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      • Dicen que América Latina es un continente que tiene mucho en común. Un habla hispana casi unánime, una impronta cultural colonialista española de similar historia, con adelantados, conquistadores, despoja de oro y riqueza, cruz y espada de sangre, sudor y lagrimas compartidos, lo demostrarían.
      • La excepción, claro, de Brasil, un continente por su cuenta, aportuguesado, la existencia de densas mayorías y culturas indígenas que del español ni la E, y de ciertas diferencias de significación verbal - asir, agarrar, coger - no impiden un real consenso continental de usos, costumbres, verbos e idiosincrasia de prosapia española. Como para tutearse - o tratarse de Ud., si no hay otro remedio - desde el Río Grande hasta Tierra de Fuego.
      • Aspectos generales del continente.
      • Conquistados
      • Altos niveles de desigualdad social
      • Amplias brechas
      • Realidad rural, reivindicaciones sociales.
      • Dictaduras.
      • Patio trasero
      • Conflicto Norte Sur
      • Estructuras morales rígidas.
      • Determina temas a analizar.
      • La llegada del cine sonoro reforzó la posición en el mercado de las producciones de Hollywood, pero permitió un cierto desarrollo de las industrias cinematográficas de México, Argentina y Brasil, ya que el coste y la sofisticación de las nuevas tecnologías no estaban al alcance de la mayor parte de los países más pobresde esta región, que necesitaron muchos años hasta poder doblar las películas a su lengua nacional.
      • Entre 1930 y 1950, el gran éxito del cine sonoro latinoamericano lo constituyeron los musicales, las comedias y los melodramas históricos y costumbristas: el tango en Argentina, la samba y la chanchada en Brasil y las rancheras, el bolero y los ritmos importados del Caribe en México, y las producciones de los estudios argentinos y especialmente de los mexicanos se hicieron famosas en el mundo de habla hispana, con estrellas como los cantantes Jorge Negrete y Pedro Infante, el músico Agustín Lara, los cómicos Cantinflas y Tin Tan, o las bellísimas Dolores del Río y María Félix, fotografiadas por el Gabriel Figueroa y dirigidas por Fernando de Fuentes ( Allá en el Rancho Grande, 1936), Emilio Fernández (María Candelaria, 1943), o Roberto Gavaldón (La otra, 1946), por ejemplo.
      • En la década de 1960 el ‘nuevo cine’ latinoamericano fue ganando fuerza y coherencia, ya que intentaba captar la realidad social cotidiana con un tipo de filmación artesanal, flexible y económica y estaba impulsado por un deseo utópico de modernidad y cambio social que se reflejaba en el entusiasmo inicial por la Revolución Cubana. Entre los principales realizadores de esta época cabe destacar en Brasil a Glauber Rocha, Nelson Pereira Dos Santos y Ruy Guerra; en Cuba a Santiago Álvarez y Tomás Gutiérrez Alea; en Argentina a Fernando Birri y Fernando Solanas; en Chile a Miguel Litín y Raúl Ruiz; y en Bolivia a Jorge Sanjinés. Películas típicas de este periodo son Los fusiles (1963), de Guerra, Memorias del subdesarrollo (1968), de Alea, y La hora de los hornos (1968), de Solana.
      • En los años setenta se fue extinguiendo el entusiasmo revolucionario de los sesenta, pero el cine se benefició de un mayor apoyo por parte del Estado en Brasil, Cuba, México y los países andinos.
      • En los años ochenta, se produjo en muchos países de la región un movimiento de democratización caracterizado por una reducción de la censura y un mayor apoyo estatal, del que pudo beneficiarse la industria cinematográfica de ciertos países, especialmente Argentina y Brasil. Entre los numerosos directores de esta década con éxito a nivel nacional e internacional se encuentran en Argentina, María Luisa Bemberg Camila, 1984 y Luis Puenzo, cuya película La historia oficial ganó el Oscar a la mejor película extranjera en 1985; en Brasil, Ana Carolina, Tizuka Yamasaki y Suzana Amaral; en Perú, Francisco Lombardi con La boca del lobo (1988); y en Venezuela, Román Chalbaud, Clemente de la Cerda y Fina Torres. Los directores surgidos en los años sesenta también rodaron en esta década importantes proyectos como Sur (1988) de Fernando Solana.
