcielo. Ella lo sabía odiado. Él, gustaba de hacerle oír cuanto la Envidia yel Despecho decían contra su Gloria. Y, hacía vibrar la frase insultadora, como uncordel hecho de nudos de vísperas, y, a cuanto lamediocridad decía contra su grandeza, gozaba enponerle la música de su palabra, como un últimohomenaje de su desdén. Lo amaba así, como aparecía en la nubeblanca de sus sueños; soberbio, irreductible,misterioso y extraño, con el gesto del desdén enla boca, elocuentísima, y el verbo musical y gestotrágico, que se unían en él, en amalgamaincomparable. Sí; lo amaba con todo el corazón, con toda elalma. 42
  • 43. ¡Y, al confesarse su pasión, no se ocultaba losescollos del presente, la gran tristeza de la horaformidable! Sí, era la del Poniente. La declinación da la vida comenzaba para ella,en una pendiente florecida de plantas otoñales,perfumada aún por la flor augustal de su belleza. Pero, era el descenso, era el crepúsculo, elabismo y la sombra... la Noche que venía... Sus sueños de Amor, detenidos como avesincautas, tendrían que huir pronto, que plegar elala, que dormir, ¡ay! para siempre. ¡Oh, lo Ineluctable! ¿Por qué se envejece en plena vida? ¿Por qué se va la juventud y queda el alma? ¿Por qué el Amor no es flor de adolescencia, ycrece aún en la zona triste que empieza a helar elviento de la tumba? ¿Por qué esa flor matinal, ebria de sol, creceaún en las sombras de la tarde? ¡Oh, amores vesperales, cosas tristes! ¡Oh,corazones vivos en la Muerte! Absorta, desoladamente bella, en la agonía deesa hora, la condesa extendió maquinalmente lamano, y arrancó una gran rosa blanca, de la cualalgunos pétalos estremecidos rodaron sobre elbanco. —Está marchita — murmuró, trayéndola a suslabios, como a una hermana cariñosa. —¡Y es aún bella! Una hora más, y nadaquedará de tanto encanto. 43
  • 44. Una tristeza profunda la invadió, besó la rosacon pasión, como si besase su propia vida, y laaspiró con vehemencia, como si el perfume deaquella rosa casi muerta, diera fuerzas a sucorazón desfallecido. Y, así, maravillosamente bella, parecía unagran flor de duelo, en aquel jardín en fiesta. A lo lejos, la risa de Irma formaba ritmos dealegría, y el agua murmuraba en el jardín, comoebria de amor con el beso del Sol. Todo Vida y Amor en torno de ella, sólo en sucorazón había la Muerte. Y, las voces del huerto florecido parecíanhablarle de Esperanza. —Aun es tiempo, le decían, aun es tiempo deamar. Y, la voz sensual y rumorosa del Amadoparecía subir hasta ella, irresistible, inapelable,diciéndole: —Aun es la hora de amar. Aun eres bella. —Déjame detenerme en el sendero de tucorazón. Déjame amarte... Se estremeció, como si escuchase la vozaugusta del Deseo. Y, al temblor de su mano, la rosa marchitacayó en pétalos al suelo. La condesa bajó la frente y lloró sobre aquellarosa muerta símbolo de su juventud y de su vida. Y un sollozo profundo pasó sobre el jardín enfiesta, como una sinfonía de angustias, como elhimno de las rosas moribundas. las almas virginales soñando en el Amor. 44
  • 45. Guido Sparventa no amaba a Hugo Vial. Aquel orgullo desmesurado, que no tenía elartificio de ocultarse; aquella corrección fríacomo la hoja de un puñal; aquella urbanidaddesdeñosa; aquella elegancia exótica yseveramente personal; aquella afabilidadartificial, que no alcanzaba a ocultar todo eldesprecio que aquella alma huraña sentía por loshombres y las cosas, disgustaba, y, humillaba elalma exquisita y altiva del joven patricio. Y, sin embargo, cuando se hallaba cerca de él,sufría como todos, la extraña fascinación de esainteligencia, la rara sugestión de esa mirada, elinflujo de ese tacto exquisito, y aun la altaneradisplicencia de aquella tristeza olímpica, quedesbordaba en frases amargas, por esos labios,ungidos para la Verdad, por el beso de todos losdolores. Y, no podía libertarse de admirarlo. Y, habíamomentos en que lo admiraba todo en él, perocon uno como terror supersticioso, como siadmirase las vestiduras brillantes de un sacerdoteSacrificador de víctimas sangrientas, o lassortijas, de un Sortilegio, en el acto de laEvocación. Y, a pesar de eso, venía a buscar el conceptode aquel hombre extraño, en los diariosacontecimientos de la política y de las letras, suconsejo en asuntos de etiqueta, y aun su aplausoen el gusto de sus vestidos de joven dandy. Y, admiraba, con igual ingenuidad, la fraseincisiva, la sentencia profunda que salían de su 45
  • 46. boca, como el extraño camafeo, el raro anáglifode bronce, que lucía en el dedo pálido del Mago.Era en efecto raro aquel anáglifo tosco, compradoa un viejo árabe, vendedor de antigüedades, enuna calle de Corfú. Era una cabeza hierática, sinduda de una Emperatriz, según las bandas lidiasque encuadraban el rostro, un rostro sereno deEsfinge, enigmático como el misterio. Y, eserostro inmutable parecía fulgir, resplandecer, casianimarse, cuando su dueño lo agitaba, en elmovimiento rítmico y grave con que solíaacompañar la música de sus frases. Pero, cuando quedaba solo, libre del sortilegio,sentía una impresión repulsiva hacia aquelparvenu, hacia aquel bárbaro, porque para eljoven quirite, aquél era un parvenu de ladiplomacia, raro y suntuoso, como un príncipe deAnam, un bárbaro de mucho talento, unEncantador, venido de muy lejos pleno de cienciaoriental y sortilegios fatales. Y, se vengaba entonces diciendo lo que queríaa la condesa, que lo escuchaba sin responderle, ya Irma, que asentía a todo, porque ella tambiénodiaba a aquel intruso, a aquel desdeñoso, que latrataba como a una niña y le robaba en parte elcariño de su madre. Y, lo temía, como a un ídolomalo, como a un hechicero, que con un conjuropodía tornarla en piedra, como a las princesas desus libros de cuentos. Así esa tarde, en que lejos de la madre, en latibieza tardía de esos crepúsculos de verano,paseaban los dos sus amores por las alamedas 46
  • 47. desiertas del jardín, bajo el fulgor de un cielotranquilo, como un damasco blancorrosa,sembrado de lilas, y el nombre de él, del odiado,surgió entre los dos, sus almas se vieron y secomprendieron, a través de ese odio, hecho departículas de su amor. —¿Tú lo odias? dijo ella con su voz de cánticoy de ritmo. —Sí; mucho, ¿y tú? —Mucho. —Y él no nos ama. —Ese hombre no ama a nadie. —¿A nadie? La joven bajó la cabeza, sonrosada, como uncopo de nieve, teñido por un rayo de sol. Él calló, como temeroso de mancillar con suspalabras algo sagrado para ellos, de ajar con susideas el pudor que temblaba en aquellas carnesblondas, que tenían el esplendor del lys bajo laspalideces lunares. Y tomó en las suyas, las manos temblorosas dela virgen, y las llevó a sus labios, con un respetoreligioso, como si besase un icono votivo. Amor verdadero, amor que tiembla. Amor esPoesía. Y vagaron así, bajo los grandes árboles,silenciosos, como si un aliento de tristeza o demuerte los circuyera, cual si aquel nombre odiadohubiera pasado entre ellos para separarlos, paraacabar con su ventura, como un viento dedesolación y de exterminio. 47
  • 48. Ella se acercó instintivamente a Guido, inclinósobre su hombro su cabeza negra, cerró las doslibélulas de esmeralda de sus ojos verdes, de unverde pálido, color de aguas marinas. Él tuvo como un presentimiento de desgracia,estrechó fuertemente las manos de Irma, y unresplandor de orgullo y de fuerza brilló en susojos desafiadores del Destino y de la Muerte, —Tengo miedo del porvenir, mucho miedo,dijo ella. —Los nervios; la tarde anuncia borrasca, dijoél, contemplando el cielo, que se hacía brumoso,oscureciendo en el confín la última irradiación,rosa-gloria, del crepúsculo, donde como en unviejo satín, color de paja, bordado de abejas deoro, vagaban las últimas luces blondas, en el airecoloreado de un carmín pálido de rosas. Estaban cerca al grande estanque, donde en labasca limosa y verde, un cisne hierático bañabasus alas de plata, y paseaba las nostalgias de suspupilas de zafiro, más obscuras en el discomístico de su blancura inmaculada de hostia. —Veamos a Luc, dijo Irma, es mi pájaroagorero, él me porta siempre ventura. Tú sabesque el Amor de los cisnes salva del mal. Y seacercó al estanque. El pájaro asustado, abrió las grandes alas,como abanicos de nieve, ensayó volar, y huyóhacia la selva, y se perdió en la arboleda obscura,dejando en pos de sí algo como una palpitaciónde alas, un estremecimiento de onda, una estela 48
  • 49. eucarística, como un rayo de luna en un campo derosas. —Guido, Guido, ¿has visto? exclamó lavirgen pálida, temblorosa en el horror de susuperstición. —Sí, respondió él, con voz que ocultaba malsu emoción: Caprichos del animal. —No, Guido, algo nos amenaza. Ese es unaugurio fatal; ¡Dios tenga piedad de nosotros! Elvuelo de los cisnes ¿tú sabes lo que significa elvuelo de los cisnes? Y cerró los ojos, como si temiera ver en elcielo los signos del Augurio pavoroso. Un viento de borrasca agitó los árboles, unrelámpago iluminó el horizonte, y retumbó eltrueno, tras de las cimas lejanas. Y regresaron silenciosos, pensativos, cual sivibraran sobre ellos las grandes alas trágicas deun cisne en vuelo, proyectando su sombra demisterio en la albura muriente de las rosas... los gritos del Deseo, lebrel encadenado... El ónix de los cielos se incendiaba, como unáguila de oro, agonizante en la quietud serena delespacio. Procelarias fugitivas hacia la costa oscura deun mar de ópalo, las nubes vagabundas parecían,con sus orlas teñidas de carmín. Inmóviles lasotras, semejaban, en la densa, infinitaperspectiva, Ibis melancólicas, soñando en la rivasilente de un Océano. El parque, como estanque silencioso, con lasaguas dormidas, verdinegras, hacia la fronda 49
  • 50. entera rumorosa, sobre la cual los árboles tendíanla amarillenta sombra de sus copas, como unbouquet de flores de topacio... Del jardín entenebrecido, subía la sombra a lasterrazas, donde nubes de noctículosfosforescentes semejaban en las enredaderasoscuras una extraña floración de lilasincendiadas. En el salón hundido en las tinieblas, la sombrade los cielos pacíficos hacía profundidadesmisteriosas. Allá, tras un biombo, donde un Gobelinoantiguo diseñaba un hemiciclo de canéforas,como hecho para un Decamerón, una lentaprocesión de vírgenes linearías, como pintadaspor Burnes Jones; a la sombra de grandescortinajes orientales, donde grandes macetas delirios blancos daban su perfume, como pebeterosde ámbar sobre vasos etruscos; en el sofá, dondepájaros acuáticos meditaban, entre juncos ynenúfares, sobre un fondo crema pálido, como unjirón de cielo rosaté, Adaljisa y Hugo platicaban,en la desolación suprema de la hora... La sombra se extendía reverente, en torno alídolo, rodeado de Misterio. Los últimos rayes de la luz habían quedadocomo prisioneros, sobre aquella cabeza nimbada,fingiendo como flores astrales, en esa cabellerade crepúsculo, en el oro vivo de esos cabellos,donde el Amado hundía sus labios, como en unafuente luminosa, llena de irradiaciones metálicasde incendio, sobre la cual, los besos voloteaban, 50
  • 51. como enjambres de abejas ignescentes, tropel demariposas incendiadas. Y, prosternado ante el ídolo, se extasiaba en elmiraje de la carne adorada, huerto cerrado, desdecuya verja, toda una floridez de sueños carnales,promesas de divinas realizaciones, se extendíancomo un florestal de corolas cerradas, prontas aabrirse al contacto del beso iniciador. Como ante un reposorio de Madona, susdeseos estaban en plegaria, delante de aquella florde Tabernáculo... Y llovían los besos y los pétalos, como enfiesta de abejas y corolas, y velaba el silenciopudoroso, el ópalo muriente de los cielos. ……………………………………………………………………………………………………... Y sonaba en la sombra del crepúsculo eldiálogo vibrante de su Amor. —Oh, dime tu Poema, Amado mío; el últimoque has hecho para mí. —Oye pues el Poema, ¡oh Bien Amada! elPoema que he hecho para Ti. Y, en el silencio de la estancia, su vozmodulada y grave, haciendo de su prosa unhimno, recitó la sinfonía otoñal de su Poema queél llamaba: Balada del Deseo. * * En el Mar de lo Infinito, boga y llega elMensajero, el bajel que trae la noche... tenebroso como un muerto, lentamente vaavanzando con sus velas de Misterio. 51
  • 52. el bajel que trae la Noche. ¡Tenebroso comoun muerto! ¡oh, las tardes del Otoño, precursoras delInvierno, cómo brillan, copio cantan, en un ritmode colores, en los mares y en los cielos, ¡oh, lastardes del Otoño, las auroras del Invierno! ya el Crepúsculo se muere en la Sombra y elSilencio. ¡oh, la muerte del Crepúsculo, el Poeta delEnsueño! * * ya se besan en la sombra, en divinoEpitalamio, las estrellas soñadoras y los pálidosgeranios, cuyos pétalos muy tristes, van cayendolentamente, como sueños que se mueren, en sunítida blancura. ¡oh, los sueños de las flores! ¡oh, la muerte delos sueños! *….* a la luz del Plenilunio, albas rosas de la Tardevan abriéndose como almas que escucharan en suangustia, el coloquio formidable de la Sombra yel Misterio. ¡oh, las rosas de la Tarde! ¡oh, las rosas delSilencio! *….* ¡oh, la Amada de mi vida! ¡oh, la Aviada demis sueños! ¡Ilumina este crepúsculo con lalumbre de tus besos, que son astros!... y el perfume de tus labios caiga en mi almacomo un bálsamo de ventura y de sosiego. *….* 52
  • 53. ¡oh, la Amada! ¡oh, Bien Amada! ven, reclinatu cabeza, tu cabeza triste y blonda como el halode una estrella; ven, reclínala en mi pecho. ¡tu cabeza perfumada por los místicosensueños! ¡oh, tu pálida cabeza! ¡oh, mi reina,coronada con las rosas entreabiertas en praderasignoradas y en silencio de las selvas que teguardan su perpetua primavera, de las selvasdonde viven mis ensueños de Poeta! Tu cabeza con un nimbo de jazmines yvioletas. *…* que me toque la caricia de tus grandes ojostiernos, algas verdes, que se mecen en los maresmuy remotos de la Gloria y del Ensueño. que me toquen con sus alas tus libélulas defuego. ¡oh, los ojos de mi Amada, misteriosos yserenos; playas tristes, donde mueren las oleadasdel Deseo! *…* que los lirios de tus manos, cual capullosentreabiertos; como brisas perfumadas, comorayos de un lucero, se deslicen en la selvaautumnal de mis cabellos, y serenen mis pasionestempestuosas y soberbias, y dominen laimplacable rebeldía de mi cerebro. mi cerebro que es tu Ara; mi cerebro que es tuTemplo; mi cerebro, donde imperas tú, mi Diosa,entre la mirra que te queman mis pasiones, y loscirios del Deseo, y mis himnos amorosos, y elperfume que te brindan las corolas de mis versos. 53
  • 54. y una flor que se abre augusta, con sus pétalossoberbios, una flor en holocausto ante Ti: MiPensamiento; ¡oh, los lirios de tus manos, domadoras delDeseo! ¡oh, los cirios de mi templo y las rosas demis versos! *…* Por las flores del Crepúsculo; por las rosas delSilencio; por las algas de tus ojos; por las frondasde tus besos; ven, reclina tu cabeza en lassombras de mi pecho. *…* ¡Bien Amada! ¡Bien Armada! ven, te esperanya mis besos, que revientan como flores, en lasfrondas del Silencio. ¡Bien Amada! ¡Bien Amada! ven, responde ami deseo; ven, unamos nuestros labios en un besoque sea eterno... ven y uñarnos nuestros cuerpos cual dosllamas de un incendio ... ……………………………………………………………………….. ¡ven, mi amada, que es la hora! ¡ven, mi Aviada, que es aún tiempo! ¿tú no sientes cómo pasa la caricia delmomento? ¡Ven y amemos! Aun es hora. ya declina en el silencio con la tarde nuestravida. ven y amemos, que aun es tiempo; aun hayflores en el bosque; aun hay luces en el cielo; aun 54
  • 55. hay sangre en nuestras venas y palpitan nuestrosbesos... son las tardes del Otoño, precursoras delInvierno... ven, tus ojos agonizan en las ansias delDeseo; aprisione yo tus manos, y tus labios, y tussenos, y te brinden sus perfumes las corolas de misversos. *.* es la hora del Crepúsculo. Todo se hunde enel silencio, es la tarde en nuestras almas; y lanoche avanza presto. nuestras vidas ya se pierdenen los valles del Misterio, aun dibuja la venturaun miraje en nuestro cielo, es la hora de la muerteo la hora de los besos. ………………………………………………………………………. Ven y unamos nuestras bocas en un beso quesea eterno. Ven y unamos nuestros cuerpos, cual dosllamas de un incendio. ………………………………………………………………………. Ada alzó la cabeza, prisionera en la cadena debrazos del Amado. —¡Oh, piedad!, murmuró, cuasi vencida,apartando la mano violadora. Y él de rodillas leimploraba quedo. —Piedad para mi amor ¡oh mi Adorado! Tenpiedad de los dos, ¡oh, mi Poeta! 55
  • 56. Temblaba en su blancura de azucena, pálidabajo las alas del Encanto. Y sonaban en su oído alucinado losfragmentos del Poema. Y le decían: Ven y reposa tu cabeza blonda sobre miardiente pecho de Poeta. Ven y reposa tu cabeza blonda, como unamariposa en una flor. y que me bese de tus ojos verdes la cariciaprofunda y tentadora. ¡oh, la caricia de tus ojos verdes, la cariciafurtiva de la ola! deja que estreche los capullos blancos de tuspálidas manos de azahar. y deja que en el lirio de tu rostro la sombra demis labios se proyecte. y que caigan mis besos en tus labios como elnido de un pájaro en el mar. que me bañe la Gloria del Crepúsculo queirradia tu opulenta cabellera. y deja que a tu paso, amada mía, deshoje comopétalos mis versos. deja que te aprisione entre mis brazos, y dejaque te cubra con mis besos... Antes de que se pierdan nuestras almas en lasdensas penumbras del Olvido... ………………………………………………..……………………….. Despertada por la presión formidable delcuerpo de su amigo, Ada se puso de pie. 56
  • 57. —Oh, no, no, murmuró angustiada yrechazándolo con fuerza. Su palidez de lirio brillaba en la penumbra. —Ada — murmuró él, con una voz denaufragio, salida de lo más hondo del deseo. —Las rosas se respiran, no se comen, ¡oh, miAmado! —Pero hay rosas sagradas, hay rosas del altar. —Las rosas del Otoño se mueren muy aprisa.Ya estamos en Otoño, Invierno viene ya, dijo, yfue hacia la Adorada. Ella movió el manubrio de la luz eléctrica, y aliluminarse la estancia, apareció de pie en supalidez lilial, como una azucena mística en elfondo de un altar iluminado. ¡Augusta Vencedora de la Carne! ¡Domadora triunfal de los deseos! él, a sus pies, aun murmuraba quedo: —¡Oh, las pálidas rosas del Otoño! ¡oh, lapálida lumbre vesperal! Y, ante aquella llamada del Olvido y de laMuerte, ella sintió la angustia renacer en sucorazón, temió por el Amor de aquel hombre,burlado en su deseo, y vino hacia él, y lo besó enla frente. —¡Oh, mi Amor! ¡oh, mi Poeta! una tregua,una tregua, nada más, dijo, besándolo en loslabios. Él la rechazó de sí, no le devolvió aquel beso,no estrechó sus manos, no respondió a su adiós,no la miró siquiera. ¡Quedó allí vencido, rencoroso y triste! 57
  • 58. l’amour ne fait-il done que des malheureux? Y ella partió, abatida, humillada, bajo aqueldesprecio del Amado, mientras los cantos delPoema extraño rumoreaban en su almavencedora, algo como el Excelsior de la Vida. ¡Victoria estéril, a la cual respondían en sucorazón como voces de agonizantes, las palabrasde la Admonición tremenda!: es la hora del Crepúsculo. Todo se hunde en elSilencio; es la tarde en nuestras almas, y la nocheavanza presto; nuestras vidas ya se pierden en losvalles del Misterio; es la hora de la muerte, o lahora de los besos. ………………………………………………………………………… Y se abrían ante ella como rosas, y fulgían ensu alma como estrellas, los cantos exultantes delAmado, las frases ardorosas del Poema. visiones pavorosas y grito de ambición... Y he ahí que los días trágicos han llegado, losdías de la desolación y de la ruina; he aquí que los tiempos tristes han venido; he ahí los días de la cólera santa, que causabanel pavor de los grandes visionarios; he aquí llegada la hora que anunciaron losprofetas, muertos al dar la última vuelta en tornoa la muralla; y el muro vacila y cae, y llegan de la sombralos vengadores de las cóleras ocultas; ………………………………………………………………… 58
  • 59. Parece que el rayo se agitara encadenado enlas manos de Dios en el espacio, pronto a caersobre un mundo en ignición, e incendiar las entrañas del planeta, larvaenloquecida, en el torbellino de los mundossiderales... Dios acaricia el rayo final: brutam fulminen. y se diría que los videntes, los últimos locosvisionarios, los descendientes del Soñador deÉfeso, esperan estupefactos, ver surgir en elespacio, las estrellas coléricas, dementes, losastros vengadores, los carros fúlgidos con rodajesde pupilas humanas, los menstruos aladospoliformes, los caballeros de Apocalipsis,venidos para herir el corazón del Sol con susespadas, y sobre el cadáver de ese sol, arrojar lascenizas de este globo infinitesimal, hechofragmentos... La alucinación de Paros y el delirio de Patmospriman sobre el mundo. Y se diría llegado el día: oú la Terre étonnée portait comme un fardeaul’ écroulement des cieux. ¡El crepúsculo de los mundos! la hora siniestra en el cuadrante trágico; la gran madre Agonía, generatriz de la palabraenigma Muerte; y el soplo del Pavor, y el Verbo extinto,vagando en el vacío de la esperanza; la hora antípoda del Fiat lux; el Verbo que mata y no el que crea; 59
  • 60. la Omega de aquel Alfa formidable, cerrandoel Alfabeto de los siglos; el gran sello del Hacedor, con la palabra: Fue,sobre los mundos; y el diálogo profético, entre el Diluvio y elCaos, que se disputan el Planeta, y se le arrojanuno a otro como jirones de un sudariopolvoriento... y el mundo, como una urna en el mar, con uncadáver putrefacto en las entrañas, oscilandoentre las olas que lo rechazan, las nubes que loescupen, las costas de la Nada, que no quierenrecibirlo... la nube invasora del Caos, bajando negra, laonda silenciosa del Averno, subiendo pálida y laconjunción formidable, pronta a hacerse en elintersticio lívido de esas dos alas de la muerte,donde agoniza la vida, como una luciérnagaexpirante en la última partícula de luz. …………………………………………………………………………. sobre los altares, huérfanos de la silueta delblondo Nazareno, el Becerro de Oro, Baalth, alzasu torso áureo y sus pezuñas de bestia; ¡ya no hay mirra, ni cirios, ni azucenas! los versículos de Esdras pasan como aves.1ciegas, por sobre los templos en ruinas; de la cruz solitaria, pende un harapo; elcadáver de la Fe; los humildes se han hecho rabiosos, y comochacales hambrientos, han tumbado a dentelladas 60
  • 61. el árbol do la cruz, y han devorado el cadáver deaquel que había sido la esperanza y el Amor; el mundo moral se sumerge, como una isla enlas soledades del mar; las ondas llevan como maderos secos lospueblos desaparecidos, ¿a dónde? la ola silenciosa de la muerte baja de lasalturas y sube de los llanos. Un olor de cadáverllena el mundo; lúgubres avalanchas de desesperación pasanpor sobre el espíritu de los pueblos en duelo, y laspasiones más viles, como larvas venenosas,devoran en silencio las almas solitarias; el odio de la Vida mata al mundo; lahumanidad aborrece la fecundidad: el lecho delAmor se hace estéril. la madre, la forma divina de la carne, tiende adesaparecer; los senos de la hembra son ya para la cariciade los machos, no para el labio sitibundo delinfante; Venus asesina a Cibeles, y desgarra su vientreproductor; Malthus triunfa. La sed de la desaparición y de la muerteagobia a los hombres, en la noche de sudesesperanza; el alma humana se borra, y una larvagigantesca sale del seno de los abismos irritados; la sombra se disuelve en horror, y borra loscontornos de la Vida; 61
  • 62. las águilas desdeñosas no quieren ya esta presanauseabunda; y, faltos de ser devorados, los hombres sedevoran entre sí. Nulla es Redemptio. El Salvador no viene; su silueta luminosa nopasa ya, iluminando las llanuras, a la hora delcrepúsculo, como en el suave esplendor de lastardes galileas; ya no se le espera a la orilla de los caminossolitarios; ya no se cree verlo pasar blanco ytriste, como un rayo de luna, por entre los trigalesreverentes, y los campos de rosas en botón. Murió el Iniciador. ya pasó el reinado de aquel cuya espada sellamaba AMOR, y cuyo grito de guerra era:PIEDAD; la sombra extraordinaria del Profeta, ya noextiende su mano sobre el Universo, como unavisión de Paz. Ya no ilumina la Tierra con sutriste mirada pensativa. Pasó el Anunciador. ya se borró para siempre la figura mística yblonda, se esfumó como una nube de candidezinefable, en la cima lúcida de un nuevo Tabor.Desapareció su frente melancólica hundiéndoseen los cielos, sus pies desnudos apoyados sobreun campo de lirios en rocío. y el ojo misterioso de los videntes no traspasala muralla formidable donde el Destino guarda elEnigma; 62
  • 63. los exegetas palidecen sobre sus librosabiertos, sin ver de dónde viene, ni adivinar adónde va esa onda lúgubre y fría, que sube, ysube, y amenaza llegar a las más altas cimas,ahogar el mundo en su caricia helada; La conciencia humana sufre un eclipse. Diosha muerto en las almas; y el Mito, al desaparecer en las convulsionesde un dragón herido, tocándola con la punta desus alas, desorbitó la tierra; y hubo la sombra; en el horizonte de las almas aquel nombre eraun Sol; y los templos y los espíritus sin diosesproducen en su soledad, un olor de tumba. Cuando Pan, el gran dios, desapareció tras lasoledad de los mares de Sicilia, saludado por elhimno de los marineros, como un sol que sehunde en el Ocaso, otro dios, triste, se alzabacomo una estrella, tras las colinas de Judea, alrumor de los gritos de la Plebe, como un astroque sube hacia el Oriente; ¡y, hoy, este dios desaparece, y el otro no seanuncia! ¿Esterilizada quedó la matriz genitorade los mitos? estéril como el desierto en cuya vecindad pusola cuna de su última creatura; y el Derecho ha desaparecido con el Símbolo; la Fe y la Libertad, las dos rivales, han hechobancarrota al mismo tiempo; El Derecho ha sido engullido por misteriososFaraones; 63
  • 64. La Libertad ha sido asesinada por los pueblos,después de haber sido violada por los reyes. Sucadáver ha sido profanado. La plebe anárquica leha hecho sufrir los últimos ultrajes; como no se ve de qué lado está el Derecho, nose sabe de qué lado está el crimen; los reyes y los pueblos igual mente culpablesse miran y se desprecian, se acusan y se matan. Imperios sin grandeza, democracias sinvirtudes, devorándole entre sí, como en lucha deserpientes en un pantano de Escitia; y algo más triste: un aprisco de pueblos,temblando ante el puñal del vandalismo, salido desu seno tempestuoso; todo vacila, todo se hunde, bajo este viento deDolor y de Miseria. Y, en esta extraña noche, la Vida se abre sobreel mundo como una cicatriz sangrienta. ………………………………………………………………… Así meditaba Hugo Vial, ante el espectáculodesolador de la época en que le había tocadovivir; época de ofrendas banales, perturbadoras ytrágicas; pequeña, aun en el esfuerzo de subrutalidad aplastadora... Hora roja, hora sombría de la Historia, en queel Anarquismo, como un astro lívido deApocalipsis, se alza en el horizonte, como parailuminar la agonía de un mundo, irredimible,condenado ya, por la boca muda de lo Eterno. 64
  • 65. A la claridad brutal de ese sol de sangre, laBestia Multitud ruge en el fango, y las alturastiemblan... El Mundo, de acusado se ha hecho acusador, ypide razón a Dios de su reinado. ¡Hora de confusión! ¡Hora de Caos! Y el orgullo ciego, arriba; la cólera sorda,abajo; lo que era servil haciéndose vil; lo que era inservible haciéndose terrible; el esclavo cumpliendo el trágico periplo;precipitándose de la esclavitud en el crimen, delergástulo al cadalso; el idiotismo haciéndose demencia; la Esperanza haciéndose la Venganza; lo que era Poder haciéndose insurrección; la oscilación haciéndose cataclismo; el deliriohaciéndose orgasmo; los abismos tocados de locura, ganando lascimas heridas de la demencia; el crimen haciéndose mártir; la embriaguez,apellidándose Redención. Espartaco degenerado en Luchessi; la plebe insumisa, emigrando con sus ídolos,como una tribu bárbara, fuera de la Libertad,fuera del Derecho, fuera de la Civilización, haciaun soñado y quimérico Canaán de Reivindicacióny de Justicia, hacia un miraje sangriento, alzadoen el desierto, por la histeria tenebrosa desoñadores pérfidos; 65
  • 66. la insensatez soplando sobre el cerebro delmundo, impulsándolo en siniestra orientación a lacatástrofe ... el torbellino rodando en la ceguedad confusade la Noche. El Misterio y el Hombre contemplándose; loInescrutable frente a lo Indomable. Se explicaba en su criterio de pensador sereno,el fenómeno de psicología colectiva que seefectuaba a su vista; la enfermedad tenebrosa queinvadía el alma ondeante y fúlgida de la Multitud. Él sabía del misterio indescifrado de lasturbas, y no equivocaba la diagnosis de esasmuchedumbres en delirio. La epidemia psíquica, con sus causas y susfenómenos, la fuerza misteriosa, que duerme enel alma de las multitudes y se despierta al gritodel contagio, le explicaban la psicología de lahora dolorosa que vivía el mundo. Y veía, sereno, cumplirse la inflexible ley deuna dinámica social aterradora. Despreciaba mucho el crimen de su época, quele parecía el suicidio de una selva de monos, eldelito de un orangután en cólera. Había leído en un extraño libro de Obolensky,Rouskaria Mysl, uno de esos fascículos deEvangelio y de pasión, que el alma viril y místicade Rusia arroja sobre el mundo transcau-cásico,la comprobación de la irredención del hombrecomo animal carnicero, la persistencia y elpredominio del bruto en el hombre colectivo; lasupervivencia indestructible del asesino en él; el 66