      • Posteriormente se ha ido apreciando en Latinoamérica una corriente neoliberal con una menor presencia del Estado y menores inversiones en la industria cinematográfica que ha sufrido toda la producción cinematográfica de la zona, especialmente la brasileña y con la salvedad del gran éxito de principios de los noventa del cine mexicano que ha producido éxitos de taquilla internacionales como Danzón (1991), de María Novaro y Como agua para chocolate (1991), de Alfonso Arau
      • Los países latinoamericanos fueron recibiendo al Cinematógrafo al igual que en el resto del mundo, a finales del siglo XIX. Las circunstancias sociales, económicas y políticas marcaron con los años su progreso cinematográfico, en el que tanto tuvieron que ver los promotores españoles, franceses e italianos como la presencia de las películas estadounidenses en sus pantallas. Muy pronto el mercado de cada uno de los países comenzó a estar controlado por el cine de Hollywood. No obstante, esta situación no impidió que en diversas épocas floreciesen aportaciones que mostraron la singularidad de la producción latinoamericana, que se apoyaría a lo largo del tiempo y en gran medida en la coproducción entre países de habla hispana.
      • La vendedora de rosas (colombiana) Pixote (brasilera) Ciudad de Dios (brasilera) Como agua para chocolate (mexicana) Machuca (chilena) El Polaquito (argentina) Amores perros (mexicana) Y tu mama tambien (mexicana) Chavos banda (mexicana) Maria llena eres de gracia (colombiana) La historia oficial (argentina)
      • Quizás esta situación es la que provocó que en la producción de las primeras películas habladas en español, Hollywood contratara a numerosos profesionales (Ramón Novarro, Lupe Vélez, Dolores del Río, Antonio Moreno, José Mojica, Carlos Gardel, entre otros) con el fin de que realizaran e interpretaran las versiones destinadas a dichos países. Esto no impidió que entre 1929 y 1931 se produjeran las primeras películas sonoras en México, Brasil o Argentina; en otros países, las primeras producciones sonoras locales se darán a conocer más tarde (1932-50).
      • Quizás esta situación es la que provocó que en la producción de las primeras películas habladas en español, Hollywood contratara a numerosos profesionales (Ramón Novarro, Lupe Vélez, Dolores del Río, Antonio Moreno, José Mojica, Carlos Gardel, entre otros) con el fin de que realizaran e interpretaran las versiones destinadas a dichos países. Esto no impidió que entre 1929 y 1931 se produjeran las primeras películas sonoras en México, Brasil o Argentina; en otros países, las primeras producciones sonoras locales se darán a conocer más tarde (1932-50).
      • Durante la década de los cuarenta es el cine mexicano el que alcanza una mayor notoriedad internacional gracias a las películas de Emilio Fernández "El Indio" (y la colaboración en la fotografía de Gabriel Figueroa) y la presencia de notorias estrellas como Dolores del Río y Pedro Armendáriz ( Flor silvestre y María Candelaria, 1943), y María Félix ( Enamorada, 1946; Río escondido, 1948). También se encuentran las obras de Fernando de Fuentes ( El compadre Mendoza, 1933; Allá en el Rancho Grande, 1936; Jalisco canta en Sevilla, 1948, ésta con Jorge Negrete y Carmen Sevilla -primera coproducción hispano-mexicana tras la llega al poder en España de Francisco Franco), y otras de Alejandro Galindo, Julio Bracho y Roberto Gavaldón. Son años en los que despunta el actor Mario Moreno "Cantinflas" quien, con su verborrea, se encargará de consolidar su popularidad nacional e internacional y arrasar en taquilla durante unos años con películas como Ahí está el detalle (1940), de Juan Bustillo Oro, y la numerosas películas que dirigió Miguel M. Delgado ( El gendarme desconocido, 1941; Sube y baja, 1958; El padrecito, 1964). Y también es notoria la presencia de los españoles Luis Buñuel, director de películas como Abismos de pasión (1953) y Los olvidados (1950) , entre otras, y Carlos Velo, quien dirigió un excelente documental, Torero (1956), y Pedro Páramo (1966). A partir de los setenta, su director más internacional será Arturo Ripstein ( Cadena perpetua, 1978; Principio y fin, 1992; La reina de la noche, 1994), premiado en diversos festivales internacionales.