  • 67. fenómeno de regresión de las masas sociales a losinstintos bestiales; el atavismo inflexible delprimato destructor; el imperio de la raza; el poderde la casta, sanguinario y brutal. Todas las teorías de Tarde, de Mantegazza, deScipio Sighele, de Güimplowitz, sobre el crimende las sectas y sobre la teoría psicosociológica;todos los esfuerzos de los criminalistas,antropólogos, por explicar o atenuar los crímenessombríos de las clases irredentas, no alcanzaban adesarmar su odio y su desprecio por esa turbacanallesca de asesinos, por esa secta estúpida ybrutal, que proclama la adoración del instinto, yel reinado de la fuerza anónima, la venganzamiseranda analfabeta, la omnipotencia de lamuerte, y convertida en un dominador másdespreciable que los otros, tiene al mundotembloroso, de rodillas ante un puñal. ¡El mismo sueño que perturbó la mente delbruto en la noche de sus cuevas ancestrales! ¡Desperezos de la Bestia domadora y asesina! ¡El sueño de la conquista y de la muerte! Él sentía un desprecio profundo por todos loshombres de la fuerza. Asesinos con púrpura o asesinos con harapos,conquistadores o vengadores; bandidoscoronados o bandidos maniatados; Napoleón oVaillant; los que han muerto sobre un trono o losque han muerto sobre un cadalso; todos estostrágicos soñadores de la fuerza, estos símbolos dela muerte, le eran igualmente despreciables yodiosos. 67
  • 68. Y, así su alto espíritu permanecía indiferente,desdeñoso, ante esas explosiones del crimen;erguido ante el paso de esos flageles vencedores. Y del cataclismo actual ¿qué podía importarlesi no tocaba siquiera la orla de sus sueños? el anarquismo ¿que tenía que ver con él? noera rey ni príncipe siquiera: las bombas de laplebe no le amenazaban. El hambre de los trabajadores, la miseria delos desheredados. .. ¿y qué? ¿es que losmiserables sabían algo de los inmensos doloresde él, de sus luchas internas, de su hambreinsaciable del Ideal, de su sed infinita de bellezay de gloria? ¿qué debía importarle a él la suerte política delmundo, fuera de las regiones abruptas, donde a laNaturaleza le había placido hacerlo nacer, ydonde las leyes bárbaras de los hombres,haciéndole ciudadano, encadenaban su ambición,limitando sus sueños a un horizonte de montañasignoradas? ¿qué podía importarle la suerte de unaparte del mundo que no era para él? que sufriera o desapareciera, que revistieraformas extrañas de gobierno o de dolor, que fueraoprimido o libre ¿qué le importaba un escenarioque otros y no él habían de llenar con supresencia? Para la noble ambición desmesurada, lo queno sirve no vive. La patria misma, esa entelechia abrumadora,cuando no llega a dominarse, no pasa de ser unacircunscripción geográfica, egoísta y cruel, una 68
  • 69. región hostil al genio, una barrera de odios ymiserias ... Así, un mundo que no había de servir a suambición, no era su mundo; lo que no vivía para él, no vivía en él; el mundo terminaba en las fronteras de sussueños ambiciosos; el resto, que sufriera ¿qué le importaba? quedesapareciera ¿qué perdía? ni una lágrima habría dado por ese mundo; su muerte lo habría dejado tranquilo, como suinfortunio. En su egoísmo olímpico, aislado en la torre demarfil de su soberbia ¿qué le importaba todo loque caía, moría o se hundía bajo sus pies si nohabía de ser pedestal suyo? Para él, el mundo era él, y más allá de suambición, el desierto de las almas... La Ambición, he ahí el alma, el objeto, lamedula de su vida. y ella abría dentro de él, sobre él, al frente deél, sus alas desmesuradas, y lo llenaban todo; de todas sus pasiones, era la única que vivíacon vida poderosa, inextinguible; había domadoel Amor, desdeñaba la riqueza; la Gloria, era unaquerida demasiado dócil, que lo hastiaba. Era hacia la Autoridad que volvía sus ojosdominadores; todos sus sueños hoscos se cernían sobre supueblo, como una bandada de buitres sobre unaprisco. 69
  • 70. la Autoridad es el último amor de las almassuperiores; es la ardiente Sulamita, que calienta el lechoreal, ya vacío para el Amor; el desdén se diluye en esta aspiración acre yviolenta hacia el dominio, el desprecio se hacecólera, y el Dominador, el deseado, se alza, surgede la misma crisálida rota, donde ha muerto elSoñador, el pobre soñador desencantado ... el bramido bestial de la multitud en cólera, esel único rumor capaz de halagar el alma y losoídos del fuerte, del hombre superior, nacido paraser el Domador, de ese monstruo somnoliento. La Anunciación viene a las grandes almas, enla hora suprema del dolor. Cuando todo cae, todo vacila, todo se hunde, yel alma misma de la Patria va a morir, y tendidoslos brazos al cielo pide un Salvador, unSalvador... el gran Anunciador, el arcángel con las alas desueños, baja a la roca agreste, donde medita elsolitario, absorto ante el desastre, y mostrándoleel campo en ruinas, le murmura: Tu es ille vir. Tues ille vir. Tú eres ese hombre... y le muestra consu espada de fuego el camino augural de laVictoria. …………………………………………………………………………… Al contacto de ese sueño, su Ambición sediluía en cólera, en una cólera voluptuosa ytiberiana, y a la visión de las manos tendidas paraaplaudirlo, tendía él la suya, pálida y fría, como 70
  • 71. buscando la garganta de la Bestia paraestrangularla... Había ya incubado bastante el sueño de laAcción, debía principiar para él: la acción delSueño. La victoria del Esfuerzo sería suya. Vibraba en su alma el himno del combate. Iba hacia la multitud, como un tigre hacia elrebaño. Su culto estéril y ardiente por la libertad sehabía convertido, después de sus grandesdesilusiones, en la cólera santa de un asceta, queperdiera la fe en su Dios, después de haberleconsagrado su vida toda. El yugo dogmático del Principio se había rotoen él. Y su sueño se había condensado en estafórmula: dominar Vara libertar. Iba hacia su sueño, como un león hacia supresa. Sólo hay un hombre capaz de dar la libertad,aquel que ha sabido conquistarla para sí. Él habíaconcentrado en sí toda la libertad, y podía darla,¿darla? no: imponerla. No tenía el alma bastante simple, paraentregarse a la multitud en holocausto; la boca de la muchedumbre no era bastantepara darle su corazón a devorar. Llegar por la Autoridad a la Libertad: tal erasu Ideal. Ser el libertador, después de haber sido eldominador. 71
  • 72. ………………………………………………………………………… Y empezaban a llegar a él voces lejanas yfuertes... El olvidado comenzaba a ser deseado; elperseguido comenzaba a ser comprendido. El solitario que había visto correr en el olvidodel dolor los largos lustros pitagóricos de quehabla Èmerson, veía llegar hasta él ondasrumorosas de admiración y de recuerdos. Vientos de frondas florecidas venían hasta eldesierto de la Esfinge. Y el pensador miraba inquieto ese vertiginosomovimiento de la rosa náutica del día. —Todo llega, todo pasa, decía él, todo estriste. ¡Oh dolor de la nada de la vida! ………………………………………………………………………… Y las voces continuaban en llegar, exultantesy sonoras, llamando a la acción el grande espíritu,que había sembrado el germen de sus sueñosredentores en los cerebros aptos para lafecundación prodigiosa del Bien. Todos los que habían bebido en la ondaluminosa y ardiente de su prosa evangelizadora yviril, se volvían hacia él, diciendo: —¡Maestro! henos aquí. Somos los seducidosde tu genio. Todos los que habían aprendido en latempestad de su cólera y en la noche negra de susodios santos, a aborrecer los conculcadores delDerecho, le gritaban: 72
  • 73. —¡Maestro! henos aquí. Somos loslegionarios de tu Verbo. Todos los que habían seguido, trémulos deadmiración y de respeto, su vida nómada yaugusta, llena de combates y dolores, le decían: —¡Maestro! ¡henos aquí! Somos el coro de losfuertes, formados por la fortaleza de tu Virtud. Y todos le decían: —¡Maestro! henos aquí. Por ti creemos en labelleza, en la Libertad y en el Bien. ¡Maestro! porti creemos. Y aquellos corazones juveniles, que seabrían a su paso como flores, aquellos brazos quese tendían hacia él, como oriflamas de fuego,aquellas voces que lo llamaban, como rumor deolas poderosas y llenas de misterio, lo atraían y leimponían. Sentía la responsabilidad de las cosasdecisivas. Y ansiaba volar hacia la acción, hacia lasgrandes realizaciones de sus sueños expectantes. ¡Partir! Ir a la lucha, ¿no era eso lo únicodigno de su gloria y de su nombre? En el desastre completo de todas sus ilusiones,¿no era esa la única vía de Esperanza, el únicocamino hacia la Vida? Desesperanzado, triste, ante ese escollo en quese estrellaba su pasión carnal, partir era lasolución definitiva, la única salvadora, paraacabar con esa simiente de prama, que empezabaa desarrollarse en el seno de su vida. Él odiaba los amores que se hacíandramáticos, y las complicaciones sentimentales le 73
  • 74. daban un horror invencible, una inquietudcolérica y rencorosa. Si la condesa era inaccesible ¿a qué continuarla ascensión hacia ella? Si su corazón de él era incapaz de un amorsentimental y puro, ¿a qué continuar en esaintriga romántica, que repugnaba a la lealtad desu carácter? La condesa lo amaba con una de esas pasionesque tienen sello de fatalidad y de tragedia. Eso ledaba miedo y piedad. Irma lo odiaba con uno de esos odiosinocentes, que son uno como presentimiento delmal. ¿No debía devolver la paz a esas dos pobresalmas, perturbadas por él? Para Ada, la paz era la muerte. Él locomprendía, y retrocedía ante aquel crimen inútil. ¡Oh! aquella pobre mujer, aquella alma depureza y de fe, aquel corazón de sacrificio, quehabía llegado tarde al jardín encantado de lapasión, llenándolo de llamadas desesperadas a laVida y al Amor fugitivos, tendiendo las alashacia la idealidad de un sueño imposible en sucastidad; aquella alma tierna, sumida en unahipnosis divina, que había condensado su vida eneste amor, formado de todas las nostalgias de laesterilidad anterior de su corazón, no sobreviviríaa esta brusca caída en el abismo insondable deuna realidad desoladora. él amaba aquella mujer, la amaba con la únicaforma de Amor posible a su cerebro: el deseo. 74
  • 75. Única luz que podía alumbrar un ídolo, en elsilencio mortal de su corazón. no sentía el triste valor de asesinarla. Sin embargo, después de aquella escenaviolenta en que él había quedado ofendido,ardiente de deseos, y la había dejado partir sinperdonarla, sentía la necesidad de acabar aquellasrelaciones que no conducían a nada, quedesviaban y debilitaban sus energías, yperturbaban horriblemente sus nervios y sucerebro. No imploraría más. Todo sería acabado. Sería otro sueño vivido; algo muerto querodaría otra vez sobre su corazón, sobre su pobrecorazón amortajado. Y, después que hubo escrito y enviado a lacondesa la carta dogmática y fría, insensible ehiriente, como la hoja de un puñal, sintió quealgo lloraba en su corazón y gritaba en susentrañas! la voluptuosidad que deja de ser un suplicio¿es la voluptuosidad? Sólo aquel que la ha creado con el mundopuede saberlo. Y, como si hubiese abierto una puerta sobre elabismo, la realidad hizo irrupción en las sombrasde su alma. corolas venenosas y pájaros salvajes. Aquello no podía continuar. 75
  • 76. El anónimo diario llegaba como la flecha deun salvaje, incógnito y venenoso, a herir el pechosagrado. Y Ada temblaba, bajo aquella nube de dardos,asesinada, como el San Sebastián de Güercino. Hugo comprendía bien de dónde venían. Sabíaque era Leda Nolly, la cantante despechada,quien los enviaba, y resolvió ir a hablarle parahacer de cualquier modo cesar aquel escándalo. La bondad o el temor; tentaría todos losmedios, para evitar a Ada aquel ultraje diario. Antes de partir, si debía partir, antes de volver,si debía volver, era necesario hacer cesar aquellainfame. Y fue al teatro, donde cantaba Leda. Cuando Hugo Vial le fue anunciado, lacantante había acabado su representación de esanoche, el repertorio de sus canciones picantes,que recitaba con voz un poco nasal, sus ojos deuna candidez mentirosa, y ciertas entonaciones,cierto acento de una intensa perversidad depilluelo corrompido, que habían hecho sucelebridad en Nápoles y Sicilia, y hacían hoy elencanto de los viejos verdes y de los jóveneseróticos, asiduos concurrentes del Olimpia, enRoma. La rival de Ivette Gilber, como gustaba ellahacerse llamar por los cronistas sandios y losrevisteros insustanciales, hacía, o deshacía, en esemomento, su toilette, con esa inquietud febril, esaviolencia rara, que caracterizaba todos sus actos,y que en su sed de imitación cabotinesca, ella 76
  • 77. llamaba su temperamento, para buscar en susexcentricidades de partiquina, algún símil conSarah Bernhard. La estrella de Café Concierto, nadabaverdaderamente en un mar de tules y de encajes,constelado de cintas y potes de pintura, deesencias y de aromas, contenidos en frascos debacca-rat, y flores tiernas, que agonizaban en unaagonía lenta de vírgenes cautivas. De toda aquella onda de indumentaria, degasas, de cristales y de pétalos, se alzabanperfumes caprichosos, mezclándose on el olor decarne joven, que se exhalaba de los trajes de laartista, humedecidos por el sudor de dos horas dedanzas y saludos, y el hálito penetrante de lasflores, que, prisioneras en grandes ramos, moríanallí, testimonios de admiración, mandados por loshombres, para parecer en holocausto, ante estaotra flor de carne, esbelta y grácil, blanca comoazucena del río, moviendo su talle con unasuavidad de ritmo. Sobre su cuerpo, que momentos antesblanqueaba y resplandecía desnudo en medio detanta blancura, como una copia de Cypris Erótica,había arrojado un muy largo peinador de gasaverde, que sólo dejaba en descubierto sugarganta, en la cual lucía esmeraldasmaravillosas, como un collar de luciérnagas,prendidas al cuello de una Psiquis. Sus brazos semovían, liliales en su blancura, bajo el tul de dosmangas anchísimas, que le formaban como dosalas tenebrosas. 77
  • 78. Así, de pie, blanca, en la verdura pálida de sutraje, como hecho de espumas y de aguas, parecíauna grande alga marina, alzándose en la cima deuna peña, un extraño pájaro acuático, misteriosoy bravío, un símbolo, un enigma de ondas y deluz. Sus ojos de ámbar, movibles y profundoscomo el mar, llenos como él de perfidias y demonstruos, temibles en su serenidaddesconcertante, se habían hecho como fúlgidosde cólera, al anuncio de la llegada de Hugo Vial. Su cabeza serpentina, adornada de aigrettesmulticolores, emergiendo altanera de aquellapedrería radiante y del fulgente viso de las sedas,le hacía parecer a un pavo real encolerizado yvano. Avanzó un poco hacia la puerta, como unpájaro rencoroso, con las alas estremecidas, el ojofijo, el pico purpúreo, presto a la crueldad, yesperó que Hugo Vial apareciese. Éste entró severo en su traje de Soirée,irreprochable en su smocking, y en la blancura dela pechera inmaculada, emergiendo las dos perlasnegras, talismánicas, que habían hecho siempre lafascinación y el sueño de la cantante. Se inclinó ceremonioso, cuasi reverente, comoante una duquesa en una fiesta real. Ella se puso recta ante él, y echó atrás sucabeza blonda, que centelleó a la luz, como si sucuerpo se hubiese abierto en flor maravillosa deoro. 78
  • 79. —¿Tú aquí? mi querido, le dijo con vozvelada, y una sonrisa cruel en sus labiosdesdeñosos. —Me parece que soy yo, y creo que estoyaquí. Aunque viéndote tan bella, creería quesoñaba, añadió, conociendo la vanidad de aquelpájaro de opereta. —Gracias, murmuró la artista. Tu galanteríatan trivial y tan cursi me demuestra lo que yo sé:que eres necio como todos los demás. Tienestalento para todo, menos para comprender queeres un estúpido como los otros. ¡Y te crees unhombre superior!..: Vete, vete de aquí. Tusgalanterías y tus comedias me enojan. ¿Quéquieres de mí? ¿qué quieres? —Verte, duquesina, dijo, y fijó en ella sumirada serena, indescifrable, dominadora comoun encantamiento. De aquella voz, de aquella mirada sedesprendía uno como fluido extraño, quedominaba a su pesar, a aquel pájaro rebelde. Y tembló ella ante la mirada del mágicodominador, como una Sortílega ante el conjuro deExorcita. —Yo no soy duquesina, dijo con aspecto deniña pronta a llorar. —Para mí no serás nunca otra cosa, aun entrelos aplausos que la canalla lasciva te prodiga. —Moral, ¿eh? Gracias, querido. Tú sabes queyo no acepto prédicas ni tutelas. —Que las aceptes o no, me es indiferente. Yono te predico. No soy misionero. Tu redención 79
  • 80. me es • indiferente. ¡Oh bella Magdalena! Yo nosoy tu Cristo. —¿Vienes a insultarme, entonces? —Yo no insulto nunca a una mujer. —¿Vienes a regañarme, papá? —Tú sabes que él no lo hacía, y por eso eresasí. A ese recuerdo, como si la voluptuosidad deuna caricia hubiese pasado sobre ella, la frente dela joven se entenebreció, y dos lágrimas seanunciaron, más que se vieron, en sus pupilashechas tiernas. No quiso llorar, y otra vez soberbia, alzó sucabeza serpentina, sobre cuyos alfileres endiadema brilló la luz eléctrica como sobre uncampo de esmeraldas en fusión esplende el sol sulluvia de oro. —¿Has venido, pues, a entristecerme? —Tú sabes que yo detesto los portadores detristezas a domicilio. —¿A qué has venido entonces? —Hija mía, a visitarte. —Otra vez gracias, muchas gracias. ¿Estáshastiado del jamón condal, y quieres comer loque has llamado en un libro tuyo: pez de escena,manjar de la dispepsia libertina? Esta vez, caromío, a pesar de todo tu talento has perdido el tiro.Ser bestia una vez, es excusable, ¿quién no lo hasido? el corazón es el culpable. Pero, ser bestiados veces, es ser completamente bestia. Yo no losoy. Regresa, hijo mío, regresa a casa de tu viejabeata, y sé feliz con ella. Es un poco, o mejor 80
  • 81. dicho, bastante arcaica, pero la Química, ¿túsabes? un amigo mío dice que nosotras, lasartistas, ganamos la vida, primero con la Física, ydespués con la Química. Mi querido buho, vuelvea tu ruina. Te agradezco la tentativa depredilección, pero no la acepto. Yo soy la JovenItalia, la Italia de los sueños de Mazzini. SoyRoma moderna, la Roma de Garibaldi. Y tú amasla Roma antigua, la Roma de los Tarquinos. Miquerido arqueólogo de Amor, anda a buscar otracolumna antigua, un pilar de la Basílica Julia, enque saciar tu pasión de antigüedad. El Forum,para ti, será un harén. Ve, mi querido anticuario,hazte amigo del Comendador Otelli, y dedícatecon él a descubrir la vieja Roma, y en unaexcavación cualquiera hallarás la momia de unaVestal, o una estatua de Popea para saciar tulujuria retrospectiva. Y prorrumpió a reír, con una risa canallesca ynerviosa. —No sabía yo que entre la canalla delcabotinaje y las gentes de coulisses, había sabiosmás arqueólogos que yo, que te han enseñado esatirada de estupideces que has recitado con tantoénfasis. Te felicito, carísima, yo te haré unacanción sobre ese tema: Cabotín Arqueólogo.Será divertido. ¡Bravo, Leda, bravo!... Y, frío, inmutable, batió sus manos en señal deaplauso. La cantante no se desconcertó. —¿Sabes que me gustan los cabotines?repuso, ¿qué quieres? Son jóvenes, como yo. No 81
  • 82. participo de tus gustos. Las ruinas blasonadas medan náuseas. Y a propósito ¿sabes quién estáenamorado de mí? Tu socio, caro mío, tu socio. —¿Socio de qué? —Tu socio en amor, el Conde Larti. —Basta, Leda, respeta ese nombre, que es elde una mujer honrada. —Puf... dijo la artista, y prorrumpió a reír,estrepitosa, gozosamente. Esta risa hizo mucho mal a Hugo, porque erasincera, y era alarmante en su sinceridad, cruel ensu brutalidad profanadora. —Te prohíbo que hables y te rías de ella así. —Yo no tolero imposiciones sino a misamantes, y tú no lo eres ya. Yo puedo reírme dela virtud de tu momia como de la estatua deMadame Lucrecia, de la Plaza San Marcos, ypuedo ponerte a ti a la puerta, por atrevido y porcretino. ¡Ah! Y yo, que te había creído siemprehombre de talento... ¡qué engaño! Teníaadmiración por ti, como hombre conocedor de lasmujeres. Sabía que eras incapaz de amar; que nocortejabas un mes a una mujer que no pudierasseducir, te conocía como el ser más depravado enel amor bajo tu aire de gran Señor irreprochable.¿Y ahora, bajo tu alma de sabio, salta un alma deniño? ¿Tu talento, tu ciencia, tu experiencia eranmentira? ¡Pobre caro mío! ¡qué desgracia! ¡Porandar entre las ruinas te has hecho una ruinatambién! ¡Poverino! Propalar la honradez de suquerida...", esa es la cima del chic galante. Hasta 82
  • 83. en tu decadencia te ha sido dado teneroriginalidad. El conde Larti se opondría por supropio honor a que tú proclamaras la virginidadde la condesa. Pero si ese ataque de cretinismosentimental te continúa, terminarás por ahí,porque el ridículo es una pendiente. Pronto teharás el paladín de la juventud de tu vestal.¡Coceo mío! dijo acariciando con la voz y con elgesto a Hugo. ¿Sabes qué edad tiene tu ídolo? —No, ni quiero saberlo. —Es prehistórica. —¡Cállate!... —Es como el Panteón, uno de losmonumentos mejor conservados de la antigüedad,y uno de los más bellos en decrepitud. —Que te calles. —No me callaré sin decírtelo. Tiene cuarentaaños, que para una mujer son cuarenta siglos. Yme lo ha dicho su marido que lo sabe bien. Hugo no hablaba. La cólera lo cegaba. Teníaganas de estrangular la vípera. La cantante, implacable, continuó: —Yo la respeto mucho, ¿sabes cómo lallamo? el obelisco de Caracalla. —Cállate, miserable, dijo él avanzando haciala cancionista. Ella, que conocía los arrebatos de aquelcarácter, corrió hacia el timbre, como para llamarla camarera. Él alcanzó a cogerla por un brazo, y con unademán brutal la arrojó sobre el diván gritándole: —No te muevas. 83
  • 84. Leda no se movió. Sus ojos fosforescentescentelleaban, sin una lágrima. Hugo la miraba, pálido de rabia. El león y la sierpe se contemplaron. Con voz velada, cuasi ronca, comoestrangulada por la cólera, la artista dijo: —Caro mío, nada de violencias, porque túsabes bien que soy muy capaz de matarte. ¡Undiplomático, muerto en el Teatro en el cuarto deuna actriz! ¡qué crónica para Roma, tan escasa dehechos sensacionales! ¡qué ganancias para losperiódicos, que no tienen para contar al mundo,sino los catarros del Papa y los escándalos de laCámara! Eso rompería la banalidad de lascuchilladas en las hosterías y de los suicidios enel Pincio. ¡Admirable! Pero antes de dar ese boutde cronique a la Tribuna y al Messaggero,óyeme: Yo detesto tu vieja y te detesto a ti. Yome vengaré. ¿Tú sabes que me estoy haciendomorfinómana para ganar en el sueño unas horasde consuelo, y tienes la esperanza de vermepronto en un manicomio o en la tumba? Teequivocas. No enloqueceré o no me moriré sinvengarme. Tú me dijiste un día para insultarme,burlando mis delirios artísticos: tú no eres flor dearte, sino flor de locura; y criticando misarrebatos místicos, me dijiste otro día: tú no ereslirio de claustro, sino flor melancólica dehospital, ¡cuida no te hagas sin quererlo adelfa depresidio o de cadalso! ¿Lo recuerdas? Pues tu profecía ha de cumplirse: hija dealcohólico, entretengo mis atavismos 84
  • 85. embriagándome con morfina, en vez de alcohol yantes que ser flor melancólica de hospital, seréadelfa de presidio o de cadalso. Sí, porque yo iréhasta el crimen para vengarme. No te mataré a ti, porque sé, que desprecias lavida, y sueñas con una muerte trágica, paralibrarte de la vulgaridad de una muerte lenta, enun lecho de dolor. Pero a ella, ¡ah, a ella sí! Ella sabrá lo quecuesta jugar con mi ventura, dijo y sus ojosfulguraron, como los de una loba, con extraña luzde locura y de crimen. Y continuó luego, con unavoz sombría: —Estaba escrito que tú habías de ser misalvador o mi fatalidad. Serás mi perdición,después de haber sido mi aspiración. Te encontréen mi camino como un Enigma, y tu palabra mefue simiente de mal y de dolor. Tu orgullo mesedujo. Tú no me has amado nunca, me lo dijisteasí, cuando me debatía en tus brazos, cuasiviolada, porque el fondo de tu alma es brutal yfrío como una rosa. Halagaste mis histerismos,mis quimeras de adolescente, aplaudiste todas lasnegruras de mi alma, ayudaste a abrirse todas mispasiones, y te inclinaste sobre mi alma con elinterés malsano de un horticultor, que ve eldesarrollo de una flor extraña, a quien hainoculado gérmenes de muerte. Violaste mi almaantes de violar mi cuerpo. Me asesinaste moral-mente, antes de poseerme materialmente.¡Asesino! ¿Por qué la justicia no te prohíbe el usode la palabra, como prohíbe a los otros el uso del 85
  • 86. revólver y el puñal? ¿Es que la muerte de lasalmas nada vale? Tú eres un violador de espíritus,un asesino de conciencias, más monstruoso queVacher y que Troppman. ¡Y vives! El mal dormíaen mi alma, como la vida en el Caos, y tu espíritupasó sobre él y le dijo: ¡sea! y el mal fue... Todosmis sueños de venganza y de pasión, tú losaplaudiste. Tú aprobaste todos mis delirios deambición y de gloria, que hacían llorar a mi pobremadre. Un mes, no más, pasaste entonces por mivida, y la envenenaste para siempre. Meimpusiste el sello de tu perversidad y de tuorgullo. Tu garra de Satán, quedó impresa en micorazón. Todas tus paradojas sonoras germinarony se abrieron en mi cerebro como flores delAverno, y ausente tú, resplandecieron y vibraron,como la tempestad irremediable del Mal. Miorgullo se modeló en tu orgullo, y mi maldad entu maldad. Yo soy tu obra. Él no respondía nada, encantado, deleitado,con el fuego de la requisitoria pueril que aquellapobre mujer creía formidable. Y ella continuó: —Cuando dejé mi casa, tú lo sabes, a quienbusqué fue a ti. Fuiste generoso: no lo niego. Meprotegiste sin amarme: lo sé. Yo sí te amaba: esafue mi desgracia. Yo iba en peregrinación a tucorazón buscando una alma: tú no la has tenidonunca. Me impulsaste, me llevaste a las puertasde la celebridad, como un gran Señor désabusélanza una corista en el mundo del teatro que éldesprecia. A mi aparición en la escena romana, tú 86
  • 87. me aplaudiste, como todos, me cubriste de joyas,constelada de brillantes mi pobre cabeza loca, yde raras pedrerías mi seno cuasi virgen, porqueno lo habían profanado otras manos que las tuyas.Yo era feliz. Yo te amaba. Tú y la gloria de miteatro: esa era mi ventura. Y la rompiste con lospies. Me arrojaste en el vacío y en el vicio, alarrojarme de ti. Rompiste mi vida. ¿Por quién?por esa mujer. ¡Ah, cómo la detesto! ¡Yo mevengaré! ¿Ves ese pomo cincelado en plata queestá allí cerca de mi abanico y mis guantes? esácido nítrico. Lo llevo siempre conmigo paraarrojarlo al rostro de tu cariátide, de tu viejacondesa, y hacerla monstruosa. Busca en esabolsa, hallarás mi revólver. Yo la arderé o lamataré. —Tú no harás eso, Leda, dijo él asustado anteel acento firme de la artista. —Sí, lo haré, pero antes me ocupo de otracosa. Y no estoy sola. El Conde de Larti aspira adarse el gusto de que yo sea su querida. Y comoese es un título simplemente honorario, lo seré. ¡Ah, los dos seremos formidables! Entre losdos daremos cuenta de tu vieja cocotte. —Cállate, miserable, gritó él al ver insultada ala noble mujer. —¿Sabes cuánto espera a tu honorablematrona? continuó Leda, impertérrita: tres añosde presidio por adulterio, tres años de reclusiónen el Buen Pastor, allá irá tu momia a purgar susvicios con las otras prostitutas no blasonadas. 87
  • 88. —¡Víbora, miserable! gritó él, tomándola porlos puños y levantándola del sofá, para obligarlaa ponerse de rodillas. —¡Miserable! Di que mientes, pide perdón. Ella dio un grito de pájaro herido y clavó susdientes furiosamente en las manos que lasujetaban. Él la botó sobre el tapiz, con un deseo infinitode acabarla a puntapiés. Leda se estremecía, en una verdadera crisis denervios, en uno de sus ataques epilépticos, tancomunes en ella. Contorsionándose bajo el tul verde su traje,semejaba una serpiente de nieve, en un campo deoro. Uno de los alfileres del cabello habíasehundido en la carne, un tenue hilo de sangrecorría por su rostro, como la venazón de un lirio,sus brazos emergían en luz de la tela, que caíacomo pétalos de una corola fatigada. Lloraba sin sollozos, apretando sus dospechos, cerrados los ojos, contraídos los labiosinsolentes. Él sentía una verdadera sed de estrangularla. Logró dominarse, y partió sin llamar a nadie,cerrando la puerta, con esperanza de que la fieraenjaulada se hiriera o se matara contra losmuebles. Al estar en la calle, advirtió que no habíahablado nada de las cartas. La vergüenza y lasoberbia le ahogaban. 88
  • 89. Cuando entró en su coche, le parecía que todovacilaba en torno suyo, y un grito de venganza yde tristeza subía de su corazón. Tenía miedo, miedo por la alta y noble mujer aquien aquellas dos serpientes podían morder elseno inmaculado. ¡Ella arrastrada a los tribunales, al escándalo, ala prisión!.. . ¡Oh, no! ¡Jamás! Primero la mataríay se mataría. La muerte antes que la deshonra. La muertepiadosa y casta. El gran sudario de tierracubriendo sus cuerpos juntos. Las nupciaspavorosas de la nada. Así pensaba el fuerte... ¡Corazón cobarde, como el corazón de todoslos hombres! ¡El corazón! ¿Es que se conoce acaso eseabismo de gloria y de lodo? ¡El corazón! ¿Es que se sacia nunca esa bestianostálgica y soberbia? ¡Oh! ¡El corazón! los cantos de la alondra, las garras del alción. Después que el camarero lo hubo desvestido, yamortiguado la luz de la lámpara, tras la pantallaazul, Hugo Vial, cubierto por un pijama, se dejócaer sobre el sofá, y meditó con espanto en estanueva complicación de su vida. No había duda, el conde Larti trataba dehacerse el amigo de Leda Nolly, porque sabía quehabía sido la amiga de él. Trataba de descubrirsus secretos, de deslizarse de cualquier modo ensu pasado, de preparar de cualquier manera suvenganza. 89
  • 90. ¿Secretos? Leda no tenía ninguno suyo. Tenía demasiado talento para ser sincero. Sucarácter reservado lo libraba de estas asechanzas.Trataba al amigo de hoy como enemigo demañana. Su alma se cerraba como una fortalezaal ojo del extraño. Era impenetrable. Era invulnerable a las infidencias porque notenía la debilidad de las confidencias. Pero temía por Ada. Veía con temor la liga deesos dos seres de perversidad, contra aquellaalma de pureza y de bondad. Sabía de todo lo que era capaz Leda, manejaday explotada por un malhechor brillante, como elconde Larti. Conocía todos los pensamientos quepodían pasar por aquella cabeza de pájarovenenoso, conocía aquella alma violenta y ligera,los odios profundos, las excentricidadesnovelescas de aquella naturaleza degenerada, lamaldad soberbia de aquel pavo real, con gargantade canario y furores de ave carnicera. Y recordaba con horror cómo la habíaconocido, cómo se había ligado a este ser extrañoy anormal, a quien no había amado nunca, el cualsólo le había proporcionado, fuera del goce de lapasión brutal, el goce aún más raro de ver eldesarrollo de una neurosis, de un ser dedegeneración, abrirse bajo sus ojos, como unagran flor de Arte, de Histeria y de Perversidad. Hacía tres años de eso. Era al principio de su estadía diplomática enItalia. 90