      • El cine argentino se sostiene con dificultad sobre las películas de Lucas Demare ( La guerra gaucha, 1942), Luis Cesar Amadori ( Santa Cándida, 1945), Hugo Fregonese ( Donde las palabras mueren, 1946) y actrices como Libertad Lamarque, sin olvidar la extensa filmografía de Leopoldo Torres Ríos ( Adiós Buenos Aires, 1937; 1942; el crimen de Oribe, 1950) y la aportación de su hijo Leopoldo Torre-Nilsson ( La casa del ángel, 1956; Los siete locos, 1973). También circula por ciertos circuitos el trabajo de Fernando Birri ( Los inundados, 1961). En las décadas siguientes serán directores como Héctor Olivera con La Patagonia rebelde (1974) o No habrá más penas ni olvido (1983), Adolfo Aristarain ( Tiempo de revancha, 1981), Eliseo Subiela ( Hombre mirando al sudeste, 1986), Fabián Bielinsky ( Nueve reinas, 2001) y Juan José Campanella ( El hijo de la novia, 2001) los que proyecten la creación argentina hacia el exterior.
      • El cine brasileño tiene un punto de partida singular en Límite (1929), de Mário Peixoto, sugerente y marcada por las vanguardias europeas de los veinte. Pero también cuenta con la importante película Ganga bruta (1933), de Humberto Mauro, y O Cangaçeiro (1953), de Lima Barreto, referentes ineludibles para los jóvenes de los sesenta, que tendrán en Glauber Rocha al máximo exponente internacional. Durante varias décadas será Nelson Pereira dos Santos quien dirija algunos de las historias socialmente más interesantes ( Río, quarenta graus, 1955; Vidas secas, 1963).
      • La Revolución Cubana definió la trayectoria de diversas cinematografías latinoamericanas. En su país destacaron, además de un extenso elenco de documentalistas, Tomás Gutiérrez Alea ( Memorias del subdesarrollo, 1968; Fresa y chocolate, 1993), Humberto Solás ( Lucía, 1968; Cecilia, 1981) y Manuel Octavio Gómez ( La primera carga al machete, 1969). En el cine chileno sorprendieron las películas de Raúl Ruiz ( Tres tristes tigres, 1968), realizará la mayor parte de su obra en Europa, de Miguel Litín ( El chacal de Nahueltoro, 1969; Actas de Marusia, 1976) y Helvio Soto ( Voto más fusil, 1971). El cine peruano tiene en Francisco Lombardi su máximo representante desde 1977, con películas polémicas como Muerte al amanecer (1977) y Muerte de un magnate (1980), por basarse en hechos reales, varias adaptaciones literarias de desigual acierto ( La ciudad y los perros, 1985) además de dirigir proyector internacionales como No se lo digas a nadie (1998). El cine venezolano está representado por Roman Chalbaud con El pez que fuma (1977) y La oveja negra (1987); el cine boliviano por Jorge Sanjinés con El coraje del pueblo (1971); y el cine colombiano por Sergio Cabrera con películas como Técnicas de duelo (1988) y La estrategia del caracol (1994) y Víctor Gaviria con La vendedora de rosas (1998).
      • El blanco y el negro de las primeras proyecciones fílmicas alumbraron el telón nacional por primera vez el 26 de mayo de 1902, cuando en la sala Odeón de Valparaíso, se presentó el cortometraje documental "Ejercicio General de Bombas", que había sido grabado una semana antes en la plaza Aníbal Pinto de Santiago. Aquellos tres minutos de cinta marcan el inicio del cine en Chile, apenas siete años después de que en 1895 los hermanos Lumière iluminaran por primera vez una pantalla en el Grand Café de París.
      • El caminar del séptimo arte en suelo nacional fue de ritmo vertiginoso en el periodo mudo, que abarcó el las décadas comprendidas entre 1910 y 1931. En esta etapa 78 filmes vieron la luz, incluyendo 15 títulos en 1925, el año más prolífico de la industria cinematográfica local. La primera fecha marca el estreno del primer largometraje argumental chileno: "Manuel Rodríguez". La cinta, escrita y dirigida por Adolfo Urzúa, contó con la actuación de Nicanor de la Sotta y fue producida por la Compañía Cinematográfica del Pacífico. En ella se narraban las aventuras del héroe nacional que explicita el título, quien tiene el mérito de ser el personaje que más veces ha sido llevado a la pantalla grande en cintas chilenas.
      • Los empeñosos experimentos de la edad muda del cine chileno tuvieron un éxito dispar. Entre el grupo de emprendedores directores destacaron los nombres de Salvatore Giambastini, Juan Pérez Berrocal, Jorge "Coke" Délano, Nicanor de la Sotta, Carlos Borcosque y Alberto Santana, quienes suplían las dificultades técnicas y económicas con ingenio para llevar a cabo sus obras. Este grupo fue encabezado por Pedro Sienna, un avezado actor teatral que no sólo dio el salto de las tablas a las salas de cine como intérprete, sino que también se puso detrás de las cámaras para filmar cintas que se recuerdan como las de mayor calidad de este periodo.