  • 91. Había llegado a Palermo, enfermo, mássufriente del alma que del cuerpo. Fatigado delruido del Hotel, de aquel vaivén cosmopolita,había aprovechado la indicación de una familiaamiga para refugiarse en una Pensión, tenida poruna dama de la nobleza Siciliana, venida amenos, como dicen allí, para indicar la claseinnumerable de los nobles arruinados. Allí encontró lo que deseaba: una seriedadirreprochable, una afabilidad exquisita, unaquietud de gran familia solariega. Sus compañeros allí, eran: un matrimoniopolaco, viajero y místico; una baronesa alemana,dada a la telepatía, y dos ladys inglesas, no dadasa nada, porque a su respetable edad de setentaaños, una virgen no puede darse sino a la Muerte. La señora de la casa, austera y triste, como unaplegaria de duelo, era uno como aforismo deSchopenhauer con enaguas, un funeralambulante, una Misa de Réquiem a domicilio.Vestida rigurosamente de negro, envuelta en suslargos velos, con el inevitable medallón delmarido al cuello, esa como sombra de laEmperatriz Eugenia, ese catafalco blasonado,pertenecía a la espantosa legión de Viudasprofesionales cuyo lamento eterno y actitud deHécubas desoladas, son la amenaza de los vivos yel ridículo de los muertos. Fiel a los deberes de gran dama, extremaba elceremonial, y no faltaba nunca de informar a susclientes su alto origen y las catástrofes que lahabían llevado a honrarlos con su hospedaje. 91
  • 92. Oyendo su narración sentimental, infalible a lahora de la comida y recitada con la monotonía deun anagnosto, los eslavos meditaban sin duda enleyendas de viudas abnegadas, muertas enSiberia, mientras las missis, conmovida susensibilidad británica, dejaban errar su miradahúmeda por los escudos rotos de los armarios,que apenas alcanzaban a divisar sus pupilasseptuagenarias. Y él reía interiormente, ante el ridículoincurable que distingue la humanidad, en todaslas latitudes del globo. En ese medio fanático, de tristeza y de duelo,crecía como una flor turbadora y rara, Hilda deMonacci, la hija única de la dueña de la casa ydel noble caballero, último de los de ese nombre,que había muerto de congestión cerebral, despuésde haber vivido ebrio toda su vida y haberdisipado la fortuna de su esposa en el juego y lasmujeres, espécimen completo de uno de esosbrutos cerebrales y sexuales, que la casualidadhace nacer sobre un blasón y morir sobre él,como un mono de orgasmo. Hilda era bien la hija de un alcohólico, de undegenerado, con su belleza enigmática y salvaje,sus debilidades y sus violencias, su pobre almaperversa y débil, su carácter sombrío yenloquecido, su temperamento arrebatado einconsciente, un ser de desgracia, un tipo de almamoderna, en la triste decadencia de una raza. Alta, delgada, flébil, de una blancura tenue,que hacía pensar en las hostias y en las alas de los 92
  • 93. cisnes, en las palideces de la locura, en las delcrimen y en las del vicio, en Medea, en Ofelia yen Margarita, aquella extraña virgen, alba dehisteria y noche de una sangre, llevaba en sucuerpo puro, marcado Por la fatalidad, loselementos todos de lo bello y lo deforme, elascetismo y el sensualismo, el de un caos moralcon que amalgamar la sombra y la luz, elsacrificio y el crimen, en las fluctuaciones, en lasdebilidades de su temperamento, en las crisistrágicas de su espíritu, vecino de la insania. La turbación, de la obscuridad de su alma, sereflejaba bien en sus grandes y bellos ojos grisesde un color gris de Mar del Norte, de olasrevueltas por la tormenta en playas escandinavas;tenían, como el mar, fluctuaciones, iluminacionesy palideces súbitas, a veces claros y bellos comouna aurora, a veces obscuros, abismales, comolos cráteres de los volcanes que la habían vistonacer, ojos voluptuosos y dementes, en cuyaspupilas fosforescentes y movibles vagaban, comosobre las olas, el alma invisible de la tempestad yde la Muerte. Sus cabellos, de un blondo rojo, ponían sobresu nuca un reflejo sedeño, como el bello de lamazorca en maizales americanos. Su boca delgada y pálida tenía un tic nervioso,que descomponía a la menor contrariedad suslíneas admirables. Era majestuosa en la esbeltez de sus formasgráciles, severa en la expresión de su rostrotrágico, imponente en la pureza de sus líneas, en 93
  • 94. las formas divinas de su cuerpo, cuya carne suavey ardiente parecía hecha con hojas de rosas ylavas del volcán, como si fuese del Etna. Impulsiva, movible, violenta, todas sus crisisde pasión, todos los conflictos de su alma, serevolvían en enfermedades nerviosas, enverdaderos ataques de epilepsia, cuasi en accesosde una locura aterradora. Inteligente, cultivada, artista dilettante, amabalas artes, los poetas y los viajes. Sabía deCarducci, Stecchetti y Fogazza-ro, deLeoncavallo, de Puccini y de Mascagni, y soñabacon países lejanos, con horizontes extraños, concielos desconocidos, con perspectivas de paísesremotos y caminos ilimitados, como si fuese unaalma de bohemia, prisionera en un castillo... Y sabía condensar sus sueños, escribía en suÁlbum íntimo páginas deliciosas, pintabaacuarelas soñadoras, cantaba con una vozmaravillosa. Al principio, aquella alma impulsiva fue hostila Hugo Vial. Su frialdad respetuosa, su cortesíadisplicente le disgustaron. Pero, poco a poco, como cautivada por aquellapalabra encantadora, fue acercándose a él,dejándose deslumbrar, dejándose absorber,dejándose aprisionar en la red luminosa de aquelpensamiento y de aquel verbo, sufriendo la raracaptación de aquel hipnotismo extraño, extraño. Como las mujeres de Bethania, al arribo delpálido y blondo galileo, así ella sintió la 94
  • 95. aproximación del Iniciador, y fue hacia él, y elpolo de su vida se fijó. Y sus labios dijeron la palabra que salía detodas las bocas: Maestro. ¡Oh, Maestro! y sualma fue hacia él, como una fuente hacia el río. Y la hora de la Anunciación sonó en su alma. Y fue hacia el revelador, como una Magdalenavirgen, y le mostró su alma desnuda, aún libre demancilla como su cuerpo, y abrió el joyel de sussueños, rico como el tesoro de una cortesanaoriental, y regó ante él sus sentimientos comoperfumes, y la mirra de sus aspiraciones ardientesperfumó aquel templo del secreto, donde se abríasu alma temblorosa y bravía como una flor deCactus, al beso del sol de Palestina. Y de su corazón se escaparon las confidencias,como palomas ebrias de un néctar venenoso,acendrado en la soledad, como pétalos de floresmortales, abiertas en el silencio, en el dolor deuna conciencia irremediablemente enferma. Y a Hugo le parecía escucharla aún aquellanoche de luna, perfumada como un bouquet deAmor, rumorosa como un epitalamio, iluminadacastamente por una luz difusa de irradiación deestrellas, y el mar como si se durmiera, y a lolejos el volcán extinto como si velara, y el almade la virgen abriéndose en el gran silencio de lanoche, como un cofre perfumado en cuyo fondodurmiese una serpiente luminosa, un insecto de laIndia, magnífico y terrible. Su voz angustiada sonaba cuasi trágica, ydecía: 95
  • 96. —Mi alma es un abismo. Esta débil flor de mivirtud se inclina sobre ella, como atraídafatalmente por el vórtice: ¿quién podrá decirle alrayo, no la quemes? Ella va hacia el fuego y dice:bésame ¡oh llama! envuélveme ¡oh llama!consúmeme. Y contorsionada bajo el flagelo de lasangre, agoniza, atormentada por los espantos desu ideal. Yo soy como la virgen corrompida, lahija de Herodíada cuando dice: yo soy la rosa deSaron y el lirio de los valles, si mi preferido noviene a mi jardín, yo iré hacia él... Yo, como ella, no tengo miedo al Iniciador, ypuedo decirle: tú, salvaje del desierto, lleno deodio, el rayo de tus ojos no me da miedo. Mis volcanes y mis ojos fulguran con másfuerza. Pero yo quiero prender en ti un fuegodulce y febril, como el sueño de mis noches,cuando los suaves narcisos esparcían susperfumes en torno a mi cabeza. Pero algo másalto que el sueño del amor grita en mi alma queme consume. Yo te oí decir una vez: una alma deexcepción no debe sentir intensamente, sino tresgrandes pasiones: la Ambición, el Odio y laSoberbia; y no debe aspirar a hacer germinar enlas otras almas, sino tres sentimientos: laAdmiración, la Envidia y el Odio. Y yo tengo enmi alma un cuarto sentimiento, del cual no te heoído hablar nunca: la venganza: ¿es que no la hassentido jamás? —La venganza es una prostitución de laJusticia. Yo no me vengo: yo castigo. 96
  • 97. —Yo sí me vengaré. Tu yo indagador ¿no havisto la negrura de mi suerte? ¿No te haconmovido nunca este limbo de desastre en queme agito? Este nido de escudos rotos y mueblessalvados del naufragio, la humillación de estaposada ducal, ¿no te han hecho pensar nunca enlo que sentiría mi pobre alma, que no ha hechomal a nadie todavía, abriéndose así, bajo uncastigo inmerecido, víctima expiatoria de losvicios y de los egoísmos culpables de su raza? Yo soy enferma, porque mi padre era unalcohólico. Yo soy pobre, porque mi abuelo, esun avaro. Y yo pago los vicios de estos doshombres. Mi padre ha muerto. Yo respeto sutumba. Él me amaba bien. ¡Pero mi abuelo! ¡ah,mi abuelo! ¡Ah, marqués de Camportelazzo! Yome vengaré. Y la virgen terrible temblaba, como si susnervios fuesen a estallar en una de esas crisistremendas, que le eran habituales. Y luego continuó... —¿Has visto la negrura de este antro en quenos agitamos mi madre y yo, ella, como unahipnotizada de la tristeza, yo como una poseídade la desesperación? ¿no has visto esta agoníalenta de la miseria incurable, este sonrojosilencioso, esta consunción en que evaporamosnuestras vidas, sobre las cenizas de nuestrafortuna, en frente a los retratos de nuestrosabuelos impasibles? ¿No has adivinado el dramade nuestra existencia? Mi abuelo, el marqués deCamportelazzo, nos odia. No ha perdonado nunca 97
  • 98. a su hija, a mi madre, su matrimonio. La raza demi padre es raza enemiga de los Borbones. Lalucha de la libertad en Sicilia cuenta con muchosmártires en ella. El marqués de Camportelazzoera amigo y partidario del Rey Bomba: de ahí suodio inextinguible. Mi padre muriódespreciándolo. Y el noble Señor, retirado en sucastillo feudal, persigue aún, con sus odios, estasdos mujeres desvalidas. Mi madre lo haperdonado. Yo, no. Lo odio con un odio ciego yfurioso. Las raras veces que la casualidad nos hapuesto frente a frente, he caído sobre él como unacólera, como una maldición. Una vez que pordefenderse insultó a mi madre, lo abofeteé enpresencia de sus otros nietos estupefactos. Mehuye como al cólera, y dice que soy loca. Me haquerido sobornar porque me teme. Yo no aceptolimosnas. O todo o nada. O enmienda lasinjusticias hechas, o perece víctima de ellas. Y, en tanto, ¡qué suerte la mía! Florecen misdiez y ocho años en esta soledad de ergástula, ymi juventud y mi hermosura se abren en plenoeclipse. Y mientras mis tías y mis primas son laprincesa de tal, la contesina cual, la marquesinade más allá yo soy la señorita Monacci, y meconsumo en la soledad y en la miseria. Y cuandoen un baile veo brillar en los hombros desnudosde mis tías, y en el cuello de mis primas, las joyasde mis abuelas, sin que una sola le haya tocado ami madre, y tengo que retirarme en un coche dealquiler, mientras ellas pasan en sus equipajes, 98
  • 99. lujosas e insolentes, yo siento que el vértigo de lacólera y del crimen me posee. Yo no espero ni deseo el Príncipe azul, quevenga a sacarme de la miseria. Eso sería eldescanso, no la venganza. Eso sería grato alilustre abuelo mío. La suerte me inclina hacia abajo, y yo iré hastael fondo. Me vengaré haciendo sonrojar a los que mehan hecho llorar. ¡Ah, marqués deCamportelazzo! Yo te enfangaré el blasón, parano limpiarlo nunca. Yo pondré en su escudo uncuartel que no tenía: la prostitución. Sí, pero no laprostitución profesional, que puede reprimirsecon la policía, y que no pasa de los límites de unaciudad o de un país, sino la prostitución artísticay sonora, cosmopolita y ruidosa, que lleva unacorona en sus bagajes, para adornar sus noches deAmor en los cuartos de los hoteles y el camarínde los artistas. Ese hombre tiene la vida en el título y yo lomataré deshonrándolo. Yo iré al Teatro. Todosme auguran en él una gran carrera. Pero no iré alTeatro en la expresión de un Arte alto y noble, enla ejecución clásica de la música o del drama, enla ópera o la tragedia. Eso no enfanga. Laaristocracia ama las grandes artistas, y les dapuesto en su seno: la Patti ha sido Marquesa yBaronesa, la Nilson es condesa, la Albonitambién, Clara Warlt es Princesa. El arte es unaaristocracia. Ellas iban ascendiendo del Arte a lanobleza. Yo iré de la nobleza al Arte. Voy con la 99
  • 100. cabeza hacia abajo, precipitada como Satán. Yoiré al arte que es hermano y voz del vicio, al arteque corrompe y que degrada, a aquel en el cualno hay una centella de genio, ni de gloria, al artevil, a lo canallesco, a lo irremediablementeimpuro: iré al Café Concierto. Cantaré lascanciones más obscenas, con los movimientosmás provocativos, emporcaré mis labios y mimente, entregaré mi nombre y mi cuerpo a lascaricias del público, y haré poner en los carteles,al pie de mi nombre del Teatro: de los Marquesesde Camportelazzo... ¿Recuerdas aquella duquesade Sierra Leona, pintada por Barbey dAure-villyen la última de sus Diabólicas"? La sombra deesa duquesa seré yo. ¡Oh, mi venganza, oh, mivenganza! dijo, e inclinando su cabeza, sollozóamargamente. —Te he hecho toda mi confesión, murmurósobriamente, te he entregado mi espíritu, hasvisto mi alma desnuda. Eso es bastante por ahora. Y le extendió sus dos manos para decirle:¡adiós! Y se alejó, blanca y trágica, como la sombrade una Euménide virgen, como una Electraformidable, moviéndose en la lividez de uncrepúsculo de crimen... ….…………………………………………………………………… Y ella había dicho: aunque te envolvieses en lallamarada de un incendio, yo, sin lamentar unsolo día de mi juventud iría hacia ti en medio delas llamas, tendiendo hacia ti mis brazos, 100
  • 101. gritándote feliz: Envuélveme ¡oh llama!absórbeme, ¡oh llama! ¡anonádame en ti!... ¡Y fue hacia el incendio formidable! Y quemóen él sus alas niveas, en una sed inmensa deignición. Y así la poseyó, en una noche espléndida, decaricias lunares, de espejismos del lago, dealientos perfumados con áloe de las playasafricanas. Era pasada medianoche, y él llegaba delTeatro. Al atravesar el comedor, para ir a sucuarto, vio a Hilda que meditaba en el balcón, yparecía esperarlo. Se saludaron. La hora, el silencio, la soledad, llamaban laconfidencia de las almas. Ella lloró sobre las tristezas de su vida, y sobreel hombro de su amigo. Él, viéndola en sus brazos, sollozante, quisodesaligerarla del corsé, para que respirase mejor,y como las olas de un mar de nieve sus dosglobos de alabastro brotaron insumisos. Cuando un hombre ha visto los senos de unamujer, esa mujer le pertenece. Besó su boca en flor, como una herida abierta,y la poseyó virgen, sumisa, sin lucha y sin amor. ……………………………………………………………….. Y cuando días después se alejó de allí, nohabía en su corazón, sino un recuerdo triste, unvago presentimiento de desgracia, un comoremordimiento de haber poseído la virgen fatal, 101
  • 102. de haber acercado sus labios a aquellos labioshechos de fuego y de ceniza como un cráter, dehaber desflorado los pétalos de aquel lirio rojo,lirio de Maldición y de Pecado. *….* Un año después llegó a Nápoles en plenaestación estiva. Una noche, deseando cambiar de espectáculo,fatigado de la música del Gambrinus, de lascanciones de la Galería Umberto, de losconciertos de la Villa Reále, fue a lo largo de losmalecones de Partenope y de Chiaia, viendo lailuminación feérica de aquel cielo incomparable,mecido por el rumor del golfo, cuya olaspreludiaban nostálgicas, rumorosas, en lenguajeindefinible, la canción de lo infinito, mientrasorganillos tristes, y cantores errabundos, llenabanel aire de melodías apasionadas, y vocesexultantes, vibradoras de amor perdido, sealzaban en la soledad de la noche, cantandofuertes, acariciadoras, como el alma de aquelpueblo, de aquel hijo de la Gran Grecia, trovadoramante y feliz, sobre un lecho de lavas, bajo sucielo de índigo, y el follaje cariñoso de susnaranjos en flor. Y las voces continuaban en cantar: Oh, Bella Nápoli... Así llegó hasta los malecones de Santa Lucía,y vio, allá, hacia el mar, en un foco de luzeléctrica, los anuncios de El Dorado. Y fue a él. 102
  • 103. Era el único Café Cantante que le gustaba;avanzado en el golfo, sostenido sobre las olas querumoreaban juguetonas debajo de él, acariciadopor las brisas de Pausilipo, que venían cargadascon aromas de jazmines y nardos de Arabia, delos jardines de Paussoles, iluminados por losfuegos distantes del Vesubio, acariciado por elrimbombo de su trueno perpetuo y formidable. .. Habían pasado dos o tres números delrepertorio; un prestidigitador, un acróbata, undomador de leones, y el cuarto número aparecióanunciado: Leda Nolly, cancionista. Nápoles es el país de las canciones. Quien las ha oído una vez, nos las olvidanunca. La música empezó lenta, tierna como unaqueja, como un rumor de besos prolongados...Después, se hizo alegre, ruidosa, como unaebriedad de sonidos y de notas. Y, entonces, de súbito, como escapada a unpaís de sueños, arrullada por las voces cantantesde las arpas y de los violines, como si anduviesesobre un tapiz de ritmos, en un nimbo dearmonías, apareció la cantante en un traje rojoorlado en negro, como un pistilo de fuego en unacorola tenebrosa, con el pecho florecido, como unpectoral de rabino, bordado de cálices y palomas,divinamente incitativa y perversa, como unaSalomé hierática y triunfal. Un aplauso prolongado la envolvió. Ella seinclinó reverente, dejando ver al inclinarse,carnes deslumbradoras, más que su extraña 103
  • 104. pedrería, senos mal cubiertos, en unasemidesnudez artificial. Después, como una llama que anduviese en lasalas divinas de un acorde, avanzó hacia la escena. La reconoció bien: era Hilda, bajo su nombrede Teatro. Era la flor del Mal, la rosa lúgubre, que seabría al Sol de la venganza, incitativa y trágica.La joven se inclinó al público, y empezó a cantar. De su garganta, como el cáliz de una azucenadonde durmiera su nido de ruiseñores, brotaronarpegios cristalinos y sonoros, y de su boca enflor se desgranó un torrente obsceno decalembures infames, del lodo rimado, deimpurezas vertiginosas y rítmicas, una cloacamusical, alegre y desvergonzada, como el himnode una orgía. Hugo sintió que el corazón se le ahogaba, yuna onda de dolor y de angustia le subía alcerebro, ante el horror de aquella decadenciairremediable. La artista seguía cantando, moviendo todo sucuerpo, con esbelteces pérfidas de liana, yacariciando como una oferta, las ánforas de sussenos. Sus ojos perversos reían y prometían,mientras enviaban al público, delirante con eltropel de sus rimas impuras, un diluvio de besosincendiados... No pudo soportar más; un sufrimientodesgarrador, una tristeza profunda lo invadían, yabandonó el Teatro, triste, angustiado, sombrío, 104
  • 105. ante la inexorabilidad de aquel destino, ante lavisión de sus pétalos fulgentes. *….* Pocos días después, Hilda vino a Roma, y fueen busca de él. Lo amaba y lo necesitaba. Sumadre había muerto y estaba sola. Se había hecho aún más bella, con esa bellezadeslumbradora y tenebrosa, que la hacíairresistible como el pecado, enigmática como lamuerte. Se vieron y se unieron, y ella se hizoostensiblemente su querida. Y, así, cayó él bajo el yugo del colage, eseyugo enervante y envilecedor, asesino de laenergía, que mata en los débiles hasta la últimaluz del Ideal. Felizmente, él era fuerte, y su querida quedósumisa, como encadenada a su hipnotismo,tranquila, hasta donde podía estarlo aquella almainquieta, inapaciguable. Los teatros de Roma, no ofreciendo porentonces nada a la ambición de la jovencancionista, a quien sólo precedía una reputaciónruidosa de provincia, se dio al estudio con unaconsagración febricitante, con un ardor que pusoen peligro su salud. Él la llevó a París. Allí la hizo oír de IvetteGilbert, a Judit, a Clara Warlt, y repasar conmaestros especiales todo el repertorio del’Horloge, des Ambassadeurs, Casino, Jardín deParís, Moulin Rouge, la Cigale, Folies Bergères,y todos esos templos de la Lujuria, donde aúllan 105
  • 106. obscenidades, meretrices líricas, en una horribleprostitución del Arte y de las carnes. Hilda absorbió a París, se intoxicó de él, seconsubstancializó con la Ciudad Monstruo, elalma de Babilonia entró en su alma, y su granneurosis incurable se asimiló a aquella neurosisninivita, y apuró el delirio de aquella gran copade vicio, repleta de histerias. La desvergüenza artística, canallesca, deNápoles, se refino hasta desaparecer en ladesvergüenza profunda de los teatros parisienses.Su voz, su acción, su mímica, todo se transfiguróen aquel laboratorio de ficciones. Se hizo una artista exquisita, intensamenteperversa y turbadora. Regresó a Roma, con los últimos figurines, losúltimos trajes, las últimas excentricidades y lasúltimas canciones parisienses. Sus vestidos eran de Wood, sus sombreros deLantier, sus canciones, de los últimos poetasjóvenes de los cabarets de Montmartre. Él la había cubierto de joyas antiguas y raras,que venían de su país, y que lucían en su gargantay en su cabeza, como una constelación de gemas. Fue contratada para el Teatro Nazionale,donde una compañía de Opereta agonizaba, faltade una grand atraction. Y Leda Nolly fue el clou de la estación. Viéndola ya lanzada, Hugo pensó en dejarla. Fue imposible. Hilda lo había amado siempre y lo amabaentonces más. La gratitud, el hábito, la 106
  • 107. admiración creciente, habían hecho inmenso elamor en aquella alma apasionada y tenebrosa.Hugo se había hecho para ella todo. Era suamante, y su Maestro, y su Oráculo. Sus gustosliterarios, sus teorías de Arte, la facultadmaravillosa de distinguir la esencia de lo bello entodo, lo hacían el consejero adorable y adoradode aquella pobre alma enferma y sola. La admiración de la joven era sincera yfanática, como su amor. Orgullosa de su Musa, llegó a proponerle quehiciera versos que ella cantaría. Él no logró disimular la hilaridad que lapropuesta candorosa le produjo. Él, el más soberbio de los escritores de suépoca, conocido Por tal en los medios literariosque lo leían, él, el hombre de la frase alta ysonora, roja y sublime, haciendo versos paradivertir al público noctámbulo de un CaféCantante, le pareció tan divertido, que rió de todocorazón. —Gracias, carísima mía, le dijo, ¿quiereshacer de mí un dAnnunzio cancionero para unaDuse de Café Concierto? ¡Oh, mi Gioconda! ¡Oh,mi Foscarina! Yo no seré tu Stelo Efrén. Gracias,abdico la corona y renuncio a la inmortalidad quetu genio pueda darme. Ella sintió el dardo, sufrió con la crueldad dela burla, porque el Fuocco del poeta delmelagrano había dibujado en su cabeza milhorizontes de sueño; pero calló, porque habíaaprendido a respetar a aquel hombre, al cual era 107
  • 108. fácil odiar, pero era difícil, cuasi imposible, noadmirar. La indiferencia, el hastío, que empezaban aaparecer en Hugo, llevaban a Hilda a ladesesperación. Se hizo humilde, rendida, sus nervios lallevaban a crisis de melancolía alarmantes, y seagarraba desesperada a su Amor y a su corazón,que huían. Él tuvo piedad, y continuó atado a esa cadenade vicio sin amor, esperando que la vida nómada,que iba a principiar para la artista, lo libertaría alfin de esta pesadilla dolorosa. En ese estado de espíritu conoció a la condesaLarti. A la aproximación de aquella alma, tan alta ytan recta, su espíritu se volvió hacia ella, como ungirasol que abre todos sus pétalos al astroprimaveral. La alba luz de aquel corazón sereno y puro,irradió en sus pupilas de miope moral, y porprimera vez vio una alma. ¿Existía el Bien? Aquella mujer era algo más que la Bellezaperecedera y frágil. Aquel vaso de elección era algo más que laforma ática, impecable; ese vaso casto conteníaun perfume: la virtud. ¿Existía, pues, la virtud? Él creía haberla enterrado con su madre, ysurgía de súbito blanca y radiante, como un rayode luz, que rompe los intersticios de una tumba. 108
  • 109. ¿Había, pues, una alma en la mujer? Y, por primera vez, vaga, confusamente, comoen una alba brumosa, veía la realización de esefenómeno: la aparición de una alma de mujer antesus ojos. Las mujeres de Jerusalén, que vieron al Cristoradioso alzarse de la tumba, no sintieron mayorasombro. Sus negaciones, como los pretorianosdel Sepulcro, quedaron heridas de verdad. Y tembló ante el Milagro. El ojo deslumbrado por la Belleza supremadebe cegar. La pupila que ha visto la última expresión dela Belleza, debe de reventar, ebria de luz. Así, cuando después de haber visto el fulgorde una alma, volvió al limbo moral en que vivía,aquel estercolero en que se agitaban dos cuerposen pecado le dio horror. Aquella vida se hizo odiosa. Y sacudió su cabeza con una fuerza de leónenfurecido. La artista tembló ante esta rebelión que lepareció definitiva. Lloró, imploró: todo fue en vano. Él no se conmovió, no toleró escenas.Amenazó con el manicomio, y empezó a alejarse,fría, deliberada, paulatinamente. Lo que Hilda sufrió no tiene nombre. No se leocultaba la causa y entonces germinó en ella eseodio ciego y brutal por la condesa. En su alma, hecha solitaria y obscura, comoun huerto inculto empezó a crecer la planta 109
  • 110. venenosa: la venganza. Ese sentimiento que lahabía llevado a la deshonra ¿a dónde la llevaríaasí, decuplado por su Amor? Las relaciones con una Artista de renombre,no son nunca un secreto en el gran mundo. La condesa, herida de celos, habló a su amigode esta relación culpable. Y fue inflexible. Cuando aquel verano, Hilda fue contratadapara una jira teatral, fuera de Roma, él creyóllegada la ocasión del rompimiento definitivo. En vano la Artista le escribió de Livorno, deViarreggio, de Pisa, requiriéndolo con acentos deuna pasión verdadera y profunda, suplicándolefuera a verla, siquiera una semana, a presenciarsus triunfos, siquiera una noche. Todo fue en vano. Egoísta, absorbido en su nueva pasión,desgarró aquella alma trágica, sin pensar quepodría serle fatal. Y le escribió a Venecia una carta que era elrompimiento definitivo. La artista sufrió sin queja, y devoró la injuria. Y el silencio cayó sobre sus labios, comouna piedra de sepulcro, y el dolor rompió sucorazón, como una ánfora cargada de veneno. Y principió después esa guerra sin cuartel ysin tregua, dispuesta a ir hasta el crimen, porvengarse. Y fue para atemperar esa guerra deanónimos, de insultos, de amenazas, que Hugo sehumilló, hasta ir en busca de la artista, a pedir un 110
  • 111. armisticio, para aquella pobre alma de mujer,herida sin piedad. Y todo estalló en la escena violenta ytempestuosa de esa noche. Se paseaba inquieto, febriciente, por estaexcursión a su pasado, cuando vio sobre suescritorio una carta. Reconoció al momento aquella forma de letraelegante y clara, aquel papel lila pálido, aquelsello particular con el exergo latino ad hora, etsemper. La abrió con precipitación. La esperabadespués de aquel fin de idilio, de aquella escenaen que él se había quedado sollozante de deseos,en un sofá en su salón, y la había visto partir sindetenerla, sin decirle adiós, sin estrecharle lamano, sin coronar con un beso su cabellerafúlgida de aurora. Y la carta decía: Mío carísimo: ¿Me has perdonado? Sé piadoso para unapobre incomprendida, que tiene el mal de amartedemasiado. Tengo necesidad de ser perdonada.Dime que me amas... ADA. Y, como toda carta de mujer, llevaba unaposdata, que era el objeto de la carta misma, ydecía: Mañana, como todos los jueves, iremos alPincio, a la música. ¿Me será dado hablarte? Aquella súplica apasionada y tierna, el ruegode aquella alma, vaso de Perdón, lo conmovieron 111
  • 112. hasta la ternura, y llevó el billete a sus labios y locubrió de besos; era el rostro de la Amada. Y el eco de los besos castos sonó en sucorazón, corno el rumor de la ola entre la conchamarina... Tristezas silenciosas, como aves taciturnas... Adaljisa no engañaba su corazón. Le daba la verdad a devorar, como paranutrirlo en el dolor. Veía su amor amenazado, suventura pronta a desvanecerse como un miraje dela pampa, hecho de lontananza, de niebla y derocío. ¡Ah, la querida ventura fugitiva, tan bellacomo un paisaje de idilio, desflorado por un sollevante! Y la inquietud engrandeciente de su alma loenvolvía todo en una nube gris, color de angustia. A la sola idea de que este amor, el único de suvida, pudiera faltarle; que el Adorado pudierahuir lejos de ella; que llegara a odiarla por sucastidad; que hallando en otras mujeres lo queella se empeñaba en negarle, fatigado de un cultoplatónico, volviera la espalda a este romanceestéril, y se apartara de ella para siempre, sucorazón temblaba, como bajo la amenaza de unpuñal. Hoy, más que nunca, aquel amor era la vida desu vida y el soplo de su alma. ¡Se había hecho tannecesario a su existencia, antes tan triste ydesolada!... Ella amaba por todo el vacío de suvida anterior, por toda la soledad de su vidapresente, por toda la inquietud del porvenir... Aun 112
  • 113. en los momentos de mayor ventura y deabandono, ella no olvidaba nunca ese fantasmaaterrador: el mañana... ¡La vejez, el hastío, elabandono, la muerte! Las alas del Amor habían venido tarde aaquella crisálida enferma. ¡Oh, si tuviera la edadde su corazón! Esta obsesión de edad la torturaba, y minabasu ventura, como un cáncer roedor. Aun era bella, con la belleza inmortal de lasdiosas y de las estatuas. Pero, ¡ay! un soplo del tiempo, el paso de unosaños y su belleza caería en ruinas, con la tristezasilenciosa de un mármol que se rompe, Y una vozinterior le decía como el Poema del Bien Amado:Aun es tiempo de amar y de vivir... ¡Tiempo de amar! Tiempo de adorar, decíaella, viendo cómo fulgía el ídolo en el ara radiosade su alma. ¿Pero amar para entregarse? ¡Oh, la gran pena! Su carne, casta, comolevadura de hostia, no vibraba a la llamarada delplacer, no se despertaba al grito del deseo. Su gran pasión, incomprendida, moriríadespreciada, si se empeñaba en resistir, oprofanada, si se entregaba y caía. ¡Oh, cómo erafrágil la ventura de su sueño! La resistencia era la derrota. Eso lo sabía bien.Aquel hombre no soportaría por más tiempo latortura del deseo inapaciguado. Lo había visto asíen el acento de su voz imperante y desdeñosa, enla mirada de sus ojos amenazantes y esquivos, en 113
  • 114. la actitud de cólera y de desdén con que la dejópartir aquella noche, en que para salvar su virtudvictoriosa, había tenido que escapar de brazos delAmado, ebria de ternura, y poesía, llevando aúnen los labios la sensación portentosa de sus besos,como el calor de su alma, que se hubiese dormidoen ellos. Ese conflicto entre dos ideales, ese combateentre la energía moral y la impureza animal,debían finir por la capitulación definitiva. Paracontinuar en ser amada, tenía que ser profanada.Tenía que sacrificar su virtud a su corazón. Sucarne sería carne de holocausto, ardería comoincienso y como cirio, se daría como el humo y elperfume en el ara divina de su amor. Y esto la entristecía hasta las lágrimas. En las altas angustias de su concienciaatormentada, en las crisis trágicas de su honradez,en esa lucha de su heroísmo moral, frente a laenergía sensual, en el espanto de su espíritu,obligado a optar entre su amor y su virtud, en esedesastre tormentoso de su corazón, su almapiadosa se refugiaba en Dios con una necesidadinfinita de auxilio, de luz y de perdón. Y se amparaba a la sombra de la cruz, comobajo un árbol protector que la librara del rayo,como si los brazos abiertos del Crucificado lallamaran, como si sus labios cárdenos le dijeran:Ven, escóndete en la herida sangrienta de mipecho, donde la lanza asesina hizo ese nido paralas almas sin consuelo: Ven, yo soy la Verdad: 114
  • 115. yo soy la vida. EGO SUM VERITAS ETVITA, y el consuelo y la paz de las que sufren. Y se refugiaba en el ara del altar, como sifuese una roca inaccesible, adonde la tempestadno podría llegar, donde las olas enfurecidas nopodrían arrebatarla, hundirla, sepultarla en elnaufragio pavoroso de su Ideal. Y entonces oraba, oraba con ese fervorapasionado y conmovedor, de los ardientes ysencillos, de las almas candidas de Fe. Aun era pura. Pero, cuando se acercaba altribunal de la penitencia, temblaba, vacilaba,necesitaba de todo su valor para no huir, como sihubiese sido una pecadora ignominiosa,irredimible... Y, al desnudar su alma casta, comoel cuerpo de una virgen entregada a los leones, almostrar su corazón despedazado, como un vasoroto que hubiese contenido sangre de un mártir,toda su angustia se diluía en lágrimas y ensollozos. El viejo monje mercenario, que la escuchabaen la nave silenciosa de Santa, FrancescaRomana, tenía todas las penas del mundo encalmarla, en disipar los espantos de su pobrealma torturada. Y su consejo implacable, su admonicióntremenda, caía como una sentencia de muertesobre aquel pobre ser, que se empeñaba enconsolar: —Huid de la tentación. Apartaos del tentador.¡Escapad antes de la caída! Dios os concede esatregua. ¡Salvaos! le decía. 115
  • 116. Y ella hacía la intención, y se acercaba a lamesa eucarística, y devoraba a Dios, para hacerlobajar a su alma como un Pacificador supremo,hacerlo descender hasta las borrascas de sucorazón, para calmarlas, hacer pasar sobre aquelmar furioso, la figura suave del Salvador,bendiciendo las olas y diciendo a su almaamedrentada, prendida de un pliegue de sutúnica: Mujer de poca Fe ¿por qué vacilas? Pero cuando se trataba de cumplir la tremendaadmonición, le faltaban las fuerzas. ¡El abandono, la ruptura definitiva, el fin detodo!... ¡Oh, eso no! Huir, dejarlo, escaparse desu lado... ¡Oh, no, eso no, jamás! Eso sería sumuerte moral, una muerte mil veces peor que lamuerte física, un suicidio del espíritu más lento,más torturador, más cruel que el suicidioverdadero. El suicidio es un éxtasis, es el deseoque se diluye en lo infinito. Pero, ¡la ausencia!¡Oh, la ausencia es la muerte sin la paz, la tumbasin el Olvido, sin el silencio, y sin la calma! No tenía fuerzas para ello, no lo ensayabasiquiera, y se refugiaba en la oración silenciosa ysollozante, que llenaba su alma mística de unaserenidad de Alba, de un perfume extraño deconsuelo y de paz. Huía de las grandes basílicas suntuosas, deSan Pietro, San Giovanni Luterano, Santa MaríaMaggiore, como temerosa de que su pobreoración, paloma enferma, no pudiese romperaquellas cárceles de mármol, y muriese,enredadas las alas, en las garras de los leones o 116
  • 117. las barbas de los profetas, que decoran lascúpulas soberbias, poniendo pavor en las almastorturadas, en la plegaria temerosa de los labiosardidos por la fiebre de todos los tormentos. Buscaba las iglesias retiradas y solitarias,aquellas en que rezan los humildes al fulgor deuna lámpara votiva. Iba hacia aquellas más distantes de su palacio,donde era desconocida, donde podía entrar y orarcomo una alma martirizada y sollozante, comoesas gentes sencillas, que repasaban sin mirarlas,las cuentas de sus rosarios, implorando a laMadonna, en una actitud verdadera de éxtasis. Gustaba de emigrar hacia el Esquilmo, dondetodo le hablaba de los mártires, de las almashermanas de la suya en el dolor, de los cuerposdesgarrados, como su corazón. Y así se la veía llegar humilde, silenciosa, atemplos lejanos, como San Clemente, dominadapor el deseo de borrarse, de anonadarse en lahumildad, de desaparecer ante Dios, de serhumillada y consolada. Y se detenía en el atrium,el único completo que se conserva en Roma, allídonde se exponían en la antigüedad los penitentesa todas las intemperies, los hiemantes, como seles llamaba, y ella también, como una hiemantedolorosa, esperaba que el sacristán abriera lapuerta de la iglesia, y se deslizaba en ella,presurosa, cuasi feliz de hallarse en la penumbrasagrada, y se arrodillaba allá, lejos, cerca al coro,a la triste luz de las lámparas del altar, queenvolvían en una gasa de luz, en un manto de 117
  • 118. ocre, las cuatro columnas de mármol violeta, quecomo el cáliz de cuatro convólvulos morados,sostienen el ciborium y el sarcófago de lossantos. Y allí oraba, absorta en una calmasagrada, en una quietud que era como unahipnosis divina, cuasi en éxtasis de su fe. Su almasencillamente pura se sentía allí confortada,protegida, segura, como si las alas del Eterno,abiertas sobre ella, le dieran la inviolabilidad y elperdón, el olvido y la quietud... Pero las iglesias que halagaban más su sed desoledad y de misterio, su éxtasis de oración y demartirio eran: Santa Pudenziana y SantaPrássedes, las dos vírgenes, hijas del SenadorSexto Pudenzio, que convertidas al cristianismo,salían en la noche a recoger en el Circo loshuesos de los mártires, para sepultarlos, y aenjugar con esponjas la sangre en las arenas,hasta colmar con ella un pozo, allí donde se alzansus iglesias. Era a esos lugares de virginidad, de fuerza yde martirio que iba ella a pedir amparo para sucastidad, para su debilidad, para su dolor. Sobre todo Santa Prássedes era el lugar de superegrinación diaria. Todas las tardes, al volverde la cita del amado, fresca aún la luchasostenida, dejaba lejos su coche, y se la veíallegar por la Vía Santa Martino, y entrar alpequeño patio, que precede a la iglesia, y penetraren ella, afanosa, anhelante, como si fuese uncondenado a muerte, buscando la inviolabilidaddel templo, para escapar al suplicio. 118
  • 119. Se detenía un momento ante la reja que cierrala Capilla de San Zenón, adonde las mujeres nopueden entrar, bajo pena de excomunión, ydonde, en medio de un nimbo de ángeles engloria, está la columna de jaspe, la misma en que,según la leyenda, azotaron a Jesús, y allí oraba alSalvador, pidiéndole por esa sangre derramadabaja el azote del sicario, fuerza para ella,amarrada a la columna del Amor, azotada por losdeseos de otros, exánime, pronta a desfallecer y asucumbir. Y, después, iba hacia la capilla Olgiatti, dondela faz radiosa y triste del Cristo de Fr. Zuccheriparecía consolarla con su resignación dolorosa, aella, que vacilaba también bajo el peso de sucruz, pronta a caer, fatigada en su ascensiónimposible al calvario de su Ideal. Y, tocando con las manos y la frente el bordedel pozo en que la Santa había recogido la sangrede los mártires, la imploraba con un acentodesesperado y sincero, y decía: —¡Oh virgen, tú que encadenaste el dragóndel Deseo, sálvame! Por tu cuerpo inmaculadocomo el lirio de los valles, ¡sálvame! ¡Oh, tú.virgen fuerte, dame la fuerza! Mata el Deseo enel Amado. Haz que el hálito de tu castidadinvencible pase sobre él, serenando su almaimpura y tormentosa. Limpia su corazón demalos deseos, como limpiabas las arenas delcirco. ¡Sálvalo, que es un mártir de la carne! Ysálvame a mí, ¡Oh Señora! Como enjugabas lasangre de los mártires, enjuga la de mi corazón 119
  • 120. desgarrado y sangriento. Él también es un mártir.Con la sangre que brota de sus heridas habríapara colmar cien veces este pozo, que tus manospiadosas llenaron hasta el borde. Y, en silencio, como temiendo revelar a Diossu pensamiento, lloraba por su juventudagonizante, por el temor de la hora presente, porel horror de la hora cercana y pedía un milagro: elprodigio de detener en su descenso el solponiente. Y temblaba de angustia en la intemperiede todos los consuelos. Y, en una desolada imploración de su alma,oraba por él, por el desventurado sin corazón ysin fe, que no tenía siquiera los consuelos de laoración y de las lágrimas, que hacía toda lariqueza dolorosa de ella. En el flujo y reflujo de su pensamiento flotabaentonces algo blanco, como la espuma en lacresta de la ola. Y la Esperanza se abría en su alma, y seextendía como una floración primaveral,surgiendo de las llagas abiertas del Cristo,ornando como un festón los bordes del pozosangriento, subiendo como una trepadora a lacúpula dorada, y alzándose hacia el cielo, comouna flor de promesas y redención. La Fe crea. La Fe salva. La Fe es el Verbo que fecunda el caos. La Fe es la madre del Miraje, de la Leyenda yde la Gloria. 120
  • 121. La Fe es la fortaleza del Mártir y el escudo delGuerrero. La Fe es la vía láctea del Ensueño, consteladade estrellas de quimera. ¡Bienaventurados los pobres de espíritu,porque de ellos es el reino del Consuelo! Crepúsculos de Otoño, celajes de arrebol... En la pureza transparente del horizonte seextendía ya ese índigo tierno, ese tono lapislázulien fusión, esa palidez augusta que decora loscielos del Lacio, en las tardes de noviembre. Los carruajes que del Corso, Vía Ripetta y VíaBabbuino, desembocaban en Piazza del Popolo,se dirigían hacia el Pincio, ascendiendo lenta,majestuosamente por el laberinto de las ramblasflorecidas. Era la afluencia habitual de carruajesblasonados, donde lucía todo el armorial delpatriciado romano, la heráldica orgullosa de laItalia conquistadora, y los blasones cosmopolitasde Embajadores extranjeros y de príncipes en jira,y luego, la cola interminable de landeaus yfaetones de los reyes de la Banca y del Comercio,cardog, graciosos y ligeros, como barcas aladas,como canastillas de flores, llenos de jóvenesinglesas, transeúntes, felices de hallarse en Roma,y las modestas carrozzelle de alquiler, llenas deburgueses apacibles y de gente del puebloendomingada. Una visión policroma y feliz deRoma, a la luz de un crepúsculo opulento. 121
  • 122. La característica de Roma es la seriedaddecorosa, que no se desmiente ni aun en lasfiestas populares más bulliciosas. Es un pueblo melancólico el pueblo romano,solemne, grandioso en todo, como un himnosacro, como una visión de guerra, como unapuesta de sol... Ebria de antigüedad, su almaclásica, dueña en el presente, con los esplendoresépicos desaparecidos, y creyéndose nacido pararesucitar las cosas muertas, sueña aún con loshijos de Cornelia, con la púrpura de César, con lasombra de Escipión, y mira hacia la Vía Appia,poblada de sepulcros, por ver si sus muertos sealzan, si vuelven sus legiones, dispersas por elmundo. Es un pueblo que tiene la monomanía de lagrandeza, la nostalgia de lo augusto. No olvida sucorona. Bajo sus harapos de mendigo, vive sualma de Emperador. Y, abriendo su manto enhilachas, dice como Dionisio, a aquellos que lodesprecian: yo también he sido Rey. Pisoteadopor todas las barbaries, tolera, despreciándolos,todos sus opresores. Desdeñoso y triste, mirapasar las olas adventicias de sus dominadores,con una seriedad que recuerda la de sus mármolesclásicos. De Genserico a Garibaldi, él ve, con lamisma indiferencia, la espada que rompe susmuros y la oriflama que ondea sobre sus puertassagradas. El desprecio estoico de su Senado porlos vencedores de Alía vive intacto en sucorazón. Para él cuanto viene de fuera es labarbarie. El alma de Manlio, y la sombra de sus 122
  • 123. pájaros sagrados, parecen aun vagar sobre elCapitolio, en mudo coloquio con la lobanostálgica, que con el ojo torvo, espía, a través desus rejas, el Tíber silencioso, que ha de traerle losgemelos de Rea. El sueño indomable y despectivo de esepueblo se ve en los ojos negros y sombríos de lasmujeres que cruzan las callejuelas del Trastevere,en la insolencia real de los adultos y la gravedadde los ancianos, que se duermen bajo los pórticosderruidos, entre las columnas del Templo deVesta, en los muros del Coliseo, en las cuevashúmedas del Palazzo de Cesare, como sidurmiesen en un lecho de alfombras decachemira, sobre brocados de la India, entresedas suavísimas de Esmirna. El alma de un pueblo se corrompe en laesclavitud, como un cadáver en la tumba. Estepueblo ha conservado intacta la conciencia de sudestino. La Conquista no lo ha matado. Bajo sumiseria vive una alma: el alma del PuebloRomano. Bajo los Emperadores, bajo los papas,bajo los reyes, se cree un vencido. Y duermesobre las ruinas estrechando contra su corazónsus grandes águilas mudas. Y espera soltarlas otravez sobre el mundo sorprendido... Y sueña alzarse con el único título que cuadraa su grandeza: Pueblo-Rey. Muerto con laRepública, la espera... Y presta oído al silencio desus llanuras somnolientas, como si esperaseescuchar, cual un trueno lejano, el rumor de suslegiones que vuelven victoriosas, y negro el 123
  • 124. horizonte por un vuelo de águilas que vienen aabatirse sobre la colina formidable, huérfana delJove Capitolino, las águilas vencedoras de Carta-go, las águilas temibles, las águilas de laRepública romana... Y, entretanto, ese pueblo abatido es así triste,como esos cocheros silenciosos, ascendiendolentos por las ramblas del Pincio, cual si sedoblasen bajo sus libreas, al peso de las coronasdecrépitas de sus amos. Había en el cielo una como difusión deamatista, y en él aire una como vaga inhalaciónde rosas. Los horizontes se abrían en pórticosdesmesurados y perláceos, como vías lácteas deópalo expirante, en un vapor rosa pálido, comohecho con alas de insectos y pétalos de jacintosprimaverales. Las flores que iban a morir al besodel invierno, los árboles que empezaban a perdersus hojas, aromaban la atmósfera con uno comoamor de despedida. La generalidad de los coches ibandescubiertos, como si sus dueños deseasenaspirar estas últimas brisas del Otoño que moría. Bellas mujeres, de belleza imponente y grave,llenaban esos carruajes en toilettes de mediaestación, colores serios y tiernos, que diseñabansus siluetas, perfilándolas, esfumándolas cuasi, enuna lontananza indefinida. La condesa Larti y su hija iban bellas,silenciosas, como absorbidas por la calma tristede aquella tarde augural del invierno próximo. 124
  • 125. Cuando llegaron al punto donde se cruza conlas otras avenidas, aquellas que de Vía Sestina yTrinidad dei monti, entran en el Pincio, su cochese cruzó con el breack en que Hugo Vial, conotro amigo, iba al paseo. Éste las saludóceremonioso, al parecer indiferente. La condesa lo siguió con ojos desolados. Laadivinó sufriente, bajo su impasibilidaddesconcertante. Cuando llegaron al hemiciclo lleno ya de losmás elegantes equipajes, la condesa tuvo unmomento de verdadera angustia y de disgusto. Elcoche de Leda Nolly, estaba a pocos pasos dedistancia. La artista, como si estuviese enferma,llevaba vestidos de invierno, de color sombrío,que hacían emerger más nívea su palidez de lirio,y más luminosa su cabellera fosforescente.Llevaba manípulo y boa en piel de marta blanca,porque su naturaleza meridional y sutemperamento nervioso la hacían inmensamentesensible a los rigores del frío. Como estaba acuatro o cinco coches adelante del de la condesa,ésta no veía sino la llama de sus cabellos cuasirojos, y a veces, el perfil imperioso de pájaro depresa, y el fulgor inquietante de sus ojostenebrosos. Hugo, que se había apeado del breack, la habíavisto también, y había hecho un largo rodeo, parallegar sin ser visto hasta el coche de Ada. Es costumbre de la aristocracia romana hacery recibir visitas en aquel paraje. 125
  • 126. Cuando llegó Hugo Vial, ya Guido Sparventa,en la Portière del otro lado, conversaba con Irma.Los dos jóvenes fueron de una frialdad alarmantepara el recién llegado. Éste, en revancha, secontentó con una leve inclinación de cabeza, sindarles la mano, con una indiferencia agresiva yglacial. Ada lo notó y tembló, como si laaparición de esos dos nuevos enemigos surgieseen su camino, para amenazar la ventura de suamor, ya tan frágil. Y Ada estaba bella, esa tarde, con una bellezaprimaveral, superior a la de su hija. Las líneasimpecables de su rostro, como las de su cuerpo,semejante al de una virgen, se diseñaban con unapureza de relieve admirable, al reflejo de aquellaluz cuasi ateniense. Sus ojos martirizados por la angustia, lasonrisa triste, que vagaba sobre su boca dolorosa,le daban tal aire de dolor irredimible, devencimiento resignado, que Hugo, conmovidoante aquella angustia silenciosa, le estrechótiernamente la mano, que tembló entre las suyas,suave y ardiente como el pecho de unagolondrina prisionera. La tristeza de la tarde que moría les llenaba elánimo. El amatista de los cielos se diluía en un violetaobscuro, que se incendiaba en la línea del oriente,sobre un mar cárdeno, como la última ondulaciónazul de una cordillera, desapareciendo en un marde sangre, y el ocaso, semejante a un archipiélagode púrpura, sembrado de islotes negros, sobre los 126
  • 127. cuales la candidez de algunas nubes fingíaprocelarias vagabundas, las alas desmayadas yrompidas, en medio del crepúsculo expirante.Desde esa terraza, por sobre la balaustrada dondeel público contemplaba la puesta del sol, se veíaesplender ese incendio feérico del cielo, y lascumbres violáceas de las serranías y la cúpula deSan Pietro dando reflejos azules, como una tiaraornada de zafiros, y el Gianicolo, en cuya cima,como la imagen de un San Jorge en llamas, de unconquistador alado, visto en el sueño místico, laestatua de Garibaldi centelleaba y fulgía, comoun lábaro de fuego, en la irradiación cegadora delsol, como si los cascos de su caballo se enredasenen la púrpura del crepúsculo, como en el mantode gala de un cardenal atropellado, muriente bajosus pies... El ruido de la marcha real y el rumor de lamultitud los llamaron a la vida. Pasaba la reina, bella, sonriente, con su sonrisainimitable, inclinándose con esa gracia sólo deella, con un movimiento de corola, como si fuesela flor cuyo nombre lleva, moviendo su cabezablonda como en un ritmo luminoso, comoacariciada por aquel hálito humano, por aquelsoplo de un pueblo enamorado de su AugustaSoberana. Pasó, como una visión de luz, rubia ysonriente, como un pistilo de oro, entre las cuatrollamas, que semejaban los cocheros en sus libreasde un rojo cegador. 127
  • 128. Y la condesa quedó absorta, como siguiendoaquella estela áurea que dejaba la belleza real, ypensando que ella era una niña, una pensionaría,cuando aquella reina ya madre ascendía al trono. —¡Oh, cuan bella es aún! exclamó, como si enesa exclamación se condensaran todos susdeseos, todas sus esperanzas de permanecertambién eternamente joven y eternamente bella,en la irradiación constante de su belleza opulenta. Una carcajada canallesca sonó entonces muycerca. Hugo la reconoció: era la risa de Leda Nolly. El coche de la artista se había detenido por laaglomeración de vehículos, y ésta, con un gestode pilluelo, mostraba a otra cantante de airedesvergonzado, el coche de la condesa y ambasreían con risa agresiva y brutal. Felizmente los coches que se cruzabanimpidieron que nadie se diera cuenta de laescena, y el carruaje de Leda desapareció en eltorbellino, llevando la cantante, que por repetidasveces volvió la cabeza con aire escandaloso ygesto populachero. Ada tembló como si fuese a desmayarse. No se dijeron nada, temerosos de que Irmapudiese sorprender su secreto en una sola palabra. —Mañana a las ocho, en la Villa Borghese, enel jardín del lago, cerca al templo de Esculapio,dijo muy bajo la condesa. Y se separaron tristes, sombríos, como si unviento de desastre soplara sobre ellos. 128
  • 129. En él la cólera montaba como una mareaformidable. En ella su alma de gran dama sentía como unazote en la mejilla la carcajada infame de laArtista. Y le parecía que aquel dedo extendidomostraba a todo el mundo las debilidades de sucorazón. Y tuvo vergüenza, ella, la casta, ella, lairreductible, tuvo vergüenza, una vergüenzaaltiva, desolada, irredimible. Angustias dolorosas y nunca confesadas.., El sol esplendoroso fulgía sobre los cielos,sobre los cielos pálidos con un fulgor austral. Vibraba la mañana cantante y rumorosa, comouna selva en fiesta, y el aire entibiecido conbrisas del Tirreno, con auras de las playas delÁfrica cercana, ponía besos de fuego, auras devida, en la campiña y la ciudad, salidas de su velode gasas nocturnales. Al beso de ese sol reverberante, la vidareventaba en flor. Y era un himno de estrofas vibradoras: elhimno del Trabajo y de la Acción. Cuando Hugo Vial salió de su casa, la VíaPalestro, con sus palacios y villinos, envueltos ensus frondas verdinegras, se mostraba bajo el cieloradioso, brillante y sombreado, como un jirón devalle matinal. A lo lejos las cornetas de los cuarteles delMacao, tocaban cosas marciales, despertandoelementos bélicos en aquel hijo de soldado, cuya 129
  • 130. vida había sido una epopeya de combatesmorales, y cuyo grito, cuya prosa épica, vibrabasobre el desastre de su cuerpo y de su raza, comola llamada desesperada a un ejército en fuga,último apelo a la victoria, último toque de clarín,sonado por la energía indomable de untrompetero moribundo, en la desolaciónsangrienta de un campo de derrota... Mas ¿qué importa la belleza de los cielos, sino se lleva el cielo dentro del alma? Hugo Vial iba triste, torturado por sus nerviosinsurrectos, por la neurosis fatal que se apoderabade él, cuando se veía obligado a combatir en losmedios pequeños de la vida. Este ser de excepción, esta alma de guerra queparecía nacida con yelmo y con coraza en un díade justas y batallas, este guerreador nato, a quienel Dolor había armado caballero en edadadolescente, cuasi impúber, como un Goliat desueños, hecho a flagelar el Error, como losángeles adolescentes que azotan a Heliodoro, enlos frescos de Rafael; que amaba el peligro comosu elemento y la lucha como su sola atmósferarespirable, se sentía triste, deprimido, cuasiimpotente para la lucha con las pequeñeces, conlas bajezas de la vida. Su alma hecha para los grandes duelos, para lalucha en las alturas, cuando tocaba el suelo,sentía la nostalgia, la tristeza, cuasi la impotenciadel combate. Su ímpetu aquiliano sollozabaprisionero en las trivialidades de la vida. Como elbuey de Assour, su marcha era torpe en los 130
  • 131. pequeños senderos, y sus alas palpitaban,desmesuradas, caídas contra los flancos,ensangrentados por las zarzas del camino. Él, incapaz de retroceder en el combate, hechopara caer sobre su escudo en la palestra, seofuscaba, temía, era absolutamente inhábil en lasluchas de la intriga. Sus enemigos lo habían vistosiempre desarmado en esa encrucijada sombría, ylo habían acuchillado en ella, sin que intentarasiquiera defenderse. Su zarpa de león no erahecha para la caza del insecto vagabundo: áquilanon capit muscas. Y así, esa complicación que surgía en tornosuyo, esa guerra con una mujer que debía ser porsu naturaleza guerra de intrigas y bajezas,perturbaba la alta serenidad de su espíritu, loinquietaba, lo hacía irascible y melancólico. Y, luego, el inmenso dolor de desgarrar elcorazón de la Amada, de decirle a Ada quepensaba partir, que su país ardía en guerra, que elfulgor de esa hoguera lo atraía, que del fondo dela catástrofe, de las ruinas incendiadas, vocesclamorosas venían a él, llamándolo, que el debertocaba diana en su alma, que era tiempo de correrhacia los horizontes ilimitados de la Gloria o dela Muerte, todo eso lo hacía meditabundo,dolorosa-mente taciturno y triste. Así atravesó gran parte de la ciudad, sin quenada lo sacara de su ensimismamiento sombrío. Y Roma despertaba en torno suyo, bulliciosa yfeliz. 131
  • 132. Y él no la veía. El río rumoroso de la vidapasaba ante sus ojos como una Estigia sinrumores. En la Piazza Indipendenza, verde, florecida,luminosa, como un altar de Corpus en el campo,los cocheros lo asaltaron, brindándole vettura, yél no les respondió siquiera. En la Piazza della Stazione, era un rumor derío, viajeros que llegaban o partían, coches yómnibus atestados de extranjeros, carros deequipajes, fachinos afanados, la manadaambulante de vendedores de diarios y de frutas,ensordeciendo el aire con su ronca gritería, y enlos cafetines que se amparan bajo las ruinas delas Terme Diocleziane, noctívagos impenitentes,coristas matinales y cocottes de suburbio, le veíanpasar, preguntándose dónde habría corrido lanoche aquel signóte, con aspecto de croquemort,displicente y sombrío. Y así pasó la Piazza Termini, y atravesó la VíaNazionale, ¡tan bella bajo aquel sol matinal! Yrecorrió el Corso todo, sin darse cuenta siquierade la distancia inmensa que había andado a pie. Cuando desembocó en Piazza del Popolo, elcantante esplendor de la mañana, pareciódespertarlo de un letargo. La Piazza se abría ante él como un lagoluminoso, con riberas encantadas. Las cúpulas deSanta María di Monte Santo de Santa María deiMiracoli, reposaban en la sombra, mientras la deSanta María del Popólo, ya bañada por el sol, sealzaba radiante, como un ánade feliz que seca el 132
  • 133. albo plumaje en las orillas de un río. Circundadapor sus tres iglesias protectoras, por sus vastoshemiciclos de mármol, radiosa de sus estatuas desus columnas, de sus fuentes, la Piazza semejabaun estanque de miraje, en cuyo fondo reverberabainmóvil la pupila del sol. De los jardines del Pincio descendía como unaliento tibio de rosas, impregnado de olores defloresta. Sobre el fondo verde del jardín, teñidode una dulzura imprevista y melancólica sedestacaban las grandes cariátides, la línea tersa ynítida de las balaustradas, que se extendían ypenetraban como una caricia de mármol, en elfondo perfumado de la fronda, ahogándose enuna penumbra azulada color de cúpula sagrada. Sonoridades lejanas llenaban el espacio, y lasformas de las estatuas se alargaban hastaesfumarse en una impresión de sueño, diluido enlo infinito, bajo un cielo de blancuras irreales,semejando esculturas de altares indecisos... Y, bajo ese cielo de una hermosura radiosa, deun azul violeta pálido, con una palidez de alba, elobelisco de Ramses perfilaba su silueta grácil, degranito rojo, esbelto, como un joven árabe,envuelto en la caricia de esa atmósfera sutil, quereventaba en perfumes, flores del aire, flores deambrosía, bajo la mirada del sol soñador, quehacía reventar en el espacio flores del cielo,flores de la luna, queriendo como cubrir con susombra escasa los leones reverberantes, queparecían custodiar su majestad, nostálgicos en lainalterable placidez de esa mañana, en cuya 133
  • 134. bruma luminosa parecía cantar el almaagonizante del Otoño. Y él pasó la Porta del Popólo, meditabundo,taciturno, ensimismado, indiferente al sol y a laventura, el alma entristecida por las banalidadesde los hombres, por la futilidad de los ideales, porla miseria dolorosa de la vida!... Y murmuraba con el Poeta: mon âme est malade aujourdhui, mon âme est malade dabsences, mon âme á le mal des silences, et mes yeux léclairent dennui. La Villa Borghese diseñaba bajo el grito deluz de esa mañana, las líneas impecables de supórtico, sobre el cual las grandes águilas áureas,como los pájaros augustales de Foggia, abrían susalas imperiales, reverberante a la caricia fúlgida del Sol. La puerta jónica del Canina se dibujaba comouna sonrisa de piedra bajo el cielo sereno, ante elfondo verde de sus frondas odorantes, dondevivía la calma en las frescuras sombrías delparque silencioso. La Villa estaba solitaria. A aquella hora, en aquella estación, lospaseantes son raros. Nada rompía la monotonía silenciosa de lasgrandes avenidas. Esa soledad cuadraba a su corazón. Y vibraba en su alma libremente la salmodiabrumosa del Enojo. 134