      • Es precisamente una cinta de Sienna la única pieza fílmica que permanece con vida desde el periodo silente: "El húsar de la muerte". El resto de estas películas clásicas han sido devoradas por el polvo, raídas por el tiempo o criminalmente convertidas en peinetas en periodos de escasez de celuloide. Otras obras del mismo autor, como "Los payasos se van" (1921), "El Empuje de una raza" (1922), "Un grito de mar" (1924) y "La última trasnochada" (1926), seguirán siendo ignoradas por la presente y futuras generaciones.
      • "El húsar de la Muerte", escrita, dirigida y protagonizada por el propio Sienna, fue estrenada el 24 de noviembre de 1925 en el capitalino Teatro Brasil. Recién en 1962 se llevó a cabo su restauración, con el añadido de una banda sonora compuesta por el recientemente difunto Sergio Ortega. La película del sello Andes Films se mantiene hasta hoy como una de las obras sobresalientes de la irregular filmografía chilena y una pieza única de museo para la cultura nacional. La última película sin sonido hecha en Chile fue "Patrullas de avanzada", opera prima de Eric Page estrenada en 1931.
      • Con le llegada del sonido, el cine chileno de todas formas no pudo despegar. Las películas se remitían a los mismos temas, predecibles y con fórmulas importadas desde norteamérica, sumando números musicales que seguían la misma línea. La historia del huaso enamorado de la hija del patrón era tan típica como la trama del "rotito" y sus aventuras en la capital. Aún así en esta etapa destacan autores como el prolífico José Bohr, Miguel Frank, Patricio Kaulen y Eugenio de Liguorio, quien dirigió el gran éxito comercial "Verdejo gasta un millón" (1941), en la que actuó el comediante Eugenio Retes y Malú Gatica, y que además tuvo su respectiva secuela un año más tarde: "Verdejo gobierna en Villaflor".
      • En 1942 el cine es empujado desde el gobierno. Aquel año la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO) dio nacimiento a Chile Films, que por treinta años proveyó a los cineastas con recursos técnicos para filmar sus proyectos. La idea de formalizar una industria cinematográfica en el país no tardó en derrumbarse, ya que siete años más tarde los estudios presentaban un balance desolador en términos económicos y culturales. Nunca se escatimó en gastos para atraer a directores foráneos -algunos sin pergaminos- para conducir cintas calificadas como 'superproducciones', pero que estuvieron lejos de reportar ganancias. "La dama de la muerte" o "El padre Pitillo", ambas de 1946, son algunos ejemplos de severos tropiezos. "El diamante de Maharajá", en cambio, fue una comedia de aventuras -de las cintas más caras de la época- protagonizada por el comediante Lucho Córdoba, que alcanzó gran éxito en la taquilla.
      • De la fecunda manija de José Bohr, destacan en esos años "La dama de las Camelias" (1947), una adaptación a la obra de Dumas con Ana González a la cabeza, "Tonto Pillo" (1948) y "El gran circo Chamorro" (1955).
      • Cuando las universidades decidieron involucrarse en el cine, se comenzó a forjar el camino a lo que luego se denominaría el "Nuevo Cine Chileno". El Instituto Fílmico de la Universidad Católica (1955) y la incorporación del Centro del Cine Experimental a la Universidad de Chile (1959), impulsaron un género que hasta el momento no había sido explorado en profundidad: el documental. Al mismo tiempo, se apoyaba con los escasos recursos existentes a creadores de la talla de Raúl Ruiz, Miguel Littín y Helvio Soto.
      • La celebración del Primer Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, realizado en Viña del Mar en 1967, permitió a los autores nacionales por primera vez a tener una mirada panorámica del trabajo de sus pares continentales. A la siguiente cita, en 1969, también en la Quinta Región, Chile ya tenía con qué competir en el festival. "Tres tristes tigres" (1968) de Raúl Ruiz, "Valparaíso, mi amor" (1970) de Aldo Francia, y "El chacal de Nahueltoro" (1970) de Miguel Littin, se estrenaron en aquella muestra y son las piezas más destacadas del "Nuevo Cine Chileno". En las cintas de Ruiz y Littín, coinciden Nelson Villagra, Luis Alarcón y Shenda Román en los principales papeles.