  • 135. Remontó la Avenida central, inquieto,pesaroso, como bajo la dolorosa evocación de ungran duelo, o la fatigosa preocupación delobscuro, el inevitable porvenir. Las brisas cantaban en las cimas de los árbolesextrañas salutaciones, y pájaros retardatarios,como un coro de monjes, entonaban esas rarassalmodias de una liturgia consolatriz, comohaciendo eco al cántico de duelo de su pobrealma torturada, cual si celebrasen las exequias desu corazón, de su pobre corazón sangriento, en elseno de ese Otoño desolado. En la mañana dorada, los árboles y el cielofingían el mosaico de una cúpula bizantina. A la derecha, las arboledas del Pincio,obscuras, misteriosas, se extendían a todo lolargo de la Vía delle Muri, hasta confundirse conlas frondas florecidas de la Villa Medici. Y bajoesa umbría, extendida como una guirnalda, sealzaba, blanco, escueto, como una roca maldita,el muro trágico, el muro de las tristezas, desde elcual la miseria y el Amor arrojan al mes decenasde suicidas. ¡Oh, el muro de la Muerte! ¡Qué fascinación, qué sortilegio ejerció sobresu alma aquella muralla donde cantaba la muerte,y en cuya blancura sepulcral se había proyectadotantas veces, como las alas de aves heridas, lasombra de los suicidas, que se precipitaban desdeella, viajeros desesperados, al mundo de la Nada! 135
  • 136. La fascinación de la Muerte es inexplicablepara los que no han sentido la sed inextinguiblede morir. La voluptuosidad de la tumba es irresistible,como la Uamada de una querida misteriosa,inevitable. beauté pareille au soir, beauté silencieuse, tiens son baiser nocturne et tendrement fatal. Su mirada se detuvo fija, cariñosa, comohipnotizada, en la muralla libertadora, desde lacual tantas almas hermanas de la suya, tantosincurables del mismo mal de desaparición que aél lo corroía, se habían precipitado, como florescaídas de aquellos rosales armoniosos. ¡Oh, sushermanos tristes, lises del Dolor, rosas delágrimas, caídas en el azul mortal, con susnombres obscuros, coronados de flores demartirio, perseguidos por sueños insensatos! ¡Oh,los lises fraternales, perdidos en el bosque azul,donde la voz de la ventura atrae con los reflejosperdidos, las ondas calmadas, que se pierden enel brumoso mar de lo Infinito!... ¡Oh, las funéreas rosas de la Vida! Y pensó en la muerte, con la voluptuosidadacre, intensa con que pensaba en ella siempre queel dolor despertaba en su alma los atavismosdormidos de una raza de suicidas. Y recordó el único que había visto precipitarsedesde el muro fatal. Era un adolescente, cuasi un niño, blondocomo Narciso y bello como él, extraño como unsoñador precoz. 136
  • 137. ¡Carne de Efebo y alma de Poeta, enamoradodel fantasma que dormía en el fondo de su sueñoinapaciguado, en la comarca lejana de mirtosodorantes, donde extrañas flores abren suscálices, llenos de sombras pálidas y de perfumestiernos!... Era una mañana de la última primavera, enque había ido al Pincio, solo, con suspensamientos, buscando en la soledad lasimágenes de su último Poema. Y aquel niño había llegado en bicicleta hastael banco cercano en que él estaba, y se habíasentado un momento allí. Luego se había quitadosu birrete de paño azul, lo había puesto sobre elasiento, junto con un libro, y se había alejado. No lo vio más. Pocos momentos después, las carretas de losagentes de Policía y de los escasos paseantes deesa hora, que se dirigían hacia el murallón, leenseñaron la verdad: el niño se había precipitadopor el muro fatal. Se acercó al lugar del siniestro. Abajo, muy abajo, se veía, blanco como unplumón de ave, el bello cuerpo adolescente. Y sobre el banco, entre un libro de poesíasde Leopardi, dejaba a sus genitores una carta. Semataba porque estaba: Stanco de la vita...¡Cansado de la vida a los diez y siete años! ¡Oh,el amor solitario y alto, el amor pavoroso de laMuerte! 137
  • 138. Este recuerdo acabó de ensombrecer su ánimo,de encaminar sus ideas hacia la tristeza, hacia lotrágico irremediable. Cuando entró en el antiguo jardín de la Villa,donde está el lago, su rostro debía traslucir elestado de su ánimo, porque el guardiánrespetuoso, lo siguió a distancia. Su neurastenia terrible se hacía álgida. Se sentó en un banco, en ese fondo de verduray de flores, en la espesura salvaje de las hojasamarillas, donde vibraba el aire luminoso,balsámico y tibio, que desfloraba con sus besoslas anémonas pálidas, las mimosas marchitadas,en cuyo seno dormía acaso el alma solitaria delInvierno. El suicidio, la idea triste y salvadora, volvía avolotear en su cerebro, con la insistencia de unvampiro en torno de la lámpara sagrada. ¡Y la imagen de la Muerte venía cariñosa a él,aun antes que la imagen de la Amada! ¡Morir, morir ambos, dormir bajo el mismosudario, una hora siquiera, en una cámara dehospital!... La renuncia a la lucha, el reposoeterno, la calma absoluta... ¡Oh, la ventura!... Y miró al lago. Sus aguas inmóviles, frías, parecían llamarlocon voces de ondinas. ¡La muerte, con su mano mágica y piadosacerrándole los ojos, sellándole los labios con unbeso, sello del Silencio, flor de Paz y de Olvido,flor de oro!; ¡oh, qué visión!... 138
  • 139. Y volvió a sentir la vieja voluptuosidad desoñar con la muerte, cerca del agua, dondeduerme el alma de las cosas, mientras la selvaduerme taciturna, bajo el estremecimiento de lasmetamorfosis próximas. Y miraba el lago, donde las aguas inmóviles,frías, sin vuelos, ni vientos, ni rumores parecíanllamarlo con voces de náyades dormidas en lasalgas. ¡El lago lúcido y puro, como el sueño de unniño, de cuyo fondo emergía la Quimera como lafaz pálida de un alma taciturna! Los reflejos del día cambiante formaban en elagua de un verde pálido, extraños mirajes, encuyo fondo parecía agonizar el sol, en un lechode plantas arborescentes, flexibles, comofilamentos de estrellas. Libélulas volaban sobre el estanque, conpétalos de rosas melancólicas... Cada hoja quecaía, cada estremecimiento de ala, marcaba unsurco sutil en el azul irisado de la ola, cuyo cristalse incrustaba en perlas con pistilos de nenúfar,flotando sobre el agua flordelisada. Era una agua pálida y sugestiva en cuyo fondose veían dormir los vegetales pensativos, y decuyo seno tenebroso emergían blancos, lívidos,los fantasmas tentadores, los sueños de la Muerte. O miroir! eau froide par lennui dans ton cadre gelée que de fois et pendante des heures, désolée, sous ta glace au trou profond Jai de mon rêve épars connu la nudité. 139
  • 140. Sobre el espejo límpido de las ondas, nubespasaban como sueños fugitivos de la vida. Y, su corazón temblaba, temblaba ante laintensidad de aquel deseo de muerte que loposeía, ante las voces exultatrices, que parecíansalir de aquel misterio líquido, del pie de aquellabasca marmórea, donde caían las aguas comolágrimas fundidas, escapadas de una urna rota,sobre aquel espejo metálico, y donde los grandesmirajes de ultratumba, mudos, desmesurados, seextendían, con sus horizontes de calma,convidándolo al viaje interminable... Y, se sentía como atraído, sugestionado por lamirada de unos ojos indescifrables, por la cariciade manos lentas y odorantes, por brazos áureos,tendidos hacia él, por los besos de una bocatentadora y fatal... ¡Oh, la voluptuosidad sagrada de la Muerte! ………………………………………………………………… De súbito, allá, en las frondazones amarillasdel bosque, donde el viento autumnal cantaba elduelo de las flores, como un sol de Vida, como elastro de la Esperanza, lis de Aurora, surgido en elinefable horror de aquellas floracionestenebrosas, apareció Ada, blonda y radiosa, comouna promesa de ventura, como una llamadavibradora a la Vida y al Amor. Su cabellera blonda centelleaba al sol, comouna corola mágica, y su silueta clásica sedibujaba como una visión de gracia, en el 140
  • 141. horizonte dorado que circuía como un brazaletereal aquel cuadro de idilio. Hugo, estremecido aún por el horror de susvisiones, fue hacia ella. Estaba pálido, tan pálido, que Ada tuvo miedo: —¡Oh, amigo mío! ¿Estáis enfermo? —Del cuerpo no. El alma ¿qué queréis? no esdócil al dolor. Ella bajó la frente, como creyendo percibir enesa frase el eco de un reproche, y añadió: —Todos sufrimos, querido mío, es necesariotener valor. La banalidad de ese consejo la empequeñecióa sus ojos, y lo hizo sonreír. —¿Es que la mujer es irredimible en latrivialidad, y aun en el momento más graveexhibo esta atroz simplicidad del corazón, que esuna vulgaridad? Dijo para sí, y calló sinresponder a su amiga. El dolor hace injusto, y aun el alma más nobletiene esos momentos de egoísmo cruel en quesiente la necesidad de hacer sufrir al ser amado,¿por qué? ¡porque se sufre, y el hombre es por sunaturaleza perverso y brutal! Ada sufría. Su alma de ternura y de piedad, seolvidaba de sus propios dolores, para pensar enlos dolores del Amado. Él deslizó su brazo bajo el brazo de ella, yavanzaron por la Avenida silenciosa… —¡Cuan buena sois en haber venido! ¡Teníatanta necesidad de veros, de estar a vuestro lado,de deciros cuánto os amo y cuánto sufro! 141
  • 142. —¿Me guardáis aún rencor? —No, antes deseaba pediros perdón; fui tanbrutal… —No, amigo mío. Fuisteis sincero. La pasiónes así. —La mujer se convence, no se vence. Lafuerza nada puede sobre ella. —Es verdad. —Sólo el Amor la vence, y el amor, como elrespeto, se inspiran, no se decretan. —Hugo… —La insensibilidad es la virtud, no es elAmor. —Ah, mi amigo, no seáis cruel… —¿No dais a Pigmalión siquiera el derecho dequejarse ante la impotencia de su esfuerzo? —¿Por qué confundís siempre la sensibilidadcon la sensualidad? ¿Cómo es posible que unespíritu tan levantado como el vuestro, sólo en elamor no piense ni sienta alto? —Ada, no teoricemos, porque podríamosdisgustarnos. El Amor se siente, no se discute.Amor que raciocina no es Amor. Ella calló, temiendo exaltarlo, porque veíaalgo anormal en aquella alma soberbia, y pensócon angustia en lo que tenía que decirle, en lapenosa exigencia que tenía que hacerle, en larevelación del nuevo escollo que se alzaba anteellos. Y él se sentía invadido por un extrañosentimiento, ante el dolor que iba a causar aaquella pobre mujer, tan noble y tan confiada. 142
  • 143. Aquel ser asesinado por la vida le inspiraba unaternura tan conmovida y tan profunda, que enesos momentos él no conocía su propio corazón.¡Algo como un viento de vida pasaba por esatumba! Y el sepulcro florecía. —Yo te amo, le dijo, con un acento tansentido, que ella alzó la cabeza sorprendida yradiante. Nunca acento tan profundo de pasión habíabrotado de sus labios, nunca se había sentidohablar así, con tan emocionante ternura, con tansincero amor. El alma de la mujer no se engaña a eserespecto. Sabe siempre qué especie de sentimientoinspira. Gracias, gracias, ¡oh, mi Amado! murmuró,con un fuego inmenso de pasión, ella también, enlos ojos y en la voz. Y un rayo de ventura lució sobre aquellas dosalmas, que olvidaron por un momento la visióninevitable del desastre. Y hablaron de su amor, como dos adolescentesque desfloran con sus labios la palabra invioladadel Misterio. Y caminaban lentamente, como mecidos alritmo de sus recuerdos, cual si arrullasen suilusión, y temiesen despertar a la realidaddolorosa de la vida. 143
  • 144. Las copas de los árboles se perfilan en relievebajo el cielo pálido, como sobre un horizontelunar, en un campo infinito de Esperanza. En el silencio, en la majestad de los viejostroncos, había profundidades de sombra, donderayos de sol venían a iluminar la agonía de lasvioletas y el último amor de los convólvulossalvajes. En la masa palpitante del follaje amarillo,cantor de la muerte de las hojas, las flores de lostilos, alfombrando el suelo, hacían extrañosdibujos, como bajo el dictado de un tapiceroexcéntrico, artista de arabescos raros. Y en el pálido misterio de los bosques, en lapaz virginal de la mañana, la saya malva de Ada,su cabellera blonda, que bajo la caricia del solsemejaba un arroyo de oro, vertían el esplendorradioso que las Magdalenas y las vírgenes de loscuadros tienen en las capillas silenciosas, al besode la luz auroral, amortiguada en el paisaje de losvidrios góticos. En la policromía sedosa del paisaje las rosasponían su sonrisa pálida de vírgenes novicias.Tristes rosas otoñales, las últimas de la estación,abrían en los senderos sus corolas mustias yparecían murmurar con el estremecimiento de suspétalos, tocados del frío de la muerte próxima: heahí el Amor que pasa... Sus corazones en duelo se abrían como esasflores, al beso de la naturaleza y la mañana, yapoyados el uno en el otro, parecían desafiar lavida con su amor. 144
  • 145. Se detuvieron un momento en la Fuente de loscaballos. Él tuvo miedo, miedo de la visión del agua, deesa agua pálida, en cuyo fondo se movía el rostrode la querida inevitable que lo llamaba. ¿Por quéla muerte se había enamorado de él? ¿Por qué él la amaba? Y miró a la Amada, como si buscase en ellala luz de la vida, en aquel seno, refugio de suangustia, donde se guarecía del naufragioaterrador. Y la hallaba incomparable, flor de gracia y debelleza, radiosa de pureza y de luz, en elesplendor autumnal de sus formas odorantes. Lacrinera rubia de su cabellera irradiaba con lamajestad agresiva de un incendio. Sus ojos, colorde sueño y de Otoño, se impregnaban de laternura, como una bruma tenue y misteriosa. Ensu garganta admirable, en la opulenta firmeza desu busto, en sus caderas modeladas, en toda supersona, rebosaban la juventud, la belleza y lavida. —¡Cuánto te amo! repitió él, con una voz unpoco velada. Adaljisa tembló ante aquel acento. Esa era lavoz conocida, voz temible, voz temible, la deldeseo... Allí no había hablado el alma, comohacía poco. Volvía a hablar el cuerpo. ¡Oh, loInevitable! Y ella se hizo triste, en su dulzura angelical,inagotable, una palidez tenue cubrió el satín de su 145
  • 146. rostro, y una llama de inquietud brilló en el verdecandoroso de sus ojos irresistibles. —Háblame al alma, ¡oh Amado mío! háblameal alma, decía la pobre soñadora, que seempeñaba en quedar la novia mística de aquelpoema sombrío. —Yo te amo mucho, mucho, volvió amurmurar muy paso, estrechando las manoseucarísticas, e inclinándose con los labiostendidos hacia el ritmo armonioso de las formasde la Amiga. Y la cabeza blonda se volvió, paraofrecer el cáliz de sus labios al ardor del besoamante. ¡Horas que hacen sol para toda una vida!... Suinmortalidad viene de su sinceridad. Sus almas se exaltaron de encanto y dequimera, en la felicidad maravillosa de la horafugitiva, y las manos en las manos, los labios enlos labios adorados, en la caricia febricitante delmomento, se extasiaban, forjando en el miraje elarabesco luminoso de su amor... Su propia emoción los hacía silenciosos. Y,sin embargo, ¡querían decirse tantas cosas!... Y callaban, como temiendo romper el encantode aquella hora de felicidad. Se sentían como espiados por el Destino, y sehacían avaros de los instantes de su venturafrágil. Y callaban, como temiendo matar aquelminuto de ensueño. En esa hora de tregua, en ese aislamiento delmundo, sus 146
  • 147. corazones se besaban, como náufragos que seabrazan antes de ser engullidos por las olas. Algo fraternal y puro gemía en ellos, en esahora de soledad, tan dulce a los atormentados dela vida. Y bendecían esa hora de ventura y temían quela palabra rompiera el sortilegio. Y, sin embargo, ¡tenían tanto que decirse!... Se habían sentado en un banco a la sombra delos sauces melancólicos, que inclinaban sobreellos sus cabelleras llorosas de catecúmenosadolescentes. Absortos en la emoción del silencio, parecíanescuchar el tumulto de las hojas, el vagocuchicheo de los insectos, el ruido de los reptilesbajo el follaje encubridor... Escuchaban su propiopensamiento, la confesión dolorosa, que iba asalir de sus corazones desgarrados. Ella fue más valerosa. Posó la mano por sucabeza, y las pedrerías de sus dedos centellearonen el oro salvaje de su cabellera. El terciopelo desus ojos se hizo sombrío bajo el velo de laangustia, y con voz que ocultaba mal toda ladolorosa ansiedad de su alma, le dijo: —¿Sabéis que el conde me ha escrito? —¿De veras? —Sí. —Os felicito, mi querida amiga. —No os burléis. Es algo muy grave. —¿Os ama de nuevo? —Sed serio, amigo mío. El asunto interesa anuestra felicidad. 147
  • 148. Él la miró honda, profundamente, sus miradasse hundían como garras en el alma de Ada, parasacar fuera la confesión que apenas asomaba. —No comprendo. —Ah, yo comprendo demasiado. Lamalignidad humana es inagotable. Nuestro mediosocial es medio de murmuración y de chismes, yal conde han llegado rumores inquietantes sobrenuestras relaciones. He ahí por qué me escribeesta carta, haciendo llamada a mi Amor maternalpara imponerme el no recibiros más en mi casa, ytermina por notificarme que si no le obedezco,apelará a la ley, para arrebatarme la guarda de mihija y separarme de ella. Y, luego, lo que es másinfame aún, me amenaza con hacerme unaquerella por adulterio... Y, la pobre mujer bajó la frente, como si lasalas de todos los escándalos vibraran sobre ella, ysu mirada diáfana se cubrió con las sombras de laangustia. Él no respondió nada. —Y mi hija, ella también, ha tenido conmigoun coloquio, ayer. Ha venido a suplicarme lomismo que su padre exige; ¡la pobre niña! havenido llorando a mostrarme la carta en la cual,Guido y sus padres, nuestros primos los deSparventa, exigen para realizar el matrimonio conIrma que yo desarme la maledicencia, cesandotoda relación con vos. —¿Y, qué habéis respondido? 148
  • 149. —¿Yo? Nada aún. Esperaba veros,consultaros, dijo la pobre mujer, que se crispababajo la angustia, como una flor en la borrasca. ¿Y creéis necesario satisfacer a vuestronobilísimo esposo, a vuestra amantísima hija, a los nobles señoresde Sparventa?, añadió él con una actitud malcontenida. —Amigo mío, se trata de la felicidad de mihija... Es verdad. El cielo es piadoso con vos.Hacéis bien en creer en la Providencia. Ella va alencuentro de vuestros designios. Justamente eneste caso, ella viene a allanar todas lasdificultades, a volveros, por caminos inesperados,la tranquilidad de vuestro hogar, el afecto devuestro esposo y vuestra hija. —¡Hugo! —Sí, amiga mía. Yo venía a deciros algo, que,dadas las circunstancias actuales, os serágratísimo. —Decid. —Sabéis que yo me debo a mi país, como vosa vuestra familia. Nuestros deberes son diferentesen apariencia, pero son uno mismo en esencia; sellaman: el sacrificio. Vuestra hija os llama aldeber, mi patria me llama al mío. Tengamos elvalor de cumplirlo. Id hacia vuestro deber; yovoy hacia el mío; vos hacia vuestra familia, yohacia mi patria. —¿Qué decís? —Decía que debo partir, y partiré. 149
  • 150. —¿Partir vos? ¿Dejarme sola, abandonada, enmedio de la desgracia que me acosa? dijo ella conun gemido, tomando las dos manos de su amigo,mirándolo en los ojos y echando hacia atrás sucabeza blonda, con un gesto de una sacerdotisaen éxtasis. La luz de sus cabellos de oro, el fulgorde sus ojos admirables, se ahogaban en unabruma sombría, como bajo un viento de locura,en pleno vértigo de angustia, y de dolor. —¿Y el deber? —¿Y es vuestro deber asesinarme? —Amiga mía ¿y vuestra ventura, y la venturade vuestra hija que invocabais en este instante?dijo él con una crueldad tan inútil como innoble. Ella no respondió. Los ojos enloquecidos,como si viese la ronda de sus sueños huirdespavoridos, temblaba, pálida, inmóvil, como sifuese a enloquecer o a morir. —Ada, le gritó él, asaltado de ese temor de laparálisis o la locura, que lo asustaba siempre queen horas de dolor, la veía debatirse así, bajo lagarra de la herencia fatal. Ella volvió a mirarlo, como hebetada, cual sisoñase, pero luego, tornando a la realidad de sudolor, inclinó sobre sus manos su cabeza decorola, y lloró con desesperación... Y, temblababajo su cabellera de ondas salvajes, donde elAmado no ensayaba ya sumergir sus manos nisus labios. Y volviendo a mirarlo luego, exclamó: —Partir, dejarme, asesinarme así, ¡oh, porpiedad! dime, ¿qué os he hecho yo? 150
  • 151. —Pero, ¿no veníais a proponérmelo? —Ah, no, yo venía solamente a buscarconsuelo y fuerza en vos, a contaros mi dolor,pero no para que lo aumentarais, a mostraros misenemigos, pero no para que huyerais ante ellos.¡Ah, sois muy cruel, muy cruel, amigo mío! —Pero, si es tan imposible veros, ¿con quéobjeto he de quedar yo aquí? —Y, ¿sólo en mi casa podremos vernos? y ¿notenéis la vuestra? Entonces ¿por qué torturarmeasí? ¡Ah, amigo mío, no me abandonéis, no meabandonéis! Tened piedad de mí. Todo en la vidame es hostil, todo, hasta mi hija, y ¿vos también?¿es que todos los amores me han mentido almismo tiempo? Y el vuestro, que era la vida ¿porqué me falta? dijo, y prorrumpió a llorar de nuevocon tanta amargura, que él se sintió conmovidode una piedad desbordante y fraternal. —No lloréis así, no dudéis de mi amor, dijo, yle ciñó el talle con un brazo, y la trajo dulcementecontra su corazón. Y la cabeza blonda cayó sobre el hombroamigo como ofrecida a los besos ardorosos delAmado. —¡Oh, decidme que me engaño, amigo mío,decidme que me amáis, que es un sueño lo que heoído, que no pensáis abandonarme, que midesgracia no os da miedo, que no partiréis!... Y se colgó al cuello del joven, sin temor a quepudieran ser vistos en la grande Avenidasilenciosa, donde las copas de los árboles seperfilaban en la palidez gris de la mañana, como 151
  • 152. siluetas de rocas desmesuradas en un lagohiperbólico, y tamizaban una luz pálida como lasnubes y las rosas. Y él fue cobarde, y prometió quedar. ……………………………………………………………………………………………………… Y el silencio cayó entre ellos, como unamontaña, y sus almas volaron a regionesopuestas, bañadas de extraños soles, y quedaroncomo vagando en un mar de sueños, más allá decuyas riberas se extendía la infinita inquietud... elpaís ignoto, el pavor de lo desconocidoirremediable... La inquietud sorda que minaba suventura, se oía como sonar en aquel silenciolúgubre. Tenían como miedo a las palabras. Ella lloraba silenciosa. Él la veía llorar, sin consolarla. Sabía que notenía ventura para aquella alma en naufragio. Yasi permanecieron mudos en la angustiaengrandeciente de sus corazones, en la tristevisión de la catástrofe inevitable. Ada fue la primera en ponerse en pie. Y anduvieron lúgubres, silenciosos, en lamañana, hecha negra para sus almas desoladas. Al llegar al arco de la Avenida central, dondeuna estatua rota ostenta la desnudez de susformas mutiladas, sintieron el galope de uncaballo, que venía sobre ellos. Se apartaron paradejarlo pasar. 152
  • 153. El jinete detuvo el paso de la bestia, y losmiró, agresivo y tenaz: era el conde Larti. Hugo Vial llevó la mano a su revólver yavanzó hacia el conde. Ada lanzó un grito, y se reclinó contra lamuralla de piedra, que allí bordea el parque. El conde vio brillar la muerte en los ojos de surival, porque espoleando su caballo desapareciórápidamente. —¡Dios mío! ¡Dios mío! murmuró Ada,viendo la palidez asesina, la ferocidad sombría,que había cubierto el rostro del Amado. Este encuentro fatal aumentó en él la cólerahasta la furia, y en ella la tristeza hasta laslágrimas. Y continuaron así, él hosco y sombrío, elladolorosa y triste… Ambos como vencidos, comovíctimas de algo invisible, de algo innombrable:el secreto del porvenir. Y así llegaron a la Porta Pinciana, y sesepararon sin palabras, sin besos, sin promesas,estrechándose las manos, como anonadados porla angustia del presente, hebetados de horror anteel fantasma del mañana inevitable... carmíneos horizontes de sangre y destrucción. ¿Era el hamletismo sentimental, que seapoderaba de él? ¿Era que un sensualismo se disolvía ensentimentalismo? ¿Esta crisis de sensibilidad aguda era elenigma de sus nervios el que la producía? 153
  • 154. No podría decirlo, pero se sentía triste, de unatristeza agresiva. Su neurosis tomaba la forma deuna melancolía morbosa y colérica. Un rencor insólito rugía en el fondo de sucorazón, y despertaba su combatividad dormida. El quijotismo romántico, que duerme en elalma de todo hombre, y que en él había sidoinquieto y guerreador como un cruzado, volvió aalzarse en su corazón, haciendo sonar suarmadura enmohecida. Aquella mujer, prisionera en el irreparablepasado como en una fortaleza, encadenada por laley, espiada y perseguida por el marido, torturadapor la hija, ¿no era bastante a conmover su alma,hecha a la lucha incansable de las supremasliberaciones? Y, ¿qué podía hacer él? La ley no podía aboliría, a la hija no podíacastigarla. Era al marido al único a quien podía alcanzarsu mano justiciera. Pero, ¿cómo abofetearlo, cómo llevarlo alterreno del combate, sin que la sociedad se dieracuenta del verdadero móvil de aquellaprovocación, sin que la suspicacia encontraramodo de herir a la esposa, ya tocada por lamurmuración aleve? Tal era el dilema. El conde y él se habían mirado cara a cara enla Villa Borghese, y todo el odio de sus almas,asomado a sus ojos, había tenido un duelo de unminuto. 154
  • 155. El marido había leído la provocación a muerteen los ojos del amante, y la había rehuidoentonces. Pero se encontrarían. Eso era irremediable. Eso tenía que ser. Esosería. Él lo necesitaba. Nervioso, febricitante, no pensó ya sino en elmomento de verse frente a frente del conde Larti,de poder ofenderlo con una de esas ofensasirremediables, que llaman la Muerte, de poderllevarlo al terreno del combate, clavándole losojos en los OÍOS, poder ponerle una espada sobreel corazón, y verlo agonizar bajo ella. Toda la sangre de su estirpe guerrera ybelicosa le subía al cerebro y veía rojo en unlimbo de visiones sangrientas y asesinas. Dominó su cólera como dominaba todas suspasiones, este extraño domador hercúleo, y seencerró en su cuarto, lamentando en su granduelo no poder reposar, como sobre un escudo, sucabeza leonina en el seno divino de su Amada. Y se durmió vestido, con la imagen de laVenganza al lado, como una querida formidable,que había de despertarlo a la hora del besoprometido. Y así fue. Cuando despertó, la luz de los fanales del gas,prendidos en la calle, entraba en su aposento através de los cristales de un balcón. Tocó el timbre. Su camarero se presentó. —¿Qué hora es? 155
  • 156. —Las ocho, señor. —Enciende luz, y ven a vestirme. Y se hizo vestir de soirée, y pidió su coche. Media hora después estaba en una butaca delOlympia, aburriéndose del espectáculo. Era el público habitual: cocottes de primeraclase, casi todas viejas, lujosas y pedantes,algunas, muy pocas, jóvenes y bellas; mozos debuena sociedad, elegantes y serios; jovencitosruidosos, y candidos en su corrupción prematura,orgullosos de tener al ojal una gardenia y al ladouna horizontal; ancianos de vida alegre, teñidos yempolvados, creyendo guardar bajo el afeite elsecreto violado de sus años; muchos extranjeros,algunos burgueses ahuris de hallarse comoextraviados en aquel sitio de elegancia y deplacer. En los palcos, una que otra familiaprovincial, deseosas de no regresar a su país sinhaber visto un Café Concierto. Fue feliz de no encontrar allí ningún amigosuyo. Cuando Leda Nolly hubo concluido su últimacanción entre los aplausos frenéticos de loshombres, ebrios con la lascivia de sus frases, losmovimientos felinos de su cuerpo, y el fulgorperverso de sus ojos tenebrosos, Hugo Vial sedirigió al cuarto de la artista. El conde Larti estaba ya en él. Al ver a Hugo, la cantante tuvo miedo. La palidez de aquel rostro, doloroso y cruel, elrictus de su boca, donde parecía aletearencadenado el insulto; la mirada de sus ojos 156
  • 157. provocadores, todo indicaba en él un estado deánimo tan violento, que hizo temblar a Leda,conocedora de la furia fría y salvaje de aquelcarácter, que había domado tantas veces susímpetus de loca. No hubo preámbulo ninguno en el encuentro. Los dos nombres se miraron, como dosenemigos que se esperan. —Caballero, dijo Hugo Vial sin miramientoalguno, salid de aquí, necesito estar solo con estamujer; y le mostró la puerta con el gestoimperioso de quien expulsa un lacayo. El conde no esperaba tal violencia en laagresión, pero viejo vividor, dijo sindesconcertarse: —Yo no recibo órdenes de nadie. Cuidad si noos hago salir yo. Abandonando los grandes gestos guerrerosque le eran habitudes, y en los cuales palpitabatoda el alma de su raza, Hugo se aproximó alconde, y con la frialdad más agresiva, con el másinsultante desdén, le dijo: —Esta mujer es mi querida, y no tienenecesidad de un rufián. Vuestros oficios desouteneur están de más aquí. Esta mujer no es laBanca de... y no podréis explotarla. Nada haceaquí vuestra habilidad de estafador patentado. —¡Miserable!, exclamó el conde, avanzandosobre Hugo con -a furia asesina de todos loscorsarios malteses, de los cuales descendía. 157
  • 158. Un ruido seco, como de algo que se rompe, seescuchó en la estancia, y el conde vaciló sobresus pies al golpe de un bofetón en pleno rostro. Ante la magnitud del insulto, el conde setransfiguró, el hombre de honor apareció en él, ypálido, desdeñoso, dijo, mirando a Hugo, quehabía llevado la mano al bolsillo del revólver: —No, no me mataréis aquí. Si sois un asesino,pagaréis cara la vida. Sé quién os manda amatarme. —Mentís. —Los insultos están de más, dijo el conde,arrojando su tarjeta sobre una mesa. Y se alejó con una serenidad lúgubre. El incidente había sido por tal motivo tanrápido, que Leda no había podido interponerseentre los dos hombres. Cuando el conde hubo salido, Hugo se volvióa la artista, inmutable, frío. —Ahora, le dijo, debiera matarte a ti antes deser muerto o de matar mañana a ese hombre. Leda no respondió. Tenía miedo de aquellamirada, de aquel revólver, cuyo cabo había vistobrillar, acariciado por la mano de Vial cuando elconde había querido lanzarse sobre él. —Oye bien, continuó Hugo. Tú has sido yeres la cómplice de ese monstruo para eltormento de una mártir. Yo te perdono lo quepuedas hacerme a mí. No te perdonaré nunca loque hagas a ella. Cualquiera que sea el resultadode este duelo, si persistes en su infamia, yo tecastigaré. No te haré encerrar en una prisión, 158
  • 159. como me sería fácil hacerlo. No te haré silbar porun público pago. No te haré enterrar en unaguerra de diarios. Todo eso es indigno de mí.Pero te haré someter a un examen médico, y teharé encerrar en un manicomio. Tengo en mipoder las dos atestaciones de Poncio y Drenna,los dos médicos que te asistieron desde niña, yellos aseguran tu absoluto desequilibrio mental.Y, tengo la autorización legal de tu abuelo, elduque de Camportelazzo, para hacerte recluir enuna casa de corrección en nombre de tu familiaque deshonras. Ya ves que estás en mis manos.¿Lo comprendes? Leda se había tornado lívida, y temblaba conuna inmensa angustia en la mirada. La locura era su pesadilla, era su endriago. Sesentía amenazada, si no atacada de ella, y vivíasobrecogida de espanto ante el fantasmaaterrador. Ver que aquel hombre, su antiguo amigo yprotector, se unía a su familia para perseguirla, ledaba un dolor innombrado, un miedo cerval. —Ya sabes, pues, la condesa irá al BuenPastor, a la cárcel, pero tú irás a la Palazzina, almanicomio. Leda no lo oía. Absorta ante la visión de lalocura, sollozaba, como si se debatiese ya bajo lasgarras del espectro formidable. Hugo se retiró sin despedirse, sin sacarla deaquel hebetamiento sombrío, Cuando llegó a su casa, se sentía satisfecho,cuasi feliz. 159
  • 160. Toda la ferocidad de sus instintos vibraba enél, como una fanfarria guerrera. Su amor se alzaba como en unatransfiguración terrible, en el seno de una nuberoja, roja como un corazón sacado del pecho,palpitante y sangriento. ¡Y, la venganza le fingía mirajes carmíneos,interminables pampas purpúreas, en las cuales, ala luz de una luna espectral, cabalgaba la Muerte! la noche de la Muerte, Imperio ilimitado. La sombra prolongaba su imperio sobre elcielo. Rebelde a huir de aquel lecho perfumado derosas y amarantos, la gran Maga Negra seenvolvía en su manto de nieblas. Y el valle sedormía en los brazos perniciosos y pálidos de lanoche, una noche tardía, que se empeñaba enusurpar su reino al candido esplendor de lamañana. Eran las seis cuando Hugo Vial salió de sucasa, y la cerrazón de la niebla era tan espesa, queno se veía nada en la calle húmeda y fría, dondelas luces del gas parpadeaban, como ojos deebrios, vencidos por el sueño. Se hizo conducir hacia el Gianicolo. En la puerta de San Pangrazio dejó el coche,indicando a su cochero dónde debía ir aesperarlo. Con aquella ascensión despistaba todas lassuposiciones. Atravesó a pie la passeggiata Margherita, quedormía silenciosa en el encanto de las aguas y las 160
  • 161. hojas, y en cuyos umbríos esmaltes de frescuraextendían guirnaldas de nieblas invernales. Su alma estaba gozosa, con un sentimientosemejante al que lo había poseído cuando,adolescente, cuasi un niño, había ido a batallassangrientas, en las lidias bravías de su país; unsentimiento de liberación, cuasi de amor alpeligro y a la muerte. Principiaba ya a clarear el cielo, cuandoapareció ante él la Fontana Paolina, diseñando enel aire límpido sus columnas de granito rojo, quese reflejaban en su basca, como rayos de solponiente en la concha perlácea de un nautilo, ysobre las aguas y los mármoles vagaban lasnieblas y el rocío, como bordados de altares, alresplandor de cirios invisibles. Vibraba una luz mística en el blanco y azul delcielo, de una palidez grave, en la tristeza de suscolores indecisos. Llegado a la explanada de San Pietro inMontorio, se reclinó en su balaustrada y seabsorbió en la contemplación del panorama, anteel miraje de Belleza y de Antigüedad y de Gloria,que surgía como un vapor, de aquella ciudad y deaquel valle, dormidos en las nieblas, a sus pies. El llano, en ondulaciones de ola, iba aperderse en el mar-el sol naciente plateaba losflancos de las montañas nevadas; la auroradoraba las cimas brumosas; la llanura mostrabalos pórticos devastados en el trágico duelo de suruina; acá y allá, manchas de árboles comomodelados por el viento, en forma de esqueletos, 161
  • 162. con sus ramas desnudas, semejando mástiles debuques encallados, rota su arboladura en latormenta; más lejos la selva se extendía como unamar furiosa; su voz trágica gemía; y cerca, bajosus pies, la ciudad sibilina, como muerta a lasombra violada de sus muros; y sobre todo eso, elalba extendiendo una luz dulce, como de luna,sobre la superficie fluida de un lago de acero. Como islotes fantásticos en un mar boreal, elColiseo, la columna Trajana, la de MarcoAurelio, la Basílica de Constantino, la Torre diNerone, la Pirámide di Sesto, diseñaban sussiluetas negras en la superficie ondeante y lácteade la niebla. Como bandadas de aves somnolientas,abriendo las alas a la aurora, las trescientascúpulas de las iglesias romanas alzaban en laperspectiva el atrevimiento de sus moles, bajo lospórticos de laca y las brumas fugitivas, mientraslos campanarios parecían temblar, como tallos deflores, en el vago espejismo de la niebla, alzandocomo pistilos sus flechas de oro en la gravedadradiosa del cielo opalescente. San Paolo, rojo ymulticolor, como un himno de mármoles, alzabaen la llanura su masa policroma, espléndida ydesnuda, a los besos triunfales del sol quedespuntaba; Santa Sabina y Santa María delPriorato parecían alzarse en el Aventino, comofortalezas, cual si llamasen a la libertad a losesclavos rebeldes, cual si se diseñase sobre sustorres el fantasma sangriento de Espartaco; laTrinitá dei Monti, sobre su nido de piedra. Y más 162
  • 163. allá, las arboledas del Pindó obscuras, odorantes,proyectando sus árboles sombríos, como cisnesnegros, que erizaban sobre un estanque helado lassalvajes tinieblas de sus alas. ………………………………………………………………… La campana de San Pietro in Montorio, quesonó detrás de él, lo llamó de nuevo a la realidadde la vida. Era la hora de bajar a Sant Onofrio. Y así lohizo. Y llegado al árbol, a cuya sombra el Tassosollozó las tristezas de su gloria, allí, cerca a laAbadía donde expiró, y en la cuya iglesia reposansus restos para siempre, se sentó, y meditó éltambién, poeta peregrino y abrumado,combatiente también, como los héroes quecantara el poeta enloquecido. El encanto grave de la hora y del paisaje, denuevo lo absorbieron. ¡Oh Roma! ¡Oh Roma! ¡Sibila formidable, quéde cosas murmura en el oído tu voz por los siglosfatigada! ¡Sirena irresistible de las ruinas!, ¿quiénno escucha tus quejas? ¿quién no llora la inmensamajestad de tus tristezas? ¿Dónde, en tu suelovenerado, dónde se pone el pie, que no levantepolvo sagrado? ¿dónde, en tu horizonte inmortal,dónde se fijan los ojos, que una visión de gloriano aparezca? Bien pronto llegaron sus padrinos. Eran unSecretario de Embajada y un Coronel deinfantería, amigos suyos. 163
  • 164. Descendieron los tres bajo la mirada piadosade un monje taciturno, a quien inquietaba laaparición matinal de esos extraños paseadores. Y, cuando los perdió de vista, el monje alzólos ojos al cielo, sus labios se movieron enoración, cruzó las manos sobre el pecho, y entróal templo salmodiando. ¡Acaso ofició, pensando que la muerte secernía en aquel paraje! ¡Acaso oró por el alma deaquellos desconocidos, que iban tal vez hacia latumba!... * * El Jardín de los Poetas se extiende al pie delGianicolo, inculto, misterioso, en su fondo deverdura, en la espesura salvaje de sus hojas, conuna alfombra de corolas muertas, como las alasde mariposas despedazadas por el viento. Es propiedad particular, y fue con un engañoque uno de los testigos del conde logró conseguirla llave. Una vez cerrada la verja, estuvo la escasacomitiva a cubierto de miradas indiscretas. Los coches esperaban lejos, en la Vía de laLungara. La mañana fría, de un frío intenso, hacíatétrico aquel jardín abandonado. Pinosdeshojados, cipreses lúgubres, arbustos endebles,rosales muertos bajo el rigor del inviernoprematuro. Ni una flor, ni un matiz de vida, ni unrumor de fuente, ni el canto de un pájaro en lafronda. 164
  • 165. He aquí el Huerto de la Muerte, dijo para síHugo Vial, entrando en él, asombrado ante ladesolación de aquel paraje. El conde era un duelista ameritado. A diario sebatía por cuestiones de prensa y de política, queél se empeñaba en llamar de honor, con la mismainsistencia con que los monarcas destronadosponen sobre sus cartas de visita el nombre de losterritorios que han perdido. Hugo Vial no se había batido sino tres veces, ysiempre con hombres tan versados como él en elmanejo de las armas. Era la primera vez que un profesional delduelo, un maestro de la esgrima, era suadversario. Eso no lo intimidaba. Su odio formaba suvalor. Su desprecio por la vida era su escudocontra la muerte. El conde, alto, musculado, fuerte, dominabacon su estatura a Vial, pequeño, endeble,nervioso. El combate comenzó como entre gentetécnica, por pases y repases cuasi fiorituras, enque los dos adversarios se medían. El conde era violento, Hugo Vial era sereno. Así se vio desde el principio. El conde era el ofendido: eso lo enardecía. El recuerdo de la ofensa, la vista de esa manoque lo había abofeteado, triplicaban su coraje. Al fin de diez minutos, el encarnizamiento delas espadas había sido inútil. 165
  • 166. Los testigos ordenaron unos instantes dereposo. Hugo se había mantenido cuasi a la defensiva,con la esperanza de fatigar a su contrario, y en elmomento preciso, cambiando de juego, ir a fondoy darle el golpe al flanco, que había aprendido deun Maestro griego, en una sala de armas de NewYork. El conde estaba impaciente, nervioso. No haber podido desarmar y matar a aquelextranjero, a aquel rival que lo deshonraba ydeshonraba su nombre, aquel que lo habíaabofeteado y le había escupido al rostro lapalabra infame de trufattore, lo exasperaba. Así, el combate se reanudó, violento, comoentre dos individuos dispuestos a darle un finsangriento. Hugo Vial empezó a perder terreno, arrolladopor el ímpetu del conde, y el florete fatigaba yasu mano débil. Entonces, miró fijamente a su contrario conesa mirada cuasi hipnotizadora, que dominabaaun a las bestias, y sin dejarlo de aquellafascinación, hizo dos pases de defensa, y se fue afondo. Sintió que la hoja de su espada se deslizaba,como prolongándose y comprendiendo queentraba en carne del contrario, avanzó el cuerpopara ultimarlo. A este movimiento indebido, tropezó con lahoja del conde, aún tendida hacia él, y sintió quele desgarraba el antebrazo y tocaba el pecho. 166
  • 167. Felizmente, el conde desfalleciente, a fin defuerzas, cerró los ojos, giró sobre sus talones ycayó al suelo. Hugo Vial tuvo fuerza para ver caer a suadversario, de cuyo pecho brotaba un mar desangre, y cuyo rostro lívido tenía la contracciónsuprema del dolor. Luego sintió como si aquel herido, aquellosárboles, aquel muro, aquel horizonte, todo sedesvaneciera a su vista, y perdiendo la noción delas cosas, sintió la impresión de hundirse bajo elagua, en el silencio, en la calma, en nimbosinfinitos: en la muerte... Y su alma viajó más allá de la vida en el senode la Nada... el alba de la Vida, radiante de esplendor. El despertar fue apacible y brumoso. Unavuelta a la vida, inconsciente y suave; el regresode un viaje muy lejano; el despertar de un sueñosin recuerdos. Hugo Vial abrió los ojos en su propio lecho,en medio de una luz discreta, en una atmósferasaturada de sales y substancias extrañas. Pero nose dio cuenta de ello. Paseó una mirada perezosa y lenta por toda suestancia, deteniéndose complacido en susmuebles y objetos familiares. Tenía ese amor quelos solitarios poseen por el alma de las cosas queles hacen compañía. Un objeto de su uso, era unservidor fiel, a quien quería; un recuerdo defamilia, era un hermano de su alma, a quienamaba; una sortija de las suyas, rara y caprichosa, 167
  • 168. era una querida letrada, que le hablaba de arteantiguo; sus frascos de perfume, eran como almasde sus poetas preferidos, que murmuraban para élsolo rimas únicas en la muda vibración de susondas olorosas; las flores, eran cortesanas de undía, para las cuales tenía asiduidades de amanteromántico, y gustaba deshojar sus pétalos en lanoche, a una luz velada, herméticamente cerradaslas puertas, para que el perfume no se evaporara:el perfume es el beso de las flores. Y dormía enaquel cementerio de corolas, como un sultán enun harén de vírgenes violadas. Para él no habíaplacer igual a devorar, pétalo por pétalo, unarosa; con la voluptuosidad cruel de un tigre quedevora una gacela, sentía como llorar la flor, y leparecía que su olor le perfumaba el alma. Losespejos, eran puertas abiertas sobre el miraje;evocaban a su antojo los horizontes más diversosy prolongaban su visión más allá del mundo real.Los cuadros vivían, para él, una vida viva, y lascabezas y bustos de mujeres, que adornaban suestancia, eran almas que le contaban el dolor o ladicha de su vida, corazones abiertos ante él, unaclínica de almas, de la cual él solo era el médico;las consolaba, las apaciguaba, les concedía hastadías de nervios a aquellas telas queridas; las habíacomprado por la expresión de sus rostros, por latristeza, por el dolor, por la alegría, por elimpudor que revelaban; había vírgenes ybacantes, rostros de éxtasis y rostros ebrios;cabezas con hiedras perfumadas; novicias ycortesanas; mendigas y reinas. Una Mignon; la 168
  • 169. más encantadora cabeza bohemia, el más idealrostro de niña hambrienta e impúber, ostentaba suflacura demacrada entre una Emperatriz, yamuerta, que había sido una obsesión de sulascivia, y un rostro ascético de monja ya madura,que miraba con envidia los senos cuasi desnudosde la Augusta coronada. Y, como toda reunión demujeres, aquellos cuadros se odiaban entre sí;había miradas de odio, de cólera, de envidia, decelos, en todos aquellos ojos encantadores yperversos. Había mañanas en que ¡e parecía quealgunas de ellas habían Dorado, otras estabantristes, otras tenían ojeras violáceas,pecaminosas; y entonces abría las ventanas, paraque entrara el sol a besarlas, el aire a acariciarlas,¡las pobres enclaustradas adorables! y las dejabalibres, que sus almas volaran al encuentro de susueño. Los instrumentos de música tenían el alma desus tocadores, como suspendida a sus cuerdas, ypreludiaban sólo para él, conciertos íntimos. Erantres, clavados en la pared, en forma de escudo:una guzla mora que había comprado en Tánger,un tamboril, comprado en la Exposición de laIndia en Londres, y una vieja guitarra de su paísque le había dejado un amigo de la juventud,poeta bohemio, muerto en un hospital, en un paíslimítrofe al suyo. ¡Qué orquesta fantasmal ymúltiple, eran esos tres instrumentos mudos!...Las noches de su soirée filarmónica, las lucesextinguidas, tendido en un sofá, las almas de esastres cosas muertas venían a deleitarlo. 169
  • 170. La guzla parecía desprenderse del muro y unaforma blanca, muy blanca, como envuelta en unsudario, principiaba a templarla, mientras lasfacciones de un rostro moreno, con un brazonaciente, con dos ojos de antílope, ternísimos, sediseñaban entre el fez, bajo el turbante, y una voztriste, monótona, grave, como la queja deldesierto, modulaba endechas extrañas, a cuyoconjuro parecían alzarse en el horizonteminaretes y mezquitas, agimeces y jardines, ytras una reja negra, aparecer un rostro circasiano,con ojos de gacela, que mandaba de sus labios, desus labios de jacintos, besos apasionados alamante trovador. Y, el tamboril tenía un sonido ronco de himnode guerra salvaje, entre las manos de ébano deuna virgen nubia, cuyas formas de VenusCalipigia se contorsionaban provocadoras yterribles en una danza de guerra, embriagada decoraje, golpeando su seno de basalto, de amazonainvencible, sus dos pechos amenazantes, comoescudos de acero, y sus ancas de quimera debronce, terminando la danza en un grito ronco,voluptuoso y bélico, semejante al beso de unatigre y al estertor de un moribundo: el beso deuna virgen conquistada, violada por el Amor opor la Muerte. Y la forma de su amigo, de su amigo deinfancia, de aquel adolescente soñador,descolgaba la guitarra muda, se sentaba cerca deél, mirándolo con aquellos ojos fraternales ytristes, ¡ojos inolvidables!, y arpegios dulcísimos, 170
  • 171. y con aquella voz de adolescencia prematura, vozamada que él no había olvidado nunca, empezabaa preludiar serenatas enamoradas, cantos de supaís, agrestes y tristes como el canto de un pájaroen la selva, romo el rumor del viento en lafloresta... y, al conjuro del mancebo selvático, sealzaban en lontananza los mirajes del país lejano,del brumoso país hostil... Las sabanas infinitas,los cielos límpidos, metálicos, inclementes, y enese paisaje de acuarela invernal, el pueblo nativo,entre sauces melancólicos, flores odorantes yfuentes rumorosas. Y, más lejos, la casa paterna,la mansión señorial y austera, toda su infancia.¡Y, las fiestas de la iglesia, y las mozas de laaldea, y el amor, el amor de los quince años, queenvenenó por siempre su existencia!... Y, con la luz del alba, el trovador huía. Yquedaban los instrumentos quietos, y sin voces,clavados en el muro, en medio de los retratossomnolientos. Era tal su poder de evocación, tan fuerte lavida que daba a sus creaciones, que hacía de suquimera una realidad cuasi palpable. Hacía muchos años que en la inclemencia deun destierro hostil, le habían comunicado lamuerte de su madre. Rebelde aún contra lamuerte, se negó a admitir la verdad. No, su madreno había muerto, Era que su madre no podíaescribirle. No era huérfano. Después trajo suretrato. Y, desde entonces, vivió en comunióndiaria con ella. No salió nunca de su cuarto, noentró nunca en él, sin darle un beso. No se acostó 171
  • 172. jamás, no fue a su lecho nunca, sin cumplir eserito sagrado. Y, en su vida de lucha tempestuosa,no intentó nada, no hizo nada, que no fueradictado por los pálidos labios del retrato. ¡Oh, poder de las almas de los muertos! ¡Oh, el alma infinita de las cosas!... Así, su primera mirada, al volver a la vida, fuepara sus objetos adorados. Un rayo de sol, pálido y blondo, iluminaba laestancia, arrastrándose por sobre los lirios azules,que bordeaban la alfombra blanca. En los muros, su harén pictórico lo miraba, losrostros queridos lo veían inquietos, sonriendo almirar que abría los ojos. Mignon parecía haberllorado ¡la pobre niña! y la reclusa triste, la de losojos sombríos, tenía un esplendor perverso en laspupilas. Al frente, el armario de nogal tallado, con sustres puertas de espejos venecianos, ante el cualacostumbraba vestirse siempre. A la derecha, lacómoda sobre cuyo mármol gris lucían ybrillaban la cepillería, los candelabros y losfrascos, en plata antigua, cincelado todo por ungrande artista florentino; en el ángulo, unachiffonier, encima de la cual, en pequeñastablillas pintadas al óleo, con grandes marcosantiguos, estaban los retratos de su madre, páliday triste como una alba de invierno, con suseveridad altiva y melancólica, su belleza seria ydoliente, su gravedad radiosa de crepúsculo; el desu padre, conservando toda su marcialidad, todosu aire de guerrero tempestuoso, bajo la 172
  • 173. apacibilidad lúgubre de sus vestidos civiles; y enmedio uno suyo en su uniforme diplomático, muyreciente obsequio de un pintor de genio, quehabía creído halagarlo, pintándolo así,enchamarrado como un general de América,galoneado como un lacayo de casa principesca.Sonrió como siempre que se veía así. Hacia laizquierda, el sofá forrado en tela china, congrandes pájaros acuáticos bordados en oro pálidoy suave, que casi se borraba en las perspectivasflorecidas de lotos y juncos de ribera; dos cojines,caprichosos y obscuros, que manos cariñosashabían bordado para él; y muy cerca, la chaiselongue, sobre cuyas almohadas rojas, de un rojode llama, reposaba indolente, en la opulenciasoberbia de sus formas, el cuerpo de una mujer,apenas dormitada. Su cabeza blonda ymaravillosa emergía de la almohada roja, comoun sol de ocaso sobre una nube purpúrea. Lapalidez lilial de su rostro y de su cuello resaltabaen el carmín de los cojines, como un lirio en unmar de sangre; y sus formas de estatua, fuertes,incitantes, se diseñaban bajo su traje verdeobscuro, con una exuberancia pudorosa. La reconoció: era Ada. En la palidez mortal de su rostro; en susfacciones, martirizadas por la angustia y elinsomnio; en el círculo morado que rodeaba susojos cerrados, en cuyas pestañas se veía aún lahumedad de las lágrimas recientes, había tal airede desolación y de pena, las huellas de unainquietud tan dolorosa, que invitaban a 173
  • 174. consolarla, al llegar con respeto hasta suinfortunio, como hasta una ara consagrada ybesar, como los de una santa, sus manos y surostro, que emergían del fondo verde de su traje,como de un tallo sagrado las corolas mágicas deflores inmaculadas. Hugo Vial quiso alzarse, llamarla acaso, irhacia ella; debió moverse, porque el dolor de subrazo vendado le arrancó un gemido. Ada abrió sus grandes ojos, de luces tristes,otoñales, y con una premura fraternal fue hacia elenfermo. Él quiso hablar. —¡Chist!..., murmuró ella. ¡No habléis, amormío! estáis muy débil. ¿Vais mejor? dijo,inclinándose sobre el lecho, y acariciando lacabeza del herido con su mano delgada y pálida,cuasi ideal, como arrancada a un cuadro deMadonna de la escuela de Umbría, en tiempos dePerugino. A esa caricia, el enfermo sintió como si unaola de vida nueva circulara por sus venas: unaextraña sensación de ventura; una acalmiabienhechora, y estrechando con su mano libre lamano de su amiga, la miró con tanta intensidad,tan hondo ruego, que ella, comprendiendo lo quedeseaba, se inclinó de nuevo sobre él, y apartandola venda que le cubría la frente, puso en ella unbeso, beso triste, casto, impecable, como un besode una madre a un hijo salvado de la muerte. A la caricia de aquellos labios, al aliento deaquella boca, ánfora inagotable de consuelo, a la 174
  • 175. presión de aquella mano, suave y temblorosa,como el pecho de una tórtola sorprendida, sintióuna beatitud infinita deslizarse por su corazón,una irradiación de ventura en todo su ser, y comoen virtud de un sortilegio sus ojos se cerraron; suespíritu apaciguado entró en un limbo radioso devisiones de ventura; el olvido de la vida queenvolvió su ser y el sueño de la fiebre le sellaronlos labios y los párpados... …………………………………………………………… Fue tres días después, que supo por Adamisma cómo ella había sabido la trágica noticia,leyéndola en un diario de la tarde. El periódico hablaba del duelo con detallesmuy precisos, lamentando el hecho, dando alconde por herido de muerte, y a su adversarioherido de mucha gravedad, y tenía frasesreticentes para hablar de aquel encuentro, en quela política estaba de hecho excluida, y no podíaatribuirse sino a causas de orden íntimo, yterminaba con insinuaciones de una indiscreciónlamentable, en que cuasi se decía el nombre de laartista, en cuyo camarino había tenido lugar laescena inicial del hecho cruento. Ada no se había engañado. Comprendía bienque la cantante no era sino un pretexto; ella, erala razón verdadera de aquel duelo, ella la quehabía llevado a aquellos dos hombres al odio, a lavenganza y a la muerte. 175
  • 176. Y, su corazón de sacrificio y de amor temblóante la idea del dolor, del peligro y de la muerte,que amenazaban al Amado. Y, corrió a su casa, y fue hasta él y se postró alpie de su lecho, y restañó su sangre, y vendó susheridas, y a la cabecera de su cama se estableciósolícita como una hermana y contó con angustiaindefinible los grados de fiebre, y soportó con unvalor estoico las largas, las interminables horasde la vela solitaria… Y allí estaba, asesinada por la vida, atropelladapor el dolor aquella alma sangrienta... Allí estaba aquel corazón desgarrado, cruzadode dardos como el de la Madre Dolorosa. Allíestaba la pobre mujer, herida por la brutalidad delDestino cruel, por la suerte ilógica y hostil. Y, susllagas no podían ser vendadas, la sangre de susheridas no podía ser restañada, corría haciaadentro, hacia adentro, ahogándose lentamente.Allí estaba, resignada y doliente… Y, viéndola sentía que una piedad infinitainvadía su corazón, una tristeza pavorosa ante lainanidad de aquel sacrificio, ante la esterilidad deaquella pasión, que corroía sus corazones. Y no quería ver el porvenir, y cerraba los ojosy se refugiaba en el seno de la Amada, bajo sucaricia piadosa, como bajo un escudo, eimploraba ser amado y esperaba como serprotegido por la grandeza inconmesurable deaquel amor, más grande que la Muerte. —¡Báseme, bésame, Amada mía! ¡que sientayo tus labios, fuente inexhausta de la Vida, que 176
  • 177. los sienta en mi frente y en mi boca! ¡Úngemecon tus besos! ¡Santifícame! Tú, mi Égidaamorosa, ¡resucítame! Y temblaba a la llamada del Amor, como eljoven aquel de que habla la Escritura, que llorabaa la llamada del Cristo. Y ambos se abismaban en la sensacióndesconocida de este dolor sin nombre. Esta atmósfera enfiebrante de cuarto deconvaleciente, cargada de deseos y de éxtasis, loshacía ardientes hasta el delirio, y la majestad delsilencio los turbaba hasta el paroxismo, y suvoluptuosidad burlada se disolvía en una tristezaamarga y rencorosa. Y sus conversaciones se hacían melancólicas,y sus besos se hacían tristes, huérfanos de lacaricia definitiva. Una ventura dolorosa les venía de estar solos,de poder decirle su amor, pero hablaban asaltadospor una inquietud tremenda: la de violar susecreto, el secreto pavoroso de su angustia. Y las manos enlazadas, los corazones juntos,permanecían largas horas, como anonadados, enesa atmósfera de enfermedad y de deseos, quepenetraba en sus almas y las postraba y, ponía elsilencio como un sello, sobre sus labiosardorosos. En esa reacción dolorosa en que los sumía laembriaguez de sus propios besos ¿en quépensaban? En el conmovedor misterio de la estancia, losmovimientos de sus cuerpos estremecidos, sus 177
  • 178. conversaciones tristes y apasionadas, sus cariciaslentas y sabias, sus besos enervantes y cuasibrutales, los arrojaban en verdaderas crisis depasión, en que suspiraban rendidos,quebrantados, bajo la mordedura brutal de losdeseos. El sufrimiento exaspera la voluptuosidad. Lacaricia hace sufrir a veces, como una garra. Y el enfermo sentía a la Amada palpitar entresus brazos, los labios entreabiertos, bajo la cariciade sus labios, los ojos obscurecidos, en éxtasis,las carnes palpitantes de emoción, prontas alsacrificio, y la creía suya, y la estrechaba contrael corazón y ensayaba la caricia suprema en elcuerpo estremecido ... Y, ella escapaba del lechocomo loca, y abría el balcón, y se refugiaba en lasombra como si fuese a pedir calma y fuerza a lagran noche taciturna, como si quisiese en laatmósfera límpida bañarse, purificarse de lamancilla de los besos voraces, que la habíanquemado como ascuas cuando temblaba bajo elaliento abrasador, al soplo ronco, los abrazosbrutales, los gestos violentos, las manosprofanadoras del Amado. ¡Oh, las horas ardientes en que se abrazaban aplenos brazos, las bocas unidas, unidos lospechos, los cuerpos uno contra otro, aspirandosus alientos, sintiendo el temblor de sus carnes yel latir de sus arterias, penetrándose del calor desus cuerpos y la llama brutal de sus deseos!... 178
  • 179. Y se separaban inapaciguados, febricitantes,casi coléricos. Como a la muerte de la tarde elazul y la púrpura del cielo se hacen grises, de un gris de ceniza y desudario, así la felicidad escasa de los besos deldía se tornaba en tristeza muda y hosca, cuando lanoche llegaba, y por la ventana abierta entrabanperfumes húmedos del jardín próximo, y del cieloaún luminoso de la tarde las palpitaciones de lasprimeras estrellas caían temblando en lassemitinieblas del parque, donde se veían, lácteasen la penumbra, como un último fulgor, macetasde rosas blancas perfumar la atmósfera, cayendolentamente en el suave pudor de su agonía. …Y sus almas entraban como los cielos en lasombra, y tocaban las rosas las fronteras de lamuerte... Y todo se hacía fantasmal en torno de ellos ... Y, se inmovilizaban en su dolor, frente a supasión triste, en el éxtasis amargo de sus sueñosde Amor. Y se refugiaban el uno en el otro, y lloraban ensilencio, y temblaban ante el fantasma pavorosoque avanzaba. ¡Oh, lo inevitable! ... las tardes y las almas hundiéndose en lassombras. ¡Oh, los crepúsculos de este fin de Otoño, enesa cámara de enfermo, entibiecida y perfumadacomo para un nido de Amor! ¡Oh, los crepúsculos de oro, fulgurantes, acuya luz difusa, la cabeza radiosa de la Amada se 179
  • 180. doblegaba como una rosa muerta sobre el hombrodel herido, en medio de la caricia de las sombras,en las cuales el beso es la oración!... ¡Oh, los crepúsculos sagrados, que caían comoun velo de misterio en la calma adormecida de laestancia, donde las salmodias del deseopreludiaban las nupcias definitivas de las almas! ¡Oh, la caricia embriagadora en la tarde lenta,el silencio en la sombra engrandeciente, el besocasto, que revienta en flor!... ………………………………………………………………. El descenso fue triste, resignado, como la lentabajada melancólica de dos amantes a un vallemuy profundo, en una tarde de Idilio. Ambos parecían tener miedo del hechoirremediable, tenían como pavor de romper aquelhechizo; parecían comprender que bajo las alasblancas de aquella castidad de mujer se amparabael solo resto de ventura que les quedaba sobre latierra. Y retrocedían, y olvidaban, y se refugiaban enel poema de su corazón, antes de romper elánfora ática de sus sueños, que guardaba elúltimo resto de perfume que podía embalsamarsus vidas solitarias. ¡Y se detenían en esa hora de tregua, y semiraban aterrados, ante el dintel obscuro de loIrremediable! ¡Y fue en uno de esos crepúsculos de fin deOtoño, en un crepúsculo áureo, en ese velomisterioso, que la Bien Amada fue vencida, y su 180