      • Desde 1973 y durante el gobierno militar, la producción fílmica desciende a los niveles históricos más bajos. Los principales representantes del cine nacional se dedican a trabajar fuera del país, haciendo un cine chileno fuera de sus fronteras. Uno de los que permanece en el país es Silvio Caiozzi, que luego de la cinta "A la sombra del sol" (1974), co-dirigida con Pablo Perelman, conquista un notable éxito de crítica y público con "Julio comienza en Julio" (1979). El filme, ambientado en 1917, es una atenta mirada a las costumbres burguesas de comienzos del siglo XX. Contó con música de Luis Advis y las actuaciones de Elsa Alarcón, Luis Alarcón, Felipe Rabat, Schlomit Baytelman y Ana González, entre otros. La película de Caiozzi fue un leve despertar en el profundo estado de sueño en el que se mantuvo la escena fílmica nacional hasta 1988.
      • La cerrarse el periodo del gobierno militar, la cantidad de cintas producidas volvió a crecer. Gonzalo Justiniano dio que hablar con "Sussi" (1988) y "Caluga o menta" (1990), mientras Silvio Caiozzi reapareció con "La Luna en el espejo" (1990). Por esta última Gloria Münchmayer ganó el premio a la mejor actuación femenina en el Festival de Venecia. Pero la película que realmente cambió la percepción del cine local, debido a su gran factura técnica, fue "La Frontera" (1991) de Ricardo Larraín. La cinta protagonizada por Patricio Contreras y fotografiada por Héctor Ríos se convirtió en uno de los mayores éxitos del cine nacional. Apoyada en taquilla, elogiada por la crítica e incluso estrenada comercialmente en otros países.
      • El sello marcado que tuvieron épocas previas -en cuanto al género de los filmes- se cambió hacia un espectro más amplio en la década del noventa. La participación del Estado en los proyectos fílmicos (el Fondart, creado en 1992, ha favorecido a un 90% de los largometrajes chilenos) impulsó la creación cinematográfica en suelo nacional. Se cuentan así películas que no sólo tuvieron buena respuesta de público, sino que también apoyo de la crítica, tales como "Johnny cien pesos" (1993) de Gustavo Graef-Marino; "Historias de fútbol" (1997) del debutante Andrés Wood o "Gringuito" (1998) de Sergio Castilla.
      • El problema era que, si bien algunas cintas nacionales lograban un relativo apoyo del público chileno, la competencia de las películas extranjeras seguía siendo aplastante. Eso hasta que un nuevo remezón sacude las butacas con el estreno de "El chacotero sentimental" (1999), cinta de Cristián Galaz basada en el popular programa radial homónimo, que rompió todas las marcas existentes de taquilla y sacó a la luz una veta comercial del cine chileno, que se expandió con películas como "Ángel Negro" (2000) de Jorge Olguín y la infantil "Ogú y Mampato en Rapa Nui" (2002) de Alejandro Rojas, ambas muy bien respaldadas en la taquilla y con fuertes campañas de marketing a sus espaldas.
      • Con este nuevo impulso, el cine chileno ha marcado una presencia más constante en las competencias internacionales. "Coronación" (2000) de Silvio Caiozzi destacó con trofeos en los festivales de Montreal, Huelva, Cartagena y La Habana, siendo lejos la más exitosa en este sentido. La película basada en la obra homónima de José Donoso maravilló con una fotografía cuidada, actuaciones sólidas (Julio Jung, Maria Cánepa y la debutante Adela Secall) y una precisa banda sonora compuesta por Luis Advis, también premiada internacionalmente en el Festival de Trieste.
      • El año 2003 comenzó auspicioso para los cineastas chilenos en el ámbito local. "Sexo con amor", de Boris Quercia, película que mantiene el récord de espectadores en su primer fin de semana. Ese año llegó a las salas, además, "Los debutantes", la película que lanzó a la fama a Antonella Ríos con su sexy escena de la crema.
      • Hacia fines del 2003, otros dos filmes llaman poderosamente la atención: "Sub Terra", de Marcelo Ferrari, que tras su estreno se ubicó como la segunda película más vista, tras el filme de Quercia. Es además la segunda producción más cara del cine local. La otra película fue "El Nominado", que finalmente terminó siendo un fracaso absoluto y sus realizadores aún tienen conflictos legales pendientes con algunos protagonistas de la película, quienes aún reclaman el no pago de sus sueldos.
      • El siguiente gran golpe del cine nacional llegó con "B-Happy", de Gonzalo Justiniano, que permitió el debut de Manuela Martelli una actriz que se transformó en el gran rostro de 2004 porque, además, fue la protagonista de gran éxito de ese año: "Machuca".