  • 181. cuerpo de lirio profanado, y de sus labios fríos,como de una urna violada, como de un cáliz roto,se escapó el beso maldito, el beso irremediable! ¡Cayó, en el vértigo del sacrificio, aquellaalma de Piedad! ¡Y se dio, así, en el hipnotismode la inmolación, como un cirio que arde, comouna flor que se abre, para dar su luz y su perfumea un ídolo, porque su destino es consumirse ymorir en holocausto!... ………………………………………………………………….. Y, se alzaron del lecho, tristes, pesarosos. ¡Comprendían que algo acababa de morirentre ellos, y se miraron como dos culpables,como dos náufragos, que han arrojado al mar laventura de su vida! Y se abrazaron en silencio. Ella sollozaba sin palabras, y él no tenía elvalor de consolarla. El presentimiento de la catástrofe finalestrangulaba su ventura. Se leía la angustia en los ojos, a través de lastinieblas de aquel crepúsculo muerto. Y, cuando a la luz de la lámpara se miraron,había tanta desolación en ellos, que apartaron susojos uno de otro, y no por la vergüenza de suscuerpos mancillados. ¡Temblaban de espanto, porque habían vistodesnudas sus dos almas dolorosas! las almas doloridas volando hacia su Dios. El alma es una lira, y en horas de pesares, suscuerdas vibran solas. 181
  • 182. ¿La Duda va a tocarlas? estalla la Blasfemia. ¿La Fe llega a pulsarlas? pues brota la oración. Las almas que son puras acendran la plegaria,que tiembla entre sus labios, cual néctar de unpanal. Las almas que son fuertes no ruegan,interrogan, y el verbo brota de ellas, cual llamade un volcán. La mujer es el pájaro asustado, que teme a lastormentas de la vida... Y, huérfanos están los cielos de sus ojos, siDios en ellos no refleja el fulgor de sus alas deQuimera. Y, las almas que sollozan en las lívidaspenumbras de las penas; y las almas quenaufragan en los mares procelosos de la angustia;y, los ojos que se asombran en los turbioshorizontes, donde van las crespas olas del dolor,creciendo siempre, en tumultos gigantescos,precursores del espanto, del abismo y de lamuerte, se alzan pávidos al cielo, para ver tras delas nubes, tempestuosas y agrupadas, laEsperanza que fulgura en los ojos de su dios. Ylos labios azotados por las ondas insurrectas,escocidos al contacto salobre, y desgarrados porel beso como flor de los naufragios, como pálidarosa de agonía, en los labios deformes de laMuerte. Y Ada había dicho al Bien Amado, con voz derítmica caricia. —Al estar bueno, ¿me prometes acompañarmea una parte? 182
  • 183. Y él había prometido. y ¿me juras hacer lo que yo quiero? habíadicho la adora da, inclinando el esplendor de sucabeza blonda, sobre el pálido rostro del enfermo. Y él había jurado. —Mañana iremos a donde te he invitado, ledijo ella dos días después de que sus labioshabían ardido como por una llama, por el besoirredimible. —En el Coliseo, a las ocho de la mañana, enla ambulacra, que mira hacia el arco de Tito. —¿En coche? —Sería mejor a pie, menos visible, ¿te sientesfuerte? —Sí. Y así lo hizo. Al día siguiente, con una mañana fría ylluviosa, bajo la intemperie de una tramontanatenaz, llegó a pie hasta la Piazza delle Terme,tomó el tranvía eléctrico, que recorre la VíaCavour, se apeó en el ángulo de Via dei Serpenti,desde donde se divisa la gran mole del antiguoCirco, y por esa misma calle llegó a él. Entró por la galería de la izquierda, y diovuelta cuasi a todo el edificio, buscando con elalma y con los ojos la sombra fugitiva de laAmada. La alcanzó a ver, allá, en un punto desombra, sentada sobre una piedra, bajo la bóvedahúmeda, desolada, como la imagen de Judeadespués que hubo pasado por ella Tito, elguerrero salvaje y destructor, que alzó por manosle esclavos esa mole, bajo cuyas arcadas, ella, lavisión melancólica, arbitraba sus dolores. 183
  • 184. Así, como una virgen cautiva, que va de lasviolaciones al martirio, y espera la muerte comouna liberatriz, así estaba. Absorta parecía, desfallecida, en una de esaslargas postra-iones que sucedían en ella a lashoras febriles del amor. Sus grandes ojos guardaban una fijezademente; un pliegue [oloroso cercaba su frente; elbouquet sensual de sus labios tenía palidecido elrojo de sus rosas, y vencido parecía el orgullo desu belleza radiante. Fantasmas pavorosos debíanobscurecer su pensamiento, porque su rostro seplegaba dolorosamente, bajo las cejas contraídassu mirada se ensombrecía de angustia. Nunca había él visto en la faz amada, tal sellode vencimiento definitivo. Su palidez era tanintensa, su aspecto tan oloroso, que tuvo miedopor ella, miedo por su razón, que había vistovacilar a veces como una luz agitada por unviento de borrasca, tenía miedo por su vida, queél sabía amenazada por na enfermedad orgánica,hereditaria: la parálisis cardiaca. De eso habíanmuerto casi todos los suyos, y ella solía decir: —Yo moriré de un colpo, como todos los míos, oacabaré loca, como mi madre. ¡Dios mío! ¡Diosmío! ¡qué triste fin! Y, cuando él la había hecho llorar mucho, enalguna escena violenta, tenía miedo a la palidezsúbita que la cubría, a la extraña mirada de susojos espantados, y le ponía las manos sobre elloscomo para no ver la expresión de esas pupilas 184
  • 185. extraviadas, y la consolaba con besosinterminables. Se acercó a ella, respetuoso, conmovido, comosiempre que llegaba a aquella pobre alma, tanduramente profanada por la ida. Ada lo miró conesa mirada vaga, que a él le daba tanto horror,mirada de inconciencia trágica, así como si suespíritu volviese de súbito al mundo, cual siregresara de países muy remotos, de cielosincógnitos. Y luego, sonrió con esa sonrisa angélica, queera como una aurora de su rostro doloroso, y vinohacia el Amado, hacia el cautivador, como a unrefugio, como a un conjurador de los malossueños que la perseguían... Y sonrió a la vida,como siempre que despertaba bajo el mágicoencanto de esos besos. Él le dio el brazo y caminaron silenciosos,meditabundos, hacia el monte Coelius. El silencio era el supremo pudor de su ternura. La ceniza de los años que había caído sobrelas grandes flores de su juventud, entristecía elpaisaje de su vida, y no daba lugar a los rumoreslocuaces de la fantasía, a la floración demadrigales radiosos, extraños en la tristezamajestuosa de ese crepúsculo de dos existencias,en ese cuadro de amargura, de desolación y deangustia. La influencia de la hora y de sus emocionesprofundas los hacía graves y callaban, para norepetir el dúo doloroso de su desesperanzainterminable... 185
  • 186. Llegados frente a la iglesia de Santo StefanoRotondo, ella le hizo una leve presión en el brazoy lo llevó hacia el templo, y le dijo cariñosa ytriste: —He prometido una misa por vos. Vais a oiríaconmigo. Me lo habéis prometido. Es en acciónde gracias por haber escapado de la muerte,¡tenemos necesidad de Dios! Y entraron en el templo. ¡Oír una misa! Hacía acaso más de veinte añosque no oía ninguna. Pero, ¿cómo adolorar, cómo contrariar aquelcorazón inocente, que iba a orar por él, aquellapobre alma sencilla, que perseguida en la tierrabuscaba en el cielo la esperanza? Además, élhabía prometido, sin saber de qué se trataba, ydebía cumplir. El aspecto del templo, de antiguo dado al cultode Baco, hecho bajo Nerón el macellum,considerado por otros como un edificio cristianodel siglo V, y que es el tipo clásico de las iglesiasredondas de la era constantina, alegró su vista,halagó su culto estético, encantó su ánimo, comosi un soplo de paganismo, escapado a las selvasde Jonia, pasara entre las cincuenta y cincocolumnas del templo, trayendo ecos de fiestassirias, himnos de Bybios, cual si un tropel deménades, coronadas de hiedra, apareciesen con eldios imberbe y sonriente, coronado de pámpanos,ebrio y feliz, bajo la policromía cantante deaquella iglesia cristiana. Hizo una genuflexión y se sentó. 186
  • 187. Ada fue a la sacristía, habló con el guardián, yvolvió a arrodillarse en un reclinatorio, vecino alde él. Poco después, un sacerdote anciano, pálido, deuna palidez que se confundía con lo albo de susvestiduras, salió de la sacristía, seguido de unniño de coro, vestido en rojo y blanco. Y, la misa empezó. Él se entretuvo en mirar la cúpula, de la cualdescendía la luz blanca y triste, filtrándose en lastintas opacas de los cuadros, que yacían en lasemi-obscuridad de las capillas, meditativos en latristeza de su beatitud, en su apoteosis litúrgica,colorida y pomposa. Nada hablaba a su corazón aquel mundoinmóvil de cuadros y de estatuas, aquel pueblo deleyenda inocente y pueril. Y, en la calma sagrada, en la bruma matizadade esplendores místicos, donde los cirios y laslámparas temblorosas del ciborium, fingíanclaridades de estrellas, en la onda blanca delincienso, que se extendía en la atmósfera delsantuario, llenándolo de perfumes y de nubes deuna grandeza sagrada, sus ojos no se fijaron sinoen el Cristo trágico, que había en el fondo delaltar, un Cristo de colores verdosos, de negrurasinfinitas, atribuido al Volterra, y que debe de sersin duda de alguno de sus discípulos máscercanos. Sobre la colina ríspida, tétrica y roja, la siluetanegra del patíbulo. 187
  • 188. Y el Dios, solitario, clavado al madero, susbrazos extendidos, radiosos en la sombra. La densa tiniebla blanquear parecía, de aquelcuerpo muerto, el albo fulgor. Y las pálidas manos, las manos del Diosmuerto, señalaban con sus rígidos dedos, en lassombras, en los vagos, confusos horizontes losocultos caminos de su reino, las veredas quellevan hacia él. Su nimbo, un nimbo de mártir, hacía en lapenumbra reflejos de un sol. Su candida frente,bajo él, semejaba una hostia, o un lirio, teñidos desangre, un ampo de nieve caído en las zarzas,rodeado de espinas... Las áureas potencias le daban un brillo deestrellas, clavadas en torno a un cometa. Las blondas guedejas se hacían aún másblondas, los cirios les daban fulgor de metal. Los ojos muy tristes, los ojos opacos, doscuencas de soles extintos fingían. Y todo era nimbo en torno al martirio; y todoera muerte en torno del Dios. Sus brazos muy blancos, sus manos muyalbas, marcaban caminos allá en las tinieblas,senderos obscuros, veredas muy tristes, quellevan... ¿a dónde? a los cielos. Y el cielo ¿doestá? La madre doliente, la madre lloraba, llorabamuy triste al pie del patíbulo. Un blanco sudario temblaba en sus manos, suspálidas manos, que habían arrullado al castoProfeta, colgado a la cruz. 188
  • 189. Extrañas potencias formábanle un nimbo, unlívido nimbo de un blanco de muerte, un nimbode tumba, y su áurea cabeza de místico encanto,la rosa del dolor, la rosa triste, arrastrada en lasondas del torrente, la rosa del naufragio parecía. ¡Oh, la doliente madre del Profeta! …………………………………………………………………. La campanilla, que sonó en el altar, le anuncióque era el momento de la Elevación, y se puso derodillas para no hacer ver su absolutaincredulidad a las almas piadosas que lorodeaban, para no dejar ver el hastío y el enojoque la ceremonia le inspiraban. El olor del incienso y de las flores, el rumor delas plegarias, que se alzaban de aquelloscorazones férvidos por una correlación natural delos recuerdos, alzaron ante su alma los panoramasblancos de su infancia. ¡Oh, los pálidos encantos de los mirajesdivinos! Y vio, en la niebla del recuerdo alzarse laiglesia de su pueblo, blanca y roja, sobre el verdetapiz de la llanura interminable. Y le pareciósentir el sonido de sus campanas acariciadoras,llamándole a las fiestas de la Fe. Y se vio niño aún, oficiar lleno de piedad,como aquel otro niño, que en ese momentoagitaba la campanilla, y alzaba reverente lacasulla del viejo sacerdote, inclinado, absorto,ante el 189
  • 190. cáliz áureo y el disco inmaculado, donde Diosfulguraba como un sol, a sus ojos de creyente. Y, de entre aquel rumor confuso, de entre esasnubes de incienso, del fondo de ese cáliz, sobre eldisco sagrado de la hostia, se alzaba más blanco,más radiante, más fulgente, como un lirio deAmor, como un astro de Esperanza, el rostrosanto, el rostro idolatrado de su madre. ¡Oh, lamuerta inolvidable! Y brisas de la infancia, brisas de inocencia,soplaron sobre su corazón, corrompido ycalcinado. Y pensó en su niñez, ya tan distante, en sujuventud que declinaba, en la esterilidadsentimental de su vida, en la inanidad de susesfuerzos hacia el Amor... Y volvió los ojos hacia esa pobre mujerdolorosa, que sollozaba cerca de él. Y la vio inmóvil, doblada sobre el reclinatorio,levemente estremecida, como una ave en suagonía, su cabeza auroral entre las manos, ymoviendo al ritmo de su oración la corola de suslabios. ¡Cree, cree, álzate hasta mí! parecía decirle sumadre, esfumándose muy triste en la nubecrepuscular de las aromas. ¡Ama, ama con amor ideal, elévate hasta mí!parecía decirle esa mujer sollozante, pálida comolas rosas que morían en el altar. ¡Ay, era tarde para amar y tarde para creer! Y alzó los ojos, como para pedir perdón a lasombra de su madre, qué se iba, envuelta entre la 190
  • 191. bruma matinal. Y los bajó luego, acariciadores,implorantes, hacia la Amada, que temblorosarogaba al lado suyo. Ada se había puesto en pie, serena yresignada. La oración fortalecía aquella alma mística yfuerte. Se detuvieron un momento a mirar los grandesfrescos circulares del Circignano y del Tempesta,en una irradiación dolorosa de cinabrio yblancuras de cadáver, toda la epopeya delmartirologio cristiano. Ada contempló taciturna las vírgenesdespedazadas, lirios candidos de fe, los ancianostorturados, muriendo con una serenidad radiosade crepúsculos, bajo la garra de los leones. —El verdadero martirio no se ha pintado, dijo. —¿Cuál? —El martirio de las almas. —No habléis del dolor. ¡Amada mía! —¡Oh, el martirio innombrado! —No lo nombréis. —Sí, he de nombrarlo como una expiación. —Expiación ¿de qué? —Del amor culpable. —¡Oh, por piedad! ¡Callaos! —¡Oh, el martirio de la vida, el Amor de loImposible! Dijo, y calló. Y anduvieron melancólicos, apoyados el unoen el otro, perseguidos por sus presentimientos,como por una partida de lobos en una selva deCircasia. 191
  • 192. Llegados a la Piazza di S. Giovanni, él lacondujo hacia el tranvía y se separaron sin unconsuelo, sin una frase de piedad, ¡como doscondenados a la cadena, que se despidenocultando las lágrimas que han de correr a maresen la soledad de su ergástula! ¡Oh, los galeotes desventurados del Amor! y voces de naufragio, y cosas que semueren… El drama estallaba de súbito en la paz radiosade su vida sentimental. ¿No era bastante haber guardado tanto tiemposu corazón en esa paz inalterable, al abrigo de lastormentas, lejos de la aventura irremediable delos naufragios del amor? ¿No era bastante haber vivido la primaveratriunfal de su vida en su orgullosa soledad, en susoberbio aislamiento, domador extraño de lapasión fatal, conquistador de almas y de cuerpos,sembrador de besos eróticos, defendiendo en suslascivias la inalterable quietud de su espíritu, lacalma sagrada de su corazón? ¿Era pues un naufragio en el puerto? ¿Qué era ese resplandor de incendio, queiluminaba la vieja selva otoñal, ya dormida en lacalma profunda, en la quietud cercana delinvierno? ¿Era la devastación? ¿era la ruina? ¿El sueño de su vida había sido una quimera? ¿Había vivido para la conquista del desierto? Había dominado su vida, disciplinado su alma,torturado sus sentimientos, para asegurarse la paz 192
  • 193. definitiva y, ¿venía a perderla en una aventurasentimental y triste, en un drama vulgar deadulterio, a sucumbir así en un campo de ruinasante un horizonte cubierto de cenizas decrepúsculo? ¿Era la muerte definitiva de sus triunfos, lavergüenza de sus sueños? ¿Era el amor quien hacía esta catástrofe? ¿Erael orgullo? ¿Era el instinto imbécil del altruismo, vivo enel luchador indomable, y trasplantado del campode la acción ruidosa y fecunda a la pequeñaestéril de un drama de corazón? ¿Era el quijotismo sentimental, la maníalibertadora, los que producían el desastre? No losabría decir. Pero maldecía la hora en que había queridohacer hablar su corazón. En su egoísmo brutal, maldecía ese Idiliotriste, ese poema otoñal, cuyos madrigales deternura, cuyas estrofas de amor, amenazabanhacerse bruscos exámetros de drama, rudosalejandrinos de tragedia. Y la nostalgia de su libertad perdida loasaltaba. Y su gloria, su gloria amenazada,palidecía en su nimbo rojo, con tristeza de astromoribundo. Y su Ideal, su Ideal abandonado, lomiraba con angustias de Cristo agonizante. Y, en un horizonte pálido de perla, bajo uncielo de malaquita y laca, lívido de tristeza,parpadeaban los astros de sus sueños. 193
  • 194. Como banderas vencidas, como gonfalones enfuga, huían y se plegaban en ese horizonte dederrota, sus visiones viriles y grandiosas,combatiendo aún, en la tristeza de la hora, des-mesuradas y hoscas, como siluetas de unatitanomaquia primitiva. Y el silencio fanático de aquellas multitudeslejanas, asombradas de su mudez actual,enamoradas del ritmo antiguo de sus frasesvencedoras, de su verbo sonoro, que estallabacomo un bólido en el azul sereno, le daba tristezay horror. Lejos de ese ruido atronador, su almasentía la nostalgia de un marino en las montañas,en las cimas muy distantes de las playas delocéano. Y su alma lloraba casi, con sus poemasinconclusos, aglomerados sobre su mesa, dondelas rimas, que tenían perfume, se enlazabanamorosas al haz de rayos de los panfletosincendiarios. Y todo inconcluso, todo trunco, todoabandonado... En la gravedad de la hora, aquel abandono eraun crimen, aquella vacilación era una deserción. En el apóstol, detenerse es marchar haciaatrás. Cuando se ha pasado con el gesto delsembrador bíblico, en medio de los surcos, en elcampo de la vida, dejar caer la mano fatigadaanuncia vencimiento irremediable. Y ese gesto, en la angustia del crepúsculo,semeja los adioses de un fantasma. 194
  • 195. ¿Detenerse ahí? De su juventud ¿qué quedaba? un lampo: ¿desu sueño de Arte? obra incompleta: ¿de su sueñode gloria? una derrota: ¿de su sueño de Amor?una mentira. Y, ¿había de sucumbir bajo las garras de laquimera, en la laxitud de ese sueño de inercia enque vivía? ¿no podía ya marchar hacia la gloria?¿era imposible ir hacia la vida? ¡Oh, no, no, libertarse era preciso! Mas, ¿cómo pensar en esta liberación? ¿Cómoevadirse del Destino? Ante aquel escollo en que la apacibilidad de suvida se rompía, ante el horror de esa tragediasentimental, se exasperaba, se hacía melancólicoy sombrío, y la cólera lo invadía, una cólera sordacontra la generosidad de su corazón. Y mientras meditaba así, en esa bruma grisque envolvía su pensamiento en una opacidadmedrosa, como las telas crepusculares deCarrière, el sonido del timbre lo despertó de suabstracción dolorosa. Era la hora de la cita, y debía de ser Ada quientocaba. Y fue a abrir él mismo, pues acostumbrabalicenciar a su camarero a esa hora. Y era ella. ¡Ella, que con un sollozo cayó en sus brazos,pálida como un ampo, rígida como una muerta! La tomó en sus brazos y la llevó a un diván. 195
  • 196. El portero que la había acompañado a subirdesfalleciente, le relató en detalles la tremendaescena. Hacía días que Leda Nolly espiaba en torno dela casa, la entrada o la salida de la condesa, yjustamente, cuatro tardes antes, había ido contraella, llenándola de contumelia y alzando lasombrilla para herirla. El portero había ido a sudefensa y había abofeteado a la artista, que a laaproximación de un policía había huidodespavorida. Pero, ese día, la escena había sido másviolenta. Leda esperaba, oculta en la esquina de la ViaCernaia, el coche de la condesa. Al apearse ésta,la cantante apostrofándola con el vocablo mássoez, le arrojó encima el contenido de un frascode ácido, que felizmente rodó sobre el traje, sintocar el rostro de Ada, oculto por un triple velo,en que se envolvía siempre que iba a su cita deAmor, o a casa de la señora Stolffi, como decíaella a la servidumbre, aprovechando que aquellapobre amiga suya, paralítica, vivía en el mismoPalazzo, un piso más arriba que el que habitabaHugo. Al grito de la condesa, que huía, los cocheroscayeron sobre la artista, azotándola y golpeándolatan fuertemente, que cuando la policía llegó, lacantante se debatía en un mar de sangre, bajo lassuelas ferradas de los brutos. ¿Quién tenía la culpa? 196
  • 197. Ella, Ada, cuyo corazón generoso se habíaopuesto a que la artista fuera perseguida por susescándalos; ella, que había ocultado a Hugo hastaentonces, los ataques brutales de que era objeto. Angustiado, furioso, fue al teléfono, paraobtener de la Qüestura la mayor reserva sobre elasunto y la seguridad de que esta vez la víborasentiría el azote que le rompería las vértebras. Y volvió al lado de Ada, que con los ojoscerrados, la boca triste, parecía dormida ya en elseno de la muerte. Tuvo miedo, miedo de que su enfermedadhereditaria pudiera matarla allí, en sus propiosbrazos y que el destino adverso la mandara amorir allí, en casa de su amante, como paraacabar de deshonrarla. Se abstuvo de llamar un médico. Y él mismo la tomó cariñosamente, le quitó elsombrero y los guantes, le besó las manos conpasión, le quitó el abrigo de Pieles, le abrió elcorsé para que respirase mejor, le dio a oler todaslas sales inglesas que halló a mano, la friccionócon fuertes esencias, recostó sobre su propiopecho la cabeza primorosa, cuyos cabellosrodaron en ondas luminosas, y tomándole las toanen las suyas, la miró con emoción profunda ysilenciosa. Y se asombró, viendo cómo el dolor nublabaaquella faz radiosa, cómo los años parecían haberdescendido en tropel sobre aquella frente pálida,cómo la edad y la muerte vagaban como nubes 197
  • 198. lívidas sobre el rostro amado, envejeciéndolo ydeformándolo. Y vio con un dolor cruel, cómo delgados hilosde plata hasta entonces ocultos a su vista,profanaban aquella cabellera de un rubioespléndido de aurora. Y, ante aquel cuadro de la muerte amenazante,de la vejez irremediable y próxima, pensó con unhorror creciente, en la suerte de los dos. ¿A dónde iban por ese laberinto sin salida? El matrimonio era lo imposible. El amor así, culpable y oculto, era lainquietud, el peligro, la catástrofe final... Y, ¡el Hastío!... ¿no es el Minotauro insaciableque devora todos los amores?... Pocos años más, y ¿qué sería de su amor?¿qué quedaría de la opulencia de esas formas, dela belleza de ese rostro, amenazados ya por elcierzo de todos los inviernos? Y una angustia infinita lo oprimía, ante esainterrogación formidable. Y, mirando la espantosa tristeza que se pintabaen aquel rostro exangüe, cuyas carnes, de súbito,se habían hecho blandas, sin morbidez, con laflaccidez de un pecho que ha lactado, viendoaquella sombra terrosa que envejecía la fazadorada, tuvo una conmiseración infinita, amócon culto extraño esa belleza fugitiva, sintió lanecesidad de consolar aquella vida, que sin él erauna tumba, el deber de embalsamar con ilusionesese pobre corazón adolorido que era suyo. Y,tomando en sus manos la linda cabeza blonda, 198
  • 199. hecha para ser encuadrada en un marco de rosasprimaverales, desfloró su boca con un beso triste,beso caritativo, tierno como la Piedad, fúlgidocomo el Amor. Ada abrió los ojos, como tocada por la varillade un encantador, y llamó al Bien Amado. Y su voz tenía algo de lamentable y denaufragio. Al verlo tan cerca, se abrazó a él condesesperación, y como si hubiese leído elpensamiento en sus ojos, le gritaba: —¿En qué pensabas? ¿en qué pensabas? ¡Oh,dime en qué pensabas! ¿Te cansa mi amor? ¿Te hastía el cariño de esta pobre mujer queno puede darte sino pesares y lágrimas? ¿te fatigael goce de este cuerpo que envejece martirizadopor el dolor, y el encanto fugitivo de estas carnesque se marchitan a tu vista, sin haberte dado másprimicias que las del corazón enamorado? ¡Ah,ya lo sé! ¡Ya lo sé! Tú te sacrificas a la piedad, a la conmiseraciónque te inspiro. Eres aún joven, célebre, glorioso,el genio brilla en ti como un albor, todo te llama ala lucha y a la gloria, y estás encadenado a mí,que soy árbol de tristeza y de dolor, cuya sombraenferma la floración de tus sueños portentosos, amí, que soy una vieja, dijo, mostrando los treshilos de plata, que brillaban en el oro mórbido,como rayos de luna en la corriente blonda dePactolo. —¡Oh, callaos, callaos, por Dios! —murmuró él, como temeroso de que hablara aúnmás, de que desflorara con sus palabras la 199
  • 200. inviolabilidad de algo muy triste que nacía en sucorazón. Y la besó de nuevo en los labios, como paracalmar con un exorcismo, la exaltación de aquellaalma atormentada. Y enmudecieron los dos. Y sus ojos entristecidos parecían mirar lascaravanas sepultadas de sus sueños muertos. Y parecían apostrofar al Destino, diciendo conel poeta: Voici danciens qui passent, Encore des songes de lassés, Encore des rêves qui se lassent; Voilà les jours despoir passés! Y en la soledad profunda de su vida:¡Nevermore, Never more, les decía el Destinoimplacable! Y la tristeza subía en su corazón como unastro sobre cielos luctuosos, y veían las horas desu juventud, enjambre de abejas rumorosas,perdidas ya muy lejos, en las irradiaciones deotros cielos... Su inquietud engrandeciente los torturaba, seabrazaba a sus corazones como trepadora salvaje,y los ahogaba. ¿Cuánto durará esto? parecía decir ella. ¿Qué será de nosotros? se decía él. ¿Cuánto tiempo será mío? /Cuánto tiempo?... Y, sin hablarse, sus pensamientos se unían enesa misma ¿olorosa inquietud, en ese terror de losilencioso, inevitable, que avanzaba. 200
  • 201. Él o ella, ¿cuál rompería primero esta unióntan quimérica? ¿Qué ser, extraño a ellos, qué decreto de lacasualidad o del Destino, vendría a separarlos, aarrojarlos de nuevo en el vaivén de la vida, en esatristeza insondable, en ese limbo, que se llama: lasoledad del alma? No respondían a esta pregunta. Les parecía que callando sobornaban elDestino. Como dos seres que se ocultan, temían que suspalabras los enunciaran al acontecimiento, quecaminaba en las sombras. Y la sed de la muerte los poseía entonces, elansia del reposo y del olvido, el deseo del sueñomortal, la renuncia a la vida… ¿Por qué no detenerse en ese punto de venturay desaparecer? ¿Si el porvenir era inexorable?¿por qué ir hacia él? Si al fin de su amor estaba eldesastre inevitable ¿por qué no escapar? Y hablaban de la muerte, y se sentían comofuera de la vida, en un limbo confuso,inextricable. Y se llamaban en su angustia, como náufragosque las olas separan en el mar y la nochesilenciosos... —¡Habladme, Amado mío! decía ella,rompiendo la hipnosis dolorosa. ¡Habladme,tengo necesidad de ser confortada! ¡Decidme queme amáis, que me amaréis siempre! —Yo os amo, ¡oh Adorada de mi corazón, yoos amo! respondía él. ¡Y su verbo compasivo 201
  • 202. quería hacerse rojo, como en la aurora de aquelamor tan triste! —Mi amor es inmortal, gemía ella. ¡Essuperior al Dolor, al Olvido y a la muerte! Y así permanecían horas enteras, uno al ladodel otro, silenciosos, como anonadados en lairremediable tristeza de su corazón, inmóviles enla densidad del crepúsculo, que caía lento sobreellos, como las olas que se cierran silenciosassobre el trágico sitio de un naufragio. ¡Oh! ¿de qué tejido misterioso, de qué red desueños está hecha la ventura de las almas? ¡Oh, la triste ventura de las almas! Tristezas vesperales, nostálgicas de luz En el amor hay dos períodos, aquel en que nosarrastra como una tempestad, y aquel en que loarrastramos como una cadena. Y este amor triste entraba en ese últimoperíodo. Y temblaba estremecido, como un asfódelohierático, en la bruma sollozante de ese paisajeinvernal. Leda scis en prisión, el Conde Larti en Sicilia,en lenta convalecencia, no eran la libertad, nisiquiera la tregua. A pesar de todos los esfuerzos, algo setraslució del escándalo de la actriz, y Ada nopudo volver más a Via scision. Habrían bastado dos testigos que la hubiesenvisto entrar allí, para que el conde intentara unasorpresa, le arrebatara su hija, y la lanzara en elescándalo de una querella de adulterio. 202
  • 203. Por todas partes había ojos que los miraban. El abogado del conde y los miembros de lafamilia de éste se encargaban del espionajevergonzoso. Y el círculo se estrechaba en torno a losamantes. Comenzaron entonces los largos paseos a losparajes silenciosos, hacia los grandes caminosdesiertos, hacia las tumbas solitarias. Era por la Vía Appia, de la tumba de losEscipiones hasta el Cazal Rotando, queprolongaban sus paseos, en las tardes brumosas yfugitivas, en los crepúsculos obscuros, hijos delas noches prematuras del Invierno. Y, mientras sus cuerpos trajinaban por esa víade victorias y de tumbas, sus almas recorrían lasgrandes vías solitarias del recuerdo, el camino desu vida, sembrado de derrotas y sepulcros, lossenderos del pasado inexorable, el Vía Crusis,por donde habían arrastrado su vida estéril ymiserable, coronados por su soberbia, vencedoresdel amor! ¡Oh, la inanidad de su triunfo estéril!¡oh, tardía aparición del Formidable! Y se absorbían en leer las antífonas de esepasado en el viejo misal de oro del recuerdo, a laluz de ese cirio cuasi extinto: la juventud. Y se sentaban a la sombra de la tumba deCecilia Metella, sobre los restos de la de Séneca,la de Sexto Pompeo o la de los Horacios, y allícontemplaban la muerte de la tarde en la lla nurasilenciosa, que va hacia el mar como una ondafugitiva, a morir en lo infinito. 203
  • 204. Y la ilustre ciudad como muerta a la sombrade sus muros, en la paz de la tarde, llena deencantos mudos de salterios. Y la hierbavictoriosa conquistando la inmensidad de losllanos somnolientos. Y en la triste densidad delcrepúsculo pluvioso, la estela del sol muerto,como las ondas de un río rojo, rodando aloccidente. Y, como hogueras prendidas detrás deuna selva autumnal, las cúpulas de los templos,como tiaras de rubíes, hechas rojas,reverberantes, en ese reflejo de gloria, en esaemoción de incendio. Y, con los párpados entrecerrados, como si esaluz escasa fuese brutal para sus ojos, sus almaslaceradas parecían salmodiar con el poeta: Soleil, que nous veux-tu? Laisse tomber lafleur, que la feuille pourrisse et que le ventlemporte! Laisse leau sassombrir, laisse-moi ma douleur qui nourrit ma pensée et me fait l`âme forte. Otras veces, iban fuera de Porta San Paolo,hacia las riberas del Tiber, hacia algún puentesolitario, donde los sorprendía la lentasubmersión del sol, el crecimiento de la sombra,el pavor augusto de la noche en la campiñaromana. Y regresaban silenciosos, como estremecidosal beso religioso de la tarde, viendo caer lasombra sobre la rigidez blanca de los grandesestanques, y sobre el horizonte bermejo, dondeflorecían como lises y se abrían como rosas de 204
  • 205. mágico fulgor, las estrellas centelleantes en elazul sereno. Y él veía la tristeza descender lenta sobre losojos de Otoño de Ada, y la luz morir feliz en lasnieves luminosas de esas carnes, aureolando elorgullo misterioso de esa belleza real sobre lacual parecían, a través del duelo del follaje, lloverbesos azules de astros taciturnos. Y, bajo los cielos florecidos de estrellas,resplandecientes como un jardín prodigioso, laaugusta belleza de la Amada brillaba pálida,como pétalo de flor maravillosa que hiere el so]de la tarde, pálida como las flores del pasado,pálida como las hojas que cuchicheaban susquejas a los aires, pálida como la luz lunarargentando las aguas estancadas de esas lagunaspon-tinas, donde muere el crepúsculo coronadode nenúfares, y canta el silencio su extrañacanción a las flores y a los astros. O bien se iban fuera de Porta San Lorenzo,hacia Campe Verano, el cementerio católico deRoma, en esa hora en que el sol estallando suduelo sacerdotal, en el fulgor de sus sagradasagonías, convertía la Necrópolis en uno comobosque de encinas hieráticas, en que las cruces ylos monumentos semejaban pilares de una selvadruídica, donde hieródulos y sacerdotisasmisteriosas celebraban los funerales de la luz, yla voz, la gran voz de la soledad y del silencio,bajando sobre la tierra come la caricia de unamadre, pasaba por sobre las tumbas solitarias porsobre la salvaje frondazón de crisantemos de 205
  • 206. matices fúnebres, y por el campo de rosas,desfloradas por místicas caricias de los vientosdel rudo septentrión. La condesa amaba las tumbas olvidadas otrágicas, los grandes muertos por la pena, losasesinados del dolor. Compraba flores a la puertay las llevaba con una piedad reverente hasta sustumbas predilectas, las de los suicidas por amor. Y, ante aquellas tumbas aún sin cruz, sobre latierra removida, en los cálices de flores que susmanos piadosas deponían se prosternaba ella, lagran vencida, la dolorosa, la solitariainconsolable. Y él la veía orar, veía correr el llanto por entresus manos tenues, sus dulces manos como floresde paz, que ocultaban si rostro como un vaso dealabastro conteniendo una rosa moribunda. Y contemplaba aquella silueta blonda, comoun rayo de estío, perfilar en al crepúsculo lagracilidad misteriosa de sus formas, el esplendorde su belleza tentadora. Y tendía hacia esa carne como penetrada declaridades, sus labios insaciables, y ponía besosfurtivos sobre esa nuca, alba como un plumón deánade, y en esos cabellos nimbados de luz, queguardaban en sí, como reflejos de soles muertos,y un extraño perfume de gloria y de divinidad. Y regresaban en el enojo de las soledadeslúgubres, en los grandes silencios vírgenes delcrepúsculo lleno de oraciones, y de iluminacionesrojas como de un vidrio gótico, silenciosos,meciendo sus almas en la vibración lenta del 206
  • 207. Ángelus, que llegaba de las cuatrocientas iglesiasde la ciudad, para morir con su última notamelancólica en el Campanario de San Lorenzo,en las propias fronteras de la muerte. Y el alma de la tarde erraba sobre ellos y sobrela selva autumnal deteniéndose en las torres yanegras, para entonar su vieja canción de dolores yrecuerdos... Y ellos se estrechaban las manos en silencio,en medio de la calma de la noche y la agonía delas rosas... * * Mas acosados aún por el ojo avizor de lapolicía secreta, perseguidos por los espías,acorralados como fieras en una selva, serefugiaban en los sitios solitarios, en lascallejuelas obscuras, en los paseos excéntricos.Iban hacia el Gheto, hacia Transtevere, hacia elGianicolo, donde otros enamorados paseaban supasión, y estallaban en la sombra besosprovocativos. Y, una de aquellas noches, él la esperaba en elGesú, para emprender la jira dolorosa de su amornoctivago. La Piazza se envolvía en la penumbra, comoun manto de duelo. El palacio Altieri, todocerrado, alzaba su masa negra, como irrespetadapor la luz relampagueante de los focos eléctricosque iluminan la vía. La iglesia, como un cuervo somnoliento,alzaba su mole negra, con sus dos escudos 207
  • 208. pontificios, como los ojos de un buho abiertos enla tiniebla. Como insectos fosforescentes, las calles ycallejuelas mal iluminadas se extendían endédalos confusos, en diversas direcciones. Ada se apeó del tranvía eléctrico y atravesó laplaza. Él se unió en la esquina de la vía deAracoeli. La noche era fría, de un frío intenso, la lunaradiante, de una radiación argentada, y en el cielode un azul ternísimo, lucía, como gemasincendiadas, la blanca palidez de los luceros. La vía, negra, era como un sendero de sombraque se rompía al fin en un gran disco argentado yfulgurante: la Piazza Aracoeli Y más allá, la escalinata del Capitolio, larampa gigantesca dibujaba por Miguel Ángel, ylos grandes leones de basalto como guardando lamajestad del monte sacro consagrado por el rayoy por la gloria. En la pureza cuasi diáfana del horizonte, elPalazzo Senatorio perfilaba sus líneasimpecables, augusto bajo el azul sereno. Ascendieron la rampa suavemente, cogidos delas manos hipnotizados por el encanto de aquellanoche maravillosa. En las escalinatas, parejas del pueblo,enamoradas y felices se besaban cerca a lasestatuas pensativas, bajo el ojo fulgurante de laloba nostálgica, inquieta, atormentada acaso porel rut tras los barrotes de su jaula. 208
  • 209. Se detuvieron a descansar en el Capitolio, alpie de la estatua de Marco Aurelio. El Senatorio, los Conservadores y el Museo,los tres grandes palacios que decoran la plaza,lanzaban sobre ellos la proyección de su sombra,como ondas negras de una mar silenciosa yvoraz, que quisiera engullirlos. Las estatuas de Castor y Pólux dibujaban lejossus sombras, mientras las enredaderas de laescalinata diseñaban arabescos mágicos, y losárboles distantes se destacaban en la palidez grisdel cielo, como en un horizonte de ilusión. ¡La sombra, como un beso misterioso, bajabatemblorosa de los cielos! La noche, como un vasode perfumes, como una rosa negra, abría suspétalos, sus pétalos extraños de tinieblas, dondetemblaba el alma de la Vida, en un nidal de rayosde luceros. Y ellos se absorbieron en la embriaguez de esepaisaje de tristeza y de gloria, como si aquelpanorama, aquella belleza, pudiesen ligarseeternamente a su vida, como si algo del paisajepenetrara en sus corazones doloridos. Sus almas pedían la paz, el olvido, el derechode amarse en la quietud... ¡Y el alma de la noche, misteriosa, parecíasollozar en torno de ellos, y brillar en la nítidablancura de esa mujer pálida de amor, y llorardesolada en esos ojos y esas pupilas densas verdemar, y coronar con rayos de estrellas prisioneras,esa cabeza áurea y soñadora, como hecha para elnimbo de los santos! 209
  • 210. En un resplandor de suprema ternura, en unmovimiento de piedad enamorada, él trajo a sí laadorable cabeza blonda y la besó en los labiosentreabiertos. —¡Cuánto te amo! le dijo. Ella sintió temblar su corazón inconsolable,donde ardía la mirra de todos los consuelos. ¡Ah, pobre amigo! ¡Cuan bueno sois!murmuró apenas. Él no interrogó nada de aquel gemido dedolor. Se estrecharon el uno contra el otro, comotemerosos de hablar, de interrogarse, de ver lasheridas de su amor. Temblaban ante la sombra desus almas. Y descendieron en silencio por la Via deSettimio Severo al Forum. La luna, como amiga cariñosa, acariciaba lasruinas tristes y formaba como un mar de platadesde el Arco de Tito hasta el Tabularium. Como grandes islotes de este mar sombrío,como farallones gigantescos, las columnasenhiestas, los frontones de los templos, sealzaban a trechos, coronados de reflejo lunar,como de una caricia de espuma. No pudiendo entrar al interior del Forum,tomaron por Santa María Liberatrice, la Via Novaque lleva al Palazzo dei Cesari. El silencio y la soledad eran completos enaquel sendero sembrado de ruinas. Y se sentaron en un fragmento de columna,en la calma profunda de aquella soledad radiosa, 210
  • 211. que hablaba a sus pobres almas torturadas, de lofugitivo de la vida, de la grandeza inexorable dela muerte. Y, abrazados, silenciosos, se absorbieron en sutriste ventura, al resplandor del astro muerto desu esperanza y de su amor, hecho cenizas. Y los velaba el alma de la noche misteriosa,como hecha de dolores y de angustia, formada desollozos del amor. ¡De la noche callada en la urna negra, comolas rosas blancas en una ánfora, se movíansilenciosas las estrellas!... De súbito, dos formas negras surgieron detrásde un fragmento de ruina. Y una tercera surgióalgo más lejos. Temeroso de una agresión, no rara en aquelloslugares, Hugo se puso de pie, y preparó surevólver. Las dos formas avanzaron: eran dos hombres. Hugo creyó reconocerlos: eran policíassecretos. Se detuvieron un momento frente al grupo delos amantes, saludaron y se alejaron en silencio. El tercer hombre avanzó, tratando de no serreconocido, pero un rayo de luna que le dio enpleno rostro, lo denunció: era el conde Larti. Anduvo presuroso, para unirse a los otros dos,y todos tres desaparecieron en una encrucijada deaquella senda tortuosa. Sofocada de espanto, en pleno vértigo depánico, Ada dio un grito ahogado, como si manos 211
  • 212. brutales le apretasen la garganta, y cayó exánime,rígida como una muerta. Hugo fue en su auxilio y trató en vano devolverla a la vida. La divina cabeza amortecida se doblegabainerme y delicada, con los ojos de aurora sinmiradas, y pálidas las rosas de los labios. Llamó a un guardia vecino e hizo venir uncoche. Mientras el vehículo llegaba, Ada volvió en sí.Prorrumpió a llorar, reclinada en el seno delAmado, y ese llanto le volvía la vida. Él la pusoen el coche y se colocó al lado suyo. La acompañó hasta pocas calles antes delpalacio Larti. Allí se apeó, besando con pasión infinita lamujer desventurada. Y se retiró justamente inquieto. No se le ocultaba la gravedad excepcional dela situación. El conde Larti había logrado su objeto. Los había sorprendido, y tenía en poder de lapolicía casi las pruebas de su adulterio. Era el escándalo que avanzaba. Era la catástrofe que venía, silenciosa,inevitable, como una tempestad en el océano... los corazones tristes en el sagrado huerto... Y las desgracias se abatían sobre ellos, comograndes pájaros de presa, con siniestrosfrotamientos de ala y gritos roncos en torno deuna torre derruida… 212
  • 213. Y la tormenta se embravecía en torno a estenaufragio moral, como las olas furiosas en tornode un esquife abandonado. Y la tragedia engrandecía en la casa de laAmada. La condesa, enferma, languidecía, sin poderabandonar su alcoba. Y se agitaba allí, bajo las alas del escándalo yla soledad aterradora. El escándalo, como el rayo, estalla con másfuerzas en las alturas. Y la sociedad se venga de sus largasadoraciones entusiastas. Adaljisa Larti era ya unídolo roto, de cuyo pedestal profanado se alejabaen tropel la multitud de los sectarios... La escena de Leda Nolly, el encuentro en elForo Romano habían roto el escaso misterio querodeaba sus amores, y la ola desbordante de lamaledicencia corrió libre, como la creciente de unrío, en un sembrado sin defensa. La sociedad, descubierta en su elegantecomplicidad, fue inflexible. Para el hombre, para el extranjero sin familia,desdeñoso de la vida de los salones, no habíacastigo posible. Pero, para la mujer cuya belleza, cuyo talento,cuya virtud, habían sido encanto y honor de unaantigua Señoría, el decreto de proscripción fueinflexible, sin atenuantes y sin piedad. Hugo Vial había atravesado, como unadvenedizo en uniforme, como una de las tantasfiguras de diplomacia decorativa, los salones de 213
  • 214. sociedad que no podía eludir, sin cuidarse nisiquiera de dejar caer algo de la maravillosapedrería que formaba el tesoro de su intelecto,cuidándose muy poco de aparecer como unprofesional de la ciencia insulsa. Se decíageneralmente que tenía mucho talento, y se temíamucho la prontitud de su ingenio y ladespreciativa acritud de su epigrama. Loshombres no lo amaban, porque era un solitario depensamiento muy profundo y de alma muysuperior a la odorante vaciedad del medioambiente. Y, como no era bello, ni sumusculatura tenía prodigios de circo, las mujeresno lo buscaban. De ahí pues, que no siendo unafigura social, la sociedad no pudo herirlo ni consu proscripción ni con su enojo, en la hora delcastigo. Pero, no así la Condesa Larti. Ella fueproscripta y abandonada y cayó bajo el oprobio. Y, como un lirio que arrastra la corriente defango, su hija también cayó con ella. Los salonesdel palacio Larti se vaciaron, como por unaesclusa misteriosa abierta bajo ellos. El conde quiso llevar su hija, y ésta se rebeló apartir. Se apeló al remedio supremo. GuidoSparventa, instigado por sus padres, pidió a Irmaabandonar a su madre y habitar al lado de la suya,mientras el matrimonio tenía lugar. La noble joven resistió. Y el drama, que se precipitaba como un alud,hiriendo a todos los que en torno de él giraban, 214
  • 215. cayó sobre aquel amor tan inocente y tan grande,aplastándolo con su peso de infamias. Guido Sparventa, después de inútiles rebeldíascontra los suyos, partió a África en un batallón decazadores, esperando que el tiempo pasara sobreaquel escándalo, para regresar a la realización desu sueño, tan bruscamente interrumpido. E Irma quedó sola. El funesto presentimiento se había cumplido.Aquel hombre le había sido fatal. Y el vuelo delcisne, como una profecía siniestra, parecíaextender sus alas de invierno siberiano en lassoledades dolorosas de su vida. Y Hugo se indignaba ante esta fatalidad de suvida, ante el sentimiento hiriente de su debilidadcontra lo imposible. Y se sembraba el mal contra su voluntadcomo una fatalidad inexorable y trágica. ¿Por qué había puesto ese velo de tristeza enaquellas vidas, tan apacibles antes de aparecer él,en la orilla de su senda? ¿Qué le había hecho aquella pobre virgen, paraarrebatarle su amor y su ventura? ¿Por qué no partía, por qué no se alejaba,rompiendo así la influencia siniestra de su destinosobre aquellos dos seres que se debatían en lasgarras del dolor? ¿Partir? él lo había pensado. Pero, he ahí que Ada le gritaba con voz denaufragio desde el fondo de su abismoinsondable: 215
  • 216. —No me abandonéis, ¡oh Amor mío! No meabandonéis. Al lado vuestro, todo, hasta eloprobio me es querido. Abandonarla así, en medio a la catástrofe aque los había conducido su pasión ¿no era unacobardía? ¿no era una infamia? Y quedó allí, cautivo de aquel sentimientoextraño, sentado con su Amada sobre las ruinasde sus sueños, como los amantes de Belthual,sobre la tumba del poeta madgiar muerto en losllanos de Koenigsteing. Y, en la borrasca acre de su corazón, elespectáculo de aquella debilidad, aun piadosa, loindignaba. No lo asaltaba la sed de las capitulacionesdefinitivas, que invade los corazones mórbidos. No, él permanecía, aun en esa crisis dolorosa,la misma alma trágica que había sido siempre,fiel a los grandes duelos de la acción, diseñandoen el combate su gesto inmenso, con la curvaturamajestuosa de un vuelo de águila. No tenía ninguna de las vacilaciones, laspequeñeces, las angustias, las tristezas de lasalmas contemporáneas. Sabia lo que quería y loque podía. Todo había hecho bancarrota en torno de él, ysu voluntad permanecía erguida, invencible,como el primer día del combate. La derrota tenía el poder de confortarlo. Y su gran virtud consistía en que amaba lascosas muertas que había dentro de su alma. 216
  • 217. Y la grandeza de su sacrificio consistía en lafidelidad a esas cosas que le habían mentido. No tenía ya fe en la libertad, y el sueño de suvida era morir por ella. No creía en la redención política de lospueblos, y habría ido sereno al cadalso, parasellar un pacto con esta quimera. Ninguno de los ideales de su juventud vivía enél, y él vivía para ellos. Era un obstinado glorioso. Y esta extraña obstinación la llevaba tambiéna sus amores muertos. No pactaba con la inclemencia de la suerte,con la insolencia victoriosa de la fuerza. He ahí por qué quedaba al lado de esa mujerenferma y deshonrada, que se replegaba en sudolor, terrificada, inerte, impotente contra la vida. Y los mirajes de la gloria lo atraían... Y el grito de las multitudes lo llamaba. Y su gran Musa bélica le decía: Sors du temple en dueil dun sacrilège Vers le fantôme que tu rêves suivre, Va. Tu es libre. ¿Libre?... ¿Era el Amor lo que lo detenía? ¡Pobre sueño desvanecido al rumor leve de unbeso! ¿Era el Deseo? Bestia saciada, bostezaba nostálgica de nuevasvíctimas. En amor no vale sino la ilusión; la realidad essiempre triste. Lo que se obtiene no vale lo que se 217
  • 218. soñaba. Lo que se da es la sombra de lo que sedeseaba. El amor vive, brilla, asciende hasta elinstante en que los cuerpos de los amantes seunen, Después, es una agonía lenta y triste, a vecestriunfalmente bella, pero siempre una agonía,siempre el camino de la muerte... Y, ¿había él amado? ¿Amaba? El Amor, que,según un filósofo, debería ser la religión de losque no tienen otra ¿no había llamado con susmilagros a la puerta de su corazón? Y, si había llamado, ¿por qué se había ido elIniciador, como un Cristo triste, taumaturgovencido, después de haber gritado en vano, sobrela tumba sorda, la mágica palabra: Surge? Y se asombraba ante la inexorable rigidez desu alma. Y, no se dignaba inclinarse a recoger losfragmentos de su último sueño hecho pedazos... las almas solitarias clavadas en su cruz. En el gran letargo de la noche, los astrosimperaban, bajo la inmaculada blancura de esecielo de invierno, en la gran calma desolada ysilente. Roma dormía en su manto augusto de ruinas yde siglos. De los jardines adormitados, de los cercanosbosques somnolientos, se esparcían bajo lacaricia astral, perfumes extraños y ruidosundívagos. La luna como un escudo heráldico de acerobruñido, puesto a las puertas de un palacio 218
  • 219. impenetrable, se destacaba sobre el disco negrode los montes lejanos, en toda la esplendidez desu plenilunio triste. El palacio Larti parecía dormir también en elencanto frío de la noche invernal. En la alcoba de la condesa, una lámpara bajoun velador verde, tamizaba la luz en extrañosrayos crepusculares y medrosos. Ada estaba en el lecho. Su busto clásico emergía de entre las sábanasy colchas, envuelto en una camisa de seda blancay encajes vaporosos. Y sus formas opulentas,ocultas bajo el edredón, la hacían aparecer en lapenumbra del cortinaje, como reclinada en unaonda de azul, circundada de espumas. La adorable cabeza blonda reclinada en losalmohadones, los ojos cerrados, la bocaentreabierta, Ada respiraba penosamente agitadapor una crisis tremenda de su enfermedad. Su estado, muy grave, que daba serios temoresa los médicos, ella sabía ocultarlo para evitar a suhija ese dolor, y para escapar así a la vigilancianocturna que impediría el único placer que lequedaba en la vida: la vista del Amado. El Amor, que todo lo envilece, había llevado aaquella noble mujer a esas astucias innobles, a losmás vergonzosos expedientes, para poder recibira su amante en su propia casa, en su alcoba,cercana a aquella en que dormía su hija, virgen,sacrificada al furor de la pasión insensata deotros. 219
  • 220. Y, era por la tienda de un barbero cómplice,establecido en los bajos del palacio, que Hugoentraba, en la noche, después que todo erasilencio en la casa ya tan triste. Aquella noche, la salud de Ada lo tenía muypreocupado, y despojado apenas en parte de susvestidos, sentado a la orilla del lecho, le hablabamuy paso, teniendo la mano de la enferma entrelas suyas. De súbito se oyeron pasos cautelosos en elcorredor, y tres fuertes golpes en la puerta delcuarto. —¡Abrid, en nombre de la Ley! gritó una voz. —La Policía. —Mi marido, murmuró Ada. Estaban sorprendidos. No había tiempo queperder. ¿Por dónde escapar? La ventana que dabasobre la calle era la única salida, pero estaba en eltercer piso, y saltar sano era imposible. Entonces, Hugo Vial pensó en la únicasolución honrosa: matar a Ada y matarse él. Nodejarla sobrevivir a la deshonra estallando en sutriunfal imprudencia, a la vergüenza y los duelosde su amor inconsolable, y terminar así la largaserie de amarguras que había sido su pasión. La proximidad brutal del hecho no lodesconcertaba. Amartilló su revólver sin pensar en vestirse. Ada había enmudecido. El rostro vuelto haciael muro, no se la oía respirar siquiera. Y los minutos eran como siglos. 220
  • 221. La puerta vacilaba bajo el esfuerzo de lospolizontes. Hugo se inclinó sobre el lecho, buscando elcorazón que iba a atravesar. La estancia se iluminó de súbito con una luzmás clara. Vial volvió a mirar. Irma, apenas cubierta con una larga túnica denoche, el negro cabello suelto como un manto desombras, apareció con una luz en la mano, en lapuerta que comunicaba su aposento con el de sumadre. Hugo quedó estupefacto. La virgen avanzó blanca, trágica, silenciosa,severo el rostro bajo la cabellera tenebrosa, yempujando ante sí la silla en que estaban losvestidos de Hugo, tomó a éste por un brazo y locondujo hasta la puerta de su propio cuarto, y loimpulsó con ellos dentro. Después, entró ella y cerró la puerta. —Acostaos, le dijo, mostrándole su lechovirginal, todo blanco, alzado bajo el cortinajealbo, como una concha marina bajo jirones deniebla. Vial obedeció. Y la virgen quedó en pie, en mitad delaposento, pálida, la cabeza inclinada bajo latiniebla de sus cabellos, las cejas con traídas, elíndice en los labios, como el ángel del Silencio,el oído atento a los ruidos de la estancia cercana...Se sintió la puerta ceder, la cerradura saltar anteel impulso de afuera, y voces de hombres, y 221
  • 222. pasos en todas direcciones. La voz del condeLarti sonaba interrogativa y severa, pero la vozde la condesa no se oía responder; ¿por qué esesilencio? Y la virgen temblaba, de pie en medio de suestancia. Cuando sintió que los pasos de los hombresque trajinaban en el cuarto de su madre se dirigían al suyo,extinguió un poco la luz de la lámpara, se dirigióal lecho, se deslizó bajo las sábanas, al lado deHugo, y colocando un brazo bajo la nuca, fingiódormir así, en un gesto de náyade. La selva de sus cabellos acariciaba el rostro deVial, sus carnes lo rozaban cuasi y uno de suspies lo había tocado al deslizarse bajo lascoberturas. Éste cerró los ojos, temblando como unfebriciente. El olor de aquella cabellera, el calorde aquellas curvas vírgenes, lo turbaban hasta eldelirio. En ese momento, el conde Larti abrió la puertay avanzó con la lámpara en la mano. A la vista de aquel cuadro de amor y de vicio,dio un grito inarticulado, vaciló sobre sus pies,extendió las manos, como para impedir quealguien entrara después de él, apagó la luz con unsoplo furioso, y terrificado, estúpido, volvió a lapuerta diciendo: —Nada, señores, nada. Es el cuarto de mi hija.La pobre niña duerme. No la despertemos. Y, con 222
  • 223. el dedo en los labios se alejó caminando en puntade pies. Y llevaba la muerte en el alma aquel bandido,en cuyo corazón no quedaba más amor que elamor de aquella hija. —¡Deshonrada! ¡Prostituida también su hijaadorada! Y no queriendo revelar su deshonra, se alejósilencioso, ahogando el llanto que subía en ondatumultuosa hasta sus ojos... ¡La hija había salvado a la Madre de ladeshonra, del Tribunal de la prisión!... Ella no erapura a los ojos de su padre pero su madre no eraadúltera a los ojos de la Ley... ¡Oh, elsacrificio!... Cuando Irma sintió que la puerta del cuarto desu madre que daba sobre el corredor, se cerraba,saltó del lecho, corrió hacia el balcón y lo abrió,sin temor al frío de la noche. Inclinada haciaafuera esperó unos minutos. Hugo aprovechó esos instantes para vestirse. Cuando la joven vio que su padre y laautoridad se alejaban por la calle desierta, volvióal centro del aposento, y señalando a Hugo lapuerta le dijo, colérica y angustiada: —Ahora, salid de aquí. Vial salió. Al atravesar el cuarto de Ada, se detuvo paracontemplarla. Inmóvil estaba en la posición en que la habíadejado. 223
  • 224. Se acercó a ella, no volvió a mirarlo; la llamó,no respondió a su acento; la tocó fuertemente, nose movió. —¡Mamá, mamá! gritó Irma, que lo habíaseguido. Y se botó desesperada sobre el lecho. —¡Mamá, mamá, mamá! ¡Vano grito! ¡La pobre muerta no la oía! Sus oídos sordos estaban para siempre, con lasordera eterna de la muerte. Hugo comprendió la verdad aterradora, yquiso por última vez besar aquella cabezaadorada, sellar con su último beso el misterio deaquellos labios, cerrados ya para la vida... Pero la virgen hecha implacable, feroz en sudolor, defendió el lecho con furores de loba. —¡Idos, idos de aquí!, le gritaba y extendía subrazo blanco y vengador, mostrándole la puerta. Y él obedeció a aquel conjuro, a aquel gesto,que como el del ángel bíblico, cerraba para él elparaíso de su último sueño de Amor. Y escapó a tiempo, antes que la servidumbre,despertada por los gritos, pudiese verlo. Y en el aire calmado, en las tinieblas dulces seescuchaba el grito desesperado de Irma... ¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡Madre mía!... Su grande alma trágica no conocía el miedo,pero un terror sagrado se apoderó de su corazón yhuyó en la noche silenciosa, oyendo estallar sobresu cabeza, como una maldición, el grito de lavirgen desolada. ¡la muerte bienhechora! La libertad. FIATLUX. 224
  • 225. Y, como del dolor nada ignoraba, no sucumbióa lo inmenso del dolor. Y, como la desgracia era su madre, se refugióen su seno de martirios, y sollozó estrigiendo consus manos las ubres de ponzoñas y de hiel. Y, como la tristeza era su Musa, reclinó sucabeza de león en el fúlgido seno de la Diosa... Y miró con cólera salvaje la densa soledaddel horizonte... Y ese horizonte se tornaba en luz, en unincendio de fulgor extraño, infinito, fulgente,rumoroso, como una mar en fuego... Era el sol de la Gloria que irradiaba,coronando su nombre, que era un sol... ¡Sol de inmortalidad sobre otro Sol!...¡Incendio de los mundos siderales! Y fue hacia aquel incendio formidable,como un cisne de Arabia hacia la hoguera... Y partió... Partió sin haber podido besar aquella cabezablonda, que había sido como el último rayo de solsobre su vida. ¡Partió! escribiendo al conde la verdad fatal,para salvar de la deshonra a la virgen heroica, quehabía arrojado su honor como un escudo sobre elpecho de su madre para salvarla. ¡Sacrificioestéril, como todos los sacrificios! ¡Partió como espantado por este último sueñode su vida dolorosa! r ¡Oh, la visión blonda y suave, la mujerangélica, que después de su madre había 225
  • 226. comprendido mejor su alma solitaria ytormentosa! Oh, la hermana otoñal, el alma gemela, que lodejaba así, a la aproximación del inviernoinclemente, en la suprema desolación de su vida,sin ventura... ¡Solo había de marchar! ¡E iba solo! Así iríaen el trayecto hacia la muerte. * * ¡Y partió! Partió en la pompa invernal de aquella tardeblanca y fría como el seno níveo de una gardeniaen flor. ¡Partió, dejando detrás de él un pedazo de sucorazón en aquella muerta rubia, que dormía bajolas rosas blancas, como un rayo de sol a lasombra de un rosal! Y su coche se había cruzado con el carrofúnebre que llevaba a Ada al viaje interminable,mientras él iba al viaje doloroso y miserable de lavida. En la esquina de la Via Viminale, que lleva ala stazione, había tenido que detenerse, para dejarpasar el cortejo, que por la Via PrincipessaMargherita, llevaba hacia Campo Verano, elcadáver de la condesa Larti. Y había visto, con el corazón desgarrado, lasrosas innúmeras que cubrían el cuerpo cariñosode la Amada... Una selva de rosas de Sicilia, como hechascon cenizas del volcán. ¡Las rosas que morían sobre la muerta! 226
  • 227. ¡Y él la vio pasar así, enflorecida hacia latumba! Y había inclinado la cabeza entre las manos, yhabía sollozado, y había querido llamarla, irse enpos de ella, coronar con nuevos besos la fulgentecabeza ya difunta. ¡Y pasó la divina muerta, bajo las rosas! ¡Ellatambién, la rosa que había muerto!... …………………………………………………………………….… Y él llegó a la estación, y entró en el primervagón que halló a mano, y allí se abismó en sutristeza, desesperado y doloroso... Y murmuraba en el desastre de su corazón, enel hundimiento de ese último miraje, solitario enese vagón que lo llevaba hacia lo desconocido,entre las brumas densas del crepúsculo: Blanche morte étendue au plus doux de moncoeur, Vase mélancolique! o ma sœur!... ………………………………………………………………………… …………………………………………………………… Y callaba, como esperando el consuelo, tardoen venir sobre la paz de su corazón. Y el tren partió... * * La tarde declinaba, como una rosa muerta, enun cielo muy triste, color de rosa té. 227
  • 228. Las rosas siderales, las rosas de los cielos, seabrían en las praderas de nubes opalinas, comouna extraña flora de rosas de dolor!, Y el cielo se tenía en una vaga irradiación deestrellas... yb el campo se envolvía en una vagainhalación de rosas... ¡Oh, las pálidas rosas de la tarde!... 228